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Después de la II Guerra Mundial, la hegemonía estadounidense se basó en nuevos métodos de dominio, debilitando los viejos imperios coloniales europeos. La URSS promovió doctrinas antimperialistas y apoyó a los movimientos de liberación, mientras que las colonias aumentaron sus demandas de independencia. Europa enfrentaba graves pérdidas comerciales y carecía de recursos para mantener sus imperios.

