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Javaloys, J. - Carlomagno. El carismático fundador de Europa [2013].pdf
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Título original: Carlomagno, el carismático fundador de Europa.
Primera edición: abril 2013
ISBN: 978-84-15043-74-4
Depósito legal: DL-V
A-269-2013
Diseño y maquetación: Boca Multimedia
Imprime: Angelma
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CARLOMAGNO
EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
JOAQUÍN JAVALOYS
'Monoanosiss
A mis hijos Marta, Miguel y Luis.
A mis amigos Ana Arias Nieto y Manuel Nieto Salvatierra
ÍNDICE
PREFACIO 9
I) HEREDERO DE UNA GRAN ESTIRPE FRANCA 13
• La dinastía de los Pipínidos 13
• Nacimiento incógnito 17
• La Alianza entre el Trono y el Altar 20
II) EL JOVEN CARLOS 23
• La bienvenida al Papa 23
• La unción papal del rey Pepin el Breve y de sus hijos 30
• Actividades juveniles de Carlos 33
• La rebelión de Aquitania 39
• Fallecimiento y sucesión del rey Pepin el Breve 45
• La tutela de la reina madre 49
• Enlace matrimonial de Carlos con Desiderata de Lombardía 52
• El rey lombardo ataca Roma…y Carlos repudia a Desiderata 55
III) REY DE LOS FRANCOS 61
• Reunificación del reino de los francos 61
• La humanidad de Carlos 63
• Carlos se casa con Hildegarda 71
• El papa pide socorro al rey de los francos 73
• A Lombardía por los Alpes 77
• El bárbaro rey de los francos visita Roma 81
• Carlos consigue la corona de hierro de Lombardía 86
• El reconquistador Carlomagno en España 88
• Zaragoza no se rinde 92
• El desastre de Roncesvalles 93
• El papa unge como reyes a Pepin de Italia y a Luis de Aquitania 100
• La primera gran guerra contra Sajonia 102
• La rebelión del sajón Widukin 108
• La traición de Tasilón de Baviera y la venganza de Carlos 116
• Castigo de Pepin el Jorobado y de otros conspiradores 103
IV) EUROPA COMO MISIÓN 125
• Los francos ante su destino 125
• Carlos conoce en Parma al maestro Alcuin de York 130
• Guerra contra los avares y creación de la Marca de Panonia 133
• La carolingia Aquisgrán 137
• La escuela palatina y la academia de Aquisgrán 142
• Renacimiento carolingio 149
• La pacificación y la cristianización de Sajonia 156
• Estrategia reconquistadora de la carolingia Marca Hispánica 160
• Reconquista de Cataluña y de los Pirineos hispanos 165
V) EL SACRO IMPERIO ROMANO 169
• La vocación imperial de Carlomagno 147
• Atentado contra el papa León III 173
• ¡Emperador! 176
• Relaciones internacionales de Carlomagno 181
• Rey, sacerdote y maestro 183
• Guerra y paz con Bizancio 192
• Guillermo, el marqués de España, se retira al monasterio de Gellone 198
• Auge y consolidación de la Marca Hispánica 202
VI) LA PAZ CAROLINGIA 207
• La naciente Europa de Carlomagno: el reino de la justicia y de la paz 207
• La orfandad del emperador 211
• El ocaso del patriarca 216
• Luis de Aquitania emperador heredero 219
• Vejez y muerte de Carlomagno 222
EPÍLOGO: Carlomagno, un rey imperecedero 227
ANEXOS 231
• Cronología de hechos 231
• Cuadros genealógicos 233
• Bibliografía 237
«Existe el don innato de mandar y gobernar; Carlomagno lo poseía
como rara vez lo haya poseído nadie… La historia de su vida se encierra
en sus actos, en la sucesión de éstos, en sus fundamentos y significación».
(Leopold von Ranke ).
9
Prefacio
L
a vida de Carlomagno es en realidad mucho más interesante y maravillosa que
cualquiera de las ficciones legendarias que se han publicado sobre el emperador
«de la barba florida». El emperador tenía una personalidad compleja y su figura
era multifacética. No existió un Carlomagno uniforme, lo que complica la tarea de sus
biógrafos, pues sus facetas eran tantas, tan diversas e, incluso, aparentemente contradic-
torias, que resulta casi imposible describir certeramente y de forma exhaustiva a este
complejo protagonista.
Carlomagno fue obviamente una persona, aunque sea más conocido como personaje.
El palurdo joven Carlos llegó a ser un buen alumno de la escuela palatina y acabó siendo
un sabio emperador. El patriarca de los francos fue un rey feudal patricio de los romanos,
además de un cruzado en Sajonia y en la danubiana Panonia, así como en la reconquista
de la Marca Hispánica. Carlomagno fundó en Aquisgrán la gran Francia germánica y
también el Imperio cristiano de Occidente y la civilizada Europa. Finalmente fue mal ca-
nonizado, pero la iglesia de Renania lo venera como santo.
En todo caso ha de tenerse en cuenta que, como dice Arthur Kleinclausz1:
«…Carlomagno no es uno de esos personajes a los que se los conoce en cuanto se repasa
la cronología de sus acciones: él no se dejó llevar solo por las circunstancias ni por objeti-
vos ambiciosos; su conducta siguió ciertos principios de orden general de acuerdo con sus
convicciones, aunque no fue insensible a las discusiones de sus contemporáneos sobre los
principales problemas que planteaban el porvenir de la Iglesia y el del Estado».
Entonces ¿cuál es el verdadero Carlomagno? Esta es la pregunta a la que se ha tratado
de responder durante muchos siglos, sin que hasta ahora exista una contestación precisa
y unánime, a pesar de que miles de autores han dedicado su atención a este grandioso y
excepcional rey. Cualquier historiador o escritor que se acerque a Carlomagno intentando
conocerlo ha de hacerlo con modestia no exenta de valentía. Según la faceta o los aspectos
del personaje a los que dedique mayor atención podrá llegar a escribir sobre él una autén-
tica biografía histórica, o un ensayo o, simplemente, una novela; o bien una mezcla de esos
géneros literarios.
Por mi parte, creo que una biografía de Carlomagno puede ser bella y atractiva sin
necesidad de añadir exaltaciones o fabulaciones. Me parece que basta narrar la sucesión
1 «Charlemagne». Arthur Kleinclausz. Éditions Tallandier. 1977. Páginas 15 y 16.
10
JOAQUÍN JAVALOYS
de sus actos, con sus fundamentos y significación, teniendo en cuenta la humanidad y
las cualidades de este singular y carismático líder; así como la sociedad de los francos
en la que se crió y el Imperio cristiano que instauró, inspirado en la ciudad de Dios de
San Agustín. Esta es la tarea que he llevado a cabo en esta obra.
Este libro se ha hecho para contribuir a que Carlomagno sea más conocido, especial-
mente por los europeos, quienes tanto debemos a su genio político y a la civilización que
implantó en nuestro continente. Los acontecimientos narrados en él responden a la ve-
racidad histórica y los datos en que se basa están contrastados y documentados. Se ha
intentado hacer una obra de fácil y amena lectura que llegue al gran público, en la que
Carlomagno aparece redivivo, situado en la sociedad de su época, con las personas de
su entorno, y en los países y lugares que estuvo.
Como punto de partida en esta historia de la vida de Carlomagno resulta esclarecedor
reproducir la semblanza que hizo del emperador el historiador Nithard, su nieto, que
fue abad de San Riquier:
«Como superaba en sabiduría y en toda clase de virtudes a los hombres de su tiempo,
todos lo consideraban a la vez temible, amable y admirable. Él ejercía su poder de forma
honrada y útil, como todos vieron claramente. Lo que a mí me parece más maravilloso
es que, por su carisma, era capaz de apaciguar y domar los corazones de los duros y
feroces francos y otros bárbaros hasta límites que nunca el poderío del Imperio romano
consiguió; a los que convenció para que en su Imperio (cristiano) solo hicieran lo que
convenía al bien común».
Carlomagno, que vivió en una época en la que la fuerza primaba sobre el derecho, se
impuso la misión de hacer prevalecer el espíritu de justicia y, en base al universalismo
cristiano, reguló las relaciones entre los hombres e instauró una moral social en el conti-
nente europeo que todavía rige algunos de nuestros comportamientos.
El emperador se rodeó de colaboradores que compartían sus creencias. En efecto,
como ha dicho A. Kleinclausz2:
«Estos rudos soldados, estos primerizos diplomáticos a los que faltaba instrucción,
tuvieron una gran idea que confirma su alta inteligencia y la clarividencia de sus convic-
ciones. En un tiempo en que la religión era el único freno de las almas y la única moral,
ellos que eran piadosos concluyeron que su obra política debía tener como fundamento,
tanto en lo interior como en lo exterior, las creencias cristianas».
Desde luego, la cultura común y unas creencias semejantes que nos identifican a los
europeos occidentales empezaron a ser distintivas desde la remota Edad Media, tal vez
porque entonces vivieron en Europa unos líderes que, como el rey de los francos, com-
partían análogas ambiciones y poseían una cultura y tenían unos comportamientos en-
raizados en convicciones que, respecto al más allá, se referían al Dios único de la tradición
cristiana.
2 Obra citada. Página 11.
11
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
Carlomagno es arquetipo del genial fundador. Pero ¿de qué fue fundador? Robert
Morrisey3 ha dado una excelente respuesta a esta cuestión:
«Él es la instancia originaria de un conjunto de poderes y de instituciones que, a
pesar de las discordias y las disensiones que hubiera entre ellos, siempre tenían en el
emperador su referencia. Las autoridades y las instituciones que proceden de él abarcan
tanto al nivel local –monasterios o condados, por ejemplo– como al nivel estatal –Francia,
Alemania,…– y al supranacional –la Cristiandad, el Imperio, Europa–…Ciertos elemen-
tos de la visión «épica» y «bíblica» de Carlomagno se diseñaron y se manifestaron explí-
citamente durante su vida, y no solamente respecto a los francos (Rex francorum), sino
también respecto a Europa…».
Carlomagno fue un líder carismático que tenía una personalidad fascinante y arro-
lladora, lo que le permitió ejercer una realeza singular y extraordinaria: la realeza davídica
carolingia. En efecto, como ha subrayado certeramente M. A. Rodríguez de la Peña4, «la
realeza davídica carolingia es un modelo de dominación carismática».
Carlomagno dejó de existir al final de una vida que fue fecunda y gloriosa pues, como
ha puesto de manifiesto Georges Bordonove5 «…cuando se tienen en cuenta los diferen-
tes aspectos de su acción político–religiosa, aparece claramente que, sin haber terminado
su obra, era la historia de Europa la que había quedado preparada para un milenio».
Su obra pervive actualmente. El Imperio carolingio fue el núcleo originario de Europa,
y Carlomagno –el primero de los europeos–, un prototipo de rey sabio y ejemplar. Por
ello me parece que este libro es oportuno, porque en la desnortada Europa de hoy, donde
ejercen el poder mediocres burócratas carentes de valores y, a veces, de ideas, hacen falta
hombres de Estado como Carlomagno, quien entonces supo encontrar un dinámico de-
nominador común –el cristianismo– capaz de unir secularmente a todos los pueblos de
Europa occidental.
Si quiere acompañarme, amable lector, en un agradable recorrido por las páginas del
libro que tiene ante si, podrá comprobarlo personalmente. Entonces creo que habrá valido
la pena escribir esta obra.
3 «L’empereur à la barbe fleurie». Robert Morrisey. Nrf. Éditions Gallimard. París. 1997. Página 24.
4 «Los reyes sabios». Cultura y poder en la Antigüedad tardía y en la Alta Edad Media. Manuel Ale-
jandro Rodríguez de la Peña. Editorial Actas. Madrid. 2008. Página 423.
5 «Charlemagne: les rois qui ont fait la France». Georges Bordonove. Pygmalion–Gérard Watelet.
París. 1989. Página 258.
13
Heredero de una gran estirPe franca
LA DINASTÍA DE LOS PIPÍNIDOS
C
arlomagno y su obra no fueron una improvisación surgida de repente. En
efecto, como acertadamente ha puesto de manifiesto G. Bordonove1 «Carlo-
magno no era un hombre nuevo, sino un continuador. Procedía de un ilustre
linaje. Sus antepasados, y especialmente su padre, le legaron no solamente un reino e
inmensas riquezas, sino también los instrumentos que le permitieron triunfar; es decir,
un pensamiento político, una forma de gobernar y unas ambiciones claramente definidas.
Los caminos que debía seguir su reinado ya estaban trazados. Él fue suficientemente
inteligente para seguirlos y bastante bienaventurado para extender su reino hasta alcan-
zar la dimensión de un imperio…Carlomagno recogió los frutos de los trabajos realizados
por los pipínidos».
Leopold von Ranke2 afirma del emperador que «no podemos atribuirle la genialidad
de su padre, creador de nuevas combinaciones políticas universales, ni tampoco la acti-
tud de su abuelo, que sabía encontrar siempre una salida airosa incluso frente al más
poderoso de los enemigos. Carlomagno no ganó nunca una batalla de Poitiers....».
La ilustre dinastía de los pipínidos tiene como patriarcas a dos grandes iniciadores:
San Arnoul, obispo de Metz, rico en virtudes y en propiedades, cuyos ancestros según
algunos genealogistas fueron nobles galo-romanos, quien renunció a todos sus ministe-
rios y se retiró a un monasterio al final de su vida, tras haber sido preceptor del príncipe
de los francos y futuro rey Dagoberto; así como Pepín el Viejo de Landen, quien en el
año 623 fue nombrado por Clotario II mayordomo o jefe del palacio real de Austrasia, la
Francia oriental, al dejar ese cargo Arnoul de Metz. Ambos patriarcas eran los jefes del
partido aristocrático dominante en Austrasia. Los antepasados de Carlomagno son vás-
tagos del matrimonio habido entre Begga, hija de Pepin de Landen, y Ansegisel, hijo de
San Arnoul.
Cuando Dagoberto fue coronado como rey, Pepin de Landen dejó de ser mayordomo
de palacio, pero recobró ese cargo al fallecer Dagoberto en 639 y lo ejerció durante un
año, hasta su muerte.
Sigebert III sucedió a Dagoberto como rey de Austrasia pero no designó mayordomo
de palacio a Grimoald, hijo de Pepin de Landen, sino a su preceptor Otón, de la estirpe
1 Obra citada. Página 17.
2 Obra citada. Página 80.
14
JOAQUÍN JAVALOYS
de los agilolfingos, adversarios de los pipínidos. Pronto los partidarios de Otón asesina-
ron a Grimoald, hijo de Pepin, y a Ansegisel de Metz, el heredero de San Arnoul, lo que
debilitó sustancialmente a los pipínidos quienes, sin embargo, mantuvieron sólidas po-
siciones entre las grandes familias de los francos dadas sus grandes propiedades. Poste-
riormente Pepin II, el hijo de Ansegisel y Begga, jefe de los pipínidos, eliminó al duque
Gunduin, el asesino de su padre, para vengarlo, y se convirtió en mayordomo del pala-
cio de Austrasia
El año 687 el ejército de Austrasia, comandado por Pepin II derrotó en Tertry, cerca
de San Quintín, a las tropas de Neustria, la Francia occidental, haciendo prisionero a
Thierry III de Neustria, apoderándose de su tesoro real y reunificando el reino de los
francos. Entonces Pepin II se convirtió en príncipe de los francos ejerciendo, de hecho,
el poder real, con lo que se inició la decadencia de la dinastía de los reyes merovingios.
El anónimo autor de los Annales de Metz escribió lo siguiente:
«Pepin, después de haber reenviado al rey Thierry a su villa real de Montmacq-sur-Oise,
para ser guardado allí con honor y veneración, gobernó por sí mismo el reino de los francos: el
signo más tangible de ello es que Pepin conservó el tesoro real de Neustria, ‘esencia y símbolo
del poder’».
Para entender la situación existente entonces en el reino de los francos es conveniente
tener en cuenta lo expresado por Régine Le Jan3:
«En la segunda mitad del siglo VII la realeza franca sufrió plenamente una crisis
profunda que significaba el fin de la Antigüedad. El poder se había descentralizado por
el territorio y el reino de los francos se dividió en tres reinos: Austrasia, Neustria y Bor-
goña. Entretanto potentes aristocracias regionales se habían desarrollado, minando la
autoridad real. Los aristócratas disponían de inmensos dominios y territorios, y se apo-
yaban en redes de parientes, amigos y dependientes bien armados, sacando provecho de
la cambiante situación. De esta crisis iba a nacer en el siglo VIII un mundo distinto, cuyo
centro de gravedad se encontraba más al norte, donde las ciudades solo tenían un papel
marginal, y donde las relaciones humanas mediatizaban ampliamente cualquier otro tipo
de relación. Entonces los escasos centros donde quedaba la cultura eran los monasterios
rurales que se habían multiplicado durante el siglo VII. En este contexto, los carolingios
crearon un nuevo Estado del que surgió la Europa moderna, y particularmente Francia».
Cuando murió Thierry III en 691 fue Pepin II quien eligió el sucesor, Clovis IV, entre
los herederos. Cuatro años más tarde, al fallecer este monarca, el príncipe pipínido eligió
para sucederle a Childebert III, hermano del anterior. En 711, al morir Childebert III,
Pepin II hizo pasar la Corona de los francos al hijo del merovingio, llamado Dagobert
III. Aunque Pepín II mantuvo su lealtad a la dinastía merovingia, la continuidad en el
poder efectivo estaba en manos del pipínido. El prestigio de los merovingios se iba di-
fuminando.
3 «Histoire de la France: origines et premier essor». Régine Le Jan. Hachette. París. 1996. Página 83.
15
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
Sin embargo, paradójicamente, lo que se consolidó entonces fue el derecho a la suce-
sión en el cargo de mayordomo de palacio, que iba pasando de padres a hijos, siempre
en el linaje de los pipínidos.
Pepin II siguió una hábil política religiosa apoyándose sistemáticamente en la Iglesia
a la procuró favorecer en lo posible. Controló el nombramiento de obispos y de abades,
haciendo del juramento de fidelidad un eficaz instrumento de gobierno.
Para someter a los levantiscos habitantes del este del reino de los francos llevó a cabo
algunas campañas militares, sobre todo contra los frisones y los alamanes. Además, para
facilitar la cristianización de los vencidos favoreció la tarea evangelizadora de los misio-
neros, como harían también sus sucesores.
En 714 Pepin II, envejecido, designó a su nieto Théudoald, hijo del fallecido Drogón
para sucederle, instigado por su esposa Plectrude, lo que no fue aceptado por Carlos
Martel, el hijo natural que había tenido con su concubina Alpaida. Cuando el 16 de di-
ciembre murió Pepin II dio comienzo una guerra fratricida por su sucesión, que acabó
ganando Carlos Martel al convertirse en mayordomo del palacio de Austrasia y apode-
rarse del tesoro de los pipínidos, tras lo cual aceptó como soberano al rey Chilperic II.
En 724 fue reconocido como príncipe de los francos, asumiendo prerrogativas de
carácter real especialmente la protección de las iglesias. Sin embargo el «protector» Car-
los Martel se apoderó, por personas interpuestas, de las sedes eclesiásticas y acentuó la
secularización de los bienes de la Iglesia para utilizarlos en favor de sus partidarios.
Efectivamente, como sus fieles eran cada vez más numerosos los recompensó con pro-
piedades eclesiásticas confiscadas, para mantener intacto su patrimonio familiar. Los
abusos de Carlos Martel han oscurecido parcialmente su indudable piedad y su mani-
fiesta generosidad en favor de algunas iglesias y fundaciones eclesiásticas.
El ascenso de los pipínidos hacia el poder real fue narrada por un autor anónimo
hacia 727, en el Liber historiae Francorum. También lo conocemos gracias a las continua-
ciones de la crónica de Frédégaire, redactadas por los condes Childebrand y Nivelon,
que pertenecían a la familia de los pipínidos.
En ese ascenso influyó mucho el éxito que obtuvo Carlos Martel en sus acciones
guerreras. Su enorme vitalidad le permitía mantener una actividad desbordante, parecida
a la que tendría posteriormente su nieto Carlomagno. Su mayor gloria fue su victoria
sobre los sarracenos de Abderramán, a los que venció en 732 en Poitiers, deteniendo así
definitivamente el avance musulmán en Europa. Este triunfo le dio un inmenso prestigio
y lo convirtió en defensor de la Cristiandad. Como los sarracenos, a pesar de la derrota
de Poitiers, continuaban sus campañas guerreras al sur de la Galia, Carlos Martel des-
cendió por el Ródano, los expulsó de Provenza y los derrotó en la ribera del Berre, per-
siguiéndolos por Septimania, aunque no pudo conquistar Narbonne.
En el año 737 murió el rey merovingio Thierry IV que había sucedido a Chilperic II.
Carlos Martel ejercía de hecho el poder real. Por ello no se preocupó de buscar un suce-
sor a Thierry IV, si bien tampoco intentó usurpar su título de rey, y continuó ejerciendo
16
JOAQUÍN JAVALOYS
un poder soberano absoluto. Todos los consideraban el príncipe de los francos; es decir
mucho más que duque.
Como ha puesto de relieve Jean Favier4 «príncipe es una potestad superior a cualquier
título. Es un concepto político. Príncipe es el primero, el jefe. Ello significa que tiene el
poder en su más alto grado, no un poder diferente de los otros como puede ser el de un
rey. Dado que está en la cima de la jerarquía el príncipe es un soberano y, porque la je-
rarquía ha sido querida por Dios, él es el intermediario político entre Dios y el pueblo,
en el que reside la fuerza fundamental que se denomina «autoridad».
En consecuencia Carlos Martel, como príncipe de los francos, ya no necesitaba estar
sujeto a un rey, como sí que lo estaban los mayordomos de palacio.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
El papa Gregorio III veía cómo iba en aumento la amenaza de invasión de los domi-
nios pontificios por el rey de los lombardos, Liutpraud, lo que le llevó a pedir ayuda a
Carlos Martel quien entonces llevó a cabo una alianza con el Papado pero no se apresuró
a enviar los ejércitos francos a Italia, ya que bastó el anuncio de esa alianza para contener
al rey de los lombardos.
Para los pipínidos la alianza con el Papado había de ser muy útil en el futuro, dadas
sus ilimitadas ambiciones de poder, pero los frutos de sus ambiciones se materializarían
en el fecundo y glorioso reinado de su hijo Pepín el Breve.
Cuando en 741 murió Carlos Martel fue llorado como el mejor de los soberanos eu-
ropeos, a pesar de que no llegó a ser rey. Fue inhumado en la abadía de San Denís, junto
a los reyes merovingios. Desde luego, como ha subrayado Stéphane Lebecq5, «…él se
había convertido en un verdadero monarca, y el carácter real de su gobierno fue recono-
cido por sus contemporáneos. Si un siglo más tarde las fuentes carolingias oficiales lo
consideran un auténtico rey, mientras vivió fue respetado como virrey o cuasi-rey. Efec-
tivamente este título es el que da a su «eminente hijo» el papa Gregorio III cuando le
escribe en 739 para suplicarle su intervención armada contra los lombardos que amena-
zan «a la santa Iglesia de Dios y al patrimonio del bienaventurado Pedro, príncipe de los
apóstoles».
A Carlos Martel le sucedieron, de acuerdo con la tradición franca, los dos hijos que
había tenido con Rotrude de Treves, llamados Carlomán y Pepín. Como ambos querían
mantener la realeza merovingia se pusieron de acuerdo para rescatar de un claustro a un
príncipe al que hicieron rey con el nombre de Childeric III y los edictos que promulgaban
lo hacían en su nombre.
4 «Charlemagne». Jean Favier. Fayard. París.1999. Página 30.
5 «Les origines franques». Stéphane Lebecq. Éditions du Seuil. París. 1990. Página 204.
17
Carlomán era muy piadoso. Dada la penosa situación de la iglesia franca decidió
reformarla por lo que encargó a San Bonifacio convocar en su nombre «un concilio para
restablecer la ley de Dios y la religión de la Iglesia». Por su parte también Pepin convocó
otro concilio en sus dominios con la misma finalidad, lo que hizo posible que al año si-
guiente se reuniese una asamblea general de la Iglesia de los francos, de acuerdo con la
petición que el papa Zacarías les había sugerido, con lo que fortalecieron su ya buena
relación con la Santa Sede.
Carlomán tenía vocación religiosa, por lo que en el año 747 decidió abandonar sus
cargos y pedir a su hermano Pepin que atendiese a su familia y al reino de los francos.
En Roma fue ordenado sacerdote por el papa y fundó un monasterio en el monte Soracte;
pero deseoso de retirarse totalmente del mundo se enclaustró en el monasterio de Monte
Cassino.
El rey Pepín el Breve, como veremos en los capítulos siguientes, se dedicó principal-
mente a conquistar los territorios de los francos sobre los que todavía no ejercía su au-
toridad, especialmente en Septimania y Aquitania.
Desde luego, como ha concluido G. Bordonove6, «…cuando se observa el comporta-
miento de los pipínidos, es posible distinguir, aquí y allá, rasgos que caracterizarán,
precisamente, al gran emperador Carlomagno: la actividad incesante, la valentía, la ha-
bilidad, la prudencia, el realismo. Pero el más extraordinario es la persistencia en ellos
de una voluntad política evidente y de una ambición no disimulada de conquistar siem-
pre el primer puesto».
Por mi parte voy a subrayar que los últimos pipínidos también se caracterizaron por
poseer en grado eminente la cualidad que Leopold von Ranke atribuyó a Carlomagno:
«en cada uno de sus actos se percibe el impulso del presente junto al talento para con-
servar el pasado y una gran perspicacia para penetrar en el porvenir».
Durante el reinado de Carlomagno se confirmaría que los postreros pipínidos, a los
que también se los incluye entre los carolingios, habían gobernado más bien como con-
tinuadores que como liquidadores de sus reales predecesores merovingios.
☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉
NACIMIENTO INCÓGNITO
Eginhard, primer biógrafo de Carlomagno dice lo siguiente7:
«Creo que no tiene ningún sentido escribir sobre el nacimiento de Carlos, sobre los
primeros años de su vida o incluso sobre su niñez, porque no ha quedado testimonio
alguno por escrito que trate de ello y porque hoy en día ya no se encuentra a nadie que
diga estar informado sobre este periodo de su vida».
6 Obra citada. Páginas 24 y 25.
7 «Vida de Carlomagno». Eginhardo. Gredos. Madrid. 1999. Página 62.
18
JOAQUÍN JAVALOYS
Esta rotunda afirmación de Eginhard sobre el nacimiento y la infancia de Carlomagno,
su «señor y protector», resulta extraña e increíble porque su Vita Karoli se publicó en 830,
tan solo dieciséis años después del fallecimiento del rey. ¿No sería más bien que Carlo-
magno ordenó que nadie diese testimonio de las circunstancias de su nacimiento y niñez?
La afirmación de Eginhard resulta increíble para Jean Favier8: «…resulta difícil creer
a Eginhard. ¿Es necesario recordar que había sido el amigo del rey, su confidente? En la
generación siguiente, Walafrid Strabon decía que el rey confiaba a Eginhard sus más
íntimos secretos, y Ermold el Negro dirá de él que «su amistad era muy apreciada por
el rey Carlos». Si Eginhard no dice nada, es porque tiene razones para ello y no quiere
contrariar al rey. Digamos que era conveniente para él, y sin duda para los del entorno
real, no referirse siquiera, y muchos menos hacer públicas, las circunstancias de los pri-
meros años de la vida de Carlos».
Desde luego, que Eginhard se abstenga de relatar el nacimiento del emperador no
parece deberse al pretexto que alega; más bien puede deberse al deseo de no perjudicar
la memoria de su «señor y protector» pues seguramente las particularidades de ese na-
cimiento no fuesen normales.
Pero en verdad ¿cuáles fueron esas circunstancias? Antes de contestar esta importante
pregunta es preciso recordar que, en la época en que vivió Eginhard, los cronistas o
historiadores solo decían laudatoriamente lo conveniente para sus señores o protectores.
En todo caso hay que tener en cuenta que Eginhard había convivido con Carlomagno en
su Corte, que sabía bien lo que habían dicho los testigos de la infancia y juventud del
rey y, presumiblemente, conocía bastante bien lo relativo al nacimiento, infancia y juven-
tud del emperador. Si ello es así, entonces el silencio cómplice de Eginhard sobre ese
nacimiento se debió a la impertinencia de revelar un secreto inconfesable e inconveniente.
¡Sí!, pero ¿cuál pudo ser ese secreto?
Los biógrafos de Carlomagno o los historiadores que escriben sobre su vida o sobre
su reinado no acaban de ponerse de acuerdo sobre la naturaleza de tal secreto. En primer
lugar se discute la fecha y el lugar de su nacimiento. Muchos de ellos afirman que nació
en el año 742, pero otros dicen que fue en 747. Además, aunque no exista constancia
documental, se afirma que vino al mundo el 2 de abril. Menos mal que Eginhard dice
que murió «a la edad de 72 años» el 28 de enero de 814, de lo que se deduce que, enton-
ces, nació el año 742.
En cuanto al lugar de su nacimiento no se conoce con seguridad, pues aunque algu-
nos se atreven a decir que nació en Ingelheim, o en Aquisgrán o en Quierzy-sur-Oise o
en Lieja o en otras ciudades, ello puede deberse a su imaginación o al deseo de ilustrar
a una urbe como cuna del famoso emperador.
Pero ¿qué hay del secreto inconfesable de su nacimiento? Bien, vamos a aproximarnos
a él. Si Carlomagno nació en 742 y sus padres, Pepin el Breve y Bertrade de Laon, se
casaron en 749 entonces Carlomagno fue hijo bastardo por lo que, según la costumbre
8 Obra citada. Página 144.
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CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
que en esa época tenían los francos, no habría tenido derecho a suceder a su padre como
monarca de los francos.
Para obviar esta consecuencia inasumible para algunos cronistas serviciales estos afir-
maron, sin base documental, que Carlomagno nació en 747 y que sus padres se habían
casado en 744. El problema que plantea está hipótesis es que la fecha del año 749 como la
de celebración de la boda de sus padres sí que está bien documentada, mientras que la de
744 no lo está. Por ello, dando por cierta la del enlace matrimonial en 749, resultaría que
Carlos fue hijo bastardo tanto si nació verosímilmente en 742, como si lo hizo en 747.
El misterio del nacimiento del emperador no queda resuelto todavía porque permanece
otra incógnita: si el recién nacido Carlos era bastardo ¿es que su padre, Pepin el Breve,
estaba casado en 742 (o 747) con una mujer distinta de Bertrade de Laon, su madre?
La contestación que muchos historiadores o genealogistas dan a esta cuestión es
afirmativa: Pepin, que había nacido en 715 y que en 742 tenía 27 años estaba entonces
casado, pero no con Bertrade de Laon, que solo era su concubina –al parecer desde
740-, sino con una mujer llamada Leuthergis quien, según unos pocos historiadores,
era hija de Childeric III, el propio rey de los francos, con la que tuvo dos hijos: Talendus,
nacido en 737, y Berthe, nacida en 739, que se casó con Milon de Vere, conde de Angers
o de Anjou.
De Talendus no existen documentos que manifiesten lo que hizo durante su vida. Lo
más probable es que fuese enclaustrado en algún monasterio y permaneciese allí hasta
su fallecimiento, y lo mismo pudo sucederle a Leuthergis cuando fue repudiada por
Pepin el Breve.
Que Leuthergis fuese hija del merovingio Childeric III es muy incierto; pero, en caso
de que sí lo fuese, sería comprensible que Pepin mantuviera en secreto el nacimiento del
bastardo Carlos para no contrariar al rey por haber sido infiel a su hija y, sobre todo, para
no poner en peligro su ambición de suceder a Childeric III como rey.
En fin lo seguro es que Pepin el Breve repudió en 749 a su esposa Leuthergis y se casó
con su concubina Bertrade de Laon, la madre del pequeño Carlos, que era hija de Caribert,
conde de Laon, emparentando así también con los merovingios, con los que el mayor-
domo de palacio quería enlazar matrimonialmente para reforzar su aspiración a conver-
tirse en soberano de los francos lo que, por fin, consiguió en noviembre de 751.
La existencia de una primera esposa de Pepin el Breve, anterior a Bertrade de Laon,
ha sido mencionada también en narraciones legendarias como el poema Li Roumans de
Berte aus grans piés escrito hacia 1270 por Adenet le Roi. En esta obra legendaria la primera
esposa de Pepin, nacida hacia 725, es denominada Leutburgie o Leutberga y se afirma
que tuvo cinco hijos, tres varones y dos hembras, que en 749 fueron apartados de la Corte
y enclaustrados en monasterios por orden de la reina Bertrade.
Lo que es indudable es que, cuando todavía era un niño, al bastardo Carlos le surgió
otro grave problema: en la primavera de 751 sus padres, que ya estaban felizmente ca-
sados por el rito católico, le trajeron un hermanito llamado Carlomán, que era plenamente
legítimo y que, por ello, sí que podría ser un digno sucesor de Pepin el Breve, quien
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JOAQUÍN JAVALOYS
había conseguido ser el rey de los francos cuando el bebé Carlomán solo tenía algunos
meses de edad.
La educación que el rey Pepin dio a sus hijos pone de manifiesto la bastardía de Car-
los. Así se deduce de lo dicho por Jean Favier9 cuando subraya que «…el niño Carlos no
parece, en sus primeros años, que vaya a ser el indudable sucesor de su padre. Tal vez
pueda verse en ello la razón por la que su educación infantil no corresponde a la de un
príncipe real. Pepin era un hombre instruido, que había sido educado en la abadía de
San Denis. Su hermano Carlomán lo había sido, sin duda, en Echternach donde la vida
intelectual era particularmente intensa…Carlos, por su parte, aparece como un hombre
al que no se ha dado buena instrucción. De ello se lamentará siempre».
☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉
LA ALIANZA ENTRE EL TRONO Y EL ALTAR
El año 751 fue muy importante para los pipínidos. En primavera Bertrade de Laon
dio a luz a Carloman, que fue recibido por sus padres con gran satisfacción. Sin embargo
el acontecimiento que iba a cambiar radicalmente la vida de Pepin el Breve fue que, en
noviembre de ese año, fue elegido rey de los francos en Soissons por una asamblea de
magnates del reino a la que asistieron los principales nobles. ¿Cómo fue posible esa
elección de forma pacífica?
Había una explicación: Pepin y otros antepasados de Carlomagno detentaron el
máximo poder a pesar de que no eran reyes de los francos sino solamente mayordomos
del palacio real; o sea, una especie de primeros ministros del reino. Pepin el Breve era
consciente desde luego de que, como no era rey, el mantenimiento de su poder supremo
dependía de su fortaleza, que permanentemente debía imponer o recordar a todos.
El merovingio Childeric III no gobernaba, porque se había convertido en una figura
meramente representativa que no ejercía ninguna función ejecutiva, y su única aspiración
vital era la de poder dedicarse a rezar a Dios en una abadía o en un monasterio. Ante la
pasiva actitud de Childeric III, Pepin llegó a la conclusión de que era conveniente para
el pueblo franco que el pasara a ser rey titular por derecho, en vez de serlo solamente de
hecho.
Para conseguir este objetivo, compartido por la mayoría de los nobles del Reino,
envió a Roma una embajada integrada por dos ilustres prelados: Fulrad, que era el abad
de la abadía de San Denis, y Burchard, el obispo de Würzbuerg, para preguntar al papa
Zacarías si era conveniente «mantener como reyes en las tierras de los francos a los que
se titulaban así, pero que no tenían ningún poder que ejercer». El sumo pontífice, que
era muy sagaz, antes de responder a tan intencionada cuestión tuvo en cuenta los servi-
cios que los pipínidos habían prestado a la Iglesia y los que podrían prestar en caso de
9 Obra citada. Página 146.
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CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
necesidad. Por ello contestó que «era preferible que fuese rey quien detentara el poder
efectivamente, en vez de que se titulase así quien no tenía el verdadero poder».
Con esta aprobación tácita del papa, Pepin decidió seguir adelante en su ambicioso
designio. Convocó enseguida a los magnates del reino a una asamblea de notables que
lo eligió rey de los francos por aclamación. Enseguida accedió gustosamente al deseo de
Childeric III de ingresar en un monasterio, concretamente el de San Bertin; donde no solo
fue tonsurado el depuesto monarca merovingio, también lo fue su hijo Thierry que, más
tarde, fue enclaustrado en el monasterio de San Wandrile.
Posteriormente el santo arzobispo Bonifacio ungió con aceite a Pepin, una ceremonia
solemne y eficaz porque con esa sagrada unción la Iglesia lo reconoció como rey de los
francos por la gracia de Dios. Esa unción dio al rey una legitimidad distinta a la que
tenían los merovingios –que eran simplemente coronados, no consagrados–, porque así
la Iglesia había sustituido el tradicional derecho de la sangre real instituyendo la realeza
sagrada. A la clásica función real de jefe guerrero y justiciero se añadía ahora al rey un
carácter semi-divino. En adelante el rey de los francos iba a ser una especie de rey-sacer-
dote, aliado fiel de la Santa Sede. La alianza entre el Trono y el Altar quedó consolidada.
Esta alianza con el Papado fue decisiva para la grandeza del rey porque, según Jean
Favier10 «sin ella Pepin hubiera sido un simple príncipe de los francos, como los prínci-
pes de otras naciones. Además tal alianza sirvió para que Carlomagno se diera cuenta
enseguida de lo que el debía a la Iglesia y de lo que la Iglesia le debía. Elegido por Dios
y no solo por su aristocracia, el rey debía conducir a su pueblo hacia la Salvación eterna.
Eso le creó deberes, como el de la rápida evangelización de los pueblos germánicos, lo
que suponía una ruda conquista y fuertes coacciones».
10 Obra citada. Página 142.
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el joven carlos
LA BIENVENIDA AL PAPA
En el año 753, cuando Esteban II había sucedido ya como papa al fallecido Zacarías,
el rey de los lombardos Astolf se propuso unificar y someter toda Italia a su poder con-
virtiendo a Roma en un simple obispado lombardo, lo que hubiera cuestionado al sumo
pontífice como jefe espiritual de todos los cristianos. Para conseguir sus objetivos Astolf
comenzó apoderándose de la ciudad de Rávena, administrada por la Santa Sede, como
primer paso para la unificación de Italia.
Esteban II se opuso firmemente a las pretensiones del rey lombardo, pero el papa
carecía de fuerza militar para luchar contra Astolf. Por ello el santo padre, teniendo en
cuenta que Pepin el Breve accedió al trono por la benevolencia y con la bendición de la
Santa Sede, decidió ir personalmente a Galia para pedirle que el ejército de los francos
se encargase militarmente de la recuperación de Rávena, como brazo armado que era de
la Iglesia.
Enterado Pepin de esta decisión papal envió a Roma a dos de sus consejeros, Chro-
degang, obispo de Metz, y el duque Audgar para que acompañasen al santo padre y lo
guiasen por los mejores caminos cuando entrasen en las tierras de los francos.
Apesar de que ya había llegado el invierno, Esteban II atravesó los Alpes por el puerto
del Gran San Bernardo. Pepin, temeroso de que los rigores invernales abortasen el viaje
del Papa, envió una escolta de soldados al mando del duque Rothard con el encargo de
que guiasen y protegiesen al sumo pontífice por sus dominios para que llegara sano y
salvo al palacio real de Ponthion, en Champagne.
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En diciembre de 753 hizo muchísimo frío y las nevadas fueron casi continuas en la
comarca en que se halla el dominio real de Ponthion, que está próximo a Vitry-le-François,
en Champagne. Pepin estaba intranquilo porque el papa que venía a visitarle debía
transitar por viejos caminos ahora nevados y, como pasaban los días y no tenía noticias
de dónde estaba Esteban II, comenzó a preocuparse seriamente temiendo que el santo
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JOAQUÍN JAVALOYS
padre pudiera extraviarse, dado que la abundante nieve cubría entonces las angostas
carreteras, ocultándolas y haciéndolas casi impracticables.
Un día estaba el pequeño Carlos en un salón del palacio de Ponthion, junto a una
hoguera que caldeaba el ambiente charlando con sus amigos monteros y guardabosques
de los detalles de una próxima cacería que iban a realizar en febrero, cuando el tiempo
mejorase al estabilizarse el invierno tras las nevadas. De pronto un par de soldados de
la guardia real irrumpieron ruidosamente en el salón, haciendo sonar sus firmes pisadas.
– Señor, el rey os llama –le dijeron–, quiere veros inmediatamente.
– ¿Qué querrá mi padre ahora? –se preguntó Carlos para sus adentros cuando ya se
encaminaba hacia la cámara real, seguido por los dos guardias–.
En la puerta de la cámara Pepin acogió a Carlos muy afectuosamente y le dijo:
– Carlos, hijo, tu eres ya un muchacho fuerte y un experto conocedor de los bosques,
que no teme ni a las inclemencias del tiempo ni a las fieras. Como buen franco que eres,
en el interior del bosque te encuentras en tu elemento, pues has aprendido a aprovechar
las ventajas que ofrece y conoces la manera de enfrentarte a sus peligros. Por ello, a pesar
de que no has cumplido todavía los doce años, necesito encomendarte una misión muy
importante.
>Como sabes, el papa viene de camino hacia Ponthion a visitarme. Yo estoy preocu-
pado porque el invierno está siendo muy duro y, aunque ordené al duque Rothard que
con una numerosa escolta de soldados fuese al encuentro del santo padre para que lo
guiara y lo protegiese por nuestros dominios temo que, debido a las nevadas de los úl-
timos días, se internen peligrosamente por los bosques y se extravíen todos.
>Me gustaría ir personalmente a recibirlo y guiarlo, pero me es imposible. Por ello
quiero que, con nuestros más expertos guardabosques y escoltados por Kerold y varios
soldados, salgas al encuentro de Esteban II, quien todavía debe estar muy lejos, tal vez
por los alrededores de Dijon. Tras darle la bienvenida en mi nombre tendrás que guiarlo
y acompañarlo por carreteras practicables y seguras, evitando en lo posible la nieve
helada y el fango de los caminos. Quiero que el sumo pontífice llegue sano y salvo a
Ponthion, donde yo le daré la protocolaria bienvenida real.
>Tu importante misión, hijo mío, es más de socorro que diplomática. No te preocupes
ahora por el protocolo. Irás a encontrarte con el papa para guiarlo y que llegue bien a su
destino. Cuando el santo padre llegue a nuestro palacio, entonces yo le haré todos los
honores que merece. Sal a su encuentro lo más rápidamente posible, porque es trascen-
dental que Esteban II llegue a Ponthion sano y salvo. En las posadas o ventas del camino,
por orden real, todos debéis dar preferencia en el alojamiento y en las comidas al papa
y a su séquito. ¡Que Dios te proteja, te oriente y te acompañe!. ¡Suerte!, Carlos. Yo ya he
dado orden de que preparen todo inmediatamente, pues tenéis que poneros en marcha
enseguida. ¡Es urgente!.
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CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
Lejos ya del palacio de Ponthion, el grupo expedicionario de Carlos se había internado
en el gran bosque nevado caminando cuesta arriba penosamente por un vericueto que
era un atajo para alcanzar más rápidamente la carretera principal en San Dizier. Además
de los cuatro perros de San Bernardo, que abrían paso y guiaban al grupo en los casi
invisibles senderos cubiertos de nieve, la comitiva iba encabezada por los mejores guar-
dabosques y monteros del reino. Tras ellos Carlos iba sobre su dócil montura flanqueado
por el fiel Kerold, jefe de una escuadra de seis robustos y aguerridos soldados encargados
de protegerlos.
Avanzaban lentamente porque los soldados tenían que tirar tanto de las riendas de
sus caballos como de las monturas que llevaban de refresco, que iban cargadas con pro-
visiones y material.
En aquella gélida mañana invernal, el frío enrojecía las mocosas narices de los expe-
dicionarios y lo poco que asomaba de sus rostros, a pesar de que tenían protegidas las
cabezas con gorros pasamontañas y con las capuchas de sus hábitos. La nieve que caía
intensamente desde hacía un rato ocultaba más aún los senderos. Los perros y los caba-
llos se movían lentamente porque sus patas se hundían en la nieve al caminar. La marcha
era cada vez más fatigosa. Los expertos guardabosques, siempre atentos, no vacilaban
en las encrucijadas y guiaban a los animales por la mejor ruta. Carlos marchaba feliz,
orgulloso de la importante misión que su padre le había confiado. Su optimismo se con-
tagiaba a los valerosos hombretones que lo acompañaban, acostumbrados a las penali-
dades de las caminatas invernales por los bosques.
A mediodía, junto a una fuente de la que salía un agua que no tardaba en comenzar
a helarse en el remanso de un pequeño estanque, hicieron un alto para comer y reponerse.
Los soldados alimentaron bien a los animales y ensillaron los caballos de refresco que
pronto tendrían que soportar el peso de los jinetes. Antes de reanudar la marcha casi
todos bebieron mucho aguardiente para entrar en calor.
Durante la tarde el tiempo empeoró y la nevada fue continua; pero lo malo fue que
se levantó un viento gélido que azotaba inmisericorde los enrojecidos rostros. Los pobres
caballos, casi exhaustos, echaban bocanadas de vaho blanquecino al resoplar fatigados.
Poco a poco el cortante viento iba intensificando su velocidad hasta que finalmente una
terrible ventisca los flagelaba incesantemente, dificultando su penosa marcha.
Una oscuridad creciente invadió el entorno difuminando las figuras del bosque. La
visibilidad del sendero por el que caminaban era cada vez peor. Por ello los veteranos
guardabosques, provistos de varas largas y gruesas, se colocaron delante de los perros
para abrir camino con mayor seguridad y para evitar que se precipitaran por algún in-
visible terraplén o que cayesen en las numerosas hondonadas que, como trampas mor-
tíferas, había en las proximidades del camino que seguían dificultosamente. La marcha
era lenta y precavida. A veces tenían que contener el aliento y asegurarse bien antes de
aventurarse a dar el siguiente paso.
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JOAQUÍN JAVALOYS
Habían pasado ya seis días desde que salieron del palacio de Ponthion. La ciudad de
Chaumont había quedado atrás. La mayor parte de los caminos que habían recorrido
estaban nevados. La fatiga se había apoderado totalmente de ellos que, además, iban
algo decepcionados porque no habían encontrado todavía ni el más mínimo rastro de la
comitiva del papa y no sabían por dónde se pudiera encontrar. Temían que se hubieran
cruzado con la comitiva sin darse cuenta por ir por diferentes carreteras. En fin que el
desaliento comenzaba a apoderarse de algunos miembros del grupo, a pesar de que los
expertos guardabosques intentaban animar a todos. De vez en cuando Carlos rezaba y
le pedía a Dios que hallaran pronto al santo padre y a sus acompañantes.
Anochecía ya cuando, al llegar a la cumbre de un collado y cambiar de rasante, avis-
taron lejana la borrosa silueta de una venta iluminada que se encontraba en un puerto
de montaña. Entonces los guardabosques supieron exactamente el lugar donde se encon-
traba el grupo: a unas tres leguas al norte de Langres. Los agotados cuerpos de los ex-
pedicionarios se reanimaron ante la perspectiva de un confortable hospedaje para per-
noctar refugiados en aquella venta, y la cansina marcha del grupo comenzó a acelerarse,
a pesar de la fuerte ventisca que los azotaba.
Cuando llegaron a las proximidades de la venta observaron que había allí caballerías
custodiadas por un par de soldados. Ante ello lo primero que se le ocurrió pensar a
Carlos es que el papa podría haber llegado ya a la posada; pero pronto quedó decepcio-
nado al observar que, en la puerta de la venta, había algunos francos entre los que dis-
tinguió al duque Rothard, a quien precisamente el rey había encomendado hace bastante
tiempo que saliera al encuentro de Esteban II para guiarlo y protegerlo en los dominios
de los francos. Contrariado, Carlos le preguntó al duque:
– ¿Todavía no habéis localizado a la comitiva del señor papa?
– No, el santo padre no ha llegado todavía.
– Pero ¿no os ordenó el rey que salierais a su encuentro?
– Sí, pero con esta ventisca de nieve ni la comitiva del papa ni mis tropas ni nadie en
su sano juicio se aventuraría a caminar por las carreteras nevadas. Sin duda Esteban II
estará confortablemente alojado en una posada esperando que pase la borrasca de nieve.
Entonces reemprenderá la marcha y su comitiva llegará aquí en los próximos días. Lo
mejor es esperarlo en esta venta, porque necesariamente habrá de pasar por este puerto
de montaña para adentrarse en las tierras de los francos. Solamente a un grupo de in-
sensatos palurdos como el vuestro se le puede ocurrir viajar cuando las condiciones
climáticas son pésimas como ahora. ¡Ah! por cierto, todas las habitaciones de esta venta
están ocupadas por mí y por mis acompañantes; así que, si no queréis dormir en el suelo,
podéis continuar viajando y desafiando a la ventisca y a la oscuridad nocturna, señor
Carlos.
– Por supuesto que vamos a continuar nuestro viaje, señor duque, a los hombres no
nos asustan ni la nieve ni la ventisca ni la noche.
Inmediatamente, tras consultar su opinión a los guías guardabosques, Carlos ordenó
a sus acompañantes que cenasen bien y que se aprovisionaran de antorchas y de todo lo
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CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
necesario para seguir caminando durante esta noche. Los soldados debían ocuparse de
que los caballos de refresco estuvieran listos para tomar el relevo, pues se iban a marchar
de allí dentro de un par de horas para recorrer valerosamente las dos leguas que apro-
ximadamente faltaban para llegar a Langres, una población donde existen varias posadas.
Es probable que el papa y sus acompañantes se hallasen alojados en una de ellas.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
La suerte se puso a favor de Carlos y de su grupo cuando, tras recorrer una legua de
penoso camino enfrentándose a la fuerte borrasca de nieve, distinguieron allá abajo en
el fondo de un valle unas lucecitas que parecían moverse.
Al aproximarse a las lucecitas, comprobaron que se trataba de un numeroso grupo
de personas que iban a ascender por una ladera avanzando por un estrecho camino a la
incierta luz de unas antorchas. Como la nieve cubría todo, destacaba mucho la lumino-
sidad de las antorchas al reflejarse en el terreno casi helado.
Con la esperanza de que tal vez fuese la comitiva de Esteban II aceleraron un poco el
ritmo de su marcha hasta que llegaron a su encuentro. Kerold se acercó a quien encabe-
zaba la comitiva y le preguntó si con ellos iba su santidad el papa. Tras contestarle afir-
mativamente, Kerold le comunicó que el hijo del rey Pépin el Breve había venido a dar
la bienvenida al santo padre y a guiarlo por la mejor ruta en esta infernal y borrascosa
noche, siendo su misión la de acompañar a Esteban II y a su séquito hasta el lejano pa-
lacio real de Ponthion, donde el rey recibiría con todos los honores al santo padre.
Kerold se acercó a Carlos y lo invitó a seguirlo para ir hasta el centro del cortejo vi-
sitante donde, montado en un hermoso caballo blanco, estaba Esteban II majestuosamente
envuelto en un manto igualmente blanco dotado de una gran capucha que estaba cubierta
de nieve. Cuando Carlos llegó a su lado el papa le sonrió acogedoramente y le dijo:
– ¡Dios te bendiga!, hijo mío. Ya me han dicho que eres el príncipe Carlos y que el rey
te envía para darme la bienvenida y para socorrerme en esta terrible noche de ventisca,
pues mi comitiva se ha extraviado. Ahora no sabemos cómo llegar hasta un refugio o
una venta donde alojarnos para pernoctar.
– Si queréis, señor papa, yo y mis acompañantes podemos guiaros bien, con seguridad,
para que lleguéis pronto a una buena posada que está a una legua de aquí. Además todos
los días venideros os conduciremos por el mejor camino posible hasta el palacio de mi
padre, que está en Ponthion.
– Eres un ángel providencial, valeroso Carlos. Precisamente yo estaba rezando mucho
desde hace tiempo para que Dios me enviase un ángel salvador que guiara a mi comitiva
hasta una venta para descansar y dormir esta noche. ¡El Todopoderoso ha escuchado mi
plegaria!. Dios está contigo y te ha escogido para que, siendo instrumento Suyo, se haga
Su voluntad esta noche y mi petición se realice. Por cierto Carlos ¿cuántos años tienes?
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JOAQUÍN JAVALOYS
– Cumpliré doce años dentro de unos meses, en abril.
– Pues pareces mayor. Eres muy corpulento, un verdadero muchachote.
– ¡Ah! señor papa, no le he traído un magnífico regalo, como su santidad se merece
porque, con la urgencia de comenzar este apresurado viaje para encontraros y guiaros,
me olvidé de coger el obsequio que mi padre había preparado para entregároslo. Os
ruego que me perdonéis y os prometo dároslo en cuanto lleguemos al palacio real.
– Por supuesto que estás perdonado, hijo. No te preocupes más de ello porque me
acabas de hacer el mejor de los regalos: siendo todavía un niño has arriesgado virilmente
tu vida y las de tus acompañantes para salir a mi encuentro y guiarme por carreteras y
caminos nevados hasta que llegue, sano y salvo, al palacio del rey Pepin. ¡Muchas gracias!
Carlos, ¡que el Señor te bendiga y te lo pague!.
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Muy tarde, casi al amanecer, llegamos por fin a la venta que hay en el puerto. Mi fiel
Kerold y los soldados despertaron al posadero y le ordenaron que, por orden del rey,
debía desalojar inmediatamente de sus cámaras a todos sus huéspedes, incluso al duque
Rothard, para que se pudieran alojar en ellas el sumo pontífice de la santa Iglesia de
Roma y el hijo del rey Pepin, que habían llegado a la posada con sus acompañantes. ¡Ah!
y que tenía que darles de comer a todos ellos, lo mejor posible e inmediatamente.
Cuando Carlos vio bajar por la escalera al duque, somnoliento pero furiosamente
cabizbajo, soltó una sonora risotada para que le oyese el contrariado noble quien, indig-
nado, le dirigió entonces una mirada asesina. En fin los «patanes» le ganaron la partida
a los «gandules». Menos mal que el señor papa no estaba cerca de Carlos cuando se mofó
del duque Rothard quien, por cierto, fue uno de los que se opuso en Soissons a que Pepin
el Breve fuese elegido rey de los francos.
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La comitiva papal y el grupo de Carlos, tras dejar atrás Vitry-le-François y acercarse
a Ponthion vieron que, bajo el arco romano, los estaba esperando ya el rey montado a
caballo, revestido con un manto púrpura y portando la corona real sobre su cabeza.
Cuando el papa se acercó al lugar donde estaba Pepin, el rey le saludó levantado la
palma de su mano derecha en señal de bienvenida, e inmediatamente se apeó dificulto-
samente de su montura y, sorprendentemente, tomó las riendas del caballo de Esteban
II guiándolo hasta la puerta del Palacio real, como si fuese un criado del papa. Entonces
todos se quedaron confusos. ¿Por qué hizo eso Pepin? se preguntaron, sabiendo lo altivo
y orgulloso que era el rey.
Poco más tarde, estando ya en la capilla privada palatina, Carlos fue de sorpresa en
sorpresa porque tampoco esperaba que, tras el recibimiento respetuoso, casi servil, con
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CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
que su padre había acogido al papa éste, después de dar gracias a Dios allí en la intimi-
dad de la capilla, se acercase a Pepin y que, emocionado y agotado por su duro y largo
viaje desde Roma, hincase su rodilla derecha espectacularmente en el suelo delante del
rey y, en tono suplicante, le dijese:
– ¡Bendito rey de los francos!, voy a permanecer así arrodillado ante vos hasta que
aceptéis luchar militarmente contra mis enemigos que atentan contra la Iglesia católica.
Carlos, asombrado, vio que en los ojos del papa asomaban unas lágrimas y que su
rostro estaba contraído, tal vez reflejando una profunda angustia. Lo que no pudo en-
tender entonces es que su padre, que estaba a su lado, mirase cautelosamente a Esteban
II con una cara impasible, sin hacer nada ni decir una sola palabra. A Carlos le daba pena
ver al papa lloroso y suplicante, como un pedigüeño, y a su padre pensativo y paralizado;
pero él no sabía qué hacer en esa desconcertante situación. Lo único que le vino a la
mente fue el pensamiento de que los mayores hacen cosas muy raras.
Por fin después de un interminable rato Pepin, sin pronunciar palabra, se inclinó hacia
el santo padre y vigorosamente, con ambos brazos, levantó del suelo a Esteban II. Carlos se
quedó pensativo: ¿qué significaba todo esto? Francamente el niño no entendió entonces lo
que querían decir esos comportamientos, porque le parecieron más teatrales que políticos.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
La navidad del año 753, que la familia real pasó en su palacio de Ponthion fue mag-
nífica e inolvidable. Hubo numerosos oficios religiosos, presididos solemnemente por el
papa. Además se celebraron muchos festejos populares en Vitry-le-François y algunas
recepciones cortesanas en honor de Esteban II a las que asistió en palacio toda la familia
del rey, incluso el pequeño Carloman, que aún no tenía tres años.
En esos días el sumo pontífice y Pepin el Breve se reunieron frecuentemente en largas
entrevistas para tratar de importantes asuntos hasta que llegaron a un acuerdo total el 7
de enero de 754.
Unos días más tarde, cuando mejoró el tiempo y cesaron las nevadas, del palacio de
Ponthion salió un cortejo maravilloso, integrado por centenares de personas, sobre todo prela-
dos eclesiásticos y nobles. Lo presidían el papa y el rey. El cortejo se puso en marcha para ir
hasta la lejana abadía de San Denís, en los alrededores de París, donde residiría el santo padre
durante unosmesesinvitadoporel abadFulrad.Elsumopontíficedestacabamajestuosamente
en la vistosa comitiva que salió de Ponthion. Toda la familia real iba en ese grandioso y colorista
cortejo, pues el rey también se trasladaba a su palacio de París. Poco a poco el papa y su séquito,
el rey y su familia, los prelados y clérigos, los magnates y los sirvientes, todos los integrantes
del cortejo subieron a los numerosos carruajes que se encaminaron hacia París.
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30
JOAQUÍN JAVALOYS
LA UNCIÓN PAPAL DEL REY PEPIN Y DE SUS HIJOS
Durante los meses siguientes el papa y Pepin el Breve siguieron reuniéndose de vez
en cuando para tratar amistosamente los más importantes asuntos. Finalmente ambos
llegaron a acordar una alianza total en Quierzy-sur-Oise en abril de 754, comprometién-
dose el rey a defender con las tropas francas a Esteban II de todos sus enemigos, incluso
del emperador romano de Bizancio.
Inmediatamente Pepin convocó una asamblea de los magnates del reino que acordó
la realización de una campaña militar contra el rey de Lombardía para socorrer al papa
y recuperar las poblaciones y los territorios que los lombardos habían arrebatado a la
Santa Sede.
Entonces el papa quiso demostrar a todos que distinguía al rey de los francos y a su
familia con su más alta consideración. Lo hizo solemnemente en la abadía de San Denis
el 28 de julio, un día bien soleado. Dos carrozas habían salido de París llevando a todos
los miembros de la familia real, quienes iban con vestiduras de gala, para participar en
una ceremonia importantísima que presidiría Esteban II en la abadía de San Denis repleta
de prelados, de abades, de nobles y de magnates del reino. Cuando Pepin llegó al exte-
rior de la iglesia abacial miles de súbditos se agolpaban allí vitoreando al papa y al rey.
Los reyes y los príncipes bajaron de sus carrozas y accedieron al templo por un pasillo
alfombrado que habían colocado en la explanada de la fachada de la abadía. La multitud
los recibió jubilosamente. Esteban II se encontraba en la entrada del templo y cariñosa-
mente dio la bienvenida al rey y a toda la familia real, mientras sonaban los acordes de
un maravilloso órgano nuevo que había sido traído expresamente para esta ceremonia
desde Constantinopla, la capital de Bizancio.
A continuación, cuando ya todos estaban instalados en sus sitios en el interior de la
iglesia, se inició un Te Deum de acción de gracias. Seguidamente comenzó una solemní-
sima Santa Misa cuyo principal oficiante era el sumo pontífice, revestido con una impre-
sionante casulla bordada con filamentos de oro.
Tras la consagración, en presencia ya de Dios vivo, tuvo lugar la parte principal de
la ceremonia. El papa convocó al altar mayor al rey Pépin y, en voz muy alta, lo calificó
de hombre eminente, rey de los francos y patricio de los romanos. Inmediatamente lo
ungió vertiendo en su cabeza unas gotas de aceite del contenido de un cuerno de plata.
Después de esta unción sagrada del rey, el sumo pontífice de la Iglesia romana llamó
a Carlos. Cuando se presentó ante él, le ordenó que se arrodillase para derramarle sobre
la cabeza unas gotas de aceite y, al ungirlo, proclamó que era noble hijo del rey y patricio
de los romanos, pero el niño no sabía entonces qué quería decir ser «patricio de los ro-
manos». Sin haberse repuesto todavía de la emoción, Carlos se quedó más sorprendido
todavía al oír que Esteban II convocaba igualmente a su hermanito Carloman para que
acudiera a su presencia. La reina Bertrade, su madre, lo llevó al altar cogido de su mano.
El santo padre procedió a ungir asimismo al pequeño, diciéndole lo mismo que le había
dicho a Carlos. Por último le dio su bendición apostólica a Bertrade de Laon por ser la
esposa del rey.
31
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
La unción del rey de los francos daba a Pepin una legitimidad suprema. Efectiva-
mente, como ha subrayado Jean Favier11 «la unción bastaba para dar al nuevo rey una
legitimidad que no habían tenido los merovingios. Al origen divino –divino pero pagano–
de la familia real merovingia le sucedía el origen divino –pero cristiano– de una realeza
cuasi-sacerdotal: la sanción de la Iglesia reemplaza al derecho de sangre…
…Un detalle debe ser puesto de relieve: el nuevo rey de los francos recibe la unción
en su cabeza descubierta. Ninguna corona lo identifica como rey…porque no es a un rey
al que entonces unge la Iglesia, es a un cristiano elegido por Dios. La realeza, que sim-
bolizará más tarde la corona, es una consecuencia de la voluntad de Dios expresada por
el obispo…En opinión de San Bonifacio y de los obispos es la Iglesia la que hace al rey,
no el pueblo franco. El rey, rápidamente, retendrá una cosa: su poder viene de Dios, no
de los hombres…
…El papa sabía muy bien lo que hacía: …acababa de declarar la guerra al empe-
rador (de Bizancio): el crea un rey, aunque ya elegido y consagrado. Pero Esteban II
no tiene otra opción…porque conoce que el poder pontificio romano está amenazado
por los lombardos, y percibe que la protección del Imperio (a la Santa Sede) se ha
desvanecido».
Pero, si Pepin el Breve ya era rey, ¿qué gana cuando el papa lo proclama de nuevo
rey? La contestación la ofrece, certeramente, Jean Favier12: «…en primer lugar la conso-
lidación de un poder ya antiguo –es la cuarta generación– pero siempre frágil…Nada
garantiza a los pipínidos la emergencia de nuevas ambiciones reales…
…Además gana una mayor visibilidad de la jerarquía política, lo que es útil ante la
creación de los protectorados debidos a la conquista franca de nuevos territorios perte-
necientes a príncipes o duques, como en Aquitania o Baviera, que se someten por la
fuerza pero que no aceptan el reconocimiento de cualquier superioridad sobre ellos del
príncipe de los francos. En cambio, sí que lo aceptan cuando éste es un rey consagrado…
no simplemente coronado».
Pero el sumo pontífice hizo más todavía: en un tono muy solemne prohibió, bajo pena
de excomunión, que nadie pudiese elegir a un rey de los francos que no fuese de la fa-
milia de Pepin llamado el Breve. De esta manera el papa formalizó el final de la dinastía
merovingia, que había sido sustituida definitivamente por la carolingia, por la gracia de
Dios; pero también amenazó con anatema a cualquiera que pretendiera apoderarse de
la Corona de los francos sin pertenecer a la familia de Pepin, porque ello conllevaría la
exclusión de la Iglesia; es decir, de la Salvación eterna.
Al terminar la larga ceremonia los reyes, exultantes, le dieron a Carlos un fuerte y
cariñoso abrazo. Además el rey le dijo al oído, en tono confidencial, que hoy se había
confirmado la permanente «alianza entre el trono y el altar».
11 Obra citada. Páginas 40, 41 y 43.
12 Obra citada. Página 45.
32
JOAQUÍN JAVALOYS
El fastuoso acto celebrado en la abadía de Saint-Dénis el 28 de julio del 754 Georges
Bordonove13 lo valora así: esta proclamación solemne borraba definitivamente el de-
recho de los príncipes merovingios a reinar. El papa acababa de modificar la naturaleza
misma de esta monarquía y de fundar una nueva dinastía, la de los carolingios. Pepín
y sus sucesores no serán ya meros soberanos, sino reyes por la gracia de Dios. Pero esta
elevación conllevaba una cierta reciprocidad y engendraba deberes específicos para los
reyes de los francos: en realidad ese día se formalizó públicamente la alianza entre el
Trono y el Altar.
Posteriormente, ya en el palacio real de París, se ofreció un espléndido y singular
banquete festivo en honor de Esteban II y de los prelados asistentes, en el que participa-
ron, junto a toda la familia real, los principales nobles y magnates del reino. En París y
en San Denis hubo fiestas populares durante tres días en las que el rey invitó generosa-
mente a todos sus súbditos, ricos y pobres, pues se repartieron gratuitamente infinidad
de alimentos y de bebidas. De esta forma, todos ellos bien saciados, vitorearon y acep-
taron jubilosamente a la emergente dinastía real carolingia, que el propio papa había
ungido y bendecido.
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Desde luego el rey Pepín el Breve cumplió su promesa guerreando contra Astolf de
Lombardía en el año 755 hasta que el italiano cedió a las exigencias del carolingio y
prometió devolver al papa el exarcato de Rávena y otros territorios, que eran básicos
para constituir un Estado pontificio.
Sin embargo, posteriormente Astolf no solo incumplió sus promesas sino que se pre-
paró para asediar Roma. El papa Esteban II volvió a solicitar a Pepin que le socorriera
enfrentándose a Astolf. Entonces la guerra entre francos y lombardos se hizo inevitable.
En 756 el ejército franco, tras atravesar de nuevo los Alpes, llegó a Pavía, por lo que
el rey lombardo se vio obligado a pedir la paz entregando rehenes y jurando devolver a
la Santa Sede los territorios pontificios que había ocupado. El rey de los francos le obligó
a que entregase previamente las llaves de las ciudades que había arrebatado al papa, y
encargó a Fulrad, abad de San Denis, que se las devolviese a Esteban II. Además Pepin
dispuso que el exarcato de Rávena pasase a ser propiedad de la Santa Sede, aunque era
un territorio de teórica propiedad bizantina. Esta donación fue la base del Estado ponti-
ficio. El papa se convirtió en señor de la Italia central, en un príncipe con poder temporal,
que era además obispo de Roma.
Jean Favier14 explica certeramente las consecuencias de estos hechos: «…al donar al
papa los medios que lo hacen políticamente independiente, Pepin actúa como usurpador,
según Bizancio. Pero al mismo tiempo el rey de los francos interviene como protector de
13 Obra citada. Página 31.
14 Obra citada. Página 190.
33
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
la independencia temporal de la Santa Sede, que es la que garantiza su independencia
espiritual. Con este título, Pepin afirma su derecho a intervenir en la península itálica…
Entonces, sin anexionarse la menor parcela territorial de Italia, el reino franco se convir-
tió en una potencia mediterránea».
El derrotado Astolf murió en 757. El papa promovió al aparentemente fiel y dócil
Desiderio, duque de Toscana, a la dignidad de rey de los lombardos.
En efecto, como ha puesto de relieve J. Favier15 «Tras el fallecimiento de Pepín el Breve
…la política del abad Fulrad debía tener continuidad, basada en una alianza con el Pa-
pado contra el rey Desiderio, que en 757 había sucedido a Astolf, quien falleció por una
caída de caballo. Entonces Desiderio, el duque de Toscana, se convirtió en rey de los
lombardos por la elección que hicieron conjuntamente Esteban II y Fulrad; pero como
Desiderio era inteligente no quiso convertirse en instrumento de los francos, pues com-
prendió bien que no tenía nada que temer de Bizancio y que la única amenaza que pla-
neaba sobre el reino de Lombardía era la constituida por la alianza del papa con el rey
de los francos. Así, en cuanto llegó a ser rey, comenzó a aproximarse a Bizancio».
A su vez, en el año 757 murió también Esteban II, y le sucedió como papa su hermano
Pablo I, quien pronto tuvo ocasión de comprobar la perfidia y la ambición del nuevo soberano
de Lombardía, por lo que pidió a Pepin que volviera a Italia para apoyar a la Santa Sede. El rey
no pudo atender entonces la solicitud del sumo pontífice, porque el rey estaba muy ocupado
rechazando las frecuentes incursiones que los sajones hacían en los territorios de los francos e
intentando reprimir las insumisiones y revueltas del díscolo Waïfre, duque de Aquitania.
☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉
ACTIVIDADES JUVENILES DE CARLOS
Tras la ceremonia de San Denis en la que Carlos fue ungido por el papa, el príncipe
comenzó a darse cuenta de que lo era por la gracia de Dios. A partir de aquel día el
muchacho también iba a participar en los actos más importantes para el reino. Efectiva-
mente el rey le hizo estar presente, a su lado, en el mes de abril del año 754 cuando se
celebró en Quierzy la asamblea de los notables del reino que acordó que el ejército de
los francos diera protección militar a Esteban II frente a Astolf, el rey de Lombardía, quien
ya se había apoderado de Rávena y de otras posesiones pontificias.
Sin embargo posteriormente, cuando el rey con sus tropas atravesó los Alpes en la
primavera de 755 para luchar contra Astolf no lo llevó con él, pues dijo que era todavía
muy joven para guerrear. Tampoco lo hizo en 756 cuando de nuevo tuvo que enfrentarse
al rey lombardo tomando Pavía y derrotando a los soldados del traidor Astolf, quien se
había apoderado de algunas ciudades administradas por la Santa Sede y amenazaba a
la propia Roma.
15 Obra citada. Página 190.
34
JOAQUÍN JAVALOYS
Carlos se moría de ganas de acompañar al ejército franco en las campañas guerreras
que todos los años, en la buena estación, llevaba a cabo el rey. Lo que sí hizo Pepin fue
informarle de que su objetivo estratégico era, en primer lugar, el de mantener unificados
los territorios del reino de los francos, que entonces estaba integrado, además del ducado
de Aquitania, por los antiguos reinos de Austrasia, Neustria y Borgoña. En segundo
lugar, el rey tenía que defender las fronteras del reino, que estaban amenazadas por los
belicosos sajones al noreste y por los sarracenos al sur, sobre todo en Septimania.
A Carlos, que era hiperactivo, le hubiese gustado ir siempre con su padre a las cam-
pañas guerreras que dirigía; pero el rey no lo dejaba participar en ellas, a pesar de que
tenía ya más de catorce años y de que era un joven corpulento, por lo que tuvo que de-
dicarse a sus ocupaciones juveniles pues, cuando se ausentaba Pepin tampoco le encar-
gaba tareas oficiales que, en cambio, sí que encomendaba a algunos nobles o a fieles
administradores o incluso a la reina, en quien sí confiaba como buena gobernadora
porque ella ejercía perfectamente algunas tareas de gobierno, y no solamente la de ad-
ministradora doméstica del palacio real que, como reina, le correspondía.
Como tampoco Bertrade de Laon, a pesar del gran cariño que tenía a su hijo Carlos,
le encargaba tareas importantes, él se dedicaba a hacer lo que le apetecía divirtiéndose
con un grupo de compañeros a los que capitaneaba. Con ellos, montados todos en sus
briosos caballos, hacía frecuentes galopadas por los prados, por las orillas de los ríos e,
incluso, por los más tupidos bosques; a veces disparando flechas o arrojando lanzas a
los animales salvajes o a los objetivos idóneos que, sobre la marcha, se fijaban. Era una
manera de desfogarse haciendo ejercicios guerreros.
En otras ocasiones Carlos y sus camaradas se divertían nadando, y en verano, cuando
el agua no estaba demasiado fría atravesaban ríos, aunque fuesen caudalosos. Si llovía o
hacía mal tiempo se reunían en algún salón palaciego cantando canciones y recordando
las leyendas épicas o los episodios guerreros que los veteranos capitanes les habían contado.
Carlos solía estar siempre bien acompañado. Su carisma y su bulliciosa vitalidad
atraían a sus compañeros, a los que enseguida se ganaba para que, encantados, le siguie-
sen en todas las aventuras que se le ocurrían.
ACarlos le gustaba ir de caza frecuentemente con sus fieles monteros o guardabosques.
El príncipe vestía como ellos, con burdas lanas y con hábitos de cuero. Le encantaba reunirse
con ellos para comer o, mejor dicho, para devorar carne de venado o de jabalí cuando, al
terminar un buen día de caza, todos estaban hambrientos y necesitaban reponerse.
En el bosque se sentía a gusto, sin miedo a nada, pues era muy fuerte y resistía bien
las temperaturas extremas. Si era preciso pernoctaba muchos días seguidos durmiendo
al aire libre, incluso cuando las montañas estaban nevadas. Le gustaba viajar y explorar
tierras desconocidas.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
35
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
Cuando Carlos cumplió los dieciséis años tenía ya muchos pelos en su barbilla y un
incipiente bigote. Estaba físicamente muy desarrollado, casi como un hombre de veinte
años. Sin embargo seguía teniendo una voz demasiado aguda y chillona que contrastaba
con la robustez de su cuerpo, que no era precisamente el de un niño.
La principal instrucción que había recibido gustosamente el príncipe era la militar,
que le daban algunos capitanes de la Guardia real y, en ocasiones, su tío Bernard, el
condestable del reino.
La reina insistía en decirle a Carlos que, además de saber todo lo necesario para
llegar a ser un buen guerrero, también debía procurar ser un príncipe culto e instruido
sabiendo leer y escribir bien, e igualmente conocer el latín y otros idiomas, no solo el
francique, la lengua que usaban algunos francos renanos, y el romance. Además debía
aprender el derecho, la historia, la geografía y algo de matemáticas. Como su madre
tenía razón Carlos acabó dándole su conformidad a que un docto fraile agustino le
diese clase diariamente de estas cosas que desde luego, no le gustaban demasiado, por
lo que le costaba mucho aprenderlas.
Dada su relativa incultura, algunos cortesanos calificaban a Carlos de ignorante o
incluso de palurdo, pero no se atrevían a hacerlo en su presencia. Por supuesto a él lo
que verdaderamente le gustaba era ser libre, haciendo lo que le apetecía en cada mo-
mento, pero siempre rodeado de amigos y de seguidores a los que solía encandilar con
sus habilidades manuales y con la excepcional fuerza que mostraba tanto en los juegos
que practicaba como en los ejercicios físicos. Todos alababan su destreza y su fortaleza.
En esa época, a Carlos y a sus camaradas les dio por visitar frecuentemente las po-
sadas para entretenerse gozando con las lozanas y libidinosas muchachas que los aten-
dían y que los complacían en todo. Entonces acabó haciéndose un experto en relaciones
sexuales, pues esa mujeres se le entregaban rápidamente por sus atractivos masculinos
y por su encantadora vitalidad, pues generalmente les ocultaba que era el príncipe Car-
los, para que no copulasen con el hijo del rey sino con un alegre, impetuoso y robusto
muchachote que medía más de seis pies de alto.
Su madre, que era merovingia y que poseía una educación esmerada y estricta, le
regañaba mucho porque le decía que no pensaba más que en jugar y en divertirse con-
tinuamente, siempre rodeado de amigotes de los que no podía aprender nada bueno. Tal
vez fuese cierto, pero él no podía estar encerrado en el palacio real, ya que su desbordante
vitalidad le llevaba a estar siempre haciendo algo, a ser posible al aire libre: cazando,
cabalgando o simplemente jugando con sus amigos.
También le reprochaba la reina que casi siempre estaba acompañado de campesinos
o de guardabosques participando en sus cacerías y en sus fiestas populares o contem-
plando como actuaban en los mercadillos de sus aldeas, como si él fuese uno más de
ellos. Bertrade le acusaba de ser demasiado campechano y le decía que podría ser igual-
mente popular aunque conviviese menos con los plebeyos y más con los nobles y con
los clérigos cortesanos que estaban en palacio alrededor de su padre, sirviéndole lo
mejor posible con la esperanza de obtener favores y prebendas.
36
JOAQUÍN JAVALOYS
Una mañana la reina le llamó la atención, cariñosamente pero con severidad, diciéndole:
– Carlos, ya es hora de que vayas sentando la cabeza y de que empieces a comportante
como un verdadero príncipe, dejando de hacerlo como un palurdo rico y campechano
que trata a las mujeres como hace un semental con las vacas.
– No exageres, madre, yo solo me dejo querer.
– En serio, Carlos, deja ya a las mujeres tranquilas y pasa más tiempo en palacio
viendo como gobierna tu padre y como sus secretarios resuelven los asuntos. Eres prín-
cipe de los francos y debes aprender ya a gobernar, para llegar a ser un buen rey.
– Sí, madre, pero mi padre no me hace caso cuando estoy junto a él y yo acabo abu-
rriéndome y marchándome de palacio.
– Es que tú y tu padre sois iguales: ambos sois egocéntricos; pero tú debes esforzarte
en permanecer junto a él para aprender cómo se gobierna y cómo se resuelven los pro-
blemas. El hecho de que te aburras en su presencia no justifica que te vayas de su lado.
Cuando lo haces, y sé que lo haces con demasiada frecuencia, tu padre piensa que a ti te
aburren los asuntos de la gobernación del reino y que, por ello, no podrás llegar a ser un
buen rey. Tu prefieres divertirte y pasar el tiempo entretenido con tus caballos o charlar
con tus amigotes y las alegres y frescachonas muchachas que os atienden en las posadas.
En fin Carlos reflexiona y comprenderás que tu padre puede tener motivos para pensar
que tú no tienes suficiente sentido de la responsabilidad ni ganas de trabajar y sacrificarte,
como un buen rey.
– Mi padre sabe que a mí me gusta guerrear y, sin embargo, nunca me lleva con él y
sus tropas. Ya sabes que ahora el rey está luchando contra los sajones a los que quiere
someter y no ha querido que le acompañe en su invasión de Sajonia.
– Sí, el rey sabe que tú eres ya casi un hombre; pero, si no te permite que participes en
sus campañas guerreras es porque tu hermano Carlomán solo tiene siete años y tu padre
no quiere ponerte en peligro porque, si lo matan a él, entonces tú serías el único hijo que
podría sucederle como soberano del reino de los francos. Sin embargo yo creo que el rey
sí que piensa llevarte a participar con él en aquellos enfrentamientos bélicos que no sean
muy peligrosos, como las expediciones militares de Aquitania, donde no hay batallas
campales; pero, por ahora, no te va a llevar a luchar contra los feroces sajones.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
Carlomán tenía ya nueve años, pero como su hermano Carlos le doblaba la edad,
nunca jugaban juntos. Para Carlos su hermano seguía siendo nada más que un crío pe-
queño. Sin embargo, a medida que Carlomán iba creciendo, Carlos observaba que era
inteligente, gracioso y obediente, unas cualidades que complacían mucho a sus proge-
nitores, especialmente al rey, que lo trataba muy cariñosamente, como si fuera su hijo
favorito. También gozaba Carlomán de las preferencias de los cortesanos y de los clérigos
37
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
palatinos que, en cambio, solían ver en Carlos a un muchacho extravertido, rústico y
campechano, que solo pensaba en divertirse. Menos mal que Carlos sabía que él era para
su madre el hijo favorito, sin lugar a dudas.
El caso es que por entonces Carlos comenzó a preocuparse de la existencia de Carlo-
mán quien, desde luego, era también un príncipe ungido, como él, por lo que podría
llegar a ser rey de los francos. La preocupación de Carlos se centraba en una inquietante
pregunta: ¿podría ocurrir que el rey y sus cortesanos prefiriesen que fuera Carlomán, y
no el hijo primogénito, quien sucediese a su padre como soberano de los francos? Esta
idea desazonaba a Carlos, porque le resultaba inaceptable que él, el hijo mayor, no fuera
el sucesor de su padre. Cuando veía que los monjes de San Denis, incluso el abad Fulrad,
se esforzaban en dar a Carlomán la educación más esmerada sin importarles lo más
mínimo la que el recibiese o pudiera adquirir, un sentimiento raro se instalaba entonces
dentro de él. No, no era envidia, tal vez fuesen celos o simplemente prevención. Pero lo
destacable es que tal sentimiento le sublevaba; no sabía bien si era contra Carlomán o
contra si mismo; o, tal vez, contra su padre y sus cortesanos.
Esta reacción le hizo reflexionar y le llevó a una conclusión sobre un aspecto de su
forma de ser de la que hasta ese momento no había sido apenas consciente. Comprobó
que él, además de ser extravertido, sociable, vitalista, impulsivo, alegre, juguetón y
campechano, también era introvertido, receloso, desconfiado e independiente. En su
interior había un Carlos solitario y reflexivo que la gente, e incluso sus padres, desco-
nocían que existiese.
En fin todas estas reflexiones acabaron dejándolo más contrariado que preocupado.
Si él no estaba muy preocupado por ello se debía a que era muy testarudo y, tal vez,
porque en el fondo tenía el íntimo convencimiento de que iba a ser el futuro rey de los
francos, a pesar de todo.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
Un día, de repente, la reina sorprendió a Carlos preguntándole cariñosamente:
– Carlos ¿cuándo te vas a hartar de tantas mujeres?, ¿es que no puedes pasar sin ellas?
– Puedo pasar sin ellas, pero no quiero. Me gustan las muchachas hermosas. ¿Por qué
me voy a privar de ellas?
– No te digo que te prives de ellas. Lo que sí te convendría es que fueras más selectivo:
menos cantidad y más calidad. No sé qué atractivo puedes encontrar en las sirvientas de
las posadas o de las ventas.
– Encuentro en ellas el atractivo que tienen: sexo. Hago el amor con ellas.
– Las mujeres podemos y sabemos dar mucho más que sexo. Además las reinas
tenemos que estar preparadas y capacitadas para ejercer la jefatura y la gestión del
palacio real.
38
JOAQUÍN JAVALOYS
– Pero yo en las mujeres con las que trato no busco a una futura reina. Estoy seguro
de que mi padre me obligará a casarme con una princesa, y que ella estará educada para
ser la esposa de un rey.
– No estés tan seguro de ello, Carlos. Tu padre puede dejarte como sucesor suyo, pero
también podría dejar solamente a tu hermano Carloman, o a ambos: una parte del reino
a cada uno de vosotros, pues los dominios reales son mucho mayores actualmente que
el antiguo territorio de los francos. Por ello, hijo, yo creo que si tu te relacionases con
bellas mujeres que fuesen princesas o de la alta nobleza en lugar de hacerlo solo con
camareras o con prostitutas, le ahorrarías al rey la necesidad de que él te buscase una
esposa y, sobre todo, le demostrarías que puedes heredar el trono porque también tu
esposa, la que tú eligieses por amor entre la nobleza, franca o no, sería digna de ser reina.
En fin Carlos, quisiera que comprendieses que no es bueno para tus aspiraciones a ser
rey en el futuro que ahora tú te relaciones únicamente con mujeres villanas o buscavidas,
porque corres el peligro de acabar enamorándote de una que probablemente sea indigna
de tu realeza.
– Creo que tienes razón, madre. Tengo que confesarte que actualmente estoy ya ena-
morado de una mujer que no pertenece a la alta nobleza; pero no he querido traerla a
palacio porque sabía que mi padre no me daría la autorización para casarme con ella por
la Iglesia católica.
– Entonces Carlos ¿qué piensas hacer?, porque si no vas a casarte con ella lo mejor
sería que la dejases.
– No puedo dejarla porque la quiero muchísimo. Además ella está dispuesta a convivir
conmigo establemente, aunque no nos casemos por la Iglesia, porque como pertenece a
nuestro pueblo franco podríamos unirnos en matrimonio según el antiguo rito germánico,
el friedelehen, que no es reconocido por la Iglesia católica. Entonces si más adelante el rey
quisiera que yo me casara con una princesa por el rito canónico católico yo podría hacerlo
sin impedimento y, en ese caso, Himiltrude pasaría a ser mi concubina oficial.
– O sea que ella se llama Himiltrude. ¡Preséntamela! pero no formalmente, para que
yo pueda darte mi opinión sobre ella por si quieres tenerla en cuenta. En todo caso Car-
los, aunque solo os unáis por el rito germánico, tu padre se enfadará contigo. Por ello, si
de verdad aspiras a ser rey en el futuro, no deberías contrariar a tu padre eligiendo a una
mujer como compañera tuya sin su conocimiento y su consentimiento.
– Para ser un buen rey, madre, lo importante es ser un buen guerrero, porque entre
los francos siempre acaba gobernando el más fuerte. Yo ya he procurado demostrar mi
habilidad y mi fortaleza en los enfrentamientos militares en los que he participado. Mi
padre actuará con sensatez al elegir sucesor y sin duda entre ambos hermanos, acabará
eligiéndome a mí aunque Carloman esté mejor instruido.
– No te confíes, Carlos, porque tu hermano es muy inteligente y cada vez se muestra
más obediente al rey que tú. Con su actitud sumisa va ganando su favor. Fíjate si Carloman
es astuto que, a pesar de su poca edad, ya le ha dicho a tu padre que le busque una princesa
adecuada para que sea pedida en matrimonio, pero que él se casará con su prometida
39
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
solamente cuando el rey crea que es la fecha oportuna: ahora o dentro de un año o de
varios. Tu padre está encantado con él y ha comenzado a hacer gestiones para encontrarle
una excelente prometida, la más conveniente para el reino de los francos. Así que por tu
bien no te confíes y, si tienes que renunciar a los placeres amorosos de Himiltrude, no
dudes en hacerlo. Si aspiras a ser rey de los francos te interesa complacer más al rey que a
ella. Posteriormente en un futuro quizás próximo ya te enamorarás de otra mujer.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
Tres años más tarde de que Carlos le hablase a su madre por primera vez de Himil-
trude se empeñó en casarse con esa muchacha, porque era muy testarudo y le gustaba
decidir los asuntos por si mismo. Desde luego su unión matrimonial con ella se llevó a
cabo solamente por el rito germánico, el friedelehen, a pesar de que era consciente de su
invalidez ante la Iglesia que, sin embargo, lo toleraba como una cuestión de hecho, sin
considerarlo inmoral. Por supuesto el rey se enfadó con él, pero no impidió que se uniese
con Himiltrude quien, desde que se formalizó el enlace, pasó a residir en el palacio como
legítima esposa de Carlos, integrándose efectivamente en la familia real. Menos mal que
la reina comprendió y aceptó la decisión matrimonial del príncipe porque la dulce y
encantadora Himiltrude era muy buena y sumisa.
Cuando se casaron ya tenían un hijo, al que habían denominado Pepin en honor al
rey y siguiendo la costumbre que tenían los pipínidos de poner al recién nacido el nom-
bre del abuelo o, si era hembra, el de la abuela. Lo penoso fue que ese primogénito, que
el día de la boda tenía ya un año, nació deforme con una pequeña joroba en lo alto de su
espalda. Lo positivo, que el nuevo Pepin era muy inteligente, simpático y cariñoso.
A pesar de esta contrariedad, Himiltrude y Carlos eran muy felices y, para él, no
había otra mujer en el mundo mejor que ella. No obstante cuando él estaba lejos de pa-
lacio o en alguna expedición guerrera contra los enemigos de los francos procuraba sa-
tisfacer las intensas necesidades sexuales que tenía, debidas a su gran vitalidad, con al-
guna bella muchacha posadera o campesina. Por supuesto Carlos también tenía entonces,
cuando le era factible, esporádicas aventuras amorosas con hijas de algún magnate o
noble. Sin embargo aunque su cuerpo pudiera alejarse un poco de Himiltrude, su corazón
le seguía perteneciendo. En fin, ¡la carne es débil!.
☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉
LA REBELIÓN DE AQUITANIA
Waïfre, el duque de Aquitania, actuaba cada vez más como si fuera un soberano in-
dependiente por lo que Pepin el Breve, tras reconvenirle en varias ocasiones, no tuvo
más remedio que preparar un ejército que se dirigió hacia el sur para someter al díscolo
40
JOAQUÍN JAVALOYS
duque e impedir que siguiera actuando con plena autonomía. Como Waïfre le esperaba
belicosamente con el grueso de sus tropas en Aquitania, el rey de los francos se dirigió
entonces hacia Septimania para apoderarse de los territorios fronterizos de los agresivos
sarracenos. Sometió a la totalidad de las poblaciones septimanas, incluso a su capital,
Narbonne, que fue conquistada en el año 759 con la complicidad de los judíos que resi-
dían en esa ciudad. Tras conquistar estos objetivos militares el rey se dispuso a atacar al
duque aquitano por la retaguardia, que era el sitio por el que menos podía esperarlo. Sin
embargo al encontrar Pepin más resistencia de la que suponía inicialmente, prudente-
mente cambió de objetivo y prefirió apoderarse en primer lugar de la región de Berry,
para poder así acorralar más aún al traidor Waïfre.
A pesar de que Carlos había cumplido ya los dieciocho años el rey continuaba sin
invitarle a participar en esa guerra, siendo consciente de que su hijo mayor era un buen
guerrero que ardía en deseos de combatir a sus enemigos.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
Posteriormente el rey sí que comenzó a encargarle a Carlos algunas tareas serias, como
las visitas de inspección a ciertos condados, y también le encomendó la realización de
algunas misiones puntuales; pero no delegó en él ninguna gran responsabilidad. Lo que
si hacía era darle buenos consejos sobre su comportamiento y sobre la gobernación de
los súbditos. Pero ¿a qué se debía esa actitud del rey hacia el príncipe?
G. Bordonove16 intenta responder interrogativamente a esas preguntas cuando con-
firma que, efectivamente, «no le confió grandes responsabilidades. ¿Quizás lo consideraba
insuficientemente preparado o es que lo creía inmaduro? ¿Pudo ser que, sabiendo que
Carlos era muy ambicioso, temiera cederle una parte de su autoridad?..En fin, admitiendo
que por una o por otra razón, el rey lo marginase dejándolo como mero figurante, lo que
no dejó de darle fueron sus consejos».
Por si la aparente y relativa marginación en que el rey tenía al príncipe fuera debida
a que no consideraba a Carlos preparado para grandes tareas, éste procuró aplicarse y
aprender algunas cosas que podrían serle útiles cuando tuviese que gobernar.
Uno de sus preceptores, un adusto monje agustino, le estaba explicando entonces la
idea que tenía San Agustín de la Ciudad de Dios como opuesta a la Ciudad Terrena.
Carlos seguía con mucha atención sus clases, porque el agustino le enseñaba una síntesis
de historia universal a la luz de la filosofía y de los principios cristianos, un tema que le
parecía muy interesante y útil, porque el príncipe pensaba que, cuando fuese rey, le
gustaría colaborar en la construcción de esa Ciudad de Dios.
En realidad la preparación militar y académica de Carlos le ocupaba poco tiempo,
por lo que seguía teniendo mucho tiempo libre, que dedicaba a divertirse con sus com-
16 Obra citada. Página 40.
41
CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA
pañeros. Las actividades juveniles del príncipe no bastaban para colmar su desbordante
actividad; pero como no poseía todavía ningún título sobre territorios o dominios reales,
salvo el importante ducado de Le Mans, que le fue concedido al llegar a la mayoría de
edad, procuró explorar y expropiarse de grandes zonas desiertas, principalmente bosques
vírgenes, tanto en los alrededores de París como en las Ardenas o en los Vosgos.
La magnitud del ducado de Le Mans queda de manifiesto cuando se tiene en cuenta
que, según Jean Favier17 «el ducado comprendía la villa de Le Mans y doce condados, lo
que representa lo esencial de la parte de Neustria situada al sur del Sena, de Chartres a
Angers y de Coutances a Orleans».
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En el verano del año 761 a Pepin el Breve le sorprendió que Waïfre, el duque de
Aquitania, atacase a ciertas poblaciones de Borgoña. El rey, como buen franco, no quiso
dejar sin respuesta la osada provocación del aquitano. Organizó rápidamente un gran
ejército comandado por él mismo, al que finalmente permitió que se incorporara su hijo
Carlos. Las tropas francas atacaron y destruyeron los castillos de Chantelle y Bourbon-
l’Archambault. Posteriormente se dirigieron a la ciudad de Clermont que tras un corto
asedio fue capturada, incendiada y arrasada.
Cuando se aproximaba el invierno el rey decidió que los integrantes del ejército franco
regresaran a sus hogares en Neustria. Carlos estaba satisfecho porque en esa campaña
guerrera contra los aquitanos su padre tuvo ocasión de comprobar su valor en los en-
frentamientos bélicos, así como su destreza en las incursiones exploratorias o en las
patrullas de localización del enemigo, porque el príncipe poseía la vista penetrante de
una persona acostumbrada a rastrear frecuentemente por los intrincados bosques en los
que abunda la caza.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
En el año 763 también acompañó Carlos a su padre a guerrear de nuevo contra el
rebelde duque de Aquitania. En esa campaña los francos capturaron Bourges y el castillo
de Thouars. El príncipe iba adquiriendo experiencia guerrera y el rey cada vez tenía
mayor confianza en sus capacidades bélicas, por lo que dejó que capitanease y llevase a
cabo arriesgados pero victoriosos enfrentamientos con los aquitanos, que facilitaron que
las tropas reales fuesen penetrando más en el interior del ducado enemigo.
Waïfre se mostraba incapaz de frenar el avance de los francos. El duque evitaba luchar
en batalla abierta y prefería dedicarse a destruir o a desmantelar algunas poblaciones,
que luego abandonaba cuando la presión militar de los francos se hacía insoportable. De
17 Obra citada. Página 33.
42
JOAQUÍN JAVALOYS
esta forma el rey consiguió apoderarse sin necesidad de combatir de Poitiers, Limoges,
Angoulème y Périgueux.
Por fin Pepin, teniendo en cuenta las hazañas militares realizadas por Carlos y el
gran prestigio que había adquirido como uno de los principales capitanes del ejército
terminó por decidirse a asociarlo a algunas tareas de gobierno, especialmente en asun-
tos bélicos, encargándole la gestión de asuntos puntuales, aunque siempre sujeto a su
personal supervisión.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
En los últimos años de su vida Pepin el Breve, tal vez debido a que estaba enveje-
ciendo, hizo que Carlos lo acompañara en todas las campañas bélicas que emprendió, lo
que ayudó enormemente a que el príncipe aprendiera de él el arte de la guerra, pues el
rey era un excelente y victorioso jefe militar, además de un gran monarca.
Sin embargo a Carlomán, por considerarlo demasiado joven todavía, no lo convocó
a las expediciones guerreras, y lo dejaba siempre en palacio para que siguiera formándose
junto a los cortesanos que gobernaban por delegación real.
Pepin, que siempre fue muy astuto y desconfiado, gobernaba de una manera personal
y solo delegaba asuntos menores en unos pocos clérigos y magnates de su absoluta con-
fianza. A sus dos hijos no les delegó ningún importante asunto de gobierno.
✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
A principios del año 768 el rey le comentó a Carlos que estaba harto de la intermitente
guerra con Waïfre, el duque de Aquitania, que duraba ya ocho años, y que estaba decidido
a darle la batalla decisiva final. Con este propósito convocó pronto, al comenzar la pri-
mavera, a todos los francos capaces de combatir para que debidamente armados acudie-
sen a su convocatoria para integrarse en un grandioso ejército. Una vez organizadas y
pertrechadas las tropas se pusieron en marcha hacia Aquitania.
Previamente el rey había convocada también a su sobrino Tasilón, duque de Baviera,
para que se uniera al inmenso ejército franco en el valle del Loira. El duque bávaro acudió
puntualmente a la concentración militar con un fuerte contingente de tropas. Pepin y su
hijo Carlos recibieron al duque y a los suyos festivamente, dándoles una efusiva bienvenida.
Sin embargo pronto comprendieron, desencantados, que el taimado duque, aunque
había acudido a la convocatoria de su señor, no estaba dispuesto a ir con él a la guerra,
alegando que tenía una grave enfermedad que lo aquejaba de vez en cuando desde hacía
unos meses. Por ello solo le ofreció a Pepin la posibilidad de que se integrasen en su
ejército todos aquellos bávaros que voluntariamente lo deseasen; ya que, al no participar
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  • 3. CARLOMAGNO EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA JOAQUÍN JAVALOYS 'Monoanosiss
  • 4. A mis hijos Marta, Miguel y Luis. A mis amigos Ana Arias Nieto y Manuel Nieto Salvatierra
  • 5. ÍNDICE PREFACIO 9 I) HEREDERO DE UNA GRAN ESTIRPE FRANCA 13 • La dinastía de los Pipínidos 13 • Nacimiento incógnito 17 • La Alianza entre el Trono y el Altar 20 II) EL JOVEN CARLOS 23 • La bienvenida al Papa 23 • La unción papal del rey Pepin el Breve y de sus hijos 30 • Actividades juveniles de Carlos 33 • La rebelión de Aquitania 39 • Fallecimiento y sucesión del rey Pepin el Breve 45 • La tutela de la reina madre 49 • Enlace matrimonial de Carlos con Desiderata de Lombardía 52 • El rey lombardo ataca Roma…y Carlos repudia a Desiderata 55 III) REY DE LOS FRANCOS 61 • Reunificación del reino de los francos 61
  • 6. • La humanidad de Carlos 63 • Carlos se casa con Hildegarda 71 • El papa pide socorro al rey de los francos 73 • A Lombardía por los Alpes 77 • El bárbaro rey de los francos visita Roma 81 • Carlos consigue la corona de hierro de Lombardía 86 • El reconquistador Carlomagno en España 88 • Zaragoza no se rinde 92 • El desastre de Roncesvalles 93 • El papa unge como reyes a Pepin de Italia y a Luis de Aquitania 100 • La primera gran guerra contra Sajonia 102 • La rebelión del sajón Widukin 108 • La traición de Tasilón de Baviera y la venganza de Carlos 116 • Castigo de Pepin el Jorobado y de otros conspiradores 103 IV) EUROPA COMO MISIÓN 125 • Los francos ante su destino 125 • Carlos conoce en Parma al maestro Alcuin de York 130 • Guerra contra los avares y creación de la Marca de Panonia 133 • La carolingia Aquisgrán 137 • La escuela palatina y la academia de Aquisgrán 142 • Renacimiento carolingio 149 • La pacificación y la cristianización de Sajonia 156 • Estrategia reconquistadora de la carolingia Marca Hispánica 160 • Reconquista de Cataluña y de los Pirineos hispanos 165
  • 7. V) EL SACRO IMPERIO ROMANO 169 • La vocación imperial de Carlomagno 147 • Atentado contra el papa León III 173 • ¡Emperador! 176 • Relaciones internacionales de Carlomagno 181 • Rey, sacerdote y maestro 183 • Guerra y paz con Bizancio 192 • Guillermo, el marqués de España, se retira al monasterio de Gellone 198 • Auge y consolidación de la Marca Hispánica 202 VI) LA PAZ CAROLINGIA 207 • La naciente Europa de Carlomagno: el reino de la justicia y de la paz 207 • La orfandad del emperador 211 • El ocaso del patriarca 216 • Luis de Aquitania emperador heredero 219 • Vejez y muerte de Carlomagno 222 EPÍLOGO: Carlomagno, un rey imperecedero 227 ANEXOS 231 • Cronología de hechos 231 • Cuadros genealógicos 233 • Bibliografía 237
  • 8. «Existe el don innato de mandar y gobernar; Carlomagno lo poseía como rara vez lo haya poseído nadie… La historia de su vida se encierra en sus actos, en la sucesión de éstos, en sus fundamentos y significación». (Leopold von Ranke ).
  • 9. 9 Prefacio L a vida de Carlomagno es en realidad mucho más interesante y maravillosa que cualquiera de las ficciones legendarias que se han publicado sobre el emperador «de la barba florida». El emperador tenía una personalidad compleja y su figura era multifacética. No existió un Carlomagno uniforme, lo que complica la tarea de sus biógrafos, pues sus facetas eran tantas, tan diversas e, incluso, aparentemente contradic- torias, que resulta casi imposible describir certeramente y de forma exhaustiva a este complejo protagonista. Carlomagno fue obviamente una persona, aunque sea más conocido como personaje. El palurdo joven Carlos llegó a ser un buen alumno de la escuela palatina y acabó siendo un sabio emperador. El patriarca de los francos fue un rey feudal patricio de los romanos, además de un cruzado en Sajonia y en la danubiana Panonia, así como en la reconquista de la Marca Hispánica. Carlomagno fundó en Aquisgrán la gran Francia germánica y también el Imperio cristiano de Occidente y la civilizada Europa. Finalmente fue mal ca- nonizado, pero la iglesia de Renania lo venera como santo. En todo caso ha de tenerse en cuenta que, como dice Arthur Kleinclausz1: «…Carlomagno no es uno de esos personajes a los que se los conoce en cuanto se repasa la cronología de sus acciones: él no se dejó llevar solo por las circunstancias ni por objeti- vos ambiciosos; su conducta siguió ciertos principios de orden general de acuerdo con sus convicciones, aunque no fue insensible a las discusiones de sus contemporáneos sobre los principales problemas que planteaban el porvenir de la Iglesia y el del Estado». Entonces ¿cuál es el verdadero Carlomagno? Esta es la pregunta a la que se ha tratado de responder durante muchos siglos, sin que hasta ahora exista una contestación precisa y unánime, a pesar de que miles de autores han dedicado su atención a este grandioso y excepcional rey. Cualquier historiador o escritor que se acerque a Carlomagno intentando conocerlo ha de hacerlo con modestia no exenta de valentía. Según la faceta o los aspectos del personaje a los que dedique mayor atención podrá llegar a escribir sobre él una autén- tica biografía histórica, o un ensayo o, simplemente, una novela; o bien una mezcla de esos géneros literarios. Por mi parte, creo que una biografía de Carlomagno puede ser bella y atractiva sin necesidad de añadir exaltaciones o fabulaciones. Me parece que basta narrar la sucesión 1 «Charlemagne». Arthur Kleinclausz. Éditions Tallandier. 1977. Páginas 15 y 16.
  • 10. 10 JOAQUÍN JAVALOYS de sus actos, con sus fundamentos y significación, teniendo en cuenta la humanidad y las cualidades de este singular y carismático líder; así como la sociedad de los francos en la que se crió y el Imperio cristiano que instauró, inspirado en la ciudad de Dios de San Agustín. Esta es la tarea que he llevado a cabo en esta obra. Este libro se ha hecho para contribuir a que Carlomagno sea más conocido, especial- mente por los europeos, quienes tanto debemos a su genio político y a la civilización que implantó en nuestro continente. Los acontecimientos narrados en él responden a la ve- racidad histórica y los datos en que se basa están contrastados y documentados. Se ha intentado hacer una obra de fácil y amena lectura que llegue al gran público, en la que Carlomagno aparece redivivo, situado en la sociedad de su época, con las personas de su entorno, y en los países y lugares que estuvo. Como punto de partida en esta historia de la vida de Carlomagno resulta esclarecedor reproducir la semblanza que hizo del emperador el historiador Nithard, su nieto, que fue abad de San Riquier: «Como superaba en sabiduría y en toda clase de virtudes a los hombres de su tiempo, todos lo consideraban a la vez temible, amable y admirable. Él ejercía su poder de forma honrada y útil, como todos vieron claramente. Lo que a mí me parece más maravilloso es que, por su carisma, era capaz de apaciguar y domar los corazones de los duros y feroces francos y otros bárbaros hasta límites que nunca el poderío del Imperio romano consiguió; a los que convenció para que en su Imperio (cristiano) solo hicieran lo que convenía al bien común». Carlomagno, que vivió en una época en la que la fuerza primaba sobre el derecho, se impuso la misión de hacer prevalecer el espíritu de justicia y, en base al universalismo cristiano, reguló las relaciones entre los hombres e instauró una moral social en el conti- nente europeo que todavía rige algunos de nuestros comportamientos. El emperador se rodeó de colaboradores que compartían sus creencias. En efecto, como ha dicho A. Kleinclausz2: «Estos rudos soldados, estos primerizos diplomáticos a los que faltaba instrucción, tuvieron una gran idea que confirma su alta inteligencia y la clarividencia de sus convic- ciones. En un tiempo en que la religión era el único freno de las almas y la única moral, ellos que eran piadosos concluyeron que su obra política debía tener como fundamento, tanto en lo interior como en lo exterior, las creencias cristianas». Desde luego, la cultura común y unas creencias semejantes que nos identifican a los europeos occidentales empezaron a ser distintivas desde la remota Edad Media, tal vez porque entonces vivieron en Europa unos líderes que, como el rey de los francos, com- partían análogas ambiciones y poseían una cultura y tenían unos comportamientos en- raizados en convicciones que, respecto al más allá, se referían al Dios único de la tradición cristiana. 2 Obra citada. Página 11.
  • 11. 11 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA Carlomagno es arquetipo del genial fundador. Pero ¿de qué fue fundador? Robert Morrisey3 ha dado una excelente respuesta a esta cuestión: «Él es la instancia originaria de un conjunto de poderes y de instituciones que, a pesar de las discordias y las disensiones que hubiera entre ellos, siempre tenían en el emperador su referencia. Las autoridades y las instituciones que proceden de él abarcan tanto al nivel local –monasterios o condados, por ejemplo– como al nivel estatal –Francia, Alemania,…– y al supranacional –la Cristiandad, el Imperio, Europa–…Ciertos elemen- tos de la visión «épica» y «bíblica» de Carlomagno se diseñaron y se manifestaron explí- citamente durante su vida, y no solamente respecto a los francos (Rex francorum), sino también respecto a Europa…». Carlomagno fue un líder carismático que tenía una personalidad fascinante y arro- lladora, lo que le permitió ejercer una realeza singular y extraordinaria: la realeza davídica carolingia. En efecto, como ha subrayado certeramente M. A. Rodríguez de la Peña4, «la realeza davídica carolingia es un modelo de dominación carismática». Carlomagno dejó de existir al final de una vida que fue fecunda y gloriosa pues, como ha puesto de manifiesto Georges Bordonove5 «…cuando se tienen en cuenta los diferen- tes aspectos de su acción político–religiosa, aparece claramente que, sin haber terminado su obra, era la historia de Europa la que había quedado preparada para un milenio». Su obra pervive actualmente. El Imperio carolingio fue el núcleo originario de Europa, y Carlomagno –el primero de los europeos–, un prototipo de rey sabio y ejemplar. Por ello me parece que este libro es oportuno, porque en la desnortada Europa de hoy, donde ejercen el poder mediocres burócratas carentes de valores y, a veces, de ideas, hacen falta hombres de Estado como Carlomagno, quien entonces supo encontrar un dinámico de- nominador común –el cristianismo– capaz de unir secularmente a todos los pueblos de Europa occidental. Si quiere acompañarme, amable lector, en un agradable recorrido por las páginas del libro que tiene ante si, podrá comprobarlo personalmente. Entonces creo que habrá valido la pena escribir esta obra. 3 «L’empereur à la barbe fleurie». Robert Morrisey. Nrf. Éditions Gallimard. París. 1997. Página 24. 4 «Los reyes sabios». Cultura y poder en la Antigüedad tardía y en la Alta Edad Media. Manuel Ale- jandro Rodríguez de la Peña. Editorial Actas. Madrid. 2008. Página 423. 5 «Charlemagne: les rois qui ont fait la France». Georges Bordonove. Pygmalion–Gérard Watelet. París. 1989. Página 258.
  • 12. 13 Heredero de una gran estirPe franca LA DINASTÍA DE LOS PIPÍNIDOS C arlomagno y su obra no fueron una improvisación surgida de repente. En efecto, como acertadamente ha puesto de manifiesto G. Bordonove1 «Carlo- magno no era un hombre nuevo, sino un continuador. Procedía de un ilustre linaje. Sus antepasados, y especialmente su padre, le legaron no solamente un reino e inmensas riquezas, sino también los instrumentos que le permitieron triunfar; es decir, un pensamiento político, una forma de gobernar y unas ambiciones claramente definidas. Los caminos que debía seguir su reinado ya estaban trazados. Él fue suficientemente inteligente para seguirlos y bastante bienaventurado para extender su reino hasta alcan- zar la dimensión de un imperio…Carlomagno recogió los frutos de los trabajos realizados por los pipínidos». Leopold von Ranke2 afirma del emperador que «no podemos atribuirle la genialidad de su padre, creador de nuevas combinaciones políticas universales, ni tampoco la acti- tud de su abuelo, que sabía encontrar siempre una salida airosa incluso frente al más poderoso de los enemigos. Carlomagno no ganó nunca una batalla de Poitiers....». La ilustre dinastía de los pipínidos tiene como patriarcas a dos grandes iniciadores: San Arnoul, obispo de Metz, rico en virtudes y en propiedades, cuyos ancestros según algunos genealogistas fueron nobles galo-romanos, quien renunció a todos sus ministe- rios y se retiró a un monasterio al final de su vida, tras haber sido preceptor del príncipe de los francos y futuro rey Dagoberto; así como Pepín el Viejo de Landen, quien en el año 623 fue nombrado por Clotario II mayordomo o jefe del palacio real de Austrasia, la Francia oriental, al dejar ese cargo Arnoul de Metz. Ambos patriarcas eran los jefes del partido aristocrático dominante en Austrasia. Los antepasados de Carlomagno son vás- tagos del matrimonio habido entre Begga, hija de Pepin de Landen, y Ansegisel, hijo de San Arnoul. Cuando Dagoberto fue coronado como rey, Pepin de Landen dejó de ser mayordomo de palacio, pero recobró ese cargo al fallecer Dagoberto en 639 y lo ejerció durante un año, hasta su muerte. Sigebert III sucedió a Dagoberto como rey de Austrasia pero no designó mayordomo de palacio a Grimoald, hijo de Pepin de Landen, sino a su preceptor Otón, de la estirpe 1 Obra citada. Página 17. 2 Obra citada. Página 80.
  • 13. 14 JOAQUÍN JAVALOYS de los agilolfingos, adversarios de los pipínidos. Pronto los partidarios de Otón asesina- ron a Grimoald, hijo de Pepin, y a Ansegisel de Metz, el heredero de San Arnoul, lo que debilitó sustancialmente a los pipínidos quienes, sin embargo, mantuvieron sólidas po- siciones entre las grandes familias de los francos dadas sus grandes propiedades. Poste- riormente Pepin II, el hijo de Ansegisel y Begga, jefe de los pipínidos, eliminó al duque Gunduin, el asesino de su padre, para vengarlo, y se convirtió en mayordomo del pala- cio de Austrasia El año 687 el ejército de Austrasia, comandado por Pepin II derrotó en Tertry, cerca de San Quintín, a las tropas de Neustria, la Francia occidental, haciendo prisionero a Thierry III de Neustria, apoderándose de su tesoro real y reunificando el reino de los francos. Entonces Pepin II se convirtió en príncipe de los francos ejerciendo, de hecho, el poder real, con lo que se inició la decadencia de la dinastía de los reyes merovingios. El anónimo autor de los Annales de Metz escribió lo siguiente: «Pepin, después de haber reenviado al rey Thierry a su villa real de Montmacq-sur-Oise, para ser guardado allí con honor y veneración, gobernó por sí mismo el reino de los francos: el signo más tangible de ello es que Pepin conservó el tesoro real de Neustria, ‘esencia y símbolo del poder’». Para entender la situación existente entonces en el reino de los francos es conveniente tener en cuenta lo expresado por Régine Le Jan3: «En la segunda mitad del siglo VII la realeza franca sufrió plenamente una crisis profunda que significaba el fin de la Antigüedad. El poder se había descentralizado por el territorio y el reino de los francos se dividió en tres reinos: Austrasia, Neustria y Bor- goña. Entretanto potentes aristocracias regionales se habían desarrollado, minando la autoridad real. Los aristócratas disponían de inmensos dominios y territorios, y se apo- yaban en redes de parientes, amigos y dependientes bien armados, sacando provecho de la cambiante situación. De esta crisis iba a nacer en el siglo VIII un mundo distinto, cuyo centro de gravedad se encontraba más al norte, donde las ciudades solo tenían un papel marginal, y donde las relaciones humanas mediatizaban ampliamente cualquier otro tipo de relación. Entonces los escasos centros donde quedaba la cultura eran los monasterios rurales que se habían multiplicado durante el siglo VII. En este contexto, los carolingios crearon un nuevo Estado del que surgió la Europa moderna, y particularmente Francia». Cuando murió Thierry III en 691 fue Pepin II quien eligió el sucesor, Clovis IV, entre los herederos. Cuatro años más tarde, al fallecer este monarca, el príncipe pipínido eligió para sucederle a Childebert III, hermano del anterior. En 711, al morir Childebert III, Pepin II hizo pasar la Corona de los francos al hijo del merovingio, llamado Dagobert III. Aunque Pepín II mantuvo su lealtad a la dinastía merovingia, la continuidad en el poder efectivo estaba en manos del pipínido. El prestigio de los merovingios se iba di- fuminando. 3 «Histoire de la France: origines et premier essor». Régine Le Jan. Hachette. París. 1996. Página 83.
  • 14. 15 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA Sin embargo, paradójicamente, lo que se consolidó entonces fue el derecho a la suce- sión en el cargo de mayordomo de palacio, que iba pasando de padres a hijos, siempre en el linaje de los pipínidos. Pepin II siguió una hábil política religiosa apoyándose sistemáticamente en la Iglesia a la procuró favorecer en lo posible. Controló el nombramiento de obispos y de abades, haciendo del juramento de fidelidad un eficaz instrumento de gobierno. Para someter a los levantiscos habitantes del este del reino de los francos llevó a cabo algunas campañas militares, sobre todo contra los frisones y los alamanes. Además, para facilitar la cristianización de los vencidos favoreció la tarea evangelizadora de los misio- neros, como harían también sus sucesores. En 714 Pepin II, envejecido, designó a su nieto Théudoald, hijo del fallecido Drogón para sucederle, instigado por su esposa Plectrude, lo que no fue aceptado por Carlos Martel, el hijo natural que había tenido con su concubina Alpaida. Cuando el 16 de di- ciembre murió Pepin II dio comienzo una guerra fratricida por su sucesión, que acabó ganando Carlos Martel al convertirse en mayordomo del palacio de Austrasia y apode- rarse del tesoro de los pipínidos, tras lo cual aceptó como soberano al rey Chilperic II. En 724 fue reconocido como príncipe de los francos, asumiendo prerrogativas de carácter real especialmente la protección de las iglesias. Sin embargo el «protector» Car- los Martel se apoderó, por personas interpuestas, de las sedes eclesiásticas y acentuó la secularización de los bienes de la Iglesia para utilizarlos en favor de sus partidarios. Efectivamente, como sus fieles eran cada vez más numerosos los recompensó con pro- piedades eclesiásticas confiscadas, para mantener intacto su patrimonio familiar. Los abusos de Carlos Martel han oscurecido parcialmente su indudable piedad y su mani- fiesta generosidad en favor de algunas iglesias y fundaciones eclesiásticas. El ascenso de los pipínidos hacia el poder real fue narrada por un autor anónimo hacia 727, en el Liber historiae Francorum. También lo conocemos gracias a las continua- ciones de la crónica de Frédégaire, redactadas por los condes Childebrand y Nivelon, que pertenecían a la familia de los pipínidos. En ese ascenso influyó mucho el éxito que obtuvo Carlos Martel en sus acciones guerreras. Su enorme vitalidad le permitía mantener una actividad desbordante, parecida a la que tendría posteriormente su nieto Carlomagno. Su mayor gloria fue su victoria sobre los sarracenos de Abderramán, a los que venció en 732 en Poitiers, deteniendo así definitivamente el avance musulmán en Europa. Este triunfo le dio un inmenso prestigio y lo convirtió en defensor de la Cristiandad. Como los sarracenos, a pesar de la derrota de Poitiers, continuaban sus campañas guerreras al sur de la Galia, Carlos Martel des- cendió por el Ródano, los expulsó de Provenza y los derrotó en la ribera del Berre, per- siguiéndolos por Septimania, aunque no pudo conquistar Narbonne. En el año 737 murió el rey merovingio Thierry IV que había sucedido a Chilperic II. Carlos Martel ejercía de hecho el poder real. Por ello no se preocupó de buscar un suce- sor a Thierry IV, si bien tampoco intentó usurpar su título de rey, y continuó ejerciendo
  • 15. 16 JOAQUÍN JAVALOYS un poder soberano absoluto. Todos los consideraban el príncipe de los francos; es decir mucho más que duque. Como ha puesto de relieve Jean Favier4 «príncipe es una potestad superior a cualquier título. Es un concepto político. Príncipe es el primero, el jefe. Ello significa que tiene el poder en su más alto grado, no un poder diferente de los otros como puede ser el de un rey. Dado que está en la cima de la jerarquía el príncipe es un soberano y, porque la je- rarquía ha sido querida por Dios, él es el intermediario político entre Dios y el pueblo, en el que reside la fuerza fundamental que se denomina «autoridad». En consecuencia Carlos Martel, como príncipe de los francos, ya no necesitaba estar sujeto a un rey, como sí que lo estaban los mayordomos de palacio. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ El papa Gregorio III veía cómo iba en aumento la amenaza de invasión de los domi- nios pontificios por el rey de los lombardos, Liutpraud, lo que le llevó a pedir ayuda a Carlos Martel quien entonces llevó a cabo una alianza con el Papado pero no se apresuró a enviar los ejércitos francos a Italia, ya que bastó el anuncio de esa alianza para contener al rey de los lombardos. Para los pipínidos la alianza con el Papado había de ser muy útil en el futuro, dadas sus ilimitadas ambiciones de poder, pero los frutos de sus ambiciones se materializarían en el fecundo y glorioso reinado de su hijo Pepín el Breve. Cuando en 741 murió Carlos Martel fue llorado como el mejor de los soberanos eu- ropeos, a pesar de que no llegó a ser rey. Fue inhumado en la abadía de San Denís, junto a los reyes merovingios. Desde luego, como ha subrayado Stéphane Lebecq5, «…él se había convertido en un verdadero monarca, y el carácter real de su gobierno fue recono- cido por sus contemporáneos. Si un siglo más tarde las fuentes carolingias oficiales lo consideran un auténtico rey, mientras vivió fue respetado como virrey o cuasi-rey. Efec- tivamente este título es el que da a su «eminente hijo» el papa Gregorio III cuando le escribe en 739 para suplicarle su intervención armada contra los lombardos que amena- zan «a la santa Iglesia de Dios y al patrimonio del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles». A Carlos Martel le sucedieron, de acuerdo con la tradición franca, los dos hijos que había tenido con Rotrude de Treves, llamados Carlomán y Pepín. Como ambos querían mantener la realeza merovingia se pusieron de acuerdo para rescatar de un claustro a un príncipe al que hicieron rey con el nombre de Childeric III y los edictos que promulgaban lo hacían en su nombre. 4 «Charlemagne». Jean Favier. Fayard. París.1999. Página 30. 5 «Les origines franques». Stéphane Lebecq. Éditions du Seuil. París. 1990. Página 204.
  • 16. 17 Carlomán era muy piadoso. Dada la penosa situación de la iglesia franca decidió reformarla por lo que encargó a San Bonifacio convocar en su nombre «un concilio para restablecer la ley de Dios y la religión de la Iglesia». Por su parte también Pepin convocó otro concilio en sus dominios con la misma finalidad, lo que hizo posible que al año si- guiente se reuniese una asamblea general de la Iglesia de los francos, de acuerdo con la petición que el papa Zacarías les había sugerido, con lo que fortalecieron su ya buena relación con la Santa Sede. Carlomán tenía vocación religiosa, por lo que en el año 747 decidió abandonar sus cargos y pedir a su hermano Pepin que atendiese a su familia y al reino de los francos. En Roma fue ordenado sacerdote por el papa y fundó un monasterio en el monte Soracte; pero deseoso de retirarse totalmente del mundo se enclaustró en el monasterio de Monte Cassino. El rey Pepín el Breve, como veremos en los capítulos siguientes, se dedicó principal- mente a conquistar los territorios de los francos sobre los que todavía no ejercía su au- toridad, especialmente en Septimania y Aquitania. Desde luego, como ha concluido G. Bordonove6, «…cuando se observa el comporta- miento de los pipínidos, es posible distinguir, aquí y allá, rasgos que caracterizarán, precisamente, al gran emperador Carlomagno: la actividad incesante, la valentía, la ha- bilidad, la prudencia, el realismo. Pero el más extraordinario es la persistencia en ellos de una voluntad política evidente y de una ambición no disimulada de conquistar siem- pre el primer puesto». Por mi parte voy a subrayar que los últimos pipínidos también se caracterizaron por poseer en grado eminente la cualidad que Leopold von Ranke atribuyó a Carlomagno: «en cada uno de sus actos se percibe el impulso del presente junto al talento para con- servar el pasado y una gran perspicacia para penetrar en el porvenir». Durante el reinado de Carlomagno se confirmaría que los postreros pipínidos, a los que también se los incluye entre los carolingios, habían gobernado más bien como con- tinuadores que como liquidadores de sus reales predecesores merovingios. ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ NACIMIENTO INCÓGNITO Eginhard, primer biógrafo de Carlomagno dice lo siguiente7: «Creo que no tiene ningún sentido escribir sobre el nacimiento de Carlos, sobre los primeros años de su vida o incluso sobre su niñez, porque no ha quedado testimonio alguno por escrito que trate de ello y porque hoy en día ya no se encuentra a nadie que diga estar informado sobre este periodo de su vida». 6 Obra citada. Páginas 24 y 25. 7 «Vida de Carlomagno». Eginhardo. Gredos. Madrid. 1999. Página 62.
  • 17. 18 JOAQUÍN JAVALOYS Esta rotunda afirmación de Eginhard sobre el nacimiento y la infancia de Carlomagno, su «señor y protector», resulta extraña e increíble porque su Vita Karoli se publicó en 830, tan solo dieciséis años después del fallecimiento del rey. ¿No sería más bien que Carlo- magno ordenó que nadie diese testimonio de las circunstancias de su nacimiento y niñez? La afirmación de Eginhard resulta increíble para Jean Favier8: «…resulta difícil creer a Eginhard. ¿Es necesario recordar que había sido el amigo del rey, su confidente? En la generación siguiente, Walafrid Strabon decía que el rey confiaba a Eginhard sus más íntimos secretos, y Ermold el Negro dirá de él que «su amistad era muy apreciada por el rey Carlos». Si Eginhard no dice nada, es porque tiene razones para ello y no quiere contrariar al rey. Digamos que era conveniente para él, y sin duda para los del entorno real, no referirse siquiera, y muchos menos hacer públicas, las circunstancias de los pri- meros años de la vida de Carlos». Desde luego, que Eginhard se abstenga de relatar el nacimiento del emperador no parece deberse al pretexto que alega; más bien puede deberse al deseo de no perjudicar la memoria de su «señor y protector» pues seguramente las particularidades de ese na- cimiento no fuesen normales. Pero en verdad ¿cuáles fueron esas circunstancias? Antes de contestar esta importante pregunta es preciso recordar que, en la época en que vivió Eginhard, los cronistas o historiadores solo decían laudatoriamente lo conveniente para sus señores o protectores. En todo caso hay que tener en cuenta que Eginhard había convivido con Carlomagno en su Corte, que sabía bien lo que habían dicho los testigos de la infancia y juventud del rey y, presumiblemente, conocía bastante bien lo relativo al nacimiento, infancia y juven- tud del emperador. Si ello es así, entonces el silencio cómplice de Eginhard sobre ese nacimiento se debió a la impertinencia de revelar un secreto inconfesable e inconveniente. ¡Sí!, pero ¿cuál pudo ser ese secreto? Los biógrafos de Carlomagno o los historiadores que escriben sobre su vida o sobre su reinado no acaban de ponerse de acuerdo sobre la naturaleza de tal secreto. En primer lugar se discute la fecha y el lugar de su nacimiento. Muchos de ellos afirman que nació en el año 742, pero otros dicen que fue en 747. Además, aunque no exista constancia documental, se afirma que vino al mundo el 2 de abril. Menos mal que Eginhard dice que murió «a la edad de 72 años» el 28 de enero de 814, de lo que se deduce que, enton- ces, nació el año 742. En cuanto al lugar de su nacimiento no se conoce con seguridad, pues aunque algu- nos se atreven a decir que nació en Ingelheim, o en Aquisgrán o en Quierzy-sur-Oise o en Lieja o en otras ciudades, ello puede deberse a su imaginación o al deseo de ilustrar a una urbe como cuna del famoso emperador. Pero ¿qué hay del secreto inconfesable de su nacimiento? Bien, vamos a aproximarnos a él. Si Carlomagno nació en 742 y sus padres, Pepin el Breve y Bertrade de Laon, se casaron en 749 entonces Carlomagno fue hijo bastardo por lo que, según la costumbre 8 Obra citada. Página 144.
  • 18. 19 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA que en esa época tenían los francos, no habría tenido derecho a suceder a su padre como monarca de los francos. Para obviar esta consecuencia inasumible para algunos cronistas serviciales estos afir- maron, sin base documental, que Carlomagno nació en 747 y que sus padres se habían casado en 744. El problema que plantea está hipótesis es que la fecha del año 749 como la de celebración de la boda de sus padres sí que está bien documentada, mientras que la de 744 no lo está. Por ello, dando por cierta la del enlace matrimonial en 749, resultaría que Carlos fue hijo bastardo tanto si nació verosímilmente en 742, como si lo hizo en 747. El misterio del nacimiento del emperador no queda resuelto todavía porque permanece otra incógnita: si el recién nacido Carlos era bastardo ¿es que su padre, Pepin el Breve, estaba casado en 742 (o 747) con una mujer distinta de Bertrade de Laon, su madre? La contestación que muchos historiadores o genealogistas dan a esta cuestión es afirmativa: Pepin, que había nacido en 715 y que en 742 tenía 27 años estaba entonces casado, pero no con Bertrade de Laon, que solo era su concubina –al parecer desde 740-, sino con una mujer llamada Leuthergis quien, según unos pocos historiadores, era hija de Childeric III, el propio rey de los francos, con la que tuvo dos hijos: Talendus, nacido en 737, y Berthe, nacida en 739, que se casó con Milon de Vere, conde de Angers o de Anjou. De Talendus no existen documentos que manifiesten lo que hizo durante su vida. Lo más probable es que fuese enclaustrado en algún monasterio y permaneciese allí hasta su fallecimiento, y lo mismo pudo sucederle a Leuthergis cuando fue repudiada por Pepin el Breve. Que Leuthergis fuese hija del merovingio Childeric III es muy incierto; pero, en caso de que sí lo fuese, sería comprensible que Pepin mantuviera en secreto el nacimiento del bastardo Carlos para no contrariar al rey por haber sido infiel a su hija y, sobre todo, para no poner en peligro su ambición de suceder a Childeric III como rey. En fin lo seguro es que Pepin el Breve repudió en 749 a su esposa Leuthergis y se casó con su concubina Bertrade de Laon, la madre del pequeño Carlos, que era hija de Caribert, conde de Laon, emparentando así también con los merovingios, con los que el mayor- domo de palacio quería enlazar matrimonialmente para reforzar su aspiración a conver- tirse en soberano de los francos lo que, por fin, consiguió en noviembre de 751. La existencia de una primera esposa de Pepin el Breve, anterior a Bertrade de Laon, ha sido mencionada también en narraciones legendarias como el poema Li Roumans de Berte aus grans piés escrito hacia 1270 por Adenet le Roi. En esta obra legendaria la primera esposa de Pepin, nacida hacia 725, es denominada Leutburgie o Leutberga y se afirma que tuvo cinco hijos, tres varones y dos hembras, que en 749 fueron apartados de la Corte y enclaustrados en monasterios por orden de la reina Bertrade. Lo que es indudable es que, cuando todavía era un niño, al bastardo Carlos le surgió otro grave problema: en la primavera de 751 sus padres, que ya estaban felizmente ca- sados por el rito católico, le trajeron un hermanito llamado Carlomán, que era plenamente legítimo y que, por ello, sí que podría ser un digno sucesor de Pepin el Breve, quien
  • 19. 20 JOAQUÍN JAVALOYS había conseguido ser el rey de los francos cuando el bebé Carlomán solo tenía algunos meses de edad. La educación que el rey Pepin dio a sus hijos pone de manifiesto la bastardía de Car- los. Así se deduce de lo dicho por Jean Favier9 cuando subraya que «…el niño Carlos no parece, en sus primeros años, que vaya a ser el indudable sucesor de su padre. Tal vez pueda verse en ello la razón por la que su educación infantil no corresponde a la de un príncipe real. Pepin era un hombre instruido, que había sido educado en la abadía de San Denis. Su hermano Carlomán lo había sido, sin duda, en Echternach donde la vida intelectual era particularmente intensa…Carlos, por su parte, aparece como un hombre al que no se ha dado buena instrucción. De ello se lamentará siempre». ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ LA ALIANZA ENTRE EL TRONO Y EL ALTAR El año 751 fue muy importante para los pipínidos. En primavera Bertrade de Laon dio a luz a Carloman, que fue recibido por sus padres con gran satisfacción. Sin embargo el acontecimiento que iba a cambiar radicalmente la vida de Pepin el Breve fue que, en noviembre de ese año, fue elegido rey de los francos en Soissons por una asamblea de magnates del reino a la que asistieron los principales nobles. ¿Cómo fue posible esa elección de forma pacífica? Había una explicación: Pepin y otros antepasados de Carlomagno detentaron el máximo poder a pesar de que no eran reyes de los francos sino solamente mayordomos del palacio real; o sea, una especie de primeros ministros del reino. Pepin el Breve era consciente desde luego de que, como no era rey, el mantenimiento de su poder supremo dependía de su fortaleza, que permanentemente debía imponer o recordar a todos. El merovingio Childeric III no gobernaba, porque se había convertido en una figura meramente representativa que no ejercía ninguna función ejecutiva, y su única aspiración vital era la de poder dedicarse a rezar a Dios en una abadía o en un monasterio. Ante la pasiva actitud de Childeric III, Pepin llegó a la conclusión de que era conveniente para el pueblo franco que el pasara a ser rey titular por derecho, en vez de serlo solamente de hecho. Para conseguir este objetivo, compartido por la mayoría de los nobles del Reino, envió a Roma una embajada integrada por dos ilustres prelados: Fulrad, que era el abad de la abadía de San Denis, y Burchard, el obispo de Würzbuerg, para preguntar al papa Zacarías si era conveniente «mantener como reyes en las tierras de los francos a los que se titulaban así, pero que no tenían ningún poder que ejercer». El sumo pontífice, que era muy sagaz, antes de responder a tan intencionada cuestión tuvo en cuenta los servi- cios que los pipínidos habían prestado a la Iglesia y los que podrían prestar en caso de 9 Obra citada. Página 146.
  • 20. 21 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA necesidad. Por ello contestó que «era preferible que fuese rey quien detentara el poder efectivamente, en vez de que se titulase así quien no tenía el verdadero poder». Con esta aprobación tácita del papa, Pepin decidió seguir adelante en su ambicioso designio. Convocó enseguida a los magnates del reino a una asamblea de notables que lo eligió rey de los francos por aclamación. Enseguida accedió gustosamente al deseo de Childeric III de ingresar en un monasterio, concretamente el de San Bertin; donde no solo fue tonsurado el depuesto monarca merovingio, también lo fue su hijo Thierry que, más tarde, fue enclaustrado en el monasterio de San Wandrile. Posteriormente el santo arzobispo Bonifacio ungió con aceite a Pepin, una ceremonia solemne y eficaz porque con esa sagrada unción la Iglesia lo reconoció como rey de los francos por la gracia de Dios. Esa unción dio al rey una legitimidad distinta a la que tenían los merovingios –que eran simplemente coronados, no consagrados–, porque así la Iglesia había sustituido el tradicional derecho de la sangre real instituyendo la realeza sagrada. A la clásica función real de jefe guerrero y justiciero se añadía ahora al rey un carácter semi-divino. En adelante el rey de los francos iba a ser una especie de rey-sacer- dote, aliado fiel de la Santa Sede. La alianza entre el Trono y el Altar quedó consolidada. Esta alianza con el Papado fue decisiva para la grandeza del rey porque, según Jean Favier10 «sin ella Pepin hubiera sido un simple príncipe de los francos, como los prínci- pes de otras naciones. Además tal alianza sirvió para que Carlomagno se diera cuenta enseguida de lo que el debía a la Iglesia y de lo que la Iglesia le debía. Elegido por Dios y no solo por su aristocracia, el rey debía conducir a su pueblo hacia la Salvación eterna. Eso le creó deberes, como el de la rápida evangelización de los pueblos germánicos, lo que suponía una ruda conquista y fuertes coacciones». 10 Obra citada. Página 142.
  • 21. 23 el joven carlos LA BIENVENIDA AL PAPA En el año 753, cuando Esteban II había sucedido ya como papa al fallecido Zacarías, el rey de los lombardos Astolf se propuso unificar y someter toda Italia a su poder con- virtiendo a Roma en un simple obispado lombardo, lo que hubiera cuestionado al sumo pontífice como jefe espiritual de todos los cristianos. Para conseguir sus objetivos Astolf comenzó apoderándose de la ciudad de Rávena, administrada por la Santa Sede, como primer paso para la unificación de Italia. Esteban II se opuso firmemente a las pretensiones del rey lombardo, pero el papa carecía de fuerza militar para luchar contra Astolf. Por ello el santo padre, teniendo en cuenta que Pepin el Breve accedió al trono por la benevolencia y con la bendición de la Santa Sede, decidió ir personalmente a Galia para pedirle que el ejército de los francos se encargase militarmente de la recuperación de Rávena, como brazo armado que era de la Iglesia. Enterado Pepin de esta decisión papal envió a Roma a dos de sus consejeros, Chro- degang, obispo de Metz, y el duque Audgar para que acompañasen al santo padre y lo guiasen por los mejores caminos cuando entrasen en las tierras de los francos. Apesar de que ya había llegado el invierno, Esteban II atravesó los Alpes por el puerto del Gran San Bernardo. Pepin, temeroso de que los rigores invernales abortasen el viaje del Papa, envió una escolta de soldados al mando del duque Rothard con el encargo de que guiasen y protegiesen al sumo pontífice por sus dominios para que llegara sano y salvo al palacio real de Ponthion, en Champagne. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ En diciembre de 753 hizo muchísimo frío y las nevadas fueron casi continuas en la comarca en que se halla el dominio real de Ponthion, que está próximo a Vitry-le-François, en Champagne. Pepin estaba intranquilo porque el papa que venía a visitarle debía transitar por viejos caminos ahora nevados y, como pasaban los días y no tenía noticias de dónde estaba Esteban II, comenzó a preocuparse seriamente temiendo que el santo
  • 22. 24 JOAQUÍN JAVALOYS padre pudiera extraviarse, dado que la abundante nieve cubría entonces las angostas carreteras, ocultándolas y haciéndolas casi impracticables. Un día estaba el pequeño Carlos en un salón del palacio de Ponthion, junto a una hoguera que caldeaba el ambiente charlando con sus amigos monteros y guardabosques de los detalles de una próxima cacería que iban a realizar en febrero, cuando el tiempo mejorase al estabilizarse el invierno tras las nevadas. De pronto un par de soldados de la guardia real irrumpieron ruidosamente en el salón, haciendo sonar sus firmes pisadas. – Señor, el rey os llama –le dijeron–, quiere veros inmediatamente. – ¿Qué querrá mi padre ahora? –se preguntó Carlos para sus adentros cuando ya se encaminaba hacia la cámara real, seguido por los dos guardias–. En la puerta de la cámara Pepin acogió a Carlos muy afectuosamente y le dijo: – Carlos, hijo, tu eres ya un muchacho fuerte y un experto conocedor de los bosques, que no teme ni a las inclemencias del tiempo ni a las fieras. Como buen franco que eres, en el interior del bosque te encuentras en tu elemento, pues has aprendido a aprovechar las ventajas que ofrece y conoces la manera de enfrentarte a sus peligros. Por ello, a pesar de que no has cumplido todavía los doce años, necesito encomendarte una misión muy importante. >Como sabes, el papa viene de camino hacia Ponthion a visitarme. Yo estoy preocu- pado porque el invierno está siendo muy duro y, aunque ordené al duque Rothard que con una numerosa escolta de soldados fuese al encuentro del santo padre para que lo guiara y lo protegiese por nuestros dominios temo que, debido a las nevadas de los úl- timos días, se internen peligrosamente por los bosques y se extravíen todos. >Me gustaría ir personalmente a recibirlo y guiarlo, pero me es imposible. Por ello quiero que, con nuestros más expertos guardabosques y escoltados por Kerold y varios soldados, salgas al encuentro de Esteban II, quien todavía debe estar muy lejos, tal vez por los alrededores de Dijon. Tras darle la bienvenida en mi nombre tendrás que guiarlo y acompañarlo por carreteras practicables y seguras, evitando en lo posible la nieve helada y el fango de los caminos. Quiero que el sumo pontífice llegue sano y salvo a Ponthion, donde yo le daré la protocolaria bienvenida real. >Tu importante misión, hijo mío, es más de socorro que diplomática. No te preocupes ahora por el protocolo. Irás a encontrarte con el papa para guiarlo y que llegue bien a su destino. Cuando el santo padre llegue a nuestro palacio, entonces yo le haré todos los honores que merece. Sal a su encuentro lo más rápidamente posible, porque es trascen- dental que Esteban II llegue a Ponthion sano y salvo. En las posadas o ventas del camino, por orden real, todos debéis dar preferencia en el alojamiento y en las comidas al papa y a su séquito. ¡Que Dios te proteja, te oriente y te acompañe!. ¡Suerte!, Carlos. Yo ya he dado orden de que preparen todo inmediatamente, pues tenéis que poneros en marcha enseguida. ¡Es urgente!. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
  • 23. 25 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA Lejos ya del palacio de Ponthion, el grupo expedicionario de Carlos se había internado en el gran bosque nevado caminando cuesta arriba penosamente por un vericueto que era un atajo para alcanzar más rápidamente la carretera principal en San Dizier. Además de los cuatro perros de San Bernardo, que abrían paso y guiaban al grupo en los casi invisibles senderos cubiertos de nieve, la comitiva iba encabezada por los mejores guar- dabosques y monteros del reino. Tras ellos Carlos iba sobre su dócil montura flanqueado por el fiel Kerold, jefe de una escuadra de seis robustos y aguerridos soldados encargados de protegerlos. Avanzaban lentamente porque los soldados tenían que tirar tanto de las riendas de sus caballos como de las monturas que llevaban de refresco, que iban cargadas con pro- visiones y material. En aquella gélida mañana invernal, el frío enrojecía las mocosas narices de los expe- dicionarios y lo poco que asomaba de sus rostros, a pesar de que tenían protegidas las cabezas con gorros pasamontañas y con las capuchas de sus hábitos. La nieve que caía intensamente desde hacía un rato ocultaba más aún los senderos. Los perros y los caba- llos se movían lentamente porque sus patas se hundían en la nieve al caminar. La marcha era cada vez más fatigosa. Los expertos guardabosques, siempre atentos, no vacilaban en las encrucijadas y guiaban a los animales por la mejor ruta. Carlos marchaba feliz, orgulloso de la importante misión que su padre le había confiado. Su optimismo se con- tagiaba a los valerosos hombretones que lo acompañaban, acostumbrados a las penali- dades de las caminatas invernales por los bosques. A mediodía, junto a una fuente de la que salía un agua que no tardaba en comenzar a helarse en el remanso de un pequeño estanque, hicieron un alto para comer y reponerse. Los soldados alimentaron bien a los animales y ensillaron los caballos de refresco que pronto tendrían que soportar el peso de los jinetes. Antes de reanudar la marcha casi todos bebieron mucho aguardiente para entrar en calor. Durante la tarde el tiempo empeoró y la nevada fue continua; pero lo malo fue que se levantó un viento gélido que azotaba inmisericorde los enrojecidos rostros. Los pobres caballos, casi exhaustos, echaban bocanadas de vaho blanquecino al resoplar fatigados. Poco a poco el cortante viento iba intensificando su velocidad hasta que finalmente una terrible ventisca los flagelaba incesantemente, dificultando su penosa marcha. Una oscuridad creciente invadió el entorno difuminando las figuras del bosque. La visibilidad del sendero por el que caminaban era cada vez peor. Por ello los veteranos guardabosques, provistos de varas largas y gruesas, se colocaron delante de los perros para abrir camino con mayor seguridad y para evitar que se precipitaran por algún in- visible terraplén o que cayesen en las numerosas hondonadas que, como trampas mor- tíferas, había en las proximidades del camino que seguían dificultosamente. La marcha era lenta y precavida. A veces tenían que contener el aliento y asegurarse bien antes de aventurarse a dar el siguiente paso. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
  • 24. 26 JOAQUÍN JAVALOYS Habían pasado ya seis días desde que salieron del palacio de Ponthion. La ciudad de Chaumont había quedado atrás. La mayor parte de los caminos que habían recorrido estaban nevados. La fatiga se había apoderado totalmente de ellos que, además, iban algo decepcionados porque no habían encontrado todavía ni el más mínimo rastro de la comitiva del papa y no sabían por dónde se pudiera encontrar. Temían que se hubieran cruzado con la comitiva sin darse cuenta por ir por diferentes carreteras. En fin que el desaliento comenzaba a apoderarse de algunos miembros del grupo, a pesar de que los expertos guardabosques intentaban animar a todos. De vez en cuando Carlos rezaba y le pedía a Dios que hallaran pronto al santo padre y a sus acompañantes. Anochecía ya cuando, al llegar a la cumbre de un collado y cambiar de rasante, avis- taron lejana la borrosa silueta de una venta iluminada que se encontraba en un puerto de montaña. Entonces los guardabosques supieron exactamente el lugar donde se encon- traba el grupo: a unas tres leguas al norte de Langres. Los agotados cuerpos de los ex- pedicionarios se reanimaron ante la perspectiva de un confortable hospedaje para per- noctar refugiados en aquella venta, y la cansina marcha del grupo comenzó a acelerarse, a pesar de la fuerte ventisca que los azotaba. Cuando llegaron a las proximidades de la venta observaron que había allí caballerías custodiadas por un par de soldados. Ante ello lo primero que se le ocurrió pensar a Carlos es que el papa podría haber llegado ya a la posada; pero pronto quedó decepcio- nado al observar que, en la puerta de la venta, había algunos francos entre los que dis- tinguió al duque Rothard, a quien precisamente el rey había encomendado hace bastante tiempo que saliera al encuentro de Esteban II para guiarlo y protegerlo en los dominios de los francos. Contrariado, Carlos le preguntó al duque: – ¿Todavía no habéis localizado a la comitiva del señor papa? – No, el santo padre no ha llegado todavía. – Pero ¿no os ordenó el rey que salierais a su encuentro? – Sí, pero con esta ventisca de nieve ni la comitiva del papa ni mis tropas ni nadie en su sano juicio se aventuraría a caminar por las carreteras nevadas. Sin duda Esteban II estará confortablemente alojado en una posada esperando que pase la borrasca de nieve. Entonces reemprenderá la marcha y su comitiva llegará aquí en los próximos días. Lo mejor es esperarlo en esta venta, porque necesariamente habrá de pasar por este puerto de montaña para adentrarse en las tierras de los francos. Solamente a un grupo de in- sensatos palurdos como el vuestro se le puede ocurrir viajar cuando las condiciones climáticas son pésimas como ahora. ¡Ah! por cierto, todas las habitaciones de esta venta están ocupadas por mí y por mis acompañantes; así que, si no queréis dormir en el suelo, podéis continuar viajando y desafiando a la ventisca y a la oscuridad nocturna, señor Carlos. – Por supuesto que vamos a continuar nuestro viaje, señor duque, a los hombres no nos asustan ni la nieve ni la ventisca ni la noche. Inmediatamente, tras consultar su opinión a los guías guardabosques, Carlos ordenó a sus acompañantes que cenasen bien y que se aprovisionaran de antorchas y de todo lo
  • 25. 27 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA necesario para seguir caminando durante esta noche. Los soldados debían ocuparse de que los caballos de refresco estuvieran listos para tomar el relevo, pues se iban a marchar de allí dentro de un par de horas para recorrer valerosamente las dos leguas que apro- ximadamente faltaban para llegar a Langres, una población donde existen varias posadas. Es probable que el papa y sus acompañantes se hallasen alojados en una de ellas. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ La suerte se puso a favor de Carlos y de su grupo cuando, tras recorrer una legua de penoso camino enfrentándose a la fuerte borrasca de nieve, distinguieron allá abajo en el fondo de un valle unas lucecitas que parecían moverse. Al aproximarse a las lucecitas, comprobaron que se trataba de un numeroso grupo de personas que iban a ascender por una ladera avanzando por un estrecho camino a la incierta luz de unas antorchas. Como la nieve cubría todo, destacaba mucho la lumino- sidad de las antorchas al reflejarse en el terreno casi helado. Con la esperanza de que tal vez fuese la comitiva de Esteban II aceleraron un poco el ritmo de su marcha hasta que llegaron a su encuentro. Kerold se acercó a quien encabe- zaba la comitiva y le preguntó si con ellos iba su santidad el papa. Tras contestarle afir- mativamente, Kerold le comunicó que el hijo del rey Pépin el Breve había venido a dar la bienvenida al santo padre y a guiarlo por la mejor ruta en esta infernal y borrascosa noche, siendo su misión la de acompañar a Esteban II y a su séquito hasta el lejano pa- lacio real de Ponthion, donde el rey recibiría con todos los honores al santo padre. Kerold se acercó a Carlos y lo invitó a seguirlo para ir hasta el centro del cortejo vi- sitante donde, montado en un hermoso caballo blanco, estaba Esteban II majestuosamente envuelto en un manto igualmente blanco dotado de una gran capucha que estaba cubierta de nieve. Cuando Carlos llegó a su lado el papa le sonrió acogedoramente y le dijo: – ¡Dios te bendiga!, hijo mío. Ya me han dicho que eres el príncipe Carlos y que el rey te envía para darme la bienvenida y para socorrerme en esta terrible noche de ventisca, pues mi comitiva se ha extraviado. Ahora no sabemos cómo llegar hasta un refugio o una venta donde alojarnos para pernoctar. – Si queréis, señor papa, yo y mis acompañantes podemos guiaros bien, con seguridad, para que lleguéis pronto a una buena posada que está a una legua de aquí. Además todos los días venideros os conduciremos por el mejor camino posible hasta el palacio de mi padre, que está en Ponthion. – Eres un ángel providencial, valeroso Carlos. Precisamente yo estaba rezando mucho desde hace tiempo para que Dios me enviase un ángel salvador que guiara a mi comitiva hasta una venta para descansar y dormir esta noche. ¡El Todopoderoso ha escuchado mi plegaria!. Dios está contigo y te ha escogido para que, siendo instrumento Suyo, se haga Su voluntad esta noche y mi petición se realice. Por cierto Carlos ¿cuántos años tienes?
  • 26. 28 JOAQUÍN JAVALOYS – Cumpliré doce años dentro de unos meses, en abril. – Pues pareces mayor. Eres muy corpulento, un verdadero muchachote. – ¡Ah! señor papa, no le he traído un magnífico regalo, como su santidad se merece porque, con la urgencia de comenzar este apresurado viaje para encontraros y guiaros, me olvidé de coger el obsequio que mi padre había preparado para entregároslo. Os ruego que me perdonéis y os prometo dároslo en cuanto lleguemos al palacio real. – Por supuesto que estás perdonado, hijo. No te preocupes más de ello porque me acabas de hacer el mejor de los regalos: siendo todavía un niño has arriesgado virilmente tu vida y las de tus acompañantes para salir a mi encuentro y guiarme por carreteras y caminos nevados hasta que llegue, sano y salvo, al palacio del rey Pepin. ¡Muchas gracias! Carlos, ¡que el Señor te bendiga y te lo pague!. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Muy tarde, casi al amanecer, llegamos por fin a la venta que hay en el puerto. Mi fiel Kerold y los soldados despertaron al posadero y le ordenaron que, por orden del rey, debía desalojar inmediatamente de sus cámaras a todos sus huéspedes, incluso al duque Rothard, para que se pudieran alojar en ellas el sumo pontífice de la santa Iglesia de Roma y el hijo del rey Pepin, que habían llegado a la posada con sus acompañantes. ¡Ah! y que tenía que darles de comer a todos ellos, lo mejor posible e inmediatamente. Cuando Carlos vio bajar por la escalera al duque, somnoliento pero furiosamente cabizbajo, soltó una sonora risotada para que le oyese el contrariado noble quien, indig- nado, le dirigió entonces una mirada asesina. En fin los «patanes» le ganaron la partida a los «gandules». Menos mal que el señor papa no estaba cerca de Carlos cuando se mofó del duque Rothard quien, por cierto, fue uno de los que se opuso en Soissons a que Pepin el Breve fuese elegido rey de los francos. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ La comitiva papal y el grupo de Carlos, tras dejar atrás Vitry-le-François y acercarse a Ponthion vieron que, bajo el arco romano, los estaba esperando ya el rey montado a caballo, revestido con un manto púrpura y portando la corona real sobre su cabeza. Cuando el papa se acercó al lugar donde estaba Pepin, el rey le saludó levantado la palma de su mano derecha en señal de bienvenida, e inmediatamente se apeó dificulto- samente de su montura y, sorprendentemente, tomó las riendas del caballo de Esteban II guiándolo hasta la puerta del Palacio real, como si fuese un criado del papa. Entonces todos se quedaron confusos. ¿Por qué hizo eso Pepin? se preguntaron, sabiendo lo altivo y orgulloso que era el rey. Poco más tarde, estando ya en la capilla privada palatina, Carlos fue de sorpresa en sorpresa porque tampoco esperaba que, tras el recibimiento respetuoso, casi servil, con
  • 27. 29 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA que su padre había acogido al papa éste, después de dar gracias a Dios allí en la intimi- dad de la capilla, se acercase a Pepin y que, emocionado y agotado por su duro y largo viaje desde Roma, hincase su rodilla derecha espectacularmente en el suelo delante del rey y, en tono suplicante, le dijese: – ¡Bendito rey de los francos!, voy a permanecer así arrodillado ante vos hasta que aceptéis luchar militarmente contra mis enemigos que atentan contra la Iglesia católica. Carlos, asombrado, vio que en los ojos del papa asomaban unas lágrimas y que su rostro estaba contraído, tal vez reflejando una profunda angustia. Lo que no pudo en- tender entonces es que su padre, que estaba a su lado, mirase cautelosamente a Esteban II con una cara impasible, sin hacer nada ni decir una sola palabra. A Carlos le daba pena ver al papa lloroso y suplicante, como un pedigüeño, y a su padre pensativo y paralizado; pero él no sabía qué hacer en esa desconcertante situación. Lo único que le vino a la mente fue el pensamiento de que los mayores hacen cosas muy raras. Por fin después de un interminable rato Pepin, sin pronunciar palabra, se inclinó hacia el santo padre y vigorosamente, con ambos brazos, levantó del suelo a Esteban II. Carlos se quedó pensativo: ¿qué significaba todo esto? Francamente el niño no entendió entonces lo que querían decir esos comportamientos, porque le parecieron más teatrales que políticos. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ La navidad del año 753, que la familia real pasó en su palacio de Ponthion fue mag- nífica e inolvidable. Hubo numerosos oficios religiosos, presididos solemnemente por el papa. Además se celebraron muchos festejos populares en Vitry-le-François y algunas recepciones cortesanas en honor de Esteban II a las que asistió en palacio toda la familia del rey, incluso el pequeño Carloman, que aún no tenía tres años. En esos días el sumo pontífice y Pepin el Breve se reunieron frecuentemente en largas entrevistas para tratar de importantes asuntos hasta que llegaron a un acuerdo total el 7 de enero de 754. Unos días más tarde, cuando mejoró el tiempo y cesaron las nevadas, del palacio de Ponthion salió un cortejo maravilloso, integrado por centenares de personas, sobre todo prela- dos eclesiásticos y nobles. Lo presidían el papa y el rey. El cortejo se puso en marcha para ir hasta la lejana abadía de San Denís, en los alrededores de París, donde residiría el santo padre durante unosmesesinvitadoporel abadFulrad.Elsumopontíficedestacabamajestuosamente en la vistosa comitiva que salió de Ponthion. Toda la familia real iba en ese grandioso y colorista cortejo, pues el rey también se trasladaba a su palacio de París. Poco a poco el papa y su séquito, el rey y su familia, los prelados y clérigos, los magnates y los sirvientes, todos los integrantes del cortejo subieron a los numerosos carruajes que se encaminaron hacia París. ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉
  • 28. 30 JOAQUÍN JAVALOYS LA UNCIÓN PAPAL DEL REY PEPIN Y DE SUS HIJOS Durante los meses siguientes el papa y Pepin el Breve siguieron reuniéndose de vez en cuando para tratar amistosamente los más importantes asuntos. Finalmente ambos llegaron a acordar una alianza total en Quierzy-sur-Oise en abril de 754, comprometién- dose el rey a defender con las tropas francas a Esteban II de todos sus enemigos, incluso del emperador romano de Bizancio. Inmediatamente Pepin convocó una asamblea de los magnates del reino que acordó la realización de una campaña militar contra el rey de Lombardía para socorrer al papa y recuperar las poblaciones y los territorios que los lombardos habían arrebatado a la Santa Sede. Entonces el papa quiso demostrar a todos que distinguía al rey de los francos y a su familia con su más alta consideración. Lo hizo solemnemente en la abadía de San Denis el 28 de julio, un día bien soleado. Dos carrozas habían salido de París llevando a todos los miembros de la familia real, quienes iban con vestiduras de gala, para participar en una ceremonia importantísima que presidiría Esteban II en la abadía de San Denis repleta de prelados, de abades, de nobles y de magnates del reino. Cuando Pepin llegó al exte- rior de la iglesia abacial miles de súbditos se agolpaban allí vitoreando al papa y al rey. Los reyes y los príncipes bajaron de sus carrozas y accedieron al templo por un pasillo alfombrado que habían colocado en la explanada de la fachada de la abadía. La multitud los recibió jubilosamente. Esteban II se encontraba en la entrada del templo y cariñosa- mente dio la bienvenida al rey y a toda la familia real, mientras sonaban los acordes de un maravilloso órgano nuevo que había sido traído expresamente para esta ceremonia desde Constantinopla, la capital de Bizancio. A continuación, cuando ya todos estaban instalados en sus sitios en el interior de la iglesia, se inició un Te Deum de acción de gracias. Seguidamente comenzó una solemní- sima Santa Misa cuyo principal oficiante era el sumo pontífice, revestido con una impre- sionante casulla bordada con filamentos de oro. Tras la consagración, en presencia ya de Dios vivo, tuvo lugar la parte principal de la ceremonia. El papa convocó al altar mayor al rey Pépin y, en voz muy alta, lo calificó de hombre eminente, rey de los francos y patricio de los romanos. Inmediatamente lo ungió vertiendo en su cabeza unas gotas de aceite del contenido de un cuerno de plata. Después de esta unción sagrada del rey, el sumo pontífice de la Iglesia romana llamó a Carlos. Cuando se presentó ante él, le ordenó que se arrodillase para derramarle sobre la cabeza unas gotas de aceite y, al ungirlo, proclamó que era noble hijo del rey y patricio de los romanos, pero el niño no sabía entonces qué quería decir ser «patricio de los ro- manos». Sin haberse repuesto todavía de la emoción, Carlos se quedó más sorprendido todavía al oír que Esteban II convocaba igualmente a su hermanito Carloman para que acudiera a su presencia. La reina Bertrade, su madre, lo llevó al altar cogido de su mano. El santo padre procedió a ungir asimismo al pequeño, diciéndole lo mismo que le había dicho a Carlos. Por último le dio su bendición apostólica a Bertrade de Laon por ser la esposa del rey.
  • 29. 31 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA La unción del rey de los francos daba a Pepin una legitimidad suprema. Efectiva- mente, como ha subrayado Jean Favier11 «la unción bastaba para dar al nuevo rey una legitimidad que no habían tenido los merovingios. Al origen divino –divino pero pagano– de la familia real merovingia le sucedía el origen divino –pero cristiano– de una realeza cuasi-sacerdotal: la sanción de la Iglesia reemplaza al derecho de sangre… …Un detalle debe ser puesto de relieve: el nuevo rey de los francos recibe la unción en su cabeza descubierta. Ninguna corona lo identifica como rey…porque no es a un rey al que entonces unge la Iglesia, es a un cristiano elegido por Dios. La realeza, que sim- bolizará más tarde la corona, es una consecuencia de la voluntad de Dios expresada por el obispo…En opinión de San Bonifacio y de los obispos es la Iglesia la que hace al rey, no el pueblo franco. El rey, rápidamente, retendrá una cosa: su poder viene de Dios, no de los hombres… …El papa sabía muy bien lo que hacía: …acababa de declarar la guerra al empe- rador (de Bizancio): el crea un rey, aunque ya elegido y consagrado. Pero Esteban II no tiene otra opción…porque conoce que el poder pontificio romano está amenazado por los lombardos, y percibe que la protección del Imperio (a la Santa Sede) se ha desvanecido». Pero, si Pepin el Breve ya era rey, ¿qué gana cuando el papa lo proclama de nuevo rey? La contestación la ofrece, certeramente, Jean Favier12: «…en primer lugar la conso- lidación de un poder ya antiguo –es la cuarta generación– pero siempre frágil…Nada garantiza a los pipínidos la emergencia de nuevas ambiciones reales… …Además gana una mayor visibilidad de la jerarquía política, lo que es útil ante la creación de los protectorados debidos a la conquista franca de nuevos territorios perte- necientes a príncipes o duques, como en Aquitania o Baviera, que se someten por la fuerza pero que no aceptan el reconocimiento de cualquier superioridad sobre ellos del príncipe de los francos. En cambio, sí que lo aceptan cuando éste es un rey consagrado… no simplemente coronado». Pero el sumo pontífice hizo más todavía: en un tono muy solemne prohibió, bajo pena de excomunión, que nadie pudiese elegir a un rey de los francos que no fuese de la fa- milia de Pepin llamado el Breve. De esta manera el papa formalizó el final de la dinastía merovingia, que había sido sustituida definitivamente por la carolingia, por la gracia de Dios; pero también amenazó con anatema a cualquiera que pretendiera apoderarse de la Corona de los francos sin pertenecer a la familia de Pepin, porque ello conllevaría la exclusión de la Iglesia; es decir, de la Salvación eterna. Al terminar la larga ceremonia los reyes, exultantes, le dieron a Carlos un fuerte y cariñoso abrazo. Además el rey le dijo al oído, en tono confidencial, que hoy se había confirmado la permanente «alianza entre el trono y el altar». 11 Obra citada. Páginas 40, 41 y 43. 12 Obra citada. Página 45.
  • 30. 32 JOAQUÍN JAVALOYS El fastuoso acto celebrado en la abadía de Saint-Dénis el 28 de julio del 754 Georges Bordonove13 lo valora así: esta proclamación solemne borraba definitivamente el de- recho de los príncipes merovingios a reinar. El papa acababa de modificar la naturaleza misma de esta monarquía y de fundar una nueva dinastía, la de los carolingios. Pepín y sus sucesores no serán ya meros soberanos, sino reyes por la gracia de Dios. Pero esta elevación conllevaba una cierta reciprocidad y engendraba deberes específicos para los reyes de los francos: en realidad ese día se formalizó públicamente la alianza entre el Trono y el Altar. Posteriormente, ya en el palacio real de París, se ofreció un espléndido y singular banquete festivo en honor de Esteban II y de los prelados asistentes, en el que participa- ron, junto a toda la familia real, los principales nobles y magnates del reino. En París y en San Denis hubo fiestas populares durante tres días en las que el rey invitó generosa- mente a todos sus súbditos, ricos y pobres, pues se repartieron gratuitamente infinidad de alimentos y de bebidas. De esta forma, todos ellos bien saciados, vitorearon y acep- taron jubilosamente a la emergente dinastía real carolingia, que el propio papa había ungido y bendecido. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Desde luego el rey Pepín el Breve cumplió su promesa guerreando contra Astolf de Lombardía en el año 755 hasta que el italiano cedió a las exigencias del carolingio y prometió devolver al papa el exarcato de Rávena y otros territorios, que eran básicos para constituir un Estado pontificio. Sin embargo, posteriormente Astolf no solo incumplió sus promesas sino que se pre- paró para asediar Roma. El papa Esteban II volvió a solicitar a Pepin que le socorriera enfrentándose a Astolf. Entonces la guerra entre francos y lombardos se hizo inevitable. En 756 el ejército franco, tras atravesar de nuevo los Alpes, llegó a Pavía, por lo que el rey lombardo se vio obligado a pedir la paz entregando rehenes y jurando devolver a la Santa Sede los territorios pontificios que había ocupado. El rey de los francos le obligó a que entregase previamente las llaves de las ciudades que había arrebatado al papa, y encargó a Fulrad, abad de San Denis, que se las devolviese a Esteban II. Además Pepin dispuso que el exarcato de Rávena pasase a ser propiedad de la Santa Sede, aunque era un territorio de teórica propiedad bizantina. Esta donación fue la base del Estado ponti- ficio. El papa se convirtió en señor de la Italia central, en un príncipe con poder temporal, que era además obispo de Roma. Jean Favier14 explica certeramente las consecuencias de estos hechos: «…al donar al papa los medios que lo hacen políticamente independiente, Pepin actúa como usurpador, según Bizancio. Pero al mismo tiempo el rey de los francos interviene como protector de 13 Obra citada. Página 31. 14 Obra citada. Página 190.
  • 31. 33 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA la independencia temporal de la Santa Sede, que es la que garantiza su independencia espiritual. Con este título, Pepin afirma su derecho a intervenir en la península itálica… Entonces, sin anexionarse la menor parcela territorial de Italia, el reino franco se convir- tió en una potencia mediterránea». El derrotado Astolf murió en 757. El papa promovió al aparentemente fiel y dócil Desiderio, duque de Toscana, a la dignidad de rey de los lombardos. En efecto, como ha puesto de relieve J. Favier15 «Tras el fallecimiento de Pepín el Breve …la política del abad Fulrad debía tener continuidad, basada en una alianza con el Pa- pado contra el rey Desiderio, que en 757 había sucedido a Astolf, quien falleció por una caída de caballo. Entonces Desiderio, el duque de Toscana, se convirtió en rey de los lombardos por la elección que hicieron conjuntamente Esteban II y Fulrad; pero como Desiderio era inteligente no quiso convertirse en instrumento de los francos, pues com- prendió bien que no tenía nada que temer de Bizancio y que la única amenaza que pla- neaba sobre el reino de Lombardía era la constituida por la alianza del papa con el rey de los francos. Así, en cuanto llegó a ser rey, comenzó a aproximarse a Bizancio». A su vez, en el año 757 murió también Esteban II, y le sucedió como papa su hermano Pablo I, quien pronto tuvo ocasión de comprobar la perfidia y la ambición del nuevo soberano de Lombardía, por lo que pidió a Pepin que volviera a Italia para apoyar a la Santa Sede. El rey no pudo atender entonces la solicitud del sumo pontífice, porque el rey estaba muy ocupado rechazando las frecuentes incursiones que los sajones hacían en los territorios de los francos e intentando reprimir las insumisiones y revueltas del díscolo Waïfre, duque de Aquitania. ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ACTIVIDADES JUVENILES DE CARLOS Tras la ceremonia de San Denis en la que Carlos fue ungido por el papa, el príncipe comenzó a darse cuenta de que lo era por la gracia de Dios. A partir de aquel día el muchacho también iba a participar en los actos más importantes para el reino. Efectiva- mente el rey le hizo estar presente, a su lado, en el mes de abril del año 754 cuando se celebró en Quierzy la asamblea de los notables del reino que acordó que el ejército de los francos diera protección militar a Esteban II frente a Astolf, el rey de Lombardía, quien ya se había apoderado de Rávena y de otras posesiones pontificias. Sin embargo posteriormente, cuando el rey con sus tropas atravesó los Alpes en la primavera de 755 para luchar contra Astolf no lo llevó con él, pues dijo que era todavía muy joven para guerrear. Tampoco lo hizo en 756 cuando de nuevo tuvo que enfrentarse al rey lombardo tomando Pavía y derrotando a los soldados del traidor Astolf, quien se había apoderado de algunas ciudades administradas por la Santa Sede y amenazaba a la propia Roma. 15 Obra citada. Página 190.
  • 32. 34 JOAQUÍN JAVALOYS Carlos se moría de ganas de acompañar al ejército franco en las campañas guerreras que todos los años, en la buena estación, llevaba a cabo el rey. Lo que sí hizo Pepin fue informarle de que su objetivo estratégico era, en primer lugar, el de mantener unificados los territorios del reino de los francos, que entonces estaba integrado, además del ducado de Aquitania, por los antiguos reinos de Austrasia, Neustria y Borgoña. En segundo lugar, el rey tenía que defender las fronteras del reino, que estaban amenazadas por los belicosos sajones al noreste y por los sarracenos al sur, sobre todo en Septimania. A Carlos, que era hiperactivo, le hubiese gustado ir siempre con su padre a las cam- pañas guerreras que dirigía; pero el rey no lo dejaba participar en ellas, a pesar de que tenía ya más de catorce años y de que era un joven corpulento, por lo que tuvo que de- dicarse a sus ocupaciones juveniles pues, cuando se ausentaba Pepin tampoco le encar- gaba tareas oficiales que, en cambio, sí que encomendaba a algunos nobles o a fieles administradores o incluso a la reina, en quien sí confiaba como buena gobernadora porque ella ejercía perfectamente algunas tareas de gobierno, y no solamente la de ad- ministradora doméstica del palacio real que, como reina, le correspondía. Como tampoco Bertrade de Laon, a pesar del gran cariño que tenía a su hijo Carlos, le encargaba tareas importantes, él se dedicaba a hacer lo que le apetecía divirtiéndose con un grupo de compañeros a los que capitaneaba. Con ellos, montados todos en sus briosos caballos, hacía frecuentes galopadas por los prados, por las orillas de los ríos e, incluso, por los más tupidos bosques; a veces disparando flechas o arrojando lanzas a los animales salvajes o a los objetivos idóneos que, sobre la marcha, se fijaban. Era una manera de desfogarse haciendo ejercicios guerreros. En otras ocasiones Carlos y sus camaradas se divertían nadando, y en verano, cuando el agua no estaba demasiado fría atravesaban ríos, aunque fuesen caudalosos. Si llovía o hacía mal tiempo se reunían en algún salón palaciego cantando canciones y recordando las leyendas épicas o los episodios guerreros que los veteranos capitanes les habían contado. Carlos solía estar siempre bien acompañado. Su carisma y su bulliciosa vitalidad atraían a sus compañeros, a los que enseguida se ganaba para que, encantados, le siguie- sen en todas las aventuras que se le ocurrían. ACarlos le gustaba ir de caza frecuentemente con sus fieles monteros o guardabosques. El príncipe vestía como ellos, con burdas lanas y con hábitos de cuero. Le encantaba reunirse con ellos para comer o, mejor dicho, para devorar carne de venado o de jabalí cuando, al terminar un buen día de caza, todos estaban hambrientos y necesitaban reponerse. En el bosque se sentía a gusto, sin miedo a nada, pues era muy fuerte y resistía bien las temperaturas extremas. Si era preciso pernoctaba muchos días seguidos durmiendo al aire libre, incluso cuando las montañas estaban nevadas. Le gustaba viajar y explorar tierras desconocidas. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣
  • 33. 35 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA Cuando Carlos cumplió los dieciséis años tenía ya muchos pelos en su barbilla y un incipiente bigote. Estaba físicamente muy desarrollado, casi como un hombre de veinte años. Sin embargo seguía teniendo una voz demasiado aguda y chillona que contrastaba con la robustez de su cuerpo, que no era precisamente el de un niño. La principal instrucción que había recibido gustosamente el príncipe era la militar, que le daban algunos capitanes de la Guardia real y, en ocasiones, su tío Bernard, el condestable del reino. La reina insistía en decirle a Carlos que, además de saber todo lo necesario para llegar a ser un buen guerrero, también debía procurar ser un príncipe culto e instruido sabiendo leer y escribir bien, e igualmente conocer el latín y otros idiomas, no solo el francique, la lengua que usaban algunos francos renanos, y el romance. Además debía aprender el derecho, la historia, la geografía y algo de matemáticas. Como su madre tenía razón Carlos acabó dándole su conformidad a que un docto fraile agustino le diese clase diariamente de estas cosas que desde luego, no le gustaban demasiado, por lo que le costaba mucho aprenderlas. Dada su relativa incultura, algunos cortesanos calificaban a Carlos de ignorante o incluso de palurdo, pero no se atrevían a hacerlo en su presencia. Por supuesto a él lo que verdaderamente le gustaba era ser libre, haciendo lo que le apetecía en cada mo- mento, pero siempre rodeado de amigos y de seguidores a los que solía encandilar con sus habilidades manuales y con la excepcional fuerza que mostraba tanto en los juegos que practicaba como en los ejercicios físicos. Todos alababan su destreza y su fortaleza. En esa época, a Carlos y a sus camaradas les dio por visitar frecuentemente las po- sadas para entretenerse gozando con las lozanas y libidinosas muchachas que los aten- dían y que los complacían en todo. Entonces acabó haciéndose un experto en relaciones sexuales, pues esa mujeres se le entregaban rápidamente por sus atractivos masculinos y por su encantadora vitalidad, pues generalmente les ocultaba que era el príncipe Car- los, para que no copulasen con el hijo del rey sino con un alegre, impetuoso y robusto muchachote que medía más de seis pies de alto. Su madre, que era merovingia y que poseía una educación esmerada y estricta, le regañaba mucho porque le decía que no pensaba más que en jugar y en divertirse con- tinuamente, siempre rodeado de amigotes de los que no podía aprender nada bueno. Tal vez fuese cierto, pero él no podía estar encerrado en el palacio real, ya que su desbordante vitalidad le llevaba a estar siempre haciendo algo, a ser posible al aire libre: cazando, cabalgando o simplemente jugando con sus amigos. También le reprochaba la reina que casi siempre estaba acompañado de campesinos o de guardabosques participando en sus cacerías y en sus fiestas populares o contem- plando como actuaban en los mercadillos de sus aldeas, como si él fuese uno más de ellos. Bertrade le acusaba de ser demasiado campechano y le decía que podría ser igual- mente popular aunque conviviese menos con los plebeyos y más con los nobles y con los clérigos cortesanos que estaban en palacio alrededor de su padre, sirviéndole lo mejor posible con la esperanza de obtener favores y prebendas.
  • 34. 36 JOAQUÍN JAVALOYS Una mañana la reina le llamó la atención, cariñosamente pero con severidad, diciéndole: – Carlos, ya es hora de que vayas sentando la cabeza y de que empieces a comportante como un verdadero príncipe, dejando de hacerlo como un palurdo rico y campechano que trata a las mujeres como hace un semental con las vacas. – No exageres, madre, yo solo me dejo querer. – En serio, Carlos, deja ya a las mujeres tranquilas y pasa más tiempo en palacio viendo como gobierna tu padre y como sus secretarios resuelven los asuntos. Eres prín- cipe de los francos y debes aprender ya a gobernar, para llegar a ser un buen rey. – Sí, madre, pero mi padre no me hace caso cuando estoy junto a él y yo acabo abu- rriéndome y marchándome de palacio. – Es que tú y tu padre sois iguales: ambos sois egocéntricos; pero tú debes esforzarte en permanecer junto a él para aprender cómo se gobierna y cómo se resuelven los pro- blemas. El hecho de que te aburras en su presencia no justifica que te vayas de su lado. Cuando lo haces, y sé que lo haces con demasiada frecuencia, tu padre piensa que a ti te aburren los asuntos de la gobernación del reino y que, por ello, no podrás llegar a ser un buen rey. Tu prefieres divertirte y pasar el tiempo entretenido con tus caballos o charlar con tus amigotes y las alegres y frescachonas muchachas que os atienden en las posadas. En fin Carlos reflexiona y comprenderás que tu padre puede tener motivos para pensar que tú no tienes suficiente sentido de la responsabilidad ni ganas de trabajar y sacrificarte, como un buen rey. – Mi padre sabe que a mí me gusta guerrear y, sin embargo, nunca me lleva con él y sus tropas. Ya sabes que ahora el rey está luchando contra los sajones a los que quiere someter y no ha querido que le acompañe en su invasión de Sajonia. – Sí, el rey sabe que tú eres ya casi un hombre; pero, si no te permite que participes en sus campañas guerreras es porque tu hermano Carlomán solo tiene siete años y tu padre no quiere ponerte en peligro porque, si lo matan a él, entonces tú serías el único hijo que podría sucederle como soberano del reino de los francos. Sin embargo yo creo que el rey sí que piensa llevarte a participar con él en aquellos enfrentamientos bélicos que no sean muy peligrosos, como las expediciones militares de Aquitania, donde no hay batallas campales; pero, por ahora, no te va a llevar a luchar contra los feroces sajones. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Carlomán tenía ya nueve años, pero como su hermano Carlos le doblaba la edad, nunca jugaban juntos. Para Carlos su hermano seguía siendo nada más que un crío pe- queño. Sin embargo, a medida que Carlomán iba creciendo, Carlos observaba que era inteligente, gracioso y obediente, unas cualidades que complacían mucho a sus proge- nitores, especialmente al rey, que lo trataba muy cariñosamente, como si fuera su hijo favorito. También gozaba Carlomán de las preferencias de los cortesanos y de los clérigos
  • 35. 37 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA palatinos que, en cambio, solían ver en Carlos a un muchacho extravertido, rústico y campechano, que solo pensaba en divertirse. Menos mal que Carlos sabía que él era para su madre el hijo favorito, sin lugar a dudas. El caso es que por entonces Carlos comenzó a preocuparse de la existencia de Carlo- mán quien, desde luego, era también un príncipe ungido, como él, por lo que podría llegar a ser rey de los francos. La preocupación de Carlos se centraba en una inquietante pregunta: ¿podría ocurrir que el rey y sus cortesanos prefiriesen que fuera Carlomán, y no el hijo primogénito, quien sucediese a su padre como soberano de los francos? Esta idea desazonaba a Carlos, porque le resultaba inaceptable que él, el hijo mayor, no fuera el sucesor de su padre. Cuando veía que los monjes de San Denis, incluso el abad Fulrad, se esforzaban en dar a Carlomán la educación más esmerada sin importarles lo más mínimo la que el recibiese o pudiera adquirir, un sentimiento raro se instalaba entonces dentro de él. No, no era envidia, tal vez fuesen celos o simplemente prevención. Pero lo destacable es que tal sentimiento le sublevaba; no sabía bien si era contra Carlomán o contra si mismo; o, tal vez, contra su padre y sus cortesanos. Esta reacción le hizo reflexionar y le llevó a una conclusión sobre un aspecto de su forma de ser de la que hasta ese momento no había sido apenas consciente. Comprobó que él, además de ser extravertido, sociable, vitalista, impulsivo, alegre, juguetón y campechano, también era introvertido, receloso, desconfiado e independiente. En su interior había un Carlos solitario y reflexivo que la gente, e incluso sus padres, desco- nocían que existiese. En fin todas estas reflexiones acabaron dejándolo más contrariado que preocupado. Si él no estaba muy preocupado por ello se debía a que era muy testarudo y, tal vez, porque en el fondo tenía el íntimo convencimiento de que iba a ser el futuro rey de los francos, a pesar de todo. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Un día, de repente, la reina sorprendió a Carlos preguntándole cariñosamente: – Carlos ¿cuándo te vas a hartar de tantas mujeres?, ¿es que no puedes pasar sin ellas? – Puedo pasar sin ellas, pero no quiero. Me gustan las muchachas hermosas. ¿Por qué me voy a privar de ellas? – No te digo que te prives de ellas. Lo que sí te convendría es que fueras más selectivo: menos cantidad y más calidad. No sé qué atractivo puedes encontrar en las sirvientas de las posadas o de las ventas. – Encuentro en ellas el atractivo que tienen: sexo. Hago el amor con ellas. – Las mujeres podemos y sabemos dar mucho más que sexo. Además las reinas tenemos que estar preparadas y capacitadas para ejercer la jefatura y la gestión del palacio real.
  • 36. 38 JOAQUÍN JAVALOYS – Pero yo en las mujeres con las que trato no busco a una futura reina. Estoy seguro de que mi padre me obligará a casarme con una princesa, y que ella estará educada para ser la esposa de un rey. – No estés tan seguro de ello, Carlos. Tu padre puede dejarte como sucesor suyo, pero también podría dejar solamente a tu hermano Carloman, o a ambos: una parte del reino a cada uno de vosotros, pues los dominios reales son mucho mayores actualmente que el antiguo territorio de los francos. Por ello, hijo, yo creo que si tu te relacionases con bellas mujeres que fuesen princesas o de la alta nobleza en lugar de hacerlo solo con camareras o con prostitutas, le ahorrarías al rey la necesidad de que él te buscase una esposa y, sobre todo, le demostrarías que puedes heredar el trono porque también tu esposa, la que tú eligieses por amor entre la nobleza, franca o no, sería digna de ser reina. En fin Carlos, quisiera que comprendieses que no es bueno para tus aspiraciones a ser rey en el futuro que ahora tú te relaciones únicamente con mujeres villanas o buscavidas, porque corres el peligro de acabar enamorándote de una que probablemente sea indigna de tu realeza. – Creo que tienes razón, madre. Tengo que confesarte que actualmente estoy ya ena- morado de una mujer que no pertenece a la alta nobleza; pero no he querido traerla a palacio porque sabía que mi padre no me daría la autorización para casarme con ella por la Iglesia católica. – Entonces Carlos ¿qué piensas hacer?, porque si no vas a casarte con ella lo mejor sería que la dejases. – No puedo dejarla porque la quiero muchísimo. Además ella está dispuesta a convivir conmigo establemente, aunque no nos casemos por la Iglesia, porque como pertenece a nuestro pueblo franco podríamos unirnos en matrimonio según el antiguo rito germánico, el friedelehen, que no es reconocido por la Iglesia católica. Entonces si más adelante el rey quisiera que yo me casara con una princesa por el rito canónico católico yo podría hacerlo sin impedimento y, en ese caso, Himiltrude pasaría a ser mi concubina oficial. – O sea que ella se llama Himiltrude. ¡Preséntamela! pero no formalmente, para que yo pueda darte mi opinión sobre ella por si quieres tenerla en cuenta. En todo caso Car- los, aunque solo os unáis por el rito germánico, tu padre se enfadará contigo. Por ello, si de verdad aspiras a ser rey en el futuro, no deberías contrariar a tu padre eligiendo a una mujer como compañera tuya sin su conocimiento y su consentimiento. – Para ser un buen rey, madre, lo importante es ser un buen guerrero, porque entre los francos siempre acaba gobernando el más fuerte. Yo ya he procurado demostrar mi habilidad y mi fortaleza en los enfrentamientos militares en los que he participado. Mi padre actuará con sensatez al elegir sucesor y sin duda entre ambos hermanos, acabará eligiéndome a mí aunque Carloman esté mejor instruido. – No te confíes, Carlos, porque tu hermano es muy inteligente y cada vez se muestra más obediente al rey que tú. Con su actitud sumisa va ganando su favor. Fíjate si Carloman es astuto que, a pesar de su poca edad, ya le ha dicho a tu padre que le busque una princesa adecuada para que sea pedida en matrimonio, pero que él se casará con su prometida
  • 37. 39 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA solamente cuando el rey crea que es la fecha oportuna: ahora o dentro de un año o de varios. Tu padre está encantado con él y ha comenzado a hacer gestiones para encontrarle una excelente prometida, la más conveniente para el reino de los francos. Así que por tu bien no te confíes y, si tienes que renunciar a los placeres amorosos de Himiltrude, no dudes en hacerlo. Si aspiras a ser rey de los francos te interesa complacer más al rey que a ella. Posteriormente en un futuro quizás próximo ya te enamorarás de otra mujer. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Tres años más tarde de que Carlos le hablase a su madre por primera vez de Himil- trude se empeñó en casarse con esa muchacha, porque era muy testarudo y le gustaba decidir los asuntos por si mismo. Desde luego su unión matrimonial con ella se llevó a cabo solamente por el rito germánico, el friedelehen, a pesar de que era consciente de su invalidez ante la Iglesia que, sin embargo, lo toleraba como una cuestión de hecho, sin considerarlo inmoral. Por supuesto el rey se enfadó con él, pero no impidió que se uniese con Himiltrude quien, desde que se formalizó el enlace, pasó a residir en el palacio como legítima esposa de Carlos, integrándose efectivamente en la familia real. Menos mal que la reina comprendió y aceptó la decisión matrimonial del príncipe porque la dulce y encantadora Himiltrude era muy buena y sumisa. Cuando se casaron ya tenían un hijo, al que habían denominado Pepin en honor al rey y siguiendo la costumbre que tenían los pipínidos de poner al recién nacido el nom- bre del abuelo o, si era hembra, el de la abuela. Lo penoso fue que ese primogénito, que el día de la boda tenía ya un año, nació deforme con una pequeña joroba en lo alto de su espalda. Lo positivo, que el nuevo Pepin era muy inteligente, simpático y cariñoso. A pesar de esta contrariedad, Himiltrude y Carlos eran muy felices y, para él, no había otra mujer en el mundo mejor que ella. No obstante cuando él estaba lejos de pa- lacio o en alguna expedición guerrera contra los enemigos de los francos procuraba sa- tisfacer las intensas necesidades sexuales que tenía, debidas a su gran vitalidad, con al- guna bella muchacha posadera o campesina. Por supuesto Carlos también tenía entonces, cuando le era factible, esporádicas aventuras amorosas con hijas de algún magnate o noble. Sin embargo aunque su cuerpo pudiera alejarse un poco de Himiltrude, su corazón le seguía perteneciendo. En fin, ¡la carne es débil!. ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ ☉ LA REBELIÓN DE AQUITANIA Waïfre, el duque de Aquitania, actuaba cada vez más como si fuera un soberano in- dependiente por lo que Pepin el Breve, tras reconvenirle en varias ocasiones, no tuvo más remedio que preparar un ejército que se dirigió hacia el sur para someter al díscolo
  • 38. 40 JOAQUÍN JAVALOYS duque e impedir que siguiera actuando con plena autonomía. Como Waïfre le esperaba belicosamente con el grueso de sus tropas en Aquitania, el rey de los francos se dirigió entonces hacia Septimania para apoderarse de los territorios fronterizos de los agresivos sarracenos. Sometió a la totalidad de las poblaciones septimanas, incluso a su capital, Narbonne, que fue conquistada en el año 759 con la complicidad de los judíos que resi- dían en esa ciudad. Tras conquistar estos objetivos militares el rey se dispuso a atacar al duque aquitano por la retaguardia, que era el sitio por el que menos podía esperarlo. Sin embargo al encontrar Pepin más resistencia de la que suponía inicialmente, prudente- mente cambió de objetivo y prefirió apoderarse en primer lugar de la región de Berry, para poder así acorralar más aún al traidor Waïfre. A pesar de que Carlos había cumplido ya los dieciocho años el rey continuaba sin invitarle a participar en esa guerra, siendo consciente de que su hijo mayor era un buen guerrero que ardía en deseos de combatir a sus enemigos. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ Posteriormente el rey sí que comenzó a encargarle a Carlos algunas tareas serias, como las visitas de inspección a ciertos condados, y también le encomendó la realización de algunas misiones puntuales; pero no delegó en él ninguna gran responsabilidad. Lo que si hacía era darle buenos consejos sobre su comportamiento y sobre la gobernación de los súbditos. Pero ¿a qué se debía esa actitud del rey hacia el príncipe? G. Bordonove16 intenta responder interrogativamente a esas preguntas cuando con- firma que, efectivamente, «no le confió grandes responsabilidades. ¿Quizás lo consideraba insuficientemente preparado o es que lo creía inmaduro? ¿Pudo ser que, sabiendo que Carlos era muy ambicioso, temiera cederle una parte de su autoridad?..En fin, admitiendo que por una o por otra razón, el rey lo marginase dejándolo como mero figurante, lo que no dejó de darle fueron sus consejos». Por si la aparente y relativa marginación en que el rey tenía al príncipe fuera debida a que no consideraba a Carlos preparado para grandes tareas, éste procuró aplicarse y aprender algunas cosas que podrían serle útiles cuando tuviese que gobernar. Uno de sus preceptores, un adusto monje agustino, le estaba explicando entonces la idea que tenía San Agustín de la Ciudad de Dios como opuesta a la Ciudad Terrena. Carlos seguía con mucha atención sus clases, porque el agustino le enseñaba una síntesis de historia universal a la luz de la filosofía y de los principios cristianos, un tema que le parecía muy interesante y útil, porque el príncipe pensaba que, cuando fuese rey, le gustaría colaborar en la construcción de esa Ciudad de Dios. En realidad la preparación militar y académica de Carlos le ocupaba poco tiempo, por lo que seguía teniendo mucho tiempo libre, que dedicaba a divertirse con sus com- 16 Obra citada. Página 40.
  • 39. 41 CARLOMAGNO, EL CARISMÁTICO FUNDADOR DE EUROPA pañeros. Las actividades juveniles del príncipe no bastaban para colmar su desbordante actividad; pero como no poseía todavía ningún título sobre territorios o dominios reales, salvo el importante ducado de Le Mans, que le fue concedido al llegar a la mayoría de edad, procuró explorar y expropiarse de grandes zonas desiertas, principalmente bosques vírgenes, tanto en los alrededores de París como en las Ardenas o en los Vosgos. La magnitud del ducado de Le Mans queda de manifiesto cuando se tiene en cuenta que, según Jean Favier17 «el ducado comprendía la villa de Le Mans y doce condados, lo que representa lo esencial de la parte de Neustria situada al sur del Sena, de Chartres a Angers y de Coutances a Orleans». ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ En el verano del año 761 a Pepin el Breve le sorprendió que Waïfre, el duque de Aquitania, atacase a ciertas poblaciones de Borgoña. El rey, como buen franco, no quiso dejar sin respuesta la osada provocación del aquitano. Organizó rápidamente un gran ejército comandado por él mismo, al que finalmente permitió que se incorporara su hijo Carlos. Las tropas francas atacaron y destruyeron los castillos de Chantelle y Bourbon- l’Archambault. Posteriormente se dirigieron a la ciudad de Clermont que tras un corto asedio fue capturada, incendiada y arrasada. Cuando se aproximaba el invierno el rey decidió que los integrantes del ejército franco regresaran a sus hogares en Neustria. Carlos estaba satisfecho porque en esa campaña guerrera contra los aquitanos su padre tuvo ocasión de comprobar su valor en los en- frentamientos bélicos, así como su destreza en las incursiones exploratorias o en las patrullas de localización del enemigo, porque el príncipe poseía la vista penetrante de una persona acostumbrada a rastrear frecuentemente por los intrincados bosques en los que abunda la caza. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ En el año 763 también acompañó Carlos a su padre a guerrear de nuevo contra el rebelde duque de Aquitania. En esa campaña los francos capturaron Bourges y el castillo de Thouars. El príncipe iba adquiriendo experiencia guerrera y el rey cada vez tenía mayor confianza en sus capacidades bélicas, por lo que dejó que capitanease y llevase a cabo arriesgados pero victoriosos enfrentamientos con los aquitanos, que facilitaron que las tropas reales fuesen penetrando más en el interior del ducado enemigo. Waïfre se mostraba incapaz de frenar el avance de los francos. El duque evitaba luchar en batalla abierta y prefería dedicarse a destruir o a desmantelar algunas poblaciones, que luego abandonaba cuando la presión militar de los francos se hacía insoportable. De 17 Obra citada. Página 33.
  • 40. 42 JOAQUÍN JAVALOYS esta forma el rey consiguió apoderarse sin necesidad de combatir de Poitiers, Limoges, Angoulème y Périgueux. Por fin Pepin, teniendo en cuenta las hazañas militares realizadas por Carlos y el gran prestigio que había adquirido como uno de los principales capitanes del ejército terminó por decidirse a asociarlo a algunas tareas de gobierno, especialmente en asun- tos bélicos, encargándole la gestión de asuntos puntuales, aunque siempre sujeto a su personal supervisión. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ En los últimos años de su vida Pepin el Breve, tal vez debido a que estaba enveje- ciendo, hizo que Carlos lo acompañara en todas las campañas bélicas que emprendió, lo que ayudó enormemente a que el príncipe aprendiera de él el arte de la guerra, pues el rey era un excelente y victorioso jefe militar, además de un gran monarca. Sin embargo a Carlomán, por considerarlo demasiado joven todavía, no lo convocó a las expediciones guerreras, y lo dejaba siempre en palacio para que siguiera formándose junto a los cortesanos que gobernaban por delegación real. Pepin, que siempre fue muy astuto y desconfiado, gobernaba de una manera personal y solo delegaba asuntos menores en unos pocos clérigos y magnates de su absoluta con- fianza. A sus dos hijos no les delegó ningún importante asunto de gobierno. ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ ✣ A principios del año 768 el rey le comentó a Carlos que estaba harto de la intermitente guerra con Waïfre, el duque de Aquitania, que duraba ya ocho años, y que estaba decidido a darle la batalla decisiva final. Con este propósito convocó pronto, al comenzar la pri- mavera, a todos los francos capaces de combatir para que debidamente armados acudie- sen a su convocatoria para integrarse en un grandioso ejército. Una vez organizadas y pertrechadas las tropas se pusieron en marcha hacia Aquitania. Previamente el rey había convocada también a su sobrino Tasilón, duque de Baviera, para que se uniera al inmenso ejército franco en el valle del Loira. El duque bávaro acudió puntualmente a la concentración militar con un fuerte contingente de tropas. Pepin y su hijo Carlos recibieron al duque y a los suyos festivamente, dándoles una efusiva bienvenida. Sin embargo pronto comprendieron, desencantados, que el taimado duque, aunque había acudido a la convocatoria de su señor, no estaba dispuesto a ir con él a la guerra, alegando que tenía una grave enfermedad que lo aquejaba de vez en cuando desde hacía unos meses. Por ello solo le ofreció a Pepin la posibilidad de que se integrasen en su ejército todos aquellos bávaros que voluntariamente lo deseasen; ya que, al no participar