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Francisco Umbral: “Un ser de lejanías"
Francisco Umbral es la metáfora del idioma español. Sus gafas imposibles
escondieron adjetivos, su bufanda blanca protegió su corazón de esnob y sus
botines le procuraron sus andares de dandy. Fue un hombre desnudo, vestido
sólo por las palabras libres que su máquina de escribir tejía sin parar.

                         “Pequeña metralleta entre mis manos,
                           máquina de matar con adjetivos,
                         máquina de escribir, arma del tiempo.”1




                                                         Francisco Umbral


Cortaba los trajes sin patrones y tentaba a las personas con la manzana de su
inteligencia mordaz. Tocó fondo y no le gustó ese terreno fangoso. A partir de
ese momento, se olvidó del hombre y se elevó veinte centímetros por encima
del resto de los mortales. Con hechuras de gigante de la literatura sufrió las
envestidas de muchos caballeros andantes que lo confundieron una y otra vez.
Su amigo el poeta José Hierro acertó calándolo como pocos, no con un verso
fácil, sino llamándolo “Don Francisco de Cervantes Umbral”. O sea.
“La pasión última de mi literatura es metaforizar (…) ¿Dónde está el placer de
la metáfora? En la fruición de un encuentro inesperado, de dos cosas que
copulan sin conocerse”. Escribir con metáforas es reinventar el español, es
atreverse con el “ochomil”. Nos interesa Francisco Umbral como escritor
mágico, pero nos acercaremos a su vida que nos invitará a reconocernos en
su desgracia y nos propondrá el pacto de reconciliarnos con él. El hombre y el
escritor copulando, pero esta vez con conocimiento previo.
Comenzaremos observando los trazos gruesos de su vida, seguidamente
bucearemos en su figura de gigante de la literatura, y concluiremos
encontrándonos al hombre.
La España republicana de 1935 que estrenaba gobierno, presidido por Niceto
Alcalá Zamora, conoció el miércoles 11 de Mayo que doña Ana María Pérez
Martínez daba a luz a un varón en un hospital benéfico de la capital de España.
Ese niño nacido en la soledad y en el secreto, fue inscrito en el registro civil,
tres días después de su alumbramiento, con el nombre de Alejandro Francisco
Pérez Martínez.
1
 Francisco Umbral. “Obra poética (1981-2001)”. Edición de Miguel García Posada. Editorial Seix Barral.
Barcelona 2009.
Nuestro gran Francisco Umbral fue hijo natural de una joven vallisoletana que
por los rigores sociales de la época se trasladó a Madrid para dar a luz. Sólo
tuvo en aquellos duros momentos el calor de su madre y la distancia e
incomprensión de su padre. Madre e hijo abandonaron la Maternidad tres días
después del parto, y el niño fue bautizado en la pequeña capilla del
establecimiento benéfico dependiente de la parroquia de San Cayetano.2
Este hecho marcaría de forma muy importante a Umbral durante toda su vida.
“Yo soy el fruto de una muchacha en flor, solo eso me ha dado verdad,
identidad y salud mental. Ahí, en el cuerpo alto, bajo el vestido de un verano
tranquilo y vulgar, en el vientre de fuego y dibujo de las playas, viví nueve
meses que fueron mi verdadera vida y me prepararon para lo subsiguiente, una
mera continuación en el exterior, vengando siempre su vida y su muerte con
cada triunfo y cada crimen personales”.
La familia de su madre era muy católica y conservadora y no facilitó su regreso
con el pequeño al seno familiar. Convinieron en que fuera criado por una
nodriza en Laguna de Duero, localidad cercana a Valladolid, junto a otros
niños. Tanto su madre como su abuela lo visitaban con la frecuencia que
podían. En esa situación transcurrieron sus primeros cinco años de vida. Fue
escolarizado, según se dice por su mala salud, cuando ya contaba diez años.
Fue un alumno indómito y fue expulsado al año de su ingreso en el colegio.
Parece ser que ya no volvió a matricularse más. El niño era, sin embargo, un
lector compulsivo y autodidacta de todo tipo de literatura. Recordaría años
después en su libro “¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?”, a don
Gonzalo su profesor, que si bien lo castigaba frecuentemente, también le
descubrió el libro “Corazón” de Edmundo D´Amicis. “Pienso que Corazón me
hizo más escritor que ningún otro libro, pues no se me escapaba por arriba,
como Hamlet, ni me abrumaba con sus arrobas, como El Quijote”.3
Una vez de regreso a Valladolid, y viviendo con su madre, con sólo catorce
años comenzó a trabajar como ordenanza en el Banco Central. Esa etapa la
define de la siguiente manera: “El secreto estaba en enviar solo una mínima
parte de sí mismo a cumplir con el oficio y ganar el sueldo, reservándose el
resto, en cuerpo y alma, para leer y escribir”. Sus compañeros de trabajo
reconocieron en el joven Umbral su intensa vocación literaria en plena
adolescencia. Leía a Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la
Serna, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, entre otros. Gustaba de imaginar
historias literarias en su cabeza mientras paseaba por la calle Santiago tras
salir de la misa dominical de las doce en la catedral. Lo recuerdan en aquella
época como un joven muy “finolis”. Mientras la mayoría de adolescentes
disfrutaban jugando al balón, él se paseaba bien vestido y con un libro bajo el
brazo. Su actitud dejaba ver su firme voluntad inicial de distinción, de
individuación, de dandinismo precoz al que él mismo se refirió en muchas
ocasiones.




2
    Anna Caballé. “Francisco Umbral. El frío de una vida”. Editorial Espasa. Madrid 2004.
3
    Francisco Umbral. “¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?”. Editorial Destino. Barcelona 2003.
Francisco Umbral (centro) en Valladolid


En ese Valladolid de posguerra comenzó a escribir en la revista Cisne, del
Sindicato Estudiantil Universitario (S.E.U.), y era de los habituales de las
diferentes conferencias y lecturas públicas de poesía que se celebraran en la
ciudad.
Su madre sufrió una tuberculosis que se complicó con una miocarditis, que
finalmente le causó la muerte. Era el año 1953, y con tan sólo cuarenta y siete
años falleció. En aquellos momentos se sintió realmente solo, huérfano, y
aunque parece que mantuvo una actitud en todo momento de entereza y
sorprendente madurez, decidió que su vida debía cambiar: “Adiós mamá, adiós
a esta casa de muertos, a nuestra triste vida, a tanta soledad, perdóname,
mamá, pero no voy a quedarme aquí, nunca más iré a la oficina (…) no quiero
esta ciudad, tus conciertos, tu música, ya has muerto y nada me queda aquí”.
Por esa época comenzó a salir con su vecina España Suárez Garrido. Se
habían conocido en el paseo Recoletos, junto a los jardines de Campo Grande.
Era una chica delgada, rubia, discreta, dulce y con mucho estilo. Era toda una
belleza. Cursó los estudios de Magisterio, pero con el tiempo desarrolló su
afición por la fotografía, y se convirtió en profesional de la misma.
Umbral decidió cambiar de ciudad y se marchó a León junto a sus primos. Allí
trabajó para un periódico y una radio.
Tras varios años de noviazgo, la joven pareja decidió casarse y poner así fin a
la distancia física que existía entre ambos. El 8 de Septiembre de 1959 en la
parroquia de San Marcos de Valladolid contrajeron matrimonio. Francisco
contaba con veintisiete años y España con veintitrés. Desde ese momento no
se separarían jamás. Su mujer fue el contrapunto necesario para un auténtico
gigante de las letras que necesitaba junto a él a la persona serena que lo
anclara en muchas ocasiones al peso y la verdad de la realidad. “Ésa eres tú,
aquella a la que el jardín divide, multiplica. Criatura nada intelectual –ni falta
que hace-, te entiendes bien con las plantas, con el agua, sabes entrar en
conversación con lo callado”.4




4
    Francisco Umbral. “Carta a mi mujer”. Editorial Planeta. Barcelona 2008.
Francisco Umbral y su mujer María España


Por motivos profesionales, y con hambre de mundo y éxito literario, se trasladó
Francisco Umbral a Madrid en 1961. Inicialmente partió a la capital de España
solo, sin la compañía de su mujer.
En Madrid tuvo una actividad profesional frenética. En el año 1965 sufrió una
tremenda crisis personal, fruto de un cuadro neurótico, que podía haberse
generado por su dedicación plena y a veces enfermiza a su profesión. Tanto es
así, que hizo un parón en su vida con el fin de recuperarse. De ese periodo
escribió: “Debiera haber sido el momento justo de retirarse, de buscar un
trabajillo menudo y reposado, de olvidar para siempre la pintoresca necesidad
de triunfo, la neurótica afirmación de la personalidad, la segregación insensata
de letra impresa, y dedicarse a la contemplación de los amaneceres, la rotación
de las verbenas y la pasión de los crepúsculos. ¿Por qué no lo hice?”.
El año 1968 fue un año muy importante para la familia Umbral. El día 14 de
Octubre de ese año nació su primer y único hijo, Francisco Pérez Suárez
(Pincho). Francisco contaba con treinta y seis años y su mujer con treinta y
dos, cuando nació el niño. Tenían toda la vida por delante. En esa época
comenzó a despuntar Umbral como periodista y novelista cada vez más
reconocido. Todo hacía pensar que el futuro sólo le tenía reservado momentos
de felicidad y triunfo, tanto en lo personal como en lo profesional.
En el año 1973, su hijo debutó con una leucemia. El doctor Linares de la
Clínica de la Concepción de Madrid fue el responsable de su atención. En esos
años, todavía la leucemia era una enfermedad incurable. Consultaron con
diferentes especialistas del mundo, pero no existía un tratamiento eficaz para la
dolencia que padecía Pincho. En los primeros meses del 1974, la enfermedad
se agravó y finalmente falleció el día 23 de Julio de ese año, de la mano de sus
padres en las primeras horas de la mañana, en la Clínica de la Concepción de
Madrid.
La muerte de Pincho fue la caída de caballo en su particular camino a
Damasco. Su vida dio un cambio de ciento ochenta grados y transpirando su
pena, nació “Mortal y Rosa”, su obra cumbre, y primer peldaño de su nuevo
caminar. En español no existe ninguna obra literaria que exprese mejor el dolor
y el sufrimiento que se siente ante la pérdida de un hijo. “Sólo encontré una
verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he
perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad”.5
5
    Francisco Umbral. “Mortal y rosa”. Editorial Planeta. Barcelona 2007.
Francisco Umbral junto a una foto de su hijo Pincho




Su vida fue creciendo en lo literario y se fue “deconstruyendo” en lo personal.
Miles de artículos y decenas de libros intentaron enjugar sus lágrimas en los
años que posteriormente vivió.
En el 2003 sufrió una grave neumonía, tras una intervención quirúrgica
digestiva, que hizo temer por su vida.
El doctor Juan Abarca cuidó de la maltrecha salud de Francisco Umbral en sus
últimos años. En el verano de 2007 el escritor se sintió cada vez más débil y
fue ingresado en la Clínica Montepríncipe de Madrid. El día 28 de Agosto de
2007 falleció Francisco Umbral de un fallo cardiorrespiratorio en la clínica
madrileña acompañado de su inseparable y fiel esposa. A las dos horas y
treinta minutos su corazón se despidió de las palabras.
Al día siguiente fue incinerado a las diez y treinta minutos en el cementerio de
la Almudena, y sus cenizas fueron trasladadas al nicho en el que reposaban los
restos de su hijo. De ese modo, ambos descansan juntos y transitan de la
mano por la eternidad.
La manera de vivir, de ser, de Francisco Umbral, tiene mucho que ver con su
forma de escribir. Conociendo a Umbral podemos conocer algo de su literatura,
profundizando en sus escritos nos encontramos al hombre sin ningún género
de dudas. Su vida nos enseña al escritor que quiso ser, su literatura al hombre
que fue. En este escritor, interesarnos por su literatura es interesarnos por él.
Intentaremos explicar a continuación estas observaciones.
La escritura poliédrica del autor vallisoletano escapa a una definición sencilla.
El analista superficial la podría definir como prosa lírica que aspiró a ser poesía
narrativa. Son conceptos muy limitados en este caso.
Nosotros consideramos que es un escritor autorretratista. El francés Michel
Beaujour, gran investigador de la literatura autorretratista, define a esa
modalidad autobiográfica por poner el énfasis de la misma en la identidad antes
que en la historia individual: “Yo no voy a contar lo que he hecho, sino que voy
a deciros quién soy”. Ese es el resumen final. Careciendo de un compromiso
explícito con la verdad de los hechos, el escritor autorretratista arranca de una
crisis o experiencia inaugural que es la del vacío, la de ausencia de sí, que, no
obstante, sabe transformar en una experiencia pletórica de afirmación ante los
demás, pues a su pluma acuden motivos suficientes para llenarla: recuerdos,
fantasías, miedos, ideas, convenciones, represiones, fantasmas, etcétera.
Rasgo connatural al autorretratista es su incertidumbre acerca del carácter de
lo que escribe, y por supuesto la indefinición genérica de la literatura de Umbral
es ya un argumento a favor de su autorretratismo. El mismo escritor expone:
“Es curioso cómo puede un escritor llegar a la madurez literaria sin haber
elegido camino definitivo. Todavía no sé, en realidad, si lo mío es el ensayo, el
poema, el artículo o qué.”
Umbral consideramos que es el mejor representante español del
autorretratismo. De su estilo literario deriva su manera de vivir. No desarrolla su
autobiografía, novela, tras novela, ni construye unas memorias permanentes.
Un autorretratista como es él, no sabe nunca claramente adónde se dirige, no
existe una progresión en su narrativa. El autorretrato literario va y viene entre la
generalidad y la particularidad, lo íntimo y lo público, el desnudamiento y el
compromiso social.
Para compensar la desestructuración formal que arranca de tomarse a sí
mismo y libremente como materia literaria, a la manera de Montaigne, el
autorretrato se acoge a una tradición cultural que nutre y formaliza su escritura,
permitiéndole ventilar a su autor, y a su modo, todo aquello que lleva dentro y
que sirve para dar respuesta a una pregunta decisiva: quién soy yo.
Su escritura es estática, no dinámica. Disfruta con la descripción, y sus
observaciones le brindan la oportunidad de escribir a través de la metáfora. No
existe movimiento en sus escritos, ni progresión alguna. Sus novelas no dejan
de ser una sucesión de escenas con intención de remansarse, para que
podamos fijarnos y volver una y otra vez a la idea de la que partió el libro.
La primera tentación ante cualquier novela de Umbral es reconocerlo en ella, a
través de la ingerencia de hechos biográficos en la misma, como el
protagonista real de la historia. Debemos huir de ese presupuesto, ya que no
encontraremos nunca al Umbral biográfico entre los diferentes capítulos, pero
sí podremos encontrarnos con el Umbral literario y retratado, que es el que nos
fascina sin límite.




                                                  Francisco Umbral
Todo escritor tiene un bautizo literario, que le hace abrazar la nueva fe en las
palabras. Su primer padrino fue Miguel Delibes, el gran escritor castellano. “Yo
conocí a Umbral por la calle Santiago. Teníamos amigos comunes”, recuerda el
autor vallisoletano. La primera colaboración localizada de Umbral en el
periódico “El Norte de Castilla” data del 21 de Marzo de 1957 y fue posible
gracias a la gestión hecha por Carlos Campoy García, redactor jefe del
periódico. Delibes se hizo cargo de la dirección del periódico en 1958, y se
propuso introducir cambios en el mismo, entre los que destacaba, la apertura a
nuevos autores que mostraran una cara diferente a la rigidez intelectual del
régimen franquista. De esta forma, comienzan a colaborar escritores como
José Jiménez Lozano, Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos y
Francisco Umbral entre otros.
A Umbral en aquel tiempo no le interesaba la política y sólo escribía de
literatura. En la sección “Las Artes y las Letras” comparte páginas con los
hermanos Cossío, Ignacio Aldecoa, Julio Camba, y el propio director, Delibes.
Con su marcha a León no abandonó sus colaboraciones con el periódico, y
comenzó a trabajar en la emisora de radio “La Voz de León”. En ella escribía
guiones pero también tenía espacio para leer sus propios artículos. Coincide
trabajando allí con un joven Luis del Olmo. Tras un programa en la noche del
29 de Mayo de 1958, dedicado a la muerte en Puerto Rico del genial poeta
español Juan Ramón Jiménez, Francisco Pérez Martínez, comienza a llamarse
Francisco Umbral. Esa noche fue espectadora de excepción del asalto a la
gran literatura que un joven periodista de provincias quería hacer. El cambio
de nombre fue una declaración de intenciones: cedía su vida a la causa
literaria. Poco tiempo después alternó su trabajo en la radio con su
participación en un nuevo periódico “Diario de León”. En él rápidamente son
apreciadas sus columnas y su influencia se extiende. Tuvo un incidente con la
Sección Femenina, muy poderosa en aquellos años, y Francisco Umbral tuvo
que salir del periódico. Este hecho fue el pretexto que necesitaba para
atreverse a conquistar Madrid.
Con veintiocho años partió a Madrid, corría el año 1961, y en su maleta había
poca ropa pero muchos deseos de triunfo profesional. En la capital de España
comprobó la fuerza y nitidez de su vocación literaria, y desde el primer
momento se dio cuenta de que quería vivir de y para la literatura, y por tal
motivo estaba dispuesto a pagar el diezmo que se le solicitara. Se instaló en
una pensión cercana a la Gran Vía, comenzó con los bocadillos de calamares,
y acabó entre folios.
Es muy relevante la actividad que realiza desde su año de llegada a Madrid, el
1961, hasta el año 1976, en que entra a engrosar la plantilla del diario nacional
“El País” como uno de sus columnistas estrella. En ese momento podemos
considerar que el escritor castellano había llegado al reconocimiento
generalizado por parte tanto de los lectores como de sus compañeros.
Valladolid fue la fuente de su obra inicial y Madrid recogió el testigo en su
madurez profesional. No podemos entender la obra de Umbral sin haber
buceado en su vida en ambas ciudades. A tal punto llegó su necesidad mutua,
que tampoco se entiende el Valladolid y el Madrid del siglo XX sin la escritura
de Umbral.
“Madrid era todavía, hacia el año 60, una ciudad tomada por la literatura,
minada de cuevas literarias y vocaciones obstinadas. Yo tenía el problema de
conquistar Madrid con una máquina de escribir, que por entonces manejaba y
acariciaba como si fuese una ametralladora”. Así recordaba Francisco Umbral
sus primeros tiempos en la capital de España. Resume perfectamente a Madrid
y su primera y última intención.
Sus primeros años madrileños no pueden entenderse si no nos detenemos un
momento en el Café Gijón. Una tarde visitó por primera vez el establecimiento
de la mano del poeta cordobés surrealista, Manuel Álvarez Ortega. En el
conocido café del Paseo de Recoletos de Madrid, entre las calles Prim y
Almirante, Umbral se hizo un hueco en la tertulia de los poetas, cuyo mascarón
de proa era Gerardo Diego. Allí pudo departir con Manuel Alcántara, José
García Nieto, Camilo José Cela, Fernando Fernán Gómez, Eusebio García
Luengo, Enrique Azcoaga, Félix Grande o Buero Vallejo entre otros. Allí, entre
escritores, percibió claramente que había elegido perfectamente el lugar para
comenzar a amar Madrid, elaborar su mapa personal y lanzarse a la aventura
de conquistarlo. Conquistar la capital era para él, el paso previo para comenzar
a reinar en la literatura y en el periodismo. No quería jugar en terrenos
discretos de juego, quería comenzar por el “Bernabeu” literario, no rehuir la
batalla del partido difícil. Sus goles serían narrados a nivel nacional, pensó con
la ingenuidad y ambición del que llega de provincias. Félix Grande escribió:
“Cuando Francisco Umbral llegó a Madrid procedente de Valladolid, recién
casado, apuesto de esqueleto y vestido de altanera elegancia, todos supimos
que acababa de irrumpir en la capital un escritor de raza”.
En el Café Gijón de aquellos años no sólo se estaba construyendo la nueva
literatura, que tanto significó en periodos posteriores, sino que se estaba
pergeñando el “golpe de estado” al periodismo estático y aburrido que reinaba.
Con las armas del atrevimiento, de la prosa repentina, con ecos de la noche y
con una retórica faltona, Umbral, Raul del Pozo, Manuel Vicent y Cándido,
pretendieron entrar a “saco” en las redacciones de los vetustos periódicos.
Umbral nunca escribió en el Café Gijón, necesitaba su ruido, su debate, su
humo, para posteriormente intimar con su máquina de escribir. Su relación
especial con esta cafetería la expuso magistralmente en el 1977 con su libro
“La noche que llegué al Café Gijón”. No hay escritor que se precie que no
necesite de un Café, con mayúscula y poca cafeína. El Café Gijón fue la
cafetería de la facultad a la que nunca acudió Umbral.




                    Francisco Umbral (tercero por la derecha) en el Café Gijón


Nos interesa en estos momentos resaltar la relación que estableció en aquellos
momentos con el Nobel español Camilo José Cela que tanto tuvo que ver con
el desarrollo inicial de la obra de Umbral en Madrid. De la relación y admiración
mutua de aquellos años, nació la amistad entre estos dos grandes de la
literatura, que tantos frutos posteriormente ofreció. Cabe resaltar el libro que
Umbral dedicó a su admirado amigo: “Cela: un cadáver exquisito”. Cuando
Umbral conoce a Cela, el segundo es un escritor reconocido que ha escrito ya
“La colmena” y que ha ingresado en la Real Academia de la Lengua. De hecho
su primer encuentro más cercano, es de la mano de García Nieto, que le
encarga al joven Umbral que le haga una entrevista a Cela en Mallorca, ciudad
donde rresidía en aquella época, en Mayo de 1963. De ese encuentro, se
queda fascinado con la originalidad y contundencia de un Cela en plena fase
de reconocimiento público a su obra.
Muchos han visto en esta amistad una relación de intereses, donde finalmente
Umbral defendió a Cela en sus peores años, y éste fue protagonista principal
para que se le concediera al primero el Premio Cervantes. Una visión muy
reducida e interesada de esta amistad a nuestro juicio. Nos quedamos con lo
que cada uno pensaba del otro. Cela escribe de Umbral: “Tú tienes voz propia,
querido Paco, no hay más que leerte cada mañana para verlo, y eso es lo que
salva tus páginas, siempre maestras, pero también arruina tus días, siempre
azarosos”. Umbral escribió del autor de “Viaje a la Alcarria”: “Cela era un genio
del vivir y del escribir viviendo y del vivir escribiendo, y en esto es donde queda
portentoso, aunque no lo hayan dicho nunca los críticos, que no suelen decir
estas cosas.”




                             Francisco Umbral y Camilo José Cela

Retomamos la actividad periodística y literaria de Francisco Umbral en aquellos
años de Madrid antes de consagrarse como articulista estrella en el periódico
con más difusión en la España de la Transición. Su actividad fue frenética,
mantuvo sus colaboraciones con “El Norte de Castilla”, pero comenzó también
a escribir en la revista “Vida Mundial” de Manuel Cerezales, en la revista
mensual “Punta Europa” dirigida por Vicente Marrero y en “Mundo Hispánico”
de José García Nieto, del que escribió en su “Diccionario de Literatura”: “Era
criatura de ironía e inteligencia, persona muy por encima de su personaje, con
un cinismo de buena voluntad y una generosidad de casi madre”. Colaboró en
“Poesía Española” que también dirigía García Nieto y se lanzó en aquellos
laboriosos años a la escritura de diferentes libros, entre los que destacan
“Balada de Gamberros” o “Larra. Anatomía de un dandy”.
Todos estos años tan fértiles en la obra de Umbral, le supusieron el alcanzar un
estatus de escritor entre los grandes, tanto por sus libros, como por sus
innumerables artículos. Madrid desde ese momento se convirtió en su auténtica
ciudad natal y desde allí se cristalizaban sus aspiraciones de universalidad a
través de su literatura. En su obra “Trilogía sobre Madrid”, queda nítidamente lo
que supusieron esos años para Umbral. Umbral quiso ser Madrid, después
Madrid no llegó a entenderse sin Umbral.
La actividad periodística de Umbral fue muy relevante dentro del conjunto de su
obra.6 No podemos entender a Umbral si no valoramos su perfil como uno de
los mejores columnistas del periodismo de la segunda mitad del siglo XX. La
columna era el sitio de su recreo, en ella reinventaba el español y crecía como
escritor a diario. Fue el protagonista de los principales periódicos del país. De
1976 a 1988 se dejó ver en “El País”. Posteriormente pasó un año en “Diario
16”, y desde 1989 apareció diariamente en el periódico de Pedro J. Ramírez,
“El Mundo”, en su columna “Los placeres y los días”. En el primer diario citado
supo describir como nadie el movimiento contracultural conocido como la
“movida madrileña”, y en el último asistía diariamente a su reconocimiento
como el mejor articulista en español vivo.
Muchos autores han opinado sobre su actividad articulista. Así el crítico Javier
Villán escribió: “El brillante escritor Francisco Umbral, es un cronista que toma
la realidad como testimonio histórico y como subversión estética. Sin esta
subversión de valores, sin esa carga de pensamiento, la revolución lingüística
se quedaría en nada. Ambas, en Umbral, son una única y misma cosa. La
palabra vale por su capacidad de insumisión: un contrapoder al acecho”.7
En el primer aniversario de la muerte de Umbral, el periodista Antonio Lucas
escribía: “Pero toda esa cosecha de palabras tenía su avena loca en el artículo,
del que hizo mitología y calle, heráldica, solución inédita y veleta de cuatro
vientos. La columna fue en él la gran pizarra de la Historia”.
Mención a parte merece su compañero periodista Raúl del Pozo. Se
conocieron entre intrigas literarias y ligues varios en el Café Gijón en los
sesenta. “Le conocí cuando llegó en un autocar gris, maleta de soldado y
robaba papeles galgo”, decía del Pozo .Por casualidades de la vida, ha
ocupado el lugar físico que dejó Umbral en el periódico “El Mundo”. Eso es
mucho o es todo, podrían decir otros. Ocupar la columna derecha de la última
página del periódico, supone un honor para el escritor castellano y a la vez un
reto. De pluma fresca, ágil y profunda, Raúl del Pozo sabe quitar los ropajes a
sus personajes de una forma muy umbraliana, sin gafas de culo de vaso y
menos metáforas, pero con más canas y mala leche. El día de su fallecimiento
escribió: “Ni un día sin línea, ni un día sin periódicos, ni un día sin pan, ni un día
sin amor, ni un día sin memoria; él solo es, como dijo el Rey su gallo, una
biblioteca”.
Francisco Umbral supo perfectamente la auténtica dimensión que dentro de su
obra significaban los artículos. En su obra “Mortal y Rosa” escribió: “Los
artículos, primero, fueron mi procedimiento para irme autoestructurando. Eran
una construcción piedra a piedra, paso a paso, el hacerse un nombre, un
hombre y una vida día a día, palabra a palabra. Ahora consumado todo, son
una autodestrucción, y con cada artículo voy quitando un soporte a mi vida, a
mi obra, voy desarticulando pieza a pieza el armazón trabajoso e inútil de mi
vida. Los críticos, los lectores, las gentes dicen que el escritor puede quemarse
con tantos artículos, pero el escritor, contrito, aterido, solo, doliente, huérfano
de todo, lo que quiere es eso, más que nada, y ha encontrado en el artículo
una forma de arder, de desaparecer, una labor inútil y fragmentaria en la que

6
  Bernardo Gómez Calderón. “ Ladrón de fuego: la obra en prensa de Francisco Umbral”. Asociación para
la investigación y el desarrollo de la comunicación. Málaga 2004.
7
  Javier Villán. “Francisco Umbral. La escritura absoluta”. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1996.
deshojarse y morir. El artículo fue mi hacha de guerra, mi estilete, el arma que
me dio la vida para entrar a saco y vencer, la espada corta y segura con que
conquistar y construir un pequeño imperio personal. Y ahora lo vuelvo contra
mí, deshago mi obra en artículos, me disperso, me fragmento, porque hacer
libros es construir con voluntad de pervivencia, con fe arquitectónica, y eso me
resulta ya siniestro (…) Me arranco artículos como el que se arranca la piel a
tiras, como el leproso que se arranca la carne en pellas. He descubierto que el
artículo es una brillante forma de fracasar”.




                                          Francisco Umbral


Francisco Umbral fue un escritor muy laureado, que conoció el reconocimiento
de sus lectores y la crítica especializada en multitud de ocasiones. Obtuvo el
Premio Nacional de Cuentos Gabriel Miró en 1964 con su “Tamouré”, y fue
finalista del premio Guipúzcoa el mismo año por su novela corta “Balada de
Gamberros”. En 1965, con su cuento “Días sin escuela” consiguió el Premio
Provincia de León. A finales de los sesenta fue finalista del premio de cuentos
Tartessos por “Marilén Otoño-Invierno”. Fue también finalista del Premio
Elisenda de Moncada en 1969 por su “Si hubiéramos sabido que el amor era
eso”.
En 1975 obtuvo el Premio Carlos Arniches de la Sociedad General de Autores
y ese mismo año consiguió el Premio Nadal por su novela “Las ninfas”.
El Premio González Ruano de Periodismo lo obtuvo en el 1980 por su artículo
“El trieno” publicado en el periódico “El País”. Fue finalista del premio Planeta
en 1985 con “Pio XII, la escolta mora y un general sin un ojo”, que ese año
ganó el médico humanista Juan Antonio Vallejo Nájera con “Yo, el rey”.
En 1990 obtuvo el Mariano de Cavia por su artículo periodístico “Martín
Descalzo” en “El Mundo”. Ese mismo año alcanzó el Premio Antonio Machado
con su narración corta “Tatuaje”.
El premio Juan Valera de literatura epistolar y el VII Premio Nacional de
Periodismo los obtuvo en el año 1994.
A partir de ese momento, cada año recibe un galardón. En 1995 recibió el
Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos.
El año 1996 es muy importante para Umbral ya que en el mismo recibió el
Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Este galardón supuso un antes y un
después en su palmares. Sabedor de que la obtención del Premio Nobel le
resultaba muy difícil porque su obra es difícilmente traducible a otros idiomas,
sus miras estaban puestas en los premios que resaltaban al español como
lengua.
En 1997 recibió el Premio Fernando Lara por “La forja de un ladrón”, y ese
mismo año el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional de las Letras
Españolas. Obtuvo también la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de
Madrid y el Premio León Felipe a la Libertad de Expresión.
La Universidad Complutense en el año 1999 lo invistió Doctor Honoris Causa
por la Facultad de Ciencias de la Información.
En el año 2000 recibió el premio más preciado por él, el Cervantes. De esta
forma, conseguía lo que se propuso, alcanzar el mayor reconocimiento entre
los escritores que tienen al español como lengua madre.
A ojos de los lectores podíamos decir que había conseguido la gloria humana
que tanto buscó y necesitó. Llama la atención que del año 2000 date uno de
sus mejores poemas, titulado “La tristeza”:

                      “La tristeza ha venido como un buque vacío,
                    la tristeza ha encallado en mi pecho de piedra.
                      Me trae en sus bodegas toda una vida vieja,
                                  quintales de nostalgia
                                y el whisky que he bebido.
                       La tristeza ha venido con faros apagados.
                       No sé de dónde viene ni por qué me visita
                     yo mismo soy un puerto donde para la noche
                       el mar, como noviembre, va ya de retirada.
                                Somos un puerto unánime,
                                 puerto de tierra adentro
                                 donde llegan los meses
                                 como veleros lánguidos.
                                   La tristeza ha venido
                                  y me golpea despacio
                                   como el agua golpea
                                      en los acantilados.
                                      Soy un acantilado
                                  de muertos sucesivos
                                    y estoy aquí parado,
                                     bajo una lluvia fina,
                                     junto al silencio frío
                                  del buque de la pena.
                   ¿Cuánto dura noviembre, cuánto dura una vida,
                  cuánto durará un hombre que tiene ya en el pecho
                       ese peso dormido de los buques sin gente,
                    de los mares sin luna, de los mortuorios días?8
                                         (22-XI-2000)

Obtuvo su último premio, el de periodismo Mesonero Romanos, en 2003.

8
 Francisco Umbral. “Obra poética (1981-2001)”. Edición de Miguel García Posada. Editorial Seix Barral.
Barcelona 2009.
Su auténtica espina clavada fue no ingresar en la Real Academia spañola. Su
deseo fue tan grande por ingresar como su decepción por no hacerlo. En 1986
fue un candidato firme para ocupar el sillón F, apadrinado por Camilo José
Cela, Miguel Delibes y José María de Areilza. Finalmente obtuvo esa silla el
economista y escritor José Luis Sampedro. Desde ese momento la Academia
fue para él objetivo de sus más feroces e irónicas críticas. “Recordarme lo de la
Academia es como recordarme lo de la Guerra Civil”, dijo Umbral años después
de rechazada su candidatura. Prosiguió en esa misma entrevista diciendo: “De
haber ingresado en ella, lo primero que hubiera hecho habría sido ir y mandar a
todos a la mierda, y lo segundo, ya no volver más”. Su no ingreso fue una de
las mayores injusticias cometidas en tan alta institución, al mismo nivel de las
que se cometieron con Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado9 o Gómez de
la Serna. En cualquier caso, el tema le dio para muchos y fantásticos artículos.




                                                        Francisco Umbral

Hemos hecho un recorrido biográfico breve del autor madrileño y nos hemos
acercado a su dimensión de gigante de la escritura. Ha llegado el momento de
encontrarnos con el Umbral más humano, más profundo, con el sujeto sufriente
que encuentra en su literatura su bálsamo y su propia salvación. El medio para
alcanzar nuestro objetivo es acercarnos a su obra más importante, “Mortal y
rosa”, y dejarnos sorprender por la profundidad de sus páginas.
El único hijo de Umbral, Pincho, falleció en Julio de 1974. El escritor finalizó
“Mortal y rosa” entre Noviembre y Diciembre del mismo año. Se publicó por la
editorial Destino en Mayo de 1975. La acogida del libro sólo fue tibia, en
palabras de su amigo el crítico García Posada. Con la distancia del tiempo
nadie duda en que es una obra maestra, y sin duda su obra más célebre y
celebrada. ¿Cómo surgió la idea de este libro? ¿Por qué es tan importante en
la evolución literaria del autor? El escritor Fernando Sánchez Dragó arrojó la
siguiente hipótesis: “Nunca volvió a ser el mismo después de la muerte por
leucemia a los seis años del hijo único que España le había dado. Cuentan que
fue entonces cuando se endureció su carácter y decidió convertir la literatura
9
  Antonio Machado ssí que fue admitido a la Real Academia de la Lengua, pero no leyó su discurso de
ingreso nunca.
en lo que ésta fue ya siempre para él: una celda de monje, un seno de madre,
un acogerse a sagrado, un burladero frente a las acometidas del mondo cane,
del perro mundo que en Yira cantara el tango”.
No existe un acuerdo unánime para definir el estilo de “Mortal y Rosa”. ¿Es un
diario? ¿Es una novela? ¿Es un autorretrato? Él mismo nos da la respuesta:
“Sucesivas iluminaciones concéntricas, rueda de instantes, un faenar con el
presente hasta agotarlo”. Intenta resolver el tema por elevación. Consideramos
que el texto es un diario, fechado elípticamente, que oscila en cuanto a
contenido, entre el autorretrato y la confesión.
Muchos consideran que fue más allá de la literatura con este libro y Umbral
intentó que de alguna forma su escritura fuera terapia para su pena y
amargura. El mismo Sánchez Dragó apostilló: “Mortal y rosa” es, en
consecuencia, no sólo una elegía, un aullido de dolor originado por la muerte a
redropelo, contra natura, de un niño de seis años, sino también la confesión, en
esa especie de diván de psicoanálisis que es, a veces, la literatura, y la
subsiguiente tentativa de autosanación de una triple orfandad de ala amarga y
homicida”.
El título del libro procede de unos versos de Pedro Salinas:

                       “…esta corporeidad mortal y rosa
                       donde el amor inventa su infinito”




                                       “Mortal y Rosa” de Francisco Umbral

Recorriendo sus diferentes capítulos nos encontramos con lo que supuso la
pérdida de su hijo, el dolor, el sufrimiento y sus reflexiones finales sobre el
hombre y el escritor.
En Umbral, es curioso que el dolor y sufrimiento humanos no se refugien en el
silencio, como ocurre en tantos escritores. Todo lo contrario, alcanzan la mayor
de las intensidades que su literatura puede procurarles.
La relación con su hijo Pincho era tan especial, que le arrancó los versos del
poeta que quiso ser, venciendo toda la resistencia a su formulación que él con
otras personas o temas había presentado:

                            Hijo, salto que da el día
                                 hacía otro día.
                                  Pimpirincoja,
zapateta,
                               pingaleta en el aire
                                 hacia otro aire.
                             Por ti van las semanas
                                    a patacoja,
                                  sin pisar raya.
                         El que pisa raya pisa medalla.
                           Cuando no sabe el mundo
                                 qué paso dar,
                           y todo está en suspenso,
                                 como trabado,
                            saltas tú a pies juntillas,
                                 salvas la zanja,
                            y vuelve el día a correr,
                                claro en tu agua.


La pérdida del hijo para el matrimonio Umbral fue un golpe durísimo. Los
amigos de la familia recuerdan que tanto Umbral como su mujer, España,
sobrellevaron la muerte de su hijo como mejor pudieron, refugiándose en la
intimidad de su hogar, lejos de todos y de todo. Así expresa la sensación de
pérdida el genial escritor: “Solo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú.
Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la
noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en
el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo
doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo
fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad
nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de
tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco
el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.
Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, ese mediodía
con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados
y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la
primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de
puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la
obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige
siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la
persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar”.
Maravillosas palabras que dan fe de la razón por la que vive un hombre.
Cuando ésta desaparece, en este caso el hijo, toda la realidad se vuelve
ininteligible y tediosa.
Antes del fallecimiento de Pincho, Umbral tuvo que vivir los sinsabores del día
a día de su cruel enfermedad. Esta experiencia en muchas ocasiones es más
dura que la de la propia pérdida del ser querido. Es muy complicado soportar el
dolor propio, pero es más difícil en algunos momentos comprender el dolor de
los que queremos. Todo es además menos inteligible cuando el que sufre es
un niño. Con el dolor de los niños nunca llegaremos a acostumbrarnos, no
queremos presenciar la vulnerabilidad del hombre en los más pequeños, nos
revelamos ante la naturaleza y ante el Creador. No puede existir una
Naturaleza equilibrada y evolucionada si en ella tiene cabida el dolor en los
niños, ni puede existir una divinidad que permite el sufrimiento en ellos.
Umbral transpiraba en aquel momento dolor: “Hay que beber a morro del dolor,
como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la
sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre.
Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos
cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una
nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi
dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento
que estaba en mí y yo no conocía. La saciedad del dolor es como la saciedad
del placer. El dintel de una paz vacía, de un cielo plano y soso, de una
neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la
naturaleza.
La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de
perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría
misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia
sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. Voy tras sus oscuras
pezuñas y de vez en cuando, sí, bebo en las fuentes amargas y densas, con
sabor a hierro y a muerte. No huyo mi dolor, no me lo dosifico, como el suicida
precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo
agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente,
bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce
del mundo”.
Sorprende la finura de la definición del dolor, con la impronta propia del juego
metafórico umbraliano. Cualquier hombre dolorido en su ser, entiende esas
palabras. Identificarse con ellas ahuyenta el fantasma de la soledad y la
incomprensión que puede sentir alguien cuando cae bajo la dictadura del dolor.
El no saberse diferente como ser doliente es un primer paso para que éste
pueda ser soportado. Las palabras de Umbral, a modo de confesión, buscan la
compresión y el acogimiento del otro en la misma medida.
Umbral no sólo describió el dolor, el sufrimiento le alcanzó y necesitó
explicitarlo: “Sufro como un hombre, a la medida del hombre, con mis recursos
y mi mecánica de hombre, pero dentro de mí, dentro de ese sufrimiento, hay
algo más sufriente, una pulpa casi submarina de sollozo, un fondo último y
retráctil de dolor al que temo descender, que no me atrevo a tocar. Es ya un
sufrimiento como vegetal, el gemido de la flor rota –ya se sabe que las plantas
gimen-, un dolor no humano, un miedo anterior al hombre, una medusa de
espanto, o sé. Lo más sensible y doliente de lo vivo, el cartílago marino y
vegetal, sin otra conciencia que el dolor, donde algo pulsa infinitamente, muy
por debajo de mi dolor racional, mediocre, de hombre que sufre”.
Nuevamente vuelve a ser espléndida su descripción de lo sutil de la membrana
que envuelve nuestro interior más vulnerable y sufriente.
Muchos echan de menos una mirada al sentido de estas emociones humanas
que tan magistralmente describe, y a la que Umbral renuncia. Casi con toda
seguridad, y de modo consciente, Umbral por no querer introducir el concepto
de trascendencia en sus reflexiones, se olvida del sentido de las mismas.
En su breve y poco conocida obra poética si que hace algún guiño al sentido de
los sucesos vitales que ha vivido. Así podemos destacar su poema “La Gloria”
que data del año 2001 y que está revestido de un enorme sentido dentro de la
perspectiva umbraliana:
“Acude la alegría y sus estándares,
                       acuden las mujeres con sombreros,
                        con jarras, con ardillas en el pelo,
                            acuden generales impolutos
                         y adolescentes leves como agua.
                              Pero la gloria está vacía,
                             en el triunfo no hay nadie,
                                  en sus esquinas.
                              Todo es representación,
                             la noche es más verídica,
                               la calle es más sincera
                             con sus mendigos azules,
                                    con su llama,
                              con su verdad de vuelta.
                        El mundo se cayó de una carroza,
                      la gloria sólo alumbra las ausencias,
                        cuánta gente se ha ido de mi vida,
                        cuánta gente se ha ido de la vida.
                        El éxito es un mixto que se apaga,
                     el triunfo es plano como una alegoría,
                         la fama tiene roncos los clarines,
                       la gloria es una noche mal dormida,
                     un despertar sin nadie, con hachones,
                         para salir desnudo a los jardines
                        donde la luz ya da sus acuarelas”.

Finalizamos nuestro recorrido por la vida y obra de Umbral con la reflexión que
hace sobre el hombre en su libro, “Mortal y rosa”: “Siempre ha sido así, aunque
ahora esté eso más favorecido. La humanidad tiene sed de humanidad. El
hombre, animal adorador. Necesitamos adorar a otro hombre. Los adoradores
de Dios, también le dan figura humana. Si no, no tendría gracia. La
antropofagia intelectual –y no sólo intelectual- es un hecho. Detrás de la
política, del arte, de la cultura, se busca a una persona. Imposible abolir el culto
a la personalidad. Los socialismos han tratado de hacerlo, con muy buen
sentido y poco éxito. El hombre no está para abstracciones. El hombre necesita
del hombre. La humanidad deglute políticos, artistas, héroes, genios, mujeres
hermosas.
Y a eso vienen, a comerme por un pie en la modesta medida en que yo soy
comestible. Si eres glorioso das de comer a multitudes. Si eres sólo
modestamente popular, como pudiera ser el caso de uno en determinado
momento, das de comer a cuatro periodistas hambrientos y cuatro
universitarias asténicas. La humanidad se alimenta de sí misma. Ni los paisajes
ni las geografías ni las historias son nada si no les ponemos un condimento
humano. Todo paisaje ha de ser paisaje con figuras. Y esto porque la gente
necesita creer en sí misma. Estamos todos aquí tan perdidos, tan sin destino,
la humanidad está tan desempleada que necesita el ejemplo de los grandes, de
los decididos, de los triunfadores, de los gloriosos, de los que parece que
tienen destino, aunque tampoco lo tengan.
Por eso, cuando vienen a verme o me llevan a que me vean, procuro dar
sensación de seguridad, de gran seguridad, pues decía William Blake que si el
sol dudase un momento, se apagaría. Y lo que la gente quiere es eso: soles
humanos, personajes que no duden, seres seguros de su destino. Así triunfan
los políticos y los conductores de masas. Y el escritor, por ejemplo, sin llegar a
tanto, tranquiliza y difunde seguridad si él la tiene o la aparenta. Lo que más
fascina a esta humanidad indecisa es la decisión, aunque sea fingida. Mueve
más una mentira firme que una verdad pensativa. Procuro, con Blake, no dudar
un momento, como el sol, aunque realmente viva en la luna”.

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  • 1. Francisco Umbral: “Un ser de lejanías"
  • 2. Francisco Umbral es la metáfora del idioma español. Sus gafas imposibles escondieron adjetivos, su bufanda blanca protegió su corazón de esnob y sus botines le procuraron sus andares de dandy. Fue un hombre desnudo, vestido sólo por las palabras libres que su máquina de escribir tejía sin parar. “Pequeña metralleta entre mis manos, máquina de matar con adjetivos, máquina de escribir, arma del tiempo.”1 Francisco Umbral Cortaba los trajes sin patrones y tentaba a las personas con la manzana de su inteligencia mordaz. Tocó fondo y no le gustó ese terreno fangoso. A partir de ese momento, se olvidó del hombre y se elevó veinte centímetros por encima del resto de los mortales. Con hechuras de gigante de la literatura sufrió las envestidas de muchos caballeros andantes que lo confundieron una y otra vez. Su amigo el poeta José Hierro acertó calándolo como pocos, no con un verso fácil, sino llamándolo “Don Francisco de Cervantes Umbral”. O sea. “La pasión última de mi literatura es metaforizar (…) ¿Dónde está el placer de la metáfora? En la fruición de un encuentro inesperado, de dos cosas que copulan sin conocerse”. Escribir con metáforas es reinventar el español, es atreverse con el “ochomil”. Nos interesa Francisco Umbral como escritor mágico, pero nos acercaremos a su vida que nos invitará a reconocernos en su desgracia y nos propondrá el pacto de reconciliarnos con él. El hombre y el escritor copulando, pero esta vez con conocimiento previo. Comenzaremos observando los trazos gruesos de su vida, seguidamente bucearemos en su figura de gigante de la literatura, y concluiremos encontrándonos al hombre. La España republicana de 1935 que estrenaba gobierno, presidido por Niceto Alcalá Zamora, conoció el miércoles 11 de Mayo que doña Ana María Pérez Martínez daba a luz a un varón en un hospital benéfico de la capital de España. Ese niño nacido en la soledad y en el secreto, fue inscrito en el registro civil, tres días después de su alumbramiento, con el nombre de Alejandro Francisco Pérez Martínez. 1 Francisco Umbral. “Obra poética (1981-2001)”. Edición de Miguel García Posada. Editorial Seix Barral. Barcelona 2009.
  • 3. Nuestro gran Francisco Umbral fue hijo natural de una joven vallisoletana que por los rigores sociales de la época se trasladó a Madrid para dar a luz. Sólo tuvo en aquellos duros momentos el calor de su madre y la distancia e incomprensión de su padre. Madre e hijo abandonaron la Maternidad tres días después del parto, y el niño fue bautizado en la pequeña capilla del establecimiento benéfico dependiente de la parroquia de San Cayetano.2 Este hecho marcaría de forma muy importante a Umbral durante toda su vida. “Yo soy el fruto de una muchacha en flor, solo eso me ha dado verdad, identidad y salud mental. Ahí, en el cuerpo alto, bajo el vestido de un verano tranquilo y vulgar, en el vientre de fuego y dibujo de las playas, viví nueve meses que fueron mi verdadera vida y me prepararon para lo subsiguiente, una mera continuación en el exterior, vengando siempre su vida y su muerte con cada triunfo y cada crimen personales”. La familia de su madre era muy católica y conservadora y no facilitó su regreso con el pequeño al seno familiar. Convinieron en que fuera criado por una nodriza en Laguna de Duero, localidad cercana a Valladolid, junto a otros niños. Tanto su madre como su abuela lo visitaban con la frecuencia que podían. En esa situación transcurrieron sus primeros cinco años de vida. Fue escolarizado, según se dice por su mala salud, cuando ya contaba diez años. Fue un alumno indómito y fue expulsado al año de su ingreso en el colegio. Parece ser que ya no volvió a matricularse más. El niño era, sin embargo, un lector compulsivo y autodidacta de todo tipo de literatura. Recordaría años después en su libro “¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?”, a don Gonzalo su profesor, que si bien lo castigaba frecuentemente, también le descubrió el libro “Corazón” de Edmundo D´Amicis. “Pienso que Corazón me hizo más escritor que ningún otro libro, pues no se me escapaba por arriba, como Hamlet, ni me abrumaba con sus arrobas, como El Quijote”.3 Una vez de regreso a Valladolid, y viviendo con su madre, con sólo catorce años comenzó a trabajar como ordenanza en el Banco Central. Esa etapa la define de la siguiente manera: “El secreto estaba en enviar solo una mínima parte de sí mismo a cumplir con el oficio y ganar el sueldo, reservándose el resto, en cuerpo y alma, para leer y escribir”. Sus compañeros de trabajo reconocieron en el joven Umbral su intensa vocación literaria en plena adolescencia. Leía a Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, entre otros. Gustaba de imaginar historias literarias en su cabeza mientras paseaba por la calle Santiago tras salir de la misa dominical de las doce en la catedral. Lo recuerdan en aquella época como un joven muy “finolis”. Mientras la mayoría de adolescentes disfrutaban jugando al balón, él se paseaba bien vestido y con un libro bajo el brazo. Su actitud dejaba ver su firme voluntad inicial de distinción, de individuación, de dandinismo precoz al que él mismo se refirió en muchas ocasiones. 2 Anna Caballé. “Francisco Umbral. El frío de una vida”. Editorial Espasa. Madrid 2004. 3 Francisco Umbral. “¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?”. Editorial Destino. Barcelona 2003.
  • 4. Francisco Umbral (centro) en Valladolid En ese Valladolid de posguerra comenzó a escribir en la revista Cisne, del Sindicato Estudiantil Universitario (S.E.U.), y era de los habituales de las diferentes conferencias y lecturas públicas de poesía que se celebraran en la ciudad. Su madre sufrió una tuberculosis que se complicó con una miocarditis, que finalmente le causó la muerte. Era el año 1953, y con tan sólo cuarenta y siete años falleció. En aquellos momentos se sintió realmente solo, huérfano, y aunque parece que mantuvo una actitud en todo momento de entereza y sorprendente madurez, decidió que su vida debía cambiar: “Adiós mamá, adiós a esta casa de muertos, a nuestra triste vida, a tanta soledad, perdóname, mamá, pero no voy a quedarme aquí, nunca más iré a la oficina (…) no quiero esta ciudad, tus conciertos, tu música, ya has muerto y nada me queda aquí”. Por esa época comenzó a salir con su vecina España Suárez Garrido. Se habían conocido en el paseo Recoletos, junto a los jardines de Campo Grande. Era una chica delgada, rubia, discreta, dulce y con mucho estilo. Era toda una belleza. Cursó los estudios de Magisterio, pero con el tiempo desarrolló su afición por la fotografía, y se convirtió en profesional de la misma. Umbral decidió cambiar de ciudad y se marchó a León junto a sus primos. Allí trabajó para un periódico y una radio. Tras varios años de noviazgo, la joven pareja decidió casarse y poner así fin a la distancia física que existía entre ambos. El 8 de Septiembre de 1959 en la parroquia de San Marcos de Valladolid contrajeron matrimonio. Francisco contaba con veintisiete años y España con veintitrés. Desde ese momento no se separarían jamás. Su mujer fue el contrapunto necesario para un auténtico gigante de las letras que necesitaba junto a él a la persona serena que lo anclara en muchas ocasiones al peso y la verdad de la realidad. “Ésa eres tú, aquella a la que el jardín divide, multiplica. Criatura nada intelectual –ni falta que hace-, te entiendes bien con las plantas, con el agua, sabes entrar en conversación con lo callado”.4 4 Francisco Umbral. “Carta a mi mujer”. Editorial Planeta. Barcelona 2008.
  • 5. Francisco Umbral y su mujer María España Por motivos profesionales, y con hambre de mundo y éxito literario, se trasladó Francisco Umbral a Madrid en 1961. Inicialmente partió a la capital de España solo, sin la compañía de su mujer. En Madrid tuvo una actividad profesional frenética. En el año 1965 sufrió una tremenda crisis personal, fruto de un cuadro neurótico, que podía haberse generado por su dedicación plena y a veces enfermiza a su profesión. Tanto es así, que hizo un parón en su vida con el fin de recuperarse. De ese periodo escribió: “Debiera haber sido el momento justo de retirarse, de buscar un trabajillo menudo y reposado, de olvidar para siempre la pintoresca necesidad de triunfo, la neurótica afirmación de la personalidad, la segregación insensata de letra impresa, y dedicarse a la contemplación de los amaneceres, la rotación de las verbenas y la pasión de los crepúsculos. ¿Por qué no lo hice?”. El año 1968 fue un año muy importante para la familia Umbral. El día 14 de Octubre de ese año nació su primer y único hijo, Francisco Pérez Suárez (Pincho). Francisco contaba con treinta y seis años y su mujer con treinta y dos, cuando nació el niño. Tenían toda la vida por delante. En esa época comenzó a despuntar Umbral como periodista y novelista cada vez más reconocido. Todo hacía pensar que el futuro sólo le tenía reservado momentos de felicidad y triunfo, tanto en lo personal como en lo profesional. En el año 1973, su hijo debutó con una leucemia. El doctor Linares de la Clínica de la Concepción de Madrid fue el responsable de su atención. En esos años, todavía la leucemia era una enfermedad incurable. Consultaron con diferentes especialistas del mundo, pero no existía un tratamiento eficaz para la dolencia que padecía Pincho. En los primeros meses del 1974, la enfermedad se agravó y finalmente falleció el día 23 de Julio de ese año, de la mano de sus padres en las primeras horas de la mañana, en la Clínica de la Concepción de Madrid. La muerte de Pincho fue la caída de caballo en su particular camino a Damasco. Su vida dio un cambio de ciento ochenta grados y transpirando su pena, nació “Mortal y Rosa”, su obra cumbre, y primer peldaño de su nuevo caminar. En español no existe ninguna obra literaria que exprese mejor el dolor y el sufrimiento que se siente ante la pérdida de un hijo. “Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad”.5 5 Francisco Umbral. “Mortal y rosa”. Editorial Planeta. Barcelona 2007.
  • 6. Francisco Umbral junto a una foto de su hijo Pincho Su vida fue creciendo en lo literario y se fue “deconstruyendo” en lo personal. Miles de artículos y decenas de libros intentaron enjugar sus lágrimas en los años que posteriormente vivió. En el 2003 sufrió una grave neumonía, tras una intervención quirúrgica digestiva, que hizo temer por su vida. El doctor Juan Abarca cuidó de la maltrecha salud de Francisco Umbral en sus últimos años. En el verano de 2007 el escritor se sintió cada vez más débil y fue ingresado en la Clínica Montepríncipe de Madrid. El día 28 de Agosto de 2007 falleció Francisco Umbral de un fallo cardiorrespiratorio en la clínica madrileña acompañado de su inseparable y fiel esposa. A las dos horas y treinta minutos su corazón se despidió de las palabras. Al día siguiente fue incinerado a las diez y treinta minutos en el cementerio de la Almudena, y sus cenizas fueron trasladadas al nicho en el que reposaban los restos de su hijo. De ese modo, ambos descansan juntos y transitan de la mano por la eternidad. La manera de vivir, de ser, de Francisco Umbral, tiene mucho que ver con su forma de escribir. Conociendo a Umbral podemos conocer algo de su literatura, profundizando en sus escritos nos encontramos al hombre sin ningún género de dudas. Su vida nos enseña al escritor que quiso ser, su literatura al hombre que fue. En este escritor, interesarnos por su literatura es interesarnos por él. Intentaremos explicar a continuación estas observaciones. La escritura poliédrica del autor vallisoletano escapa a una definición sencilla. El analista superficial la podría definir como prosa lírica que aspiró a ser poesía narrativa. Son conceptos muy limitados en este caso. Nosotros consideramos que es un escritor autorretratista. El francés Michel Beaujour, gran investigador de la literatura autorretratista, define a esa modalidad autobiográfica por poner el énfasis de la misma en la identidad antes
  • 7. que en la historia individual: “Yo no voy a contar lo que he hecho, sino que voy a deciros quién soy”. Ese es el resumen final. Careciendo de un compromiso explícito con la verdad de los hechos, el escritor autorretratista arranca de una crisis o experiencia inaugural que es la del vacío, la de ausencia de sí, que, no obstante, sabe transformar en una experiencia pletórica de afirmación ante los demás, pues a su pluma acuden motivos suficientes para llenarla: recuerdos, fantasías, miedos, ideas, convenciones, represiones, fantasmas, etcétera. Rasgo connatural al autorretratista es su incertidumbre acerca del carácter de lo que escribe, y por supuesto la indefinición genérica de la literatura de Umbral es ya un argumento a favor de su autorretratismo. El mismo escritor expone: “Es curioso cómo puede un escritor llegar a la madurez literaria sin haber elegido camino definitivo. Todavía no sé, en realidad, si lo mío es el ensayo, el poema, el artículo o qué.” Umbral consideramos que es el mejor representante español del autorretratismo. De su estilo literario deriva su manera de vivir. No desarrolla su autobiografía, novela, tras novela, ni construye unas memorias permanentes. Un autorretratista como es él, no sabe nunca claramente adónde se dirige, no existe una progresión en su narrativa. El autorretrato literario va y viene entre la generalidad y la particularidad, lo íntimo y lo público, el desnudamiento y el compromiso social. Para compensar la desestructuración formal que arranca de tomarse a sí mismo y libremente como materia literaria, a la manera de Montaigne, el autorretrato se acoge a una tradición cultural que nutre y formaliza su escritura, permitiéndole ventilar a su autor, y a su modo, todo aquello que lleva dentro y que sirve para dar respuesta a una pregunta decisiva: quién soy yo. Su escritura es estática, no dinámica. Disfruta con la descripción, y sus observaciones le brindan la oportunidad de escribir a través de la metáfora. No existe movimiento en sus escritos, ni progresión alguna. Sus novelas no dejan de ser una sucesión de escenas con intención de remansarse, para que podamos fijarnos y volver una y otra vez a la idea de la que partió el libro. La primera tentación ante cualquier novela de Umbral es reconocerlo en ella, a través de la ingerencia de hechos biográficos en la misma, como el protagonista real de la historia. Debemos huir de ese presupuesto, ya que no encontraremos nunca al Umbral biográfico entre los diferentes capítulos, pero sí podremos encontrarnos con el Umbral literario y retratado, que es el que nos fascina sin límite. Francisco Umbral
  • 8. Todo escritor tiene un bautizo literario, que le hace abrazar la nueva fe en las palabras. Su primer padrino fue Miguel Delibes, el gran escritor castellano. “Yo conocí a Umbral por la calle Santiago. Teníamos amigos comunes”, recuerda el autor vallisoletano. La primera colaboración localizada de Umbral en el periódico “El Norte de Castilla” data del 21 de Marzo de 1957 y fue posible gracias a la gestión hecha por Carlos Campoy García, redactor jefe del periódico. Delibes se hizo cargo de la dirección del periódico en 1958, y se propuso introducir cambios en el mismo, entre los que destacaba, la apertura a nuevos autores que mostraran una cara diferente a la rigidez intelectual del régimen franquista. De esta forma, comienzan a colaborar escritores como José Jiménez Lozano, Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos y Francisco Umbral entre otros. A Umbral en aquel tiempo no le interesaba la política y sólo escribía de literatura. En la sección “Las Artes y las Letras” comparte páginas con los hermanos Cossío, Ignacio Aldecoa, Julio Camba, y el propio director, Delibes. Con su marcha a León no abandonó sus colaboraciones con el periódico, y comenzó a trabajar en la emisora de radio “La Voz de León”. En ella escribía guiones pero también tenía espacio para leer sus propios artículos. Coincide trabajando allí con un joven Luis del Olmo. Tras un programa en la noche del 29 de Mayo de 1958, dedicado a la muerte en Puerto Rico del genial poeta español Juan Ramón Jiménez, Francisco Pérez Martínez, comienza a llamarse Francisco Umbral. Esa noche fue espectadora de excepción del asalto a la gran literatura que un joven periodista de provincias quería hacer. El cambio de nombre fue una declaración de intenciones: cedía su vida a la causa literaria. Poco tiempo después alternó su trabajo en la radio con su participación en un nuevo periódico “Diario de León”. En él rápidamente son apreciadas sus columnas y su influencia se extiende. Tuvo un incidente con la Sección Femenina, muy poderosa en aquellos años, y Francisco Umbral tuvo que salir del periódico. Este hecho fue el pretexto que necesitaba para atreverse a conquistar Madrid. Con veintiocho años partió a Madrid, corría el año 1961, y en su maleta había poca ropa pero muchos deseos de triunfo profesional. En la capital de España comprobó la fuerza y nitidez de su vocación literaria, y desde el primer momento se dio cuenta de que quería vivir de y para la literatura, y por tal motivo estaba dispuesto a pagar el diezmo que se le solicitara. Se instaló en una pensión cercana a la Gran Vía, comenzó con los bocadillos de calamares, y acabó entre folios. Es muy relevante la actividad que realiza desde su año de llegada a Madrid, el 1961, hasta el año 1976, en que entra a engrosar la plantilla del diario nacional “El País” como uno de sus columnistas estrella. En ese momento podemos considerar que el escritor castellano había llegado al reconocimiento generalizado por parte tanto de los lectores como de sus compañeros. Valladolid fue la fuente de su obra inicial y Madrid recogió el testigo en su madurez profesional. No podemos entender la obra de Umbral sin haber buceado en su vida en ambas ciudades. A tal punto llegó su necesidad mutua, que tampoco se entiende el Valladolid y el Madrid del siglo XX sin la escritura de Umbral. “Madrid era todavía, hacia el año 60, una ciudad tomada por la literatura, minada de cuevas literarias y vocaciones obstinadas. Yo tenía el problema de conquistar Madrid con una máquina de escribir, que por entonces manejaba y
  • 9. acariciaba como si fuese una ametralladora”. Así recordaba Francisco Umbral sus primeros tiempos en la capital de España. Resume perfectamente a Madrid y su primera y última intención. Sus primeros años madrileños no pueden entenderse si no nos detenemos un momento en el Café Gijón. Una tarde visitó por primera vez el establecimiento de la mano del poeta cordobés surrealista, Manuel Álvarez Ortega. En el conocido café del Paseo de Recoletos de Madrid, entre las calles Prim y Almirante, Umbral se hizo un hueco en la tertulia de los poetas, cuyo mascarón de proa era Gerardo Diego. Allí pudo departir con Manuel Alcántara, José García Nieto, Camilo José Cela, Fernando Fernán Gómez, Eusebio García Luengo, Enrique Azcoaga, Félix Grande o Buero Vallejo entre otros. Allí, entre escritores, percibió claramente que había elegido perfectamente el lugar para comenzar a amar Madrid, elaborar su mapa personal y lanzarse a la aventura de conquistarlo. Conquistar la capital era para él, el paso previo para comenzar a reinar en la literatura y en el periodismo. No quería jugar en terrenos discretos de juego, quería comenzar por el “Bernabeu” literario, no rehuir la batalla del partido difícil. Sus goles serían narrados a nivel nacional, pensó con la ingenuidad y ambición del que llega de provincias. Félix Grande escribió: “Cuando Francisco Umbral llegó a Madrid procedente de Valladolid, recién casado, apuesto de esqueleto y vestido de altanera elegancia, todos supimos que acababa de irrumpir en la capital un escritor de raza”. En el Café Gijón de aquellos años no sólo se estaba construyendo la nueva literatura, que tanto significó en periodos posteriores, sino que se estaba pergeñando el “golpe de estado” al periodismo estático y aburrido que reinaba. Con las armas del atrevimiento, de la prosa repentina, con ecos de la noche y con una retórica faltona, Umbral, Raul del Pozo, Manuel Vicent y Cándido, pretendieron entrar a “saco” en las redacciones de los vetustos periódicos. Umbral nunca escribió en el Café Gijón, necesitaba su ruido, su debate, su humo, para posteriormente intimar con su máquina de escribir. Su relación especial con esta cafetería la expuso magistralmente en el 1977 con su libro “La noche que llegué al Café Gijón”. No hay escritor que se precie que no necesite de un Café, con mayúscula y poca cafeína. El Café Gijón fue la cafetería de la facultad a la que nunca acudió Umbral. Francisco Umbral (tercero por la derecha) en el Café Gijón Nos interesa en estos momentos resaltar la relación que estableció en aquellos momentos con el Nobel español Camilo José Cela que tanto tuvo que ver con el desarrollo inicial de la obra de Umbral en Madrid. De la relación y admiración
  • 10. mutua de aquellos años, nació la amistad entre estos dos grandes de la literatura, que tantos frutos posteriormente ofreció. Cabe resaltar el libro que Umbral dedicó a su admirado amigo: “Cela: un cadáver exquisito”. Cuando Umbral conoce a Cela, el segundo es un escritor reconocido que ha escrito ya “La colmena” y que ha ingresado en la Real Academia de la Lengua. De hecho su primer encuentro más cercano, es de la mano de García Nieto, que le encarga al joven Umbral que le haga una entrevista a Cela en Mallorca, ciudad donde rresidía en aquella época, en Mayo de 1963. De ese encuentro, se queda fascinado con la originalidad y contundencia de un Cela en plena fase de reconocimiento público a su obra. Muchos han visto en esta amistad una relación de intereses, donde finalmente Umbral defendió a Cela en sus peores años, y éste fue protagonista principal para que se le concediera al primero el Premio Cervantes. Una visión muy reducida e interesada de esta amistad a nuestro juicio. Nos quedamos con lo que cada uno pensaba del otro. Cela escribe de Umbral: “Tú tienes voz propia, querido Paco, no hay más que leerte cada mañana para verlo, y eso es lo que salva tus páginas, siempre maestras, pero también arruina tus días, siempre azarosos”. Umbral escribió del autor de “Viaje a la Alcarria”: “Cela era un genio del vivir y del escribir viviendo y del vivir escribiendo, y en esto es donde queda portentoso, aunque no lo hayan dicho nunca los críticos, que no suelen decir estas cosas.” Francisco Umbral y Camilo José Cela Retomamos la actividad periodística y literaria de Francisco Umbral en aquellos años de Madrid antes de consagrarse como articulista estrella en el periódico con más difusión en la España de la Transición. Su actividad fue frenética, mantuvo sus colaboraciones con “El Norte de Castilla”, pero comenzó también a escribir en la revista “Vida Mundial” de Manuel Cerezales, en la revista mensual “Punta Europa” dirigida por Vicente Marrero y en “Mundo Hispánico” de José García Nieto, del que escribió en su “Diccionario de Literatura”: “Era criatura de ironía e inteligencia, persona muy por encima de su personaje, con un cinismo de buena voluntad y una generosidad de casi madre”. Colaboró en “Poesía Española” que también dirigía García Nieto y se lanzó en aquellos laboriosos años a la escritura de diferentes libros, entre los que destacan “Balada de Gamberros” o “Larra. Anatomía de un dandy”. Todos estos años tan fértiles en la obra de Umbral, le supusieron el alcanzar un estatus de escritor entre los grandes, tanto por sus libros, como por sus innumerables artículos. Madrid desde ese momento se convirtió en su auténtica ciudad natal y desde allí se cristalizaban sus aspiraciones de universalidad a través de su literatura. En su obra “Trilogía sobre Madrid”, queda nítidamente lo
  • 11. que supusieron esos años para Umbral. Umbral quiso ser Madrid, después Madrid no llegó a entenderse sin Umbral. La actividad periodística de Umbral fue muy relevante dentro del conjunto de su obra.6 No podemos entender a Umbral si no valoramos su perfil como uno de los mejores columnistas del periodismo de la segunda mitad del siglo XX. La columna era el sitio de su recreo, en ella reinventaba el español y crecía como escritor a diario. Fue el protagonista de los principales periódicos del país. De 1976 a 1988 se dejó ver en “El País”. Posteriormente pasó un año en “Diario 16”, y desde 1989 apareció diariamente en el periódico de Pedro J. Ramírez, “El Mundo”, en su columna “Los placeres y los días”. En el primer diario citado supo describir como nadie el movimiento contracultural conocido como la “movida madrileña”, y en el último asistía diariamente a su reconocimiento como el mejor articulista en español vivo. Muchos autores han opinado sobre su actividad articulista. Así el crítico Javier Villán escribió: “El brillante escritor Francisco Umbral, es un cronista que toma la realidad como testimonio histórico y como subversión estética. Sin esta subversión de valores, sin esa carga de pensamiento, la revolución lingüística se quedaría en nada. Ambas, en Umbral, son una única y misma cosa. La palabra vale por su capacidad de insumisión: un contrapoder al acecho”.7 En el primer aniversario de la muerte de Umbral, el periodista Antonio Lucas escribía: “Pero toda esa cosecha de palabras tenía su avena loca en el artículo, del que hizo mitología y calle, heráldica, solución inédita y veleta de cuatro vientos. La columna fue en él la gran pizarra de la Historia”. Mención a parte merece su compañero periodista Raúl del Pozo. Se conocieron entre intrigas literarias y ligues varios en el Café Gijón en los sesenta. “Le conocí cuando llegó en un autocar gris, maleta de soldado y robaba papeles galgo”, decía del Pozo .Por casualidades de la vida, ha ocupado el lugar físico que dejó Umbral en el periódico “El Mundo”. Eso es mucho o es todo, podrían decir otros. Ocupar la columna derecha de la última página del periódico, supone un honor para el escritor castellano y a la vez un reto. De pluma fresca, ágil y profunda, Raúl del Pozo sabe quitar los ropajes a sus personajes de una forma muy umbraliana, sin gafas de culo de vaso y menos metáforas, pero con más canas y mala leche. El día de su fallecimiento escribió: “Ni un día sin línea, ni un día sin periódicos, ni un día sin pan, ni un día sin amor, ni un día sin memoria; él solo es, como dijo el Rey su gallo, una biblioteca”. Francisco Umbral supo perfectamente la auténtica dimensión que dentro de su obra significaban los artículos. En su obra “Mortal y Rosa” escribió: “Los artículos, primero, fueron mi procedimiento para irme autoestructurando. Eran una construcción piedra a piedra, paso a paso, el hacerse un nombre, un hombre y una vida día a día, palabra a palabra. Ahora consumado todo, son una autodestrucción, y con cada artículo voy quitando un soporte a mi vida, a mi obra, voy desarticulando pieza a pieza el armazón trabajoso e inútil de mi vida. Los críticos, los lectores, las gentes dicen que el escritor puede quemarse con tantos artículos, pero el escritor, contrito, aterido, solo, doliente, huérfano de todo, lo que quiere es eso, más que nada, y ha encontrado en el artículo una forma de arder, de desaparecer, una labor inútil y fragmentaria en la que 6 Bernardo Gómez Calderón. “ Ladrón de fuego: la obra en prensa de Francisco Umbral”. Asociación para la investigación y el desarrollo de la comunicación. Málaga 2004. 7 Javier Villán. “Francisco Umbral. La escritura absoluta”. Editorial Espasa-Calpe. Madrid 1996.
  • 12. deshojarse y morir. El artículo fue mi hacha de guerra, mi estilete, el arma que me dio la vida para entrar a saco y vencer, la espada corta y segura con que conquistar y construir un pequeño imperio personal. Y ahora lo vuelvo contra mí, deshago mi obra en artículos, me disperso, me fragmento, porque hacer libros es construir con voluntad de pervivencia, con fe arquitectónica, y eso me resulta ya siniestro (…) Me arranco artículos como el que se arranca la piel a tiras, como el leproso que se arranca la carne en pellas. He descubierto que el artículo es una brillante forma de fracasar”. Francisco Umbral Francisco Umbral fue un escritor muy laureado, que conoció el reconocimiento de sus lectores y la crítica especializada en multitud de ocasiones. Obtuvo el Premio Nacional de Cuentos Gabriel Miró en 1964 con su “Tamouré”, y fue finalista del premio Guipúzcoa el mismo año por su novela corta “Balada de Gamberros”. En 1965, con su cuento “Días sin escuela” consiguió el Premio Provincia de León. A finales de los sesenta fue finalista del premio de cuentos Tartessos por “Marilén Otoño-Invierno”. Fue también finalista del Premio Elisenda de Moncada en 1969 por su “Si hubiéramos sabido que el amor era eso”. En 1975 obtuvo el Premio Carlos Arniches de la Sociedad General de Autores y ese mismo año consiguió el Premio Nadal por su novela “Las ninfas”. El Premio González Ruano de Periodismo lo obtuvo en el 1980 por su artículo “El trieno” publicado en el periódico “El País”. Fue finalista del premio Planeta en 1985 con “Pio XII, la escolta mora y un general sin un ojo”, que ese año ganó el médico humanista Juan Antonio Vallejo Nájera con “Yo, el rey”. En 1990 obtuvo el Mariano de Cavia por su artículo periodístico “Martín Descalzo” en “El Mundo”. Ese mismo año alcanzó el Premio Antonio Machado con su narración corta “Tatuaje”. El premio Juan Valera de literatura epistolar y el VII Premio Nacional de Periodismo los obtuvo en el año 1994. A partir de ese momento, cada año recibe un galardón. En 1995 recibió el Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos. El año 1996 es muy importante para Umbral ya que en el mismo recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Este galardón supuso un antes y un
  • 13. después en su palmares. Sabedor de que la obtención del Premio Nobel le resultaba muy difícil porque su obra es difícilmente traducible a otros idiomas, sus miras estaban puestas en los premios que resaltaban al español como lengua. En 1997 recibió el Premio Fernando Lara por “La forja de un ladrón”, y ese mismo año el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas. Obtuvo también la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y el Premio León Felipe a la Libertad de Expresión. La Universidad Complutense en el año 1999 lo invistió Doctor Honoris Causa por la Facultad de Ciencias de la Información. En el año 2000 recibió el premio más preciado por él, el Cervantes. De esta forma, conseguía lo que se propuso, alcanzar el mayor reconocimiento entre los escritores que tienen al español como lengua madre. A ojos de los lectores podíamos decir que había conseguido la gloria humana que tanto buscó y necesitó. Llama la atención que del año 2000 date uno de sus mejores poemas, titulado “La tristeza”: “La tristeza ha venido como un buque vacío, la tristeza ha encallado en mi pecho de piedra. Me trae en sus bodegas toda una vida vieja, quintales de nostalgia y el whisky que he bebido. La tristeza ha venido con faros apagados. No sé de dónde viene ni por qué me visita yo mismo soy un puerto donde para la noche el mar, como noviembre, va ya de retirada. Somos un puerto unánime, puerto de tierra adentro donde llegan los meses como veleros lánguidos. La tristeza ha venido y me golpea despacio como el agua golpea en los acantilados. Soy un acantilado de muertos sucesivos y estoy aquí parado, bajo una lluvia fina, junto al silencio frío del buque de la pena. ¿Cuánto dura noviembre, cuánto dura una vida, cuánto durará un hombre que tiene ya en el pecho ese peso dormido de los buques sin gente, de los mares sin luna, de los mortuorios días?8 (22-XI-2000) Obtuvo su último premio, el de periodismo Mesonero Romanos, en 2003. 8 Francisco Umbral. “Obra poética (1981-2001)”. Edición de Miguel García Posada. Editorial Seix Barral. Barcelona 2009.
  • 14. Su auténtica espina clavada fue no ingresar en la Real Academia spañola. Su deseo fue tan grande por ingresar como su decepción por no hacerlo. En 1986 fue un candidato firme para ocupar el sillón F, apadrinado por Camilo José Cela, Miguel Delibes y José María de Areilza. Finalmente obtuvo esa silla el economista y escritor José Luis Sampedro. Desde ese momento la Academia fue para él objetivo de sus más feroces e irónicas críticas. “Recordarme lo de la Academia es como recordarme lo de la Guerra Civil”, dijo Umbral años después de rechazada su candidatura. Prosiguió en esa misma entrevista diciendo: “De haber ingresado en ella, lo primero que hubiera hecho habría sido ir y mandar a todos a la mierda, y lo segundo, ya no volver más”. Su no ingreso fue una de las mayores injusticias cometidas en tan alta institución, al mismo nivel de las que se cometieron con Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado9 o Gómez de la Serna. En cualquier caso, el tema le dio para muchos y fantásticos artículos. Francisco Umbral Hemos hecho un recorrido biográfico breve del autor madrileño y nos hemos acercado a su dimensión de gigante de la escritura. Ha llegado el momento de encontrarnos con el Umbral más humano, más profundo, con el sujeto sufriente que encuentra en su literatura su bálsamo y su propia salvación. El medio para alcanzar nuestro objetivo es acercarnos a su obra más importante, “Mortal y rosa”, y dejarnos sorprender por la profundidad de sus páginas. El único hijo de Umbral, Pincho, falleció en Julio de 1974. El escritor finalizó “Mortal y rosa” entre Noviembre y Diciembre del mismo año. Se publicó por la editorial Destino en Mayo de 1975. La acogida del libro sólo fue tibia, en palabras de su amigo el crítico García Posada. Con la distancia del tiempo nadie duda en que es una obra maestra, y sin duda su obra más célebre y celebrada. ¿Cómo surgió la idea de este libro? ¿Por qué es tan importante en la evolución literaria del autor? El escritor Fernando Sánchez Dragó arrojó la siguiente hipótesis: “Nunca volvió a ser el mismo después de la muerte por leucemia a los seis años del hijo único que España le había dado. Cuentan que fue entonces cuando se endureció su carácter y decidió convertir la literatura 9 Antonio Machado ssí que fue admitido a la Real Academia de la Lengua, pero no leyó su discurso de ingreso nunca.
  • 15. en lo que ésta fue ya siempre para él: una celda de monje, un seno de madre, un acogerse a sagrado, un burladero frente a las acometidas del mondo cane, del perro mundo que en Yira cantara el tango”. No existe un acuerdo unánime para definir el estilo de “Mortal y Rosa”. ¿Es un diario? ¿Es una novela? ¿Es un autorretrato? Él mismo nos da la respuesta: “Sucesivas iluminaciones concéntricas, rueda de instantes, un faenar con el presente hasta agotarlo”. Intenta resolver el tema por elevación. Consideramos que el texto es un diario, fechado elípticamente, que oscila en cuanto a contenido, entre el autorretrato y la confesión. Muchos consideran que fue más allá de la literatura con este libro y Umbral intentó que de alguna forma su escritura fuera terapia para su pena y amargura. El mismo Sánchez Dragó apostilló: “Mortal y rosa” es, en consecuencia, no sólo una elegía, un aullido de dolor originado por la muerte a redropelo, contra natura, de un niño de seis años, sino también la confesión, en esa especie de diván de psicoanálisis que es, a veces, la literatura, y la subsiguiente tentativa de autosanación de una triple orfandad de ala amarga y homicida”. El título del libro procede de unos versos de Pedro Salinas: “…esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito” “Mortal y Rosa” de Francisco Umbral Recorriendo sus diferentes capítulos nos encontramos con lo que supuso la pérdida de su hijo, el dolor, el sufrimiento y sus reflexiones finales sobre el hombre y el escritor. En Umbral, es curioso que el dolor y sufrimiento humanos no se refugien en el silencio, como ocurre en tantos escritores. Todo lo contrario, alcanzan la mayor de las intensidades que su literatura puede procurarles. La relación con su hijo Pincho era tan especial, que le arrancó los versos del poeta que quiso ser, venciendo toda la resistencia a su formulación que él con otras personas o temas había presentado: Hijo, salto que da el día hacía otro día. Pimpirincoja,
  • 16. zapateta, pingaleta en el aire hacia otro aire. Por ti van las semanas a patacoja, sin pisar raya. El que pisa raya pisa medalla. Cuando no sabe el mundo qué paso dar, y todo está en suspenso, como trabado, saltas tú a pies juntillas, salvas la zanja, y vuelve el día a correr, claro en tu agua. La pérdida del hijo para el matrimonio Umbral fue un golpe durísimo. Los amigos de la familia recuerdan que tanto Umbral como su mujer, España, sobrellevaron la muerte de su hijo como mejor pudieron, refugiándose en la intimidad de su hogar, lejos de todos y de todo. Así expresa la sensación de pérdida el genial escritor: “Solo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más. Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, ese mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar”. Maravillosas palabras que dan fe de la razón por la que vive un hombre. Cuando ésta desaparece, en este caso el hijo, toda la realidad se vuelve ininteligible y tediosa. Antes del fallecimiento de Pincho, Umbral tuvo que vivir los sinsabores del día a día de su cruel enfermedad. Esta experiencia en muchas ocasiones es más dura que la de la propia pérdida del ser querido. Es muy complicado soportar el dolor propio, pero es más difícil en algunos momentos comprender el dolor de los que queremos. Todo es además menos inteligible cuando el que sufre es un niño. Con el dolor de los niños nunca llegaremos a acostumbrarnos, no queremos presenciar la vulnerabilidad del hombre en los más pequeños, nos revelamos ante la naturaleza y ante el Creador. No puede existir una
  • 17. Naturaleza equilibrada y evolucionada si en ella tiene cabida el dolor en los niños, ni puede existir una divinidad que permite el sufrimiento en ellos. Umbral transpiraba en aquel momento dolor: “Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía. La saciedad del dolor es como la saciedad del placer. El dintel de una paz vacía, de un cielo plano y soso, de una neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la naturaleza. La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. Voy tras sus oscuras pezuñas y de vez en cuando, sí, bebo en las fuentes amargas y densas, con sabor a hierro y a muerte. No huyo mi dolor, no me lo dosifico, como el suicida precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo”. Sorprende la finura de la definición del dolor, con la impronta propia del juego metafórico umbraliano. Cualquier hombre dolorido en su ser, entiende esas palabras. Identificarse con ellas ahuyenta el fantasma de la soledad y la incomprensión que puede sentir alguien cuando cae bajo la dictadura del dolor. El no saberse diferente como ser doliente es un primer paso para que éste pueda ser soportado. Las palabras de Umbral, a modo de confesión, buscan la compresión y el acogimiento del otro en la misma medida. Umbral no sólo describió el dolor, el sufrimiento le alcanzó y necesitó explicitarlo: “Sufro como un hombre, a la medida del hombre, con mis recursos y mi mecánica de hombre, pero dentro de mí, dentro de ese sufrimiento, hay algo más sufriente, una pulpa casi submarina de sollozo, un fondo último y retráctil de dolor al que temo descender, que no me atrevo a tocar. Es ya un sufrimiento como vegetal, el gemido de la flor rota –ya se sabe que las plantas gimen-, un dolor no humano, un miedo anterior al hombre, una medusa de espanto, o sé. Lo más sensible y doliente de lo vivo, el cartílago marino y vegetal, sin otra conciencia que el dolor, donde algo pulsa infinitamente, muy por debajo de mi dolor racional, mediocre, de hombre que sufre”. Nuevamente vuelve a ser espléndida su descripción de lo sutil de la membrana que envuelve nuestro interior más vulnerable y sufriente. Muchos echan de menos una mirada al sentido de estas emociones humanas que tan magistralmente describe, y a la que Umbral renuncia. Casi con toda seguridad, y de modo consciente, Umbral por no querer introducir el concepto de trascendencia en sus reflexiones, se olvida del sentido de las mismas. En su breve y poco conocida obra poética si que hace algún guiño al sentido de los sucesos vitales que ha vivido. Así podemos destacar su poema “La Gloria” que data del año 2001 y que está revestido de un enorme sentido dentro de la perspectiva umbraliana:
  • 18. “Acude la alegría y sus estándares, acuden las mujeres con sombreros, con jarras, con ardillas en el pelo, acuden generales impolutos y adolescentes leves como agua. Pero la gloria está vacía, en el triunfo no hay nadie, en sus esquinas. Todo es representación, la noche es más verídica, la calle es más sincera con sus mendigos azules, con su llama, con su verdad de vuelta. El mundo se cayó de una carroza, la gloria sólo alumbra las ausencias, cuánta gente se ha ido de mi vida, cuánta gente se ha ido de la vida. El éxito es un mixto que se apaga, el triunfo es plano como una alegoría, la fama tiene roncos los clarines, la gloria es una noche mal dormida, un despertar sin nadie, con hachones, para salir desnudo a los jardines donde la luz ya da sus acuarelas”. Finalizamos nuestro recorrido por la vida y obra de Umbral con la reflexión que hace sobre el hombre en su libro, “Mortal y rosa”: “Siempre ha sido así, aunque ahora esté eso más favorecido. La humanidad tiene sed de humanidad. El hombre, animal adorador. Necesitamos adorar a otro hombre. Los adoradores de Dios, también le dan figura humana. Si no, no tendría gracia. La antropofagia intelectual –y no sólo intelectual- es un hecho. Detrás de la política, del arte, de la cultura, se busca a una persona. Imposible abolir el culto a la personalidad. Los socialismos han tratado de hacerlo, con muy buen sentido y poco éxito. El hombre no está para abstracciones. El hombre necesita del hombre. La humanidad deglute políticos, artistas, héroes, genios, mujeres hermosas. Y a eso vienen, a comerme por un pie en la modesta medida en que yo soy comestible. Si eres glorioso das de comer a multitudes. Si eres sólo modestamente popular, como pudiera ser el caso de uno en determinado momento, das de comer a cuatro periodistas hambrientos y cuatro universitarias asténicas. La humanidad se alimenta de sí misma. Ni los paisajes ni las geografías ni las historias son nada si no les ponemos un condimento humano. Todo paisaje ha de ser paisaje con figuras. Y esto porque la gente necesita creer en sí misma. Estamos todos aquí tan perdidos, tan sin destino, la humanidad está tan desempleada que necesita el ejemplo de los grandes, de los decididos, de los triunfadores, de los gloriosos, de los que parece que tienen destino, aunque tampoco lo tengan.
  • 19. Por eso, cuando vienen a verme o me llevan a que me vean, procuro dar sensación de seguridad, de gran seguridad, pues decía William Blake que si el sol dudase un momento, se apagaría. Y lo que la gente quiere es eso: soles humanos, personajes que no duden, seres seguros de su destino. Así triunfan los políticos y los conductores de masas. Y el escritor, por ejemplo, sin llegar a tanto, tranquiliza y difunde seguridad si él la tiene o la aparenta. Lo que más fascina a esta humanidad indecisa es la decisión, aunque sea fingida. Mueve más una mentira firme que una verdad pensativa. Procuro, con Blake, no dudar un momento, como el sol, aunque realmente viva en la luna”.