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ES DIVERTIDO
LEER
2 ©EDUVISIÓN
Prólogo
¡Hola, amiguitos!
Nos sentimos muy felices de darles la bienvenida a esta nueva aventura
de LEER ES DIVERTIDO. Les invitamos a que viajen con nosotros a
una gran variedad de lugares fantásticos y que vivan nuevas experiencias
mediante la lectura.Adquirirán experiencias nuevas y se
sorprenderán y disfrutarán con las maravillosas aventuras
de esta serie.
En este fascinante viaje a través de la
serie LEER ES DIVERTIDO, se enfrentarán
con una variedad de personajes, desde los
terribles y malvados hasta los generosos y
buenos, que les ayudarán y darán muy buenos
consejos para la vida. Les aconsejarán a saltar
los obstáculos que encuentren en las lecturas;
muchos de ellos también se presentarán en
sus vidas.
Igualmente conocerán, de la mano de una gran
variedad de personajes, los buenos caminos de
la vida; guiados por ellos apreciarán muchas
cosas desconocidas y, a través de este viaje
maravilloso, diversas experiencias como el
temor, el amor, la fantasía, la naturaleza,
lugares exóticos…
Podrán convertirse en partícipes, gracias
a las variadas actividades como
obras de teatro, cuentacuentos,
producción de canciones, obras
de arte, dibujos, dramas y otras
actividades, en calidad de
protagonistas en estas aventuras.
Finalmente, a través de la
fantasía del video y la televisión,
recorrerán un mundo virtual,
donde los sueños
y la realidad se
encuentran. De este
modo, podrán elegir
el mejor camino de los
buenos valores.
¡Les deseamos mucho
éxito en esta aventura!
Bienvenidos al fantástico
mundo de la lectura
3
©EDUVISIÓN
Índice
Cuento 4
• El príncipe feliz ..............................................................4
• El gigante egoísta .......................................................10
• El ruiseñor y la rosa ........................................................13
• La flor del olivar ..........................................................17
• Juan el de la carguita de leña ................................19
• La suegra del diablo .
...................................................21
Novela 24
• Las aventuras de Tom Sawyer ................................................. 24
Poesía 144
• Duérmete mi niño con calentura ........................................ 144
• El lagarto está llorando ......................................................... 145
• Patito ............................................................................................. 146
• Doña Iguana .
............................................................................... 146
• La pájara pinta ............................................................................ 147
• La tortuga ..................................................................................... 147
•La niña que se va al mar.............................................................. 148
Teatro 149
• La rana enojada .
......................................................................... 149
Fábula 157
• La gallina de los huevos de oro.................................................. 157
• La zorra y el leñador .
................................................................... 157
• El león y el ratón .......................................................................... 158
• El águila, el cuervo y el pastor ................................................... 158
• La golondrina y el hijo pródigo .
................................................. 159
• El león y el asno presuntuoso ..................................................... 159
• El águila y los gallos ..................................................................... 159
Leyenda 160
• El espejo .
....................................................................................... 160
• La historia de Eco ........................................................................ 163
• La leyenda de Isondú ................................................................. 164
Miscelánea
De nuestros héroes / De nuestros valores
4 ©EDUVISIÓN
Cuento
El príncipe feliz
Óscar Wilde
En la parte más alta de la ciudad, sobre
una columnita, se alzaba la estatua
del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida
de madreselva de oro fino.Tenía, a guisa
de ojos, dos centelleantes zafiros y un
gran rubí rojo ardía en el puño de
su espada. Por todo lo cual era muy
admirada.
-Es tan hermoso como una veleta
-observó uno de los miembros del
Concejo que deseaba granjearse
una reputación de conocedor en
el arte-.Ahora, que no es tan
útil -añadió, temiendo
que le tomaran por
un hombre poco
práctico.Y realmente no
lo era. -¿Por qué no eres
como el Príncipe Feliz?
-preguntaba una madre
cariñosa a su hijito, que
pedía la luna-.
El Príncipe Feliz no hubiera
pensado nunca en pedir
nada a voz en grito. -Me
hace dichoso ver que hay
en el mundo alguien que es
completamente feliz -murmuraba
un hombre fracasado,
contemplando la estatua
maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel
-decían los niños hospicianos al salir
de la catedral, vestidos con sus
soberbias capas escarlatas
y sus bonitas chaquetas
blancas.
-¿En qué lo conocéis
-replicaba el profesor de
matemáticas- si no habéis
visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en
sueños -respondieron
los niños.Y el profesor de
matemáticas fruncía las cejas,
adoptando un severo aspecto,
porque no podía aprobar
que unos niños se permitiesen
soñar. Una noche voló una
golondrinita sin descanso hacia
la ciudad. Seis semanas antes
habían partido sus amigas para
Egipto; pero ella se quedó
atrás. Estaba enamorada del
más hermoso de los juncos. Lo
encontró al comienzo de
la primavera, cuando
volaba sobre el río
persiguiendo a una gran
mariposa amarilla, y su
talle esbelto la atrajo de tal
modo, que se detuvo para
hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la
Golondrina, que no se andaba
nunca con rodeos.Y el Junco le
hizo un profundo saludo. Entonces
la Golondrina revoloteó a su
alrededor rozando el agua con sus
alas y trazando estelas de plata. Era su
manera de hacer la corte.
Y así transcurrió todo el verano. -Es un
enamoramiento ridículo -gorjeaban
las otras golondrinas-. Ese Junco
es un pobretón y tiene realmente
demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo
cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño,
todas las golondrinas
emprendieron el
vuelo. Una vez que
se fueron sus amigas,
sintiose muy sola y empezó
a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía
ella-.Y además temo que
sea inconstante porque
5
©EDUVISIÓN
Cuento
coquetea sin cesar con la
brisa.Y realmente, cuantas
veces soplaba la brisa, el
Junco multiplicaba sus
más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero
-murmuraba la Golondrina-.
A mí me gustan los viajes. Por lo
tanto, al que me ame, le debe
gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por
último la Golondrina al Junco. Pero
el Junco movió la cabeza.
Estaba demasiado atado a su
hogar. -¡Te has burlado de mí! -le
gritó la Golondrina-. Me marcho
a las Pirámides. ¡Adiós! Y la
Golondrina se fue. Voló durante
todo el día y al caer la noche llegó a la
ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-
. Supongo que la ciudad habrá hecho
preparativos para recibirme. Entonces
divisó la estatua sobre la columnita. -Voy
a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito.
Hay mucho aire fresco.Y se dejó caer
precisamente entre los pies del Príncipe
Feliz. -Tengo una habitación dorada -se dijo
quedamente, después de mirar en torno
suyo.Y se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar
su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó
encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola
nube en el cielo, las estrellas están claras
y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima
del norte de Europa es verdaderamente
extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero
en él era puro egoísmo. Entonces cayó
una nueva gota. -¿Para qué sirve una
estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la
Golondrina-.Voy a buscar un buen copete
de chimenea.Y se dispuso a volar más lejos.
Pero antes de que abriese las alas, cayó
una tercera gota. La Golondrina miró hacia
arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del
Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas,
que corrían sobre sus mejillas de oro. Su
faz era tan bella a la luz de la luna, que la
Golondrinita sintiose llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo. -Soy el
Príncipe Feliz. -Entonces, ¿por
qué lloriqueáis de ese modo?
-preguntó la Golondrina-. Me habéis
empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón
de hombre -repitió la estatua-, no sabía
lo que eran las lágrimas porque vivía
en el Palacio de la Despreocupación,
en el que no se permite la entrada al
dolor. Durante el día jugaba con mis
compañeros en el jardín y por la noche
bailaba en el gran salón.
Alrededor del jardín se alzaba una muralla
altísima, pero nunca me preocupó lo que
había detrás de ella, pues todo cuanto me
rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me
llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo
feliz, si es que el placer es la felicidad.
Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me
han elevado tanto, que puedo ver todas las
fealdades y todas las miserias de mi ciudad,
y aunque mi corazón sea de plomo, no me
queda más recurso que llorar. «¡Cómo! ¿No es
de oro de buena ley?», pensó la Golondrina
para sus dentros, pues estaba demasiado bien
educada para hacer ninguna observación en
voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz
baja y musical-, allí abajo, en una callejuela,
hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas
está abierta y por ella puedo ver a una
mujer sentada ante una mesa. Su rostro está
enflaquecido y ajado.
Tiene las manos hinchadas y enrojecidas,
llenas de pinchazos de la aguja, porque es
costurera. Borda pasionarias sobre un vestido
de raso que debe lucir, en el próximo baile
de corte, la más bella de las damas de honor
de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del
cuarto, yace su hijito enfermo.
Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no
puede darle más que agua del río. Por eso
llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres
llevarle el rubí del puño de mi espada?
Mis pies están sujetos al pedestal, y no me
puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la
Golondrina-. Mis amigas revolotean de
6 ©EDUVISIÓN
Cuento
aquí para allá sobre el Nilo
y charlan con los grandes
lotos. Pronto irán a dormir
al sepulcro del Gran Rey.
El mismo Rey está allí en su caja
de madera, envuelto en una tela
amarilla y embalsamado con sustancias
aromáticas. Tiene una cadena de jade
verde pálido alrededor del cuello y sus
manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -
dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo
una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta
sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó
la Golondrina-. El invierno último, cuando
vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal
educados, los hijos del molinero, no paraban
un momento en tirarme piedras.
Claro es que no me
alcanzaban. Nosotras
las golondrinas volamos
demasiado bien para
eso y además, yo
pertenezco a una
familia célebre por su
agilidad; mas, a pesar
de todo, era una falta
de respeto. Pero la
mirada del Príncipe
Feliz era tan triste que
la Golondrinita se
quedó apenada.
-Mucho frío hace
aquí -le dijo-; pero me
quedaré una noche
con vos y seré vuestra
mensajera. -Gracias, Golondrinita -respondió
el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó
el gran rubí de la espada del Príncipe y,
llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de
la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde
había unos ángeles esculpidos en mármol
blanco. Pasó sobre el palacio real y oyó
la música de baile. Una bella muchacha
apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y
qué poderosa es la fuerza del amor! -Querría
que mi vestido
estuviese acabado
para el baile oficial
-respondió ella-. He
mandado bordar en él
unas pasionarias ¡pero son tan
perezosas las costureras! Pasó
sobre el río y vio los fanales
colgados en los mástiles de
los barcos. Pasó sobre el gueto y
vio a los judíos viejos negociando
entre ellos y pesando monedas en
balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y
echó un vistazo dentro. El niño se
agitaba febrilmente en su camita
y su madre habíase quedado
dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación
y puso el gran rubí en la mesa, sobre
el dedal de
la costurera.
Luego revoloteó
suavemente alrededor
del lecho, abanicando
con sus alas la cara
del niño. -¡Qué fresco
más dulce siento!
-murmuró el niño-.
Debo estar mejor.Y
cayó en un delicioso
sueño. Entonces la
Golondrina se dirigió
a todo vuelo hacia el
Príncipe Feliz y le contó
lo que había hecho.
-Es curioso -observa
ella-, pero ahora casi siento calor, y sin
embargo, hace mucho frío. Y la Golondrinita
empezó a reflexionar y entonces se durmió.
Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al
despuntar el alba voló hacia el río y tomó
un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor
de ornitología que pasaba por el puente-.
¡Una golondrina en invierno! Y escribió sobre
aquel tema una larga carta a un periódico
local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada
de palabras que no se podían comprender!...
7
©EDUVISIÓN
Cuento
-Esta noche parto
para Egipto -se decía
la Golondrina.Y solo
de pensarlo se ponía
muy alegre.Visitó todos
los monumentos públicos y
descansó un gran rato sobre
la punta del campanario de la
iglesia. Por todas parte adonde iba
piaban los gorriones, diciéndose
unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida! Y
esto la llenaba de gozo.
Al salir la luna volvió a todo vuelo
hacia el Príncipe Feliz. -¿Tenéis
algún encargo para Egipto?
-le gritó-.Voy a emprender
la marcha. -Golondrina,
Golondrina, Golondrinita -dijo
el Príncipe-, ¿no te quedarás otra
noche conmigo? -Me esperan en Egipto
-respondió la Golondrina-. Mañana mis
amigas volarán hacia la segunda catarata.
Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos
y el dios Memnón se alza sobre un gran trono
de granito.
Acecha a las estrellas durante la noche y
cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y
luego calla.
A mediodía, los rojizos leones bajan a
beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes
aguamarinas y sus rugidos más atronadores
que los rugidos de la catarata. -Golondrina,
Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá
abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un
joven en una buhardilla. Está inclinado sobre
una mesa cubierta de papeles y en un vaso
a su lado hay un ramo de violetas marchitas.
Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos
como granos de granada.Tiene unos grandes
ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una
obra para el director del teatro, pero siente
demasiado frío para escribir más. No hay
fuego ninguno en el aposento y el hambre le
ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la
Golondrina, que tenía realmente buen
corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí? -¡Ay! No
tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos
es lo único que me queda. Son unos zafiros
extraordinarios traídos de
la India hace un millar de
años.Arranca uno de ellos
y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se
comprará alimento y combustible y
concluirá su obra. -Amado Príncipe -dijo
la Golondrina-, no puedo hacer eso.Y se
puso a llorar. -¡Golondrina, Golondrina,
Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que
te pido. Entonces la Golondrina arrancó el
ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla
del estudiante. Era fácil penetrar en ella
porque había un agujero en el techo.
La Golondrina entró por él como una flecha
y se encontró en la habitación. El joven tenía
la cabeza hundida en las manos. No oyó el
aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza,
vio el hermoso zafiro colocado sobre las
violetas marchitas. -Empiezo a ser estimado
-exclamó-. Esto proviene de algún rico
admirador.Ahora ya puedo terminar la obra.Y
parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia
el puerto. Descansó sobre el mástil de un
gran navío y contempló a los marineros que
sacaban enormes cajas de la cala tirando de
unos cabos. -¡Ah, iza! -gritaban a cada caja
que llegaba al puente. -¡Me voy a Egipto! -les
gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió
hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le
dijo. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!
-exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás
conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto
estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta
el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos,
acostados en el barro, miran perezosamente a
los árboles, a orillas del río.
Mis compañeras construyen nidos en el templo
de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas
las siguen con los ojos y se arrullan.
Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no
os olvidaré nunca y la primavera próxima os
traeré de allá dos bellas piedras preciosas con
que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo
que una rosa roja y el zafiro será tan azul como
el océano.
8 ©EDUVISIÓN
-Allá abajo, en la plazoleta
-contestó el Príncipe Feliz-,
tiene su puesto una niña
vendedora de cerillas. Se
le han caído las cerillas al arroyo,
estropeándose todas. Su padre le
pegará si no lleva algún dinero a casa,
y está llorando. No tiene ni medias
ni zapatos y lleva la cabecita al
descubierto. Arráncame el otro ojo,
dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la
Golondrina-, pero no puedo
arrancaros el ojo
porque entonces os
quedaríais ciego del
todo. -¡Golondrina,
Golondrina,
Golondrinita! -dijo el
Príncipe-. Haz lo que
te mando. Entonces
la Golondrina volvió
de nuevo hacia el
Príncipe y emprendió
el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre
el hombro de la
vendedorcita de cerillas
y deslizó la joya en la
palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo
de cristal! -exclamó
la niña,y corrió
a su casa muy
alegre.Entonces la
Golondrina volvió
de nuevo hacia
el Príncipe.- Ahora
estáis ciego.Por eso
me quedaré con vos para
siempre.-No,Golondrinita -dijo
el pobre Príncipe-.Tienes que ir
a Egipto.
-Me quedaré con vos para
siempre -dijo la Golondrina.Y se durmió entre
los pies del Príncipe.Al día siguiente se colocó
sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que
habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en
largas filas a orillas del Nilo y pescan a
picotazos peces de
oro; de la esfinge,
que es tan vieja
como el mundo, vive
en el desierto y lo sabe
todo; de los mercaderes que
caminan lentamente junto
a sus camellos, pasando las
cuentas de unos rosarios de
ámbar en sus manos; del rey de
las montañas de la Luna, que
es negro como el ébano y que
adora un gran bloque de cristal; de
la gran serpiente verde que duerme
en una palmera y a la cual
están encargados de
alimentar con
pastelitos de
miel veinte
sacerdotes;
y de
los pigmeos que
navegan por un gran
lago sobre anchas
hojas aplastadas y
están siempre en guerra
con las mariposas.
-Querida Golondrinita
-dijo el Príncipe-,
me cuentas cosas
maravillosas, pero más
maravilloso aún es
lo que soportan los
hombres y las mujeres.
No hay misterio más
grande que la miseria.
Vuela por mi ciudad,
Golondrinita, y dime lo
que veas.
Entonces la Golondrinita
voló por la gran ciudad
y vio a los ricos que se
festejaban en sus magníficos
palacios, mientras los mendigos
estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas
caras de los niños que se morían de hambre,
mirando con apatía las calles negras. Bajo
los arcos de un puente estaban acostados
dos niñitos abrazados uno a otro para
calentarse.
Cuento
9
©EDUVISIÓN
Cuento
-¡Qué hambre tenemos!
-decían. -¡No se puede
estar tumbado aquí!
-les gritó un guardia.Y
se alejaron bajo la
lluvia. Entonces la Golondrina
reanudó su vuelo y fue a contar
al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo
el Príncipe-; despréndelo hoja
por hoja y dáselo a mis pobres.
Los hombres creen siempre
que el oro puede hacerlos
felices. Hoja por hoja arrancó
la Golondrina el oro fino hasta
que el Príncipe Feliz se quedó sin
brillo ni belleza. Hoja por hoja lo
distribuyó entre los pobres, y las
caritas de los niños se tornaron
nuevamente sonrosadas y rieron
y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban. Entonces llegó
la nieve y después de la nieve el hielo. Las
calles parecían empedradas de plata por lo
que brillaban y relucían. Largos carámbanos,
semejantes a puñales de cristal, pendían de
los tejados de las casas.Todo el mundo se
cubría de pieles y los niños llevaban gorritos
rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más
frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le
amaba demasiado para hacerlo. Picoteaba
las migas a la puerta del panadero cuando
este no la veía, e intentaba calentarse
batiendo las alas. Pero, al fin, sintió que iba a
morir. No tuvo fuerzas más que para volar una
vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid
que os bese la mano. -Me da mucha alegría
que partas por fin para Egipto, Golondrina
-dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme
en los labios porque te amo. -No es a Egipto
adonde voy a ir -dijo la Golondrina-.
Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte
es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó
muerta a sus pies. En el mismo instante sonó
un extraño crujido en el interior de la estatua,
como si se hubiera roto algo. El
hecho es que la coraza de
plomo se habla partido en dos.
Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el
alcalde se paseaba por la plazoleta con
dos concejales de la ciudad.Al pasar
junto al pedestal, levantó sus ojos hacia
la estatua. -¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué
andrajoso parece el Príncipe Feliz! -¡Sí,
está verdaderamente andrajoso!
-dijeron los concejales de la ciudad, que
eran siempre de la opinión del alcalde.Y
levantaron ellos mismos la cabeza para mirar
la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no
tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En
resumidas cuentas, que está lo mismo que un
pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron
a coro los concejales. -Y tiene a sus pies
un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-.
Realmente habrá que promulgar un bando
prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.Y
el secretario del Ayuntamiento tomó nota
para aquella idea. Entonces fue derribada la
estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve!
-dijo el profesor de estética de la
Universidad. Entonces fundieron la estatua en
un horno y el alcalde reunió al Concejo en
sesión para decidir lo que debía hacerse con
el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La
mía, por ejemplo. -O la mía -dijo cada uno de
los concejales.Y acabaron disputando. -¡Qué
cosa más rara! -dijo el oficial primero de
la fundición-. Este corazón de plomo no
quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo
como desecho. Los fundidores lo arrojaron
al montón de basura en que yacía la
golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la
ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.Y
el ángel se llevó el corazón de plomo y el
pájaro muerto. -Has elegido bien -dijo Dios-.
En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará
eternamente, y en mi ciudad de oro el
Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
10 ©EDUVISIÓN
Cuento
Cada tarde, a la salida de la
escuela, los niños se iban a jugar
al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y
hermoso, con arbustos de flores y cubierto
de césped verde y suave.
Por aquí y por allá, entre la hierba, se
abrían flores luminosas como estrellas, y
había doce albaricoqueros que durante
la primavera se cubrían con delicadas flores
color rosa y nácar, y al llegar el otoño se
cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los
pájaros se demoraban en el ramaje de los
árboles, y cantaban con tanta
dulzura que los niños dejaban
de jugar para escuchar sus
trinos.
-¡Qué felices somos aquí! -se
decían unos a otros.
Pero un día el Gigante
regresó. Había ido de visita
donde su amigo el Ogro de
Cornish, y se había quedado
con él durante los últimos siete
años. Durante ese tiempo ya
se habían dicho todo lo que
se tenían que decir, pues su
conversación era limitada,
y el Gigante sintió el deseo
de volver a su mansión.
Al llegar, lo primero que vio
fue a los niños jugando en el
jardín.
-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz
retumbante.
Los niños escaparon corriendo en
desbandada.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el
Gigante-; todo el mundo debe entender eso y
no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en
la puerta puso un cartel que decía:
ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS
PENAS CONSIGUIENTES
Era un Gigante egoísta...
Los pobres niños se quedaron
sin tener dónde jugar.
Hicieron la prueba de ir a
jugar en la carretera,pero
estaba llena de polvo,estaba
plagada de pedruscos,y no
les gustó.A menudo rondaban
alrededor del muro que ocultaba
el jardín del Gigante y recordaban
nostálgicamente lo que había detrás.
-¡Qué dichosos éramos
allí! -se decían unos
a otros.
Cuando la
primavera volvió, toda la
comarca se pobló de pájaros
y flores. Sin embargo, en el
jardín del Gigante Egoísta
permanecía el invierno
todavía. Como no había niños,
los pájaros no cantaban, y
los árboles se olvidaron de
florecer. Solo una vez una
lindísima flor se asomó entre
la hierba, pero apenas vio
el cartel, se sintió tan triste
por los niños que volvió
a meterse bajo tierra y
volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían
a gusto eran la Nieve y la
Escarcha.
-La Primavera se olvidó de este jardín -se
dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el
resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto
blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles.
Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento
del Norte para que pasara con ellos el resto de
la temporada.Y llegó el Viento del Norte.
Venía envuelto en pieles y anduvo
rugiendo por el jardín durante todo el día,
desganchando las plantas y derribando las
chimeneas.
El gigante egoísta
11
©EDUVISIÓN
Cuento
-¡Qué lugar más
agradable! -dijo-.Tenemos
que decirle al Granizo
que venga a estar con
nosotros también.
Y vino el Granizo también.Todos
los días se pasaba tres horas
tamborileando en los tejados de
la mansión, hasta que rompió
la mayor parte de las tejas.
Después se ponía a dar vueltas
alrededor, corriendo lo más
rápido que podía. Se vestía de gris
y su aliento era como el hielo.
-No entiendo por qué la
Primavera se demora tanto en
llegar aquí -decía el Gigante
Egoísta cuando se asomaba a la
ventana y veía su jardín cubierto
de gris y blanco-, espero que pronto
cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco
el verano. El otoño dio frutos dorados en todos
los jardines, pero al jardín del Gigante no le
dio ninguno.
-Es un gigante demasiado egoísta -decían los
frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó
para siempre sumido en el invierno, y el Viento
del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve
bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama
todavía cuando oyó que una música muy
hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan
dulce en sus oídos, que pensó que tenía que
ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En
realidad, era solo un jilguerito que estaba
cantando frente a su ventana, pero hacía
tanto tiempo que el Gigante no escuchaba
cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció
escuchar la música más bella del mundo.
Entonces el Granizo detuvo su danza, y el
Viento del Norte dejó de rugir y un perfume
delicioso penetró por entre las persianas
abiertas.
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la
primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama
para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un
espectáculo maravilloso.A través
de una brecha del muro habían
entrado los niños, y se habían trepado
a los árboles. En cada árbol había un
niño, y los árboles estaban tan felices
de tenerlos nuevamente con ellos,
que se habían cubierto de flores y
balanceaban suavemente sus ramas
sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros
revoloteaban cantando alrededor de ellos,
y los pequeños reían.
Era realmente un espectáculo muy bello.
Solo en un rincón el Invierno reinaba. Era el
rincón más apartado del jardín y en él se
encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín
que no lograba alcanzar a las ramas del árbol,
y el niño daba vueltas alrededor del viejo
tronco llorando amargamente.
El pobre árbol estaba todavía
completamente cubierto de escarcha y
nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía
sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían
a punto de quebrarse.
-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando
sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era
demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-.Ahora sé
por qué la primavera no quería venir hasta
aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y
después voy a botar el muro. Desde hoy mi
jardín será para siempre un lugar de juegos
para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había
hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió
cautelosamente la puerta de la casa, y
entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los
niños se aterrorizaron, salieron a escape y el
jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel
pequeñín del rincón más alejado no escapó,
porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas
que no vio venir al Gigante.
Entonces el Gigante se le acercó por detrás,
lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo
subió al árbol.
12 ©EDUVISIÓN
Y el árbol floreció de repente,
y los pájaros vinieron a cantar
en sus ramas, y el niño abrazó
el cuello del Gigante y lo besó.
Y los otros niños, cuando vieron que
el Gigante ya no era malo, volvieron
corriendo alegremente. Con ellos la
primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes,
hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un
hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al
mercado, todos pudieron ver al Gigante
jugando con los niños en el jardín más hermoso
que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar
la noche los niños fueron a
despedirse del Gigante.
-Pero, ¿dónde está el más
pequeñito? -preguntó el
Gigante-, ¿ese niño que subí al
árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a
los otros, porque el pequeño le
había dado un beso.
-No lo sabemos -respondieron los
niños-, se marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana
-dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que
no sabían dónde vivía y que
nunca lo habían visto antes.Y el
Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban
a jugar con el Gigante.Pero al más chiquito,a
ese que el Gigante más quería,no lo volvieron a
ver nunca más.El Gigante era muy bueno con
todos los niños pero echaba de menos a su primer
amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso
viejo y sus fuerzas se debilitaron.Ya no podía
jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba
jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-,pero los
niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de
invierno, miró por la
ventana mientras se
vestía.Ya no odiaba el
invierno pues sabía que
el invierno era simplemente la
primavera dormida, y que las
flores estaban descansando.
Sin embargo,de pronto se restregó
los ojos,maravillado,y miró,miró…
Era realmente maravilloso lo que
estaba viendo. En el rincón más lejano
del jardín había un árbol cubierto por
completo de flores blancas.Todas
sus ramas eran doradas, y de ellas
colgaban frutos de plata. Debajo del
árbol estaba parado
el pequeñito a quien
tanto había echado
de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó
corriendo las escaleras y entró
en el jardín. Pero cuando llegó
junto al niño su rostro enrojeció
de ira, y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a
hacerte daño?
Porque en la palma de las
manos del niño había huellas de
clavos, y también había huellas
de clavos en sus pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte?
-gritó el Gigante-. Dímelo, para
tomar la espada y matarlo.
-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas
del Amor.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó
el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó
de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy
jugarás conmigo en el jardín mío,que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde
encontraron al Gigante muerto debajo del árbol.
Parecía dormir, y estaba entero cubierto de
flores blancas.
Cuento
13
©EDUVISIÓN
Cuento
El ruiseñor y la rosa
Dijo que bailaría
conmigo si le
llevaba una rosa roja
-se lamentaba el joven
estudiante-, pero no hay una
sola rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido de la encina,
oyole el ruiseñor. Miró por
entre las hojas asombrado.
-¡No hay ni una rosa roja en todo
mi jardín! -gritaba el estudiante.
Y sus bellos ojos se llenaron de
llanto.
-¡Ah,de qué cosa más
insignificante depende la
felicidad! He leído cuanto han escrito
los sabios; poseo todos los secretos de la
filosofía y encuentro mi vida destrozada por
carecer de una rosa roja.
-He aquí, por fin, el verdadero enamorado
-dijo el ruiseñor-.
Le he cantado todas las noches, aún sin
conocerlo; todas las noches les cuento
su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su
cabellera es oscura como la flor del jacinto
y sus labios rojos como la rosa que desea;
pero la pasión lo ha puesto pálido como el
marfil y el dolor ha sellado su frente.
-El príncipe da un baile mañana por la noche
-murmuraba el joven estudiante-,y mi amada
asistirá a la fiesta.Si le llevo una rosa roja,
bailará conmigo hasta el amanecer.Si le llevo
una rosa roja,la tendré en mis brazos,reclinará
su cabeza sobre mi hombro y su mano
estrechará la mía.Pero no hay rosas rojas en
mi jardín.Por lo tanto,tendré que estar solo
y no me hará ningún caso.No se fijará en mí
para nada y se destrozará mi corazón.
-He aquí el verdadero enamorado -dijo el
ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo
lo que es alegría para mí es pena para él.
Realmente el amor es algo maravilloso: es
más bello que las esmeraldas y más raro
que los finos ópalos.
Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque
no se halla expuesto en el mercado. No
puede uno comprarlo al vendedor ni
ponerlo en una balanza para adquirirlo a
peso de oro.
-Los músicos estarán en su estrado
-decía el joven estudiante-.Tocarán sus
instrumentos de cuerda y mi adorada
bailará a los sones del arpa y del violín.
Bailará tan vaporosamente que su pie
no tocará el suelo, y los cortesanos con sus
alegres atavíos la rodearán solícitos; pero
conmigo no bailará, porque no tengo rosas
rojas que darle.
Y dejándose caer en el césped, se cubría la
cara con las manos y lloraba.
-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija
verde, correteando cerca de él, con la cola
levantada.
-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que
revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso digo yo,¿por qué? -murmuró una
margarita a su vecina,con una vocecilla tenue.
-Llora por una rosa roja.
-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!
Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a
reír con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto
de la pena del estudiante, permaneció
silencioso en la encina, reflexionando sobre
el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y
emprendió el vuelo.
Pasó por el bosque como una sombra, y
como una sombra atravesó el jardín.
En el centro del prado se levantaba un
hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se
posó sobre una ramita.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré
mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas
como la espuma del mar, más blancas que
la nieve de la montaña.Ve en busca del
14 ©EDUVISIÓN
Cuento
hermano mío que crece
alrededor del viejo reloj de sol
y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que
crecía entorno del viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te
cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son amarillas -respondió-,tan
amarillas como los cabellos de las sirenas
que se sientan sobre un tronco de árbol,más
amarillas que el narciso que florece en los prados
antes de que llegue el segador con la hoz.
Ve en busca de mi hermano,
el que crece debajo
de la ventana del
estudiante, y quizá el
te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor
voló al rosal que
crecía debajo de la
ventana del estudiante.
-Dame una rosa roja -le
gritó-, y te cantaré mis
canciones más dulces.
Pero el arbusto meneó la
cabeza.
-Mis rosas son rojas
-respondió-, tan rojas como
las patas de las palomas, más
rojas que los grandes abanicos
de coral que el océano mece en
sus abismos; pero el invierno ha
helado mis venas, la escarcha
ha marchitado mis botones, el
huracán ha partido mis ramas,
y no tendré más rosas este año.
-No necesito más que una rosa roja -gritó el
ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún
medio para que yo la consiga?
-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan
terrible que no me atrevo a decírtelo.
-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.
-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes
que hacerla con notas de música al claro
de luna y teñirla con
sangre de tu pro pio
corazón. Cantarás
para mí con el
pecho apoyado en
mis espinas. Cantarás para
mí durante toda la noche
y las espinas te atravesarán
el corazón: la sangre de tu
vida correrá por mis venas y se
convertirá en sangre mía.
-La muerte es un buen precio por
una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y
todo el mundo ama la vida. Es grato
posarse en el bosque verdeante y
mirar al sol en su carro de oro y a la
luna en su carro de perlas. Suave
es el aroma de los nobles espinos.
Dulces son las campanillas que se
esconden en el valle y los brezos
que cubren la colina. Sin embargo, el amor es
mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un
pájaro comparado con el de un hombre?
Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió
el vuelo.Pasó por el jardín como una sombra y
como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía
tendido sobre el césped allí donde
el ruiseñor lo dejó y las
lágrimas no se habían
secado aún en sus bellos
ojos.
-Sé feliz -le gritó el
ruiseñor-, sé feliz;
tendrás tu rosa roja.
La crearé con notas
de música al claro
de luna y la teñiré con la sangre
de mi propio corazón. Lo único que te
pido, en cambio, es que seas un verdadero
enamorado, porque el amor es más sabio que
la filosofía, aunque esta sea sabia; más fuerte
que el poder, por fuerte que este lo sea. Sus
alas son color de fuego y su cuerpo color de
llama; sus labios son dulces como la miel y su
hálito es como el incienso.
El estudiante levantó los ojos del césped y
prestó atención; pero no pudo comprender
lo que le decía el ruiseñor, pues solo sabía las
cosas que están escritas en los libros.
15
©EDUVISIÓN
Cuento
Pero la encina lo
comprendió y se puso
triste, porque amaba
mucho al ruiseñor que
había construido su nido
en sus ramas.
-Cántame la última canción
-murmuró-. ¡Me quedaré tan triste
cuando te vayas!
Entonces el ruiseñor cantó para la
encina,y su voz era como el agua
que ríe en una fuente argentina.
Al terminar la canción, el
estudiante se levantó, sacando
al mismo tiempo su cuaderno de
notas y su lápiz.
"El ruiseñor -se decía paseándose
por la alameda-,el ruiseñor posee
una belleza innegable,¿pero siente?
Me temo que no. Después de todo, es
como muchos artistas: puro estilo, exento
de sinceridad. No se sacrifica por los demás.
No piensa más que en la música y en el
arte; como todo el mundo sabe, es egoísta.
Ciertamente, no puede negarse que su
garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima
que todo eso no tenga sentido alguno, que
no persiga ningún fin práctico!"
Y volviendo a su habitación, se acostó
sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su
adorada.
Al poco rato se quedo dormido.
Y cuando la luna brillaba en los cielos, el
ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho
contra las espinas.
Y toda la noche cantó con el pecho apoyado
sobre las espinas,y la fría luna de cristal se
detuvo y estuvo escuchando toda la noche.
Cantó durante toda la noche, y las espinas
penetraron cada vez más en su pecho, y la
sangre de su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en
el corazón de un joven y de una muchacha,
y sobre la rama más alta del rosal floreció una
rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción
tras canción.
Primero era pálida como la
bruma que flota sobre el río,
pálida como los pies de la
mañana y argentada como las alas de
la aurora.
La rosa que florecía sobre la rama más alta
del rosal parecía la sombra de una rosa en
un espejo de plata, la sombra de la rosa
en un lago.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se
apretase más contra las espinas.
-Apriétate más,ruiseñorcito -le decía-,o llegará
el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó más contra las
espinas y su canto fluyó más sonoro, porque
cantaba el nacimiento de la pasión en el
alma de un hombre y de una virgen.
Y un delicado rubor apareció sobre los
pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la
cara de un enamorado que besa los labios
de su prometida.
Pero las espinas no habían llegado aún al
corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la
rosa seguía blanco: porque solo la sangre de un
ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más
contra las espinas.
-Apriétate más,ruiseñorcito -le decía-,o llegará
el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra
las espinas,y las espinas tocaron su corazón y él
sintió en su interior un cruel tormento de dolor.
Cuanto más acerbo era su dolor, más
impetuoso salía su canto, porque cantaba el
amor sublimado por la muerte, el amor que
no termina en la tumba.
Y la rosa maravillosa enrojeció como las
rosas de Bengala. Purpúreo era el color de
los pétalos y purpúreo como un rubí era su
corazón.
Pero la voz del ruiseñor desfalleció.
Sus breves alas empezaron a batir y una nube
se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue
debilitando cada vez más.
Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.
16 ©EDUVISIÓN
Cuento
Entonces su canto tuvo un
último destello.La blanca luna
le oyó y olvidándose de la
aurora se detuvo en el cielo.
La rosa roja le oyó; tembló toda ella
de arrobamiento y abrió sus pétalos al
aire frío del alba.
El eco le condujo hacia su caverna
purpúrea de las colinas, despertando
de sus sueños a los rebaños dormidos.
El canto flotó entre los cañaverales del río,
que llevaron su mensaje al mar.
-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está
terminada la rosa.
Pero el ruiseñor no respondió;
yacía muerto sobre las altas
hierbas, con el corazón
traspasado de espinas.
A mediodía el estudiante
abrió su ventana y miró hacia
afuera.
-¡Qué extraña buena suerte!
-exclamó-. ¡He aquí una rosa roja!
No he visto rosa semejante en toda
vida. Es tan bella que estoy seguro
de que debe tener en latín un
nombre muy enrevesado.
E inclinándose, la cogió.
Inmediatamente
se puso el
sombrero y
corrió a casa del
profesor,llevando
en su mano la rosa.
La hija del profesor
estaba sentada a la puerta.
Devanaba seda azul sobre un
carrete, con un perrito echado a
sus pies.
-Dijiste que bailarías conmigo
si te traía una rosa roja -le
dijo el estudiante-. He aquí la
rosa más roja del mundo. Esta
noche la prenderás cerca de tu
corazón, y cuando bailemos juntos,
ella te dirá cuanto te quiero.
Pero la joven frunció
las cejas.
-Temo que esta rosa
no armonice bien
con mi vestido -respondió-.
Además, el sobrino del
chambelán me ha enviado
varias joyas de verdad, y ya
se sabe que las joyas cuestan
más que las flores.
-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el
estudiante lleno de cólera.
Y tiró la rosa al arroyo.
Un pesado carro la
aplastó.
-¡Ingrato!
-dijo la
joven-.
Te diré que te
portas como un
grosero; y después
de todo,¿qué
eres? Un simple
estudiante.¡Bah! No
creo que puedas tener
nunca hebillas de plata
en los zapatos como las del
sobrino del chambelán.
Y levantándose de
su silla, se metió en su
casa.
"¡Qué tontería es el amor!
-se decía el estudiante a su
regreso-. No es ni la mitad de útil
que la lógica, porque no puede
probar nada; habla siempre de cosas
que no sucederán y hace creer a la gente
cosas que no son ciertas.
Realmente, no es nada práctico, y como en
nuestra época todo estriba en ser práctico,
voy a volver a la filosofía y al
estudio de la metafísica."
Y dicho esto, el estudiante,
una vez en su habitación,
abrió un gran libro
polvoriento y se puso
a leer.
17
©EDUVISIÓN
Cuento
La flor del olivar
Carmen Lyra
En un país muy lejos de aquí,
había una vez un rey ciego
que tenía tres hijos. Lo habían
visto los médicos de todo el
mundo, pero ninguno pudo
devolverle la vista.
Un día pidió que lo sentaran a
la puerta de su palacio a que le
diera el sol. El sintió que pasaba un
hombre apoyado en un bordón,
quien se detuvo y le dijo:
-Señor rey, si Ud. quiere curarse,
lávese los ojos con el agua en
donde se haya puesto la Flor del Olivar.
El rey quiso pedirle explicaciones, pero el
hombre se alejó, y cuando acudieron los
criados a las voces de su amo y buscaron, no
había nadie en la calle ni en las vecindades.
El rey repitió a sus hijos la receta, y ofreció que
su corona sería de aquel que le trajera la Flor
del Olivar. El mayor dijo que a él le correspondía
partir primero.
Buscó el mejor caballo del palacio,hizo
que le prepararan bastimento para un mes
y partió con los bolsillos llenos de dinero.
Anda y anda y anda hasta que llegó a
un río.A la orilla había una mujer lavando,
que parecía una pordiosera y cerca de
ella, un chiquito, flaquito como un pijije y
que lloraba que daba compasión oírlo.
La mujer dijo al príncipe: -Señor, por
amor de Dios deme algo de lo que lleva
en sus alforjas; mi hijo está llorando de
necesidad.
-¡Que coma rayos, que coma centellas
ese lloretas! Todo lo que va en las alforjas
es para mí-.
Y continuó su camino. Pero nadie le dio
razón de la Flor del Olivar. Se devolvió y en
una villa que había antes de llegar a la
ciudad de su padre, se metió a una casa
de juego y allí jugó hasta los calzones.
Al ver que pasaban los días y no regresaba
el príncipe, partió el segundo hijo, bien
provisto de todo. Le ocurrió lo que al
hermano: vio la mujer lavando, con un niño
esmorecido a su lado; le pidió de comer,
y este que era tan mal corazón como el
otro, le respondió:-¡Que coma rayos, que coma
centellas! Yo no ando alimentando hambrientos
-.Tuvo que devolverse porque en ninguna
parte le daban noticias de la Flor del Olivar. Se
encontró con su hermano que lo entotorotó a
que se quedara jugando su dinero.
Por fin, el último hijo del rey, que era casi un niño,
salió a buscar la Flor del Olivar.
Tomó el mismo camino que sus hermanos y al
llegar al río encontró a la mujer que lavaba y al
niño que lloraba.
Preguntó por qué lloraba el muchachito y la
mujer le contestó que de hambre. Entonces
el príncipe bajó de su caballo y buscó de lo
mejor que había en sus alforjas y se lo dio a la
pordiosera.
18 ©EDUVISIÓN
Cuento
En su tacita de plata vació
la leche que traía en una
botella, con sus propias
manos desmigó uno de los
panes que su madre la reina había
amasado, puso al niño en su regazo
y le dio con mucho cariño las sopas
preparadas; luego lo durmió, lo envolvió
en su capa y lo acostó bajo un árbol.
La mujer, que no era otra que la Virgen,
le preguntó en que andares andaba, y
él le contó el motivo de su viaje.
- Si no es más que eso, no tiene Ud. Que dar
otro paso -le dijo la Virgen-. Levante esa
piedra que está al lado de mi hijito, y ahí
hallará la Flor del Olivar.
Así lo hizo el príncipe y en una cuevita que
había bajo la piedra,estaba la Flor,que
parecía una estrella.La cortó,beso al niño,se
despidió de la mujer,montó a caballo y partió.
Al pasar por donde estaban sus hermanos,
les enseño la Flor. Ellos le llamaron y le
recibieron con mucha labia. Lo convidaron a
comer y mientras fue a desensillar su caballo,
ellos se aconsejaron. En la comida le hicieron
beber tanto vino que se embriagó.
Cuando estuvo dormido, se lo llevaron al
campo, lo mataron, le quitaron la Flor y lo
enterraron. Sin querer le dejaron los deditos
de la mano derecha fuera de la tierra.
Los príncipes volvieron donde su padre con la
Flor,que fue puesta en agua en la que se lavo
el rey sus ojos, que al punto vieron. Entonces
dijo sus hijos que al morir su inmenso reino se
dividiría en dos y así ambos serían reyes. Entre
tanto, los deditos del cadáver retoñaron y
nació allí un macizo de cañas. Un día paso un
pastor y corto una caña e hizo una flauta.
Al soplar en ella se quedó sorprendido al oír
cantar así:
No me toques pastorcito,
ni me dejes de tocar;
que mis hermanos me mataron
por la Flor del Olivar.
El pastor fue a enseñar la flauta maravillosa
y los que la oyeron le aconsejaron que se
fuera a la ciudad y que allí todo el mundo
pagaría por oírla.Así lo hizo y a los pocos días
no se quedaba en
la ciudad quien no
anduviera en busca
del pastor dueño
de aquel instrumento
maravilloso.
Llegó la noticia a oídos
del rey, y este hizo llevar al
palacio al pastorcito. Al oír la
flauta, recordó la voz de su hijo
menor a quien tanto amaba y
del que nunca había vuelto a
saber nada.
Pidió al pastor la flauta y se puso a
tocarla y con gran admiración de
todos la flauta canto así:
No me toques padre mío
ni me dejes de tocar,
que mis hermanos me mataron
por la Flor del Olivar.
El rey se puso a llorar. Acudieron la reina y los
príncipes.
El rey pidió a la reina que tocara la flauta,
que entonces dijo:
No me toques madre mía
ni me dejes de tocar,
que mis hermanos me mataron
por la Flor del Olivar.
El rey quiso que su hijo segundo tocara.Todos
vieron que los dos príncipes estaban pálidos
y con las piernas en un temblor. El príncipe
trató de negarse, pero el rey lo amenazó. La
flauta canto:
No me toques hermano mío
ni me dejes de tocar,
que aunque tu no me mataste
me ayudaste a enterrar.
El príncipe mayor, por orden de su padre
tuvo que tocar la flauta:
No me toques, perro ingrato
ni me dejes de tocar,
que tu fuiste el que me mataste
por la Flor del Olivar.
El pobre rey mandó a meter a sus hijos en
un calabozo y él y la reina se quedaron
inconsolables por toda la vida.
19
©EDUVISIÓN
Cuento
Juan el de la
carguita de leña
Había una vez una viejita que
tenía tres hijos: dos vivos y
uno tonto.Los dos vivos eran muy
ruines con la madre y nunca le
hacían caso,pero el tonto era
muy bueno con ella y era el palito
de sus enredos.Los dos vivos se
pasaban en la ciudad haciendo que
hacían,porque eran unos grandes
vagabundos.Lo cierto es que el
tonto no era nada tonto,pero como
era tan bueno lo creían tonto,
porque así es la vida.
Pues señor; un día lo
mandó la anciana a la montaña a
traer una carguita de leña.Él fue e
hizo una buena carga,y cuando
estaba rejuntando las burusquitas
para que a su madre no le costara
encender el fuego por la mañana,
se le apareció una viejita que
traía una varillita en la mano.
Ella le dijo:- Mirá,Juan,aquí te
traigo esta varillita de regalo.Es
como un premio por lo sumiso
que sos con tu mama.
Juan preguntó: -¿Y para qué me
sirve?
-Para todo lo que se antoje: ¿que
querés plata? Pues a pedírsela
a la varillita.Y si no, mirá: cuando estés muy
cansado, vas a tocar con ella la carga de leña
y al mismo tiempo le decís: Varillita, varillita, por
la virtud que Dios te dio, que mi carguita de
leña me sirva de coche y me lleve a casa.
Así lo hizo Juan; se sentó en la carga de leña y
en un abrir y cerrar de ojos estuvo en su casa.
Juan no dijo a nadie una palabra de lo que le
pasara. Pero desde ese día no volvió a caminar
por sus propios pies, sino que andaba para
arriba y para abajo encajado en la carga de
leña.Y cuando su madre o sus hermanos le
preguntaban, se hacía el sordo.
Sucedió que las hijas del rey venían de cuando
en cuando a bañarse en una poza que había
cerca de la casa de ellos.Un día de tantos,
salió la menor en un vivo llanto del baño
porque se le había caído en el agua su sortija.
A cada una de las niñas le había regalado el rey
un anillo nunca visto, y que se encomendara a
Dios la que lo perdiera.
A la noche llegaron los dos vivos con el cuento
de que el rey estaba que se lo llevaba la
trampa, porque la menor de las princesas había
perdido su sortija en la poza, y que Su
Majestad había ofrecido que
aquel que la encontrara, sería
el marido de su hija.
Apenas amaneció,corrieron
los dos vivos a buscar en la
poza,pero nada.Así que se
fueron ellos,llegó el tonto con
su varillita,tocó el agua y dijo:
-Varillita,varillita,por la virtud
que Dios te dio,reparame la
sortija.-Y deveras,la sortija salió
y se ensartó en la varillita.La
guardó,tocó con su varillita
la carga de leña,y pidió que
esta lo llevara al palacio del
rey.
Cuando estuvo ante la puerta,
los soldados que estaban de
centinelas lo cogieron de mingo, y por supuesto,
no querían dejarlo entrar.
Pero el tonto armó un alboroto. El rey oyó y
mandó a ver qué era aquella samotana y al
saberlo ordenó que lo dejaran pasar.
Y fue subiendo escaleras arriba, arrodajado
en su carga de leña y así entró en el salón, en
donde estaba el rey con toda su corte.
Bajó de su vehículo alguillo chillado, sacó la
sortija de su bolsa y dijo:
-Señor rey, aquí traigo la sortija de la niña, y a ver
en qué quedamos de casamiento.
20 ©EDUVISIÓN
Cuento
Todos al verlo entrar reían
a carcajadas y al oír sus
pretensiones, quisieron echarlo
a broma y a decir que la miel
no se había hecho para los zopilotes.
Pero cuando oyeron al rey decir que
estaba dispuesto a cumplir lo prometido, se
quedaron en el otro mundo.
La pobre princesa comenzó a hacer
cucharas y por último soltó el llanto.
Las tres niñas se tiraron de rodillas ante su
padre y se pusieron a rogarle, pero él les dijo: -Yo
di mi palabra de rey y tengo que cumplirla.
Luego cogió a su hija menor por su cuenta y se
puso a aconsejarla con muy buenas razones,
porque este rey no era nada engreído: -Vea, hijita
a nadie hay que hacerle ¡che! en esta vida. No
hay que dejarse ir de bruces por las apariencias.
¡Quién quita que le salga un marido nonis! Y en
esta vida, uno se hace ilusiones de que porque a
veces se sienta en un trono es más que los que se
sientan en un banco. Pues nada de eso, criatura,
que solo Cristo es español y Mariquita señora...
Y por ese camino siguió calmando a su hija, pero
ella como si tal cosa, no dejaba su llanto y sus
sollozos, porque no hallaba cómo casarse con
aquel hombre tan infeliz.Y cuando recordaba que
había entrado en el salón sobre una carga de
leña y que todos se esmorecieron de la risa, sentía
que se le asaba la cara de vergüenza.
Pero no hubo remedio y llegó el día del casorio.
La madre y los hermanos del tonto estaban en
ayunas de la que pasaba.
Bueno, pues llegó el día del casorio, que sería a las
doce del día en la Catedral. El tonto salió como si
tal cosa, montado en su carga de leña, pero al ir
a entrar en la ciudad, tocó la carga con su varita
y dijo: - Varillita, varillita, por la virtud que Dios te
dió, que la carga de leña se vuelva un coche de
plata, con unos caballos blancos que nunca se
hayan visto, y yo un gran señor muy hermoso y
muy inteligente-.Y la carga de leña se transformó
en una carroza de plata y él, en un gran señor.
Cuando la gente vio detenerse aquella carroza
frente al palacio y bajar aquel príncipe tan
hermoso se quedó con la boca abierta.
La princesa estaba en un rincón y no tenía
consuelo.Hasta fea estaba,ella que era tan
preciosa,de tanto llorar: con los ojos como chiles y
la nariz como un tomate.
¡Ay, Dios mío, ¡Qué fue
aquello! De pronto
entra un príncipe muy
hermoso, la coge de
una mano, se la lleva y
la mete en una carroza de
plata. Sale la carroza que
se quiebra para la Catedral
y allí los casa el señor Obispo.
Vuelven al palacio y ¡qué bailes y
qué fiestas!
La princesa no sabía si estaba dormida
o despierta.Cuando comenzó el baile,
ella bailó con su marido y todo el mundo
les hizo rueda,y no tanto por admirarla
a ella como a él.Las otras dos princesas
que se habían burlado antes del triste
novio y de su carga de leña,estaban
ahora con su poquito de envidia y no
hallaban en donde ponerlo.Y todo el
mundo: ¡Juan arriba y Juan abajo!
Juan se fue a un rincón, sobó su varillita y le dijo:
-Varillita, varillita, por la virtud que Dios te dio, que
la casilla de nosotros se vuelva un palacio de
cristal y mi madre una gran señora.
Y así fue: la viejita estaba en la cocina en pleitos
con el fuego y echando de menos a Juan,que de
unos días para acá se le había vuelto muy pata
caliente,cuando oyó un ruidal y como que se
mareaba: al volver en sí,se vio en una gran sala
de cristal con muebles dorados y ella sentada en
un sillón,vestida de terciopelo y abanicándose
con un abanico de plumas; a su alrededor una
partida de sirvientes que se querían deshacer por
sonarle la nariz,por abanicarle y hasta por llevarla
en silla de manos allá fuera.Por todas partes salían
y entraban criados muy atareados.De pronto oyó
ruidos de coches,y en la sala vecina comenzó a
tocar una música que era lo mismo que estar en
el Cielo.Por último ve entrar una pareja,como
quien dice un rey y una reina...ambos le echaron
los brazos y la voz de Juan que dice: - Mamita,
aquí tiene a mi esposa.Y más atrás venían el rey,
la reina,las princesas y cuanto marqués y conde
había en el país.
Allá al anochecer,estaba la fiesta en lo mejor,
llegaron los hermanos que andaban de parranda.
Juan los encerró en un cuarto,y otro día cuando
estuvieron frescos,les contó lo que pasaba y que si
se formalizaban,los casaba con las otras princesas.
De veras,ellos se formalizaron y se casaron.Juan y
su esposa fueron reyes y todos vivieron muy felices.
21
©EDUVISIÓN
Cuento
Había una vez una viuda
de buen pasar, que
tenía una hija. La muchacha
era hermosa y la madre quería
casarla con un hombre bien
rico. Se presentaron algunos
pretendientes, todos hombres
honrados, trabajadores y
acomodados, pero la viuda los
despedía con su música a otra
parte porque no eran riquísimos.
Una tarde se asomó la muchacha
a la ventana,bien compuesta y de
pelo suelto.(Por cierto que el pelo
le llegaba a las corvas y lo tenía
muy arrepentido).
No hacía mucho rato que
estaba allí,cuando pasó un
señor a caballo.Era un hombre
muy galán,muy bien vestido,
con un sombrero de pita
finísimo,moreno,de ojos negros
y unos grandes bigotes con las
puntas para arriba.El caballo
era un hermoso animal con los
cascos de plata y los arneses
de oro y plata.Saludó con una
gran reverencia a la niña,y le
echó un perico.
La niña advirtió que el
caballero tenía todos los
dientes de oro. El caballo
al pasar se volvió una pura
pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió
a saludar a la muchacha, que se metió
corriendo a contar a su madre lo ocurrido.
A la tarde siguiente, madre e hija bien
alicoreadas, se situaron en la ventana.Volvió a
pasar el caballero en otro caballo negro, más
negro que un pecado mortal, con los cascos
de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y
la montura sembrada de clavitos de oro.
La viuda advirtió que en la pechera, en la
cadena del reloj y en el dedito chiquito de
la mano izquierda, le chispeaban brillantes.
Se convenció de que era cierto que tenía
toda la dentadura de oro. Las dos mujeres
se volvieron una miel para contestar el
saludo del caballero.
Al día siguiente,desde buena tarde,
estaban a la ventana,vestidas con las
ropas de coger misa,volando ojo para la
esquina.Al cabo de un rato,apareció el
desconocido en un caballo que tenía la
piel tan negra como si la hubieran cortado en
una noche de octubre; las herraduras eran de
oro y los arneses de oro,sembrados de rubíes,
brillantes y esmeraldas.
Las dos se quedaron en el otro mundo cuando
lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.
Las saludó con grandes ceremonias. Lo
mandaron pasar adelante, y
la vieja que era muy saca la
jícara cuando le convenía,
llamó al concertado para
que cuidara del caballo.
El desconocido dijo que se
llamaba don Fulano de Tal,
presentó recomendaciones
de grandes personas, habló
de sus riquezas, las invitó a
visitar sus fincas y por último,
pidió a la niña por esposa. No
había terminado de hacer la
propuesta, cuando ya estaba
la madre contestándole
que con mucho gusto y
llamándolo hijo mío.
Desde ese día las dos mujeres se volvieron
turumba; cada día visitaban una finca del
caballero, cada noche bailes y cenas; no
volvieron a caminar a pie, solo en coche, y
regalos van y regalos vienen.
Por fin llegó el día de la boda. El caballero no
quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y
nadie se fijó en que al entrar el padre el novio
tuvo intenciones de salir corriendo.
Los recién casados se fueron a vivir a otra
ciudad en donde el marido tenía sus negocios.
Desde el primer día que estuvieron solos, el
marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo
que él sabía hacer pruebas que dejaban a
La suegra del diablo
22 ©EDUVISIÓN
Cuento
todo el mundo con la boca
abierta y que las iba a repetir
para entretenerla; y diciendo
y haciendo se puso a caminar
por las paredes y cielos con la facilidad
de una mosca; se hacía del tamaño de
una hormiga, se metía dentro de las botellas
vacías y desde allí hacía morisquetas a su
mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba
para alcanzar el techo.Y esto se repetía
todos los días al almuerzo y a la comida.
En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y
ésta le contó las gracias de su marido.Cuando se
sentaron a la mesa,la suegra pidió a su yerno que
hiciera las pruebas de que le había hablado su hija.
Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse
por el cielo y paredes y a repetir cuantas
curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con
el credo en la boca y desde aquel momento no
las tuvo todas consigo.
A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus
hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con
una tapadera que pesaba una barbaridad.
A la hora del almuerzo rogó a su yerno que
las divirtiera con sus maromas. Después que
este se dio gusto con sus paseos boca abajo
por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo.
-¿Apostemos a que aquí no entra Ud?
El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió
en la botijuela como Pedro por su casa.
La suegra hizo señas a unos hombres que tenían
listos con la tapadera, tras una cortina y estos
se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno
se puso a dar gritos desaforados y a hacer
esfuerzos por salir.
La esposa quiso intervenir para que le abrieran,
pero la madre le dijo: -¿pues no ves que es el mismo
Pisuicas? Desde la otra vez que estuve,eché de ver
que tu marido no era como todos los cristianos.
Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de
convencer de que mi yerno no era sino el Malo.
Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a
mí se me ocurriera este medio de salir de él.
Luego se fue en persona para la montaña,seguida
de los hombres que cargaban la botijuela.Se hizo
un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela
con su yerno dentro.Este se quedó bramando de
rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto,aquel era
el Diablo y desde el
día en que la vieja lo
enterró,nadie volvió
a cometer un pecado
mortal,solo pecados veniales,
aconsejados por los diablillos
chiquillos.Y toda la gente
parecía muy buena,pero solo
Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años
en aquella bienaventuranza, y el
pobre Pisuicas enterrado, inventando
a cada minuto una mala palabra
contra su suegra.
Un día pasó por aquel lugar un pobre
leñador que tenía por único bien
una marimba de chiquillos,y tan
arrancado que no tenía segundos
calzones que ponerse.Le pareció oír bajo sus
pies algo así como retumbos; se detuvo y puso
el oído.Una voz que salía de muy adentro decía:
-¡Quien quiera que seas,sacame de aquí...!
El hombre se puso a cavar en el sitio de donde
salía la voz.Al cabo de unas cuantas horas de
trabajar, dio con la botijuela. De ella salía la voz
que ahora decía: -Hombre, sacame de aquí y te
tiene cuenta.
El preguntó: -¿Qué persona, por más pequeña
que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: -Sacame
y verás. Soy alguien que puede hacerte
inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre
al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan
grande que levantó solo la tapadera.
Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a
su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó,
con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el
Demonio salió envuelto en llamas y la montaña
se llenó de un humo hediondo a azufre.
El pobre leñador cayó al suelo más muerto que
vivo.
Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el
Diablo y le contó la historia de su entierro.
-Para pagarte tu favor- le dijo- nos vamos a
ir a la ciudad.Yo me voy a ir metiendo en
23
©EDUVISIÓN
Cuento
diferentes personas, de las
más ricas y sonadas, para
que se pongan locas.Vos
aparecerás en la ciudad
como médico y ofrecerás
curarlas.
No tenés más que acercarte al
oído del enfermo y decirme: "Yo soy
el que te sacó de la botijuela", -y
al punto saldré del cuerpo. Eso sí,
cuando te acerqués y yo te diga
que no, es mejor que no insistás
porque será inútil.Ya te lo advierto.
Y así fue.Partieron para la ciudad,
el leñador se hizo anunciar como
médico y a los pocos días cátate
que un gran conde se puso
más loco que la misma locura.
Lo vieron los más famosos
médicos del reino,y nada.De pronto
se puso que un médico recién llegado ofrecía
devolverle la salud.Llegó donde el enfermo y
para disimular,se puso a darle cada hora
una cucharada de lo que traía en una
botella y que no era otra cosa que
agua del tubo con anilina.A las tres
cucharadas se acercó al oído del
conde y dijo: -"Soy el que te sacó de la botijuela"-.
Inmediatamente salió el Diablo y el
conde quedó como si tal enfermedad no
hubiera tenido.Toda la familia estaba
agradecidísima,no hallaban donde poner al
médico y lo dejaron bien pistudo.
Siguieron presentándose casos de locura
de diferentes aspectos y casi todos eran
en el duque don Fulano de Tal,en la duquesa
doña Mengana,en el marqués don Perencejo.Y
todos fueron curados por el médico,que ya no
tenía donde guardar el oro que ganaba.
Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé
paciencia! Aquello sí que fue el juicio.La reina no
tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el
cielo con las manos y últimamente tuvieron que
amarrarla porque ya no se aguantaba.Aconsejaron
al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó,
le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle
muchas riquezas si sanaba a su esposa.El otro,por
rajón,le contestó que ya podía hacerse de cuentas
de que la reina estaba curada y que si no sucedía
así,le cortara la cabeza.
Se acercó con su botella de agua
y le dio las tres cucharadas.A la
tercera le dijo al oído de la enferma:
-"Soy yo,el que te sacó de la botijuela".
El diablo respondió: -¡No!
Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora
qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído
de la enferma a suplicarle: - ¡Salí por lo
que más querrás! ¡Mirá que si no acaban
conmigo! Por vida tuyita...
Pero de nada le servían las súplicas: el otro
seguía emperrado en que no y en que no.
Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los
sesos de la reina.
Pidió al rey tres días de término y entre tanto,no hizo
otra cosa que suplicar al Diablo que saliera,dar
cucharadas de agua con anilina a la pobre reina
y sobarse las manos.
Cuando estaba para terminarse el plazo, se
le ocurrió una idea: pidió al rey
que hiciera traer la banda,
que comprara triquitraques y
cohetes, que a cada persona
del palacio le diera una lata o
algún trasto de cobre y la armara
de un palo y que a una señal
suya, la banda rompiera con
una tocata bien parrandera,
todos gritaran y golpearan en sus latas y
se diera fuego a la pólvora.
Y así se hizo.En este momento se acercó
el leñador al oído de la reina y suplicó
al Diablo: -¡Salí por vida tuyita...!
En vez de contestar, el Diablo preguntó: -Hombre,
¿qué es ese alboroto? El otro respondió:
-Aguardate, voy a ver qué es.
Inmediatamente volvió y dijo: -¡Que Dios te ayude!
Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y
ha venido con la botijuela para meterte en ella de
nuevo.
-¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de
mi suegra? -dijo el Diablo.¿Y patas para qué
las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el
infierno.La reina se puso buena y el leñador,
que ya era don Fulano y muy rico,mandó por su
mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un
palacio,regalo del rey.Desde entonces la pasaron
muy a gusto.
24 ©EDUVISIÓN
Novela
Mark Twain
Las aventuras de Tom Sawyer
Capítulo I
−¡Tom!
Silencio.
−¡Tom!
Silencio.
−¡Dónde andará metido ese chico!... ¡Tom!
La anciana se bajó los anteojos y miró, por
encima, alrededor del cuarto; después se los
subió a la frente y miró por debajo. Rara vez o
nunca miraba a través de los cristales a cosa
de tan poca importancia como un chiquillo:
eran aquellos los lentes de ceremonia, su mayor
orgullo, construidos por ornato antes que para
servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través
de un par de mantas. Se quedó un instante
perpleja y dijo, no con cólera, pero lo bastante
alto para que la oyeran los muebles:
−Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te
voy a...
No terminó la frase, porque antes se agachó
dando estocadas con la
escoba por debajo
de la cama; así es
que necesitaba
todo su aliento
para puntuar
los escobazos
con resoplidos. Lo
único que consiguió
desenterrar fue el
gato.
−¡No se ha visto cosa igual que ese
muchacho!
Fue hasta la puerta y se detuvo
allí, recorriendo con la mirada las
plantas de tomate y las hierbas
silvestres que constituían el jardín. Ni
sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a un
ángulo de puntería calculado para
larga distancia y gritó:
−¡Tú! ¡Toooom!
Oyó tras de ella un ligero ruido y
se volvió a punto para atrapar a
un muchacho por el borde de la
chaqueta y detener su vuelo.
−¡Ya estás! ¡Que no se me haya ocurrido
pensar en esa despensa!... ¿Qué estabas
haciendo ahí?
−Nada.
−¿Nada? Mírate esas manos, mírate esa boca...
¿Qué es eso pegajoso? −No lo sé, tía.
−Bueno; pues yo sí lo sé. Es dulce, eso es. Mil
veces te he dicho que como no dejes en paz ese
dulce te voy a despellejar vivo. Dame esa vara.
La vara se cernió en el aire.Aquello tomaba mal
cariz.
−¡Dios mío! ¡Mire lo que tiene detrás, tía!
La anciana giró en redondo, recogiéndose
las faldas para esquivar el peligro; y en el
mismo instante escapó el chico, se encaramó
por la alta valla de tablas y desapareció
tras ella. Su tía Polly se quedó un momento
sorprendida y después se echó a reír
bondadosamente.
−¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de
aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas como
ésta no me habrá hecho, y aún le hago caso!
Pero las viejas bobas somos más bobas que
nadie. Perro viejo no aprende gracias nuevas,
como suele decirse.
25
©EDUVISIÓN
Novela
Pero, ¡Señor!, si no me la
juega del mismo modo dos
días seguidos, ¿cómo va
una a saber por dónde irá
a salir?
Parece que adivina hasta dónde
puede atormentarme antes de
que llegue a montar en cólera,
y sabe, el muy pillo, que si logra
desconcertarme o hacerme reír
ya todo se ha acabado y no soy
capaz de pegarle.
No; la verdad es que no cumplo mi
deber para con este chico: esa es
la pura verdad.Tiene el diablo en el
cuerpo; pero,¡qué le voy a hacer! Es
el hijo de mi pobre hermana difunta,
y no tengo entrañas para zurrarle.
Cada vez que le dejo sin castigo
me remuerde la conciencia,y cada vez que le
pego se me parte el corazón.¡Todo sea por Dios!
Pocos son los días del hombre nacido de mujer
y llenos de tribulación,como dice la Escritura,y
así lo creo.Esta tarde se escapará del colegio
y no tendré más remedio que hacerle trabajar
mañana como castigo.Cosa dura es obligarle
a trabajar los sábados,cuando todos los chicos
tienen asueto; pero aborrece el trabajo más que
ninguna otra cosa,y,o soy un poco rígida con él,
o me convertiré en la perdición de ese niño.
Tom hizo rabona,en efecto,y lo pasó en grande.
Volvió a casa con el tiempo justo para ayudar
a Jim,el negrito,a aserrar la leña para el día
siguiente y hacer astillas antes de la cena; pero,al
menos,llegó a tiempo para contar sus aventuras
a Jim mientras este hacía tres cuartas partes de
la tarea.Sid,el hermano menor de Tom o mejor
dicho,hermanastro,ya había dado fin a la suya de
recoger astillas,pues era un muchacho tranquilo,
poco dado a aventuras ni calaveradas.
Mientras Tom cenaba y escamoteaba terrones de
azúcar cuando la ocasión se le ofrecía,su tía le
hacía preguntas llenas de malicia y trastienda,con
el intento de hacerle picar el anzuelo y sonsacarle
reveladoras confesiones.Como otras muchas
personas,igualmente sencillas y candorosas,se
envanecía de poseer un talento especial para la
diplomacia tortuosa y sutil,y se complacía en mirar
sus más obvios y transparentes artificios como
maravillas de artera astucia.
Así, le dijo:
−Hacía bastante calor en la
escuela,Tom; ¿no es cierto?
−Sí, señora.
−Muchísimo calor, ¿verdad?
−Sí, señora.
−¿Y no te entraron ganas de irte a nadar?
Tom sintió una vaga escama, un barrunto
de alarmante sospecha. Examinó la cara de
su tía Polly, pero nada sacó en limpio.Así es que
contestó:
−No, tía; vamos..., no muchas.
La anciana alargó la mano y le palpó la
camisa.
−Pero ahora no tienes demasiado calor,con
todo.
Y se quedó tan satisfecha por haber
descubierto que la camisa estaba seca sin
dejar traslucir que era aquello lo que tenía en
las mientes. Pero bien sabía ya Tom de dónde
soplaba el viento.Así es que se apresuró a
parar el próximo golpe.
−Algunos chicos nos estuvimos echando agua
por la cabeza.Aún la tengo húmeda. ¿Ve
usted? La tía Polly se quedó mohína, pensando
que no había advertido aquel detalle
acusador, y además le había fallado un tiro.
Pero tuvo una nueva inspiración.
−Dime,Tom: para mojarte la cabeza ¿no
tuviste que descoserte el cuello de la camisa
por donde yo te lo cosí? ¡Desabróchate la
chaqueta!
Toda sombra de alarma desapareció de la faz
de Tom.Abrió la chaqueta. El cuello estaba
cosido, y bien cosido.
−¡Diablo de chico! Estaba segura de que
habrías hecho rabona y de que te habrías ido
a nadar. Me parece,Tom, que eres como gato
escaldado, como suele decirse, y mejor de lo
que pareces.Al menos, por esta vez.
Le dolía un poco que su sagacidad le hubiera
fallado,y se complacía de que Tom hubiera
tropezado y caído en la obediencia por una vez.
26 ©EDUVISIÓN
Novela
Pero Sid dijo:
−Pues mire usted: yo diría que
el cuello estaba cosido con hilo
blanco y ahora es negro. −¡Cierto que
lo cosí con hilo blanco! ¡Tom!
Pero Tom no esperó el final.Al escapar gritó
desde la puerta:
−Siddy, buena zurra te va a costar.
Ya en lugar seguro, sacó dos largas
agujas que llevaba
clavadas debajo de la solapa.
En una había enrollado hilo
negro, y en la otra, blanco.
«Si no es por Sid no lo descubre.
Unas veces lo cose con blanco
y otras con negro. ¡Por qué no
se decidirá de una vez por uno
a otro!
Así no hay quien lleve la
cuenta. Pero Sid me las ha de
pagar, ¡reconcho!»
No era el niño modelo
del lugar.Al niño modelo
lo conocía de sobra, y lo
detestaba con toda su alma.
Aún no habían pasado
dos minutos cuando ya
había olvidado sus cuitas y
pesadumbres. No porque
fueran ni una pizca menos
graves y amargas de lo que
son para los hombres las de
la edad madura, sino porque
un nuevo y absorbente
interés las redujo a la nada y
las apartó por entonces de
su pensamiento, del mismo
modo como las desgracias
de los mayores se olvidan en el anhelo y la
excitación de nuevas empresas.
Este nuevo interés era cierta inapreciable
novedad en el arte de silbar, en la que
acababa de adiestrarle un negro, y que
ansiaba practicar a solas y tranquilo.
Consistía en ciertas variaciones a estilo de
trino de pájaro, una especie de líquido gorjeo
que resultaba de hacer vibrar la lengua
contra el paladar y
que se intercalaba
en la silbante
melodía.
Probablemente el lector
recuerda cómo se hace, si
es que ha sido muchacho
alguna vez. La aplicación
y la perseverancia pronto le
hicieron dar en el quid y echó
a andar calle
adelante con la
boca rebosando
armonías y el alma
llena de regocijo.
Sentía lo mismo
que experimenta
el astrónomo al
descubrir una
nueva estrella.
No hay duda que en
cuanto a lo intenso, hondo
y acendrado del placer,
la ventaja estaba del lado
del muchacho, no del
astrónomo.
Los crepúsculos caniculares
eran largos. Aún no era
de noche. De pronto Tom
suspendió el silbido: un
forastero estaba ante él; un
muchacho que apenas le
llevaba un dedo de ventaja
en la estatura. Un recién
llegado, de cualquier edad
o sexo, era una curiosidad
emocionante en el pobre
lugarejo de San Petersburgo.
El chico, además, estaba
bien trajeado, y eso en un día
no festivo. Esto era simplemente asombroso.
El sombrero era coquetón; la chaqueta, de
paño azul, nueva, bien cortada y elegante; y
a igual altura estaban los pantalones.
Tenía puestos los zapatos,aunque no era más
que viernes.Hasta llevaba corbata: una cinta
de colores vivos.En toda su persona había un
aire de ciudad que le dolía a Tom como una
injuria.Cuanto más contemplaba aquella
esplendorosa maravilla,más alzaba en el aire
27
©EDUVISIÓN
Novela
la nariz con un gesto de
desdén por aquellas galas
y más rota y desastrada le
iba pareciendo su propia
vestimenta.
Ninguno de los dos hablaba.
Si uno se movía, se movía el otro,
pero solo de costado, haciendo
rueda. Seguían cara a cara
y mirándose a los ojos sin
pestañear.Al fin,Tom dijo:
−Yo te puedo.
−Pues anda y haz la prueba.
−Pues sí que te puedo.
−¡A que no!
−¡A que sí!
−¡A que no!
Siguió una pausa embarazosa. Después
prosiguió Tom:
−Y tú, ¿cómo te llamas?
−¿Y a ti que te importa?
−Pues si me da la gana vas a ver si me importa.
−¿Pues por qué no te atreves?
−Como hables mucho lo vas a ver.
−¡Mucho..., mucho..., mucho!
−Tú te crees muy gracioso; pero con una
mano atada atrás te podría dar una tunda si
quisiera.
−¿A que no me la das?...
−¡Vaya un sombrero!
−Pues atrévete a tocármelo.
−Lo que eres tú es un mentiroso.
−Más lo eres tú.
−Como me digas esas cosas agarro una
piedra y te la estrello en la cabeza.
−¡A que no!
−Lo que tú tienes es miedo.
−Más tienes tú.
Otra pausa, y más miradas, y
más vueltas alrededor. Después
empezaron a empujarse
hombro con hombro.
−Vete de aquí −dijo Tom.
−Vete tú −contestó el otro.
−No quiero.
−Pues yo tampoco.
Y así siguieron, cada uno apoyado en
una pierna como en un puntal, y los dos
empujando con toda su alma y lanzándose
furibundas miradas. Pero ninguno sacaba
ventaja. Después de forcejear hasta que
ambos se pusieron encendidos y arrebatados
los dos cedieron en el empuje, con
desconfiada cautela, y Tom dijo:
−Tú eres un miedoso y un cobarde.Voy a
decírselo a mi hermano grande, que te puede
deshacer con el dedo meñique.
−¡Pues sí que me importa tu hermano! Tengo
yo uno mayor que el tuyo y que si lo coge
lo tira por encima de esa cerca. (Ambos
hermanos eran imaginarios.)
−Eso es mentira.
−¡Porque tú lo digas!
Tom hizo una raya en el polvo con el dedo
gordo del pie y dijo:
−Atrévete a pasar de aquí y soy capaz de
pegarte hasta que no te puedas tener. El que
se atreva se la gana.
El recién venido traspasó en seguida la raya y
dijo:
Ya está: a ver si haces lo que dices.
−No me vengas con ésas; ándate con ojo.
−Bueno, pues ¡a que no lo haces!
−¡A que sí! Por dos centavos lo haría.
El recién venido sacó dos centavos del bolsillo
y se los alargó burlonamente.
Tom los tiró contra el suelo.
En el mismo instante rodaron los dos chicos,
revolcándose en la tierra, agarrados como
dos gatos, y durante un minuto forcejearon
28 ©EDUVISIÓN
Novela
asiéndose del pelo y de
las ropas, se golpearon y
arañaron las narices, y se
cubrieron de polvo y de gloria.
Cuando la confusión tomó forma, a
través de la polvareda de la batalla
apareció Tom sentado a horcajadas
sobre el forastero y moliéndolo a
puñetazos.
−¡Date por vencido!
El forastero no hacía sino luchar para
libertarse. Estaba llorando, sobre todo de
rabia. −¡Date por vencido! −y siguió el
machacamiento.
Al fin el forastero balbuceó un «me doy», y Tom
le dejó levantarse y dijo:
−Eso, para que aprendas. Otra vez ten ojo con
quién te metes.
El vencido se marchó sacudiéndose el polvo
de la ropa, entre hipos y sollozos, y de cuando
en cuando se volvía moviendo la cabeza y
amenazando a Tom con lo que le iba a hacer
«la primera vez que lo sorprendiera».
A lo cual Tom respondió con mofa, y se echó
a andar con orgulloso continente. Pero tan
pronto como volvió la espalda, su contrario
cogió una piedra y se la arrojó, dándole en
mitad de la espalda, y en seguida volvió
grupas y corrió como un antílope.Tom
persiguió al traidor hasta su casa, y supo así
dónde vivía.
Tomó posiciones por algún tiempo junto a
la puerta del jardín y desafió a su enemigo
a salir a campo abierto; pero el enemigo se
contentó con sacarle la lengua y hacerle
muecas detrás de la vidriera.
Al fin apareció la madre del forastero, y llamó
a Tom malo, tunante y ordinario, ordenándole
que se largase de allí.Tom se fue, pero no sin
prometer antes que aquel chico se las había
de pagar.
Llegó muy tarde a casa aquella noche, y al
encaramarse cautelosamente a la ventana
cayó en una emboscada preparada por su
tía, la cual, al ver el estado en que traía las
ropas, se afirmó en la resolución de convertir
el asueto del sábado en cautividad y trabajos
forzados.
Capítulo II
Llegó la mañana del
sábado y el mundo
estival apareció
luminoso y fresco y
rebosante de vida. En cada
corazón resonaba un canto;
y si el corazón era joven, la
música subía hasta los labios.
Todas las caras parecían alegres,
y los cuerpos, anhelosos de
movimiento. Las acacias estaban
en flor y su fragancia saturaba el aire.
El monte de Cardiff, al otro lado del
pueblo, y alzándose por encima de
él, estaba todo cubierto de verde
vegetación y lo bastante alejado
para parecer una deliciosa tierra
prometida que invitaba al reposo y
al ensueño.
Tom apareció en la calle con un cubo de
lechada y una brocha atada en la punta
de una pértiga. Echó una mirada a la cerca,
y la Naturaleza perdió toda alegría y una
aplanadora tristeza descendió sobre su
espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies
de altura! Le pareció que la vida era vana y
sin objeto y la existencia una pesadumbre.
Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la
pasó a lo largo del tablón más alto; repitió
la operación; la volvió a repetir, comparó
la insignificante franja enjalbegada con el
vasto continente de cerca sin encalar, y
se sentó sobre el boj, descorazonado Jim,
salió a la puerta haciendo cabriolas, con un
balde de cinc y cantando Las muchachas
de Búffalo.
Acarrear agua desde la fuente del pueblo
había sido siempre a los ojos de Tom una cosa
aborrecible; pero entonces no le pareció así.
Se acordó de que no faltaba allí compañía.
Allí había siempre muchachos de ambos
sexos, blancos, mulatos y negros, esperando
vez; y entretanto, holgazaneaban, hacían
cambios, reñían, se pegaban y bromeaban.
Y se acordó de que, aunque la fuente solo
distaba ciento cincuenta varas, Jim jamás
estaba de vuelta con un balde de agua
en menos de una hora; y aun entonces era
porque alguno había tenido que ir en su
busca. Tom le dijo:
29
©EDUVISIÓN
Novela
−Oye, Jim: yo iré a traer
el agua si tú encalas un
pedazo.
Jim sacudió la cabeza y
contestó:
−No puedo, amo Tom. El ama
vieja me ha dicho que tengo que
traer el agua y no entretenerme
con nadie. Ha dicho que se
figuraba que el amo Tom me
pediría que encalase, y que lo
que tenía que hacer yo era andar
listo y no ocuparme más que de
lo mío..., que ella se ocuparía del
encalado.
−No te importe lo que haya
dicho, Jim. Siempre dice lo mismo.
Déjame el balde, y no tardo ni
un minuto.Ya verás cómo no se
entera.
−No me atrevo,
amo Tom... El ama
me va a cortar el
pescuezo. ¡De veras
que sí!
−¿Ella?... Nunca
pega a nadie. Da
capirotazos con
el dedal, y eso ¿a
quién le importa?
Amenaza mucho,
pero aunque hable
no hace daño,
a menos que se
ponga a llorar. Jim,
te daré una canica.
Te daré una de las
blancas.
Jim empezó a vacilar.
−Una blanca, Jim; y es de primera.
−¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un
miedo muy grande del ama vieja.
Pero Jim era de débil carne mortal. La
tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo
en el suelo y cogió la canica. Un instante
después iba volando calle abajo con el
cubo en la mano y un gran escozor en las
posaderas. Tom enjalbegaba con furia, y la tía
Polly se retiraba del campo de
batalla con una zapatilla en la
mano y el brillo de la victoria
en los ojos.
Pero la energía de Tom duró poco.
Empezó a pensar en todas las diversiones
que había planeado para aquel día, y
sus penas se exacerbaron. Muy pronto
los chicos que tenían asueto pasarían
retozando, camino de tentadoras
excursiones, y se reirían de él porque
tenía que trabajar... ; y esta idea le encendía
la sangre como un fuego.
Sacó todas sus mundanales riquezas y les
pasó revista: pedazos de juguetes, tabas
y desperdicios heterogéneos; lo bastante
quizá para lograr un cambio de tareas, pero
no lo suficiente para poderlo trocar por
media hora de libertad completa. Se volvió,
pues, a guardar en el bolsillo sus escasos
recursos, y abandonó la idea de intentar el
soborno de los
muchachos.
En aquel
tenebroso y
desesperado
momento sintió
una inspiración.
Nada menos que
una soberbia
magnífica
inspiración.
Cogió la brocha
y se puso
tranquilamente
a trabajar. Ben
Rogers apareció
a la vista en
aquel instante:
de entre todos los chicos, era de aquel
precisamente de quien más había temido
las burlas.
Ben venía dando saltos y cabriolas, señal
evidente de que tenía el corazón libre
de pesadumbres y grandes esperanzas
de divertirse. Estaba comiéndose una
manzana, y de cuando en cuando lanzaba
un prolongado y melodioso alarido, seguido
de un bronco y profundo «tilín, tilín, tilón; tilín,
tilón», porque, venía imitando a un vapor
del Misisipí.
30 ©EDUVISIÓN
Novela
Al acercarse acortó la
marcha, enfiló hacia el
medio de la calle, se inclinó
hacia estribor y tomó la
vuelta de la esquina pesadamente
y con gran aparato y solemnidad,
porque estaba representando al Gran
Misuri y se consideraba a sí mismo
con nueve pies de calado. Era
buque, capitán y campana de las
máquinas, todo en una pieza; y así
es que tenía que imaginarse de pie
en su propio puente, dando órdenes y
ejecutándolas.
−¡Para! ¡Tilín, tilín, tilín! (La arrancada iba
disminuyendo y el barco se acercaba
lentamente a la acera.) ¡Máquina atrás!
¡Tilínlinlin! (Con los brazos rígidos, pegados a
los costados.) ¡Atrás la de estribor! ¡Tilínlinlin!
¡Chuchuchu! .... (Entretanto el brazo
derecho describía grandes círculos porque
representaba una rueda de cuarenta pies de
diámetro.) ¡Atrás la de babor! Tilín tilín, tilín!...
(El brazo izquierdo empezó a voltear.) ¡Avante
la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio
a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Tilín,
tilín, tilín! ¡Chistsss!... (Imitando las llaves de
escape.)
Tom siguió encalando, sin hacer caso del
vapor. Ben se le quedó mirando un momento
y dijo:
−¡Je, Je! Las estás pagando, ¿eh?
Se quedó sin respuesta.Tom examinó su
último toque con mirada de artista; después
dio otro ligero brochazo y examinó, como
antes, el resultado. Ben atracó a su costado.
A Tom se le hacía la boca agua pensando en
la manzana; pero no cejó en su trabajo.
−¡Hola, compadre! —le dijo Ben—.Te hacen
trabajar, ¿eh?
−¡Ah!, ¿eres tú, Ben? No te había visto.
−Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir?
Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que
te gustará.
Tom se le quedó mirando un instante y dijo:
−¿A qué llamas tú trabajo?
−¡Qué! ¿No es eso trabajo?
Tom reanudó
su blanqueo
y le contestó,
distraídamente:
−Bueno; puede ser que lo
sea y puede que no. Lo único
que sé es que le gusta a Tom
Sawyer.
−¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer
que a ti te gusta?
La brocha continuó moviéndose.
−¿Gustar? No sé por qué no va a
gustarme. ¿Es que le dejan a un
chico blanquear una cerca todos
los días?
Aquello puso la cosa bajo
una nueva luz. Ben dejó de
mordisquear la manzana.Tom,
movió la brocha, coquetonamente, atrás
y adelante; se retiró dos pasos para ver el
efecto; añadió un toque allí y otro allá; juzgó
otra vez el resultado.
Y en tanto Ben no perdía de vista un solo
movimiento, cada vez más y más interesado y
absorto.Al fin dijo:
−Oye,Tom: déjame encalar un poco.
Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder;
pero cambió de propósito:
−No, no; eso no podría ser, Ben.Ya ves..., mi tía
Polly es muy exigente para esta cerca porque
está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero
si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a
ella tampoco.
No sabes tú lo que le preocupa esta cerca;
hay que hacerlo con la mar de cuidado;
puede ser que no haya un chico entre mil, ni
aun entre dos mil que pueda encalarla de la
manera que hay que hacerlo.
−¡Quiá!... ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame
que pruebe un poco; nada más que una
miaja. Si tú fueras yo, te dejaría,Tom.
−De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la
tía Polly... Mira: Jim también quiso, y ella no le
dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves
por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a
encargarte de esta cerca y ocurriese algo!...
31
©EDUVISIÓN
Novela
−Anda..., ya lo haré con
cuidado. Déjame probar.
Mira, te doy el corazón
de la manzana.
−No puede ser. No, Ben; no
me lo pidas; tengo miedo...
−¡Te la doy toda!
Tom le entregó la brocha, con
desgano en el semblante y con
entusiasmo en el corazón.Y
mientras el ex vapor Gran Misuri
trabajaba y sudaba al sol,
el artista retirado se
sentó allí, cerca,
en una barrica,
a la sombra,
balanceando
las piernas,
se comió la
manzana y planeó el
degüello de los más
inocentes.
No escaseó el
material: a cada
momento aparecían
muchachos; venían
a burlarse, pero se
quedaban a encalar.
Para cuando Ben se rindió
de cansancio, Tom había
ya vendido el turno
siguiente a Billy Fisher por
una cometa en buen
estado; cuando este
se quedó aniquilado,
Johnny Miller compró
el derecho por una
rata muerta, con
un bramante para
hacerla girar; así siguió
y siguió hora tras hora.
Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la
mañana había sido un chico en la miseria,
nadaba materialmente en riquezas.
Tenía, además de las cosas que he
mencionado, doce tabas, parte de un
cornetín, un trozo de vidrio azul de botella
para mirar las cosas a través de él, un carrete,
una llave incapaz de abrir nada, un pedazo
de tiza, un tapón de cristal, un
soldado de plomo, un par de
renacuajos, seis cohetillos, un
gatito tuerto, un tirador de puerta, un
collar de perro (pero sin perro), el mango
de un cuchillo y una falleba destrozada.
Había, entretanto, pasado una
tarde deliciosa, en la holganza, con
abundante y grata compañía, y la
cerca ¡tenía tres manos de cal! De
no habérsele agotado la existencia
de lechada, habría hecho
declararse en quiebra a todos
los chicos del lugar.
Tom se decía que, después
de todo, el mundo no era un
páramo.
Había descubierto, sin
darse cuenta, uno de los
principios fundamentales
de la conducta
humana, a saber:
que para que alguien,
hombre o muchacho,
anhele alguna cosa, solo
es necesario hacerla difícil
de conseguir.
Si hubiera sido un eximio
y agudo filósofo, como el
autor de este libro, hubiera
comprendido entonces que
el trabajo consiste en lo que
estamos obligados a hacer,
sea lo que sea, y que el
juego consiste en aquello
a lo que no se nos obliga. Y
esto le ayudaría a entender
por qué confeccionar
flores artificiales o andar
en el treadmill es trabajo,
mientras que jugar a los bolos
o escalar el MontBlanc no es más que
divertimiento.
Hay en Inglaterra caballeros opulentos que
durante el verano guían las diligencias de
cuatro caballos y hacen el servicio diario de
veinte o treinta millas porque el hacerlo les
cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera
un salario por su tarea, eso la convertiría en
trabajo, y entonces dimitirían.
32 ©EDUVISIÓN
Novela
Capítulo III
Tom se presentó a su tía,
que estaba sentada junto a
la ventana, abierta de par
en par, en un alegre cuartito de las
traseras de la casa, el cual servía a la
vez de alcoba, comedor y despacho.
La tibieza del aire estival, el olor de las
flores y el zumbido adormecedor de las
abejas habían producido su efecto, y
la anciana estaba dando cabezadas
sobre la calceta..., pues no tenía otra
compañía que la del gato y este se hallaba
dormido sobre su falda.
Estaba tan segura de que Tom habría ya
desertado de su trabajo hacía mucho rato,
que se sorprendió de verle entregarse así, con
tal intrepidez, en sus manos. Él dijo:
−¿Me puedo ir a jugar, tía?
−¡Qué! ¿Tan pronto? ¿Cuánto has
enjalbegado?
Ya está todo, tía.
−Tom, no me mientas. No lo puedo sufrir.
−No miento, tía; ya está todo hecho.
La tía Polly confiaba poco en tal testimonio.
Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado
por satisfecha con haber encontrado
un veinticinco por ciento de verdad en
lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la
cerca encalada, y no solo encalada sino
primorosamente reposado con varias manos
de lechada, y hasta con una franja de
añadidura en el suelo, su asombro no podía
expresarse en palabras.
−¡Alabado sea Dios! —dijo—. ¡Nunca lo
creyera! No se puede negar: sabes trabajar
cuando te da por ahí.Y después añadió,
aguando el elogio −Pero te da por ahí rara
vez, la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar;
pero acuérdáte y no tardes una semana en
volver, porque te voy a dar una zurra.
Tan emocionada estaba por la brillante
hazaña de su sobrino, que lo llevó a la
despensa, escogió la mejor manzana y se
la entregó, juntamente con una edificante
disertación sobre el gran valor y el gusto
especial que adquieren los dones cuando
nos vienen no por
pecaminosos medios,
sino por nuestro
propio virtuoso
esfuerzo.Y mientras
terminaba con un oportuno
latiguillo bíblico,Tom le
escamoteó una rosquilla.
Después se fue dando saltos, y
vio a Sid en el momento en que
empezaba a subir la escalera
exterior que conducía a las
habitaciones altas, por detrás de la
casa. Había abundancia de terrones
a mano, y el aire se llenó de ellos en
un segundo. Zumbaban en torno de
Sid como una granizada, y antes
de que tía Polly pudiera volver de
su sorpresa y acudir en socorro, seis
o siete pellazos habían producido
efecto sobre la persona de Sid y Tom había
saltado la cerca y desaparecido.
Había allí una puerta; pero a Tom, por regla
general, le escaseaba el tiempo para poder
usarla. Sintió descender la paz sobre su espíritu
una vez que ya había ajustado cuentas
con Sid por haber descubierto lo del hilo,
poniéndolo en dificultades.
Dio la vuelta a toda la manzana y vino a parar
a una calleja fangosa, por detrás del establo
donde su tía tenía las vacas.Ya estaba fuera
de todo peligro de captura y castigo, y se
encaminó apresurado hacia la plaza pública
del pueblo, donde dos batallones de chicos se
habían reunido para librar una batalla, según
tenían convenido.
Tom era general de uno de los dos ejércitos; Joe
Harper (un amigo del alma),general del otro.
Estos eximios caudillos no descendían hasta
luchar personalmente —eso se quedaba para
la morralla—,sino que se sentaban mano a
mano en una eminencia y desde allí conducían
las marciales operaciones dando órdenes que
transmitían sus ayudantes de campo.
El ejército de Tom ganó una gran victoria tras
rudo y tenaz combate.Después se contaron los
muertos,se canjearon prisioneros y se acordaron
los términos del próximo desacuerdo; y hecho
esto,los dos ejércitos formaron y se fueron,y Tom
se volvió solo hacia su morada.
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  • 1. El Li­ bro Leer es Divertido 5 es una obra co­ lec­ ti­ va, crea­ da y di­ se­ ña­ da en el De­ par­ ta­ men­ to de Pro­ yec­ to­ s E­ du­ ca­ ti­ vos de la Edi­ to­ rial Edu­ vi­ sión, bajo la supervisión de Fabio Monge Alvarado. Elvis Mora Chaverri El Li­ bro Leer es Divertido 4 es una obra co­ lec­ ti­ va, crea­ da y di­ se­ ña­ da en el De­ par­ ta­ men­ to de Pro­ yec­ to­ s E­ du­ ca­ ti­ vos de la Edi­ to­ rial Edu­ vi­ sión, bajo la supervisión de Fabio Monge Alvarado. Elvis Mora Chaverri 4 d e lectur a s A n tolog í a ES DIVERTIDO LEER
  • 2. 2 ©EDUVISIÓN Prólogo ¡Hola, amiguitos! Nos sentimos muy felices de darles la bienvenida a esta nueva aventura de LEER ES DIVERTIDO. Les invitamos a que viajen con nosotros a una gran variedad de lugares fantásticos y que vivan nuevas experiencias mediante la lectura.Adquirirán experiencias nuevas y se sorprenderán y disfrutarán con las maravillosas aventuras de esta serie. En este fascinante viaje a través de la serie LEER ES DIVERTIDO, se enfrentarán con una variedad de personajes, desde los terribles y malvados hasta los generosos y buenos, que les ayudarán y darán muy buenos consejos para la vida. Les aconsejarán a saltar los obstáculos que encuentren en las lecturas; muchos de ellos también se presentarán en sus vidas. Igualmente conocerán, de la mano de una gran variedad de personajes, los buenos caminos de la vida; guiados por ellos apreciarán muchas cosas desconocidas y, a través de este viaje maravilloso, diversas experiencias como el temor, el amor, la fantasía, la naturaleza, lugares exóticos… Podrán convertirse en partícipes, gracias a las variadas actividades como obras de teatro, cuentacuentos, producción de canciones, obras de arte, dibujos, dramas y otras actividades, en calidad de protagonistas en estas aventuras. Finalmente, a través de la fantasía del video y la televisión, recorrerán un mundo virtual, donde los sueños y la realidad se encuentran. De este modo, podrán elegir el mejor camino de los buenos valores. ¡Les deseamos mucho éxito en esta aventura! Bienvenidos al fantástico mundo de la lectura
  • 3. 3 ©EDUVISIÓN Índice Cuento 4 • El príncipe feliz ..............................................................4 • El gigante egoísta .......................................................10 • El ruiseñor y la rosa ........................................................13 • La flor del olivar ..........................................................17 • Juan el de la carguita de leña ................................19 • La suegra del diablo . ...................................................21 Novela 24 • Las aventuras de Tom Sawyer ................................................. 24 Poesía 144 • Duérmete mi niño con calentura ........................................ 144 • El lagarto está llorando ......................................................... 145 • Patito ............................................................................................. 146 • Doña Iguana . ............................................................................... 146 • La pájara pinta ............................................................................ 147 • La tortuga ..................................................................................... 147 •La niña que se va al mar.............................................................. 148 Teatro 149 • La rana enojada . ......................................................................... 149 Fábula 157 • La gallina de los huevos de oro.................................................. 157 • La zorra y el leñador . ................................................................... 157 • El león y el ratón .......................................................................... 158 • El águila, el cuervo y el pastor ................................................... 158 • La golondrina y el hijo pródigo . ................................................. 159 • El león y el asno presuntuoso ..................................................... 159 • El águila y los gallos ..................................................................... 159 Leyenda 160 • El espejo . ....................................................................................... 160 • La historia de Eco ........................................................................ 163 • La leyenda de Isondú ................................................................. 164 Miscelánea De nuestros héroes / De nuestros valores
  • 4. 4 ©EDUVISIÓN Cuento El príncipe feliz Óscar Wilde En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino.Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-.Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.Y realmente no lo era. -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. -Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa. -Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas. -¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca? -¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar. Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás. Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle. -¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.Y el Junco le hizo un profundo saludo. Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata. Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano. -Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia. Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintiose muy sola y empezó a cansarse de su amante. -No sabe hablar -decía ella-.Y además temo que sea inconstante porque
  • 5. 5 ©EDUVISIÓN Cuento coquetea sin cesar con la brisa.Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias. -Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo. -¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar. -¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós! Y la Golondrina se fue. Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad. -¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo- . Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme. Entonces divisó la estatua sobre la columnita. -Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz. -Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.Y se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua. -¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo. Entonces cayó una nueva gota. -¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-.Voy a buscar un buen copete de chimenea.Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro. Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintiose llena de piedad. -¿Quién sois? -dijo. -Soy el Príncipe Feliz. -Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi. -Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar. «¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus dentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas. -Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover. -Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de
  • 6. 6 ©EDUVISIÓN Cuento aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre! -No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además, yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto. Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada. -Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera. -Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco. Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio. -¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor! -Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras! Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio. La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño. -¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.Y cayó en un delicioso sueño. Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. -Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío. Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño. -¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno! Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
  • 7. 7 ©EDUVISIÓN Cuento -Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.Y solo de pensarlo se ponía muy alegre.Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia. Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros: -¡Qué extranjera más distinguida! Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz. -¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-.Voy a emprender la marcha. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo? -Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata. -Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada.Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido. -Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí? -¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años.Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra. -Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.Y se puso a llorar. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido. Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas. -Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador.Ahora ya puedo terminar la obra.Y parecía completamente feliz. Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos. -¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente. -¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. -He venido para deciros adiós -le dijo. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más? -Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
  • 8. 8 ©EDUVISIÓN -Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará. -Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo. -¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando. Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo. Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano. -¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña,y corrió a su casa muy alegre.Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.- Ahora estáis ciego.Por eso me quedaré con vos para siempre.-No,Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-.Tienes que ir a Egipto. -Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.Y se durmió entre los pies del Príncipe.Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas. -Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas. Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas. Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse. Cuento
  • 9. 9 ©EDUVISIÓN Cuento -¡Qué hambre tenemos! -decían. -¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto. -Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices. Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle. -¡Ya tenemos pan! -gritaban. Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían. Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas.Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo. La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo. Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando este no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas. Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe. -¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano. -Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo. -No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies. En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo. El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible. A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua. -¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz! -¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua. -El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero. -¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales. -Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea. Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz. -¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal. -Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. -O la mía -dijo cada uno de los concejales.Y acabaron disputando. -¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho. Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta. -Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. -Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
  • 10. 10 ©EDUVISIÓN Cuento Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. -¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. -¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. -Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES Era un Gigante egoísta... Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera,pero estaba llena de polvo,estaba plagada de pedruscos,y no les gustó.A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. -¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros. Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha. -La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada.Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. El gigante egoísta
  • 11. 11 ©EDUVISIÓN Cuento -¡Qué lugar más agradable! -dijo-.Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también. Y vino el Granizo también.Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. -No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo. Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. -Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. -¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso.A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse. -¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. -¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-.Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol.
  • 12. 12 ©EDUVISIÓN Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín. -Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. -Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. -No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito. -Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes.Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante.Pero al más chiquito,a ese que el Gigante más quería,no lo volvieron a ver nunca más.El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. -¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron.Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. -Tengo muchas flores hermosas -se decía-,pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía.Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo,de pronto se restregó los ojos,maravillado,y miró,miró… Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas.Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo: -¿Quién se ha atrevido a hacerte daño? Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. -¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo. -¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor. -¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: -Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío,que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas. Cuento
  • 13. 13 ©EDUVISIÓN Cuento El ruiseñor y la rosa Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una sola rosa roja en todo mi jardín. Desde su nido de la encina, oyole el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado. -¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante. Y sus bellos ojos se llenaron de llanto. -¡Ah,de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja. -He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente. -El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-,y mi amada asistirá a la fiesta.Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer.Si le llevo una rosa roja,la tendré en mis brazos,reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía.Pero no hay rosas rojas en mi jardín.Por lo tanto,tendré que estar solo y no me hará ningún caso.No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón. -He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro. -Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-.Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle. Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba. -¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada. -Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol. -Eso digo yo,¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina,con una vocecilla tenue. -Llora por una rosa roja. -¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería! Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas. Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor. De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín. En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita. -Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña.Ve en busca del
  • 14. 14 ©EDUVISIÓN Cuento hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres. Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol. -Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el rosal meneó la cabeza. -Mis rosas son amarillas -respondió-,tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol,más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres. Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante. -Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces. Pero el arbusto meneó la cabeza. -Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año. -No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga? -Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo. -Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso. -Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu pro pio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía. -La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre? Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo.Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque. El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos. -Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque esta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que este lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso. El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues solo sabía las cosas que están escritas en los libros.
  • 15. 15 ©EDUVISIÓN Cuento Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas. -Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! Entonces el ruiseñor cantó para la encina,y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina. Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz. "El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-,el ruiseñor posee una belleza innegable,¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!" Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada. Al poco rato se quedo dormido. Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas,y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche. Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho. Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción. Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora. La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago. Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más,ruiseñorcito -le decía-,o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen. Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida. Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque solo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa. Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más,ruiseñorcito -le decía-,o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas,y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor. Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba. Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón. Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.
  • 16. 16 ©EDUVISIÓN Cuento Entonces su canto tuvo un último destello.La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo. La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba. El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos. El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar. -Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa. Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas. A mediodía el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera. -¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado. E inclinándose, la cogió. Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor,llevando en su mano la rosa. La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies. -Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero. Pero la joven frunció las cejas. -Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores. -¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera. Y tiró la rosa al arroyo. Un pesado carro la aplastó. -¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo,¿qué eres? Un simple estudiante.¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán. Y levantándose de su silla, se metió en su casa. "¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica." Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.
  • 17. 17 ©EDUVISIÓN Cuento La flor del olivar Carmen Lyra En un país muy lejos de aquí, había una vez un rey ciego que tenía tres hijos. Lo habían visto los médicos de todo el mundo, pero ninguno pudo devolverle la vista. Un día pidió que lo sentaran a la puerta de su palacio a que le diera el sol. El sintió que pasaba un hombre apoyado en un bordón, quien se detuvo y le dijo: -Señor rey, si Ud. quiere curarse, lávese los ojos con el agua en donde se haya puesto la Flor del Olivar. El rey quiso pedirle explicaciones, pero el hombre se alejó, y cuando acudieron los criados a las voces de su amo y buscaron, no había nadie en la calle ni en las vecindades. El rey repitió a sus hijos la receta, y ofreció que su corona sería de aquel que le trajera la Flor del Olivar. El mayor dijo que a él le correspondía partir primero. Buscó el mejor caballo del palacio,hizo que le prepararan bastimento para un mes y partió con los bolsillos llenos de dinero. Anda y anda y anda hasta que llegó a un río.A la orilla había una mujer lavando, que parecía una pordiosera y cerca de ella, un chiquito, flaquito como un pijije y que lloraba que daba compasión oírlo. La mujer dijo al príncipe: -Señor, por amor de Dios deme algo de lo que lleva en sus alforjas; mi hijo está llorando de necesidad. -¡Que coma rayos, que coma centellas ese lloretas! Todo lo que va en las alforjas es para mí-. Y continuó su camino. Pero nadie le dio razón de la Flor del Olivar. Se devolvió y en una villa que había antes de llegar a la ciudad de su padre, se metió a una casa de juego y allí jugó hasta los calzones. Al ver que pasaban los días y no regresaba el príncipe, partió el segundo hijo, bien provisto de todo. Le ocurrió lo que al hermano: vio la mujer lavando, con un niño esmorecido a su lado; le pidió de comer, y este que era tan mal corazón como el otro, le respondió:-¡Que coma rayos, que coma centellas! Yo no ando alimentando hambrientos -.Tuvo que devolverse porque en ninguna parte le daban noticias de la Flor del Olivar. Se encontró con su hermano que lo entotorotó a que se quedara jugando su dinero. Por fin, el último hijo del rey, que era casi un niño, salió a buscar la Flor del Olivar. Tomó el mismo camino que sus hermanos y al llegar al río encontró a la mujer que lavaba y al niño que lloraba. Preguntó por qué lloraba el muchachito y la mujer le contestó que de hambre. Entonces el príncipe bajó de su caballo y buscó de lo mejor que había en sus alforjas y se lo dio a la pordiosera.
  • 18. 18 ©EDUVISIÓN Cuento En su tacita de plata vació la leche que traía en una botella, con sus propias manos desmigó uno de los panes que su madre la reina había amasado, puso al niño en su regazo y le dio con mucho cariño las sopas preparadas; luego lo durmió, lo envolvió en su capa y lo acostó bajo un árbol. La mujer, que no era otra que la Virgen, le preguntó en que andares andaba, y él le contó el motivo de su viaje. - Si no es más que eso, no tiene Ud. Que dar otro paso -le dijo la Virgen-. Levante esa piedra que está al lado de mi hijito, y ahí hallará la Flor del Olivar. Así lo hizo el príncipe y en una cuevita que había bajo la piedra,estaba la Flor,que parecía una estrella.La cortó,beso al niño,se despidió de la mujer,montó a caballo y partió. Al pasar por donde estaban sus hermanos, les enseño la Flor. Ellos le llamaron y le recibieron con mucha labia. Lo convidaron a comer y mientras fue a desensillar su caballo, ellos se aconsejaron. En la comida le hicieron beber tanto vino que se embriagó. Cuando estuvo dormido, se lo llevaron al campo, lo mataron, le quitaron la Flor y lo enterraron. Sin querer le dejaron los deditos de la mano derecha fuera de la tierra. Los príncipes volvieron donde su padre con la Flor,que fue puesta en agua en la que se lavo el rey sus ojos, que al punto vieron. Entonces dijo sus hijos que al morir su inmenso reino se dividiría en dos y así ambos serían reyes. Entre tanto, los deditos del cadáver retoñaron y nació allí un macizo de cañas. Un día paso un pastor y corto una caña e hizo una flauta. Al soplar en ella se quedó sorprendido al oír cantar así: No me toques pastorcito, ni me dejes de tocar; que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar. El pastor fue a enseñar la flauta maravillosa y los que la oyeron le aconsejaron que se fuera a la ciudad y que allí todo el mundo pagaría por oírla.Así lo hizo y a los pocos días no se quedaba en la ciudad quien no anduviera en busca del pastor dueño de aquel instrumento maravilloso. Llegó la noticia a oídos del rey, y este hizo llevar al palacio al pastorcito. Al oír la flauta, recordó la voz de su hijo menor a quien tanto amaba y del que nunca había vuelto a saber nada. Pidió al pastor la flauta y se puso a tocarla y con gran admiración de todos la flauta canto así: No me toques padre mío ni me dejes de tocar, que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar. El rey se puso a llorar. Acudieron la reina y los príncipes. El rey pidió a la reina que tocara la flauta, que entonces dijo: No me toques madre mía ni me dejes de tocar, que mis hermanos me mataron por la Flor del Olivar. El rey quiso que su hijo segundo tocara.Todos vieron que los dos príncipes estaban pálidos y con las piernas en un temblor. El príncipe trató de negarse, pero el rey lo amenazó. La flauta canto: No me toques hermano mío ni me dejes de tocar, que aunque tu no me mataste me ayudaste a enterrar. El príncipe mayor, por orden de su padre tuvo que tocar la flauta: No me toques, perro ingrato ni me dejes de tocar, que tu fuiste el que me mataste por la Flor del Olivar. El pobre rey mandó a meter a sus hijos en un calabozo y él y la reina se quedaron inconsolables por toda la vida.
  • 19. 19 ©EDUVISIÓN Cuento Juan el de la carguita de leña Había una vez una viejita que tenía tres hijos: dos vivos y uno tonto.Los dos vivos eran muy ruines con la madre y nunca le hacían caso,pero el tonto era muy bueno con ella y era el palito de sus enredos.Los dos vivos se pasaban en la ciudad haciendo que hacían,porque eran unos grandes vagabundos.Lo cierto es que el tonto no era nada tonto,pero como era tan bueno lo creían tonto, porque así es la vida. Pues señor; un día lo mandó la anciana a la montaña a traer una carguita de leña.Él fue e hizo una buena carga,y cuando estaba rejuntando las burusquitas para que a su madre no le costara encender el fuego por la mañana, se le apareció una viejita que traía una varillita en la mano. Ella le dijo:- Mirá,Juan,aquí te traigo esta varillita de regalo.Es como un premio por lo sumiso que sos con tu mama. Juan preguntó: -¿Y para qué me sirve? -Para todo lo que se antoje: ¿que querés plata? Pues a pedírsela a la varillita.Y si no, mirá: cuando estés muy cansado, vas a tocar con ella la carga de leña y al mismo tiempo le decís: Varillita, varillita, por la virtud que Dios te dio, que mi carguita de leña me sirva de coche y me lleve a casa. Así lo hizo Juan; se sentó en la carga de leña y en un abrir y cerrar de ojos estuvo en su casa. Juan no dijo a nadie una palabra de lo que le pasara. Pero desde ese día no volvió a caminar por sus propios pies, sino que andaba para arriba y para abajo encajado en la carga de leña.Y cuando su madre o sus hermanos le preguntaban, se hacía el sordo. Sucedió que las hijas del rey venían de cuando en cuando a bañarse en una poza que había cerca de la casa de ellos.Un día de tantos, salió la menor en un vivo llanto del baño porque se le había caído en el agua su sortija. A cada una de las niñas le había regalado el rey un anillo nunca visto, y que se encomendara a Dios la que lo perdiera. A la noche llegaron los dos vivos con el cuento de que el rey estaba que se lo llevaba la trampa, porque la menor de las princesas había perdido su sortija en la poza, y que Su Majestad había ofrecido que aquel que la encontrara, sería el marido de su hija. Apenas amaneció,corrieron los dos vivos a buscar en la poza,pero nada.Así que se fueron ellos,llegó el tonto con su varillita,tocó el agua y dijo: -Varillita,varillita,por la virtud que Dios te dio,reparame la sortija.-Y deveras,la sortija salió y se ensartó en la varillita.La guardó,tocó con su varillita la carga de leña,y pidió que esta lo llevara al palacio del rey. Cuando estuvo ante la puerta, los soldados que estaban de centinelas lo cogieron de mingo, y por supuesto, no querían dejarlo entrar. Pero el tonto armó un alboroto. El rey oyó y mandó a ver qué era aquella samotana y al saberlo ordenó que lo dejaran pasar. Y fue subiendo escaleras arriba, arrodajado en su carga de leña y así entró en el salón, en donde estaba el rey con toda su corte. Bajó de su vehículo alguillo chillado, sacó la sortija de su bolsa y dijo: -Señor rey, aquí traigo la sortija de la niña, y a ver en qué quedamos de casamiento.
  • 20. 20 ©EDUVISIÓN Cuento Todos al verlo entrar reían a carcajadas y al oír sus pretensiones, quisieron echarlo a broma y a decir que la miel no se había hecho para los zopilotes. Pero cuando oyeron al rey decir que estaba dispuesto a cumplir lo prometido, se quedaron en el otro mundo. La pobre princesa comenzó a hacer cucharas y por último soltó el llanto. Las tres niñas se tiraron de rodillas ante su padre y se pusieron a rogarle, pero él les dijo: -Yo di mi palabra de rey y tengo que cumplirla. Luego cogió a su hija menor por su cuenta y se puso a aconsejarla con muy buenas razones, porque este rey no era nada engreído: -Vea, hijita a nadie hay que hacerle ¡che! en esta vida. No hay que dejarse ir de bruces por las apariencias. ¡Quién quita que le salga un marido nonis! Y en esta vida, uno se hace ilusiones de que porque a veces se sienta en un trono es más que los que se sientan en un banco. Pues nada de eso, criatura, que solo Cristo es español y Mariquita señora... Y por ese camino siguió calmando a su hija, pero ella como si tal cosa, no dejaba su llanto y sus sollozos, porque no hallaba cómo casarse con aquel hombre tan infeliz.Y cuando recordaba que había entrado en el salón sobre una carga de leña y que todos se esmorecieron de la risa, sentía que se le asaba la cara de vergüenza. Pero no hubo remedio y llegó el día del casorio. La madre y los hermanos del tonto estaban en ayunas de la que pasaba. Bueno, pues llegó el día del casorio, que sería a las doce del día en la Catedral. El tonto salió como si tal cosa, montado en su carga de leña, pero al ir a entrar en la ciudad, tocó la carga con su varita y dijo: - Varillita, varillita, por la virtud que Dios te dió, que la carga de leña se vuelva un coche de plata, con unos caballos blancos que nunca se hayan visto, y yo un gran señor muy hermoso y muy inteligente-.Y la carga de leña se transformó en una carroza de plata y él, en un gran señor. Cuando la gente vio detenerse aquella carroza frente al palacio y bajar aquel príncipe tan hermoso se quedó con la boca abierta. La princesa estaba en un rincón y no tenía consuelo.Hasta fea estaba,ella que era tan preciosa,de tanto llorar: con los ojos como chiles y la nariz como un tomate. ¡Ay, Dios mío, ¡Qué fue aquello! De pronto entra un príncipe muy hermoso, la coge de una mano, se la lleva y la mete en una carroza de plata. Sale la carroza que se quiebra para la Catedral y allí los casa el señor Obispo. Vuelven al palacio y ¡qué bailes y qué fiestas! La princesa no sabía si estaba dormida o despierta.Cuando comenzó el baile, ella bailó con su marido y todo el mundo les hizo rueda,y no tanto por admirarla a ella como a él.Las otras dos princesas que se habían burlado antes del triste novio y de su carga de leña,estaban ahora con su poquito de envidia y no hallaban en donde ponerlo.Y todo el mundo: ¡Juan arriba y Juan abajo! Juan se fue a un rincón, sobó su varillita y le dijo: -Varillita, varillita, por la virtud que Dios te dio, que la casilla de nosotros se vuelva un palacio de cristal y mi madre una gran señora. Y así fue: la viejita estaba en la cocina en pleitos con el fuego y echando de menos a Juan,que de unos días para acá se le había vuelto muy pata caliente,cuando oyó un ruidal y como que se mareaba: al volver en sí,se vio en una gran sala de cristal con muebles dorados y ella sentada en un sillón,vestida de terciopelo y abanicándose con un abanico de plumas; a su alrededor una partida de sirvientes que se querían deshacer por sonarle la nariz,por abanicarle y hasta por llevarla en silla de manos allá fuera.Por todas partes salían y entraban criados muy atareados.De pronto oyó ruidos de coches,y en la sala vecina comenzó a tocar una música que era lo mismo que estar en el Cielo.Por último ve entrar una pareja,como quien dice un rey y una reina...ambos le echaron los brazos y la voz de Juan que dice: - Mamita, aquí tiene a mi esposa.Y más atrás venían el rey, la reina,las princesas y cuanto marqués y conde había en el país. Allá al anochecer,estaba la fiesta en lo mejor, llegaron los hermanos que andaban de parranda. Juan los encerró en un cuarto,y otro día cuando estuvieron frescos,les contó lo que pasaba y que si se formalizaban,los casaba con las otras princesas. De veras,ellos se formalizaron y se casaron.Juan y su esposa fueron reyes y todos vivieron muy felices.
  • 21. 21 ©EDUVISIÓN Cuento Había una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos. Una tarde se asomó la muchacha a la ventana,bien compuesta y de pelo suelto.(Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido). No hacía mucho rato que estaba allí,cuando pasó un señor a caballo.Era un hombre muy galán,muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo,moreno,de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba.El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata.Saludó con una gran reverencia a la niña,y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre lo ocurrido. A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana.Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero. Al día siguiente,desde buena tarde, estaban a la ventana,vestidas con las ropas de coger misa,volando ojo para la esquina.Al cabo de un rato,apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro,sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas. Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar. Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que cuidara del caballo. El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomendaciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hijo mío. Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen. Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo. Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios. Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a La suegra del diablo
  • 22. 22 ©EDUVISIÓN Cuento todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo.Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y ésta le contó las gracias de su marido.Cuando se sentaron a la mesa,la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo. A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que este se dio gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo. -¿Apostemos a que aquí no entra Ud? El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa. La suegra hizo señas a unos hombres que tenían listos con la tapadera, tras una cortina y estos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo: -¿pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve,eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él. Luego se fue en persona para la montaña,seguida de los hombres que cargaban la botijuela.Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro.Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra. En efecto,aquel era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró,nadie volvió a cometer un pecado mortal,solo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos.Y toda la gente parecía muy buena,pero solo Dios sabía cómo andaba el frijol. Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el pobre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mala palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un pobre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos,y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse.Le pareció oír bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído.Una voz que salía de muy adentro decía: -¡Quien quiera que seas,sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz.Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dio con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: -Hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta. El preguntó: -¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela? El que estaba en ella contestó: -Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico. Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro. -Para pagarte tu favor- le dijo- nos vamos a ir a la ciudad.Yo me voy a ir metiendo en
  • 23. 23 ©EDUVISIÓN Cuento diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas.Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", -y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil.Ya te lo advierto. Y así fue.Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino,y nada.De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud.Llegó donde el enfermo y para disimular,se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina.A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo: -"Soy el que te sacó de la botijuela"-. Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido.Toda la familia estaba agradecidísima,no hallaban donde poner al médico y lo dejaron bien pistudo. Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal,en la duquesa doña Mengana,en el marqués don Perencejo.Y todos fueron curados por el médico,que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio.La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba.Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa.El otro,por rajón,le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así,le cortara la cabeza. Se acercó con su botella de agua y le dio las tres cucharadas.A la tercera le dijo al oído de la enferma: -"Soy yo,el que te sacó de la botijuela". El diablo respondió: -¡No! Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle: - ¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita... Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no. Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina. Pidió al rey tres días de término y entre tanto,no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera,dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora. Y así se hizo.En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo: -¡Salí por vida tuyita...! En vez de contestar, el Diablo preguntó: -Hombre, ¿qué es ese alboroto? El otro respondió: -Aguardate, voy a ver qué es. Inmediatamente volvió y dijo: -¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo. -¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? -dijo el Diablo.¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno.La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico,mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio,regalo del rey.Desde entonces la pasaron muy a gusto.
  • 24. 24 ©EDUVISIÓN Novela Mark Twain Las aventuras de Tom Sawyer Capítulo I −¡Tom! Silencio. −¡Tom! Silencio. −¡Dónde andará metido ese chico!... ¡Tom! La anciana se bajó los anteojos y miró, por encima, alrededor del cuarto; después se los subió a la frente y miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca importancia como un chiquillo: eran aquellos los lentes de ceremonia, su mayor orgullo, construidos por ornato antes que para servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de mantas. Se quedó un instante perpleja y dijo, no con cólera, pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles: −Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te voy a... No terminó la frase, porque antes se agachó dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió desenterrar fue el gato. −¡No se ha visto cosa igual que ese muchacho! Fue hasta la puerta y se detuvo allí, recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las hierbas silvestres que constituían el jardín. Ni sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a un ángulo de puntería calculado para larga distancia y gritó: −¡Tú! ¡Toooom! Oyó tras de ella un ligero ruido y se volvió a punto para atrapar a un muchacho por el borde de la chaqueta y detener su vuelo. −¡Ya estás! ¡Que no se me haya ocurrido pensar en esa despensa!... ¿Qué estabas haciendo ahí? −Nada. −¿Nada? Mírate esas manos, mírate esa boca... ¿Qué es eso pegajoso? −No lo sé, tía. −Bueno; pues yo sí lo sé. Es dulce, eso es. Mil veces te he dicho que como no dejes en paz ese dulce te voy a despellejar vivo. Dame esa vara. La vara se cernió en el aire.Aquello tomaba mal cariz. −¡Dios mío! ¡Mire lo que tiene detrás, tía! La anciana giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro; y en el mismo instante escapó el chico, se encaramó por la alta valla de tablas y desapareció tras ella. Su tía Polly se quedó un momento sorprendida y después se echó a reír bondadosamente. −¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas como ésta no me habrá hecho, y aún le hago caso! Pero las viejas bobas somos más bobas que nadie. Perro viejo no aprende gracias nuevas, como suele decirse.
  • 25. 25 ©EDUVISIÓN Novela Pero, ¡Señor!, si no me la juega del mismo modo dos días seguidos, ¿cómo va una a saber por dónde irá a salir? Parece que adivina hasta dónde puede atormentarme antes de que llegue a montar en cólera, y sabe, el muy pillo, que si logra desconcertarme o hacerme reír ya todo se ha acabado y no soy capaz de pegarle. No; la verdad es que no cumplo mi deber para con este chico: esa es la pura verdad.Tiene el diablo en el cuerpo; pero,¡qué le voy a hacer! Es el hijo de mi pobre hermana difunta, y no tengo entrañas para zurrarle. Cada vez que le dejo sin castigo me remuerde la conciencia,y cada vez que le pego se me parte el corazón.¡Todo sea por Dios! Pocos son los días del hombre nacido de mujer y llenos de tribulación,como dice la Escritura,y así lo creo.Esta tarde se escapará del colegio y no tendré más remedio que hacerle trabajar mañana como castigo.Cosa dura es obligarle a trabajar los sábados,cuando todos los chicos tienen asueto; pero aborrece el trabajo más que ninguna otra cosa,y,o soy un poco rígida con él, o me convertiré en la perdición de ese niño. Tom hizo rabona,en efecto,y lo pasó en grande. Volvió a casa con el tiempo justo para ayudar a Jim,el negrito,a aserrar la leña para el día siguiente y hacer astillas antes de la cena; pero,al menos,llegó a tiempo para contar sus aventuras a Jim mientras este hacía tres cuartas partes de la tarea.Sid,el hermano menor de Tom o mejor dicho,hermanastro,ya había dado fin a la suya de recoger astillas,pues era un muchacho tranquilo, poco dado a aventuras ni calaveradas. Mientras Tom cenaba y escamoteaba terrones de azúcar cuando la ocasión se le ofrecía,su tía le hacía preguntas llenas de malicia y trastienda,con el intento de hacerle picar el anzuelo y sonsacarle reveladoras confesiones.Como otras muchas personas,igualmente sencillas y candorosas,se envanecía de poseer un talento especial para la diplomacia tortuosa y sutil,y se complacía en mirar sus más obvios y transparentes artificios como maravillas de artera astucia. Así, le dijo: −Hacía bastante calor en la escuela,Tom; ¿no es cierto? −Sí, señora. −Muchísimo calor, ¿verdad? −Sí, señora. −¿Y no te entraron ganas de irte a nadar? Tom sintió una vaga escama, un barrunto de alarmante sospecha. Examinó la cara de su tía Polly, pero nada sacó en limpio.Así es que contestó: −No, tía; vamos..., no muchas. La anciana alargó la mano y le palpó la camisa. −Pero ahora no tienes demasiado calor,con todo. Y se quedó tan satisfecha por haber descubierto que la camisa estaba seca sin dejar traslucir que era aquello lo que tenía en las mientes. Pero bien sabía ya Tom de dónde soplaba el viento.Así es que se apresuró a parar el próximo golpe. −Algunos chicos nos estuvimos echando agua por la cabeza.Aún la tengo húmeda. ¿Ve usted? La tía Polly se quedó mohína, pensando que no había advertido aquel detalle acusador, y además le había fallado un tiro. Pero tuvo una nueva inspiración. −Dime,Tom: para mojarte la cabeza ¿no tuviste que descoserte el cuello de la camisa por donde yo te lo cosí? ¡Desabróchate la chaqueta! Toda sombra de alarma desapareció de la faz de Tom.Abrió la chaqueta. El cuello estaba cosido, y bien cosido. −¡Diablo de chico! Estaba segura de que habrías hecho rabona y de que te habrías ido a nadar. Me parece,Tom, que eres como gato escaldado, como suele decirse, y mejor de lo que pareces.Al menos, por esta vez. Le dolía un poco que su sagacidad le hubiera fallado,y se complacía de que Tom hubiera tropezado y caído en la obediencia por una vez.
  • 26. 26 ©EDUVISIÓN Novela Pero Sid dijo: −Pues mire usted: yo diría que el cuello estaba cosido con hilo blanco y ahora es negro. −¡Cierto que lo cosí con hilo blanco! ¡Tom! Pero Tom no esperó el final.Al escapar gritó desde la puerta: −Siddy, buena zurra te va a costar. Ya en lugar seguro, sacó dos largas agujas que llevaba clavadas debajo de la solapa. En una había enrollado hilo negro, y en la otra, blanco. «Si no es por Sid no lo descubre. Unas veces lo cose con blanco y otras con negro. ¡Por qué no se decidirá de una vez por uno a otro! Así no hay quien lleve la cuenta. Pero Sid me las ha de pagar, ¡reconcho!» No era el niño modelo del lugar.Al niño modelo lo conocía de sobra, y lo detestaba con toda su alma. Aún no habían pasado dos minutos cuando ya había olvidado sus cuitas y pesadumbres. No porque fueran ni una pizca menos graves y amargas de lo que son para los hombres las de la edad madura, sino porque un nuevo y absorbente interés las redujo a la nada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismo modo como las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y la excitación de nuevas empresas. Este nuevo interés era cierta inapreciable novedad en el arte de silbar, en la que acababa de adiestrarle un negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo. Consistía en ciertas variaciones a estilo de trino de pájaro, una especie de líquido gorjeo que resultaba de hacer vibrar la lengua contra el paladar y que se intercalaba en la silbante melodía. Probablemente el lector recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La aplicación y la perseverancia pronto le hicieron dar en el quid y echó a andar calle adelante con la boca rebosando armonías y el alma llena de regocijo. Sentía lo mismo que experimenta el astrónomo al descubrir una nueva estrella. No hay duda que en cuanto a lo intenso, hondo y acendrado del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del astrónomo. Los crepúsculos caniculares eran largos. Aún no era de noche. De pronto Tom suspendió el silbido: un forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo de ventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edad o sexo, era una curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de San Petersburgo. El chico, además, estaba bien trajeado, y eso en un día no festivo. Esto era simplemente asombroso. El sombrero era coquetón; la chaqueta, de paño azul, nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban los pantalones. Tenía puestos los zapatos,aunque no era más que viernes.Hasta llevaba corbata: una cinta de colores vivos.En toda su persona había un aire de ciudad que le dolía a Tom como una injuria.Cuanto más contemplaba aquella esplendorosa maravilla,más alzaba en el aire
  • 27. 27 ©EDUVISIÓN Novela la nariz con un gesto de desdén por aquellas galas y más rota y desastrada le iba pareciendo su propia vestimenta. Ninguno de los dos hablaba. Si uno se movía, se movía el otro, pero solo de costado, haciendo rueda. Seguían cara a cara y mirándose a los ojos sin pestañear.Al fin,Tom dijo: −Yo te puedo. −Pues anda y haz la prueba. −Pues sí que te puedo. −¡A que no! −¡A que sí! −¡A que no! Siguió una pausa embarazosa. Después prosiguió Tom: −Y tú, ¿cómo te llamas? −¿Y a ti que te importa? −Pues si me da la gana vas a ver si me importa. −¿Pues por qué no te atreves? −Como hables mucho lo vas a ver. −¡Mucho..., mucho..., mucho! −Tú te crees muy gracioso; pero con una mano atada atrás te podría dar una tunda si quisiera. −¿A que no me la das?... −¡Vaya un sombrero! −Pues atrévete a tocármelo. −Lo que eres tú es un mentiroso. −Más lo eres tú. −Como me digas esas cosas agarro una piedra y te la estrello en la cabeza. −¡A que no! −Lo que tú tienes es miedo. −Más tienes tú. Otra pausa, y más miradas, y más vueltas alrededor. Después empezaron a empujarse hombro con hombro. −Vete de aquí −dijo Tom. −Vete tú −contestó el otro. −No quiero. −Pues yo tampoco. Y así siguieron, cada uno apoyado en una pierna como en un puntal, y los dos empujando con toda su alma y lanzándose furibundas miradas. Pero ninguno sacaba ventaja. Después de forcejear hasta que ambos se pusieron encendidos y arrebatados los dos cedieron en el empuje, con desconfiada cautela, y Tom dijo: −Tú eres un miedoso y un cobarde.Voy a decírselo a mi hermano grande, que te puede deshacer con el dedo meñique. −¡Pues sí que me importa tu hermano! Tengo yo uno mayor que el tuyo y que si lo coge lo tira por encima de esa cerca. (Ambos hermanos eran imaginarios.) −Eso es mentira. −¡Porque tú lo digas! Tom hizo una raya en el polvo con el dedo gordo del pie y dijo: −Atrévete a pasar de aquí y soy capaz de pegarte hasta que no te puedas tener. El que se atreva se la gana. El recién venido traspasó en seguida la raya y dijo: Ya está: a ver si haces lo que dices. −No me vengas con ésas; ándate con ojo. −Bueno, pues ¡a que no lo haces! −¡A que sí! Por dos centavos lo haría. El recién venido sacó dos centavos del bolsillo y se los alargó burlonamente. Tom los tiró contra el suelo. En el mismo instante rodaron los dos chicos, revolcándose en la tierra, agarrados como dos gatos, y durante un minuto forcejearon
  • 28. 28 ©EDUVISIÓN Novela asiéndose del pelo y de las ropas, se golpearon y arañaron las narices, y se cubrieron de polvo y de gloria. Cuando la confusión tomó forma, a través de la polvareda de la batalla apareció Tom sentado a horcajadas sobre el forastero y moliéndolo a puñetazos. −¡Date por vencido! El forastero no hacía sino luchar para libertarse. Estaba llorando, sobre todo de rabia. −¡Date por vencido! −y siguió el machacamiento. Al fin el forastero balbuceó un «me doy», y Tom le dejó levantarse y dijo: −Eso, para que aprendas. Otra vez ten ojo con quién te metes. El vencido se marchó sacudiéndose el polvo de la ropa, entre hipos y sollozos, y de cuando en cuando se volvía moviendo la cabeza y amenazando a Tom con lo que le iba a hacer «la primera vez que lo sorprendiera». A lo cual Tom respondió con mofa, y se echó a andar con orgulloso continente. Pero tan pronto como volvió la espalda, su contrario cogió una piedra y se la arrojó, dándole en mitad de la espalda, y en seguida volvió grupas y corrió como un antílope.Tom persiguió al traidor hasta su casa, y supo así dónde vivía. Tomó posiciones por algún tiempo junto a la puerta del jardín y desafió a su enemigo a salir a campo abierto; pero el enemigo se contentó con sacarle la lengua y hacerle muecas detrás de la vidriera. Al fin apareció la madre del forastero, y llamó a Tom malo, tunante y ordinario, ordenándole que se largase de allí.Tom se fue, pero no sin prometer antes que aquel chico se las había de pagar. Llegó muy tarde a casa aquella noche, y al encaramarse cautelosamente a la ventana cayó en una emboscada preparada por su tía, la cual, al ver el estado en que traía las ropas, se afirmó en la resolución de convertir el asueto del sábado en cautividad y trabajos forzados. Capítulo II Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso y fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto; y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire. El monte de Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño. Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca, y la Naturaleza perdió toda alegría y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir, comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj, descorazonado Jim, salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando Las muchachas de Búffalo. Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom una cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que no faltaba allí compañía. Allí había siempre muchachos de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez; y entretanto, holgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente solo distaba ciento cincuenta varas, Jim jamás estaba de vuelta con un balde de agua en menos de una hora; y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:
  • 29. 29 ©EDUVISIÓN Novela −Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo. Jim sacudió la cabeza y contestó: −No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía que hacer yo era andar listo y no ocuparme más que de lo mío..., que ella se ocuparía del encalado. −No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto.Ya verás cómo no se entera. −No me atrevo, amo Tom... El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí! −¿Ella?... Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, a menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas. Jim empezó a vacilar. −Una blanca, Jim; y es de primera. −¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande del ama vieja. Pero Jim era de débil carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas. Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos. Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar... ; y esta idea le encendía la sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó revista: pedazos de juguetes, tabas y desperdicios heterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Nada menos que una soberbia magnífica inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. Ben Rogers apareció a la vista en aquel instante: de entre todos los chicos, era de aquel precisamente de quien más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y cabriolas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «tilín, tilín, tilón; tilín, tilón», porque, venía imitando a un vapor del Misisipí.
  • 30. 30 ©EDUVISIÓN Novela Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al Gran Misuri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas. −¡Para! ¡Tilín, tilín, tilín! (La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a la acera.) ¡Máquina atrás! ¡Tilínlinlin! (Con los brazos rígidos, pegados a los costados.) ¡Atrás la de estribor! ¡Tilínlinlin! ¡Chuchuchu! .... (Entretanto el brazo derecho describía grandes círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro.) ¡Atrás la de babor! Tilín tilín, tilín!... (El brazo izquierdo empezó a voltear.) ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Chistsss!... (Imitando las llaves de escape.) Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo: −¡Je, Je! Las estás pagando, ¿eh? Se quedó sin respuesta.Tom examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A Tom se le hacía la boca agua pensando en la manzana; pero no cejó en su trabajo. −¡Hola, compadre! —le dijo Ben—.Te hacen trabajar, ¿eh? −¡Ah!, ¿eres tú, Ben? No te había visto. −Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará. Tom se le quedó mirando un instante y dijo: −¿A qué llamas tú trabajo? −¡Qué! ¿No es eso trabajo? Tom reanudó su blanqueo y le contestó, distraídamente: −Bueno; puede ser que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer. −¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta? La brocha continuó moviéndose. −¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días? Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana.Tom, movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el efecto; añadió un toque allí y otro allá; juzgó otra vez el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto.Al fin dijo: −Oye,Tom: déjame encalar un poco. Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder; pero cambió de propósito: −No, no; eso no podría ser, Ben.Ya ves..., mi tía Polly es muy exigente para esta cerca porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo. −¡Quiá!... ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco; nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría,Tom. −De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly... Mira: Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!...
  • 31. 31 ©EDUVISIÓN Novela −Anda..., ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana. −No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo... −¡Te la doy toda! Tom le entregó la brocha, con desgano en el semblante y con entusiasmo en el corazón.Y mientras el ex vapor Gran Misuri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí, cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de los más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen estado; cuando este se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta, con un bramante para hacerla girar; así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! De no habérsele agotado la existencia de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar. Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la conducta humana, a saber: que para que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, solo es necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiera sido un eximio y agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el treadmill es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el MontBlanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.
  • 32. 32 ©EDUVISIÓN Novela Capítulo III Tom se presentó a su tía, que estaba sentada junto a la ventana, abierta de par en par, en un alegre cuartito de las traseras de la casa, el cual servía a la vez de alcoba, comedor y despacho. La tibieza del aire estival, el olor de las flores y el zumbido adormecedor de las abejas habían producido su efecto, y la anciana estaba dando cabezadas sobre la calceta..., pues no tenía otra compañía que la del gato y este se hallaba dormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habría ya desertado de su trabajo hacía mucho rato, que se sorprendió de verle entregarse así, con tal intrepidez, en sus manos. Él dijo: −¿Me puedo ir a jugar, tía? −¡Qué! ¿Tan pronto? ¿Cuánto has enjalbegado? Ya está todo, tía. −Tom, no me mientas. No lo puedo sufrir. −No miento, tía; ya está todo hecho. La tía Polly confiaba poco en tal testimonio. Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado por satisfecha con haber encontrado un veinticinco por ciento de verdad en lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y no solo encalada sino primorosamente reposado con varias manos de lechada, y hasta con una franja de añadidura en el suelo, su asombro no podía expresarse en palabras. −¡Alabado sea Dios! —dijo—. ¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabes trabajar cuando te da por ahí.Y después añadió, aguando el elogio −Pero te da por ahí rara vez, la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar; pero acuérdáte y no tardes una semana en volver, porque te voy a dar una zurra. Tan emocionada estaba por la brillante hazaña de su sobrino, que lo llevó a la despensa, escogió la mejor manzana y se la entregó, juntamente con una edificante disertación sobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los dones cuando nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestro propio virtuoso esfuerzo.Y mientras terminaba con un oportuno latiguillo bíblico,Tom le escamoteó una rosquilla. Después se fue dando saltos, y vio a Sid en el momento en que empezaba a subir la escalera exterior que conducía a las habitaciones altas, por detrás de la casa. Había abundancia de terrones a mano, y el aire se llenó de ellos en un segundo. Zumbaban en torno de Sid como una granizada, y antes de que tía Polly pudiera volver de su sorpresa y acudir en socorro, seis o siete pellazos habían producido efecto sobre la persona de Sid y Tom había saltado la cerca y desaparecido. Había allí una puerta; pero a Tom, por regla general, le escaseaba el tiempo para poder usarla. Sintió descender la paz sobre su espíritu una vez que ya había ajustado cuentas con Sid por haber descubierto lo del hilo, poniéndolo en dificultades. Dio la vuelta a toda la manzana y vino a parar a una calleja fangosa, por detrás del establo donde su tía tenía las vacas.Ya estaba fuera de todo peligro de captura y castigo, y se encaminó apresurado hacia la plaza pública del pueblo, donde dos batallones de chicos se habían reunido para librar una batalla, según tenían convenido. Tom era general de uno de los dos ejércitos; Joe Harper (un amigo del alma),general del otro. Estos eximios caudillos no descendían hasta luchar personalmente —eso se quedaba para la morralla—,sino que se sentaban mano a mano en una eminencia y desde allí conducían las marciales operaciones dando órdenes que transmitían sus ayudantes de campo. El ejército de Tom ganó una gran victoria tras rudo y tenaz combate.Después se contaron los muertos,se canjearon prisioneros y se acordaron los términos del próximo desacuerdo; y hecho esto,los dos ejércitos formaron y se fueron,y Tom se volvió solo hacia su morada.