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BENITO JUÁREZ GARCÍA. EL JURISTA Y FORJADOR
DE LA REPÚBLICA
Ángel Zarazúa
Raúl Ávila
RESUMEN: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila presentan un texto biográfico sobre
Benito Juárez, en el que ilumina los orígenes y diversas facetas de su rica
personalidad, y ponen el acento en su contribución a la construcción de las
instituciones liberales del país.
ABSTRACTS: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila present a biographic text about
Benito Juarez’s life and Works. They shed light about the origin and different
aspects of his rich personality and emphasize on his contribution to the
construction of Mexican liberal institutions.
Derecho y Cultura, núm. 13,
enero-abril de 2004,
pp. 179-203
1
RÉSUMÉ: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila présentent un texte biographique sur la
vie et oeuvre de Benito Juárez, dans lequel ils remarquent les origines et les
diferentes facettes de son riche personnalité, ainsi comme sa contribution à la
construction des institutions libérales de notre pays.
I. INTRODUCCIÓN
Don Benito Juárez en la historia patria es el personaje paradigmático
del héroe nacional; pocos o ninguno de ellos tuvieron la oportunidad de ver
la culminación de sus luchas y sus ideales. Nuestro personaje firmó el acta
bautismal de la República, pues fue precisamente él quien ideó, diseñó y
consolidó ese proyecto nacional.
No obstante que la historia registra el movimiento insurgente de inicios
del siglo XIX como el de la emancipación del pueblo mexicano, es
indudable que el verdadero movimiento de Independencia lo engendró y
ejecutó don Benito Juárez García, al proponer un estatuto jurídico
nacional sistematizado y una nueva estructura de gobierno partiendo de la
base sólida de una clara delimitación entre el poder civil y el religioso.
Es la personificación del auténtico patriota, el punto de partida de un
nuevo sentimiento de pertenencia que en el devenir de los tiempos es
reconocido como el nacionalismo mexicano.
Tuvo los arrestos necesarios para sobreponerse a su propia
circunstancia vital, y no le resulta aplicable la expresión del escritor
latinoamericano en el sentido de que “el hombre es producto de su
circunstancia”; expresión ajena a este héroe nacional, al menos en lo
tocante a su ámbito personal; pues precisamente representa el prototipo
para aquél que desee sobreponerse a toda situación adversa, pues es la
demostración incontrovertible que se requiere de una templanza y de un
temperamento firmes y decididos, que no declinen ni se venzan ante el
mínimo contratiempo.
Es preciso que al ilustre oaxaqueño se le conozca en su dimensión que
logró como jurista, pero también sus facetas humana, familiar, como
personaje público, estadista e incluso como líder del mundo de su época.
Este ensayo se refiere a cada uno de estos aspectos de la personalidad
multifacética de este excepcional mexicano.
En este sentido, no pretende sumarse a la ya rica y explorada corriente
biográfica, el sentido de este trabajo es acreditar que todas y cada una de las
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
180
aristas de tan recia e imponente personalidad, permitieron siempre tener
una congruencia (por lo general ausente en personajes de esta talla), por
supuesto que es el destinatario natural del reconocimiento de “JURISTA
NACIONAL Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA”.
La conclusión natural se da en el sentido de que es por mucho el
prohombre que ocupa los niveles más altos del cielo patrio, ilustración de
ello es que en el concierto internacional, aun a pesar de que ha transcurrido
más de una centuria, sigue vigente la filosofía juarista, pues la convivencia
entre los integrantes del conglomerado humano, y de los propios estados y
naciones, sigue dándose sobre la base irrestricta del respeto al derecho
ajeno.
Tal es el legado imperecedero que a la posteridad dio el prócer
oaxaqueño: la fórmula para que la convivencia humana se genere con un
mínimo de concordia y con el presupuesto indispensable de la tolerancia
recíproca, sólo de esta manera puede lograrse la verdadera paz.
II. LOS PRIMEROS AÑOS
Un personaje de la talla de Benito Juárez, no podría tener cabida en la
historia en un ámbito que no fuera el Siglo XIX, marcado por la existencia
de un pléyade de personajes; así, en los albores de esa centuria ocurre el
nacimiento en nuestro país del jurista, forjador y Padre de la República.
Su llegada a este mundo, se da en un paralelo histórico con la creación
del ordenamiento jurídico que habrá de marcar prácticamente a todos los
estatutos nacionales que rigen la vida civil de aquellos países con tradición
romanista.
En efecto, el Código Civil francés se promulgó en el año de 1804, misma
anualidad en la que Napoleón es declarado emperador. Es precisamente
en este contexto, que se da el nacimiento de Juárez en el año de 1806.
El ámbito social, geográfico y cultural en los cuales se desarrolla su
persona tienen como característica común las carencias y adversidades. A
fin de no desviar el desarrollo de este trabajo, bástenos por ahora señalar
que las raíces étnicas del patricio oaxaqueño tienen profundos elementos
de la cultura zapoteca, la cual en su época de esplendor, fue señorío y no
grupo sometido.
Es preciso señalar que algunas plumas que han abanderado la delicada
tarea de transmitir de generación en generación los hechos más
BENITO JUÁREZ GARCÍA
181
representativos del acontecer patrio, quizá incluso de manera inconsciente,
han acabado planteando un esquema en el cual a las culturas conquistadas
de este lado del planeta, se les asigna una semblanza de atraso y barbarie.
Sin embargo, sabemos que la historia debe asumirse desde la
perspectiva que Cicerón le concedía como: “luz de la verdad, memoria de
la vida, vida de la memoria, maestra de los que viven y mensajera del
pasado”.
Eso es a nuestro juicio, lo que marcó la diferencia de carácter y
personalidad de nuestro pro-hombre, la pertenencia de raigambre a una de
las culturas más espléndidas de la época prehispánica: la cultura zapoteca;
es decir, lejos de que esta circunstancia imperante en su natalicio se deba
considerar como una desventaja, por el contrario, ello le permitió que de
origen, en su sangre hiciera ebullición permanente el orgullo de pertenecer
a tan magnífica cultura, y por supuesto, tener de suyo una mayor
sensibilidad vital, que al paso de los años, habría de aplicar en los diversos
órdenes de su vida; sólo de esta manera podemos explicarnos la firmeza,
reciedumbre, voluntad férrea y capacidad de decisión que asumió siempre
como hombre íntegro.
La magnificencia del valle de Oaxaca, decorado por la majestuosidad de
la Sierra Madre del Sur, fueron la cuna del insigne mexicano, y el color
moreno de las tierras de San Pablo Guelatao, impregnaron la tez del ser
que el mundo honraría inmortalizándolo como Benemérito.
La misma naturaleza fue cómplice de la historia, pues los husos horarios
en esta latitud, indican que dentro de ese maravilloso invento del hombre
que se llama tiempo, corresponde al 21 de marzo, la oportunidad de
renovación de la vida, pues con esa fecha arriba la primavera, que se
caracteriza por la multiplicidad de elementos que fortalecen la esperanza, y
representan una nueva oportunidad de cubrir un ciclo vital; elementos
todos que en forma generosa obsequió la naturaleza a nuestra nación,
precisamente con el nacimiento de Benito, un 21 de marzo.
Pocas culturas en el mundo, como lo es el caso de la mexicana, por
razones de tradición y costumbre, han establecido que los padres habrán
de dar cobijo a sus hijos, hasta en tanto se valgan por sí mismos. Sin
embargo, la muerte, que era considerada como parte de la vida por las
culturas antiguas, fue conocida a muy temprana edad por el ilustre
oaxaqueño, a través de uno de los dolores mayores que puede deparar la
vida al humano: la muerte de los padres.
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
182
BENITO JUÁREZ GARCÍA
En efecto, don Marcelino Juárez y doña Brígida García dejaron en la
orfandad a nuestro personaje, cuando apenas despertaba a la vida y
sumaba tres años de edad.
La sociedad mexicana desde siempre (regla general), suple esto a través
de los abuelos, los cuales infortunadamente al poco tiempo también
generarían una segunda orfandad a Juárez; a la cual habría de sumarse una
tercera obligada, pues la especulación histórica enseña que más adelante,
se separaría de su tío Bernardino, por malos tratos.
Es indudable que lo que nos arraiga al terruño es la propia familia, por
ello, ante la ausencia de ésta, no queda sino andar los caminos para
encontrar el propio, por eso inició su peregrinar. Sabido es que un pueblo
sin muertos, es un pueblo sin memoria, esto lo conocía Benito, pues en su
memoria siempre estuvo presente la imagen de los padres que apenas
conoció, así como la de los abuelos; y el destino se esmeró en hacerle
patente, que el sendero vital lo habría de andar sin la compañía de ellos.
Así como la legislación vigente establece que la ignorancia de la ley no
exime de su cumplimiento, podemos hacer un parangón en el sentido de
que la ignorancia de la historia no justifica las posturas radicales; esto es así
pues se ha difundido la idea de que el antirreligioso por antonomasia es
Benito Juárez, nada más alejado de la verdad que esto, y la razón es simple:
en los albores del siglo XIX si alguien tenía el monopolio de la educación
era precisamente la iglesia, por supuesto que esto además se medía con dos
raseros diferentes, según se tratara de las áreas rurales o del campo, o bien,
de las ciudades.
La educación laica por lo tanto no dejaba de ser sino una quimera, pues
las diversas órdenes religiosas eran quienes tenían en sus manos la
formación académica de los hombres. La primera barrera que hubo de
vencer nuestro personaje fue justamente la de aprender una forma de expresión
distinta a su lengua madre, pues era condición indispensable si quería ir
más allá, aprender “la castilla”: el español.
Esta circunstancia no era novedosa, debemos recordar que los próceres
del movimiento de independencia habían tenido también una formación
eminentemente eclesiástica, pues normalmente aquellos que se ordenaban
en algún grupo religioso, eran por definición los hombres más cultos.
No cabe duda que este ser venía ya predestinado a cumplir con una
función extraordinaria, pues los primeros años de su vida coinciden
igualmente con las primeras intentonas de cortar todo vínculo con la
183
Corona española, entre los cuales se cuenta el movimiento de 1808 que
involucró al Ayuntamiento de la ciudad de México, y por supuesto, ni
qué decir del encabezado por el padre Hidalgo en septiembre de 1810. Es
decir, la vida misma le permitió que su infancia transcurriera respirando
aires de libertad y de independencia, los cuales sin duda, fortalecieron el
espíritu que medio siglo después habría de necesitar para poner los sólidos
cimientos de la República.
Cuando el destino llama hay que acudir por todos los medios, pero para
ello primero se debe tener la certeza de ese llamado; quizá por eso el
asombro que a sus biógrafos despertó el hecho de que emprendiera su ruta
caminando hasta la ciudad capital, carece de razón alguna, pues es
evidente que lo verdaderamente relevante de este episodio lo constituye la
convicción de que para ser, Benito sabía que tenía la imperiosa necesidad
de desplazarse.
Los clásicos de la ciencia política enseñaban que las verdaderas
lecciones que inicialmente debían impartirse a quienes algún día
gobernarían, eran ni más ni menos que las de aprender a obedecer y a
trabajar; pues en este caso tal condición se cumplió a cabalidad, ya que las
crónicas narran que fue justamente su hermana, quien se dedicaba a
labores domésticas y lo arropó a su llegada a la capital, y por lo tanto,
Juárez tuvo como primera actividad compartir esa tarea.
Jorge Luis Borges asegura que la vida es el jardín de los senderos que se
bifurcan, y precisamente la vida de Benito es testimonio fehaciente de ello,
pues en la casa a la que llegó y en la cual recibió las trascendentales
lecciones de aprender a servir, no sólo le significó alivio en su peregrinar,
sino además (caprichos de la vida), la hija de su patrón habría de ser la
destinataria de la expresión de los más nobles sentimientos que se
pueden despertar en un hombre con motivo del amor. En efecto, Antonio
Maza era el patrón de la hermana y por consiguiente, lo fue de Juárez, pero
al mismo tiempo, era padre de la persona que sería su cobijo espiritual:
Margarita Maza.
Aprendidas las lecciones del servicio, quedaba pendiente conocer el
método para descifrar las ideas plasmadas en la escritura; por ello Benito
buscó satisfacer su avidez retomando los caminos que la pauta de la vida le
marcó y que para entonces, en su existir, parecían infinitos; así llegó con el
padre franciscano que le enseño “la castilla” y lo alentó a acudir a la
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
184
entonces llamada “Escuela Real”, para su primer encuentro formal con
la magia de la lengua escrita.
La agudeza demostrada y la habilidad desarrollada para superar las
primeras lecciones lo condujo de manera natural al seminario de Santa
Cruz. Por eso decimos que sus detractores se equivocan, pues la enseñanza
inicial del prócer se dio al cobijo de la educación de corte religioso, primero
con don Antonio Salanueva y luego en las escuelas referidas. En lo que
parecía una trayectoria de su destino vertical y sin accidentes, quiso el
tiempo y las circunstancias que éste diera un vuelco y truncara la
posibilidad de que tomando en consideración su formación básica, se
ordenara en alguno de los seminarios.
Estos primeros años los habría de recordar Juárez, el hombre, de la
siguiente manera:
Por otra parte, yo también sentía repugnancia de separarme de su
lado, dejar la casa que había amparado mi niñez y mi orfandad, y
abandonar a mis tiernos compañeros de infancia con quienes siempre
se contraen relaciones y simpatías profundas que la ausencia lastima,
marchitando el corazón.1
III. LA PREPARACIÓN DEL ABOGADO
Y POLÍTICO
Las circunstancias imperantes en la época posibilitaron que en 1826 se
fundara el Instituto de Ciencias y Artes de la ciudad de Oaxaca; por ello
cuando de decidir la vida se trató, el joven Benito no tuvo la menor duda de
gestionar lo necesario para acceder a tan novedosa institución, en la cual
encontró la actividad que compilaba el desiderátum de sus ideales y anhelos:
la carrera de abogado.
Conocedor profundo de la educación religiosa, ahora incursionaba en el
laicicismo, y ambos elementos generaron en este personaje una dualidad
única para su época: por un lado, los valores morales, la misericordia, la
humildad, que quiérase o no, había asimilado en su formación eclesiástica;
BENITO JUÁREZ GARCÍA
185
1 Henestrosa, Andrés, “Flor y látigo”, Apuntes para mis hijos. Recopilación del ideario de Benito
Juárez, México, Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario del
fallecimiento de don Benito Juárez, 1972, p. 44.
mientras que por el otro lado se acercaba a los conceptos de derecho y
justicia, pilares indisolubles de la ciencia jurídica que ahora aprendía.
La pasión por esto último, le permitió ser un alumno adelantado que
cristalizó convirtiéndose en el primer abogado titulado en el propio
Instituto de Ciencias y Artes.
Los abogados de antaño, forjados en el conocimiento de las ideas
clásicas, afirmaban que el verdadero conocimiento de la ciencia jurídica
sólo se tendría, cuando se aceptara ser evaluado todos los días por alumnos,
es decir, cuando se abrazara el apostolado de la docencia. Pues dentro de la
impresionante currícula de Juárez, encontramos que no sólo fue alumno
destacado del Instituto, sino que escaló la estructura jerárquica de suerte tal
que se desempeñó como maestro, secretario y director de esa prestigiada
Institución.
Paradójicamente en su labor como maestro, tuvo la oportunidad de
forjar en sus aulas a otro personaje registrado en la historia patria por su
célebre expresión: “... que nadie se perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta
será la última de las revoluciones. Sufragio Efectivo y No Reelección”, que
tal fue el lema empleado para lanzar el famoso Plan de Tuxtepec, estamos
hablando entonces de don Porfirio Díaz, quien a la postre había de
destacar como uno de los soldados con mayor sentido patriótico, y luego
como un estadista ambicioso de poder.
La formación como abogado, maestro y director de tan importante casa
de estudios, le permitió a Juárez alcanzar la madurez intelectual
indispensable para desempeñar de manera brillante las tareas que a lo
largo de su vida la República le encomendó.
Hoy se habla con insistencia de establecer el servicio civil de carrera en
el servicio público; sin estar reglamentado en la época, podemos afirmar
categóricamente que Benito cumplió con todos y cada uno de los diversos
niveles del ejercicio público, de esta manera en su Estado natal fue
diputado local, regidor del Ayuntamiento, juez y magistrado y por
supuesto, gobernador en diversas ocasiones. En el ámbito federal fue
diputado, ministro de negocios e instrucción pública, ministro de gobierno
y presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Mientras esto sucedía en la vida de este personaje, y se iba forjando día a
día el estadista ejemplar e impasible que habría de imprimir su sello
personal a la época histórica a la cual perteneció, en el exterior del país se
habían generado ya las revoluciones de Independencia en Caracas,
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
186
BENITO JUÁREZ GARCÍA
Bogotá, Santiago de Chile y Buenos Aires; habían surgido Simón Bolívar y
José de San Martín; tenido lugar la batalla de Waterloo; surgido James
Monroe como presidente de los Estados Unidos; Bolívar había alcanzado
la presidencia; muerto Napoleón; generado la Doctrina Monroe;
consolidado la Independencia de Colombia, Perú y Venezuela; acaecido
la muerte de Bolívar; y dado la división en América central en cinco
pequeñas repúblicas, entre otros muchos sucesos relevantes.
Entre tanto, en nuestro país, se inició el movimiento de Independencia,
habían sido apresados y ejecutados los precursores; repercutido la
promulgación de la Constitución de Cádiz; en el Congreso de
Chilpancingo proclamado la Independencia de México; surgido el
imperio de Iturbide; iniciado y consolidado las logias masónicas de
yorquinos y escoceses en nuestro país; surgido los movimientos reformistas
de Valentín Gómez Farías y José María Luis Mora; acaecido la separación
de Texas y se generaba el bombardeo a San Juan de Ulúa de la escuadra
francesa; el país había experimentado el proyecto federal en 1824 y
padecido el centralista en 1836 con la correspondiente dictadura de
Antonio López de Santa Anna, y los excesos del Supremo Poder
Conservador, así como la tristemente célebre denominación que se
adjudicó esta persona al llamarse “su Alteza Serenísima”.
Los cargos públicos desempeñados por Benito Juárez fueron marcados
siempre por una sensibilidad extraordinaria para atender las necesidades
de la población; en su oportunidad apostó a la educación, entendiéndola
como el único medio que tenía la sociedad para una mejoría y desarrollo
integral; esto lo planteó con pleno conocimiento de causa, pues en su
oportunidad había tenido la posibilidad de conocer la educación religiosa,
que se impartía bajo viejos formulismos carentes de sustento, muchos de
los cuales incluso atentaban contra la dignidad de la persona, sobre todo en
lo tocante a correctivos y medidas disciplinarias.
Nuestro personaje tuvo la oportunidad de recibir educación laica,
además de ejercitar la docencia desde esta perspectiva, todo lo cual le
permitía concluir en la imperiosa urgencia de superar atavismos y resabios
en los moldes educativos, máxime que también en él se conjugaban las
experiencias vividas en el ámbito rural y en la ciudad; es decir, había
tomado plena conciencia de la necesidad de un proyecto educativo de
carácter nacional, que abarcara hasta los lugares más recónditos del territorio
nacional.
187
La docencia entonces le permitió conocer en la práctica las verdaderas
carencias de la educación, por ello alentó siempre la formación de docentes
y la necesidad de que su labor no se centrara sólo en la ciudad.
Habiendo abrazado con verdadera convicción la carrera de abogado, se
convirtió de manera natural en un incansable defensor de la justicia y del
derecho, y con fervor creía que sólo respetando la ley sería posible realizar
a cabalidad las tareas de gobierno.
Todos y cada uno de estos aspectos de su formación, le permitieron que
llegado el momento de encumbrarse y consolidarse como figura política y
estadista, habían permeado su ser, profundos sentimientos de solidaridad
con sus congéneres, patriotismo y lealtad para el desempeño de cualquier
cargo público; contaba con los elementos suficientes para saber que el fin
último del poder era el servicio a los demás; que la política no era sino una
oportunidad de multiplicar acciones en beneficio del interés general y que
todo cuanto hiciera, no era sino dar debido cumplimiento al mandato legal
que había suscrito.
IV. BENITO JUÁREZ EL ESTADISTA
Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA
La historia enseña que los hombres al llegar a la cúspide del poder,
inician de manera simultánea un periodo de capacitación intensiva para
cumplir con su cometido, es decir, la improvisación y la inexperiencia las
más de las veces acompañan a quienes alcanzan los más altos niveles en la
delicada tarea del servicio público.
Por eso es excepcional el patricio oaxaqueño, pues llegado el momento
de ocupar la máxima magistratura del país, contaba con los elementos
necesarios para su leal y patriótico desempeño. Tenía plena conciencia de
estadista, sabía de su tiempo y circunstancia, conocía sus límites y
capacidades, y ello fue guía y luz en su camino. Así, afirmaba:
Los elogios con que ensalzan mi conducta no me envanecen. Tengo la
convicción de no haber más que llenado los deberes de cualquier ciudadano
que hubiera estado en mi puesto al ser agredida la nación por un ejército
extranjero. Cumplía a mi deber resistir sin descanso hasta salvar las
instituciones y la independencia que el pueblo mexicano había confiado a
mi custodia. Hoy, de vuelta a la capital, tengo el placer de comunicarles que
ni la Constitución ni la Independencia, han sufrido menoscabo a pesar de
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
188
haber sido terriblemente combatidas. No llego a México como
conquistador; le traigo, no el terror, sino la libertad y la paz que deseo
comiencen a gozar desde hoy todos los habitantes del país sin distinción
alguna. Espero que este deseo será cumplido con el concurso de la nación, a
la cual se debe el triunfo que hoy celebramos.2
Conocedor de las tesis esgrimidas por los pioneros de la ciencia política,
respetaba el principio de la voluntad general, a la cual denominaba
“voluntad nacional”, y le daba preeminencia sobre cualquier interés
particular.
Cuantas veces tenía la oportunidad, expresaba su respeto irrestricto al
pueblo, comprendía que los héroes no esgrimen pretextos; su existencia se
movía por una verdadera pasión hacia el país, el pueblo y los suyos, por eso
no tenía empacho en afirmar que su única aspiración era servir a los
intereses del pueblo y respetar su verdadera voluntad, procurando hacer
todo cuanto fuera posible para sostener las instituciones, pues decía:
... He demostrado en mi vida pública que sirvo lealmente a mi patria y que
amo la libertad. Ha sido mi único fin proponeros lo que creo mejor para
vuestros más caros intereses, que son afianzar la paz en el porvenir y
consolidar nuestras instituciones. ¡Sería yo feliz si antes de morir pudiera
verlas para siempre consolidadas!3
Debe decirse que ya desde el momento en que el estado de Oaxaca fue
honrado con su designación como gobernador, puso en práctica la
habilidad política y la experiencia acumulada, para celebrar convenios de
facto con los grupos de poder, de los cuales el que tenía un mayor peso
específico era por supuesto el poder eclesiástico.
Agradecido por su formación en el Instituto de Ciencias y Artes y como
un gesto de lealtad a esa institución que lo formó, le otorgó un amplio
apoyo e incluso gestionó lo necesario para que la estructura y sistemas
educativos de esa institución, fueran rediseñados en aras de conservar el
prestigio ganado y darle una mayor proyección; estas acciones en pro de la
educación se hicieron extensivas a prácticamente todas las escuelas del
Estado.
BENITO JUÁREZ GARCÍA
189
2 Documentos, discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México,
Secretaría del Patrimonio Nacional, 1964-1970, t.12, p. 248.
3 Henestrosa, Andrés, op. cit., p. 16.
Destacó también en su gestión la creación de la Casa de Moneda, así
como la institucionalización de un cuerpo militar dentro del propio
ejército, al que denominó Guardia Nacional. Esto es una prueba más de la
capacidad visionaria de Benito Juárez.
Conocedor de las penurias que para la vida de los soldados generaban
las épocas de guerra, pero sobre todo las posteriores a ella, se preocupó
siempre porque aquellos que habían participado en algún conflicto
intestino en nuestro país, recibieran las pensiones correspondientes y
fueran tratados como veteranos de guerra, disponiendo además que dada
su calidad de héroes nacionales, debían también recibir atención médica
específica, por lo que dispuso la creación de un nosocomio militar; es decir,
la evaluación que al final obtuvo en esta etapa de estadista, fue sin duda la
aprobación unánime de la población de su propio Estado.
Existe un dato curioso en este periodo como gobernador, pues habiendo
sido notificado de que se acercaba el general Santa Anna al estado que
gobernaba, ordenó se impidiera el paso a la capital de Oaxaca, aduciendo
para ello un interés general, consistente en preservar las condiciones de
convivencia pacífica y armónica en la entidad; cara tuvo que pagar su
osadía el prócer oaxaqueño, pues como veremos más adelante fue
perseguido ferozmente por Santa Anna.
El amor a su alma mater, y la circunstancia de ser nuevamente
gobernador en el año de 1856, le permitieron abrir de nueva cuenta las
puertas del Instituto de Ciencias y Artes, que había sido destinatario de los
ataques de los conservadores, al grado incluso de llegar al extremo de su
cierre, con la novedad de que incorporó materias relativas a la preparación
y adiestramiento militares, pues dados los tiempos convulsos que vivía el
país, sostenía la tesis de que el dedicarse solamente a actividades
académicas inutilizaba a los alumnos para afrontar adecuadamente las
contingencias que pudieran surgir, por lo que la educación y
adiestramiento militar, los tendría prestos para toda eventualidad. Debe
decirse que este modelo educativo fue adoptado por un sinnúmero de
instituciones que posteriormente fueron surgiendo, las cuales lograron
alcanzar un prestigio sólido, tal fue la modalidad de los internados que se
establecieron en diversas ciudades del país, o bien, como el prestigiado
“Instituto Patria”, que en la capital del país cumplió con su función de
forjar a varias generaciones de mexicanos, que en el desempeño del servicio
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
190
público dieron siempre muestras de poseer un sentido patriótico y
nacionalista.
Conocedor de los actos litúrgicos religiosos, y al mismo tiempo con un
fervor a las incipientes instituciones del país, ya desde el gobierno de
Oaxaca, modificó las prácticas y costumbres imperantes en la época, pues
las ideas que había forjado, le permitieron vislumbrar que los ámbitos
religioso y civil debían permanecer estrictamente separados.
De esta manera le correspondió ser el primer gobernador que desistió
cumplir con el ritual de que una vez que se tomaba posesión en la
gubernatura, se acudía a dar gracias a la Catedral. Como sabemos en
nuestra época se ha dado un severo retroceso en este sentido, pues la
práctica republicana inaugurada por Juárez, fue incumplida sin razón
alguna en la actualidad. Las razones esgrimidas por Benito fueron en el
sentido de que al ser representantes los funcionarios del pueblo, les
correspondía conocer todo lo relativo a la cosa pública, y por lo tanto,
debían de abstenerse de realizar acciones que mezclaran esas
jurisdicciones; esto constituyó el más importante precedente para el
apartado respectivo de las Leyes de Reforma.
Tal y como acontecería al desempeñarse como presidente de la
República, en su labor como gobernador, la austeridad personal, la lealtad,
la sencillez en su persona y bienes y la humildad, habrían de constituir las
características de su gestión, la cual tuvo siempre como fin último la ayuda
a los más necesitados. Esto nadie tuvo que enseñárselo, pues la vida misma
le había recetado una serie de duras lecciones, pues su origen, según se dijo
anteriormente, fue justamente en medio de la abundancia de las carencias.
No debemos pasar por alto que el Benemérito asumió una actitud de un
verdadero patriota, cuando habiendo sido asesinado el general Vicente
Guerrero, dentro del gobierno de Anastasio Bustamante, Juárez pidió que
sus restos fueran velados en Oaxaca, lo que le causó que fuera hecho
prisionero durante varios meses y desterrado a la ciudad de Tehuacán.
Igualmente, y luego de haber sido gobernador y director del Instituto de
Ciencias y Artes, fue nuevamente hecho prisionero por órdenes de Antonio
López de Santa Anna, quien cobraba así la cuenta pendiente, cuando
Juárez le impidió acceder a la ciudad capital de su Estado; este suceso
concluyó con su reclusión en las tinajas de San Juan de Ulúa, sin que ello
haya sido suficiente para satisfacer a su Alteza Serenísima, pues luego fue
BENITO JUÁREZ GARCÍA
191
deportado a La Habana, Cuba, y de ahí se trasladó a Nueva Orléans,
Estados Unidos de América.
Es precisamente en la ciudad de Nueva Orléans donde se encontró con
los liberales Ocampo, Mata, Arriaga y Montenegro, con quienes comienza
a planear lo necesario para preparar el regreso a la patria, así como la
estrategia y la lucha que habrían de seguir para conquistar el poder
público.
Para tener una idea de la talla de estos patriotas mexicanos, baste decir
que una de las mentes más lúcidas fue precisamente la de Ponciano
Arriaga, hombre preclaro del Congreso Constituyente de su época, que
compartía con Benito Juárez la preocupación porque la justicia alcanzara
sobre todo a los marginados, y cuya obra se concretó, entre otras muchas
cosas, con la creación de la Procuraduría de los Pobres, lo que lo
convertiría en un hombre ejemplar en este sentido, según magistral
descripción de Humberto Benitez Treviño, en su obra: “Ponciano Arriaga:
Defensor paradigmático de los pobres”, amén de haberse convertido en el
liberal estratega del pensamiento revolucionario de Benito Juárez.
No obstante la riqueza intelectual de este grupo de liberales que se
sumaron a la causa juarista, sin duda quien logró tener mayor ascendencia
sobre el Benemérito fue Melchor Ocampo, quien había abrevado en las
lecturas de quienes para esos años sostenían como las mejores, las tesis
relativas al socialismo, y que ante la improbabilidad de concretarlas,
fueron registrados como los socialistas utópicos.
De manera paralela en nuestro país, en marzo de 1854, se proclamaba
el Plan de Ayutla, alentado por Comonfort y encabezado en la lucha
armada por Juan Alvarez; Juárez consideró que era el momento oportuno
para incorporarse a ese frente; este movimiento se inició en el Estado de
Guerrero y alcanzó a extenderse en la mayor parte del territorio nacional;
compartían un sentimiento común: la oposición directa al gobierno de
Santa Anna.
El papel que asumió Juárez fue el de convertirse en el consejero de Juan
Alvarez, para ello llegó a Acapulco a incorporarse a esas fuerzas militares,
no sin antes fundar en el estado de Texas, la Junta Revolucionaria
Mexicana.
Este movimiento triunfó y Juárez fue designado Ministro de Justicia y
Negocios Eclesiásticos, aunque algunos historiadores señalan que el cargo
se denominaba Ministro de Justicia e Instrucción Pública; compartió la
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
192
estructura de gobierno con ministros como el propio Melchor Ocampo,
Guillermo Prieto, Ignacio Comonfort y Miguel Lerdo de Tejada. Desde
esa posición Juárez dictó varias medidas tendentes a reducir y desaparecer
los privilegios del clero y del ejército, lo que motivó que su ministerio
desapareciera, refugiándose de nueva cuenta en el gobierno de Oaxaca.
A esta época entonces pertenece la que históricamente es conocida
como la Ley Juárez, que data de noviembre de 1855, la cual por sí sola
provocó un severo conflicto del gobierno con las autoridades eclesiásticas y
la clase conservadora. Entre otras cuestiones, esta ley dispuso la
desaparición de los tribunales especiales, tal y como sucede hasta nuestros
días; sabemos que éstos son los que se crean para resolver casos específicos,
que no existen con anterioridad a que suceda el hecho que se va a juzgar, y
además que una vez resuelto el asunto en concreto, desaparecen; es decir,
se trata de tribunales que se alejan del respeto a las mínimas garantías al
gobernado.
Sin embargo, se dejaron a salvo los tribunales eclesiásticos y militares,
solamente que con una jurisdicción limitada y específica, pues ahora su
ámbito de acción se reduciría a resolver cuestiones propias, sin conocer de
asuntos de carácter civil, ni a juzgar a paisanos que se vieran involucrados
en ellos. Esto despertó enconos que para esa época se consideraban
superados y que se habían generado con motivo del actuar, entre otros
personajes, del doctor José María Luis Mora.
La presión en contra del gobierno de Juan Álvarez fue creciendo,
aunado al hecho de que se generaron divisiones entre sus propios
colaboradores, lo cual orilló al propio Alvarez a dimitir, es entonces
cuando Juárez se retira a su Estado. Sin embargo, Comonfort que había
relevado a Álvarez en la primera magistratura, lo invitó a fungir como
ministro de Gobernación.
Al igual que otros gobernadores, Juárez se opuso enérgicamente al
proyecto centralista de Ignacio Comonfort, quien finalmente fue
derrocado por la revuelta del Plan de la Ciudadela, el 19 de noviembre de
1857, abandonando la capital dos meses después; no obstante, antes de su
retiro la legislación reformista fue prolífica y se expidieron, entre otras, la
ley que decretaba la desamortización de los bienes eclesiásticos, conocida
como Ley Lerdo, que tenía el inconveniente a juicio de los historiadores de
que alentaba el latifundismo, pues convirtió a los campesinos en carne
de cañón.
BENITO JUÁREZ GARCÍA
193
De la misma manera don José María Iglesias logró también que la ley
que propuso relativa a la supresión del pago de diezmos y servicios
obligatorios parroquiales fuera aprobada, y se conoció precisamente como
Ley Iglesias; y se sumó a éstas la Ley Lafragua que otorgó la libertad de
prensa que había sido suprimida por Antonio López de Santa Anna.
Esto marcó el inicio del largo tiempo de Juárez como presidente, cargo
que habría de retener durante siete periodos. Desde julio de 1859 se inició
la expedición de las Leyes de Reforma, entre tanto, nuestro país era testigo
de la enconada lucha por ocupar la primera magistratura, y así se generó
un largo desfile en el cual participaron entre otros, los conservadores
Zuloaga, Robles Pezuela, Salas, Miramón, Pavón, e incluso el propio
Maximiliano de Habsburgo.
En el Congreso de 1856-1857, tuvieron lugar acaloradas discusiones en
relación con el artículo 15 del proyecto de Constitución, pues por primera
vez se había propuesto establecer la libertad para todos los mexicanos de
profesar la religión de su preferencia; sin embargo, luego se agregó el
párrafo relativo a que considerando que de manera tradicional la
población de nuestro país había venido profesando la religión católica, el
Estado haría lo necesario para preservar esta costumbre, sin generar daño
alguno a terceros, lo cual desató acalorados debates.
La búsqueda de una solución ecléctica a la controversia, no logró que se
alcanzara acuerdo alguno y tuvo el funesto resultado de la Guerra de
Reforma o Guerra de los Tres Años. Es aquí donde Juárez asumió el Poder
Ejecutivo, sólo que ante la problemática existente se vio en la imperiosa
necesidad de establecer la sede del gobierno en el Estado de Veracruz, no
sin antes sortear una serie de viscicitudes, entre las que se cuenta el episodio
protagonizado por Don Guillermo Prieto, en el Palacio de Gobierno de la
ciudad de Guadalajara, donde se interpuso ante un pelotón que pretendía
aprehender y agredir a Benito Juárez, con el sólido argumento que la
historia registró: “¡Los valientes no asesinan!”.
De la ciudad de Guadalajara encaminó sus pasos hacia Colima y
Manzanillo y de ahí, su gobierno trashumante embarcó a Panamá y La
Habana, llegando como ya se dijo con anterioridad, al puerto de Veracruz
en 1858, donde ya lo aguardaban Ignacio Ramírez, Ignacio de la Llave,
Ponciano Arriaga, Miguel Lerdo de Tejada, entre otros.
Es aquí donde se suscita uno de los episodios que más le es criticado a
Benito Juárez, pues bajo la presión de don Miguel Lerdo, firmó el Tratado
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
194
BENITO JUÁREZ GARCÍA
Mac Lane-Ocampo, que a todas luces resultaba lesivo para la soberanía
nacional y debe decirse que sólo por las pugnas internas que se daban en el
país del Norte, el Senado americano no ratificó el Tratado.
La llamada Guerra de Reforma terminó con la batalla de Calpulalpan,
donde fueron vencidos Miramón, Márquez y los restos del viejo ejército
virreinal; ante la huida del presidente conservador, por fin pudo retornar el
presidente Juárez a la ciudad de México el 11 de enero de 1861.
Al expedirse la Ley de Moratoria de Pagos a los países extranjeros, ésta
se tomó como pretexto en la Convención de Londres, para intervenir en
México, por lo que tres países: España, Inglaterra y Francia, enviaron sus
tropas a nuestro país, y haciendo caso omiso de la derogación del decreto
de moratoria del presidente Juárez, Napoleón III decidió continuar con la
intervención francesa y el imperio de Maximiliano. Para hacer frente a
la contingencia se nombró Jefe del Ejército al General Ignacio Zaragoza,
quien suplió al héroe de Calpulalpan, Jesús González Ortega.
Juárez reorganizó su gobierno y no obstante la victoria del 5 de Mayo,
finalmente Puebla cayó en manos del invasor, por lo que el gobierno de la
República comenzó nuevamente un itinerario galopante, y se encaminó a
la ciudad de San Luis Potosí, para posteriormente ir a Saltillo y terminar su
peregrinar en Paso del Norte, hoy ciudad Juárez, lugar estratégicamente
elegido por el Benemérito, pues sabía que las tropas americanas
impondrían respeto a los franceses.
Para beneplácito de nuestro país, la unión americana protestó contra la
intervención y reconoció a Benito Juárez como el representante único del
Gobierno Nacional Mexicano, y si bien este hecho coadyuvó para la
restauración de la República, de ninguna manera puede considerarse
como determinante para la victoria final republicana, pues es evidente que
tal y como lo afirma Daniel Moreno Díaz en su obra “Los hombres de la
Reforma”, la ayuda del gobierno estadounidense fue básicamente su
actividad diplomática, una vez concluida su Guerra Civil.
A la par se dio la pérdida del apoyo del gobierno francés, motivada por
el rompimiento de Napoleón a los compromisos de los Tratados de
Miramar, lo que debilitó enormemente al gobierno de Maximiliano, quien
para sostenerse buscó aliarse a la Iglesia. Muy conocido es el episodio
histórico en el cual su esposa Carlota gestionó apoyos en Europa para su
marido, y sin haber logrado nada su desesperación desembocó en la locura,
195
lo que motivó que el declarado emperador asumiera la decisión de
renunciar al imperio y abandonar de inmediato el país.
Sin embargo, convencido de lo contrario por quienes lo habían invitado
a gobernar, pretendió reorganizar su ejército y regresó a la capital en 1867;
ya el temor se había apoderado de las fuerzas invasoras, quienes
abandonaban el país en forma desesperada. Maximiliano se empecinó en
recuperar el terreno perdido y para tal efecto se hizo acompañar de
Márquez, Tomás Mejía y Miguel Miramón, quienes por estrategia le
aconsejaron cubrir la plaza de Querétaro, para evitar el avance de las
tropas liberales.
En marzo de 1867 Benito Juárez ordenó que la ciudad de Querétaro
fuera sitiada y las fuerzas republicanas lograron aprehender a
Maximiliano, Márquez, Miramón y Mejía, a quienes les fue aplicada la
Ley del 25 de enero de 1862, que con toda claridad establecía que debía ser
condenado a muerte todo aquel que atentara contra la independencia
nacional.
Destacados historiadores, entre ellos Patricia Galeana de Valadés, en su
obra “Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó México”, consignan
que fue numeroso el grupo de personajes que abogaron porque se
respetara la vida al Archiduque de Habsburgo; sin embargo, en todo
momento Juárez mantuvo presente que no era tan sólo su persona quien
asumía la decisión, sino que la nación entera y la República, eran quienes
históricamente asumían la decisión de dar una lección a la humanidad, en
el sentido de que nadie está legitimado para gobernar a un pueblo ajeno,
mucho menos aún mediante el uso de la fuerza.
Por ello, Maximiliano, Miramón y Mejía vieron desvanecerse, los
sueños por establecer un imperio mexicano,al igual que en la aventura
imperial anterior lo había hecho en 1822 Agustín de Iturbide, y la ciudad
de Querétaro, cuna del constitucionalismo mexicano, tuvo la oportunidad
histórica de convertirse en la sede donde se dio cumplimiento al acta
bautismal de la República, que se tradujo en la orden inexorable de que el
19 de junio de 1867, el Cerro de las Campanas fuera el sitio elegido por la
Nación, para dejar constancia al mundo de que se había adquirido la madurez
suficiente, para de una vez por todas convertirnos en una República.
Es este el hecho singular que nos permite afirmar de manera
contundente que don Benito Juárez García, debe ser considerado como el
“Forjador de la República”.
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
196
V. EL LIBRE PENSADOR BENITO JUÁREZ
El siglo XIX marcó el origen y destino de las logias masónicas en
nuestro país; tanto los ritos yorquino como escocés, buscaron su carta de
naturalización en este territorio, y en esa búsqueda, intentaron expanderse
en forma pronta y certera, alcanzando una gran influencia.
Benito Juárez buscó el mayor número de acercamientos posibles a estos
grupos; ya desde su Estado natal se había incorporado al rito yorquino, a
través de la Logia denominada “Esfuerzo a la virtud”, fundada en la ciudad
de Oaxaca en el año de 1829, iniciándose por supuesto como aprendiz.
Años después buscó su ingreso a la “Logia Independencia”, que era la
número dos del Rito Nacional Mexicano, consiguiendo incorporarse el 15
de enero de 1847.
Su formación e incorporación a las logias, fue lo que le permitió contar
con el apoyo de los masones en el destierro de 1853, y fueron ellos
precisamente quienes lo acompañaron hasta Nueva Orléans,
principalmente Melchor Ocampo, quien como ya se dijo, habría de tener
una gran influencia intelectual en Juárez; Guillermo Prieto, León
Guzmán, José María Mata, Francisco de P. Zendejas y Manuel Cepeda
Peraza, entre otros.
Si bien la mayor parte de sus biógrafos hacen recurrente referencia a su
actitud siempre humilde y sencilla, poco señalan que en el destierro su ocupación
fue la de torcedor en una fábrica de puros.
Algunos otros precisan que el conflicto más grave al que se enfrentó, fue
justamente el mantenerse en la decisión de aplicar la Ley del 25 de enero de
1862 a Maximiliano y sus lugartenientes, dado el carácter de masón del
propio archiduque.
El conflicto consistía en que al ser ambos integrantes de logias
masónicas, de ahí le venía el mandato de no dañar a un par, a un igual, sin
embargo, esta circunstancia se afirma fue resuelta, actuando no como
hermano masón, sino asumiendo la investidura como Presidente
Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, y por lo tanto,
representante de la voluntad de nuestra nación, lo que le permitió dejar a
salvo el conflicto que entrañaba su faceta de masón.
BENITO JUÁREZ GARCÍA
197
VI. LA PERSONA, EL ESPOSO Y EL PADRE
LLAMADO BENITO JUÁREZ
A este preclaro hombre se le conoce sobre todo por su gestión en los
puestos públicos, sin embargo, es indudable que ello sólo es parte de su
personalidad, ya que la faceta más importante, la humana, es posible
conocerla mediante las expresiones que quedaron registradas en sus
discursos, manifiestos y correspondencia, en las cuales se aprecia a un
hombre de una férrea disciplina, así señalaba: “Hay hombres que son
incorregibles por más que uno se empeñe en hacerlos buenos, elevándolos
para su propio bien”.4
El arrojo con serenidad que siempre lo caracterizó, lo refleja en la
expresión siguiente: “Hay circunstancias en la vida en que es preciso
aventurarlo todo si se quiere seguir viviendo física y moralmente”.5
Y parte de los secretos que rigieron su formación, los compartió así:
“Nunca se olvide que la constancia y el estudio hacen a los hombres
grandes, y que los hombres grandes son el porvenir de su patria.”6
Existe entre su ideario, una expresión que resulta singular, sobre todo
considerando el contexto en el cual se generó, pues no debemos perder de
vista que se trata del decimonónico. Tal expresión es la siguiente: “Formar
a la mujer con todas las recomendaciones que exige su necesaria y elevada
misión, es formar el germen fecundo de regeneración y mejora social. Por
esto es que su educación jamás debe descuidarse”.7
Por cuanto a la honestidad y el honor, virtudes y valores que con el
avance de los tiempos han perdido vigencia, el Benemérito señalaba: “No
deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia
en el error”.8
Por otra parte, pareciera regla general que todo aquel que alcance
determinada posición dentro de la jerarquía del servicio público, habrá de
renunciar necesariamente a tener sentimientos y expresiones de afecto y
cariño hacia los suyos; no es el caso del patricio oaxaqueño, quien no
obstante la árida época que le tocó vivir en la historia nacional, nunca dejó
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
198
4 Ibidem,. p. 12.
5 Ibidem, p. 13.
6 Ibidem, p. 16.
7 Ibidem, p. 24.
8 Ibidem, p. 32.
de ver a su propio interior y de expresar lo que ahí había, nobleza de
sentimientos, amor a la familia y los amigos; al respecto expresó:
Yo aún sufro y seguiré sufriendo, porque los sentimientos naturales
del corazón no pueden extinguirse, por mucho que nos empeñemos
en sofocarlos con la reflexión y con la energía de nuestra voluntad.
Sólo la familia y la amistad pueden mitigarlos algún tanto, sintiendo
con nosotros nuestras penas y fortaleciéndonos con sus palabras
de consuelo. Es todo lo que puede endulzarnos esta vida tan llena de
amargos sufrimientos.
Y más adelante, en otra de sus cartas establecía: “Yo no he sufrido
menos por la ausencia de ustedes; sin embargo, la fortuna todavía no nos
ha abandonado del todo, supuesto que hasta ahora no se ha desgraciado
ninguno de nuestra numerosa familia, que cuento con usted que la cuidará.
Ese es mi mayor consuelo”.9
Pero acaso una de las expresiones que lo pinta de cuerpo entero, pues
por un lado refleja el alto sentido de patriotismo que siempre derrochó,
y por otro el dolor natural que agobia a cualquier humano en una situación
de ese tipo, es la siguiente:
“Es mucho lo que sufre mi espíritu, y apenas tengo energía para
sobrellevar esta desgracia que me agobia y que casi no me deja respirar.
Murió mi adorado hijo, y con él murió también una de mis más bellas
esperanzas. Esto es horrible, pero ya no tiene remedio”.10
Y ni qué decir del lugar privilegiado que siempre dio a sus amigos, pues
es el único prócer nacional que nunca, en ninguno de los episodios que la
historia registra, aparece solo, por el contrario, siempre figuran a su lado
un buen número de amigos, y además, hay que atender a la talla de éstos, es
decir, ser el líder natural de mentes tan brillantes que siempre estuvieron
cerca de él, requiere cuando menos tener el pleno conocimiento y valor
que los griegos otorgaban a la virtud de la amistad, lo cual se encierra en su
expresión en el sentido de: “Para todos, justicia; para los amigos, favor y
justicia”.11
En otro orden de ideas, debe decirse que no pueden alcanzarse las
inmarcecibles alturas que escaló Benito Juárez, si no se tiene el temple y
BENITO JUÁREZ GARCÍA
199
9 Ibidem, p. 35.
10 Idem.
11 Ibidem, p. 30.
rectitud necesarios que sólo adquiere el hombre, con la compañía de la
mujer, el complemento recíproco natural. Por ello, no puede soslayarse el
aspecto poco explorado del hombre como tal, de la gama de sentimientos
que estuvieron siempre cerca de él, impulsándolo día a día en la titánica
labor de construir una República.
Decíamos que el destino al encaminarlo a la ciudad de Oaxaca, lo
acercó también a quien habría de ser su fortaleza en las difíciles jornadas
que lo aguardaban, a la mujer que habría de prodigarle el cariño necesario
para que nunca se viera en riesgo de perder la dimensión humana, no
obstante la magnitud que su figura alcanzó al paso de los años.
Así, Benito Juárez no perdió la noción de su circunstancia gracias a
Margarita Maza, la constante compañera, la tierna amiga, la mujer fuerte
y la acertada consejera de su marido. No obstante que el origen de su mujer
disentía del suyo propio, sobre todo por cuestiones de carácter
socioeconómicas, bien pronto asumió su papel de compañera, esposa y
madre, y se adaptó a la vida de austeridad y humildad que tuvo siempre el
insigne Benemérito.
Los biógrafos llegan a afirmar que incluso siendo gobernador de
Oaxaca, hubo días en que al llegar a su casa no había qué comer,
consecuencia del rigor en su honestidad, pues se sabe también que en
diversas ocasiones desempeñó cargos públicos, sin remuneración alguna,
debido a la raquítica hacienda pública.
Casos como éste son excepcionales en la vida nacional, solamente
tenemos conocimiento de uno similar personificado por don Miguel
Barragán, así se dice de este personaje que ocupó la presidencia de la
República de enero de 1835 a marzo de 1836, lo siguiente: “Para don
Miguel y su familia, la austeridad republicana no era una frase retórica, fue
una forma de vida. Al morir, su hija tuvo que ganarse la vida
estableciendo un modesto expendio de tabacos. No cabe duda, eran otros
tiempos”.12
Por su parte, en relación con don Benito Juárez, su forma de ser
trascendió aún después de que físicamente dejó de existir, así la destacada
historiadora Patricia Galeana de Valadés señala que:
Cuando murió, el Congreso otorgó una pensión a sus descendientes,
pues nunca hizo fortuna en los cargos políticos que ocupó. Como
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
200
12 Rosas, Alejandro, Relicario mexicano, México, Planeta, 2001, p. 55.
muestra cabe citar su estado financiero hacia 1865. En esos años, su
capital ascendía a diez mil pesos, el cual estaba en manos de su
mujer… La situación caótica en las arcas nacionales le impedían
recibir sueldo alguno con su puesto de Presidente. Con la intención
de ayudar al mandatario, uno de los generales entregó a su familia
cierta cantidad en documentos cobrables. De inmediato Don Benito
mandó que fueran devueltos, pues consideró que una operación
como aquella había de resultar ruinosa para el erario.13
No quiero dejar de mencionar una expresión que describe el amor de
Benito Juárez hacia este país y sus habitantes, en el sentido siguiente:
“Cada mexicano muerto por la patria es para mí un hermano a quien oigo
constantemente pidiéndome, desde la eternidad, un consuelo para las
personas a quienes amaba en la tierra”.14
Se señala insistentemente que la adustez e inexpresión del rostro del
Benemérito muestran a una persona inflexible y tosuda, sin embargo,
considero que es ni más ni menos el rostro de la historia de nuestro país,
pues al mismo tiempo que implica rasgos que denotan el origen indígena,
también recuerdan las dolorosas batallas internas que se han librado en
búsqueda de la identidad nacional, y es por supuesto paradigma a
alcanzar, pues como nación nos falta aún lograr la serenidad y templanza
que el rostro del patricio refleja.
Finalmente, debo decir que superadas las viscicitudes y sobresaltos a los
cuales la República se vio expuesta, don benito Juárez García desempeñó
la primera magistratura del país, hasta el día 18 de julio de 1872, fecha
señalada por quienes desconocen su existencia, como aquella en la cual
falleció.
Sin embargo, ese dato es incorrecto, pues no es la fecha del fallecimiento
del Benemérito; en efecto, los antiguos decían que las personas mueren
cuando ya nadie las recuerda, por ello, para ser precisos, el 18 de julio de
1872, en realidad corresponde al ingreso a la inmortalidad del más
nacionalista de los mexicanos.
BENITO JUÁREZ GARCÍA
201
13 Galeana, Patricia, Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó México, España, Biblioteca
Iberoamericana, 1998, pp. 27 y 28.
14 Henestrosa, Andrés, op. cit., p. 15.
VII. EPÍLOGO
Deseo parafrasear a uno de los pro-hombres de la Reforma más
destacados, a don ignacio Ramírez “El Nigromante”, quien al pronunciar
un discurso en memoria de don José Joaquín Fernández de Lizardi, señaló
que no se trataba sino de la realización de un homenaje “de un hombre del
pueblo a otro hombre del pueblo”.
Tal es la pretensión de este ensayo, pues la calidad de hombre del pueblo
no la da sino la fe en los destinos de la nación, la creencia en la democracia,
la confianza en que un día, todo mexicano gozará de las instituciones libres
y de las prerrogativas que la ley le otorga; pues sin duda ayer y hoy la causa
de nuestra cotidiana brega sigue siendo la misma que la abrazada por el
insigne Juárez: un México libre y con igualdad de oportunidades para
todos su hijos, y una causa única: la causa del pueblo mexicano.
Por ello, el homenaje a don Benito Juárez no puede ser otro que el
mantener vigentes sus principios, lealtad a las instituciones y a la patria, su
libre pensamiento, y su nacionalismo a ultranza.
Las épocas convulsas que parecieran amenazar a la nación hoy día, no
son sino manifestaciones de desconcierto de aquellos que al asumir el poder
público, se han percatado que es el instrumento idóneo para servir, y desesperan
al no poder degenerarlo en un instrumento para servirse.
Seguramente continuarán las burdas actitudes de retirar bustos y
cuadros de don Benito Juárez de lugares públicos y oficiales, por parte de
aquellos que se dicen agraviados tan sólo por la presencia del Benemérito,
pues ello basta para sentir que reprueba su actuación y desempeño.
Sin embargo, don Benito Juárez no está en pedazos de metal o lienzos
policromados, pues ocupa un lugar sublime: la memoria de la nación
mexicana; jamás podrá ser separado del corazón de todos y cada uno de los
mexicanos, que aprendimos a amar nuestra nación, justamente a través
del patriotismo que nos enseñó a profesarle el Benemérito de las Américas.
Don Benito Juárez García desaparecerá sólo cuando desaparezca la
República, y ésta cuando ya no existan mexicanos nacionalistas y libre
pensadores, tiempos que apreciados por un sano juicio, se ven remotos y
acaso imposibles.
Con independencia del apotegma juarista en el sentido de que “Entre
los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la
paz”, deseo concluir el ensayo con la mención a la siguiente expresión,
ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA
202
también producto del intelecto de don Benito Juárez García, que resultaría
de suma utilidad para quienes se ostentan hoy como los líderes del mundo:
“EL PRINCIPIO DE NO INTERVENCIÓN ES UNA DE LAS PRIMERAS
OBLIGACIONES DE LOS GOBIERNOS, EN EL RESPETO DEBIDO A LA
LIBERTAD DE LOS PUEBLOS Y A LOS DERECHOS DE LAS NACIONES”.
El padre Cronos, a quien respetaban y guardaban temor aún los dioses
que se creían los más poderosos, nos ha obsequiado una oportunidad
invaluable; la coincidencia del Bicentenario del Natalicio del Benemérito
de las Américas, con la renovación de los cargos de representación popular
federal, ambos hechos acontecerán en el año 2006; resta aún tiempo
suficiente para que se diseñen, instrumenten y ejecuten las jornadas
nacionales conmemorativas de tan importante evento para la nación.
VIII. BIBLIOGRAFÍA
ALAMÁN, Lucas, Semblanzas e ideario, México, UNAM-Biblioteca del
Estudiante Universitario, 1978.
BENITEZ TREVIÑO, Humberto, Ponciano Arriaga: defensor paradigmático de los
pobres, México, Universidad Autónoma del Estado de México, 1998.
COSÍO VILLEGAS, Daniel et al., Historia mínima de México, 8a. reimp.,
México, El Colegio de México, 1999.
GALEANA de VALADÉS, Patricia, Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó
México, España, Biblioteca Iberoamericana,1988.
———, Cronología Iberoamericana 1803-1992, México, Fondo de Cultura
Económica, 1993.
GARCÍA RIVAS, Heriberto, 150 Biografías de mexicanos ilustres, 20. ed.,
México, Diana, 1997.
HENESTROSA, Andrés, “Flor y látigo”, Recopilación del ideario de Benito Juárez,
México, Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario
del fallecimiento de don Benito Juárez, 1972.
LUIS MORA, José María, Ensayos, ideas y retratos, México,
UNAM-Biblioteca del Estudiante Universitario, 1979.
MORENO, Daniel, Los hombres de la reforma, México, 5a. ed., Costa-Amic
Editores, 1994.
ROSAS, Alejandro, Relicario mexicano, México, Planeta, 2001.
BENITO JUÁREZ GARCÍA
203

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BENITO JUÁREZ GARCÍA, JURISTA Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA

  • 1. BENITO JUÁREZ GARCÍA. EL JURISTA Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA Ángel Zarazúa Raúl Ávila RESUMEN: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila presentan un texto biográfico sobre Benito Juárez, en el que ilumina los orígenes y diversas facetas de su rica personalidad, y ponen el acento en su contribución a la construcción de las instituciones liberales del país. ABSTRACTS: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila present a biographic text about Benito Juarez’s life and Works. They shed light about the origin and different aspects of his rich personality and emphasize on his contribution to the construction of Mexican liberal institutions. Derecho y Cultura, núm. 13, enero-abril de 2004, pp. 179-203 1
  • 2. RÉSUMÉ: Ángel Zarazúa y Raúl Ávila présentent un texte biographique sur la vie et oeuvre de Benito Juárez, dans lequel ils remarquent les origines et les diferentes facettes de son riche personnalité, ainsi comme sa contribution à la construction des institutions libérales de notre pays. I. INTRODUCCIÓN Don Benito Juárez en la historia patria es el personaje paradigmático del héroe nacional; pocos o ninguno de ellos tuvieron la oportunidad de ver la culminación de sus luchas y sus ideales. Nuestro personaje firmó el acta bautismal de la República, pues fue precisamente él quien ideó, diseñó y consolidó ese proyecto nacional. No obstante que la historia registra el movimiento insurgente de inicios del siglo XIX como el de la emancipación del pueblo mexicano, es indudable que el verdadero movimiento de Independencia lo engendró y ejecutó don Benito Juárez García, al proponer un estatuto jurídico nacional sistematizado y una nueva estructura de gobierno partiendo de la base sólida de una clara delimitación entre el poder civil y el religioso. Es la personificación del auténtico patriota, el punto de partida de un nuevo sentimiento de pertenencia que en el devenir de los tiempos es reconocido como el nacionalismo mexicano. Tuvo los arrestos necesarios para sobreponerse a su propia circunstancia vital, y no le resulta aplicable la expresión del escritor latinoamericano en el sentido de que “el hombre es producto de su circunstancia”; expresión ajena a este héroe nacional, al menos en lo tocante a su ámbito personal; pues precisamente representa el prototipo para aquél que desee sobreponerse a toda situación adversa, pues es la demostración incontrovertible que se requiere de una templanza y de un temperamento firmes y decididos, que no declinen ni se venzan ante el mínimo contratiempo. Es preciso que al ilustre oaxaqueño se le conozca en su dimensión que logró como jurista, pero también sus facetas humana, familiar, como personaje público, estadista e incluso como líder del mundo de su época. Este ensayo se refiere a cada uno de estos aspectos de la personalidad multifacética de este excepcional mexicano. En este sentido, no pretende sumarse a la ya rica y explorada corriente biográfica, el sentido de este trabajo es acreditar que todas y cada una de las ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 180
  • 3. aristas de tan recia e imponente personalidad, permitieron siempre tener una congruencia (por lo general ausente en personajes de esta talla), por supuesto que es el destinatario natural del reconocimiento de “JURISTA NACIONAL Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA”. La conclusión natural se da en el sentido de que es por mucho el prohombre que ocupa los niveles más altos del cielo patrio, ilustración de ello es que en el concierto internacional, aun a pesar de que ha transcurrido más de una centuria, sigue vigente la filosofía juarista, pues la convivencia entre los integrantes del conglomerado humano, y de los propios estados y naciones, sigue dándose sobre la base irrestricta del respeto al derecho ajeno. Tal es el legado imperecedero que a la posteridad dio el prócer oaxaqueño: la fórmula para que la convivencia humana se genere con un mínimo de concordia y con el presupuesto indispensable de la tolerancia recíproca, sólo de esta manera puede lograrse la verdadera paz. II. LOS PRIMEROS AÑOS Un personaje de la talla de Benito Juárez, no podría tener cabida en la historia en un ámbito que no fuera el Siglo XIX, marcado por la existencia de un pléyade de personajes; así, en los albores de esa centuria ocurre el nacimiento en nuestro país del jurista, forjador y Padre de la República. Su llegada a este mundo, se da en un paralelo histórico con la creación del ordenamiento jurídico que habrá de marcar prácticamente a todos los estatutos nacionales que rigen la vida civil de aquellos países con tradición romanista. En efecto, el Código Civil francés se promulgó en el año de 1804, misma anualidad en la que Napoleón es declarado emperador. Es precisamente en este contexto, que se da el nacimiento de Juárez en el año de 1806. El ámbito social, geográfico y cultural en los cuales se desarrolla su persona tienen como característica común las carencias y adversidades. A fin de no desviar el desarrollo de este trabajo, bástenos por ahora señalar que las raíces étnicas del patricio oaxaqueño tienen profundos elementos de la cultura zapoteca, la cual en su época de esplendor, fue señorío y no grupo sometido. Es preciso señalar que algunas plumas que han abanderado la delicada tarea de transmitir de generación en generación los hechos más BENITO JUÁREZ GARCÍA 181
  • 4. representativos del acontecer patrio, quizá incluso de manera inconsciente, han acabado planteando un esquema en el cual a las culturas conquistadas de este lado del planeta, se les asigna una semblanza de atraso y barbarie. Sin embargo, sabemos que la historia debe asumirse desde la perspectiva que Cicerón le concedía como: “luz de la verdad, memoria de la vida, vida de la memoria, maestra de los que viven y mensajera del pasado”. Eso es a nuestro juicio, lo que marcó la diferencia de carácter y personalidad de nuestro pro-hombre, la pertenencia de raigambre a una de las culturas más espléndidas de la época prehispánica: la cultura zapoteca; es decir, lejos de que esta circunstancia imperante en su natalicio se deba considerar como una desventaja, por el contrario, ello le permitió que de origen, en su sangre hiciera ebullición permanente el orgullo de pertenecer a tan magnífica cultura, y por supuesto, tener de suyo una mayor sensibilidad vital, que al paso de los años, habría de aplicar en los diversos órdenes de su vida; sólo de esta manera podemos explicarnos la firmeza, reciedumbre, voluntad férrea y capacidad de decisión que asumió siempre como hombre íntegro. La magnificencia del valle de Oaxaca, decorado por la majestuosidad de la Sierra Madre del Sur, fueron la cuna del insigne mexicano, y el color moreno de las tierras de San Pablo Guelatao, impregnaron la tez del ser que el mundo honraría inmortalizándolo como Benemérito. La misma naturaleza fue cómplice de la historia, pues los husos horarios en esta latitud, indican que dentro de ese maravilloso invento del hombre que se llama tiempo, corresponde al 21 de marzo, la oportunidad de renovación de la vida, pues con esa fecha arriba la primavera, que se caracteriza por la multiplicidad de elementos que fortalecen la esperanza, y representan una nueva oportunidad de cubrir un ciclo vital; elementos todos que en forma generosa obsequió la naturaleza a nuestra nación, precisamente con el nacimiento de Benito, un 21 de marzo. Pocas culturas en el mundo, como lo es el caso de la mexicana, por razones de tradición y costumbre, han establecido que los padres habrán de dar cobijo a sus hijos, hasta en tanto se valgan por sí mismos. Sin embargo, la muerte, que era considerada como parte de la vida por las culturas antiguas, fue conocida a muy temprana edad por el ilustre oaxaqueño, a través de uno de los dolores mayores que puede deparar la vida al humano: la muerte de los padres. ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 182
  • 5. BENITO JUÁREZ GARCÍA En efecto, don Marcelino Juárez y doña Brígida García dejaron en la orfandad a nuestro personaje, cuando apenas despertaba a la vida y sumaba tres años de edad. La sociedad mexicana desde siempre (regla general), suple esto a través de los abuelos, los cuales infortunadamente al poco tiempo también generarían una segunda orfandad a Juárez; a la cual habría de sumarse una tercera obligada, pues la especulación histórica enseña que más adelante, se separaría de su tío Bernardino, por malos tratos. Es indudable que lo que nos arraiga al terruño es la propia familia, por ello, ante la ausencia de ésta, no queda sino andar los caminos para encontrar el propio, por eso inició su peregrinar. Sabido es que un pueblo sin muertos, es un pueblo sin memoria, esto lo conocía Benito, pues en su memoria siempre estuvo presente la imagen de los padres que apenas conoció, así como la de los abuelos; y el destino se esmeró en hacerle patente, que el sendero vital lo habría de andar sin la compañía de ellos. Así como la legislación vigente establece que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, podemos hacer un parangón en el sentido de que la ignorancia de la historia no justifica las posturas radicales; esto es así pues se ha difundido la idea de que el antirreligioso por antonomasia es Benito Juárez, nada más alejado de la verdad que esto, y la razón es simple: en los albores del siglo XIX si alguien tenía el monopolio de la educación era precisamente la iglesia, por supuesto que esto además se medía con dos raseros diferentes, según se tratara de las áreas rurales o del campo, o bien, de las ciudades. La educación laica por lo tanto no dejaba de ser sino una quimera, pues las diversas órdenes religiosas eran quienes tenían en sus manos la formación académica de los hombres. La primera barrera que hubo de vencer nuestro personaje fue justamente la de aprender una forma de expresión distinta a su lengua madre, pues era condición indispensable si quería ir más allá, aprender “la castilla”: el español. Esta circunstancia no era novedosa, debemos recordar que los próceres del movimiento de independencia habían tenido también una formación eminentemente eclesiástica, pues normalmente aquellos que se ordenaban en algún grupo religioso, eran por definición los hombres más cultos. No cabe duda que este ser venía ya predestinado a cumplir con una función extraordinaria, pues los primeros años de su vida coinciden igualmente con las primeras intentonas de cortar todo vínculo con la 183
  • 6. Corona española, entre los cuales se cuenta el movimiento de 1808 que involucró al Ayuntamiento de la ciudad de México, y por supuesto, ni qué decir del encabezado por el padre Hidalgo en septiembre de 1810. Es decir, la vida misma le permitió que su infancia transcurriera respirando aires de libertad y de independencia, los cuales sin duda, fortalecieron el espíritu que medio siglo después habría de necesitar para poner los sólidos cimientos de la República. Cuando el destino llama hay que acudir por todos los medios, pero para ello primero se debe tener la certeza de ese llamado; quizá por eso el asombro que a sus biógrafos despertó el hecho de que emprendiera su ruta caminando hasta la ciudad capital, carece de razón alguna, pues es evidente que lo verdaderamente relevante de este episodio lo constituye la convicción de que para ser, Benito sabía que tenía la imperiosa necesidad de desplazarse. Los clásicos de la ciencia política enseñaban que las verdaderas lecciones que inicialmente debían impartirse a quienes algún día gobernarían, eran ni más ni menos que las de aprender a obedecer y a trabajar; pues en este caso tal condición se cumplió a cabalidad, ya que las crónicas narran que fue justamente su hermana, quien se dedicaba a labores domésticas y lo arropó a su llegada a la capital, y por lo tanto, Juárez tuvo como primera actividad compartir esa tarea. Jorge Luis Borges asegura que la vida es el jardín de los senderos que se bifurcan, y precisamente la vida de Benito es testimonio fehaciente de ello, pues en la casa a la que llegó y en la cual recibió las trascendentales lecciones de aprender a servir, no sólo le significó alivio en su peregrinar, sino además (caprichos de la vida), la hija de su patrón habría de ser la destinataria de la expresión de los más nobles sentimientos que se pueden despertar en un hombre con motivo del amor. En efecto, Antonio Maza era el patrón de la hermana y por consiguiente, lo fue de Juárez, pero al mismo tiempo, era padre de la persona que sería su cobijo espiritual: Margarita Maza. Aprendidas las lecciones del servicio, quedaba pendiente conocer el método para descifrar las ideas plasmadas en la escritura; por ello Benito buscó satisfacer su avidez retomando los caminos que la pauta de la vida le marcó y que para entonces, en su existir, parecían infinitos; así llegó con el padre franciscano que le enseño “la castilla” y lo alentó a acudir a la ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 184
  • 7. entonces llamada “Escuela Real”, para su primer encuentro formal con la magia de la lengua escrita. La agudeza demostrada y la habilidad desarrollada para superar las primeras lecciones lo condujo de manera natural al seminario de Santa Cruz. Por eso decimos que sus detractores se equivocan, pues la enseñanza inicial del prócer se dio al cobijo de la educación de corte religioso, primero con don Antonio Salanueva y luego en las escuelas referidas. En lo que parecía una trayectoria de su destino vertical y sin accidentes, quiso el tiempo y las circunstancias que éste diera un vuelco y truncara la posibilidad de que tomando en consideración su formación básica, se ordenara en alguno de los seminarios. Estos primeros años los habría de recordar Juárez, el hombre, de la siguiente manera: Por otra parte, yo también sentía repugnancia de separarme de su lado, dejar la casa que había amparado mi niñez y mi orfandad, y abandonar a mis tiernos compañeros de infancia con quienes siempre se contraen relaciones y simpatías profundas que la ausencia lastima, marchitando el corazón.1 III. LA PREPARACIÓN DEL ABOGADO Y POLÍTICO Las circunstancias imperantes en la época posibilitaron que en 1826 se fundara el Instituto de Ciencias y Artes de la ciudad de Oaxaca; por ello cuando de decidir la vida se trató, el joven Benito no tuvo la menor duda de gestionar lo necesario para acceder a tan novedosa institución, en la cual encontró la actividad que compilaba el desiderátum de sus ideales y anhelos: la carrera de abogado. Conocedor profundo de la educación religiosa, ahora incursionaba en el laicicismo, y ambos elementos generaron en este personaje una dualidad única para su época: por un lado, los valores morales, la misericordia, la humildad, que quiérase o no, había asimilado en su formación eclesiástica; BENITO JUÁREZ GARCÍA 185 1 Henestrosa, Andrés, “Flor y látigo”, Apuntes para mis hijos. Recopilación del ideario de Benito Juárez, México, Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario del fallecimiento de don Benito Juárez, 1972, p. 44.
  • 8. mientras que por el otro lado se acercaba a los conceptos de derecho y justicia, pilares indisolubles de la ciencia jurídica que ahora aprendía. La pasión por esto último, le permitió ser un alumno adelantado que cristalizó convirtiéndose en el primer abogado titulado en el propio Instituto de Ciencias y Artes. Los abogados de antaño, forjados en el conocimiento de las ideas clásicas, afirmaban que el verdadero conocimiento de la ciencia jurídica sólo se tendría, cuando se aceptara ser evaluado todos los días por alumnos, es decir, cuando se abrazara el apostolado de la docencia. Pues dentro de la impresionante currícula de Juárez, encontramos que no sólo fue alumno destacado del Instituto, sino que escaló la estructura jerárquica de suerte tal que se desempeñó como maestro, secretario y director de esa prestigiada Institución. Paradójicamente en su labor como maestro, tuvo la oportunidad de forjar en sus aulas a otro personaje registrado en la historia patria por su célebre expresión: “... que nadie se perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última de las revoluciones. Sufragio Efectivo y No Reelección”, que tal fue el lema empleado para lanzar el famoso Plan de Tuxtepec, estamos hablando entonces de don Porfirio Díaz, quien a la postre había de destacar como uno de los soldados con mayor sentido patriótico, y luego como un estadista ambicioso de poder. La formación como abogado, maestro y director de tan importante casa de estudios, le permitió a Juárez alcanzar la madurez intelectual indispensable para desempeñar de manera brillante las tareas que a lo largo de su vida la República le encomendó. Hoy se habla con insistencia de establecer el servicio civil de carrera en el servicio público; sin estar reglamentado en la época, podemos afirmar categóricamente que Benito cumplió con todos y cada uno de los diversos niveles del ejercicio público, de esta manera en su Estado natal fue diputado local, regidor del Ayuntamiento, juez y magistrado y por supuesto, gobernador en diversas ocasiones. En el ámbito federal fue diputado, ministro de negocios e instrucción pública, ministro de gobierno y presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Mientras esto sucedía en la vida de este personaje, y se iba forjando día a día el estadista ejemplar e impasible que habría de imprimir su sello personal a la época histórica a la cual perteneció, en el exterior del país se habían generado ya las revoluciones de Independencia en Caracas, ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 186
  • 9. BENITO JUÁREZ GARCÍA Bogotá, Santiago de Chile y Buenos Aires; habían surgido Simón Bolívar y José de San Martín; tenido lugar la batalla de Waterloo; surgido James Monroe como presidente de los Estados Unidos; Bolívar había alcanzado la presidencia; muerto Napoleón; generado la Doctrina Monroe; consolidado la Independencia de Colombia, Perú y Venezuela; acaecido la muerte de Bolívar; y dado la división en América central en cinco pequeñas repúblicas, entre otros muchos sucesos relevantes. Entre tanto, en nuestro país, se inició el movimiento de Independencia, habían sido apresados y ejecutados los precursores; repercutido la promulgación de la Constitución de Cádiz; en el Congreso de Chilpancingo proclamado la Independencia de México; surgido el imperio de Iturbide; iniciado y consolidado las logias masónicas de yorquinos y escoceses en nuestro país; surgido los movimientos reformistas de Valentín Gómez Farías y José María Luis Mora; acaecido la separación de Texas y se generaba el bombardeo a San Juan de Ulúa de la escuadra francesa; el país había experimentado el proyecto federal en 1824 y padecido el centralista en 1836 con la correspondiente dictadura de Antonio López de Santa Anna, y los excesos del Supremo Poder Conservador, así como la tristemente célebre denominación que se adjudicó esta persona al llamarse “su Alteza Serenísima”. Los cargos públicos desempeñados por Benito Juárez fueron marcados siempre por una sensibilidad extraordinaria para atender las necesidades de la población; en su oportunidad apostó a la educación, entendiéndola como el único medio que tenía la sociedad para una mejoría y desarrollo integral; esto lo planteó con pleno conocimiento de causa, pues en su oportunidad había tenido la posibilidad de conocer la educación religiosa, que se impartía bajo viejos formulismos carentes de sustento, muchos de los cuales incluso atentaban contra la dignidad de la persona, sobre todo en lo tocante a correctivos y medidas disciplinarias. Nuestro personaje tuvo la oportunidad de recibir educación laica, además de ejercitar la docencia desde esta perspectiva, todo lo cual le permitía concluir en la imperiosa urgencia de superar atavismos y resabios en los moldes educativos, máxime que también en él se conjugaban las experiencias vividas en el ámbito rural y en la ciudad; es decir, había tomado plena conciencia de la necesidad de un proyecto educativo de carácter nacional, que abarcara hasta los lugares más recónditos del territorio nacional. 187
  • 10. La docencia entonces le permitió conocer en la práctica las verdaderas carencias de la educación, por ello alentó siempre la formación de docentes y la necesidad de que su labor no se centrara sólo en la ciudad. Habiendo abrazado con verdadera convicción la carrera de abogado, se convirtió de manera natural en un incansable defensor de la justicia y del derecho, y con fervor creía que sólo respetando la ley sería posible realizar a cabalidad las tareas de gobierno. Todos y cada uno de estos aspectos de su formación, le permitieron que llegado el momento de encumbrarse y consolidarse como figura política y estadista, habían permeado su ser, profundos sentimientos de solidaridad con sus congéneres, patriotismo y lealtad para el desempeño de cualquier cargo público; contaba con los elementos suficientes para saber que el fin último del poder era el servicio a los demás; que la política no era sino una oportunidad de multiplicar acciones en beneficio del interés general y que todo cuanto hiciera, no era sino dar debido cumplimiento al mandato legal que había suscrito. IV. BENITO JUÁREZ EL ESTADISTA Y FORJADOR DE LA REPÚBLICA La historia enseña que los hombres al llegar a la cúspide del poder, inician de manera simultánea un periodo de capacitación intensiva para cumplir con su cometido, es decir, la improvisación y la inexperiencia las más de las veces acompañan a quienes alcanzan los más altos niveles en la delicada tarea del servicio público. Por eso es excepcional el patricio oaxaqueño, pues llegado el momento de ocupar la máxima magistratura del país, contaba con los elementos necesarios para su leal y patriótico desempeño. Tenía plena conciencia de estadista, sabía de su tiempo y circunstancia, conocía sus límites y capacidades, y ello fue guía y luz en su camino. Así, afirmaba: Los elogios con que ensalzan mi conducta no me envanecen. Tengo la convicción de no haber más que llenado los deberes de cualquier ciudadano que hubiera estado en mi puesto al ser agredida la nación por un ejército extranjero. Cumplía a mi deber resistir sin descanso hasta salvar las instituciones y la independencia que el pueblo mexicano había confiado a mi custodia. Hoy, de vuelta a la capital, tengo el placer de comunicarles que ni la Constitución ni la Independencia, han sufrido menoscabo a pesar de ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 188
  • 11. haber sido terriblemente combatidas. No llego a México como conquistador; le traigo, no el terror, sino la libertad y la paz que deseo comiencen a gozar desde hoy todos los habitantes del país sin distinción alguna. Espero que este deseo será cumplido con el concurso de la nación, a la cual se debe el triunfo que hoy celebramos.2 Conocedor de las tesis esgrimidas por los pioneros de la ciencia política, respetaba el principio de la voluntad general, a la cual denominaba “voluntad nacional”, y le daba preeminencia sobre cualquier interés particular. Cuantas veces tenía la oportunidad, expresaba su respeto irrestricto al pueblo, comprendía que los héroes no esgrimen pretextos; su existencia se movía por una verdadera pasión hacia el país, el pueblo y los suyos, por eso no tenía empacho en afirmar que su única aspiración era servir a los intereses del pueblo y respetar su verdadera voluntad, procurando hacer todo cuanto fuera posible para sostener las instituciones, pues decía: ... He demostrado en mi vida pública que sirvo lealmente a mi patria y que amo la libertad. Ha sido mi único fin proponeros lo que creo mejor para vuestros más caros intereses, que son afianzar la paz en el porvenir y consolidar nuestras instituciones. ¡Sería yo feliz si antes de morir pudiera verlas para siempre consolidadas!3 Debe decirse que ya desde el momento en que el estado de Oaxaca fue honrado con su designación como gobernador, puso en práctica la habilidad política y la experiencia acumulada, para celebrar convenios de facto con los grupos de poder, de los cuales el que tenía un mayor peso específico era por supuesto el poder eclesiástico. Agradecido por su formación en el Instituto de Ciencias y Artes y como un gesto de lealtad a esa institución que lo formó, le otorgó un amplio apoyo e incluso gestionó lo necesario para que la estructura y sistemas educativos de esa institución, fueran rediseñados en aras de conservar el prestigio ganado y darle una mayor proyección; estas acciones en pro de la educación se hicieron extensivas a prácticamente todas las escuelas del Estado. BENITO JUÁREZ GARCÍA 189 2 Documentos, discursos y correspondencia, selección y notas de Jorge L. Tamayo, México, Secretaría del Patrimonio Nacional, 1964-1970, t.12, p. 248. 3 Henestrosa, Andrés, op. cit., p. 16.
  • 12. Destacó también en su gestión la creación de la Casa de Moneda, así como la institucionalización de un cuerpo militar dentro del propio ejército, al que denominó Guardia Nacional. Esto es una prueba más de la capacidad visionaria de Benito Juárez. Conocedor de las penurias que para la vida de los soldados generaban las épocas de guerra, pero sobre todo las posteriores a ella, se preocupó siempre porque aquellos que habían participado en algún conflicto intestino en nuestro país, recibieran las pensiones correspondientes y fueran tratados como veteranos de guerra, disponiendo además que dada su calidad de héroes nacionales, debían también recibir atención médica específica, por lo que dispuso la creación de un nosocomio militar; es decir, la evaluación que al final obtuvo en esta etapa de estadista, fue sin duda la aprobación unánime de la población de su propio Estado. Existe un dato curioso en este periodo como gobernador, pues habiendo sido notificado de que se acercaba el general Santa Anna al estado que gobernaba, ordenó se impidiera el paso a la capital de Oaxaca, aduciendo para ello un interés general, consistente en preservar las condiciones de convivencia pacífica y armónica en la entidad; cara tuvo que pagar su osadía el prócer oaxaqueño, pues como veremos más adelante fue perseguido ferozmente por Santa Anna. El amor a su alma mater, y la circunstancia de ser nuevamente gobernador en el año de 1856, le permitieron abrir de nueva cuenta las puertas del Instituto de Ciencias y Artes, que había sido destinatario de los ataques de los conservadores, al grado incluso de llegar al extremo de su cierre, con la novedad de que incorporó materias relativas a la preparación y adiestramiento militares, pues dados los tiempos convulsos que vivía el país, sostenía la tesis de que el dedicarse solamente a actividades académicas inutilizaba a los alumnos para afrontar adecuadamente las contingencias que pudieran surgir, por lo que la educación y adiestramiento militar, los tendría prestos para toda eventualidad. Debe decirse que este modelo educativo fue adoptado por un sinnúmero de instituciones que posteriormente fueron surgiendo, las cuales lograron alcanzar un prestigio sólido, tal fue la modalidad de los internados que se establecieron en diversas ciudades del país, o bien, como el prestigiado “Instituto Patria”, que en la capital del país cumplió con su función de forjar a varias generaciones de mexicanos, que en el desempeño del servicio ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 190
  • 13. público dieron siempre muestras de poseer un sentido patriótico y nacionalista. Conocedor de los actos litúrgicos religiosos, y al mismo tiempo con un fervor a las incipientes instituciones del país, ya desde el gobierno de Oaxaca, modificó las prácticas y costumbres imperantes en la época, pues las ideas que había forjado, le permitieron vislumbrar que los ámbitos religioso y civil debían permanecer estrictamente separados. De esta manera le correspondió ser el primer gobernador que desistió cumplir con el ritual de que una vez que se tomaba posesión en la gubernatura, se acudía a dar gracias a la Catedral. Como sabemos en nuestra época se ha dado un severo retroceso en este sentido, pues la práctica republicana inaugurada por Juárez, fue incumplida sin razón alguna en la actualidad. Las razones esgrimidas por Benito fueron en el sentido de que al ser representantes los funcionarios del pueblo, les correspondía conocer todo lo relativo a la cosa pública, y por lo tanto, debían de abstenerse de realizar acciones que mezclaran esas jurisdicciones; esto constituyó el más importante precedente para el apartado respectivo de las Leyes de Reforma. Tal y como acontecería al desempeñarse como presidente de la República, en su labor como gobernador, la austeridad personal, la lealtad, la sencillez en su persona y bienes y la humildad, habrían de constituir las características de su gestión, la cual tuvo siempre como fin último la ayuda a los más necesitados. Esto nadie tuvo que enseñárselo, pues la vida misma le había recetado una serie de duras lecciones, pues su origen, según se dijo anteriormente, fue justamente en medio de la abundancia de las carencias. No debemos pasar por alto que el Benemérito asumió una actitud de un verdadero patriota, cuando habiendo sido asesinado el general Vicente Guerrero, dentro del gobierno de Anastasio Bustamante, Juárez pidió que sus restos fueran velados en Oaxaca, lo que le causó que fuera hecho prisionero durante varios meses y desterrado a la ciudad de Tehuacán. Igualmente, y luego de haber sido gobernador y director del Instituto de Ciencias y Artes, fue nuevamente hecho prisionero por órdenes de Antonio López de Santa Anna, quien cobraba así la cuenta pendiente, cuando Juárez le impidió acceder a la ciudad capital de su Estado; este suceso concluyó con su reclusión en las tinajas de San Juan de Ulúa, sin que ello haya sido suficiente para satisfacer a su Alteza Serenísima, pues luego fue BENITO JUÁREZ GARCÍA 191
  • 14. deportado a La Habana, Cuba, y de ahí se trasladó a Nueva Orléans, Estados Unidos de América. Es precisamente en la ciudad de Nueva Orléans donde se encontró con los liberales Ocampo, Mata, Arriaga y Montenegro, con quienes comienza a planear lo necesario para preparar el regreso a la patria, así como la estrategia y la lucha que habrían de seguir para conquistar el poder público. Para tener una idea de la talla de estos patriotas mexicanos, baste decir que una de las mentes más lúcidas fue precisamente la de Ponciano Arriaga, hombre preclaro del Congreso Constituyente de su época, que compartía con Benito Juárez la preocupación porque la justicia alcanzara sobre todo a los marginados, y cuya obra se concretó, entre otras muchas cosas, con la creación de la Procuraduría de los Pobres, lo que lo convertiría en un hombre ejemplar en este sentido, según magistral descripción de Humberto Benitez Treviño, en su obra: “Ponciano Arriaga: Defensor paradigmático de los pobres”, amén de haberse convertido en el liberal estratega del pensamiento revolucionario de Benito Juárez. No obstante la riqueza intelectual de este grupo de liberales que se sumaron a la causa juarista, sin duda quien logró tener mayor ascendencia sobre el Benemérito fue Melchor Ocampo, quien había abrevado en las lecturas de quienes para esos años sostenían como las mejores, las tesis relativas al socialismo, y que ante la improbabilidad de concretarlas, fueron registrados como los socialistas utópicos. De manera paralela en nuestro país, en marzo de 1854, se proclamaba el Plan de Ayutla, alentado por Comonfort y encabezado en la lucha armada por Juan Alvarez; Juárez consideró que era el momento oportuno para incorporarse a ese frente; este movimiento se inició en el Estado de Guerrero y alcanzó a extenderse en la mayor parte del territorio nacional; compartían un sentimiento común: la oposición directa al gobierno de Santa Anna. El papel que asumió Juárez fue el de convertirse en el consejero de Juan Alvarez, para ello llegó a Acapulco a incorporarse a esas fuerzas militares, no sin antes fundar en el estado de Texas, la Junta Revolucionaria Mexicana. Este movimiento triunfó y Juárez fue designado Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, aunque algunos historiadores señalan que el cargo se denominaba Ministro de Justicia e Instrucción Pública; compartió la ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 192
  • 15. estructura de gobierno con ministros como el propio Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio Comonfort y Miguel Lerdo de Tejada. Desde esa posición Juárez dictó varias medidas tendentes a reducir y desaparecer los privilegios del clero y del ejército, lo que motivó que su ministerio desapareciera, refugiándose de nueva cuenta en el gobierno de Oaxaca. A esta época entonces pertenece la que históricamente es conocida como la Ley Juárez, que data de noviembre de 1855, la cual por sí sola provocó un severo conflicto del gobierno con las autoridades eclesiásticas y la clase conservadora. Entre otras cuestiones, esta ley dispuso la desaparición de los tribunales especiales, tal y como sucede hasta nuestros días; sabemos que éstos son los que se crean para resolver casos específicos, que no existen con anterioridad a que suceda el hecho que se va a juzgar, y además que una vez resuelto el asunto en concreto, desaparecen; es decir, se trata de tribunales que se alejan del respeto a las mínimas garantías al gobernado. Sin embargo, se dejaron a salvo los tribunales eclesiásticos y militares, solamente que con una jurisdicción limitada y específica, pues ahora su ámbito de acción se reduciría a resolver cuestiones propias, sin conocer de asuntos de carácter civil, ni a juzgar a paisanos que se vieran involucrados en ellos. Esto despertó enconos que para esa época se consideraban superados y que se habían generado con motivo del actuar, entre otros personajes, del doctor José María Luis Mora. La presión en contra del gobierno de Juan Álvarez fue creciendo, aunado al hecho de que se generaron divisiones entre sus propios colaboradores, lo cual orilló al propio Alvarez a dimitir, es entonces cuando Juárez se retira a su Estado. Sin embargo, Comonfort que había relevado a Álvarez en la primera magistratura, lo invitó a fungir como ministro de Gobernación. Al igual que otros gobernadores, Juárez se opuso enérgicamente al proyecto centralista de Ignacio Comonfort, quien finalmente fue derrocado por la revuelta del Plan de la Ciudadela, el 19 de noviembre de 1857, abandonando la capital dos meses después; no obstante, antes de su retiro la legislación reformista fue prolífica y se expidieron, entre otras, la ley que decretaba la desamortización de los bienes eclesiásticos, conocida como Ley Lerdo, que tenía el inconveniente a juicio de los historiadores de que alentaba el latifundismo, pues convirtió a los campesinos en carne de cañón. BENITO JUÁREZ GARCÍA 193
  • 16. De la misma manera don José María Iglesias logró también que la ley que propuso relativa a la supresión del pago de diezmos y servicios obligatorios parroquiales fuera aprobada, y se conoció precisamente como Ley Iglesias; y se sumó a éstas la Ley Lafragua que otorgó la libertad de prensa que había sido suprimida por Antonio López de Santa Anna. Esto marcó el inicio del largo tiempo de Juárez como presidente, cargo que habría de retener durante siete periodos. Desde julio de 1859 se inició la expedición de las Leyes de Reforma, entre tanto, nuestro país era testigo de la enconada lucha por ocupar la primera magistratura, y así se generó un largo desfile en el cual participaron entre otros, los conservadores Zuloaga, Robles Pezuela, Salas, Miramón, Pavón, e incluso el propio Maximiliano de Habsburgo. En el Congreso de 1856-1857, tuvieron lugar acaloradas discusiones en relación con el artículo 15 del proyecto de Constitución, pues por primera vez se había propuesto establecer la libertad para todos los mexicanos de profesar la religión de su preferencia; sin embargo, luego se agregó el párrafo relativo a que considerando que de manera tradicional la población de nuestro país había venido profesando la religión católica, el Estado haría lo necesario para preservar esta costumbre, sin generar daño alguno a terceros, lo cual desató acalorados debates. La búsqueda de una solución ecléctica a la controversia, no logró que se alcanzara acuerdo alguno y tuvo el funesto resultado de la Guerra de Reforma o Guerra de los Tres Años. Es aquí donde Juárez asumió el Poder Ejecutivo, sólo que ante la problemática existente se vio en la imperiosa necesidad de establecer la sede del gobierno en el Estado de Veracruz, no sin antes sortear una serie de viscicitudes, entre las que se cuenta el episodio protagonizado por Don Guillermo Prieto, en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Guadalajara, donde se interpuso ante un pelotón que pretendía aprehender y agredir a Benito Juárez, con el sólido argumento que la historia registró: “¡Los valientes no asesinan!”. De la ciudad de Guadalajara encaminó sus pasos hacia Colima y Manzanillo y de ahí, su gobierno trashumante embarcó a Panamá y La Habana, llegando como ya se dijo con anterioridad, al puerto de Veracruz en 1858, donde ya lo aguardaban Ignacio Ramírez, Ignacio de la Llave, Ponciano Arriaga, Miguel Lerdo de Tejada, entre otros. Es aquí donde se suscita uno de los episodios que más le es criticado a Benito Juárez, pues bajo la presión de don Miguel Lerdo, firmó el Tratado ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 194
  • 17. BENITO JUÁREZ GARCÍA Mac Lane-Ocampo, que a todas luces resultaba lesivo para la soberanía nacional y debe decirse que sólo por las pugnas internas que se daban en el país del Norte, el Senado americano no ratificó el Tratado. La llamada Guerra de Reforma terminó con la batalla de Calpulalpan, donde fueron vencidos Miramón, Márquez y los restos del viejo ejército virreinal; ante la huida del presidente conservador, por fin pudo retornar el presidente Juárez a la ciudad de México el 11 de enero de 1861. Al expedirse la Ley de Moratoria de Pagos a los países extranjeros, ésta se tomó como pretexto en la Convención de Londres, para intervenir en México, por lo que tres países: España, Inglaterra y Francia, enviaron sus tropas a nuestro país, y haciendo caso omiso de la derogación del decreto de moratoria del presidente Juárez, Napoleón III decidió continuar con la intervención francesa y el imperio de Maximiliano. Para hacer frente a la contingencia se nombró Jefe del Ejército al General Ignacio Zaragoza, quien suplió al héroe de Calpulalpan, Jesús González Ortega. Juárez reorganizó su gobierno y no obstante la victoria del 5 de Mayo, finalmente Puebla cayó en manos del invasor, por lo que el gobierno de la República comenzó nuevamente un itinerario galopante, y se encaminó a la ciudad de San Luis Potosí, para posteriormente ir a Saltillo y terminar su peregrinar en Paso del Norte, hoy ciudad Juárez, lugar estratégicamente elegido por el Benemérito, pues sabía que las tropas americanas impondrían respeto a los franceses. Para beneplácito de nuestro país, la unión americana protestó contra la intervención y reconoció a Benito Juárez como el representante único del Gobierno Nacional Mexicano, y si bien este hecho coadyuvó para la restauración de la República, de ninguna manera puede considerarse como determinante para la victoria final republicana, pues es evidente que tal y como lo afirma Daniel Moreno Díaz en su obra “Los hombres de la Reforma”, la ayuda del gobierno estadounidense fue básicamente su actividad diplomática, una vez concluida su Guerra Civil. A la par se dio la pérdida del apoyo del gobierno francés, motivada por el rompimiento de Napoleón a los compromisos de los Tratados de Miramar, lo que debilitó enormemente al gobierno de Maximiliano, quien para sostenerse buscó aliarse a la Iglesia. Muy conocido es el episodio histórico en el cual su esposa Carlota gestionó apoyos en Europa para su marido, y sin haber logrado nada su desesperación desembocó en la locura, 195
  • 18. lo que motivó que el declarado emperador asumiera la decisión de renunciar al imperio y abandonar de inmediato el país. Sin embargo, convencido de lo contrario por quienes lo habían invitado a gobernar, pretendió reorganizar su ejército y regresó a la capital en 1867; ya el temor se había apoderado de las fuerzas invasoras, quienes abandonaban el país en forma desesperada. Maximiliano se empecinó en recuperar el terreno perdido y para tal efecto se hizo acompañar de Márquez, Tomás Mejía y Miguel Miramón, quienes por estrategia le aconsejaron cubrir la plaza de Querétaro, para evitar el avance de las tropas liberales. En marzo de 1867 Benito Juárez ordenó que la ciudad de Querétaro fuera sitiada y las fuerzas republicanas lograron aprehender a Maximiliano, Márquez, Miramón y Mejía, a quienes les fue aplicada la Ley del 25 de enero de 1862, que con toda claridad establecía que debía ser condenado a muerte todo aquel que atentara contra la independencia nacional. Destacados historiadores, entre ellos Patricia Galeana de Valadés, en su obra “Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó México”, consignan que fue numeroso el grupo de personajes que abogaron porque se respetara la vida al Archiduque de Habsburgo; sin embargo, en todo momento Juárez mantuvo presente que no era tan sólo su persona quien asumía la decisión, sino que la nación entera y la República, eran quienes históricamente asumían la decisión de dar una lección a la humanidad, en el sentido de que nadie está legitimado para gobernar a un pueblo ajeno, mucho menos aún mediante el uso de la fuerza. Por ello, Maximiliano, Miramón y Mejía vieron desvanecerse, los sueños por establecer un imperio mexicano,al igual que en la aventura imperial anterior lo había hecho en 1822 Agustín de Iturbide, y la ciudad de Querétaro, cuna del constitucionalismo mexicano, tuvo la oportunidad histórica de convertirse en la sede donde se dio cumplimiento al acta bautismal de la República, que se tradujo en la orden inexorable de que el 19 de junio de 1867, el Cerro de las Campanas fuera el sitio elegido por la Nación, para dejar constancia al mundo de que se había adquirido la madurez suficiente, para de una vez por todas convertirnos en una República. Es este el hecho singular que nos permite afirmar de manera contundente que don Benito Juárez García, debe ser considerado como el “Forjador de la República”. ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 196
  • 19. V. EL LIBRE PENSADOR BENITO JUÁREZ El siglo XIX marcó el origen y destino de las logias masónicas en nuestro país; tanto los ritos yorquino como escocés, buscaron su carta de naturalización en este territorio, y en esa búsqueda, intentaron expanderse en forma pronta y certera, alcanzando una gran influencia. Benito Juárez buscó el mayor número de acercamientos posibles a estos grupos; ya desde su Estado natal se había incorporado al rito yorquino, a través de la Logia denominada “Esfuerzo a la virtud”, fundada en la ciudad de Oaxaca en el año de 1829, iniciándose por supuesto como aprendiz. Años después buscó su ingreso a la “Logia Independencia”, que era la número dos del Rito Nacional Mexicano, consiguiendo incorporarse el 15 de enero de 1847. Su formación e incorporación a las logias, fue lo que le permitió contar con el apoyo de los masones en el destierro de 1853, y fueron ellos precisamente quienes lo acompañaron hasta Nueva Orléans, principalmente Melchor Ocampo, quien como ya se dijo, habría de tener una gran influencia intelectual en Juárez; Guillermo Prieto, León Guzmán, José María Mata, Francisco de P. Zendejas y Manuel Cepeda Peraza, entre otros. Si bien la mayor parte de sus biógrafos hacen recurrente referencia a su actitud siempre humilde y sencilla, poco señalan que en el destierro su ocupación fue la de torcedor en una fábrica de puros. Algunos otros precisan que el conflicto más grave al que se enfrentó, fue justamente el mantenerse en la decisión de aplicar la Ley del 25 de enero de 1862 a Maximiliano y sus lugartenientes, dado el carácter de masón del propio archiduque. El conflicto consistía en que al ser ambos integrantes de logias masónicas, de ahí le venía el mandato de no dañar a un par, a un igual, sin embargo, esta circunstancia se afirma fue resuelta, actuando no como hermano masón, sino asumiendo la investidura como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, y por lo tanto, representante de la voluntad de nuestra nación, lo que le permitió dejar a salvo el conflicto que entrañaba su faceta de masón. BENITO JUÁREZ GARCÍA 197
  • 20. VI. LA PERSONA, EL ESPOSO Y EL PADRE LLAMADO BENITO JUÁREZ A este preclaro hombre se le conoce sobre todo por su gestión en los puestos públicos, sin embargo, es indudable que ello sólo es parte de su personalidad, ya que la faceta más importante, la humana, es posible conocerla mediante las expresiones que quedaron registradas en sus discursos, manifiestos y correspondencia, en las cuales se aprecia a un hombre de una férrea disciplina, así señalaba: “Hay hombres que son incorregibles por más que uno se empeñe en hacerlos buenos, elevándolos para su propio bien”.4 El arrojo con serenidad que siempre lo caracterizó, lo refleja en la expresión siguiente: “Hay circunstancias en la vida en que es preciso aventurarlo todo si se quiere seguir viviendo física y moralmente”.5 Y parte de los secretos que rigieron su formación, los compartió así: “Nunca se olvide que la constancia y el estudio hacen a los hombres grandes, y que los hombres grandes son el porvenir de su patria.”6 Existe entre su ideario, una expresión que resulta singular, sobre todo considerando el contexto en el cual se generó, pues no debemos perder de vista que se trata del decimonónico. Tal expresión es la siguiente: “Formar a la mujer con todas las recomendaciones que exige su necesaria y elevada misión, es formar el germen fecundo de regeneración y mejora social. Por esto es que su educación jamás debe descuidarse”.7 Por cuanto a la honestidad y el honor, virtudes y valores que con el avance de los tiempos han perdido vigencia, el Benemérito señalaba: “No deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia en el error”.8 Por otra parte, pareciera regla general que todo aquel que alcance determinada posición dentro de la jerarquía del servicio público, habrá de renunciar necesariamente a tener sentimientos y expresiones de afecto y cariño hacia los suyos; no es el caso del patricio oaxaqueño, quien no obstante la árida época que le tocó vivir en la historia nacional, nunca dejó ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 198 4 Ibidem,. p. 12. 5 Ibidem, p. 13. 6 Ibidem, p. 16. 7 Ibidem, p. 24. 8 Ibidem, p. 32.
  • 21. de ver a su propio interior y de expresar lo que ahí había, nobleza de sentimientos, amor a la familia y los amigos; al respecto expresó: Yo aún sufro y seguiré sufriendo, porque los sentimientos naturales del corazón no pueden extinguirse, por mucho que nos empeñemos en sofocarlos con la reflexión y con la energía de nuestra voluntad. Sólo la familia y la amistad pueden mitigarlos algún tanto, sintiendo con nosotros nuestras penas y fortaleciéndonos con sus palabras de consuelo. Es todo lo que puede endulzarnos esta vida tan llena de amargos sufrimientos. Y más adelante, en otra de sus cartas establecía: “Yo no he sufrido menos por la ausencia de ustedes; sin embargo, la fortuna todavía no nos ha abandonado del todo, supuesto que hasta ahora no se ha desgraciado ninguno de nuestra numerosa familia, que cuento con usted que la cuidará. Ese es mi mayor consuelo”.9 Pero acaso una de las expresiones que lo pinta de cuerpo entero, pues por un lado refleja el alto sentido de patriotismo que siempre derrochó, y por otro el dolor natural que agobia a cualquier humano en una situación de ese tipo, es la siguiente: “Es mucho lo que sufre mi espíritu, y apenas tengo energía para sobrellevar esta desgracia que me agobia y que casi no me deja respirar. Murió mi adorado hijo, y con él murió también una de mis más bellas esperanzas. Esto es horrible, pero ya no tiene remedio”.10 Y ni qué decir del lugar privilegiado que siempre dio a sus amigos, pues es el único prócer nacional que nunca, en ninguno de los episodios que la historia registra, aparece solo, por el contrario, siempre figuran a su lado un buen número de amigos, y además, hay que atender a la talla de éstos, es decir, ser el líder natural de mentes tan brillantes que siempre estuvieron cerca de él, requiere cuando menos tener el pleno conocimiento y valor que los griegos otorgaban a la virtud de la amistad, lo cual se encierra en su expresión en el sentido de: “Para todos, justicia; para los amigos, favor y justicia”.11 En otro orden de ideas, debe decirse que no pueden alcanzarse las inmarcecibles alturas que escaló Benito Juárez, si no se tiene el temple y BENITO JUÁREZ GARCÍA 199 9 Ibidem, p. 35. 10 Idem. 11 Ibidem, p. 30.
  • 22. rectitud necesarios que sólo adquiere el hombre, con la compañía de la mujer, el complemento recíproco natural. Por ello, no puede soslayarse el aspecto poco explorado del hombre como tal, de la gama de sentimientos que estuvieron siempre cerca de él, impulsándolo día a día en la titánica labor de construir una República. Decíamos que el destino al encaminarlo a la ciudad de Oaxaca, lo acercó también a quien habría de ser su fortaleza en las difíciles jornadas que lo aguardaban, a la mujer que habría de prodigarle el cariño necesario para que nunca se viera en riesgo de perder la dimensión humana, no obstante la magnitud que su figura alcanzó al paso de los años. Así, Benito Juárez no perdió la noción de su circunstancia gracias a Margarita Maza, la constante compañera, la tierna amiga, la mujer fuerte y la acertada consejera de su marido. No obstante que el origen de su mujer disentía del suyo propio, sobre todo por cuestiones de carácter socioeconómicas, bien pronto asumió su papel de compañera, esposa y madre, y se adaptó a la vida de austeridad y humildad que tuvo siempre el insigne Benemérito. Los biógrafos llegan a afirmar que incluso siendo gobernador de Oaxaca, hubo días en que al llegar a su casa no había qué comer, consecuencia del rigor en su honestidad, pues se sabe también que en diversas ocasiones desempeñó cargos públicos, sin remuneración alguna, debido a la raquítica hacienda pública. Casos como éste son excepcionales en la vida nacional, solamente tenemos conocimiento de uno similar personificado por don Miguel Barragán, así se dice de este personaje que ocupó la presidencia de la República de enero de 1835 a marzo de 1836, lo siguiente: “Para don Miguel y su familia, la austeridad republicana no era una frase retórica, fue una forma de vida. Al morir, su hija tuvo que ganarse la vida estableciendo un modesto expendio de tabacos. No cabe duda, eran otros tiempos”.12 Por su parte, en relación con don Benito Juárez, su forma de ser trascendió aún después de que físicamente dejó de existir, así la destacada historiadora Patricia Galeana de Valadés señala que: Cuando murió, el Congreso otorgó una pensión a sus descendientes, pues nunca hizo fortuna en los cargos políticos que ocupó. Como ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 200 12 Rosas, Alejandro, Relicario mexicano, México, Planeta, 2001, p. 55.
  • 23. muestra cabe citar su estado financiero hacia 1865. En esos años, su capital ascendía a diez mil pesos, el cual estaba en manos de su mujer… La situación caótica en las arcas nacionales le impedían recibir sueldo alguno con su puesto de Presidente. Con la intención de ayudar al mandatario, uno de los generales entregó a su familia cierta cantidad en documentos cobrables. De inmediato Don Benito mandó que fueran devueltos, pues consideró que una operación como aquella había de resultar ruinosa para el erario.13 No quiero dejar de mencionar una expresión que describe el amor de Benito Juárez hacia este país y sus habitantes, en el sentido siguiente: “Cada mexicano muerto por la patria es para mí un hermano a quien oigo constantemente pidiéndome, desde la eternidad, un consuelo para las personas a quienes amaba en la tierra”.14 Se señala insistentemente que la adustez e inexpresión del rostro del Benemérito muestran a una persona inflexible y tosuda, sin embargo, considero que es ni más ni menos el rostro de la historia de nuestro país, pues al mismo tiempo que implica rasgos que denotan el origen indígena, también recuerdan las dolorosas batallas internas que se han librado en búsqueda de la identidad nacional, y es por supuesto paradigma a alcanzar, pues como nación nos falta aún lograr la serenidad y templanza que el rostro del patricio refleja. Finalmente, debo decir que superadas las viscicitudes y sobresaltos a los cuales la República se vio expuesta, don benito Juárez García desempeñó la primera magistratura del país, hasta el día 18 de julio de 1872, fecha señalada por quienes desconocen su existencia, como aquella en la cual falleció. Sin embargo, ese dato es incorrecto, pues no es la fecha del fallecimiento del Benemérito; en efecto, los antiguos decían que las personas mueren cuando ya nadie las recuerda, por ello, para ser precisos, el 18 de julio de 1872, en realidad corresponde al ingreso a la inmortalidad del más nacionalista de los mexicanos. BENITO JUÁREZ GARCÍA 201 13 Galeana, Patricia, Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó México, España, Biblioteca Iberoamericana, 1998, pp. 27 y 28. 14 Henestrosa, Andrés, op. cit., p. 15.
  • 24. VII. EPÍLOGO Deseo parafrasear a uno de los pro-hombres de la Reforma más destacados, a don ignacio Ramírez “El Nigromante”, quien al pronunciar un discurso en memoria de don José Joaquín Fernández de Lizardi, señaló que no se trataba sino de la realización de un homenaje “de un hombre del pueblo a otro hombre del pueblo”. Tal es la pretensión de este ensayo, pues la calidad de hombre del pueblo no la da sino la fe en los destinos de la nación, la creencia en la democracia, la confianza en que un día, todo mexicano gozará de las instituciones libres y de las prerrogativas que la ley le otorga; pues sin duda ayer y hoy la causa de nuestra cotidiana brega sigue siendo la misma que la abrazada por el insigne Juárez: un México libre y con igualdad de oportunidades para todos su hijos, y una causa única: la causa del pueblo mexicano. Por ello, el homenaje a don Benito Juárez no puede ser otro que el mantener vigentes sus principios, lealtad a las instituciones y a la patria, su libre pensamiento, y su nacionalismo a ultranza. Las épocas convulsas que parecieran amenazar a la nación hoy día, no son sino manifestaciones de desconcierto de aquellos que al asumir el poder público, se han percatado que es el instrumento idóneo para servir, y desesperan al no poder degenerarlo en un instrumento para servirse. Seguramente continuarán las burdas actitudes de retirar bustos y cuadros de don Benito Juárez de lugares públicos y oficiales, por parte de aquellos que se dicen agraviados tan sólo por la presencia del Benemérito, pues ello basta para sentir que reprueba su actuación y desempeño. Sin embargo, don Benito Juárez no está en pedazos de metal o lienzos policromados, pues ocupa un lugar sublime: la memoria de la nación mexicana; jamás podrá ser separado del corazón de todos y cada uno de los mexicanos, que aprendimos a amar nuestra nación, justamente a través del patriotismo que nos enseñó a profesarle el Benemérito de las Américas. Don Benito Juárez García desaparecerá sólo cuando desaparezca la República, y ésta cuando ya no existan mexicanos nacionalistas y libre pensadores, tiempos que apreciados por un sano juicio, se ven remotos y acaso imposibles. Con independencia del apotegma juarista en el sentido de que “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, deseo concluir el ensayo con la mención a la siguiente expresión, ÁNGEL ZARAZÚA / RAÚL ÁVILA 202
  • 25. también producto del intelecto de don Benito Juárez García, que resultaría de suma utilidad para quienes se ostentan hoy como los líderes del mundo: “EL PRINCIPIO DE NO INTERVENCIÓN ES UNA DE LAS PRIMERAS OBLIGACIONES DE LOS GOBIERNOS, EN EL RESPETO DEBIDO A LA LIBERTAD DE LOS PUEBLOS Y A LOS DERECHOS DE LAS NACIONES”. El padre Cronos, a quien respetaban y guardaban temor aún los dioses que se creían los más poderosos, nos ha obsequiado una oportunidad invaluable; la coincidencia del Bicentenario del Natalicio del Benemérito de las Américas, con la renovación de los cargos de representación popular federal, ambos hechos acontecerán en el año 2006; resta aún tiempo suficiente para que se diseñen, instrumenten y ejecuten las jornadas nacionales conmemorativas de tan importante evento para la nación. VIII. BIBLIOGRAFÍA ALAMÁN, Lucas, Semblanzas e ideario, México, UNAM-Biblioteca del Estudiante Universitario, 1978. BENITEZ TREVIÑO, Humberto, Ponciano Arriaga: defensor paradigmático de los pobres, México, Universidad Autónoma del Estado de México, 1998. COSÍO VILLEGAS, Daniel et al., Historia mínima de México, 8a. reimp., México, El Colegio de México, 1999. GALEANA de VALADÉS, Patricia, Benito Juárez. El indio zapoteca que reformó México, España, Biblioteca Iberoamericana,1988. ———, Cronología Iberoamericana 1803-1992, México, Fondo de Cultura Económica, 1993. GARCÍA RIVAS, Heriberto, 150 Biografías de mexicanos ilustres, 20. ed., México, Diana, 1997. HENESTROSA, Andrés, “Flor y látigo”, Recopilación del ideario de Benito Juárez, México, Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario del fallecimiento de don Benito Juárez, 1972. LUIS MORA, José María, Ensayos, ideas y retratos, México, UNAM-Biblioteca del Estudiante Universitario, 1979. MORENO, Daniel, Los hombres de la reforma, México, 5a. ed., Costa-Amic Editores, 1994. ROSAS, Alejandro, Relicario mexicano, México, Planeta, 2001. BENITO JUÁREZ GARCÍA 203