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Prof. RODRIGO VILLALBA ROJAS
Amenaza de un mazorquero y degollador de los sitia dores de Montevideo dirigida al
gaucho...
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y queda como una estaca
lindamente asigurao,
y parao
lo tenemos clamoriando;
y como medio chanciando
lo pinchamos,
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JOSÉ HERNÁNDEZ
Martín Fierro, soldado de frontera, narra
la vida en los fortines, asentamientos mili-
tares desde los cu...
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la rienda en la mano izquierda
y la lanza en la derecha;
ande enderieza abre brecha
pues no hay lanzazo que pierda.
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[…]
El indio pasa la vida
Robando ó echao de panza;
La única ley es la lanza
A que se ha de someter;
Lo que le falta...
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Ni cuando festeja ufano
El triunfo en sus correrías,
La risa en sus alegrías
Le pertenece al cristiano.
Se cruzan por el...
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VII
[…]
Sin saber que hacer de mí
Y entregado a mi aflicción,
Estando allí una ocasión
Del lado que venía el viento
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En la crianza de los suyos
Son bárbaros por demás;
No lo había visto jamás:
En una tabla los atan,
Los crían ansi, y les...
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El peligro en que me hallaba
Al momento conocí;
Nos mantuvimos ansí,
Me miraba y lo miraba:
Yo al indio le desconfiaba,
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UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES
El Coronel Mansilla llega al encuentro del cacique Mariano Rosas, poblador
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estaba comprometido, no alcanzarlo me pare-
cía hasta desdoroso para los cristianos; redo-
blé el esfuerzo y mi tentati...
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tan grande es la religión, cómo consuela, con-
forta y eleva el espíritu!
Los franciscanos dieron algunas bendicio-
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res. Deben lavar, cocinar, cortar leña en el
bosque con las manos, hacer corrales, domar
los potros, cuidar los ganados...
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A pesar de que la mía es historia, no la empe-
zaré por el arca de Noé y la genealogía de sus
ascendientes como acostum...
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yes de quinteros y aguateros se consumieron en el
abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos
se alimentaban con h...
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asado. Una comisión de carniceros marchó a ofre-
cérselo a nombre de los federales del matadero,
manifestándole in voce...
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horrible carnicería. Esto se notaba al principio de
la matanza.
Pero a medida que adelantaba, la perspectiva
variaba; l...
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su agudeza excitado por el espectáculo o picado
por el aguijón de alguna lengua locuaz.
-Hi de p... en el toro.
-Al dia...
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y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Jun-
táronse luego sus perseguidores que se hallaban
desbandados y resol...
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Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentó-
reo volvió a vitorearlo.
¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los
fede...
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-Porque lo llevo en el corazón por la Patria,
¡por la Patria que vosotros habéis asesinado, infa-
mes!
-¿No sabes que a...
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ADOLFO BIOY CASARES – JORGE LUIS BORGES
(Publicado bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq)
Aquí empieza su aflición...
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respirar como un ballenato. Reciencito a la hora
de la perrera concilié el sueño, que resultó tan
cansador como no dorm...
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y yo digo que más vale la pena acusar su domici-
lio legal en Tolosa Norte.
¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nel...
25
carta blanca para atribuirle cada patada en el
culantro que todavía me duele sentarme. Calcu-
late, Nelly, qué tarro el...
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camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó
que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca que
vale la pena romperse...
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lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola.
Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo
que él no iba a to...
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Selección de textos de Literatura Argentina (S. XIX)

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Selección de textos de Literatura Argentina (S. XIX)

  1. 1. 1 º Prof. RODRIGO VILLALBA ROJAS Amenaza de un mazorquero y degollador de los sitia dores de Montevideo dirigida al gaucho Jacinto Cielo gacetero y soldado de la Legión Argentina, defensora de aquella plaza. Mira, gaucho salvajón, que no pierdo la esperanza, y no es chanza, de hacerte probar qué cosa es Tin tin y Refalosa. Ahora te diré como es: escuchá y no te asustes; que para ustedes es canto más triste que un viernes santo. Unitario que agarramos lo estiramos; o paradito nomás, por atrás, lo amarran los compañeros por supuesto, mazorqueros, y ligao con un maniador1 doblao, ya queda codo con codo y desnudito ante todo. ¡Salvajón! Aquí empieza su aflición. Luego después a los pieses un sobeo2 en tres dobleces se le atraca, 1 Maniador: tira de cuero sobado, la cual sirve para atar el caballo al palenque o a la estaca. 2 Sobeo: soga de cuero pelado y torcido.
  2. 2. 2 y queda como una estaca lindamente asigurao, y parao lo tenemos clamoriando; y como medio chanciando lo pinchamos, y lo que grita, cantamos la refalosa y tin tin, sin violin. Pero seguimos el son en la vaina del latón, que asentamos; el cuchillo, y lo tantiamos con las uñas el cogote. ¡Brinca el salvaje vilote3 que da risa! Cuando algunos en camisa se empiezan a revolcar, y a llorar, que es lo que más nos divierte; de igual suerte que al Presidente le agrada, y larga la carcajada de alegría, al oír la musiquería y la broma que le damos al salvaje que amarramos. Finalmente: cuando creemos conveniente, después que nos divertimos grandemente, decidimos que al salvaje el resuello se le ataje; y a derechas lo agarra uno de las mechas, mientras otro lo sujeta como a potro de las patas, que si se mueve es a gatas. Entretanto, nos clama por cuanto santo tiene el cielo; pero ahí nomás por consuelo a su queja: abajito de la oreja, con un puñal bien templao y afilao, que se llama el quita penas, le atravesamos las venas del pescuezo. 3 Cobarde, vil. ¿Y que se le hace con eso? larga sangre que es un gusto, y del susto entra a revolver los ojos. ¡Ah, hombres flojos! hemos visto algunos de estos que se muerden y hacen gestos, y visajes que se pelan los salvajes, largando tamaña lengua; y entre nosotros no es mengua el besarlo, para medio contentarlo. ¡Que jarana! nos reímos de buena gana y muy mucho, de ver que hasta les da chucho; y entonces lo desatamos y soltamos; y lo sabemos parar para verlo refa- lar ¡en la sangre! hasta que le da un calambre y se cai a patalear, y a temblar muy fiero, hasta que se estira el salvaje; y, lo que espira, le sacamos una lonja que apreciamos el sobarla, y de manea gastarla. De ahí se le cortan orejas, barba, patilla y cejas; y pelao lo dejamos arrumbao, para que engorde algún chancho, o carancho. ……..………………………………….. Con que ya ves, Salvajón; nadita te ha de pasar después de hacerte gritar: ¡Viva la Federación!
  3. 3. 3 JOSÉ HERNÁNDEZ Martín Fierro, soldado de frontera, narra la vida en los fortines, asentamientos mili- tares desde los cuales se protegía de los indios a los campesinos. III A naides le dieron armas, pues toditas las que había el coronel las tenía, según dijo esa ocasión, pa repartirlas el día en que hubiera una invasión. […] ¡Y qué indios, ni qué servicio, si allí no había ni cuartel! Nos mandaba el coronel a trabajar en sus chacras, y dejábamos las vacas que las llevara el infiel. […] Más de un año nos tuvieron en esos trabajos duros, y los indios, le asiguro, dentraban cuando querían: como no los perseguían siempre andaban sin apuro. A veces decía al volver del campo la descubierta que estuviéramos alerta, que andaba adentro la indiada; porque había una rastrillada o estaba una yegua muerta. Recién entonces salía la orden de hacer la riunión, y cáibamos al cantón en pelos y hasta enancaos, sin armas, cuatro pelaos que íbamos a hacer jabón. […] Daban entonces las armas pa defender los cantones, que eran lanzas y latones con ataduras de tiento... Las de juego no las cuento, porque no había municiones. Y chamuscao un sargento me contó que las tenían, pero que ellos las vendían para cazar avestruces; y ansí andaban noche y día déle bala a los ñanduces. Y cuando se iban los indios con los que habían manotiao, salíamos muy apuraos a perseguirlos de atrás; si no se llevaban más es porque no habían hallao. Allí sí se ven desgracias y lágrimas y afliciones, naides le pida perdones al indio, pues donde dentra roba y mata cuanto encuentra y quema las poblaciones. No salvan de su juror ni los pobres angelitos: viejos, mozos y chiquitos los mata del mesmo modo; que el indio lo arregla todo con la lanza y con gritos. Tiemblan las carnes al verlo volando al viento la cerda,
  4. 4. 4 la rienda en la mano izquierda y la lanza en la derecha; ande enderieza abre brecha pues no hay lanzazo que pierda. Hace trotiadas tremendas dende el fondo del desierto; ansí llega medio muerto de hambre, de sé y de fatiga; pero el indio es una hormiga que día y noche esta despierto. Sabe manejar las bolas como naides las maneja, cuanto el contrario se aleja manda una bola perdida, y si lo alcanza, sin vida es siguro que lo deja. Y el indio es como tortuga de duro para espichar; si lo llega a destripar ni siquiera se le encoge: luego sus tripas recoge y se agacha a disparar. Hacían el robo a su gusto y después se iban de arriba, se llevaban las cautivas y nos contaban que a veces les descarnaban los pieses a las pobrecitas, vivas. ¡Ah, si partía el corazón ver tantos males, canejo! Los perseguíamos de lejos sin poder ni galopiar. ¡Y qué habíamos de alcanzar en unos bichocos viejos! Nos volvíamos al cantón a las dos o tres jornadas sembrando las caballadas; y pa que alguno la venda, rejuntábamos la hacienda que habían dejao resagada. Una vez entre otras muchas, tanto salir al botón, nos pegaron un malón los indios y una lanciada, que la gente acobardada quedó dende esa ocasión. Habían estao escondidos aguaitando atrás de un cerro. ¡Lo viera a su amigo Fierro aflojar como un blandito! Salieron como máiz frito en cuanto sonó un cencerro. Al punto nos dispusimos aunque ellos eran bastantes; la formamos al istante nuestra gente, que era poca; y golpiándose en la boca hicieron fila adelante. Se vinieron en tropel haciendo temblar la tierra. No soy manco pa la guerra pero tuve mi jabón, pues iba en un redomón que había boliao en la sierra. ¡Qué vocerío, qué barullo, qué apurar esa carrera! La indiada todita entera dando alaridos cargó. ¡Jue pucha!... y ya nos sacó como yeguada matrera. ¡Qué fletes traiban los bárbaros, como una luz de ligeros! Hicieron el entrevero y en aquella mezcolanza, éste quiero, éste no quiero, nos escogían con la lanza. Al que le daban un chuzaso dificultoso es que sane: en fin, para no echar panes salimos por esas lomas lo mesmo que las palomas al juir de los gavilanes. Es de almirar la destreza con que la lanza manejan. De perseguir nunca dejan, y nos traiban apretaos. ¡Si queríamos, de apuraos, salirnos por las orejas!
  5. 5. 5 III […] El indio pasa la vida Robando ó echao de panza; La única ley es la lanza A que se ha de someter; Lo que le falta en saber Lo suple con desconfianza. Fuera cosa de engarzarlo A un indio caritativo; Es duro con el cautivo, Le dan un trato horroroso; Es astuto y receloso, Es audaz y vengativo. [...] IV Antes de aclarar el dia Empieza el indio a aturdir La pampa con su rugir, Y en alguna madrugada, Sin que sintieramos nada Se largaban a invadir. Primero entierran las prendas En cuevas como peludos; Y aquellos indios cerdudos Siempre llenos de recelos, En los caballos en pelos Se vienen medio desnudos. Para pegar el malon El mejor flete procuran; Y como es su arma segura Vienen con la lanza sola, Y varios pares de bolas Atados a la cintura. […] Caminan entre tinieblas Con un cerco bien formao; Lo estrechan con gran cuidao Y agarran al aclarar Ñanduces, gamas, venaos; Cuanto ha podido dentrar. Su señal es un humito Que se eleva muy arriba; Y no hay quien no lo aperciba Con esa vista que tienen; De todas partes se vienen A engrosar la comitiva. Ansina se van juntando, Hasta hacer esas riuniones Que cain en las invasiones En número tan crecido; Para formarla han salido De los últimos rincones. Es guerra cruel la del indio Porque viene como fiera; Atropella donde quiera Y de asolar no se cansa; De su pingo y de su lanza Toda salvacion espera. Debe atarse bien la faja Quien aguardarlo se atreva; Siempre mala intención lleva, Y como tiene alma grande No hay plegaria que lo ablande Ni dolor que lo conmueva. Odia de muerte al cristiano, Hace guerra sin cuartel; Para matar es sin yel, Es fiero de condicion; No golpea la compasion En el pecho del infiel. Tiene la vista del águila, Del leon la temeridá; En el desierto no habrá Animal que él no lo entienda; Ni fiera de que no aprienda Un istinto de crueldá. Es tenaz en su barbarie, No esperen verlo cambiar, El deseo de mejorar En su rudeza no cabe; El bárbaro solo sabe Emborracharse y peliar. El indio nunca se ríe Y el pretenderlo es en vano,
  6. 6. 6 Ni cuando festeja ufano El triunfo en sus correrías, La risa en sus alegrías Le pertenece al cristiano. Se cruzan por el desierto Como un animal feroz; Dan cada alarido atroz Que hace erizar los cabellos, Parece que a todos ellos Los ha maldecido Dios. Todo el peso del trabajo Lo dejan a las mujeres; El indio es indio y no quiere Apiar de su condición, Ha nacido indio ladron Y como indio ladron muere. El que envenenan sus armas Les mandan sus hechiceras; Y como ni a Dios veneran Nada a los pampas contiene; Hasta los nombres que tienen Son de animales y fieras. Y son, por ¡Cristo bendito! Lo más desaciaos del mundo; Esos indios vagabundos Con repunancia me acuerdo, Viven lo mesmo que el cerdo En esos toldos inmundos. Naides puede imaginar Una miseria mayor; Su pobreza causa horror; No sabe aquel indio bruto Que la tierra no dá fruto Sino la riega el sudor. V Aquel desierto se agita Cuando la invasión regresa; Llevan miles de cabezas De vacuno y yeguarizo, Pa no aflijirse es preciso Tener bastante firmeza. […] Vuelven las chinas cargadas Con las prendas en montón; Aflije esa destrucion; Acomodaos en cargueros Llevan negocios enteros Que han saquiao en la invasión. Su pretensión es robar, No quedar en el pantano; Viene a tierra de cristianos Como furia del infierno; No se llevan al gobierno Porque no lo hallan a mano. Vuelven locos de contento Cuando han venido a la fija; Antes que ninguno elija Empiezan con todo empeño, Como dijo un santiagueño, A hacerse la repartija. Se reparten el botín Con igualdá, sin malicia; No muestra el indio codicia, Ninguna falta comete; solo en eso se somete A una regla de justicia. Y cada cual con lo suyo A sus toldos enderiesa; Luego la matanza empieza Tan sin razon ni motivo, Que no queda animal vivo De esos miles de cabezas. Y satisfecho el salvage De que su oficio ha cumplido Lo pasa por ay tendido Volviendo a su haraganiar; Y entra la china a cueriar Con un afan desmedido. A veces a tierra adentro Algunas puntas se llevan, Pero hay pocos que se atrevan A hacer esas incursiones, Porque otros indios ladrones Les suelen pelar la breva. Pero pienso que los pampas Deben de ser los más rudos; Aunque andan medio desnudos Ni su conveniencia entienden, Por una vaca que venden Quinientas matan al ñudo. […]
  7. 7. 7 VII […] Sin saber que hacer de mí Y entregado a mi aflicción, Estando allí una ocasión Del lado que venía el viento Oí unos tristes lamentos Que llamaron mi atención. No son raros los quejidos En los toldos del salvaje, Pues aquel es vandalaje Donde no se arregla nada Sinó a lanza y puñalada, A bolazos y a coraje. No precisa juramento, Deben crerle a Martín Fierro: He visto en ese destierro A un salvaje que se irrita, Degollar una chinita Y tirársela a los perros. […] Quise curiosiar los llantos Que llegaban hasta mí; Al punto me dirigí Al lugar de ande venían. ¡Me horroriza todavía El cuadro que descubrí! Era una infeliz mujer Que estaba de sangre llena, Y como una Madalena Lloraba con toda gana; Conocí que era cristiana Y esto me dio mayor pena. Cauteloso me acerqué A un indio que estaba al lao, Porque el pampa es desconfiao Siempre de todo cristiano, Y vi que tenía en la mano El rebenque ensangrentao. VIII Más tarde supe por ella, De manera positiva, Que dentró una comitiva De pampas a su partido, Mataron a su marido Y la llevaron cautiva. En tan dura servidumbre Hacían dos años que estaba; Un hijito que llevaba A su lado lo tenía; La china la aborrecía Tratándolá como esclava. Deseaba para escaparse Hacer una tentativa, Pues a la infeliz cautiva Naides la va a redimir, Y allí tiene que sufrir El tormento mientras viva. Aquella china perversa Dende el punto que llegó, Crueldá y orgullo mostró Porque el indio era valiente; Usaba un collar de dientes De cristianos que él mató. La mandaba trabajar, Poniendo cerca a su hijito, Tiritando y dando gritos Por la mañana temprano, Atado de pies y manos Lo mesmo que un corderito. Ansí le imponía tarea De juntar leña y sembrar Viendo a su hijito llorar; Y hasta que no terminaba, La china no la dejaba Que le diera de mamar. Cuando no tenían trabajo La emprestaban a otra china. “Naides, decía, se imagina Ni es capaz de presumir Cuánto tiene que sufrir La infeliz que está cautiva”. Si ven crecido a su hijito, Como de piedá no entienden, Y a súplicas nunca atienden, Cuando no es éste es el otro, Se lo quitan y lo venden O lo cambian por un potro.
  8. 8. 8 En la crianza de los suyos Son bárbaros por demás; No lo había visto jamás: En una tabla los atan, Los crían ansi, y les achatan La cabeza por detrás. Aunque esto parezca estraño Ninguno lo ponga en duda: Entre aquella gente ruda, En su bárbara torpeza, Es gala que la cabeza Se les forme puntiaguda. Aquella china malvada Que tanto la aborrecía, Empezó a decir un día, Porque falleció una hermana, Que sin duda la cristiana Le había echado brujería. El Indio la sacó al campo Y la empezó a amenazar; Que le había de confesar Si la brujería era cierta; O que la iba a castigar Hasta que quedara muerta. Llora la pobre afligida, Pero el indio, en su rigor, Le arrebató con furor Al hijo de entre sus brazos, Y del primer rebencazo La hizo crujir de dolor. Que aquel salvaje tan cruel Azotándola seguía; Más y más se enfurecía Cuanto más la castigaba, Y la infeliz se atajaba Los golpes como podía. Que le gritó muy furioso: “Confechando no querés”; La dio vuelta de un revés, Y por colmar su amargura, A su tierna criatura Se la degolló a los pies. “Es incréible, me decía, Que tanta fiereza esista; No habrá madre que resista; Aquel salvaje inclemente Cometió tranquilamente Aquel crimen a mi vista”. Esos horrores tremendos No los inventa el cristiano: “Ese bárbaro inhumano”, Sollozando me lo dijo, “Me amarró luego las manos Con las tripitas de mi hijo”. IX De ella fueron los lamentos Que en mi soledá escuché: En cuanto al punto llegué, Quedé enterado de todo: Al mirarla de aquel modo Ni un instante tutubié. Toda cubierta de sangre Aquella infeliz cautiva, Tenia dende abajo arriba Las marcas de los lazazos: Sus trapos echos pedazos Mostraban la carne viva. Alzó los ojos al cielo En sus lágrimas bañada; Tenía las manos atadas; Su tormento estaba claro; Y me clavó una mirada Como pidiéndome amparo. Yo no sé lo que pasó En mi pecho en ese instante; Estaba el indio arrogante Con una cara feroz: Para entendernos los dos La mirada fué bastante. Pegó un brinco como gato Y me ganó la distancia, Aprovechó esa distancia Como fiera cazadora: Desató las boliadoras Y aguardó con vigilancia. Aunque yo iba de curioso Y no por buscar contienda, Al pingo le até la rienda, Eché mano dende luego A éste que no yerra juego, Y ya se armó la tremenda.
  9. 9. 9 El peligro en que me hallaba Al momento conocí; Nos mantuvimos ansí, Me miraba y lo miraba: Yo al indio le desconfiaba, Y él me desconfiaba a mí. Se debe ser precavido Cuando el indio se agazape: En esa postura el tape Vale por cuatro o por cinco; Como el tigre es para el brinco Y fácil que a uno lo atrape. Peligro era atropellar Y era peligro el juir, Y más peligro seguir Esperando de ese modo, Pues otros podían venir Y carniarme allí entre todos. […] En tamaña incertidumbre, En trance tan apurado, No podía por de contado Escarparme de otra suerte, Sino dando al indio muerte O quedando alli estirado. Y como el tiempo pasaba Y aquel asunto me urgía, Viendo que él no se movía Me juí medio de soslayo Como a agarrarle el caballo, A ver si se me venía. Ansí jué, no aguardó más Y me atropelló el salvaje; Es preciso que se ataje Quien con el indio pelee; El miedo de verse a pie Aumentaba su coraje. En la dentrada no más Me largó un par de bolazos; Uno me tocó en un brazo; Si me da bien, me lo quiebra, Pues las bolas son de piedra Y vienen como balazo. A la primer puñalada El pampa se hizo un ovillo; Era el salvaje más pillo Que he visto en mis correrías, Y, a más de las picardías, Arisco para el cuchillo. Las bolas las manejaba Aquel bruto con destreza; Las recogía con presteza Y me las volvía a largar, Haciéndomelas silbar Arriba de la cabeza. Aquel indio, como todos, Era cauteloso... ¡ahijuna! Ahí me valió la fortuna De que peliando se apotra Me amenazaba con una Y me largaba con otra. Me sucedió una desgracia En aquel percance amargo; En momento que lo cargo Y que él reculando va, Me enredé en el chiripá Y caí tirao largo a largo. Ni pa enconmendarme a Dios Tiempo el salvaje me dió; Cuanto en el suelo me vió Me saltó con ligereza: Juntito de la cabeza El bolazo retumbó. Ni por respeto al cuchillo Dejó el indio de apretarme; Allí pretende ultimarme Sin dejarme levantar, Y no me daba lugar Ni siquiera a enderezarme. De balde quiero moverme: Aquel indio no me suelta. Como persona resuelta Toda mi juerza ejecuto, Pero abajo de aquel bruto No podía ni darme güelta.
  10. 10. 10 UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES El Coronel Mansilla llega al encuentro del cacique Mariano Rosas, poblador de tierras cordobesas. Todos los bárbaros son iguales; ni les gus- ta confesar que no han visto antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención; ni que los que penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven. En el Río Cuarto yo me solía divertir mos- trándoles a los indios un reloj de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear óptica, un teodolito y un anteojo. Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice: eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: "Allá en Tierra Adentro mucho lindo teniendo". Un indio, que debía ser algo como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y en se- guida con Caniupán, mi inseparable campa- ñero. Éste a su turno habló con Mora, mi len- guaraz; siguiendo la usanza, me dijo: –Señor, dice el general Mariano que ya lo va a recibir; que quiere darle la mano y abra- zarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos, poniendo en ellos tanta confianza. Pasando por los mismos trámites, fue des- pachado el mensajero con un recadito muy afectuoso y cordial. Mora volvió a conversar con Caniupán, y me dijo después: –Señor, dice Caniupán que ya puede ade- lantarse a darle la mano al general Mariano; que haga con él y con los demás que salude, lo mismo que ellos hagan con usted . –¿Y qué diablos van a hacer conmigo? –le pregunté. –Nada, mi coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra –me contestó. –Supongo que no será alguna barbaridad – agregué. –No, señor; es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de verlo y medio achumados –repuso. –Pero, poco más o menos, ¿qué me van a hacer? –proseguí. –Es que han de querer abrazarlo y cargarlo –respondió. –Pues si no es más que eso –murmuré para mis adentros–, no hay que alarmarse –y como cuando grita uno a los que acaudilla en un instante supremo, ¡adelante! ¡adelante! ¡caba- lleros! –dije mirando a mis oficiales y a los dos franciscanos, que estaban hechos unas pas- cuas, sonriéndose con cuantos los miraban–: Vamos a saludar a Mariano. Avancé, me siguieron, llegamos a tiro de apretón de manos del Cacique y comenzó el saludo. Mariano Rosas me alargaba la mano dere- cha, se la estreché. Me la sacudió con fuerza, se la sacudí. Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé. Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé. Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué y sus- pendí, dando un grito igual. Los concurrentes, a cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la mano y poniendo a prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡aaaaaaaa!!! Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de ceremonias, me presentó a Epumer. Nos hicimos lo mismo que con su hermano en medio de incesantes y atronadores ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! Luego vino Relmo, igual escena a la ante- rior: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! En seguida Ca- yupán,lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaaaa!!! En pos de éste, Melideo (alias) cuatro ra- tones, indio sólido como una piedra, de regu- lar estatura; pero panzudo, gordo, pesado. Aquí fueron los apuros para cargarlo y sus- penderlo. Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo
  11. 11. 11 estaba comprometido, no alcanzarlo me pare- cía hasta desdoroso para los cristianos; redo- blé el esfuerzo y mi tentativa fue coronada por el éxito más completo, como lo probaron los ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores. Aquello fue pasaje de comedia, casi reven- té, casi se me salieron los pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga es- tremecer la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más que a todo se presta a la risa. […] ¡Ah, si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo! ¡Pero qué! Después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; después de éstos varios indios de importan- cia; por conclusión, la chusma ranquelina y cristiana. No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!! Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en frígida ma- ñana de julio, mis fuerzas agotadas. Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era transparente, sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí como una plancha de hierro. No me moría de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es grande, y nos sos- tiene y nos da energía, física y moral cuando habemos menester de ella, ¡tal es de bueno! Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho de Alcibía- des: A donde fueres, haz lo que vieres, y ru- miaba: ¡Te había de haber traído a visitar los ranqueles! Al mejor se la doy, a abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras tantas a cualquiera, gritando como un marrano ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!!, no es cosa. Pero cuando ese cualquiera llega a pesar nueve arrobas, tanto como Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y pulmonar ochenta o cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle a uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mau- soleo de la posteridad un lugar preferente entre los gladiadores o luchadores del siglo XIX. Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se tragan tantas reputaciones. […] Muy cerca de una hora tardamos en abra- zos, salutaciones y demás actos de cortesanía indiana. Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis gasta- dos pulmones lo permitieron ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte a caballo, entregándose a los regocijos ecues- tres de la tierra, como carreras, rayadas , pechadas y piruetas de toda clase, por fin. Yo estaba orgulloso, contento de mí mis- mo, como si hubiera puesto una pica en Flan- des, no sólo por la energía y fortaleza de que había dado pruebas incontestables y señala- das, sino porque ciertas frases que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi con- ciencia el convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en el hombre culto y civilizado, en el cristiano re- presentado por mí, la potencia física, dote natural que ellos ejercitan y que tanto envi- dian y respetan. De vez en cuando llegaban a mis oídos estos ecos: "Ese coronel Mansilla muy toro; ese coronel Mansilla cargando; ese coronel Mansilla lindo". Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban a mí, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, mos- trando su cabo cincelado, las botas granade- ras, la cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llama- ba por su hechura o color la atención. Y des- pués de mirarme bien, me decían alargándo- me la mano: –Ese coronel, dando la mano, amigo. –Y no sólo me daban la mano, sino que me abraza- ban y me besaban, con sus bocas sucias, ba- bosas, alcohólicas, pintadas. Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los francis- canos. Varias chinas y mujeres blancas cris- tianizadas, por no decir cristianas, se acerca- ban a éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían: "La bendición, mi pa- dre". De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa
  12. 12. 12 tan grande es la religión, cómo consuela, con- forta y eleva el espíritu! Los franciscanos dieron algunas bendicio- nes, y a poca costa hicieron felices a unas cuantas ovejas descarriadas o arrebatadas a la grey. El contento era general, ¡qué digo!, ¡universal! Nadie, y eso que había muchísima gente achumada, nos faltó al respeto en lo más mí- nimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de importancia y chusma, cristianos aislados y cautivos, todos, todos nos trataban con la más completa finura araucana. Fran- camente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, hambrunas, detenciones e imper- tinencias del camino. ¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían? ¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los desti- nos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábito de tra- bajo? ¿Los primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles, traidores. ¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización? Quejarnos de que los indios nos asuelen, es lo mismo que quejarnos de que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados. ¿A quién la culpa, sino a nosotros mismos? […] Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos, ¿y para qué? Para despreciar a un pobre indio, llamán- dole bárbaro, salvaje; para pedir su extermi- nio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilar- se con nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir a hierro al que a hierro mata, y se ensangrenta por cuestión de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todos nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada, en una palabra, que mantiene la pena del talión porque si yo mato me matan; que en definitiva, lo que más respeta es la fuerza, desde que cualquier ído- lo de las batallas o del dinero es capaz de hacer inclinar de su lado la balanza de la jus- ticia. ¡Ah! Mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ese, que rechazamos y despreciamos, como si todos no derivásemos de un tronco común, como si la planta hombre no fuese única en su especie, el día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante, que ha penetrado en la oscuridad nebulosa de los cielos con el telescopio, que ha suprimido las distancias por medio de la electricidad y del vapor, que volará mañana, quizá, convenido; pero que no destruirá ja- más, hasta aniquilarla una simple partícula de la materia, ni le arrancará al hombre los se- cretos recónditos del corazón. […] Los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba de ello es que jamás sacrifican a los manes de sus muertos víctimas humanas. Matan a las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas de Satanás. Y al final, no es tanto lo que se pierde, dirán algu- nos. Hablando seriamente, hay una verdad des- consoladora que consignar, que ciertos cris- tianos refugiados entre los indios son peores que ellos. Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto a un miem- bro de su familia: Bargas es un bandido cor- dobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio, por no decir peor. Mu- rió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que participaba de la preocupación vulgar de la creencia que hace enterrar al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde resucite tenga en qué andar, le inmoló a su hijo un cautivito de ocho años, enterrándolo vivo con él, para que tu- viese quien le sirviera de peón. Por lo que dejo relatado, se ve que los cau- tivos son considerados entre los indios como cosas. Calcúlese cuál será su condición. La más triste y desgraciada. Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que inspirando confianza plena se hacen que- rer. Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los bárbaros son una verdadera viacrucis de mortificaciones y dolo-
  13. 13. 13 res. Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de ins- trumento para los placeres brutales de la concupiscencia. ¡Ay de los que se resisten! Los matan a azotes o a bolazos. La humildad y la resignación es el único recurso que les queda. Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron a dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio a entregarse de buena voluntad. A una de ellas la habían cubierto de cica- trices; pero no había cedido a los furores eró- ticos de su señor. Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: "Había jurado no entregarme sino a un indio que me gustara y no encontraba ninguno". Era de San Luis, tengo su nombre apunta- do en el Río Cuarto. No lo recuerdo ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la for- tuna de rescatarla y la mandé a su tierra. En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles. Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñe- cen y degradan a la humanidad. Las cautivas nuevas, viejas o jóvenes, feas o bonitas tienen que sufrir, no sólo las ace- chanzas de los indios, sino, lo que es peor aún, el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intri- gas de las chinas sirvientas y agregadas. Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón a la vez se conjura contra las desgraciadas. Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor o el favor del indio, la persecución no cesa. Las mujeres son siempre implacables con las mujeres. Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se hace sino empeorar su situa- ción, a no ser que las tomen por concubinas. Una cautiva a quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le iba, me contestó: –Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás mujeres y las chi- nas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy bien, todas son muy amigas mías. Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva. Agregaré que cuando el indio se cansa, o tiene necesidad, o se le antoja, la vende o la regala a quien quie- re. Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos hasta que el tiempo o la muerte ponen término a sus ma- les.
  14. 14. 14 A pesar de que la mía es historia, no la empe- zaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas ra- zones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de Cristo del 183... Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la Iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, susti- ne, abstine (sufre, abstente), ordena vigilia y abs- tinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el pro- verbio, busca a la carne. Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo. Los abastecedores, por otra parte, buenos fe- derales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docili- dad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dis- puestos siempre a violar las mandamientos carni- ficinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo. Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los panta- nos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamen- te sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata creciendo embravecido empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraple- nes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como im- plorando la misericordia del Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas ple- garias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inunda- ción. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros unitarios impíos que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ah de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llega- rá la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos. Las pobres mujeres salían sin aliento, anona- dadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios. Continuaba, sin embargo, lloviendo a cánta- ros, y la inundación crecía acreditando el pronós- tico de los predicadores. Las campanas comenza- ron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas con- sigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de impreca- ciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina. Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la co- sa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremo- nia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias. Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bue-
  15. 15. 15 yes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innume- rables ánimas, y acontecieron cosas que parecen soñadas. No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebus- conas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas ar- pías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de ali- mento animal. Porción de viejos achacosos caye- ron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimien- to casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación. Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en sín- cope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste en- tre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reve- rendos padres contra toda clase de nutrición ani- mal y de promiscuación en aquellos días destina- dos por la Iglesia al ayuno y 1a penitencia. Se ori- ginó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables voci- feraciones de los ministros de la Iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos. Esta guerra se manifestaba por sollozos y gri- tos descompasados en la peroración de los sermo- nes y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concu- rrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atri- buyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, despa- rramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquiliza- dor de las conciencias y de los estómagos, encabe- zado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo, se trajese ganado a los corrales. En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir dia- riamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentar- se con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviola- bles y que la Iglesia tenga la llave de los estóma- gos! Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Qui- zá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nues- tros beatos abuelos que por desgracia vino a tur- bar la revolución de Mayo. Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y cu- riosos, quienes recibieron con grandes vocifera- ciones y palmoteos los cincuenta novillos destina- dos al matadero. — Chica, pero gorda -exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara pre- cursora de abundancia. El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del
  16. 16. 16 asado. Una comisión de carniceros marchó a ofre- cérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hom- bres. El Restaurador contestó a la arenga, rinfor- zando sobre el mismo tema y concluyó la ceremo- nia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilus- trísima para no abstenerse de carne, porque sien- do tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo. Siguió la matanza y en un cuarto de hora cua- renta y nueve novillos se hallaban tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horri- blemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo preciso es hacer un croquis de la localidad. El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al Sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el Este. Esta playa con de- clive al Sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce, recoge en tiempo de llu- via, toda la sangraza seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres pie- zas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya es- palda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado. Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñus- cados se hunden hasta el encuentro y quedan co- mo pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje impor- tante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador. Fácil es calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca pintu- ra los siguientes letreros rojos: "Viva la Federa- ción", "Viva el Restaurador y la heroína doña En- carnación Ezcurra", "Mueran los salvajes unita- rios". Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy que- rida de los carniceros, quienes, ya muerta, la ve- neraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que un aniversario de aquella memora- ble hazaña de la mazorca, los carniceros festeja- ron con un espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete al que concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí en presencia de un gran concurso ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis, su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo. La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distinta. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro emba- durnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula, y entremezclados con ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas ca- rretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los caba- llos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y proyec- tando una sombra clara sobre aquel campo de
  17. 17. 17 horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza. Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a formar- se tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en el medio de ellos cayese al- guna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era, que inter el carni- cero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un tarazón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el con- tinuo hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos. —Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía - gritaba uno. —Aquél lo escondió en el alzapón -replicaba la negra. —Che, negra bruja, salí de aquí antes de que te pegue un tajo -exclamaba el carnicero. —¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas. —Son para esa bruja: a la m... —¡A la bruja! ¡A la bruja! -repitieron los mu- chachos-: ¡Se lleva la riñonada y el tongorí! - y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro. Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hilera cua- trocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura. Varios muchachos gambeteando a pie y a ca- ballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraban chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vocifera- ciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores. De repente caía un bofe sangriento sobre la cabe- za de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salía furiosa en persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus gritos y puteadas los compañeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella zoque- tes de carne, bolas de estiércol, con groseras car- cajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el cam- po. Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes ventila- ban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se representaba en el mata- dero era para vista, no para escrita. Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pare- ceres porque tenía apariencias de toro y de novi- llo. Llególe su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más gro- tesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y arma- do del certero lazo, la cabeza cubierta con un pa- ñuelo punzó y chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante. El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible pialar- lo. Gritánbanlo, lo azuzaban en vano con las man- tas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante ba- tahola de silbidos, palmadas y voces tiples y ron- cas que se desprendía de aquella singular orques- ta. Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de
  18. 18. 18 su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz. -Hi de p... en el toro. -Al diablo los torunos del Azul. -Malhaya el tropero que nos da gato por lie- bre. -Si es novillo. -¿No está viendo que es toro viejo? -Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c... si le parece, c...o! -Ahí los tiene entre las piernas. ¿No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino? -Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro? -Es emperrado y arisco como un unitario. Y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron-: ¡Mueran los salvajes unitarios! -Para el tuerto los h... -Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los unitarios. -El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete! -¡A Matasiete el matahambre! -Allá va -gritó una voz ronca, interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz-. ¡Allá va el toro! -¡Alerta! ¡Guarda los de la puerta! ¡Allá va fu- rioso como un demonio! Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espolea- ban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bu- fando a la puerta, lanzando a entre ambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Dióle el tirón el en- lazador sentando su caballo, desprendió el lazo del asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre. -Se cortó el lazo -gritaron unos-: ¡allá va el to- ro! Pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo fue como un relámpago. Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: -¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! -¡Enlaza, Siete pelos! -¡Que te agarra, botija! -¡Va furioso; no se le pongan delante! -¡Ataja, ataja, morado! -¡Déle espuela al mancarrón! -¡Ya se metió en la calle sola! -¡Que lo ataje el diablo! El tropel y vocifería era infernal. Unas cuan- tas negras achuradoras sentadas en hilera al bor- de del zanjón oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenre- daban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó, porque el animal lanzó al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesga- do y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras; otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa. El toro entretanto tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descrip- to, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por no tener más de dos casas laterales y en cuyo apozado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso, en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la grite- ría sino cuando el toro arremetía al pantano. Azo- róse de repente su caballo dando un brinco al ses- go y echó a correr dejando al pobre hombre hun- dido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al contrario, soltan- do carcajadas sarcásticas: -Se amoló el gringo; levántate, gringo - exclamaron, y cruzando el pantano amasando con barro bajo las patas de sus caballos, su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la apariencia de un demonio tosta- do por las llamas del infierno que un hombre blan- co pelirrubio. Más adelante al grito de ¡al toro, al toro! cuatro negras achuradoras que se retiraban con su presa se zambulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba. El animal, entretanto, después de haber co- rrido unas veinte cuadras en distintas direcciones azorando con su presencia a todo viviente, se me- tió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda
  19. 19. 19 y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Jun- táronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lu- gar mismo donde lo había cometido. Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño de- gollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el cementerio. Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido en una pata: su brío y su furia redoblaron; su lengua esti- rándose convulsiva arrojaba espuma, su nariz hu- mo, sus ojos miradas encendidas. -¡Desjarreten ese animal! -exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mos- trándola en seguida humeante y roja a los espec- tadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que procla- maba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarlo con otros compañeros. Faltaba que resolver la duda sobre los órga- nos genitales del muerto, clasificado provisoria- mente de toro por su indomable fiereza; pero es- taban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó: -¡Aquí están los huevos! -Y sacando de la ba- rriga del animal y mostrándolos a los espectado- res, dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes desgraciados pudieron fácil- mente explicarse. Un toro en el Matadero era cosa muy rara, y aún vedada. Aquél, según reglas de buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a bien ha- cer ojo lerdo. En dos por tres estuvo desollado, descuarti- zado y colgado en la carreta el maldito toro. Mata- siete colocó el matambre bajo el pellón de su re- cado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce, y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne. Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó: -¡Allí viene un unitario! -y al oír tan significa- tiva palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea. -¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero. -Perro unitario. -Es un cajetilla. -Monta en silla como los gringos. -La mazorca con él -¡La tijera! -Es preciso sobarlo. -Trae pistoleras por pintar. -Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo. -¿A que no te le animás, Matasiete? -¿A qué no? -A que sí. Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de agili- dad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caba- llo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: pren- dió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario. Era éste un joven como de veinticinco años de gallarda y bien apuesta persona que mientras sa- lían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno. Notando em- pero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la dies- tra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la dis- tancia boca arriba y sin movimiento alguno. -¡Viva Matasiete! -exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre. Atolondrado todavía el joven, fue lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres fero- ces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante a buscar en sus pistolas el desagra- vio y la venganza. Matasiete dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su gar- ganta.
  20. 20. 20 Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentó- reo volvió a vitorearlo. ¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la víctima inerte. -Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pisto- las. Degüéllalo como al toro. -Pícaro unitario. Es preciso tusarlo. -Tiene buen pescuezo para el violín. -Tocale el violín -Mejor es la resbalosa. -Probemos, dijo Matasiete y empezó sonrien- do a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le compri- mía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos. -No, no lo degüellen -exclamó de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se acercaba a caballo. -A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mazorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unita- rios! ¡Viva el Restaurador de las leyes! -¡Viva Matasiete! -¡Mueran! ¡Vivan! -repitieron en coro los es- pectadores y atándolo codo con codo, entre mo- quetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al Cristo. La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los va- sos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero. Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resal- taba un sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federa- les, cuando la chusma llegando en tropel al corre- dor de la casilla lanzó a empellones al joven unita- rio hacia el centro de la sala. -A ti te toca la resbalosa -gritó uno. -Encomienda tu alma al diablo. -Está furioso como toro montaraz. -Ya le amansará el palo. -Es preciso sobarlo. -Por ahora verga y tijera. -Si no, la vela. -Mejor será la mazorca. -Silencio y sentarse -exclamó el Juez dejándo- se caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mien- tras el joven de pie encarando al juez exclamó con voz preñada de indignación. -Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí? -¡Calma! -dijo sonriendo el juez-; no hay que encolerizarse. Ya lo verás. El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cóle- ra. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trému- lo, mostraban el movimiento convulsivo de su co- razón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello des- nudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones. -¿Tiemblas? -le dijo el juez. -De rabia porque no puedo sofocarte entre mis brazos. -¿Tendrías fuerza y valor para eso? -Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, in- fame. -A ver las tijeras de tusar mi caballo: túsenlo a la federala. Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortá- ronle la patilla que poblaba toda su barba por ba- jo, con risa estrepitosa de sus espectadores. -A ver -dijo el Juez-, un vaso de agua para que se refresque. -Uno de hiel te haría yo beber, infame. Un negro petiso púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Dióle el joven un punta- pié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo salpicando el asombrado rostro de los es- pectadores. -Este es incorregible. -Ya lo domaremos. -Silencio -dijo el juez-, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvi- darlo. Ahora vamos a cuentas. ¿Por qué no traes divisa? -Porque no quiero. -¿No sabes que lo manda el Restaurador? -La librea es para vosotros esclavos, no para los hombres libres. -A los libres se les hace llevar a la fuerza. -Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la pan- tera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas. -¿No temes que el tigre te despedace? -Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas. -¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?
  21. 21. 21 -Porque lo llevo en el corazón por la Patria, ¡por la Patria que vosotros habéis asesinado, infa- mes! -¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador? -Lo dispusísteis vosotros, esclavos, para lison- jear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasa- llaje infame. -¡Insolente! Te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas. -Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada dénle verga, bien atado sobre la mesa. Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa compri- miéndole todos sus miembros. -Primero degollarme que desnudarme; infame canalla. Atáronle un pañuelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de movi- miento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de san- gre. -Atenlo primero -exclamó el Juez. -Está rugiendo de rabia -articuló un sayón. En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo bo- ca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pare- ció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorpo- ró primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: -Primero degollarme que desnudarme, infa- me, canalla. Sus fuerzas se habían agotado. Inmediata- mente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones que- daron inmóviles y los espectadores estupefactos. -Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno. -Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro. -Pobre diablo: queríamos únicamente diver- tirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio - exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos. Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en pos del caballo del Juez cabizbajo y taciturno. Los federales habían dado fin a una de sus in- numerables proezas. En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, con- forme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era dego- llador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hom- bre decente y de corazón bien puesto, a todo pa- triota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el Matade- ro.
  22. 22. 22 ADOLFO BIOY CASARES – JORGE LUIS BORGES (Publicado bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq) Aquí empieza su aflición Hilario Ascasubi – “La refalosa” Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, fren- te a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como fierro viejo en Berazategui. Mientras formábamos en la cola, pugnamos por decirnos al vesre que una vez en posesión del arma de fuego nos daríamos trasla- do a Berazategui aunque a cada uno lo portara el otro a babucha, y allí, luego de empastarnos el bajo vientre con escarola, en base al producido de las armas, sacaríamos, ante el asombro gene- ral del empleado de turno ¡dos boletos de vuelta para Tolosa! Pero fue como si habláramos en inglés, porque Diente no pescaba ni un chiquito, ni yo tampoco, y los compañeros de fila presta- ban su servicio de intérprete, que casi me perfo- ran el tímpano, y se pasaban el Faber cachuzo para anotar la dirección del ruso. Felizmente, el señor Marforio, que es más flaco que la ranura de la máquina de monedita, es un amigo de ésos que mientras usted lo confunde con un montículo de caspa, está pulsando los más delicados resor- tes del alma del popolino, y así no es gracia que nos frenara en seco la manganeta, postergando la distribución para el día mismo del acto, con pretexto de una demora del Departamento de Policía en la remesa de las armas. Antes de hora y media de plantón, en una cola que ni para comprar kerosene, recibimos de propios labios del señor Pizzurno, orden de despejar al trote, que la cumplimos con cada viva entusiasta que no alcanzaron a cortar enteramente los escoba- zos rabiosos de ese tullido que hace las veces de portero en el Comité. A una distancia prudencial, la barra se rehizo. Loiácono se puso a hablar que ni la radio de la vecina. La vaina de esos cabezo- nes con labia es que a uno le calientan el mate y después el tipo -vulgo el abajo firmante- no sabe para dónde agarrar y me lo tienen jugando al tresiete en el almacén de Bernárdez, que vos a lo mejor te amargás con la ilusión que anduve de farra y la triste verdad fue que me pelaron hasta el último votacén, si el consuelo de cantar la nápola, tan siquiera una vuelta. (Tranquila Nelly, que el guardaguja se cansó de morfarte con la visual y ahora se retira, como un bacán en la zorra. Dejale a tu pato Donald que te dé otro pellizco en el cogotito). Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo re- gistraba tal cansancio en los pieses que al inme- diato capté que el sueñito reparador ya era de los míos. No contaba con ese contrincante que es el más sano patriotismo. No pensaba más que en el Monstruo y al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburan- te argentino que es. Te prometo que vine tan excitado que al rato me estorbaba la cubija para
  23. 23. 23 respirar como un ballenato. Reciencito a la hora de la perrera concilié el sueño, que resultó tan cansador como no dormir, aunque soñé primero con una tarde, cuando era pibe, que la finada mi madre me llevó a una quinta. Creeme, Nelly, que yo nunca había vuelto a pensar en esa tarde, pero en el sueño comprendí que era la más feliz de mi vida, y eso que no recuerdo nada sino un agua con hojas reflejadas y un perro muy blanco y muy manso, que yo le acariciaba el Lomuto; por suerte salí de esas purretadas y soñé con los modernos temarios que están en el marcador: el Monstruo me había nombrado su mascota y, algo después, su Gran Perro Bonzo. Desperté y, para haber soñado tanto destropósito, había dormido cinco minutos. Resolví cortar por lo sano: me di una friega con el trapo de la cocina, guardé to- dos los callordas en el calzado Fray Mocho, me enredé que ni un pulpo entre las mangas y las piernas de la combinación mameluco-, vestí la corbatita de lana con dibujos animados que me regalaste el Día del Colectivero y salí sudando grasa porque algún cascarudo habrá transitado por la vía pública y lo tomé por el camión. A cada falsa alarma que pudiera, o no, tomarse por el camión, yo salía como taponazo al trote gimnás- tico, salvando las sesenta varas que hay desde el tercer patio a la puerta de calle. Con entusiasmo juvenil entonaba la marcha que es nuestra ban- dera, pero a las doce menos diez, vine afónico y ya no me tiraban con todo los magnates del pri- mer patio. A las trece y veinte llegó el camión, que se había adelantado a la hora y cuando los compañeros de cruzada tuvieron el alegrón de verme, que ni me había desayunado con el pan del loro de la señora encargada, todos votaban por dejarme, con el pretexto que viajaban en un camión carnicero y no en una grúa. Me les en- ganché como acoplado y me dijeron que si les prometía no dar a luz antes de llegar a Espeleta, me portarían en mi condición de fardo, pero al fin se dejaron convencer y medio me izaron. To- mó furia como una golondrina el camión de la juventud y antes de media cuadra paró en seco frente del Comité. Salió un tape canoso, que era un gusto cómo nos baqueteaba y, antes que nos pudieran facilitar, con toda consideración, el libro de quejas, ya estábamos traspirando en un brete, que ni si tuviéramos las nucas de queso Mascarpone. A bufoso por barba fue la distribución alfabética; compenetrate, Nelly; a cada revólver le tocaba uno de nosotros. Sin el mínimo margen pruden- cial para hacer cola frente al Caballeros, o tan siquiera para someter a la subasta un arma en buen uso, nos guardaba el tape en el camión del que ya no nos evadiríamos sin una tarjetita de recomendación para el camionero. A la voz de ¡aura y se fue! Nos tuvieron hora y media al rayo del sol, a la vista por suerte, de nuestra querida Tolosa, que en cuanto el botón salía a correrlos, los pibes nos tenían a hondazo limpio, como si en cada uno de nosotros aprecia- ran menos el compatriota desinteresado que el pajarito para la polenta. Al promediar la primera hora, reinaba en el camión esa tirantez que es la base de toda reunión social pero después la mer- za me puso de buen humor con la pregunta si me había anotado para el concurso de la Reina Vic- toria, una indirecta vos sabés, a esta panza bom- bo, que siempre dicen que tendría que ser de vidrio para que yo me divisara aunque sea un poquito, los basamentos horma 44. Yo estaba tan afónico que parecía adornado con el bozal, pero a la hora y minutos de tragar tierra, medio recu- peré esta lengüita de Campana y, hombro a hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despa- chaba a todo pulmón la marchita del Monstruo, y ensayé hasta medio berrido que más bien salió francamente un hipo, que si no abro el paragüita que dejé en casa, ando en canoa con cada saliva- zo que usted me confunde con Vito Dumas, el Navegante Solitario. Por fin arrancamos y enton- ces sí que corrió el aire, que era como tomarse el baño en la olla de la sopa, y uno almorzaba un sangüiche de chorizo, otro su arrolladito de sa- lame, otro su panetún, otro su media botella de Vascolet y el de más allá la milanesa fría, pero más bien todo eso vino a suceder ora vuelta, cuando fuimos a la Ensenada, pero como yo no concurrí, más gano si no hablo. No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo como yo, porque hasta el más abúlico oye las emisiones en cadena, quieras que no. Todos éramos argentinos, todos de corta edad, todos del Sur y nos precipitábamos al en- cuentro de nuestros hermanos gemelos que, en camiones idénticos procedían de Fiorito y Villa Domínico, de Ciudadela, de Villa Luro, de La Paternal, aunque por Villa Crespo pulula el ruso
  24. 24. 24 y yo digo que más vale la pena acusar su domici- lio legal en Tolosa Norte. ¡Qué entusiasmo partidario te perdiste, Nelly! En cada foco de población muerto de hambre se nos quería colar una verdadera avalancha que la tenía emberretinada el más puro idealismo, pero el capo de nuestra carrada, Garfunkel, sabía repeler como corresponde a ese fabarutaje sin abuela, máxime si te metés en el coco que entre tanto mascalzone patentado bien se podía em- boscar un quintacolumna como luz, de esos que antes que usted dea la vuelta del mundo en ochenta días me lo convencen que es un crosta y el Monstruo un instrumento de la Compañía de Teléfono. No te digo niente de más de un cagas- tume que se acogía a esas purgas para darse de baja en el confusionismo y repatriarse a casita lo más liviano; pero embromate y confesá que de dos chichipíos el uno nace descalzo y el otro con patín de munición, porque vuelta que yo creía descolgarme del carro era patada del señor Gar- funkel que me restituía al seno de los valientes. En las primeras etapas los locales nos recibían con entusiasmo francamente contagioso, pero el señor Garfunkel, que no es de los que portan la piojosa puro adorno, le tenía prohibido al camio- nero sujetar la velocidad, no fuera algún avivato a ensayar la fuga relámpago. Otro gallo nos can- tó en Quilmes, donde el crostaje tuvo permiso para desentumecer los callos plantales, pero ¿quién, tan lejos del pago iba a apartarse del grupo? Hasta ese momentazo, dijera el propio Zoppi o su mamá, todo marchó como un dibujo, pero el ner- viosismo cundió entre la merza cuando el trom- pa, vulgo Garfunkel, nos puso blandos al tacto con la imposición de deponer en cada paredón el nombre del Monstruo, para ganar de nuevo el vehículo, a velocidad de purgante, no fuera algún cabreira a cabrearse y a venir calveira pegándo- nos. Cuando sonó la hora de la prueba empuñé el bufoso y bajé resuelto a todo, Nelly, anche a venderlo por menos de tres pessolanos. Pero ni un solo cliente asomó el hocico y me di el gusto de garabatear en la tapia unas letras frangollo, que si invierto un minuto más, el camión me da el esquinazo y se lo traga el horizonte rumbo al civismo, a la aglomeración, a la fratellanza, a la fiesta del Monstruo. Como para aglomeración estaba el camión cuando volví hecho un queso con camiseta, con la lengua de afuera. Se había sentado en la retranca y estaba tan quieto que sólo le faltaba el marco artístico para ser una foto. A Dios gracias formaba entre los nuestros el gangoso Tabacman, más conocido como Tornillo sin Fin, que es el empedernido de la mecánica, y a la media hora de buscarle el motor y de tomar- se toda la Bilz de mi segundo estómago de came- llo, que así yo pugno que le digan siempre a mi cantimplora, se mandó con toda franqueza su “a mí que me registren”, porque el Fargo a las cla- ras le resultaba una firme ilegible. Bien me parece tener leído en uno de esos quios- cos fetentes que no hay mal que por bien no venga, y así Tata Dios nos facilitó una bicicleta olvidada en contra de una quinta de verdura, que a mi ver el bicicletista estaba en proceso de re- cauchutaje, porque no asomó la fosa nasal cuan- do el propio Garfunkel le calentó el asiento con la culata. De ahí arrancó como si hubiera olido todo un cuadrito de escarola, que más bien pare- cía que el propio Zoppi o su mamá le hubiera munido el upite de un petardo Fu-Man-Chú. No faltó quien se aflojara la faja para reírse al verlo pedalear tan garufiento, pero a las cuatro cua- dras de pisarles los talones lo perdieron de vista, causa que el peatón, aunque se habilite las ma- nos con el calzado Pecus, no suele mantener su laurel de invicto frente a Don Bicicleta. El entu- siasmo de la conciencia en marcha hizo que en menos tiempo del que vos, gordeta, invertís en dejar el mostrador sin factura, el hombre se des- pistara en el horizonte, para mí que rumbo a la cucha, a Tolosa. Tu chanchito te va a ser confi- dencial, Nelly: quien más, quien menos ya peda- leaba con la comezón del gran Spiantujen, pero como yo no dejo siempre de recalcar en las horas que el luchador viene enervado y se aglomeran los más negros pronósticos, despunta el delante- ro fenómeno que marca goal; para la patria, para el Monstruo; para nuestra merza en franca des- composición, el camionero. Ese patriota que le sacó el sombrero se corrió como patinada y paró en seco al más avivato del grupo en fuga. Le aplicó súbito un mensaje que al día siguiente, por los chichones, todos me confundían con la yegua tubiana del panadero. Desde el suelo me mandé cada hurra que los vecinos se incrustaban el pulgar en el tímpano. De mientras, el camio- nero nos puso en fila india a los patriotas, que si alguno quería desapartarse, el de atrás tenía
  25. 25. 25 carta blanca para atribuirle cada patada en el culantro que todavía me duele sentarme. Calcu- late, Nelly, qué tarro el último de la fila ¡nadie le shoteaba la retaguardia! Era, cuándo no, el ca- mionero, que nos arrió como a concentración de pie planos hasta la zona, que no trepido en ca- racterizar como de la órbita de Don Bosco, vale, de Wilde. Ahí la casualidad quiso que el destino nos pusiera al alcance de un ónibus rumbo al descanso de hacienda de La Negra, que ni llovi- do por Baigorri. El camionero, que se lo tenía bien remanyado al guarda-conductor, causa de haber sido los dos - en los tiempos heroicos del Zoológico popular de Villa Domínico- mitades de un mismo camello, le suplicó a ese catalán de que nos portara. Antes que se pudiera mandar su Suba Zubizarreta de práctica, ya todos engrosamos el contingente de los que llenábamos el vehículo, riéndonos hasta enseñar las vegetaciones, del puntaje senza po- tencia, que, por razón de quedar cola, no alcanzó a incrustarse en el vehículo, quedando como quien dice “vía libre” para volver, sin tanta mala sangre, a Tolosa. Te exagero, Nelly, que íbamos como en onibus, que sudábamos propio como sardinas, que si vos te mandás el vistazo, el se- ñoras de Berazategui te viene chico. ¡Las histo- rietas de regular interés que se dieron curso! No te digo niente de la olorosa que cantó por lo bajo el tano Potasman, a la misma vista de Sarandí y de aquí lo aplaudo como un cuadrumano a Torni- llo sin Fin que en buena ley vino a ganar su me- dallón de Vero Desopilante, obligándome bajo amenaza de tincazo en los quimbos, a abrir la boca y cerrar los ojos: broma que aprovechó sin un desmayo para enllenarme las entremuelas con la pelusa y los demás producidos de los fun- dillos. Pero hasta las perdices cansan y cuando ya no sabíamos lo que hacer, un veterano me pasó la cortaplumita y la empuñamos todos a uno para más bien dejar como colador el cuero de los asientos. Para despistar, todos nos reíamos de mí; en después no faltó uno de esos vivancos que saltan como pulgas y vienen incrustados en el asfáltico, cosa de evacuarse del carromato antes que el guarda-conductor sorprendiera los des- perfectos. El primero que aterrizó fue Simón Tabacman que quedó propio ñato con el culazo; muy luego Fi- deo Zoppi o su mamá; de último, aunque reviente de la rabia, Rabasco; acto continuo, Spatola; doppo, el vasco Speciale. En el itnerinato, Mon- purgo se prestó por lo bajo al gran rejunte de papeles y bolsas de papel, idea fija de acopiar elemento para una fogarata en forma que hiciera pasto de las llamas al Broackway, propósito de escamotear a un severo examen la marca que dejó el cortaplumita. Pirosanto, que es un gango- so sin abuela, de esos que en el bolsillo portan menos pelusa que fósforos, se dispersó en el primer viraje, para evitar el préstamo de Ran- cherita, no sin comprometer la fuga, eso sí, con un cigarrillo Volcán que me sonsacó de la boca. Yo, sin ánimo de ostentación y para darme un poco de corte, estaba ya frunciendo la jeta para debatir la primera pitada cuando el Pirosanto, de un saque, capturó el cigarrillo, y Morpurgo, co- mo quien me dora la píldora, acogió el fósforo que ya me doraba los sabañones y metió fuego al papelamen. Sin tan siquiera sacarse el rancho, el funyi o la galera, Morpurgo se largó a la calle, pero yo panza y todo, lo madrugué y me tiré un rato antes y así pude brindarle un colchón, que amortiguó el impacto y cuasi me desfonda la busarda con los noventa kilos que acusa. Sandié, cuando me descalcé de esta boca los tamanguses hasta la rodilla de Manolo Morpurgo, l´ónibus ardía en el horizonte, mismo como el spiedo de Perosio, y el guarda-conductor-propietario, llora- ba dele que dele ese capital que se le volvía hu- mo negro. La barra, siendo más, se reía, pronta, lo juro por el Monstruo, a darse a la fuga si se irritaba el ciervo. Tornillo, que es el bufo tamaño mole, se le ocurrió un chiste que al escucharlo vos con la boca abierta vendrás de gelatina con la risa. Atenti, Nelly. Desemporcate las orejas, que ahí va. Uno, dos, tres y PUM. Dijo “pero no te me vuelvas a distraer con el spiantaja que le guiñás el ojo” que el ónibus ardía mismo como el spiedo de Perosio. Ja, ja, ja. Yo estaba lo más campante, pero la procesión iba por dentro. Vos, que cada parola que se me cae de los molares, la grabás en los sesos con el for- món, tal vez hagas memoria del camionero, que fue medio camello con el del ónibus. Si me en- tendés, la fija que ese cachascán se mandaría cada alianza con el lacrimógeno para punir nues- tra fea conducta estaba en la cabeza de los más linces. Pero no temás por tu conejito querido: el
  26. 26. 26 camionero se mandó un enfoque sereno y adivinó que el otro, sin ónibus, ya no era un oligarca que vale la pena romperse todo. Se sonrió como el gran bonachón que es; repartió, para mantener la disciplina, algún rodillazo amistoso (aquí tenés el diente que me saltó y se lo compré después para recuerdo) y ¡cierren filas y paso redoblado, marrr!¡Lo que es la adhesión! La gallarda co- lumna se infiltraba en las lagunas anegadizas, cuando no en las montañas de basura, que acu- san el acceso a la Capital, sin más defección que una tercera parte, grosso modo, del aglutinado inicial que zarpó de Tolosa. Algún inveterado se había propasado a medio encender su cigarrillo Salutaris, claro está, Nelly, que con el visto bueno del camionero. Qué cuadro para ponerlo en colores: portaba el estandarte, Spátola, con la camiseta de toda confianza sobre la demás ropa de lana; lo se- guían de cuatro en fondo, Tornillo, etc. Serían recién las diecinueve de la tarde cuando al fin llegamos a la Avenida Mitre. Morpurgo se rió todo de pensar que ya estábamos en Avellaneda. También se reían los bacanes, que a riesgo de caer de los balcones, vehículos y demás bañade- ras, se reían de vernos de a pie, sin el menor rodado. Felizmente Babuglia en todo piensa y en la otra banda del Riachuelo se estaban herrum- brando unos camiones de nacionalidad canadien- se, que el Instituto, siempre attenti, adquirió en calidad de rompecabezas de la Sección Demoli- ciones del ejército americano. Trepamos con el mono a uno caki y entonando el “Adiós, que me voy llorando”, esperamos que un loco del Ente Autónomo, fiscalizado por Tornillo Sin Fin, acti- vara la instalación del motor. Suerte que Rabasco, a pesar de esa cara de fun- dillo, tenía cuña con un guardia del Monopolio y, previo pago de boletos, completamos un bondi eléctrico, que metía más ruido que un solo gaita. El bondi -talán, talán- agarró p´al Centro; iba superbo como una madre joven que, soto la mi- rada del babo, porta en la panza las modernas generaciones que mañana reclamarán su lugar en las grandes meriendas de la vida... En su seno, con un tobillo en el estribo y otro sin domi- cilio legal, iba tu payaso querido, iba yo. Dijera un observador que el bondi cantaba; hendía el aire impulsado por el canto; los cantores éramos nosotros. Poco antes de la calle Belgrano la velo- cidad paró en seco desde unos veinticuatro mi- nutos; yo traspiraba para comprender, y anche la gran turba como hormiga de más y más automo- tores, que no dejaba que nuestro medio de loco- moción diera materialmente un paso. El camio- nero rechinó con la consigna ¡Abajo chichipíos! y ya nos bajamos en el cruce de Tacuarí y Bel- grano. A las dos o tres cuadras de caminarla, se planteó sobre tablas la interrogante: el garguero estaba reseco y pedía líquido. El Emporio y Despacho de Bebidas Puga y Gallach ofrecía un principio de solución. Pero te quiero ver, escopeta: ¿cómo abonábamos? En ese vericueto, el camionero se nos vino a manifestar como todo un expeditivo. A la vista y paciencia de un perro dogo, que termi- nó por verlo al revés, me tiró cada zancadilla delante de la merza hilarante, que me encasque- té una rejilla como sombrero hasta el masute, y del chaleco se rodó la chirola que yo había rejun- tado para no hacer tan triste papel cuando cun- diera el carrito de la ricotta. La chirola engrosó la bolsa común y el camionero, satisfecho mi asunto, pasó a atender a Souza, que es la mano derecha de Gouveia, el de los pegotes Pereyra - sabés- que vez pasada se impusieron también como la Tapioca Científica. Souza, que vive para el Pegote, es cobrador del mismo, y así no es gracia que dado vuelta pusiera en circulación tantos biglietes de hasta cero cincuenta que no habrá visto tantos juntos ni el Loco Calcamonía, que marchó preso cuando aplicaba la pintura mondongo a su primer bigliete. Los de Souza, por lo demás, no eran falsos y abonaron, contan- tes y sonantes, el importe neto de las Chissottis, que salimos como el que puso seca la mamajua- na. Bo, cuando cacha la guitarra, se cree Gardel. Es más, se cree Gotuso. Es más, se cree Garófa- lo. Es más, se cree Giganti-Tomassoni. Guitarra, propio no había en ese local, pero a Bo le dio con “Adiós Pampa Mía” y todos lo coreamos y la co- lumna juvenil era un solo grito. Cada uno, malgrado su corta edad, cantaba lo que le pedía el cuerpo, hasta que vino a distraernos un sina- goga que mandaba respeto con la barba. A ese le perdonamos la vida, pero no se escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más prác- tico, de manejo más ágil. Era un miserable cua- tro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estu- dio. Se registró como un distraído que cuasi se
  27. 27. 27 lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnaz- zo, para que procediera. Tonelada, que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y, cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósi- to que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve, se acabó la esca- sez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared senza finestra ni ventana. De mien- tras los traseros nos presionaban con la comezón de observar y los de fila cero quedamos como sangüiche de salame entre esos locos que pug- naban por una visión panorámica y el pobre qui- micointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño de un se- micírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramába- mos como el pabellón de los osos y nos rechina- ban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va, chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te re- cordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusi- mos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en el apedreo. El primer casco- tazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Ne- lly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara. Después del ejercicio que acalora me puse el saco, maniobra de evitar un resfrío, que por la parte baja te representa cero treinta en Genioles. El pescuezo lo añudé en la bufanda que vos zur- ciste con tus dedos de hada y acondicioné las orejas sotto el chambergolino, pero la gran sor- presa del día la vino a detentar Pirosanto, con la ponenda de meterle fuego al rejunta piedras, previa realización en remate de anteojos y ves- tuario. El remate no fue suceso. Los anteojos andaban misturados con la viscosidad de los ojos y el am- bo era un engrudo con la sangre. También los libros resultaron un clavo, por saturación de restos orgánicos. La suerte fue que el camionero (que resultó ser Graffiacane), pudo rescatarse su reloj del sistema Roskopf sobre diecisiete rubíes, y Bonfirraro se encargó de una cartera Fabri- cant, con hasta nueve pesos con veinte y una instantánea de una señorita profesora de piano, y el otario Rabasco se tuvo que contentar con un estuche Bausch para lentes y la lapicera fuente Plumex, para no decir nada del anillo de la anti- gua casa Poplavsky. Presto, fordeta, quedó rele- gado al olvido ese episodio callejero. Banderas de Boitano que tremolan, toques de clarín que vigoran, doquier la masa popular, formidavel. En la Plaza de Mayo nos arengó la gran descarga eléctrica que se firma doctor Marcelo N. Frog- man. Nos puso en forma para lo que vino des- pués: la palabra del Monstruo. Estas orejas la escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el discurso se transmite en cadena. Pujato, 24 de noviembre de 1947.

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