Un príncipe chino anunció que se casaría con la mujer que cultivara la flor más bella de las semillas que les daría a las pretendientes. Aunque una joven pobre no tenía habilidad para la jardinería, cuidó su semilla con paciencia y amor aunque nada brotara. Al final, el príncipe escogió a la joven porque las demás flores eran estériles, y valoró su honestidad sobre la apariencia.