El joven rey
(Óscar Wilde)
Aquellanoche, la víspera del día fijado para su coronación, el joven rey se hallaba solo, sentadoen su espléndida cámara. S us
cortesanos se habían despedido todos, inclinandola cabezahasta el suelo,según losusos ceremoniososde la época, y se
habían retiradoal Gran Salóndel Palacio para recibir lasúltimasleccionesdel profesor de etiqueta, puesaún había entre e llos
algunosque teníanmodalesrústicos, lo cual, apenasnecesito decirlo, esgravísima faltaen cortesanos.
El adolescente —todavíalo era, apenastenía dieciséisaños— no lamentabaque se hubieran ido, y se había echado, con un
gran suspiro de alivio,sobre lossuaves cojinesde su canapé bordado, quedándose allí,con losojosdistraídosy la boca
abierta, como unode lospardosfaunosde la pradera, o como animal de losbosquesa quien acabande atrapar loscazadores.
Y en verdad eran loscazadoresquieneslo habían descubierto,cayendo sobre él puntomenosque por casualidad, cuando,
semidesnudo y con su flauta en la mano, seguía el rebañodel pobre cabrero que lehabíaeducadoy a quien creyó siempresu
padre.
Hijo de la únicahija del viejorey, casada en matrimonio secreto con un hombre muy inferior a ella en categoría (un extranjero,
decían algunos, que había enamoradoa la princesa con la magiasorprendentede su arte para tocar el laúd; mientrasotros
hablabande un artista, de Rímini, a quienla princesa habíahechomuchoshonores, quizásdemasiados, y que había
desaparecido de la ciudad súbitamente, dejandoinconclusassus laboresen la catedral), fue arrancado, cuandoapenas
contaba una semanade nacido,del ladode su madre, mientrasdormíaella, y entregadoa un campesino po bre y a su esposa,
que no tenían hijosy vivían en lugar remotodel bosque, a másde un día de caminode la ciudad.
El dolor, o la peste, según el médicode la corte, o, según otros, un rápido veneno italianoservido en vinoaromático, mató, una
hora despuésde su despertar, a la blanca princesa, y cuando el fiel mensajero que llevabaal niñosobre la silla de su caballo
bajaba del fatigado animal y tocabaa la puertade la cabaña del cabrero, el cuerpode la jovenmadredescendíaa la tumba
abierta en el patio deuna iglesia abandonada, fuera de laspuertasde la ciudad. En aquel sepulcro yacía,según la voz popular,
otro cuerpo, el de un jovenextranjero de singular hermosura, cuyasmanosestaban atadasa su espalda con nudosa cuerda, y
cuyo pecho estaba lleno de rojaspuñaladas.
Tal era, al menos, la historia quela gente susurraba en secreto. Lo cierto era que el viejo rey, en su lecho de muerte, ya sea
movido del remordimientode su gran pecado, o ya deseoso de que el reino quedara en manosde su descendiente único,
había hecho buscar al adolescentey, en presencia del Consejode la Corona,lo había reconocidocomo herederosuyo.
Y parece que desde el primer momento en queel jovenfue reconocido dio muestrasde aquella extraña pasiónde la belleza
que debía ejercer tan grandeinflujosobre su vida. Losque lo acompañarona lashabitacionesque se dispusieron para su
servicio, hablaban a menudo del gritode felicidad quese le escapó al ver lasfinasvestidurasy ricas joyasque allí le
esperaban, y de la alegría casi feroz con que arrojó su basta túnica de cuero y su tosco manto de piel de oveja. Echaba de
menos, eso sí, a veces, la hermosa libertad de lavida enel bosque,y se mostraba pronto al enojo antelasfastidiosas
ceremoniasde corte que le ocupabantantotiempocada día; pero el maravilloso palacio — "Joyeuse" lo llamaba—, del cual era
señor ahora, le parecía un mundonuevoreciéncreado parasu alegría; y en cuantopodíaescaparse de lasreunionesdel
Consejo y de las cámarasde audiencia bajabacorriendo la granescalera, dondehabíaleonesde bronce dorado y escalones
de lucientepórfido, y vagaba de sala en sala, y de corredor en corredor, comoquien busca en la armoníael calmantecontra el
dolor, la curaciónde una enfermedad.
En estos viajesde descubrimiento, según él losllamaba —y en verdad loeran para él, verdaderosviajesa través de una tierra
prodigiosa—, lo acompañaban en ocasioneslosdelgadosy rubiospajesde la corte, con sus mantosflotantesy alegrescintas
voladoras; pero lasmásde lasveces iba solo, porque, con rápido instinto, que casi era adivinación, comprendióque los
secretos del arte se aprenden mejor en silencio.
De él se contaban, en aquellaépocade su vida, muchashistoriascuriosas. Se decía que un gordo burgomaestre, que había
venido a pronunciar unafloridapiezade oratoria en representación deloshabitantesde la ciudad, lohabía sorp rendido
contemplando con verdadera adoraciónun hermoso cuadro que acababan detraer de Venecia.En otra ocasión se había
perdido durantevariashoras, y despuésde largaspesquisas se le descubrió en un camarín, en unade lastorrecillasdel lado
norte del palacio, adorando, comoen éxtasis, una joyagriega.
Se le había visto, según otro cuento,como iluminadoante una estatua antiguade mármol que se había descubiertoen el fondo
del río, cuando se construyó el puente de piedra. Se había pasadotoda unanochecontemplando el efectoque producía laluz
de la luna sobre una imagenargentadade unadiosa.
Todoslosmaterialesraros y preciosos lo fascinaban y en su deseo de obtenerloshabía enviadoa paísesextranjerosa muchos
mercaderes, unosa comprar ámbar a losrudos pescadoresde los maresdel Norte; otrosa Egipto en busca de aquellacuriosa
turquesa verde que sólo se encuentra en lastumbasde losreyes y dicen que posee propiedadesmágicas; otrosaun a Persia
en busca de alfombrasde seda y alfarería pintada, y otros, en fin, a la Indiaa comprar gasa y marfil teñido,piedraslunaresy
brazaletesde jade, madera de sándalo y esmalte azul y mantosde lana fina.
Pero lo que másle había preocupado era el traje quehabíallevar en lafiesta de su coronaci ón, el traje de oro entretejido, y la
corona tachonadade rubíes, y el cetro con sus hilerasy cercos de perlas. En realidad, en eso pensaba aquellanoche, mientras
yacía en su lujoso canapé,con la vista fija en el gran leño de pinoque ardía enla chimeneaabierta.Losdibujos, que eran obra
de losmás famosos artistas de la época, habían sido sometidosa su aprobaciónmesesantes, y él había dado órdenespara
que losartíficestrabajaran día y nochea fin de ejecutarlos, y para que en el mundo entero se buscaran gemasdignasde su
traje. Con la imaginaciónse veía de pie anteel altar mayor de la catedral,con lashermosasvestidurasregias, y una sonrisa
jugueteaba ensus labiosinfantilese iluminaba con lustroso brillo susoscuros ojos.
Poco despuésse levantó de su asiento y, recostado sobre la repisa de la chimenea, paseó su vista en derredor de la
habitación tenuementealumbrada. Un gran armariocon incrustacionesde ágata y lapislázuli llenabauno de losrincones, y
frente a la ventana había un arcóncuriosamentelabradocon láminasde oro, barnizadasde laca, sobre el cual habíaunasfinas
copasde cristal veneciano y una taza de ónix de vetasoscuras. En la colcha de seda de la camaestaban bordadasamapolas
pálidas, como si el sueño lashubiera dejado escapar de lasfatigadasmanos, y altosjunquillosde marfil estriadosostenían el
dosel de terciopelo, del cual subían, como espumablanca,grandesplumasde avestruz, hasta la plata pálidadel calado techo.
Sobre la mesa había un anchotazón deamatista.
Afuera veía el príncipela enormecúpula de lacatedral, levantándose como unaburbujasobre lascasas sombrías, y miraba a
los centinelashaciendo su recorrido, llenosde aburrimiento,sobre la nebulosa terraza del río. Muy lejos, en un huerto, can taba
un ruiseñor. Vago aroma de jazmínentraba por la ventana. El jovenrey echó haciaatrássus cabellos, y tomandoen lasmanos
un laúd, dejóvagar susdedossobre las cuerdas. Sus párpados, pesados, cayeron, y una languidez extraña se apoderó de él.
Nunca había sentido tanagudamente y con tanta alegría la magia y el misterio del arte.
Cuando la medianoche sonó en el reloj dela torre, tocó un timbre, y sus pajesentraron y lo desvistieron con muchaceremonia ,
echándoleaguade rosasen las manosy regando floressobre su almohada. Pocosmomentosdespuésde haber salido los
pajes, el rey dormía.
* * *
Y mientrasdormía soñó, y éste fue su sueño.
Creyó estar de pie en un desván largo, de techo bajo, entre el zumbido y repiqueteo de muchostelares. Escasa lu z penetraba
a través de las enrejadasventanas, y le mostraba lasflacasfigurasde lostejedores, inclinadossobre sus bastidores. Niños
pálidos, de aspecto enfermizo, se agachabanen losenormestraveses. Cuando laslanzaderascorrían entre la urdimbre,
levantaban laspesadastablillas, y cuando laslanzaderasse detenían, dejaban caer lastablillasy juntaban loshilos. Lascaras
estaban contraídaspor el hambre,y lasmanostemblaban y se estremecían. Unasmujeresdemacradasse hallabansentadas
alrededor de una mesa, tejiendo.Horribleolor llenaba el lugar. El aire estaba pestilente y pesado, y losmuroschorreaban
humedad.
El joven rey se acercó a uno de lostejedores, se detuvo juntoa él y lo contempló.
El tejedor lo miró con ira y dijo:
—¿Por qué me miras? ¿Eres un espía, puesto aquí por el amo?
—¿Quién estu amo? —preguntóel joven rey.
—¡Nuestro amo! —exclamóel tejedor, con amargura—.Esun hombre como nosotros. Pero, en realidad,hay muchadiferencia
entre nosotros: él lleva buenaropa, mientras yo llevo harapos, y mientrasyo padezco de hambre, él padece por exceso de
alimentación.
—El países libre —dice el rey—y tú no eresesclavo de nadie.
—En la guerra —dijo el tejedor— losfuerteshacen esclavosa losdébiles, y en la paz, losricoshacen esclavosa los pobres.
Tenemosque trabajar para vivir, y nosdan salario tan escaso que nosmorimos. Trabajamospara ellostodo el día, y ellos
amontonan oro en suscofres, mientrasnuestroshijosse marchitan antesde tiempo, y lascarasde los que amamos se vuelven
duras y malas. Nosotros pisamoslasuvas, y otros se beben el vino.Sembramosel trigo, y nuestra mesa está vacía. Estamos
en cadenas, aunque nadie lasve; y somosesclavos, aunque loshombresnosllamen libres.
—¿Y ocurre así con todos? —preguntó el rey.
—Así ocurre con todos —contestó el tejedor—, con losjóvenesy con losviejos, con lasmujeresy con loshombres, con los
niñospequeñosy con losviejosque se inclinan al peso de la edad. Losmercaderesnosoprimeny tenemosque hacer su
voluntad. El sacerdote cruza junto a nosotrosrepasando lascuentasdel rosario, y nadie se ocupa de nosotros. A travésde
nuestras callejuelassin sol se arrastra la Pobreza con sus ojoshambrientos, y el Pecado con su cara podrida la siguede cerca.
La Desgracia nos despierta en la mañanay la Vergüenza nosacompañaen la noche.Pero ¿esto qué te importa a ti? Tú no
eres de los nuestros. Tienescara demasiado feliz.
Y le volvió la espalda gruñendo y echó su lanzadera a travésde la urdimbre, y el jovenrey vi o que llevaba hilosde oro.
Y grave terror se apoderó de él, y dijoal tejedor:
—¿Qué vestidura es la que tejes?
—Es la vestidura para la coronación del joven rey —respondió el obrero—. ¿A ti, qué máste da?
Y el joven rey lanzó un gran grito, y despertó; y he aquí que se hallabaen su propia habitación, y a travésde la ventana vio la
gran luna color de miel suspendidaen el aire oscuro.
* * *
Y se durmió de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño.
Creyó encontrarse sobre la cubierta de unaenormegalera en la que remaban cienesclavos. Sobre una alfombra, juntoa él, se
hallabasentado el jefede la galera. Era negro como el ébano, y su turbante era de seda carmesí. Grandesarosde plata
pendían de losespesoslóbulosde sus orejas, y en sus manostenía una bal anzade marfil.
Los esclavos estaban desnudos, salvo el paño de lacintura, y cada hombre estaba atado concadenasa su vecino. El sol
tórrido caía a plomosobre ellos, y losnegroscorrían sobre el puente y losazotaban con látigosde cuero. Losesclavos movían
los brazosy empujaban losremosa través del agua. Al golpe del remo saltaba laespuma salobre.
Al fin llegaron a unapequeñabahía, y comenzarona sondear. Ligero viento soplabade la tierra y cubría de fino polvorojo e l
maderameny la gran vela latina. Tresárabesmontadossobre asnos salvajesaparecieron sobre la playa y arrojaron lanzas
sobre ellos. El jefe de lagalera tomó en susmanosun arco pintado e hirió en lagargantaa uno de losárabes, que cayó
pesadamente sobre la arena, mientrassus compañeroshuyeron galopando. Una mujer envueltaen un veloamarillo lesseguía
despacio sobre un camello y de cuandoen cuando volvía lacabezahacia el muerto.
Cuando hubieron echadoel ancla y bajadola vela, losnegrosdescendieron a lacala del buquey sacaron una larga escala de
cuerdascon lastre de plomo.El jefe de la galera echó al aguala escala, despuésde haber enganchado el extremoen dos
puntalesde hierro. Entonceslosnegrosasieron al másjoven de losesclavos, le quitaronsusgrillos, l e llenaronde cera las
naricesy lasorejasy le ataron una gran piedra a la cintura.Con aire cansado descendiópor la escala y desapareció en el m ar.
Unas cuantasburbujasse levantaron del lugar donde se hundió. Algunosde losotrosesclavos miraron con curiosidad hacia el
mar. En la proa de la galeraestaba sentado un encantador de tiburones, tocandomonótonamente untambor para alejarlos.
Momentosdespués, el buzo surgió del aguay jadeandoasió la escala. Traíala perla en lamanoderecha. Losnegros se la
quitaron y volvieron a echarlo al agua. Losesclavosse quedaron dormidossobre sus remos.
Una vez y otra vez bajó y subió el jovenesclavo, y cada vez trajo en lamano unahermosa perla. El jefede la galera laspesaba
y lasponía en un saquito de cuero verde.
El joven rey quería hablar; pero su lengua parecía pegadaal paladar, y sus labiosse negaban a moverse. Losnegros
parloteaban entresí y comenzaron a pelearse por una sarta de cuentasbrillantes. Dos grullasvolaban en tornoal barco.
El buzo subió por última vez y la perla que trajoera máshermosa que todaslasperlasde Ormuz, porque tenía forma de luna
llena y era másblanca que laestrellade la mañana.Pero la cara del buzo tenía extraña palidez, y se le vio caer sobre la
cubierta del buque: le brotabasangre de la nariz y de lasorejas. Se agitódurante brevesmomentos, y luego dejó de moverse.
Los negrosse encogieronde hombros, y echaron al agua el cadáver.
Y el jefe de la galera lanzó unacarcajada,y extendiendola mano tomó laperl a, y cuando lahubocontemplado, la apretó
contra su frente y se inclinó como saludando.
—Será —dijo— para el cetro del joven rey.
E hizo seña a los negrospara que levaran el ancla.
Y cuando el joven rey oyó esto, dio un grangrito y despertó, y a través de la ventana vio loslargosdedosde la aurora
atrapando lasestrellasque se apagaban.
* * *
Y se quedó de nuevo dormido, y soñó, y éste fue su sueño.
Creyó que vagaba por un bosque oscuro, lleno de frutosextrañosy de lindasfloresvenenosas. Losáspid es silbaban a su
paso, y los lorosrelucientesvolaban, gritando de ramaen rama. Enormestortugasyacían dormidassobre el barro caliente. Los
árbolesestaban llenosde monosy de pavosreales.
Caminó largo tiempohasta llegar a la salida del bosque, y al lí viouna inmensa multitud de hombresque trabajabanen el lecho
de un río seco ya. Llenabanla tierra como hormigas. Abrían hoyosprofundosen el suelo y descendían a ellos. Unosrompían
las rocas con grandeshachas; otros escarbaban en la arena.Arrancaban de raíz loscactosy pisoteaban lasfloresde color
escarlata. Se movían a prisa, dabanvocesy ningunoestaba ocioso.
Desde la oscuridad de una cavernala Muerte y la Avaricia losobservaban, y la Muertedijo:
—Estoy cansada, dame una tercera partede ellos, y déjame ir.
Pero la Avaricia movió lacabezanegativamente:
—Son missiervos —dijo.
Y la Muerte le preguntó:
—¿Qué tienesen la mano?
—Tengo tresgranosde trigo —contestó la Avaricia; ¿quéte importa?
—Dame uno de ellos—dijo laMuerte— para plantarloen mi huerto;uno solo de ellos, y me iré.
—No te doy nada —dijola Avaricia, y escondió lamano en losplieguesde su vestidura.
Y la Muerte lanzó unacarcajada, y tomó en susmanosuna taza y la introdujo en un charcode agua, y de la taza se levan tóla
Fiebre Palúdica.Con ella atravesó por entre la multitud, y la tercera parte de ellosquedaronmuertos. Fría niebla laseguía , y
las serpientesde agua corrían a su lado.
Y cuando la Avariciavio quemoríantantoshombres, se dio golpesde pecho y ll oró. Golpeó su pecho estéril y diovoces.
—Has matado la terceraparte de missiervos —gritó—. ¡Vete! Hay guerra en losmontesde Tartaria, y losreyesde cada
fracción te llaman. Losafganoshan matadoel toro negro y marchan al combate. Pegan en susescu dos con sus lanzas, y se
han puesto losyelmosde hierro. ¿Qué tiene mi valle que en él te detienestanto tiempo? Vete y no vuelvasmás.
—No —respondió la Muerte—, no meiré mientrasno me desel grano de trigo.
Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes:
—No te doy nada —murmuró.
Y la Muerte lanzó unacarcajada, y tomó en susmanosuna piedra y la lanzóal bosque, y de la malezade cicutassilvestres
salió la Fiebre en trajede llamas. Atravesó la multitudy tocó a loshombres, y murió cada hombre a quien ella tocó. Lahierba
se secaba bajo sus pies.
Y la Avaricia temblóy se echó ceniza sobre la cabeza.
—Eres cruel —gritó—, erescruel. Hay hambre en lasamuralladasciudadesde la India, y lascisternasde Samarcanda se han
secado. Hay hambre en lasamuralladasciudadesde Egipto, y laslangostasvienen del desierto. El Nilo no ha rebasadosus
orillas, y lossacerdotes maldicen a Isisy a Osiris. Vete adonde te necesitan, y déjame missiervos.
—No —respondió la Muerte—; mientrasno me hayasdado un granode trigo, no me iré.
—No te doy nada —dijola Avaricia.
Y la Muerte lanzó otra carcajada y silbó por entre losdedos, y por el aire vino volandouna mujer. El nombre de Peste estaba
escrito sobre su frente, y una multitud de buitresflacosvolaba en tornosuyo. Cubrió el vallecon susalas, y ningún hombre
quedó vivo.
Y la Avaricia huyó gritando a travésdel bosque y la Muertesubió sobre su caballo rojoy partió al galope, y su galope era m ás
rápido que el viento.
Y del limo, en el fondo del valle brotaron dragonesy seres horriblescon escamas, y los chacalesllegaron trotandopor entre la
arena, olfateando el aire.
Y el joven rey lloró, y preguntó:
—¿Quiéneseran estos hombres, y qué buscaban?
—Rubíespara una corona de rey —le respondió una voz.
Sobresaltado el rey, se volvió y vio a un hombre en hábito de peregrino, con unespejo de plataen la mano.
Y el rey palideció, y preguntó:
—¿Para qué rey?
Y el peregrino contestó:
—Mira en este espejo y lo verás.
Y miró en el espejo y, al ver su propia cara, lanzóun gran grito y despertó y la vívida luz del sol entraba a torrentesen la
habitación,y en losárbolesdel jardíncantabanlospájaros.
* * *
Y el chambelán y losaltosfuncionariosdel Estado entraron y le hicieronhomenaje; y lospajesle traj eron la vestidura de oro
entretejido, y pusierondelante de él lacoronay el cetro.
Y el joven rey losmiró, y eran de gran belleza. Másbellosque cuanto habíavisto hasta entonces. Pero recordó sus sueños y
dijo a sus caballeros:
—Llévense estas cosas, que no voy a usarlas.
Y los cortesanos se asombraron y hubo quienesse rieron, porque creían que se trataba de unabroma.
Pero leshabló de nuevo con severidad y dijo:
—Llévense estas cosas y escóndanlaslejosde mí. Aunque sea el día de mi coronación, no lasusaré. Porque en lostelaresde
la Desgracia y con las blancasmanosdel Dolor se ha tejido lavestidura.Hay Sangre en el corazón del rubí y hay Muerte en e l
corazón de la perla.
Y les contó sus tres sueños.
Y cuando loscortesanoslos oyeron, se miraron entre sí y murmuraron:
—Ciertamenteestá loco. ¿Puesno son sueñoslos sueños y visioneslasvisiones? No son cosas realespara que hagamos
caso de ellas. ¿Y qué tenemosque ver con lasvidasde losque trabajan para nosotros? ¿No ha de comer pan e l hombre
mientrasno haya visto al sembrador de trigo, ni ha de beber vinomientrasno haya hablado con el viñatero?
Y el chambelán hablóal jovenrey, y le dijo:
—Señor, le ruego que aleje de usted esospensamientosnegros. Vístase con la hermosa vestidura y ponga la coronasobre su
cabeza. Porque ¿cómosabrá el pueblo queesrey, si no lleva vestidura derey?
Y el joven rey lo miró y preguntó:
—¿Es así, en verdad? ¿No sabrán que soy rey si no llevo vestidura de rey?
—No lo conocerán, señor —dijo el chambelán.
—Creí que había hombresque tenían airede reyes —respondió—; pero puedeque sea verdad lo quedices. Y, sin embargo,
no me pondré esa vestidura, ni me coronaré con esa corona, sino que saldré del palacio como entré en él.
Y pidió a todosque se fueran, excepto a un paje a quienretuvo comocompañero, adolescentemásjoven queél en un año, lo
retuvo para su servicio, y, cuando se hubo bañadoen aguaclara,abrióun gran arcón pintadoy de él sacó la túnica de cuero y
el tosco manto de piel de oveja queusaba cuando desde lascolinasvigilabalashirsutascabrasdel cabrero. Se puso la túnica
y el manto rústico y tomó en susmanosel rudo cayado del pastor.
Y el pajecito abrió conasombro susgrandesojosazulesy le dijo sonriendo:
—Señor, veo su túnica y su cetro, pero ¿dónde está su corona?
Y el joven rey arrancó una rama de espino que trepaba por el balcón y la doblóe hizo con ellaun cerco y se lo puso sobre la
cabeza.
—Ésta será mi corona —respondió.
Y así ataviadosalió de su cámara al Gran Salón, dondelosnobleslo esperaban.
Y los noblesse burlaban,y hubo quienesgritaran:
—Señor: el pueblo espera a su rey y usted le muestra un mendigo.
Y otros se indignaban y decían:
—Pone en vergüenza al Estado y esindignode ser nuestro señor.
Pero él no respondió palabra, sino que siguió adelante. Descendió por la luciente escalerade mármol rojo, y salió por las
puertasde bronce. Montó sobre su caballo y fue hacia lacatedral, mientrasel pajecito corría trasél.
Y la gente se reía y decía:
—Es el bufón del rey el que pasa a caballo.
Y se burlaban de él.
Y el rey detuvo al caballo y dijo:
—No; soy el rey.
Y les contó sus tres sueños.
Y un hombre salió de entre la multitud y le hablócon amargura,y le dijo:
—Señor, ¿no sabe que del lujo de losricosse sustenta la vida del pobre? Su vanidad nosnutre y sus viciosnos dan pan.
Trabajar para el amo duro esamargo; pero esmásamargo aún no tener amopara quientrabajar. ¿Cree usted que loscuervos
nos han de alimentar? ¿Y qué remedio proponepara estascosas? ¿Dirá al comprador: "Comprarástanto", y al vendedor:
"Venderása tal precio"?De seguro que no. Vuelva,pues, a su palacio, y vista la púrpura y el lino. ¿Qué tieneque ver con
nosotros, ni con lo que sufrimos?
—¿No son hermanosel rico y el pobre? —preguntóel rey.
—Sí —respondió el hombre— y el hermanorico se llama Caín.
Y al joven rey se le llenaron losojosde lágrimas, y siguió avanzandoa caballopor entre losmurmullosde la gente, y el pa jecito
se asustó y lo abandonó.
* * *
Y cuando llegóal pórtico dela catedral, lossoldadosle opusieron susalabardasy le dijeron:
—¿Qué buscas aquí? Nadie ha de entrar por esta puerta sino el rey.
Y la cara se le enrojeció de ira,y lesdijo:
—Soy el rey.
Y apartando lasalabardas, pasó por entre ellosy entró al templo.
Y cuando el anciano obispo lovio entrar vestidode cabrero, se levantócon asombro de su trono, y avanzó a recibirloy le di jo:
—Hijo mío, ¿eséste el traje de un rey? ¿Y con qué corona he de coronarte,y qué cetro colocaré en tusmanos? Ci ertamente,
para ti éste debiera ser día de gozo y no de humillación.
—¿Debe la Alegría vestirse con lo que fabricóel Dolor? —dijoel joven rey. Y contó al obispo sus tres sueños.
Y cuando el obispo losoyó, fruncióel ceñoy dijo:
—Hijo mío, soy un anciano y estoy en el inviernode misdíasy sé que se hacen muchascosas malasen el ancho mundo. Los
bandidosferocesbajande lasmontañasy se llevan a losniñosy losvenden a losmoros. Los leonesacechan a lascaravanas
y saltan sobre los camellos. Losjabalíessalvajesarrancan de raíz el trigode losvalles, y laszorras roen lasvidesde la colina.
Los piratasasuelan lascostas del mar y queman losbarcosde los pescadoresy lesquitan sus redes. En los pantanossalinos
viven losleprosos; tienen casasde juncosy nadie puede acercárseles. Losmendigosvagan por lasciudadesy comen su
comida con losperros. ¿Puedesimpedir que estascosas sean? ¿Harás del leproso tu compañerode lecho y sentarásal
mendigoa tu mesa? ¿Hará el leónlo que lemandesy te obedecerá el jabalí?¿No esmás sabio que tú aquel que creó la
desgracia? Rey, no aplaudo loque hashecho,sino que te pido quevuelvasal palacio y te pongaslasvestidurasque sientan a
un rey, y con la corona de oro te coronaré y el cetro de perlascolocaré en tusmanos. Y en cuanto a lossueños, no pienses
más en ellos. La carga de este mundo esdemasiado grande paraque lasoporte un solo hombre y el dolor del mundoes
demasiado para quelo sufra un solo corazón.
—¿Eso dicesen esta casa? —interrogó el jovenrey; y dejó atrásal obispo, subiólosescalonesdel altar, y se detuvo ante la
imagen de Cristo.
A su mano derecha y a su izquierda se hallaban losvasos maravillososde oro, el cáliz con el vinoamarilloy con el óleosan to.
Se arrodilló ante la imagen de Cristo y lasvelasardían esplendorosamentejunto al santuarioenjoyadoy el humo del incienso
se rizaba en círculosazulesal ascender a la cúpula. Inclinó lacabezaen oración y lossacerdotesde vestidurasrígidas
huyeron del altar.
Y de pronto se oyó el tumultodesatadoque reinaba en lacalle y losnoblesentraron al templo espadaen mano y agitando sus
plumerosy embrazandosusescudos de pulidoacero.
—¿Dónde está el soñador de locuras? —exclamaban—. ¿Dóndeestá el rey vestido de mendigo, el quetrae la vergüenza
sobre el Estado? En verdad que hemosde matarlo, porque esindigno de regirnos.
Y el joven rey inclinó de nuevo lacabezay oró, y he aquí que, a travésde lasvidrierasde colores, bajabasobre él a torre ntes
la luz del día, y losrayosdel sol tejieron en tornosuyo una vestidura máshermosa que aquella quefue tejida para darle placer.
El cayado seco floreció y se llenó de liriosmásblancosque lasperlas. La seca rama de espino floreció,y dio rosasmás roj as
que losrubíes. Más blancosque perlasfinaseran loslirios, y sus pecíoloseran de plata luciente. Másrojasque rubíes
espinelaseran lasrosas, y sus hojaseran de oro batido.
Se quedó inmóvil en su traje de rey, y laspuertasdel enjoyado santuario se abrieron, y del cristal de lacustodia radiantebrotó
maravillosa y mística luz. Se quedó inmóvil en su traje de rey, y la Gloriadel Señor llenó el lugar, y lossantos en sus nichos
labradosparecían moverse. Con el hermoso traje regio quedóinmóvil anteellos, y el órgano lanzó su música, y lostrompeteros
soplaron en sus trompetas, y los niñoscantoresalzaron sus voces.
Y el pueblo cayó de rodillascon espanto, y losnoblesenvainaronsusespadas y le rindieronhomenaje, y el obispo palideció y
le temblaron lasmanos:
—Te ha coronado uno másgrande que yo —dijo, y se arrodilló ante él.
Y el joven rey bajó el altar mayor, y volvió al palacio,atravesandola multitud.Pero ninguno se atrevió a mirarlo a la cara ,
porque era semejantea la de losángeles.

El joven rey cuento

  • 1.
    El joven rey (ÓscarWilde) Aquellanoche, la víspera del día fijado para su coronación, el joven rey se hallaba solo, sentadoen su espléndida cámara. S us cortesanos se habían despedido todos, inclinandola cabezahasta el suelo,según losusos ceremoniososde la época, y se habían retiradoal Gran Salóndel Palacio para recibir lasúltimasleccionesdel profesor de etiqueta, puesaún había entre e llos algunosque teníanmodalesrústicos, lo cual, apenasnecesito decirlo, esgravísima faltaen cortesanos. El adolescente —todavíalo era, apenastenía dieciséisaños— no lamentabaque se hubieran ido, y se había echado, con un gran suspiro de alivio,sobre lossuaves cojinesde su canapé bordado, quedándose allí,con losojosdistraídosy la boca abierta, como unode lospardosfaunosde la pradera, o como animal de losbosquesa quien acabande atrapar loscazadores. Y en verdad eran loscazadoresquieneslo habían descubierto,cayendo sobre él puntomenosque por casualidad, cuando, semidesnudo y con su flauta en la mano, seguía el rebañodel pobre cabrero que lehabíaeducadoy a quien creyó siempresu padre. Hijo de la únicahija del viejorey, casada en matrimonio secreto con un hombre muy inferior a ella en categoría (un extranjero, decían algunos, que había enamoradoa la princesa con la magiasorprendentede su arte para tocar el laúd; mientrasotros hablabande un artista, de Rímini, a quienla princesa habíahechomuchoshonores, quizásdemasiados, y que había desaparecido de la ciudad súbitamente, dejandoinconclusassus laboresen la catedral), fue arrancado, cuandoapenas contaba una semanade nacido,del ladode su madre, mientrasdormíaella, y entregadoa un campesino po bre y a su esposa, que no tenían hijosy vivían en lugar remotodel bosque, a másde un día de caminode la ciudad. El dolor, o la peste, según el médicode la corte, o, según otros, un rápido veneno italianoservido en vinoaromático, mató, una hora despuésde su despertar, a la blanca princesa, y cuando el fiel mensajero que llevabaal niñosobre la silla de su caballo bajaba del fatigado animal y tocabaa la puertade la cabaña del cabrero, el cuerpode la jovenmadredescendíaa la tumba abierta en el patio deuna iglesia abandonada, fuera de laspuertasde la ciudad. En aquel sepulcro yacía,según la voz popular, otro cuerpo, el de un jovenextranjero de singular hermosura, cuyasmanosestaban atadasa su espalda con nudosa cuerda, y cuyo pecho estaba lleno de rojaspuñaladas. Tal era, al menos, la historia quela gente susurraba en secreto. Lo cierto era que el viejo rey, en su lecho de muerte, ya sea movido del remordimientode su gran pecado, o ya deseoso de que el reino quedara en manosde su descendiente único, había hecho buscar al adolescentey, en presencia del Consejode la Corona,lo había reconocidocomo herederosuyo. Y parece que desde el primer momento en queel jovenfue reconocido dio muestrasde aquella extraña pasiónde la belleza que debía ejercer tan grandeinflujosobre su vida. Losque lo acompañarona lashabitacionesque se dispusieron para su servicio, hablaban a menudo del gritode felicidad quese le escapó al ver lasfinasvestidurasy ricas joyasque allí le esperaban, y de la alegría casi feroz con que arrojó su basta túnica de cuero y su tosco manto de piel de oveja. Echaba de menos, eso sí, a veces, la hermosa libertad de lavida enel bosque,y se mostraba pronto al enojo antelasfastidiosas ceremoniasde corte que le ocupabantantotiempocada día; pero el maravilloso palacio — "Joyeuse" lo llamaba—, del cual era señor ahora, le parecía un mundonuevoreciéncreado parasu alegría; y en cuantopodíaescaparse de lasreunionesdel Consejo y de las cámarasde audiencia bajabacorriendo la granescalera, dondehabíaleonesde bronce dorado y escalones de lucientepórfido, y vagaba de sala en sala, y de corredor en corredor, comoquien busca en la armoníael calmantecontra el dolor, la curaciónde una enfermedad. En estos viajesde descubrimiento, según él losllamaba —y en verdad loeran para él, verdaderosviajesa través de una tierra prodigiosa—, lo acompañaban en ocasioneslosdelgadosy rubiospajesde la corte, con sus mantosflotantesy alegrescintas voladoras; pero lasmásde lasveces iba solo, porque, con rápido instinto, que casi era adivinación, comprendióque los secretos del arte se aprenden mejor en silencio. De él se contaban, en aquellaépocade su vida, muchashistoriascuriosas. Se decía que un gordo burgomaestre, que había venido a pronunciar unafloridapiezade oratoria en representación deloshabitantesde la ciudad, lohabía sorp rendido contemplando con verdadera adoraciónun hermoso cuadro que acababan detraer de Venecia.En otra ocasión se había perdido durantevariashoras, y despuésde largaspesquisas se le descubrió en un camarín, en unade lastorrecillasdel lado norte del palacio, adorando, comoen éxtasis, una joyagriega. Se le había visto, según otro cuento,como iluminadoante una estatua antiguade mármol que se había descubiertoen el fondo del río, cuando se construyó el puente de piedra. Se había pasadotoda unanochecontemplando el efectoque producía laluz de la luna sobre una imagenargentadade unadiosa. Todoslosmaterialesraros y preciosos lo fascinaban y en su deseo de obtenerloshabía enviadoa paísesextranjerosa muchos mercaderes, unosa comprar ámbar a losrudos pescadoresde los maresdel Norte; otrosa Egipto en busca de aquellacuriosa turquesa verde que sólo se encuentra en lastumbasde losreyes y dicen que posee propiedadesmágicas; otrosaun a Persia en busca de alfombrasde seda y alfarería pintada, y otros, en fin, a la Indiaa comprar gasa y marfil teñido,piedraslunaresy brazaletesde jade, madera de sándalo y esmalte azul y mantosde lana fina. Pero lo que másle había preocupado era el traje quehabíallevar en lafiesta de su coronaci ón, el traje de oro entretejido, y la corona tachonadade rubíes, y el cetro con sus hilerasy cercos de perlas. En realidad, en eso pensaba aquellanoche, mientras yacía en su lujoso canapé,con la vista fija en el gran leño de pinoque ardía enla chimeneaabierta.Losdibujos, que eran obra de losmás famosos artistas de la época, habían sido sometidosa su aprobaciónmesesantes, y él había dado órdenespara que losartíficestrabajaran día y nochea fin de ejecutarlos, y para que en el mundo entero se buscaran gemasdignasde su traje. Con la imaginaciónse veía de pie anteel altar mayor de la catedral,con lashermosasvestidurasregias, y una sonrisa jugueteaba ensus labiosinfantilese iluminaba con lustroso brillo susoscuros ojos. Poco despuésse levantó de su asiento y, recostado sobre la repisa de la chimenea, paseó su vista en derredor de la habitación tenuementealumbrada. Un gran armariocon incrustacionesde ágata y lapislázuli llenabauno de losrincones, y frente a la ventana había un arcóncuriosamentelabradocon láminasde oro, barnizadasde laca, sobre el cual habíaunasfinas copasde cristal veneciano y una taza de ónix de vetasoscuras. En la colcha de seda de la camaestaban bordadasamapolas pálidas, como si el sueño lashubiera dejado escapar de lasfatigadasmanos, y altosjunquillosde marfil estriadosostenían el dosel de terciopelo, del cual subían, como espumablanca,grandesplumasde avestruz, hasta la plata pálidadel calado techo. Sobre la mesa había un anchotazón deamatista.
  • 2.
    Afuera veía elpríncipela enormecúpula de lacatedral, levantándose como unaburbujasobre lascasas sombrías, y miraba a los centinelashaciendo su recorrido, llenosde aburrimiento,sobre la nebulosa terraza del río. Muy lejos, en un huerto, can taba un ruiseñor. Vago aroma de jazmínentraba por la ventana. El jovenrey echó haciaatrássus cabellos, y tomandoen lasmanos un laúd, dejóvagar susdedossobre las cuerdas. Sus párpados, pesados, cayeron, y una languidez extraña se apoderó de él. Nunca había sentido tanagudamente y con tanta alegría la magia y el misterio del arte. Cuando la medianoche sonó en el reloj dela torre, tocó un timbre, y sus pajesentraron y lo desvistieron con muchaceremonia , echándoleaguade rosasen las manosy regando floressobre su almohada. Pocosmomentosdespuésde haber salido los pajes, el rey dormía. * * * Y mientrasdormía soñó, y éste fue su sueño. Creyó estar de pie en un desván largo, de techo bajo, entre el zumbido y repiqueteo de muchostelares. Escasa lu z penetraba a través de las enrejadasventanas, y le mostraba lasflacasfigurasde lostejedores, inclinadossobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, se agachabanen losenormestraveses. Cuando laslanzaderascorrían entre la urdimbre, levantaban laspesadastablillas, y cuando laslanzaderasse detenían, dejaban caer lastablillasy juntaban loshilos. Lascaras estaban contraídaspor el hambre,y lasmanostemblaban y se estremecían. Unasmujeresdemacradasse hallabansentadas alrededor de una mesa, tejiendo.Horribleolor llenaba el lugar. El aire estaba pestilente y pesado, y losmuroschorreaban humedad. El joven rey se acercó a uno de lostejedores, se detuvo juntoa él y lo contempló. El tejedor lo miró con ira y dijo: —¿Por qué me miras? ¿Eres un espía, puesto aquí por el amo? —¿Quién estu amo? —preguntóel joven rey. —¡Nuestro amo! —exclamóel tejedor, con amargura—.Esun hombre como nosotros. Pero, en realidad,hay muchadiferencia entre nosotros: él lleva buenaropa, mientras yo llevo harapos, y mientrasyo padezco de hambre, él padece por exceso de alimentación. —El países libre —dice el rey—y tú no eresesclavo de nadie. —En la guerra —dijo el tejedor— losfuerteshacen esclavosa losdébiles, y en la paz, losricoshacen esclavosa los pobres. Tenemosque trabajar para vivir, y nosdan salario tan escaso que nosmorimos. Trabajamospara ellostodo el día, y ellos amontonan oro en suscofres, mientrasnuestroshijosse marchitan antesde tiempo, y lascarasde los que amamos se vuelven duras y malas. Nosotros pisamoslasuvas, y otros se beben el vino.Sembramosel trigo, y nuestra mesa está vacía. Estamos en cadenas, aunque nadie lasve; y somosesclavos, aunque loshombresnosllamen libres. —¿Y ocurre así con todos? —preguntó el rey. —Así ocurre con todos —contestó el tejedor—, con losjóvenesy con losviejos, con lasmujeresy con loshombres, con los niñospequeñosy con losviejosque se inclinan al peso de la edad. Losmercaderesnosoprimeny tenemosque hacer su voluntad. El sacerdote cruza junto a nosotrosrepasando lascuentasdel rosario, y nadie se ocupa de nosotros. A travésde nuestras callejuelassin sol se arrastra la Pobreza con sus ojoshambrientos, y el Pecado con su cara podrida la siguede cerca. La Desgracia nos despierta en la mañanay la Vergüenza nosacompañaen la noche.Pero ¿esto qué te importa a ti? Tú no eres de los nuestros. Tienescara demasiado feliz. Y le volvió la espalda gruñendo y echó su lanzadera a travésde la urdimbre, y el jovenrey vi o que llevaba hilosde oro. Y grave terror se apoderó de él, y dijoal tejedor: —¿Qué vestidura es la que tejes? —Es la vestidura para la coronación del joven rey —respondió el obrero—. ¿A ti, qué máste da? Y el joven rey lanzó un gran grito, y despertó; y he aquí que se hallabaen su propia habitación, y a travésde la ventana vio la gran luna color de miel suspendidaen el aire oscuro. * * * Y se durmió de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño. Creyó encontrarse sobre la cubierta de unaenormegalera en la que remaban cienesclavos. Sobre una alfombra, juntoa él, se hallabasentado el jefede la galera. Era negro como el ébano, y su turbante era de seda carmesí. Grandesarosde plata pendían de losespesoslóbulosde sus orejas, y en sus manostenía una bal anzade marfil. Los esclavos estaban desnudos, salvo el paño de lacintura, y cada hombre estaba atado concadenasa su vecino. El sol tórrido caía a plomosobre ellos, y losnegroscorrían sobre el puente y losazotaban con látigosde cuero. Losesclavos movían los brazosy empujaban losremosa través del agua. Al golpe del remo saltaba laespuma salobre. Al fin llegaron a unapequeñabahía, y comenzarona sondear. Ligero viento soplabade la tierra y cubría de fino polvorojo e l maderameny la gran vela latina. Tresárabesmontadossobre asnos salvajesaparecieron sobre la playa y arrojaron lanzas sobre ellos. El jefe de lagalera tomó en susmanosun arco pintado e hirió en lagargantaa uno de losárabes, que cayó pesadamente sobre la arena, mientrassus compañeroshuyeron galopando. Una mujer envueltaen un veloamarillo lesseguía despacio sobre un camello y de cuandoen cuando volvía lacabezahacia el muerto. Cuando hubieron echadoel ancla y bajadola vela, losnegrosdescendieron a lacala del buquey sacaron una larga escala de cuerdascon lastre de plomo.El jefe de la galera echó al aguala escala, despuésde haber enganchado el extremoen dos puntalesde hierro. Entonceslosnegrosasieron al másjoven de losesclavos, le quitaronsusgrillos, l e llenaronde cera las naricesy lasorejasy le ataron una gran piedra a la cintura.Con aire cansado descendiópor la escala y desapareció en el m ar. Unas cuantasburbujasse levantaron del lugar donde se hundió. Algunosde losotrosesclavos miraron con curiosidad hacia el mar. En la proa de la galeraestaba sentado un encantador de tiburones, tocandomonótonamente untambor para alejarlos. Momentosdespués, el buzo surgió del aguay jadeandoasió la escala. Traíala perla en lamanoderecha. Losnegros se la quitaron y volvieron a echarlo al agua. Losesclavosse quedaron dormidossobre sus remos.
  • 3.
    Una vez yotra vez bajó y subió el jovenesclavo, y cada vez trajo en lamano unahermosa perla. El jefede la galera laspesaba y lasponía en un saquito de cuero verde. El joven rey quería hablar; pero su lengua parecía pegadaal paladar, y sus labiosse negaban a moverse. Losnegros parloteaban entresí y comenzaron a pelearse por una sarta de cuentasbrillantes. Dos grullasvolaban en tornoal barco. El buzo subió por última vez y la perla que trajoera máshermosa que todaslasperlasde Ormuz, porque tenía forma de luna llena y era másblanca que laestrellade la mañana.Pero la cara del buzo tenía extraña palidez, y se le vio caer sobre la cubierta del buque: le brotabasangre de la nariz y de lasorejas. Se agitódurante brevesmomentos, y luego dejó de moverse. Los negrosse encogieronde hombros, y echaron al agua el cadáver. Y el jefe de la galera lanzó unacarcajada,y extendiendola mano tomó laperl a, y cuando lahubocontemplado, la apretó contra su frente y se inclinó como saludando. —Será —dijo— para el cetro del joven rey. E hizo seña a los negrospara que levaran el ancla. Y cuando el joven rey oyó esto, dio un grangrito y despertó, y a través de la ventana vio loslargosdedosde la aurora atrapando lasestrellasque se apagaban. * * * Y se quedó de nuevo dormido, y soñó, y éste fue su sueño. Creyó que vagaba por un bosque oscuro, lleno de frutosextrañosy de lindasfloresvenenosas. Losáspid es silbaban a su paso, y los lorosrelucientesvolaban, gritando de ramaen rama. Enormestortugasyacían dormidassobre el barro caliente. Los árbolesestaban llenosde monosy de pavosreales. Caminó largo tiempohasta llegar a la salida del bosque, y al lí viouna inmensa multitud de hombresque trabajabanen el lecho de un río seco ya. Llenabanla tierra como hormigas. Abrían hoyosprofundosen el suelo y descendían a ellos. Unosrompían las rocas con grandeshachas; otros escarbaban en la arena.Arrancaban de raíz loscactosy pisoteaban lasfloresde color escarlata. Se movían a prisa, dabanvocesy ningunoestaba ocioso. Desde la oscuridad de una cavernala Muerte y la Avaricia losobservaban, y la Muertedijo: —Estoy cansada, dame una tercera partede ellos, y déjame ir. Pero la Avaricia movió lacabezanegativamente: —Son missiervos —dijo. Y la Muerte le preguntó: —¿Qué tienesen la mano? —Tengo tresgranosde trigo —contestó la Avaricia; ¿quéte importa? —Dame uno de ellos—dijo laMuerte— para plantarloen mi huerto;uno solo de ellos, y me iré. —No te doy nada —dijola Avaricia, y escondió lamano en losplieguesde su vestidura. Y la Muerte lanzó unacarcajada, y tomó en susmanosuna taza y la introdujo en un charcode agua, y de la taza se levan tóla Fiebre Palúdica.Con ella atravesó por entre la multitud, y la tercera parte de ellosquedaronmuertos. Fría niebla laseguía , y las serpientesde agua corrían a su lado. Y cuando la Avariciavio quemoríantantoshombres, se dio golpesde pecho y ll oró. Golpeó su pecho estéril y diovoces. —Has matado la terceraparte de missiervos —gritó—. ¡Vete! Hay guerra en losmontesde Tartaria, y losreyesde cada fracción te llaman. Losafganoshan matadoel toro negro y marchan al combate. Pegan en susescu dos con sus lanzas, y se han puesto losyelmosde hierro. ¿Qué tiene mi valle que en él te detienestanto tiempo? Vete y no vuelvasmás. —No —respondió la Muerte—, no meiré mientrasno me desel grano de trigo. Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes: —No te doy nada —murmuró. Y la Muerte lanzó unacarcajada, y tomó en susmanosuna piedra y la lanzóal bosque, y de la malezade cicutassilvestres salió la Fiebre en trajede llamas. Atravesó la multitudy tocó a loshombres, y murió cada hombre a quien ella tocó. Lahierba se secaba bajo sus pies. Y la Avaricia temblóy se echó ceniza sobre la cabeza. —Eres cruel —gritó—, erescruel. Hay hambre en lasamuralladasciudadesde la India, y lascisternasde Samarcanda se han secado. Hay hambre en lasamuralladasciudadesde Egipto, y laslangostasvienen del desierto. El Nilo no ha rebasadosus orillas, y lossacerdotes maldicen a Isisy a Osiris. Vete adonde te necesitan, y déjame missiervos. —No —respondió la Muerte—; mientrasno me hayasdado un granode trigo, no me iré. —No te doy nada —dijola Avaricia. Y la Muerte lanzó otra carcajada y silbó por entre losdedos, y por el aire vino volandouna mujer. El nombre de Peste estaba escrito sobre su frente, y una multitud de buitresflacosvolaba en tornosuyo. Cubrió el vallecon susalas, y ningún hombre quedó vivo. Y la Avaricia huyó gritando a travésdel bosque y la Muertesubió sobre su caballo rojoy partió al galope, y su galope era m ás rápido que el viento. Y del limo, en el fondo del valle brotaron dragonesy seres horriblescon escamas, y los chacalesllegaron trotandopor entre la arena, olfateando el aire.
  • 4.
    Y el jovenrey lloró, y preguntó: —¿Quiéneseran estos hombres, y qué buscaban? —Rubíespara una corona de rey —le respondió una voz. Sobresaltado el rey, se volvió y vio a un hombre en hábito de peregrino, con unespejo de plataen la mano. Y el rey palideció, y preguntó: —¿Para qué rey? Y el peregrino contestó: —Mira en este espejo y lo verás. Y miró en el espejo y, al ver su propia cara, lanzóun gran grito y despertó y la vívida luz del sol entraba a torrentesen la habitación,y en losárbolesdel jardíncantabanlospájaros. * * * Y el chambelán y losaltosfuncionariosdel Estado entraron y le hicieronhomenaje; y lospajesle traj eron la vestidura de oro entretejido, y pusierondelante de él lacoronay el cetro. Y el joven rey losmiró, y eran de gran belleza. Másbellosque cuanto habíavisto hasta entonces. Pero recordó sus sueños y dijo a sus caballeros: —Llévense estas cosas, que no voy a usarlas. Y los cortesanos se asombraron y hubo quienesse rieron, porque creían que se trataba de unabroma. Pero leshabló de nuevo con severidad y dijo: —Llévense estas cosas y escóndanlaslejosde mí. Aunque sea el día de mi coronación, no lasusaré. Porque en lostelaresde la Desgracia y con las blancasmanosdel Dolor se ha tejido lavestidura.Hay Sangre en el corazón del rubí y hay Muerte en e l corazón de la perla. Y les contó sus tres sueños. Y cuando loscortesanoslos oyeron, se miraron entre sí y murmuraron: —Ciertamenteestá loco. ¿Puesno son sueñoslos sueños y visioneslasvisiones? No son cosas realespara que hagamos caso de ellas. ¿Y qué tenemosque ver con lasvidasde losque trabajan para nosotros? ¿No ha de comer pan e l hombre mientrasno haya visto al sembrador de trigo, ni ha de beber vinomientrasno haya hablado con el viñatero? Y el chambelán hablóal jovenrey, y le dijo: —Señor, le ruego que aleje de usted esospensamientosnegros. Vístase con la hermosa vestidura y ponga la coronasobre su cabeza. Porque ¿cómosabrá el pueblo queesrey, si no lleva vestidura derey? Y el joven rey lo miró y preguntó: —¿Es así, en verdad? ¿No sabrán que soy rey si no llevo vestidura de rey? —No lo conocerán, señor —dijo el chambelán. —Creí que había hombresque tenían airede reyes —respondió—; pero puedeque sea verdad lo quedices. Y, sin embargo, no me pondré esa vestidura, ni me coronaré con esa corona, sino que saldré del palacio como entré en él. Y pidió a todosque se fueran, excepto a un paje a quienretuvo comocompañero, adolescentemásjoven queél en un año, lo retuvo para su servicio, y, cuando se hubo bañadoen aguaclara,abrióun gran arcón pintadoy de él sacó la túnica de cuero y el tosco manto de piel de oveja queusaba cuando desde lascolinasvigilabalashirsutascabrasdel cabrero. Se puso la túnica y el manto rústico y tomó en susmanosel rudo cayado del pastor. Y el pajecito abrió conasombro susgrandesojosazulesy le dijo sonriendo: —Señor, veo su túnica y su cetro, pero ¿dónde está su corona? Y el joven rey arrancó una rama de espino que trepaba por el balcón y la doblóe hizo con ellaun cerco y se lo puso sobre la cabeza. —Ésta será mi corona —respondió. Y así ataviadosalió de su cámara al Gran Salón, dondelosnobleslo esperaban. Y los noblesse burlaban,y hubo quienesgritaran: —Señor: el pueblo espera a su rey y usted le muestra un mendigo. Y otros se indignaban y decían: —Pone en vergüenza al Estado y esindignode ser nuestro señor. Pero él no respondió palabra, sino que siguió adelante. Descendió por la luciente escalerade mármol rojo, y salió por las puertasde bronce. Montó sobre su caballo y fue hacia lacatedral, mientrasel pajecito corría trasél. Y la gente se reía y decía: —Es el bufón del rey el que pasa a caballo. Y se burlaban de él. Y el rey detuvo al caballo y dijo:
  • 5.
    —No; soy elrey. Y les contó sus tres sueños. Y un hombre salió de entre la multitud y le hablócon amargura,y le dijo: —Señor, ¿no sabe que del lujo de losricosse sustenta la vida del pobre? Su vanidad nosnutre y sus viciosnos dan pan. Trabajar para el amo duro esamargo; pero esmásamargo aún no tener amopara quientrabajar. ¿Cree usted que loscuervos nos han de alimentar? ¿Y qué remedio proponepara estascosas? ¿Dirá al comprador: "Comprarástanto", y al vendedor: "Venderása tal precio"?De seguro que no. Vuelva,pues, a su palacio, y vista la púrpura y el lino. ¿Qué tieneque ver con nosotros, ni con lo que sufrimos? —¿No son hermanosel rico y el pobre? —preguntóel rey. —Sí —respondió el hombre— y el hermanorico se llama Caín. Y al joven rey se le llenaron losojosde lágrimas, y siguió avanzandoa caballopor entre losmurmullosde la gente, y el pa jecito se asustó y lo abandonó. * * * Y cuando llegóal pórtico dela catedral, lossoldadosle opusieron susalabardasy le dijeron: —¿Qué buscas aquí? Nadie ha de entrar por esta puerta sino el rey. Y la cara se le enrojeció de ira,y lesdijo: —Soy el rey. Y apartando lasalabardas, pasó por entre ellosy entró al templo. Y cuando el anciano obispo lovio entrar vestidode cabrero, se levantócon asombro de su trono, y avanzó a recibirloy le di jo: —Hijo mío, ¿eséste el traje de un rey? ¿Y con qué corona he de coronarte,y qué cetro colocaré en tusmanos? Ci ertamente, para ti éste debiera ser día de gozo y no de humillación. —¿Debe la Alegría vestirse con lo que fabricóel Dolor? —dijoel joven rey. Y contó al obispo sus tres sueños. Y cuando el obispo losoyó, fruncióel ceñoy dijo: —Hijo mío, soy un anciano y estoy en el inviernode misdíasy sé que se hacen muchascosas malasen el ancho mundo. Los bandidosferocesbajande lasmontañasy se llevan a losniñosy losvenden a losmoros. Los leonesacechan a lascaravanas y saltan sobre los camellos. Losjabalíessalvajesarrancan de raíz el trigode losvalles, y laszorras roen lasvidesde la colina. Los piratasasuelan lascostas del mar y queman losbarcosde los pescadoresy lesquitan sus redes. En los pantanossalinos viven losleprosos; tienen casasde juncosy nadie puede acercárseles. Losmendigosvagan por lasciudadesy comen su comida con losperros. ¿Puedesimpedir que estascosas sean? ¿Harás del leproso tu compañerode lecho y sentarásal mendigoa tu mesa? ¿Hará el leónlo que lemandesy te obedecerá el jabalí?¿No esmás sabio que tú aquel que creó la desgracia? Rey, no aplaudo loque hashecho,sino que te pido quevuelvasal palacio y te pongaslasvestidurasque sientan a un rey, y con la corona de oro te coronaré y el cetro de perlascolocaré en tusmanos. Y en cuanto a lossueños, no pienses más en ellos. La carga de este mundo esdemasiado grande paraque lasoporte un solo hombre y el dolor del mundoes demasiado para quelo sufra un solo corazón. —¿Eso dicesen esta casa? —interrogó el jovenrey; y dejó atrásal obispo, subiólosescalonesdel altar, y se detuvo ante la imagen de Cristo. A su mano derecha y a su izquierda se hallaban losvasos maravillososde oro, el cáliz con el vinoamarilloy con el óleosan to. Se arrodilló ante la imagen de Cristo y lasvelasardían esplendorosamentejunto al santuarioenjoyadoy el humo del incienso se rizaba en círculosazulesal ascender a la cúpula. Inclinó lacabezaen oración y lossacerdotesde vestidurasrígidas huyeron del altar. Y de pronto se oyó el tumultodesatadoque reinaba en lacalle y losnoblesentraron al templo espadaen mano y agitando sus plumerosy embrazandosusescudos de pulidoacero. —¿Dónde está el soñador de locuras? —exclamaban—. ¿Dóndeestá el rey vestido de mendigo, el quetrae la vergüenza sobre el Estado? En verdad que hemosde matarlo, porque esindigno de regirnos. Y el joven rey inclinó de nuevo lacabezay oró, y he aquí que, a travésde lasvidrierasde colores, bajabasobre él a torre ntes la luz del día, y losrayosdel sol tejieron en tornosuyo una vestidura máshermosa que aquella quefue tejida para darle placer. El cayado seco floreció y se llenó de liriosmásblancosque lasperlas. La seca rama de espino floreció,y dio rosasmás roj as que losrubíes. Más blancosque perlasfinaseran loslirios, y sus pecíoloseran de plata luciente. Másrojasque rubíes espinelaseran lasrosas, y sus hojaseran de oro batido. Se quedó inmóvil en su traje de rey, y laspuertasdel enjoyado santuario se abrieron, y del cristal de lacustodia radiantebrotó maravillosa y mística luz. Se quedó inmóvil en su traje de rey, y la Gloriadel Señor llenó el lugar, y lossantos en sus nichos labradosparecían moverse. Con el hermoso traje regio quedóinmóvil anteellos, y el órgano lanzó su música, y lostrompeteros soplaron en sus trompetas, y los niñoscantoresalzaron sus voces. Y el pueblo cayó de rodillascon espanto, y losnoblesenvainaronsusespadas y le rindieronhomenaje, y el obispo palideció y le temblaron lasmanos: —Te ha coronado uno másgrande que yo —dijo, y se arrodilló ante él. Y el joven rey bajó el altar mayor, y volvió al palacio,atravesandola multitud.Pero ninguno se atrevió a mirarlo a la cara , porque era semejantea la de losángeles.