La prostitución en Antioquia
Alrededor de las minas hay redes organizadas de trata de mujeres como en el
bajo cauca que es zona minera.
La vida de Mireya ha sido tan agitada, agria y violenta que a sus 13 años ya se
siente de 40. Una noche de “mal negocio” le dejó una cicatriz que bordea su ceja
derecha, atraviesa el pómulo y llega hasta la boca. “Fueron 72 puntos, pero con
manteca de muerto me trabajé la cicatriz y no se ve tan mal”, dice ella mirándose
en un pequeñísimo pedazo de vidrio que le sirve de espejo.
Sus días están rodeados de pegante, que inhala para olvidar el hambre y los
abusos de los clientes o las largas jornadas con mineros borrachos y acosadores,
en los campamentos clandestinos que están montados en el bajo Atrato, entre
Murindó (Antioquia) y Carmen del Darién (Chocó).
En estas tierras ancestrales de los embera no solo se explota cobre y oro. Hay
unos cuerpos, que aún no han alcanzado su madurez, que también están
siendo usufructuados por redes de trata de personas, prostitución forzada y
explotación sexual. Pero no es el único punto. EL TIEMPO documentó cómo
alrededor de la minería en el país, grupos criminales montaron un negocio paralelo
que no se limita a la extorsión o la deforestación.
Detrás de los títulos mineros que tanta controversia han generado en el último
año, de la minería ilegal y el aprovechamiento de los grupos armados para
mantener una fuente de financiación, hay un delito que nadie ha atacado y que
para las regiones es prácticamente parte del paisaje. Los funcionarios aseguran
que donde hay hombres en masa hay prostitución, y por ser la profesión más
antigua del mundo no hay que alarmarse.
Pero la verdad es que decenas de niñas, que no pasan de los 16 años, han sido
esclavizadas sexualmente y hoy hacen parte de una estadística que nadie tiene
clara. También van de la mano de la ausencia total de un plan de Estado para
salvarlas de la explotación.
Mireya empezó a viajar en el bus que la recoge todos los miércoles en una
esquina de la ciudadela Cuba, en Pereira, desde que tenía 11 años. Su madre,
quien está detenida por comerciar bazuco y marihuana en una „olla‟ del centro de
la ciudad, se la vendió a un hombre que reclutaba „trabajadoras‟. Eso fue en marzo
del 2011. “No sé cuánta plata recibió la „Mona‟ (su mamá), pero me empacó una
camiseta, unos interiores y un short y me dio mil pesos para un algo en el
camino...”. Ese día Mireya empezó su recorrido, de la mano del hombre que la
compró, hacia el horror y el abuso.
Su relato es fluido, como quien cuenta lo que le pasó en un mal día y
paradójicamente está cargado de profunda ingenuidad. Su niñez logra
sobreponerse al atropello que sufre, porque ella cree que “le tocaba esa vida”. La
niña solo asiente con la cabeza cuando se le pregunta si sabe que tiene derechos
y supuestamente la ley la protege.
Tras un recorrido de varios días, en ese marzo del 2011, Mireya fue reunida con
otras 11 menores de edad. Recuerda que “una de ellas acababa de cumplir nueve
años y todavía hablaba a media lengua”; las cinco que eran vírgenes fueron
apartadas del grupo y en la noche del sábado fueron entregadas a cuatro mineros.
“Eran más o menos viejos. Primero nos hicieron tomar aguardiente y después...
empezó todo”. No hay lágrimas. Las palabras de esta niña solo están cargadas de
desesperanza.
¿QUE TENEMOS QUE HACER PARA ACABAR LA PROSTITUCION?
Denunciar al #123
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12824463

La prostitucion

  • 1.
    La prostitución enAntioquia Alrededor de las minas hay redes organizadas de trata de mujeres como en el bajo cauca que es zona minera. La vida de Mireya ha sido tan agitada, agria y violenta que a sus 13 años ya se siente de 40. Una noche de “mal negocio” le dejó una cicatriz que bordea su ceja derecha, atraviesa el pómulo y llega hasta la boca. “Fueron 72 puntos, pero con manteca de muerto me trabajé la cicatriz y no se ve tan mal”, dice ella mirándose en un pequeñísimo pedazo de vidrio que le sirve de espejo. Sus días están rodeados de pegante, que inhala para olvidar el hambre y los abusos de los clientes o las largas jornadas con mineros borrachos y acosadores, en los campamentos clandestinos que están montados en el bajo Atrato, entre Murindó (Antioquia) y Carmen del Darién (Chocó). En estas tierras ancestrales de los embera no solo se explota cobre y oro. Hay unos cuerpos, que aún no han alcanzado su madurez, que también están siendo usufructuados por redes de trata de personas, prostitución forzada y explotación sexual. Pero no es el único punto. EL TIEMPO documentó cómo alrededor de la minería en el país, grupos criminales montaron un negocio paralelo que no se limita a la extorsión o la deforestación. Detrás de los títulos mineros que tanta controversia han generado en el último año, de la minería ilegal y el aprovechamiento de los grupos armados para mantener una fuente de financiación, hay un delito que nadie ha atacado y que para las regiones es prácticamente parte del paisaje. Los funcionarios aseguran
  • 2.
    que donde hayhombres en masa hay prostitución, y por ser la profesión más antigua del mundo no hay que alarmarse. Pero la verdad es que decenas de niñas, que no pasan de los 16 años, han sido esclavizadas sexualmente y hoy hacen parte de una estadística que nadie tiene clara. También van de la mano de la ausencia total de un plan de Estado para salvarlas de la explotación. Mireya empezó a viajar en el bus que la recoge todos los miércoles en una esquina de la ciudadela Cuba, en Pereira, desde que tenía 11 años. Su madre, quien está detenida por comerciar bazuco y marihuana en una „olla‟ del centro de la ciudad, se la vendió a un hombre que reclutaba „trabajadoras‟. Eso fue en marzo del 2011. “No sé cuánta plata recibió la „Mona‟ (su mamá), pero me empacó una camiseta, unos interiores y un short y me dio mil pesos para un algo en el camino...”. Ese día Mireya empezó su recorrido, de la mano del hombre que la compró, hacia el horror y el abuso. Su relato es fluido, como quien cuenta lo que le pasó en un mal día y paradójicamente está cargado de profunda ingenuidad. Su niñez logra sobreponerse al atropello que sufre, porque ella cree que “le tocaba esa vida”. La niña solo asiente con la cabeza cuando se le pregunta si sabe que tiene derechos y supuestamente la ley la protege. Tras un recorrido de varios días, en ese marzo del 2011, Mireya fue reunida con otras 11 menores de edad. Recuerda que “una de ellas acababa de cumplir nueve años y todavía hablaba a media lengua”; las cinco que eran vírgenes fueron apartadas del grupo y en la noche del sábado fueron entregadas a cuatro mineros. “Eran más o menos viejos. Primero nos hicieron tomar aguardiente y después... empezó todo”. No hay lágrimas. Las palabras de esta niña solo están cargadas de desesperanza. ¿QUE TENEMOS QUE HACER PARA ACABAR LA PROSTITUCION? Denunciar al #123 http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12824463