Jesús fue condenado a muerte a los 33 años y ejecutado de la forma más cruel posible en la época, siendo clavado en una cruz con tres grandes clavos en sus manos y pies. Sufrió durante más de tres horas antes de morir desangrado, derramando todos sus 3.5 litros de sangre para salvar a la humanidad de sus pecados. Su muerte fue extremadamente dolorosa tanto física como emocionalmente para proveer a todos el acceso libre a Dios.