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sos y metiches,  pero alg...
CAPÍTULO vii

Un rncitentendido

 

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torio,  Rigoberta escuchó emocionada la voz de su
amigo:...
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guno de los miembros de la Familia. 

—Bueno,  bueno,  no me aturdas co...
¡se estaba quemandol,  y cualquier chico normal
hubiese ensado hecho lo mismo ue Susana

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La respuesta de Rigoberta Fue rotunda,  y nadie
se atrevió a insistir. 

Esa noche el genio quedó alojado —de mane-
ra pro...
Y la Familia siguió con sus conjeturas,  tratando
de manipular la vida de Rigoberta,  mientras ella, 
ajena a estas maquin...
Y los gritos atrajeron al resto de la Familia. 
—¿Qué pasa,  madre? 

—¡Cómo qué pasa! , ¿no ves que entraron la-
drones? ...
—Pe
ro,  madre,  no estabas para preguntarte y
me parecio un egoismo negársela. ..

' Rf ¡Qué egoísmo ni qué ocho cuartos!...
que tanto os gusta;  y,  a propósito,  ¿sabéis que me
agradó mucho?  Es la mar de romántica. 

Rigoberta quedó muda de aso...
la desechó porque,  a pesar de las molestias cau-
sadas,  se había encariñado con el genio.  Era su
amigo y compañero,  el...
surgían y hasta rebotaban en su cabeza.  Y,  una vez
más,  esa cabeza suya había entrado en ebullición. 
Desde que Abdul A...
—¡Oh,  mi dulce y romántica amal,  no dudo de
que así sea porque,  ¿cómo vais a ver otra mejor si
siempre veis la misma? 
...
La Familia ayudó a colgarlo en el dormitorio de
Rigoberta y sacó varias Fotos donde pasaba son-
riente a los lados del ext...
CAPÍTULO xii

Vacaciones

 

i ” on el alojamiento de-

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Finitivo de Abdul Abdón Abedul,  Rigoberta creyó
que sus probl...
una sala de museo Tod ’
‘U t |  - .  ' °5 querian tomarse una Foto
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El Secreto De Rigoberta.
El Secreto De Rigoberta.
El Secreto De Rigoberta.
El Secreto De Rigoberta.
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El Secreto De Rigoberta.

  1. 1. lr‘ A l ¿”f2 «f 7) , >< ‘ X 3 La ‘k y _ JG abuela Rigoberta compra en '< ’ '" 1 el supermercado una abollada lata de puré de tomate que está en oferta. En casa, cuando prepara Ia comida se lleva una gran sorpresa a| descubrir que ¡la lata no contiene puré de tomate! Pero. .. ¿qué hay en lugar de Ia conserva? ¡Éste es el secreto de Rigobertal, ¡un secreto que podrás descubrir sólo cuando comiences a leer este Iibrol curiosidad te llevará a vivir situaciones insólitas y divertidas. Además, te ayudará a comprender meior a las personas mayores. RAQUEL M. BARTHE es bibliotecaria, escritora y editora graduada en la Universidad de Buenos Aires. Además de escribir, dicta cursos a profesores y coordina talleres de lectura y de literatura infantil. Ha publicado más de veinte H Ï PROGRESO libros para niños, algunos de los cuales han ganado premios, como la Faja de Honor de Literatura Infantil, otorgada en i992 por la Sociedad Argentina de Escritores por el libro Audaz como un oso. ISBN swsro-w-vas-u | IIIIILJII 789706 EDITORIAL ‘i’ 9 g Íícia Ásprón A A4 A | usrracianes Raquel M. Barthe ilï “(i I i A . ¿x : c ‘ 7 5 ‘a EI secreto de Rigoberta Raquel M. Barthe "‘/ i‘? c“ " > L“! r I 4 *ï'I"-’. ‘íï i . _;ïI ‘¡i IAI1I“LrxJ/ '! w i: = i. iüijrïïi-ï? ‘e I'RO( iRtiSO IHIIORIAL ‘E’ I El ii
  2. 2. El secreto de Rigoberta Raquel M. Barthe Ilustraciones de Leticia Asprón PROGRESO EDITORIAL ®
  3. 3. i Telefono" 19460620 El‘) r Rrsprieelaemnnde anular. ‘ Faxï 1946-0655 N» Inmmvir m- anu eemail diciones@editorialprugreso. eom. mx I e-mail: servir: ioaluliente@editorialprogreso. com. mx Desarrollo editorial: Victor Guzmán Zúñiga Dirección editorial: Yolanda Tapia Felipe Coordinación de la colección Rehilete: Marisela Aguilar Salas Edición: Ariel Hemández Sánchez Coordinación de diseño: Rigoberto Rosales Alva Diseño: Maria del Rosario Garcia Segundo Ilustraclon: Leticia Asprón Stafi editorial: Rosaura González Urbina Martha Alcántara Rivera Álvaro Rosas Montalvo Femando Méndez Diaz Derechos reservados: © 2006 Raquel M. Banlie © 2006 EDITORIAL PROGRESO, S. A. DE C. V. Naranjo No. 248, Col. Santa María la Ribera Delegación Cuauhtémoc, C. P. 06400 México, D. F. El secreto de Rigoberta (Colección Rehilete) Miembro de la Cámara Nacional de ln Industria Editorial Mexicana Registro No. 232 ISBN: 978-970-641-837-1 (Colección Rehileze) ISBN: 978-970-64l-73S-0 Queda prohibida la reproduccion o transmisión total o parcial del contenido dc la presente obra por cualquier medio: electrónico o mecánico. incluso cl fotocopiado, sin el consentimiento previo y por escrito del editor, Progreso y el logotipo son marcas registradas por Editorial Progreso, S. A. (le C. V. Impreso en México Printed in Mexico l' edición: 1006 3' reimpreslón: zolz ¡ Í PROGRESO EDITORIAL ® A mis hijos, Morgana y Diego, porque algún día llegarán a tener hijos (eso espero) que soportarán a una abuelita muy parecida a Rigoberta. Y también a Jorge, pues él fue quien un dia me regaló el genio enlatado que dio origen a esta historia.
  4. 4. ÍNDICE Capítulo l. La lata de puré de tomate . 1 Capítulo ll. Misterio que se ”huele” . . 11 Capítulo lll. Un zapato viejo . . . . . . . . . 15 Capitulo IV. Un puerquito alcancía. . . 25 Capitulo V. Morada de lujo . . . . . . . . 33 Capítulo VI. La tuba inundada . . . . . . 39 Capítulo VII. Un malentendido . . . . . . 45 Capítulo Vlll. ¿Un viaiei’. . . . . . . . . . . 49 Capítulo IX. La tía Fortunato . . . . . . . . 55 Capítulo X. Otra vez el desalojo. . . . . 63 Capítulo Xl. Alojamiento definitivo. . . . 71 Capítulo Xll. Vacaciones. . . . . . . . . . . . 77
  5. 5. CAPÍTULO r La lata de puré de tomate lla abuelita Rigoberta estaba muy apura a; pronto llegarían de la escue- la sus nietos, y debía tener lista la comida. Tomó una lata de puré de tomate —de aquellas que l1G‘ bía comprado cle alerta en el supermercado—, le clavó el abrelalas y. .. ¡pzzz. ..! —¡Con razón estaban baratas! Cuando tienen aire dentro es porque están podridos —y sin decir mas la arroió al bote de basura. —Por Iavor, buena muier, terminad de abrir el envase. Las palabras sonaron muy suaves, pero la abue- la las escuchó con claridad en el silencio de la co- ClnCl. Á i Í
  6. 6. — ¿Quién habló? La pregunta Fue hecha en el momento en que buscaba la lata en el bote, para después sacudirla como si Fuera un bebé con sonaja nueva. —¡Ay, ay! Con más cuidado, por el amor del cielo. Y Rigoberta, cada vez más sorprendida, termi- nó de abrirla. —Gracias, gracias, mi ama; ahora podéis pe- dirme lo que queráis; estoy a vuestras órdenes. Un montón de humo blanco había salido de la lata y, sin tomar una forma definida, Ilotaba como una nubecita por la cocina. Sólo se dístinguian con claridad un par de ojos y una pipa. —Pero esta lata ni siquiera tiene puré de tomate —se quejó la abuelita Rigoberta al observar el in- terior vacío. —Por supuesto que no. ¿Os imaginóis lo que hubiese sido permanecer alli encerrado ¡unto con el puré de tomate? —'Aaah! —di'o ensativa la abuela, como si I l P las palabras que acababa de escuchar lueran una I r ‘,1, 2 me
  7. 7. importante verdad, y enseguida agregó—: Será mejor que apagues esa pipa; se esta llenando de humo mi cocina. —Pero si aún no la enciendo, ¿o creéis, por ven- tura, que se puede Fumar dentro de una lata tan pequeña? No es el humo de la pipa lo que estáis viendo, sino a mí; sí, soy yo. Rigoberta, cada vez más desconcertada, conti- nuaba sin comprender y exigió explicaciones. —Quiero saber quién eres; qué hacias dentro de mi lata de puré de tomate y por qué te lo comiste. —Pero si yo no me lo he comido; los genios no comemos. Y has de saber que esta lata es mi mora- da; aquí es donde vivo y vos. .. vos, desde el momen- to en que la abristeis y me liberasteis, sois mi ama. —¿En serio? —Por supuesto; pedidme pues, lo que gustéis y vuestros deseos seran órdenes para mí, que cumpli- ré gustoso y al instante. - ¡No puedo creerlo! Pero, ya que es así, voy a aprovechar esta oportunidad. .. A ver. .. a ver. .. ¡ya sél, quiero tomates para la salsa y, también, que pí- ques las cebollas; a mí siempre me hacen llorar. —Es un extraño pedido; ¡amas me lo habían solicitado. ¡Ahora mismo os complacerél Y, mientras el genio hacía realidad sus deseos, Rigoberta se sentó a descansar un rato. -Yo creía que los genios vivían en hermosas bo- tellas de cristal muy lino, con exóticas Formas orien- tales y esas cosas. .. Nunca hubiera imaginado que lo podían hacer en una lata ordinaria y, además, comprada como oterta por estar abollada. —Es verdad; en un principio tuve por morada una exquisita botella de linísimo cristal; una ver- dadera obra de arte que adornó los palacios más lujosos de Oriente. Tuve por amos a ricos y podero- sos señores, y doncellas muy hermosas pedían mis lavores. Os aseguro que jamás había tenido que picar cebollas. —Bueno, los tiempos cambian; cuando se vive en una lata no se puede pretender una princesa co- mo ama, ¿no te parece? —Sí, claro. —Y, ¿cómo lue que perdiste tu botella? —Pues veréis. .. Recuerdo que viaióbamos en una caravana por el desierto, cuando se desató . - cil. l 5
  8. 8. una terrible tormenta de arena, lo que en mi tierra llamamos un simún. El cielo se oscureció e impidió ver más alló de las propias narices. Entonces caí del camello. .. ¡Oh, qué espantosos recuerdos me hacéis evocar! El resto de la caravana me pasó por encima, ¡lue algo horriblel. .. Mi morada, mi be- llo botellón, quedó reducido a un puñado de arena que el viento dispersó en aquel inmenso desierto. Todo sucedió sin que persona alguna advirtie- se tamaña pérdida, y allí quedé, solo y sin amo, a merced del viento salvaje que me llevó de aquí pa- ra allá. .. Desde entonces he viajado como turista, por así decirlo. ¿Os imaginóis unas vacaciones de más de dos mil años? Ha sido inmensamente ago- tador; por eso busqué un hogar. Supuse que esta lata, aunque humilde y sin lujo, resultaría igual de cómoda y mucho más sólida que una botella; sin embargo, ya lo veis, algún torpe volteó la pila del supermercado y provocó la catástrofe que me envió a la mesa de las alertas. Por Fortuna, Aló te puso en mi camino y vos me comprasteis. Al escuchar el relato, la abuelita entendió que Aló la había puesto dos veces en el camino del ge- nio: la primera, cuando intentó tomar la lata de abajo de la pila y, la segunda, cuando compró la 1I r r1 alerta. ”En todo caso —pensó— no es mi culpa ser corta de estatura no der alcanzar las latas de Y P0 arriba", y se alegró cle que el metal no luera trans- parente y, por tanto, de que el genio no pudiera ver la cara de la persona ”torpe” que causó semejante desastre en el supermercado. En un intento por cambiar el tema, preguntó: —¿Y esa pipa? No se parece a las de Las mily una noches. — ¡Oh, no! Es un recuerdo turístico; me la apro- pié cuando a un marinero holandés se le cayó al mar. ¿Verdad que es pintoresca? Con una conversación tan amena, el tiempo vo- ló sin que Rigoberta lo advirtiera. El almuerzo pronto quedó listo y sus nietos, Susana y Fernando, llegaron de la escuela. El genio, que no quería ser descubierto por na- die mós, se apresuró a introducirse en la lata, y co- mo Rigoberta tampoco estaba dispuesta a compartir su secreto, la guardó con rapidez. A partir de ese día, la Familia García dislrutó de opíparas comidas preparadas siempre a tiempo
  9. 9. i" l u-uriiilixiiuubfli. -Qt
  10. 10. y de una abuelita que se las arreglaba para hacer mil cosas sin latigarse; por el contrario, se mostraba contenta y con deseos de contar todos los cuentos que los chicos le pedían, y los que no pedían, lam- bién. CAPÍTULO rr Misterio que se “huele" / ' El repentino cambio en el comportamiento de Rigoberta, sumado al olor a tabaco que ya era habitual en la cocina, desconcer- taba a la Iamilia. —Te digo que huele a pipa; ¿crees que la abue- la haya empezado a lumar? —No, Fernando —meditó Susana—, no lo creo; si Fuera así, alguna vez habríamos encontra- do el tabaco. .. o, talvez, la pipa; además, ¿por qué ocultarlo? Ya es bastante grande como para hacer lo que quiera. -Sí, y es raro porque las mujeres no luman en pipa —insistió Fernando—. Entonces. .. ¡tiene novio!
  11. 11. '12 El papá, que escuchaba la conversación algo dis- traído mientras leía el diario, reaccionó alarmado: —¿, _Mi madre? ¡Mi madre! —¿Crees que a su edad. ..? —intervino la ma- mó, alcanzóndole un vaso de agua y una aspirina. , —¿Qué tiene su edad? —interrumpió Susana al tiempo que recogía las hojas del periódico que el papá había dejado caer en su sobresalto. -Yo insisto: por lo distraído, debe estar enamo- rada —agregó Fernando y mostró, como si luera una prueba írrelutable, la lata de puré de tomate va- cía—; miren, guardó la basura en el ropero —y, lue- go de exhibirla, la metió en la bolsa de residuos que sacó a la calle justo cuando pasaba el barrendero. Fernando ignoraba que ese acto suyo, tan sim- ple y cotidiano, devolvería la normalidad a sus vidas, si es que puede hablarse de ”normalidad” cuando se convive con una abuela como Rigoberta, más insólita que una caja de sorpresas. Esa noche, en casa de la Familia García na- die pudo comprender el origen del mal humor de Rigoberta: ¡Qué rabieta por una simple lata vacía y abollada! «ü- xo
  12. 12. —Para mí que se peleó con el novio —comen- taba Fernando. —Y dale con esa idea del novio. .. —suspiraba el papá, a quien parecía no agradarle que su ma- dre tuviera un romance. —Bueno, tampoco es tan descabellado —opinó la mamó—, después de todo apenas si acaba de cumplir los sesenta. .. —¡¿Tantos? ! —exclamó incrédulo Fernando. —Hoy día no son tantos, apenas la edad míni- ma para jubilarse —agregó la mamá a modo de ex ícación. pl Mientras tanto, en la cocina Rigoberta lamen- taba en silencio la pérdida irreparable de la lata y, con ella, de su amigo el genio. Durante el poco tiempo que duró con él no sólo había dislrutado de su magia, sino de su compañía. Era agradable encontrar a alguien que la escuchara, alguien con quien conversar. .. Y ahora le costaba aceptar que no volvería a verlo. Decidió guardar el secreto el resto de su vida porque, aunque lo revelara, ¿quién iba a creerle? u CAPÍTULO m Un zapato viejo v a Ala mañana siguiente, Rigoberta se levantó aún lastidiada. A decir verdad, su estado de ónimo había em- peorado. La rabieta de la noche le impidió dormir y, ya de madrugada, después de dar vueltas y vuel- tas en la cama, decidió levantarse para ir a com- prar panqués recién salidos del horno. Abrigaba la esperanza de que un buen desayuno lograra cal- marla. Salió a la calle en medio de la neblina tan ca- racterística de los amaneceres invernales de Buenos Aires. — ¡Puoj! Lo único que loltaba —protestó—, esta humedad espantosa. .. -y, dando rienda suelta a ¡’r5
  13. 13. su enojo, aprovechó la soledad del momento para patear con rabia un zapato viejo que, en medio de la vereda, se puso a su alcance. —¡Aaay! —escuchó un lamento mientras el za- pato volaba por el aire y caía como a veinte metros delante de ella. Cuando llegó al lugar donde yacía el zapato, se detuvo y lo tocó suavemente con la punta del pie. ‘¿Estará vivo? ”, pensó extrañado. La respuesta no se hizo esperar: —¡Oh, mi ama! ¡Qué alegría! —escuchó a sus espaldas—. ¡Cuánto regocijo! Mi júbilo es inlinito. La abuelita miró en dirección del torrente de pa- labras y vio, en medio de la niebla, un par de ojos y una pipa que conocía muy bien. —¡Mi querido genio! —exclamó contagiado de dicha. —Así es, así es, mi dilecta Rigoberta y nueva- mente mi ama; el destino ha querido que volvié- semos a encontrarnos. Aló es misericordioso y yo soy afortunado; sí, muy afortunado porque, en los miles de años que tengo, os aseguro que habéis si- do mi mejor ama, mi ama Favorita. Mi allicción lue me
  14. 14. inmensa al pensar que no volvería a veros y que quien sabe quien seria mr próximo amo. —Pero, ¿puede saberse qué hacias en ese za- pato viejo y cómo llegaste allí? —Llevadme con vos y luego os lo contaré. Dicho esto volvió a meterse en el horrible y sucio zapato. -¿Tengo que cargar esta inmundicia hasta la casa? —pregunto la abuelita y, ante la Falta de res- PUGSÏG, lUvo que recogerlo para acarrearlo consigo. La niebla comenzaba a disiparse y ya clareaba el día cuando don Ruperto, que sacaba a pasear al perro, saludó muy sorprendido a la vecina que regresaba a su casa llevando un zapato viejo y se- midestruido. Rigoberta entró en la cocina, depositó su carga sobre la mesa y puso a calentar el agua para el té. -¡Qué barbaridadt, me olvidé de los pan- ques. .. —se lamentó- Claro, no iba a ir a la pa- nadería con esto a cuestas —y mirando el zapato, agregó—: bueno, no importa, ya puedes salir, ge- nro, ya llegamos. e -Oh, mi benemérita ama Rigoberta, me pare- ció escuchar que deseabais panqués; no os preo- cupéis, ya mismo os complazco. Y una charola repleta apareció lrente a la abue- lita. —'Hummm! ‘Qué a etitosos! No tienen nada r r P que envrdrarles a los que comí una vez en París. .. Gracias, gentil nubecita con ojos; y ahora quiero que me digas qué pasó con tu lata de puré de tomate. —¿Qué pasó? ... ¿qué pasó? ” Pues sucedió que la hojalata no es tan indestructible como yo supo- nía y ésta resultó tan lrógil como el lino cristal de mi anterior botella; sólo que esta vez no lue una carava- na de camellos, sino un moderno camión compactador de basura el que destruyó mi morada. ¡Fue horrible! Casi quedo prensado para siempre entre esas pare- des metálicas. Pude escapar y me retugié en el primer lugar disponible que encontré; alguien acababa de lanzórselo a un gato callejero que con sus molestos maullidos no dejaba dormir al vecindario, y allí pasé la noche, hasta que vos me encontrasteis nuevamente. ¡Gracias, gracias, gracias y mil veces gracias! -No exageres; Fue pura casualidad. Ahora de- bemos resolver un problema mucho más serio. —¿Cuól? J 19
  15. 15. —Este zapato no puede quedarse aquí; volve- ríon a tirarlo o lo basura, como posó con la lata vacía, o si lo conservo, me tomarán por loca y ter- minaré en un asilo. —Sois una mujer muy inteligente y sé que halla- réis la solución adecuada. —¿Yo? Por qué yo, si el genio eres tú. —Lo sé. —Entonces, ¿por qué no te procuras una mora- da apropiada? -No puedo; creedme, es lo único que no puedo. Mi hogar desaparecería en el mismo instante en que me introdujese en él, ¿comprendéis? No puedo usar la magia para mí mismo, por eso, llamadme cuando hayáis resuelto este intortunodo conllicto. Me retira- ré o descansar, he pasado una pésima noche. Y desapareció dentro del zapato, dejando per- pleja y pensativa a Rigoberto. —Vaya problema. .. y tener que pensar, siempre me da hambre —meditó, mientras comía el sexto y último panqué. Y, como también ella había pasado malo noche, se quedó dormida con la cabeza apoyada sobre lo mesa, muy cerca del zapato viejo y maloliente.
  16. 16. CAPÍTULO rv Un puerquito atcanci a _ n, sí encontró Susana a su abuelita y, muy alormoda, la llamó: — ¡Abuelo, abuela! ¿Qué te pasa? Rigoberta despertó justo a tiempo de impedir que su nieta, apretóndose la nariz con uno mano, tirara, con la otra, el zapato por la ventana. — ¡No00! -y el grito detuvo el gesto de Susana. —Bueno, está bien; yo creí que estabas desma- _ __ yada y. .. no es para menos; esta cosa huele horrible v-r" ‘ _ _ . » . V y, además, ¡sobre la meso! A quién se le ocurre. .. ‘ i ' __ A -— -Para mí es algo muy valioso y no permitiré ' _ A , , que nadie lo tire a la basura. Voy a guardarlo en ' “ mi pieza y no se hable más del asunto.
  17. 17. Sin mós, abandonó la cocina deiando a Susana estupetacta y muerta de curiosidad. Primero tanto alboroto por una lata abollada y ahora por esa in- mundicia de zapato. ”Qué hago, qué hago ahora”, pensaba Rigober- ta ya a solas en el dormitorio y dando vueltas alre- dedor del zapato. "Susana tiene razón, esto huele espantoso. Quisiera comprar algo conveniente, pero no me atrevo a salir cargando este ridículo zapato y tampoco puedo arriesgarme a deiarlo; sucedería lo mísmo que con la lata de puré de tomate. ¿Qué puedo hacer? ". —¡Ya! —gritó de pronto chasqueando los de- dos como siempre que se le ocurría alguna idea brillante—. Sí, ya lo tengo —y acto seguido invocó al genio. —Y ahora, ¿qué sucede? —Sucede que se trata de TU casa y, por lo tan- to, es TU problema. Comprendo que no puedas em- plear tu magia para ti mismo, pero lo que sí puedes hacer es pensar, porque para eso eres un genio, ¿no? Entonces, espero que me puedas decir lo que debo hacer. —¡Ay, mí amable y encantadora amal, cuánto quisiera complaceros, pero no puedo; veréis, resul- ta que soy capaz de eiecutar, gracias a mi magia, acciones imposibles para cualquier ser humano, mas no puedo pensar. Ya lo veis, no soy apto para pensar y, debido a esta causa, soy vuestro esclavo y estoy a vuestras órdenes porque no pienso, sólo obedezco y eiecuto; ¿comprendéis ahora? MI pro- blema, como vos lo llamasteis, se transtorma enton- ces en VUESTRO problema, ya que yo os pertenezco, ¿no lo creéis así? Resolvedlo, pues; yo aguardaré. Tras el elocuente discurso, el genio volvió a de- ¡ar a la abuela azorada y boquíabierta. Bien sabía ella lo ditícil que era convivir con una Familia entro- metida que se creía con derechos para meterse en su pieza y revisar sus pertenencias como sí fueran propiedad pública y no privada, como se suponía que debía ser. -¡Ja, vaya genio! —se lamentó y volvió a en- trascarse en sus pensamientos, aunque no por mu- cho tiempo, ya que a Rigoberta las ideas le brotaban como capullos en primavera. Metíó el zapato en una bolsa que ocultó baio la cama y salió de compras, decidida a pasar primero
  18. 18. por la cerraiería a tin de comprar un candado para la uerta de su dormitorio. P A media mañana regresó con una bonita alcan- cía, de gran tamaño y Forma de puerquito, además del enorme candado que instaló en la puerta, para asombro de su Familia. —Genío, genio —llamó, pensando que desco- nocía el nombre y el apellido del singular persona- ¡e—, ya volví; mira, ¿qué te parece? Creo que nadie se opondrá a que ahorre un poco de dinero, ¿no? A propósito. .. ¿cómo te llamas? —Abdul Abdón Abedul, pero podéis llamarme simplemente Abdul, es más breve. .. ¡Oh, qué ven mis oios! Me imagino que no pretenderéis que viva en la panza de un cerdo; eso, ¡iamós! La abuelita quedó sorprendida ante las preten- siones del genio, pero no podía obligarlo a entrar en la alcancía. Fue imposible tratar de doblegar su voluntad, y todos sus esfuerzos por persuadirlo tracasaron. -Te aseguro —trataba en vano de convencer- lo- que es un plástico de buena calidad, irrompi- ble y‘ durable; tiene garantía por 104 años y me costó muy caro.
  19. 19. —Comprendo vuestras buenas intenciones y por ello os recompensaré con este rubí —y puso Frente a sus oios una hermosa piedra ro¡a—, mas no me introduciré en las entrañas de ese animal. Has de saber que yo soy musulmán. Rigoberta ignoraba las creencias y costumbres musulmanas y no sabía qué hacer con un genio al que suponía caprichoso. Decidió no contradecirlo y aceptó el rubí que le ofrecía. Nuevamente tomó la cartera, cerró la puerta con el candado y salió a la calle. ”Este genio me está causando demasiados pro- blemas”, pensaba por el camino, ”pero está visto que no desea irse de casa; no me abandonará tá- cilmente y, por lo tanto, debo encontrar. ..”. Los pensamientos de Rigoberta se estumaron Frente a la vidriera. Quedó absorta y con la bo- ca abierta mientras observaba el obieto que, de- trás del vidrio, resplandecía como un sol y parecía invitarla a comprarlo. Parecía caro; sin embargo, disponía de una gema preciosa y podía darse el lu- ¡o de comprar lo que tuera para Abdul, a quien ya consideraba un amigo incondicional. Por tin decidió entrar para averiguar el precio. CAPÍTULO v Morada de ¡UJO _ igoberta retornó al ho- gar tan radiante Égmo la tuba que transportaba. —A ver. .. a ver. .. déiame adivinar -la recibió Fernando con tono irónico—, ¡ya sél, te contrata- ron en el circo para tocar en la banda. —Muy gracioso, ¿eh? —No le hagas caso, abuelita, y cuéntanos pa- ra qué traiiste ese instrumento —pidió Susana—; ¿acaso piensas estudiar música? —No, sólo quiero redecorar mi dormitorio y me parece que quedaría muy bien como adorno, ¿te gusta? 33
  20. 20. Convencer a los chicos de sus aparentes propó- sitos iue Fácil. No así a los padres. ¿Por qué todos tenían que opinar, como si ella no Fuera una perso- na adulta, con vida propia? —Pero, madre. .. debe haberte costado una tor- tuna —comentó Carlos mientras admiraba el instru- mento. Y acertó. Aunque ignoraba —por supuesto- que Rigo- berta, para poder comprarlo, había tenido que ven- der el rubí que le había regalado su amigo el genio. Ella estaba resuelta, y pensó: "después de todo, ¿para qué puedo querer yo una piedra preciosa? Abdul me la obsequió y a él le compré una casa nueva". —Y si me costó una Fortuna, ¿qué? En todo caso es Ml dinero y puedo gastarlo como quiera. .. Y sin decir más, dio media vuelta, deiando a to- dos con la boca abierta; se fue hacia su dormitorio, cargando el instrumento. Instaló la tuba en un rincón de la habitación y, ya a solas, llamó: 34
  21. 21. —Genio Abdul, ya puedes salir de ese zapato inmundo. ¿Qué te parece tu nueva morada? — ¡Oh, virtuosa y honorable ama, qué generosa sois! Es. .. es bellísima, sensacional, imponente, y sus líneas arquitectónicas son de una armonía increíble. Cuánto lujo, mi bienamada Rigoberta; además, es de suponer que mi nuevo hogar tendrá mejor aroma que. .. que. .. que esta cosa. Y, mientras el genio se mudaba, la abuelita se apresuró a tirar a la basura el zapato en cuestión. ”Por tin todo solucionado y en orden”, pensaba, convencida de que ya podría despreocuparse y dis- frutar de los beneficios de tener un auténtico genio a su servicio, ya que, hasta ese momento, sólo le había ocasionado inconvenientes. Aún no se atrevía a aceptar que Abdul no sólo era un ”genio a su servicio", sino también una in- comparable compañía. Miró hacia la mesita de luz vio el cerdito al- Y cancía que parecía reprocharle su inutilidad y se dijo a sí misma: ”pobrecito, cómo no va a tener ojos tristes, si no hay nada peor que una existencia sin sentido". 36 , ' — un Recordo, entonces, que la vefiita dlel aro — ia - descontando la compra de la tu a e_ C| P porcionado una importante suma de dinero, y se apresuró a guardarla en la ilamante alcunCKJ- ”Ya decía yo que Para al9° ¡ln ° 597V“ Y: ‘EW contenta, se Fue al cine a ver su Pel'c”l° Praia" a‘ Lo que el viento se llevó. La alegría y la tranquilidad de la abuelita du- raron tanto como la película, P°’°i”°r ‘¡l regresar’ nuevos problemas la aguardaban. 37
  22. 22. s5 u < s; CAPÍTULO vi La tuba inundada . , .l entrar en la casa, Rigoberta presintió que algo andaba mal. La au- sencia de los nietos la alarmó y pensó que estarían castigados. Corrió al dormitorio y, al entrar, el horror quedó pintado en su cara: el candado estaba iorzado, la ventana rota y la habitación era un desastre, ¡toda inundada! Lo primero que hizo Rigoberta iue dirigirse ha- cia la tuba y comprobar que estaba llena de agua. Pasó como una exhalación Frente a su hijo y su nuera, cargando el instrumento. i-i 39
  23. 23. ¿Era posible que Fernando y Susana tueran los causantes de semejante desastre? Eran muy travie- sos y metiches, pero algo así. .. ¡era el colmo! Carlos y Marta observaron perplejos cómo, lue- go de vaciar la tuba en la pileta de la cocina, la secaba con esmero. En vano trataron de explicarle que no era necesario, que el bronce no se oxida y que era mejor dejarla secar naturalmente. Rigoberta continuó en su tarea y, de tanto en tanto, soplaba la boquilla con Fuerza, arrancóndole espantosos sonidos. —Creo que se ahogó —Fue el desconsolado la- mento. Carlos, por supuesto, no entendió a qué o a quién se reiería y trató de consolarla: -No exageres, madre; mañana, cuando esté bien seca, volverá a sonar como nueva. Lo impor- tante es que los bomberos lograron sotocar el cona- to de incendio. .. ¿Un principio de incendio en su pieza? Y Rigoberta -que no deseaba dar explicaciones acerca de la existencia del genio- regresó a su habitación con la tuba bajo el brazo y desbordando Furia. mi 42 -Carlos, otra vez tu madre esta haciendo be- rrinche; yo no sé qué le pasa últimamente, pero me preocupa muy seriamente; además, se enoja por cualquier cosa. —Sí, es verdad, a mí también empieza a preo- cuparme; ella siempre tuvo tan buen caracter. .. Además, hay algo misterioso, no sé cómo explicar- lo, pero presiento un peligro. .. aunque no se. .. —Quizó esté cansada; el trabajo de la casa es agotador y ella ya no tiene edad para tanto trajín. Menos mal que los chicos dieron la voz de alarma, porque de lo contrario se hubiera quemado toda la casa antes de darnos cuenta. -Si iuera sólo cansancio. .. ¿Crees que acepta- ría salir unos días de vacaciones? Y, con las mejores intenciones, empezaron a planear un viaje para la abuelita. v-i 43
  24. 24. CAPÍTULO vii Un rncitentendido _ v i -a a solas en su dormi- torio, Rigoberta escuchó emocionada la voz de su amigo: -Debo pediros disculpas, mi queridísima ama, por tantas molestias, pero creo que este palacio de bronce no es apropiado, pues veréis, son increíbles las corrientes de aire que allí dentro se Forman, y eso es pésimo para mi etérea humanidad. .. o quiza, en mi caso, debería decir mi genialidad, que sale vo- lando con la mas leve brisa; además, no tiene puer- ta, y comprenderéis que así no tengo intimidad y. .. no es que yo sea pretencioso, pero. .. Rigoberta entendía los sentimientos de Abdul y la Falta de intimidad que también ella sutría, una 45
  25. 25. intimidad que invariablemente era invadida por al- guno de los miembros de la Familia. —Bueno, bueno, no me aturdas con tanto pala- brerío —interrumpió Rigoberta- y explícame por qué permitiste que creyera que te habías ahogado. -No ha sido esa mi intención, os lo puedo ase- gurar; sólo me quedé dormido dentro del cajón de los pañuelos, eso es todo; creo que el perFume a la- vancla embriagó mis sentidos y, claro, esto sucedió luego de que logré escapar a tiempo de esos horri- bles hombres que entraron rompiendo la ventana y Forzando la puerta, armados con mangueras que inundaron mi dorado palacio. Para Rigoberta no Fueron necesarias las expli- caciones; Fue Facil deducir los hechos y sus conse- cuencias: —Estabas Fumando dentro de la tuba, ¿no es verdad? —preguntó buscando la conFirmación de sus sospechas. Conociendo a sus nietos, la abuela pudo ima- ginar lo sucedido: seguro estaban espiando por el ojo de la cerradura y vieron el humo de la pipa y, por supuesto, si salía humo de la tuba era porque. .. 46
  26. 26. ¡se estaba quemandol, y cualquier chico normal hubiese ensado hecho lo mismo ue Susana P Y q Y Fernando: dar la voz de alarma y llamar a los bom- beros. Sin embargo, lo que no quedaba claro era por qué Susana y Fernando tenían que estar espiando el dormitorio de Rigoberta. No era la primera vez que aprovechaban su au- sencia para meter las narices por todos lados; ella había encontrado muchos indicios que ratiFicaban sus sospechas y meditó sobre lo ocurrido, sin poder decidir qué actitud tomar; ¡hasta eran capaces de Fabricar una ganzúa para abrir el candado! Tendría que cambiar la cerradura de la habitación y colo- car alguna más moderna, de ésas que tienen una clave y que se abren con una tarjeta. .. o algo más seguro; debería averiguar. Indudablemente que en Internet encontraría la solución. Y, mientras trataba de determinar qué hacer, Abdul Abdón Abedul la apremió una vez más: —Bueno, bueno. .. veo que el problema de mi morada aún no esta resuelto y no es mi deseo cau- saros mas molestias, pero creo, mi dulce y paciente ama, que deberíais pensar en algo y. .. ¡pronto! 4a CAPÍTULO viii ¿Un viaje? l Rigoberta había reco- i - ii/ ncerró en lO brado su habitual buen humor y Se e cocina para preparar la cena. Con la ayuda de Abdul sorprenfdió a lO iflmill‘? . i . cocinando para cada uno su plato avori o ' des hacer —Maclre, n° c°mprend° °°"‘° P“ m6 , f m o —come todo esto tu sola y en ta; P°C° 'e p Carlos un poco sorprendi o. —Sí —continuó Marta’, me Par“? que es di; . - reo sinceramen masiado trabajo para usttéd/ Y C que se merece unas vacaciones. Si están planeando sacarme de la iU9°d°' . - ' ‘ ’ l do. olvidenlo; no pienso irme a ningu“ a 49
  27. 27. La respuesta de Rigoberta Fue rotunda, y nadie se atrevió a insistir. Esa noche el genio quedó alojado —de mane- ra provisional- en el cajón de los pañuelos, y la abuelita le hizo prometer que, hasta conseguir una vivienda deFinitiva, no Fumaría su pipa. —-No deseo que mis pañuelos huelan a tabaco; me gusta el aroma a lavanda y, además, tampo- co quiero una inundación en la cómoda —advirtió amenazante Rigoberta. La tarde siguiente la dedicó a pasear y mirar vidrieras en un intento de inspiración que le permi- tiera elegir algún artículo adecuado para albergar a su amigo genio. Después de mucho caminar y ver toda clase de objetos, se decidió por un maletín de viaje, de esos que se usan como ”equipaje de mano". El vendedor le explicó que tenía el tamaño ideal para viajes en avión, ”con rueditas y una manija extensible” para no sentir el peso y Facilitar su transporte, y ”muchos bolsillos externos que permiten ordenar el conteni- do”; una verdadera maravilla de material resistente e indiscreta color rojo. i‘. 52 Cuando la Familia la vio regresar con la valija, comentó: . . . t" n_ —Se va, la abuela se va de Vlale: "° l° e" 'e do, creí que había rechazado nuestra P’°P°e5i° de tomarse vacaciones. .. —A lo mejor se va de luna de miel- - ¡Fernando! -interrumpió el papa—, "0 m5‘? tas en esa tontería. —Fernando tiene razón} C‘ mi Famblé" me pa’ rece que la abuela tiene novio, Y e" el C°| °" de l°5 pañuelos guarda su pipa. . - ' oleste _Quendo, yo entiendo que la idea ti: m dre . . z ' ue u ma _C| ¡¡° [a mgma—, pero lo cierto es q se comporta más raro que de costumbre; además, , ' como GT0 todavia es. .. bueno, eS bflsicmie | °V°“ p volver a casarse y. .. tiene derecho. Nada de eso! —negó molesto el papá-i l° _¡ . _ , - ' as vacacio- mas Pmboble es que Plensï Fc-‘¿Ïinar un durante la » - ' er nes. Marta, tu misma le diste a i ea a)’ I _ . ., . Se. cena; lo habra pensado mel°r Y dead” " —Sí Pero ella d¡Í° qUe ”° pensaba ¡r a ningún Í lado —recordó Susana.
  28. 28. Y la Familia siguió con sus conjeturas, tratando de manipular la vida de Rigoberta, mientras ella, ajena a estas maquinaciones, mostraba al genio la nueva adquisición: — , ¿qué te parece? —Parece apropiada a mis necesidades, aun- que, luego de todo lo que he pasado en estos últi- mos tiempos. .. —consideró Abdul Abdón Abedul — , creo prudente ponerla a prueba antes de emitir mi opinión. El genio se instaló en la Flamante mansión con la esperanza de que Fuese su residencia deFinitiva, Durante un par de semanas, la vida en la casa de la Familia García pareció haber vuelto a la norma- lidad. Comidas opíparas adornaban la mesa; orden y limpieza impecable en todos los rincones; ropa inmaculada en los roperos, y una abuelita contenta que ya no protestaba por el trabajo de la casa. La tuba Fue vendida a un conservatorio de músi- ca y la maleta roja ocupó su lugar. Nadie volvió a mencionar un viaje o un posible noviazgo que alejara a Rigoberta de ese hogar. ( 54 i? ?? C O CAPÍTULO ix La tia Fortunato _“= Jgoberta se sentía tan aliviada con el ‘trabajo de la cas: —gJacia: í: i: ayuda de su amigo Abdul— que a ora |5P° tiempo libre para ella. . . ‘ ' ' scri- Volvio a Frecuentar algunas amistades, 59 ‘[1 bió en un gimnasio; tomó clases dp cglrjitae mit: - , . w nes e matica, y no se perdio una sola de as. ncio cine en que se exhibía su Pelícukï Wechlecmi L° que el viento se llevó. Y esa tarde, cuando regresó del cine —todavia spirando emocionada—, sobrevino la catastroFe. su . . . » ' i ¡la valija roja habia desaparecido» _¡No está! —vociFeró—; me robaron la vali- ja. .. ¡Llamen a la policial 55
  29. 29. Y los gritos atrajeron al resto de la Familia. —¿Qué pasa, madre? —¡Cómo qué pasa! , ¿no ves que entraron la- drones? Mi valija roja no esta. -No, Rigoberta —explicó su nuera Marta—; no tiene por qué alterarse, su hija Fortunata se la llevó prestada. .. —Sí, abuelita —corroboró Susana—, la tía Fortunata tuvo un viaje imprevisto y se Fue a Francia, a un congreso de no sé qué a la Universidad de la Sorbona; tú ya sabes cómo es eso. .. —La tía siempre viaja —continuó Fernando—, y a último momento se le rompió su maleta y tomó prestada la tuya. .. —Madre —intervino Carlos—, Fortunata vuelve en una semana, y no creímos que te molestara por- que. .. total, tú no la ibas a usar, ¿o sí? -No, no, ero debieron haberme consultado, P ¡estoy harta de que no me tomen en cuenta. ..! Otra vez la Familia había tomado decisiones so- bre su vida y sus pertenencias sin ningún respeto, sólo porque la consideraban una anciana o, peor todavía, una cosa, un objeto de uso Familiar. 56
  30. 30. —Pe ro, madre, no estabas para preguntarte y me parecio un egoismo negársela. .. ' Rf ¡Qué egoísmo ni qué ocho cuartos! —protes- io igoberta para disimular las ganas que tenía de ponerse a llorar-. Y ahora salgan todos de aquí. quiero estar sola. l P , . , w me“? f0" °"°I0d0, que ninguno se atrevio a C°”l’°deC"'lG, y salieron calladitos del cuarto p. )Al queda’ 50l0, cerró la puerta con llave y sus- iro: —Yo quiero mi maleta roja. .. —Vuestros deseos son órdenes para mí I láqziïlflrrïs se escucharon con claridad en la so ' " - - . . e a U e ° ab'i°c'°n )’, de inmediato, la valija aparecio en su lugar. Estaba abultada y con las eti- queifls que le ponen las aerolíneas al abordar el avión. ' —No puede ser — balbuceó Rigoberta— . Abdul, ¿como lo hiciste? _P , . . , ues muy Facil. tu expresaste un deseo, que para mi es una orden, y entonces la ejecuté tal Í como corresponde a un siervo Fiel. 58 —Pero. .. pero. .. —Pero qué tiene de extraordinario este simple hecho; no os entiendo, mi querida Rigoberta. —Yo soy la que no entiende cómo pudiste saber lo que deseaba si, se supone, estabas dentro de esa valija, en un avión, rumbo a Europa y a miles de kilómetros de aquí. -Error, error, mi inigualable ama y señora, ¿quién os dijo que yo estaba allí? Yo estaba dentro de tu bolso, en el cine, contigo. — ¿Cóoomo? —Así es; no quisiera acusar a los niños, pero, cada vez que os alejabais de esta habitación, apro- vechaban para hurgar en todos los rincones, y lo mas molesto es que jugaban con mi pipa. ¿Sabeis lo que hicieron ayer? Pues nada menos que pompas de jabón con ella, ¡imaginaos mi contrariedad! Hoy el tabaco tenía sabor a detergente. Vuestros nietos siempre se las ingenian para entrar, pese a todas las cerraduras que instalóis. .. Por lo tanto, decidí acom- pañaros al cine y poner a resguardo de esas sa- bandijas mi pipa y mi persona; ademas, y por qué negarlo, sentía gran curiosidad por ver esa película 59
  31. 31. que tanto os gusta; y, a propósito, ¿sabéis que me agradó mucho? Es la mar de romántica. Rigoberta quedó muda de asombro ante la perorata de Abdul, hasta que reaccionó: —Pero, entonces, si tú estás aquí, la valija ya no es necesaria y, si ella también está aquí. .. —Creo saber cuáles son vuestras deducciones. Veamos si acierto: Fortunata no tiene equipaje y arribaró a Francia desprovista de lo necesario, in- cluyendo sus notas para la conFerencia que debe dar en la Sorbona, ¿me equivoco? —¡Adivinaste! Y ahora, ¿qué haremos? —Simpótica y noble ama, sólo debéis expresar vuestro deseo de retornar la valija al avión, y ¡asun- to concluido! —Sí, sí, deseo que Fortunata recupere la ma- leta. Y Fortunata, a quien estaban por servir la comi- da en el avión, se encontró, sin saber cómo, con su valija sobre la bandeja. 62 CAPÍTULO x Otra vez el desdloi 0 u, » ' i igoberta comenzaba i , j . a desesperarse. Cada vez que creia ‘haber encon ra clo una solución al problema de vivienda de Abdul, algo sucedía que echaba a perder las cosas, y todo volvía a empezar Era una situación interminable. Desde aquel día cuando había comprado UDG lata de puré de tomate en oFerta, tuvo mÓS d°l°re5 de cabeza que satisFacciones. "Esto m_e pasó por comprar mercadería bara- , , , , ta”, se dijo, sin querer reconocer que esa oFerta había cambiado su vida. ”Tengo la mflnïü de °P"°' , . , , vechar las oFertas, pero la proxima VeZ-n - Una idea Fugaz cruzó su mente y los ojos libri- n o ÍÍ ' llaron con malicia. "NO, "0 , Pen”: Y de “me '°F° 63
  32. 32. la desechó porque, a pesar de las molestias cau- sadas, se había encariñado con el genio. Era su amigo y compañero, el único con quien podía man- tener una conversación adulta y proFunda, pues comprendía sus sentimientos; ademas, compartía sus gustos cinematográficos. Sin embargo, la ten- tación de brindarle —como morada- una sólida cápsula espacial donde poder enviarlo para siem- pre al espacio exterior, Fue tan grande que el genio preguntó: —¿Qué estáis tramando, mi bienamada Rigo- berta? Vislumbro un brillo extraño en vuestra mira- da y esa sonrisa no presagio nada bueno. — ¡Qué cosas se te ocurren! —se apuró a con- testar— ; a pesar de todo me resultas muy simpático y amigable. —¿A pesar de todo? ¿Qué signiFican esas pa- labras? —Eeeeh. .. La respuesta quedó inconclusa porque otro pen- samiento cruzó como un rayo, y en sentido contra- rio, el cerebro de la abuelita. Cuando algo la preocupaba, siempre sucedía lo mismo: las ideas iban y venían, se cruzaban, 64
  33. 33. surgían y hasta rebotaban en su cabeza. Y, una vez más, esa cabeza suya había entrado en ebullición. Desde que Abdul Abdón Abedul había salido de la lata abollada, todas las posibles moradas des- Filaron por la mente de Rigoberta hasta detenerse en la tuba. Allí, humo, Fuego, agua, incendio, bom- beros. .. Fijaron —por asociación- otra imagen: extinguidor. —¡Ya lo tengo! —gritó saltando en un pie. Y saltaba realmente en un pie porque, mientras repetía "ya lo tengo", se cambiaba los zapatos pa- ra salir de compras. Un extinguidor podía resultar la solución ideal: un hermosísimo extinguidor rojo brillante adornaría su dormitorio; un verdadero toque de elegancia y buen gusto. Además, luego de los recientes acontecimientos provocados por sus nietos y relacionados con la tu- ba, era lógico tomar precauciones. Por consiguiente, semejante arteFacto no llamaría la atención. ¿Quién podría sospechar que no Fuese lo que aparentaba ser? Y, en caso de emergencia y ante el menor deseo de Rigoberta, el genio se encargaría de extinguir cualquier incendio sin crear sospechas. 66 Un extinguidor es uno de esos objetos que ins- piran respeto y que nadie se atreveria «¡i ulslar para _ . . . n jugar, ¡ni siquiera Susana y Fernando. E 05 97° traviesas, pero no tontos. Cuando terminó de acicalarse, Rigoberta se 0lI0 cuenta de que ya era de noche y que, entonces, los negocios ya estarían cerrados. —Qué elegante estáis, bella dama -se le ocu- rrió comentar al genio. Y, al escucharlo, pensó que después de esme- rarse tanto en su arreglo sería un desperdicio irse a dormir. Tampoco tenía sueño; entonces se Fue nue‘ vamente al cine y por quincuagésimü 5éPl"“°_ Vez vio, en la Función de medianoche, Lo que el Viento se llevó. Como Fortunata había recuperado su maleta, el genio no tenía lugar donde reiugiarse, Y Rlgrbeï“ pensó que podía continuar dentro de su bo U- rante algunas horas más. Un poco de compania no le vendría mal, y lo invito al cine: _¿5gbes una cosa, genio? , cuando yo era jo- vencita asistí al estreno de esta película y te aseguro que hasta ahora no he visto otra mejor. 67
  34. 34. —¡Oh, mi dulce y romántica amal, no dudo de que así sea porque, ¿cómo vais a ver otra mejor si siempre veis la misma? —Sí, es cierto, pero, ¿para qué arriesgarme con una nueva y desconocida? Es mejor ver una que ya sé que es buena. —Hola, abuela —saludó el empleado de la ta- quilla— ; ¿otra vez por aquí? Le va a convenir sacar un abono. .. Rigoberta estaba por contestarle que ella no era su abuela, pero calló y se acomodó en el lugar acostumbrado. No quería que nada arruinara la velada y deseó palomitas de maíz; esa noche hasta el acomodador se hartó de comer palomitas. Todos los espectadores se asombraron de que esa mujer pudiera guardar tantas palomitas de maíz en su pequeño bolso. 70 CAPÍTULO xi Atoj (¡miento definitivo 7'? i‘ f" l Tor la mañana, Rigobef‘ ta recorrió algunas empresas especializadas en ele- mentos contra incendios y, al mediodia, U" C°m'°“C'l° rojo muy llamativo decorado con granCleS Carteles I . u v publicitarios a los lados, se detuvo Frente al domicilio de la Familia García. Algunos vecinos curiosos observaron a un par de empleados que entregaban a Rigoberta un extingui- dor Flamante, también color rojo. Todos consideraron que era una adquisicion exce- lente y la Felicitaron por ser tan precavida y tener, como siempre, ideas prácticas, sobre todo lujgo del incidente de los bomberos que hablo Glüfmü 0 0 ° do el barrio. ¡ [le j 7]
  35. 35. La Familia ayudó a colgarlo en el dormitorio de Rigoberta y sacó varias Fotos donde pasaba son- riente a los lados del extinguidor. Aunque nadie se atrevía a mencionarlo, ese asunto reciente del conato de incendio todavía no había sido aclarado y causaba cierto malestar en todos los miembros de la Familia. Por supuesto los motivos eran diFerentes para cada uno de ellos, pero igualmente valederos. El genio expresó su conFormidad con su verbo- rrea acostumbrada: — ¡Es comodísimo! Me gusta, sí, me gusta, y no sabéis cuánto os lo agradezco, ‘ eternamente seré vuestro esclavo. ¡Oh, mi ama! , pedidme cuanto queráis y vuestros antojos serán un mandato que cumpliré al instante. Y habría continuado derrochando palabras si la abuelita no hubiera expresado su deseo: —Quiero ue te calles la boca de una buena q vez y que te retires a descansar. De inmediato la habitación quedó en silencio. Rigoberta se desplomó sobre su mecedora pensan- do, ”qué útil y agradable resulta tener un genio a s ¡I mi servicio, pero, ¡qué agotadorl". Y, mientras se mecía, se quedó proiundamente dormido. L0 9X‘ presión plácida de su cara hacia supïmer que “I” sueños estaban poblados con las imdgems ‘le’ a película vista la noche anterior. Ella era muy reman- tica y con seguridad que, en sueños, se IdentIFICObU con la heroína. f" 75 (¿tu
  36. 36. CAPÍTULO xii Vacaciones i ” on el alojamiento de- s: Finitivo de Abdul Abdón Abedul, Rigoberta creyó que sus problemas y sobresaltos habían terminado. —Mas no han concluido las diFicultades —ase- guró el genio—; ¿os dais cuenta de que toda la semana ha sido un perpetuo desFile para admirar mi nueva morada? —Tu morada no; mi extinguidor —corrigió Rigoberta. - Era verdad. Los amigos de Susana y Fernando, atraídos por la novedad, habían visitado la casa de la Familia García y, en especial, el dormitorio de Rigoberta, que se transFormó en algo parecido a 77
  37. 37. una sala de museo Tod ’ ‘U t | - . ' °5 querian tomarse una Foto l n 0 CJ extinguidor. —Mi ineFabIe Ri ob - » , . caso a vuestr 9 eno’ ¿por que no le hace“ a nuera y os tomais unas vacaciones? _5“9¡"¡Ó AbdUl—. Por lo menos hasta que cese l ¡nte ' - _ e res provocado por mi nueva mansión. Era una ro - por Ri b p puesta conveniente y Fue aceptada go erta, quien no hizo más que decir "Me gustaría estar en l ' ' i as islas Galapagos”, para encon- trarse sentada sobr e el caparazón de una ' ca tortuga. gigantes" , ¡No, no! Así no. .. —d¡¡o mgobeflo *¿Por qué? -Por ue no » . . o q me despedi de la Familia, y si no parezco, pronto darán parte a la policía —¿Eso es todo? “¿Te Pflrece poco? *Poco no mq , . escribid una ccirt ds :5 “lg? Facil de 5°l”°'°"°’¡ C‘ e espedida con las explicado. "es qUe creáis necesar'a de I . ' S Y expresad vuestro deseo que o reciban. —Bueno, pero tampoco tengo equipaje, ropa apropiada y mi cartera; ni siquiera tengo un zapato viejo donde te puedas instalar. —Excusas, excusas. .. y mós excusas, ¿para qué estoy yo? Puedo solucionar todo eso, menos lo de mi morada; sin embargo, allá en la playa veo una enorme concha de caracol que podrá cumplir ese propósito y, sin vuestros nietos cerca, no veo pro- blemas. Los argumentos del genio convencieron a Rigo- berta, que se limitó a decir: —Hablando de mis nietos. .. cuando regrese- mos, recuérdame que debo instalar alarmas en la ventana y en la puerta de mi dormitorio. .. A ver si así evitamos las intromisiones Familiares. Mientras tanto, en el hogar de la Familia García, ya acostumbrada a convivir con la impredecible abuelita, nadie se asombró al leer la carta; se limi- taron a extrañarla y esperar su regreso. Y, para aquellos que creen que esta historia ter- minó, les aseguro que aún no comienza. 81

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