Sacados de las tinieblas

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Sacados de las tinieblas

  1. 1. Sacados de las tinieblas Todo cristiano bautizadoestá obligado por las promesasdel bautismo a renunciar alpecado y entregarse por entero,sin reservas, a Cristo, con el finde cumplir su vocación, salvarsu alma, entrar en el misterio deDios y allí encontrarseperfectamente «en la luz deCristo». Como nos recuerda sanPablo (1 Co 6,19), «no nospertenecemos». Pertenecemosenteramente a Cristo. SuEspíritu tomó posesión denosotros en el bautismo. Somos Templos del Espíritu Santo. Nuestros pensamientos,nuestras acciones, nuestros deseos son de pleno derecho más suyos que nuestros. Perohemos de luchar para asegurarnos de que Dios recibe siempre de nosotros lo que le debemospor derecho propio. Si no nos esforzamos por superar nuestra debilidad natural, nuestraspasiones desordenadas y egoístas, lo que en nosotros pertenece a Dios quedará fuera de lainfluencia del poder santificante de su amor, será corrompido por el egoísmo, cegado por eldeseo irracional, endurecido por el orgullo, y a la larga terminará hundiéndose en el abismode negación moral que llamamos pecado. El pecado es el rechazo de la vida espiritual, el rehusar el orden y la paz interioresque provienen de nuestra unión con la voluntad divina. En una palabra, el pecado es elrechazo de la voluntad de Dios y de su amor. No es sólo el negarse a «hacer» esto o aquelloque Dios quiere, ni la determinación de «hacer» lo que Dios prohíbe. Es, más radicalmente,la obstinación en no ser lo que somos, el rechazo de nuestra realidad espiritual misteriosa ycontingente, oculta en el misterio mismo de Dios. El pecado es la negativa a ser aquello paralo que fuimos creados: hijos de Dios, imágenes de Dios. En último término, el pecado,aunque parezca una afirmación de libertad, es una huida de la libertad y la responsabilidadde la filiación divina. Todo cristiano, por consiguiente, está llamado a la santidad y a la unión con Cristo,mediante la guarda de los mandamientos de Dios. Sin embargo, algunas personas convocaciones especiales han contraído por votos religiosos una obligación más solemne y sehan comprometido a tomar de un modo especialmente serio la vocación cristianafundamental a la santidad. Han prometido emplear ciertos medios definidos y más eficacespara «ser perfectas»: los consejos evangélicos. Se obligan a sí mismas a ser pobres, castas yobedientes, renunciando con ello a su propia voluntad, negándose a sí mismas, y liberándosede lazos mundanos con el fin de entregarse a Cristo de un modo aún más perfecto. Paraellas, la santidad no es simplemente algo que se busca como un fin último, sino que es su«profesión»: no tienen otro trabajo en la vida que ser santas, y todo se subordina a ese fin,que para ellas es primario e inmediato. Sin embargo, el hecho de que las religiosas, los religiosos y los clérigos tengan unaobligación profesional de esforzarse por ser santos debe entenderse con propiedad. Nosignifica que sólo ellos son plenamente cristianos, como si los laicos fueran en algún sentido 1
  2. 2. menos verdaderamente cristianos y miembros menos plenos de Cristo que ellos. San JuanCrisóstomo, que en su juventud estuvo muy cerca de creer que nadie se podía salvar si nohuía al desierto, reconoció en su edad madura, siendo obispo de Antioquía y después deConstantinopla, que todos los miembros de Cristo son llamados a la santidad por el merohecho de ser sus miembros. Sólo hay una moral, una santidad para los cristianos, y es la quese propone a todos en los Evangelios. El estado laical es necesariamente bueno y santo, yaque el Nuevo Testamento nos deja libres para elegirlo. Pero para vivir el estado laical no essuficiente mantener un tipo de santidad estática y mínima, simplemente «evitando elpecado». A veces la diferencia entre los estados de vida se deforma y simplifica tanexageradamente en las mentes de los cristianos que parece que éstos piensan que, mientraslos sacerdotes, los monjes y las monjas están obligados a crecer y progresar en la perfección,del laico sólo se espera que se mantenga en estado de gracia y, pegándose, por decirlo así, ala sotana del sacerdote, se deje llevar al cielo por aquellos especialistas, que son los únicosllamados a la «perfección». San Juan Crisóstomo señala que el mero hecho de que la vida del monje sea másaustera y más difícil no debería llevarnos a pensar que la santidad cristiana es principalmenteuna cuestión de dificultad. Esto llevaría a la falsa conclusión de que, como la salvaciónparece menos ardua para el laico, también es, de alguna manera extraña, una salvaciónmenos verdadera. Por el contrario, dice Crisóstomo, «Dios no nos ha tratado [a los laicos yal clero secular] con tanta severidad como para exigirnos austeridades monásticas como unaobligación, sino que ha dejado a todos la libertad de elegir [en materia de consejos]. Hay queser castos en el matrimonio, hay que ser moderados en las comidas... No se os ha ordenadoque renunciéis a vuestras propiedades. Dios sólo os ordena que no robéis y que compartáisvuestras propiedades con aquellos que carecen de lo que necesitan» (Comentario a laPrimera carta a los Corintios 9,2). En otras palabras, la templanza, la justicia y la caridad ordinarias que todo cristianodebe practicar, son santificantes de la misma manera que la virginidad y la pobreza de lareligiosa. Cierto es que la vida de los religiosos consagrados tiene una dignidad y unaperfección intrínseca mayores. El religioso asume un compromiso más radical y más total deamor a Dios y al prójimo. Pero no hay que pensar que esto significa que la vida del laicoqueda degradada hasta la insignificancia. Por el contrario, hemos de reconocer que el estadomatrimonial es también santificante en grado sumo por su misma naturaleza y puede,ocasionalmente, implicar tales sacrificios y tal abnegación que, en determinados casos,podrían ser incluso más efectivos que los sacrificios de la vida religiosa. Quien de hechoame más perfectamente estará más cerca de Dios, sea o no laico. De aquí que san Juan Crisóstomo proteste de nuevo contra el error de que sólo losmonjes tienen que esforzarse por alcanzar la perfección, mientras que los laicos sólo tienenque evitar el infierno. Por el contrario, tanto los laicos como los monjes han de llevar unavirtuosa vida cristiana, muy positiva y constructiva. No es suficiente que el árbolpermanezca vivo, sino que también ha de dar fruto. «No basta con dejar Egipto», nos dice,«hay que caminar, además, hacia la Tierra prometida» (Homilía XVI sobre la Carta a losEfesios). Al mismo tiempo, aun la práctica perfecta de uno u otro de los consejos, como, porejemplo, la virginidad, no tendría sentido si quien lo practicara careciese de las virtudes máselementales y universales de justicia y caridad. Dice: «En vano ayunáis y dormís en el durosuelo, coméis cenizas y lloráis sin cesar. Si no sois útiles a nadie, no hacéis nada deimportancia» (Homilía VI sobre la Carta a Tito). «Aunque seas una virgen, serás arrojada dela cámara nupcial si no das limosnas» (Homilía LXXVII sobre el Evangelio de Mateo). Noobstante, los monjes tienen un papel importante que desempeñar dentro de la Iglesia. Susoraciones y su santidad son de un valor insustituible para toda la Iglesia. Su ejemplo enseñaal laico a vivir también como «un extraño y peregrino en esta tierra», desasido de las cosas 2
  3. 3. materiales, y preservando su libertad cristiana en medio de la vana agitación de las ciudades,porque él busca en todas las cosas únicamente complacer a Cristo y servirlo en el prójimo. En pocas palabras, según Juan Crisóstomo, «las bienaventuranzas pronunciadas porCristo no pueden quedar reservadas para el exclusivo uso de los monjes, porque ello sería laruina del universo»1. En realidad, todos cuantos hemos sido bautizados en Cristo y nos hemos «vestido deCristo» como nueva identidad, estamos obligados a ser santos como Él es santo. Estamosobligados a vivir vidas dignas, y nuestras acciones deben ser testigos de nuestra unión conÉl. Él deberá manifestar su presencia en nosotros y a través de nosotros. Aunque es posibleque la cita nos sonroje, hemos de reconocer que estas solemnes palabras de Cristo vandirigidas a nosotros: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 5,14-16). Los Padres de la Iglesia, particularmente Clemente de Alejandría, creían que la «luz»en el hombre es su filiación divina, la Palabra que habita en él. Por lo tanto, enseñaban quetoda la vida cristiana se resume en un servicio a Dios que no es sólo cuestión de cultoexterno, sino de «avivar lo que en nosotros hay de divino por medio de una infatigablecaridad» (Stromata 7,1). Clemente añade que el propio Cristo nos enseña el camino de laperfección y que toda la vida cristiana es un curso de educación espiritual a cargo del únicoMaestro, a través de su Espíritu Santo. Al escribir esto, se dirigía a los laicos. Se supone que somos la luz del mundo. Se supone que somos luz para nosotros ypara los demás. ¡Quizás esto explique por qué el mundo está sumido en tinieblas! Entonces,¿qué se entiende por la luz de Cristo en nuestras vidas? ¿Qué es la «santidad»? ¿Qué es lafiliación divina? ¿En serio se supone que somos santos? ¿Se puede desear tal cosa sin pasara los ojos de los demás por loco de remate? ¿No será presuntuoso? En todo caso, ¿es elloposible? Para decir la verdad, muchos laicos, e inclusomuchos religiosos, no creen que, en la práctica, la santidadsea posible para ellos. ¿Es esto sólo sentido común? ¿Esquizás humildad? ¿O es traición, derrotismo ydesesperanza? Si somos llamados por Dios a la santidad de vida, ysi la santidad está fuera del alcance de nuestra capacidadnatural (lo cual es cierto), se sigue entonces que el propioDios ha de darnos la luz, la fuerza y el valor para cumplirla tarea que Él nos pide. Nos dará ciertamente la graciaque necesitamos. Si no acabamos siendo santos, es porqueno sabemos aprovechar su don. 3

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