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Señora de los mares
El “Señora de los mares” empezó a maniobrar iniciando
la partida con las velas y la bandera española combadas por
el viento. Por su parte, Pachito lo miraba alejarse con los pies
hundidos en la arena. Sentía que esa partida terminaba con
su alegría para siempre, era como si Francis Drake, el temible
pirata inglés, hubiera arrasado con todo, igual que en 1585.
Volvió a mirar el barco que se movía con torpeza y notó
que de tanto ser lamidos por el sol, los cables parecían de
plata. Por su parte, también la chica inclinada hacia el mar
había tomado esa coloración nacarada que toman cosas y
personas con las primeras luces del día.
Acostumbrado a la presencia del barco en el paisaje del
rompeolas, ese alejamiento, además del dolor de la separa-
ción, desconcertaba al muchacho.
Un mes atrás, su llegada lo había sorprendido del
mismo modo.
Señora de los mares
Olga Drennen
"Señora de los mares", de Olga Drennen
© Olga Drennen
Diseño de tapa y colección: Plan Lectura 2008
Colección: “Escritores en escuelas”
Ministerio de Educación
Secretaría de Educación
Unidad de Programas Especiales
Plan Lectura 2008
Pizzurno 935. (C1020ACA) Ciudad de Buenos Aires.
Tel: (011) 4129-1075/1127
planlectura@me.gov.ar - www.me.gov.ar/planlectura
República Argentina, 2008
4
de las manos se apoyaba sobre la cintura, mientras la otra caía
al costado del cuerpo cubierto apenas por una túnica que res-
plandecía de blancura.
En toda su vida, Pachito, que había nacido en ese pueblo
aceitunado de tanto mar, en toda su vida, había visto un mas-
carón de proa como ese y, tenía que reconocerlo, la sola
visión de aquella cara lo había emocionado.
No pudo soportar el dolor del alejamiento y se zambulló
en el mar. El agua fría le cortó la respiración, pero se animó
diciendo su nombre. Fue igual que paladear el sol. Como si
cada letra dicha en voz alta le hubiera dado valor, siguió
nadando en dirección al barco, contra la corriente que se
empecinaba en arrastrarlo hacia el gris ceniciento de la
playa. Nadó con todas sus fuerzas mientras la embarcación
ganaba velocidad y se alejaba de la orilla.
Claro que no era el primer navío con una figura en lo
alto del tajamar que le llamaba la atención, había visto tibu-
rones, Neptunos con tridentes de
fuego, pájaros que parecían estar a
punto de echarse a volar con el vai-
vén del oleaje. Todos de madera,
todos hermosos; pero ése era diferen-
te. No, estaba seguro, nunca había
visto un mascarón de proa como ese.
Le recordaba, ¿qué le recordaba? ¡Ah!,
sí, leyendas de los hombres de mar que
contaban los esclavos cuando Fray Pedro
Claver, que se llamaba a sí mismo “el
esclavo de los esclavos”, conseguía para
ellos, la migaja de unos minu-
tos de descanso.
Estaba sentado en la trastienda del negocio en el que tra-
bajaba y no había terminado de vaciar su cuenco con leche
cuando escuchó las voces del otro lado del mostrador.
–El capitán me dijo que compre bastantes provisiones –dijo
una voz de hombre áspera como un rallador.
–¡Ja, ja, ja! Me parece que en esa lista, tenemos alimentos
como para llegar hasta el siglo XVIII –contestó el otro hom-
bre, con una pronunciación algo más pareja que el primero
–y corre el año 1686.
Pachito dejó su desayuno a medio terminar sobre la mesa
y salió. Mientras les preguntaba en qué podía serles útil, los
miró de reojo.
Uno de ellos, el mayor, tenía la cabeza con forma de
bala y el otro del tamaño de una pelota, los dos usaban
camisetas raídas, un pañuelo al cuello y pantalones blancos
de tela gruesa.
Como los comestibles que pedían eran muchos y los dos
hombres habían ido a pie hasta la tienda, el chico se ofreció
a llevar las bolsas hasta el puerto.
–Gracias –dijo el hombre de voz gruesa, y después de
pagar su compra aclaró que los paquetes debían ser entre-
gadas en el “Señora de los mares” al ponerse el sol.
Esa fue la primera vez que el muchacho escuchó el nom-
bre del barco y, al anochecer, en el muelle, vio la figura de la
mujercita en el barco.
Sin sacarle la vista de encima, entregó los víveres y, des-
pués, aprovechó la media luz, para caminar por la playa
hasta encontrar una colina.
Ella seguía con la frente inclinada y el cuerpo oblicuo al
barco. La madeja dorada del pelo ondeaba sobre los hombros.
Sus ojos verdes miraban al agua con un gesto misterioso. Una
vuelven porque tienen miedo de que los piratas ingleses
ataquen de nuevo. ¡Pobrecito, chico, –dijo sin contener la
risa –te nos quedas sin novia... jajaja!
Esa noche, el muchacho echó su bote al agua y remó
hasta llegar junto a la muñeca de pelo como el sol. Cuando
estuvo cerca, mientras más que ver, sentía los ojos verdes
clavados en los suyos, por primera vez, se animó a dirigirle
la palabra.
–Señora, te llevan, dejaremos de vernos, ¿a quién le pin-
taré el mar, cuando te vayas? Yo no puedo seguirte... Mis
padres están viejos, ¿sabes? Son españoles igual que tú,
pero aman esta tierra como si fuera de ellos... Señora, te lle-
van, ¿qué va a ser de mí? Ya no habrá frutas que me gusten
ni tendré por qué traerlas a la playa para azucarar el agua
que te rodea.
Mientras hablaba, el mar empezó a crecer como una plan-
ta prodigiosa, y en poco tiempo, la luz de la luna dibujó el
perfil de las dos figuras paradas frente a frente. Fue cuando
oyó la canción fascinante que nacía en el centro mismo de la
nave. La melodía sonaba con tal delicadeza que, al principio,
apenas se oyó y después, avanzó y avanzó hasta llenarle el
alma de alegría.
¿Qué era eso que escuchaba? ¿Música? Sí, música, y aquella
voz que le tocaba el corazón tenía que ser de ella. Era como si,
de pronto, la dulzura de todas las guayabas2
se volviera sonido
Ellos, los hombres de mar, contaban historias de mujeres que
habían conocido en otras tierras. Decían que eran muy bonitas,
de pelo largo, con brillo de oro y ojos verdes como el mar.
Pachito no sabía por qué, pero de alguna forma inexplica-
ble, la jovencita del tajamar le hacía pensar en países lejanos.
Desde el momento en que vio aquella figura, fue impo-
sible para él, pasar un día sin acercarse al puerto. Cuando
terminaba su trabajo en la tienda, cruzaba los caserones de
los ricos donde los tucanes y María mulatas1
aturdían en
los parques espesos de paltas, helechos y árboles.
Sí, no pudo olvidarse de ella desde el momento en que la
vio, cuando dejaba su trabajo en la tienda de provisiones,
cruzaba las calles con los brazos colmados de papayas, plá-
tanos y cubas con colorantes.
Algunas tardes, cargaba vasijas con tintura roja en su bote
de remo y las derramaba cerca del barco. Así, el agua de un
azul profundo, opaco, se volvía violeta alrededor del “Señora
de los mares” y teñía la arena oscura de la playa.
Otras tardes, bordaba la base del tajamar con las frutas que
se balanceaban con el vaivén del oleaje acompañando el
ruedo del vestido de madera que ondeaba casi a ras del oleaje.
Los trabajadores que construían en la muralla de piedra, lo
veían pasar y se burlaban de él con la mirada.
Justamente, uno de ellos fue el que le avisó que el capitán
del “Señora de los mares” tenía pensado regresar a España
en poco tiempo.
–Escuché decir que cuando tengan oro y
esmeraldas hasta reventar la bodega se
cosas de humanos son malos como la sombra de Francis
Drake. Me parece que tu muñeca es mala, Pachito, no con-
fíes en ella.
El muchacho, primero, sacudió la cabeza y después, gri-
tando “es mentira” salió corriendo hacia la playa para verla
una vez más.
Poco después, supo que el barco español zarpaba en dos
días, a la salida del sol. En ese momento, todo pareció apa-
garse para él.
Aquella madrugada, mientras el “Señora de los mares”
maniobraba y el viento inflaba su velamen, desde la orilla,
sucio de arena, Pachito lo miraba alejarse con los ojos vací-
os. Mientras tanto, Cartagena dormía. Sólo un batir de olas
incesante detenía el manto de silencio que había caído como
un alud sobre la playa.
Entonces, el muchacho no pudo más, estalló en gritos y
empezó a correr mar adentro.
–¡Señora! ¡Señora!
Sintió el frío del agua hasta en los huesos y repitió
“Señora” para darse coraje. Las letras de aquel nombre se le
volvieron pura miel en la boca y braceó mar adentro contra
la corriente, contra las olas que se alzaban como una pared
para impedirle el paso. Fue cuando las guayabas volvieron a
romperse para llenarle de dulzura los oídos. Entonces, no
hubo ni ventana cerrada en el pueblo, ni marino que se reti-
rara de cubierta.
para acariciar el aire que respiraba. Se oía cerca, pero lejos. Se
oía como un coro de ángeles entonado por una sola gargan-
ta. Sí, aquello era un himno, un himno que la mujercita can-
taba para él.
En ese momento, la planta de agua que lo había elevado
abrió sus ramas para devolverlo a la costa sin que los remos
del bote tuvieran que luchar contra la corriente.
A la mañana siguiente, no hubo en Cartagena de Indias
una sola persona que no comentara la “música extraña” que
había ocupado cada rincón del lugar.
–Fue como un milagro –decían algunos.
–¡No! –contestaban otros –es obra de hechicería.
–Esa música no era humana –coincidían todos.
Pachito apilaba bolsas de harina cuando vio llegar al hom-
bre. Usaba un andrajo de tela que alguna vez había sido
claro como camisa y un pantalón remendado que sujetaba
con una soga en la cintura.
–¡Oye, chico! Ven después de la cena al Palacio de la
Inquisición que tengo algo que decirte.
Esa noche, aunque el cielo encapotado anunciaba tor-
menta y el viento levantaba espirales de arena en la costa, el
muchacho corrió al lugar del encuentro.
–Te hice venir porque quiero decirte algo, chico –dijo el
hombre con tono misterioso en cuanto se encontraron.
–Debes tener cuidado Pachito, nadie se dio cuenta, pero
yo sé quién cantaba la otra noche. Era el
mascarón que tú quieres tanto, debes tener
cuidado Pachito, los muñecos que hacen
Y los ojos asombrados de navegantes y de cartageneros
vieron cómo el tajamar se partía en dos para que la mujer de
pelo como el sol se arrojara entre la espuma del mar.
Señora y Pachito se encontraron a mitad de camino, a
algunos metros de la orilla, casi abrazados, se desplazaron
entre las olas. Casi abrazados, llegaron a la playa.
Mientras, una melodía alegre se levantó desde el horizon-
te y puso una sonrisa en la boca de los sufridos trabajado-
res que cargaban piedras para construir la muralla que iba
a defender Cartagena de los piratas. Y, desde entonces,
todo risa, todo fue felicidad.
1
María mulatas: cuervos, en Cartagena de Indias, Colombia.
2
La guayaba es un fruto originario de Centroamérica, aunque se cultiva
en casi todos los países tropicales. Su peso oscila desde los 60 hasta los
500 gramos y el sabor de la pulpa recuerda al de la nuez y la avellana.
10
Olga Drennen
Poeta, escritora, ensayista, y docente especializada en Lengua y
Literatura. Fue jurado de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil
Argentina, del Fondo Nacional de las Artes, de los Premios Nacionales
de Literatura Infantil de la Secretaria de Cultura de Presidencia de la
Nación y del Premio Fantasía Infantil, entre otros. Participó como
exponente en distintos congresos nacionales e internacionales.
Colaboró en diversos medios gráficos argentinos destinados a chicos y
adultos, participó y dirigió numerosas antologías. Sus obras han sido
publicadas en Europa, Latinoamérica y EE.UU.
Editora de libros, revistas y cursos de perfeccionamiento docente,
antóloga y autora de textos escolares. Coordinó y coordina talleres de
lectura y escritura.
Tradujo, entre otros a Poe, Stevenson, Lovecraft, James Matthew Barrie
y a los Grimm.
Algunos de sus ensayos son: Las palabras cuerpo a cuerpo, Texto a la
vista, Cómo escribir cuentos y novelas y Cómo escribir para chicos.
Es autora de numerosos libros de literatura infantil y juvenil.
¿Querés leer más de esta autora?
Wunderding y otros escalofríos, Nadie lo puede negar, Sombras y tem-
blores, Leyendas que eran y son, Cuando las hadas y las brujas van a
la escuela, Cuentos con cola, Mitos antiguos de Grecia y Roma, tomos
I y II, en poesía para chicos, Pasen y vean, Los chirinfinfacos y Versos
y reversos.
¿Querés saber más de esta autora?
www.leer.org.ar
www.7calderosmagicos.com.ar/Autores/olgadrennen.htm
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
Señora de los mares

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Señora-de-los-mares-Olga-Drennen - poesia.pdf

  • 2. El “Señora de los mares” empezó a maniobrar iniciando la partida con las velas y la bandera española combadas por el viento. Por su parte, Pachito lo miraba alejarse con los pies hundidos en la arena. Sentía que esa partida terminaba con su alegría para siempre, era como si Francis Drake, el temible pirata inglés, hubiera arrasado con todo, igual que en 1585. Volvió a mirar el barco que se movía con torpeza y notó que de tanto ser lamidos por el sol, los cables parecían de plata. Por su parte, también la chica inclinada hacia el mar había tomado esa coloración nacarada que toman cosas y personas con las primeras luces del día. Acostumbrado a la presencia del barco en el paisaje del rompeolas, ese alejamiento, además del dolor de la separa- ción, desconcertaba al muchacho. Un mes atrás, su llegada lo había sorprendido del mismo modo. Señora de los mares Olga Drennen "Señora de los mares", de Olga Drennen © Olga Drennen Diseño de tapa y colección: Plan Lectura 2008 Colección: “Escritores en escuelas” Ministerio de Educación Secretaría de Educación Unidad de Programas Especiales Plan Lectura 2008 Pizzurno 935. (C1020ACA) Ciudad de Buenos Aires. Tel: (011) 4129-1075/1127 planlectura@me.gov.ar - www.me.gov.ar/planlectura República Argentina, 2008
  • 3. 4 de las manos se apoyaba sobre la cintura, mientras la otra caía al costado del cuerpo cubierto apenas por una túnica que res- plandecía de blancura. En toda su vida, Pachito, que había nacido en ese pueblo aceitunado de tanto mar, en toda su vida, había visto un mas- carón de proa como ese y, tenía que reconocerlo, la sola visión de aquella cara lo había emocionado. No pudo soportar el dolor del alejamiento y se zambulló en el mar. El agua fría le cortó la respiración, pero se animó diciendo su nombre. Fue igual que paladear el sol. Como si cada letra dicha en voz alta le hubiera dado valor, siguió nadando en dirección al barco, contra la corriente que se empecinaba en arrastrarlo hacia el gris ceniciento de la playa. Nadó con todas sus fuerzas mientras la embarcación ganaba velocidad y se alejaba de la orilla. Claro que no era el primer navío con una figura en lo alto del tajamar que le llamaba la atención, había visto tibu- rones, Neptunos con tridentes de fuego, pájaros que parecían estar a punto de echarse a volar con el vai- vén del oleaje. Todos de madera, todos hermosos; pero ése era diferen- te. No, estaba seguro, nunca había visto un mascarón de proa como ese. Le recordaba, ¿qué le recordaba? ¡Ah!, sí, leyendas de los hombres de mar que contaban los esclavos cuando Fray Pedro Claver, que se llamaba a sí mismo “el esclavo de los esclavos”, conseguía para ellos, la migaja de unos minu- tos de descanso. Estaba sentado en la trastienda del negocio en el que tra- bajaba y no había terminado de vaciar su cuenco con leche cuando escuchó las voces del otro lado del mostrador. –El capitán me dijo que compre bastantes provisiones –dijo una voz de hombre áspera como un rallador. –¡Ja, ja, ja! Me parece que en esa lista, tenemos alimentos como para llegar hasta el siglo XVIII –contestó el otro hom- bre, con una pronunciación algo más pareja que el primero –y corre el año 1686. Pachito dejó su desayuno a medio terminar sobre la mesa y salió. Mientras les preguntaba en qué podía serles útil, los miró de reojo. Uno de ellos, el mayor, tenía la cabeza con forma de bala y el otro del tamaño de una pelota, los dos usaban camisetas raídas, un pañuelo al cuello y pantalones blancos de tela gruesa. Como los comestibles que pedían eran muchos y los dos hombres habían ido a pie hasta la tienda, el chico se ofreció a llevar las bolsas hasta el puerto. –Gracias –dijo el hombre de voz gruesa, y después de pagar su compra aclaró que los paquetes debían ser entre- gadas en el “Señora de los mares” al ponerse el sol. Esa fue la primera vez que el muchacho escuchó el nom- bre del barco y, al anochecer, en el muelle, vio la figura de la mujercita en el barco. Sin sacarle la vista de encima, entregó los víveres y, des- pués, aprovechó la media luz, para caminar por la playa hasta encontrar una colina. Ella seguía con la frente inclinada y el cuerpo oblicuo al barco. La madeja dorada del pelo ondeaba sobre los hombros. Sus ojos verdes miraban al agua con un gesto misterioso. Una
  • 4. vuelven porque tienen miedo de que los piratas ingleses ataquen de nuevo. ¡Pobrecito, chico, –dijo sin contener la risa –te nos quedas sin novia... jajaja! Esa noche, el muchacho echó su bote al agua y remó hasta llegar junto a la muñeca de pelo como el sol. Cuando estuvo cerca, mientras más que ver, sentía los ojos verdes clavados en los suyos, por primera vez, se animó a dirigirle la palabra. –Señora, te llevan, dejaremos de vernos, ¿a quién le pin- taré el mar, cuando te vayas? Yo no puedo seguirte... Mis padres están viejos, ¿sabes? Son españoles igual que tú, pero aman esta tierra como si fuera de ellos... Señora, te lle- van, ¿qué va a ser de mí? Ya no habrá frutas que me gusten ni tendré por qué traerlas a la playa para azucarar el agua que te rodea. Mientras hablaba, el mar empezó a crecer como una plan- ta prodigiosa, y en poco tiempo, la luz de la luna dibujó el perfil de las dos figuras paradas frente a frente. Fue cuando oyó la canción fascinante que nacía en el centro mismo de la nave. La melodía sonaba con tal delicadeza que, al principio, apenas se oyó y después, avanzó y avanzó hasta llenarle el alma de alegría. ¿Qué era eso que escuchaba? ¿Música? Sí, música, y aquella voz que le tocaba el corazón tenía que ser de ella. Era como si, de pronto, la dulzura de todas las guayabas2 se volviera sonido Ellos, los hombres de mar, contaban historias de mujeres que habían conocido en otras tierras. Decían que eran muy bonitas, de pelo largo, con brillo de oro y ojos verdes como el mar. Pachito no sabía por qué, pero de alguna forma inexplica- ble, la jovencita del tajamar le hacía pensar en países lejanos. Desde el momento en que vio aquella figura, fue impo- sible para él, pasar un día sin acercarse al puerto. Cuando terminaba su trabajo en la tienda, cruzaba los caserones de los ricos donde los tucanes y María mulatas1 aturdían en los parques espesos de paltas, helechos y árboles. Sí, no pudo olvidarse de ella desde el momento en que la vio, cuando dejaba su trabajo en la tienda de provisiones, cruzaba las calles con los brazos colmados de papayas, plá- tanos y cubas con colorantes. Algunas tardes, cargaba vasijas con tintura roja en su bote de remo y las derramaba cerca del barco. Así, el agua de un azul profundo, opaco, se volvía violeta alrededor del “Señora de los mares” y teñía la arena oscura de la playa. Otras tardes, bordaba la base del tajamar con las frutas que se balanceaban con el vaivén del oleaje acompañando el ruedo del vestido de madera que ondeaba casi a ras del oleaje. Los trabajadores que construían en la muralla de piedra, lo veían pasar y se burlaban de él con la mirada. Justamente, uno de ellos fue el que le avisó que el capitán del “Señora de los mares” tenía pensado regresar a España en poco tiempo. –Escuché decir que cuando tengan oro y esmeraldas hasta reventar la bodega se
  • 5. cosas de humanos son malos como la sombra de Francis Drake. Me parece que tu muñeca es mala, Pachito, no con- fíes en ella. El muchacho, primero, sacudió la cabeza y después, gri- tando “es mentira” salió corriendo hacia la playa para verla una vez más. Poco después, supo que el barco español zarpaba en dos días, a la salida del sol. En ese momento, todo pareció apa- garse para él. Aquella madrugada, mientras el “Señora de los mares” maniobraba y el viento inflaba su velamen, desde la orilla, sucio de arena, Pachito lo miraba alejarse con los ojos vací- os. Mientras tanto, Cartagena dormía. Sólo un batir de olas incesante detenía el manto de silencio que había caído como un alud sobre la playa. Entonces, el muchacho no pudo más, estalló en gritos y empezó a correr mar adentro. –¡Señora! ¡Señora! Sintió el frío del agua hasta en los huesos y repitió “Señora” para darse coraje. Las letras de aquel nombre se le volvieron pura miel en la boca y braceó mar adentro contra la corriente, contra las olas que se alzaban como una pared para impedirle el paso. Fue cuando las guayabas volvieron a romperse para llenarle de dulzura los oídos. Entonces, no hubo ni ventana cerrada en el pueblo, ni marino que se reti- rara de cubierta. para acariciar el aire que respiraba. Se oía cerca, pero lejos. Se oía como un coro de ángeles entonado por una sola gargan- ta. Sí, aquello era un himno, un himno que la mujercita can- taba para él. En ese momento, la planta de agua que lo había elevado abrió sus ramas para devolverlo a la costa sin que los remos del bote tuvieran que luchar contra la corriente. A la mañana siguiente, no hubo en Cartagena de Indias una sola persona que no comentara la “música extraña” que había ocupado cada rincón del lugar. –Fue como un milagro –decían algunos. –¡No! –contestaban otros –es obra de hechicería. –Esa música no era humana –coincidían todos. Pachito apilaba bolsas de harina cuando vio llegar al hom- bre. Usaba un andrajo de tela que alguna vez había sido claro como camisa y un pantalón remendado que sujetaba con una soga en la cintura. –¡Oye, chico! Ven después de la cena al Palacio de la Inquisición que tengo algo que decirte. Esa noche, aunque el cielo encapotado anunciaba tor- menta y el viento levantaba espirales de arena en la costa, el muchacho corrió al lugar del encuentro. –Te hice venir porque quiero decirte algo, chico –dijo el hombre con tono misterioso en cuanto se encontraron. –Debes tener cuidado Pachito, nadie se dio cuenta, pero yo sé quién cantaba la otra noche. Era el mascarón que tú quieres tanto, debes tener cuidado Pachito, los muñecos que hacen
  • 6. Y los ojos asombrados de navegantes y de cartageneros vieron cómo el tajamar se partía en dos para que la mujer de pelo como el sol se arrojara entre la espuma del mar. Señora y Pachito se encontraron a mitad de camino, a algunos metros de la orilla, casi abrazados, se desplazaron entre las olas. Casi abrazados, llegaron a la playa. Mientras, una melodía alegre se levantó desde el horizon- te y puso una sonrisa en la boca de los sufridos trabajado- res que cargaban piedras para construir la muralla que iba a defender Cartagena de los piratas. Y, desde entonces, todo risa, todo fue felicidad. 1 María mulatas: cuervos, en Cartagena de Indias, Colombia. 2 La guayaba es un fruto originario de Centroamérica, aunque se cultiva en casi todos los países tropicales. Su peso oscila desde los 60 hasta los 500 gramos y el sabor de la pulpa recuerda al de la nuez y la avellana. 10 Olga Drennen Poeta, escritora, ensayista, y docente especializada en Lengua y Literatura. Fue jurado de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina, del Fondo Nacional de las Artes, de los Premios Nacionales de Literatura Infantil de la Secretaria de Cultura de Presidencia de la Nación y del Premio Fantasía Infantil, entre otros. Participó como exponente en distintos congresos nacionales e internacionales. Colaboró en diversos medios gráficos argentinos destinados a chicos y adultos, participó y dirigió numerosas antologías. Sus obras han sido publicadas en Europa, Latinoamérica y EE.UU. Editora de libros, revistas y cursos de perfeccionamiento docente, antóloga y autora de textos escolares. Coordinó y coordina talleres de lectura y escritura. Tradujo, entre otros a Poe, Stevenson, Lovecraft, James Matthew Barrie y a los Grimm. Algunos de sus ensayos son: Las palabras cuerpo a cuerpo, Texto a la vista, Cómo escribir cuentos y novelas y Cómo escribir para chicos. Es autora de numerosos libros de literatura infantil y juvenil. ¿Querés leer más de esta autora? Wunderding y otros escalofríos, Nadie lo puede negar, Sombras y tem- blores, Leyendas que eran y son, Cuando las hadas y las brujas van a la escuela, Cuentos con cola, Mitos antiguos de Grecia y Roma, tomos I y II, en poesía para chicos, Pasen y vean, Los chirinfinfacos y Versos y reversos. ¿Querés saber más de esta autora? www.leer.org.ar www.7calderosmagicos.com.ar/Autores/olgadrennen.htm Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.