La autora describe su experiencia estética al ver la danza "La hija pródiga" coreografiada por Gloria Contreras. Se sintió profundamente identificada con la historia de la hija que se enamora de un hombre mayor rechazado por su madre. Esto le hizo revivir experiencias similares con sus propios padres. Critica la subjetividad de la interpretación de Gloria Contreras y cree ingenuo aceptar su versión sin escuchar a la hija. Concluye reivindicando su rechazo a una moral controladora