En su origen, las Musas eran los espíritus de las aguas, eran las ninfas inspiradoras de las fuentes. “El agua habla cuando corre”, esta frase refleja la idea muy difundida en la antigüedad de que el agua, o los espíritus del agua, podían profetizar. Y a los profetas también se les consideraba poetas, de ahí la idea de que las musas podían, a quien ellas quisieran, inspirarle a escribir oráculos en verso y también poesía. Como eran muy sabias, conocían todas las historias y podían inspirarlas a quienes ellas quisieran. Por esto se convirtieron fácilmente en las protectoras de toda forma de literatura a medida que iba desarrollándose, y por una extensión natural, también de otras artes.
Las musas se encontraban en el monte Parnaso, que estaba consagrado a Apolo. A los pies de este monte se encontraba la Fuente Castalia, en la que los artistas se purificaban antes de entrar al templo del dios.
Alrededor del siglo VIII a. C., la adoración de las musas, como hijas de Zeus y Mnemosine, se extendió por todo el territorio de la Hélade. El poeta griego Hesíodo (s. VIII a.C.) es el primer autor que da los nombres de las nueve musas, y a partir de entonces así serán reconocidas.
Según la mitología clásica, las Musas son hijas de Zeus y Mnemósine, hija de Urano y Gea, y Diosa de la memoria. Zeus, buscando como perpetuar sus hazañas, se unió a Mnemósine, diosa de la memoria. Estuvo con ella durante nueve noches consecutivas. De esta unión nacieron las nueve Musas, diosas inspiradoras de las artes, la literatura y las ciencias.