Dios disfruta sorprendernos tomando diferentes formas como el viento, las nubes o un ser humano. A Dios le encanta sorprender de maneras inesperadas para reavivar nuestra fe vacilante, despertar nuestra esperanza y gozar de nuestra asombro. Si nos dejamos sorprender por las mil y una sorpresas de la vida cotidiana, eso significa que Dios está cerca.