EL DUELO DE LOS QUE TIENEN FE

       En días pasados tuve la oportunidad de presidir los funerales de una persona
de quien recuerdo su nombre pero aquí lo llamaremos “José”; fue asesinado en ciudad
Juárez en circunstancias, para mí, desconocidas. No conocí personalmente al difunto y
no conozco tampoco a su familia, pero mi pésame está con ellos que son también
victimas del odio y del desorden social que vivimos. Debido a que este funeral se
realizó en un pequeño pueblo lejos de mi parroquia y a que yo andaba, como decimos,
de “rait”, tuve que llegar una hora antes de la misa y regresarme hasta que el cuerpo
del difunto estaba ya en su sepulcro.

       Mientras estaba allí en el antes, durante y después de la misa que presidí en
favor de “José” no pude evitar pensar en otro funeral. El de unos queridos amigos que
murieron vilmente asesinados recientemente: Oscar y sus dos hijos. No pensaba tanto
en las semejanzas de un funeral y otro sino en la enorme diferencia en la manera en
que una familia y otra afrontaban la situación.

       No deseo juzgar a la ligera, pero los hechos en torno a los funerales de “José”
me hacen creer que los miembros de su familia no eran personas muy allegadas a
nuestra fe católica. No pongo en duda que pertenecen a ella por el bautismo, pero
durante las horas que estuve en aquel pueblo no escuche de su propia iniciativa
oraciones antes de la celebración de la Misa: ni un ave María ni un padrenuestro;
tampoco cantos religiosos pero si uno de Antonio Aguilar; los mas allegados al
difunto estuvieron sentados durante toda la misa, nunca de pie y nunca de rodillas,
siempre sentados llorando. Cuando pasamos al cementerio todo era un grito
desesperado. No podían sopórtalo. El silencio sólo era interrumpido por el llanto
amargo que se escuchaba lejos en aquellos campos abiertos llenos de mezquite y
gobernadora.

       Que diferente a los funerales de Oscar y sus hijos. Su esposa y su hija
mostraban paz y reflejaban serenidad y esperanza. En algunos momentos hubo
lágrimas, sí. Eran las lágrimas que derrama el corazón cuando se enfrenta ante la
ausencia de aquel a quien se ama. Pero no había tantas lágrimas como fe. Durante la
estancia en la funeraria predominaban las oraciones y los cantos. También la
fraternidad de muchos hombres y mujeres que no eran de la familia pero que
aprendieron a sentirse hermanos unos de otros en las pequeñas comunidades de Mater
Dolorosa y la Transfiguración del Señor. Es cierto que había entre nosotros mucha
sorpresa, humillación, dolor y hasta coraje por la muerte de estos queridos amigos.
Pero un sentimiento general y predominante era el de la confianza en las Palabras de
Jesucristo que no cesa de afirmar: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. » Jn 11, 25-26. La
misa fue viva y detalladamente preparada por el coro y los demás ministros. Era una
fiesta de resurrección. En el cementerio pocas lagrimas. Más bien gozo, un poco de
música de fiesta y sobre todo cantos religiosos y oración. Un detalle muy bello fue ver
orar, en voz alta y espontáneamente, a las mujeres junto al ataúd de sus esposos, padre
o hermano.

       Que diferente es el duelo de los que tienen fe. Es cierto que aquellos que
tienen la voluntad de seguir a Dios, de imitarle, de estar con el y de alabarle en la
Eucaristía no carecen de problemas. Por el contrario, soportan las mismas penas y
dificultades que pasa el que es indiferente a la fe, inclusive a veces soporta algunas
extras a causa del Reino. Pero que diferente soportan estas dificultades unos y otros.
El que ha fundado su fe en la Palabra de Dios que hemos recibido en herencia posee
siempre una fortaleza interior extraordinaria como la que experimentaba San Pablo
cuando decía «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» Fil 4, 13. Por eso mientras
unos lloran en un grito desesperado, otros sonríen amablemente y rezan y encuentran
la paz en Aquel que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» Jn 14, 6

El Duelo De Los Que Tienen Fe

  • 1.
    EL DUELO DELOS QUE TIENEN FE En días pasados tuve la oportunidad de presidir los funerales de una persona de quien recuerdo su nombre pero aquí lo llamaremos “José”; fue asesinado en ciudad Juárez en circunstancias, para mí, desconocidas. No conocí personalmente al difunto y no conozco tampoco a su familia, pero mi pésame está con ellos que son también victimas del odio y del desorden social que vivimos. Debido a que este funeral se realizó en un pequeño pueblo lejos de mi parroquia y a que yo andaba, como decimos, de “rait”, tuve que llegar una hora antes de la misa y regresarme hasta que el cuerpo del difunto estaba ya en su sepulcro. Mientras estaba allí en el antes, durante y después de la misa que presidí en favor de “José” no pude evitar pensar en otro funeral. El de unos queridos amigos que murieron vilmente asesinados recientemente: Oscar y sus dos hijos. No pensaba tanto en las semejanzas de un funeral y otro sino en la enorme diferencia en la manera en que una familia y otra afrontaban la situación. No deseo juzgar a la ligera, pero los hechos en torno a los funerales de “José” me hacen creer que los miembros de su familia no eran personas muy allegadas a nuestra fe católica. No pongo en duda que pertenecen a ella por el bautismo, pero durante las horas que estuve en aquel pueblo no escuche de su propia iniciativa oraciones antes de la celebración de la Misa: ni un ave María ni un padrenuestro; tampoco cantos religiosos pero si uno de Antonio Aguilar; los mas allegados al difunto estuvieron sentados durante toda la misa, nunca de pie y nunca de rodillas, siempre sentados llorando. Cuando pasamos al cementerio todo era un grito desesperado. No podían sopórtalo. El silencio sólo era interrumpido por el llanto amargo que se escuchaba lejos en aquellos campos abiertos llenos de mezquite y gobernadora. Que diferente a los funerales de Oscar y sus hijos. Su esposa y su hija mostraban paz y reflejaban serenidad y esperanza. En algunos momentos hubo lágrimas, sí. Eran las lágrimas que derrama el corazón cuando se enfrenta ante la ausencia de aquel a quien se ama. Pero no había tantas lágrimas como fe. Durante la estancia en la funeraria predominaban las oraciones y los cantos. También la fraternidad de muchos hombres y mujeres que no eran de la familia pero que
  • 2.
    aprendieron a sentirsehermanos unos de otros en las pequeñas comunidades de Mater Dolorosa y la Transfiguración del Señor. Es cierto que había entre nosotros mucha sorpresa, humillación, dolor y hasta coraje por la muerte de estos queridos amigos. Pero un sentimiento general y predominante era el de la confianza en las Palabras de Jesucristo que no cesa de afirmar: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. » Jn 11, 25-26. La misa fue viva y detalladamente preparada por el coro y los demás ministros. Era una fiesta de resurrección. En el cementerio pocas lagrimas. Más bien gozo, un poco de música de fiesta y sobre todo cantos religiosos y oración. Un detalle muy bello fue ver orar, en voz alta y espontáneamente, a las mujeres junto al ataúd de sus esposos, padre o hermano. Que diferente es el duelo de los que tienen fe. Es cierto que aquellos que tienen la voluntad de seguir a Dios, de imitarle, de estar con el y de alabarle en la Eucaristía no carecen de problemas. Por el contrario, soportan las mismas penas y dificultades que pasa el que es indiferente a la fe, inclusive a veces soporta algunas extras a causa del Reino. Pero que diferente soportan estas dificultades unos y otros. El que ha fundado su fe en la Palabra de Dios que hemos recibido en herencia posee siempre una fortaleza interior extraordinaria como la que experimentaba San Pablo cuando decía «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» Fil 4, 13. Por eso mientras unos lloran en un grito desesperado, otros sonríen amablemente y rezan y encuentran la paz en Aquel que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» Jn 14, 6