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Clare2013 es
Queridas hermanas, deseo abrir mi primera car-
ta con ocasión de la fiesta de la madre santa Clara,
expresándoles mi sincero y profundo agradecimiento
por vuestra vida donada al Señor, y la alegría de com-
partirconustedeslavocaciónevangélicaqueFrancisco
y Clara recibieron de Dios. Por lo tanto hago mías,
con humildad y confianza, las palabras que Francisco
escribió para Clara y sus hermanas de San Damián:
«Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas
y siervas del altísimo y sumo Rey Padre celestial y os
habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir
según la perfección del santo Evangelio, quiero y pro-
meto dispensaros siempre, por mi mismo y por medio
de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado
y una especial solicitud» (FVC1).
En este Año de la Fe, queridas hermanas, me gus-
taría compartir con vosotras algunas reflexiones que,
a partir de la experiencia cristiana de Clara, pueden
ayudarnos a vivir nuestra vida de fe en el contexto ac-
tual marcado por grandes cambios, conflictos, pobre-
za. Escuchar, entender y hacerse cargo de esta socie-
dad y de esta historia que se mueven de manera ver-
tiginosa - y discernir con inteligencia espiritual lo que
es irrenunciable y lo que, precisamente en fidelidad al
Espíritu, es de repensar – es actualmente para noso-
tros un desafío que no podemos desatender. Este es el
sentido mismo de nuestra existencia como Hermanos
Menores y Hermanas Pobres.
¿Cómo permanecer indiferentes frente a la vio-
lencia y el odio que alimentan las guerras, a las tantas
formas de pobreza, a la explotación de la creación, a
la crisis económica que amenaza con hacernos perder
de vista que el hombre es más importante que el dine-
ro y los negocios, a tantos jóvenes privados del futu-
ro y con frecuencia también de la esperanza, a tantas
personas reducidas a esclavitud a las que incluso se le
ha robado la dignidad? Nuestra vida de creyentes está
interpelada por todo esto. ¿Qué respuestas puede dar
la vida contemplativa a todo esto? Existe una palabra
existencial que vuestra vida evangélica y clariana pue-
da decirle al hombre y a las mujeres de hoy? Sólo un
retorno a Dios para comenzar de Él ayudará al hom-
bre a romper las cadenas de muerte que lo aprisionan.
Sólo estando dentro de la historia, en profundidad,
poniéndonos en escucha del grito de los hombres para
responderles con la Palabra del santo Evangelio evitará
que nuestra vida sea ajena a la compañía de los hom-
bres, renegando así a la encarnación del Hijo de Dios
que se ha hecho hombre, para que el hombre retorne a
Dios recobrando la imagen y semejanza de Aquel que
lleva dentro de sí mismo.
Antes de todo, creo que Clara y Francisco nos
enseñan la perspectiva desde la cual hay que partir; el
principio hacia el cual se dirigen la mirada es Dios:
el «altísimo, omnipotente, buen Señor» (Cánt 1), el
«Sumo y glorioso Dios» (OrSD 1) , el «Omnipotente,
santísimo, altísimo y sumo Dios» (AlHor 11) que es
«creador, redentor, consolador y salvador nuestro»
(ParPN 1), el «esplendido, el Padre de las misericor-
dias» (TestCl 2), el «altísimo Padre celestial» (TestCl
24) de quien «procede toda óptima dádiva y todo don
perfecto» (2CtaCl 3). ¡No podemos no comenzar con
la mirada y la vida vueltas al Señor!
Jesús, en el Evangelio que proclamamos en la
Eucaristía de la fiesta de santa Clara, nos llama la aten-
ción justamente a esta prioridad fundamental, que es
el estar, el vivir en Él: «Permaneced en mí, como yo
en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar
fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tam-
poco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo
en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis
hacer nada» (Jn 15, 4-5). Vivir, permanecer, estar, son
verbos que se deben declinar bien con la fe vivida y no
sólo pensada, una fe viva que puede ser una respuesta
profundamente y poderosamente evangélica a la vio-
lencia y al dolor: de hecho, no se trata de pasividad,
sino de una clara y firme decisión de hundir las raíces
en profundidad, para que estén firmemente unidas a la
“hermana la madre tierra” (Cánt 9) y al «omnipotente,
eterno, justo y misericordioso Dios» (CtaO 50), y nos
permitan cruzar la experiencia humana con manse-
dumbre, paciencia y esperanza. Hoy más que nunca
necesitamos de actitudes que sean el fruto de raíces só-
lidas, como las de Jesús: enraizado en el Padre, siempre
vuelto hacia Él, nunca separado de Él. Es lo que nos
enseña Clara con la exhortación que escribió a Inés de
Bohemia: «pon tu mente en el espejo de la eternidad,
pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu cora-
zón en la figura de la divina sustancia y transfórmate
toda entera, por la contemplación, en imagen de la di-
vinidad» (3CtaCl 12-13). Este perseverar de la mente,
«Te considero cooperadora del
mismo Dios y sostenedora
de los miembros de su Cuerpo
inefable que caen» (3CtaCl 8)
del alma y del corazón requiere una actitud prolonga-
da y continua, una actitud vital no ocasional, porque la
experiencia creyente de Clara está hecha de una con-
templación transformante, de una secuela que cambia
la vida, de un Evangelio que libera y salva.
Creo que en esta actitud creyente se puede encon-
trar un modo de ser que vaya contra toda violencia, un
estilo de vida que nos lleve a buscar y esperar aquello
por lo que hemos sido creados, que nos ponga frente a
la misión de ser custodios de la vida, de tener respeto
de cada una de sus formas, de cuidar a los hermanos y a
las hermanas acompañando sus pasos por los caminos
de la vida verdadera. Esperar, acompañar, cuidar, con
un profundo sentido de confianza y entrega confiada
a Aquel al que todo le pertenece y del cual, de algu-
na manera, somos colaboradores: «por decirlo con las
mismas palabras del Apóstol, te considero cooperadora
del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su
Cuerpo que caen» (3CtaCl 8). En este camino de fe y
de colaboración con Dios, Clara nos exhorta a poner
nuestros ojos continuamente en Jesús, el “espejo” en el
cual escrutar y encontrarnos a nosotros mismos «en el
centro del espejo se considera la santa
humildad, la bienaventurada pobreza
y los múltiples trabajos y penalidades
que Él soportó por la redención del
género humano. Y al final del mismo
espejo contempla la inefable caridad
con la que quiso padecer en el leño
de la cruz y morir en él de la más in-
fame de las muertes» (4CtaCl 22-23).
En el Hombre descrito en el “espejo”,
humilde, pobre y amante hasta dar su propia vida por
nosotros en la cruz, el mal ha sido derrotado. Con su
vida donada por amor, Jesús ha desplazado y confun-
dido el mal, abriendo a todos la puerta de la salvación
mediante la fe en Él. De la mirada prolongada sobre el
Hombre del “espejo” aprendemos una nueva respuesta:
la paciencia, la mansedumbre, la humildad que dicen
no a toda forma de violencia. Esto divide la conciencia
del hombre y su relación con los demás y con Dios mis-
mo; vuestra vida unificada, queridas hermanas, hecha
de silencio y de Palabra, puede ser signo de una armo-
nía recuperada que reconduce el caos de la violencia al
cosmos de Dios.
El Señor, el altísimo y todopoderoso, se deja en-
contrar de quien lo busca, se pone a nuestro nivel, se
humilla haciéndose hombre. En efecto Dios descien-
de aún más bajo, porque quiere nuestro amor, quiere
nuestra respuesta. Es Él quien nos busca y nos ama
primero (cf. 1Jn 4,19). Este es el nuestro Dios, el Dios
de Jesucristo. Dios se ha hecho uno de nosotros, se
ha abajado, hasta lavar nuestros pies. Dios, el Padre,
ha tomado morada entre nosotros a través de su Hijo
Jesús, que ha querido tomar la condición de siervo (cf.
Flp 2,7). Jesús en la cruz toma sobre sí el mal de los
hombres y en cambio dona su Madre a la humanidad
(cf. Jn 19,27), restituye el nombre de amigo a quien
lo traicionó (cf. Jn 21,15-17), justifica a los culpables
(cf. Lc 23,34), promete el Reino al malhechor (cf. Lc
23,43), nos da el sentido último de la vida en una rela-
ción con el Padre que permanece después de la muerte
y abre a la resurrección (cf. Lc 23,43).
De esta salvación que el Señor nos ha donado
gratuitamente debemos hacer experiencia concreta:
no podemos dar por descontada la búsqueda de Dios,
el deseo de Él es ¡la aceptación de su amor redentor!
El primer don de la resurrección de Cristo es la paz
que Él mismo dona a sus discípulos (cf. Lc 24,36; Jn
20,19). El mundo de hoy necesita de esta paz. Estamos
llamados a vivirla y custodiarla primero en nosotros
mismos y luego en nuestras comunidades, implorán-
dola del Señor, para después donarla a aquellos que
vienen a nosotros pidiéndonos el don de la escucha,
de la oración y de una ayuda incluso material. ¿Cómo
podremos ser colaboradores de Dios en el sostener los
miembros vacilantes de su cuerpo (cf. 3CtaCl 8), si no
fuéramos nosotros los primeros en hacer la experien-
cia de la resurrección y de la paz de Cristo en nuestra
vida personal y comunitaria?
A vosotras, queridas hermanas,
en el contexto histórico en el que vivi-
mos, se le pide vivir una maternidad
muy especial: acoger en su regazo «los
gozos y las esperanzas, las tristezas y
las angustias de los hombres de nues-
tro tiempo, sobre todo de los pobres
y de todos los afligidos»; estos, de he-
cho, «son también gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos
de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano
que no encuentre resonancia en su corazón» (GS 1).
Recibir y generar nueva vida a través de una amistad
sincera, una generosa hospitalidad, una palabra sólida,
una verdadera oración, un silencio que nos custodia.
Y todo eso será posible en la medida en que vosotras
hagáis espacio al Señor en vuestras vidas, confian-
do a Él vuestra alma, para que pueda morar en ella.
Escuchemos las profundas palabras de Clara: «Pues
está claro que, por la gracia de Dios, la más noble de
las creaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el
cielo, porque los cielos, con las demás criaturas, no
pueden contener a su Creador, y, sin embargo, el alma
fiel sola es su morada y su sede; y esto sólo por
la caridad, de la que carecen los impíos, porque
como dice la Verdad: Al que me ama, lo ama-
rá mi Padre y lo amaré yo, y vendremos a él
y haremos morada en él. Como la gloriosa
Virgen de las vírgenes lo 	 	
llevó materialmente, así tam-
bién tú. Siguiendo sus hue-
llas, principalmente las de
la humildad y la pobreza,
puedes, sin lugar a dudas,
llevarlo siempre espiritual-
mente en tu cuerpo casto y
Acoger en su re-
gazo «los gozos y las
esperanzas, las triste-
zas y las angustias de
los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de
los pobres y de todos
los afligidos»
virginal, conteniendo en ti a aquel que te contiene a ti
y a todas las cosas, y poseyendo aquello que poseerás
más firmemente que todas las posesiones pasajeras de
este mundo» (3CtaCl 21-26). Agrada a Dios hacer in-
finitamente grande aquello que ni siquiera es visible a
los ojos del cuerpo, y así hace del alma fiel el lugar de
su presencia, un puente, un espacio de comunión, de
acercamiento, de reconciliación. Y hace de nosotros,
en fuerza del Espíritu, todavía hoy, el seno en donde
se encuentran y están juntas humanidad y divinidad
(como en María en la cual Dios se hace carne). Donde
Dios y el hombre moran y viven reconciliados. Vuestra
tarea consiste en estar entre el Uno y el otro, de perte-
necer al Uno y al otro, y de tener juntos, como humil-
des y transparentes mediadores, Dios y la humanidad
amada, llevando a los hombres a Él y Él a ellos.
¡Cuan grande amor de Dios por vosotras, queri-
das hermanas, a tal punto de ser involucradas en su
existir y ser capaces de portar en vosotras su vida! ¡Esto
sólo puede abrir su corazón a la alegría y la esperan-
za! Clara ha vivido toda su existencia con este cono-
cimiento y certeza, y ya cercana a la muerte, nos dejó
su hermosa e intensa profesión de fe en Dios Padre:
«Volviéndose a sí misma, la virgen santísima habla a
su alma: “Vé segura – le dice – porque tiene una bue-
na escolta durante el viaje. Vé, porque Aquél que te ha
creado, te ha santificado y siempre mirándote como
una madre a su hijo te ha amado con tierno amor”, “y
tú, Señor, - agrega – bendito seas que me has creado»
(LCl 46). El regalo que le podemos pedir al Señor en
este Año de la Fe es reconocernos como Clara dentro
de este gran abrazo de la Trinidad (cf. Pro 3,75, 14,32),
el gran regazo que custodia toda vida, y que la llena de
sí, y llegar a la conclusión de nuestros días terrenales
reconociendo que nuestra historia ha sido santificada,
custodiada y amada por el Señor.
Al final de mi carta, queridas hermanas, quiero
volver al punto del que partimos, nuestra fe en el Dios
de Jesucristo vivida en un contexto marcado por la po-
breza y la violencia. Nosotros reconocemos y procla-
mamos a todos que Dios es inocente, que Él es el Dios
de la vida, del amor y de la esperanza. Le recordamos
al hombre su responsabilidad y hacemos nuestra parte
para construir un mundo mejor: con una vida centra-
da en la Resurrección del Señor, caracterizada por la
sobriedad y esencialidad, del uso sencillo y modera-
do de las cosas, de las relaciones verdaderas fundadas
sobre la base de un caridad sin fingimientos (cf. Rom
12,9), de gestos concretos de solidaridad, de compartir
y de servicio, de menos palabras y más silencio. Una
vida humilde que prefiera el ser al hacer, lo verdadero
a la apariencia, la espera a lo inmediato, la contempla-
ción a la eficacia, el silencio y el recogimiento a la dis-
persión, la misericordia a señalar con el dedo. Vivimos
«como peregrinos y extranjeros en este mundo» (Rb
6,2; RCl 8.2), sin apropiarnos ni retener nada para no-
sotros (cf. CtaO 29). Que sea nuestra vida la que hable:
no somos mejores que los demás, pero el Señor nos
ha llamado a seguirlo para ser como Él. El Señor os ha
puesto como un «espejo y ejemplo para los que viven
en el mundo» (TestCl 20): no encandilen su camino,
sino ilumínenlo y apóyenlo con el ejemplo de una
vida totalmente abandonada a Él, confiada a su gra-
cia y misericordia. Sean hermanas-madres, custodias
y amantes de la vida, buscadoras incansables, atentas,
delicadas, agudas y respetuosas de las huellas de vida
presentes en cada cosa. La fe en el Señor abre a la no-
vedad de la vida y de los eventos: cambia el modo de
acoger la existencia, las relaciones con las hermanas y
los hermanos, las situaciones de la historia con sus de-
safíos y sus dramas. Cuando volvemos a poner a Dios
en el centro nos damos cuenta que ninguno puede ro-
barnos la esperanza y que nos esperan días luminosos
en la medida en que también nosotros hagamos hoy
nuestra parte para generarlos. Días de vida para noso-
tros y para la humanidad.
Queridas hermanas, os encomiendo a la madre
santa Clara, «impronta de la Madre de Dios» (LCl
Prólogo), para que podáis vivir con la misma pasión
y radicalidad «la perfección del santo Evangelio»
(FVC1) y estar continuamente agradecidas al Padre
de las misericordias por el don de vuestra vocación
(cf. TestCl 2). Como signo y compromiso del recípro-
co cuidado y solicitud (cf. FVC 2), confío a vuestras
oraciones mi servicio de «ministro general y siervo
de toda la Fraternidad» (Rb 8,1), también les confío a
todos los Hermanos Menores con los cuales compar-
ten el “sueño” de Clara y de Francisco, seguros de que
nuestra vocación evangélica común es don de un sólo
y mismo Espíritu (cf. 2C 204), don del Señor resucita-
do. ¡Felicidades!
Roma, 15 de julio de 2013
Fiesta de San Buenaventura
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Ministro general OFM
www.ofm.org
Santa Clara de Asís - Kamonyi (Rwanda)
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  • 2. Queridas hermanas, deseo abrir mi primera car- ta con ocasión de la fiesta de la madre santa Clara, expresándoles mi sincero y profundo agradecimiento por vuestra vida donada al Señor, y la alegría de com- partirconustedeslavocaciónevangélicaqueFrancisco y Clara recibieron de Dios. Por lo tanto hago mías, con humildad y confianza, las palabras que Francisco escribió para Clara y sus hermanas de San Damián: «Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y pro- meto dispensaros siempre, por mi mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud» (FVC1). En este Año de la Fe, queridas hermanas, me gus- taría compartir con vosotras algunas reflexiones que, a partir de la experiencia cristiana de Clara, pueden ayudarnos a vivir nuestra vida de fe en el contexto ac- tual marcado por grandes cambios, conflictos, pobre- za. Escuchar, entender y hacerse cargo de esta socie- dad y de esta historia que se mueven de manera ver- tiginosa - y discernir con inteligencia espiritual lo que es irrenunciable y lo que, precisamente en fidelidad al Espíritu, es de repensar – es actualmente para noso- tros un desafío que no podemos desatender. Este es el sentido mismo de nuestra existencia como Hermanos Menores y Hermanas Pobres. ¿Cómo permanecer indiferentes frente a la vio- lencia y el odio que alimentan las guerras, a las tantas formas de pobreza, a la explotación de la creación, a la crisis económica que amenaza con hacernos perder de vista que el hombre es más importante que el dine- ro y los negocios, a tantos jóvenes privados del futu- ro y con frecuencia también de la esperanza, a tantas personas reducidas a esclavitud a las que incluso se le ha robado la dignidad? Nuestra vida de creyentes está interpelada por todo esto. ¿Qué respuestas puede dar la vida contemplativa a todo esto? Existe una palabra existencial que vuestra vida evangélica y clariana pue- da decirle al hombre y a las mujeres de hoy? Sólo un retorno a Dios para comenzar de Él ayudará al hom- bre a romper las cadenas de muerte que lo aprisionan. Sólo estando dentro de la historia, en profundidad, poniéndonos en escucha del grito de los hombres para responderles con la Palabra del santo Evangelio evitará que nuestra vida sea ajena a la compañía de los hom- bres, renegando así a la encarnación del Hijo de Dios que se ha hecho hombre, para que el hombre retorne a Dios recobrando la imagen y semejanza de Aquel que lleva dentro de sí mismo. Antes de todo, creo que Clara y Francisco nos enseñan la perspectiva desde la cual hay que partir; el principio hacia el cual se dirigen la mirada es Dios: el «altísimo, omnipotente, buen Señor» (Cánt 1), el «Sumo y glorioso Dios» (OrSD 1) , el «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios» (AlHor 11) que es «creador, redentor, consolador y salvador nuestro» (ParPN 1), el «esplendido, el Padre de las misericor- dias» (TestCl 2), el «altísimo Padre celestial» (TestCl 24) de quien «procede toda óptima dádiva y todo don perfecto» (2CtaCl 3). ¡No podemos no comenzar con la mirada y la vida vueltas al Señor! Jesús, en el Evangelio que proclamamos en la Eucaristía de la fiesta de santa Clara, nos llama la aten- ción justamente a esta prioridad fundamental, que es el estar, el vivir en Él: «Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tam- poco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 4-5). Vivir, permanecer, estar, son verbos que se deben declinar bien con la fe vivida y no sólo pensada, una fe viva que puede ser una respuesta profundamente y poderosamente evangélica a la vio- lencia y al dolor: de hecho, no se trata de pasividad, sino de una clara y firme decisión de hundir las raíces en profundidad, para que estén firmemente unidas a la “hermana la madre tierra” (Cánt 9) y al «omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios» (CtaO 50), y nos permitan cruzar la experiencia humana con manse- dumbre, paciencia y esperanza. Hoy más que nunca necesitamos de actitudes que sean el fruto de raíces só- lidas, como las de Jesús: enraizado en el Padre, siempre vuelto hacia Él, nunca separado de Él. Es lo que nos enseña Clara con la exhortación que escribió a Inés de Bohemia: «pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu cora- zón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de la di- vinidad» (3CtaCl 12-13). Este perseverar de la mente, «Te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su Cuerpo inefable que caen» (3CtaCl 8)
  • 3. del alma y del corazón requiere una actitud prolonga- da y continua, una actitud vital no ocasional, porque la experiencia creyente de Clara está hecha de una con- templación transformante, de una secuela que cambia la vida, de un Evangelio que libera y salva. Creo que en esta actitud creyente se puede encon- trar un modo de ser que vaya contra toda violencia, un estilo de vida que nos lleve a buscar y esperar aquello por lo que hemos sido creados, que nos ponga frente a la misión de ser custodios de la vida, de tener respeto de cada una de sus formas, de cuidar a los hermanos y a las hermanas acompañando sus pasos por los caminos de la vida verdadera. Esperar, acompañar, cuidar, con un profundo sentido de confianza y entrega confiada a Aquel al que todo le pertenece y del cual, de algu- na manera, somos colaboradores: «por decirlo con las mismas palabras del Apóstol, te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros de su Cuerpo que caen» (3CtaCl 8). En este camino de fe y de colaboración con Dios, Clara nos exhorta a poner nuestros ojos continuamente en Jesús, el “espejo” en el cual escrutar y encontrarnos a nosotros mismos «en el centro del espejo se considera la santa humildad, la bienaventurada pobreza y los múltiples trabajos y penalidades que Él soportó por la redención del género humano. Y al final del mismo espejo contempla la inefable caridad con la que quiso padecer en el leño de la cruz y morir en él de la más in- fame de las muertes» (4CtaCl 22-23). En el Hombre descrito en el “espejo”, humilde, pobre y amante hasta dar su propia vida por nosotros en la cruz, el mal ha sido derrotado. Con su vida donada por amor, Jesús ha desplazado y confun- dido el mal, abriendo a todos la puerta de la salvación mediante la fe en Él. De la mirada prolongada sobre el Hombre del “espejo” aprendemos una nueva respuesta: la paciencia, la mansedumbre, la humildad que dicen no a toda forma de violencia. Esto divide la conciencia del hombre y su relación con los demás y con Dios mis- mo; vuestra vida unificada, queridas hermanas, hecha de silencio y de Palabra, puede ser signo de una armo- nía recuperada que reconduce el caos de la violencia al cosmos de Dios. El Señor, el altísimo y todopoderoso, se deja en- contrar de quien lo busca, se pone a nuestro nivel, se humilla haciéndose hombre. En efecto Dios descien- de aún más bajo, porque quiere nuestro amor, quiere nuestra respuesta. Es Él quien nos busca y nos ama primero (cf. 1Jn 4,19). Este es el nuestro Dios, el Dios de Jesucristo. Dios se ha hecho uno de nosotros, se ha abajado, hasta lavar nuestros pies. Dios, el Padre, ha tomado morada entre nosotros a través de su Hijo Jesús, que ha querido tomar la condición de siervo (cf. Flp 2,7). Jesús en la cruz toma sobre sí el mal de los hombres y en cambio dona su Madre a la humanidad (cf. Jn 19,27), restituye el nombre de amigo a quien lo traicionó (cf. Jn 21,15-17), justifica a los culpables (cf. Lc 23,34), promete el Reino al malhechor (cf. Lc 23,43), nos da el sentido último de la vida en una rela- ción con el Padre que permanece después de la muerte y abre a la resurrección (cf. Lc 23,43). De esta salvación que el Señor nos ha donado gratuitamente debemos hacer experiencia concreta: no podemos dar por descontada la búsqueda de Dios, el deseo de Él es ¡la aceptación de su amor redentor! El primer don de la resurrección de Cristo es la paz que Él mismo dona a sus discípulos (cf. Lc 24,36; Jn 20,19). El mundo de hoy necesita de esta paz. Estamos llamados a vivirla y custodiarla primero en nosotros mismos y luego en nuestras comunidades, implorán- dola del Señor, para después donarla a aquellos que vienen a nosotros pidiéndonos el don de la escucha, de la oración y de una ayuda incluso material. ¿Cómo podremos ser colaboradores de Dios en el sostener los miembros vacilantes de su cuerpo (cf. 3CtaCl 8), si no fuéramos nosotros los primeros en hacer la experien- cia de la resurrección y de la paz de Cristo en nuestra vida personal y comunitaria? A vosotras, queridas hermanas, en el contexto histórico en el que vivi- mos, se le pide vivir una maternidad muy especial: acoger en su regazo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nues- tro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos»; estos, de he- cho, «son también gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano que no encuentre resonancia en su corazón» (GS 1). Recibir y generar nueva vida a través de una amistad sincera, una generosa hospitalidad, una palabra sólida, una verdadera oración, un silencio que nos custodia. Y todo eso será posible en la medida en que vosotras hagáis espacio al Señor en vuestras vidas, confian- do a Él vuestra alma, para que pueda morar en ella. Escuchemos las profundas palabras de Clara: «Pues está claro que, por la gracia de Dios, la más noble de las creaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, porque los cielos, con las demás criaturas, no pueden contener a su Creador, y, sin embargo, el alma fiel sola es su morada y su sede; y esto sólo por la caridad, de la que carecen los impíos, porque como dice la Verdad: Al que me ama, lo ama- rá mi Padre y lo amaré yo, y vendremos a él y haremos morada en él. Como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, así tam- bién tú. Siguiendo sus hue- llas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes, sin lugar a dudas, llevarlo siempre espiritual- mente en tu cuerpo casto y Acoger en su re- gazo «los gozos y las esperanzas, las triste- zas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos»
  • 4. virginal, conteniendo en ti a aquel que te contiene a ti y a todas las cosas, y poseyendo aquello que poseerás más firmemente que todas las posesiones pasajeras de este mundo» (3CtaCl 21-26). Agrada a Dios hacer in- finitamente grande aquello que ni siquiera es visible a los ojos del cuerpo, y así hace del alma fiel el lugar de su presencia, un puente, un espacio de comunión, de acercamiento, de reconciliación. Y hace de nosotros, en fuerza del Espíritu, todavía hoy, el seno en donde se encuentran y están juntas humanidad y divinidad (como en María en la cual Dios se hace carne). Donde Dios y el hombre moran y viven reconciliados. Vuestra tarea consiste en estar entre el Uno y el otro, de perte- necer al Uno y al otro, y de tener juntos, como humil- des y transparentes mediadores, Dios y la humanidad amada, llevando a los hombres a Él y Él a ellos. ¡Cuan grande amor de Dios por vosotras, queri- das hermanas, a tal punto de ser involucradas en su existir y ser capaces de portar en vosotras su vida! ¡Esto sólo puede abrir su corazón a la alegría y la esperan- za! Clara ha vivido toda su existencia con este cono- cimiento y certeza, y ya cercana a la muerte, nos dejó su hermosa e intensa profesión de fe en Dios Padre: «Volviéndose a sí misma, la virgen santísima habla a su alma: “Vé segura – le dice – porque tiene una bue- na escolta durante el viaje. Vé, porque Aquél que te ha creado, te ha santificado y siempre mirándote como una madre a su hijo te ha amado con tierno amor”, “y tú, Señor, - agrega – bendito seas que me has creado» (LCl 46). El regalo que le podemos pedir al Señor en este Año de la Fe es reconocernos como Clara dentro de este gran abrazo de la Trinidad (cf. Pro 3,75, 14,32), el gran regazo que custodia toda vida, y que la llena de sí, y llegar a la conclusión de nuestros días terrenales reconociendo que nuestra historia ha sido santificada, custodiada y amada por el Señor. Al final de mi carta, queridas hermanas, quiero volver al punto del que partimos, nuestra fe en el Dios de Jesucristo vivida en un contexto marcado por la po- breza y la violencia. Nosotros reconocemos y procla- mamos a todos que Dios es inocente, que Él es el Dios de la vida, del amor y de la esperanza. Le recordamos al hombre su responsabilidad y hacemos nuestra parte para construir un mundo mejor: con una vida centra- da en la Resurrección del Señor, caracterizada por la sobriedad y esencialidad, del uso sencillo y modera- do de las cosas, de las relaciones verdaderas fundadas sobre la base de un caridad sin fingimientos (cf. Rom 12,9), de gestos concretos de solidaridad, de compartir y de servicio, de menos palabras y más silencio. Una vida humilde que prefiera el ser al hacer, lo verdadero a la apariencia, la espera a lo inmediato, la contempla- ción a la eficacia, el silencio y el recogimiento a la dis- persión, la misericordia a señalar con el dedo. Vivimos «como peregrinos y extranjeros en este mundo» (Rb 6,2; RCl 8.2), sin apropiarnos ni retener nada para no- sotros (cf. CtaO 29). Que sea nuestra vida la que hable: no somos mejores que los demás, pero el Señor nos ha llamado a seguirlo para ser como Él. El Señor os ha puesto como un «espejo y ejemplo para los que viven en el mundo» (TestCl 20): no encandilen su camino, sino ilumínenlo y apóyenlo con el ejemplo de una vida totalmente abandonada a Él, confiada a su gra- cia y misericordia. Sean hermanas-madres, custodias y amantes de la vida, buscadoras incansables, atentas, delicadas, agudas y respetuosas de las huellas de vida presentes en cada cosa. La fe en el Señor abre a la no- vedad de la vida y de los eventos: cambia el modo de acoger la existencia, las relaciones con las hermanas y los hermanos, las situaciones de la historia con sus de- safíos y sus dramas. Cuando volvemos a poner a Dios en el centro nos damos cuenta que ninguno puede ro- barnos la esperanza y que nos esperan días luminosos en la medida en que también nosotros hagamos hoy nuestra parte para generarlos. Días de vida para noso- tros y para la humanidad. Queridas hermanas, os encomiendo a la madre santa Clara, «impronta de la Madre de Dios» (LCl Prólogo), para que podáis vivir con la misma pasión y radicalidad «la perfección del santo Evangelio» (FVC1) y estar continuamente agradecidas al Padre de las misericordias por el don de vuestra vocación (cf. TestCl 2). Como signo y compromiso del recípro- co cuidado y solicitud (cf. FVC 2), confío a vuestras oraciones mi servicio de «ministro general y siervo de toda la Fraternidad» (Rb 8,1), también les confío a todos los Hermanos Menores con los cuales compar- ten el “sueño” de Clara y de Francisco, seguros de que nuestra vocación evangélica común es don de un sólo y mismo Espíritu (cf. 2C 204), don del Señor resucita- do. ¡Felicidades! Roma, 15 de julio de 2013 Fiesta de San Buenaventura Fr. Michael Anthony Perry, ofm Ministro general OFM www.ofm.org Santa Clara de Asís - Kamonyi (Rwanda) Prot. 104067