El éxito no se mide por logros económicos o académicos, sino por la calidad de las relaciones personales y la capacidad de amar y ayudar a otros. Un triunfador se caracteriza por su responsabilidad, humildad y disposición para aprender, mientras que un perdedor tiende a justificar sus errores y aferrarse al egoísmo. La verdadera medida del éxito radica en el impacto positivo que uno tiene en los demás y en la búsqueda de un propósito más allá de las posesiones materiales.