Futurama, el futuro que no fue, por Horacio Germán García


Cabe preguntarse por qué Los Simpson se quedaron mientras que los trabajadores de Planet
Express se fueron. Quizás Los Simpson terminaron por hacer más concesiones a lo comercial.
No han faltado las críticas por un supuesto descenso de calidad en el que los personajes se
habrían tornado caricaturas de sí mismos. Tal crítica, por lo visto, no podrá nunca hacérsele a
Futurama, que cumplió a la perfección con la regla de “retírate mientras estés ganando”.

En el delirante mundo de Futurama está todo permitido y cabe preguntarse hasta qué punto esa
sociedad es más o menos igual a la nuestra, es utopía o antiutopía. En un episodio, el Profesor
Farnsworth menciona que muchos archivos de medios audiovisuales se perdieron “durante la
segunda venida de Jesús” sin que nadie -¡ni siquiera Fry!- pregunte qué fue eso, cómo pasó y en
qué consistió. En todo caso, está claro que el mundo no se acabó. Quizás se volvió un poco más
decente. La sociedad parece medioambientalmente sostenible, abierta y tolerante, no sólo
multicultural sino “multiespecial” (de especie). O quizás no tanto ya que, después de todo, los
mutantes        viven      en        las     alcantarillas,    rechazados        por     todos.




Delirante, trepidante y absurda, Futurama no es sólo un exponente de lo mejor de la comedia y
la animación norteamericanas sino, también, un reflejo de la sociedad contemporánea y sus
vicios, sus particulares obsesiones, fobias y neurosis. Al colocarse la caricatura en el futuro, la
verdad puede ser dicha con más libertad, de modo similar a cómo, utilizando personajes de
animales, algunos fabulistas, hablaban con libertad del ser humano.

Futurama horacio germán garcía

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    Futurama, el futuroque no fue, por Horacio Germán García Cabe preguntarse por qué Los Simpson se quedaron mientras que los trabajadores de Planet Express se fueron. Quizás Los Simpson terminaron por hacer más concesiones a lo comercial. No han faltado las críticas por un supuesto descenso de calidad en el que los personajes se habrían tornado caricaturas de sí mismos. Tal crítica, por lo visto, no podrá nunca hacérsele a Futurama, que cumplió a la perfección con la regla de “retírate mientras estés ganando”. En el delirante mundo de Futurama está todo permitido y cabe preguntarse hasta qué punto esa sociedad es más o menos igual a la nuestra, es utopía o antiutopía. En un episodio, el Profesor Farnsworth menciona que muchos archivos de medios audiovisuales se perdieron “durante la segunda venida de Jesús” sin que nadie -¡ni siquiera Fry!- pregunte qué fue eso, cómo pasó y en qué consistió. En todo caso, está claro que el mundo no se acabó. Quizás se volvió un poco más decente. La sociedad parece medioambientalmente sostenible, abierta y tolerante, no sólo multicultural sino “multiespecial” (de especie). O quizás no tanto ya que, después de todo, los mutantes viven en las alcantarillas, rechazados por todos. Delirante, trepidante y absurda, Futurama no es sólo un exponente de lo mejor de la comedia y la animación norteamericanas sino, también, un reflejo de la sociedad contemporánea y sus vicios, sus particulares obsesiones, fobias y neurosis. Al colocarse la caricatura en el futuro, la verdad puede ser dicha con más libertad, de modo similar a cómo, utilizando personajes de animales, algunos fabulistas, hablaban con libertad del ser humano.