LA INMORTALIDAD DEL ALMA O LA RESURRECCIÓN                                             DE LOS CUERPOS                     ...
Ni unos ni otros han intentado hasta ahora refutarnos en el plano exegético, que esprecisamente el de nuestro trabajo.Este...
decidirnos a guardar silencio respecto a lo que, con la gran mayoría de los exégetas, tenemospor verdadero, y ello tanto m...
pletamente desinteresada, cuando las tumbas abiertas nos recuerdan sin cesar que no setrata simplemente de una discusión a...
Santo: "Ora vivamos, ora muramos, pertenecemos a Cristo."  A los que encuentran completamente inaceptable esta idea de sue...
INTRODUCCIÓN     Hacedle a un cristiano, protestante o católico, intelectual o no, la pregunta siguiente: ¿Quéenseña el Nu...
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de esa historia los acentos están diversamente distribuidos en los varios libros del NuevoTestamento. Sin embargo, el fund...
CAPÍTULO IEL ÚLTIMO ENEMIGO: LA MUERTE SÓCRATES Y JESÚS  En la impresionante descripción de la muerte de Sócrates que traz...
Así lo enseña y así es como muere en admirable armonía con sus enseñanzas, ese hombreque personifica el genio griego en lo...
muerte de Sócrates y la muerte de Jesús, vieron aquí con más claridad que los comentaristascristianos. Jesús tiembla realm...
Testamento subraya la plena divinidad (c.1,10), pero también la plena humanidad de Jesús,llega en su descripción de la ang...
Acabamos de comparar la muerte de Sócrates con la de Jesús. Porque nada muestra mejorla radical diferencia entre la doctri...
es una fe en un acontecimiento que lo sacude todo. La inmortalidad no es en el fondo más queuna afirmación negativa: el al...
CAPÍTULO IIEL SALARIO DEL PECADO, LA MUERTE, CUERPO y ALMA CARNE Y ESPÍRITU        El contraste entre la concepción griega...
Toda curación es una resurrección parcial, una victoria parcial de la vida sobre la muerte. Tales la concepción cristiana....
los filósofos griegos. Pero esos conceptos tienen un significado completamente distinto paraellos, y entendemos todo el Nu...
38), ver W. G. KÜMMEL, op cit., p. 16 ss.     Mas ¿cuál es la función de la carne (σάρξ) y del espíritu (πνέǔμά) en la ant...
nada su concepción de conjunto, es clara y característica la distinción entre "cuerpo" y "carne".     Por lo que al cuerpo...
10     Empleamos este término, que de suyo no es muy afortunado, a falta de otro mejor. Sin embargo, lo que quieredecir de...
resurrección; en ninguna parte hay un cuerpo espiritual; solamente en Jesucristo.11     La alusión a estas palabras "a cau...
radicalmente bajo esta influencia. Entonces y sólo entonces se explica cuanto ocurrió en lacomunidad primitiva. El Nuevo T...
El predijo la venida del reino para el futuro; pero por otra parte. Proclama que el reino es yarealidad, puesto que El mis...
Al grito de desesperación de Rom 7, 24"¿ Quién me librará de este cuerpo de muerte?",responde todo el Nuevo Testamento:. e...
muerte que ha de ser destruida. Fue en una época en la que la terminología bíblica era malcomprendida, a saber, en el sent...
Llegamos a nuestra última cuestión: "¿En qué momento tiene lugar esa transformación delcuerpo? No puede haber duda al resp...
-de una resurrección corporal que tiene lugar inmediatamente después de la muerte individual,como se admite con frecuencia...
habla del purgatorio.   Por consiguiente, los que han muerto en Cristo participan de la tensión del tiempo interme-dio. Pe...
ahí y sobre todo ahí, con Cristo se funda en otra convicción cristiana según la cual nuestrohombre interior ha sido ya pos...
vencida. El hombre interior despojado del cuerpo no está solo; no lleva ya una existenciaumbrátil, único objeto de la espe...
San Pablo, de sueño, de espera de la resurrección de toda la creación, de la resurrección del7        Ya hemos hablado más...
CONCLUSIÓN  Durante sus viajes misioneros, Pablo encontró ciertamente gentes que no podían aceptar supredicación de la res...
1     M. AURELIO, Med. XI, 3. Es cierto qlte abandonó cada vez más la fe en la inmortalidad.     La respuesta a la pregunt...
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Inmortalidad del Alma?

  1. 1. LA INMORTALIDAD DEL ALMA O LA RESURRECCIÓN DE LOS CUERPOS EL TESTIMONIO DEL NUEVO TESTAMENTO OSCAR CULLMANN PROFESOR DE LAS UNIVERSIDADES DE PARÍS y DE BASILEA TRADUCCIÓN DEL FRANCÉS POR ELOY REQUENA STVDIVM, ediciones Bailén, 19 Madrid-13 PRÓLOGOLa presente obra reproduce un trabajo que acabamos de publicar en Suiza1, del cual haparecido ya un resumen en diferentes publicaciones francesas. Ninguna de nuestras restantespublicaciones ha suscitado reacciones tan vivas como ésta, entusiastas las unas,violentamente hostiles las otras. Los redactadores de las publicaciones en cuestión han tenidola deferencia de remitirnos algunas de las cartas de protesta que han recibido de sus lectores.A uno de sus corresponsales, nuestro artículo le ha inspirado la siguiente amarga reflexión: "Alpueblo francés que muere porque le falta el pan de vida, se le brindan piedras en lugar de pan,cuando no son ya escorpiones." Otro parece tomarnos por una especie de monstruo que secomplace en suscitar la turbación en las almas. "¿M. Cullman, escribe, tiene una piedra enlugar de corazón?" Para un tercero, nuestro estudio ha sido "objeto de extrañeza, de tristeza yde viva inquietud". Algunos amigos que han seguido nuestros trabajos anteriores con interés ysimpatía nos han participado la pena que el presente les ha causado. En otros hemosadvertido un disgusto que han intentado ocultar en un silencio elocuente. Nuestros interlocutores pertenecen a los campos más diversos. El contraste que, poramor a la verdad, hemos creído un deber destacar entre la esperanza animosa y alegre delcristianismo primitivo respecto a la resurrección de los muertos y la serena expectaciónfilosófica de una supervivencia del alma inmortal, ha disgustado por igual a buen número decreyentes sinceros de todas las confesiones2 y de todas las tendencias teológicas y apersonas que, sin estar exteriormente desvinculadas del cristianismo, poseen, sin embargo,convicciones de inspiración más bien filosófica. 1 Homenaje ofrecido a KARL BARTH con ocasión de sus setenta años, publicado en Reinhardt, Basilea, 1956(Theologische Zeitschrift, n. 2, p. 126 ss.). Ver también Verbum Caro, 1956, p 58 ss. 2 Sin embargo, hasta ahora las principales protestas se nos han dirigido del lado protestante
  2. 2. Ni unos ni otros han intentado hasta ahora refutarnos en el plano exegético, que esprecisamente el de nuestro trabajo.Este singular acuerdo se nos antoja sintomático de la universalidad del error, consistente enatribuir al cristianismo primitivo la creencia griega en la inmortalidad del alma. Por otra parte,espíritus tan diferentes como los que acabamos de caracterizar coinciden en la incapacidadcomún de escuchar con toda objetividad lo que nos enseñan los textos sobre la fe y laesperanza de los primeros cristianos, sin mezclar en la interpretación de tales textos sus pro-pios deseos y opiniones predilectas. Esta incapacidad de escuchar resulta sorprendente, lomismo por parte de intelectuales adictos a los principios de una sana exégesis científica quepor parte de creyentes que pretenden basarse en la revelación de la Palabra sagrada. Laspolémicas suscitadas por nuestro trabajo nos impresionarían más si se nos opusieranargumentos exegéticos. En lugar de ello, se nos combate con consideraciones completamentegenerales de orden filosófico, psicológico y, sobre todo, sentimental. Se nos arguye: "Yopuedo admitir la inmortalidad del alma, pero no la resurrección del cuerpo", o bien: "No puedocreer que nuestros queridos difuntos no hagan más que dormitar durante un período indeter-minado y que yo mismo haya de limitarme a ello, en espera de la resurrección."¿Es realmente necesario recordarles hoy a intelectuales, creyentes o no, que existe una di-ferencia entre admitir como cierto el hecho de que semejante creencia fue sostenida por Só-crates y compartir su creencia? ¿Entre reconocer esa esperanza como propia de los primeroscristianos y compartir esa esperanza?Se trata en primer lugar de escuchar lo que dice Platón y lo que afirma San Pablo. Se puede irmás lejos. Es posible respetar, e incluso admirar, ambas enseñanzas. Y ¿cómo no hacerlo,sobre todo cuando se las relaciona con la vida y la muerte de sus mismos autores? Pero ellono es razón suficiente para negar que existe una diferencia radical entre la esperanza cristianade la resurrección de los muertos y la creencia griega en la inmortalidad del alma. Laadmiración, por sincera que sea, hacia las dos concepciones no puede darnos pie parapretender, contrariamente a nuestra convicción profunda y contrariamente a la evidenciaexegética, que son compatibles la una con la otra. Que es posible establecer ciertos puntos decontacto entre ellas, lo hemos demostrado en nuestro trabajo. Ello no obsta para que lainspiración fundamental permanezca radicalmente diferente. El hecho de que el cristianismo ulterior haya establecido más tarde un nexo entre esas doscreencias y que el cristiano medio siga hoy confundiéndolas pura y simplemente, no ha podido
  3. 3. decidirnos a guardar silencio respecto a lo que, con la gran mayoría de los exégetas, tenemospor verdadero, y ello tanto menos cuanto que el nexo establecido entre la expectación de la"resurrección de los muertos" y la creencia en "la inmortalidad del alma" no es en realidad unnexo, sino una renuncia a una de ellas en favor de la otra; se ha sacrificado el capítulo XV dela primera carta a los Corintios al Fedón. De nada sirve camuflar aquí este hecho, como sehace hoy con tanta frecuencia, combinando lo que en realidad es incompatible, con elsiguiente pretexto un tanto simplista: lo que en la doctrina cristiana nos parece irreconciliablecon la creencia en la inmortalidad del alma --o sea, justamente la resurrección propiamentedicha-- no sería una afirmación esencial para los primeros cristianos, sino una simple acomo-dación a las expresiones mitológicas del pensamiento de su tiempo; la intención profunda queconstituye su sustancia referiría también a la inmortalidad del alma. Es preciso, por elcontrario, reconocer lealmente que justamente lo que distingue a la esperanza cristiana de lacreencia griega constituye el centro mismo de la fe del cristianismo primitivo. Si el intérprete nopuede aceptarla como fundamental, no debe concluir de ahí que tampoco es fundamental paralos autores que estudia. Ante las reacciones negativas y la inquietud suscitada por la publicación de nuestra tesis endiferentes diarios, ¿no hubiéramos debido, por caridad cristiana, interrumpir la discusión enlugar de publicar nuestro trabajo en forma de folleto? Nuestra decisión ha sido dictada por laconvicción de que no solamente desde el punto de vista científico, sino desde el punto de vistacristiano, puede haber escándalos saludables. Nos limitaremos únicamente a pedir a nuestroslectores que se tomen la molestia de leer nuestro estudio hasta el fin. Hemos considerado en él la cuestión en una perspectiva exegética. Al estudiarla desde elpunto de vista cristiano, nos permitimos recordar a nuestros interlocutores que, al poner enprimer plano, como lo hacen ellos, su deseo personal y la manera como ellos querrían sobrevi-vir y como querrían que sobrevivieran los demás, dan la razón sin quererlo a los adversariosdel cristianismo que no cesan de repetir que la fe de los cristianos no es otra cosa que la pro-yección de sus deseos. Realmente, ¿no estriba la grandeza de la esperanza cristiana que noshemos esforzado en exponer en no partir de nuestro deseo personal, sino en situar nuestraresurrección en el marco de una redención cósmica, de una nueva creación del universo? No desestimamos en modo alguno la dificultad que se puede experimentar en compartiresta fe, y gustosos reconocemos lo difícil que es hablar de nuestro tema de una manera com-
  4. 4. pletamente desinteresada, cuando las tumbas abiertas nos recuerdan sin cesar que no setrata simplemente de una discusión académica. Pero ¿no constituye eso una razón más parabuscar la verdad y la claridad en este terreno más todavía que en otros? El medio mejor deconseguirlo no es ciertamente partir del equívoco, sino comenzar por exponer sencillamente,lo más fielmente posible, gracias a los medios que tenemos a nuestra disposición, laesperanza de los autores del Nuevo Testamento, mostrar la sustancia de esa esperanza yprobar, por duro que nos parezca, lo que la separa de las restantes creencias que nos sonqueridas. Al examinar en primer término de una manera objetiva la expectación de losprimeros cristianos en todo lo que puede ofrecer de extraño para el punto de vista de lasopiniones por nosotros recibidas, ¿no echamos por el único camino posible que puedeconducimos a pesar de todo, no solamente a comprenderla mejor, sino a comprobar tambiénque no es tan imposible de admitir como lo creemos? Tenemos la impresión de que algunos de nuestros lectores ni siquiera se han molestado enleer nuestro trabajo hasta el final. La confrontación de la muerte de Sócrates con la de Jesúsparece haberlos escandalizado e irritado hasta tal punto, que no han seguido adelante y nisiquiera se han enterado de lo que decíamos de la fe del Nuevo Testamento en la victoria deCristo sobre la muerte. Para muchos de los que nos han atacado, el motivo de "tristeza y de inquietud" no es sola-mente la distinción que establecemos entre resurrección de los muertos e inmortalidad delalma, sino ante todo el lugar que, con todo el cristianismo primitivo, creemos deber atribuir, ensu esperanza, al estado intermedio de todos los que han muerto y mueren en Cristo antes delfin de los tiempos, estado que los autores del siglo 1 designan con el término de sueño1. Y laprotesta contra esa idea de un estado de espera provisional es tanto mayor cuanto que almenos se quisiera contar con precisiones sobre ese sueño de los muertos, los cuales,despojados de su cuerpo carnal, permanecen todavía privados del cuerpo de resurrección, almismo tiempo que están en posesión del Espíritu Santo. No se quiere darse por satisfechoscon la discreción que los escritos del Nuevo Testamento, incluido San Pablo, guardan al res-pecto, ni tampoco contentarse con la gozosa seguridad 1 Como es sabido, el estado intermedio entre esta vida y la gloria es, en la doctrina católica, el purgatorio, cuyaexistencia rechaza el autor (cf.p 61, n.s) (N de la E)del Apóstol, el cual afirma que la muerte no podrá ya separar de Cristo al que posee el Espíritu
  5. 5. Santo: "Ora vivamos, ora muramos, pertenecemos a Cristo." A los que encuentran completamente inaceptable esta idea de sueño, nos sentimos tenta-dos a preguntarles, dejando a un lado entonces resueltamente el plano de la exégesis que esel de nuestro estudio, si nunca les ha ocurrido tener al dormir un sueño maravilloso que les hahecho más felices que cualquier experiencia, aunque no hayan hecho otra cosa que dormir.¿No podría ser esto una imagen, por supuesto imperfecta, para ilustrar el estado deanticipación en el que, según San Pablo, se encuentran los muertos en Cristo durante susueño, en espera de la resurrección de los cuerpos? Sin embargo, no pretendemos evitar el escándalo con ello, atenuando lo que hemos dichosobre el carácter provisional e imperfecto de ese estado. Pero queda en pie que, según losprimeros cristianos, la vida plena y verdadera de la resurrección no es concebible sin el nuevocuerpo, sin el "cuerpo espiritual", del que serán revestidos los muertos, cuando sean creadosde nuevo el cielo y la tierra. En nuestro trabajo hemos remitido por dos veces al retablo de Isenheim del pintor medievalGrünewald. Es el cuerpo resucitado lo que él ha pintado, y no el alma inmortal. También otroartista, Juan Sebastián Bach, nos hace escuchar, en el credo de la misa en si, la interpretaciónmusical de las palabras del viejo símbolo que reproducen fielmente la fe del NuevoTestamento en la resurrección de Cristo y en nuestra resurrección. Es el hecho de laresurrección del cuerpo y no la inmortalidad del alma lo que la música jubilosa del grancompositor ha querido expresar: Et resurrexit tertia die... Expecto resurrectionem mortuorumet vitam venturi saeculi. Y Haendel, en la parte final de su Mesías, nos permite presentir pormedio de la música lo que entiende San Pablo por el sueño de los que duermen en Cristo, asícomo, de otra parte, en el canto de triunfo, su expectación de la resurrección final, quesobrevendrá en el momento en que se oiga "la última trompeta" y en el que seremos "todoscambiados". Compartamos o no esta esperanza, hemos de reconocer por lo menos que los artistas, eneste caso, han sido los mejores exégetas de la Biblia.
  6. 6. INTRODUCCIÓN Hacedle a un cristiano, protestante o católico, intelectual o no, la pregunta siguiente: ¿Quéenseña el Nuevo Testamento sobre la suerte individual del hombre después de la muerte?Con raras excepciones, recibiréis siempre la misma respuesta: la inmortalidad del alma. Y sinembargo, esta opinión, por difundida que esté, es uno de los errores más graves en relacióncon el cristianismo. Es inútil querer pasar el hecho en silencio o encubrirlo con interpretacionesarbitrarias que violentan el texto. Más bien habría que hablar abiertamente. La concepción dela muerte y de la resurrección, tal como se va a exponer en estas páginas 1, hunde sus raícesen la historia de la salvación. Determinada toda ella por esta historia, es incompatible con lacreencia griega en la inmortalidad del alma. A la mentalidad moderna le resulta chocante, y sinembargo se nos presenta como elemento constitutivo de la predicación de los primeroscristianos, que no es posible abandonar o eludir con una interpretación de corte moderno, sinque con ello el Nuevo Testamento quede privado de su sustancia. ¿O es que la fe de los primeros cristianos en la resurrección es compatible a pesar de todocon la concepción de la inmortalidad del alma? ¿No enseña el Nuevo Testamento también, ysobre todo el Evangelio de Juan, que poseemos ya la vida eterna? ¿Y no es realmente lamuerte, en el Nuevo Testamento, el "último enemigo"? ¿Se la concibe verdaderamente de unamanera diametralmente opuesta al pensamiento griego, que ve en ella un amigo? No escribeel apóstol Pablo: "Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?"1 Ver también O. CULLMANN, "La fe en la resurrección y la esperanza de la resurrección en el Nuevo Testamento",Etudes théologiques et religieuses, 1943, p. 3 ss.; "Cristo y el tiempo", Delachaux et Niestlé, Neuchâtel y París,1947, p. 167 ss. (ed. españ., Editorial Estela, Barcelona); Ph. H. Menoud, "La suerte de los difuntos", Delachaux etNiestlé, Neuchatel y París, 1945 (Cahiers théologiques de l`actualité protestante, 9); R. MEHL, Der Letzte Feind (Elúltimo enemigo), 1954. Este equívoco tan ampliamente difundido, según el cual el Nuevo Testamento enseñaría la
  7. 7. inmortalidad del alma, se ve favorecido por el hecho de que los primeros discípulos tuvieron apartir de Pascua la convicción inquebrantable de que con la resurrección corporal de Cristo lamuerte perdió todo su aspecto terrorífico2 y que desde aquel momento el Espíritu Santo hizonacer a la vida de la resurrección al que cree. Pero en esta afirmación, de acuerdo con elNuevo Testamento, es preciso subrayar las palabras “a partir de Pascua", lo cual demuestratodo el abismo que separa a pesar de todo la concepción de los primeros cristianos de laconcepción griega. El pensamiento entero de la Iglesia primitiva está orientado en el sentidode la historia de la salvación. Todo lo que se afirma sobre la muerte y la vida eterna dependepor completo de la fe en un hecho real, en los acontecimientos reales que se desarrollaron enel tiempo. Ahí es donde reside la diferencia radical con el pensamiento griego. Como hemosquerido demostrarlo en nuestro libro, Cristo y el tiempo, esta concepción pertenece a lasustancia misma de la fe de los primeros cristianos, a su esencia, que no es posibleabandonar ni cambiar por una interpretación de corte moderno 3.En el Nuevo Testamento, la muerte y la vida están ligadas a la historia de Cristo. Es claro, portanto, que para los primeros cristianos el alma no es inmortal en sí, sino que lo llega a serúnicamente por la resurrección de Jesucristo, "el primogénito de entre los muertos", y por la feen Él. Es claro igualmente que de suyo la muerte no es "el amigo"; solamente por la victoriaconseguida sobre ella por Jesús, en su muerte y resurrección corporal, ha quedadodesvirtuado su "aguijón" y vencido su poder. Es claro, finalmente, que la resurrección del almaque ya ha tenido lugar, no es todavía de perfección; hay que esperarlo hasta que nuestrocuerpo haya resucitado; y ello será al final de los tiempos. 2 París, 1947, p.167 ss. (ed. españ., Editorial Estela, Barcelona); Ph. H. Menoud, “La suerte de los difuntos”,Delachaux et Niestlé, Neuchatel y París, 1945 (Cahiers théologiques de l`actuslité protestante, 9); R. Mehl, DerLetzte Feind (El último enemigo), 1954. 3 Mas, con todo, no de tal manera que la Iglesia primitiva pudiera decir que era natural morir. Esta expresión queKARL BARTH ha empleado en un estudio, por lo demás muy impresionante, sobre la concepción negativa de lamuerte como "último enemigo" (La Teología dogmática, III, 2, 1948, p. 776 ss.), no nos parece tener fundamento enel Nuevo Testamento; ver, por ejemplo, 1 Cor 11, 30 (y luego, p. 49 y 53). Es falso ver ya en el Evangelio de Juan una tendencia a la doctrina griega de la inmortalidaddel alma; porque también él vincula la vida eterna a la historia de Cristo 4. Es cierto que dentro
  8. 8. de esa historia los acentos están diversamente distribuidos en los varios libros del NuevoTestamento. Sin embargo, el fundamento de la doctrina entera les es común a todos; es lahistoria de la salvación 5. Es verdad que tenemos que reconocer la posibilidad de unainfluencia griega en el cristianismo naciente, ya desde el comienzo 6; pero mientras lasnociones griegas estén sometidas a esta visión de conjunto de la historia salvífica, no sepuede hablar de una verdadera helenización 7. Ésta no comenzará hasta más tarde. La concepción bíblica de la muerte se funda, por consiguiente, en una historia salvífica, y,por tanto, ha de diferenciarse totalmente de la concepción griega; nada lo prueba mejor que laconfrontación de la muerte de Sócrates y de la muerte de Jesús; confrontación que, desde laantigüedad, si bien con una intención del todo diversa, fue intentada por los adversarios delcristianismo 8.3 Esta demostración ha sido la verdadera finalidad que hemos perseguido en nuestro libro, y no ha sido nuestraintención la que erróneamente se nos ha atribuido, de haber querido tratar el problema "tiempo y eternidad".4 En este Evangelio no estamos todavía, para expresarlo con términos de R. BULTMANN, en el camino de la"desmitologización", ya que este escrito está también orientado en el sentido de la historia de la salvación.5 Ver Bo REICKE, "Einheitlichkeit oder verschiedene Lehrbegriffe in der neutestamentlichen Theologie" (Unidad odiversidad doctrinal en la teología neotestamentaria), Theol. Zeitschr., 9, 1953, p. 401 ss.6 Y ello tanto más que los textos de Qumrán prueban que ya la rama del judaísmo con la cual se relaciona elcristianismo más en particular está influenciada por el helenismo. Ver O. CULLMANN, "The Significance of theQumrán Texts for Research into the Beginnings of Christianity" (Significado de los textos de Qumrdn para lainvestigación de comienzos del cristianismo), Journ. of Bibl. Lit. 74, 1955, p. 213 ss;; ver igualmente R. BULT-MANN, Theologie des N. T., 1953, p. 361, n. 1.7 Habría que hablar más bien de una "historización" cristiana (en el sentido de la historia de la salvación) de lasnociones griegas. Solamente en este sentido, y no en el que le da R. BULTMANN, los mitos del Nuevo Testamentoestán ya "desmitificados" por los autores cristianos mismos.8 Ver loa textos en E. BENZ, Der Gekreuzigte Gerechte bei Plato, im Neuen Testament und in der alten Kirche,1950.
  9. 9. CAPÍTULO IEL ÚLTIMO ENEMIGO: LA MUERTE SÓCRATES Y JESÚS En la impresionante descripción de la muerte de Sócrates que traza Platón en su Fedón,leemos lo que de más sublime se ha escrito sobre la inmortalidad del alma. Precisamente lareserva, la prudencia científica y la renuncia deliberada a toda demostración matemática ledan a su argumentación un valor que no ha sido nunca superado. Conocemos las razones queel filósofo griego alega en favor de la inmortalidad del alma. Nuestro cuerpo no es más queuna vestidura exterior, la cual, mientras vivimos, le impide a nuestra alma moverse librementey vivir de acuerdo con su propia naturaleza eterna. Le impone una ley que no vale para ella.De esta manera, el alma se encuentra encerrada en el cuerpo como en una camisa de fuerza,en una prisión. Pero la muerte es la gran libertadora. Ella corta las ligaduras, dejando que elalma salga de la prisión del cuerpo y conduciéndola a su patria eterna. Siendo cuerpo y almaradicalmente diferentes y perteneciendo a dos mundos distintos, la destrucción del primero nopuede coincidir con la destrucción del alma, lo mismo que una obra de arte no puede quedardestruida por serlo el instrumento de la misma. Aunque las pruebas alegadas en favor de lainmortalidad del alma no poseen para el mismo Sócrates el valor de una prueba matemática,no por eso están para él menos provistas del más alto grado de probabilidad posible y hacentan probable la inmortalidad, que se convierte para el hombre, para servirnos del término queleemos en el Fedón, en un "hermoso riesgo". Esta doctrina, el gran Sócrates no se limitó a enseñarla, cuando el día de su muerte exa-minaba con sus discípulos los argumentos filosóficos en favor de la inmortalidad del alma. Enaquel mismo momento vivió las enseñanzas que ha dado. Mostró con su propio ejemplocómo, al ocuparnos de las verdades eternas de la filosofía, trabajamos desde ahora en libertara nuestra alma. Porque la filosofía nos permite desde ahora penetrar en ese mundo eterno delas ideas, al cual pertenece nuestra alma, liberándola así de la cárcel del cuerpo. La muerte nohará otra cosa que consumar esa liberación. Por eso Platón nos muestra cómo Sócrates, conuna calma y una serenidad absolutas, va al encuentro de la muerte. La muerte de Sócrates esuna muerte hermosa. El horror está completamente ausente de ella. Sócrates no podría temerla muerte, puesto que ella nos libera del cuerpo. El que teme la muerte demuestra, según él,que ama al cuerpo y que es esclavo del mundo visible. La muerte es la gran amiga del alma.
  10. 10. Así lo enseña y así es como muere en admirable armonía con sus enseñanzas, ese hombreque personifica el genio griego en lo que tiene de más noble. Y ahora, escuchemos de qué manera muere Jesús. En Getsemaní sabe que le espera lamuerte, lo mismo que lo sabe Sócrates el día de su discusión con sus discípulos. Los evan-gelios sinópticos están de acuerdo entre sí, grosso modo, en lo que se refiere al hecho deGetsemaní. Jesús comienza a "temblar y a angustiarse", escribe Marcos (14, 34). "Mi almaestá triste hasta la muerte", dice a sus discípulos1. Jesús es tan completamente hombre, quecomparte el miedo natural que nos inspira la muerte, como el Hijo divino del hombre y servidorde Dios, ha de experimentarlo, e incluso más terriblemente que los demás hombres 2. Tienemiedo, no como un cobarde, ni de los hombres que le dan muerte, ni de los dolores quepreceden a la muerte, sino miedo de la muerte misma, porque es la gran potencia del Mal. Lamuerte para Él no es una cosa divina. Es una cosa horrible. Jesús no quiere estar solo enaquellos momentos. Sabe que su Padre le ha sostenido siempre. A Él corre en aquelmomento decisivo, como lo ha hecho durante toda su vida terrena. Va a Él con la angustiaplenamente humana que le inspira la muerte, la gran enemiga. Es del todo inútil querereliminar del relato evangélico mediante toda la suerte de explicaciones artificiales ese miedode Jesús. 1 A pesar del paralelo Jonás 4, 9, sobre el cual llaman la atención E. KLOSTERMANN, Das Markusevangelium,ed. 3.", 1936, ad loc., y E. LOHMEYER, Das Évangelium des Markus, 1937, ad loc, la explicación: "estoy tan triste,que preferiría morir, nos parece del todo improbable en esa situación en que Jesús sabe que ha de morir (lainstitución de la Cena); la interpretación de J. WEISS, Das Markus-Evangelium, 3." ed., 1917, ad loc.: "mi tristezaes tan grande, que sucumbo bajo su peso", nos parece imponerse, sobre todo, a la luz de Marcos 15, 34. Laspalabras (Lucas 12, 50) "y qué angustia es la mía, hasta que el bautismo (= la muerte) se cumpla", sugieren lamisma explicación de nuestro pasaje. 2 Algunos comentaristas antiguos, y otros más recientes, como J. WELLHAUSEN, Das Evangelium Marci, 2.&ed., 1909, ad loc.; J. SCHNIEWIND, en N. T. Deutsch, 1934, ad loc.; E. LoHMEYER, Das Evang6lium des Markus,1937, ad loc., buscan en vano escapar a esta consecuencia, que por lo demás está sugerida igualmente por lasfuertes expresiones griegas "temblar" y "angustiarse"; proponen explicaciones que no están de acuerdo con lasituación en la que Jesús sabe ya que ha de sufrir por los pecados de su pueblo (santa Cena). En Lucas 12, 50 re-sulta del todo imposible eliminar esta angustia ante la muerte, y teniendo en cuenta las palabras de Jesús sobre lacruz (Mc 15, 34), no se puede explicar a Getsema. ni más que por la angustia ante el abandono al que la muerte, elgran enemigo de Dios, va a condenar a Jesús. Los enemigos del cristianismo, que ya en la antigüedad subrayaban el contraste entre la
  11. 11. muerte de Sócrates y la muerte de Jesús, vieron aquí con más claridad que los comentaristascristianos. Jesús tiembla realmente ante el gran enemigo de Dios. Nada de la serenidad deSócrates, el cual va serenamente al encuentro de la muerte, la gran amiga. Jesús suplica aDios que le exima de pasar por el trance de la muerte. Naturalmente, sabe ya de antemanoque ésa es la misión que se le ha confiado, sufrir la muerte, y ya antes lo había dicho: "Con unbautismo he de ser bautizado, ¡y cuál es mi angustia hasta que se cumpla!" (Lc. 12, 50). Peroahora, que el enemigo de Dios se encuentra delante de Él, suplica al Padre, cuyaomnipotencia conoce: "Todo te es posible; haz que pase de Mí este cáliz" (Mc. 14, 36). Ycuando añade: "No obstante, no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú", ello no significaque en último análisis considera, a pesar de todo, a la muerte como la amiga libertadora, a lamanera de Sócrates. Simplemente quiere decir: si, de acuerdo con tu voluntad, he de pasarpor este amargo trance de la muerte, me someto a este horror.Jesús sabe que la muerte, de suyo, por ser la enemiga de Dios, significa aislamiento extremo,soledad radical) Por eso suplica a Dios. En presencia del gran enemigo de Dios, no quiereestar solo. Sin embargo; forma parte por así decirlo de la esencia misma de la muerte que lesepare de Dios. Mientras se encuentre en sus manos, no estará en manos de Dios, sino en lasmanos del enemigo de Dios. Jesús querría permanecer unido a Dios tan estrechamente comolo ha estado durante toda su vida terrena. Pero en aquel momento no solamente busca lapresencia de Dios, sino incluso la de los discípulos. Reiteradamente interrumpe su oración yva junto a sus discípulos más íntimos, los cuales intentan luchar con el sueño, para nodormirse cuando vengan a detener a su Maestro. Lo intentan, pero no lo consiguen, y Jesústiene que despertarles una y otra vez: ¿Por qué quiere que velen? No quiere estar solo. Nisiquiera de los discípulos, cuya flaqueza, sin embargo, conoce, ni siquiera de ellos quiereverse abandonado en el momento en que la muerte, la enemiga terrible de Dios va aabalanzarse sobre Él. Quiere estar rodeado de la vida, de la vida que bulle en sus discípulos:"¿No podéis velar una hora conmigo?" ¿Se puede concebir mayor contraste que el que existe entre la muerte de Sócrates y lamuerte de Jesús? Sócrates, el cual, como Jesús, el día de su muerte se encuentra rodeado desus discípulos, discute con ellos sobre la inmortalidad con una serenidad sublime; Jesús, elcual unas horas antes de su muerte está allí temblando e implorando a sus discípulos que nole dejen solo. La carta a los hebreos, que más que cualquier otro escrito del Nuevo
  12. 12. Testamento subraya la plena divinidad (c.1,10), pero también la plena humanidad de Jesús,llega en su descripción de la angustia de Jesús frente a la muerte más lejos todavía que lossinópticos. Se nos dice que Jesús "ofreció oraciones y súplicas con poderosos clamores ylágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte" (5, 7)3. Por tanto, según la carta a loshebreos, Jesús clamó y lloró frente a la muerte. Por un lado, Sócrates, el cual con calma yserenidad habla de la inmortalidad del alma: por otro, Jesús, el cual clama y llora Luego, la escena de la misma muerte. Con una calma soberana, Sócrates bebe la cicuta;Jesús, por el contrario, clama con las palabras del salmo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué mehas abandonado?", y muere lanzando otro grito inarticulado (Mc. 15, 37). No es la muerteamiga del hombre. Es la muerte en todo su horror. Es verdaderamente el último enemigo deDios. Así es como las palabras del Apóstol designan a la muerte: el último enemigo (1 Cor. 1526). Aquí se percibe el abismo entre el pensamiento griego, por una parte, y la fe judía ycristiana, por otra4. Al servirse de otras expresiones, el autor del Apocalipsis consideraigualmente la muerte como el último enemigo, cuando describe cómo, al final, es arrojada enel estanque de fuego (20, 14).Siendo enemiga de Dios, nos separa de Él, que es vida y creador de toda vida. Jesús, queestá completamente unido con Dios, más unido que lo haya estado jamás hombre alguno, hade experimentar la muerte de una manera mucho más horrible que cualquier otro hombre.Jesús ha de sentir ese aislamiento, esa separación de Dios, que en el fondo es la única situa-ción que realmente se ha de temer, de una manera infinitamente más intensa que los otros,precisamente porque se encuentra tan estrechamente unido a Dios. He ahí por qué clama aDios con el Salmista: "¿Por qué me has abandonado?" En aquel momento se encuentraverdaderamente en manos de la gran enemiga de Dios, la muerte. Hay que estar reconocidosal evangelista de no haber atenuado en nada su descripción.3 La relación con Getsemaní nos parece indiscutible; ver también J. HÉRING, LEpitre aux Hébreux, 1954, ad loc4 J. LEIPOLDT, Der Tod bei Griechen und Juden (La muerte entre los griegos y los judíos), 1942, ha planteado elproblema en una perspectiva completamente falsa. Es cierto que se distingue claramente la concepción griega dela muerte, con razón, de la concepción judía. Pero la preocupación de Leipoldt por identificar constantemente laconcepción cristiana con la de los griegos y de separarla de la concepción judía, quizá se explique únicamente si setoma en consideración el año de la aparición de ese libro, y la serie en la cual ha visto la luz (Germanentum,Christentum und Judentum).
  13. 13. Acabamos de comparar la muerte de Sócrates con la de Jesús. Porque nada muestra mejorla radical diferencia entre la doctrina griega de la inmortalidad y la fe cristiana en laresurrección. Por haber pasado realmente Jesús por la muerte en todo su horror, no sola-mente en su cuerpo, sino precisamente también en su alma ("Dios mío, Dios mío, ¿por quéme has abandonado?"), debe y puede ser para el cristiano que ve en Él al redentor, el quetriunfa de la muerte misma en su propia muerte. Donde la muerte es concebida como elenemigo de Dios, no puede existir "inmortalidad" sin una obra óntica de Cristo, sin una historiasalvífica, en la que la victoria sobre la muerte es el centro y el fin. Esa victoria no puede conse-guirla Jesús persistiendo en la vida simplemente como alma inmortal, por tanto, en el fondo,sin morir. No, únicamente puede vencer a la muerte muriendo realmente, pasando al dominiomismo de la muerte, la gran destructora de la vida, dominio de la nada, de la separación deDios. Cuando se quiere vencer a uno hay que pasar a su terreno. El que quiere vencer a lamuerte, ha de morir; pero, repitámoslo, ha de dejar verdaderamente de vivir, no continuarsimplemente viviendo en cuanto alma inmortal, sino perder el bien más precioso que Dios nosha dado: la vida misma. He ahí por qué Marcos, el cual, sin embargo, presenta a Jesús comoHijo de Dios, no ha intentado atenuar en absoluto el aspecto horrible, plenamente humano, dela muerte de Jesús. Si la vida ha de salir de esa muerte, es necesario un nuevo acto creador de Dios, que llamea la vida no solamente a una parte del hombre, sino al hombre todo entero, todo lo que Diosha creado, todo lo que la muerte ha destruido. Para Sócrates y Platón, no hay necesidadalguna de un acto creador. Porque para ellos, el cuerpo es malo y no ha de continuar viviendo.Y la parte que ha de continuar viviendo, el alma, no muere en absoluto. Si queremoscomprender la fe cristiana en la resurrección, hemos de hacer plenamente abstracción de laidea griega, según la cual la materia, el cuerpo, sería malo y habría de ser destruido, de suerteque la muerte del cuerpo no significaría en modo alguno destrucción de vida verdadera. Parael pensamiento cristiano (y judío), también la muerte del cuerpo significa destrucción de la vidacreada por Dios. No existe diferencia. La vida de nuestro cuerpo es vida verdadera. La muertees la destrucción de Toda vida creada por Dios. Por esta razón es la muerte, y no el cuerpo,lo que ha de ser vencido por la resurrección. Solamente sintiendo con los primeros cristianos todo el horror de la muerte, tomando así lamuerte en serio, es como podemos comprender la alegría de la comunidad primitiva el día dePascua. Entonces es posible comprender que toda la vida y todo el pensamiento del NuevoTestamento están dominados por la fe en la resurrección. La fe en la inmortalidad del alma no
  14. 14. es una fe en un acontecimiento que lo sacude todo. La inmortalidad no es en el fondo más queuna afirmación negativa: el alma no muere (continúa simplemente viviendo). Resurrección esuna afirmación positiva: el hombre entero, que ha muerto realmente es llamado a la vida porun nuevo acto creador de Dios Algo inaudito tiene lugar. Un milagro creador. Porque tambiénantes ha ocurrido igualmente algo horrible: una vida creada por Dios ha sido destruida. La muerte, para la Biblia, no es hermosa de suyo; tampoco la muerte de Jesús. La muertees realmente tal como se la representa: un esqueleto; huele a descomposición. Y la muerte deJesús es tan deforme como la ha pintado el gran maestro Grünewald en la Edad Media. Pero,precisamente por esa razón, ese mismo pintor supo representar inmediatamente a su lado, deuna manera incomparable y única, la gran victoria, la resurrección de Cristo. Cristo revestidodel cuerpo nuevo, del cuerpo de la resurrección. El que sepa pintar una muerte hermosa, nopodrá pintar la resurrección. El que no ha experimentado todo el horror de la muerte, no puedeentonar con Pablo el himno de la victoria: "La muerte ha sido absorbida; ivictoria! ¿Dóndeestá, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?" - (1 Cor. 15:54 y siguiente). .
  15. 15. CAPÍTULO IIEL SALARIO DEL PECADO, LA MUERTE, CUERPO y ALMA CARNE Y ESPÍRITU El contraste entre la concepción griega de la inmortalidad del alma y la fe cristiana resultatodavía más profundo cuando consideramos que en la resurrección supone el nexo que eljudaísmo establece entre la muerte y el pecado. Entonces, la necesidad de un drama salvíficose hace todavía más clara. La muerte no es algo natural, querido por Dios, como en elpensamiento griego; no, es algo contrario a la naturaleza, fundamentalmente anormal yopuesto a la intención divina1. El relato del Génesis nos enseña que no entró en el mundo másque por el pecado del hombre. La muerte es una maldición, y la creación entera se ha vistoarrastrada en esa maldición. El pecado del hombre ha hecho necesario toda la serie deacontecimientos relatados por la Biblia, y que nosotros denominamos la historia de la salva-ción. La muerte no puede ser vencida más que por la expiación del pecado, porque es "elsalario del pecado". No es solamente el relato del Génesis quien nos lo dice, sino tambiénPablo (Rom 6: 23), y ésa es la concepción que el cristianismo primitivo en su totalidad tiene dela muerte. Lo mismo que el pecado es contrario a Dios, de la misma manera lo es suconsecuencia, la muerte. Dios puede ciertamente servirse de la muerte (1 Cor,. 15, 36; Jn 12,24), lo mismo que puede servirse de Satanás. Pero no es menos cierto que la muerte como tales la enemiga de Dios. Porque Dios es vida; creador de vida. No es voluntad de Dios quehaya ajamiento y corrupción, muerte y enfermedad, no siendo la enfermedad más que un casoparticular de la muerte, la cual actúa mientras vivimos. Todo lo que es contrario a la vida—muerte y enfermedad—según la concepción judía noproviene más que del pecado humano. He ahí por qué todas las curaciones de enfermos querealiza Jesús no son solamente el rechazo de la muerte, sino irrupción de la vida en el campodel pecado, y por eso Jesús afirma durante las curaciones de enfermos: tus pecados te sonperdonados. No que a cada enfermedad individual corresponda un pecado individual, sino quela existencia de la enfermedad como tal, lo mismo que la existencia de la muerte, es unaconsecuencia del estado de pecado en que se encuentra la Humanidad.1 Veremos que, a la luz de la victoria conseguida por Cristo, la muerte ha perdido todo su horror. No obstante enpos del Nuevo Testamento, no nos atrevemos a afirmar con KARL BARTH que es "natural" morir (Die KirchlischeDogmatik,III,2, 1948, 777 ss.donde remite a la distinción de una “segunda muerte” en Ap 21, 8); ver, en efecto, 1Cor.11,30.
  16. 16. Toda curación es una resurrección parcial, una victoria parcial de la vida sobre la muerte. Tales la concepción cristiana. En cambio, de acuerdo con la enfermedad del cuerpo se debe aque el cuerpo como tal es malo y está condenado a la destrucción. Para el cristiano, unaanticipación pasajera de la resurrección puede hacerse visible incluso en el cuerpo carnal. Y esto nos recuerda que el cuerpo como tal no es malo, sino que, lo mismo que el alma, esun don de nuestro Creador. Por esta razón, según San Pablo, tenemos deberes para connuestro cuerpo. Es que Dios es el creador de todas las cosas. La concepción judía y cristianade la creación excluye todo dualismo griego entre cuerpo y alma. Las cosas visibles ycorporales son creaciones divinas en el mismo grado que las cosas invisibles. Dios es elcreador de mi cuerpo. Éste no es una prisión para el alma, sino un ejemplo, según laspalabras de Pablo (1 Cor. 6, 19); el templo del Espíritu Santo. Ahí es donde reside ladiferencia fundamental. Dios encuentra "bueno" también después de la creación lo que escorporal. El relato del Génesis lo subraya expresamente. Inversamente, el pecado se haapoderado del hombre todo entero; no solamente del cuerpo, sino también del alma, y suconsecuencia, la muerte, se extiende al hombre entero, cuerpo y alma; y no solamente alhombre, sino también a todo el resto de la creación. La muerte es algo aterrador, porque todala creación visible, comprendido nuestro cuerpo, si bien se encuentra corrompida por elpecado y la muerte en la actualidad, de suyo es algo maravilloso: Tras la concepción pesimista de la muerte se oculta una concepción optimista de la crea-ción. En cambio, cuando se considera a la muerte como libertadora, como sucede en elplatonismo, el mundo visible no es reconocido como creación divina; y cuando los platónicosconsideran al cuerpo como hermoso, no lo es como tal para ellos, sino en cuanto dejatransparentar algo del alma eterna, única realidad divina verdadera. También para el cristianoel cuerpo actual no es más que la sombra de un cuerpo mejor, pero justamente de un cuerpomejor. La diferencia aquí no está, como para Platón, entre lo que es corporal y la ideainmaterial, sino entre la creación presente, corrompida por el pecado, y la nueva creaciónliberada del pecado, entre el cuerpo corruptible y el cuerpo incorruptible. Esto nos lleva a hablar de la concepción total del hombre, de lo que se llama la antropo-logía. La antropología del Nuevo Testamento no es la antropología griega; se relaciona másbien con la antropología judía. Para los conceptos: cuerpo, alma, carne y espíritu, por no nom-brar más que éstos, los autores del Nuevo Testamento se sirven de los mismos términos que
  17. 17. los filósofos griegos. Pero esos conceptos tienen un significado completamente distinto paraellos, y entendemos todo el Nuevo Testamento erróneamente interpretándolos en sentido grie-go. Muchos equívocos provienen de ahí. No podemos presentar aquí una exposición detallada de la antropología bíblica. Junto a losartículos correspondientes del diccionario de Kittel2, existen buenas monografías consagradasa esta cuestión3. Habría que analizar ante todo la antropología de los diferentes autores delNuevo Testamento por separado. Aquí tenemos que limitarnos a la fuerza a mencionaralgunos puntos esenciales, que vienen a cuento para nuestra cuestión, y aun así hemos dehacerlo de una manera lo más esquemática posible, sin entrar en los matices que es precisotener en cuenta en una verdadera antropología. Nos basaremos en primer término en elapóstol Pablo, porque es el único autor en quien encontramos por lo menos los elementos deuna antropología, aunque no emplea las diferentes nociones de una manera plenamenteconsecuente y con un mismo significado4. Evidentemente, también el Nuevo Testamento conoce la distinción entre cuerpo y alma, omás bien entre hombre exterior y hombre interior. Pero esta distinción no significa oposición,como si el hombre interior fuera naturalmente bueno y el hombre exterior naturalmente malo.5Los dos son esencialmente complementarios uno del otro: ambos han sido creados buenospor Dios. El hombre interior sin el hombre exterior no posee existencia independienteverdadera. Tiene necesidad del cuerpo. A lo sumo puede, a la manera de los muertos delAntiguo Testamento, llevar una existencia umbrátil en el Sheol; pero ésta no es una vidaduradera. La diferencia en relación al alma griega es evidente; ésta llega, precisamente sin elcuerpo, y solamente sin él, a su pleno desarrollo. Nada semejante tenemos en la Biblia. Porotra parte, el cuerpo, según la concepción cristiana, tiene necesidad a su vez del hombreintrerior.2 Hay que mencionar aquí también las Teologías del Nuevo Testamento.3 W. G. KÜMMEL, Das Bild des Menschen im Neuen Testament (La imagen del hombre en el Nuevo Testamento),1948, y J. A. T. ROBINSON, The Body, A Study in Pauline Theology, 1952. Cf. también los artículos antropológicosdel Vocabulaire biblique, Neuchätel, París, 2a ed., 1955.4 W. GUTBROD, Die paulinische Anthropologie, 1934; W. G. KÜMMEL, Römer 7 und die Bekehrung des Paulus,1929; E. SCHWEIZER, "Romer, 1, 3 f. und der Gegensatz von Fleisch und Geist vor und bei Paulus". Evang. Theol.15, 1955, p. 563 ss.; y particularmente en el capítulo correspondiente en R. BULTMANN, Theologie. des NeuenTestaments, 1953.5 Las palabras de Jesús en Mc 8, 36, Mt 6, 25 Y 10, 28 ( = vida) no hablan tampoco del "valor infinito del almainmortal", ni suponen una apreciación superior del hombre interior. Para estos textos (como también para Mc 14,
  18. 18. 38), ver W. G. KÜMMEL, op cit., p. 16 ss. Mas ¿cuál es la función de la carne (σάρξ) y del espíritu (πνέǔμά) en la antropología cristia-na? Aquí sobre todo hemos de cuidar de no dejamos inducir a error por el empleo profano delas palabras griegas, aunque se encuentre en el Nuevo Testamento en diferentes pasajes, yque incluso en un solo autor, como, por ejemplo en San Pablo, la terminología no sea com-pletamente uniforme. Con esta reserva podemos afirmar que, según uno de los significadospaulinos --el más característico--, carne y espíritu son dos potencias trascendentes activas, lascuales pueden penetrar en el hombre desde el exterior, pero ninguna de las cuales se da conel hombre como tal. La antropología cristiana, a diferencia de la antropología griega, se fundaen la historia de la salvación 6. La "carne” es la potencia del pecado, la cual, como potencia demuerte, ha entrado con el pecado de Adán en el hombre entero. Se ha apoderado del cuerpoy del alma; pero ello de tal manera --y esto es de particular importancia-- que la carne per-manece desde ahora ligada al cuerpo sustancialmente de una manera más estrecha que alhombre interior7, aunque con la caída haya tomado también posesión de éste. El Espíritu es elgran antagonista de la carne, pero nuevamente como un dato antropológico; es una potenciaque penetra desde fuera en el hombre. Es el poder creador de Dios, la gran potencia de vida,el elemento de resurrección, como la carne es la potencia de la muerte. En la antigua alianzael Espíritu no actúa más que momentáneamente en los profetas. Por el contrario, en la fasefinal del siglo presente, en la cual nos encontramos según el Nuevo Testamento, es decir,después que Cristo con su muerte quebrantó la potencia de la muerte y resucitó, esta potenciade vida actúa en todos los miembros de la Iglesia de Cristo. Según Hechos 2, 16 "en losúltimas días", el Espíritu se apoderará de todos los hombres. Esta profecía de Joel se harealizado en Pentecostés.También esta potencia creadora se apodera del hombre entero, del hombre interior y delhombre exterior, ya desde ahora. Pero mientras que la carne se ha unido sustancialmente portoda la duración del siglo presente al cuerpo y no domina al hombre interior de una manera taninevitable, la potencia de vida del Espíritu Santo, en cambio, toma posesión del hombreinterior ya desde ahora de una manera tan decisiva, que ésta ya "se renueva de día en día",como dice San Pablo (2Cor 4, 16).6 Esto es lo que quiere decir también W. G. KÜMMEL, op. cit., cuando subraya que en el Nuevo Testamento, eigualmente en la teología juanista, el hombre es considerado siempre como un ser histórico.7 El cuerpo es, por así decirlo, su sede, desde la cual ejerce su influencia sobre el hombre entero; es como,contrariamente a su propia concepción fundamental, Pablo puede llegar en algunos raros pasajes a decir "cuerpo"en lugar de "carne", o inversamente, "carne en lugar de "cuerpo". Estas excepciones terminológicas no cambian en
  19. 19. nada su concepción de conjunto, es clara y característica la distinción entre "cuerpo" y "carne". Por lo que al cuerpo se refiere, también él está ciertamente poseído por el Espíritu; se da yaen el dominio del cuerpo una cierta anticipación del fin, por lo menos una repulsa momentáneadel poder, de la muerte, desde el momento que el poder de resurrección del Espíritu Santoentra en acción8; de ahí las curaciones de enfermos entre los primeros cristianos. Sinembargo, no se trata más que de un detenimiento, no de una transformación definitiva delcuerpo .mortal en cuerpo de resurrección. Incluso los que en vida de Jesús fueron resucitadospor él debían morir. Porque no habían recibido todavía un cuerpo de resurrección. Estatransformación del cuerpo carnal, condenado a la corrupción, en cuerpo espiritual no tendrálugar más que al final de los tiempos. Solamente entonces la potencia de resurrección que esel Espíritu Santo se apoderará del cuerpo de una manera tan total, que lo transformará comotransforma ya "de día en día" al hombre interior. Importa demostrar aquí hasta qué punto la antropología del Nuevo Testamento difiere dela antropología de los griegos. Cuerpo y alma son buenos en cuanto han sido creados porDios. Son malos ambos en cuanto que la potencia de muerte la Carne, el pecado, los haposeído. Pero ambos pueden y deben ser liberados por la potencia de la vida del EspírituSanto. La liberación no consiste aquí en que el alma sea libertada del cuerpo, sino que losdos, alma y cuerpo sean liberados de la potencia de muerte que es la Carne.9 La transformación del cuerpo carnal en cuerpo de resurrección no tendrá lugar másque en el momento en que la creación entera sea creada de nuevo por el Espíritu Santo,cuando el cuerpo no exista ya. Entonces la sustancia10 del cuerpo no será ya la carne, sino elEspíritu. Habrá, según San Pablo, un "cuerpo espiritual".8 Ver nuestro artículo "La délivrance anticipée ducorps humain dapres le Nouveau Testament" (La liberaciónanticipada del cuerpo humano según el Nuevo Testamento), Hommage et reconnaissance, grupo de trabajospublicados con ocasión del LX aniversario de K. Barth, Neuchätel-París, 1946, p. 31 ss.9 Las palabras de Jesús, citadas frecuentemente de Mt 10, 28 (ver más arriba. p. 38, nota 5): "no temáis a los quedan muerte al cuerpo, sino al que puede matar a la φǔχή" no suponen para nada la concepción griega, como si elalma no tuviera necesidad del cuerpo. Lo que sigue muestra claramente que no es ése el caso. Jesús no continúa:"temed al que mata a la φǔχή" sino "temed al que puede dar muerte a la φǔχή" y al cuerpo en la gehenna". Loscomentarios observan con razón que φǔχή" no designa aquí la noción griega del alma, sino que se debería traducirmás bien por "vida", conforme al arameo napbscha. Ver, por ejemplo, J. SCHNIEWIND, Das Evangelium nachMattháus, 1937, ad loc W. G. KüMMEL, op. cit., p. 17, escribe igualmente con razón: Mt 10, 28 "no se refiere alvalor del alma inmortal, sino que subraya que sólo Dios puede destruir, además de la vida terrena, la vida celeste".Ver también R. MEHL, Der Letzte Feind, p. 40, n. 12.
  20. 20. 10 Empleamos este término, que de suyo no es muy afortunado, a falta de otro mejor. Sin embargo, lo que quieredecir debería estar claro después de los razonamientos precedentes. La resurrección del cuerpo no será más que una parte de la nueva creación total."Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva", dice 2 Pedro 3, 13. La esperanza cristiana nose dirige solamente a mi suerte individual, sino a la creación toda entera. Toda la creación,incluida la creación visible y material, ha sido arrastrada por el pecado a la muerte. "A causatuya", tal era la maldición. Eso es lo que aprendemos, no solamente en el Génesis, sino enRom 8, 19 ss., donde el apóstol Pablo escribe que toda la creación11 desde ahora esperaimpaciente la liberación. Esta redención vendrá cuando la potencia del Espíritu Santotransforme toda la materia; cuando Dios, por un nuevo acto creador, lejos de destruir lamateria, la librará de la potencia de la carne, de la corrupción. Entonces no serán las ideaseternas las que harán acto de presencia, sino los objetos concretos los que renacerán con lanueva sustancia de vida incorruptible del Espíritu Santo, y entre ellos nuestro cuerpo. Siendola resurrección del cuerpo un nuevo acto creador que afecta al universo, no puede tener lugaren el momento de la muerte individual de cada uno, sino únicamente al fin de los tiempos. Noes un tránsito de aquí abajo al más allá, como sucede para el alma en la creencia griega de lainmortalidad del alma. La resurrección del cuerpo es un pasaje del siglo presente al siglofuturo. Está ligada a todo el drama de la salvación. Debido al pecado, ese drama que se desarrolla en el tiempo es necesario. Una vezque se considera al pecado como origen del dominio de la muerte sobre la creación divina, lamuerte ha de ser vencida con el pecado. No somos capaces de hacerla por nuestras propiasfuerzas; no podemos vencer al pecado, siendo nosotros mismos pecadores, enseña el NuevoTestamento. Otro lo ha hecho por nosotros, y no ha podido hacerlo más que pasando élmismo al dominio de la muerte, es decir, muriendo y expiando el pecado, de suerte que lamuerte queda vencida en cuanto salario del pecado. La fe cristiana anuncia que Jesús ha he-cho esto y que ha resucitado en cuerpo y alma, después de haber muerto plena y realmente.Anuncia que, en adelante, la potencia de resurrección, el Espíritu Santo, está en acción. Elcamino se encuentra libre. El pecado está vencido; la resurrección y la vida triunfan de lamuerte, puesto que la muerte no era más que la consecuencia del pecado. Dios ha realizadoaquí, por anticipación, el milagro de la nueva creación que esperamos para el final. Ha creadola vida, como al principio. Este punto único, Jesucristo, se ha verificado ya ese milagro.Resurrección, no solamente en el sentido de un nuevo nacimiento del hombre interior poseídopor el Espíritu Santo, sino resurrección del cuerpo. Creación nueva de la materia, de unamateria incorruptible. Por lo demás, en ninguna otra parte de este mundo hay una materia de
  21. 21. resurrección; en ninguna parte hay un cuerpo espiritual; solamente en Jesucristo.11 La alusión a estas palabras "a causa tuya", en el versículo 20, excluye con su referencia a Gn 3. 1-7, cualquieraotra traducción de ×tσıς, como la que han propuesto E. BRUNNER y A. SCHLATTER: criatura en cuanto hombre.Ver O. CULLMANN, Cristo y el Tiempo. 1947. p. 72.Capítulo III EL PRIMOGENITO DE ENTRE LOS MUERTOS. ENTRE LA RESURRECCION DECRISTO Y EL ANIQUILAMIENTO DE LA MUERTE Deberíamos darnos cuenta de lo que esto significaba para los primeros cristianos, cuandoanunciaban la gran nueva de Pascua: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos! Para com-prender todo su alcance, debemos recordar ante todo lo que la muerte representaba paraellos. Nos sentimos tentados siempre a combinar esta afirmación inaudita: Cristo haresucitado, con la idea griega de la inmortalidad del alma, privándola con ello de su verdaderasustancia. En realidad significa: hemos entrado ya en la era nueva en la que la muerte estávencida por el Espíritu Santo, en la que no hay ya más corrupción. Porque si realmente existeya un cuerpo espiritual, que reemplaza al cuerpo carnal que había muerto, es que la potenciade la muerte está ya rota. En el fondo, los creyentes no deberían morir ya, según la convicciónde los primeros cristianos, y ésta era ciertamente su esperanza al principio de todo. Peroahora, ni siquiera el hecho de que los hombres continúen muriendo tiene gran importancia.Ahora su muerte no puede ser ya un signo del dominio absoluto de la muerte, sino únicamentede un último combate que libra por su dominación. La muerte no puede ya anular ese hecho,tan grávido de consecuencias, de que desde ahora existe ya un cuerpo resucitado. Deberíamos intentar sencillamente comprender lo que la comunidad primitiva quería decir alproclamar a Jesucristo "primogénito de entre los muertos". Deberíamos intentar, sobre todo,por difícil que nos parezca, eliminar en primer término la cuestión de saber si todavía podemosaceptar o no esta fe. Deberíamos renunciar igualmente a plantear inicialmente la cuestión desaber si Sócrates o el Nuevo Testamento tenían razón. Sin ello introduciremosconstantemente ideas extrañas en el Nuevo Testamento. En lugar de ello deberíamos comen-zar simplemente escuchando lo que enseña el Nuevo Testamento. "Jesucristo, el primogénitode entre los muertos." Su cuerpo, el primer cuerpo de resurrección, el primer cuerpo espiritual.La vida y el pensamiento enteros de quienes poseían esta convicción debían transformarse
  22. 22. radicalmente bajo esta influencia. Entonces y sólo entonces se explica cuanto ocurrió en lacomunidad primitiva. El Nuevo Testamento es para nosotros un libro sellado con siete sellos,si no sobreentendemos detrás de cada una de las frases que leemos en él esta otra: Cristo haresucitado1; la muerte está ya vencida; hay ya una nueva creación. La era de la resurrecciónha quedado inaugurada. Se entiende que está solamente inaugurada, pero inaugurada de manera decisiva.Solamente inaugurada, porque la muerte sigue actuando todavía. Los cristianos continúanmuriendo. Los discípulos se dan cuenta de ello cuando los primeros miembros de lacristiandad mueren. Esto debió plantear un grave problema2.En 1 Cor 11, 30, el apóstol Pablo dice que, en el fondo, no debería haber ya ni muerte nienfermedad. Sin embargo, hay todavía pecado, enfermedad y muerte. Pero el Espíritu Santocomo poder creador es ya eficaz en este mundo. Obra visiblemente en la comunidad de losprimeros cristianos, en los diferentes carismas que en ella se manifiestan. Lo que en nuestrolibro Cristo y el Tiempo llamamos la tensión entre "lo ya cumplido" y "lo todavía incumplido", esun elemento integrante del Nuevo Testamento.Por consiguiente, esta tensión no es una solución secundaria inventada posteriormente3, comolo pretenden los discípulos de Albert Scheweitzer, y ahora también R. Bultman4. Esta tensión,por el contrario caracteriza, ya la enseñanza que el mismo Jesús dio sobre el reino de Dios.1 Aunque realmente el Maestro de Justicia de la secta de Qumrán fuera ejecutado--lo cual, sin embargo, no se hademostrado hasta ahora con ningún texto claro--quedaría en pie, con todo, una diferencia capital en relación a la fede la Iglesia primitiva (sin hablar de las restantes diferencias; cf. nuestro artículo "The significance of the Qumrantexts, etc.) (El significado de los textos de Quram), J. B. L., 1955, p. 213 ss la fe en la resurrección de Jesús, que hatenido ya lugar, no tiene paralelo en la secta.2 Ver a este propósito Ph. H. Menoud, "La mort dAnanías et de Saphira", Aux sources de la tradition chrétienMélanges offerts âl M. Goguel, Neuchâtel-París, 1950, particularmente p. 150 ss.3 .Así, sobre todo, F. BURl, "Das Problem der ausgebliebenen Parusie" (El problema de la retrasada parusíe),Schw. Theol. Umschau, 1946, p. 97 ss. Cf. también sobre esta cuestión, O. CULLMANN, "Das wahre durch dieausgebliebene Parusie gestellte neutestamentliche Problem" (El verdadero problema neotestamentario planteadopor la dilación de la parusía), Theol. Zeitscher., 3, 1947, p. 177 ss. y p. 428 ss.4 R. BULTMANN, "History and Eschatology in the New Testament", New. Test. Stud., 1,1954, p. 5 ss.
  23. 23. El predijo la venida del reino para el futuro; pero por otra parte. Proclama que el reino es yarealidad, puesto que El mismo, con el Espíritu Santo, rechaza ya la muerte curando a losenfermos y resucitando a los muertos (Mt 21, 28; Mt 11, 3 s.; Lc 10, 18), anticipando con ellola victoria que con su propia muerte conseguirá sobre la muerte misma. Ni Albert Schweitzer,el cual considera como esperanza primitiva de Jesús y de los primeros cristianos únicamentela esperanza que se realiza en el futuro, ni C. H. Dodd, el cual habla solamente de realizedeschatology, ni, sobre todo, R. Bultmann, el cual disuelve la esperanza primitiva de losprimeros cristianos en un existencialismo heideggeriano, tienen razón. Es esencial para elpensamiento del Nuevo Testamento que se sirva de categorías temporales, y ello preci-samente porque la fe de que en Cristo ha tenido ya lugar la resurrección es el punto dearranque incluso de toda la vida y de todo el pensamiento cristiano. Si admitimos que es ésala afirmación central de la fe neotestamentaria, la tensión temporal entre "lo ya cumplido" y "lotodavía incumplido" es un elemento constitutivo de la fe cristiana. Entonces la imagen de quenos servimos en nuestro libro Cristo y el Tiempo ha de caracterizar la situación que todo elNuevo Testamento da por supuesta: la batalla decisiva, la que decide el término de la guerra,ha tenido ya lugar en la muerte y resurrección de Cristo; sólo queda por venir el Victory Day. En el fondo, toda la moderna discusión teológica se centra en la cuestión siguiente: ¿es ono es el hecho pascual el punto de partida de la Iglesia cristiana primitiva, de su nacimiento,de su vida, de su pensamiento? En caso positivo, la fe en la resurrección corporal de Cristo seha de considerar como el meollo mismo de toda fe cristiana en el Nuevo Testamento. El hechode que haya un cuerpo de resurrección, el de Cristo, determina la concepción total del tiempoque tienen los primeros cristianos. Si Cristo es el "primogénito de entre los muertos", esosignifica también que una distancia temporal, cualquiera que pueda ser su duración, separa alprimogénito de todos los demás hombres, los cuales no han "nacido de la muerte" todavía.Esto significa, por tanto, qué, según el Nuevo Testamento, vivimos en un tiempo intermedioentre la resurrección de Jesús que ya ha tenido lugar y nuestra resurrección que ha deacaecer al final. Pero eso significa también que la potencia de resurrección, el Espíritu Santo,está ya obrando entre nosotros. Por esta razón el apóstol Pablo se sirve (Rom. 8, 23) paradesignar al Espíritu Santo del mismo término griego- άπάρ×ή prímicias-- que empleaen 1 Cor. 15, 25 para designar el mismo Jesús resucitado. Tenemos, pues, anticipación de laresurrección ya desde ahora. Y esto de dos maneras. Nuestro hombre es renovado ya de díaen día por el Espíritu Santo (2 Cor. 4, 16; Ef. 3, 16). Pero también el cuerpo está ya poseídopor el Espíritu Santo, aunque la carne permanece todavía sólidamente anclada en el cuerpo.
  24. 24. Al grito de desesperación de Rom 7, 24"¿ Quién me librará de este cuerpo de muerte?",responde todo el Nuevo Testamento:. el Espíritu Santo. La anticipación del fin por el Espíritu Santo se percibe de la manera más patente en la frac-ción eucarística del pan de los primeros cristianos. Allí se realizan los milagros visibles de eseEspíritu divino. En el marco de esas reuniones es donde el Espíritu Santo intenta romper loslímites del lenguaje imperfecto de los hombres por lo que el Nuevo Testamento llama "hablarlenguas". En esta ocasión, la comunidad entra en relación directa con el resucitado nosolamente con su alma, sino con su cuerpo invisible de resurrección. Por esta razón escribe San Pablo (1 Cor 10, 16): "El pan que partimos, ¿no es la comunióncon el cuerpo de Cristo?" Ahí, en la comunidad de los hermanos, es donde los cristianos estánmás directamente en contacto con el cuerpo resucitado de Cristo, y por ello escribe el Apóstolen el capítulo siguiente (11, 27 s.) ese pasaje curioso, que no se tiene lo bastante en cuenta:si la cena del Señor fuera comida por los miembros de la comunidad de una maneraenteramente digna, la unión con el cuerpo de resurrección de Cristo actuaría desde ahora ennuestros propios cuerpos de tal manera que desde el momento presente no habría ya nienfermedad ni muerte (1 Cor 11, 28-30). Afirmación de una audacia singular 5. Así, pues, estas anticipaciones nos remiten ya a la transformación del cuerpo carnal encuerpo espiritual que tendrá lugar en el momento en que la creación entera sea producida denuevo. En ese momento no habrá más que el Espíritu. La materia carnal será reemplazadapor la materia espiritual. Ello significa que la materia corruptible será reemplazada por lamateria incorruptible. En esta afirmación hay que guardarse muy bien de atribuir a la palabra "espiritual" el sentidogriego, que excluye la idea del cuerpo. No, se trata de un cielo nuevo y de una tierra nueva.Tal es la esperanza cristiana.5 A esta luz hay que entender también la nueva tesis dé F. J. LEENHARDT, Ceci €st mon corps, Explication de cesparoles de Jésus-Christ, Neuchatel-París, 1955. La expresión de que se sirve el símbolo de los apóstoles no es ciertamente conforme alpensamiento paulino: creo en la resurrección de la carne 6. En todo caso, el apóstol Pablo nopodía decir. El cree en la resurrección del cuerpo, no de la carne". La carne es la potencia de
  25. 25. muerte que ha de ser destruida. Fue en una época en la que la terminología bíblica era malcomprendida, a saber, en el sentido de la antropología griega, cuando esta confusión entrecarne y cuerpo hizo su aparición. Según San Pablo, es nuestro cuerpo el que resucitará alfinal, cuando la potencia de vida que es el Espíritu Santo cree de nuevo todas las cosas, todassin excepción. ¿Un cuerpo incorruptible? ¿Cómo representarnos eso? O más bien, ¿cómo se losrepresentaron los primeros cristianos? Pablo dice en Fil 3, 21, que Jesucristo transformará alfinal nuestro cuerpo de miseria en un cuerpo semejante a su propio cuerpo de gloria (δǔξά); ylo mismo en 2 Cor 3, 18: "Somos transformados en su propia imagen, de gloria en gloria"(άπόδόξήςЄίςδόξάν). Esta gloria (δόξά) los primeros cristianos se la representaban como unaespecie de esplendor materializado, lo cual no deja de ser evidentemente más que unaimagen imperfecta. Nuestro lenguaje no posee palabras para expresarlo. Una vez másremitimos al retablo de Grünewald, que representa la resurrección. Nos parece que es lo quemás se acerca a la realidad que el apóstol Pablo ha concebido al hablar de cuerpo espiritual.6 W. BIEDER, "Aufersthung des Leibes oder des Fleisches?" (¿Resurrección del cuerpo o de la carne?), Theol.Zeitschr., I, 1945, p. 105 ss., intenta explicar esta expresión desde el punto de vista de la teología bíblica y de lahistoria de los dogmas.Capitulo IVLOS QUE DUERMEN. ESPÍRITU SANTO y ESTADO INTERMEDIO DE LOS MUERTOS
  26. 26. Llegamos a nuestra última cuestión: "¿En qué momento tiene lugar esa transformación delcuerpo? No puede haber duda al respecto. Todo el Nuevo Testamento responde: al final delos tiempos, lo cual ha de entenderse verdaderamente en sentido temporal. Pero esto planteala cuestión del "estado intermedio" de los muertos. Por supuesto, la muerte ha sido ya venci-da, según 2 Tim 1, 10: "Cristo la aniquiló, y sacó a la luz la vida y la incorrupción". Pero latensión temporal en la que solemos insistir tanto concierne precisamente a ese punto central:la muerte está ya vencida, pero no será destruida hasta el fin "El último enemigo que serávencido es la Muerte" (1 Cor 15, 26). Es característico que en griego tenemos dos veces elmismo verbo ×άtάρЇέώ1 lo mismo cuando se trata de la victoria decisiva que ya ha tenidolugar, que cuando se trata de la victoria final que está por venir. De la victoria final, de ladestrucción, habla también el Apocalipsis (20 14): "La muerte es precipitada en el estanque defuego"; y así el autor del citado libro puede continuar algunos versículos más lejos: "La muerteno existirá ya."Esto significa que la transformación del cuerpo no tiene lugar inmediatamente después decada muerte individual. Aquí, sobre todo, es preciso que nos liberemos de las concepcionesgriegas, si queremos comprender la doctrina del Nuevo Testamento. Sobre este punto nosapartamos también de K. Barth, cuando atribuye al apóstol Pablo la idea de que latransformación del cuerpo carnal tendrá lugar para cada uno en el momento de su muerte,como si los muertos estuvieran fuera del tiempo2. Según el Nuevo Testamento, se encuentratodavía en el tiempo. Sin ello todo el problema tratado por Pablo en 1Ts 4,13 ss. no tendríasentido. En esta epístola se trata para el Apóstol de mostrar que en el momento de la vueltade Cristo los que todavía estén con vida no tendrán ventaja respecto a los que hayan muertoantes en Cristo. En el Apocalipsis (6, 11) vemos igualmente que los que han muerto en Cristoesperan:1 Así es como traduce Lutero el mismo verbo en 2 Tim 1,10: "er hat ihm die Macht genommen" (él le ha arrebatadosu potencia); en 1 Cor 15, 26: "er wird aufgehoben" (es aniquilado).2 K. BARTH, Die Kirchliche Dogmatik, n, 1, 1940, página 698 ss.; III 2, 1948, p. .524 ss.; 714 ss. Es cierto que supunto de vista está aquí mucho más matizado y que se acerca más a la escatología del Nuevo Testamento que ensus primeras publicaciones, sobre todo Auferstehung der Toten (La resurrección de los muertos), 1926."¿Hasta cuándo?", gritan los mártires que duermen bajo el altar. La parábola del hombre rico,en la que Lázaro es llevado directamente después de su muerte al seno de Abraham (Lc. 16,22), Y las palabras de Pablo a los filipenses: “Deseo morir y estar con Cristo" (1, 23) no hablan
  27. 27. -de una resurrección corporal que tiene lugar inmediatamente después de la muerte individual,como se admite con frecuencia3. Ni uno ni otro de esos textos hablan de la resurrección de loscuerpos. Al contrario, al servirse de imágenes, hablan del estado de los que mueren en Cristoantes del fin de los tiempos, de ese estado intermedio en el cual se encuentran lo mismo quelos vivos. Todas esas imágenes están destinadas a expresar una proximidad particular enrelación a Dios y a Cristo, en la cual se encuentran en espera del fin los que mueren en la fe.Están "en el seno de Abraham", o bien (según Ap. 6, 9) "bajo el altar", o "con Cristo". No setrata sino de imágenes diferentes para ilustrar la proximidad divina. Pero la imagen máscorriente empleada por Pablo es que "duermen"4. Que en el Nuevo Testamento se cuenta conun tiempo intermedio para los muertos como para los vivos, es un hecho difícilmenteimpugnable. No obstante, no encontramos aquí especulación alguna sobre el estado de losmuertos en ese tiempo intermedio 5.3 Las palabras, frecuentemente discutidas, de Lc 23, 43: "hoy estarás conmigo en el paraíso", merecen citarsetambién a este respecto. Aunque no es imposible relacionar σήμέρον con λέЇώсΙ nos parece, sin embargo, pocoverosímil. Hay que interpretar ese logion a la luz de Lc. 16, 23 y de las concepciones del judaísmo tardío relativas al"paraíso" como lugar de los bienaventurados (STRACK-BILLERBECK, ad loc.; P. VOLZ, Die Eschatologíe derjüdischen Gemeínde im neutestamentílichen Zeítalter (La escatología del pueblo judío en la época neo-testamentaria), 2." ed., 1934, p.265). El texto no habla en todo caso de la resurrección del cuerpo ni anula la esperade la parusía. Semejante interpretación es igualmente refutada por W. G. KÜMMEL, Verbeíssung und Erfüllung, 2."ed., 1953, p. 67. Es cierto que subsiste un cierto desacuerdo con el paulinismo, en el sentido de que Cristo mismono ha resucitado en el momento indicado por “hoy” y que, por tanto, no ha puesto el fundamento de esa "comuniónde los muertos con El". Pero, a fin de cuentas, el texto subraya también el hecho de que el malhechor estará conCristo. PH. H. MENOUD (Le sort des trépassés, p. 45) observa con razón que es necesario comprender larespuesta de Jesús en relación con la petición del malhechor. Éste pide que Jesús se acuerde de él "cuando estéen su reino"; según la concepción mesiánica judía, esas palabras no pueden designar más que el momento en elque el Mesías vendrá a establecer su reino. Jesús no responde a la petición, pero le da al bandido más todavía delo que pide: ya antes se reunirá "con Él". Así entendidas, estas palabras se sitúan, por tanto, según su intención, enel orden de ideas antes mencionado.4 La interpretación que K. BARTH (Die Kirchliche Dogmatik, IlI, 2, p. 778) da de esta expresión "dormir", como siese término reprodujera solamente "la impresión" que producen a los supervivientes los que se duermenserenamente, no puede defenderse desde el punto de vista del Nuevo Testamento. Ese término dice más, y serefiere realmente, como el término "reposar" en Ap 14, 13, al estado en el cual se encuentran los muertos antes dela parusía.5 Sin embargo, esta discreción no ha de ser para nosotros motivo para suprimir simplemente el estado intermedioen cuanto tal. No entendemos bien por qué ciertos teólogos protestantes (como también K. BARTH) experimentana propósito de esta concepción tantas vacilaciones, cuando el Nuevo Testamento nos enseña sencillamente esto:1) que ese estado existe; 2) que significa ya comunión con Cristo (en virtud del Espíritu Santol- En ninguna parte se
  28. 28. habla del purgatorio. Por consiguiente, los que han muerto en Cristo participan de la tensión del tiempo interme-dio. Pero esto no significa solamente que esperan. Significa, además, que también para ellosla muerte y la resurrección de Jesús han sido los acontecimientos decisivos. También paraellos pascua es el gran cambio (Mt 27, 52). La nueva situación que ha creado la pascua per-mite vislumbrar al menos un nexo posible, no con la doctrina de Sócrates, sino con su actitudpráctica frente a la muerte. La muerte ha perdido su aguijón; aunque sigue siendo el últimoenemigo, no significa ya en el fondo nada. Si la resurrección de Cristo significara el grancambio solamente para los vivos y no para los muertos, los vivos tendrían a pesar de todo unaenorme ventaja sobre los muertos. En efecto, aquéllos, en cuanto miembro de la comunidadde Cristo, están ahora en posesión del poder de la resurrección del Espíritu Santo. Esinconcebible que, según la concepción de los primeros cristianos, nada haya cambiado porCristo para los muertos en lo que concierne al tiempo que precede al fin. Precisamente lasimágenes de que se sirve el Nuevo Testamento para designar el estado de los que hanmuerto en Cristo prueban que la resurrección del Señor, esa anticipación del fin, produce susefectos en ese estado intermedio también y, sobre todo, para los muertos “Están en Cristo”dice el apóstol Pablo.Pero principalmente el pasaje de 2 Cor 5, 1-10 es el que nos enseña por qué los muertos tam-bién, aunque no tienen todavía cuerpo, y aunque no hacen más que "dormir", se encuentrancon todo con Cristo. El Apóstol habla en este lugar de la angustia natural que también él ex-perimenta ante la muerte, que está siempre actuando. Teme lo que llama él estado de "des-nudez", es decir, el estado del alma privada de cuerpo. Por consiguiente, esta angustia naturalfrente a la muerte no ha desaparecido completamente, ni siquiera con Cristo, puesto que lamuerte misma, el último enemigo, si bien ha padecido una derrota decisiva, no ha desapare-cido. El Apóstol desearía, dice, ser revestido del cuerpo espiritual, "por encima." (έπί) sin tenerque pasar por la muerte. Es decir, que desearía estar todavía con vida en el momento de lavuelta de Cristo. Una vez más vemos aquí confirmado lo que hemos dicho de la actitud deJesús frente a la muerte. Pero al mismo tiempo comprobamos en este pasaje (2 Cor 5) lo quehay de radicalmente nuevo a partir de la resurrección de Cristo; ese mismo texto, junto a laangustia natural inspirada por el estado de desnudez del alma, proclama la gran certeza deestar ya con Cristo, incluso y sobre todo durante ese estado intermedio. ¿Por qué, entonces,habría de inquietarnos todavía el hecho de que exista tal estado? La certeza de estar, también
  29. 29. ahí y sobre todo ahí, con Cristo se funda en otra convicción cristiana según la cual nuestrohombre interior ha sido ya poseído por el Espíritu Santo. Los que vivimos estamos en po-sesión del Espíritu divino desde la venida de Cristo. Si realmente el Espíritu Santo habita ennosotros, ha transformado ya nuestro hombre interior. Ha tomado ya posesión de él. Perohemos oído que el Espíritu Santo es la potencia de resurrección, el poder creador de Dios. Porconsiguiente, la muerte es impotente respecto a Él. Por eso algo ha cambiado para losmuertos desde ahora, en cuanto que mueren realmente en Cristo, es decir, en posesión delEspíritu Santo. La espantosa soledad, la separación de Dios creada por la muerte, de la quehemos hablado, no existe ya, porque está el Espíritu Santo. He ahí por qué el Nuevo Testa-mento subraya que los muertos en Cristo están con Cristo y, por tanto, que no están abando-nados. Así comprendemos que Pablo, precisamente en 2 Cor. 5, 1 s., donde habla de la an-gustia ante la desnudez en ese estado intermedio, designe al Espíritu Santo como "primicias"(άρράβών). Según el v. 8 del mismo capítulo, los muertos incluso parecen estar más cerca de Cristo; elsueño parece acercarles más: "Preferimos permanecer fuera del cuerpo y estar con el Señor."Por esta razón puede escribir el Apóstol en Fil. 1, 23 que "desea morir" para estar con elSeñor. Por consiguiente, el hombre sin el cuerpo carnal, si posee al Espíritu Santo, está máscerca de Cristo que antes. Es que la carne ligada a nuestro cuerpo terreno es un obstáculopara el desarrollo del Espíritu Santo mientras vivimos. El muerto es liberado de este obstáculo,aunque el suyo sea todavía un estado imperfecto, puesto que no posee el cuerpo de laresurrección. Este pasaje, como los restantes, no nos da más precisiones sobre el estadointermedio en el que el hombre interior, despojado del cuerpo carnal, pero privado todavía delcuerpo espiritual, encuentra a solas con el Espíritu Santo. Le basta al apóstol aseguramos queen el camino de la anticipación del fin que nos corresponde desde que hemos recibido alEspíritu Santo, ese estado nos acerca más a la resurrección final. Angustia inspirada por el estado de desnudez, de un lado; firme seguridad de que eseestado, que por lo demás es intermedio, no podrá separamos de Cristo (entre las potenciasque no pueden separarnos del amor de Dios en Cristo se nombra también la muerte Rom 8,38), por otro. Esta angustia y esa seguridad se relaciona en este texto de 2 Cor. 5, lo cualconfirma que también los muertos participan de la tensión que caracteriza al tiempo presente.Pero predomina la seguridad, porque la batalla decisiva ya se ha librado. La muerte está
  30. 30. vencida. El hombre interior despojado del cuerpo no está solo; no lleva ya una existenciaumbrátil, único objeto de la esperanza de los judíos y que no se podía considerar como una"vida". El cristiano privado del cuerpo por la muerte ha sido ya transformado en vida por elEspíritu Santo, ha sido ya poseído por la resurrección (Rom. 6, 3 s.; Jn 3, 3 s.), si realmenteha sido regenerado ya en vida por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un don que no sepuede perder al morir. El cristiano muerto tiene al Espíritu Santo, por más que duerma todavíay siga esperando la resurrección del cuerpo, la única que le conferirá la vida plena yverdadera. Por tanto, en este estado intermedio la muerte, aunque exista, ha perdido todo loque tenía de terrorífico; y puesto que sin la presencia de la carne el Espíritu Santo los acercaincluso más a Cristo, los muertos que mueren en el Señor desde ahora: (άπ`άρtI)6 puedenllamarse incluso bienaventurados, como lo escribe el autor del Apocalipsis (14, 13). Laexclamación de triunfo del apóstol Pablo (1 Cor 15, 54) encuentra también ahora su aplicacióna los muertos: "¿Dónde, muerte, está tu victoria? ¿Dónde, muerte, tu aguijón?" Por eso elApóstol escribe a los romanos: "Ora vivamos, ora muramos, pertenecemos al Señor" (14, 8)."Ya velemos, ya durmamos, vivimos unidos a Él" (1 Ts 5, 10). Cristo es "el Señor de losmuertos y de los vivos" (Rom 14, 9). 6 En la perspectiva de otros pasajes del Nuevo Testamento en los cuales es cierto que άπ`άρtI no puede sig-nificar más que "desde ahora" (por ej., Jn 13, 9), Y a causa del sentido excelente que da esta interpretacióntemporal, aquí mismo, igualmente, preferimos mantener esta traducción habitual: "desde ahora", refiriendo laexpresión aάποθνήσΧονtές, aunque existan argumentos en favor de la proposición de A. DEBRUNNER(Grammatik des neutestamentlichen Griechisch, Teil Il, Anhang, par. 12), el cual, siguiendo una sugerencia de A.FRIDRISCHSEN, considera a άπ`άρtI el término ático vulgar para "exactamente, ciertamente", y lo relaciona a λέγξίώ πνέύράχ lo cual encontraría una base en la lección p. 47, que omite. Se podría preguntar si, de esta manera, no terminamos por coincidir en último análisis conla doctrina griega de la inmortalidad del alma, y si el Nuevo Testamento no supone para eltiempo que sigue a pascua una continuidad del "hombre interior", del cristiano convertido,antes y después de la muerte, de suerte que prácticamente la muerte no representa tambiénaquí más que un "tránsito" natural7. Hasta cierto punto nos acercamos, efectivamente, a ladoctrina griega, en el sentido de que el hombre interior, transformado y vivificado por elEspíritu Santo ya antes (Rom 6, 3 s.), continúa viviendo, así transformado, junto a Cristo en elestado de sueño. Esta continuidad de la vida en espíritu se subraya particularmente en elevangelio de Juan (Jn 3, 36; 4, 14; 6, 54, y en otros pasajes). Aquí entrevemos al menos unacierta analogía en relación a la inmortalidad del alma. Sin embargo, la diferencia sigue siendoradical; el estado de los muertos sigue siendo un estado imperfecto, de desnudez, como dice
  31. 31. San Pablo, de sueño, de espera de la resurrección de toda la creación, de la resurrección del7 Ya hemos hablado más arriba de la tentativa de K. BARTH el cual ciertamente llega demasiado lejos deestablecer de manera dialéctica una apreciación positiva de la muerte al lado de la concepción negativa.cuerpo, por otra parte, la muerte es la enemiga que, si bien ha sido vencida, ha de ser todavíadestruida. Si los muertos, incluso en ese estado, viven ya junto a Cristo, ello no correspondeen modo alguno a la esencia, a la naturaleza del alma, sino a la consecuencia de unaintervención divina que actúa desde fuera por la muerte y la resurrección de Cristo, por elEspíritu Santo, que ha de haber resucitado al hombre interior con su poder maravilloso yadurante la vida terrena, antes de la muerte."Queda que la resurrección de los muertos sigue siendo objeto de espera, incluso en el cuartoevangelio. Es cierto que se trata ya de una espera con la certeza de la victoria, porque elEspíritu Santo habita ya en el hombre interior. No hay lugar ya a la duda; puesto que habita yaen nosotros, un día también transformará nuestro cuerpo. Porque el Espíritu Santo, potenciade vida, lo penetra absolutamente todo, no conoce obstáculo alguno ni se detiene ante nada.Por eso escribe San Pablo en Rom. 8, 11 aquellas palabras que podemos considerar como unverdadero resumen de la doctrina aquí expuesta: "Si el Espíritu habita en nosotros, entoncesel que ha resucitado de entre los muertos, Cristo Jesús, llamará también a la vida vuestroscuerpos mortales por el Espíritu que habita en vosotros", y en Fil 3, 21: "Esperamos al SeñorJesús, el cual ha de hacer nuestro cuerpo de miseria semejante a su propio cuerpo de gloria." Esperamos nosotros y esperan los muertos. Es cierto que el ritmo del tiempo será para ellosdistinto que para los vivos y que, por lo mismo, ese tiempo intermedio puede reducirse paraellos. Se nos podría reprochar que con esta última observación nos salimos del punto de vistade la exégesis, contrariamente al límite estricto de los datos del Nuevo Testamento que noshemos impuesto hasta ahora. Estamos, sin embargo, convencidos de que tampoco ahíabandonamos las bases exegéticas de este trabajo, en la medida en que la expresión [dormir-que es la más corriente en el Nuevo Testamento para designar el estado intermedio nos invitapor sí misma a concebir para los muertos una conciencia distinta del tiempo, la de "los queduermen". Mas no por eso dejan de encontrarse en el tiempo, lo cual confirma de nuevo que lafe del Nuevo Testamento en la resurrección es diferente de la creencia griega en lainmortalidad del alma 8. 8 Seguimos en esto una sugerencia de R. MEHL, Der letzte Feind, p. 56.
  32. 32. CONCLUSIÓN Durante sus viajes misioneros, Pablo encontró ciertamente gentes que no podían aceptar supredicación de la resurrección, .por la sencilla razón que creían en la inmortalidad del alma.Por eso en el Areópago de Atenas los griegos se echan a reír solamente cuando el apóstolPablo habló de la resurrección (Act 17, 37). Las gentes, de las cuales el Apóstol dice en 1 Ts4, 13 que "no tienen esperanza", y de las que escribe en 1 Cor 15, 12 que no creen que hayauna resurrección de los muertos, no son muy probablemente epicúreos, como nos sentimostentados a creer. Porque los que creen en la inmortalidad del alma no poseen tampoco laesperanza de la que habla el Apóstol, la esperanza que presupone la fe en un milagro divino,en una nueva creación. Es preciso incluso llegar más lejos y afirmar que los que creen en lainmortalidad del alma habían de encontrar dificultades infinitamente mayores que otros enaceptar la predicación cristiana de la resurrección. Justino menciona, hacia 150 a los quedicen no -hay resurrección de entre los muertos, sino que sus almas suben al cielo en elmomento mismo de su muerte" Aquí se percibe claramente el contraste;El emperador Marco Aurelio, el filósofo que, con Sócrates, forma parte de las más noblesfiguras del mundo antiguo, sintió también personalmente el contraste. Sabemos que sintió eldesprecio más profundo por el cristianismo, y precisamente la muerte de los mártires cris-tianos, que era de esperar que suscitara el respeto del i gran estoico, el cual esperaba perso-nalmente la muerte con gran serenidad, esa muerte de los mártires le inspiraba, por el con-trario, una extrema antipatía. La pasión con que los cristianos van al encuentro de la muerte leproduce un disgusto supremo l. El estoico deja esta vida sin pasión; en cambio, el mártircristiano muere con una santa pasión por la causa de Cristo, pues sabe que es integrado en elgran drama de la salvación. El primer mártir cristiano, Esteban, nos muestra cómo el quemuere en Cristo supera el horror de ola de muerte de una manera completamente distinta queel filósofo de la antigüedad; ve, dice el autor de los Hechos, "el cielo abierto y a Cristo a laderecha de Dios" (7, 55). Ve a Cristo, vencedor de la muerte. Con esta certeza, de que lamuerte por la cual ha de pasar ha sido ya vencida por el mismo Cristo que pasó por ella, sufrela lapidación.
  33. 33. 1 M. AURELIO, Med. XI, 3. Es cierto qlte abandonó cada vez más la fe en la inmortalidad. La respuesta a la pregunta que hemos formulada: inmortalidad del alma o resurrección delos muertos en el Nuevo Testamento, ha de y ser clara. La doctrina del gran Sócrates, del gran Platón, es incompatible con las enseñanzas del Nuevo Testamento. Que su persona,que su vida y su actitud frente a la muerte puedan y deban ser respetadas por los cristianos, lohan demostrado los apologetas cristianos del siglo II, y creemos que se podría demostrartambién inspirándose en el Nuevo Testamento. Pero ésa es otra .cuestión, de la que notenemos por qué ocuparnos aquí 2. 2 Tampoco hemos tratado el problema de la suerte de los impíos según el cristianismo primitivo. Esperamoshacerlo más tarde en una obra consagrada a la escatología del Nuevo Testamento.

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