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La Gran Tribulacion
Título de la obra en inglés:
The Great Tribulation
Traducción de Román Quirós M.
By David Chilton
Author of: The Days of Vengeance: An Exposition of the Book of Revelation
2
Prefacio del editor
1. La generación terminal
2. La venida en las nubes
3. La llegada del anticristo
4. Los últimos días
5. La llegada del nuevo pacto
6. Los cuatro jinetes
7. Venganza para los mártires
8. Se abre el libro
9. Jerusalén es sitiada
10. Toda la creación toma venganza
11. ¡Consumado es!
Epílogo del editor
Prefacio del editor|Epílogo del editor|1|2|3|4|5|6|7|8|9|10|11
Índice
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PREFACIO DEL EDITOR
Gary North
Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por
estrado de tus pies. Jehová enviará desde Sión la vara de tu poder; domina en
medio de tus enemigos. (Sal.110:1-2).
Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo
dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya
puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será
destruido es la muerte (1 Corintios 15:24-26).
La Biblia enseña que Jesús reinará sobre la tierra. Una vez que comience, no habrá
ninguna interrupción de su reinado sobre esta tierra en la historia hasta que la
muerte sea finalmente derrotada. Pero sabemos que la muerte termina sólo en el
día final, cuando Cristo ponga fin a la rebelión final de Satanás, cuando el diablo
sea lanzado al lago de fuego (Apocalipsis 20:7-10).
La pregunta clave del reino es: ¿Cuándo comenzará su reinado en la tierra? Jesús
habló muy claramente sobre esto. Les dijo a sus discípulos acerca de su
resurrección:
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos
a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y
he aquí yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo. Amén. (Mat. 28:18-20).
Así, pues, toda potestad en el cielo y en la tierra ya ha sido dada a Cristo. ¡Ya!
Sabemos también que Él está reinando con Dios en el cielo.
Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos,
según la operación de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los
muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y
autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este
siglo, sin o también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies , y lo dio
4
por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de
Aquél que todo lo llena en todo (Efesios 1:19-23).
¿Es Cristo la cabeza de la iglesia hoy día? Pablo dice que sí. Pero, ¿qué más es
verdad hoy día, según Pablo? El pasaje es claro: Jesucristo gobierna la tierra ahora
desde el cielo. En este momento, Él está por encima de todo principado, poder,
autoridad, y dominio. ¿Qué son estas cosas? Son espíritus demoníacos. Pablo
escribió en esta misma epístola: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne,
sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas
de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes"
(Efesios 6:12).
Dios está en control. Jesús está en control. En principio, todas las cosas están bajo
los pies de Jesús. Es verdad que, en la historia, los seres malos todavía tienen
poder. Como pueblo de Dios, nosotros luchamos espiritualmente contra ellos. La
guerra entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, continúa diariamente en la
vida de todo cristiano y en la vida de cada sociedad. Pero, en principio, la vida es
más fuerte que la muerte, porque la resurrección de Jesús lo ha demostrado. La
resurrección es más fuerte que la cruz. La luz es más fuerte que la oscuridad (Juan
1:9). El bien es más poderoso que el mal, porque Cristo reina ahora desde lo alto.
El legado del "segundo Adán", Jesucristo, es más poderoso en la historia que el
legado del primer Adán. La gracia es más poderosa que el pecado.
Usted cree en esto, ¿verdad?
¿Por qué temer a "la gran tribulación"?
¿Por qué, entonces, deben los cristianos creer que alguna gran tribulación se les
viene encima en el futuro - una tribulación tan grande que nada como ella ha
ocurrido jamás? No todos los cristianos creen que pasarán por la tribulación,
aunque sí lo creen los premilenialistas de la post-tribulación. Pero, si Dios reina
desde lo alto, ¿por qué deben los cristianos esperar nada peor que los holocaustos
"normales" del siglo veinte - las persecuciones y los genocidios de armenios, judíos,
kulaks rusos, ucranianos, y camboyanos? Ciertamente, estos fueron eventos
terribles, y podría suceder que haya más de ellos, pero, ¿por qué deben los
cristianos esperar que ocurra otro evento que es fundamentalmente peor?
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La respuesta es: No deberían. ¿Por qué no? Porque la gran tribulación ha quedado
atrás. Esto es lo que David Chilton argumenta en La Gran Tribulación. Jesús
advirtió a su pueblo que vendría una gran tribulación en el futuro muy cercano. En el
capítulo de Mateo sobre la gran tribulación están registradas las palabras de Jesús:
"De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca"
(Mateo 24:34). Por el pasaje paralelo en Lucas, sabemos que la gran tribulación
sería la destrucción de Jerusalén por un ejército, que resultó ser el ejército romano:
Pero cuando viéreis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su
destrucción ha llegado. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y
los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella.
Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que
están escritas (Lucas 21:20-22).
El magnífico comentario de David Chilton sobre el libro de Apocalipsis se llama
apropiadamente The Days of Vengeance [Días de Retribución] (Dominion Press,
1987). Este pequeño libro es un resumen breve de las secciones de Apocalipsis
que tratan de la caída de Jerusalén en 70 d. C.
¿Está usted esperando un desastre?
Puede resultar extraño a muchos lectores que la gran tribulación haya quedado
atrás. Esta posición ha sido bastante común en la historia de la iglesia, pero, más o
menos en los últimos cien años, muchos grupos creyentes en la Biblia han
adoptado una posición diferente: que la gran tribulación ocurrirá a Israel (o a todo el
mundo, incluyendo a los cristianos) en el futuro y probablemente en el futuro
cercano. La mayoría de los dispensacionalistas cree que la iglesia será "raptada" y
llevada fuera de este mundo antes de que tenga lugar la gran tribulación; los
dispensacionalistas post-tribulación y los premilenialistas no dispensacionalistas
tradicionales creen que la iglesia pasará por la gran tribulación.
Lo que la Biblia enseña es que esto tuvo lugar en 70 d. C., y los cristianos no
pasaron por ella. Este libro introduce a los lectores a la teología del juicio:
específicamente, las sanciones del juicio de Dios contra Israel. Las sanciones eran
maldiciones. Dios dio bendiciones a la iglesia y maldiciones al Israel rebelde, que
había crucificado al Señor y e invocado públicamente el juicio de Dios contra ellos
mismos: "Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y
sobre nuestros hijos" (Mateo 27:25). Las maldiciones de Dios contra el antiguo
6
Israel en 70 d. C. estaban de acuerdo con su crimen, la crucifixión de Cristo. Este
crimen era el mayor (el peor) en la historia; su castigo fue también el mayor (el
peor) en la historia. Llamar "la gran tribulación" a cualquier otra cosa es disminuir la
inmensidad del crimen de aquella generación.
Nuestra abarcante responsabilidad
Me doy cuenta de que esto hará que muchos cristianos se sientan frustrados. Si la
gran tribulación ya pasó, entonces el rapto no ha de tener lugar antes de esta
tribulación. El rapto de los santos - la resurrección de los santos muertos y la
transformación instantánea de los que todavía estén vivos en la tierra (I Corintios
15:52) - se demora hasta el acto final de la historia, cuando Satanás se rebele y
Cristo regrese para juzgar al mundo (Apocalipsis 20:7-10). Esto significa que, hasta
entonces, los cristianos permanecerán en la tierra como agentes delegados de Dios
en el juicio de la historia, predicando el evangelio, aplicando la ley de Dios a cada
ára de la vida, y progresivamente sometiendo la tierra a la gloria de Dios (Génesis
1:26-28). Esto significa que, para los miembros de la iglesia, no habrá ningún
escape terrenal de las responsabilidades más y más pesadas del ejercicio del
dominio.
Tristemente, hay millones de cristianos hoy en día que han adoptado una filosofía
del futuro que enseña que la mayor parte de la gente morirá e irá al infierno - y
después será lanzada al lago de fuego por toda la eternidad (Apocalipsis 20:14) - y
nada que la iglesia haga podrá vencer la resistencia de estas personas al evangelio.
Simplemente, el Espíritu Santo nunca cambiará el corazón de la mayoría de la
humanidad. Inevitablemente, perecerán. Con más de 5 mil millones de personas
vivas hoy día, y con miles de millones más que han de nacer en los próximos 40
años, esta es una doctrina pesimista del futuro. Y sin embargo, los cristianos de hoy
prefieren creer en este horrible escenario que creer en el crecimiento de la iglesia y
el triunfo del evangelio, porque tal triunfo pondría una tremenda responsabilidad
sobre los hombros de los que se llaman a sí mismos cristianos. En realidad,
preferirían ver a miles de millones de personas perecer eternamente que reconocer
que a ellos, como cristianos, Dios les pedirá que asuman la responsabilidad en este
mundo - en las áreas que muchos cristianos llaman "seculares" - a causa de un
reavivamiento mundial.
Nosotros, los que nos llamamos cristianos reconstruccionistas, proclamamos un
futuro reavivamiento mundial y el constante y voluntario sometimiento de la gente a
7
la ley de Dios. Creemos que a los cristianos se les asignarán responsabilidades
constantemente en cada una de las áreas de la vida en un mundo al cual se le han
acabado las respuestas factibles. Dios nos dará estas responsabilidades, pero no
por medio de la revolución o la tiranía. En su lugar, nos dará estas
responsabilidades en la historia por medio del sometimiento voluntario de los que
no tienen ninguna otra esperanza, de los que (hasta esa rebelión final de
Apocalipsis 20) estén dispuestos a permitir que los cristianos asuman estas
responsabilidades sociales, políticas, militares, y económicas.
Nosotros creemos en el reavivamiento. Creemos en el evangelismo y las misiones
extranjeras. También lo hacen todos los cristianos. Pero nosotros los
reconstruccionistas tenemos esta singular posición: creemos que estos esfuerzos
evangélicos tendrán éxito en la historia. Cuando llamamos a los otros cristianos a
intensificar sus esfuerzos para difundir el evangelio, les ofrecemos esta singular
motivación: a su debido tiempo, sus esfuerzos tendrán éxito en la historia. El
evangelio de Jesucristo no demostrará ser un fiasco en la historia. El poder de la
resurrección es mayor que el poder del diablo y sus seguidores humanos para
resistir el mensaje más poderoso en la historia de la humanidad: que Jesucristo ha
llevado sobre sí los pecados del hombre, y que el mal ha sido derrotado en
principio. Con el paso del tiempo, el evangelio triunfará en la historia.
EL NUEVO PRINCIPIO DE LA HUMANIDAD
Una de esas rarezas de la reciente historia intelectual es que quizás el comentario
más suscito y perceptivo sobre la perspectiva cristiana de la historia lo ha
proporcionado un judío secular que enseña leyes en la Universidad de Harvard. En
la introducción a su libro Law and Resolution: The Formation of the Western Legal
Tradition, publicado por Harvard University Press en 1983, Harold J. Berman hace
una observación crucial sobre la centralidad de la resurrección en el pensamiento
histórico cristiano. Comienza con una importante penetración en la actitud hebrea
hacia el tiempo histórico:
En contraste con los otros pueblos indo-europeos, incluyendo los griegos, que
creían que el tiempo se movía en ciclos siempre recurrentes, el pueblo hebreo
concebía el tiempo como continuo, irreversible e histórico, y que conducía
finalmente a la redención en última instancia. Sin embargo, también creían que el
tiempo tiene períodos dentro de él. No es cíclico, pero posiblemente puede ser
8
interrumpido o acelerado. Se desarrolla. El Antiguo Testamento es una historia, no
sólo de cambio, sino de desarrollo, de crecimiento, de movimiento hacia la era
mesiánica - ciertamente un movimiento desigual, con muchos retrasos, pero sin
embargo un movimiento hacia.
Luego, Berman pasa a explicar cómo adoptó el cristianismo esta interpretación del
tiempo lineal, pero añadió un nuevo elemento clave:
Sin embargo, el cristianismo añadió un elemento importante al concepto judaico del
tiempo: el de transformación de lo viejo en lo nuevo. La Biblia hebrea se convirtió en
el Antiguo Testamento, su significado transformado por su cumplimiento en el
Nuevo Testamento. En el relato de la resurrección, la muerte se transformó en un
nuevo comienzo. Los tiempos no sólo se aceleraron sino que se regeneraron. Esto
introdujo una nueva estructura en la historia, en la cual había una transformación
fundamental de una era a otra. Se creía que esta transformación sólo podía ocurrir
una vez; se pensaba que la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo era la única
interrupción importante en el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo
hasta que termine por completo (pp. 26-27).
La Gran Tribulación muestra que esta transformación del antiguo orden al nuevo
orden de Cristo se manifestó decisivamente en la terminación pública del antiguo
orden: la caída de Jerusalén y la destrucción del templo y su sistema de sacrificios.
Este fue el zarandeo de los fundamentos en la historia.
Los acontecimientos del año 70 d. C. son casi completamente desconocidos para
los cristianos modernos. Las interpretaciones escatológicas que predicen la gran
tribulación en el futuro llevaron al descuido en relación con la literatura cristiana
popular sobre el relato de la caída de Jerusalén. David Chilton ha prestado un gran
servicio educativo a la iglesia de Jesucristo al recordarnos cuán importante suceso
fue la caída de Jerusalén. Desde la caída de Jerusalén hasta la futura conversión
de los judíos (Romanos 11), que dará comienzo a un período de bendiciones
terrenales sin precedentes (v. 12-15, ninguna otra cosa se aproxima más a ser una
manifestación del nuevo orden de Cristo.
Lo que tenemos que entender es que Satanás es un gran imitador. Dios le derrotó
en el Calvario, pero el diablo todavía trata de derrotar a los cristianos en sus vidas.
Dios impuso una gran tribulación al antiguo orden de los hebreos apóstatas, pero
Satanás imita a Dios al imponer holocaustos sobre la humanidad por medio de sus
seguidores. Cristo inauguró un nuevo orden mundial, así que los seguidores de
Satanás ahora prometen traernos un nuevo orden mundial. Los marxistas lo hacen,
9
los nazis lo hicieron, y el movimiento de la Nueva Era lo hace. Todo es una
falsificación. ¡No acepte sustitutos! Recuerde las palabras de Cristo: "Pero si yo por
el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el
reino de Dios" (Mateo 12:28). Jesús echaba fuera demonios por el Espíritu de Dios,
así que el reino de Dios había llegado a ellos. Ahora es nuestra herencia como
miembros de la nueva nación de Cristo, la iglesia, porque Él les dijo a los judíos de
sus días: "El reino de Dios será dado a gente que produzca los frutos de él" (Mateo
21:43). El nuevo orden mundial de Cristo ha llegado, y la caída de Jerusalén es
prueba de ello. Como dice Berman de la resurrección: "Esto introdujo una nueva
estructura de la historia, en la cual había una transformación fundamental de una
era a otra. Se creía que esta transformación podía ocurrir una vez: se pensaba que
la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo era la única interrupción importante en
el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo hasta que termine por
completo". ¡Lo peor ha pasado".
10
CAPÍTULO I
LA GENERACIÓN TERMINAL
Uno de los principios más elementales para entender con exactitud el mensaje de la
Biblia es que la Escritura interpreta la Escritura. La Biblia es la Palabra de Dios
santa, infalible, sin error. Es nuestra más alta autoridad. Esto significa que no
podemos buscar una interpretación autorizada del significado de la Escritura fuera
de la misma Biblia. También significa que no debemos interpretar la Biblia como si
hubiese caído del cielo en el siglo veinte. El Nuevo Testamento se escribió en el
siglo primero, así que debemos tratar de entenderla en términos de sus lectores del
siglo primero. Por ejemplo, cuando Juan llamó a Jesús "el cordero de Dios", ni él ni
sus oyentes tenían en mente nada ni remotamente similar a lo que podría pensar el
hombre promedio, el hombre de la calle si oyera que alguien era llamado "cordero".
Juan no quiso decir que Jesús era dulce, agradable, atractivo, como para abrazarlo.
La verdad es que Juan no se estaba refiriendo en absoluto a la "personalidad" de
Jesús. Quería decir que Jesús era el Sacrificio sin pecado a favor del mundo.
¿Cómo sabemos esto? Porque la Biblia nos lo dice así.
Este es el método que debemos usar para resolver cada uno de los problemas de
interpretación en la Biblia, incluyendo los pasajes proféticos. Es decir, cuando
leemos un pasaje de Ezequiel, nuestra primera reacción no debe ser echar un
vistazo a las páginas del Times de New York en una búsqueda frenética de indicios
sobre su significado. El periódico no interpreta la Escritura, en ningún sentido
principal. El periódico no debe decidir por nosotros cuándo deben cumplirse ciertos
sucesos proféticos. La Escritura interpreta la Escritura.
ESTA GENERACIÓN
En Mateo 24 (y en Marcos 13 y Lucas 21), Jesús habló a sus discípulos sobre una
"gran tribulación" que vendría sobre Jerusalén. Durante los pasados 100 años, se
ha puesto de moda enseñar que Jesús hablaba del "fin del mundo" y el tiempo de
su segunda venida. Pero, ¿es esto lo que quería decir? Tenemos que tomar nota
cuidadosa de que Jesús mismo dio la fecha (aproximada) de la tribulación venidera,
sin dejar lugar para las dudas después de cualquier examen cuidadoso del texto
bíblico. Dijo así:
De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca
(Mateo 23.34).
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Esto significa que la totalidad de lo que habló Jesús en este pasaje, por lo menos
hasta el versículo 34, se cumplió antes de que hubiera pasado la generación
que estaba viva en ese momento. "Un momento", dice usted. "¿Todo? ¿El
testimonio a todas las naciones, la tribulación, la venida de Cristo en las nubes, la
caída de las estrellas ... todo?" Sí - y dicho sea de paso, este punto es una prueba
muy buena de su compromiso con el principio con el que comenzamos este
capítulo.
La Escritura interpreta la Escritura, dije yo; y usted asintió con la cabeza y
bostezó, pensando: "Claro. Yo sé todo eso, Vaya al punto. ¿Dónde entran las
explosiones atómicas y las abejas asesinas?" El Señor Jesús declaró que "esta
generación" - la gente que estaba viva en ese entonces - no pasaría antes de
que ocurrieran las cosas que él profetizaba. La pregunta es: ¿Cree usted en él?
Algunos han tratado de soslayar la fuerza de este texto diciendo que aquí la palabra
generación significa realmente raza, y que Jesús estaba diciendo simplemente que
la raza judía no moriría sino hasta que todas estas cosas se cumplieran. ¿Es cierto
eso? Yo lo desafío a usted: Saque su concordancia y mire cada una de las
ocasiones en que la palabra generación (en griego: genea) ocurre en el Nuevo
Testamento, y vea si en alguna de ellas la palabra significa "raza" en cualquier otro
contexto. He aquí todas las referencias en los evangelios: Mateo 1:17; 11:16; 12:39,
41, 42, 45; 16:4; 17:17; 23:36; 24:34; Marcos 8:12, 38; 9:19; 13:30; Lucas 1:48, 50;
7:31; 9:41; 11.29, 30, 31, 32, 50, 51; 16:8;17:25; 21:32. Ni una sola de estas
referencias habla de la totalidad de la raza judía durante miles de años; todas usan
la palabra en su sentido normal de la suma total de los que estaban vivos al mismo
tiempo. La palabra siempre se refiere a los contemporáneos. (En realidad, los que
dicen que significa "raza" tienden a reconocer este hecho, ¡pero explican que la
palabra cambia súbitamente de significado cuando Jesús la usa en Mateo 24!
Podemos sonreír ante un error tan transparente, pero también debemos recordar
que esto es muy serio. Estamos tratando con la palabra del Dios viviente).
Por consiguiente, la conclusión - antes de que comencemos siquiera a investigar el
pasaje en su totalidad - es que los sucesos profetizados en Mateo 24 ocurrieron
dentro de la vida de la generación que estaba viva en ese entonces. Fue a esta
generación a la que Jesús llamó "mala y perversa" (Mateo 12:39, 45; 16:4; 17:17);
fue esta "generación terminal" la que crucificó al Señor; y fue esta generación, dijo
Jesús, sobre la cual vendría el castigo por "toda la sangre justa derramada sobre la
tierra" (Mateo 23:35).
12
TODAS ESTAS COSAS
De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación. ¡Jerusalén,
Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!
¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo
de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta (Mateo 23:36-
38).
La declaración de Jesús en Mateo 23 prepara el escenario para su enseñanza de
Mateo 24. Jesús habló claramente de un inminente juicio contra Israel por rechazar
la palabra de Dios, y por la apostasía final de rechazar al Hijo de Dios. Los
discípulos quedaron tan alterados por la profecía de condenación sobre la
generación actual y la "desolación" de la "casa" (el templo) que, cuando estuvieron
solos con él, no pudieron sino pedirle una explicación.
Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron los discípulos para mostrarle
los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os
digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada. Y estando él
sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo:
Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida y del fin del
siglo? (Mateo 24:1-3).
Nuevamente, debemos tomar nota cuidadosa de que Jesús no estaba hablando de
algo que ocurriría miles de años más tarde, a algún templo futuro. Estaba
profetizando de "todas estas cosas", diciendo que "no quedará piedra sobre piedra".
Esto se ve aun más claro si consultamos los pasajes paralelos:
Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras,
y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: No quedará piedra sobre piedra, que
no sea derribada (Marcos 13:1-2).
Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y
ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no
quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida (Lucas 21:5-6).
La única interpretación de las palabras de Jesús, que él mismo permite, es que
estaba hablando de la destrucción del templo que entonces existía en Jerusalén, los
mismos edificios que los discípulos contemplaban en ese momento de la historia. El
templo del que Jesús hablaba fue destruido en la toma de Jerusalén por los
13
ejércitos romanos en el año 70 d. C. Esta es la única interpretación posible de la
profecía de Jesús en este capítulo. La gran tribulación terminó con la destrucción
del templo en el año 70 d. C. Aun en el caso (improbable) de que se hubiese
construido otro templo en algún momento futuro, las palabras de Jesús en Mateo
24, Marcos 13 y Lucas 21 no tienen nada que decir acerca de él. Jesús estaba
hablando solamente del templo de aquella generación. No hay ninguna base bíblica
para afirmar que el pasaje signifique ningún otro templo. Jesús confirmó los temores
de los discípulos: el hermoso templo de Jerusalén sería destruido dentro de aquella
generación; su casa quedaría desierta.
Los discípulos entendieron la importancia y el significado de esto. Sabían que la
venida de Cristo en juicio para destruir el templo significaría la completa disolución
de Israel como la nación del pacto. Sería la señal de que Dios se había divorciado
de Israel, apartándose de en medio de él, quitándole el reino y dándoselo a otra
nación (Mateo 21:43). Señalaría el fin de aquella era y la llegada de una era
enteramente nueva en la historia del mundo - el nuevo orden mundial. Desde el
principio de la creación hasta 70 d. C., el mundo estuvo organizado alrededor de un
santuario central, una única casa de Dios. Ahora, en el orden del nuevo pacto, los
santuarios se establecen dondequiera que exista el culto verdadero, donde se
observen los sacramentos y se manifieste la presencia especial de Dios. Más
anteriormente en su ministerio, Jesús había dicho: "La hora viene cuando ni en este
monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre ... Mas la hora viene, y ahora es, cuando
los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Juan 4:21-
23). Ahora Jesús estaba dejando bien claro que la nueva era estaba a punto de ser
establecida permanentemente sobre las cenizas de la antigua. Los discípulos
preguntaron con urgencia: "¿Cuándo ocurrirán estas cosas y cuál señal habrá de tu
venida y del fin del siglo?"
Algunos han intentado leer esto como dos o tres preguntas enteramente separadas,
como si los discípulos hubiesen preguntado primero sobre la destrucción del
templo, y luego sobre las señales del fin del mundo. Esto difícilmente parece
creíble. El contexto inmediato (el reciente sermón de Jesús) tiene que ver con la
suerte de esta generación. Consternados, los discípulos habían señalado las
bellezas del templo, como para argumentar que un espectáculo tan magnífico no
debería ser arruinado; luego habían sido silenciados por la categórica declaración
de Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra. No hay nada en absoluto que
indique que los discípulos cambiaron súbitamente de tema y preguntaron por el fin
del universo material. (La traducción "fin del mundo" en la versión King James)
conduce a error, porque el significado de la palabra inglesa world (mundo) ha
14
cambiado en los últimos siglos. La palabra griega aquí no es cosmos [mundo], sino
aion, que significa eón o era). Los discípulos tenían una preocupación, y sus
preguntas giraban en torno a un solo punto difícil: el hecho de que su propia
generación sería testigo del fin de la era pre-cristiana y la llegada de la nueva era
prometida por los profetas. Todo lo que los discípulos querían saber era cuándo
ocurriría, y qué señales debían esperar, para estar plenamente preparados.
LAS SEÑALES DEL FIN
Jesús respondió dando a los discípulos, no una, sino siete señales del fin.
(Debemos recordar que "el fin" en este pasaje no es el fin del mundo, sino el fin de
aquella era, el fin del templo, el sistema de sacrificios, Israel como nación del pacto,
y los últimos restos de la era pre-cristiana). Es notable que hay una progresión en
esta lista: las señales parecen volverse más específicas y pronunciadas hasta que
llegamos al final, el inmediato precursor del fin. La lista comienza con ciertos
sucesos que ocurrirían meramente como "principio de dolores" (Mateo 24:8). Jesús
advirtió que, por sí mismos, estos sucesos no debían ser considerados señales de
un fin inminente; por esta razón, los discípulos debían estar en guardia para no ser
engañados sobre este punto (v. 4). Estos sucesos "iniciales", que marcaban el
período entre la resurrección de Cristo y la destrucción del templo en 70 d. C., eran
como sigue:
1. Falsos mesías. "Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy el
Cristo, y a muchos engañarán" (v. 5).
2. Guerras. "Y oiréis guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis,
porque es necesario que todo esto acontezca, peor aún no es el fin. Porque
se levantará nación contra nación, y reino contra reino" (vv. 6-7a).
3. Desastres naturales. "Y habrá pestes, hambres, y terremotos en diferentes
lugares. Y todo esto será principio de dolores" (vv. 7b-8).
Cualquiera de estos sucesos podría haber hecho pensar a los cristianos que el fin
ya estaba encima, de no ser porque Jesús les había advertido que tales sucesos
eran solamente tendencias generales que caracterizarían a la generación final, y no
precisamente señales del fin. Aunque todavía caracterizan al período como un todo,
las dos señales siguientes sí nos llevan a un punto cerca del fin de la época:
4. Persecución. "Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis
aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre" (v. 9).
15
5. Apostasía. "Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y
unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y
engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de
muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo" (vv.
10-13).
Los dos últimos ítems de la lista son mucho más específicos que los anteriores.
Éstas serían las señales finales y definitivas del fin - una, el cumplimiento de un
proceso, y la otra un acontecimiento decisivo:
6. Evangelización mundial. "Y será predicado este evangelio del reino en todo
el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (v.
14).
A primera vista, esto parece increíble. ¿Podría el evangelio haber sido predicado al
mundo entero dentro de la generación en que se pronunciaron estas palabras? El
testimonio de la Escritura es claro. No sólo podía haber ocurrido, sino que en
realidad ocurrió. ¿Prueba? Algunos años antes de la destrucción de Jerusalén,
Pablo escribió a los cristianos de Colosas acerca de "... la palabra verdadera del
evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto
y crece también en vosotros" (Colosenses 1:5-6), y les exhortó a no apartarse "de la
esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación
que está debajo del cielo" (Colosenses 1:23). A la iglesia de Roma, Pablo le
anunció que "vuestra fe se divulga por todo el mundo" (Rom. 1:8), porque la voz de
los predicadores del evangelio "ha salido por toda la tierra, y hasta los fines de la
tierra sus palabras" (Romanos 10:18). De acuerdo con la infalible palabra de Dios,
el evangelio fue realmente predicado al mundo entero, mucho antes de que
Jerusalén fuese destruida en 70 d. C. Esta señal crucial del fin se cumplió, como
Jesús había dicho. Todo lo que faltaba era la séptima y última señal; y cuando este
suceso ocurriera, cualesquiera cristianos que quedasen en o cerca de Jerusalén
tenían instrucciones de escapar en seguida:
7. La abominación desoladora. "Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la
abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda),
entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la
azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo,
no vuelva atrás para tomar su capa" (vv. 15-18).
16
El texto del Antiguo Testamento al cual se refería Jesús está en Daniel 9:26-27, que
profetiza la llegada de ejércitos para destruir a Jerusalén y el templo: "El pueblo de
un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con
inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones, ... Con la
muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la
consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador". La palabra
hebrea correspondiente a abominación se usa en todo el Antiguo Testamento para
indicar ídolos y prácticas degradantes e idólatras, especialmente por parte de los
enemigos de Israel (por ejemplo, Deuteronomio 29:17; 1 Reyes 11:5, 7; 2 Reyes
23:13; 2 Crónicas 15:8; Isaías 66:3; Jeremías 4:1; 7:30; 13:27; 32:34; Ezequiel 5:11;
7:20; 11:18, 21; 20:7-8, 30). El significado tanto de Daniel como de Mateo queda
claro por la referencia paralela en Lucas. En vez de "abominación desoladora",
Lucas dice:
"Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su
destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los
que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella.
Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que
están escritas" (Lucas 21:20-22).
Por consiguiente, la "abominación desoladora" habría de ser la invasión armada
de Jerusalén. Durante el período de las guerras judías, Jerusalén fue rodeada por
ejércitos paganos varias veces. Pero el evento específico descrito por Jesús como
la "abominación desoladora" parece ser la ocasión en que los edomitas (idumeos),
los enemigos de Israel de toda la vida, atacaron a Jerusalén. Varias veces en la
historia de Israel, mientras éste era atacado por enemigos paganos, los edomitas
habían irrumpido en la ciudad para saquearla y asolarla, aumentando así
grandemente las miserias de Israel (2 Crónicas 20:2; 28:17; Salmos 137:7; Ezequiel
35:5-15; Amós 1:9, 11; Abdías 10-16).
Los edomitas permanecieron fieles a su costumbre, y su patrón característico se
repitió durante la gran tribulación. Una noche en 68 d. C., los edomitas rodearon la
santa ciudad con 20,000 soldados. Según Josefo, mientras permanecían fuera del
muro, "estalló durante la noche una terrible tormenta, con la mayor violencia y
vientos muy fuertes, grandes aguaceros, continuos relámpagos y truenos, y
tremendas concusiones y rugidos de la tierra, que experimentaba un terremoto.
Estas cosas eran una indicación manifiesta de que algún tipo de destrucción estaba
ocurriendo a los hombres, para que el sistema del mundo estuviese sufriendo un tal
desorden; y cualquiera adivinaría que estas maravillas presagiaban algunas
17
grandes calamidades venideras". Esta era la última oportunidad para escapar de la
ciudad de Jerusalén, condenada a muerte.
Cualquiera que deseara huir tenía que hacerlo inmediatamente, sin demora. Los
edomitas irrumpieron en la ciudad y fueron directamente al templo, donde
masacraron a 8,500 personas degollándolas. Mientras el templo rebosaba de
sangre, los edomitas corrían como locos por toda la ciudad, saqueando casas y
asesinado a cualquier persona que encontraban, incluyendo al sumo sacerdote.
Según el historiador Josefo, este suceso marcó "el principio de la destrucción de la
ciudad... en este mismo día puede fecharse el derribamiento del muro y la ruina de
sus asuntos".
LA GRAN TRIBULACIÓN
Más ¡ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días! Orad, pues,
que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo, porque habrá entonces
gran tribulación, cual no la habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la
habrá (Mateo 24:19-21).
El relato de Lucas da detalles adicionales:
Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en aquellos días!, porque
habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de
espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada
por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan (Lucas 21:23-24).
Como señaló Jesús en Mateo, la gran tribulación debía tener lugar, no al final de la
historia, sino a la mitad, pues nada similar había ocurrido "desde el principio del
mundo hasta ahora, ni lo habrá". Así, pues, la profecía de la tribulación se refiere a
la destrucción del templo en aquella generación (70 d. C.) solamente. No puede
hacérsela encajar en ningún esquema de interpretación de "doble cumplimiento"; la
gran tribulación de 70 d. C. fue un suceso absolutamente singular, que jamás habría
de repetirse.
Josefo nos ha dejado un registro presencial de mucho del horror de aquellos años,
especialmente de los días finales de Jerusalén. Fue un tiempo en que "el día se
pasaba en medio del derramamiento de sangre, y la noche en medio del temor";
18
cuando era "común ver ciudades llenas de cadáveres"; cuando los judíos se
llenaron de pánico y comenzaron a matarse entre sí indiscriminadamente; cuando
los padres, con lágrimas en los ojos, masacraban a toda su familia, para evitar que
sufrieran un tratamiento peor a manos de los romanos; cuando, en medio de la
terrible hambruna, las madres mataban, asaban y comían sus propios hijos (ver
Deuteronomio 28:53); cuando la tierra entera "rebosaba de fuego y sangre"; cuando
los lagos y los mares se tornaban rojos, con cadáveres flotando por todas partes,
amontonándose en las orillas, hinchándose al sol, pudriéndose y reventándose;
cuando los soldados romanos capturaban a personas intentando escapar, y las
crucificaban - a razón de 500 personas en un solo día.
"¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado! ¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros
hijos!", habían exclamado los apóstatas cuarenta años antes (Mateo 27:22-25); y
cuando todo hubo terminado, más de un millón de judíos habían sido muertos en el
sitio de Jerusalén; cerca de un millón más habían sido vendidos como esclavos en
todo el imperio, y la totalidad de Judea yacía en ruinas humeantes, virtualmente
despoblada. Los días de retribución habían llegado con intensidad horrenda y
despiadada. Al romper el pacto, la santa ciudad se había convertido en la ramera
babilónica; y ahora era un desierto, "habitación de demonios, guarida de todo
espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible" (Apocalipsis 18:2).
19
CAPÍTULO 2
LA VENIDA EN LAS NUBES
Hemos visto que el discurso de Cristo en el Monte de los Olivos, registrado en
Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21, trata del "fin" - no del fin del mundo, sino del fin
de Jerusalén y el templo; se refiere exclusivamente a los "últimos días" de la era del
pacto antiguo. Jesús hablaba claramente de sus propios contemporáneos cuando
dijo que "esta generación" vería "todas estas cosas". La "gran tribulación" tuvo lugar
durante el terrible período de sufrimiento, guerras, hambruna, y asesinatos en
masa, que llevaron a la destrucción del templo en 70 d. C. Sin embargo, lo que
parece presentar un problema para esta interpretación es lo que Jesús dijo a
continuación:
E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá,
y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de
los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el
cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre
viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles
con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde
un extremo del cielo hasta el otro (Mateo 24:29-31).
Jesús parece estar diciendo que la Segunda Venida ocurrirá inmediatamente
después de la tribulación. ¿Ocurrirá la Segunda Venida en 70 d. C.? ¿Nos la hemos
perdido? Primero, dejemos clara una cosa desde el comienzo: no hay manera
alguna de soslayar esa palabra inmediatamente. Significa inmediatamente.
Reconociendo que la tribulación tuvo lugar durante la generación que entonces
vivía, también tenemos que enfrentar la clara enseñanza de la Escritura de que
cualquiera sea lo que Jesús está hablando en estos versículos, ocurrió
inmediatamente después. En otras palabras, estos versículos describen lo que ha
de tener lugar al final de la tribulación - lo que forma su clímax.
Para entender el significado de las expresiones de Jesús en este pasaje,
necesitamos entender el Antiguo Testamento mucho más de lo que la mayoría de la
gente lo entiende en la actualidad. Jesús estaba hablando a un auditorio
íntimamente familiarizado con los más oscuros detalles de la literatura del Antiguo
Testamento. Habían oído leer y exponer el Antiguo Testamento incontables veces
durante sus vidas, y habían memorizado largos pasajes. Las imágenes y las formas
20
de expresión bíblicas habían formado su cultura, ambiente, y vocabulario desde su
más tierna infancia, y esto había sido así durante generaciones.
El hecho es que, cuando Jesús habló a sus discípulos sobre la caída de Jerusalén,
usó vocabulario profético. Había un 'lenguaje' de la profecía, reconocible
instantáneamente para los que estaban familiarizados con el Antiguo Testamento.
Al predecir Jesús el fin completo del sistema del pacto antiguo - que era, en cierto
sentido, el fin del mundo entero - habló de él como lo habría hecho cualquiera de
los profetas, en el conmovedor lenguaje del juicio del pacto. Consideraremos cada
elemento de la profecía, y veremos cómo su uso anterior por los profetas del
Antiguo Testamento determinaba su significado en el contexto del discurso de
Jesús sobre la caída de Jerusalén. Recordemos que nuestro modelo final de verdad
es la Biblia, y la Biblia solamente.
EL SOL, LA LUNA, Y LAS ESTRELLAS
Al final de la tribulación, dice Jesús, el universo se desplomaría: la luz del sol y de la
luna se extinguiría, las estrellas caerían, las potencias de los cielos serían
conmovidas. La base de este simbolismo se halla en Génesis 1:14-16, donde se
dice que el sol, la luna y las estrellas ("las potencias de los cielos") son "señales"
que "gobiernan" el mundo. Más adelante en la Escritura, estas luces celestiales se
usan para hablar de las autoridades y gobernadores terrenales; y cuando Dios
amenaza con venir contra ellos en juicio, se usa para describirlo la misma
terminología del universo que se desploma. Profetizando la caída de Babilonia a
manos de los medos en 539 a. C., Isaías escribió:
He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para
convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas
de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna
no dará su resplandor (Isaías 13:9-10).
Es muy significativo que Isaías profetizó más tarde la caída de Edom en términos
de una des-creación:
Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro;
y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la
higuera (Isaías 34:4).
21
El profeta Amós, contemporáneo de Isaías, predijo la destrucción de Samaria (722
a. C.) de una manera muy parecida:
"Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que se ponga el sol a
mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro" (Amós 8:9).
Otro ejemplo ocurre con el profeta Ezequiel, que predijo la destrucción de Egipto.
Dijo Dios por medio de Ezequiel:
"Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y haré entenebrecer las estrellas; el
sol cubriré con nublado, y la luna no hará resplandecer su luz. Haré entenebrecer
todos los astros brillantes del cielo por ti, y pondré tinieblas sobre tu tierra, dice
Jehová el Señor" (Ezequiel 32:7-8).
Hay que subrayar que ninguno de estos sucesos tuvo lugar literalmente. No era el
propósito de Dios que nadie interpretara literalmente estas afirmaciones. Sin
embargo, poéticamente, todas estas cosas sí ocurrieron; por lo que concernía a
estas naciones impías, "las luces se apagaron". Esto es simplemente lenguaje
figurado, que no nos sorprendería en absoluto si estuviéramos más familiarizados
con la Biblia y apreciáramos su carácter literario.
Por consiguiente, lo que Jesús estaba diciendo, en terminología profética
inmediatamente reconocible por sus discípulos, es que la luz de Israel se
extinguiría; la nación del pacto dejaría de existir. Cuando la tribulación terminara, el
antiguo Israel desaparecería.
LA SEÑAL DEL HIJO DEL HOMBRE
La mayoría de las traducciones modernas de Mateo 24:30 dice algo así: "Y
entonces aparecerá en el firmamento la señal del Hijo del Hombre ...". Esa es una
traducción errónea, basada, no en el texto griego, sino en las erradas suposiciones
del propio traductor sobre este pasaje (creyendo que habla de la Segunda Venida).
Una traducción del griego palabra por palabra dice en realidad:
Y entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo. ...
Como se puede ver, hay dos importantes diferencias en la traducción correcta.
Primera, la ubicación de la cual se habla es el cielo, no sólo el firmamento;
segunda, no es la señal lo que está en el cielo, sino el Hijo del Hombre el que está
22
en el cielo. El punto es simplemente que este gran juicio sobre Israel, la destrucción
de Jerusalén y el templo, sería la señal de que Cristo Jesús está entronizado en el
cielo a la derecha del Padre, señoreando sobre las naciones y trayendo retribución
sobre sus enemigos. El cataclismo divinamente ordenado de 70 d. C. reveló que
Cristo había quitado el reino a Israel y lo había dado a la iglesia; la desolación del
antiguo templo era la señal final de que Dios lo había abandonado y ahora moraba
en un nuevo templo, la iglesia. Todos estos eran aspectos de la primera venida de
Cristo, partes cruciales de la obra que vino a llevar a cabo por medio de su muerte,
resurrección, y ascensión al trono. Es por esto por lo que la Biblia habla del
derramamiento del Espíritu Santo sobre la iglesia y la destrucción de Israel como de
un mismo suceso, porque estaban íntimamente conectados teológicamente. El
profeta Joel predijo al mismo tiempo tanto el día de Pentecostés como la
destrucción de Jerusalén:
Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros
hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán
visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en
aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas
de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el
día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová
será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha
dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado (Joel 2:28-32).
Como veremos en un capítulo posterior, la inspirada interpretación de este texto por
Pedro en Hechos 2 determina el hecho de que Joel está hablando del período
desde el derramamiento inicial del Espíritu Santo hasta la destrucción de Jerusalén,
desde Pentecostés hasta el Holocausto. Para nosotros, es suficiente observar aquí
que en este pasaje se usa el mismo lenguaje de juicio. La interpretación barata
común de que las "columnas de humo" son hongos de explosiones nucleares es
una radical distorsión del texto, y una interpretación completamente errónea del
lenguaje profético de la Biblia. Tendría el mismo sentido decir que las columnas de
fuego y humo durante el éxodo eran el resultado de una explosión atómica.
LAS NUBES DEL CIELO
Apropiadamente, esto nos lleva al siguiente elemento de la profecía de Jesús sobre
la destrucción de Jerusalén: "y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y
verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran
23
gloria". Aquí la palabra tribus hace referencia principalmente a las tribus de la tierra
de Israel; y el "lamento" probablemente ocurre en dos sentidos. Primero, se
lamentarían de tristeza a causa de su sufrimiento y la pérdida de su tierra; segundo,
lamentarían finalmente en arrepentimiento por sus pecados, cuando se convirtiesen
de su apostasía (véase Romanos 11).
Pero, ¿cómo es que verían al Hijo del Hombre viniendo en las nubes? Este es un
símbolo importante del poder y la gloria de Dios, que se usa en toda la Biblia. Por
ejemplo, pensemos en la "columna de fuego y nube" por medio de la cual Dios
salvó a los Israelitas y destruyó a sus enemigos en la liberación de Egipto (véase
Éxodo 13:21-22; 14:19:31; 19:16-19). En realidad, durante todo el Antiguo
Testamento, Dios estaba viniendo "en las nubes", para salvar a su pueblo y destruir
a sus enemigos: "El que pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas
del viento" (Salmos 104:3). Cuando Isaías profetizó el juicio de Dios sobre Egipto,
escribió: "He aquí que Jehová monta sobre una ligera nube, y entrará en Egipto; y
los ídolos de Egipto temblarán delante de él" (Isaías 19:1). El profeta Nahúm habló
de manera similar de la destrucción de Nínive por Dios: "Jehová marcha en la
tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies" (Nahúm 1:3). La
expresión de que Dios "viene en las nubes del cielo" es un símbolo bíblico casi
común de su presencia, juicio, y salvación.
Sin embargo, mayor que esto es el hecho de que Jesús se está refiriendo a un
suceso específico conectado con la destrucción de Jerusalén y el fin del pacto
antiguo. Habló de ello nuevamente durante su juicio, cuando el sumo sacerdote le
preguntó si era el Cristo, y Jesús respondió:
Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y
viniendo en las nubes del cielo (Marcos 16:62; ver Mateo 26:64).
Obviamente, Jesús no se refería a un suceso miles de años en el futuro. Hablaba
de algo que sus contemporáneos - "esta generación" - verían durante sus vidas. La
Biblia nos dice exactamente cuándo vino Jesús en las nubes del cielo:
Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que
le ocultó de sus ojos (Hechos 1:9).
Y el Señor, después de que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la
diestra de Dios (Marcos 16:19).
24
Fue este suceso, la ascensión a la diestra de Dios, lo que Daniel predijo:
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía como un
hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante
de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y
lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino
uno que no será destruido (Daniel 7:13-14).
La destrucción de Jerusalén era la señal de que el Hijo del Hombre, el segundo
Adán, estaba en el cielo, señoreando sobre el mundo y disponiendo de él para sus
propios fines. A su ascensión, había venido en las nubes del cielo para recibir el
reino de manos de su Padre; la destrucción de Jerusalén era la revelación de este
hecho. Por consiguiente, en Mateo 24, Jesús no estaba profetizando que vendría
literalmente en las nubes en 70 d. C. (aunque era cierto figurativamente). Su
"venida en las nubes", en cumplimiento de Daniel 7, tuvo lugar en 30 d. C., al
principio de la "generación terminal". Pero en 70 d. C., las tribus de Israel verían la
destrucción de la nación como resultado de su ascensión al trono del cielo para
recibir el reino.
JUNTAR A LOS ESCOGIDOS
Finalmente, anunció Jesús, el resultado de la destrucción de Jerusalén sería que
Jesús enviaría a sus "ángeles" a juntar a los escogidos. ¿No es esto el rapto? No.
La palabra ángeles significa simplemente mensajeros (ver Santiago 2:25), sin
importar si su origen es celestial o terrena; es el contexto lo que determina si las
criaturas de las cuales se habla son celestiales. A menudo, la palabra significa
predicadores del evangelio (ver Mateo 11:10; Lucas 7:24; 9:52; Apocalipsis 1-3). En
contexto, hay todas las razones para suponer que Jesús está hablando del
evangelismo mundial y la conversión de las naciones que seguiría a la destrucción
de Israel.
<> El uso que Cristo hace de la palabra juntar es significativo en este respecto.
Literalmente, la palabra es un verbo que significa reunirse en sinagoga; el
significado es que, con la destrucción del templo y del sistema de pacto antiguo, el
Señor envía sus mensajeros para reunir en su sinagoga a su pueblo escogido. En
realidad, Jesús está citando a Moisés, que había prometido: "Aun cuando tus
desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te
25
recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará" (Deuteronomio 30:4). Ninguno de los
dos textos tiene nada que ver con el rapto; ambos tienen que ver con la
restauración y el establecimiento de la casa de Dios, la congregación organizada de
su pueblo del pacto. Esto queda señalado aún más cuando recordamos lo que
Jesús había dicho justo antes de este discurso:
<>
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son
enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus
polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada
desierta (Mateo 23:37-38).
Porque Jerusalén apostató y rehusó reunirse en sinagoga bajo la soberanía de
Cristo, su templo sería destruido, y se formaría una nueva sinagoga y un nuevo
templo: la iglesia. Por supuesto, el nuevo templo fue creado el día de Pentecostés,
cuando el Espíritu vino a morar en la iglesia. Pero el hecho de la existencia del
nuevo templo sólo sería obvio cuando el andamiaje del antiguo templo y el sistema
del pacto antiguo fuesen quitados. Las congregaciones cristianas comenzaron
inmediatamente a llamarse "sinagogas" (esa es la palabra usada en Santiago 2:2),
mientras que las reuniones judías eran llamadas "sinagogas de Satanás"
(Apocalipsis 2:9; 3:9). Pero vivían esperando el día del juicio sobre Jerusalén y el
templo antiguo, cuando la iglesia fuera revelada como el templo verdadero y la
verdadera sinagoga de Dios. Puesto que el sistema del pacto antiguo era "viejo" y
estaba "próximo a desaparecer" (Hebreos 8:13), el escritor de Hebreos les instaba
tener esperanza, "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por
costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca"
(Hebreos 10:25; ver 2 Tesalonicenses 2:1-2).
La promesa del Antiguo Testamento de que Dios "reuniría en sinagoga" a su pueblo
experimenta un cambio muy importante en el Nuevo Testamento. En vez de la
forma simple de la palabra, el término usado por Jesús tiene como prefijo la
preposición epi. Esta es una expresión favorita en el nuevo pacto, que intensifica
la palabra original. Por consiguiente, lo que Jesús está diciendo es que la
destrucción del templo en 70 d. C. le revelaría a Él como viniendo en las nubes para
recibir su reino; y mostraría a su iglesia ante el mundo como la plena, la verdadera,
la super-sinagoga.
26
CAPÍTULO 3
LA VENIDA DEL ANTICRISTO
Según las palabras de Jesús en Mateo 24, una de las crecientes características de
la era que precedería al derrumbe de Israel sería la apostasía dentro de la iglesia
cristiana. Esto se mencionó antes, pero un estudio más concentrado en este punto
arrojará mucha luz sobre cierto número de temas relacionados en el Nuevo
Testamento - temas que a menudo han sido malentendidos.
Por regla general, pensamos en el período apostólico como un tiempo de
evangelismo y crecimiento de la iglesia tremendamente explosivos, una "edad de
oro", en que ocurrían milagros asombrosos todos los días. Esta imagen común es
esencialmente correcta, pero es defectuoso a causa de una flagrante omisión.
Tendemos a descuidar el hecho de que la iglesia primitiva fue escenario del más
dramático brote de herejías en la historia mundial.
LA GRAN APOSTASÍA
La iglesia comenzó a ser infiltrada por herejías bien temprano en su desarrollo.
Hechos 15 registra la reunión del primer concilio de iglesia, que fue convocado para
producir una decisión autorizada sobre el tema de la justificación por la fe (algunos
maestros habían estado abogando por la falsa doctrina de que se debían guardar
las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento para ser justificado). Sin embargo,
el problema no desapareció; años más tarde, e apóstol Pablo tuvo que lidiar con él
otra vez, en su carta a las iglesias de Galacia. Como les dijo Pablo, esta aberración
doctrinal no era poca cosa, sino que afectaba su misma salvación: era un
"evangelio diferente", una completa distorsión de la verdad, y equivalía a repudiar a
Jesucristo mismo. Usando algunos de los términos más severos de su carrera,
Pablo pronunció condena contra los "falsos hermanos" que enseñaban la herejía
(véase Gálatas 1:6-9; 2:5, 11-21; 3:1-3; 5:1-12).
Pablo también previó que la herejía infectaría a las iglesias de Asia Menor.
Convocando a los ancianos de Éfeso, les exhortó a "estar en guardia por ustedes
mismos y por toda la grey" porque "yo sé que, después de mi partida, vendrán lobos
rapaces que no perdonarán al rebaño; y se levantarán de entre ustedes mismos,
hablando perversidades, para atraer tras de sí a los discípulos" (Hechos 20:28-30).
Tal como Pablo lo predijo, la falsa doctrina se convirtió en un punto de disputa de
27
enormes proporciones en estas iglesias. Para cuando se escribió el libro de
Apocalipsis, algunas de ellas habían sido casi completamente arruinadas por el
avance de enseñanzas heréticas y la apostasía resultante (Apocalipsis 2:2, 6, 14-
16, 20-24; 3:1-4, 15-18).
Pero el problema de la herejía no se limitaba a ninguna área geográfica ni cultural.
Estaba extendida, y se convirtió más y más en tema de consejos apostólicos y
descuidos pastorales a medida que pasaba el tiempo. Algunos herejes enseñaban
que la resurrección final ya había tenido lugar (2 Timoteo 2:18), mientras que otros
afirmaban que la resurrección era imposible (1 Corintios 15:12); algunos enseñaban
extrañas doctrinas de ascetismo y culto a los ángeles (Colosenses 2:8, 18-23; 1
Timoteo 4:1-3); otros abogaban por toda clase de inmoralidades y rebeliones en
nombre de la "libertad" (2 Pedro 2:1-3, 10-22; Judas 4, 8, 10-13, 16). Una y otra
vez, los apóstoles se encontraron haciendo severas advertencias para que no se
tolerasen falsos maestros y "falsos apóstoles" (Romanos 16:17-18; 2 Corintios 11:3-
4, 12-15; Filipenses 3:18-19; 1 Timoteo 1:3-7; 2 Timoteo 4:2-5), pues éstos habían
sido la causa de separaciones en masa de la fe, y la extensión de la apostasía
aumentaba a medida que el tiempo pasaba (1 Timoteo 1:19-20; 6:20-21; 2 Timoteo
2:16-18; 3:1-9, 13; 4:10, 14-16). Una de las últimas cartas del Nuevo Testamento, el
libro de Hebreos, se escribió a una comunidad cristiana entera cuando sus
miembros estaban a punto de abandonar el cristianismo en masa. La iglesia
cristiana de la primera generación no sólo se caracterizaba por la fe y los milagros;
también se caracterizaba por la creciente ilegalidad, rebelión, y herejía desde dentro
de la propia comunidad cristiana - tal como Jesús lo había predicho en Mateo 24.
EL ANTICRISTO
Los cristianos tenían un nombre específico para esta apostasía. La llamaban
Arttic/must. Muchos escritores populares han especulado sobre este término, y por
lo general, han desestimado su uso en la Escritura. En primer lugar, considérese un
hecho que sin duda sorprenderá a algunas personas: la palabra "anticristo" jamás
ocurre en el libro de Apocalipsis. Ni una sola vez. Pero el término es usado de modo
rutinario por los maestros cristianos como sinónimo de "la bestia" de Apocalipsis 13.
Obviamente, no hay duda de que la bestia es enemiga de Cristo, y por esto, es
"anti" Cristo en ese sentido; sin embargo, lo que quiero subrayar es que el término
anticristo se usa en un sentido muy específico, y esencialmente no está relacionado
con la figura conocida como "la bestia" y el número "666".
28
Un error adicional enseña que "el anticristo" es un individuo específico; relacionada
con esto está la idea de que "él" es alguien que aparecerá hacia el fin del mundo.
Como la primera, ambas ideas son contradichas por el Nuevo Testamento.
En realidad, las únicas ocasiones en que ocurre el término anticristo son los
siguientes versículos de las cartas del apóstol Juan.
Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así
ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de
nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase
que no todos son de nosotros. ... ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que
Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel
que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al
Padre. ... Os he escrito esto sobre los que os engañan (1 Juan 2:18-19, 22-23, 26).
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque
muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de
Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y
todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y
este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora
ya está en el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque
mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del
mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el
que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos
el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:1-6).
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que
Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.
Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que
recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la
doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí
tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no tiene esta doctrina, no lo
recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido!
participa de sus malas obras (2 Juan 7-11).
Los textos citados arriba comprenden todos los pasajes bíblicos que mencionan la
palabra anticristo, y de ellos podemos extraer varias conclusiones importantes:
29
Primera, los cristianos ya habían sido advertidos de la venida del anticristo (1
Juan 2:18; 4:3).
Segunda, no había sólo uno, sino "muchos anticristos" (1 Juan 2:18). Por
consiguiente, el término anticristo no puede ser simplemente la designación de un
solo individuo.
Tercera, el anticristo ya estaba en operación, como escribió Juan: "Así ahora han
surgido muchos anticristos" (1 Juan 2:18); "Os he escrito esto sobre los que os
engañan" (1 Juan 2:26); "vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el
mundo (1 Juan 4:3); muchos engañadores han salido por el mundo. ... Éste es el
engañador y el anticristo" (2 Juan 7). Obviamente, si el anticristo ya estaba
presente en el siglo primero, no era ninguna figura que surgiría al fin del mundo.
Cuarta, el anticristo era un sistema de incredulidad, particularmente la herejía de
negar la persona y la obra de Jesucristo. Aunque, aparentemente, los anticristos
afirmaban pertenecer al Padre, enseñaban que Jesús no era el Cristo (1 Juan 2:22);
junto con los falsos profetas (1 Juan 4:1), negaban la encarnación (1 Juan 4:3; 2
Juan 7, 9), y rechazaban la doctrina apostólica (1 Juan 4:6).
Quinta, los anticristos habían sido miembros de la iglesia cristiana, pero habían
abandonado la fe (1 Juan 2:19). Ahora estos apóstatas estaban tratando de
engañar a otros cristianos para inclinar a la iglesia en general en dirección contraria
a Jesucristo (1 Juan 2:26; 4:1; 2 Juan 7, 10).
Juntando todo esto, podemos ver que el anticristo es una descripción tanto de un
sistema de apostasía como de apóstatas individuales. En otras palabras, el
anticristo era el cumplimiento de la profecía de Jesús de que vendría un tiempo de
gran apostasía, cuando "muchos tropezarían entonces, y se entregarían unos a
otros, y unos a otros se aborrecerían. Y muchos falsos profetas se levantarían, y
engañarían a muchos" (Mateo 24:10-12). Como dijo Juan, los cristianos habían sido
advertidos de la venida del anticristo; y efectivamente, habían surgido "muchos
anticristos". Durante un tiempo, habían creído al evangelio; más tarde, habían
abandonado la fe, e iban por allí tratando de engañar a otros, bien iniciando nuevas
sectas o, más probablemente, tratando de atraer a los cristianos hacia el judaísmo -
la falsa religión que aseguraba adorar al Padre mientras negaba al Hijo. Cuando la
doctrina del anticristo se entiende, encaja perfectamente en lo que nos dice el resto
del Nuevo Testamento sobre la época de la "generación terminal".
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Uno de los anticristos que afligía a la iglesia primitiva era Cerinto, jefe de una secta
judaica del siglo primero. Considerado por los Padres de la Iglesia como "el
archihereje", e identificado como uno de los "falsos apóstoles" que se oponían a
Pablo, Cerinto era un judío que ingresó a la iglesia y comenzó a alejar a los
cristianos de la fe ortodoxa. Enseñaba que una deidad menor, no el Dios verdadero,
había creado el mundo (sosteniendo, como los gnósticos, que Dios era demasiado
"espiritual" para ocuparse de la realidad material). Lógicamente, esto significaba
una negación de la encarnación, pues Dios no asumiría un cuerpo físico y una
personalidad realmente humana. Y Cerinto era consistente: declaraba que Jesús
había sido simplemente un hombre ordinario, no nacido de una virgen; que "el
Cristo" (un espíritu celestial) había descendido sobre el hombre Jesús en el
bautismo (permitiéndole hacer milagros), pero luego le había abandonado
nuevamente en la crucifixión. También, Cerinto defendía una doctrina de
justificación por las obras - en particular, la absoluta necesidad de observar las
ordenanzas ceremoniales del pacto antiguo para ser salvo.
Además, Cerinto fue aparentemente el primero en enseñar que la segunda venida
introduciría un reinado literal de Cristo en Jerusalén durante mil años. Aunque esto
contrario a la enseñanza apostólica del reino, Cerinto afirmaba que un ángel le
había revelado esta doctrina (de una manera muy parecida a lo que ocurrió con
Joseph Smith, un anticristo del siglo diecinueve, que más tarde afirmaría que había
recibido una revelación angélica).
Los verdaderos apóstoles se opusieron severamente a la herejía de Cerinto. Pablo
amonestó a las iglesias: "Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, os enseñare un
evangelio contrario al que os he predicado, sea anatema" (Gálatas 1:8), y continuó
refutando en la misma carta las herejías legalistas que sostenía Cerinto. Según la
tradición, Juan escribió su evangelio y sus cartas teniendo en mente especialmente
a Cerinto. (También se nos dice que, al entrar Juan en el baño público, alcanzó a
ver al anticristo delante de él. El apóstol inmediatamente dio la vuelta y salió
corriendo, mientras exclamaba: "¡Huyamos, no sea que el edificio nos caiga encima,
pues Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro!").
Regresando a las afirmaciones de Juan sobre el espíritu del anticristo, debemos
notar que Juan subraya un punto adicional, muy significativo: como predijo Jesús en
Mateo 24, la venida del anticristo es una señal del "fin". "Hijitos, ya es el último
tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido
muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo" (1 Juan 2:18).
La conexión que la gente hace a menudo entre el anticristo y "los últimos días" es
31
bastante correcta; pero lo que a menudo se pasa por alto es el hecho de que la
expresión los últimos días, y términos similares, se usan en la Biblia para referirse,
no al fin del mundo físico, sino a los últimos días de la nación de Israel, los "últimos
días" que terminaron con la destrucción del templo en 70 d. C. Esto también será
una sorpresa para muchos; pero debemos aceptar la enseñanza de la Escritura.
Los autores del Nuevo Testamento incuestionablemente usaron lenguaje del "fin del
tiempo" cuando hablaban del período en que estaban viviendo, antes de la caída de
Jerusalén. Como hemos visto, el apóstol Juan dijo dos cosas sobre este punto:
primera, que el anticristo ya había venido; y segunda, que la presencia del
anticristo era prueba de que él y sus lectores estaban viviendo en "el último
tiempo". En una de sus primeras cartas, Pablo había tenido que corregir una
impresión errónea relativa al juicio venidero sobre Israel. Falsos maestros habían
estado asustando a los creyentes diciéndoles que el día del juicio ya estaba sobre
ellos. Pablo les recordó a los cristianos lo que antes les había explicado:
Que nadie os engañe, porque no vendrá sin que antes venga la apostasía. ... (2
Tesalonicenses 2:3).
Sin embargo, para el fin de la era, mientras Juan escribía sus cartas, la gran
apostasía - el espíritu del anticristo, que el Señor había predicho - era una realidad.
Judas, que escribió uno de los últimos libros del Nuevo Testamento, no nos deja
dudas sobre este punto. Condenando enérgicamente a los herejes que habían
invadido la iglesia y estaban tratando de alejar a los cristianos de la fe ortodoxa
(Judas 1-16), Judas recuerda a sus lectores que ellos habían sido advertidos de
esto mismo:
Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por
los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo
habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que
causan divisiones; los sensuales, que no tienen el Espíritu (Judas 17-19).
Judas claramente considera las advertencias sobre los "burladores" como que se
refieren a los herejes de sus propios días - en el sentido de que sus propios días
eran el período del "último tiempo". Como Juan, sabía que la rápida multiplicación
de estos falsos hermanos era una señal del fin. El anticristo había llegado, y ahora
era el último tiempo.
32
CAPÍTULO 4
LOS ÚLTIMOS DÍAS
Como comenzamos a ver en el capítulo anterior, el período que en la Biblia se llama
"los últimos días" ("los últimos tiempos" o "el último tiempo") es el período entre el
nacimiento de Cristo y la destrucción de Jerusalén. La iglesia primitiva estaba
viviendo en el fin de la era antigua y el comienzo de la nueva. Este período entero
debe ser considerado como el tiempo del primer advenimiento de Cristo. Tanto en
el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la prometida destrucción de Jerusalén se
considera un aspecto de la obra de Cristo, conectado íntimamente con su obra de
redención. Su vida, muerte, resurrección, y ascensión, el derramamiento del
Espíritu, y el juicio de Jerusalén son todos parte de su obra de introducir su reino y
crear su nuevo templo (véase, por ejemplo, cómo conecta Daniel 9:24-27 la
expiación con la destrucción del templo).
Consideremos cómo usa la misma Biblia estas expresiones acerca del fin de la era.
En 1 Timoteo 4:1-3, Pablo advertía:
Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán
de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la
hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán
casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que, con acción
de gracias, participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad.
¿Estaba Pablo hablando de unos "últimos tiempos" que ocurrirían miles de años
más tarde? ¿Por qué advertiría a Timoteo de sucesos que Timoteo, y sus
tataranietos, y cincuenta o más generaciones de descendientes, nunca vivirían para
ver? En realidad, Pablo le dice a Timoteo: "Si enseñas esto a los hermanos, serás
buen ministro de Jesucristo" (1 Timoteo 4:6).
Los miembros de la generación de Timoteo necesitaban saber qué ocurriría en "los
últimos días", pues ellos serían afectados personalmente por esos sucesos. En
particular, necesitaban tener la certeza de que la apostasía venidera era parte del
patrón general de eventos que conducirían al fin del antiguo orden y el pleno
establecimiento del reino de Cristo. Como podemos ver en pasajes como
Colosenses 2:18-23, las "doctrinas de demonios" sobre las cuales Pablo advertía
eran comunes durante el siglo primero. Los "últimos tiempos" ya estaban
ocurriendo. Esto es bastante claro en la afirmación posterior de Pablo a Timoteo:
33
También debes saber esto: que en los postreros tiempos vendrán tiempos
peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos,
soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto
natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo
bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de
Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos
evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las
mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas
siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y
de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten
a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe (2
Timoteo 3:1-8).
Las mismas cosas que Pablo dijo que ocurrirían en "los últimos días" estaban
ocurriendo en el momento en que él escribía, y él simplemente estaba advirtiendo a
Timoteo lo que podía esperar a medida que la era se aproximara a su clímax. El
anticristo estaba comenzando a levantar su cabeza.
Otros escritores del Nuevo Testamento compartían este punto de vista con Pablo.
La carta a los Hebreos comienza diciendo que Dios "en estos últimos días nos ha
hablado por el Hijo" (Hebreos 1:2); luego, el escritor muestra que "ahora, en la
consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí
mismo para quitar de en medio el pecado" (Hebreos 9:26). Pedro escribió que
Cristo "ya estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero fue
manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual
creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que
vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Pedro 1:20-21). El testimonio apostólico es
inconfundiblemente claro: cuando Cristo vino, los "últimos días" llegaron con él.
Cristo vino a introducir la nueva era del reino de Dios. La era antigua estaba
desapareciendo, y sería abolida completamente cuando Dios destruyera el templo.
DESDE PENTECOSTÉS HASTA EL HOLOCAUSTO
El día de Pentecostés, cuando el Espíritu había sido derramado y la comunidad
cristiana había hablado en lenguas extrañas, Pedro declaró la interpretación bíblica
de los sucesos:
Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios,
derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas
34
profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños;
y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi
Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la
tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en
sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquél que
invocare el nombre del Señor será salvo (Hechos 2:16-21).
Ya hemos visto cómo la frase "la luna, el fuego y el vapor de humo" y las señales en
el sol y la luna se cumplieron en la destrucción de Jerusalén. Lo que es crucial notar
en este punto es la precisa afirmación de Pedro de que los últimos días habían
llegado. Contrariamente a algunas exposiciones modernas de este texto, Pedro no
dijo que los milagros de Pentecostés eran como los había profetizado Joel, ni que
eran una especie de "proto-cumplimiento" de la profecía de Joel; Pedro dijo que
éste era el cumplimiento: "Esto es lo dicho por el profeta Joel". Los últimos días
estaban aquí: el Espíritu había sido derramado, el pueblo de Dios estaba
profetizando y hablando en lenguas, y Jerusalén sería destruida con fuego. Las
antiguas profecías se estaban desarrollando, y no pasaría esta generación antes de
que todas "estas cosas" se cumplieran. Por consiguiente, Pedro instó a sus
oyentes: "Sed salvos de esta perversa generación" (Hechos 2:40).
En relación con esto, debemos notar la importancia escatológica del don de
lenguas. En 1 Corintios 14:21-22, Pablo mostró que el milagro de las lenguas era el
cumplimiento de la profecía de Isaías contra el Israel rebelde. Puesto que el pueblo
del pacto estaba rechazando su clara revelación, Dios advirtió que sus profetas le
hablarían en lenguas extrañas con el expreso propósito de que esto fuese testigo
definitivo para el Israel incrédulo durante los últimos días que precederían a su
juicio:
Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo ...
hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos.
Por tanto, varones burladores que gobernáis a este pueblo que está en Jerusalén,
oíd la palabra de Jehová: Por cuanto habéis dicho: Pacto tenemos hecho con la
muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión del azote, no llegará
a nosotros, porque hemos puesto nuestro refugio en la mentira; y en la falsedad nos
esconderemos; por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en
Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento
estable; el que creyere, no se apresure. Y ajustaré el juicio a cordel, y a nivel la
justicia; y granizo barrerá el refugio de la mentira, y aguas arrollarán el escondrijo. Y
35
será anulado vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el Seol no será
firme; cuando pase el turbión del azote, seréis de él pisoteados. Luego que
comience a pasar, él os arrebatará; porque de mañana en mañana pasará, de día y
de noche; y será ciertamente espanto el entender lo oído (Isaías 28:11-19).
El milagro de Pentecostés fue un mensaje contundente para Israel. Los judíos
sabían lo que significaba. Era la señal de Dios de que la Piedra Angular había
venido, y que Israel le había rechazado para su propia condenación (Mateo 21:42-
44; 1 Pedro 2:6-8). Era la señal de juicio y reprobación, la señal de que los
apóstatas de Jerusalén estaban a punto de "caer de espaldas, ser quebrantados,
enlazados y presos". Los últimos días de Israel habían llegado: la era antigua había
llegado a su fin, y Jerusalén sería barrida en una nueva inundación, para hacer
lugar para la nueva creación de Dios. Como dijo Pablo, el don de lenguas era "una
señal, no para los creyentes, sino para los incrédulos" (1 Corintios 14:22) - una
señal para los judíos incrédulos de la condenación que se acercaba a ellos.
La iglesia primitiva esperaba la venida de la nueva era. Sabía que, con el fin visible
del sistema del pacto antiguo, la iglesia sería revelada como el templo nuevo y
verdadero; y la obra que Cristo había venido a llevar a cabo sería ejecutada. Este
era un aspecto importante de la redención, y la primera generación de cristianos
esperaba este evento durante su vida. Durante este período de espera y severas
pruebas, el apóstol Pedro les aseguró que estaban "protegidos por el poder de Dios
por medio de la fe para una salvación lista para ser revelada en el último tiempo" (1
Pedro 1:5). Estaban en al umbral mismo del nuevo mundo.
ESPERANDO EL FIN
Los apóstoles y los cristianos de la primera generación sabían que estaban viviendo
en los últimos días de la era del pacto antiguo. Esperaban ansiosamente su
consumación y la plena introducción de su nueva era. Al progresar la nueva era y
aumentar e intensificarse las "señales del fin", la iglesia podía ver que el día del
juicio se aproximaba velozmente, se veía una crisis en el futuro cercano, cuando
Cristo les libraría "de este presente siglo malo" (Gálatas 1:4). Las declaraciones de
los apóstoles están llenas de esta actitud expectante, la certeza de que este
trascendental acontecimiento estaba a las puertas. La espada de la ira de Dios
estaba suspendida sobre Jerusalén, lista para caer en cualquier momento. Pero los
cristianos no debían temer, porque la ira venidera no estaba dirigida a ellos, sino a
los enemigos del evangelio. Pablo instaba a los tesalonicenses a "esperar de los
36
cielos a su Hijo, el cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira
venidera" (1 Tesalonicenses 1:10). Haciéndose eco de las palabras de Jesús en
Mateo 23-24, Pablo subrayó que el juicio inminente sería derramado sobre "los
judíos, que mataron al Señor Jesús y sus propios profetas, y a nosotros nos
expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres, impidiéndonos
hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida
de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1 Tesalonicenses
2:14-16). Los cristianos habían sido advertidos y, por lo tanto, estaban preparados,
pero el Israel incrédulo sería sorprendido:
Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de
que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor
vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces
vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no
escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os
sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no
somos de la noche ni de las tinieblas. ... Porque no nos ha puesto Dios para ira,
sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1
Tesalonicenses 5:1-5, 9).
Pablo amplió esto en su segunda carta a la misma iglesia:
Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a
vosotros que sois atribulados, daros reposo en nosotros, cuando se manifieste el
Señor Jesucristo desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego,
para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de
nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de
la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para
ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto
nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros) (2 Tesalonicenses 1:6-10).
Claramente, Pablo no está hablando de la venida final de Cristo al fin del mundo,
porque las venideras "tribulación" y "retribución" estaban dirigidas específicamente
a los que perseguían a los cristianos tesalonicenses de la primera generación. El
venidero día del juicio no era algo que ocurriría miles de años más tarde. Estaba
cerca - tan cerca, que podían verlo venir. La mayor parte de las "señales del fin" ya
existían, y los inspirados apóstoles instaban a la iglesia a esperar el fin en cualquier
momento. Pablo urgió a los cristianos de Roma a perseverar en el buen vivir,
"conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está
37
más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está
avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y
vistámonos las armas de la luz" (Romanos 13:11-12). Obviamente, todavía hay
mucha impiedad en el mundo hoy día. Pero el cristianismo ha estado ganando
batallas gradual y persistentemente desde los días de la iglesia cristiana; y mientras
los cristianos continúan combatiendo al enemigo, llegará el momento en que los
santos posean el reino (Daniel 7:22, 27).
Por eso Pablo podía consolar a los creyentes asegurándoles que "el Señor está a
las puertas" (Filipenses 4:5). En realidad, la contraseña de la iglesia primitiva (1
Corintios 15:22) era "¡Maranata! ¡El Señor viene!". Esperando la venidera
destrucción de Jerusalén, el escritor de Hebreos advirtió a los que sentían tentados
a "replegarse" al judaísmo apóstata que la apostasía sólo les traería "una horrenda
expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios"
(Hebreos 10:27).
Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y
otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios
vivo! ... Porque os necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de
Dios, obtengáis la promesa: Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y
no tardará. Mas el justo vivirá por la fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma.
Pero nosotros nos somos de los que retroceden para perdición, sino de los que
tienen fe para preservación del alma (Hebreos 10:30-31; 36-39).
Los otros autores del Nuevo Testamento escribieron en términos similares.
Después de que Santiago advirtió a los incrédulos ricos que oprimían a los
cristianos acerca de las miserias que estaban a punto de descender sobre ellos,
acusándoles de haber "acumulado tesoros para los días postreros" (Santiago 5:1-
6), animó a los cristianos sufrientes:
Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el
labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que
reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad
vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. Hermanos, no os quejéis
unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está delante de
la puerta (Santiago 5:7-9).
38
También el apóstol Pedro advirtió a la iglesia que "el fin de todas las cosas se
acerca" (1 Pedro 4:7), y les animó a vivir en la diaria expectación del juicio que
habría de venir en su generación:
Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, si alguna
cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los
padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis
con gran alegría. ... Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios;
y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen
al evangelio de Dios? (1 Pedro 4:12-13; 17).
Los primeros cristianos tuvieron que soportar tanto severas persecuciones a manos
del Israel apóstata como traiciones de los anticristos en su propio medio, que
trataban de llevar a la iglesia hacia la secta judaica. Pero este tiempo de fuerte
tribulación y sufrimiento trabajaba a favor de la bendición y la santificación de los
propios cristianos (Romanos 8:28-39); y mientras tanto, la ira de Dios contra los
perseguidores estaba aumentando. Finalmente, vino el fin, y se desató la ira de
Dios. Los que habían acarreado tribulación sobre la iglesia fueron lanzados a la
mayor tribulación de todos los tiempos. El mayor enemigo de la iglesia fue
destruido, y nunca más representaría una amenaza para su victoria final.
39
CAPÍTULO 5
LA VENIDA DEL NUEVO PACTO
Hemos visto en los capítulos precedentes cómo el mensaje de la cercana
desolación de Jerusalén ocupa un lugar central en los temas del Nuevo
Testamento. El libro de Apocalipsis no es ninguna excepción a esto. En el primer
versículo, dice específicamente que trata, no del futuro distante y el fin del mundo,
sino más bien de "las cosas que deben tener lugar pronto". En el tercer versículo,
se les advierte a sus lectores que "el tiempo está cerca" para que se cumpliesen
sus profecías. Ambas afirmaciones se repiten al final del libro (véase Apocalipsis
22:6, 10). Y, claramente, aunque en forma simbólica, sus profecías están dirigidas
contra "la gran ciudad ... donde el Señor fue crucificado" (Apocalipsis 11:8; véas4e
14:8; 16:19; 17:18). Como el resto del Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis
sigue el ejemplo de Cristo al predecir la destrucción de Jerusalén en 70 d. C.
Como he explicado en detalle en mi comentario, Días de Retribución, Juan
escribió Apocalipsis en la forma bíblica estándar de "demanda de pacto" presentada
por los profetas hebreos ("los abogados de Dios para la acusación") contra la
desobediente nación de Israel. Por medio de una miríada de símbolos adaptados de
las profecías del Antiguo Testamento, Juan estableció dos puntos principales:
primero, Israel había quebrantado irrevocablemente su pacto con el Señor;
segundo, por medio de su encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión,
Jesucristo había introducido un pacto nuevo y final, infaliblemente garantizado por
su victoria sobre el pecado y la muerte.
La imagen que sirve como fundamento para esto en el libro de Apocalipsis aparece
en la primera visión del tribunal en el cielo (capítulos 4 y 5). Juan vio al Señor
sentado en el trono y sosteniendo un libro "sellado con siete sellos" (indicando a su
auditorio que era una especie de testamento) y "escrito por el frente y por detrás".
Cualquier lector cristiano del siglo primero habría entendido inmediatamente el
significado de esto, porque está basado en la descripción de los Diez
Mandamientos. Las dos tablas del testimonio (que eran copias duplicadas de la ley)
estaban inscritas tanto por el frente como por detrás (Éxodo 32:15).
Una analogía de esto se encuentra en los tratados de señorío feudal del antiguo
Cercano Oriente: un rey victorioso (el señor feudal) impondría un tratado/pacto
sobre el rey derrotado (el vasallo) y sobre todos los que estaban bajo la autoridad
40
del vasallo. Se preparaban dos copias del tratado (como en los modernos
contratos), y cada una de las partes ponía su copia del contrato en la casa de su
dios, como documento legal que testificaba de la transacción. Por supuesto, en el
caso de Israel, el Señor era tanto señor feudal como Dios; así que ambas copias del
pacto fueron puestas en el tabernáculo (Éxodo 25:16, 21; 40:20; Deuteronomio
10:2).
Así, pues, la idea del pacto ocupa un lugar central en el mensaje de Apocalipsis.
Desde el comienzo, la profecía de Juan es presentada como parte del canon de la
Sagrada Escritura, escrita principalmente para ser leída en la liturgia (1:3). Se usan
las imágenes del tabernáculo en la doxología de apertura (1:4-5), y se declara que
la iglesia está constituida como el nuevo reino de sacerdotes, como Israel lo había
sido en Sinaí (1:6). El tema del libro, declarado en 1:7, es la venida de Cristo en la
nube de gloria; luego, casi inmediatamente, Juan usa tres palabras que casi
siempre ocurren durante toda la Biblia en relación con la actividad de hacer un
pacto: Espíritu, Día, y Voz (1:10). La siguiente visión de Cristo como el glorioso
Sumo Sacerdote (1:12-20) combina muchas imágenes del Antiguo Testamento - la
nube, el día del Señor, el ángel del Señor, el Creador y Soberano del universo, el
Hijo del hombre/Segundo Adán, el conquistador de las naciones, el poseedor de la
iglesia - todas las cuales tienen que ver con las profecías de la venida del nuevo
pacto. La visión es seguida por el mensaje del propio Cristo a las iglesias, en el
estilo de un recuento de la historia del pacto (capítulos 2-3). Luego, en el capítulo 4,
Juan ve el trono, sostenido por querubines y rodeado por el real sacerdocio, todos
cantando las alabanzas de Dios con el acompañamiento de relámpagos y voces y
truenos como los del Sinaí. No debe sorprendernos encontrarnos con que este
magnífico despliegue de imágenes relativas a hacer un pacto culmina en la visión
de un documento de testamento/tratado, escrito tanto por el frente como por detrás,
en la mano de Aquél que se sienta en el trono. El libro es nada menos que el
testamento del Cristo resucitado y ascendido: el nuevo pacto.
Pero la venida del nuevo pacto implica la obsolescencia del pacto antiguo y el juicio
del Israel apóstata. Como ya hemos observado brevemente, los profetas bíblicos
hablaban en términos de la estructura del tratado de pacto, actuando como
abogados acusadores en nombre del señor feudal divino, incoando una demanda
de pacto contra Israel. Las imágenes del documento inscrito en ambos lados se
usan también en la profecía de Ezequiel, que Juan usó como modelo para su
profecía. Ezequiel habla de recibir un rollo que contenía una lista de juicios contra
Israel:
41
Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que
se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí, hasta este
mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y empedernido corazón; y les
dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen,
porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. Y tú,
hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas
entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras,
ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. Les hablarás, pues, mis
palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de
hombre, oye lo que yo te hablo: no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu
boca, y come lo que yo te doy. Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en
ella había un rollo de libro. Y lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante
y por detrás; y había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes (Ezequiel 2:3-
10).
Por consiguiente, así como Juan ve la apertura del nuevo pacto, también verá las
maldiciones del pacto antiguo cumplidas en el pueblo apóstata del pacto. Esta
conclusión se ve más clara cuando miramos el movimiento general de la profecía.
Los siete sellos del libro son rotos para revelar su contenido; pero la ruptura del
séptimo sello inicia el sonido de la séptima trompeta (8:1-2). La visión final de la
sección de las trompetas termina con una escena horrorosa de una gran vendimia,
en la cual las "uvas de la ira" son holladas y la tierra entera es inundada por un
torrente de sangre (14:19-20). Esto conduce directamente a la sección final de
Apocalipsis, en la cual Juan ve la sangre del lagar siendo derramada de las siete
copas de la ira (16:1-21). Por consiguiente, parecería que se quiere que
entendamos que las siete copas contienen la séptima trompeta, "el último ay" que
debía caer sobre la tierra (véase 8:13; 9:12; 11:14-15; 12:12). Todos estos - los
sellos, las trompetas, las copas - son el contenido del libro de los siete sellos, el
nuevo pacto.
Pero hay una crisis: Juan descubre que no hay nadie en toda la creación - "en el
cielo, en la tierra, o debajo de la tierra" - que pueda o sea digno de de abrir el libro,
o siquiera mirarlo. Nadie puede cumplir las condiciones requeridas por el Mediador
del nuevo pacto. Todos los mediadores anteriores - Adán, Moisés, David, y el resto
- en definitiva habían demostrado ser inadecuados para la tarea. Nadie pudo quitar
el pecado y la muerte, porque todos han pecado, y están destituidos de la gloria de
Dios (Romanos 3:23). El sacrificio de animales no podía quitar los pecados, pues tal
cosa es imposible (Hebreos 10:4); y el mismo sumo sacerdote que ofrecía el
42
sacrificio era pecador, "rodeado de debilidad" (Hebreos 5:1-3; 7:27) y tenía que ser
reemplazado después de su muerte (Hebreos 7:23). No se pudo hallar a nadie que
garantizase un mejor pacto. Con el anhelo profético y la tristeza de la iglesia del
pacto antiguo, Juan comenzó a llorar mucho. El nuevo pacto había sido ofrecido por
el que estaba sentado en el trono, pero nadie era digno de actuar en nombre tanto
de Dios como del hombre para ratificar el pacto. El libro de los siete sellos
continuaría cerrado.
Inmediatamente, Juan es consolado por un anciano, que dice (así literalmente):
"¡Deja de llorar; he aquí, Él ha vencido!". La iglesia, pues, predica el evangelio a
Juan; y parece que el anciano está tan conmovido por su mensaje que revela el
clímax antes de explicar quién ha vencido. Luego describe a Cristo el Conquistador
como el León de la tribu de Judá, el fuerte y poderoso cumplimiento de la antigua
profecía de Jacob a su cuarto hijo:
Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como
león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni
el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los
pueblos (Génesis 49:9-10).
Fue a David, el León conquistador de Judá del pacto antiguo, a quien Dios reveló
tanto el plano del templo (1 Crónicas 28:11-19) como el plan del pacto eterno, el
"estatuto para la humanidad", por medio del cual el venidero Rey-Sacerdote traería
la bendición de Abraham a todas las naciones (2 Samuel 7:18-29; 23:2-5; 1
Crónicas 17:16-27; Salmos 16; Hechos 2:25-36). Por fin vino el Hijo mayor de
David, y conquistó, estableciendo el dominio sempiterno e inaugurando el pacto.
Personificando y cumpliendo todas las promesas del pacto, Él es aquél "a quien
pertenece".
Cristo es llamado también la Raíz de David - una expresión extraña, según nuestro
modo de pensar. Podemos entender más fácilmente la expresión de Isaías: "vara
del tronco de Isaí" (Isaías 11:1). Como descendiente de Isaí y de David, Jesús
podía ser llamado una "rama" (Jeremías 23:5; Zacarías 3:8); pero, cómo podría ser
llamado una Rama? Nuestra perplejidad se origina en nuestro concepto no bíblico
de cómo funciona la historia. Estamos acostumbrados a pensar en la historia como
si fuera un máquina cósmica de Rubén Goldberg; mueva una palanca en un
extremo, y una serie de dispositivos y lo que sea caen los unos contra los otros
como fichas de dominó, produciendo finalmente lo que sea en el extremo distante
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La gran tribulacion

  • 1. 1 La Gran Tribulacion Título de la obra en inglés: The Great Tribulation Traducción de Román Quirós M. By David Chilton Author of: The Days of Vengeance: An Exposition of the Book of Revelation
  • 2. 2 Prefacio del editor 1. La generación terminal 2. La venida en las nubes 3. La llegada del anticristo 4. Los últimos días 5. La llegada del nuevo pacto 6. Los cuatro jinetes 7. Venganza para los mártires 8. Se abre el libro 9. Jerusalén es sitiada 10. Toda la creación toma venganza 11. ¡Consumado es! Epílogo del editor Prefacio del editor|Epílogo del editor|1|2|3|4|5|6|7|8|9|10|11 Índice
  • 3. 3 PREFACIO DEL EDITOR Gary North Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Jehová enviará desde Sión la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos. (Sal.110:1-2). Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Corintios 15:24-26). La Biblia enseña que Jesús reinará sobre la tierra. Una vez que comience, no habrá ninguna interrupción de su reinado sobre esta tierra en la historia hasta que la muerte sea finalmente derrotada. Pero sabemos que la muerte termina sólo en el día final, cuando Cristo ponga fin a la rebelión final de Satanás, cuando el diablo sea lanzado al lago de fuego (Apocalipsis 20:7-10). La pregunta clave del reino es: ¿Cuándo comenzará su reinado en la tierra? Jesús habló muy claramente sobre esto. Les dijo a sus discípulos acerca de su resurrección: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo. Amén. (Mat. 28:18-20). Así, pues, toda potestad en el cielo y en la tierra ya ha sido dada a Cristo. ¡Ya! Sabemos también que Él está reinando con Dios en el cielo. Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sin o también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies , y lo dio
  • 4. 4 por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo (Efesios 1:19-23). ¿Es Cristo la cabeza de la iglesia hoy día? Pablo dice que sí. Pero, ¿qué más es verdad hoy día, según Pablo? El pasaje es claro: Jesucristo gobierna la tierra ahora desde el cielo. En este momento, Él está por encima de todo principado, poder, autoridad, y dominio. ¿Qué son estas cosas? Son espíritus demoníacos. Pablo escribió en esta misma epístola: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12). Dios está en control. Jesús está en control. En principio, todas las cosas están bajo los pies de Jesús. Es verdad que, en la historia, los seres malos todavía tienen poder. Como pueblo de Dios, nosotros luchamos espiritualmente contra ellos. La guerra entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, continúa diariamente en la vida de todo cristiano y en la vida de cada sociedad. Pero, en principio, la vida es más fuerte que la muerte, porque la resurrección de Jesús lo ha demostrado. La resurrección es más fuerte que la cruz. La luz es más fuerte que la oscuridad (Juan 1:9). El bien es más poderoso que el mal, porque Cristo reina ahora desde lo alto. El legado del "segundo Adán", Jesucristo, es más poderoso en la historia que el legado del primer Adán. La gracia es más poderosa que el pecado. Usted cree en esto, ¿verdad? ¿Por qué temer a "la gran tribulación"? ¿Por qué, entonces, deben los cristianos creer que alguna gran tribulación se les viene encima en el futuro - una tribulación tan grande que nada como ella ha ocurrido jamás? No todos los cristianos creen que pasarán por la tribulación, aunque sí lo creen los premilenialistas de la post-tribulación. Pero, si Dios reina desde lo alto, ¿por qué deben los cristianos esperar nada peor que los holocaustos "normales" del siglo veinte - las persecuciones y los genocidios de armenios, judíos, kulaks rusos, ucranianos, y camboyanos? Ciertamente, estos fueron eventos terribles, y podría suceder que haya más de ellos, pero, ¿por qué deben los cristianos esperar que ocurra otro evento que es fundamentalmente peor?
  • 5. 5 La respuesta es: No deberían. ¿Por qué no? Porque la gran tribulación ha quedado atrás. Esto es lo que David Chilton argumenta en La Gran Tribulación. Jesús advirtió a su pueblo que vendría una gran tribulación en el futuro muy cercano. En el capítulo de Mateo sobre la gran tribulación están registradas las palabras de Jesús: "De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca" (Mateo 24:34). Por el pasaje paralelo en Lucas, sabemos que la gran tribulación sería la destrucción de Jerusalén por un ejército, que resultó ser el ejército romano: Pero cuando viéreis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas (Lucas 21:20-22). El magnífico comentario de David Chilton sobre el libro de Apocalipsis se llama apropiadamente The Days of Vengeance [Días de Retribución] (Dominion Press, 1987). Este pequeño libro es un resumen breve de las secciones de Apocalipsis que tratan de la caída de Jerusalén en 70 d. C. ¿Está usted esperando un desastre? Puede resultar extraño a muchos lectores que la gran tribulación haya quedado atrás. Esta posición ha sido bastante común en la historia de la iglesia, pero, más o menos en los últimos cien años, muchos grupos creyentes en la Biblia han adoptado una posición diferente: que la gran tribulación ocurrirá a Israel (o a todo el mundo, incluyendo a los cristianos) en el futuro y probablemente en el futuro cercano. La mayoría de los dispensacionalistas cree que la iglesia será "raptada" y llevada fuera de este mundo antes de que tenga lugar la gran tribulación; los dispensacionalistas post-tribulación y los premilenialistas no dispensacionalistas tradicionales creen que la iglesia pasará por la gran tribulación. Lo que la Biblia enseña es que esto tuvo lugar en 70 d. C., y los cristianos no pasaron por ella. Este libro introduce a los lectores a la teología del juicio: específicamente, las sanciones del juicio de Dios contra Israel. Las sanciones eran maldiciones. Dios dio bendiciones a la iglesia y maldiciones al Israel rebelde, que había crucificado al Señor y e invocado públicamente el juicio de Dios contra ellos mismos: "Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mateo 27:25). Las maldiciones de Dios contra el antiguo
  • 6. 6 Israel en 70 d. C. estaban de acuerdo con su crimen, la crucifixión de Cristo. Este crimen era el mayor (el peor) en la historia; su castigo fue también el mayor (el peor) en la historia. Llamar "la gran tribulación" a cualquier otra cosa es disminuir la inmensidad del crimen de aquella generación. Nuestra abarcante responsabilidad Me doy cuenta de que esto hará que muchos cristianos se sientan frustrados. Si la gran tribulación ya pasó, entonces el rapto no ha de tener lugar antes de esta tribulación. El rapto de los santos - la resurrección de los santos muertos y la transformación instantánea de los que todavía estén vivos en la tierra (I Corintios 15:52) - se demora hasta el acto final de la historia, cuando Satanás se rebele y Cristo regrese para juzgar al mundo (Apocalipsis 20:7-10). Esto significa que, hasta entonces, los cristianos permanecerán en la tierra como agentes delegados de Dios en el juicio de la historia, predicando el evangelio, aplicando la ley de Dios a cada ára de la vida, y progresivamente sometiendo la tierra a la gloria de Dios (Génesis 1:26-28). Esto significa que, para los miembros de la iglesia, no habrá ningún escape terrenal de las responsabilidades más y más pesadas del ejercicio del dominio. Tristemente, hay millones de cristianos hoy en día que han adoptado una filosofía del futuro que enseña que la mayor parte de la gente morirá e irá al infierno - y después será lanzada al lago de fuego por toda la eternidad (Apocalipsis 20:14) - y nada que la iglesia haga podrá vencer la resistencia de estas personas al evangelio. Simplemente, el Espíritu Santo nunca cambiará el corazón de la mayoría de la humanidad. Inevitablemente, perecerán. Con más de 5 mil millones de personas vivas hoy día, y con miles de millones más que han de nacer en los próximos 40 años, esta es una doctrina pesimista del futuro. Y sin embargo, los cristianos de hoy prefieren creer en este horrible escenario que creer en el crecimiento de la iglesia y el triunfo del evangelio, porque tal triunfo pondría una tremenda responsabilidad sobre los hombros de los que se llaman a sí mismos cristianos. En realidad, preferirían ver a miles de millones de personas perecer eternamente que reconocer que a ellos, como cristianos, Dios les pedirá que asuman la responsabilidad en este mundo - en las áreas que muchos cristianos llaman "seculares" - a causa de un reavivamiento mundial. Nosotros, los que nos llamamos cristianos reconstruccionistas, proclamamos un futuro reavivamiento mundial y el constante y voluntario sometimiento de la gente a
  • 7. 7 la ley de Dios. Creemos que a los cristianos se les asignarán responsabilidades constantemente en cada una de las áreas de la vida en un mundo al cual se le han acabado las respuestas factibles. Dios nos dará estas responsabilidades, pero no por medio de la revolución o la tiranía. En su lugar, nos dará estas responsabilidades en la historia por medio del sometimiento voluntario de los que no tienen ninguna otra esperanza, de los que (hasta esa rebelión final de Apocalipsis 20) estén dispuestos a permitir que los cristianos asuman estas responsabilidades sociales, políticas, militares, y económicas. Nosotros creemos en el reavivamiento. Creemos en el evangelismo y las misiones extranjeras. También lo hacen todos los cristianos. Pero nosotros los reconstruccionistas tenemos esta singular posición: creemos que estos esfuerzos evangélicos tendrán éxito en la historia. Cuando llamamos a los otros cristianos a intensificar sus esfuerzos para difundir el evangelio, les ofrecemos esta singular motivación: a su debido tiempo, sus esfuerzos tendrán éxito en la historia. El evangelio de Jesucristo no demostrará ser un fiasco en la historia. El poder de la resurrección es mayor que el poder del diablo y sus seguidores humanos para resistir el mensaje más poderoso en la historia de la humanidad: que Jesucristo ha llevado sobre sí los pecados del hombre, y que el mal ha sido derrotado en principio. Con el paso del tiempo, el evangelio triunfará en la historia. EL NUEVO PRINCIPIO DE LA HUMANIDAD Una de esas rarezas de la reciente historia intelectual es que quizás el comentario más suscito y perceptivo sobre la perspectiva cristiana de la historia lo ha proporcionado un judío secular que enseña leyes en la Universidad de Harvard. En la introducción a su libro Law and Resolution: The Formation of the Western Legal Tradition, publicado por Harvard University Press en 1983, Harold J. Berman hace una observación crucial sobre la centralidad de la resurrección en el pensamiento histórico cristiano. Comienza con una importante penetración en la actitud hebrea hacia el tiempo histórico: En contraste con los otros pueblos indo-europeos, incluyendo los griegos, que creían que el tiempo se movía en ciclos siempre recurrentes, el pueblo hebreo concebía el tiempo como continuo, irreversible e histórico, y que conducía finalmente a la redención en última instancia. Sin embargo, también creían que el tiempo tiene períodos dentro de él. No es cíclico, pero posiblemente puede ser
  • 8. 8 interrumpido o acelerado. Se desarrolla. El Antiguo Testamento es una historia, no sólo de cambio, sino de desarrollo, de crecimiento, de movimiento hacia la era mesiánica - ciertamente un movimiento desigual, con muchos retrasos, pero sin embargo un movimiento hacia. Luego, Berman pasa a explicar cómo adoptó el cristianismo esta interpretación del tiempo lineal, pero añadió un nuevo elemento clave: Sin embargo, el cristianismo añadió un elemento importante al concepto judaico del tiempo: el de transformación de lo viejo en lo nuevo. La Biblia hebrea se convirtió en el Antiguo Testamento, su significado transformado por su cumplimiento en el Nuevo Testamento. En el relato de la resurrección, la muerte se transformó en un nuevo comienzo. Los tiempos no sólo se aceleraron sino que se regeneraron. Esto introdujo una nueva estructura en la historia, en la cual había una transformación fundamental de una era a otra. Se creía que esta transformación sólo podía ocurrir una vez; se pensaba que la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo era la única interrupción importante en el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo hasta que termine por completo (pp. 26-27). La Gran Tribulación muestra que esta transformación del antiguo orden al nuevo orden de Cristo se manifestó decisivamente en la terminación pública del antiguo orden: la caída de Jerusalén y la destrucción del templo y su sistema de sacrificios. Este fue el zarandeo de los fundamentos en la historia. Los acontecimientos del año 70 d. C. son casi completamente desconocidos para los cristianos modernos. Las interpretaciones escatológicas que predicen la gran tribulación en el futuro llevaron al descuido en relación con la literatura cristiana popular sobre el relato de la caída de Jerusalén. David Chilton ha prestado un gran servicio educativo a la iglesia de Jesucristo al recordarnos cuán importante suceso fue la caída de Jerusalén. Desde la caída de Jerusalén hasta la futura conversión de los judíos (Romanos 11), que dará comienzo a un período de bendiciones terrenales sin precedentes (v. 12-15, ninguna otra cosa se aproxima más a ser una manifestación del nuevo orden de Cristo. Lo que tenemos que entender es que Satanás es un gran imitador. Dios le derrotó en el Calvario, pero el diablo todavía trata de derrotar a los cristianos en sus vidas. Dios impuso una gran tribulación al antiguo orden de los hebreos apóstatas, pero Satanás imita a Dios al imponer holocaustos sobre la humanidad por medio de sus seguidores. Cristo inauguró un nuevo orden mundial, así que los seguidores de Satanás ahora prometen traernos un nuevo orden mundial. Los marxistas lo hacen,
  • 9. 9 los nazis lo hicieron, y el movimiento de la Nueva Era lo hace. Todo es una falsificación. ¡No acepte sustitutos! Recuerde las palabras de Cristo: "Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mateo 12:28). Jesús echaba fuera demonios por el Espíritu de Dios, así que el reino de Dios había llegado a ellos. Ahora es nuestra herencia como miembros de la nueva nación de Cristo, la iglesia, porque Él les dijo a los judíos de sus días: "El reino de Dios será dado a gente que produzca los frutos de él" (Mateo 21:43). El nuevo orden mundial de Cristo ha llegado, y la caída de Jerusalén es prueba de ello. Como dice Berman de la resurrección: "Esto introdujo una nueva estructura de la historia, en la cual había una transformación fundamental de una era a otra. Se creía que esta transformación podía ocurrir una vez: se pensaba que la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo era la única interrupción importante en el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo hasta que termine por completo". ¡Lo peor ha pasado".
  • 10. 10 CAPÍTULO I LA GENERACIÓN TERMINAL Uno de los principios más elementales para entender con exactitud el mensaje de la Biblia es que la Escritura interpreta la Escritura. La Biblia es la Palabra de Dios santa, infalible, sin error. Es nuestra más alta autoridad. Esto significa que no podemos buscar una interpretación autorizada del significado de la Escritura fuera de la misma Biblia. También significa que no debemos interpretar la Biblia como si hubiese caído del cielo en el siglo veinte. El Nuevo Testamento se escribió en el siglo primero, así que debemos tratar de entenderla en términos de sus lectores del siglo primero. Por ejemplo, cuando Juan llamó a Jesús "el cordero de Dios", ni él ni sus oyentes tenían en mente nada ni remotamente similar a lo que podría pensar el hombre promedio, el hombre de la calle si oyera que alguien era llamado "cordero". Juan no quiso decir que Jesús era dulce, agradable, atractivo, como para abrazarlo. La verdad es que Juan no se estaba refiriendo en absoluto a la "personalidad" de Jesús. Quería decir que Jesús era el Sacrificio sin pecado a favor del mundo. ¿Cómo sabemos esto? Porque la Biblia nos lo dice así. Este es el método que debemos usar para resolver cada uno de los problemas de interpretación en la Biblia, incluyendo los pasajes proféticos. Es decir, cuando leemos un pasaje de Ezequiel, nuestra primera reacción no debe ser echar un vistazo a las páginas del Times de New York en una búsqueda frenética de indicios sobre su significado. El periódico no interpreta la Escritura, en ningún sentido principal. El periódico no debe decidir por nosotros cuándo deben cumplirse ciertos sucesos proféticos. La Escritura interpreta la Escritura. ESTA GENERACIÓN En Mateo 24 (y en Marcos 13 y Lucas 21), Jesús habló a sus discípulos sobre una "gran tribulación" que vendría sobre Jerusalén. Durante los pasados 100 años, se ha puesto de moda enseñar que Jesús hablaba del "fin del mundo" y el tiempo de su segunda venida. Pero, ¿es esto lo que quería decir? Tenemos que tomar nota cuidadosa de que Jesús mismo dio la fecha (aproximada) de la tribulación venidera, sin dejar lugar para las dudas después de cualquier examen cuidadoso del texto bíblico. Dijo así: De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca (Mateo 23.34).
  • 11. 11 Esto significa que la totalidad de lo que habló Jesús en este pasaje, por lo menos hasta el versículo 34, se cumplió antes de que hubiera pasado la generación que estaba viva en ese momento. "Un momento", dice usted. "¿Todo? ¿El testimonio a todas las naciones, la tribulación, la venida de Cristo en las nubes, la caída de las estrellas ... todo?" Sí - y dicho sea de paso, este punto es una prueba muy buena de su compromiso con el principio con el que comenzamos este capítulo. La Escritura interpreta la Escritura, dije yo; y usted asintió con la cabeza y bostezó, pensando: "Claro. Yo sé todo eso, Vaya al punto. ¿Dónde entran las explosiones atómicas y las abejas asesinas?" El Señor Jesús declaró que "esta generación" - la gente que estaba viva en ese entonces - no pasaría antes de que ocurrieran las cosas que él profetizaba. La pregunta es: ¿Cree usted en él? Algunos han tratado de soslayar la fuerza de este texto diciendo que aquí la palabra generación significa realmente raza, y que Jesús estaba diciendo simplemente que la raza judía no moriría sino hasta que todas estas cosas se cumplieran. ¿Es cierto eso? Yo lo desafío a usted: Saque su concordancia y mire cada una de las ocasiones en que la palabra generación (en griego: genea) ocurre en el Nuevo Testamento, y vea si en alguna de ellas la palabra significa "raza" en cualquier otro contexto. He aquí todas las referencias en los evangelios: Mateo 1:17; 11:16; 12:39, 41, 42, 45; 16:4; 17:17; 23:36; 24:34; Marcos 8:12, 38; 9:19; 13:30; Lucas 1:48, 50; 7:31; 9:41; 11.29, 30, 31, 32, 50, 51; 16:8;17:25; 21:32. Ni una sola de estas referencias habla de la totalidad de la raza judía durante miles de años; todas usan la palabra en su sentido normal de la suma total de los que estaban vivos al mismo tiempo. La palabra siempre se refiere a los contemporáneos. (En realidad, los que dicen que significa "raza" tienden a reconocer este hecho, ¡pero explican que la palabra cambia súbitamente de significado cuando Jesús la usa en Mateo 24! Podemos sonreír ante un error tan transparente, pero también debemos recordar que esto es muy serio. Estamos tratando con la palabra del Dios viviente). Por consiguiente, la conclusión - antes de que comencemos siquiera a investigar el pasaje en su totalidad - es que los sucesos profetizados en Mateo 24 ocurrieron dentro de la vida de la generación que estaba viva en ese entonces. Fue a esta generación a la que Jesús llamó "mala y perversa" (Mateo 12:39, 45; 16:4; 17:17); fue esta "generación terminal" la que crucificó al Señor; y fue esta generación, dijo Jesús, sobre la cual vendría el castigo por "toda la sangre justa derramada sobre la tierra" (Mateo 23:35).
  • 12. 12 TODAS ESTAS COSAS De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta (Mateo 23:36- 38). La declaración de Jesús en Mateo 23 prepara el escenario para su enseñanza de Mateo 24. Jesús habló claramente de un inminente juicio contra Israel por rechazar la palabra de Dios, y por la apostasía final de rechazar al Hijo de Dios. Los discípulos quedaron tan alterados por la profecía de condenación sobre la generación actual y la "desolación" de la "casa" (el templo) que, cuando estuvieron solos con él, no pudieron sino pedirle una explicación. Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron los discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada. Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo? (Mateo 24:1-3). Nuevamente, debemos tomar nota cuidadosa de que Jesús no estaba hablando de algo que ocurriría miles de años más tarde, a algún templo futuro. Estaba profetizando de "todas estas cosas", diciendo que "no quedará piedra sobre piedra". Esto se ve aun más claro si consultamos los pasajes paralelos: Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada (Marcos 13:1-2). Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida (Lucas 21:5-6). La única interpretación de las palabras de Jesús, que él mismo permite, es que estaba hablando de la destrucción del templo que entonces existía en Jerusalén, los mismos edificios que los discípulos contemplaban en ese momento de la historia. El templo del que Jesús hablaba fue destruido en la toma de Jerusalén por los
  • 13. 13 ejércitos romanos en el año 70 d. C. Esta es la única interpretación posible de la profecía de Jesús en este capítulo. La gran tribulación terminó con la destrucción del templo en el año 70 d. C. Aun en el caso (improbable) de que se hubiese construido otro templo en algún momento futuro, las palabras de Jesús en Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21 no tienen nada que decir acerca de él. Jesús estaba hablando solamente del templo de aquella generación. No hay ninguna base bíblica para afirmar que el pasaje signifique ningún otro templo. Jesús confirmó los temores de los discípulos: el hermoso templo de Jerusalén sería destruido dentro de aquella generación; su casa quedaría desierta. Los discípulos entendieron la importancia y el significado de esto. Sabían que la venida de Cristo en juicio para destruir el templo significaría la completa disolución de Israel como la nación del pacto. Sería la señal de que Dios se había divorciado de Israel, apartándose de en medio de él, quitándole el reino y dándoselo a otra nación (Mateo 21:43). Señalaría el fin de aquella era y la llegada de una era enteramente nueva en la historia del mundo - el nuevo orden mundial. Desde el principio de la creación hasta 70 d. C., el mundo estuvo organizado alrededor de un santuario central, una única casa de Dios. Ahora, en el orden del nuevo pacto, los santuarios se establecen dondequiera que exista el culto verdadero, donde se observen los sacramentos y se manifieste la presencia especial de Dios. Más anteriormente en su ministerio, Jesús había dicho: "La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre ... Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Juan 4:21- 23). Ahora Jesús estaba dejando bien claro que la nueva era estaba a punto de ser establecida permanentemente sobre las cenizas de la antigua. Los discípulos preguntaron con urgencia: "¿Cuándo ocurrirán estas cosas y cuál señal habrá de tu venida y del fin del siglo?" Algunos han intentado leer esto como dos o tres preguntas enteramente separadas, como si los discípulos hubiesen preguntado primero sobre la destrucción del templo, y luego sobre las señales del fin del mundo. Esto difícilmente parece creíble. El contexto inmediato (el reciente sermón de Jesús) tiene que ver con la suerte de esta generación. Consternados, los discípulos habían señalado las bellezas del templo, como para argumentar que un espectáculo tan magnífico no debería ser arruinado; luego habían sido silenciados por la categórica declaración de Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra. No hay nada en absoluto que indique que los discípulos cambiaron súbitamente de tema y preguntaron por el fin del universo material. (La traducción "fin del mundo" en la versión King James) conduce a error, porque el significado de la palabra inglesa world (mundo) ha
  • 14. 14 cambiado en los últimos siglos. La palabra griega aquí no es cosmos [mundo], sino aion, que significa eón o era). Los discípulos tenían una preocupación, y sus preguntas giraban en torno a un solo punto difícil: el hecho de que su propia generación sería testigo del fin de la era pre-cristiana y la llegada de la nueva era prometida por los profetas. Todo lo que los discípulos querían saber era cuándo ocurriría, y qué señales debían esperar, para estar plenamente preparados. LAS SEÑALES DEL FIN Jesús respondió dando a los discípulos, no una, sino siete señales del fin. (Debemos recordar que "el fin" en este pasaje no es el fin del mundo, sino el fin de aquella era, el fin del templo, el sistema de sacrificios, Israel como nación del pacto, y los últimos restos de la era pre-cristiana). Es notable que hay una progresión en esta lista: las señales parecen volverse más específicas y pronunciadas hasta que llegamos al final, el inmediato precursor del fin. La lista comienza con ciertos sucesos que ocurrirían meramente como "principio de dolores" (Mateo 24:8). Jesús advirtió que, por sí mismos, estos sucesos no debían ser considerados señales de un fin inminente; por esta razón, los discípulos debían estar en guardia para no ser engañados sobre este punto (v. 4). Estos sucesos "iniciales", que marcaban el período entre la resurrección de Cristo y la destrucción del templo en 70 d. C., eran como sigue: 1. Falsos mesías. "Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y a muchos engañarán" (v. 5). 2. Guerras. "Y oiréis guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca, peor aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino" (vv. 6-7a). 3. Desastres naturales. "Y habrá pestes, hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores" (vv. 7b-8). Cualquiera de estos sucesos podría haber hecho pensar a los cristianos que el fin ya estaba encima, de no ser porque Jesús les había advertido que tales sucesos eran solamente tendencias generales que caracterizarían a la generación final, y no precisamente señales del fin. Aunque todavía caracterizan al período como un todo, las dos señales siguientes sí nos llevan a un punto cerca del fin de la época: 4. Persecución. "Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre" (v. 9).
  • 15. 15 5. Apostasía. "Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo" (vv. 10-13). Los dos últimos ítems de la lista son mucho más específicos que los anteriores. Éstas serían las señales finales y definitivas del fin - una, el cumplimiento de un proceso, y la otra un acontecimiento decisivo: 6. Evangelización mundial. "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (v. 14). A primera vista, esto parece increíble. ¿Podría el evangelio haber sido predicado al mundo entero dentro de la generación en que se pronunciaron estas palabras? El testimonio de la Escritura es claro. No sólo podía haber ocurrido, sino que en realidad ocurrió. ¿Prueba? Algunos años antes de la destrucción de Jerusalén, Pablo escribió a los cristianos de Colosas acerca de "... la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros" (Colosenses 1:5-6), y les exhortó a no apartarse "de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo" (Colosenses 1:23). A la iglesia de Roma, Pablo le anunció que "vuestra fe se divulga por todo el mundo" (Rom. 1:8), porque la voz de los predicadores del evangelio "ha salido por toda la tierra, y hasta los fines de la tierra sus palabras" (Romanos 10:18). De acuerdo con la infalible palabra de Dios, el evangelio fue realmente predicado al mundo entero, mucho antes de que Jerusalén fuese destruida en 70 d. C. Esta señal crucial del fin se cumplió, como Jesús había dicho. Todo lo que faltaba era la séptima y última señal; y cuando este suceso ocurriera, cualesquiera cristianos que quedasen en o cerca de Jerusalén tenían instrucciones de escapar en seguida: 7. La abominación desoladora. "Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa" (vv. 15-18).
  • 16. 16 El texto del Antiguo Testamento al cual se refería Jesús está en Daniel 9:26-27, que profetiza la llegada de ejércitos para destruir a Jerusalén y el templo: "El pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones, ... Con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador". La palabra hebrea correspondiente a abominación se usa en todo el Antiguo Testamento para indicar ídolos y prácticas degradantes e idólatras, especialmente por parte de los enemigos de Israel (por ejemplo, Deuteronomio 29:17; 1 Reyes 11:5, 7; 2 Reyes 23:13; 2 Crónicas 15:8; Isaías 66:3; Jeremías 4:1; 7:30; 13:27; 32:34; Ezequiel 5:11; 7:20; 11:18, 21; 20:7-8, 30). El significado tanto de Daniel como de Mateo queda claro por la referencia paralela en Lucas. En vez de "abominación desoladora", Lucas dice: "Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas" (Lucas 21:20-22). Por consiguiente, la "abominación desoladora" habría de ser la invasión armada de Jerusalén. Durante el período de las guerras judías, Jerusalén fue rodeada por ejércitos paganos varias veces. Pero el evento específico descrito por Jesús como la "abominación desoladora" parece ser la ocasión en que los edomitas (idumeos), los enemigos de Israel de toda la vida, atacaron a Jerusalén. Varias veces en la historia de Israel, mientras éste era atacado por enemigos paganos, los edomitas habían irrumpido en la ciudad para saquearla y asolarla, aumentando así grandemente las miserias de Israel (2 Crónicas 20:2; 28:17; Salmos 137:7; Ezequiel 35:5-15; Amós 1:9, 11; Abdías 10-16). Los edomitas permanecieron fieles a su costumbre, y su patrón característico se repitió durante la gran tribulación. Una noche en 68 d. C., los edomitas rodearon la santa ciudad con 20,000 soldados. Según Josefo, mientras permanecían fuera del muro, "estalló durante la noche una terrible tormenta, con la mayor violencia y vientos muy fuertes, grandes aguaceros, continuos relámpagos y truenos, y tremendas concusiones y rugidos de la tierra, que experimentaba un terremoto. Estas cosas eran una indicación manifiesta de que algún tipo de destrucción estaba ocurriendo a los hombres, para que el sistema del mundo estuviese sufriendo un tal desorden; y cualquiera adivinaría que estas maravillas presagiaban algunas
  • 17. 17 grandes calamidades venideras". Esta era la última oportunidad para escapar de la ciudad de Jerusalén, condenada a muerte. Cualquiera que deseara huir tenía que hacerlo inmediatamente, sin demora. Los edomitas irrumpieron en la ciudad y fueron directamente al templo, donde masacraron a 8,500 personas degollándolas. Mientras el templo rebosaba de sangre, los edomitas corrían como locos por toda la ciudad, saqueando casas y asesinado a cualquier persona que encontraban, incluyendo al sumo sacerdote. Según el historiador Josefo, este suceso marcó "el principio de la destrucción de la ciudad... en este mismo día puede fecharse el derribamiento del muro y la ruina de sus asuntos". LA GRAN TRIBULACIÓN Más ¡ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo, porque habrá entonces gran tribulación, cual no la habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá (Mateo 24:19-21). El relato de Lucas da detalles adicionales: Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en aquellos días!, porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan (Lucas 21:23-24). Como señaló Jesús en Mateo, la gran tribulación debía tener lugar, no al final de la historia, sino a la mitad, pues nada similar había ocurrido "desde el principio del mundo hasta ahora, ni lo habrá". Así, pues, la profecía de la tribulación se refiere a la destrucción del templo en aquella generación (70 d. C.) solamente. No puede hacérsela encajar en ningún esquema de interpretación de "doble cumplimiento"; la gran tribulación de 70 d. C. fue un suceso absolutamente singular, que jamás habría de repetirse. Josefo nos ha dejado un registro presencial de mucho del horror de aquellos años, especialmente de los días finales de Jerusalén. Fue un tiempo en que "el día se pasaba en medio del derramamiento de sangre, y la noche en medio del temor";
  • 18. 18 cuando era "común ver ciudades llenas de cadáveres"; cuando los judíos se llenaron de pánico y comenzaron a matarse entre sí indiscriminadamente; cuando los padres, con lágrimas en los ojos, masacraban a toda su familia, para evitar que sufrieran un tratamiento peor a manos de los romanos; cuando, en medio de la terrible hambruna, las madres mataban, asaban y comían sus propios hijos (ver Deuteronomio 28:53); cuando la tierra entera "rebosaba de fuego y sangre"; cuando los lagos y los mares se tornaban rojos, con cadáveres flotando por todas partes, amontonándose en las orillas, hinchándose al sol, pudriéndose y reventándose; cuando los soldados romanos capturaban a personas intentando escapar, y las crucificaban - a razón de 500 personas en un solo día. "¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado! ¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!", habían exclamado los apóstatas cuarenta años antes (Mateo 27:22-25); y cuando todo hubo terminado, más de un millón de judíos habían sido muertos en el sitio de Jerusalén; cerca de un millón más habían sido vendidos como esclavos en todo el imperio, y la totalidad de Judea yacía en ruinas humeantes, virtualmente despoblada. Los días de retribución habían llegado con intensidad horrenda y despiadada. Al romper el pacto, la santa ciudad se había convertido en la ramera babilónica; y ahora era un desierto, "habitación de demonios, guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible" (Apocalipsis 18:2).
  • 19. 19 CAPÍTULO 2 LA VENIDA EN LAS NUBES Hemos visto que el discurso de Cristo en el Monte de los Olivos, registrado en Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21, trata del "fin" - no del fin del mundo, sino del fin de Jerusalén y el templo; se refiere exclusivamente a los "últimos días" de la era del pacto antiguo. Jesús hablaba claramente de sus propios contemporáneos cuando dijo que "esta generación" vería "todas estas cosas". La "gran tribulación" tuvo lugar durante el terrible período de sufrimiento, guerras, hambruna, y asesinatos en masa, que llevaron a la destrucción del templo en 70 d. C. Sin embargo, lo que parece presentar un problema para esta interpretación es lo que Jesús dijo a continuación: E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (Mateo 24:29-31). Jesús parece estar diciendo que la Segunda Venida ocurrirá inmediatamente después de la tribulación. ¿Ocurrirá la Segunda Venida en 70 d. C.? ¿Nos la hemos perdido? Primero, dejemos clara una cosa desde el comienzo: no hay manera alguna de soslayar esa palabra inmediatamente. Significa inmediatamente. Reconociendo que la tribulación tuvo lugar durante la generación que entonces vivía, también tenemos que enfrentar la clara enseñanza de la Escritura de que cualquiera sea lo que Jesús está hablando en estos versículos, ocurrió inmediatamente después. En otras palabras, estos versículos describen lo que ha de tener lugar al final de la tribulación - lo que forma su clímax. Para entender el significado de las expresiones de Jesús en este pasaje, necesitamos entender el Antiguo Testamento mucho más de lo que la mayoría de la gente lo entiende en la actualidad. Jesús estaba hablando a un auditorio íntimamente familiarizado con los más oscuros detalles de la literatura del Antiguo Testamento. Habían oído leer y exponer el Antiguo Testamento incontables veces durante sus vidas, y habían memorizado largos pasajes. Las imágenes y las formas
  • 20. 20 de expresión bíblicas habían formado su cultura, ambiente, y vocabulario desde su más tierna infancia, y esto había sido así durante generaciones. El hecho es que, cuando Jesús habló a sus discípulos sobre la caída de Jerusalén, usó vocabulario profético. Había un 'lenguaje' de la profecía, reconocible instantáneamente para los que estaban familiarizados con el Antiguo Testamento. Al predecir Jesús el fin completo del sistema del pacto antiguo - que era, en cierto sentido, el fin del mundo entero - habló de él como lo habría hecho cualquiera de los profetas, en el conmovedor lenguaje del juicio del pacto. Consideraremos cada elemento de la profecía, y veremos cómo su uso anterior por los profetas del Antiguo Testamento determinaba su significado en el contexto del discurso de Jesús sobre la caída de Jerusalén. Recordemos que nuestro modelo final de verdad es la Biblia, y la Biblia solamente. EL SOL, LA LUNA, Y LAS ESTRELLAS Al final de la tribulación, dice Jesús, el universo se desplomaría: la luz del sol y de la luna se extinguiría, las estrellas caerían, las potencias de los cielos serían conmovidas. La base de este simbolismo se halla en Génesis 1:14-16, donde se dice que el sol, la luna y las estrellas ("las potencias de los cielos") son "señales" que "gobiernan" el mundo. Más adelante en la Escritura, estas luces celestiales se usan para hablar de las autoridades y gobernadores terrenales; y cuando Dios amenaza con venir contra ellos en juicio, se usa para describirlo la misma terminología del universo que se desploma. Profetizando la caída de Babilonia a manos de los medos en 539 a. C., Isaías escribió: He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor (Isaías 13:9-10). Es muy significativo que Isaías profetizó más tarde la caída de Edom en términos de una des-creación: Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera (Isaías 34:4).
  • 21. 21 El profeta Amós, contemporáneo de Isaías, predijo la destrucción de Samaria (722 a. C.) de una manera muy parecida: "Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro" (Amós 8:9). Otro ejemplo ocurre con el profeta Ezequiel, que predijo la destrucción de Egipto. Dijo Dios por medio de Ezequiel: "Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y haré entenebrecer las estrellas; el sol cubriré con nublado, y la luna no hará resplandecer su luz. Haré entenebrecer todos los astros brillantes del cielo por ti, y pondré tinieblas sobre tu tierra, dice Jehová el Señor" (Ezequiel 32:7-8). Hay que subrayar que ninguno de estos sucesos tuvo lugar literalmente. No era el propósito de Dios que nadie interpretara literalmente estas afirmaciones. Sin embargo, poéticamente, todas estas cosas sí ocurrieron; por lo que concernía a estas naciones impías, "las luces se apagaron". Esto es simplemente lenguaje figurado, que no nos sorprendería en absoluto si estuviéramos más familiarizados con la Biblia y apreciáramos su carácter literario. Por consiguiente, lo que Jesús estaba diciendo, en terminología profética inmediatamente reconocible por sus discípulos, es que la luz de Israel se extinguiría; la nación del pacto dejaría de existir. Cuando la tribulación terminara, el antiguo Israel desaparecería. LA SEÑAL DEL HIJO DEL HOMBRE La mayoría de las traducciones modernas de Mateo 24:30 dice algo así: "Y entonces aparecerá en el firmamento la señal del Hijo del Hombre ...". Esa es una traducción errónea, basada, no en el texto griego, sino en las erradas suposiciones del propio traductor sobre este pasaje (creyendo que habla de la Segunda Venida). Una traducción del griego palabra por palabra dice en realidad: Y entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo. ... Como se puede ver, hay dos importantes diferencias en la traducción correcta. Primera, la ubicación de la cual se habla es el cielo, no sólo el firmamento; segunda, no es la señal lo que está en el cielo, sino el Hijo del Hombre el que está
  • 22. 22 en el cielo. El punto es simplemente que este gran juicio sobre Israel, la destrucción de Jerusalén y el templo, sería la señal de que Cristo Jesús está entronizado en el cielo a la derecha del Padre, señoreando sobre las naciones y trayendo retribución sobre sus enemigos. El cataclismo divinamente ordenado de 70 d. C. reveló que Cristo había quitado el reino a Israel y lo había dado a la iglesia; la desolación del antiguo templo era la señal final de que Dios lo había abandonado y ahora moraba en un nuevo templo, la iglesia. Todos estos eran aspectos de la primera venida de Cristo, partes cruciales de la obra que vino a llevar a cabo por medio de su muerte, resurrección, y ascensión al trono. Es por esto por lo que la Biblia habla del derramamiento del Espíritu Santo sobre la iglesia y la destrucción de Israel como de un mismo suceso, porque estaban íntimamente conectados teológicamente. El profeta Joel predijo al mismo tiempo tanto el día de Pentecostés como la destrucción de Jerusalén: Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado (Joel 2:28-32). Como veremos en un capítulo posterior, la inspirada interpretación de este texto por Pedro en Hechos 2 determina el hecho de que Joel está hablando del período desde el derramamiento inicial del Espíritu Santo hasta la destrucción de Jerusalén, desde Pentecostés hasta el Holocausto. Para nosotros, es suficiente observar aquí que en este pasaje se usa el mismo lenguaje de juicio. La interpretación barata común de que las "columnas de humo" son hongos de explosiones nucleares es una radical distorsión del texto, y una interpretación completamente errónea del lenguaje profético de la Biblia. Tendría el mismo sentido decir que las columnas de fuego y humo durante el éxodo eran el resultado de una explosión atómica. LAS NUBES DEL CIELO Apropiadamente, esto nos lleva al siguiente elemento de la profecía de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén: "y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran
  • 23. 23 gloria". Aquí la palabra tribus hace referencia principalmente a las tribus de la tierra de Israel; y el "lamento" probablemente ocurre en dos sentidos. Primero, se lamentarían de tristeza a causa de su sufrimiento y la pérdida de su tierra; segundo, lamentarían finalmente en arrepentimiento por sus pecados, cuando se convirtiesen de su apostasía (véase Romanos 11). Pero, ¿cómo es que verían al Hijo del Hombre viniendo en las nubes? Este es un símbolo importante del poder y la gloria de Dios, que se usa en toda la Biblia. Por ejemplo, pensemos en la "columna de fuego y nube" por medio de la cual Dios salvó a los Israelitas y destruyó a sus enemigos en la liberación de Egipto (véase Éxodo 13:21-22; 14:19:31; 19:16-19). En realidad, durante todo el Antiguo Testamento, Dios estaba viniendo "en las nubes", para salvar a su pueblo y destruir a sus enemigos: "El que pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas del viento" (Salmos 104:3). Cuando Isaías profetizó el juicio de Dios sobre Egipto, escribió: "He aquí que Jehová monta sobre una ligera nube, y entrará en Egipto; y los ídolos de Egipto temblarán delante de él" (Isaías 19:1). El profeta Nahúm habló de manera similar de la destrucción de Nínive por Dios: "Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies" (Nahúm 1:3). La expresión de que Dios "viene en las nubes del cielo" es un símbolo bíblico casi común de su presencia, juicio, y salvación. Sin embargo, mayor que esto es el hecho de que Jesús se está refiriendo a un suceso específico conectado con la destrucción de Jerusalén y el fin del pacto antiguo. Habló de ello nuevamente durante su juicio, cuando el sumo sacerdote le preguntó si era el Cristo, y Jesús respondió: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo (Marcos 16:62; ver Mateo 26:64). Obviamente, Jesús no se refería a un suceso miles de años en el futuro. Hablaba de algo que sus contemporáneos - "esta generación" - verían durante sus vidas. La Biblia nos dice exactamente cuándo vino Jesús en las nubes del cielo: Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos (Hechos 1:9). Y el Señor, después de que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios (Marcos 16:19).
  • 24. 24 Fue este suceso, la ascensión a la diestra de Dios, lo que Daniel predijo: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido (Daniel 7:13-14). La destrucción de Jerusalén era la señal de que el Hijo del Hombre, el segundo Adán, estaba en el cielo, señoreando sobre el mundo y disponiendo de él para sus propios fines. A su ascensión, había venido en las nubes del cielo para recibir el reino de manos de su Padre; la destrucción de Jerusalén era la revelación de este hecho. Por consiguiente, en Mateo 24, Jesús no estaba profetizando que vendría literalmente en las nubes en 70 d. C. (aunque era cierto figurativamente). Su "venida en las nubes", en cumplimiento de Daniel 7, tuvo lugar en 30 d. C., al principio de la "generación terminal". Pero en 70 d. C., las tribus de Israel verían la destrucción de la nación como resultado de su ascensión al trono del cielo para recibir el reino. JUNTAR A LOS ESCOGIDOS Finalmente, anunció Jesús, el resultado de la destrucción de Jerusalén sería que Jesús enviaría a sus "ángeles" a juntar a los escogidos. ¿No es esto el rapto? No. La palabra ángeles significa simplemente mensajeros (ver Santiago 2:25), sin importar si su origen es celestial o terrena; es el contexto lo que determina si las criaturas de las cuales se habla son celestiales. A menudo, la palabra significa predicadores del evangelio (ver Mateo 11:10; Lucas 7:24; 9:52; Apocalipsis 1-3). En contexto, hay todas las razones para suponer que Jesús está hablando del evangelismo mundial y la conversión de las naciones que seguiría a la destrucción de Israel. <> El uso que Cristo hace de la palabra juntar es significativo en este respecto. Literalmente, la palabra es un verbo que significa reunirse en sinagoga; el significado es que, con la destrucción del templo y del sistema de pacto antiguo, el Señor envía sus mensajeros para reunir en su sinagoga a su pueblo escogido. En realidad, Jesús está citando a Moisés, que había prometido: "Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te
  • 25. 25 recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará" (Deuteronomio 30:4). Ninguno de los dos textos tiene nada que ver con el rapto; ambos tienen que ver con la restauración y el establecimiento de la casa de Dios, la congregación organizada de su pueblo del pacto. Esto queda señalado aún más cuando recordamos lo que Jesús había dicho justo antes de este discurso: <> ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta (Mateo 23:37-38). Porque Jerusalén apostató y rehusó reunirse en sinagoga bajo la soberanía de Cristo, su templo sería destruido, y se formaría una nueva sinagoga y un nuevo templo: la iglesia. Por supuesto, el nuevo templo fue creado el día de Pentecostés, cuando el Espíritu vino a morar en la iglesia. Pero el hecho de la existencia del nuevo templo sólo sería obvio cuando el andamiaje del antiguo templo y el sistema del pacto antiguo fuesen quitados. Las congregaciones cristianas comenzaron inmediatamente a llamarse "sinagogas" (esa es la palabra usada en Santiago 2:2), mientras que las reuniones judías eran llamadas "sinagogas de Satanás" (Apocalipsis 2:9; 3:9). Pero vivían esperando el día del juicio sobre Jerusalén y el templo antiguo, cuando la iglesia fuera revelada como el templo verdadero y la verdadera sinagoga de Dios. Puesto que el sistema del pacto antiguo era "viejo" y estaba "próximo a desaparecer" (Hebreos 8:13), el escritor de Hebreos les instaba tener esperanza, "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca" (Hebreos 10:25; ver 2 Tesalonicenses 2:1-2). La promesa del Antiguo Testamento de que Dios "reuniría en sinagoga" a su pueblo experimenta un cambio muy importante en el Nuevo Testamento. En vez de la forma simple de la palabra, el término usado por Jesús tiene como prefijo la preposición epi. Esta es una expresión favorita en el nuevo pacto, que intensifica la palabra original. Por consiguiente, lo que Jesús está diciendo es que la destrucción del templo en 70 d. C. le revelaría a Él como viniendo en las nubes para recibir su reino; y mostraría a su iglesia ante el mundo como la plena, la verdadera, la super-sinagoga.
  • 26. 26 CAPÍTULO 3 LA VENIDA DEL ANTICRISTO Según las palabras de Jesús en Mateo 24, una de las crecientes características de la era que precedería al derrumbe de Israel sería la apostasía dentro de la iglesia cristiana. Esto se mencionó antes, pero un estudio más concentrado en este punto arrojará mucha luz sobre cierto número de temas relacionados en el Nuevo Testamento - temas que a menudo han sido malentendidos. Por regla general, pensamos en el período apostólico como un tiempo de evangelismo y crecimiento de la iglesia tremendamente explosivos, una "edad de oro", en que ocurrían milagros asombrosos todos los días. Esta imagen común es esencialmente correcta, pero es defectuoso a causa de una flagrante omisión. Tendemos a descuidar el hecho de que la iglesia primitiva fue escenario del más dramático brote de herejías en la historia mundial. LA GRAN APOSTASÍA La iglesia comenzó a ser infiltrada por herejías bien temprano en su desarrollo. Hechos 15 registra la reunión del primer concilio de iglesia, que fue convocado para producir una decisión autorizada sobre el tema de la justificación por la fe (algunos maestros habían estado abogando por la falsa doctrina de que se debían guardar las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento para ser justificado). Sin embargo, el problema no desapareció; años más tarde, e apóstol Pablo tuvo que lidiar con él otra vez, en su carta a las iglesias de Galacia. Como les dijo Pablo, esta aberración doctrinal no era poca cosa, sino que afectaba su misma salvación: era un "evangelio diferente", una completa distorsión de la verdad, y equivalía a repudiar a Jesucristo mismo. Usando algunos de los términos más severos de su carrera, Pablo pronunció condena contra los "falsos hermanos" que enseñaban la herejía (véase Gálatas 1:6-9; 2:5, 11-21; 3:1-3; 5:1-12). Pablo también previó que la herejía infectaría a las iglesias de Asia Menor. Convocando a los ancianos de Éfeso, les exhortó a "estar en guardia por ustedes mismos y por toda la grey" porque "yo sé que, después de mi partida, vendrán lobos rapaces que no perdonarán al rebaño; y se levantarán de entre ustedes mismos, hablando perversidades, para atraer tras de sí a los discípulos" (Hechos 20:28-30). Tal como Pablo lo predijo, la falsa doctrina se convirtió en un punto de disputa de
  • 27. 27 enormes proporciones en estas iglesias. Para cuando se escribió el libro de Apocalipsis, algunas de ellas habían sido casi completamente arruinadas por el avance de enseñanzas heréticas y la apostasía resultante (Apocalipsis 2:2, 6, 14- 16, 20-24; 3:1-4, 15-18). Pero el problema de la herejía no se limitaba a ninguna área geográfica ni cultural. Estaba extendida, y se convirtió más y más en tema de consejos apostólicos y descuidos pastorales a medida que pasaba el tiempo. Algunos herejes enseñaban que la resurrección final ya había tenido lugar (2 Timoteo 2:18), mientras que otros afirmaban que la resurrección era imposible (1 Corintios 15:12); algunos enseñaban extrañas doctrinas de ascetismo y culto a los ángeles (Colosenses 2:8, 18-23; 1 Timoteo 4:1-3); otros abogaban por toda clase de inmoralidades y rebeliones en nombre de la "libertad" (2 Pedro 2:1-3, 10-22; Judas 4, 8, 10-13, 16). Una y otra vez, los apóstoles se encontraron haciendo severas advertencias para que no se tolerasen falsos maestros y "falsos apóstoles" (Romanos 16:17-18; 2 Corintios 11:3- 4, 12-15; Filipenses 3:18-19; 1 Timoteo 1:3-7; 2 Timoteo 4:2-5), pues éstos habían sido la causa de separaciones en masa de la fe, y la extensión de la apostasía aumentaba a medida que el tiempo pasaba (1 Timoteo 1:19-20; 6:20-21; 2 Timoteo 2:16-18; 3:1-9, 13; 4:10, 14-16). Una de las últimas cartas del Nuevo Testamento, el libro de Hebreos, se escribió a una comunidad cristiana entera cuando sus miembros estaban a punto de abandonar el cristianismo en masa. La iglesia cristiana de la primera generación no sólo se caracterizaba por la fe y los milagros; también se caracterizaba por la creciente ilegalidad, rebelión, y herejía desde dentro de la propia comunidad cristiana - tal como Jesús lo había predicho en Mateo 24. EL ANTICRISTO Los cristianos tenían un nombre específico para esta apostasía. La llamaban Arttic/must. Muchos escritores populares han especulado sobre este término, y por lo general, han desestimado su uso en la Escritura. En primer lugar, considérese un hecho que sin duda sorprenderá a algunas personas: la palabra "anticristo" jamás ocurre en el libro de Apocalipsis. Ni una sola vez. Pero el término es usado de modo rutinario por los maestros cristianos como sinónimo de "la bestia" de Apocalipsis 13. Obviamente, no hay duda de que la bestia es enemiga de Cristo, y por esto, es "anti" Cristo en ese sentido; sin embargo, lo que quiero subrayar es que el término anticristo se usa en un sentido muy específico, y esencialmente no está relacionado con la figura conocida como "la bestia" y el número "666".
  • 28. 28 Un error adicional enseña que "el anticristo" es un individuo específico; relacionada con esto está la idea de que "él" es alguien que aparecerá hacia el fin del mundo. Como la primera, ambas ideas son contradichas por el Nuevo Testamento. En realidad, las únicas ocasiones en que ocurre el término anticristo son los siguientes versículos de las cartas del apóstol Juan. Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. ... ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. ... Os he escrito esto sobre los que os engañan (1 Juan 2:18-19, 22-23, 26). Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:1-6). Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no tiene esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa de sus malas obras (2 Juan 7-11). Los textos citados arriba comprenden todos los pasajes bíblicos que mencionan la palabra anticristo, y de ellos podemos extraer varias conclusiones importantes:
  • 29. 29 Primera, los cristianos ya habían sido advertidos de la venida del anticristo (1 Juan 2:18; 4:3). Segunda, no había sólo uno, sino "muchos anticristos" (1 Juan 2:18). Por consiguiente, el término anticristo no puede ser simplemente la designación de un solo individuo. Tercera, el anticristo ya estaba en operación, como escribió Juan: "Así ahora han surgido muchos anticristos" (1 Juan 2:18); "Os he escrito esto sobre los que os engañan" (1 Juan 2:26); "vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo (1 Juan 4:3); muchos engañadores han salido por el mundo. ... Éste es el engañador y el anticristo" (2 Juan 7). Obviamente, si el anticristo ya estaba presente en el siglo primero, no era ninguna figura que surgiría al fin del mundo. Cuarta, el anticristo era un sistema de incredulidad, particularmente la herejía de negar la persona y la obra de Jesucristo. Aunque, aparentemente, los anticristos afirmaban pertenecer al Padre, enseñaban que Jesús no era el Cristo (1 Juan 2:22); junto con los falsos profetas (1 Juan 4:1), negaban la encarnación (1 Juan 4:3; 2 Juan 7, 9), y rechazaban la doctrina apostólica (1 Juan 4:6). Quinta, los anticristos habían sido miembros de la iglesia cristiana, pero habían abandonado la fe (1 Juan 2:19). Ahora estos apóstatas estaban tratando de engañar a otros cristianos para inclinar a la iglesia en general en dirección contraria a Jesucristo (1 Juan 2:26; 4:1; 2 Juan 7, 10). Juntando todo esto, podemos ver que el anticristo es una descripción tanto de un sistema de apostasía como de apóstatas individuales. En otras palabras, el anticristo era el cumplimiento de la profecía de Jesús de que vendría un tiempo de gran apostasía, cuando "muchos tropezarían entonces, y se entregarían unos a otros, y unos a otros se aborrecerían. Y muchos falsos profetas se levantarían, y engañarían a muchos" (Mateo 24:10-12). Como dijo Juan, los cristianos habían sido advertidos de la venida del anticristo; y efectivamente, habían surgido "muchos anticristos". Durante un tiempo, habían creído al evangelio; más tarde, habían abandonado la fe, e iban por allí tratando de engañar a otros, bien iniciando nuevas sectas o, más probablemente, tratando de atraer a los cristianos hacia el judaísmo - la falsa religión que aseguraba adorar al Padre mientras negaba al Hijo. Cuando la doctrina del anticristo se entiende, encaja perfectamente en lo que nos dice el resto del Nuevo Testamento sobre la época de la "generación terminal".
  • 30. 30 Uno de los anticristos que afligía a la iglesia primitiva era Cerinto, jefe de una secta judaica del siglo primero. Considerado por los Padres de la Iglesia como "el archihereje", e identificado como uno de los "falsos apóstoles" que se oponían a Pablo, Cerinto era un judío que ingresó a la iglesia y comenzó a alejar a los cristianos de la fe ortodoxa. Enseñaba que una deidad menor, no el Dios verdadero, había creado el mundo (sosteniendo, como los gnósticos, que Dios era demasiado "espiritual" para ocuparse de la realidad material). Lógicamente, esto significaba una negación de la encarnación, pues Dios no asumiría un cuerpo físico y una personalidad realmente humana. Y Cerinto era consistente: declaraba que Jesús había sido simplemente un hombre ordinario, no nacido de una virgen; que "el Cristo" (un espíritu celestial) había descendido sobre el hombre Jesús en el bautismo (permitiéndole hacer milagros), pero luego le había abandonado nuevamente en la crucifixión. También, Cerinto defendía una doctrina de justificación por las obras - en particular, la absoluta necesidad de observar las ordenanzas ceremoniales del pacto antiguo para ser salvo. Además, Cerinto fue aparentemente el primero en enseñar que la segunda venida introduciría un reinado literal de Cristo en Jerusalén durante mil años. Aunque esto contrario a la enseñanza apostólica del reino, Cerinto afirmaba que un ángel le había revelado esta doctrina (de una manera muy parecida a lo que ocurrió con Joseph Smith, un anticristo del siglo diecinueve, que más tarde afirmaría que había recibido una revelación angélica). Los verdaderos apóstoles se opusieron severamente a la herejía de Cerinto. Pablo amonestó a las iglesias: "Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, os enseñare un evangelio contrario al que os he predicado, sea anatema" (Gálatas 1:8), y continuó refutando en la misma carta las herejías legalistas que sostenía Cerinto. Según la tradición, Juan escribió su evangelio y sus cartas teniendo en mente especialmente a Cerinto. (También se nos dice que, al entrar Juan en el baño público, alcanzó a ver al anticristo delante de él. El apóstol inmediatamente dio la vuelta y salió corriendo, mientras exclamaba: "¡Huyamos, no sea que el edificio nos caiga encima, pues Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro!"). Regresando a las afirmaciones de Juan sobre el espíritu del anticristo, debemos notar que Juan subraya un punto adicional, muy significativo: como predijo Jesús en Mateo 24, la venida del anticristo es una señal del "fin". "Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo" (1 Juan 2:18). La conexión que la gente hace a menudo entre el anticristo y "los últimos días" es
  • 31. 31 bastante correcta; pero lo que a menudo se pasa por alto es el hecho de que la expresión los últimos días, y términos similares, se usan en la Biblia para referirse, no al fin del mundo físico, sino a los últimos días de la nación de Israel, los "últimos días" que terminaron con la destrucción del templo en 70 d. C. Esto también será una sorpresa para muchos; pero debemos aceptar la enseñanza de la Escritura. Los autores del Nuevo Testamento incuestionablemente usaron lenguaje del "fin del tiempo" cuando hablaban del período en que estaban viviendo, antes de la caída de Jerusalén. Como hemos visto, el apóstol Juan dijo dos cosas sobre este punto: primera, que el anticristo ya había venido; y segunda, que la presencia del anticristo era prueba de que él y sus lectores estaban viviendo en "el último tiempo". En una de sus primeras cartas, Pablo había tenido que corregir una impresión errónea relativa al juicio venidero sobre Israel. Falsos maestros habían estado asustando a los creyentes diciéndoles que el día del juicio ya estaba sobre ellos. Pablo les recordó a los cristianos lo que antes les había explicado: Que nadie os engañe, porque no vendrá sin que antes venga la apostasía. ... (2 Tesalonicenses 2:3). Sin embargo, para el fin de la era, mientras Juan escribía sus cartas, la gran apostasía - el espíritu del anticristo, que el Señor había predicho - era una realidad. Judas, que escribió uno de los últimos libros del Nuevo Testamento, no nos deja dudas sobre este punto. Condenando enérgicamente a los herejes que habían invadido la iglesia y estaban tratando de alejar a los cristianos de la fe ortodoxa (Judas 1-16), Judas recuerda a sus lectores que ellos habían sido advertidos de esto mismo: Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen el Espíritu (Judas 17-19). Judas claramente considera las advertencias sobre los "burladores" como que se refieren a los herejes de sus propios días - en el sentido de que sus propios días eran el período del "último tiempo". Como Juan, sabía que la rápida multiplicación de estos falsos hermanos era una señal del fin. El anticristo había llegado, y ahora era el último tiempo.
  • 32. 32 CAPÍTULO 4 LOS ÚLTIMOS DÍAS Como comenzamos a ver en el capítulo anterior, el período que en la Biblia se llama "los últimos días" ("los últimos tiempos" o "el último tiempo") es el período entre el nacimiento de Cristo y la destrucción de Jerusalén. La iglesia primitiva estaba viviendo en el fin de la era antigua y el comienzo de la nueva. Este período entero debe ser considerado como el tiempo del primer advenimiento de Cristo. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la prometida destrucción de Jerusalén se considera un aspecto de la obra de Cristo, conectado íntimamente con su obra de redención. Su vida, muerte, resurrección, y ascensión, el derramamiento del Espíritu, y el juicio de Jerusalén son todos parte de su obra de introducir su reino y crear su nuevo templo (véase, por ejemplo, cómo conecta Daniel 9:24-27 la expiación con la destrucción del templo). Consideremos cómo usa la misma Biblia estas expresiones acerca del fin de la era. En 1 Timoteo 4:1-3, Pablo advertía: Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que, con acción de gracias, participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. ¿Estaba Pablo hablando de unos "últimos tiempos" que ocurrirían miles de años más tarde? ¿Por qué advertiría a Timoteo de sucesos que Timoteo, y sus tataranietos, y cincuenta o más generaciones de descendientes, nunca vivirían para ver? En realidad, Pablo le dice a Timoteo: "Si enseñas esto a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo" (1 Timoteo 4:6). Los miembros de la generación de Timoteo necesitaban saber qué ocurriría en "los últimos días", pues ellos serían afectados personalmente por esos sucesos. En particular, necesitaban tener la certeza de que la apostasía venidera era parte del patrón general de eventos que conducirían al fin del antiguo orden y el pleno establecimiento del reino de Cristo. Como podemos ver en pasajes como Colosenses 2:18-23, las "doctrinas de demonios" sobre las cuales Pablo advertía eran comunes durante el siglo primero. Los "últimos tiempos" ya estaban ocurriendo. Esto es bastante claro en la afirmación posterior de Pablo a Timoteo:
  • 33. 33 También debes saber esto: que en los postreros tiempos vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe (2 Timoteo 3:1-8). Las mismas cosas que Pablo dijo que ocurrirían en "los últimos días" estaban ocurriendo en el momento en que él escribía, y él simplemente estaba advirtiendo a Timoteo lo que podía esperar a medida que la era se aproximara a su clímax. El anticristo estaba comenzando a levantar su cabeza. Otros escritores del Nuevo Testamento compartían este punto de vista con Pablo. La carta a los Hebreos comienza diciendo que Dios "en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo" (Hebreos 1:2); luego, el escritor muestra que "ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado" (Hebreos 9:26). Pedro escribió que Cristo "ya estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero fue manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Pedro 1:20-21). El testimonio apostólico es inconfundiblemente claro: cuando Cristo vino, los "últimos días" llegaron con él. Cristo vino a introducir la nueva era del reino de Dios. La era antigua estaba desapareciendo, y sería abolida completamente cuando Dios destruyera el templo. DESDE PENTECOSTÉS HASTA EL HOLOCAUSTO El día de Pentecostés, cuando el Espíritu había sido derramado y la comunidad cristiana había hablado en lenguas extrañas, Pedro declaró la interpretación bíblica de los sucesos: Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas
  • 34. 34 profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquél que invocare el nombre del Señor será salvo (Hechos 2:16-21). Ya hemos visto cómo la frase "la luna, el fuego y el vapor de humo" y las señales en el sol y la luna se cumplieron en la destrucción de Jerusalén. Lo que es crucial notar en este punto es la precisa afirmación de Pedro de que los últimos días habían llegado. Contrariamente a algunas exposiciones modernas de este texto, Pedro no dijo que los milagros de Pentecostés eran como los había profetizado Joel, ni que eran una especie de "proto-cumplimiento" de la profecía de Joel; Pedro dijo que éste era el cumplimiento: "Esto es lo dicho por el profeta Joel". Los últimos días estaban aquí: el Espíritu había sido derramado, el pueblo de Dios estaba profetizando y hablando en lenguas, y Jerusalén sería destruida con fuego. Las antiguas profecías se estaban desarrollando, y no pasaría esta generación antes de que todas "estas cosas" se cumplieran. Por consiguiente, Pedro instó a sus oyentes: "Sed salvos de esta perversa generación" (Hechos 2:40). En relación con esto, debemos notar la importancia escatológica del don de lenguas. En 1 Corintios 14:21-22, Pablo mostró que el milagro de las lenguas era el cumplimiento de la profecía de Isaías contra el Israel rebelde. Puesto que el pueblo del pacto estaba rechazando su clara revelación, Dios advirtió que sus profetas le hablarían en lenguas extrañas con el expreso propósito de que esto fuese testigo definitivo para el Israel incrédulo durante los últimos días que precederían a su juicio: Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo ... hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos. Por tanto, varones burladores que gobernáis a este pueblo que está en Jerusalén, oíd la palabra de Jehová: Por cuanto habéis dicho: Pacto tenemos hecho con la muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque hemos puesto nuestro refugio en la mentira; y en la falsedad nos esconderemos; por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure. Y ajustaré el juicio a cordel, y a nivel la justicia; y granizo barrerá el refugio de la mentira, y aguas arrollarán el escondrijo. Y
  • 35. 35 será anulado vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el Seol no será firme; cuando pase el turbión del azote, seréis de él pisoteados. Luego que comience a pasar, él os arrebatará; porque de mañana en mañana pasará, de día y de noche; y será ciertamente espanto el entender lo oído (Isaías 28:11-19). El milagro de Pentecostés fue un mensaje contundente para Israel. Los judíos sabían lo que significaba. Era la señal de Dios de que la Piedra Angular había venido, y que Israel le había rechazado para su propia condenación (Mateo 21:42- 44; 1 Pedro 2:6-8). Era la señal de juicio y reprobación, la señal de que los apóstatas de Jerusalén estaban a punto de "caer de espaldas, ser quebrantados, enlazados y presos". Los últimos días de Israel habían llegado: la era antigua había llegado a su fin, y Jerusalén sería barrida en una nueva inundación, para hacer lugar para la nueva creación de Dios. Como dijo Pablo, el don de lenguas era "una señal, no para los creyentes, sino para los incrédulos" (1 Corintios 14:22) - una señal para los judíos incrédulos de la condenación que se acercaba a ellos. La iglesia primitiva esperaba la venida de la nueva era. Sabía que, con el fin visible del sistema del pacto antiguo, la iglesia sería revelada como el templo nuevo y verdadero; y la obra que Cristo había venido a llevar a cabo sería ejecutada. Este era un aspecto importante de la redención, y la primera generación de cristianos esperaba este evento durante su vida. Durante este período de espera y severas pruebas, el apóstol Pedro les aseguró que estaban "protegidos por el poder de Dios por medio de la fe para una salvación lista para ser revelada en el último tiempo" (1 Pedro 1:5). Estaban en al umbral mismo del nuevo mundo. ESPERANDO EL FIN Los apóstoles y los cristianos de la primera generación sabían que estaban viviendo en los últimos días de la era del pacto antiguo. Esperaban ansiosamente su consumación y la plena introducción de su nueva era. Al progresar la nueva era y aumentar e intensificarse las "señales del fin", la iglesia podía ver que el día del juicio se aproximaba velozmente, se veía una crisis en el futuro cercano, cuando Cristo les libraría "de este presente siglo malo" (Gálatas 1:4). Las declaraciones de los apóstoles están llenas de esta actitud expectante, la certeza de que este trascendental acontecimiento estaba a las puertas. La espada de la ira de Dios estaba suspendida sobre Jerusalén, lista para caer en cualquier momento. Pero los cristianos no debían temer, porque la ira venidera no estaba dirigida a ellos, sino a los enemigos del evangelio. Pablo instaba a los tesalonicenses a "esperar de los
  • 36. 36 cielos a su Hijo, el cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera" (1 Tesalonicenses 1:10). Haciéndose eco de las palabras de Jesús en Mateo 23-24, Pablo subrayó que el juicio inminente sería derramado sobre "los judíos, que mataron al Señor Jesús y sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1 Tesalonicenses 2:14-16). Los cristianos habían sido advertidos y, por lo tanto, estaban preparados, pero el Israel incrédulo sería sorprendido: Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. ... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:1-5, 9). Pablo amplió esto en su segunda carta a la misma iglesia: Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo en nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesucristo desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros) (2 Tesalonicenses 1:6-10). Claramente, Pablo no está hablando de la venida final de Cristo al fin del mundo, porque las venideras "tribulación" y "retribución" estaban dirigidas específicamente a los que perseguían a los cristianos tesalonicenses de la primera generación. El venidero día del juicio no era algo que ocurriría miles de años más tarde. Estaba cerca - tan cerca, que podían verlo venir. La mayor parte de las "señales del fin" ya existían, y los inspirados apóstoles instaban a la iglesia a esperar el fin en cualquier momento. Pablo urgió a los cristianos de Roma a perseverar en el buen vivir, "conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está
  • 37. 37 más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz" (Romanos 13:11-12). Obviamente, todavía hay mucha impiedad en el mundo hoy día. Pero el cristianismo ha estado ganando batallas gradual y persistentemente desde los días de la iglesia cristiana; y mientras los cristianos continúan combatiendo al enemigo, llegará el momento en que los santos posean el reino (Daniel 7:22, 27). Por eso Pablo podía consolar a los creyentes asegurándoles que "el Señor está a las puertas" (Filipenses 4:5). En realidad, la contraseña de la iglesia primitiva (1 Corintios 15:22) era "¡Maranata! ¡El Señor viene!". Esperando la venidera destrucción de Jerusalén, el escritor de Hebreos advirtió a los que sentían tentados a "replegarse" al judaísmo apóstata que la apostasía sólo les traería "una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios" (Hebreos 10:27). Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! ... Porque os necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa: Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por la fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros nos somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hebreos 10:30-31; 36-39). Los otros autores del Nuevo Testamento escribieron en términos similares. Después de que Santiago advirtió a los incrédulos ricos que oprimían a los cristianos acerca de las miserias que estaban a punto de descender sobre ellos, acusándoles de haber "acumulado tesoros para los días postreros" (Santiago 5:1- 6), animó a los cristianos sufrientes: Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está delante de la puerta (Santiago 5:7-9).
  • 38. 38 También el apóstol Pedro advirtió a la iglesia que "el fin de todas las cosas se acerca" (1 Pedro 4:7), y les animó a vivir en la diaria expectación del juicio que habría de venir en su generación: Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. ... Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? (1 Pedro 4:12-13; 17). Los primeros cristianos tuvieron que soportar tanto severas persecuciones a manos del Israel apóstata como traiciones de los anticristos en su propio medio, que trataban de llevar a la iglesia hacia la secta judaica. Pero este tiempo de fuerte tribulación y sufrimiento trabajaba a favor de la bendición y la santificación de los propios cristianos (Romanos 8:28-39); y mientras tanto, la ira de Dios contra los perseguidores estaba aumentando. Finalmente, vino el fin, y se desató la ira de Dios. Los que habían acarreado tribulación sobre la iglesia fueron lanzados a la mayor tribulación de todos los tiempos. El mayor enemigo de la iglesia fue destruido, y nunca más representaría una amenaza para su victoria final.
  • 39. 39 CAPÍTULO 5 LA VENIDA DEL NUEVO PACTO Hemos visto en los capítulos precedentes cómo el mensaje de la cercana desolación de Jerusalén ocupa un lugar central en los temas del Nuevo Testamento. El libro de Apocalipsis no es ninguna excepción a esto. En el primer versículo, dice específicamente que trata, no del futuro distante y el fin del mundo, sino más bien de "las cosas que deben tener lugar pronto". En el tercer versículo, se les advierte a sus lectores que "el tiempo está cerca" para que se cumpliesen sus profecías. Ambas afirmaciones se repiten al final del libro (véase Apocalipsis 22:6, 10). Y, claramente, aunque en forma simbólica, sus profecías están dirigidas contra "la gran ciudad ... donde el Señor fue crucificado" (Apocalipsis 11:8; véas4e 14:8; 16:19; 17:18). Como el resto del Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis sigue el ejemplo de Cristo al predecir la destrucción de Jerusalén en 70 d. C. Como he explicado en detalle en mi comentario, Días de Retribución, Juan escribió Apocalipsis en la forma bíblica estándar de "demanda de pacto" presentada por los profetas hebreos ("los abogados de Dios para la acusación") contra la desobediente nación de Israel. Por medio de una miríada de símbolos adaptados de las profecías del Antiguo Testamento, Juan estableció dos puntos principales: primero, Israel había quebrantado irrevocablemente su pacto con el Señor; segundo, por medio de su encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión, Jesucristo había introducido un pacto nuevo y final, infaliblemente garantizado por su victoria sobre el pecado y la muerte. La imagen que sirve como fundamento para esto en el libro de Apocalipsis aparece en la primera visión del tribunal en el cielo (capítulos 4 y 5). Juan vio al Señor sentado en el trono y sosteniendo un libro "sellado con siete sellos" (indicando a su auditorio que era una especie de testamento) y "escrito por el frente y por detrás". Cualquier lector cristiano del siglo primero habría entendido inmediatamente el significado de esto, porque está basado en la descripción de los Diez Mandamientos. Las dos tablas del testimonio (que eran copias duplicadas de la ley) estaban inscritas tanto por el frente como por detrás (Éxodo 32:15). Una analogía de esto se encuentra en los tratados de señorío feudal del antiguo Cercano Oriente: un rey victorioso (el señor feudal) impondría un tratado/pacto sobre el rey derrotado (el vasallo) y sobre todos los que estaban bajo la autoridad
  • 40. 40 del vasallo. Se preparaban dos copias del tratado (como en los modernos contratos), y cada una de las partes ponía su copia del contrato en la casa de su dios, como documento legal que testificaba de la transacción. Por supuesto, en el caso de Israel, el Señor era tanto señor feudal como Dios; así que ambas copias del pacto fueron puestas en el tabernáculo (Éxodo 25:16, 21; 40:20; Deuteronomio 10:2). Así, pues, la idea del pacto ocupa un lugar central en el mensaje de Apocalipsis. Desde el comienzo, la profecía de Juan es presentada como parte del canon de la Sagrada Escritura, escrita principalmente para ser leída en la liturgia (1:3). Se usan las imágenes del tabernáculo en la doxología de apertura (1:4-5), y se declara que la iglesia está constituida como el nuevo reino de sacerdotes, como Israel lo había sido en Sinaí (1:6). El tema del libro, declarado en 1:7, es la venida de Cristo en la nube de gloria; luego, casi inmediatamente, Juan usa tres palabras que casi siempre ocurren durante toda la Biblia en relación con la actividad de hacer un pacto: Espíritu, Día, y Voz (1:10). La siguiente visión de Cristo como el glorioso Sumo Sacerdote (1:12-20) combina muchas imágenes del Antiguo Testamento - la nube, el día del Señor, el ángel del Señor, el Creador y Soberano del universo, el Hijo del hombre/Segundo Adán, el conquistador de las naciones, el poseedor de la iglesia - todas las cuales tienen que ver con las profecías de la venida del nuevo pacto. La visión es seguida por el mensaje del propio Cristo a las iglesias, en el estilo de un recuento de la historia del pacto (capítulos 2-3). Luego, en el capítulo 4, Juan ve el trono, sostenido por querubines y rodeado por el real sacerdocio, todos cantando las alabanzas de Dios con el acompañamiento de relámpagos y voces y truenos como los del Sinaí. No debe sorprendernos encontrarnos con que este magnífico despliegue de imágenes relativas a hacer un pacto culmina en la visión de un documento de testamento/tratado, escrito tanto por el frente como por detrás, en la mano de Aquél que se sienta en el trono. El libro es nada menos que el testamento del Cristo resucitado y ascendido: el nuevo pacto. Pero la venida del nuevo pacto implica la obsolescencia del pacto antiguo y el juicio del Israel apóstata. Como ya hemos observado brevemente, los profetas bíblicos hablaban en términos de la estructura del tratado de pacto, actuando como abogados acusadores en nombre del señor feudal divino, incoando una demanda de pacto contra Israel. Las imágenes del documento inscrito en ambos lados se usan también en la profecía de Ezequiel, que Juan usó como modelo para su profecía. Ezequiel habla de recibir un rollo que contenía una lista de juicios contra Israel:
  • 41. 41 Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí, hasta este mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo: no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo que yo te doy. Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en ella había un rollo de libro. Y lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes (Ezequiel 2:3- 10). Por consiguiente, así como Juan ve la apertura del nuevo pacto, también verá las maldiciones del pacto antiguo cumplidas en el pueblo apóstata del pacto. Esta conclusión se ve más clara cuando miramos el movimiento general de la profecía. Los siete sellos del libro son rotos para revelar su contenido; pero la ruptura del séptimo sello inicia el sonido de la séptima trompeta (8:1-2). La visión final de la sección de las trompetas termina con una escena horrorosa de una gran vendimia, en la cual las "uvas de la ira" son holladas y la tierra entera es inundada por un torrente de sangre (14:19-20). Esto conduce directamente a la sección final de Apocalipsis, en la cual Juan ve la sangre del lagar siendo derramada de las siete copas de la ira (16:1-21). Por consiguiente, parecería que se quiere que entendamos que las siete copas contienen la séptima trompeta, "el último ay" que debía caer sobre la tierra (véase 8:13; 9:12; 11:14-15; 12:12). Todos estos - los sellos, las trompetas, las copas - son el contenido del libro de los siete sellos, el nuevo pacto. Pero hay una crisis: Juan descubre que no hay nadie en toda la creación - "en el cielo, en la tierra, o debajo de la tierra" - que pueda o sea digno de de abrir el libro, o siquiera mirarlo. Nadie puede cumplir las condiciones requeridas por el Mediador del nuevo pacto. Todos los mediadores anteriores - Adán, Moisés, David, y el resto - en definitiva habían demostrado ser inadecuados para la tarea. Nadie pudo quitar el pecado y la muerte, porque todos han pecado, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). El sacrificio de animales no podía quitar los pecados, pues tal cosa es imposible (Hebreos 10:4); y el mismo sumo sacerdote que ofrecía el
  • 42. 42 sacrificio era pecador, "rodeado de debilidad" (Hebreos 5:1-3; 7:27) y tenía que ser reemplazado después de su muerte (Hebreos 7:23). No se pudo hallar a nadie que garantizase un mejor pacto. Con el anhelo profético y la tristeza de la iglesia del pacto antiguo, Juan comenzó a llorar mucho. El nuevo pacto había sido ofrecido por el que estaba sentado en el trono, pero nadie era digno de actuar en nombre tanto de Dios como del hombre para ratificar el pacto. El libro de los siete sellos continuaría cerrado. Inmediatamente, Juan es consolado por un anciano, que dice (así literalmente): "¡Deja de llorar; he aquí, Él ha vencido!". La iglesia, pues, predica el evangelio a Juan; y parece que el anciano está tan conmovido por su mensaje que revela el clímax antes de explicar quién ha vencido. Luego describe a Cristo el Conquistador como el León de la tribu de Judá, el fuerte y poderoso cumplimiento de la antigua profecía de Jacob a su cuarto hijo: Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos (Génesis 49:9-10). Fue a David, el León conquistador de Judá del pacto antiguo, a quien Dios reveló tanto el plano del templo (1 Crónicas 28:11-19) como el plan del pacto eterno, el "estatuto para la humanidad", por medio del cual el venidero Rey-Sacerdote traería la bendición de Abraham a todas las naciones (2 Samuel 7:18-29; 23:2-5; 1 Crónicas 17:16-27; Salmos 16; Hechos 2:25-36). Por fin vino el Hijo mayor de David, y conquistó, estableciendo el dominio sempiterno e inaugurando el pacto. Personificando y cumpliendo todas las promesas del pacto, Él es aquél "a quien pertenece". Cristo es llamado también la Raíz de David - una expresión extraña, según nuestro modo de pensar. Podemos entender más fácilmente la expresión de Isaías: "vara del tronco de Isaí" (Isaías 11:1). Como descendiente de Isaí y de David, Jesús podía ser llamado una "rama" (Jeremías 23:5; Zacarías 3:8); pero, cómo podría ser llamado una Rama? Nuestra perplejidad se origina en nuestro concepto no bíblico de cómo funciona la historia. Estamos acostumbrados a pensar en la historia como si fuera un máquina cósmica de Rubén Goldberg; mueva una palanca en un extremo, y una serie de dispositivos y lo que sea caen los unos contra los otros como fichas de dominó, produciendo finalmente lo que sea en el extremo distante