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Una "poética" de la vida: el
tejido litúrgico benedictino
6 de agosto del 2021
En la serie “la tradición benedictina en diálogo con el mundo de hoy”.
Seguramente, muchos que tienen
simpatía por lo benedictino se preguntan
“¿y, cuándo vamos a hablar de la
liturgia?”. Porque se suele decir de los
benedictinos que somos especialistas,
profesionales, de la liturgia. Muchas veces
esa imagen que nos están pegando
molesta un poco, porque parece que nos
consideran como las vestales; las vestales
eran esas sacerdotisas del Imperio
Romano encargadas simplemente de
cuidar y de mantener el fuego sagrado del
culto romano. Y entonces esta imagen me
parece hierática, como si fuéramos gente
pasiva simplemente encargada de cuidar
el fuego sagrado del rito, de la celebración
católica en nombre de la Iglesia. Es
verdad que nos gusta la bella liturgia, la
cuidamos, pero no somos vestales. Y por
eso es importante recordar qué cosa es la
liturgia.
(…) Más que un tipo de cuidado de
un rito, de una celebración, el gregoriano
por ejemplo, se trata de tejer
litúrgicamente la vida. Y eso es lo que
llamo la poética de la vida. Recordando
entonces lo que significa la palabra
liturgia. Liturgia es una palabra griega,
compuesta de dos palabras:
leidós=pueblo, y ergon=acción. Entonces
la liturgia es la acción del pueblo. “Acción”
quiere decir acontecimiento creativo, y
“pueblo” quiere decir algo comprometido
con la historia de la gente y con la
comunidad creyente, pero más allá de la
comunidad creyente la humanidad entera
y hasta el cosmos. Por lo tanto la palabra
liturgia es todo salvo pasiva, y todo salvo
elitista; porque la visión de lo benedictino a
veces es un poco elitista: “lo
benedictino”!... es la aristocracia de la
Iglesia. “No sirven para nada pero hacen
las cosas bien”. No, más bien el
compromiso litúrgico de los benedictinos
tiene que ver con el compromiso histórico
de los discípulos y discípulas de Jesús en
comunión con todo el pueblo y en relación
permanente con Dios y sobre todo con la
utopía del Reino de Dios. Y entonces, más
allá del acto puramente litúrgico, o sea
materialmente litúrgico, podríamos decir
que toda la vida benedictina está
liturgizada, toda la vida benedictina es
liturgia: el trabajo, la vida comunitaria, la
hospitalidad, el estudio (también otra
imagen clásica del benedictino es del que
está metido en su biblioteca y que hace
estudios minuciosos, que nadie lee pero
que son muy importantes para las
bibliotecas). No, toda la jornada, toda la
existencia, con sus más pequeños detalles
está tejida desde la Celebración litúrgica.
La celebración propiamente litúrgica es la
que inspirando, va dando el ritmo a toda la
vida liturgizada y dando su verdadera
consistencia encarnada a nuestra
celebración. Por eso mi reticencia a ser
vestal. Lo que le da consistencia, lo que le
da legitimidad, de cierta manera, a la
oración litúrgica, a la celebración, es el
carácter litúrgico de todos los actos de
nuestra vida. Y en este sentido toda la
vida (eso es típicamente evangélico,
típicamente bíblico) es sagrada, toda la
vida es un santuario. San Benito va a
tener expresiones muy fuertes diciendo
por ejemplo que hay que tratar las
herramientas de la chacra, o de la cocina,
como vasos sagrados. Quiere decir que
todo está cargado de presencia divina. Y
sobre todo las relaciones. Vamos a ver en
la Regla, cómo las relaciones están
liturgizadas. Esta distancia respetuosa y
amorosa, este silencio, esta inclinación,
esta ritualización de los gestos
comunitarios marca justamente la
presencia de lo divino en la vida. Y es esta
2
presencia sagrada en la vida que da
respiración, dinamismo a la celebración
propiamente dicha: la Celebración de las
Horas, de la Eucaristía, etc.
Y es este tejido litúrgico (es como si
hubiera un hilo conductor entre todos los
aspectos de la vida cotidiana y la oración
comunitaria) que voy a llamar la “poética
de la vida”. Porque toda la vida está
asumida desde su misterio divino. La
poética de la vida es asumir la vida desde
su misterio de eternidad. Y esto mismo es
la tarea del monje en lo cotidiano: la vida
como poesía divina. Y es ahí donde toma
lugar la discreción benedictina. Qué cosa
es la discreción? Es esta postura en la
sombra, en el silencio, en la humildad;
porque estamos siempre atentos, o
tratamos, a esta poesía silenciosa.
Es la diferencia entre lo que
llamaría una
evocación y una
representación.
Las vestales están
en representación,
y muchas veces
caemos en esa
trampa de una vida litúrgica en
representación, un teatro. (…) nosotros
pretendemos evocar permanentemente lo
divino, la belleza, la poesía de Dios dentro
de lo cotidiano, dentro del más pequeño
gesto. Pasar de la representación a la
evocación, y ahí la discreción benedictina.
Discreción quiere decir “yo me pongo un
poco en la sombra para que se sienta este
soplo del Espíritu a través de todo: del
trabajo en la chacra, de lavar platos, de
estar en un recreo comunitario, etc”. La
poética de la vida es como darle
respiración sagrada a todo. Voy a precisar
un poco, para que no parezca esotérico,
cuando hablo de “poética” qué quiero
decir. Creo que esta poética de la vida,
relacionada con la liturgia o con lo
litúrgico, el tejido litúrgico, son tres
dimensiones inseparables la una de la
otra. Y justamente creo que uno de los
grandes problemas de las Iglesias es
haber separado estas dimensiones de la
vida, cada Iglesia ha privilegiado un
aspecto y descuidado otro. Y creo que la
poética que la poética de la vida es volver
a este trío entre lo BUENO, lo BELLO y lo
SAGRADO. O si quieren en otras palabras
lo bueno=el bien, es todo el campo de la
ética, el deber, del compromiso, de la
justicia, de la transformación; lo bello es
todo el campo de la estética, del arte, de la
poesía, de la contemplación, el
pensamiento también es parte de la
belleza; y los sagrado justamente es la
conciencia de la presencia del misterio en
todo esto: en lo bueno y en lo bello.
Las iglesias han separado estas
tres dimensiones, y han privilegiado una y
dejado de lado la otra. Es bastante
evidente que en la Iglesia Occidental, el
cristianismo occidental, los católicos,
hemos privilegiado –y en particular en
América Latina con toda la corriente de la
opción por los pobres, por la justicia, por la
teología de la liberación- hemos
privilegiado de manera casi exclusiva el
bien, lo bueno; es decir la dimensión ética
de la vida, del compromiso, de la
militancia, la transformación del mundo, de
la opción por los más débiles y
vulnerables. Y hemos dejado de lado,
especialmente desde el Concilio toda la
importancia de lo estético, de lo bello. Y lo
sagrado, pues, hemos confundido la
presencia del misterio muchas veces con
el compromiso moral y ético; muchas
veces la presencia del misterio está como
que hundida, escondida, encarcelada en
nuestra práctica por la justicia social,
política, etc. Por el bien. En cambio en las
Iglesias Orientales tenemos el defecto
inverso: se ha sacralizado la belleza, se
habla del Dios Bello (los católicos
hablamos del Dios Justo, del Dios Bueno,
del Dios comprometido, del Dios de la
Historia; esa es nuestra imagen
dominante). En cambio los orientales, los
Ortodoxos van a privilegiar el Dios Bello, la
Belleza de Dios, la belleza de la Creación,
la belleza del mundo; y como la aspiración
a la plena belleza, el Reino de Dios sería
3
la belleza perfecta. Se ve en toda la
espiritualidad de los íconos, la imagen de
lo Divino en la Historia; los íconos son
como la incursión, la intrusión de la belleza
de Dios en medio del trajín de nuestra
historia humana. Pero entonces también
hay un peligro de encarcelar a Dios
solamente en lo bello y de olvidar la
dimensión ética, del compromiso, de la
urgencia de la transformación de la
Historia y del mundo. Hay también una
reducción de lo sagrado.
Entonces, la poética del mundo es
como volver a poner la respiración divina
en medio de esta tensión entre lo ético y lo
estético, entre lo bueno y lo bello. Y
justamente hoy es el día de la
Transfiguración, creo que es un momento
magnífico, es un episodio místico,
misterioso del surgimiento de lo divino en
la banalidad de relaciones humanas, entre
Jesús y sus discípulos; incluso en la
tragedia próxima, Jesús ya está
emprendiendo su camino pascual y se va
a ir a Jerusalén. Y de repente, en este
momento trágico, oscuro, nocturno
¡emerge lo divino! en medio de nuestras
relaciones. La presencia de Moisés y de
Elías, es decir, toda la aventura de la Fe:
la Ley y la profecía, y Jesús aparece en
ese momento como el más bello, el Dios
Luminoso. Lo que para los católicos y los
occidentales es la justicia, para los
orientales es la luz, la luminosidad, es
decir la belleza. Y este surgimiento de lo
sagrado en medio de nosotros reconcilia el
bien y lo bello, la ética y la estética.
Los tres son inseparables. Si
confundimos a Dios con nuestros actos
buenos de compromiso (escuché varias
veces “para mí, mi acción es mi oración”),
eso es una mentira, y con esta actitud
vamos a quemar el motor de la acción más
pronto que previsto. Pero también lo otro,
o sea “para mí la oración es la
contemplación de la belleza” sin aterrizaje
en lo concreto también es una mentira.
Cómo reconciliar estas tres dimensiones,
si las separamos se vuelven absurdas,
una sin la otra se vuelve infecunda. Hay
que introducir entonces la presencia de lo
divino, hay que poner la Transfiguración
en medio de nuestros actos y como
inspiradora de nuestra contemplación del
acto bello, de toda belleza de la vida.
Eso es posible por el tejido litúrgico
de la vida. Hay que retejer esto roto, esta
ruptura entre ética y estética es como si el
tejido estuviera roto. Y entonces vamos a
retejer, como volver a constituir la trama
de lo humano, de lo sagrado, de lo divino
en medio de nosotros y eso mismo es lo
que llamo la experiencia simbólica. Y creo
que la liturgia es una manera de entrar en
la dimensión simbólica del mundo. Para mí
está claro que hay un solo mundo, como
también para la cultura andina, la
espiritualidad andina, pero este mundo
tiene profundidades diferentes, tiene olas
como el mar que va avanzando; tiene
horizontes diversos. Y todo este mundo
único es movimiento. El mundo es
movimiento, y movimiento hacia la
eternidad. Teilhard de Chardin va a decir
“hacia la cristificación”, o hasta la
deificiación de la humanidad, del universo.
Acuérdense de este texto
precioso de la Carta a los
Romanos capítulo 8 “la
Creación entera está
sufriendo los dolores de
parto”; de parto de qué? de
lo divino, ansiosos del
advenimiento de los hijos y
las hijas de Dios. Los hijos y las hijas de
Dios, esta humanidad encargada de abrir
el mundo a su horizonte definitivo que es
lo divino, lo eterno. Entonces hay un solo
mundo, pero un mundo en movimiento y
que apunta a horizontes sucesivos que
nos van encaminando hacia lo divino; eso
mismo es la Transfiguración. La
Transfiguración es la experiencia simbólica
de esta dimensión última de toda la
realidad, de todo el cosmos a través de la
mediación de la humanidad. Esta
liturgización de la historia es
responsabilidad de la humanidad.
4
Me detengo en la experiencia
simbólica. Porque muchas veces en el
mundo de la Iglesia Católica confundimos
el símbolo con objeto (“esta imagen es un
símbolo”, “este libro es un símbolo”). La
experiencia simbólica no es un objeto, es
una experiencia interior, es un movimiento.
Y los objetos, o el canto, la música, la
poesía, los íconos, pueden ser como
ventanas, lo son: son ventanas hacia la luz
definitiva. Con estos objetos, muy bellos o
a veces dramáticos, o de la creación; cada
uno de estos objetos abre una ventana
hacia la experiencia simbólica, hacia la
aventura simbólica. Y la aventura
simbólica es como la respiración del
mundo más allá de lo inmediato, de lo
vulgar. Qué cosa es lo vulgar? La
vulgaridad es cuando vivimos solamente a
nivel superficial externo de la anécdota, de
lo inmediato. Damos a los objetos un valor
inmediato sin perspectiva, sin movimiento,
es eso la vulgaridad. Y podemos ser
vulgares en muchas cosas, por ejemplo en
la sexualidad cuando utilizamos nada más
al otro sin darle su dimensión de misterio,
ese movimiento simbólico: el otro es una
ventana hacia la experiencia simbólica, no
es un objeto. Los objetos son
mediaciones, nada más. Y es eso liturgizar
la Historia, es abrir ventanas que me
permiten entrar en la aventura simbólica,
es decir en esa otra dimensión, ese otro
horizonte de la realidad. Incluso nuestro
compromiso histórico, moral, por los
pobres, por la justicia puede ser vulgar;
cuando solamente nos quedamos en dar
de comer o en reclamar justicia y que no
vemos en los pobres, en los oprimidos
este movimiento divino, este más allá, esta
sacralidad; cómo los pobres son sagrados,
no son objeto de combate social y político
o económico, son ventanas abiertas hacia
la experiencia simbólica. Cómo hacer de
nuestras relaciones amorosas, fraternas,
sociales caminos hacia lo simbólico, es
decir el salto cualitativo hacia el horizonte
último de la realidad.
Y entonces, en esta experiencia
simbólica, más allá, descubrimos lo
escatológico, lo final. Cuál es el objetivo
final. En este momento no vemos sino
oscuridad, nada. Y sin embargo, a través
de la experiencia liturgizada de la vida, la
poética de la vida, ya vislumbramos, ya
intuimos lo que debería ser la humanidad,
lo que debe ser el mundo, para qué está el
mundo, para qué están nuestras
relaciones humanas. Es eso la
escatología, es la finalidad del amor, la
finalidad de toda la realidad en la
convergencia en la luz y el amor. Entonces
nuestro compromiso moral y ético por el
bien o la justicia, y nuestra contemplación
de lo bello convergen hacia esta finalidad
que no veo. La escatología no es después
de la muerte, está ya presente en
movimiento entre nosotros, en nosotros,
aunque todavía no lo percibimos; y quizás
nosotros, pobres seres mortales (sabemos
cuán mortales somos ahora de manera
cruda con la pandemia), pues no lo
vamos a ver, pero sabemos que está ahí
la finalidad. Por lo tanto, la experiencia
simbólica es entrar en esta otra dimensión
del misterio de la humanidad, del cosmos
entero, hacia este imán final de la
escatología, de lo divino. Estamos en
camino, y ahí está un imán que nos jala
hacia la plenitud, hacia lo divino.
Es eso la intuición benedictina. La
poética de la vida, la liturgización de la
vida es ponernos constantemente a abrir
las ventanas en todo: en el trabajo de la
chacra, en la acogida, en compromiso
social y político, en todo estamos
liturgizando la vida, es decir, abriendo
ventanas para que la vida no se vuelva
vulgar. Que sea realmente un camino
hacia la esctaología, es decir, hacia la
finalidad de todas las cosas.
Somos tejedores, o retejedores
litúrgicos de la Historia. Cómo vivir este
“ya” poético en lo dramático del “todavía
no” hoy? Saben que solemos hablar del
“ya” del Reino: el Reino ya está presente
en medio de nosotros pero “todavía no”
está cumplido plenamente. Es eso el
movimiento poético que estoy
5
proponiendo. Pero hoy más bien tenemos
la impresión de que la escatología es una
ilusión, y que esto nunca pasará; y que
mejor sería cerrar las ventanas de lo
simbólico o hacia lo simbólico para no
sufrir demasiado y para no
desilusionarnos, es un poco la actitud de
Qoelet en el libro del Eclesiastés… “todo
es vanidad”, “cerremos las ventanas y
vivamos lo vulgar: comamos, bebamos”.
Eso es lo vulgar. Vayan al libro…
“vanidad, todo es vanidad”. Qué es
vanidad? Es la utopía del Reino, de lo
simbólico, de lo poético, de lo eterno.
Estamos en un momento que dudamos si
vale la pena tener esta mirada poética de
la vida, más allá, hacia la escatología,
hacia el Reino.
Cómo recuperar la esperanza
contra toda esperanza, cómo recuperar
esta utopía de la finalidad de la Historia,
del mundo. La noche es una ilusión. La
verdad y la realidad es la Luz. Eso es lo
divino. Es el mal una ilusión sin futuro, el
mal no tiene consistencia a pesar del daño
que está haciendo. Entonces, cómo
recuperar la esperanza de la utopía de un
mundo diferente posible. Para eso hay que
recuperar la poética de la vida, retejiendo
la unidad entre ética, estética y mística: lo
bueno, lo bello y lo sagrado. La vida es
una experiencia mística, es una
experiencia del misterio escondido. Y la
Liturgia es eso, es reanimar la conciencia
y la presencia de este misterio en la vida
diaria, especialmente cuando estamos
hundidos en la vulgaridad del mal.
Es la hora de lo inútil. Están
pensando todo lo contrario: cómo vamos a
salvar a los infectados, cómo vamos a
levantar a la economía, cómo vamos a
levantar el sistema de salud, el país. Y
estamos confinados sin poder hacer nada.
Hacemos la experiencia de la dramática
inutilidad y de la oferta de lo vulgar que es
la muerte de esta manera, sin poder darle
su toque sagrado. Es la hora de la
inutilidad, es la hora de volver al arte, a
recuperar la dignidad sagrada del gesto.
Ahora estamos obligados a darnos
codazos. Cómo le vamos a dar al codazo
su dignidad sagrada? Hay que recuperar
la utopía del gesto. Todo gesto significa
algo detrás de la ventana. Se habla de
distancia, hay que tomar distancia. Cómo
hacer de esta distancia que tanto nos
frustra en el cariño una oportunidad de
respeto al misterio del otro. Cómo de
nuestras relaciones, de nuevo, el arte de
la contemplación respetuosa, contemplar
al otro en vez de abrazar (¡me encanta
abrazar!), pero cuando tú abrazas ya nos
ves, estás pegado, apachurrado y no ves.
La distancia te obliga a contemplar al otro,
y a ver su belleza justamente, la
dimensión bella del otro y no solamente
como objeto de mi compromiso o de mis
vínculos. Acuérdense de María y de Jesús
en la Resurrección: Jesús dice “no me
toques”, toma distancia y contempla la
belleza de la vida en el silencio.
Recuperemos la atención a la
música del misterio. (…) cómo captar
inmediatamente la música del otro, esta
parte del misterio escondido en el otro.
Cómo contemplar el horizonte detrás de la
ventana que quieren cerrar, que quieren
decir “aquí ya no hay futuro”. Hay que
mantener la ventana, para mirar detrás de
la ventana la luz que viene. Hay que
devolver la calidad poética a la vida, en el
sentido amplio, y también en el sentido de
devolver a nuestras celebraciones
litúrgicas esa dimensión poética. Muchas
veces nuestra liturgia es ritualista:
cumplimos… eso es vulgar! Hay que
volver a darle su respiración poética a
nuestras celebraciones para que los ritos
sean ventanas y no cerrazón, puro
cumplimiento. Hay que devolver a la
teología, al pensamiento cristiano, al
pensamiento filosófico su dimensión
mística, es decir su apertura al misterio
que es el destino final de toda realidad. Si
cerramos la ventana morimos asfixiados.

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  • 1. 1 Una "poética" de la vida: el tejido litúrgico benedictino 6 de agosto del 2021 En la serie “la tradición benedictina en diálogo con el mundo de hoy”. Seguramente, muchos que tienen simpatía por lo benedictino se preguntan “¿y, cuándo vamos a hablar de la liturgia?”. Porque se suele decir de los benedictinos que somos especialistas, profesionales, de la liturgia. Muchas veces esa imagen que nos están pegando molesta un poco, porque parece que nos consideran como las vestales; las vestales eran esas sacerdotisas del Imperio Romano encargadas simplemente de cuidar y de mantener el fuego sagrado del culto romano. Y entonces esta imagen me parece hierática, como si fuéramos gente pasiva simplemente encargada de cuidar el fuego sagrado del rito, de la celebración católica en nombre de la Iglesia. Es verdad que nos gusta la bella liturgia, la cuidamos, pero no somos vestales. Y por eso es importante recordar qué cosa es la liturgia. (…) Más que un tipo de cuidado de un rito, de una celebración, el gregoriano por ejemplo, se trata de tejer litúrgicamente la vida. Y eso es lo que llamo la poética de la vida. Recordando entonces lo que significa la palabra liturgia. Liturgia es una palabra griega, compuesta de dos palabras: leidós=pueblo, y ergon=acción. Entonces la liturgia es la acción del pueblo. “Acción” quiere decir acontecimiento creativo, y “pueblo” quiere decir algo comprometido con la historia de la gente y con la comunidad creyente, pero más allá de la comunidad creyente la humanidad entera y hasta el cosmos. Por lo tanto la palabra liturgia es todo salvo pasiva, y todo salvo elitista; porque la visión de lo benedictino a veces es un poco elitista: “lo benedictino”!... es la aristocracia de la Iglesia. “No sirven para nada pero hacen las cosas bien”. No, más bien el compromiso litúrgico de los benedictinos tiene que ver con el compromiso histórico de los discípulos y discípulas de Jesús en comunión con todo el pueblo y en relación permanente con Dios y sobre todo con la utopía del Reino de Dios. Y entonces, más allá del acto puramente litúrgico, o sea materialmente litúrgico, podríamos decir que toda la vida benedictina está liturgizada, toda la vida benedictina es liturgia: el trabajo, la vida comunitaria, la hospitalidad, el estudio (también otra imagen clásica del benedictino es del que está metido en su biblioteca y que hace estudios minuciosos, que nadie lee pero que son muy importantes para las bibliotecas). No, toda la jornada, toda la existencia, con sus más pequeños detalles está tejida desde la Celebración litúrgica. La celebración propiamente litúrgica es la que inspirando, va dando el ritmo a toda la vida liturgizada y dando su verdadera consistencia encarnada a nuestra celebración. Por eso mi reticencia a ser vestal. Lo que le da consistencia, lo que le da legitimidad, de cierta manera, a la oración litúrgica, a la celebración, es el carácter litúrgico de todos los actos de nuestra vida. Y en este sentido toda la vida (eso es típicamente evangélico, típicamente bíblico) es sagrada, toda la vida es un santuario. San Benito va a tener expresiones muy fuertes diciendo por ejemplo que hay que tratar las herramientas de la chacra, o de la cocina, como vasos sagrados. Quiere decir que todo está cargado de presencia divina. Y sobre todo las relaciones. Vamos a ver en la Regla, cómo las relaciones están liturgizadas. Esta distancia respetuosa y amorosa, este silencio, esta inclinación, esta ritualización de los gestos comunitarios marca justamente la presencia de lo divino en la vida. Y es esta
  • 2. 2 presencia sagrada en la vida que da respiración, dinamismo a la celebración propiamente dicha: la Celebración de las Horas, de la Eucaristía, etc. Y es este tejido litúrgico (es como si hubiera un hilo conductor entre todos los aspectos de la vida cotidiana y la oración comunitaria) que voy a llamar la “poética de la vida”. Porque toda la vida está asumida desde su misterio divino. La poética de la vida es asumir la vida desde su misterio de eternidad. Y esto mismo es la tarea del monje en lo cotidiano: la vida como poesía divina. Y es ahí donde toma lugar la discreción benedictina. Qué cosa es la discreción? Es esta postura en la sombra, en el silencio, en la humildad; porque estamos siempre atentos, o tratamos, a esta poesía silenciosa. Es la diferencia entre lo que llamaría una evocación y una representación. Las vestales están en representación, y muchas veces caemos en esa trampa de una vida litúrgica en representación, un teatro. (…) nosotros pretendemos evocar permanentemente lo divino, la belleza, la poesía de Dios dentro de lo cotidiano, dentro del más pequeño gesto. Pasar de la representación a la evocación, y ahí la discreción benedictina. Discreción quiere decir “yo me pongo un poco en la sombra para que se sienta este soplo del Espíritu a través de todo: del trabajo en la chacra, de lavar platos, de estar en un recreo comunitario, etc”. La poética de la vida es como darle respiración sagrada a todo. Voy a precisar un poco, para que no parezca esotérico, cuando hablo de “poética” qué quiero decir. Creo que esta poética de la vida, relacionada con la liturgia o con lo litúrgico, el tejido litúrgico, son tres dimensiones inseparables la una de la otra. Y justamente creo que uno de los grandes problemas de las Iglesias es haber separado estas dimensiones de la vida, cada Iglesia ha privilegiado un aspecto y descuidado otro. Y creo que la poética que la poética de la vida es volver a este trío entre lo BUENO, lo BELLO y lo SAGRADO. O si quieren en otras palabras lo bueno=el bien, es todo el campo de la ética, el deber, del compromiso, de la justicia, de la transformación; lo bello es todo el campo de la estética, del arte, de la poesía, de la contemplación, el pensamiento también es parte de la belleza; y los sagrado justamente es la conciencia de la presencia del misterio en todo esto: en lo bueno y en lo bello. Las iglesias han separado estas tres dimensiones, y han privilegiado una y dejado de lado la otra. Es bastante evidente que en la Iglesia Occidental, el cristianismo occidental, los católicos, hemos privilegiado –y en particular en América Latina con toda la corriente de la opción por los pobres, por la justicia, por la teología de la liberación- hemos privilegiado de manera casi exclusiva el bien, lo bueno; es decir la dimensión ética de la vida, del compromiso, de la militancia, la transformación del mundo, de la opción por los más débiles y vulnerables. Y hemos dejado de lado, especialmente desde el Concilio toda la importancia de lo estético, de lo bello. Y lo sagrado, pues, hemos confundido la presencia del misterio muchas veces con el compromiso moral y ético; muchas veces la presencia del misterio está como que hundida, escondida, encarcelada en nuestra práctica por la justicia social, política, etc. Por el bien. En cambio en las Iglesias Orientales tenemos el defecto inverso: se ha sacralizado la belleza, se habla del Dios Bello (los católicos hablamos del Dios Justo, del Dios Bueno, del Dios comprometido, del Dios de la Historia; esa es nuestra imagen dominante). En cambio los orientales, los Ortodoxos van a privilegiar el Dios Bello, la Belleza de Dios, la belleza de la Creación, la belleza del mundo; y como la aspiración a la plena belleza, el Reino de Dios sería
  • 3. 3 la belleza perfecta. Se ve en toda la espiritualidad de los íconos, la imagen de lo Divino en la Historia; los íconos son como la incursión, la intrusión de la belleza de Dios en medio del trajín de nuestra historia humana. Pero entonces también hay un peligro de encarcelar a Dios solamente en lo bello y de olvidar la dimensión ética, del compromiso, de la urgencia de la transformación de la Historia y del mundo. Hay también una reducción de lo sagrado. Entonces, la poética del mundo es como volver a poner la respiración divina en medio de esta tensión entre lo ético y lo estético, entre lo bueno y lo bello. Y justamente hoy es el día de la Transfiguración, creo que es un momento magnífico, es un episodio místico, misterioso del surgimiento de lo divino en la banalidad de relaciones humanas, entre Jesús y sus discípulos; incluso en la tragedia próxima, Jesús ya está emprendiendo su camino pascual y se va a ir a Jerusalén. Y de repente, en este momento trágico, oscuro, nocturno ¡emerge lo divino! en medio de nuestras relaciones. La presencia de Moisés y de Elías, es decir, toda la aventura de la Fe: la Ley y la profecía, y Jesús aparece en ese momento como el más bello, el Dios Luminoso. Lo que para los católicos y los occidentales es la justicia, para los orientales es la luz, la luminosidad, es decir la belleza. Y este surgimiento de lo sagrado en medio de nosotros reconcilia el bien y lo bello, la ética y la estética. Los tres son inseparables. Si confundimos a Dios con nuestros actos buenos de compromiso (escuché varias veces “para mí, mi acción es mi oración”), eso es una mentira, y con esta actitud vamos a quemar el motor de la acción más pronto que previsto. Pero también lo otro, o sea “para mí la oración es la contemplación de la belleza” sin aterrizaje en lo concreto también es una mentira. Cómo reconciliar estas tres dimensiones, si las separamos se vuelven absurdas, una sin la otra se vuelve infecunda. Hay que introducir entonces la presencia de lo divino, hay que poner la Transfiguración en medio de nuestros actos y como inspiradora de nuestra contemplación del acto bello, de toda belleza de la vida. Eso es posible por el tejido litúrgico de la vida. Hay que retejer esto roto, esta ruptura entre ética y estética es como si el tejido estuviera roto. Y entonces vamos a retejer, como volver a constituir la trama de lo humano, de lo sagrado, de lo divino en medio de nosotros y eso mismo es lo que llamo la experiencia simbólica. Y creo que la liturgia es una manera de entrar en la dimensión simbólica del mundo. Para mí está claro que hay un solo mundo, como también para la cultura andina, la espiritualidad andina, pero este mundo tiene profundidades diferentes, tiene olas como el mar que va avanzando; tiene horizontes diversos. Y todo este mundo único es movimiento. El mundo es movimiento, y movimiento hacia la eternidad. Teilhard de Chardin va a decir “hacia la cristificación”, o hasta la deificiación de la humanidad, del universo. Acuérdense de este texto precioso de la Carta a los Romanos capítulo 8 “la Creación entera está sufriendo los dolores de parto”; de parto de qué? de lo divino, ansiosos del advenimiento de los hijos y las hijas de Dios. Los hijos y las hijas de Dios, esta humanidad encargada de abrir el mundo a su horizonte definitivo que es lo divino, lo eterno. Entonces hay un solo mundo, pero un mundo en movimiento y que apunta a horizontes sucesivos que nos van encaminando hacia lo divino; eso mismo es la Transfiguración. La Transfiguración es la experiencia simbólica de esta dimensión última de toda la realidad, de todo el cosmos a través de la mediación de la humanidad. Esta liturgización de la historia es responsabilidad de la humanidad.
  • 4. 4 Me detengo en la experiencia simbólica. Porque muchas veces en el mundo de la Iglesia Católica confundimos el símbolo con objeto (“esta imagen es un símbolo”, “este libro es un símbolo”). La experiencia simbólica no es un objeto, es una experiencia interior, es un movimiento. Y los objetos, o el canto, la música, la poesía, los íconos, pueden ser como ventanas, lo son: son ventanas hacia la luz definitiva. Con estos objetos, muy bellos o a veces dramáticos, o de la creación; cada uno de estos objetos abre una ventana hacia la experiencia simbólica, hacia la aventura simbólica. Y la aventura simbólica es como la respiración del mundo más allá de lo inmediato, de lo vulgar. Qué cosa es lo vulgar? La vulgaridad es cuando vivimos solamente a nivel superficial externo de la anécdota, de lo inmediato. Damos a los objetos un valor inmediato sin perspectiva, sin movimiento, es eso la vulgaridad. Y podemos ser vulgares en muchas cosas, por ejemplo en la sexualidad cuando utilizamos nada más al otro sin darle su dimensión de misterio, ese movimiento simbólico: el otro es una ventana hacia la experiencia simbólica, no es un objeto. Los objetos son mediaciones, nada más. Y es eso liturgizar la Historia, es abrir ventanas que me permiten entrar en la aventura simbólica, es decir en esa otra dimensión, ese otro horizonte de la realidad. Incluso nuestro compromiso histórico, moral, por los pobres, por la justicia puede ser vulgar; cuando solamente nos quedamos en dar de comer o en reclamar justicia y que no vemos en los pobres, en los oprimidos este movimiento divino, este más allá, esta sacralidad; cómo los pobres son sagrados, no son objeto de combate social y político o económico, son ventanas abiertas hacia la experiencia simbólica. Cómo hacer de nuestras relaciones amorosas, fraternas, sociales caminos hacia lo simbólico, es decir el salto cualitativo hacia el horizonte último de la realidad. Y entonces, en esta experiencia simbólica, más allá, descubrimos lo escatológico, lo final. Cuál es el objetivo final. En este momento no vemos sino oscuridad, nada. Y sin embargo, a través de la experiencia liturgizada de la vida, la poética de la vida, ya vislumbramos, ya intuimos lo que debería ser la humanidad, lo que debe ser el mundo, para qué está el mundo, para qué están nuestras relaciones humanas. Es eso la escatología, es la finalidad del amor, la finalidad de toda la realidad en la convergencia en la luz y el amor. Entonces nuestro compromiso moral y ético por el bien o la justicia, y nuestra contemplación de lo bello convergen hacia esta finalidad que no veo. La escatología no es después de la muerte, está ya presente en movimiento entre nosotros, en nosotros, aunque todavía no lo percibimos; y quizás nosotros, pobres seres mortales (sabemos cuán mortales somos ahora de manera cruda con la pandemia), pues no lo vamos a ver, pero sabemos que está ahí la finalidad. Por lo tanto, la experiencia simbólica es entrar en esta otra dimensión del misterio de la humanidad, del cosmos entero, hacia este imán final de la escatología, de lo divino. Estamos en camino, y ahí está un imán que nos jala hacia la plenitud, hacia lo divino. Es eso la intuición benedictina. La poética de la vida, la liturgización de la vida es ponernos constantemente a abrir las ventanas en todo: en el trabajo de la chacra, en la acogida, en compromiso social y político, en todo estamos liturgizando la vida, es decir, abriendo ventanas para que la vida no se vuelva vulgar. Que sea realmente un camino hacia la esctaología, es decir, hacia la finalidad de todas las cosas. Somos tejedores, o retejedores litúrgicos de la Historia. Cómo vivir este “ya” poético en lo dramático del “todavía no” hoy? Saben que solemos hablar del “ya” del Reino: el Reino ya está presente en medio de nosotros pero “todavía no” está cumplido plenamente. Es eso el movimiento poético que estoy
  • 5. 5 proponiendo. Pero hoy más bien tenemos la impresión de que la escatología es una ilusión, y que esto nunca pasará; y que mejor sería cerrar las ventanas de lo simbólico o hacia lo simbólico para no sufrir demasiado y para no desilusionarnos, es un poco la actitud de Qoelet en el libro del Eclesiastés… “todo es vanidad”, “cerremos las ventanas y vivamos lo vulgar: comamos, bebamos”. Eso es lo vulgar. Vayan al libro… “vanidad, todo es vanidad”. Qué es vanidad? Es la utopía del Reino, de lo simbólico, de lo poético, de lo eterno. Estamos en un momento que dudamos si vale la pena tener esta mirada poética de la vida, más allá, hacia la escatología, hacia el Reino. Cómo recuperar la esperanza contra toda esperanza, cómo recuperar esta utopía de la finalidad de la Historia, del mundo. La noche es una ilusión. La verdad y la realidad es la Luz. Eso es lo divino. Es el mal una ilusión sin futuro, el mal no tiene consistencia a pesar del daño que está haciendo. Entonces, cómo recuperar la esperanza de la utopía de un mundo diferente posible. Para eso hay que recuperar la poética de la vida, retejiendo la unidad entre ética, estética y mística: lo bueno, lo bello y lo sagrado. La vida es una experiencia mística, es una experiencia del misterio escondido. Y la Liturgia es eso, es reanimar la conciencia y la presencia de este misterio en la vida diaria, especialmente cuando estamos hundidos en la vulgaridad del mal. Es la hora de lo inútil. Están pensando todo lo contrario: cómo vamos a salvar a los infectados, cómo vamos a levantar a la economía, cómo vamos a levantar el sistema de salud, el país. Y estamos confinados sin poder hacer nada. Hacemos la experiencia de la dramática inutilidad y de la oferta de lo vulgar que es la muerte de esta manera, sin poder darle su toque sagrado. Es la hora de la inutilidad, es la hora de volver al arte, a recuperar la dignidad sagrada del gesto. Ahora estamos obligados a darnos codazos. Cómo le vamos a dar al codazo su dignidad sagrada? Hay que recuperar la utopía del gesto. Todo gesto significa algo detrás de la ventana. Se habla de distancia, hay que tomar distancia. Cómo hacer de esta distancia que tanto nos frustra en el cariño una oportunidad de respeto al misterio del otro. Cómo de nuestras relaciones, de nuevo, el arte de la contemplación respetuosa, contemplar al otro en vez de abrazar (¡me encanta abrazar!), pero cuando tú abrazas ya nos ves, estás pegado, apachurrado y no ves. La distancia te obliga a contemplar al otro, y a ver su belleza justamente, la dimensión bella del otro y no solamente como objeto de mi compromiso o de mis vínculos. Acuérdense de María y de Jesús en la Resurrección: Jesús dice “no me toques”, toma distancia y contempla la belleza de la vida en el silencio. Recuperemos la atención a la música del misterio. (…) cómo captar inmediatamente la música del otro, esta parte del misterio escondido en el otro. Cómo contemplar el horizonte detrás de la ventana que quieren cerrar, que quieren decir “aquí ya no hay futuro”. Hay que mantener la ventana, para mirar detrás de la ventana la luz que viene. Hay que devolver la calidad poética a la vida, en el sentido amplio, y también en el sentido de devolver a nuestras celebraciones litúrgicas esa dimensión poética. Muchas veces nuestra liturgia es ritualista: cumplimos… eso es vulgar! Hay que volver a darle su respiración poética a nuestras celebraciones para que los ritos sean ventanas y no cerrazón, puro cumplimiento. Hay que devolver a la teología, al pensamiento cristiano, al pensamiento filosófico su dimensión mística, es decir su apertura al misterio que es el destino final de toda realidad. Si cerramos la ventana morimos asfixiados.