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TIEMPOS DE LUCHA
Cuando les veo así ante mi, ochocientos directivos de los distritos; y cuando
pienso que fuera, en toda la nación , hay cientos de miles de jefes políticos,
entonces, instintivamente, tengo que retroceder a aquel tiempo, cuando surgió el
primer mando del movimiento.
Era 1920, el cabo Adolf Hitler se había convertido en el camarada del partido
Adolf Hitler y pretendía emplear a un hombre que, mediante un sueldo, realizase
determinadas tareas en la pequeña sede del partido. Todo ello pese al temor de
las docenas de miembros, que estaban convencidos más o menos o de que estaba
loco o de que era un enviado de los francmasones u otras fuerzas ocultas con la
misión de conducir al pequeño partido a la ruina y destruirle definitivamente.
Desde luego , no le había empleado oficialmente; tampoco era entonces Adolf
Hitler irreflexivo.
Pero el hombre tenía que ir cada dos días un par de horas a la sede y realizar
allí el solo , todo lo que hacen ahora ustedes en sus sedes de distrito,
distribuido en diversos puestos individuales.
Tenía, principal y lógicamente, el puesto de tesorero y había que llevar al día
la caja; no disponía de una caja fuerte, pero si poseía una de puros. Tenía
también la misión de que estuviesen registrados ordenadamente, todos los
miembros del movimiento, aunque no en un archivo sino en un cuaderno; pues a
veces solían entrar varios nuevos camaradas a la semana. Teníamos principalmente
una ventaja; poseíamos una maquina de escribir, y creo que era general
convicción que había crecido enormemente el crédito del partido , cuando las
cartas que se enviaban no eran escritas a mano, sino con una auténtica maquina
de escribir.
La sede se encontraba en una modesta y muy pequeña habitación en la Sternecker
que quizá algunos de ustedes conoce aun. Las paredes eran extrañas, el tabernero
había quitado el revestimiento de la pared antes de aventurarse a alquilarnos el
local, pues no podía saber sí esta asociación, de acuerdo con las viejas
costumbres de los soldados, no quemaría en la estufa el costoso revestimiento de
madera de abeto. Allí fue, en el Sternecker, donde vi por primera vez al Führer.
Al lado de la sede, en un pequeño local, se celebraba la reunión del partido por
las tardes y allí pude escuchar el primer discurso que oí en mi vida de Hitler.
Un pobrecillo había solicitado crear una comisión que debería vigilar a la
dirección del partido. Fue un tema apetitoso para el Führer: ¡les puedo asegurar
que tal solicitud nunca más nos fue expuesta!
En la misma Sternecker se reunía a diario, ciertamente, la totalidad del partido
en Alemania; no en una gran sala, sino en una pequeña habitación que se llenaba
por completo para comer juntos. No se trataba en sí de comidas suculentas en
relación al precio. Por lo general, el examen finalizaba con la decisión del
llamado”Tiroler Gerösstel” (asado tirolés), que aquí se denomina según creo,
”Hoppel Poppel”; pero esto solo duraba una parte del mes, hacia el final se
aclaraban las filas y acudían generalmente a la cocina popular para comer por 10
o 20 pfennig. Allí también se encontraba el Führer.
Ya al anochecer, se iba la totalidad del partido, bajo la dirección del
camarada Adolf Hitler, a las calles y distritos oscuros de Munich para proceder
a la distribución de hojas y colocar pequeños carteles. Uno portaba un cubo de
cola y otros cuidaban las esquinas. Cuando se presentaba algo sospechoso, y por
lo general era sospechoso todo lo que no pertenecía al partido, y principalmente
cuando aparecía un representante del alto poder estatal, se ponía en lo posible
cara de inocente y en la mayoría de los casos salía bien . Lo que era penoso y
molesto era el cubo de la cola. Era muy difícil hacer comprender al citado
representante por que se llevaba el cubo, en especial cuando cerca olía a cola
de los carteles recién pegados. Asegurábamos no obstante, que todo ciudadano
tenía derecho a llevar cuando y donde quisiera un caldero con cola pero... por
desgracia, los bolsillos de nuestros capotes militares estaban sospechosamente
llenos. A una inspección más minuciosa, resultaba que se trataba de hojas de
propaganda, en parte sangrientas, en parte burguesas. No del NSDAP, pues
entonces no teníamos dinero en nuestros bolsillos para imprimir hojas propias,
pero si de la ”Alianza Ofensiva y Defensiva”, o de una pequeña hoja semanal
antisemita, denominada ”Völkischer Beobachter” que quien sabe quien la
publicaba.
Solo con el transcurso del tiempo conseguimos encontrar a un hombre, que al
igual que nosotros, no estaba por completo de acuerdo con aquel gobierno y que
se diferenciaba de nosotros en un punto, que poseía un poco más de dinero que
nosotros. Para nuestra sorpresa puso a nuestra disposición dinero real para la
impresión de hojas de propaganda. Esto se hizo entonces intensamente.
El Führer las proyectaba. Eran de la misma forma a como las proyectó durante
todo el tiempo de lucha. Encontrábamos métodos completamente nuevos para la
distribución de estas hojas, por ejemplo subíamos individualmente al tranvía con
un paquete de octavillas en el bolsillo y cuando arrancaba el tranvía íbamos
soltándolas sobre la marcha. Este sistema se basaba en el convencimiento
fundamentado de que los policías no nos iban a coger, ya que nosotros
descendíamos en la siguiente parada y desaparecíamos en la multitud.
HITLER SALIENDO DE UN MITIN EN MUNICH (1922)
Uno muy pillo tuvo la genial idea de arrojar sus octavillas desde el carrusel de
la “Wiese“ de la “Oktoberfest“, se ve que no tenía muy claro que si bien era
cierto que los caballos se movían, el carrusel permanecía quieto, y que los
caballos también se detenían alguna vez. Y así, al bajar de su alazán, estaba
esperándole ya el ojo de la ley, que se lo llevo a la comisaría, por cierto que
pasado el tiempo, llegamos a conocernos todas las comisarías de Munich. Pero
esto no era lo peor, mucho peor era que las comisarías nos llegaron a conocer a
nosotros y que, poco a poco, para la policía , cada uno de nosotros llevaba
siempre públicamente expuesto su documento de identidad en forma de cara. Esto
ciertamente era más desagradable, que el que hoy sea a veces agradable llevar el
documento de identidad en forma de rostro , pues hoy las consecuencias son de
género distinto.
Esta intensa distribución de octavillas tenía además otro resultado, cuando el
Führer se dirigía una vez a la oficina, fue repentinamente detenido. El resto
del partido se reunió inmediatamente y decidió que había llegado el momento de
llevar a cabo un golpe de estado y con los doce o catorce miembros , derribar al
gobierno. Como acción mínima se acordó asaltar la jefatura superior de policía y
sacar de allí al Führer, finalmente no resultó nada de esa tentativa de golpe de
estado, ya que el Führer salió antes de lo pensado gracias a que en la dirección
de la policía estaban hombres como Pühner y Frick. Yo opino que hubiera sido
desventajoso para el “gigantesco partido“ de entonces si hubiéramos intentado el
golpe de estado.
Yo recuerdo con cariño, de tiempo en tiempo, estos acontecimientos, y también se
lo cuento a ustedes con satisfacción, pues creo que solamente cuando se
rememoran en el espíritu esos tiempos, se puede apreciar lo que significa que
Adolf Hitler, entonces jefe de una perseguida tropa sin importancia, compuesta
por unos pocos hombres, hoy sea precisamente el Jefe de Estado.
RUDOLF HESS
ARTÍCULO EXTRAÍDO DE LA REVISTA DE CEDADE nº113.

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  • 1. TIEMPOS DE LUCHA Cuando les veo así ante mi, ochocientos directivos de los distritos; y cuando pienso que fuera, en toda la nación , hay cientos de miles de jefes políticos, entonces, instintivamente, tengo que retroceder a aquel tiempo, cuando surgió el primer mando del movimiento. Era 1920, el cabo Adolf Hitler se había convertido en el camarada del partido Adolf Hitler y pretendía emplear a un hombre que, mediante un sueldo, realizase determinadas tareas en la pequeña sede del partido. Todo ello pese al temor de las docenas de miembros, que estaban convencidos más o menos o de que estaba loco o de que era un enviado de los francmasones u otras fuerzas ocultas con la misión de conducir al pequeño partido a la ruina y destruirle definitivamente. Desde luego , no le había empleado oficialmente; tampoco era entonces Adolf Hitler irreflexivo. Pero el hombre tenía que ir cada dos días un par de horas a la sede y realizar allí el solo , todo lo que hacen ahora ustedes en sus sedes de distrito, distribuido en diversos puestos individuales. Tenía, principal y lógicamente, el puesto de tesorero y había que llevar al día la caja; no disponía de una caja fuerte, pero si poseía una de puros. Tenía también la misión de que estuviesen registrados ordenadamente, todos los miembros del movimiento, aunque no en un archivo sino en un cuaderno; pues a veces solían entrar varios nuevos camaradas a la semana. Teníamos principalmente una ventaja; poseíamos una maquina de escribir, y creo que era general convicción que había crecido enormemente el crédito del partido , cuando las cartas que se enviaban no eran escritas a mano, sino con una auténtica maquina de escribir. La sede se encontraba en una modesta y muy pequeña habitación en la Sternecker que quizá algunos de ustedes conoce aun. Las paredes eran extrañas, el tabernero había quitado el revestimiento de la pared antes de aventurarse a alquilarnos el local, pues no podía saber sí esta asociación, de acuerdo con las viejas costumbres de los soldados, no quemaría en la estufa el costoso revestimiento de madera de abeto. Allí fue, en el Sternecker, donde vi por primera vez al Führer. Al lado de la sede, en un pequeño local, se celebraba la reunión del partido por las tardes y allí pude escuchar el primer discurso que oí en mi vida de Hitler. Un pobrecillo había solicitado crear una comisión que debería vigilar a la dirección del partido. Fue un tema apetitoso para el Führer: ¡les puedo asegurar que tal solicitud nunca más nos fue expuesta! En la misma Sternecker se reunía a diario, ciertamente, la totalidad del partido en Alemania; no en una gran sala, sino en una pequeña habitación que se llenaba por completo para comer juntos. No se trataba en sí de comidas suculentas en relación al precio. Por lo general, el examen finalizaba con la decisión del llamado”Tiroler Gerösstel” (asado tirolés), que aquí se denomina según creo, ”Hoppel Poppel”; pero esto solo duraba una parte del mes, hacia el final se aclaraban las filas y acudían generalmente a la cocina popular para comer por 10 o 20 pfennig. Allí también se encontraba el Führer. Ya al anochecer, se iba la totalidad del partido, bajo la dirección del camarada Adolf Hitler, a las calles y distritos oscuros de Munich para proceder a la distribución de hojas y colocar pequeños carteles. Uno portaba un cubo de cola y otros cuidaban las esquinas. Cuando se presentaba algo sospechoso, y por lo general era sospechoso todo lo que no pertenecía al partido, y principalmente cuando aparecía un representante del alto poder estatal, se ponía en lo posible cara de inocente y en la mayoría de los casos salía bien . Lo que era penoso y molesto era el cubo de la cola. Era muy difícil hacer comprender al citado representante por que se llevaba el cubo, en especial cuando cerca olía a cola de los carteles recién pegados. Asegurábamos no obstante, que todo ciudadano tenía derecho a llevar cuando y donde quisiera un caldero con cola pero... por desgracia, los bolsillos de nuestros capotes militares estaban sospechosamente llenos. A una inspección más minuciosa, resultaba que se trataba de hojas de propaganda, en parte sangrientas, en parte burguesas. No del NSDAP, pues entonces no teníamos dinero en nuestros bolsillos para imprimir hojas propias, pero si de la ”Alianza Ofensiva y Defensiva”, o de una pequeña hoja semanal antisemita, denominada ”Völkischer Beobachter” que quien sabe quien la publicaba. Solo con el transcurso del tiempo conseguimos encontrar a un hombre, que al igual que nosotros, no estaba por completo de acuerdo con aquel gobierno y que
  • 2. se diferenciaba de nosotros en un punto, que poseía un poco más de dinero que nosotros. Para nuestra sorpresa puso a nuestra disposición dinero real para la impresión de hojas de propaganda. Esto se hizo entonces intensamente. El Führer las proyectaba. Eran de la misma forma a como las proyectó durante todo el tiempo de lucha. Encontrábamos métodos completamente nuevos para la distribución de estas hojas, por ejemplo subíamos individualmente al tranvía con un paquete de octavillas en el bolsillo y cuando arrancaba el tranvía íbamos soltándolas sobre la marcha. Este sistema se basaba en el convencimiento fundamentado de que los policías no nos iban a coger, ya que nosotros descendíamos en la siguiente parada y desaparecíamos en la multitud. HITLER SALIENDO DE UN MITIN EN MUNICH (1922) Uno muy pillo tuvo la genial idea de arrojar sus octavillas desde el carrusel de la “Wiese“ de la “Oktoberfest“, se ve que no tenía muy claro que si bien era cierto que los caballos se movían, el carrusel permanecía quieto, y que los caballos también se detenían alguna vez. Y así, al bajar de su alazán, estaba esperándole ya el ojo de la ley, que se lo llevo a la comisaría, por cierto que pasado el tiempo, llegamos a conocernos todas las comisarías de Munich. Pero esto no era lo peor, mucho peor era que las comisarías nos llegaron a conocer a nosotros y que, poco a poco, para la policía , cada uno de nosotros llevaba siempre públicamente expuesto su documento de identidad en forma de cara. Esto ciertamente era más desagradable, que el que hoy sea a veces agradable llevar el documento de identidad en forma de rostro , pues hoy las consecuencias son de género distinto. Esta intensa distribución de octavillas tenía además otro resultado, cuando el Führer se dirigía una vez a la oficina, fue repentinamente detenido. El resto del partido se reunió inmediatamente y decidió que había llegado el momento de llevar a cabo un golpe de estado y con los doce o catorce miembros , derribar al gobierno. Como acción mínima se acordó asaltar la jefatura superior de policía y sacar de allí al Führer, finalmente no resultó nada de esa tentativa de golpe de estado, ya que el Führer salió antes de lo pensado gracias a que en la dirección de la policía estaban hombres como Pühner y Frick. Yo opino que hubiera sido desventajoso para el “gigantesco partido“ de entonces si hubiéramos intentado el golpe de estado. Yo recuerdo con cariño, de tiempo en tiempo, estos acontecimientos, y también se lo cuento a ustedes con satisfacción, pues creo que solamente cuando se rememoran en el espíritu esos tiempos, se puede apreciar lo que significa que Adolf Hitler, entonces jefe de una perseguida tropa sin importancia, compuesta por unos pocos hombres, hoy sea precisamente el Jefe de Estado. RUDOLF HESS ARTÍCULO EXTRAÍDO DE LA REVISTA DE CEDADE nº113.