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HomilíA Miercoles Santo 2009

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  1. 1. HOMILIA MIERCOLES SANTO 2009 Introducción Esa Semana que llamamos Grande o Santa, entre todas las semanas del año, nos permite entrar a celebrar los grandes acontecimientos vividos por la persona de Cristo, Señor y Salvador, en los últimos días de su vida. Nuestra madre la Santa Iglesia, con la sabia pedagogía que le da el Espíritu Santo que la anima, nos propone la celebración anual de grandes hechos vividos por Jesús el Ungido de Dios, que son causa de salvación y vida para todos los hombres y mujeres que, en medio de las alegrías y penas de la vida, tratan se seguirlo cada día. Esta tarde, por razones prácticas relacionadas con las grandes distancias que nos separan en esta Diócesis, nos adelanta la celebración de algo que es parte de la liturgia de mañana, Jueves Santo. Nos referimos a la Misa Crismal y la renovación de las promesas de los sacerdotes, llamados por el Señor para pastorear a su pueblo que peregrina en estas tierras de Atacama. Los textos de la Palabra de Dios nos ayudarán a entender mejor el sentido de esta hermosa celebración litúrgica de nuestra Iglesia. Is 61, 1-3. 6. 8-9. La primera lectura tomada de Isaías nos presenta el mensaje de este profeta, dirigido al pueblo de la Alianza, que por el hecho de haber sido llamado por Dios, es consagrado sacerdote por quien lo ha elegido. Este pueblo de sacerdotes, en medio de los otros pueblos de la tierra viene a ser un gran signo del amor que Dios tiene por la humanidad. A la luz de estas palabras podemos descubrir el sentido de la vocación de los presbíteros, que siendo parte de un pueblo de hombres y mujeres consagrados para un sacerdocio universal, por su carácter de bautizados, sin embargo han sido elegidos por Dios para ejercer un sacerdocio ministerial. Aparecida nos recuerda, de manera breve pero profunda, lo que nos ha enseñado la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la identidad del sacerdote. Su ministerio o tarea eclesial está al servicio del sacerdocio común de los fieles, y cada uno, aunque de manera cualitativamente distinta, participa del único sacerdocio de Cristo. Por esto el sacerdote, no puede caer en la tentación de considerarse solamente un mero delegado o representante de la comunidad, sino que es un don para ella por la unción del Espíritu, y por su especial unión con Cristo cabeza del Cuerpo de la Iglesia. (DA 193). Los Obispos de Chile en sus últimas OO.PP., al hablar de una Iglesia que vive y promueve la espiritualidad de comunión, nos dicen que “en la Iglesia, entendida como comunidad de carismas, ministerios y servicios, se realiza “la forma propia y específica de vivir la santidad bautismal al servicio del Reino de Dios”. No hay duda de que en esta labor los sacerdotes, por su testimonio de vida y su palabra tienen un papel muy importante que realizar, bajo la acción del Espíritu que guía y anima al pueblo de Dios. Apoc 1, 4-8. En la lectura del Apocalipsis de Juan evangelista, por sobrenombre el teólogo, se nos presenta a Jesús con un sobrenombre especial, el Alfa y Omega, que son la primera y la última letras del alfabeto de la lengua griega. Con esta expresión el autor sagrado quiere significar que el Hijo y enviado de Dios llena la totalidad de la existencia, del tiempo y de la historia. De esta manera la persona de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, lo atraviesa todo y lo abarca todo, con su poder, sabiduría y su capacidad de transformar todas las cosas. La persona de Jesús, Sumo y Eterno sacerdote, constituye el centro de la vida y el ministerio de todo buen sacerdote, que agradece y cuida el verdadero sentido de su llamado a continuar la misión de Jesucristo. Su conocimiento y amor a Jesús, sacerdote, víctima y altar para la gloria del Dios y el servicio de la gente, su opción por el seguimiento de Jesús como
  2. 2. discípulo y misionero de su Evangelio, su oración y vivencia sacramental de la Eucaristía y la Reconciliación, su celibato por el Reino que le asemeja con el estilo de vida del mismo Cristo, y su generosa entrega llevado por la caridad pastoral que proviene del corazón de Jesús el Buen Pastor, marcan el rumbo de su vida para hacer presente la persona y la Buena Nueva de Jesús en la vida del pueblo y de su cultura. Lc 4, 16-21 Con este famoso texto del profeta Isaías, el evangelista Lucas le dice a la comunidad de los discípulos de todos los tiempos, que es Jesús quien lleva a su pleno cumplimiento todo lo anunciado por el profeta. Con una indicación especial, de breves palabras salidas del corazón de Cristo, está anunciando a la gente reunida en la sinagoga que “lo que Uds. acaban de escuchar, se está cumpliendo hoy, en este momento”. Con este mensaje se le está diciendo al pueblo de Dios que los pobres ya no tienen que seguir esperando, ni los paralíticos ni ningún excluído por la sociedad. O sea, se trata de un consolador anuncio que Jesús hace a todas las generaciones para que se pongan de pie, para que caminen y vean, se sientan liberados de todas sus angustias y en verdad se alegren porque El está presente en sus vidas. Dicho de otro modo, el tiempo de la larga espera ya ha terminado, y en la persona de Jesús tenemos ya en la mano, o mejor, en lo profundo del corazón, toda la ternura, la sabiduría y la salvación que Dios puede regalar a quienes alguna vez se han sentido despojados o vulnerados en su capacidad de ser personas amadas y elegidas por El. Recordando el mensaje de Benedicto XVI al comenzar la Conferencia de los Obispos en Aparecida, se puede afirmar que una fervorosa y creativa pastoral de los sacerdotes será siempre un eficiente instrumento para la “gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar a los fieles que en virtud de su bautismo están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (II, 3). En esta tarea en que estamos, de llevar a cabo la Misión Continental, los presbíteros, junto con los diáconos permanentes, los religiosos y religiosas, además de los agentes pastorales, tiene un lugar clave para poner a todos los hombres y mujeres bautizados de Atacama, en “un estado de misión permanente”. Conclusión Aprovecho este momento especial, de tan importante alusión al servicio de los sacerdotes en la Iglesia, para agradecerles de corazón toda su sacrificada entrega y su valioso aporte a la vida y la misión de nuestra Iglesia en estas tierras de Atacama. Es de esperar que, como decíamos hace poco en nuestra Asamblea diocesana, “juntos recomenzando desde Cristo”, bajo el amparo materno de María de Nazaret, y la intercesión del Santo Cura de Ars, cuyos 150 años de su muerte comenzaremos a celebrar este año, sigamos trabajando en espíritu de comunión y participación por llevar el Evangelio a todas las personas y rincones. Será este esfuerzo de todos nosotros un aporte de nuestro compromiso misionero para que Chile, y en especial nuestra Región de Atacama, tenga la vida plena y abundante que nos ha traído el Señor crucificado y glorioso. A EL SEA EL HONOR; EL PODER Y LA GLORIA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMEN.

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