Juan Esquerda Bifet
ESPIRITUALIDAD
MISIONERA
SEGUNDA EDICIÓN
E S P I R I T U A L I D A D
M I S I O N E R A
POR
JUAN E S Q U E R D A B I F E T
Profesor de la Pontificia Universidad Urbaniana y
director del Centro Internacional de Animación
Misionera (Roma)
SEGUNDA EDICIÓN
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
LID • MCMLXXXII
Biblioteca de Autores Cristianos, de La Editorial Católica, S. ^
Madrid 1978. Mateo Inurria, 15. Madrid.
Depósito legal: M. 14.378-1982
ISBN: 84-220-0882-3
Impreso en España - Printed in SpaíjvjT
ÍNDICE GENERAL
PRESENTACIÓN, por el cardenal prefecto de la Sagrada
Congregación para la evangelización de los Pueblos.
INTRODUCCIÓN
I. Una nueva etapa de evangelización
Signos de la acción del Espíritu Santo en la
evangelización actual. Un nuevo mordiente
de la palabra «salvación». Preparación evan-
gélica y plenitud. Autonomía y madurez de
la Iglesia particular. Identidad del trabajo
misionero. Misión en general y nuevos mi-
sioneros. Pobreza en la comunión y en la
sencillez. Acento actual en la espiritualidad
y oración. Fraternidad y colaboración entre
apóstoles. Centros neurálgicos de nuestra so-
ciedad. Mundo «secularizado» y exigencia de
gestos y experiencias. Signos de los tiempos
y evangelización.
II. Significado y dimensiones de la espirituali-
dad misionera
Cristianismo como misión o espiritualidad
misionera del cristiano: la revelación cristiana
o Palabra de Dios para todos los hombres,.
Jesús Salvador universal, el don de la fe, re-
percusión misionera de todo lo cristiano, na-
turaleza misionera de la Iglesia, la vida cris-
tiana según el Espíritu. Espiritualidad del
apóstol o misionero: espiritualidad y aposto-
lado, espiritualidad del misionero, situaciones
especíales hoy. La espiritualidad cristiana en
un encuentro con la espiritualidad no cristia-
na: un WjPúgT"1
o la repercusión universal'
de . éiípirituaE^i lo específico de la espi-
índice general
Págs.
ritualidad cristiana, comunidades cristianas de
oración y caridad, la espiritualidad como evan-
gelización.
Naturaleza y características de la evangeli-
zación 81
Misión o apostolado: Cristo Mesías (ungido)
y apóstol (enviado), los apóstoles, apostolici-
dad de la Iglesia, elementos constitutivos del
apostolado o misión, participaciones de la mi-
sión. La acción evangelízadora: naturaleza y
características, universalidad de la evangeliza-
ción cristiana, condicionamientos históricos y
socio-culturales.
El espíritu de la evangelización según «Evan-
gelii nuntiandi» 110
Importancia de la espiritualidad misionera.
Espiritualidad como fidelidad a la vocación,
como fidelidad a la acción del Espíritu Santo,
como testimonio. Espiritualidad de comunión
eclesial. Espiritualidad como servicio a la
verdad. Actitudes básicas de espiritualidad:
caridad, celo, alegría. María, estrella de la
evangelización.
Principios y líneas básicas de espiritualidad
misionera
Actitud ministerial ante la salvación, ante el
misterio y la revelación: sentido de instru-
mento, asimilación del mensaje por la con-
templación, ascética del predicador del Evan-
gelio. Anunciar el misterio de Cristo y de
la Iglesia: Cristo como centro, la Iglesia como
comunión. Discernimiento y fidelidad a los
«signos de los tiempos». Testigos de la pre-
sencia y de la experiencia de Dios. Signos
de esperanza y de bienaventuranza. Actitud
apostólica ante el misterio de la conversión:
llamada a la conversión, espiritualidad misio-
nera ante la conversión.,
136
índice general XI
Actitudes concretas de «vida apostólica» ... 167
La «vida apostólica». Líneas bíblicas y con-
ciliares de la «vida apostólica»: éxodo o de-
jarlo todo, escatología o abrir nuevos cami-
nos, profetismo o anunciar el Reino, signo
personal de Cristo. La figura espiritual del
apóstol: dimensión de universalidad, frater-
nidad apostólica, generosidad evangélica, es-
piritualidad en el ejercicio del apostolado. Las
virtudes concretas del Buen Pastor: cercanía
al hombre y a los acontecimientos, caridad
pastoral, obediencia y «vida apostólica», vir-
ginidad como signo de la caridad pastoral,
pobreza.
Fidelidad a la misión del Espíritu Santo ... 196
Espíritu Santo y misión. Importancia y actua-
lidad del tema. Síntesis bíblica. Cristo envia-
do y movido por el Espíritu Santo. Los após-
toles enviados por el Espíritu. María, tipo
de la Iglesia, fiel a la misión del Espíritu.
La fidelidad a la misión del Espíritu. Discer-
nir la acción del Espíritu Santo en la misión.
La vida apostólica según el Espíritu.
Oración y evangelización 216
Corrientes actuales. Orar y evangelizar. El
diálogo con Dios en las religiones no cristia-
nas. Experiencias místicas no cristianas. La
«aculturación» de la contemplación cristiana.
La contemplación cristiana como valor evan-
gelizador actual.
Vocación misionera 239
Cristo llama a la misión. Las vocaciones del
cristiano. Vocación misionera específica. Fide-
lidad a la vocación misionera. Pastoral de las
vocación^ misioneras. La formación del mi-
siqaA^|^^_
XII índice general
Págs.
X. Maternidad de la Iglesia y misión apostólica. 260
Maternidad y misión eclesial. Iglesia madre.
Iglesia esposa de Cristo. Títulos apostólicos
de la Iglesia esposa y madre. Maternidad ecle-
sial: ser y función apostólica. Virginidad y
maternidad. Maternidad eclesial en la misión
apostólica de cada cristiano. El sacerdocio
ministerial o ministerio apostólico. Naturaleza
de la misión y maternidad eclesial. Construir
la Iglesia.
XI. Espiritualidad y animación misionera en la
Iglesia particular 296
Naturaleza misionera de la Iglesia particular
o local. Iglesia particular y signos permanen-
tes de evangelización universal. La distribu-
ción de los efectivos apostólicos. Los anima-
dores del espíritu misionero. Hacia la diócesis
misionera.
XII. Selección bibliográfica 318
Materias por orden alfabético 321
P R E S E N T A C I Ó N
F ^ E S D E el decreto Ad gentes del Vaticano II
*-^ hasta el Sínodo Episcopal de 1974 (sobre la
evangelización) y la exhortación apostólica Evan-
gelii nuntiandi, el interés por el tema misionero ha
ido «in crescendo». De silo son exponentes el Con-
greso Internacional sobre «Evangelización y cultu-
ras» (1975) y el Simpósium Internacional sobre
«la formación del misionero hoy» (1977). Ambos
se han celebrado en la Pontificia Universidad Ur-
baniana de Roma; el segundo, con ocasión del 350
aniversario de la fundación de este Ateneo roma-
no misionero.
El Sínodo Episcopal de 1977, sobre la catcque-
sis, ha suscitado de nuevo el interés por la misión
universal de la Iglesia, subrayando la importancia
de la formación del mismo apóstol en orden a una
dedicación verdaderamente evangélica.
Pues bien, entre todos los temas misioneros hay
uno que se presenta como fundamental y que mu-
chas veces se soslaya, precisamente por la misma
dificultad de exposición clara y convincente. Este
tema misionero es el de la espiritualidad que exige
la misión, especialmente cuando se trata de la mi-
sión univ^ ,
^^^¿ntes».
xiv Presentación
El libro Espiritualidad misionera aborda con va-
lentía y competencia este tema. Es, pues, un libro
que va a marcar nuevos hitos en los estudios mi-
sionológicos, puesto que es el primer estudio siste'
mático completo sobre el tema de la espiritualidad
misionera.
El espíritu de la evangelización o el espíritu de
los evangelizadores, tal como se describe en esta
obra, refleja fielmente la línea del decreto conciliar
Ad gentes y de la exhortación apostólica Evange-
lii nuntiandi. Es un libro que responde a la invi-
tación d,el papa Pablo VI en su mensaje misionero
de Pentecostés de 1977 para la jornada misional de
este mismo año: la necesidad e importancia de la
formación misionera, sobre todo en vistas a una
entrega generosa.
El autor, Mons. Juan Esquerda Bifet, es la per-
sona más indicada para la exposición del tema. A
su larga experiencia misionera directa, por medio
de conferencias y retiros organizados para el per-
sonal apostólico de países de misión, añade la de-
dicación a la cátedra de Espiritualidad y Animación
Misionera en la Pontificia Universidad Urbaniana,
así como la dirección del Centro Internacional de
Animación Misionera y la Secretaría General de la
Pontificia Unión Misional.
No podemos menos de recomendar el estudio y la
meditación de esta obra fundamental a cuantos tra-
bajan en el apostolado, especig¡£BgUílas misio-
Presentación xv
nes o por las misiones: a los misioneros, a los ani-
madores del espíritu misionero del Pueblo de Dios
y a todos cuantos quieran vivir comprometidamen-
te el cristianismo como misión sin fronteras. Para
todos ellos puede ser un manual de catcquesis so-
bre la formación misionera.
Prefecto de la S. C. para la Evangelización
de los Pueblos
Oia^jdio
ESPIRITUALIDAD MISIONERA
INTRODUCCIÓN
El concilio Vaticano II, con su decreto Ad Gen-
tes, ha suscitado el despertar de una nueva con-
ciencia misionera en todo el pueblo de Dios. Cada
miembro de la Iglesia queda responsabilizado para
hacer de ella una madre universal, puesto que la
Iglesia es «sacramento universal de salvación».
Si toda la Iglesia es «sacramento» o signo eficaz
de la presencia y del actuar de Cristo resucitado,
ello reclama, de parte de todo cristiano, la coope-
ración para «implantar», en todo sector humano,
los signos permanentes de evangelización, es decir,
los signos de Iglesia.
El primer decenio del posconcilio y del decreto
Ad Gentes ha sido marcado por un doble aconteci-
miento: el Sínodo Episcopal sobre la evangelización
(año 1974) y el Año Santo (1974-1975). La sen-
sibilidad misionera de la Iglesia se ha acrecentado.
El papa Pablo VI, recogiendo el eco de estas rea-
lidades, ha querido dejar constancia de ellas en un
documento que marcará una época histórica en el
proceso de evangelización: la exhortación apostóli-
ca Evangelii nuntiandi (1975).
En toda esta realidad eclesial aflora un aspecto
peculiar: el espíritu de la evangelizarían o la es-
piritualidad misionera. El decreto Ad Gentes ha-
bía dedicado al tema un fragmento importante
(n.23-25). Evangelii nuntiandi le dedica atención
principal, especialmente en su capítulo séptimo.
En una sociedad que busca experiencias de Dios
y que pre&jévtürftfh^ipóstoles cristianos sobre el
4 Introducción
sentido de la esperanza y de las bienaventuranzas,
se vislumbra que el futuro de la evangeüzación está
en manos de apóstoles que tengan una profunda es-
piritualidad misionera.
Esta espiritualidad no se improvisa. Debe ser
fruto de un largo proceso de maduración y de for-
mación. Es la invitación del papa Pablo VI en el
mensaje misionero del Domund de 1977: «Se ne-
cesitan apóstoles formados propiamente para la mi-
sión ad gentes, según los criterios expuestos en el
decreto conciliar que lleva este nombre. Si se les
educa para esta función especial, con un marcado
sentido universalista, fruto de fina sensibilidad hu-
mana y eclesial, tendremos nuevos apóstoles que sa- •
brán transformar las dificultades mismas en otras
tantas posibilidades de evangeüzación. Sólo una
profunda formación que disponga al servicio gene-
roso podrá crear las condiciones de un nuevo y flo-
reciente período para las misiones. Es ésta una meta
que no se puede improvisar, sino que debe buscar-
se esforzadamente en un proceso de oración, de es-
tudio, de reflexión, de diálogo, de compromiso. Se
trata de una meta que deseamos proponer a todos:
no sólo a los futuros misioneros y misioneras, sino
también a los sacerdotes, a los religiosos, a los se-
minaristas, a los laicos».
El presente libro quiere responder a esta reali-
dad posconciliar y a estos deseos del Papa, que ha-
bían sido ya insinuados por el concilio Vaticano II
(AG 25-26).
El tema de la espiritualidad misionera ha sido
estudiado, hasta el presente, de modo «parcial», es
decir, en cada uno de sus puntos concretos. Pero
faltaba un estudio sistemáti(¡^^Jj^^ver la uni-
Introducción 5
dad de todos los temas, a partir de unos principios
básicos. Intentamos, pues, cubrir esta laguna en los
temas misiológicos.
El desarrollo del temario parte de una realidad
eclesial: los signos actuales de un nuevo período de
evangeüzación. Se explican luego los diversos sig-
nificados de la espiritualidad misionera, relacionan-
do espiritualidad y misión bajo diversos puntos de
vista o dimensiones. El punto clave del temario es
la noción de evangeüzación y de misión, que delinea
toda la temática de la espiritualidad misionera. Lue-
go se estudia la espirituaüdad misionera según Evan-
gelii nuntiandi, para pasar en seguida a la presen-
tación de unos principios básicos y de unas acti-
tudes concretas de vida apostólica. De ahí se pue-
de pasar a puntos más concretos, como son los de
la fidelidad a la misión del Espíritu Santo, la ora-
ción, la vocación misionera, la maternidad de la
Iglesia (en relación a la maternidad de María), la
animación misionera en la Iglesia particular. Para
una ampliación de estos temas, además de las no-
tas de cada capítulo, puede ayudar la orientación
biográfica del capítulo final.
Los materiales usados para la elaboración de este
texto han sido múltiples. Se ha aprovechado el es-
tudio de muchos autores sobre puntos concretos,
como puede constatarse por la bibliografía y por
las notas. El libro es también fruto de labor docen-
te de la Pontificia Universidad Urbaniana, así como
de cursillos y conferencias tenidas en el Centro In-
ternacional de Animación Misionera de Roma. Pe-
ro, como autor de estas líneas, he de reconocer que
el mordiente principal para profundizar en los tex-
tos bíbücos^HMBteriales, conciliares e históricos,
6 Introducción
proviene del contacto directo con el campo misio-
nero en la realización de cursos y retiros para esos
mismos apóstoles que consumen sus vidas en pri-
mera fila de la misión universal.
Dada la amplitud del tema, el presente estudio
es una sencilla reflexión que puede servir de base
para una elaboración teológica más profunda. Es
un punto de partida muy modesto. Pero intenta ser
útil no sólo para el estudio académico, sino prin-
cipalmente para conseguir el objetivo de la espiri-
tualidad misionera: hacer al apóstol disponible
para la misión eclesial «ad gentes». El texto, pues,
se siente impotente, pero quiere desbrozar el cami-
no para una labor más profunda de espiritualidad,
que debe ser fruto de la oración y de la generosi-
dad de cada uno y de cada comunidad eclesial.
I. UNA NUEVA ETAPA DE EVANGELI-
ZARON
S U M A R I O
Presentación: Signos de la acción del Espíritu Santo
en la evangelización actual
1. Un nuevo mordiente de la palabra «salvación».
2. Preparación evangélica y plenitud.
3. Autonomía y madurez de la Iglesia particular.
4. Identidad del trabajo misionero.
5. Misión en general y nuevos misioneros.
6. Pobreza en la comunión y sencillez.
7. Acento actual en la espiritualidad y oración.
8. Fraternidad y colaboración entre apóstoles.
9. Centros neurálgicos de nuestra sociedad.
10. Mundo «secularizado» y exigencia de gestos y
experiencias.
11. Signos de los tiempos y evangelización.
PRESENTACIÓN
Signos de la acción del Espíritu Santo
en la evangelización actual
El concilio Vaticano II, al hablar de la renova-
ción litúrgica, dice que es como «un signo de las
disposiciones providenciales de Dios sobre nuestro
tiempo, como el paso del Espíritu Santo por su
Iglesia». Los misterios cristianos no son sólo acon-
tecimientos del pasado. Su presencia continuada en
la Iglesia permite que se pueda hablar de «un nue-
vo Pentecostés», en el sentido de una nueva gra-
cia del Espíritu Santo en un nuevo período histó-
rico de la Iglesia'.
La acción evangelizadora de la Iglesia comienza
en Pentecostés. Así se prolonga la evangelización
iniciada por Jesús, «ungido y enviado por el Espí-
ritu Santo» (Le 4,1.14.18). Un nuevo período de
evangelización se caracterizará por unos signos nue-
vos de la acción del mismo Espíritu Santo, que
unsió a Jesús y que hizo a la Iglesia evangelizado-
ra de todos los pueblos.
Las nuevas circunstancias en que se mueve nues-
tra sociedad hacen sospechar el comienzo de una
nueva etapa histórica que puede condicionar el fu-
turo. En «la vigilia de un nuevo siglo y del tercer
milenio del cristianismo», el papa Pablo VI, en la
exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975),
lanzó esta consigna: «estudiar profundamente la na-
Constitución Sacrosanctum Concdtum n.43. Tuan XXIII ha-
blaba de «un nuevo Pentecostés»: AAS ,51 (1959) 382 (otación
para el éxito del Concilio); cf. constitución Humanae salutis
sobre la convocación del Vaticano II (25 de diciembre de 1961).
Pío XII señalaba este nuevo período mjsionetp, en Evangelio
praecones y Videi dnnum (1951 y 1 9 J ¡ ^ ^ | ^ w e n t e 1 ,
Presentación 9
turaleza y la forma de acción del Espíritu Santo
en la evangelización actual» 2
.
La naturaleza de la Iglesia es de fidelidad a la
acción del Espíritu Santo. Como María, la Iglesia
se hace madre por esta fidelidad. De ahí la relación
entre la encarnación, Pentecostés y la acción actual
del Espíritu en la Iglesia. La naturaleza de la Igle-
sia es mariana y misionera. Por esto debe «profun-
dizar en la reflexión sobre la acción del Espíritu
Santo en la historia de salvación» 3
.
No resulta fácil adivinar los signos de la nueva
acción del Espíritu Santo en la evangelización ac-
tual. Una nueva época de evangelización se basa
más en esa nueva acción del Espíritu que en las nue-
vas situaciones sociológicas. Describir estas últimas
sería relativamente fácil. Descubrir en ellas y des-
cifrar la verdadera acción del Espíritu supondría
entrar en el tema «signos de los tiempos», que en-
caja plenamente en el tema «teología de la histo-
ria».
Vamos a examinar un abanico de aspectos nue-
vos de la evangelización actual que permiten hablar
de una nueva época de evangelización. Todos estos
aspectos se podrán encontrar en los documentos del
Vaticano II, en el Sínodo Episcopal de 1974, en
la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, así
como en estudios realizados sobre la experiencia
en países de misión. Las cartas pastorales colecti-
vas de muchos episcopados y las semanas y congre-
sos internacionales sobre temas misionológicos son
también una fuente de primer orden4
.
3
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (Pablo VI), 8 de
diciembre de 1975: AAS 68 (1976) 5-76 n.81; el Papa se remite
a la invitación deljSínodo Episcopal de 1974.
3
Marialis ^ • A A 66 (1974) 113-168.
4
Atti del^^^^^K/^^^azionate scientifico di Missiologia
10 Nueva etapa de evangelizarían
1. Un nuevo «mordiente» de la palabra
«salvación»
Cuando se habla de términos cristianos, las «pa-
labras» son casi siempre «datos revelados». Así
ocurre con la palabra «salvación». La realidad que
se quiere expresar con esta palabra va más allá de
las etimologías y de los ecos sociopsicológicos de
cada época. Toda la revelación habla de Dios Sal-
vador. Y así se presenta «Jesús», como indica su
nombre. La salvación cristiana es «vida en Cristo»,
que nos viene de su muerte y resurrección reden-
tora (Heb 5,9). Es una salvación para todos los
hombres (1 Tim 4,2) y que abarca todo el hom-
bre. La salvación definitiva sólo ocurre en el más
allá de encuentro con Cristo resucitado (Ap 19,1).
La salvación cristiana es, pues, de esperanza esca-
tológica, que abarca necesariamente el presente con
toda la humanidad y toda la creación5
.
Este significado de la salvación cristiana es váli-
do para todas las épocas históricas. Pero las prefe-
rencias de cada época hacen recaer el acento en uno
u otro aspecto e incluso, a veces, en aspectos que
no pertenecen a la revelación. Así, por ejemplo, en
una época pasada y en algunos sectores, tal vez se
puso el acento de la salvación casi sólo en el sen-
tido de librar del infierno o de salvar a quienes irre-
misiblemente se van a condenar si no se hacen
cristianos. No fue ésta la doctrina de la Iglesia ni
(Roma, Universitá Urbaniana, 1976), 3 vols.; Animazione missio-
naria e promozione umanct oggi (Assisi, Centro Nazionale Missio-
nario Francescaso, 1976); J. MASSON, La missione continua (Bo-
logna, EMI, 1975); J. POWER, Le missioni non sonó finite (ibid.,
1971). v
5
Este es el tema desarrollado erAB||jÍ|^H^rte de Gaudium
it spes del Vaticano II. w ^ ^ ^ ^ ^ «
La palabra «salvación» 11
la de los grandes santos misioneros. En una época
posterior, el acento cambia de sentido hacia otro
extremo, como el de atribuir sentido salvífico a
cualquier valor religioso o no urgir a la conversión
y al bautismo cristiano.
Este cambio de sentido en el acento sobre la
salvación puede producir, en un primer momento,
la disminución del aliciente misionero. Incluso la
palabra salvación podría perder todo su sentido.
Pero, en un segundo momento de reflexión pro-
funda, cabe encontrar un nuevo mordiente que
produzca como resultado inmediato una selección
de vocaciones misioneras. Y este segundo momen-
to podría ser el momento actual.
En lugar de ver en la salvación prevalentemente
los intereses del hombre, se ha de atender prime-
ramente a los planes salvíficos de Dios según el
misterio de Cristo. Estos planes, por su misma na-
turaleza, reclaman ser anunciados y comunicados
urgentemente. Se trata de los intereses de Dios sal-
vador. Asimismo, Cristo redentor ha dejado su
mandato expreso de evangelizar a todas las gentes.
Y esta urgencia no puede esperar a que las discu-
siones técnicas lleguen a feliz término.
El celo de Pablo por la conversión de los gen-
tiles no se detiene ante el pensamiento de que Dios
es salvador de todos los hombres (1 Tim 2,4), sino
que, precisamente por ello, siente la necesidad de
comunicar a todos el misterio de Cristo según los
planes de Dios (Ef 3,8-9); el amor de Cristo urge
a comunicar su salvación en plenitud (2 Cor 5,14).
Hoy el resurgir del espíritu misionero ante una
nueva etapjy«si^^(||izaeión, se producirá como
12 Nueva etapa de evangelizarían
fruto de la contemplación del misterio de Cristo,
a cuya plenitud están llamados todos los hombres.
«Los hombres podrán salvarse por otros caminos,
gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les
anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros
salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüen-
za—lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evan-
gelio—o por ideas falsas omitimos anunciarlo?» 6
El acento del Vaticano II en la historia de sal-
vación hace redescubrir los temas cristianos en una
dinámica más comprometedora en cuanto a la en-
trega personal. Las verdades cristianas que hay que
estudiar, asimilar, anunciar y comunicar, son rea-
lidades salvíficas o aspectos del misterio de Cristo.
No se predican sólo ideas ni se comunican sólo co-
sas, sino que se anuncian y comunican los planes
salvíficos de Dios. El misterio de Cristo, estudiado
y vivido en esta perspectiva, puede producir nue-
vas levas de apóstoles para las nuevas situaciones
sociológicas7
.
6
Evangelii nuntiandi n.80. Ver Gaudium el spes c.4 de la pri-
mera parte: Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo;
P. DAMRORIENA. La salvación en las religiones no cristianas (Ma-
drid, BAC, 1973); O. DOMÍNGUEZ, Evangelizarían y salvación en
la teología contemporánea, en Atti del Congresso... (o.c. en
nota 4), II 549-563; D. GRASSO, Las religiones no cristianas,
¿caminos de salvación?: Estudios de Misionología 1 (1976) 85-104;
J. LÓPEZ-GAY, Aspetti teologici dell'esortazione apostólica «Evan-
gelii nuntiandi», en Esortazione Apostólica... Commento sotto
l'aspetlo teológico, ascético e pastorale (Roma, Sacra Congrega-
zione per l'Evangelizzazione, 1976) 97-115; B. PAPAU, The place
of non-christian religions in the economy of salvation, en Atti...,
o.c. 304-312; K. RAHNER, Ueher die Heilsbedeutung der nicht-
cbristlichen Religionen. ibid., 295-303; J. VODOPIVEC, L'Extra
ecclesiam nulla salus» alia luce deU'ecclesiotogia concillare, ibid.,
313-334; G. THILS, Propos et problémes de la théologie des reli-
gions non chréti^nnes (Carrerman 1966).
7
«En esta iniciación a los estudios (eclesiásticos) propóngase
el misterio de la salvación, de suerte que... se sientan ayudados
a funrlamentar y a empapar toda subida personal en la fe y a
consolidar su decisión de abrazar l | J | ^ ^ j É a j l a entrega per-
sonal y la alegría del espíritu» ( 0 ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ 4 1 .
Preparación evangélica y plenitud 13
2. Preparación evangélica y plenitud
Los Padres de la Iglesia han hablado frecuente-
mente de una «preparación evangélica» y de «se-
millas del Verbo» diseminadas en todos los pue-
blos 8
. El Vaticano II, al exponer el tema de la
evangelización, se ha hecho eco explícito de esta
doctrina tradicional9
.
En ciertas épocas y momentos de la evangeliza-
ción, el acento ha podido recaer más bien en los
aspectos negativos de las culturas y religiones no
cristianas. A la luz del principio según el cual todo
necesita redención, se ha podido caer en el extre-
mo de considerar como malo todo cuanto todavía
no es cristiano.
En nuestra época el acento recae en un extremo
contrario: todo tiene sentido o valor positivo e
incluso tal vez salvífico. La consecuencia ha llega-
do incluso a proponer como acción apostólica que
los paganos sean mejores paganos sin más (mejo-
res budistas, mahometanos, etc.). Una distinción
falsa entre Iglesia y Reino de Dios, podría hacer
pensar en que los paganos, aun sin ser Iglesia, ya
están en Reino de Dios y, por tanto, la labor mi-
sionera debería centrarse más en ayudar a pertene-
cer al Reino que a entrar en la Iglesia 10
.
Toda dificultad puede convertirse en una nueva
posibilidad de renovación y de evangelización. El
celó misionero nace mucho más señero cuando se
8
SAN JUSTINO, Í Apología 45,1-4, CLEMENTE DE ALEJANDRÍA,
Stromata I. 19,91.94;. EUSEBIODE CESÁREA, Praeparatio Evangé-
lica I. 1: PG 21,26-28.
9
LG n . l 6 - 1 7 ; ^ ^ L
^ El Vatica^jjpBlllIBlÉXDresamente aue «la Iglesia es el
Reino de CJÍsto» (LG 3 ? ^ B f c .
14 Nueva etapa de evangelizarían
consideran algunos valores de las religiones no cris-
tianas como «huellas» de Cristo. Porque entonces
estas huellas reclaman llegar a una plenitud. El
aprecio por las actitudes de oración de personas no
cristianas, lleva necesariamente al celo de querer
comunicarles la experiencia cristiana del «padre
nuestro».
Por parte del misionero o apóstol actual, se ne-
cesita mayor finura de espíritu para sentir el celo
paulino de querer llevar a una plenitud de Cristo.
«Ni el respeto ni la estima hacia estas religiones,
ni la complejidad de las cuestiones planteadas impli-
can para la Iglesia una invitación a silenciar ante los
no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario,
la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho
a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro
del cual creemos que toda la humanidad puede en-
contrar, con insospechada plenitud, todo lo que bus-
ca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su des-
tino, de la vida y de la muerte, de la verdad» 11
.
Estos planteamientos relativamente nuevos de
la acción evangelizadora ayudan todavía más a que
la Iglesia «prepare siempre nuevas generaciones de
apóstoles» n
.
El aprecio por las tradiciones culturales y reli-
giosas de cada pueblo, dentro de una providencia
sobrenatural que conduce hacia Jesucristo, hará
apreciar mucho más el valor de la revelación es-
tricta que sólo se encuentra en el Antiguu y Nuevo
Testamento. Y el respeto a la conciencia religiosa
de los demás incluye «proponer a esa conciencia
la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Je-
sucristo, con plena claridad y absoluto respeto ha-
11
Evangelü nunttandi n.53; cf. -AjÉt^^itresso .. fo.c. en
nota 4), especialmente el vol.I, py^^^^^HHhaLIJL parte 4
12
Ibid. "
La Iglesia particular 15
cia las opciones libres que luego puedan hacer».
Los hermanos todavía no cristianos «tienen el de-
recho de recibir a través del evangelizador el anun-
cio de la Buena Nueva de la salvación» 13
.
La llamada universal a la conversión cristiana
abarca a todos, sin excluir a los que ya vivían en
la revelación de la antigua alianza. Todo y todos
deben ser restaurados en Cristo (Ef 1,10). Todo
y todos necesitan redención y purificación. La evan-
gelización es una llamada hacia la plenitud escato-
lógica en Cristo resucitado 14
.
3. Autonomía y madurez de la Iglesia particular
La Iglesia universal encuentra su realización con-
creta en cada Iglesia particular o local. La natura-
leza de la Iglesia misionera debe aparecer también
en esa Iglesia particular. Toda comunidad cristiana
es o forma parte de una Iglesia particular. La ac-
ción misionera tiende, de por sí, a crear estas comu-
nidades que puedan dar y recibir en la comunión
eclesial universal y que tengan una madurez o su-
ficiencia de medios en cuanto a la fe, sacramentos,
organización, servicios, etc.
Un primer período de evangelización es un pe-
ríodo de abrir brecha en el que la comunidad cris-
tiana es embrionaria y es ayudada permanentemen-
te por otras comunidades. Paulatinamente, esa co-
munidad se constituye propiamente en Iglesia par-
ticular, con un obispo propio (sucesor de los após-
toles), con el clero local, personas consagradas, lai-
13
Ibid., n 80
14
«De esta manera, la actividad misionera tiende a la plenitud
escatológica, puespg^^fl^en la medida y en el tiempo que el
Padre con sUkJaJMMPVHáispuesto, se dilata el Pueblo de
Dios» (AG ^57""""*"" ' ^ ^ ^
16 Nueva etapa de evangelización
eos responsabilizados, etc. En las epístolas pauli-
nas, el Apóstol saluda a esas Iglesias en formación,
algunas de las cuales ya han llegado a cierta ma-
durez 15
.
El período inicial de formación de la comunidad
puede ser más o menos largo, incluso con la sensa-
ción de que el misionero lo hace todo y parece in-
sustituible. Pero cuando la comunidad comienza a
valerse por sí misma, entonces surge la tensión in-
voluntaria e incluso pueden surgir algunas crisis.
Nuestro momento actual es precisamente el de este
paso hacia la madurez.
Las dificultades iniciales de esta nueva situación
no son fáciles de solucionar, pero, con una pro-
fundización mayor, estas dificultades se convierten
en nuevas posibilidades de evangelización. Los após-
toles locales (obispos, presbíteros, religiosos, lai-
cos) asumen las propias responsabilidades, a veces
en momentos difíciles para toda la Iglesia. No
siempre se valora la evangelización anterior en sen-
tido positivo, sino que saltan a la vista los defec-
tos juzgados ahora desde el presente. Los misione-
ros que todavía quedan para completar el proceso
de maduración, se sienten a veces no tan aceptados
como antes. Los planes de pastoral son ahora tra-
zados por la jerarquía e instituciones locales; el
misionero es uno de tantos.
En un proceso de «indigenización», «acultura-
ción» y «autenticidad», se adaptan las ideas y los
15
Ver textos paulinos y del Nuevo Testamento sobre la Iglesia
particular en: J. ESQUEMA, El sacerdocio ministerial en la Iglesia
particular, en Salmanticensis 14 (1967) 309-340; cf. A. MAURO,
Nuovo diritto e cultura nel govert^f^j^^kivani Chiese, en
Atti..., o.c, vol.II, 385-599. V e r ^ ^ ^ ^ ^ ^ B ^ k cooperaziow
tra le Chiese (Bologna, EMI, 1 9 f l ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^
La Iglesia particular 17
métodos de una manera más adecuada, sin que fal-
ten a veces las exageraciones de llamar extranjero
u «occidental» a datos cristianos que pertenecen
a la revelación y a la misma naturaleza de la Igle-
sia. Hay que reconocer que muchas, si no la mayor
parte de las exageraciones, provienen más bien de
personal extranjero con ciertas alergias hacia las
«estructuras» eclesiales.
Pero este momento es de transición, para pasar
a un momento más sereno que se encuentra ya en
casi todas las Iglesias particulares de países de mi-
sión. Los efectivos apostólicos propios son casi su-
ficientes para las necesidades más perentorias. El
proceso de maduración se realiza en la comunión
universal con referencia efectiva y afectiva hacia
el primado de Pedro. Y la maduración llega, o debe
llegar, hasta el punto de hacer crecer la Iglesia
particular en la línea de responsabilizarse de la
evangelización universal. En el primer crecimiento
de la Iglesia se injerta ya este sentido misionero.
Por esto una Iglesia particular es «misionera» no
porque es de un país de «misión», sino porque ha
llegado a este grado de madurez en la cooperación
misionera universal. No hay ninguna Iglesia par-
ticular que no pueda dar y que no deba recibir.
Todavía hay lugar para nuevos «misioneros», al
menos para un campo especializado o para abrir
nuevas brechas en caminos todavía vírgenes.
«En el pensamiento del Señor, es la Iglesia, uni-
versal por vocación y por misión, la que, echando sus
raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales,
humanos, toma en cada parte del mundo aspectos,
expresioneÉ^l^aíw diversas. Por lo mismo, una
I g l e s i a ^ ^ ^ ^ ^ H U ^ S f desgajara voluntariamente
de I f ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ e r d e r í a su referencia al de-
18 Nueva etapa de evangelización
signio de Dios y se empobrecería en su dimensión
eclesial» 16
.
El proceso de maduración de la Iglesia particu-
lar abarca conjuntamente y en relación mutua a la
Iglesia que ha ayudado y a la Iglesia que ha Co-
menzado a madurar. El beneficio es mutuo. Pero a
este tema de la Iglesia particular o local se le va
a dedicar un capítulo especial.
4. Identidad del trabajo misionero
En épocas pasadas no se había puesto en duda
la identidad del trabajo misionero. Los grandes
apóstoles y las grandes organizaciones de apostola-
do se dedicaban a la evangelización directa con las
derivaciones consecuentes en el campo social y ca-
ritativo. La obra de las misiones ha sido también
ÜCÍS gran <jbrs <fc <dess?Foilo as t-cxhs los se&tkfas.
En los últimos años ha surgido la duda sobre la
identidad de la obra misionera e incluso sobre la
identidad de la persona del apóstol. Los gobiernas
e instituciones civiles han asumido la responsabili-
dad de muchas obras caritativo-sociales. Algunas
asociaciones internacionales disponen de medios
económicos y personal insospechados. Esta nueva
situación hace surgir la duda sobre cuál es el carn-
po específico del misionero.
El acento actual sobre el progreso, el desarrollo,
la promoción humana, etc., ha hecho que muchas
veces se identificaran esos campos con el carneo
misionero estricto. Y las cosas llegan a un nivel
tope cuando se entrecruzan con el campo político,
16
Evangelii nuntiandi n.(>2; f¡J^^J¡^^^fyangelizzazione
e progresso, en Atti... o.c., vd
Identidad del trabajo misionero 19
especialmente en movimientos de «liberación» y en
países del llamado «tercer mundo».
Pero estas perspectivas nuevas que podrían ser
una dificultad, han servido para profundizar en la
acción evangelizadora estricta. El número relativa-
mente escaso de misioneros deberá concentrar sus
esfuerzos en el campo propio, que es el de la pre-
dicación del Evangelio, sin atarse a sistemas ideo-
lógicos ni a facciones o partidos políticos. En el
campo del progreso y desarrollo, la acción apostó-
lica consiste en presentar una vida dedicada a ser
un gesto de las bienaventuranzas. La acción apos-
tólica, aun cuando se ejercitare en un campo social
y técnico, no se identifica con ese mismo campo,
sino que allí es un mordiente de la caridad evan-
gélica por el amor profundo y dedicación peculiar
a las personas.
La «liberación» cristiana «debe abarcar aJ hom-
bre, entero, en todas sus dimensiones, incluida su
apertura al Absoluto, que es Dios» y, por tanto
«no puede reducirse a la simple y estrecha dimen-
sión económica, política, social o cultural» 17
.
La acción evangelizadora no se desentiende de
los problemas temporales del hombre, como puede
constatarse en la lista innumerable de santos evan-
gelizadores de todas las épocas históricas. Pero
«reafirma la primacía de su vocación espiritual, re-
chaza la sustitución del anuncio del reino por la pro-
clamación de las libertades humanas, y proclama tam-
" Ibid , n '3. Y. CONGAR, Un peuple metsianique (Paris, Cerf
1975). 2." parte; cf. Teología de la liberación (conversaciones de
To>edo 197}) (Burgos, Facultad Teológica, 1974); A. LÓPEZ
TRUIILLO, Liberación marxista v liberación cristiana (Madrid, BAC
1974); E. Vmomo.JEvanvelización y liberación, en Atti..., o.c.'
vnl. II. 494-513  ^ M H B 4 t a u n o s «liberación» y «salvación»
en ST. t,ONNi¡^to¡^^^^^^^mmmlemptione (Romae, Pont Ist
20 Nueva etapa de evangelizado/!
bien que su contribución a la liberación no sería
completa si descuidara anunciar la salvación en Jesu-
cristo» 18
.
Una acción liberadora, pues, no se identifica ne-
cesariamente con una acción evangelizadora. Y,
aparte de la evangelización, todos los demás as-
pectos de la liberación dejarían de ser auténticos
«desde el momento en que sus motivaciones profun-
das no fueran las de la justicia en la caridad o la
fuerza interior no entrañara una dimensión verdade-
ramente espiritual y su objetivo final no fuera la sal-
vación y la felicidad en Dios» 19
.
Jesús evangelizó anunciando la conversión de co-
razón y de mente que lleva a consecuencias perso-
nales y sociales. Esta es la tarea propia del evan-
gelizador. Sin esta perspectiva cristiana, «las me-
jores estructuras, los sistemas más idealizados se
convierten pronto en inhumanos si las inclinacio-
nes inhumanas del hombre no son saneadas»20
.
Este servicio misionero específico se desarrolla
siempre en un campo de servicio de la Palabra, de
los signos sacramentales (especialmente de la euca-
ristía y del bautismo), y de la acción comunitaria
y caritativa. La acción apostólica tiende a crear co-
munidades de fe y de esperanza expresadas en una
vida de oración y de caridad.
5. Misión en general y nuevos misioneros
La teología de la misión es uno de los temas de
actualidad tanto en el terreno doctrinal como en
18
Ibid., n.34.
19
Ibid., n.35. ^ ^ m m
20
Ibid., n.36. Para evitar l^^H^^^^^n^apalabra libera-
ción, véase también n.38. ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^
Misión y nuevos misioneros 21
el terreno práctico. En este sentido, todos los as-
pectos apostólicos y pastorales se estudian a la luz
de la misión general de la Iglesia. Con ello se ha
ganado en dinámica apostólica, pero se corre el
riesgo de perder en el sentido estricto de la misión
universal de la Iglesia21
.
Hay que reconocer que el tema «misión» se ha-
bía reducido casi exclusivamente a la labor misio-
nera entre no cristianos. De ahí que se hablara de
«misiones», «países de misión», «misioneros», etc.
Pero con el nuevo acento en la misión general, se
aplica muchas veces el tema a situaciones límite o
de emergencia e incluso a cualquier aspecto del
«apostolado». Así se habla de algún país hasta aho-
ra cristiano y que se podría considerar como país
de misión, se presenta el sacerdocio como misión,
se profundiza en la vocación cristiana como mi-
sión, etc.
El mordiente que haya podido perder el tema
«misión» aplicado a la primera evangelización, se
puede recuperar ampliando la responsabilidad cris-
tiana respecto a la evangelización. Si la naturaleza
de la Iglesia y de toda persona e institución ecle-
sial es naturaleza «misionera», la misión cristiana
tiene siempre una perspectiva universal sin fronte-
res. El resurgir, pues, del sentido de misión debe
hacer que la responsabilidad misionera universal
sea verdaderamente sentida por todos: «la Iglesia
entera para el mundo entero» (P. Manna).
Si el tema misión no queda restringido a límites
21
A. M. HENRY, Esquisse d'une théologie de la mission (París
1959); J. LÓPEZ-GAY, La misionología postconciliar, en Estudios
de Misionología 1 ^1^6)^-54 (con bibliografía indicativa sobre
la época posconcJ^Bíj|fc^Li'i.nc, Le fondament théologique
des missions (^JPIWBWIWK^^I'TIHN, Teología de la misión,
22 Nueva etapa de evangelización
«caseros», el resultado será, por un lado, la respon-
sabilidad de la evangelización universal por parte
de todos y, por otro lado, el resurgir de vocaciones
especialmente misioneras en el sentido de dedicar-
se efectivamente a esa evangelización.
El sentido de misión eclesial debe despertar el
interés primordial por la primera evangelización,
por comunicar la fe a los que todavía no creen, jjor
crear comunidades cristianas firmemente estableci-
das, por dejar signos permanentes de evangeliza-
ción, por suscitar nuevos apóstoles que se respon-
sabilicen de extender el reino, por alentar la pues-
ta en práctica de nuevos «ministerios» o servicios
eclesiales de evangelización, etc. A toda esta gama
de acción misionera universal estricta, se la ha ve-
nido resumiendo en una afirmación conocida: «im-
plantar la Iglesia».
.«Pctf.qiiie h toíaiidad ¿e la evsfígeiiaaóóa... csx¡g¡s-
te en implantar la Iglesia»22
. «El fin propio de tsta
actividad misionera es la evangelización y la planta-
ción de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos
en los cuales no ha arraigado todavía»23
.
Así, pues, el despertar del sentido de misión sus-
citará, tanto en las Iglesias tradicionalmente cris-
tianas como en las Iglesias jóvenes, un despertar
misionero universal que debe ser obra de todos? y
que, por ello mismo, fomentará la existencia de
numerosas vocaciones plenamente dedicadas a abrir
22
Evangelii nunl'indi n.28.
23
AG n.6. El texto conciliar se remite a algunas fuentes, e^tre
las que cabe destacar: SANTO TOMÁS, Sent. I, dist.16 q.l a.2 a¿ 2
y ad 4; I q.43 a.7 ad 6; I-II q.106 a.4 ad 4. Es una expresión
que ocurre repetidas veces en las encíclicas misionales pontificias-
Máximum illud: AAS 11 (1919) 445 y j a Rerum Ecclesiae-
AAS 18 (1926) 74; Evangelii / > ^ j | f l k 43 (1951) 5o7;'
Fidei donum: AAS 49 (1957V«i*iPWPH|PHifci£í<w.- AAS 51
(1959) 835, etc.
Pobreza en la comunión 23
nuevos caminos para la predicación del Evangelio.
El despertar misionero de los laicos, la convicción
sobre la necesidad de signos de vida contemplativa
en los países de misión, la redimensión misionera
universal de toda institución eclesial, etc., serán
nuevas realidades misioneras que se sumarán a las
fuerzas ya existentes.
6. Pobreza en la comunión y sencillez
La acción apostólica o evangelizadora se lleva a
cabo con la gracia de Dios y la colaboración hu-
mana. Los medios «humanos» de apostolado entran
también en el juego de la providencia. Un resurgir
misionero, como el que ha tenido lugar desde fina-
les del siglo xix hasta nuestros días, ha suscitado
la atención de todos los cristianos, quienes han
prestado una colaboración personal, económica y
espírítuaf tai vez sin precedentes. Ello na poefrefo
producir, a veces, una confianza exagerada en los
medios humanos, hasta el punto de pensar que,
sin ellos, casi no sería posible evangelizar. El flo-
recer de la Iglesia ha hecho también que las estruc-
turas se reforzaran apareciendo como un poder hu-
mano entre los demás.
Como reacción a esta realidad y también como
nuevo estilo evangelizador, se ha producido un mo-
vimiento contrario de mayor sencillez, mayor po-
breza, mayor cercanía a los que sufren, mayor tes-
timonio del radicalismo evangélico. Pero todo va-
lor auténtico, colocado como primer valor, puede
caer en el extremo de una exageración que, en
nuestro caso, llevaría a una actitud de contesta-
ción, de dejy^flHMÉÉás instituciones, de radica-
lismos «díeraaos. **fc
24 Nueva etapa de evangelizarían
Hay que reconocer que las grandes obras de
evangelización realizadas por los grandes santos mi-
sioneros, han tenido lugar en una falta casi abso-
luta de medios humanos. La fuerza evangelizadora
no se basa ni en el poder, ni en el dinero, ni en la
ciencia. Todos esos medios deben usarse cuando
están al alcance del apóstol, siempre dentro de los
criterios de actuación del mismo Jesús, que los usó
con moderación. Pero cuando estos medios pasan
a ser el factor principal (como cualquier valor que
se colocara en el primer grado de la escala de va-
lores), se constituyen en obstáculo para el actuar
del Espíritu. Sería exactamente el mismo obstáculo
que el de colocar la pobreza en sí misma como pri-
mer valor por encima de la caridad y de la comu-
nión.
Los signos del actuar del Espíritu en su Iglesia
son hoy de mayor pobreza y sencillez dentro de la
comunión. La pobreza sin sencillez sería solamente
un aspecto unilateral de la pobreza, puesto que la
sencillez indica la pobreza más profunda de quien
arriesga incluso sus criterios, su tiempo, sus inte-
reses y sus planes «apostólicos». Y esa misma po-
breza, sin comunión, no sería la pobreza del Buen
Pastor, cuya humanidad pobre queda escondida en
las «estructuras» eclesiales.
La evolución actual de nuestra sociedad, dentro
del marco de la providencia salvífica, ayuda a la
Iglesia a colocarse dentro de los límites pobres de
peregrina hacia un más allá. Personas e institucio-
nes son movidas por el Señor y por su Espíritu
para evangelizar a los «pobres»^i un marco de
mayor sencillez. Las Ig]esi4MHHP|wkr)ente cris-
tianas y misioneras d e ^ ^ n corHnuar^^dando a
Pobreza en la comunión 25
la obra misionera sin querer imponer controles ni
querer presentar aires de patronazgo; sería mucho
mejor la ayuda a la Iglesia universal en la que mu-
chas comunidades cristianas embrionarias son me-
nos conocidas y más necesitadas que las comuni-
dades ayudadas directamente. Las Iglesias jóvenes
deberán renunciar a ocupar tanto tiempo en son-
dear las posibilidades económicas de organizacio-
nes mundiales cristianas; sería mejor formar la con-
ciencia de responsabilidad de los propios cristianos,
quienes, precisamente por ser más pobres (aunque
no siempre son así), sienten más los problemas de
los otros y están más dispuestos a ayudar. Por parte
de los apóstoles empeñados en el apostolado mi-
sionero directo, convendría no perder tanto tiempo
en buscar estos medios, aunque sí convendría «per-
derlo» en buscar medios para otras comunidades y
otros apóstoles más pobres. Mucho campo de apos-
tolado y muchas diócesis quedan sin asistencia de
planes verdaderos de pastoral porque los apóstoles
están demasiado convencidos que sin dinero no se
puede hacer nada. Cuando faltan todos los medios
humanos, todavía se puede evangelizar de la mejor
manera posible, porque, como decía San Pablo des-
de la cárcel, «yo estoy en cadenas, pero la palabra
de Dios no queda atada» (2 Tim 2,9).
Este sentido de pobreza hará redescubrir el va-
lor de la religiosidad popular, la cual muchas veces
«refleja una sed de Dios que solamente los pobres
y sencillos pueden conocer» 24
. Y este sentimiento
de pobreza, en el mismo campo de evangelización,
ayudará a colaborar mejor en la solución económi-
ca y moral de quienes carecen de lq más impres-
84
Bvang,e¡J/flmS^^^ÉÉt
26 Nueva etapa de evangelizarían
cindible y de quienes, por sus ambiciones, son cau-
sa de un desorden económico mundial25
.
«Como Cristo..., así la Iglesia se une por medio
de sus hijos a los hombres de cualquier condición,
pero especialmente con los pobres y afligidos, y a
ellos se consagra gozosa»26
.
Por esto, entre las cualidades señaladas por el
Vaticano II al describir la vocación misioneía, se
hace resaltar:
«debe estar depuesto a renunciar a sí mismo y a todo
lo que tuvo hasta entonces y a hacerse todo para
todos... con una vida realmente evangélica... Dios
le concederá valor y fortaleza para conocer la abun-
dancia de gozo que se encierra en la experiencia in-
tensa de la tribulación y de la absoluta pobreza» 27
.
7. Acento actual en la espiritualidad y oración
La espiritualidad del apóstol ha sido considera-
da siempre como parte integrante de la evangeliza-
ción. Esta espiritualidad es la base del testimonio
evangélico y la condición para ser instrumento dó-
cil de la acción del Espíritu Santo. La importancia
de la oración y sacrificio es una de las notas carac-
terísticas de todos los escritos sobre la teología de
la misión.
No obstante, en ciertas épocas, como en la que
inmediatamente nos precede, tanto en exposicio-
nes doctrinales como en actitudes prácticas se ha
subrayado el aspecto de acción y organización. De
ahí han derivado algunas polémicas sobre relación
entre vida interior y apostolado, oración y acción,
consagración y servicio, espiritualidad de ascensión
28
GSp c.3. y"n^a^_
26
AG n.12; cf. ibid., n5 f * W * f c b
27
AG n.24. Véase el capsulo VI, 1, A (línea^^éxodo»),
Acento en la espiritualidad 21
y de encarnación, etc. Después de estos vaivenes
históricos y a un decenio de distancia del Vatica-
no II, se puede observar un movimiento universal
en favor de la espiritualidad y concretamente en
favor de la oración. Baste recordar los diversos mo-
vimientos nuevos de espiritualidad que acentúan
los métodos de interioridad, la acción carismática
del Espíritu, las experiencias de oración, etc.
En el campo misionero se nota, especialmente
por parte de los no cristianos, un interés creciente
por saber del cristianismo cuál es la experiencia
especial que ofrece acerca de Dios y del diálogo con
él. No se piden tanto explicaciones teóricas cuanto
experiencias y gestos de evangelio. Se pide al cris-
tiano que exprese cuál es el sentido de su esperan-
za y qué significado profundo da a la existencia hu-
mana, a la historia y a la misma sociedad.
Hace pocos años nadie hubiera sospechado este
acento en la espiritualidad. A veces parece como si
esta espiritualidad por parte de algunos movimien-
tos y grupos fuera más bien una evasión o aliena-
ción. De ahí la importancia misionera de presentar
la autenticidad de la oración y contemplación cris-
tiana, así como del proceso de vida espiritual ge-
nuina, que es una configuración con Cristo por la
fe, esperanza y caridad. Si el apóstol de hoy no
pudiera presentar la experiencia de esta espiritua-
lidad cristiana, no se aceptaría su exposición teóri-
ca y, además, el movimiento actual de espirituali-
dad—incluso dentro del cristianismo—correría el
riesgo (repetido durante otros períodos históricos)
de convertirse en un esplritualismo sin compromi-
sos personales^sj^^es.
Se han ejMMM^flraSkfit^spectos sobre la evan-
28 Nueva etapa de evangelizarían
gelización y se ha descuidado frecuentemente un
punto base: «las actitudes interiores que deben ani-
mar a los obreros de la evangelización» n
. Se han
gastado muchas energías para formar al apóstol y
luego se le ha dejado en la brecha sin la atención
espiritual suficiente.
El solo testimonio sin la palabra no basta. Pero
la palabra sin el testimonio «corre el riesgo de ha-
cerse vana e infecunda». Por esto, «sin esta marca
de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá bre-
cha en el corazón de los hombres de nuestro
tiempo» 29
.
La acción evangelizadora apunta necesariamente
a guiar en el camino de configuración con Cristo
hasta una plenitud. El mismo progreso humano
tiende, de por sí, a convertir al hombre en imagen
y amigo de Dios. Por esto la evangelización es la
colaboración más eficaz y más completa al progreso
integral del hombre. Pero todo esto supone, por
parte del apóstol, una vivencia y un conocimiento
de los caminos y de las leyes del Espíritu. La ver-
dadera dirección espiritual—que es punto clave de
la doctrina patrística sobre la configuración con
Cristo—no puede ceñirse a un mero «counseling»
o consejo sicológico. El apóstol de hoy, para res-
ponder adecuadamente a las inquietudes del hom-
bre moderno, necesita vivir y exponer una rica es-
piritualidad aprendida en las fuentes reveladas y en
las vidas y escritos de los santos, pero especialmen-
te practicada en el diálogo y encuentro cotidiano
con Dios. Una vez más, el futuro de la evangeliza-
ción está en manos de los santos, es decir, de per-
sonas disponibles para amar como el Buen Pastor.
28
Evangelii nuntianii n . 7 4 . ¿ _ ^ ^ ^ ^ ^ H ^ B f e
29
Ibid., n.76. - " ^ ^ ^ ^ ^ ^ ~ -
Fraternidad y colaboración 29
8. Fraternidad y colaboración entre apóstoles
Una de las notas características del actuar apos-
tólico es la fraternidad y colaboración entre los
apóstoles y entre instituciones de apostolado: «que
sean uno... para que el mundo crea que me has
enviado» (Jn 17,21).
Pero, en la práctica, esta fraternidad no siempre
ha sido una realidad.. Por circunstancias diversas,
ha existido a veces un desconocimiento mutuo y
una falta de colaboración en empresas que debe-
rían ser comunes. La misma distribución, en algu-
nas ocasiones, del trabajo misionero, confiando a
cada Instituto un país determinado, ha podido pro-
ducir esa falta de unidad. El hecho de que algunas
instituciones apostólicas puedan considerarse casi
autosuficientes, ha podido ser otra de las causas.
Y a veces ha prevalecido la búsqueda del bien del
propio Instituto sobre el bien de la evangelización.
Esta realidad, que no puede generalizarse, todavía
tiene algunas consecuencias palpables en algunas
tensiones entre la institución misionera y el obispo
del lugar miembro de la misma institución.
La verdadera historia de las misiones, no obs-
tante y a pesar de la falta de unidad en no pocas
ocasiones, es una historia heroica de sacrificios per-
sonales y comunitarios.
Hoy uno de los signos dominantes de nuestra
sociedad es el de la búsqueda de la unidad de la
familia humana. El mensaje cristiano, que es de
mandamiento del amor, puede y debe aportar un
factor imprescindible, puesto que la unidad sólo
puede nacerck|^fcfc»p redentor de Cristo. De
ahí la JmpfljBHclWreWHfcÉl valor evangélico de la
30 Nueva etapa de evangelizarían
fraternidad entre los apóstoles, como un signo y
mordiente de la unidad de toda la humanidad, que
debe llegar a ser familia de Dios.
Son muchas las veces que el Vaticano II habla
de la fraternidad e incluso vida comunitaria entre
apóstoles 30
. Es una exigencia evangélica. Hoy tam-
bién se ha redescubierto el valor de la vida de equi-
po: «La eficacia en la acción y la necesidad del
diálogo piden en nuestra época iniciativas de equi-
po» 31
. Y en cuanto a la actividad misionera, el
Vaticano II le dedica un capítulo de la constitu-
ción Gaudium et spes.
En el plano de Iglesia local o particular,
«es propio del obispo, como rector y centro de uni-
dad en el apostolado diocesano, promover, dirigir y
coordinar la actividad misionera, pero de modo que
se respete y se fomente la actividad espontánea de
quienes toman parte en la obra»32
.
A nivel nacional y «regional», la planificación
pastoral encuentra su centro de unidad en la Con-
ferencia Episcopal y en la cooperación entre dife-
rentes Conferencias Episcopales. Y en todos estos
niveles hay que buscar una coordinación de activi-
dades que deben desarrollar las diferentes institu-
ciones apostólicas. Esta cooperación debe ya co-
menzar en los países de origen o en las Iglesias
que envían personal misionero.
La necesidad de unidad entre los apóstoles cris-
tianos se deja sentir especialmente en el campo lla-
mado ecuménico. La falta de unidad entre cristia-
30
ChD n.30; PO n.8.10.17; OT n.17.
31
GSp n.90. Véase capítulo VL^^gjtagrnidad).
32
AG n.30. El acento en I ^ J P I I P P M M » presidida por
el obispo, es una de las nota» del Vaticano liS™»
Centros neurálgicos 31
nos es uno de los mayores obstáculos para la evan-
gelización actual.
«La fuerza de la evangelización quedará muy de-
bilitada si los que anuncian el Evangelio están divi-
didos entre sí por tantas clases de rupturas. ¿No es-
tará quizá ahí uno de los grandes males de la evan-
gelización?» M
No obstante, puede afirmarse que los sinceros
deseos de unidad que se palpan en todas partes,
son un signo del Espíritu Santo, que prepara una
nueva etapa de evangelización.
9. Centros neurálgicos de nuestra sociedad
Durante la historia de la Iglesia ha habido acon-
tecimientos clave que han condicionado la evange-
lización en sentido positivo o negativo. Baste re-
cordar la unidad del imperio romano en torno al
«mare nostrum», la invasión de los bárbaros en
Europa, la expansión del Islam" en el norte de Áfri-
ca, el descubrimiento de América, la apertura de
los viajes alrededor de la Tierra, los fenómenos so-
cioculturales e ideológicos (ilustración, racionalis-
mo, ateísmo, nuevas filosofías...), las migraciones
de todo tipo, etc.
En estos momentos clave, la acción evangeliza-
dora ha encontrado grandes dificultades y grandes
posibilidades que, a veces, han condicionado un fu-
turo de siglos.
El Vaticano II, en la constitución Gaudium et
spes, afronta los nuevos cambios de la sociedad ac-
tual, en los que la presentación adecuada del mis-
terio de Cristo juega un papel determinante. Las
EvangeliUmmmwW^^^UÁiiitdtis redmte^ratio n.l y 4.
32 Nueva etapa de evangelizarían
preguntas apremiantes, si no angustiosas, sobre el
sentido de la vida humana, de la vida social, de la
historia, del progreso, etc., son preguntas dirigidas
más o menos directamente al cristianismo como
nuevas «multitudes» que esperan la evangeliza-
cion .
Un primer balance de esta situación parece incli-
narse hacia el lado negativo. El concepto más geo-
gráfico de la misión (países de misión, sectores geo-
gráficos por evangelizar), no tiene hoy la misma
significación e importancia que en el pasado. Es
inevitable un primer momento de sinsabor y de
desorientación, si no ya de crisis. A los sectores
geográficos que se estaban evangelizando con gran-
des esfuerzos, llegan hoy las influencias provenien-
tes de centros neurálgicos de nuestra sociedad que
no pueden identificarse con un país o con una geo-
grafía: los medios de comunicación social, la eco-
nomía, la política internacional, la cultura e ideo-
logías, el turismo, las grandes migraciones, los pue-
blos marginados o grandes minorías expulsadas de
sus tierras, etc. Todo ello cuestiona la acción apos-
tólica. Baste recordar algunos centros tradicional-
mente cristianos o de misión en evolución progre-
siva y que ahora son grandes urbes cosmopolitas
de una decena de millones de habitantes en sus
alrededores.
Pero estas nuevas dificultades pueden convertir-
se en nuevas posibilidades de evangelizar. Se trata
de grandes masas de personas que ahora se ponen
a tiro del Evangelio si éste lograra penetrar los
centros neurálgicos de pensamiento y de acción.
Evangelizar estos centros sería asegurar la evange-
S1
GSp primera parte, exnapi pTelHHMra^fclU,
Centros neurálgicos 33
lización de esas grandes muchedumbres que espe-
ran del Evangelio la solución radical a sus proble-
mas más hondos. Las agencias de noticias y de vía-
jes, las empresas multinacionales, las misiones di-
plomáticas, las grandes empresas editoriales, etc.,
penetran hoy con facilidad donde todavía se man-
tienen las puertas cerradas al Evangelio. Sólo un
espíritu misionero, que rompa las fronteras del
propio egoísmo personal y colectivo, puede llegar
a aprovechar estas posibilidades nuevas de evange-
lizar que tal vez son irrepetibles.
La invitación del papa Pablo VI a preparar un
nuevo período de evangelización, arranca de esta
nueva situación que, a su vez, dispone de una nue-
va gracia del Espíritu.
«Sectores de humanidad que se transforman: para
la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evan-
gelio en zonas geográficas cada vez más vastas o
poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcan-
zar y transformar con la fuerza del Evangelio los
criterios de juicio, los valores determinantes, los pun-
tos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes
inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad,
que están en contraste con la Palabra de Dios y con
el designio de salvación. Posiblemente podríamos ex-
presar todo esto diciendo: lo que importa es evan-
gelizar—no de una manera decorativa, como con un
barniz superficial, sino de manera vita'l, en profundi-
dad y hasta sus mismas raíces—la cultura y las cul-
turas del hombre en el sentido rico y amplio que
tienen sus términos en la Gauiium et spes, tomando
siempre como punto de partida la persona y teniendo
siempre presentes las relaciones de las personas entre
sí y con Dios»3S
.
Cuando, en estos años pasados, se elaboraban
estadísticas, en las que la comunidad cristiana au-
mentaba aniialBW«*j^^0H millones y en las que las
35
EvangeljLMutitiandi n.19-20. W.
Espiritut0tlad misionera 2
34 Nueva etapa de evangelizado»
conversiones llegaban a una cifra muy alentadora,
no faltaba la observación de que el número de pa-
ganos crecía mucho más y que, por tanto, la cifra
global de los cristianos era cada vez más inalcanza-
ble. Pues bien, este problema matemáticamente in-
soluble, que dio pie a teorías sobre la no> necesidad
de una conversión explícita, puede encontrar su so-
lución en el misterio de la providencia manifestado
en cada época y, para nosotros, en la época que
nos toca vivir. Evangelizando esos puntos neurál-
gicos de nuestra sociedad, se ponen los fundamen-
tos sólidos para una conversión explícita futura de
toda la humanidad. El misterio de la conversión
no queda resuelto con nuestras elucubraciones, pero
nos bastan estos signos pobres para creer y esperar
activamente.
10. Mundo «secularizado» y exigencia de gestos
y experiencias
Los cambios sociológicos de nuestra sociedad se
agravan con los cambios de mentalidad que derivan
necesariamente al campo religioso. El hombre
qu'ere valerse por sí mismo sin necesidad de recu-
rrir al llamado ser supremo. Los diversos campos
áp
 auehacer humano reclaman una autonomía to-
tal. Se cuestiona no solamente lo sobrenatural, sino
incluso lo sagrado. Es un cambio radical de escala
de valores para pasar del Absoluto (Dios) a otro
absoluto que sería el hombre. La religión y todo
lo que ella comporta, ¿no será una evasión, una
alienación, un subjetivismo, a manera de «opio»
que hace olvidar los propios compromisos? M
3
" CH DUQUOC, Ambie.üedadtjKl^jj/IIKHjte la seculariza-
ción (Bilbao, Desclée. 1 9 7 4 ) J * r
WB.
Mundo «secularizado» 35
Este proceso de «secularización»—que en su
parte negativa podría llamarse «secularismo»—,
hace que «muchedumbres cada vez más numerosas
se alejen prácticamente de la religión» 37
. No pue-
den preverse las consecuencias prácticas de este pro-
ceso cuando llegue a penetrar sectores geográficos
y culturales que se fundamentan básicamente en los
valores religiosos (islamismo, budismo, hinduismo,
animismo, etc.). Pero el proceso, que parece arro-
llador, tiene un doble efecto:
«el espíritu crítico más agudizado purifica la vida
religiosa de un concepto mágico del mundo y de re-
siduos supersticiosos y exige cada vez más una adhe-
sión verdaderamente personal y operante a la fe, lo
cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo
de lo divino» 3S
.
Muchas barreras religiosas del mundo llamado
pagano se van a derrumbar por obra del «secula-
rismo»; pero este derrumbamiento puede producir
un obstáculo mayor: el indiferentismo, el ateísmo,
el materialismo...
La única puerta de salida a este nuevo «impasse»
es la presentación de la religión cristiana como úni-
ca respuesta a los problemas más profundos que
plantea el hombre y la sociedad de hoy.
«Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible,
primogénito de toda la creación, el Concilio habla
a todos para esclarecer el misterio del hombre y para
cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan
a los principales problemas de nuestra época» 39
.
37
GSp n.7; cf. Evangelii nuntiandi n.55.
38
Ibid. Convendría estudiar este proceso secularizante en sus
39
Ibid., n
''( :
l|JMRII^^^^BW e
' nomDre
> s e
presentan con
36 Nueva etapa de evangelizarían
Ahora bien, esta presentación del misterio cris-
tiano no se puede hacer sólo con palabras o expli-
caciones teóricas, ni incluso basta un testimonio
externo de «altruismo», sino que pide verdaderos
gestos evangélicos de bienaventuranzas y experien-
cias del encuentro y del diálogo con Dios.
«Conocemos también las ideas de numerosos psi-
cólogos y sociólogos que afirman que el hombre mo-
derno ha rebasado la civilización de la palabra, inefi-
caz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la
civilización de la imagen»... No obstante «el tedio
que provocan hoy tantos discursos vacíos, y la actua-
lidad de muchas otras formas de comunicación, no
deben, sin embargo, disminuir el valor permanente
de la Palabra (de Dios) ni hacer perder la confianza
en ella» 40
.
La evangelización cristiana no se realiza ni con
la sola palabra humana, ni con el solo testimonio
externo. Se trata de la Palabra de Dios, cuya vita-
lidad aparece también en los gestos heroicos de la
caridad del apóstol que imita al Buen Pastor.
La nueva etapa de evangelización reclama, por
parte del apóstol, una vida espiritual honda que
hable, por sí misma, de un Dios Amor.
«Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los
innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca,
sin embargo, por caminos insospechados y siente do-
lorosamente su necesidad, el mundo exige a los evan-
gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos
mismos conocen familiarmente, como si estuvieran
viendo al Invisible» 41
.
Pero esta experiencia de Dios se manifiesta en
gestos de vida de caridad:
«El mundo exige y espera de nosotros sencillez de
vida, espíritu de oración^carid^ para con todos, es-
40
Evangelii nuntianái n.42.
41
Ibid., n.76.
Signos de los tiempos 37
pecialmente para los pequeños y los pobres, obedien-
cia y humildad, desapego de sí mismos y renun-
cia». .. 42
La evangelización actual va a correr por cami-
nos de presentar más profunda y vivencialmente
la esperanza cristiana, como un sentido escatológi-
co de la vida que, abarcando el presente, no adora
ninguna ideología y ningún sistema ideológico o
práctico, porque sólo Cristo resucitado es quien da
sentido a la creación y a la historia humana en
marcha hacia la restauración final43
.
11. Signos de los tiempos y evangelización
Los temas que acabamos de exponer se podrían
calificar también como «signos de los tiempos» en
la acción evangelizadora actual44
.
Siguiendo la doctrina conciliar del Vaticano II
sobre los «signos de los tiempos», éstos vendrían
a ser como la manifestación de la voluntad salvífi-
ca de Dios a través de los acontecimientos huma-
nos. Pero la dificultad consiste en saber deslindar,
en cada acontecimiento, esos signos de historia de
salvación sin confundirlos con otros signos más
bien manifestativos del pecado del hombre. Bás-
tenos recordar una afirmación del Concilio:
42
Ibid.
43
B. MONDIN, í teologi della speranza (Bologna, Borla, 1974).
44
Cf. Constitución apostólica Humanae salutis (Juan XXIII)
por la que se convoca el concilio Vaticano II. M. D. CHENU, Les
signes du temps, en Nouv. Rev. Théologique 87 (1965) 29-39;
J. ESQUERDA, Magisterio y signos de los tiempos, en Burgense 10
(1969) 239-271; J. P. JOSSUA, Discerner les signes des temps, en
La Vie Spirituelle 527 (1966) 547-569; M. PELLEGRINO, Seguí dei
tempi e risposta^^áÉÉtÉ*¿(Roni2L, Pont. Univ. Gregoriana,
1967); M. r ^ a d H H I H ^ V ^ los tiempos, en Manresa 40
(1968) 5 - 1 8 . ^ ^ ^ ^ ™ ^ ^
38 Nueva etapa de evangelizarían
«Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fon-
do los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz
del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada
generación, pueda la Iglesia responder a los perennes
interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la
vida presente y futura y sobre la mutua relación de
ambas. Es necesario, por ello, conocer y comprender
el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspira-
ciones y el sesgo dramático que con frecuencia le
caracteriza» 45
.
Entre los signos de los tiempos que indica el
Vaticano II y el Magisterio, cabe destacar esas lí-
neas generales: las preguntas inquietantes sobre la
razón de ser del hombre, el sentido de universa-
lismo y de unidad, la aceleración de los procesos
históricos, la crisis de crecimiento, la confianza en
las técnicas humanas, la dignidad de la persona, la
solidaridad actual sobre los problemas que aquejan
a la humanidad y en especial al llamado «tercer
mundo»... De estos signos más generales, destaca-
remos aquellos aspectos que interesan más directa-
mente a la evangelización.
Hoy más que en épocas pasadas, la Iglesia sien-
te su propia naturaleza de ser «signo» levantado
ante los pueblos, «sacramento universal de salva-
ción» 4é
. Tal ha sido siempre la naturaleza de la
Iglesia; pero las preguntas acuciantes de la huma-
nidad actual reclaman la presentación más clara de
esta realidad del signo eclesial. Aplicación concreta
de este acento en el signo de Iglesia sería la presen-
tación de gestos de caridad (AG n.12) y la inser-
ción clara y mordiente en las situaciones nuevas de
nuestra sociedad (AG n.10).
Los procesos actuales de cambio social reclaman
« GSp n.4; cf. GSp n.11.44,
« AG n.l; LG n.48; cf. "
Signos de los tiempos 39
una adaptación acelerada, sobre todo en métodos
apostólicos y en estructuración cultural y ambien-
tal. La adaptación debe ser auténtica, sin perder
ningún valor esencial y permanente; pero la trans-
formación profunda de nuestra sociedad es como
una llamada a la urgencia de adaptar todo cuanto
sea necesario en un momento transcendental del
que depende un futuro inmediato (AG n . l l ) .
La relación entre Iglesia local o particular e Igle-
sia universal, como signo actual de evangelización,
hace profundizar en la naturaleza de la Iglesia mi-
sionera, en la comunión, en la responsabilidad de
cada Iglesia particular respecto a la evangelización
universal47
.
La nota ecuménica de la Iglesia posconciliar ayu-
da a valorar la unidad de todos los cristianos en
vistas a una evangelización más eficaz y acelerada,
que, por otra parte, no podrá realizarse sin esa uni-
dad. Hoy se manifiesta por todas partes, especial-
mente entre los apóstoles, una sensibilidad muy
honda sobre la falta de unión de los cristianos "8
.
Consiguiendo esta unión, se habría derribado el
principal obstáculo para la evangelización.
La cercanía a los pobres y a los que sufren es
otra de las características de la evangelización ac-
tual 9
. De hecho, ha sido siempre la nota carac-
terística de los santos misioneros; pero hoy revis-
te unas derivaciones y un tono especial, dada la
magnitud del problema de tantas muchedumbres
que sufren hambre y que no disponen de los bie-
nes más indispensables para realizar su propio exis-
^ AG n.6.16.19-20
T, ñP n.12.15. K^sm^ti^Oecuménistne misúonnaire (Roma,
Pontificia UnivemMBpiHk 1970)
AG n.12. trm¡&,hesfmi^ de Yahvé (Paris, Cerf, 1962).
40 Nueva etapa de evangelizarían
tir humano (cultura, trabajo, habitación, liberta-
des políticas, libertades fundamentales, etc.).
El despertar misionero de todo el pueblo de
Dios, y concretamente del estamento laical, puede
considerarse como otro signo de los tiempos (AG
n.21). Estos nuevos apóstoles se suman a los ya
existentes (sacerdotes y personas consagradas) en
una relación mutua, puesto que es común la res-
ponsabilidad de evangelización universal (AG n.35).
En este despertar misionero actual se destaca
también la nota de espiritualidad. Así, la respon-
sabilidad misionera de todos se sentirá en la medida
en que haya una renovación interior. Y los após-
toles de hoy deberán presentar la patente de una
rica espiritualidad que les acredite como signos per-
sonales del Señor50
.
El acento actual, en una línea materialista y de
secularismo, hace descubrir otro signo de los tiem-
pos, que no será precisamente el de desnaturalizar
la naturaleza sobrenatural de la Iglesia o el miste-
rio de la cruz. Este fenómeno actual, analizado en
toda su hondura y a la luz de la Palabra de Dios,
descubre más bien la urgencia de presentar una
Iglesia aue evangeliza sin subordinarse a ninsuna
ideología humana y a ningún sistema. Esta liber-
tad de los hijos de Dios o libertad en el Espíritu
hace tomar los acontecimientos sin esclavizarse a
ellos como si fueran un absoluto o como si fueran
irreversibles. Por encima de cualquier interpreta-
ción humana de la historia está la interpretación
a la luz de la historia de salvación. Por esto, la
acción evangelizadora eclesial es de esperanza cris-
tiana hacia una «plenitud escatológica», que no
50
AG n.24-25. Son los númerojjPWH(B|^k espiritualidad
¡lúsionera.,
Signos de los tiempos 41
puede alcanzarse sólo con el esfuerzo humano ni
sólo en esta tierra (AG n.9).
Descubrir los signos de los tiempos es una labor
semejante al discernimiento de espíritus que, en
nuestro caso, se aplica a los acontecimientos.
«A través del Espíritu Santo la evangelización pe-
netra en los corazones, ya que él es quien hace dis-
cernir los signos de los tiempos—signos de Dios—
que la evangelización descubre y valoriza en el inte-
rior de la historia» 51
.
A la luz de estos signos de los tiempos en el
campo de la evangelización, se podrían finalmente
señalar, entre otros, algunos problemas más urgen-
tes y más nuevos por resolver:
— hacer responsable de la evangelización uni-
versal a toda la comunidad cristiana, espe-
cialmente en cada Iglesia particular;
— potenciar los apóstoles nativos de las Igle-
sias jóvenes, de suerte que posean los medios
necesarios para emprender ellos mismos esta
nueva etapa de evangelización;
— preparar las comunidades cristianas para re-
cibir o acoger a tantos grupos de personas
que, según los diferentes fenómenos actua-
les, pasan o se instalan más o menos perma-
nentemente;
— preparar al pueblo cristiano para recibir las
nuevas conversiones que van a producirse y
que tal vez no se producen todavía por falta
de esta preparación;
Evangeliir nuntiandi n
42 Nueva etapa de evangelization
— dejar en manos de los apóstoles nativos la rea-
lización de su segunda evangelización o pro-
ceso "de maduración de la misma,
.— preparar misioneros pata penetrar en los
nuevos centros neurálgicos de nuestra socie-
dad. . n
S2
Amplié estas líneas en Lineas básicas de la espiritualidad
misionera y aplicaciones actuales Euntes Docete 29 (1976) 97 110,
Spiritualita ed evangelizzazione di fronte alie istanze det giovam,
oggt Fede e Civlltá 73 U976) 25 29, Espiritualidad misionera hoy
(Madrid Comisión Episcopal de Misiones, 1976), Dimenswne
sptrituale dell evangelizzazione en Esortaztone Apostólica «Evan
gelu nuntiandi» di Sua Santita Paolo VI, Commento (Roma,
Sacra Congregazione per l'Evangelizzazione del Popoli, 1976)
116 128
II. SIGNIFICADO Y DIMENSIONES
DE LA ESPIRITUALIDAD
MISIONERA
S U M A R I O
Presentación
1 Cristianismo como misión o espiritualidad misio-
nera del cristiano
A) La revelación cristiana o Palabra de Dios
para todos los hombres
B) Jesús, Salvador universal
C) El don de la fe
D) Repercusión misionera de todo lo cristiano
E) Naturaleza misionera de la Iglesia
F) La vida cristiana según el Espíritu
2 Espiritualidad del apóstol o misionero
A) Espiritualidad y apostolado
B) Espiritualidad del misionero
C) Situaciones especiales hoy
3 La espiritualidad cristiana en un encuentro con
la espiritualidad no cristiana
A) Un hecho actual Repercusión universal de
la espiritualidad
B) Lo específico de la espiritualidad cristiana
C) Comunidades cristianas de oración y candad
D) La espiritualidad como evangelización
PRESENTACIÓN
Al escribir sobre la «espiritualidad misionera»
nos encontramos con dos términos ya muy estudia-
dos: la espiritualidad y la misión
Sobre la «espiritualidad» en general, nos hemos
de remitir necesariamente a los especialistas actua-
les l
. En cuanto a la «misión», además de cuanto
se ha dicho en el capítulo anterior sobre la proble-
mática de la misión actual2
, habremos de adentrar-
nos muchas veces en el significado de este término
salvífico en capítulos posteriores.
Siguiendo las indicaciones de los especialistas so-
bre espiritualidad, podríamos hablar de «vida según
el Espíritu», de teología de la perfección cristiana,
de configuración con Cristo, así como de imita-
ción, semejanza, servicio, unión y cumplimiento
de la voluntad de Dios, etc. Pero hoy muchos au-
tores prefieren más bien estudiar este tema como
teología de la caridad cristiana, en el sentido de
que en ella consiste la perfección 3
.
Si hablamos de «espiritualidad misionera» no es
para introducir una nueva espiritualidad. De hecho,
algunos autores prefieren hablar de una sola es-
piritualidad, la cristiana, con referencia a matices
1
Véanse algunos tratados actuales de espiritualidad CH A BAR
NARD, Compendio di teología spmluale (Roma, PUG, 1973),
 M BESNRD Vna nueva espiritualidad (Barcelona 1966),
L BÓUYFR, íntroductwn a la pie spirituelle (París 1960). C GAR-
CÍA Corrientes nuevas de la teología espiritual (Madrid, Studium,
1971), L COGNFT íntroductwn a la vie chrétienne (París, Cerf,
1967), Dtztonano enciclopédico di spintualita (Roma, Teresia-
num 1976) D M HOFFMANN Maturtng the spirtt (Boston,
St Paul Edit , 1970) F Rni7 Caminos del espíritu, compendio
de teología espiritual (Madrid, EDE, 1974), C V THRULAR, Con
cettt fondamentali della teología jp/ríí»aía(Brescia 1971)
2
Véase nota 21 del e l . £ f l h f c
3
LG n 39 42, ver C V T H R D J , A R „ ^ ^ ^ |
Presentación 45
especiales (sacerdotal, religiosa, laical, etc.)4
. A
nosotros nos basta con remitirnos a la necesidad
de vivir la misión, puesto que espiritualidad misio-
nera vendría a ser la teología espiritual a la luz de
la misión cristiana Se trata, pues, de estudiar cuál
es la espiritualidad que corresponde a este aspecto
cristiano de la misión y, concretando algo más, cuál
es la espiritualidad que corresponde al carisma de
la vocación misionera y a la acción misionera de
cualquier cristiano según la propia vocación ecle-
sial.
Los pocos autores que hasta el momento han es-
tudiado la espiritualidad misionera han hecho refe-
rencia a la novedad del tema 5
. Hay que añadir aquí
que el tema misión podría todavía estudiarse como
misión general o como misión estricta, es decir, co-
mo misión con perspectivas universales. Sin excluir
la referencia a la misión en general (puesto que es
una referencia obligada), nosotros subrayamos más
bien la misión estrictamente universal en el sentido
que iremos analizando en las explicaciones poste-
riores. Nuestro tema de «espiritualidad misionera»
4
Véase L BOUYER, o c , introducción
5
Los tratados específicos de espiritualidad misionera son prác
ticamente inexistentes Pero se han publicado algunos estudios
parciales R AUBERT, Théologie missionnaire et spiritualtté mis
swnnaire, en Collectanea Mechlimensis (1974) 424 432, H BUR
KLE Missionarische Spirituahtat ais Anwort auf Grunderfahrun
len tn den ~* 'h^ionen en Getst und Leben 8 (19751 431 44^
T ESQUERDA, Espiritualidad y evangelización Euntes Docete 27
(1974) 3 24 I D , Espiritualidad misionera hoy (Madrid, Comisión
Episcopal Misionera 1976), ID , Cristianos sin fronteras Espiri-
tualidad misionera (Burgos, Facultad Teológica 1976), ID , Teo
logia de la esvirJuahdad sacerdotal c 7 (Madrid BAC 1976)
Tn Spirituatila- e anmuaione missinnana (A^isi 1977) B I^FIIY
Missionarv Sptrttuahty (Dublm Gilí and Son 1960) Misswn
smrituality (Indore Divine Word Publications, 1976) Y RAGUIN
Missionary spiritualtty (Manila E A Pastoral Institute, 1972)
(también en segunda Qgjte de' L'Esprit sur le monde [Paris, Des-
clée, 1975J; üsplrituj^gpbre, mundo [Madrid, Narcea, 1976]).
46 Significado y dimensiones
vendría a corresponder a la «teología de la misión»
o misionología en su aspecto espiritual o de vi-
vencia.
Si hubiera de presentarse, ya desde el principio,
una espiritualidad misionera perfectamente estruc-
turada, tendrían que analizarse estos datos: reali-
dades sobrenaturales que recalca, historia de esta
espiritualidad, síntesis doctrinales, virtudes que
destaca, medios que propone, organizaciones e ins-
titutos que fomentan esa espiritualidad, etc. Pero
nosotros vamos a ir paso a paso elaborando estos
datos en una evolución más homogénea y vital, se-
gún irán presentándose los diferentes capítulos.
Si se nos preguntara sobre la posibilidad de in-
cluir la espiritualidad misionera en la teología de
la misión o misionología, como una parte integran-
te, la respuesta podría ser afirmativa; pero tal vez
sería mejor hablar de una función de esta misma
teoVgía en vez de hablar de una parte de la misma.
La relación entre la espiritualidad misionera y la
espiritualidad en general estribaría en poner de re-
lieve el tema «misión universal» en cada uno de
los puntos estudiados en la llamada teología espi-
ritual o teología de la perfección cristiana. Todos
los temas de espiritualidad cristiana tienen una de-
rivación misionera que emana de su misma entra-
ña, como veremos en este mismo capítulo.
El cristiano, movido por la fe y caridad, abre el
evangelio y lee: «Id por todo el mundo, predicad
el Evangelio a toda creatura... bautizad...» (Mt
28,29; Me 16,15); «os envío como me envió mi
Padre» (Jn 20,21). La respuesta normal debe ser
de disponibilidad «misionera» aun antes de poner-
se a elaborar técnicamente urjjfcología. Esta dis-
Presentación 47
potabilidad cristiana respecto a la misión vendría
a ser la quintaesencia de la espiritualidad misione-
ra. La espiritualidad misionera está, pues, en la lí-
nea de una vivencia responsable de la misión cris-
tiana, que tiene derivaciones universales por su
misma naturaleza. Podríamos, pues, definir la es-
piritualidad misionera provisionalmente (sin que-
rer hacer abstracciones), como la vivencia de la mi-
sión recibida de Cristo, es decir, la espiritualidad
que deriva de la misión cristiana. El Espíritu Santo
infunde en cada uno de los «enviados» el mismo
espíritu misionero que animó a Cristo como en-
viado 6
.
Cuando se habla de espiritualidad específicamen-
te misionera cabe distinguir diversos puntos de vis-
ta o dimensiones, que podrían resumirse en tres:
la espiritualidad cristiana como misionera, la espi-
ritualidad del misionero, la espiritualidad cristiana
en encuentro y confrontación continua con la es-
piritualidad no cristiana. De esta manera descripti-
va aparece, desde el principio, la amplitud del cam-
po que vamos a estudiar, no partiendo de nociones
ya prefabricadas, sino de situaciones en que se en-
cuentra el cristiano como enviado y a las que hay
que responder con la doctrina del Evangelio y la
reflexión teológica objetiva. Los principios teológi-
cos no dependen de la realidad circunstancial ni de
la conciencia de cada uno, pero, a la luz de estos
principios, se iluminan situaciones personales y am-
bientales.
6
AG n.4 y 24-25.
48 Significado y dimensiones
1. Cristianismo como misión o espiritualidad
misionera del cristiano
Todo cuanto suene a cristiano tiene unas pers-
pectivas universales. La Palabra de Dios o revela-
ción, la realidad de Jesús Salvador, el don de la fe,
el bautismo, la naturaleza de la Iglesia, el des-
arrollo de la perfección y cualquier tema de vida
cristiana se refieren siempre a toda la humanidad.
El hecho de ser cristiano o la misma vocación cris-
tiana es misión universal.
A) LA REVELACIÓN CRISTIANA O PALABRA
DE Dios PARA TODOS LOS HOMBRES
Dios ha hablado comunicando sus planes salví-
ficos sobre la humanidad entera. El Antiguo y
Nuevo Testamento tienen esta perspectiva de uni-
versalidad, aunque los destinatarios inmediatos de
la Palabra sean unos hombres concretos o una co-
munidad reducida, que por ello mismo quedan «co-
misionados» para comunicar a otros los planes sal-
víficos de Dios. Por esto el Vaticano II presenta
como uno de sus objetivos «proponer la doctrina
auténtica sobre la revelación y su transmisión, para
que todo el mundo lo escuche y crea, creyendo es-
pere, esperando ame» 7
.
A través de la creación y de la historia, Dios se
ha ido manifestando a todos los hombres sin ex-
cepción. Cristo, Palabra de Dios, es el centro de
la creación y de la historia (Jn 1,3). Por esta mani-
festación divina, y especialmente por la revelación
' Dei Verbum n.l. La afirmación es de San Agustín, De cate-
chizandis rudibus 4, 8: PL 40,316.
 Cristianismo como misión 49
estricta del Antiguo y Nuevo Testamento, «Dios
fue preparando a través de los siglos el camino del
Evangelio» 8
. La revelación divina culmina en Jesús
(Heb 1,1-2), Hijo de Dios, Palabra eterna del Pa-
dre, pronunciada eternamente en el Espíritu Santo,
que ha venido para habitar entre los hombres (Jn
1,1-18), Esta revelación divina es «para salvación
de todos los pueblos»9
.
En la Palabra de Dios aparece el plan divino de
salvación para todos los hombres. Por esta Palabra
sabemos que los hombres han sido elegidos o pre-
destinados en Cristo desde toda la eternidad (Ef
1,4) y que «todo ha de ser restaurado en Cristo»
(ibíd. 10; Col 1,15-17). Los destinatarios de este
misterio de Cristo, escondido por los siglos en Dios
y ahora manifestado, son todos los hombres. Por
esto, quien haya encontrado ya esta Palabra de
Dios debe sentir, en diverso grado y modo, según
la vocación concreta, el deseo de «iluminar a to-
dos acerca de la dispensación del misterio oculto
desde los siglos en Dios» (ibíd. 3,9).
La Palabra de Dios o doctrina y persona de Je-
sús no es una teoría solamente para ser estudiada
técnicamente. Propiamente no es un sistema ideo-
lógico, sino una palabra con virtualidades diferen-
tes de las palabras humanas. Es como un mensa-
jero vivo que va al encuentro de todo hombre (Is
9,8). Es palabra eficaz (Gen l,ls), creadora y con-
servadora con dimensiones universales, que obra la
salvación en toda la historia humana (2 Tim 2,8-9),
pronunciada por Dios para nosotros en la pleni-
tud de la historia (Gal 4,4). Por esto, el que recibe
8
Ibíd., n.3. Sobre la «preparación evangélica» véase capítu-
lo I, 2.
9
Ibid., n.l. Véase capítulo I, I.
50 Significado y dimensiones
esta palabra, por la fe cristiana, queda responsa-
bilizado para comunicarla a los hermanos. La re-
velación no puede quedar como un simple recuer-
do o como una «doctrina» que basta con apren-
derla personalmente.
Dios, que es amor (1 Jn 4,8), sólo tiene una Pa-
labra personal, que es el Verbo (Jn 1,1). Nos ha
dado esta Palabra para todos los hombres (Jn 1,12-
14). Es la cumbre de la revelación divina (Heb 1,1).
Así ama Dios al mundo entero (Jn 3,16), puesto
que Cristo, Palabra personal de Dios hecho nues-
tro hermano, pertenece a toda la humanidad (Gal
4,4 y Jn 3,17). Esta es la iniciativa personal de
Dios amor (1 Jn 4,10).
B) JESÚS, SALVADOR UNIVERSAL
I
Todo hombre ha sido creado para ser «imagen»
de Dios, su «gloria» o «epifanía». No es sólo el
hombre como individuo, sino también como colec-
tividad expresada principalmente en la familia hu-
mana (Gen 1,27; Ef 5,22s). Este plan primero de
Dios encontró la contrapartida del pecado del pri-
mer hombre con sus consecuencias universales. Pe-
ro el mismo Creador ha querido restaurar este plan
primero en un plan todavía mejor: la salvación en
Cristo. Así, «Dios es Salvador de todos los hom-
bres» (1 Tim 4,10). En Jesús, Hijo de Dios, «se
ha manifestado la gracia salvífica de Dios para to-
dos los hombres» (Tit 2,11; cf. 3,4).
El hecho de que todo hombre deba desarrollar
su propio ser como «imagen» (gloria) de Dios
Amor permite hablar de una «misión» radical que
arranca de esta realidad y que empuja a transfor-
mar la creación, la historia y toda la humanidad en
Cristianismo como misión 51
una imagen de Dios. Sería una misión «teocéntri-
ca». Pero el hecho de que este plan de Dios ha
sido elevado a un plan todavía mejor—de reden-
ción en Cristo Salvador—, hace que la misión sea
estrictamente cristiana, proveniente del Padre por
su Hijo Jesús y en el Espíritu Santo. Por esto la
misión cristiana es, a la vez, teocéntrica, trinitaria,
cristológica y neumatológica 10
. La razón de ser de
todo hombre, especialmente ya restaurado en Cris-
to Salvador, es de llevar a cabo una misión uni-
versal.
Jesús es Salvador de todos los hombres (Mt
1,21), pertenece a todos, es hermano y responsable
de la historia de cada uno de los hombres y Ca-
beza de la humanidad entera. La misión salvífica
que recibió del Padre no tiene fronteras: se pre-
senta como enviado para salvar a los hombres (Jn
3,17), acercándose a todos los que sufren (Mt 8,17),
llamando a todos (Mt 11,28), derramando su san-
are por todos (Mt 26,28). Su «sed» (Jn 19,28) es
la del Buen Pastor que se apiada de todos (Me
6,34). Jesús ha muerto por todos (2 Cor 5,15). De
ahí que los apóstoles presenten siempre a Jesús
como centro de la creación y de la historia (Jn 1,3;
Col l,16s; Heb 13,8). Las afirmaciones paulinas
son muy expresivas: «El Padre nos libró del po-
der de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo
de su amor, en quien tenemos la redención y la
remisión de los pecados; que es imagen de Dios
invisible, primogénito de toda creatura, porque en
él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la
tierra..., todo fue creado por él y para él..., todo
subsiste en él... Y plugo al Padre... reconciliar
10
AG n 2-4. La dimensión eclesial es expresión («sacramento»)
de todos estos aspectos.
52 Significado y dimensiones
consigo todas las cosas en él, pacificando con la
sangre de su cruz así las de la tierra como las del
cielo» (Col 1,13-20)".
La unidad de la familia humana queda sublima-
da en esta dinámica de unidad de Cuerpo místico
de Cristo. Por esto «todos los hombres están lla-
mados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de
quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien
caminamos» n
.
La realidad de Jesús Salvador universal no es
sólo objeto de predicación en una época concreta
(la del mismo Jesús), como dejando que la huma-
nidad entera vaya enterándose «espontáneamente»
de esta verdad salvífica, sino que
«lo que ha sido predicado una vez por el Señoí, o
lo que en él se ha obrado para salvación del género
humano, debe ser proclamado y difundido hasta los
últimos confines de la tierra, comenzando por Jeru-
saléti, de suerte que lo que una vez se obró pata
todos en orden a la salvación, alcance su efecto en
todos en el curso de los tiempos» 13
.
Esta realidad salvífica de Jesús encuentra su con-
firmación no sólo en las conversiones de todos los
tiemoos y en todas las culturas, sino en el gran
acreció que la misma persona de Jesús sigue sus-
citando en cualquiera que lea o entre en contacto
con el Evangelio. Este aprecio puede constatarse en
la actualidad japonesa—donde se habla de dos mi-
llones de personas que han leído el Evangelio—y
11
Algunos textos del Nuevo Testamento sobre Jesús Salvador
universal han quedado resumidos v parafraseados en AG fl-3.
Cf. ST LYONNET. De peccato et redemptione (Romae, Pontificio
Ist Bíblico, 1960) e l
12
LG n.3. El sacramento eucarístico tealiza esta unidad
(1 Cor 10,17).
13
AG n.3. No basta, pues, un proceso de «osmosis».
Cristianismo como misión 53
en los medios hindúes y budistas, especialmente
desde el siglo xix 14
.
C) E L DON DE LA F E
Quien ha recibido el don de la fe, si quiere vi-
virlo con todas sus consecuencias, sentirá la nece-
sidad imperiosa de hacerse instrumento para que
otros lo reciban. Esta consecuencia misionera es
ley vital de la misma fe y de la espiritualidad cris-
tiana. Es la misma vida en Cristo la que urge a
esta «promgación». Y es también el sentimiento
de gratitud el que completa esta urgencia de co-
municar a todos lo que, según la revelación, es para
todos los hombres.
Son muchos los aspectos de este don de Dios que
se llama fe.
«Por la fe el hombre se entrega entera y libremente
a Dios, le ofrece 'el homenaje total de su entendi-
miento y voluntad', asintiendo libremente a lo que
Dios revela» 15
.
Hay, pues, una entrega y encuentro personal y
una aceptación de doctrina. Para llegar a esta de-
cisión de fe «es necesaria la gracia de Dios, que se
nos adelanta y nos ayuda junto con el auxilio del
Espíritu Santo» 16
.
La gratuidad del don de la fe excita el agradeci-
miento. Y esta gratuidad no es sólo para el primer
paso hacia la fe, sino también «para que el hombre
14
T- LÓPEZ GAY, Intentos de teología autóctona..., en Estudios
de Misionologia 1 (1976) 55-84. Véase también: A. CAMPS, La
Personne et la jonction du Christ dans l'hinduisme et dans la
théologie hindou-ehrétienne, en Bulletin (Secretariatus pro non-
christianis) 18 (1971) 212-213.
15
Vei Verbum n.5; cf. VATICANO I, Dei Films c.3.
16
Ibid.
54 Significado y dimensiones
pueda comprender cada vez más profundamente la
revelación» ". De ahí que cuando un cristiano vive
más intensamente la fe, siente más la llamada misio-
nera para comunicarla a todos. La misma mística
y contemplación cristiana hacen llegar a un sentido
de universalismo cristiano (historia, cosmos, huma-
nidad) en una línea de «unidad cósmica» en Cristo.
La vida cristiana de perfeccionamiento (y contem-
plación) es un proceso de unidad en el que el celo
misionero universal es una consecuencia espontánea
y una urgencia que quema el propio existir en aras
de la esperanza y caridad: «la caridad de Cristo nos
apremia»... (2 Cor 5,14). Por esto, el resurgir mi-
sionero de nuestros días, ante una nueva etapa de
evangelización, supone, como preparación previa,
un resurgir de la espiritualidad cristiana.
En las discusiones sobre el aspecto formal del
celo misionero se ha ido pasando del acento en
«propagar la fe» al acento en «plantar la Iglesia»
y llevar a término los planes salvíficos de Dios se-
gún el mandato de Cristo. Pero todos estos aspec-
tos forman parte integrante de la fe cristiana. La
misión incluye todas estas facetas. Y del mandato
de Cristo de predicar a todos los pueblos,
«proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe
y la salvación de Cristo... en virtud del mandato...
y en virtud de la vida que a sus miembros infunde
Cristo» 18
.
El anuncio de la muerte y resurrección de Cris-
to, Hijo de Dios y redentor es como el meollo de
la primera predicación cristiana o el primer anuncio
17
Ibid.
18
AG n.6; nerum Ecdesiae (Pío XI): AAS 18 (1926) 65s,
I * parte; Fidel donum (Pío XII): AAS 49 (1957) 225s, intro-
ducción.
Cristianismo como misión 55
a los que todavía no creen 19
. Es el llamado «kerig-
ma» cristiano o primer anuncio del Evangelio. De
ahí la predilección de Pablo por anunciar el mis-
terio de Cristo especialmente a los que todavía no
son cristianos 20
.
La fe cristiana incluye la aceptación vital de esta
realidad: Cristo resucitado, Hijo de Dios y reden-
tor, que vive entre nosotros (Mt 28,20; Ap 1,18)
y empuja toda la creación y toda la historia hacia
una restauración final y un encuentro con Dios tri-
no, cuando «Dios será todo en todos» (1 Cor
15,28). «Aceptar» la fe cristiana supone enrolarse
en esta dinámica misionera universal geográfica e
histórica21
. Cada uno de los puntos de nuestra fe
(dogma y moral) lleva consigo una perspectiva uni-
versal misionera, al menos si se estudia a la luz
del misterio de Cristo y no sólo como una afirma-
ción teórica.
D ) R E P E R C U S I Ó N M I S I O N E R A D E TODO L O C R I S -
TIANO, ESPECIALMENTE DEL BAUTISMO Y EUCA-
RISTÍA
Además de ser un mandato del Señor (Mt 28,19),
el bautismo entraña en sí mismo unas derivaciones
universales:
«Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautis-
mo, quedan destinados por el carácter al culto de la
18
Act 2,22-24.32-41; 3,12-16.19-26; 4,10-12; 8,26; 10,34s;
13,26s; 17,31; 1 Cor 15.
20
Rom 1,1; 15,16-21.
21
Esta es la perspectiva de Gaudium et spes, al final de cada
capítulo de la primera parte. Así, por ejemplo, el n.45: «El
Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que,
hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas.
El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia
hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización,
centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total
de sus aspiraciones».
56 Significado y dimensiones
religión cristiana y regenerados, como hijos de Dios,
están obligados a confesar delante de los hombres la
fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» n
.
La fuerza del Espíritu, en el que han sido bauti-
zados y por el que han renacido en Cristo, se com-
plementa en el sacramento de la confirmación:
«Por el sacramento de la confirmación se vinculan
más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con
una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello
quedan obligados más estrechamente a difundir y
defender la te, como verdaderos testigos de Cristo,
por la palabra y por las obras»2i
.
El significado de Pentecostés—participado por
el bautismo y confirmación, además del sacramento
del orden—tiene unas perspectivas universales (Act
2,17):
«El día de Pentecostés descendió sobre los discí-
pulos para permanecer con ellos para siempre; la
Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud;
comenzó la difusión del Evangelio por la predicación
y fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos
en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de
la Nueva Alianza, que habla en todas las lenguas,
comprende y abraza en la caridad todas las lenguas
y supera así la dispersión de Babel» 24
.
Si todo dato cristiano tiene derivaciones misio-
neras, esto hay que afirmarlo principalmente del
sacrificio eucarístico, «fuente y cumbre de toda la
vida cristiana»K
. Jesús quiere dejar a su Iglesia
una presencialización y prolongación de su sacrifi-
cio redentor, que es en beneficio de toda la huma-
nidad (Mt 26,28). Es el sacrificio profetizado por
22
LG n.ll. Cf. SANTO TOMÁS, 3 q 63 a.2.
23
Ibid.
24
AG n.4. El don de lenguas expresa esta dimensión misionera.
25
LG n.ll. Véase nota 12.
Cristianismo como misión 57
Malaquías como sacrificio de dimensiones univer-
sales (Mal 1,11).
Todo lo que suene a cristiano tiene esas mismas
perspectivas. Por esto la espiritualidad y vivencia
misionera no puede ser un adorno, sino que per-
tenece a la misma entraña del cristianismo y de la
vida cristiana.
Una señal de maduración en el proceso de con-
versión y bautismo es precisamente la dimensión
misionera. Si la misión de Jesús no tiene fronte-
ras, tampoco las tiene la participación en la misma
(Tn 20,21). El mandato de Jesús (Me 16,15) inclu-
v'e a todos los creyentes según las diversas vocacio-
nes y carismas.
Uno de los campos en que debe aparecer más
clara la dimensión misionera es el campo litúrgico,
especialmente en la celebración de la eucaristía y de
los demás sacramentos. Si la liturgia es «el ejerci-
cio del sacerdocio de Jesucristo»26
, se comprende
fácilmente que es también «la cumbre a la cual tien-
de la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la
fuente de donde mana toda su fuerza» 27
. La natu-
raleza de la liturgia cristiana es, pues, naturaleza
misionera por ser la presencialización de los miste-
rios de Cristo redentor de todos los hombres. Una
fiesta o una celebración litúrgica es siempre un
acontecimiento misionero.
E) NATURALEZA MISIONERA DE LA IGLESIA
Esto es una de las afirmaciones básicas más co-
nocidas en la teología sobre la misión: «la Iglesia
28
Sacrosancfum Conalium n.7.
27
Ibid., n.10,
58 Significado y dimensiones
entera es misionera, la obra de evangelización es
un deber fundamental del Pueblo de Dios» 28
. La
razón de ser de la Iglesia es la de «sacramento uni-
versal de salvación» 29
. La «sacramentalidad» de la
Iglesia o su razón de ser signo eficaz del Señor no
tiene fronteras geográficas, históricas, de razas y
culturas.
La Iglesia es «el signo levantado ante las nacio-
nes» ^ no en el sentido de triunfo o de ostenta-
ción, sino en el sentido de una responsabilidad uni-
versal en la evangelización. La naturaleza de la
Iglesia es la de congregar a todos los hijos de Dios
dispersos (Jn 11,52) y hacer que toda la humani-
dad sea un solo rebaño y tenga un solo pastor (Jn
10,16).
Todo lo que es Iglesia tiene estas perspectivas
misioneras y universales, como hemos indicado al
hablar del bautismo, de la eucaristía, de la litur-
gia, etc., y como se dirá luego al hablar de la vida
espiritual. La obra misionera no es, pues, una obra
de un grupo eclesial o de unas fechas limitadas, sino
el quehacer constante de acercarse a todos los hom-
bres para ayudarles al encuentro personal con Je-
sucristo.
El «misterio de Cristo» se anuncia y comunica
a todos los hombres por medio de la Iglesia (Ef
3,8-11). Pablo canta así al misterio de Cristo pro-
longado en la Iglesia: «Y sin duda que es grande
el misterio de piedad, que se ha manifestado en
la carne, ha sido justificado por el Espíritu, ha sido
mostrado a los ángeles, predicado a las naciones,
!s
AG n.35; cf. n.2.
29
Ibid , n i ; LG n.48. Véase bibliografía sobre la sacramen-
talidad de la Iglesia, en nota 12 del capítulo 3.
30
Ts 11,12 v Scco'-cinctum Concilium n 2,
Cristianismo como misión 59
creído en el mundo, ensalzado en la gloria» (1 Tim
3,16).
La Iglesia es consciente que la salvación de Cris-
to llega a todos los hombres, pero siempre es por
ministerio de la Iglesia, aunque no necesariamente
siempre por las formas visibles y constatables. En
este sentido conserva su valor la afirmación patrís-
tica de que «fuera de la Iglesia no hay salvación»
(Tertuliano y Orígenes). Baste recordar la celebra-
ción eucarística en tantas comunidades cristianas y
cuyos efectos llegan a todo ser humano.
La naturaleza de la Iglesia es, pues, la de dejar
transparentar en su propia faz la faz de Cristo,
luz del mundo y salvador de todos.
«Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacra-
mento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano,
ella se propone presentar a los fieles y a todo el
mundo con mayor precisión su naturaleza y su mi-
sión universal».
Tal es el objetivo del Vaticano II, indicado tex-
tualmente al comienzo de su documento central31
.
Esta naturaleza misionera de la Iglesia tiene sen-
tido trinitario, cristológico y neumatológico. Lo que
el Padre había planeado eternamente acerca del mis-
terio de Cristo para salvación de toda la humanidad
se concreta en el misterio de la Iglesia:
«La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, mi-
sionera, puesto que toma su origen de la misión del
Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el pro-
pósito de Dios Padre»32
.
•" LG n.l; en la constitución Sacrosanctum Concilium se añade:
«invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia».
32
AG n.2. En LG n.48, el aspecto escatológico eclesial se
relaciona con el aspecto misionero.
60 Significado y dimensiones
La primitiva Iglesia y la Iglesia de todos los tiem-
pos ha sentido esta «voz de la sangre» respecto al
género humano:
«Como este fragmento estaba disperso sobre los
y reunido se hizo uno, [montes
así sea reunida la Iglesia
de los confines de la tierra en tu reino...
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia,
para librarla de todo mal
y hacerla perfecta en tu amor,
y reúnela de los cuatro vientos,
santifícala en el reino tuyo que has preparado» 33.
La Iglesia, «pleroma» o complemento de Jesús
(Ef 1,23), tiene las mismas características univer-
sales que el mismo Jesús. Personas y estructuras
son Iglesia en la medida en que asuman esta rea-
lidad eclesial34
.
F) LA VIDA CRISTIANA SEGÚN EL ESPÍRITU
La vida espiritual cristiana es esencialmente mi-
sionera. El empeño de configurarse con Cristo lle-
va, de por sí, a sintonizar con los sentimientos de
Cristo. El proceso de purificación hace que el cris-
tiano deje sus puntos de vista y sus aficiones deroa-
siado particularistas; las luces sobre el misterio de
Cristo—en la etapa más iluminativa de la vida es-
piritual—abren perspectivas más universales y eter-
nas; el camino hacia la unión hace que los proble-
33
Didaié, 9,4; 9,5.
34
G. COLZANI, La missionarieth della Chiesa (Bologna, Deho-
niane, 1975); Y. CONGAR, Un peuple messianique (Paris, Desclée,
1975) 1.a
parte; M. DORTEL-CLAUDOT, Églises locales, Église imi-
verselle (Paris, Chalet, 1973); H. DE LUBAC, Las iglesias particu-
lares en la Iglesia universal (Salamanca, Sigúeme, 1974); cf. Chiesa
lócale e cooperazione tra le chiese (Bologna, Emi, 1973); J. RAT-
ZINGER, El nuevo Pueblo de Dios (Barcelona, Herder, 1972) p. IV.
Cristianismo como misión 61
mas e intereses de Cristo sean problemas e intereses
propios. Así, pues, si se pudiera definir la vida es-
piritual como un proceso de unidad (en la configu-
ración e imitación de Cristo), esta unidad llega a
la cumbre de una visión cristiana universal y cós-
mica en la que cada persona tiene su responsabi-
dad o misión universal.
Vida espiritual es fidelidad al Espíritu Santo. No
es, pues, necesariamente un proceso de sola interio-
ridad psicológica. Ahora bien,
«Cristo envió, de parte del Padre, al Espíritu Santo
para que llevara a cabo interiormente su obra salví-
fica e impulsara a la Iglesia a extenderse»... «El Es-
píritu Santo provee a toda la Iglesia de diversos do-
nes jerárquicos y carismáticos... infundiendo en el
corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que
impulsó a Cristo» 35
.
No hay fidelidad al Espíritu sin fidelidad a su
misión. Un proceso de contemplación cristiana—en
un sentido más «claustral» o en un sentido de más
acción apostólica directa—es siempre un proceso de
fidelidad misionera a la acción del Espíritu Santo
(Teresa de Lisieux o Javier).
La oración cristiana es la actitud filial del «Pa-
dre nuestro» que quiere arrastrar la propia existen-
cia y la de los demás hasta constituir una verdadera
familia de hijos de DioSi No se trata, pues, sola-
mente de orar por la acción misionera, sino de hacer
que toda oración cristiana tenga las perspectivas
que Cristo ha trazado: «que te conozcan a ti, úni-
co Dios, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn
17,3). Con estas perspectivas misioneras Cristo da
35
AG n.4. A la luz de la misión aparece mejor la unión entre
carisma y jerarquía.
62 Significado y dimensiones
gloria al Padre y lleva a término la obra encomen-
dada36
.
Sobre la oración litúrgica de la misma Iglesia en
cuanto tal, baste remitirnos a cuanto hemos dicho
acerca de la liturgia, y especialmente de la eucaris-
tía. En la oración eclesial, que es la oración de Cris-
to con su Cuerpo al Padre y que es un eco o pro-
longación del himno eterno del Verbo al Padre en
el Espíritu, «él mismo une a sí la comunidad ente-
ra de los hombres y la asocia al canto de este di-
vino himno de alabanza»37
.
La vocación específica de cada cristiano es misión,
según modalidades y grados diversos. Pero siempre
tiene perspectiva universal. Los carismas recibidos
son para llevar a término una misión que tiene de-
rivaciones universales. Las características de esta
misión dependerán del alcance circunstancial de la
misma (laical, religiosa, sacerdotal...). Pero siem-
pre es en la línea de dejar, para bien de la huma-
nidad entera, una huella de Cristo y un aspecto de
la imagen de Dios Amor.
La vida según el Espíritu tiene muchas facetas,
que no es necesario recordar aquíM
. Baste lo indi-
cado. Pero cabe destacar, como aplicación especial,
el valor misionero del sufrimiento y de la cruz. El
sacrificio redentor de Cristo, hecho presente en el
misterio eucarístico, tiene dimensiones universales,
como hemos visto más arriba. Pero la participación
en este sacrificio y en sus dimensiones depende de
nuestra capacidad de correr la suerte de Cristo o
35
Es la perspectiva misionera de la oración de la última cena
(Jn 17).
37
Sacrosanctum Conctlium n.83-84.
38
G. HAYA PRATS, L'Esprit forcé de l'Égltse (Paris, Cerf, 1975);
I. DE LA POTTERIE, ST LYONNET, La vida según el Espíritu (Sala-
manca, Sigúeme, 1967).
La espiritualidad del misionero 63
de beber su cáliz. El cristiano no busca el sufrimien-
to por sí mismo; más bien siente como nadie el
horror a todo cuanto no sea el Bien supremo o par-
ticipación del mismo. Pero sabe muy bien que el
camino de la redención es el de la cruz, de paso
hacia la resurrección. El sufrimiento del cristiano
tiene el mismo sentido que el sufrimiento de Cris-
to: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión
de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia»
(Col 1,24).
2. La espiritualidad del apóstol o misionero
Espiritualidad misionera indica, como hemos es-
tudiado, la espiritualidad que deriva de la misión.
Por ser todo cristiano «llamado» y «enviado», he-
mos visto primero la espiritualidad misionera de
todo creyente. Pero aunque cada uno tiene que
cumplir una tarea apostólica, hay quienes han sido
llamados a una especial misión o apostolado. De
ahí que se pueda y deba hablar de la espiritualidad
específica del misionero o del apóstol que proclama
el primer anuncio del evangelio a los que todavía
no creen. Este tema está estrechamente ligado al
tema de la vocación misionera específica, que será
tratado en capítulo aparte.
A) ESPIRITUALIDAD Y APOSTOLADO
Nos basta anotar algunas reflexiones sobre la
relación entre la espiritualidad y el apostolado. Si
«la vocación cristiana es, por su misma naturaleza,
vocación también al apostolado», el crecimiento en
la vida espiritual o configuración con Cristo va a la
64 Significado y dimensiones
par con «la propagación del reino de Cristo en
toda la tierra» 39
.
La posible tensión entre la vida espiritual o in-
terior y el apostolado es sólo debida a las actitu-
des personales (o personalistas) del apóstol. La
fuerza del Espíritu que impele a una configuración
con Cristo es la misma fuerza que lleva todo hacia
la restauración en él y extensión de su reino. La
expansión del reino de Cristo sólo se realiza por la
caridad acompañada de la fe y esperanza. «El apos-
tolado se ejercita en la fe, en la esperanza y en la
caridad que el Espíritu Santo difunde en el corazón
de todos los hijos de la Iglesia». Por esto, «la ca-
ridad es como el alma de todo apostolado» 40
.
Sin la vida espiritual del apóstol, la acción apos-
tólica deja muchas veces de ser tal y se convierte
en un trabajo parecido a la propagación de cual-
quier ideología o al proselitismo de cualquier sis-
tema. Al ser Cristo, enviado por el Padre, «la fuen-
te y origen de todo apostolado en la Iglesia», la con-
secuencia es que «la fecundidad del apostolado de-
pende de la unión vital con Cristo» 41
.
La disponibilidad de Buen Pastor por la línea
de la caridad arranca de una vida de contempla-
ción 42
. De hecho, son las personas de oración las
que han experimentado más fuertemente el celo
apostólico. En este sentido se ha llegado a hablar
de la oración como alma de todo apostolado, en
cuanto que alimenta la caridad y en ésta propia-
mente encontramos el «alma» y razón de ser de la
acción apostólica. La afirmación paulina «os celo
39
Apostolicam tctuositatem n.2. En el capítulo 3 recogemos
bibliografía sobre la teología del apostolado.
40
Ibid., n.3; LG n.33.
41
Ibid., n.4. El tema de la comunión: cap. V, 2, B.
42
«Gontemplata alus tradere»; 2-2 q.188 p.6.
La espiritualidad del misionero 65
con celo de Dios» (2 Cor 11,2) equivale a la expre-
sión de Francisco de Asís: «El amor no es amado».
Pues bien, esta convicción profunda del apóstol sólo
puede nacer de la contemplación del misterio de la
caridad de Dios en Cristo Jesús {Ef 3,18-19).
Aunque hay que hablar de medios de espiritua-
lidad para el apóstol, entre esos mismos medios
hay que destacar la acción apostólica que se está
realizando, especialmente si ésta es la prolongación
de la palabra y de la acción salvífica de Jesús (pre-
dicación, eucaristía, sacramentos, responsabilidad
de caridad)43
.
La caridad del apóstol hace que tanto la «vida
interior» como la «acción externa» nazcan del en-
cuentro y entrega a Cristo. Sin relación vital con
él, la «vida interior» será esplritualismo y la «ac-
ción externa» sería mera acción humana o «herejía
de la acción» "4
. La caridad hace que la vida inte-
rior sea vida espiritual cristiana y no sólo proceso
sicológico de interiorización; y es la misma caridad
la que convierte la acción exterior en acción apos-
tólica estrictamente dicha.
La conciencia íntimamente vivida de la «misión»
hace que toda la vida espiritual amplíe los horizon-
tes espirituales y apostólicos dentro de los planes
salvíficos de Dios sobre toda la humanidad. Es este
espíritu misionero el que hizo de Santa Teresa de
Lisieux la patrona de las misiones sin alejarla de
su propia vocación contemplativa.
43
Así lo indica expresamente Presbyterorum Ordinis n.13 para
los sacerdotes: «conseguirán de manera propia la santidad ejer-
ciendo incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo».
44
La exnresión todavía se usa en la exhortación Mentí nostrae
de Pío XII (1950).
lUpiri/iiíilitliul misimierii 3
66 Significado y dimensiones
B) ESPIRITUALIDAD DEL MISIONERO
Espiritualidad misionera es también sintonizar
con los sentimientos y actitudes del Buen Pastor,
que ejerció su misión según los designios salvíficos
del Padre sobre toda la humanidad. De ahí arranca
un aspecto especial de la espiritualidad misionera,
es decir, la espiritualidad de quien ha sido llamado
efectivamente para llevar a término directamente
esta misión universal45
.
La espiritualidad del misionero tiene unos mati-
ces especiales que derivan del carisma recibido y
que podrían concretarse así:
—• dedicación al primer anuncio del Evangelio;
•— implantar los signos permanentes de evange-
lización eclesial;
— hacer que todo sector humano sea verdade-
ramente Iglesia sacramento.
El primer anuncio del Evangelio es el objetivo
de la vocación misionera específica. Hoy este pri-
mer anuncio debe hacerse también en sectores tra-
dicionalmente cristianos. Pero esta acción apostó-
lica tiene lugar preferentemente en sectores donde
todavía no se ha predicado el Evangelio y donde
la Iglesia todavía no presenta su naturaleza de sig-
no claro de Cristo.
La sensibilidad respecto al primer anuncio del
Evangelio nace de la espiritualidad apostólica y,
concretamente, de un estudio y de una contempla-
ción del llamado «kerigma» cristiano: la presenta-
En el capítulo 9 se estudiará la vocación misionera especí-
fica; cf. Máximum ülud (Benedicto XV): AAS 11 (1919) 440s,
segunda parte.
La espiritualidad del misionero 67
ción primera de Cristo muerto y resucitado. Se tra-
ta de una sensibilidad de predicar el Evangelio a
los «pobres», es decir, en este caso, a «los más po-
bres», a los que todavía no han llegado a la fe cris-
tiana 4é
.
Implantar los signos permanentes de Iglesia o
signos permanentes de evangelización, supone tam-
bién una sensibilidad especial. Esta sensibilidad
arranca de la profundización sobre el misterio de la
Iglesia por medio del estudio y de la oración. Sin
esta espiritualidad, el tema de «implantar» la Igle-
sia aparece sólo en su aspecto «administrativo» y
«estructural». Pero el apóstol que vive íntimamen-
te unido a Cristo, sabe muy bien que la Iglesia es
un conjunto de signos sensibles de la presencia y
de la acción de Jesús resucitado47
. Y estos signos
todavía no se encuentran en muchos sectores hu-
manos, al menos de una manera permanente y ma-
dura.
Del establecimiento de los signos permanentes
de evangelización hay que pasar a hacer que estos
signos constituyan verdaderamente la «Iglesia sa-
cramento» en las circunstancias y comunidades hu-
manas. Es un punto de enlace con una segunda
evangelización, pero todavía forma parte de la ac-
ción misionera. La comunidad eclesial que está
creando el misionero, es una comunidad que, desde
el principio, debe nacer como misionera o «signo
levantado ante los pueblos» 48
.
El tema general de la misión, tan subrayado en
la espiritualidad y teología actual, ha podido dis-
traer de la misión universal estricta. Llegar a sentir
46
Le 4,14.43; Rom 15,16.
47
Sacrosandum Cohcihum n.7-8.
48
Is 11,12; Sacroscnctum Concilium n.2.
68 Significado y dimensiones
hoy la llamada específica a esta misión, supondrá
toda una acción de la misma comunidad cristiana
para suscitar estos pioneros que han abierto brecha
en todos los momentos históricos de la evangeliza-
ción.
Cuando hablamos de la espiritualidad del misio-
nero, nos referimos también a este carisma o voca-
ción especial de muchas personas que dedican toda
su vida a la extensión universal del reino de Dios.
Su tarea no es la de ir a tierras o sectores de «mi-
sión»; pero toda su espiritualidad y, a veces, todo
su servicio, está orientado hacia la misión universal
estricta: vida contemplativa personal o comunita-
ria en alguna institución misionera, servicio en o
para algunos Institutos misioneros, colaboración en
las obras misionales pontificias, dedicación a la ani-
mación misionera de todo el pueblo de Dios, vida
inmolada en el sacrificio de la enfermedad, etc.
Esta vida misionera estricta es el «humus» de don-
de salen o donde se preparan las mejores vocacio-
nes de apóstoles como San Francisco Javier.
C) SITUACIONES ESPECIALES HOY
En el capítulo primero hemos señalado los as-
pectos principales de la evangelización hoy, dentro
de una perspectiva que podríamos calificar de «una
nueva etapa de evangelización». Más adelante se-
ñalaremos las virtudes características del apóstol,
así como las líneas maestras de su espiritualidad
con sus aplicaciones prácticasm
. Una nueva situa-
ción histórica en el campo de evangelización recla-
ma ahondar en las virtudes misioneras, haciendo
Véanse los capítulos 5 y 6.
ha espiritualidad del misionero 69
resaltar algunas facetas que en otras épocas podrían
ser secundarias.
La tendencia actual a relacionar evangelización
y cultura exige del misionero una actitud de saber
descubrir las huellas de Cristo en cada pueblo (y
en cada religión), en cada persona, en cada aconte-
cimiento. En esta perspectiva hay que englobar la
tarea misionera de llamar a la conversión y a la fe.
Sin una espiritualidad profunda, ni se apreciarían
las huellas del Señor ni se urgiría suficiente y pru-
dentemente al encuentro explícito con Cristo. La
misma sensibilidad de apreciar las huellas de Cris-
to es la que hace descubrir los caminos para llegar
al final. Esta finura espiritual ayuda a seguir la pe-
dagogía de la historia de salvación que prepara el
encuentro de toda la humanidad en la Iglesia.
Sólo un gran espíritu de contemplación hará vi-
brar hoy al misionero para llevar a todos hacia la
plenitud en Cristo. No le basta saber que los pa-
ganos ya tienen la gracia suficiente de Cristo para
salvarse. La contemplación de los planes salvíficos
de Dios y de los sentimientos de Cristo Buen Pas-
tor urgen, con más intensidad que en otras épocas,
hacia el encuentro definitivo en la fe cristiana.
La tensión evangelización-desarrollo deja de ser
dilema cuando se analiza a la luz del Evangelio
y de la actuación de Jesús. La espiritualidad misio-
nera ayuda a soslayar dos escollos: el del absentis-
mo en los compromisos sociales y el de una acción
secularizante o simplemente «secular» (en sentido
positivo), que no es propiamente la tarea de evan-
gelizar.
Hay una inestabilidad en la acción misionera ac-
tual, debido a las circunstancias de cambio y de ma-
70 Significado y dimensiones
duración de las Iglesias particulares y comunidades
locales. El misionero, hoy más que nunca, tiene la
impresión de que está de paso y para poco tiempo.
Naturalmente que ello servirá para purificar mu-
chas actuaciones que atrofiaron la labor misionera
en el pasado, instalando al misionero en un campo
que ya no era el suyo. Pero la situación actual debe
invitar a una mayor generosidad que florezca en
nuevas iniciativas para abrir nuevas rutas a la evan-
gelización. La primera evangelización todavía tiene
mucho campo por estrenar. Y el paso hacia las co-
munidades cristianas que se valgan por sí mismas,
reclama también la victimación del misionero, que
debe gastar su vida sembrando por última vez y de
modo más anónimo en estas mismas comunidades
ya casi maduras.
Las dudas sobre la identidad apostólica han surgi-
do lo mismo que sobre otros campos eclesiales simi-
lares. Las nuevas dificultades parecen anular la labor
emprendida con tanto sacrificio e incluso sembrar
la convicción o impresión de que se ha perdido el
tiempo en la evangelización anterior. Solamente una
actitud teologal, de «esperar contra toda esperan-
za» (Rom 4,18), puede transformar las dificultades
en nuevas posibilidades de evangelización.
«Os queremos confirmar en la certeza de vuestra
vocación... Vuestra elección no es equivocada, vues-
tro esfuerzo no es vano, vuestro sacrificio no se ha
frustrado... Tened confianza, la Iglesia está con vos-
otros» 50
.
50
PABLO VI, Mensaje del Domund de 1975 (dedicado a la
persona del misionero).
Espiritualidad cristiana y no cristiana 71
3. Espiritualidad cristiana en un encuentro con la
espiritualidad no cristiana
Mucho más que en épocas anteriores, la espiri-
tualidad cristiana tiene hoy un contacto continuo
con la espiritualidad no cristiana. Por el acento
especial en este campo, los grandes autores cristia-
nos de la historia y los escritos y gestos cristianos
actuales de espiritualidad, tienen hoy una inciden-
cia especial.
A) UN HECHO ACTUAL: REPERCUSIÓN UNIVERSAL
DE LA ESPIRITUALIDAD
Tanto en países tradicionalmente cristianos como
en aquellos de mayoría pagana, la espiritualidad
cristiana y pagana se encuentran y cuestionan mu-
tuamente. Los medios de comunicación social ha-
cen llegar los textos y enseñanzas cristianas a cual-
quier rincón. Al mismo tiempo, millones de paga-
nos tienen contacto continuo con comunidades cris-
tianas: trabajadores, estudiantes, turistas, deportis-
tas, políticos, economistas, hombres de cultura o
de comercio, etc.
La sensibilidad religiosa actual se va centrando
más en el campo de la oración y de las experiencias
de interioridad. Esto ocurre tanto a nivel cristiano
como a nivel pagano. Por otra parte, la revaloriza-
ción de las religiones no cristianas ha tenido lugar
principalmente a partir de un redescubrimiento de
sus experiencias y sus valores espirituales. Las tra-
diciones religiosas de cada pueblo aparecen más pro-
fundas cuando se expresan en un terreno de expe-
riencias de interioridad y aun de mística.
72 Significado y dimensiones
Esto ha dado lugar a un fenómeno de «osmosis»,
en el que los "espirituales de cada religión buscan
en campos ajenos o en otras religiones la confirma-
ción y el complemento a sus propias experiencias.
Así, por ejemplo, toda persona no cristiana que
tenga alguna experiencia de la vida de oración, lee
con agrado los libros de Santa Teresa de Avila o
de San Juan de la Cruz, sin plantearse directamen-
te la verdad o la preeminencia del cristianismo. De
modo' parecido, muchos autores cristianos profun-
dizan en el tesoro de la tradición espiritual no cris-
tiana y no encuentran inconveniente en citar y usar
textos de verdadero valor de encuentro con Dios51
.
Por las leyes del Cuerpo místico, sabemos que
cualquier oración, sufrimiento, acto de amor, etc.,
tiene repercusión universal. Pero la novedad actual
consiste en que ideas, actitudes, escritos y otras
expresiones espirituales, tienen una repercusión
mundial como nunca la tuvieron en la historia pa-
sada. A ello ayudan los medios de comunicación
social, pero principalmente la común sensibilidad
a estos temas. La espiritualidad de personas y de
comunidades tiene una repercusión sin fronteras.
Si este fenómeno puede dar como resultado un
mayor «ecumenismo» y un intercambio enriquece-
dor, podría también producir un sincretismo mís-
tico o espiritual más en un plano de experiencia
sicológica que en el plano de encuentro verdadero
y explícito con Cristo. El misionero de hoy debe
51
Algunos estudios o colecciones aprovechan conjuntamente
tradiciones cristianas y no cristianas: V. HERNÁNDEZ CÁTALA, La
expresión de lo divino en las religiones no cristianas (Madrid,
BAC. 1972); DOM LE SAUX, Sagesse hindou, mystique chrétienne,
du véianta a la Trimté (Paris, Centurión, 1975); J. MONCHANIN,
Mystique de l'lnde, mystére chrétien (Paris, Fayard, 1974);
A. RAVTER, La mystique et les mystiques (Paris, Desclée, 1965).
'Espiritualidad cristiana y no cristiana 73
conocer las tradiciones espirituales de fuera y de
dentro del cristianismo, saber valorarlas, tener ex-
periencia propia de estos caminos del espíritu y,
más concretamente, saber presentar lo que es es-
pecífico del cristianismo.
La actuación del apóstol se mira hoy bajo este
prisma de una espiritualidad que conduzca a una
dedicación concreta en el campo de la caridad. Y
estos gestos caritativos son los que abren la puerta
al interrogante sobre la espiritualidad cristiana de
la que derivan52
.
B) Lo ESPECÍFICO DE LA ESPIRITUALIDAD
CRISTIANA
Todos los grupos religiosos actuales—fuera y
dentro del cristianismo—son conscientes de su pro-
pia riqueza espiritual. A veces se trata de tradicio-
nes ancestrales que han influido y siguen influyen-
do en la espiritualidad universal. La cuestión para
el apóstol cristiano es la de comprender y presen-
tar lo específico de su espiritualidad a esos hom-
bres y a esas comunidades que ya poseen una ex-
periencia de Dios, de oración e incluso de contem-
plación.
Si la espiritualidad se presenta a nivel de ideas
(ideologías) y de reflexión acerca de Dios, todo
sistema ideológico (a manera de teodicea) es simi-
lar, y la posible superioridad de uno de ellos es
puramente circunstancial o de grado. En la teodi-
cea «cristiana» podrá encontrarse una explicación
más completa, más adecuada en su conjunto, más
universal, etc., pero cada uno de los datos ídeoló-
Véase cuanto se ha dicho en el e l n.7.
74 Significado y dimensiones
gicos pueden encontrarse en otros ambientes reli-
giosos no cristianos.
Los caminos de purificación, de unidad de vida
hacia una integridad y un encuentro con Dios per-
sonal, son también parecidos en todas las religio-
nes. Al menos los autores espirituales de cada una
de ellas muestran una semejanza incluso en cuanto
a la terminología (purificación, iluminación, unión).
Al entrar en el tema de la oración, nos encontra-
mos con casi la misma dificultad. Normalmente, en
este campo, se explican los procesos de interioridad
y métodos para alcanzarla. Es verdad que estos pro-
cesos y métodos dependen muchas veces de una
ideología religiosa; pero, en el fondo, no son más
que medios parecidos y similares para llegar a cier-
ta paz y quietud, en la que—según las diversas de-
nominaciones—se dará o no un papel preponde-
rante a la acción divina.
De ahí la importancia de presentar la espiritua-
lidad cristiana no en la rica experiencia de refle-
xiones, métodos y medios, sino en su misma en-
traña, es decir, como un encuentro y actitud filial
con un Dios Amor y Trino que nos ha enviado a
su Hijo. La vida espiritual cristiana no se distingue
de la vida espiritual de los no cristianos por las di-
ferentes técnicas ascéticas o de interioridad (que
son a modo de «arte» o de medios de expresión,
adquisición, etc.), sino que sobresale por una vida
teologal (fe, esperanza, caridad) como expresión de
los misterios cristianos de la trinidad, encarnación,
redención, resurrección, gracia, etc.53
53
Sobre la oración, véase el c.8. J. ESQUEMA, Contemplación
cristiana y experiencias místicas no cristianas, en Evangelizzazione
e culture, Atti Congresso Internazionale scienttfico di Missiologia
(Roma, Pontificia Universitá Urbaniana, 1976) vol.I, 407-420.
Espiritualidad cristiana y no cristiana 75
En el momento de asumir algunas formas o mé-
todos de espiritualidad de áreas no cristianas, ha-
brá que tener en cuenta dos puntos de vista: 1) las
formas y métodos que se asumen pueden ser tanto
o más valiosos que los ya conocidos y usados en
países cristianos; 2) esta asimilación de medios es-
pirituales debe dejar transparentar la peculiaridad
e irrepetibilidad del misterio cristiano. Así, por
ejemplo, los métodos de oración ya conocidos po-
drían enriquecerse con nuevas aportaciones de sec-
tores no cristianos, a condición de que quedaran
—como los métodos ya conocidos y cristianizados—
como simples métodos.
La explicación del misterio cristiano a base de
nuevas comparaciones religiosas podría ser válida.
Pero la vida cristiana espiritual más profunda, en
el camino de la contemplación y unión con Dios,
supera cualquier tipo de imágenes o símiles, para
llegar al misterio trinitario, manifestado y comu-
nicado por Cristo, que supera toda concepción e
ideología humana fraguada dentro y fuera del cris-
tianismo 54
.
C) COMUNIDADES CRISTIANAS DE ORACIÓN
Y DE CARIDAD
En el actual intercambio y encuentro de perso-
nas de toda religión, raza y cultura, las comunida-
des cristianas deben aparecer como comunidades
que expresan su fe, su esperanza y su caridad en
unas actitudes y gestos comunitarios de oración y
de entrega a los que sufren. Las comunidades cris-
54
Además cta las obras citadas en nota 51. véase: R. GUELLUY,
Présence de Dieu (Tournai, Casterman, 1970); Y. RAGUIN, La
profondeur de Dieu (París, Desclée, 1973).
76 Significado y dimensiones
tianas son tales en la medida en que sean comu-
nidades de oración y caridad.
La naturaleza del «signo» evangélico, tan nece-
sario en nuestra sociedad, debe aparecer en las
personas de los apóstoles y en las instituciones
apostólicas. El contacto con un apóstol o con una
comunidad cristiana debe ser un encuentro con el
Dios Amor que se ha manifestado allí por medio
de Jesús resucitado.
El apóstol cristiano, hoy, especialmente el que se
dedica al contacto con los no cristianos, debe ser
un hombre de experiencia en el camino de la ora-
ción, conociendo al detalle este proceso de diálogo
y encuentro con Cristo, que tan bien han descrito
todos los autores de espiritualidad, y especial-
mente los santos. Hoy, más que en otras épocas,
el misionero debe ser un maestro de espirituali-
dad. Los no cristianos tienen ya una experiencia
rica de la oración y de la unión con Dios, y nece-
sitan que se les presente algo original que no puede
provenir de mejores métodos o de mejores ex-
plicaciones teóricas, sino del mismo misterio de
Cristo asimilado por el apóstol.
Si el misionero ha formado a su pequeña co-
munidad cristiana en esta línea de oración y cari-
dad, esta misma comunidad, desde el principio, se
convierte en «signo» del Evangelio, misionera en
medio de la gran comunidad humana todavía no
cristiana.
La garantía de que esta espiritualidad es algo
más que una de tantas experiencias podría resu-
mirse en estas líneas: 1) visión integral de la his-
toria y de la realidad humana a la luz del misterio
de Cristo; 2) profundización de la Palabra revela-
Espiriiualidad cristiana y no cristiana 77
da para iluminar la realidad o problema del hom-
bre concreto; 3) práctica del diálogo con un Dios
que es Amor y que nos ha dado a su Hijo Jesús,
ahora resucitado y presente entre nosotros; 4) una
comunidad que, formada en estos principios espi-
rituales, se compromete más que nadie en la lí-
nea de dar la vida como el Buen Pastor (manda-
miento del amor).
La evangelización actual se hará básicamente por
medio de estas comunidades de oración y caridad,
que son las únicas que pueden incidir en nuestra so-
ciedad secularizada. Estas comunidades no surgen
de un grupo espontáneo cualquiera, sino que na-
cen bajo la acción de la Palabra predicada y de la
eucaristía celebrada en torno a un sucesor de los
apóstoles dentro de la comunión universal55
.
La historia de la evangelización ha demostrado
continuamente la necesidad de crear comunidades
que oran y aman. A veces han sido los monaste-
rios, como punto de arranque de una evangeliza-
ción y salvación del hombre en toda su integridad.
Otras veces han sido pequeñas comunidades me-
nos estructuradas, a manera de células familia-
res, que han penetrado capilarmente toda la socie-
dad. Pero siempre han sobresalido estas notas de
oración (eucarística) y de caridad como caracterís-
ticas que se encuentran ya en las primeras comu-
nidades cristianas {Act 2,42)5é
.
55
Véase Sacrusunctum Concilium n.41-42. C(. Princeps pastorum
(Juan XXIII): AAS 51 (1959) 833s, 3.a
parte (comunidades de
caridad).
56
Véase Histoire universelle des Misswns Catholiuues (Monaco,
Arante, 1956). Cf. Máximum illud (Benedicto XV): AAS 11
(1919) 440s, introducción; Rerum Ecclesiae (Pío XI): AAS 18
(1926) 65s, introducción; Saeculo cxcrinle (Pío XII): AAS 32
(1940) 249s, introducción; Evangelii praecones (Pío XII): ASS 43
(1951) 497s, 1.» y 2.a
partes.
78 Significado y dimensiones
D) LA ESPIRITUALIDAD COMO EVANGELIZACIÓN
La espiritualidad misionera del cristiano y la es-
piritualidad del misionero estrictamente dicho son
temas muy explicados en estos últimos años, pero
que hoy presentan ciertos aspectos nuevos, como
acabamos de indicar. El encuentro continuo de la
espiritualidad cristiana con la no cristiana tiene más
aspectos de novedad en cuanto a la originalidad de
la intercomunicación actual y de la sensibilidad
universal acerca de los temas espirituales. Pero to-
davía hay otro aspecto de la espiritualidad misio-
nera que interesa estudiar: la espiritualidad como
evangelización.
Es decir, evangelizar quiere decir, en líneas ge-
nerales y sin entrar detalladamente en el tema,
presentar el Evangelio. Ahora bien, el Evangelio no
puede ser presentado al hombre de hoy con simples
explicaciones teóricas o con sólo argumentos apo-
logéticos. Las elucubraciones doctrinales—siempre
necesarias—producen hoy cierta alergia. Se quiere
ir al meollo de la cuestión: ¿Qué significan con-
cretamente las bienaventuranzas? ¿Cómo vivir la
experiencia y el diálogo con Dios Amor? ¿Qué
aporta de nuevo para la vida el encuentro perso-
nal con Cristo resucitado? ¿Qué luz aporta la es-
peranza cristiana a la existencia humana?...
La espiritualidad cristiana ha sido siempre parte
integrante de la evangelización. La vida de santi-
dad de Santa Teresa de Lisieux tiene o puede te-
ner tanta repercusión misionera como la vida de
santidad apostólica de San Francisco Javier. La no-
vedad surge hoy por el interés universal alentado
por muchos movimientos y corrientes de espiritua-
Espiritualidad cristiana y no cristiana 79
lidad. Se buscan experiencias de Dios, experiencias
de interioridad y de oración, vivencia del gozo y
de la alegría... La respuesta no puede ser sólo
doctrinal, sino que la doctrina debe ir acompañada
de la experiencia o de la vida cristiana íntimamen-
te vivida. Vivir la espiritualidad cristiana es dispo-
nerse a responder a las necesidades actuales de la
evangelización.
Estos temas de espiritualidad podrían resumirse
todos en la presentación actual del sermón de la
Montaña. La nueva ley hace hijos de Dios que sa-
ben reaccionar amando como su Padre en cual-
quier circunstancia (Mt 5,48). En esto siguen el
ejemplo de Jesús según el mandamiento del amor
(Jn 13,34-35). La nueva ley se anuncia doctrinal-
mente, pero se presenta también con gestos y ac-
titudes como las de Jesús que «hizo y enseñó» (Act
1,1).
Evangelizar hoy querrá decir presentar, en doc-
trina y en gestos de vida o de santidad, estos aspec-
tos cristianos:
— experiencia de Dios que es Amor, especial-
mente en los momentos que parecen «silen-
cio» y «ausencia» de este mismo Dios; en
Jesús «Emmanuel» (Dios con nosotros) y Pa-
labra personal del Padre, se desvela este si-
lencio y ausencia como una palabra y una
presencia más real y cercana;
— experiencia del diálogo con Dios por una
oración que sea más actitud filial que méto-
do o ejercicio psicológico; es una experien-
cia de pobreza y caridad, a manera de pro-
ceso de filiación divina para poder decir «Pa-
dre nuestro»;
80 Significado y dimensiones
— experiencia de alegría y esperanza, especial-
mente en los momentos de silencio y ausen-
cia de Dios, en una convicción de que todo
es «copa de bodas» preparada por el Padre
y de que siempre es posible hacer lo mejor
de nuestra vida;
— experiencia de «bienaventuranza» o de sa-
ber reaccionar amando en cualquier circuns-
tancia, aunque sean las circunstancias en que
vivió Jesús, y que son las descritas en el ser-
món de la Montaña.
A esta presentación de experiencias cristianas se
la podría calificar, sin más, de presentación de los
santos de hoy. El santo es el hombre que, con sus
flaquezas y limitaciones, mantiene habitualmente el
tono de la caridad. Los santos son los mejores, si
no los únicos, gestos del Evangelio. Por esto son
los mejores evangelizadores. Evangelizar hoy sig-
nificará presentar gestos claros de caridad evangéli-
ca, incluso con el radicalismo de los consejos evan-
gélicos, en los diversos campos del quehacer hu-
mano.
Pero esta espiritualidad cristiana, que es en sí
misma evangelización, se realiza en las circunstan-
cias ordinarias del apóstol, casi siempre sin ser cons-
ciente de que trasluce el Evangelio por los gestos
de caridad anónima. Las mejores siembras evangé-
licas no han hecho ruido ni han captado la aten-
ción de la época en que se realizaron. Son las siem-
bras de Nazaret y de la cruz. Pero los hombres de
buena voluntad, que son siempre muchos, compren-
dieron y dieron el paso hacia la conversión cristia-
na gracias al estímulo avasallador de la santidad
cristiana.
III. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS
DE LA EVANGELIZACIÓN
SUMARIO
Presentación.
1. Misión o apostolado.
A) Cristo «Mesías» (ungido) y «apóstol» (en-
viado).
B) Los «apóstoles».
C) Apostolicidad de la Iglesia.
D) Elementos constitutivos del apostolado o
misión.
E) Participaciones de la misión.
2. La acción evangelizadora.
A) Naturaleza y características.
B) Universalidad de la evangelización cristiana.
C) Condicionamientos históricos y sociocultu-
rales.
PRESENTACIÓN
El anuncio del Evangelio o «evangelización» tie-
ne una naturaleza y características que solamente
se descubren a la luz de la palabra de Dios y del
mismo Jesús «enviado para evangelizar» (Le 4,18).
Para estudiar el contenido del misterio cristiano, no
se puede partir fundamentalmente de la semántica
o de la filosofía del lenguaje, ni tampoco de la com-
paración entre diversas acciones «apostólicas» de
religiones no cristianas. La misión y evangeliza-
ción cristiana es irrepetible, puesto que parte del
misterio de la Trinidad (Dios Padre que envía a
su Hijo con la fuerza del Espíritu) y del misterio
de la Encarnación (Jesús, el Hijo de Dios hecho
hermano, ha resucitado).
La evangelización tiene múltiples facetas que se
irán estudiando en capítulos posteriores. Bástenos
recordar la naturaleza de la misión (en Cristo y en
la Iglesia), la acción misma de evangelizar, las cua-
lidades de los evangelizadores, etc.
El reino de Dios, predicado por Jesús, incluye,
en su misma naturaleza, la extensión en el espacio
y en el tiempo La salvación realizada por Cristo
ha de llegar a todos, según los designios salvíficos
del Padre. Pero Jesús ha hecho partícipes a sus
«apóstoles» de esta responsabilidad de extender el
reino o de evangelizar a todos los hombres.
1. Misión o apostolado
En general, la palabra «apóstol» significa envia-
do y heraldo. Enviado tiene el matiz de cumplir
una misión o encargo; heraldo indica vocero de
Misión o apostolado 83
un anuncio público para la comunidad. Apostola-
do significa, pues, misión y anuncio. En el campo
cristiano, el apóstol sería un enviado para anunciar
la revelación y aplicar la redención con los medios
que Cristo instituyó. Es decir, se trata de un anun-
cio y de una realización salvífica.
Una descripción de la acción apostólica cristiana
podría resumirse así: «los trabajos apostólicos se
ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por
la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios
en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio
y coman la cena del Señor» '.
1
Sacrosanctum Concilium n 10 Sobre la teología de la misión
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L'Activite mtssionnaire de l'Éghse Unam Sanctam 67 (1967)
185 221 (comenta AG n 2 9), L M DEWAILLY, Teología del apos-
tolado (Barcelona, Estela, 1965), CL DILLENSCHNEIDER El apóstol,
testigo de Cristo (Salamanca, Sigúeme, 1966), F X DURVCELL,
The mystery of Christ and the apostolate (Londres, Sheed and
Ward, 1972), Évangelizatton, en Documenta Missionalia 9 (1975),
C FLORISTÁN, M USEROS, Teología de la acción pastoral (Ma-
drid, BAC, 1968), C KENNEDY, P F D'ARCY, El genio del apos-
tolado (Santander, Sal Terrae, 1967); B HARING, Evangelization
today (St Paul Publications, England 1974), A M HENRY, Teo-
logía de la misión (Barcelona, Herder, 1961), J M IRABURU,
Acción apostólica, misterio de fe (Bilbao, Mensajero, 1969),
S LYONNET, Apóstol de Jesucristo (Salamanca, Sigúeme, 1966);
J LÓPEZ GAY, Evolución histórica de la «Evangelización», en
Documenta Missionaha 9 (1975) 161 196, H DE LUBAC, Le fon-
dament théologique des missions (París 1946), M PEINADO, Soli-
citud pastoral (Barcelona, Flors, 1967), Repenser la mission
Ci5 semana misiológica de Lovama) (Tournais, Desclée, 1965),
A RETIF, La mission (París, Mame, 1961), A SEUMOIS, Aposto
lado, estructura teológica (Estella, Verbo Divino 1968), J M SE
TIEN Teología de la misión, en Lumen 16 (1967) 224-242 Sobre
las discusiones actuales, véase cap I y 3 J LÓPEZ GAY, Comen-
tes actuales sobre la evangelización Semana Española de Misiono-
logia 28 (1976) 293 310
84 Naturaleza y características
A) CRISTO «MESÍAS» (UNGIDO) Y «APÓSTOL»
(ENVIADO)
Jesús se presenta como «Cristo» o «Mesías»,
que significa ungido, para una misión que es pro-
fética, sacerdotal y real de dimensiones universales.
No es que Jesús se llame directamente «Mesías»,
pero adoctrina al pueblo y a los discípulos para que
le reconozcan como tal en las perspectivas univer-
salistas del Nuevo Testamento.
Jesús examinó a sus discípulos sobre la fe:
«¿Quién decís que soy soy?» Y alabó como inspi-
rada la respuesta de Pedro: «Tú eres el Mesías
(Cristo, ungido), el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16;
Me 8,29). Tal había sido también la fe incipiente
de los primeros que le aceptaron (Jn 1,41: «he-
mos encontrado al Mesías»). Pero Jesús ayudó a los
suyos a enriquecer este título con la perspectiva
no de honores terrenos y de dominio, sino de muer-
te sacrificial («siervo doliente») que ha de atraer
y salvar a toda la humanidad (Jn 12,32). Por esto,
el título «mesiánico» de «Cristo» equivale al de
«Hiio del hombre» (Mt 26,63s), que debe sen-
tarse a la diestra de Dios como salvador univer-
sal.
Sólo a la luz de la resurrección podía verse la
perspectiva profunda y universalista del título de
Mesías o Cristo. El «ungido» debía soportar la pa-
sión y muerte «para entrar en su gloria»; es de-
cir, «Cristo debía morir y resucitar para que, en
su nombre, se proclamara la conversión a todas las
naciones en vistas al perdón de los pecados» (Le
24,46).
El título de «Cristo» (ungido) va unido al de
Misión o apostolado 85
«Jesús» (salvador). Ambos títulos tienen sentido
universal de quien ha sido enviado por el Padre
y consagrado (ungido) por el Espíritu Santo para
salvar a todos los hombres.
Muchas veces se llama Jesús «apóstol» o «envia-
do» 2
. Esta misión es también «unción» en cuanto
que es enviado de manera permanente y con dedi-
cación plena de su existencia a la evangelización.
Por esto su misión se llama misión del Espíritu
que unge a Jesús 3
. El ser de Jesús, toda su viven-
cia y todo su actuar pueden calificarse de unción y
misión. La razón de ser de Jesús es la misión uni-
versal en cuanto que, como Hijo de Dios y herma-
no nuestro, realiza la salvación con el sacrificio de
la propia vida.
La misión de Jesús—que es también unción—es
misión doctrinal o de profetismo, misión sacrificial
o de sacerdocio, misión real o de extensión del rei-
no de Dios. Así lo expresan los textos evangélicos
sobre la misión de Jesús y todo el contexto del
Nuevo Testamento. Ha sido ungido y enviado co-
mo profeta, sacerdote y rey4
.
La misión de Jesús es, pues, de realeza, sacerdo-
cio y profetismo, como misión de conquista, inmo-
lación y enseñanza. El encargo del Padre es de
manifestar y comunicar a todos los hombres los
planes de salvación. El centro de la vida de Je-
sús es la misión o encargo recibido del Padre (Jn
10,19), que es el de dar la vida por todos. Su mi-
1
Jn 3,17-34; 7,16; 11,42; 14,24; 17,19s; Le 4 18; Heb 3,1.
Véase resumen doctrinal en «Ad Gentes» n,32.
3
Compárese Le 4,18 (Nazaret) con Le 1,35 (encarnación) y
Le 4,14 (predicación).
4
Heb 5,lss; Le 4,18; Jn 10,36. Véase el capítulo segundo
(Cristo, nuestro sacerdote) de Teología y espiritualidad sacerdotal
(Madrid, BAC, 1976).
86 Naturaleza y características
sión es «totalizante, en cuanto que se enraiza en
su propio ser y abarca toda su vivencia y toda su
actuación. Es misión universal y cósmica en cuan-
to que toda la creación, toda la humanidad y toda
la historia caen bajo su influjo. Por esto es una mi-
sión sin fronteras5
.
B) Los «APÓSTOLES»
Jesús quiso comunicar su misión al grupo de sus
discípulos, entre los que sobresalen los «doce» con
el título especial de «apóstoles». A ellos les en-
carga continuar la misión recibida del Padre, y pa-
ra llevarla a término les promete y comunica la
fuerza del Espíritu Santo 6
.
De esta manera, Jesús prolongará su presencia,
su mensaje y su acción salvífica a través de los
tiempos y en una perspectiva universal. La misión
transmitida a Jos apóstoJes tiene Jas mismas carac-
terísticas que la de Jesús: «a todas las gentes»
(Mt 28,19). Los enviados o «apóstoles» de Jesús
hablan en su nombre y le representan a manera de
signos sensibles (Me 6,7s; Mt 10,40; Jn 17,10).
La misión apostólica participa del triple aspecto
de la misión de Jesús, profética, sacerdotal, real (Mt
28,18s). La palabra que predican los apóstoles, el
sacrificio que hacen presente y la acción de exten-
der el reino tienen una perspectiva universal por su
misma naturaleza. Así es la misión de Jesús y así
es también la misión participada.
El ir «delante» de Jesús (Le 10,1) significa pre-
sentar el signo sensible de una acción del Señor que
5
Véanse textos bíblicos y comentario en Cristianos sin fron-
teras, espiritualidad misionera (Burgos, Facultad Teológica, 1976)
6
Mt 28,16; Jn 15,16; 17,18; 20,21. Es tambie'n misión del
Espíritu: Jn 20,21-23; Ef 3,20.
Misión o apostolado 87
ya existe de alguna manera antes de llegar el após-
tol a cualquier sector humano.
Toda la Iglesia ha recibido la misión de Jesús.
Los «doce» apóstoles fundamentan la «apostolici-
dad» de la Iglesia. Son como el punto de referencia
para garantizar la propia misión de cada cristiano 7
.
Compartir la misión de Cristo supone empeñar,
como el Señor, toda la existencia en esta tarea en-
comendada por el Padre y alentada por el Espíritu
Santo. La persona del apóstol, su vivencia y su
actuar están siempre y en todo condicionados a la
misión.
La misión recibida de Jesús va siempre unida
íntimamente a la acción del Espíritu Santo. Es el
mismo Espíritu que ungió a Jesús el que unge o
«bautiza» a los apóstoles (Act 1,5) y les llena de su
fuerza (Act 1,8). Esta misión es, pues, unción o
«sello» (Ef 1,13). Por esto Jesús, al comunicar la
misión, comunica ei Espíritu Santo (Jn 20,21-23).
Pablo se siente siempre movido por esta fuerza
del Espíritu que le impele a evangelizar según la
misión recibida de Jesús (Rom 1,1-4).
El apóstol queda orientado hacia el misterio de
la muerte y resurrección de Jesús, del que es tes-
tigo (Act 1,22; 3,32). Toda la acción apostólica
será anunciar, presencializar y comunicar este mis-
terio pascual de Jesús. Para ello, Jesús había pro-
metido el Espíritu Santo, que «aprisiona» la per-
sona del apóstol (Act 20,22), le da a conocer me-
jor la persona y doctrina de Jesús en orden a po-
der ser transmisor y testigo fiel (Jn 15,26-27;
16,13-14). Así, el apóstol viene a ser como la «glo-
7
Le 6,13; Ef 2,20. La elección de Matías (Act l,21s) indica
una peculiar apostolicidad de los Doce que fundamenta la misión
de toda la Iglesia.
88 Naturaleza y características
ria» o expresión del mismo Jesús (Jn 16,14;
17,10).
C) APOSTOLICIDAD DE TODA LA IGLESIA
Jesús ha encomendado a toda la Iglesia la mi-
sión de evangelizar a todas las gentes o de «pro-
pagar la fe y la salvación de Cristo»8
. Esta mi-
sión deriva del mandato de Cristo (Mt 28,19s;
Me 16,15) y de la misma vida que Cristo infunde
a sus fieles y que tiende a «que todo el cuerpo (de
la Iglesia) crezca y se fortalezca en la caridad»
(Ef 4,16). Esa es la naturaleza o razón de ser de la
Iglesia.
Cuando se dice que «la naturaleza de la Iglesia es
misionera» 9
, se quiere indicar el ser y la actividad
de la misma. Esa es su «misión» y apostolicidad:
«se hace presente a todos los hombres o pue-
blos» 1Q
, «ora y trabaja para que la totalidad del
mundo se integre en el Pueblo de Dios» ".
La apostolicidad de la Iglesia podría estudiarse
desde diversas dimensiones:
— dimensión trinitaria: como caridad de Dios
que se difunde en todos los corazones;
— dimensión cristologica: como mandato de
Cristo de ir a todas las gentes;
— dimensión neumatológica: como fuerza del
Espíritu que abarca toda la humanidad y
toda la creación;
8
AG n.5. Cada miembro eclesial tiene una responsabilidad
peculiar.
9
Ibid., n.2 y 5.
10
Ibid., n.5.
11
LG n.17. Hemos resumido la naturaleza misionera de la
Iglesia en el c.II (1, E).
Misión o apostolado 89
— dimensión escatológka: como dinámica ha-
cia una restauración final en Cristo de todas
las cosas.
La misma naturaleza de la Iglesia, que es «sacra-
mento universal de salvación» 12
, es misión o apos-
tolado. La acción eclesial He apostolado es una con-
tinuación de la acción de Cristo y de los designios
eternos de Dios. El bautismo, por el que se entra
a formar parte de la Iglesia, es un «adentrarse»
responsablemente en esos planes salvíficos de
Dios ".
La nota eclesial de apostolicidad incluye dos as-
pectos: fidelidad a la misión de Cristo y de los
apóstoles, fidelidad a la actual acción del Espíritu
Santo.
El primer aspecto es más ontológico y de esta-
bilidad. Se trata de «custodiar el depósito» enco-
mendado (1 Tim 6,20). Esta fidelidad es también
un respeto a la verdad y doctrina de Cristo, trans-
mitiéndola sin tergiversaciones personalistas. Pero
no es solamente un mero transmitir rutinario, sino
una fidelidad en el sentido de ahondar cada vez más
en la doctrina revelada, puesto que la riqueza es in-
exhaurible. La apostolicidad eclesial exige una fide-
12
AG n.l; LG n.l y 48. Sobre la Iglesia «sacramento»: J. AL-
FARO, Cristo sacramento de Dios Padre, la Iglesia sacramento de
Cristo glorificado, en Gregorianum 48 (1967) 5-27; J. ESQUERDA,
La maternidad de María y la sacramentalidad de la Iglesia, en
Estudios Marianos 26 (1965) 233-274; Y. CONGAR, Un peuple
messianique, l'Églisc sacrement du salut (Varis, Cerf, 1975);
A. NAVARRO, La Iglesia como sacramento primordial, en Esludios
Eclesiásticos 41 (1966) 139-159; O. SEMMEI.ROTH, La Iglesia como
sacramento original (San Sebastián, Dínor, 1965); P. SMULDERS,
La Iglesia como sacramento de salvación, en IM Iglesia del Vati-
cano II (Barcelona, Flors, 1966) I, 377-400.
13
Tanto Lumen Gentium como Ad Gentes exponen la misión
de la Iglesia en relación a cada una de las personas de la Santí-
sima Trinidad,
90 Naturaleza y características
lidad al mensaje cristiano sin ligarlo necesariamen-
te a alguna cultura o ropaje filosófico del pasado
o del presente 14
.
El segundo aspecto es más dinámico en cuanto
que supone una atención a la acción del Espíritu
en cada época y en circunstancias nuevas. Incluye
todo el problema de la adaptación del mensaje y
de la urgencia de presentarlo según las nuevas opor-
tunidades de evangelizar. Es una fidelidad de dis-
cernimiento en cuanto a la acción apostólica con-
creta.
Ambos aspectos son complementarios e indis-
pensables. El primero sin el segundo se reduciría a
una transmisión material que podría paralizar toda
la vitalidad de la Iglesia. El segundo sin el primero
sería una actividad sin orientación y sin referencia
a la misión de Cristo. La fidelidad al mensaje y a
la misión de Cristo incluye, por su misma natura-
leza, la fidelidad a la acción nueva del Espíritu en-
viado por el mismo Cristo p?ra penetrar el men-
saje y hacerlo vivir a todos los hombres. Con esta
doble fidelidad, la Iglesia camina hacia una esca-
tología o plenitud y encuentro final con Cristo.
La apostolicidad de la Iglesia tiene, pues, un
sentido «teológico» radical, porque arranca de los
planes salvíficos de Dios Amor (dimensión trini-
taria), se realiza según el mandato de Cristo (di-
mensión cristológica) y con la fuerza del Espíritu
(dimensión neumatológica) y tiene el mordiente de
llevar toda la creación y toda la humanidad a la ple-
nitud en Cristo resucitado (dimensión escatoló-
gica).
Los dos aspectos de fidelidad al mensaje y de fi-
" Véase en este mismo capítulo (2, C): Condicionamientos
históricos y socioculturaje?.
Misión o apostolado 91
delidad a la acción salvífica producen en la Iglesia
un equilibrio en el que aparece en toda su hondura
el misterio de la Encarnación. Así la Iglesia es la
prolongación visible de Cristo, fiel al mandato y
a la doctrina del Padre y fiel a la acción del Espí-
ritu Santo^ Dios se acerca al hombre en su circuns-
tancia concreta e histórica para hacerlo entrar en
los planes salvíficos. El «Emmanuel» aparece tam-
bién así en la Iglesia, que transmite fielmente la
doctrina de Cristo asumiendo y purificando todos
los valores humanos según los planes redentores
de Dios.
D) ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DEL APOSTOLADO
o MISIÓN
En la misión o apostolado cabe distinguir dos
aspectos principales: el mandato o envío y la ac-
ción social por la que se pone en práctica la mi-
sión. En el caso de la misión cristiana, es Cristo
quien envía y hace participar en la misión del Pa-
dre y del Espíritu, como hemos visto más arriba.
La acción apostólica cristiana tiene unas caracte-
rísticas especiales, que vamos a resumir.
La acción apostólica cristiana sería como cualquier
otra acción social si careciera del «mandato» o en-
vío. Las acciones de «proselitismo», en general, tien-
den a reforzar un sistema y una ideología. Pero el
cristianismo está en la línea de libertad de los hi-
jos de Dios, que no puede supeditarse a ningún
sistema y a ninguna ideología, aunque tuviera ma-
tices cristianos. Por esto la acción apostólica cris-
tiana arranca de la encarnación, del misterio pas-
cual (muerte, glorificación, Pentecostés) y de la pre-
92 Naturaleza y características
destinación de Dios sobre la salvación humana en
Cristo.
Esta acción apostólica, que supone la misión, se
va desarrollando en una gama de posibilidades:
oración, testimonio, anuncio de la salvación, llama-
da a la fe y conversión, celebración de los sacra-
mentos (especialmente del bautismo y eucaristía),
orientación hacia el encuentro más pleno con Cris-
to, compromisos concretos personales y sociales...
Las características más concretas dependerán del
«carisma» o vocación y disponibilidad concreta de
cada apóstol. Efectivamente, aunque la acción apos-
tólica abarca toda esta gama que acabamos de des-
cribir, puede darse el acento o la preferencia mo-
mentánea en uno de los puntos, sea por la vocación
de cada uno, sea por las instancias actuales de la
acción del Espíritu Santo, sea por las necesidades
concretas de una comunidad humana 15
.
De todos estos elementos hay que destacar algu-
no que aglutine a los demás, de suerte que la acción
apostólica no se convierta en dispersión o en des-
equilibrio. No se trata propiamente de la principa-
lidad, sino de un punto central alrededor del cual
pudieran girar los otros. En caso de querer seña-
lar una principalidad, habría que hacer un paran-
gón entre el servicio de la palabra, de los signos
sacramentales y de la organización eclesial; en este
parangón encontraríamos una principalidad de cada
uno de estos elementos según el punto de vista que
se presentara. Pero este tema corresponde más
bien a los llamados signos permanentes de evange-
lización 16
.
15
Véase bibliografía de la nota 1.
16
Véase el capítulo 11 sobre los signos permanentes de evan-
gelización.
Misión o apostolado 93
Los autores han querido hablar de «alma del
apostolado» ". Ya en San Pablo se encuentra una
especie de hilo conductor como «alma» de su acti-
vidad apostólica: la contemplación amorosa del mis-
terio de Cristo (Ef 3), Santo Tomás presentaba la
acción apostólica como una comunicación de lo que
se ha encontrado en la contemplación 18
. Pero pos-
teriormente se ha querido señalar la oración como
alma de todo apostolado. El concilio Vaticano II
ha precisado así nuestro tema: «El amor a Dios
y a los hombres es el alma de todo apostolado» 19
.
La caridad es, pues, el alma de la acción apos-
tólica. Pero esta caridad, alma de la acción, incluye
un diálogo o sintonía con Dios y con los hombres.
Ello supone la disponibilidad de hacer la volun-
tad salvífica de Dios, que se descubre en la oración
y que se pone en práctica también en la acción.
Una consecuencia necesaria es la sintonización res-
ponsable con los problemas de los hombres, como
hizo el Buen Pastor, que pasaba las noches en ora-
ción (Le 6,12) y cargaba con las enfermedades y
problemas de todos (Mt 8,17).
En este sentido, la caridad viene a ser el alma
de todo apostolado. Sólo la caridad penetra las in-
timidades de Dios y también la realidad más pro-
funda del ser humano. Y solamente con un espíri-
tu de contemplación se alcanza esta caridad que no
tiene fronteras ni consiente cálculos egoístas en la
vida del apóstol. La caridad hace descubrir los pla-
17
P. CHAUTARD, L'áme de tout apostolat (español: El alma de
todo apostolado [San Sebastián, Dinor, 1955]); A. SEUMOIS,
VAnima dell'aposlolalo missionario (EMI 1971); R. FARICY,
Evangelization and spiritual Ufe, en Documenta Missionalia 9
(1975) 141-159.
18
«Contemplata alus tradere» (2-2 q.188 a.6).
19
LG n.33. La «ascética» del apóstol arranca de esta caridad
totalizante.
94 Naturaleza y características
nes salvíficos de Dios sobre los hombres y compro-
mete a dar la propia vida en holocausto como la
vida del Buen Pastor (Jn 10).
E) PARTICIPACIONES DE LA MISIÓN
La misión de Cristo, que se prolonga en la Igle-
sia, es participada por todos los cristianos en di-
verso grado y modo. Siempre hay una referencia
a la misión de los Doce (o al colegio episcopal), pero
la misión en general pertenece a la misma natura-
leza de la Iglesia.
Se podría distinguir entre la misión de caridad
y la misión jerárquica. La primera sería más gene-
ral y arrancaría de la misma naturaleza de la vida
cristiana como misión del Espíritu Santo. La se-
gunda sería más de visibilidad, organización y es-
tructuras. Pero esta división, que puede ser útil en
el momento de un estudio sistemático, es imperfec-
ta. No obstante, a pesar de la terminología pobre,
corresponde a una doble realidad o a un doble as-
pecto de una misma realidad. Ambas misiones (ca-
rismática y jerárquica) se complementan y postulan
mutuamente.
La misión proviene de Cristo, que ha fundado a
su Iglesia como pueblo de Dios y como su expre-
sión visible. Esta misión—que es, a la vez, caris-
mática y jerárquica—se participa en la Iglesia de di-
versas maneras y grados, siempre con una referen-
cia a la misión que han recibido los apóstoles y sus
sucesores. Se puede participar por el sacerdocio mi-
nisterial, por la vocación laical y por la vida de con-
sagración a Dios. La participación puede provenir
de un sacramento, de un encargo de la Iglesia, de
una gracia especial (vocación), etc. Y siempre tie-
Misión o apostolado 95
ne un aspecto más carismático y otro más visible
u organizativo.
a) La misión del sacerdocio ministerial
o ministerio apostólico
Esta misión tiene una relación a Cristo Cabeza,
Buen Pastor, en el sentido de poder actuar en su
nombre 20
. En la misión profética, sacerdotal y real
de todo cristiano, este aspecto «ministerial-apostó-
lico» tiene el matiz de magisterio, presidencia efec-
tiva de la eucaristía, dirección de la comunidad.
Por haberse generalizado el vocabulario de «sacer-
docio» y de «ministerio», la expresión tradicional
de «sacerdocio ministerial» podría parecer incom-
pleta; por esto algunos autores prefieren hablar de
«ministerio apostólico», es decir, de aquel minis-
terio y de aquella misión que dice sucesión o rela-
ción estrecha con el ministerio y la misión de los
Doce.
La misión del sacerdocio ministerial es de dispen-
sación de los «misterios» (palabra, sacramentos,
pastoreo)21
, pero siempre en la línea de «servi-
cio» o de «diaconía», como la de Cristo Buen Pas-
tor y Cabeza. Los signos eclesiales de esta misión
(más «jerárquica») requieren siempre la presenta-
ción de un testimonio de caridad pastoral que ven-
dría a ser la quintaesencia de la espiritualidad apos-
tólica o misionera del sacerdote ministro 22
.
20
PO n.2, 6 y 12; LG n.9. Sobre la derivación misionera de
la misión sacerdotal: LG n.23 y 28; ChD n.6; PO n.10; AG n.19
y 38-39.
21
San Pablo habla de «dispensación» y «economía»: 1 Cor 4,1.
22
Para bibliografía sobre la espiritualidad sacerdotal, véase
cada capítulo y boletín bibliográfico final de Teología y espiritua-
lidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976),
96 Naturaleza y características
b) La misión del laicado
Por la misma naturaleza de la vida cristiana, todo
bautizado y confirmado participa en la misma mi-
sión de la Iglesia23
. Pero esta misión general se
puede concretar a modo de vocación y carisma es-
pecial de «gestionar» los asuntos temporales y or-
denarlos según Dios..., contribuyendo a la santi-
ficación del mundo como desde dentro, a modo de
fermento»24
.
Esta misión del laicado no es de simple suplen-
cia, especialmente cuando escasea el número de
sacerdotes ministros, sino que es parte integrante
de la misión de toda la Iglesia.
«Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero
unidad de misión .. Los laicos ejercen el apostolado
con su trabajo por evangelizar y santificar a los hom-
bres y por perfeccionar y saturar de espíritu evan-
gélico el orden temporal» s
La relación con Cristo Cabeza, que acompaña a
cualquier participación de la misión cristiana, es de
unión vital para un testimonio concreto y eficaz en
las estructuras humanas. Así, el servicio profético,
sacerdotal y real, es de anuncio del mensaje, de
comunicación de la vida en Cristo y de extensión
del reino, en un campo propio de iniciativa y res-
ponsabilidad. Hay un derecho y un deber de ejer-
citar los propios carismas en bien de la humanidad
23
LG n 3 3 , A G n 2 y 5
24
Ibid , n 31, véase el sentido misionero de la vocación laical
en Princeps Paslorum (Juan XXIII) AAS 51 (1959) 833s, tercera
parte, Ad Gentes n 4 1 , Evangelu nuntiandi 70, Documento de
la S Congregación para la Evangelización de los Pueblos sobre
la tarea misionera de los laicos, en Gutda dclle misstom caloliche
(Roma 1975)
21
Apostolicam actuositatem n 2
Misión o apostolado 97
entera, con la libertad del Espíritu y en comunión
eclesial especialmente con los pastores26
. Esta mi-
sión, que deriva de la misma naturaleza del laicado,
puede ser complementada con un mandato especial
por parte de la jerarquía, que viene a ser como una
nueva participación en la misión jerárquica de la
Iglesia 2T
.
La espiritualidad de la misión participada por los
laicos tiene sus líneas específicas, que, sin perder
la unión vital con Cristo y la entrega de caridad,
deriva hacia formas de vida familiar, laboral o so-
cial, según los casos M
.
c) La misión de la vida consagrada
y contemplativa
Por la línea de la misión de caridad, se puede
llegar a una participación de la misión en el senti-
do de ser, en la Iglesia y desde la Iglesia, un signo
y estímulo de la caridad y de las bienaventuranzas.
Es la vida habitual de práctica de consejos evangé-
licos que puede darse en el estado laical y debe
darse ordinariamente en el estado sacerdotal; pero
que se da de manera más estructurada y más pú-
blica (votos, reglas, etc.) en la vida religiosa29
.
26
Ibid , n 3.
27
LG n 33 AA n 20, E GUFRRY L'Action Cathohaue textes
ponttficaux classés et continentes (París 1936), T I TIMÉNEZ
URRESII, La Acción Católica, exigencia permanente (Madrid 1973);
E SAURAS, Fundamento sacramental de la Acción Católica en
Revista Española de Teología 3 (1943) 129-158, S TROMP, Actw
Catholica m Corpore Cbristi (Romae 1936), Z DE VIZCARRA,
Curso de Acción Católica (Madrid 1942)
28
A BONET, Apostolado laical, los principios del apostolado
seglar (Madrid 1959), Y M CONGAR, Jalones para una teología
del lateado (Barcelona 1963) Véanse comentarios al decreto con
ciliar Apostolicam actuositatem
29
LG n 41 y todo el capítulo 6 Véase el decreto Perfectae -
caritatts del Vaticano II; Evangélica testificatio (Pablo VI)
AAS 63 (1971) 497s' Derivación misionera de la vida religiosa
Ad Gentes n 40 y Evangelu nuntiandi n 69, CONGAR, ecc , Evan-
Espiritualidad misionera 4
98 Naturaleza y características
Esta misión de caridad radical o de radicalismo
evangélico tiene sentido escatológico en cuanto que
es un signo mordiente de la resurrección final y
del encuentro definitivo con Cristo. Es también
un servicio o «diaconía» de presentar las últimas
consecuencias del bautismo y el signo claro de las
bienaventuranzas. Precisamente por esta importan-
cia eclesial, esta misión de caridad radical está siem-
pre en relación estrecha con la misión jerárquica
de diversas maneras: por la aprobación y regula-
ción constante, por encargos o mandatos especia-
les de parte de la jerarquía, etc.
Por la peculiaridad de esta misión, en la línea
de radicalismo y de escatología, hay que resaltar
la disponibilidad universal y misionera que va ane-
ja a esta entrega. De ahí su importancia en el mo-
mento de una primera evangelización o en el pro-
ceso de una evangelización más profunda. Así, es-
tos cristianos «proporcionan un preclaro e inesti-
mable testimonio de que el mundo no puede ser
transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de
las bienaventuranzas» M
.
Hay que destacar la importancia misionera de
presentar signos comunitarios y estructurados de
vida contemplativa, además de personas que indi-
vidualmente hayan sentido la llamada a la contem-
plación. El signo de vida contemplativa es un mor-
diente del encuentro con Dios y una presentación
de la experiencia de diálogo con él. Las mejores
gelizzazione e vita religiosa (Milano, Ancora, 1974); CL. G. EX-
TREMEÑO, Dimensión misionera de la vida consagrada, en Promo-
ción misionera de las Iglesias locales (Burgos 1976) 171-198. Véase
boletín bibliográfico en «Omnis Terra» (1970) p.441.
30
Lumen Gentium n.31. Sobre la espiritualidad de los consejos
evangélicos: A. COLORADO, LOS consejos evangélicos (Salamanca
1965); J. M. GRANERO, El sentido original de los consejos evan-
gélicos, en Manresa 32 (1960) 391-394,
La acción evangehzadora 99
épocas de acción misionera han experimentado el
influjo eficaz de centros de vida contemplativa y de
personas que han escrito sobre estas experiencias
cristianas de Dios Amor31
.
2. La acción evangelizadora
Hemos visto la misión o apostolado en Jesús,
en los apóstoles y en las diversas participaciones
de la Iglesia. La comunidad cristiana es «comuni-
dad evangelizadora... comunidad de salvación que
deben comunicar y difundir... que existe para evan-
gelizar» M
, «un pueblo adquirido para pregonar las
excelencias del que llamó de las tinieblas a su luz
admirable» (1 Pe 2,9).
Si es éste el ser de la Iglesia, ¿en qué consiste
la acción de evangelizar y cuáles son sus caracte-
rísticas principales?
A) NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS
DE LA EVANGELIZACIÓN
San Pablo habla muchas veces de su acción evan-
gelizadora. Es una acción compleja con una gama
de matices que podrían resumirse inicialmente en
éstos: «A mí, el menor de todos los santos, me
fue otorgada esta gracia de anunciar (evangelizar)
a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e ilu-
minar a todos acerca de la dispensación del miste-
rio oculto desde los siglos en Dios»... (Ef 3,8-9).
Pero los textos neotestamentarios sobre la evan-
31
Véase el capítulo 8: oración y evangelización. Exhortación
apostólica Evangélica testificatio: AAS 63 (1971) 497-526; exhor-
tación sobre la vida contemplativa Venite seorsum: AAS 61 (1969)
674-690.
32
Evangelü nuntiandi n.13-14.
100 Naturaleza y características
gelización son tan ricos que no se pueden esque-
matizar en unas pocas palabras. No obstante, po-
dríamos resumirlas en tres: evangelizar, anunciar
(kerigma), dar testimonio. Son palabras de un con-
texto bíblico mucho más amplio y profundo que
lo que significan en nuestro vocabulario de hoy ii
.
a) Evangelizar
El vocabulario neotestamentario sobre esta pala-
bra es muy rico y variado, como puede verse en
los vocabularios y diccionarios bíblicos. Evangeli-
zar al pueblo (Le 3,18), evangelizar a los pobres
(Le 7,22; 4,18s) o evangelizar sin más aditamen-
tos (Rom 1,1), tiene siempre un contexto de anun-
cio de un acontecimiento gozoso (Le 2,10s), pro-
clamado solemnemente por Jesús en las bienaven-
turanzas («dichosos») y por los apóstoles desde el
día de Pentecostés (Act 2,32). Dios ha obrado la
salvación por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios
hecho hermano nuestro, crucificado y ahora resu-
citado.
b) Kerigma
La nota de «anuncio» tiene el sabor de una ori-
ginalidad a manera de «primer anuncio» del Evan-
gelio. Muchas veces San Pablo se refiere a este
primer anuncio, que es la tarea específica del após-
tol de las gentes (Rom 15,20). Este primer anuncio
comenzó en Pentecostés (Act 2,32) y se fue repi-
tiendo en diversas ocasiones de la primitiva Igle-
sia (Act 8,5; 9,20, etc.). Es el «evangelio» que
Pablo predica a los gentiles (Gal 2,2) y que resu-
Véase bibliografía de nota 1.
La acción evangelizadora 101
me al comienzo de la carta a los Romanos (Rom 1,
1-7).
c) Dar testimonio
Esta expresión no significa solamente presentar
un ejemplo de virtud. En el contexto bíblico in-
cluye el testimoniar con la palabra y con la propia
vida aunque sea en el «martirio» (testimonio). Se
testifica, con palabras y vida, el hecho de la muer-
te y resurrección de Jesús (Act 2,32). Esta es la
razón de ser del apóstol y para esta finalidad es
elegido San Matías (Act 1,8). Jesús comunicó su
propia misión, como misión del Padre y del Espí-
ritu, de suerte que el apóstol es un «testigo» que
testifica con palabras y vida (Jn 15,26-27).
La acción evangelizadora es una prolongación de
la acción evangelizadora y salvífica de Cristo. Es
una acción que contiene la fuerza de Dios (por
Cristo resucitado y en el Espíritu Santo). La evan-
gelización—como alegre anuncio, como primer anun-
cio y como testimonio—es una acción permanente
de Dios a través de la Iglesia.
Para concretar algo más la naturaleza de la evan-
gelízación, podríamos recordar su finalidad, su con-
tenido y los medios básicos de acción.
a) Finalidad.—Aunque hay muchos aspectos
válidos de la evangelización, la finalidad de la mis-
ma consiste en un cambio interior:
«La finalidad de la evangelización es, por consi-
guiente, este cambio interior, y si hubiera que resu-
mirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la
Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina
del Mensaje que proclama, trata de convertir al mis-
mo tiempo la conciencia personal y colectiva de los
102 Naturaleza y características
hombres, la actividad en la que ellos están compro-
metidos, su vida y ambiente concretos»34
.
Esta finalidad encuentra su realización en «im-
plantar la Iglesia» en cada persona y en cada sector
humano: «la totalidad de la evangelización, aparte
la predicación del mensaje, consiste en implantar
la Iglesia» 3

b) Contenido.—«Evangelizar es, ante todo, dar
testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios
revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo» 36
.
El contenido de la evangelización es, pues, la
salvación proclamada y comunicada por Jesús re-
dentor.
«No es una salvación puramente inmanente, a me-
dida de las necesidades materiales o incluso espiri-
tuales, que se agotan en el cuadro de la existencia
temporal y se identifican totalmente con los deseos,
las esperanzas, ios asuntos y Jas Juchas temporales,
sino una salvación que desborda todos estos límites
para realizarse en una comunión con el único Abso-
luto, Dios, salvación trascendente, escatológica, que
comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene
su cumplimiento en la eternidad»37
.
La evangelización cristiana proclama, con fuer-
za y poder {1 Cor 4,20), estos datos salvíficos prin-
cipales: Jesús Hijo de Dios (muerto y resucitado),
conversión, fe, bautismo, eucaristía, perdón de pe-
cados, don del Espíritu Santo, última venida de
Jesús al final de los tiempos, comunión eclesial...
Los «pobres» están preparados para recibir esta
salvación (Le 7,22).
34
Evnngelii nuntianii n.18.
35
Ibid., n.28.
36
Ibid., n.26.
37
Ibid., n.27.
La acción evangelizadora 103
c) Medios.—La salvación anunciada y comuni-
cada por Jesús y su Iglesia no pone su esperanza
en los medios humanos, sino en la fuerza de Dios.
Pero la providencia de un Dios que es, al mismo
tiempo, creador y restaurador, quiere que los coope-
radores de la evangelización pongan los medios ade-
cuados. Es una consecuencia del misterio de la En-
carnación. Los signos eclesiales de evangelización
son signos portadores de gracia y salvación. Estos
signos tienden a «implantar la Iglesia», es decir, a
enraizar en la vida humana la epifanía y cercanía
de Dios hecho hombre por nosotros. Estos signos
son principalmente el signo de la palabra, el signo
del sacerdocio (y acción salvífica sacramental), el
signo de la realeza o de la organización de la comu-
nidad. Pero estos signos, sin perder su virtualidad
evangélica, se adaptan a cada época, cultura, situa-
ción humana y a las formas sencillas de religiosidad
popular, etc M
.
La evangelización se presenta, pues, como una
actividad eclesial que proclama el Evangelio para
que nazca, se esclarezca y profundice la fe en una
vivencia de santidad con consecuencias personales
y sociales. La vida teologal, en su pleno desarrollo
hacia una visión y posesión de Dios, es el objetivo
principal de la evangelización. Esta vida teologal
es el fundamento de una familia humana como fa-
milia de hijos de Dios.
Al estudiar la naturaleza de la acción evangeli-
zadora, han ido apareciendo sus características prin-
cipales como partes integrantes de la misma ac-
ción. Estas características son el punto de arranque
de los principios básicos de espiritualidad misionera
Ibid., n.40-48.
104 Naturaleza y características
que estudiaremos más adelante. Resumamos estas
características principales: La iniciativa evangeliza-
d o s viene de Dios, autor de las promesas, pero se
requiere la cooperación del evangelizador a modo
de acción instrumental (Col 1,24; 1 Cor 3,9);
Cristo salvador es el centro de la evangelización
(1 Cor l,17s), pero actúa por medio de la Iglesia;
aceptar la evangelización es un don de Dios, la fe
cristiana, que se comunica a todos los hombres de
buena voluntad; la evangelización es una acción de
esperanza fundada en la promesa divina que ya se
ha realizado en Cristo, pero que debe llegar a una
plenitud al final de los tiempos (escatologia)39
.
B) UNIVERSALIDAD DE LA EVANGELIZACIÓN
CRISTIANA
En apartados anteriores hemos visto un resumen
sobre la naturaleza misionera de la Iglesia40
y so-
bre la apostolicidad de la misma41
. Ahora analiza-
remos esa característica especial de la evangeliza-
ción: la universalidad.
La acción evangelizadora de la Iglesia se desarro-
lla por medio de signos eclesiales (palabra, sacra-
mentos, dirección u organización). Estos signos
constituyen la sacramentalidad de la Iglesia, que
es «signo universal de salvación». La naturaleza
«sacramental» (o de signos) de la Iglesia, los pla-
nes salvíficos de Dios, el mandato de Cristo de
evangelizar, tienen dimensiones universales. La Igle-
39
Documento preparatorio del Sínodo Episcopal de 1974: De
evangelizatione mundi buius temporis (Typis Polyglottis Vaticanis,
1973). Véase también la Declaratio Vatrum Svnodalium (25 oct.
1974).
40
Véase c.II, 1, E.
41
Véase este mismo c.III, 1, Q,
La acción evangelizadora 105
sia es un signo universal de la presencia y de la
acción salvífica de Jesús.
Evangelizar es anunciar y comunicar el «miste-
rio» o los planes salvíficos de Dios acerca de todos
los hombres. Estos planes forman parte de la «in-
timidad» divina, pero se han manifestado y comu-
nicado por Cristo. Por esto Pablo habla del «mis-
terio» de Cristo (Ef 1-3). La Iglesia es este mismo
«misterio» de Cristo presente bajo signos. La pa-
labra latina que traduce «misterio» es la palabra
«sacramento», en el sentido de manifestación y co-
municación de los planes salvíficos y universales
de Dios por medio de Jesucristo42
.
Los destinatarios de la evangelización son todos
los hombres, sin excepción, sin prioridades y sin
privilegios. Pero hoy esta universalidad de la evan-
gelización debe abarcar también sectores especia-
les de la humanidad que no siempre coinciden con
una geografía. La universalidad de la evangeliza-
ción no es simplemente geográfica, sino que abar-
ca también situaciones, estructuras, puntos neurál-
gicos de nuestra sociedad, sectores descristianizados,
o secularizados, mundo del pensamiento y del tra-
bajo, etc.43
El mandato de Jesús de evangelizar «a todas las
gentes» (Mt 28,18) encuentra, pues, en la natura-
leza de la Iglesia, fundada por él, la mejor expre-
sión de universalidad. La naturaleza y las estruc-
turas de la Iglesia no han nacido de una mentali-
dad o de unas necesidades sociológicas, sino de la
realidad de unos planes salvíficos universales a tra-
vés de Jesucristo. Reducir la acción evangelizadora
eclesial a unos pocos selectos, sería desnaturalizar
Véase bibliografía sobre la Iglesia «sacramento» en nota 12.
Evangelii nuntiandi n.49-58.
106 Naturaleza y características
la naturaleza de la evangelización y la naturaleza
misma de la Iglesia44
.
La caridad del Buen Pastor no tiene fronteras
ni en la geografía ni en los ambientes y clases so-
ciales. Llama a todos (Mt 11,28), muere por to-
dos (2 Cor 5,15) y su cruz arrastra a todos (Jn 12,
32). Así es la acción evangelizadora de Jesús, que
se continúa en la Iglesia. En esta universalidad de
la evangelización se fundamenta el celo misionero
del apóstol.
C) CONDICIONAMIENTOS HISTÓRICOS
Y SOCIO'CULTURALES
Los documentos del Nuevo Testamento dejan
entrever una adaptación del mensaje cristiano a si-
tuaciones históricas, humanas y culturales muy di-
versas. La predicación de San Pablo en el Areópa-
go es un caso tipo (Act 17,15). Esta necesidad de
concretar el Evangelio y de presentarlo de una ma-
nera adecuada a diferentes situaciones, ha recibido
diversos nombres: adaptación, autenticidad, indi-
genización, aculturación, etc. El problema teológi-
co de fondo sigue estudiándose con más o menos
éxito 4S
.
41
LG n.9 y 17; AG n.2 y 10.
45
Véase «Estudios de Misionología» 1 (Burgos 1976): L. Bo-
GLIOLO, Cultura y adaptación misionera, 105-122; A. SEUMOIS,
Teología de la adaptación misionera de la Iglesia, 123-137. Véase
también Atti del Congresso Jnternazionale scientifico di Missio-
logia (Roma, Urbaniana, 1976). Vol. I: A. SANTOS HERNÁNDEZ,
Actividad misionera y culturas indígenas en el decreto «Ad Gen-
tes», 25-57; Y. M. CONGAR, Cbristianisme comme foi et comm^
culture, 83-103; P. ROSSANO, Acculturazione del Vangelo, 104-116;
A. SEUMOIS, Significato e limiti della «cristianizzazione» delle
culture, 117-127. El problema fue estudiado antes del Vaticano II
por muchos estudiosos (Schmidlin, Vath, Charles, Tombeur, Do-
mínguez, etc.): véase esta bibliografía en artículo de Seumois
de «Estudios de Misionología» citado más arriba. Un resumen del
tema en: O. DOMÍNGUEZ, Teología de la adaptación misionera, en
La acción evangelizadora 10?
Al hablar de «condicionamientos» debe quedar
bien sentada la «autonomía» del mismo Evange-
lio, puesto que el mensaje cristiano deriva de la
palabra revelada por Dios y no de una ideología
o sistema humano. Pero la manera de presentar el
mensaje, la aplicación a casos concretos, la profun-
dización del mismo mensaje a partir de problemas
o situaciones nuevas, etc., son verdaderos «mor-
dientes» que condicionan el modo y el momento
de evangelizar.
«Hacerse todo para todos» (1 Cor 9,19-23) es
la actitud apostólica de saber presentar el Evange-
lio en el modo y tiempo oportuno. Supone una as-
cética de caridad pastoral, como un estar pendiente
de la palabra de Dios y de la situación humana. Es
una consecuencia del misterio de la Encarnación
que nos desvela el Verbo hecho hombre en nues-
tras circunstancias (Jn 1,14). Ahora la Palabra de
Dios es predicada («reencarnada» místicamente) en
el quehacer y situación humana.
La acción de evangelizar debe, pues, tener en
cuenta al hombre en su circunstancia y problema
concreto. Las coordenadas de tiempo y de lugar
condicionan la manera de evangelizar. Cada época
tiene sus procesos históricos y cada cultura sus lí-
neas de pensamiento. La tarea del evangelizador
será la de anunciar el mensaje evangélico sin tergi-
versarlo y sin romper con la verdad contenida ya
de antemano en las culturas y situaciones humanas.
Los problemas del hombre concreto son muy di-
versos según la época. El Vaticano II, en la consti-
tución Gaudium et spes, ha respondido a los pro-
Misiones Extranjeras (1957) 187-202; L. J. LUZBETAK, L'Église
et les cultures (Bruxelles, Lumen Vitae, 1968).
108 Naturaleza y características
blemas que acucian al hombre de hoy, presentando
a Cristo resucitado y la misión evangelizadora de
la Iglesia4
*.
Para evangelizar una comunidad humana, con-
viene conocer los procesos históricos por los que
ha pasado y en los que actualmente se encuentra.
El análisis valorativo de la historia debe hacerse a
la luz de una teología de la historia que tiene como
punto básico a Cristo, centro de la historia de sal-
vación. La Ciudad de Dios, de San Agustín, es un
modelo de este análisis valorativo. Sin la luz de la
historia de salvación, los análisis históricos caen
fácilmente en un materialismo o ateísmo histórico
como el de considerar a todo acontecimiento como
irreversible o el de analizar toda evolución histó-
rica sólo a la luz de valores económicos o de rup-
tura entre las clases sociales47
.
Uno de los puntos más concretos de este pro-
blema es la adaptación a las culturas, tanto en el
momento de una primera evangelización como en
los procesos posteriores de maduración. Es un tema
explicado por el Vaticano II y por la exhortación
Evangelii nuntiandi48
.
Cuando se evangeliza teniendo en cuenta los con-
dicionamientos históricos y socipculturales, se evan-
46
Gauiium et spes, primera parte. Véase CH. MOEHLER, Menta-
lidad moderna y evangelización (Barcelona, Herder, 1964); Lite-
ratura del siglo XX iy cristianismo (Madrid, Gredos, 1960);
J. ESQUERDA, El hombre en el misterio de Cristo (Bilbao, Des-
clée, 1969).
47
U. VON BALTHASAR. Teología de la historia (Madrid, Guada-
rrama, d966); M. FLICK, Z. ALSZEGHY, Teología della storia, en
Cregorianum 25 (1954) 256-298;. J. MOUROUX, El misterio del
tiempo (Barcelona, Estela, 1965); G. THILS, La théologie de l'his-
toire Note bibliographique- Ephem. Théol. Lov. 26 (1950) 87-95.
48
AG n.19-22; GSp n.44 y 53; LG n.13, etc.; Evangelii
nuntiandi n.20 y 51ss. El concilio Vaticano II presenta el tema
al hablar de las Iglesias particulares (Ad Gentes). Véase biblio-
grafía de nota 45.
La acción evangelizadora 109
geliza «de manera vital, en profundidad y hasta sus
mismas raíces». La independencia entre evangeli-
zación y cultura no significa incompatibilidad ni
tampoco ruptura, aunque «la ruptura entre evange-
lio y cultura es sin duda alguna el drama de nues-
tro tiempo, como fue también en otras épocas» 49
.
Estos condicionamientos socioculturales pueden
presentar especial dificultad en algunas épocas con-
cretas, como es la nuestra. Hoy la evangelización
debe tener en cuenta la realidad de un mundo que
tiende hacia la «secularización» y que manifiesta
muchas señales de ateísmo doctrinal o práctico. Este
fenómeno se da en las comunidades ya cristianas,
pero también en ambientes religiosos paganos don-
de debe anunciarse el Evangelio por primera vez w
.
Las situaciones históricas particulares pueden
presentar un obstáculo inicial a la evangelización,
pero, a la larga, son siempre épocas preparatorias
de un nuevo resurgir. Una evangelización de sola
presencia en países donde no se deja predicar el
Evangelio, es una siembra eficaz; pero el apóstol
y las instituciones apostólicas deben aprender la
importancia de ese tiempo aparentemente estéril.
En países donde llega a dominar la ideología y la
práctica atea militante, se sigue una metodología de
querer eliminar por inanición toda huella cristiana.
En estos momentos, la mejor actuación del apóstol
es la de permanecer en el puesto, a pesar de las di-
ficultades, con la convicción de que la gracia actúa
con mayor fuerza en el pueblo fiel y de que «la
palabra de Dios no está encadenada» (2 Tim 2,9).
49
Evangelii nuntiandi n.20.
50
Ibid., n.52-57.
IV. EL ESPÍRITU DE LA EVANGELIZARON
SEGÚN «EVANGELII NUNTIANDI»
S U M A R I O
Presentación: Importancia de la espiritualidad mi-
sionera.
1. Espiritualidad como fidelidad a la vocación.
2. Espiritualidad como fidelidad a la acción del Es-
píritu Santo.
3. Espiritualidad como testimonio.
4. Espiritualidad de comunión eclesial.
5. Espiritualidad como servicio a la verdad.
6. Actitudes básicas de espiritualidad: caridad, celo,
alegría.
7. María, estrella de la evangelización.
PRESENTACIÓN
Importancia de la espiritualidad misionera
La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi
puede estudiarse bajo diversos puntos de vista:
teología, pastoral, espiritualidad, cristología, ecle-
siología, neumatología'. Esta última podría expo-
nerse a partir del número 75, que describe la ac-
ción del Espíritu Santo en la evangelización. No
obstante, este tema puede ampliarse en todo el ca-
pítulo séptimo, que lleva por título «El espíritu
de la evangelización». En el fondo es una neuma-
tología: la acción del Espíritu Santo en la evange-
lización y la fidelidad del evangelizador a esta mis-
ma acción.
Bajo el título de «El espíritu de la evangeliza-
ción» vamos a resumir el tema de la espiritualidad
misionera tal como aflora en el documento ponti-
ficio 2
.
La evangelización, a lo largo de todo el docu-
mento, se presenta bajo una triple dimensión: como
una llamada a la renovación interior (n.18), que
exige del mismo apóstol una actitud espiritual
(n.5 y 74ss) y una presentación de experiencias de
encuentro con Dios (n.76).
1
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 de diciembre
de 1975): AAS 58 (1976) 5-76. Véase Commento sotto l'aspetto
teológico, ascético e pastorale (Roma, S. C. per l'Evangelizzazione
dei Popoli, 1976). La Universidad Urbaniana de Roma ha publi-
cado (1977) un comentario amplísimo: L'Annuncio del Vangelo
oggi, Commento... (Roma, Urbaniana, 1977). Véase también:
Evangelii nuntiandi, Kommentare und Perspektiven, en Neue
Zeitschrift jür Missionswissenschaft 32 (1976) fase. 4. Véanse
otros comentarios en el c.XII: Orientación bibliográfica.
2
Al hablar de la espiritualidad misionera conviene distinguir
tres planos: dimensión espiritual de la evangelización, espiritua-
lidad del apóstol o misionero, espiritualidad como respuesta a
una situación actual. Véase el c.II: Significado y dimensiones de
la espiritualidad misionera.
112 La evangelizaaón según «Evangelit nuntiandi»
Toda la exhortación, que recoge las aportacio-
nes del Sínodo Episcopal de 1974, es una invita-
ción a profundizar en la disponibilidad apostólica
que exige nuestra época. El décimo aniversario de
la clausura del Vaticano II y la celebración del
Año Santo de 1974-1975, han sido las ocasiones
principales para la publicación del documento.
La invitación del Papa se concreta en una llama-
da para preparar la acción evangelizadora en la vi-
gilia del tercer milenio del cristianismo (n.81). Pero
esta invitación es especialmente «una llamada que
se refiere a las actitudes interiores que deben ani-
mar a los obreros de la evangelízación» (n.74).
A pesar de la falta de estudios sistemáticos so-
bre la espiritualidad misionera, ésta puede espigar-
se fácilmente en los documentos pontificios misio-
neros 3
y en el concilio Vaticano II. El decreto Ad
Gentes ha subrayado las virtudes del misionero:
fidelidad y generosidad a la vocación, fortaleza, re-
nuncia, pobreza, obediencia, espíritu de iniciativa,
perseverancia, apertura de corazón, disponibilidad,
comunión, espíritu de oración, etc.4
Evangelü nuntiandi aprovecha esta doctrina an-
terior, pero presenta la novedad de afrontar las si-
tuaciones actuales en que se encuentra el evangeli-
zador. De ahí la importancia del tema. El docu-
mento quiere responder a una serie de problemas
que sólo pueden afrontarse con una rica espiritua-
3
Véase un resumen de las encíclicas misioneras en «Documen-
tos Omnís Terra» (febrero de 1973) 160-163. Edición en Encíclicas
Misionales (Burgos 1962). La carta apostólica Máximum illud se
ha calificado como la «carta magna» de las misiones y se carac-
teriza por presentar un resumen de la espiritualidad del misionero;
cf. AAS 11 (1919) 440-455.
4
AG 23-25. Véase L'activité missionnaire de l'Église: Unam
Sanctam 67 (Paris, Cerf, 1967); los números 23-27 comentados
por K. MÜLLER, Les missionnaires.
Presentación 113
lidad misionera: la actual búsqueda de Dios, los
movimientos actuales de oración y de espirituali-
dad, el acento en la acción del Espíritu Santo, la
necesidad de presentar la alegría y la esperanza
cristiana que brotan de las bienaventuranzas, etc.
Es decir, en el documento se entrevé la realidad
histórica actual como trasfondo que cuestiona al
evangelizador.
Un nuevo período de evangelízación sólo podrá
afrontarse con una profunda espiritualidad de parte
del apóstol y de parte de la comunidad eclesial.
La espiritualidad misionera arranca de la misma
esencia de la evangelízación. Para Jesús y para los
apóstoles, evangelizar significaba anunciar un «cam-
bio interior» o «conversión» (Me 1,15; Act 2,38).
El apóstol se mueve en este mismo campo de es-
piritualidad: «La finalidad de la evangelízación es,
por consiguiente, este cambio interior... La Iglesia
evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del
Mensaje que proclama, trata de convertir, al mis-
mo tiempo, la conciencia personal y colectiva de
los hombres, la actividad en la que ellos están com-
prometidos, su vida y ambiente concreto» (n.18),
La espiritualidad hará que el apóstol descubra
el verdadero sentido de la «liberación evangélica»
que «debe abarcar al hombre entero, en todas sus
dimensiones, incluida la apertura al Absoluto, que
es Dios» (n.33). No habría liberación cristiana si
no hubiera «una dimensión verdaderamente espiri-
tual y si su objetivo final no fuera la salvación y la
felicidad en Dios» (n.35)5
.
5
Y. RAGUIN, Missionary spirituality (Manila, E. A. Pastoral
Institute, 1972) (segunda parte de L'Esprit sur le monde [Paris,
Desclée, 1975]). Véase nota 5 del c.II.
114 La evatigdizución iegún «Evangelü nunliandi»
1. Espiritualidad como fidelidad a la vocación
La espiritualidad misionera no es una abstrac-
ción ni una teoría. Es más bien una disponibilidad
y generosidad respecto a una llamada para una mi-
sión. Espiritualidad misionera es vivir de acuerdo
con esta vocación.
De todos es conocida la llamada crisis sacerdotal
y religiosa durante los años inmediatamente poste-
riores al Vaticano II. Muchas veces se ha referido
a ella el mismo Sumo Pontífice6
. La duda sobre
la propia identidad no dejó de incidir en el campo
misionero personal y ambiental.
El Vaticano II quiso dejar bien sentada la exis-
tencia de una «vocación especial» misionera:
«Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe la
tarea de propagar la fe según su condición, Cristo
Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los
que quiere para que le acompañen y para enviarlos
a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del
Espíritu Santo, que distribuye los carismas según
quiere para común utilidad, inspira la vocación mi-
sionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo
tiempo en la Iglesia institutos que tomen como mi-
sión propia el deber de evangelización, que perte-
nece a toda la Iglesia. Porque son sellados con vo-
cación especial quienes, dotados del conveniente ca-
rácter natural e idóneos por sus disposiciones y ta-
lento, están dispuestos a emprender la obra misio-
nal» (AG 23).
Pero la duda ambiental sobre la vocación, así
como las nuevas dificultades en el campo de la evan-
gelización y el acento en la acción sociopolítica, han
' Mensaje de Pablo VI al terminar el Año de la Fe: AAS 60
i?; * 466-470, Véase también el documento sinodal de 1971:
ti sacerdocio ministerial («descripción de la situación»).
Fidelidad a la vocación 115
sembrado la inquietud precisamente en un momen-
to en que se necesitan más vocaciones misioneras.
Evangelü nuntiandi afronta el tema desde el co-
mienzo del documento. Muchas crisis y dudas so-
bre la propia identidad comienzan cuando se redu-
ce la propia vocación apostólica a un paréntesis sin
verdadera vivencia esponsal. Por esto, la evangeli-
zación «merece que el apóstol le dedique todo su
tiempo, todas sus energías y que, si es necesario,
le consagre su propia vida» (n.5).
Un mensaje del Papa con ocasión de la jornada
mundial de la propagación de la fe, había abordado
directamente el tema de la fidelidad a la vocación
misionera, en el sentido de disipar dudas y de sus-
citar una entrega generosa:
«Queremos confirmaros en la certeza de vuestra
vocación: la misión, es decir, el anuncio del Evan-
gelio a todas las gentes, no ha sido superada, ni es
en sí misma facultativa; está cimentada en el desig-
nio divino, en la teología de la salvación... vuestra
elección no es equivocada, vuestro esfuerzo no es
vano, vuestro sacrificio, cualquiera que sea el resul-
tado, no se ha frustrado» 7
.
Un nuevo período de evangelización, que se está
incubando en nuestro presente histórico, reclama
apóstoles fieles y generosos respecto a la llamada
apostólica. Pero no se conseguirá esta fidelidad y
generosidad recortando las exigencias, sino más bien
señalando un ideal elevado por el que valga la pena
consagrar toda una vida. Al mismo tiempo, hay
que subrayar la posibilidad de conseguir esa meta
sí se ponen en práctica los medios adecuados.
La llamada del Papa a adoptar «las actitudes in-
teriores que deben animar a los obreros del Evan-
7
PABLO VI, Mensaje en el «Domingo mundial de las misiones»
1975. Véase Enseñanzas al Pueblo de Dios (Roma 1975) 353-358.
116 La evangelización según «Evangelii nuntiandi»
gelio», comienza con una invitación a la fidelidad
respecto a la propia vocación: «En nombre de nues-
tro Señor Jesucristo, de los apóstoles Pedro y Pa-
blo, exhortamos a todos aquellos que, gracias a los
carismas del Espíritu y al mandato de la Iglesia,
son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de
esta vocación, a ejercerla sin reticencias debidas a
la duda o al temor, a no descuidar las condiciones
que harán esta evangelización no sólo posible, sino
también activa y fructuosa» (n.74)8
.
2. Espiritualidad como fidelidad a la acción
del Espíritu Santo
La acción evangelizadora encuentra su eficacia
en la fuerza del Espíritu Santo: «No habrá nunca
evangelización posible sin la acción del Espíritu
Santo» (n.75). Pero cada época presenta su propio
sello del Espíritu. La evangelización debe ser, pues,
un proceso de fidelidad a la acción del Espíritu en
la propia época: «El Sínodo de los Obispos de
1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa
el Espíritu en la evangelización, expresó asimismo
el deseo de que Pastores y teólogos—y añadiríamos
también los fieles marcados con el sello del Espí-
ritu en el bautismo—estudien profundamente la
naturaleza y la forma de la acción del Espíritu San-
to en la evangelización de hoy día. Este es,también
nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos
a todos y cada uno de los evangelizadores a invo-
car constantemente con fe y fervor al Espíritu San-
to y a dejarse guiar prudentemente por él como
inspirador decisivo de sus programas, de sus inicia-
tivas, de su actividad evangelizadora» (ibid.).
8
Véase c.IX (La vocación misionera).
Fidelidad a la acción del Espíritu Santo 117
Este acento neumatológico en el campo de la
evangelización no es circunstancial ni exclusivo de
Evangelii nuntiandi. Los documentos conciliares
del Vaticano II hablan de un «paso del Espíritu
Santo por su Iglesia» e incluso de «un nuevo Pen-
tecostés» 9
. El mismo Pablo VI había formulado
una invitación semejante al subrayar el aspecto neu-
matológico de la devoción mariana hoy 10
.
A nadie se le oculta el acento eclesial actual
scbre el tema del Espíritu Santo, como puede cons-
tatarse en los movimientos de espiritualidad y de
oración, así como en las publicaciones y en las po-
lémicas.
Nuestra actualidad eclesial sobre este punto po-
dría resumirse con estas palabras del Papa: «Nos-
otros vivimos en la Iglesia un momento privilegia-
do del Espíritu. Por todas partes se trata de cono-
cerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se
siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asam-
blea en tcrno a él. Quiere dejarse conducir por él»
(n.75).
La cuestión de fondo será analizar y vivir la evan-
gelización como misión del Espíritu. La doctrina
conciliar del Vaticano II, tanto en la Lumen gen-
tium como en el decreto Ad Gentes, presenta la
misión en su dimensión trinitaria. No es, pues, un
acento unilateral en la persona del Espíritu, sinc
que se da preferencia a la misión en cuanto que
proviene de Dios Amor, especificando esta misión
de parte de cada una de las tres personas divinas ".
La parte o aspecto que corresponde a la misión
9
Constitución Sacrosanctum Concilium n.45. Cf. Oración por
el éxito del Concilio: AAS 51 (1959) 382.
10
Marialis cultus n 27: AAS 66 (1974) 115-168.
11
LG 2-4; AG 2-4.
118 La evangelizarían según «Evangelii nuntiandi»
del Espíritu Santo dice relación estrecha a la mi-
sión del Padre que Cristo vive y que comunica a
sus apóstoles por el Espíritu:
«El mismo Señor Jesús... de tal manera organizó
el ministerio apostólico y prometió enviar el Espí-
ritu Santo, que ambos están asociados en la realiza-
ción de la obra de la salvación en todas partes y
para siempre. El Espíritu Santo... infunde en el
corazón de los fieles el mismo espíritu de misión
que impulsó a Cristo» (AG 4).
También en Evangelii nuntiandi la dimensión
neumatológica de la evangelización está encuadra-
da en la dimensión trinitaria, salvífica y cristológi-
ca. Los planes salvíficos del Padre se llevan a tér-
mino por Jesús y por su Iglesia bajo la acción del
Espíritu Santo. La misión del Espíritu Santo que-
da descrita en la persona y en la obra de Jesús Hijo
de Dios, enviado por el Padre, conducido por el
Espíritu, Cuando Jesús transmitió a sus apóstoles
la misión, comunicó también el Espíritu Santo
(Jn 20,22).
La exposición de Evangelii nuntiandi pretende
un objetivo: el de suscitar una actitud de fidelidad
en los evangelizadores. Nos encontramos, pues, con
un aspecto fundamental de la espiritualidad misio-
nera.
El apóstol o misionero se encuentra inmerso en
una acción evangelizadora eclesial cuyo «gran co-
mienzo tuvo lugar la mañana de Pentecostés, bajo
el soplo del Espíritu Santo». Por esto, entonces
y ahora, «el Espíritu de Dios ocupa un puesto emi-
nente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho
más en su misión evangelizadora» fn.75).
Veamos ariosa cómo debe ser la espiritualidad
neumatológica del evangelizador según Evangelii
Fidelidad a la acción del Espíritu Santo 119
nuntiandi. El punto de referencia es siempre Je-
sús en cuanto «enviado». Hay como tres momen-
tos o etapas de la misión del Espíritu Santo en la
vida de Jesús. Vienen a ser tres características de
su acción que serán también las mismas en la ac-
ción apostólica de la Iglesia: moción hacia el de-
sierto (Mt 3,17), hacia la predicación (Le 4,18),
hacia la Pascua (Jn 20,22; Heb 9,14). «Desierto»
es también prueba, combate, purificación, sacrifi-
cio, oración, silencio, vida interior... La predicación
es para anunciar la Buena Nueva a los «pobres», a
los que sufren, a los que sienten necesidad de Dios...
La Pascua es la hora del Padre, el misterio de la
muerte y resurrección de Jesús, cuando será co-
municado el Espíritu Santo como «agua viva» que
brota del costado de Cristo.
La Iglesia, como Jesús, es también movida por
el Espíritu Santo para poner en práctica los planes
salvíficos del Padre. «Gracias al apoyo del Espíritu
Santo, la Iglesia crece (cf. Act 9,31). El es el alma
de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el
sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su
misterio. El es quien, hoy igual que en los comien-
zos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que
se deja poseer y conducir por él, y pone en los la-
bios las palabras que por sí solo no podría hallar,
predisponiendo también el alma del que escucha
para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva
y del reino anunciado» (n.75),
La vida interior del apóstol es, pues, una actitud
de atención, fidelidad y generosidad respecto a la
acción del Espíritu Santo: «Las técnicas de evan-
gelización son buenas, pero ni las más perfeccio-
nadas podrían reemplazar la acción directa del Es-
120 La evangelizarían según «Evangelii nunúandi»
píritu. La preparación más refinada del evangeli-
zador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él,
la dialéctica más convincente es impotente sobre
el espíritu de los hombres. Sin él, los esquemas
más elaborados sobre bases sociológicas o psico-
lógicas se revelan pronto desprovistos de todo va-
lor» (ibid.).
De esta espiritualidad del apóstol brota una pro-
funda convicción práctica de que «el Espíritu Santo
es el principal agente de la evangelización... el tér-
mino de la evangelización, quien hace distinguir los
signos de los tiempos—signos de Dios—que la
evangelización descubre y valoriza en el interior
de la historia» (ibid.)12
.
3. Espiritualidad como testimonio
Evangelizar es también presentar un «testimo-
nio» de la muerte y de la resurrección del Señor:
«nosotros somos testigos» (Act 2,32). Esta pala-
bra bíblica (testimonio, testigo) no equivale exac-
tamente a «buen ejemplo». No se trata, pues, de
un simple testimonio externo. En el Nuevo Testa-
mento, testimonio y testigo incluyen un sentido de
urgir a la conversión. El testimonio cristiano inclu-
ye el anuncio explícito del Evangelio y es asimismo
una «fuerza» o urgencia de configurarse con Cris-
to 13
.
Cuando el Vaticano II, en el decreto Ad Gentes,
habla del testimonio cristiano, señala tres aspectos:
el ejemplo de vida, el anuncio de la palabra y la
fuerza del Espíritu Santo (AG 11).
12
Véase el c.VII: Fidelidad a la misión del Espíritu Santo.
13
Mt 24,14; Jn 16,13; Act 1,8; 2,32; 22,15; 26,16; 2 Tes
1,10; 1 Jn 1,2, etc.
Testimonio 121
Nuestra sociedad tiende hacia una especie de
«iconografía» o necesidad de testimonio y de ejem-
plo. No siempre esta tendencia llega a encontrar
su equilibrio, puesto que muchas veces se rechaza
la explicación doctrinal tildándola de teórica. Este
rechazo puede ser fruto de una especie de cansan-
cio hacia exposiciones sin contenido vital. Pero en
el fondo de la cuestión late un problema básico:
la necesidad de ver, en una vida auténtica, la doc-
trina que se predica 14
.
De hecho, en toda época histórica se ha sentido
la necesidad del ejemplo, del testimonio y de la ex-
periencia. Pero nuestra época está profundamente
marcada por esta necesidad «de verdad y de trans-
parencia», a la que Pablo VI califica de «signo de
los tiempos»: «A estos 'signos de los tiempos' de-
bería corresponder en nosotros una actitud vigilan-
te. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre
con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamen-
te en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Pre-
dicáis lo que vivís? Hoy más que nunca el testimo-
nio de vida se ha convertido en una condición esen-
cial con vistas a una eficacia real de la predicación.
Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta
medida nos hacemos responsables del Evangelio que
proclamamos» (n.76).
La novedad de esta exigencia de testimonio y de
autenticidad, estriba en una búsqueda del Absolu-
to, a modo de experiencia de encuentro y de diálo-
fo con Dios. El Papa se pregunta si, ante esta rea-
lidad de hoy, que es un signo de los tiempos, la
acción evan^elizadora «ha ganado en ardor contem-
14
R. LATOURELLE, La sainteté signe de la révélation: Gre?o-
rianum 46 (1965) 36-65,
122 La evangelización según «Evangelü nuntiandi»
plativo y de adoración y pone más celo en la acti-
vidad misionera, caritativa, liberadora» (n.76).
Puede parecer extraño este fenómeno de una
búsqueda de experiencias de Dios en una sociedad
secularizada. Pero es una realidad que escapa a
cualquier explicación sobre sus causas: «Paradóji-
camente, el mundo, que, a pesar de los innumera-
bles signos de rechazo de Dios, lo busca, sin em-
bargo, por caminos insospechados y siente doloto-
samente su necesidad, el mundo exige a los evan-
gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos
mismos conocen y tratan familiarmente, como si
estuvieran viendo al Invisible. El mundo exige y
espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de ora-
ción, caridad para con todos, especialmente para los
pequeños y los pobres, obediencia y humildad, des-
apego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de
santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha
en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre
el riesgo de hacerse vana e infecunda» (n.76).
En este mismo cuadro de la realidad actual, pue-
de constatarse una búsqueda de métodos de inte-
rioridad y de acercamiento al Absoluto, sea por
métodos cristianos, sea por caminos que ya han
practicado otras religiones 15
.
La característica del testimonio cristiano no es
la fuerza de interioridad psicológica ni la conquista
de iluminaciones al estilo de una «meditación tras-
cendental, sino la presentación de una experiencia
sobre Dios Amor que va más allá de toda constata-
ción psicológica. Los cristianos son llamados a esta
experiencia de «vida teologal»; pero no es simple-
15
H. M. LASSALLE, Le zen (Desclée deBrouwer, 1965); ID., Zen
meditation for cbristians (Open Court 1974); DOM LE SATJX,
Sagesse Hindou, mystique chrétienne (París, Centurión, 1965).
Comunión eclesial 123
mente el hecho de poseer embrionariamente la fe,
la esperanza y la caridad, sino una santidad de
vida que exprese, por ella misma, que existe esta
experiencia profunda de Dios Amor. Los gestos
evangélicos de los santos son las mejores experien-
cias sobre Dios Amor, sobre el misterio de Cristo,
Verbo encarnado y redentor.
Esta necesidad de experiencias solamente puede
satisfacerse presentando una vida cristiana según
el sermón de la Montaña en las circunstancias nor-
males en que viven los hombres de hoy. Esta vida
cristiana se llama santidad: «es necesario que nues-
tro celo evangelizador brote de una verdadera san-
tidad de vida» (n.76). Esta santidad cristiana nun-
ca se ha dado, si no> es en un proceso de oración y
de contemplación a modo de encuentro y de con-
figuración con Cristo. Sólo entonces se puede de-
cir verdaderamente: «os anunciamos lo que hemos
visto y oído... el Verbo de la vida» (1 Jn 1,1-3).
4. Espiritualidad de comunión eclesial
Una de las líneas básicas de la espiritualidad del
evangelizador es la unidad en sus múltiples face-
tas: unidad interior o de motivaciones cristianas,
unidad de comunión eclesial, unidad entre las di-
versas comunidades o denominaciones cristianas,
unidad o fraternidad entre los apóstoles y entre
las diversas instituciones apostólicas, etc.
La unidad o comunión eclesial es parte esencial
de la Iglesia como «sacramento» o signo eficaz de
los planes salvíficos de Dios Amor. La eficacia de
la evangelización depende, en la economía cristia-
na, de la comunión eclesial: «En esto conocerán
que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros»
124 La evangelización según «hvangelu nuntiandi»
(Jn 13,35); «que sean uno, para que el mundo
crea que tú me has enviado» (Jn 17,23). Misión
y comunión son realidades complementarias, pues-
to que no existe la una sin la otra.
La unidad en relación a la misión es uno de los
principios más subrayados en el decreto Ad Gen-
tes. Así se presenta la evangelización como obra de
la comunión eclesial (n.l), puesto que arranca de
la misión de Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espí-
ritu Santo (n.2-4). Esta unidad aparece siempre en
la naturaleza de la Iglesia y en su actividad misio-
nera (n.5-6) y apunta a crear la unidad del géne-
ro humano como un Cuerpo místico de Cristo y
un solo Pueblo de Dios (n.7-9).
La exposición de Evangelii nuntiandi parte de
estos mismos principios conciliares: «queremos sub-
rayar el signo de la unidad entre todos los cristia-
nos, como camino e instrumento de evangelización»
(n.77). Pero hay un hecho que retrasa esta acción
evangelizadora: «La división de los cristianos cons-
tituye una situación de hecho grave que viene a
cercenar la obra misma de Cristo» (ibid.). Lo ha-
bía recordado ya el Vaticano II, diciendo que esta
división «perjudica la causa santísima de la pre-
dicación del Evangelio a toda criatura y cierra a
muchos las puertas de la fe» 16
.
Ante una situación nueva de nuestra sociedad,
en la que se pueden entrever signos de una nueva
época de evangelización, inmediatamente antes del
tercer milenio del cristianismo, conviene acelerar
esta comunión eclesial. Fue éste—recuerda tam-
bién el Papa—el objetivo de la celebración del Año
Santo:
AG 6; Unitaíis redintegratio 1.
Comunión eclesial 125
«La reconciliación de todos los hombres con Dios,
nuestro Padre, depende del restablecimiento de la
comunión de aquellos que ya han reconocido y acep-
tado en la fe a Jesucristo como Señor de la miseri-
cordia, que libera a los hombres y los une en el
espíritu de amor y de verdad» 17
.
El celo apostólico de querer anunciar a Cristo, si
es verdadero, debe superar las divisiones y crear
una unidad que no significa necesariamente unifor-
midad. Las diferencias deben ceder ante el obje-
tivo común, puesto que «la fuerza de la evangeli-
zación quedará muy debilitada si los que anuncian
el Evangelio están divididos entre sí por tantas
clases de rupturas» (n.77). Verdaderamente la fal-
ta de unidad es «uno de los grandes males de la
evangelización» (ibid.). Solamente «la búsqueda co-
mún, sincera y desinteresada de la verdad», hace
posible el «encontrarse más allá de las tensiones
reales» (ibid.).
La acción evangelizadora de nuestro tiempo pue-
de ser decisiva durante siglos. Pues bien, «la suer-
te de la evangelización está vinculada ciertamente
al testimonio de unidad dado por la Iglesia» (ibid.).
Para conseguir esta unidad entre los evangeliza-
dores, dentro de un pluralismo legítimo, es necesa-
rio un punto de referencia: Pedro y sus sucesores
como «principio y fundamento, perpetuo y visible,
de la unidad de fe y de comunión» (LG 18), co-
mo quien «preside la caridad».
Las actividades apostólicas que no estuvieran
marcadas con el signo de la comunión eclesial co-
rrerían el riesgo de ser estériles.
Esta comunión eclesial no se refiere sólo a la
unidad entre todos los cristianos, sino principal-
" Bula Apostolorum Limina VII: AAS 66 (1974) 305.
126 La evangelizaaón según «Evangelii nuntiandi»
mente a la unidad de colaboración positiva entre
los evangelizadores o apóstoles. La fraternidad en-
tre estos enviados es garantía de eficacia apostó-
lica. Se puede calificar esta fraternidad como «sa-
cramental». Así lo dice el Vaticano II al hablar de
los presbíteros que trabajan en una misma Iglesia
particular y en un mismo Presbiterio, quienes, por
ello mismo, forman una «fraternidad sacramental»
(PO 8). Esta afirmación, profunda y atrevida teo-
lógicamente, es una consecuencia lógica de la sa-
cramentalidad de la Iglesia. Personas y estructuras
eclesiales son signo eficaz de Cristo presente, en la
medida en que sean comunión ,8
.
5. Espiritualidad como servicio a la verdad
La constitución Gaudium et spes del Vaticano II
responde a las preocupaciones del mundo de hoy
sobre el sentido de Ja existencia humana. La Igle-
sia establece el diálogo con los hombres para dar-
les el testimonio de la verdad que es el mismo
Jesucristo. Sólo a la luz de Jesús resucitado reco-
bran su auténtico sentido y dignidad la persona,
la sociedad y la actividad humana. Pero la verdad
que predica la Iglesia es la verdad del Evangelio,
que respeta la autonomía de todos los campos lla-
mados «seculares», puesto que es la verdad inte-
gral o del hombre entero con todas sus dimensio-
nes profundas históricas y escatológicas19
.
18
El tema de la fraternidad entre apóstoles tiene especial apli-
cación en la vida comunitaria, vida de equipo, revisión de vida,
pastoral de conjunto, etc. Véase abundante bibliografía en:
L. RUBIO, F. CABEZAS, Presbiterio y comunidades sacerdotales,
en Seminarios 37 (1969) 161-184; bibliografía posconciliar en:
J. ESQUERDA, Teología de la espiritualidad sacerdotal (Madrid,
BAC, 1976) c.10 y 14.
19
La constitución Gaudium et spes del Vaticano II explica
Servicio a la verdad 127
La tarea principal y directa de la Iglesia respecto
al servicio de la verdad es precisamente la tarea de
evangelizar. El diálogo de la Iglesia con el mundo
es una manifestación o signo del diálogo de Dios
con la humanidad a través de la revelación. Este
diálogo divino-eclesial llega a todos los problemas
humanos concretos, respetando su aspecto técnico,
iluminando las raíces de la problemática humana
y las actuaciones y motivaciones más profundas 20
.
La acción evangelizadora de la Iglesia anuncia
el mensaje de Cristo, que se llamó a sí mismo «el
camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Dios ha ido
comunicando su propio ser e intimidad a través de
la creación y especialmente a través de la revela-
ción primitiva y veterotestamentaria. En todos los
pueblos, culturas, religiones y razas hay un deste-
llo de esta verdad, pero de modo especial en el
pueblo escogido que preparaba la venida del Me-
sías. Ahora bien, con la venida del Señor se nos ha
comunicado la plenitud de verdad (Jn 1,17; 15,15).
Esta verdad de Jesús es la que nos hace libres
ÍJn 8,32).
Evangelizar o anunciar la Buena Nueva de Je-
sús es. pues, presentar «la verdad acerca de Dios,
la verdad acerca del hombre y de su misterioso des-
tino, la verdad acerca del mundo» (n.78).
Pasando ya a la actitud del evaneelizador res-
pecto a la verdad que anuncia, no cabe pensar en
otra postura que en la de un servidor de la ver-
dad: «nosotros no somos ni los dueños ni los ar-
bitros, sino los depositarios, los herederos, los ser-
vidores» (ibid.).
ampliamente el tema en la exposición preliminar y en la primera
parte.
20
Ecclesiam suam ITT: AAS % (1964) 637-65"
128 La evangelizarían según «Evangelii nuntiandi»
Una de las características de la espiritualidad
del evangelizador es el «culto a la verdad», si por
verdad se entiende el mismo Dios que se nos ha
revelado en Cristo. Es una ascética apostólica o de
predicador del Evangelio, que puede resumirse en
estas grandes líneas:
«Busca siempre la verdad...
no vende ni disimula jamás la verdad...
no rechaza nunca la verdad...
no oscurece la verdad revelada...
no deja de estudiarla...
la sirve generosamente sin avasallarla» (n.78).
Esta actitud ascética del evangelizador supone
muchas renuncias, entre las que hay que contar
la renuncia a predicarse a sí mismo y a proyectar
en la comunidad los propios problemas o las pro-
pias opiniones.
Este servicio a la verdad supone estudio y con-
templación. No predica la verdad quien no la ha
asimilado en largas horas de oración y de refle-
xión.
Un aspecto de la predicación de la verdad es la
dedicación de tiempo a una «infatigable labor de
investigación». Esta labor, en efecto, es necesaria
para la evangelización. Un punto muy concreto de
esta labor es el sector de los estudios históricos so-
bre los fenómenos religiosos y sobre la misma his-
toria de la evangelización en los diversos pueblos.
Si los evangeli?adcres dejaran esta labor de inves-
tigación histoiica en manos de una mentalidad
atea, ciertamente se producirían daños graves para
ía evangelización. La verdad no es completa cuan-
do falta la dimensión religiosa y espiritual,
Actitudes básicas 129
6. Actitudes básicas de espiritualidad: caridad,
celo, alegría
En todos los estadios sobre la espiritualidad
apostólica o misionera se ha hecho resaltar la cari-
dad pastoral21
. El apóstol prolonga la misión de
Cristo y, consiguientemente, sus actividades de Buen
Pastor. La vida apostólica podría calificarse de «má-
ximo testimonio del amor» (PO 11). Los textos
paulinos sobre la caridad son muy expresivos y han
alentado siempre la vida de todo apóstol22
.
La doctrina paulina sobre la caridad apostólica
presenta unas características que pueden resumirse
así: «¿De qué amor se trata? Mucho más que el
de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún,
el de una madre. Tal es el amor que el Señor es-
pera de cada predicador del Evangelio, de cada
constructor de la Iglesia» (n.79).
La caridad pastoral es una aplicación de la ma-
ternidad de la Iglesia. Así lo expresa San Pablo en
la carta a los Gálatas (c.4), hablando simultánea-
mente de la maternidad de María, de la materni-
dad de la Iglesia y de la maternidad del mismo
apóstolM
.
Las características de esta caridad o amor apos-
tólico, según Evangelii nuntiandi y de acuerdo con
las necesidades actuales, son éstas:
-—• deseo de ofrecer la verdad y de conducir a
la unidad;
21
Véase síntesis del tema y bibliografía en J. ESQUERDA, Teo-
logía de la espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976) c.9
22
Evanzelii nuntiandi cita 1 Tes 2 8; Flp 1,8. Véase también
2 Tim 1,12; Flp 1,21; Rom 1,16; 1 Cor 9,16s; 2 Cor 5,14, etc.
23
Gal 4,19: 1 Tes 2,7 11; 1 Cor 4,15. Véase el c.X: Mater-
nidad de la Iglesia y misión.
Espiritualidad misionera 5
130 La evangelización según «Evangelii nuntiandi»
— dedicarse sin reservas al anuncio de Jesu-
cristo;
— respeto a la situación religiosa de la persona
que se evangeliza (respeto a su ritmo, a su
conciencia y a sus convicciones);
— cuidado de no herir a los demás con afirma-
ciones ambiguas;
— transmitir a los cristianos certezas sólidas y
no dudas o incertidumbres.
El modo de llevar a efecto estas líneas de caridad
pastoral debe inspirarse en el Evangelio, en el ejem-
plo de los apóstoles (especialmente en San Pedro
y San Pablo) y en el ejemplo de los santos predi-
cadores y misioneros.
Sin una rica espiritualidad, el misionero se de-
jará llevar de lo más fácil: una intransigencia o
proselitismo exagerado o un dejar pasar las cosas
con la excusa de que los no cristianos ya se pueden
salvar. Encontrar un justo equilibrio es fruto de
una vida interior y de un «fervor del espíritu»
(n.80).
Sin la perspectiva de los santos misioneros, se
cae fácilmente en «pretextos que parecen oponerse
a la evangelización. Los más insidiosos son cierta-
mente aquellos para cuya justificación se quieren
emplear ciertas enseñanzas del Concilio» (ibid.).
El problema de la «salvación» de los hombres
ha preocupado siempre a los evangelizadores, aun-
que con matices diferentes Hoy el acento está en
que todo hombre se salva por la rectitud de co-
razón, puesto que el mundo y la historia están lle-
nos de «semillas del Verbo» 24
. De donde surge una
24
SAN JUSTINO, / Apología 45,1-4: CLEMENTE DE ALEJANDRÍA,
Strnmnta I, 19,91,94; EUSEBIO DE CESÁREA, Praeparatio Evangé-
lica 1,1.
Actitudes básicas, 131
pregunta que, de no encontrar respuesta adecuada,
podría arruinar toda la labor apostólica: «¿No es,
pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio don-
de ya está presente a través de esas semillas que el
mismo Señor ha esparcido?» (ibid.).
No resulta fácil una respuesta teológica a este
problema complejo. Los autores han expuesto el
tema con maestría25
. El ejemplo del Buen Pastor,
de los apóstoles y de los santos misioneros se resu-
me en estas líneas de actuación práctica:
— «proponer a esa conciencia la verdad evan-
gélica y la salvación ofrecida por Jesucristo,
con plena claridad y con absoluto respeto ha-
cia las opciones libres que luego puedan ha-
cer..., lejos de ser un atentado contra la li-
bertad religiosa, es un homenaje a esta li-
bertad»...
— «este modo respetuoso de proponer la ver-
dad de Cristo y de su reino, más que un de-
recho es un deber del evangelizador. Y es,
a la vez, un derecho de sus hermanos reci-
bir a través de él el anuncio de la Buena Nue-
va de la salvación»... (n.80).
Ante la realidad de que también los no cristia-
nos se pueden salvar con ayuda de la gracia de
Cristo, hay que plantear el problema de la evange-
lización no tanto en tono sujetivo (se pueden sal-
var) cuanto como una exigencia del mandato de
Cristo de evangelizar a todas las gentes y de la
85
Véase bibliografía del c.I. También Atti del Congresso Inter-
nazionale scientifico di Missiologia (Roma, Universitá Urbaniana,
1976) vol.II; D. GRASSO, Las religiones no cristianas, ¿camino
de salvación?, en Estudios de Misionología 1 (1976) 85-104 (Bur-
gos, Facultad Teológica).
132 La evangelización según «Evangelü nuntiandi»
llamada de éstas a una plenitud en Cristo. Este
mandato y esta llamada a la plenitud plantean al
apóstol una cuestión: «¿Podremos nosotros salvar-
nos si por negligencia, por miedo, por vergüenza
—lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evan-
gelio—o por ideas falsas omitimos anunciarlo?»
(ibid.).
Una señal de caridad pastoral y de celo apostólico
equilibrado es la alegría, que es, a su vez, una ca-
racterística esencial de la espiritualidad misionera.
Evangelizar es anunciar y comunicar el gozo sal-
vífico de la redención de Jesús. La alegría, pues,
forma parte integrante de la acción evangelizadora.
El mensaje de la anunciación, de Belén, de las bien-
aventuranzas, de la Pascua, es un mensaje de gozo26
.
El gozo del apóstol es ya una parte del mismo
anuncio evangélico, puesto que expresa el signo de
la salvación. Es un gozo que no nace de la psicolo-
gía o del ambiente sociológico, sino que es fruto del
Espíritu Santo. Para proclamar «os anuncio un
gran gozo» (Le 2,10) y «bienaventurados los po-
bres de espíritu» (Mt 5,3), es necesario vivir en
este gozo cristiano y apostólico.
La alegría misionera es una nota de la vida apos-
tólica: «Conservemos la dulce y confortadora ale-
gría de evangelizar, incluso cuando hay que sem-
brar con lágrimas. Hagámoslo—como Juan el Bau-
tista, como Pedro y Pablo, como los otros apósto-
les, como esa multitud admirable de evangelizado-
res que se han sucedido a lo largo de la historia de
la Iglesia—con un ímpetu interior que nadie ni
na-la sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor ale-
gría de nuestras vidas entregadas» (n.80).
26
Le 1,47; 2,10; Mt 5,3; Jn 20,20; Act 2,46.
Muña, estrella de la evangelización 133
El Vaticano II habla de «gozo pascual» (PO
11), puesto que es fruto de la Pascua o de la muer-
te y de la resurrección de Jesús. Es un don del Es-
píritu Santo que solamente se recibe cuando se
sabe pasar por la cruz hacia la resurrección, es de-
cir, cuando se sufre amando. Las vocaciones apos-
tólicas surgen cuando hay apóstoles que dejan tras-
lucir este gozo de haber encontrado la propia iden-
tidad en una misión sin fronteras recibida de Cris-
to. Cuando se acepta vivencialmente esta misión y
sus exigencias, no surgen tantas preguntas sobre la
identidad apostólica.
Nuestra sociedad necesita signos de esperanza
cristiana. La esperanza significa confianza y cami-
nar con decisión hacia la resurrección final en Cris-
to. Sólo con esta actitud se encuentra sentido a la
vida humana y a la historia27
. «Y ojalá que el mun-
do actual—que busca a veces con angustia, a veces
con esperanza—pueda así recibir la Buena Nueva,
no a través de evangelizadores tristes y desalenta-
dos, impacientes o ansiosos, sino a través de minis-
tros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de
quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la
alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la
tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar
la Iglesia en el mundo» (n.80).
7. María, estrella de la evangelización
El tema mariano no es un adorno de la espiritua-
lidad apostólica o misionera. Es, más bien, la ex-
27
J. GALOT, Le mystére de ¡'esperance (París, Lethielleux,
1973); R. LAURENTIN, Nouvettes dimensions de ¡'esperance (París,
Cerf, 1972); B. MONDIN, / teologi della speranza (Bologna, Borla,
1974).
134 La evangelización según «Evangelii nuntiandi»
presión de su naturaleza más auténtica. La carta
apostólica está fechada el día de la Inmaculada
(8 de diciembre de 1975), día del décimo aniver-
sario de la clausura del concilio Vaticano II.
En la doctrina conciliar {Lumen gentium c.8), el
tema mariano viene a expresar el momento culmi-
nante de la «sacramentalidad» de la Iglesia, que es
signo levantado ante los pueblos. María es tipo y
Madre de la Iglesia. La naturaleza de la Iglesia es
tan mariana como apostólica y misionera. La Igle-
sia es madre (Gal 4,26) en sentido universal y per-
manente. El apostolado o evangelización es la ex-
presión de esta maternidad. Pero la Iglesia se hace
madre imitando a María y con su ayuda.
La devoción mariana es, pues, parte integrante
de la espiritualidad apostólica, precisamente por la
relación entre maternidad de María, maternidad de
la Iglesia y apostolado. De hecho, San Pablo, en el
mismo capítulo cuarto de Gálatas, en que habla de
la maternidad de María (Gal 4,4) y de la materni-
dad de la Iglesia {Gal 4,26), se presenta a sí mis-
mo, en su labor apostólica, con la comparación de
una madre que nutre a sus hijos (Gal 4,19).
El Vaticano II, después de comparar y relacio-
nar la maternidad de María con la maternidad de
la Iglesia (LG 63-65), dice de las personas dedi-
cadas al apostolado:
«La Virgen fue en sv vida ejemplo áe aquel amor
maternal con que es necesario que estén animados
todos aquellos que, en la misión apostólica de la
Iglesia, cooperan a la regeneración de los hom-
bres» (LG 65).
La conclusión de Pablo VI abarca todo este tras-
fondo mariano, eclesial y apostólico-misionero: «En
María, estrella de la evangelización 135
la mañana de Pentecostés ella presidió con su ora-
ción el comienzo de la evangelización bajo el in-
flujo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la
evangelización siempre renovada que la Iglesia, dó-
cil al mandato del Señor, debe promover y rea-
lizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y lle-
nos de esperanza» (n.82).
V. PRINCIPIOS Y LINEAS BÁSICAS
DE ESPIRITUALIDAD MISIONERA
S U M A R I O
Presentación.
1. Actitud ministerial ante la salvación, el misterio
y la revelación.
A) Sentido de instrumento.
B) Asimilar el mensaje por la contemplación.
C) La ascética del predicador del Evangelio.
2. Anunciar el misterio de Cristo y de la Iglesia.
A) Cristo como centro.
B) La Iglesia como comunión.
3. Discernimiento y fidelidad a los «signos de los
tiempos».
4. Testigos de la presencia y de la experiencia de
Dios.
5. Signos de esperanza y de bienaventuranza.
6. Actitud apostólica ante el misterio de la con-
versión.
A) Llamada al bautismo y a la conversión.
B) Espiritualidad misionera ante la conversión.
PRESENTACIÓN
La persona y la acción del apóstol se mueven
por criterios y motivaciones que arrancan de la
misión de Cristo. Evangelizar no es presentar cual-
quier sistema o ideología humana. Las reglas de
juego del apóstol son las mismas que movieron
a Cristo.
Es Dios quien ha trazado los planes salvíficos
de la historia humana. Y es también él quien ha
tomado la iniciativa de comunicar su vida íntima
elevando al hombre a categoría de hijo de Dios. Al
mismo tiempo, la libertad humana, que debe co-
laborar a poner en práctica los planes de Dios, no
es algo manejable a modo de instrumento material.
El apóstol se encuentra, pues, ante un misterio: el
de Dios Amor que nos ha dado a su Hijo como re-
dentor; el del hombre concreto y Ubre que debe
llegar a ser imagen de Dios Amor.
Las reglas o principios y líneas básicas de la ac-
ción apostólica comprometen la vida del apóstol.
No puede hacerse el apostolado a modo de «week-
end» o de paréntesis. Tampoco puede ser una pro-
fesión para ganarse la vida o para sentirse «reali-
zado» dentro de la sociedad. Pablo, predicando en
el centro de la cultura de entonces (Atenas), palpó
esta realidad apostólica que deja al apóstol aparen-
temente indefenso, sin seguridades, cuando anun-
cia el misterio de Cristo muerto y resucitado. Por
esto las líneas del actuar del apóstol no se encuen-
tran en ninguna pauta de acción cultural, política
o social. Recordemos algunas líneas que orientaron
la vida de Pablo:
138 Viimiptoi y lincas banca*
— segregado para el Evangelio (Rom 1,1).
— se debe a todos, sin restricciones (Rom 1,14).
— no se avergüenza del Evangelio (Rom 1,16).
— está dispuesto a ser «anatema» por sus her-
manos (Rom 9,3).
— sentirse instrumento (1 Cor 3,9).
— sentir la necesidad imperiosa de evangelizar
(1 Cor 9,16).
— hacerse todo para todos (1 Cor 9,22).
— no predicarse a sí mismo (2 Cor 4,5).
— sentirse urgido por la caridad de Cristo
(2 Cor 5,14).
— sentir el celo de Dios sobre los hombres
(2 Cor 11,2).
— desgastarse generosamente (2 Cor 12,15).
— instaurar todo en Cristo (Ef 1,10).
— apoyarse en Cristo (Flp 4,13).
— encontrar sentido fecundo y eclesial al su-
frimiento y a las dificultades (Col 1,24).
— predicar a Cristo crucificado (1 Cor l,17s).
Esta impronta apostólica está calcada en las ac-
titudes del Buen Pastor. Es la pauta que siguieron
todos los apóstoles. No es un programa teórico ni
una mera receta práctica, sino una realidad salví-
fica que se presencializa a través de toda la histo-
ria, lo mismo que se presencializa la misión de
Cristo. Cada época deberá repensar este estilo del
Buen Pastor y de los apóstoles, para aplicarlo, sin
recortes, al problema concreto.
Predicar a Cristo crucificado es también ser
«olor» de Cristo (2 Cor 2,15). La vida del apóstol
es como la vida de Cristo (Flp 1,21), puesto que
se ha entregado a correr su suerte (2 Tim 1,12).
Cualquiera de estas afirmaciones neotestamenta-
Actitud ministerial 139
rias sobre la vida apostólica bastaría para llenar el
programa de la evangelización. Pero vamos a sis-
tematizarlas en una lista de principios o líneas bá-
sicas.
1. Actitud ministerial ante la salvación,
el misterio y la revelación
«Ministro» y «ministerio» significan, respectiva-
mente, «servidor» y «servicio». En nuestro caso es
el servicio de Cristo «Siervo» de Dios, «apóstol»
o enviado del Padre para una misión concreta de
dar la vida en redención de todos los hombres.
La misión, a la que sirve el apóstol cristiano, no
ha surgido de la iniciativa de algún «místico» o de
alguna ideología, sino que proviene de la intimidad
de Dios manifestada y comunicada por Cristo. Por
esto, el servicio o ministerio del apóstol no es un
servicio o una misión que provenga de una autori-
dad humana o del pueblo; es propiamente una fi-
delidad a una llamada divina para cooperar con sus
planes salvíficos de dimensión universal.
El evangelizador es un hombre que ha sido lla-
mado, misionado, para anunciar y comunicar algo
que tiene su origen en Dios Salvador. La salvación
cristiana abarca al hombre integral y sólo puede
realizarse en Cristo. Se trata de un «misterio» o de
una intimidad divina manifestada y comunicada en
Cristo. El evangelizador anuncia una palabra co-
municada por Dios: la revelación.
Hay una inicitiva divina en la vocación, en la mi-
sión v en el objetivo de la evangelización. Es Cris-
to quien ha llamado primero (1 Tn 4,10), quien ha
elegido (Jn 15,16); nosotros podemos encontrar a
Cristo porque es él quien nos ha salido al encuen-
140 Principios y líneas básicas
tro y porque es el Padre que ha enviado a su Hijo
al llegar la plenitud de los tiempos (Gal 4,4).
Hoy la palabra «salvación», tomada al margen de
la revelación cristiana, no tiene el mordiente de
otras épocas '. Pero, a la luz de la fe y con una ac-
titud de esperanza y caridad, la salvación cristiana
sigue produciendo apóstoles al estilo de Pablo: «Os
celo con el celo de Dios, porque os he desposado
con Cristo como una virgen casta» (2 Cor 11,2);
«siento un dolor como de parto, hasta que Cristo
se forme en vosotros» (Gal 4,19); «la caridad de
Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14)... Este celo apos-
tólico no nace de una reflexión ni de un entusiasmo
psicológico, sino de larcas horas de oración o de en-
cuentro personal con Cristo.
La salvación cristiana no es sólo una liberación
de la condenación eterna, sino un llevar a término
unos planes salvíficos de Dios Amor: que todos los
hombres conozcan y vivan el misterio de Cristo en
plenitud, que Cristo se haga presente en todas par-
tes a través de los signos eclesiales instituidos
por él.
Estos designios salvíficos de Dios, que nos ha
elegido a todos en Cristo (Ef 1,4), son parte inte-
grante del «misterio» o intimidad de Dios manifes-
tada y comunicada en Cristo, su Hijo y nuestro her-
mano. La palabra misterio entusiasmaba a Pablo,
puesto que a él le cupo en suerte «evangelizar a los
gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar
a todos acerca de la dispensación del misterio ocul-
to desde los siglos en Dios» (Ef 3,8-9).
El mensaje que anuncia el apóstol cristiano no
es más que la palabra de Dios o revelación en Cris-
1
Véase c.I n.l.
Actitud ministerial 141
to. La creación y la historia humana, al margen de
Cristo, no son revelación de la intimidad de Dios.
La Palabra de Dios es el mismo Cristo (Heb 1,1).
Los acontecimientos históricos se iluminan a la luz
del acontecimiento central o plenitud de los tiem-
pos: Jesucristo Hijo de Dios hecho hombre, nues-
tro redentor2
.
La actitud fundamental del apóstol es, pues, de
ministerio o servicio a la salvación, al misterio, a
la revelación. Las derivaciones de esta línea básica
se podrían concretar en tres: sentido de instrumen-
to o humildad ministerial, asimilación del mensaje
por la contemplación, ascética del predicador del
Evangelio3
.
A) SENTIDO DE INSTRUMENTO
La humildad del apóstol podría calificarse de
«sentido de instrumento». El Vaticano II habla de
«Instrumentos vivos de Cristo Sacerdote» (PO 12),
Si la humildad es la verdad, según la expresión te-
resiana, para el evangelizador la verdad es la de
ser «cooperador de Dios», quien «da el incremen-
to» como y cuando quiere (1 Cor 3,6-9).
Esta conciencia de instrumento hace del evange-
lizador un servidor de la verdad. No se predica a
2
«La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente
ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina v las realidades que las
palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras
y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la
salvación del hombre que transmite dicha revelación resplandece
en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (DV 2).
s
PABLO VI, M'.nsaie en el «Dominso mundhl H
<
- las r»:
':
"-
nes», 1975; véase Enseñanzas al Pueblo de Dios (Roma 1975)
353-358; A. PAVAN. La nuova figura del missionario, en Semina-
rium 4 (1973) 1039-1064; Y. RAGUIN, Missionary spirituality
(Manila. East Asian Pastoral Institute, 1972).
142 Principios y líneas básicas
sí mismo ni busca sus intereses. Tiene una espe-
cie de «culto» a la verdad» que podría resumirse
así: búsqueda, testimonio audaz, servicio genero-
so. Es
«la verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hom-
bre y de su misterioso destino, la verdad acerca
del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Pa-
labra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo
repetimos una vez más, ni ios dueños, ni ios arbi-
tros, sino los depositarios, los herederos, los servi-
dores» 4
.
El sentido de instrumento conjuga dos afirma-
ciones básicas: «nada podéis sin mí» {Jn 15,5), «to-
do lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13).
Cuando parece que todo está perdido, el apóstol
todavía siente la «fuerza» del Espíritu Santo que
avuda a decir: «cuando me siento débil, es enton-
ces cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10). La humil-
dad apostólica va indisolublemente unida a la au-
dacia y magnanimidad. Y esta misma humildad fun-
damenta la esperanza y el optimismo del apóstol.
El gozo de la esperanza en una victoria segura sólo
nace de la fe profunda en la resurrección de Jesús.
Y esta seguridad humilde existe en la medida en
que, en los momentos de éxito, el apóstol se desliga
de otras seguridades que no se apoyen en la fuerza
del Espíritu Santo.
B) ASIMILAR EL MENSAJE POR LA CONTEM-
PLACIÓN
El anuncio del mensaje evangélico no es la pro-
clamación de una doctt-ina o reflexión humana, más
Evang,elii nuntiandi 78,
Actitud ministerial 143
o menos teórica, sino la proclamación de la Pala-
bra de Dios. Para captar esta palabra no basta el
esfuerzo de reflexión. Ni basta tampoco el estu-
dio comparativo de las religiones o de los fenóme-
nos religiosos. Quien anuncia el Evangelio debe ha-
ber asimilado el mensaje o Palabra de Dios en el
mismo tono en que Dios la ha manifestado: en
diálogo (Dios habla y el hombre escucha). La ac-
titud de oración es necesaria para captar la reve-
lación.
Esta actitud de diálogo con Dios hace del após-
tol un testigo de algo asimilado o «contemplado»
en el trato personal con él. Cuando San Juan co-
mienza su primera carta, comunica algo que ha
visto y oído: «Lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y pal-
paron nuestras manos sobre el Verbo de vida...
os lo anunciamos» (1 Jn 1,1-3). La contemplación,
para el apóstol, es una oración o diálogo con Dios
que hace entrar en la intimidad con él, a modo de
alguien familiar, «sentido» y vivido por la fe. Es
una actitud de «unidad de vida». Ya no es la ora-
ción de sólo unos actos concretos, sino la relación
esponsal o de «consorcio». Por esto los apóstoles
son llamados «los amigos del esposo» (Mt 9,15).
La intimidad con Cristo es uno de los aspectos
de esta contemplación del apóstol. Para anunciar
las bienaventuranzas y el mandamiento del amor, el
apóstol necesita haber llegado a esa «unidad de vi-
da» (PO 14) que es una disponibilidad habitual
como la caridad de Buen Pastor. Caridad pastoral
y contemplación se postulan mutuamente como dos
momentos fuertes de la vida del apóstol. La acti-
tud de dar la vida se expresa tanto en las noches
144 Principios y líneas básicas
de oración como en las jornadas de predicación
abierta del Evangelio.
Cuando se evangeliza sin esta actitud de cari-
dad y de contemplación, se corre el riesgo de con-
fundir la evangelización con una acción meramente
humana. No es posible predicar adecuadamente la
revelación sin haber orado. El apóstol que no ora-
ra se predicaría a sí mismo, sus opiniones y sus in-
tereses. La falta de diálogo con Cristo produce una
sensación de cansancio en la labor apostólica, a mo-
do de derrotismo o de duda sistemática sobre la
propia identidad. Por esto la predicación de la Pa-
labra debe ser una consecuencia de la misión vivi-
da en la contemplación y en la disponibilidad apos-
tólica 5
.
Esta exigencia de contemplación para evangelizar
arranca de la misma vocación al apostolado. Parte
integrante de la vocación del apóstol es «estar con
él» (Me 3,14; Jn 1,39). Por esto Jesús define a los
apóstoles como a quienes corren su misma suerte,
como a parte integrante suya (Jn 17,10). Una de-
finición descriptiva del apóstol puede ser ésta:
«Vosotros daréis testimonio, porque desde el prin-
cipio estáis conmigo» (Jn 15,27).
La contemplación del apóstol incluye estos ele-
mentos: seguir el ejemplo de Cristo, profundizar en
la persona y misterio del mismo Señor, reflexionar
sobre los acontecimientos de la vida a la luz del
Evangelio, entrar vivencialmente en los planes sal-
víficos de Dios sobre los hombres, comprometerse
a decir el «Padre nuestro» con la fuerza del Es-
píritu. ..6
5
SANTO TOMÁS, 2-2 q.188 a 7.
6
De sacerdotio mtnisteriah (Sínodo Episcopal de 1971), 2." par-
te, 1,3; Constitución litúrgica 2; PO 13.
Acttlud ministerial 145
C) L A ASCÉTICA D E L PREDICADOR D E L
EVANGELIO
La predicación del Evangelio compromete toda
la vida y condiciona o polariza toda la persona. Por
esto reclama una actitud de contemplación y de
caridad pastoral7
.
Predicar la Palabra supone dedicación al estu-
dio, a la contemplación, así como una atención cons-
tante a las realidades humanas en vistas a una apli-
cación concreta del mensaje cristiano. Es, pues, una
actitud «ascética» para estar pendiente de una rea-
lidad viva. Es una atención vivencial comprometida
que no puede reducirse a una especie de entrete-
nimiento o «segunda» vocación.
La ascética o espiritualidad del predicador del.
Evangelio, si es auténtica, impide caer en el error
de predicarse a sí mismo (2 Cor 4,5) o en el des-
vío de asentar el propio dominio (2 Cor 2,14). Es
una ascética que sitúa al evangelizador en una ten-
sión equilibrada por descubrir cualquier matiz de
la Palabra de Dios, siempre actual, como respues-
ta a los problemas de los hombres. Es una postura
de caridad pastoral que está siempre pendiente de
los designios del Padre sobre cada hombre, espe-
cialmente sobre los que todavía no conocen a
Cristo.
Esta espiritualidad del anuncio del Evangelio
alienta a encontrar diversas maneras de comuni-
car la Palabra, sin olvidar, como es lógico, el tes-
timonio como parte integrante de la misma predi-
' D. BARSOTTI, Ministerio cristiano y Palabra de Dios (Sala-
manca, Sigúeme, 1965); D. GRASSO, Teología de la predicación
(Salamanca 1966).
146 Principios y líneas básicas
cación. De este modo, el evangelizador se hace
transparencia del Evangelio.
La manera de expresar el mensaje, la frase asi-
milable e incisiva, se encuentra fácilmente cuando
el predicador vive pendiente de la palabra de Dios,
con una dedicación de toda la vida por medio de la
práctica del llamado «radicalismo evangélico» o de
las virtudes del Buen Pastor.
La predicación, según San Pablo, condiciona toda
la vida del apóstol. Espiritualidad misionera, para
el apóstol, equivale a no saber nada más que a
Cristo crucificado (1 Cor 1,22), para no desvirtuar
la fuerza de la cruz (1 Cor l,17s). La perspectiva
misionera de totalidad y de universalidad («predi-
caron por todas partes», Me 16,20), supone des-
prendimiento interior y exterior («lo dejaron todo»,
Le 5,10).
El evangelizador sabe muy bien que la fe es un
don de Dios y no un mero consentimiento susci-
tado por la claridad, belleza o profundidad de una
doctrina humana. El don divino de la fe viene por
la predicación (Rom 10,14). Pero lo que ha de
cuestionar al predicador es si su predicación es tal,
es decir, un anuncio verdadero de la palabra de
Dios y no de los propios criterios e intereses.
La predicación anuncia un hecho salvífico: la
muerte y resurrección de Jesucristo. La fuerza de
la resurrección del Señor hace de la predicación un
signo portador de gracia. Pero el testimonio y la
santidad del evangelizador forman parte integran-
te de este signo.
La ascética del predicador es también una acti-
tud de profundizar y anunciar todo el mensaje
cristiano. El depósito de la revelación ha de anun-
Actitud ministerial 147
ciarse en su totalidad, no sólo en el sentido de con-
servación de unos datos, sino incluso en la búsque-
da de respuesta a nuevos problemas suscitados en
la vida de las personas y de las comunidades
(2 Tim l,14s).
Hay una tensión del mensaje cristiano que pone
en vilo la vida del predicador: se anuncia un acon-
tecimiento salvífico, se presencializa este mismo
acontecimiento por medio de signos litúrgicos o
eclesiales, se urge a una respuesta o compromiso
personal y social. El predicador llama a la conver-
sión y al bautismo o configuración continua con
Cristo resucitado presente8
.
Un aspecto de la misma ascética de predicar la
Palabra es el esfuerzo por preparar en común la
predicación dentro de una pastoral de comunión o
de conjunto. Cualquier paso hacia la caridad o uni-
dad entre los evangelizadores es un paso de efica-
cia y, por ello mismo, supone el desprendimiento
de criterios y de actitudes personalistas.
El fruto de la predicación es casi siempre de
largo alcance (Jn 4,37). Esta espera o «paciencia»
apostólica es también parte de la ascética del pre-
dicador del Evangelio. La esperanza cristiana da va-
lor al presente en una perspectiva de futuro; si
el futuro de resurrección en Cristo es cierto, los
hitos de nuestro presente pueden ser oscuridad,
contingencia, inseguridad y cruz.
* Se debe hacer notar la relación estrecha entre la Palabra, los
sacramentos y la comunión eclesial. Véase: LG 25; DV 7-
ChD 12-16; PO 4; De sacerdotio minhteriali (Sínodo de 1971)
2.' parte, 1,1,
148 Principios y líneas básicas
2. Anunciar el misterio de Cristo y de la Iglesia
La salvación, el misterio, la revelación, etc., no
son términos abstractos, sino que formulan un as-
pecto de una realidad: Jesucristo, el Hijo de Dios
hecho nuestro hermano y redentor. El es el Salva-
dor («Jesús»), el «misterio» o intimidad personal
del Padre manifestada y comunicada (esplendor,
imagen), la «Palabra» o Verbo encarnado.
Pero esto implica, por su misma naturale2a, que
el evangelizador o heraldo de la Buena Nueva ten-
ga su vida centrada en Cristo como en «alguien»
que ha acaparado su vida y le ha dado sentido. Se
anuncia a Cristo para producir un encuentro de
cada persona con él. Ahora bien, Cristo vive pre-
sente resucitado, actuando bajo signos eclesiales.
El misterio de la Encarnación se prolonga, de al-
guna manera, en la Iglesia (LG 8).
No hay evangelización si Cristo no es el centro
del mensaje y de la vivencia tanto del evangeliza-
dor como de los evangelizados. Tampoco hay evan-
gelización sin los signos eclesiales que son portado-
res de Cristo.
A) CRISTO COMO CENTRO
La polarización de la acción evangelizadora ha-
cia Cristo es una señal de autenticidad. Hay orga-
nizaciones internacionales que buscan algún aspec-
to del progreso humano; su acción no es, de suyo,
evangelizadora. Hay acciones «apostólicas» que
tampoco pueden llamarse evangelización, aunque,
de suyo, sean una colaboración al bienestar huma-
no. Si Cristo no es el mismo meollo o raíz de la
Anunciar el misterio de Cristo 149
acción apostólica, ésta no sería evangelización cris-
tiana. No basta con usar el nombre de Cristo, su
terminología e incluso un aspecto parcial de su doc-
trina.
Todas las épocas se han disputado el criterio de
Cristo, como queriendo calificar de «cristiano»
cualquier mesianismo, cualquier opinión, ideología
o sistema. Pero Jesús no se identifica con esos me-
sianismos parecidos a los que se resumen en las
tres tentaciones después de su penitencia en el de-
sierto. La reacción del Señor ante las concepciones
mesiánicas de su época será siempre una llamada
de atención para los evangelizadores9
.
La acción evangelizadora de Jesús era indepen-
diente, de hecho y de derecho, respecto a las opi-
niones religiosas, políticas, sociales e incluso po-
pulares de su época. La iniciativa de la evangeliza-
ción parte de Dios y no tiene por qué supeditarse
a un poder humano o a un factor de psicología de
masas.
En el momento de evangelizar se va captando
y transmitiendo el sentido de Cristo en la medida
en que se quiere correr su misma suerte de dar la
vida. No se trata de agradar a los hombres, sino
de seguir los planes salvíficos del Padre (2 Cor
12,15).
En toda esta cuestión aflora un punto funda-
mental que podría ser el punto de referencia para
saber si la evangelización se ha hecho correctamen-
te: que la persona de Cristo sea verdaderamente
amada, conocida, centro de diálogo, fuente del amor
radical a los demás y sosten de la propia entrega.
Es decir, una acción evangelizadora o un movimien-
9
Cu Duyuoc, Crutología (Salamanca, Sigúeme, 1974)
150 Principios y lineas básicas
to originado por la misma (un movimiento apostó-
lico, pongamos por caso), debe tener como primer
valor la persona de Cristo íntimamente vivido. Por
esto, la falta de oración en la vida del apóstol es
una señal evidente de que no se siguen las direc-
trices de Cristo y de que, en realidad, no se evan-
geliza, aunque se continúe poniendo el nombre de
Jesucristo como etiqueta de una actuación.
La figura de Pablo no tiene explicación si no es
porque Cristo aparece en el transfondo de su ha-
blar, vivir y actuar. En cada página de sus escritos
o en cada momento de sus actuaciones, aparece
continuamente la persona de Cristo como alguien
cuya intimidad da sentido a la vida apostólica. Cada
una de sus afirmaciones es un reto para la revisión
de vida del evangelizador:
— «sé de quién me he fiado» (2 Tim 1,12).
— «mi vida es Cristo» (Flp 1,21).
— «es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).
— «no sé nada más que a Cristo crucificado»
(1 Cor 2,2s).
— «todo lo tengo por basura, si puedo conse-
guir a Cristo» (Flp 3,7s).
— «soy buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15).
— vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó
y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).
Actuar en el apostolado según los criterios y la
escala de valores de Cristo, supone necesariamente
una postura habitual de meditación de la Palabra
y de intimidad frecuente con Cristo, como parte
intearante del mismo apostolado y como razón de
ser del mismo apóstol,
Anunciar el misterio de Cristo 151
B) LA IGLESIA COMO COMUNIÓN
El Vaticano II presenta la humildad y la obe-
diencia del evangelizador en una línea ministerial
de «sentido de Iglesia». Lo que se dice en Presby-
terorum Ordinis 15, sobre los sacerdotes ministros,
podría aplicarse a cualquier apóstol, precisamente
en cuanto es enviado por la Iglesia:
«El ministerio sacerdotal, por el hecho de ser
ministerio de la Iglesia misma, sólo puede cumplir-
se en comunión jerárquica con todo el Cuerpo».
El sentido de comunión eclesial es el fundamen-
to de la propia unidad de vida y del signo de uni-
dad que debe existir en el grupo de los evangeli-
zadores: «la unidad de la propia vida se encuentra
en la unidad misma de la misión de la Iglesia»
(PO 15). Por esto la formación en el apostolado
debe ser un «imbuirse en el misterio de la Igle-
sia» (OP 9).
La acción evangelizadora incluye, como parte in-
tegrante, la comunión eclesial. La misión del após-
tol es la participación en la misma misión de Cristo
y en la vivencia de la misma: «amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25).
Actuar en comunión con la Iglesia supone sufri-
miento. Cualquier instrumento humano de gracia
es, al mismo tiempo, causa u ocasión de sufrimien-
to para otros. Así se participa en el sufrimiento de
Cristo, que caminó hacia «la hora» del Padre a
través de circunstancias dolorosas (para él y para
los que convivían con él). Convivir, colaborar, re-
conocer a los demás como instrumentos de gracia,
como necesarios colaboradores, etc., es una conse-
112 l'nmip/ns V lineas básicas
cuencia del mandamiento del amor o su concreti-
zación necesaria.
Esta comunión eclesial se concreta todavía más
cuando el sufrimiento viene de la misma Iglesia,
no sólo por servir a la Iglesia. Ello es una ocasión
o medio de purificación para penetrar en la natura-
leza íntima de la Iglesia peregrina (o Iglesia de los
«pobres»). Los roces no se originan por la esencia
misma de la Iglesia, sino por el pecado existente
en todo miembro de la misma, que hace sufrir y
que sufre. El sufrimiento que proviene de parte
de los que ostentan la autoridad (jerarquía), no es
menor que el que se origina de parte de otros evan-
gelizadores (colaboradores o inferiores). Así se par-
ticipa en la inmolación de Cristo 10
.
No siempre tiene la Iglesia soluciones inmedia-
tas. Debe orar, estudiar, consultar, colaborar n
. Se
podría excogitar una solución genial o técnica; pero
si esta solución fuera al margen de la comunión,
sería un signo no eclesial y, por tanto, estéril. El
sufrimiento del evangelizador hace buscar siempre,
dentro de la comunión, una solución que aleje tan-
to de la pasividad como de la rebeldía o de la ex-
travagancia.
En la exhortación apostólica Mctrialis cultus, el
papa Pablo VI pidió que se estudiara la acción del
Espíritu Santo en el mundo actual n
. La misma in-
10
H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia (Bilbao, Desclée).
11
La Iglesia es «santa y necesitada de purificación» (LG 8).
Su condición de peregrina hace que no siempre pueda dar inme-
diata respuesta a todos los problemas (GSp 43).
12
Exhortación apostólica Marialis cultus: AAS 66 (1974) 113-
168; véase el número 27: «A Nos corresponde exhortar a todos,
en especial a los pastores y a los teólogos, a profundizar en la
reflexión sobre la acción del Espíritu Santo en la historia de la
salvación .. De tal reflexión aparecerá, en particular, la misteriosa
relación existente entre el Espíritu de Dios y la Virgen de Na-
zaret, así como su acción sobre la Iglesia».
Anunciar el misterio de Cristo 153
vitación se repite en EvangelH nuntiandi, al hablar
de la evangelización actual B
. Pero la acción del
Espíritu Santo pasa siempre a través de signos po-
bres de Iglesia peregrina.
La espiritualidad del evangelizador consiste en
una búsqueda de esta acción carismática, con fide-
lidad de inmolación y de dedicación. La inmola-
ción viene normalmente del roce con los demás
hermanos que también quieren y deben colaborar
(aunque de diverso modo) en la acción apostólica.
La dedicación supone estudio y oración. Esta espi-
ritualidad lleva al convencimiento de que la efica-
cia del apostolado no estriba tanto en la genialidad
de los medios cuanto en la caridad de comunión
que se expresa aceptando activamente los signos
nobres de Iglesia como portadores de la acción del
Espíritu.
La vivencia de «signos eclesiales», como epifa-
nía y comunicación de Dios en Cristo, es un «sen-
tido de Iglesia» que enciende el celo misionero de
implantarla o de establecer los signos de la presen-
cia y del actuar de Cristo resucitado.
A veces se pierde o se infravalora este sentido
de implantar la Iglesia por haber entendido esta
acción algo así como una expansión jurídica o hu-
mana. Pero el tema es mucho más profundo y teo-
lógico. En efecto, los signos eclesiales son como
la prolongación de Cristo, sirven para proclamar
el Evangelio, incorporar a Cristo, perfeccionar la
vida cristiana hasta la plenitud en Cristo.
Sin una vida de intimidad con Cristo, el evange-
lizador corre el riesgo de convertir los signos ecle-
siales en signos estériles o vacíos. Para que exista
13
Evanzelii nuntiandi 75.
154 Principios y líneas básicas
este sentido de Iglesia que hace vivir los signos
como epifanía de Cristo, se necesita un amor a la
Iglesia aprendido en la imitación de María, que
fue siempre fiel a la palabra de Dios:
«El amor a la Iglesia se traducirá en amor a María
y viceversa... No se puede hablar de la Iglesia si no
está presente María» 14
.
La fidelidad de la humanidad a la palabra de
Dios encuentra un signo eficaz en la fidelidad de la
Iglesia, que está a la «escucha continua de la Pa-
labra» 15
. La humanidad ve en la Iglesia, personi-
ficada en María, el sentido de su existir histórico:
«a partir del 'fiat' de la humilde esclava del Señor,
la humanidad comienza su retorno a Dios» 16
. Esta
realidad eclesial-mariana es un aliciente para una
acción evangelizadora en el mundo contemporá-
neo, que, a pesar de su tendencia hacia el materia-
lismo, siente cada vez más la llamada del más allá.
3. Discernimiento y fidelidad a los «signos
de los tiempos»
El tema de los «signos de los tiempos» ha sido
explicado anteriormente. Se ha analizado el signi-
ficado teológico, la actualidad, signos principales,
la importancia, y se ha hecho alusión a la biblio-
grafía de mayor interés para la evangelización 17
.
La invitación de la exhortación apostólica Evan-
uelii nuntiandi a descubrir la acción actual del Es-
píritu Santo en el campo de la evangelización, no
14
Marhalis cultus 27.
15
Ibid., 15.
16
Ibid., 28.
17
Véase el c.I n.ll, así como la bibliografía de la nota 44 del
mismo capítulo
Los «signos de los tiempos» 155
es sólo una cuestión técnica o de estudio académi-
co, sino principalmente un problema de fidelidad
personal. Es decir, nos encontramos básicamente
ante un problema de espiritualidad misionera 18
.
Auscultar, discernir e interpretar los signos de
los tiempos es, a la vez, un acto ministerial o fun-
ción específica del apóstol y una actitud fundamen-
tal que acompaña a la persona del evangelizador 1Q
.
Discernir y ser fiel a los signos de los tiempos
equivale a descubrir y seguir unos signos de la vo-
luntad salvífica de Dios, a través de acontecimien-
tos juzgados a la luz de la Palabra revelada20
.
Pastores y fieles disciernen y siguen los signos
de los tiempos en vistas a una evangelización ade-
cuada. Cada uno tiene una misión que se comple-
menta con la misión de los demás. La acción minis-
terial del pastor necesita la aportación de quienes
viven en las estructuras humanas a modo «de fer-
mento y de quienes son, en su vida, un signo de
escatología. Este sentido de comunión es fundamen-
tal para descubrir y seguir los signos de los tiem-
pos (PO 9).
La docilidad a los signos de los tiempos viene a
ser una parte integrante de la obediencia del após-
tol (PO 15). Pero estos signos se identifican con
personas y acontecimientos que pueden recibir in-
terpretaciones opuestas. De ahí la necesidad de un
18
Evangelii nuntiandi 75. En el c.VII explicaremos el tema
de la fidelidad al Espíritu Santo.
19
«Es propio de todo el pueblo de Dios, pero principalmente
de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpre-
tar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nues-
tro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra divina, a fin de
que la verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor enten-
dida y expresada en forma adecuada» (GSp 44).
20
Los principales textos del Vaticano II sobre los signos de
los tiempos son: GSp 4.11.33; Constitución litúrgica 45; PO
6.9.15.17.18; DH 15; UR 4.
156 Principios y líneas básicas
corazón limpio por el desprendimiento para acer-
tar en la interpretación (PO 17). No hay interpre-
tación acertada cuando no se ha profundizado, es-
pecialmente con la oración y con la palabra de Dios
vivida en la Iglesia e interpretada por el Magis-
terio (PO 18).
Sólo una espiritualidad profunda capacitará al
evangelizador para acertar en la interpretación y en
la fidelidad a los signos de los tiempos como signos
de historia de salvación y como signos de la volun-
tad divina en la marcha de esta misma historia.
El sentido de Iglesia, que caracteriza a todo evan-
gelizador, hace poner la confianza más en la pala-
bra de Dios que en el mismo acontecimiento inme-
diato interpretado a la luz de una filosofía de la his-
toria. Para el evangelizador cristiano, sólo son he-
chos irreversibles aquellos que han nacido de la
caridad. Un acontecimiento de aparente fracaso o
de aporía puede ser un signo de los tiempos. Los
acontecimientos son signos de los tiempos cuando
pueden cobijarse a la sombra de la cruz en espera
de la resurrección. Una opinión o un acontecimien-
to valorados según la sabiduría humana, pueden ser
simplemente un espejismo contrario a los signos de
los tiempos.
La acción salvífica de Dios, en el Antiguo y en
el Nuevo Testamento, así como en la historia de
la Iglesia, se ha manifestado a través de una sabi-
duría que es distinta (si no contraria) a la sabidu-
ría de los hombres. Una mentalidad opuesta al
Evangelio llevaría a considerar los acontecimientos
como irreversibles o como fuente absoluta de ver-
dad y de acción zl
.
21
CH. MOEIXER, Mentalidad moderna y evangelizarían (Barce-
lona, Herder, 1964).
testigos de la presencia de Dios 1^7
La espiritualidad del evangelizador, en cuanto a
los signos de los tiempos, se podría calificar de es-
piritualidad de acontecimientos, es decir, espiritua-
lidad que hace de los acontecimientos objeto de
oración y de entrega pastoral: toma los aconteci-
mientos, los ilumina con la palabra de Dios (para
descifrarlos), los convierte en diálogo con Dios
(para poder ser fiel a sus designios) y los traduce
en compromiso concreto de caridad.
La oración del evangelizador tiene esta base de
acontecimientos históricos, como puede verse en el
transfondo de los salmos y, especialmente, en la
oración de Cristo Sacerdote que sigue «la hora»
del Padre. Ahí está la clave para descifrar y seguir
los signos de los tiempos: juzgar los criterios y
acontecimientos de cada época a la luz de «la hora»
del Padre, es decir, del misterio de la muerte y de
la resurrección de Jesús22
.
4. Testigos de la presencia y de la experiencia
de Dios
Nuestra sociedad, por sus especiales característi-
cas, necesita ver y encontrar personalmente testi-
gos vivenciales de la presencia de Dios. Estos tes-
tigos, por su rica sensibilidad (que es obra de la
gracia), son portadores de una experiencia de en-
cuentro con Cristo resucitado23
.
Evangelizar querrá decir, para nuestra sociedad,
enseñar a leer, en el «silencio» de unos signos y
acontecimientos pobres, la presencia y la cercanía
de Dios. Ello sólo es posible a la luz del encuentro
22
Los signos de los tiempos o frases equivalentes en los evan-
gelios: Mt 16,3; 24,32; 7,15-20; Le 12,54-56; 19,41. San Juan
emplea la frase «la hora del Padre»: Jn 2,4; 12,23; 7,30; 8,20.
23
Véase el c.I n.10; Evangelii nuntiandi 76.
158 Principios y líneas básicas
con Cristo resucitado, por la esperanza y caridad.
Los evangelizadores han de presentar la experien-
cia de haber encontrado a este «Dios con nosotros»
(Etnmanuel) en lo que aparentemente es sólo si-
lencio y ausencia de Dios¿4
.
Los movimientos actuales de interioridad y de
espiritualidad—dentro y fuera del cristianismo—
son una de tantas pruebas de la búsqueda del Ab-
soluto. Pero esta búsqueda se reduciría simplemen-
te a un ejercicio más o menos religioso, ascético y
psicológico, si la evangelización cristiana no presen-
tara la experiencia de un Dios Amor que nos ha
dado a su Hijo.
La autenticidad de una creencia religiosa se mide
por la capacidad de silencio y de diálogo con Dios.
En el cristianismo, tal diálogo y tal silencio equi-
valen a entrar en la intimidad de Dios Amor, y se
desenvuelven en un proceso de hacerse disponible
para amar. Es un proceso de «unidad de vida» que
polariza todas las virtualidades de nuestro ser ha-
cia un «Padre nuestro» pronunciado juntamente
con todos los hermanos, en el Espíritu Santo, por
Cristo, en marcha hacia la casa del Padre.
Con esta experiencia de Dios Amor, el evange-
lizador cristiano puede salvar, a la larga, todas las
huellas que el mismo Señor ha ido dejando en cada
una de las culturas, religiones, pueblos, como pre-
parando un encuentro definitivo con Cristo.
El evangelizador que no pudiera presentar su
propia experiencia de Cristo, como hace San Juan
en la primera carta, decepcionaría a tantas perso-
nas de buena voluntad que buscan a Dios. Pero
esta experiencia cristiana no es una especie de con-
B. JIMÉNEZ, Dios y el hombre (Madrid, FUE, 1973).
Testigos de la presencia de Dios 159
quista psicológica que se puede expresar con pala-
bras; es, más bien, una experiencia que sobrepasa
la razón, los afectos y los sentimientos; propia-
mente son los demás los que pueden ver, en la vida
del evangelizador, que verdaderamente sus gestos
son una experiencia de un encuentro con Cristo re-
sucitado presente. La experiencia cristiana se llama
fe, esperanza y caridad25
.
La actitud cristiana de reaccionar amando o de
dedicar la vida a un campo de caridad, son una
señal de haber adquirido una experiencia de Dios
Amor que supera las manifestaciones psicológicas
y las exposiciones teóricas. La experiencia de Dios
Amor es trascendente. Se puede constatar en los
resultados de una vida que refleja algún destello
de Dios. Pero la persona que ha adquirido esta ex-
periencia tiene más bien la convicción de la propia
pobreza. De ahí el atractivo de los santos, que son
un amasijo de humildad y de grandeza. Esta expe-
riencia supera cualquier barrera o dificultad que se
interponga en el camino de la evangelización.
La experiencia cristiana de Dios es siempre una
referencia a un «más allá». Las etapas de esta ex-
periencia, aunque sean dones auténticos de Dios,
dejan siempre la convicción de que «todavía no»
son el mismo Dios.
Esta experiencia cristiana del apóstol hace des-
cubrir cualquier huella de Dios, incluso en las reli-
giones no cristianas. Todo habla de Dios. Pero «to-
davía no» es la manifestación de Dios en Jesucris-
to su Hijo u
.
" Véase el c.II n.3, D.
26
DOM LE SAUX, lazeste hindnu, Mvstique chrétienne, áu
Vedante a la Trinité (Paris, Centurión, 1965).
160 Principios y líneas básicas
5. Signos de esperanza y de bienaventuranza
El evangelizador cristiano se caracteriza por su
autenticidad y transparencia. La esperanza en una
resurrección final y la actitud evangélica de «bien-
aventuranzas», debe manifestarse en la vida del
apóstol, a pesar de las limitaciones humanas.
La esperanza cristiana tiene dos facetas: la ten-
sión hacia una plenitud en Cristo según los planes
salvíficos de Dios y la 'confianza en la acción del
Espíritu Santo 2!
.
El apóstol cristiano ha aprendido la cercanía
de Dios Amor en las circunstancias humanas de di-
ficultad y de pobreza. Todas las cosas llevan el ger-
men de una restauración total en Jesucristo resuci-
tado. De ahí nace la tensión o marcha eclesial hacia
un final o encuentro definitivo de toda la humani-
dad con Dios. Al mismo tiempo, en las limitacio-
nes humanas se descubre la presencia de Cristo,
que es el Verbo encarnado, protagonista de la his-
toria humana. De ahí nace la confianza del apóstol,
a pesar de las dificultades personales y ambienta-
les; la propia flaqueza se convierte en fuerza evan-
selizadora cuando existe la conciencia de esta debi-
lidad y de la acción de' la gracia.
De esta tensión, que busca un más allá hacia el
que apunta el presente, y de esta confianza en la
acción del Espíritu Santo, nace la alegría del evan-
gelizador. Por esto el apóstol es portador de la ale-
aría pascual, que es, por ello mismo, salvífica o li-
beradora. Los testigos tristes no serían testigos de
27
T GALOT, Le mvtfrre de ¡'esperance (Paris, Lethielleux. 1973V
R LAURFNTIN. Nouvelles dimenúons de ¡'esperance (París, Cerf.
1972); B. MONDIN, J teolo&i della speranza (Bologna, Borla, 1974).
Signos de esperanza y bienaventuranza 161
la Buena Nueva. Una búsqueda que no fuera segu-
ridad en Cristo, sería más bien una actitud estéril
que siembra dudas sobre la identidad cristiana.
La cumbre de la acción evangelizadora es pre-
sentar un signo del sermón de la Montaña o de las
bienaventuranzas. Una señal de haber alcanzado al-
gún grado de esta perfección predicada por Cristo,
es el gozo del apóstol o su vida de esperanza como
expresión de su fe y como camino hacia la caridad.
La fe y la esperanza, que son ya un encuentro inicial
con Cristo, van dejando paso, cada vez más, a la
realidad de transformación en el mismo Cristo por
la caridad. Cuando la caridad sea perfecta, la fe y la
esperanza habrán cumplido su cometido y dejarán
de existir. Pero esta perfección no existe en esta
tierra, antes de la visión y posesión de Dios.
Por la fe y la esperanza, el apóstol va adentrán-
dose más en la línea del sermón de la Montaña
hasta ser un signo y estímulo de la caridad, es de-
cir, sal y fermento de la nueva ley del Espíritu o
del mandamiento del amor. Se evangeliza en la me-
dida en que el apóstol se hace disponible para
amar.
Cuando el apóstol vive esta realidad evangélica,
en el contacto con los demás hombres, se hace
«olor de Cristo» (2 Cor 2,15), epifanía de Dios
Amor.
La vida de esperanza cristiana es, principalmen-
te para el apóstol, un ir dejando todo para dar paso
a la entrega a Dios v a los hermanos. Es una espe-
cie de reculación de la escala de valores cuvo pri-
mer valor es Dios y sus planes de salvación uni-
versal en Cristo.
No se predica la esperanza cristiana sino en la
Espiritualidad misionera 6
162 Principios y lineas básicas
medida en que se vive orientando toda la vida hacia
la resurrección final. Sólo entonces se descubre el
valor del presente y de las realidades terrestres, así
como la posibilidad de cambiar en actitudes de ca-
ridad las circunstancias humanas de dificultad y de
dolor. Esa es la línea del «sed perfectos como vues-
tro Padre celestial», que viene a ser el resumen del
sermón de la Montaña (Mt 5,48). La esperanza
cristiana es una convicción de que siempre se pue-
de hacer lo mejor de nuestra vida: amar. Sólo a la
luz del Evangelio, que predica y testimonia el após-
tol, se puede encontrar el sentido de la vida y de
la historia humana.
La vocación apostólica es, pues, una vocación
«martirial» o de testimonio: hacerse disponible
para amar como el Buen Pastor, hasta dar la vida
según los planes salvíficos del Padre. La respuesta
al «sigúeme» de Cristo entraña esta vocación mar-
tirial de dejarlo todo para dedicar la vida a una
caridad sin fronteras (Jn 21,19).
6. Actitud apostólica ante el misterio
de la conversión
El apóstol se encuentra continuamente ante un
misterio: la conversión. Este misterio tiene dos fa-
cetas: la acción de la gracia y la colaboración libre
de la persona humana. Esta realidad hace sufrir es-
pecialmente porque el fruto de una acción apostó-
lica no siempre es inmediato, claro y permanente.
El hecho tiene sus aplicaciones especiales cuando
se trata de la conversión a la fe cristiana.
Podemos especificar algunos momentos de con-
versión: del paganismo a la fe, del pecado a la gra-
Actitud apostólica 163
cia, de la vida ordinaria a la vida de perfección, etc.
Todo ello supone un cambio profundo en el «con-
vertido» y, especialmente, un don de Dios. La co-
laboración del apóstol en este campo se traduce or-
dinariamente en una actitud de humildad, de perse-
verancia, de sufrimiento, de esperanza.
A) LLAMADA AL «BAUTISMO» Y A LA
«CONVERSIÓN»
El apóstol cristiano llama a un «bautismo» o a
un proceso de configuración con Cristo. De hecho,
Jesús envió a los apóstoles con el mandato de bau-
tizar. Es un mandato que urge, por encima de las
opiniones sobre la misión y la evangelización
(Mt 28,19). La Iglesia ha sentido y seguido siem-
pre este mandato urgente, a pesar de las limitacio-
nes personales y estructurales.
En el sacramento del bautismo, instituido por
Jesucristo, se actualiza y hace patente la conversión
y se recibe el Espíritu Santo, a modo de «agua
viva» que hace penetrar en la vida íntima de Dios
(Jn 4,10s); 7,37-39).
Esta realidad bautismal comienza con el rito-sa-
cramento del bautismo, pero es una tarea de toda
la vida que compromete tanto al bautizado como
al apóstol. Los textos bíblicos hablan de marca o
sello del Espíritu Santo (Ef 1,13), vestirse de Cris-
to (Gal 3,27), nueva creación, injerto en Cristo
(Rom 6,2-11), regeneración o nuevo nacimiento
(Jn 3,5), etc.
Se trata, pues, de un proceso de configuración
con Cristo y que tiene como punto de partida prin-
cipalmente el momento de recibir el sacramento.
164 Principios y lineas básicas
Es un proceso de pensar como Cristo (fe), vivir su
misma escala de valores (esperanza), reaccionar
amando como él (caridad), actuar concretamente se-
gún su doctrina y mandamientos (virtudes), etc. Y
este proceso no termina nunca en esta vida, sino
que es una llamada continua de conversión hacia
una plenitud de vida en Cristo que sólo se dará efl
el más allá.
La palabra «penitencia» significa «conversión»
(metanoia), como un proceso de «cambio» para
transformarse en Cristo. Es una disponibilidad de
cambio de «mente» y de vida. Conversión y bau-
tismo se complementan o postulan mutuamente.
Jesús llama a la «conversión» (Me 1,15) y envía
a los apóstoles para predicar la conversión y el bau-
tismo (Le 24,47). El primer sermón de San Pedro,
después de recibir el Espíritu Santo en Pentecos-
tés, es una pauta permanente de predicación; des-
pués de anunciar que Cristo, el Hijo de Dios, ha
muerto y ha resucitado para nuestra redención, hace
una llamada al bautismo y a la penitencia o con-
versión (Act 2,38).
Este proceso de conversión y de bautismo sig-
nifica también adquirir una actitud filial para con
Dios y fraternal para con los hermanos (Mt 18,3).
Los medios de conversión son: ayuno o sacrificio,
limosna u obras de misericordia, oración, etc. Pero
estos medios no pueden convertirse en fin y, por
tanto, no son la «penitencia» o conversión; son
medios y signos manifestativos28
.
28
Los diccionarios de teología bíblica aportan material abun-
dante en las palabras «conversión» (metanoia, penitencia) y
«bautismo».
Actitud apostólica 165
B) ESPIRITUALIDAD MISIONERA ANTE
LA CONVERSIÓN
La espiritualidad del apóstol ante la conversión
es un aspecto de la vivencia del misterio de Cristo,
en el sentido de experimentar este mismo proceso
de conversión en sí mismo compartiéndolo con los
demás. Ha de hacerse todo para todos, compren-
diendo la dificultad de cada uno.
La conversión no depende, en última instancia,
de la acción del apóstol, sino principalmente de
Dios que da la gracia. El apóstol es un «instrumen-
to vivo» o colaborador querido por Dios (PO 2).
No se pueden quemar etapas, ni forzar o violen-
tar. Tampoco se puede perder ninguna ocasión para
hacer transparente y actuante la gracia. La espiri-
tualidad del apóstol ante la conversión es una ac-
titud de mediador, testigo, intercesor.
El misionero o apóstol «ad gentes» acompaña al
neófito—o persona que está realizando una conver-
sión—siguiendo las huellas pedagógicas que Dios
ha dejado en esa misma persona, en la cultura o re-
ligión que le rodea. Pero ello ha de ser sin caer en
el engaño de pensar que todo es bueno. La gracia
de Dios ha ido preparando la conversión, pero el
egoísmo humano ha dejado también sus huellas que
hay que descubrir y superar.
El primer momento de la conversión produce
alegría, incluso euforia. Pero luego sucede un se-
gundo tiempo difícil, al descubrir los defectos de
los cristianos (defectos «de la Iglesia»), al tener
que superar dificultades nuevas en la propia familia
o cultura y al constatar que quienes viven en pues-
tos de responsabilidad eclesial no son tan santos
166 Principios y líneas básicas
como deberían ser. El apóstol debe acompañar con-
tinuamente a los neoconversos, para llegar a adqui-
rir una madurez en la que se constata con mayor
profundidad la realidad sobrenatural de la Iglesia.
El cambio o conversión debe ser «radical», en
el sentido de que el paso al cristianismo no es un
paso más o un grado más de una evolución desde
una religión distinta. Se trata de un paso hacia el
infinito: hacia el misterio de Cristo conocido y vi-
vido explícitamente.
La actitud del converso debe ser algo que arrai-
gue en lo más hondo de las actitudes y motivacio-
nes. De ahí que el catecumenado debe formar más
bien en este sentido de tomar, con la ayuda de la
gracia, una decisión relativamente madura. No bas-
ta con una formación teórica. Si no hubiera un
cambio profundo en el interior, la conversión sería
sólo un barniz superficial.
En la conversión nunca se llega a una perfección
absoluta. El cristiano se va convirtiendo para «bau-
tizarse» en Cristo cada vez más. La actitud espiri-
tual del apóstol es la de no contentarse con tener
unos cuadros u organizaciones perfectas, sino que
ha de llegar a conducir a las personas concretas por
el mismo camino de la vida en Cristo. Sólo este
objetivo puede llenar vivencialmente la persona del
apóstol29
.
29
G. BAEDY, La conversión au cbnstianisme durant les premiers
siécles (Paris, Aubier, 1947); Y. RAGUIN, L'Esprit sur le monde
(Paris, Desclée, JSVS), deuxiéme partie, 8 (face au mystére de la
conversión); A. SF.UMOIS, Conversión chrétienne, en Apostolat,
structure théoloilaue (Rome, Université Pontificale «De Propa-
ganda Fide» 1961) c.IX.
VI. ACTITUDES CONCRETAS DE «VIDA
APOSTÓLICA»
S U M A R I O
Presentación: La «vida apostólica».
1. Líneas bíblicas y conciliares de la «vida apos-
tólica».
A) Línea de «éxodo»: dejarlo todo.
B) Línea de escatología: abrir nuevos caminos.
C) Línea «proíética»: anunciar el Reino.
D) Signo personal de Cristo.
2. La figura espiritual del apóstol.
A) Dimensión de universalidad.
B) Fraternidad apostólica.
C) Generosidad evangélica.
D) Espiritualidad en el ejercicio del apostolado.
3. Las virtudes concretas del Buen Pastor.
A) Las virtudes de la cercanía al hombre con-
creto y a los acontecimientos.
B) La caridad pastoral.
C) Obediencia y «vida apostólica».
D) La virginidad como signo de la caridad pas-
toral.
E) La pobreza y la «vida apostólica».
PRESENTACIÓN
La «vida apostólica»
Cuando se ha querido renovar la entrega gene-
rosa del apóstol a su vocación específica, se ha ha-
blado siempre de «vida apostólica», es decir, de
vida según la doctrina y los ejemplos de los após-
toles *.
El estilo apostólico de cada época se encuentra
a través de una profunda inserción en los proble-
mas que suscita la evangelización, pero con la dis-
ponibilidad del Buen Pastor. No es posible asumir
verdaderamente los problemas reales sin esta dis-
ponibilidad evangélica. Las gracias de Dios son tam-
bién nuevas luces y mociones para redescubrir al-
guna faceta de la disponibilidad de Jesús enviado
por el Padre para salvar a todos los hombres.
Los textos bíblicos básicos a los que siempre se
ha hecho alusión al hablar de la «vida apostólica»,
son éstos: Jn 10 (la doctrina sobre el Buen Pastor);
Me 6,7-13 y paralelos (el envío de los apóstoles);
Act 20,18-26 (discurso de San Pablo en Mileto);
1 Pe 5,1-5 (carta de San Pablo sebre el pastoreo)2
.
La impronta de los apóstoles se ha ido reprodu-
ciendo en las figuras misioneras de la historia. No
resulta fácil resumir en unas pocas palabras las lí-
neas básicas de esta impronta o de este estilo apos-
tólico. Las líneas bíblicas de la «vida apostólica»
se van profundizando y actualizando durante la
1
1
Cí.Vida de San Agustín, escrita por Posidio, c.5. San Agus-
tín vivía «según el modo de la regla establecida por los santos
apóstoles». Véase I. EM LOZAMO, Ve vita apostólica apud canó-
nicos, en Commentarium pro Religiosis 52 (1971) 193-210.
2
Otros textos, con un breve comentario, en J. ESQUERDA, Nos-
otros somos testigos (Salamanca, Sigúeme, 1974) c.3,
Líneas bíblicas y conciliares 169
historia eclesial, que es historia de evangelización.
El Vaticano II puede ser el punto de referencia
para constatar cuál es la aplicación actual de este
estilo apostólico. Partiendo de estas líneas bíbli-
cas y conciliares, vamos a intentar describir la fi-
gura espiritual del apóstol de hoy, subrayando las
virtudes concretas de mayor importancia.
1. Líneas bíblicas y conciliares de la «vida
apostólica»
A ) LÍNEA DE «ÉXODO»: DEJARLO TODO
La llamada a la misión indica siempre una línea
de éxodo o de disposición para cumplir la misión
del Señor dejándolo todo. Es la respuesta de los
apóstoles al «sigúeme» de Jesús (Mt 4,19s). Y es
la postura de Pablo, que se llama a sí mismo «se-
gregado para el Evangelio» (Rom 1,1) porque no
quiere condescender con la carne ni con la sangre
(Gal 1,16).
La misión, en su sentido pleno, incluye una dis-
ponibilidad inicial de desprendimiento que se irá
aplicando a los momentos sucesivos de la vida del
apóstol.
Dejar la patria, la familia, las comodidades, etc.,
para dedicarse plenamente a la misión no es sólo el
hecho de marchar a tierras lejanas para no volver
más, sino principalmente la disponibilidad de arries-
garlo todo si la misión lo exigiera.
El sentido misionero del apóstol existe en la
medida en que éste viva la disponibilidad apostó-
lica de dejarlo todo. La caridad pastoral es la dis-
ponibilidad de «no tener donde reclinar la cabeza»
(Mt 8,20).
170 «Vida apostólica»
El apóstol es un gesto o una transparencia de la
caridad del Buen Pastor. Por esto su vida de en-
trega y de desprendimiento es un signo y estímulo
de la caridad.
Las vocaciones apostólicas se dan en la medida
en que exista esta disponibilidad de éxodo en los
apóstoles. Una vida de «radicalismo evangélico»,
dentro de la sencillez de la vida de Jesús, es siem-
pre fuente de vocaciones apostólicas 3
.
B) LÍNEA DE ESCATOLOGÍA: ABRIR NUEVOS
CAMINOS
En la vivencia de la misión hay un aspecto de
escatología o de abrir camino, en marcha hacia un
más allá desconocido. Es como la respuesta de Pe-
dro al último «sigúeme» del Señor (Jn 21,19). Ade-
más de dejarlo todo, hay que emprender una mar-
cha peregrinante que no tiene lógica humana por-
que no se basa en ventajas inmediatas. Es la acti-
tud de Jesús que tenía que ir a «otra ciudad»
(Mt 10,23). Los designios del Padre llevan al após-
tol a dar un testimonio que puede ser el del «mar-
tirio».
El apóstol, después de un período inicial a veces
heroico, corre el riesgo de instalarse con la excusa
de que tiene que fundamentar la obra comenzada.
Paulatinamente se cae en el olvido de los campos
que quedan por evangelizar. Sin la actitud de esca-
tología o de abrir nuevos caminos, se retrasa de-
masiado el poner en manos de apóstoles nativos las
obras iniciadas.
Se necesita mucho discernimiento para acertar
3
Mt 4,19-20; Le 10,3-4; Jn 12,24; Rom 1,1; Act 20,33
2 Cor 11,7; Mt 10,8; Gal 1,15-17; Heb 3,9.
Líneas bíblicas y conciliares 171
en la elección: hay otras ovejas que conviene evan-
gelizar (Jn 10,16). El mejor medio de acertar es la
disponibilidad de dejarlo todo para emprender nue-
vas empresas apostólicas. Esta misma disponibili-
dad, si es auténtica, hará que el apóstol se quede
por espíritu de sacrificio para acabar de perfeccio-
nar lo comenzado.
«Instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10)
tiene sentido de universalidad y de «escatología»
o de marcha hacia una plenitud de restauración fi-
nal.
La fisonomía propia del apóstol o misionero es
la de «ir», en el sentido de estar siempre dispuesto
para emprender un nuevo camino. Es una dinámi-
ca de plenitud o de totalidad por la que se busca
que todo y todos lleguen a la perfección en Cristo.
El verdadero apóstol deja siempre el campo pre-
parado para futuros evangelizadores. Es un senti-
do de Iglesia peregrina que comunica la capacidad
de descubrir nuevos campos de evangelización y
nuevas situaciones que reclaman la presencia del
apóstol '.
C) LÍNEA «PROFÉTICA»: ANUNCIAR EL REINO
La línea «profética» o de «visión» de los signos
de la actuación salvífica de Dios hace descubrir las
huellas de Cristo en cualquier sector humano o en
cualquier persona. Son huellas que urgen a un en-
cuentro definitivo.
Cuando llega el apóstol a un sector todavía sin
evangelizar, no comienza de cero, sino que encuen-
" LG c7. Véase Le 4,42; Tn 10,16, 15,16, Act 5,42; 2 Cor
5,14; Act 10,38; 12,17; 13,4; 20,22-24; Rom 1,14; Gal 4,19,
Ef 6,14-15.
172 «Vida apostólica:
tra huellas de la gracia de Dios como preparación
para el Evangelio. Estas huellas son una invitación
y una urgencia a un desarrollo hasta la explicitación
cristiana.
La línea profética es, pues, una sensibilidad pa-
ra descubrir las huellas de preevangelización; pero
es también una capacidad de adivinar el camino pe-
dagógico que hay que seguir hasta la fe explícita.
Sería como el descubrir los «signos de los tiempos»
en un momento y en una geografía concreta.
El sentido profético de la misión es también una
sensibilidad y una predilección por el primer anun-
cio del Evangelio «a las gentes». También es un
sentido de totalidad en la evangelización: a todo
hombre y al hombre en toda su integridad.
Con este sentido profético de la misión, por en-
cima de explicaciones sobre la conveniencia o no
de evangelizar a un pueblo, se siente el mandato
urgente del Señor: «Seréis mis testigos... hasta los
últimos confines de la tierra» (Act 1,8).
La línea profética de Jesús es la de llamar a un
proceso de «cambio» o «penitencia»5
. El primer
anuncio profético de Pedro, después de recibir el
Esoíritu Santo en Pentecostés, se resume en estas
palabras: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual
todos nosotros somos testigos...» (Act 2,32). Es
el mismo acto profético de Pablo en el corazón de
la cultura griega (Act 17,31). Pero todo profeta
de Cristo debe experimentar el mismo rechazo, co-
mo cuando el Señor predicó sobre la eucaristía o se
presentó como profeta en Nazaret para predicar
a los pobres. El sentido profético ayuda a descu-
5
Mt 4,17; Me 1,15; Mt 3,2; Le 24,47. El tema de la evange-
lización lo hemos estudiado en el c.III.
Líneas bíblicas y conciliares 173
brir en este «fracaso» la fuerza de la cruz, es de-
cir, k resurrección o la fecundidad apostólica 6
.
D) SIGNO PERSONAL DE CRISTO
En una línea de Iglesia «sacramento universal de
salvación», el apóstol puede ser considerado como
una concretización de esta sacramentalidad ecle-
:sial. Por esto se puede llamar «signo personal» de
Cristo, en cuanto que es enviado por él, le repre-
senta, obra de algún modo en su nombre (según
la misión recibida), es signo de su presencia y de
su acción salvífica7
.
Por la misión recibida y por la unción sacramen-
tal—bautismo, confirmación, orden—, el apóstol es
un signo real de Cristo. Su ser está marcado. Pero
también su función apostólica es la de signo que
expresa, manifiesta y comunica la palabra de Cris-
to, su sacrificio, su acción salvífica y pastoral.
Esta realidad del ser y de la función del apóstol
implica una realidad de sintonización en cuanto
a los sentimientos, a las virtudes, a la disponibili-
dad, a la generosidad del mismo Cristo como en-
viado y Buen Pastor. El apóstol debe ser transpa-
rencia de Cristo.
El apóstol prolonga a Cristo bajo signos sensibles
que son signos de Iglesia y, por tanto, signos de
profetismo, de sacerdocio v de realeza. Son signos
eficaces por el contenido (Cristo, los dones de Dios,
6
El sentido profético de Pablo le hace encontrar fuerza en la
flaqueza: 2 Cor 12 10; 1 Cor 1,18; 2 2; 2 Tim 2,9.
7
El término «signo» puede expresar muv bien el contenido
de los siguientes textos: ln 17,10 («gloria»); Act 2,32 («testi-
gos»); 2 Cor 2,15 («olor»). Véase tnm'wn- I,r 10 16 («el oue a
vosotros oye, a mí me oye»): Jn 20,21 («como me envió mi
Padre, así os envío yo»). El Vaticano II habla de «instrumento
vivo» (PO 13), «participación» y «unión» (AA 2-3).
174 «Vida apostólica»
la Palabra, etc.), por la santidad o testimonio, por
la caridad y comunión 8
. Son signos que se adap-
tan o «encarnan» por el amor a la persona en sí
misma, por la sintonización con los valores autén-
ticos, por la comprensión de los problemas 9
. Son
signos que construyen la Iglesia a través del sufri-
miento y del amor ,0
. Son signos que escandalizan
por su pobreza ". Son signos de desposorio de
Cristo con la humanidad entera '2
y signos de la
maternidad de la Iglesia 13
.
Cuando los apóstoles anuncian que «El vive» (2
Cor 13,4; Ap 2,8), son muy conscientes de que la
misma persona del apóstol es un signo de esta pre-
sencia. Por esto la promesa de Cristo de estar siem-
pre presente (Mt 28,20) tiene también sentido de
presencia en la misión: «Id..., yo estoy con vos-
otros». San Marcos quiere resaltar que, después de
la ascensión, son los apóstoles los que expresan
esta presencia de Cristo: «El Señor Jesús, después
de haber hablado con ellos, fue levantado a los cie-
los y está sentado a la diestra de Dios. Ellos se fue-
ron, predicando por todas partes, cooperando con
ellos el Señor y confirmando su palabra con las se-
ñales consiguientes» 14
.
8
Jn 13 35 («en esto conocerán que sois mis discípulos».. );
Me 16,20 («cooperando con ellos el Señor y confirmando su
palabra con las señales consiguientes»).
9
1 Cor 9,22 («me he hecho todo para todos, para ganarlos a
todos»).
10
Col 1,24 («completo lo que falta a la pasión de Cristo, por
su cuerno que es la Iglesia»).
11
1 Cor 1,17 («evangelizar, no con sabia dialéctica, para que
no se desvirtúe la cruz de Cristo»); Rom 1,16 («no me avergüen-
zo del Evangelio»): 1 Cor 1,18 («la doctrina de la cruz es necedad
para los que se pierden» ..).
12
Ef 5,32; 2 Cor 11,2.
15
Gal 4 19. Véase el c.X.
14
Sacrosanctum conciHum n 7 subraya los signos litúrgicos.
Lumen gentium n 48 indica esta presencia de Cristo en la Iglesia
en cuanto que es «sacramento universal de salvación».
Figura espiritual del apóstol 175
2. La figura espiritual del apóstol
Hemos visto en el capítulo cuarto algunos tra-
zos de la figura espiritual del evangelízador según
Evangelü nuntiandi15
. Allí se indicaba una línea de
servicio de la unidad eclesial en la verdad y en la
candad, como respuesta a una problemática actual.
Ahora veremos los grandes trazos de la figura es-
piritual del apóstol como línea constante de aplica-
ción de la «vida apostólica».
A) DIMENSIÓN DE UNIVERSALIDAD
La «vida apostólica» incluye la nota de univer-
salidad o de disponibilidad misionera sin fronteras.
El apóstol, centrado en su trabajo concreto, corre
muchas veces el riesgo de perder de vista la evan-
gelización universal. Sin esta perspectiva misione-
ra, la labor apostólica pierde su fuerza e incluso
produce el cansancio o el desánimo, al faltar la vi-
sión de conjunto y al analizar unilateralmente los
problemas locales.
La obra apostólica concreta que se lleva entre
manos, tanto en los países o comunidades ya cris-
tianas como en los países o sectores humanos llama-
dos de misión, nunca debe considerarse tan urgente
y exclusiva que haga olvidar la misión universal de
li Iglesia.
La mi:m;i comunidad cristiana que comienza en
i.n sector humano necesita orientar su crecimiento
y su evolución en esta línea misionera. La madu-
15
Evangelti nuntiandi 76-79. Completar con Máximum illud,
2.' parte; AAS 11 (1919) 440-455; Saecula exeunte: AAS 32
(1940) 249-260; AG 23-25.
176 «Vida apostólica»
rez de una comunidad cristiana se mide por la vi-
vencia de esta perspectiva universal.
La caridad apostólica no tiene fronteras, ni en la
geografía ni en los sectores y ambientes humanos.
Jesús llama a la fe a todos (Mt 11,28), da la vida
por todos (2 Cor 5,15) y su redención es para to-
dos (Jn 12,32). Jesús envió a sus apóstoles a pre-
dicar a todas las gentes (Me 16,15) y, por consi-
guiente, éste es el horizonte en que se mueve el
apóstol.
Sentido universal es también sentido de totali-
dad, puesto que el Evangelio debe ser predicado
a todos los hombres, al hombre integral, a todos los
sectores de la humanidad (cultura, ambiente, men-
talidad, etc.).
La acción apostólica se mueve en una dinámica
histórica que lleva hacia una restauración final de
todo en Cristo resucitado. Los trabajos apostólicos
más concretos se orientan hacia esta «escatoJogía»
o final de la evangelización.
El celo apostólico insta a «predicar el Evangelio
no sólo en zonas geográficas cada vez más vastas...,
sino a alcanzar con la fuerza del Evangelio los cri-
terios de juicio, los valores determinantes, los pun-
tos de interés, las líneas de pensamiento, las fuen-
tes inspiradoras y los modelos de vida de la huma-
nidad que están en contraste con la paiabra de Dios
y con el designio de salvación» lé
.
Todos los valores cristianos son una llamada a la
universalidad, porque Jesús es el centro de la crea-
ción y de la historia. Dios es Padre de todos y co-
munica su Espíritu a todos los que creen en Jesús.
Por esto el celo apostólico quiere contagiar todo de
Evangelii nuntiandi 19.
Figura espiritual del apóstol 177
Evangelio (Rom 15,19). El apóstol cristiano es el
hombre universal, el «hermano universal» (Carlos
de Foucauld), que quiere abarcar todo y a todos en
Jesucristo de camino hacia el Padre 17
.
B) FRATERNIDAD APOSTÓLICA
El apóstol actúa siempre en una línea de comu-
nión eclesial que garantiza la acción apostólica como
tal. La «vida apostólica» es vida comunitaria o de
fraternidad. Jesús escogió a los Doce, envió a los
discípulos de dos en dos y condicionó la eficacia
apostólica a la unidad fraterna entre los evangeli-
zadores18
. La misión incluye, pues, la comunión.
En la fraternidad apostólica aparece el mensaje
cristiano de Dios Amor, que es uno y trino. El
hombre es imagen de Dios en cuanto forma una
comunidad familiar (Gen 1,27). El apóstol es ima-
gen de Dios Amor en la medida en que viva la
misión en la comunión: «Yo les he dado la gloria
que tú me diste, a fin de que sean uno, como nos-
otros somos uno» {Jn 17,22).
La vida de fraternidad es vida de comunidad o
de intercambio y de ayuda mutua. En este sentido
se potencia la vida del apóstol. Pero la eficacia
apostólica proviene fundamentalmente del signo de
unidad como portador de la presencia de Cristo
(Mt 18,20).
El fundamento de la fraternidad apostólica es la
caridad. Si se tratara sólo o principalmente de la
afinidad psicológica, la fraternidad podría empobre-
cer. En cambio, cuando es la caridad cristiana el
" Mt 13,33; 22,9; 28,19; 25,31; Le 2,30-32; Mt 26,28;
Jn 3,16; 18,37; Act 1,8; 2,17; Rom 1,16; 10,12; 2 Cor 2,14:
Ef 1,10; 2 Cor 5,14-15; Ef 4,5-6.
18
Me 3,14; Le 10,1; Jn 13,35; 17,21.
178 «Vida apostólica»
fundamento de la fraternidad, ésta queda enrique-
cida por la aportación de valores distintos. Sólo la
caridad puede hacer de la variedad de dones una
comunión o unidad sin caer en la uniformidad.
La finalidad de la fraternidad es la ayuda mutua
y el intercambio de dones distintos. Esta comunión
apostólica tiene lugar en múltiples campos: pas-
toral, renovación cultural, vida espiritual, amistad,
comunicación de bienes materiales y morales, etc.
La fraternidad no es fin en sí misma, sino medio
y expresión de la caridad. La vida común material
sin esta fraternidad o vida comunitaria, no tendría
ningún valor de signo cristiano.
Los condicionamientos psicológicos de la frater-
nidad tienen su importancia: número reducido del
grupo apostólico, afinidad de temperamento y de
mentalidad o edad y formación, ideales concretos
de trabajo en común, confianza mutua, etc. Pero
estos valores dejarían de ser portadores del mensa-
je apostólico si se constituyeran en primer valor y
se olvidaran otros aspectos de la fraternidad: la co-
munidad cristiana en general, el grupo evangeliza-
dor al que se pertenece, las personas más necesita-
das de este mismo grupo (ancianos, por ejemplo).
Así, pues, estos condicionamientos psicológicos, lle-
gado el caso, deben dejar paso a una inmolación
apostólica que es generadora de mayor fraternidad
y comunión.
La fraternidad apostólica debe concretizarse prin-
cipalmente en la pastoral de comunión y en la vida
espiritual. La llamada pastoral de conjunto o de
comunión es un intercambio de experiencias y una
aportación mutua en los diversos campos del mi-
nisterio: servicio de la Palabra, signos litúrgicos y
Figura espiritual del apóstol 179
sacramentales, acción pastoral en general (comu-
nión, organización, etc.). La fraternidad en la vida
espiritual puede concretarse en una ayuda para la
vida de oración, para la generosidad evangélica, pa-
ra la dirección espiritual y revisión de vida, etc.15
La fraternidad debe realizarse entre las diversas
vocaciones apostólicas y entre los diversos grupos,
descubriendo h necesidad del carísma de los demás
—laicos, religiosos, sacerdotes, ministros—. Esta
fraternidad ayuda a equilibrar los servicios—Pala-
bra, liturgia, dirección—, planifica la distribución
de los apóstoles y crea lazos de amistad y de ser-
vicio mutuo 20
.
C) GENEROSIDAD EVANGÉLICA
La eficacia del apostolado se basa en la gracia
de Dios. Pero ésta actúa en un marco de oración y
de generosidad evangélica que no ponga obstáculos
a los planes evangélicos. El apóstol es un «instru-
mento vivo» (PO 12) de la acción de Cristo.
En este campo de colaboración a la gracia de Dios,
la generosidad evangélica del apóstol, es decir, una
vida de entrega como la vida del Buen Pastor, se
convierte en un signo de la vida del Señor, espe-
cialmente por la práctica de los consejos evangéli-
19
F. ALVAREZ MARTÍN, etc., Pastoral de conjunto (Madrid
1966); J. DELICADO, "Pastoral diocesana al día (Estella, Verbo
Divino, 1966); J. M. ECHEMQUE, Pastoral de la cooperación mi-
sionera (Madrid, PPC, 1969); J. ESQUERDA, La distribución del
clero (Burgos, Facultad Teológica, 1972); C. FLORISTÁN, M. U S E -
ROS. Teología de la acción pastoral (Madrid, BAC, 1968);
I. F, MOTTE, F BOULARD, Hacia una pastoral de conjunto (San-
tiago de Chile, Paulinas, 1964).
20
Para el tema de la vida de fraternidad sacerdotal en el
l)
reiv
Mt°r¡o, véase el clO d? J. FSQUERDA, Teología de la espiri-
tualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976).
180 «Vida apostólica»
eos, que en el Vaticano II se llaman «signos y es-
tímulos de la caridad» (LG 42).
La vida del apóstol debe reflejar el misterio de
la muerte y de la resurrección de Jesús. Ser testi-
gos de este «misterio pascual» significa presentar
una vida consagrada a un campo de caridad. El ser-
vicio apostólico es el de anunciar, hacer presente
y comunicar el misterio pascual de Cristo. Pero pa-
ra ello el apóstol debe presentar una vida de «bau-
tizado en la muerte» de Cristo (Rom 6,3).
Pablo se llamaba a sí mismo «crucificado con
Cristo» (Gal 2,19). Apostolado y cruz son dos as-
pectos de una misma realidad: «Si el grano de tri-
go no muere en el surco, no da fruto» (Jn 12,24).
Vivir «segregado para el Evangelio» (Rom 1,1)
no es más que una vida de caridad o de total dedi-
cación al encargo o misión recibida de anunciar el
Evangelio. Dedicación a este campo de caridad su-
pone arriesgar tiempo, escala de valores, intereses
personales, etc. Por esto la caridad apostólica es re-
nuncia por ser dedicación. La caridad no existe sin
renuncia.
Para predicar las bienaventuranzas no queda otro
camino que el de presentar una vida que intente
reaccionar amando en todas las circunstancias. El
evangelizador llama a vivir esta enseñanza de Je-
sús, que es el punto central del Evangelio- bien-
aventuranzas, mandamiento del amor, «Padre nues-
tro». Por esto, debe presentar una vida que sea
un mordiente (luz y sal) de esta realidad evangé-
lica.
La generosidad evangélica es una imitación de la
vida de Cristo «apóstol» en algunos de sus aspec-
tos. Jesús vivió y evangelizó desde unas circuns-
Figura espiritual del apóstol 181
tancias de entrega que no son obligatorias para to-
dos. Pero a los apóstoles les llamó a compartir esta
vida o a «beber su cáliz» (Me 10,38). Al mensaje
evangélico «merece que el apóstol le dedique todo
su tiempo, todas sus energías y que, si es necesa-
rio, le consagre su propia vida» 21
.
La generosidad evangélica se traduce siempre en
gozo del Espíritu. El anuncio del ángel a María y
a los pastores, la visita de María a Isabel con el
cántico del Magníficat, la predicación de las bien-
aventuranzas, la promesa del Espíritu Santo, las pa-
rábolas de la misericordia y el mensaje pascual son
expresiones de un gozo salvífico que sólo lo da el
Señor y que se recibe en la medida en que se sepa
amar en los momentos de sufrimiento y de dificul-
tad. Es el mensaje «evangélico» o anuncio del gozo
salvífico que proviene de la muerte y resurrección
de Jesús.
D) ESPIRITUALIDAD EN EL EJERCICIO'
DEL APOSTOLADO
La vida apostólica de Jesús, es decir, la puesta
en práctica de la misión recibida del Padre, tiene
una variedad de momentos: Nazaret, desierto, pre-
dicación, búsqueda, coloquios, Tabor, Getsemaní,
cruz, resurrección... Para Jesús todo es misión o
apostolado, lo mismo cuando habla al Padre sobre
los problemas de los hombres como cuando habla
a los hombres sobre los intereses del Padre.
La espiritualidad propia del apóstol se ejercita
en el mismo apostolado, si se entiende en su verda-
dero seqtido de poner en práctica la misión reci-
21
Evangelii nuntiandi 5. En este mismo capitulo explicaremos
las virtudes concretas del Buen Pastor.
182 «Vida apostólica»
bida de Cristo. Prolongar a Cristo no es algo al mar-
gen de la espiritualidad, sino que es la misma es-
piritualidad del apóstol, a condición de prolongar
toda la acción apostólica de Cristo—su oración, su
palabra, su sacrificio, su acción pastoral—y a con-
dición de sintonizar con los sentimientos y la dis-
ponibilidad del Buen Pastor.
Parte integrante de esta espiritualidad apostóli-
ca son los momentos de preparación (Nazaret), los
momentos de retiro (desierto), los momentos de re-
visión personal o comunitaria.
La condición de Iglesia peregrina hace descu-
brir al apóstol la necesidad de poner unos medios
concretos para poder vivir la misión como Cristo.
Estos medios, que Jesús llamó vigilancia y oración
(Mt 26,41), son necesarios por nuestra condición de
viadores y por nuestra naturaleza débil e incluso
desordenada.
Lo que en el Vaticano II se dice de los sacer-
dotes ministros se puede aplicar a los demás após-
toles según la propia vocación: «conseguirán de ma-
nera propia la santidad ejerciendo sincera e incansa-
blemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo»
(PO 13)n
.
La predicación de la Palabra presupone haberla
asimilado por el estudio, y especialmente por la
contemplación. Parte integrante de la predicación
es una vida, interna y externa, de acuerdo con el
mensaje. Participar en el misterio de la muerte y
resurrección de Jesús SÍ: realiza no sólo a través
de sismos externos, sino principalmente por una
vida de crucifixión con Cristo. La acción pastoral
Véase el c.VIIl, sobre la oración y la evangelización.
Las virtudes del Buen Pastor 183
sería sólo acción filantrópica si careciera de las vi-
vencias del Buen Pastor.
La espiritualidad apostólica debe, pues, concre-
tarse en las virtudes apostólicas del mismo Jesu-
cristo como Buen Pastor2i
.
3. Las virtudes concretas del Buen Pastor
El ser, la vivencia íntima y el obrar de Jesucristo
corresponden siempre a la misión recibida del Pa-
dre. Es una misión totalizante. Jesús se llama «un-
gido» o consagrado para una misión (Le 4,18). Pe-
ro esta realidad misionera la manifiesta en actitu-
des concretas que son cada una de las virtudes apos-
tólicas.
Jesús vive pendiente de los planes salvíficos del
Padre. Por esto da la vida según el mandato reci-
bido o según los designios de la historia de salva-
ción querida por el Padre (Jn 10,18). El apóstol de
Cristo encuentra el estilo de la «vida apostólica»
en el ejemplo concreto del Buen Pastor. La mirada
al Padre para conocer y seguir sus planes de sal-
vación, la mirada a los hombres para asumir sus
problemas más hondos, la mirada a sí mismo para
inmolarse en aras de estos dos amores, tal es el
cuadro en el que hay que enmarcar las virtudes
concretas del apóstol.
A) LAS VIRTUDES DE LA CERCANÍA AL HOMBRE
CONCRETO Y A LOS ACONTECIMIENTOS
Se ha querido hablar de «encarnación» como de
una virtud básica del apóstol. La terminología, den-
2J
Véanse los textos magisteriales sobre la figura espiritual del
misionero, en la nota 15. Sobre la espiritualidad del apóstol según
el Vaticano II: AA 4 (laicos); PC 6 (religiosos); PO c.3 (sacer-
dotes ministios). Véase la bibliografía del c.TII.
184 «Vida apostólica»
tro de su limitación e inexactitud, puede servir de
catalizador para suscitar una serie de virtudes di-
fícilmente encuadrables en las listas clásicas. Pe
hecho, la «cercanía» es una línea bíblica del actuar
de Dios en la historia de salvación. La encarnación
del Verbo o Hijo de Dios es el ápice de esta cerca-
nía: Dios con nosotros, Emmanuel.
El apóstol de Cristo sigue esta misma línea de
cercanía al hombre concreto y de asunción de los
acontecimientos históricos, para iluminarlos con la
palabra de Dios y para llevarlos al encuentro con
Cristo resucitado.
Las virtudes de cercanía al hombre y a los acon-
tecimientos suponen, por parte del evangelizado*,
una serie de virtudes que podríamos calificar de
«humanas» o humano-cristianas y que se podrían
resumir en tres actitudes: capacidad de emitir un
juicio recto de valor, capacidad de tomar decisiones,
equilibrio emocional. Todo ello, informado por la
caridad cristiana, se convierte en virtudes concre-
tas de amor a la verdad, de constancia y fortaleza,
de fidelidad a la palabra, de bondad de corazón, de
capacidad para escuchar a los otros 24
.
Con estas virtudes concretas, matizadas por la
caridad pastoral, el apóstol se hace disponible para
el diálogo y la adaptación de métodos o de expo-
siciones doctrinales, es decir, para el llamado pro-
blema de la «aculturación».
La actitud apostólica de diálogo y de compro-
miso podría también concretarse en responsabili-
dad, sentido de captación de los problemas, genero-
sidad, audacia, realismo y esperanza, confianza y co-
munión, autenticidad, etc. Con palabras más sen-
21
AG 23-25 (misioneros); AA 4 (laicos); PO 3 (sacerdotes);
OT 11 y 19 (aspirantes al sacerdocio).
Las virtudes del Buen Pastor 185
cillas podríamos decir que se trata de hacer como el
Señor: «pasó haciendo el bien» (Act 10,30). El
apóstol, como Pablo, presenta una vida al estilo
del Señor: «Sed imitadores míos como yo lo soy
de Cristo» (1 Cor 4,16).
La actitud dialogal del apóstol abarca toda una
serie de virtudes de quien es servidor de la verdad:
humildad, bondad, sinceridad, comprensión, etc.
Existe la capacidad para el diálogo apostólico en la
medida en que existe la disponibilidad para dejar
todo por Cristo. Cualquier apego a comodidades,
méritos y «derechos», así como cualquier recorte en
la perspectiva universal y totalizante de la misión
son la raíz de la falta de diálogo. No es, pues, fun-
damentalmente, la diferencia de cultura o de men-
talidad y psicología, sino los intereses personales
los que producen la ruptura de todo diálogo.
El diálogo apostólico es la continuación del diá-
logo que inició el Verbo hecho nuestro hermano a
.
Por esto, el objetivo del diálogo es la evangeliza-
ción o el anuncio del mensaje de Jesús26
.
El compromiso del apóstol está en la línea del
compromiso del Señor, que se acercó a todos, asu-
mió todos los problemas como propios, pero respe-
tó las soluciones temporales y las diversas opcio-
nes técnicas. El mensaje evangélico llega a todas las
circunstancias humanas, pero deja un campo de li-
bertad cuando son varias las opciones posibles o hi-
pótesis de trabajo. El compromiso del apóstol va a
la raíz, ayudando todo cuanto sirva para la caridad
y denunciando todo cuanto nazca del pecado o lleve
al odio y a la división e injusticia, sin someterse a
25
Ecclesiam suam: AAS 58 (1964) 647ss.
26
Evangelii nuntiandi 78. Véase el c.IV n.5 (Espiritualidad
como servicio a la verdad).
186 «Vida apostólica»
ningún sistema y a ninguna ideología, sin condicio-
narse a ningún grupo y a ninguna presión27
.
B) LA CARIDAD PASTORAL
Todas las virtudes del Buen Pastor se resumen
en la caridad pastoral. Propiamente, todas son al-
gún aspecto o consecuencia de esta virtud de la ca-
ridad, que es «la raíz de todas las virtudes» (SAN-
TO TOMÁS).
Toda la vida del Buen Pastor es una marcha ha-
cia «la hora» del Padre (Jn 2,4; 17,1). Jesús vive
pendiente del «mandato» y de la «obra» encargada
por el Padre (Jn 10,18; 17,4).
La caridad pastoral de Cristo y de sus apóstoles
o enviados es la disponibilidad de dar la vida se-
gún los intereses salvífkos del Padre acerca de la
redención de todos los hombres. Son, pues, tres los
aspectos principales de la caridad pastoral: la dis-
ponibilidad respecto a los planes salvífkos de Dios,
la disponibilidad de cercanía a los problemas de los
hermanos a la luz de estos mismos planes salvífi-
cos, la disponibilidad de inmolar la propia vida por
estos objetivos.
La caridad pastoral es la virtud clave de la «vida
apostólica» M
. Es la virtud que unifica la vida del
apóstol, evitando la dispersión en criterios y actitu-
des. La caridad pastoral es totalizante, atrapando la
persona del apóstol y dedicándola completamente a
" De sacerdotio ministeriali (Sínodo de 1971). 2.-" parte, 1,2.
Véanse los documentos sociales en: Ocho grandes mensajes...,
Kerum novarum, Quadragesimo anno, Mater et Magistra, Pacem
in terris, Ecclesiam suam, Populorum progressio, Octogésima
adveniens (Madrid, BAC, 1974).
28
Act 20,17-35; 1 Pe 5,1-5; Tn 10,1-18; 2 Cor 5,14; 12,15.
J. DUPONT, Le discours de Milet, testament pastoral de Saint Paul
(Paris, Cerf, 1962).
Las vutudes del Buen Pastor 187
la obra de evangelización. Todo queda condiciona-
do a esta dedicación plena que se intenta conseguir.
Por esto la espiritualidad propia del apóstol puede
calificarse de «ascética del pastor de almas» (PO
13). Es un dar a los demás lo mejor de sí mismo
(Juan XXIII); es, principalmente en los sacerdo-
tes ministros, «el máximo testimonio del amor»
(PO 11). El examen del apóstol lo hace el Señor
sobre la caridad pastoral (Jn 21,15ss).
La caridad pastoral se concretiza en las líneas bí-
blicas de éxodo o de dejarlo todo, escatología o dis-
ponibilidad de abrir nuevos caminos, profetismo o
anuncio valiente del Evangelio en las circunstancias
ocncretas; en una palabra, consiste en ser transpa-
rencia o signo de Cristo Buen Pastor.
Si caridad pastoral significa «dar la vida» (Jn
15,13), éste es el sentido sacrificial o de holocausto
de la vida del apóstol, que se esfuerza por vivir «cru-
cificado con Cristo» 29
. Dar la vida significa arries-
gar o inmolar el propio criterio, la propia voluntad,
los propios bienes, la propia afectividad. Son las
virtudes concretas del Buen Pastor: humildad y
obediencia, pobreza, virginidad. Es una vida de des-
posorio o de «alianza» (Mt 26,28). Es la «copa de
bodas» o de «alianza» que Cristo ofrece a sus ami-
gos, a quienes ha hecho partícipes de la misión re-
cibida del Padre (Me 10,38).
La caridad pastoral es el servicio del apóstol (Mt
20,28). Su servicio es de dedicación o consagración
para toda la vida. Es un servicio de la Palabra o
mensaje (servicio profético), servicio de los signos
de salvación (servicio sacramental), servicio de ac-
ción pastoral (o de comunión y dirección). El servi-
29
Rom 6,3-11; Gal 2,19-20; Flp 2,5-11; 2 Tim 2,10-12.
188 «Vida apostólica»
ció de la caridad pastoral no está condicionado a
los gustos personales del apóstol ni tampoco a las
preferencias o gustos ambientales. El apóstol debe
servir amando como Pablo: «aunque amándoos más,
sea menos amado de vosotros» (2 Cor 12,15)30
.
C) OBEDIENCIA Y «VIDA APOSTÓLICA»
Un aspecto concreto de la caridad pastoral es la
virtud de la obediencia. Se podría llamar también
humildad ministerial31
. Toda la vida del Buen Pas-
tor gira en torno a la voluntad salvífica del Padre.
Esta actitud de obediencia es una concretizaciófl o
signo de la caridad pastoral12
.
La voluntad salvífica de Dios se manifiesta al
apóstol a través de signos pobres y limitados. Dios
obra por causas segundas. La dificultad de la obe-
diencia no estriba tanto en hacer la voluntad de
Dios en sí misma cuanto en el modo cómo Dios
manifiesta su voluntad: a través de acontecimien-
tos y de personas. Las inspiraciones interiores son
luces de Dios que ayudan a descifrar su voluntad
manifestada en estas circunstancias externas. La in-
molación del apóstol (caridad pastoral sacrificial),
en este caso, consiste en ir superando los propios
criterios y los propios gustos e intereses, para so-
meterlos a los planes salvíficos del Padre.
Cuando en el apóstol hay la disponibilidad de
dar la vida, las limitaciones y «pobreza» de los
signos por los que Dios manifiesta su voluntad son
30
El Vaticano II acentúa esta línea de servicio; cf. LG c.3.
J. LOEWE, Perfil del apóstol de hoy (Estella, Verbo Divino, 1966);
M. PEINADO, Solicitud pastoral (Barcelona, Flors, 1967).
31
Véase el c.V,l,A.
32
Flp 2,5-11; Heb 10,7; Le 2,49s; Jn 4,34; 5,30; 8,29; 10,18
y 29; Mt 11,26; Jn 12,27-28; 14,9 y 31; 17,4; Le 22,42;
Jn 18,11; 19,30.
Las virtudes del Buen Pastor 189
más bien un signo de la bondad misericordiosa del
Señor. Pero, cuando falta esa disponibilidad inicial,
cualquier defecto, especialmente en las personas,
es una excusa «suficiente» para convencerse de que
no puede ser la voluntad salvífica de Dios.
La obediencia ministerial, íntimamente unida a
la humildad, hace descubrir, en todo y en todos,
signos e instrumentos de la gracia. En este senti-
do, la obediencia del apóstol se ejercita tanto cuan-
do la voluntad de Dios se manifiesta a través de
un superior, como cuando se expresa por un cola-
borador, un inferior o un acontecimiento. La obe-
diencia apostólica es un aspecto del «sentido de
Iglesia» y una concretización del mandamiento del
amor: reconocer a los otros como parte integrante
de la comunión eclesial y como instrumento de
gracia. La obediencia ayuda a descubrir la necesi-
dad de la acción apostólica por parte de otros ser-
vidores del Evangelio.
La obediencia modela la figura espiritual del
apóstol y hace desarrollar su personalidad apostó-
lica en el sentido de madurarla en la caridad. Con
este espíritu de inmolación de la propia voluntad
y de los propios criterios—si se admite esta termi-
nología imperfecta—, se encuentra verdaderamen-
te los deseos más íntimos del apóstol. Es una li-
bertad respecto a condicionamientos internos y ex-
ternos. Ni se siguen los propios caprichos o egoís-
mo, ni se secundan los intereses personalistas de
los demás.
En las diversas manifestaciones de la voluntad
salvífica de Dios, hay un punto de referencia,
como «principio de unidad», que armoniza y ga-
rantiza la naturaleza del signo: es el servicio ecle-
190 «Vida apostólica»
sial de la autoridad o jerarquía. Así es la natura-
leza de la Iglesia, según la voluntad del mismo
Cristo. Cuando consta verdaderamente del ejerci-
cio legítimo de esta autoridad, todos los demás
signos, incluso los más «carismáticos», serán sig-
nos del querer divino en tanto en cuanto se armo-
nicen con la visibilidad de la Iglesia33
.
En esta línea de obediencia apostólica es tan di-
fícil manifestar honradamente el propio criterio y
opinión como el someterse al parecer y opiniones
de los demás. En uno y otro caso, la autenticidad
del apóstol está en la actitud de dar la vida arries-
gando las ventajas personales. Así, la obediencia es
tan voluntaria como responsable M
.
D) LA VIRGINIDAD COMO SIGNO DE LA CARIDAD
PASTORAL
La terminología sobre este tema es fluctuante:
celibato, castidad, virginidad. Pero por encima de
las palabras y de sus ecos psicológicos está la reali-
dad evangélica: un carisma que participa de la rea-
lidad vivencial del Buen Pastor y que es signo y
estímulo de la caridad pastoral. En el Nuevo Tes-
tamento se le llama «virginidad» 35
.
Jesús vivió en esta disponibilidad afectiva, que
era una dedicación esponsal a la misión encargada
por el Padre. Llamó a los doce apóstoles a compar-
tir esta vida de caridad pastoral36
. Y el Señor sigue
33
LG 8 y c.3; PO 15. La acción eclesial se fundamenta «sobre
los apóstoles» (Ef 2 19-20).
M
CL. DILLENSCHNEIDER, El Espíritu Santo y el sacerdote (Sa-
lamanca, Sigúeme, 1965); L. LOCHERT, Autoridad y obediencia
en la Iglesia; P. LUMBRERAS, La obediencia, problemas y actua-
lidad (Madrid, Studium. 1957); H. RONDET, L'obéissance, pro-
Heme de vie, mystére de foi (Paris, Mappus, 1966).
35
Mt 1,23; 2 Cor 11,2; Ap 14,4; 1 Cor 7,25.
36
Me 3,14; 1 Cor 7,25ss.
Las virtudes del Buen Pastor 191
llamando por este camino a algunos apóstoles, es
decir, a los que quieren dedicarse esponsalmente a
la misión.
Los signos cristianos tienen relación con el mis-
terio pascual de Jesús, es decir, con su muerte y
resurrección. Por esto, presentan la misma dificul-
tad de «escándalo» en cualquier cultura, mentali-
dad y ambiente histórico, sin excepción. La virgi-
nidad cristiana es un signo del misterio de la resu-
rrección del Señor, especialmente de la restaura-
ción final de todas las cosas en Cristo. Este signo
correrá, pues, la suerte del mismo misterio que
significa, como cuando Pablo anunció la resurrec-
ción en el corazón de la cultura grecorromana
(Act 17,31-34).
El significado y la fuerza apostólica de la virgi-
nidad arranca de la dimensión cristológica—despo-
sorio y amistad con Cristo—, de la dimensión
eclesial—ser un signo de Iglesia fiel y fecunda—,
de la dimensión escatológica—ser un signo de la
resurrección—. El signo es pobre o limitado, vul-
nerable para la lógica y la «sabiduría» humana,
como todos los signos de la presencia y de la ac-
tuación de Cristo.
En la construcción de toda Iglesia o comunidad
eclesial particular, este signo, como los demás, tie-
ne su importancia y necesidad. No se podría hablar
de Iglesia particular plenamente establecida y ma-
dura, si no hubiera allí mismo, nacido en la misma
comunidad, este carisma de madurez en la candad.
En el desarrollo de la personalidad del apóstol
—dimensión también antropológica, además de
cristiana—, es necesario subrayar dos aspectos: la
intimidad esponsal y la dedicación al ideal apostó-
192 «Vida apostólica»
lico. Si alguien se hubiera comprometido en el te-
rreno de la virginidad y luego no tuviera esta inti-
midad con Cristo y esta dedicación de celo apostó-
lico—que siempre es universal—, habría un fallo
en la misma virginidad; podría haber una ascética
y una cierta fidelidad a un compromiso, pero no
existiría propiamente la virginidad apostólica (se-
ría sólo una especie de «soltería»). Lo mismo ca-
bría decir si, junto al compromiso de la virginidad,
hubiera una vida rodeada de otros bienes y venta-
jas terrenas (sería una especie de adulterio o divor-
cio). Por otra parte, no es posible perseverar en la
vida de virginidad sin la intimidad profunda con
Cristo, que se expresa en una vida de oración.
El carisma de la virginidad es siempre una dedi-
cación a un campo de caridad y de apostolado: vida
contemplativa, ministerial, de servicio de cari-
dad, etc. No se busca la virginidad en sí misma,
sino que es una aspecto de la caridad. Por esto la
virginidad cristiana, especialmente en su relación a
la misión, no puede entenderse si no es a la luz de
la fe 37
.
La virginidad es don de Dios y, por ello mismo,
supone la colaboración del apóstol. Todo apóstol,
sin excepción, está comprometido a cultivar este
don en la comunidad. Y si es él quien posee este
don, tiene que emplear los medios necesarios de
perseverancia: oración, sacrificio, devoción maña-
na, sacramentos, etc. Como medio apostólico es-
pecífico está la misma fraternidad apostólica como
sostén de la generosidad.
Cuando un apóstol ha sido llamado al apostola-
37
Me 19,10-12; Le 20,35; 1 Cor 7,25; Ap 14,1-5. Véase
Sacra Virginitas: AAS 46 (1954) 161-191; Sacerdotalts coelibatus:
AAS -59 (1967) 657-697.
Las virtudes del Buen Pastor 193
do por este camino de una entrega esponsal de vir-
ginidad, este don de Dios no le pertenece, sino
que pertenece a la comunidad (como todos los ca-
rismas); por tanto, es también la comunidad la
responsable de la perseverancia y de la alegría en
la vivencia de este carisma. El mismo apóstol no
puede decidir personalísticamente—o sólo por in-
tereses personales—en el caso de dudas o crisis.
La virginidad apostólica es un signo de Iglesia que
pertenece a toda la Iglesia.
La «soledad» sensible que puede producir la vir-
ginidad, se convierte en «soledad llena de Dios»,
en fecundidad de Iglesia, en signo y mordiente de
la caridad o del mandamiento del amor 38
.
E) LA POBREZA Y LA «VIDA APOSTÓLICA»
El apóstol se siente más cuestionado por la rea-
lidad evangélica de Jesús que por explicaciones teó-
ricas más o menos profundas. No es la lógica de
las ideas la que ha llamado al apóstol, sino la per-
sona del Buen Pastor que vivió pobre (Mt 8,20) y
llamó a los doce apóstoles a compartir esta vida de
pobreza (Mt 10,5ss).
Se podría discutir siempre hasta dónde debe lle-
gar la posesión y el uso de los bienes de la tierra
(no sólo el dinero). Pero lo que es incuestionable
es que el apóstol debe presentar en su propia vida
un sismo de Cristo pobre. Las vocaciones concretas
pueden ser en una gama de posibilidades, pero
siempre ha de haber este signo de pobreza que es,
38
Sacerdotalts coelibatus: AAS 59 (1967) 657s. Véase L. LE-
GRAND, La virginité dans la Bible (París 1964); M. MORALES,
La virginidad (Madrid 1962); J. M. PERRIN, La virginidad (Ma-
drid, Rialp, 1954).
Espiritualidad misionera 7
194 «Vida apostólica»
por ello mismo, signo de las bienaventuranzas:
aventurarlo todo por la caridad.
Ni la pobreza, ni la obediencia, ni la virginidad,
son un valor por sí mismas. Sólo adquieren su pro-
pio valor como signos y estímulos de la caridad.
En nuestro caso, se trata de la caridad pastoral.
Hay en el apóstol un espíritu de pobreza, cierta
práctica de pobreza y cierto compromiso de pobre-
za, más o menos implícito según el grupo evange-
lizador a que pertenece o según la llamada apostó-
lica. La misión que Cristo comunica a los suyos in-
cluye, además del espíritu de pobreza o disponibi-
lidad en aras de la caridad, una cierta práctica de
la misma y un cierto compromiso o propósito.
La pobreza apostólica no es la pobreza o mise-
ria que deriva de una situación social (culpable o
injusta). Esa pobreza es un mal. El mejor medio
para evitar y destruir este mal es la pobreza evan-
gélica del apóstol, porque estimula a todos los cris-
tianos a compartir sus bienes.
La pobreza del apóstol no excluye el uso de me-
dios de apostolado o de seguridad social. Tampoco
es un desprecio de los bienes como creaturas de
Dios. Es más bien una propiedad o un uso de es-
tos bienes de modo que sirvan para cumplir mejor
el precepto de la caridad y, en el caso del apóstol,
la entrega a la caridad pastoral. Por esto la pobreza
oráctica del apóstol es una exigencia—dentro de
las diversas posibilidades o vocaciones—que supo-
ne una disponibilidad de todo para poder servir me-
jor en el campo propio de apostolado. El pueblo
de Dios y todas las personas que deben ser evan-
gelizadas tienen necesidad y tienen el derecbo de
ver el signo del Buen Pastor,
Las virtudes del Buen Pastor 195
La pobreza apostólica es, más que privación, una
plenitud de caridad. Tiene sentido de comunión
con Dios, con el pueblo de Dios y con los demás
apóstoles. La pobreza es una parte integrante de la
«vida apostólica».
Las señales de la verdadera pobreza apostólica
podrían reducirse a éstas: no considerarla como
un valor en sí mismo o como un medio para con-
vertirse en un «ídolo» de un grupo, disponibilidad
en cuanto a toda clase de bienes materiales y espi-
rituales, sufrimiento por ver que uno no es sufi-
cientemente pobre como Cristo, humildad al ver
las dificultades propias por alcanzar esta virtud,
deseo constante de aumentar la realidad de este
signo del Señor, necesidad de comunión...
En este como en otros temas cristianos, juega un
papel determinante y decisivo el llamado «discer-
nimiento de espíritus». Pero ya la misma actitud de
querer ser pobre como Cristo, es una posibilidad de
ver mejor cuál es la moción de la gracia. Quien
quiere verdaderamente ser fiel a este carisma, sien-
te la necesidad de la ayuda de otros, especialmente
por la fraternidad apostólica, por la revisión de
vida, por la dirección espiritual. La pobreza evan-
gélica nace del encuentro periódico con Cristo es-
condido en los signos pobres de Iglesia: Eucaris-
tía, revelación, magisterio, liturgia, comunidad, su-
frimiento... 39
39
A. ANCEL, La pobreza del sacerdote (Madrid, Euramérica,
1957); Y. M. CONGAR, El servicio de la pobreza en la Iglesia
(Barcelona, Estela); P. GAUTHIER, LOS pobres, Jesús y la Iglesia
(Barcelona, Estela, 1964); J. M. IRABURU, Pobreza y pastoral
(Estella, Verbo Divino, 1968); M. JUNCADELLA, Espiritualidad
de la pobreza (Barcelona, Nova Terra, 1965); LÓPEZ MELÚS,
Pobreza y riqueza en los evangelios (Madrid, Studium).
VIL FIDELIDAD A LA MISIÓN DEL
ESPÍRITU SANTO
S U M A R I O
Presentación: Espíritu Santo y misión.
1. Importancia y actualidad del tema.
2. Síntesis bíblica.
3. Cristo, enviado y movido por el Espíritu Santo.
4. Los apóstoles, enviados por el Espíritu Santo.
5. María, tipo de la Iglesia, fiel a la misión del
Espíritu Santo.
6. La fidelidad a la misión del Espíritu Santo.
7. Discernir la acción del Espíritu Santo en la
misión.
8. La vida apostólica según el Espíritu Santo.
PRESENTACIÓN
Espíritu Santo y misión
La misión de Jesucristo se presenta como mi-
sión por el Espíritu '. Con esta misma perspectiva
aparece la misión apostólica 2
. Por esto San Pablo
puede resumir su vida diciendo que es «prisionero
del Espíritu» y que obra por la «fuerza» del Espí-
ritu Santo 3
.
El concilio Vaticano II, al presentar el tema de
la misión, comienza con esta misma perspectiva tri-
nitaria y neumatológica. La naturaleza misionera de
la Iglesia es tal por tomar su origen «de la misión
del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según
el propósito de Dios Padre» (AG 2). La misión
cristiana, pues, arranca de los planes salvíficos del
Padre puestos en práctica a través de la misión de
Jesús (AG 3). Pero esta misión efe Jesús continúa
en la Iglesia por la fuerza del Espíritu. La misión
es el don de Cristo resucitado a su Iglesia.
Hay una relación estrecha entre la anunciación
y Pentecostés:
«Fue en Pentecostés cuando empezaron los 'he-
chos de los Apóstoles', del mismo modo que Cristo
fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre
la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra
de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo
descendió sobre él mientras oraba» (AG 4).
La Iglesia se hace «apostólica» por la comuni-
cación del Espíritu Santo el día de Pentecostés^
como fruto de la muerte y resurrección de Jesús.
1
Mt 1,18-20; Le 4,1.18; 10,21s.
2
Jn 20,21-23; Act 1,5-8.
3
Act 20,22; Rom 15,18; 1 Tes 1,4-7.
L98 La //miau del Lsp/i/lu Santo
«El Espíritu Santo unifica en la comunión y en
il ministerio y provee de diversos dones jeráiquitos
y catismáticos a toda la Iglesia a ttavés de todos
los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las
instituciones eclesiásticas e infundiendo en el cora-
zón de los fieles el mismo espíritu de misión que
impulsó a Ciisto> (AC 4).
Para que la Iglesia sea verdaderamente un «sig-
no levantado ante los tiempos» y un «sacramento
universal de salvación» (AG 1), debe hacerse fiel
a la misión del Espíritu Santo (LG 4).
1. Importancia y actualidad del tema
La importancia de este tema salta a la vista
cuando se considera toda la historia de salvación
como obra del Espíritu Santo. El apóstol queda
enrolado en una acción y misión del mismo Espí-
ritu: anuncia y comunica las obras salvíficas (que
son obras del Espíritu), bautiza en el Espíritu, vive
las exigencias apostólicas según el Espíritu, hace
caminar «hacia el Padre por medio de Cristo en un
mismo Espíritu» (AG 4).
Cada época histórica es un nuevo Pentecostés
o una presencialización del primer Pentecostés. De
nuestra época lo dice la oración de Juan XXIII
para el éxito del concilio Vaticano II:
«Renueva en nuestro tiempo los prodigios de un
nuevo Pentecostés y concede que la Iglesia santa
propague el reino del Salvador divino, que es remo
de verdad, de justicia, de amor y de paz» 4
.
Pentecostés enmarca toda la historia de la mi-
sión eclesial. Los grandes apóstoles han sido «ca-
4
AAS 51 (1959) 382, citada también en la constitución Hu-
manae salutis (25 dic 1961).
Importancia y actualidad del tema 199
rismáticos» en el sentido de que han sido fieles a
una fuerte moción del Espíritu, al estilo de San
Pablo, de San Columbano (siglos vi y vu), de San
Bernardo (siglo xn), de San Francisco de Asís y
Santo Domingo (siglo xin), de San Francisco Ja-
vier (siglo xvi), de Santa Teresa de Lisieux (si-
glo xix) de otros santos y fundadores de institucio-
nes misioneras.
Nuestra época está muy marcada por la acción
del Espíritu Santo: «nosotros vivimos en la Iglesia
un momento privilegiado del Espíritu» 5
. El acento
en la teología de los carismas, así como la impor-
tancia de los movimientos de espiritualidad y gru-
pos de oración, la búsqueda de experiencias de
Dios, etc., atestiguan esta realidad de una nueva
acción del Espíritu. Pero hay que saber discernir lo
que es del Espíritu Santo y lo que es producto de
nuestras ideologías.
Ante una nueva época de evangelización, hay
que descubrir cuál es verdaderamente la acción del
Espíritu Santo De ahí la invitación del papa Pa-
blo VI y del Sínodo Episcopal de 1974 a «estu-
diar profundamente la naturaleza y la forma de la
acción del Espíritu Santo en la evangelización de
hoy día» 6
.
Baste recordar estas líneas teológicas de fuerza:
«No habrá nunca evangelización posible sin la
acción del Espíritu Santo . El es quien actúa en
cada evangehzador que se deja poseer y conducir
por él Las técnicas de evangelización son buenas,
pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar
la acción discieta del Espíritu Sin él, los esque-
rra/;^/// iiuntiandi 75
' Ibid Una invitación paleada en la cxhoitación apostólica
Unialn tultHi 27 AAS 66 (19741 UV168.
200 La misión del Espíritu Santo
mas más elaborados sobre bases sociológicas o psi-
cológicas se revelan pronto desprovistos de todo
valor» 7
.
Toda la obra evangelizadora es obra del Espíri-
tu Santo, que reclama, por ello mismo, la colabo-
ración del apóstol.
«El Espíritu Santo es el agente principal de la
evangelización..., él es el término de la evangeliza-
ción; solamente él suscita la nueva creación, la hu-
manidad nueva a la que la evangelización debe con-
ducir...; él es quien hace discernir los signos de
los tiempos, signos de Dios, que la evangelización
descubre y valoriza en el interior de la historia» 8
.
2. Síntesis bíblica sobre el Espíritu Santo
y la misión
Ya en el Antiguo Testamento los enviados por
Dios reciben el Espíritu para hablar y obrar en
nombre del Señor. Son hombres que poseen la
fuerza del Espíritu (ruah), están investidos de la
misión del Espíritu (salah) y comunican la palabra
del Espíritu (dabar). Tanto la creación como la
historia salvífica se atribuye al Espíritu, que con-
duce al pueblo hacia la tierra prometida9
.
En los momentos de dificultades históricas, apa-
' Ibid.
a
Ibid. Véase Y. M. CONGAR, Esquisse du mysthe de l'Église
(Paris 1953) cap.V); ID., Ventéente (Paris 1956); D. BERTETTO,
Lo Spirito Santo e santifkatore (Roma, Pro Sanctitate, 1977)
(con bibliografía final); J. DANIÉLOU, La mission du Saint Esprit,
en Le mystére du salut des nations (Paris 1956); CH. JOURNET,
La mission visible de l'Esprit Saint, en Revue Tbomiste 65
(1965) 357-397; P. DE MONDREGANES,' Función misionera del Es-
píritu Santo: Euntes Docete 8 (1955) 326-344; A. RETIF, Témoig-
nages et prédication missionnaire dans les Actes des Apotres:
Nouvetle Revue Théol. 83 (1951) 152-165; Y. RAGUIN, L'Esprit
sur le monde (Desclée 1957) (Espíritu, hombre, mundo, Madrid,
Narcea, 1976).
9
Gen 1,2; 8,1; Ex 10,13.19; 14,21s.
Síntesis bíblica 201
rentemente insuperables, Dios puede enviar su Es-
píritu y hacer resucitar los huesos secos. Los sal-
mos cantan esta acción maravillosa de Dios, que
obra continuamente una segunda creación por la
fuerza del Espíritu 10
.
Los profetas reciben la misión con la fuerza del
Espíritu que les hace hablar, juzgar, salvar n
. El
enviado o misionero se convierte en una prolonga-
ción del que envía, a modo de mediador de la pa-
labra de Dios. Por esto, el mensajero prof ético se
presenta lleno de fuerza y de vida. El Espíritu ha-
bla por sus enviados. San Cirilo llama a los profe-
tas «portadores del Espíritu» n
.
Los enviados por el Espíritu son testimonios de
una presencia de Dios que abarca el universo geo-
gráfico e histórico (Is 59,19s). La misión del Es-
píritu, en el Antiguo Testamento, tiene ya esta
perspectiva universalista, al menos en embrión.
En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como
ungido y enviado por el Espíritu Santo (Le 4,18).
Y esa misión la transmite a sus apóstoles comuni-
cándoles el mismo Espíritu (Jn 20,21-23)13
. La
vida de Jesús y la vida de los «apóstoles» es una
misión del Espíritu. Los apóstoles continúan la mi-
sión de Cristo a modo de «instrumentos vivos»
(PO 12). El Espíritu Santo es la «fuerza» que
acompaña siempre la acción apostólica y, por ello
mismo, es llamado el «alma de la Iglesia» (AG 4;
LG 7).
Pentecostés es el momento inicial de la acción
misionera de la Iglesia (AG 2). La «virtud de lo
10
Ez 37; Ps 104,29-30; 33,6.
11
Jer 1,7.25; Ex 3,10; Dt 34,9; Ecl 48,12.
12
ln loann. Evang. 5 c.2: PG 73,752.
13
Véase más abajo los números 3 y 4.
202 La misión del Espíritu Santo
alto» (Le 24,49) esponja toda la persona del após-
tol y lo empuja hacia la acción apostólica. Por esto
los apóstoles anuncian la palabra de Dios llenos del
Espíritu Santo, con una fuerza irresistible 14
.
El universalismo de la misión del Espíritu,
anunciado ya por los profetas (Joel 3,ls), se ma-
nifiesta en tres momentos de la Iglesia primitiva:
el primer Pentecostés (Act 2), la venida del Espí-
ritu Santo en una comunidad cristiana (Act 4,31),
la venida del mismo Espíritu en una comunidad
gentil (Act 10,44-48). El don de lenguas significa
que ha terminado la confusión de Babel y preanun-
cia la conversión de todas las gentes para formar
un solo pueblo de Dios.
La misión que toda la Iglesia recibe del Espíri-
tu se manifiesta en una vida de caridad, en una
toma de conciencia de la presentación y acción del
mismo Espíritu, en expresiones sensibles y en tes-
timonio audaz (Act 4,31-33). En las dificultades,
gracias a la fuerza del Espíritu, la Iglesia se pre-
senta como «mártir», es decir, como testigo irre-
sistible (Act 6,10; 7,55s).
La conversión de los primeros gentiles (Act 10)
manifiesta la igualdad básica de todos los hombres
en Cristo (Act 11,15; 10,17). Es el Espíritu quien
produce las conversiones (con la colaboración del
apóstol), incluso cuando se trata de conversión de
grupos (Act 10,14)15
.
14
Rom 15,18; 1 Cor 2,4; Act 3,29; 4,8.13.31.
15
J. ESQUERDA, El apóstol, testigo y cooperador de la acción
del Espíritu Santo en el mundo, en La santificación cristiana en
nuestro tiempo (I Semana de Teología Espiritual, Toledo 1975)
(Madrid, Edit. Espiritualidad, 1976); ID , Prisionero del Espíritu
(textos bíblicos meditados) (Salamanca, Sigúeme, 1976); J. GIBLET,
Les promesses de l'Esprít et la mission des Apotres dans les
i Évangiles, en Irenikon 30 (1957) 5-43; J. LÓPEZ-GAY, La función
* del Espíritu Santo en el kerigma bíblico, en Misiones Extranjeras
Cristo, enviado por el E. S. 203
3. Cristo, enviado y movido por el Espíritu
Santo
Toda la vida de Jesús es misión en el Espíritu
Santo. Se define a sí mismo como «aquel a quien
Dios ha enviado... Dios no le dio el Espíritu con
medida» (Jn 3,34). En él se cumplen las profecías
del Antiguo Testamento, puesto que es el Mesías
«ungido» por el Espíritu como sacerdote, profeta
y rey. Cuando Jesús se presenta en Nazaret como
ungido y enviado por el Espíritu (Le 4,18), cita
el texto de Isaías (Is 61) en que se relacionan los
tres aspectos de la misión profética: fuerza, misión
y palabra.
La plenitud del Espíritu en Jesús abarca todo
su ser, su vida y acción apostólica: encarnación
(Mt 1,18.20), bautismo (Jn 1,33), Nazaret (Le 4,
18), desierto (Me 1,12), bautismo en el Espíritu
(Tn 1,11), predicación con la fuerza del Espíritu
(Le 4,14), gozo en el Espíritu (Le 10,21), comu-
nicación de la misión como obra del Espíritu
(Jn 20,21), fuente que comunica el Espíritu (Jn 7,
37-39).
El evangelio de San Juan subraya la figura del
Buen Pastor que camina hacia «la hora del Padre»
—hacia la cruz y la resurrección—, en la que co-
municará a todos los hombres el «agua viva» o el
Espíritu Santo. Uniendo esta perspectiva a la de
San Lucas, podemos resumir la vida apostólica de
Jesús como una subida a Jerusalén marcada por
unas etapas o mociones del Espíritu: la moción ha-
15 (1967) 423-439; I D , El Espíritu Santo y la misión (Bérriz
1967); C. SPICQ, Le Saint Esprit, vie et forcé de l'Église primi-
tive, en Lumiere et Vie 10 (1953) 9-28.
204 La misión del Espíritu Santo
cía el desierto, e! envío para evangelizar a los po-
bres y el gozo en el Espíritu como anticipo de la
resurrección.
Hacia el desierto: «Jesús, lleno del Espíritu San-
to, se volvió al Jordán y fue llevado por el Espíritu
al desierto» (Le 4,1). La capacidad de darse se
mide por la capacidad de silencio, oración, desier-
to. La fecundidad apostólica de Jesús está ligada
a los momentos de desierto, de Nazaret, de noches
pasadas en oración o en la agonía de Getsemaní.
Los planes salvíficos de Dios se manifiestan en es-
tos momentos de desierto. Por esto los criterios
apostólicos de Jesús son muy distintos de las fal-
sas esperanzas mesiánicas de entonces y de nuestro
tiempo—las tres tentaciones son los criterios opues-
tos a la acción del Espíritu.
Evangelizar a los pobres: «El Espíritu Santo está
sobre mí, porque me ungió para evangelizar a ios
pobres, me envió a predicar a los cautivos la liber-
tad» (Le 4,18). La caridad del Buen Pastor se hace
extensiva a todos, especialmente a los que sufren;
por esto «cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,
17). Así es Jesús como la epifanía personal de Dios
Amor, puesto que «los pobres son evangelizados»
(Le 7,22). La cercanía al hombre que sufre es la
señal del Espíritu.
El gozo en el Espíritu Santo: «En aquella hora
se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo
y dijo: Yo te alabo, Padre»... (Le 10,21s). El gozo
en el Espíritu nace cuando ha habido una entrega
a los demás a través del sacrificio y de la inmola-
ción de sí mismo. Sólo cuando se ha aprendido a
amar en el sufrimiento, se encuentra este «gozo
salvífico» de Jesús que es don del Espíritu y que
Los apóstoles, enviados por el E. S. 205
se ha de anunciar a todos los hombres. Evangelizar
significa anunciar este gozo salvífico que, como don
del Espíritu, proviene de la muerte y de la resu-
rrección de Jesús. Este gozo es una nota caracte-
rística de la vida del apóstol, como una expresión
de la caridad. Es el gozo de las «bienaventuranzas».
4. Los apóstoles, enviados por el Espíritu Santo
La misión de Cristo comunicada a los apóstoles,
goza de las mismas características (Mt 10,16-20).
En medio de las dificultades, podrán dar testimonio
porque el Espíritu Santo hablará por su actuación
apostólica. Cuando Jesús prometió el don del Es-
píritu, presentó tres aspectos de esta misión: la
presencia del Espíritu en ellos, la acción del Espí-
ritu que les transformará en testigos, la fuerza del
Espíritu para anunciar el Evangelio (Jn 14-16).
El apóstol se convierte, por obra del Espíritu,
en «gloria» o epifanía—signo—de Jesús (Jn 17,
10). De esta manera el Espíritu «glorificará» a Je-
sús (Jn 16,14). Así, los apóstoles han recibido la
misma gloria de Cristo (Jn 17,22-23). Por esto los
apóstoles son «gloria de Cristo» en cuanto «após-
toles de la Iglesia» (2 Cor 8,23). El ser y la actua-
ción del apóstol, así como la realidad misionera de
la Iglesia, son la mejor expresión de la «gloria» de
Dios: «Dios es glorificado plenamente por medio
de la actividad misionera» (AG 7).
La fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús es la
misma que ahora actúa en el ministerio de los após-
toles (Rom 15,18). Es una nota característica de
la vida apostólica. San Pablo resumía esta reali-
dad diciendo que era «prisionero del Espíritu»
(Act 20,22).
206 La misión del Espíritu Santo
El apóstol, como Jesús, tiene que pasar por mo-
mentos de desierto y de cruz. La narración de los
Hechos de los Apóstoles es un testimonio de la
muerte y de la resurrección de Jesús porque es na-
rración de los momentos de oración, sufrimiento,
persecución y martirio de los apóstoles. Para este
objetivo fueron «bautizados» o «revestidos» del
Espíritu (Le 24,49; Act 1,5.8). Así se acercarán
a todos, especialmente a los pebres, para «llenar
de Evangelio» todas las circunstancias de la vida
humana (Rom 15,19).
El gozo en el espíritu es herencia de Cristo a
sus apóstoles (Jn 16,20-24). Es un gozo que nace
de la intimidad con Cristo y de saber sintonizar
con sus intereses (Jn 16,13-15). La paz que Cristo
comunica a los apóstoles, mientras les hace partí-
cipes de la misión de! Espíritu, es el mismo gozo
pascual que los apóstoles deberán anunciar al mun-
do entero (Jn 20,20-23).
5. María, tipo de la Iglesia, fiel a la misión
del Espíritu Santo
Los evangelios, especialmente en los fragmentos
marianos, subrayan la acción del Espíritu Santo
como manifestativa de la filiación divina de Jesús
y de la maternidad divina de María. La misión de
Jesús queda, pues, enmarcada en esta faceta maria-
na. La acción del Espíritu que envía a Jesús, que le
guía hacia el Calvario y que le resucita, es la misma
acción que hace de María Madre de Dios y que
continúa en la Iglesia, En esta acción del Espíritu
se fundamenta la misión de la Iglesia.
La fidelidad de María a esta acción y misión del
, Espíritu es tipo de la fidelidad de la Iglesia. En el
María, fiel al E. S. 207
evangelio de San Juan, el título de «mujer» aplica-
do a María se encuentra en momentos de fidelidad
de María a Cristo, que es Palabra de Dios. Así la
Nueva Eva queda asociada al Nuevo Adán. El «agua
viva»—o el vino nuevo—que brota del costado de
Cristo, está relacionada con la fidelidad de María,
que personifica a la Iglesia ,6
.
El envío del Espíritu Santo el día de la encar-
nación es para hacer de María la Madre de Dios,
Tipo y Madre de la Iglesia. La fidelidad de María
a esta misión del Espíritu es el anticipo personi-
ficado de la fidelidad de la Iglesia al mismo Espí-
ritu desde Pentecostés y en toda la historia pos-
terior.
La fidelidad de María a la misión del Espíritu
presenta las mismas características de pasar por el
desierto, de entrega a los pobres y de gozo en el
Espíritu Santo.
La respuesta fiel de María a la palabra de Dios
fue una entrada cada vez más profunda en el ca-
mino de la fe que es «silencio» de Dios (Le 2,19
y 51).
La epifanía y cercanía de Jesús a los «pobres»
se realiza siempre en una circunstancia mariana:
santificación del Precursor, manifestación a los pas-
tores y a los reyes, presentación en el templo, pér-
dida en el mismo, milagro de Cana, cruz, Pente-
costés... Por esto María, en el Magníficat, se llama
a sí misma «pobre» (anawim).
La misma Santísima Virgen canta la paz o gozo
salvífico en el Magníficat (Le 1,47), dentro de una
" Jn 2,1-11; 19,25-27. Véase A. FEUILLET, Jésus et sa Mere,
d'aprés les récits lucantens de l'etifance el d'aprés saint lean (París,
Gabalda, 1974).
208 La misión del Espíritu Santo
perspectiva del Pueblo de Dios y de salvación uni-
versal. «
La fidelidad de María a la palabra de Dios y al
Espíritu Santo, la convirtió en tipo del apóstol y
de la maternidad eclesial (LG 65). Si la fe de los
apóstoles dependió, en gran parte, de la actuación
de María en Cana (Jn 2,11), la actividad apostólica
está relacionada con María como tipo y madre de
los apóstoles: «La Virgen fue, en su vida, ejemplo
de aquel materno amor con que es necesario estén
animados todos aquellos que, en la misión apostó-
lica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los
hombres» (LG 65).
La acción apostólica es un servicio de la mater-
nidad de la Iglesia, virgen (fiel) y madre (fecunda)
por la acción del Espíritu Santo. Pentecostés es un
paralelo de la encarnación (LG 59; AG 4). La
Iglesia se hace, como María, virgen y madre por la
fidelidad a la misión y a la acción del Espíritu
Santo (LG 64)".
6. Fidelidad a la misión del Espíritu Santo
La promesa de Jesús sobre la misión del Espíri-
tu presenta estos aspectos: presencia y acción del
Espíritu Santo. Es una presencia transformante en
17
Véanse diversos estudios en Le Saint-Esprit et Marte, en
Eludes Muríales 1969-1972. También en La Madre di Cristo nel
dinamismo rinnovante dello SpirUo Santo (Collegamento Ma-
riano Nazionaie) (Roma 1972); A. CHEMA, Our Lady and the
Holy Spirit, en Marian Studies 23 (1972) 69-78; M. DUPUY,
L'Esprit Saint et Marte dans l'École franqaise, en Études Mariales
26 (1969) 19-35; J. ESQUERDA, Espiritualidad mariana como fide-
lidad a la misión del Espíritu Santo (Congreso Mariológico-Ma-
riano, Roma 1975); M. J. LE GUILLOU, Le Saint-Esprit, Marie
et l'Église, en Études Mariales (1970) 95-104; H. M. MANTEAU-
BONAMY, La Vierge Marie et le Saint-Esprit (París, Lethielleux,
1971); J. MOUROUX, Le role de la Vierge dans l'Église apostolique
d'aujourd'hui, en Études Mariales (1969) 67-73.
fidelidad a la misión del E. S. 209
el sentido de convertir al apóstol en «gloria» y tes-
tigo de Cristo.
Por parte del apóstol, la fidelidad a la presencia
y acción del Espíritu comporta: tomar conciencia
de esta realidad, docilidad, generosidad, sentido de
instrumento.
En la fidelidad del apóstol se concretiza la rea-
lidad de una Iglesia que es madre—apostólica—
porque es esposa fiel. Supone, pues, decidirse a
correr la suerte de su Esposo Cristo—o beber su
cáliz—, relacionarse íntimamente con él, sintoni-
zar con sus intereses respecto a los planes salvífi-
cos del Padre.
La fidelidad a la misión del Espíritu tiene tam-
bién una faceta más estática y otra más dinámica.
Se trata de una fidelidad a la doctrina: conservar-
la y profundizarla, para aplicarla a situaciones hu-
manas nuevas. Y se trata también de una fidelidad
a la acción santificadora y apostólica del Espíritu
Santo. El apóstol está empeñado en un proceso
de «bautismo» o de configuración con Cristo que
es obra del Espíritu.
La fidelidad apostólica tiene unas circunstancias
de tiempo y de lugar. Es, pues, una fidelidad que
se concreta todos los días. Estar atento a la acción
concreta del Espíritu es el secreto del éxito apos-
tólico.
Los signos eclesiales son portadores de la acción
del Espíritu. El apóstol es servidor de estos signos.
Fidelidad al Espíritu es, pues, fidelidad a estos sig-
nos, sin convertirlos en expresiones personalistas
estériles.
La vida teologal del apóstol es su expresión con-
creta de fidelidad al Espíritu: fe como fidelidad
210 La misión del Espíritu Santo
al mensaje, esperanza como fidelidad a las prome-
sas, caridad como fidelidad a la acción santificadora
y transformante. La fidelidad al Espíritu es don de
Dios que hay que alcanzar con actitudes de ora-
ción, humildad, confianza. Más que saber explicar
cómo es la fidelidad al Espíritu, importa decidirse
a ponerla en práctica.
En la vida apostólica, como en la vida cristiana
en general, se encuentra una serie de obstáculos a
la fidelidad del Espíritu, entre los que sobresalen
las posturas habituales de disipación, de falta de
esfuerzo, de aficiones desordenadas. No existe esta
fidelidad cuando hay otra escala de valores distinta
a aquella que aparece en la historia salvífica. El Es-
píritu Santo no actúa a través de apóstoles que es-
tén aferrados a sus propios criterios o a sus pro-
pios derechos e intereses personales.
La vida apostólica es un proceso de fidelidad a
ía acción del Espíritu Santo. Es un dinamismo de
«pobreza», en el sentido de convencimiento cada
vez más profundo de la propia contingencia o limi-
tación. Y es un dinamismo de actitudes cada vez
más semejantes a las del Buen Pastor, que dio la
vida según el mandato recibido del Padre y según
la moción del Espíritu Santo (Jn 10,18; Heb 9,
14)18
.
7. Discernir la acción del Espíritu Santo
en la misión
En un momento especial de evangelización, como
el presente, la Iglesia se esfuerza por discernir la
18
G. RAMBALDI, Docilita alio Spirito Santo... dei presbiteri
secondo il Decreto «Presbylerorum Ordinis», en Gregorianum 48
(1967) 481-521; A. ROYO, El gran desconocido (Madrid, BAC,
1973) el5: La fidelidad al Espíritu Santo.
Discernir la acción del E. S. 211
acción del Espíritu Santo y por seguirla generosa-
mente. Se trata, según la invitación de Evdngelü
nuntiandi, de «estudiar profundamente la natura-
leza y la forma de la acción del Espíritu Santo en
la evangelización de hoy día» ".
El tema del discernimiento de la acción del Es-
píritu Santo en la misión y evangelización, tiene
relación estrecha con el tema de los «signos de los
tiempos» 20
. Esta frase evangélica tiene sentido apos-
tólico de fidelidad a los planes salvíficos del Pa-
dre 21
. El Buen Pastor da la vida siguiendo estos
designios de salvación 22
.
Discernir la acción del Espíritu en la vida apos-
tólica es un tema clásico en el Nuevo Testamen-
to 23
. Es un aspecto del ministerio apostólico
(PO 9.17). La acción del Espíritu se manifiesta a
través de signos eclesiales y de la vida ordinaria.
No sería posible acertar con verdadera acción y «ca-
risma» del Espíritu si se prescindiera de estos sig-
nos eclesiales. La relación entre visibilidad de la
Iglesia y «carismas» es uno de los temas básicos
de la constitución conciliar Lumen gentium (LG 8
y 12). Existe siempre el riesgo de confundir la ac-
ción del Espíritu Santo con las tendencias de la
naturaleza (psicología) e incluso con la acción del
espíritu malo. El apóstol debe estar acostumbrado
a discernir la verdadera acción del Espíritu, distin-
guiéndola de razones humanas válidas en sí mis-
mas, pero al margen de la economía de la gracia
de Cristo.
La acción apostólica como discernimiento del Es-
18
Evangelii nuntiandi 75.
20
Véase c.V n.3.
21
Mt 7,15-20; 16,2-4; 24,32s; Le 12,54s; 19,41.
22
In 2,4; 10,18; 12,23; 7,30; 8,20.
23
1 Cor 12,10; 1 Jn 4,1.
212 La misión del Espíritu Santo
píritu, tiene aplicación concreta en estos campos:
discernir luces y mociones, consolaciones y desola-
ciones, movimientos y grupos eclesíales nuevos, ma-
nifestaciones o fenómenos extraordinarios, decisio-
nes y elecciones, situaciones nuevas, proceso de ora-
ción y de renovación, dinámica de la configuración
con Cristo, etc. Cada uno de estos puntos presenta
una gran complejidad de problemas en los que hay
que deslindar la acción de la gracia, distinguiéndola
de cuanto haya nacido del egoísmo o de puntos de
vista al margen del Evangelio.
Para saber acertar en el discernimiento de la ac-
ción del Espíritu, el medio más concreto es la pro-
pia fidelidad a la misma acción. Hay un punto de
referencia muy práctico, si uno está habituado a la
reflexión y a la lectura: la referencia al magisterio
de la Iglesia y a la vida de los santos. Esta refe-
rencia es como un tono que se adquiere a lo largo
de muchos años. Lo que no suene según esta pauta,
no le interesa al apóstol. En la antigüedad, para dis-
cernir una actuación apostólica concreta, se hablaba
de referencia a la «vida apostólica», es decir, a la
doctrina y a la vida de los apóstoles.
En general, los medios de discernimiento son:
la gracia, el consejo o el estudio de documentos,
la experiencia propia o ajena. Básicamente se resu-
me en uno: ser consciente de la propia incapacidad
de discernimiento sin la ayuda de Dios y de los
hermanos.
En este campo del discernimiento no pueden
darse reglas matemáticas. De los textos del Nuevo
Testamento se desprenden unas notas del actuar
del Espíritu Santo: acción estructurante o en rela-
ción a la visibilidad de la Iglesia, relación estrecha
La vida apostólica según el Espíritu 213
con la doctrina apostólica, edificación de la comu-
nidad, unidad—no uniformidad—, luz, paz, ale-
gría...24
Lo que estuviera al margen del «sentido
común», no es del Espíritu. Tampoco es acción del
Espíritu cuanto se mueva al margen del «sentido
de Iglesia», que es un sentido de delicadeza y
amor, además del servicio incondicional que han
tenido los santos apóstoles respecto a la Iglesia 2S
.
8. La vida apostólica según el Espíritu
La vida apostólica según el Espíritu es una vida
de fidelidad y de discernimiento, como acabamos
de explicar. Vamos a ver ahora el dinamismo de la
acción del Espíritu Santo en el campo de la misión
y de la evangelización, pero concretándolo princi-
palmente en tres puntos: en el proceso de la ora-
ción, de la configuración con Cristo y de la evan-
gelización directa.
Toda la vida apostólica queda polarizada por los
grandes acontecimientos salvíficos que, según el
Nuevo Testamento, son obra del Espíritu. El após-
tol queda comprometido en un proceso de profun-
dización de estos misterios cristianos—oración, es-
tudio—, en un proceso de vivencia—bautismo,
configuración con Cristo—, en un proceso de anun-
cio y de comunicación de los mismos misterios.
El proceso de la oración apostólica es proceso
de sintonización con los planes salvíficos de Dios
y con los intereses salvíficos de Cristo. La oración
apostólica nace de un encuentro personal con el
Señor y de un compromiso de asumir las realida-
24
1 Cor 12 y 13; 14,12; 1 Jn 4,ls; Ef 5,8; Gal 5,22.
25
Véase en «Dictionnaire de Spititualité»: Discerttement des
esprits, III, 1222-1291; G. TERRIEN, Le discemement dans les
écrits pauliniens (Paris, Gabalda, 1973).
214 La misión del Espíritu Santo
des humanas para iluminarlas con la palabra de Dios
y convertirlas en diálogo con Dios y en entrega
de Buen Pastor. La oración apostólica no es, pues,
un acumulamiento de prácticas piadosas, sino un
proceso de actitud filial como la de Jesús, que ne-
cesita, por ello mismo, concretizaciones prácticas
y momentos fuertes de oración. Pero la oración
apostólica abarca también la responsabilidad de
hacer que la comunidad cristiana sea comunidad
orante bajo la acción del Espíritu. Hacer personas
y comunidades de oración es uno de los ministerios
básicos del apóstol. Una nota de autenticidad es
el universalismo de la oración del apóstol y de la
comunidad que preside o en la que sirve.
El proceso de bautismo o de configuración con
Cristo se realiza también bajo la acción del Espí-
ritu. No se trata sólo de la santificación personal
del apóstol, sino también del proceso de «bautis-
mo» que debe relizarse en la vida de toda persona
que ha encontrado a Cristo. Es un proceso de fe,
esperanza y caridad, a modo de sintonización con
los criterios, escala de valores y actitudes de Cristo.
La acción apostólica, en este campo, viene a ser
una «dirección espiritual» (de tipo «ministerial» o
de servicio de signos eclesiales). El apóstol debe
conocer los caminos del Espíritu, haberlos expe-
rimentado, para guiar por ellos a todo el pueblo
encomendado. Muchas veces la acción apostólica
deja sensación de vacío, precisamente porque el
apóstol se ha ceñido a unas conquistas externas
—de aaruoación en torno a su acción personal—-
v ha olvidado todo el proceso de la vida espiritual
del cristiano iniciada en el bautismo. Una de las
causas es la ignorancia respecto a Ja «teología es-
piritual» o espiritualidad.
Lti vida apostólica según el Espíritu 215.
El proceso de evangelización, además de abarcar
el proceso de oración y de configuración con Cristo,
compromete al apóstol en una dinámica de «unidad
de vida» o de saber presentar, en su propia vida,
el sermón de la Montaña. El Evangelio no puede
presentarse, simplemente, como una teoría religio-
sa cualquiera, aunque fuera la mejor, sino como
una actitud básica que arranca del mensaje doctri-
nal y de los hechos salvíficos realizados por Jesús.
El apóstol es tal en la medida en que presente, en
su dedicación apostólica, la actitud del Buen Pastor,
que ama y da la vida en los momentos más difíciles
de la vida humana (son las circunstancias descritas
en las «bienaventuranzas»). La acción apostólica
apunta a crear personas y comunidades que vivan
esta realidad de bienaventuranzas, es decir, que sean
personas y comunidades de caridad.
La vida apostólica es, pues, una vida según el
Espíritu, el cual, «hoy igual que en los comienzos
de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se
deja poseer y conducir por él, y pone en los labios
las palabras que por sí solo no podría hallar, pre-
disponiendo también el alma del que escucha para
hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del
reino anunciado» 26
.
26
D. BERTETTO, LO Spirito Santo e santificatore (Roma, Pro
Sanctitate, 1977); CL. DILLENSCHNEIDER, L'Esprit Saint et le
prétre (París 1963); J. ESQUERDA, Prisionero del Espíritu (Sala-
manca, Sigúeme, 1976); E. F. FARREL, Surprised by the Spirit
(New Jersey, Dimensión Books, 1973); G. HUYGHE, Growth in
the Holy Spirit (Westminster [Maryland], Newman Press, 1962);
A. GRANADOS, Acción del Espíritu Santo en el desarrollo de la
comunidad cristiana, en Misiones Extranjeras 11 (1964) 29-35;
J. LECUYER, Mystére de la Ventéente et apostolicité de la mission
de l'Église, en Études sur le sacrement de VOrdre (París 1957);
J. SHEETS, The Spirit speaks in tis (Dimensión Books 1969).
VIII. ORACIÓN Y EVANGELIZARON
S U M A R I O
Presentación.
1. Corrientes actuales.
2. Orar y evangelizar.
3. El diálogo con Dios en las religiones no cris-
tianas.
4. Lo específico de la oración cristiana.
5. Experiencias místicas no cristianas.
6. La «aculturación» de la contemplación cristiana.
7. Lo específico de la contemplación cristiana.
8. La contemplación cristiana como valor evangeli-
zador actual.
PRESENTACIÓN
Oración y evangelización son dos temas comple-
mentarios, aunque no pocas veces se hayan presen-
tado como conflictivos. En todos los períodos his-
tóricos se nota alguna preferencia por uno u otro
tema. Acostumbra a ser el eco de un acento am-
biental, bien sea sobre la acción externa (compro-
miso, renovación social, etc.), o sobre la interiori-
zación (reflexión, carismas, vida interior, etc.).
El apóstol se encuentra siempre cuestionado por
el acento en uno de los dos temas. Si el acento re-
cae sobre la acción externa, se corre el riesgo de
la llamada «herejía de la acción». Si, por el con-
trario, se acentúa la interiorización, se corre el ries-
go de una evasión, alienación o subjetivismo.
En realidad, no pueden contraponerse oración y
evangelización, puesto que la primera forma tam-
bién parte de la segunda. Pero cuando una perso-
na se busca a sí misma, cae fácilmente en la moda
de las ideas ambientales. Las discusiones que par-
ten de un dilema entre vida interior o apostolado,
no pueden abocar a una solución aceptable, puesto
que para cada tema se pueden invocar valores y
principios absolutos.
El verdadero apóstol no se plantea, a nivel de
principios, la fricción entre oración y apostolado.
Cuando se vive la caridad apostólica, se encuentra
tiempo y motivos para orar y para darse a los
demás.
La figura de Jesús es siempre la pauta para el
apóstol. Nazaret y vida pública, noches de oración
y predicación por todos los pueblos, diálogo con el
218 Oración y evangelización
Padre y cercanía a los pobres..., en Jesús son dos
facetas de un mismo amor (Me 1,35-38).
Hoy, en el campo de la evangelización, el tema
de la oración presenta una nueva problemática: el
encuentro entre la oración cristiana y la oración no
cristiana. Este tema llega a su punto culminante al
hablar de la contemplación o de las experiencias
místicas. ¿Tiene algo especial que aportar el após-
tol cristiano en el campo de la oración y de las
experiencias contemplativas? Parece como si el fu-
turo de las religiones se fuera a perfilar en este
encuentro comparativo de experiencias del encuen-
tro con Dios. ¿Cómo se puede evangelizar a per-
sonas o a pueblos que tienen una rica experiencia
de «contemplación»?... '
1. Corrientes actuales de oración
Después de un período histórico, en el que se
ha infravalorado la oración, se nota en todas par-
tes una búsqueda de experiencias sobre el diálogo
con Dios, experiencias de interioridad, experiencias
de encuentro con Cristo, experiencias de la palabra
de Dios siempre viva y actual. Baste recordar los
movimientos actuales de espiritualidad, así como
los grupos de oración, las manifestaciones colecti-
vas de entusiasmo, los encuentros de silencio, las
escuelas de interiorización por medio de métodos
orientales (yoga, zen, meditación transcendental).
En los países cristianos se nota un conocimiento
Resumen doctrinal del tema y aplicaciones prácticas en-
,T. ESQUERDA, Contemplación cristiana y experiencias místicas no
cristianas, en Evangelizzazione c culture, Atti del Congresso in-
ternazionale scientifico di Missiologia (Roma, 5-12 oct. 1975)
(Roma, Pontificia Universidad Urbaniana, 1976) vol.I 407-420;
Experiencias de Dios (Barcelona. Balmes. 1976).
Corrientes actuales de oración 2V)
cada vez mayor de las experiencias de oración o de
interioridad tal como se practican en las religiones
no cristianas. A su vez, en los países no cristianos
se valoran las obras cristianas clásicas de espiritua-
lidad. Kxisie una especie de pregunta mutua:
¿Cuál es vuestra experiencia de Dios?
Las tendencias de la sociedad actual acentúan la
importancia de orar partiendo de acontecimientos
—para iluminarlos con la palabra de Dios—, así
como la necesidad de espontaneidad, autenticidad,
silencio, vida comunitaria o expresiones de oración
en grupo. El apóstol de hoy, después de una época
en que se caricaturizó la oración, se siente inter-
pelado por estas nuevas tendencias de espirituali-
dad y de oración.
En una sociedad que tiende hacia la seculariza-
ción, se pregunta al cristiano no por unas fórmulas
y métodos de orar, sino principalmente sobre ex-
periencias de Dios:
«Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los
innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca,
sin embargo, por caminos insospechados y siente do-
lorosamente su necesidad, el mundo exige a los evan-
gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos
mismos conocen y rratan familiarmente, como si es-
tuvieran viendo al Invisible» 2
.
2
Evangelii nuntiandi 76. Algunos libros actuales hacen resaltar
estos aspectos de la oración cristiana. Véase CH. BERNARD, La
pregbiera cristiana (Roma, LAS, 1976); A. M. BESNARD, La
preghiera come rischio (Milano, OR, 1973); B. BRO, Learning
to pray, (N. Y. 1969); Y. RAGUIN, Cammini di contemplazione
(Torino, Gribaudi, 1972); ID., Espíritu, hombre, mundo (Madrid,
Narcea, 1976); E. J. FARREL, Prayer is a hunger (Dimensión
Books 1972); R. VOILLAUME, La contemplación boy (Salamanca,
Sigúeme, 1975).
220 Oración y evangelización
2. Orar y evangelizar
La fuerza del apostolado proviene de Dios. El
apóstol es «instrumento vivo» (PO 2) en la medi-
da en que sea hombre de oración. La capacidad de
caridad apostólica está en relación directa a su ca-
pacidad de oración. Los sentimientos del Buen
Pastor sólo se captan en diálogo con él.
Evangelizar es presentar el gesto del sermón de
la Montaña o de amar como ama Jesucristo. Esta
caridad pastoral no es posible sin la oración. El
apóstol que no esté dedicado a la caridad, tampoco
sabrá orar. La «unidad de vida» es como el equili-
brio entre la oración y la acción: pues bien, «esa
unidad de vida no puede lograrla ni la mera orde-
nación exterior de las obras del ministerio, ni, por
mucho que contribuya a fomentarla, la sola prác-
tica de los ejercicios de piedad» (PO 14). La «uni-
dad de vida» nace del querer hacer la voluntad sal-
vífica de Dios, que reclama del apóstol momentos
de oración y momentos de acción, años de Nazaret
y años de ministerio directo.
Orar es parte integrante del trabajo pastoral: se
prolonga la oración de Cristo como se prolonga su
palabra y su acción salvífica. Predicar el Evangelio
sin espíritu de oración es correr el riesgo de pre-
dicarse a sí mismo o de ventilar las propias teorías
y opiniones.
La actitud del Buen Pastor es una atención con-
tinua a la voluntad del Padre. Y esta actitud se
expresa en el diálogo de la oración. Nuestra misma
acción apostólica recibe ahora la fuerza de la ora-
ción de Cristo (Jn 17,20).
La fecundidad apostólica está condicionada a la
Orar y evangelizar 221
oración. Por esto San Pablo pide las oraciones de
todos (Col 4,3-4; 2 Tes 3,1). Si Dios no da el
«crecimiento», es inútil nuestro sembrar y regar
(1 Cor 3,6-7).
La oración del apóstol es una actitud de asumir
los intereses del Padre y los problemas de los hom-
bres en un diálogo vivencial con Dios que se tra-
duce en una postura de dar la vida por los demás.
Así era la oración de Jesús, quien sigue siempre
«intercediendo por nosotros» (Heb 7,25; Rom
8,34).
Muchas veces, la oración apostólica está encua-
drada en un sentimiento de soledad y de «silencio»
de Dios. Estos momentos, que Jesús también ex-
perimentó en la cruz (Me 15,33-34), son los más
fecundos en la vida de apostolado.
La vocación apostólica es vocación de intimidad
con Cristo y de dedicación al anuncio del Evange-
lio (Me 3,14; Act 6,2-4). También es un servicio
de la maternidad de la Iglesia: los signos eclesiales
reciben siempre su fuerza de la palabra de Dios
expresada en oración o en contexto de plegaria.
Así se hace fecunda la Iglesia «sacramento univer-
sal de salvación».
La oración apostólica tiene siempre perspectiva
universal como la oración de Jesús. Restringir las
fronteras de nuestra vida interior significaría en-
cerrarse en una interioridad que no es la del Buen
Pastor. Pablo hacía oración por todos los pueblos
y por todos los hombres (1 Tim 2,1-6)3
. j
3
A. SEUMOIS, L'Anima dell'apostolato missionario (Bologna,
EMI, 1961). Véanse las encíclicas misioneras, especialmente Máxi-
mum illud, tercera parte; Rerum Ecclesiae, segunda parte. R. FA-
RICY, Evangelization and spiritual Ufe, en Documenta Missionalia
9 (1975) 141-159.
222 Oración y evangelización
3. £1 diálogo con Dios en las religiones
no cristianas
Mientras en nuestro mundo «secularizado» con-
tinúa infravalorándose la espiritualidad y la ora-
ción como tema en sí mismo, surge, como contras-
te, una tendencia hacia las experiencias de interio-
rización. Es un fenómeno que se da también en los
sectores paganos, mientras, al mismo tiempo, el
proceso de secularización va minando paulatinamen-
te las expresiones de culto popular. Este fenómeno,
de doble cara, purifica las formas más caducas de
espiritualidad y acentúa el valor de las experiencias
y métodos de oración en la historia de cada pueblo.
El misionero se encontró siempre sorprendido
ante las experiencias de espiritualidad en las reli-
giones no cristianas. Hoy, ante la incidencia mayor
del cristianismo, estas religiones redescubren su pa-
sado de experiencias de oración. Por esto el misio-
nero necesita ahondar, doctrinal y vivencialmente,
en la oración cristiana, para poder valorar conve-
nientemente las experiencias no cristianas. Por otra
parte, hoy un misionero sin espíritu de oración que-
daría inutilizado para responder a las numerosas
preguntas sobre experiencias de contemplación que
provienen de ambientes paganos. Se trata de un fe-
nómeno nuevo que ayuda a descubrir el valor eter-
no de la oración para la fecundidad apostólica.
Hay religiones que acentúan la esperanza, como
hacen los salmos del Antiguo Testamento (judais-
mo), otras ahondan en la adoración y en la oración
vocal (mahometismo), otras presentan una dinámi-
ca de purificación vital (hinduismo), otras prefie-
ren la negación de todo deseo para llegar a una paz
La oración en las religiones no cristianas 223
interna y a una iluminación (budismo)... Mientras
tanto, las religiones primitivas viven pendientes de
la inserción de Dios—o de los espíritus—en las
circunstancias de la vida humana4
.
Hacer comparaciones entre los diversos métodos
y experiencias, sería inadecuado. En todas las ma-
nifestaciones religiosas se encuentran personas que
han llegado finalmente a una actitud de «unidad
de vida» o a una cierta experiencia de Dios en la
vida cotidiana. Cualquier camino y experiencia no
cristiana puede llevar al mismo término. No se puede
olvidar la acción de la gracia en cada persona incluso
en el ambiente de formas religiosas diversas.
El apóstol debe darse cuenta inmediatamente de
la falta de algo esencial, al menos en las expresio-
nes escritas y orales: un Dios Amor que ha enviado
a su Hijo para redimirnos. Siempre hay huellas de
esta realidad divina, pero el cristianismo parte del
misterio de la Trinidad (que habita en nosotros) y
del misterio de la Encarnación (Dios con nosotros,
«Emmanuel»): Jesús, el Hijo de Dios, hecho nuestro
hermano, vive en nosotros y entre nosotros. Hasta
dónde llega la fe explícita de los paganos, no nos
consta. Cierto que Dios les puede hacer entrar, aun
sin explicitaciones, en su interioridad divina. Pero la
revelación de los planes de Dios sobre sus relacio-
nes con nosotros urge a comunicar esta realidad a
todo hombre de buena voluntad, especialmente a
tantos hombres que oran sinceramente.
4
Véase el tema de la oración según las diversas religiones no
cristianas en Praycr-prtire Studia Missionalia 24 (1975); espe-
cialmente: Oración en África, en el budismo, en el hinduismo,
en las religiones chinas. Más bibliografía en nota 7,
224 Oración y evangelizarían
4. Lo específico de la oración cristiana
Toda oración auténtica viene a reducirse a una
actitud de culto y de diálogo. La actitud de culto
es el resultado de reconocer a Dios como primer
principio; culto es también adoración, acción de
gracias, alabanza, reparación, impetración o peti-
ción. La actitud de diálogo nace de saber que Dios
es bueno; esta actitud se expresa en unión, inti-
midad, relación personal... Estos dos aspectos, cul-
tual y dialogal, se encuentran en toda oración au-
téntica y, por tanto, también en la oración de mu-
chos no cristianos.
Lo específico de la oración cristiana arranca del
misterio de la Encarnación, que nos desvela el mis-
terio de la Trinidad, de la gracia e inhabitación, de
nuestra filiación divina, etc. Concretamente, la ora-
ción cristiana es una actitud de pobreza y de cari-
dad que dimanan de un encuentro con Cristo por
la fe, la esperanza y la caridad. Se trata de una
actitud filial. El aspecto cultual llega a su máxima
profundidad: reconocer nuestra contingencia radi-
cal, nuestra «pobreza» de pecadores que necesitan
redención. El aspecto dialogal se convierte en una
convicción de que Dios nos ama como a su Hijo,
y en una decisión de querer hacer su voluntad den-
tro de sus planes salvíficos.
El cristiano, por haber encontrado a Cristo, re-
conoce su propia realidad o pobreza, pero en esta
pobreza encuentra a Cristo cercano y, con él, a Dios
Amor. Surge entonces una convicción profunda de
que Dios nos ama. A pesar de nuestra debilidad y
pecado, a pesar de nuestra pobreza radical, podemos
Lo específico de la oración cristiana 225
decir «Padre nuestro» a Dios, gracias al Espíritu
Santo que nos configura con Cristo 5
.
En la medida en que el cristiano adopta una pos-
tara de pobreza-—como la del publicano, la Mag-
dalena o la de María Santísima en el Magníficat—
y una postura de confianza y de amor—conversión,
hacer la voluntad de Dios—, en esta misma medida
Cristo ora en él. Y, por esto, el Padre escucha la
oración del cristiano con la complacencia con que
escucha la oración de Cristo: «Este es mi Hijo
muy amado» (Mt 3,17).
Así, pues, la actitud cultual y dialogal de toda
oración se convierte, para el cristiano, en una rela-
ción filial y de amistad, a modo de «estar con quien
sabemos que nos ama» (Santa Teresa de Avila).
El apóstol de hoy no podrá evangelizar si no ha
llegado a tener esta experiencia de oración cris-
tiana. Adquiriendo esta actitud de relación perso-
nal, desaparece toda dicotomía y oposición o anti-
nomia entre vida interior y apostolado. Encontrar
tiempo para orar o para una acción apostólica es
cuestión de escala de valores y de prioridades; cada
uno encuentra tiempo para lo que ama.
Hay que distinguir la oración en sí misma de las
técnicas, de los medios y métodos de orar. Jesús
no enseñó a los apóstoles ninguna técnica "y nin-
gún método de oración. Técnicas y métodos son
buenos y aun necesarios, al menos en algunas cir-
cunstancias, con tal que permanezcan en su cali-
dad de medios y no impidan llegar a la verdadera
actitud de oración, que es una actitud filial de po-
breza y de caridad. Hay que colaborar a la acción
del Espíritu Santo, y para ello sirven los métodos;
s
Mt 6,7-15; Gal 4,6; Rom 6,14-17.
Espiritualidad misionera 8
226 Oración y evangelizado»
pero el mismo Espíritu va llevando a cada uno por
caminos especiales y personales.
Lo primero que constata el misionero en un país
de misión es la existencia de muchos métodos y
tendencias de interioridad. A veces, al no saber dis-
tinguir, se queda con la impresión de que estas
técnicas de interiorización son ya oración. En nues-
tro mundo secularizado se valoran estas técnicas en
un nivel de experiencias; se pueden aprovechar
para llegar a la oración cristiana.
En el campo de los métodos no difiere la oración
cristiana de la oración o interiorización pagana. De
suyo, unos métodos no son necesariamente superio-
res a los otros. Cada hombre, cada cultura, cada
pueblo, necesita unos estímulos o unos medios psi-
cológicos peculiares de interiorización.
El apóstol debe anunciar el Evangelio también
en su faceta de oración o de diálogo con Dios Amor,
nuestro Padre. El anuncio del Evangelio cala más
hondo cuando tiene lugar comprometiendo a la per-
sona en este diálogo o actitud filial del «Padre
nuestro». Así se anuncian las «bienaventuranzas»
—que son el contexto de la oración cristiana—co-
mo una actitud filial expresada en el mandamiento
del amor.
La señal de haber adquirido alguna experiencia
de oración cristiana es la caridad. La oración, en
sí misma, no consiste propiamente en una capaci-
dad de reflexionar, de concentrarse, de afectividad
personal o colectiva, de quietud, etc. Podrían fal-
tar todas estas manifestaciones y existir todavía la
oración. Incluso el silencio puede ser oración cuan-
do expresa una actitud filial; el un silencio de ple-
b.^pertemias místicas no cristianas 227
nitud, de humilde espera, de admiración, de cari-
dad...
El proceso de oración es un proceso de hacerse
disponible para amar. Es, pues, el mismo proceso
de la actitud de «bienaventuranzas», que es el
meollo de la evangelización. La caridad de Buen
Pastor es la señal de que se ha adentrado verda-
deramente en el diálogo con el Padre para conocer
y seguir su encargo y misión6
.
5. Experiencias místicas no cristianas
Al comparar las experiencias de contemplación
cristiana con otras experiencias no cristianas, se ha
corrido siempre el riesgo de comparar metodolo-
gías, fenómenos extraordinarios, actitudes menta-
les, ideologías, etc. Es como si uno quisiera com-
parar el cristianismo con otra religión basándose
fundamentalmente en expresiones artísticas. Ni los
métodos y fenómenos contemplativos ni el arte y
la literatura cristiana son necesariamente superiores
a los métodos, fenómenos contemplativos, arte o
literatura no cristiana.
Se dan fenómenos místicos contemplativos en el
cristianismo y fuera de él: religiones primitivas y
animistas, hinduismo, budismo, religiones «misté-
ricas», Islam, judaismo, etc. Es muy interesante
constatar la existencia de fenómenos extraordina-
rios parecidos: éxtasis, locuciones, levitaciones, ilu-
minaciones, «glosolalia», etc. A veces son de ca-
rácter colectivo. También se constatan continua-
8
Además de la bibliografía de nota 2, véase BLOOM, Courage
to pray (London, Darton, 1974); R. GUELLY, Présence de Dieu
(Paris, Casterman, 1970); D. DE PABLO MAROTO, Dinámica de la
oración (Madrid, Edit. de Espiritualidad, 1973); La preghiera
cristiana (Roma, Teresianum, 1975).
228 Oración y cvangdizacion
mente dos tendencias: una que se basa más en el
esfuerzo humano y otra que confía más en la inter-
vención «sobrenatural» 7
.
No basta con establecer un paralelismo de fenó-
menos, a modo de estudio comparativo de las reli-
giones (una de tantas sería la cristiana). Tampoco
basta con adaptar la contemplación cristiana a «mé-
todos» contemplativos no cristianos.
En el campo de la ideología y de la terminología
hay toda una serie de expresiones semejantes que
no son patrimonio de ninguna religión; son, más
bien, un tesoro que pertenece a toda la humanidad
anteriormente a toda religión constituida. Se busca
siempre el «oro escondido» en lo más profundo del
ser humano, que está hecho de contrastes, para en-
contrar una unión con el Absoluto. Se notan dos
tendencias principales: una hacia la identificación
cósmica e histórica y otra que va al encuentro de
un ser personal (muy velado ordinariamente fuera
del cristianismo). En las religiones monoteístas se
acentúa el llegar a lo más profundo del propio ser
para encontrar una cierta intimidad con Dios.
Querer comparar métodos de contemplación no
lleva a más que a descubrir una especial providen-
cia de Dios en la historia de la contemplación,
7
L. GARDET, Experiencias místicas en tierras no cristianas
(Madrid, Studium, 1970); V. HERNÁNDEZ CÁTALA, La expresión
de lo divino en las religiones no cristianas (Madrid, BAC, 1972);
H. M. LASALLE, Le zen, le chetnin de l'illumination (Bruges 1965);
DOM LE SAUX, Sagesse hindou, mystique chrétienne, du Védanta
a la trimté (París 1965); J. MONCHAIN, Mystique de l'Inde,
mystére chrétien (Paris, Fayard, 1974); D. T. SUZUKI, Misticismo
cristiano y misticismo budista, en Las grandes religiones enjuician
al cristianismo (Bilbao, 1971); A. RAVIER, La mystique et les
mystiques (Paris, Desclée, 1965); J. G. VALLES, Las fuentes de
la espiritualidad religiosa japonesa, en Teología Espiritual 18
(1974) 339-362; E. VITRAY-MEYEROVITCH, Mystique et poésie en
Islam (Paris 1972). Véase otros estudios en Mystique: Studia
Missionalia 26 (1977).
b> perietíciüs místicas no cristianas 229
pero ello no descubre el aspecto original del miste-
rio cristiano «experimentado» por el místico al mar-
gen de toda técnica y de todo método.
Es un hecho actual la sorpresa de muchos cris-
tianos y misioneros al descubrir los caminos de «ilu-
minación» y de meditación trascendental en religio-
nes no cristianas. Son «vías» practicadas y perfec-
cionadas durante siglos. Propiamente hay que re-
conocer que estos «caminos» no están ligados a nin-
guna religión, sino más bien a un proceso cultural
humano anterior a las religiones organizadas.
Tanto en el paganismo como en el cristianismo,
estos fenómenos y este esfuerzo de interiorización
pueden llegar a cierta «quietud» e «iluminación».
Son cosas buenas y pueden convertirse en oración
y aun en preparación para la contemplación pro-
piamente dicha. Pero, en sí mismos, no constitu-
yen ni la oración, ni la contemplación, ni la per-
fección. La acción del Espíritu Santo—en cristia-
nos y paganos—se puede servir de estos medios
como una especie de colaboración nuestra a la ac-
ción de la gracia. Por esto hay que mirar estas
cosas, al mismo tiempo, con respeto y con libertad
de espíritu, sin ligarse a ellas. Algunas veces son
efectos de nuestra naturaleza (psicología); otras son
efectos secundarios psicológicos de una acción fuer-
te de la gracia; con el tiempo y la maduración de
la caridad desaparecen, aunque en muchos santos
no existieron nunca8
.
8
B. JIMÉNEZ DUQUE, Dios y el hombre (Madrid, FUE, 1973)
IX; I. GOBRY, L'expérience mystique (Paris, Fayard, 1964);
A. FONK, Mystique: DTC 10,2599-2674; D. KNOWLES, What is
mysticism? (London 1966); A. LÉONARD, Kecherches pbénoméno-
logiques autour de l'expérience mastique, en Suppl. Vie Spirituelle
(15 nov. 1952) 430-494.
230 Oración y evangelizarían
6. La «aculturación» de la contemplación
cristiana
Cuando el apóstol deba presentar la contempla-
ción cristiana, habrá de tener en cuenta un proceso
de «aculturación» o de desprendimiento de todo
ropaje cultural: partir de la realidad misma de la
contemplación cristiana, sin los ropajes de culturas
o metodologías religiosas y sin los fenómenos «mís-
ticos» concomitantes. Siguiendo este camino, se po-
dría llegar a presentar la contemplación cristiana en
lo que es específico y como valor directo de la
evangelización.
La cuestión no resulta tan fácil, pues es prácti-
camente imposible prescindir de todos los condicio-
namientos culturales o religiosos que acompañan al
dato revelado. Pero el apóstol no se puede limitar
a presentar una metodología o fenomenología mís-
tica, aunque fuera la mejor. Sólo es típicamente
cristiano aquello que expresa el misterio de Cris-
to: Trinidad, Dios Amor y Padre, encarnación, gra-
cia, inhabitación, etc. La «experiencia» típicamen-
te cristiana sería aquella que expresara lo consegui-
do por las virtudes de fe, esperanza y caridad (ayu-
dadas por los dones y la acción especial del Espíri-
tu Santo).
En los medios religiosos paganos, ricos en expe-
riencias de Dios y de diálogo con él, el cristiano
sólo puede presentar una explicitación de Dios
Amor y Padre (por Cristo y en el Espíritu). La
gracia sobrenatural puede actuar en un místico pa-
gano. Pero la revelación explícita de los planes de
Dios la penetra sólo el místico cristiano. La reali-
dad de una experiencia sobrenatural de Dios en la
Contemplación cristiana y «aculturación» 231
mística no cristiana es una huella de Cristo que
llama y urge a una explicitación.
El apóstol cristiano que anuncia el Evangelio en
un país o ambiente religioso-contemplativo no cris-
tiano no puede, pues, basarse en métodos mejores
ni en comparaciones más o menos odiosas. Aún an-
tes de que descubra la existencia de las experien-
cias místicas no cristianas, este apóstol debe haber
llegado a cierta experiencia de la contemplación
cristiana en sí misma.
Para el apóstol, es un camino que difícilmente
llega a buen término, el de descubrir las experien-
cias contemplativas no cristianas sin haber vivido
primeramente la realidad cristiana de la contem-
plación. La convicción que tiene el apóstol de que
la contemplación cristiana es superior no le garanti-
za que va a poder experimentarla y menos trans-
mitirla. Encontrando la originalidad de la mística
cristiana en sí misma, el apóstol o evangelizador
no tiene por qué considerar los métodos o expe-
riencias fenomenológicas contemplativas paganas
como necesariamente inferiores, ni tampoco como
necesarias
Para poder presentar la contemplación cristiana
a un mundo no cristiano es necesario despojarla de
su ropaje cultural (neoplatónico). No todo lo que
se llama contemplación cristiana es precisamente
cristiano. Muchos fenómenos y técnicas de oración
no son propia o exclusivamente cristianos, como he-
mos apuntado más arriba al hablar de la oración.
En San Ignacio de Antioquía, en San Ireneo, etc.,
encontramos un ropaje judeocristiano en torno a la
oración. En la escuela de Alejandría se añade una
8
Y. RAGUIN, La profondeur de Dieu (París, Desclée, 1973).
232 Oración y evangelización
tendencia neoplatónica. Lo específicamente cristia-
no no puede identificarse ni con el ropaje judeocris-
tiano ni con el neoplatónico10
.
Para la presentación de la contemplación cristia-
na en sí misma es necesario basarse en las expre-
siones espontáneas e independientes de tantos san-
tos y autores místicos, especialmente cuando pres-
cinden de la terminología anterior y arrancan de la
experiencia cristiana de fe, esperanza y caridad.
Algunas expresiones cristianas dependen más bien
de una terminología bíblica (explicada, a veces, por
Filón). Así, por ejemplo, la dinámica de entrar, por
etapas, en la «tiniebla» donde se esconde y mani-
fiesta el Verbo o Palabra de Dios. Esto tiene apli-
.eación al tema evangélico de la transfiguración de
Jesús: la «nube luminosa» (Mt 17,5). Esta expre-
sión no depende propiamente de ningún ambiente
extrabíblico. La «transcendencia divina», a la que
aounta el contemplativo cristiano, ya no es sólo la
teología «negativa», sino la realidad positiva de
Dios Amor y Padre que nos ha comunicado a su
Hijo.
7. Lo específico de la contemplación cristiana
La experiencia contemplativa cristiana va más
allá de toda experiencia de iluminación v de medi-
tación transcendental. No es posible expresarla con
palabras. Pero en la vida de un cristiano contempla-
tivo se nota una huella de Dios Amor, a quien él
ha exneHrnentado más allá de toda experiencia psi-
cológica. La mística cristiana se distingue porque
10
R ARNOII VUtrnnmf Je* Pto-er DTC 12,2757-2392; T DA-
MTFTOU La tenloe,ta del giudeo-cristianesimo (Bologna 1974);
A. LÉONARD. a.C
Lo específico de la contemplación cristiana 233
siempre, sin excepción, apunta a un «más allá» que
solamente tendrá lugar en una visión y posesión
de Dios en la otra vida. Ningún don de Dios, nin-
guna experiencia, son el mismo Dios.
La experiencia mística cristiana enraiza en el mis-
terio de la Encarnación, el cual desvela el misterio
trinitario en sí mismo y participado en nosotros. La
experiencia de la propia pobreza o contingencia
lleva, por acción del Espíritu Santo, a encontrar
a Dios Amor, que se manifiesta y comunica en su
Hijo Jesús. El Señor es el «Emmanuel», presente
y cercano más que nuestra misma intimidad. La ex-
periencia de esta realidad, que es don de Dios, es
posible a los «pobres», sin necesidad de técnicas
contemplativas.
Entrar en el terreno de la contemplación es com-
prometerse en un proceso de caridad y de bautismo
o de configuración con Cristo, que desemboca en
una actitud de «bienaventuranzas» o de hacerse
disponible para amar como Jesús. Con esta dispo-
nibilidad, aun en el silencio y en la «pobreza» de
pensamientos, de sentimientos, de palabras, se pue-
de decir «Padre» a Dios, gracias al Espíritu Santo
que habita en nosotros.
Un aparente no saber orar, es decir, la imposi-
bilidad de usar ningún método o técnica, puede con-
vertirse en la mejor de las oraciones: una postura
de autenticidad como fruto de la caridad de Cristo
que vive en nosotros. Es un proceso de «unidad de
vida» que desemboca en una actitud de «pobreza» y
de caridad, como un silencio de plenitud: «que ya
sólo en amar es mi ejercicio» (San Juan de la
Cruz).
Esta «pobreza» y caridad cristiana es un aden-
234 Oración y evangelizarían
trarse en el «silencio» y «ausencia» de Dios, en la
«tiniebla luminosa», mucho más allá de cualquier
técnica y experiencia. Y todo ello puede ocurrir en
una vida ordinaria y en personas sencillas (los «po-
bres»). Por esto San Juan de la Cruz describe el
proceso de contemplación como un proceso de fe,
esperanza y caridad. Se entra en el «silencio» de
Dios por una actitud fundamental recibida de Dios;
no precisamente por un proceso de reflexiones,
«quietudes», intuiciones o iluminaciones adquiridas
por un esfuerzo de interiorización.
La experiencia cristiana de contemplación no es
propiamente una experiencia psicológica, aunque la
acción divina deja siempre sus huellas «pobres».
Es más bien una vivencia de la presencia y de la
palabra de Dios, mucho más honda que la de una
visión—aun intelectual—o la de una locución ex-
traordinaria. Cuanto más profunda es la contempla-
ción y la experiencia mística cristiana, mucho más
«pobres» son los signos del actuar divino. Las hue-
llas y fenómenos extraordinarios, incluso los produ-
cidos por la gracia, son más bien efectos secundarios
debidos a nuestra debilidad ".
La acción del Espíritu Santo puede, en paganos
y cristianos, dejarse entender por medios adecuados
a nuestra debilidad; pero estos fenómenos extraor-
dinarios son debidos más bien a nuestra debilidad,
puesto que «traducimos» las gracias de Dios a nues-
tra manera. Prácticamente todos los fenómenos ex-
traordinarios podrían producirse por un esfuerzo de
interiorización o de presión psicológica ambiental
(además de una eventual acción del espíritu malo),
Por esto, el verdadero contemplativo o no ha te-
11
SANTA TERESA, Muradas 7 c 3 n 12; SAN JUAN DF LA CRUZ,
Subida 1.2 c.21 y 22.
Valor evangelizador actual 235
nido nunca estos fenómenos o los va dejando atrás
en un proceso de maduración en la caridad. Al fi-
nal sólo queda una «presencia» y una «palabra»
de Dios Amor—por Cristo, en el Espíritu—que su-
pera toda experiencia y que hace de la persona con-
templativa un gesto permanente de caridad, de
Evangelio, como una «epifanía» de Dios Amor,
dentro siempre de la sencillez, pobreza y limita-
ción de la vida de cualquier santo, Para el contem-
plativo, los signos más sencillos y ordinarios de
Iglesia—como los lienzos plegados en el sepulcro—
son los más elocuentes, porque hablan más de Dios
Amo: !
8. La contemplación cristiana como valor
evangelizador actual
Aunque la contemplación cristiana se diferencie
de cualquier experiencia o técnica de interiorización,
por sublime que sea, Dios puede dar a vivir los
misterios cristianos a cualquier persona no cristia-
na (fe implícita). El apóstol cristiano, en este caso,
está llamado a hacer explícita esta fe.
Las religiones que poseen un rico tesoro de ex-
periencias de oración y de contemplación necesitan
una acción evangelizadora que les descubra la espe-
cificidad de la oración y contemplación cristiana.
Esto no destruye ningún valor auténtico de otras
experiencias; antes bien lo lleva a plenitud y los
salva de caducidad y de riesgos, purificándolo de
añadiduras espúreas.
Leyendo los autores místicos paganos, se puede
uno percatar de cómo Dios actúa maravillosamen-
12
SANTA TERESA, Vida 41,2; SAN JUAN DE LA CRUZ, Noche 1 1
c.10,4; 18,5; Llama, canc. 1,4; Cántico espiritual, cant. 39,12.
236 Oración y evangelizarían
te en ellos y cómo, al mismo tiempo, hay un de-
seo implícito de algo más que ellos no tienen y
que en realidad sólo se encuentra explicitado en
los místicos cristianos gracias a la revelación.
Los grandes valores de las experiencias místicas
no cristianas corren el riesgo de ser arrasados por
un proceso de secularización o de materialismo. Es-
te fenómeno se puede constatar en algunos ambien-
tes tradicionalmente budistas o mahometanos v se
agudizará en el futuro. Sólo la llegada a la plenitud
en Cristo—de quien son huellas esos valores—po-
drá salvarlos de una pérdida irreparable.
Lo mismo que la revelación cristiana ha sido pre-
parada por Dios a través de una manifestación di-
vina cósmica—creación, «revelación» primera, acon-
tecimientos—y de una manifestación especial ve-
terotestamentaria, así toda experiencia mística no
cristiana (si es auténtica) es una huella que necesi-
ta 11e»ar a la plenitud en Cristo.
Una nueva etapa de evangelización, en la que se
piden experiencias de Dios (a pesar de su «silen-
cio» y de su «ausencia»), necesita apóstoles que
tensan experiencia de contemplación. El Evangelio
s" transparenta en la postura cristiana del contem-
plativo, que es. por ello mismo, una actitud plas-
mada en el sermón de la Montaña. Esta arr'rud
contemplativa es eminentemente apostólica. La pos-
tura apostólica, como la contemplativa, es la de una
dedicación esoonsal a un campo de caridad. Es el
gesto habitual de caridad y de «unidad de vida» aue
presentaron los santos en sus vidas y en sus obras
de repercusión social.
En los momentos de «silencio» y de «ausencia»
de Dios, que tanto espantan al hombre de hoy, el
Valor evangelizador actual 237
apóstol cristiano debe saber presentar una palabra
y una presencia más profunda de Dios: Jesús, Dios
con nosotros (Emmanuel), la Palabra de Dios hecho
nuestro hermano. A la luz del misterio de la En-
carnación, se descubre que siempre es posible amar
y hacer lo mejor de nuestra vida, puesto que Jesús
resucitado «h?bita entre nosotros» (Jn 1,14).
Un mundo que tiende hacia el materialismo, la
secularización y el pesimismo necesita un gesto cla-
ro de Dios Amor. El contemplativo cristiano es el
hombre que, por ser más consciente que nadie de
su propia pobreza, ha descubierto vivencialmente la
presencia y la palabra de Dios Amor. Por esto es el
hombre que no sabe nada más que amar. Su capa-
cidad apostólica y de encontrar la mejor manera de
darse a los hermanos depende de su capacidad de
entrar en el «silencio» de Dios.
El mundo pagano, con su peculiar experiencia de
la presencia y del diálogo con Dios, necesita des-
arrollar la «semilla» evangélica hasta la explicitación
en Cristo. Un «mordiente» para este desarrollo (el
más importante y urgente) es el apóstol que anun-
cia el Evangelio presentando, en su vida, una ex-
periencia original de encuentro y de diálogo con
Dios Amor. De aquí que la nueva etapa de evan-
gelización está en las manos de hombres que ten-
san una rica experiencia de oración y de contempla-
ción cristiana.
Si el cristiano llega explícitamente a la actitud de
contemplación que hemos descrito, es para conver-
tirse en «si<mo» de lo que Dios quiere hacer y que
va está realizando en todo hombre de buena vo-
luntad. Jesús resucitado ha querido hacer de sus
apóstoles un signo personal de su presencia. El
238 Oración y evangelizado»
apóstol es testigo de un encuentro con Cristo: «os
anunciamos lo que hemos visto y creído» (1 Jn
1,2-3). «El mundo exige y espera de nosotros sen-
cillez de vida, espíritu de oración, caridad para con
todos, especialmente para los pequeños y los po-
bres, obediencia y humildad, desapego de sí mismo
y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra pa-
labra difícilmente abrirá brecha en el corazón de
los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de ha-
cerse vana e infecunda» u
.
" Evungelit nunttandt 70. Véase B. JIMÉNEZ DUQUE, ¿Oración
v contemplación, urgencia actual?, en Teología Espiritual 15
(1971) 295-315; R. VOILLAUME, O.C, en nota 2.
IX. VOCACIÓN MISIONERA
S U M A R I O
Presentación.
1. Cristo llama a la misión.
2. Las vocaciones del cristiano.
3. Vocación misionera específica.
4. Notas características de la vocación misionera.
5. Fidelidad a la vocación misionera.
6. Pastoral de las vocaciones misioneras.
7. La formación del misionero
PRESENTACIÓN
La palabra «vocación» tiene relación estrecha
con la palabra «misión». Se llama a una persona
para encargarle que transmita un mensaje, para
que realice un trabajo, para que coopere en un
compromiso. Toda persona humana existe porque
ha sido llamada a una misión: la de desarrollar la
propia personalidad incidiendo en la creación y en
la historia común. La existencia humana es voca-
ción y misión.
Jesús llamó a un proceso de «cambio» (peniten-
cia) y de configuración (bautismo). Esta llamada
comporta la misión o encargo de transmitir a otros
este mismo mensaje que es una realidad salvífica.
Jesús llamó para una misión. La llamada de Jesús
continúa ahora a través de los signos de Iglesia.
Ser Iglesia es ya enrolarse en una misión universal.
Es la misma misión que Cristo recibió del Padre
y que ha transmitido a la Iglesia para que ésta lle-
gue a hacer de toda la humanidad una familia de
hijos de Dios (Jn 20,21).
Nadie se llama a sí mismo ni se encarga a sí
mismo una misión. Nuestra vocación o llamada vie-
ne de Dios: nos ha predestinado en Cristo (Ef 1).
La vocación cristiana o de predestinación en Cristo
es también una misión o encargo de anunciar y co-
municar el «misterio de Cristo» (Ef 3). Cada cris-
tiano tiene una participación diferente en esta mi-
sión.
Una persona se realiza a sí misma sólo cuando es
consecuente con su propia vocación. No hay otro
camino para alcanzar la propia madurez que el rea-
lizarse libre y generosamente en la propia vocación
Cristo llama a la misión 241
y misión. La fecundidad de una vida se mide por la
dedicación generosa a este mandato.
Vocación y misión suenan a desposorio o amis-
tad íntima con Cristo. Sin esta relación personal y
encuentro será imposible descubrir el sentido o la
identidad de la propia vocación y misión '.
La misión cristiana es para anunciar el mensaje
de Cristo. A este mensaje «merece que el apóstol
le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que,
si es necesario, le consagre su propia vida»2
. En
una nueva etapa de evangelización, los evangeliza-
dores son llamados a ser fieles a la propia vocación
«sin reticencias debidas a la duda o al temor, a no
descuidar las condiciones que harán esta evangeli-
zación no sólo posible, sino también activa y fruc-
tuosa» 3
.
1. Cristo llama a la misión
La llamada a la misión cristiana proviene del mis-
mo Cristo resucitado presente en la Iglesia. Todo
encuentro con él trae consigo un encargo de anun-
ciarlo a los hermanos (Jn 20,17; Mt 22,1-14). Es
una predilección de Jesús para con cada uno (Jn
15,16), especialmente cuando se trata de una mi-
sión de por vida (Me 3,13).
Jesús llama por el propio nombre o personalmen-
te, exigiendo que cada uno pase por encima de
todo condicionamiento individual o colectivo (Jn
20,22). La llamada de Cristo a una misión sigue
la línea de las llamadas de Dios en el Antiguo Tes-
1
Mt 4,18; 10,lss; Me 3,14-16; Le 6,12-16; Jn 15,16.
2
Evangehi nunliandi 5.
3
Ibid., 74.
242 Vocación misionera
tamento para una misión concreta que supone siem
pre un camino nuevo4
.
En la llamada de Cristo a la misión hay toda una
pedagogía que pasa de un encargo inicial a una mi-
sión permanente y universal5
. La vocación cristia-
na se debe estudiar en torno a las bienaventuranzas,
puesto que es una llamada a ser hijo de Dios y a
ser, para los demás, «sal» y «luz», «signo levanta-
do ante los pueblos». El monte de las bienaventu-
ranzas es un nuevo Sinaí, un anticipo de Pentecos-
tés. Todo cristiano forma parte de la realidad de
una Iglesia que es «sacramento universal de salva-
ción» 6
.
En el contexto de las bienaventuranzas—o de
reaccionar amando como Cristo, según el manda-
miento del amor—, Jesús llama especialmente a los
que deben ser su signo personal o su «gloria» (Jn
17,10). En San Pablo encontramos continuamente
esta llamada a la misión de anunciar el misterio de
Cristo «ad gentes», es decir, a los que todavía no
creen en Jesús7
. Cada uno es llamado a una misión
en la comunión eclesial, que es, por ello mismo,
una comunidad de llamados y de apóstoles 8
.
2. Las vocaciones del cristiano
La llamada o vocación del cristiano se presenta
en una gama de matices: llamada a la fe, a la santi-
dad, al apostolado, a un ministerio concreto, a la
4
Gen 2,1 (Abraham); Ex 3,10-16 (Moisés); 1 Sam 3.4;
Am 7,15; Is 6,9; Jet 1,7; Ez 3,14.
5
Mt 28,16; Me 16,15; Le 10,ls
6
AG 1; LG 48; SC 2.
7
Rom 1,1-7; Gal 1,15; Ef 3.
8
Mediator Vei: AAS 39 (1947) 538; Summi Vei Verbum:
AAS 55 (1963) 979s.
Las vocaciones del cristiano 243
perfección, a un estado de vida—laical, vida con-
sagrada, sacerdocio—, etc.
La vocación cristiana reclama siempre una res-
puesta a la gracia del Espíritu Santo (Rom 8,16;
1 Cor 12,4-13) dentro de la comunidad eclesial (Col
3,15). Cualquier aspecto de la vocación cristiana es
una llamada a la caridad o sartidad (1 Cor l,lss;
1 Tes 4,7). Cada vocación o cada aspecto de la vo-
cación cristiana entraña una misión dentro del Pue-
blo de Dios (Rom 12,1; 1 Cor 12,7). Vocación y
misión son, pues, un servicio eclesial para construir
la historia humana según los planes salvíficos de
Dios9
.
En cualquiera de las facetas de la vocación cris-
tiana se puede encontrar un sentido de misión o
apostolado. Cada cristiano debe configurarse con
Cristo para ser, en una circunstancia humana, signo
o transparencia del Señor. La vocación de apóstol
es inherente a la vocación cristiana como lo es tam-
bién la vocación a la santidad.
Si se considera la misión como estado de vida,
podemos distinguir la misión laical, la misión de
vida consagrada y la misión de sacerdocio ministe-
rial. La misión laical tiende a ser fermento en las
estructuras humanas (LG 31). La misión de vida
consagrada presenta un signo y estimulante o mor-
diente de las bienaventuranzas y del encuentro de-
finitivo (escatológico) con Cristo resucitado (LG
31 y 44). La misión del sacerdocio ministerial es
un servicio de obrar en nombre de Cristo Cabeza y
Buen Pastor (PO 2,6,12)I0
.
9
CARD. BEA, Serviré (Paoline 1970); I. DE LA POTTERIE
S. LYONNET, La vida según el Espíritu (Salamanca, Sigúeme, 1967);
R. SCHNACKENBURG. Existencia cristiana según el Nuevo Testa
mentó (Verbo Divino 1970).
'" Véase resumen doctrinal y bibliografía en el c.II, 1, E.
244 Vocación misionera
La diversidad de misión no se basa solamente en
el estado de vida, sino también en las gracias espe-
ciales de cada persona y en los servicios eclesiales
concretos. En cuanto a las gracias especiales, cabe
hablar de «carismas» en un sentido más personal
que cualifica y distingue una persona en su servicio
eclesial. En cuanto a los servicios eclesiales, cabe dis-
tinguir principalmente los siguientes: servicio de
anuncio de la palabra de Dios, servicio de signos
litúrgicos, servicio de caridad y de extensión del
reino. Son, pues, los servicios eclesiales de profe-
tismo, sacerdocio y realeza. Cada uno de ellos pue-
de ser ejercido distintamente según las gracias per-
sonales y, principalmente, según el estado de vida
(laical, vida consagrada, sacerdocio ministerial).
La vocación o llamada a la misión abarca, pues,
roda una ¡jama de posibilidades que hace descubrir
la necesidad de los demás para poder poner en
práctica la propia misión. Esta conciencia de uni-
dad o comunión eclesial se convierte en el signo
más eficaz de la evangelización (Jn 13,35) y en el
modo más concreto de practicar el mandamiento
del amor: reconocer la misión de los demás u
.
11
M. BELLET, Vocación y libertad (Madrid, FAX, 1966);
E. BUSUTTIL, Las vocaciones (Bilbao, Mensajero, 1954); H. CAR-
RIER, La vocation, dynamisme psycho-sociologiques (Roma, Univ.
Greg., 1956); R. HOSIIE, Le discernement des vocations (Tour-
nai, Desclée, 1960)- J. LUZARRAGA, £,¡2 vocación-elección en la
Sagrada Escritura: Manresa 45 (1973) 111-130; La vocation et
les vocations a la lumiere de Vecclésiologie du Vaticano II
(Bruxelles, Centre de Vocations, 1966); G. LESAGE, Dynamisme
de la vocation (Mortiéal 1962); A. MELCÓN, La vocación, en
Ciencia Tomista 93 (1966) 449-482; M. NICOLAU, Esbozo de una
teología de la vocación: Manresa 40 (1968) 47-64; A. PiGNA, La
vocarione, teología e discernimento (Roma, Teresianum. 1976);
C. ROMANIUK, La vocazione nella Bibbia (Bologna, Dehoniane.
1973); CH A. SCHLECK, The tbeologv of vocation (Milwaukee,
Bruce, 1963).
Vocación misionera específica 245
3. Vocación misionera específica
Existe una vocación específica para la evangeli-
zación «ad gentes». Así lo afirma el Vaticano II:
«Son sellados con vocación especial quienes, do-
tados del conveniente carácter natural e idóneos por
sus disposiciones y talento, están dispuestos a em-
prender la obra misional, sean nativos del lugar o
extranjeros: sacerdotes, religiosos, seglares» (AG 23).
Esta vocación específica se distingue de la res-
ponsabilidad general de todo cristiano respecto a la
evangelización universal:
«Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe la
tarea de propagar la fe según su condición, Cristo
Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los
que quiere para que le acompañen y para enviarlos
a predicar a las gentes» (AG 23)
Esta vocación específicamente misionera es un
don o carisma del Espíritu Santo en la línea de to-
mar «como misión propia el deber de la evan"eli-
zación que pertenece a toda la Iglesia» (ibid.)12
La vocación misionera «ad gentes» puede pre-
sentarse bajo diferentes aspectos o mociones de la
gracia:
— comunicar la fe a los que todavía no creen;
— comunicar los planes salvíficos de Dios en
Cristo;
— establecer o implantar la Iglesia;
— pítablecer los signos permanentes de evange-
lización;
12
Máximum illud: AAS (1919) 4.52; Rerum ecclesiae- AAS 18
(1926) 60; Saeculo exeunte- AAS 32 (1940) 256; Bvangelii nrae-
cones- AAS 43 (1951) 502.
246 Vocación misionera
— hacer que la Iglesia sea «sacramento» o signo
de Cristo en una comunidad humana;
— Llevar una comunidad humana hacia la pleni-
tud en Cristo...
La vocación misionera «ad gentes» se expresa en
un sentido de universalidad y en una cierta dedi-
cación a la evangelización universal. Es_, pues, uni-
versalidad y totalidad. La universalidad puede ser
geográfica y de sectores donde todavía el Evange-
lio no es una realidad La totalidad indica una cier-
ta dedicación de la propia vida.
Esta vocación misionera específica puede toda-
vía vivirse de diversas maneras: en una vida con-
templativa (Santa Teresa de Lisieux), en una reali-
dad de dolor o enfermedad, en una acción evange-
lizadora externa (San Francisco Javier), etc.
Es ya vocación misionera específica la dedicación
de unos años a la evangelización «ad gentes»; pero
este calificativo se reserva principalmente para las
personas que consagran toda su vida al anuncio del
Evangelio a todas las gentes. Este es el caso de los
patronos de las misiones: Santa Teresa de Lisieux
v San Francisco Javier.
El sentido de univeisalidad y de totalidad, que
es parte integrante de la vocación misionera, toda-
vía puede expresarse de modo diveiso según el es-
tado de vida: anunciar el Evangelio en todas las es
tiucturas humanas y desde dentro a modo de fer-
mento (laicos), anunciar el Evangelio por medio de
una práctica de los consejos evangélicos que son
signo y estímulo de la caridad (vida consagrada),
testimoniar el Evangelio en nombre de Cristo, Ca-
beza y Buen Pastor (sacerdote ministro).
Dentro de la misma vocación misionera «ad gen
Notas características 247
tes», hay quienes se sentirán más llamados al ser-
vicio del profetismo, al servicio de los signos de la
presencia de Cristo, al servicio de la caridad, etc.13
4. Notas características de la vocación misionera
Hay una nota característica básica de toda vo-
cación misionera: el sentido de universalidad en la
tarea evangelizadora con una cierta dedicación de
la persona. Pero hay que encuadrar esta nota bási-
ca en un conjunto de aspectos. Vamos a distinguir
entre notas características de la vocación a la mi-
sión (según la Escritura) y notas o señales de voca-
ción específicamente misionera.
A) NOTAS CARACTERÍSTICAS DE LA VOCACIÓN
A LA MISIÓN SEGÚN LA ESCRITURA
La llamada a la misión tiene su iniciativa en el
mismo Dios Es Jesucristo, «apóstol» del Padre,
13
P F D'ARCY, Constance of tnterest factor palterns withtn
the spectfic vocatton of foreing misstonary (Washington 1954),
O DOMÍNGUEZ, Semblanza y móviles de la vocación misionera,
en Misiones Extranjeras (1956) 133 145, E FARE, Ándate in
tutto il mondo (Bologna, EMI, 1977), P FASANA, La vocazione
misswnana nei documentt pontifici (Bologna 1960), M FERNÁN
DFZ, Misswnanum Vocatio, probatio, missio (Assisi 1908),
G GALOT, Porteurs du soufle de l'Fspnt (Patis 1967), La voca
ción misionera (Burgos, Semanas de Misionología de 1955 1956),
P LONGO, La vocazione misswnana, en Seminartum 25 (1973)
1130 1145, M LAGUARDIA, La vocación misionera a la luz del
Nuevo Testamento y de la teología en Misiones Extranjeras 16
(1955) 36 46, MONS LECUONA, La vocación misionera, en Misiones
Extranjeras 50 (1966) 331-338, K MULLER, La vocatton mtssion-
naire, en Unam Sanctam 67 (1967) 333-338, V PARDO, Vocación
misionera y adaptación misional (Burgos 1962), J PAVENTI, La
vocación misionera y su encuadre en las diversas vocaciones a la
luz de la legislación de la Iglesia, en Misiones Extranjeras 17
(1956) 6 28, V C VANZIN La vocazione misswnana (Roma
1940), L VOLKER, Défense de la vocatton missionnatre, en Spintus
(1964) 253-266
248 Vocación misionera
quien comunica la misión con las mismas caracte-
rísticas de universalidad (Jn 15,16).
Por esto la vocación a la misión es un don de
Dios. Es él quien nos ha amado primero (1 Jn
4,10). Nadie puede exigir el poder desempeñar un
servicio misionero en la Iglesia si no es llamado por
Dios. Este sentido de haber recibido inmerecida-
mente un don de Dios es una impronta que deja Dios
en el llamado como garantía de autenticidad.
Puesto que Cristo hace partícipe de su misión al
llamado, manifiesta, por ello mismo, una predilec-
ción, una declaración formal de amor (Jn 15,14;
Me 3,14). La vocación a la misión se mueve, pues,
en el marco de un desposorio que dará lugar a sen-
tirse realizado en esa fecundidad apostólica univer-
sal (Ef 3,8-9).
La verdadera vocación a la misión produce un
primer sentimiento de temor. Viene a ser el em-
brión de la humildad apostólica o ministerial de
quien, luego, no será más que un instrumento vivo,
no la causa primera de salvación (Le 5,8-9).
La misión va siempre unida a la comunión ecle.-
sial. De ahí que tanto la llamada inicial como la
maduración de la misma, la perseverancia, la res-
puesta generosa, etc., necesitan cierta mediación
eclesial. Las grandes figuras misioneras han servi-
do siempre de instrumento para suscitar numero-
sas vocaciones (Act 9,1-9).
La vocación a la misión no se impone atrepellan-
do la libertad y la propia iniciativa. Queda siem-
pre una libertad para poder decir esponsalmente el
«sí» definitivo. Por esto, la mejor manera de alen-
tar esta libertad es presentar las dificultades de la
vocación misionera en todo su realismo de compar-
Notas características 249
tir la suerte de Cristo (Mt 16,24; Jn 7,17; Mt
22,1-14).
La misión es también éxodo o partida que cua-
lifica al misionero para toda su vida. Hay que aven-
turarlo todo, sin procurarse otras seguridades (Le
5,11).
La gracia o don de Dios que se comunica al lla-
mado va configurando la fisonomía del apóstol a
través de un proceso gradual difícil de precisar. La
vocación de los apóstoles parece haberse madura-
do en un proceso como éste:
— experiencia de encuentro con Cristo (Jn 1,
38; Me 3,14);
— experiencia de la propia pobreta (Le 5,8;
1 Tim 1,15; 1 Cor 15,9);
— comunicar a otros esta experiencia (Jn 1,
41-45);
— arriesgarlo todo por la vocación (Mt 19,27s);
•—• pasar por encima del escándalo (Jn 6,67);
•— audacia en una marcha hacia lo desconocido
(Jn 21,19);
— experiencia de la presencia y acción amoro-
sa de María (Jn 2,11; 19,25-27; Act 1,14);
— descubrimiento de la fraternidad entre los
apóstoles (Jn 17,23).
Es, pues, un proceso que va pasando por estas
o parecidas etapas hasta ir consiguiendo una deci-
sión madura, una dedicación generosa, una fideli-
dad perseverante y gozosa.
B) SEÑALES DE VOCACIÓN MISIONERA
Cuando se habla de señales de vocación, los au-
tores acostumbran a analizar estos puntos:
250 Vocación misionera
— recta intención;
— decisión libre;
— idoneidad o cualidades necesarias.
Si aplicamos estos puntos a la vocación misio-
nera, habrá que tener en cuenta la disponibilidad
para una misión universal, así como un sentido de
dedicación a la misma.
La recta intención de la vocación misionera se
manifiesta en el deseo de dedicarse a la misión uni-
versal. Se puede manifestar bajo diversos aspec-
tos: comunicar la fe a los que no la tienen, im-
plantar los signos permanentes de evangelización
(implantar la Iglesia), llevar a los paganos hacia
la plenitud en Cristo... En el fondo hay siempre
un sentido de gratitud por la fe recibida. No sería
recta intención—válida para la vocación misione-
ra—si sólo hubiera el deseo de colaborar en el
desarrollo materia] del «tercer mundo».
La decisión libre puede manifestarse de muchas
maneras. Ordinariamente se manifiesta en un ofre-
cimiento espontáneo. Pero muchas veces se ha dado
esta decisión después de una repugnancia inicial o
después de un mandato del superior; así ha suce-
dido en grandes figuras misioneras.
La idoneidad o virtudes necesarias son las cua-
lidades correspondientes a la misión universal. Hay
que distinguir si se trata de vida laical, religiosa
o sacerdotal. También hay que tener en cuenta
campos especiales de misión. Pero en líneas gene-
rales, para cualquier vocación misionera específica,
podríamos señalar algunas cualidades que se des-
prenden de ios textos del Vaticano II (AG 24):
— fortaleza de ánimo para superar las dificul-
tades de la misión;
bidelidud 251
— paciencia, comprensión, humildad, caridad,
sensibilidad para descubrir los valores autén-
ticos del paganismo;
— espíritu sobrenatural para no convertir la mi-
sión en una acción filantrópica o política;
— espíritu sobrenatural para ver en los valores
auténticos del paganismo lo que queda to-
davía por redimir y purificar;
— ser transparencia del Evangelio precisamen-
te para los que no creen;
— comunión y obediencia, disponibilidad para
la pastoral de conjunto bajo la guía del obis-
po local;
— conocer, amar y vivir el carisma de la propia
institución misionera o eclesial a la que se
pertenece.
5. Fidelidad a la vocación misionera
Ser fiel a la vocación misionera quiere decir per-
severar en la decisión de seguir esta llamada. Puede
ser una fidelidad inicial o en el momento de tomar
la decisión, una fidelidad en el sentido de madura-
ción y una fidelidad en un nivel de generosidad.
La fidelidad no es, pues, estática, sino de dinamis-
mo creciente. Es el dinamismo de la caridad apos-
tólica.
Hay tres aspectos básicos de la fidelidad a la
vocación: decisión, donación y gozo. Una vez vista
la voluntad divina, se toma la decisión de seguirla;
pero no se trata de la adhesión a una idea, sino de
la donación esponsal a Cristo para el campo de la
misión. De esta decisión y donación nace el gozo
apostólico prometido por Cristo en la última cena.
Esta actitud de fidelidad se va desarrollando y
252 VoíüLion nin mncru
madurando a través del tiempo y de las dificulta-
des. Hay una maduración más subjetiva (intención,
motivaciones, decisión) y otra maduración más ob-
jetiva (desarrollo de las cualidades).
Si relacionamos fidelidad y maduración, se pue-
de decir que esta actitud de respuesta a la vocación
nunca llega a la perfección en esta tierra. Incluso
puede perderse. De ahí la necesidad de agradecer
esta misma fidelidad que es don de Dios, mientras
se ponen todos los medios de perseverancia.
Sentirse enviado o tomar conciencia de partici-
par en la misión de Cristo presente, es un punto de
apoyo para la fidelidad y maduración. Cuanto me-
nos se corte a la universalidad de la misión—dis-
ponibilidad sin condiciones—, más garantías exis-
ten de fidelidad perseverante y generosa.
Las dificultades de la misión actual deben ayudar
a descubrir eJ sentido de h vocación misionera.
Las dudas sobre la identidad deben conducir a re-
flexionar en los textos evangélicos sobre la llamada
y no buscar soluciones al margen del Evangelio.
Las discusiones sobre el significado de la misión o
de la evangelización, no deben quitar un momento
de tiempo al apostolado directo. La situación de
emergencia o de inseguridad que existe en algunos
países, debe ayudar a descubrir la vocación misione-
ra como vocación éxodo (disponibilidad de ir a otro
país) y de escatología (abrir nuevos caminos). La
maduración de las Iglesias locales ayuda a cortar
amarras que hacían perder el sentido de universa-
lidad al misionero. El descenso de vocaciones mi-
sioneras es una instancia a presentar el ideal con
más exigencias y más radicalismo, en una línea de
alegría y de esperanza.
Pastoral 253
La fidelidad depende de la gracia—puesto que
es don de Dios—y de la colaboración humana. Hay
que contar, pues, con todos los medios básicos
—oración, sacrificio—y hay que saber aprovechar
la realidad personal y ambiental para afianzarse en
la fidelidad. Los condicionamientos personales (he-
rencia, temperamento) y ambientales (cultura, fa-
milia, sociología...), no son determinantes cuando
existe una voluntad firme de aprovecharlos y en-
cauzarlos, salvo en el caso de una incompatibilidad
con la vocación misionera. El pluralismo de las fi-
guras misioneras se basa en los diversos carismas
y dones de naturaleza M
.
6. Pastoral de las vocaciones misioneras
La abundancia o la falta de vocaciones misione-
ras depende, en gran parte, de una pastoral de vo-
caciones. No se trata solamente de una propaganda
de tipo psicológico, sino principalmente de intere-
sar a todo el Pueblo de Dios: familias, comunida-
des eclesiales, vida contemplativa, etc. Es decir, se
trata de suscitar un interés que quede plasmado en
una vida de oración, de sacrificio y de colaboración
activa. Asimismo, hay que procurar incidir en los
posibles candidatos, de modo que la realidad de la
vocación misionera les cautive como uno de los
modos mejores de seguir a Cristo.
A) PUNTOS EN LOS QUE HAY QUE INSISTIR
La figura de Cristo debe ser siempre el centro
del mensaje vocacional. Es él quien llama y quien
14
J. M. IRABURU, Fidelidad a la vocación, en Teología del
Sacerdocio 5 (1973) 327-350, J F RAYMOND, Le dynamisme de
la vocatwn (París, Beauchesne, 1974).
254 Vocación misionera
envía. Se participa en su misión universal y en su
amistad incondicional. Sin una relación personal
profunda con él, no puede caber la vocación mi-
sionera.
Presentar el ideal misionero supone ofrecer el
panorama real de un mundo todavía sin evangeli-
zar. Es Cristo quien espera allí, donde él ya ha de-
jado huellas de su presencia. Hay que llevar el
Evangelio hasta los puntos neurálgicos de nuestra
sociedad. Las dificultades forman parte integrante
de la misión. Los fracasos inmediatos son ley evan-
gélica para que se produzca la resurrección. Las
ideas y las actuaciones misioneras demuestran su
autenticidad no precisamente en un éxito inmedia-
to, sino en el saber «pasar» por este aparente fra-
caso (cruz) con la esperanza puesta en la restau-
ración de todas las cosas en Cristo.
El ideal misionero supone un radicalismo evan-
gélico, que es disponibilidad de dejarlo todo para
una misión universal. El sentido de totalidad en la
entrega camina a la par del sentido universalista
de la misión.
La mejor presentación de la vocación misionera
es el testimonio de personas que viven gozosamen-
te la misión. La vocación, vivida en una línea de
generosidad y alegría, es una siembra eficaz. De
hecho, todas las vocaciones misioneras se han sus-
citado en relación a una figura misionera histórica
o actual.
Hay que abrir horizontes o esbozar nuevas posi-
bilidades de evangelizar hoy. Los proyectos pre-
sentados pueden pecar, a veces, de idealismo o de
fantasía; pero lo importante es hacer ver que, por
estos proyectos o por otros, siempre es posible
Pastoral 255
evangelizar cuando se posee la fuerza del Espíritu
Santo (Rom 1,4.16). En lugar de presentar dudas
sobre la identidad o de proferir lamentaciones, es
preferible señalar campos de misión, con toda su
dificultad, y dejar actuar al Espíritu en el corazón
joven.
B) MÉTODOS DE ACCIÓN
Además de presentar los puntos base sobre la
vocación misionera, hay que encontrar los cauces
o medios, así como las líneas de acción y de coope-
ración.
Los métodos de acción pueden cambiar según
el campo en el que se quiera incidir: la familia, la
escuela, la juventud, los movimientos apostólicos,
las comunidades eclesiales, los medios de comuni-
cación social, etc.
Gran parte de la acción vocacional hay que gas-
tarla en responsabilizar a grupos eclesiales especí-
ficos, especialmente en el campo de la oración
(contemplativos, grupos de oración), del sacrificio
(enfermos), del apostolado especializado (movi-
miento familiar, etc.).
Las experiencias concretas para suscitar la voca-
ción misionera en el mundo juvenil, son variadas
v dependen de las circunstancias de cada país:
— casas de espiritualidad;
— grupos de revisión de vida o de oración;
— casas específicas de pastoral de vocaciones
(centros vocacionales);
— correspondencia epistolar (con visita perso-
nal).
256 Vocación misionera
Existen muchos esfuerzos, la mayor parte de
ellos centrados en una sola línea (la de la propia
institución misionera). Es preferible, sin dejar es-
tos esfuerzos, coordinar la acción pastoral suscitan-
do preferentemente la vocación misionera en sí
misma—o la vocación general de consagración o
sacerdocio—, de suerte que, sólo luego, el joven
decida su camino concreto.
Hay que evitar la masificación de las vocacio-
nes, especialmente en momentos especiales (post-
guerras, tiempo de dificultades económicas, situa-
ciones precarias). La selección se impone principal-
mente en esas circunstancias.
Cuando se presenta la vocación misionera, hay
que exponerla con todo su abanico de posibilida-
des. Las preferencias las han de descubrir más en
los hechos de vida que en las palabras de la propa-
ganda proselitista.
Más que presentar una situación de crisis, hay
que presentar necesidades urgentes que reclaman
generosidad y respuesta incondicional a la llamada
de Cristo.
A través de la meditación de la palabra de Dios,
hay que ir descubriendo que esta misma Palabra
(Cristo) espera escondida en el prójimo, en los
acontecimientos, en los diversos sectores de nues-
tra sociedad todavía no evangelizada 15
.
7. La formación del misionero
La fidelidad, vivencia y perseverancia generosa
del misionero depende, en gran parte, de la forma-
15
Pastoral de las vocaciones (Salamanca, Sigúeme, 1961)-
Théologie et pastorale des vocations Rev Dioc Namur 18 (1964)
411-474
La formación del misionero 257
ción recibida en un período inicial y durante perío-
dos posteriores de la vida apostólica.
La formación misionera puede considerarse en
estos tres niveles:
— espiritual;
— doctrinal;
— pastoral (AG 25-26).
La formación espiritual debe darse principalmen-
te durante los años de preparación a la misión. La
parte más importante corresponde a la vida prác-
tica: vida de oración, práctica de virtudes, forma-
ción de actitudes básicas, etc. Pero la misma for-
mación doctrinal debe presentar un gran campo
de principios básicos de espiritualidad que orienten
la vida apostólica. Esta formación espiritual, prác-
tica y teórica, debe continuar toda la vida en pe-
ríodos especiales: retiros, Ejercicios, cursos, etc.
Uno de sus puntos de apoyo es la dirección espiri-
tual y la revisión de vida con los hermanos. Las
lecturas, especialmente de autores clásicos y del
magisterio, son imprescindibles. La vida litúrgica,
a través del año litúrgico, es una escuela privilegia-
da de espiritualidad misionera.
La formación doctrinal es un aspecto fundamen-
tal de la formación espiritual y pastoral. Pero, con-
siderada en sí misma, abarca todos los grandes prin-
cioios del mensaje cristiano que hay que predicar.
Suoone, pues, una profundización de la palabra de
Dios (en reflexión teológica) y un estudio de la
cultura y ambientes humanos donde hay que pre-
dicar esta palabra. Todas las disciplinas, sin excep-
ción, deben llevar esta marc% de «misterio de
Cristo» que hay que predicar. Una formación doc-
Bspintuahdad misionera 9
258 Vocación misionera
trinal simplemente técnica podría ser un gran obs-
táculo para el momento de decidirse por la voca-
ción o para los momentos de dificultad de la vida
apostólica. Por esto la formación doctrinal debe
ser permanente: cursos, conferencias, lecturas...
Ha de cuidarse, no obstante, que esta formación no
aboque a dudas, problemas artificiales y demasiado
teóricos, hipótesis teológicas aventuradas, etc. La
formación especializada dependerá de los diversos
campos de misión, sin olvidar las personas que de-
ben dedicar su vida precisamente a los temas mi-
sioneros (misionología).
La formación pastoral abarca el campo de la me-
todología apostólica, personal y colectiva (pastoral
de conjunto). El anuncio y comunicación del men-
saje abarca una serie de niveles en los que se re-
quiere metodología peculiar: anuncio (catequesis,
predicación...), vivencia de signos litúrgicos (sa-
cramentos, eucaristía, liturgia), vivencia de caridad
(comunidad, organización...). Pero es ya formación
pastoral la formación espiritual y la formación doc-
trinal del apóstol en cuanto tal. No habría forma-
ción pastoral recta si se ciñera solamente a la me-
todología técnica apostólica. La formación pastoral
debe renovarse continuamente, puesto que los mé-
todos son susceptibles de cambio según las circuns-
tancias. Pero queda siempre una orientación bási-
ca que no cambia: valor de la palabra, de los sig-
nos sacramentales, etc. Muchas veces, las dudas so-
bre la identidad apostólica surgen con ocasión de
un cambio brusco en el campo de apostolado, pero
se originan propiamente en un cambio equivocado
de criterios básicos. Las dudas sobre métodos de
apostolado o sobre estilo de vida, no producen, por
La formación del misionero 259
sí mismas, el interrogante sobre la vocación misio-
nera. Más bien, estas situaciones nuevas deberían
estimular a más reflexión, oración y generosidad,
para encontrar, tarde o temprano, la solución ade-
cuada 16
.
16
Véase syraposium sobre la formación misionera (Universidad
Urbaniana, Roma 1977): La formaziorte del missionarío oggi, sim-
posio miernazionale (Roma 24-28 ott. 1977). Véase también Docu-
mento de la S. Congregación para la Evangelización de los Pueblos
sobre la vocación y formación de los misioneros (Roma, Pente-
costés 1970), en Guida delle missioni cattoltche (Roma 1975).
El mensaje pontificio (Pablo VI) para el Domund de 1977 está
dedicado a la formación misionera.
X. MATERNIDAD DE LA IGLESIA
Y MISIÓN APOSTÓLICA
S U M A R I O
Presentación: Maternidad y misión eclesial.
1. Iglesia madre.
2. Iglesia esposa de Cristo.
3. Títulos apostólicos de la Iglesia esposa y madre.
4. Maternidad eclesial: ser y función apostólica.
5. Virginidad y maternidad.
6. Maternidad eclesial en la misión apostólica de
cada cristiano.
7. El sacerdocio ministerial o ministerio apostólico.
8. Naturaleza mañana de la misión y maternidad
eclesial.
9. Construir la Iglesia.
PRESENTACIÓN
Maternidad y misión eclesial
La Iglesia se está preparando para un nuevo pe-
ríodo de evangelización. Estamos a las puertas de
un nuevo siglo que será, a su vez, el tercer milenio
del cristianismo. La exhortación apostólica Evan-
gelii nuntiandi y el Sínodo Episcopal de 1974 so-
bre la evangelización, son una invitación acuciante
para preparar este nuevo período de evangelización
profundizando en la naturaleza de la Iglesia '.
Todo período especial de evangelización y de re-
novación se ha caracterizado por una profundiza-
ción en la maternidad de la Iglesia. Un fino senti-
do de Iglesia ha hecho surgir santos y apóstoles
que han marcado la pauta evangelizadora durante
siglos.
Los misterios cristianos se «presencializan» de
algún modo en la Iglesia, Desde la encarnación a
Pentecostés, el misterio de Cristo redentor es una
epifanía y comunicación personal de Dios Amor
para cada hombre y para toda la humanidad. La
Iglesia anuncia, presencializa, vive y comunica es-
tos misterios que son «propiedad» de toda la fa-
milia humana. En esta «misión» eclesial, la Iglesia
se siente y se hace madre.
El día de la Anunciación, María, Madre y Tipo
de la Iglesia, manifestando su fidelidad a la acción
del Espíritu Santo, se hizo madre de Dios y madre
1
Exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi-
AAS 58 (1976) 5-76; véanse n.-81-82, en los que destaca el sentido
mariano y eclesial de esta invitación. La exhortación Be publicó
el día de la Inmaculada (8 de diciembre) de 1975, décimo ani-
versario de la clausura del concilio Vaticano II.
262 Maternidad y misión eclesial
nuestra. La maternidad de María continúa en la
Iglesia.
La Iglesia, reunida en el cenáculo, en espíritu
de caridad, de oración y con la presencia de María,
se hizo fiel al Espíritu Santo enviado por Jesús, y,
por ello mismo, se hizo apostólica y madre. De esta
manera continúa la misión de Jesús (Jn 20,21-22).
Su maternidad consiste en la misión de anunciar,
presencializar y comunicar el misterio de Cristo a
todos los hombres. María y la Iglesia forman una
unidad, como nueva Eva, madre fecunda y virgi-
nal, asociada a Cristo (nuevo Adán), para ser su
epifanía o «sacramento».
La Iglesia de cada época y de todos los tiempos
siente la llamada del día de la encarnación y del
día de Pentecostés. Es su razón de ser: hacerse
madre de todos los hombres. Cada cristiano, vi-
viendo el sentido de Iglesia, experimenta la nece-
sidad de maternidad (o paternidad), que es la ra-
zón de ser de la misión o apostolado.
«En la mañana de Pentecostés ella (María) pre-
sidió con su oración el comienzo de la evangeliza-
ción bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la
estrella de la evangelización siempre renovada que
la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promo-
ver y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles
y llenos de esperanza» 2
.
La muerte y resurrección de Cristo, tema central
de la evangelización, urgen a la Iglesia a adoptar
esta fidelidad de la que María es el mejor modelo.
La «vida apostólica», o ejemplo y doctrina de los
apóstoles, es un punto de referencia que marca la
pauta para siglos posteriores. Por esto la Iglesia
mira siempre a Pentecostés, donde los apóstoles se
2
Ibid., n.82.
Presentación 263
hicieron fieles a la acción del Espíritu con la pre-
sencia, la oración y el ejemplo de María.
La naturaleza de la Iglesia es un proceso de ma-
ternidad que lleva a cumplimiento la misión de
Cristo. La madre se hace tal en un proceso de amor
y de sufrimiento. Para la Iglesia, es un proceso de
conversión y de bautismo, una actitud descrita en
el sermón de la Montaña. Es el gozo de la fecun-
didad que nace de la postura de amor—como el
del Señor—en los momentos de sufrimiento y de
cruz. Jesús fue así imagen del Padre y así la Igle-
sia se hace imagen de Dios Amor participando en
la misión de Jesús.
San Pablo, en su tarea apostólica, se compara
a una madre que sufre. Así se expresa en la carta
a los Gálatas: «hijos míos, por quienes sufro de
nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado
en vosotros» (Gal 4,19). El apostolado es, para Pa-
blo, una acción de dar a luz a Cristo en los demás.
Pero esta acción apostólica es materna en el doble
sentido de dar a luz y de responsabilizarse conti-
nuamente por la educación de los hijos. Es una ac-
ción materna continua, puesto que ha de llevar al
cristiano hacia una plenitud. El contexto de la car-
ta a los Gálatas, en su capítulo cuarto, es de com-
paración o, al menos, de relación entre la materni-
dad de María (4,4), la maternidad de la Iglesia
(4,26) y la maternidad apostólica (4,19).
En la carta a los Tesalonicenses, Pablo se com-
para de nuevo a una madre, pero esta vez en una
actitud de darse o adaptarse al niño pequeño: «Nos
hicimos como pequeñuelos y como nodriza que cría
a sus niños; así llevados de nuestro amor por vos-
otros, queremos no sólo daros el evangelio de Dios,
26¿t Maternidad y misión eclesial
sino aun nuestras propias vidas» (1 Tes 2,7-8). Los
sentimientos del apóstol son parecidos a los de Je-
sús cuando se compara a una gallina en este mismo
sentido materno (Mt 23,37).
Pero quien primero ha comparado la misión
apostólica a una función materna, ha sido el mismo
Jesús en el sermón de la última cena. Jesús pro-
mete a los apóstoles su Espíritu Santo, su misión,
sus sufrimientos, su gozo pascual. Para alcanzar la
fecundidad apostólica hay que correr la misma suer-
te que Cristo, beber su cáliz o copa de bodas y de
alianza. Sufrir por Cristo es algo inherente a la
tarea apostólica, como lo es el dolor a la tarea ma-
terna (Jn 16,21). La alegría de la fecundidad ma-
terna y apostólica se expresa en las palabras de
Jesús bajo el símil de la madre: «vuestra tristeza
se convertirá en gozo» (Jn 16,20).
Anunciar el Evangelio es anunciar el gozo salví-
fico o pascual de Jesús. El ángel anunció este gozo
a los pastores (Le 1,10). Es el gozo de las bienaven-
turanzas. Y es el mismo gozo materno de la fe-
cundidad apostólica que se realiza cuando se ha
sabido amar en el sufrimiento. La misión apostóli-
ca es, pues, función maternal de la Iglesia y, como
tal, entrelaza la cruz o sufrimiento con la alegría
de la fecundidad (gozo pascual). Por esto la Igle-
sia, esposa virginal y fecunda, es como la epifanía
del Señor o su signo y «sacramento». En esto si-
gue las mismas constantes que la maternidad de
María, quien, por estar asociada a Cristo, es su epi-
fanía e instrumento de filiación divina.
Para la Iglesia, anunciar «la Buena Nueva» o el
gozo salvífico de Cristo es una función materna
permanente y universal en todos los sentidos: his-
' Iglesia madre 265
tórico, geográfico, funcional... Misión y materni-
dad eclesial son realidades complementarías o dos
facetas de una misma realidad3
.
1. Iglesia madre
El sentir común de los fieles habla continua-
mente de «la Iglesia nuestra madre». A veces ha
sido incluso una tonadilla en la predicación: «di-
ce la Iglesia nuestra madre». En el credo de la
Iglesia africana primitiva se decía: «Creo en la
santa Iglesia madre»4
. Y así se canta todavía el
credo romano en alguna lengua vernácula.
Los Padres de la Iglesia manifestaban su «sen-
tido» eclesial con esta misma expresión 5
. Son mu-
chos los matices de esta afirmación patrística, que
a veces se inspiran en el símil de la gallina usado
por Jesús. Relacionan virginidad y maternidad ecle-
sial, subrayan la fecundidad—misión apostólica—,
3
A. ALCALÁ, La Iglesia, misterio y misión (Madrid 1963);
G. COLZANI, La missionarieta della Chiesa (Bologna, Dehoniane,
1975); Y. CONGAR, La mission dans la tbéologie de l'Église, en
Repenser la mission (Lovaina 1965) 53-74; J. MASSON, Fonction
missionnaire, fonction d'Eglise, en Nouvelle Revue Théologique
80 (1958) 1042-1061; 81 (1959) 41-59; A. RETIF, Mission de
l'Église e mission de l'Esprit (Paris 1958); H. Roux, Église et
mission (París 1956); A. SEUMOIS, Tbéologie missionnaire, déli-
mitation de la fonction missionnaire de l'Église (Roma 1973).
Véanse comentarios al decreto Ad Gentes, e.g. L'activité mission-
naire de l'Église: Unam Sanctam 67. Véanse también algunos co-
mentarios posconcilíares: A los diez años del decreto «Ad Gentes»
(Burgos, Facultad Teológica, 1976). Véase más bibliografía en la
nota 22 (Iglesia «sacramento»).
4
K. DELAHAYE, Ecclesia mater chez les Peres des trois premiers
siécles (Paris, Cerf, 1964); Véanse págs. 98 y 108.
* Algunos testimonios significativos: PASTOR DE HERMAS, Vi-
sión 3 (virgen y madre); TERTULIANO, De oratione 2; De baptis-
mo 20; De anima 43,10; SAN CIPRIANO, De unitate Ecclesiae 5
(madre fecunda); SAN AGUSTÍN, In Ps 88, sermo 2 n.14 (virgen
y madre como María); SAN AMBROSIO, Exp. in Lucam 8,73 (somos
la Iglesia madre y somos también sus hijos), etc. Véase H. DE
LUBAC, Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (Salaman-
ca, Sigúeme, 1974), 2.* parte.
266 Maternidad y misión eclesial
relacionan la maternidad de la Iglesia con la mater-
nidad de María y no dejan de apuntar que la mater-
nidad eclesial se participa por cada uno de los cris-
tianos.
La doctrina sobre la Iglesia madre es eminente-
mente bíblica. El capítulo cuarto de la carta de
San Pablo a los Gálatas habla del misterio de Cris-
to, Hijo de Dios, hecho nuestro hermano por la
maternidad de María (Gal 4,4) para comunicarnos
su filiación divina. Esta maternidad se concretiza
ahora en la Iglesia por el ministerio «maternal» del
Apóstol (Gal 4,19). Pero es toda la Iglesia la que
queda adornada con el título de madre (Gal 4,26s).
En toda esta gradación de maternidad hay siempre
una comunicación de filiación divina.
La doctrina paulina sobre la maternidad de la
Iglesia se basa en el texto de Isaías sobre la nueva
Sión o nueva Jerusalén que va a ser madre univer-
sal de judíos y gentiles6
. Se trata, en efecto, de
«la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra
madre» (Gal 4,26). El nuevo Sinaí o nueva ley del
amor—proclamada por Cristo y puesta en práctica
por la fe cristiana—tiene dimensiones universales,
sin fronteras. En este transfondo isaiano se consta-
ta que Dios ha transformado la esterilidad y el
adulterio o pecado de su pueblo Israel en una vida
esponsal y maternal de fecundidad insospechada
como partícipe de la fecundidad de Dios Amor,
Padre y Salvador universal. Esa es la perspectiva
de la «plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), en la que
María ocupa un lugar de signo y epifanía.
6
«Regocíjate, estéril, que no has parido; entona un grito de
alegría y exulta, tú que no has estado de parto. Porque los hijos
de la abandonada son más numerosos que los hijos de la casada,
dice Yahvé» (Is 54,1).
Iglesia madre 267
A esa «plenitud de los tiempos» alude San Pa-
blo continuamente en su celo misionero de «ins-
taurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10). La ima-
gen de la Iglesia madre, esposa, cuerpo de Cristo,
sirve a Pablo para presentar a la misma Iglesia
como instrumento de Cristo para llegar a esa ple-
nitud según los planes salvíficos de Dios (Ef 1,
22-23). En esta tarea de amor de Dios y de mater-
nidad eclesial está empeñado Pablo; ésa es su iden-
tidad y su razón de ser como apóstol de las gentes
(Ef 3).
Eva, «madre de los vivientes», alcanza así, en
la visión mesiánica, una maternidad verdaderamen-
te universal y salvífica. Pero la nueva Eva del nue-
vo Adán, preparada en el pueblo de Israel como
esposa e Hija de Sión, encuentra su realidad en
María y la Iglesia en su función maternal. La teo-
logía de Juan sobre «la mujer» nos haría profun-
dizar en este tema tan misionero por ser tan ecle-
sial y tan mariano. Esta «mujer», virgen fecunda,
es «signo» levantado ante los pueblos como señal
de que ya ha llegado la salvación 7
.
La Iglesia es madre de cada una de las comuni-
dades locales e Iglesias particulares. Para Pablo,
la Iglesia se halla concretizada allí donde hay una
comunidad cristiana fundada por el apóstol, en la
que se proclama la palabra y se celebra la eucaris-
tía8
. La segunda carta de San Tuan expresa esta
misma imagen de la Iglesia madre en cada Iglesia
' Se puede comparar los textos de Gen 3,15; Is 7,14; Miq
5,2-3; Jn 2,4; Jn 19.26; Ap 12.1, etc. La figura de «la mujer»
exDresa ese «siono levantado» que es, al mismo tiempo, la
Iglesia v María (Is 11,12).
8 1 Tes 2.14; Act 16.5; 15 41 Vénnse P TENA, P.glise. en
Dicl Spirilualité, fase 25, col.370-374; T. ESOUERDA, Sacerdocio
ministerial en la Iglesia particular: Salmanticensis 14 (1967)
309-340.
268 Maternidad y misión eclesial
particular (2 Jn 1.4.13). Los «hijos» de la Iglesia
caminan en la verdad del precepto del amor (2 Jn
4s). Se vislumbra una relación entre Iglesias her-
manas o una relación entre los hijos de la misma
Iglesia que está y opera en comunidades distintas
(2 Jn 13).
La maternidad de la nueva Sión o nueva Jeru-
salén queda, pues, enraizada en la nueva ley del
amor. El nuevo monte del pacto esponsal es ahora
el monte de las bienaventuranzas. El gozo de la fe-
cundidad eclesial o «bienaventuranza» deriva de
saber amar en las circunstancias de sufrimiento que
acompañan la acción apostólica. Por esto Jesús com-
para los apóstoles a una madre que se llena de
gozo en la fecundidad proveniente de haber amado
en el sufrimiento (Jn 16,21). La Iglesia se hace ma-
dre viviendo y anunciando las bienaventuranzas o
precepto del amor. Así sus hijos podrán decir el
«Padre nuestro», que es la oración universal de
toda la humanidad. La maternidad eclesial es, por
su misma naturaleza, maternidad universal9
.
2. Iglesia, esposa de Cristo
Para Pablo el «misterio» de Cristo en la Igle-
sia es una realidad esponsal: «Cristo amó a la Igle-
sia y se entregó a sí mismo por ella... gran miste-
rio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Igle-
sia» (Ef 5,25.32).
Esta imagen paulina de la Iglesia esposa—madre
fecunda—encuentra su paralelo veterotestamenta-
rio en la primera mujer, Eva, salida del costado
9
K. DELAHAYE, Ecclesia mater... (Paris, Cerf, 1964); H. DE
LUBAC, has Iglesias particulares en la iglesia universal (Salamanca,
Sigúeme, 1974), 2." parte; J. FRISQUE, La mission et l'Église
parlicuhére: Église Vivante (1949) 389-412.
Iglesia, esposa de Cristo 269
del primer Adán (Gen 1,22-26). El amor y la unión
entre el hombre y la mujer (Adán y Eva) son la
imagen de Dios Amor. En el nuevo Adán, la nueva
esposa, es decir, la Iglesia, nace también del costa-
do de su esposo y forma con él una unidad que es
«signo» («sacramento») del amor de Dios10
. El
matrimonio cristiano encuentra su significación en
esta realidad más profunda del «matrimonio» en-
ere Cristo y la Iglesia.
De esta imagen de la Iglesia esposa nace el celo
apostólico de Pablo, cuyo ministerio consiste en
desposar a los cristianos con Cristo y llevar a la
perfección este desposorio n
. F.l celo misionero es
participación del celo de Dios Amor y de Cristo
esposo.
El desposorio de la Iglesia y de cada fiel con
Cristo lleva a una propiedad esponsal por parte de
Cristo. Ya no somos nuestros, sino de Cristo esposo
(Rom 7,2-4). El «no sois vuestros» o «no os perte-
necéis» (1 Cor 6,19) tiene este significado de pro-
piedad esponsal de Cristo, que nos ha comprado
cen su sangre. Así se ha realizado el nuevo «pacto
esponsal» o nuevo testamento.
Juan, en el Apocalipsis, describe la marcha de
la Iglesia como una peregrinación de desposorio
hacia la realización del matrimonio en la resurrec-
ción final. Es una imagen, como la de Pablo, que
indica la unión de la Iglesia peregrina con su espo-
10
El texto de Ef 2,26-27 podría ser el mejor comentario a
Gen 1.22-26 y a Jn 19.34 (la nueva Eva nace también del cos-
tado del nuevo Adán). Cf. H. U. VON BALTHASAR, Sponsa Verbi
(Einsiedeln 1961).
" «Os celo con el celo de Dios, pues os he desposado a un
solo marido para presentaros a Cristo como casta virgen» (2 Cor
11,2).
270 Maternidad y misión eclesial
so Cristo, de cuyo costado nació en la cruz, por el
agua y el Espíritu (Jn 19,30.34).
El desposorio eclesial tiene diversas etapas, como
una gradación de maternidad: desde la cruz a Pen-
tecostés y a ia escatoíogía. Es la maternidad apos-
tólica de la Iglesia, cuya figura y tipo es siempre
María: «la mujer» junto a la cruz, la mujer en 'la
nueva creación de Pentecostés, la mujer en el cielo
apocalíptico o de marcha escatológica de la Iglesia
peregrina.
El desposorio y maternidad de la Iglesia van
apareciendo en el Apocalipsis con una triple imagen
que es una misma realidad: Eva, María, Iglesia. El
trasfondo es el del Génesis, de Cana, de la cruz.
La historia salvífica es siempre marcha nupcial, en
el antiguo pacto esponsal («testamento») y en el
nuevo. La Iglesia va cumpliendo su misión mater-
na {apostólica) en medio de dificultades, puesto que
necesita purificación, persecución, para vivir mejor
la fe y la esperanza como aprendiz de la caridad.
El amor se realizará plenamente cuando toda la
humanidad, convertida en Iglesia esposa de Cristo,
llegue al encuentro o plenitud. Los capítulos 12, 19
y el del Apocalipsis contienen este mensaje de di-
namismo apostólico—María e Iglesia como nueva
Eva—, que culmina en el «ven. Señor Jesús»
(Ap 22,20).
Del Génesis al Apocalipsis aparece así la figura
de «la mujer» esposa del nuevo Adán. Y es el Es-
píritu creador (Gen 1,2), Espíritu del Padre y del
Hijo, el autor de la nueva creación y del nuevo
desposorio o «testamento» entre Cristo Hijo de
Dios y la humanidad entera por medio de la Igle-
sia. Por esto, la misión materna y apostólica de la
Iglesia, esposa de Cristo 271
Iglesia es misión en el Espíritu, quien es el prin-
cipal agente de la evangeli:zación u
.
Esta imagen bíblico-patrística de la mujer espo-
sa de Cristo tiene siempre como transfondo «la
mujer» del Antiguo Testamento. Es la mujer de
las profecías mesiánicas, la esposa de los Cantares,
la hija de Sión, el mismo pueblo de Israel, Jeru-
salén, etc. Las figuras femeninas de la Biblia per-
sonifican esta mujer esposa de Dios. Los profetas
profundizaron este desposorio («testamento», pac-
to esponsal, «alianza»). De ahí la riqueza eclesial
y misionera de Dios Esposo. Los Padres y autores
cristianos, al querer profundizar los textos (relati-
vamente escasos) del Nuevo Testamento sobre la
Iglesia esposa, irán a buscar su significado en los
paralelos veterotestamentarios13
.
No es, pues, de extrañar que Jesucristo se pre-
sentara tantas veces como esposo de la nueva Alian-
za. Su muerte va a realizar este desposorio como,
bebiendo una «copa de bodas» 14
. Cristo esposo in-
vita a todos a las bodas (Mt 22,9). Pero también
urge a su esposa la Iglesia a vigilar como las vír-
genes prudentes (Mt 25,1-13).
La imagen de Jesús esposo tiene sentido escato-
lógico, de encuentro definitivo, de un juicio final,
que urge a que la esposa sea fiel, esposa fecunda
de muchos hijos, es decir, de toda la humanidad.
Por esto los «apóstoles», que van a continuar la
12
Evangeln nunhandt c.7. Véase el comentario Esortazione
Apostólica «Evangehi nuntiandi»..., Commento sotto Vaspetto
teológico, ascético e pastórale (Roma, Sacra Congregazione per
l'Evangelizzazione dei Popoli, 1976).
" Ps 44; Am 5,2; Os 1-3; Ts 54,1-7; 60,4; 66,7-13; Sof 3,17;
Jer 2,5; Ez 16, etc.
14
Compárese Le 22,20 (copa de la nueva alianza o desposorio)
con Jn 18,11 (copa de bodas preparada por el Padre) y Mt 20,22
(beber el mismo cáliz o suerte de Cristo).
272 Maternidad y misión eclesial
misión de Cristo, son «los amigos del esposo»
(Mt 9,15) que sigue realizando este desposorio pre-
paratorio de un matrimonio definitivo cuando «Dios
sea todo en todos» (1 Cor 15,28).
La misión apostólica es, pues, misión de despo-
sorio. Es un servicio eclesial que debe estar ador-
nado de la misma humildad que la del Precursor,
quien se alegra de que los nombres encuentren a
Cristo, aunque él tenga de desaparecer (Jn 3,29-
30). En esta misión hay una urgencia de evangeli-
zar, de preparar la esposa que es la humanidad en-
tera, «porque viene el esposo» (Mt 25,6)15
.
3. Títulos apostólicos de la Iglesia madre
y esposa
La Iglesia esposa de Cristo, virgen y madre, vive
su dinamismo de maternidad apostólica expresado
bajo diversas facetas en la doctrina neotestamenta-
ria. Cada uno de los títulos eclesiales expresa un
aspecto de la maternidad de la Iglesia: cuerpo, pue-
blo, mino, sacramento...
La Iglesia es una sola cosa con Cristo, es el
«Cristo total», «una sola carne» (Mt 19,6), identi-
ficada con Cristo esposo. En este sentido, la Igle-
sia es «cuerpo de Cristo» (1 Cor 12,26-27). Todo
cristiano está bautizado, configurado en un solo
cuerpo, el de Cristo (1 Cor 12,13). Cristo es la
cabeza de su cuerpo (Ef 1,22; 5,23-24; Col 1,18).
Cristo esposo ama a su esposa haciendo de ella su
propio cuerpo por transformación en unidad mís-
tica (Ef 5,25.29).
15
Véase bibliografía abundante sobre este tema de Iglesia es-
posa en K. DELAHAYE, O.C, lista bibliográfica final; H. U. V
O
N
BALTHASAR, Sponsa Verbi (Einsiedeln 1961).
Tílulos apostólicos de la Iglesia 273
La Iglesia es algo inherente a Cristo, como el
rebaño al pastor (Jn 10), como el sarmiento forma
parte de la vid (Jn 15,1-5). En una palabra, es la
Iglesia propiedad esponsal de Cristo (Rom 16,16).
Y con este amor de esposo, Cristo escudriña o exa-
mina a su Iglesia continuamente en la asignatura
del amor fecundo (Ap 2,23). La naturaleza de la
Iglesia es, pues, la de sec^él cuerpo de Cristo que
crece continuamente en la comunión universal
(Col 2,19). Los sufrimientos del apóstol comple-
tan la pasión de Cristo en bien de la Iglesia que
es su cuerpo (Col 1,24). Cuerpo de Cristo equivale,
pues, a esposa fecunda o madre de todos los hom-
bres 16
.
Con el título de pueblo se indica propiedad es-
ponsal o «pueblo de adquisición» (1 Pe 2,9) que
tiene su origen en una «alianza» o pacto esponsal.
Este título bíblico y conciliar no tiene, pues, el sen-
tido de nuestra terminología actual en el campo po-
lítico 17
.
La Iglesia es el nuevo pueblo propiedad de
Dios18
, pueblo y reino sacerdotal (Ap 1,4-6), edi-
ficación de Dios (1 Cor 3,9), casa de Dios (1 Tim
3,15), templo del Espíritu Santo (1 Cor 3,16; 6,19;
1 Pe 2,5). Por todo ello, el pueblo de Dios debe
abarcar toda la humanidad como posesión de Dios.
18
LG n.7. Sobre cada uno de estos títulos eclesiales, ibid. n.5-6.
Comentario a humen gentium: ha Iglesia y su misterio (Barce-
lona, Herder, 1969), 2 vols.
17
El concilio Vaticano II dedica a este título el capítulo se-
gundo de la humen gentium, después del título de Iglesia «sacra-
mento», en armonía con otros títulos eclesiales. Los comentaristas
han destacado la importancia de esta prioridad al comienzo de
la constitución conciliar antes de especificar los diversos estamen-
tos de este pueblo: ministros, laicos, religiosos. Véase la nota 16.
18
«Vosotros, que en un tiempo no erais pueblo, ahora sois
pueblo de Dios» (1 Pe 2,10); se trata de un «pueblo adquirido»
(ibid., 9).
274 Maternidad y misión eclesial
Pueblo, «santidad» y sacrificio son términos com-
plementarios: toda la humanidad debe ser propie-
dad de Dios, imagen de Dios, olor de Dios—a ma-
nera de sacrificio agradable—, gloria o epifanía de
Dios. La misión de la Iglesia «pueblo» es la de ser
signo de lo que Dios quiere hacer con toda la hu-
manidad; es el nuevo Israel, el pueblo de la nueva
alianza esponsal (Ex 19,6, citado por San Pedro).
La Iglesia es «sal» para hacer que toda la humani-
dad se convierta en un «sacrificio» agradable a Dios.
De ahí el sentido apostólico de la afirmación de
Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13;
compárese con Me 9,48). Es como un fermento
que transforma toda la masa (Mt 13,33).
Complemento del título eclesial de pueblo es el
de reino. Este título indica diversas facetas y eta-
pas eclesiales. Jesús es el mismo reino que vive en
nosotros (sentido eclesial de signos: Me 4,26;
Mt 12,28), que nos espera en un encuentro defi-
nitivo (sentido escatológico: Jn 18,36). Cristo, con
su esposa la Iglesia, se halla ya en semilla (semilla
del reino: Me 4,26) en cada persona, pueblo, cul-
tura. Pero desde la encarnación y especialmente
desde Pentecostés, el reino de Dios está cerca y
urge a una explicitación y encuentro eclesial (Me 1,
15): el reino de Dios está cerca, a la puerta, urgien-
do a una realización plena.
«La Iglesia es el reino de Cristo» 19
. Todas las
semillas del reino que se hallan fuera de la Iglesia
visible, deben llegar a germinar plenamente en la
Iglesia reino de Dios. La misión eclesial es la de
hacer que la humanidad sea reino explícito de Cris-
to «para que Dios sea todo en todas las cosas»
19
LG n.3. Otras veces el concilio habla de «comienzo» y «ger-
men» del reino (humen gentium n.5 y 10).
Títulos apostólicos de la Iglesia 275
(1 Cor 15,27-28)20
. En el Antiguo Testamento la
figura de la mujer asociada al Mesías tiene también
esta faceta real: la reina esposa y madre21
.
Uno de los títulos más sugestivos actualmente
es el de Iglesia sacramento o signo eficaz de Cris-
to n
. Como la esposa es «gloria» de su esposo, así
la Iglesia; pero con una profundidad que deriva
del misterio de Cristo. La palabra latina «sacra-
mento» (signo manifestativo y comunicativo) tra-
duce, en parte, el término griego neotestamentario
«misterio» (intimidad divina o planes salvíficos de
Dios en Cristo). Por esto Cristo es el misterio
(Ef 1,3-9) que Pablo predica a todas las gentes
(Ef 3,1-10) y que se manifiesta y comunica por la
Iglesia. La Iglesia es el «misterio» o «sacramento»
(Ef 3,8-10; 5,32), es la epifanía y comunicación
de los planes salvíficos de Dios en Cristo (1 Tim
3,16).
El concilio Vaticano II, secundando los deseos
del papa Juan XXIII al convocar la asamblea con-
ciliar, presenta a la Iglesia como «sacramento uni-
versal de salvación» 23
. Así el misterio de Cristo,
por una Iglesia renovada, será dado a conocer a
todos los pueblos (Ef 3,8-10). La Iglesia, esposa
20
Los Hechos de los Apóstoles terminan narrando cómo San
Pablo anunciaba el reino en su situación de libertad vigilada
(Art 28,30).
21
Sal 44,10. Recuérdese también la figura bíblica de Ester.
22
J. ALFARO, Cristo, sacramento de Dios Padre: la Iglesia, sa-
cramento de Cristo glorificado: Gregorianum 48 (1967) 5-27;
Y. CONGAR. Un peuple messianique, l'Église sacrement du salut
(Paris, Cerf, 1975), 1.* parte; A. NAVARRO, La Iglesia como sacra-
mento primordial, en Estudios Eclesiásticos 41 (1966) 139-159;
O. SEMMELROTH, La Iglesia como sacramento original (San Se-
bastián Dinor, 1965); P. SMULDERS, La Iglesia como sacramento
de salvación, en La Iglesia del Vaticano II (Barcelona, Flors,
19661 T p.377-400.
23
LG n.l v 48; AG n.l; cf. Const. Apost. Humanae salulis
(25 dic. 1961).
276 Maternidad y misión eclesial
de Cristo, nueva Sión, madre de todos los pueblos,
es el signo levantado ante las naciones24
. Pablo ex-
presa esta realidad en un himno cristiano sobre la
Iglesia sacramento universal de salvación: «Es
grande el misterio de la piedad, que se ha manifes-
tado en la carne, ha sido justificado por el Espíri-
tu, ha sido mostrado a los ángeles, predicado a las
naciones, creído en el mundo, ensalzado en la glo-
ria» (1 Tim 3,16).
4. Maternidad eclesial: ser y función apostólica
El ser y función apostólica de la Iglesia podrían
definirse como maternidad permanente y univer-
sal. Así como los misterios cristianos se hacen pre-
sentes en la Iglesia, la maternidad eclesial, iniciada
en Pentecostés, tiene una dimensión permanente
en la historia de salvación hasta la restauración fi-
nal. La maternidad de la Iglesia—como la de Ma-
ría—no termina nunca en esta tierra. Se podría de-
cir analógicamente de la Iglesia lo que el Vatica-
no II dice de María:
«Esta maternidad de María en la economía de la
gracia perdura sin cesar desde el momento del asen-
timiento que prestó fielmente en la anunciación—la
Iglesia lo prestó en Pentecostés—hasta la consuma-
ción perpetua de todos los elegidos» 25
.
La maternidad es la razón de ser de la Iglesia
y constituye su ser y su función pastoral.
3
* Sacrosanctum Concüium n.2; Is 11,12.
25
LG n.62. En algunos estudios se ha hecho resaltar la relación
entre la maternidad de María y la maternidad de la Iglesia:
J. ESQUERDA, La maternidad de María y la sacramentalidad de la
Iglesia, en Estudios Marianos 26 (1965) 231-274; I. LECUYER,
Mario ct VÉglise comme mere et épouse du Christ, en Études
Mariales (1952) 23-41. Véase bibliografía posconciliar en La Virgen
de los tiempos nuevos (Barcelona, Balmes, 1975).
Ser y función apostólica 277
La universalidad de esta maternidad eclesial es
de instrumentalidad salvífica, en cuanto que es es-
posa fecunda de Cristo «Salvador de todos» (1 Tim
4,10). No hay fronteras geográficas, ni culturales,
ni raciales, para esta maternidad eclesial.
Hoy, este sentido de maternidad universal de la
Iglesia lleva a una pastoral de evangelizar los sec-
tores y puntos neurálgicos de nuestra sociedad, es-
pecialmente cuando las fronteras religiosas coinci-
den cada vez menos con las fronteras geográficas.
El sentido de maternidad, vivido intensamente en
cada época, hace que la Iglesia descubra los mejo-
res medios de acción pastoral. De ahí el fino sen-
tido de Iglesia que han tenido siempre los santos
misioneros y apóstoles. Las mejores y más audaces
iniciativas pastorales nacen de un profundo sentido
de comunión eclesial contra toda lógica y previsión
humana. Esto supone sufrimiento como parte in-
tegrante de la misma maternidad (Jn 16,20-21).
La Iglesia sufre constantemente dolores de par-
to (Ap 12), especialmente en la labor apostólica
(Gal 4,19), que es función materna. Amar en el
sufrimiento produce precisamente el gozo de la fe-
cundidad (Jn 16,20-21). La historia de la Iglesia
es una presencialización de la vida de María asocia-
da como Madre y esposa a Cristo redentor en los
momentos de acción sacrificial (Le 2,35; Jn 19,25-
27).
Desde Pentecostés (Act 1,14), María y la Iglesia
forman una unidad materna a manera de instru-
mento de filiación divina. María es el tipo de esta
maternidad eclesial ejercida en el dolor de asocia-
ción a Cristo redentor (Ap 12). Jesús continúa aso-
ciando a su madre María en la aplicación de la re-
278 Maternidad y misión eclesial
dención a través de los signos eclesiales que consti-
tuyen la maternidad ministerial o apostólica de la
Iglesia.
Cuando ha de haber una acción del Espíritu San-
to en un período de evangelización, hay también
una repetición de las características del obrar del
Espíritu: entrar en el sufrimiento. María se hizo
madre entrando en esa «nube» de «silencio» repe-
tido de Dios desde la encarnación hasta la cruz.
La Iglesia se hace madre en las mismas constantes
de una acción del Espíritu que hace entrar en el
desierto (Le 4,1 y Ap 12,6). Esta constante del
actuar del Espíritu tiene lugar en la vida de cada
persona, de cada apóstol, de cada institución ecle-
sial y de cada período histórico.
A la Iglesia le queda todavía mucha labor ma-
terna hasta llegar a la plenitud de las naciones. El
misterio del tiempo y del modo de conversión for-
ma parte del mismo misterio de Cristo y de la
Iglesia. Los momentos más fecundos han sucedido
al margen de toda previsión humana: Saulo, con-
vertido en Pablo, cambió la persecución religiosa
en un apostolado misionero con dimensiones de un
imperio.
En esta línea de maternidad eclesial universal hay
que entender el principio siempre válido de que
«fuera de la Iglesia no hay salvación» (Orígenes y
Tertuliano). Donde haya un germen de evangelio,
allí hay un germen de Iglesia que anhela llegar a
una plenitud eclesial. Dios, Padre de todos, hace
llegar a todos, de algún modo, la maternidad ecle-
sial. Pero la Iglesia, como San Pablo, gime con do-
lores de parto «hasta formar a Cristo» místico en
su plenitud (Gal 4,19). Por esto, todos los autén-
Ser y función apostólica 279
ticos valores religiosos no cristianos tienden, por su
misma naturaleza, a ser explícitamente Iglesia2é
.
La función materna (pastoral) de la Iglesia es
mediación de salvación, cuyo tipo o personificación
se encuentra en María asociada a Cristo salvador.
Pero, por su misma naturaleza de Iglesia signo o
«sacramento», su maternidad es de servicio o de
ministerio de «signos»: la palabra, el sacrificio eu-
carístico, los sacramentos, el pastoreo... Así comu-
nica la vida divina y se hace instrumento maternal.
Es una maternidad ministerial distinta de la ma-
ternidad irrepetible de María Madre de Dios, aun-
que ambas maternidades se podrían considerar en
unidad de acción instrumental: Jesús asocia a su
madre y actúa por medio de los signos eclesiales.
No hay que olvidar que la terminología neotesta-
mentaria que estamos usando produce actualmente
cierta alergia. A veces no agrada comentar esta fa-
ceta de la maternidad eclesial por falta de costum-
bre, pues hay que reconocer que es un tema au-
sente de muchos libros de espiritualidad y de apos-
tolado. Pero el cristiano debe habituarse a supe-
rar esas alergias enfermizas que se pueden producir
sobre cualquier dato de la revelación por el simple
hecho de no pertenecer al uso común. A veces, no
obstante, estas alergias son debidas a falta de sen-
tido bíblico y a poca lectura de los autores espiri-
tuales de valor universal. En muchos ambientes re-
ligiosos paganos (como en China) el sentido mater-
no de la Iglesia les ayudaría a encontrar en el cris-
tianismo una faceta muy querida en sus tradiciones
religiosas ancestrales: el aspecto maternal de Dios
AG n9
280 Maternidad y misión eclesial
(aspecto, por otra parte, repetido por los profetas
del Antiguo Testamento)27
.
5. Virginidad y maternidad
El ser y la función eclesial apuntan a convertirse
en la «Eva ideal»: esposa íntegra, virginal y fecun-
da del nuevo Adán. María, como tipo de la Igle-
sia, ya ha llegado a este ideal. Esposa, consorte,
cuerpo, sacramento, etc., son títulos complementa-
rios de esta asociación a Cristo en la obra de salva-
ción universal. La misión de la Iglesia es misión
de virginidad (fidelidad al esposo) y de materni-
dad (signo eficaz de Cristo).
Los tratados de los Santos Padres sobre la vir-
ginidad tienen como trasfondo a María y a la Igle-
sia28
. La virginidad está en la línea de la fidelidad.
Algunas personas en la Iglesia son llamadas a ser
un signo y estímulo de esta fidelidad a través de
una vida consagrada totalmente a un campo de ca-
ridad eclesial. Es la virginidad estrictamente dicha.
La fidelidad (virginidad) eclesial tiene una tri-
ple faceta: fidelidad a la doctrina (pureza de doctri-
na, custodia de la fe), fidelidad a las promesas (es-
peranza), fidelidad al amor de Dios y a la acción
santificadora del Espíritu (caridad, santidad). El
bautismo es un punto de partida en un proceso de
configuración con Cristo hasta amar y dar la vida
como él. La palabra de Dios, siempre viva en la
Iglesia, llama a esta configuración que se realizará
principalmente en la celebración de la eucaristía y
se expresará en una vida de «bienaventuranzas» o
2
' Is 49,15; Dt 32,11; Ex 19,4.
28
O. CASEL, Misterio de la Ekklesía (Madrid, Guadarrama,
1964); véase bibliografía citada en nota 25.
Virginidad y maternidad 281
del mandamiento del amor (edificarse y edificar la
comunidad y la historia amando). Los signos ecle-
siales sacramentales (liturgia, sacramentos...) son
portadores de esta palabra y de este bautismo que
urgen siempre a una configuración con el misterio
pascual del Señor. Las promesas divinas en la his-
toria de salvación se v?n haciendo realidad a tra-
vés de esta acción y fidelidad eclesial.
La fidelidad de doctrina, la fidelidad de esperan-
za y de escatología, la fidelidad de entrega a la
santidad y configuración con Cristo son partes in-
tegrantes de la virginidad de la Iglesia esposa de
Cristo. Solamente en esta línea de virginidad, la
Iglesia irá descubriendo los signos manifestativos
de la voluntad salvífica de Dios. La fidelidad a la
palabra, la fidelidad a las promesas y la fidelidad
a la acción amorosa de Dios son la base de la virgi-
nidad y maternidad eclesial.
En la medida en que la Iglesia es virgen fiel, se
hace también madre, esposa fecunda, instrumento
universal de salvación 29
. La fidelidad a los signos
eclesiales instituidos por Cristo y la fidelidad a la
acción santificadora del Espíritu son los elementos
fundamentales de su maternidad. La Iglesia es ma-
dre como medianera de verdad, como portadora de
las promesas divinas, como instrumento de vida
divina. Es una maternidad que engendra y educa
al mismo tiempo. Por esto la acción eclesial es por-
tadora de una acción del Espíritu (acción carismá-
tica), a través de signos pobres eclesiales (visibili-
dad, instituciones, etc.). Una actitud de ruptura
"iluminista» hacia estos signos pobres de Iglesia
significaría una ruptura con la acción carismática
La virginidad de María y de la Iglesia se relacionan con
^u maternidad en Lumen sentium n.63-65.
282 Maternidad y misión eclesial
del Espíritu. Sería rechazar la acción materna de la
Iglesia, es decir, la acción del Espíritu de Cristo
esposo que vive y actúa resucitado en su esposa 30
.
La fecundidad apostólica de la Iglesia (y de cada
apóstol) constituye, pues, la maternidad de la Igle-
sia y depende de la fidelidad a la acción del Espí-
ritu y a la palabra de Dios. La acción apostólica es
acción maternal y eclesial de engendrar, gestar, nu-
trir y educar hasta la plenitud en Cristo. Es fidelidad
de sufrimiento en el amor porque es dinamismo de
cruz y de resurrección. Así es la fecundidad del mis-
terio pascual.
Es el Espíritu Santo quien hace a la Iglesia vir-
gen y madre 31
. Por el Espíritu se recibe la Palabra
(el Logos o Verbo). La Iglesia y María, recibiendo
fielmente esta Palabra, se hacen madre universal.
La Iglesia es portadora del Verbo para todos los
hombres. Su maternidad le urge a continuar sien-
do fiel a esta transmisión de la Palabra de Dios,
que se ha hecho nuestro hermano para salvar a to-
dos. El sentido profundo de fidelidad (virginidad)
descubre el sentido universal de la maternidad.
La maternidad eclesial es virginidad fecunda co-
mo de esposa de Cristo. Esta realidad eclesial es
signo eficaz de volver a un plan salvífico querido
por Dios desde el principio y ahora restaurado con
creces por el Redentor. Dios salva a la humanidad
por medio de la Iglesia, que es, en su virginidad
v maternidad, signo eficaz de restauración, recapi-
tulación, recirculación, restitución (son términos bí-
blicos y patrísticos). Por esto la virginidad fecunda
de la Iglesia, como de «Eva ideal», tiene sentido de
universalidad. Es una acción apostólica que se ejer-
LG n.7-8.12.
Tbid., n.63-64.
Maternidad de la Iglesia 283
cita en toda la tierra, en toda la humanidad, en mar-
cha hacia la luz de plenitud cuando nuestra filia-
ción divina participada será completa: «seremos se-
mejantes a él porque le veremos tal como es» (1
Jn 3,2). Es maternidad liberadora integral que abar-
ca toda la persona, todos los sectores humanos, toda
la creación y toda la historia.
6. La maternidad de la Iglesia en la misión
apostólica de cada cristiano
La maternidad y la misión de la Iglesia se rea-
liza por medio de cada cristiano y en cada institu-
ción eclesial. La Iglesia es madre en cada uno de
sus miembros o componentes. Cada uno, según el
carisma o gracia recibida, participa en la misión y
maternidad eclesial. La fidelidad de cada uno a la
acción del Espíritu en la Iglesia se convierte en
instrumento de gracia y de filiación divina.
La diversidad de carismas o de gracias funda-
menta la diferenciación y grado de maternidad par-
ticipada. Pero, por diversa que sea esta participa-
ción, siempre goza de las características esenciales:
maternidad permanente y universal. Ser Iglesia, con I
todas las consecuencias, no es lo mismo que perte-
necer a una institución u organización humana con
limitaciones de tiempo o de espacio. El sentido de
maternidad urge, desde la entraña de la vocación
cristiana, a cierto compromiso permanente en la
misión sin fronteras de la Iglesia. Los límites de
la maternidad eclesial sólo los puede establecer el
Espíritu, que se derrama establemente en nuestros
corazones para una comunicación a toda la familia
humana.
Los límites de la maternidad eclesial no depen-
284 Maternidad y misión eclesial
den de nuestras opiniones o de nuestros intereses.
«El espíritu de comunidad ha de abarcar no sólo la
Iglesia local, sino también la Iglesia universal».
Sólo con esta perspectiva universal se desarrolla
el pleno significado de la maternidad de la comu-
nidad cristiana: «la comunidad eclesial ejerce una
verdadera maternidad para conducir las almas a
Cristo»32
.
La realidad de «instrumento eficaz» o «signo efi-
caz» de Cristo en cada cristiano adquiere diversas
modalidades y grados. Aparte de las gracias espe-
ciales y de la fidelidad a las mismas, podemos re-
cordar los tres «estados» por los que un cristiano
puede ejercer la misión de maternidad eclesial: lai-
cal, religioso, sacerdotal. Entramos así de nuevo en
la naturaleza «sacramental» de la Iglesia o de ser-
vicio de signos. El laicado es Iglesia madre por su
razón de signo de Cristo en las estructuras huma-
nas, desde dentro, a manera de fermento. La vida
religiosa—o de práctica de consejos evangélicos—
es signo radical de caridad y de desposorio con Cris-
to. El sacerdocio ministerial—o ministerio apostó-
lico—ejerce una maternidad de signos «sacramen-
tales» de la presencia y acción del Buen Pastor, Ca-
beza de la Iglesia33
.
Los tres estados son un servicio diferenciado de
la palabra, de los sacramentos o vida litúrgica, de
la acción apostólica. Siempre se trata de una mi-
sión de hacer nacer a Cristo por la vida de santifi-
cación y de apostolado. Pero hay que señalar la
principalidad de signo, en esta misión materna, de
quienes han sido llamados a expresar, en sus vidas
consagradas por los consejos evangélicos, el despo-
32
PO n.6; Lumen genttum n.65.
33
I.G n 31
Maternidad de la Iglesia 285
sorio de Cristo con la Iglesia. No obstante, la prin-
cipalidad más profunda se encuentra en el cam-
po de la caridad: es más Iglesia madre el que ama
más. A esta maternidad puede llegar cualquier
miembro de la Iglesia, aunque la vida consagrada
o la vida sacerdotal son un signo y estímulo de esta
caridad.
Por la línea de la misión en sí misma, hay que se-
ñalar la principalidad de quienes han sido llama-
dos a consagrar sus'vidas a una misión universal
sin fronteras, sin límites de tiempo y sin condi-
cionamientos a la disponibilidad universal. Se tra-
ta de la vocación misionera específica 34
.
La misión eclesial como maternidad tiene, pues,
múltiples facetas. Por esta rica polivalencia, la mis-
ma terminología se siente incapaz de abarcar toda
la realidad. Por esto, en los textos bíblicos y en la
tradición eclesial se habla de paternidad y mater-
nidad de la misión eclesial35
. La maternidad indica
preferentemente la relación a la Iglesia en cuanto
comunidad. La paternidad indica relación a Cristo
Cabeza, de quien se recibe la misión. El cristiano
es, pues, hijo de la Iglesia en cuanto es miembro
de la misma; pero participa de su maternidad en
cuanto que es instrumento de gracia dentro de la
comunión. Asimismo, el apostolado, por ser misión
recibida de Cristo Cabeza, es oficio de paternidad.
En ésta, como en otras cuestiones cristianas, la ter-
minología no puede abarcar todo el misterio de
Cristo.
Cuando Jesús usa esta terminología «familiar»,
manifiesta una superación de la misma o una
importancia sólo relativa, teniendo como transfondo
34
AG n.23.
35
1 Cor 3,1-2; 4,14-15.
286 Maternidad y misión eclesial
la fidelidad de María, que es, a la vez, madre y
esposa de Cristo (Me 3,35). Más que la terminolo-
gía (madre, hermano...) importa la realidad que se
quiere expresar.
7. El sacerdocio ministerial o ministerio
apostólico
La tradición patrística y teológica ha relacionado
el sacerdocio ministerial con la maternidad de la
Iglesia. Lo hemos visto en Pablo, que compara su
labor a una acción materna36
. Jesús comparó los
apóstoles a una madre que sufre (Jn 16,20). Pero
el sacerdocio ministerial participa de la maternidad
de la Iglesia en un aspecto especial: garantiza y
fundamenta los otros servicios de maternidad ecle-
sial. Se podría decir que el oficio apostólico de este
ministerio garantiza la maternidad general de la
Iglesia, a la manera como los cristianos están «edi-
ficados sobre el fundamento de los apóstoles» (Ef
2,20)"
El sacerdote ministro hace posible y patente la
maternidad de la Iglesia; es un signo fuerte de esta
maternidad o fecundidad apostólica. La acción sacer-
dotal es principio de unidad en la Iglesia y funda-
menta la comunión eclesial38
. De esta comunión o
caridad eclesial arranca la fecundidad de la Iglesia
36
Gal 4,19; 1 Tes 2,7-8.
37
M. J. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo (Barcelona,
Herder, 1953) VII, 79-576: «El sacerdocio ha de dar nuevamente
a luz a Cristo en el seno de la Iglesia (en la eucaristía y en el
corazón de los fieles) mediante la virtud del Espíritu Santo que
opera en la Iglesia, y de esta manera formar orgánicamente el
Cuerpo místico, así como María por virtud del Espíritu Santo
parió al Verbo en su propia humanidad y le dio su cuerpo ver-
dadero»... San Anselmo da a Jesús y a San Pablo el título de
madre: Orationes sive meditationes 10 (ver en Obras completas
[Madrid, BAC, 1953] II).
38
LG n.23; PO n.9.
El sacerdocio ministerial 287
(Jn 13,35; 17,23). Pero hay que ver también, en
esta realidad, una complementación mutua entre
sacerdotes y fieles, que hace posible la maternidad
eclesial. Nadie puede ser Iglesia madre sin esta co-
munión activa con los demás, en el sentido de com-
plementación de servicio o signos eclesiales apostó-
licos.
Por ser tan especial este servicio de la materni-
dad de la Iglesia en el sacerdote ministro, se le ha
llamado con más frecuencia paternidad. Los apósto-
les compararon su apostolado a una tarea paterna39
.
El acento del servicio paternal del ministerio
apostólico se centra, pues, en el ministerio de la
palabra. Ya hemos visto anteriormente que la ac-
ción del Espíritu Santo hace madre a la Iglesia (y
a María) por comunicarle el Logos o Verbo de
Dios.
Si todo cristiano participa en la maternidad de la
Iglesia—por ser comunidad eclesial—y en la pater-
nidad del apostolado—por recibir la misión de Cris-
to—, el sacerdote ministro ejerce una paternidad que
proviene de «obrar en persona y en nombre de
Cristo Cabeza» y Buen Pastor40
.
Según tradición patrística y litúrgica (rito de or-
denación), la paternidad sacerdotal se realiza diri-
giendo o presidiendo las comunidades eclesiales. Es-
ta presidencia de la Iglesia, esposa virginal de Cris-
to, está relacionada con la virginidad del sacerdote.
En toda la tradición eclesial (en Oriente y en Occi-
dente), el sacerdote ministro (obispo o presbítero)
que carga plenamente con el peso de la dirección
de la comunidad debe ser virgen porque represen-
39
1 Cor 3,1-2; 4,14-15; 1 Tes 2,11-14; 1 Pe 1,23-25; Sant
1,18.21.
40
PO n.2.6.12,,
288 Maternidad y misión eclesiál
ta a Cristo esposo, Cabeza, Buen Pastor. Los que
cargan con todo el peso de la evangelización—como
los apóstoles—son llamados por Cristo para vivir
como él: totalmente consagrados a la caridad pasto-
ral (virginidad del sacerdote). Las excepciones en
esta «regla apostólica» han nacido legítimamente
(en diversas tradiciones de Iglesias locales) en vis-
tas a servicios complementarios (especialmente sa-
cramentales y litúrgicos).
La paternidad del sacerdote ministro es tam-
bién instrumental: signo eficaz de Cristo Cabeza,
en cuyo nombre actúa cuando anuncia el mensaje,
cuando hace presente bajo signos el ministerio sal-
vífico (eucaristía y sacramentos) y ayuda a recibir
y vivir la salvación en Cristo (pastoreo). El prin-
cipio fontal es siempre Dios Padre, que nos ha
dado a su Hijo como salvador y al Espíritu Santo
como vivificador.
Llámese maternidad o paternidad, el servicio
sacerdotal garantiza y fundamenta —sin atrofiar ni
frenar—la maternidad «carismática» de todos los
creventes o miembros de la comunidad eclesiál. Sal-
vando las imperfecciones de toda comparación, di-
ríamos, con los Santos Padres, que el sacerdote es
en la Iqlesia como el espíritu en el cuerpo41
.
La tradición y el magisterio han presentado un
paralelismo y, especialmente, un amor peculiar de
María Santísima respecto al sacerdote42
. La ma-
ternidad de María y la maternidad de la Iglesia se
complementan en la historia salvífica, y el sacerdo-
te ministro realiza un servicio de signos que se re-
41
SAN GREGORIO NAZ., Oral. 2,3: PG 35,409; SAN BASILIO,
Ep 20: PG 32,312.
42
Mentí nostrae: AAS 42 (1950) 673 y 701. Véase Teología y
espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976) c.ll (María, Iglesia
V sacerdocio, espiritualidad sacerdotal mariana).
Naturaleza mariana de la misión 289
lacionan con ambas maternidades: Cristo Sacerdo-
te, asociando a su Madre, se hace presente y actúa
en la Iglesia, principalmente por el sacerdocio mi-
nisterial.
La devoción mariana del sacerdote se describe,
en teólogos y santos, en el sentido de una fidelidad
a la propia misión como la fidelidad de María y
con su ayuda. Así lo recuerda el Vaticano II43
. El
seguimiento fiel a Cristo, de parte de los apóstoles,
según San Juan, comienza con el milagro de Cana
(Tn 2,11). Juan junto a la cruz y los apóstoles en
Pentecostés recuerdan una nota característica de la
maternidad de la Iglesia y de su misión apostólica:
meditar, vivir y anunciar el misterio de Cristo como
María, con su presencia y con su ayuda44
.
8. Naturaleza mariana de la misión y maternidad
eclesiál
Cualquier aspecto de la maternidad y misión ecle-
siál hace referencia a María, que es tipo (personifi-
cación) y Madre de la Iglesia. La Iglesia encuen-
tra su naturaleza y razón de ser en un proceso de
fidelidad-maternidad que la hace signo eficaz («sa-
cramento») o epifanía de Cristo. Es la esposa de
Cristo. Esta naturaleza eclesiál encuentra su pun-
to culminante en María, virgen y madre, asociada
a Cristo redentor. La naturaleza de la Iglesia es ma-
riana: ser fiel a la Palabra y a la acción del Espíritu,
como María y con su ayuda, para ser madre perma-
43
PO n.18; Optatam totius n.8.
14
Los principales estudios sobre espiritualidad sacerdotal ma-
riana los he recogido en Espiritualidad sacerdotal mariana: Bur-
gense 11 (1970) 275-309; véase también la obra citada en nota 52;
María v la Iglesia en la espiritualidad sacerdotal: Estudios Ma-
rianos 40 (1976) 169-182.
Espiritualidad misionera '"
290 Maternidad y misión cclesial
nente y universal. Esta comparación entre María y
la Iglesia es uno de los puntos básicos de la consti-
tución Lumen gentium en el capítulo octavo (n.62-
65) y una de las aplicaciones más concretas de la
Iglesia como «sacramento» o signo eficaz de Cristo.
La naturaleza misionera de la Iglesia encuentra
su fundamentación y su aplicación más adecuada
en su relación estrecha con María, Madre de Dios
y Madre de todos los hombres, asociada como es-
posa a la obra salvífica de Cristo redentor uni-
versal.
Llegar a tener un profundo «sentido de Iglesia»
es la quintaesencia de la devoción mariana del após-
tol. Si se ama a la Iglesia en concreto, tal como
es, se encuentra fácilmente la relación con María,
su tipo y Madre. Pero cuando se habla de una Igle-
sia imaginaria o abstracta, elaborada por una lógi-
ca «humana» al margen de la revelción, esa «Igle-
sia» no tiene necesidad de madre..., porque no
existe.
En la misión eclesial encontramos, pues, indiso-
lublemente unidas, la maternidad de María y la
maternidad eclesial. En la misión de una se encuen-
tra la misión complementaria de la otra. María, sien-
do ella irrepetible y única como Madre de Dios y
nuestra, desvela el misterio de la Iglesia como epi-
fanía del misterio de Cristo. Y en el dinamismo de
la Iglesia, que tiende cada vez más a ser la espos-a
fecunda de Cristo, descubrimos a María como el
«principio» al que tiende toda la Iglesia por su
misma naturaleza45
.
45
«La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo
y en alma, es imagen y principio de la Iglesia, que habrá de
tener su cumplimiento en la vida futura»... (turnen gentium
n.68).
Naturaleza mariana de la misión 291
Si la Iglesia—y su misión—es de naturaleza ma-
riana, en cuanto que tiende a ser como María ma-
dre, lo mismo hay que decir de la vocación apos-
tólica. El celo apostólico es amor materno. Así lo
indica San Pablo (Gal 4,19). Así lo recuerda Pa-
blo VI en Evangelii nuntiandi**. Pero ese amor ma-
terno es como el de María:
«Por eso también la Iglesia, en su labor apostó-
lica, se fija con razón en aquella que engendró a
Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de
la Virgen, para que también nazca y crezca por medio
de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen
fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con
que es necesario que estén animados todos aquellos
que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan
a la regeneración de los hombres»47
.
Cuando hay este celo apostólico fuertemente ba-
sado en el «sentido de Iglesia» y en el sentido ma-
ñano, el apóstol no pone fronteras a su generosidad
ni a sus horizontes. Tomando la imagen paulina de
amor materno con dolores de parto—imagen para-
lela a la de Jesús en la última cena—48
, dice San
Juan de Avila:
«En cruz murió el Señor por las ánimas; hacien-
da, honra, fama y a su propia Madre dejó por cum-
plir con ellas; y así, quien no mortificare sus inte-
reses, honra, regalo, afecto de parientes, y no to-
mare la mortificación de la cruz, aunque tenga bue-
nos deseos concebidos en su corazón, bien podrán
llegar los hijos al parto, mas no habrá fuerzas para
los parir»49
.
La imagen apostólica de la madre que da a luz lle-
46
Evangelii nuntiandi n 69.
47
LG n.65.
48
Gal 4,19; Jn 16,20-21.
49
Obras completas del Santo Maestro ]uan de Avila (Madrid,
BAC, 1970) vol.3, serm.81 (fiesta de evangelistas).
292 Maternidad y misión eclesial
va a comprender mejor el sentido del sufrimiento
y de la cruz en el apostolado (y en la vida espiri-
tual). Es correr la suerte de Cristo (Mt 20,22) y
completar lo que falta a la pasión de Cristo «por
su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). Pero este
celo materno es siempre un destello del de Cristo
Buen Pastor: «la caridad de Cristo nos apremia»
(2 Cor 5,14).
La falta de devoción mañana en cualquier cris-
tiano, y especialmente en el apóstol, supone auto-
máticamente un descenso de la generosidad y es una
de las causas de las dudas sobre la propia razón de
ser (sobre su identidad). Cuando se pierde esta de-
voción, se pierde el sentido eclesial de la propia vida
y de la propia vocación misionera. Los grandes mi-
sioneros y los grandes santos se han formado en la
escaela mariano-sacerdotal.
9. Construir la Iglesia
Muchas veces, al hablar de los propios carismas,
de la propia conciencia, de realizarse, del desarro-
llo de la propia personalidad, de los signos de los
tiempos, etc., ocurre como sucedía a los cristianos
de Corinto: estaban muy satisfechos de los «dones»
o carismas recibidos y, no obstante, tenían una se-
rie de lacras que San Pablo no puede menos de
denunciar. El apóstol presenta un ideal que sanea
los problemas artificiales, supera las tensiones y cis-
mas, hace descubrir los verdaderos o mejores caris-
mas y la verdadera acción del Espíritu en cada
persona, en la Iglesia y en la historia. El cristiano
debe preocuparse por construir o edificar la Igle-
sia: «puesto que estáis ávidos de espíritus, procu-
Construir la Iglesia 293
rad abundar en ellos para edificación de la Igle-
sia» (1 Cor 14,12).
Los santos se sintieron siempre enrolados en la
construcción de la Iglesia. El grito de «soy hijo de
la Iglesia» da sentido a la vida de grandes refor-
madores en tiempos cruciales para la Iglesia: San-
ta Catalina de Sena, Santa Teresa, Enrique de
Ossó, Francisco Palau... Pero hay un punto de
partida básico que distingue al santo reformador
del seudorreformador: el amor a la Iglesia nuestra
madre. Un escrito o una conferencia sobre la Igle-
sia (o sobre sus defectos) es de tono cristiano cuan-
do contagia de este amor filial.
El amor a la Iglesia madre tiene una piedra de
toque: convencerse de que cada uno es el culpable
—al menos en parte—de los defectos y querer la-
var el rostro de la Iglesia con las propias lágrimas
y el propio sufrimiento. Este es el tema del Diá-
logo de Santa Catalina: «ella, con profundo cono-
cimiento de sí misma, se avergonzaba de sus im-
perfecciones, pareciéndole ser causa de los males
que sucedían en todo el mundo» 50
; «toma, pues,
tus lágrimas y tu sudor, y lavad con ellas la cara de
mi Esposa» 51
.
Este amor a la Iglesia y este convencimiento pro-
fundo de la propia responsabilidad y culpa es el
que ha suscitado la generosidad sin fronteras de
los grandes santos misioneros. Baste recordar a Pa-
blo: «No soy digno de llamarme apóstol, porque he
perseguido a la Iglesia de Dios» (1 Cor 15,9);
« ¡ay de mí si no evangelizare! » (1 Cor 9,16). La
50
Diálogo primero c.2. Es el mismo tema y presenta expresio-
nes parecidas a los Memoriales de San Juan de Avila para el
concilio de Trento y el sínodo de Toledo (véanse obras completas
citadas en nota 49).
51
Diálogo segundo c.2.
294 Maternidad y mistan eclesial
Iglesia se construye con el amor y con los sufri-
mientos del apóstol: «Completo lo que falta a la
pasión de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia»
(Col 1,24). La forma más apostólica de sufrir por
la Iglesia es sufrir providencialmente de la misma
Iglesia.
El proceso de construcción de la Iglesia, por la
acción apostólica, sigue la acción del Espíritu San-
to. No es una creación espontánea al estilo de las
comunidades o grupos humanos. Esa «comunidad
espontánea», sin el proceso purificador del Espíri-
tu, no sería comunidad cristiana. La humanidad
de Cristo es obra del Espíritu Santo (por la fide-
lidad y colaboración materna de María). Y lo mis-
mo hay que decir de la humanidad de Cristo pro-
longada en la Iglesia. «En tanto se posee el Espí-
ritu Santo, en cuanto uno ama a la Iglesia de
Cristo» 52
.
El proceso de construcción de la Iglesia, por la
acción del Espíritu y la fidelidad de los creyentes,
es un proceso de:
— comunión: como signo de Cristo;
— comunidad de je: por el servicio de la pa-
labra y del bautismo;
— comunidad de oración: especialmente litúr-
gica;
— comunidad de salvación: por la eucaristía y
sacramentos;
— comunidad de caridad: por el pastoreo, por
la comunicación de bienes y por los signos
estimulantes de la caridad (consejos evangé-
licos).
SAN AGUSTÍN, In íoannem tract 32. PL 35.
Construir la Iglesia 295
Este proceso de nacimiento y crecimiento arran-
ca de una acción apostólica, con la presencia de un
apóstol (un sucesor de los apóstoles o uno que ac-
túa en su nombre). Esta presencia del apóstol ga-
rantiza la verdadera palabra de Dios y demás sig-
nos eclesiales, hace posible la presencialización de
la muerte y resurrección de Cristo—principalmen-
te en la eucaristía—, estimula y garantiza los caris-
mas y servicios de todo el pueblo de Dios.
La Iglesia se construye en la misma medida en
que se hace madre y cumple con su misión apos-
tólica. La maternidad permanente y universal de
la Iglesia urge a que los signos eclesiales (palabra,
sacramento, pastoreo) adquieran—en cada comuni-
dad local—una solidez y una madurez suficiente
para vivir su realidad eclesial y para colaborar efi-
cazmente a la evangelización universal. La presen-
cia de María en la vivencia cristiana—como en Pen-
tecostés—garantiza esa dimensión materna de la
misión apostólica de la Iglesia.
i
XI. ESPIRITUALIDAD Y ANIMACIÓN
MISIONERA EN LA IGLESIA
PARTICULAR
S U M A R I O
Presentación.
1. Naturaleza misionera de la Iglesia particular o
local.
2. Iglesia particular y signos permanentes de evan-
gelización universal.
3. La distribución de los efectivos apostólicos.
4. Los animadores del espíritu misionero.
5. Hacia la diócesis misionera.
PRESENTACIÓN
Vivir la misión supone también comprometerse
a hacer misionera la comunidad cristiana, especial-
mente la Iglesia particular o Iglesia local. La misio-
nariedad de la Iglesia universal o naturaleza misio-
nera de la Iglesia encuentra su aplicación concreta
en la comunidad eclesial llamada diócesis y en cada
comunidad cristiana.
Espiritualidad misionera es, pues, vivencia de la
misión en su aspecto eclesial. Ser Iglesia es enro-
larse en una misión permanente y universal. La na-
turaleza misionera de la Iglesia (AG 2 y 5) debe
ser vivida por cada cristiano y por cada comunidad
eclesial. Por el bautismo se entra a formar parte de
la Iglesia, que es «sacramento universal de salva-
ción» (AG 1 y LG 48).
No se trata solamente de la prestación y coope-
ración generosa de unos pocos, sino de la redimen-
sión de toda la vida personal y comunitaria en vis-
tas a la evangelización universal. Es la Iglesia par-
ticular, en cuanto tal, la que es misionera y no so-
lamente los individuos o las instituciones por se-
parado.
La evangelización actual recibirá un nuevo im-
pulso cuando se redimensione la Iglesia local o dió-
cesis en una línea misionera. Pablo VI, en el dis-
curso de clausura del Sínodo Episcopal de 1974,
afirmaba: «Saludamos con afecto paternal a las
Iglesias locales, todas ellas comprometidas en la
evangelización» (27 octubre 1974).
Ante una nueva etapa de evangelización, con
sus nuevas dificultades y sus grandes posibilidades,
la potenciación de todas las instituciones de la Igle-
298 La Iglesia particular
sia local, en relación a esta nueva realidad, puede
preparar un nuevo resurgir misionero.
Redimensionar misionalmente la Iglesia local no
significa sólo ni principalmente hacer que una dió-
cesis ayude a otra, sino que se trata especialmente
de una orientación de toda la diócesis o comuni-
dad cristiana a toda la Iglesia universal.
No se trata tampoco de competencias y de roces
jurídicos entre Iglesia particular y organismos mi-
sioneros. Cualquier institución misionera o cual-
quier persona que colabora en el trabajo misionero
debe ser consciente de su pertenencia a la Iglesia
particular: una Iglesia particular a la que se per-
tenece o en la que uno se ha formado como cris-
tiano, y otra Iglesia particular o, al menos, comu-
nidad cristiana incipiente, a la que se ayuda. La
labor misionera tiene como objetivo el crear Igle-
sias locales que se valgan por sí mismas. La coope-
ración misionera de las Iglesias particulares tiende
a hacer que toda la Iglesia, en cuanto tal, preste
esta cooperación consciente y responsable.
La vitalidad de una Iglesia particular tiene, hoy
principalmente, una repercusión universal.
1. Naturaleza misionera de la Iglesia particular
o local
La Iglesia particular es una concietización de
la Iglesia universal. Se llama también diócesis e
Iglesia local, puesto que, en ella, la Iglesia univer-
sal se concretiza en el espacio y en el tiempo, y en
ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cris-
to, que es una, santa, católica y apostólica» (ChD
11).
La naturaleza misionera de la Iglesia particular
Naturaleza misionera 299
se desprende de la misma condición de ser una
concretización de la Iglesia universal, que, por su
naturaleza, es misionera '.
La Iglesia particular, puesto que «está obliga-
da a representar del modo más perfecto posible
a la Iglesia universal, debe conocer cabalmente
que también ella ha sido enviada a quienes no creen
en Cristo» (AG 20). La naturaleza misionera de
la Iglesia universal se encuentra en la Iglesia par-
ticular, puesto que cuanto se diga de aquélla, ana-
lógicamente se debe encontrar en ésta2
.
Cada una de las Iglesias particulares, con sus
personas e instituciones, participa «in solidum»
de una responsabilidad común en la evangeliza-
ción universal Los carismas o gracias especiales de
cada comunidad cristiana pertenecen a todo el pue-
blo de Dios3
.
No se trata, pues, de una aportación misionera
de cada persona y de cada institución por separa-
do, sino de una colaboración como miembros de
1
A ANTÓN, la Iglesia universal. Iglesias particu1
ares en
Estudios Eclesiásticos 47 (1972) 409 435, T ESQUERDA, La distri-
bución del clero (Burgos Facultad Teológica 1972) 11,2,
S E MONS ETCHEGARAY Una me/or distribución del clero la
Iglesia local expresión vital de la Iglesia universal Omms Terra
111/21 (1971) 216 222, J GUERRA Las Iglesias locales como
signo de la Iglesia universal en su proyección misionera en
Misiones Extranjeras 54 (1967) 181-194, H M LEGRAND Nature
de l'Éghse particuliére et role de l'évéque dans l'Église, en
La charge pastorale des Evéques (París) Unam Sanctam 74
(1969) 104-124, H DE LUBAC Las Iglesias particulares en la
Iglesia universal (Salamanca, Sigúeme, 1974), X SEUMOIS, Les
Églises particultéres, en L'actualité missionnaire de l'Église Unam
Sanctam 67 (1967) Véanse las ponencias de la XXVIII Semana
Española de Misionología. 1975 Promoción misionera de las
Iglesia'! locales (Burgos 1976), resumo la actualidad del tema en
Las Iglesias locales y la actualidad misionera, íbid 11 27 tam-
bién Dimensión misionera de la Iglesia local (Madrid, CECADE,
1975)
2
Myshct Corpons Chrtsti AAS 35 (1943 193 248
3
LG 26, ChD 11.
300 La Iglesia particular
una Iglesia particular. Pero, en la práctica, hay que
salvar el principio de subsidiariedad o de dar mar-
gen de iniciativa y de responsabilidad a cada per-
sona e institución.
La vitalidad de una Iglesia particular se mani-
fiesta a través de su corresponsabilidad en la evan-
gelización universal. Las gracias recibidas se con-
servan en la medida en que sirven al bien de toda
la Iglesia y de toda la humanidad4
. «La apertura
a las riquezas de la Iglesia particular responde a una
sensibilidad especial del hombre contemporáneo» 5
.
La naturaleza misionera de la Iglesia particular
aparece en su realidad eclesial, que es de:
— imagen de la Iglesia universal;
— porción o concretización de la Iglesia uni-
versal;
— presencia y actuación de la Iglesia univer-
sal;
— encarnación de la Iglesia universal6
.
Al hablar de la misionariedad de la Iglesia uni-
versal y particular, hay que evitar dos extremos:
«Una Iglesia particular que se desgajara volunta-
riamente de la Iglesia universal perdería su referen-
cia al designio de Dios y s e empobrecería en su di-
mensión eclesial. Pero, po t 0tra parte, la Iglesia
difundida por todo el orbe se convertiría en una
abstracción, si no tomase cuerpo y vida precisamente
a través de las Iglesias particulares»7
.
Al hablar de la naturaleza misionera de la Igle-
sia particular, hay que pensar tanto en la Iglesia
4
AG 36-37; LG 13.
5
Evangelu nuntiandi 62.
6
LG 23 y 26; ChD 11; Evangelti nuntiandi 62.
7
Bvangelii nuntiandi 62.
Signos permanentes de evangelización 301
va constituida (en un país cristiano) como en la
Iglesia que comienza (en un país de misión). La
naturaleza misionera de una y de otra es la misma.
Si la primera necesita redimensionar personas e
instituciones en vistas a una ayuda a la Iglesia uni-
versal, la segunda necesita construirse ya desde el
comienzo en esta misma perspectiva. La vitalidad
de una y de otra se miden por su misionariedad
básica; no necesariamente por el número global
de personas o de medios económicos enviados. Es
más, el proceso de hacer que la Iglesia local que
comienza se valga por sí misma, se hace más au-
téntico y llega a su madurez cuando, ya desde el
principio, la comunidad cristiana se habitúa a dar
y darse a la Iglesia universal (AG 6).
2. Iglesia particular y signos permanentes
de evangelización
La Iglesia particular queda constituida como tal
cuando nosee permanentemente los signos de Igle-
sia: profetismo o servicio de la palabra, eucaristía
v sacramentos, pastoreo v servicios de caridad. En-
tonces la comunidad eclesial es comunidad de ora-
ción v de caridr.d.
Estos signos son permanentes, aunque siempre
en la condición de Iglesia peregrina, cuando están
constituidos por personas del lugar que han asu-
mido responsablemente cada servicio, según las di-
versas llamadas y carismas. Es más, cada uno de
los signos permanentes de evangelización —pala-
bra, sacramento, acción apostólica caritativa— debe
ser servido por los tres estados de vida: laical, vida
consagrada, sacerdotal.
La «plantación de la Iglesia» tiene, pues, el sig-
302 La Iglesia particular
nificado de establecer, en cada comunidad huma-
na, los signos permanentes de evangelización. Este
es el objetivo de la misión:
«El fin propio de esta actividad misionera es !a
evangelización y la plantación de la Iglesia en los
pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arrai-
gado todavía» (AG 6).
Los signos permanentes de evangelización, en
cada Iglesia particular, son signos eclesiales porta-
dores de la acción del Espíritu Santo. Así, en cada
comunidad humana, la Iglesia se hace «sacramen-
to» universal de salvación y de unión con Dios y
con todos los hermanos 8
. En esta realidad de Igle-
sia particular aparece cómo personas y estructuras
son un aspecto de la sacramentalidad y misionarie-
dad de la Iglesia, a modo de «signos» anunciado-
res y portadores de la presencia y acción de Cristo
resucitado.
La acción invisible del Espíritu y de Jesús re-
sucitado se ensamblan con los signos visibles ecle-
siales, formando una unidad dentro del pluralismo
de servicios y de carismas o gracias. El signo per-
manente del sacerdocio ministerial, principalmente
en el episcopado, es el principio de unidad en cada
Ialesia particular, así como el papa lo es respec-
to a la Iglesia universal y a la Colegialidad episco-
pal (LG 23).
Para que sean una realidad los signos perma-
nentes de evangelización en cada Iglesia particular,
se necesita profundizar en la dimensión misionera
del episcopado, de su presbiterio, del laicado, de
8
LG 1 v 48; AG 1. Véase C. BONIVENTO, Sacramento di unila
ÍBologna. EMI, 1976); ,T. LÓPEZ-GAY, Sentido misional del «edi-
ficar» la Iglesia en San Pablo, en Misiones Extranjeras 60 (1968)
477-490.
Signos permanentes de evangelización 303
la vida consagrada, de la vida contemplativa y de
la vida litúrgica, etc. Baste con recordar algunos
de estos signos de evangelización.
Los signos del profetismo, sacerdocio y realeza
tienen un matiz especial cuando son un servicio
del sacerdocio ministerial o ministerio apostólico.
En cada Iglesia particular se necesita este servicio
para actuar en nombre y en representación de Cris-
to Cabeza (PO 2). Entonces el servicio profético
se llama «magisterio», el servicio cultual es el de
hacer presente a Cristo víctima en la eucaristía, el
servicio real es el de prolongar la acción salvífica de
Cristo Buen Pastor, el servicio salvífico en general
es el de hacer presente la acción salvífica de Cristo
en algunos sacramentos, etc. Es tal la importancia
de este servicio sacerdotal que, en general, se consi-
dera madura una Iglesia particular cuando posee el
número suficiente de sacerdotes ministros9
.
El servicio del laicado se realiza poniendo los
signos del profetismo, sacerdocio y realeza en las
estructuras humanas, desde dentro, a manera de
fermento (LG 31 y 36). No es un servicio para
suplir al sacerdote ministro. Por esto, una Iglesia
particular no se puede considerar madura mientras
no existan laicos formados para cumplir estable-
mente con su propia responsabilidad.
«Los seglares, cuya vocación específica los coloca
en el corazón del mundo y a la guía de las más va-
riadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo
una forma singular de evangelización»10
.
En cada Iglesia particular, para llegar a una ma-
durez, debe haber el signo permanente de escato-
9
PO 10; LG 28; AG 6,19-20.37.
10
Evangelit nuntiandi 70: AG 41.
304 La Iglesia particular
logia y de restauración final. Es el signo de la vida
consagrada o de la práctica de los consejos evan-
gélicos. Sin este signo o sin estas vocaciones, na-
cidas en la comunidad cristiana del lugar, no podría
considerarse madura la Iglesia diocesana. Los «re-
ligiosos», pues, «asumen una importancia especial
en el marco del testimonio que... es primordial en
la evangelización» u
.
Uno de los signos básicos de evangelización es-
la vida de oración, especialmente litúrgica y con-
templativa. Pues bien, en la Iglesia particular se
dará la debida madurez en la medida en que haya,,
como signo y mordiente, comunidades de oración
y vocaciones a la vida contemplativa.
«En esta perspectiva se intuye el papel desempe-
ñado en la evangelización por los religiosos y reli-
giosas consagrados a la oración, al silencio, a la peni-
tencia, al sacrificio» n
.
Se puede decir que la dimensión misionera de la
Iglesia particular depende, en gran parte, de la co-
laboración de todos a la responsabilidad misionera
del propio obispo. El es el principio de unidad en
cada Iglesia; pero esta unidad es vital y existe en
la medida en que toda la comunidad se sienta mi-
sionera. Cada miembro de la Iglesia particular debe
sentirse ligado a la responsabilidad misionera del
propio obispo:
«Todos los obispos, como miembros del Cuerpo
Episcopal, sucesor del Colegio de los Apóstoles, han
sido consagrados no sólo para una diócesis determina-
da, sino para la salvación de todo el mundo» (LG 36).
«Por institución divina y por imperativo del oficio
apostólico, cada uno, juntamente con los otros obis-
11
Ibid., 69; AG 40.
12
Ibid.
Distribución de los efectivos apostólicos 305
pos, es responsable de la Iglesia» (ChD 6). «El cui-
cado de anunciar el Evangelio en todo el mundo
pertenece al Cuerpo de los pastores» (LG 23).
Los obispos son, pues, «partícipes de la solici-
tud de todas las Iglesias, en comunión y bajo la
autoridad del Sumo Pontífice» (ChD 3)13
.
Todo cristiano, en cuanto miembro de una Igle-
sia particular, debe colaborar a hacer de esta Igle-
sia un «sacramento» de unidad universal. Los sig-
nos permanentes de evangelización, en los que to-
dos quedan comprometidos, tienden a hacer de la
Iglesia particular una comunión: comunión entre
todos los miembros de esta misma Iglesia, comu-
nión entre todas las Iglesias, comunión en la tarea
de evangelizar a toda la familia humana.
Se podría decir que cada Iglesia particular viene
a ser un «sacramento» de Dios Amor, en la medida
en que viva esta misión universal, es decir, en la
medida en que viva la comunión según los tres ni-
veles descritos. La misionariedad de una Iglesia
particular es la medida de su sacramentalidad y vi-
talidad eclesial.
3. La distribución de los efectivos apostólicos
en la Iglesia particular
Dos fallos básicos, que frenan el proceso de
evangelización, arruinan, al mismo tiempo, la vita-
13
Sobre el aspecto universal de la colegíalidad, véase W. BER-
TRAMS, De Episcopis auoad universatti Ecclesiam: Periódica 55
(1966) 153-169; M. BONET, Solicitud pastoral de los obispos en
su dimensión universal, en La función pastoral de los obispos
(Salamanca 1967); L'Episcopat et l'Église universelle: Unam
Sanctam 39 (1962); W. ONCLIN, Les évéques et l'Église univer-
selle en La charge pastorale des Évéques: Unam Sanctam 74
(1969) 87-101; Fidei donum: AAS 49 (1957) 237. Véase nota 21.
306 La Iglesia particular
lidad de la Iglesia particular y de las comunidades
cristianas: la falta de disponibilidad para la misión
universal y la mala distribución de los efectivos
apostólicos. La falta de disponibilidad misionera es
propiamente la raíz del segundo fallo.
Vivir la espiritualidad misionera y poner en prác-
tica una adecuada pastoral misionera en la Iglesia
particular, traería consigo una conciencia misionera
manifestada en una recta distribución de los após-
toles y de los medios de apostolado.
El número de vocaciones es un índice de vitali-
dad, pero es también el fruto de una siembra an-
terior. Este mismo índice desciende desde el mo-
mento en que disminuya el espíritu misionero. Los
carismas de cada Iglesia particular se conservan en
la medida en que se ponen a disposición de la Igle-
sia universal.
El objetivo de la distribución de los efectivos
apostólicos es el de compartir los dones recibidos
con otras Iglesias hermanas, de suerte que cada co-
munidad cristiana llegue a valerse por sí misma y
aún pueda ayudar a los demás (AG 16). Pero la
distribución de estos efectivos no mira solamente
a países misionales, sino también dentro de cada
diócesis, de cada región y de cada nación. En efec-
to, los cambios socioeconómicos producen en cada
época, y principalmente en la nuestra, una situa-
ción de desigualdad. La migración, el cambio de
civilización agraria en industrial, las guerras, los
centros de interés, etc., crean situaciones nuevas
y agrupan a multitudes ingentes de personas (a ve-
ces, bautizadas) de suerte que carezcan de la asis-
tencia religiosa elemental. La naturaleza misionera
de la Iglesia hace descubrir la responsabilidad mu-
Distribución de los efectivos apostólicos 307
tua respecto a estos problemas, que son también
comunes.
No obstante, la distribución de los efectivos apos-
tólicos no puede hacerse ni por simples estadísticas
ni oor disposiciones obligatorias. Hay que ir crean-
do la conciencia de una responsabilidad misionera
que va más allá de las fronteras de la propia comu-
nidad eclesial. Hay que contar principalmente con
la generosidad de muchas personas que se presta-
rán a una labor de pastoral de conjunto o a un tra-
bajo de ayuda misionera.
No basta la distribución numérica o la distribu-
ción territorial. Hay que apuntar a la calidad de
personas preparadas para una misión especializada.
Y hav que apuntar también a los centros neurálgi-
cos de nuestra sociedad con una visión de futuro.
Un éxito en el campo de la evangelización ha sido
siempre preparado desde mucho tiempo y con sa-
crificio de muchos.
La distribución es tan necesaria en las Iglesias
ricas como en las Iglesias pobres. Las unas, para
reestructurar los cuadros y servicios, eliminando
cuanto sea menos urgente. Las otras, aprovechan-
do los efectivos que se les envía en vistas a crear,
en un plazo determinado de tiempo, las propias
fuerzas evangelizadoras. Desde el principio, la co-
munidad eclesial que recibe debe crear en sí misma
una conciencia de dar a la Iglesia universal algo de
sus propios bienes. No hay ninguna Iglesia tan
rica que no necesite recibir de otras; ni hay alguna
tan pobre que no pueda dar algo a las demás.
Una especialización de los apóstoles potenciará
los efectivos de que se dispone, y se llegará a inci-
308 La Iglesia particular
d¡r en campos más necesarios y de mayor repercu-
sión: liturgia, catequesis, medios de comunicación
social, centros de formación, juventud, etc.
L^ vitalidad de una Iglesia particular es la fuen-
te de una recta distribución de los apóstoles. Así,
pues, más que apuntar directamente a la distribu-
ción, hay que «animar» la Iglesia particular de suer-
te que se produzca una conciencia eficaz de la mi-
sión universal.
En el plano concreto de la distribución, hay que
contar con la formación doctrinal y pastoral, así
como con una formación espiritual profunda que
traiga consigo la disponibilidad. Cuando se dispo-
ne de medios adecuados, se necesita menos perso-
nal. Y lo mismo hav que decir cuando hay armo-
nización entre los diversos apóstoles—laicos, reli-
giosos, sacerdotes ministros—, cada uno según su
propia vocación y carisma.
Se ahorra un buen número de personal cuando
existe una planificación pastoral a nivel diocesano,
interdiocesano, nacional e internacional.
La especialización de los servicios y de los cen-
tros de formación potencia el personal y ahorra sa-
crificios inútiles. Hay organismos que funcionan
mucho mejor cuando están al servicio común de
varias diócesis: centros de formación doctrinal y
pastoral, organismos de servicio intereclesial, etc.
En todo este problema hay que considerar tam-
bién la eficacia actual del trabajo común o de la
pastoral de conjunto. La tendencia hacia la unidad,
que se viene observando en nuestra sociedad, es
un índice de ello. Pero el motivo principal de la
distribución de los apóstoles es la naturaleza misma
Animadores del espíritu misionero 309
de la Iglesia, que reclama una comunicación cris-
tiana también respecto a los bienes apostólicos I4
4. Los animadores del espíritu misionero
en la Iglesia particular
«Animación» misionera es una acción pastoral
para hacer que personas, instituciones y comunida-
des cristianas vivan verdaderamente la espirituali-
dad y responsabilidad misionera universal. Se tra-
ta, pues, de redimensionar la vida personal y comu-
nitaria en vistas a la misión.
Esta acción pastoral debe tener lugar principal-
mente en la Iglesia particular, puesto que, como
hemos visto más arriba, es, por su misma natura-
leza, misionera. En esta acción pastoral tienen su
participación específica todas las personas que des-
empeñan alguna responsabilidad y según su propia
vocación.
Hay que cuidar principalmente la dimensión mi-
sionera de la infancia v juventud, los centros de
formación, los centros de oración y contemplación,
las personas que sufren, los movimientos apostóli-
cos laicales, la vida consagrada—institutos de per-
fección—, la vida sacerdotal.
No se trata solamente de una cooperación espo-
rádica, más o menos generosa, al campo misionero,
sino de reorientar toda la vida y todas las institu-
ciones desde la raíz, puesto que la naturaleza de
la Iqlesia es misionera. La espiritualidad, la vida
de oración y de apostolado, el campo de la voca-
14
J. ESQUERDA, La distribución del clero, teología, pastoral,
derecho (Burgos, Facultad Teológica, 1972). Véanse diversos tra-
bajos del Congreso Internacional le Malta, 1970, sobre la distri-
bución del clero: The world is tn parish (Roma 1971).
310 La Iglesia particular Animadores del espíritu misionero 311
ción, la vida litúrgica, etc., necesitan, por su mis-
ma naturaleza, una orientación misionera profunda.
Las instituciones y estructuras también deben
planificarse según el espíritu misionero. Este se ma-
nifestará en los planes económicos, educativos, así
como en los estatutos o reglas de vida y programas
en «eneral. Las estructuras, en las que hay que in-
cidir, nueden ser locales (parroquia, pequeña co-
munidad, diócesis...), rep.ionales, nacionales e in-
ternacionales. Todo debe llevar la impronta de la
evanneÜzación universal. La vitalidad de personas
v estrncturas se mide por el grado en que vivan y
sientan la vocación misionera.
Los fines concretos de la animación misionera
pueden concretarse en los siguientes:
— crear mentalidad, dando doctrina eclesial
(evangelio, magisterio, teología...) (AG 29,
36-39);
— suscitar la cooperación espiritual: oración,
sacrificio, ofrecimiento personal para la em-
presa misionera... (AG 36);
— promover las vocaciones misioneras, especial-
mente las dedicadas de por vida a las misio-
nes (Institutos misioneros, derivación misio-
nera de la Iglesia particular...) (AG 23);
— fomentar una recta distribución de los efec-
tivos apostólicos (LG 23; ChD 6);
— cooperar económicamente a las necesidades
de comunidades concretas y, especialmente,
a toda la Iglesia universal por medio de los
servicios de las Obras Misionales Pontificias
v de la Congregación para la Evangelización
de los Pueblos (AG 38);
•— coordinar el esfuerzo de animación y de
cooperación por medio del Dicasterio Roma-
no, de las Conferencias Episcopales, de las
Obras Misionales Pontificias, según los ca-
sos y competencias (AG 29) ".
En esta animación misionera de la Iglesia par-
ticular tienen un lugar privilegiado las personas que
han recibido la vocación misionera específica, prin-
cipalmente cuando ya han adquirido una larga ex-
periencia de servicio misionero «ad gentes». Pero
su labor de animación, además de mirar por su pro-
pio Instituto misionero, debe mirar principalmente
a una animación y cooperación más universal, es
decir, en relación a las instituciones de la Iglesia
universal y de la Iglesia particular. Los Institutos
misioneros han sido creados para la cooperación di-
recta a las misiones, no para la animación misionera
en sí misma; pero los miembros de estos Institu-
tos son, en general, personas muy capacitadas para
la animación misionera, a condición de que traba-
jen en una dimensión de Iglesia particular y uni-
versal.
Algunas instituciones de animación misionera
han nacido de iniciativa privada y han permanecido
en este mismo nivel; tienen la ventaja de la espon-
taneidad, Otras han sido creadas o asumidas por
instituciones más o menos oficiales; tienen la ven-
15
Véase el tema en los documentos misionales pontificios:
Máximum illud, 3.a
parte; Rerum Ecclesiae, 2." parte; Saeculo
exeunte n.170; Evangelii praecones, 3.a
parte. También en el
capítulo VI de Ad Gentes. J. M. ECHENIQUE, La animación mi-
sionera del Pueblo de Dios (Madrid, PPC, 1972); ID., Pastoral
de la cooperación misionera (ibid. 1969); J. ESQUERDA, Spiritua-
lita e animazione missionaria (Assisi, EMIF, 1977); G. B. RE-
GHEZZA, La cooperazione missionaria (Roma, S. Congregazione
per l'Evangelizzazione dei Popoli, 1975); ID., II concilio Vatica-
no II e il sistema pontificio della cooperazione (Roma 1975).
312 La Iglesia particular
taja de una organización y de un respaldo. Algu-
nas instituciones prestan servicios concretos y espe-
cializados. Otras organizan y coordinan toda la ani-
mación misionera dentro de la comunidad cristiana.
Entre estas últimas, tienen la primacía las Obras
Misionales Pontificias, por ser el órgano de anima-
ción del que se sirven la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos y las Conferencias
Episcopales (en sus Comisiones Episcopales y en
sus Secretariados Diocesanos)16
.
Cada una de las Obras Misionales Pontificias
abarca un campo concreto y fundamental de la ani-
mación misionera. La Obra de la Propagación de
la Fe «suscita el interés por la evangelización uni-
versal en todos los sectores del pueblo de Dios: en
las familias, en las comunidades de base, en las pa-
rroquias, en las escuelas, en los movimientos, en
las asociaciones, a fin de que toda la diócesis ad-
quiera conciencia de su vocación misionera univer-
sal» ". La Obra de San Pedro Apóstol es un ser-
vicio «para sensibilizar al pueblo cristiano por el
problema de la formación del clero local en las Igle-
sias misioneras» 1S
. La Obra de la Infancia Misio-
nera «es un servicio de las Iglesias particulares que
trata de ayudar a los educadores a despertar pro-
gresivamente en los niños (y los jóvenes) una con-
ciencia misionera universal y a moverles a compar-
tir la fe y los medios materiales con los niños de
las regiones y de las Iglesias más desprovistas a
este respecto» '9
. «La Pontificia Unión Misional es
16
Regimim Ecclesiae universae 85; AG 29,38; Eccleúae Sanc-
taelll, 7.11.13.
17
Estatutos, art.II, 1-3. Cf. Vademécum (Roma, Secretariato
Internazionale Pontificia Unione Missionatia, 1963).
18
IbicL, 11,4-5.
19
Ibid-, II, 6-U,
Hacia la diócesis misionera 313
un servicio especial de las Obras Misionales Ponti-
ficias, que tiene como fin la formación y la infor-
mación misionera de los sacerdotes, de los religio-
sos y de las religiosas, así como de los candidatos
al sacerdocio o a la vida religiosa, es decir, de todos
aquellos y aquellas que, por vocación, están llama-
dos a guiar y animar al Pueblo de Dios» 20
.
Animadores natos del espíritu misionero son los
padres de familia, los sacerdotes, los educadores,
rectores de seminarios y casas de formación, direc-
tores espirituales y maestros de novicios, responsa-
bles de movimientos apostólicos, etc. Pero los cau-
ces más normales para una animación global son
los existehtes en cada Iglesia particular según una
recta pastoral de conjunto (Consejo de Pastoral,
Vicarías de Pastoral, Secretariados de misiones, etc.).
5. Hacia la diócesis misionera
Hacer que cada diócesis sea de hecho misionera
es un objetivo de la acción pastoral, cuyo primer
responsable es el obispo:
«Suscitando, promoviendo y dirigiendo la obra mi-
sionera en su diócesis, con la que forma una sola cosa,
el obispo hace presente y como visible el espíritu y
el ardor misionero del Pueblo de Dios, de forma que
toda la diócesis se haga misionera» (AG 38)2I
.
Llegar a esta realidad de madurez eclesíal supo-
ne un proceso pastoral en el que están empeñados
todos los miembros de la misma Iglesia particular.
20
Ibid., 12-15. Véase Graves et mcrescentes: AAS 58 (1966)
750-756. Sobre la formación misionera sacerdotal, véase docu-
mento de la S. Congregación para la Evangelización de los Pue-
blos, en Guida delle mtssioni cattoliche (Roma 1975).
21
Véase Instructio «De ordinanda cooperatione missiuiiali
Episcoporum»: AAS 61 (1969) 276-281.
314 La Iglesia particular
Hemos señalado, al comienzo de este capítulo, las
bases fundamentales sobre la naturaleza misionera
de la diócesis. Ahora hemos de analizar sintética-
mente las líneas evolutivas para conseguir la pues-
ta en práctica de esta exigencia.
No se trata simplemente de que las ayudas va-
yan con la etiqueta de la Iglesia particular que en-
vía, sino de redimensionar a fondo toda la dióce-
sis, con todas sus posibilidades. Esta proyección
misionera ayudará a descubrir incluso nuevas posi-
bilidades de evangelización y de apostolado local.
Si el personal enviado o las instituciones misio-
neras trabajan conjuntamente como Iglesia local que
envía, nacen nuevas responsabilidades, entre las que
hay que contar el envío y la asistencia del personal
apostólico enviado.
El hecho de redimensionar misionalmente la Igle-
sia particular supone todo un proceso evolutivo mi-
sionero desde la raíz. La escasez de vocaciones mi-
sioneras, por ejemplo, puede convertirse en poten-
ciación de las existentes por medio de una mejor
coordinación pastoral. Asimismo, esta coordinación
es fuente de nuevas vocaciones.
Si se quiere ayudar al proceso de madurez de
otras comunidades cristianas o Iglesias particula-
res (de las misiones), esta misma ayuda debe ser
una expresión de una labor de conjunto entre to-
das las instituciones y personas que ayudan. La
ayuda misionera, pues, es un estimulante para po-
ner en práctica la pastoral de conjunto en la Iglesia
particular que envía. De este modo la misma dió-
cesis que envía se enriquece potenciando y coordi-
nando todas las disponibilidades.
La Iglesia particular se redimensiona en una lí-
Hacia la dttírci misionera 11 "i
nea de «vida apostólica» que abarca principalim n
te estos aspectos:
— vida de comunión, arando comunidades ic.
ponsables de oración y de caridad;
— generosidad evangélica, creando signos peí
manentes de «bienaventuranzas» o de períu
ción cristiana;
— disponibilidad misionan universal de todas
las personas e instituciones.
No se trata solamente de que algunas personas
y algunas instituciones planteen generosamente el
problema misionero, sino que ha de ser toda la Igle-
sia particular en cuanto tal. De aquí que la pers-
pectiva misionera debe iluminar toda la planifica-
ción cristiana y pastoral de la diócesis. Redimen-
sionando la Iglesia local en esta perspectiva misio-
nera, es esta Iglesia la que recibe beneficio misio-
nero, puesto que, por ello mismo, revitaliza sus
fuerzas poniéndolas en una actitud de servicio uni-
versal que sanea otros problemas internos o loca-
listas.
Además de un envío de personal especialmente
vocacionado para la misión permanente, cabe, hoy
principalmente, el envío de personas especializadas
para un tiempo determinado y para un servicio con-
creto. Con la facilidad de viajes, esta posibilidad
de ayudas especializadas puede enriquecer a ambas
Iglesias: la que envía y la que recibe. No obstante,
esta nueva ayuda supone disponibilidad por parte
de las personas especializadas, así como desprendi-
miento por parte de la Iglesia particular para no
ocupar todo" el tiempo de ese personal.
Hay que redimensionar misionariamente los mo-
316 La Iglesia particular
vimientos apostólicos y de espiritualidad dentro de
la Iglesia particular. Son ellos, de hecho, los que
marcan la pauta en la actividad apostólica de la
diócesis. La dimensión misionera de los mismos les
puede hacer salir del «impasse» en que se encuen-
tran a raíz de problemas socioeconómicos más in-
mediatos. El apostolado de estos movimientos vol-
verá a encontrar su vitalidad cuando gire en torno
a la misión universal de la Iglesia como responsa-
bilidad de la diócesis y de todas sus instituciones.
La hora misional de cada diócesis no sucede al
mismo tiempo en todas partes. La naturaleza mi-
sionera de cada una de ellas es la misma. No obs-
tante, de hecho, se puede hablar de despertar del
espíritu misionero y de la responsabilidad misio-
nera. Incluso se puede hablar de la hora misional
en el sentido de una renovación y de unas posibili-
dades providenciales. Así ha sucedido en la histo-
ria. Esta hora misional diocesana tiene lugar sólo
después del sufrimiento, de la persecución, de las
dificultades, de un largo período de prueba y de
formación espiritual y doctrinal.
Cada diócesis en concreto puede también influir
en sectores sociales de repercusión interdiocesana
e incluso internacional: los medios de comunica-
ción social, las instituciones u organismos de ayuda
social universal, la migración, los intercambios cul-
turales y comerciales, etc.
El personal enviado por una Iglesia particular si-
gue perteneciendo, de algún modo, a la diócesis o
comunidad cristiana de origen. Avivar el intercam-
bio será para bien de todos: de los mismos misio-
neros, en cuanto se les asiste, alienta, recibe, etc.;
de la misma diócesis de origen, en cuanto que re-
Hacia la diócesis misionera 317
cibe experiencias y ayuda para la animación misio-
nera, especialmente en el momento de regreso tem-
poral o definitivo. La diócesis, al organizar la asis-
tencia antes, durante y después de la misión de
esas personas, se enriquece a sí misma al ponerse
en una tesitura de servicio a la Iglesia universal.
Esta conciencia colectiva de diócesis misionera
hará que las ayudas se realicen con una visión más
misional, es decir, en vistas a que las comunidades
cristianas ayudadas se valgan por sí mismas y ayu-
den, a su vez, ya desde el principio, a la Iglesia
universal (AG 19). Cuando falta esta conciencia
misionera en la Iglesia que envía, gran parte de la
ayuda se convierte en un colonialismo «eclesiásti-
co». Para evitar este extremo, es necesario que las
personas e instituciones misioneras sepan apreciar
la realidad de la Iglesia particular—de la que en-
vía y de la que recibe—por encima de la propia
institución u obra misionera.
Uno de los puntales para hacer misionera la Igle-
sia local son los Institutos misioneros. Su labor es
ciertamente imprescindible para la evangelización
«ad gentes»; pero, ya que «cumplen tal obra en
nombre de la Iglesia» (AG 27), pueden colaborar
eficazmente a despertar la conciencia misionera de
la Iglesia particular en cuanto tal n
.
22
Además de la bibliografía de la nota 1, véase Chiesa lócale
e cooperazione tra le Chiese (Settimana di studi missionari, Assisi
1973) (Bologna, EMI, 1973).
XII. SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA
PRESENTACIÓN
En el desarrollo de cada capítulo, así como en
notas especiales, se ha ido indicando la bibliogra-
fía correspondiente al tema en cuestión. Para ma-
yor facilidad de consulta, ampliamos esos datos bi-
bliográficos colocándolos al mismo tiempo por or-
den alfabético.
La selección ha sido hecha en vistas al estudio
de la espiritualidad misionera. Para otros temas de
interés misionológico científico, nos remitimos a
los boletines bibliográficos que citamos en la pala-
bra «bibliografía».
Los recientes estudios sobre el Vaticano II, es-
pecialmente sobre el decreto Ad gentes, así como
sobre la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
son exponentes de las corrientes actuales sobre el
tema misionero. Recogemos estos estudios en las
palabras «Vaticano II» y «Evangelii nuntiandi» del
apartado «Magisterio».
Para una ampliación de esta lista bibliográfica,
hay que consultar también las semanas misionoló-
gicas y los «symposium» celebrados después del
Vaticano II. Sobre estos trabajos colectivos nos ce-
ñimos generalmente al título global sin especificar
autores y apartados especiales. Nuestra orientación
bibliográfica es simplemente indicativa de unas pis-
tas de trabajo inicial.
La presente selección bibliográfica quiere reco-
ger los trabajos de un cierto nivel, aunque no todos
Presentación 319
ellos son de valor científico. Se ha prescindido ge-
neralmente de artículos breves publicados en revis-
tas de divulgación. La calidad de la revista citada
da a entender casi siempre el nivel de la nota bi-
bliografía. Por todo ello, hemos prescindido, al me-
nos por el momento, de añadir notas críticas a cada
publicación.
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA
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EspiritualidadMisioneraEsquerdaBifet.pdf

  • 1.
  • 2.
    E S PI R I T U A L I D A D M I S I O N E R A POR JUAN E S Q U E R D A B I F E T Profesor de la Pontificia Universidad Urbaniana y director del Centro Internacional de Animación Misionera (Roma) SEGUNDA EDICIÓN BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS LID • MCMLXXXII
  • 3.
    Biblioteca de AutoresCristianos, de La Editorial Católica, S. ^ Madrid 1978. Mateo Inurria, 15. Madrid. Depósito legal: M. 14.378-1982 ISBN: 84-220-0882-3 Impreso en España - Printed in SpaíjvjT ÍNDICE GENERAL PRESENTACIÓN, por el cardenal prefecto de la Sagrada Congregación para la evangelización de los Pueblos. INTRODUCCIÓN I. Una nueva etapa de evangelización Signos de la acción del Espíritu Santo en la evangelización actual. Un nuevo mordiente de la palabra «salvación». Preparación evan- gélica y plenitud. Autonomía y madurez de la Iglesia particular. Identidad del trabajo misionero. Misión en general y nuevos mi- sioneros. Pobreza en la comunión y en la sencillez. Acento actual en la espiritualidad y oración. Fraternidad y colaboración entre apóstoles. Centros neurálgicos de nuestra so- ciedad. Mundo «secularizado» y exigencia de gestos y experiencias. Signos de los tiempos y evangelización. II. Significado y dimensiones de la espirituali- dad misionera Cristianismo como misión o espiritualidad misionera del cristiano: la revelación cristiana o Palabra de Dios para todos los hombres,. Jesús Salvador universal, el don de la fe, re- percusión misionera de todo lo cristiano, na- turaleza misionera de la Iglesia, la vida cris- tiana según el Espíritu. Espiritualidad del apóstol o misionero: espiritualidad y aposto- lado, espiritualidad del misionero, situaciones especíales hoy. La espiritualidad cristiana en un encuentro con la espiritualidad no cristia- na: un WjPúgT"1 o la repercusión universal' de . éiípirituaE^i lo específico de la espi-
  • 4.
    índice general Págs. ritualidad cristiana,comunidades cristianas de oración y caridad, la espiritualidad como evan- gelización. Naturaleza y características de la evangeli- zación 81 Misión o apostolado: Cristo Mesías (ungido) y apóstol (enviado), los apóstoles, apostolici- dad de la Iglesia, elementos constitutivos del apostolado o misión, participaciones de la mi- sión. La acción evangelízadora: naturaleza y características, universalidad de la evangeliza- ción cristiana, condicionamientos históricos y socio-culturales. El espíritu de la evangelización según «Evan- gelii nuntiandi» 110 Importancia de la espiritualidad misionera. Espiritualidad como fidelidad a la vocación, como fidelidad a la acción del Espíritu Santo, como testimonio. Espiritualidad de comunión eclesial. Espiritualidad como servicio a la verdad. Actitudes básicas de espiritualidad: caridad, celo, alegría. María, estrella de la evangelización. Principios y líneas básicas de espiritualidad misionera Actitud ministerial ante la salvación, ante el misterio y la revelación: sentido de instru- mento, asimilación del mensaje por la con- templación, ascética del predicador del Evan- gelio. Anunciar el misterio de Cristo y de la Iglesia: Cristo como centro, la Iglesia como comunión. Discernimiento y fidelidad a los «signos de los tiempos». Testigos de la pre- sencia y de la experiencia de Dios. Signos de esperanza y de bienaventuranza. Actitud apostólica ante el misterio de la conversión: llamada a la conversión, espiritualidad misio- nera ante la conversión., 136 índice general XI Actitudes concretas de «vida apostólica» ... 167 La «vida apostólica». Líneas bíblicas y con- ciliares de la «vida apostólica»: éxodo o de- jarlo todo, escatología o abrir nuevos cami- nos, profetismo o anunciar el Reino, signo personal de Cristo. La figura espiritual del apóstol: dimensión de universalidad, frater- nidad apostólica, generosidad evangélica, es- piritualidad en el ejercicio del apostolado. Las virtudes concretas del Buen Pastor: cercanía al hombre y a los acontecimientos, caridad pastoral, obediencia y «vida apostólica», vir- ginidad como signo de la caridad pastoral, pobreza. Fidelidad a la misión del Espíritu Santo ... 196 Espíritu Santo y misión. Importancia y actua- lidad del tema. Síntesis bíblica. Cristo envia- do y movido por el Espíritu Santo. Los após- toles enviados por el Espíritu. María, tipo de la Iglesia, fiel a la misión del Espíritu. La fidelidad a la misión del Espíritu. Discer- nir la acción del Espíritu Santo en la misión. La vida apostólica según el Espíritu. Oración y evangelización 216 Corrientes actuales. Orar y evangelizar. El diálogo con Dios en las religiones no cristia- nas. Experiencias místicas no cristianas. La «aculturación» de la contemplación cristiana. La contemplación cristiana como valor evan- gelizador actual. Vocación misionera 239 Cristo llama a la misión. Las vocaciones del cristiano. Vocación misionera específica. Fide- lidad a la vocación misionera. Pastoral de las vocación^ misioneras. La formación del mi- siqaA^|^^_
  • 5.
    XII índice general Págs. X.Maternidad de la Iglesia y misión apostólica. 260 Maternidad y misión eclesial. Iglesia madre. Iglesia esposa de Cristo. Títulos apostólicos de la Iglesia esposa y madre. Maternidad ecle- sial: ser y función apostólica. Virginidad y maternidad. Maternidad eclesial en la misión apostólica de cada cristiano. El sacerdocio ministerial o ministerio apostólico. Naturaleza de la misión y maternidad eclesial. Construir la Iglesia. XI. Espiritualidad y animación misionera en la Iglesia particular 296 Naturaleza misionera de la Iglesia particular o local. Iglesia particular y signos permanen- tes de evangelización universal. La distribu- ción de los efectivos apostólicos. Los anima- dores del espíritu misionero. Hacia la diócesis misionera. XII. Selección bibliográfica 318 Materias por orden alfabético 321 P R E S E N T A C I Ó N F ^ E S D E el decreto Ad gentes del Vaticano II *-^ hasta el Sínodo Episcopal de 1974 (sobre la evangelización) y la exhortación apostólica Evan- gelii nuntiandi, el interés por el tema misionero ha ido «in crescendo». De silo son exponentes el Con- greso Internacional sobre «Evangelización y cultu- ras» (1975) y el Simpósium Internacional sobre «la formación del misionero hoy» (1977). Ambos se han celebrado en la Pontificia Universidad Ur- baniana de Roma; el segundo, con ocasión del 350 aniversario de la fundación de este Ateneo roma- no misionero. El Sínodo Episcopal de 1977, sobre la catcque- sis, ha suscitado de nuevo el interés por la misión universal de la Iglesia, subrayando la importancia de la formación del mismo apóstol en orden a una dedicación verdaderamente evangélica. Pues bien, entre todos los temas misioneros hay uno que se presenta como fundamental y que mu- chas veces se soslaya, precisamente por la misma dificultad de exposición clara y convincente. Este tema misionero es el de la espiritualidad que exige la misión, especialmente cuando se trata de la mi- sión univ^ , ^^^¿ntes».
  • 6.
    xiv Presentación El libroEspiritualidad misionera aborda con va- lentía y competencia este tema. Es, pues, un libro que va a marcar nuevos hitos en los estudios mi- sionológicos, puesto que es el primer estudio siste' mático completo sobre el tema de la espiritualidad misionera. El espíritu de la evangelización o el espíritu de los evangelizadores, tal como se describe en esta obra, refleja fielmente la línea del decreto conciliar Ad gentes y de la exhortación apostólica Evange- lii nuntiandi. Es un libro que responde a la invi- tación d,el papa Pablo VI en su mensaje misionero de Pentecostés de 1977 para la jornada misional de este mismo año: la necesidad e importancia de la formación misionera, sobre todo en vistas a una entrega generosa. El autor, Mons. Juan Esquerda Bifet, es la per- sona más indicada para la exposición del tema. A su larga experiencia misionera directa, por medio de conferencias y retiros organizados para el per- sonal apostólico de países de misión, añade la de- dicación a la cátedra de Espiritualidad y Animación Misionera en la Pontificia Universidad Urbaniana, así como la dirección del Centro Internacional de Animación Misionera y la Secretaría General de la Pontificia Unión Misional. No podemos menos de recomendar el estudio y la meditación de esta obra fundamental a cuantos tra- bajan en el apostolado, especig¡£BgUílas misio- Presentación xv nes o por las misiones: a los misioneros, a los ani- madores del espíritu misionero del Pueblo de Dios y a todos cuantos quieran vivir comprometidamen- te el cristianismo como misión sin fronteras. Para todos ellos puede ser un manual de catcquesis so- bre la formación misionera. Prefecto de la S. C. para la Evangelización de los Pueblos Oia^jdio
  • 7.
  • 8.
    INTRODUCCIÓN El concilio VaticanoII, con su decreto Ad Gen- tes, ha suscitado el despertar de una nueva con- ciencia misionera en todo el pueblo de Dios. Cada miembro de la Iglesia queda responsabilizado para hacer de ella una madre universal, puesto que la Iglesia es «sacramento universal de salvación». Si toda la Iglesia es «sacramento» o signo eficaz de la presencia y del actuar de Cristo resucitado, ello reclama, de parte de todo cristiano, la coope- ración para «implantar», en todo sector humano, los signos permanentes de evangelización, es decir, los signos de Iglesia. El primer decenio del posconcilio y del decreto Ad Gentes ha sido marcado por un doble aconteci- miento: el Sínodo Episcopal sobre la evangelización (año 1974) y el Año Santo (1974-1975). La sen- sibilidad misionera de la Iglesia se ha acrecentado. El papa Pablo VI, recogiendo el eco de estas rea- lidades, ha querido dejar constancia de ellas en un documento que marcará una época histórica en el proceso de evangelización: la exhortación apostóli- ca Evangelii nuntiandi (1975). En toda esta realidad eclesial aflora un aspecto peculiar: el espíritu de la evangelizarían o la es- piritualidad misionera. El decreto Ad Gentes ha- bía dedicado al tema un fragmento importante (n.23-25). Evangelii nuntiandi le dedica atención principal, especialmente en su capítulo séptimo. En una sociedad que busca experiencias de Dios y que pre&jévtürftfh^ipóstoles cristianos sobre el
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    4 Introducción sentido dela esperanza y de las bienaventuranzas, se vislumbra que el futuro de la evangeüzación está en manos de apóstoles que tengan una profunda es- piritualidad misionera. Esta espiritualidad no se improvisa. Debe ser fruto de un largo proceso de maduración y de for- mación. Es la invitación del papa Pablo VI en el mensaje misionero del Domund de 1977: «Se ne- cesitan apóstoles formados propiamente para la mi- sión ad gentes, según los criterios expuestos en el decreto conciliar que lleva este nombre. Si se les educa para esta función especial, con un marcado sentido universalista, fruto de fina sensibilidad hu- mana y eclesial, tendremos nuevos apóstoles que sa- • brán transformar las dificultades mismas en otras tantas posibilidades de evangeüzación. Sólo una profunda formación que disponga al servicio gene- roso podrá crear las condiciones de un nuevo y flo- reciente período para las misiones. Es ésta una meta que no se puede improvisar, sino que debe buscar- se esforzadamente en un proceso de oración, de es- tudio, de reflexión, de diálogo, de compromiso. Se trata de una meta que deseamos proponer a todos: no sólo a los futuros misioneros y misioneras, sino también a los sacerdotes, a los religiosos, a los se- minaristas, a los laicos». El presente libro quiere responder a esta reali- dad posconciliar y a estos deseos del Papa, que ha- bían sido ya insinuados por el concilio Vaticano II (AG 25-26). El tema de la espiritualidad misionera ha sido estudiado, hasta el presente, de modo «parcial», es decir, en cada uno de sus puntos concretos. Pero faltaba un estudio sistemáti(¡^^Jj^^ver la uni- Introducción 5 dad de todos los temas, a partir de unos principios básicos. Intentamos, pues, cubrir esta laguna en los temas misiológicos. El desarrollo del temario parte de una realidad eclesial: los signos actuales de un nuevo período de evangeüzación. Se explican luego los diversos sig- nificados de la espiritualidad misionera, relacionan- do espiritualidad y misión bajo diversos puntos de vista o dimensiones. El punto clave del temario es la noción de evangeüzación y de misión, que delinea toda la temática de la espiritualidad misionera. Lue- go se estudia la espirituaüdad misionera según Evan- gelii nuntiandi, para pasar en seguida a la presen- tación de unos principios básicos y de unas acti- tudes concretas de vida apostólica. De ahí se pue- de pasar a puntos más concretos, como son los de la fidelidad a la misión del Espíritu Santo, la ora- ción, la vocación misionera, la maternidad de la Iglesia (en relación a la maternidad de María), la animación misionera en la Iglesia particular. Para una ampliación de estos temas, además de las no- tas de cada capítulo, puede ayudar la orientación biográfica del capítulo final. Los materiales usados para la elaboración de este texto han sido múltiples. Se ha aprovechado el es- tudio de muchos autores sobre puntos concretos, como puede constatarse por la bibliografía y por las notas. El libro es también fruto de labor docen- te de la Pontificia Universidad Urbaniana, así como de cursillos y conferencias tenidas en el Centro In- ternacional de Animación Misionera de Roma. Pe- ro, como autor de estas líneas, he de reconocer que el mordiente principal para profundizar en los tex- tos bíbücos^HMBteriales, conciliares e históricos,
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    6 Introducción proviene delcontacto directo con el campo misio- nero en la realización de cursos y retiros para esos mismos apóstoles que consumen sus vidas en pri- mera fila de la misión universal. Dada la amplitud del tema, el presente estudio es una sencilla reflexión que puede servir de base para una elaboración teológica más profunda. Es un punto de partida muy modesto. Pero intenta ser útil no sólo para el estudio académico, sino prin- cipalmente para conseguir el objetivo de la espiri- tualidad misionera: hacer al apóstol disponible para la misión eclesial «ad gentes». El texto, pues, se siente impotente, pero quiere desbrozar el cami- no para una labor más profunda de espiritualidad, que debe ser fruto de la oración y de la generosi- dad de cada uno y de cada comunidad eclesial. I. UNA NUEVA ETAPA DE EVANGELI- ZARON S U M A R I O Presentación: Signos de la acción del Espíritu Santo en la evangelización actual 1. Un nuevo mordiente de la palabra «salvación». 2. Preparación evangélica y plenitud. 3. Autonomía y madurez de la Iglesia particular. 4. Identidad del trabajo misionero. 5. Misión en general y nuevos misioneros. 6. Pobreza en la comunión y sencillez. 7. Acento actual en la espiritualidad y oración. 8. Fraternidad y colaboración entre apóstoles. 9. Centros neurálgicos de nuestra sociedad. 10. Mundo «secularizado» y exigencia de gestos y experiencias. 11. Signos de los tiempos y evangelización.
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    PRESENTACIÓN Signos de laacción del Espíritu Santo en la evangelización actual El concilio Vaticano II, al hablar de la renova- ción litúrgica, dice que es como «un signo de las disposiciones providenciales de Dios sobre nuestro tiempo, como el paso del Espíritu Santo por su Iglesia». Los misterios cristianos no son sólo acon- tecimientos del pasado. Su presencia continuada en la Iglesia permite que se pueda hablar de «un nue- vo Pentecostés», en el sentido de una nueva gra- cia del Espíritu Santo en un nuevo período histó- rico de la Iglesia'. La acción evangelizadora de la Iglesia comienza en Pentecostés. Así se prolonga la evangelización iniciada por Jesús, «ungido y enviado por el Espí- ritu Santo» (Le 4,1.14.18). Un nuevo período de evangelización se caracterizará por unos signos nue- vos de la acción del mismo Espíritu Santo, que unsió a Jesús y que hizo a la Iglesia evangelizado- ra de todos los pueblos. Las nuevas circunstancias en que se mueve nues- tra sociedad hacen sospechar el comienzo de una nueva etapa histórica que puede condicionar el fu- turo. En «la vigilia de un nuevo siglo y del tercer milenio del cristianismo», el papa Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), lanzó esta consigna: «estudiar profundamente la na- Constitución Sacrosanctum Concdtum n.43. Tuan XXIII ha- blaba de «un nuevo Pentecostés»: AAS ,51 (1959) 382 (otación para el éxito del Concilio); cf. constitución Humanae salutis sobre la convocación del Vaticano II (25 de diciembre de 1961). Pío XII señalaba este nuevo período mjsionetp, en Evangelio praecones y Videi dnnum (1951 y 1 9 J ¡ ^ ^ | ^ w e n t e 1 , Presentación 9 turaleza y la forma de acción del Espíritu Santo en la evangelización actual» 2 . La naturaleza de la Iglesia es de fidelidad a la acción del Espíritu Santo. Como María, la Iglesia se hace madre por esta fidelidad. De ahí la relación entre la encarnación, Pentecostés y la acción actual del Espíritu en la Iglesia. La naturaleza de la Igle- sia es mariana y misionera. Por esto debe «profun- dizar en la reflexión sobre la acción del Espíritu Santo en la historia de salvación» 3 . No resulta fácil adivinar los signos de la nueva acción del Espíritu Santo en la evangelización ac- tual. Una nueva época de evangelización se basa más en esa nueva acción del Espíritu que en las nue- vas situaciones sociológicas. Describir estas últimas sería relativamente fácil. Descubrir en ellas y des- cifrar la verdadera acción del Espíritu supondría entrar en el tema «signos de los tiempos», que en- caja plenamente en el tema «teología de la histo- ria». Vamos a examinar un abanico de aspectos nue- vos de la evangelización actual que permiten hablar de una nueva época de evangelización. Todos estos aspectos se podrán encontrar en los documentos del Vaticano II, en el Sínodo Episcopal de 1974, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, así como en estudios realizados sobre la experiencia en países de misión. Las cartas pastorales colecti- vas de muchos episcopados y las semanas y congre- sos internacionales sobre temas misionológicos son también una fuente de primer orden4 . 3 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (Pablo VI), 8 de diciembre de 1975: AAS 68 (1976) 5-76 n.81; el Papa se remite a la invitación deljSínodo Episcopal de 1974. 3 Marialis ^ • A A 66 (1974) 113-168. 4 Atti del^^^^^K/^^^azionate scientifico di Missiologia
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    10 Nueva etapade evangelizarían 1. Un nuevo «mordiente» de la palabra «salvación» Cuando se habla de términos cristianos, las «pa- labras» son casi siempre «datos revelados». Así ocurre con la palabra «salvación». La realidad que se quiere expresar con esta palabra va más allá de las etimologías y de los ecos sociopsicológicos de cada época. Toda la revelación habla de Dios Sal- vador. Y así se presenta «Jesús», como indica su nombre. La salvación cristiana es «vida en Cristo», que nos viene de su muerte y resurrección reden- tora (Heb 5,9). Es una salvación para todos los hombres (1 Tim 4,2) y que abarca todo el hom- bre. La salvación definitiva sólo ocurre en el más allá de encuentro con Cristo resucitado (Ap 19,1). La salvación cristiana es, pues, de esperanza esca- tológica, que abarca necesariamente el presente con toda la humanidad y toda la creación5 . Este significado de la salvación cristiana es váli- do para todas las épocas históricas. Pero las prefe- rencias de cada época hacen recaer el acento en uno u otro aspecto e incluso, a veces, en aspectos que no pertenecen a la revelación. Así, por ejemplo, en una época pasada y en algunos sectores, tal vez se puso el acento de la salvación casi sólo en el sen- tido de librar del infierno o de salvar a quienes irre- misiblemente se van a condenar si no se hacen cristianos. No fue ésta la doctrina de la Iglesia ni (Roma, Universitá Urbaniana, 1976), 3 vols.; Animazione missio- naria e promozione umanct oggi (Assisi, Centro Nazionale Missio- nario Francescaso, 1976); J. MASSON, La missione continua (Bo- logna, EMI, 1975); J. POWER, Le missioni non sonó finite (ibid., 1971). v 5 Este es el tema desarrollado erAB||jÍ|^H^rte de Gaudium it spes del Vaticano II. w ^ ^ ^ ^ ^ « La palabra «salvación» 11 la de los grandes santos misioneros. En una época posterior, el acento cambia de sentido hacia otro extremo, como el de atribuir sentido salvífico a cualquier valor religioso o no urgir a la conversión y al bautismo cristiano. Este cambio de sentido en el acento sobre la salvación puede producir, en un primer momento, la disminución del aliciente misionero. Incluso la palabra salvación podría perder todo su sentido. Pero, en un segundo momento de reflexión pro- funda, cabe encontrar un nuevo mordiente que produzca como resultado inmediato una selección de vocaciones misioneras. Y este segundo momen- to podría ser el momento actual. En lugar de ver en la salvación prevalentemente los intereses del hombre, se ha de atender prime- ramente a los planes salvíficos de Dios según el misterio de Cristo. Estos planes, por su misma na- turaleza, reclaman ser anunciados y comunicados urgentemente. Se trata de los intereses de Dios sal- vador. Asimismo, Cristo redentor ha dejado su mandato expreso de evangelizar a todas las gentes. Y esta urgencia no puede esperar a que las discu- siones técnicas lleguen a feliz término. El celo de Pablo por la conversión de los gen- tiles no se detiene ante el pensamiento de que Dios es salvador de todos los hombres (1 Tim 2,4), sino que, precisamente por ello, siente la necesidad de comunicar a todos el misterio de Cristo según los planes de Dios (Ef 3,8-9); el amor de Cristo urge a comunicar su salvación en plenitud (2 Cor 5,14). Hoy el resurgir del espíritu misionero ante una nueva etapjy«si^^(||izaeión, se producirá como
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    12 Nueva etapade evangelizarían fruto de la contemplación del misterio de Cristo, a cuya plenitud están llamados todos los hombres. «Los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüen- za—lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evan- gelio—o por ideas falsas omitimos anunciarlo?» 6 El acento del Vaticano II en la historia de sal- vación hace redescubrir los temas cristianos en una dinámica más comprometedora en cuanto a la en- trega personal. Las verdades cristianas que hay que estudiar, asimilar, anunciar y comunicar, son rea- lidades salvíficas o aspectos del misterio de Cristo. No se predican sólo ideas ni se comunican sólo co- sas, sino que se anuncian y comunican los planes salvíficos de Dios. El misterio de Cristo, estudiado y vivido en esta perspectiva, puede producir nue- vas levas de apóstoles para las nuevas situaciones sociológicas7 . 6 Evangelii nuntiandi n.80. Ver Gaudium el spes c.4 de la pri- mera parte: Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo; P. DAMRORIENA. La salvación en las religiones no cristianas (Ma- drid, BAC, 1973); O. DOMÍNGUEZ, Evangelizarían y salvación en la teología contemporánea, en Atti del Congresso... (o.c. en nota 4), II 549-563; D. GRASSO, Las religiones no cristianas, ¿caminos de salvación?: Estudios de Misionología 1 (1976) 85-104; J. LÓPEZ-GAY, Aspetti teologici dell'esortazione apostólica «Evan- gelii nuntiandi», en Esortazione Apostólica... Commento sotto l'aspetlo teológico, ascético e pastorale (Roma, Sacra Congrega- zione per l'Evangelizzazione, 1976) 97-115; B. PAPAU, The place of non-christian religions in the economy of salvation, en Atti..., o.c. 304-312; K. RAHNER, Ueher die Heilsbedeutung der nicht- cbristlichen Religionen. ibid., 295-303; J. VODOPIVEC, L'Extra ecclesiam nulla salus» alia luce deU'ecclesiotogia concillare, ibid., 313-334; G. THILS, Propos et problémes de la théologie des reli- gions non chréti^nnes (Carrerman 1966). 7 «En esta iniciación a los estudios (eclesiásticos) propóngase el misterio de la salvación, de suerte que... se sientan ayudados a funrlamentar y a empapar toda subida personal en la fe y a consolidar su decisión de abrazar l | J | ^ ^ j É a j l a entrega per- sonal y la alegría del espíritu» ( 0 ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ 4 1 . Preparación evangélica y plenitud 13 2. Preparación evangélica y plenitud Los Padres de la Iglesia han hablado frecuente- mente de una «preparación evangélica» y de «se- millas del Verbo» diseminadas en todos los pue- blos 8 . El Vaticano II, al exponer el tema de la evangelización, se ha hecho eco explícito de esta doctrina tradicional9 . En ciertas épocas y momentos de la evangeliza- ción, el acento ha podido recaer más bien en los aspectos negativos de las culturas y religiones no cristianas. A la luz del principio según el cual todo necesita redención, se ha podido caer en el extre- mo de considerar como malo todo cuanto todavía no es cristiano. En nuestra época el acento recae en un extremo contrario: todo tiene sentido o valor positivo e incluso tal vez salvífico. La consecuencia ha llega- do incluso a proponer como acción apostólica que los paganos sean mejores paganos sin más (mejo- res budistas, mahometanos, etc.). Una distinción falsa entre Iglesia y Reino de Dios, podría hacer pensar en que los paganos, aun sin ser Iglesia, ya están en Reino de Dios y, por tanto, la labor mi- sionera debería centrarse más en ayudar a pertene- cer al Reino que a entrar en la Iglesia 10 . Toda dificultad puede convertirse en una nueva posibilidad de renovación y de evangelización. El celó misionero nace mucho más señero cuando se 8 SAN JUSTINO, Í Apología 45,1-4, CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata I. 19,91.94;. EUSEBIODE CESÁREA, Praeparatio Evangé- lica I. 1: PG 21,26-28. 9 LG n . l 6 - 1 7 ; ^ ^ L ^ El Vatica^jjpBlllIBlÉXDresamente aue «la Iglesia es el Reino de CJÍsto» (LG 3 ? ^ B f c .
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    14 Nueva etapade evangelizarían consideran algunos valores de las religiones no cris- tianas como «huellas» de Cristo. Porque entonces estas huellas reclaman llegar a una plenitud. El aprecio por las actitudes de oración de personas no cristianas, lleva necesariamente al celo de querer comunicarles la experiencia cristiana del «padre nuestro». Por parte del misionero o apóstol actual, se ne- cesita mayor finura de espíritu para sentir el celo paulino de querer llevar a una plenitud de Cristo. «Ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas impli- can para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede en- contrar, con insospechada plenitud, todo lo que bus- ca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su des- tino, de la vida y de la muerte, de la verdad» 11 . Estos planteamientos relativamente nuevos de la acción evangelizadora ayudan todavía más a que la Iglesia «prepare siempre nuevas generaciones de apóstoles» n . El aprecio por las tradiciones culturales y reli- giosas de cada pueblo, dentro de una providencia sobrenatural que conduce hacia Jesucristo, hará apreciar mucho más el valor de la revelación es- tricta que sólo se encuentra en el Antiguu y Nuevo Testamento. Y el respeto a la conciencia religiosa de los demás incluye «proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Je- sucristo, con plena claridad y absoluto respeto ha- 11 Evangelü nunttandi n.53; cf. -AjÉt^^itresso .. fo.c. en nota 4), especialmente el vol.I, py^^^^^HHhaLIJL parte 4 12 Ibid. " La Iglesia particular 15 cia las opciones libres que luego puedan hacer». Los hermanos todavía no cristianos «tienen el de- recho de recibir a través del evangelizador el anun- cio de la Buena Nueva de la salvación» 13 . La llamada universal a la conversión cristiana abarca a todos, sin excluir a los que ya vivían en la revelación de la antigua alianza. Todo y todos deben ser restaurados en Cristo (Ef 1,10). Todo y todos necesitan redención y purificación. La evan- gelización es una llamada hacia la plenitud escato- lógica en Cristo resucitado 14 . 3. Autonomía y madurez de la Iglesia particular La Iglesia universal encuentra su realización con- creta en cada Iglesia particular o local. La natura- leza de la Iglesia misionera debe aparecer también en esa Iglesia particular. Toda comunidad cristiana es o forma parte de una Iglesia particular. La ac- ción misionera tiende, de por sí, a crear estas comu- nidades que puedan dar y recibir en la comunión eclesial universal y que tengan una madurez o su- ficiencia de medios en cuanto a la fe, sacramentos, organización, servicios, etc. Un primer período de evangelización es un pe- ríodo de abrir brecha en el que la comunidad cris- tiana es embrionaria y es ayudada permanentemen- te por otras comunidades. Paulatinamente, esa co- munidad se constituye propiamente en Iglesia par- ticular, con un obispo propio (sucesor de los após- toles), con el clero local, personas consagradas, lai- 13 Ibid., n 80 14 «De esta manera, la actividad misionera tiende a la plenitud escatológica, puespg^^fl^en la medida y en el tiempo que el Padre con sUkJaJMMPVHáispuesto, se dilata el Pueblo de Dios» (AG ^57""""*"" ' ^ ^ ^
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    16 Nueva etapade evangelización eos responsabilizados, etc. En las epístolas pauli- nas, el Apóstol saluda a esas Iglesias en formación, algunas de las cuales ya han llegado a cierta ma- durez 15 . El período inicial de formación de la comunidad puede ser más o menos largo, incluso con la sensa- ción de que el misionero lo hace todo y parece in- sustituible. Pero cuando la comunidad comienza a valerse por sí misma, entonces surge la tensión in- voluntaria e incluso pueden surgir algunas crisis. Nuestro momento actual es precisamente el de este paso hacia la madurez. Las dificultades iniciales de esta nueva situación no son fáciles de solucionar, pero, con una pro- fundización mayor, estas dificultades se convierten en nuevas posibilidades de evangelización. Los após- toles locales (obispos, presbíteros, religiosos, lai- cos) asumen las propias responsabilidades, a veces en momentos difíciles para toda la Iglesia. No siempre se valora la evangelización anterior en sen- tido positivo, sino que saltan a la vista los defec- tos juzgados ahora desde el presente. Los misione- ros que todavía quedan para completar el proceso de maduración, se sienten a veces no tan aceptados como antes. Los planes de pastoral son ahora tra- zados por la jerarquía e instituciones locales; el misionero es uno de tantos. En un proceso de «indigenización», «acultura- ción» y «autenticidad», se adaptan las ideas y los 15 Ver textos paulinos y del Nuevo Testamento sobre la Iglesia particular en: J. ESQUEMA, El sacerdocio ministerial en la Iglesia particular, en Salmanticensis 14 (1967) 309-340; cf. A. MAURO, Nuovo diritto e cultura nel govert^f^j^^kivani Chiese, en Atti..., o.c, vol.II, 385-599. V e r ^ ^ ^ ^ ^ ^ B ^ k cooperaziow tra le Chiese (Bologna, EMI, 1 9 f l ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ La Iglesia particular 17 métodos de una manera más adecuada, sin que fal- ten a veces las exageraciones de llamar extranjero u «occidental» a datos cristianos que pertenecen a la revelación y a la misma naturaleza de la Igle- sia. Hay que reconocer que muchas, si no la mayor parte de las exageraciones, provienen más bien de personal extranjero con ciertas alergias hacia las «estructuras» eclesiales. Pero este momento es de transición, para pasar a un momento más sereno que se encuentra ya en casi todas las Iglesias particulares de países de mi- sión. Los efectivos apostólicos propios son casi su- ficientes para las necesidades más perentorias. El proceso de maduración se realiza en la comunión universal con referencia efectiva y afectiva hacia el primado de Pedro. Y la maduración llega, o debe llegar, hasta el punto de hacer crecer la Iglesia particular en la línea de responsabilizarse de la evangelización universal. En el primer crecimiento de la Iglesia se injerta ya este sentido misionero. Por esto una Iglesia particular es «misionera» no porque es de un país de «misión», sino porque ha llegado a este grado de madurez en la cooperación misionera universal. No hay ninguna Iglesia par- ticular que no pueda dar y que no deba recibir. Todavía hay lugar para nuevos «misioneros», al menos para un campo especializado o para abrir nuevas brechas en caminos todavía vírgenes. «En el pensamiento del Señor, es la Iglesia, uni- versal por vocación y por misión, la que, echando sus raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, toma en cada parte del mundo aspectos, expresioneÉ^l^aíw diversas. Por lo mismo, una I g l e s i a ^ ^ ^ ^ ^ H U ^ S f desgajara voluntariamente de I f ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ e r d e r í a su referencia al de-
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    18 Nueva etapade evangelización signio de Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial» 16 . El proceso de maduración de la Iglesia particu- lar abarca conjuntamente y en relación mutua a la Iglesia que ha ayudado y a la Iglesia que ha Co- menzado a madurar. El beneficio es mutuo. Pero a este tema de la Iglesia particular o local se le va a dedicar un capítulo especial. 4. Identidad del trabajo misionero En épocas pasadas no se había puesto en duda la identidad del trabajo misionero. Los grandes apóstoles y las grandes organizaciones de apostola- do se dedicaban a la evangelización directa con las derivaciones consecuentes en el campo social y ca- ritativo. La obra de las misiones ha sido también ÜCÍS gran <jbrs <fc <dess?Foilo as t-cxhs los se&tkfas. En los últimos años ha surgido la duda sobre la identidad de la obra misionera e incluso sobre la identidad de la persona del apóstol. Los gobiernas e instituciones civiles han asumido la responsabili- dad de muchas obras caritativo-sociales. Algunas asociaciones internacionales disponen de medios económicos y personal insospechados. Esta nueva situación hace surgir la duda sobre cuál es el carn- po específico del misionero. El acento actual sobre el progreso, el desarrollo, la promoción humana, etc., ha hecho que muchas veces se identificaran esos campos con el carneo misionero estricto. Y las cosas llegan a un nivel tope cuando se entrecruzan con el campo político, 16 Evangelii nuntiandi n.(>2; f¡J^^J¡^^^fyangelizzazione e progresso, en Atti... o.c., vd Identidad del trabajo misionero 19 especialmente en movimientos de «liberación» y en países del llamado «tercer mundo». Pero estas perspectivas nuevas que podrían ser una dificultad, han servido para profundizar en la acción evangelizadora estricta. El número relativa- mente escaso de misioneros deberá concentrar sus esfuerzos en el campo propio, que es el de la pre- dicación del Evangelio, sin atarse a sistemas ideo- lógicos ni a facciones o partidos políticos. En el campo del progreso y desarrollo, la acción apostó- lica consiste en presentar una vida dedicada a ser un gesto de las bienaventuranzas. La acción apos- tólica, aun cuando se ejercitare en un campo social y técnico, no se identifica con ese mismo campo, sino que allí es un mordiente de la caridad evan- gélica por el amor profundo y dedicación peculiar a las personas. La «liberación» cristiana «debe abarcar aJ hom- bre, entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios» y, por tanto «no puede reducirse a la simple y estrecha dimen- sión económica, política, social o cultural» 17 . La acción evangelizadora no se desentiende de los problemas temporales del hombre, como puede constatarse en la lista innumerable de santos evan- gelizadores de todas las épocas históricas. Pero «reafirma la primacía de su vocación espiritual, re- chaza la sustitución del anuncio del reino por la pro- clamación de las libertades humanas, y proclama tam- " Ibid , n '3. Y. CONGAR, Un peuple metsianique (Paris, Cerf 1975). 2." parte; cf. Teología de la liberación (conversaciones de To>edo 197}) (Burgos, Facultad Teológica, 1974); A. LÓPEZ TRUIILLO, Liberación marxista v liberación cristiana (Madrid, BAC 1974); E. Vmomo.JEvanvelización y liberación, en Atti..., o.c.' vnl. II. 494-513 ^ M H B 4 t a u n o s «liberación» y «salvación» en ST. t,ONNi¡^to¡^^^^^^^mmmlemptione (Romae, Pont Ist
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    20 Nueva etapade evangelizado/! bien que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en Jesu- cristo» 18 . Una acción liberadora, pues, no se identifica ne- cesariamente con una acción evangelizadora. Y, aparte de la evangelización, todos los demás as- pectos de la liberación dejarían de ser auténticos «desde el momento en que sus motivaciones profun- das no fueran las de la justicia en la caridad o la fuerza interior no entrañara una dimensión verdade- ramente espiritual y su objetivo final no fuera la sal- vación y la felicidad en Dios» 19 . Jesús evangelizó anunciando la conversión de co- razón y de mente que lleva a consecuencias perso- nales y sociales. Esta es la tarea propia del evan- gelizador. Sin esta perspectiva cristiana, «las me- jores estructuras, los sistemas más idealizados se convierten pronto en inhumanos si las inclinacio- nes inhumanas del hombre no son saneadas»20 . Este servicio misionero específico se desarrolla siempre en un campo de servicio de la Palabra, de los signos sacramentales (especialmente de la euca- ristía y del bautismo), y de la acción comunitaria y caritativa. La acción apostólica tiende a crear co- munidades de fe y de esperanza expresadas en una vida de oración y de caridad. 5. Misión en general y nuevos misioneros La teología de la misión es uno de los temas de actualidad tanto en el terreno doctrinal como en 18 Ibid., n.34. 19 Ibid., n.35. ^ ^ m m 20 Ibid., n.36. Para evitar l^^H^^^^^n^apalabra libera- ción, véase también n.38. ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ ^ Misión y nuevos misioneros 21 el terreno práctico. En este sentido, todos los as- pectos apostólicos y pastorales se estudian a la luz de la misión general de la Iglesia. Con ello se ha ganado en dinámica apostólica, pero se corre el riesgo de perder en el sentido estricto de la misión universal de la Iglesia21 . Hay que reconocer que el tema «misión» se ha- bía reducido casi exclusivamente a la labor misio- nera entre no cristianos. De ahí que se hablara de «misiones», «países de misión», «misioneros», etc. Pero con el nuevo acento en la misión general, se aplica muchas veces el tema a situaciones límite o de emergencia e incluso a cualquier aspecto del «apostolado». Así se habla de algún país hasta aho- ra cristiano y que se podría considerar como país de misión, se presenta el sacerdocio como misión, se profundiza en la vocación cristiana como mi- sión, etc. El mordiente que haya podido perder el tema «misión» aplicado a la primera evangelización, se puede recuperar ampliando la responsabilidad cris- tiana respecto a la evangelización. Si la naturaleza de la Iglesia y de toda persona e institución ecle- sial es naturaleza «misionera», la misión cristiana tiene siempre una perspectiva universal sin fronte- res. El resurgir, pues, del sentido de misión debe hacer que la responsabilidad misionera universal sea verdaderamente sentida por todos: «la Iglesia entera para el mundo entero» (P. Manna). Si el tema misión no queda restringido a límites 21 A. M. HENRY, Esquisse d'une théologie de la mission (París 1959); J. LÓPEZ-GAY, La misionología postconciliar, en Estudios de Misionología 1 ^1^6)^-54 (con bibliografía indicativa sobre la época posconcJ^Bíj|fc^Li'i.nc, Le fondament théologique des missions (^JPIWBWIWK^^I'TIHN, Teología de la misión,
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    22 Nueva etapade evangelización «caseros», el resultado será, por un lado, la respon- sabilidad de la evangelización universal por parte de todos y, por otro lado, el resurgir de vocaciones especialmente misioneras en el sentido de dedicar- se efectivamente a esa evangelización. El sentido de misión eclesial debe despertar el interés primordial por la primera evangelización, por comunicar la fe a los que todavía no creen, jjor crear comunidades cristianas firmemente estableci- das, por dejar signos permanentes de evangeliza- ción, por suscitar nuevos apóstoles que se respon- sabilicen de extender el reino, por alentar la pues- ta en práctica de nuevos «ministerios» o servicios eclesiales de evangelización, etc. A toda esta gama de acción misionera universal estricta, se la ha ve- nido resumiendo en una afirmación conocida: «im- plantar la Iglesia». .«Pctf.qiiie h toíaiidad ¿e la evsfígeiiaaóóa... csx¡g¡s- te en implantar la Iglesia»22 . «El fin propio de tsta actividad misionera es la evangelización y la planta- ción de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arraigado todavía»23 . Así, pues, el despertar del sentido de misión sus- citará, tanto en las Iglesias tradicionalmente cris- tianas como en las Iglesias jóvenes, un despertar misionero universal que debe ser obra de todos? y que, por ello mismo, fomentará la existencia de numerosas vocaciones plenamente dedicadas a abrir 22 Evangelii nunl'indi n.28. 23 AG n.6. El texto conciliar se remite a algunas fuentes, e^tre las que cabe destacar: SANTO TOMÁS, Sent. I, dist.16 q.l a.2 a¿ 2 y ad 4; I q.43 a.7 ad 6; I-II q.106 a.4 ad 4. Es una expresión que ocurre repetidas veces en las encíclicas misionales pontificias- Máximum illud: AAS 11 (1919) 445 y j a Rerum Ecclesiae- AAS 18 (1926) 74; Evangelii / > ^ j | f l k 43 (1951) 5o7;' Fidei donum: AAS 49 (1957V«i*iPWPH|PHifci£í<w.- AAS 51 (1959) 835, etc. Pobreza en la comunión 23 nuevos caminos para la predicación del Evangelio. El despertar misionero de los laicos, la convicción sobre la necesidad de signos de vida contemplativa en los países de misión, la redimensión misionera universal de toda institución eclesial, etc., serán nuevas realidades misioneras que se sumarán a las fuerzas ya existentes. 6. Pobreza en la comunión y sencillez La acción apostólica o evangelizadora se lleva a cabo con la gracia de Dios y la colaboración hu- mana. Los medios «humanos» de apostolado entran también en el juego de la providencia. Un resurgir misionero, como el que ha tenido lugar desde fina- les del siglo xix hasta nuestros días, ha suscitado la atención de todos los cristianos, quienes han prestado una colaboración personal, económica y espírítuaf tai vez sin precedentes. Ello na poefrefo producir, a veces, una confianza exagerada en los medios humanos, hasta el punto de pensar que, sin ellos, casi no sería posible evangelizar. El flo- recer de la Iglesia ha hecho también que las estruc- turas se reforzaran apareciendo como un poder hu- mano entre los demás. Como reacción a esta realidad y también como nuevo estilo evangelizador, se ha producido un mo- vimiento contrario de mayor sencillez, mayor po- breza, mayor cercanía a los que sufren, mayor tes- timonio del radicalismo evangélico. Pero todo va- lor auténtico, colocado como primer valor, puede caer en el extremo de una exageración que, en nuestro caso, llevaría a una actitud de contesta- ción, de dejy^flHMÉÉás instituciones, de radica- lismos «díeraaos. **fc
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    24 Nueva etapade evangelizarían Hay que reconocer que las grandes obras de evangelización realizadas por los grandes santos mi- sioneros, han tenido lugar en una falta casi abso- luta de medios humanos. La fuerza evangelizadora no se basa ni en el poder, ni en el dinero, ni en la ciencia. Todos esos medios deben usarse cuando están al alcance del apóstol, siempre dentro de los criterios de actuación del mismo Jesús, que los usó con moderación. Pero cuando estos medios pasan a ser el factor principal (como cualquier valor que se colocara en el primer grado de la escala de va- lores), se constituyen en obstáculo para el actuar del Espíritu. Sería exactamente el mismo obstáculo que el de colocar la pobreza en sí misma como pri- mer valor por encima de la caridad y de la comu- nión. Los signos del actuar del Espíritu en su Iglesia son hoy de mayor pobreza y sencillez dentro de la comunión. La pobreza sin sencillez sería solamente un aspecto unilateral de la pobreza, puesto que la sencillez indica la pobreza más profunda de quien arriesga incluso sus criterios, su tiempo, sus inte- reses y sus planes «apostólicos». Y esa misma po- breza, sin comunión, no sería la pobreza del Buen Pastor, cuya humanidad pobre queda escondida en las «estructuras» eclesiales. La evolución actual de nuestra sociedad, dentro del marco de la providencia salvífica, ayuda a la Iglesia a colocarse dentro de los límites pobres de peregrina hacia un más allá. Personas e institucio- nes son movidas por el Señor y por su Espíritu para evangelizar a los «pobres»^i un marco de mayor sencillez. Las Ig]esi4MHHP|wkr)ente cris- tianas y misioneras d e ^ ^ n corHnuar^^dando a Pobreza en la comunión 25 la obra misionera sin querer imponer controles ni querer presentar aires de patronazgo; sería mucho mejor la ayuda a la Iglesia universal en la que mu- chas comunidades cristianas embrionarias son me- nos conocidas y más necesitadas que las comuni- dades ayudadas directamente. Las Iglesias jóvenes deberán renunciar a ocupar tanto tiempo en son- dear las posibilidades económicas de organizacio- nes mundiales cristianas; sería mejor formar la con- ciencia de responsabilidad de los propios cristianos, quienes, precisamente por ser más pobres (aunque no siempre son así), sienten más los problemas de los otros y están más dispuestos a ayudar. Por parte de los apóstoles empeñados en el apostolado mi- sionero directo, convendría no perder tanto tiempo en buscar estos medios, aunque sí convendría «per- derlo» en buscar medios para otras comunidades y otros apóstoles más pobres. Mucho campo de apos- tolado y muchas diócesis quedan sin asistencia de planes verdaderos de pastoral porque los apóstoles están demasiado convencidos que sin dinero no se puede hacer nada. Cuando faltan todos los medios humanos, todavía se puede evangelizar de la mejor manera posible, porque, como decía San Pablo des- de la cárcel, «yo estoy en cadenas, pero la palabra de Dios no queda atada» (2 Tim 2,9). Este sentido de pobreza hará redescubrir el va- lor de la religiosidad popular, la cual muchas veces «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» 24 . Y este sentimiento de pobreza, en el mismo campo de evangelización, ayudará a colaborar mejor en la solución económi- ca y moral de quienes carecen de lq más impres- 84 Bvang,e¡J/flmS^^^ÉÉt
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    26 Nueva etapade evangelizarían cindible y de quienes, por sus ambiciones, son cau- sa de un desorden económico mundial25 . «Como Cristo..., así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y afligidos, y a ellos se consagra gozosa»26 . Por esto, entre las cualidades señaladas por el Vaticano II al describir la vocación misioneía, se hace resaltar: «debe estar depuesto a renunciar a sí mismo y a todo lo que tuvo hasta entonces y a hacerse todo para todos... con una vida realmente evangélica... Dios le concederá valor y fortaleza para conocer la abun- dancia de gozo que se encierra en la experiencia in- tensa de la tribulación y de la absoluta pobreza» 27 . 7. Acento actual en la espiritualidad y oración La espiritualidad del apóstol ha sido considera- da siempre como parte integrante de la evangeliza- ción. Esta espiritualidad es la base del testimonio evangélico y la condición para ser instrumento dó- cil de la acción del Espíritu Santo. La importancia de la oración y sacrificio es una de las notas carac- terísticas de todos los escritos sobre la teología de la misión. No obstante, en ciertas épocas, como en la que inmediatamente nos precede, tanto en exposicio- nes doctrinales como en actitudes prácticas se ha subrayado el aspecto de acción y organización. De ahí han derivado algunas polémicas sobre relación entre vida interior y apostolado, oración y acción, consagración y servicio, espiritualidad de ascensión 28 GSp c.3. y"n^a^_ 26 AG n.12; cf. ibid., n5 f * W * f c b 27 AG n.24. Véase el capsulo VI, 1, A (línea^^éxodo»), Acento en la espiritualidad 21 y de encarnación, etc. Después de estos vaivenes históricos y a un decenio de distancia del Vatica- no II, se puede observar un movimiento universal en favor de la espiritualidad y concretamente en favor de la oración. Baste recordar los diversos mo- vimientos nuevos de espiritualidad que acentúan los métodos de interioridad, la acción carismática del Espíritu, las experiencias de oración, etc. En el campo misionero se nota, especialmente por parte de los no cristianos, un interés creciente por saber del cristianismo cuál es la experiencia especial que ofrece acerca de Dios y del diálogo con él. No se piden tanto explicaciones teóricas cuanto experiencias y gestos de evangelio. Se pide al cris- tiano que exprese cuál es el sentido de su esperan- za y qué significado profundo da a la existencia hu- mana, a la historia y a la misma sociedad. Hace pocos años nadie hubiera sospechado este acento en la espiritualidad. A veces parece como si esta espiritualidad por parte de algunos movimien- tos y grupos fuera más bien una evasión o aliena- ción. De ahí la importancia misionera de presentar la autenticidad de la oración y contemplación cris- tiana, así como del proceso de vida espiritual ge- nuina, que es una configuración con Cristo por la fe, esperanza y caridad. Si el apóstol de hoy no pudiera presentar la experiencia de esta espiritua- lidad cristiana, no se aceptaría su exposición teóri- ca y, además, el movimiento actual de espirituali- dad—incluso dentro del cristianismo—correría el riesgo (repetido durante otros períodos históricos) de convertirse en un esplritualismo sin compromi- sos personales^sj^^es. Se han ejMMM^flraSkfit^spectos sobre la evan-
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    28 Nueva etapade evangelizarían gelización y se ha descuidado frecuentemente un punto base: «las actitudes interiores que deben ani- mar a los obreros de la evangelización» n . Se han gastado muchas energías para formar al apóstol y luego se le ha dejado en la brecha sin la atención espiritual suficiente. El solo testimonio sin la palabra no basta. Pero la palabra sin el testimonio «corre el riesgo de ha- cerse vana e infecunda». Por esto, «sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá bre- cha en el corazón de los hombres de nuestro tiempo» 29 . La acción evangelizadora apunta necesariamente a guiar en el camino de configuración con Cristo hasta una plenitud. El mismo progreso humano tiende, de por sí, a convertir al hombre en imagen y amigo de Dios. Por esto la evangelización es la colaboración más eficaz y más completa al progreso integral del hombre. Pero todo esto supone, por parte del apóstol, una vivencia y un conocimiento de los caminos y de las leyes del Espíritu. La ver- dadera dirección espiritual—que es punto clave de la doctrina patrística sobre la configuración con Cristo—no puede ceñirse a un mero «counseling» o consejo sicológico. El apóstol de hoy, para res- ponder adecuadamente a las inquietudes del hom- bre moderno, necesita vivir y exponer una rica es- piritualidad aprendida en las fuentes reveladas y en las vidas y escritos de los santos, pero especialmen- te practicada en el diálogo y encuentro cotidiano con Dios. Una vez más, el futuro de la evangeliza- ción está en manos de los santos, es decir, de per- sonas disponibles para amar como el Buen Pastor. 28 Evangelii nuntianii n . 7 4 . ¿ _ ^ ^ ^ ^ ^ H ^ B f e 29 Ibid., n.76. - " ^ ^ ^ ^ ^ ^ ~ - Fraternidad y colaboración 29 8. Fraternidad y colaboración entre apóstoles Una de las notas características del actuar apos- tólico es la fraternidad y colaboración entre los apóstoles y entre instituciones de apostolado: «que sean uno... para que el mundo crea que me has enviado» (Jn 17,21). Pero, en la práctica, esta fraternidad no siempre ha sido una realidad.. Por circunstancias diversas, ha existido a veces un desconocimiento mutuo y una falta de colaboración en empresas que debe- rían ser comunes. La misma distribución, en algu- nas ocasiones, del trabajo misionero, confiando a cada Instituto un país determinado, ha podido pro- ducir esa falta de unidad. El hecho de que algunas instituciones apostólicas puedan considerarse casi autosuficientes, ha podido ser otra de las causas. Y a veces ha prevalecido la búsqueda del bien del propio Instituto sobre el bien de la evangelización. Esta realidad, que no puede generalizarse, todavía tiene algunas consecuencias palpables en algunas tensiones entre la institución misionera y el obispo del lugar miembro de la misma institución. La verdadera historia de las misiones, no obs- tante y a pesar de la falta de unidad en no pocas ocasiones, es una historia heroica de sacrificios per- sonales y comunitarios. Hoy uno de los signos dominantes de nuestra sociedad es el de la búsqueda de la unidad de la familia humana. El mensaje cristiano, que es de mandamiento del amor, puede y debe aportar un factor imprescindible, puesto que la unidad sólo puede nacerck|^fcfc»p redentor de Cristo. De ahí la JmpfljBHclWreWHfcÉl valor evangélico de la
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    30 Nueva etapade evangelizarían fraternidad entre los apóstoles, como un signo y mordiente de la unidad de toda la humanidad, que debe llegar a ser familia de Dios. Son muchas las veces que el Vaticano II habla de la fraternidad e incluso vida comunitaria entre apóstoles 30 . Es una exigencia evangélica. Hoy tam- bién se ha redescubierto el valor de la vida de equi- po: «La eficacia en la acción y la necesidad del diálogo piden en nuestra época iniciativas de equi- po» 31 . Y en cuanto a la actividad misionera, el Vaticano II le dedica un capítulo de la constitu- ción Gaudium et spes. En el plano de Iglesia local o particular, «es propio del obispo, como rector y centro de uni- dad en el apostolado diocesano, promover, dirigir y coordinar la actividad misionera, pero de modo que se respete y se fomente la actividad espontánea de quienes toman parte en la obra»32 . A nivel nacional y «regional», la planificación pastoral encuentra su centro de unidad en la Con- ferencia Episcopal y en la cooperación entre dife- rentes Conferencias Episcopales. Y en todos estos niveles hay que buscar una coordinación de activi- dades que deben desarrollar las diferentes institu- ciones apostólicas. Esta cooperación debe ya co- menzar en los países de origen o en las Iglesias que envían personal misionero. La necesidad de unidad entre los apóstoles cris- tianos se deja sentir especialmente en el campo lla- mado ecuménico. La falta de unidad entre cristia- 30 ChD n.30; PO n.8.10.17; OT n.17. 31 GSp n.90. Véase capítulo VL^^gjtagrnidad). 32 AG n.30. El acento en I ^ J P I I P P M M » presidida por el obispo, es una de las nota» del Vaticano liS™» Centros neurálgicos 31 nos es uno de los mayores obstáculos para la evan- gelización actual. «La fuerza de la evangelización quedará muy de- bilitada si los que anuncian el Evangelio están divi- didos entre sí por tantas clases de rupturas. ¿No es- tará quizá ahí uno de los grandes males de la evan- gelización?» M No obstante, puede afirmarse que los sinceros deseos de unidad que se palpan en todas partes, son un signo del Espíritu Santo, que prepara una nueva etapa de evangelización. 9. Centros neurálgicos de nuestra sociedad Durante la historia de la Iglesia ha habido acon- tecimientos clave que han condicionado la evange- lización en sentido positivo o negativo. Baste re- cordar la unidad del imperio romano en torno al «mare nostrum», la invasión de los bárbaros en Europa, la expansión del Islam" en el norte de Áfri- ca, el descubrimiento de América, la apertura de los viajes alrededor de la Tierra, los fenómenos so- cioculturales e ideológicos (ilustración, racionalis- mo, ateísmo, nuevas filosofías...), las migraciones de todo tipo, etc. En estos momentos clave, la acción evangeliza- dora ha encontrado grandes dificultades y grandes posibilidades que, a veces, han condicionado un fu- turo de siglos. El Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, afronta los nuevos cambios de la sociedad ac- tual, en los que la presentación adecuada del mis- terio de Cristo juega un papel determinante. Las EvangeliUmmmwW^^^UÁiiitdtis redmte^ratio n.l y 4.
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    32 Nueva etapade evangelizarían preguntas apremiantes, si no angustiosas, sobre el sentido de la vida humana, de la vida social, de la historia, del progreso, etc., son preguntas dirigidas más o menos directamente al cristianismo como nuevas «multitudes» que esperan la evangeliza- cion . Un primer balance de esta situación parece incli- narse hacia el lado negativo. El concepto más geo- gráfico de la misión (países de misión, sectores geo- gráficos por evangelizar), no tiene hoy la misma significación e importancia que en el pasado. Es inevitable un primer momento de sinsabor y de desorientación, si no ya de crisis. A los sectores geográficos que se estaban evangelizando con gran- des esfuerzos, llegan hoy las influencias provenien- tes de centros neurálgicos de nuestra sociedad que no pueden identificarse con un país o con una geo- grafía: los medios de comunicación social, la eco- nomía, la política internacional, la cultura e ideo- logías, el turismo, las grandes migraciones, los pue- blos marginados o grandes minorías expulsadas de sus tierras, etc. Todo ello cuestiona la acción apos- tólica. Baste recordar algunos centros tradicional- mente cristianos o de misión en evolución progre- siva y que ahora son grandes urbes cosmopolitas de una decena de millones de habitantes en sus alrededores. Pero estas nuevas dificultades pueden convertir- se en nuevas posibilidades de evangelizar. Se trata de grandes masas de personas que ahora se ponen a tiro del Evangelio si éste lograra penetrar los centros neurálgicos de pensamiento y de acción. Evangelizar estos centros sería asegurar la evange- S1 GSp primera parte, exnapi pTelHHMra^fclU, Centros neurálgicos 33 lización de esas grandes muchedumbres que espe- ran del Evangelio la solución radical a sus proble- mas más hondos. Las agencias de noticias y de vía- jes, las empresas multinacionales, las misiones di- plomáticas, las grandes empresas editoriales, etc., penetran hoy con facilidad donde todavía se man- tienen las puertas cerradas al Evangelio. Sólo un espíritu misionero, que rompa las fronteras del propio egoísmo personal y colectivo, puede llegar a aprovechar estas posibilidades nuevas de evange- lizar que tal vez son irrepetibles. La invitación del papa Pablo VI a preparar un nuevo período de evangelización, arranca de esta nueva situación que, a su vez, dispone de una nue- va gracia del Espíritu. «Sectores de humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evan- gelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcan- zar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los pun- tos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación. Posiblemente podríamos ex- presar todo esto diciendo: lo que importa es evan- gelizar—no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vita'l, en profundi- dad y hasta sus mismas raíces—la cultura y las cul- turas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gauiium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios»3S . Cuando, en estos años pasados, se elaboraban estadísticas, en las que la comunidad cristiana au- mentaba aniialBW«*j^^0H millones y en las que las 35 EvangeljLMutitiandi n.19-20. W. Espiritut0tlad misionera 2
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    34 Nueva etapade evangelizado» conversiones llegaban a una cifra muy alentadora, no faltaba la observación de que el número de pa- ganos crecía mucho más y que, por tanto, la cifra global de los cristianos era cada vez más inalcanza- ble. Pues bien, este problema matemáticamente in- soluble, que dio pie a teorías sobre la no> necesidad de una conversión explícita, puede encontrar su so- lución en el misterio de la providencia manifestado en cada época y, para nosotros, en la época que nos toca vivir. Evangelizando esos puntos neurál- gicos de nuestra sociedad, se ponen los fundamen- tos sólidos para una conversión explícita futura de toda la humanidad. El misterio de la conversión no queda resuelto con nuestras elucubraciones, pero nos bastan estos signos pobres para creer y esperar activamente. 10. Mundo «secularizado» y exigencia de gestos y experiencias Los cambios sociológicos de nuestra sociedad se agravan con los cambios de mentalidad que derivan necesariamente al campo religioso. El hombre qu'ere valerse por sí mismo sin necesidad de recu- rrir al llamado ser supremo. Los diversos campos áp auehacer humano reclaman una autonomía to- tal. Se cuestiona no solamente lo sobrenatural, sino incluso lo sagrado. Es un cambio radical de escala de valores para pasar del Absoluto (Dios) a otro absoluto que sería el hombre. La religión y todo lo que ella comporta, ¿no será una evasión, una alienación, un subjetivismo, a manera de «opio» que hace olvidar los propios compromisos? M 3 " CH DUQUOC, Ambie.üedadtjKl^jj/IIKHjte la seculariza- ción (Bilbao, Desclée. 1 9 7 4 ) J * r WB. Mundo «secularizado» 35 Este proceso de «secularización»—que en su parte negativa podría llamarse «secularismo»—, hace que «muchedumbres cada vez más numerosas se alejen prácticamente de la religión» 37 . No pue- den preverse las consecuencias prácticas de este pro- ceso cuando llegue a penetrar sectores geográficos y culturales que se fundamentan básicamente en los valores religiosos (islamismo, budismo, hinduismo, animismo, etc.). Pero el proceso, que parece arro- llador, tiene un doble efecto: «el espíritu crítico más agudizado purifica la vida religiosa de un concepto mágico del mundo y de re- siduos supersticiosos y exige cada vez más una adhe- sión verdaderamente personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino» 3S . Muchas barreras religiosas del mundo llamado pagano se van a derrumbar por obra del «secula- rismo»; pero este derrumbamiento puede producir un obstáculo mayor: el indiferentismo, el ateísmo, el materialismo... La única puerta de salida a este nuevo «impasse» es la presentación de la religión cristiana como úni- ca respuesta a los problemas más profundos que plantea el hombre y la sociedad de hoy. «Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época» 39 . 37 GSp n.7; cf. Evangelii nuntiandi n.55. 38 Ibid. Convendría estudiar este proceso secularizante en sus 39 Ibid., n ''( : l|JMRII^^^^BW e ' nomDre > s e presentan con
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    36 Nueva etapade evangelizarían Ahora bien, esta presentación del misterio cris- tiano no se puede hacer sólo con palabras o expli- caciones teóricas, ni incluso basta un testimonio externo de «altruismo», sino que pide verdaderos gestos evangélicos de bienaventuranzas y experien- cias del encuentro y del diálogo con Dios. «Conocemos también las ideas de numerosos psi- cólogos y sociólogos que afirman que el hombre mo- derno ha rebasado la civilización de la palabra, inefi- caz e inútil en estos tiempos, para vivir hoy en la civilización de la imagen»... No obstante «el tedio que provocan hoy tantos discursos vacíos, y la actua- lidad de muchas otras formas de comunicación, no deben, sin embargo, disminuir el valor permanente de la Palabra (de Dios) ni hacer perder la confianza en ella» 40 . La evangelización cristiana no se realiza ni con la sola palabra humana, ni con el solo testimonio externo. Se trata de la Palabra de Dios, cuya vita- lidad aparece también en los gestos heroicos de la caridad del apóstol que imita al Buen Pastor. La nueva etapa de evangelización reclama, por parte del apóstol, una vida espiritual honda que hable, por sí misma, de un Dios Amor. «Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente do- lorosamente su necesidad, el mundo exige a los evan- gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» 41 . Pero esta experiencia de Dios se manifiesta en gestos de vida de caridad: «El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración^carid^ para con todos, es- 40 Evangelii nuntianái n.42. 41 Ibid., n.76. Signos de los tiempos 37 pecialmente para los pequeños y los pobres, obedien- cia y humildad, desapego de sí mismos y renun- cia». .. 42 La evangelización actual va a correr por cami- nos de presentar más profunda y vivencialmente la esperanza cristiana, como un sentido escatológi- co de la vida que, abarcando el presente, no adora ninguna ideología y ningún sistema ideológico o práctico, porque sólo Cristo resucitado es quien da sentido a la creación y a la historia humana en marcha hacia la restauración final43 . 11. Signos de los tiempos y evangelización Los temas que acabamos de exponer se podrían calificar también como «signos de los tiempos» en la acción evangelizadora actual44 . Siguiendo la doctrina conciliar del Vaticano II sobre los «signos de los tiempos», éstos vendrían a ser como la manifestación de la voluntad salvífi- ca de Dios a través de los acontecimientos huma- nos. Pero la dificultad consiste en saber deslindar, en cada acontecimiento, esos signos de historia de salvación sin confundirlos con otros signos más bien manifestativos del pecado del hombre. Bás- tenos recordar una afirmación del Concilio: 42 Ibid. 43 B. MONDIN, í teologi della speranza (Bologna, Borla, 1974). 44 Cf. Constitución apostólica Humanae salutis (Juan XXIII) por la que se convoca el concilio Vaticano II. M. D. CHENU, Les signes du temps, en Nouv. Rev. Théologique 87 (1965) 29-39; J. ESQUERDA, Magisterio y signos de los tiempos, en Burgense 10 (1969) 239-271; J. P. JOSSUA, Discerner les signes des temps, en La Vie Spirituelle 527 (1966) 547-569; M. PELLEGRINO, Seguí dei tempi e risposta^^áÉÉtÉ*¿(Roni2L, Pont. Univ. Gregoriana, 1967); M. r ^ a d H H I H ^ V ^ los tiempos, en Manresa 40 (1968) 5 - 1 8 . ^ ^ ^ ^ ™ ^ ^
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    38 Nueva etapade evangelizarían «Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fon- do los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspira- ciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza» 45 . Entre los signos de los tiempos que indica el Vaticano II y el Magisterio, cabe destacar esas lí- neas generales: las preguntas inquietantes sobre la razón de ser del hombre, el sentido de universa- lismo y de unidad, la aceleración de los procesos históricos, la crisis de crecimiento, la confianza en las técnicas humanas, la dignidad de la persona, la solidaridad actual sobre los problemas que aquejan a la humanidad y en especial al llamado «tercer mundo»... De estos signos más generales, destaca- remos aquellos aspectos que interesan más directa- mente a la evangelización. Hoy más que en épocas pasadas, la Iglesia sien- te su propia naturaleza de ser «signo» levantado ante los pueblos, «sacramento universal de salva- ción» 4é . Tal ha sido siempre la naturaleza de la Iglesia; pero las preguntas acuciantes de la huma- nidad actual reclaman la presentación más clara de esta realidad del signo eclesial. Aplicación concreta de este acento en el signo de Iglesia sería la presen- tación de gestos de caridad (AG n.12) y la inser- ción clara y mordiente en las situaciones nuevas de nuestra sociedad (AG n.10). Los procesos actuales de cambio social reclaman « GSp n.4; cf. GSp n.11.44, « AG n.l; LG n.48; cf. " Signos de los tiempos 39 una adaptación acelerada, sobre todo en métodos apostólicos y en estructuración cultural y ambien- tal. La adaptación debe ser auténtica, sin perder ningún valor esencial y permanente; pero la trans- formación profunda de nuestra sociedad es como una llamada a la urgencia de adaptar todo cuanto sea necesario en un momento transcendental del que depende un futuro inmediato (AG n . l l ) . La relación entre Iglesia local o particular e Igle- sia universal, como signo actual de evangelización, hace profundizar en la naturaleza de la Iglesia mi- sionera, en la comunión, en la responsabilidad de cada Iglesia particular respecto a la evangelización universal47 . La nota ecuménica de la Iglesia posconciliar ayu- da a valorar la unidad de todos los cristianos en vistas a una evangelización más eficaz y acelerada, que, por otra parte, no podrá realizarse sin esa uni- dad. Hoy se manifiesta por todas partes, especial- mente entre los apóstoles, una sensibilidad muy honda sobre la falta de unión de los cristianos "8 . Consiguiendo esta unión, se habría derribado el principal obstáculo para la evangelización. La cercanía a los pobres y a los que sufren es otra de las características de la evangelización ac- tual 9 . De hecho, ha sido siempre la nota carac- terística de los santos misioneros; pero hoy revis- te unas derivaciones y un tono especial, dada la magnitud del problema de tantas muchedumbres que sufren hambre y que no disponen de los bie- nes más indispensables para realizar su propio exis- ^ AG n.6.16.19-20 T, ñP n.12.15. K^sm^ti^Oecuménistne misúonnaire (Roma, Pontificia UnivemMBpiHk 1970) AG n.12. trm¡&,hesfmi^ de Yahvé (Paris, Cerf, 1962).
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    40 Nueva etapade evangelizarían tir humano (cultura, trabajo, habitación, liberta- des políticas, libertades fundamentales, etc.). El despertar misionero de todo el pueblo de Dios, y concretamente del estamento laical, puede considerarse como otro signo de los tiempos (AG n.21). Estos nuevos apóstoles se suman a los ya existentes (sacerdotes y personas consagradas) en una relación mutua, puesto que es común la res- ponsabilidad de evangelización universal (AG n.35). En este despertar misionero actual se destaca también la nota de espiritualidad. Así, la respon- sabilidad misionera de todos se sentirá en la medida en que haya una renovación interior. Y los após- toles de hoy deberán presentar la patente de una rica espiritualidad que les acredite como signos per- sonales del Señor50 . El acento actual, en una línea materialista y de secularismo, hace descubrir otro signo de los tiem- pos, que no será precisamente el de desnaturalizar la naturaleza sobrenatural de la Iglesia o el miste- rio de la cruz. Este fenómeno actual, analizado en toda su hondura y a la luz de la Palabra de Dios, descubre más bien la urgencia de presentar una Iglesia aue evangeliza sin subordinarse a ninsuna ideología humana y a ningún sistema. Esta liber- tad de los hijos de Dios o libertad en el Espíritu hace tomar los acontecimientos sin esclavizarse a ellos como si fueran un absoluto o como si fueran irreversibles. Por encima de cualquier interpreta- ción humana de la historia está la interpretación a la luz de la historia de salvación. Por esto, la acción evangelizadora eclesial es de esperanza cris- tiana hacia una «plenitud escatológica», que no 50 AG n.24-25. Son los númerojjPWH(B|^k espiritualidad ¡lúsionera., Signos de los tiempos 41 puede alcanzarse sólo con el esfuerzo humano ni sólo en esta tierra (AG n.9). Descubrir los signos de los tiempos es una labor semejante al discernimiento de espíritus que, en nuestro caso, se aplica a los acontecimientos. «A través del Espíritu Santo la evangelización pe- netra en los corazones, ya que él es quien hace dis- cernir los signos de los tiempos—signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el inte- rior de la historia» 51 . A la luz de estos signos de los tiempos en el campo de la evangelización, se podrían finalmente señalar, entre otros, algunos problemas más urgen- tes y más nuevos por resolver: — hacer responsable de la evangelización uni- versal a toda la comunidad cristiana, espe- cialmente en cada Iglesia particular; — potenciar los apóstoles nativos de las Igle- sias jóvenes, de suerte que posean los medios necesarios para emprender ellos mismos esta nueva etapa de evangelización; — preparar las comunidades cristianas para re- cibir o acoger a tantos grupos de personas que, según los diferentes fenómenos actua- les, pasan o se instalan más o menos perma- nentemente; — preparar al pueblo cristiano para recibir las nuevas conversiones que van a producirse y que tal vez no se producen todavía por falta de esta preparación; Evangeliir nuntiandi n
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    42 Nueva etapade evangelization — dejar en manos de los apóstoles nativos la rea- lización de su segunda evangelización o pro- ceso "de maduración de la misma, .— preparar misioneros pata penetrar en los nuevos centros neurálgicos de nuestra socie- dad. . n S2 Amplié estas líneas en Lineas básicas de la espiritualidad misionera y aplicaciones actuales Euntes Docete 29 (1976) 97 110, Spiritualita ed evangelizzazione di fronte alie istanze det giovam, oggt Fede e Civlltá 73 U976) 25 29, Espiritualidad misionera hoy (Madrid Comisión Episcopal de Misiones, 1976), Dimenswne sptrituale dell evangelizzazione en Esortaztone Apostólica «Evan gelu nuntiandi» di Sua Santita Paolo VI, Commento (Roma, Sacra Congregazione per l'Evangelizzazione del Popoli, 1976) 116 128 II. SIGNIFICADO Y DIMENSIONES DE LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA S U M A R I O Presentación 1 Cristianismo como misión o espiritualidad misio- nera del cristiano A) La revelación cristiana o Palabra de Dios para todos los hombres B) Jesús, Salvador universal C) El don de la fe D) Repercusión misionera de todo lo cristiano E) Naturaleza misionera de la Iglesia F) La vida cristiana según el Espíritu 2 Espiritualidad del apóstol o misionero A) Espiritualidad y apostolado B) Espiritualidad del misionero C) Situaciones especiales hoy 3 La espiritualidad cristiana en un encuentro con la espiritualidad no cristiana A) Un hecho actual Repercusión universal de la espiritualidad B) Lo específico de la espiritualidad cristiana C) Comunidades cristianas de oración y candad D) La espiritualidad como evangelización
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    PRESENTACIÓN Al escribir sobrela «espiritualidad misionera» nos encontramos con dos términos ya muy estudia- dos: la espiritualidad y la misión Sobre la «espiritualidad» en general, nos hemos de remitir necesariamente a los especialistas actua- les l . En cuanto a la «misión», además de cuanto se ha dicho en el capítulo anterior sobre la proble- mática de la misión actual2 , habremos de adentrar- nos muchas veces en el significado de este término salvífico en capítulos posteriores. Siguiendo las indicaciones de los especialistas so- bre espiritualidad, podríamos hablar de «vida según el Espíritu», de teología de la perfección cristiana, de configuración con Cristo, así como de imita- ción, semejanza, servicio, unión y cumplimiento de la voluntad de Dios, etc. Pero hoy muchos au- tores prefieren más bien estudiar este tema como teología de la caridad cristiana, en el sentido de que en ella consiste la perfección 3 . Si hablamos de «espiritualidad misionera» no es para introducir una nueva espiritualidad. De hecho, algunos autores prefieren hablar de una sola es- piritualidad, la cristiana, con referencia a matices 1 Véanse algunos tratados actuales de espiritualidad CH A BAR NARD, Compendio di teología spmluale (Roma, PUG, 1973), M BESNRD Vna nueva espiritualidad (Barcelona 1966), L BÓUYFR, íntroductwn a la pie spirituelle (París 1960). C GAR- CÍA Corrientes nuevas de la teología espiritual (Madrid, Studium, 1971), L COGNFT íntroductwn a la vie chrétienne (París, Cerf, 1967), Dtztonano enciclopédico di spintualita (Roma, Teresia- num 1976) D M HOFFMANN Maturtng the spirtt (Boston, St Paul Edit , 1970) F Rni7 Caminos del espíritu, compendio de teología espiritual (Madrid, EDE, 1974), C V THRULAR, Con cettt fondamentali della teología jp/ríí»aía(Brescia 1971) 2 Véase nota 21 del e l . £ f l h f c 3 LG n 39 42, ver C V T H R D J , A R „ ^ ^ ^ | Presentación 45 especiales (sacerdotal, religiosa, laical, etc.)4 . A nosotros nos basta con remitirnos a la necesidad de vivir la misión, puesto que espiritualidad misio- nera vendría a ser la teología espiritual a la luz de la misión cristiana Se trata, pues, de estudiar cuál es la espiritualidad que corresponde a este aspecto cristiano de la misión y, concretando algo más, cuál es la espiritualidad que corresponde al carisma de la vocación misionera y a la acción misionera de cualquier cristiano según la propia vocación ecle- sial. Los pocos autores que hasta el momento han es- tudiado la espiritualidad misionera han hecho refe- rencia a la novedad del tema 5 . Hay que añadir aquí que el tema misión podría todavía estudiarse como misión general o como misión estricta, es decir, co- mo misión con perspectivas universales. Sin excluir la referencia a la misión en general (puesto que es una referencia obligada), nosotros subrayamos más bien la misión estrictamente universal en el sentido que iremos analizando en las explicaciones poste- riores. Nuestro tema de «espiritualidad misionera» 4 Véase L BOUYER, o c , introducción 5 Los tratados específicos de espiritualidad misionera son prác ticamente inexistentes Pero se han publicado algunos estudios parciales R AUBERT, Théologie missionnaire et spiritualtté mis swnnaire, en Collectanea Mechlimensis (1974) 424 432, H BUR KLE Missionarische Spirituahtat ais Anwort auf Grunderfahrun len tn den ~* 'h^ionen en Getst und Leben 8 (19751 431 44^ T ESQUERDA, Espiritualidad y evangelización Euntes Docete 27 (1974) 3 24 I D , Espiritualidad misionera hoy (Madrid, Comisión Episcopal Misionera 1976), ID , Cristianos sin fronteras Espiri- tualidad misionera (Burgos, Facultad Teológica 1976), ID , Teo logia de la esvirJuahdad sacerdotal c 7 (Madrid BAC 1976) Tn Spirituatila- e anmuaione missinnana (A^isi 1977) B I^FIIY Missionarv Sptrttuahty (Dublm Gilí and Son 1960) Misswn smrituality (Indore Divine Word Publications, 1976) Y RAGUIN Missionary spiritualtty (Manila E A Pastoral Institute, 1972) (también en segunda Qgjte de' L'Esprit sur le monde [Paris, Des- clée, 1975J; üsplrituj^gpbre, mundo [Madrid, Narcea, 1976]).
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    46 Significado ydimensiones vendría a corresponder a la «teología de la misión» o misionología en su aspecto espiritual o de vi- vencia. Si hubiera de presentarse, ya desde el principio, una espiritualidad misionera perfectamente estruc- turada, tendrían que analizarse estos datos: reali- dades sobrenaturales que recalca, historia de esta espiritualidad, síntesis doctrinales, virtudes que destaca, medios que propone, organizaciones e ins- titutos que fomentan esa espiritualidad, etc. Pero nosotros vamos a ir paso a paso elaborando estos datos en una evolución más homogénea y vital, se- gún irán presentándose los diferentes capítulos. Si se nos preguntara sobre la posibilidad de in- cluir la espiritualidad misionera en la teología de la misión o misionología, como una parte integran- te, la respuesta podría ser afirmativa; pero tal vez sería mejor hablar de una función de esta misma teoVgía en vez de hablar de una parte de la misma. La relación entre la espiritualidad misionera y la espiritualidad en general estribaría en poner de re- lieve el tema «misión universal» en cada uno de los puntos estudiados en la llamada teología espi- ritual o teología de la perfección cristiana. Todos los temas de espiritualidad cristiana tienen una de- rivación misionera que emana de su misma entra- ña, como veremos en este mismo capítulo. El cristiano, movido por la fe y caridad, abre el evangelio y lee: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda creatura... bautizad...» (Mt 28,29; Me 16,15); «os envío como me envió mi Padre» (Jn 20,21). La respuesta normal debe ser de disponibilidad «misionera» aun antes de poner- se a elaborar técnicamente urjjfcología. Esta dis- Presentación 47 potabilidad cristiana respecto a la misión vendría a ser la quintaesencia de la espiritualidad misione- ra. La espiritualidad misionera está, pues, en la lí- nea de una vivencia responsable de la misión cris- tiana, que tiene derivaciones universales por su misma naturaleza. Podríamos, pues, definir la es- piritualidad misionera provisionalmente (sin que- rer hacer abstracciones), como la vivencia de la mi- sión recibida de Cristo, es decir, la espiritualidad que deriva de la misión cristiana. El Espíritu Santo infunde en cada uno de los «enviados» el mismo espíritu misionero que animó a Cristo como en- viado 6 . Cuando se habla de espiritualidad específicamen- te misionera cabe distinguir diversos puntos de vis- ta o dimensiones, que podrían resumirse en tres: la espiritualidad cristiana como misionera, la espi- ritualidad del misionero, la espiritualidad cristiana en encuentro y confrontación continua con la es- piritualidad no cristiana. De esta manera descripti- va aparece, desde el principio, la amplitud del cam- po que vamos a estudiar, no partiendo de nociones ya prefabricadas, sino de situaciones en que se en- cuentra el cristiano como enviado y a las que hay que responder con la doctrina del Evangelio y la reflexión teológica objetiva. Los principios teológi- cos no dependen de la realidad circunstancial ni de la conciencia de cada uno, pero, a la luz de estos principios, se iluminan situaciones personales y am- bientales. 6 AG n.4 y 24-25.
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    48 Significado ydimensiones 1. Cristianismo como misión o espiritualidad misionera del cristiano Todo cuanto suene a cristiano tiene unas pers- pectivas universales. La Palabra de Dios o revela- ción, la realidad de Jesús Salvador, el don de la fe, el bautismo, la naturaleza de la Iglesia, el des- arrollo de la perfección y cualquier tema de vida cristiana se refieren siempre a toda la humanidad. El hecho de ser cristiano o la misma vocación cris- tiana es misión universal. A) LA REVELACIÓN CRISTIANA O PALABRA DE Dios PARA TODOS LOS HOMBRES Dios ha hablado comunicando sus planes salví- ficos sobre la humanidad entera. El Antiguo y Nuevo Testamento tienen esta perspectiva de uni- versalidad, aunque los destinatarios inmediatos de la Palabra sean unos hombres concretos o una co- munidad reducida, que por ello mismo quedan «co- misionados» para comunicar a otros los planes sal- víficos de Dios. Por esto el Vaticano II presenta como uno de sus objetivos «proponer la doctrina auténtica sobre la revelación y su transmisión, para que todo el mundo lo escuche y crea, creyendo es- pere, esperando ame» 7 . A través de la creación y de la historia, Dios se ha ido manifestando a todos los hombres sin ex- cepción. Cristo, Palabra de Dios, es el centro de la creación y de la historia (Jn 1,3). Por esta mani- festación divina, y especialmente por la revelación ' Dei Verbum n.l. La afirmación es de San Agustín, De cate- chizandis rudibus 4, 8: PL 40,316. Cristianismo como misión 49 estricta del Antiguo y Nuevo Testamento, «Dios fue preparando a través de los siglos el camino del Evangelio» 8 . La revelación divina culmina en Jesús (Heb 1,1-2), Hijo de Dios, Palabra eterna del Pa- dre, pronunciada eternamente en el Espíritu Santo, que ha venido para habitar entre los hombres (Jn 1,1-18), Esta revelación divina es «para salvación de todos los pueblos»9 . En la Palabra de Dios aparece el plan divino de salvación para todos los hombres. Por esta Palabra sabemos que los hombres han sido elegidos o pre- destinados en Cristo desde toda la eternidad (Ef 1,4) y que «todo ha de ser restaurado en Cristo» (ibíd. 10; Col 1,15-17). Los destinatarios de este misterio de Cristo, escondido por los siglos en Dios y ahora manifestado, son todos los hombres. Por esto, quien haya encontrado ya esta Palabra de Dios debe sentir, en diverso grado y modo, según la vocación concreta, el deseo de «iluminar a to- dos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios» (ibíd. 3,9). La Palabra de Dios o doctrina y persona de Je- sús no es una teoría solamente para ser estudiada técnicamente. Propiamente no es un sistema ideo- lógico, sino una palabra con virtualidades diferen- tes de las palabras humanas. Es como un mensa- jero vivo que va al encuentro de todo hombre (Is 9,8). Es palabra eficaz (Gen l,ls), creadora y con- servadora con dimensiones universales, que obra la salvación en toda la historia humana (2 Tim 2,8-9), pronunciada por Dios para nosotros en la pleni- tud de la historia (Gal 4,4). Por esto, el que recibe 8 Ibíd., n.3. Sobre la «preparación evangélica» véase capítu- lo I, 2. 9 Ibid., n.l. Véase capítulo I, I.
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    50 Significado ydimensiones esta palabra, por la fe cristiana, queda responsa- bilizado para comunicarla a los hermanos. La re- velación no puede quedar como un simple recuer- do o como una «doctrina» que basta con apren- derla personalmente. Dios, que es amor (1 Jn 4,8), sólo tiene una Pa- labra personal, que es el Verbo (Jn 1,1). Nos ha dado esta Palabra para todos los hombres (Jn 1,12- 14). Es la cumbre de la revelación divina (Heb 1,1). Así ama Dios al mundo entero (Jn 3,16), puesto que Cristo, Palabra personal de Dios hecho nues- tro hermano, pertenece a toda la humanidad (Gal 4,4 y Jn 3,17). Esta es la iniciativa personal de Dios amor (1 Jn 4,10). B) JESÚS, SALVADOR UNIVERSAL I Todo hombre ha sido creado para ser «imagen» de Dios, su «gloria» o «epifanía». No es sólo el hombre como individuo, sino también como colec- tividad expresada principalmente en la familia hu- mana (Gen 1,27; Ef 5,22s). Este plan primero de Dios encontró la contrapartida del pecado del pri- mer hombre con sus consecuencias universales. Pe- ro el mismo Creador ha querido restaurar este plan primero en un plan todavía mejor: la salvación en Cristo. Así, «Dios es Salvador de todos los hom- bres» (1 Tim 4,10). En Jesús, Hijo de Dios, «se ha manifestado la gracia salvífica de Dios para to- dos los hombres» (Tit 2,11; cf. 3,4). El hecho de que todo hombre deba desarrollar su propio ser como «imagen» (gloria) de Dios Amor permite hablar de una «misión» radical que arranca de esta realidad y que empuja a transfor- mar la creación, la historia y toda la humanidad en Cristianismo como misión 51 una imagen de Dios. Sería una misión «teocéntri- ca». Pero el hecho de que este plan de Dios ha sido elevado a un plan todavía mejor—de reden- ción en Cristo Salvador—, hace que la misión sea estrictamente cristiana, proveniente del Padre por su Hijo Jesús y en el Espíritu Santo. Por esto la misión cristiana es, a la vez, teocéntrica, trinitaria, cristológica y neumatológica 10 . La razón de ser de todo hombre, especialmente ya restaurado en Cris- to Salvador, es de llevar a cabo una misión uni- versal. Jesús es Salvador de todos los hombres (Mt 1,21), pertenece a todos, es hermano y responsable de la historia de cada uno de los hombres y Ca- beza de la humanidad entera. La misión salvífica que recibió del Padre no tiene fronteras: se pre- senta como enviado para salvar a los hombres (Jn 3,17), acercándose a todos los que sufren (Mt 8,17), llamando a todos (Mt 11,28), derramando su san- are por todos (Mt 26,28). Su «sed» (Jn 19,28) es la del Buen Pastor que se apiada de todos (Me 6,34). Jesús ha muerto por todos (2 Cor 5,15). De ahí que los apóstoles presenten siempre a Jesús como centro de la creación y de la historia (Jn 1,3; Col l,16s; Heb 13,8). Las afirmaciones paulinas son muy expresivas: «El Padre nos libró del po- der de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados; que es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura, porque en él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra..., todo fue creado por él y para él..., todo subsiste en él... Y plugo al Padre... reconciliar 10 AG n 2-4. La dimensión eclesial es expresión («sacramento») de todos estos aspectos.
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    52 Significado ydimensiones consigo todas las cosas en él, pacificando con la sangre de su cruz así las de la tierra como las del cielo» (Col 1,13-20)". La unidad de la familia humana queda sublima- da en esta dinámica de unidad de Cuerpo místico de Cristo. Por esto «todos los hombres están lla- mados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos» n . La realidad de Jesús Salvador universal no es sólo objeto de predicación en una época concreta (la del mismo Jesús), como dejando que la huma- nidad entera vaya enterándose «espontáneamente» de esta verdad salvífica, sino que «lo que ha sido predicado una vez por el Señoí, o lo que en él se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jeru- saléti, de suerte que lo que una vez se obró pata todos en orden a la salvación, alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos» 13 . Esta realidad salvífica de Jesús encuentra su con- firmación no sólo en las conversiones de todos los tiemoos y en todas las culturas, sino en el gran acreció que la misma persona de Jesús sigue sus- citando en cualquiera que lea o entre en contacto con el Evangelio. Este aprecio puede constatarse en la actualidad japonesa—donde se habla de dos mi- llones de personas que han leído el Evangelio—y 11 Algunos textos del Nuevo Testamento sobre Jesús Salvador universal han quedado resumidos v parafraseados en AG fl-3. Cf. ST LYONNET. De peccato et redemptione (Romae, Pontificio Ist Bíblico, 1960) e l 12 LG n.3. El sacramento eucarístico tealiza esta unidad (1 Cor 10,17). 13 AG n.3. No basta, pues, un proceso de «osmosis». Cristianismo como misión 53 en los medios hindúes y budistas, especialmente desde el siglo xix 14 . C) E L DON DE LA F E Quien ha recibido el don de la fe, si quiere vi- virlo con todas sus consecuencias, sentirá la nece- sidad imperiosa de hacerse instrumento para que otros lo reciban. Esta consecuencia misionera es ley vital de la misma fe y de la espiritualidad cris- tiana. Es la misma vida en Cristo la que urge a esta «promgación». Y es también el sentimiento de gratitud el que completa esta urgencia de co- municar a todos lo que, según la revelación, es para todos los hombres. Son muchos los aspectos de este don de Dios que se llama fe. «Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece 'el homenaje total de su entendi- miento y voluntad', asintiendo libremente a lo que Dios revela» 15 . Hay, pues, una entrega y encuentro personal y una aceptación de doctrina. Para llegar a esta de- cisión de fe «es necesaria la gracia de Dios, que se nos adelanta y nos ayuda junto con el auxilio del Espíritu Santo» 16 . La gratuidad del don de la fe excita el agradeci- miento. Y esta gratuidad no es sólo para el primer paso hacia la fe, sino también «para que el hombre 14 T- LÓPEZ GAY, Intentos de teología autóctona..., en Estudios de Misionologia 1 (1976) 55-84. Véase también: A. CAMPS, La Personne et la jonction du Christ dans l'hinduisme et dans la théologie hindou-ehrétienne, en Bulletin (Secretariatus pro non- christianis) 18 (1971) 212-213. 15 Vei Verbum n.5; cf. VATICANO I, Dei Films c.3. 16 Ibid.
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    54 Significado ydimensiones pueda comprender cada vez más profundamente la revelación» ". De ahí que cuando un cristiano vive más intensamente la fe, siente más la llamada misio- nera para comunicarla a todos. La misma mística y contemplación cristiana hacen llegar a un sentido de universalismo cristiano (historia, cosmos, huma- nidad) en una línea de «unidad cósmica» en Cristo. La vida cristiana de perfeccionamiento (y contem- plación) es un proceso de unidad en el que el celo misionero universal es una consecuencia espontánea y una urgencia que quema el propio existir en aras de la esperanza y caridad: «la caridad de Cristo nos apremia»... (2 Cor 5,14). Por esto, el resurgir mi- sionero de nuestros días, ante una nueva etapa de evangelización, supone, como preparación previa, un resurgir de la espiritualidad cristiana. En las discusiones sobre el aspecto formal del celo misionero se ha ido pasando del acento en «propagar la fe» al acento en «plantar la Iglesia» y llevar a término los planes salvíficos de Dios se- gún el mandato de Cristo. Pero todos estos aspec- tos forman parte integrante de la fe cristiana. La misión incluye todas estas facetas. Y del mandato de Cristo de predicar a todos los pueblos, «proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo... en virtud del mandato... y en virtud de la vida que a sus miembros infunde Cristo» 18 . El anuncio de la muerte y resurrección de Cris- to, Hijo de Dios y redentor es como el meollo de la primera predicación cristiana o el primer anuncio 17 Ibid. 18 AG n.6; nerum Ecdesiae (Pío XI): AAS 18 (1926) 65s, I * parte; Fidel donum (Pío XII): AAS 49 (1957) 225s, intro- ducción. Cristianismo como misión 55 a los que todavía no creen 19 . Es el llamado «kerig- ma» cristiano o primer anuncio del Evangelio. De ahí la predilección de Pablo por anunciar el mis- terio de Cristo especialmente a los que todavía no son cristianos 20 . La fe cristiana incluye la aceptación vital de esta realidad: Cristo resucitado, Hijo de Dios y reden- tor, que vive entre nosotros (Mt 28,20; Ap 1,18) y empuja toda la creación y toda la historia hacia una restauración final y un encuentro con Dios tri- no, cuando «Dios será todo en todos» (1 Cor 15,28). «Aceptar» la fe cristiana supone enrolarse en esta dinámica misionera universal geográfica e histórica21 . Cada uno de los puntos de nuestra fe (dogma y moral) lleva consigo una perspectiva uni- versal misionera, al menos si se estudia a la luz del misterio de Cristo y no sólo como una afirma- ción teórica. D ) R E P E R C U S I Ó N M I S I O N E R A D E TODO L O C R I S - TIANO, ESPECIALMENTE DEL BAUTISMO Y EUCA- RISTÍA Además de ser un mandato del Señor (Mt 28,19), el bautismo entraña en sí mismo unas derivaciones universales: «Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautis- mo, quedan destinados por el carácter al culto de la 18 Act 2,22-24.32-41; 3,12-16.19-26; 4,10-12; 8,26; 10,34s; 13,26s; 17,31; 1 Cor 15. 20 Rom 1,1; 15,16-21. 21 Esta es la perspectiva de Gaudium et spes, al final de cada capítulo de la primera parte. Así, por ejemplo, el n.45: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones».
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    56 Significado ydimensiones religión cristiana y regenerados, como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» n . La fuerza del Espíritu, en el que han sido bauti- zados y por el que han renacido en Cristo, se com- plementa en el sacramento de la confirmación: «Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrechamente a difundir y defender la te, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra y por las obras»2i . El significado de Pentecostés—participado por el bautismo y confirmación, además del sacramento del orden—tiene unas perspectivas universales (Act 2,17): «El día de Pentecostés descendió sobre los discí- pulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación y fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla en todas las lenguas, comprende y abraza en la caridad todas las lenguas y supera así la dispersión de Babel» 24 . Si todo dato cristiano tiene derivaciones misio- neras, esto hay que afirmarlo principalmente del sacrificio eucarístico, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana»K . Jesús quiere dejar a su Iglesia una presencialización y prolongación de su sacrifi- cio redentor, que es en beneficio de toda la huma- nidad (Mt 26,28). Es el sacrificio profetizado por 22 LG n.ll. Cf. SANTO TOMÁS, 3 q 63 a.2. 23 Ibid. 24 AG n.4. El don de lenguas expresa esta dimensión misionera. 25 LG n.ll. Véase nota 12. Cristianismo como misión 57 Malaquías como sacrificio de dimensiones univer- sales (Mal 1,11). Todo lo que suene a cristiano tiene esas mismas perspectivas. Por esto la espiritualidad y vivencia misionera no puede ser un adorno, sino que per- tenece a la misma entraña del cristianismo y de la vida cristiana. Una señal de maduración en el proceso de con- versión y bautismo es precisamente la dimensión misionera. Si la misión de Jesús no tiene fronte- ras, tampoco las tiene la participación en la misma (Tn 20,21). El mandato de Jesús (Me 16,15) inclu- v'e a todos los creyentes según las diversas vocacio- nes y carismas. Uno de los campos en que debe aparecer más clara la dimensión misionera es el campo litúrgico, especialmente en la celebración de la eucaristía y de los demás sacramentos. Si la liturgia es «el ejerci- cio del sacerdocio de Jesucristo»26 , se comprende fácilmente que es también «la cumbre a la cual tien- de la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» 27 . La natu- raleza de la liturgia cristiana es, pues, naturaleza misionera por ser la presencialización de los miste- rios de Cristo redentor de todos los hombres. Una fiesta o una celebración litúrgica es siempre un acontecimiento misionero. E) NATURALEZA MISIONERA DE LA IGLESIA Esto es una de las afirmaciones básicas más co- nocidas en la teología sobre la misión: «la Iglesia 28 Sacrosancfum Conalium n.7. 27 Ibid., n.10,
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    58 Significado ydimensiones entera es misionera, la obra de evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios» 28 . La razón de ser de la Iglesia es la de «sacramento uni- versal de salvación» 29 . La «sacramentalidad» de la Iglesia o su razón de ser signo eficaz del Señor no tiene fronteras geográficas, históricas, de razas y culturas. La Iglesia es «el signo levantado ante las nacio- nes» ^ no en el sentido de triunfo o de ostenta- ción, sino en el sentido de una responsabilidad uni- versal en la evangelización. La naturaleza de la Iglesia es la de congregar a todos los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52) y hacer que toda la humani- dad sea un solo rebaño y tenga un solo pastor (Jn 10,16). Todo lo que es Iglesia tiene estas perspectivas misioneras y universales, como hemos indicado al hablar del bautismo, de la eucaristía, de la litur- gia, etc., y como se dirá luego al hablar de la vida espiritual. La obra misionera no es, pues, una obra de un grupo eclesial o de unas fechas limitadas, sino el quehacer constante de acercarse a todos los hom- bres para ayudarles al encuentro personal con Je- sucristo. El «misterio de Cristo» se anuncia y comunica a todos los hombres por medio de la Iglesia (Ef 3,8-11). Pablo canta así al misterio de Cristo pro- longado en la Iglesia: «Y sin duda que es grande el misterio de piedad, que se ha manifestado en la carne, ha sido justificado por el Espíritu, ha sido mostrado a los ángeles, predicado a las naciones, !s AG n.35; cf. n.2. 29 Ibid , n i ; LG n.48. Véase bibliografía sobre la sacramen- talidad de la Iglesia, en nota 12 del capítulo 3. 30 Ts 11,12 v Scco'-cinctum Concilium n 2, Cristianismo como misión 59 creído en el mundo, ensalzado en la gloria» (1 Tim 3,16). La Iglesia es consciente que la salvación de Cris- to llega a todos los hombres, pero siempre es por ministerio de la Iglesia, aunque no necesariamente siempre por las formas visibles y constatables. En este sentido conserva su valor la afirmación patrís- tica de que «fuera de la Iglesia no hay salvación» (Tertuliano y Orígenes). Baste recordar la celebra- ción eucarística en tantas comunidades cristianas y cuyos efectos llegan a todo ser humano. La naturaleza de la Iglesia es, pues, la de dejar transparentar en su propia faz la faz de Cristo, luz del mundo y salvador de todos. «Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacra- mento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a los fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su mi- sión universal». Tal es el objetivo del Vaticano II, indicado tex- tualmente al comienzo de su documento central31 . Esta naturaleza misionera de la Iglesia tiene sen- tido trinitario, cristológico y neumatológico. Lo que el Padre había planeado eternamente acerca del mis- terio de Cristo para salvación de toda la humanidad se concreta en el misterio de la Iglesia: «La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, mi- sionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el pro- pósito de Dios Padre»32 . •" LG n.l; en la constitución Sacrosanctum Concilium se añade: «invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia». 32 AG n.2. En LG n.48, el aspecto escatológico eclesial se relaciona con el aspecto misionero.
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    60 Significado ydimensiones La primitiva Iglesia y la Iglesia de todos los tiem- pos ha sentido esta «voz de la sangre» respecto al género humano: «Como este fragmento estaba disperso sobre los y reunido se hizo uno, [montes así sea reunida la Iglesia de los confines de la tierra en tu reino... Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor, y reúnela de los cuatro vientos, santifícala en el reino tuyo que has preparado» 33. La Iglesia, «pleroma» o complemento de Jesús (Ef 1,23), tiene las mismas características univer- sales que el mismo Jesús. Personas y estructuras son Iglesia en la medida en que asuman esta rea- lidad eclesial34 . F) LA VIDA CRISTIANA SEGÚN EL ESPÍRITU La vida espiritual cristiana es esencialmente mi- sionera. El empeño de configurarse con Cristo lle- va, de por sí, a sintonizar con los sentimientos de Cristo. El proceso de purificación hace que el cris- tiano deje sus puntos de vista y sus aficiones deroa- siado particularistas; las luces sobre el misterio de Cristo—en la etapa más iluminativa de la vida es- piritual—abren perspectivas más universales y eter- nas; el camino hacia la unión hace que los proble- 33 Didaié, 9,4; 9,5. 34 G. COLZANI, La missionarieth della Chiesa (Bologna, Deho- niane, 1975); Y. CONGAR, Un peuple messianique (Paris, Desclée, 1975) 1.a parte; M. DORTEL-CLAUDOT, Églises locales, Église imi- verselle (Paris, Chalet, 1973); H. DE LUBAC, Las iglesias particu- lares en la Iglesia universal (Salamanca, Sigúeme, 1974); cf. Chiesa lócale e cooperazione tra le chiese (Bologna, Emi, 1973); J. RAT- ZINGER, El nuevo Pueblo de Dios (Barcelona, Herder, 1972) p. IV. Cristianismo como misión 61 mas e intereses de Cristo sean problemas e intereses propios. Así, pues, si se pudiera definir la vida es- piritual como un proceso de unidad (en la configu- ración e imitación de Cristo), esta unidad llega a la cumbre de una visión cristiana universal y cós- mica en la que cada persona tiene su responsabi- dad o misión universal. Vida espiritual es fidelidad al Espíritu Santo. No es, pues, necesariamente un proceso de sola interio- ridad psicológica. Ahora bien, «Cristo envió, de parte del Padre, al Espíritu Santo para que llevara a cabo interiormente su obra salví- fica e impulsara a la Iglesia a extenderse»... «El Es- píritu Santo provee a toda la Iglesia de diversos do- nes jerárquicos y carismáticos... infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo» 35 . No hay fidelidad al Espíritu sin fidelidad a su misión. Un proceso de contemplación cristiana—en un sentido más «claustral» o en un sentido de más acción apostólica directa—es siempre un proceso de fidelidad misionera a la acción del Espíritu Santo (Teresa de Lisieux o Javier). La oración cristiana es la actitud filial del «Pa- dre nuestro» que quiere arrastrar la propia existen- cia y la de los demás hasta constituir una verdadera familia de hijos de DioSi No se trata, pues, sola- mente de orar por la acción misionera, sino de hacer que toda oración cristiana tenga las perspectivas que Cristo ha trazado: «que te conozcan a ti, úni- co Dios, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Con estas perspectivas misioneras Cristo da 35 AG n.4. A la luz de la misión aparece mejor la unión entre carisma y jerarquía.
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    62 Significado ydimensiones gloria al Padre y lleva a término la obra encomen- dada36 . Sobre la oración litúrgica de la misma Iglesia en cuanto tal, baste remitirnos a cuanto hemos dicho acerca de la liturgia, y especialmente de la eucaris- tía. En la oración eclesial, que es la oración de Cris- to con su Cuerpo al Padre y que es un eco o pro- longación del himno eterno del Verbo al Padre en el Espíritu, «él mismo une a sí la comunidad ente- ra de los hombres y la asocia al canto de este di- vino himno de alabanza»37 . La vocación específica de cada cristiano es misión, según modalidades y grados diversos. Pero siempre tiene perspectiva universal. Los carismas recibidos son para llevar a término una misión que tiene de- rivaciones universales. Las características de esta misión dependerán del alcance circunstancial de la misma (laical, religiosa, sacerdotal...). Pero siem- pre es en la línea de dejar, para bien de la huma- nidad entera, una huella de Cristo y un aspecto de la imagen de Dios Amor. La vida según el Espíritu tiene muchas facetas, que no es necesario recordar aquíM . Baste lo indi- cado. Pero cabe destacar, como aplicación especial, el valor misionero del sufrimiento y de la cruz. El sacrificio redentor de Cristo, hecho presente en el misterio eucarístico, tiene dimensiones universales, como hemos visto más arriba. Pero la participación en este sacrificio y en sus dimensiones depende de nuestra capacidad de correr la suerte de Cristo o 35 Es la perspectiva misionera de la oración de la última cena (Jn 17). 37 Sacrosanctum Conctlium n.83-84. 38 G. HAYA PRATS, L'Esprit forcé de l'Égltse (Paris, Cerf, 1975); I. DE LA POTTERIE, ST LYONNET, La vida según el Espíritu (Sala- manca, Sigúeme, 1967). La espiritualidad del misionero 63 de beber su cáliz. El cristiano no busca el sufrimien- to por sí mismo; más bien siente como nadie el horror a todo cuanto no sea el Bien supremo o par- ticipación del mismo. Pero sabe muy bien que el camino de la redención es el de la cruz, de paso hacia la resurrección. El sufrimiento del cristiano tiene el mismo sentido que el sufrimiento de Cris- to: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). 2. La espiritualidad del apóstol o misionero Espiritualidad misionera indica, como hemos es- tudiado, la espiritualidad que deriva de la misión. Por ser todo cristiano «llamado» y «enviado», he- mos visto primero la espiritualidad misionera de todo creyente. Pero aunque cada uno tiene que cumplir una tarea apostólica, hay quienes han sido llamados a una especial misión o apostolado. De ahí que se pueda y deba hablar de la espiritualidad específica del misionero o del apóstol que proclama el primer anuncio del evangelio a los que todavía no creen. Este tema está estrechamente ligado al tema de la vocación misionera específica, que será tratado en capítulo aparte. A) ESPIRITUALIDAD Y APOSTOLADO Nos basta anotar algunas reflexiones sobre la relación entre la espiritualidad y el apostolado. Si «la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado», el crecimiento en la vida espiritual o configuración con Cristo va a la
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    64 Significado ydimensiones par con «la propagación del reino de Cristo en toda la tierra» 39 . La posible tensión entre la vida espiritual o in- terior y el apostolado es sólo debida a las actitu- des personales (o personalistas) del apóstol. La fuerza del Espíritu que impele a una configuración con Cristo es la misma fuerza que lleva todo hacia la restauración en él y extensión de su reino. La expansión del reino de Cristo sólo se realiza por la caridad acompañada de la fe y esperanza. «El apos- tolado se ejercita en la fe, en la esperanza y en la caridad que el Espíritu Santo difunde en el corazón de todos los hijos de la Iglesia». Por esto, «la ca- ridad es como el alma de todo apostolado» 40 . Sin la vida espiritual del apóstol, la acción apos- tólica deja muchas veces de ser tal y se convierte en un trabajo parecido a la propagación de cual- quier ideología o al proselitismo de cualquier sis- tema. Al ser Cristo, enviado por el Padre, «la fuen- te y origen de todo apostolado en la Iglesia», la con- secuencia es que «la fecundidad del apostolado de- pende de la unión vital con Cristo» 41 . La disponibilidad de Buen Pastor por la línea de la caridad arranca de una vida de contempla- ción 42 . De hecho, son las personas de oración las que han experimentado más fuertemente el celo apostólico. En este sentido se ha llegado a hablar de la oración como alma de todo apostolado, en cuanto que alimenta la caridad y en ésta propia- mente encontramos el «alma» y razón de ser de la acción apostólica. La afirmación paulina «os celo 39 Apostolicam tctuositatem n.2. En el capítulo 3 recogemos bibliografía sobre la teología del apostolado. 40 Ibid., n.3; LG n.33. 41 Ibid., n.4. El tema de la comunión: cap. V, 2, B. 42 «Gontemplata alus tradere»; 2-2 q.188 p.6. La espiritualidad del misionero 65 con celo de Dios» (2 Cor 11,2) equivale a la expre- sión de Francisco de Asís: «El amor no es amado». Pues bien, esta convicción profunda del apóstol sólo puede nacer de la contemplación del misterio de la caridad de Dios en Cristo Jesús {Ef 3,18-19). Aunque hay que hablar de medios de espiritua- lidad para el apóstol, entre esos mismos medios hay que destacar la acción apostólica que se está realizando, especialmente si ésta es la prolongación de la palabra y de la acción salvífica de Jesús (pre- dicación, eucaristía, sacramentos, responsabilidad de caridad)43 . La caridad del apóstol hace que tanto la «vida interior» como la «acción externa» nazcan del en- cuentro y entrega a Cristo. Sin relación vital con él, la «vida interior» será esplritualismo y la «ac- ción externa» sería mera acción humana o «herejía de la acción» "4 . La caridad hace que la vida inte- rior sea vida espiritual cristiana y no sólo proceso sicológico de interiorización; y es la misma caridad la que convierte la acción exterior en acción apos- tólica estrictamente dicha. La conciencia íntimamente vivida de la «misión» hace que toda la vida espiritual amplíe los horizon- tes espirituales y apostólicos dentro de los planes salvíficos de Dios sobre toda la humanidad. Es este espíritu misionero el que hizo de Santa Teresa de Lisieux la patrona de las misiones sin alejarla de su propia vocación contemplativa. 43 Así lo indica expresamente Presbyterorum Ordinis n.13 para los sacerdotes: «conseguirán de manera propia la santidad ejer- ciendo incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo». 44 La exnresión todavía se usa en la exhortación Mentí nostrae de Pío XII (1950). lUpiri/iiíilitliul misimierii 3
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    66 Significado ydimensiones B) ESPIRITUALIDAD DEL MISIONERO Espiritualidad misionera es también sintonizar con los sentimientos y actitudes del Buen Pastor, que ejerció su misión según los designios salvíficos del Padre sobre toda la humanidad. De ahí arranca un aspecto especial de la espiritualidad misionera, es decir, la espiritualidad de quien ha sido llamado efectivamente para llevar a término directamente esta misión universal45 . La espiritualidad del misionero tiene unos mati- ces especiales que derivan del carisma recibido y que podrían concretarse así: —• dedicación al primer anuncio del Evangelio; •— implantar los signos permanentes de evange- lización eclesial; — hacer que todo sector humano sea verdade- ramente Iglesia sacramento. El primer anuncio del Evangelio es el objetivo de la vocación misionera específica. Hoy este pri- mer anuncio debe hacerse también en sectores tra- dicionalmente cristianos. Pero esta acción apostó- lica tiene lugar preferentemente en sectores donde todavía no se ha predicado el Evangelio y donde la Iglesia todavía no presenta su naturaleza de sig- no claro de Cristo. La sensibilidad respecto al primer anuncio del Evangelio nace de la espiritualidad apostólica y, concretamente, de un estudio y de una contempla- ción del llamado «kerigma» cristiano: la presenta- En el capítulo 9 se estudiará la vocación misionera especí- fica; cf. Máximum ülud (Benedicto XV): AAS 11 (1919) 440s, segunda parte. La espiritualidad del misionero 67 ción primera de Cristo muerto y resucitado. Se tra- ta de una sensibilidad de predicar el Evangelio a los «pobres», es decir, en este caso, a «los más po- bres», a los que todavía no han llegado a la fe cris- tiana 4é . Implantar los signos permanentes de Iglesia o signos permanentes de evangelización, supone tam- bién una sensibilidad especial. Esta sensibilidad arranca de la profundización sobre el misterio de la Iglesia por medio del estudio y de la oración. Sin esta espiritualidad, el tema de «implantar» la Igle- sia aparece sólo en su aspecto «administrativo» y «estructural». Pero el apóstol que vive íntimamen- te unido a Cristo, sabe muy bien que la Iglesia es un conjunto de signos sensibles de la presencia y de la acción de Jesús resucitado47 . Y estos signos todavía no se encuentran en muchos sectores hu- manos, al menos de una manera permanente y ma- dura. Del establecimiento de los signos permanentes de evangelización hay que pasar a hacer que estos signos constituyan verdaderamente la «Iglesia sa- cramento» en las circunstancias y comunidades hu- manas. Es un punto de enlace con una segunda evangelización, pero todavía forma parte de la ac- ción misionera. La comunidad eclesial que está creando el misionero, es una comunidad que, desde el principio, debe nacer como misionera o «signo levantado ante los pueblos» 48 . El tema general de la misión, tan subrayado en la espiritualidad y teología actual, ha podido dis- traer de la misión universal estricta. Llegar a sentir 46 Le 4,14.43; Rom 15,16. 47 Sacrosandum Cohcihum n.7-8. 48 Is 11,12; Sacroscnctum Concilium n.2.
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    68 Significado ydimensiones hoy la llamada específica a esta misión, supondrá toda una acción de la misma comunidad cristiana para suscitar estos pioneros que han abierto brecha en todos los momentos históricos de la evangeliza- ción. Cuando hablamos de la espiritualidad del misio- nero, nos referimos también a este carisma o voca- ción especial de muchas personas que dedican toda su vida a la extensión universal del reino de Dios. Su tarea no es la de ir a tierras o sectores de «mi- sión»; pero toda su espiritualidad y, a veces, todo su servicio, está orientado hacia la misión universal estricta: vida contemplativa personal o comunita- ria en alguna institución misionera, servicio en o para algunos Institutos misioneros, colaboración en las obras misionales pontificias, dedicación a la ani- mación misionera de todo el pueblo de Dios, vida inmolada en el sacrificio de la enfermedad, etc. Esta vida misionera estricta es el «humus» de don- de salen o donde se preparan las mejores vocacio- nes de apóstoles como San Francisco Javier. C) SITUACIONES ESPECIALES HOY En el capítulo primero hemos señalado los as- pectos principales de la evangelización hoy, dentro de una perspectiva que podríamos calificar de «una nueva etapa de evangelización». Más adelante se- ñalaremos las virtudes características del apóstol, así como las líneas maestras de su espiritualidad con sus aplicaciones prácticasm . Una nueva situa- ción histórica en el campo de evangelización recla- ma ahondar en las virtudes misioneras, haciendo Véanse los capítulos 5 y 6. ha espiritualidad del misionero 69 resaltar algunas facetas que en otras épocas podrían ser secundarias. La tendencia actual a relacionar evangelización y cultura exige del misionero una actitud de saber descubrir las huellas de Cristo en cada pueblo (y en cada religión), en cada persona, en cada aconte- cimiento. En esta perspectiva hay que englobar la tarea misionera de llamar a la conversión y a la fe. Sin una espiritualidad profunda, ni se apreciarían las huellas del Señor ni se urgiría suficiente y pru- dentemente al encuentro explícito con Cristo. La misma sensibilidad de apreciar las huellas de Cris- to es la que hace descubrir los caminos para llegar al final. Esta finura espiritual ayuda a seguir la pe- dagogía de la historia de salvación que prepara el encuentro de toda la humanidad en la Iglesia. Sólo un gran espíritu de contemplación hará vi- brar hoy al misionero para llevar a todos hacia la plenitud en Cristo. No le basta saber que los pa- ganos ya tienen la gracia suficiente de Cristo para salvarse. La contemplación de los planes salvíficos de Dios y de los sentimientos de Cristo Buen Pas- tor urgen, con más intensidad que en otras épocas, hacia el encuentro definitivo en la fe cristiana. La tensión evangelización-desarrollo deja de ser dilema cuando se analiza a la luz del Evangelio y de la actuación de Jesús. La espiritualidad misio- nera ayuda a soslayar dos escollos: el del absentis- mo en los compromisos sociales y el de una acción secularizante o simplemente «secular» (en sentido positivo), que no es propiamente la tarea de evan- gelizar. Hay una inestabilidad en la acción misionera ac- tual, debido a las circunstancias de cambio y de ma-
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    70 Significado ydimensiones duración de las Iglesias particulares y comunidades locales. El misionero, hoy más que nunca, tiene la impresión de que está de paso y para poco tiempo. Naturalmente que ello servirá para purificar mu- chas actuaciones que atrofiaron la labor misionera en el pasado, instalando al misionero en un campo que ya no era el suyo. Pero la situación actual debe invitar a una mayor generosidad que florezca en nuevas iniciativas para abrir nuevas rutas a la evan- gelización. La primera evangelización todavía tiene mucho campo por estrenar. Y el paso hacia las co- munidades cristianas que se valgan por sí mismas, reclama también la victimación del misionero, que debe gastar su vida sembrando por última vez y de modo más anónimo en estas mismas comunidades ya casi maduras. Las dudas sobre la identidad apostólica han surgi- do lo mismo que sobre otros campos eclesiales simi- lares. Las nuevas dificultades parecen anular la labor emprendida con tanto sacrificio e incluso sembrar la convicción o impresión de que se ha perdido el tiempo en la evangelización anterior. Solamente una actitud teologal, de «esperar contra toda esperan- za» (Rom 4,18), puede transformar las dificultades en nuevas posibilidades de evangelización. «Os queremos confirmar en la certeza de vuestra vocación... Vuestra elección no es equivocada, vues- tro esfuerzo no es vano, vuestro sacrificio no se ha frustrado... Tened confianza, la Iglesia está con vos- otros» 50 . 50 PABLO VI, Mensaje del Domund de 1975 (dedicado a la persona del misionero). Espiritualidad cristiana y no cristiana 71 3. Espiritualidad cristiana en un encuentro con la espiritualidad no cristiana Mucho más que en épocas anteriores, la espiri- tualidad cristiana tiene hoy un contacto continuo con la espiritualidad no cristiana. Por el acento especial en este campo, los grandes autores cristia- nos de la historia y los escritos y gestos cristianos actuales de espiritualidad, tienen hoy una inciden- cia especial. A) UN HECHO ACTUAL: REPERCUSIÓN UNIVERSAL DE LA ESPIRITUALIDAD Tanto en países tradicionalmente cristianos como en aquellos de mayoría pagana, la espiritualidad cristiana y pagana se encuentran y cuestionan mu- tuamente. Los medios de comunicación social ha- cen llegar los textos y enseñanzas cristianas a cual- quier rincón. Al mismo tiempo, millones de paga- nos tienen contacto continuo con comunidades cris- tianas: trabajadores, estudiantes, turistas, deportis- tas, políticos, economistas, hombres de cultura o de comercio, etc. La sensibilidad religiosa actual se va centrando más en el campo de la oración y de las experiencias de interioridad. Esto ocurre tanto a nivel cristiano como a nivel pagano. Por otra parte, la revaloriza- ción de las religiones no cristianas ha tenido lugar principalmente a partir de un redescubrimiento de sus experiencias y sus valores espirituales. Las tra- diciones religiosas de cada pueblo aparecen más pro- fundas cuando se expresan en un terreno de expe- riencias de interioridad y aun de mística.
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    72 Significado ydimensiones Esto ha dado lugar a un fenómeno de «osmosis», en el que los "espirituales de cada religión buscan en campos ajenos o en otras religiones la confirma- ción y el complemento a sus propias experiencias. Así, por ejemplo, toda persona no cristiana que tenga alguna experiencia de la vida de oración, lee con agrado los libros de Santa Teresa de Avila o de San Juan de la Cruz, sin plantearse directamen- te la verdad o la preeminencia del cristianismo. De modo' parecido, muchos autores cristianos profun- dizan en el tesoro de la tradición espiritual no cris- tiana y no encuentran inconveniente en citar y usar textos de verdadero valor de encuentro con Dios51 . Por las leyes del Cuerpo místico, sabemos que cualquier oración, sufrimiento, acto de amor, etc., tiene repercusión universal. Pero la novedad actual consiste en que ideas, actitudes, escritos y otras expresiones espirituales, tienen una repercusión mundial como nunca la tuvieron en la historia pa- sada. A ello ayudan los medios de comunicación social, pero principalmente la común sensibilidad a estos temas. La espiritualidad de personas y de comunidades tiene una repercusión sin fronteras. Si este fenómeno puede dar como resultado un mayor «ecumenismo» y un intercambio enriquece- dor, podría también producir un sincretismo mís- tico o espiritual más en un plano de experiencia sicológica que en el plano de encuentro verdadero y explícito con Cristo. El misionero de hoy debe 51 Algunos estudios o colecciones aprovechan conjuntamente tradiciones cristianas y no cristianas: V. HERNÁNDEZ CÁTALA, La expresión de lo divino en las religiones no cristianas (Madrid, BAC. 1972); DOM LE SAUX, Sagesse hindou, mystique chrétienne, du véianta a la Trimté (Paris, Centurión, 1975); J. MONCHANIN, Mystique de l'lnde, mystére chrétien (Paris, Fayard, 1974); A. RAVTER, La mystique et les mystiques (Paris, Desclée, 1965). 'Espiritualidad cristiana y no cristiana 73 conocer las tradiciones espirituales de fuera y de dentro del cristianismo, saber valorarlas, tener ex- periencia propia de estos caminos del espíritu y, más concretamente, saber presentar lo que es es- pecífico del cristianismo. La actuación del apóstol se mira hoy bajo este prisma de una espiritualidad que conduzca a una dedicación concreta en el campo de la caridad. Y estos gestos caritativos son los que abren la puerta al interrogante sobre la espiritualidad cristiana de la que derivan52 . B) Lo ESPECÍFICO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA Todos los grupos religiosos actuales—fuera y dentro del cristianismo—son conscientes de su pro- pia riqueza espiritual. A veces se trata de tradicio- nes ancestrales que han influido y siguen influyen- do en la espiritualidad universal. La cuestión para el apóstol cristiano es la de comprender y presen- tar lo específico de su espiritualidad a esos hom- bres y a esas comunidades que ya poseen una ex- periencia de Dios, de oración e incluso de contem- plación. Si la espiritualidad se presenta a nivel de ideas (ideologías) y de reflexión acerca de Dios, todo sistema ideológico (a manera de teodicea) es simi- lar, y la posible superioridad de uno de ellos es puramente circunstancial o de grado. En la teodi- cea «cristiana» podrá encontrarse una explicación más completa, más adecuada en su conjunto, más universal, etc., pero cada uno de los datos ídeoló- Véase cuanto se ha dicho en el e l n.7.
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    74 Significado ydimensiones gicos pueden encontrarse en otros ambientes reli- giosos no cristianos. Los caminos de purificación, de unidad de vida hacia una integridad y un encuentro con Dios per- sonal, son también parecidos en todas las religio- nes. Al menos los autores espirituales de cada una de ellas muestran una semejanza incluso en cuanto a la terminología (purificación, iluminación, unión). Al entrar en el tema de la oración, nos encontra- mos con casi la misma dificultad. Normalmente, en este campo, se explican los procesos de interioridad y métodos para alcanzarla. Es verdad que estos pro- cesos y métodos dependen muchas veces de una ideología religiosa; pero, en el fondo, no son más que medios parecidos y similares para llegar a cier- ta paz y quietud, en la que—según las diversas de- nominaciones—se dará o no un papel preponde- rante a la acción divina. De ahí la importancia de presentar la espiritua- lidad cristiana no en la rica experiencia de refle- xiones, métodos y medios, sino en su misma en- traña, es decir, como un encuentro y actitud filial con un Dios Amor y Trino que nos ha enviado a su Hijo. La vida espiritual cristiana no se distingue de la vida espiritual de los no cristianos por las di- ferentes técnicas ascéticas o de interioridad (que son a modo de «arte» o de medios de expresión, adquisición, etc.), sino que sobresale por una vida teologal (fe, esperanza, caridad) como expresión de los misterios cristianos de la trinidad, encarnación, redención, resurrección, gracia, etc.53 53 Sobre la oración, véase el c.8. J. ESQUEMA, Contemplación cristiana y experiencias místicas no cristianas, en Evangelizzazione e culture, Atti Congresso Internazionale scienttfico di Missiologia (Roma, Pontificia Universitá Urbaniana, 1976) vol.I, 407-420. Espiritualidad cristiana y no cristiana 75 En el momento de asumir algunas formas o mé- todos de espiritualidad de áreas no cristianas, ha- brá que tener en cuenta dos puntos de vista: 1) las formas y métodos que se asumen pueden ser tanto o más valiosos que los ya conocidos y usados en países cristianos; 2) esta asimilación de medios es- pirituales debe dejar transparentar la peculiaridad e irrepetibilidad del misterio cristiano. Así, por ejemplo, los métodos de oración ya conocidos po- drían enriquecerse con nuevas aportaciones de sec- tores no cristianos, a condición de que quedaran —como los métodos ya conocidos y cristianizados— como simples métodos. La explicación del misterio cristiano a base de nuevas comparaciones religiosas podría ser válida. Pero la vida cristiana espiritual más profunda, en el camino de la contemplación y unión con Dios, supera cualquier tipo de imágenes o símiles, para llegar al misterio trinitario, manifestado y comu- nicado por Cristo, que supera toda concepción e ideología humana fraguada dentro y fuera del cris- tianismo 54 . C) COMUNIDADES CRISTIANAS DE ORACIÓN Y DE CARIDAD En el actual intercambio y encuentro de perso- nas de toda religión, raza y cultura, las comunida- des cristianas deben aparecer como comunidades que expresan su fe, su esperanza y su caridad en unas actitudes y gestos comunitarios de oración y de entrega a los que sufren. Las comunidades cris- 54 Además cta las obras citadas en nota 51. véase: R. GUELLUY, Présence de Dieu (Tournai, Casterman, 1970); Y. RAGUIN, La profondeur de Dieu (París, Desclée, 1973).
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    76 Significado ydimensiones tianas son tales en la medida en que sean comu- nidades de oración y caridad. La naturaleza del «signo» evangélico, tan nece- sario en nuestra sociedad, debe aparecer en las personas de los apóstoles y en las instituciones apostólicas. El contacto con un apóstol o con una comunidad cristiana debe ser un encuentro con el Dios Amor que se ha manifestado allí por medio de Jesús resucitado. El apóstol cristiano, hoy, especialmente el que se dedica al contacto con los no cristianos, debe ser un hombre de experiencia en el camino de la ora- ción, conociendo al detalle este proceso de diálogo y encuentro con Cristo, que tan bien han descrito todos los autores de espiritualidad, y especial- mente los santos. Hoy, más que en otras épocas, el misionero debe ser un maestro de espirituali- dad. Los no cristianos tienen ya una experiencia rica de la oración y de la unión con Dios, y nece- sitan que se les presente algo original que no puede provenir de mejores métodos o de mejores ex- plicaciones teóricas, sino del mismo misterio de Cristo asimilado por el apóstol. Si el misionero ha formado a su pequeña co- munidad cristiana en esta línea de oración y cari- dad, esta misma comunidad, desde el principio, se convierte en «signo» del Evangelio, misionera en medio de la gran comunidad humana todavía no cristiana. La garantía de que esta espiritualidad es algo más que una de tantas experiencias podría resu- mirse en estas líneas: 1) visión integral de la his- toria y de la realidad humana a la luz del misterio de Cristo; 2) profundización de la Palabra revela- Espiriiualidad cristiana y no cristiana 77 da para iluminar la realidad o problema del hom- bre concreto; 3) práctica del diálogo con un Dios que es Amor y que nos ha dado a su Hijo Jesús, ahora resucitado y presente entre nosotros; 4) una comunidad que, formada en estos principios espi- rituales, se compromete más que nadie en la lí- nea de dar la vida como el Buen Pastor (manda- miento del amor). La evangelización actual se hará básicamente por medio de estas comunidades de oración y caridad, que son las únicas que pueden incidir en nuestra so- ciedad secularizada. Estas comunidades no surgen de un grupo espontáneo cualquiera, sino que na- cen bajo la acción de la Palabra predicada y de la eucaristía celebrada en torno a un sucesor de los apóstoles dentro de la comunión universal55 . La historia de la evangelización ha demostrado continuamente la necesidad de crear comunidades que oran y aman. A veces han sido los monaste- rios, como punto de arranque de una evangeliza- ción y salvación del hombre en toda su integridad. Otras veces han sido pequeñas comunidades me- nos estructuradas, a manera de células familia- res, que han penetrado capilarmente toda la socie- dad. Pero siempre han sobresalido estas notas de oración (eucarística) y de caridad como caracterís- ticas que se encuentran ya en las primeras comu- nidades cristianas {Act 2,42)5é . 55 Véase Sacrusunctum Concilium n.41-42. C(. Princeps pastorum (Juan XXIII): AAS 51 (1959) 833s, 3.a parte (comunidades de caridad). 56 Véase Histoire universelle des Misswns Catholiuues (Monaco, Arante, 1956). Cf. Máximum illud (Benedicto XV): AAS 11 (1919) 440s, introducción; Rerum Ecclesiae (Pío XI): AAS 18 (1926) 65s, introducción; Saeculo cxcrinle (Pío XII): AAS 32 (1940) 249s, introducción; Evangelii praecones (Pío XII): ASS 43 (1951) 497s, 1.» y 2.a partes.
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    78 Significado ydimensiones D) LA ESPIRITUALIDAD COMO EVANGELIZACIÓN La espiritualidad misionera del cristiano y la es- piritualidad del misionero estrictamente dicho son temas muy explicados en estos últimos años, pero que hoy presentan ciertos aspectos nuevos, como acabamos de indicar. El encuentro continuo de la espiritualidad cristiana con la no cristiana tiene más aspectos de novedad en cuanto a la originalidad de la intercomunicación actual y de la sensibilidad universal acerca de los temas espirituales. Pero to- davía hay otro aspecto de la espiritualidad misio- nera que interesa estudiar: la espiritualidad como evangelización. Es decir, evangelizar quiere decir, en líneas ge- nerales y sin entrar detalladamente en el tema, presentar el Evangelio. Ahora bien, el Evangelio no puede ser presentado al hombre de hoy con simples explicaciones teóricas o con sólo argumentos apo- logéticos. Las elucubraciones doctrinales—siempre necesarias—producen hoy cierta alergia. Se quiere ir al meollo de la cuestión: ¿Qué significan con- cretamente las bienaventuranzas? ¿Cómo vivir la experiencia y el diálogo con Dios Amor? ¿Qué aporta de nuevo para la vida el encuentro perso- nal con Cristo resucitado? ¿Qué luz aporta la es- peranza cristiana a la existencia humana?... La espiritualidad cristiana ha sido siempre parte integrante de la evangelización. La vida de santi- dad de Santa Teresa de Lisieux tiene o puede te- ner tanta repercusión misionera como la vida de santidad apostólica de San Francisco Javier. La no- vedad surge hoy por el interés universal alentado por muchos movimientos y corrientes de espiritua- Espiritualidad cristiana y no cristiana 79 lidad. Se buscan experiencias de Dios, experiencias de interioridad y de oración, vivencia del gozo y de la alegría... La respuesta no puede ser sólo doctrinal, sino que la doctrina debe ir acompañada de la experiencia o de la vida cristiana íntimamen- te vivida. Vivir la espiritualidad cristiana es dispo- nerse a responder a las necesidades actuales de la evangelización. Estos temas de espiritualidad podrían resumirse todos en la presentación actual del sermón de la Montaña. La nueva ley hace hijos de Dios que sa- ben reaccionar amando como su Padre en cual- quier circunstancia (Mt 5,48). En esto siguen el ejemplo de Jesús según el mandamiento del amor (Jn 13,34-35). La nueva ley se anuncia doctrinal- mente, pero se presenta también con gestos y ac- titudes como las de Jesús que «hizo y enseñó» (Act 1,1). Evangelizar hoy querrá decir presentar, en doc- trina y en gestos de vida o de santidad, estos aspec- tos cristianos: — experiencia de Dios que es Amor, especial- mente en los momentos que parecen «silen- cio» y «ausencia» de este mismo Dios; en Jesús «Emmanuel» (Dios con nosotros) y Pa- labra personal del Padre, se desvela este si- lencio y ausencia como una palabra y una presencia más real y cercana; — experiencia del diálogo con Dios por una oración que sea más actitud filial que méto- do o ejercicio psicológico; es una experien- cia de pobreza y caridad, a manera de pro- ceso de filiación divina para poder decir «Pa- dre nuestro»;
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    80 Significado ydimensiones — experiencia de alegría y esperanza, especial- mente en los momentos de silencio y ausen- cia de Dios, en una convicción de que todo es «copa de bodas» preparada por el Padre y de que siempre es posible hacer lo mejor de nuestra vida; — experiencia de «bienaventuranza» o de sa- ber reaccionar amando en cualquier circuns- tancia, aunque sean las circunstancias en que vivió Jesús, y que son las descritas en el ser- món de la Montaña. A esta presentación de experiencias cristianas se la podría calificar, sin más, de presentación de los santos de hoy. El santo es el hombre que, con sus flaquezas y limitaciones, mantiene habitualmente el tono de la caridad. Los santos son los mejores, si no los únicos, gestos del Evangelio. Por esto son los mejores evangelizadores. Evangelizar hoy sig- nificará presentar gestos claros de caridad evangéli- ca, incluso con el radicalismo de los consejos evan- gélicos, en los diversos campos del quehacer hu- mano. Pero esta espiritualidad cristiana, que es en sí misma evangelización, se realiza en las circunstan- cias ordinarias del apóstol, casi siempre sin ser cons- ciente de que trasluce el Evangelio por los gestos de caridad anónima. Las mejores siembras evangé- licas no han hecho ruido ni han captado la aten- ción de la época en que se realizaron. Son las siem- bras de Nazaret y de la cruz. Pero los hombres de buena voluntad, que son siempre muchos, compren- dieron y dieron el paso hacia la conversión cristia- na gracias al estímulo avasallador de la santidad cristiana. III. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS DE LA EVANGELIZACIÓN SUMARIO Presentación. 1. Misión o apostolado. A) Cristo «Mesías» (ungido) y «apóstol» (en- viado). B) Los «apóstoles». C) Apostolicidad de la Iglesia. D) Elementos constitutivos del apostolado o misión. E) Participaciones de la misión. 2. La acción evangelizadora. A) Naturaleza y características. B) Universalidad de la evangelización cristiana. C) Condicionamientos históricos y sociocultu- rales.
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    PRESENTACIÓN El anuncio delEvangelio o «evangelización» tie- ne una naturaleza y características que solamente se descubren a la luz de la palabra de Dios y del mismo Jesús «enviado para evangelizar» (Le 4,18). Para estudiar el contenido del misterio cristiano, no se puede partir fundamentalmente de la semántica o de la filosofía del lenguaje, ni tampoco de la com- paración entre diversas acciones «apostólicas» de religiones no cristianas. La misión y evangeliza- ción cristiana es irrepetible, puesto que parte del misterio de la Trinidad (Dios Padre que envía a su Hijo con la fuerza del Espíritu) y del misterio de la Encarnación (Jesús, el Hijo de Dios hecho hermano, ha resucitado). La evangelización tiene múltiples facetas que se irán estudiando en capítulos posteriores. Bástenos recordar la naturaleza de la misión (en Cristo y en la Iglesia), la acción misma de evangelizar, las cua- lidades de los evangelizadores, etc. El reino de Dios, predicado por Jesús, incluye, en su misma naturaleza, la extensión en el espacio y en el tiempo La salvación realizada por Cristo ha de llegar a todos, según los designios salvíficos del Padre. Pero Jesús ha hecho partícipes a sus «apóstoles» de esta responsabilidad de extender el reino o de evangelizar a todos los hombres. 1. Misión o apostolado En general, la palabra «apóstol» significa envia- do y heraldo. Enviado tiene el matiz de cumplir una misión o encargo; heraldo indica vocero de Misión o apostolado 83 un anuncio público para la comunidad. Apostola- do significa, pues, misión y anuncio. En el campo cristiano, el apóstol sería un enviado para anunciar la revelación y aplicar la redención con los medios que Cristo instituyó. Es decir, se trata de un anun- cio y de una realización salvífica. Una descripción de la acción apostólica cristiana podría resumirse así: «los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor» '. 1 Sacrosanctum Concilium n 10 Sobre la teología de la misión o apostolado A ALCALÁ La Iglesia, misterio y misión (Madrid 1963), J APAECHEA, Fundamentos bíblicos de la acción pastoral (Barcelona, Flors, 1963), Y M CONGAR, Principes doctrtnaux, en L'Activite mtssionnaire de l'Éghse Unam Sanctam 67 (1967) 185 221 (comenta AG n 2 9), L M DEWAILLY, Teología del apos- tolado (Barcelona, Estela, 1965), CL DILLENSCHNEIDER El apóstol, testigo de Cristo (Salamanca, Sigúeme, 1966), F X DURVCELL, The mystery of Christ and the apostolate (Londres, Sheed and Ward, 1972), Évangelizatton, en Documenta Missionalia 9 (1975), C FLORISTÁN, M USEROS, Teología de la acción pastoral (Ma- drid, BAC, 1968), C KENNEDY, P F D'ARCY, El genio del apos- tolado (Santander, Sal Terrae, 1967); B HARING, Evangelization today (St Paul Publications, England 1974), A M HENRY, Teo- logía de la misión (Barcelona, Herder, 1961), J M IRABURU, Acción apostólica, misterio de fe (Bilbao, Mensajero, 1969), S LYONNET, Apóstol de Jesucristo (Salamanca, Sigúeme, 1966); J LÓPEZ GAY, Evolución histórica de la «Evangelización», en Documenta Missionaha 9 (1975) 161 196, H DE LUBAC, Le fon- dament théologique des missions (París 1946), M PEINADO, Soli- citud pastoral (Barcelona, Flors, 1967), Repenser la mission Ci5 semana misiológica de Lovama) (Tournais, Desclée, 1965), A RETIF, La mission (París, Mame, 1961), A SEUMOIS, Aposto lado, estructura teológica (Estella, Verbo Divino 1968), J M SE TIEN Teología de la misión, en Lumen 16 (1967) 224-242 Sobre las discusiones actuales, véase cap I y 3 J LÓPEZ GAY, Comen- tes actuales sobre la evangelización Semana Española de Misiono- logia 28 (1976) 293 310
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    84 Naturaleza ycaracterísticas A) CRISTO «MESÍAS» (UNGIDO) Y «APÓSTOL» (ENVIADO) Jesús se presenta como «Cristo» o «Mesías», que significa ungido, para una misión que es pro- fética, sacerdotal y real de dimensiones universales. No es que Jesús se llame directamente «Mesías», pero adoctrina al pueblo y a los discípulos para que le reconozcan como tal en las perspectivas univer- salistas del Nuevo Testamento. Jesús examinó a sus discípulos sobre la fe: «¿Quién decís que soy soy?» Y alabó como inspi- rada la respuesta de Pedro: «Tú eres el Mesías (Cristo, ungido), el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16; Me 8,29). Tal había sido también la fe incipiente de los primeros que le aceptaron (Jn 1,41: «he- mos encontrado al Mesías»). Pero Jesús ayudó a los suyos a enriquecer este título con la perspectiva no de honores terrenos y de dominio, sino de muer- te sacrificial («siervo doliente») que ha de atraer y salvar a toda la humanidad (Jn 12,32). Por esto, el título «mesiánico» de «Cristo» equivale al de «Hiio del hombre» (Mt 26,63s), que debe sen- tarse a la diestra de Dios como salvador univer- sal. Sólo a la luz de la resurrección podía verse la perspectiva profunda y universalista del título de Mesías o Cristo. El «ungido» debía soportar la pa- sión y muerte «para entrar en su gloria»; es de- cir, «Cristo debía morir y resucitar para que, en su nombre, se proclamara la conversión a todas las naciones en vistas al perdón de los pecados» (Le 24,46). El título de «Cristo» (ungido) va unido al de Misión o apostolado 85 «Jesús» (salvador). Ambos títulos tienen sentido universal de quien ha sido enviado por el Padre y consagrado (ungido) por el Espíritu Santo para salvar a todos los hombres. Muchas veces se llama Jesús «apóstol» o «envia- do» 2 . Esta misión es también «unción» en cuanto que es enviado de manera permanente y con dedi- cación plena de su existencia a la evangelización. Por esto su misión se llama misión del Espíritu que unge a Jesús 3 . El ser de Jesús, toda su viven- cia y todo su actuar pueden calificarse de unción y misión. La razón de ser de Jesús es la misión uni- versal en cuanto que, como Hijo de Dios y herma- no nuestro, realiza la salvación con el sacrificio de la propia vida. La misión de Jesús—que es también unción—es misión doctrinal o de profetismo, misión sacrificial o de sacerdocio, misión real o de extensión del rei- no de Dios. Así lo expresan los textos evangélicos sobre la misión de Jesús y todo el contexto del Nuevo Testamento. Ha sido ungido y enviado co- mo profeta, sacerdote y rey4 . La misión de Jesús es, pues, de realeza, sacerdo- cio y profetismo, como misión de conquista, inmo- lación y enseñanza. El encargo del Padre es de manifestar y comunicar a todos los hombres los planes de salvación. El centro de la vida de Je- sús es la misión o encargo recibido del Padre (Jn 10,19), que es el de dar la vida por todos. Su mi- 1 Jn 3,17-34; 7,16; 11,42; 14,24; 17,19s; Le 4 18; Heb 3,1. Véase resumen doctrinal en «Ad Gentes» n,32. 3 Compárese Le 4,18 (Nazaret) con Le 1,35 (encarnación) y Le 4,14 (predicación). 4 Heb 5,lss; Le 4,18; Jn 10,36. Véase el capítulo segundo (Cristo, nuestro sacerdote) de Teología y espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976).
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    86 Naturaleza ycaracterísticas sión es «totalizante, en cuanto que se enraiza en su propio ser y abarca toda su vivencia y toda su actuación. Es misión universal y cósmica en cuan- to que toda la creación, toda la humanidad y toda la historia caen bajo su influjo. Por esto es una mi- sión sin fronteras5 . B) Los «APÓSTOLES» Jesús quiso comunicar su misión al grupo de sus discípulos, entre los que sobresalen los «doce» con el título especial de «apóstoles». A ellos les en- carga continuar la misión recibida del Padre, y pa- ra llevarla a término les promete y comunica la fuerza del Espíritu Santo 6 . De esta manera, Jesús prolongará su presencia, su mensaje y su acción salvífica a través de los tiempos y en una perspectiva universal. La misión transmitida a Jos apóstoJes tiene Jas mismas carac- terísticas que la de Jesús: «a todas las gentes» (Mt 28,19). Los enviados o «apóstoles» de Jesús hablan en su nombre y le representan a manera de signos sensibles (Me 6,7s; Mt 10,40; Jn 17,10). La misión apostólica participa del triple aspecto de la misión de Jesús, profética, sacerdotal, real (Mt 28,18s). La palabra que predican los apóstoles, el sacrificio que hacen presente y la acción de exten- der el reino tienen una perspectiva universal por su misma naturaleza. Así es la misión de Jesús y así es también la misión participada. El ir «delante» de Jesús (Le 10,1) significa pre- sentar el signo sensible de una acción del Señor que 5 Véanse textos bíblicos y comentario en Cristianos sin fron- teras, espiritualidad misionera (Burgos, Facultad Teológica, 1976) 6 Mt 28,16; Jn 15,16; 17,18; 20,21. Es tambie'n misión del Espíritu: Jn 20,21-23; Ef 3,20. Misión o apostolado 87 ya existe de alguna manera antes de llegar el após- tol a cualquier sector humano. Toda la Iglesia ha recibido la misión de Jesús. Los «doce» apóstoles fundamentan la «apostolici- dad» de la Iglesia. Son como el punto de referencia para garantizar la propia misión de cada cristiano 7 . Compartir la misión de Cristo supone empeñar, como el Señor, toda la existencia en esta tarea en- comendada por el Padre y alentada por el Espíritu Santo. La persona del apóstol, su vivencia y su actuar están siempre y en todo condicionados a la misión. La misión recibida de Jesús va siempre unida íntimamente a la acción del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu que ungió a Jesús el que unge o «bautiza» a los apóstoles (Act 1,5) y les llena de su fuerza (Act 1,8). Esta misión es, pues, unción o «sello» (Ef 1,13). Por esto Jesús, al comunicar la misión, comunica ei Espíritu Santo (Jn 20,21-23). Pablo se siente siempre movido por esta fuerza del Espíritu que le impele a evangelizar según la misión recibida de Jesús (Rom 1,1-4). El apóstol queda orientado hacia el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, del que es tes- tigo (Act 1,22; 3,32). Toda la acción apostólica será anunciar, presencializar y comunicar este mis- terio pascual de Jesús. Para ello, Jesús había pro- metido el Espíritu Santo, que «aprisiona» la per- sona del apóstol (Act 20,22), le da a conocer me- jor la persona y doctrina de Jesús en orden a po- der ser transmisor y testigo fiel (Jn 15,26-27; 16,13-14). Así, el apóstol viene a ser como la «glo- 7 Le 6,13; Ef 2,20. La elección de Matías (Act l,21s) indica una peculiar apostolicidad de los Doce que fundamenta la misión de toda la Iglesia.
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    88 Naturaleza ycaracterísticas ria» o expresión del mismo Jesús (Jn 16,14; 17,10). C) APOSTOLICIDAD DE TODA LA IGLESIA Jesús ha encomendado a toda la Iglesia la mi- sión de evangelizar a todas las gentes o de «pro- pagar la fe y la salvación de Cristo»8 . Esta mi- sión deriva del mandato de Cristo (Mt 28,19s; Me 16,15) y de la misma vida que Cristo infunde a sus fieles y que tiende a «que todo el cuerpo (de la Iglesia) crezca y se fortalezca en la caridad» (Ef 4,16). Esa es la naturaleza o razón de ser de la Iglesia. Cuando se dice que «la naturaleza de la Iglesia es misionera» 9 , se quiere indicar el ser y la actividad de la misma. Esa es su «misión» y apostolicidad: «se hace presente a todos los hombres o pue- blos» 1Q , «ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios» ". La apostolicidad de la Iglesia podría estudiarse desde diversas dimensiones: — dimensión trinitaria: como caridad de Dios que se difunde en todos los corazones; — dimensión cristologica: como mandato de Cristo de ir a todas las gentes; — dimensión neumatológica: como fuerza del Espíritu que abarca toda la humanidad y toda la creación; 8 AG n.5. Cada miembro eclesial tiene una responsabilidad peculiar. 9 Ibid., n.2 y 5. 10 Ibid., n.5. 11 LG n.17. Hemos resumido la naturaleza misionera de la Iglesia en el c.II (1, E). Misión o apostolado 89 — dimensión escatológka: como dinámica ha- cia una restauración final en Cristo de todas las cosas. La misma naturaleza de la Iglesia, que es «sacra- mento universal de salvación» 12 , es misión o apos- tolado. La acción eclesial He apostolado es una con- tinuación de la acción de Cristo y de los designios eternos de Dios. El bautismo, por el que se entra a formar parte de la Iglesia, es un «adentrarse» responsablemente en esos planes salvíficos de Dios ". La nota eclesial de apostolicidad incluye dos as- pectos: fidelidad a la misión de Cristo y de los apóstoles, fidelidad a la actual acción del Espíritu Santo. El primer aspecto es más ontológico y de esta- bilidad. Se trata de «custodiar el depósito» enco- mendado (1 Tim 6,20). Esta fidelidad es también un respeto a la verdad y doctrina de Cristo, trans- mitiéndola sin tergiversaciones personalistas. Pero no es solamente un mero transmitir rutinario, sino una fidelidad en el sentido de ahondar cada vez más en la doctrina revelada, puesto que la riqueza es in- exhaurible. La apostolicidad eclesial exige una fide- 12 AG n.l; LG n.l y 48. Sobre la Iglesia «sacramento»: J. AL- FARO, Cristo sacramento de Dios Padre, la Iglesia sacramento de Cristo glorificado, en Gregorianum 48 (1967) 5-27; J. ESQUERDA, La maternidad de María y la sacramentalidad de la Iglesia, en Estudios Marianos 26 (1965) 233-274; Y. CONGAR, Un peuple messianique, l'Églisc sacrement du salut (Varis, Cerf, 1975); A. NAVARRO, La Iglesia como sacramento primordial, en Esludios Eclesiásticos 41 (1966) 139-159; O. SEMMEI.ROTH, La Iglesia como sacramento original (San Sebastián, Dínor, 1965); P. SMULDERS, La Iglesia como sacramento de salvación, en IM Iglesia del Vati- cano II (Barcelona, Flors, 1966) I, 377-400. 13 Tanto Lumen Gentium como Ad Gentes exponen la misión de la Iglesia en relación a cada una de las personas de la Santí- sima Trinidad,
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    90 Naturaleza ycaracterísticas lidad al mensaje cristiano sin ligarlo necesariamen- te a alguna cultura o ropaje filosófico del pasado o del presente 14 . El segundo aspecto es más dinámico en cuanto que supone una atención a la acción del Espíritu en cada época y en circunstancias nuevas. Incluye todo el problema de la adaptación del mensaje y de la urgencia de presentarlo según las nuevas opor- tunidades de evangelizar. Es una fidelidad de dis- cernimiento en cuanto a la acción apostólica con- creta. Ambos aspectos son complementarios e indis- pensables. El primero sin el segundo se reduciría a una transmisión material que podría paralizar toda la vitalidad de la Iglesia. El segundo sin el primero sería una actividad sin orientación y sin referencia a la misión de Cristo. La fidelidad al mensaje y a la misión de Cristo incluye, por su misma natura- leza, la fidelidad a la acción nueva del Espíritu en- viado por el mismo Cristo p?ra penetrar el men- saje y hacerlo vivir a todos los hombres. Con esta doble fidelidad, la Iglesia camina hacia una esca- tología o plenitud y encuentro final con Cristo. La apostolicidad de la Iglesia tiene, pues, un sentido «teológico» radical, porque arranca de los planes salvíficos de Dios Amor (dimensión trini- taria), se realiza según el mandato de Cristo (di- mensión cristológica) y con la fuerza del Espíritu (dimensión neumatológica) y tiene el mordiente de llevar toda la creación y toda la humanidad a la ple- nitud en Cristo resucitado (dimensión escatoló- gica). Los dos aspectos de fidelidad al mensaje y de fi- " Véase en este mismo capítulo (2, C): Condicionamientos históricos y socioculturaje?. Misión o apostolado 91 delidad a la acción salvífica producen en la Iglesia un equilibrio en el que aparece en toda su hondura el misterio de la Encarnación. Así la Iglesia es la prolongación visible de Cristo, fiel al mandato y a la doctrina del Padre y fiel a la acción del Espí- ritu Santo^ Dios se acerca al hombre en su circuns- tancia concreta e histórica para hacerlo entrar en los planes salvíficos. El «Emmanuel» aparece tam- bién así en la Iglesia, que transmite fielmente la doctrina de Cristo asumiendo y purificando todos los valores humanos según los planes redentores de Dios. D) ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DEL APOSTOLADO o MISIÓN En la misión o apostolado cabe distinguir dos aspectos principales: el mandato o envío y la ac- ción social por la que se pone en práctica la mi- sión. En el caso de la misión cristiana, es Cristo quien envía y hace participar en la misión del Pa- dre y del Espíritu, como hemos visto más arriba. La acción apostólica cristiana tiene unas caracte- rísticas especiales, que vamos a resumir. La acción apostólica cristiana sería como cualquier otra acción social si careciera del «mandato» o en- vío. Las acciones de «proselitismo», en general, tien- den a reforzar un sistema y una ideología. Pero el cristianismo está en la línea de libertad de los hi- jos de Dios, que no puede supeditarse a ningún sistema y a ninguna ideología, aunque tuviera ma- tices cristianos. Por esto la acción apostólica cris- tiana arranca de la encarnación, del misterio pas- cual (muerte, glorificación, Pentecostés) y de la pre-
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    92 Naturaleza ycaracterísticas destinación de Dios sobre la salvación humana en Cristo. Esta acción apostólica, que supone la misión, se va desarrollando en una gama de posibilidades: oración, testimonio, anuncio de la salvación, llama- da a la fe y conversión, celebración de los sacra- mentos (especialmente del bautismo y eucaristía), orientación hacia el encuentro más pleno con Cris- to, compromisos concretos personales y sociales... Las características más concretas dependerán del «carisma» o vocación y disponibilidad concreta de cada apóstol. Efectivamente, aunque la acción apos- tólica abarca toda esta gama que acabamos de des- cribir, puede darse el acento o la preferencia mo- mentánea en uno de los puntos, sea por la vocación de cada uno, sea por las instancias actuales de la acción del Espíritu Santo, sea por las necesidades concretas de una comunidad humana 15 . De todos estos elementos hay que destacar algu- no que aglutine a los demás, de suerte que la acción apostólica no se convierta en dispersión o en des- equilibrio. No se trata propiamente de la principa- lidad, sino de un punto central alrededor del cual pudieran girar los otros. En caso de querer seña- lar una principalidad, habría que hacer un paran- gón entre el servicio de la palabra, de los signos sacramentales y de la organización eclesial; en este parangón encontraríamos una principalidad de cada uno de estos elementos según el punto de vista que se presentara. Pero este tema corresponde más bien a los llamados signos permanentes de evange- lización 16 . 15 Véase bibliografía de la nota 1. 16 Véase el capítulo 11 sobre los signos permanentes de evan- gelización. Misión o apostolado 93 Los autores han querido hablar de «alma del apostolado» ". Ya en San Pablo se encuentra una especie de hilo conductor como «alma» de su acti- vidad apostólica: la contemplación amorosa del mis- terio de Cristo (Ef 3), Santo Tomás presentaba la acción apostólica como una comunicación de lo que se ha encontrado en la contemplación 18 . Pero pos- teriormente se ha querido señalar la oración como alma de todo apostolado. El concilio Vaticano II ha precisado así nuestro tema: «El amor a Dios y a los hombres es el alma de todo apostolado» 19 . La caridad es, pues, el alma de la acción apos- tólica. Pero esta caridad, alma de la acción, incluye un diálogo o sintonía con Dios y con los hombres. Ello supone la disponibilidad de hacer la volun- tad salvífica de Dios, que se descubre en la oración y que se pone en práctica también en la acción. Una consecuencia necesaria es la sintonización res- ponsable con los problemas de los hombres, como hizo el Buen Pastor, que pasaba las noches en ora- ción (Le 6,12) y cargaba con las enfermedades y problemas de todos (Mt 8,17). En este sentido, la caridad viene a ser el alma de todo apostolado. Sólo la caridad penetra las in- timidades de Dios y también la realidad más pro- funda del ser humano. Y solamente con un espíri- tu de contemplación se alcanza esta caridad que no tiene fronteras ni consiente cálculos egoístas en la vida del apóstol. La caridad hace descubrir los pla- 17 P. CHAUTARD, L'áme de tout apostolat (español: El alma de todo apostolado [San Sebastián, Dinor, 1955]); A. SEUMOIS, VAnima dell'aposlolalo missionario (EMI 1971); R. FARICY, Evangelization and spiritual Ufe, en Documenta Missionalia 9 (1975) 141-159. 18 «Contemplata alus tradere» (2-2 q.188 a.6). 19 LG n.33. La «ascética» del apóstol arranca de esta caridad totalizante.
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    94 Naturaleza ycaracterísticas nes salvíficos de Dios sobre los hombres y compro- mete a dar la propia vida en holocausto como la vida del Buen Pastor (Jn 10). E) PARTICIPACIONES DE LA MISIÓN La misión de Cristo, que se prolonga en la Igle- sia, es participada por todos los cristianos en di- verso grado y modo. Siempre hay una referencia a la misión de los Doce (o al colegio episcopal), pero la misión en general pertenece a la misma natura- leza de la Iglesia. Se podría distinguir entre la misión de caridad y la misión jerárquica. La primera sería más gene- ral y arrancaría de la misma naturaleza de la vida cristiana como misión del Espíritu Santo. La se- gunda sería más de visibilidad, organización y es- tructuras. Pero esta división, que puede ser útil en el momento de un estudio sistemático, es imperfec- ta. No obstante, a pesar de la terminología pobre, corresponde a una doble realidad o a un doble as- pecto de una misma realidad. Ambas misiones (ca- rismática y jerárquica) se complementan y postulan mutuamente. La misión proviene de Cristo, que ha fundado a su Iglesia como pueblo de Dios y como su expre- sión visible. Esta misión—que es, a la vez, caris- mática y jerárquica—se participa en la Iglesia de di- versas maneras y grados, siempre con una referen- cia a la misión que han recibido los apóstoles y sus sucesores. Se puede participar por el sacerdocio mi- nisterial, por la vocación laical y por la vida de con- sagración a Dios. La participación puede provenir de un sacramento, de un encargo de la Iglesia, de una gracia especial (vocación), etc. Y siempre tie- Misión o apostolado 95 ne un aspecto más carismático y otro más visible u organizativo. a) La misión del sacerdocio ministerial o ministerio apostólico Esta misión tiene una relación a Cristo Cabeza, Buen Pastor, en el sentido de poder actuar en su nombre 20 . En la misión profética, sacerdotal y real de todo cristiano, este aspecto «ministerial-apostó- lico» tiene el matiz de magisterio, presidencia efec- tiva de la eucaristía, dirección de la comunidad. Por haberse generalizado el vocabulario de «sacer- docio» y de «ministerio», la expresión tradicional de «sacerdocio ministerial» podría parecer incom- pleta; por esto algunos autores prefieren hablar de «ministerio apostólico», es decir, de aquel minis- terio y de aquella misión que dice sucesión o rela- ción estrecha con el ministerio y la misión de los Doce. La misión del sacerdocio ministerial es de dispen- sación de los «misterios» (palabra, sacramentos, pastoreo)21 , pero siempre en la línea de «servi- cio» o de «diaconía», como la de Cristo Buen Pas- tor y Cabeza. Los signos eclesiales de esta misión (más «jerárquica») requieren siempre la presenta- ción de un testimonio de caridad pastoral que ven- dría a ser la quintaesencia de la espiritualidad apos- tólica o misionera del sacerdote ministro 22 . 20 PO n.2, 6 y 12; LG n.9. Sobre la derivación misionera de la misión sacerdotal: LG n.23 y 28; ChD n.6; PO n.10; AG n.19 y 38-39. 21 San Pablo habla de «dispensación» y «economía»: 1 Cor 4,1. 22 Para bibliografía sobre la espiritualidad sacerdotal, véase cada capítulo y boletín bibliográfico final de Teología y espiritua- lidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976),
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    96 Naturaleza ycaracterísticas b) La misión del laicado Por la misma naturaleza de la vida cristiana, todo bautizado y confirmado participa en la misma mi- sión de la Iglesia23 . Pero esta misión general se puede concretar a modo de vocación y carisma es- pecial de «gestionar» los asuntos temporales y or- denarlos según Dios..., contribuyendo a la santi- ficación del mundo como desde dentro, a modo de fermento»24 . Esta misión del laicado no es de simple suplen- cia, especialmente cuando escasea el número de sacerdotes ministros, sino que es parte integrante de la misión de toda la Iglesia. «Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión .. Los laicos ejercen el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a los hom- bres y por perfeccionar y saturar de espíritu evan- gélico el orden temporal» s La relación con Cristo Cabeza, que acompaña a cualquier participación de la misión cristiana, es de unión vital para un testimonio concreto y eficaz en las estructuras humanas. Así, el servicio profético, sacerdotal y real, es de anuncio del mensaje, de comunicación de la vida en Cristo y de extensión del reino, en un campo propio de iniciativa y res- ponsabilidad. Hay un derecho y un deber de ejer- citar los propios carismas en bien de la humanidad 23 LG n 3 3 , A G n 2 y 5 24 Ibid , n 31, véase el sentido misionero de la vocación laical en Princeps Paslorum (Juan XXIII) AAS 51 (1959) 833s, tercera parte, Ad Gentes n 4 1 , Evangelu nuntiandi 70, Documento de la S Congregación para la Evangelización de los Pueblos sobre la tarea misionera de los laicos, en Gutda dclle misstom caloliche (Roma 1975) 21 Apostolicam actuositatem n 2 Misión o apostolado 97 entera, con la libertad del Espíritu y en comunión eclesial especialmente con los pastores26 . Esta mi- sión, que deriva de la misma naturaleza del laicado, puede ser complementada con un mandato especial por parte de la jerarquía, que viene a ser como una nueva participación en la misión jerárquica de la Iglesia 2T . La espiritualidad de la misión participada por los laicos tiene sus líneas específicas, que, sin perder la unión vital con Cristo y la entrega de caridad, deriva hacia formas de vida familiar, laboral o so- cial, según los casos M . c) La misión de la vida consagrada y contemplativa Por la línea de la misión de caridad, se puede llegar a una participación de la misión en el senti- do de ser, en la Iglesia y desde la Iglesia, un signo y estímulo de la caridad y de las bienaventuranzas. Es la vida habitual de práctica de consejos evangé- licos que puede darse en el estado laical y debe darse ordinariamente en el estado sacerdotal; pero que se da de manera más estructurada y más pú- blica (votos, reglas, etc.) en la vida religiosa29 . 26 Ibid , n 3. 27 LG n 33 AA n 20, E GUFRRY L'Action Cathohaue textes ponttficaux classés et continentes (París 1936), T I TIMÉNEZ URRESII, La Acción Católica, exigencia permanente (Madrid 1973); E SAURAS, Fundamento sacramental de la Acción Católica en Revista Española de Teología 3 (1943) 129-158, S TROMP, Actw Catholica m Corpore Cbristi (Romae 1936), Z DE VIZCARRA, Curso de Acción Católica (Madrid 1942) 28 A BONET, Apostolado laical, los principios del apostolado seglar (Madrid 1959), Y M CONGAR, Jalones para una teología del lateado (Barcelona 1963) Véanse comentarios al decreto con ciliar Apostolicam actuositatem 29 LG n 41 y todo el capítulo 6 Véase el decreto Perfectae - caritatts del Vaticano II; Evangélica testificatio (Pablo VI) AAS 63 (1971) 497s' Derivación misionera de la vida religiosa Ad Gentes n 40 y Evangelu nuntiandi n 69, CONGAR, ecc , Evan- Espiritualidad misionera 4
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    98 Naturaleza ycaracterísticas Esta misión de caridad radical o de radicalismo evangélico tiene sentido escatológico en cuanto que es un signo mordiente de la resurrección final y del encuentro definitivo con Cristo. Es también un servicio o «diaconía» de presentar las últimas consecuencias del bautismo y el signo claro de las bienaventuranzas. Precisamente por esta importan- cia eclesial, esta misión de caridad radical está siem- pre en relación estrecha con la misión jerárquica de diversas maneras: por la aprobación y regula- ción constante, por encargos o mandatos especia- les de parte de la jerarquía, etc. Por la peculiaridad de esta misión, en la línea de radicalismo y de escatología, hay que resaltar la disponibilidad universal y misionera que va ane- ja a esta entrega. De ahí su importancia en el mo- mento de una primera evangelización o en el pro- ceso de una evangelización más profunda. Así, es- tos cristianos «proporcionan un preclaro e inesti- mable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas» M . Hay que destacar la importancia misionera de presentar signos comunitarios y estructurados de vida contemplativa, además de personas que indi- vidualmente hayan sentido la llamada a la contem- plación. El signo de vida contemplativa es un mor- diente del encuentro con Dios y una presentación de la experiencia de diálogo con él. Las mejores gelizzazione e vita religiosa (Milano, Ancora, 1974); CL. G. EX- TREMEÑO, Dimensión misionera de la vida consagrada, en Promo- ción misionera de las Iglesias locales (Burgos 1976) 171-198. Véase boletín bibliográfico en «Omnis Terra» (1970) p.441. 30 Lumen Gentium n.31. Sobre la espiritualidad de los consejos evangélicos: A. COLORADO, LOS consejos evangélicos (Salamanca 1965); J. M. GRANERO, El sentido original de los consejos evan- gélicos, en Manresa 32 (1960) 391-394, La acción evangehzadora 99 épocas de acción misionera han experimentado el influjo eficaz de centros de vida contemplativa y de personas que han escrito sobre estas experiencias cristianas de Dios Amor31 . 2. La acción evangelizadora Hemos visto la misión o apostolado en Jesús, en los apóstoles y en las diversas participaciones de la Iglesia. La comunidad cristiana es «comuni- dad evangelizadora... comunidad de salvación que deben comunicar y difundir... que existe para evan- gelizar» M , «un pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2,9). Si es éste el ser de la Iglesia, ¿en qué consiste la acción de evangelizar y cuáles son sus caracte- rísticas principales? A) NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS DE LA EVANGELIZACIÓN San Pablo habla muchas veces de su acción evan- gelizadora. Es una acción compleja con una gama de matices que podrían resumirse inicialmente en éstos: «A mí, el menor de todos los santos, me fue otorgada esta gracia de anunciar (evangelizar) a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e ilu- minar a todos acerca de la dispensación del miste- rio oculto desde los siglos en Dios»... (Ef 3,8-9). Pero los textos neotestamentarios sobre la evan- 31 Véase el capítulo 8: oración y evangelización. Exhortación apostólica Evangélica testificatio: AAS 63 (1971) 497-526; exhor- tación sobre la vida contemplativa Venite seorsum: AAS 61 (1969) 674-690. 32 Evangelü nuntiandi n.13-14.
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    100 Naturaleza ycaracterísticas gelización son tan ricos que no se pueden esque- matizar en unas pocas palabras. No obstante, po- dríamos resumirlas en tres: evangelizar, anunciar (kerigma), dar testimonio. Son palabras de un con- texto bíblico mucho más amplio y profundo que lo que significan en nuestro vocabulario de hoy ii . a) Evangelizar El vocabulario neotestamentario sobre esta pala- bra es muy rico y variado, como puede verse en los vocabularios y diccionarios bíblicos. Evangeli- zar al pueblo (Le 3,18), evangelizar a los pobres (Le 7,22; 4,18s) o evangelizar sin más aditamen- tos (Rom 1,1), tiene siempre un contexto de anun- cio de un acontecimiento gozoso (Le 2,10s), pro- clamado solemnemente por Jesús en las bienaven- turanzas («dichosos») y por los apóstoles desde el día de Pentecostés (Act 2,32). Dios ha obrado la salvación por medio de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hermano nuestro, crucificado y ahora resu- citado. b) Kerigma La nota de «anuncio» tiene el sabor de una ori- ginalidad a manera de «primer anuncio» del Evan- gelio. Muchas veces San Pablo se refiere a este primer anuncio, que es la tarea específica del após- tol de las gentes (Rom 15,20). Este primer anuncio comenzó en Pentecostés (Act 2,32) y se fue repi- tiendo en diversas ocasiones de la primitiva Igle- sia (Act 8,5; 9,20, etc.). Es el «evangelio» que Pablo predica a los gentiles (Gal 2,2) y que resu- Véase bibliografía de nota 1. La acción evangelizadora 101 me al comienzo de la carta a los Romanos (Rom 1, 1-7). c) Dar testimonio Esta expresión no significa solamente presentar un ejemplo de virtud. En el contexto bíblico in- cluye el testimoniar con la palabra y con la propia vida aunque sea en el «martirio» (testimonio). Se testifica, con palabras y vida, el hecho de la muer- te y resurrección de Jesús (Act 2,32). Esta es la razón de ser del apóstol y para esta finalidad es elegido San Matías (Act 1,8). Jesús comunicó su propia misión, como misión del Padre y del Espí- ritu, de suerte que el apóstol es un «testigo» que testifica con palabras y vida (Jn 15,26-27). La acción evangelizadora es una prolongación de la acción evangelizadora y salvífica de Cristo. Es una acción que contiene la fuerza de Dios (por Cristo resucitado y en el Espíritu Santo). La evan- gelización—como alegre anuncio, como primer anun- cio y como testimonio—es una acción permanente de Dios a través de la Iglesia. Para concretar algo más la naturaleza de la evan- gelízación, podríamos recordar su finalidad, su con- tenido y los medios básicos de acción. a) Finalidad.—Aunque hay muchos aspectos válidos de la evangelización, la finalidad de la mis- ma consiste en un cambio interior: «La finalidad de la evangelización es, por consi- guiente, este cambio interior, y si hubiera que resu- mirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mis- mo tiempo la conciencia personal y colectiva de los
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    102 Naturaleza ycaracterísticas hombres, la actividad en la que ellos están compro- metidos, su vida y ambiente concretos»34 . Esta finalidad encuentra su realización en «im- plantar la Iglesia» en cada persona y en cada sector humano: «la totalidad de la evangelización, aparte la predicación del mensaje, consiste en implantar la Iglesia» 3 b) Contenido.—«Evangelizar es, ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo» 36 . El contenido de la evangelización es, pues, la salvación proclamada y comunicada por Jesús re- dentor. «No es una salvación puramente inmanente, a me- dida de las necesidades materiales o incluso espiri- tuales, que se agotan en el cuadro de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, ios asuntos y Jas Juchas temporales, sino una salvación que desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único Abso- luto, Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad»37 . La evangelización cristiana proclama, con fuer- za y poder {1 Cor 4,20), estos datos salvíficos prin- cipales: Jesús Hijo de Dios (muerto y resucitado), conversión, fe, bautismo, eucaristía, perdón de pe- cados, don del Espíritu Santo, última venida de Jesús al final de los tiempos, comunión eclesial... Los «pobres» están preparados para recibir esta salvación (Le 7,22). 34 Evnngelii nuntianii n.18. 35 Ibid., n.28. 36 Ibid., n.26. 37 Ibid., n.27. La acción evangelizadora 103 c) Medios.—La salvación anunciada y comuni- cada por Jesús y su Iglesia no pone su esperanza en los medios humanos, sino en la fuerza de Dios. Pero la providencia de un Dios que es, al mismo tiempo, creador y restaurador, quiere que los coope- radores de la evangelización pongan los medios ade- cuados. Es una consecuencia del misterio de la En- carnación. Los signos eclesiales de evangelización son signos portadores de gracia y salvación. Estos signos tienden a «implantar la Iglesia», es decir, a enraizar en la vida humana la epifanía y cercanía de Dios hecho hombre por nosotros. Estos signos son principalmente el signo de la palabra, el signo del sacerdocio (y acción salvífica sacramental), el signo de la realeza o de la organización de la comu- nidad. Pero estos signos, sin perder su virtualidad evangélica, se adaptan a cada época, cultura, situa- ción humana y a las formas sencillas de religiosidad popular, etc M . La evangelización se presenta, pues, como una actividad eclesial que proclama el Evangelio para que nazca, se esclarezca y profundice la fe en una vivencia de santidad con consecuencias personales y sociales. La vida teologal, en su pleno desarrollo hacia una visión y posesión de Dios, es el objetivo principal de la evangelización. Esta vida teologal es el fundamento de una familia humana como fa- milia de hijos de Dios. Al estudiar la naturaleza de la acción evangeli- zadora, han ido apareciendo sus características prin- cipales como partes integrantes de la misma ac- ción. Estas características son el punto de arranque de los principios básicos de espiritualidad misionera Ibid., n.40-48.
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    104 Naturaleza ycaracterísticas que estudiaremos más adelante. Resumamos estas características principales: La iniciativa evangeliza- d o s viene de Dios, autor de las promesas, pero se requiere la cooperación del evangelizador a modo de acción instrumental (Col 1,24; 1 Cor 3,9); Cristo salvador es el centro de la evangelización (1 Cor l,17s), pero actúa por medio de la Iglesia; aceptar la evangelización es un don de Dios, la fe cristiana, que se comunica a todos los hombres de buena voluntad; la evangelización es una acción de esperanza fundada en la promesa divina que ya se ha realizado en Cristo, pero que debe llegar a una plenitud al final de los tiempos (escatologia)39 . B) UNIVERSALIDAD DE LA EVANGELIZACIÓN CRISTIANA En apartados anteriores hemos visto un resumen sobre la naturaleza misionera de la Iglesia40 y so- bre la apostolicidad de la misma41 . Ahora analiza- remos esa característica especial de la evangeliza- ción: la universalidad. La acción evangelizadora de la Iglesia se desarro- lla por medio de signos eclesiales (palabra, sacra- mentos, dirección u organización). Estos signos constituyen la sacramentalidad de la Iglesia, que es «signo universal de salvación». La naturaleza «sacramental» (o de signos) de la Iglesia, los pla- nes salvíficos de Dios, el mandato de Cristo de evangelizar, tienen dimensiones universales. La Igle- 39 Documento preparatorio del Sínodo Episcopal de 1974: De evangelizatione mundi buius temporis (Typis Polyglottis Vaticanis, 1973). Véase también la Declaratio Vatrum Svnodalium (25 oct. 1974). 40 Véase c.II, 1, E. 41 Véase este mismo c.III, 1, Q, La acción evangelizadora 105 sia es un signo universal de la presencia y de la acción salvífica de Jesús. Evangelizar es anunciar y comunicar el «miste- rio» o los planes salvíficos de Dios acerca de todos los hombres. Estos planes forman parte de la «in- timidad» divina, pero se han manifestado y comu- nicado por Cristo. Por esto Pablo habla del «mis- terio» de Cristo (Ef 1-3). La Iglesia es este mismo «misterio» de Cristo presente bajo signos. La pa- labra latina que traduce «misterio» es la palabra «sacramento», en el sentido de manifestación y co- municación de los planes salvíficos y universales de Dios por medio de Jesucristo42 . Los destinatarios de la evangelización son todos los hombres, sin excepción, sin prioridades y sin privilegios. Pero hoy esta universalidad de la evan- gelización debe abarcar también sectores especia- les de la humanidad que no siempre coinciden con una geografía. La universalidad de la evangeliza- ción no es simplemente geográfica, sino que abar- ca también situaciones, estructuras, puntos neurál- gicos de nuestra sociedad, sectores descristianizados, o secularizados, mundo del pensamiento y del tra- bajo, etc.43 El mandato de Jesús de evangelizar «a todas las gentes» (Mt 28,18) encuentra, pues, en la natura- leza de la Iglesia, fundada por él, la mejor expre- sión de universalidad. La naturaleza y las estruc- turas de la Iglesia no han nacido de una mentali- dad o de unas necesidades sociológicas, sino de la realidad de unos planes salvíficos universales a tra- vés de Jesucristo. Reducir la acción evangelizadora eclesial a unos pocos selectos, sería desnaturalizar Véase bibliografía sobre la Iglesia «sacramento» en nota 12. Evangelii nuntiandi n.49-58.
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    106 Naturaleza ycaracterísticas la naturaleza de la evangelización y la naturaleza misma de la Iglesia44 . La caridad del Buen Pastor no tiene fronteras ni en la geografía ni en los ambientes y clases so- ciales. Llama a todos (Mt 11,28), muere por to- dos (2 Cor 5,15) y su cruz arrastra a todos (Jn 12, 32). Así es la acción evangelizadora de Jesús, que se continúa en la Iglesia. En esta universalidad de la evangelización se fundamenta el celo misionero del apóstol. C) CONDICIONAMIENTOS HISTÓRICOS Y SOCIO'CULTURALES Los documentos del Nuevo Testamento dejan entrever una adaptación del mensaje cristiano a si- tuaciones históricas, humanas y culturales muy di- versas. La predicación de San Pablo en el Areópa- go es un caso tipo (Act 17,15). Esta necesidad de concretar el Evangelio y de presentarlo de una ma- nera adecuada a diferentes situaciones, ha recibido diversos nombres: adaptación, autenticidad, indi- genización, aculturación, etc. El problema teológi- co de fondo sigue estudiándose con más o menos éxito 4S . 41 LG n.9 y 17; AG n.2 y 10. 45 Véase «Estudios de Misionología» 1 (Burgos 1976): L. Bo- GLIOLO, Cultura y adaptación misionera, 105-122; A. SEUMOIS, Teología de la adaptación misionera de la Iglesia, 123-137. Véase también Atti del Congresso Jnternazionale scientifico di Missio- logia (Roma, Urbaniana, 1976). Vol. I: A. SANTOS HERNÁNDEZ, Actividad misionera y culturas indígenas en el decreto «Ad Gen- tes», 25-57; Y. M. CONGAR, Cbristianisme comme foi et comm^ culture, 83-103; P. ROSSANO, Acculturazione del Vangelo, 104-116; A. SEUMOIS, Significato e limiti della «cristianizzazione» delle culture, 117-127. El problema fue estudiado antes del Vaticano II por muchos estudiosos (Schmidlin, Vath, Charles, Tombeur, Do- mínguez, etc.): véase esta bibliografía en artículo de Seumois de «Estudios de Misionología» citado más arriba. Un resumen del tema en: O. DOMÍNGUEZ, Teología de la adaptación misionera, en La acción evangelizadora 10? Al hablar de «condicionamientos» debe quedar bien sentada la «autonomía» del mismo Evange- lio, puesto que el mensaje cristiano deriva de la palabra revelada por Dios y no de una ideología o sistema humano. Pero la manera de presentar el mensaje, la aplicación a casos concretos, la profun- dización del mismo mensaje a partir de problemas o situaciones nuevas, etc., son verdaderos «mor- dientes» que condicionan el modo y el momento de evangelizar. «Hacerse todo para todos» (1 Cor 9,19-23) es la actitud apostólica de saber presentar el Evange- lio en el modo y tiempo oportuno. Supone una as- cética de caridad pastoral, como un estar pendiente de la palabra de Dios y de la situación humana. Es una consecuencia del misterio de la Encarnación que nos desvela el Verbo hecho hombre en nues- tras circunstancias (Jn 1,14). Ahora la Palabra de Dios es predicada («reencarnada» místicamente) en el quehacer y situación humana. La acción de evangelizar debe, pues, tener en cuenta al hombre en su circunstancia y problema concreto. Las coordenadas de tiempo y de lugar condicionan la manera de evangelizar. Cada época tiene sus procesos históricos y cada cultura sus lí- neas de pensamiento. La tarea del evangelizador será la de anunciar el mensaje evangélico sin tergi- versarlo y sin romper con la verdad contenida ya de antemano en las culturas y situaciones humanas. Los problemas del hombre concreto son muy di- versos según la época. El Vaticano II, en la consti- tución Gaudium et spes, ha respondido a los pro- Misiones Extranjeras (1957) 187-202; L. J. LUZBETAK, L'Église et les cultures (Bruxelles, Lumen Vitae, 1968).
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    108 Naturaleza ycaracterísticas blemas que acucian al hombre de hoy, presentando a Cristo resucitado y la misión evangelizadora de la Iglesia4 *. Para evangelizar una comunidad humana, con- viene conocer los procesos históricos por los que ha pasado y en los que actualmente se encuentra. El análisis valorativo de la historia debe hacerse a la luz de una teología de la historia que tiene como punto básico a Cristo, centro de la historia de sal- vación. La Ciudad de Dios, de San Agustín, es un modelo de este análisis valorativo. Sin la luz de la historia de salvación, los análisis históricos caen fácilmente en un materialismo o ateísmo histórico como el de considerar a todo acontecimiento como irreversible o el de analizar toda evolución histó- rica sólo a la luz de valores económicos o de rup- tura entre las clases sociales47 . Uno de los puntos más concretos de este pro- blema es la adaptación a las culturas, tanto en el momento de una primera evangelización como en los procesos posteriores de maduración. Es un tema explicado por el Vaticano II y por la exhortación Evangelii nuntiandi48 . Cuando se evangeliza teniendo en cuenta los con- dicionamientos históricos y socipculturales, se evan- 46 Gauiium et spes, primera parte. Véase CH. MOEHLER, Menta- lidad moderna y evangelización (Barcelona, Herder, 1964); Lite- ratura del siglo XX iy cristianismo (Madrid, Gredos, 1960); J. ESQUERDA, El hombre en el misterio de Cristo (Bilbao, Des- clée, 1969). 47 U. VON BALTHASAR. Teología de la historia (Madrid, Guada- rrama, d966); M. FLICK, Z. ALSZEGHY, Teología della storia, en Cregorianum 25 (1954) 256-298;. J. MOUROUX, El misterio del tiempo (Barcelona, Estela, 1965); G. THILS, La théologie de l'his- toire Note bibliographique- Ephem. Théol. Lov. 26 (1950) 87-95. 48 AG n.19-22; GSp n.44 y 53; LG n.13, etc.; Evangelii nuntiandi n.20 y 51ss. El concilio Vaticano II presenta el tema al hablar de las Iglesias particulares (Ad Gentes). Véase biblio- grafía de nota 45. La acción evangelizadora 109 geliza «de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces». La independencia entre evangeli- zación y cultura no significa incompatibilidad ni tampoco ruptura, aunque «la ruptura entre evange- lio y cultura es sin duda alguna el drama de nues- tro tiempo, como fue también en otras épocas» 49 . Estos condicionamientos socioculturales pueden presentar especial dificultad en algunas épocas con- cretas, como es la nuestra. Hoy la evangelización debe tener en cuenta la realidad de un mundo que tiende hacia la «secularización» y que manifiesta muchas señales de ateísmo doctrinal o práctico. Este fenómeno se da en las comunidades ya cristianas, pero también en ambientes religiosos paganos don- de debe anunciarse el Evangelio por primera vez w . Las situaciones históricas particulares pueden presentar un obstáculo inicial a la evangelización, pero, a la larga, son siempre épocas preparatorias de un nuevo resurgir. Una evangelización de sola presencia en países donde no se deja predicar el Evangelio, es una siembra eficaz; pero el apóstol y las instituciones apostólicas deben aprender la importancia de ese tiempo aparentemente estéril. En países donde llega a dominar la ideología y la práctica atea militante, se sigue una metodología de querer eliminar por inanición toda huella cristiana. En estos momentos, la mejor actuación del apóstol es la de permanecer en el puesto, a pesar de las di- ficultades, con la convicción de que la gracia actúa con mayor fuerza en el pueblo fiel y de que «la palabra de Dios no está encadenada» (2 Tim 2,9). 49 Evangelii nuntiandi n.20. 50 Ibid., n.52-57.
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    IV. EL ESPÍRITUDE LA EVANGELIZARON SEGÚN «EVANGELII NUNTIANDI» S U M A R I O Presentación: Importancia de la espiritualidad mi- sionera. 1. Espiritualidad como fidelidad a la vocación. 2. Espiritualidad como fidelidad a la acción del Es- píritu Santo. 3. Espiritualidad como testimonio. 4. Espiritualidad de comunión eclesial. 5. Espiritualidad como servicio a la verdad. 6. Actitudes básicas de espiritualidad: caridad, celo, alegría. 7. María, estrella de la evangelización. PRESENTACIÓN Importancia de la espiritualidad misionera La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi puede estudiarse bajo diversos puntos de vista: teología, pastoral, espiritualidad, cristología, ecle- siología, neumatología'. Esta última podría expo- nerse a partir del número 75, que describe la ac- ción del Espíritu Santo en la evangelización. No obstante, este tema puede ampliarse en todo el ca- pítulo séptimo, que lleva por título «El espíritu de la evangelización». En el fondo es una neuma- tología: la acción del Espíritu Santo en la evange- lización y la fidelidad del evangelizador a esta mis- ma acción. Bajo el título de «El espíritu de la evangeliza- ción» vamos a resumir el tema de la espiritualidad misionera tal como aflora en el documento ponti- ficio 2 . La evangelización, a lo largo de todo el docu- mento, se presenta bajo una triple dimensión: como una llamada a la renovación interior (n.18), que exige del mismo apóstol una actitud espiritual (n.5 y 74ss) y una presentación de experiencias de encuentro con Dios (n.76). 1 Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975): AAS 58 (1976) 5-76. Véase Commento sotto l'aspetto teológico, ascético e pastorale (Roma, S. C. per l'Evangelizzazione dei Popoli, 1976). La Universidad Urbaniana de Roma ha publi- cado (1977) un comentario amplísimo: L'Annuncio del Vangelo oggi, Commento... (Roma, Urbaniana, 1977). Véase también: Evangelii nuntiandi, Kommentare und Perspektiven, en Neue Zeitschrift jür Missionswissenschaft 32 (1976) fase. 4. Véanse otros comentarios en el c.XII: Orientación bibliográfica. 2 Al hablar de la espiritualidad misionera conviene distinguir tres planos: dimensión espiritual de la evangelización, espiritua- lidad del apóstol o misionero, espiritualidad como respuesta a una situación actual. Véase el c.II: Significado y dimensiones de la espiritualidad misionera.
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    112 La evangelizaaónsegún «Evangelit nuntiandi» Toda la exhortación, que recoge las aportacio- nes del Sínodo Episcopal de 1974, es una invita- ción a profundizar en la disponibilidad apostólica que exige nuestra época. El décimo aniversario de la clausura del Vaticano II y la celebración del Año Santo de 1974-1975, han sido las ocasiones principales para la publicación del documento. La invitación del Papa se concreta en una llama- da para preparar la acción evangelizadora en la vi- gilia del tercer milenio del cristianismo (n.81). Pero esta invitación es especialmente «una llamada que se refiere a las actitudes interiores que deben ani- mar a los obreros de la evangelízación» (n.74). A pesar de la falta de estudios sistemáticos so- bre la espiritualidad misionera, ésta puede espigar- se fácilmente en los documentos pontificios misio- neros 3 y en el concilio Vaticano II. El decreto Ad Gentes ha subrayado las virtudes del misionero: fidelidad y generosidad a la vocación, fortaleza, re- nuncia, pobreza, obediencia, espíritu de iniciativa, perseverancia, apertura de corazón, disponibilidad, comunión, espíritu de oración, etc.4 Evangelü nuntiandi aprovecha esta doctrina an- terior, pero presenta la novedad de afrontar las si- tuaciones actuales en que se encuentra el evangeli- zador. De ahí la importancia del tema. El docu- mento quiere responder a una serie de problemas que sólo pueden afrontarse con una rica espiritua- 3 Véase un resumen de las encíclicas misioneras en «Documen- tos Omnís Terra» (febrero de 1973) 160-163. Edición en Encíclicas Misionales (Burgos 1962). La carta apostólica Máximum illud se ha calificado como la «carta magna» de las misiones y se carac- teriza por presentar un resumen de la espiritualidad del misionero; cf. AAS 11 (1919) 440-455. 4 AG 23-25. Véase L'activité missionnaire de l'Église: Unam Sanctam 67 (Paris, Cerf, 1967); los números 23-27 comentados por K. MÜLLER, Les missionnaires. Presentación 113 lidad misionera: la actual búsqueda de Dios, los movimientos actuales de oración y de espirituali- dad, el acento en la acción del Espíritu Santo, la necesidad de presentar la alegría y la esperanza cristiana que brotan de las bienaventuranzas, etc. Es decir, en el documento se entrevé la realidad histórica actual como trasfondo que cuestiona al evangelizador. Un nuevo período de evangelízación sólo podrá afrontarse con una profunda espiritualidad de parte del apóstol y de parte de la comunidad eclesial. La espiritualidad misionera arranca de la misma esencia de la evangelízación. Para Jesús y para los apóstoles, evangelizar significaba anunciar un «cam- bio interior» o «conversión» (Me 1,15; Act 2,38). El apóstol se mueve en este mismo campo de es- piritualidad: «La finalidad de la evangelízación es, por consiguiente, este cambio interior... La Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir, al mis- mo tiempo, la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están com- prometidos, su vida y ambiente concreto» (n.18), La espiritualidad hará que el apóstol descubra el verdadero sentido de la «liberación evangélica» que «debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida la apertura al Absoluto, que es Dios» (n.33). No habría liberación cristiana si no hubiera «una dimensión verdaderamente espiri- tual y si su objetivo final no fuera la salvación y la felicidad en Dios» (n.35)5 . 5 Y. RAGUIN, Missionary spirituality (Manila, E. A. Pastoral Institute, 1972) (segunda parte de L'Esprit sur le monde [Paris, Desclée, 1975]). Véase nota 5 del c.II.
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    114 La evatigdizucióniegún «Evangelü nunliandi» 1. Espiritualidad como fidelidad a la vocación La espiritualidad misionera no es una abstrac- ción ni una teoría. Es más bien una disponibilidad y generosidad respecto a una llamada para una mi- sión. Espiritualidad misionera es vivir de acuerdo con esta vocación. De todos es conocida la llamada crisis sacerdotal y religiosa durante los años inmediatamente poste- riores al Vaticano II. Muchas veces se ha referido a ella el mismo Sumo Pontífice6 . La duda sobre la propia identidad no dejó de incidir en el campo misionero personal y ambiental. El Vaticano II quiso dejar bien sentada la exis- tencia de una «vocación especial» misionera: «Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe la tarea de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que le acompañen y para enviarlos a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación mi- sionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos que tomen como mi- sión propia el deber de evangelización, que perte- nece a toda la Iglesia. Porque son sellados con vo- cación especial quienes, dotados del conveniente ca- rácter natural e idóneos por sus disposiciones y ta- lento, están dispuestos a emprender la obra misio- nal» (AG 23). Pero la duda ambiental sobre la vocación, así como las nuevas dificultades en el campo de la evan- gelización y el acento en la acción sociopolítica, han ' Mensaje de Pablo VI al terminar el Año de la Fe: AAS 60 i?; * 466-470, Véase también el documento sinodal de 1971: ti sacerdocio ministerial («descripción de la situación»). Fidelidad a la vocación 115 sembrado la inquietud precisamente en un momen- to en que se necesitan más vocaciones misioneras. Evangelü nuntiandi afronta el tema desde el co- mienzo del documento. Muchas crisis y dudas so- bre la propia identidad comienzan cuando se redu- ce la propia vocación apostólica a un paréntesis sin verdadera vivencia esponsal. Por esto, la evangeli- zación «merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida» (n.5). Un mensaje del Papa con ocasión de la jornada mundial de la propagación de la fe, había abordado directamente el tema de la fidelidad a la vocación misionera, en el sentido de disipar dudas y de sus- citar una entrega generosa: «Queremos confirmaros en la certeza de vuestra vocación: la misión, es decir, el anuncio del Evan- gelio a todas las gentes, no ha sido superada, ni es en sí misma facultativa; está cimentada en el desig- nio divino, en la teología de la salvación... vuestra elección no es equivocada, vuestro esfuerzo no es vano, vuestro sacrificio, cualquiera que sea el resul- tado, no se ha frustrado» 7 . Un nuevo período de evangelización, que se está incubando en nuestro presente histórico, reclama apóstoles fieles y generosos respecto a la llamada apostólica. Pero no se conseguirá esta fidelidad y generosidad recortando las exigencias, sino más bien señalando un ideal elevado por el que valga la pena consagrar toda una vida. Al mismo tiempo, hay que subrayar la posibilidad de conseguir esa meta sí se ponen en práctica los medios adecuados. La llamada del Papa a adoptar «las actitudes in- teriores que deben animar a los obreros del Evan- 7 PABLO VI, Mensaje en el «Domingo mundial de las misiones» 1975. Véase Enseñanzas al Pueblo de Dios (Roma 1975) 353-358.
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    116 La evangelizaciónsegún «Evangelii nuntiandi» gelio», comienza con una invitación a la fidelidad respecto a la propia vocación: «En nombre de nues- tro Señor Jesucristo, de los apóstoles Pedro y Pa- blo, exhortamos a todos aquellos que, gracias a los carismas del Espíritu y al mandato de la Iglesia, son verdaderos evangelizadores, a ser dignos de esta vocación, a ejercerla sin reticencias debidas a la duda o al temor, a no descuidar las condiciones que harán esta evangelización no sólo posible, sino también activa y fructuosa» (n.74)8 . 2. Espiritualidad como fidelidad a la acción del Espíritu Santo La acción evangelizadora encuentra su eficacia en la fuerza del Espíritu Santo: «No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo» (n.75). Pero cada época presenta su propio sello del Espíritu. La evangelización debe ser, pues, un proceso de fidelidad a la acción del Espíritu en la propia época: «El Sínodo de los Obispos de 1974, insistiendo mucho sobre el puesto que ocupa el Espíritu en la evangelización, expresó asimismo el deseo de que Pastores y teólogos—y añadiríamos también los fieles marcados con el sello del Espí- ritu en el bautismo—estudien profundamente la naturaleza y la forma de la acción del Espíritu San- to en la evangelización de hoy día. Este es,también nuestro deseo, al mismo tiempo que exhortamos a todos y cada uno de los evangelizadores a invo- car constantemente con fe y fervor al Espíritu San- to y a dejarse guiar prudentemente por él como inspirador decisivo de sus programas, de sus inicia- tivas, de su actividad evangelizadora» (ibid.). 8 Véase c.IX (La vocación misionera). Fidelidad a la acción del Espíritu Santo 117 Este acento neumatológico en el campo de la evangelización no es circunstancial ni exclusivo de Evangelii nuntiandi. Los documentos conciliares del Vaticano II hablan de un «paso del Espíritu Santo por su Iglesia» e incluso de «un nuevo Pen- tecostés» 9 . El mismo Pablo VI había formulado una invitación semejante al subrayar el aspecto neu- matológico de la devoción mariana hoy 10 . A nadie se le oculta el acento eclesial actual scbre el tema del Espíritu Santo, como puede cons- tatarse en los movimientos de espiritualidad y de oración, así como en las publicaciones y en las po- lémicas. Nuestra actualidad eclesial sobre este punto po- dría resumirse con estas palabras del Papa: «Nos- otros vivimos en la Iglesia un momento privilegia- do del Espíritu. Por todas partes se trata de cono- cerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asam- blea en tcrno a él. Quiere dejarse conducir por él» (n.75). La cuestión de fondo será analizar y vivir la evan- gelización como misión del Espíritu. La doctrina conciliar del Vaticano II, tanto en la Lumen gen- tium como en el decreto Ad Gentes, presenta la misión en su dimensión trinitaria. No es, pues, un acento unilateral en la persona del Espíritu, sinc que se da preferencia a la misión en cuanto que proviene de Dios Amor, especificando esta misión de parte de cada una de las tres personas divinas ". La parte o aspecto que corresponde a la misión 9 Constitución Sacrosanctum Concilium n.45. Cf. Oración por el éxito del Concilio: AAS 51 (1959) 382. 10 Marialis cultus n 27: AAS 66 (1974) 115-168. 11 LG 2-4; AG 2-4.
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    118 La evangelizaríansegún «Evangelii nuntiandi» del Espíritu Santo dice relación estrecha a la mi- sión del Padre que Cristo vive y que comunica a sus apóstoles por el Espíritu: «El mismo Señor Jesús... de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espí- ritu Santo, que ambos están asociados en la realiza- ción de la obra de la salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo... infunde en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo» (AG 4). También en Evangelii nuntiandi la dimensión neumatológica de la evangelización está encuadra- da en la dimensión trinitaria, salvífica y cristológi- ca. Los planes salvíficos del Padre se llevan a tér- mino por Jesús y por su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. La misión del Espíritu Santo que- da descrita en la persona y en la obra de Jesús Hijo de Dios, enviado por el Padre, conducido por el Espíritu, Cuando Jesús transmitió a sus apóstoles la misión, comunicó también el Espíritu Santo (Jn 20,22). La exposición de Evangelii nuntiandi pretende un objetivo: el de suscitar una actitud de fidelidad en los evangelizadores. Nos encontramos, pues, con un aspecto fundamental de la espiritualidad misio- nera. El apóstol o misionero se encuentra inmerso en una acción evangelizadora eclesial cuyo «gran co- mienzo tuvo lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu Santo». Por esto, entonces y ahora, «el Espíritu de Dios ocupa un puesto emi- nente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora» fn.75). Veamos ariosa cómo debe ser la espiritualidad neumatológica del evangelizador según Evangelii Fidelidad a la acción del Espíritu Santo 119 nuntiandi. El punto de referencia es siempre Je- sús en cuanto «enviado». Hay como tres momen- tos o etapas de la misión del Espíritu Santo en la vida de Jesús. Vienen a ser tres características de su acción que serán también las mismas en la ac- ción apostólica de la Iglesia: moción hacia el de- sierto (Mt 3,17), hacia la predicación (Le 4,18), hacia la Pascua (Jn 20,22; Heb 9,14). «Desierto» es también prueba, combate, purificación, sacrifi- cio, oración, silencio, vida interior... La predicación es para anunciar la Buena Nueva a los «pobres», a los que sufren, a los que sienten necesidad de Dios... La Pascua es la hora del Padre, el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, cuando será co- municado el Espíritu Santo como «agua viva» que brota del costado de Cristo. La Iglesia, como Jesús, es también movida por el Espíritu Santo para poner en práctica los planes salvíficos del Padre. «Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece (cf. Act 9,31). El es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comien- zos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los la- bios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» (n.75), La vida interior del apóstol es, pues, una actitud de atención, fidelidad y generosidad respecto a la acción del Espíritu Santo: «Las técnicas de evan- gelización son buenas, pero ni las más perfeccio- nadas podrían reemplazar la acción directa del Es-
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    120 La evangelizaríansegún «Evangelii nunúandi» píritu. La preparación más refinada del evangeli- zador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o psico- lógicas se revelan pronto desprovistos de todo va- lor» (ibid.). De esta espiritualidad del apóstol brota una pro- funda convicción práctica de que «el Espíritu Santo es el principal agente de la evangelización... el tér- mino de la evangelización, quien hace distinguir los signos de los tiempos—signos de Dios—que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia» (ibid.)12 . 3. Espiritualidad como testimonio Evangelizar es también presentar un «testimo- nio» de la muerte y de la resurrección del Señor: «nosotros somos testigos» (Act 2,32). Esta pala- bra bíblica (testimonio, testigo) no equivale exac- tamente a «buen ejemplo». No se trata, pues, de un simple testimonio externo. En el Nuevo Testa- mento, testimonio y testigo incluyen un sentido de urgir a la conversión. El testimonio cristiano inclu- ye el anuncio explícito del Evangelio y es asimismo una «fuerza» o urgencia de configurarse con Cris- to 13 . Cuando el Vaticano II, en el decreto Ad Gentes, habla del testimonio cristiano, señala tres aspectos: el ejemplo de vida, el anuncio de la palabra y la fuerza del Espíritu Santo (AG 11). 12 Véase el c.VII: Fidelidad a la misión del Espíritu Santo. 13 Mt 24,14; Jn 16,13; Act 1,8; 2,32; 22,15; 26,16; 2 Tes 1,10; 1 Jn 1,2, etc. Testimonio 121 Nuestra sociedad tiende hacia una especie de «iconografía» o necesidad de testimonio y de ejem- plo. No siempre esta tendencia llega a encontrar su equilibrio, puesto que muchas veces se rechaza la explicación doctrinal tildándola de teórica. Este rechazo puede ser fruto de una especie de cansan- cio hacia exposiciones sin contenido vital. Pero en el fondo de la cuestión late un problema básico: la necesidad de ver, en una vida auténtica, la doc- trina que se predica 14 . De hecho, en toda época histórica se ha sentido la necesidad del ejemplo, del testimonio y de la ex- periencia. Pero nuestra época está profundamente marcada por esta necesidad «de verdad y de trans- parencia», a la que Pablo VI califica de «signo de los tiempos»: «A estos 'signos de los tiempos' de- bería corresponder en nosotros una actitud vigilan- te. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamen- te en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Pre- dicáis lo que vivís? Hoy más que nunca el testimo- nio de vida se ha convertido en una condición esen- cial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos» (n.76). La novedad de esta exigencia de testimonio y de autenticidad, estriba en una búsqueda del Absolu- to, a modo de experiencia de encuentro y de diálo- fo con Dios. El Papa se pregunta si, ante esta rea- lidad de hoy, que es un signo de los tiempos, la acción evan^elizadora «ha ganado en ardor contem- 14 R. LATOURELLE, La sainteté signe de la révélation: Gre?o- rianum 46 (1965) 36-65,
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    122 La evangelizaciónsegún «Evangelü nuntiandi» plativo y de adoración y pone más celo en la acti- vidad misionera, caritativa, liberadora» (n.76). Puede parecer extraño este fenómeno de una búsqueda de experiencias de Dios en una sociedad secularizada. Pero es una realidad que escapa a cualquier explicación sobre sus causas: «Paradóji- camente, el mundo, que, a pesar de los innumera- bles signos de rechazo de Dios, lo busca, sin em- bargo, por caminos insospechados y siente doloto- samente su necesidad, el mundo exige a los evan- gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible. El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de ora- ción, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, des- apego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda» (n.76). En este mismo cuadro de la realidad actual, pue- de constatarse una búsqueda de métodos de inte- rioridad y de acercamiento al Absoluto, sea por métodos cristianos, sea por caminos que ya han practicado otras religiones 15 . La característica del testimonio cristiano no es la fuerza de interioridad psicológica ni la conquista de iluminaciones al estilo de una «meditación tras- cendental, sino la presentación de una experiencia sobre Dios Amor que va más allá de toda constata- ción psicológica. Los cristianos son llamados a esta experiencia de «vida teologal»; pero no es simple- 15 H. M. LASSALLE, Le zen (Desclée deBrouwer, 1965); ID., Zen meditation for cbristians (Open Court 1974); DOM LE SATJX, Sagesse Hindou, mystique chrétienne (París, Centurión, 1965). Comunión eclesial 123 mente el hecho de poseer embrionariamente la fe, la esperanza y la caridad, sino una santidad de vida que exprese, por ella misma, que existe esta experiencia profunda de Dios Amor. Los gestos evangélicos de los santos son las mejores experien- cias sobre Dios Amor, sobre el misterio de Cristo, Verbo encarnado y redentor. Esta necesidad de experiencias solamente puede satisfacerse presentando una vida cristiana según el sermón de la Montaña en las circunstancias nor- males en que viven los hombres de hoy. Esta vida cristiana se llama santidad: «es necesario que nues- tro celo evangelizador brote de una verdadera san- tidad de vida» (n.76). Esta santidad cristiana nun- ca se ha dado, si no> es en un proceso de oración y de contemplación a modo de encuentro y de con- figuración con Cristo. Sólo entonces se puede de- cir verdaderamente: «os anunciamos lo que hemos visto y oído... el Verbo de la vida» (1 Jn 1,1-3). 4. Espiritualidad de comunión eclesial Una de las líneas básicas de la espiritualidad del evangelizador es la unidad en sus múltiples face- tas: unidad interior o de motivaciones cristianas, unidad de comunión eclesial, unidad entre las di- versas comunidades o denominaciones cristianas, unidad o fraternidad entre los apóstoles y entre las diversas instituciones apostólicas, etc. La unidad o comunión eclesial es parte esencial de la Iglesia como «sacramento» o signo eficaz de los planes salvíficos de Dios Amor. La eficacia de la evangelización depende, en la economía cristia- na, de la comunión eclesial: «En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros»
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    124 La evangelizaciónsegún «hvangelu nuntiandi» (Jn 13,35); «que sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,23). Misión y comunión son realidades complementarias, pues- to que no existe la una sin la otra. La unidad en relación a la misión es uno de los principios más subrayados en el decreto Ad Gen- tes. Así se presenta la evangelización como obra de la comunión eclesial (n.l), puesto que arranca de la misión de Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espí- ritu Santo (n.2-4). Esta unidad aparece siempre en la naturaleza de la Iglesia y en su actividad misio- nera (n.5-6) y apunta a crear la unidad del géne- ro humano como un Cuerpo místico de Cristo y un solo Pueblo de Dios (n.7-9). La exposición de Evangelii nuntiandi parte de estos mismos principios conciliares: «queremos sub- rayar el signo de la unidad entre todos los cristia- nos, como camino e instrumento de evangelización» (n.77). Pero hay un hecho que retrasa esta acción evangelizadora: «La división de los cristianos cons- tituye una situación de hecho grave que viene a cercenar la obra misma de Cristo» (ibid.). Lo ha- bía recordado ya el Vaticano II, diciendo que esta división «perjudica la causa santísima de la pre- dicación del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe» 16 . Ante una situación nueva de nuestra sociedad, en la que se pueden entrever signos de una nueva época de evangelización, inmediatamente antes del tercer milenio del cristianismo, conviene acelerar esta comunión eclesial. Fue éste—recuerda tam- bién el Papa—el objetivo de la celebración del Año Santo: AG 6; Unitaíis redintegratio 1. Comunión eclesial 125 «La reconciliación de todos los hombres con Dios, nuestro Padre, depende del restablecimiento de la comunión de aquellos que ya han reconocido y acep- tado en la fe a Jesucristo como Señor de la miseri- cordia, que libera a los hombres y los une en el espíritu de amor y de verdad» 17 . El celo apostólico de querer anunciar a Cristo, si es verdadero, debe superar las divisiones y crear una unidad que no significa necesariamente unifor- midad. Las diferencias deben ceder ante el obje- tivo común, puesto que «la fuerza de la evangeli- zación quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas» (n.77). Verdaderamente la fal- ta de unidad es «uno de los grandes males de la evangelización» (ibid.). Solamente «la búsqueda co- mún, sincera y desinteresada de la verdad», hace posible el «encontrarse más allá de las tensiones reales» (ibid.). La acción evangelizadora de nuestro tiempo pue- de ser decisiva durante siglos. Pues bien, «la suer- te de la evangelización está vinculada ciertamente al testimonio de unidad dado por la Iglesia» (ibid.). Para conseguir esta unidad entre los evangeliza- dores, dentro de un pluralismo legítimo, es necesa- rio un punto de referencia: Pedro y sus sucesores como «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión» (LG 18), co- mo quien «preside la caridad». Las actividades apostólicas que no estuvieran marcadas con el signo de la comunión eclesial co- rrerían el riesgo de ser estériles. Esta comunión eclesial no se refiere sólo a la unidad entre todos los cristianos, sino principal- " Bula Apostolorum Limina VII: AAS 66 (1974) 305.
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    126 La evangelizaaónsegún «Evangelii nuntiandi» mente a la unidad de colaboración positiva entre los evangelizadores o apóstoles. La fraternidad en- tre estos enviados es garantía de eficacia apostó- lica. Se puede calificar esta fraternidad como «sa- cramental». Así lo dice el Vaticano II al hablar de los presbíteros que trabajan en una misma Iglesia particular y en un mismo Presbiterio, quienes, por ello mismo, forman una «fraternidad sacramental» (PO 8). Esta afirmación, profunda y atrevida teo- lógicamente, es una consecuencia lógica de la sa- cramentalidad de la Iglesia. Personas y estructuras eclesiales son signo eficaz de Cristo presente, en la medida en que sean comunión ,8 . 5. Espiritualidad como servicio a la verdad La constitución Gaudium et spes del Vaticano II responde a las preocupaciones del mundo de hoy sobre el sentido de Ja existencia humana. La Igle- sia establece el diálogo con los hombres para dar- les el testimonio de la verdad que es el mismo Jesucristo. Sólo a la luz de Jesús resucitado reco- bran su auténtico sentido y dignidad la persona, la sociedad y la actividad humana. Pero la verdad que predica la Iglesia es la verdad del Evangelio, que respeta la autonomía de todos los campos lla- mados «seculares», puesto que es la verdad inte- gral o del hombre entero con todas sus dimensio- nes profundas históricas y escatológicas19 . 18 El tema de la fraternidad entre apóstoles tiene especial apli- cación en la vida comunitaria, vida de equipo, revisión de vida, pastoral de conjunto, etc. Véase abundante bibliografía en: L. RUBIO, F. CABEZAS, Presbiterio y comunidades sacerdotales, en Seminarios 37 (1969) 161-184; bibliografía posconciliar en: J. ESQUERDA, Teología de la espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976) c.10 y 14. 19 La constitución Gaudium et spes del Vaticano II explica Servicio a la verdad 127 La tarea principal y directa de la Iglesia respecto al servicio de la verdad es precisamente la tarea de evangelizar. El diálogo de la Iglesia con el mundo es una manifestación o signo del diálogo de Dios con la humanidad a través de la revelación. Este diálogo divino-eclesial llega a todos los problemas humanos concretos, respetando su aspecto técnico, iluminando las raíces de la problemática humana y las actuaciones y motivaciones más profundas 20 . La acción evangelizadora de la Iglesia anuncia el mensaje de Cristo, que se llamó a sí mismo «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Dios ha ido comunicando su propio ser e intimidad a través de la creación y especialmente a través de la revela- ción primitiva y veterotestamentaria. En todos los pueblos, culturas, religiones y razas hay un deste- llo de esta verdad, pero de modo especial en el pueblo escogido que preparaba la venida del Me- sías. Ahora bien, con la venida del Señor se nos ha comunicado la plenitud de verdad (Jn 1,17; 15,15). Esta verdad de Jesús es la que nos hace libres ÍJn 8,32). Evangelizar o anunciar la Buena Nueva de Je- sús es. pues, presentar «la verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso des- tino, la verdad acerca del mundo» (n.78). Pasando ya a la actitud del evaneelizador res- pecto a la verdad que anuncia, no cabe pensar en otra postura que en la de un servidor de la ver- dad: «nosotros no somos ni los dueños ni los ar- bitros, sino los depositarios, los herederos, los ser- vidores» (ibid.). ampliamente el tema en la exposición preliminar y en la primera parte. 20 Ecclesiam suam ITT: AAS % (1964) 637-65"
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    128 La evangelizaríansegún «Evangelii nuntiandi» Una de las características de la espiritualidad del evangelizador es el «culto a la verdad», si por verdad se entiende el mismo Dios que se nos ha revelado en Cristo. Es una ascética apostólica o de predicador del Evangelio, que puede resumirse en estas grandes líneas: «Busca siempre la verdad... no vende ni disimula jamás la verdad... no rechaza nunca la verdad... no oscurece la verdad revelada... no deja de estudiarla... la sirve generosamente sin avasallarla» (n.78). Esta actitud ascética del evangelizador supone muchas renuncias, entre las que hay que contar la renuncia a predicarse a sí mismo y a proyectar en la comunidad los propios problemas o las pro- pias opiniones. Este servicio a la verdad supone estudio y con- templación. No predica la verdad quien no la ha asimilado en largas horas de oración y de refle- xión. Un aspecto de la predicación de la verdad es la dedicación de tiempo a una «infatigable labor de investigación». Esta labor, en efecto, es necesaria para la evangelización. Un punto muy concreto de esta labor es el sector de los estudios históricos so- bre los fenómenos religiosos y sobre la misma his- toria de la evangelización en los diversos pueblos. Si los evangeli?adcres dejaran esta labor de inves- tigación histoiica en manos de una mentalidad atea, ciertamente se producirían daños graves para ía evangelización. La verdad no es completa cuan- do falta la dimensión religiosa y espiritual, Actitudes básicas 129 6. Actitudes básicas de espiritualidad: caridad, celo, alegría En todos los estadios sobre la espiritualidad apostólica o misionera se ha hecho resaltar la cari- dad pastoral21 . El apóstol prolonga la misión de Cristo y, consiguientemente, sus actividades de Buen Pastor. La vida apostólica podría calificarse de «má- ximo testimonio del amor» (PO 11). Los textos paulinos sobre la caridad son muy expresivos y han alentado siempre la vida de todo apóstol22 . La doctrina paulina sobre la caridad apostólica presenta unas características que pueden resumirse así: «¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor es- pera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia» (n.79). La caridad pastoral es una aplicación de la ma- ternidad de la Iglesia. Así lo expresa San Pablo en la carta a los Gálatas (c.4), hablando simultánea- mente de la maternidad de María, de la materni- dad de la Iglesia y de la maternidad del mismo apóstolM . Las características de esta caridad o amor apos- tólico, según Evangelii nuntiandi y de acuerdo con las necesidades actuales, son éstas: -—• deseo de ofrecer la verdad y de conducir a la unidad; 21 Véase síntesis del tema y bibliografía en J. ESQUERDA, Teo- logía de la espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976) c.9 22 Evanzelii nuntiandi cita 1 Tes 2 8; Flp 1,8. Véase también 2 Tim 1,12; Flp 1,21; Rom 1,16; 1 Cor 9,16s; 2 Cor 5,14, etc. 23 Gal 4,19: 1 Tes 2,7 11; 1 Cor 4,15. Véase el c.X: Mater- nidad de la Iglesia y misión. Espiritualidad misionera 5
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    130 La evangelizaciónsegún «Evangelii nuntiandi» — dedicarse sin reservas al anuncio de Jesu- cristo; — respeto a la situación religiosa de la persona que se evangeliza (respeto a su ritmo, a su conciencia y a sus convicciones); — cuidado de no herir a los demás con afirma- ciones ambiguas; — transmitir a los cristianos certezas sólidas y no dudas o incertidumbres. El modo de llevar a efecto estas líneas de caridad pastoral debe inspirarse en el Evangelio, en el ejem- plo de los apóstoles (especialmente en San Pedro y San Pablo) y en el ejemplo de los santos predi- cadores y misioneros. Sin una rica espiritualidad, el misionero se de- jará llevar de lo más fácil: una intransigencia o proselitismo exagerado o un dejar pasar las cosas con la excusa de que los no cristianos ya se pueden salvar. Encontrar un justo equilibrio es fruto de una vida interior y de un «fervor del espíritu» (n.80). Sin la perspectiva de los santos misioneros, se cae fácilmente en «pretextos que parecen oponerse a la evangelización. Los más insidiosos son cierta- mente aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio» (ibid.). El problema de la «salvación» de los hombres ha preocupado siempre a los evangelizadores, aun- que con matices diferentes Hoy el acento está en que todo hombre se salva por la rectitud de co- razón, puesto que el mundo y la historia están lle- nos de «semillas del Verbo» 24 . De donde surge una 24 SAN JUSTINO, / Apología 45,1-4: CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Strnmnta I, 19,91,94; EUSEBIO DE CESÁREA, Praeparatio Evangé- lica 1,1. Actitudes básicas, 131 pregunta que, de no encontrar respuesta adecuada, podría arruinar toda la labor apostólica: «¿No es, pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio don- de ya está presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha esparcido?» (ibid.). No resulta fácil una respuesta teológica a este problema complejo. Los autores han expuesto el tema con maestría25 . El ejemplo del Buen Pastor, de los apóstoles y de los santos misioneros se resu- me en estas líneas de actuación práctica: — «proponer a esa conciencia la verdad evan- gélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto ha- cia las opciones libres que luego puedan ha- cer..., lejos de ser un atentado contra la li- bertad religiosa, es un homenaje a esta li- bertad»... — «este modo respetuoso de proponer la ver- dad de Cristo y de su reino, más que un de- recho es un deber del evangelizador. Y es, a la vez, un derecho de sus hermanos reci- bir a través de él el anuncio de la Buena Nue- va de la salvación»... (n.80). Ante la realidad de que también los no cristia- nos se pueden salvar con ayuda de la gracia de Cristo, hay que plantear el problema de la evange- lización no tanto en tono sujetivo (se pueden sal- var) cuanto como una exigencia del mandato de Cristo de evangelizar a todas las gentes y de la 85 Véase bibliografía del c.I. También Atti del Congresso Inter- nazionale scientifico di Missiologia (Roma, Universitá Urbaniana, 1976) vol.II; D. GRASSO, Las religiones no cristianas, ¿camino de salvación?, en Estudios de Misionología 1 (1976) 85-104 (Bur- gos, Facultad Teológica).
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    132 La evangelizaciónsegún «Evangelü nuntiandi» llamada de éstas a una plenitud en Cristo. Este mandato y esta llamada a la plenitud plantean al apóstol una cuestión: «¿Podremos nosotros salvar- nos si por negligencia, por miedo, por vergüenza —lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evan- gelio—o por ideas falsas omitimos anunciarlo?» (ibid.). Una señal de caridad pastoral y de celo apostólico equilibrado es la alegría, que es, a su vez, una ca- racterística esencial de la espiritualidad misionera. Evangelizar es anunciar y comunicar el gozo sal- vífico de la redención de Jesús. La alegría, pues, forma parte integrante de la acción evangelizadora. El mensaje de la anunciación, de Belén, de las bien- aventuranzas, de la Pascua, es un mensaje de gozo26 . El gozo del apóstol es ya una parte del mismo anuncio evangélico, puesto que expresa el signo de la salvación. Es un gozo que no nace de la psicolo- gía o del ambiente sociológico, sino que es fruto del Espíritu Santo. Para proclamar «os anuncio un gran gozo» (Le 2,10) y «bienaventurados los po- bres de espíritu» (Mt 5,3), es necesario vivir en este gozo cristiano y apostólico. La alegría misionera es una nota de la vida apos- tólica: «Conservemos la dulce y confortadora ale- gría de evangelizar, incluso cuando hay que sem- brar con lágrimas. Hagámoslo—como Juan el Bau- tista, como Pedro y Pablo, como los otros apósto- les, como esa multitud admirable de evangelizado- res que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia—con un ímpetu interior que nadie ni na-la sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor ale- gría de nuestras vidas entregadas» (n.80). 26 Le 1,47; 2,10; Mt 5,3; Jn 20,20; Act 2,46. Muña, estrella de la evangelización 133 El Vaticano II habla de «gozo pascual» (PO 11), puesto que es fruto de la Pascua o de la muer- te y de la resurrección de Jesús. Es un don del Es- píritu Santo que solamente se recibe cuando se sabe pasar por la cruz hacia la resurrección, es de- cir, cuando se sufre amando. Las vocaciones apos- tólicas surgen cuando hay apóstoles que dejan tras- lucir este gozo de haber encontrado la propia iden- tidad en una misión sin fronteras recibida de Cris- to. Cuando se acepta vivencialmente esta misión y sus exigencias, no surgen tantas preguntas sobre la identidad apostólica. Nuestra sociedad necesita signos de esperanza cristiana. La esperanza significa confianza y cami- nar con decisión hacia la resurrección final en Cris- to. Sólo con esta actitud se encuentra sentido a la vida humana y a la historia27 . «Y ojalá que el mun- do actual—que busca a veces con angustia, a veces con esperanza—pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalenta- dos, impacientes o ansiosos, sino a través de minis- tros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo» (n.80). 7. María, estrella de la evangelización El tema mariano no es un adorno de la espiritua- lidad apostólica o misionera. Es, más bien, la ex- 27 J. GALOT, Le mystére de ¡'esperance (París, Lethielleux, 1973); R. LAURENTIN, Nouvettes dimensions de ¡'esperance (París, Cerf, 1972); B. MONDIN, / teologi della speranza (Bologna, Borla, 1974).
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    134 La evangelizaciónsegún «Evangelii nuntiandi» presión de su naturaleza más auténtica. La carta apostólica está fechada el día de la Inmaculada (8 de diciembre de 1975), día del décimo aniver- sario de la clausura del concilio Vaticano II. En la doctrina conciliar {Lumen gentium c.8), el tema mariano viene a expresar el momento culmi- nante de la «sacramentalidad» de la Iglesia, que es signo levantado ante los pueblos. María es tipo y Madre de la Iglesia. La naturaleza de la Iglesia es tan mariana como apostólica y misionera. La Igle- sia es madre (Gal 4,26) en sentido universal y per- manente. El apostolado o evangelización es la ex- presión de esta maternidad. Pero la Iglesia se hace madre imitando a María y con su ayuda. La devoción mariana es, pues, parte integrante de la espiritualidad apostólica, precisamente por la relación entre maternidad de María, maternidad de la Iglesia y apostolado. De hecho, San Pablo, en el mismo capítulo cuarto de Gálatas, en que habla de la maternidad de María (Gal 4,4) y de la materni- dad de la Iglesia {Gal 4,26), se presenta a sí mis- mo, en su labor apostólica, con la comparación de una madre que nutre a sus hijos (Gal 4,19). El Vaticano II, después de comparar y relacio- nar la maternidad de María con la maternidad de la Iglesia (LG 63-65), dice de las personas dedi- cadas al apostolado: «La Virgen fue en sv vida ejemplo áe aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hom- bres» (LG 65). La conclusión de Pablo VI abarca todo este tras- fondo mariano, eclesial y apostólico-misionero: «En María, estrella de la evangelización 135 la mañana de Pentecostés ella presidió con su ora- ción el comienzo de la evangelización bajo el in- flujo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dó- cil al mandato del Señor, debe promover y rea- lizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y lle- nos de esperanza» (n.82).
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    V. PRINCIPIOS YLINEAS BÁSICAS DE ESPIRITUALIDAD MISIONERA S U M A R I O Presentación. 1. Actitud ministerial ante la salvación, el misterio y la revelación. A) Sentido de instrumento. B) Asimilar el mensaje por la contemplación. C) La ascética del predicador del Evangelio. 2. Anunciar el misterio de Cristo y de la Iglesia. A) Cristo como centro. B) La Iglesia como comunión. 3. Discernimiento y fidelidad a los «signos de los tiempos». 4. Testigos de la presencia y de la experiencia de Dios. 5. Signos de esperanza y de bienaventuranza. 6. Actitud apostólica ante el misterio de la con- versión. A) Llamada al bautismo y a la conversión. B) Espiritualidad misionera ante la conversión. PRESENTACIÓN La persona y la acción del apóstol se mueven por criterios y motivaciones que arrancan de la misión de Cristo. Evangelizar no es presentar cual- quier sistema o ideología humana. Las reglas de juego del apóstol son las mismas que movieron a Cristo. Es Dios quien ha trazado los planes salvíficos de la historia humana. Y es también él quien ha tomado la iniciativa de comunicar su vida íntima elevando al hombre a categoría de hijo de Dios. Al mismo tiempo, la libertad humana, que debe co- laborar a poner en práctica los planes de Dios, no es algo manejable a modo de instrumento material. El apóstol se encuentra, pues, ante un misterio: el de Dios Amor que nos ha dado a su Hijo como re- dentor; el del hombre concreto y Ubre que debe llegar a ser imagen de Dios Amor. Las reglas o principios y líneas básicas de la ac- ción apostólica comprometen la vida del apóstol. No puede hacerse el apostolado a modo de «week- end» o de paréntesis. Tampoco puede ser una pro- fesión para ganarse la vida o para sentirse «reali- zado» dentro de la sociedad. Pablo, predicando en el centro de la cultura de entonces (Atenas), palpó esta realidad apostólica que deja al apóstol aparen- temente indefenso, sin seguridades, cuando anun- cia el misterio de Cristo muerto y resucitado. Por esto las líneas del actuar del apóstol no se encuen- tran en ninguna pauta de acción cultural, política o social. Recordemos algunas líneas que orientaron la vida de Pablo:
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    138 Viimiptoi ylincas banca* — segregado para el Evangelio (Rom 1,1). — se debe a todos, sin restricciones (Rom 1,14). — no se avergüenza del Evangelio (Rom 1,16). — está dispuesto a ser «anatema» por sus her- manos (Rom 9,3). — sentirse instrumento (1 Cor 3,9). — sentir la necesidad imperiosa de evangelizar (1 Cor 9,16). — hacerse todo para todos (1 Cor 9,22). — no predicarse a sí mismo (2 Cor 4,5). — sentirse urgido por la caridad de Cristo (2 Cor 5,14). — sentir el celo de Dios sobre los hombres (2 Cor 11,2). — desgastarse generosamente (2 Cor 12,15). — instaurar todo en Cristo (Ef 1,10). — apoyarse en Cristo (Flp 4,13). — encontrar sentido fecundo y eclesial al su- frimiento y a las dificultades (Col 1,24). — predicar a Cristo crucificado (1 Cor l,17s). Esta impronta apostólica está calcada en las ac- titudes del Buen Pastor. Es la pauta que siguieron todos los apóstoles. No es un programa teórico ni una mera receta práctica, sino una realidad salví- fica que se presencializa a través de toda la histo- ria, lo mismo que se presencializa la misión de Cristo. Cada época deberá repensar este estilo del Buen Pastor y de los apóstoles, para aplicarlo, sin recortes, al problema concreto. Predicar a Cristo crucificado es también ser «olor» de Cristo (2 Cor 2,15). La vida del apóstol es como la vida de Cristo (Flp 1,21), puesto que se ha entregado a correr su suerte (2 Tim 1,12). Cualquiera de estas afirmaciones neotestamenta- Actitud ministerial 139 rias sobre la vida apostólica bastaría para llenar el programa de la evangelización. Pero vamos a sis- tematizarlas en una lista de principios o líneas bá- sicas. 1. Actitud ministerial ante la salvación, el misterio y la revelación «Ministro» y «ministerio» significan, respectiva- mente, «servidor» y «servicio». En nuestro caso es el servicio de Cristo «Siervo» de Dios, «apóstol» o enviado del Padre para una misión concreta de dar la vida en redención de todos los hombres. La misión, a la que sirve el apóstol cristiano, no ha surgido de la iniciativa de algún «místico» o de alguna ideología, sino que proviene de la intimidad de Dios manifestada y comunicada por Cristo. Por esto, el servicio o ministerio del apóstol no es un servicio o una misión que provenga de una autori- dad humana o del pueblo; es propiamente una fi- delidad a una llamada divina para cooperar con sus planes salvíficos de dimensión universal. El evangelizador es un hombre que ha sido lla- mado, misionado, para anunciar y comunicar algo que tiene su origen en Dios Salvador. La salvación cristiana abarca al hombre integral y sólo puede realizarse en Cristo. Se trata de un «misterio» o de una intimidad divina manifestada y comunicada en Cristo. El evangelizador anuncia una palabra co- municada por Dios: la revelación. Hay una inicitiva divina en la vocación, en la mi- sión v en el objetivo de la evangelización. Es Cris- to quien ha llamado primero (1 Tn 4,10), quien ha elegido (Jn 15,16); nosotros podemos encontrar a Cristo porque es él quien nos ha salido al encuen-
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    140 Principios ylíneas básicas tro y porque es el Padre que ha enviado a su Hijo al llegar la plenitud de los tiempos (Gal 4,4). Hoy la palabra «salvación», tomada al margen de la revelación cristiana, no tiene el mordiente de otras épocas '. Pero, a la luz de la fe y con una ac- titud de esperanza y caridad, la salvación cristiana sigue produciendo apóstoles al estilo de Pablo: «Os celo con el celo de Dios, porque os he desposado con Cristo como una virgen casta» (2 Cor 11,2); «siento un dolor como de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19); «la caridad de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14)... Este celo apos- tólico no nace de una reflexión ni de un entusiasmo psicológico, sino de larcas horas de oración o de en- cuentro personal con Cristo. La salvación cristiana no es sólo una liberación de la condenación eterna, sino un llevar a término unos planes salvíficos de Dios Amor: que todos los hombres conozcan y vivan el misterio de Cristo en plenitud, que Cristo se haga presente en todas par- tes a través de los signos eclesiales instituidos por él. Estos designios salvíficos de Dios, que nos ha elegido a todos en Cristo (Ef 1,4), son parte inte- grante del «misterio» o intimidad de Dios manifes- tada y comunicada en Cristo, su Hijo y nuestro her- mano. La palabra misterio entusiasmaba a Pablo, puesto que a él le cupo en suerte «evangelizar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio ocul- to desde los siglos en Dios» (Ef 3,8-9). El mensaje que anuncia el apóstol cristiano no es más que la palabra de Dios o revelación en Cris- 1 Véase c.I n.l. Actitud ministerial 141 to. La creación y la historia humana, al margen de Cristo, no son revelación de la intimidad de Dios. La Palabra de Dios es el mismo Cristo (Heb 1,1). Los acontecimientos históricos se iluminan a la luz del acontecimiento central o plenitud de los tiem- pos: Jesucristo Hijo de Dios hecho hombre, nues- tro redentor2 . La actitud fundamental del apóstol es, pues, de ministerio o servicio a la salvación, al misterio, a la revelación. Las derivaciones de esta línea básica se podrían concretar en tres: sentido de instrumen- to o humildad ministerial, asimilación del mensaje por la contemplación, ascética del predicador del Evangelio3 . A) SENTIDO DE INSTRUMENTO La humildad del apóstol podría calificarse de «sentido de instrumento». El Vaticano II habla de «Instrumentos vivos de Cristo Sacerdote» (PO 12), Si la humildad es la verdad, según la expresión te- resiana, para el evangelizador la verdad es la de ser «cooperador de Dios», quien «da el incremen- to» como y cuando quiere (1 Cor 3,6-9). Esta conciencia de instrumento hace del evange- lizador un servidor de la verdad. No se predica a 2 «La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina v las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (DV 2). s PABLO VI, M'.nsaie en el «Dominso mundhl H < - las r»: ': "- nes», 1975; véase Enseñanzas al Pueblo de Dios (Roma 1975) 353-358; A. PAVAN. La nuova figura del missionario, en Semina- rium 4 (1973) 1039-1064; Y. RAGUIN, Missionary spirituality (Manila. East Asian Pastoral Institute, 1972).
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    142 Principios ylíneas básicas sí mismo ni busca sus intereses. Tiene una espe- cie de «culto» a la verdad» que podría resumirse así: búsqueda, testimonio audaz, servicio genero- so. Es «la verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hom- bre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Pa- labra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni ios dueños, ni ios arbi- tros, sino los depositarios, los herederos, los servi- dores» 4 . El sentido de instrumento conjuga dos afirma- ciones básicas: «nada podéis sin mí» {Jn 15,5), «to- do lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13). Cuando parece que todo está perdido, el apóstol todavía siente la «fuerza» del Espíritu Santo que avuda a decir: «cuando me siento débil, es enton- ces cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10). La humil- dad apostólica va indisolublemente unida a la au- dacia y magnanimidad. Y esta misma humildad fun- damenta la esperanza y el optimismo del apóstol. El gozo de la esperanza en una victoria segura sólo nace de la fe profunda en la resurrección de Jesús. Y esta seguridad humilde existe en la medida en que, en los momentos de éxito, el apóstol se desliga de otras seguridades que no se apoyen en la fuerza del Espíritu Santo. B) ASIMILAR EL MENSAJE POR LA CONTEM- PLACIÓN El anuncio del mensaje evangélico no es la pro- clamación de una doctt-ina o reflexión humana, más Evang,elii nuntiandi 78, Actitud ministerial 143 o menos teórica, sino la proclamación de la Pala- bra de Dios. Para captar esta palabra no basta el esfuerzo de reflexión. Ni basta tampoco el estu- dio comparativo de las religiones o de los fenóme- nos religiosos. Quien anuncia el Evangelio debe ha- ber asimilado el mensaje o Palabra de Dios en el mismo tono en que Dios la ha manifestado: en diálogo (Dios habla y el hombre escucha). La ac- titud de oración es necesaria para captar la reve- lación. Esta actitud de diálogo con Dios hace del após- tol un testigo de algo asimilado o «contemplado» en el trato personal con él. Cuando San Juan co- mienza su primera carta, comunica algo que ha visto y oído: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y pal- paron nuestras manos sobre el Verbo de vida... os lo anunciamos» (1 Jn 1,1-3). La contemplación, para el apóstol, es una oración o diálogo con Dios que hace entrar en la intimidad con él, a modo de alguien familiar, «sentido» y vivido por la fe. Es una actitud de «unidad de vida». Ya no es la ora- ción de sólo unos actos concretos, sino la relación esponsal o de «consorcio». Por esto los apóstoles son llamados «los amigos del esposo» (Mt 9,15). La intimidad con Cristo es uno de los aspectos de esta contemplación del apóstol. Para anunciar las bienaventuranzas y el mandamiento del amor, el apóstol necesita haber llegado a esa «unidad de vi- da» (PO 14) que es una disponibilidad habitual como la caridad de Buen Pastor. Caridad pastoral y contemplación se postulan mutuamente como dos momentos fuertes de la vida del apóstol. La acti- tud de dar la vida se expresa tanto en las noches
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    144 Principios ylíneas básicas de oración como en las jornadas de predicación abierta del Evangelio. Cuando se evangeliza sin esta actitud de cari- dad y de contemplación, se corre el riesgo de con- fundir la evangelización con una acción meramente humana. No es posible predicar adecuadamente la revelación sin haber orado. El apóstol que no ora- ra se predicaría a sí mismo, sus opiniones y sus in- tereses. La falta de diálogo con Cristo produce una sensación de cansancio en la labor apostólica, a mo- do de derrotismo o de duda sistemática sobre la propia identidad. Por esto la predicación de la Pa- labra debe ser una consecuencia de la misión vivi- da en la contemplación y en la disponibilidad apos- tólica 5 . Esta exigencia de contemplación para evangelizar arranca de la misma vocación al apostolado. Parte integrante de la vocación del apóstol es «estar con él» (Me 3,14; Jn 1,39). Por esto Jesús define a los apóstoles como a quienes corren su misma suerte, como a parte integrante suya (Jn 17,10). Una de- finición descriptiva del apóstol puede ser ésta: «Vosotros daréis testimonio, porque desde el prin- cipio estáis conmigo» (Jn 15,27). La contemplación del apóstol incluye estos ele- mentos: seguir el ejemplo de Cristo, profundizar en la persona y misterio del mismo Señor, reflexionar sobre los acontecimientos de la vida a la luz del Evangelio, entrar vivencialmente en los planes sal- víficos de Dios sobre los hombres, comprometerse a decir el «Padre nuestro» con la fuerza del Es- píritu. ..6 5 SANTO TOMÁS, 2-2 q.188 a 7. 6 De sacerdotio mtnisteriah (Sínodo Episcopal de 1971), 2." par- te, 1,3; Constitución litúrgica 2; PO 13. Acttlud ministerial 145 C) L A ASCÉTICA D E L PREDICADOR D E L EVANGELIO La predicación del Evangelio compromete toda la vida y condiciona o polariza toda la persona. Por esto reclama una actitud de contemplación y de caridad pastoral7 . Predicar la Palabra supone dedicación al estu- dio, a la contemplación, así como una atención cons- tante a las realidades humanas en vistas a una apli- cación concreta del mensaje cristiano. Es, pues, una actitud «ascética» para estar pendiente de una rea- lidad viva. Es una atención vivencial comprometida que no puede reducirse a una especie de entrete- nimiento o «segunda» vocación. La ascética o espiritualidad del predicador del. Evangelio, si es auténtica, impide caer en el error de predicarse a sí mismo (2 Cor 4,5) o en el des- vío de asentar el propio dominio (2 Cor 2,14). Es una ascética que sitúa al evangelizador en una ten- sión equilibrada por descubrir cualquier matiz de la Palabra de Dios, siempre actual, como respues- ta a los problemas de los hombres. Es una postura de caridad pastoral que está siempre pendiente de los designios del Padre sobre cada hombre, espe- cialmente sobre los que todavía no conocen a Cristo. Esta espiritualidad del anuncio del Evangelio alienta a encontrar diversas maneras de comuni- car la Palabra, sin olvidar, como es lógico, el tes- timonio como parte integrante de la misma predi- ' D. BARSOTTI, Ministerio cristiano y Palabra de Dios (Sala- manca, Sigúeme, 1965); D. GRASSO, Teología de la predicación (Salamanca 1966).
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    146 Principios ylíneas básicas cación. De este modo, el evangelizador se hace transparencia del Evangelio. La manera de expresar el mensaje, la frase asi- milable e incisiva, se encuentra fácilmente cuando el predicador vive pendiente de la palabra de Dios, con una dedicación de toda la vida por medio de la práctica del llamado «radicalismo evangélico» o de las virtudes del Buen Pastor. La predicación, según San Pablo, condiciona toda la vida del apóstol. Espiritualidad misionera, para el apóstol, equivale a no saber nada más que a Cristo crucificado (1 Cor 1,22), para no desvirtuar la fuerza de la cruz (1 Cor l,17s). La perspectiva misionera de totalidad y de universalidad («predi- caron por todas partes», Me 16,20), supone des- prendimiento interior y exterior («lo dejaron todo», Le 5,10). El evangelizador sabe muy bien que la fe es un don de Dios y no un mero consentimiento susci- tado por la claridad, belleza o profundidad de una doctrina humana. El don divino de la fe viene por la predicación (Rom 10,14). Pero lo que ha de cuestionar al predicador es si su predicación es tal, es decir, un anuncio verdadero de la palabra de Dios y no de los propios criterios e intereses. La predicación anuncia un hecho salvífico: la muerte y resurrección de Jesucristo. La fuerza de la resurrección del Señor hace de la predicación un signo portador de gracia. Pero el testimonio y la santidad del evangelizador forman parte integran- te de este signo. La ascética del predicador es también una acti- tud de profundizar y anunciar todo el mensaje cristiano. El depósito de la revelación ha de anun- Actitud ministerial 147 ciarse en su totalidad, no sólo en el sentido de con- servación de unos datos, sino incluso en la búsque- da de respuesta a nuevos problemas suscitados en la vida de las personas y de las comunidades (2 Tim l,14s). Hay una tensión del mensaje cristiano que pone en vilo la vida del predicador: se anuncia un acon- tecimiento salvífico, se presencializa este mismo acontecimiento por medio de signos litúrgicos o eclesiales, se urge a una respuesta o compromiso personal y social. El predicador llama a la conver- sión y al bautismo o configuración continua con Cristo resucitado presente8 . Un aspecto de la misma ascética de predicar la Palabra es el esfuerzo por preparar en común la predicación dentro de una pastoral de comunión o de conjunto. Cualquier paso hacia la caridad o uni- dad entre los evangelizadores es un paso de efica- cia y, por ello mismo, supone el desprendimiento de criterios y de actitudes personalistas. El fruto de la predicación es casi siempre de largo alcance (Jn 4,37). Esta espera o «paciencia» apostólica es también parte de la ascética del pre- dicador del Evangelio. La esperanza cristiana da va- lor al presente en una perspectiva de futuro; si el futuro de resurrección en Cristo es cierto, los hitos de nuestro presente pueden ser oscuridad, contingencia, inseguridad y cruz. * Se debe hacer notar la relación estrecha entre la Palabra, los sacramentos y la comunión eclesial. Véase: LG 25; DV 7- ChD 12-16; PO 4; De sacerdotio minhteriali (Sínodo de 1971) 2.' parte, 1,1,
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    148 Principios ylíneas básicas 2. Anunciar el misterio de Cristo y de la Iglesia La salvación, el misterio, la revelación, etc., no son términos abstractos, sino que formulan un as- pecto de una realidad: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho nuestro hermano y redentor. El es el Salva- dor («Jesús»), el «misterio» o intimidad personal del Padre manifestada y comunicada (esplendor, imagen), la «Palabra» o Verbo encarnado. Pero esto implica, por su misma naturale2a, que el evangelizador o heraldo de la Buena Nueva ten- ga su vida centrada en Cristo como en «alguien» que ha acaparado su vida y le ha dado sentido. Se anuncia a Cristo para producir un encuentro de cada persona con él. Ahora bien, Cristo vive pre- sente resucitado, actuando bajo signos eclesiales. El misterio de la Encarnación se prolonga, de al- guna manera, en la Iglesia (LG 8). No hay evangelización si Cristo no es el centro del mensaje y de la vivencia tanto del evangeliza- dor como de los evangelizados. Tampoco hay evan- gelización sin los signos eclesiales que son portado- res de Cristo. A) CRISTO COMO CENTRO La polarización de la acción evangelizadora ha- cia Cristo es una señal de autenticidad. Hay orga- nizaciones internacionales que buscan algún aspec- to del progreso humano; su acción no es, de suyo, evangelizadora. Hay acciones «apostólicas» que tampoco pueden llamarse evangelización, aunque, de suyo, sean una colaboración al bienestar huma- no. Si Cristo no es el mismo meollo o raíz de la Anunciar el misterio de Cristo 149 acción apostólica, ésta no sería evangelización cris- tiana. No basta con usar el nombre de Cristo, su terminología e incluso un aspecto parcial de su doc- trina. Todas las épocas se han disputado el criterio de Cristo, como queriendo calificar de «cristiano» cualquier mesianismo, cualquier opinión, ideología o sistema. Pero Jesús no se identifica con esos me- sianismos parecidos a los que se resumen en las tres tentaciones después de su penitencia en el de- sierto. La reacción del Señor ante las concepciones mesiánicas de su época será siempre una llamada de atención para los evangelizadores9 . La acción evangelizadora de Jesús era indepen- diente, de hecho y de derecho, respecto a las opi- niones religiosas, políticas, sociales e incluso po- pulares de su época. La iniciativa de la evangeliza- ción parte de Dios y no tiene por qué supeditarse a un poder humano o a un factor de psicología de masas. En el momento de evangelizar se va captando y transmitiendo el sentido de Cristo en la medida en que se quiere correr su misma suerte de dar la vida. No se trata de agradar a los hombres, sino de seguir los planes salvíficos del Padre (2 Cor 12,15). En toda esta cuestión aflora un punto funda- mental que podría ser el punto de referencia para saber si la evangelización se ha hecho correctamen- te: que la persona de Cristo sea verdaderamente amada, conocida, centro de diálogo, fuente del amor radical a los demás y sosten de la propia entrega. Es decir, una acción evangelizadora o un movimien- 9 Cu Duyuoc, Crutología (Salamanca, Sigúeme, 1974)
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    150 Principios ylineas básicas to originado por la misma (un movimiento apostó- lico, pongamos por caso), debe tener como primer valor la persona de Cristo íntimamente vivido. Por esto, la falta de oración en la vida del apóstol es una señal evidente de que no se siguen las direc- trices de Cristo y de que, en realidad, no se evan- geliza, aunque se continúe poniendo el nombre de Jesucristo como etiqueta de una actuación. La figura de Pablo no tiene explicación si no es porque Cristo aparece en el transfondo de su ha- blar, vivir y actuar. En cada página de sus escritos o en cada momento de sus actuaciones, aparece continuamente la persona de Cristo como alguien cuya intimidad da sentido a la vida apostólica. Cada una de sus afirmaciones es un reto para la revisión de vida del evangelizador: — «sé de quién me he fiado» (2 Tim 1,12). — «mi vida es Cristo» (Flp 1,21). — «es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). — «no sé nada más que a Cristo crucificado» (1 Cor 2,2s). — «todo lo tengo por basura, si puedo conse- guir a Cristo» (Flp 3,7s). — «soy buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15). — vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Actuar en el apostolado según los criterios y la escala de valores de Cristo, supone necesariamente una postura habitual de meditación de la Palabra y de intimidad frecuente con Cristo, como parte intearante del mismo apostolado y como razón de ser del mismo apóstol, Anunciar el misterio de Cristo 151 B) LA IGLESIA COMO COMUNIÓN El Vaticano II presenta la humildad y la obe- diencia del evangelizador en una línea ministerial de «sentido de Iglesia». Lo que se dice en Presby- terorum Ordinis 15, sobre los sacerdotes ministros, podría aplicarse a cualquier apóstol, precisamente en cuanto es enviado por la Iglesia: «El ministerio sacerdotal, por el hecho de ser ministerio de la Iglesia misma, sólo puede cumplir- se en comunión jerárquica con todo el Cuerpo». El sentido de comunión eclesial es el fundamen- to de la propia unidad de vida y del signo de uni- dad que debe existir en el grupo de los evangeli- zadores: «la unidad de la propia vida se encuentra en la unidad misma de la misión de la Iglesia» (PO 15). Por esto la formación en el apostolado debe ser un «imbuirse en el misterio de la Igle- sia» (OP 9). La acción evangelizadora incluye, como parte in- tegrante, la comunión eclesial. La misión del após- tol es la participación en la misma misión de Cristo y en la vivencia de la misma: «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25). Actuar en comunión con la Iglesia supone sufri- miento. Cualquier instrumento humano de gracia es, al mismo tiempo, causa u ocasión de sufrimien- to para otros. Así se participa en el sufrimiento de Cristo, que caminó hacia «la hora» del Padre a través de circunstancias dolorosas (para él y para los que convivían con él). Convivir, colaborar, re- conocer a los demás como instrumentos de gracia, como necesarios colaboradores, etc., es una conse-
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    112 l'nmip/ns Vlineas básicas cuencia del mandamiento del amor o su concreti- zación necesaria. Esta comunión eclesial se concreta todavía más cuando el sufrimiento viene de la misma Iglesia, no sólo por servir a la Iglesia. Ello es una ocasión o medio de purificación para penetrar en la natura- leza íntima de la Iglesia peregrina (o Iglesia de los «pobres»). Los roces no se originan por la esencia misma de la Iglesia, sino por el pecado existente en todo miembro de la misma, que hace sufrir y que sufre. El sufrimiento que proviene de parte de los que ostentan la autoridad (jerarquía), no es menor que el que se origina de parte de otros evan- gelizadores (colaboradores o inferiores). Así se par- ticipa en la inmolación de Cristo 10 . No siempre tiene la Iglesia soluciones inmedia- tas. Debe orar, estudiar, consultar, colaborar n . Se podría excogitar una solución genial o técnica; pero si esta solución fuera al margen de la comunión, sería un signo no eclesial y, por tanto, estéril. El sufrimiento del evangelizador hace buscar siempre, dentro de la comunión, una solución que aleje tan- to de la pasividad como de la rebeldía o de la ex- travagancia. En la exhortación apostólica Mctrialis cultus, el papa Pablo VI pidió que se estudiara la acción del Espíritu Santo en el mundo actual n . La misma in- 10 H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia (Bilbao, Desclée). 11 La Iglesia es «santa y necesitada de purificación» (LG 8). Su condición de peregrina hace que no siempre pueda dar inme- diata respuesta a todos los problemas (GSp 43). 12 Exhortación apostólica Marialis cultus: AAS 66 (1974) 113- 168; véase el número 27: «A Nos corresponde exhortar a todos, en especial a los pastores y a los teólogos, a profundizar en la reflexión sobre la acción del Espíritu Santo en la historia de la salvación .. De tal reflexión aparecerá, en particular, la misteriosa relación existente entre el Espíritu de Dios y la Virgen de Na- zaret, así como su acción sobre la Iglesia». Anunciar el misterio de Cristo 153 vitación se repite en EvangelH nuntiandi, al hablar de la evangelización actual B . Pero la acción del Espíritu Santo pasa siempre a través de signos po- bres de Iglesia peregrina. La espiritualidad del evangelizador consiste en una búsqueda de esta acción carismática, con fide- lidad de inmolación y de dedicación. La inmola- ción viene normalmente del roce con los demás hermanos que también quieren y deben colaborar (aunque de diverso modo) en la acción apostólica. La dedicación supone estudio y oración. Esta espi- ritualidad lleva al convencimiento de que la efica- cia del apostolado no estriba tanto en la genialidad de los medios cuanto en la caridad de comunión que se expresa aceptando activamente los signos nobres de Iglesia como portadores de la acción del Espíritu. La vivencia de «signos eclesiales», como epifa- nía y comunicación de Dios en Cristo, es un «sen- tido de Iglesia» que enciende el celo misionero de implantarla o de establecer los signos de la presen- cia y del actuar de Cristo resucitado. A veces se pierde o se infravalora este sentido de implantar la Iglesia por haber entendido esta acción algo así como una expansión jurídica o hu- mana. Pero el tema es mucho más profundo y teo- lógico. En efecto, los signos eclesiales son como la prolongación de Cristo, sirven para proclamar el Evangelio, incorporar a Cristo, perfeccionar la vida cristiana hasta la plenitud en Cristo. Sin una vida de intimidad con Cristo, el evange- lizador corre el riesgo de convertir los signos ecle- siales en signos estériles o vacíos. Para que exista 13 Evanzelii nuntiandi 75.
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    154 Principios ylíneas básicas este sentido de Iglesia que hace vivir los signos como epifanía de Cristo, se necesita un amor a la Iglesia aprendido en la imitación de María, que fue siempre fiel a la palabra de Dios: «El amor a la Iglesia se traducirá en amor a María y viceversa... No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María» 14 . La fidelidad de la humanidad a la palabra de Dios encuentra un signo eficaz en la fidelidad de la Iglesia, que está a la «escucha continua de la Pa- labra» 15 . La humanidad ve en la Iglesia, personi- ficada en María, el sentido de su existir histórico: «a partir del 'fiat' de la humilde esclava del Señor, la humanidad comienza su retorno a Dios» 16 . Esta realidad eclesial-mariana es un aliciente para una acción evangelizadora en el mundo contemporá- neo, que, a pesar de su tendencia hacia el materia- lismo, siente cada vez más la llamada del más allá. 3. Discernimiento y fidelidad a los «signos de los tiempos» El tema de los «signos de los tiempos» ha sido explicado anteriormente. Se ha analizado el signi- ficado teológico, la actualidad, signos principales, la importancia, y se ha hecho alusión a la biblio- grafía de mayor interés para la evangelización 17 . La invitación de la exhortación apostólica Evan- uelii nuntiandi a descubrir la acción actual del Es- píritu Santo en el campo de la evangelización, no 14 Marhalis cultus 27. 15 Ibid., 15. 16 Ibid., 28. 17 Véase el c.I n.ll, así como la bibliografía de la nota 44 del mismo capítulo Los «signos de los tiempos» 155 es sólo una cuestión técnica o de estudio académi- co, sino principalmente un problema de fidelidad personal. Es decir, nos encontramos básicamente ante un problema de espiritualidad misionera 18 . Auscultar, discernir e interpretar los signos de los tiempos es, a la vez, un acto ministerial o fun- ción específica del apóstol y una actitud fundamen- tal que acompaña a la persona del evangelizador 1Q . Discernir y ser fiel a los signos de los tiempos equivale a descubrir y seguir unos signos de la vo- luntad salvífica de Dios, a través de acontecimien- tos juzgados a la luz de la Palabra revelada20 . Pastores y fieles disciernen y siguen los signos de los tiempos en vistas a una evangelización ade- cuada. Cada uno tiene una misión que se comple- menta con la misión de los demás. La acción minis- terial del pastor necesita la aportación de quienes viven en las estructuras humanas a modo «de fer- mento y de quienes son, en su vida, un signo de escatología. Este sentido de comunión es fundamen- tal para descubrir y seguir los signos de los tiem- pos (PO 9). La docilidad a los signos de los tiempos viene a ser una parte integrante de la obediencia del após- tol (PO 15). Pero estos signos se identifican con personas y acontecimientos que pueden recibir in- terpretaciones opuestas. De ahí la necesidad de un 18 Evangelii nuntiandi 75. En el c.VII explicaremos el tema de la fidelidad al Espíritu Santo. 19 «Es propio de todo el pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpre- tar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nues- tro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra divina, a fin de que la verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor enten- dida y expresada en forma adecuada» (GSp 44). 20 Los principales textos del Vaticano II sobre los signos de los tiempos son: GSp 4.11.33; Constitución litúrgica 45; PO 6.9.15.17.18; DH 15; UR 4.
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    156 Principios ylíneas básicas corazón limpio por el desprendimiento para acer- tar en la interpretación (PO 17). No hay interpre- tación acertada cuando no se ha profundizado, es- pecialmente con la oración y con la palabra de Dios vivida en la Iglesia e interpretada por el Magis- terio (PO 18). Sólo una espiritualidad profunda capacitará al evangelizador para acertar en la interpretación y en la fidelidad a los signos de los tiempos como signos de historia de salvación y como signos de la volun- tad divina en la marcha de esta misma historia. El sentido de Iglesia, que caracteriza a todo evan- gelizador, hace poner la confianza más en la pala- bra de Dios que en el mismo acontecimiento inme- diato interpretado a la luz de una filosofía de la his- toria. Para el evangelizador cristiano, sólo son he- chos irreversibles aquellos que han nacido de la caridad. Un acontecimiento de aparente fracaso o de aporía puede ser un signo de los tiempos. Los acontecimientos son signos de los tiempos cuando pueden cobijarse a la sombra de la cruz en espera de la resurrección. Una opinión o un acontecimien- to valorados según la sabiduría humana, pueden ser simplemente un espejismo contrario a los signos de los tiempos. La acción salvífica de Dios, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, así como en la historia de la Iglesia, se ha manifestado a través de una sabi- duría que es distinta (si no contraria) a la sabidu- ría de los hombres. Una mentalidad opuesta al Evangelio llevaría a considerar los acontecimientos como irreversibles o como fuente absoluta de ver- dad y de acción zl . 21 CH. MOEIXER, Mentalidad moderna y evangelizarían (Barce- lona, Herder, 1964). testigos de la presencia de Dios 1^7 La espiritualidad del evangelizador, en cuanto a los signos de los tiempos, se podría calificar de es- piritualidad de acontecimientos, es decir, espiritua- lidad que hace de los acontecimientos objeto de oración y de entrega pastoral: toma los aconteci- mientos, los ilumina con la palabra de Dios (para descifrarlos), los convierte en diálogo con Dios (para poder ser fiel a sus designios) y los traduce en compromiso concreto de caridad. La oración del evangelizador tiene esta base de acontecimientos históricos, como puede verse en el transfondo de los salmos y, especialmente, en la oración de Cristo Sacerdote que sigue «la hora» del Padre. Ahí está la clave para descifrar y seguir los signos de los tiempos: juzgar los criterios y acontecimientos de cada época a la luz de «la hora» del Padre, es decir, del misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús22 . 4. Testigos de la presencia y de la experiencia de Dios Nuestra sociedad, por sus especiales característi- cas, necesita ver y encontrar personalmente testi- gos vivenciales de la presencia de Dios. Estos tes- tigos, por su rica sensibilidad (que es obra de la gracia), son portadores de una experiencia de en- cuentro con Cristo resucitado23 . Evangelizar querrá decir, para nuestra sociedad, enseñar a leer, en el «silencio» de unos signos y acontecimientos pobres, la presencia y la cercanía de Dios. Ello sólo es posible a la luz del encuentro 22 Los signos de los tiempos o frases equivalentes en los evan- gelios: Mt 16,3; 24,32; 7,15-20; Le 12,54-56; 19,41. San Juan emplea la frase «la hora del Padre»: Jn 2,4; 12,23; 7,30; 8,20. 23 Véase el c.I n.10; Evangelii nuntiandi 76.
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    158 Principios ylíneas básicas con Cristo resucitado, por la esperanza y caridad. Los evangelizadores han de presentar la experien- cia de haber encontrado a este «Dios con nosotros» (Etnmanuel) en lo que aparentemente es sólo si- lencio y ausencia de Dios¿4 . Los movimientos actuales de interioridad y de espiritualidad—dentro y fuera del cristianismo— son una de tantas pruebas de la búsqueda del Ab- soluto. Pero esta búsqueda se reduciría simplemen- te a un ejercicio más o menos religioso, ascético y psicológico, si la evangelización cristiana no presen- tara la experiencia de un Dios Amor que nos ha dado a su Hijo. La autenticidad de una creencia religiosa se mide por la capacidad de silencio y de diálogo con Dios. En el cristianismo, tal diálogo y tal silencio equi- valen a entrar en la intimidad de Dios Amor, y se desenvuelven en un proceso de hacerse disponible para amar. Es un proceso de «unidad de vida» que polariza todas las virtualidades de nuestro ser ha- cia un «Padre nuestro» pronunciado juntamente con todos los hermanos, en el Espíritu Santo, por Cristo, en marcha hacia la casa del Padre. Con esta experiencia de Dios Amor, el evange- lizador cristiano puede salvar, a la larga, todas las huellas que el mismo Señor ha ido dejando en cada una de las culturas, religiones, pueblos, como pre- parando un encuentro definitivo con Cristo. El evangelizador que no pudiera presentar su propia experiencia de Cristo, como hace San Juan en la primera carta, decepcionaría a tantas perso- nas de buena voluntad que buscan a Dios. Pero esta experiencia cristiana no es una especie de con- B. JIMÉNEZ, Dios y el hombre (Madrid, FUE, 1973). Testigos de la presencia de Dios 159 quista psicológica que se puede expresar con pala- bras; es, más bien, una experiencia que sobrepasa la razón, los afectos y los sentimientos; propia- mente son los demás los que pueden ver, en la vida del evangelizador, que verdaderamente sus gestos son una experiencia de un encuentro con Cristo re- sucitado presente. La experiencia cristiana se llama fe, esperanza y caridad25 . La actitud cristiana de reaccionar amando o de dedicar la vida a un campo de caridad, son una señal de haber adquirido una experiencia de Dios Amor que supera las manifestaciones psicológicas y las exposiciones teóricas. La experiencia de Dios Amor es trascendente. Se puede constatar en los resultados de una vida que refleja algún destello de Dios. Pero la persona que ha adquirido esta ex- periencia tiene más bien la convicción de la propia pobreza. De ahí el atractivo de los santos, que son un amasijo de humildad y de grandeza. Esta expe- riencia supera cualquier barrera o dificultad que se interponga en el camino de la evangelización. La experiencia cristiana de Dios es siempre una referencia a un «más allá». Las etapas de esta ex- periencia, aunque sean dones auténticos de Dios, dejan siempre la convicción de que «todavía no» son el mismo Dios. Esta experiencia cristiana del apóstol hace des- cubrir cualquier huella de Dios, incluso en las reli- giones no cristianas. Todo habla de Dios. Pero «to- davía no» es la manifestación de Dios en Jesucris- to su Hijo u . " Véase el c.II n.3, D. 26 DOM LE SAUX, lazeste hindnu, Mvstique chrétienne, áu Vedante a la Trinité (Paris, Centurión, 1965).
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    160 Principios ylíneas básicas 5. Signos de esperanza y de bienaventuranza El evangelizador cristiano se caracteriza por su autenticidad y transparencia. La esperanza en una resurrección final y la actitud evangélica de «bien- aventuranzas», debe manifestarse en la vida del apóstol, a pesar de las limitaciones humanas. La esperanza cristiana tiene dos facetas: la ten- sión hacia una plenitud en Cristo según los planes salvíficos de Dios y la 'confianza en la acción del Espíritu Santo 2! . El apóstol cristiano ha aprendido la cercanía de Dios Amor en las circunstancias humanas de di- ficultad y de pobreza. Todas las cosas llevan el ger- men de una restauración total en Jesucristo resuci- tado. De ahí nace la tensión o marcha eclesial hacia un final o encuentro definitivo de toda la humani- dad con Dios. Al mismo tiempo, en las limitacio- nes humanas se descubre la presencia de Cristo, que es el Verbo encarnado, protagonista de la his- toria humana. De ahí nace la confianza del apóstol, a pesar de las dificultades personales y ambienta- les; la propia flaqueza se convierte en fuerza evan- selizadora cuando existe la conciencia de esta debi- lidad y de la acción de' la gracia. De esta tensión, que busca un más allá hacia el que apunta el presente, y de esta confianza en la acción del Espíritu Santo, nace la alegría del evan- gelizador. Por esto el apóstol es portador de la ale- aría pascual, que es, por ello mismo, salvífica o li- beradora. Los testigos tristes no serían testigos de 27 T GALOT, Le mvtfrre de ¡'esperance (Paris, Lethielleux. 1973V R LAURFNTIN. Nouvelles dimenúons de ¡'esperance (París, Cerf. 1972); B. MONDIN, J teolo&i della speranza (Bologna, Borla, 1974). Signos de esperanza y bienaventuranza 161 la Buena Nueva. Una búsqueda que no fuera segu- ridad en Cristo, sería más bien una actitud estéril que siembra dudas sobre la identidad cristiana. La cumbre de la acción evangelizadora es pre- sentar un signo del sermón de la Montaña o de las bienaventuranzas. Una señal de haber alcanzado al- gún grado de esta perfección predicada por Cristo, es el gozo del apóstol o su vida de esperanza como expresión de su fe y como camino hacia la caridad. La fe y la esperanza, que son ya un encuentro inicial con Cristo, van dejando paso, cada vez más, a la realidad de transformación en el mismo Cristo por la caridad. Cuando la caridad sea perfecta, la fe y la esperanza habrán cumplido su cometido y dejarán de existir. Pero esta perfección no existe en esta tierra, antes de la visión y posesión de Dios. Por la fe y la esperanza, el apóstol va adentrán- dose más en la línea del sermón de la Montaña hasta ser un signo y estímulo de la caridad, es de- cir, sal y fermento de la nueva ley del Espíritu o del mandamiento del amor. Se evangeliza en la me- dida en que el apóstol se hace disponible para amar. Cuando el apóstol vive esta realidad evangélica, en el contacto con los demás hombres, se hace «olor de Cristo» (2 Cor 2,15), epifanía de Dios Amor. La vida de esperanza cristiana es, principalmen- te para el apóstol, un ir dejando todo para dar paso a la entrega a Dios v a los hermanos. Es una espe- cie de reculación de la escala de valores cuvo pri- mer valor es Dios y sus planes de salvación uni- versal en Cristo. No se predica la esperanza cristiana sino en la Espiritualidad misionera 6
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    162 Principios ylineas básicas medida en que se vive orientando toda la vida hacia la resurrección final. Sólo entonces se descubre el valor del presente y de las realidades terrestres, así como la posibilidad de cambiar en actitudes de ca- ridad las circunstancias humanas de dificultad y de dolor. Esa es la línea del «sed perfectos como vues- tro Padre celestial», que viene a ser el resumen del sermón de la Montaña (Mt 5,48). La esperanza cristiana es una convicción de que siempre se pue- de hacer lo mejor de nuestra vida: amar. Sólo a la luz del Evangelio, que predica y testimonia el após- tol, se puede encontrar el sentido de la vida y de la historia humana. La vocación apostólica es, pues, una vocación «martirial» o de testimonio: hacerse disponible para amar como el Buen Pastor, hasta dar la vida según los planes salvíficos del Padre. La respuesta al «sigúeme» de Cristo entraña esta vocación mar- tirial de dejarlo todo para dedicar la vida a una caridad sin fronteras (Jn 21,19). 6. Actitud apostólica ante el misterio de la conversión El apóstol se encuentra continuamente ante un misterio: la conversión. Este misterio tiene dos fa- cetas: la acción de la gracia y la colaboración libre de la persona humana. Esta realidad hace sufrir es- pecialmente porque el fruto de una acción apostó- lica no siempre es inmediato, claro y permanente. El hecho tiene sus aplicaciones especiales cuando se trata de la conversión a la fe cristiana. Podemos especificar algunos momentos de con- versión: del paganismo a la fe, del pecado a la gra- Actitud apostólica 163 cia, de la vida ordinaria a la vida de perfección, etc. Todo ello supone un cambio profundo en el «con- vertido» y, especialmente, un don de Dios. La co- laboración del apóstol en este campo se traduce or- dinariamente en una actitud de humildad, de perse- verancia, de sufrimiento, de esperanza. A) LLAMADA AL «BAUTISMO» Y A LA «CONVERSIÓN» El apóstol cristiano llama a un «bautismo» o a un proceso de configuración con Cristo. De hecho, Jesús envió a los apóstoles con el mandato de bau- tizar. Es un mandato que urge, por encima de las opiniones sobre la misión y la evangelización (Mt 28,19). La Iglesia ha sentido y seguido siem- pre este mandato urgente, a pesar de las limitacio- nes personales y estructurales. En el sacramento del bautismo, instituido por Jesucristo, se actualiza y hace patente la conversión y se recibe el Espíritu Santo, a modo de «agua viva» que hace penetrar en la vida íntima de Dios (Jn 4,10s); 7,37-39). Esta realidad bautismal comienza con el rito-sa- cramento del bautismo, pero es una tarea de toda la vida que compromete tanto al bautizado como al apóstol. Los textos bíblicos hablan de marca o sello del Espíritu Santo (Ef 1,13), vestirse de Cris- to (Gal 3,27), nueva creación, injerto en Cristo (Rom 6,2-11), regeneración o nuevo nacimiento (Jn 3,5), etc. Se trata, pues, de un proceso de configuración con Cristo y que tiene como punto de partida prin- cipalmente el momento de recibir el sacramento.
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    164 Principios ylineas básicas Es un proceso de pensar como Cristo (fe), vivir su misma escala de valores (esperanza), reaccionar amando como él (caridad), actuar concretamente se- gún su doctrina y mandamientos (virtudes), etc. Y este proceso no termina nunca en esta vida, sino que es una llamada continua de conversión hacia una plenitud de vida en Cristo que sólo se dará efl el más allá. La palabra «penitencia» significa «conversión» (metanoia), como un proceso de «cambio» para transformarse en Cristo. Es una disponibilidad de cambio de «mente» y de vida. Conversión y bau- tismo se complementan o postulan mutuamente. Jesús llama a la «conversión» (Me 1,15) y envía a los apóstoles para predicar la conversión y el bau- tismo (Le 24,47). El primer sermón de San Pedro, después de recibir el Espíritu Santo en Pentecos- tés, es una pauta permanente de predicación; des- pués de anunciar que Cristo, el Hijo de Dios, ha muerto y ha resucitado para nuestra redención, hace una llamada al bautismo y a la penitencia o con- versión (Act 2,38). Este proceso de conversión y de bautismo sig- nifica también adquirir una actitud filial para con Dios y fraternal para con los hermanos (Mt 18,3). Los medios de conversión son: ayuno o sacrificio, limosna u obras de misericordia, oración, etc. Pero estos medios no pueden convertirse en fin y, por tanto, no son la «penitencia» o conversión; son medios y signos manifestativos28 . 28 Los diccionarios de teología bíblica aportan material abun- dante en las palabras «conversión» (metanoia, penitencia) y «bautismo». Actitud apostólica 165 B) ESPIRITUALIDAD MISIONERA ANTE LA CONVERSIÓN La espiritualidad del apóstol ante la conversión es un aspecto de la vivencia del misterio de Cristo, en el sentido de experimentar este mismo proceso de conversión en sí mismo compartiéndolo con los demás. Ha de hacerse todo para todos, compren- diendo la dificultad de cada uno. La conversión no depende, en última instancia, de la acción del apóstol, sino principalmente de Dios que da la gracia. El apóstol es un «instrumen- to vivo» o colaborador querido por Dios (PO 2). No se pueden quemar etapas, ni forzar o violen- tar. Tampoco se puede perder ninguna ocasión para hacer transparente y actuante la gracia. La espiri- tualidad del apóstol ante la conversión es una ac- titud de mediador, testigo, intercesor. El misionero o apóstol «ad gentes» acompaña al neófito—o persona que está realizando una conver- sión—siguiendo las huellas pedagógicas que Dios ha dejado en esa misma persona, en la cultura o re- ligión que le rodea. Pero ello ha de ser sin caer en el engaño de pensar que todo es bueno. La gracia de Dios ha ido preparando la conversión, pero el egoísmo humano ha dejado también sus huellas que hay que descubrir y superar. El primer momento de la conversión produce alegría, incluso euforia. Pero luego sucede un se- gundo tiempo difícil, al descubrir los defectos de los cristianos (defectos «de la Iglesia»), al tener que superar dificultades nuevas en la propia familia o cultura y al constatar que quienes viven en pues- tos de responsabilidad eclesial no son tan santos
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    166 Principios ylíneas básicas como deberían ser. El apóstol debe acompañar con- tinuamente a los neoconversos, para llegar a adqui- rir una madurez en la que se constata con mayor profundidad la realidad sobrenatural de la Iglesia. El cambio o conversión debe ser «radical», en el sentido de que el paso al cristianismo no es un paso más o un grado más de una evolución desde una religión distinta. Se trata de un paso hacia el infinito: hacia el misterio de Cristo conocido y vi- vido explícitamente. La actitud del converso debe ser algo que arrai- gue en lo más hondo de las actitudes y motivacio- nes. De ahí que el catecumenado debe formar más bien en este sentido de tomar, con la ayuda de la gracia, una decisión relativamente madura. No bas- ta con una formación teórica. Si no hubiera un cambio profundo en el interior, la conversión sería sólo un barniz superficial. En la conversión nunca se llega a una perfección absoluta. El cristiano se va convirtiendo para «bau- tizarse» en Cristo cada vez más. La actitud espiri- tual del apóstol es la de no contentarse con tener unos cuadros u organizaciones perfectas, sino que ha de llegar a conducir a las personas concretas por el mismo camino de la vida en Cristo. Sólo este objetivo puede llenar vivencialmente la persona del apóstol29 . 29 G. BAEDY, La conversión au cbnstianisme durant les premiers siécles (Paris, Aubier, 1947); Y. RAGUIN, L'Esprit sur le monde (Paris, Desclée, JSVS), deuxiéme partie, 8 (face au mystére de la conversión); A. SF.UMOIS, Conversión chrétienne, en Apostolat, structure théoloilaue (Rome, Université Pontificale «De Propa- ganda Fide» 1961) c.IX. VI. ACTITUDES CONCRETAS DE «VIDA APOSTÓLICA» S U M A R I O Presentación: La «vida apostólica». 1. Líneas bíblicas y conciliares de la «vida apos- tólica». A) Línea de «éxodo»: dejarlo todo. B) Línea de escatología: abrir nuevos caminos. C) Línea «proíética»: anunciar el Reino. D) Signo personal de Cristo. 2. La figura espiritual del apóstol. A) Dimensión de universalidad. B) Fraternidad apostólica. C) Generosidad evangélica. D) Espiritualidad en el ejercicio del apostolado. 3. Las virtudes concretas del Buen Pastor. A) Las virtudes de la cercanía al hombre con- creto y a los acontecimientos. B) La caridad pastoral. C) Obediencia y «vida apostólica». D) La virginidad como signo de la caridad pas- toral. E) La pobreza y la «vida apostólica».
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    PRESENTACIÓN La «vida apostólica» Cuandose ha querido renovar la entrega gene- rosa del apóstol a su vocación específica, se ha ha- blado siempre de «vida apostólica», es decir, de vida según la doctrina y los ejemplos de los após- toles *. El estilo apostólico de cada época se encuentra a través de una profunda inserción en los proble- mas que suscita la evangelización, pero con la dis- ponibilidad del Buen Pastor. No es posible asumir verdaderamente los problemas reales sin esta dis- ponibilidad evangélica. Las gracias de Dios son tam- bién nuevas luces y mociones para redescubrir al- guna faceta de la disponibilidad de Jesús enviado por el Padre para salvar a todos los hombres. Los textos bíblicos básicos a los que siempre se ha hecho alusión al hablar de la «vida apostólica», son éstos: Jn 10 (la doctrina sobre el Buen Pastor); Me 6,7-13 y paralelos (el envío de los apóstoles); Act 20,18-26 (discurso de San Pablo en Mileto); 1 Pe 5,1-5 (carta de San Pablo sebre el pastoreo)2 . La impronta de los apóstoles se ha ido reprodu- ciendo en las figuras misioneras de la historia. No resulta fácil resumir en unas pocas palabras las lí- neas básicas de esta impronta o de este estilo apos- tólico. Las líneas bíblicas de la «vida apostólica» se van profundizando y actualizando durante la 1 1 Cí.Vida de San Agustín, escrita por Posidio, c.5. San Agus- tín vivía «según el modo de la regla establecida por los santos apóstoles». Véase I. EM LOZAMO, Ve vita apostólica apud canó- nicos, en Commentarium pro Religiosis 52 (1971) 193-210. 2 Otros textos, con un breve comentario, en J. ESQUERDA, Nos- otros somos testigos (Salamanca, Sigúeme, 1974) c.3, Líneas bíblicas y conciliares 169 historia eclesial, que es historia de evangelización. El Vaticano II puede ser el punto de referencia para constatar cuál es la aplicación actual de este estilo apostólico. Partiendo de estas líneas bíbli- cas y conciliares, vamos a intentar describir la fi- gura espiritual del apóstol de hoy, subrayando las virtudes concretas de mayor importancia. 1. Líneas bíblicas y conciliares de la «vida apostólica» A ) LÍNEA DE «ÉXODO»: DEJARLO TODO La llamada a la misión indica siempre una línea de éxodo o de disposición para cumplir la misión del Señor dejándolo todo. Es la respuesta de los apóstoles al «sigúeme» de Jesús (Mt 4,19s). Y es la postura de Pablo, que se llama a sí mismo «se- gregado para el Evangelio» (Rom 1,1) porque no quiere condescender con la carne ni con la sangre (Gal 1,16). La misión, en su sentido pleno, incluye una dis- ponibilidad inicial de desprendimiento que se irá aplicando a los momentos sucesivos de la vida del apóstol. Dejar la patria, la familia, las comodidades, etc., para dedicarse plenamente a la misión no es sólo el hecho de marchar a tierras lejanas para no volver más, sino principalmente la disponibilidad de arries- garlo todo si la misión lo exigiera. El sentido misionero del apóstol existe en la medida en que éste viva la disponibilidad apostó- lica de dejarlo todo. La caridad pastoral es la dis- ponibilidad de «no tener donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).
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    170 «Vida apostólica» Elapóstol es un gesto o una transparencia de la caridad del Buen Pastor. Por esto su vida de en- trega y de desprendimiento es un signo y estímulo de la caridad. Las vocaciones apostólicas se dan en la medida en que exista esta disponibilidad de éxodo en los apóstoles. Una vida de «radicalismo evangélico», dentro de la sencillez de la vida de Jesús, es siem- pre fuente de vocaciones apostólicas 3 . B) LÍNEA DE ESCATOLOGÍA: ABRIR NUEVOS CAMINOS En la vivencia de la misión hay un aspecto de escatología o de abrir camino, en marcha hacia un más allá desconocido. Es como la respuesta de Pe- dro al último «sigúeme» del Señor (Jn 21,19). Ade- más de dejarlo todo, hay que emprender una mar- cha peregrinante que no tiene lógica humana por- que no se basa en ventajas inmediatas. Es la acti- tud de Jesús que tenía que ir a «otra ciudad» (Mt 10,23). Los designios del Padre llevan al após- tol a dar un testimonio que puede ser el del «mar- tirio». El apóstol, después de un período inicial a veces heroico, corre el riesgo de instalarse con la excusa de que tiene que fundamentar la obra comenzada. Paulatinamente se cae en el olvido de los campos que quedan por evangelizar. Sin la actitud de esca- tología o de abrir nuevos caminos, se retrasa de- masiado el poner en manos de apóstoles nativos las obras iniciadas. Se necesita mucho discernimiento para acertar 3 Mt 4,19-20; Le 10,3-4; Jn 12,24; Rom 1,1; Act 20,33 2 Cor 11,7; Mt 10,8; Gal 1,15-17; Heb 3,9. Líneas bíblicas y conciliares 171 en la elección: hay otras ovejas que conviene evan- gelizar (Jn 10,16). El mejor medio de acertar es la disponibilidad de dejarlo todo para emprender nue- vas empresas apostólicas. Esta misma disponibili- dad, si es auténtica, hará que el apóstol se quede por espíritu de sacrificio para acabar de perfeccio- nar lo comenzado. «Instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10) tiene sentido de universalidad y de «escatología» o de marcha hacia una plenitud de restauración fi- nal. La fisonomía propia del apóstol o misionero es la de «ir», en el sentido de estar siempre dispuesto para emprender un nuevo camino. Es una dinámi- ca de plenitud o de totalidad por la que se busca que todo y todos lleguen a la perfección en Cristo. El verdadero apóstol deja siempre el campo pre- parado para futuros evangelizadores. Es un senti- do de Iglesia peregrina que comunica la capacidad de descubrir nuevos campos de evangelización y nuevas situaciones que reclaman la presencia del apóstol '. C) LÍNEA «PROFÉTICA»: ANUNCIAR EL REINO La línea «profética» o de «visión» de los signos de la actuación salvífica de Dios hace descubrir las huellas de Cristo en cualquier sector humano o en cualquier persona. Son huellas que urgen a un en- cuentro definitivo. Cuando llega el apóstol a un sector todavía sin evangelizar, no comienza de cero, sino que encuen- " LG c7. Véase Le 4,42; Tn 10,16, 15,16, Act 5,42; 2 Cor 5,14; Act 10,38; 12,17; 13,4; 20,22-24; Rom 1,14; Gal 4,19, Ef 6,14-15.
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    172 «Vida apostólica: trahuellas de la gracia de Dios como preparación para el Evangelio. Estas huellas son una invitación y una urgencia a un desarrollo hasta la explicitación cristiana. La línea profética es, pues, una sensibilidad pa- ra descubrir las huellas de preevangelización; pero es también una capacidad de adivinar el camino pe- dagógico que hay que seguir hasta la fe explícita. Sería como el descubrir los «signos de los tiempos» en un momento y en una geografía concreta. El sentido profético de la misión es también una sensibilidad y una predilección por el primer anun- cio del Evangelio «a las gentes». También es un sentido de totalidad en la evangelización: a todo hombre y al hombre en toda su integridad. Con este sentido profético de la misión, por en- cima de explicaciones sobre la conveniencia o no de evangelizar a un pueblo, se siente el mandato urgente del Señor: «Seréis mis testigos... hasta los últimos confines de la tierra» (Act 1,8). La línea profética de Jesús es la de llamar a un proceso de «cambio» o «penitencia»5 . El primer anuncio profético de Pedro, después de recibir el Esoíritu Santo en Pentecostés, se resume en estas palabras: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos...» (Act 2,32). Es el mismo acto profético de Pablo en el corazón de la cultura griega (Act 17,31). Pero todo profeta de Cristo debe experimentar el mismo rechazo, co- mo cuando el Señor predicó sobre la eucaristía o se presentó como profeta en Nazaret para predicar a los pobres. El sentido profético ayuda a descu- 5 Mt 4,17; Me 1,15; Mt 3,2; Le 24,47. El tema de la evange- lización lo hemos estudiado en el c.III. Líneas bíblicas y conciliares 173 brir en este «fracaso» la fuerza de la cruz, es de- cir, k resurrección o la fecundidad apostólica 6 . D) SIGNO PERSONAL DE CRISTO En una línea de Iglesia «sacramento universal de salvación», el apóstol puede ser considerado como una concretización de esta sacramentalidad ecle- :sial. Por esto se puede llamar «signo personal» de Cristo, en cuanto que es enviado por él, le repre- senta, obra de algún modo en su nombre (según la misión recibida), es signo de su presencia y de su acción salvífica7 . Por la misión recibida y por la unción sacramen- tal—bautismo, confirmación, orden—, el apóstol es un signo real de Cristo. Su ser está marcado. Pero también su función apostólica es la de signo que expresa, manifiesta y comunica la palabra de Cris- to, su sacrificio, su acción salvífica y pastoral. Esta realidad del ser y de la función del apóstol implica una realidad de sintonización en cuanto a los sentimientos, a las virtudes, a la disponibili- dad, a la generosidad del mismo Cristo como en- viado y Buen Pastor. El apóstol debe ser transpa- rencia de Cristo. El apóstol prolonga a Cristo bajo signos sensibles que son signos de Iglesia y, por tanto, signos de profetismo, de sacerdocio v de realeza. Son signos eficaces por el contenido (Cristo, los dones de Dios, 6 El sentido profético de Pablo le hace encontrar fuerza en la flaqueza: 2 Cor 12 10; 1 Cor 1,18; 2 2; 2 Tim 2,9. 7 El término «signo» puede expresar muv bien el contenido de los siguientes textos: ln 17,10 («gloria»); Act 2,32 («testi- gos»); 2 Cor 2,15 («olor»). Véase tnm'wn- I,r 10 16 («el oue a vosotros oye, a mí me oye»): Jn 20,21 («como me envió mi Padre, así os envío yo»). El Vaticano II habla de «instrumento vivo» (PO 13), «participación» y «unión» (AA 2-3).
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    174 «Vida apostólica» laPalabra, etc.), por la santidad o testimonio, por la caridad y comunión 8 . Son signos que se adap- tan o «encarnan» por el amor a la persona en sí misma, por la sintonización con los valores autén- ticos, por la comprensión de los problemas 9 . Son signos que construyen la Iglesia a través del sufri- miento y del amor ,0 . Son signos que escandalizan por su pobreza ". Son signos de desposorio de Cristo con la humanidad entera '2 y signos de la maternidad de la Iglesia 13 . Cuando los apóstoles anuncian que «El vive» (2 Cor 13,4; Ap 2,8), son muy conscientes de que la misma persona del apóstol es un signo de esta pre- sencia. Por esto la promesa de Cristo de estar siem- pre presente (Mt 28,20) tiene también sentido de presencia en la misión: «Id..., yo estoy con vos- otros». San Marcos quiere resaltar que, después de la ascensión, son los apóstoles los que expresan esta presencia de Cristo: «El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los cie- los y está sentado a la diestra de Dios. Ellos se fue- ron, predicando por todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las se- ñales consiguientes» 14 . 8 Jn 13 35 («en esto conocerán que sois mis discípulos».. ); Me 16,20 («cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales consiguientes»). 9 1 Cor 9,22 («me he hecho todo para todos, para ganarlos a todos»). 10 Col 1,24 («completo lo que falta a la pasión de Cristo, por su cuerno que es la Iglesia»). 11 1 Cor 1,17 («evangelizar, no con sabia dialéctica, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo»); Rom 1,16 («no me avergüen- zo del Evangelio»): 1 Cor 1,18 («la doctrina de la cruz es necedad para los que se pierden» ..). 12 Ef 5,32; 2 Cor 11,2. 15 Gal 4 19. Véase el c.X. 14 Sacrosanctum conciHum n 7 subraya los signos litúrgicos. Lumen gentium n 48 indica esta presencia de Cristo en la Iglesia en cuanto que es «sacramento universal de salvación». Figura espiritual del apóstol 175 2. La figura espiritual del apóstol Hemos visto en el capítulo cuarto algunos tra- zos de la figura espiritual del evangelízador según Evangelü nuntiandi15 . Allí se indicaba una línea de servicio de la unidad eclesial en la verdad y en la candad, como respuesta a una problemática actual. Ahora veremos los grandes trazos de la figura es- piritual del apóstol como línea constante de aplica- ción de la «vida apostólica». A) DIMENSIÓN DE UNIVERSALIDAD La «vida apostólica» incluye la nota de univer- salidad o de disponibilidad misionera sin fronteras. El apóstol, centrado en su trabajo concreto, corre muchas veces el riesgo de perder de vista la evan- gelización universal. Sin esta perspectiva misione- ra, la labor apostólica pierde su fuerza e incluso produce el cansancio o el desánimo, al faltar la vi- sión de conjunto y al analizar unilateralmente los problemas locales. La obra apostólica concreta que se lleva entre manos, tanto en los países o comunidades ya cris- tianas como en los países o sectores humanos llama- dos de misión, nunca debe considerarse tan urgente y exclusiva que haga olvidar la misión universal de li Iglesia. La mi:m;i comunidad cristiana que comienza en i.n sector humano necesita orientar su crecimiento y su evolución en esta línea misionera. La madu- 15 Evangelti nuntiandi 76-79. Completar con Máximum illud, 2.' parte; AAS 11 (1919) 440-455; Saecula exeunte: AAS 32 (1940) 249-260; AG 23-25.
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    176 «Vida apostólica» rezde una comunidad cristiana se mide por la vi- vencia de esta perspectiva universal. La caridad apostólica no tiene fronteras, ni en la geografía ni en los sectores y ambientes humanos. Jesús llama a la fe a todos (Mt 11,28), da la vida por todos (2 Cor 5,15) y su redención es para to- dos (Jn 12,32). Jesús envió a sus apóstoles a pre- dicar a todas las gentes (Me 16,15) y, por consi- guiente, éste es el horizonte en que se mueve el apóstol. Sentido universal es también sentido de totali- dad, puesto que el Evangelio debe ser predicado a todos los hombres, al hombre integral, a todos los sectores de la humanidad (cultura, ambiente, men- talidad, etc.). La acción apostólica se mueve en una dinámica histórica que lleva hacia una restauración final de todo en Cristo resucitado. Los trabajos apostólicos más concretos se orientan hacia esta «escatoJogía» o final de la evangelización. El celo apostólico insta a «predicar el Evangelio no sólo en zonas geográficas cada vez más vastas..., sino a alcanzar con la fuerza del Evangelio los cri- terios de juicio, los valores determinantes, los pun- tos de interés, las líneas de pensamiento, las fuen- tes inspiradoras y los modelos de vida de la huma- nidad que están en contraste con la paiabra de Dios y con el designio de salvación» lé . Todos los valores cristianos son una llamada a la universalidad, porque Jesús es el centro de la crea- ción y de la historia. Dios es Padre de todos y co- munica su Espíritu a todos los que creen en Jesús. Por esto el celo apostólico quiere contagiar todo de Evangelii nuntiandi 19. Figura espiritual del apóstol 177 Evangelio (Rom 15,19). El apóstol cristiano es el hombre universal, el «hermano universal» (Carlos de Foucauld), que quiere abarcar todo y a todos en Jesucristo de camino hacia el Padre 17 . B) FRATERNIDAD APOSTÓLICA El apóstol actúa siempre en una línea de comu- nión eclesial que garantiza la acción apostólica como tal. La «vida apostólica» es vida comunitaria o de fraternidad. Jesús escogió a los Doce, envió a los discípulos de dos en dos y condicionó la eficacia apostólica a la unidad fraterna entre los evangeli- zadores18 . La misión incluye, pues, la comunión. En la fraternidad apostólica aparece el mensaje cristiano de Dios Amor, que es uno y trino. El hombre es imagen de Dios en cuanto forma una comunidad familiar (Gen 1,27). El apóstol es ima- gen de Dios Amor en la medida en que viva la misión en la comunión: «Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nos- otros somos uno» {Jn 17,22). La vida de fraternidad es vida de comunidad o de intercambio y de ayuda mutua. En este sentido se potencia la vida del apóstol. Pero la eficacia apostólica proviene fundamentalmente del signo de unidad como portador de la presencia de Cristo (Mt 18,20). El fundamento de la fraternidad apostólica es la caridad. Si se tratara sólo o principalmente de la afinidad psicológica, la fraternidad podría empobre- cer. En cambio, cuando es la caridad cristiana el " Mt 13,33; 22,9; 28,19; 25,31; Le 2,30-32; Mt 26,28; Jn 3,16; 18,37; Act 1,8; 2,17; Rom 1,16; 10,12; 2 Cor 2,14: Ef 1,10; 2 Cor 5,14-15; Ef 4,5-6. 18 Me 3,14; Le 10,1; Jn 13,35; 17,21.
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    178 «Vida apostólica» fundamentode la fraternidad, ésta queda enrique- cida por la aportación de valores distintos. Sólo la caridad puede hacer de la variedad de dones una comunión o unidad sin caer en la uniformidad. La finalidad de la fraternidad es la ayuda mutua y el intercambio de dones distintos. Esta comunión apostólica tiene lugar en múltiples campos: pas- toral, renovación cultural, vida espiritual, amistad, comunicación de bienes materiales y morales, etc. La fraternidad no es fin en sí misma, sino medio y expresión de la caridad. La vida común material sin esta fraternidad o vida comunitaria, no tendría ningún valor de signo cristiano. Los condicionamientos psicológicos de la frater- nidad tienen su importancia: número reducido del grupo apostólico, afinidad de temperamento y de mentalidad o edad y formación, ideales concretos de trabajo en común, confianza mutua, etc. Pero estos valores dejarían de ser portadores del mensa- je apostólico si se constituyeran en primer valor y se olvidaran otros aspectos de la fraternidad: la co- munidad cristiana en general, el grupo evangeliza- dor al que se pertenece, las personas más necesita- das de este mismo grupo (ancianos, por ejemplo). Así, pues, estos condicionamientos psicológicos, lle- gado el caso, deben dejar paso a una inmolación apostólica que es generadora de mayor fraternidad y comunión. La fraternidad apostólica debe concretizarse prin- cipalmente en la pastoral de comunión y en la vida espiritual. La llamada pastoral de conjunto o de comunión es un intercambio de experiencias y una aportación mutua en los diversos campos del mi- nisterio: servicio de la Palabra, signos litúrgicos y Figura espiritual del apóstol 179 sacramentales, acción pastoral en general (comu- nión, organización, etc.). La fraternidad en la vida espiritual puede concretarse en una ayuda para la vida de oración, para la generosidad evangélica, pa- ra la dirección espiritual y revisión de vida, etc.15 La fraternidad debe realizarse entre las diversas vocaciones apostólicas y entre los diversos grupos, descubriendo h necesidad del carísma de los demás —laicos, religiosos, sacerdotes, ministros—. Esta fraternidad ayuda a equilibrar los servicios—Pala- bra, liturgia, dirección—, planifica la distribución de los apóstoles y crea lazos de amistad y de ser- vicio mutuo 20 . C) GENEROSIDAD EVANGÉLICA La eficacia del apostolado se basa en la gracia de Dios. Pero ésta actúa en un marco de oración y de generosidad evangélica que no ponga obstáculos a los planes evangélicos. El apóstol es un «instru- mento vivo» (PO 12) de la acción de Cristo. En este campo de colaboración a la gracia de Dios, la generosidad evangélica del apóstol, es decir, una vida de entrega como la vida del Buen Pastor, se convierte en un signo de la vida del Señor, espe- cialmente por la práctica de los consejos evangéli- 19 F. ALVAREZ MARTÍN, etc., Pastoral de conjunto (Madrid 1966); J. DELICADO, "Pastoral diocesana al día (Estella, Verbo Divino, 1966); J. M. ECHEMQUE, Pastoral de la cooperación mi- sionera (Madrid, PPC, 1969); J. ESQUERDA, La distribución del clero (Burgos, Facultad Teológica, 1972); C. FLORISTÁN, M. U S E - ROS. Teología de la acción pastoral (Madrid, BAC, 1968); I. F, MOTTE, F BOULARD, Hacia una pastoral de conjunto (San- tiago de Chile, Paulinas, 1964). 20 Para el tema de la vida de fraternidad sacerdotal en el l) reiv Mt°r¡o, véase el clO d? J. FSQUERDA, Teología de la espiri- tualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976).
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    180 «Vida apostólica» eos,que en el Vaticano II se llaman «signos y es- tímulos de la caridad» (LG 42). La vida del apóstol debe reflejar el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Ser testi- gos de este «misterio pascual» significa presentar una vida consagrada a un campo de caridad. El ser- vicio apostólico es el de anunciar, hacer presente y comunicar el misterio pascual de Cristo. Pero pa- ra ello el apóstol debe presentar una vida de «bau- tizado en la muerte» de Cristo (Rom 6,3). Pablo se llamaba a sí mismo «crucificado con Cristo» (Gal 2,19). Apostolado y cruz son dos as- pectos de una misma realidad: «Si el grano de tri- go no muere en el surco, no da fruto» (Jn 12,24). Vivir «segregado para el Evangelio» (Rom 1,1) no es más que una vida de caridad o de total dedi- cación al encargo o misión recibida de anunciar el Evangelio. Dedicación a este campo de caridad su- pone arriesgar tiempo, escala de valores, intereses personales, etc. Por esto la caridad apostólica es re- nuncia por ser dedicación. La caridad no existe sin renuncia. Para predicar las bienaventuranzas no queda otro camino que el de presentar una vida que intente reaccionar amando en todas las circunstancias. El evangelizador llama a vivir esta enseñanza de Je- sús, que es el punto central del Evangelio- bien- aventuranzas, mandamiento del amor, «Padre nues- tro». Por esto, debe presentar una vida que sea un mordiente (luz y sal) de esta realidad evangé- lica. La generosidad evangélica es una imitación de la vida de Cristo «apóstol» en algunos de sus aspec- tos. Jesús vivió y evangelizó desde unas circuns- Figura espiritual del apóstol 181 tancias de entrega que no son obligatorias para to- dos. Pero a los apóstoles les llamó a compartir esta vida o a «beber su cáliz» (Me 10,38). Al mensaje evangélico «merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesa- rio, le consagre su propia vida» 21 . La generosidad evangélica se traduce siempre en gozo del Espíritu. El anuncio del ángel a María y a los pastores, la visita de María a Isabel con el cántico del Magníficat, la predicación de las bien- aventuranzas, la promesa del Espíritu Santo, las pa- rábolas de la misericordia y el mensaje pascual son expresiones de un gozo salvífico que sólo lo da el Señor y que se recibe en la medida en que se sepa amar en los momentos de sufrimiento y de dificul- tad. Es el mensaje «evangélico» o anuncio del gozo salvífico que proviene de la muerte y resurrección de Jesús. D) ESPIRITUALIDAD EN EL EJERCICIO' DEL APOSTOLADO La vida apostólica de Jesús, es decir, la puesta en práctica de la misión recibida del Padre, tiene una variedad de momentos: Nazaret, desierto, pre- dicación, búsqueda, coloquios, Tabor, Getsemaní, cruz, resurrección... Para Jesús todo es misión o apostolado, lo mismo cuando habla al Padre sobre los problemas de los hombres como cuando habla a los hombres sobre los intereses del Padre. La espiritualidad propia del apóstol se ejercita en el mismo apostolado, si se entiende en su verda- dero seqtido de poner en práctica la misión reci- 21 Evangelii nuntiandi 5. En este mismo capitulo explicaremos las virtudes concretas del Buen Pastor.
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    182 «Vida apostólica» bidade Cristo. Prolongar a Cristo no es algo al mar- gen de la espiritualidad, sino que es la misma es- piritualidad del apóstol, a condición de prolongar toda la acción apostólica de Cristo—su oración, su palabra, su sacrificio, su acción pastoral—y a con- dición de sintonizar con los sentimientos y la dis- ponibilidad del Buen Pastor. Parte integrante de esta espiritualidad apostóli- ca son los momentos de preparación (Nazaret), los momentos de retiro (desierto), los momentos de re- visión personal o comunitaria. La condición de Iglesia peregrina hace descu- brir al apóstol la necesidad de poner unos medios concretos para poder vivir la misión como Cristo. Estos medios, que Jesús llamó vigilancia y oración (Mt 26,41), son necesarios por nuestra condición de viadores y por nuestra naturaleza débil e incluso desordenada. Lo que en el Vaticano II se dice de los sacer- dotes ministros se puede aplicar a los demás após- toles según la propia vocación: «conseguirán de ma- nera propia la santidad ejerciendo sincera e incansa- blemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo» (PO 13)n . La predicación de la Palabra presupone haberla asimilado por el estudio, y especialmente por la contemplación. Parte integrante de la predicación es una vida, interna y externa, de acuerdo con el mensaje. Participar en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús SÍ: realiza no sólo a través de sismos externos, sino principalmente por una vida de crucifixión con Cristo. La acción pastoral Véase el c.VIIl, sobre la oración y la evangelización. Las virtudes del Buen Pastor 183 sería sólo acción filantrópica si careciera de las vi- vencias del Buen Pastor. La espiritualidad apostólica debe, pues, concre- tarse en las virtudes apostólicas del mismo Jesu- cristo como Buen Pastor2i . 3. Las virtudes concretas del Buen Pastor El ser, la vivencia íntima y el obrar de Jesucristo corresponden siempre a la misión recibida del Pa- dre. Es una misión totalizante. Jesús se llama «un- gido» o consagrado para una misión (Le 4,18). Pe- ro esta realidad misionera la manifiesta en actitu- des concretas que son cada una de las virtudes apos- tólicas. Jesús vive pendiente de los planes salvíficos del Padre. Por esto da la vida según el mandato reci- bido o según los designios de la historia de salva- ción querida por el Padre (Jn 10,18). El apóstol de Cristo encuentra el estilo de la «vida apostólica» en el ejemplo concreto del Buen Pastor. La mirada al Padre para conocer y seguir sus planes de sal- vación, la mirada a los hombres para asumir sus problemas más hondos, la mirada a sí mismo para inmolarse en aras de estos dos amores, tal es el cuadro en el que hay que enmarcar las virtudes concretas del apóstol. A) LAS VIRTUDES DE LA CERCANÍA AL HOMBRE CONCRETO Y A LOS ACONTECIMIENTOS Se ha querido hablar de «encarnación» como de una virtud básica del apóstol. La terminología, den- 2J Véanse los textos magisteriales sobre la figura espiritual del misionero, en la nota 15. Sobre la espiritualidad del apóstol según el Vaticano II: AA 4 (laicos); PC 6 (religiosos); PO c.3 (sacer- dotes ministios). Véase la bibliografía del c.TII.
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    184 «Vida apostólica» trode su limitación e inexactitud, puede servir de catalizador para suscitar una serie de virtudes di- fícilmente encuadrables en las listas clásicas. Pe hecho, la «cercanía» es una línea bíblica del actuar de Dios en la historia de salvación. La encarnación del Verbo o Hijo de Dios es el ápice de esta cerca- nía: Dios con nosotros, Emmanuel. El apóstol de Cristo sigue esta misma línea de cercanía al hombre concreto y de asunción de los acontecimientos históricos, para iluminarlos con la palabra de Dios y para llevarlos al encuentro con Cristo resucitado. Las virtudes de cercanía al hombre y a los acon- tecimientos suponen, por parte del evangelizado*, una serie de virtudes que podríamos calificar de «humanas» o humano-cristianas y que se podrían resumir en tres actitudes: capacidad de emitir un juicio recto de valor, capacidad de tomar decisiones, equilibrio emocional. Todo ello, informado por la caridad cristiana, se convierte en virtudes concre- tas de amor a la verdad, de constancia y fortaleza, de fidelidad a la palabra, de bondad de corazón, de capacidad para escuchar a los otros 24 . Con estas virtudes concretas, matizadas por la caridad pastoral, el apóstol se hace disponible para el diálogo y la adaptación de métodos o de expo- siciones doctrinales, es decir, para el llamado pro- blema de la «aculturación». La actitud apostólica de diálogo y de compro- miso podría también concretarse en responsabili- dad, sentido de captación de los problemas, genero- sidad, audacia, realismo y esperanza, confianza y co- munión, autenticidad, etc. Con palabras más sen- 21 AG 23-25 (misioneros); AA 4 (laicos); PO 3 (sacerdotes); OT 11 y 19 (aspirantes al sacerdocio). Las virtudes del Buen Pastor 185 cillas podríamos decir que se trata de hacer como el Señor: «pasó haciendo el bien» (Act 10,30). El apóstol, como Pablo, presenta una vida al estilo del Señor: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 4,16). La actitud dialogal del apóstol abarca toda una serie de virtudes de quien es servidor de la verdad: humildad, bondad, sinceridad, comprensión, etc. Existe la capacidad para el diálogo apostólico en la medida en que existe la disponibilidad para dejar todo por Cristo. Cualquier apego a comodidades, méritos y «derechos», así como cualquier recorte en la perspectiva universal y totalizante de la misión son la raíz de la falta de diálogo. No es, pues, fun- damentalmente, la diferencia de cultura o de men- talidad y psicología, sino los intereses personales los que producen la ruptura de todo diálogo. El diálogo apostólico es la continuación del diá- logo que inició el Verbo hecho nuestro hermano a . Por esto, el objetivo del diálogo es la evangeliza- ción o el anuncio del mensaje de Jesús26 . El compromiso del apóstol está en la línea del compromiso del Señor, que se acercó a todos, asu- mió todos los problemas como propios, pero respe- tó las soluciones temporales y las diversas opcio- nes técnicas. El mensaje evangélico llega a todas las circunstancias humanas, pero deja un campo de li- bertad cuando son varias las opciones posibles o hi- pótesis de trabajo. El compromiso del apóstol va a la raíz, ayudando todo cuanto sirva para la caridad y denunciando todo cuanto nazca del pecado o lleve al odio y a la división e injusticia, sin someterse a 25 Ecclesiam suam: AAS 58 (1964) 647ss. 26 Evangelii nuntiandi 78. Véase el c.IV n.5 (Espiritualidad como servicio a la verdad).
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    186 «Vida apostólica» ningúnsistema y a ninguna ideología, sin condicio- narse a ningún grupo y a ninguna presión27 . B) LA CARIDAD PASTORAL Todas las virtudes del Buen Pastor se resumen en la caridad pastoral. Propiamente, todas son al- gún aspecto o consecuencia de esta virtud de la ca- ridad, que es «la raíz de todas las virtudes» (SAN- TO TOMÁS). Toda la vida del Buen Pastor es una marcha ha- cia «la hora» del Padre (Jn 2,4; 17,1). Jesús vive pendiente del «mandato» y de la «obra» encargada por el Padre (Jn 10,18; 17,4). La caridad pastoral de Cristo y de sus apóstoles o enviados es la disponibilidad de dar la vida se- gún los intereses salvífkos del Padre acerca de la redención de todos los hombres. Son, pues, tres los aspectos principales de la caridad pastoral: la dis- ponibilidad respecto a los planes salvífkos de Dios, la disponibilidad de cercanía a los problemas de los hermanos a la luz de estos mismos planes salvífi- cos, la disponibilidad de inmolar la propia vida por estos objetivos. La caridad pastoral es la virtud clave de la «vida apostólica» M . Es la virtud que unifica la vida del apóstol, evitando la dispersión en criterios y actitu- des. La caridad pastoral es totalizante, atrapando la persona del apóstol y dedicándola completamente a " De sacerdotio ministeriali (Sínodo de 1971). 2.-" parte, 1,2. Véanse los documentos sociales en: Ocho grandes mensajes..., Kerum novarum, Quadragesimo anno, Mater et Magistra, Pacem in terris, Ecclesiam suam, Populorum progressio, Octogésima adveniens (Madrid, BAC, 1974). 28 Act 20,17-35; 1 Pe 5,1-5; Tn 10,1-18; 2 Cor 5,14; 12,15. J. DUPONT, Le discours de Milet, testament pastoral de Saint Paul (Paris, Cerf, 1962). Las vutudes del Buen Pastor 187 la obra de evangelización. Todo queda condiciona- do a esta dedicación plena que se intenta conseguir. Por esto la espiritualidad propia del apóstol puede calificarse de «ascética del pastor de almas» (PO 13). Es un dar a los demás lo mejor de sí mismo (Juan XXIII); es, principalmente en los sacerdo- tes ministros, «el máximo testimonio del amor» (PO 11). El examen del apóstol lo hace el Señor sobre la caridad pastoral (Jn 21,15ss). La caridad pastoral se concretiza en las líneas bí- blicas de éxodo o de dejarlo todo, escatología o dis- ponibilidad de abrir nuevos caminos, profetismo o anuncio valiente del Evangelio en las circunstancias ocncretas; en una palabra, consiste en ser transpa- rencia o signo de Cristo Buen Pastor. Si caridad pastoral significa «dar la vida» (Jn 15,13), éste es el sentido sacrificial o de holocausto de la vida del apóstol, que se esfuerza por vivir «cru- cificado con Cristo» 29 . Dar la vida significa arries- gar o inmolar el propio criterio, la propia voluntad, los propios bienes, la propia afectividad. Son las virtudes concretas del Buen Pastor: humildad y obediencia, pobreza, virginidad. Es una vida de des- posorio o de «alianza» (Mt 26,28). Es la «copa de bodas» o de «alianza» que Cristo ofrece a sus ami- gos, a quienes ha hecho partícipes de la misión re- cibida del Padre (Me 10,38). La caridad pastoral es el servicio del apóstol (Mt 20,28). Su servicio es de dedicación o consagración para toda la vida. Es un servicio de la Palabra o mensaje (servicio profético), servicio de los signos de salvación (servicio sacramental), servicio de ac- ción pastoral (o de comunión y dirección). El servi- 29 Rom 6,3-11; Gal 2,19-20; Flp 2,5-11; 2 Tim 2,10-12.
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    188 «Vida apostólica» cióde la caridad pastoral no está condicionado a los gustos personales del apóstol ni tampoco a las preferencias o gustos ambientales. El apóstol debe servir amando como Pablo: «aunque amándoos más, sea menos amado de vosotros» (2 Cor 12,15)30 . C) OBEDIENCIA Y «VIDA APOSTÓLICA» Un aspecto concreto de la caridad pastoral es la virtud de la obediencia. Se podría llamar también humildad ministerial31 . Toda la vida del Buen Pas- tor gira en torno a la voluntad salvífica del Padre. Esta actitud de obediencia es una concretizaciófl o signo de la caridad pastoral12 . La voluntad salvífica de Dios se manifiesta al apóstol a través de signos pobres y limitados. Dios obra por causas segundas. La dificultad de la obe- diencia no estriba tanto en hacer la voluntad de Dios en sí misma cuanto en el modo cómo Dios manifiesta su voluntad: a través de acontecimien- tos y de personas. Las inspiraciones interiores son luces de Dios que ayudan a descifrar su voluntad manifestada en estas circunstancias externas. La in- molación del apóstol (caridad pastoral sacrificial), en este caso, consiste en ir superando los propios criterios y los propios gustos e intereses, para so- meterlos a los planes salvíficos del Padre. Cuando en el apóstol hay la disponibilidad de dar la vida, las limitaciones y «pobreza» de los signos por los que Dios manifiesta su voluntad son 30 El Vaticano II acentúa esta línea de servicio; cf. LG c.3. J. LOEWE, Perfil del apóstol de hoy (Estella, Verbo Divino, 1966); M. PEINADO, Solicitud pastoral (Barcelona, Flors, 1967). 31 Véase el c.V,l,A. 32 Flp 2,5-11; Heb 10,7; Le 2,49s; Jn 4,34; 5,30; 8,29; 10,18 y 29; Mt 11,26; Jn 12,27-28; 14,9 y 31; 17,4; Le 22,42; Jn 18,11; 19,30. Las virtudes del Buen Pastor 189 más bien un signo de la bondad misericordiosa del Señor. Pero, cuando falta esa disponibilidad inicial, cualquier defecto, especialmente en las personas, es una excusa «suficiente» para convencerse de que no puede ser la voluntad salvífica de Dios. La obediencia ministerial, íntimamente unida a la humildad, hace descubrir, en todo y en todos, signos e instrumentos de la gracia. En este senti- do, la obediencia del apóstol se ejercita tanto cuan- do la voluntad de Dios se manifiesta a través de un superior, como cuando se expresa por un cola- borador, un inferior o un acontecimiento. La obe- diencia apostólica es un aspecto del «sentido de Iglesia» y una concretización del mandamiento del amor: reconocer a los otros como parte integrante de la comunión eclesial y como instrumento de gracia. La obediencia ayuda a descubrir la necesi- dad de la acción apostólica por parte de otros ser- vidores del Evangelio. La obediencia modela la figura espiritual del apóstol y hace desarrollar su personalidad apostó- lica en el sentido de madurarla en la caridad. Con este espíritu de inmolación de la propia voluntad y de los propios criterios—si se admite esta termi- nología imperfecta—, se encuentra verdaderamen- te los deseos más íntimos del apóstol. Es una li- bertad respecto a condicionamientos internos y ex- ternos. Ni se siguen los propios caprichos o egoís- mo, ni se secundan los intereses personalistas de los demás. En las diversas manifestaciones de la voluntad salvífica de Dios, hay un punto de referencia, como «principio de unidad», que armoniza y ga- rantiza la naturaleza del signo: es el servicio ecle-
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    190 «Vida apostólica» sialde la autoridad o jerarquía. Así es la natura- leza de la Iglesia, según la voluntad del mismo Cristo. Cuando consta verdaderamente del ejerci- cio legítimo de esta autoridad, todos los demás signos, incluso los más «carismáticos», serán sig- nos del querer divino en tanto en cuanto se armo- nicen con la visibilidad de la Iglesia33 . En esta línea de obediencia apostólica es tan di- fícil manifestar honradamente el propio criterio y opinión como el someterse al parecer y opiniones de los demás. En uno y otro caso, la autenticidad del apóstol está en la actitud de dar la vida arries- gando las ventajas personales. Así, la obediencia es tan voluntaria como responsable M . D) LA VIRGINIDAD COMO SIGNO DE LA CARIDAD PASTORAL La terminología sobre este tema es fluctuante: celibato, castidad, virginidad. Pero por encima de las palabras y de sus ecos psicológicos está la reali- dad evangélica: un carisma que participa de la rea- lidad vivencial del Buen Pastor y que es signo y estímulo de la caridad pastoral. En el Nuevo Tes- tamento se le llama «virginidad» 35 . Jesús vivió en esta disponibilidad afectiva, que era una dedicación esponsal a la misión encargada por el Padre. Llamó a los doce apóstoles a compar- tir esta vida de caridad pastoral36 . Y el Señor sigue 33 LG 8 y c.3; PO 15. La acción eclesial se fundamenta «sobre los apóstoles» (Ef 2 19-20). M CL. DILLENSCHNEIDER, El Espíritu Santo y el sacerdote (Sa- lamanca, Sigúeme, 1965); L. LOCHERT, Autoridad y obediencia en la Iglesia; P. LUMBRERAS, La obediencia, problemas y actua- lidad (Madrid, Studium. 1957); H. RONDET, L'obéissance, pro- Heme de vie, mystére de foi (Paris, Mappus, 1966). 35 Mt 1,23; 2 Cor 11,2; Ap 14,4; 1 Cor 7,25. 36 Me 3,14; 1 Cor 7,25ss. Las virtudes del Buen Pastor 191 llamando por este camino a algunos apóstoles, es decir, a los que quieren dedicarse esponsalmente a la misión. Los signos cristianos tienen relación con el mis- terio pascual de Jesús, es decir, con su muerte y resurrección. Por esto, presentan la misma dificul- tad de «escándalo» en cualquier cultura, mentali- dad y ambiente histórico, sin excepción. La virgi- nidad cristiana es un signo del misterio de la resu- rrección del Señor, especialmente de la restaura- ción final de todas las cosas en Cristo. Este signo correrá, pues, la suerte del mismo misterio que significa, como cuando Pablo anunció la resurrec- ción en el corazón de la cultura grecorromana (Act 17,31-34). El significado y la fuerza apostólica de la virgi- nidad arranca de la dimensión cristológica—despo- sorio y amistad con Cristo—, de la dimensión eclesial—ser un signo de Iglesia fiel y fecunda—, de la dimensión escatológica—ser un signo de la resurrección—. El signo es pobre o limitado, vul- nerable para la lógica y la «sabiduría» humana, como todos los signos de la presencia y de la ac- tuación de Cristo. En la construcción de toda Iglesia o comunidad eclesial particular, este signo, como los demás, tie- ne su importancia y necesidad. No se podría hablar de Iglesia particular plenamente establecida y ma- dura, si no hubiera allí mismo, nacido en la misma comunidad, este carisma de madurez en la candad. En el desarrollo de la personalidad del apóstol —dimensión también antropológica, además de cristiana—, es necesario subrayar dos aspectos: la intimidad esponsal y la dedicación al ideal apostó-
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    192 «Vida apostólica» lico.Si alguien se hubiera comprometido en el te- rreno de la virginidad y luego no tuviera esta inti- midad con Cristo y esta dedicación de celo apostó- lico—que siempre es universal—, habría un fallo en la misma virginidad; podría haber una ascética y una cierta fidelidad a un compromiso, pero no existiría propiamente la virginidad apostólica (se- ría sólo una especie de «soltería»). Lo mismo ca- bría decir si, junto al compromiso de la virginidad, hubiera una vida rodeada de otros bienes y venta- jas terrenas (sería una especie de adulterio o divor- cio). Por otra parte, no es posible perseverar en la vida de virginidad sin la intimidad profunda con Cristo, que se expresa en una vida de oración. El carisma de la virginidad es siempre una dedi- cación a un campo de caridad y de apostolado: vida contemplativa, ministerial, de servicio de cari- dad, etc. No se busca la virginidad en sí misma, sino que es una aspecto de la caridad. Por esto la virginidad cristiana, especialmente en su relación a la misión, no puede entenderse si no es a la luz de la fe 37 . La virginidad es don de Dios y, por ello mismo, supone la colaboración del apóstol. Todo apóstol, sin excepción, está comprometido a cultivar este don en la comunidad. Y si es él quien posee este don, tiene que emplear los medios necesarios de perseverancia: oración, sacrificio, devoción maña- na, sacramentos, etc. Como medio apostólico es- pecífico está la misma fraternidad apostólica como sostén de la generosidad. Cuando un apóstol ha sido llamado al apostola- 37 Me 19,10-12; Le 20,35; 1 Cor 7,25; Ap 14,1-5. Véase Sacra Virginitas: AAS 46 (1954) 161-191; Sacerdotalts coelibatus: AAS -59 (1967) 657-697. Las virtudes del Buen Pastor 193 do por este camino de una entrega esponsal de vir- ginidad, este don de Dios no le pertenece, sino que pertenece a la comunidad (como todos los ca- rismas); por tanto, es también la comunidad la responsable de la perseverancia y de la alegría en la vivencia de este carisma. El mismo apóstol no puede decidir personalísticamente—o sólo por in- tereses personales—en el caso de dudas o crisis. La virginidad apostólica es un signo de Iglesia que pertenece a toda la Iglesia. La «soledad» sensible que puede producir la vir- ginidad, se convierte en «soledad llena de Dios», en fecundidad de Iglesia, en signo y mordiente de la caridad o del mandamiento del amor 38 . E) LA POBREZA Y LA «VIDA APOSTÓLICA» El apóstol se siente más cuestionado por la rea- lidad evangélica de Jesús que por explicaciones teó- ricas más o menos profundas. No es la lógica de las ideas la que ha llamado al apóstol, sino la per- sona del Buen Pastor que vivió pobre (Mt 8,20) y llamó a los doce apóstoles a compartir esta vida de pobreza (Mt 10,5ss). Se podría discutir siempre hasta dónde debe lle- gar la posesión y el uso de los bienes de la tierra (no sólo el dinero). Pero lo que es incuestionable es que el apóstol debe presentar en su propia vida un sismo de Cristo pobre. Las vocaciones concretas pueden ser en una gama de posibilidades, pero siempre ha de haber este signo de pobreza que es, 38 Sacerdotalts coelibatus: AAS 59 (1967) 657s. Véase L. LE- GRAND, La virginité dans la Bible (París 1964); M. MORALES, La virginidad (Madrid 1962); J. M. PERRIN, La virginidad (Ma- drid, Rialp, 1954). Espiritualidad misionera 7
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    194 «Vida apostólica» porello mismo, signo de las bienaventuranzas: aventurarlo todo por la caridad. Ni la pobreza, ni la obediencia, ni la virginidad, son un valor por sí mismas. Sólo adquieren su pro- pio valor como signos y estímulos de la caridad. En nuestro caso, se trata de la caridad pastoral. Hay en el apóstol un espíritu de pobreza, cierta práctica de pobreza y cierto compromiso de pobre- za, más o menos implícito según el grupo evange- lizador a que pertenece o según la llamada apostó- lica. La misión que Cristo comunica a los suyos in- cluye, además del espíritu de pobreza o disponibi- lidad en aras de la caridad, una cierta práctica de la misma y un cierto compromiso o propósito. La pobreza apostólica no es la pobreza o mise- ria que deriva de una situación social (culpable o injusta). Esa pobreza es un mal. El mejor medio para evitar y destruir este mal es la pobreza evan- gélica del apóstol, porque estimula a todos los cris- tianos a compartir sus bienes. La pobreza del apóstol no excluye el uso de me- dios de apostolado o de seguridad social. Tampoco es un desprecio de los bienes como creaturas de Dios. Es más bien una propiedad o un uso de es- tos bienes de modo que sirvan para cumplir mejor el precepto de la caridad y, en el caso del apóstol, la entrega a la caridad pastoral. Por esto la pobreza oráctica del apóstol es una exigencia—dentro de las diversas posibilidades o vocaciones—que supo- ne una disponibilidad de todo para poder servir me- jor en el campo propio de apostolado. El pueblo de Dios y todas las personas que deben ser evan- gelizadas tienen necesidad y tienen el derecbo de ver el signo del Buen Pastor, Las virtudes del Buen Pastor 195 La pobreza apostólica es, más que privación, una plenitud de caridad. Tiene sentido de comunión con Dios, con el pueblo de Dios y con los demás apóstoles. La pobreza es una parte integrante de la «vida apostólica». Las señales de la verdadera pobreza apostólica podrían reducirse a éstas: no considerarla como un valor en sí mismo o como un medio para con- vertirse en un «ídolo» de un grupo, disponibilidad en cuanto a toda clase de bienes materiales y espi- rituales, sufrimiento por ver que uno no es sufi- cientemente pobre como Cristo, humildad al ver las dificultades propias por alcanzar esta virtud, deseo constante de aumentar la realidad de este signo del Señor, necesidad de comunión... En este como en otros temas cristianos, juega un papel determinante y decisivo el llamado «discer- nimiento de espíritus». Pero ya la misma actitud de querer ser pobre como Cristo, es una posibilidad de ver mejor cuál es la moción de la gracia. Quien quiere verdaderamente ser fiel a este carisma, sien- te la necesidad de la ayuda de otros, especialmente por la fraternidad apostólica, por la revisión de vida, por la dirección espiritual. La pobreza evan- gélica nace del encuentro periódico con Cristo es- condido en los signos pobres de Iglesia: Eucaris- tía, revelación, magisterio, liturgia, comunidad, su- frimiento... 39 39 A. ANCEL, La pobreza del sacerdote (Madrid, Euramérica, 1957); Y. M. CONGAR, El servicio de la pobreza en la Iglesia (Barcelona, Estela); P. GAUTHIER, LOS pobres, Jesús y la Iglesia (Barcelona, Estela, 1964); J. M. IRABURU, Pobreza y pastoral (Estella, Verbo Divino, 1968); M. JUNCADELLA, Espiritualidad de la pobreza (Barcelona, Nova Terra, 1965); LÓPEZ MELÚS, Pobreza y riqueza en los evangelios (Madrid, Studium).
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    VIL FIDELIDAD ALA MISIÓN DEL ESPÍRITU SANTO S U M A R I O Presentación: Espíritu Santo y misión. 1. Importancia y actualidad del tema. 2. Síntesis bíblica. 3. Cristo, enviado y movido por el Espíritu Santo. 4. Los apóstoles, enviados por el Espíritu Santo. 5. María, tipo de la Iglesia, fiel a la misión del Espíritu Santo. 6. La fidelidad a la misión del Espíritu Santo. 7. Discernir la acción del Espíritu Santo en la misión. 8. La vida apostólica según el Espíritu Santo. PRESENTACIÓN Espíritu Santo y misión La misión de Jesucristo se presenta como mi- sión por el Espíritu '. Con esta misma perspectiva aparece la misión apostólica 2 . Por esto San Pablo puede resumir su vida diciendo que es «prisionero del Espíritu» y que obra por la «fuerza» del Espí- ritu Santo 3 . El concilio Vaticano II, al presentar el tema de la misión, comienza con esta misma perspectiva tri- nitaria y neumatológica. La naturaleza misionera de la Iglesia es tal por tomar su origen «de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre» (AG 2). La misión cristiana, pues, arranca de los planes salvíficos del Padre puestos en práctica a través de la misión de Jesús (AG 3). Pero esta misión efe Jesús continúa en la Iglesia por la fuerza del Espíritu. La misión es el don de Cristo resucitado a su Iglesia. Hay una relación estrecha entre la anunciación y Pentecostés: «Fue en Pentecostés cuando empezaron los 'he- chos de los Apóstoles', del mismo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre él mientras oraba» (AG 4). La Iglesia se hace «apostólica» por la comuni- cación del Espíritu Santo el día de Pentecostés^ como fruto de la muerte y resurrección de Jesús. 1 Mt 1,18-20; Le 4,1.18; 10,21s. 2 Jn 20,21-23; Act 1,5-8. 3 Act 20,22; Rom 15,18; 1 Tes 1,4-7.
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    L98 La //miaudel Lsp/i/lu Santo «El Espíritu Santo unifica en la comunión y en il ministerio y provee de diversos dones jeráiquitos y catismáticos a toda la Iglesia a ttavés de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el cora- zón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Ciisto> (AC 4). Para que la Iglesia sea verdaderamente un «sig- no levantado ante los tiempos» y un «sacramento universal de salvación» (AG 1), debe hacerse fiel a la misión del Espíritu Santo (LG 4). 1. Importancia y actualidad del tema La importancia de este tema salta a la vista cuando se considera toda la historia de salvación como obra del Espíritu Santo. El apóstol queda enrolado en una acción y misión del mismo Espí- ritu: anuncia y comunica las obras salvíficas (que son obras del Espíritu), bautiza en el Espíritu, vive las exigencias apostólicas según el Espíritu, hace caminar «hacia el Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu» (AG 4). Cada época histórica es un nuevo Pentecostés o una presencialización del primer Pentecostés. De nuestra época lo dice la oración de Juan XXIII para el éxito del concilio Vaticano II: «Renueva en nuestro tiempo los prodigios de un nuevo Pentecostés y concede que la Iglesia santa propague el reino del Salvador divino, que es remo de verdad, de justicia, de amor y de paz» 4 . Pentecostés enmarca toda la historia de la mi- sión eclesial. Los grandes apóstoles han sido «ca- 4 AAS 51 (1959) 382, citada también en la constitución Hu- manae salutis (25 dic 1961). Importancia y actualidad del tema 199 rismáticos» en el sentido de que han sido fieles a una fuerte moción del Espíritu, al estilo de San Pablo, de San Columbano (siglos vi y vu), de San Bernardo (siglo xn), de San Francisco de Asís y Santo Domingo (siglo xin), de San Francisco Ja- vier (siglo xvi), de Santa Teresa de Lisieux (si- glo xix) de otros santos y fundadores de institucio- nes misioneras. Nuestra época está muy marcada por la acción del Espíritu Santo: «nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu» 5 . El acento en la teología de los carismas, así como la impor- tancia de los movimientos de espiritualidad y gru- pos de oración, la búsqueda de experiencias de Dios, etc., atestiguan esta realidad de una nueva acción del Espíritu. Pero hay que saber discernir lo que es del Espíritu Santo y lo que es producto de nuestras ideologías. Ante una nueva época de evangelización, hay que descubrir cuál es verdaderamente la acción del Espíritu Santo De ahí la invitación del papa Pa- blo VI y del Sínodo Episcopal de 1974 a «estu- diar profundamente la naturaleza y la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día» 6 . Baste recordar estas líneas teológicas de fuerza: «No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo . El es quien actúa en cada evangehzador que se deja poseer y conducir por él Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discieta del Espíritu Sin él, los esque- rra/;^/// iiuntiandi 75 ' Ibid Una invitación paleada en la cxhoitación apostólica Unialn tultHi 27 AAS 66 (19741 UV168.
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    200 La misióndel Espíritu Santo mas más elaborados sobre bases sociológicas o psi- cológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor» 7 . Toda la obra evangelizadora es obra del Espíri- tu Santo, que reclama, por ello mismo, la colabo- ración del apóstol. «El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización..., él es el término de la evangeliza- ción; solamente él suscita la nueva creación, la hu- manidad nueva a la que la evangelización debe con- ducir...; él es quien hace discernir los signos de los tiempos, signos de Dios, que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia» 8 . 2. Síntesis bíblica sobre el Espíritu Santo y la misión Ya en el Antiguo Testamento los enviados por Dios reciben el Espíritu para hablar y obrar en nombre del Señor. Son hombres que poseen la fuerza del Espíritu (ruah), están investidos de la misión del Espíritu (salah) y comunican la palabra del Espíritu (dabar). Tanto la creación como la historia salvífica se atribuye al Espíritu, que con- duce al pueblo hacia la tierra prometida9 . En los momentos de dificultades históricas, apa- ' Ibid. a Ibid. Véase Y. M. CONGAR, Esquisse du mysthe de l'Église (Paris 1953) cap.V); ID., Ventéente (Paris 1956); D. BERTETTO, Lo Spirito Santo e santifkatore (Roma, Pro Sanctitate, 1977) (con bibliografía final); J. DANIÉLOU, La mission du Saint Esprit, en Le mystére du salut des nations (Paris 1956); CH. JOURNET, La mission visible de l'Esprit Saint, en Revue Tbomiste 65 (1965) 357-397; P. DE MONDREGANES,' Función misionera del Es- píritu Santo: Euntes Docete 8 (1955) 326-344; A. RETIF, Témoig- nages et prédication missionnaire dans les Actes des Apotres: Nouvetle Revue Théol. 83 (1951) 152-165; Y. RAGUIN, L'Esprit sur le monde (Desclée 1957) (Espíritu, hombre, mundo, Madrid, Narcea, 1976). 9 Gen 1,2; 8,1; Ex 10,13.19; 14,21s. Síntesis bíblica 201 rentemente insuperables, Dios puede enviar su Es- píritu y hacer resucitar los huesos secos. Los sal- mos cantan esta acción maravillosa de Dios, que obra continuamente una segunda creación por la fuerza del Espíritu 10 . Los profetas reciben la misión con la fuerza del Espíritu que les hace hablar, juzgar, salvar n . El enviado o misionero se convierte en una prolonga- ción del que envía, a modo de mediador de la pa- labra de Dios. Por esto, el mensajero prof ético se presenta lleno de fuerza y de vida. El Espíritu ha- bla por sus enviados. San Cirilo llama a los profe- tas «portadores del Espíritu» n . Los enviados por el Espíritu son testimonios de una presencia de Dios que abarca el universo geo- gráfico e histórico (Is 59,19s). La misión del Es- píritu, en el Antiguo Testamento, tiene ya esta perspectiva universalista, al menos en embrión. En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como ungido y enviado por el Espíritu Santo (Le 4,18). Y esa misión la transmite a sus apóstoles comuni- cándoles el mismo Espíritu (Jn 20,21-23)13 . La vida de Jesús y la vida de los «apóstoles» es una misión del Espíritu. Los apóstoles continúan la mi- sión de Cristo a modo de «instrumentos vivos» (PO 12). El Espíritu Santo es la «fuerza» que acompaña siempre la acción apostólica y, por ello mismo, es llamado el «alma de la Iglesia» (AG 4; LG 7). Pentecostés es el momento inicial de la acción misionera de la Iglesia (AG 2). La «virtud de lo 10 Ez 37; Ps 104,29-30; 33,6. 11 Jer 1,7.25; Ex 3,10; Dt 34,9; Ecl 48,12. 12 ln loann. Evang. 5 c.2: PG 73,752. 13 Véase más abajo los números 3 y 4.
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    202 La misióndel Espíritu Santo alto» (Le 24,49) esponja toda la persona del após- tol y lo empuja hacia la acción apostólica. Por esto los apóstoles anuncian la palabra de Dios llenos del Espíritu Santo, con una fuerza irresistible 14 . El universalismo de la misión del Espíritu, anunciado ya por los profetas (Joel 3,ls), se ma- nifiesta en tres momentos de la Iglesia primitiva: el primer Pentecostés (Act 2), la venida del Espí- ritu Santo en una comunidad cristiana (Act 4,31), la venida del mismo Espíritu en una comunidad gentil (Act 10,44-48). El don de lenguas significa que ha terminado la confusión de Babel y preanun- cia la conversión de todas las gentes para formar un solo pueblo de Dios. La misión que toda la Iglesia recibe del Espíri- tu se manifiesta en una vida de caridad, en una toma de conciencia de la presentación y acción del mismo Espíritu, en expresiones sensibles y en tes- timonio audaz (Act 4,31-33). En las dificultades, gracias a la fuerza del Espíritu, la Iglesia se pre- senta como «mártir», es decir, como testigo irre- sistible (Act 6,10; 7,55s). La conversión de los primeros gentiles (Act 10) manifiesta la igualdad básica de todos los hombres en Cristo (Act 11,15; 10,17). Es el Espíritu quien produce las conversiones (con la colaboración del apóstol), incluso cuando se trata de conversión de grupos (Act 10,14)15 . 14 Rom 15,18; 1 Cor 2,4; Act 3,29; 4,8.13.31. 15 J. ESQUERDA, El apóstol, testigo y cooperador de la acción del Espíritu Santo en el mundo, en La santificación cristiana en nuestro tiempo (I Semana de Teología Espiritual, Toledo 1975) (Madrid, Edit. Espiritualidad, 1976); ID , Prisionero del Espíritu (textos bíblicos meditados) (Salamanca, Sigúeme, 1976); J. GIBLET, Les promesses de l'Esprít et la mission des Apotres dans les i Évangiles, en Irenikon 30 (1957) 5-43; J. LÓPEZ-GAY, La función * del Espíritu Santo en el kerigma bíblico, en Misiones Extranjeras Cristo, enviado por el E. S. 203 3. Cristo, enviado y movido por el Espíritu Santo Toda la vida de Jesús es misión en el Espíritu Santo. Se define a sí mismo como «aquel a quien Dios ha enviado... Dios no le dio el Espíritu con medida» (Jn 3,34). En él se cumplen las profecías del Antiguo Testamento, puesto que es el Mesías «ungido» por el Espíritu como sacerdote, profeta y rey. Cuando Jesús se presenta en Nazaret como ungido y enviado por el Espíritu (Le 4,18), cita el texto de Isaías (Is 61) en que se relacionan los tres aspectos de la misión profética: fuerza, misión y palabra. La plenitud del Espíritu en Jesús abarca todo su ser, su vida y acción apostólica: encarnación (Mt 1,18.20), bautismo (Jn 1,33), Nazaret (Le 4, 18), desierto (Me 1,12), bautismo en el Espíritu (Tn 1,11), predicación con la fuerza del Espíritu (Le 4,14), gozo en el Espíritu (Le 10,21), comu- nicación de la misión como obra del Espíritu (Jn 20,21), fuente que comunica el Espíritu (Jn 7, 37-39). El evangelio de San Juan subraya la figura del Buen Pastor que camina hacia «la hora del Padre» —hacia la cruz y la resurrección—, en la que co- municará a todos los hombres el «agua viva» o el Espíritu Santo. Uniendo esta perspectiva a la de San Lucas, podemos resumir la vida apostólica de Jesús como una subida a Jerusalén marcada por unas etapas o mociones del Espíritu: la moción ha- 15 (1967) 423-439; I D , El Espíritu Santo y la misión (Bérriz 1967); C. SPICQ, Le Saint Esprit, vie et forcé de l'Église primi- tive, en Lumiere et Vie 10 (1953) 9-28.
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    204 La misióndel Espíritu Santo cía el desierto, e! envío para evangelizar a los po- bres y el gozo en el Espíritu como anticipo de la resurrección. Hacia el desierto: «Jesús, lleno del Espíritu San- to, se volvió al Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto» (Le 4,1). La capacidad de darse se mide por la capacidad de silencio, oración, desier- to. La fecundidad apostólica de Jesús está ligada a los momentos de desierto, de Nazaret, de noches pasadas en oración o en la agonía de Getsemaní. Los planes salvíficos de Dios se manifiestan en es- tos momentos de desierto. Por esto los criterios apostólicos de Jesús son muy distintos de las fal- sas esperanzas mesiánicas de entonces y de nuestro tiempo—las tres tentaciones son los criterios opues- tos a la acción del Espíritu. Evangelizar a los pobres: «El Espíritu Santo está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a ios pobres, me envió a predicar a los cautivos la liber- tad» (Le 4,18). La caridad del Buen Pastor se hace extensiva a todos, especialmente a los que sufren; por esto «cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). Así es Jesús como la epifanía personal de Dios Amor, puesto que «los pobres son evangelizados» (Le 7,22). La cercanía al hombre que sufre es la señal del Espíritu. El gozo en el Espíritu Santo: «En aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre»... (Le 10,21s). El gozo en el Espíritu nace cuando ha habido una entrega a los demás a través del sacrificio y de la inmola- ción de sí mismo. Sólo cuando se ha aprendido a amar en el sufrimiento, se encuentra este «gozo salvífico» de Jesús que es don del Espíritu y que Los apóstoles, enviados por el E. S. 205 se ha de anunciar a todos los hombres. Evangelizar significa anunciar este gozo salvífico que, como don del Espíritu, proviene de la muerte y de la resu- rrección de Jesús. Este gozo es una nota caracte- rística de la vida del apóstol, como una expresión de la caridad. Es el gozo de las «bienaventuranzas». 4. Los apóstoles, enviados por el Espíritu Santo La misión de Cristo comunicada a los apóstoles, goza de las mismas características (Mt 10,16-20). En medio de las dificultades, podrán dar testimonio porque el Espíritu Santo hablará por su actuación apostólica. Cuando Jesús prometió el don del Es- píritu, presentó tres aspectos de esta misión: la presencia del Espíritu en ellos, la acción del Espí- ritu que les transformará en testigos, la fuerza del Espíritu para anunciar el Evangelio (Jn 14-16). El apóstol se convierte, por obra del Espíritu, en «gloria» o epifanía—signo—de Jesús (Jn 17, 10). De esta manera el Espíritu «glorificará» a Je- sús (Jn 16,14). Así, los apóstoles han recibido la misma gloria de Cristo (Jn 17,22-23). Por esto los apóstoles son «gloria de Cristo» en cuanto «após- toles de la Iglesia» (2 Cor 8,23). El ser y la actua- ción del apóstol, así como la realidad misionera de la Iglesia, son la mejor expresión de la «gloria» de Dios: «Dios es glorificado plenamente por medio de la actividad misionera» (AG 7). La fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús es la misma que ahora actúa en el ministerio de los após- toles (Rom 15,18). Es una nota característica de la vida apostólica. San Pablo resumía esta reali- dad diciendo que era «prisionero del Espíritu» (Act 20,22).
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    206 La misióndel Espíritu Santo El apóstol, como Jesús, tiene que pasar por mo- mentos de desierto y de cruz. La narración de los Hechos de los Apóstoles es un testimonio de la muerte y de la resurrección de Jesús porque es na- rración de los momentos de oración, sufrimiento, persecución y martirio de los apóstoles. Para este objetivo fueron «bautizados» o «revestidos» del Espíritu (Le 24,49; Act 1,5.8). Así se acercarán a todos, especialmente a los pebres, para «llenar de Evangelio» todas las circunstancias de la vida humana (Rom 15,19). El gozo en el espíritu es herencia de Cristo a sus apóstoles (Jn 16,20-24). Es un gozo que nace de la intimidad con Cristo y de saber sintonizar con sus intereses (Jn 16,13-15). La paz que Cristo comunica a los apóstoles, mientras les hace partí- cipes de la misión de! Espíritu, es el mismo gozo pascual que los apóstoles deberán anunciar al mun- do entero (Jn 20,20-23). 5. María, tipo de la Iglesia, fiel a la misión del Espíritu Santo Los evangelios, especialmente en los fragmentos marianos, subrayan la acción del Espíritu Santo como manifestativa de la filiación divina de Jesús y de la maternidad divina de María. La misión de Jesús queda, pues, enmarcada en esta faceta maria- na. La acción del Espíritu que envía a Jesús, que le guía hacia el Calvario y que le resucita, es la misma acción que hace de María Madre de Dios y que continúa en la Iglesia, En esta acción del Espíritu se fundamenta la misión de la Iglesia. La fidelidad de María a esta acción y misión del , Espíritu es tipo de la fidelidad de la Iglesia. En el María, fiel al E. S. 207 evangelio de San Juan, el título de «mujer» aplica- do a María se encuentra en momentos de fidelidad de María a Cristo, que es Palabra de Dios. Así la Nueva Eva queda asociada al Nuevo Adán. El «agua viva»—o el vino nuevo—que brota del costado de Cristo, está relacionada con la fidelidad de María, que personifica a la Iglesia ,6 . El envío del Espíritu Santo el día de la encar- nación es para hacer de María la Madre de Dios, Tipo y Madre de la Iglesia. La fidelidad de María a esta misión del Espíritu es el anticipo personi- ficado de la fidelidad de la Iglesia al mismo Espí- ritu desde Pentecostés y en toda la historia pos- terior. La fidelidad de María a la misión del Espíritu presenta las mismas características de pasar por el desierto, de entrega a los pobres y de gozo en el Espíritu Santo. La respuesta fiel de María a la palabra de Dios fue una entrada cada vez más profunda en el ca- mino de la fe que es «silencio» de Dios (Le 2,19 y 51). La epifanía y cercanía de Jesús a los «pobres» se realiza siempre en una circunstancia mariana: santificación del Precursor, manifestación a los pas- tores y a los reyes, presentación en el templo, pér- dida en el mismo, milagro de Cana, cruz, Pente- costés... Por esto María, en el Magníficat, se llama a sí misma «pobre» (anawim). La misma Santísima Virgen canta la paz o gozo salvífico en el Magníficat (Le 1,47), dentro de una " Jn 2,1-11; 19,25-27. Véase A. FEUILLET, Jésus et sa Mere, d'aprés les récits lucantens de l'etifance el d'aprés saint lean (París, Gabalda, 1974).
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    208 La misióndel Espíritu Santo perspectiva del Pueblo de Dios y de salvación uni- versal. « La fidelidad de María a la palabra de Dios y al Espíritu Santo, la convirtió en tipo del apóstol y de la maternidad eclesial (LG 65). Si la fe de los apóstoles dependió, en gran parte, de la actuación de María en Cana (Jn 2,11), la actividad apostólica está relacionada con María como tipo y madre de los apóstoles: «La Virgen fue, en su vida, ejemplo de aquel materno amor con que es necesario estén animados todos aquellos que, en la misión apostó- lica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres» (LG 65). La acción apostólica es un servicio de la mater- nidad de la Iglesia, virgen (fiel) y madre (fecunda) por la acción del Espíritu Santo. Pentecostés es un paralelo de la encarnación (LG 59; AG 4). La Iglesia se hace, como María, virgen y madre por la fidelidad a la misión y a la acción del Espíritu Santo (LG 64)". 6. Fidelidad a la misión del Espíritu Santo La promesa de Jesús sobre la misión del Espíri- tu presenta estos aspectos: presencia y acción del Espíritu Santo. Es una presencia transformante en 17 Véanse diversos estudios en Le Saint-Esprit et Marte, en Eludes Muríales 1969-1972. También en La Madre di Cristo nel dinamismo rinnovante dello SpirUo Santo (Collegamento Ma- riano Nazionaie) (Roma 1972); A. CHEMA, Our Lady and the Holy Spirit, en Marian Studies 23 (1972) 69-78; M. DUPUY, L'Esprit Saint et Marte dans l'École franqaise, en Études Mariales 26 (1969) 19-35; J. ESQUERDA, Espiritualidad mariana como fide- lidad a la misión del Espíritu Santo (Congreso Mariológico-Ma- riano, Roma 1975); M. J. LE GUILLOU, Le Saint-Esprit, Marie et l'Église, en Études Mariales (1970) 95-104; H. M. MANTEAU- BONAMY, La Vierge Marie et le Saint-Esprit (París, Lethielleux, 1971); J. MOUROUX, Le role de la Vierge dans l'Église apostolique d'aujourd'hui, en Études Mariales (1969) 67-73. fidelidad a la misión del E. S. 209 el sentido de convertir al apóstol en «gloria» y tes- tigo de Cristo. Por parte del apóstol, la fidelidad a la presencia y acción del Espíritu comporta: tomar conciencia de esta realidad, docilidad, generosidad, sentido de instrumento. En la fidelidad del apóstol se concretiza la rea- lidad de una Iglesia que es madre—apostólica— porque es esposa fiel. Supone, pues, decidirse a correr la suerte de su Esposo Cristo—o beber su cáliz—, relacionarse íntimamente con él, sintoni- zar con sus intereses respecto a los planes salvífi- cos del Padre. La fidelidad a la misión del Espíritu tiene tam- bién una faceta más estática y otra más dinámica. Se trata de una fidelidad a la doctrina: conservar- la y profundizarla, para aplicarla a situaciones hu- manas nuevas. Y se trata también de una fidelidad a la acción santificadora y apostólica del Espíritu Santo. El apóstol está empeñado en un proceso de «bautismo» o de configuración con Cristo que es obra del Espíritu. La fidelidad apostólica tiene unas circunstancias de tiempo y de lugar. Es, pues, una fidelidad que se concreta todos los días. Estar atento a la acción concreta del Espíritu es el secreto del éxito apos- tólico. Los signos eclesiales son portadores de la acción del Espíritu. El apóstol es servidor de estos signos. Fidelidad al Espíritu es, pues, fidelidad a estos sig- nos, sin convertirlos en expresiones personalistas estériles. La vida teologal del apóstol es su expresión con- creta de fidelidad al Espíritu: fe como fidelidad
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    210 La misióndel Espíritu Santo al mensaje, esperanza como fidelidad a las prome- sas, caridad como fidelidad a la acción santificadora y transformante. La fidelidad al Espíritu es don de Dios que hay que alcanzar con actitudes de ora- ción, humildad, confianza. Más que saber explicar cómo es la fidelidad al Espíritu, importa decidirse a ponerla en práctica. En la vida apostólica, como en la vida cristiana en general, se encuentra una serie de obstáculos a la fidelidad del Espíritu, entre los que sobresalen las posturas habituales de disipación, de falta de esfuerzo, de aficiones desordenadas. No existe esta fidelidad cuando hay otra escala de valores distinta a aquella que aparece en la historia salvífica. El Es- píritu Santo no actúa a través de apóstoles que es- tén aferrados a sus propios criterios o a sus pro- pios derechos e intereses personales. La vida apostólica es un proceso de fidelidad a ía acción del Espíritu Santo. Es un dinamismo de «pobreza», en el sentido de convencimiento cada vez más profundo de la propia contingencia o limi- tación. Y es un dinamismo de actitudes cada vez más semejantes a las del Buen Pastor, que dio la vida según el mandato recibido del Padre y según la moción del Espíritu Santo (Jn 10,18; Heb 9, 14)18 . 7. Discernir la acción del Espíritu Santo en la misión En un momento especial de evangelización, como el presente, la Iglesia se esfuerza por discernir la 18 G. RAMBALDI, Docilita alio Spirito Santo... dei presbiteri secondo il Decreto «Presbylerorum Ordinis», en Gregorianum 48 (1967) 481-521; A. ROYO, El gran desconocido (Madrid, BAC, 1973) el5: La fidelidad al Espíritu Santo. Discernir la acción del E. S. 211 acción del Espíritu Santo y por seguirla generosa- mente. Se trata, según la invitación de Evdngelü nuntiandi, de «estudiar profundamente la natura- leza y la forma de la acción del Espíritu Santo en la evangelización de hoy día» ". El tema del discernimiento de la acción del Es- píritu Santo en la misión y evangelización, tiene relación estrecha con el tema de los «signos de los tiempos» 20 . Esta frase evangélica tiene sentido apos- tólico de fidelidad a los planes salvíficos del Pa- dre 21 . El Buen Pastor da la vida siguiendo estos designios de salvación 22 . Discernir la acción del Espíritu en la vida apos- tólica es un tema clásico en el Nuevo Testamen- to 23 . Es un aspecto del ministerio apostólico (PO 9.17). La acción del Espíritu se manifiesta a través de signos eclesiales y de la vida ordinaria. No sería posible acertar con verdadera acción y «ca- risma» del Espíritu si se prescindiera de estos sig- nos eclesiales. La relación entre visibilidad de la Iglesia y «carismas» es uno de los temas básicos de la constitución conciliar Lumen gentium (LG 8 y 12). Existe siempre el riesgo de confundir la ac- ción del Espíritu Santo con las tendencias de la naturaleza (psicología) e incluso con la acción del espíritu malo. El apóstol debe estar acostumbrado a discernir la verdadera acción del Espíritu, distin- guiéndola de razones humanas válidas en sí mis- mas, pero al margen de la economía de la gracia de Cristo. La acción apostólica como discernimiento del Es- 18 Evangelii nuntiandi 75. 20 Véase c.V n.3. 21 Mt 7,15-20; 16,2-4; 24,32s; Le 12,54s; 19,41. 22 In 2,4; 10,18; 12,23; 7,30; 8,20. 23 1 Cor 12,10; 1 Jn 4,1.
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    212 La misióndel Espíritu Santo píritu, tiene aplicación concreta en estos campos: discernir luces y mociones, consolaciones y desola- ciones, movimientos y grupos eclesíales nuevos, ma- nifestaciones o fenómenos extraordinarios, decisio- nes y elecciones, situaciones nuevas, proceso de ora- ción y de renovación, dinámica de la configuración con Cristo, etc. Cada uno de estos puntos presenta una gran complejidad de problemas en los que hay que deslindar la acción de la gracia, distinguiéndola de cuanto haya nacido del egoísmo o de puntos de vista al margen del Evangelio. Para saber acertar en el discernimiento de la ac- ción del Espíritu, el medio más concreto es la pro- pia fidelidad a la misma acción. Hay un punto de referencia muy práctico, si uno está habituado a la reflexión y a la lectura: la referencia al magisterio de la Iglesia y a la vida de los santos. Esta refe- rencia es como un tono que se adquiere a lo largo de muchos años. Lo que no suene según esta pauta, no le interesa al apóstol. En la antigüedad, para dis- cernir una actuación apostólica concreta, se hablaba de referencia a la «vida apostólica», es decir, a la doctrina y a la vida de los apóstoles. En general, los medios de discernimiento son: la gracia, el consejo o el estudio de documentos, la experiencia propia o ajena. Básicamente se resu- me en uno: ser consciente de la propia incapacidad de discernimiento sin la ayuda de Dios y de los hermanos. En este campo del discernimiento no pueden darse reglas matemáticas. De los textos del Nuevo Testamento se desprenden unas notas del actuar del Espíritu Santo: acción estructurante o en rela- ción a la visibilidad de la Iglesia, relación estrecha La vida apostólica según el Espíritu 213 con la doctrina apostólica, edificación de la comu- nidad, unidad—no uniformidad—, luz, paz, ale- gría...24 Lo que estuviera al margen del «sentido común», no es del Espíritu. Tampoco es acción del Espíritu cuanto se mueva al margen del «sentido de Iglesia», que es un sentido de delicadeza y amor, además del servicio incondicional que han tenido los santos apóstoles respecto a la Iglesia 2S . 8. La vida apostólica según el Espíritu La vida apostólica según el Espíritu es una vida de fidelidad y de discernimiento, como acabamos de explicar. Vamos a ver ahora el dinamismo de la acción del Espíritu Santo en el campo de la misión y de la evangelización, pero concretándolo princi- palmente en tres puntos: en el proceso de la ora- ción, de la configuración con Cristo y de la evan- gelización directa. Toda la vida apostólica queda polarizada por los grandes acontecimientos salvíficos que, según el Nuevo Testamento, son obra del Espíritu. El após- tol queda comprometido en un proceso de profun- dización de estos misterios cristianos—oración, es- tudio—, en un proceso de vivencia—bautismo, configuración con Cristo—, en un proceso de anun- cio y de comunicación de los mismos misterios. El proceso de la oración apostólica es proceso de sintonización con los planes salvíficos de Dios y con los intereses salvíficos de Cristo. La oración apostólica nace de un encuentro personal con el Señor y de un compromiso de asumir las realida- 24 1 Cor 12 y 13; 14,12; 1 Jn 4,ls; Ef 5,8; Gal 5,22. 25 Véase en «Dictionnaire de Spititualité»: Discerttement des esprits, III, 1222-1291; G. TERRIEN, Le discemement dans les écrits pauliniens (Paris, Gabalda, 1973).
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    214 La misióndel Espíritu Santo des humanas para iluminarlas con la palabra de Dios y convertirlas en diálogo con Dios y en entrega de Buen Pastor. La oración apostólica no es, pues, un acumulamiento de prácticas piadosas, sino un proceso de actitud filial como la de Jesús, que ne- cesita, por ello mismo, concretizaciones prácticas y momentos fuertes de oración. Pero la oración apostólica abarca también la responsabilidad de hacer que la comunidad cristiana sea comunidad orante bajo la acción del Espíritu. Hacer personas y comunidades de oración es uno de los ministerios básicos del apóstol. Una nota de autenticidad es el universalismo de la oración del apóstol y de la comunidad que preside o en la que sirve. El proceso de bautismo o de configuración con Cristo se realiza también bajo la acción del Espí- ritu. No se trata sólo de la santificación personal del apóstol, sino también del proceso de «bautis- mo» que debe relizarse en la vida de toda persona que ha encontrado a Cristo. Es un proceso de fe, esperanza y caridad, a modo de sintonización con los criterios, escala de valores y actitudes de Cristo. La acción apostólica, en este campo, viene a ser una «dirección espiritual» (de tipo «ministerial» o de servicio de signos eclesiales). El apóstol debe conocer los caminos del Espíritu, haberlos expe- rimentado, para guiar por ellos a todo el pueblo encomendado. Muchas veces la acción apostólica deja sensación de vacío, precisamente porque el apóstol se ha ceñido a unas conquistas externas —de aaruoación en torno a su acción personal—- v ha olvidado todo el proceso de la vida espiritual del cristiano iniciada en el bautismo. Una de las causas es la ignorancia respecto a Ja «teología es- piritual» o espiritualidad. Lti vida apostólica según el Espíritu 215. El proceso de evangelización, además de abarcar el proceso de oración y de configuración con Cristo, compromete al apóstol en una dinámica de «unidad de vida» o de saber presentar, en su propia vida, el sermón de la Montaña. El Evangelio no puede presentarse, simplemente, como una teoría religio- sa cualquiera, aunque fuera la mejor, sino como una actitud básica que arranca del mensaje doctri- nal y de los hechos salvíficos realizados por Jesús. El apóstol es tal en la medida en que presente, en su dedicación apostólica, la actitud del Buen Pastor, que ama y da la vida en los momentos más difíciles de la vida humana (son las circunstancias descritas en las «bienaventuranzas»). La acción apostólica apunta a crear personas y comunidades que vivan esta realidad de bienaventuranzas, es decir, que sean personas y comunidades de caridad. La vida apostólica es, pues, una vida según el Espíritu, el cual, «hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, pre- disponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» 26 . 26 D. BERTETTO, LO Spirito Santo e santificatore (Roma, Pro Sanctitate, 1977); CL. DILLENSCHNEIDER, L'Esprit Saint et le prétre (París 1963); J. ESQUERDA, Prisionero del Espíritu (Sala- manca, Sigúeme, 1976); E. F. FARREL, Surprised by the Spirit (New Jersey, Dimensión Books, 1973); G. HUYGHE, Growth in the Holy Spirit (Westminster [Maryland], Newman Press, 1962); A. GRANADOS, Acción del Espíritu Santo en el desarrollo de la comunidad cristiana, en Misiones Extranjeras 11 (1964) 29-35; J. LECUYER, Mystére de la Ventéente et apostolicité de la mission de l'Église, en Études sur le sacrement de VOrdre (París 1957); J. SHEETS, The Spirit speaks in tis (Dimensión Books 1969).
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    VIII. ORACIÓN YEVANGELIZARON S U M A R I O Presentación. 1. Corrientes actuales. 2. Orar y evangelizar. 3. El diálogo con Dios en las religiones no cris- tianas. 4. Lo específico de la oración cristiana. 5. Experiencias místicas no cristianas. 6. La «aculturación» de la contemplación cristiana. 7. Lo específico de la contemplación cristiana. 8. La contemplación cristiana como valor evangeli- zador actual. PRESENTACIÓN Oración y evangelización son dos temas comple- mentarios, aunque no pocas veces se hayan presen- tado como conflictivos. En todos los períodos his- tóricos se nota alguna preferencia por uno u otro tema. Acostumbra a ser el eco de un acento am- biental, bien sea sobre la acción externa (compro- miso, renovación social, etc.), o sobre la interiori- zación (reflexión, carismas, vida interior, etc.). El apóstol se encuentra siempre cuestionado por el acento en uno de los dos temas. Si el acento re- cae sobre la acción externa, se corre el riesgo de la llamada «herejía de la acción». Si, por el con- trario, se acentúa la interiorización, se corre el ries- go de una evasión, alienación o subjetivismo. En realidad, no pueden contraponerse oración y evangelización, puesto que la primera forma tam- bién parte de la segunda. Pero cuando una perso- na se busca a sí misma, cae fácilmente en la moda de las ideas ambientales. Las discusiones que par- ten de un dilema entre vida interior o apostolado, no pueden abocar a una solución aceptable, puesto que para cada tema se pueden invocar valores y principios absolutos. El verdadero apóstol no se plantea, a nivel de principios, la fricción entre oración y apostolado. Cuando se vive la caridad apostólica, se encuentra tiempo y motivos para orar y para darse a los demás. La figura de Jesús es siempre la pauta para el apóstol. Nazaret y vida pública, noches de oración y predicación por todos los pueblos, diálogo con el
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    218 Oración yevangelización Padre y cercanía a los pobres..., en Jesús son dos facetas de un mismo amor (Me 1,35-38). Hoy, en el campo de la evangelización, el tema de la oración presenta una nueva problemática: el encuentro entre la oración cristiana y la oración no cristiana. Este tema llega a su punto culminante al hablar de la contemplación o de las experiencias místicas. ¿Tiene algo especial que aportar el após- tol cristiano en el campo de la oración y de las experiencias contemplativas? Parece como si el fu- turo de las religiones se fuera a perfilar en este encuentro comparativo de experiencias del encuen- tro con Dios. ¿Cómo se puede evangelizar a per- sonas o a pueblos que tienen una rica experiencia de «contemplación»?... ' 1. Corrientes actuales de oración Después de un período histórico, en el que se ha infravalorado la oración, se nota en todas par- tes una búsqueda de experiencias sobre el diálogo con Dios, experiencias de interioridad, experiencias de encuentro con Cristo, experiencias de la palabra de Dios siempre viva y actual. Baste recordar los movimientos actuales de espiritualidad, así como los grupos de oración, las manifestaciones colecti- vas de entusiasmo, los encuentros de silencio, las escuelas de interiorización por medio de métodos orientales (yoga, zen, meditación transcendental). En los países cristianos se nota un conocimiento Resumen doctrinal del tema y aplicaciones prácticas en- ,T. ESQUERDA, Contemplación cristiana y experiencias místicas no cristianas, en Evangelizzazione c culture, Atti del Congresso in- ternazionale scientifico di Missiologia (Roma, 5-12 oct. 1975) (Roma, Pontificia Universidad Urbaniana, 1976) vol.I 407-420; Experiencias de Dios (Barcelona. Balmes. 1976). Corrientes actuales de oración 2V) cada vez mayor de las experiencias de oración o de interioridad tal como se practican en las religiones no cristianas. A su vez, en los países no cristianos se valoran las obras cristianas clásicas de espiritua- lidad. Kxisie una especie de pregunta mutua: ¿Cuál es vuestra experiencia de Dios? Las tendencias de la sociedad actual acentúan la importancia de orar partiendo de acontecimientos —para iluminarlos con la palabra de Dios—, así como la necesidad de espontaneidad, autenticidad, silencio, vida comunitaria o expresiones de oración en grupo. El apóstol de hoy, después de una época en que se caricaturizó la oración, se siente inter- pelado por estas nuevas tendencias de espirituali- dad y de oración. En una sociedad que tiende hacia la seculariza- ción, se pregunta al cristiano no por unas fórmulas y métodos de orar, sino principalmente sobre ex- periencias de Dios: «Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente do- lorosamente su necesidad, el mundo exige a los evan- gelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y rratan familiarmente, como si es- tuvieran viendo al Invisible» 2 . 2 Evangelii nuntiandi 76. Algunos libros actuales hacen resaltar estos aspectos de la oración cristiana. Véase CH. BERNARD, La pregbiera cristiana (Roma, LAS, 1976); A. M. BESNARD, La preghiera come rischio (Milano, OR, 1973); B. BRO, Learning to pray, (N. Y. 1969); Y. RAGUIN, Cammini di contemplazione (Torino, Gribaudi, 1972); ID., Espíritu, hombre, mundo (Madrid, Narcea, 1976); E. J. FARREL, Prayer is a hunger (Dimensión Books 1972); R. VOILLAUME, La contemplación boy (Salamanca, Sigúeme, 1975).
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    220 Oración yevangelización 2. Orar y evangelizar La fuerza del apostolado proviene de Dios. El apóstol es «instrumento vivo» (PO 2) en la medi- da en que sea hombre de oración. La capacidad de caridad apostólica está en relación directa a su ca- pacidad de oración. Los sentimientos del Buen Pastor sólo se captan en diálogo con él. Evangelizar es presentar el gesto del sermón de la Montaña o de amar como ama Jesucristo. Esta caridad pastoral no es posible sin la oración. El apóstol que no esté dedicado a la caridad, tampoco sabrá orar. La «unidad de vida» es como el equili- brio entre la oración y la acción: pues bien, «esa unidad de vida no puede lograrla ni la mera orde- nación exterior de las obras del ministerio, ni, por mucho que contribuya a fomentarla, la sola prác- tica de los ejercicios de piedad» (PO 14). La «uni- dad de vida» nace del querer hacer la voluntad sal- vífica de Dios, que reclama del apóstol momentos de oración y momentos de acción, años de Nazaret y años de ministerio directo. Orar es parte integrante del trabajo pastoral: se prolonga la oración de Cristo como se prolonga su palabra y su acción salvífica. Predicar el Evangelio sin espíritu de oración es correr el riesgo de pre- dicarse a sí mismo o de ventilar las propias teorías y opiniones. La actitud del Buen Pastor es una atención con- tinua a la voluntad del Padre. Y esta actitud se expresa en el diálogo de la oración. Nuestra misma acción apostólica recibe ahora la fuerza de la ora- ción de Cristo (Jn 17,20). La fecundidad apostólica está condicionada a la Orar y evangelizar 221 oración. Por esto San Pablo pide las oraciones de todos (Col 4,3-4; 2 Tes 3,1). Si Dios no da el «crecimiento», es inútil nuestro sembrar y regar (1 Cor 3,6-7). La oración del apóstol es una actitud de asumir los intereses del Padre y los problemas de los hom- bres en un diálogo vivencial con Dios que se tra- duce en una postura de dar la vida por los demás. Así era la oración de Jesús, quien sigue siempre «intercediendo por nosotros» (Heb 7,25; Rom 8,34). Muchas veces, la oración apostólica está encua- drada en un sentimiento de soledad y de «silencio» de Dios. Estos momentos, que Jesús también ex- perimentó en la cruz (Me 15,33-34), son los más fecundos en la vida de apostolado. La vocación apostólica es vocación de intimidad con Cristo y de dedicación al anuncio del Evange- lio (Me 3,14; Act 6,2-4). También es un servicio de la maternidad de la Iglesia: los signos eclesiales reciben siempre su fuerza de la palabra de Dios expresada en oración o en contexto de plegaria. Así se hace fecunda la Iglesia «sacramento univer- sal de salvación». La oración apostólica tiene siempre perspectiva universal como la oración de Jesús. Restringir las fronteras de nuestra vida interior significaría en- cerrarse en una interioridad que no es la del Buen Pastor. Pablo hacía oración por todos los pueblos y por todos los hombres (1 Tim 2,1-6)3 . j 3 A. SEUMOIS, L'Anima dell'apostolato missionario (Bologna, EMI, 1961). Véanse las encíclicas misioneras, especialmente Máxi- mum illud, tercera parte; Rerum Ecclesiae, segunda parte. R. FA- RICY, Evangelization and spiritual Ufe, en Documenta Missionalia 9 (1975) 141-159.
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    222 Oración yevangelización 3. £1 diálogo con Dios en las religiones no cristianas Mientras en nuestro mundo «secularizado» con- tinúa infravalorándose la espiritualidad y la ora- ción como tema en sí mismo, surge, como contras- te, una tendencia hacia las experiencias de interio- rización. Es un fenómeno que se da también en los sectores paganos, mientras, al mismo tiempo, el proceso de secularización va minando paulatinamen- te las expresiones de culto popular. Este fenómeno, de doble cara, purifica las formas más caducas de espiritualidad y acentúa el valor de las experiencias y métodos de oración en la historia de cada pueblo. El misionero se encontró siempre sorprendido ante las experiencias de espiritualidad en las reli- giones no cristianas. Hoy, ante la incidencia mayor del cristianismo, estas religiones redescubren su pa- sado de experiencias de oración. Por esto el misio- nero necesita ahondar, doctrinal y vivencialmente, en la oración cristiana, para poder valorar conve- nientemente las experiencias no cristianas. Por otra parte, hoy un misionero sin espíritu de oración que- daría inutilizado para responder a las numerosas preguntas sobre experiencias de contemplación que provienen de ambientes paganos. Se trata de un fe- nómeno nuevo que ayuda a descubrir el valor eter- no de la oración para la fecundidad apostólica. Hay religiones que acentúan la esperanza, como hacen los salmos del Antiguo Testamento (judais- mo), otras ahondan en la adoración y en la oración vocal (mahometismo), otras presentan una dinámi- ca de purificación vital (hinduismo), otras prefie- ren la negación de todo deseo para llegar a una paz La oración en las religiones no cristianas 223 interna y a una iluminación (budismo)... Mientras tanto, las religiones primitivas viven pendientes de la inserción de Dios—o de los espíritus—en las circunstancias de la vida humana4 . Hacer comparaciones entre los diversos métodos y experiencias, sería inadecuado. En todas las ma- nifestaciones religiosas se encuentran personas que han llegado finalmente a una actitud de «unidad de vida» o a una cierta experiencia de Dios en la vida cotidiana. Cualquier camino y experiencia no cristiana puede llevar al mismo término. No se puede olvidar la acción de la gracia en cada persona incluso en el ambiente de formas religiosas diversas. El apóstol debe darse cuenta inmediatamente de la falta de algo esencial, al menos en las expresio- nes escritas y orales: un Dios Amor que ha enviado a su Hijo para redimirnos. Siempre hay huellas de esta realidad divina, pero el cristianismo parte del misterio de la Trinidad (que habita en nosotros) y del misterio de la Encarnación (Dios con nosotros, «Emmanuel»): Jesús, el Hijo de Dios, hecho nuestro hermano, vive en nosotros y entre nosotros. Hasta dónde llega la fe explícita de los paganos, no nos consta. Cierto que Dios les puede hacer entrar, aun sin explicitaciones, en su interioridad divina. Pero la revelación de los planes de Dios sobre sus relacio- nes con nosotros urge a comunicar esta realidad a todo hombre de buena voluntad, especialmente a tantos hombres que oran sinceramente. 4 Véase el tema de la oración según las diversas religiones no cristianas en Praycr-prtire Studia Missionalia 24 (1975); espe- cialmente: Oración en África, en el budismo, en el hinduismo, en las religiones chinas. Más bibliografía en nota 7,
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    224 Oración yevangelizarían 4. Lo específico de la oración cristiana Toda oración auténtica viene a reducirse a una actitud de culto y de diálogo. La actitud de culto es el resultado de reconocer a Dios como primer principio; culto es también adoración, acción de gracias, alabanza, reparación, impetración o peti- ción. La actitud de diálogo nace de saber que Dios es bueno; esta actitud se expresa en unión, inti- midad, relación personal... Estos dos aspectos, cul- tual y dialogal, se encuentran en toda oración au- téntica y, por tanto, también en la oración de mu- chos no cristianos. Lo específico de la oración cristiana arranca del misterio de la Encarnación, que nos desvela el mis- terio de la Trinidad, de la gracia e inhabitación, de nuestra filiación divina, etc. Concretamente, la ora- ción cristiana es una actitud de pobreza y de cari- dad que dimanan de un encuentro con Cristo por la fe, la esperanza y la caridad. Se trata de una actitud filial. El aspecto cultual llega a su máxima profundidad: reconocer nuestra contingencia radi- cal, nuestra «pobreza» de pecadores que necesitan redención. El aspecto dialogal se convierte en una convicción de que Dios nos ama como a su Hijo, y en una decisión de querer hacer su voluntad den- tro de sus planes salvíficos. El cristiano, por haber encontrado a Cristo, re- conoce su propia realidad o pobreza, pero en esta pobreza encuentra a Cristo cercano y, con él, a Dios Amor. Surge entonces una convicción profunda de que Dios nos ama. A pesar de nuestra debilidad y pecado, a pesar de nuestra pobreza radical, podemos Lo específico de la oración cristiana 225 decir «Padre nuestro» a Dios, gracias al Espíritu Santo que nos configura con Cristo 5 . En la medida en que el cristiano adopta una pos- tara de pobreza-—como la del publicano, la Mag- dalena o la de María Santísima en el Magníficat— y una postura de confianza y de amor—conversión, hacer la voluntad de Dios—, en esta misma medida Cristo ora en él. Y, por esto, el Padre escucha la oración del cristiano con la complacencia con que escucha la oración de Cristo: «Este es mi Hijo muy amado» (Mt 3,17). Así, pues, la actitud cultual y dialogal de toda oración se convierte, para el cristiano, en una rela- ción filial y de amistad, a modo de «estar con quien sabemos que nos ama» (Santa Teresa de Avila). El apóstol de hoy no podrá evangelizar si no ha llegado a tener esta experiencia de oración cris- tiana. Adquiriendo esta actitud de relación perso- nal, desaparece toda dicotomía y oposición o anti- nomia entre vida interior y apostolado. Encontrar tiempo para orar o para una acción apostólica es cuestión de escala de valores y de prioridades; cada uno encuentra tiempo para lo que ama. Hay que distinguir la oración en sí misma de las técnicas, de los medios y métodos de orar. Jesús no enseñó a los apóstoles ninguna técnica "y nin- gún método de oración. Técnicas y métodos son buenos y aun necesarios, al menos en algunas cir- cunstancias, con tal que permanezcan en su cali- dad de medios y no impidan llegar a la verdadera actitud de oración, que es una actitud filial de po- breza y de caridad. Hay que colaborar a la acción del Espíritu Santo, y para ello sirven los métodos; s Mt 6,7-15; Gal 4,6; Rom 6,14-17. Espiritualidad misionera 8
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    226 Oración yevangelizado» pero el mismo Espíritu va llevando a cada uno por caminos especiales y personales. Lo primero que constata el misionero en un país de misión es la existencia de muchos métodos y tendencias de interioridad. A veces, al no saber dis- tinguir, se queda con la impresión de que estas técnicas de interiorización son ya oración. En nues- tro mundo secularizado se valoran estas técnicas en un nivel de experiencias; se pueden aprovechar para llegar a la oración cristiana. En el campo de los métodos no difiere la oración cristiana de la oración o interiorización pagana. De suyo, unos métodos no son necesariamente superio- res a los otros. Cada hombre, cada cultura, cada pueblo, necesita unos estímulos o unos medios psi- cológicos peculiares de interiorización. El apóstol debe anunciar el Evangelio también en su faceta de oración o de diálogo con Dios Amor, nuestro Padre. El anuncio del Evangelio cala más hondo cuando tiene lugar comprometiendo a la per- sona en este diálogo o actitud filial del «Padre nuestro». Así se anuncian las «bienaventuranzas» —que son el contexto de la oración cristiana—co- mo una actitud filial expresada en el mandamiento del amor. La señal de haber adquirido alguna experiencia de oración cristiana es la caridad. La oración, en sí misma, no consiste propiamente en una capaci- dad de reflexionar, de concentrarse, de afectividad personal o colectiva, de quietud, etc. Podrían fal- tar todas estas manifestaciones y existir todavía la oración. Incluso el silencio puede ser oración cuan- do expresa una actitud filial; el un silencio de ple- b.^pertemias místicas no cristianas 227 nitud, de humilde espera, de admiración, de cari- dad... El proceso de oración es un proceso de hacerse disponible para amar. Es, pues, el mismo proceso de la actitud de «bienaventuranzas», que es el meollo de la evangelización. La caridad de Buen Pastor es la señal de que se ha adentrado verda- deramente en el diálogo con el Padre para conocer y seguir su encargo y misión6 . 5. Experiencias místicas no cristianas Al comparar las experiencias de contemplación cristiana con otras experiencias no cristianas, se ha corrido siempre el riesgo de comparar metodolo- gías, fenómenos extraordinarios, actitudes menta- les, ideologías, etc. Es como si uno quisiera com- parar el cristianismo con otra religión basándose fundamentalmente en expresiones artísticas. Ni los métodos y fenómenos contemplativos ni el arte y la literatura cristiana son necesariamente superiores a los métodos, fenómenos contemplativos, arte o literatura no cristiana. Se dan fenómenos místicos contemplativos en el cristianismo y fuera de él: religiones primitivas y animistas, hinduismo, budismo, religiones «misté- ricas», Islam, judaismo, etc. Es muy interesante constatar la existencia de fenómenos extraordina- rios parecidos: éxtasis, locuciones, levitaciones, ilu- minaciones, «glosolalia», etc. A veces son de ca- rácter colectivo. También se constatan continua- 8 Además de la bibliografía de nota 2, véase BLOOM, Courage to pray (London, Darton, 1974); R. GUELLY, Présence de Dieu (Paris, Casterman, 1970); D. DE PABLO MAROTO, Dinámica de la oración (Madrid, Edit. de Espiritualidad, 1973); La preghiera cristiana (Roma, Teresianum, 1975).
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    228 Oración ycvangdizacion mente dos tendencias: una que se basa más en el esfuerzo humano y otra que confía más en la inter- vención «sobrenatural» 7 . No basta con establecer un paralelismo de fenó- menos, a modo de estudio comparativo de las reli- giones (una de tantas sería la cristiana). Tampoco basta con adaptar la contemplación cristiana a «mé- todos» contemplativos no cristianos. En el campo de la ideología y de la terminología hay toda una serie de expresiones semejantes que no son patrimonio de ninguna religión; son, más bien, un tesoro que pertenece a toda la humanidad anteriormente a toda religión constituida. Se busca siempre el «oro escondido» en lo más profundo del ser humano, que está hecho de contrastes, para en- contrar una unión con el Absoluto. Se notan dos tendencias principales: una hacia la identificación cósmica e histórica y otra que va al encuentro de un ser personal (muy velado ordinariamente fuera del cristianismo). En las religiones monoteístas se acentúa el llegar a lo más profundo del propio ser para encontrar una cierta intimidad con Dios. Querer comparar métodos de contemplación no lleva a más que a descubrir una especial providen- cia de Dios en la historia de la contemplación, 7 L. GARDET, Experiencias místicas en tierras no cristianas (Madrid, Studium, 1970); V. HERNÁNDEZ CÁTALA, La expresión de lo divino en las religiones no cristianas (Madrid, BAC, 1972); H. M. LASALLE, Le zen, le chetnin de l'illumination (Bruges 1965); DOM LE SAUX, Sagesse hindou, mystique chrétienne, du Védanta a la trimté (París 1965); J. MONCHAIN, Mystique de l'Inde, mystére chrétien (Paris, Fayard, 1974); D. T. SUZUKI, Misticismo cristiano y misticismo budista, en Las grandes religiones enjuician al cristianismo (Bilbao, 1971); A. RAVIER, La mystique et les mystiques (Paris, Desclée, 1965); J. G. VALLES, Las fuentes de la espiritualidad religiosa japonesa, en Teología Espiritual 18 (1974) 339-362; E. VITRAY-MEYEROVITCH, Mystique et poésie en Islam (Paris 1972). Véase otros estudios en Mystique: Studia Missionalia 26 (1977). b> perietíciüs místicas no cristianas 229 pero ello no descubre el aspecto original del miste- rio cristiano «experimentado» por el místico al mar- gen de toda técnica y de todo método. Es un hecho actual la sorpresa de muchos cris- tianos y misioneros al descubrir los caminos de «ilu- minación» y de meditación trascendental en religio- nes no cristianas. Son «vías» practicadas y perfec- cionadas durante siglos. Propiamente hay que re- conocer que estos «caminos» no están ligados a nin- guna religión, sino más bien a un proceso cultural humano anterior a las religiones organizadas. Tanto en el paganismo como en el cristianismo, estos fenómenos y este esfuerzo de interiorización pueden llegar a cierta «quietud» e «iluminación». Son cosas buenas y pueden convertirse en oración y aun en preparación para la contemplación pro- piamente dicha. Pero, en sí mismos, no constitu- yen ni la oración, ni la contemplación, ni la per- fección. La acción del Espíritu Santo—en cristia- nos y paganos—se puede servir de estos medios como una especie de colaboración nuestra a la ac- ción de la gracia. Por esto hay que mirar estas cosas, al mismo tiempo, con respeto y con libertad de espíritu, sin ligarse a ellas. Algunas veces son efectos de nuestra naturaleza (psicología); otras son efectos secundarios psicológicos de una acción fuer- te de la gracia; con el tiempo y la maduración de la caridad desaparecen, aunque en muchos santos no existieron nunca8 . 8 B. JIMÉNEZ DUQUE, Dios y el hombre (Madrid, FUE, 1973) IX; I. GOBRY, L'expérience mystique (Paris, Fayard, 1964); A. FONK, Mystique: DTC 10,2599-2674; D. KNOWLES, What is mysticism? (London 1966); A. LÉONARD, Kecherches pbénoméno- logiques autour de l'expérience mastique, en Suppl. Vie Spirituelle (15 nov. 1952) 430-494.
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    230 Oración yevangelizarían 6. La «aculturación» de la contemplación cristiana Cuando el apóstol deba presentar la contempla- ción cristiana, habrá de tener en cuenta un proceso de «aculturación» o de desprendimiento de todo ropaje cultural: partir de la realidad misma de la contemplación cristiana, sin los ropajes de culturas o metodologías religiosas y sin los fenómenos «mís- ticos» concomitantes. Siguiendo este camino, se po- dría llegar a presentar la contemplación cristiana en lo que es específico y como valor directo de la evangelización. La cuestión no resulta tan fácil, pues es prácti- camente imposible prescindir de todos los condicio- namientos culturales o religiosos que acompañan al dato revelado. Pero el apóstol no se puede limitar a presentar una metodología o fenomenología mís- tica, aunque fuera la mejor. Sólo es típicamente cristiano aquello que expresa el misterio de Cris- to: Trinidad, Dios Amor y Padre, encarnación, gra- cia, inhabitación, etc. La «experiencia» típicamen- te cristiana sería aquella que expresara lo consegui- do por las virtudes de fe, esperanza y caridad (ayu- dadas por los dones y la acción especial del Espíri- tu Santo). En los medios religiosos paganos, ricos en expe- riencias de Dios y de diálogo con él, el cristiano sólo puede presentar una explicitación de Dios Amor y Padre (por Cristo y en el Espíritu). La gracia sobrenatural puede actuar en un místico pa- gano. Pero la revelación explícita de los planes de Dios la penetra sólo el místico cristiano. La reali- dad de una experiencia sobrenatural de Dios en la Contemplación cristiana y «aculturación» 231 mística no cristiana es una huella de Cristo que llama y urge a una explicitación. El apóstol cristiano que anuncia el Evangelio en un país o ambiente religioso-contemplativo no cris- tiano no puede, pues, basarse en métodos mejores ni en comparaciones más o menos odiosas. Aún an- tes de que descubra la existencia de las experien- cias místicas no cristianas, este apóstol debe haber llegado a cierta experiencia de la contemplación cristiana en sí misma. Para el apóstol, es un camino que difícilmente llega a buen término, el de descubrir las experien- cias contemplativas no cristianas sin haber vivido primeramente la realidad cristiana de la contem- plación. La convicción que tiene el apóstol de que la contemplación cristiana es superior no le garanti- za que va a poder experimentarla y menos trans- mitirla. Encontrando la originalidad de la mística cristiana en sí misma, el apóstol o evangelizador no tiene por qué considerar los métodos o expe- riencias fenomenológicas contemplativas paganas como necesariamente inferiores, ni tampoco como necesarias Para poder presentar la contemplación cristiana a un mundo no cristiano es necesario despojarla de su ropaje cultural (neoplatónico). No todo lo que se llama contemplación cristiana es precisamente cristiano. Muchos fenómenos y técnicas de oración no son propia o exclusivamente cristianos, como he- mos apuntado más arriba al hablar de la oración. En San Ignacio de Antioquía, en San Ireneo, etc., encontramos un ropaje judeocristiano en torno a la oración. En la escuela de Alejandría se añade una 8 Y. RAGUIN, La profondeur de Dieu (París, Desclée, 1973).
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    232 Oración yevangelización tendencia neoplatónica. Lo específicamente cristia- no no puede identificarse ni con el ropaje judeocris- tiano ni con el neoplatónico10 . Para la presentación de la contemplación cristia- na en sí misma es necesario basarse en las expre- siones espontáneas e independientes de tantos san- tos y autores místicos, especialmente cuando pres- cinden de la terminología anterior y arrancan de la experiencia cristiana de fe, esperanza y caridad. Algunas expresiones cristianas dependen más bien de una terminología bíblica (explicada, a veces, por Filón). Así, por ejemplo, la dinámica de entrar, por etapas, en la «tiniebla» donde se esconde y mani- fiesta el Verbo o Palabra de Dios. Esto tiene apli- .eación al tema evangélico de la transfiguración de Jesús: la «nube luminosa» (Mt 17,5). Esta expre- sión no depende propiamente de ningún ambiente extrabíblico. La «transcendencia divina», a la que aounta el contemplativo cristiano, ya no es sólo la teología «negativa», sino la realidad positiva de Dios Amor y Padre que nos ha comunicado a su Hijo. 7. Lo específico de la contemplación cristiana La experiencia contemplativa cristiana va más allá de toda experiencia de iluminación v de medi- tación transcendental. No es posible expresarla con palabras. Pero en la vida de un cristiano contempla- tivo se nota una huella de Dios Amor, a quien él ha exneHrnentado más allá de toda experiencia psi- cológica. La mística cristiana se distingue porque 10 R ARNOII VUtrnnmf Je* Pto-er DTC 12,2757-2392; T DA- MTFTOU La tenloe,ta del giudeo-cristianesimo (Bologna 1974); A. LÉONARD. a.C Lo específico de la contemplación cristiana 233 siempre, sin excepción, apunta a un «más allá» que solamente tendrá lugar en una visión y posesión de Dios en la otra vida. Ningún don de Dios, nin- guna experiencia, son el mismo Dios. La experiencia mística cristiana enraiza en el mis- terio de la Encarnación, el cual desvela el misterio trinitario en sí mismo y participado en nosotros. La experiencia de la propia pobreza o contingencia lleva, por acción del Espíritu Santo, a encontrar a Dios Amor, que se manifiesta y comunica en su Hijo Jesús. El Señor es el «Emmanuel», presente y cercano más que nuestra misma intimidad. La ex- periencia de esta realidad, que es don de Dios, es posible a los «pobres», sin necesidad de técnicas contemplativas. Entrar en el terreno de la contemplación es com- prometerse en un proceso de caridad y de bautismo o de configuración con Cristo, que desemboca en una actitud de «bienaventuranzas» o de hacerse disponible para amar como Jesús. Con esta dispo- nibilidad, aun en el silencio y en la «pobreza» de pensamientos, de sentimientos, de palabras, se pue- de decir «Padre» a Dios, gracias al Espíritu Santo que habita en nosotros. Un aparente no saber orar, es decir, la imposi- bilidad de usar ningún método o técnica, puede con- vertirse en la mejor de las oraciones: una postura de autenticidad como fruto de la caridad de Cristo que vive en nosotros. Es un proceso de «unidad de vida» que desemboca en una actitud de «pobreza» y de caridad, como un silencio de plenitud: «que ya sólo en amar es mi ejercicio» (San Juan de la Cruz). Esta «pobreza» y caridad cristiana es un aden-
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    234 Oración yevangelizarían trarse en el «silencio» y «ausencia» de Dios, en la «tiniebla luminosa», mucho más allá de cualquier técnica y experiencia. Y todo ello puede ocurrir en una vida ordinaria y en personas sencillas (los «po- bres»). Por esto San Juan de la Cruz describe el proceso de contemplación como un proceso de fe, esperanza y caridad. Se entra en el «silencio» de Dios por una actitud fundamental recibida de Dios; no precisamente por un proceso de reflexiones, «quietudes», intuiciones o iluminaciones adquiridas por un esfuerzo de interiorización. La experiencia cristiana de contemplación no es propiamente una experiencia psicológica, aunque la acción divina deja siempre sus huellas «pobres». Es más bien una vivencia de la presencia y de la palabra de Dios, mucho más honda que la de una visión—aun intelectual—o la de una locución ex- traordinaria. Cuanto más profunda es la contempla- ción y la experiencia mística cristiana, mucho más «pobres» son los signos del actuar divino. Las hue- llas y fenómenos extraordinarios, incluso los produ- cidos por la gracia, son más bien efectos secundarios debidos a nuestra debilidad ". La acción del Espíritu Santo puede, en paganos y cristianos, dejarse entender por medios adecuados a nuestra debilidad; pero estos fenómenos extraor- dinarios son debidos más bien a nuestra debilidad, puesto que «traducimos» las gracias de Dios a nues- tra manera. Prácticamente todos los fenómenos ex- traordinarios podrían producirse por un esfuerzo de interiorización o de presión psicológica ambiental (además de una eventual acción del espíritu malo), Por esto, el verdadero contemplativo o no ha te- 11 SANTA TERESA, Muradas 7 c 3 n 12; SAN JUAN DF LA CRUZ, Subida 1.2 c.21 y 22. Valor evangelizador actual 235 nido nunca estos fenómenos o los va dejando atrás en un proceso de maduración en la caridad. Al fi- nal sólo queda una «presencia» y una «palabra» de Dios Amor—por Cristo, en el Espíritu—que su- pera toda experiencia y que hace de la persona con- templativa un gesto permanente de caridad, de Evangelio, como una «epifanía» de Dios Amor, dentro siempre de la sencillez, pobreza y limita- ción de la vida de cualquier santo, Para el contem- plativo, los signos más sencillos y ordinarios de Iglesia—como los lienzos plegados en el sepulcro— son los más elocuentes, porque hablan más de Dios Amo: ! 8. La contemplación cristiana como valor evangelizador actual Aunque la contemplación cristiana se diferencie de cualquier experiencia o técnica de interiorización, por sublime que sea, Dios puede dar a vivir los misterios cristianos a cualquier persona no cristia- na (fe implícita). El apóstol cristiano, en este caso, está llamado a hacer explícita esta fe. Las religiones que poseen un rico tesoro de ex- periencias de oración y de contemplación necesitan una acción evangelizadora que les descubra la espe- cificidad de la oración y contemplación cristiana. Esto no destruye ningún valor auténtico de otras experiencias; antes bien lo lleva a plenitud y los salva de caducidad y de riesgos, purificándolo de añadiduras espúreas. Leyendo los autores místicos paganos, se puede uno percatar de cómo Dios actúa maravillosamen- 12 SANTA TERESA, Vida 41,2; SAN JUAN DE LA CRUZ, Noche 1 1 c.10,4; 18,5; Llama, canc. 1,4; Cántico espiritual, cant. 39,12.
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    236 Oración yevangelizarían te en ellos y cómo, al mismo tiempo, hay un de- seo implícito de algo más que ellos no tienen y que en realidad sólo se encuentra explicitado en los místicos cristianos gracias a la revelación. Los grandes valores de las experiencias místicas no cristianas corren el riesgo de ser arrasados por un proceso de secularización o de materialismo. Es- te fenómeno se puede constatar en algunos ambien- tes tradicionalmente budistas o mahometanos v se agudizará en el futuro. Sólo la llegada a la plenitud en Cristo—de quien son huellas esos valores—po- drá salvarlos de una pérdida irreparable. Lo mismo que la revelación cristiana ha sido pre- parada por Dios a través de una manifestación di- vina cósmica—creación, «revelación» primera, acon- tecimientos—y de una manifestación especial ve- terotestamentaria, así toda experiencia mística no cristiana (si es auténtica) es una huella que necesi- ta 11e»ar a la plenitud en Cristo. Una nueva etapa de evangelización, en la que se piden experiencias de Dios (a pesar de su «silen- cio» y de su «ausencia»), necesita apóstoles que tensan experiencia de contemplación. El Evangelio s" transparenta en la postura cristiana del contem- plativo, que es. por ello mismo, una actitud plas- mada en el sermón de la Montaña. Esta arr'rud contemplativa es eminentemente apostólica. La pos- tura apostólica, como la contemplativa, es la de una dedicación esoonsal a un campo de caridad. Es el gesto habitual de caridad y de «unidad de vida» aue presentaron los santos en sus vidas y en sus obras de repercusión social. En los momentos de «silencio» y de «ausencia» de Dios, que tanto espantan al hombre de hoy, el Valor evangelizador actual 237 apóstol cristiano debe saber presentar una palabra y una presencia más profunda de Dios: Jesús, Dios con nosotros (Emmanuel), la Palabra de Dios hecho nuestro hermano. A la luz del misterio de la En- carnación, se descubre que siempre es posible amar y hacer lo mejor de nuestra vida, puesto que Jesús resucitado «h?bita entre nosotros» (Jn 1,14). Un mundo que tiende hacia el materialismo, la secularización y el pesimismo necesita un gesto cla- ro de Dios Amor. El contemplativo cristiano es el hombre que, por ser más consciente que nadie de su propia pobreza, ha descubierto vivencialmente la presencia y la palabra de Dios Amor. Por esto es el hombre que no sabe nada más que amar. Su capa- cidad apostólica y de encontrar la mejor manera de darse a los hermanos depende de su capacidad de entrar en el «silencio» de Dios. El mundo pagano, con su peculiar experiencia de la presencia y del diálogo con Dios, necesita des- arrollar la «semilla» evangélica hasta la explicitación en Cristo. Un «mordiente» para este desarrollo (el más importante y urgente) es el apóstol que anun- cia el Evangelio presentando, en su vida, una ex- periencia original de encuentro y de diálogo con Dios Amor. De aquí que la nueva etapa de evan- gelización está en las manos de hombres que ten- san una rica experiencia de oración y de contempla- ción cristiana. Si el cristiano llega explícitamente a la actitud de contemplación que hemos descrito, es para conver- tirse en «si<mo» de lo que Dios quiere hacer y que va está realizando en todo hombre de buena vo- luntad. Jesús resucitado ha querido hacer de sus apóstoles un signo personal de su presencia. El
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    238 Oración yevangelizado» apóstol es testigo de un encuentro con Cristo: «os anunciamos lo que hemos visto y creído» (1 Jn 1,2-3). «El mundo exige y espera de nosotros sen- cillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los po- bres, obediencia y humildad, desapego de sí mismo y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra pa- labra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de ha- cerse vana e infecunda» u . " Evungelit nunttandt 70. Véase B. JIMÉNEZ DUQUE, ¿Oración v contemplación, urgencia actual?, en Teología Espiritual 15 (1971) 295-315; R. VOILLAUME, O.C, en nota 2. IX. VOCACIÓN MISIONERA S U M A R I O Presentación. 1. Cristo llama a la misión. 2. Las vocaciones del cristiano. 3. Vocación misionera específica. 4. Notas características de la vocación misionera. 5. Fidelidad a la vocación misionera. 6. Pastoral de las vocaciones misioneras. 7. La formación del misionero
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    PRESENTACIÓN La palabra «vocación»tiene relación estrecha con la palabra «misión». Se llama a una persona para encargarle que transmita un mensaje, para que realice un trabajo, para que coopere en un compromiso. Toda persona humana existe porque ha sido llamada a una misión: la de desarrollar la propia personalidad incidiendo en la creación y en la historia común. La existencia humana es voca- ción y misión. Jesús llamó a un proceso de «cambio» (peniten- cia) y de configuración (bautismo). Esta llamada comporta la misión o encargo de transmitir a otros este mismo mensaje que es una realidad salvífica. Jesús llamó para una misión. La llamada de Jesús continúa ahora a través de los signos de Iglesia. Ser Iglesia es ya enrolarse en una misión universal. Es la misma misión que Cristo recibió del Padre y que ha transmitido a la Iglesia para que ésta lle- gue a hacer de toda la humanidad una familia de hijos de Dios (Jn 20,21). Nadie se llama a sí mismo ni se encarga a sí mismo una misión. Nuestra vocación o llamada vie- ne de Dios: nos ha predestinado en Cristo (Ef 1). La vocación cristiana o de predestinación en Cristo es también una misión o encargo de anunciar y co- municar el «misterio de Cristo» (Ef 3). Cada cris- tiano tiene una participación diferente en esta mi- sión. Una persona se realiza a sí misma sólo cuando es consecuente con su propia vocación. No hay otro camino para alcanzar la propia madurez que el rea- lizarse libre y generosamente en la propia vocación Cristo llama a la misión 241 y misión. La fecundidad de una vida se mide por la dedicación generosa a este mandato. Vocación y misión suenan a desposorio o amis- tad íntima con Cristo. Sin esta relación personal y encuentro será imposible descubrir el sentido o la identidad de la propia vocación y misión '. La misión cristiana es para anunciar el mensaje de Cristo. A este mensaje «merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida»2 . En una nueva etapa de evangelización, los evangeliza- dores son llamados a ser fieles a la propia vocación «sin reticencias debidas a la duda o al temor, a no descuidar las condiciones que harán esta evangeli- zación no sólo posible, sino también activa y fruc- tuosa» 3 . 1. Cristo llama a la misión La llamada a la misión cristiana proviene del mis- mo Cristo resucitado presente en la Iglesia. Todo encuentro con él trae consigo un encargo de anun- ciarlo a los hermanos (Jn 20,17; Mt 22,1-14). Es una predilección de Jesús para con cada uno (Jn 15,16), especialmente cuando se trata de una mi- sión de por vida (Me 3,13). Jesús llama por el propio nombre o personalmen- te, exigiendo que cada uno pase por encima de todo condicionamiento individual o colectivo (Jn 20,22). La llamada de Cristo a una misión sigue la línea de las llamadas de Dios en el Antiguo Tes- 1 Mt 4,18; 10,lss; Me 3,14-16; Le 6,12-16; Jn 15,16. 2 Evangehi nunliandi 5. 3 Ibid., 74.
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    242 Vocación misionera tamentopara una misión concreta que supone siem pre un camino nuevo4 . En la llamada de Cristo a la misión hay toda una pedagogía que pasa de un encargo inicial a una mi- sión permanente y universal5 . La vocación cristia- na se debe estudiar en torno a las bienaventuranzas, puesto que es una llamada a ser hijo de Dios y a ser, para los demás, «sal» y «luz», «signo levanta- do ante los pueblos». El monte de las bienaventu- ranzas es un nuevo Sinaí, un anticipo de Pentecos- tés. Todo cristiano forma parte de la realidad de una Iglesia que es «sacramento universal de salva- ción» 6 . En el contexto de las bienaventuranzas—o de reaccionar amando como Cristo, según el manda- miento del amor—, Jesús llama especialmente a los que deben ser su signo personal o su «gloria» (Jn 17,10). En San Pablo encontramos continuamente esta llamada a la misión de anunciar el misterio de Cristo «ad gentes», es decir, a los que todavía no creen en Jesús7 . Cada uno es llamado a una misión en la comunión eclesial, que es, por ello mismo, una comunidad de llamados y de apóstoles 8 . 2. Las vocaciones del cristiano La llamada o vocación del cristiano se presenta en una gama de matices: llamada a la fe, a la santi- dad, al apostolado, a un ministerio concreto, a la 4 Gen 2,1 (Abraham); Ex 3,10-16 (Moisés); 1 Sam 3.4; Am 7,15; Is 6,9; Jet 1,7; Ez 3,14. 5 Mt 28,16; Me 16,15; Le 10,ls 6 AG 1; LG 48; SC 2. 7 Rom 1,1-7; Gal 1,15; Ef 3. 8 Mediator Vei: AAS 39 (1947) 538; Summi Vei Verbum: AAS 55 (1963) 979s. Las vocaciones del cristiano 243 perfección, a un estado de vida—laical, vida con- sagrada, sacerdocio—, etc. La vocación cristiana reclama siempre una res- puesta a la gracia del Espíritu Santo (Rom 8,16; 1 Cor 12,4-13) dentro de la comunidad eclesial (Col 3,15). Cualquier aspecto de la vocación cristiana es una llamada a la caridad o sartidad (1 Cor l,lss; 1 Tes 4,7). Cada vocación o cada aspecto de la vo- cación cristiana entraña una misión dentro del Pue- blo de Dios (Rom 12,1; 1 Cor 12,7). Vocación y misión son, pues, un servicio eclesial para construir la historia humana según los planes salvíficos de Dios9 . En cualquiera de las facetas de la vocación cris- tiana se puede encontrar un sentido de misión o apostolado. Cada cristiano debe configurarse con Cristo para ser, en una circunstancia humana, signo o transparencia del Señor. La vocación de apóstol es inherente a la vocación cristiana como lo es tam- bién la vocación a la santidad. Si se considera la misión como estado de vida, podemos distinguir la misión laical, la misión de vida consagrada y la misión de sacerdocio ministe- rial. La misión laical tiende a ser fermento en las estructuras humanas (LG 31). La misión de vida consagrada presenta un signo y estimulante o mor- diente de las bienaventuranzas y del encuentro de- finitivo (escatológico) con Cristo resucitado (LG 31 y 44). La misión del sacerdocio ministerial es un servicio de obrar en nombre de Cristo Cabeza y Buen Pastor (PO 2,6,12)I0 . 9 CARD. BEA, Serviré (Paoline 1970); I. DE LA POTTERIE S. LYONNET, La vida según el Espíritu (Salamanca, Sigúeme, 1967); R. SCHNACKENBURG. Existencia cristiana según el Nuevo Testa mentó (Verbo Divino 1970). '" Véase resumen doctrinal y bibliografía en el c.II, 1, E.
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    244 Vocación misionera Ladiversidad de misión no se basa solamente en el estado de vida, sino también en las gracias espe- ciales de cada persona y en los servicios eclesiales concretos. En cuanto a las gracias especiales, cabe hablar de «carismas» en un sentido más personal que cualifica y distingue una persona en su servicio eclesial. En cuanto a los servicios eclesiales, cabe dis- tinguir principalmente los siguientes: servicio de anuncio de la palabra de Dios, servicio de signos litúrgicos, servicio de caridad y de extensión del reino. Son, pues, los servicios eclesiales de profe- tismo, sacerdocio y realeza. Cada uno de ellos pue- de ser ejercido distintamente según las gracias per- sonales y, principalmente, según el estado de vida (laical, vida consagrada, sacerdocio ministerial). La vocación o llamada a la misión abarca, pues, roda una ¡jama de posibilidades que hace descubrir la necesidad de los demás para poder poner en práctica la propia misión. Esta conciencia de uni- dad o comunión eclesial se convierte en el signo más eficaz de la evangelización (Jn 13,35) y en el modo más concreto de practicar el mandamiento del amor: reconocer la misión de los demás u . 11 M. BELLET, Vocación y libertad (Madrid, FAX, 1966); E. BUSUTTIL, Las vocaciones (Bilbao, Mensajero, 1954); H. CAR- RIER, La vocation, dynamisme psycho-sociologiques (Roma, Univ. Greg., 1956); R. HOSIIE, Le discernement des vocations (Tour- nai, Desclée, 1960)- J. LUZARRAGA, £,¡2 vocación-elección en la Sagrada Escritura: Manresa 45 (1973) 111-130; La vocation et les vocations a la lumiere de Vecclésiologie du Vaticano II (Bruxelles, Centre de Vocations, 1966); G. LESAGE, Dynamisme de la vocation (Mortiéal 1962); A. MELCÓN, La vocación, en Ciencia Tomista 93 (1966) 449-482; M. NICOLAU, Esbozo de una teología de la vocación: Manresa 40 (1968) 47-64; A. PiGNA, La vocarione, teología e discernimento (Roma, Teresianum. 1976); C. ROMANIUK, La vocazione nella Bibbia (Bologna, Dehoniane. 1973); CH A. SCHLECK, The tbeologv of vocation (Milwaukee, Bruce, 1963). Vocación misionera específica 245 3. Vocación misionera específica Existe una vocación específica para la evangeli- zación «ad gentes». Así lo afirma el Vaticano II: «Son sellados con vocación especial quienes, do- tados del conveniente carácter natural e idóneos por sus disposiciones y talento, están dispuestos a em- prender la obra misional, sean nativos del lugar o extranjeros: sacerdotes, religiosos, seglares» (AG 23). Esta vocación específica se distingue de la res- ponsabilidad general de todo cristiano respecto a la evangelización universal: «Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe la tarea de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que le acompañen y para enviarlos a predicar a las gentes» (AG 23) Esta vocación específicamente misionera es un don o carisma del Espíritu Santo en la línea de to- mar «como misión propia el deber de la evan"eli- zación que pertenece a toda la Iglesia» (ibid.)12 La vocación misionera «ad gentes» puede pre- sentarse bajo diferentes aspectos o mociones de la gracia: — comunicar la fe a los que todavía no creen; — comunicar los planes salvíficos de Dios en Cristo; — establecer o implantar la Iglesia; — pítablecer los signos permanentes de evange- lización; 12 Máximum illud: AAS (1919) 4.52; Rerum ecclesiae- AAS 18 (1926) 60; Saeculo exeunte- AAS 32 (1940) 256; Bvangelii nrae- cones- AAS 43 (1951) 502.
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    246 Vocación misionera —hacer que la Iglesia sea «sacramento» o signo de Cristo en una comunidad humana; — Llevar una comunidad humana hacia la pleni- tud en Cristo... La vocación misionera «ad gentes» se expresa en un sentido de universalidad y en una cierta dedi- cación a la evangelización universal. Es_, pues, uni- versalidad y totalidad. La universalidad puede ser geográfica y de sectores donde todavía el Evange- lio no es una realidad La totalidad indica una cier- ta dedicación de la propia vida. Esta vocación misionera específica puede toda- vía vivirse de diversas maneras: en una vida con- templativa (Santa Teresa de Lisieux), en una reali- dad de dolor o enfermedad, en una acción evange- lizadora externa (San Francisco Javier), etc. Es ya vocación misionera específica la dedicación de unos años a la evangelización «ad gentes»; pero este calificativo se reserva principalmente para las personas que consagran toda su vida al anuncio del Evangelio a todas las gentes. Este es el caso de los patronos de las misiones: Santa Teresa de Lisieux v San Francisco Javier. El sentido de univeisalidad y de totalidad, que es parte integrante de la vocación misionera, toda- vía puede expresarse de modo diveiso según el es- tado de vida: anunciar el Evangelio en todas las es tiucturas humanas y desde dentro a modo de fer- mento (laicos), anunciar el Evangelio por medio de una práctica de los consejos evangélicos que son signo y estímulo de la caridad (vida consagrada), testimoniar el Evangelio en nombre de Cristo, Ca- beza y Buen Pastor (sacerdote ministro). Dentro de la misma vocación misionera «ad gen Notas características 247 tes», hay quienes se sentirán más llamados al ser- vicio del profetismo, al servicio de los signos de la presencia de Cristo, al servicio de la caridad, etc.13 4. Notas características de la vocación misionera Hay una nota característica básica de toda vo- cación misionera: el sentido de universalidad en la tarea evangelizadora con una cierta dedicación de la persona. Pero hay que encuadrar esta nota bási- ca en un conjunto de aspectos. Vamos a distinguir entre notas características de la vocación a la mi- sión (según la Escritura) y notas o señales de voca- ción específicamente misionera. A) NOTAS CARACTERÍSTICAS DE LA VOCACIÓN A LA MISIÓN SEGÚN LA ESCRITURA La llamada a la misión tiene su iniciativa en el mismo Dios Es Jesucristo, «apóstol» del Padre, 13 P F D'ARCY, Constance of tnterest factor palterns withtn the spectfic vocatton of foreing misstonary (Washington 1954), O DOMÍNGUEZ, Semblanza y móviles de la vocación misionera, en Misiones Extranjeras (1956) 133 145, E FARE, Ándate in tutto il mondo (Bologna, EMI, 1977), P FASANA, La vocazione misswnana nei documentt pontifici (Bologna 1960), M FERNÁN DFZ, Misswnanum Vocatio, probatio, missio (Assisi 1908), G GALOT, Porteurs du soufle de l'Fspnt (Patis 1967), La voca ción misionera (Burgos, Semanas de Misionología de 1955 1956), P LONGO, La vocazione misswnana, en Seminartum 25 (1973) 1130 1145, M LAGUARDIA, La vocación misionera a la luz del Nuevo Testamento y de la teología en Misiones Extranjeras 16 (1955) 36 46, MONS LECUONA, La vocación misionera, en Misiones Extranjeras 50 (1966) 331-338, K MULLER, La vocatton mtssion- naire, en Unam Sanctam 67 (1967) 333-338, V PARDO, Vocación misionera y adaptación misional (Burgos 1962), J PAVENTI, La vocación misionera y su encuadre en las diversas vocaciones a la luz de la legislación de la Iglesia, en Misiones Extranjeras 17 (1956) 6 28, V C VANZIN La vocazione misswnana (Roma 1940), L VOLKER, Défense de la vocatton missionnatre, en Spintus (1964) 253-266
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    248 Vocación misionera quiencomunica la misión con las mismas caracte- rísticas de universalidad (Jn 15,16). Por esto la vocación a la misión es un don de Dios. Es él quien nos ha amado primero (1 Jn 4,10). Nadie puede exigir el poder desempeñar un servicio misionero en la Iglesia si no es llamado por Dios. Este sentido de haber recibido inmerecida- mente un don de Dios es una impronta que deja Dios en el llamado como garantía de autenticidad. Puesto que Cristo hace partícipe de su misión al llamado, manifiesta, por ello mismo, una predilec- ción, una declaración formal de amor (Jn 15,14; Me 3,14). La vocación a la misión se mueve, pues, en el marco de un desposorio que dará lugar a sen- tirse realizado en esa fecundidad apostólica univer- sal (Ef 3,8-9). La verdadera vocación a la misión produce un primer sentimiento de temor. Viene a ser el em- brión de la humildad apostólica o ministerial de quien, luego, no será más que un instrumento vivo, no la causa primera de salvación (Le 5,8-9). La misión va siempre unida a la comunión ecle.- sial. De ahí que tanto la llamada inicial como la maduración de la misma, la perseverancia, la res- puesta generosa, etc., necesitan cierta mediación eclesial. Las grandes figuras misioneras han servi- do siempre de instrumento para suscitar numero- sas vocaciones (Act 9,1-9). La vocación a la misión no se impone atrepellan- do la libertad y la propia iniciativa. Queda siem- pre una libertad para poder decir esponsalmente el «sí» definitivo. Por esto, la mejor manera de alen- tar esta libertad es presentar las dificultades de la vocación misionera en todo su realismo de compar- Notas características 249 tir la suerte de Cristo (Mt 16,24; Jn 7,17; Mt 22,1-14). La misión es también éxodo o partida que cua- lifica al misionero para toda su vida. Hay que aven- turarlo todo, sin procurarse otras seguridades (Le 5,11). La gracia o don de Dios que se comunica al lla- mado va configurando la fisonomía del apóstol a través de un proceso gradual difícil de precisar. La vocación de los apóstoles parece haberse madura- do en un proceso como éste: — experiencia de encuentro con Cristo (Jn 1, 38; Me 3,14); — experiencia de la propia pobreta (Le 5,8; 1 Tim 1,15; 1 Cor 15,9); — comunicar a otros esta experiencia (Jn 1, 41-45); — arriesgarlo todo por la vocación (Mt 19,27s); •—• pasar por encima del escándalo (Jn 6,67); •— audacia en una marcha hacia lo desconocido (Jn 21,19); — experiencia de la presencia y acción amoro- sa de María (Jn 2,11; 19,25-27; Act 1,14); — descubrimiento de la fraternidad entre los apóstoles (Jn 17,23). Es, pues, un proceso que va pasando por estas o parecidas etapas hasta ir consiguiendo una deci- sión madura, una dedicación generosa, una fideli- dad perseverante y gozosa. B) SEÑALES DE VOCACIÓN MISIONERA Cuando se habla de señales de vocación, los au- tores acostumbran a analizar estos puntos:
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    250 Vocación misionera —recta intención; — decisión libre; — idoneidad o cualidades necesarias. Si aplicamos estos puntos a la vocación misio- nera, habrá que tener en cuenta la disponibilidad para una misión universal, así como un sentido de dedicación a la misma. La recta intención de la vocación misionera se manifiesta en el deseo de dedicarse a la misión uni- versal. Se puede manifestar bajo diversos aspec- tos: comunicar la fe a los que no la tienen, im- plantar los signos permanentes de evangelización (implantar la Iglesia), llevar a los paganos hacia la plenitud en Cristo... En el fondo hay siempre un sentido de gratitud por la fe recibida. No sería recta intención—válida para la vocación misione- ra—si sólo hubiera el deseo de colaborar en el desarrollo materia] del «tercer mundo». La decisión libre puede manifestarse de muchas maneras. Ordinariamente se manifiesta en un ofre- cimiento espontáneo. Pero muchas veces se ha dado esta decisión después de una repugnancia inicial o después de un mandato del superior; así ha suce- dido en grandes figuras misioneras. La idoneidad o virtudes necesarias son las cua- lidades correspondientes a la misión universal. Hay que distinguir si se trata de vida laical, religiosa o sacerdotal. También hay que tener en cuenta campos especiales de misión. Pero en líneas gene- rales, para cualquier vocación misionera específica, podríamos señalar algunas cualidades que se des- prenden de ios textos del Vaticano II (AG 24): — fortaleza de ánimo para superar las dificul- tades de la misión; bidelidud 251 — paciencia, comprensión, humildad, caridad, sensibilidad para descubrir los valores autén- ticos del paganismo; — espíritu sobrenatural para no convertir la mi- sión en una acción filantrópica o política; — espíritu sobrenatural para ver en los valores auténticos del paganismo lo que queda to- davía por redimir y purificar; — ser transparencia del Evangelio precisamen- te para los que no creen; — comunión y obediencia, disponibilidad para la pastoral de conjunto bajo la guía del obis- po local; — conocer, amar y vivir el carisma de la propia institución misionera o eclesial a la que se pertenece. 5. Fidelidad a la vocación misionera Ser fiel a la vocación misionera quiere decir per- severar en la decisión de seguir esta llamada. Puede ser una fidelidad inicial o en el momento de tomar la decisión, una fidelidad en el sentido de madura- ción y una fidelidad en un nivel de generosidad. La fidelidad no es, pues, estática, sino de dinamis- mo creciente. Es el dinamismo de la caridad apos- tólica. Hay tres aspectos básicos de la fidelidad a la vocación: decisión, donación y gozo. Una vez vista la voluntad divina, se toma la decisión de seguirla; pero no se trata de la adhesión a una idea, sino de la donación esponsal a Cristo para el campo de la misión. De esta decisión y donación nace el gozo apostólico prometido por Cristo en la última cena. Esta actitud de fidelidad se va desarrollando y
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    252 VoíüLion ninmncru madurando a través del tiempo y de las dificulta- des. Hay una maduración más subjetiva (intención, motivaciones, decisión) y otra maduración más ob- jetiva (desarrollo de las cualidades). Si relacionamos fidelidad y maduración, se pue- de decir que esta actitud de respuesta a la vocación nunca llega a la perfección en esta tierra. Incluso puede perderse. De ahí la necesidad de agradecer esta misma fidelidad que es don de Dios, mientras se ponen todos los medios de perseverancia. Sentirse enviado o tomar conciencia de partici- par en la misión de Cristo presente, es un punto de apoyo para la fidelidad y maduración. Cuanto me- nos se corte a la universalidad de la misión—dis- ponibilidad sin condiciones—, más garantías exis- ten de fidelidad perseverante y generosa. Las dificultades de la misión actual deben ayudar a descubrir eJ sentido de h vocación misionera. Las dudas sobre la identidad deben conducir a re- flexionar en los textos evangélicos sobre la llamada y no buscar soluciones al margen del Evangelio. Las discusiones sobre el significado de la misión o de la evangelización, no deben quitar un momento de tiempo al apostolado directo. La situación de emergencia o de inseguridad que existe en algunos países, debe ayudar a descubrir la vocación misione- ra como vocación éxodo (disponibilidad de ir a otro país) y de escatología (abrir nuevos caminos). La maduración de las Iglesias locales ayuda a cortar amarras que hacían perder el sentido de universa- lidad al misionero. El descenso de vocaciones mi- sioneras es una instancia a presentar el ideal con más exigencias y más radicalismo, en una línea de alegría y de esperanza. Pastoral 253 La fidelidad depende de la gracia—puesto que es don de Dios—y de la colaboración humana. Hay que contar, pues, con todos los medios básicos —oración, sacrificio—y hay que saber aprovechar la realidad personal y ambiental para afianzarse en la fidelidad. Los condicionamientos personales (he- rencia, temperamento) y ambientales (cultura, fa- milia, sociología...), no son determinantes cuando existe una voluntad firme de aprovecharlos y en- cauzarlos, salvo en el caso de una incompatibilidad con la vocación misionera. El pluralismo de las fi- guras misioneras se basa en los diversos carismas y dones de naturaleza M . 6. Pastoral de las vocaciones misioneras La abundancia o la falta de vocaciones misione- ras depende, en gran parte, de una pastoral de vo- caciones. No se trata solamente de una propaganda de tipo psicológico, sino principalmente de intere- sar a todo el Pueblo de Dios: familias, comunida- des eclesiales, vida contemplativa, etc. Es decir, se trata de suscitar un interés que quede plasmado en una vida de oración, de sacrificio y de colaboración activa. Asimismo, hay que procurar incidir en los posibles candidatos, de modo que la realidad de la vocación misionera les cautive como uno de los modos mejores de seguir a Cristo. A) PUNTOS EN LOS QUE HAY QUE INSISTIR La figura de Cristo debe ser siempre el centro del mensaje vocacional. Es él quien llama y quien 14 J. M. IRABURU, Fidelidad a la vocación, en Teología del Sacerdocio 5 (1973) 327-350, J F RAYMOND, Le dynamisme de la vocatwn (París, Beauchesne, 1974).
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    254 Vocación misionera envía.Se participa en su misión universal y en su amistad incondicional. Sin una relación personal profunda con él, no puede caber la vocación mi- sionera. Presentar el ideal misionero supone ofrecer el panorama real de un mundo todavía sin evangeli- zar. Es Cristo quien espera allí, donde él ya ha de- jado huellas de su presencia. Hay que llevar el Evangelio hasta los puntos neurálgicos de nuestra sociedad. Las dificultades forman parte integrante de la misión. Los fracasos inmediatos son ley evan- gélica para que se produzca la resurrección. Las ideas y las actuaciones misioneras demuestran su autenticidad no precisamente en un éxito inmedia- to, sino en el saber «pasar» por este aparente fra- caso (cruz) con la esperanza puesta en la restau- ración de todas las cosas en Cristo. El ideal misionero supone un radicalismo evan- gélico, que es disponibilidad de dejarlo todo para una misión universal. El sentido de totalidad en la entrega camina a la par del sentido universalista de la misión. La mejor presentación de la vocación misionera es el testimonio de personas que viven gozosamen- te la misión. La vocación, vivida en una línea de generosidad y alegría, es una siembra eficaz. De hecho, todas las vocaciones misioneras se han sus- citado en relación a una figura misionera histórica o actual. Hay que abrir horizontes o esbozar nuevas posi- bilidades de evangelizar hoy. Los proyectos pre- sentados pueden pecar, a veces, de idealismo o de fantasía; pero lo importante es hacer ver que, por estos proyectos o por otros, siempre es posible Pastoral 255 evangelizar cuando se posee la fuerza del Espíritu Santo (Rom 1,4.16). En lugar de presentar dudas sobre la identidad o de proferir lamentaciones, es preferible señalar campos de misión, con toda su dificultad, y dejar actuar al Espíritu en el corazón joven. B) MÉTODOS DE ACCIÓN Además de presentar los puntos base sobre la vocación misionera, hay que encontrar los cauces o medios, así como las líneas de acción y de coope- ración. Los métodos de acción pueden cambiar según el campo en el que se quiera incidir: la familia, la escuela, la juventud, los movimientos apostólicos, las comunidades eclesiales, los medios de comuni- cación social, etc. Gran parte de la acción vocacional hay que gas- tarla en responsabilizar a grupos eclesiales especí- ficos, especialmente en el campo de la oración (contemplativos, grupos de oración), del sacrificio (enfermos), del apostolado especializado (movi- miento familiar, etc.). Las experiencias concretas para suscitar la voca- ción misionera en el mundo juvenil, son variadas v dependen de las circunstancias de cada país: — casas de espiritualidad; — grupos de revisión de vida o de oración; — casas específicas de pastoral de vocaciones (centros vocacionales); — correspondencia epistolar (con visita perso- nal).
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    256 Vocación misionera Existenmuchos esfuerzos, la mayor parte de ellos centrados en una sola línea (la de la propia institución misionera). Es preferible, sin dejar es- tos esfuerzos, coordinar la acción pastoral suscitan- do preferentemente la vocación misionera en sí misma—o la vocación general de consagración o sacerdocio—, de suerte que, sólo luego, el joven decida su camino concreto. Hay que evitar la masificación de las vocacio- nes, especialmente en momentos especiales (post- guerras, tiempo de dificultades económicas, situa- ciones precarias). La selección se impone principal- mente en esas circunstancias. Cuando se presenta la vocación misionera, hay que exponerla con todo su abanico de posibilida- des. Las preferencias las han de descubrir más en los hechos de vida que en las palabras de la propa- ganda proselitista. Más que presentar una situación de crisis, hay que presentar necesidades urgentes que reclaman generosidad y respuesta incondicional a la llamada de Cristo. A través de la meditación de la palabra de Dios, hay que ir descubriendo que esta misma Palabra (Cristo) espera escondida en el prójimo, en los acontecimientos, en los diversos sectores de nues- tra sociedad todavía no evangelizada 15 . 7. La formación del misionero La fidelidad, vivencia y perseverancia generosa del misionero depende, en gran parte, de la forma- 15 Pastoral de las vocaciones (Salamanca, Sigúeme, 1961)- Théologie et pastorale des vocations Rev Dioc Namur 18 (1964) 411-474 La formación del misionero 257 ción recibida en un período inicial y durante perío- dos posteriores de la vida apostólica. La formación misionera puede considerarse en estos tres niveles: — espiritual; — doctrinal; — pastoral (AG 25-26). La formación espiritual debe darse principalmen- te durante los años de preparación a la misión. La parte más importante corresponde a la vida prác- tica: vida de oración, práctica de virtudes, forma- ción de actitudes básicas, etc. Pero la misma for- mación doctrinal debe presentar un gran campo de principios básicos de espiritualidad que orienten la vida apostólica. Esta formación espiritual, prác- tica y teórica, debe continuar toda la vida en pe- ríodos especiales: retiros, Ejercicios, cursos, etc. Uno de sus puntos de apoyo es la dirección espiri- tual y la revisión de vida con los hermanos. Las lecturas, especialmente de autores clásicos y del magisterio, son imprescindibles. La vida litúrgica, a través del año litúrgico, es una escuela privilegia- da de espiritualidad misionera. La formación doctrinal es un aspecto fundamen- tal de la formación espiritual y pastoral. Pero, con- siderada en sí misma, abarca todos los grandes prin- cioios del mensaje cristiano que hay que predicar. Suoone, pues, una profundización de la palabra de Dios (en reflexión teológica) y un estudio de la cultura y ambientes humanos donde hay que pre- dicar esta palabra. Todas las disciplinas, sin excep- ción, deben llevar esta marc% de «misterio de Cristo» que hay que predicar. Una formación doc- Bspintuahdad misionera 9
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    258 Vocación misionera trinalsimplemente técnica podría ser un gran obs- táculo para el momento de decidirse por la voca- ción o para los momentos de dificultad de la vida apostólica. Por esto la formación doctrinal debe ser permanente: cursos, conferencias, lecturas... Ha de cuidarse, no obstante, que esta formación no aboque a dudas, problemas artificiales y demasiado teóricos, hipótesis teológicas aventuradas, etc. La formación especializada dependerá de los diversos campos de misión, sin olvidar las personas que de- ben dedicar su vida precisamente a los temas mi- sioneros (misionología). La formación pastoral abarca el campo de la me- todología apostólica, personal y colectiva (pastoral de conjunto). El anuncio y comunicación del men- saje abarca una serie de niveles en los que se re- quiere metodología peculiar: anuncio (catequesis, predicación...), vivencia de signos litúrgicos (sa- cramentos, eucaristía, liturgia), vivencia de caridad (comunidad, organización...). Pero es ya formación pastoral la formación espiritual y la formación doc- trinal del apóstol en cuanto tal. No habría forma- ción pastoral recta si se ciñera solamente a la me- todología técnica apostólica. La formación pastoral debe renovarse continuamente, puesto que los mé- todos son susceptibles de cambio según las circuns- tancias. Pero queda siempre una orientación bási- ca que no cambia: valor de la palabra, de los sig- nos sacramentales, etc. Muchas veces, las dudas so- bre la identidad apostólica surgen con ocasión de un cambio brusco en el campo de apostolado, pero se originan propiamente en un cambio equivocado de criterios básicos. Las dudas sobre métodos de apostolado o sobre estilo de vida, no producen, por La formación del misionero 259 sí mismas, el interrogante sobre la vocación misio- nera. Más bien, estas situaciones nuevas deberían estimular a más reflexión, oración y generosidad, para encontrar, tarde o temprano, la solución ade- cuada 16 . 16 Véase syraposium sobre la formación misionera (Universidad Urbaniana, Roma 1977): La formaziorte del missionarío oggi, sim- posio miernazionale (Roma 24-28 ott. 1977). Véase también Docu- mento de la S. Congregación para la Evangelización de los Pueblos sobre la vocación y formación de los misioneros (Roma, Pente- costés 1970), en Guida delle missioni cattoltche (Roma 1975). El mensaje pontificio (Pablo VI) para el Domund de 1977 está dedicado a la formación misionera.
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    X. MATERNIDAD DELA IGLESIA Y MISIÓN APOSTÓLICA S U M A R I O Presentación: Maternidad y misión eclesial. 1. Iglesia madre. 2. Iglesia esposa de Cristo. 3. Títulos apostólicos de la Iglesia esposa y madre. 4. Maternidad eclesial: ser y función apostólica. 5. Virginidad y maternidad. 6. Maternidad eclesial en la misión apostólica de cada cristiano. 7. El sacerdocio ministerial o ministerio apostólico. 8. Naturaleza mañana de la misión y maternidad eclesial. 9. Construir la Iglesia. PRESENTACIÓN Maternidad y misión eclesial La Iglesia se está preparando para un nuevo pe- ríodo de evangelización. Estamos a las puertas de un nuevo siglo que será, a su vez, el tercer milenio del cristianismo. La exhortación apostólica Evan- gelii nuntiandi y el Sínodo Episcopal de 1974 so- bre la evangelización, son una invitación acuciante para preparar este nuevo período de evangelización profundizando en la naturaleza de la Iglesia '. Todo período especial de evangelización y de re- novación se ha caracterizado por una profundiza- ción en la maternidad de la Iglesia. Un fino senti- do de Iglesia ha hecho surgir santos y apóstoles que han marcado la pauta evangelizadora durante siglos. Los misterios cristianos se «presencializan» de algún modo en la Iglesia, Desde la encarnación a Pentecostés, el misterio de Cristo redentor es una epifanía y comunicación personal de Dios Amor para cada hombre y para toda la humanidad. La Iglesia anuncia, presencializa, vive y comunica es- tos misterios que son «propiedad» de toda la fa- milia humana. En esta «misión» eclesial, la Iglesia se siente y se hace madre. El día de la Anunciación, María, Madre y Tipo de la Iglesia, manifestando su fidelidad a la acción del Espíritu Santo, se hizo madre de Dios y madre 1 Exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi- AAS 58 (1976) 5-76; véanse n.-81-82, en los que destaca el sentido mariano y eclesial de esta invitación. La exhortación Be publicó el día de la Inmaculada (8 de diciembre) de 1975, décimo ani- versario de la clausura del concilio Vaticano II.
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    262 Maternidad ymisión eclesial nuestra. La maternidad de María continúa en la Iglesia. La Iglesia, reunida en el cenáculo, en espíritu de caridad, de oración y con la presencia de María, se hizo fiel al Espíritu Santo enviado por Jesús, y, por ello mismo, se hizo apostólica y madre. De esta manera continúa la misión de Jesús (Jn 20,21-22). Su maternidad consiste en la misión de anunciar, presencializar y comunicar el misterio de Cristo a todos los hombres. María y la Iglesia forman una unidad, como nueva Eva, madre fecunda y virgi- nal, asociada a Cristo (nuevo Adán), para ser su epifanía o «sacramento». La Iglesia de cada época y de todos los tiempos siente la llamada del día de la encarnación y del día de Pentecostés. Es su razón de ser: hacerse madre de todos los hombres. Cada cristiano, vi- viendo el sentido de Iglesia, experimenta la nece- sidad de maternidad (o paternidad), que es la ra- zón de ser de la misión o apostolado. «En la mañana de Pentecostés ella (María) pre- sidió con su oración el comienzo de la evangeliza- ción bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promo- ver y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza» 2 . La muerte y resurrección de Cristo, tema central de la evangelización, urgen a la Iglesia a adoptar esta fidelidad de la que María es el mejor modelo. La «vida apostólica», o ejemplo y doctrina de los apóstoles, es un punto de referencia que marca la pauta para siglos posteriores. Por esto la Iglesia mira siempre a Pentecostés, donde los apóstoles se 2 Ibid., n.82. Presentación 263 hicieron fieles a la acción del Espíritu con la pre- sencia, la oración y el ejemplo de María. La naturaleza de la Iglesia es un proceso de ma- ternidad que lleva a cumplimiento la misión de Cristo. La madre se hace tal en un proceso de amor y de sufrimiento. Para la Iglesia, es un proceso de conversión y de bautismo, una actitud descrita en el sermón de la Montaña. Es el gozo de la fecun- didad que nace de la postura de amor—como el del Señor—en los momentos de sufrimiento y de cruz. Jesús fue así imagen del Padre y así la Igle- sia se hace imagen de Dios Amor participando en la misión de Jesús. San Pablo, en su tarea apostólica, se compara a una madre que sufre. Así se expresa en la carta a los Gálatas: «hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal 4,19). El apostolado es, para Pa- blo, una acción de dar a luz a Cristo en los demás. Pero esta acción apostólica es materna en el doble sentido de dar a luz y de responsabilizarse conti- nuamente por la educación de los hijos. Es una ac- ción materna continua, puesto que ha de llevar al cristiano hacia una plenitud. El contexto de la car- ta a los Gálatas, en su capítulo cuarto, es de com- paración o, al menos, de relación entre la materni- dad de María (4,4), la maternidad de la Iglesia (4,26) y la maternidad apostólica (4,19). En la carta a los Tesalonicenses, Pablo se com- para de nuevo a una madre, pero esta vez en una actitud de darse o adaptarse al niño pequeño: «Nos hicimos como pequeñuelos y como nodriza que cría a sus niños; así llevados de nuestro amor por vos- otros, queremos no sólo daros el evangelio de Dios,
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    26¿t Maternidad ymisión eclesial sino aun nuestras propias vidas» (1 Tes 2,7-8). Los sentimientos del apóstol son parecidos a los de Je- sús cuando se compara a una gallina en este mismo sentido materno (Mt 23,37). Pero quien primero ha comparado la misión apostólica a una función materna, ha sido el mismo Jesús en el sermón de la última cena. Jesús pro- mete a los apóstoles su Espíritu Santo, su misión, sus sufrimientos, su gozo pascual. Para alcanzar la fecundidad apostólica hay que correr la misma suer- te que Cristo, beber su cáliz o copa de bodas y de alianza. Sufrir por Cristo es algo inherente a la tarea apostólica, como lo es el dolor a la tarea ma- terna (Jn 16,21). La alegría de la fecundidad ma- terna y apostólica se expresa en las palabras de Jesús bajo el símil de la madre: «vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20). Anunciar el Evangelio es anunciar el gozo salví- fico o pascual de Jesús. El ángel anunció este gozo a los pastores (Le 1,10). Es el gozo de las bienaven- turanzas. Y es el mismo gozo materno de la fe- cundidad apostólica que se realiza cuando se ha sabido amar en el sufrimiento. La misión apostóli- ca es, pues, función maternal de la Iglesia y, como tal, entrelaza la cruz o sufrimiento con la alegría de la fecundidad (gozo pascual). Por esto la Igle- sia, esposa virginal y fecunda, es como la epifanía del Señor o su signo y «sacramento». En esto si- gue las mismas constantes que la maternidad de María, quien, por estar asociada a Cristo, es su epi- fanía e instrumento de filiación divina. Para la Iglesia, anunciar «la Buena Nueva» o el gozo salvífico de Cristo es una función materna permanente y universal en todos los sentidos: his- ' Iglesia madre 265 tórico, geográfico, funcional... Misión y materni- dad eclesial son realidades complementarías o dos facetas de una misma realidad3 . 1. Iglesia madre El sentir común de los fieles habla continua- mente de «la Iglesia nuestra madre». A veces ha sido incluso una tonadilla en la predicación: «di- ce la Iglesia nuestra madre». En el credo de la Iglesia africana primitiva se decía: «Creo en la santa Iglesia madre»4 . Y así se canta todavía el credo romano en alguna lengua vernácula. Los Padres de la Iglesia manifestaban su «sen- tido» eclesial con esta misma expresión 5 . Son mu- chos los matices de esta afirmación patrística, que a veces se inspiran en el símil de la gallina usado por Jesús. Relacionan virginidad y maternidad ecle- sial, subrayan la fecundidad—misión apostólica—, 3 A. ALCALÁ, La Iglesia, misterio y misión (Madrid 1963); G. COLZANI, La missionarieta della Chiesa (Bologna, Dehoniane, 1975); Y. CONGAR, La mission dans la tbéologie de l'Église, en Repenser la mission (Lovaina 1965) 53-74; J. MASSON, Fonction missionnaire, fonction d'Eglise, en Nouvelle Revue Théologique 80 (1958) 1042-1061; 81 (1959) 41-59; A. RETIF, Mission de l'Église e mission de l'Esprit (Paris 1958); H. Roux, Église et mission (París 1956); A. SEUMOIS, Tbéologie missionnaire, déli- mitation de la fonction missionnaire de l'Église (Roma 1973). Véanse comentarios al decreto Ad Gentes, e.g. L'activité mission- naire de l'Église: Unam Sanctam 67. Véanse también algunos co- mentarios posconcilíares: A los diez años del decreto «Ad Gentes» (Burgos, Facultad Teológica, 1976). Véase más bibliografía en la nota 22 (Iglesia «sacramento»). 4 K. DELAHAYE, Ecclesia mater chez les Peres des trois premiers siécles (Paris, Cerf, 1964); Véanse págs. 98 y 108. * Algunos testimonios significativos: PASTOR DE HERMAS, Vi- sión 3 (virgen y madre); TERTULIANO, De oratione 2; De baptis- mo 20; De anima 43,10; SAN CIPRIANO, De unitate Ecclesiae 5 (madre fecunda); SAN AGUSTÍN, In Ps 88, sermo 2 n.14 (virgen y madre como María); SAN AMBROSIO, Exp. in Lucam 8,73 (somos la Iglesia madre y somos también sus hijos), etc. Véase H. DE LUBAC, Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (Salaman- ca, Sigúeme, 1974), 2.* parte.
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    266 Maternidad ymisión eclesial relacionan la maternidad de la Iglesia con la mater- nidad de María y no dejan de apuntar que la mater- nidad eclesial se participa por cada uno de los cris- tianos. La doctrina sobre la Iglesia madre es eminente- mente bíblica. El capítulo cuarto de la carta de San Pablo a los Gálatas habla del misterio de Cris- to, Hijo de Dios, hecho nuestro hermano por la maternidad de María (Gal 4,4) para comunicarnos su filiación divina. Esta maternidad se concretiza ahora en la Iglesia por el ministerio «maternal» del Apóstol (Gal 4,19). Pero es toda la Iglesia la que queda adornada con el título de madre (Gal 4,26s). En toda esta gradación de maternidad hay siempre una comunicación de filiación divina. La doctrina paulina sobre la maternidad de la Iglesia se basa en el texto de Isaías sobre la nueva Sión o nueva Jerusalén que va a ser madre univer- sal de judíos y gentiles6 . Se trata, en efecto, de «la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre» (Gal 4,26). El nuevo Sinaí o nueva ley del amor—proclamada por Cristo y puesta en práctica por la fe cristiana—tiene dimensiones universales, sin fronteras. En este transfondo isaiano se consta- ta que Dios ha transformado la esterilidad y el adulterio o pecado de su pueblo Israel en una vida esponsal y maternal de fecundidad insospechada como partícipe de la fecundidad de Dios Amor, Padre y Salvador universal. Esa es la perspectiva de la «plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), en la que María ocupa un lugar de signo y epifanía. 6 «Regocíjate, estéril, que no has parido; entona un grito de alegría y exulta, tú que no has estado de parto. Porque los hijos de la abandonada son más numerosos que los hijos de la casada, dice Yahvé» (Is 54,1). Iglesia madre 267 A esa «plenitud de los tiempos» alude San Pa- blo continuamente en su celo misionero de «ins- taurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10). La ima- gen de la Iglesia madre, esposa, cuerpo de Cristo, sirve a Pablo para presentar a la misma Iglesia como instrumento de Cristo para llegar a esa ple- nitud según los planes salvíficos de Dios (Ef 1, 22-23). En esta tarea de amor de Dios y de mater- nidad eclesial está empeñado Pablo; ésa es su iden- tidad y su razón de ser como apóstol de las gentes (Ef 3). Eva, «madre de los vivientes», alcanza así, en la visión mesiánica, una maternidad verdaderamen- te universal y salvífica. Pero la nueva Eva del nue- vo Adán, preparada en el pueblo de Israel como esposa e Hija de Sión, encuentra su realidad en María y la Iglesia en su función maternal. La teo- logía de Juan sobre «la mujer» nos haría profun- dizar en este tema tan misionero por ser tan ecle- sial y tan mariano. Esta «mujer», virgen fecunda, es «signo» levantado ante los pueblos como señal de que ya ha llegado la salvación 7 . La Iglesia es madre de cada una de las comuni- dades locales e Iglesias particulares. Para Pablo, la Iglesia se halla concretizada allí donde hay una comunidad cristiana fundada por el apóstol, en la que se proclama la palabra y se celebra la eucaris- tía8 . La segunda carta de San Tuan expresa esta misma imagen de la Iglesia madre en cada Iglesia ' Se puede comparar los textos de Gen 3,15; Is 7,14; Miq 5,2-3; Jn 2,4; Jn 19.26; Ap 12.1, etc. La figura de «la mujer» exDresa ese «siono levantado» que es, al mismo tiempo, la Iglesia v María (Is 11,12). 8 1 Tes 2.14; Act 16.5; 15 41 Vénnse P TENA, P.glise. en Dicl Spirilualité, fase 25, col.370-374; T. ESOUERDA, Sacerdocio ministerial en la Iglesia particular: Salmanticensis 14 (1967) 309-340.
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    268 Maternidad ymisión eclesial particular (2 Jn 1.4.13). Los «hijos» de la Iglesia caminan en la verdad del precepto del amor (2 Jn 4s). Se vislumbra una relación entre Iglesias her- manas o una relación entre los hijos de la misma Iglesia que está y opera en comunidades distintas (2 Jn 13). La maternidad de la nueva Sión o nueva Jeru- salén queda, pues, enraizada en la nueva ley del amor. El nuevo monte del pacto esponsal es ahora el monte de las bienaventuranzas. El gozo de la fe- cundidad eclesial o «bienaventuranza» deriva de saber amar en las circunstancias de sufrimiento que acompañan la acción apostólica. Por esto Jesús com- para los apóstoles a una madre que se llena de gozo en la fecundidad proveniente de haber amado en el sufrimiento (Jn 16,21). La Iglesia se hace ma- dre viviendo y anunciando las bienaventuranzas o precepto del amor. Así sus hijos podrán decir el «Padre nuestro», que es la oración universal de toda la humanidad. La maternidad eclesial es, por su misma naturaleza, maternidad universal9 . 2. Iglesia, esposa de Cristo Para Pablo el «misterio» de Cristo en la Igle- sia es una realidad esponsal: «Cristo amó a la Igle- sia y se entregó a sí mismo por ella... gran miste- rio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Igle- sia» (Ef 5,25.32). Esta imagen paulina de la Iglesia esposa—madre fecunda—encuentra su paralelo veterotestamenta- rio en la primera mujer, Eva, salida del costado 9 K. DELAHAYE, Ecclesia mater... (Paris, Cerf, 1964); H. DE LUBAC, has Iglesias particulares en la iglesia universal (Salamanca, Sigúeme, 1974), 2." parte; J. FRISQUE, La mission et l'Église parlicuhére: Église Vivante (1949) 389-412. Iglesia, esposa de Cristo 269 del primer Adán (Gen 1,22-26). El amor y la unión entre el hombre y la mujer (Adán y Eva) son la imagen de Dios Amor. En el nuevo Adán, la nueva esposa, es decir, la Iglesia, nace también del costa- do de su esposo y forma con él una unidad que es «signo» («sacramento») del amor de Dios10 . El matrimonio cristiano encuentra su significación en esta realidad más profunda del «matrimonio» en- ere Cristo y la Iglesia. De esta imagen de la Iglesia esposa nace el celo apostólico de Pablo, cuyo ministerio consiste en desposar a los cristianos con Cristo y llevar a la perfección este desposorio n . F.l celo misionero es participación del celo de Dios Amor y de Cristo esposo. El desposorio de la Iglesia y de cada fiel con Cristo lleva a una propiedad esponsal por parte de Cristo. Ya no somos nuestros, sino de Cristo esposo (Rom 7,2-4). El «no sois vuestros» o «no os perte- necéis» (1 Cor 6,19) tiene este significado de pro- piedad esponsal de Cristo, que nos ha comprado cen su sangre. Así se ha realizado el nuevo «pacto esponsal» o nuevo testamento. Juan, en el Apocalipsis, describe la marcha de la Iglesia como una peregrinación de desposorio hacia la realización del matrimonio en la resurrec- ción final. Es una imagen, como la de Pablo, que indica la unión de la Iglesia peregrina con su espo- 10 El texto de Ef 2,26-27 podría ser el mejor comentario a Gen 1.22-26 y a Jn 19.34 (la nueva Eva nace también del cos- tado del nuevo Adán). Cf. H. U. VON BALTHASAR, Sponsa Verbi (Einsiedeln 1961). " «Os celo con el celo de Dios, pues os he desposado a un solo marido para presentaros a Cristo como casta virgen» (2 Cor 11,2).
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    270 Maternidad ymisión eclesial so Cristo, de cuyo costado nació en la cruz, por el agua y el Espíritu (Jn 19,30.34). El desposorio eclesial tiene diversas etapas, como una gradación de maternidad: desde la cruz a Pen- tecostés y a ia escatoíogía. Es la maternidad apos- tólica de la Iglesia, cuya figura y tipo es siempre María: «la mujer» junto a la cruz, la mujer en 'la nueva creación de Pentecostés, la mujer en el cielo apocalíptico o de marcha escatológica de la Iglesia peregrina. El desposorio y maternidad de la Iglesia van apareciendo en el Apocalipsis con una triple imagen que es una misma realidad: Eva, María, Iglesia. El trasfondo es el del Génesis, de Cana, de la cruz. La historia salvífica es siempre marcha nupcial, en el antiguo pacto esponsal («testamento») y en el nuevo. La Iglesia va cumpliendo su misión mater- na {apostólica) en medio de dificultades, puesto que necesita purificación, persecución, para vivir mejor la fe y la esperanza como aprendiz de la caridad. El amor se realizará plenamente cuando toda la humanidad, convertida en Iglesia esposa de Cristo, llegue al encuentro o plenitud. Los capítulos 12, 19 y el del Apocalipsis contienen este mensaje de di- namismo apostólico—María e Iglesia como nueva Eva—, que culmina en el «ven. Señor Jesús» (Ap 22,20). Del Génesis al Apocalipsis aparece así la figura de «la mujer» esposa del nuevo Adán. Y es el Es- píritu creador (Gen 1,2), Espíritu del Padre y del Hijo, el autor de la nueva creación y del nuevo desposorio o «testamento» entre Cristo Hijo de Dios y la humanidad entera por medio de la Igle- sia. Por esto, la misión materna y apostólica de la Iglesia, esposa de Cristo 271 Iglesia es misión en el Espíritu, quien es el prin- cipal agente de la evangeli:zación u . Esta imagen bíblico-patrística de la mujer espo- sa de Cristo tiene siempre como transfondo «la mujer» del Antiguo Testamento. Es la mujer de las profecías mesiánicas, la esposa de los Cantares, la hija de Sión, el mismo pueblo de Israel, Jeru- salén, etc. Las figuras femeninas de la Biblia per- sonifican esta mujer esposa de Dios. Los profetas profundizaron este desposorio («testamento», pac- to esponsal, «alianza»). De ahí la riqueza eclesial y misionera de Dios Esposo. Los Padres y autores cristianos, al querer profundizar los textos (relati- vamente escasos) del Nuevo Testamento sobre la Iglesia esposa, irán a buscar su significado en los paralelos veterotestamentarios13 . No es, pues, de extrañar que Jesucristo se pre- sentara tantas veces como esposo de la nueva Alian- za. Su muerte va a realizar este desposorio como, bebiendo una «copa de bodas» 14 . Cristo esposo in- vita a todos a las bodas (Mt 22,9). Pero también urge a su esposa la Iglesia a vigilar como las vír- genes prudentes (Mt 25,1-13). La imagen de Jesús esposo tiene sentido escato- lógico, de encuentro definitivo, de un juicio final, que urge a que la esposa sea fiel, esposa fecunda de muchos hijos, es decir, de toda la humanidad. Por esto los «apóstoles», que van a continuar la 12 Evangeln nunhandt c.7. Véase el comentario Esortazione Apostólica «Evangehi nuntiandi»..., Commento sotto Vaspetto teológico, ascético e pastórale (Roma, Sacra Congregazione per l'Evangelizzazione dei Popoli, 1976). " Ps 44; Am 5,2; Os 1-3; Ts 54,1-7; 60,4; 66,7-13; Sof 3,17; Jer 2,5; Ez 16, etc. 14 Compárese Le 22,20 (copa de la nueva alianza o desposorio) con Jn 18,11 (copa de bodas preparada por el Padre) y Mt 20,22 (beber el mismo cáliz o suerte de Cristo).
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    272 Maternidad ymisión eclesial misión de Cristo, son «los amigos del esposo» (Mt 9,15) que sigue realizando este desposorio pre- paratorio de un matrimonio definitivo cuando «Dios sea todo en todos» (1 Cor 15,28). La misión apostólica es, pues, misión de despo- sorio. Es un servicio eclesial que debe estar ador- nado de la misma humildad que la del Precursor, quien se alegra de que los nombres encuentren a Cristo, aunque él tenga de desaparecer (Jn 3,29- 30). En esta misión hay una urgencia de evangeli- zar, de preparar la esposa que es la humanidad en- tera, «porque viene el esposo» (Mt 25,6)15 . 3. Títulos apostólicos de la Iglesia madre y esposa La Iglesia esposa de Cristo, virgen y madre, vive su dinamismo de maternidad apostólica expresado bajo diversas facetas en la doctrina neotestamenta- ria. Cada uno de los títulos eclesiales expresa un aspecto de la maternidad de la Iglesia: cuerpo, pue- blo, mino, sacramento... La Iglesia es una sola cosa con Cristo, es el «Cristo total», «una sola carne» (Mt 19,6), identi- ficada con Cristo esposo. En este sentido, la Igle- sia es «cuerpo de Cristo» (1 Cor 12,26-27). Todo cristiano está bautizado, configurado en un solo cuerpo, el de Cristo (1 Cor 12,13). Cristo es la cabeza de su cuerpo (Ef 1,22; 5,23-24; Col 1,18). Cristo esposo ama a su esposa haciendo de ella su propio cuerpo por transformación en unidad mís- tica (Ef 5,25.29). 15 Véase bibliografía abundante sobre este tema de Iglesia es- posa en K. DELAHAYE, O.C, lista bibliográfica final; H. U. V O N BALTHASAR, Sponsa Verbi (Einsiedeln 1961). Tílulos apostólicos de la Iglesia 273 La Iglesia es algo inherente a Cristo, como el rebaño al pastor (Jn 10), como el sarmiento forma parte de la vid (Jn 15,1-5). En una palabra, es la Iglesia propiedad esponsal de Cristo (Rom 16,16). Y con este amor de esposo, Cristo escudriña o exa- mina a su Iglesia continuamente en la asignatura del amor fecundo (Ap 2,23). La naturaleza de la Iglesia es, pues, la de sec^él cuerpo de Cristo que crece continuamente en la comunión universal (Col 2,19). Los sufrimientos del apóstol comple- tan la pasión de Cristo en bien de la Iglesia que es su cuerpo (Col 1,24). Cuerpo de Cristo equivale, pues, a esposa fecunda o madre de todos los hom- bres 16 . Con el título de pueblo se indica propiedad es- ponsal o «pueblo de adquisición» (1 Pe 2,9) que tiene su origen en una «alianza» o pacto esponsal. Este título bíblico y conciliar no tiene, pues, el sen- tido de nuestra terminología actual en el campo po- lítico 17 . La Iglesia es el nuevo pueblo propiedad de Dios18 , pueblo y reino sacerdotal (Ap 1,4-6), edi- ficación de Dios (1 Cor 3,9), casa de Dios (1 Tim 3,15), templo del Espíritu Santo (1 Cor 3,16; 6,19; 1 Pe 2,5). Por todo ello, el pueblo de Dios debe abarcar toda la humanidad como posesión de Dios. 18 LG n.7. Sobre cada uno de estos títulos eclesiales, ibid. n.5-6. Comentario a humen gentium: ha Iglesia y su misterio (Barce- lona, Herder, 1969), 2 vols. 17 El concilio Vaticano II dedica a este título el capítulo se- gundo de la humen gentium, después del título de Iglesia «sacra- mento», en armonía con otros títulos eclesiales. Los comentaristas han destacado la importancia de esta prioridad al comienzo de la constitución conciliar antes de especificar los diversos estamen- tos de este pueblo: ministros, laicos, religiosos. Véase la nota 16. 18 «Vosotros, que en un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10); se trata de un «pueblo adquirido» (ibid., 9).
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    274 Maternidad ymisión eclesial Pueblo, «santidad» y sacrificio son términos com- plementarios: toda la humanidad debe ser propie- dad de Dios, imagen de Dios, olor de Dios—a ma- nera de sacrificio agradable—, gloria o epifanía de Dios. La misión de la Iglesia «pueblo» es la de ser signo de lo que Dios quiere hacer con toda la hu- manidad; es el nuevo Israel, el pueblo de la nueva alianza esponsal (Ex 19,6, citado por San Pedro). La Iglesia es «sal» para hacer que toda la humani- dad se convierta en un «sacrificio» agradable a Dios. De ahí el sentido apostólico de la afirmación de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13; compárese con Me 9,48). Es como un fermento que transforma toda la masa (Mt 13,33). Complemento del título eclesial de pueblo es el de reino. Este título indica diversas facetas y eta- pas eclesiales. Jesús es el mismo reino que vive en nosotros (sentido eclesial de signos: Me 4,26; Mt 12,28), que nos espera en un encuentro defi- nitivo (sentido escatológico: Jn 18,36). Cristo, con su esposa la Iglesia, se halla ya en semilla (semilla del reino: Me 4,26) en cada persona, pueblo, cul- tura. Pero desde la encarnación y especialmente desde Pentecostés, el reino de Dios está cerca y urge a una explicitación y encuentro eclesial (Me 1, 15): el reino de Dios está cerca, a la puerta, urgien- do a una realización plena. «La Iglesia es el reino de Cristo» 19 . Todas las semillas del reino que se hallan fuera de la Iglesia visible, deben llegar a germinar plenamente en la Iglesia reino de Dios. La misión eclesial es la de hacer que la humanidad sea reino explícito de Cris- to «para que Dios sea todo en todas las cosas» 19 LG n.3. Otras veces el concilio habla de «comienzo» y «ger- men» del reino (humen gentium n.5 y 10). Títulos apostólicos de la Iglesia 275 (1 Cor 15,27-28)20 . En el Antiguo Testamento la figura de la mujer asociada al Mesías tiene también esta faceta real: la reina esposa y madre21 . Uno de los títulos más sugestivos actualmente es el de Iglesia sacramento o signo eficaz de Cris- to n . Como la esposa es «gloria» de su esposo, así la Iglesia; pero con una profundidad que deriva del misterio de Cristo. La palabra latina «sacra- mento» (signo manifestativo y comunicativo) tra- duce, en parte, el término griego neotestamentario «misterio» (intimidad divina o planes salvíficos de Dios en Cristo). Por esto Cristo es el misterio (Ef 1,3-9) que Pablo predica a todas las gentes (Ef 3,1-10) y que se manifiesta y comunica por la Iglesia. La Iglesia es el «misterio» o «sacramento» (Ef 3,8-10; 5,32), es la epifanía y comunicación de los planes salvíficos de Dios en Cristo (1 Tim 3,16). El concilio Vaticano II, secundando los deseos del papa Juan XXIII al convocar la asamblea con- ciliar, presenta a la Iglesia como «sacramento uni- versal de salvación» 23 . Así el misterio de Cristo, por una Iglesia renovada, será dado a conocer a todos los pueblos (Ef 3,8-10). La Iglesia, esposa 20 Los Hechos de los Apóstoles terminan narrando cómo San Pablo anunciaba el reino en su situación de libertad vigilada (Art 28,30). 21 Sal 44,10. Recuérdese también la figura bíblica de Ester. 22 J. ALFARO, Cristo, sacramento de Dios Padre: la Iglesia, sa- cramento de Cristo glorificado: Gregorianum 48 (1967) 5-27; Y. CONGAR. Un peuple messianique, l'Église sacrement du salut (Paris, Cerf, 1975), 1.* parte; A. NAVARRO, La Iglesia como sacra- mento primordial, en Estudios Eclesiásticos 41 (1966) 139-159; O. SEMMELROTH, La Iglesia como sacramento original (San Se- bastián Dinor, 1965); P. SMULDERS, La Iglesia como sacramento de salvación, en La Iglesia del Vaticano II (Barcelona, Flors, 19661 T p.377-400. 23 LG n.l v 48; AG n.l; cf. Const. Apost. Humanae salulis (25 dic. 1961).
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    276 Maternidad ymisión eclesial de Cristo, nueva Sión, madre de todos los pueblos, es el signo levantado ante las naciones24 . Pablo ex- presa esta realidad en un himno cristiano sobre la Iglesia sacramento universal de salvación: «Es grande el misterio de la piedad, que se ha manifes- tado en la carne, ha sido justificado por el Espíri- tu, ha sido mostrado a los ángeles, predicado a las naciones, creído en el mundo, ensalzado en la glo- ria» (1 Tim 3,16). 4. Maternidad eclesial: ser y función apostólica El ser y función apostólica de la Iglesia podrían definirse como maternidad permanente y univer- sal. Así como los misterios cristianos se hacen pre- sentes en la Iglesia, la maternidad eclesial, iniciada en Pentecostés, tiene una dimensión permanente en la historia de salvación hasta la restauración fi- nal. La maternidad de la Iglesia—como la de Ma- ría—no termina nunca en esta tierra. Se podría de- cir analógicamente de la Iglesia lo que el Vatica- no II dice de María: «Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asen- timiento que prestó fielmente en la anunciación—la Iglesia lo prestó en Pentecostés—hasta la consuma- ción perpetua de todos los elegidos» 25 . La maternidad es la razón de ser de la Iglesia y constituye su ser y su función pastoral. 3 * Sacrosanctum Concüium n.2; Is 11,12. 25 LG n.62. En algunos estudios se ha hecho resaltar la relación entre la maternidad de María y la maternidad de la Iglesia: J. ESQUERDA, La maternidad de María y la sacramentalidad de la Iglesia, en Estudios Marianos 26 (1965) 231-274; I. LECUYER, Mario ct VÉglise comme mere et épouse du Christ, en Études Mariales (1952) 23-41. Véase bibliografía posconciliar en La Virgen de los tiempos nuevos (Barcelona, Balmes, 1975). Ser y función apostólica 277 La universalidad de esta maternidad eclesial es de instrumentalidad salvífica, en cuanto que es es- posa fecunda de Cristo «Salvador de todos» (1 Tim 4,10). No hay fronteras geográficas, ni culturales, ni raciales, para esta maternidad eclesial. Hoy, este sentido de maternidad universal de la Iglesia lleva a una pastoral de evangelizar los sec- tores y puntos neurálgicos de nuestra sociedad, es- pecialmente cuando las fronteras religiosas coinci- den cada vez menos con las fronteras geográficas. El sentido de maternidad, vivido intensamente en cada época, hace que la Iglesia descubra los mejo- res medios de acción pastoral. De ahí el fino sen- tido de Iglesia que han tenido siempre los santos misioneros y apóstoles. Las mejores y más audaces iniciativas pastorales nacen de un profundo sentido de comunión eclesial contra toda lógica y previsión humana. Esto supone sufrimiento como parte in- tegrante de la misma maternidad (Jn 16,20-21). La Iglesia sufre constantemente dolores de par- to (Ap 12), especialmente en la labor apostólica (Gal 4,19), que es función materna. Amar en el sufrimiento produce precisamente el gozo de la fe- cundidad (Jn 16,20-21). La historia de la Iglesia es una presencialización de la vida de María asocia- da como Madre y esposa a Cristo redentor en los momentos de acción sacrificial (Le 2,35; Jn 19,25- 27). Desde Pentecostés (Act 1,14), María y la Iglesia forman una unidad materna a manera de instru- mento de filiación divina. María es el tipo de esta maternidad eclesial ejercida en el dolor de asocia- ción a Cristo redentor (Ap 12). Jesús continúa aso- ciando a su madre María en la aplicación de la re-
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    278 Maternidad ymisión eclesial dención a través de los signos eclesiales que consti- tuyen la maternidad ministerial o apostólica de la Iglesia. Cuando ha de haber una acción del Espíritu San- to en un período de evangelización, hay también una repetición de las características del obrar del Espíritu: entrar en el sufrimiento. María se hizo madre entrando en esa «nube» de «silencio» repe- tido de Dios desde la encarnación hasta la cruz. La Iglesia se hace madre en las mismas constantes de una acción del Espíritu que hace entrar en el desierto (Le 4,1 y Ap 12,6). Esta constante del actuar del Espíritu tiene lugar en la vida de cada persona, de cada apóstol, de cada institución ecle- sial y de cada período histórico. A la Iglesia le queda todavía mucha labor ma- terna hasta llegar a la plenitud de las naciones. El misterio del tiempo y del modo de conversión for- ma parte del mismo misterio de Cristo y de la Iglesia. Los momentos más fecundos han sucedido al margen de toda previsión humana: Saulo, con- vertido en Pablo, cambió la persecución religiosa en un apostolado misionero con dimensiones de un imperio. En esta línea de maternidad eclesial universal hay que entender el principio siempre válido de que «fuera de la Iglesia no hay salvación» (Orígenes y Tertuliano). Donde haya un germen de evangelio, allí hay un germen de Iglesia que anhela llegar a una plenitud eclesial. Dios, Padre de todos, hace llegar a todos, de algún modo, la maternidad ecle- sial. Pero la Iglesia, como San Pablo, gime con do- lores de parto «hasta formar a Cristo» místico en su plenitud (Gal 4,19). Por esto, todos los autén- Ser y función apostólica 279 ticos valores religiosos no cristianos tienden, por su misma naturaleza, a ser explícitamente Iglesia2é . La función materna (pastoral) de la Iglesia es mediación de salvación, cuyo tipo o personificación se encuentra en María asociada a Cristo salvador. Pero, por su misma naturaleza de Iglesia signo o «sacramento», su maternidad es de servicio o de ministerio de «signos»: la palabra, el sacrificio eu- carístico, los sacramentos, el pastoreo... Así comu- nica la vida divina y se hace instrumento maternal. Es una maternidad ministerial distinta de la ma- ternidad irrepetible de María Madre de Dios, aun- que ambas maternidades se podrían considerar en unidad de acción instrumental: Jesús asocia a su madre y actúa por medio de los signos eclesiales. No hay que olvidar que la terminología neotesta- mentaria que estamos usando produce actualmente cierta alergia. A veces no agrada comentar esta fa- ceta de la maternidad eclesial por falta de costum- bre, pues hay que reconocer que es un tema au- sente de muchos libros de espiritualidad y de apos- tolado. Pero el cristiano debe habituarse a supe- rar esas alergias enfermizas que se pueden producir sobre cualquier dato de la revelación por el simple hecho de no pertenecer al uso común. A veces, no obstante, estas alergias son debidas a falta de sen- tido bíblico y a poca lectura de los autores espiri- tuales de valor universal. En muchos ambientes re- ligiosos paganos (como en China) el sentido mater- no de la Iglesia les ayudaría a encontrar en el cris- tianismo una faceta muy querida en sus tradiciones religiosas ancestrales: el aspecto maternal de Dios AG n9
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    280 Maternidad ymisión eclesial (aspecto, por otra parte, repetido por los profetas del Antiguo Testamento)27 . 5. Virginidad y maternidad El ser y la función eclesial apuntan a convertirse en la «Eva ideal»: esposa íntegra, virginal y fecun- da del nuevo Adán. María, como tipo de la Igle- sia, ya ha llegado a este ideal. Esposa, consorte, cuerpo, sacramento, etc., son títulos complementa- rios de esta asociación a Cristo en la obra de salva- ción universal. La misión de la Iglesia es misión de virginidad (fidelidad al esposo) y de materni- dad (signo eficaz de Cristo). Los tratados de los Santos Padres sobre la vir- ginidad tienen como trasfondo a María y a la Igle- sia28 . La virginidad está en la línea de la fidelidad. Algunas personas en la Iglesia son llamadas a ser un signo y estímulo de esta fidelidad a través de una vida consagrada totalmente a un campo de ca- ridad eclesial. Es la virginidad estrictamente dicha. La fidelidad (virginidad) eclesial tiene una tri- ple faceta: fidelidad a la doctrina (pureza de doctri- na, custodia de la fe), fidelidad a las promesas (es- peranza), fidelidad al amor de Dios y a la acción santificadora del Espíritu (caridad, santidad). El bautismo es un punto de partida en un proceso de configuración con Cristo hasta amar y dar la vida como él. La palabra de Dios, siempre viva en la Iglesia, llama a esta configuración que se realizará principalmente en la celebración de la eucaristía y se expresará en una vida de «bienaventuranzas» o 2 ' Is 49,15; Dt 32,11; Ex 19,4. 28 O. CASEL, Misterio de la Ekklesía (Madrid, Guadarrama, 1964); véase bibliografía citada en nota 25. Virginidad y maternidad 281 del mandamiento del amor (edificarse y edificar la comunidad y la historia amando). Los signos ecle- siales sacramentales (liturgia, sacramentos...) son portadores de esta palabra y de este bautismo que urgen siempre a una configuración con el misterio pascual del Señor. Las promesas divinas en la his- toria de salvación se v?n haciendo realidad a tra- vés de esta acción y fidelidad eclesial. La fidelidad de doctrina, la fidelidad de esperan- za y de escatología, la fidelidad de entrega a la santidad y configuración con Cristo son partes in- tegrantes de la virginidad de la Iglesia esposa de Cristo. Solamente en esta línea de virginidad, la Iglesia irá descubriendo los signos manifestativos de la voluntad salvífica de Dios. La fidelidad a la palabra, la fidelidad a las promesas y la fidelidad a la acción amorosa de Dios son la base de la virgi- nidad y maternidad eclesial. En la medida en que la Iglesia es virgen fiel, se hace también madre, esposa fecunda, instrumento universal de salvación 29 . La fidelidad a los signos eclesiales instituidos por Cristo y la fidelidad a la acción santificadora del Espíritu son los elementos fundamentales de su maternidad. La Iglesia es ma- dre como medianera de verdad, como portadora de las promesas divinas, como instrumento de vida divina. Es una maternidad que engendra y educa al mismo tiempo. Por esto la acción eclesial es por- tadora de una acción del Espíritu (acción carismá- tica), a través de signos pobres eclesiales (visibili- dad, instituciones, etc.). Una actitud de ruptura "iluminista» hacia estos signos pobres de Iglesia significaría una ruptura con la acción carismática La virginidad de María y de la Iglesia se relacionan con ^u maternidad en Lumen sentium n.63-65.
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    282 Maternidad ymisión eclesial del Espíritu. Sería rechazar la acción materna de la Iglesia, es decir, la acción del Espíritu de Cristo esposo que vive y actúa resucitado en su esposa 30 . La fecundidad apostólica de la Iglesia (y de cada apóstol) constituye, pues, la maternidad de la Igle- sia y depende de la fidelidad a la acción del Espí- ritu y a la palabra de Dios. La acción apostólica es acción maternal y eclesial de engendrar, gestar, nu- trir y educar hasta la plenitud en Cristo. Es fidelidad de sufrimiento en el amor porque es dinamismo de cruz y de resurrección. Así es la fecundidad del mis- terio pascual. Es el Espíritu Santo quien hace a la Iglesia vir- gen y madre 31 . Por el Espíritu se recibe la Palabra (el Logos o Verbo). La Iglesia y María, recibiendo fielmente esta Palabra, se hacen madre universal. La Iglesia es portadora del Verbo para todos los hombres. Su maternidad le urge a continuar sien- do fiel a esta transmisión de la Palabra de Dios, que se ha hecho nuestro hermano para salvar a to- dos. El sentido profundo de fidelidad (virginidad) descubre el sentido universal de la maternidad. La maternidad eclesial es virginidad fecunda co- mo de esposa de Cristo. Esta realidad eclesial es signo eficaz de volver a un plan salvífico querido por Dios desde el principio y ahora restaurado con creces por el Redentor. Dios salva a la humanidad por medio de la Iglesia, que es, en su virginidad v maternidad, signo eficaz de restauración, recapi- tulación, recirculación, restitución (son términos bí- blicos y patrísticos). Por esto la virginidad fecunda de la Iglesia, como de «Eva ideal», tiene sentido de universalidad. Es una acción apostólica que se ejer- LG n.7-8.12. Tbid., n.63-64. Maternidad de la Iglesia 283 cita en toda la tierra, en toda la humanidad, en mar- cha hacia la luz de plenitud cuando nuestra filia- ción divina participada será completa: «seremos se- mejantes a él porque le veremos tal como es» (1 Jn 3,2). Es maternidad liberadora integral que abar- ca toda la persona, todos los sectores humanos, toda la creación y toda la historia. 6. La maternidad de la Iglesia en la misión apostólica de cada cristiano La maternidad y la misión de la Iglesia se rea- liza por medio de cada cristiano y en cada institu- ción eclesial. La Iglesia es madre en cada uno de sus miembros o componentes. Cada uno, según el carisma o gracia recibida, participa en la misión y maternidad eclesial. La fidelidad de cada uno a la acción del Espíritu en la Iglesia se convierte en instrumento de gracia y de filiación divina. La diversidad de carismas o de gracias funda- menta la diferenciación y grado de maternidad par- ticipada. Pero, por diversa que sea esta participa- ción, siempre goza de las características esenciales: maternidad permanente y universal. Ser Iglesia, con I todas las consecuencias, no es lo mismo que perte- necer a una institución u organización humana con limitaciones de tiempo o de espacio. El sentido de maternidad urge, desde la entraña de la vocación cristiana, a cierto compromiso permanente en la misión sin fronteras de la Iglesia. Los límites de la maternidad eclesial sólo los puede establecer el Espíritu, que se derrama establemente en nuestros corazones para una comunicación a toda la familia humana. Los límites de la maternidad eclesial no depen-
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    284 Maternidad ymisión eclesial den de nuestras opiniones o de nuestros intereses. «El espíritu de comunidad ha de abarcar no sólo la Iglesia local, sino también la Iglesia universal». Sólo con esta perspectiva universal se desarrolla el pleno significado de la maternidad de la comu- nidad cristiana: «la comunidad eclesial ejerce una verdadera maternidad para conducir las almas a Cristo»32 . La realidad de «instrumento eficaz» o «signo efi- caz» de Cristo en cada cristiano adquiere diversas modalidades y grados. Aparte de las gracias espe- ciales y de la fidelidad a las mismas, podemos re- cordar los tres «estados» por los que un cristiano puede ejercer la misión de maternidad eclesial: lai- cal, religioso, sacerdotal. Entramos así de nuevo en la naturaleza «sacramental» de la Iglesia o de ser- vicio de signos. El laicado es Iglesia madre por su razón de signo de Cristo en las estructuras huma- nas, desde dentro, a manera de fermento. La vida religiosa—o de práctica de consejos evangélicos— es signo radical de caridad y de desposorio con Cris- to. El sacerdocio ministerial—o ministerio apostó- lico—ejerce una maternidad de signos «sacramen- tales» de la presencia y acción del Buen Pastor, Ca- beza de la Iglesia33 . Los tres estados son un servicio diferenciado de la palabra, de los sacramentos o vida litúrgica, de la acción apostólica. Siempre se trata de una mi- sión de hacer nacer a Cristo por la vida de santifi- cación y de apostolado. Pero hay que señalar la principalidad de signo, en esta misión materna, de quienes han sido llamados a expresar, en sus vidas consagradas por los consejos evangélicos, el despo- 32 PO n.6; Lumen genttum n.65. 33 I.G n 31 Maternidad de la Iglesia 285 sorio de Cristo con la Iglesia. No obstante, la prin- cipalidad más profunda se encuentra en el cam- po de la caridad: es más Iglesia madre el que ama más. A esta maternidad puede llegar cualquier miembro de la Iglesia, aunque la vida consagrada o la vida sacerdotal son un signo y estímulo de esta caridad. Por la línea de la misión en sí misma, hay que se- ñalar la principalidad de quienes han sido llama- dos a consagrar sus'vidas a una misión universal sin fronteras, sin límites de tiempo y sin condi- cionamientos a la disponibilidad universal. Se tra- ta de la vocación misionera específica 34 . La misión eclesial como maternidad tiene, pues, múltiples facetas. Por esta rica polivalencia, la mis- ma terminología se siente incapaz de abarcar toda la realidad. Por esto, en los textos bíblicos y en la tradición eclesial se habla de paternidad y mater- nidad de la misión eclesial35 . La maternidad indica preferentemente la relación a la Iglesia en cuanto comunidad. La paternidad indica relación a Cristo Cabeza, de quien se recibe la misión. El cristiano es, pues, hijo de la Iglesia en cuanto es miembro de la misma; pero participa de su maternidad en cuanto que es instrumento de gracia dentro de la comunión. Asimismo, el apostolado, por ser misión recibida de Cristo Cabeza, es oficio de paternidad. En ésta, como en otras cuestiones cristianas, la ter- minología no puede abarcar todo el misterio de Cristo. Cuando Jesús usa esta terminología «familiar», manifiesta una superación de la misma o una importancia sólo relativa, teniendo como transfondo 34 AG n.23. 35 1 Cor 3,1-2; 4,14-15.
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    286 Maternidad ymisión eclesial la fidelidad de María, que es, a la vez, madre y esposa de Cristo (Me 3,35). Más que la terminolo- gía (madre, hermano...) importa la realidad que se quiere expresar. 7. El sacerdocio ministerial o ministerio apostólico La tradición patrística y teológica ha relacionado el sacerdocio ministerial con la maternidad de la Iglesia. Lo hemos visto en Pablo, que compara su labor a una acción materna36 . Jesús comparó los apóstoles a una madre que sufre (Jn 16,20). Pero el sacerdocio ministerial participa de la maternidad de la Iglesia en un aspecto especial: garantiza y fundamenta los otros servicios de maternidad ecle- sial. Se podría decir que el oficio apostólico de este ministerio garantiza la maternidad general de la Iglesia, a la manera como los cristianos están «edi- ficados sobre el fundamento de los apóstoles» (Ef 2,20)" El sacerdote ministro hace posible y patente la maternidad de la Iglesia; es un signo fuerte de esta maternidad o fecundidad apostólica. La acción sacer- dotal es principio de unidad en la Iglesia y funda- menta la comunión eclesial38 . De esta comunión o caridad eclesial arranca la fecundidad de la Iglesia 36 Gal 4,19; 1 Tes 2,7-8. 37 M. J. SCHEEBEN, Los misterios del cristianismo (Barcelona, Herder, 1953) VII, 79-576: «El sacerdocio ha de dar nuevamente a luz a Cristo en el seno de la Iglesia (en la eucaristía y en el corazón de los fieles) mediante la virtud del Espíritu Santo que opera en la Iglesia, y de esta manera formar orgánicamente el Cuerpo místico, así como María por virtud del Espíritu Santo parió al Verbo en su propia humanidad y le dio su cuerpo ver- dadero»... San Anselmo da a Jesús y a San Pablo el título de madre: Orationes sive meditationes 10 (ver en Obras completas [Madrid, BAC, 1953] II). 38 LG n.23; PO n.9. El sacerdocio ministerial 287 (Jn 13,35; 17,23). Pero hay que ver también, en esta realidad, una complementación mutua entre sacerdotes y fieles, que hace posible la maternidad eclesial. Nadie puede ser Iglesia madre sin esta co- munión activa con los demás, en el sentido de com- plementación de servicio o signos eclesiales apostó- licos. Por ser tan especial este servicio de la materni- dad de la Iglesia en el sacerdote ministro, se le ha llamado con más frecuencia paternidad. Los apósto- les compararon su apostolado a una tarea paterna39 . El acento del servicio paternal del ministerio apostólico se centra, pues, en el ministerio de la palabra. Ya hemos visto anteriormente que la ac- ción del Espíritu Santo hace madre a la Iglesia (y a María) por comunicarle el Logos o Verbo de Dios. Si todo cristiano participa en la maternidad de la Iglesia—por ser comunidad eclesial—y en la pater- nidad del apostolado—por recibir la misión de Cris- to—, el sacerdote ministro ejerce una paternidad que proviene de «obrar en persona y en nombre de Cristo Cabeza» y Buen Pastor40 . Según tradición patrística y litúrgica (rito de or- denación), la paternidad sacerdotal se realiza diri- giendo o presidiendo las comunidades eclesiales. Es- ta presidencia de la Iglesia, esposa virginal de Cris- to, está relacionada con la virginidad del sacerdote. En toda la tradición eclesial (en Oriente y en Occi- dente), el sacerdote ministro (obispo o presbítero) que carga plenamente con el peso de la dirección de la comunidad debe ser virgen porque represen- 39 1 Cor 3,1-2; 4,14-15; 1 Tes 2,11-14; 1 Pe 1,23-25; Sant 1,18.21. 40 PO n.2.6.12,,
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    288 Maternidad ymisión eclesiál ta a Cristo esposo, Cabeza, Buen Pastor. Los que cargan con todo el peso de la evangelización—como los apóstoles—son llamados por Cristo para vivir como él: totalmente consagrados a la caridad pasto- ral (virginidad del sacerdote). Las excepciones en esta «regla apostólica» han nacido legítimamente (en diversas tradiciones de Iglesias locales) en vis- tas a servicios complementarios (especialmente sa- cramentales y litúrgicos). La paternidad del sacerdote ministro es tam- bién instrumental: signo eficaz de Cristo Cabeza, en cuyo nombre actúa cuando anuncia el mensaje, cuando hace presente bajo signos el ministerio sal- vífico (eucaristía y sacramentos) y ayuda a recibir y vivir la salvación en Cristo (pastoreo). El prin- cipio fontal es siempre Dios Padre, que nos ha dado a su Hijo como salvador y al Espíritu Santo como vivificador. Llámese maternidad o paternidad, el servicio sacerdotal garantiza y fundamenta —sin atrofiar ni frenar—la maternidad «carismática» de todos los creventes o miembros de la comunidad eclesiál. Sal- vando las imperfecciones de toda comparación, di- ríamos, con los Santos Padres, que el sacerdote es en la Iqlesia como el espíritu en el cuerpo41 . La tradición y el magisterio han presentado un paralelismo y, especialmente, un amor peculiar de María Santísima respecto al sacerdote42 . La ma- ternidad de María y la maternidad de la Iglesia se complementan en la historia salvífica, y el sacerdo- te ministro realiza un servicio de signos que se re- 41 SAN GREGORIO NAZ., Oral. 2,3: PG 35,409; SAN BASILIO, Ep 20: PG 32,312. 42 Mentí nostrae: AAS 42 (1950) 673 y 701. Véase Teología y espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1976) c.ll (María, Iglesia V sacerdocio, espiritualidad sacerdotal mariana). Naturaleza mariana de la misión 289 lacionan con ambas maternidades: Cristo Sacerdo- te, asociando a su Madre, se hace presente y actúa en la Iglesia, principalmente por el sacerdocio mi- nisterial. La devoción mariana del sacerdote se describe, en teólogos y santos, en el sentido de una fidelidad a la propia misión como la fidelidad de María y con su ayuda. Así lo recuerda el Vaticano II43 . El seguimiento fiel a Cristo, de parte de los apóstoles, según San Juan, comienza con el milagro de Cana (Tn 2,11). Juan junto a la cruz y los apóstoles en Pentecostés recuerdan una nota característica de la maternidad de la Iglesia y de su misión apostólica: meditar, vivir y anunciar el misterio de Cristo como María, con su presencia y con su ayuda44 . 8. Naturaleza mariana de la misión y maternidad eclesiál Cualquier aspecto de la maternidad y misión ecle- siál hace referencia a María, que es tipo (personifi- cación) y Madre de la Iglesia. La Iglesia encuen- tra su naturaleza y razón de ser en un proceso de fidelidad-maternidad que la hace signo eficaz («sa- cramento») o epifanía de Cristo. Es la esposa de Cristo. Esta naturaleza eclesiál encuentra su pun- to culminante en María, virgen y madre, asociada a Cristo redentor. La naturaleza de la Iglesia es ma- riana: ser fiel a la Palabra y a la acción del Espíritu, como María y con su ayuda, para ser madre perma- 43 PO n.18; Optatam totius n.8. 14 Los principales estudios sobre espiritualidad sacerdotal ma- riana los he recogido en Espiritualidad sacerdotal mariana: Bur- gense 11 (1970) 275-309; véase también la obra citada en nota 52; María v la Iglesia en la espiritualidad sacerdotal: Estudios Ma- rianos 40 (1976) 169-182. Espiritualidad misionera '"
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    290 Maternidad ymisión cclesial nente y universal. Esta comparación entre María y la Iglesia es uno de los puntos básicos de la consti- tución Lumen gentium en el capítulo octavo (n.62- 65) y una de las aplicaciones más concretas de la Iglesia como «sacramento» o signo eficaz de Cristo. La naturaleza misionera de la Iglesia encuentra su fundamentación y su aplicación más adecuada en su relación estrecha con María, Madre de Dios y Madre de todos los hombres, asociada como es- posa a la obra salvífica de Cristo redentor uni- versal. Llegar a tener un profundo «sentido de Iglesia» es la quintaesencia de la devoción mariana del após- tol. Si se ama a la Iglesia en concreto, tal como es, se encuentra fácilmente la relación con María, su tipo y Madre. Pero cuando se habla de una Igle- sia imaginaria o abstracta, elaborada por una lógi- ca «humana» al margen de la revelción, esa «Igle- sia» no tiene necesidad de madre..., porque no existe. En la misión eclesial encontramos, pues, indiso- lublemente unidas, la maternidad de María y la maternidad eclesial. En la misión de una se encuen- tra la misión complementaria de la otra. María, sien- do ella irrepetible y única como Madre de Dios y nuestra, desvela el misterio de la Iglesia como epi- fanía del misterio de Cristo. Y en el dinamismo de la Iglesia, que tiende cada vez más a ser la espos-a fecunda de Cristo, descubrimos a María como el «principio» al que tiende toda la Iglesia por su misma naturaleza45 . 45 «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura»... (turnen gentium n.68). Naturaleza mariana de la misión 291 Si la Iglesia—y su misión—es de naturaleza ma- riana, en cuanto que tiende a ser como María ma- dre, lo mismo hay que decir de la vocación apos- tólica. El celo apostólico es amor materno. Así lo indica San Pablo (Gal 4,19). Así lo recuerda Pa- blo VI en Evangelii nuntiandi**. Pero ese amor ma- terno es como el de María: «Por eso también la Iglesia, en su labor apostó- lica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres»47 . Cuando hay este celo apostólico fuertemente ba- sado en el «sentido de Iglesia» y en el sentido ma- ñano, el apóstol no pone fronteras a su generosidad ni a sus horizontes. Tomando la imagen paulina de amor materno con dolores de parto—imagen para- lela a la de Jesús en la última cena—48 , dice San Juan de Avila: «En cruz murió el Señor por las ánimas; hacien- da, honra, fama y a su propia Madre dejó por cum- plir con ellas; y así, quien no mortificare sus inte- reses, honra, regalo, afecto de parientes, y no to- mare la mortificación de la cruz, aunque tenga bue- nos deseos concebidos en su corazón, bien podrán llegar los hijos al parto, mas no habrá fuerzas para los parir»49 . La imagen apostólica de la madre que da a luz lle- 46 Evangelii nuntiandi n 69. 47 LG n.65. 48 Gal 4,19; Jn 16,20-21. 49 Obras completas del Santo Maestro ]uan de Avila (Madrid, BAC, 1970) vol.3, serm.81 (fiesta de evangelistas).
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    292 Maternidad ymisión eclesial va a comprender mejor el sentido del sufrimiento y de la cruz en el apostolado (y en la vida espiri- tual). Es correr la suerte de Cristo (Mt 20,22) y completar lo que falta a la pasión de Cristo «por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). Pero este celo materno es siempre un destello del de Cristo Buen Pastor: «la caridad de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14). La falta de devoción mañana en cualquier cris- tiano, y especialmente en el apóstol, supone auto- máticamente un descenso de la generosidad y es una de las causas de las dudas sobre la propia razón de ser (sobre su identidad). Cuando se pierde esta de- voción, se pierde el sentido eclesial de la propia vida y de la propia vocación misionera. Los grandes mi- sioneros y los grandes santos se han formado en la escaela mariano-sacerdotal. 9. Construir la Iglesia Muchas veces, al hablar de los propios carismas, de la propia conciencia, de realizarse, del desarro- llo de la propia personalidad, de los signos de los tiempos, etc., ocurre como sucedía a los cristianos de Corinto: estaban muy satisfechos de los «dones» o carismas recibidos y, no obstante, tenían una se- rie de lacras que San Pablo no puede menos de denunciar. El apóstol presenta un ideal que sanea los problemas artificiales, supera las tensiones y cis- mas, hace descubrir los verdaderos o mejores caris- mas y la verdadera acción del Espíritu en cada persona, en la Iglesia y en la historia. El cristiano debe preocuparse por construir o edificar la Igle- sia: «puesto que estáis ávidos de espíritus, procu- Construir la Iglesia 293 rad abundar en ellos para edificación de la Igle- sia» (1 Cor 14,12). Los santos se sintieron siempre enrolados en la construcción de la Iglesia. El grito de «soy hijo de la Iglesia» da sentido a la vida de grandes refor- madores en tiempos cruciales para la Iglesia: San- ta Catalina de Sena, Santa Teresa, Enrique de Ossó, Francisco Palau... Pero hay un punto de partida básico que distingue al santo reformador del seudorreformador: el amor a la Iglesia nuestra madre. Un escrito o una conferencia sobre la Igle- sia (o sobre sus defectos) es de tono cristiano cuan- do contagia de este amor filial. El amor a la Iglesia madre tiene una piedra de toque: convencerse de que cada uno es el culpable —al menos en parte—de los defectos y querer la- var el rostro de la Iglesia con las propias lágrimas y el propio sufrimiento. Este es el tema del Diá- logo de Santa Catalina: «ella, con profundo cono- cimiento de sí misma, se avergonzaba de sus im- perfecciones, pareciéndole ser causa de los males que sucedían en todo el mundo» 50 ; «toma, pues, tus lágrimas y tu sudor, y lavad con ellas la cara de mi Esposa» 51 . Este amor a la Iglesia y este convencimiento pro- fundo de la propia responsabilidad y culpa es el que ha suscitado la generosidad sin fronteras de los grandes santos misioneros. Baste recordar a Pa- blo: «No soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (1 Cor 15,9); « ¡ay de mí si no evangelizare! » (1 Cor 9,16). La 50 Diálogo primero c.2. Es el mismo tema y presenta expresio- nes parecidas a los Memoriales de San Juan de Avila para el concilio de Trento y el sínodo de Toledo (véanse obras completas citadas en nota 49). 51 Diálogo segundo c.2.
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    294 Maternidad ymistan eclesial Iglesia se construye con el amor y con los sufri- mientos del apóstol: «Completo lo que falta a la pasión de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). La forma más apostólica de sufrir por la Iglesia es sufrir providencialmente de la misma Iglesia. El proceso de construcción de la Iglesia, por la acción apostólica, sigue la acción del Espíritu San- to. No es una creación espontánea al estilo de las comunidades o grupos humanos. Esa «comunidad espontánea», sin el proceso purificador del Espíri- tu, no sería comunidad cristiana. La humanidad de Cristo es obra del Espíritu Santo (por la fide- lidad y colaboración materna de María). Y lo mis- mo hay que decir de la humanidad de Cristo pro- longada en la Iglesia. «En tanto se posee el Espí- ritu Santo, en cuanto uno ama a la Iglesia de Cristo» 52 . El proceso de construcción de la Iglesia, por la acción del Espíritu y la fidelidad de los creyentes, es un proceso de: — comunión: como signo de Cristo; — comunidad de je: por el servicio de la pa- labra y del bautismo; — comunidad de oración: especialmente litúr- gica; — comunidad de salvación: por la eucaristía y sacramentos; — comunidad de caridad: por el pastoreo, por la comunicación de bienes y por los signos estimulantes de la caridad (consejos evangé- licos). SAN AGUSTÍN, In íoannem tract 32. PL 35. Construir la Iglesia 295 Este proceso de nacimiento y crecimiento arran- ca de una acción apostólica, con la presencia de un apóstol (un sucesor de los apóstoles o uno que ac- túa en su nombre). Esta presencia del apóstol ga- rantiza la verdadera palabra de Dios y demás sig- nos eclesiales, hace posible la presencialización de la muerte y resurrección de Cristo—principalmen- te en la eucaristía—, estimula y garantiza los caris- mas y servicios de todo el pueblo de Dios. La Iglesia se construye en la misma medida en que se hace madre y cumple con su misión apos- tólica. La maternidad permanente y universal de la Iglesia urge a que los signos eclesiales (palabra, sacramento, pastoreo) adquieran—en cada comuni- dad local—una solidez y una madurez suficiente para vivir su realidad eclesial y para colaborar efi- cazmente a la evangelización universal. La presen- cia de María en la vivencia cristiana—como en Pen- tecostés—garantiza esa dimensión materna de la misión apostólica de la Iglesia. i
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    XI. ESPIRITUALIDAD YANIMACIÓN MISIONERA EN LA IGLESIA PARTICULAR S U M A R I O Presentación. 1. Naturaleza misionera de la Iglesia particular o local. 2. Iglesia particular y signos permanentes de evan- gelización universal. 3. La distribución de los efectivos apostólicos. 4. Los animadores del espíritu misionero. 5. Hacia la diócesis misionera. PRESENTACIÓN Vivir la misión supone también comprometerse a hacer misionera la comunidad cristiana, especial- mente la Iglesia particular o Iglesia local. La misio- nariedad de la Iglesia universal o naturaleza misio- nera de la Iglesia encuentra su aplicación concreta en la comunidad eclesial llamada diócesis y en cada comunidad cristiana. Espiritualidad misionera es, pues, vivencia de la misión en su aspecto eclesial. Ser Iglesia es enro- larse en una misión permanente y universal. La na- turaleza misionera de la Iglesia (AG 2 y 5) debe ser vivida por cada cristiano y por cada comunidad eclesial. Por el bautismo se entra a formar parte de la Iglesia, que es «sacramento universal de salva- ción» (AG 1 y LG 48). No se trata solamente de la prestación y coope- ración generosa de unos pocos, sino de la redimen- sión de toda la vida personal y comunitaria en vis- tas a la evangelización universal. Es la Iglesia par- ticular, en cuanto tal, la que es misionera y no so- lamente los individuos o las instituciones por se- parado. La evangelización actual recibirá un nuevo im- pulso cuando se redimensione la Iglesia local o dió- cesis en una línea misionera. Pablo VI, en el dis- curso de clausura del Sínodo Episcopal de 1974, afirmaba: «Saludamos con afecto paternal a las Iglesias locales, todas ellas comprometidas en la evangelización» (27 octubre 1974). Ante una nueva etapa de evangelización, con sus nuevas dificultades y sus grandes posibilidades, la potenciación de todas las instituciones de la Igle-
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    298 La Iglesiaparticular sia local, en relación a esta nueva realidad, puede preparar un nuevo resurgir misionero. Redimensionar misionalmente la Iglesia local no significa sólo ni principalmente hacer que una dió- cesis ayude a otra, sino que se trata especialmente de una orientación de toda la diócesis o comuni- dad cristiana a toda la Iglesia universal. No se trata tampoco de competencias y de roces jurídicos entre Iglesia particular y organismos mi- sioneros. Cualquier institución misionera o cual- quier persona que colabora en el trabajo misionero debe ser consciente de su pertenencia a la Iglesia particular: una Iglesia particular a la que se per- tenece o en la que uno se ha formado como cris- tiano, y otra Iglesia particular o, al menos, comu- nidad cristiana incipiente, a la que se ayuda. La labor misionera tiene como objetivo el crear Igle- sias locales que se valgan por sí mismas. La coope- ración misionera de las Iglesias particulares tiende a hacer que toda la Iglesia, en cuanto tal, preste esta cooperación consciente y responsable. La vitalidad de una Iglesia particular tiene, hoy principalmente, una repercusión universal. 1. Naturaleza misionera de la Iglesia particular o local La Iglesia particular es una concietización de la Iglesia universal. Se llama también diócesis e Iglesia local, puesto que, en ella, la Iglesia univer- sal se concretiza en el espacio y en el tiempo, y en ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cris- to, que es una, santa, católica y apostólica» (ChD 11). La naturaleza misionera de la Iglesia particular Naturaleza misionera 299 se desprende de la misma condición de ser una concretización de la Iglesia universal, que, por su naturaleza, es misionera '. La Iglesia particular, puesto que «está obliga- da a representar del modo más perfecto posible a la Iglesia universal, debe conocer cabalmente que también ella ha sido enviada a quienes no creen en Cristo» (AG 20). La naturaleza misionera de la Iglesia universal se encuentra en la Iglesia par- ticular, puesto que cuanto se diga de aquélla, ana- lógicamente se debe encontrar en ésta2 . Cada una de las Iglesias particulares, con sus personas e instituciones, participa «in solidum» de una responsabilidad común en la evangeliza- ción universal Los carismas o gracias especiales de cada comunidad cristiana pertenecen a todo el pue- blo de Dios3 . No se trata, pues, de una aportación misionera de cada persona y de cada institución por separa- do, sino de una colaboración como miembros de 1 A ANTÓN, la Iglesia universal. Iglesias particu1 ares en Estudios Eclesiásticos 47 (1972) 409 435, T ESQUERDA, La distri- bución del clero (Burgos Facultad Teológica 1972) 11,2, S E MONS ETCHEGARAY Una me/or distribución del clero la Iglesia local expresión vital de la Iglesia universal Omms Terra 111/21 (1971) 216 222, J GUERRA Las Iglesias locales como signo de la Iglesia universal en su proyección misionera en Misiones Extranjeras 54 (1967) 181-194, H M LEGRAND Nature de l'Éghse particuliére et role de l'évéque dans l'Église, en La charge pastorale des Evéques (París) Unam Sanctam 74 (1969) 104-124, H DE LUBAC Las Iglesias particulares en la Iglesia universal (Salamanca, Sigúeme, 1974), X SEUMOIS, Les Églises particultéres, en L'actualité missionnaire de l'Église Unam Sanctam 67 (1967) Véanse las ponencias de la XXVIII Semana Española de Misionología. 1975 Promoción misionera de las Iglesia'! locales (Burgos 1976), resumo la actualidad del tema en Las Iglesias locales y la actualidad misionera, íbid 11 27 tam- bién Dimensión misionera de la Iglesia local (Madrid, CECADE, 1975) 2 Myshct Corpons Chrtsti AAS 35 (1943 193 248 3 LG 26, ChD 11.
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    300 La Iglesiaparticular una Iglesia particular. Pero, en la práctica, hay que salvar el principio de subsidiariedad o de dar mar- gen de iniciativa y de responsabilidad a cada per- sona e institución. La vitalidad de una Iglesia particular se mani- fiesta a través de su corresponsabilidad en la evan- gelización universal. Las gracias recibidas se con- servan en la medida en que sirven al bien de toda la Iglesia y de toda la humanidad4 . «La apertura a las riquezas de la Iglesia particular responde a una sensibilidad especial del hombre contemporáneo» 5 . La naturaleza misionera de la Iglesia particular aparece en su realidad eclesial, que es de: — imagen de la Iglesia universal; — porción o concretización de la Iglesia uni- versal; — presencia y actuación de la Iglesia univer- sal; — encarnación de la Iglesia universal6 . Al hablar de la misionariedad de la Iglesia uni- versal y particular, hay que evitar dos extremos: «Una Iglesia particular que se desgajara volunta- riamente de la Iglesia universal perdería su referen- cia al designio de Dios y s e empobrecería en su di- mensión eclesial. Pero, po t 0tra parte, la Iglesia difundida por todo el orbe se convertiría en una abstracción, si no tomase cuerpo y vida precisamente a través de las Iglesias particulares»7 . Al hablar de la naturaleza misionera de la Igle- sia particular, hay que pensar tanto en la Iglesia 4 AG 36-37; LG 13. 5 Evangelu nuntiandi 62. 6 LG 23 y 26; ChD 11; Evangelti nuntiandi 62. 7 Bvangelii nuntiandi 62. Signos permanentes de evangelización 301 va constituida (en un país cristiano) como en la Iglesia que comienza (en un país de misión). La naturaleza misionera de una y de otra es la misma. Si la primera necesita redimensionar personas e instituciones en vistas a una ayuda a la Iglesia uni- versal, la segunda necesita construirse ya desde el comienzo en esta misma perspectiva. La vitalidad de una y de otra se miden por su misionariedad básica; no necesariamente por el número global de personas o de medios económicos enviados. Es más, el proceso de hacer que la Iglesia local que comienza se valga por sí misma, se hace más au- téntico y llega a su madurez cuando, ya desde el principio, la comunidad cristiana se habitúa a dar y darse a la Iglesia universal (AG 6). 2. Iglesia particular y signos permanentes de evangelización La Iglesia particular queda constituida como tal cuando nosee permanentemente los signos de Igle- sia: profetismo o servicio de la palabra, eucaristía v sacramentos, pastoreo v servicios de caridad. En- tonces la comunidad eclesial es comunidad de ora- ción v de caridr.d. Estos signos son permanentes, aunque siempre en la condición de Iglesia peregrina, cuando están constituidos por personas del lugar que han asu- mido responsablemente cada servicio, según las di- versas llamadas y carismas. Es más, cada uno de los signos permanentes de evangelización —pala- bra, sacramento, acción apostólica caritativa— debe ser servido por los tres estados de vida: laical, vida consagrada, sacerdotal. La «plantación de la Iglesia» tiene, pues, el sig-
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    302 La Iglesiaparticular nificado de establecer, en cada comunidad huma- na, los signos permanentes de evangelización. Este es el objetivo de la misión: «El fin propio de esta actividad misionera es !a evangelización y la plantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arrai- gado todavía» (AG 6). Los signos permanentes de evangelización, en cada Iglesia particular, son signos eclesiales porta- dores de la acción del Espíritu Santo. Así, en cada comunidad humana, la Iglesia se hace «sacramen- to» universal de salvación y de unión con Dios y con todos los hermanos 8 . En esta realidad de Igle- sia particular aparece cómo personas y estructuras son un aspecto de la sacramentalidad y misionarie- dad de la Iglesia, a modo de «signos» anunciado- res y portadores de la presencia y acción de Cristo resucitado. La acción invisible del Espíritu y de Jesús re- sucitado se ensamblan con los signos visibles ecle- siales, formando una unidad dentro del pluralismo de servicios y de carismas o gracias. El signo per- manente del sacerdocio ministerial, principalmente en el episcopado, es el principio de unidad en cada Ialesia particular, así como el papa lo es respec- to a la Iglesia universal y a la Colegialidad episco- pal (LG 23). Para que sean una realidad los signos perma- nentes de evangelización en cada Iglesia particular, se necesita profundizar en la dimensión misionera del episcopado, de su presbiterio, del laicado, de 8 LG 1 v 48; AG 1. Véase C. BONIVENTO, Sacramento di unila ÍBologna. EMI, 1976); ,T. LÓPEZ-GAY, Sentido misional del «edi- ficar» la Iglesia en San Pablo, en Misiones Extranjeras 60 (1968) 477-490. Signos permanentes de evangelización 303 la vida consagrada, de la vida contemplativa y de la vida litúrgica, etc. Baste con recordar algunos de estos signos de evangelización. Los signos del profetismo, sacerdocio y realeza tienen un matiz especial cuando son un servicio del sacerdocio ministerial o ministerio apostólico. En cada Iglesia particular se necesita este servicio para actuar en nombre y en representación de Cris- to Cabeza (PO 2). Entonces el servicio profético se llama «magisterio», el servicio cultual es el de hacer presente a Cristo víctima en la eucaristía, el servicio real es el de prolongar la acción salvífica de Cristo Buen Pastor, el servicio salvífico en general es el de hacer presente la acción salvífica de Cristo en algunos sacramentos, etc. Es tal la importancia de este servicio sacerdotal que, en general, se consi- dera madura una Iglesia particular cuando posee el número suficiente de sacerdotes ministros9 . El servicio del laicado se realiza poniendo los signos del profetismo, sacerdocio y realeza en las estructuras humanas, desde dentro, a manera de fermento (LG 31 y 36). No es un servicio para suplir al sacerdote ministro. Por esto, una Iglesia particular no se puede considerar madura mientras no existan laicos formados para cumplir estable- mente con su propia responsabilidad. «Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más va- riadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización»10 . En cada Iglesia particular, para llegar a una ma- durez, debe haber el signo permanente de escato- 9 PO 10; LG 28; AG 6,19-20.37. 10 Evangelit nuntiandi 70: AG 41.
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    304 La Iglesiaparticular logia y de restauración final. Es el signo de la vida consagrada o de la práctica de los consejos evan- gélicos. Sin este signo o sin estas vocaciones, na- cidas en la comunidad cristiana del lugar, no podría considerarse madura la Iglesia diocesana. Los «re- ligiosos», pues, «asumen una importancia especial en el marco del testimonio que... es primordial en la evangelización» u . Uno de los signos básicos de evangelización es- la vida de oración, especialmente litúrgica y con- templativa. Pues bien, en la Iglesia particular se dará la debida madurez en la medida en que haya,, como signo y mordiente, comunidades de oración y vocaciones a la vida contemplativa. «En esta perspectiva se intuye el papel desempe- ñado en la evangelización por los religiosos y reli- giosas consagrados a la oración, al silencio, a la peni- tencia, al sacrificio» n . Se puede decir que la dimensión misionera de la Iglesia particular depende, en gran parte, de la co- laboración de todos a la responsabilidad misionera del propio obispo. El es el principio de unidad en cada Iglesia; pero esta unidad es vital y existe en la medida en que toda la comunidad se sienta mi- sionera. Cada miembro de la Iglesia particular debe sentirse ligado a la responsabilidad misionera del propio obispo: «Todos los obispos, como miembros del Cuerpo Episcopal, sucesor del Colegio de los Apóstoles, han sido consagrados no sólo para una diócesis determina- da, sino para la salvación de todo el mundo» (LG 36). «Por institución divina y por imperativo del oficio apostólico, cada uno, juntamente con los otros obis- 11 Ibid., 69; AG 40. 12 Ibid. Distribución de los efectivos apostólicos 305 pos, es responsable de la Iglesia» (ChD 6). «El cui- cado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al Cuerpo de los pastores» (LG 23). Los obispos son, pues, «partícipes de la solici- tud de todas las Iglesias, en comunión y bajo la autoridad del Sumo Pontífice» (ChD 3)13 . Todo cristiano, en cuanto miembro de una Igle- sia particular, debe colaborar a hacer de esta Igle- sia un «sacramento» de unidad universal. Los sig- nos permanentes de evangelización, en los que to- dos quedan comprometidos, tienden a hacer de la Iglesia particular una comunión: comunión entre todos los miembros de esta misma Iglesia, comu- nión entre todas las Iglesias, comunión en la tarea de evangelizar a toda la familia humana. Se podría decir que cada Iglesia particular viene a ser un «sacramento» de Dios Amor, en la medida en que viva esta misión universal, es decir, en la medida en que viva la comunión según los tres ni- veles descritos. La misionariedad de una Iglesia particular es la medida de su sacramentalidad y vi- talidad eclesial. 3. La distribución de los efectivos apostólicos en la Iglesia particular Dos fallos básicos, que frenan el proceso de evangelización, arruinan, al mismo tiempo, la vita- 13 Sobre el aspecto universal de la colegíalidad, véase W. BER- TRAMS, De Episcopis auoad universatti Ecclesiam: Periódica 55 (1966) 153-169; M. BONET, Solicitud pastoral de los obispos en su dimensión universal, en La función pastoral de los obispos (Salamanca 1967); L'Episcopat et l'Église universelle: Unam Sanctam 39 (1962); W. ONCLIN, Les évéques et l'Église univer- selle en La charge pastorale des Évéques: Unam Sanctam 74 (1969) 87-101; Fidei donum: AAS 49 (1957) 237. Véase nota 21.
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    306 La Iglesiaparticular lidad de la Iglesia particular y de las comunidades cristianas: la falta de disponibilidad para la misión universal y la mala distribución de los efectivos apostólicos. La falta de disponibilidad misionera es propiamente la raíz del segundo fallo. Vivir la espiritualidad misionera y poner en prác- tica una adecuada pastoral misionera en la Iglesia particular, traería consigo una conciencia misionera manifestada en una recta distribución de los após- toles y de los medios de apostolado. El número de vocaciones es un índice de vitali- dad, pero es también el fruto de una siembra an- terior. Este mismo índice desciende desde el mo- mento en que disminuya el espíritu misionero. Los carismas de cada Iglesia particular se conservan en la medida en que se ponen a disposición de la Igle- sia universal. El objetivo de la distribución de los efectivos apostólicos es el de compartir los dones recibidos con otras Iglesias hermanas, de suerte que cada co- munidad cristiana llegue a valerse por sí misma y aún pueda ayudar a los demás (AG 16). Pero la distribución de estos efectivos no mira solamente a países misionales, sino también dentro de cada diócesis, de cada región y de cada nación. En efec- to, los cambios socioeconómicos producen en cada época, y principalmente en la nuestra, una situa- ción de desigualdad. La migración, el cambio de civilización agraria en industrial, las guerras, los centros de interés, etc., crean situaciones nuevas y agrupan a multitudes ingentes de personas (a ve- ces, bautizadas) de suerte que carezcan de la asis- tencia religiosa elemental. La naturaleza misionera de la Iglesia hace descubrir la responsabilidad mu- Distribución de los efectivos apostólicos 307 tua respecto a estos problemas, que son también comunes. No obstante, la distribución de los efectivos apos- tólicos no puede hacerse ni por simples estadísticas ni oor disposiciones obligatorias. Hay que ir crean- do la conciencia de una responsabilidad misionera que va más allá de las fronteras de la propia comu- nidad eclesial. Hay que contar principalmente con la generosidad de muchas personas que se presta- rán a una labor de pastoral de conjunto o a un tra- bajo de ayuda misionera. No basta la distribución numérica o la distribu- ción territorial. Hay que apuntar a la calidad de personas preparadas para una misión especializada. Y hav que apuntar también a los centros neurálgi- cos de nuestra sociedad con una visión de futuro. Un éxito en el campo de la evangelización ha sido siempre preparado desde mucho tiempo y con sa- crificio de muchos. La distribución es tan necesaria en las Iglesias ricas como en las Iglesias pobres. Las unas, para reestructurar los cuadros y servicios, eliminando cuanto sea menos urgente. Las otras, aprovechan- do los efectivos que se les envía en vistas a crear, en un plazo determinado de tiempo, las propias fuerzas evangelizadoras. Desde el principio, la co- munidad eclesial que recibe debe crear en sí misma una conciencia de dar a la Iglesia universal algo de sus propios bienes. No hay ninguna Iglesia tan rica que no necesite recibir de otras; ni hay alguna tan pobre que no pueda dar algo a las demás. Una especialización de los apóstoles potenciará los efectivos de que se dispone, y se llegará a inci-
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    308 La Iglesiaparticular d¡r en campos más necesarios y de mayor repercu- sión: liturgia, catequesis, medios de comunicación social, centros de formación, juventud, etc. L^ vitalidad de una Iglesia particular es la fuen- te de una recta distribución de los apóstoles. Así, pues, más que apuntar directamente a la distribu- ción, hay que «animar» la Iglesia particular de suer- te que se produzca una conciencia eficaz de la mi- sión universal. En el plano concreto de la distribución, hay que contar con la formación doctrinal y pastoral, así como con una formación espiritual profunda que traiga consigo la disponibilidad. Cuando se dispo- ne de medios adecuados, se necesita menos perso- nal. Y lo mismo hav que decir cuando hay armo- nización entre los diversos apóstoles—laicos, reli- giosos, sacerdotes ministros—, cada uno según su propia vocación y carisma. Se ahorra un buen número de personal cuando existe una planificación pastoral a nivel diocesano, interdiocesano, nacional e internacional. La especialización de los servicios y de los cen- tros de formación potencia el personal y ahorra sa- crificios inútiles. Hay organismos que funcionan mucho mejor cuando están al servicio común de varias diócesis: centros de formación doctrinal y pastoral, organismos de servicio intereclesial, etc. En todo este problema hay que considerar tam- bién la eficacia actual del trabajo común o de la pastoral de conjunto. La tendencia hacia la unidad, que se viene observando en nuestra sociedad, es un índice de ello. Pero el motivo principal de la distribución de los apóstoles es la naturaleza misma Animadores del espíritu misionero 309 de la Iglesia, que reclama una comunicación cris- tiana también respecto a los bienes apostólicos I4 4. Los animadores del espíritu misionero en la Iglesia particular «Animación» misionera es una acción pastoral para hacer que personas, instituciones y comunida- des cristianas vivan verdaderamente la espirituali- dad y responsabilidad misionera universal. Se tra- ta, pues, de redimensionar la vida personal y comu- nitaria en vistas a la misión. Esta acción pastoral debe tener lugar principal- mente en la Iglesia particular, puesto que, como hemos visto más arriba, es, por su misma natura- leza, misionera. En esta acción pastoral tienen su participación específica todas las personas que des- empeñan alguna responsabilidad y según su propia vocación. Hay que cuidar principalmente la dimensión mi- sionera de la infancia v juventud, los centros de formación, los centros de oración y contemplación, las personas que sufren, los movimientos apostóli- cos laicales, la vida consagrada—institutos de per- fección—, la vida sacerdotal. No se trata solamente de una cooperación espo- rádica, más o menos generosa, al campo misionero, sino de reorientar toda la vida y todas las institu- ciones desde la raíz, puesto que la naturaleza de la Iqlesia es misionera. La espiritualidad, la vida de oración y de apostolado, el campo de la voca- 14 J. ESQUERDA, La distribución del clero, teología, pastoral, derecho (Burgos, Facultad Teológica, 1972). Véanse diversos tra- bajos del Congreso Internacional le Malta, 1970, sobre la distri- bución del clero: The world is tn parish (Roma 1971).
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    310 La Iglesiaparticular Animadores del espíritu misionero 311 ción, la vida litúrgica, etc., necesitan, por su mis- ma naturaleza, una orientación misionera profunda. Las instituciones y estructuras también deben planificarse según el espíritu misionero. Este se ma- nifestará en los planes económicos, educativos, así como en los estatutos o reglas de vida y programas en «eneral. Las estructuras, en las que hay que in- cidir, nueden ser locales (parroquia, pequeña co- munidad, diócesis...), rep.ionales, nacionales e in- ternacionales. Todo debe llevar la impronta de la evanneÜzación universal. La vitalidad de personas v estrncturas se mide por el grado en que vivan y sientan la vocación misionera. Los fines concretos de la animación misionera pueden concretarse en los siguientes: — crear mentalidad, dando doctrina eclesial (evangelio, magisterio, teología...) (AG 29, 36-39); — suscitar la cooperación espiritual: oración, sacrificio, ofrecimiento personal para la em- presa misionera... (AG 36); — promover las vocaciones misioneras, especial- mente las dedicadas de por vida a las misio- nes (Institutos misioneros, derivación misio- nera de la Iglesia particular...) (AG 23); — fomentar una recta distribución de los efec- tivos apostólicos (LG 23; ChD 6); — cooperar económicamente a las necesidades de comunidades concretas y, especialmente, a toda la Iglesia universal por medio de los servicios de las Obras Misionales Pontificias v de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (AG 38); •— coordinar el esfuerzo de animación y de cooperación por medio del Dicasterio Roma- no, de las Conferencias Episcopales, de las Obras Misionales Pontificias, según los ca- sos y competencias (AG 29) ". En esta animación misionera de la Iglesia par- ticular tienen un lugar privilegiado las personas que han recibido la vocación misionera específica, prin- cipalmente cuando ya han adquirido una larga ex- periencia de servicio misionero «ad gentes». Pero su labor de animación, además de mirar por su pro- pio Instituto misionero, debe mirar principalmente a una animación y cooperación más universal, es decir, en relación a las instituciones de la Iglesia universal y de la Iglesia particular. Los Institutos misioneros han sido creados para la cooperación di- recta a las misiones, no para la animación misionera en sí misma; pero los miembros de estos Institu- tos son, en general, personas muy capacitadas para la animación misionera, a condición de que traba- jen en una dimensión de Iglesia particular y uni- versal. Algunas instituciones de animación misionera han nacido de iniciativa privada y han permanecido en este mismo nivel; tienen la ventaja de la espon- taneidad, Otras han sido creadas o asumidas por instituciones más o menos oficiales; tienen la ven- 15 Véase el tema en los documentos misionales pontificios: Máximum illud, 3.a parte; Rerum Ecclesiae, 2." parte; Saeculo exeunte n.170; Evangelii praecones, 3.a parte. También en el capítulo VI de Ad Gentes. J. M. ECHENIQUE, La animación mi- sionera del Pueblo de Dios (Madrid, PPC, 1972); ID., Pastoral de la cooperación misionera (ibid. 1969); J. ESQUERDA, Spiritua- lita e animazione missionaria (Assisi, EMIF, 1977); G. B. RE- GHEZZA, La cooperazione missionaria (Roma, S. Congregazione per l'Evangelizzazione dei Popoli, 1975); ID., II concilio Vatica- no II e il sistema pontificio della cooperazione (Roma 1975).
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    312 La Iglesiaparticular taja de una organización y de un respaldo. Algu- nas instituciones prestan servicios concretos y espe- cializados. Otras organizan y coordinan toda la ani- mación misionera dentro de la comunidad cristiana. Entre estas últimas, tienen la primacía las Obras Misionales Pontificias, por ser el órgano de anima- ción del que se sirven la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y las Conferencias Episcopales (en sus Comisiones Episcopales y en sus Secretariados Diocesanos)16 . Cada una de las Obras Misionales Pontificias abarca un campo concreto y fundamental de la ani- mación misionera. La Obra de la Propagación de la Fe «suscita el interés por la evangelización uni- versal en todos los sectores del pueblo de Dios: en las familias, en las comunidades de base, en las pa- rroquias, en las escuelas, en los movimientos, en las asociaciones, a fin de que toda la diócesis ad- quiera conciencia de su vocación misionera univer- sal» ". La Obra de San Pedro Apóstol es un ser- vicio «para sensibilizar al pueblo cristiano por el problema de la formación del clero local en las Igle- sias misioneras» 1S . La Obra de la Infancia Misio- nera «es un servicio de las Iglesias particulares que trata de ayudar a los educadores a despertar pro- gresivamente en los niños (y los jóvenes) una con- ciencia misionera universal y a moverles a compar- tir la fe y los medios materiales con los niños de las regiones y de las Iglesias más desprovistas a este respecto» '9 . «La Pontificia Unión Misional es 16 Regimim Ecclesiae universae 85; AG 29,38; Eccleúae Sanc- taelll, 7.11.13. 17 Estatutos, art.II, 1-3. Cf. Vademécum (Roma, Secretariato Internazionale Pontificia Unione Missionatia, 1963). 18 IbicL, 11,4-5. 19 Ibid-, II, 6-U, Hacia la diócesis misionera 313 un servicio especial de las Obras Misionales Ponti- ficias, que tiene como fin la formación y la infor- mación misionera de los sacerdotes, de los religio- sos y de las religiosas, así como de los candidatos al sacerdocio o a la vida religiosa, es decir, de todos aquellos y aquellas que, por vocación, están llama- dos a guiar y animar al Pueblo de Dios» 20 . Animadores natos del espíritu misionero son los padres de familia, los sacerdotes, los educadores, rectores de seminarios y casas de formación, direc- tores espirituales y maestros de novicios, responsa- bles de movimientos apostólicos, etc. Pero los cau- ces más normales para una animación global son los existehtes en cada Iglesia particular según una recta pastoral de conjunto (Consejo de Pastoral, Vicarías de Pastoral, Secretariados de misiones, etc.). 5. Hacia la diócesis misionera Hacer que cada diócesis sea de hecho misionera es un objetivo de la acción pastoral, cuyo primer responsable es el obispo: «Suscitando, promoviendo y dirigiendo la obra mi- sionera en su diócesis, con la que forma una sola cosa, el obispo hace presente y como visible el espíritu y el ardor misionero del Pueblo de Dios, de forma que toda la diócesis se haga misionera» (AG 38)2I . Llegar a esta realidad de madurez eclesíal supo- ne un proceso pastoral en el que están empeñados todos los miembros de la misma Iglesia particular. 20 Ibid., 12-15. Véase Graves et mcrescentes: AAS 58 (1966) 750-756. Sobre la formación misionera sacerdotal, véase docu- mento de la S. Congregación para la Evangelización de los Pue- blos, en Guida delle mtssioni cattoliche (Roma 1975). 21 Véase Instructio «De ordinanda cooperatione missiuiiali Episcoporum»: AAS 61 (1969) 276-281.
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    314 La Iglesiaparticular Hemos señalado, al comienzo de este capítulo, las bases fundamentales sobre la naturaleza misionera de la diócesis. Ahora hemos de analizar sintética- mente las líneas evolutivas para conseguir la pues- ta en práctica de esta exigencia. No se trata simplemente de que las ayudas va- yan con la etiqueta de la Iglesia particular que en- vía, sino de redimensionar a fondo toda la dióce- sis, con todas sus posibilidades. Esta proyección misionera ayudará a descubrir incluso nuevas posi- bilidades de evangelización y de apostolado local. Si el personal enviado o las instituciones misio- neras trabajan conjuntamente como Iglesia local que envía, nacen nuevas responsabilidades, entre las que hay que contar el envío y la asistencia del personal apostólico enviado. El hecho de redimensionar misionalmente la Igle- sia particular supone todo un proceso evolutivo mi- sionero desde la raíz. La escasez de vocaciones mi- sioneras, por ejemplo, puede convertirse en poten- ciación de las existentes por medio de una mejor coordinación pastoral. Asimismo, esta coordinación es fuente de nuevas vocaciones. Si se quiere ayudar al proceso de madurez de otras comunidades cristianas o Iglesias particula- res (de las misiones), esta misma ayuda debe ser una expresión de una labor de conjunto entre to- das las instituciones y personas que ayudan. La ayuda misionera, pues, es un estimulante para po- ner en práctica la pastoral de conjunto en la Iglesia particular que envía. De este modo la misma dió- cesis que envía se enriquece potenciando y coordi- nando todas las disponibilidades. La Iglesia particular se redimensiona en una lí- Hacia la dttírci misionera 11 "i nea de «vida apostólica» que abarca principalim n te estos aspectos: — vida de comunión, arando comunidades ic. ponsables de oración y de caridad; — generosidad evangélica, creando signos peí manentes de «bienaventuranzas» o de períu ción cristiana; — disponibilidad misionan universal de todas las personas e instituciones. No se trata solamente de que algunas personas y algunas instituciones planteen generosamente el problema misionero, sino que ha de ser toda la Igle- sia particular en cuanto tal. De aquí que la pers- pectiva misionera debe iluminar toda la planifica- ción cristiana y pastoral de la diócesis. Redimen- sionando la Iglesia local en esta perspectiva misio- nera, es esta Iglesia la que recibe beneficio misio- nero, puesto que, por ello mismo, revitaliza sus fuerzas poniéndolas en una actitud de servicio uni- versal que sanea otros problemas internos o loca- listas. Además de un envío de personal especialmente vocacionado para la misión permanente, cabe, hoy principalmente, el envío de personas especializadas para un tiempo determinado y para un servicio con- creto. Con la facilidad de viajes, esta posibilidad de ayudas especializadas puede enriquecer a ambas Iglesias: la que envía y la que recibe. No obstante, esta nueva ayuda supone disponibilidad por parte de las personas especializadas, así como desprendi- miento por parte de la Iglesia particular para no ocupar todo" el tiempo de ese personal. Hay que redimensionar misionariamente los mo-
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    316 La Iglesiaparticular vimientos apostólicos y de espiritualidad dentro de la Iglesia particular. Son ellos, de hecho, los que marcan la pauta en la actividad apostólica de la diócesis. La dimensión misionera de los mismos les puede hacer salir del «impasse» en que se encuen- tran a raíz de problemas socioeconómicos más in- mediatos. El apostolado de estos movimientos vol- verá a encontrar su vitalidad cuando gire en torno a la misión universal de la Iglesia como responsa- bilidad de la diócesis y de todas sus instituciones. La hora misional de cada diócesis no sucede al mismo tiempo en todas partes. La naturaleza mi- sionera de cada una de ellas es la misma. No obs- tante, de hecho, se puede hablar de despertar del espíritu misionero y de la responsabilidad misio- nera. Incluso se puede hablar de la hora misional en el sentido de una renovación y de unas posibili- dades providenciales. Así ha sucedido en la histo- ria. Esta hora misional diocesana tiene lugar sólo después del sufrimiento, de la persecución, de las dificultades, de un largo período de prueba y de formación espiritual y doctrinal. Cada diócesis en concreto puede también influir en sectores sociales de repercusión interdiocesana e incluso internacional: los medios de comunica- ción social, las instituciones u organismos de ayuda social universal, la migración, los intercambios cul- turales y comerciales, etc. El personal enviado por una Iglesia particular si- gue perteneciendo, de algún modo, a la diócesis o comunidad cristiana de origen. Avivar el intercam- bio será para bien de todos: de los mismos misio- neros, en cuanto se les asiste, alienta, recibe, etc.; de la misma diócesis de origen, en cuanto que re- Hacia la diócesis misionera 317 cibe experiencias y ayuda para la animación misio- nera, especialmente en el momento de regreso tem- poral o definitivo. La diócesis, al organizar la asis- tencia antes, durante y después de la misión de esas personas, se enriquece a sí misma al ponerse en una tesitura de servicio a la Iglesia universal. Esta conciencia colectiva de diócesis misionera hará que las ayudas se realicen con una visión más misional, es decir, en vistas a que las comunidades cristianas ayudadas se valgan por sí mismas y ayu- den, a su vez, ya desde el principio, a la Iglesia universal (AG 19). Cuando falta esta conciencia misionera en la Iglesia que envía, gran parte de la ayuda se convierte en un colonialismo «eclesiásti- co». Para evitar este extremo, es necesario que las personas e instituciones misioneras sepan apreciar la realidad de la Iglesia particular—de la que en- vía y de la que recibe—por encima de la propia institución u obra misionera. Uno de los puntales para hacer misionera la Igle- sia local son los Institutos misioneros. Su labor es ciertamente imprescindible para la evangelización «ad gentes»; pero, ya que «cumplen tal obra en nombre de la Iglesia» (AG 27), pueden colaborar eficazmente a despertar la conciencia misionera de la Iglesia particular en cuanto tal n . 22 Además de la bibliografía de la nota 1, véase Chiesa lócale e cooperazione tra le Chiese (Settimana di studi missionari, Assisi 1973) (Bologna, EMI, 1973).
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    XII. SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA PRESENTACIÓN Enel desarrollo de cada capítulo, así como en notas especiales, se ha ido indicando la bibliogra- fía correspondiente al tema en cuestión. Para ma- yor facilidad de consulta, ampliamos esos datos bi- bliográficos colocándolos al mismo tiempo por or- den alfabético. La selección ha sido hecha en vistas al estudio de la espiritualidad misionera. Para otros temas de interés misionológico científico, nos remitimos a los boletines bibliográficos que citamos en la pala- bra «bibliografía». Los recientes estudios sobre el Vaticano II, es- pecialmente sobre el decreto Ad gentes, así como sobre la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, son exponentes de las corrientes actuales sobre el tema misionero. Recogemos estos estudios en las palabras «Vaticano II» y «Evangelii nuntiandi» del apartado «Magisterio». Para una ampliación de esta lista bibliográfica, hay que consultar también las semanas misionoló- gicas y los «symposium» celebrados después del Vaticano II. Sobre estos trabajos colectivos nos ce- ñimos generalmente al título global sin especificar autores y apartados especiales. Nuestra orientación bibliográfica es simplemente indicativa de unas pis- tas de trabajo inicial. La presente selección bibliográfica quiere reco- ger los trabajos de un cierto nivel, aunque no todos Presentación 319 ellos son de valor científico. Se ha prescindido ge- neralmente de artículos breves publicados en revis- tas de divulgación. La calidad de la revista citada da a entender casi siempre el nivel de la nota bi- bliografía. Por todo ello, hemos prescindido, al me- nos por el momento, de añadir notas críticas a cada publicación.
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    SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA ADAPTACIÓN (véaseCultura, Indigenización, etc.) M. CLARK, St. Paul and missionary adaptation: Omnis Terra 11 (1976/77) 71-73. GOUDREAULT, L'adaptation missionnaire a la lumiére de l'ln- carnation- Kerigma 18 (1972) 2-23. I. OMAECHEVARRÍA, El dogma de la Encarnación y la adap- tación de la Iglesia a los diversos pueblos: Omnis Terra (1976) 296ss. A. SEUMOIS, Teología de la adaptación misionera de la Igle- sia: Estudios de Misionología 1 (1976) 123-137. ANIMACIÓN Animazione missionaria e promozione umana oggi (Assisi 1975). M. CHEZA, Vers une animatíon missionnaire pour aujord'htii- Éslise et Mission 199 (1975) 33-42. J. M. ECHENIQUE, La animación misionera del Pueblo de Dios (Madrid, PPC, 1972); Pastoral de la cooperación misionera (Madrid, PPC, 1969). J. ESQUERDA, Spiritualita e animazione missionaria (Assisi 1977). A. JOUSTEN, Animation missionnaire ou animation d'une Église missionnaire: Église et Mission 199 (1975) 43-48. I. OMAECHEVARRÍA, La animación misionera del Pueblo de Dios: Omnis Terra 7 (1974/75) 123-133.- G. B. REGHEZZA, La cooperazione missionaria (Roma 1975). P. WEBSTER, Mission animation of clergy and religious: Omnis Terra 11 (1976/77) 25-29. APOSTOLADO F. X. ARNOLD, Pour une théologie de l'apostolat (Tournai 1961). L. M. DEWAILLY, Envoyés du Pére, mission et apostolicité (Paris 1970). F. X. DURWELL, The mystery of Christ and the apostolate (London, Sheet and Word, 1972).
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