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LA VIVENCIA DEL TIEMPO PASCUAL A LA LUZ DE LA TEOLOGÍA LITÚRGICA
SEDE: CASA DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO “Casa Lago” www.casalago.com.mx
junto al Monasterio de Guadalupe de los Monjes Benedictinos: San Benito # 9, Colonia Lago de Guadalupe,
Cuautitlán Izcalli, Estado de México (Tel: 0155 442 84 750).
INTRODUCCIÓN:
Quisiera comenzar esta reflexión con una “depuratio terminorum” que nos permita
comprender y distinguir de una manera más puntual, la función del arte y concretamente de
la música y el canto sagrado, que ha ocupado un lugar muy especial en nuestra Iglesia
universal al constituir un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás
expresiones artísticas (SC 112), y dedicando así, prácticamente todo el capítulo siete de
nuestra Constitución Sacrosanctum Concilium.
Aunque sabemos que el arte es uno y por ello no se debiera adjetivar, y lo mismo
aplicaría de la música y el canto, para una mejor comprensión de nuestro cometido,
distinguimos que ella puede ser pagana o cristiana. Pagana es aquella que no tiene relación
con la revelación cristiana pero que contiene una dimensión religiosa que expresa
trascendencia humana y espiritual a través de mediaciones cultuales o rituales. Cristiana
porque se expresa en el ámbito de la fe revelada en un Dios único y personal que se ha
hecho hombre y paternal y providencialmente mediante su amor, genera actitudes de
piedad, alabanza, agradecimiento, confianza y comunión.
Cuando hablamos de música sacra cristiana, a diferencia de la protestante, nos
referimos a aquella que acompaña al canto sagrado, acorde con la doctrina católica, y con
fundamento en las sagradas escrituras, los textos patrísticos y las fuentes eucológicas (Cf.
SC 121).
Música sacra cristiana o simplemente “litúrgica”, llamamos a todo el tesoro artístico
musical que la Iglesia ha venido acumulando, custodiando interpretando y promoviendo a
través de los siglos, y en las diferentes épocas cultuales y culturales de su propia historia.
Música litúrgica que se desarrolla dentro del espacio celebrativo ritual, que unida a la
acción litúrgico sacramental, expresa con mayor delicadeza la oración y enriquece con
mayor solemnidad los ritos sagrados (Cf. SC 112), a diferencia de aquella que ha sido
compuesta para otros fines y que expresan tantas veces fuera de la piedad, la psicosis
colectiva, el sentimiento, la importancia, la estrategia o la realidad, de un determinado
artista, un congreso, un grupo, o una situación de contrariedad.
Llamamos música sacra al servicio de la liturgia, repito, “al servicio de la liturgia”,
aquella que surge a partir del redescubrimiento de las fuentes bíblicas, patrísticas y
litúrgicas que favorecen una más justa comprensión del Misterio de Cristo, impulsado por
el Concilio Vaticano II en su Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada
Liturgia en su capítulo sexto, a saber: Que la música y el canto sagrado unido a las
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palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne; que la música
sacra tiene una función ministerial en el servicio divino; que su finalidad es la gloria de
Dios y la santificación de los fieles; que cuanto más íntimamente esté unida a la acción
litúrgica es más santa; que las composiciones además de poder ser cantadas por las mayores
“scholae cantorum” deben estar también al alcance de los coros más modestos y fomenten
la participación activa de toda la asamblea de los fieles; que el canto y la música propia al
servicio de la liturgia solemne romana, es el gregoriano y el órgano tubular; que la polifonía
“al servicio de la liturgia” no se excluye, si esta favorece la participación activa de los
fieles; y que el canto religioso popular al igual que la música propia tiene mucha
importancia y goza de la debida estima, con tal que esté de acuerdo con las normas y
prescripciones litúrgicas.
Música y canto al servicio de la liturgia, quiere decir: al “servicio del Misterio” que
es lo que celebramos, y con quien nos encontramos, o donde nos introducimos, favorecidos
por una obra o creación musical que nos connota con lo sagrado, con lo sublime, y favorece
la memoria, la actualización y la anticipación de aquello que recordamos, actualizamos y
pregustamos en la anamnesis, epíclesis y prólesis de la celebración. Música sagrada al
“servicio de la liturgia”, es aquella que favorece la participación activa fática y/o
contemplativa, que te arrebata e introduce en el misterio fascinante de los ritos y de las
preces, de las palabras y de las cosas, de los objetos y de los cantos de las oraciones y
movimientos, que amasa los granos de trigo y los miembros del cuerpo en el misterio de
comunión.
El canto sagrado, unido a las palabras, no es ya un elemento accesorio, de adorno o
embellecimiento de la liturgia, sino que ha llegado a ser parte necesaria e integrante de ella.
Pio X, la consideraba “humilde sierva”; Pio XI, “nobilísima sierva”; Pio XII, “ministra de
la sagrada liturgia y noble ayuda para la misma”; el número 112 de la Sacrosanctum
Concilium, le otorga el rango de munus ministeriale.
La estrecha relación que existe entre melodía, texto y rito son la triada que guarda el
texto literario, la melodía que lo canta y el contexto celebrativo en el que se canta. Se trata
de una coherencia musical y textual que se expresa en el ars celebrandi, pues la liturgia es
el lugar de encuentro entre arte y teología. Y sí la liturgia ha vuelto a ser una acción de toda
la comunidad congregada, “donde Cristo asocia a su cuerpo que es la Iglesia”, también la
música debe ser cosa de todos los que son acogidos y no privilegio exclusivo del coro o
unos cuantos.
La comunión y participación son la clave de lectura del capítulo VI de la SC al
hablar repetidamente de la música, pues la música reviste de adecuadas melodías el texto
litúrgico que se propone a la consideración de los fieles favoreciendo la piedad de ellos y
preparándolos mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la celebración de los
sagrados misterios. La música permite la profundización y la interiorización del “evento
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salvífico CRISTO” que se hace presente con su obra salvífica y como promotor de
salvación. Cuanto mejor sea la música, mejor será la acogida del texto, y tanto mejor sea la
acogida al texto, mejor será el encuentro con el misterio que se celebra.
La celebración es una manifestación visible, audible, sensible y gozosa de
realidades invisibles, de acontecimientos salvíficos que se actualizan, en ese día en esa
fiesta, en esa hora, en la que la Iglesia como asamblea celebrante presidida por quien es su
cabeza, se desborda con cantos que responden en concordia de voces y corazones, pues la
primera norma litúrgica consiste en “hacer lo que se dice” mientras la música y el canto
“artísticamente “dice lo que se hace” o mejor dicho: se está haciendo o produciendo. Todas
nuestras celebraciones son aclamaciones del misterium fidei, conmemoraciones de la fe de
la Iglesia que solemnemente ora y cree, lex orandi – lex credendi, por eso la celebración
litúrgica es celebración y confesión de los que la Iglesia celebra y afirma.
La música y el canto poseen también un sensus ecclesiae, que implica unidad,
comunión, fidelidad, armonía, ortodoxia y universalidad, que exigen un ritmo literario y
textual que se ajuste al ritmo de la melodía y a la comunidad que ora y canta. La simbiosis
entre género musical y contenido del texto, entre momento ritual y comunidad concreta que
celebra y canta, funde el espíritu en la caridad. Paulo VI afirmaba: “sin el sensus ecclesiae,
el canto, en lugar de ayudar a fundir los espíritus en la caridad, puede ser origen de
malestar, de disipación, de deterioro de lo sagrado, cuando no de división en la misma
comunidad de los fieles… Hay otras composiciones que son para fuera del templo. Otros
textos y otras composiciones musicales que, sin aspirar a cruzar el umbral del
templo…podrán ser utilizadas en otras ocasiones, de alegre y cuidadosa distracción, de
encuentros de meditación y estudio, como formas de revalorizar con el canto decisiones y
fervores1
”.
LA VIVENCIA DEL TIEMPO PASCUAL
El tiempo de pascua o cincuentena pascual se celebra como “un solo día de fiesta”
que empieza el domingo de resurrección y concluye con la solemnidad de pentecostés. A
estos ocho domingos de la cincuentena pascual, se les llama “de pascua”, y no “después de
pascua” como se les llamaba antes, además de suprimir la octava de pentecostés y el
“tempus ascensionis” como se le llamaba en el misal de 1962. Hoy la ascensión del Señor
se celebra el día 40 pero con la posibilidad de hacerla el domingo siguiente. El cirio pascual
se apaga ya no después de la proclamación del evangelio de la Ascensión, sino hasta las
segundas vísperas del domingo de pentecostés. La oración colecta de la misa vespertina
confirma que la celebración de la pascua se establece “en el tiempo sagrado de los 50 días”
y el prefacio de la misa del domingo de pentecostés dice que en ese día se lleva a
cumplimiento “el Misterio Pascual”. La octava de Pascua se conserva por su vínculo
	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  	
  
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PAULO VI, Discurso a las religiosas participantes en el Congreso Litúrgico-musical, Roma del 13 – 15 de
abril de 1971, Ecclesia I, 539, 1 Mayo 71.
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histórico con la semana “mistagógica” ocho días unidos al domingo de pascua y se celebran
como “solemnidad del Señor”. Los textos eucológicos enfatizan que el tiempo de la pascua
es el tiempo del Espíritu. La temática pneumatológica enfatiza la vida pascual como “vida
según el Espíritu” en espera de la pascua escatológica.
El domingo de resurrección inicia el período de cincuenta días llamado Pentecostés
(cincuenta días) por lo tanto fiesta pascual significa la fiesta de los cincuenta días. Los
cincuenta días o Grande Pascua constituye una “fiesta ininterrumpida” y el “tiempo de la
alegría”. Así como los días de la cincuentena representaban un único día de fiesta, así
también los siete domingos representan el “Gran domingo”. Sí el domingo es el “día
primero” y el “día octavo”, el “Gran domingo” de pentecostés es una octava de domingos y
una semana de semanas, que nos conecta con el domingo sin ocaso en el que la humanidad
entera se encontrará con su Señor. Los textos proclamados en la Vigilia Pascual hacían eco
durante todo este tiempo; el primer domingo de pascua en su “ciclo A” el texto de Mt 28, 1-
10: “Ha resucitado y los verá en Galilea”; el “ciclo B” en Mc 16, 1-8, expresa: “Jesús el
Nazareno, al que crucificaron ha resucitado”; y finalmente Lucas 25, 1-12 en el “ciclo
C” cuaestiona: “¿Porque buscan entre los muertos al que está vivo?”.
La octava pascual o semana in albis, durante la cual los neófitos portaban el alba
para recibir la mistagogía o catequesis post sacramental, iniciaba con la lectura semi
continua de los Hechos de los Apóstoles y las Cristofanías del resucitado; Domingo en la
mañana, la tumba vacía y la expresión: “Él debía resucitar de entre los muertos”, por la
tarde, la aparición a los discípulos de Emaús y la afirmación: “Lo reconocieron al partir el
pan”; Lunes, las mujeres en el sepulcro y el mandato: “Vayan y anuncien a mis
hermanos que los veré en Galilea”; Martes, la aparición a María Magdalena y su
testimonio: “He visto al Señor y me ha dicho estas cosas”; Miércoles, las apariciones a
los discípulos de Emaús y la sorpresa: “Reconocieron a Jesús al partir el pan”; Jueves, la
aparición a los apóstoles y el recordatorio: “El Cristo debía padecer y resucitar al tercer
día”; Viernes, las apariciones en el lago de Tiberiades y el acercamiento de Jesús: “Toma
el pan y se los da a ellos y lo mismo hace con el pez”; Sábado, el mandato y la misión:
“Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio”. La temática de los signos de la
resurrección era el “domingo de Tomás” o segunda semana de Pascua, este día los neo
bautizados, dejaban las vestiduras bautismales y tomaban su lugar en la asamblea. En estos
domingos, las homilías de los Padres recordaban que el “octavo día” era anticipación de la
vida eterna. El tiempo de la pascua era un tiempo mistagógico donde se focalizaba la vida
de la Iglesia “en el Espíritu” o la “nueva vida en Cristo”.
Los domingos siguientes actualmente se les conoce como; domingo de las
Apariciones al tercero, del Buen Pastor al cuarto, de los Ministerios al quinto, de la
promesa del don del Espíritu al sexto, de la Glorificación al séptimo, y de Pentecostés al
octavo. Los domingos quinto y sexto, ofrecen los discursos del “adiós” de Jesús; y el
séptimo la oración por la unidad en el mismo contexto.
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El camino de la fe a partir del primer domingo nos conduce progresivamente desde
el sepulcro vacío que hace creer a María de magdala, que han robado el cuerpo, pasando
por Pedro que quiere comprobar personalmente el hecho, hasta terminar con la actitud
madura de Juan que vio y creyó. Para el evangelio del segundo domingo que corrobora la
teología del domingo cristiano iniciado en el acontecimiento de Emaús, la presencia del
Señor en el octavo día ofrece el don del Espíritu, la reconciliación universal y el perdón de
los pecados centro del nuevo culto, se trata del Cordero inmolado y glorificado, sujeto
principal de la celebración sacramental de la pascua. La aparición en el tercer domingo
junto al lago de Tiberíades, se vincula a las otras que nos descubren a la Iglesia como
comunidad del resucitado representada en la red llena de peces fundada en la fidelidad y el
amor de Pedro a quien se le confía el rebaño.
En los días feriados se lee en forma semicontinua el libro de los Hechos como
historia de la Iglesia naciente a impulsos del Espíritu, para indicar que el tiempo pascual es
el tiempo de la Iglesia, nacida de la pascua del Señor y animada por el Espíritu del
resucitado. Se lee también el evangelio de Juan, porque es el evangelio de la vida nueva, de
la trascendencia y de los signos y de los sacramentos que descubren el sentido simbólico de
las acciones de Jesús: capítulo tercero, catequesis a Nicodemo; capítulo sexto, catequesis
sobre el Pan de vida; capítulo diez, el Buen Pastor; capítulo doce, Jesús luz del mundo;
capítulos 14-17, el discurso de la cena y la oración por la unidad; capítulo veintiuno, las
últimas apariciones.
La primera lectura en los domingos de este tiempo, en los tres ciclos, se describe la
vida, el crecimiento y testimonio de la Iglesia naciente. La lectura apostólica para el “ciclo
A”, es la primera carta de Pedro; para el “ciclo B”, la primera carta de Juan; para el “ciclo
C”, el apocalipsis. Ofrecen el testimonio de la fe, esperanza y alegría propias del tiempo.
La resurrección de Cristo ocupa el punto central en la predicación de los apóstoles y
en los escritos paulinos. Todos los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles
tienen el mismo esquema: “Habéis matado al autor de la vida” “Dios le resucitó entre los
muertos, y nosotros damos testimonio” “arrepiéntanse, pues, y conviértanse”. San Pablo
subraya el carácter pascual de la vida cristiana: “sepultados con Cristo en el bautismo,
hemos resucitado también con él” (Col 2,12), la vida cristiana consiste en que, estando
nosotros muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo… y con el
nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 5-6).
Pentecostés es la misma pascua vivida en su fundamento dinámico. El Espíritu
Santo. No es algo distinto o yuxtapuesto. La nueva vida pascual es la que procede de la
efusión del Espíritu. Es el mismo domingo de resurrección prolongado durante cincuenta
días naturales para insertar el misterio de la vida nueva en la vida ordinaria, personal, social
y eclesial. La característica eclesial de este tiempo es la mistagogia, la iniciación fuerte a la
experiencia de la vida nueva.
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El libro de los Hechos es el evangelio del Espíritu Santo inaugurando e impulsando
a la vida naciente y su primer estallido es la fiesta de pentecostés, donde recibiendo
impetuosamente al Espíritu Santo, pedro habla al pueblo judío y “aquel día se les unieron
unas tres mil almas” (Hch 2,41). Así surge la primitiva comunidad cristiana que comienza a
reflejar la vida pascual, la cual acudía asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la
comunión, a la fracción del pan y a las oraciones en la que “todos los creyentes vivían
unidos y tenían todo en común” (Hch 2,42ss). Es el reflejo social de la vida nueva de la
resurrección impulsada por el Espíritu Santo. Y tiempo de alegría para la nueva comunidad
en Cristo el Señor.
El tiempo pascual celebra el nuevo modo de estar Cristo presente en la Iglesia
misteriosamente. Lo que se manifestaba en el cuerpo visible de Cristo ahora había pasado a
los sacramentos de la Iglesia. El encuentro con Cristo viviente es ahora un encuentro
sacramental. La palabra, los sacramentos, la eucaristía, son los signos por excelencia del
nuevo modo de presencia del Cristo viviente. Cristo está presente en la comunidad. Vive en
ella. Se da a los hermanos en ella. Y lo hace por las escrituras, por el bautismo, por la
fracción del pan. Como los discípulos rodeaban a Cristo en su vida terrena, ahora los
discípulos se reúnen en torno a las enseñanzas de los apóstoles y la comunión del pan único
y partido. La comunidad lo siente vivo y presente.
LA TEOLOGÍA LITÚRGICA DEL TIEMPO PASCUAL
La Palabra de Dios amasada en forma de oración (textos eucológicos), en nombre
de toda la comunidad, dirigida al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, a través de quien
preside la asamblea, son verdaderos contenidos teológicos, que además de los textos
bíblicos proclamados dentro de la celebración o “programa celebrativo ritual”; éstos
también nos ofrecen “claves de lectura” o luces para vivir el tiempo pascual.
La procesión de ingreso que abría con el introito o antífona de entrada acompañada
por la schola cantorum para cerrar con la oración Collecta previa a la proclamación de las
lecturas; así como, aquella que abría la presentación de dones para cerrar con la Super
oblata, además de aquella de la comunión que acompañaba a los fieles a la recepción del
Cuerpo y la Sangre de Cristo para cerrar con la así llamada, post communionem. Son tres
oraciones, que junto con los prefacios, nos ofrecen contenidos teológicos propios del
tiempo litúrgico que vivimos.
Estos son algunos contenidos de las colectas y prefacios propios de la Pascua:
Primer domingo: “El hoy del triunfo del Señor”.
“Cristo el vencedor de la muerte”
“El Padre abrió la puerta de la vida eterna por medio de su Hijo”
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“Resucitar a una vida luminosa (a la luz de la vida) por la acción
renovadora del Espíritu”
Segundo domingo: “Encender la fe del pueblo santo”
“La renovación misma de la fiesta de la Pascua”
“La gracia del Bautismo con que hemos sido lavados”
“La gracia del Espíritu con el que hemos sido regenerados”
“La gracia de la Sangre con la que hemos sido redimidos”
Tercer domingo: “El gozo por la esperanza de resucitar gloriosamente”
“El júbilo por la renovación y rejuvenecimiento en el Espíritu”
“La alegría de recobrar la adopción filial”
Cuarto domingo: “El débil rebaño del Hijo y la admirable victoria de su Pastor”
“El gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo”
“La alegría eterna del reino de sus elegidos.
Quinto domingo: “Alcanzar a libertad verdadera y la herencia eterna”.
“La redención divina”
“La filiación divina”
“El amor del Padre”
“La libertad verdadera”
“La herencia eterna”.
Sexto domingo: “Celebrar con alegría en honor del Señor resucitado”
“Celebrar con renovado fervor estos días de alegría”
“Los misterios que recordamos transformen nuestra vida”
“Los misterios que recordemos se manifiesten en nuestras obras”
Ascensión: “La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria”
“Exultar de gozo y alegría en la liturgia de alabanza”
“El gozo por llegar a donde llego las cabeza (Cristo)”
“La esperanza de llegar nosotros, como miembros de su cuerpo”
Séptimo domingo: “Cristo vive junto a ti en la gloria”
“Confesamos que Cristo es el Salvador de los hombres”
“Cristo está presente entre nosotros”
“Cristo prometió estar hasta el fin de los tiempos”
Pentecostés: “El misterio de Pentecostés santifica la Iglesia”
“La Iglesia extendida por todas las naciones”
“Los dones del Espíritu sobre todos los confines de la tierra”
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“Las maravillas que Dios obró en los comienzos de la predicación”
Las oraciones feriales durante la primera semana resaltan la dimensión bautismal de
la pascua: Por medio del Bautismo el Señor hace crecer su Iglesia; la salvación y la
verdadera libertad se nos da por el misterio pascual de Cristo; por la alegría de la
resurrección llegaremos un día a la alegría eterna; se pide que, los renacidos en el baño
bautismal tengan una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su vida; y que la
restauración de la alianza de Dios con los hombres nos impulse a realizar en nuestra vida lo
que celebramos por la fe.
En las ferias de la segunda semana se pide el aumento del espíritu filial para
merecer alcanzar la herencia prometida; la capacidad para anunciar la victoria de Cristo
resucitado, prenda de los dones futuros; la actualización siempre en el amor del misterio
celebrado en la fe; los frutos abundantes de los dones pascuales en toda nuestra vida.
Expresiones que resaltan la vida de fe y confianza de quienes hemos sido hechos hijos de
Dios.
Durante la tercera semana se pide por los que andan extraviados para que vuelvan al
buen camino; que acreciente la gracia de quienes han sido ya purificados de sus pecados;
que cuantos hemos recibido el don de la fe, tengamos parte en la herencia eterna; que
quienes hemos sido librados de las tinieblas del error podamos adherirnos a las enseñanzas
de su verdad; que quienes conocimos la resurrección de su Hijo, resucitemos a una vida
nueva; y que quienes hemos renacido en Cristo superemos las insidias del mal y
permanezcamos siempre fieles a los dones recibidos. Peticiones que imploran la ayuda del
Señor para vivir la Pascua cristiana pasando de la muerte a la vida y de la esclavitud del
pecado a la gracia.
La alegría de la salvación por el triunfo de Cristo sobre la muerte; la alegría por el
resurgimiento de la humanidad caída; la gloria de los humildes y la felicidad de los santos;
la salvación por la sangre del resucitado para que vivamos siempre en él y encontremos la
felicidad eterna; así como, la plenitud de la vivencia del misterio pascual expresada en los
frutos abundantes de vida cristiana, son ecos de aquel que ha venido a dar la vida por sus
ovejas y para que ellas tengan vida.
Estar firmes en la verdadera alegría en medio de las vicisitudes del mundo; renacer a
una vida nueva fortificados en la fe y afianzados en la esperanza; vivir a la luz de la verdad;
perseverar en la fe que hemos sido justificados y conseguir los bienes eternos, son las
peticiones propias durante la quinta semana de Pascua.
Las ferias de la sexta semana imploran, que los dones recibidos durante la pascua
den fruto en la vida de los creyentes; que la alegría de haber recobrado la adopción filial
afiance la esperanza de resucitar gloriosamente; que cuando el vuelva con todos sus santos,
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podamos alegrarnos con su victoria; que cuando venga de nuevo nuestro Salvador, los que
hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa; que quien
envío sobre los apóstoles el espíritu Santo prometido, reparta entre nosotros los dones de
ese mismo Espíritu. Glosas que expresan el “aquí y ahora” que trasciende la dimensión
escatológica de la inmortalidad gloriosa que se abre a la acción del Espíritu Santo.
Finalmente, durante la última semana del tiempo ferial que nos ocupa, se pide la
fuerza del Espíritu Santo para cumplir la voluntad del Señor y dar testimonio de él; que
haga su morada en nosotros y nos convierta en templos de su gloria; que conceda a su
Iglesia congregada por el Espíritu Santo, dedicarse a su servicio y vivir unida en el amor;
que su Espíritu penetre con su fuerza para que nuestro pensar le sea grato y nuestro obrar
concuerde con su voluntad. Concentrados pneumatológicos que colocan la Iglesia en espera
para la vivencia del amor.
La cincuentena pascual como “el día en que actúo el Señor”, en el que “hemos
comido y bebido con él”, quienes resucitamos con Cristo, una vez “sentados a la mesa”, le
reconocemos “al partir el pan” y hacemos nuestra su pasión, muerte y resurrección. “Creer
sin haber visto”, es la experiencia de la primera comunidad que cree porque el Señor se
manifiesta en sus miembros que tienen “un solo corazón y un solo espíritu”, comunidad que
crece “por la sangre del cordero”, víctima por nuestros pecados, inmolado y glorificado.
Puerta de las ovejas, Pastor que da la vida, Camino y Verdad, que da la vida por sus
amigos, que asciende al cielo y promete al consolador, sentado a la derecha del Padre como
único dueño y Señor, glorificado por el Padre, alfa y omega de la revelación.
Prefacio de pascua I: “El misterio pascual”
“Cristo nuestra pascua fue inmolado”
“Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo”
“Destruyo nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida”
“Con gozo pascual el mundo entero se desborda de alegría”
Prefacio de pascua II: “La nueva vida en Cristo”
“Los hijos de la luz nacen a la vida eterna”
“Las puertas de los cielos se abren para los que creen en él”
“En su muerte murió nuestra muerte y en su resurrección resucitamos con él”
Prefacio de pascua III: “Cristo vive por siempre e intercede por nosotros”
“Continuamente se ofrece e e intercede por todos”
“Inmolado en la cruz venció la muerte y una vez muerto, vive para siempre”
Prefacio de pascua IV: “Restauración universal por el misterio pascual”
“Destruida la antigua situación del pecado, se levanta lo que estaba caído”
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“En Cristo se nos otorga la integridad de la vida”
Prefacio de pascua V: “Cristo, sacerdote y víctima”
“Con la oblación de su cuerpo llevó a plenitud los sacrificios de la antigua ley”
“Al ofrecerse por nuestra salvación fue a un tiempo, víctima, sacerdote y altar”
Prefacio de la ascensión I y II: “El misterio de la Ascensión”
“Jesús rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte”
“Después de resucitar se apareció a sus discípulos”
Ante sus ojos se elevó al cielo para hacernos partícipes de su divinidad”
“Ante la admiración de los ángeles, ascendió a los cielos”
“Mediador entre Dios y los hombres”
“Juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales”
“Llegar como miembros de su cuerpo a donde nos ha precedido nuestra Cabeza”
Prefacio post ascensión: “En la espera de la venida del Espíritu Santo”
“Entró de una vez para siempre en el santuario del cielo”
“Intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu”
“Pastor y obispo de nuestras almas invita a la plegaria unánime”
“En espera de un nuevo Pentecostés a ejemplo de María y los apóstoles”
El tiempo pascual es Cristológico: verdadero Cordero en quien se cumplen las
imágenes antiguas. En donde resurge y se renueva el Universo y el hombre regresa a las
fuentes de la vida. En donde la glorificación de Cristo inaugura un sacerdocio nuevo y
eterno. El tiempo pascual es tiempo Pneumatológico: porque Cristo ha resucitado por obra
del Espíritu. Porque Cristo resucitado es la fuente del Espíritu. El tiempo pascual es tiempo
eclesiológico: porque el Espíritu es principio de unidad y porque el introduce a la Iglesia en
la comprensión del misterio de Cristo. El tiempo pascual es tiempo escatológico: por el
cumplimiento de la promesa, porque seremos revestidos de una inmortalidad gloriosa
mientras contemplamos el sepulcro vacío y el feliz retorno del Cordero.
La música y el canto al servicio de la liturgia, es el tremendo impacto que permite
introducirnos en el hoy celebrativo. Es el encuentro con la Vida y con el Misterio, es el
diálogo y la comunicación de un Dios que le habla a su pueblo y un pueblo que aclama a su
Dios “que vive para siempre”. Es el ambiente vital o “sitz im leben” de la liturgia como
lugar de encuentro entre arte y teología. Es fiesta, es contemplación, es comunión y
participación.
Pbro. Dr. Manuel Fernando Sedano López.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA EN ESPAÑOL: AUGÉ, Matias., A través del año litúrgico, Cristo mismo, presente en su Iglesia, (Liturgia) Buena Prensa, México 2010. BROWN,
Raymond E., Cristo en los evangelios del año litúrgico, (Ritos y Símbolos 38) Sal Terrae, Santander 2010. LIZCANO AJENJO, Antonio., Año Litúrgico, el misterio y el tiempo, Monte
Carmelo, Burgos 2009. MARTÍNEZ GARCÍA, Francisco., Vivir el año litúrgico, Herder, Barcelona 2002. NOCENT, Adrien., El año litúrgico IV, Celebrar a Jesucristo, Semana Santa y
Tiempo Pascual, (Ritos y Símbolos 11), Sal Terrae, Santander 1986. URTASUN, Cornelio., Las oraciones del misal, (Biblioteca Litúrgica 5), CPL, Barcelona 1995. __________.,
Cuaresma y Pascua en las oraciones feriales, (Biblioteca Litúrgica 13), CPL, Barcelona 2000.

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  • 1. 1     LA VIVENCIA DEL TIEMPO PASCUAL A LA LUZ DE LA TEOLOGÍA LITÚRGICA SEDE: CASA DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO “Casa Lago” www.casalago.com.mx junto al Monasterio de Guadalupe de los Monjes Benedictinos: San Benito # 9, Colonia Lago de Guadalupe, Cuautitlán Izcalli, Estado de México (Tel: 0155 442 84 750). INTRODUCCIÓN: Quisiera comenzar esta reflexión con una “depuratio terminorum” que nos permita comprender y distinguir de una manera más puntual, la función del arte y concretamente de la música y el canto sagrado, que ha ocupado un lugar muy especial en nuestra Iglesia universal al constituir un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas (SC 112), y dedicando así, prácticamente todo el capítulo siete de nuestra Constitución Sacrosanctum Concilium. Aunque sabemos que el arte es uno y por ello no se debiera adjetivar, y lo mismo aplicaría de la música y el canto, para una mejor comprensión de nuestro cometido, distinguimos que ella puede ser pagana o cristiana. Pagana es aquella que no tiene relación con la revelación cristiana pero que contiene una dimensión religiosa que expresa trascendencia humana y espiritual a través de mediaciones cultuales o rituales. Cristiana porque se expresa en el ámbito de la fe revelada en un Dios único y personal que se ha hecho hombre y paternal y providencialmente mediante su amor, genera actitudes de piedad, alabanza, agradecimiento, confianza y comunión. Cuando hablamos de música sacra cristiana, a diferencia de la protestante, nos referimos a aquella que acompaña al canto sagrado, acorde con la doctrina católica, y con fundamento en las sagradas escrituras, los textos patrísticos y las fuentes eucológicas (Cf. SC 121). Música sacra cristiana o simplemente “litúrgica”, llamamos a todo el tesoro artístico musical que la Iglesia ha venido acumulando, custodiando interpretando y promoviendo a través de los siglos, y en las diferentes épocas cultuales y culturales de su propia historia. Música litúrgica que se desarrolla dentro del espacio celebrativo ritual, que unida a la acción litúrgico sacramental, expresa con mayor delicadeza la oración y enriquece con mayor solemnidad los ritos sagrados (Cf. SC 112), a diferencia de aquella que ha sido compuesta para otros fines y que expresan tantas veces fuera de la piedad, la psicosis colectiva, el sentimiento, la importancia, la estrategia o la realidad, de un determinado artista, un congreso, un grupo, o una situación de contrariedad. Llamamos música sacra al servicio de la liturgia, repito, “al servicio de la liturgia”, aquella que surge a partir del redescubrimiento de las fuentes bíblicas, patrísticas y litúrgicas que favorecen una más justa comprensión del Misterio de Cristo, impulsado por el Concilio Vaticano II en su Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia en su capítulo sexto, a saber: Que la música y el canto sagrado unido a las
  • 2. 2     palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne; que la música sacra tiene una función ministerial en el servicio divino; que su finalidad es la gloria de Dios y la santificación de los fieles; que cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica es más santa; que las composiciones además de poder ser cantadas por las mayores “scholae cantorum” deben estar también al alcance de los coros más modestos y fomenten la participación activa de toda la asamblea de los fieles; que el canto y la música propia al servicio de la liturgia solemne romana, es el gregoriano y el órgano tubular; que la polifonía “al servicio de la liturgia” no se excluye, si esta favorece la participación activa de los fieles; y que el canto religioso popular al igual que la música propia tiene mucha importancia y goza de la debida estima, con tal que esté de acuerdo con las normas y prescripciones litúrgicas. Música y canto al servicio de la liturgia, quiere decir: al “servicio del Misterio” que es lo que celebramos, y con quien nos encontramos, o donde nos introducimos, favorecidos por una obra o creación musical que nos connota con lo sagrado, con lo sublime, y favorece la memoria, la actualización y la anticipación de aquello que recordamos, actualizamos y pregustamos en la anamnesis, epíclesis y prólesis de la celebración. Música sagrada al “servicio de la liturgia”, es aquella que favorece la participación activa fática y/o contemplativa, que te arrebata e introduce en el misterio fascinante de los ritos y de las preces, de las palabras y de las cosas, de los objetos y de los cantos de las oraciones y movimientos, que amasa los granos de trigo y los miembros del cuerpo en el misterio de comunión. El canto sagrado, unido a las palabras, no es ya un elemento accesorio, de adorno o embellecimiento de la liturgia, sino que ha llegado a ser parte necesaria e integrante de ella. Pio X, la consideraba “humilde sierva”; Pio XI, “nobilísima sierva”; Pio XII, “ministra de la sagrada liturgia y noble ayuda para la misma”; el número 112 de la Sacrosanctum Concilium, le otorga el rango de munus ministeriale. La estrecha relación que existe entre melodía, texto y rito son la triada que guarda el texto literario, la melodía que lo canta y el contexto celebrativo en el que se canta. Se trata de una coherencia musical y textual que se expresa en el ars celebrandi, pues la liturgia es el lugar de encuentro entre arte y teología. Y sí la liturgia ha vuelto a ser una acción de toda la comunidad congregada, “donde Cristo asocia a su cuerpo que es la Iglesia”, también la música debe ser cosa de todos los que son acogidos y no privilegio exclusivo del coro o unos cuantos. La comunión y participación son la clave de lectura del capítulo VI de la SC al hablar repetidamente de la música, pues la música reviste de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la consideración de los fieles favoreciendo la piedad de ellos y preparándolos mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la celebración de los sagrados misterios. La música permite la profundización y la interiorización del “evento
  • 3. 3     salvífico CRISTO” que se hace presente con su obra salvífica y como promotor de salvación. Cuanto mejor sea la música, mejor será la acogida del texto, y tanto mejor sea la acogida al texto, mejor será el encuentro con el misterio que se celebra. La celebración es una manifestación visible, audible, sensible y gozosa de realidades invisibles, de acontecimientos salvíficos que se actualizan, en ese día en esa fiesta, en esa hora, en la que la Iglesia como asamblea celebrante presidida por quien es su cabeza, se desborda con cantos que responden en concordia de voces y corazones, pues la primera norma litúrgica consiste en “hacer lo que se dice” mientras la música y el canto “artísticamente “dice lo que se hace” o mejor dicho: se está haciendo o produciendo. Todas nuestras celebraciones son aclamaciones del misterium fidei, conmemoraciones de la fe de la Iglesia que solemnemente ora y cree, lex orandi – lex credendi, por eso la celebración litúrgica es celebración y confesión de los que la Iglesia celebra y afirma. La música y el canto poseen también un sensus ecclesiae, que implica unidad, comunión, fidelidad, armonía, ortodoxia y universalidad, que exigen un ritmo literario y textual que se ajuste al ritmo de la melodía y a la comunidad que ora y canta. La simbiosis entre género musical y contenido del texto, entre momento ritual y comunidad concreta que celebra y canta, funde el espíritu en la caridad. Paulo VI afirmaba: “sin el sensus ecclesiae, el canto, en lugar de ayudar a fundir los espíritus en la caridad, puede ser origen de malestar, de disipación, de deterioro de lo sagrado, cuando no de división en la misma comunidad de los fieles… Hay otras composiciones que son para fuera del templo. Otros textos y otras composiciones musicales que, sin aspirar a cruzar el umbral del templo…podrán ser utilizadas en otras ocasiones, de alegre y cuidadosa distracción, de encuentros de meditación y estudio, como formas de revalorizar con el canto decisiones y fervores1 ”. LA VIVENCIA DEL TIEMPO PASCUAL El tiempo de pascua o cincuentena pascual se celebra como “un solo día de fiesta” que empieza el domingo de resurrección y concluye con la solemnidad de pentecostés. A estos ocho domingos de la cincuentena pascual, se les llama “de pascua”, y no “después de pascua” como se les llamaba antes, además de suprimir la octava de pentecostés y el “tempus ascensionis” como se le llamaba en el misal de 1962. Hoy la ascensión del Señor se celebra el día 40 pero con la posibilidad de hacerla el domingo siguiente. El cirio pascual se apaga ya no después de la proclamación del evangelio de la Ascensión, sino hasta las segundas vísperas del domingo de pentecostés. La oración colecta de la misa vespertina confirma que la celebración de la pascua se establece “en el tiempo sagrado de los 50 días” y el prefacio de la misa del domingo de pentecostés dice que en ese día se lleva a cumplimiento “el Misterio Pascual”. La octava de Pascua se conserva por su vínculo                                                                                                                           1 PAULO VI, Discurso a las religiosas participantes en el Congreso Litúrgico-musical, Roma del 13 – 15 de abril de 1971, Ecclesia I, 539, 1 Mayo 71.
  • 4. 4     histórico con la semana “mistagógica” ocho días unidos al domingo de pascua y se celebran como “solemnidad del Señor”. Los textos eucológicos enfatizan que el tiempo de la pascua es el tiempo del Espíritu. La temática pneumatológica enfatiza la vida pascual como “vida según el Espíritu” en espera de la pascua escatológica. El domingo de resurrección inicia el período de cincuenta días llamado Pentecostés (cincuenta días) por lo tanto fiesta pascual significa la fiesta de los cincuenta días. Los cincuenta días o Grande Pascua constituye una “fiesta ininterrumpida” y el “tiempo de la alegría”. Así como los días de la cincuentena representaban un único día de fiesta, así también los siete domingos representan el “Gran domingo”. Sí el domingo es el “día primero” y el “día octavo”, el “Gran domingo” de pentecostés es una octava de domingos y una semana de semanas, que nos conecta con el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera se encontrará con su Señor. Los textos proclamados en la Vigilia Pascual hacían eco durante todo este tiempo; el primer domingo de pascua en su “ciclo A” el texto de Mt 28, 1- 10: “Ha resucitado y los verá en Galilea”; el “ciclo B” en Mc 16, 1-8, expresa: “Jesús el Nazareno, al que crucificaron ha resucitado”; y finalmente Lucas 25, 1-12 en el “ciclo C” cuaestiona: “¿Porque buscan entre los muertos al que está vivo?”. La octava pascual o semana in albis, durante la cual los neófitos portaban el alba para recibir la mistagogía o catequesis post sacramental, iniciaba con la lectura semi continua de los Hechos de los Apóstoles y las Cristofanías del resucitado; Domingo en la mañana, la tumba vacía y la expresión: “Él debía resucitar de entre los muertos”, por la tarde, la aparición a los discípulos de Emaús y la afirmación: “Lo reconocieron al partir el pan”; Lunes, las mujeres en el sepulcro y el mandato: “Vayan y anuncien a mis hermanos que los veré en Galilea”; Martes, la aparición a María Magdalena y su testimonio: “He visto al Señor y me ha dicho estas cosas”; Miércoles, las apariciones a los discípulos de Emaús y la sorpresa: “Reconocieron a Jesús al partir el pan”; Jueves, la aparición a los apóstoles y el recordatorio: “El Cristo debía padecer y resucitar al tercer día”; Viernes, las apariciones en el lago de Tiberiades y el acercamiento de Jesús: “Toma el pan y se los da a ellos y lo mismo hace con el pez”; Sábado, el mandato y la misión: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio”. La temática de los signos de la resurrección era el “domingo de Tomás” o segunda semana de Pascua, este día los neo bautizados, dejaban las vestiduras bautismales y tomaban su lugar en la asamblea. En estos domingos, las homilías de los Padres recordaban que el “octavo día” era anticipación de la vida eterna. El tiempo de la pascua era un tiempo mistagógico donde se focalizaba la vida de la Iglesia “en el Espíritu” o la “nueva vida en Cristo”. Los domingos siguientes actualmente se les conoce como; domingo de las Apariciones al tercero, del Buen Pastor al cuarto, de los Ministerios al quinto, de la promesa del don del Espíritu al sexto, de la Glorificación al séptimo, y de Pentecostés al octavo. Los domingos quinto y sexto, ofrecen los discursos del “adiós” de Jesús; y el séptimo la oración por la unidad en el mismo contexto.
  • 5. 5     El camino de la fe a partir del primer domingo nos conduce progresivamente desde el sepulcro vacío que hace creer a María de magdala, que han robado el cuerpo, pasando por Pedro que quiere comprobar personalmente el hecho, hasta terminar con la actitud madura de Juan que vio y creyó. Para el evangelio del segundo domingo que corrobora la teología del domingo cristiano iniciado en el acontecimiento de Emaús, la presencia del Señor en el octavo día ofrece el don del Espíritu, la reconciliación universal y el perdón de los pecados centro del nuevo culto, se trata del Cordero inmolado y glorificado, sujeto principal de la celebración sacramental de la pascua. La aparición en el tercer domingo junto al lago de Tiberíades, se vincula a las otras que nos descubren a la Iglesia como comunidad del resucitado representada en la red llena de peces fundada en la fidelidad y el amor de Pedro a quien se le confía el rebaño. En los días feriados se lee en forma semicontinua el libro de los Hechos como historia de la Iglesia naciente a impulsos del Espíritu, para indicar que el tiempo pascual es el tiempo de la Iglesia, nacida de la pascua del Señor y animada por el Espíritu del resucitado. Se lee también el evangelio de Juan, porque es el evangelio de la vida nueva, de la trascendencia y de los signos y de los sacramentos que descubren el sentido simbólico de las acciones de Jesús: capítulo tercero, catequesis a Nicodemo; capítulo sexto, catequesis sobre el Pan de vida; capítulo diez, el Buen Pastor; capítulo doce, Jesús luz del mundo; capítulos 14-17, el discurso de la cena y la oración por la unidad; capítulo veintiuno, las últimas apariciones. La primera lectura en los domingos de este tiempo, en los tres ciclos, se describe la vida, el crecimiento y testimonio de la Iglesia naciente. La lectura apostólica para el “ciclo A”, es la primera carta de Pedro; para el “ciclo B”, la primera carta de Juan; para el “ciclo C”, el apocalipsis. Ofrecen el testimonio de la fe, esperanza y alegría propias del tiempo. La resurrección de Cristo ocupa el punto central en la predicación de los apóstoles y en los escritos paulinos. Todos los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles tienen el mismo esquema: “Habéis matado al autor de la vida” “Dios le resucitó entre los muertos, y nosotros damos testimonio” “arrepiéntanse, pues, y conviértanse”. San Pablo subraya el carácter pascual de la vida cristiana: “sepultados con Cristo en el bautismo, hemos resucitado también con él” (Col 2,12), la vida cristiana consiste en que, estando nosotros muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo… y con el nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 5-6). Pentecostés es la misma pascua vivida en su fundamento dinámico. El Espíritu Santo. No es algo distinto o yuxtapuesto. La nueva vida pascual es la que procede de la efusión del Espíritu. Es el mismo domingo de resurrección prolongado durante cincuenta días naturales para insertar el misterio de la vida nueva en la vida ordinaria, personal, social y eclesial. La característica eclesial de este tiempo es la mistagogia, la iniciación fuerte a la experiencia de la vida nueva.
  • 6. 6     El libro de los Hechos es el evangelio del Espíritu Santo inaugurando e impulsando a la vida naciente y su primer estallido es la fiesta de pentecostés, donde recibiendo impetuosamente al Espíritu Santo, pedro habla al pueblo judío y “aquel día se les unieron unas tres mil almas” (Hch 2,41). Así surge la primitiva comunidad cristiana que comienza a reflejar la vida pascual, la cual acudía asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones en la que “todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común” (Hch 2,42ss). Es el reflejo social de la vida nueva de la resurrección impulsada por el Espíritu Santo. Y tiempo de alegría para la nueva comunidad en Cristo el Señor. El tiempo pascual celebra el nuevo modo de estar Cristo presente en la Iglesia misteriosamente. Lo que se manifestaba en el cuerpo visible de Cristo ahora había pasado a los sacramentos de la Iglesia. El encuentro con Cristo viviente es ahora un encuentro sacramental. La palabra, los sacramentos, la eucaristía, son los signos por excelencia del nuevo modo de presencia del Cristo viviente. Cristo está presente en la comunidad. Vive en ella. Se da a los hermanos en ella. Y lo hace por las escrituras, por el bautismo, por la fracción del pan. Como los discípulos rodeaban a Cristo en su vida terrena, ahora los discípulos se reúnen en torno a las enseñanzas de los apóstoles y la comunión del pan único y partido. La comunidad lo siente vivo y presente. LA TEOLOGÍA LITÚRGICA DEL TIEMPO PASCUAL La Palabra de Dios amasada en forma de oración (textos eucológicos), en nombre de toda la comunidad, dirigida al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, a través de quien preside la asamblea, son verdaderos contenidos teológicos, que además de los textos bíblicos proclamados dentro de la celebración o “programa celebrativo ritual”; éstos también nos ofrecen “claves de lectura” o luces para vivir el tiempo pascual. La procesión de ingreso que abría con el introito o antífona de entrada acompañada por la schola cantorum para cerrar con la oración Collecta previa a la proclamación de las lecturas; así como, aquella que abría la presentación de dones para cerrar con la Super oblata, además de aquella de la comunión que acompañaba a los fieles a la recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo para cerrar con la así llamada, post communionem. Son tres oraciones, que junto con los prefacios, nos ofrecen contenidos teológicos propios del tiempo litúrgico que vivimos. Estos son algunos contenidos de las colectas y prefacios propios de la Pascua: Primer domingo: “El hoy del triunfo del Señor”. “Cristo el vencedor de la muerte” “El Padre abrió la puerta de la vida eterna por medio de su Hijo”
  • 7. 7     “Resucitar a una vida luminosa (a la luz de la vida) por la acción renovadora del Espíritu” Segundo domingo: “Encender la fe del pueblo santo” “La renovación misma de la fiesta de la Pascua” “La gracia del Bautismo con que hemos sido lavados” “La gracia del Espíritu con el que hemos sido regenerados” “La gracia de la Sangre con la que hemos sido redimidos” Tercer domingo: “El gozo por la esperanza de resucitar gloriosamente” “El júbilo por la renovación y rejuvenecimiento en el Espíritu” “La alegría de recobrar la adopción filial” Cuarto domingo: “El débil rebaño del Hijo y la admirable victoria de su Pastor” “El gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo” “La alegría eterna del reino de sus elegidos. Quinto domingo: “Alcanzar a libertad verdadera y la herencia eterna”. “La redención divina” “La filiación divina” “El amor del Padre” “La libertad verdadera” “La herencia eterna”. Sexto domingo: “Celebrar con alegría en honor del Señor resucitado” “Celebrar con renovado fervor estos días de alegría” “Los misterios que recordamos transformen nuestra vida” “Los misterios que recordemos se manifiesten en nuestras obras” Ascensión: “La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria” “Exultar de gozo y alegría en la liturgia de alabanza” “El gozo por llegar a donde llego las cabeza (Cristo)” “La esperanza de llegar nosotros, como miembros de su cuerpo” Séptimo domingo: “Cristo vive junto a ti en la gloria” “Confesamos que Cristo es el Salvador de los hombres” “Cristo está presente entre nosotros” “Cristo prometió estar hasta el fin de los tiempos” Pentecostés: “El misterio de Pentecostés santifica la Iglesia” “La Iglesia extendida por todas las naciones” “Los dones del Espíritu sobre todos los confines de la tierra”
  • 8. 8     “Las maravillas que Dios obró en los comienzos de la predicación” Las oraciones feriales durante la primera semana resaltan la dimensión bautismal de la pascua: Por medio del Bautismo el Señor hace crecer su Iglesia; la salvación y la verdadera libertad se nos da por el misterio pascual de Cristo; por la alegría de la resurrección llegaremos un día a la alegría eterna; se pide que, los renacidos en el baño bautismal tengan una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su vida; y que la restauración de la alianza de Dios con los hombres nos impulse a realizar en nuestra vida lo que celebramos por la fe. En las ferias de la segunda semana se pide el aumento del espíritu filial para merecer alcanzar la herencia prometida; la capacidad para anunciar la victoria de Cristo resucitado, prenda de los dones futuros; la actualización siempre en el amor del misterio celebrado en la fe; los frutos abundantes de los dones pascuales en toda nuestra vida. Expresiones que resaltan la vida de fe y confianza de quienes hemos sido hechos hijos de Dios. Durante la tercera semana se pide por los que andan extraviados para que vuelvan al buen camino; que acreciente la gracia de quienes han sido ya purificados de sus pecados; que cuantos hemos recibido el don de la fe, tengamos parte en la herencia eterna; que quienes hemos sido librados de las tinieblas del error podamos adherirnos a las enseñanzas de su verdad; que quienes conocimos la resurrección de su Hijo, resucitemos a una vida nueva; y que quienes hemos renacido en Cristo superemos las insidias del mal y permanezcamos siempre fieles a los dones recibidos. Peticiones que imploran la ayuda del Señor para vivir la Pascua cristiana pasando de la muerte a la vida y de la esclavitud del pecado a la gracia. La alegría de la salvación por el triunfo de Cristo sobre la muerte; la alegría por el resurgimiento de la humanidad caída; la gloria de los humildes y la felicidad de los santos; la salvación por la sangre del resucitado para que vivamos siempre en él y encontremos la felicidad eterna; así como, la plenitud de la vivencia del misterio pascual expresada en los frutos abundantes de vida cristiana, son ecos de aquel que ha venido a dar la vida por sus ovejas y para que ellas tengan vida. Estar firmes en la verdadera alegría en medio de las vicisitudes del mundo; renacer a una vida nueva fortificados en la fe y afianzados en la esperanza; vivir a la luz de la verdad; perseverar en la fe que hemos sido justificados y conseguir los bienes eternos, son las peticiones propias durante la quinta semana de Pascua. Las ferias de la sexta semana imploran, que los dones recibidos durante la pascua den fruto en la vida de los creyentes; que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance la esperanza de resucitar gloriosamente; que cuando el vuelva con todos sus santos,
  • 9. 9     podamos alegrarnos con su victoria; que cuando venga de nuevo nuestro Salvador, los que hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa; que quien envío sobre los apóstoles el espíritu Santo prometido, reparta entre nosotros los dones de ese mismo Espíritu. Glosas que expresan el “aquí y ahora” que trasciende la dimensión escatológica de la inmortalidad gloriosa que se abre a la acción del Espíritu Santo. Finalmente, durante la última semana del tiempo ferial que nos ocupa, se pide la fuerza del Espíritu Santo para cumplir la voluntad del Señor y dar testimonio de él; que haga su morada en nosotros y nos convierta en templos de su gloria; que conceda a su Iglesia congregada por el Espíritu Santo, dedicarse a su servicio y vivir unida en el amor; que su Espíritu penetre con su fuerza para que nuestro pensar le sea grato y nuestro obrar concuerde con su voluntad. Concentrados pneumatológicos que colocan la Iglesia en espera para la vivencia del amor. La cincuentena pascual como “el día en que actúo el Señor”, en el que “hemos comido y bebido con él”, quienes resucitamos con Cristo, una vez “sentados a la mesa”, le reconocemos “al partir el pan” y hacemos nuestra su pasión, muerte y resurrección. “Creer sin haber visto”, es la experiencia de la primera comunidad que cree porque el Señor se manifiesta en sus miembros que tienen “un solo corazón y un solo espíritu”, comunidad que crece “por la sangre del cordero”, víctima por nuestros pecados, inmolado y glorificado. Puerta de las ovejas, Pastor que da la vida, Camino y Verdad, que da la vida por sus amigos, que asciende al cielo y promete al consolador, sentado a la derecha del Padre como único dueño y Señor, glorificado por el Padre, alfa y omega de la revelación. Prefacio de pascua I: “El misterio pascual” “Cristo nuestra pascua fue inmolado” “Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo” “Destruyo nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida” “Con gozo pascual el mundo entero se desborda de alegría” Prefacio de pascua II: “La nueva vida en Cristo” “Los hijos de la luz nacen a la vida eterna” “Las puertas de los cielos se abren para los que creen en él” “En su muerte murió nuestra muerte y en su resurrección resucitamos con él” Prefacio de pascua III: “Cristo vive por siempre e intercede por nosotros” “Continuamente se ofrece e e intercede por todos” “Inmolado en la cruz venció la muerte y una vez muerto, vive para siempre” Prefacio de pascua IV: “Restauración universal por el misterio pascual” “Destruida la antigua situación del pecado, se levanta lo que estaba caído”
  • 10. 10     “En Cristo se nos otorga la integridad de la vida” Prefacio de pascua V: “Cristo, sacerdote y víctima” “Con la oblación de su cuerpo llevó a plenitud los sacrificios de la antigua ley” “Al ofrecerse por nuestra salvación fue a un tiempo, víctima, sacerdote y altar” Prefacio de la ascensión I y II: “El misterio de la Ascensión” “Jesús rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte” “Después de resucitar se apareció a sus discípulos” Ante sus ojos se elevó al cielo para hacernos partícipes de su divinidad” “Ante la admiración de los ángeles, ascendió a los cielos” “Mediador entre Dios y los hombres” “Juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales” “Llegar como miembros de su cuerpo a donde nos ha precedido nuestra Cabeza” Prefacio post ascensión: “En la espera de la venida del Espíritu Santo” “Entró de una vez para siempre en el santuario del cielo” “Intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu” “Pastor y obispo de nuestras almas invita a la plegaria unánime” “En espera de un nuevo Pentecostés a ejemplo de María y los apóstoles” El tiempo pascual es Cristológico: verdadero Cordero en quien se cumplen las imágenes antiguas. En donde resurge y se renueva el Universo y el hombre regresa a las fuentes de la vida. En donde la glorificación de Cristo inaugura un sacerdocio nuevo y eterno. El tiempo pascual es tiempo Pneumatológico: porque Cristo ha resucitado por obra del Espíritu. Porque Cristo resucitado es la fuente del Espíritu. El tiempo pascual es tiempo eclesiológico: porque el Espíritu es principio de unidad y porque el introduce a la Iglesia en la comprensión del misterio de Cristo. El tiempo pascual es tiempo escatológico: por el cumplimiento de la promesa, porque seremos revestidos de una inmortalidad gloriosa mientras contemplamos el sepulcro vacío y el feliz retorno del Cordero. La música y el canto al servicio de la liturgia, es el tremendo impacto que permite introducirnos en el hoy celebrativo. Es el encuentro con la Vida y con el Misterio, es el diálogo y la comunicación de un Dios que le habla a su pueblo y un pueblo que aclama a su Dios “que vive para siempre”. Es el ambiente vital o “sitz im leben” de la liturgia como lugar de encuentro entre arte y teología. Es fiesta, es contemplación, es comunión y participación. Pbro. Dr. Manuel Fernando Sedano López. BIBLIOGRAFÍA BÁSICA EN ESPAÑOL: AUGÉ, Matias., A través del año litúrgico, Cristo mismo, presente en su Iglesia, (Liturgia) Buena Prensa, México 2010. BROWN, Raymond E., Cristo en los evangelios del año litúrgico, (Ritos y Símbolos 38) Sal Terrae, Santander 2010. LIZCANO AJENJO, Antonio., Año Litúrgico, el misterio y el tiempo, Monte Carmelo, Burgos 2009. MARTÍNEZ GARCÍA, Francisco., Vivir el año litúrgico, Herder, Barcelona 2002. NOCENT, Adrien., El año litúrgico IV, Celebrar a Jesucristo, Semana Santa y Tiempo Pascual, (Ritos y Símbolos 11), Sal Terrae, Santander 1986. URTASUN, Cornelio., Las oraciones del misal, (Biblioteca Litúrgica 5), CPL, Barcelona 1995. __________., Cuaresma y Pascua en las oraciones feriales, (Biblioteca Litúrgica 13), CPL, Barcelona 2000.