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Augusto Trujillo Arango
El Sermón de
las Siete Palabras
Dos Sermones sobre la paz
Colección
Vida Nueva
CAMINO HACIA LA PASCUA
Isidyel Corpus
COMO CONFESARSE BIEN
Autores Vtirios, 4ÍÍ. ed.
DIOS SE HIZO HOMBRE
Aristelio Monroi/, 3a. ed.
EL CAMINO DE BELÉN
Isabel Corpas
EL HOMBRE DE AQUEL VIERNES
Liüer Pompen de Campos, 2a. ed.
EL ROSARIO DE MARÍA
Romano Gntirdini, 3a. ed.
EL SANTO ROSARIO, 5a. ed.
ENSÉÑANOS A ORAR EN FAMILIA
Cario María Marlini, 3a. ed.
LA HORA SANTA Y LAS SIETE PALABRAS
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LA VIRGEN MARÍA VISITA TU FAMILIA
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LAS BIENAVENTURANZAS
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LOS SACRAMENTOS
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MI PRIMERA COMUNIÓN (Recordatorios)
NOVENA DE AGUINALDOS (Popular)
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Isonardo Boff, 4a. ed.
VIACRUCIS PARA EL PUEBLO
VIACRUCIS: QUINCE PASOS PARA LLEGAR A LA VIDA
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YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA (Novenario de díjurdos)
Benjamín García, 2a. ed.
EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS (lema la paz)
Augusto Trujillo
Augusto Trujillo
El sermón
de las siete palabras
Dos sermones sobre
lapaz
SAN PABLO
Mons. AUGUSTO TRUJILLO ARANGO Nació en Santa Rosa
de Cabal (Risaralda) el 5 de agosto de 1922. Realizó sus estudios
esclesiásticos en el Seminario Mayor de Manizales. Ordenado
presbítero en Washington D.C. (U.S.A.), el 6 de agosto de 1945
para la arquidiócesis de Manizales. Fue preconizado obispo
titular de Nisiro y auxiliar de Manizales, el 25 de abril de 1957,
y recibió la ordenación episcopal el 9 de junio de 1957, en la
catedral de Manizales. Ha sido obispo auxiliar de Manizales,
Obispo de Jericó, Administrador Apostólico de Santa Fe de
Antioquia, Duitama y Chiquinquirá. Actualmente es Arzobispo
de Tunja. Tomó posesión de la sede de Tunja el 1 de mayo de
1970.
© SAN PABLO 1995 Distribución: Departamento de Ventas
Carrera 46 No. 22A-90 Calle 18 No. 69-67
FAX: 2684288 Tels.: 4113955 - 4113966 - 4113976 - 4114011
Barrio QUINTAPAREDES FAX: 4114000 - A.A. 080152
Urbanización Industrial MONTEVIDEO
SANTAFE DE BOGOTÁ, D.C.
COLOMBIA
SERMÓN
DE LAS SIETE PALABRAS
1993
Introducción
Hermanos y amigos de Colombia:
Esta tarde, en una nación cristiana como la
nuestra, celebramos el acontecimiento más grande
de la historia: la Pasión y Muerte de nuestro Señor
Jesucristo. Han pasado XX siglos y el mundo nunca
olvida a quien murió en una cruz por la salvación
del hombre. Hoy revivimos con piedad religiosa
este misterio y oramos fervorosos ante el leño santo
de la Cruz implorando a Jesucristo su misericordia
sobre el mundo y sobre nuestras necesidades y
angustias.
Son muchos los dolores,, las tragedias, los sufri-
mientos, las angustias, los gritos que salen del alma
entristecida de Colombia. Celebramos hoy este
acontecimiento en un país lleno de incógnitas, de
atentados contra la vida, de hogares donde hay
orfandad, pobreza y recuerdos sombríos; de violen-
cia y crimen. Todo este sufrimiento lo ponemos al
pie de la Cruz que adoramos.
7
En este día de oración y súplica, compartamos
el dolor del prójimo y oremos a Dios para pedir
perdón por los pecados; y supliquémosle a El, Pa-
dre misericordioso, que cesen los males, que em-
prendamos el camino de la conversión para ser un
pueblo arrepentido de sus errores y purificado por
el dolor y el sufrimiento.
Son muchos los esfuerzos que se han hecho para
salir de este abismo de desgracia en que hace
muchos años vivimos con el corazón desgarrado;
pero la renovación de la sociedad empieza por la
renovación moral de sus ciudadanos. Mientras no
se hagan nuevos los corazones, en vano se intenta
renovar las instituciones, las costumbres, la vida
de un país. Si queremos una vida nueva en un país
nuevo hay que renovar el corazón del ser humano:
"La paz nace de un corazón nuevo".
La riqueza de un país debe, ante todo, ser em-
pleada en la educación de las personas, para lograr
un verdadero progreso, sin crimen ni violencia.
Y en esta educación debemos poner a Dios. No
somos ateos. Somos un pueblo religioso que pone
sus ojos y su corazón en Jesucristo Redentor, Señor
de la Historia. A El oramos para que interceda por
nosotros desde la Cruz; para que tengamos el valor
de afrontar las situaciones dolorosas que nos afli-
gen, disipar las tinieblas del mal y abrir espacios al
bien que necesitamos. En Jesucristo podremos en-
contrar el camino hacia una patria nueva: en sus
enseñanzas eternas y en sus ejemplos de santidad,
en su solidaridad con el hermano y en su Evangelio
que transformó el mundo y lo enriqueció con los
valores de la fe cristiana.
8
En esta hora, en que la Cruz del Calvario es hito
de los corazones, en que las últimas palabras de
Jesucristo siguen iluminando la vida de la huma-
nidad, escuchando el clamor y el sufrimiento de
tantos seres humanos, estamos invitados a orar
sobre el tema de la paz. Este sermón es una plegaria.
El Viernes Santo no se puede hacer otra cosa sino
orar.
Me dirijo a mis hermanos, a los cristianos de
Colombia y a todas las personas de buena volun-
tad, para exhortarlos a orar por la paz que es la
mayor de nuestras necesidades. Que esta oración
se eleve a Dios con la esperanza de que sea la paz
la que siga inspirando y preparando el futuro de
nuestra Historia.
La oración por la paz interpreta las aspiraciones
de quienes hacemos de ella un reto y un desafío,
que vemos cuan necesaria es y cuan amenazada
vive cada día.
Esta invitación no intenta ser exclusivamente
religiosa. Querría encontrar eco en todos los ami-
gos de la paz y que se expresase en todas las formas
posibles por cuantos advierten cuan importante y
necesaria es la armonía de todas las voces para
orar por este bien supremo.
Cuando oramos por la paz, pedimos al Señor
que comprendamos la necesidad de defenderla de
los peligros que la acechan: del egoísmo de perso-
nas y de grupos; de la violencia a que puede verse
arrastrada por la desesperación, del recurso a las
armas; de creer que las controversias no pueden
resolverse por la razón sino por las armas; de
pensar que la paz consiste en el silencio de los
9
oprimidos, en la impotencia de los vencidos y en
la humillación de cuantos ven sus derechos
conculcados.
La paz es un nuevo espíritu que debe inspirar la
convivencia social, y una nueva mentalidad que
debe guiar a quienes tienen el deber de vigilar el
destino de la humanidad.
El camino de la paz es largo porque no siempre
es fácil lograr que el hombre comprenda su
necesidad y el deber de hacer pacífica la sociedad.
Una nueva pedagogía debe aprenderse para lograr
educar a los niños y a los jóvenes para la paz en el
respeto y fraternidad de las personas y de las
naciones. Hay que edificar un mundo fraterno, un
mundo lleno de amor y de ternura.
La paz no puede basarse sobre una falsa retórica
de palabras. Es importante hablar de la paz porque
ella responde a las más profundas aspiraciones del
ser humano y sus expresiones son acogidas con
alegría. La paz proclama los más altos y universales
valores de la vida; se apoya en la justicia y florece
en el amor, en la reconciliación y el perdón.
Necesitamos que el amor y la ternura hagan amable
la vida y feliz la convivencia del género humano.
Vamos a orar a Jesucristo, inmolado en el ara de
la Cruz, por la paz de nuestra patria. Es tan alto el
valor de la paz, que nos colocamos en el deber
cristiano de orar por ella, para que recorramos el
camino de la paz,- para que ella guíe la nave de
nuestra Historia a través de las inevitables tem-
pestades humanas, al puerto délas más altas metas,
para vivir con alegría.
10
Los invito, en el silencio y en el recogimiento de
estas horas sagradas, a pedir a Jesucristo que
interceda por nosotros al Padre y que nos ayude a
recorrer el camino de la paz bajo el signo de la
esperanza.
La oración es el arma de quienes carecen de
poder y quieren transformar el mundo. La oración
es la verdadera "fuerza de la paz". Cristo es nuestra
paz. El ha derrumbado el muro que divide a los
pueblos. El allana a los hombres los caminos de la
concordia. Con sus brazos extendidos sobre la
Cruz, abraza con amor a todos; y con su cuerpo
erguido sobre el madero pacifica el cielo y la tierra,
y el corazón del hombre.
¡Colombia, abre las puertas a la paz de Cristo!
¡Oh Cristo, haz de todos nosotros instrumentos de
paz En un abrazo de amor y de paz, como
hermanos, oremos durante estas horas.
La primera palabra de Jesús en la Cruz es una
oración a su Padre. Llagamos nosotros lo mismo.
11
PRIMERA PALABRA
"PADRE, PERDÓNALES,
PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN"
(Le 23, 34)
Invoquemos al Padre que está en el cielo, que es
bueno con justos y pecadores, que perdona, que
acoge al hijo pródigo, que comprende el fondo de
la maldad que hay en el corazón humano. Y
sírvanos de intercesor ante El, Jesucristo clavado a
la Cruz, quien oró por sus verdugos, disculpando
su pecado con corazón magnánimo y noble.
Oremos por aquellos que le hacen mal a la patria
y que ponen barreras al logro de la paz. ¡Cuántos
males ha sufrido el país, moral y materialmente;
cuántos muertos que dejan orfandad y tristeza en
la familia; cuánta zozobra y pavor! No es posible
que nazca la paz en tierra manchada por sangre
inocente.
Oremos por quienes no alcanzan a comprender
el mal que hacen a fin de que llegue el día, y que
esté cercano, en que se dobleguen los corazones y
las armas desaparezcan de las manos criminales.
Podrá parecer duro e imposible orar por los
malvados, pero es un deber cristiano orar por la
13
conversión de los pecadores. Jesús lo hizo desde la
Cruz en una hora dolorosa de su vida. Oró por
quienes sin sensibilidad ni solidaridad, le tendieron
cruelmente sobre un madero y clavaron a él sus
manos y sus pies. Oró por quienes lo elevaron en
el monte, en el patíbulo de la Cruz, y por quienes
lo insultaron, y cubrieron de deshonra su vida y
sus obras de amor y de misericordia. ¡Cómo los
disculpó ante su Padre! El que sabe disculpar, tiene
un corazón grande y generoso.
Desde la caridad cristiana, oremos por la con-
versión sincera de quienes no nos permiten recorrer
hacia el futuro el camino de la paz. Dios llegue a
sus corazones con la fuerza de su poder y de su
gracia a fin de que comprendan que hay otros
caminos —y no precisamente los de la destrucción
y de la muerte— para buscar soluciones prontas y
audaces a los graves problemas sociales, causa de
la violencia y del mal. Son los argumentos de la
razón los que deben guiar a los pueblos que buscan
la paz.
No es la soberbia la que soluciona los conflictos.
Jesús crucificado proyecte sobre el mundo de la
violencia su infinita misericordia para que llegue a
nosotros la paz.
Esta invitación a orar por la paz no es una cáte-
dra de retórica, ni una proclama política. No lo
hacemos por seguir una costumbre fácil, ni para
estar al día con un argumento de actualidad, bra-
mos por la paz porque es un deber servir a la hu-
manidad en todas sus dificultades y tragedias; poi-
que vemos cómo no deja de estar amenazada la paz
en forma grave, con consecuencias catastróficas
14
para la sociedad. La muerte de una sola persona es
ya una catástrofe que es necesario evitar. La cultura
de la vida, jamás la de la muerte, debe ser el signo
por excelencia de la civilización en la cual el primer
lugar lo ocupa el ser humano. La ofensa a las
personas es el signo más sombrío de la degra-
dación de un pueblo.
Trabajemos por la paz porque hemos compren-
dido que es la línea única y verdadera del progreso
humano. La paz no es una conquista violenta, no es
la represión, no es un falso orden civil.
No hemos nacido para vivir en un mundo
violento. Jesucristo vino a predicar la paz. La dejó
a la humanidad como herencia suya. Por su muerte
en la Cruz realizó una reconciliación universal. Sus
seguidores estamos llamados a ser "artesanos de la
paz". Del Evangelio brota la paz, no para hacer
débiles ni cobardes a las personas, sino para susti-
tuir en sus espíritus la violencia por un humanismo,
verdadero, el humanismo de la paz.
Es necesario educar al ser humano para la paz;
suscitar en el hombre de nuestro tiempo y de las
generaciones futuras, el sentido verdadero de la
paz.
Infundamos en la paz ideas poderosas que ele-
ven al mundo. La cultura cristiana proclama que
toda persona es hermana y amiga, que la paterni-
dad de Dios es única y universal y hace que todos
podamos orar en la verdad, diciendo: "Padrenues-
tro., que estás en el cielo...". La vocación cristiana
lucha por la unidad y la integración de los hombres
y de los pueblos. Nadie como nosotros puede
15
hablar con tanta propiedad sobre el amor al
prójimo, entendido a la luz de la Parábola del Buen
Samaritano.
Los preceptos evangélicos del perdón y de la
misericordia hacen nacer gérmenes esperanzadores
en la sociedad. Es un deber examinarnos sobre este
amor samaritano al prójimo, porque de lo contrario
la sociedad sería un cúmulo de seres egoístas,
proclives al rencor y a la violencia.
Que no falte hoy la oración por la paz. Una
oración que suscite este propósito; que en vez de
encender el odio y el rencor imploremos perdón y
misericordia para quienes le hacen mal al país y al
prójimo y mantienen sumida en el temor a la
sociedad, víctima de sus errores. Dios perdone, si
se convierten, a quienes hacen el mal y destruyen
la paz de la patria. Hay más alegría en el cielo por
la conversión de un pecador que por la perseve-
rancia de 99 justos. La conversión de los pecadores
es un camino a la paz. ¡Padre! Perdónales, porque
no saben lo que hacen.
16
SEGUNDA PALABRA
"HOY ESTARAS CONMIGO
EN EL PARAÍSO"
(Le 23, 43)
La segunda palabra de Jesús en su agonía es
profundamente tierna y conmovedora. Estremece
el alma, llena de esperanza el corazón. La súplica
del ladrón es una oración de esperanza. Es la
oración de un hombre que sabe quién es Cristo y
lo acoge. El Señor entra en esta alma pecadora con
el poder de su gracia. A un ruego humilde, Cristo
responde con una solemne promesa: "Hoy estarás
conmigo en el Paraíso".
Esta escena del Calvario nos muestra, en
Jesucristo, el rostro de la misericordia del Padre.
Jesucristo vino a salvar a los seres humanos. La
Cruz no es un tribunal sino un lugar de perdón y
de misericordia. He ahí a Cristo frente a la miseria
y el pecado del hombre. No es la única vez que
perdona; ya había absuelto a María Magdalena en
un gesto de perdón inefable: "Vete y no peques
más".
Y había dicho: "No vine a condenar sino a
salvar".
17
Vayamos a El seguros. Un corazón arrepentido
nunca quedará defraudado.
Esta tarde pidamos a Jesús, Redentor del mun-
do, perdón y misericordia; imploremos la paz.
Con voz humilde vayamos a Jesús, desde la
Cruz de nuestra larga desgracia, con una palabra
implorante y solemne: "Jesús, Hijo de Dios, danos
la paz".
La paz es un valor universal. La meta del ser
humano es crear condiciones que aseguren la paz
en todos los ámbitos sociales.
La paz es una necesidad fundamental: ni los
hombres, ni las sociedades pueden vivir sin ella o
al margen de ella; y es un bien supremo, interés de
primer orden, aspiración universal, el más alto
ideal social y expresión suprema de cualquier
cultura, exigencia siempre actual.
En el clima de la paz se funda el derecho,
progresa la justicia y respira la libertad. La historia
del pasado es una solemne y grave lección: con la
violencia nunca se ha logrado sino la desgracia.
Nunca la violencia ha logrado nada. No ha hecho
sino matar la alegría y arruinar la vida, empobrecer
el país y frenar el progreso. La violencia transtorna
la razón.
Las armas producen ruinas morales y materia-
les. La violencia es el mal más grande que puede
sufrir un pueblo. País en ruinas es aquel que está
en los brazos terribles de la violencia. Quien tiene
el sentido de la persona no puede ser sino artífice
de la paz. La tierra no puede ser invernadero de la
18
violencia sino de la paz. La paz es la grandeza mo-
ral de una nación.
En la sociedad no debería haber jamás razones
que justifiquen la violencia. Un pueblo violento
está muy lejos de la civilización. La educación debe
ser sendero y camino a la paz. En un pueblo sin
cultura es casi inevitable el mal, el crimen y la
violencia. La razón es la que define el destino de
los pueblos. La paz es una concepción perfecta de
la vida. El imperativo más trascendente es el orde-
namiento pacífico de los pueblos.
Proclamamos la necesidad de la paz porque es
incompleta, porque es frágil, porque está asediada,
porque es difícil. La cultura de la paz es fruto de la
educación del pueblo. La paz debe existir primero
en el alma para que pueda dirigir los aconte-
cimientos. Como Francisco de Asís, hagamos
manso al lobo que hay en todo corazón humano
para que éste se convierta en hermano y amigo.
Donde no hay paz los derechos del hombre
resultan precarios y comprometidos. Donde no
hay paz está comprometida la vida, la libertad, la
dignidad, la civilización. La paz, el derecho y la
cultura caminan juntos. La paz es la esperanza del
futuro.
Esperamos la paz. Caminemos a ella bajo el signo
de la esperanza; pidamos a Dios el valor para
hacerlo. No es justo que vivamos siempre bajo el
azote de la violencia. Jesucristo, Príncipe de la paz,
nos inspire a todos propósitos de paz para que ella
reine en la sociedad y en los corazones de todos los
seres humanos.
19
TERCERA PALABRA
"MUJER, HE AHÍ A TU HIJO.
HIJO, HE AHÍ A TU MADRE"
(Jn 19, 26-27)
Estamos en la altura del Gólgota cuando llega la
tarde oscura. Tarde triste, silenciosa, llena de
angustia. Estamos ante la agonía de Jesús en un
momento que nos estremece y conmueve. El Hijo
no olvida a su madre en las horas de su larga agonía
frente a una multitud que le agravia y que le grita:
"Baja de la Cruz si eres Hijo de Dios". Al lado de
la Cruz, callada, valiente y heroica, está María vi-
viendo otro momento grande de su vida. Momento
único, sin igual. Y está en el Calvario en contem-
plación amorosa de su Hijo; sus ojos fijos en El y
en su corazón el dolor de la agonía.
Resuenan aún las palabras misericordiosas diri-
gidas a uno de los ajusticiados: "Hoy estarás
conmigo en el paraíso".
María, está al lado de estos dos crucificados.
Silenciosa, escucha lo que dicen y es su abogada
misericordiosa.
Nadie, sino Dios, sabe el destino eterno del ser
humano. ¿Quién puede afirmar la condenación del
21
ladrón de la izquierda? Si María en Cana de Galilea
intervino por una necesidad temporal, ¿será audaz
pensar que intercede por ellos ante Jesús?
I ,a Iglesia invoca a santa María, abogada de los
pecadores. Esa es su misión en esta Iglesia que es
santa y pecadora. Reconozcamos con humildad
esta condición pecadora. Frente a la Cruz del
Calvario estamos todos, pecadores. Jesús vino a
salvar lo que estaba perdido. Invoquemos a María,
abogada de los pecadores, por la salvación de la
humanidad y por la conversión de todos.
Hermano, tú que eres el único que conoces cómo
ha sido el camino de tu vida; tú que sabes ante tu
conciencia quién eres y qué has hecho, levanta tus
ojos, mira a Jesús que muere por ti y por todos; fija
tu corazón y tu mirada en esa mujer bendita, llena
de misericordia, que está al lado del Crucificado y
dile: "María, eres mi madre, intercede y ruega por
mí ante tu Hijo; no me abandones. Implora a tu
Hijo que me perdone, dile que estoy arrepentido,
que reconozco mis pecados, que quiero salvarme".
No dudes; esa madre que está en el Gólgota,
intercederá por ti. Para Jesús y para ella es más
importante la conversión de un pecador que el
cambio del agua en vino. No lo dudemos, cuando
María está presente en la vida de alguien, es
abogada, intercesora, madre de la vida,
consoladora de los afligidos, salud de los enfermos,
auxilio del pueblo, madre de los huérfanos,
protectora de los pobres; María es apoyo y
compañera en el sufrimiento humano. Su imagen
cuelga en la pared de los tugurios y en el pecho de
los pobres y su recuerdo es una esperanza en el
alma de los pecadores.
22
La misión de María en la tierra empezó en el
Calvario, en aquella tarde turbulenta y afrentosa;
misión silenciosa pero efectiva. Nadie que haya
acudido a ella ha quedado confundido y frustrado.
Es María la madre que siempre escucha, que siem-
pre acude cuando la llaman, que siempre habla en
favor nuestro, cuyo corazón está lleno de ternura y
misericordia, cuyas manos curan las llagas de la
humanidad. No en vano Jesús le dijo en el Cal-
vario: "Mujer, he ahí a tu hijo". Y al discípulo: "He
ahí a tu madre".
Entre los títulos con que los cristianos implora-
mos la presencia de María en nuestra vida, está el
de Reina de la Paz; y lo encontramos en los labios
de los hombres.
Frente a los conflictos, guerras y discordias que
afligen a la humanidad, la paz debe ser el signo de
los tiempos. Por todas partes escuchamos la oración
de los niños, de los jóvenes, de las familias, de los
ancianos, de los enfermos, de las comunidades
cristianas que suplican a la Madre de Dios su
intercesión poderosa en favor de la paz. Este ha
sido un siglo en el que el mundo no ha tenido paz
y ésta es una época en que los países nuevos han
sufrido el azote de la violencia y la ausencia de la
paz. Ante la urgencia de la paz se ha invocado a la
Virgen.
Por los caminos van los peregrinos buscando el
santuario de la Virgen donde ella, la Madre del
Señor, con su Hijo en los brazos, ofrece su interce-
sión en favor de la paz. A la sombra consoladora de
sus imágenes, todos los labios cristianos oran
diciendo: "Reina de la paz, ruega por nosotros".
23
Quisiéramos invocar a María en todos los
son diarios levantados para venerar a la Madre del
Señor, lugares de fe y de paz. Estos lugares benditos
están en nuestro corazón; algunos se hallan más
vivamente presentes en los recuerdos: ¿Cómo no
implorar la paz para mi patria a la Virgen de las
Mercedes de Jericó, en su majestuosa catedral?, ¿a
nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá?, ¿y
cómo no recordar a la Virgen del Milagro en Tunja,
en cuyo colonial santuario se ora sin cesar por la
paz?
Boyacá es tierra de paz y hogar de hermanos,
porque a la sombra de la Virgen del Milagro se
mantiene fresco el olivo de la paz.
Qué conmovedor es que en todos los santuarios
de Colombia le imploremos a la Virgen la paz.
¿Cuál es la paz que debemos implorar a María? No
es una paz cualquiera: es la paz de Cristo, la paz que
nos dejó el Hijo del hombre.
La paz de Cristo no es de orden externo, lograda
por medios humanos; es, ante todo, el fruto de la
nueva economía divina. La paz es un don de Cristo
que se convierte en estilo de vida del cristiano. Es
una tarea mesiánica que inspira la ciudad terrena.
La paz de Cristo nos hace hijos de Dios y hermanos
entre nosotros.
Más que una fórmula humanitaria, la paz de
Cristo, como la Cruz, es la señal del cristiano. Es
cristiano quien hace la paz y quien es instrumento
de paz. ¡Qué distinta sería la patria si a los niños,
cuando empiezan a hablar, les enseñáramos a decir
y a vivir la oración de la paz de san Francisco de
24
Asís, que no sólo es plegaria sino programa que
ofrecemos al mundo.
Celebremos esta Semana santa bajo el signo de
la esperanza en la paz, y que las súplicas a la Virgen
María nos hagan avanzar hasta la alta cima de la
concordia, del respeto a la vida, del orden social,
de la justicia y del amor entre todos los hijos y
hermanos de Colombia.
Virgen Santísima: intercede ante tu Hijo por la
paz de Colombia. Ruega por Colombia para que
llegue un día la paz a todos los corazones; que por
todos sus caminos ondeen banderas blancas de
paz; que en todos los surcos crezca el olivo de la paz
y en todos los jardines las rosas del amor, de la
ternura y de la fraternidad. Virgen santa, Virgen
amable, Virgen poderosa, intercede por la paz de
Colombia. Al amor con que te veneramos los
colombianos; respóndenos con la esperanza de la
paz.
25
CUARTA PALABRA
"¡DIOS MIÓ!, ¿POR QUE
ME HAS ABANDONADO?
(Me 15, 34)
El momento más triste y desolador de la agonía
de Cristo en el Gólgota fue el del abandono. Esta
palabra es una oración en el sufrimiento y en la so-
ledad: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Cristo, antes de morir, se volvió a Dios con una
plegaria llena de misterio. El que sufre puede con-
vertir el sufrimiento en poderosa oración por las
necesidades del mundo.
Jesús es Dios y hombre y en el madero de la
Cruz revelaba su humanidad. Era el Hombre de
dolores. Sufría como sufrimos todos los seres hu-
manos.
Nadie en el Calvario, a excepción de la Virgen
y de Juan el discípulo, fue solidario y sensible al
doloroso abandono de Jesús. El eco de su dolor
llegó a todos pero no impresionó a nadie. La turba,
insensible y malvada, seguía blasfemando. Con
audacia sacrilega gritaban: "Caiga su sangre sobre
nosotros y sobre nuestros hijos". Adoremos en
silencio este abandono de Cristo en la Cruz.
27
Esta escena de insensibilidad e indiferencia, esta
ausencia de solidaridad en el desamparo y en el
sufrimiento se repite en la sociedad contempo-
ránea, sin caridad en la vida triste de los pobres.
Los pobres cargan por el camino de su existencia
una pesada situación de miseria y de pesadumbre
que les causa amargura y desesperación y que no
raras veces origina el crimen y la violencia. Son
ellos hermanos nuestros, sin techo, sin vestido, sin
pan, sin educación, sin alegría. La pobreza es un
escándalo en la sociedad y un reto para todos.
Somos las personas quienes dividimos la sociedad
en ricos y pobres. Es necesario un cambio social
que alivie la desesperación de los pobres. El cris-
tiano debe ser un artesano de ese cambio para que
los niños del futuro vengan al banquete de la vida
en hogares dignos donde encuentren pan y educa-
ción; para que los jóvenes tengan oportunidades
de capacitación y de trabajo; para que no falte el
pan en la mesa de nadie; para que el salario sirva
para atender a toda la familia. No es justo que la
economía de un país cristiano sea avara con las
justas exigencias de los pobres; que los ancianos
vivan tan solos y tristes en el atardecer de su vida;
que la salud de una persona dependa de su
capacidad económica y de su nivel social; que haya
tanta miseria y tanta pobreza.
Malgastamos inmensas riquezas en cosas super-
fluas. No somos una sociedad pobre. Hay muchos
bienes en manos de unos pocos, y hay demasiadas
puertas cerradas a los pobres para que entren al
mundo de un modesto bienestar. No es justo que
se niegue el trabajo a tantas personas. ¡Qué dolo-
roso es el mundo de quienes no tienen trabajo y
28
qué mezquinos y viles son los injustos criterios
políticos con que se administran las oportunidades
de trabajo!
Es un escándalo que la politiquería y el caciquis-
mo manejen el mundo del trabajo. Hay una dife-
rencia abismal entre el salario de los pobres y el
salario que devengan los ricos. Todo esto turba la
paz social y ocasiona violencia.
¡Qué triste es la cuarta palabra de Jesús en la
Cruz y cuan triste también el desamparo de los
pobres y la miseria de los pueblos! La voz de los
pobres recorre el mundo con acentos de amargura
y desesperación. Vivir para muchos es un canto
triste al dolor y a la miseria de su vida. Jesús nos
invita a abrir a los pobres una puerta de caridad.
La violencia y otras situaciones semejantes, son el
castigo que los pueblos mismos sufren cuando se
echa al olvi'do el incontable número de los
necesitados.
Sin embargo, hay muchísimos hermanos que
han entendido la queja de Cristo en la Cruz y que
dedican su vida a los pobres. ¡Bienaventurados los
misericordiosos! Dios sea bendito por ellos. Por
quienes cuidan a los enfermos en hospitales y
clínicas, por quienes velan con amor los niños huér-
fanos, por quienes saben compartir el pan con los
pobres, por quienes consagran su existencia a quie-
nes sufren de las gravísimas dolencias que existen
en la sociedad contemporánea. Dios sea bendito
por quienes en vez de pan brindan trabajo. Dios
sea bendito por todos los que acuden al alivio del
desamparo y del abandono social. Dios sea bendito
por quienes saben amar y brindar ternura a quienes
29
viven solos. El amor es el don más precioso que se
pueda brindar al ser humano. Dios sea bendito por
quienes saben adorar el santo Rostro de Cristo en
el abandono de los pobres.
Hay muchos caminos para salir al encuentro de
los pobres, de los abandonados, de quienes sufren.
Pero la más alta inspiración es la fraternidad uni-
versal. Sólo quien es hermano es capaz de salir al
encuentro de quien sufre y carece de pan. La paz
se funda en la fraternidad. Para desterrar del mun-
do la pobreza, la violencia, debe irrumpir en él la
palabra victoriosa: hermano, amigo. Quien trabaja
para educar a las nuevas generaciones en la con-
vicción de que cada persona es hermano, construye
el edificio de la paz desde sus cimientos. Quien
proclama ante la opinión pública el sentimiento de
una fraternidad sin límites, prepara al mundo para
la paz. La paz está radicalmente arruinada donde se
ignora la fraternidad entre los hombres.
La paz empieza cuando los seres humanos
deciden ser y vivir como hermanos y amigos: "Los
hombres deben comportarse fraternalmente los
unos con los otros". La paz se está haciendo cuando
se esté llegando a la cima de la fraternidad.
Esta meta, para nosotros, discípulos de Cristo,
tiene un valor muy grande porque obramos así no
únicamente por fórmulas de filosofía humana. Es
el mismo Cristo quien dijo: "Todos vosotros sois
hermanos" (Mt 23, 8).
Es posible ser hermanos. Es necesario vivir la
fraternidad. Cuando se viven tiempos de violencia
y crimen es urgente recurrir al Evangelio que nos
30
dice: "Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros
los hombres, hacédselo vosotros a ellos" (Mt 7,12).
El argumento supremo de la fraternidad es que
Dios es Padre de todos los hombres. La oración
cristiana reconoce esa fraternidad: "Padrenuestro,
que estás en el cielo". Así oraba Jesús y así nos
enseñó a orar. Quien no se sienta hermano de los
demás no ora con sinceridad del Padrenuestro.
Los cristianos, debemos enseñar la fraternidad
universal, que hace la paz, enseñando a invocar a
Dios como Padre de todos. Cuando esta oración de
Jesús sea auténtica veremos cómo nace y florece la
paz. También es necesario enseñar con fuerte
insistencia, que encontramos cerrado el ingreso al
altar de Dios, "si antes no nos hemos reconciliado
con el hermano" (Mt 5, 23).
Si somos promotores de la paz seremos llamados
hijos de Dios y estaremos entre aquellos que el
Evangelio declara bienaventurados (Mt 5, 9).
Fraternidad y paz es una ecuación auténtica y
cristiana, doctrina de Jesús. Podemos decir: "Creo
en Jesucristo que enseñó a los hombres el camino
de la paz, la fraternidad".
Yo he enseñado por todas partes estas palabras
del Papa Pablo VI. Quiero que las aprenda todo el
pueblo colombiano: "Todo hombre es mi herma-
no, todo hombre es mi amigo, todo hombre es
responsable de todos los hombres".
Caminemos al vértice de la paz por el sendero
maravilloso de la fraternidad. Seamos hermanos.
Seamos todos amigos. Los hermanos viven en un
31.
abrazo de amor y de paz. Todos necesitamos ter-
nura. Una nación es una gran familia de hermanos.
La paz que vamos buscando haga de nosotros un
pueblo de hermanos.
32
QUINTA PALABRA
"TENGO SED
(Jn 19, 28)
Durante la agonía de Jesús sucedieron cosas ex-
traordinarias y se escucharon palabras sublimes
que conmueven a los hombres. Palabras que son
mensajes que nunca pasan. Son eternas. "El cielo y
la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán",
dijo Jesús.
Esta palabra: —"Tengo sed"— es una palabra
sincera y humana. Era propio de los crucificados
sufrir el tormento de la sed. Jesús lo padeció tan
fuertemente que tuvo necesidad de expresarlo para
pedir alivio.
Un soldado respondió con nobleza y compasión.
Acercó a los labios sedientos de Jesús una esponja
empapada en vinagre. Era la bebida que se le daba
a los crucificados. Jesús la probó pero no dijo nada
al soldado. Fue un gesto noble y misericordioso.
Dios retribuye hasta el vaso de agua que se da en
su nombre. Y a veces sin que lo sepamos.
La sed de Jesús era física, verdadera, terrible.
No fue una sed simbólica. Su alivio fue igualmente
33
3. El sermón de las siete palabras
real. Jesús tuvo necesidad de nosotros. Era Dios y
a la vez verdadero hombre.
Los cristianos debemos aliviar las necesidades
del mundo. Los hombres tenemos otra sed. El mun-
do tiene otra sed: sed de justicia; y la paz es la obra
de la justicia. La justicia cambia el rostro del mundo
y de la sociedad. Donde hay injusticia no hay paz;
el cimiento del edificio de la paz es la justicia. En
una sociedad injusta los hombres son rivales y
enemigos. La injusticia genera odio, rencor, ven-
ganza, conflictos; y engendra graves peligros socia-
les. Donde no hay igualdad de posibilidades para
todos, los unos lucharán contra los otros y nunca
se logrará que las relaciones sociales sean pacíficas
y serenas. Nunca se ha visto que la paz sea estable
y perdurable cuando ésta no es fruto de la justicia:
"Si quieres la paz preocúpate por la justicia".
La paz es el bien esencial de la humanidad y es
meta dominante del acontecer humano. Desgracia-
damente la paz no es comprendida. Polariza todas
las aspiraciones y esperanzas humanas. La primera
ley de un pueblo debe ser la paz y el primer deber
de un gobernante proteger la paz.
El mundo moderno necesita un concepto exacto
de la paz para despojarla de los falsos conceptos
que se tienen de ella y que la deforman. La paz es
esfuerzo, conquista, trabajo. No es quietud. La paz
se vive siempre en conquista.
La paz no coincide con la fuerza ni se impone
por la fuerza, ni se logra por la violencia o la guerra.
La paz no se impone, no es una victoria, no es des-
potismo, no es represión oprimente, no es equili-
34
brio en continuo contraste. ¡Qué falaz es la paz im-
puesta con la superioridad del poder y de la fuerza!
La paz no es una tiranía totalitaria y despiadada.
La violencia no puede usurpar el nombre de la paz.
Los violentos no luchan por la paz.
La voz de la humanidad reclama hoy una nueva
expresión de la justicia para que haya un nuevo
fundamento para la paz. Hagámonos promotores
de aquella justicia que abre los caminos a la paz y
los hace recorrer con valiente y profética esperanza.
El signo austero y sereno de la justicia debe dar
vida a expresiones nuevas de una paz fundada en
el derecho. La práctica de la justicia debe ser una
esperanza para la paz. Caminemos bajo este signo
con la esperanza de que un día, no lejano, en
nuestra patria se viva en la alegría de la paz.
>r
SEXTA PALABRA
TODO ESTA CUMPLIDO"
(Jn 19, 30)
Jesús agonizaba mientras avanzaba en la oscu-
ridad una tarde misteriosa e insólita. Densas tinie-
blas cubrían la cumbre del monte. Las turbas, tras
el furor de las primeras horas, silenciosamente se
alejaban del Gólgota golpeado su corazón por el
remordimiento. Iba quedando solo el Calvario.
Avanzaban los preparativos de la sepultura de
Jesús que moría en una entrega total a su Padre.
Las palabras del huerto de Getsemaní no habían
sido vanas: "¡Padre!, hágase tu voluntad".
Después de un largo silencio Jesús volvió a
hablar. Sólo pronunció tres palabras, palabras hu-
mildes y sinceras: "Todo está cumplido". Moría
con el gozo de haber cumplido su misión en la
tierra.
Hundido su espíritu en profunda oración prepa-
raba su alma para partir de este mundo. En silencio
repetía la oración del Salmo que muchas veces
recitó en la sinagoga: "Mi alma tiene sed de Dios
como la cierva suspira por los torrentes de agua".
37
Esta tarde oramos por la paz. Recorriendo el via
crucis hemos orado por la paz. Habitantes de un
país violento, donde no se respeta el orden ni la
vida, seamos artesanos de la paz, en la esperanza
de que llegue un día, así sea lejano, que sea el día
de la reconciliación, del perdón y de la paz. La paz
es posible. "La paz depende de ti". La paz es em-
presa posible, es obra de todos y de cada uno. Es
tarea obligante de todos. No estamos divididos
quienes luchan y destruyen y la inmensa multitud
de resignados en la nostalgia de la paz lejana y en
el dolor por los ausentes. El tiempo de la paz
depende de todos. La paz no puede estar en las
manos del destino y del azar. Es obra del ser
humano y por eso pedimos a Dios en la oración el
coraje necesario para hacerla. La paz es designio de
Dios, pero conquista de los hombres. ¡Qué grandio-
so sería si aprendiéramos y practicáramos esta bella
frase que se convierte en programa: "Yo sueño un
mundo en que vencer no sea necesario"! Vuelvo a
repetirla porque hasta ahora, tal vez, nadie la ha
oído: "¡Yo sueño un mundo en que vencer no sea
necesario!". No la olvidemos.
Las armas deben caer de las manos violentas
p&ra que se fundan en hierro para arar los campos.
Las armas son recuerdo de una locura superada.
La paz hace solidarios a los pueblos entre sí. No es
una página en los anales de la Historia; debe ser
toda la historia de un pueblo. La violencia debe
desaparecer, ni siquiera debería ser un recuerdo.
La paz es posible, aunque las pasiones humanas
no se apaguen, aunque el egoísmo siga siendo una
raíz mala que nunca se logra arrancar de la psico-
38
logia humana. No hagamos de una duda una certe-
za fatal: la paz es posible. Basta quererla, pero
mientras haya ambiciones imposibles en el corazón
humano y en los grupos, la paz no será posible.
Una vieja y caduca antropología sigue afirman-
do que el hombre está hecho para combatir al
hombre. Que primero la espada y después el arado.
Esta antropología se convierte en filosofía y pro-
grama político de los pueblos en vía de desarrollo
que atienden primero al armamentismo que a las
necesidades primarias de la vida. Contra éstas y
otras concepciones antropológicas, he aquí el men-
saje: la paz debe ser posible, debe superar las difi-
cultades. La violencia no es solución de los proble-
mas sociales. Frustra el futuro de un país. La violen-
cia arruina la vida de los ciudadanos y la riqueza
del país. ¡La paz, no la violencia! Es posible vivir
sin matar. Los jóvenes, los niños, todos debemos
gritar cada día esta consigna: "¿Cómo no podrá ser
posible vivir sin matar?". Ante la vieja antropología
debemos oponer otra: educar para la paz. La paz es
posible. Hay que educar a las personas para esta
nueva antropología. Debemos evangelizar en la
paz cada día.
Hay que crear un humanismo nuevo que sea
taller de la paz y de la armonía social. La paz debe
ser racional, magnánima, dinámica, activa, progre-
siva, fuerte, no frágil. Hay que tener la valentía de
la paz, el coraje de la paz, el heroísmo de la paz y la
humildad de la paz. Un pueblo soberbio difí-
cilmente logra la paz.
Jesús, Príncipe de la paz, proclamó la biena-
venturanza de la paz en el Sermón de la Montaña:
39
"Bienaventurados quienes trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).
Tengamos la paz en los labios y en el corazón; ella
es fuente secreta e inagotable de esperanza.
Renovemos en los corazones el deseo de la paz;
en la conciencia, en la familia, en la sociedad; y
hagamos posible la paz practicando el amor al
prójimo y el respeto a la vida. Hagamos surgir la
paz de nuestro corazón con sincero y perseverante
amor por la humanidad. El hombre no es un ser
que lleva en su corazón un destino de lucha. Dios
creó al ser humano para la paz. La paz es posible si
cada uno de nosotros la desea, la ama, educa su
mentalidad en la paz, la defiende y trabaja por ella.
La paz debe pasar de la persona a la comunidad y
debe consolidarse en la sociedad e invadir el
mundo, la conciencia de los seres humanos y el
ámbito de toda la tierra.
Hombres, mujeres, niños y jóvenes: la paz es
posible, depende de cada uno de nosotros. Volva-
mos a repetir: caminemos hacia la paz bajo el signo
de esta esperanza. Todo estará cumplido el día en
que los pueblos hayan olvidado la violencia para
vivir a la sombra de la paz.
40
SÉPTIMA PALABRA
'PADRE, EN TUS MANOS
PONGO MI ESPÍRITU"
(Le 23, 46)
Atardecía en la oscuridad. La vida de Jesús lle-
gaba a su destino inmortal en la soledad y el si-
lencio. Estaba próxima su muerte. El que había
dicho: "Yo soy la vida", llegaba al ocaso. Era un ser
humano sometido a todos los avatares de la vida.
La vida es un'paso a la inmortalidad.
Sentimientos extraños y tristes invadían el es-
píritu de todos. Jerusalén estaba conmovida ante lo
que se había visto y oído en el Gólgota. Las cam-
panas del templo se silenciaron, el velo del templo
se rasgó, resucitaron muchos muertos. La multitud
vio la muerte de Jesús en el madero de la Cruz.
Triste espectáculo. Recuerdo inolvidable para los
discípulos de Jesús. Todo había terminado. La
profecía y las promesas. Era el momento de la reali-
dad. Jesús moría por la salvación de los hombres.
Todo se había cumplido. Vivas y penetrantes
estaban las escenas del Viernes, día de muerte y de
gracia. Todos los ojos estaban fijos en la Cruz, en el
cuerpo desgarrado, en la sangre del sacrificio, en
41
los clavos, en la corona de espinas, en el corazón
traspasado, en las manos y en los pies desgarrados,
en el cuerpo destrozado. ¡Qué no hizo en el cuerpo
de Cristo la crucifixión! Su muerte fue serena y en
paz. Pero al morir sus labios pronunciaron la más
bella y tierna oración: "Padre, en tus manos enco-
miendo mi espíritu". Lanzó un grito y expiró.
Jesús vino al mundo entre el canto de los ángeles,
pero salió del mundo, colmado de afrenta e igno-
minia. Entró victorioso al Reino de su Padre en
donde está para interceder por nosotros, dándonos
la gracia y la paz.
La muerte de jesús es el momento más grande
de toda la Historia; el acontecimiento más trascen-
dental que haya conocido la humanidad.
Ante la imagen de Jesús crucificado sólo hay
sentimientos de amor y de esperanza. Murió por
nosotros y por nuestra salvación. Por eso todo el
mundo rodea la Cruz y ora con voces y lágrimas,
y todos repetimos las palabras del centurión:
"Verdaderamente era Hijo de Dios". Afirmemos
nuestra fe en el misterio de la Redención: Jesús
crucificado es el Redentor del hombre, el Salvador
de la humanidad, esperanza de ayer, de hoy, de
todos los siglos,
La violencia amenaza la vida, mata víctimas
inocentes, siembre dolor, desesperación, arruina la
paz.
¿Seremos incapaces de ser obreros de la paz?
Interrogante terrible. Dios nos ayude a cambiar
la Historia. La paz cambia la historia de un pueblo
y renueva el tejido social de las naciones.
42
La paz y la vida son bienes supremos de la
humanidad. Y son bienes que van juntos. ¿Quere-
mos la paz? Defendamos la vida. Estas no son
palabras retóricas; representan una conquista por
la cual se debe combatir. La vida es la condición de
la paz, es el vértice de la paz. La paz es la celebra-
ción de la vida. Para lograr una paz auténtica y
feliz hay que defender la vida, cuidar la vida,
promover la vida.
La vieja sentencia que ha hecho carrera en la
escuela de la política: "Si quieres la paz prepárate
para la guerra", no podemos admitirla sin radicales
reservas (Cf. Le 14, 31).
Denunciamos, en nombre de la humanidad,
como peligrosa esta sentencia. Hoy no puede ser
programa feliz de un pueblo.
Todo delito' es un atentado contra la paz. La voz
de la sangre inocente grita en el corazón de la
persona homicida con desgarradora insistencia; la
paz interior no es posible mediante sofismas
egoístas.
Es imposible que la paz florezca donde esté
comprometida la integridad de la vida. La vida es
un canto sublime a la paz. Vivir es cantar a la paz,
la vida es la epopeya de la paz.
¿Cómo hermanar la vida y la paz? ¿Cómo afir-
mar que gozamos de paz si todos los días, en mo-
mento terrible y oscuro, los muertos nos cubren de
tristeza y dolor? Paz y vida es un lenguaje trascen-
dente. Hagamos depender la paz del respeto a la
vida humana, del respeto a todo ser humano.
43
He querido hablar con este lenguaje —paz y vi-
da— ante la imagen adolorida de Jesús crucificado
para implorarle a El, Señor del tiempo y de la
Historia, la valentía necesaria en favor de la paz,
defendiendo con heroísmo la vida humana. La
gran causa de la paz tiene necesidad de todas las
energías. Esta exhortación ha sido: una invitación
a orar por la paz, por nuestra paz, y a trabajar por
ella sin cansancio y sin debilidad. O logramos la
paz o la desgracia se derramará sobre la patria. No
podemos llegar al año 2000 víctimas de la violencia
y del crimen. Fijémonos una meta para lograr la
civilización de la paz.
Venimos recorriendo hace mucho tiempo los
difíciles caminos de una paz que no llega, mientras
estallan las bombas y todos los días caminamos
con lágrimas a los campos santos. La sangre del
hermano ha profanado la tierra y los surcos. Ha
profanado el camino y la montaña. Nos acompaña
el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la incertidum-
bre. Hay mucha orfandad en la patria. No es alegre
la mañana ni feliz la tarde que precede a la noche
que encubre el crimen. El país se ve arruinado
moral y materialmente.
Los he invitado a orar a Jesús crucificado por la
paz, esa paz que depende de nosotros. Dediquemos
esta tarde para orar por la paz.
Que Dios perdone a quienes han hecho tanto
mal al país y a la familia colombiana, y oremos por
su conversión.
Que Dios suscite arrepentimiento y conversión
en quienes se han lanzado a esta aventura que
44
termina en la desgracia. Que Dios, Padre de la
misericordia, ponga paz y consuelo en tantos milla-
res de hogares tristes por la ausencia de los seres
amados y que la grandeza de la patria no siga
ofendida por la violencia y el crimen.
Que Dios derrame la paz eterna sobre tantas
tumbas en las cuales depositamos flores y lágrimas.
Que Dios dé valor y fuerza a quienes trabajan
por la paz en la defensa de la vida, en el castigo del
delito y del crimen. Ante el santo Cristo del
Calvario, fuente de esperanza y paz, digamos una
humilde oración que brote del alma con fe y
confianza: Jesús, Hijo de Dios, concede la paz a
Colombia.
La paz que te imploramos, santo Dios y Señor,
será el acontecimiento más grande de nuestra
historia. Hace años empezamos el camino de la
libertad. Hoy, Señor, queremos que el amor
fraterno entre nosotros los colombianos sea nuestra
definitiva y feliz libertad. Que la hora de las
tinieblas sea hora de luz que alumbre nuestros
caminos desde todas las alturas y se transforme en
aurora de paz que no conozca ocaso. ¡Oh santo
Cristo Crucificado, líbranos de tantos males y
concédenos la paz!
45
SERMÓN
DE LAS SIETE PALABRAS
1994
Introducción
Hermanos y amigos de Colombia: estamos en
silencio. El silencio del Viernes Santo que es
meditación y plegaria. Un silencio sagrado ante la
Pascua de Jesucristo que murió para salvarnos, en
la Cruz del Calvario y que resucitó glorioso de la
tumba.
Con hondo sentimiento celebremos con piedad
este inolvidable acontecimiento. Jesucristo, el
centro de la Historia, dio su vida por la vida del
hombre. Difícilmente se encontrará un hombre que
dé su vida por salvar a otros.
Su recuerdo está vivo. Revivimos hoy con
espiritual emoción los hechos que hace dos mil
años en Jerusalén, la ciudad santa, conmovieron al
mundo cuando la Cruz del Gólgota se convirtió en
símbolo de la nueva Historia de la humanidad.
La Cruz, levantada sobre el monte, se yergue
ante la tierra; todos los ojos están fijos en ella,
porque inspira paz y esperanza; y va sobre su
corazón como signo de redención y de vida.
49
Esta mañana en los pueblos y en las ciudades, y
en muchos lugares campesinos, hemos recorrido
con fervor el camino de Cristo hacia el Calvario,
cargando la Cruz, seguido de multitud, escarne-
cido y ofendido por el pueblo. Y clavado en un
madero moría ante el asombro de quienes le ama-
ron. Han pasado veinte siglos y aquel judío cruci-
ficado vive en la conciencia de la humanidad y en
el corazón de los seres humanos.
Su nombre divide la Historia, la civilización se
ha puesto al servicio de la perenne inmortalidad
del Nazareno. Porque su Palabra debe llegar hasta
el último confín del mundo hasta que El vuelva en
majestad y gloria.
Desde aquel día triste y desde aquella tarde,
han pasado muchos siglos; y han vivido y muerto
muchas generaciones. Jesús es de hoy. Alrededor
de la Cruz gira el alma religiosa de los seres huma-
nos y su sangre redentora corre en el tiempo,
perdonando los pecados. Jesucristo es de ayer, y
será por todos los siglos.
Los hombres lo adoramos en el patíbulo, coro-
nado de espinas, traspasado su costado por la lanza
del centurión, nublados sus ojos por el sudor de la
agonía y la sangre de sus heridas, resecos sus labios
por la fiebre de la crucifixión, destrozada su figura
humana. Es un conmovedor espectáculo de dolor
y de angustia. Ha muerto en circunstancias ignomi-
niosas. Es el Señor de la Historia; y a El vuelven
nuestros pensamientos y nuestros corazones en
esta hora para proclamar ante la tierra con un grito
victorioso que "tanto amó Dios al mundo, que le
dio a su Hijo para que quien crea en El se salve, no
perezca y tenga vida eterna".
50
Jesús crucificado no es una víctima silenciosa.
Desde el leño santo dejó un testamento de perdón,
de esperanza, de misericordia, de amor y de paz.
Un testamento para aliviar la miseria de los pobres
del mundo. El tiempo no ha apagado su eco. Lejos
de extinguirse, resuena en el corazón y es el tesoro
más sagrado del pueblo que le rinde un tributo
soberano a su sangre redentora.
Las palabras que Jesús pronunció en la hora más
sagrada de su vida y en medio de las más dolorosas
circunstancias, revelan su pensamiento y sus senti-
mientos a la hora de la muerte; y han servido de
paz y de consuelo a los hombres en el dolor y en la
muerte; y han dejado una huella de luz y de
esperanza en nuestra vida.
Escuchemos lo que Jesús dijo hace XX siglos; y
lo que nos dice hoy desde la Cruz. Jesús tiene
mucho que .decirte a ti, hermano, que estás en
pecado y que vives alejado de Dios; a ti, que debes
cambiar tu vida para sacarla del abismo del mal; a
ti, familia, que debes hacer de tu casa un recinto de
amor y de paz; a ti, que vives en la soledad y en el
desamparo; a ti, que atraviesas este valle de
lágrimas, y que no tienes a nadie que te tienda su
mano amiga y generosa; a vosotros, jóvenes, que
buscáis un camino hacia el futuro, distinto al que
recorremos, porque estáis cansados de la Historia;
a ti que anhelas la paz y que buscas razones para
vivir; a ti, que en la enfermedad esperas poner tu
vida en las manos de Dios; a ti, que amas a la
Virgen y estás de pie junto a la Cruz recibiéndola
como madre y corredentora de la humanidad. El
don más sublime de la Cruz ha sido María, la llena
de gracia y de misericordia.
51
Nuestra patria sufre, sufre muchísimo. Nosotros
sufrimos también. Llevamos en el alma un inmenso
peso de amargura; el país se arruina día a día por
el crimen y la violencia; estamos escribiendo una
historia de horror y de ruina; vamos hacia un futuro
imprevisible. El siglo XXI que llega es una incóg-
nita. Los niños y los jóvenes se preguntan cómo
será el futuro y qué les espera. Las mujeres se
sienten inseguras para organizar una familia. Ante
esta visión de terror los invito a ir al encuentro de
Jesucristo para que El interceda por nosotros a su
Padre, apoyados en su promesa: "Venid a mí todos
los que sufrís y estáis tristes, que yo os aliviaré". El
dijo: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que
se convierta y viva".
Jesús, nos invita a la conversión, al arrepen-
timiento por los errores cometidos, a una enmien-
da; nos llama a ser hermanos: "Si nos amamos los
unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su
amor a nosotros ha llegado a su plenitud". En El,
el hombre tiene la medida de su dignidad. El
pecado, que nos aleja de Dios, es la causa de los
males que sufrimos. Necesitamos a Jesucristo
porque El es la medida de toda vida humana. Con
El, siguiendo sus pasos y acogiendo sus palabras,
podemos restaurar cristianamente el rostro desfi-
gurado de la patria.
Un ciudadano que se transforma contribuye a la
transformación de la patria. Abramos a Jesucristo
los corazones y los ámbitos de la vida colombiana.
Si le seguimos no andaremos en tinieblas. Jesucristo
es la Luz. Abramos el alma devotamente para que
las palabras de Jesucristo sean una luz en las tinie-
52
blas en que vivimos, y una esperanza hacia la paz
que hoy le imploramos.
Oremos por la paz, por la conversión de los
pecadores, por la reconciliación de los hermanos, y
para que lleguen la paz y la concordia a nuestro
mundo. "El final de la Historia no puede ser el
principio de la paz". Hagamos que la paz sea la
Historia de nuestra patria. En el silencio de estas
horas escuchemos las palabras de Jesucristo en el
Gólgota.
53
PRIMERA PALABRA
"PADRE, PERDÓNALES,
PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN
(Le 23, 34)
Jesús empieza su agonía diciendo: ¡Padre!, pala-
bra que siempre estuvo en sus labios. Implora el
perdón para sus enemigos. Sigue haciendo lo mis-
mo por los pecadores en un mundo donde reinan
la maldad y el pecado. ¿Qué más puede hacer por
los hombres? Perdonar es una acción divina, Dios
es Padre que perdona. Jesús nos narró la parábola
del Hijo pródigo.
Con estas palabras de perdón, busca la cercanía
de los pecadores. Pide perdón por quienes le han
condenado y crucificado. Encuentra para ellos una
disculpa y dice que los hombres no saben lo que
hacen. Si supiéramos lo que es el pecado, desde
Dios, jamás lo cometeríamos. El mundo ha perdido
el sentido del pecado.
Jesús se acercó al fondo tenebroso del pecado.
El mundo necesita personas como Cristo, que
sepan comprender, perdonar y disculpar. Este es
un momento grande de piedad, de amor, de
misericordia y de perdón. No es la única vez que
55
Jesús está frente al hombre que peca. Cuando lo
está, su palabra es la misma: "Yo te perdono. Ve a
tu casa y no peques más".
Disculpemos y perdonemos hasta setenta veces
siete, como enseñó Jesucristo. Hay que arrancar del
corazón el odio, el resentimiento, la venganza y el
rencor. Lo importante, lo único es aportar al mundo
más bondad, más amor, más perdón, misericordia
sin límites. "Bienaventurados los misericordiosos".
No condenemos a nadie. Esta no es nuestra tarea.
Un cristiano nunca puede negar el perdón a nadie.
Hoy es el tiempo para realizar un perdón universal.
Oremos, como oró Jesús desde la Cruz:
perdonando. La infinita bondad de Dios perdona y
disculpa. Digamos con sinceridad: "Padre nuestro:
perdónanos nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". ¡Qué
distinto sería el mundo si al llegar la noche de hoy
todos estuviéramos perdonando y todos nos
hubiéramos perdonado!
¿Qué hace Jesucristo por nosotros? ¡Perdonar-
nos! "Padre, perdónales, porque no saben lo que
hacen". Al acercarnos al hermano hay que empezar
perdonando. Jesucristo habla desde un corazón
cercano al ser humano. El pecado es la máxima
miseria del hombre. Jesús es tan humano que
sabiendo la perversidad del hombre, lo disculpa.
¡Qué lejos estamos de ser como El! El hombre anda
buscando cualquier debilidad para aplastar sin
misericordia al hermano. En la última tragedia de
su vida se le hace evidente a Cristo que no debemos
condenar a nadie. Ninguna persona puede arrojar
una piedra al hermano que está en pecado. ¿Quién
56
es tan perfecto que pueda arrojar una piedra al
hermano?
Aprendamos a decir una palabra de perdón, de
disculpa, de reconciliación. ¡Qué grande y qué
noble es el hombre cuando dice: "Yo te perdono".
Jesucristo nos dejó ejemplos que conmueven. Rea-
licemos lo que expresa la sublime y desolada ora-
ción al principio de su agonía. Dicha esta oración
entra a un silencio de paz interior. La paz nace del
perdón.
El ser humano muchísimas veces no sabe lo que
hace. Si sabe lo que hace es un perverso. Vivimos
en una civilización de muerte y de crimen. Se violan
los derechos humanos. Pero más importante es
que éstos son los mandamientos de la ley de Dios.
El Sinaí, donde se promulgaron, sigue siendo
actual. La Declaración de los derechos humanos
comenzó en el Sinaí. Nos debatimos entre muchos
males. La vida vive amenazada. Hay graves
inquietudes. Estamos aprisionados por una red de
tensiones; y cuando esperamos soluciones a los
problemas que nos afligen, nos sorprenden nuevas
acciones contra la vida y la paz, que nos hacen daño
y nos amargan la existencia.
Ante tantos problemas, fruto del mal y del
pecado que hay en el ser humano, no olvidemos la
primera palabra de Jesús en la Cruz: "Padre,
perdónales, porque no saben los que hacen".
Cuando Jesucristo, Señor del perdón y de la
misericordia, oró para pedir perdón a su Padre por
los pecados de los hombres, pensó en hacer nuevo
el corazón del hombre. Ante tantos pecados de la
humanidad imploremos a Dios el perdón.
57
El pecado nace del ser humano. Es él quien se
rebela contra Dios al quebrantar sus mandamien-
tos. Es él quien atenta contra los bienes que Dios le
ha dado. Es él quien destruye las riquezas de la
naturaleza. Es él quien niega su amor, su ternura,
su fraternidad, su amistad a los demás. Mediante
el corazón, la persona también se hace sensible al
bien, a la justicia, al amor y a la paz. El desorden
del corazón equivale al desorden de la conciencia.
Siempre hay una responsabilidad muy grande de
la conciencia individual en todos los conflictos.
Más allá de los sistemas son muchas las pasiones
que desvían el corazón, inclinándolo al mal; las
pasiones nacen de las frustraciones de las personas
y de los pueblos.
El mal proviene del ser humano, de su ceguera
espiritual, del desorden de su vida que invoca su
propia justicia como motivo para explicar sus
crímenes.
El pecado nace en el hombre. La envidia invadió
el corazón de Caín contra su hermano Abel. Nunca
será posible hacer la paz con personas o grupos en
cuyo corazón están ausentes la verdad, el respeto
por el otro y los valores de la vida. Si no se da un
auténtico cambio del corazón la paz es ilusoria.
La paz es efímera cuando el ser humano no se ha
convertido sinceramente.
Para obtener la paz es preciso renovar el corazón
para que se renueven los sistemas, las instituciones
y los métodos de la vida ciudadana y política de
los pueblos.
58
Este cambio del corazón humano se llama "con-
versión"; pero debe ser un cambio radical, porque
sentimientos efímeros no producen la paz. La paz
no son momentos de la vida de los pueblos, la
transformación de la conciencia de las personas
debe llegar a la mentalidad colectiva. Este regreso
a la verdad es condición para tener un corazón
nuevo y lograr la conquista de la paz.
Un corazón nuevo es aquel que se deja inspirar
por el amor y por un espíritu de paz. Un corazón
nuevo renuncia a la mentira, al odio: quien así se
renueva, se convierte en las intenciones, en los
sentimientos y en su comportamiento, en una
persona fraterna que reconoce la dignidad del otro
y respeta su vida.
Es necesario promover una mentalidad nueva
de paz. Cada persona en cualquier momento y hora
de su vida, debe asumir una responsabilidad muy
grande en la construcción de la paz. La paz la
hacemos todos.
La solución pacífica de los conflictos es el
camino digno del ser humano. Hay que desenca-
denar procesos que hagan el mal prácticamente
imposible. Es preciso apuntar y ganar la paz. La
paz es la fuerza que hace un mundo habitable.
El cristiano tiene el deber de ser "artífice de la
paz". Quien promueve la violencia traiciona a Jesús.
La violencia no es cristiana. Antes de orar en la
Cruz para implorar perdón para los hombres, dijo:
"Os doy mi paz". Debemos ser pregoneros y
heraldos de la paz para poder anunciar la espe-
ranza. Hay que ofrecerle a nuestra patria este
mensaje para que alumbre la oscuridad de sus días.
59
Dios nos indica el camino por el cual debemos
avanzar para ser artesanos de la paz: "Cambia el
corazón y déjate reconciliar con el Padre".
El designio de Dios es que vivamos en la justicia,
en la verdad, en la libertad y en el amor. Nuestra
patria no tendrá paz si no escuchamos la llamada
de Dios a una sincera conversión. Responder a esta
llamada es dejar que el Señor nos ayude a conver-
tirnos, para que desaparezcan del horizonte de la
patria la desgracia y el dolor.
Seamos pacificadores. Ser pacificadores es el
honor más grande. Sembremos la paz. Alegremos
la patria con canciones de amor, de ternura y de
fraternidad. Hagamos de este lema un reto: "Todo
ser humano es mi hermano, todo ser humano es mi
amigo".
Celebremos la paz con un corazón nuevo. Al
perdón que Jesús implora respondamos con un
compromiso cristiano: ser constructores de la paz.
Hagamos que esta palabra de perdón de Jesús
sea un gesto hecho hoy con sinceridad.
Hermano, oye, escucha, haz lo que te digo: tú,
quienquiera que seas, y en donde estuvieres, así
sea en la plaza pública, sin respeto humano, le-
vántate, deten tus pasos, abraza con amor a quien
tengas a tu lado, y dile en nombre de Cristo: "La
paz sea contigo". Y tú, responde: "También conti-
go". Jesús, nos dará la bendición de la paz para
llevarla toda la vida con nosotros".
Dios misericordioso perdone a quienes cometen
el crimen, y ayude a la familia colombiana a educar
60
personas nuevas que tengan el coraje de ser
artesanos de la paz.
Este es un día de perdón. Perdonemos al
hermano y reconciliémonos con él. Al pie de la
Cruz no se puede ser sino hermano y amigo.
Quienes odian y hacen el mal no deberían llevar la
Cruz sobre su corazón. La Cruz santa, donde murió
Jesucristo, es para nosotros símbolo de que Dios
nos perdona y fuerza para perdonar. Reine en el
mundo el perdón, la reconciliación y el amor. Jesús
misericordioso sigue repitiendo desde la Cruz:
"Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen".
61
SEGUNDA PALABRA
"HOY ESTARAS CONMIGO
EN EL PARAÍSO"
(Le 23, 43)
Desde la Cruz Jesús hizo que un criminal elevara
sus ojos al Paraíso.
Esta palabra es un gesto de misericordia. Brota
del alma noble de Cristo. Es esperanza: "Hoy esta-
rás conmigo". En su desolación Jesús da una espe-
ranza a un hombre completamente deshecho. Era
un criminal. Ante Jesucristo también los criminales
encuentran perdón y misericordia. Nadie, por
miserable que sea, se sienta abandonado por Dios.
No olvidemos que El es Padre.
Un ladrón arrepentido escucha de Jesús una
promesa. A Dios le conmueve el arrepentimiento.
Al lado de la Cruz, en una tarde trágica, nace un
hombre nuevo, el primer redimido de esta nueva
Historia de salvación. Hombre nuevo es quien
trabaja por la paz y que no descansa hasta obtenerla
para sí, para los demás y para su patria. Ninguno
de nosotros puede negarle a su patria el don
generoso de la paz.
63
A distancia de muchos años, analizando el pasa-
do, verificamos que no ha progresado la paz, y que
los dolorosos y frecuentes acontecimientos de cri-
men y de muerte representan un crecimiento alar-
mante de acciones destructoras. No obstante el
horizonte sombrío, debemos seguir esperando el
día de la paz, la fiesta de la paz, el acontecimiento
de la paz. Este debe ser el sueño de todos. Sobre
las ruinas avivaremos, no perdamos la esperanza.
Sobre las vicisitudes del presente seamos construc-
tores de la paz. Jesucristo nos dejó su paz no para
que fuera un ideal sino la más apasionante realidad
de los pueblos.
Busquemos lo que contribuya a la unión de los
espíritus. Trabajemos por la paz y oremos por ella.
Cada amanecer y cada noche deberíamos elevar a
Dios una oración por la paz. Empecemos el día
diciendo: "Señor, danos la paz". La oración produ-
ce frutos de paz y de fraternidad y crea una relación
solidaria entre los seres humanos.
La paz es posible, siempre y cuando haya perso-
nas de buena voluntad. Es necesaria. Se puede
hacer. No se trata de un "eslogan" sino de una certe-
za, de un compromiso, de una responsabilidad. Es
posible, si se quiere. Un objetivo tan grande nece-
sita el apoyo de todos. Responde a las aspiraciones
más profundas de la humanidad. Todos los
responsables de la vida política deben saber que la
primera plataforma política es la paz; prometerla y
cumplirla. El hombre no está hecho para vivir
según la ley de la selva. Una nación no puede vivir
sin paz. Se arruinará y sus ciudadanos serán una
generación enferma. La violencia daña a todos y
64
enferma la mente de las personas; con seres violen-
tos no se puede construir el futuro.
La paz exige muchos propósitos. La paz no se
negocia. La paz no se premia, la paz no se paga. La
paz la hacemos todos.
Muchos acaso nada han hecho por la paz. Se
contentan con críticas amargas. La paz es un reto
universal. Hasta un niño y un anciano pueden
contribuir a la paz. Sería aberrante que nos dejára-
mos arrastrar hacia formas que justifiquen siempre
la lucha y el conflicto. Si se da una lucha digna del
hombre ésta debe ser la que va contra las pasiones
desordenadas de los seres humanos. Para construir
la paz cada persona debe poner, al menos, un
ladrillo para elevar el edificio. Y esto es posible. No
hacerlo es un acto criminal.
Nos toca abrirnos a la paz, con valentía, con
perseverancia. Tenemos vocación a la paz. A ella
debemos responder con responsabilidad y coraje.
Estamos llamados a vivir juntos pacíficamente co-
mo hijos de Dios, Padre de todos. La paz vive en el
corazón de las personas de buena voluntad. Si un
país es justo, no hay razón que justifique la vio-
lencia. No se olvide que la paz es fruto de la justicia.
Antes de hacer la paz hay que poner justicia, porque
sin este requisito el ideal se hace imposible; y la
justicia es de parte y parte. Deben ser diálogos por
la justicia y la paz. No se puede dejar que las per-
sonas se destruyan entre sí. Hay que extirpar todas
las raíces de la violencia. No se puede vivir pro-
metiendo siempre la paz mientras el pueblo se
arruina.
65
En el deseo de la paz todos nos encontramos y
todos somos invitados a vivir según el espíritu de
las bienaventuranzas: "Bienaventurados quienes
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hi-
jos de Dios". El honor del ser humano es ser recon-
ciliador y el deber de un cristiano es ser pacificador.
Más importante que otras cosas y proyectos es
la paz. La violencia es la mayor injusticia. Causa de
nuestros sufrimientos y desgracias es la violencia.
Librémonos, por caminos de justicia, de este azote.
Que la paz cambie radicalmente el presente y el
futuro de nuestra patria. Que la brújula del país
sea la paz. Que las generaciones nuevas se eduquen
para la paz. La paz debe ser la primera palabra del
presente y del futuro. En el taller de la justicia se
debe forjar una generación de paz para avanzar
con paso seguro hacia una nueva Historia. Hay
que empezar a escribir la nueva Historia de la pa-
tria: la paz, pero con justicia. El futuro de la nación
empieza con la justicia y llega con la paz. La justicia
debe ser el primer examen que se hace cuando se
dialoga sobre la paz. Entre ambas hay un vínculo
indisoluble. Caminan juntas.
Una injusticia jamás conduce a la paz. Aunque
han pasado muchísimos años de violencia, nunca
será tarde para construir la paz. Lo terrible sería
acostumbrarnos a ella. Nadie puede convertirse en
prisionero de la violencia.
Elevemos voces de plegaria que tengan el ardor
de la fe para implorar la paz.
Oren los niños porque su futuro depende de la
paz. Oren los jóvenes, oren los ancianos. Oremos
66
todos por la paz con brazos levantados al cielo:
"¡Jesucristo!, tú que en la Cruz diste misericordia y
esperanza a un hombre de vida criminal y
pecadora. Danos el perdón por todos los males
hechos y sobre la Historia del pasado concédenos
cambiar el curso de los acontecimientos hacia la
paz; por los caminos de la justicia caminemos hacia
la cima de la paz.
¡Oh Señor de infinita misericordia y piedad! ¡Oh
Redentor que diste la vida por los pecadores! ¡Oh
Buen Pastor! Ten piedad de los hombres, de
quienes hacen el mal, de las ovejas extraviadas del
rebaño; escucha las plegarías que te sean dirigidas
con arrepentimiento y con propósitos de enmienda.
Concédenos a todos el coraje de la justicia para que
el país pueda llegar a la hora gloriosa de la paz".
67
a*
TERCERA PALABRA
MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO.
LUEGO DIJO AL DISCÍPULO:
AHÍ TIENES A TU MADRE"
(Jn 19, 26-27)
María, la Virgen de Nazaret, está en el Gólgota.
Es testigo valiente de los sufrimientos y de la
muerte de Jesús. Es madre y debe estar allí.
Acerquémonos a la Cruz, elevada en el Calvario,
para contemplar este momento de la vida de Jesús
y escuchar sus palabras, palabras que han marcado
el camino de la Virgen y su misión en el mundo.
Es madre y es corredentora. No son títulos, sino
realidades.
Al pie de la Cruz empieza la nueva Historia de
María. Jesús ha dicho: "Mujer, he ahí a tu hijo".
Jesús le encomendó una misión gloriosa en la tierra.
"Bienaventurada me proclamarán las genera-
ciones", dijo María en las montañas de Hebrón.
Desde aquella hora el hombre, por miserable
que sea, está en los brazos amorosos de María. Ella
recibió a su Hijo en sus brazos cuando vino al
mundo en la noche de Belén. Ahora, somos
nosotros a quienes ella recibe en sus brazos: "Ahí
69
tienes a tu madre" palabras sublimes en los labios
de Jesús durante su agonía.
En el Calvario está de pie como mujer valerosa,
unida a la muerte del Redentor. Comparte con El
la salvación del mundo. En el Calvario empieza
una Historia de clemencia, de piedad y de
misericordia.
Jesús, al partir de este mundo, le confía a su
madre la suerte de los seres humanos. La llamó a
ser madre, e intercesora. Ella nos acompaña en esta
peregrinación de sufrimiento. María es parte de la
Historia de los hombres y de los pueblos. María,
despierta el corazón filial que duerme en cada
persona.
María fue la madre de la familia de Nazaret,
hogar pobre, humilde, espacio de oración y de
trabajo, de comprensión y de armonía, de paz.
Dulce hogar de amor.
Han pasado los siglos y hoy volvemos los ojos a
la familia de Nazaret donde Jesús creció "en
sabiduría, en edad y en gracia" delante de Dios y
de los hombres. Nazaret se ha convertido en
modelo de la familia cristiana.
Estamos celebrando el Año Internacional de la
Familia. Esta es una ocasión para hablar a las
familias sobre su misión en el mundo. La familia es
el taller de la paz de los pueblos. "En la familia nace
la paz de la familia humana".
La paz parece una meta inalcanzable. Vivimos
en un clima hostil y envenenado por el odio. No
obstante, el mundo no puede resignarse a vivir sin
70
el bien supremo de la paz. A pesar de todo sabemos
que la paz es proyecto de Dios para el mundo. Dios
quiere que la humanidad viva en armonía. Este
proyecto divino nace en la familia. Hay una
estrecha relación entre la familia y la paz. Sobre un
mundo donde hay odio debería proyectarse la
ternura y el amor de las familias.
La familia debe ser constructora de la paz y debe
contribuir al futuro de la paz. La familia es la
primera experiencia de paz. ¿Quién no experimenta
el amor que reina en las familias y los valores de
paz que se cultivan en los hogares? Una civilización
de paz no es posible si falta la paz en la familia.
En contraste con tantas familias felices que son
oasis de amor, de ternura y de paz, dolorosamente
hay otras que son lugares de tensiones y de diversas
formas de violencia.
Las exigencias de la vida moderna con
frecuencia separan y alejan a los padres y crean
situaciones tensas en la familia. Los hijos son
testigos silenciosos. Ellos graban en su corazón lo
que han visto en la intimidad de su casa. Un hijo
es lo que vio y oyó de sus padres en su familia.
Muchas veces la familia es recinto de odio y de
violencia. La sociedad es lo que es la familia.
Los comportamientos que perturban la paz de la
familia y que comprometen seriamente la armonía
no pueden ser solucionados con el distanciamiento
de los padres y mucho menos recurriendo al divor-
cio, verdadera plaga de la sociedad contempo-
ránea.
71
La familia necesita fortalecer los valores de la
paz. La institución primera y más cercana al hom-
bre es la familia. Y por eso debe ser fuente pura y
límpida de la paz, la ternura y el amor.
La familia está llamada a ser protagonista de la
paz. Los padres deben ser educadores de la paz. El
hogar debe ser cuna, escuela, y universidad de la
paz. Los padres deben ser educadores. No es
suficiente con que sean progenitores. Hay que per-
feccionar el don de la vida con la alegría de educar
al hijo, en la paz y en el amor para una civilización
de paz. Los hijos deberían llegar a la escuela
educados en su hogar sobre los más altos valores:
la vida, el amor y la paz.
El padre o el maestro que infunda sentimientos
de odio y de violencia en un niño o en un joven, no
sabe el mal tan inmenso que le hace a la sociedad
y a la patria.
Familia que no educa para la paz es familia sin
sentido de lo que debe hacer para el bien común.
Padres que no dan testimonio de amor, de ternura
y de paz le hacen mucho mal a la sociedad. Cuando
se llega a una familia se debe respirar el suave
viento de la paz y debería oírse cantos de paz en
todos sus rincones. La familia debe ser santa
morada de la paz y templo sagrado del amor.
Bendita la familia que contribuya a la paz con sus
palabras y con su testimonio.
La solución de los problemas de miseria y de
pobreza contribuyen a la paz de la familia. La
pobreza y la miseria de la familia es amenaza para
la paz. Un hogar propio es causa de paz en la familia.
72
La violencia nace, crece y se hace activa en espacios
de pobreza y de miseria. Esto no debería ocurrir en
el santuario de la familia.
Nadie puede sentirse feliz mientras el problema
de la pobreza de la familia no haya encontrado so-
luciones. La indigencia es siempre una amenaza a
la estabilidad social, al desarrollo y a la paz. La paz
estará siempre en peligro mientras haya personas
y familias que luchan en vano por sobrevivir.
Quiero llegar a todas las familias. Quiero ser
recibido y acogido con un saludo de amor y de paz
por los padres y los hijos. Quiero decirles: "Familia
amiga. Sé lo que eres y lo que debes ser; contribuye
a devolverle a nuestra patria la paz, educa a tus
hijos para la paz. Ora por la paz, trabaja por la paz.
Haz de tu familia un templo donde se ofrezca a
Dios un tributo de amor y de paz".
Familia: siembra en tu casa un olivo que sea
símbolo de la paz que debe reinar en tu hogar. El
amor y la paz son la bendición de Dios sobre la fa-
milia.
Santísima Virgen María, Virgen del Milagro de
Tunja, nuestra Señora de las Mercedes de Jericó,
Antioquia; Jesús en la Cruz, te confío la suerte de
la familia humana. Extiende tu sombra protectora
sobre las familias colombianas. En muchos hogares
hay una imagen tuya, señal del amor filial que te
profesan. Ampáralos y líbralos del mal, del peligro,
acude generosa a remediar su pobreza, sana sus
heridas, alivia sus penas, entrégales a Jesús que
llevas en tus brazos y haz, madre y Señora, Reina
de la paz, que en cada hogar crezca y florezca la paz
73
para que todos podamos vivir felices. Haz que cada
familia difunda en el pueblo y en la ciudad amor y
paz.
Mujer, en tu casa eres madre y esposa. Eres el
corazón y la ternura de la familia. Cumple en ple-
nitud, como María, la madre del hogar de Nazaret,
tu vocación de amor y de paz. Vosotras tenéis una
influencia, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Vosotras podéis ayudar a que la humanidad no
decaiga. Vuestra misión es la guarda del hogar, el
amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna.
Estáis presentes en el misterio de la vida que co-
mienza. Reconciliáis a los hombres con la vida. Ve-
láis por el futuro de la especie. Detened la mano
del hombre si en un momento de locura intenta
destruir la civilización. Esposas y madres, primeras
educadoras de la persona, transmitid a vuestros
hijos los auténticos valores y preparadlos para el
porvenir insondable. Una madre pertenece por sus
hijos, a ese futuro que ella probablemente no verá.
Mujeres que os mantenéis firmes bajo la Cruz o
imagen de María y dais a vuestros hijos la fuerza
para luchar hasta el fin, ayudadlos a conservar la
audacia de las grandes empresas, la audacia de la
paz.
Mijeres, vosotras que sabéis hacer la vida ama-
ble, tierna y digna, dedicaos a enseñar a vuestros
hijos la sabiduría de la paz y el respeto a la vida y
a las ideas del otro. No manchéis nunca el honor
de vuestra familia. A vosotras está confiada la vida,
a vosotras toca salvar la paz del mundo y de
Colombia.
74
María, madre de Nazaret: haz que la familia
esté al servicio de la paz. Virgen bendita, madre del
pueblo, madre de los pobres, intercesora de quienes
no tienen trabajo, reina de la paz, ruega a tu Hijo
por las familias para que sean, en un mundo
violento y criminal, inspiradoras perennes de amor
y de paz, de reconciliación y perdón.
75
CUARTA PALABRA
"DIOS MÍO. DIOS MIÓ,
¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?
(Me 15, 34)
Jesús en la Cruz asume la soledad absoluta. Se
siente abandonado por su Padre. Está cercano a
nosotros en el desamparo y en la tristeza; experi-
menta el dolor y las dificultades del hombre. Ha
querido ser igual al ser humano en su sufrimiento.
En la oscuridad del Gólgota estremecen estas
palabras de Cristo. Son palabras que nos sumergen
en el misterio. También nosotros nos preguntamos
hoy: "¿FOT qué Jesús está abandonado?". Ante la
Cruz siempre decimos: "¿Por qué?".
Con estas palabras, Jesús expresa la intensidad
de su dolor. El Evangelio dice que Jesús gritó con
fuerte voz. Es un grito arrancado por la crueldad
del momento, un gemido filial. Jesús se repliega en
su sufrimiento. ¡Palabra misteriosa pronunciada
en medio de la oscuridad y del silencio! Palabra
incomprensible. ¡Oh palabra de Jesús que nos
inspira compasión y solidaridad!: "Dios mío, Dios
mío!, ¿por qué me has abandonado?". ¡Oh palabra
fatal! ¡Oh palabra adorable! ¡Oh palabra
77
indefinible! ¡Oh palabra llena de misterio! Por
redimir a la humanidad, Jesús sufrió al máximo.
Nadie puede decirnos cómo fue posible que Jesús
se sintiera abandonado de Dios. Adoremos el
abandono de Jesús. El abandono de Jesús en la
Cruz es el sacramento de su Humanidad.
Esta es una palabra desgarradora. Jesús tiene
conciencia de estar abandonado, pero Dios no
abandona a su Hijo aunque El lo hubiera sentido.
También el hombre puede experimentar el aban-
dono de Dios. Sin embargo, Dios no abandona a
nadie. Es el hombre quien se distancia de Dios.
En la vida de muchas personas Dios está callado,
silencioso; pero Dios no lo abandona porque El es
Padre de todos. El va al lado del hombre, aunque
éste viva alejado de Dios. Estas palabras de Jesús
no son un reproche o una queja, ni un lamento.
Son palabras sinceras con las cuales el Hijo de Dios
llama a su Padre desde la profundidad de su vida
y desde la hondura de sus dolores. Cristo expía
por todos los pecados de los hombres y por todos
los crímenes de la humanidad. Experimenta este
abandono para revelar lo terrible que es la vida del
hombre sin Dios: la máxima soledad del ser hu-
mano, aunque lo tenga todo. La persona sin Dios,
llega a vivir en un vacío absoluto, y este vacío es el
máximo tormento. Jesús, desamparado, expía por
los pecados de quienes han silenciado a Dios, por
quienes dudan de su existencia, por quienes llevan
una vida diferente a su presencia. Este momento,
el más triste del Gólgota, debe inspirarnos esta
oración dicha con gemidos inenarrables: "¡Oh
Dios!, no permitas jamás, tú que eres principio y
78
fin de nuestra vida, que prescindamos de ti, porque
tú eres la luz y si ella nos falta; la vida entra a las
tinieblas y a la oscuridad absoluta y la existencia
será un vacío que nos aplasta y que nos lleva a un
desenlace fatal.
¡Oh Jesús!, desamparado y abandonado en el
Calvario, no permitas que jamás prescindamos de
ti; que nunca nos sintamos lejos de ti.
El final de este siglo es testigo de la muerte de
Dios en la vida de muchos hombres. Muchos se ha-
cen esta pregunta: ¿Dónde está Dios? Otros lanzan
este grito: Dios ha muerto. Este día de gracia y de
salvación debe ser un regreso, como el del hijo pró-
digo, a Dios; una búsqueda de Dios, un encuentro
feliz con Dios en un recodo de la vida, una reflexión
profunda para descubrir el vacío de Dios en la
existencia, la parábola del Hijo pródigo.
Dios es la fuente y el origen de la vida y de la
paz. Muchos hombres viven tristes y su vida está
llena de angustia y de incertidumbre. Su corazón
no vive en paz. No obstante, todo ser humano an-
hela la paz y quiere vivir en paz. Para lograrla debe
buscar a Dios. Porque cuando El está presente se
experimenta sosiego, alegría, serenidad y paz. Dios
hace del corazón del ser humano una morada de
paz y de amor.
La misericordia de Dios es inagotable. No hay
pecado que prevalezca sobre su misericordia. Esta
hora en la que el hombre está frente al abandono
de Cristo es plegaria. Un grito que implore a Dios
su misericordia y su paz. Dios es la necesidad más
grande del hombre. Jesús abandonado vive inten-
samente la hora redentora del hombre.
79
¡Oh Cristo agonizante!, ten piedad del mundo
que no tiene paz, de quienes viven el tormento de
la soledad, del pueblo pobre y humilde por el cual
nadie habla, nadie pide, nadie lucha y nadie muere.
El único que ha dado su vida por el hombre eres
tú, Jesús de Nazaret. Apiádate de quienes sufren el
abandono social, causa de que no haya paz en la
sociedad; de los niños huérfanos, de las madres
abandonadas, de las viudas, los ancianos y los
pobres. En toda vida humana hay momentos de
indecible tristeza. Jesús, aceptamos que el dolor
nos visite como a ti en tu agonía. Acogemos desde
ahora, con voluntad amorosa, que el sufrimiento
venga a desolar el alma, y que llena hasta el borde,
pero haz que la amargura y la angustia no sean
jamás signo de rebeldía ni desesperación, sino
entrega amorosa a ti. Trae, Señor, hasta nosotros,
en esos momentos, la serenidad de la grandeza de
tu agonía. Haz que, repitiendo las palabras que
pronunciaste en el vértice de tu dolor y que ya
habías dicho de rodillas, en sudor de sangre, en el
Huerto de Getsemaní, sintamos que nuestra
angustia se disuelva en la tuya como una lágrima
en el océano. Haz que nuestro sufrimiento sea
redentor. Te suplicamos que nos concedas la gracia
de sentir en el alma, la fuerza de tu redención. No
permitas que jamás nos separemos de ti y en la
hora de nuestra muerte llámanos para ir a ti.
Jesucristo abandonado, en medio de tu desam-
paro cuenta con nuestra presencia y solidaridad.
Aunque otros te abandonen nosotros nunca nos
separemos de ti, porque eres para nosotros el
Camino, la Verdad y la Vida.
80
QUINTA PALABRA
"TENGO SED
(Jn 19, 28)
Esta palabra manifiesta con angustia la sed de
Jesús. Palabra breve y humilde, expresa el dolor
humano. Es el gemido de quien sufre y pide alivio.
Jesús experimenta todos los sufrimientos humanos.
Es Dios pero también hombre y nada humano le es
ajeno. Por eso experimenta la sed.
Un soldado noble se apiada de Jesús al ofrecerle
vinagre para calmar su sed. Esta bebida amarga
alivia la sed. Esta obra de misericordia que un
soldado hizo a Jesús, El quiere que se haga a todos
los seres humanos. Tenemos el deber de remediar
con amor los sufrimientos y necesidades del próji-
mo: "Si queremos la paz, salgamos al encuentro de
nuestro prójimo".
Muchos seres humanos viven en condiciones de
extrema pobreza y la brecha entre ricos y pobres es
inmensa. Este es un problema que se plantea a la
conciencia cristiana del hombre y a la paz. La paz
no nace en un mundo miserable y pobre.
81
La pobreza ofende la dignidad del hombre y
compromete el futuro de la paz. Pobreza y miseria,
diferencias e injusticias interpelan a todos. Como
cristianos debemos servir a la causa de la huma-
nidad, sin soslayar ninguna de sus exigencias, aun
las más grandes. Debe aparecer ante el mundo el
rostro de una sociedad cristiana al servicio de la
persona. Servir al hombre es servir a la paz. Hay
que crear una sociedad misericordiosa y solidaria
donde cada persona se sienta acogida, amada y
ayudada. Debemos ser un pueblo de manos unidas.
Sólo así se construye la paz. Decir paz es crear una
situación de respeto a la dignidad y a los derechos
de cada ser humano. La explotación de los débiles,
la miseria y las desigualdades sociales son un muro
infranqueable a la paz. La pobreza y la paz no
pueden caminar juntas. La miseria y la paz no pue-
den convivir. La marginación de los pobres y la
paz no pueden crear una sociedad pacífica. Estas
situaciones son una grave ofensa a la dignidad
humana. La violencia es fuente de pobreza y de
miseria, y éstas acrecientan la violencia. Un pueblo
con hambre y sin trabajo necesita, para estar en
paz, soluciones urgentes y audaces. Hambre y
desempleo son situaciones alarmantes que si no se
remedian hacen desbordar el río del crimen y de la
maldad.
El número de personas que viven en condiciones
de pobreza es enorme. Son amplias las zonas al
margen de la civilización. ¿Será cristiano que al
lado de unos pocos que gozan de la riqueza y de
la opulencia, vivan otros seres humanos en la más
triste condición de miseria? Esta situación es una
amenaza a la paz. Un estado es frágil si no presta
82
atención a la parte más débil y si no hace todo 10
necesario para satisfacer sus exigencias. La socie-
dad está obligada a ayudar a los pobres y no sólo
con los bienes superfluos. Los bienes de la tierra no
pueden ser monopolio exclusivo de unos pocos. Lo
que se hace en favor de la persona se hace en favor
de la paz. Repito: el desempleo es la más grande
amenaza a la paz, y si éste es causado por razones
sociales y políticas con mayor razón es un atentado
a la paz. La pobreza jamás favorece el bien de la
comunidad humana. Las heridas de la violencia
quedan sangrando por mucho tiempo y producen
nuevas formas de pobreza. El dinero no debe utili-
zarse para violencia, ni ser empleado para destruir
y matar sino para defender la dignidad del hombre
y de los pobres, mejorar su vida y construir una
sociedad abierta, libre, solidaria y fraternal.
El hombre está dominado por el ansia de bienes
materiales. La sociedad de consumo pone más al
vivo la distancia entre ricos y pobres y la búsqueda
de bienestar es un velo que no deja ver las necesi-
dades de los pobres.
Vivimos en el mundo de la frivolidad. Un país
que sufre mientras algunos viven entregados al
lujo y al placer. La moderación, la sencillez, la aus-
teridad, el espíritu de las bienaventuranzas, debe
ser el criterio de la vida cotidiana. El Evangelio nos
invita a no "amontonar tesoros en la tierra, donde
hay polilla y herrumbre que corroen y ladrones
que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros
en el cielo" (Mt 6,19). "Cualquiera de vosotros que
no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discí'
pulo mío", dijo Jesús (Le 14, 33). Esta pobreza
83
evangélica es fuente de paz y transforma a quienes
la viven.
No podemos permanecer indiferentes ante el
sufrimiento de quienes están en la miseria. Trabaje-
mos con sentido cristiano por la causa de los pobres
y por una suerte mejor de los hermanos que sufren
la extrema tortura de la miseria.
Si buscamos la paz, si queremos la paz, si
sentimos la necesidad de la paz, vayamos al en-
cuentro de los pobres y que ricos y pobres se reco-
nozcan como hermanos y compartan lo que tienen.
Las brechas escandalosas entre unos y otros deben
desaparecer si queremos la paz.
Seamos solidarios con quienes sufren la pobreza
y la miseria. Para aliviar la sed de Jesús hay que
tender el corazón, las manos, los brazos y la vida a
quien está en la pobreza. Jesús vino a evangelizar
a los pobres y sintió tristeza por las muchedum-
bres con hambre y sin trabajo. La caridad cristiana
no tiene fronteras y lleva a grandes consecuencias
y a dar respuestas de esperanza a quienes no ven
horizontes. La quinta palabra es una valiente de-
nuncia de Cristo a la injusticia social. No es cristia-
no quien no tiene sentimientos de amor y de ayuda
fraterna a los pobres. Nadie puede ser una isla de
bienestar en el mar de la pobreza. Debemos ser un
pueblo, con vocación de servicio a los pobres. La
historia de los pobres debe ser parte de nuestra
Historia. Seamos un pueblo donde todos somos
hermanos y amigos y por tanto artesanos de la paz.
Hay que construir en un mundo egoísta y clasista
como en la sociedad capitalista, la civilización de
las obras de misericordia, empresa que puede ser
84
utopía para los ricos de la tierra pero que debe ser
propósito de quienes tienen "corazón pobre" y
quieren que el mundo sea como Dios lo pide: una
familia universal donde se viven el amor, la
fraternidad y la paz.
La promoción humana, religiosa, cultural y
económica de los pobres de Colombia, contribuirá
a que el país pueda llegar a la paz. Un país de
espaldas a la pobreza nunca podrá tener la paz.
Pero a la vez permitid que os exhorte a vosotros,
los pobres, pensando únicamente en vuestro bien,
a practicar con sinceridad la bienaventuranza de la
pobreza y a no confiar en la violencia y en la
revolución que en vez de favorecer vuestra
elevación social y cultural retarda los ideales a los
cuales aspiráis legítimamente. Si queremos la paz
vayamos al encuentro fraterno y solidario con los
pobres.
Llegue este mensaje, hoy, Viernes Santo a todos
los pobres de Colombia, al pueblo que sufre. No
sólo oramos por vosotros. Queremos invitar a crear
un mundo nuevo para todos, donde haya trabajo,
pan, bienestar y alegría.
85
SEXTA PALABRA
"TODO ESTA CUMPLIDO"
(Jn 19, 30)
La sexta palabra es la voz de un hombre que se
aproxima a la muerte y que se expresa con since-
ridad ante su obra y ante su fin. Son palabras since-
ras. No son palabras misteriosas. Son palabras con
las cuales Jesús termina su existencia. Cuando Jesús
hubo gustado el vinagre que le ofreció un soldado
compasivo y bondadoso, dijo: "Todo está cumpli-
do". Son palabras que expresan la obediencia de
Jesús a la misión que su Padre le había encomen-
dado.
Esta palabra no es una palabra débil ni vacilante.
Es una palabra con acento fuerte, vibrante, salida
del pecho agonizante de Jesús como un canto de
triunfo sobre los poderes diabólicos del mundo.
No son palabras de resignación ante la hora final
que se aproxima; es una afirmación solemne y
humilde. "Todo está consumado", es decir, todo lo
he cumplido. Estas palabras son la victoria de la
obediencia. La misión redentora llega al vértice.
Morir y haber cumplido la misión encomendada
87
es un homenaje a su Padre que le confió la salvación
del ser humano por la extrema humillación de la
Cruz, propia de los criminales y bandidos. El ino-
cente, el justo, muere ignominiosamente, pero con
alegría de la obediencia a su Padre.
Dedico esta palabra con respetuoso cariño a los
jóvenes de Colombia que estudian en los colegios,
en las universidades y que en los campos cultivan
la tierra y recogen las cosechas, y a quienes trabajan
como obreros en las fábricas. Y también a todos los
niños de mi patria. No puedo llegar al final de este
mensaje del Viernes Santo sin hablarles sobre la
paz. A la cátedra para la democracia hay que agre-
gar la cátedra para la paz. La paz y la justicia deben
caminar con los jóvenes y con los niños. La familia
debe ser escuela de justicia y de paz. Las decisiones
de la juventud determinan el futuro de la paz. La
paz o la violencia están en el corazón de los jóvenes
y de los niños. Pero hay que apuntar solamente a
la paz. Queremos que los jóvenes, quienes trabajan
en los campos y en las fábricas, los campesinos y
obreros o en cualquier situación en que estén, se
dirijan a la paz para que el futuro de la patria sea
feliz. Quisiera, por respeto y amor a la juventud y
a los niños, ver a todo joven comprometido con la
paz. Los jóvenes deben ser testigos confiables de
justicia y de paz, una vivencia de amor y de ternura,
un signo de fraternidad y de amistad y jamás pue-
den corromperse en los tenebrosos proyectos del
crimen, de la maldad, de la bajeza y ruindad moral.
La vida de un joven nunca debe mancharse con
la mezquindad y la bajeza. En las manos de los
jóvenes deben estar las espigas del amor y los olivos
88
de la paz, las rosas de la ternura. El corazón de un
joven debe ser santuario del amor y taller de los
más grandes ideales de la vida. Los jóvenes no
pueden convertirse en prisioneros de indignos ins-
tintos. Los jóvenes pueden rehacer la Historia,
cambiar su rostro y señalar su rumbo. Necesitamos
los recursos del entusiasmo, de la imaginación y
de la creatividad de la juventud, para levantar la
grandeza de la patria en una cultura cristiana.
Llevamos con nosotros el reto de la paz y a él
deben responder los jóvenes. Vivimos tiempos difí-
ciles en los que son muchas las tentaciones del cri-
men y la maldad. La paz es precaria. Los jóvenes
deben ser hombres y mujeres en cuyo corazón
crecen la justicia y la paz. Ser joven es vivir ideales
de esperanza. Las dificultades actuales son un
llamado a todos pero especialmente a la juventud;
son hitos en el camino hacia la paz; deben suscitar
sueños audaces y desencadenar las mayores ener-
gías de la mente y del corazón en la conquista de
la paz.
En el umbral de un nuevo siglo y de un nuevo
milenio, el futuro de la paz depende de las opciones
de las mujeres y de los hombres que empiezan a
ser jóvenes. Ellas y ellos serán un día los respon-
sables del país, los dirigentes de la patria. Los
jóvenes han comenzado a preguntarse ¿Hacia dón-
de nos llevan nuestros pasos? ¿Qué podremos
hacer por una sociedad herida y débil? Buscan y
quieren soluciones nuevas a problemas viejos.
Quieren una civilización solidaria y fraternal. Los
jóvenes van a construir la sociedad del mañana; se
salvarán o perecerán en ella.
89
Jóvenes: no tengáis miedo a los problemas de
hoy, particularmente a la violencia. El futuro del
próximo siglo está en vosotros. El futuro de la paz
está en vuestra mente, en vuestro corazón y en
vuestra voluntad. Para construir la Historia hay
que librarla de los falsos sistemas que la inspiran.
En vosotros surge una nueva conciencia de respon-
sabilidad y una nueva sensibilidad hacia la nece-
sidad y la urgencia de la paz; os aflige la injusticia
que ronda a vuestro alrededor. Estáis perturbados
por el pueblo que vive oprimido y que no puede
ejercer sus derechos humanos.
Huid del mundo ilusorio del alcohol y de la
droga, de efímeras relaciones, de las ideologías
que corrompen la mente y entorpecen la voluntad
y conducen a abismos de mentira y de maldad que
envenenan la existencia. No os dejéis arrastrar por
un concepto materialista de la vida. Debéis elevar
un inundo pobre en valores espirituales, pobre en
paz y pobre en justicia. ¿Qué tipo de personas que-
réis ser y qué tipo de cultura queréis construir?
¡Rechazad la cultura de la muerte, de la violencia
y del crimen. Formad parte de la civilización del
amor!
La primera preocupación de un joven debe ser
Dios. No podéis recluir a Dios en la esfera de la
vida privada ni marginarlo de vuestra Historia.
Jamás rechacéis a Dios porque las sombras del
mal extenderán su tenebroso velo sobre vuestra
vida. El mal nace cuando Dios muere en la vida y
en la conciencia. El futuro de la humanidad depen-
de del concepto que tenga sobre Dios y sobre el
mismo ser humano; y él marcará la dirección de la
90
vida y las respuestas que debéis dar a los grandes
desafíos de la justicia y de la paz. Buscad el rostro
joven de Cristo para que inspire vuestra vida. Afir-
mad vuestra fe en Cristo que es justo y bueno. El
es el héroe verdadero, humilde y sabio, el profeta
y el esplendor de la verdad y del amor, el compa-
ñero y el amigo de los jóvenes. En su nombre, os
invito a construir la justicia y la paz.
Poneos con seriedad y responsabilidad ante la
realidad del tiempo con los valores grandes de la
vida y a actuar con coherencia humana y cristiana.
Este es un año de grandes debates públicos y los
cristianos debemos ser coherentes con la religión
que profesamos. La política entra al ámbito de la
fe y desde ella debéis actuar en beneficio del bien
común. En las urnas de la democracia se forja la
paz de los pueblos.
El mundo necesita jóvenes que hayan bebido la
verdad en la profundidad de sus fuentes. La
verdad nos hace libres. No tengáis miedo ni cobar-
día a comprometer vuestra vida con la paz y con la
justicia, para construir el nuevo siglo con valores
humanos y cristianos. Si toda la juventud se empe-
ñara en esta grandiosa tarea, mucho antes del año
2000 nos podríamos convocar para celebrar la fiesta
de la paz en un abrazo de amor y fraternidad.
Cumplamos esta tarea con coraje y Jesucristo, el
Señor de la Historia, estará con nosotros en este
caminar hacia la esperanza.
Con la juventud y los niños en favor de la paz
ésta crecerá con vigor incontenible. Invito a quienes
me escuchan a orar por la juventud y por los niños
de Colombia, para que los jóvenes y los niños, la
91
justicia y la paz caminen siempre juntos, hasta lo-
grar que la nación y los corazones vivamos en el
gozo sereno de una paz que nunca tenga ocaso.
Todo está cumplido. Ha llegado el fin de la vida
de Jesús, ya no queda nada por hacer. Jesús lo ha
dicho con sinceridad. Hizo todo lo que debía hacer
para salvar a la humanidad. Ha perdonado, ha
dado esperanza, ha vivido en profundidad nuestra
existencia. Ahora está cara a cara con Dios, su
Padre. Está viviendo en el misterio absoluto. Se ha
cumplido su obra. Nunca estuvo tan cercano al ser
humano como en la hora de su muerte. Su triunfo
sobre el pecado se consuma con su muerte. Gracias
sean dadas al Señor que ha muerto por nosotros y
que por el sacrificio del Calvario y su sangre
redentora ha obtenido para toda la humanidad el
perdón y la salvación.
92
SÉPTIMA PALABRA
"PADRE, EN TUS MANOS
PONGO MI ESPÍRITU"
(Le 23, 46)
¿Qué ha ocurrido en el Gólgota? Un hombre ha
sido crucificado. Un silencio extraño reina en el
Calvario. Jesús, con una gran voz dice: "Padre, en
tus manos pongo mi espíritu". Y expiró. Ha muerto.
Jerusalén se estremece de remordimiento.
Jesús muere orando. Ha sucedido lo decisivo
para la humanidad. Jesús ha concentrado en sí
todas las miradas. Ha ido hacia el Padre. Su cuerpo
inánime cuelga de la Cruz. Inclinó su cabeza. Ha
dicho SI a la muerte. Su vida está en las manos de
Dios.
Con el último grito de Jesús, se acaba su vida en
la tierra. Dichosos quienes le vieron caminar sobre
el lago; quienes escucharon sus palabras y pará-
bolas; quienes fueron testigos de sus milagros;
quienes contemplaron en profunda oración duran-
te las noches y en los lugares donde se recogía con
sus discípulos; quienes vieron con asombro la resu-
rrección de Lázaro, quienes le siguieron por los
valles, por los montes y por las playas del mar;
93
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  • 1. Augusto Trujillo Arango El Sermón de las Siete Palabras Dos Sermones sobre la paz
  • 2. Colección Vida Nueva CAMINO HACIA LA PASCUA Isidyel Corpus COMO CONFESARSE BIEN Autores Vtirios, 4ÍÍ. ed. DIOS SE HIZO HOMBRE Aristelio Monroi/, 3a. ed. EL CAMINO DE BELÉN Isabel Corpas EL HOMBRE DE AQUEL VIERNES Liüer Pompen de Campos, 2a. ed. EL ROSARIO DE MARÍA Romano Gntirdini, 3a. ed. EL SANTO ROSARIO, 5a. ed. ENSÉÑANOS A ORAR EN FAMILIA Cario María Marlini, 3a. ed. LA HORA SANTA Y LAS SIETE PALABRAS Kart Rahner, 6a. ed, LA VIRGEN MARÍA VISITA TU FAMILIA Lrnesto N. Román, 5a. ed. LAS BIENAVENTURANZAS Cario María Marlini LOS SACRAMENTOS Cario María Marlini MI PRIMERA COMUNIÓN (Recordatorios) NOVENA DE AGUINALDOS (Popular) NUEVA NOVENA DE AGUINALDOS Luis Lrnesto Tígreíos, Sa. ed. NUEVO VIACRUCIS Alfredo Poitilly, 3a. ed. VIACRUCIS DÉ LA RESURRECCIÓN Isonardo Boff, 4a. ed. VIACRUCIS PARA EL PUEBLO VIACRUCIS: QUINCE PASOS PARA LLEGAR A LA VIDA Hugo Cisneros YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA (Novenario de díjurdos) Benjamín García, 2a. ed. EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS (lema la paz) Augusto Trujillo Augusto Trujillo El sermón de las siete palabras Dos sermones sobre lapaz SAN PABLO
  • 3. Mons. AUGUSTO TRUJILLO ARANGO Nació en Santa Rosa de Cabal (Risaralda) el 5 de agosto de 1922. Realizó sus estudios esclesiásticos en el Seminario Mayor de Manizales. Ordenado presbítero en Washington D.C. (U.S.A.), el 6 de agosto de 1945 para la arquidiócesis de Manizales. Fue preconizado obispo titular de Nisiro y auxiliar de Manizales, el 25 de abril de 1957, y recibió la ordenación episcopal el 9 de junio de 1957, en la catedral de Manizales. Ha sido obispo auxiliar de Manizales, Obispo de Jericó, Administrador Apostólico de Santa Fe de Antioquia, Duitama y Chiquinquirá. Actualmente es Arzobispo de Tunja. Tomó posesión de la sede de Tunja el 1 de mayo de 1970. © SAN PABLO 1995 Distribución: Departamento de Ventas Carrera 46 No. 22A-90 Calle 18 No. 69-67 FAX: 2684288 Tels.: 4113955 - 4113966 - 4113976 - 4114011 Barrio QUINTAPAREDES FAX: 4114000 - A.A. 080152 Urbanización Industrial MONTEVIDEO SANTAFE DE BOGOTÁ, D.C. COLOMBIA SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS 1993
  • 4. Introducción Hermanos y amigos de Colombia: Esta tarde, en una nación cristiana como la nuestra, celebramos el acontecimiento más grande de la historia: la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo. Han pasado XX siglos y el mundo nunca olvida a quien murió en una cruz por la salvación del hombre. Hoy revivimos con piedad religiosa este misterio y oramos fervorosos ante el leño santo de la Cruz implorando a Jesucristo su misericordia sobre el mundo y sobre nuestras necesidades y angustias. Son muchos los dolores,, las tragedias, los sufri- mientos, las angustias, los gritos que salen del alma entristecida de Colombia. Celebramos hoy este acontecimiento en un país lleno de incógnitas, de atentados contra la vida, de hogares donde hay orfandad, pobreza y recuerdos sombríos; de violen- cia y crimen. Todo este sufrimiento lo ponemos al pie de la Cruz que adoramos. 7
  • 5. En este día de oración y súplica, compartamos el dolor del prójimo y oremos a Dios para pedir perdón por los pecados; y supliquémosle a El, Pa- dre misericordioso, que cesen los males, que em- prendamos el camino de la conversión para ser un pueblo arrepentido de sus errores y purificado por el dolor y el sufrimiento. Son muchos los esfuerzos que se han hecho para salir de este abismo de desgracia en que hace muchos años vivimos con el corazón desgarrado; pero la renovación de la sociedad empieza por la renovación moral de sus ciudadanos. Mientras no se hagan nuevos los corazones, en vano se intenta renovar las instituciones, las costumbres, la vida de un país. Si queremos una vida nueva en un país nuevo hay que renovar el corazón del ser humano: "La paz nace de un corazón nuevo". La riqueza de un país debe, ante todo, ser em- pleada en la educación de las personas, para lograr un verdadero progreso, sin crimen ni violencia. Y en esta educación debemos poner a Dios. No somos ateos. Somos un pueblo religioso que pone sus ojos y su corazón en Jesucristo Redentor, Señor de la Historia. A El oramos para que interceda por nosotros desde la Cruz; para que tengamos el valor de afrontar las situaciones dolorosas que nos afli- gen, disipar las tinieblas del mal y abrir espacios al bien que necesitamos. En Jesucristo podremos en- contrar el camino hacia una patria nueva: en sus enseñanzas eternas y en sus ejemplos de santidad, en su solidaridad con el hermano y en su Evangelio que transformó el mundo y lo enriqueció con los valores de la fe cristiana. 8 En esta hora, en que la Cruz del Calvario es hito de los corazones, en que las últimas palabras de Jesucristo siguen iluminando la vida de la huma- nidad, escuchando el clamor y el sufrimiento de tantos seres humanos, estamos invitados a orar sobre el tema de la paz. Este sermón es una plegaria. El Viernes Santo no se puede hacer otra cosa sino orar. Me dirijo a mis hermanos, a los cristianos de Colombia y a todas las personas de buena volun- tad, para exhortarlos a orar por la paz que es la mayor de nuestras necesidades. Que esta oración se eleve a Dios con la esperanza de que sea la paz la que siga inspirando y preparando el futuro de nuestra Historia. La oración por la paz interpreta las aspiraciones de quienes hacemos de ella un reto y un desafío, que vemos cuan necesaria es y cuan amenazada vive cada día. Esta invitación no intenta ser exclusivamente religiosa. Querría encontrar eco en todos los ami- gos de la paz y que se expresase en todas las formas posibles por cuantos advierten cuan importante y necesaria es la armonía de todas las voces para orar por este bien supremo. Cuando oramos por la paz, pedimos al Señor que comprendamos la necesidad de defenderla de los peligros que la acechan: del egoísmo de perso- nas y de grupos; de la violencia a que puede verse arrastrada por la desesperación, del recurso a las armas; de creer que las controversias no pueden resolverse por la razón sino por las armas; de pensar que la paz consiste en el silencio de los 9
  • 6. oprimidos, en la impotencia de los vencidos y en la humillación de cuantos ven sus derechos conculcados. La paz es un nuevo espíritu que debe inspirar la convivencia social, y una nueva mentalidad que debe guiar a quienes tienen el deber de vigilar el destino de la humanidad. El camino de la paz es largo porque no siempre es fácil lograr que el hombre comprenda su necesidad y el deber de hacer pacífica la sociedad. Una nueva pedagogía debe aprenderse para lograr educar a los niños y a los jóvenes para la paz en el respeto y fraternidad de las personas y de las naciones. Hay que edificar un mundo fraterno, un mundo lleno de amor y de ternura. La paz no puede basarse sobre una falsa retórica de palabras. Es importante hablar de la paz porque ella responde a las más profundas aspiraciones del ser humano y sus expresiones son acogidas con alegría. La paz proclama los más altos y universales valores de la vida; se apoya en la justicia y florece en el amor, en la reconciliación y el perdón. Necesitamos que el amor y la ternura hagan amable la vida y feliz la convivencia del género humano. Vamos a orar a Jesucristo, inmolado en el ara de la Cruz, por la paz de nuestra patria. Es tan alto el valor de la paz, que nos colocamos en el deber cristiano de orar por ella, para que recorramos el camino de la paz,- para que ella guíe la nave de nuestra Historia a través de las inevitables tem- pestades humanas, al puerto délas más altas metas, para vivir con alegría. 10 Los invito, en el silencio y en el recogimiento de estas horas sagradas, a pedir a Jesucristo que interceda por nosotros al Padre y que nos ayude a recorrer el camino de la paz bajo el signo de la esperanza. La oración es el arma de quienes carecen de poder y quieren transformar el mundo. La oración es la verdadera "fuerza de la paz". Cristo es nuestra paz. El ha derrumbado el muro que divide a los pueblos. El allana a los hombres los caminos de la concordia. Con sus brazos extendidos sobre la Cruz, abraza con amor a todos; y con su cuerpo erguido sobre el madero pacifica el cielo y la tierra, y el corazón del hombre. ¡Colombia, abre las puertas a la paz de Cristo! ¡Oh Cristo, haz de todos nosotros instrumentos de paz En un abrazo de amor y de paz, como hermanos, oremos durante estas horas. La primera palabra de Jesús en la Cruz es una oración a su Padre. Llagamos nosotros lo mismo. 11
  • 7. PRIMERA PALABRA "PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN" (Le 23, 34) Invoquemos al Padre que está en el cielo, que es bueno con justos y pecadores, que perdona, que acoge al hijo pródigo, que comprende el fondo de la maldad que hay en el corazón humano. Y sírvanos de intercesor ante El, Jesucristo clavado a la Cruz, quien oró por sus verdugos, disculpando su pecado con corazón magnánimo y noble. Oremos por aquellos que le hacen mal a la patria y que ponen barreras al logro de la paz. ¡Cuántos males ha sufrido el país, moral y materialmente; cuántos muertos que dejan orfandad y tristeza en la familia; cuánta zozobra y pavor! No es posible que nazca la paz en tierra manchada por sangre inocente. Oremos por quienes no alcanzan a comprender el mal que hacen a fin de que llegue el día, y que esté cercano, en que se dobleguen los corazones y las armas desaparezcan de las manos criminales. Podrá parecer duro e imposible orar por los malvados, pero es un deber cristiano orar por la 13
  • 8. conversión de los pecadores. Jesús lo hizo desde la Cruz en una hora dolorosa de su vida. Oró por quienes sin sensibilidad ni solidaridad, le tendieron cruelmente sobre un madero y clavaron a él sus manos y sus pies. Oró por quienes lo elevaron en el monte, en el patíbulo de la Cruz, y por quienes lo insultaron, y cubrieron de deshonra su vida y sus obras de amor y de misericordia. ¡Cómo los disculpó ante su Padre! El que sabe disculpar, tiene un corazón grande y generoso. Desde la caridad cristiana, oremos por la con- versión sincera de quienes no nos permiten recorrer hacia el futuro el camino de la paz. Dios llegue a sus corazones con la fuerza de su poder y de su gracia a fin de que comprendan que hay otros caminos —y no precisamente los de la destrucción y de la muerte— para buscar soluciones prontas y audaces a los graves problemas sociales, causa de la violencia y del mal. Son los argumentos de la razón los que deben guiar a los pueblos que buscan la paz. No es la soberbia la que soluciona los conflictos. Jesús crucificado proyecte sobre el mundo de la violencia su infinita misericordia para que llegue a nosotros la paz. Esta invitación a orar por la paz no es una cáte- dra de retórica, ni una proclama política. No lo hacemos por seguir una costumbre fácil, ni para estar al día con un argumento de actualidad, bra- mos por la paz porque es un deber servir a la hu- manidad en todas sus dificultades y tragedias; poi- que vemos cómo no deja de estar amenazada la paz en forma grave, con consecuencias catastróficas 14 para la sociedad. La muerte de una sola persona es ya una catástrofe que es necesario evitar. La cultura de la vida, jamás la de la muerte, debe ser el signo por excelencia de la civilización en la cual el primer lugar lo ocupa el ser humano. La ofensa a las personas es el signo más sombrío de la degra- dación de un pueblo. Trabajemos por la paz porque hemos compren- dido que es la línea única y verdadera del progreso humano. La paz no es una conquista violenta, no es la represión, no es un falso orden civil. No hemos nacido para vivir en un mundo violento. Jesucristo vino a predicar la paz. La dejó a la humanidad como herencia suya. Por su muerte en la Cruz realizó una reconciliación universal. Sus seguidores estamos llamados a ser "artesanos de la paz". Del Evangelio brota la paz, no para hacer débiles ni cobardes a las personas, sino para susti- tuir en sus espíritus la violencia por un humanismo, verdadero, el humanismo de la paz. Es necesario educar al ser humano para la paz; suscitar en el hombre de nuestro tiempo y de las generaciones futuras, el sentido verdadero de la paz. Infundamos en la paz ideas poderosas que ele- ven al mundo. La cultura cristiana proclama que toda persona es hermana y amiga, que la paterni- dad de Dios es única y universal y hace que todos podamos orar en la verdad, diciendo: "Padrenues- tro., que estás en el cielo...". La vocación cristiana lucha por la unidad y la integración de los hombres y de los pueblos. Nadie como nosotros puede 15
  • 9. hablar con tanta propiedad sobre el amor al prójimo, entendido a la luz de la Parábola del Buen Samaritano. Los preceptos evangélicos del perdón y de la misericordia hacen nacer gérmenes esperanzadores en la sociedad. Es un deber examinarnos sobre este amor samaritano al prójimo, porque de lo contrario la sociedad sería un cúmulo de seres egoístas, proclives al rencor y a la violencia. Que no falte hoy la oración por la paz. Una oración que suscite este propósito; que en vez de encender el odio y el rencor imploremos perdón y misericordia para quienes le hacen mal al país y al prójimo y mantienen sumida en el temor a la sociedad, víctima de sus errores. Dios perdone, si se convierten, a quienes hacen el mal y destruyen la paz de la patria. Hay más alegría en el cielo por la conversión de un pecador que por la perseve- rancia de 99 justos. La conversión de los pecadores es un camino a la paz. ¡Padre! Perdónales, porque no saben lo que hacen. 16 SEGUNDA PALABRA "HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAÍSO" (Le 23, 43) La segunda palabra de Jesús en su agonía es profundamente tierna y conmovedora. Estremece el alma, llena de esperanza el corazón. La súplica del ladrón es una oración de esperanza. Es la oración de un hombre que sabe quién es Cristo y lo acoge. El Señor entra en esta alma pecadora con el poder de su gracia. A un ruego humilde, Cristo responde con una solemne promesa: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Esta escena del Calvario nos muestra, en Jesucristo, el rostro de la misericordia del Padre. Jesucristo vino a salvar a los seres humanos. La Cruz no es un tribunal sino un lugar de perdón y de misericordia. He ahí a Cristo frente a la miseria y el pecado del hombre. No es la única vez que perdona; ya había absuelto a María Magdalena en un gesto de perdón inefable: "Vete y no peques más". Y había dicho: "No vine a condenar sino a salvar". 17
  • 10. Vayamos a El seguros. Un corazón arrepentido nunca quedará defraudado. Esta tarde pidamos a Jesús, Redentor del mun- do, perdón y misericordia; imploremos la paz. Con voz humilde vayamos a Jesús, desde la Cruz de nuestra larga desgracia, con una palabra implorante y solemne: "Jesús, Hijo de Dios, danos la paz". La paz es un valor universal. La meta del ser humano es crear condiciones que aseguren la paz en todos los ámbitos sociales. La paz es una necesidad fundamental: ni los hombres, ni las sociedades pueden vivir sin ella o al margen de ella; y es un bien supremo, interés de primer orden, aspiración universal, el más alto ideal social y expresión suprema de cualquier cultura, exigencia siempre actual. En el clima de la paz se funda el derecho, progresa la justicia y respira la libertad. La historia del pasado es una solemne y grave lección: con la violencia nunca se ha logrado sino la desgracia. Nunca la violencia ha logrado nada. No ha hecho sino matar la alegría y arruinar la vida, empobrecer el país y frenar el progreso. La violencia transtorna la razón. Las armas producen ruinas morales y materia- les. La violencia es el mal más grande que puede sufrir un pueblo. País en ruinas es aquel que está en los brazos terribles de la violencia. Quien tiene el sentido de la persona no puede ser sino artífice de la paz. La tierra no puede ser invernadero de la 18 violencia sino de la paz. La paz es la grandeza mo- ral de una nación. En la sociedad no debería haber jamás razones que justifiquen la violencia. Un pueblo violento está muy lejos de la civilización. La educación debe ser sendero y camino a la paz. En un pueblo sin cultura es casi inevitable el mal, el crimen y la violencia. La razón es la que define el destino de los pueblos. La paz es una concepción perfecta de la vida. El imperativo más trascendente es el orde- namiento pacífico de los pueblos. Proclamamos la necesidad de la paz porque es incompleta, porque es frágil, porque está asediada, porque es difícil. La cultura de la paz es fruto de la educación del pueblo. La paz debe existir primero en el alma para que pueda dirigir los aconte- cimientos. Como Francisco de Asís, hagamos manso al lobo que hay en todo corazón humano para que éste se convierta en hermano y amigo. Donde no hay paz los derechos del hombre resultan precarios y comprometidos. Donde no hay paz está comprometida la vida, la libertad, la dignidad, la civilización. La paz, el derecho y la cultura caminan juntos. La paz es la esperanza del futuro. Esperamos la paz. Caminemos a ella bajo el signo de la esperanza; pidamos a Dios el valor para hacerlo. No es justo que vivamos siempre bajo el azote de la violencia. Jesucristo, Príncipe de la paz, nos inspire a todos propósitos de paz para que ella reine en la sociedad y en los corazones de todos los seres humanos. 19
  • 11. TERCERA PALABRA "MUJER, HE AHÍ A TU HIJO. HIJO, HE AHÍ A TU MADRE" (Jn 19, 26-27) Estamos en la altura del Gólgota cuando llega la tarde oscura. Tarde triste, silenciosa, llena de angustia. Estamos ante la agonía de Jesús en un momento que nos estremece y conmueve. El Hijo no olvida a su madre en las horas de su larga agonía frente a una multitud que le agravia y que le grita: "Baja de la Cruz si eres Hijo de Dios". Al lado de la Cruz, callada, valiente y heroica, está María vi- viendo otro momento grande de su vida. Momento único, sin igual. Y está en el Calvario en contem- plación amorosa de su Hijo; sus ojos fijos en El y en su corazón el dolor de la agonía. Resuenan aún las palabras misericordiosas diri- gidas a uno de los ajusticiados: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". María, está al lado de estos dos crucificados. Silenciosa, escucha lo que dicen y es su abogada misericordiosa. Nadie, sino Dios, sabe el destino eterno del ser humano. ¿Quién puede afirmar la condenación del 21
  • 12. ladrón de la izquierda? Si María en Cana de Galilea intervino por una necesidad temporal, ¿será audaz pensar que intercede por ellos ante Jesús? I ,a Iglesia invoca a santa María, abogada de los pecadores. Esa es su misión en esta Iglesia que es santa y pecadora. Reconozcamos con humildad esta condición pecadora. Frente a la Cruz del Calvario estamos todos, pecadores. Jesús vino a salvar lo que estaba perdido. Invoquemos a María, abogada de los pecadores, por la salvación de la humanidad y por la conversión de todos. Hermano, tú que eres el único que conoces cómo ha sido el camino de tu vida; tú que sabes ante tu conciencia quién eres y qué has hecho, levanta tus ojos, mira a Jesús que muere por ti y por todos; fija tu corazón y tu mirada en esa mujer bendita, llena de misericordia, que está al lado del Crucificado y dile: "María, eres mi madre, intercede y ruega por mí ante tu Hijo; no me abandones. Implora a tu Hijo que me perdone, dile que estoy arrepentido, que reconozco mis pecados, que quiero salvarme". No dudes; esa madre que está en el Gólgota, intercederá por ti. Para Jesús y para ella es más importante la conversión de un pecador que el cambio del agua en vino. No lo dudemos, cuando María está presente en la vida de alguien, es abogada, intercesora, madre de la vida, consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, auxilio del pueblo, madre de los huérfanos, protectora de los pobres; María es apoyo y compañera en el sufrimiento humano. Su imagen cuelga en la pared de los tugurios y en el pecho de los pobres y su recuerdo es una esperanza en el alma de los pecadores. 22 La misión de María en la tierra empezó en el Calvario, en aquella tarde turbulenta y afrentosa; misión silenciosa pero efectiva. Nadie que haya acudido a ella ha quedado confundido y frustrado. Es María la madre que siempre escucha, que siem- pre acude cuando la llaman, que siempre habla en favor nuestro, cuyo corazón está lleno de ternura y misericordia, cuyas manos curan las llagas de la humanidad. No en vano Jesús le dijo en el Cal- vario: "Mujer, he ahí a tu hijo". Y al discípulo: "He ahí a tu madre". Entre los títulos con que los cristianos implora- mos la presencia de María en nuestra vida, está el de Reina de la Paz; y lo encontramos en los labios de los hombres. Frente a los conflictos, guerras y discordias que afligen a la humanidad, la paz debe ser el signo de los tiempos. Por todas partes escuchamos la oración de los niños, de los jóvenes, de las familias, de los ancianos, de los enfermos, de las comunidades cristianas que suplican a la Madre de Dios su intercesión poderosa en favor de la paz. Este ha sido un siglo en el que el mundo no ha tenido paz y ésta es una época en que los países nuevos han sufrido el azote de la violencia y la ausencia de la paz. Ante la urgencia de la paz se ha invocado a la Virgen. Por los caminos van los peregrinos buscando el santuario de la Virgen donde ella, la Madre del Señor, con su Hijo en los brazos, ofrece su interce- sión en favor de la paz. A la sombra consoladora de sus imágenes, todos los labios cristianos oran diciendo: "Reina de la paz, ruega por nosotros". 23
  • 13. Quisiéramos invocar a María en todos los son diarios levantados para venerar a la Madre del Señor, lugares de fe y de paz. Estos lugares benditos están en nuestro corazón; algunos se hallan más vivamente presentes en los recuerdos: ¿Cómo no implorar la paz para mi patria a la Virgen de las Mercedes de Jericó, en su majestuosa catedral?, ¿a nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá?, ¿y cómo no recordar a la Virgen del Milagro en Tunja, en cuyo colonial santuario se ora sin cesar por la paz? Boyacá es tierra de paz y hogar de hermanos, porque a la sombra de la Virgen del Milagro se mantiene fresco el olivo de la paz. Qué conmovedor es que en todos los santuarios de Colombia le imploremos a la Virgen la paz. ¿Cuál es la paz que debemos implorar a María? No es una paz cualquiera: es la paz de Cristo, la paz que nos dejó el Hijo del hombre. La paz de Cristo no es de orden externo, lograda por medios humanos; es, ante todo, el fruto de la nueva economía divina. La paz es un don de Cristo que se convierte en estilo de vida del cristiano. Es una tarea mesiánica que inspira la ciudad terrena. La paz de Cristo nos hace hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Más que una fórmula humanitaria, la paz de Cristo, como la Cruz, es la señal del cristiano. Es cristiano quien hace la paz y quien es instrumento de paz. ¡Qué distinta sería la patria si a los niños, cuando empiezan a hablar, les enseñáramos a decir y a vivir la oración de la paz de san Francisco de 24 Asís, que no sólo es plegaria sino programa que ofrecemos al mundo. Celebremos esta Semana santa bajo el signo de la esperanza en la paz, y que las súplicas a la Virgen María nos hagan avanzar hasta la alta cima de la concordia, del respeto a la vida, del orden social, de la justicia y del amor entre todos los hijos y hermanos de Colombia. Virgen Santísima: intercede ante tu Hijo por la paz de Colombia. Ruega por Colombia para que llegue un día la paz a todos los corazones; que por todos sus caminos ondeen banderas blancas de paz; que en todos los surcos crezca el olivo de la paz y en todos los jardines las rosas del amor, de la ternura y de la fraternidad. Virgen santa, Virgen amable, Virgen poderosa, intercede por la paz de Colombia. Al amor con que te veneramos los colombianos; respóndenos con la esperanza de la paz. 25
  • 14. CUARTA PALABRA "¡DIOS MIÓ!, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO? (Me 15, 34) El momento más triste y desolador de la agonía de Cristo en el Gólgota fue el del abandono. Esta palabra es una oración en el sufrimiento y en la so- ledad: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Cristo, antes de morir, se volvió a Dios con una plegaria llena de misterio. El que sufre puede con- vertir el sufrimiento en poderosa oración por las necesidades del mundo. Jesús es Dios y hombre y en el madero de la Cruz revelaba su humanidad. Era el Hombre de dolores. Sufría como sufrimos todos los seres hu- manos. Nadie en el Calvario, a excepción de la Virgen y de Juan el discípulo, fue solidario y sensible al doloroso abandono de Jesús. El eco de su dolor llegó a todos pero no impresionó a nadie. La turba, insensible y malvada, seguía blasfemando. Con audacia sacrilega gritaban: "Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Adoremos en silencio este abandono de Cristo en la Cruz. 27
  • 15. Esta escena de insensibilidad e indiferencia, esta ausencia de solidaridad en el desamparo y en el sufrimiento se repite en la sociedad contempo- ránea, sin caridad en la vida triste de los pobres. Los pobres cargan por el camino de su existencia una pesada situación de miseria y de pesadumbre que les causa amargura y desesperación y que no raras veces origina el crimen y la violencia. Son ellos hermanos nuestros, sin techo, sin vestido, sin pan, sin educación, sin alegría. La pobreza es un escándalo en la sociedad y un reto para todos. Somos las personas quienes dividimos la sociedad en ricos y pobres. Es necesario un cambio social que alivie la desesperación de los pobres. El cris- tiano debe ser un artesano de ese cambio para que los niños del futuro vengan al banquete de la vida en hogares dignos donde encuentren pan y educa- ción; para que los jóvenes tengan oportunidades de capacitación y de trabajo; para que no falte el pan en la mesa de nadie; para que el salario sirva para atender a toda la familia. No es justo que la economía de un país cristiano sea avara con las justas exigencias de los pobres; que los ancianos vivan tan solos y tristes en el atardecer de su vida; que la salud de una persona dependa de su capacidad económica y de su nivel social; que haya tanta miseria y tanta pobreza. Malgastamos inmensas riquezas en cosas super- fluas. No somos una sociedad pobre. Hay muchos bienes en manos de unos pocos, y hay demasiadas puertas cerradas a los pobres para que entren al mundo de un modesto bienestar. No es justo que se niegue el trabajo a tantas personas. ¡Qué dolo- roso es el mundo de quienes no tienen trabajo y 28 qué mezquinos y viles son los injustos criterios políticos con que se administran las oportunidades de trabajo! Es un escándalo que la politiquería y el caciquis- mo manejen el mundo del trabajo. Hay una dife- rencia abismal entre el salario de los pobres y el salario que devengan los ricos. Todo esto turba la paz social y ocasiona violencia. ¡Qué triste es la cuarta palabra de Jesús en la Cruz y cuan triste también el desamparo de los pobres y la miseria de los pueblos! La voz de los pobres recorre el mundo con acentos de amargura y desesperación. Vivir para muchos es un canto triste al dolor y a la miseria de su vida. Jesús nos invita a abrir a los pobres una puerta de caridad. La violencia y otras situaciones semejantes, son el castigo que los pueblos mismos sufren cuando se echa al olvi'do el incontable número de los necesitados. Sin embargo, hay muchísimos hermanos que han entendido la queja de Cristo en la Cruz y que dedican su vida a los pobres. ¡Bienaventurados los misericordiosos! Dios sea bendito por ellos. Por quienes cuidan a los enfermos en hospitales y clínicas, por quienes velan con amor los niños huér- fanos, por quienes saben compartir el pan con los pobres, por quienes consagran su existencia a quie- nes sufren de las gravísimas dolencias que existen en la sociedad contemporánea. Dios sea bendito por quienes en vez de pan brindan trabajo. Dios sea bendito por todos los que acuden al alivio del desamparo y del abandono social. Dios sea bendito por quienes saben amar y brindar ternura a quienes 29
  • 16. viven solos. El amor es el don más precioso que se pueda brindar al ser humano. Dios sea bendito por quienes saben adorar el santo Rostro de Cristo en el abandono de los pobres. Hay muchos caminos para salir al encuentro de los pobres, de los abandonados, de quienes sufren. Pero la más alta inspiración es la fraternidad uni- versal. Sólo quien es hermano es capaz de salir al encuentro de quien sufre y carece de pan. La paz se funda en la fraternidad. Para desterrar del mun- do la pobreza, la violencia, debe irrumpir en él la palabra victoriosa: hermano, amigo. Quien trabaja para educar a las nuevas generaciones en la con- vicción de que cada persona es hermano, construye el edificio de la paz desde sus cimientos. Quien proclama ante la opinión pública el sentimiento de una fraternidad sin límites, prepara al mundo para la paz. La paz está radicalmente arruinada donde se ignora la fraternidad entre los hombres. La paz empieza cuando los seres humanos deciden ser y vivir como hermanos y amigos: "Los hombres deben comportarse fraternalmente los unos con los otros". La paz se está haciendo cuando se esté llegando a la cima de la fraternidad. Esta meta, para nosotros, discípulos de Cristo, tiene un valor muy grande porque obramos así no únicamente por fórmulas de filosofía humana. Es el mismo Cristo quien dijo: "Todos vosotros sois hermanos" (Mt 23, 8). Es posible ser hermanos. Es necesario vivir la fraternidad. Cuando se viven tiempos de violencia y crimen es urgente recurrir al Evangelio que nos 30 dice: "Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos" (Mt 7,12). El argumento supremo de la fraternidad es que Dios es Padre de todos los hombres. La oración cristiana reconoce esa fraternidad: "Padrenuestro, que estás en el cielo". Así oraba Jesús y así nos enseñó a orar. Quien no se sienta hermano de los demás no ora con sinceridad del Padrenuestro. Los cristianos, debemos enseñar la fraternidad universal, que hace la paz, enseñando a invocar a Dios como Padre de todos. Cuando esta oración de Jesús sea auténtica veremos cómo nace y florece la paz. También es necesario enseñar con fuerte insistencia, que encontramos cerrado el ingreso al altar de Dios, "si antes no nos hemos reconciliado con el hermano" (Mt 5, 23). Si somos promotores de la paz seremos llamados hijos de Dios y estaremos entre aquellos que el Evangelio declara bienaventurados (Mt 5, 9). Fraternidad y paz es una ecuación auténtica y cristiana, doctrina de Jesús. Podemos decir: "Creo en Jesucristo que enseñó a los hombres el camino de la paz, la fraternidad". Yo he enseñado por todas partes estas palabras del Papa Pablo VI. Quiero que las aprenda todo el pueblo colombiano: "Todo hombre es mi herma- no, todo hombre es mi amigo, todo hombre es responsable de todos los hombres". Caminemos al vértice de la paz por el sendero maravilloso de la fraternidad. Seamos hermanos. Seamos todos amigos. Los hermanos viven en un 31.
  • 17. abrazo de amor y de paz. Todos necesitamos ter- nura. Una nación es una gran familia de hermanos. La paz que vamos buscando haga de nosotros un pueblo de hermanos. 32 QUINTA PALABRA "TENGO SED (Jn 19, 28) Durante la agonía de Jesús sucedieron cosas ex- traordinarias y se escucharon palabras sublimes que conmueven a los hombres. Palabras que son mensajes que nunca pasan. Son eternas. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", dijo Jesús. Esta palabra: —"Tengo sed"— es una palabra sincera y humana. Era propio de los crucificados sufrir el tormento de la sed. Jesús lo padeció tan fuertemente que tuvo necesidad de expresarlo para pedir alivio. Un soldado respondió con nobleza y compasión. Acercó a los labios sedientos de Jesús una esponja empapada en vinagre. Era la bebida que se le daba a los crucificados. Jesús la probó pero no dijo nada al soldado. Fue un gesto noble y misericordioso. Dios retribuye hasta el vaso de agua que se da en su nombre. Y a veces sin que lo sepamos. La sed de Jesús era física, verdadera, terrible. No fue una sed simbólica. Su alivio fue igualmente 33 3. El sermón de las siete palabras
  • 18. real. Jesús tuvo necesidad de nosotros. Era Dios y a la vez verdadero hombre. Los cristianos debemos aliviar las necesidades del mundo. Los hombres tenemos otra sed. El mun- do tiene otra sed: sed de justicia; y la paz es la obra de la justicia. La justicia cambia el rostro del mundo y de la sociedad. Donde hay injusticia no hay paz; el cimiento del edificio de la paz es la justicia. En una sociedad injusta los hombres son rivales y enemigos. La injusticia genera odio, rencor, ven- ganza, conflictos; y engendra graves peligros socia- les. Donde no hay igualdad de posibilidades para todos, los unos lucharán contra los otros y nunca se logrará que las relaciones sociales sean pacíficas y serenas. Nunca se ha visto que la paz sea estable y perdurable cuando ésta no es fruto de la justicia: "Si quieres la paz preocúpate por la justicia". La paz es el bien esencial de la humanidad y es meta dominante del acontecer humano. Desgracia- damente la paz no es comprendida. Polariza todas las aspiraciones y esperanzas humanas. La primera ley de un pueblo debe ser la paz y el primer deber de un gobernante proteger la paz. El mundo moderno necesita un concepto exacto de la paz para despojarla de los falsos conceptos que se tienen de ella y que la deforman. La paz es esfuerzo, conquista, trabajo. No es quietud. La paz se vive siempre en conquista. La paz no coincide con la fuerza ni se impone por la fuerza, ni se logra por la violencia o la guerra. La paz no se impone, no es una victoria, no es des- potismo, no es represión oprimente, no es equili- 34 brio en continuo contraste. ¡Qué falaz es la paz im- puesta con la superioridad del poder y de la fuerza! La paz no es una tiranía totalitaria y despiadada. La violencia no puede usurpar el nombre de la paz. Los violentos no luchan por la paz. La voz de la humanidad reclama hoy una nueva expresión de la justicia para que haya un nuevo fundamento para la paz. Hagámonos promotores de aquella justicia que abre los caminos a la paz y los hace recorrer con valiente y profética esperanza. El signo austero y sereno de la justicia debe dar vida a expresiones nuevas de una paz fundada en el derecho. La práctica de la justicia debe ser una esperanza para la paz. Caminemos bajo este signo con la esperanza de que un día, no lejano, en nuestra patria se viva en la alegría de la paz. >r
  • 19. SEXTA PALABRA TODO ESTA CUMPLIDO" (Jn 19, 30) Jesús agonizaba mientras avanzaba en la oscu- ridad una tarde misteriosa e insólita. Densas tinie- blas cubrían la cumbre del monte. Las turbas, tras el furor de las primeras horas, silenciosamente se alejaban del Gólgota golpeado su corazón por el remordimiento. Iba quedando solo el Calvario. Avanzaban los preparativos de la sepultura de Jesús que moría en una entrega total a su Padre. Las palabras del huerto de Getsemaní no habían sido vanas: "¡Padre!, hágase tu voluntad". Después de un largo silencio Jesús volvió a hablar. Sólo pronunció tres palabras, palabras hu- mildes y sinceras: "Todo está cumplido". Moría con el gozo de haber cumplido su misión en la tierra. Hundido su espíritu en profunda oración prepa- raba su alma para partir de este mundo. En silencio repetía la oración del Salmo que muchas veces recitó en la sinagoga: "Mi alma tiene sed de Dios como la cierva suspira por los torrentes de agua". 37
  • 20. Esta tarde oramos por la paz. Recorriendo el via crucis hemos orado por la paz. Habitantes de un país violento, donde no se respeta el orden ni la vida, seamos artesanos de la paz, en la esperanza de que llegue un día, así sea lejano, que sea el día de la reconciliación, del perdón y de la paz. La paz es posible. "La paz depende de ti". La paz es em- presa posible, es obra de todos y de cada uno. Es tarea obligante de todos. No estamos divididos quienes luchan y destruyen y la inmensa multitud de resignados en la nostalgia de la paz lejana y en el dolor por los ausentes. El tiempo de la paz depende de todos. La paz no puede estar en las manos del destino y del azar. Es obra del ser humano y por eso pedimos a Dios en la oración el coraje necesario para hacerla. La paz es designio de Dios, pero conquista de los hombres. ¡Qué grandio- so sería si aprendiéramos y practicáramos esta bella frase que se convierte en programa: "Yo sueño un mundo en que vencer no sea necesario"! Vuelvo a repetirla porque hasta ahora, tal vez, nadie la ha oído: "¡Yo sueño un mundo en que vencer no sea necesario!". No la olvidemos. Las armas deben caer de las manos violentas p&ra que se fundan en hierro para arar los campos. Las armas son recuerdo de una locura superada. La paz hace solidarios a los pueblos entre sí. No es una página en los anales de la Historia; debe ser toda la historia de un pueblo. La violencia debe desaparecer, ni siquiera debería ser un recuerdo. La paz es posible, aunque las pasiones humanas no se apaguen, aunque el egoísmo siga siendo una raíz mala que nunca se logra arrancar de la psico- 38 logia humana. No hagamos de una duda una certe- za fatal: la paz es posible. Basta quererla, pero mientras haya ambiciones imposibles en el corazón humano y en los grupos, la paz no será posible. Una vieja y caduca antropología sigue afirman- do que el hombre está hecho para combatir al hombre. Que primero la espada y después el arado. Esta antropología se convierte en filosofía y pro- grama político de los pueblos en vía de desarrollo que atienden primero al armamentismo que a las necesidades primarias de la vida. Contra éstas y otras concepciones antropológicas, he aquí el men- saje: la paz debe ser posible, debe superar las difi- cultades. La violencia no es solución de los proble- mas sociales. Frustra el futuro de un país. La violen- cia arruina la vida de los ciudadanos y la riqueza del país. ¡La paz, no la violencia! Es posible vivir sin matar. Los jóvenes, los niños, todos debemos gritar cada día esta consigna: "¿Cómo no podrá ser posible vivir sin matar?". Ante la vieja antropología debemos oponer otra: educar para la paz. La paz es posible. Hay que educar a las personas para esta nueva antropología. Debemos evangelizar en la paz cada día. Hay que crear un humanismo nuevo que sea taller de la paz y de la armonía social. La paz debe ser racional, magnánima, dinámica, activa, progre- siva, fuerte, no frágil. Hay que tener la valentía de la paz, el coraje de la paz, el heroísmo de la paz y la humildad de la paz. Un pueblo soberbio difí- cilmente logra la paz. Jesús, Príncipe de la paz, proclamó la biena- venturanza de la paz en el Sermón de la Montaña: 39
  • 21. "Bienaventurados quienes trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9). Tengamos la paz en los labios y en el corazón; ella es fuente secreta e inagotable de esperanza. Renovemos en los corazones el deseo de la paz; en la conciencia, en la familia, en la sociedad; y hagamos posible la paz practicando el amor al prójimo y el respeto a la vida. Hagamos surgir la paz de nuestro corazón con sincero y perseverante amor por la humanidad. El hombre no es un ser que lleva en su corazón un destino de lucha. Dios creó al ser humano para la paz. La paz es posible si cada uno de nosotros la desea, la ama, educa su mentalidad en la paz, la defiende y trabaja por ella. La paz debe pasar de la persona a la comunidad y debe consolidarse en la sociedad e invadir el mundo, la conciencia de los seres humanos y el ámbito de toda la tierra. Hombres, mujeres, niños y jóvenes: la paz es posible, depende de cada uno de nosotros. Volva- mos a repetir: caminemos hacia la paz bajo el signo de esta esperanza. Todo estará cumplido el día en que los pueblos hayan olvidado la violencia para vivir a la sombra de la paz. 40 SÉPTIMA PALABRA 'PADRE, EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU" (Le 23, 46) Atardecía en la oscuridad. La vida de Jesús lle- gaba a su destino inmortal en la soledad y el si- lencio. Estaba próxima su muerte. El que había dicho: "Yo soy la vida", llegaba al ocaso. Era un ser humano sometido a todos los avatares de la vida. La vida es un'paso a la inmortalidad. Sentimientos extraños y tristes invadían el es- píritu de todos. Jerusalén estaba conmovida ante lo que se había visto y oído en el Gólgota. Las cam- panas del templo se silenciaron, el velo del templo se rasgó, resucitaron muchos muertos. La multitud vio la muerte de Jesús en el madero de la Cruz. Triste espectáculo. Recuerdo inolvidable para los discípulos de Jesús. Todo había terminado. La profecía y las promesas. Era el momento de la reali- dad. Jesús moría por la salvación de los hombres. Todo se había cumplido. Vivas y penetrantes estaban las escenas del Viernes, día de muerte y de gracia. Todos los ojos estaban fijos en la Cruz, en el cuerpo desgarrado, en la sangre del sacrificio, en 41
  • 22. los clavos, en la corona de espinas, en el corazón traspasado, en las manos y en los pies desgarrados, en el cuerpo destrozado. ¡Qué no hizo en el cuerpo de Cristo la crucifixión! Su muerte fue serena y en paz. Pero al morir sus labios pronunciaron la más bella y tierna oración: "Padre, en tus manos enco- miendo mi espíritu". Lanzó un grito y expiró. Jesús vino al mundo entre el canto de los ángeles, pero salió del mundo, colmado de afrenta e igno- minia. Entró victorioso al Reino de su Padre en donde está para interceder por nosotros, dándonos la gracia y la paz. La muerte de jesús es el momento más grande de toda la Historia; el acontecimiento más trascen- dental que haya conocido la humanidad. Ante la imagen de Jesús crucificado sólo hay sentimientos de amor y de esperanza. Murió por nosotros y por nuestra salvación. Por eso todo el mundo rodea la Cruz y ora con voces y lágrimas, y todos repetimos las palabras del centurión: "Verdaderamente era Hijo de Dios". Afirmemos nuestra fe en el misterio de la Redención: Jesús crucificado es el Redentor del hombre, el Salvador de la humanidad, esperanza de ayer, de hoy, de todos los siglos, La violencia amenaza la vida, mata víctimas inocentes, siembre dolor, desesperación, arruina la paz. ¿Seremos incapaces de ser obreros de la paz? Interrogante terrible. Dios nos ayude a cambiar la Historia. La paz cambia la historia de un pueblo y renueva el tejido social de las naciones. 42 La paz y la vida son bienes supremos de la humanidad. Y son bienes que van juntos. ¿Quere- mos la paz? Defendamos la vida. Estas no son palabras retóricas; representan una conquista por la cual se debe combatir. La vida es la condición de la paz, es el vértice de la paz. La paz es la celebra- ción de la vida. Para lograr una paz auténtica y feliz hay que defender la vida, cuidar la vida, promover la vida. La vieja sentencia que ha hecho carrera en la escuela de la política: "Si quieres la paz prepárate para la guerra", no podemos admitirla sin radicales reservas (Cf. Le 14, 31). Denunciamos, en nombre de la humanidad, como peligrosa esta sentencia. Hoy no puede ser programa feliz de un pueblo. Todo delito' es un atentado contra la paz. La voz de la sangre inocente grita en el corazón de la persona homicida con desgarradora insistencia; la paz interior no es posible mediante sofismas egoístas. Es imposible que la paz florezca donde esté comprometida la integridad de la vida. La vida es un canto sublime a la paz. Vivir es cantar a la paz, la vida es la epopeya de la paz. ¿Cómo hermanar la vida y la paz? ¿Cómo afir- mar que gozamos de paz si todos los días, en mo- mento terrible y oscuro, los muertos nos cubren de tristeza y dolor? Paz y vida es un lenguaje trascen- dente. Hagamos depender la paz del respeto a la vida humana, del respeto a todo ser humano. 43
  • 23. He querido hablar con este lenguaje —paz y vi- da— ante la imagen adolorida de Jesús crucificado para implorarle a El, Señor del tiempo y de la Historia, la valentía necesaria en favor de la paz, defendiendo con heroísmo la vida humana. La gran causa de la paz tiene necesidad de todas las energías. Esta exhortación ha sido: una invitación a orar por la paz, por nuestra paz, y a trabajar por ella sin cansancio y sin debilidad. O logramos la paz o la desgracia se derramará sobre la patria. No podemos llegar al año 2000 víctimas de la violencia y del crimen. Fijémonos una meta para lograr la civilización de la paz. Venimos recorriendo hace mucho tiempo los difíciles caminos de una paz que no llega, mientras estallan las bombas y todos los días caminamos con lágrimas a los campos santos. La sangre del hermano ha profanado la tierra y los surcos. Ha profanado el camino y la montaña. Nos acompaña el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la incertidum- bre. Hay mucha orfandad en la patria. No es alegre la mañana ni feliz la tarde que precede a la noche que encubre el crimen. El país se ve arruinado moral y materialmente. Los he invitado a orar a Jesús crucificado por la paz, esa paz que depende de nosotros. Dediquemos esta tarde para orar por la paz. Que Dios perdone a quienes han hecho tanto mal al país y a la familia colombiana, y oremos por su conversión. Que Dios suscite arrepentimiento y conversión en quienes se han lanzado a esta aventura que 44 termina en la desgracia. Que Dios, Padre de la misericordia, ponga paz y consuelo en tantos milla- res de hogares tristes por la ausencia de los seres amados y que la grandeza de la patria no siga ofendida por la violencia y el crimen. Que Dios derrame la paz eterna sobre tantas tumbas en las cuales depositamos flores y lágrimas. Que Dios dé valor y fuerza a quienes trabajan por la paz en la defensa de la vida, en el castigo del delito y del crimen. Ante el santo Cristo del Calvario, fuente de esperanza y paz, digamos una humilde oración que brote del alma con fe y confianza: Jesús, Hijo de Dios, concede la paz a Colombia. La paz que te imploramos, santo Dios y Señor, será el acontecimiento más grande de nuestra historia. Hace años empezamos el camino de la libertad. Hoy, Señor, queremos que el amor fraterno entre nosotros los colombianos sea nuestra definitiva y feliz libertad. Que la hora de las tinieblas sea hora de luz que alumbre nuestros caminos desde todas las alturas y se transforme en aurora de paz que no conozca ocaso. ¡Oh santo Cristo Crucificado, líbranos de tantos males y concédenos la paz! 45
  • 24. SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS 1994
  • 25. Introducción Hermanos y amigos de Colombia: estamos en silencio. El silencio del Viernes Santo que es meditación y plegaria. Un silencio sagrado ante la Pascua de Jesucristo que murió para salvarnos, en la Cruz del Calvario y que resucitó glorioso de la tumba. Con hondo sentimiento celebremos con piedad este inolvidable acontecimiento. Jesucristo, el centro de la Historia, dio su vida por la vida del hombre. Difícilmente se encontrará un hombre que dé su vida por salvar a otros. Su recuerdo está vivo. Revivimos hoy con espiritual emoción los hechos que hace dos mil años en Jerusalén, la ciudad santa, conmovieron al mundo cuando la Cruz del Gólgota se convirtió en símbolo de la nueva Historia de la humanidad. La Cruz, levantada sobre el monte, se yergue ante la tierra; todos los ojos están fijos en ella, porque inspira paz y esperanza; y va sobre su corazón como signo de redención y de vida. 49
  • 26. Esta mañana en los pueblos y en las ciudades, y en muchos lugares campesinos, hemos recorrido con fervor el camino de Cristo hacia el Calvario, cargando la Cruz, seguido de multitud, escarne- cido y ofendido por el pueblo. Y clavado en un madero moría ante el asombro de quienes le ama- ron. Han pasado veinte siglos y aquel judío cruci- ficado vive en la conciencia de la humanidad y en el corazón de los seres humanos. Su nombre divide la Historia, la civilización se ha puesto al servicio de la perenne inmortalidad del Nazareno. Porque su Palabra debe llegar hasta el último confín del mundo hasta que El vuelva en majestad y gloria. Desde aquel día triste y desde aquella tarde, han pasado muchos siglos; y han vivido y muerto muchas generaciones. Jesús es de hoy. Alrededor de la Cruz gira el alma religiosa de los seres huma- nos y su sangre redentora corre en el tiempo, perdonando los pecados. Jesucristo es de ayer, y será por todos los siglos. Los hombres lo adoramos en el patíbulo, coro- nado de espinas, traspasado su costado por la lanza del centurión, nublados sus ojos por el sudor de la agonía y la sangre de sus heridas, resecos sus labios por la fiebre de la crucifixión, destrozada su figura humana. Es un conmovedor espectáculo de dolor y de angustia. Ha muerto en circunstancias ignomi- niosas. Es el Señor de la Historia; y a El vuelven nuestros pensamientos y nuestros corazones en esta hora para proclamar ante la tierra con un grito victorioso que "tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo para que quien crea en El se salve, no perezca y tenga vida eterna". 50 Jesús crucificado no es una víctima silenciosa. Desde el leño santo dejó un testamento de perdón, de esperanza, de misericordia, de amor y de paz. Un testamento para aliviar la miseria de los pobres del mundo. El tiempo no ha apagado su eco. Lejos de extinguirse, resuena en el corazón y es el tesoro más sagrado del pueblo que le rinde un tributo soberano a su sangre redentora. Las palabras que Jesús pronunció en la hora más sagrada de su vida y en medio de las más dolorosas circunstancias, revelan su pensamiento y sus senti- mientos a la hora de la muerte; y han servido de paz y de consuelo a los hombres en el dolor y en la muerte; y han dejado una huella de luz y de esperanza en nuestra vida. Escuchemos lo que Jesús dijo hace XX siglos; y lo que nos dice hoy desde la Cruz. Jesús tiene mucho que .decirte a ti, hermano, que estás en pecado y que vives alejado de Dios; a ti, que debes cambiar tu vida para sacarla del abismo del mal; a ti, familia, que debes hacer de tu casa un recinto de amor y de paz; a ti, que vives en la soledad y en el desamparo; a ti, que atraviesas este valle de lágrimas, y que no tienes a nadie que te tienda su mano amiga y generosa; a vosotros, jóvenes, que buscáis un camino hacia el futuro, distinto al que recorremos, porque estáis cansados de la Historia; a ti que anhelas la paz y que buscas razones para vivir; a ti, que en la enfermedad esperas poner tu vida en las manos de Dios; a ti, que amas a la Virgen y estás de pie junto a la Cruz recibiéndola como madre y corredentora de la humanidad. El don más sublime de la Cruz ha sido María, la llena de gracia y de misericordia. 51
  • 27. Nuestra patria sufre, sufre muchísimo. Nosotros sufrimos también. Llevamos en el alma un inmenso peso de amargura; el país se arruina día a día por el crimen y la violencia; estamos escribiendo una historia de horror y de ruina; vamos hacia un futuro imprevisible. El siglo XXI que llega es una incóg- nita. Los niños y los jóvenes se preguntan cómo será el futuro y qué les espera. Las mujeres se sienten inseguras para organizar una familia. Ante esta visión de terror los invito a ir al encuentro de Jesucristo para que El interceda por nosotros a su Padre, apoyados en su promesa: "Venid a mí todos los que sufrís y estáis tristes, que yo os aliviaré". El dijo: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Jesús, nos invita a la conversión, al arrepen- timiento por los errores cometidos, a una enmien- da; nos llama a ser hermanos: "Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor a nosotros ha llegado a su plenitud". En El, el hombre tiene la medida de su dignidad. El pecado, que nos aleja de Dios, es la causa de los males que sufrimos. Necesitamos a Jesucristo porque El es la medida de toda vida humana. Con El, siguiendo sus pasos y acogiendo sus palabras, podemos restaurar cristianamente el rostro desfi- gurado de la patria. Un ciudadano que se transforma contribuye a la transformación de la patria. Abramos a Jesucristo los corazones y los ámbitos de la vida colombiana. Si le seguimos no andaremos en tinieblas. Jesucristo es la Luz. Abramos el alma devotamente para que las palabras de Jesucristo sean una luz en las tinie- 52 blas en que vivimos, y una esperanza hacia la paz que hoy le imploramos. Oremos por la paz, por la conversión de los pecadores, por la reconciliación de los hermanos, y para que lleguen la paz y la concordia a nuestro mundo. "El final de la Historia no puede ser el principio de la paz". Hagamos que la paz sea la Historia de nuestra patria. En el silencio de estas horas escuchemos las palabras de Jesucristo en el Gólgota. 53
  • 28. PRIMERA PALABRA "PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN (Le 23, 34) Jesús empieza su agonía diciendo: ¡Padre!, pala- bra que siempre estuvo en sus labios. Implora el perdón para sus enemigos. Sigue haciendo lo mis- mo por los pecadores en un mundo donde reinan la maldad y el pecado. ¿Qué más puede hacer por los hombres? Perdonar es una acción divina, Dios es Padre que perdona. Jesús nos narró la parábola del Hijo pródigo. Con estas palabras de perdón, busca la cercanía de los pecadores. Pide perdón por quienes le han condenado y crucificado. Encuentra para ellos una disculpa y dice que los hombres no saben lo que hacen. Si supiéramos lo que es el pecado, desde Dios, jamás lo cometeríamos. El mundo ha perdido el sentido del pecado. Jesús se acercó al fondo tenebroso del pecado. El mundo necesita personas como Cristo, que sepan comprender, perdonar y disculpar. Este es un momento grande de piedad, de amor, de misericordia y de perdón. No es la única vez que 55
  • 29. Jesús está frente al hombre que peca. Cuando lo está, su palabra es la misma: "Yo te perdono. Ve a tu casa y no peques más". Disculpemos y perdonemos hasta setenta veces siete, como enseñó Jesucristo. Hay que arrancar del corazón el odio, el resentimiento, la venganza y el rencor. Lo importante, lo único es aportar al mundo más bondad, más amor, más perdón, misericordia sin límites. "Bienaventurados los misericordiosos". No condenemos a nadie. Esta no es nuestra tarea. Un cristiano nunca puede negar el perdón a nadie. Hoy es el tiempo para realizar un perdón universal. Oremos, como oró Jesús desde la Cruz: perdonando. La infinita bondad de Dios perdona y disculpa. Digamos con sinceridad: "Padre nuestro: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". ¡Qué distinto sería el mundo si al llegar la noche de hoy todos estuviéramos perdonando y todos nos hubiéramos perdonado! ¿Qué hace Jesucristo por nosotros? ¡Perdonar- nos! "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen". Al acercarnos al hermano hay que empezar perdonando. Jesucristo habla desde un corazón cercano al ser humano. El pecado es la máxima miseria del hombre. Jesús es tan humano que sabiendo la perversidad del hombre, lo disculpa. ¡Qué lejos estamos de ser como El! El hombre anda buscando cualquier debilidad para aplastar sin misericordia al hermano. En la última tragedia de su vida se le hace evidente a Cristo que no debemos condenar a nadie. Ninguna persona puede arrojar una piedra al hermano que está en pecado. ¿Quién 56 es tan perfecto que pueda arrojar una piedra al hermano? Aprendamos a decir una palabra de perdón, de disculpa, de reconciliación. ¡Qué grande y qué noble es el hombre cuando dice: "Yo te perdono". Jesucristo nos dejó ejemplos que conmueven. Rea- licemos lo que expresa la sublime y desolada ora- ción al principio de su agonía. Dicha esta oración entra a un silencio de paz interior. La paz nace del perdón. El ser humano muchísimas veces no sabe lo que hace. Si sabe lo que hace es un perverso. Vivimos en una civilización de muerte y de crimen. Se violan los derechos humanos. Pero más importante es que éstos son los mandamientos de la ley de Dios. El Sinaí, donde se promulgaron, sigue siendo actual. La Declaración de los derechos humanos comenzó en el Sinaí. Nos debatimos entre muchos males. La vida vive amenazada. Hay graves inquietudes. Estamos aprisionados por una red de tensiones; y cuando esperamos soluciones a los problemas que nos afligen, nos sorprenden nuevas acciones contra la vida y la paz, que nos hacen daño y nos amargan la existencia. Ante tantos problemas, fruto del mal y del pecado que hay en el ser humano, no olvidemos la primera palabra de Jesús en la Cruz: "Padre, perdónales, porque no saben los que hacen". Cuando Jesucristo, Señor del perdón y de la misericordia, oró para pedir perdón a su Padre por los pecados de los hombres, pensó en hacer nuevo el corazón del hombre. Ante tantos pecados de la humanidad imploremos a Dios el perdón. 57
  • 30. El pecado nace del ser humano. Es él quien se rebela contra Dios al quebrantar sus mandamien- tos. Es él quien atenta contra los bienes que Dios le ha dado. Es él quien destruye las riquezas de la naturaleza. Es él quien niega su amor, su ternura, su fraternidad, su amistad a los demás. Mediante el corazón, la persona también se hace sensible al bien, a la justicia, al amor y a la paz. El desorden del corazón equivale al desorden de la conciencia. Siempre hay una responsabilidad muy grande de la conciencia individual en todos los conflictos. Más allá de los sistemas son muchas las pasiones que desvían el corazón, inclinándolo al mal; las pasiones nacen de las frustraciones de las personas y de los pueblos. El mal proviene del ser humano, de su ceguera espiritual, del desorden de su vida que invoca su propia justicia como motivo para explicar sus crímenes. El pecado nace en el hombre. La envidia invadió el corazón de Caín contra su hermano Abel. Nunca será posible hacer la paz con personas o grupos en cuyo corazón están ausentes la verdad, el respeto por el otro y los valores de la vida. Si no se da un auténtico cambio del corazón la paz es ilusoria. La paz es efímera cuando el ser humano no se ha convertido sinceramente. Para obtener la paz es preciso renovar el corazón para que se renueven los sistemas, las instituciones y los métodos de la vida ciudadana y política de los pueblos. 58 Este cambio del corazón humano se llama "con- versión"; pero debe ser un cambio radical, porque sentimientos efímeros no producen la paz. La paz no son momentos de la vida de los pueblos, la transformación de la conciencia de las personas debe llegar a la mentalidad colectiva. Este regreso a la verdad es condición para tener un corazón nuevo y lograr la conquista de la paz. Un corazón nuevo es aquel que se deja inspirar por el amor y por un espíritu de paz. Un corazón nuevo renuncia a la mentira, al odio: quien así se renueva, se convierte en las intenciones, en los sentimientos y en su comportamiento, en una persona fraterna que reconoce la dignidad del otro y respeta su vida. Es necesario promover una mentalidad nueva de paz. Cada persona en cualquier momento y hora de su vida, debe asumir una responsabilidad muy grande en la construcción de la paz. La paz la hacemos todos. La solución pacífica de los conflictos es el camino digno del ser humano. Hay que desenca- denar procesos que hagan el mal prácticamente imposible. Es preciso apuntar y ganar la paz. La paz es la fuerza que hace un mundo habitable. El cristiano tiene el deber de ser "artífice de la paz". Quien promueve la violencia traiciona a Jesús. La violencia no es cristiana. Antes de orar en la Cruz para implorar perdón para los hombres, dijo: "Os doy mi paz". Debemos ser pregoneros y heraldos de la paz para poder anunciar la espe- ranza. Hay que ofrecerle a nuestra patria este mensaje para que alumbre la oscuridad de sus días. 59
  • 31. Dios nos indica el camino por el cual debemos avanzar para ser artesanos de la paz: "Cambia el corazón y déjate reconciliar con el Padre". El designio de Dios es que vivamos en la justicia, en la verdad, en la libertad y en el amor. Nuestra patria no tendrá paz si no escuchamos la llamada de Dios a una sincera conversión. Responder a esta llamada es dejar que el Señor nos ayude a conver- tirnos, para que desaparezcan del horizonte de la patria la desgracia y el dolor. Seamos pacificadores. Ser pacificadores es el honor más grande. Sembremos la paz. Alegremos la patria con canciones de amor, de ternura y de fraternidad. Hagamos de este lema un reto: "Todo ser humano es mi hermano, todo ser humano es mi amigo". Celebremos la paz con un corazón nuevo. Al perdón que Jesús implora respondamos con un compromiso cristiano: ser constructores de la paz. Hagamos que esta palabra de perdón de Jesús sea un gesto hecho hoy con sinceridad. Hermano, oye, escucha, haz lo que te digo: tú, quienquiera que seas, y en donde estuvieres, así sea en la plaza pública, sin respeto humano, le- vántate, deten tus pasos, abraza con amor a quien tengas a tu lado, y dile en nombre de Cristo: "La paz sea contigo". Y tú, responde: "También conti- go". Jesús, nos dará la bendición de la paz para llevarla toda la vida con nosotros". Dios misericordioso perdone a quienes cometen el crimen, y ayude a la familia colombiana a educar 60 personas nuevas que tengan el coraje de ser artesanos de la paz. Este es un día de perdón. Perdonemos al hermano y reconciliémonos con él. Al pie de la Cruz no se puede ser sino hermano y amigo. Quienes odian y hacen el mal no deberían llevar la Cruz sobre su corazón. La Cruz santa, donde murió Jesucristo, es para nosotros símbolo de que Dios nos perdona y fuerza para perdonar. Reine en el mundo el perdón, la reconciliación y el amor. Jesús misericordioso sigue repitiendo desde la Cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen". 61
  • 32. SEGUNDA PALABRA "HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAÍSO" (Le 23, 43) Desde la Cruz Jesús hizo que un criminal elevara sus ojos al Paraíso. Esta palabra es un gesto de misericordia. Brota del alma noble de Cristo. Es esperanza: "Hoy esta- rás conmigo". En su desolación Jesús da una espe- ranza a un hombre completamente deshecho. Era un criminal. Ante Jesucristo también los criminales encuentran perdón y misericordia. Nadie, por miserable que sea, se sienta abandonado por Dios. No olvidemos que El es Padre. Un ladrón arrepentido escucha de Jesús una promesa. A Dios le conmueve el arrepentimiento. Al lado de la Cruz, en una tarde trágica, nace un hombre nuevo, el primer redimido de esta nueva Historia de salvación. Hombre nuevo es quien trabaja por la paz y que no descansa hasta obtenerla para sí, para los demás y para su patria. Ninguno de nosotros puede negarle a su patria el don generoso de la paz. 63
  • 33. A distancia de muchos años, analizando el pasa- do, verificamos que no ha progresado la paz, y que los dolorosos y frecuentes acontecimientos de cri- men y de muerte representan un crecimiento alar- mante de acciones destructoras. No obstante el horizonte sombrío, debemos seguir esperando el día de la paz, la fiesta de la paz, el acontecimiento de la paz. Este debe ser el sueño de todos. Sobre las ruinas avivaremos, no perdamos la esperanza. Sobre las vicisitudes del presente seamos construc- tores de la paz. Jesucristo nos dejó su paz no para que fuera un ideal sino la más apasionante realidad de los pueblos. Busquemos lo que contribuya a la unión de los espíritus. Trabajemos por la paz y oremos por ella. Cada amanecer y cada noche deberíamos elevar a Dios una oración por la paz. Empecemos el día diciendo: "Señor, danos la paz". La oración produ- ce frutos de paz y de fraternidad y crea una relación solidaria entre los seres humanos. La paz es posible, siempre y cuando haya perso- nas de buena voluntad. Es necesaria. Se puede hacer. No se trata de un "eslogan" sino de una certe- za, de un compromiso, de una responsabilidad. Es posible, si se quiere. Un objetivo tan grande nece- sita el apoyo de todos. Responde a las aspiraciones más profundas de la humanidad. Todos los responsables de la vida política deben saber que la primera plataforma política es la paz; prometerla y cumplirla. El hombre no está hecho para vivir según la ley de la selva. Una nación no puede vivir sin paz. Se arruinará y sus ciudadanos serán una generación enferma. La violencia daña a todos y 64 enferma la mente de las personas; con seres violen- tos no se puede construir el futuro. La paz exige muchos propósitos. La paz no se negocia. La paz no se premia, la paz no se paga. La paz la hacemos todos. Muchos acaso nada han hecho por la paz. Se contentan con críticas amargas. La paz es un reto universal. Hasta un niño y un anciano pueden contribuir a la paz. Sería aberrante que nos dejára- mos arrastrar hacia formas que justifiquen siempre la lucha y el conflicto. Si se da una lucha digna del hombre ésta debe ser la que va contra las pasiones desordenadas de los seres humanos. Para construir la paz cada persona debe poner, al menos, un ladrillo para elevar el edificio. Y esto es posible. No hacerlo es un acto criminal. Nos toca abrirnos a la paz, con valentía, con perseverancia. Tenemos vocación a la paz. A ella debemos responder con responsabilidad y coraje. Estamos llamados a vivir juntos pacíficamente co- mo hijos de Dios, Padre de todos. La paz vive en el corazón de las personas de buena voluntad. Si un país es justo, no hay razón que justifique la vio- lencia. No se olvide que la paz es fruto de la justicia. Antes de hacer la paz hay que poner justicia, porque sin este requisito el ideal se hace imposible; y la justicia es de parte y parte. Deben ser diálogos por la justicia y la paz. No se puede dejar que las per- sonas se destruyan entre sí. Hay que extirpar todas las raíces de la violencia. No se puede vivir pro- metiendo siempre la paz mientras el pueblo se arruina. 65
  • 34. En el deseo de la paz todos nos encontramos y todos somos invitados a vivir según el espíritu de las bienaventuranzas: "Bienaventurados quienes trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hi- jos de Dios". El honor del ser humano es ser recon- ciliador y el deber de un cristiano es ser pacificador. Más importante que otras cosas y proyectos es la paz. La violencia es la mayor injusticia. Causa de nuestros sufrimientos y desgracias es la violencia. Librémonos, por caminos de justicia, de este azote. Que la paz cambie radicalmente el presente y el futuro de nuestra patria. Que la brújula del país sea la paz. Que las generaciones nuevas se eduquen para la paz. La paz debe ser la primera palabra del presente y del futuro. En el taller de la justicia se debe forjar una generación de paz para avanzar con paso seguro hacia una nueva Historia. Hay que empezar a escribir la nueva Historia de la pa- tria: la paz, pero con justicia. El futuro de la nación empieza con la justicia y llega con la paz. La justicia debe ser el primer examen que se hace cuando se dialoga sobre la paz. Entre ambas hay un vínculo indisoluble. Caminan juntas. Una injusticia jamás conduce a la paz. Aunque han pasado muchísimos años de violencia, nunca será tarde para construir la paz. Lo terrible sería acostumbrarnos a ella. Nadie puede convertirse en prisionero de la violencia. Elevemos voces de plegaria que tengan el ardor de la fe para implorar la paz. Oren los niños porque su futuro depende de la paz. Oren los jóvenes, oren los ancianos. Oremos 66 todos por la paz con brazos levantados al cielo: "¡Jesucristo!, tú que en la Cruz diste misericordia y esperanza a un hombre de vida criminal y pecadora. Danos el perdón por todos los males hechos y sobre la Historia del pasado concédenos cambiar el curso de los acontecimientos hacia la paz; por los caminos de la justicia caminemos hacia la cima de la paz. ¡Oh Señor de infinita misericordia y piedad! ¡Oh Redentor que diste la vida por los pecadores! ¡Oh Buen Pastor! Ten piedad de los hombres, de quienes hacen el mal, de las ovejas extraviadas del rebaño; escucha las plegarías que te sean dirigidas con arrepentimiento y con propósitos de enmienda. Concédenos a todos el coraje de la justicia para que el país pueda llegar a la hora gloriosa de la paz". 67
  • 35. a* TERCERA PALABRA MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO. LUEGO DIJO AL DISCÍPULO: AHÍ TIENES A TU MADRE" (Jn 19, 26-27) María, la Virgen de Nazaret, está en el Gólgota. Es testigo valiente de los sufrimientos y de la muerte de Jesús. Es madre y debe estar allí. Acerquémonos a la Cruz, elevada en el Calvario, para contemplar este momento de la vida de Jesús y escuchar sus palabras, palabras que han marcado el camino de la Virgen y su misión en el mundo. Es madre y es corredentora. No son títulos, sino realidades. Al pie de la Cruz empieza la nueva Historia de María. Jesús ha dicho: "Mujer, he ahí a tu hijo". Jesús le encomendó una misión gloriosa en la tierra. "Bienaventurada me proclamarán las genera- ciones", dijo María en las montañas de Hebrón. Desde aquella hora el hombre, por miserable que sea, está en los brazos amorosos de María. Ella recibió a su Hijo en sus brazos cuando vino al mundo en la noche de Belén. Ahora, somos nosotros a quienes ella recibe en sus brazos: "Ahí 69
  • 36. tienes a tu madre" palabras sublimes en los labios de Jesús durante su agonía. En el Calvario está de pie como mujer valerosa, unida a la muerte del Redentor. Comparte con El la salvación del mundo. En el Calvario empieza una Historia de clemencia, de piedad y de misericordia. Jesús, al partir de este mundo, le confía a su madre la suerte de los seres humanos. La llamó a ser madre, e intercesora. Ella nos acompaña en esta peregrinación de sufrimiento. María es parte de la Historia de los hombres y de los pueblos. María, despierta el corazón filial que duerme en cada persona. María fue la madre de la familia de Nazaret, hogar pobre, humilde, espacio de oración y de trabajo, de comprensión y de armonía, de paz. Dulce hogar de amor. Han pasado los siglos y hoy volvemos los ojos a la familia de Nazaret donde Jesús creció "en sabiduría, en edad y en gracia" delante de Dios y de los hombres. Nazaret se ha convertido en modelo de la familia cristiana. Estamos celebrando el Año Internacional de la Familia. Esta es una ocasión para hablar a las familias sobre su misión en el mundo. La familia es el taller de la paz de los pueblos. "En la familia nace la paz de la familia humana". La paz parece una meta inalcanzable. Vivimos en un clima hostil y envenenado por el odio. No obstante, el mundo no puede resignarse a vivir sin 70 el bien supremo de la paz. A pesar de todo sabemos que la paz es proyecto de Dios para el mundo. Dios quiere que la humanidad viva en armonía. Este proyecto divino nace en la familia. Hay una estrecha relación entre la familia y la paz. Sobre un mundo donde hay odio debería proyectarse la ternura y el amor de las familias. La familia debe ser constructora de la paz y debe contribuir al futuro de la paz. La familia es la primera experiencia de paz. ¿Quién no experimenta el amor que reina en las familias y los valores de paz que se cultivan en los hogares? Una civilización de paz no es posible si falta la paz en la familia. En contraste con tantas familias felices que son oasis de amor, de ternura y de paz, dolorosamente hay otras que son lugares de tensiones y de diversas formas de violencia. Las exigencias de la vida moderna con frecuencia separan y alejan a los padres y crean situaciones tensas en la familia. Los hijos son testigos silenciosos. Ellos graban en su corazón lo que han visto en la intimidad de su casa. Un hijo es lo que vio y oyó de sus padres en su familia. Muchas veces la familia es recinto de odio y de violencia. La sociedad es lo que es la familia. Los comportamientos que perturban la paz de la familia y que comprometen seriamente la armonía no pueden ser solucionados con el distanciamiento de los padres y mucho menos recurriendo al divor- cio, verdadera plaga de la sociedad contempo- ránea. 71
  • 37. La familia necesita fortalecer los valores de la paz. La institución primera y más cercana al hom- bre es la familia. Y por eso debe ser fuente pura y límpida de la paz, la ternura y el amor. La familia está llamada a ser protagonista de la paz. Los padres deben ser educadores de la paz. El hogar debe ser cuna, escuela, y universidad de la paz. Los padres deben ser educadores. No es suficiente con que sean progenitores. Hay que per- feccionar el don de la vida con la alegría de educar al hijo, en la paz y en el amor para una civilización de paz. Los hijos deberían llegar a la escuela educados en su hogar sobre los más altos valores: la vida, el amor y la paz. El padre o el maestro que infunda sentimientos de odio y de violencia en un niño o en un joven, no sabe el mal tan inmenso que le hace a la sociedad y a la patria. Familia que no educa para la paz es familia sin sentido de lo que debe hacer para el bien común. Padres que no dan testimonio de amor, de ternura y de paz le hacen mucho mal a la sociedad. Cuando se llega a una familia se debe respirar el suave viento de la paz y debería oírse cantos de paz en todos sus rincones. La familia debe ser santa morada de la paz y templo sagrado del amor. Bendita la familia que contribuya a la paz con sus palabras y con su testimonio. La solución de los problemas de miseria y de pobreza contribuyen a la paz de la familia. La pobreza y la miseria de la familia es amenaza para la paz. Un hogar propio es causa de paz en la familia. 72 La violencia nace, crece y se hace activa en espacios de pobreza y de miseria. Esto no debería ocurrir en el santuario de la familia. Nadie puede sentirse feliz mientras el problema de la pobreza de la familia no haya encontrado so- luciones. La indigencia es siempre una amenaza a la estabilidad social, al desarrollo y a la paz. La paz estará siempre en peligro mientras haya personas y familias que luchan en vano por sobrevivir. Quiero llegar a todas las familias. Quiero ser recibido y acogido con un saludo de amor y de paz por los padres y los hijos. Quiero decirles: "Familia amiga. Sé lo que eres y lo que debes ser; contribuye a devolverle a nuestra patria la paz, educa a tus hijos para la paz. Ora por la paz, trabaja por la paz. Haz de tu familia un templo donde se ofrezca a Dios un tributo de amor y de paz". Familia: siembra en tu casa un olivo que sea símbolo de la paz que debe reinar en tu hogar. El amor y la paz son la bendición de Dios sobre la fa- milia. Santísima Virgen María, Virgen del Milagro de Tunja, nuestra Señora de las Mercedes de Jericó, Antioquia; Jesús en la Cruz, te confío la suerte de la familia humana. Extiende tu sombra protectora sobre las familias colombianas. En muchos hogares hay una imagen tuya, señal del amor filial que te profesan. Ampáralos y líbralos del mal, del peligro, acude generosa a remediar su pobreza, sana sus heridas, alivia sus penas, entrégales a Jesús que llevas en tus brazos y haz, madre y Señora, Reina de la paz, que en cada hogar crezca y florezca la paz 73
  • 38. para que todos podamos vivir felices. Haz que cada familia difunda en el pueblo y en la ciudad amor y paz. Mujer, en tu casa eres madre y esposa. Eres el corazón y la ternura de la familia. Cumple en ple- nitud, como María, la madre del hogar de Nazaret, tu vocación de amor y de paz. Vosotras tenéis una influencia, un poder jamás alcanzado hasta ahora. Vosotras podéis ayudar a que la humanidad no decaiga. Vuestra misión es la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que co- mienza. Reconciliáis a los hombres con la vida. Ve- láis por el futuro de la especie. Detened la mano del hombre si en un momento de locura intenta destruir la civilización. Esposas y madres, primeras educadoras de la persona, transmitid a vuestros hijos los auténticos valores y preparadlos para el porvenir insondable. Una madre pertenece por sus hijos, a ese futuro que ella probablemente no verá. Mujeres que os mantenéis firmes bajo la Cruz o imagen de María y dais a vuestros hijos la fuerza para luchar hasta el fin, ayudadlos a conservar la audacia de las grandes empresas, la audacia de la paz. Mijeres, vosotras que sabéis hacer la vida ama- ble, tierna y digna, dedicaos a enseñar a vuestros hijos la sabiduría de la paz y el respeto a la vida y a las ideas del otro. No manchéis nunca el honor de vuestra familia. A vosotras está confiada la vida, a vosotras toca salvar la paz del mundo y de Colombia. 74 María, madre de Nazaret: haz que la familia esté al servicio de la paz. Virgen bendita, madre del pueblo, madre de los pobres, intercesora de quienes no tienen trabajo, reina de la paz, ruega a tu Hijo por las familias para que sean, en un mundo violento y criminal, inspiradoras perennes de amor y de paz, de reconciliación y perdón. 75
  • 39. CUARTA PALABRA "DIOS MÍO. DIOS MIÓ, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO? (Me 15, 34) Jesús en la Cruz asume la soledad absoluta. Se siente abandonado por su Padre. Está cercano a nosotros en el desamparo y en la tristeza; experi- menta el dolor y las dificultades del hombre. Ha querido ser igual al ser humano en su sufrimiento. En la oscuridad del Gólgota estremecen estas palabras de Cristo. Son palabras que nos sumergen en el misterio. También nosotros nos preguntamos hoy: "¿FOT qué Jesús está abandonado?". Ante la Cruz siempre decimos: "¿Por qué?". Con estas palabras, Jesús expresa la intensidad de su dolor. El Evangelio dice que Jesús gritó con fuerte voz. Es un grito arrancado por la crueldad del momento, un gemido filial. Jesús se repliega en su sufrimiento. ¡Palabra misteriosa pronunciada en medio de la oscuridad y del silencio! Palabra incomprensible. ¡Oh palabra de Jesús que nos inspira compasión y solidaridad!: "Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". ¡Oh palabra fatal! ¡Oh palabra adorable! ¡Oh palabra 77
  • 40. indefinible! ¡Oh palabra llena de misterio! Por redimir a la humanidad, Jesús sufrió al máximo. Nadie puede decirnos cómo fue posible que Jesús se sintiera abandonado de Dios. Adoremos el abandono de Jesús. El abandono de Jesús en la Cruz es el sacramento de su Humanidad. Esta es una palabra desgarradora. Jesús tiene conciencia de estar abandonado, pero Dios no abandona a su Hijo aunque El lo hubiera sentido. También el hombre puede experimentar el aban- dono de Dios. Sin embargo, Dios no abandona a nadie. Es el hombre quien se distancia de Dios. En la vida de muchas personas Dios está callado, silencioso; pero Dios no lo abandona porque El es Padre de todos. El va al lado del hombre, aunque éste viva alejado de Dios. Estas palabras de Jesús no son un reproche o una queja, ni un lamento. Son palabras sinceras con las cuales el Hijo de Dios llama a su Padre desde la profundidad de su vida y desde la hondura de sus dolores. Cristo expía por todos los pecados de los hombres y por todos los crímenes de la humanidad. Experimenta este abandono para revelar lo terrible que es la vida del hombre sin Dios: la máxima soledad del ser hu- mano, aunque lo tenga todo. La persona sin Dios, llega a vivir en un vacío absoluto, y este vacío es el máximo tormento. Jesús, desamparado, expía por los pecados de quienes han silenciado a Dios, por quienes dudan de su existencia, por quienes llevan una vida diferente a su presencia. Este momento, el más triste del Gólgota, debe inspirarnos esta oración dicha con gemidos inenarrables: "¡Oh Dios!, no permitas jamás, tú que eres principio y 78 fin de nuestra vida, que prescindamos de ti, porque tú eres la luz y si ella nos falta; la vida entra a las tinieblas y a la oscuridad absoluta y la existencia será un vacío que nos aplasta y que nos lleva a un desenlace fatal. ¡Oh Jesús!, desamparado y abandonado en el Calvario, no permitas que jamás prescindamos de ti; que nunca nos sintamos lejos de ti. El final de este siglo es testigo de la muerte de Dios en la vida de muchos hombres. Muchos se ha- cen esta pregunta: ¿Dónde está Dios? Otros lanzan este grito: Dios ha muerto. Este día de gracia y de salvación debe ser un regreso, como el del hijo pró- digo, a Dios; una búsqueda de Dios, un encuentro feliz con Dios en un recodo de la vida, una reflexión profunda para descubrir el vacío de Dios en la existencia, la parábola del Hijo pródigo. Dios es la fuente y el origen de la vida y de la paz. Muchos hombres viven tristes y su vida está llena de angustia y de incertidumbre. Su corazón no vive en paz. No obstante, todo ser humano an- hela la paz y quiere vivir en paz. Para lograrla debe buscar a Dios. Porque cuando El está presente se experimenta sosiego, alegría, serenidad y paz. Dios hace del corazón del ser humano una morada de paz y de amor. La misericordia de Dios es inagotable. No hay pecado que prevalezca sobre su misericordia. Esta hora en la que el hombre está frente al abandono de Cristo es plegaria. Un grito que implore a Dios su misericordia y su paz. Dios es la necesidad más grande del hombre. Jesús abandonado vive inten- samente la hora redentora del hombre. 79
  • 41. ¡Oh Cristo agonizante!, ten piedad del mundo que no tiene paz, de quienes viven el tormento de la soledad, del pueblo pobre y humilde por el cual nadie habla, nadie pide, nadie lucha y nadie muere. El único que ha dado su vida por el hombre eres tú, Jesús de Nazaret. Apiádate de quienes sufren el abandono social, causa de que no haya paz en la sociedad; de los niños huérfanos, de las madres abandonadas, de las viudas, los ancianos y los pobres. En toda vida humana hay momentos de indecible tristeza. Jesús, aceptamos que el dolor nos visite como a ti en tu agonía. Acogemos desde ahora, con voluntad amorosa, que el sufrimiento venga a desolar el alma, y que llena hasta el borde, pero haz que la amargura y la angustia no sean jamás signo de rebeldía ni desesperación, sino entrega amorosa a ti. Trae, Señor, hasta nosotros, en esos momentos, la serenidad de la grandeza de tu agonía. Haz que, repitiendo las palabras que pronunciaste en el vértice de tu dolor y que ya habías dicho de rodillas, en sudor de sangre, en el Huerto de Getsemaní, sintamos que nuestra angustia se disuelva en la tuya como una lágrima en el océano. Haz que nuestro sufrimiento sea redentor. Te suplicamos que nos concedas la gracia de sentir en el alma, la fuerza de tu redención. No permitas que jamás nos separemos de ti y en la hora de nuestra muerte llámanos para ir a ti. Jesucristo abandonado, en medio de tu desam- paro cuenta con nuestra presencia y solidaridad. Aunque otros te abandonen nosotros nunca nos separemos de ti, porque eres para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida. 80 QUINTA PALABRA "TENGO SED (Jn 19, 28) Esta palabra manifiesta con angustia la sed de Jesús. Palabra breve y humilde, expresa el dolor humano. Es el gemido de quien sufre y pide alivio. Jesús experimenta todos los sufrimientos humanos. Es Dios pero también hombre y nada humano le es ajeno. Por eso experimenta la sed. Un soldado noble se apiada de Jesús al ofrecerle vinagre para calmar su sed. Esta bebida amarga alivia la sed. Esta obra de misericordia que un soldado hizo a Jesús, El quiere que se haga a todos los seres humanos. Tenemos el deber de remediar con amor los sufrimientos y necesidades del próji- mo: "Si queremos la paz, salgamos al encuentro de nuestro prójimo". Muchos seres humanos viven en condiciones de extrema pobreza y la brecha entre ricos y pobres es inmensa. Este es un problema que se plantea a la conciencia cristiana del hombre y a la paz. La paz no nace en un mundo miserable y pobre. 81
  • 42. La pobreza ofende la dignidad del hombre y compromete el futuro de la paz. Pobreza y miseria, diferencias e injusticias interpelan a todos. Como cristianos debemos servir a la causa de la huma- nidad, sin soslayar ninguna de sus exigencias, aun las más grandes. Debe aparecer ante el mundo el rostro de una sociedad cristiana al servicio de la persona. Servir al hombre es servir a la paz. Hay que crear una sociedad misericordiosa y solidaria donde cada persona se sienta acogida, amada y ayudada. Debemos ser un pueblo de manos unidas. Sólo así se construye la paz. Decir paz es crear una situación de respeto a la dignidad y a los derechos de cada ser humano. La explotación de los débiles, la miseria y las desigualdades sociales son un muro infranqueable a la paz. La pobreza y la paz no pueden caminar juntas. La miseria y la paz no pue- den convivir. La marginación de los pobres y la paz no pueden crear una sociedad pacífica. Estas situaciones son una grave ofensa a la dignidad humana. La violencia es fuente de pobreza y de miseria, y éstas acrecientan la violencia. Un pueblo con hambre y sin trabajo necesita, para estar en paz, soluciones urgentes y audaces. Hambre y desempleo son situaciones alarmantes que si no se remedian hacen desbordar el río del crimen y de la maldad. El número de personas que viven en condiciones de pobreza es enorme. Son amplias las zonas al margen de la civilización. ¿Será cristiano que al lado de unos pocos que gozan de la riqueza y de la opulencia, vivan otros seres humanos en la más triste condición de miseria? Esta situación es una amenaza a la paz. Un estado es frágil si no presta 82 atención a la parte más débil y si no hace todo 10 necesario para satisfacer sus exigencias. La socie- dad está obligada a ayudar a los pobres y no sólo con los bienes superfluos. Los bienes de la tierra no pueden ser monopolio exclusivo de unos pocos. Lo que se hace en favor de la persona se hace en favor de la paz. Repito: el desempleo es la más grande amenaza a la paz, y si éste es causado por razones sociales y políticas con mayor razón es un atentado a la paz. La pobreza jamás favorece el bien de la comunidad humana. Las heridas de la violencia quedan sangrando por mucho tiempo y producen nuevas formas de pobreza. El dinero no debe utili- zarse para violencia, ni ser empleado para destruir y matar sino para defender la dignidad del hombre y de los pobres, mejorar su vida y construir una sociedad abierta, libre, solidaria y fraternal. El hombre está dominado por el ansia de bienes materiales. La sociedad de consumo pone más al vivo la distancia entre ricos y pobres y la búsqueda de bienestar es un velo que no deja ver las necesi- dades de los pobres. Vivimos en el mundo de la frivolidad. Un país que sufre mientras algunos viven entregados al lujo y al placer. La moderación, la sencillez, la aus- teridad, el espíritu de las bienaventuranzas, debe ser el criterio de la vida cotidiana. El Evangelio nos invita a no "amontonar tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo" (Mt 6,19). "Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discí' pulo mío", dijo Jesús (Le 14, 33). Esta pobreza 83
  • 43. evangélica es fuente de paz y transforma a quienes la viven. No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de quienes están en la miseria. Trabaje- mos con sentido cristiano por la causa de los pobres y por una suerte mejor de los hermanos que sufren la extrema tortura de la miseria. Si buscamos la paz, si queremos la paz, si sentimos la necesidad de la paz, vayamos al en- cuentro de los pobres y que ricos y pobres se reco- nozcan como hermanos y compartan lo que tienen. Las brechas escandalosas entre unos y otros deben desaparecer si queremos la paz. Seamos solidarios con quienes sufren la pobreza y la miseria. Para aliviar la sed de Jesús hay que tender el corazón, las manos, los brazos y la vida a quien está en la pobreza. Jesús vino a evangelizar a los pobres y sintió tristeza por las muchedum- bres con hambre y sin trabajo. La caridad cristiana no tiene fronteras y lleva a grandes consecuencias y a dar respuestas de esperanza a quienes no ven horizontes. La quinta palabra es una valiente de- nuncia de Cristo a la injusticia social. No es cristia- no quien no tiene sentimientos de amor y de ayuda fraterna a los pobres. Nadie puede ser una isla de bienestar en el mar de la pobreza. Debemos ser un pueblo, con vocación de servicio a los pobres. La historia de los pobres debe ser parte de nuestra Historia. Seamos un pueblo donde todos somos hermanos y amigos y por tanto artesanos de la paz. Hay que construir en un mundo egoísta y clasista como en la sociedad capitalista, la civilización de las obras de misericordia, empresa que puede ser 84 utopía para los ricos de la tierra pero que debe ser propósito de quienes tienen "corazón pobre" y quieren que el mundo sea como Dios lo pide: una familia universal donde se viven el amor, la fraternidad y la paz. La promoción humana, religiosa, cultural y económica de los pobres de Colombia, contribuirá a que el país pueda llegar a la paz. Un país de espaldas a la pobreza nunca podrá tener la paz. Pero a la vez permitid que os exhorte a vosotros, los pobres, pensando únicamente en vuestro bien, a practicar con sinceridad la bienaventuranza de la pobreza y a no confiar en la violencia y en la revolución que en vez de favorecer vuestra elevación social y cultural retarda los ideales a los cuales aspiráis legítimamente. Si queremos la paz vayamos al encuentro fraterno y solidario con los pobres. Llegue este mensaje, hoy, Viernes Santo a todos los pobres de Colombia, al pueblo que sufre. No sólo oramos por vosotros. Queremos invitar a crear un mundo nuevo para todos, donde haya trabajo, pan, bienestar y alegría. 85
  • 44. SEXTA PALABRA "TODO ESTA CUMPLIDO" (Jn 19, 30) La sexta palabra es la voz de un hombre que se aproxima a la muerte y que se expresa con since- ridad ante su obra y ante su fin. Son palabras since- ras. No son palabras misteriosas. Son palabras con las cuales Jesús termina su existencia. Cuando Jesús hubo gustado el vinagre que le ofreció un soldado compasivo y bondadoso, dijo: "Todo está cumpli- do". Son palabras que expresan la obediencia de Jesús a la misión que su Padre le había encomen- dado. Esta palabra no es una palabra débil ni vacilante. Es una palabra con acento fuerte, vibrante, salida del pecho agonizante de Jesús como un canto de triunfo sobre los poderes diabólicos del mundo. No son palabras de resignación ante la hora final que se aproxima; es una afirmación solemne y humilde. "Todo está consumado", es decir, todo lo he cumplido. Estas palabras son la victoria de la obediencia. La misión redentora llega al vértice. Morir y haber cumplido la misión encomendada 87
  • 45. es un homenaje a su Padre que le confió la salvación del ser humano por la extrema humillación de la Cruz, propia de los criminales y bandidos. El ino- cente, el justo, muere ignominiosamente, pero con alegría de la obediencia a su Padre. Dedico esta palabra con respetuoso cariño a los jóvenes de Colombia que estudian en los colegios, en las universidades y que en los campos cultivan la tierra y recogen las cosechas, y a quienes trabajan como obreros en las fábricas. Y también a todos los niños de mi patria. No puedo llegar al final de este mensaje del Viernes Santo sin hablarles sobre la paz. A la cátedra para la democracia hay que agre- gar la cátedra para la paz. La paz y la justicia deben caminar con los jóvenes y con los niños. La familia debe ser escuela de justicia y de paz. Las decisiones de la juventud determinan el futuro de la paz. La paz o la violencia están en el corazón de los jóvenes y de los niños. Pero hay que apuntar solamente a la paz. Queremos que los jóvenes, quienes trabajan en los campos y en las fábricas, los campesinos y obreros o en cualquier situación en que estén, se dirijan a la paz para que el futuro de la patria sea feliz. Quisiera, por respeto y amor a la juventud y a los niños, ver a todo joven comprometido con la paz. Los jóvenes deben ser testigos confiables de justicia y de paz, una vivencia de amor y de ternura, un signo de fraternidad y de amistad y jamás pue- den corromperse en los tenebrosos proyectos del crimen, de la maldad, de la bajeza y ruindad moral. La vida de un joven nunca debe mancharse con la mezquindad y la bajeza. En las manos de los jóvenes deben estar las espigas del amor y los olivos 88 de la paz, las rosas de la ternura. El corazón de un joven debe ser santuario del amor y taller de los más grandes ideales de la vida. Los jóvenes no pueden convertirse en prisioneros de indignos ins- tintos. Los jóvenes pueden rehacer la Historia, cambiar su rostro y señalar su rumbo. Necesitamos los recursos del entusiasmo, de la imaginación y de la creatividad de la juventud, para levantar la grandeza de la patria en una cultura cristiana. Llevamos con nosotros el reto de la paz y a él deben responder los jóvenes. Vivimos tiempos difí- ciles en los que son muchas las tentaciones del cri- men y la maldad. La paz es precaria. Los jóvenes deben ser hombres y mujeres en cuyo corazón crecen la justicia y la paz. Ser joven es vivir ideales de esperanza. Las dificultades actuales son un llamado a todos pero especialmente a la juventud; son hitos en el camino hacia la paz; deben suscitar sueños audaces y desencadenar las mayores ener- gías de la mente y del corazón en la conquista de la paz. En el umbral de un nuevo siglo y de un nuevo milenio, el futuro de la paz depende de las opciones de las mujeres y de los hombres que empiezan a ser jóvenes. Ellas y ellos serán un día los respon- sables del país, los dirigentes de la patria. Los jóvenes han comenzado a preguntarse ¿Hacia dón- de nos llevan nuestros pasos? ¿Qué podremos hacer por una sociedad herida y débil? Buscan y quieren soluciones nuevas a problemas viejos. Quieren una civilización solidaria y fraternal. Los jóvenes van a construir la sociedad del mañana; se salvarán o perecerán en ella. 89
  • 46. Jóvenes: no tengáis miedo a los problemas de hoy, particularmente a la violencia. El futuro del próximo siglo está en vosotros. El futuro de la paz está en vuestra mente, en vuestro corazón y en vuestra voluntad. Para construir la Historia hay que librarla de los falsos sistemas que la inspiran. En vosotros surge una nueva conciencia de respon- sabilidad y una nueva sensibilidad hacia la nece- sidad y la urgencia de la paz; os aflige la injusticia que ronda a vuestro alrededor. Estáis perturbados por el pueblo que vive oprimido y que no puede ejercer sus derechos humanos. Huid del mundo ilusorio del alcohol y de la droga, de efímeras relaciones, de las ideologías que corrompen la mente y entorpecen la voluntad y conducen a abismos de mentira y de maldad que envenenan la existencia. No os dejéis arrastrar por un concepto materialista de la vida. Debéis elevar un inundo pobre en valores espirituales, pobre en paz y pobre en justicia. ¿Qué tipo de personas que- réis ser y qué tipo de cultura queréis construir? ¡Rechazad la cultura de la muerte, de la violencia y del crimen. Formad parte de la civilización del amor! La primera preocupación de un joven debe ser Dios. No podéis recluir a Dios en la esfera de la vida privada ni marginarlo de vuestra Historia. Jamás rechacéis a Dios porque las sombras del mal extenderán su tenebroso velo sobre vuestra vida. El mal nace cuando Dios muere en la vida y en la conciencia. El futuro de la humanidad depen- de del concepto que tenga sobre Dios y sobre el mismo ser humano; y él marcará la dirección de la 90 vida y las respuestas que debéis dar a los grandes desafíos de la justicia y de la paz. Buscad el rostro joven de Cristo para que inspire vuestra vida. Afir- mad vuestra fe en Cristo que es justo y bueno. El es el héroe verdadero, humilde y sabio, el profeta y el esplendor de la verdad y del amor, el compa- ñero y el amigo de los jóvenes. En su nombre, os invito a construir la justicia y la paz. Poneos con seriedad y responsabilidad ante la realidad del tiempo con los valores grandes de la vida y a actuar con coherencia humana y cristiana. Este es un año de grandes debates públicos y los cristianos debemos ser coherentes con la religión que profesamos. La política entra al ámbito de la fe y desde ella debéis actuar en beneficio del bien común. En las urnas de la democracia se forja la paz de los pueblos. El mundo necesita jóvenes que hayan bebido la verdad en la profundidad de sus fuentes. La verdad nos hace libres. No tengáis miedo ni cobar- día a comprometer vuestra vida con la paz y con la justicia, para construir el nuevo siglo con valores humanos y cristianos. Si toda la juventud se empe- ñara en esta grandiosa tarea, mucho antes del año 2000 nos podríamos convocar para celebrar la fiesta de la paz en un abrazo de amor y fraternidad. Cumplamos esta tarea con coraje y Jesucristo, el Señor de la Historia, estará con nosotros en este caminar hacia la esperanza. Con la juventud y los niños en favor de la paz ésta crecerá con vigor incontenible. Invito a quienes me escuchan a orar por la juventud y por los niños de Colombia, para que los jóvenes y los niños, la 91
  • 47. justicia y la paz caminen siempre juntos, hasta lo- grar que la nación y los corazones vivamos en el gozo sereno de una paz que nunca tenga ocaso. Todo está cumplido. Ha llegado el fin de la vida de Jesús, ya no queda nada por hacer. Jesús lo ha dicho con sinceridad. Hizo todo lo que debía hacer para salvar a la humanidad. Ha perdonado, ha dado esperanza, ha vivido en profundidad nuestra existencia. Ahora está cara a cara con Dios, su Padre. Está viviendo en el misterio absoluto. Se ha cumplido su obra. Nunca estuvo tan cercano al ser humano como en la hora de su muerte. Su triunfo sobre el pecado se consuma con su muerte. Gracias sean dadas al Señor que ha muerto por nosotros y que por el sacrificio del Calvario y su sangre redentora ha obtenido para toda la humanidad el perdón y la salvación. 92 SÉPTIMA PALABRA "PADRE, EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU" (Le 23, 46) ¿Qué ha ocurrido en el Gólgota? Un hombre ha sido crucificado. Un silencio extraño reina en el Calvario. Jesús, con una gran voz dice: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu". Y expiró. Ha muerto. Jerusalén se estremece de remordimiento. Jesús muere orando. Ha sucedido lo decisivo para la humanidad. Jesús ha concentrado en sí todas las miradas. Ha ido hacia el Padre. Su cuerpo inánime cuelga de la Cruz. Inclinó su cabeza. Ha dicho SI a la muerte. Su vida está en las manos de Dios. Con el último grito de Jesús, se acaba su vida en la tierra. Dichosos quienes le vieron caminar sobre el lago; quienes escucharon sus palabras y pará- bolas; quienes fueron testigos de sus milagros; quienes contemplaron en profunda oración duran- te las noches y en los lugares donde se recogía con sus discípulos; quienes vieron con asombro la resu- rrección de Lázaro, quienes le siguieron por los valles, por los montes y por las playas del mar; 93