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CARLO MARTINI

          HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO
                 EN MIS PRUEBAS
                         Meditaciones sobre JOB


                                    http://www.mercaba.org/FICHAS/Meditacion/cartel_meditacion_job.htm




               Prólogo - Introducción
               Job no sabe aceptarse
               Moderación y conocimiento
               Tres modos de luchar con Dios
               Job y el Cantar de los Cantares



Prólogo

"Habéis perseverado conmigo en mis pruebas" es el título de un curso de Ejercicios Espirituales
que el cardenal Carlo María Martini, Arzobispo de Milán, dirigió a un grupo de sacerdotes, la
mayoría de la diócesis ambrosiana.
Las palabras de Jesús a sus discípulos, pronunciadas poco antes de la pasión, nos recuerdan
cómo la vida del cristiano (y también la de todos los hombres) está llena de tribulaciones. Por
ese motivo se ha elegido el Libro de Job, como texto sobre el que reflexionar, aunque también la
meditación se extenderá a otros pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento.
La historia de este hombre misterioso, que no pertenecía al pueblo elegido y vivía en una tierra
lejana, quizás circulara oralmente entre los eruditos orientales ya hacia fines del 2.000 a. C., y su
redacción en hebreo fuera posterior. Job, que era y se consideraba justo, es probado y privado de
todas sus pertenencias. También los hebreos exiliados en Babilonia lo habían perdido todo, lo
que ponía en duda su fe en la justicia de Dios, ante quien pensaban que podían presumir de
derechos. Intentando comprender el sentido oculto del sufrimiento, que se abate sobre quienes
obran con rectitud ante Dios, probablemente leían y cantaban las lamentaciones de Job. ¿Acaso
el hombre le puede pedir cuentas a Dios? El poeta dice: no hay que pedirle razones a Dios, sino
creer en su justicia, en su sabiduría incomprensible.
Con profundidad espiritual y pastoral, el Cardenal se detiene ante algunos pasajes de Job y nos
ayuda a aclarar el sentido del misterio del hombre y del misterio de Dios. En el diálogo de los
dos primeros capítulos entre Satanás y Dios "el juego se configura como un desafío hecho al
hombre: ¿existe o no la gratuidad en la acción humana?" El problema de Job es ante todo un
problema de fe; no hay lugar para el comercio en la vida de fe, porque a la sublimidad de la
gracia debe corresponder la gratuidad de la devoción. Ciertamente, Job no ha cometido ninguno
de los crímenes de los que le acusan sus amigos, pero ha cometido el delito por excelencia del
hombre religioso: se ha convertido en juez de Dios. Las reflexiones del Arzobispo nos
interpelan acerca de la calidad de nuestra fe, de nuestra oración como sumisión de todo el ser al
misterio inefable de Dios, de la obediencia de la mente. En fin, como se demuestra en el singular
paralelismo de Libro con el Cantar de los Cantares, la búsqueda de Job se nos presenta como un
problema de amor. Para una lectura plenamente fecunda del presente volumen será necesario un
compromiso espiritual que huya de la mediocridad y convierta al alma a la plenitud de Dios. Es
muy interesante la finalidad que el Arzobispo se ha propuesto en estos ejercicios: la
reconversión al espíritu oración. En un clima de oración estas páginas serán luz, alimento,
fuerza, estímulo y consuelo.
Además se nos advierte que cualquier hombre de buena voluntad ya está en la búsqueda de
Dios, actúa conforme al modo con que el Omnipotente guía su universo, y siente en sí mismo la
crítica de la conciencia a sus propias acciones. Este libro nos enseña a liberar la realidad de Dios
de nuestras mezquindades y de nuestra moralidad, concebida como fuente de autojustificación.
Porque la fe se dirige principalmente a la incomprensibilidad del amor divino que nos supera en
todo momento. De un tal amor, en el que cree el cristiano cuando ha contemplado el signo del
Crucifijo, podemos recibir la capacidad de amar gratuitamente, de amar incluso en las pruebas y
en las tribulaciones. Aprenderemos también a crecer en la fe que ama y espera, a desear una
relación con el Señor, en la que realmente pongamos en juego toda nuestra libertad. El Dios que
se nos da en la alianza no pide otra cosa más que el amor y una devoción apasionada.

***

Introducción

Te damos gracias, Padre, porque nos has convocado de tantas partes de nuestra diócesis, y
también de otros lugares de Italia, para escuchar tu Palabra, para recibir la gracia de amor y de
misericordia de tu Hijo, para ser confortados y consolados interiormente por el Espíritu Santo
que es amor y paz.
Te pedimos que en estos días infundas abundantemente a cada uno de nosotros tu
Espíritu de amor y de paz. Te doy gracias, especialmente, por las experiencias vividas en
Santiago de Compostela con el Papa y con cientos de miles de jóvenes; por la fe y la
esperanza que nos hemos comunicado, por los dones que se nos han dado en la
contemplación de este futuro de la Iglesia, tan rico de energías, de espíritu de sacrificio,
de valor y de alegría.
Haz que podamos servir a esta juventud que tanto espera de nosotros.
Estamos ante ti, Padre, conscientes de nuestra pobreza, de nuestro no saber qué decir o
qué pensar, pero con la confianza de que toda nuestra suficiencia, toda nuestra capacidad
viene de ti, en la gracia del Espíritu santo, en la gracia del ministerio de la Nueva Alianza.
Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, guíanos en el camino de estos
Ejercicios. Tú que has pasado a través de tantas pruebas, tú, cuya alma ha sido
traspasada por una espada, concédenos percibir el sentido de las pruebas que nosotros,
la humanidad y la Iglesia, estamos viviendo.

***

Renovar el espíritu de oración

La finalidad fundamental que se nos propone en un retiro espiritual es la conversión, el pedir a
Dios que nos cambie en mejor.
Entre los muchos posibles temas de conversión de nuestra vida, que cada uno podrá encontrar
por sí mismo, quisiera subrayar la necesidad de renovar el espíritu de oración. Tenemos una
enorme necesidad de renovarlo, porque continuamente la multiplicidad de los asuntos
temporales acaba por empobrecerlo. Me parece importante recuperar ese espíritu de oración, en
estos días, en sus tres momentos:
—En el tiempo dedicado a la oración, que puede ser más amplio que de costumbre;
—En los hábitos, que tienden a deshilacharse, y que, en el curso de estos días, podemos
redisciplinar;
—En el modo, que debiera caracterizarse por tres comportamientos. En primer lugar por la
devoción, el respeto hacia Dios, que se actúa en las palabras, en los gestos del cuerpo, en la
atención, en el silencio; después la sumisión de todo nuestro ser al misterio de Dios, la
reverencia amorosa; finalmente el afecto: la oración es un acontecer afectivo. Quizás, por las
circunstancias difíciles de la vida, el afecto permanece sólo en el fondo, o incluso en el
inconsciente; durante estos días debemos hacerlo emerger para aprender a resistir al
indiferentismo que nos rodea. Sin un profundo sentido afectivo de Dios en la oración es casi
imposible combatir eficazmente el ateísmo en nuestro ambiente occidental. Por mi parte
intentaré ayudaros en la reconversión al espíritu de oración, sugiriéndoos algunas reflexiones
sobre un tema sacado de las palabras de Jesús durante la última cena: "Vosotros sois los que
habéis perseverado conmigo en mis pruebas" (/Lc/22/28).


El tema de los Ejercicios

La afirmación de Jesús es muy hermosa, y si al final de la vida podemos escuchar: "Tú eres uno
de aquellos que perseveraron conmigo en mis pruebas", nuestra alegría será completa. Es
interesante observar que estas palabras las pronunció Jesús después de una discusión entre los
apóstoles: "Entre ellos hubo también un altercado sobre quién parecía ser el mayor" (Lc 22,24).
Partiendo pues de una disputa que revela las ambiciones, tensiones y pequeñas envidias
existentes en el grupo de los apóstoles, Jesús nos enseña que quien quiera ser el mayor debe
servir a los demás, e inmediatamente después añade: "Vosotros sois los que habéis perseverado
conmigo en mis pruebas". Jesús no se hace ilusiones. Sabe que los Doce no han alcanzado un
santidad excelsa, pero también sabe que puede haber una gran fidelidad incluso allí donde hay
defectos, debilidades y mezquindad.
Como introducción a las sucesivas meditaciones, os invito a reflexionar sobre cada uno de los
vocablos de la expresión evangélica: las pruebas, la perseverancia en las pruebas, mis pruebas,
la perseverancia conmigo.
1. La palabra griega peirasmós es muy frecuente en la Escritura.

Originariamente significa "exploración", "intento". Se trata de comprobar lo que uno vale, su
fidelidad, su resistencia, su fuerza.
A este sentido originario se le añaden después, en la Biblia, otros dos: a) la tentación, que es un
empuje al pecado de parte de cualquier potencia maligna. La vida humana está enjaretada
precisamente entre tentaciones; b) la prueba, a la que se refiere la afirmación de Jesús y que
puede venir incluso de parte de Dios. Alude a todas las situaciones de aflicción y dificultad que
con frecuencia encontramos en nuestra vida. Forman parte del camino de la Palabra en nosotros,
de su entrada en el terreno del corazón humano. Así, en la parábola de la semilla que cae sobre
terreno pedregoso leemos que los de "sobre roca son los que, al oír la Palabra, la reciben con
alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten"
(Lc 8,13).
La Palabra, entrando en el corazón humano, queda sujeta a la tentación. El evangelista Mateo
especifica algunos de sus modos: "El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y
al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando
se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida."
Prueba, tentación, tribulación, llámese como se llame, es una situación corriente, ordinaria en la
vida del hombre sobre la tierra, especialmente del hombre justo, entendiendo por "justo" aquel
que quiere ser fiel a Dios y trata de caminar por sus senderos. El libro de Job expresa esta
realidad en forma poética, particularmente cuando dice: "¿No es una milicia lo que hace el
hombre por la tierra?" (7,1). La nota de la Biblia de Jerusalén explica que la "milicia" indica
más bien la condición del servicio militar, a la vez lucha y servidumbre. La versión griega
traduce el término como "prueba", refiriéndolo precisamente a la prueba de la existencia
humana. La Vulgata, sin embargo, presenta la famosa frase: "militia est vita hominis super
terram", y la expresión se vuelve a tomar en el capítulo XIII del libro I de la Imitación de Cristo:
De tentationibus resistendis, es decir, del resistir a las tentaciones. Es un capítulo muy
importante que empieza así: "Mientras dure nuestra vida en este mundo no podemos estar
exentos de tribulaciones y de tentaciones. Por eso en el libro de Job está escrito: «La vida del
hombre sobre la tierra es tentación»."
Y Job continúa:
"¿No son jornadas de mercenario sus jornadas?
Como esclavo que suspira por la sombra,
o como jornalero que espera su salario,
así meses de desencanto son mi herencia,
y mi suerte noches de dolor.
Al acostarme, digo: «¿Cuándo llegará el día?»
Al levantarme: «¿Cuándo será de noche?»
y hasta el crepúsculo estoy ahito de inquietudes.
Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas,
mi piel se agrieta y supura.
Mis días han sido más raudos que la lanzadera,
han desaparecido al acabarse el hilo.
Recuerda que mi vida es un soplo" (7,1-7a).
La Biblia de Jerusalén anota: "Job, solidario de la humanidad que sufre, resignado a morir,
esboza una oración para pedir a Dios algunos instantes de paz antes de su muerte". El pasaje
veterotestamentario describe la existencia humana como una prueba.

2. Jesús, refiriéndose a esta prueba, dice: "Vosotros sois los que habéis perseverado". En griego
"habéis perseverado" significa aquellos que no se han marchado. Es una palabra de alabanza:
Habéis sufrido tanto que os hubiérais podido marchar, y sin embargo no lo habéis hecho.
Viene a la mente el episodio de Jn 6,67-68: "¿También vosotros queréis marcharos?", y Pedro le
respondió: "Señor, ¿con quién vamos a ir?" Jesús verifica que hasta el último instante los
apóstoles permanecieron, perseveraron, no le abandonaron.
El concepto de perseverancia se encuentra con frecuencia en la Escritura con expresiones
diversas. Por ejemplo "conservar la palabra" indica la paciencia que perdura y resiste: "Los que
en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y
recto, y fructifican con perseverancia" (/Lc/08/15). El hombre hace frente a la situación de
prueba con la perseverancia, la resistencia, la conservación de la Palabra.
Mientras la prueba tiende a volverse atrás, induce a perder el ánimo, el comportamiento
directamente contrario no es necesariamente el de la victoria inmediata, sino el de la resistencia,
el permanecer firme, sólido. El evangelista Juan utiliza un verbo muy sencillo: ménein, que
indica algo similar. "Si permanecéis en mi—dice Jesús-, y mis palabras permanecen en
vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis" (Jn 15,7). El "permanecer en Jesús" es el modo
de oponerse a la prueba.

3. "Vosotros habéis perseverado en mis pruebas", no genéricamente "en las pruebas". Esta
especificación da un color completamente distinto a la existencia humana. Nosotros nos
preguntamos: ¿Cuáles son las pruebas de Jesús?
—En realidad los evangelios nos dan pocas indicaciones sobre este tema, pero son suficientes
para comprender que también Jesús fue tentado y probado. "A continuación, el Espíritu le
impulsa al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás"; así
Marcos inicia la historia de la vida pública del Señor (Mc 1,12-13). Al colocar este pasaje de la
prueba de Jesús al principio de su evangelio está indicando que no ha sido tentado por una vez
en su vida, sino que toda su existencia ha sido colocada bajo el signo de esa prueba.
La Carta a los Hebreos nos abre a una ulterior espiral: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que
no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto
en el pecado" (/Hb/04/15). "En todo", por consiguiente en tantos aspectos concretos de la vida,
difíciles, pesados, penosos, incluso repugnantes, por los que Jesús ha pasado y ha participado
con los Doce.
—Pero la expresión "mis pruebas" no se puede limitar a las circunstancias históricas del Jesús
de Nazaret; él habla de sí mismo como Mesías, como aquel que recoge la existencia de todo el
pueblo de Dios, como aquel que acompaña a este pueblo en el camino hacia el Padre. Por tanto
debemos referirla a las pruebas mesiánicas, del Reino. Los apóstoles se vieron implicados en
estas pruebas, cribados, triturados, zarandeados. Muchas de las pruebas de nosotros los
creyentes vienen de situaciones concretas de la realidad histórica y social en la que nos
reconocemos, es decir, la Iglesia católica con sus problemas, sus fatigas, sus penas y
dificultades. Estas son las pruebas de Jesús, cabeza del pueblo mesiánico.
—Podemos decir algo más. Desde el momento en que Jesús es Hijo del hombre, él hace suya y
vive en sí mismo la prueba de todo hombre y de toda mujer sobre la tierra; el es la cabeza de la
humanidad y sus pruebas alcanzan a la multitud inmensa de personas que han poblado, pueblan
y poblarán la tierra.
Creciendo en la experiencia de la vida, crecemos en la participación en estas pruebas porque
conocemos más la Iglesia, las gentes, extendemos nuestra amistad a un gran número de personas
y sufrimos con ellas. Hoy asumimos como cosa nuestra las pruebas del Líbano, porque las siente
el Papa, leemos los periódicos, vemos la televisión, conocemos personas de ese país.
Y también son nuestras las pruebas de la China; las pruebas de la paupérrima India; las pruebas
de la miseria terrible, del hambre de los pueblos de América Latina y de Africa; son también
nuestras las pruebas de Israel, del pueblo hebreo, del pueblo elegido, con todas sus dificultades y
con todos sus problemas de diálogo.
Todo esto nos pesa, quizás nos irrita, nos inquieta, porque acecha nuestra fe, nuestra esperanza,
nuestra caridad, nuestra paciencia, nuestra capacidad de soportar, nuestro sentido del límite.
Pero son precisamente estas las pruebas que Jesús dice "mías". Además, naturalmente, cada uno
vive las pruebas de las personas que le han sido confiadas: la gente de la parroquia, los jóvenes,
aquellos hacia quienes tenemos deberes pastorales específicos. Cada uno está inmerso de alguna
forma en los sufrimientos de su propia gente, de sus propios hermanos, de cuantos amamos.
Son todas las pruebas de Jesús el Mesías, el Hijo del hombre, cabeza del pueblo mesiánico y de
la humanidad; de ellas participamos íntimamente y con todo el realismo, no únicamente con la
fantasía.

4. "Habéis perseverado conmigo en mis pruebas". Las pruebas no son simplemente objetivas,
como si fueran piedras u ondas que se revuelven contra nosotros. Diciendo "conmigo", Jesús las
carga de un sabor distinto, subraya un aspecto afectivo, personal, muy profundo. Las sufrimos
con él, amándole, en intimidad con él. Él nos pide entrar en este camino para identificarlas y
comprenderlas mejor; de hecho es importante poder mirarlas cara a cara.
Con frecuencia nos sentimos oprimidos, fatigados, frustrados por alguna cosa. El Señor nos
invita a dar un nombre a nuestras dificultades, a enumerarlas y después a comprender cómo
afrontarlas junto con él. Porque es sabiduría fundamental del hombre y del cristiano aprovechar
la utilidad de las pruebas y así vivir la vida con fidelidad.
Y cuanto más ama uno, cuanto más sirve y se hace disponible, tanto mayores son las pruebas.
Si, por el contrario, nos encerramos en nuestro propio ambiente, si somos misántropos, si no
salimos del egoísmo, experimentaremos únicamente la prueba de la frustración personal. El
apóstol Santiago comienza su Carta con la siguiente exhortación: "Considerar como un gran
gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad
probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir
acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que
desear" (/St/01/02-04). Y más adelante añade: "¡Feliz el hombre que soporta la prueba!
Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman"
(1,12). Esta es la síntesis de la vida humana, que nos ofrece Santiago expresando en sus palabras
la gran sabiduría de todo el Nuevo Testamento.
A este respecto se pronuncia también el Apocalipsis, que es por excelencia el texto de los
cristianos en la prueba: "Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente en el
sufrimiento"—por tanto has guardado mi palabra resistiendo—"también yo te guardaré de la
hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra"
(/Ap/03/10). Es el concepto de prueba cósmica, universal, que vuelve con frecuencia en nuestro
tiempo, sobre todo en ciertas predicciones de carácter apocalíptico. A ella alude quizás la
oración que recitamos cotidianamente: "No nos dejes caer en la tentación", no permitas que
caigamos en la gran prueba.
Sin embargo debemos saber cuál es esta prueba global, cósmica, en la que de hecho estamos
inmersos y de la que con frecuencia no nos damos cuenta, siendo así que constituye nuestra vida
real en su totalidad.


El libro de Job

El tema de los Ejercicios alcanza, pues, un aspecto que caracteriza constantemente la vida, pero
que no debe hacerla triste. Diré más: afrontar la prueba es la única garantía de serenidad en la
existencia. Vivir la prueba es lo que vuelve singular la alegría del cristiano. Queremos
reflexionar durante estos días ante el Jesús que nos dice: Tú eres aquel que desea perserverar
conmigo en mis pruebas; yo quiero ayudarte, quiero echarte una mano, quiero invitarte a rezar, a
meditar, a mirar cara a cara a tus propias pruebas, a darles un nombre preciso apartándolas de la
nebulosa; y después quiero ayudarte a aceptarlas con amor, a abrazarlas como yo he abrazado la
cruz.

"Haznos, Señor, partícipes de tu comportamiento valiente, permítenos entrar en tu verdad para
poder experimentar la alegría de quien afronta con entusiasmo la vida como prueba."

Buscando en la Escritura en las páginas que se refieren al tema de la lucha, de la prueba, de la
tentación, nos detendremos de modo particular en Job, el libro de la prueba del hombre. Os
sugiero, por tanto, que lo leáis, ya que nosotros no podremos hacer su exégesis paso a paso.
Os pido además un nueva lectura al menos de algunos capítulos de la Imitación de Cristo, un
texto un tanto olvidado, pero que sin embargo tiene un sentido muy grande de la vida del
hombre como lucha. Es rico en sabiduría, equilibrio, serenidad, precisamente porque quien lo
escribió, había advertido el carácter de tentación y de experiencia de la existencia humana. Así
lo advirtieron los Padres que comentaron el Libro de Job, por ejemplo san Gregorio Magno; este
Papa, habiendo vivido toda la vida como prueba, encontraba, efectivamente, un gran aliento en
su meditación y explicación.
Dejémonos guiar por estos maestros de la fe y contemplando la palabra de Jesús en el Evangelio
de Lucas, pidamos:

"Señor, haz que pueda mirar cara a cara a mis pruebas, darme cuenta de cómo las afronto,
ponerme en la posición justa para superar las de mis gentes, con la conciencia de participar en
las pruebas de toda la Iglesia, de nuestra Diócesis, de la humanidad en este momento crucial de
la historia del mundo. "


Introducción al misterio de la prueba

"Permítenos, Señor, introducirnos en esta realidad de la prueba, que no es simplemente un
hecho; es un misterio, porque mediante ella aceptamos un aspecto de la contingencia histórica
sufrida, que somos nosotros, y al mismo tiempo es algo de ti. Nosotros, además, deseamos
conocerte y penetrar con el corazón y con la mente en tu misterio indecible. Infunde, pues, en
nosotros, Padre, alguna migaja de la contemplación de tu misterio a través de la experiencia de
la prueba ".

Como tema de esta primera meditación propongo los primeros dos capítulos del Libro de Job,
que constituyen la introducción en prosa al poema propiamente dicho. Ante todo llevemos a
cabo una lectura resumida y después nos plantearemos algunas cuestiones. Hace ya tiempo que
deseaba reflexionar sobre Job durante unos Ejercicios. Sin embargo las incertidumbres eran
numerosas, porque este libro tan fascinante es también muy difícil; San Jerónimo lo parangona a
una anguila que cuanto más se pretende aferrar, tanto más se escapa. Finalmente me he decidido
a evocar, en estos días, al menos algunas páginas que nos ayuden a entornar la puerta de este
texto misterioso y lleno de enigmas: enigmas filológicos, históricos, literarios, interpretativos.


La historia del prólogo de Job

Los personajes fundamentales de la historia son tres:

—Job, que vivía en la tierra de Uz, fuera por tanto de los confines de Israel, "un hombre cabal y
recto, que temía a Dios y se apartaba del mal". Hombre rico: "Le habían nacido siete hijos y tres
hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes,
quinientas asnas, además de una servidumbre muy numerosa. Este hombre era, pues, más
grande que todos los hijos de Oriente" (/Jb/01/01-03).

—La segunda figura característica del prólogo es Satanás, el Acusador, personaje misterioso que
aparece junto a la corte de Dios como quien saca a la luz negativamente las acciones de los
hombres. Él es el que pide que Job sea tentado.

—El tercer personaje del drama es Dios, que desde lo alto de su trono sigue las acciones de los
hombres y de alguna manera las tiene presentes.

La historia está compuesta de dos momentos o pruebas:

—Job es probado en sus bienes. "Un día en que sus hijos y sus hijas estaban comiendo y
bebiendo vino en casa del primogénito, vino un mensajero donde Job y le dijo: «Tus bueyes
estaban arando y las asnas pastando cerca de ellos; de pronto irrumpieron los sabeos y se los
llevaron, y a los criados los pasaron a cuchillo. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia».
Todavía estaba éste hablando, cuando llegó otro que dijo: «Cayó del cielo el fuego de Dios, que
quemó tus ovejas y tus hombres y los devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia»". El
tercer mensajero anuncia el robo de los camellos y el cuarto la muerte de sus hijos e hijas a
causa del viento impetuoso que había arremetido contra la casa donde estaban comiendo y
bebiendo (cfr. /Jb/01/13-20).
Ante esta prueba, ciertamente durísima, sigue un comportamiento de Job, que viene expresado
de la siguiente forma:

"Entonces Job se levantó y rasgó su vestido. Luego se rapó la cabeza, cayó en tierra, se postró, y
dijo:
«Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré.
Yahveh dio, Yahveh quitó:
¡Sea bendito el nombre de Yahveh!»
En todo esto no pecó Job, ni profirió la menor insensatez contra Dios (/Jb/01/20-22)."

—Entonces Satanás pidió una segunda posibilidad de probar a Job y lo hirió con una llaga
maligna "desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza" (2,7). Privado de su
integridad física, además de todos sus bienes, Job es considerado como maldito ante Dios;
alejado de su casa estaba sentado entre la basura, indicando simbólicamente que no había más
que miseria. "Entonces su mujer le dijo: «¿Todavía perseveras en tu entereza?
¡Maldice a Dios y muérete!»". En realidad, la mujer le invita no a bendecir sino a maldecir a
Dios; la Escritura forma así la frase para no ofender. "Pero él le dijo: «Hablas como una
estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En todo esto no
pecó Job con sus labios."
La historia se concluye con la noticia de los tres amigos que se acercan a Job para condolerse y
consolarle. Levantan los ojos desde lo lejos, no le reconocen, y después rompen a llorar a gritos.
Se sientan junto a él durante siete días y siete noches en silencio.
 Hasta aquí el prólogo.


Las preguntas

1. ¿Qué significan los personajes?

—Job es ciertamente una figura irreal, una especie de modelo de laboratorio. Es un símbolo del
hombre justo, y por tanto bendito de Dios, que no tiene motivo alguno para atraer sobre sí al
mal; ni por su causa ni por causa de sus hijos, desde el momento que incluso suelen hacer
sacrificios cada vez que realizan un banquete, y así cancelar las eventuales culpas cometidas.
No es un personaje real porque cada uno de nosotros tiene culpas de las que dolerse y de las que
debe soportar sus consecuencias perjudiciales. Se crea, pues, a propósito una figura abstracta a
través de la que se pueda llegar a un modo de conocimiento de Dios.
Es asimismo interesante que Job se presente con características que no lo ligan a una particular
tradición religiosa, confesional. En todo el Libro, de hecho, no ocurren lo vocablos típicos de la
tradición hebrea —alianza, ley, templo, Jerusalén, sacerdocio—. En Job se puede reflejar
cualquier hombre de buena voluntad, honesto, que tenga el sentido de Dios y
de su misterio.

—Satanás significa todo aquello que de alguna forma pueda tentar y probar al hombre en sus
momentos difíciles.

2. Si estas son las dos realidades que se mueven en la escena introductoria, nos preguntamos qué
hay en el centro de esta acción tan singular.

—Podremos leer de nuevo la pregunta de Satanás, que es quien mueve la acción. El Señor le
dice: "«¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre
cabal y recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» Respondió Satán a Yahveh: «¿Es que Job
teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus
posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero
extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!»" (/Jb/01/08-11).

La acción se configura como una pregunta irreverente o una apuesta hecha sobre el hombre:
¿existe o no existe la gratuidad en la acción humana? ¿Existe o no existe la libertad que se juega
por sí misma y no por un cálculo sutil? ¿Acaso no es verdad que todo lo que le sucede al
hombre, incluso en sus pensamientos más profundos, es fruto de un cálculo, de un tomar
cuentas, de una esperanza de recibir, de un "do ut des"?
Esta es la acusación que cada uno de nosotros siente en el fondo de sí mismo y que el análisis de
lo profundo saca continuamente a la luz: el hombre no sabe amar gratuitamente y toda su acción
está motivada por un interés o incluso por un resentimiento, por una venganza. Acciones
verdaderamente limpias, íntegras, no existen y la misma religiosidad—la acción más sublime
del hombre—nace de la esperanza de recibir un premio o se apoya en un premio ya recibido.
Es el drama que rodea nuestra realidad, porque toda situación humana libre quiere saber si se
funda en la verdad, en la autenticidad, en la gratuidad, o bien en un interés. ¿Cuántas veces nos
cuestionamos sobre si la elección de la vocación, la perseverancia, nuestro servicio, son fruto
del amor de Dios o más bien de la comodidad, el cálculo, la inclinación o una buena
predisposición? Y al final nos encontramos desolados porque nos damos cuenta de que los
motivos reales de nuestras acciones con frecuencia son demasiado mezquinos.
Satanás, el Acusador, afirma, pues, que no existe religiosidad verdadera, que el hombre es
incapaz de un amor gratuito, incapaz de vivir en alianza con Dios. Dios le ofrece una alianza
con un amor auténtico y sincero y espera una respuesta de sincero y auténtico amor; pero ésta no
es posible, es falsa, es una ilusión. La religión, por tanto, es opio del pueblo, máscara de motivos
económicos, sociales, políticos, psicológicos, culturales; no existe el verdadero amor a Dios, la
divinidad misma ha sido inventada por el hombre para enmascarar y sublimar sus propios
motivos. En realidad el hombre juega consigo mismo.

—En el centro del drama narrado en el Prólogo, se encuentra sin embargo, no únicamente la
apuesta de Satanás sobre el hombre, sino también una apuesta de Dios que cree en la verdad del
hombre y que confía en él.
Por eso es un drama universal; cubre toda la gama de las situacions humanas libres, sobre todo
aquellas en las que un sufrimiento inocente pone a prueba al hombre en la expresión más
verdadera de sí mismo.
El lector se siente integrado en la lucha porque advierte súbitamente que es un juego incluso su
capacidad o incapacidad de ser auténtico. Como dice un comentarista contemporáneo del libro
de Job: "La representación sagrada de Job es demasiado poderosa para admitir lectores
indiferentes. Quien no entre en la acción con sus preguntas y respuestas interiores, quien no
tome posición con pasión, no comprenderá un drama que por su culpa quedará incompleto. Pero
si entra y toma posición, se descubrirá a sí mismo bajo la mirada de Dios, puesto a prueba en la
representación del drama eterno y universal del hombre Job" (cfr. Alonso Schokel, Job, Borla
1985, p. 108). Es lo que pedimos al Señor que podamos hacer a través de la lectura del Prólogo
del Libro. Os invito a una meditación personal.


Las enseñanzas

Para ayudaros os propongo algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la prueba.
1. La prueba está ahí, y está ahí para todos, incluso para los mejores. Job no ofrecía motivo
alguno para ser tentado, porque era perfecto en todo. Es por tanto necesario tomar conciencia de
que la prueba o tentación es un hecho fundamental en la vida.

2. Dios es misterioso. Él sabe perfectamente si el hombre vale o no, lo sabe antes de probarlo, y
sin embargo lo prueba.
"Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte,
probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos" (cfr.
/Dt/08/02), dice el Señor a los israelitas expresando el mismo concepto. Este comportamiento de
Dios es parte, me parece, de aquel misterio impenetrable por el que, incluso al Hijo, le pone a
prueba en la Encarnación. Porque también la Encarnación y la vida de Jesús son una prueba.

3. El comportamiento al que hay que tender en la prueba es la sumisión, el aceptar y no
preguntar. En el Prólogo aparece esta idea como conclusiva y resolutiva, pero después vendrá
elaborada en sus etapas a lo largo del poema. "Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá
retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh! Si aceptamos de Dios
el bien, ¿no aceptaremos el mal?" (1,21;2,10). Esta misteriosa sumisión, cumbre de la existencia
humana ante Dios, se presenta desde el principio como la postura a la que se debe aspirar. Esto
no quiere decir que ya esté en nosotros, porque en Job mismo será el fruto de todo su trabajo. Y
sin embargo, sólo ella, la sumisión, es capaz de lanzar una pequeña estela de luz sobre la
experiencia dramática de la existencia.

4. En la prueba corremos también el riesgo de la reflexión. El hombre, por la gracia de Dios,
puede asumir rápidamente el comportamiento sumiso, pero enseguida viene el momento de la
reflexión que es la prueba más terrible. El Libro de Job se hubiera podido concluir al final del
segundo capítulo, demostrando que Job había resistido porque su amor por Dios era verdadero,
auténtico. En realidad, hay que estar atentos, y la situación concreta de Job no es la de quien se
conforma con un suspiro, con una aceptación dada una vez por todas; más bien es la situación
concreta de un hombre que, habiendo expresado la aceptación, debe encarnarla en lo cotidiano.
Todo esto da paso al desarrollo dramático del Libro.
Quizás experimentemos algo parecido: frente a una decisión difícil, a un suceso grave, lo
aceptamos con el entusiasmo y el valor que se nos da en los momentos duros de la vida. Pero,
después de una cierta reflexión aparece una serie de ideas distintas y experimentamos la
dificultad de aceptar lo que con anterioridad habíamos admitido. Esta es la prueba verdadera.
El primer "sí" dicho por Job es, precisamente, propio de aquel que reacciona instintivamente
hacia lo mejor; el problema está en mantener durante toda una vida este "sí" ante el acoso de los
sentimientos y de la batalla mental.
La primera aceptación, por tanto, que con frecuencia es una gracia de Dios, aún no es
completamente reveladora de la gratuidad de la persona. Tiene que pasar por la larga prueba de
la cotidianeidad.
La prueba de Job no consiste tanto en ser privado de todo bien y en quedar lleno de llagas, sino
en el deber resistir día a día las palabras de los amigos, la cascada de razonamientos que intentan
hacerle perder el sentido de lo que él es verdaderamente.
Desde este punto la prueba comienza dentro de la inteligencia del hombre y la verdadera
tentación continua, en la que también nosotros entramos y ante la que corremos el riesgo de
sucumbir, es la de perdernos en el terrible trabajo de la mente, del corazón, de la fantasía.
El libro de los más pobres de la humanidad

Añado una última anotación que podéis tener presente, meditando sobre Job como el libro de los
más pobres de la humanidad. A este propósito me ha iluminado mucho un comentario sobre Job,
que me regaló el año pasado en Moscú su propio autor, Gustavo Gutiérrez (cfr. G. Gutiérrez,
Job. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Ed. Du Cerf, París 1987). No se trata de
una reflexión propiamente exegética, sino de un texto capaz de iluminar la humanidad del Libro
de Job, que Gutiérrez lee implicando el grito de los pobres de América Latina.
Todos sufrimos a causa de los errores, también de los nuestros, y sin embargo una gran parte de
los hombres sufre más de lo que mereciera, más de lo que han pecado: es la gente miserable, que
sufre, oprimida, que constituyen quizás las tres cuartas partes de la humanidad. Esta multitud
inmensa hace que nos preguntemos: ¿por qué?, ¿qué sentido tiene?, ¿es posible hablar de un
sentido?
Afrontar custiones tan dramáticas es propio de un libro que está fuera de los esquemas
ordinarios de la vida, como es el Libro de Job.
Y nosotros, que queremos ser fieles a Jesús en sus pruebas y sabemos que sus pruebas son las
del pueblo mesiánico, del pueblo que sufre, de los pueblos del hambre y de la pobreza,
intentamos, a través de nuestras reflexiones, acercarnos a sus pruebas y aceptar las nuestras, con
frecuencia pequeñas, pensando en aquellas tan grandes que afligen a una gran parte de la
humanidad.


La prueba del joven rico

Homilía del lunes de la XXª semana "per annum"
Lectura: Jc 2,11-19; Mt 19,16-22

Nos encontramos, en esta capilla, frente a la imagen de la Virgen en el momento de la prueba
más terrible de su vida, en el momento de su más grande y más dramática tentación: la imagen
de la Virgen Dolorosa.
Su rostro nos hace ver las lágrimas de María, es decir su participación en nuestra pruebas, en las
pruebas y sufrimientos de sus hijos.

"Oh María, madre nuestra, te ofrecemos estos días, te ofrecemos nuestra vida, todo aquello por
lo que nos vamos a esforzar para entrar con mayor intimidad en el misterio de Jesús, en la
intimidad con sus pruebas y con su camino."

—La primera lectura (/Jc/02/11-19) suscita en nosotros una cuestión acerca del significado de
un Libro del Antiguo Testamento que habla de guerras, de batallas, de muertes, ciertamente muy
alejado de nuestra forma de vivir el misterio de Dios. Sin embargo se puede suponer que quiera
ser respuesta a la cuestión que los hebreos se ponían pensando en los inicios de su historia:
¿Cómo Dios ha prometido una tierra donde mana leche y miel, y después no nos la da
gratuitamente, sino como una tierra que hay que conquistar con fatigas, a través de innumerables
ansiedades y sufrimientos? ¿Cómo nos la ha dado después de siglos de incertidumbres,
haciéndonos sentir durante tanto tiempo la amenaza de otros pueblos, casi extranjeros en esta
tierra? Se proponen varias respuestas a esta cuestión que, en el fondo, es la misma de la prueba
de Job: ¿por qué Dios se ha comportado conmigo de esta forma y no de otra? Por ejemplo, en el
capítulo siguiente al pasaje que acabamos de escuchar, se dice que Dios no quería que los
israelitas olvidaran el arte de la guerra, arte que sus padres habían aprendido para entrar en la
tierra prometida. En otro lugar se responde que Dios quería que el terreno no se hiciera salvaje;
cuando las cosas van muy bien el hombre tiende a la pereza, a rechazar la fatiga de cultivar la
tierra. O bien en los Libros sapienciales se aduce, como motivo, el querer dar posibilidad de
conversión a los otros pueblos. La razón fundamental que aporta el Libro de los Jueces es que
los hebreos no merecían el don de la tierra prometida y que se alejaban regularmente del Señor
cada vez que tenían la oportunidad.
Podemos extraer una gran verdad: cada uno de nosotros y la humanidad como conjunto nos
desgastamos fácilmente cuando las cosas van a toda vela, cuando la oración, la salud, el
apostolado, la amistad y los afanes mundanos van de maravilla. No debiera ser así desde el
punto de vista teórico, desde el momento en que el hombre está hecho para la felicidad, para la
plenitud de los dones. Pero en concreto la situación histórica del hombre, herido por el pecado,
hace que en la condición de bienestar se dedique a adorar a los ídolos, se llene de orgullo, se
adore a sí mismo, su propio poder, la ostentación de sus propias posibilidades, de sus propias
prestaciones físicas, sociales e intelectuales. El Señor pone a prueba a los israelitas cuando,
habiendo alcanzado un mínimo de paz y de bienestar, se hacen idólatras.
La prueba aparece, pues, como una manera providencial con la que Dios nos mantiene
despiertos.
Debemos admitir, volviendo a pensar en nuestra experiencia, que nos adormeceríamos
fácilmente si contínuamente no hubiera pequeños sufrimientos, estímulos físicos y morales, que
nos obligaran a situarnos en disposición de lucha espiritual.
Hay una providencia divina misteriosa en el hecho de que el pueblo no pueda disfrutar
pacíficamente, desde el inicio, de la posesión de la tierra; hay un camino misterioso de
purificación de las personas, como individuos y como grupo, a través de las dificultades y del
dolor.
Incluso si no comprendemos muy bien el porqué de esta economía divina, hemos sido llamados
a contemplarla en el caminar del pueblo de Dios, para poder aceptarla al menos un poco en
nuestra existencia personal.

—En el pasaje evangélico (/Mt/19/16-22) Jesús pone a prueba a un joven que creía ser muy
valiente, creía haber alcanzado la posesión plena de la propia tierra, de sus propias facultades,
que creía que las había puesto bajo la ley de la razón, bajo la ley de Dios. Consideraba que
estaba en el lugar exacto y preguntaba: ¿Qué me falta, que aún no tenga? Aquí estoy, estoy
dispuesto.
Jesús pronuncia unas simples frases: "Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo
a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme" (v. 21). Y el joven
comprendió que aún estaba muy lejos de la meta: "Al oir estas palabras, el joven se marchó
apenado, porque tenía muchos bienes" (v. 22). Este es el misterio de la prueba, que se verifica
cuando una persona se considera segura, casi en el ápice de su camino espiritual. Con una nueva
exigencia, el Señor nos hace comprender que aún queda mucho por hacer, y feliz la persona que
no se escandalice.
El drama del joven está en no haber comprendido que se trataba de una prueba, como si
dijéramos que tomó la invitación de Jesús demasiado en serio. Si hubiese respondido: Tú me
pides, Señor, una cosa difícil, y sólo ahora he abierto verdaderamente mis ojos. No sé cómo
hacer para seguir tu propuesta, pero ayúdame, dame la gracia necesaria. Si el joven hubiese
tenido este brillo de inteligencia, su historia hubiese sido bien distinta.
Él no se ha dado cuenta de que la prueba mostraba una fragilidad ante la que no debía
sorprenderse, porque era un pequeño escalón en el camino más abierto hacia Jesús. Así que se
entristeció y se marchó.
Su situación es una de tantas en la que la prueba, no aceptada, genera ofuscación y muerte.

"Señor, estamos aquí frente a ti, para decirte que somos frágiles; aunque ni siquiera imaginemos
cual pueda ser tu exigencia capaz de hacernos entrar en crisis, sabemos que existe. Pero no nos
sorprenderemos si nos cuesta aceptarla, si nos resulta incluso repugnante. Más bien te
pediremos: ¡Ten piedad de nosotros! ¡Concédenos tu misericordia!

Oh María, madre de Jesús crucificado, infunde en nuestro corazón aquel amor y aquella
humildad que el Señor hubiera querido en el joven rico. Haz que allí donde constatemos
incapacidad o rechazo, podamos servirnos de ellos como escalón para crecer en el conocimiento
de nosotros mismos, en el amor de tu Hijo. Y a través del don de la muerte y de la resurrección
de Jesús, proporciona a nuestro corazón la medicina que le cure de su pobreza, angustia y
miedo, para que pueda ser iluminado por la alegría de la divina
presencia.
Págs. 5-39



                                 Job no sabe aceptarse
Introducción

Quisiera, a modo de introducción, indicar una dificultad que podría impedirnos sacar el máximo
fruto posible de estos Ejercicios, y es el tema del Libro de Job. Por este motivo he dudado
durante mucho tiempo si escogerlo o no como texto de referencia para estas reflexiones.
También a mí me exige una larga lucha para conseguir comprender el mensaje; no es
únicamente un libro que hable de la prueba del hombre, sino que es una prueba en sí mismo, por
las afirmaciones desconcertantes que contiene y que no encontramos en otros lugares de la
Sagrada Escritura.
¿Cuáles son, pues, los remedios a esta dificultad?

a) El primero es la lucha con Dios, como Job, sin dejarnos asustar, sino más bien afrontando la
lectura del texto, incluso en su estructura que, entre otras cosas, es bastante simple. El problema
está en comprender qué quiere decir, con qué orden y de qué manera:¿se trata únicamente de
una confusa poesía, o se encierra también una verdadera tesis?
El hecho de que a esta cuestión no se le haya dado todavía una respuesta resolutiva, nos invita a
meditar el mensaje desde todos los puntos de vista: Señor, ¿qué me estás diciendo?, ¿de qué
forma lo que estamos leyendo es sugerencia para hablar de Dios, o para callar, en nuestro
mundo y sus dramas?, ¿este libro tiene algo que ver con tu misterio y el mío, Señor, con el
misterio de la Iglesia, del dolor humano, de los pobres?
Ultimamente, a propósito de las polémicas con el mundo hebreo por el Carmelo de Auschwitz,
se ha repetido con frecuencia que, después del holocausto, ya no es posible hablar de Dios, que
únicamente hay lugar para el silencio. La frase ha penetrado en la carne de muchos teólogos,
especialmente alemanes, o en todo caso sensibles a la historia europea de nuestro siglo. Por
tanto se nos interroga: ¿Verdaderamente quedamos reducidos al silencio, después de ciertas
tragedias? ¿Se puede hablar mientras perduren las tragedias del Líbano o del hambre en los
países pobres?
El Libro de Job alcanza las llagas de lo humano y quizás por ello lo rechacemos, siéndonos
difícil hablar de Dios y no aceptando una divinidad que sacuda nuestras categorías comunes de
lo divino.
Es, por tanto, un Libro que exige lucha en la oración, adoración, preguntas y súplicas; es la
primera forma para ayudarnos.

b) El segundo remedio, ya sugerido, es transformar la materia de meditación en oración personal
afectiva; dejarnos implicar y rezar a partir de nuestra vivencia y de la de quienes amamos, sobre
todo de aquellos a quienes vemos sufrir, del sufrimiento de la Iglesia y de la humanidad.
En otras palabras: debemos redescubrir los salmos de lamentaciones. Job, en el fondo, se puede
considerar como una introducción a aquella meta del salterio, que recitamos, pero que nos
resulta difícil hacer nuestros; precisamente los salmos de las lamentaciones.
Os sugiero, por ejemplo, a fin de transformar en oración la lectura de Job que haremos hoy, que
recordéis el Salmo 87, titulado Lamento en la extrema aflicción, el más pesimista de todos.
Mientras muchos otros salmos de lamentación terminan con palabras de escucha favorable, de
acción de gracias, el último versículo del Salmo 87 reza así: "Has alejado de mí compañeros y
amigos, son mi compañía las tinieblas". ¿Por qué, pues, este salmo es una oración?, ¿cómo
puedo rezarlo? El problema de Job es precisamente comprender cómo una situación de angustia
puede ser vivida en la fe.

c) Finalmente, es importante no dejarse sorprender por la indisciplina mental. Cada uno, según
su propia experiencia adulta de oración, debe establecer los momentos del día: para la oración
mental, silenciosa; para la lectura; para la oración vocal, muy útil, en particular el Rosario. Un
ritmo de oración adaptado a nuestro momento de búsqueda de Dios, será de gran utilidad para
superar la dificultad de la materia del texto bíblico.


Job maldice su día

Reflexionemos sobre el capítulo 3 de Job, preguntándonos en primer lugar, en el momento de la
lectio, qué dice, y después, al nivel de la meditatio, cuál es el mensaje para nosotros.
Después de siete días y siete noches durante las cuales sus amigos se sientan junto a él, en tierra,
en silencio, "abrió Job la boca y maldijo su día". El contenido del capítulo es precisamente este:
"maldijo su día".

"Y dijo:
«¡Perezca el día en que nací,
y la noche que dijo: 'Un varón ha sido concebido'!
El día aquel hágase tinieblas,
no se acuerde de él Dios desde allá arriba,
ni resplandezca sobre él la luz.
Lo manchen tinieblas y sombras,
un nublado se cierna sobre él,
le estremezca un eclipse.
Oh sí, la oscuridad de él se apodere,
no se añada a los días del año,
ni entre en la cuenta de los meses!
Y aquella noche hágase lúgubre,
impenetrable a los clamores de alegría.
Maldíganla los que maldicen el día,
los dispuestos a despertar a Leviatán.
Sean tinieblas las estrellas de su aurora,
la luz espere en vano,
y no vea los párpados del alba.
Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba,
ni ocultó a mis ojos el dolor.

¿Por qué no morí cuando salí del seno,
o no expiré al salir del vientre?
¿Por qué me acogieron dos rodillas?
¿por qué dos pechos para que mamara?
¿Por qué no fui un aborto oculto,
como los niños que no vieron la luz?
Pues ahora estaría acostado y tranquilo,
dormiría un sueño de reposo,
con los reyes y los notables de la tierra,
que se edifican soledades;
o con los príncipes que poseen oro
y llenan de plata sus moradas.
Allí acaba la agitación de los malvados,
allí descansan los exhaustos.
También están tranquilos los cautivos,
sin oír más la voz del capataz.
Chicos y grandes son allí lo mismo,
y el esclavo es libre de su dueño.

¿Para qué dar la luz a un desdichado,
la vida a los que tienen amargada el alma,
a los que ansían la muerte que no llega
y excavan en su búsqueda más que por un tesoro,
a los que se alegran ante el túmulo
y exultan cuando alcanzan la tumba,
a un hombre cuyo camino está cerrado,
y a quien Dios por todas partes cerca?

Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo:
turbación es lo que llega»" (Jb 3).

Hemos apuntado el tenor tan extraño de este capítulo; mientras en el capítulo precedente parece
que Job no haya pronunciado maldición alguna contra Dios, que haya resistido a la dureza de los
acontecimientos, ahora nos damos cuenta que la prueba apenas acaba de comenzar. El acto de
sumisión debe entrar en la mente, en el corazón y en el cuerpo de quien lo hace, y esto es muy
difícil. Después de siete días de silencio, el volcán que se incubaba en el ánimo de Job irrumpe
con fuerza.
Intentemos subdividir el texto en sus cuatro partes.

1. vv. 1-10: el tema es la maldición del día del nacimiento, a cualquier hora que fuese.
"Si es día vuélvase tiniebla, si noche sea talmente lúgubre que no entre júbilo alguno en ella".
Job intenta borrar del tiempo aquel día y aquella noche, intenta mandarlos a la oscuridad
primitiva de la inexistencia.
El tema no es frecuente en las Escrituras que, en general, son un himno a la vida. Sin embargo
existen páginas ilustres que son un paralelo del disgusto de Job. Por ejemplo, en el Libro de
Jeremías, donde el profeta exclama:

"¡Maldito el día en que nací!
¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito!
¡Maldito aquel que felicitó a mi padre diciendo:
«Te ha nacido un hijo varón»,
y le llenó de alegría!
Sea el hombre aquel semejante a las ciudades
que destruyó Yahveh sin que le pesara,
y escuche alaridos de mañana
y gritos de ataque al mediodía.
¡Oh, que no me haya hecho morir en el vientre,
y hubiese sido mi madre mi sepultura,
con seno preñado eternamente!
¿Para qué haber salido del seno,
a ver pena y aflicción,
y a consumirse en la vergüenza mis días?" (Jer 20,14-1 8).

Os invito, sin embargo, a leer el capítulo a partir del versículo 7.
Jeremías es un hombre ilustre y extraordinario, dotado de poderes de visión del mundo de Dios,
casi únicos en la historia, reservados a poquísimos; y, sin embargo, llega a lamentarse como Job,
precisamente porque Job no es una figura singular, sino que expresa los momentos más
dramáticos de la experiencia humana.

2. vv. 10-19: el tema no es sólo el del nacimiento aborrecido, sino el de la muerte ansiada.
"¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre?" (v. 11).
Podemos pensar en el episodio de Jonás. Desilusionado por la acción de Dios, cayó en la
depresión y pidió al Señor que le quitara la vida.
"Se disgustó mucho—porque Dios había renunciado a causar mal alguno a la ciudad de Nínive
—y se enojó; y oró a Yahveh diciendo:
«¡Ah, Yahveh, ¿no es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Fue por eso por
lo que me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios clemente y
misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal.
Ahora, pues, Yahveh, te suplico que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la
vida»" (/Jon/04/01-03). En el momento en que la misericordia de Dios se está revelando, el
profeta se siente apeado, casi desautorizado de su profecía, y el despecho, el enojo y la rabia son
tan fuertes que llega a desear la muerte.
 Nos viene a la mente otra figura extraordinara: Elías. Huye por su incapacidad para vencer a los
falsos profetas en el nombre de Yahveh; asustado por las amenazas de la reina Jezabel, "se
levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él caminó
por el desierto una jornada , de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y
dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»" (1 Re 19,3-4).
Elías, que vivía en intimidad con el misterio de Dios, llega a la desesperación porque no ha
conseguido hacer lo que hubiera deseado.

3. vv. 20-23: la invocación de la maldición del día del nacimiento con el deseo de la muerte
viene generalizada por el sin sentido general de la vida:

"¿Para qué dar la luz a un desdichado,
la vida a los que tienen amargada el alma,
a los que ansían la muerte que no llega?"

4. Finalmente, la cuarta parte (vv. 24-26): es un retorno de Job sobre sí mismo para describir de
cerca lo que está viviendo.

"Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma,
no hay reposo: turbación es lo que llega."

Así se ha expresado eficazmente el grito que nace de los siete días de silencio de Job:
aborrece el nacimiento, desea la muerte, declara sin sentido la vida de todos los que sufren y al
final vuelve sobre sí mismo para concluir: aquí estoy, inquieto y atormentado.


El grito de Job y la oración de lamentación

Vayamos ahora a la meditación misma del capítulo y preguntémonos: ¿las expresiones de Job
son retóricas, son debidas a la exageración típica de los orientales que con frecuencia utilizan la
hipérbole? ¿Entonces, cómo se explica que se hallen en las Escrituras que tienen un valor
perenne? ¿Existe alguna similitud en nuestra experiencia?
Pienso que cuando, por ejemplo, una persona de forma lúcida se sitúa frente a una enfermedad
incurable, no raramente se desata el grito y el lamento. Si por parte de los médicos se considera
oportuno decir la verdad directamente al enfermo, la primera reacción es siempre de rebelión
dramática: ¿Qué sentido tiene esto, por qué precisamente a mí? Cada uno de nosotros puede
encontrarse, de un momento a otro, en estas condiciones de un mal gravísimo, incurable, y
entonces el grito de Job puede ser el nuestro.
O bien, pensemos en la gente que experimenta, en ciertos períodos de la existencia, una serie de
desastres y desgracias de todo tipo, que se acumulan unos sobre otros llevando a la
desesperación. Es admirable que la Biblia no haya condenado este sentimiento, que no lo haya
exorcizado, sino que más bien lo haya retenido como parte del Texto Sagrado
inspirado.
Yendo más allá en nuestro discurso, nos parece legítima la siguiente pregunta: ¿Qué sentido
tiene la vida miserable de tantos hombres y mujeres, una vida de extrema indigencia, privada de
toda perspectiva humana? ¿Qué sentido tienen las multitudes de desheredados, de pobres, de
personas que están en el límite de la posibilidad de vida, y para quienes no existe un remedio
inmediato? Cuando nos damos cuenta de la inmensidad de esta miseria, del larguísimo tiempo
que será necesario para dar a tantas gentes unas condiciones de vida mejores, y al mismo tiempo
nos encontramos con la corrupción política nacional e internacional que se opone al desarrollo
de los pueblos, no podemos dejar de preguntarnos el sentido de todo esto, y si no hubiera sido
mejor que esa gente no hubiera nacido nunca. ¿Y qué decir de los niños que nacen en países
subdesarrollados de alto nivel natalicio, ya enfermos, minusválidos, impedidos desde el
principio de su nacimiento por falta de los cuidados necesarios?
Lo de Job es, pues, un grito que atraviesa también el mundo de hoy, y la tentación radical de
ansiar la muerte nos amenaza a todos, nadie queda excluido; amenaza incluso a aquellos que se
alegran porque no han sido alcanzados por miserias terribles, pero que no pueden sustraerse a la
realidad de degradación que incumbe a tantos pueblos. El juicio que damos de este pasaje
bíblico se hace entonces más moderado, más comprensivo de la verdad del grito, que expresa el
mundo frente a los abandonados de todos los tiempos.
Y no es casual que la Escritura lo haya asumido como oración de lamentación. Es la reflexión
que hace Gustavo Gutiérrez, en su comentario al Libro de Job, transformando la opinión de C.
Westermann, según el cual el género literario del texto bíblico es la lamentación, la denuncia de
la propia miseria ante Dios. "Unicamente esta perspectiva permite comprender correctamente la
estructura de la obra. El autor escribe: «En mi investigación parto del simple reconocimiento del
hecho de que en el Antiguo Testamento el sufrimiento humano posee un lenguaje propio. No se
puede comprender la estructura del Libro de Job si no se ha comprendido ante todo este
lenguaje, es decir el lenguaje de la lamentación»" (G. Gutiérrez, op. cit., p. 37, nota 14). Explica
después que contrariamente a la aceptación negativa que la lamentación asume en la mentalidad
occidental—resignación, retirada sobre uno mismo, incapacidad de ayudarse—, en la
perspectiva bíblica la lamentación está profundamente ligada a la oración, es un elemento de
súplica, de llamada a Dios. Hace notar que en la joven Iglesia cristiana, esta forma de oración se
refleja con frecuencia: basta pensar en las grandes devociones populares de América Latina, del
Cristo muerto, donde el llanto expresa también el sufrimiento del pobre (cfr. op. cit., p. 43 nota
7). Hacia el final de su comentario, Gutiérrez cita otro autor contemporáneo, cuyas palabras nos
permiten entender ulteriormente el misterio de la oración de lamentación, que puede parecer
entonces como una blasfemia: "El milagro del libro está precisamente en el hecho de que Job no
da un solo paso para huir hacia un Dios mejor, sino que permanece en el campo de tiro, bajo el
tiro de la cólera divina, y es allí donde, sin moverse, en el corazón de la noche, desde el
profundo abismo, Job, a quien Dios trata como enemigo, apela no a una instancia superior, no al
Dios de sus amigos, sino a ese mismo Dios que le oprime. Job se refugia junto a Aquel que le
acusa; confía en el Dios que le ha desilusionado y le ha provocado la desesperación. Job
confiesa su esperanza y toma por defensor al Dios que lo ha llevado a juicio, por liberador a
Aquel que lo tiene prisionero, por amigo a su enemigo mortal" (R. De Puy, citado por Gutiérrez,
op. cit., pp. 155-156 nota 1).
La lamentación es oración que sacude al alma, haciendo salir el pus de las llagas más
profundas de nuestra existencia y es, por tanto, capaz incluso de liberarnos interiormente.
Porque el camino de Job es de liberación y de purificación, para poder ver el rostro de Dios
de nuevo y de nuevo tomar el sentido de la propia dignidad y verdad.


Sugerencias

Para la meditación personal y concreta del capítulo 3 de Job, os sugiero cuatro reflexiones.

1. Es necesario aprender a distinguir, en nuestra vida, la lamentación de la queja. Esta en general
es muy común, porque nos quejamos un poco de todo, y cada uno se queja de los otros; es difícil
que en ambientes religiosos, sociales y políticos no se oiga hablar mal de los otros. Se ha
perdido el verdadero sentido de la lamentación, que consiste en el llorar ante Dios. Así, las
fuerzas de resistencia, de irritación, de rabia que se agitan en el ánimo, no encuentran su
desahogo natural y justo, se desencadenan sobre los que nos rodea, personas o situaciones, y
forman la infelicidad de la vida, de la familia, de la comunidad, de los grupos. Sólo Dios, que es
padre, es capaz de soportar incluso las rebeliones y los gritos de sus hijos; es la relación con un
Dios tan bueno y fuerte lo que nos permite litigar con él. Él acepta este enfrentamiento, como
aceptó el de Elías, el de Jonás, el de Jeremías, el de Job. Es verdad que Jonás será amonestado
cuando pida la muerte, pero mientras tanto Dios le ha dejado hablar. Abrir el manantial de la
lamentación es la forma más eficaz para cerrar los filones de las quejas que entristecen al
mundo, a la sociedad y a la realidad de la Iglesia, y que no tienen salida porque, vividas a nivel
puramente humano, no alcanzan el fondo del problema.
Muchas veces, si a quejas estériles, generadoras de nuevas llagas, sustituimos la
lamentación profunda en la oración, encontraremos la solución de problemas nuestros y de
otros o, al menos, habremos tomado el camino más expresivo y justo para denunciar el
sufrimiento y el malestar en la Iglesia.
Confieso haber vivido situaciones en las que frente a la pregunta: ¿dónde encontrar en la
Biblia un pasaje que corresponda a lo que siento en estos momentos?, me he visto reflejado
leyendo las Lamentaciones de Jeremías y he podido experimentar la paz. Más que una expresión
de crítica, en forma de resarcimiento y resentimiento, he dejado que las palabras del profeta, tan
dramáticas como son, dulcificaran y tranquilizaran mi corazón.
Quizás los pobres tienen más capacidad de sufrimiento que los ricos, porque no han perdido esta
vía profunda e interior, esta sabiduría de la vida. Quien la ha errado, reacciona sólo con rabia;
piensa que es señor de todo, y si las cosas no van como él quiere, intenta vengarse en los otros.

2. Una segunda reflexión. Job vive una experiencia que le parece sin sentido y que no acepta:

"Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma,
no hay reposo: turbación es lo que llega" (3, 24-26).

Su condición, para usar una expresión corriente en nuestros días, es propia de quien está
desmotivado, de quien no encuentra razones para resistir a la lucha. Tal condición nos suena
como una campanilla de alarma. Cuando, de hecho, examinándonos en algún momento de
incerteza o de fatiga, nos parece que estamos desmotivados, entonces nos asustamos. Y cuando
se nos acerca una persona, quizás un joven durante los primeros años de su matrimonio, para
confiarnos que se siente desmotivado, nos sobrecoge el temor. Los motivos son dos:
primeramente porque nos damos cuenta de que la situación de esa persona podría ser la nuestra.
En segundo lugar porque la palabra "desmotivación" parece que no permita apelación, parece
justificar la huida: No siento nada, no tengo ganas, ¿qué culpa tengo yo?
Job nos sugiere, por el contrario, mirar cara a cara a la "desmotivación" a fin de hacerle perder
un poco de su siniestro poder. Nos invita a examinarla con valentía, a no considerarla tan
terrible, como si no hubiera nada más que hacer. Nos estimula a preguntarnos qué significa en
realidad, tanto más que quien se encuentra desmotivado, objetivamente, no ha cambiado mucho,
sino únicamente por el hecho de que no alcanza a comprender la gratuidad.
En el Prólogo de Job, hemos contemplado el desafío de Dios: él considera que el hombre
es capaz de obrar por la gratuidad del amor, incluso allí donde casi no existe la gratificación
ordinaria. La persona desmotivada, en verdad, debería decir: He llegado al punto en el que
puedo, por primera vez en mi vida, comenzar a ser hombre, porque no tengo ninguna de
aquellas gratificaciones que tenía antes.
El 98% de nuestras acciones son fruto de un flujo y reflujo de gratificaciones recíprocas
que nos sostienen; y es justo que sea así. Pero la prueba de que existe un amor
desinteresado y gratuito aparece cuando nos encontramos totalmente desnudos frente a
Dios y a su amor crucificado. Este es el desafío propuesto en el Libro de Job, que grita y
puede gritar su desmotivación, que grita y puede gritar su deseo de muerte, el sinsentido de
la vida, pero que lo hace ante su Dios y ante sus amigos; continúa moviéndose, actuando,
buscando.
En la desmotivación su libertad se purifica, aquella libertad de la que podía dudar antes
del desafío, si fuese verdaderamente capaz de gratuidad. Gradualmente el hombre Job
llega al verdadero Job.
Cuando, pues, pensamos que hemos llegado al límite del que ya no podemos movernos,
hemos llegado simplemente al punto en el que nuestra libertad está en su momento
expresivo más auténtico. Jesús nos ha mostrado la gratuidad de su amor, no sólo en sus
milagros, sino en la cruz, para que hubiese correspondencia entre dos gratuidades
enfrentadas libremente.
De Job aprendemos que nuestra dignidad de hombres se revela en el amor a Dios
incluso si la desmotivación ha alcanzado la violencia expresada en las palabras sobre las
que hemos reflexionado.
Si descubrimos en nosotros algunas raíces de frustración, si tenemos el temor de que
nuestras acciones queden privadas de sentido, y quizás tenemos incluso miedo de
reconocerlo, debemos intentar decírselo a Dios por la vía de las lamentaciones.


3. Debemos aceptar ser lo que somos. Hablando de los pobres, por ejemplo, advertimos
siempre el tormento de no poder compartir en verdad su situación. Habiendo tenido de
hecho, en nuestra existencia, una formación y una cultura determinada, no seremos nunca
como la gente pobre, ocurra lo que ocurra.
¿Cómo, pues, comportarnos? ¿Quizás como aquellos que en el 68 se esforzaron en
llevar la barba desarreglada, en aparecer sucios para asemejarse de alguna forma a
quienes están privados de todas las cosas?
Sería absurdo; debemos dar gracias al Señor por ser lo que somos y preguntarnos qué
podemos hacer, aquí y ahora, por el hermano que es distinto de nosotros. Preguntarnos
qué podemos recibir de él, quien, a su vez, se hará la misma pregunta. Lo importante es
que yo responda a Dios acerca de mí mismo y que ame a los otros cuanto pueda. El querer
andar fuera de sí mismo es una pretensión mefistofélica.
Job nos ayuda a desmontar estos castillos en el aire, a ser humildemente capaces de
aceptarnos y de aceptar a los hermanos, porque la verdad es que estamos en el mundo
para darnos unos a otros recíprocamente. La pretensión de entrar en la piel de todos para
tener la solución geométricamente perfecta, se revela, al final, clamorosamente equivocada.
 Cuántas veces, pensando por ejemplo en ayudar la pobreza de los pueblos africanos, se
yerra totalmente, se llevan a cabo gestos que no son escuchados.
Si, por el contrario, me dedico a escuchar con amor a aquella gente, me daré cuenta que
puedo recibir mucho y, sin acabar de comprender del todo su mentalidad, se viven
relaciones de intercambio existencial que permiten decir: Señor, he hecho lo que he podido
siguiendo a tu Hijo, tú ahora concédeme tu misericordia.
Esta sobriedad de juicio, que naturalmente impone a la mente ciertos sacrificios, es difícil,
y se la alcanza con la edad y con la experiencia. Mientras se es joven no se acepta la
reducción de la propia capacidad mental de conocer el todo y de conocerse a sí mismo
como totalidad, de valorar, a partir de sí mismo, al otro como totalidad.

4. Finalmente, quisiera recordar el título de nuestros Ejercicios: "Vosotros habéis
perseverado conmigo en mis pruebas."
Preguntemos a Jesús en el huerto de Getsemaní:

"Señor, ¿has vivido alguna vez momentos en los que todo te parecía extraño, insulso,
sin sentido, en los que no tenías ganas de nada y no acertabas a encontrar estímulo
alguno? ¿Y cómo los has vivido?"

San Carlos Borromeo nos dice que experimentó la frustración, el sentimiento de
inutilidad, de disgusto; y un día, a su primo Federico que le pedía cómo comportarse
durante esos momentos, le mostró el librito de los Salmos, que siempre llevaba en el
bolsillo. Él recurría a los cantos de las lamentaciones para dar voz a sus sufrimientos y, al
mismo tiempo, tomar aliento y fe frente al misterio del Dios vivo.
Recemos para que el Señor nos conceda el don de saber acercarnos, también nosotros,
a la fuente purificadora y balsámica de las lamentaciones bíblicas.

                                               ***

El examen de conciencia de Job
El riesgo teológico de la lectura del Libro de Job me parece bien expresado en una cita que
encontré en un artículo del filósofo Emanuele Severino, titulado: El riesgo de la fe en el "irónico
Sócrates". Escribe así:

"Al rey Midas, que quería saber qué era lo mejor y más deseable para el hombre, el
Sileno"—que representa la tradición de la sabiduría dionisíaca—"después de haber callado
un largo tiempo, respondió finalmente riendo: «Estirpe miserable y efímera, hijo del azar y
de la pena, por qué me obligas a decirte lo que para ti es ventajosísimo no conocer? Lo
mejor es absolutamente inalcanzable para ti: no haber nacido, no existir, ser nada. Pero lo
segundo mejor para ti es morir lo más pronto posible (es decir, volver lo más pronto posible
a la nada)»" (cfr. "Corriere delta Sera", 21-8-1989).

Podremos expresar el problema teológico de Job de la siguiente forma: ¿Cuál es la diferencia
entre estas palabras y las del capítulo 3 de Job?
Advertimos una cierta asonancia de lenguaje, quizás los vocablos sean idénticos, pero sin
embargo la diversidad es abismal, porque el hombre del texto bíblico no es ni un escéptico ni un
desilusionado de la vida.
Nosotros hemos sido llamados, pues, a entrar en el abismo del verdadero y misterioso
conocimiento de Dios, del Dios indecible.
Y tenemos miedo. Probablemente, si el Libro de Job fuera confiado hoy a una comisión
doctrinal o teológica para decidir si incluirlo o no en el canon, se llegaría a su exclusión ante el
temor de crear malestar e incomodidades.
El hecho, sin embargo, de que esté en el canon como palabra de Dios nos invita a aceptar la
fatiga de su lectura, pidiendo al Señor que nos dé el espíritu de oración, de humildad, de
adoración, para no permitir que nos enredemos en los términos puramente racionales del
conocimiento. A un amor sin fin corresponden misterios sin fin, y nosotros queremos recorrer,
superando una primera impresión de malestar, los caminos difíciles de la Palabra sin saber de
antemano dónde nos va a conducir.

"Concédenos, Señor, un verdadero, nuevo y más profundo conocimiento de ti. Incluso a través
de palabras que no comprendamos, haz que podamos intuir con el afecto del corazón tu misterio
que está más allá de toda comprensión humana.
Haz que el ejercicio de la paciencia de la mente, el recorrido espinoso de la inteligencia, sea el
signo de una verdad que no es alcanzable simplemente con los cánones de la razón humana, sino
que está más allá de todo, y precisamente por eso, es la luz sin límite, misterio inaccesible y
conjunto nutritivo para la existencia del hombre, para sus dramas y sus aparentes absurdos.
Concédenos conocerte, conocernos a nosotros mismos, conocer los sufrimientos de la
humanidad, conocer las dificultades entre las que se debaten tantos corazones, y volver a
una siempre nueva y más verdadera experiencia de ti."


El último monólogo de Job

Saltando los capítulos intermedios, dado que no nos resulta posible releer el Libro por entero,
reflexionaremos sobre los capítulos 29, 30 y 31, porque constituyen el último gran monólogo de
Job.
Después de aquel capítulo 3, se presentan tres escenas en las que hablan los tres
amigos y Job cada vez les va respondiendo. Sigue después un intermedio misterioso, una
especie de resplandor de fuego desde lo alto, que es el himno de la sabiduría (cap. 28).
A continuación el monólogo toma la última palabra antes del diálogo con Dios.
Por su valor sintético, de resumen, conclusivo de estos tres capítulos, me parece útil
proponer una lectura en dos tiempos, a saber lectio y meditatio.
El examen de conciencia de Job nos ayudará a prepararnos a nuestro examen de
conciencia para la jornada penitencial de mañana.
Me sirvo sobre todo de las explicaciones que Gianfranco Ravasi da sobre estos tres
capítulos en su comentario a Job (cfr. Ravasi, Job, Borla 1979). Es, de hecho, una
explicación que secciona con cuidado el texto según sus divisiones internas, ofreciendo así
una primera clave para su lectura.
El capítulo 29 se titula: Canto del pasado y de la nostalgia; todos los verbos están en
tiempo pasado, Job recuerda situaciones y ambientes ya vividos.
El capítulo 30 se titula: Canto del presente y del horror, y comienza con la palabra "ahora".
El capítulo 31 se titula: Canto del futuro y de la inocencia. Mirando su vida pasada, Job
hace una confesión de inocencia, muy detallada, a partir de una serie de criterios morales
éticos, que examina uno por uno; concluye desafiando a Dios a aducir sus propias razones
contra él.

1. Capítulo 29. "Job continuó pronunciando su discurso y dijo:

¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño,
aquellos días en que Dios me guardaba,
cuando hacía brillar su lámpara sobre mi cabeza,
y yo a su luz por las tinieblas caminaba;
cómo era yo en los días de mi otoño,
cuando vallaba Dios mi tienda,
cuando Sadday estaba aún conmigo,
y en torno mío mis muchachos,
cuando mis pies se bañaban en manteca,
y regatos de aceite manaba la roca!" (vv. 1-6).

En esta primera estrofa Job se describe como quien vivía la alegría de un amigo de Dios.
Lo sentía presente en su oración, en la vida cotidiana con sus momentos difíciles,
apreciaba la continua proximidad.

"Si yo salía a la puerta que domina la ciudad
y mi asiento en la plaza colocaba,
se retiraban los jóvenes al verme,
y los viejos se levantaban y quedaban en pie.
Los notables cortaban sus palabras
y ponían la mano en su boca.
La voz de los jefes se ahogaba,
su lengua se pegaba al paladar.
Oído que lo oía me llamaba feliz,
ojo que lo veía se hacía mi testigo" (vv. 7-11).
Una segunda estrofa en la que Job no se define a sí mismo únicamente en relación íntima con el
misterio de Dios, sino también en relación con la gente de su pueblo.

"Pues yo libraba al pobre que clamaba,
y al huérfano que no tenía valedor.
La bendición del moribundo subía hacia mí,
el corazón de la viuda yo alegraba.
Me había puesto la justicia, y ella me revestía,
como manto y turbante, mi equidad.
Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies.
Era el padre de los pobres,
la causa del desconocido examinaba.
Quebraba los colmillos del inicuo,
de entre sus dientes arrancaba su presa" (vv. 12-17).

Job era el hombre justo, que se ocupaba activamente de los pobres, y por ello quien lo
veía daba testimonio. De la apología de sí mismo, centrada únicamente en su persona,
pasa gradualmente a considerar el aspecto social; el sufrimiento le ha abierto los ojos para
comprender la necesidad de una relación con los más abandonados, los desheredados.

"Y me decía: «Anciano moriré,
tras días numerosos, igual que la palmera.
Mi raíz está franca a las aguas,
el rocío se posa de noche en mi ramaje.
Mi gloria será siempre nueva en mí,
y en mi mano mi arco renovará su fuerza»" (vv. 18-20).

He aquí el sueño de su vejez: Job estaba seguro de que habría dado frutos como una juventud
perenne.

"Me escuchaban ellos con expectación,
callaban para oir mi consejo.
Después de hablar yo, no replicaban,
y sobre ellos mi palabra caía gota a gota.
Me esperaban lo mismo que a la lluvia,
abrían su boca como a lluvia tardía.
Si yo les sonreía, no querían creerlo,
y la luz de mi rostro no dejaban perderse.
Les indicaba el camino y me ponía al frente,
me asentaba como un rey en medio de su tropa,
y por doquier les guiaba a mi gusto" (vv. 21-25).

En estos últimos versos, casi como haciendo un salto hacia atrás, Job recuerda su compromiso
más específicamente político, la fuerza de su presencia en la sociedad. El capítulo 29 es, por
tanto, un canto nostálgico en el que se evoca el bien vivido, la condición pacífica, serena, llena
de gratificaciones de todo tipo.
Job era justo, bueno, amaba a los pobres, pero también se le recompensaba, era reverenciado,
escuchado, estimado: toda una situación que ahora se cuestiona conforme al nuevo curso de su
historia.

2. Capitulo 30. Este canto del presente y del horror, Ravasi lo divide en siete breves secciones,
que describen una tras otra el comportamiento de un hombre que desciende cada vez más a lo
profundo: humillado, despreciado, atacado, aterrorizado, hostigado por Dios, que llora y sufre.


Job humillado:

"Mas ahora ríanse de mí
los que son más jóvenes que yo,
a cuyos padres no juzgaba yo dignos
de mezclar con los perros de mi grey.
Aun la fuerza de sus manos ¿para qué me servía?;
había decaído todo su vigor,
agotado por el hambre y la penuria.
Roían las raíces de la estepa,
los abrojos del desierto desolado.
Recogían armuelle por los matorrales,
eran su pan raíces de retama.
De entre los hombres estaban expulsados,
tras ellos se gritaba como tras un ladrón.
Moraban en las escarpas de los torrentes,
en las grietas del suelo y de las rocas.
Entre los matorrales rebuznaban,
se apretaban bajo los espinos.
Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre,
echados a golpes del país" (vv. 1-8).


Job despreciado:

"¡Y ahora soy yo la copla de ellos,
el blanco de sus chismes!
Horrorizados de mí, se quedan a distancia,
y sin reparo a la cara me escupen" (vv. 9-10).


Job atacado:

"El que ha soltado su cuerda me maltrata,
y el que ha tirado de su rostro el freno.
La ralea se alza a mi derecha,
me lanzan piedras como proyectiles,
abren hacia mí sus siniestros caminos.
Para perderme han destruido mi sendero,
atacan y nada les detiene;
como por ancha brecha irrumpen,
se han escurrido bajo los escombros" (vv. 11-14).

Dios es el sujeto real, si bien anónimo—"él"-, de la batalla abierta contra un hombre
humillado y despreciado.


Job aterrorizado:

"Los terrores se vuelven contra mí,
como el viento mi dignidad arrastran;
como una nube ha pasado mi salud.
Y ahora en mí se derrama mi alma,
me atenazan días de aflicción.
De noche traspasa el mal mis huesos,
y no duermen mis llagas.
Con gran fuerza agarra él mi vestido,
me aferra como el cuello de mi túnica.
Me ha tirado en el fango,
soy como el polvo y la ceniza" (vv. 15- l 9).


Y, por si no fuera suficiente, hostigado por Dios:

"Grito hacia ti y tú no me respondes,
me presento y no me haces caso.
Te has vuelto cruel para conmigo,
tu mano vigorosa en mí se ceba.
Me llevas a caballo sobre el viento,
me zarandeas con la tempestad.
Pues bien sé que a la muerte me conduces,
al lugar de cita de todo ser viviente" (vv. 20-23).


Por eso Job es un hombre que llora:

"Y sin embargo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre,
cuando en su angustia justicia reclamaba?
¿No he llorado por el que vive en estrechez?
¿no se ha apiadado mi alma del mendigo?
Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia,
aguardaba la luz, y llegó la oscuridad.
Me hierven las entrañas sin descanso,
se me han presentado días de aflicción" (vv. 24-27).
Abandonado, vive en la oscuridad más total y es un hombre infeliz que sufre:

"Sin haber sol, ando renegrido,
me he levantado en la asamblea, sólo para gritar.
Me he hecho hermano de chacales
y compañero de avestruces.
Mi piel se ha ennegrecido sobre mí,
mis huesos se han quemado por la fiebre.
¡Mi cítara sólo ha servido para el duelo,
mi flauta para la voz de plañidores!" (vv. 28-31).

Después de haber descrito su propia terrible situación actual, este hombre se yergue, de
un brinco, en un himno de altivez, el canto del futuro y de la inocencia.

Capítulo 31:

"Había hecho yo un pacto con mis ojos,
y no miraba a ninguna doncella.
Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba,
cuál la suerte que manda Sadday desde la altura?
¿No es acaso desgracia para el injusto,
tribulación para los que obran iniquidad?
¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos?
¿He caminado junto a la mentira?
¿he apretado mi paso hacia la falsedad?
¡Péseme él en balanza de justicia,
conozca Dios mi integridad!
Si mis pasos del camino se extraviaron,
si tras mis ojos fue mi corazón,
si a mis manos se adhiere alguna mancha,
¡coma otro lo que yo sembré,
y sean arrancados mis retoños!
Si mi corazón fue seducido por mujer,
si he fisgado a la puerta de mi prójimo,
¡muela para otro mi mujer,
y otros se encorven sobre ella!
Pues sería ello una impudicia,
un crimen a justicia sujeto;
sería un fuego que devora hasta la Perdición
y que consumiría toda mi cosecha" (vv. 1-12).

El tono ha cambiado completamente y ha asumido el lenguaje de una confesión moral y social.
Job se declara inocente de los pecados contra la impudicia, la falsedad y el adulterio.
Ravasi recuerda, a este propósito, algunos paralelos de la antigüedad semítica, cuando se
pensaba que el muerto, al presentarse ante los dioses, hacía una confesión de inocencia.
Interesante, entre otros, es un formulario extraído del Libro de los Muertos egipcio:
"No he cometido culpas contra los hombres,
no he maltratado los bueyes.
No he blasfemado contra Dios.
No he golpeado al miserable.
No he causado enfermedades.
No he hecho padecer hambre.
No he matado.
No he robado las hogazas a los Espíritus.
No he cometido pederastia.
No he cometido actos impuros.
No he falsificado la medida en los campos...."

Estas invocaciones rituales las gritaba el muerto sentado en la barca que le transportaba
al otro lado del río: si eran verdaderas no era quemado, pero si eran falsas se convertía en
pasto de las llamas.
Las palabras de Job, sin embargo, tienen un aspecto no precisamente ritual y judicial
sino, como ya hemos señalado, moral.
Pasa, pues, a la declaración de inocencia con respecto al esclavo que ha tratado siempre
con justicia.

"Si he menospreciado el derecho de mi siervo
o de mi sierva, en sus litigios conmigo,
¿qué podré hacer cuando Dios se levante?
cuando él investigue, ¿qué responderé?
¿No los hizo él, igual que a mí, en el vientre?
¿no nos formó en el seno uno mismo?" (vv. 13-15).

Después se defiende de la acusación que le lanza Eliafaz, afirmando que ha sido
caritativo con los pobres:

"¿Me he negado al deseo de los débiles?
¿dejé desfallecer los ojos de la viuda?
¿Comí solo mi pedazo de pan,
sin compartirlo con el huérfano?
¡Siendo así que desde mi infancia
me crió él como un padre,
me ha guiado desde el seno materno.
¿He visto a un miserable sin vestido,
a algún pobre desnudo,
sin que en lo íntimo de su ser me bendijera,
y del vellón de mis corderos se haya calentado?
Si he alzado mi mano contra un huérfano,
por sentirme respaldado en la Puerta,
¡mi espalda se separe de mi nuca,
y mi brazo del hombro se desgaje!
Pues el terror de Dios caería sobre mí,
y ante su majestad no podría resistir" (vv. 16-23).

En cuanto a la acusación de haber abusado de las riquezas y de haber sido idólatra, declara:

 "¿He hecho del oro mi confianza,
o dije al oro fino: «Tú, mi seguridad»?
¿Me he complacido en la abundancia de mis bienes,
en que mi mano había ganado mucho?
¿Acaso, al ver el sol, cómo brillaba,
y la luna que marchaba radiante,
mi corazón, en secreto, se dejó seducir
para enviarles un beso con la mano?
También hubiera sido una falta criminal
por haber renegado del Dios de lo alto" (vv. 24-28).

Job se defiende también de la acusación de odio y de la de haber violado la hospitalidad:

"¿Del infortunio de mi enemigo me alegré,
me gocé de que el mal le alcanzara?
¡Yo que no permitía a mi lengua pecar
reclamando su vida con una maldición!
¿No decían las gentes de mi tienda:
«Hay alguien que no se haya hartado con su carne?»
El forastero no pernoctaba a la intemperie,
tenía abierta mi puerta al caminante" (vv. 29-32).

Finalmente, se defiende de la acusación de hipocresía y de explotación:

"¿He disimulado mis culpas a los hombres,
ocultando en mi seno mi pecado,
porque temiera el rumor público,
o el desprecio de las gentes me asustara,
hasta quedar callado sin atreverme a salir a mi puerta?
Si mi tierra grita contra mí,
y sus surcos lloran con ella,
si he comido sus frutos sin haberlos pagado,
si he hecho suspirar a sus obreros,
¡en vez de trigo broten en ella espinas,
y en lugar de cebada hierba hedionda!" (vv. 33-34.38-40).

Un largo examen de conciencia social, que Job hace encontrándose justo en todos los diversos
momentos de la existencia humana. Los versículos 35-37 constituyen como un desafío final a
Dios. En efecto, si Dios es justo no puede callar, sino que debe avalar la confesión:

"¡Oh! ¿quién hará que Dios me escuche?
Esta es mi última palabra: ¡respóndame Sadday!
El libelo que haya escrito mi adversario
¿no voy a llevarlo sobre mis espaldas?
¿no me lo ceñiré igual que una diadema?
Del número de mis pasos voy a rendirle cuentas,
como un príncipe me llegaré hasta él."

Así acaba este larguísimo y amplio monólogo de Job, poéticamente rico y lleno de imágenes. Y
nosotros debemos releerlo atentamente para intentar entrar en el misterio del hombre y en el
misterio de Dios, que allí se expresan.


Guía para la meditación

Sugiero tres reflexiones que puedan ayudarnos en la meditación y en la búsqueda personal.

—La primera es que un hombre así nunca ha existido. Se trata claramente de una proyección
teórica, de un caso límite, de la proyección de un Adán paradisíaco que todo lo hace siempre a la
perfección.
Por qué, pues, debemos intentar comprender a este hipotético personaje que llama a juicio a
todo el mundo, proclamando que nunca ha hecho mal a nadie, que no ha tenido el menor
momento de defaillance?
Nos convenceremos de que, aunque hubiera existido un hombre como Job, no hubiera escapado
a la prueba dramática expresada en el capítulo 30.
La prueba está encerrada en la relación Dios-hombre, que estando basada en el amor gratuito, y
no simplemente sobre la justicia conmutativa, comporta asimismo la prueba.
— Sin embargo sí hay uno que puede afirmar: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?
Ha existido y es Jesús. Él no se ha sustraído a la prueba del amor gratuito hacia nosotros, lo que
significa que el tema de la prueba no está simplemente ligado a la culpa, a la purificación, a la
salida de la situación ideal. Más bien está ligado a la verdad de las relaciones libres entre el
hombre y Dios, a la gratuidad absoluta de estas relaciones, que viene a la luz en el momento en
que cesan las gratificaciones.
El autor del Libro de Job busca un aspecto del misterio de Dios que dé a la prueba un sentido
que no sea simplemente el de una purificación del pecado.
Este aspecto lo contemplamos en el Crucificado.

—Nuestra condición es, por supuesto, bien distinta de la condición del justo Job, y podemos
recorrer los caminos del capítulo 29 y después del 31, examinándonos de la siguiente forma:
¿Cómo nos situamos respecto a los ambientes y a las relaciones de nuestra existencia, con
respecto a los deberes éticos? ¿cuáles son los pecados que hemos cometido, cuáles los de
omisión?
De estos pecados queremos acusarnos, no solamente para escapar de la pena, sino para instaurar
con Dios una relación basada en la justicia, en la búsqueda de aquel dolor perfecto que nace del
amor, siguiendo cuanto nos indica, al menos como un intento misterioso, el camino de Job.
Acusar nuestras culpas por puro amor, para que Dios sea bendito, alabado y santificado, para
entrar con él en una relación de alianza.
Hemos sido llamados a la verdad y a la libertad de nuestra relación con Dios, a vivir
establemente la amistad con él: Os he llamado amigos, no siervos... Vosotros sois los que habéis
perseverado conmigo en mis pruebas, por amor y no sólo por fidelidad a vosotros mismos y a
vuestros propósitos.
Las páginas dramáticas de Job nos hacen entrever esta profunda búsqueda en el corazón humano
que desea una relación con Dios que esté más allá de la mera obediencia, de la mera justicia, una
relación en la que se juegue la libertad de cada uno para darse, concederse, dedicarse con
desinterés y pureza.

"Concédenos, Señor, la capacidad de comprender en los difíciles pasajes de este libro bíblico tu
ansia de hacernos como tú, el ansia de volvernos similares al Hijo, de introducirnos en una
relación de tipo trinitario, en aquel misterio de amor y de autodonación que constituye tu más
íntima esencia.
María, madre de Jesús y madre nuestra, haz que podamos también nosotros pregustar una chispa
del profundfsimo misterio de Dios. "

                                               ***

Bendita tú entre las mujeres
Homilía de la festividad de María Reina
Lecturas: Is 9,2-4,6-7; Lc 1,39-47

La festividad de María Reina, en la octava de la Asunción, ocurre oportunamente en el
segundo día de nuestros Ejercicios, para recordarnos que debemos vivirlos sobre todo en
unión e intimidad en la escucha que María hace de la Palabra, en su oración afectiva.
No se nos pide alcanzar nuevas intuiciones, incluso aunque éstas tuvieran alguna
utilidad, sino que ensanchemos nuestro corazón en el afecto orante, en el estar junto a
Jesús como María lo estaba, muchas veces en silencio; se nos pide que alimentemos
nuestro espíritu de esta afectividad interior que es tan importante para sostener el camino
espiritual. PPP
El evangelio de hoy (/Lc/01/39-47) lo podemos considerar como el inicio de las
bendiciones tributadas a María, como la primera proclamación de su bienaventuranza:
"Bendita tú entre las mujeres y bendito el froto de tu seno!... ¡Feliz la que ha creído que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!"
Estas palabras suenas opuestas a las exclamaciones de Jeremías: "¡Maldito el día en
que nací!" (Jer 20,14). Aquí se exalta la obra de Dios en María, y la exaltación se expresa
con júbilo. Para el hombre este júbilo es tanto mayor cuanto más profundo sea el sentido de
la soledad y de la desesperación en las que puede caer sin el misterio de Dios. Como dice
el profeta Isaías, el gozo acrecentado, la alegría grande, el regocijo similar al regocijo del
día de la siega, o del reparto del botín, parecen proporcionales a las tinieblas en las que
caminaba el pueblo, "que vivía en tierra de sombras" (cfr. Is 9,1-4).
Es, por tanto, la conciencia de las tinieblas y del sinsentido en el que cada uno de
nosotros está condenado por la condición pecaminosa de la humanidad, lo que hace
resplandecer con mayor alegría y regocijo el misterio del amor de Dios.
En María se expresa la felicidad de toda mujer y de todo hombre que se siente abrazado
por el misterio de la alianza con Dios; "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
seno! ¡Feliz la que ha creído!"

Sin embargo, si reflexionamos acerca de la suerte de María, nos daremos cuenta de que,
después de la proclamación de estas palabras que la presentan inmersa en un torrente de
luz, ella entra bien pronto, de nuevo, en la oscuridad. Durante su vida son más los sucesos
que María no entiende, que aquellos en los que ve realizarse esta profecía: el nacimiento
de su hijo en la pobreza total, su abandono, su existencia, en la que no brilla nada de la
grandeza anunciada por el ángel...
Durante años y años vive un dolor enorme, disfrutando de la presencia inmediata del Hijo
y al mismo tiempo viéndole inmerso en una tiniebla absoluta del mundo con respecto a él.
La Virgen ha entrado en esta durísima prueba, ha llevado a cabo el peregrinaje de la fe
hasta el momento de la oscuridad del Calvario. La bendición del inicio no le ha quitado ni
una sola de las sucesivas pruebas de su vida; sólo ha sido una palabra que la ha
acompañado en su creer y en su confiarse.
En esta Eucaristía vamos a confiar a la Virgen todas nuestras oscuridades y la oscuridad
en la que caminan las personas que conocemos, que están cerca de nosotros, en nuestro
corazón, aquellas por las que rezamos. La oscuridad por la que caminan los hombres y las
mujeres del mundo, una gran mayoría, pidiendo al Señor hacernos comprender cómo todos
nosotros hemos sido bendecidos en Jesús, y cómo la alegría que ha inundado el corazón
de María y de Isabel es también alegría para nosotros, cuando tenemos el presentimiento,
aunque sea lejano, de la riqueza misteriosa contenida en las palabras del Señor.

"Concédenos, María, introducirnos de tal forma en el misterio de tu prueba, que podamos
repetir contigo: «Bendice mi alma al Señor.»
Haz que, incluso desde el valle de nuestra oscuridad, sepamos gritar: «Mi espíritu se alegra en
Dios mi salvador. »
Haz que nos preguntemos si ésta es nuestra actitud cotidiana, si somos capaces de elevarnos de
la lamentación a la glorificación del misterio de Dios, de abandonarnos al misterio que, en la
oscuridad o en la luz, siempre nos tiene irrevocablemente entre sus brazos.
Concédenos comprender y confiar, como tú, en el misterio de la alianza. "

·MARTINI-1. Págs. 41-82



                            Moderación y conocimiento
"Señor, Dios nuestro, tú eres el misterio inaccesible, tu vives en la eterna luz que nadie puede
contemplar sino tu Hijo, que nos la ha revelado desde lo alto de la cruz. Concédenos penetrar en
el misterio de Jesús para que podamos conocer algo de ti, en la gracia del Espíritu. Concédenos
penetrar en este misterio con paciencia, con humildad, convencidos de nuestra ignorancia, de lo
mucho que todavía no conocemos sobre tu Trinidad de amor, sobre tu proyecto salvffico. Haz
que nos humillemos en nuestra ignorancia, para poder merecer al menos las migajas del
conocimiento del misterio que nos ha de saciar por toda la eternidad. Te lo pedimos por
intercesión de Marfa, que ha creído profundamente, incluso sin conocer directamente, y ha
llegado antes que nosotros—y desde ahora en nuestro nombre— al conocimiento inmediato de
tu gloria. "

Después de haber escuchado a Job, vamos a escuchar a su compañero, es decir a Dios.
Será la forma de caminar hacia el conocimiento de su misterio. Y, para graduar el camino, he
pensado en la conveniencia de reflexionar sobre tres distintos capítulos del Libro bíblico.
 En primer lugar sobre el capítulo 9, en el que Job habla de Dios; después el capítulo 28 en el
que un desconocido habla de Dios; finalmente los capítulos 38 y 39, en los que Dios mismo
empieza a hablar.


Job no acepta el desconocimiento de si mismo

El capítulo 9 es una respuesta de Job a las palabras —que querían ser de consuelo—del tercer
amigo, Bildad de Suaj. Este había subrayado que no se puede dudar nunca de la justicia de Dios,
y puesto que Él es justo, consiguientemente los malos son castigados y los buenos premiados.
Job, por tanto, puede estar tranquilo, sus enemigos se verán cubiertos de vergüenza (cfr. 8,20-
22). Job replica presto, aceptando el principio fundamental, incluso aumentando la dosis:

"Bien sé yo, en verdad, que es así:
cómo ante Dios puede ser justo un hombre?" (9,1-2).

En los versículos siguientes expresa de manera un poco irónica esta absoluta certeza: nadie
puede resistir ante Dios, que tiene razón en todo, siempre y en cualquier caso.
Después añade:

"¡Cuánto menos podré yo llevar mi causa
y rebuscar razones frente a él!" (v. 14).

Aquí la certidumbre muta en duda: Dios tiene tanta razón, que si la tuviera yo también, no
la obtendría. A partir de este versículo Job empieza a dudar de sí mismo: ¿Yo, quien soy?
¿Tengo razón o no?
Sus palabras son características de la postura de un hombre en el acmé del sufrimiento, y se
podrían expresar de la siguiente forma: Job no aceptar el hecho de no conocerse a sí mismo, está
atormentado por el apremio de no acertar a saber con seguridad si es o no justo; está convencido
de serlo, sin embargo quisiera que le fuese declarado; la incerteza le corroe.

"Yo, que si tengo razón no recibo respuesta,
cuando a mi juez imploro.
Y aunque le llame y me responda,
aún no creo que escuchará mi voz.
¡Él, que me aplasta por un pelo,
que multiplica sin razón mis heridas,
y ni aliento recobrar me deja,
sino que me harta de amarguras!
Si recurrrimos a la fuerza, ¡es él el Poderoso!
Si a la justicia, ¿quién le emplazará?
Si me creo justo, su boca me condena,
si intachable, me declara perverso" (vv. 15-20).

En el versículo 21 expresa la dramática interrogación:
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  • 1. CARLO MARTINI HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS Meditaciones sobre JOB http://www.mercaba.org/FICHAS/Meditacion/cartel_meditacion_job.htm Prólogo - Introducción Job no sabe aceptarse Moderación y conocimiento Tres modos de luchar con Dios Job y el Cantar de los Cantares Prólogo "Habéis perseverado conmigo en mis pruebas" es el título de un curso de Ejercicios Espirituales que el cardenal Carlo María Martini, Arzobispo de Milán, dirigió a un grupo de sacerdotes, la mayoría de la diócesis ambrosiana. Las palabras de Jesús a sus discípulos, pronunciadas poco antes de la pasión, nos recuerdan cómo la vida del cristiano (y también la de todos los hombres) está llena de tribulaciones. Por ese motivo se ha elegido el Libro de Job, como texto sobre el que reflexionar, aunque también la meditación se extenderá a otros pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. La historia de este hombre misterioso, que no pertenecía al pueblo elegido y vivía en una tierra lejana, quizás circulara oralmente entre los eruditos orientales ya hacia fines del 2.000 a. C., y su redacción en hebreo fuera posterior. Job, que era y se consideraba justo, es probado y privado de todas sus pertenencias. También los hebreos exiliados en Babilonia lo habían perdido todo, lo que ponía en duda su fe en la justicia de Dios, ante quien pensaban que podían presumir de derechos. Intentando comprender el sentido oculto del sufrimiento, que se abate sobre quienes obran con rectitud ante Dios, probablemente leían y cantaban las lamentaciones de Job. ¿Acaso
  • 2. el hombre le puede pedir cuentas a Dios? El poeta dice: no hay que pedirle razones a Dios, sino creer en su justicia, en su sabiduría incomprensible. Con profundidad espiritual y pastoral, el Cardenal se detiene ante algunos pasajes de Job y nos ayuda a aclarar el sentido del misterio del hombre y del misterio de Dios. En el diálogo de los dos primeros capítulos entre Satanás y Dios "el juego se configura como un desafío hecho al hombre: ¿existe o no la gratuidad en la acción humana?" El problema de Job es ante todo un problema de fe; no hay lugar para el comercio en la vida de fe, porque a la sublimidad de la gracia debe corresponder la gratuidad de la devoción. Ciertamente, Job no ha cometido ninguno de los crímenes de los que le acusan sus amigos, pero ha cometido el delito por excelencia del hombre religioso: se ha convertido en juez de Dios. Las reflexiones del Arzobispo nos interpelan acerca de la calidad de nuestra fe, de nuestra oración como sumisión de todo el ser al misterio inefable de Dios, de la obediencia de la mente. En fin, como se demuestra en el singular paralelismo de Libro con el Cantar de los Cantares, la búsqueda de Job se nos presenta como un problema de amor. Para una lectura plenamente fecunda del presente volumen será necesario un compromiso espiritual que huya de la mediocridad y convierta al alma a la plenitud de Dios. Es muy interesante la finalidad que el Arzobispo se ha propuesto en estos ejercicios: la reconversión al espíritu oración. En un clima de oración estas páginas serán luz, alimento, fuerza, estímulo y consuelo. Además se nos advierte que cualquier hombre de buena voluntad ya está en la búsqueda de Dios, actúa conforme al modo con que el Omnipotente guía su universo, y siente en sí mismo la crítica de la conciencia a sus propias acciones. Este libro nos enseña a liberar la realidad de Dios de nuestras mezquindades y de nuestra moralidad, concebida como fuente de autojustificación. Porque la fe se dirige principalmente a la incomprensibilidad del amor divino que nos supera en todo momento. De un tal amor, en el que cree el cristiano cuando ha contemplado el signo del Crucifijo, podemos recibir la capacidad de amar gratuitamente, de amar incluso en las pruebas y en las tribulaciones. Aprenderemos también a crecer en la fe que ama y espera, a desear una relación con el Señor, en la que realmente pongamos en juego toda nuestra libertad. El Dios que se nos da en la alianza no pide otra cosa más que el amor y una devoción apasionada. *** Introducción Te damos gracias, Padre, porque nos has convocado de tantas partes de nuestra diócesis, y también de otros lugares de Italia, para escuchar tu Palabra, para recibir la gracia de amor y de misericordia de tu Hijo, para ser confortados y consolados interiormente por el Espíritu Santo que es amor y paz. Te pedimos que en estos días infundas abundantemente a cada uno de nosotros tu Espíritu de amor y de paz. Te doy gracias, especialmente, por las experiencias vividas en Santiago de Compostela con el Papa y con cientos de miles de jóvenes; por la fe y la esperanza que nos hemos comunicado, por los dones que se nos han dado en la contemplación de este futuro de la Iglesia, tan rico de energías, de espíritu de sacrificio, de valor y de alegría. Haz que podamos servir a esta juventud que tanto espera de nosotros. Estamos ante ti, Padre, conscientes de nuestra pobreza, de nuestro no saber qué decir o qué pensar, pero con la confianza de que toda nuestra suficiencia, toda nuestra capacidad viene de ti, en la gracia del Espíritu santo, en la gracia del ministerio de la Nueva Alianza.
  • 3. Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, guíanos en el camino de estos Ejercicios. Tú que has pasado a través de tantas pruebas, tú, cuya alma ha sido traspasada por una espada, concédenos percibir el sentido de las pruebas que nosotros, la humanidad y la Iglesia, estamos viviendo. *** Renovar el espíritu de oración La finalidad fundamental que se nos propone en un retiro espiritual es la conversión, el pedir a Dios que nos cambie en mejor. Entre los muchos posibles temas de conversión de nuestra vida, que cada uno podrá encontrar por sí mismo, quisiera subrayar la necesidad de renovar el espíritu de oración. Tenemos una enorme necesidad de renovarlo, porque continuamente la multiplicidad de los asuntos temporales acaba por empobrecerlo. Me parece importante recuperar ese espíritu de oración, en estos días, en sus tres momentos: —En el tiempo dedicado a la oración, que puede ser más amplio que de costumbre; —En los hábitos, que tienden a deshilacharse, y que, en el curso de estos días, podemos redisciplinar; —En el modo, que debiera caracterizarse por tres comportamientos. En primer lugar por la devoción, el respeto hacia Dios, que se actúa en las palabras, en los gestos del cuerpo, en la atención, en el silencio; después la sumisión de todo nuestro ser al misterio de Dios, la reverencia amorosa; finalmente el afecto: la oración es un acontecer afectivo. Quizás, por las circunstancias difíciles de la vida, el afecto permanece sólo en el fondo, o incluso en el inconsciente; durante estos días debemos hacerlo emerger para aprender a resistir al indiferentismo que nos rodea. Sin un profundo sentido afectivo de Dios en la oración es casi imposible combatir eficazmente el ateísmo en nuestro ambiente occidental. Por mi parte intentaré ayudaros en la reconversión al espíritu de oración, sugiriéndoos algunas reflexiones sobre un tema sacado de las palabras de Jesús durante la última cena: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas" (/Lc/22/28). El tema de los Ejercicios La afirmación de Jesús es muy hermosa, y si al final de la vida podemos escuchar: "Tú eres uno de aquellos que perseveraron conmigo en mis pruebas", nuestra alegría será completa. Es interesante observar que estas palabras las pronunció Jesús después de una discusión entre los apóstoles: "Entre ellos hubo también un altercado sobre quién parecía ser el mayor" (Lc 22,24). Partiendo pues de una disputa que revela las ambiciones, tensiones y pequeñas envidias existentes en el grupo de los apóstoles, Jesús nos enseña que quien quiera ser el mayor debe servir a los demás, e inmediatamente después añade: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas". Jesús no se hace ilusiones. Sabe que los Doce no han alcanzado un santidad excelsa, pero también sabe que puede haber una gran fidelidad incluso allí donde hay defectos, debilidades y mezquindad. Como introducción a las sucesivas meditaciones, os invito a reflexionar sobre cada uno de los vocablos de la expresión evangélica: las pruebas, la perseverancia en las pruebas, mis pruebas, la perseverancia conmigo.
  • 4. 1. La palabra griega peirasmós es muy frecuente en la Escritura. Originariamente significa "exploración", "intento". Se trata de comprobar lo que uno vale, su fidelidad, su resistencia, su fuerza. A este sentido originario se le añaden después, en la Biblia, otros dos: a) la tentación, que es un empuje al pecado de parte de cualquier potencia maligna. La vida humana está enjaretada precisamente entre tentaciones; b) la prueba, a la que se refiere la afirmación de Jesús y que puede venir incluso de parte de Dios. Alude a todas las situaciones de aflicción y dificultad que con frecuencia encontramos en nuestra vida. Forman parte del camino de la Palabra en nosotros, de su entrada en el terreno del corazón humano. Así, en la parábola de la semilla que cae sobre terreno pedregoso leemos que los de "sobre roca son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten" (Lc 8,13). La Palabra, entrando en el corazón humano, queda sujeta a la tentación. El evangelista Mateo especifica algunos de sus modos: "El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida." Prueba, tentación, tribulación, llámese como se llame, es una situación corriente, ordinaria en la vida del hombre sobre la tierra, especialmente del hombre justo, entendiendo por "justo" aquel que quiere ser fiel a Dios y trata de caminar por sus senderos. El libro de Job expresa esta realidad en forma poética, particularmente cuando dice: "¿No es una milicia lo que hace el hombre por la tierra?" (7,1). La nota de la Biblia de Jerusalén explica que la "milicia" indica más bien la condición del servicio militar, a la vez lucha y servidumbre. La versión griega traduce el término como "prueba", refiriéndolo precisamente a la prueba de la existencia humana. La Vulgata, sin embargo, presenta la famosa frase: "militia est vita hominis super terram", y la expresión se vuelve a tomar en el capítulo XIII del libro I de la Imitación de Cristo: De tentationibus resistendis, es decir, del resistir a las tentaciones. Es un capítulo muy importante que empieza así: "Mientras dure nuestra vida en este mundo no podemos estar exentos de tribulaciones y de tentaciones. Por eso en el libro de Job está escrito: «La vida del hombre sobre la tierra es tentación»." Y Job continúa: "¿No son jornadas de mercenario sus jornadas? Como esclavo que suspira por la sombra, o como jornalero que espera su salario, así meses de desencanto son mi herencia, y mi suerte noches de dolor. Al acostarme, digo: «¿Cuándo llegará el día?» Al levantarme: «¿Cuándo será de noche?» y hasta el crepúsculo estoy ahito de inquietudes. Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas, mi piel se agrieta y supura. Mis días han sido más raudos que la lanzadera, han desaparecido al acabarse el hilo. Recuerda que mi vida es un soplo" (7,1-7a).
  • 5. La Biblia de Jerusalén anota: "Job, solidario de la humanidad que sufre, resignado a morir, esboza una oración para pedir a Dios algunos instantes de paz antes de su muerte". El pasaje veterotestamentario describe la existencia humana como una prueba. 2. Jesús, refiriéndose a esta prueba, dice: "Vosotros sois los que habéis perseverado". En griego "habéis perseverado" significa aquellos que no se han marchado. Es una palabra de alabanza: Habéis sufrido tanto que os hubiérais podido marchar, y sin embargo no lo habéis hecho. Viene a la mente el episodio de Jn 6,67-68: "¿También vosotros queréis marcharos?", y Pedro le respondió: "Señor, ¿con quién vamos a ir?" Jesús verifica que hasta el último instante los apóstoles permanecieron, perseveraron, no le abandonaron. El concepto de perseverancia se encuentra con frecuencia en la Escritura con expresiones diversas. Por ejemplo "conservar la palabra" indica la paciencia que perdura y resiste: "Los que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y fructifican con perseverancia" (/Lc/08/15). El hombre hace frente a la situación de prueba con la perseverancia, la resistencia, la conservación de la Palabra. Mientras la prueba tiende a volverse atrás, induce a perder el ánimo, el comportamiento directamente contrario no es necesariamente el de la victoria inmediata, sino el de la resistencia, el permanecer firme, sólido. El evangelista Juan utiliza un verbo muy sencillo: ménein, que indica algo similar. "Si permanecéis en mi—dice Jesús-, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis" (Jn 15,7). El "permanecer en Jesús" es el modo de oponerse a la prueba. 3. "Vosotros habéis perseverado en mis pruebas", no genéricamente "en las pruebas". Esta especificación da un color completamente distinto a la existencia humana. Nosotros nos preguntamos: ¿Cuáles son las pruebas de Jesús? —En realidad los evangelios nos dan pocas indicaciones sobre este tema, pero son suficientes para comprender que también Jesús fue tentado y probado. "A continuación, el Espíritu le impulsa al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás"; así Marcos inicia la historia de la vida pública del Señor (Mc 1,12-13). Al colocar este pasaje de la prueba de Jesús al principio de su evangelio está indicando que no ha sido tentado por una vez en su vida, sino que toda su existencia ha sido colocada bajo el signo de esa prueba. La Carta a los Hebreos nos abre a una ulterior espiral: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (/Hb/04/15). "En todo", por consiguiente en tantos aspectos concretos de la vida, difíciles, pesados, penosos, incluso repugnantes, por los que Jesús ha pasado y ha participado con los Doce. —Pero la expresión "mis pruebas" no se puede limitar a las circunstancias históricas del Jesús de Nazaret; él habla de sí mismo como Mesías, como aquel que recoge la existencia de todo el pueblo de Dios, como aquel que acompaña a este pueblo en el camino hacia el Padre. Por tanto debemos referirla a las pruebas mesiánicas, del Reino. Los apóstoles se vieron implicados en estas pruebas, cribados, triturados, zarandeados. Muchas de las pruebas de nosotros los creyentes vienen de situaciones concretas de la realidad histórica y social en la que nos reconocemos, es decir, la Iglesia católica con sus problemas, sus fatigas, sus penas y dificultades. Estas son las pruebas de Jesús, cabeza del pueblo mesiánico. —Podemos decir algo más. Desde el momento en que Jesús es Hijo del hombre, él hace suya y vive en sí mismo la prueba de todo hombre y de toda mujer sobre la tierra; el es la cabeza de la
  • 6. humanidad y sus pruebas alcanzan a la multitud inmensa de personas que han poblado, pueblan y poblarán la tierra. Creciendo en la experiencia de la vida, crecemos en la participación en estas pruebas porque conocemos más la Iglesia, las gentes, extendemos nuestra amistad a un gran número de personas y sufrimos con ellas. Hoy asumimos como cosa nuestra las pruebas del Líbano, porque las siente el Papa, leemos los periódicos, vemos la televisión, conocemos personas de ese país. Y también son nuestras las pruebas de la China; las pruebas de la paupérrima India; las pruebas de la miseria terrible, del hambre de los pueblos de América Latina y de Africa; son también nuestras las pruebas de Israel, del pueblo hebreo, del pueblo elegido, con todas sus dificultades y con todos sus problemas de diálogo. Todo esto nos pesa, quizás nos irrita, nos inquieta, porque acecha nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad, nuestra paciencia, nuestra capacidad de soportar, nuestro sentido del límite. Pero son precisamente estas las pruebas que Jesús dice "mías". Además, naturalmente, cada uno vive las pruebas de las personas que le han sido confiadas: la gente de la parroquia, los jóvenes, aquellos hacia quienes tenemos deberes pastorales específicos. Cada uno está inmerso de alguna forma en los sufrimientos de su propia gente, de sus propios hermanos, de cuantos amamos. Son todas las pruebas de Jesús el Mesías, el Hijo del hombre, cabeza del pueblo mesiánico y de la humanidad; de ellas participamos íntimamente y con todo el realismo, no únicamente con la fantasía. 4. "Habéis perseverado conmigo en mis pruebas". Las pruebas no son simplemente objetivas, como si fueran piedras u ondas que se revuelven contra nosotros. Diciendo "conmigo", Jesús las carga de un sabor distinto, subraya un aspecto afectivo, personal, muy profundo. Las sufrimos con él, amándole, en intimidad con él. Él nos pide entrar en este camino para identificarlas y comprenderlas mejor; de hecho es importante poder mirarlas cara a cara. Con frecuencia nos sentimos oprimidos, fatigados, frustrados por alguna cosa. El Señor nos invita a dar un nombre a nuestras dificultades, a enumerarlas y después a comprender cómo afrontarlas junto con él. Porque es sabiduría fundamental del hombre y del cristiano aprovechar la utilidad de las pruebas y así vivir la vida con fidelidad. Y cuanto más ama uno, cuanto más sirve y se hace disponible, tanto mayores son las pruebas. Si, por el contrario, nos encerramos en nuestro propio ambiente, si somos misántropos, si no salimos del egoísmo, experimentaremos únicamente la prueba de la frustración personal. El apóstol Santiago comienza su Carta con la siguiente exhortación: "Considerar como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear" (/St/01/02-04). Y más adelante añade: "¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman" (1,12). Esta es la síntesis de la vida humana, que nos ofrece Santiago expresando en sus palabras la gran sabiduría de todo el Nuevo Testamento. A este respecto se pronuncia también el Apocalipsis, que es por excelencia el texto de los cristianos en la prueba: "Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente en el sufrimiento"—por tanto has guardado mi palabra resistiendo—"también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra" (/Ap/03/10). Es el concepto de prueba cósmica, universal, que vuelve con frecuencia en nuestro tiempo, sobre todo en ciertas predicciones de carácter apocalíptico. A ella alude quizás la
  • 7. oración que recitamos cotidianamente: "No nos dejes caer en la tentación", no permitas que caigamos en la gran prueba. Sin embargo debemos saber cuál es esta prueba global, cósmica, en la que de hecho estamos inmersos y de la que con frecuencia no nos damos cuenta, siendo así que constituye nuestra vida real en su totalidad. El libro de Job El tema de los Ejercicios alcanza, pues, un aspecto que caracteriza constantemente la vida, pero que no debe hacerla triste. Diré más: afrontar la prueba es la única garantía de serenidad en la existencia. Vivir la prueba es lo que vuelve singular la alegría del cristiano. Queremos reflexionar durante estos días ante el Jesús que nos dice: Tú eres aquel que desea perserverar conmigo en mis pruebas; yo quiero ayudarte, quiero echarte una mano, quiero invitarte a rezar, a meditar, a mirar cara a cara a tus propias pruebas, a darles un nombre preciso apartándolas de la nebulosa; y después quiero ayudarte a aceptarlas con amor, a abrazarlas como yo he abrazado la cruz. "Haznos, Señor, partícipes de tu comportamiento valiente, permítenos entrar en tu verdad para poder experimentar la alegría de quien afronta con entusiasmo la vida como prueba." Buscando en la Escritura en las páginas que se refieren al tema de la lucha, de la prueba, de la tentación, nos detendremos de modo particular en Job, el libro de la prueba del hombre. Os sugiero, por tanto, que lo leáis, ya que nosotros no podremos hacer su exégesis paso a paso. Os pido además un nueva lectura al menos de algunos capítulos de la Imitación de Cristo, un texto un tanto olvidado, pero que sin embargo tiene un sentido muy grande de la vida del hombre como lucha. Es rico en sabiduría, equilibrio, serenidad, precisamente porque quien lo escribió, había advertido el carácter de tentación y de experiencia de la existencia humana. Así lo advirtieron los Padres que comentaron el Libro de Job, por ejemplo san Gregorio Magno; este Papa, habiendo vivido toda la vida como prueba, encontraba, efectivamente, un gran aliento en su meditación y explicación. Dejémonos guiar por estos maestros de la fe y contemplando la palabra de Jesús en el Evangelio de Lucas, pidamos: "Señor, haz que pueda mirar cara a cara a mis pruebas, darme cuenta de cómo las afronto, ponerme en la posición justa para superar las de mis gentes, con la conciencia de participar en las pruebas de toda la Iglesia, de nuestra Diócesis, de la humanidad en este momento crucial de la historia del mundo. " Introducción al misterio de la prueba "Permítenos, Señor, introducirnos en esta realidad de la prueba, que no es simplemente un hecho; es un misterio, porque mediante ella aceptamos un aspecto de la contingencia histórica sufrida, que somos nosotros, y al mismo tiempo es algo de ti. Nosotros, además, deseamos conocerte y penetrar con el corazón y con la mente en tu misterio indecible. Infunde, pues, en
  • 8. nosotros, Padre, alguna migaja de la contemplación de tu misterio a través de la experiencia de la prueba ". Como tema de esta primera meditación propongo los primeros dos capítulos del Libro de Job, que constituyen la introducción en prosa al poema propiamente dicho. Ante todo llevemos a cabo una lectura resumida y después nos plantearemos algunas cuestiones. Hace ya tiempo que deseaba reflexionar sobre Job durante unos Ejercicios. Sin embargo las incertidumbres eran numerosas, porque este libro tan fascinante es también muy difícil; San Jerónimo lo parangona a una anguila que cuanto más se pretende aferrar, tanto más se escapa. Finalmente me he decidido a evocar, en estos días, al menos algunas páginas que nos ayuden a entornar la puerta de este texto misterioso y lleno de enigmas: enigmas filológicos, históricos, literarios, interpretativos. La historia del prólogo de Job Los personajes fundamentales de la historia son tres: —Job, que vivía en la tierra de Uz, fuera por tanto de los confines de Israel, "un hombre cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal". Hombre rico: "Le habían nacido siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, además de una servidumbre muy numerosa. Este hombre era, pues, más grande que todos los hijos de Oriente" (/Jb/01/01-03). —La segunda figura característica del prólogo es Satanás, el Acusador, personaje misterioso que aparece junto a la corte de Dios como quien saca a la luz negativamente las acciones de los hombres. Él es el que pide que Job sea tentado. —El tercer personaje del drama es Dios, que desde lo alto de su trono sigue las acciones de los hombres y de alguna manera las tiene presentes. La historia está compuesta de dos momentos o pruebas: —Job es probado en sus bienes. "Un día en que sus hijos y sus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del primogénito, vino un mensajero donde Job y le dijo: «Tus bueyes estaban arando y las asnas pastando cerca de ellos; de pronto irrumpieron los sabeos y se los llevaron, y a los criados los pasaron a cuchillo. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia». Todavía estaba éste hablando, cuando llegó otro que dijo: «Cayó del cielo el fuego de Dios, que quemó tus ovejas y tus hombres y los devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia»". El tercer mensajero anuncia el robo de los camellos y el cuarto la muerte de sus hijos e hijas a causa del viento impetuoso que había arremetido contra la casa donde estaban comiendo y bebiendo (cfr. /Jb/01/13-20). Ante esta prueba, ciertamente durísima, sigue un comportamiento de Job, que viene expresado de la siguiente forma: "Entonces Job se levantó y rasgó su vestido. Luego se rapó la cabeza, cayó en tierra, se postró, y dijo: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré.
  • 9. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh!» En todo esto no pecó Job, ni profirió la menor insensatez contra Dios (/Jb/01/20-22)." —Entonces Satanás pidió una segunda posibilidad de probar a Job y lo hirió con una llaga maligna "desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza" (2,7). Privado de su integridad física, además de todos sus bienes, Job es considerado como maldito ante Dios; alejado de su casa estaba sentado entre la basura, indicando simbólicamente que no había más que miseria. "Entonces su mujer le dijo: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!»". En realidad, la mujer le invita no a bendecir sino a maldecir a Dios; la Escritura forma así la frase para no ofender. "Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En todo esto no pecó Job con sus labios." La historia se concluye con la noticia de los tres amigos que se acercan a Job para condolerse y consolarle. Levantan los ojos desde lo lejos, no le reconocen, y después rompen a llorar a gritos. Se sientan junto a él durante siete días y siete noches en silencio. Hasta aquí el prólogo. Las preguntas 1. ¿Qué significan los personajes? —Job es ciertamente una figura irreal, una especie de modelo de laboratorio. Es un símbolo del hombre justo, y por tanto bendito de Dios, que no tiene motivo alguno para atraer sobre sí al mal; ni por su causa ni por causa de sus hijos, desde el momento que incluso suelen hacer sacrificios cada vez que realizan un banquete, y así cancelar las eventuales culpas cometidas. No es un personaje real porque cada uno de nosotros tiene culpas de las que dolerse y de las que debe soportar sus consecuencias perjudiciales. Se crea, pues, a propósito una figura abstracta a través de la que se pueda llegar a un modo de conocimiento de Dios. Es asimismo interesante que Job se presente con características que no lo ligan a una particular tradición religiosa, confesional. En todo el Libro, de hecho, no ocurren lo vocablos típicos de la tradición hebrea —alianza, ley, templo, Jerusalén, sacerdocio—. En Job se puede reflejar cualquier hombre de buena voluntad, honesto, que tenga el sentido de Dios y de su misterio. —Satanás significa todo aquello que de alguna forma pueda tentar y probar al hombre en sus momentos difíciles. 2. Si estas son las dos realidades que se mueven en la escena introductoria, nos preguntamos qué hay en el centro de esta acción tan singular. —Podremos leer de nuevo la pregunta de Satanás, que es quien mueve la acción. El Señor le dice: "«¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal y recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» Respondió Satán a Yahveh: «¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus
  • 10. posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!»" (/Jb/01/08-11). La acción se configura como una pregunta irreverente o una apuesta hecha sobre el hombre: ¿existe o no existe la gratuidad en la acción humana? ¿Existe o no existe la libertad que se juega por sí misma y no por un cálculo sutil? ¿Acaso no es verdad que todo lo que le sucede al hombre, incluso en sus pensamientos más profundos, es fruto de un cálculo, de un tomar cuentas, de una esperanza de recibir, de un "do ut des"? Esta es la acusación que cada uno de nosotros siente en el fondo de sí mismo y que el análisis de lo profundo saca continuamente a la luz: el hombre no sabe amar gratuitamente y toda su acción está motivada por un interés o incluso por un resentimiento, por una venganza. Acciones verdaderamente limpias, íntegras, no existen y la misma religiosidad—la acción más sublime del hombre—nace de la esperanza de recibir un premio o se apoya en un premio ya recibido. Es el drama que rodea nuestra realidad, porque toda situación humana libre quiere saber si se funda en la verdad, en la autenticidad, en la gratuidad, o bien en un interés. ¿Cuántas veces nos cuestionamos sobre si la elección de la vocación, la perseverancia, nuestro servicio, son fruto del amor de Dios o más bien de la comodidad, el cálculo, la inclinación o una buena predisposición? Y al final nos encontramos desolados porque nos damos cuenta de que los motivos reales de nuestras acciones con frecuencia son demasiado mezquinos. Satanás, el Acusador, afirma, pues, que no existe religiosidad verdadera, que el hombre es incapaz de un amor gratuito, incapaz de vivir en alianza con Dios. Dios le ofrece una alianza con un amor auténtico y sincero y espera una respuesta de sincero y auténtico amor; pero ésta no es posible, es falsa, es una ilusión. La religión, por tanto, es opio del pueblo, máscara de motivos económicos, sociales, políticos, psicológicos, culturales; no existe el verdadero amor a Dios, la divinidad misma ha sido inventada por el hombre para enmascarar y sublimar sus propios motivos. En realidad el hombre juega consigo mismo. —En el centro del drama narrado en el Prólogo, se encuentra sin embargo, no únicamente la apuesta de Satanás sobre el hombre, sino también una apuesta de Dios que cree en la verdad del hombre y que confía en él. Por eso es un drama universal; cubre toda la gama de las situacions humanas libres, sobre todo aquellas en las que un sufrimiento inocente pone a prueba al hombre en la expresión más verdadera de sí mismo. El lector se siente integrado en la lucha porque advierte súbitamente que es un juego incluso su capacidad o incapacidad de ser auténtico. Como dice un comentarista contemporáneo del libro de Job: "La representación sagrada de Job es demasiado poderosa para admitir lectores indiferentes. Quien no entre en la acción con sus preguntas y respuestas interiores, quien no tome posición con pasión, no comprenderá un drama que por su culpa quedará incompleto. Pero si entra y toma posición, se descubrirá a sí mismo bajo la mirada de Dios, puesto a prueba en la representación del drama eterno y universal del hombre Job" (cfr. Alonso Schokel, Job, Borla 1985, p. 108). Es lo que pedimos al Señor que podamos hacer a través de la lectura del Prólogo del Libro. Os invito a una meditación personal. Las enseñanzas Para ayudaros os propongo algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la prueba.
  • 11. 1. La prueba está ahí, y está ahí para todos, incluso para los mejores. Job no ofrecía motivo alguno para ser tentado, porque era perfecto en todo. Es por tanto necesario tomar conciencia de que la prueba o tentación es un hecho fundamental en la vida. 2. Dios es misterioso. Él sabe perfectamente si el hombre vale o no, lo sabe antes de probarlo, y sin embargo lo prueba. "Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos" (cfr. /Dt/08/02), dice el Señor a los israelitas expresando el mismo concepto. Este comportamiento de Dios es parte, me parece, de aquel misterio impenetrable por el que, incluso al Hijo, le pone a prueba en la Encarnación. Porque también la Encarnación y la vida de Jesús son una prueba. 3. El comportamiento al que hay que tender en la prueba es la sumisión, el aceptar y no preguntar. En el Prólogo aparece esta idea como conclusiva y resolutiva, pero después vendrá elaborada en sus etapas a lo largo del poema. "Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh! Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?" (1,21;2,10). Esta misteriosa sumisión, cumbre de la existencia humana ante Dios, se presenta desde el principio como la postura a la que se debe aspirar. Esto no quiere decir que ya esté en nosotros, porque en Job mismo será el fruto de todo su trabajo. Y sin embargo, sólo ella, la sumisión, es capaz de lanzar una pequeña estela de luz sobre la experiencia dramática de la existencia. 4. En la prueba corremos también el riesgo de la reflexión. El hombre, por la gracia de Dios, puede asumir rápidamente el comportamiento sumiso, pero enseguida viene el momento de la reflexión que es la prueba más terrible. El Libro de Job se hubiera podido concluir al final del segundo capítulo, demostrando que Job había resistido porque su amor por Dios era verdadero, auténtico. En realidad, hay que estar atentos, y la situación concreta de Job no es la de quien se conforma con un suspiro, con una aceptación dada una vez por todas; más bien es la situación concreta de un hombre que, habiendo expresado la aceptación, debe encarnarla en lo cotidiano. Todo esto da paso al desarrollo dramático del Libro. Quizás experimentemos algo parecido: frente a una decisión difícil, a un suceso grave, lo aceptamos con el entusiasmo y el valor que se nos da en los momentos duros de la vida. Pero, después de una cierta reflexión aparece una serie de ideas distintas y experimentamos la dificultad de aceptar lo que con anterioridad habíamos admitido. Esta es la prueba verdadera. El primer "sí" dicho por Job es, precisamente, propio de aquel que reacciona instintivamente hacia lo mejor; el problema está en mantener durante toda una vida este "sí" ante el acoso de los sentimientos y de la batalla mental. La primera aceptación, por tanto, que con frecuencia es una gracia de Dios, aún no es completamente reveladora de la gratuidad de la persona. Tiene que pasar por la larga prueba de la cotidianeidad. La prueba de Job no consiste tanto en ser privado de todo bien y en quedar lleno de llagas, sino en el deber resistir día a día las palabras de los amigos, la cascada de razonamientos que intentan hacerle perder el sentido de lo que él es verdaderamente. Desde este punto la prueba comienza dentro de la inteligencia del hombre y la verdadera tentación continua, en la que también nosotros entramos y ante la que corremos el riesgo de sucumbir, es la de perdernos en el terrible trabajo de la mente, del corazón, de la fantasía.
  • 12. El libro de los más pobres de la humanidad Añado una última anotación que podéis tener presente, meditando sobre Job como el libro de los más pobres de la humanidad. A este propósito me ha iluminado mucho un comentario sobre Job, que me regaló el año pasado en Moscú su propio autor, Gustavo Gutiérrez (cfr. G. Gutiérrez, Job. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Ed. Du Cerf, París 1987). No se trata de una reflexión propiamente exegética, sino de un texto capaz de iluminar la humanidad del Libro de Job, que Gutiérrez lee implicando el grito de los pobres de América Latina. Todos sufrimos a causa de los errores, también de los nuestros, y sin embargo una gran parte de los hombres sufre más de lo que mereciera, más de lo que han pecado: es la gente miserable, que sufre, oprimida, que constituyen quizás las tres cuartas partes de la humanidad. Esta multitud inmensa hace que nos preguntemos: ¿por qué?, ¿qué sentido tiene?, ¿es posible hablar de un sentido? Afrontar custiones tan dramáticas es propio de un libro que está fuera de los esquemas ordinarios de la vida, como es el Libro de Job. Y nosotros, que queremos ser fieles a Jesús en sus pruebas y sabemos que sus pruebas son las del pueblo mesiánico, del pueblo que sufre, de los pueblos del hambre y de la pobreza, intentamos, a través de nuestras reflexiones, acercarnos a sus pruebas y aceptar las nuestras, con frecuencia pequeñas, pensando en aquellas tan grandes que afligen a una gran parte de la humanidad. La prueba del joven rico Homilía del lunes de la XXª semana "per annum" Lectura: Jc 2,11-19; Mt 19,16-22 Nos encontramos, en esta capilla, frente a la imagen de la Virgen en el momento de la prueba más terrible de su vida, en el momento de su más grande y más dramática tentación: la imagen de la Virgen Dolorosa. Su rostro nos hace ver las lágrimas de María, es decir su participación en nuestra pruebas, en las pruebas y sufrimientos de sus hijos. "Oh María, madre nuestra, te ofrecemos estos días, te ofrecemos nuestra vida, todo aquello por lo que nos vamos a esforzar para entrar con mayor intimidad en el misterio de Jesús, en la intimidad con sus pruebas y con su camino." —La primera lectura (/Jc/02/11-19) suscita en nosotros una cuestión acerca del significado de un Libro del Antiguo Testamento que habla de guerras, de batallas, de muertes, ciertamente muy alejado de nuestra forma de vivir el misterio de Dios. Sin embargo se puede suponer que quiera ser respuesta a la cuestión que los hebreos se ponían pensando en los inicios de su historia: ¿Cómo Dios ha prometido una tierra donde mana leche y miel, y después no nos la da gratuitamente, sino como una tierra que hay que conquistar con fatigas, a través de innumerables ansiedades y sufrimientos? ¿Cómo nos la ha dado después de siglos de incertidumbres, haciéndonos sentir durante tanto tiempo la amenaza de otros pueblos, casi extranjeros en esta
  • 13. tierra? Se proponen varias respuestas a esta cuestión que, en el fondo, es la misma de la prueba de Job: ¿por qué Dios se ha comportado conmigo de esta forma y no de otra? Por ejemplo, en el capítulo siguiente al pasaje que acabamos de escuchar, se dice que Dios no quería que los israelitas olvidaran el arte de la guerra, arte que sus padres habían aprendido para entrar en la tierra prometida. En otro lugar se responde que Dios quería que el terreno no se hiciera salvaje; cuando las cosas van muy bien el hombre tiende a la pereza, a rechazar la fatiga de cultivar la tierra. O bien en los Libros sapienciales se aduce, como motivo, el querer dar posibilidad de conversión a los otros pueblos. La razón fundamental que aporta el Libro de los Jueces es que los hebreos no merecían el don de la tierra prometida y que se alejaban regularmente del Señor cada vez que tenían la oportunidad. Podemos extraer una gran verdad: cada uno de nosotros y la humanidad como conjunto nos desgastamos fácilmente cuando las cosas van a toda vela, cuando la oración, la salud, el apostolado, la amistad y los afanes mundanos van de maravilla. No debiera ser así desde el punto de vista teórico, desde el momento en que el hombre está hecho para la felicidad, para la plenitud de los dones. Pero en concreto la situación histórica del hombre, herido por el pecado, hace que en la condición de bienestar se dedique a adorar a los ídolos, se llene de orgullo, se adore a sí mismo, su propio poder, la ostentación de sus propias posibilidades, de sus propias prestaciones físicas, sociales e intelectuales. El Señor pone a prueba a los israelitas cuando, habiendo alcanzado un mínimo de paz y de bienestar, se hacen idólatras. La prueba aparece, pues, como una manera providencial con la que Dios nos mantiene despiertos. Debemos admitir, volviendo a pensar en nuestra experiencia, que nos adormeceríamos fácilmente si contínuamente no hubiera pequeños sufrimientos, estímulos físicos y morales, que nos obligaran a situarnos en disposición de lucha espiritual. Hay una providencia divina misteriosa en el hecho de que el pueblo no pueda disfrutar pacíficamente, desde el inicio, de la posesión de la tierra; hay un camino misterioso de purificación de las personas, como individuos y como grupo, a través de las dificultades y del dolor. Incluso si no comprendemos muy bien el porqué de esta economía divina, hemos sido llamados a contemplarla en el caminar del pueblo de Dios, para poder aceptarla al menos un poco en nuestra existencia personal. —En el pasaje evangélico (/Mt/19/16-22) Jesús pone a prueba a un joven que creía ser muy valiente, creía haber alcanzado la posesión plena de la propia tierra, de sus propias facultades, que creía que las había puesto bajo la ley de la razón, bajo la ley de Dios. Consideraba que estaba en el lugar exacto y preguntaba: ¿Qué me falta, que aún no tenga? Aquí estoy, estoy dispuesto. Jesús pronuncia unas simples frases: "Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme" (v. 21). Y el joven comprendió que aún estaba muy lejos de la meta: "Al oir estas palabras, el joven se marchó apenado, porque tenía muchos bienes" (v. 22). Este es el misterio de la prueba, que se verifica cuando una persona se considera segura, casi en el ápice de su camino espiritual. Con una nueva exigencia, el Señor nos hace comprender que aún queda mucho por hacer, y feliz la persona que no se escandalice. El drama del joven está en no haber comprendido que se trataba de una prueba, como si dijéramos que tomó la invitación de Jesús demasiado en serio. Si hubiese respondido: Tú me pides, Señor, una cosa difícil, y sólo ahora he abierto verdaderamente mis ojos. No sé cómo
  • 14. hacer para seguir tu propuesta, pero ayúdame, dame la gracia necesaria. Si el joven hubiese tenido este brillo de inteligencia, su historia hubiese sido bien distinta. Él no se ha dado cuenta de que la prueba mostraba una fragilidad ante la que no debía sorprenderse, porque era un pequeño escalón en el camino más abierto hacia Jesús. Así que se entristeció y se marchó. Su situación es una de tantas en la que la prueba, no aceptada, genera ofuscación y muerte. "Señor, estamos aquí frente a ti, para decirte que somos frágiles; aunque ni siquiera imaginemos cual pueda ser tu exigencia capaz de hacernos entrar en crisis, sabemos que existe. Pero no nos sorprenderemos si nos cuesta aceptarla, si nos resulta incluso repugnante. Más bien te pediremos: ¡Ten piedad de nosotros! ¡Concédenos tu misericordia! Oh María, madre de Jesús crucificado, infunde en nuestro corazón aquel amor y aquella humildad que el Señor hubiera querido en el joven rico. Haz que allí donde constatemos incapacidad o rechazo, podamos servirnos de ellos como escalón para crecer en el conocimiento de nosotros mismos, en el amor de tu Hijo. Y a través del don de la muerte y de la resurrección de Jesús, proporciona a nuestro corazón la medicina que le cure de su pobreza, angustia y miedo, para que pueda ser iluminado por la alegría de la divina presencia. Págs. 5-39 Job no sabe aceptarse Introducción Quisiera, a modo de introducción, indicar una dificultad que podría impedirnos sacar el máximo fruto posible de estos Ejercicios, y es el tema del Libro de Job. Por este motivo he dudado durante mucho tiempo si escogerlo o no como texto de referencia para estas reflexiones. También a mí me exige una larga lucha para conseguir comprender el mensaje; no es únicamente un libro que hable de la prueba del hombre, sino que es una prueba en sí mismo, por las afirmaciones desconcertantes que contiene y que no encontramos en otros lugares de la Sagrada Escritura. ¿Cuáles son, pues, los remedios a esta dificultad? a) El primero es la lucha con Dios, como Job, sin dejarnos asustar, sino más bien afrontando la lectura del texto, incluso en su estructura que, entre otras cosas, es bastante simple. El problema está en comprender qué quiere decir, con qué orden y de qué manera:¿se trata únicamente de una confusa poesía, o se encierra también una verdadera tesis? El hecho de que a esta cuestión no se le haya dado todavía una respuesta resolutiva, nos invita a meditar el mensaje desde todos los puntos de vista: Señor, ¿qué me estás diciendo?, ¿de qué forma lo que estamos leyendo es sugerencia para hablar de Dios, o para callar, en nuestro mundo y sus dramas?, ¿este libro tiene algo que ver con tu misterio y el mío, Señor, con el misterio de la Iglesia, del dolor humano, de los pobres?
  • 15. Ultimamente, a propósito de las polémicas con el mundo hebreo por el Carmelo de Auschwitz, se ha repetido con frecuencia que, después del holocausto, ya no es posible hablar de Dios, que únicamente hay lugar para el silencio. La frase ha penetrado en la carne de muchos teólogos, especialmente alemanes, o en todo caso sensibles a la historia europea de nuestro siglo. Por tanto se nos interroga: ¿Verdaderamente quedamos reducidos al silencio, después de ciertas tragedias? ¿Se puede hablar mientras perduren las tragedias del Líbano o del hambre en los países pobres? El Libro de Job alcanza las llagas de lo humano y quizás por ello lo rechacemos, siéndonos difícil hablar de Dios y no aceptando una divinidad que sacuda nuestras categorías comunes de lo divino. Es, por tanto, un Libro que exige lucha en la oración, adoración, preguntas y súplicas; es la primera forma para ayudarnos. b) El segundo remedio, ya sugerido, es transformar la materia de meditación en oración personal afectiva; dejarnos implicar y rezar a partir de nuestra vivencia y de la de quienes amamos, sobre todo de aquellos a quienes vemos sufrir, del sufrimiento de la Iglesia y de la humanidad. En otras palabras: debemos redescubrir los salmos de lamentaciones. Job, en el fondo, se puede considerar como una introducción a aquella meta del salterio, que recitamos, pero que nos resulta difícil hacer nuestros; precisamente los salmos de las lamentaciones. Os sugiero, por ejemplo, a fin de transformar en oración la lectura de Job que haremos hoy, que recordéis el Salmo 87, titulado Lamento en la extrema aflicción, el más pesimista de todos. Mientras muchos otros salmos de lamentación terminan con palabras de escucha favorable, de acción de gracias, el último versículo del Salmo 87 reza así: "Has alejado de mí compañeros y amigos, son mi compañía las tinieblas". ¿Por qué, pues, este salmo es una oración?, ¿cómo puedo rezarlo? El problema de Job es precisamente comprender cómo una situación de angustia puede ser vivida en la fe. c) Finalmente, es importante no dejarse sorprender por la indisciplina mental. Cada uno, según su propia experiencia adulta de oración, debe establecer los momentos del día: para la oración mental, silenciosa; para la lectura; para la oración vocal, muy útil, en particular el Rosario. Un ritmo de oración adaptado a nuestro momento de búsqueda de Dios, será de gran utilidad para superar la dificultad de la materia del texto bíblico. Job maldice su día Reflexionemos sobre el capítulo 3 de Job, preguntándonos en primer lugar, en el momento de la lectio, qué dice, y después, al nivel de la meditatio, cuál es el mensaje para nosotros. Después de siete días y siete noches durante las cuales sus amigos se sientan junto a él, en tierra, en silencio, "abrió Job la boca y maldijo su día". El contenido del capítulo es precisamente este: "maldijo su día". "Y dijo: «¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: 'Un varón ha sido concebido'! El día aquel hágase tinieblas, no se acuerde de él Dios desde allá arriba,
  • 16. ni resplandezca sobre él la luz. Lo manchen tinieblas y sombras, un nublado se cierna sobre él, le estremezca un eclipse. Oh sí, la oscuridad de él se apodere, no se añada a los días del año, ni entre en la cuenta de los meses! Y aquella noche hágase lúgubre, impenetrable a los clamores de alegría. Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán. Sean tinieblas las estrellas de su aurora, la luz espere en vano, y no vea los párpados del alba. Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba, ni ocultó a mis ojos el dolor. ¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogieron dos rodillas? ¿por qué dos pechos para que mamara? ¿Por qué no fui un aborto oculto, como los niños que no vieron la luz? Pues ahora estaría acostado y tranquilo, dormiría un sueño de reposo, con los reyes y los notables de la tierra, que se edifican soledades; o con los príncipes que poseen oro y llenan de plata sus moradas. Allí acaba la agitación de los malvados, allí descansan los exhaustos. También están tranquilos los cautivos, sin oír más la voz del capataz. Chicos y grandes son allí lo mismo, y el esclavo es libre de su dueño. ¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro, a los que se alegran ante el túmulo y exultan cuando alcanzan la tumba, a un hombre cuyo camino está cerrado, y a quien Dios por todas partes cerca? Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos.
  • 17. Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo. No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega»" (Jb 3). Hemos apuntado el tenor tan extraño de este capítulo; mientras en el capítulo precedente parece que Job no haya pronunciado maldición alguna contra Dios, que haya resistido a la dureza de los acontecimientos, ahora nos damos cuenta que la prueba apenas acaba de comenzar. El acto de sumisión debe entrar en la mente, en el corazón y en el cuerpo de quien lo hace, y esto es muy difícil. Después de siete días de silencio, el volcán que se incubaba en el ánimo de Job irrumpe con fuerza. Intentemos subdividir el texto en sus cuatro partes. 1. vv. 1-10: el tema es la maldición del día del nacimiento, a cualquier hora que fuese. "Si es día vuélvase tiniebla, si noche sea talmente lúgubre que no entre júbilo alguno en ella". Job intenta borrar del tiempo aquel día y aquella noche, intenta mandarlos a la oscuridad primitiva de la inexistencia. El tema no es frecuente en las Escrituras que, en general, son un himno a la vida. Sin embargo existen páginas ilustres que son un paralelo del disgusto de Job. Por ejemplo, en el Libro de Jeremías, donde el profeta exclama: "¡Maldito el día en que nací! ¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito! ¡Maldito aquel que felicitó a mi padre diciendo: «Te ha nacido un hijo varón», y le llenó de alegría! Sea el hombre aquel semejante a las ciudades que destruyó Yahveh sin que le pesara, y escuche alaridos de mañana y gritos de ataque al mediodía. ¡Oh, que no me haya hecho morir en el vientre, y hubiese sido mi madre mi sepultura, con seno preñado eternamente! ¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?" (Jer 20,14-1 8). Os invito, sin embargo, a leer el capítulo a partir del versículo 7. Jeremías es un hombre ilustre y extraordinario, dotado de poderes de visión del mundo de Dios, casi únicos en la historia, reservados a poquísimos; y, sin embargo, llega a lamentarse como Job, precisamente porque Job no es una figura singular, sino que expresa los momentos más dramáticos de la experiencia humana. 2. vv. 10-19: el tema no es sólo el del nacimiento aborrecido, sino el de la muerte ansiada. "¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre?" (v. 11). Podemos pensar en el episodio de Jonás. Desilusionado por la acción de Dios, cayó en la depresión y pidió al Señor que le quitara la vida.
  • 18. "Se disgustó mucho—porque Dios había renunciado a causar mal alguno a la ciudad de Nínive —y se enojó; y oró a Yahveh diciendo: «¡Ah, Yahveh, ¿no es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Fue por eso por lo que me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal. Ahora, pues, Yahveh, te suplico que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida»" (/Jon/04/01-03). En el momento en que la misericordia de Dios se está revelando, el profeta se siente apeado, casi desautorizado de su profecía, y el despecho, el enojo y la rabia son tan fuertes que llega a desear la muerte. Nos viene a la mente otra figura extraordinara: Elías. Huye por su incapacidad para vencer a los falsos profetas en el nombre de Yahveh; asustado por las amenazas de la reina Jezabel, "se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él caminó por el desierto una jornada , de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»" (1 Re 19,3-4). Elías, que vivía en intimidad con el misterio de Dios, llega a la desesperación porque no ha conseguido hacer lo que hubiera deseado. 3. vv. 20-23: la invocación de la maldición del día del nacimiento con el deseo de la muerte viene generalizada por el sin sentido general de la vida: "¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega?" 4. Finalmente, la cuarta parte (vv. 24-26): es un retorno de Job sobre sí mismo para describir de cerca lo que está viviendo. "Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos. Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo. No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega." Así se ha expresado eficazmente el grito que nace de los siete días de silencio de Job: aborrece el nacimiento, desea la muerte, declara sin sentido la vida de todos los que sufren y al final vuelve sobre sí mismo para concluir: aquí estoy, inquieto y atormentado. El grito de Job y la oración de lamentación Vayamos ahora a la meditación misma del capítulo y preguntémonos: ¿las expresiones de Job son retóricas, son debidas a la exageración típica de los orientales que con frecuencia utilizan la hipérbole? ¿Entonces, cómo se explica que se hallen en las Escrituras que tienen un valor perenne? ¿Existe alguna similitud en nuestra experiencia? Pienso que cuando, por ejemplo, una persona de forma lúcida se sitúa frente a una enfermedad incurable, no raramente se desata el grito y el lamento. Si por parte de los médicos se considera
  • 19. oportuno decir la verdad directamente al enfermo, la primera reacción es siempre de rebelión dramática: ¿Qué sentido tiene esto, por qué precisamente a mí? Cada uno de nosotros puede encontrarse, de un momento a otro, en estas condiciones de un mal gravísimo, incurable, y entonces el grito de Job puede ser el nuestro. O bien, pensemos en la gente que experimenta, en ciertos períodos de la existencia, una serie de desastres y desgracias de todo tipo, que se acumulan unos sobre otros llevando a la desesperación. Es admirable que la Biblia no haya condenado este sentimiento, que no lo haya exorcizado, sino que más bien lo haya retenido como parte del Texto Sagrado inspirado. Yendo más allá en nuestro discurso, nos parece legítima la siguiente pregunta: ¿Qué sentido tiene la vida miserable de tantos hombres y mujeres, una vida de extrema indigencia, privada de toda perspectiva humana? ¿Qué sentido tienen las multitudes de desheredados, de pobres, de personas que están en el límite de la posibilidad de vida, y para quienes no existe un remedio inmediato? Cuando nos damos cuenta de la inmensidad de esta miseria, del larguísimo tiempo que será necesario para dar a tantas gentes unas condiciones de vida mejores, y al mismo tiempo nos encontramos con la corrupción política nacional e internacional que se opone al desarrollo de los pueblos, no podemos dejar de preguntarnos el sentido de todo esto, y si no hubiera sido mejor que esa gente no hubiera nacido nunca. ¿Y qué decir de los niños que nacen en países subdesarrollados de alto nivel natalicio, ya enfermos, minusválidos, impedidos desde el principio de su nacimiento por falta de los cuidados necesarios? Lo de Job es, pues, un grito que atraviesa también el mundo de hoy, y la tentación radical de ansiar la muerte nos amenaza a todos, nadie queda excluido; amenaza incluso a aquellos que se alegran porque no han sido alcanzados por miserias terribles, pero que no pueden sustraerse a la realidad de degradación que incumbe a tantos pueblos. El juicio que damos de este pasaje bíblico se hace entonces más moderado, más comprensivo de la verdad del grito, que expresa el mundo frente a los abandonados de todos los tiempos. Y no es casual que la Escritura lo haya asumido como oración de lamentación. Es la reflexión que hace Gustavo Gutiérrez, en su comentario al Libro de Job, transformando la opinión de C. Westermann, según el cual el género literario del texto bíblico es la lamentación, la denuncia de la propia miseria ante Dios. "Unicamente esta perspectiva permite comprender correctamente la estructura de la obra. El autor escribe: «En mi investigación parto del simple reconocimiento del hecho de que en el Antiguo Testamento el sufrimiento humano posee un lenguaje propio. No se puede comprender la estructura del Libro de Job si no se ha comprendido ante todo este lenguaje, es decir el lenguaje de la lamentación»" (G. Gutiérrez, op. cit., p. 37, nota 14). Explica después que contrariamente a la aceptación negativa que la lamentación asume en la mentalidad occidental—resignación, retirada sobre uno mismo, incapacidad de ayudarse—, en la perspectiva bíblica la lamentación está profundamente ligada a la oración, es un elemento de súplica, de llamada a Dios. Hace notar que en la joven Iglesia cristiana, esta forma de oración se refleja con frecuencia: basta pensar en las grandes devociones populares de América Latina, del Cristo muerto, donde el llanto expresa también el sufrimiento del pobre (cfr. op. cit., p. 43 nota 7). Hacia el final de su comentario, Gutiérrez cita otro autor contemporáneo, cuyas palabras nos permiten entender ulteriormente el misterio de la oración de lamentación, que puede parecer entonces como una blasfemia: "El milagro del libro está precisamente en el hecho de que Job no da un solo paso para huir hacia un Dios mejor, sino que permanece en el campo de tiro, bajo el tiro de la cólera divina, y es allí donde, sin moverse, en el corazón de la noche, desde el profundo abismo, Job, a quien Dios trata como enemigo, apela no a una instancia superior, no al Dios de sus amigos, sino a ese mismo Dios que le oprime. Job se refugia junto a Aquel que le
  • 20. acusa; confía en el Dios que le ha desilusionado y le ha provocado la desesperación. Job confiesa su esperanza y toma por defensor al Dios que lo ha llevado a juicio, por liberador a Aquel que lo tiene prisionero, por amigo a su enemigo mortal" (R. De Puy, citado por Gutiérrez, op. cit., pp. 155-156 nota 1). La lamentación es oración que sacude al alma, haciendo salir el pus de las llagas más profundas de nuestra existencia y es, por tanto, capaz incluso de liberarnos interiormente. Porque el camino de Job es de liberación y de purificación, para poder ver el rostro de Dios de nuevo y de nuevo tomar el sentido de la propia dignidad y verdad. Sugerencias Para la meditación personal y concreta del capítulo 3 de Job, os sugiero cuatro reflexiones. 1. Es necesario aprender a distinguir, en nuestra vida, la lamentación de la queja. Esta en general es muy común, porque nos quejamos un poco de todo, y cada uno se queja de los otros; es difícil que en ambientes religiosos, sociales y políticos no se oiga hablar mal de los otros. Se ha perdido el verdadero sentido de la lamentación, que consiste en el llorar ante Dios. Así, las fuerzas de resistencia, de irritación, de rabia que se agitan en el ánimo, no encuentran su desahogo natural y justo, se desencadenan sobre los que nos rodea, personas o situaciones, y forman la infelicidad de la vida, de la familia, de la comunidad, de los grupos. Sólo Dios, que es padre, es capaz de soportar incluso las rebeliones y los gritos de sus hijos; es la relación con un Dios tan bueno y fuerte lo que nos permite litigar con él. Él acepta este enfrentamiento, como aceptó el de Elías, el de Jonás, el de Jeremías, el de Job. Es verdad que Jonás será amonestado cuando pida la muerte, pero mientras tanto Dios le ha dejado hablar. Abrir el manantial de la lamentación es la forma más eficaz para cerrar los filones de las quejas que entristecen al mundo, a la sociedad y a la realidad de la Iglesia, y que no tienen salida porque, vividas a nivel puramente humano, no alcanzan el fondo del problema. Muchas veces, si a quejas estériles, generadoras de nuevas llagas, sustituimos la lamentación profunda en la oración, encontraremos la solución de problemas nuestros y de otros o, al menos, habremos tomado el camino más expresivo y justo para denunciar el sufrimiento y el malestar en la Iglesia. Confieso haber vivido situaciones en las que frente a la pregunta: ¿dónde encontrar en la Biblia un pasaje que corresponda a lo que siento en estos momentos?, me he visto reflejado leyendo las Lamentaciones de Jeremías y he podido experimentar la paz. Más que una expresión de crítica, en forma de resarcimiento y resentimiento, he dejado que las palabras del profeta, tan dramáticas como son, dulcificaran y tranquilizaran mi corazón. Quizás los pobres tienen más capacidad de sufrimiento que los ricos, porque no han perdido esta vía profunda e interior, esta sabiduría de la vida. Quien la ha errado, reacciona sólo con rabia; piensa que es señor de todo, y si las cosas no van como él quiere, intenta vengarse en los otros. 2. Una segunda reflexión. Job vive una experiencia que le parece sin sentido y que no acepta: "Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos. Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo.
  • 21. No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega" (3, 24-26). Su condición, para usar una expresión corriente en nuestros días, es propia de quien está desmotivado, de quien no encuentra razones para resistir a la lucha. Tal condición nos suena como una campanilla de alarma. Cuando, de hecho, examinándonos en algún momento de incerteza o de fatiga, nos parece que estamos desmotivados, entonces nos asustamos. Y cuando se nos acerca una persona, quizás un joven durante los primeros años de su matrimonio, para confiarnos que se siente desmotivado, nos sobrecoge el temor. Los motivos son dos: primeramente porque nos damos cuenta de que la situación de esa persona podría ser la nuestra. En segundo lugar porque la palabra "desmotivación" parece que no permita apelación, parece justificar la huida: No siento nada, no tengo ganas, ¿qué culpa tengo yo? Job nos sugiere, por el contrario, mirar cara a cara a la "desmotivación" a fin de hacerle perder un poco de su siniestro poder. Nos invita a examinarla con valentía, a no considerarla tan terrible, como si no hubiera nada más que hacer. Nos estimula a preguntarnos qué significa en realidad, tanto más que quien se encuentra desmotivado, objetivamente, no ha cambiado mucho, sino únicamente por el hecho de que no alcanza a comprender la gratuidad. En el Prólogo de Job, hemos contemplado el desafío de Dios: él considera que el hombre es capaz de obrar por la gratuidad del amor, incluso allí donde casi no existe la gratificación ordinaria. La persona desmotivada, en verdad, debería decir: He llegado al punto en el que puedo, por primera vez en mi vida, comenzar a ser hombre, porque no tengo ninguna de aquellas gratificaciones que tenía antes. El 98% de nuestras acciones son fruto de un flujo y reflujo de gratificaciones recíprocas que nos sostienen; y es justo que sea así. Pero la prueba de que existe un amor desinteresado y gratuito aparece cuando nos encontramos totalmente desnudos frente a Dios y a su amor crucificado. Este es el desafío propuesto en el Libro de Job, que grita y puede gritar su desmotivación, que grita y puede gritar su deseo de muerte, el sinsentido de la vida, pero que lo hace ante su Dios y ante sus amigos; continúa moviéndose, actuando, buscando. En la desmotivación su libertad se purifica, aquella libertad de la que podía dudar antes del desafío, si fuese verdaderamente capaz de gratuidad. Gradualmente el hombre Job llega al verdadero Job. Cuando, pues, pensamos que hemos llegado al límite del que ya no podemos movernos, hemos llegado simplemente al punto en el que nuestra libertad está en su momento expresivo más auténtico. Jesús nos ha mostrado la gratuidad de su amor, no sólo en sus milagros, sino en la cruz, para que hubiese correspondencia entre dos gratuidades enfrentadas libremente. De Job aprendemos que nuestra dignidad de hombres se revela en el amor a Dios incluso si la desmotivación ha alcanzado la violencia expresada en las palabras sobre las que hemos reflexionado. Si descubrimos en nosotros algunas raíces de frustración, si tenemos el temor de que nuestras acciones queden privadas de sentido, y quizás tenemos incluso miedo de reconocerlo, debemos intentar decírselo a Dios por la vía de las lamentaciones. 3. Debemos aceptar ser lo que somos. Hablando de los pobres, por ejemplo, advertimos siempre el tormento de no poder compartir en verdad su situación. Habiendo tenido de
  • 22. hecho, en nuestra existencia, una formación y una cultura determinada, no seremos nunca como la gente pobre, ocurra lo que ocurra. ¿Cómo, pues, comportarnos? ¿Quizás como aquellos que en el 68 se esforzaron en llevar la barba desarreglada, en aparecer sucios para asemejarse de alguna forma a quienes están privados de todas las cosas? Sería absurdo; debemos dar gracias al Señor por ser lo que somos y preguntarnos qué podemos hacer, aquí y ahora, por el hermano que es distinto de nosotros. Preguntarnos qué podemos recibir de él, quien, a su vez, se hará la misma pregunta. Lo importante es que yo responda a Dios acerca de mí mismo y que ame a los otros cuanto pueda. El querer andar fuera de sí mismo es una pretensión mefistofélica. Job nos ayuda a desmontar estos castillos en el aire, a ser humildemente capaces de aceptarnos y de aceptar a los hermanos, porque la verdad es que estamos en el mundo para darnos unos a otros recíprocamente. La pretensión de entrar en la piel de todos para tener la solución geométricamente perfecta, se revela, al final, clamorosamente equivocada. Cuántas veces, pensando por ejemplo en ayudar la pobreza de los pueblos africanos, se yerra totalmente, se llevan a cabo gestos que no son escuchados. Si, por el contrario, me dedico a escuchar con amor a aquella gente, me daré cuenta que puedo recibir mucho y, sin acabar de comprender del todo su mentalidad, se viven relaciones de intercambio existencial que permiten decir: Señor, he hecho lo que he podido siguiendo a tu Hijo, tú ahora concédeme tu misericordia. Esta sobriedad de juicio, que naturalmente impone a la mente ciertos sacrificios, es difícil, y se la alcanza con la edad y con la experiencia. Mientras se es joven no se acepta la reducción de la propia capacidad mental de conocer el todo y de conocerse a sí mismo como totalidad, de valorar, a partir de sí mismo, al otro como totalidad. 4. Finalmente, quisiera recordar el título de nuestros Ejercicios: "Vosotros habéis perseverado conmigo en mis pruebas." Preguntemos a Jesús en el huerto de Getsemaní: "Señor, ¿has vivido alguna vez momentos en los que todo te parecía extraño, insulso, sin sentido, en los que no tenías ganas de nada y no acertabas a encontrar estímulo alguno? ¿Y cómo los has vivido?" San Carlos Borromeo nos dice que experimentó la frustración, el sentimiento de inutilidad, de disgusto; y un día, a su primo Federico que le pedía cómo comportarse durante esos momentos, le mostró el librito de los Salmos, que siempre llevaba en el bolsillo. Él recurría a los cantos de las lamentaciones para dar voz a sus sufrimientos y, al mismo tiempo, tomar aliento y fe frente al misterio del Dios vivo. Recemos para que el Señor nos conceda el don de saber acercarnos, también nosotros, a la fuente purificadora y balsámica de las lamentaciones bíblicas. *** El examen de conciencia de Job
  • 23. El riesgo teológico de la lectura del Libro de Job me parece bien expresado en una cita que encontré en un artículo del filósofo Emanuele Severino, titulado: El riesgo de la fe en el "irónico Sócrates". Escribe así: "Al rey Midas, que quería saber qué era lo mejor y más deseable para el hombre, el Sileno"—que representa la tradición de la sabiduría dionisíaca—"después de haber callado un largo tiempo, respondió finalmente riendo: «Estirpe miserable y efímera, hijo del azar y de la pena, por qué me obligas a decirte lo que para ti es ventajosísimo no conocer? Lo mejor es absolutamente inalcanzable para ti: no haber nacido, no existir, ser nada. Pero lo segundo mejor para ti es morir lo más pronto posible (es decir, volver lo más pronto posible a la nada)»" (cfr. "Corriere delta Sera", 21-8-1989). Podremos expresar el problema teológico de Job de la siguiente forma: ¿Cuál es la diferencia entre estas palabras y las del capítulo 3 de Job? Advertimos una cierta asonancia de lenguaje, quizás los vocablos sean idénticos, pero sin embargo la diversidad es abismal, porque el hombre del texto bíblico no es ni un escéptico ni un desilusionado de la vida. Nosotros hemos sido llamados, pues, a entrar en el abismo del verdadero y misterioso conocimiento de Dios, del Dios indecible. Y tenemos miedo. Probablemente, si el Libro de Job fuera confiado hoy a una comisión doctrinal o teológica para decidir si incluirlo o no en el canon, se llegaría a su exclusión ante el temor de crear malestar e incomodidades. El hecho, sin embargo, de que esté en el canon como palabra de Dios nos invita a aceptar la fatiga de su lectura, pidiendo al Señor que nos dé el espíritu de oración, de humildad, de adoración, para no permitir que nos enredemos en los términos puramente racionales del conocimiento. A un amor sin fin corresponden misterios sin fin, y nosotros queremos recorrer, superando una primera impresión de malestar, los caminos difíciles de la Palabra sin saber de antemano dónde nos va a conducir. "Concédenos, Señor, un verdadero, nuevo y más profundo conocimiento de ti. Incluso a través de palabras que no comprendamos, haz que podamos intuir con el afecto del corazón tu misterio que está más allá de toda comprensión humana. Haz que el ejercicio de la paciencia de la mente, el recorrido espinoso de la inteligencia, sea el signo de una verdad que no es alcanzable simplemente con los cánones de la razón humana, sino que está más allá de todo, y precisamente por eso, es la luz sin límite, misterio inaccesible y conjunto nutritivo para la existencia del hombre, para sus dramas y sus aparentes absurdos. Concédenos conocerte, conocernos a nosotros mismos, conocer los sufrimientos de la humanidad, conocer las dificultades entre las que se debaten tantos corazones, y volver a una siempre nueva y más verdadera experiencia de ti." El último monólogo de Job Saltando los capítulos intermedios, dado que no nos resulta posible releer el Libro por entero, reflexionaremos sobre los capítulos 29, 30 y 31, porque constituyen el último gran monólogo de Job.
  • 24. Después de aquel capítulo 3, se presentan tres escenas en las que hablan los tres amigos y Job cada vez les va respondiendo. Sigue después un intermedio misterioso, una especie de resplandor de fuego desde lo alto, que es el himno de la sabiduría (cap. 28). A continuación el monólogo toma la última palabra antes del diálogo con Dios. Por su valor sintético, de resumen, conclusivo de estos tres capítulos, me parece útil proponer una lectura en dos tiempos, a saber lectio y meditatio. El examen de conciencia de Job nos ayudará a prepararnos a nuestro examen de conciencia para la jornada penitencial de mañana. Me sirvo sobre todo de las explicaciones que Gianfranco Ravasi da sobre estos tres capítulos en su comentario a Job (cfr. Ravasi, Job, Borla 1979). Es, de hecho, una explicación que secciona con cuidado el texto según sus divisiones internas, ofreciendo así una primera clave para su lectura. El capítulo 29 se titula: Canto del pasado y de la nostalgia; todos los verbos están en tiempo pasado, Job recuerda situaciones y ambientes ya vividos. El capítulo 30 se titula: Canto del presente y del horror, y comienza con la palabra "ahora". El capítulo 31 se titula: Canto del futuro y de la inocencia. Mirando su vida pasada, Job hace una confesión de inocencia, muy detallada, a partir de una serie de criterios morales éticos, que examina uno por uno; concluye desafiando a Dios a aducir sus propias razones contra él. 1. Capítulo 29. "Job continuó pronunciando su discurso y dijo: ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, aquellos días en que Dios me guardaba, cuando hacía brillar su lámpara sobre mi cabeza, y yo a su luz por las tinieblas caminaba; cómo era yo en los días de mi otoño, cuando vallaba Dios mi tienda, cuando Sadday estaba aún conmigo, y en torno mío mis muchachos, cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite manaba la roca!" (vv. 1-6). En esta primera estrofa Job se describe como quien vivía la alegría de un amigo de Dios. Lo sentía presente en su oración, en la vida cotidiana con sus momentos difíciles, apreciaba la continua proximidad. "Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie. Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca. La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar. Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo" (vv. 7-11).
  • 25. Una segunda estrofa en la que Job no se define a sí mismo únicamente en relación íntima con el misterio de Dios, sino también en relación con la gente de su pueblo. "Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor. La bendición del moribundo subía hacia mí, el corazón de la viuda yo alegraba. Me había puesto la justicia, y ella me revestía, como manto y turbante, mi equidad. Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies. Era el padre de los pobres, la causa del desconocido examinaba. Quebraba los colmillos del inicuo, de entre sus dientes arrancaba su presa" (vv. 12-17). Job era el hombre justo, que se ocupaba activamente de los pobres, y por ello quien lo veía daba testimonio. De la apología de sí mismo, centrada únicamente en su persona, pasa gradualmente a considerar el aspecto social; el sufrimiento le ha abierto los ojos para comprender la necesidad de una relación con los más abandonados, los desheredados. "Y me decía: «Anciano moriré, tras días numerosos, igual que la palmera. Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi ramaje. Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco renovará su fuerza»" (vv. 18-20). He aquí el sueño de su vejez: Job estaba seguro de que habría dado frutos como una juventud perenne. "Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oir mi consejo. Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota. Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo, y la luz de mi rostro no dejaban perderse. Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto" (vv. 21-25). En estos últimos versos, casi como haciendo un salto hacia atrás, Job recuerda su compromiso más específicamente político, la fuerza de su presencia en la sociedad. El capítulo 29 es, por tanto, un canto nostálgico en el que se evoca el bien vivido, la condición pacífica, serena, llena de gratificaciones de todo tipo.
  • 26. Job era justo, bueno, amaba a los pobres, pero también se le recompensaba, era reverenciado, escuchado, estimado: toda una situación que ahora se cuestiona conforme al nuevo curso de su historia. 2. Capitulo 30. Este canto del presente y del horror, Ravasi lo divide en siete breves secciones, que describen una tras otra el comportamiento de un hombre que desciende cada vez más a lo profundo: humillado, despreciado, atacado, aterrorizado, hostigado por Dios, que llora y sufre. Job humillado: "Mas ahora ríanse de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. Aun la fuerza de sus manos ¿para qué me servía?; había decaído todo su vigor, agotado por el hambre y la penuria. Roían las raíces de la estepa, los abrojos del desierto desolado. Recogían armuelle por los matorrales, eran su pan raíces de retama. De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas. Entre los matorrales rebuznaban, se apretaban bajo los espinos. Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a golpes del país" (vv. 1-8). Job despreciado: "¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo a la cara me escupen" (vv. 9-10). Job atacado: "El que ha soltado su cuerda me maltrata, y el que ha tirado de su rostro el freno. La ralea se alza a mi derecha, me lanzan piedras como proyectiles, abren hacia mí sus siniestros caminos.
  • 27. Para perderme han destruido mi sendero, atacan y nada les detiene; como por ancha brecha irrumpen, se han escurrido bajo los escombros" (vv. 11-14). Dios es el sujeto real, si bien anónimo—"él"-, de la batalla abierta contra un hombre humillado y despreciado. Job aterrorizado: "Los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastran; como una nube ha pasado mi salud. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción. De noche traspasa el mal mis huesos, y no duermen mis llagas. Con gran fuerza agarra él mi vestido, me aferra como el cuello de mi túnica. Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza" (vv. 15- l 9). Y, por si no fuera suficiente, hostigado por Dios: "Grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso. Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano vigorosa en mí se ceba. Me llevas a caballo sobre el viento, me zarandeas con la tempestad. Pues bien sé que a la muerte me conduces, al lugar de cita de todo ser viviente" (vv. 20-23). Por eso Job es un hombre que llora: "Y sin embargo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre, cuando en su angustia justicia reclamaba? ¿No he llorado por el que vive en estrechez? ¿no se ha apiadado mi alma del mendigo? Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad. Me hierven las entrañas sin descanso, se me han presentado días de aflicción" (vv. 24-27).
  • 28. Abandonado, vive en la oscuridad más total y es un hombre infeliz que sufre: "Sin haber sol, ando renegrido, me he levantado en la asamblea, sólo para gritar. Me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces. Mi piel se ha ennegrecido sobre mí, mis huesos se han quemado por la fiebre. ¡Mi cítara sólo ha servido para el duelo, mi flauta para la voz de plañidores!" (vv. 28-31). Después de haber descrito su propia terrible situación actual, este hombre se yergue, de un brinco, en un himno de altivez, el canto del futuro y de la inocencia. Capítulo 31: "Había hecho yo un pacto con mis ojos, y no miraba a ninguna doncella. Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba, cuál la suerte que manda Sadday desde la altura? ¿No es acaso desgracia para el injusto, tribulación para los que obran iniquidad? ¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos? ¿He caminado junto a la mentira? ¿he apretado mi paso hacia la falsedad? ¡Péseme él en balanza de justicia, conozca Dios mi integridad! Si mis pasos del camino se extraviaron, si tras mis ojos fue mi corazón, si a mis manos se adhiere alguna mancha, ¡coma otro lo que yo sembré, y sean arrancados mis retoños! Si mi corazón fue seducido por mujer, si he fisgado a la puerta de mi prójimo, ¡muela para otro mi mujer, y otros se encorven sobre ella! Pues sería ello una impudicia, un crimen a justicia sujeto; sería un fuego que devora hasta la Perdición y que consumiría toda mi cosecha" (vv. 1-12). El tono ha cambiado completamente y ha asumido el lenguaje de una confesión moral y social. Job se declara inocente de los pecados contra la impudicia, la falsedad y el adulterio. Ravasi recuerda, a este propósito, algunos paralelos de la antigüedad semítica, cuando se pensaba que el muerto, al presentarse ante los dioses, hacía una confesión de inocencia. Interesante, entre otros, es un formulario extraído del Libro de los Muertos egipcio:
  • 29. "No he cometido culpas contra los hombres, no he maltratado los bueyes. No he blasfemado contra Dios. No he golpeado al miserable. No he causado enfermedades. No he hecho padecer hambre. No he matado. No he robado las hogazas a los Espíritus. No he cometido pederastia. No he cometido actos impuros. No he falsificado la medida en los campos...." Estas invocaciones rituales las gritaba el muerto sentado en la barca que le transportaba al otro lado del río: si eran verdaderas no era quemado, pero si eran falsas se convertía en pasto de las llamas. Las palabras de Job, sin embargo, tienen un aspecto no precisamente ritual y judicial sino, como ya hemos señalado, moral. Pasa, pues, a la declaración de inocencia con respecto al esclavo que ha tratado siempre con justicia. "Si he menospreciado el derecho de mi siervo o de mi sierva, en sus litigios conmigo, ¿qué podré hacer cuando Dios se levante? cuando él investigue, ¿qué responderé? ¿No los hizo él, igual que a mí, en el vientre? ¿no nos formó en el seno uno mismo?" (vv. 13-15). Después se defiende de la acusación que le lanza Eliafaz, afirmando que ha sido caritativo con los pobres: "¿Me he negado al deseo de los débiles? ¿dejé desfallecer los ojos de la viuda? ¿Comí solo mi pedazo de pan, sin compartirlo con el huérfano? ¡Siendo así que desde mi infancia me crió él como un padre, me ha guiado desde el seno materno. ¿He visto a un miserable sin vestido, a algún pobre desnudo, sin que en lo íntimo de su ser me bendijera, y del vellón de mis corderos se haya calentado? Si he alzado mi mano contra un huérfano, por sentirme respaldado en la Puerta, ¡mi espalda se separe de mi nuca, y mi brazo del hombro se desgaje! Pues el terror de Dios caería sobre mí,
  • 30. y ante su majestad no podría resistir" (vv. 16-23). En cuanto a la acusación de haber abusado de las riquezas y de haber sido idólatra, declara: "¿He hecho del oro mi confianza, o dije al oro fino: «Tú, mi seguridad»? ¿Me he complacido en la abundancia de mis bienes, en que mi mano había ganado mucho? ¿Acaso, al ver el sol, cómo brillaba, y la luna que marchaba radiante, mi corazón, en secreto, se dejó seducir para enviarles un beso con la mano? También hubiera sido una falta criminal por haber renegado del Dios de lo alto" (vv. 24-28). Job se defiende también de la acusación de odio y de la de haber violado la hospitalidad: "¿Del infortunio de mi enemigo me alegré, me gocé de que el mal le alcanzara? ¡Yo que no permitía a mi lengua pecar reclamando su vida con una maldición! ¿No decían las gentes de mi tienda: «Hay alguien que no se haya hartado con su carne?» El forastero no pernoctaba a la intemperie, tenía abierta mi puerta al caminante" (vv. 29-32). Finalmente, se defiende de la acusación de hipocresía y de explotación: "¿He disimulado mis culpas a los hombres, ocultando en mi seno mi pecado, porque temiera el rumor público, o el desprecio de las gentes me asustara, hasta quedar callado sin atreverme a salir a mi puerta? Si mi tierra grita contra mí, y sus surcos lloran con ella, si he comido sus frutos sin haberlos pagado, si he hecho suspirar a sus obreros, ¡en vez de trigo broten en ella espinas, y en lugar de cebada hierba hedionda!" (vv. 33-34.38-40). Un largo examen de conciencia social, que Job hace encontrándose justo en todos los diversos momentos de la existencia humana. Los versículos 35-37 constituyen como un desafío final a Dios. En efecto, si Dios es justo no puede callar, sino que debe avalar la confesión: "¡Oh! ¿quién hará que Dios me escuche? Esta es mi última palabra: ¡respóndame Sadday! El libelo que haya escrito mi adversario
  • 31. ¿no voy a llevarlo sobre mis espaldas? ¿no me lo ceñiré igual que una diadema? Del número de mis pasos voy a rendirle cuentas, como un príncipe me llegaré hasta él." Así acaba este larguísimo y amplio monólogo de Job, poéticamente rico y lleno de imágenes. Y nosotros debemos releerlo atentamente para intentar entrar en el misterio del hombre y en el misterio de Dios, que allí se expresan. Guía para la meditación Sugiero tres reflexiones que puedan ayudarnos en la meditación y en la búsqueda personal. —La primera es que un hombre así nunca ha existido. Se trata claramente de una proyección teórica, de un caso límite, de la proyección de un Adán paradisíaco que todo lo hace siempre a la perfección. Por qué, pues, debemos intentar comprender a este hipotético personaje que llama a juicio a todo el mundo, proclamando que nunca ha hecho mal a nadie, que no ha tenido el menor momento de defaillance? Nos convenceremos de que, aunque hubiera existido un hombre como Job, no hubiera escapado a la prueba dramática expresada en el capítulo 30. La prueba está encerrada en la relación Dios-hombre, que estando basada en el amor gratuito, y no simplemente sobre la justicia conmutativa, comporta asimismo la prueba. — Sin embargo sí hay uno que puede afirmar: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Ha existido y es Jesús. Él no se ha sustraído a la prueba del amor gratuito hacia nosotros, lo que significa que el tema de la prueba no está simplemente ligado a la culpa, a la purificación, a la salida de la situación ideal. Más bien está ligado a la verdad de las relaciones libres entre el hombre y Dios, a la gratuidad absoluta de estas relaciones, que viene a la luz en el momento en que cesan las gratificaciones. El autor del Libro de Job busca un aspecto del misterio de Dios que dé a la prueba un sentido que no sea simplemente el de una purificación del pecado. Este aspecto lo contemplamos en el Crucificado. —Nuestra condición es, por supuesto, bien distinta de la condición del justo Job, y podemos recorrer los caminos del capítulo 29 y después del 31, examinándonos de la siguiente forma: ¿Cómo nos situamos respecto a los ambientes y a las relaciones de nuestra existencia, con respecto a los deberes éticos? ¿cuáles son los pecados que hemos cometido, cuáles los de omisión? De estos pecados queremos acusarnos, no solamente para escapar de la pena, sino para instaurar con Dios una relación basada en la justicia, en la búsqueda de aquel dolor perfecto que nace del amor, siguiendo cuanto nos indica, al menos como un intento misterioso, el camino de Job. Acusar nuestras culpas por puro amor, para que Dios sea bendito, alabado y santificado, para entrar con él en una relación de alianza. Hemos sido llamados a la verdad y a la libertad de nuestra relación con Dios, a vivir establemente la amistad con él: Os he llamado amigos, no siervos... Vosotros sois los que habéis
  • 32. perseverado conmigo en mis pruebas, por amor y no sólo por fidelidad a vosotros mismos y a vuestros propósitos. Las páginas dramáticas de Job nos hacen entrever esta profunda búsqueda en el corazón humano que desea una relación con Dios que esté más allá de la mera obediencia, de la mera justicia, una relación en la que se juegue la libertad de cada uno para darse, concederse, dedicarse con desinterés y pureza. "Concédenos, Señor, la capacidad de comprender en los difíciles pasajes de este libro bíblico tu ansia de hacernos como tú, el ansia de volvernos similares al Hijo, de introducirnos en una relación de tipo trinitario, en aquel misterio de amor y de autodonación que constituye tu más íntima esencia. María, madre de Jesús y madre nuestra, haz que podamos también nosotros pregustar una chispa del profundfsimo misterio de Dios. " *** Bendita tú entre las mujeres Homilía de la festividad de María Reina Lecturas: Is 9,2-4,6-7; Lc 1,39-47 La festividad de María Reina, en la octava de la Asunción, ocurre oportunamente en el segundo día de nuestros Ejercicios, para recordarnos que debemos vivirlos sobre todo en unión e intimidad en la escucha que María hace de la Palabra, en su oración afectiva. No se nos pide alcanzar nuevas intuiciones, incluso aunque éstas tuvieran alguna utilidad, sino que ensanchemos nuestro corazón en el afecto orante, en el estar junto a Jesús como María lo estaba, muchas veces en silencio; se nos pide que alimentemos nuestro espíritu de esta afectividad interior que es tan importante para sostener el camino espiritual. PPP El evangelio de hoy (/Lc/01/39-47) lo podemos considerar como el inicio de las bendiciones tributadas a María, como la primera proclamación de su bienaventuranza: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el froto de tu seno!... ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" Estas palabras suenas opuestas a las exclamaciones de Jeremías: "¡Maldito el día en que nací!" (Jer 20,14). Aquí se exalta la obra de Dios en María, y la exaltación se expresa con júbilo. Para el hombre este júbilo es tanto mayor cuanto más profundo sea el sentido de la soledad y de la desesperación en las que puede caer sin el misterio de Dios. Como dice el profeta Isaías, el gozo acrecentado, la alegría grande, el regocijo similar al regocijo del día de la siega, o del reparto del botín, parecen proporcionales a las tinieblas en las que caminaba el pueblo, "que vivía en tierra de sombras" (cfr. Is 9,1-4). Es, por tanto, la conciencia de las tinieblas y del sinsentido en el que cada uno de nosotros está condenado por la condición pecaminosa de la humanidad, lo que hace resplandecer con mayor alegría y regocijo el misterio del amor de Dios. En María se expresa la felicidad de toda mujer y de todo hombre que se siente abrazado por el misterio de la alianza con Dios; "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno! ¡Feliz la que ha creído!" Sin embargo, si reflexionamos acerca de la suerte de María, nos daremos cuenta de que,
  • 33. después de la proclamación de estas palabras que la presentan inmersa en un torrente de luz, ella entra bien pronto, de nuevo, en la oscuridad. Durante su vida son más los sucesos que María no entiende, que aquellos en los que ve realizarse esta profecía: el nacimiento de su hijo en la pobreza total, su abandono, su existencia, en la que no brilla nada de la grandeza anunciada por el ángel... Durante años y años vive un dolor enorme, disfrutando de la presencia inmediata del Hijo y al mismo tiempo viéndole inmerso en una tiniebla absoluta del mundo con respecto a él. La Virgen ha entrado en esta durísima prueba, ha llevado a cabo el peregrinaje de la fe hasta el momento de la oscuridad del Calvario. La bendición del inicio no le ha quitado ni una sola de las sucesivas pruebas de su vida; sólo ha sido una palabra que la ha acompañado en su creer y en su confiarse. En esta Eucaristía vamos a confiar a la Virgen todas nuestras oscuridades y la oscuridad en la que caminan las personas que conocemos, que están cerca de nosotros, en nuestro corazón, aquellas por las que rezamos. La oscuridad por la que caminan los hombres y las mujeres del mundo, una gran mayoría, pidiendo al Señor hacernos comprender cómo todos nosotros hemos sido bendecidos en Jesús, y cómo la alegría que ha inundado el corazón de María y de Isabel es también alegría para nosotros, cuando tenemos el presentimiento, aunque sea lejano, de la riqueza misteriosa contenida en las palabras del Señor. "Concédenos, María, introducirnos de tal forma en el misterio de tu prueba, que podamos repetir contigo: «Bendice mi alma al Señor.» Haz que, incluso desde el valle de nuestra oscuridad, sepamos gritar: «Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador. » Haz que nos preguntemos si ésta es nuestra actitud cotidiana, si somos capaces de elevarnos de la lamentación a la glorificación del misterio de Dios, de abandonarnos al misterio que, en la oscuridad o en la luz, siempre nos tiene irrevocablemente entre sus brazos. Concédenos comprender y confiar, como tú, en el misterio de la alianza. " ·MARTINI-1. Págs. 41-82 Moderación y conocimiento "Señor, Dios nuestro, tú eres el misterio inaccesible, tu vives en la eterna luz que nadie puede contemplar sino tu Hijo, que nos la ha revelado desde lo alto de la cruz. Concédenos penetrar en el misterio de Jesús para que podamos conocer algo de ti, en la gracia del Espíritu. Concédenos penetrar en este misterio con paciencia, con humildad, convencidos de nuestra ignorancia, de lo mucho que todavía no conocemos sobre tu Trinidad de amor, sobre tu proyecto salvffico. Haz que nos humillemos en nuestra ignorancia, para poder merecer al menos las migajas del conocimiento del misterio que nos ha de saciar por toda la eternidad. Te lo pedimos por intercesión de Marfa, que ha creído profundamente, incluso sin conocer directamente, y ha llegado antes que nosotros—y desde ahora en nuestro nombre— al conocimiento inmediato de tu gloria. " Después de haber escuchado a Job, vamos a escuchar a su compañero, es decir a Dios.
  • 34. Será la forma de caminar hacia el conocimiento de su misterio. Y, para graduar el camino, he pensado en la conveniencia de reflexionar sobre tres distintos capítulos del Libro bíblico. En primer lugar sobre el capítulo 9, en el que Job habla de Dios; después el capítulo 28 en el que un desconocido habla de Dios; finalmente los capítulos 38 y 39, en los que Dios mismo empieza a hablar. Job no acepta el desconocimiento de si mismo El capítulo 9 es una respuesta de Job a las palabras —que querían ser de consuelo—del tercer amigo, Bildad de Suaj. Este había subrayado que no se puede dudar nunca de la justicia de Dios, y puesto que Él es justo, consiguientemente los malos son castigados y los buenos premiados. Job, por tanto, puede estar tranquilo, sus enemigos se verán cubiertos de vergüenza (cfr. 8,20- 22). Job replica presto, aceptando el principio fundamental, incluso aumentando la dosis: "Bien sé yo, en verdad, que es así: cómo ante Dios puede ser justo un hombre?" (9,1-2). En los versículos siguientes expresa de manera un poco irónica esta absoluta certeza: nadie puede resistir ante Dios, que tiene razón en todo, siempre y en cualquier caso. Después añade: "¡Cuánto menos podré yo llevar mi causa y rebuscar razones frente a él!" (v. 14). Aquí la certidumbre muta en duda: Dios tiene tanta razón, que si la tuviera yo también, no la obtendría. A partir de este versículo Job empieza a dudar de sí mismo: ¿Yo, quien soy? ¿Tengo razón o no? Sus palabras son características de la postura de un hombre en el acmé del sufrimiento, y se podrían expresar de la siguiente forma: Job no aceptar el hecho de no conocerse a sí mismo, está atormentado por el apremio de no acertar a saber con seguridad si es o no justo; está convencido de serlo, sin embargo quisiera que le fuese declarado; la incerteza le corroe. "Yo, que si tengo razón no recibo respuesta, cuando a mi juez imploro. Y aunque le llame y me responda, aún no creo que escuchará mi voz. ¡Él, que me aplasta por un pelo, que multiplica sin razón mis heridas, y ni aliento recobrar me deja, sino que me harta de amarguras! Si recurrrimos a la fuerza, ¡es él el Poderoso! Si a la justicia, ¿quién le emplazará? Si me creo justo, su boca me condena, si intachable, me declara perverso" (vv. 15-20). En el versículo 21 expresa la dramática interrogación: