El documento resume la vida de David. Describe cómo fue elegido por Dios para ser rey a pesar de ser el más joven, cómo derrotó a Goliat, y cómo se convirtió en un líder exitoso pero también sufrió celos y envidia de Saúl. También habla de la amistad entre David y Jonatán, hijo de Saúl, y cómo David unió a las doce tribus y estableció Jerusalén como la capital.
2. Allá en
Belén,
no se
imaginaba
Jesé,
¿de qué?,
el motivo
de la visita
del profeta
Samuel:
uno de
sus hijos -
¡el más
joven!:
David- era el elegido para sustituir al rey Saúl. Por eso, como el profeta
quería conocerle, le mandó aviso al campo donde estaba cuidando el
ganado. Es que, al llamar a alguien, Dios se fija en el corazón y no en las
apariencias. Y David era el mejor.
3. Saúl lo
conoció
poco
después
con ocasión
de un
combate
con los
filisteos.
El gigante
Goliat
-bravucón-
desafió a ver qué israelita se atrevía a luchar con él. Al no decidirse
nadie, David, armado con su honda de pastor y cinco piedras, se
enfrentó a él y, ante el asombro de todos, le venció. Además de ser
valiente, David confiaba en Dios, que protegía a Israel.
4. A partir de
esta victoria,
David
empezó a
tener
grandes
éxitos y Saúl
lo reconoció
nombrándole
jefe de sus
soldados.
Pero después le entraron unos enormes celos porque, ante las hazañas
de David, los israelitas le aclamaban y le rendían honores. A tal punto
llegó la envidia de Saúl, que quería matarle. Y David huyó y se refugió
en los montes como si fuera un malhechor.
5. No eran
así los
hijos de
Saúl.
David se
casó con
una de
sus hijas.
Jonatán,
su hijo,
fue el
mejor
amigo de
David,
con el que tuvo dos gestos preciosos: primero, y en prueba de su
amistad, le regaló su manto y también la espada, el arco y el cinto, y,
más importante, el segundo: conseguir que su padre se volviese atrás
en su intención de matarle y avisarle para que se pusiera a salvo.
6. A la muerte
de Saúl,
como las
doce tribus
de Israel no
se entendían
muy bien
entre sí,
David se
esforzó por
unirlas. Su
trabajo le
costó, pero
lo consiguió:
todas ellas le
reconocieron
como rey.
A la hora de elegir una capital que les cayese bien a todos, David se fijó
en Jerusalén, que por entonces era de los jebuseos. La conquistó y, en
medio de grandes fiestas, trasladó a ella el Arca de la Alianza, signo de
la presencia de Dios en medio de su pueblo.
7. Sucede
entonces
un hecho
importante
en la vida
de David.
Después
de
construirse
un palacio
en
Jerusalén,
proyecta
edificar un
templo
para el
Señor. Su
consejero,
el profeta
Natán, de buenas a primeras, le dice que sí, que le parece fenómeno.
Pero Dios no iba por ahí y le da vuelta al proyecto. Será Él quien le dé otro
tipo de casa a David; en su familia, Dios cumplirá lo prometido al patriarca
Abraham: el Mesías, el Ungido de Dios, será uno de sus descendientes.
8. David
no podía
menos que
agradecer
tanto cariño
de Dios a
través de
toda su
vida. Por
eso,
en muchas
ocasiones,
compuso
oraciones
-y qué vena
de poeta
tenía-
que se rezaban en los actos de culto de los judíos y nosotros seguimos
rezando ahora. Les llamamos salmos: son cantos de alabanza, de
adoración, de acción de gracias al Señor por lo mucho que nos quiere y
porque también-¿cómo no?- David pecó de arrepentimiento y súplica de
perdón por nuestros pecados.
9. No le fue
muy bien a
David al final
de su vida.
Su hijo
mayor,
Amnón,
murió
asesinado.
Otro,
Absalón, se
rebeló contra
él y le obligó
a huir de
Jerusalén.
En su huida, y para colmo de males, un familiar de Saúl le maldijo.
Además, el pueblo padeció hambre y fue víctima de una peste. Total,
que David comprendió que sólo podía salvarle Dios; se confió a Él y,
poco a poco, todo se solucionó. De nuevo en Jerusalén, y ya anciano,
murió. Le sucedió su hijo Salomón.
10. Texto e imágenes
Revista Gesto, Nº 86
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