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EL UMBRAL DE LAS LUNAS
Karen Pájaro Azul
(Karen Andrea Chaves Valencia)
En aquel lugar, nadie recordaba como había sido mi llegada,
ni siquiera yo misma lo sé, solamente aparecí una mañana,
caminando por un sendero de piedras, iba descalza, pero
caminar por ese lugar era muy relajante, podía sentir el calor
de las piedras en las plantas de mis pies.
Solo tengo memoria de llevar mi ropa cubierta de polvo, al
parecer había caminado bastante, como si hubiese cruzado
un desierto, mi cabello estaba algo enmarañado y sucio, mi
rostro estaba con sudor y polvo, mis labios agrietados por la
sed que llevaba y mis ojos reflejaban una mirada tranquila, a
pesar de como me veía, mi apariencia parecía la de una
chica que había olvidado su lugar de origen y su destino.
Entre esas piedras, vi muchas puertas alrededor, no supe en
qué momento llegué a esa zona poblada, pero mientras
caminaba, vi que una de esas puertas se abrió, vi a un niño
que hizo un ademan como invitación a su casa, me dirigí
hacia el y entre a ese lugar.
Al entrar, vi a varias personas reunidas, todos parecían estar
felices y tranquilos, me miraron y ni siquiera preguntaron mi
nombre, es más… en ese momento ni siquiera recordaba mi
nombre, es un alivio que no lo hicieran, a pesar de mi
apariencia y mi falta de cortesía, me invitaron a sentarme en
la mesa en la que todos estaban comiendo.
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Me sirvieron un plato caliente de sopa de verduras y
apartaron un asiento para mí, de alguna manera sentí que
ese espacio en esa mesa, esa silla vacía, me habían estado
esperando durante años, al igual que la gente que me
recibió, esa extraña sensación en mi pecho me hizo sentir en
comunidad.
La casa era muy diferente a todas las demás, las raíces de
los árboles atravesaban el piso sin romperlo, las
enredaderas abrazaban las columnas y las flores nacían
incluso en las escaleras, la casa era un ser vivo que había
resguardado a los que la habitaban, así, la gente que vivía
allí aprendió a vivir con los árboles y las flores.
Las ventanas nunca permanecían cerradas, ya que el viento
entraba y salía de la casa, era como un sistema respiratorio
enorme, si cerrabas una ventana, la casa podría tener una
afección respiratoria, bueno, más o menos así.
Aunque todo esto me parecía extraño, decidí vivir ahí con
esas personas, su hospitalidad, la familiaridad con la que me
trataron me hizo encariñarme con aquel sitio, aunque nunca
había visto a estas personas, sentí aprecio por ellos.
Los días pasaban tranquilamente entre las risas de los niños
que habitaban la casa, los desayunos, almuerzos y cenas
compartidas, ah, y las tardes de té, inolvidables por
supuesto, era muy agradable participar de esas actividades
cotidianas junto al aroma permanente de las plantas.
Como cada integrante de la casa, yo también tenía mis
labores para colaborar en aquel lugar, nos rotábamos tareas
de limpieza, cocina y demás, sin embargo, había una tarea
que se me había designado especialmente a mí, se trataba
de llevar los paños de cocina todas las tardes hasta los
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lavaderos comunes, estos quedaban saliendo de casa, por
un sendero que parecía interminable.
Era un recorrido que consideraba bastante extraño, pues,
para llegar hasta aquellos lavaderos, debía salir de la casa,
debía hacerlo descalza, lo que me gustaba de ese recorrido
era que a los lados había jardines de rosas de varios tipos,
su hermosura de alguna manera me hacía sentir en paz.
Al terminar el camino de los jardines de rosas, debía
atravesar un pequeño bosque, ahí podía sentir el viento
sobre mi piel y dejar que mis pensamientos volaran con el
ritmo de mi cabello al aire, después debía seguir un camino
de piedra, que, aunque ya lo conocía, cada día se me hacía
más difícil y largo.
Al final de aquel camino de piedras, me esperaba un lugar
muy silencioso, lleno de grifos antiguos, bancas de madera
y lavaderos de piedra, no era la única en ese lugar, muchas
personas iban allí.
En ese lugar nadie hablaba demasiado, todos éramos muy
callados, nos mirábamos haciendo nuestras labores, pero no
cruzábamos palabra alguna, durante semanas creí que ese
era un lavadero cualquiera, hasta que una tarde me di
cuenta.
Todas las tardes, me dirigía con los paños de la cocina hacia
ese lugar, era un camino demasiado largo para lavar solo
tres trapos, pero era mi tarea y debía cumplir, en todas las
veces que fui a lavar, no me había percatado de aquel joven,
aquel joven que estaba sentado junto a uno de los lavaderos.
Estaba distraído, llevaba bastante tiempo observando el
agua de un grifo abierto, no la tocaba, solo la veía, él no
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llevaba baldes ni jabón, ni siquiera alguna prenda para lavar,
solo miraba el reflejo del cielo en el agua, era todo un
misterio.
“Siempre llegas a esta hora” dijo aquel joven, con una voz
que me resulto cálida, no le había visto jamás pero su
tonalidad me transmitió confianza, me habló y ni siquiera
levantó la vista hacia mí, desde ese día empecé a notar su
presencia cada vez que iba a lavar en ese lugar.
No hablábamos mucho, las voces parecían estorbar cuando
estaba a su lado, en ocasiones, caminábamos juntos de
regreso a las casas, otras veces compartíamos el silencio
mientras el agua caía lentamente sobre la piedra.
Día tras día, semana tras semana paso el tiempo y entre
nosotros creció un cariño imposible de explicar, ni siquiera
sabíamos nuestros apellidos, nuestro origen, ni siquiera
sabíamos el tiempo que llevaba cada uno viviendo en ese
lugar.
Lo único que sabía en ese entonces, es que el caminar a su
lado me hacia el camino más fácil, más corto.
Cierta tarde, me demore un poco más de lo normal en lavar
los paños de la cocina, esa vez había más personas
utilizando los lavaderos y me toco esperar mi turno para
lavar. Anocheció, y mire hacia arriba, mis ojos se
sorprendieron al ver aquella belleza abismal, el cielo estaba
cubierto de lunas, muchas lunas.
Lo que más me sorprendió aquella noche fue ver tantas
fases de la una en el mismo cielo, había lunas nuevas,
crecientes llenas y menguantes, verlas juntas era algo
verdaderamente mágico, parecía un sueño de hadas,
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decenas de ellas ocupaban el firmamento, como si el tiempo
hubiera decidido mostrarme todos sus rostros a la vez.
Aquel chico a mi lado sonrió, “Al fin puedes verlas” me dijo.
Entonces le pregunté “¿Qué significan?” y él con un tono
amable me respondió “Cada luna esta guardando una
historia de amor que aun no ha terminado, algunas apenas
comienzan, otras esperan desde hace siglos para volver a
encontrarse.” Volví a mirar el cielo y me di cuenta de que
había una luna que brillaba con más fuerza que las demás.
Me quedé viendo aquella luna que brillaba más que las
demás, entonces vi algo que en mi mente parecía imposible,
en aquella luna aparecieron dos siluetas caminando por un
bosque, luego las mismas dos siluetas navegando por un río,
después, despidiéndose en una estación de tren, luego,
despidiéndose entre una multitud.
Como si fuese una película proyectada en el cielo, aquellas
dos siluetas aparecían, las podía reconocer, siempre eran
ellos dos.
Siempre eran ellos, siempre volvían a encontrarse, después
de ver aquellas siluetas, sentí que no eran siluetas que
estaban en otra realidad alterna, me di cuenta de que
aquellas lunas en el cielo no eran astros, no eran lo que
parecían ser… eran recuerdos.
Cada fase de la luna pertenecía a una vida distinta, cada
encuentro era un intento del universo por reunir a dos almas
que nunca habían dejado de buscarse, vida tras vida, galaxia
tras galaxia, planeta tras planeta.
Sentí el calor de su mano sobre la mía, y con su vos cálida
dijo -Esta casa solo recibe a quienes todavía tienen una
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historia por terminar. - Sentí como el viento tenía un peculiar
aroma a jazmín, sentí, o, mejor dicho, recordé algo, no
recordé su nombre, no recordé los lugares añorados,
recordé esa cálida sensación de cuando amé esa misma
mano mucho antes de haber nacido.
El cielo cambio esa noche, observé como lentamente las
lunas empezaron a unirse lentamente hasta que se formó
una sola luna, los colores que dejaba el paso de cada luna
al moverse eran mágicos, no se podía distinguir un solo color
entre los trayectos, eran como nebulosas, explosión de
redención ante aquel encuentro.
Entre esa ráfaga de colores celestiales, el cielo volvió a
ocupar solamente una luna, una hermosa luna llena, observe
como de repente, a la par del unísono de los hechos, aquel
sendero dejo de verse largo, en cambio, ahora se veía un
sendero corto y fácil de transitar, lo recorrimos y al llegar a la
casa, me di cuenta de que ya no parecía un lugar perdido
entre los jardines, ahora ese sitio lo sentí como mi hogar.
Hablamos en aquella casa, y nos dimos cuenta de que
ninguno de los dos podía recordar todas nuestras vidas
pasadas, coincidimos en que el amor no siempre consiste en
encontrarse una sola vez, el destino en este entonces nos
mostró un cielo de posibilidades y la suerte de elegir.
Él tomo mi mano y sentí que aquel amor quizás consistía en
volver a elegirnos, una y otra vez, bajo todas las lunas y en
todos los escenarios posibles.