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      MÁS SILENCIOSA QUE MI SOMBRA




              Ingrid Odgers Toloza


                   NOVELA
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  A mis hijos
CARLOS Y PABLO
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   El más terrible de los sentimientos es el
sentimiento de tener la esperanza perdida.
                     Federico García Lorca



El amor es el más ardiente olvido de todo.
                              Victor Hugo
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1 Lunes


Alberto llegó tarde. Yo estaba leyendo un libro cuando sentí girar la llave en la
cerradura. Siempre es igual. Dejé el libro a un lado de la cama, tomé el último
remedio del día y deposité el vaso de agua en la mesita de noche. Escucho sus
pasos cruzar el umbral del dormitorio. Se desabrocha la corbata, cuelga la
chaqueta en la silla. Apenas dice hola y me mira con ojos entrecerrados y rostro
serio, sus facciones duras me intimidan como de costumbre, contesto un hola y
agrego, al ver que va a salir de la habitación hacia el pasillo, en el microondas está
tu comida. No responde, nunca lo hace. Cierro los ojos mientras pienso: He
permanecido pegada como una lapa a la misma roca, sintiéndome un taburete en
el último rincón de la casa. Antes, cuando la primavera latía y todo danzaba en el
centro de mí vislumbrando horizontes de coloridas ramas, yo podía elegir
libremente, posarme en una u otra. Ya no es posible cambiar. Estoy
comprometida. Elegí, aunque muchas veces, me parece que otros han elegido por
mí, dirigiendo mis pasos. No sólo eso, me he dedicado a tejer una telaraña cuya
textura pareciera estar a punto de desaparecer. Y yo con ella.
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2 Martes


Llevé a Camilo al colegio, la profesora jefe quería conversar conmigo. Camilo está
distraído en clases, no hizo el último trabajo de ciencias sociales. Debo
preocuparme más de él, dice que se lo pasa solo. Pasé a ver mis padres, ¡un
desastre llegar a viejos!, falta dinero para unos remedios. Tendré que hablar con
Alberto. Almuerzo sola. Los chicos llegan a las cinco, me arreglo para salir, un
poco de maquillaje, un delineador suave y listo. La tarde es larga, demasiado
larga. Le doy las instrucciones a la Pepa; que ponga la mesa y los niños coman el
postre de quaker, que vigile que hagan las tareas. Me voy a dar una vuelta al
centro, camino a paso lento, atravieso la Plaza de Armas, veo la pileta donde
antes habían un montón de peces, recuerdo que cuando niña podía estar durante
horas mirándolos extasiada, la fuente parecía un conjunto de mariposas a punto
de emprender el vuelo, ahora esta sucia, envoltorios de confites, colillas y papeles
se desparraman en su interior, el descuido es evidente, su aspecto me pareció
desagradable, miro los añosos árboles, apenas anuncian la primavera, entro a un
café, pido un cortado, garabateo en unas servilletas. El local esta semi desierto, la
escasa iluminación es una espesa bruma que agobia, las horas me hunden en la
más insoluble zozobra. Mis amigas trabajan. Estoy cesante, es espantosa la
inercia laboral, como si te hubieran cortado las manos y te transformaran de
pronto en un ser inútil, carente de valor. Me cansé de enviar currículum a todos los
avisos que aparecen en el diario, es un gasto inútil. Levanto los ojos y observo el
salón, sillas y mesas vacías, una que otra persona conversa en sordina, la
penumbra del entorno me estremece. Enciendo un cigarrillo, quedo detenida en
una grieta que descubro en la pared, es pequeña y parece profunda, alrededor la
pintura está descascarada, alguna vez fue de color damasco, lentamente fumo y
pienso: tengo treinta y cinco años y me siento una anciana, no sé qué voy a hacer
con mi vida.
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Llegué a las ocho p.m. a la casa, todo está en su lugar, la mesa puesta,
impecable, se siente el aroma a tierra húmeda de las plantas recién regadas, los
libros correctamente ordenados en el estante que ocupa parte del living, el piso
reluciente, parece la casa perfecta. Alberto no ha llegado. Reviso las tareas de
Camilo, Nicolás está encerrado en su pieza escuchando música, le pregunto cómo
le fue, me responde que bien y agrega: estoy chato con la vieja de inglés, le digo
que estudie. Y recalco, es tu única responsabilidad. Me dice: Ya lo sé, mamá, ya
sé. Voy a la cocina, me preparo un té y me instalo en el living a conversar con la
Pepa, ella tiene como treinta años, es morena, de estatura mediana y de risa fácil,
es buena conversadora, bastante entretenida y usa unas falditas cortas, que son
un horror. Cada cual con sus gustos.
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3 Miércoles


Anoche no vi a Alberto. Me quedé dormida, no sé a qué hora llegaría. La Pepa
me dice que tampoco lo sintió venir. Tomo el desayuno en cama, en un rato más
me ducho y voy a casa de mis viejos, pero antes tengo que mandar a la Pepa a
comprar lo que falta para el almuerzo. Estirar el billete, pan de cada día desde que
ya no trabajo. A punto de salir me llama Marcela, una invitación para mañana a
cenar, no pueden faltar dice y yo le digo ojala vea a Alberto y pueda hablar con él
para contarle. La Marcela no puede creer que hayan pasado dos días sin que él y
yo hubiésemos conversado. Créelo hijita le digo, pienso llamarlo a la oficina y le
corto agradeciendo la invitación. Emito un profundo suspiro luego de terminar la
conversa con Marcela. Quedo de pie en el living, los rayos de sol se desvanecen
en la alfombra como en mis vértebras, el silencio se esparce en las paredes y
queda estancado en el fondo de mí. La verdad nadie me cree que la falta de
comunicación es el punto negro en mi matrimonio. Por no decir el abismo que se
cierne como buitre sobre nuestro hogar.
En la tarde llamé a Alberto a la oficina, le cuento de la invitación a casa de
Marcela, dice mañana viernes tengo que hacer. Le pregunto si puede postergar el
asunto, responde, veré que hago, contesto Ok. Antes de colgar, le digo que
necesito plata para comprarle remedios a papá, me responde mañana en la
mañana te dejo, está bien digo. Me despido con un escueto chao, y cuelgo. Me
parece verlo, alto, moreno, rostro hosco,     tan distinto al hombre del que me
enamoré. Suspiro. Hoy en la tarde no salí, estoy leyendo a Donoso. Me gusta, leer
es mi deleite. El cine y la lectura son mi pasión. La última película fue cuando
volví a arrendar “El pájaro canta hasta morir”, una belleza que encontré por suerte
en el video club, me la traje junto a “Sexo con amor”, nueva película chilena, me
pareció algo patética, muestra la realidad, creo, de la mayoría de las parejas.
Tomo once con los niños, Nicolás pelea por unas tostadas con Camilo. Tiene siete
años, Nicolás quince. Tanto que deseaba un hermanito el Nico y lo único que hace
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es molestarlo. Camilo llora, me pongo histérica. Alberto nunca les dice nada a los
niños, tengo que ser siempre la malvada, la vieja gritona que castiga. Termina la
once y con ella el temporal. Nicolás sale a casa de un amigo, Camilo tiene
tareas, es decir, tenemos tareas, le ayudo con la de matemáticas y ciencias, hay
que buscar animales y sus características. Falta cartulina, siempre falta algo. Le
pido a la Pepa que vaya a comprar, ojalá encuentre.
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4 Jueves


La Pepa trajo la cartulina y al final los tres terminamos el trabajo. Nos fuimos a
acostar. Alberto no llegó temprano, típico, no pudimos hablar. Sentí cuando me
quitó los lentes que tenía colgados en la nariz y el libro que sostenía en las
manos. Apagó la luz, me acurruqué en mi lado, de costado y mirando hacia la
puerta, como siempre. Desde la calle, un débil hilo de luz traspasó la ventana
hasta la cama, un frío se coló por la puerta quedándose en mis sábanas, me agito.
A las nueve de la mañana llamo a Alberto a la oficina, me dice con su
característica voz grave: en la cómoda, en el primer cajón te dejé dinero para los
remedios, le pregunto si iremos donde Marcela mañana, después te digo, me
responde y yo me quedo en la cama con el sopor matutino y el sol haciéndome
burla por la ventana. En la tarde voy donde mis padres, paso a buscar la receta,
salgo a la farmacia y vuelvo con el remedio. Llega mi hermana conversamos un
poco, tomo once con ellos y vemos una teleserie, me cargan pero donde manda
capitán no manda marinero me digo y permanezco quieta, hay que aminorar la
tarde. La casa de mis padres es mi refugio, la calidez de su hogar y la alegría
sempiterna de mamá mengua el dolor que se asienta en mí. Nos da un ataque de
frutas, mamá hace el merengue y hacemos tutti fruti. Conversamos de los niños,
nos despedimos tardísimo. Son las veintitrés p.m. cuando llego a casa. La Pepa
está en su habitación. Alberto acostado roncando, los niños duermen. Sólo el tic-
tac del reloj rompe el sigilo. Voy al baño, me lavo, me pongo el pijama y me
acuesto.
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5 Viernes.


Despierto de mal humor. Este animal todavía no me ha dicho si iremos o no a
casa de Marcela, no insistiré, a ver qué pasa. Voy al supermercado, hay que hacer
algunas compras. Dispongo el almuerzo, veo lo que falta en la despensa, anoto y
salgo. El día está soleado pero un poco frío. Este tiempo no la deja a una vestir lo
apropiado, o te mueres de frío o de calor o te sobra ropa o te falta. El
supermercado estaba lleno de gente ¡Mierda! Regreso cargada, con los dedos
adoloridos y bastante enrojecidos. Día de la quincena, me costó tomar un taxi,
todos pasaban ocupados. El taxista me da la lata, yo no tengo ganas de hablar,
realizo un esfuerzo y me hago la simpática, él no tiene la culpa de cómo me
siento, la rutina de los días se extiende en la vereda, mujeres con bolsas, hombres
con maletines, atraviesan la calzada a pasos rápidos. Subo a casa y desempaco,
ordeno en la cocina el contenido de la caja y unas bolsas. Alberto ha llamado dos
veces me cuenta la Pepa, le devuelvo el llamado y me dice que a las ocho p.m.
me pasa a buscar. Está bien, le digo, agrega; no te demores, tienes que estar lista
cuando pase a la casa. Pienso, es tan de él esa frase, le carga que lo haga
esperar, pero no tiene contemplaciones con sus retrasos.
Almuerzo conversando cualquier cosa con la Pepiña, después leo sumida en mi
sillón predilecto. Me sirvo té en el comedor, enciendo un cigarrillo y quedo
observando el cuadro colgado en la pared, el esbozo de un camino
desguarnecido, sin horizontes, se asemeja al estío que me anega. Los niños
llegan, no quieren once o por lo menos nada caliente. Les preparamos un vaso de
leche fría y un sándwich de queso, comen hambrientos, después, van a ordenar
las mochilas y se colocan el buzo. Es viernes en la tarde y ellos tienen chipe libre
para jugar, Camilo se junta con sus amigos en el patio de abajo, Nicolás más
tecnológico se pone de acuerdo con unos amigos para jugar en la red cibernética.
Voy a la ducha y me cambio ropa para salir. Tomo otro té y lo acompaño con otro
cigarrillo. Me quedo ante el ventanal que tiene las cortinas plegadas y las
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persianas arriba. Clavada en el piso, miro las nubes que navegan imperceptibles
el cielo. Después de disfrutar el tibio sabor del té, me zambullo en el closet, en
busca de un bolso o una cartera apropiada para la noche, saco el conjunto negro,
ese de peto y pantalón en seda, me parece adecuado, en tanto, Nicolás me pide a
gritos desde su pieza que haga un queque, mañana respondo, mañana sábado.
Le digo a la Pepa que a las nueve entre a Camilo y que se preocupe de
prepararle la tina, sécale el pelo con el secador, no le vayan a doler los oídos.
Insisto en que tiene que bañarse, sé que llega sucio con la tierra del parque.
Vivimos en la calle Ongolmo, a una cuadra de la Universidad y del Parque
Ecuador, un barrio tranquilo. Son las ocho y cinco y entra Alberto a cambiarse
zapatos, camisa y chaqueta, se afeita rápido. Toma un café con tostadas y va a
lavarse los dientes, no emite palabras, ¿Estamos listos? pregunta al fin y yo
respondo, si, listos. Me despido del Nico y la Pepa, me miro en el espejo, la figura
de una mujer de un metro sesenta, algo gruesa, blanca, de pelo castaño y ojos
pardos me saluda, las personas suelen decir que mi mirada tiene un dejo de
tristeza, muevo la cabeza y me digo, ésta soy, y salvo la tristeza, me gusta lo que
veo, retoco los labios. Salgo detrás de Alberto, subimos al auto, no hablamos.
Vamos a la cena. Paramos a comprar cigarrillos, él se baja en el supermercado
Los Ramos, veo que intercambia algunas palabras con la cajera, regresa al
vehículo, sin palabras me entrega una cajetilla de Kent, característico. Siempre
que salimos compra Kent, es más light, según él es como especial para cuando
salimos con los amigos. Tonteras de Alberto.
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6 La cena.


El marido de Marcela está de cumpleaños, nos enteramos al entrar. La verdad yo
no tengo memoria para los cumpleaños, además pienso que cualquier día está
bien para hacer un regalo, mucho mejor si de sorpresa y sólo de cariño. Un
montón de amigos y varios regalos en unas sillas, hay amigos comunes, de los
tiempos del colegio, de casas vecinas, algunos familiares sentados alrededor de la
gran mesa del comedor. Una sala preciosa, amplia, confortable. Saludamos y se
hace el brindis inicial con una copa de champagne, Alberto hace el brindis, tiene
una oratoria que no falla. Ojalá hablara así en la casa, me digo mientras levanto la
copa al mismo tiempo que los festivos comensales. Somos alrededor de treinta. La
comida es asado a la chilena, ensaladas, papas, ají rojo, vino tinto, ponche, un
trozo de torta de piña con café o té, pisco sour o piscola después del postre. Éste
último es espectacular, helado, servido en unas gigantes y rectangulares copas
color cielo, con harta fruta, crema y bañado en salsa chocolate. Al verlos, algunos
aplauden felices. Luego del café, los cigarrillos humean iracundos entre las tallas.
Es fastidioso estar sentados por horas, me disgusta. Después de las doce de la
noche abren las botellas de whisky, los hombres se apiñan en un rincón de la sala
color verde claro, conversan de pie alrededor de una mesa con picadillos y
botellas de licor. Al otro lado, las mujeres se sientan en sofás y sillones, algunas
conversan, otras fuman, limitándose a escuchar. La cháchara de costumbre de las
féminas: los hijos, los títulos, el último viaje a Europa, que Estados Unidos, Miami
y Cancún. Un verdadero tedio, no sé qué hago aquí. Alberto está en su salsa, es
el centro de la conversación. Pasaron de la política al fútbol, de los seguros a la
bolsa y las posibilidades de inversión. La mayoría son empresarios
independientes, las mujeres,    algunas comerciantes, otras amas de casa con
profesión, pero no trabajan, dicen. El trabajo de la casa no cuenta para nadie y al
parecer ni para ellas, eso que algunas dicen que primero son mamá.
Incongruencias, me digo, ¡qué mierda hago aquí! entre tanta mujer que no habla
nada interesante. Me habría gustado conversar con Marcela, ella está dando
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vueltas por todos lados repartiéndose entre los invitados, definitivamente para
hablar con ella, deberé invitarla a otro lugar, en otra ocasión y las dos solas. La
sala repleta, las carcajadas, las copas danzando entre los dedos, son una
bofetada para la tristeza que invade mis entrañas. Es un fastidio comprensible que
haya invitado a tanta gente, el Pato tiene harta familia entre hermanos y sobrinos,
no dejemos de lado las amistades. Miro la hora, son las dos de la mañana y nadie
se mueve. Busco con la mirada la cara de Alberto y le hago un gesto disimulado
de “quiero irme”. El levanta su mano libre de copa y me hace una seña
indicándome que espere. Voy al baño, es grande, está cubierto de cerámicos color
azul claro, las toallas son del mismo tono, las perchas y el toma confort son color
plata, todo es fino y delicado, hay un espejo que cubre la pared, tiene gusto la
Marcela, me miro, veo que el rimel se me corrió, me arreglo el borde de los ojos y
la cara, me peino un poco y retoco mis labios. Me demoro en el baño, me fumo un
cigarrillo encerrada, lo apago cuando alguien toca la puerta. Un último vistazo en
el espejo, salgo hacia el pasillo y la hermana de la Marcela me dice linda, disculpa,
¡estoy con unas ganas de hacer pipí!, arruga la cara en gesto divertido, le sonrío,
te entiendo, no te preocupes y me dirijo al comedor. Las empleadas siguen
transportando bandejas, sacando copas y platos vacíos y colocando copas y
bandejitas con picadillos. Los hombres toman y hablan como locos, las mujeres no
lo hacen nada de mal. Hay que matar de alguna manera la noche.
En la madrugada algunos empiezan a retirarse, la Marcela y el Pato los despiden,
aprovecho de decirle a Alberto que nos vayamos. Está ebrio, me dice espérese
pues mijita ¿cuál es el apuro? y no digo nada. Pienso, el apuro es salir del grupo
de siúticos que me mortifican. Me fumo el último cigarrillo y me integro al resto de
mujeres, me limito a escuchar las necedades que hablan. ¿Será todo el mundo
igual? A las tres cincuenta y cinco de la mañana, el “pelota” de Alberto me indica
que al fin nos vamos. Busco las chaquetas, mi bolso y nos despedimos. La
escarcha cubre los vidrios del auto, enciende la calefacción, me apesta el
zumbido, nos vamos a casa, entramos, las sombras nos saludan, no se siente ni el
canto de un grillo, enciendo la luz y le pregunto si quiere un té. No, me dice,
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vamos a acostarnos, este huevo quiere sal me digo, pienso que no tengo ganas y
dejo que se vaya a acostar primero, instalada en el living tomo un vaso de coca-
cola y fumo, las volutas se propagan una tras otra en la sala, mientras pienso que
detesto tener sexo con un tipo bebido. La verdad que no me acuerdo si alguna
vez fue grato estar con él y su aliento alcohólico carcomiendo mi rostro, menos
mal que mi retraso dio resultado. Observo el entorno, apago el cigarro y la luz. Me
voy a la cama ¡Qué rica la encuentro sin un vampiro que me acose! Claro, esto lo
pienso ahora, antes hubo muchas noches que buscaba a Alberto por esa
necesidad que tenemos las mujeres de ser regaloneadas, esa niña chica que
habita en nuestro interior que quiere que la mimen y al final entregamos sexo a
cambio de un par de caricias. Muchas veces dijo ¿qué te pasa?, déjame dormir
que estoy cansado, con una cara odiosa indescriptible ¿Será el destino de
nosotras? Antes, como decía, lo buscaba, ahora ni me atrevo. Por decir lo menos,
tal vez no se trata de no atreverme sino que me faltan las ganas.
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7 Sábado.


Nos levantamos tarde. Nicolás y Camilo van al colegio al grupo de ajedrez y
Alberto sale al mediodía como es habitual. No sé a dónde va, tampoco pregunto.
Voy a la cocina y converso con la Pepa. Ella hace el aseo, yo cocino, enciendo la
radio para animar el trabajo. A las dos llegan los niños, almorzamos sin el papá.
Como es habitual los días sábados, no aparece sino hasta muy tarde. La Pepa
pidió permiso para irse en la tarde a su casa y volver el domingo en la noche, no
hay problemas le digo, hoy no saldremos a ninguna parte, a lo más iremos a
arrendar unos videos para ver después de comida. Se apresura a lavar los platos,
le digo que deje en el microondas el almuerzo a su jefe. Converso un poco con los
niños, acaricio a Camilo, él va en busca de una naranja y sale a jugar, ¡te quiero
mamy! me grita. Me hace feliz. Nicolás va a la pieza del computador. Me preparo
un cafecito y enciendo un cigarrillo, el primero del día, su aroma me reconforta.
Busco el libro “Este domingo”, para terminarlo, me parece bueno. Alberto llega a
las cuatro p.m. con cara de pocos amigos y diente de caníbal. El sábado lo
terminamos como pensaba: fuimos a arrendar videos al Blockbuster y los chicos
tomaron bebidas acompañados de palomitas de maíz, nosotros, una piscola y un
montón de papas fritas.
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8 Domingo.


A Tito le dio un ataque de religiosidad, fue a misa con Camilo. Almorzamos a las
dos, después nos fue a dejar a casa de mis padres con Camilo. Nicolás fue a jugar
fútbol. Conversamos con mis viejos, nos acordamos de los parientes. Todos están
bien, claro, si alguno estuviera enfermo lo sabríamos, las malas noticias corren
rápido. Se nos ocurrió con mamá hacer empanadas de queso, una forma de
entretenerse en esta larga tarde dominguera, donde el sol apenas abre sus
párpados. Terminamos la tertulia familiar con un mate y empanadas, conversamos
de nuestros abuelos maternos y su vida en el campo, lo déspota que era el abuelo
con la abuela y lo nada de fiel que fue con la pobre vieja, hasta tenía sus
devaneos con las empleadas de la casa. Propio de los grandes propietarios de
fundo, poder, abuso y machismo, este último por toneladas. ¡Pobres mujeres! no
podían emitir palabra ante tanta arbitrariedad. No sé, los recuerdos de mi abuelo
no me son gratos, me duele pensar que mi mamá creció con un padre así y con
una madre golpeada por él. Aún cuando las mujeres de este siglo todavía sufrimos
la infidelidad y el machismo, claro que ahora también algunas mujeres no se
quedan atrás en cuestiones de amoríos extra maritales. No sé si yo sería capaz de
engañar a Alberto, nunca se me ha pasado por la mente, el ejemplo de mis padres
me hace desear un matrimonio para toda la vida. No sé hasta qué punto será
posible, hay tanto que soportar. En todo caso fue agradable conversar y compartir,
para llenar ese vacío, la terrible carencia afectiva que imagino todos tenemos en
algún grado. Los viejos nos entregan tanto amor, es lo que cuenta. Tarde
retornamos a casa y terminamos el día domingo viendo televisión. Es lo usual,
callados, ensimismados en nosotros mismos, en tanto los hijos hacen los últimos
preparativos para el colegio, luego de haberles planchado los delantales, los
pantalones y revisar sus camisetas y calcetines. Es pesada la labor de la casa,
menos mal que tengo a la Pepa, pienso. Porque no tengo dudas: no nací para
dueña de casa pero, vaya que me ha tocado. Sobretodo con un marido que no
ayuda en nada. Ya me imagino a Tito cocinando, se le caería tres veces el pelo o
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patearía la cocina a los cinco minutos, si ni siquiera es capaz de prepararse una
taza de café. Bendita sea mi suegra que en paz descanse, ¡puchas! que enseñó
mal a sus retoños, me pregunto ¿qué diría el niño terrible que es Alberto si
encontrara este cuaderno?, mejor ni pienso, si hasta el hecho que lea le parece
estúpido. El fútbol, la política, los negocios, el café Haití. Es todo lo que le interesa,
el resto puede desaparecer y seguro no se dará cuenta.
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9 Lunes.


Empezó otra semana, un aburrimiento. La rutina de siempre, los chicos al colegio,
disponer el almuerzo y hacer las compras. Se me ocurre tejer un suéter para
Camilo, salgo a comprar lana y llego a casa con ella y palillos nuevos. El Nico se
pone celoso, ¡Cómo cresta agradar a todos! Pensará alguno en                 ¿cómo
agradarme a mí? …. Lo dudo.
Deseo que mis hijos se lleven bien como toda mamá y es lo natural por lazos
sanguíneos y por el tiempo vivido en común. Pienso que una buena relación entre
hermanos ayuda a sentirnos mejor. Yo no tuve eso con mi hermana, y pesa
mucho, querámoslo o no, es un enorme vacío. No se porqué será que cuando el
interlocutor es un amigo o un compañero de trabajo expresamos lo que sentimos o
lo que queremos, podemos tratar las discrepancias e incluso los conflictos. Sin
embargo a veces nos sentimos incapaces de tratar ciertas cuestiones con
nuestros hermanos. Enseguida salta la chispa, la discusión, nos llenamos de rabia
y resentimientos. O también puede ocurrir que nos encontremos con una fría
acogida a nuestro propósito de entablar una conversación sobre el tema que nos
interesa, lo que nos desanima a un nuevo intento. Definitivo, no me gustaría que
mis hijos se llevaran mal. Me preocupa esto, simplemente porque no deseo que
sean tan poco hermanables como mi hermana y yo. Supongo que tengo mucho
que hacer con mis hijos por este motivo. ¿Quién dijo que en casa las mujeres no
trabajan? Ya quisiera yo que los machos se vieran con labores de casa, plata
justa, tareas escolares, y más encima actuar poco menos que de sicólogas para
arreglar los conflictos de los niños. Agreguemos como gran filete: a los maridos
¡Qué fácil es la vida para los hombres! A ellos sólo les interesan las mujeres para
que le hagan las cosas y ojala sean mudas. Así no se rompen los sesos tratando
de comprenderlas. Creo que lo ideal para estos especimenes es que tengamos
cerebro de pájaro y resistencia bruta. Para aguantar el morral de sus tonterías.
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10 Miércoles.


Ayer no escribí nada, amanecí bajoneada. Los recursos escuálidos me aquejan,
es terrible pedirle plata al marido, no disponer de un peso. La cesantía me duele.
Retomo el tejido, mientras me pregunto ¿Y para esto estudié? La amargura me
invade, el horizonte se visualiza desteñido. La rutina doméstica agobia, hay frío en
la atmósfera y traspasa mis huesos el desconsuelo. Me siento abandonada por el
hombre con quien comparto la vida. Alguna vez tuvimos sueños, ilusiones, esos
anhelos previos al matrimonio, una casa, hijos, un hogar, con el pasar de los días,
meses, nos fuimos distanciando. Sería más apropiado decir que compartimos
techo. Solo eso. El trabajo de Alberto y su ambición nos ha alejado. Luego, mis
estudios y responsabilidad laboral, los horarios, los amigos de Tito y los niños, si,
los niños, terminaron por alejarnos cada vez más. Subsiste el compromiso, las
obligaciones. El amor creo que se marchitó en la prisa, en las duras jornadas de
trabajo. Pasa que las llegadas tarde y el cansancio matan la calidad de vida y
terminan por ser las armas destructoras del afecto y la caricia. Bueno es lo que
pienso, tal vez sean otros los motivos pero no me atrevo ni siquiera a escribirlos,
es duro verlos en la página, no estoy preparada para ello. Debo tener calma y
encontrar algún atisbo que ilumine esta vida mía desarmada por la escasez de
afecto. Alberto ya no es el mismo, es más, nosotros ya no somos los mismos. Y
decir nosotros no parece exagerado cuando la garra del silencio se agiganta al
pasar los días.
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11 Jueves.


Estoy sola, la Pepa salió a comprarse medias. Los niños están abajo con sus
amigos. Alberto me buscó anoche para tener sexo, fue espantoso, mi vida sexual
es un desastre y no sólo eso, me siento cada día más vacía. Una pálida y húmeda
sonrisa baña las habitaciones de la casa, un temblor anida en mi pecho, la
soledad se erige en la más fiel compañera. La sensación de ser ajena a este
mundo invade mis huesos hasta sentir las lágrimas descender por mi cara
mientras crece la angustia insoportable. Descubro que este llanto se ha deslizado
como un largo gusano por los muros de un túnel en el que se hace inalcanzable
vislumbrar un mínimo relámpago. Los años han pasado ocultando este dolor tras
una apariencia de normalidad difícil de mantener. He sido siempre terriblemente
desdichada, es primera vez que escribo esto, reconocerlo y leerlo en la página me
hace sentir una bola de fuego aprisionándome el pecho, tengo el pulso acelerado
y la garganta seca, tomo un vaso de agua y bajo las persianas. Se alborotan en mi
mente las interrogantes sin respuestas, como si todo me hubiera abandonado.
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12 Viernes.


Fui a casa de los viejos, mi madre no estaba, sale con frecuencia a hacer los
encargos de mi hermana Betty, es su costumbre. Antes de regresar a casa pasé al
negocio de Susana y charlamos un rato. Ella se quejó de lo mal que iba el
negocio, yo, del precipicio que mis pasos bordean. Mi vida transcurre plana. De
nuevo hoy la angustia habita mi pecho, inevitablemente. Camino entre la gente,
siento que el mundo se me cae encima, compro una flauta que Camilo tiene que
llevar a clase de música, el colegio es un gasto que no para. Hablé por teléfono
con mi cuñada Berta, me reclama que no la voy a ver, busco excusas y salgo bien
parada, la verdad es que la parentela me apesta. Debo aclarar que Berta es muy
afectuosa conmigo, pero no quiero que se de cuenta lo infeliz que soy con su
hermano, ocultar a la familia de Tito nuestra infortunada relación ha sido mi
costumbre, es la realidad hipócrita de siempre, la del medio en que nos movemos,
del que es difícil escapar. ¡Cuánto durará este secreto! La crisis, la tristeza, hasta
cuándo podré contenerla. Si alguno de mis cuñados pregunta algo, muy sutilmente
le digo no preguntes tonteras y cambio el tema rápidamente. Jamás dejo ver que
mi vida junto a su hermano carece de todo sentido. A fin de cuentas, es parte de la
tradición de las mujeres de mi familia. Disimular, aparentar. Es lo aceptado
socialmente. ¡Mierda!
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13 Sábado.


Alberto me dijo que fuéramos al supermercado. Me carga ir con él, es un idiota la
cara se le transforma en el supermercado a causa de sus mañas. Me estresa. No
se para qué insiste que vaya con él, no me deja elegir nada. Todo lo escoge él de
las estanterías, como si yo no tuviera criterio para seleccionar la mercadería, él lo
sabe todo, menos que me tiene harta.
Hubo un tiempo en que las cosas eran diferentes. Días en que entrar juntos al
supermercado, era una aventura, elegir felices, de común acuerdo las cosas y
sacarlas con sonrisas de las estanterías. Entonces no existían rictus amargos en
los labios, ni miradas llenas de reproches, ni un leve dolor de estómago, ni la
estúpida sensación de culpabilidad. Hoy vivimos arrastrados por el torrente de
cuentas, acosados por el próximo mes y su carga de responsabilidad. Millones de
puntos álgidos     ha acumulado el día, la noche, los amaneceres, y esas
decepciones forman un gran orificio en la manta que alguna vez me encargué de
tejer para proteger a mis hijos, a Alberto, a mí. Se cayeron los luceros de antaño a
la gran ciénaga de la incertidumbre, al abismo de la indiferencia, los vehículos del
encanto me dejaron plantada en la berma. Ninguno se ha detenido por mí.
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14 Domingo.


Los niños quieren que les cocine cosas ricas, las alternativas son pan amasado,
panqueques con manjar, sopaipillas. Triunfan los panqueques. Igual hice unos
pocos panes amasados, Alberto es loco por el pan caliente, yo apenas pruebo un
panqueque. La tarde del domingo se me hace larguísima, como una cuncuna
kilométrica. Tomo el tejido, la verdad es que me está quedando hermoso, eso me
reanima. Hice once comida y luego planché los delantales de los niños, el rito
dominguero. Reviso las tareas del chico, le ayudo a ordenar la mochila, le preparo
el baño, me instalo frente a la TV hasta pasado las doce de la noche, no sé lo que
veo, no logro concentrarme. Los pensamientos son lanzados en mi mente como
un gran chorro de agua al verde prado. Inútil. Nada parece relucir, todo es
estéril. Sentada en el sofá, me digo, esta es mi vida y lo será hasta el día que me
muera, me dan ganas de llorar. Estoy en una prisión, me pregunto ¿qué voy ha
hacer?, sin trabajo todo se complica, debo soportar las actitudes denigrantes de
Alberto respecto al dinero, que me deje la plata en el velador sin decir palabra, o
que me mire en forma despectiva cuando le pido dinero, y que me exija con voz de
mando: anota los gastos en un cuaderno y no llames tanto por teléfono, los voy a
revisar cada mes. Se hace insoportable el control económico y psicológico que
está ejerciendo sobre mí y yo soy débil, una cobarde con los pies metidos en un
gran pantano. Pienso en mis hijos, y es mi único aliento, por ahora. ¿Hasta
cuándo? Ojala pudiera responder.
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15 Lunes


La Pepa me sirve desayuno, me consulta por la ropa que tiene que lavar. Le pido
que me compre cigarrillos. Doy unas vueltas en la cocina, voy al comedor, saco el
florero y lo limpio, dejo unas rosas amarillas en agua. Voy a la ducha, me miro
largamente en el espejo: joven, nada de fea y aburrida. Me pongo unos jeans y un
polerón delgado, tomo la cartera y salgo. Hoy no almuerzo en casa, me asilaré
toda la tarde donde mis viejos, llevo un libro de Maupassant para entretenerme.
No leí absolutamente nada, el plan lo echó abajo uno de mis queridos tíos de visita
en casa de los viejos. ¿Cómo que no estás trabajando? Y ¿por qué?, con tus
estudios deberías hacerlo y ganar buen dinero, y blablablabla…… lo increpo ¿se
ha preguntado usted si hay mercado laboral para mujeres que han pasado los
treinta años? Me mira asombrado y responde: es que tú no has hecho nada… y
¿cómo sabe usted? Se encoge un poco, hace un gesto con uno de sus hombros.
Queda taciturno, me mira, yo sigo ¿ignora usted los índices de cesantía de este
país?, de inmediato se pone a defender al gobierno y yo le digo por favor no, no
más palabras, y voy a la cocina a echar un par de puteadas por este viejo de
mierda que se viene a meter donde nadie lo llama. Mamá me observa con un
pedazo de queso y un cuchillo enorme en su mano, dice perdónalo, es tu tío. Yo
quisiera tomar el cuchillo, ir al living y cortarle la lengua a ese viejo huevón.
Maupassant quedó en el olvido. Este lunes fue horrible, la impotencia es mayor
que cualquier otro día, la amargura me inunda, creo que todo es hongo, un gran
hongo, repito como tonta y me preparo un pisco sour gigante y me lo tomo
sentada mirando el cielo sin luna ni estrellas.
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16. Martes


Me despertó Fabiola para invitarme a una reunión de ex compañeros de estudio.
Le pregunto la dirección y le digo que trataré de ir. El miércoles a las 20 horas me
recalca, no faltes, está bien respondo. Me levanté tarde, estuve tejiendo en la
cama, terminé la parte delantera, me faltan las mangas. Camilo es tan tierno y
amoroso, es lo único que me da vida, Camilo y Nicolás. Lo demás, una mierda. El
resto es sinónimo de Alberto, alias Tito, alias el rey de la noche, alias el hombre
que me tiene hasta más arriba de la coronilla. Me acurruco en la cama, que se
asemeja a una barca a la deriva, me tapo hasta la cabeza sin dejar de pensar que
estas quejas son tontas, inútiles, porque en el fondo sé que debo tomar una
decisión, que esto no puede ser. No debe ser. ¡Qué bruta soy! Aquí en medio de
todo, sin nada que me saque de esta inercia absurda y real como mi cobardía e
indecisión.
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17 Miércoles.


El día transcurre lento y tranquilo. A las dieciocho treinta me levanto del sofá para
meter mi humanidad bajo la ducha. Iré a la reunión que me invitó Fabiola para ver
si sucede algo interesante. Por último algo de distracción que me aleje la
monotonía, la casa, los niños y…..Alberto. Ubico un terno en el closet busco una
blusa que le haga juego, unos zapatos cómodos, los mocasines negros le quedan
bien. No le dije a Alberto que saldría, para qué, tal vez llegue más tarde. Me
despido de los niños y de la Pepa, Camilo dice mamá tráeme algo, pienso, a la
hora que regrese no habrá boliche abierto, lo beso y lo aprieto contra mi cuerpo.
Amo a mis hijos. Es la verdad más verdad de toda esta vida. Salgo cabizbaja
rumbo a la evasión, el imán cotidiano que me lleva por no sé qué camino.
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18 Jueves.


Escribo sentada en la cama, pareciera que estoy en una isla, una isla en la que
puedo tomar un café amargo, que me irrita el estómago pero que logra
despabilarme. Son las doce cuarenta y en puntillas como si alguien estuviera al
acecho saqué el cuaderno del cajón con el lápiz infaltable entre sus hojas, me
tiembla un poco el pulso y estoy con la cabeza pesada, pero el deseo de registrar
lo que me inquieta es más fuerte que cualquier molestia, escucho a la Pepa
tararear una canción en la cocina, los niños tardarán en llegar. Ayer llegué de
madrugada. Se me pasó la mano, bebí demasiado, sin embargo no logré perder
los quilates, eso es algo que me gustaría, tal vez me sentiría un poco más
radiante. La felicidad es una negra desconocida para mí, la vida es como una
enorme víbora que ahoga con su carga rutinaria, una gran mochila de
responsabilidad y deber cuyo peso dobla mi espalda. El sol hiere mis ojos, su luz
rasga la habitación y agiganta mi tristeza. Necesito amar y ser amada como la
mujer que soy, he perdido la esperanza y no hay nada que me anime, a veces
creo estar lista para tomar una decisión y luego tambaleo, soy débil pienso y viene
la resignación. No tengo trabajo, eso complica y sume en un letargo indefinible. Mi
vida son mis hijos, verlos crecer me emociona, la madre que me habita minimiza a
la mujer. Ocurre a veces y creo que es mejor así. Olvidarse de ser mujer ¿acaso
se puede? Con todo el peso de haber nacido en un hogar conservador, apegado a
las reglas sociales, al parecer sí, sólo que ahora se está convirtiendo en algo
sumamente difícil.
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19. Viernes


Hoy llevé a Camilo a control médico, al parecer sufre de colon, el
gastroenterólogo le pidió unos exámenes. No sé por qué diablos este chico me
salió tan nervioso, herencia materna parece. Cuando niña solía sufrir de dolores
de estómago, nunca supe por qué. Mi madre me llenaba de agüitas calientes en
la noche y agua del carmen en terrones de azúcar antes de irme al colegio, por si
acaso, decía. No recuerdo como desaparecieron las molestias junto con esos
ritos maternos. En la tarde recibí el llamado sorpresivo de Matías. Increíble. Me
invitó a salir, y yo acepté. Quedamos de juntarnos en el Royal Pub, mañana a las
ocho de la noche. Será la primera vez que salgo un sábado, sola, sin Alberto.
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20. Sábado.


Como todos los sábados preparé el desayuno, pan tostado con huevos revueltos.
Anoche, casi después de las doce, se me ocurrió hacer un queque, así que
acompañé las tazas de té con una gigantesca rebanada de dulce bañado con
manjar, los chicos estaban felices, y yo por ellos. Hoy no fui a las compras. Lo hizo
Alberto acompañado de los niños, me metí a la cocina y me puse a charlar con la
Pepa. Está sufriendo de mal de amores, es que la Pepa es una polola incurable,
me entretiene con sus historias, yo le digo cuidado no vayas a salir con un
domingo siete, me mira y se mata de la risa, lo pasamos bien con la Pepa, nos
queremos harto. Luego de ayudar con el almuerzo me fui a ver la ropa que usaré
para la cita con Matías, espero que hoy Alberto salga con sus amigos para estar
tranquila y sin culpa, típica enfermedad de las mujeres criadas con mentalidad
machista, no destiño en eso, muy a mi pesar. El suéter para Camilo lo terminé,
quedó hermoso y él feliz.
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21. Domingo


Anoche fue especial. Hacía tanto tiempo que alguien no me llenaba de
atenciones. La noche estaba cálida el cielo plagado de estrellas y un lucero nos
sonrió con desparpajo. Matías se confiesa mi admirador, dice que hace tiempo
que deseaba verme, lo escucho y me hago la tonta. Me dejo regalonear. Nos
tomamos unos combinados con una tablita. Estuvo delicioso y la velada también.
Cual cenicienta me fue a dejar a la casa a las doce de la noche, quedamos de
volver a vernos, qué rico. Matías me entretiene y ya no me siento tan sola. Suerte
la mía, Alberto no ha regresado, fue a jugar pool con sus amigos, Nicolás salió a
casa de Rodrigo su amigo de siempre, Camilo jugó hasta tarde y duerme plácido.
Me encontré a la Pepa sentada en el living viendo tele. Pepiña pregunté, por qué
no nos tomamos un café con galletitas y luego nos fumamos un cigarrito, me mira
y sonríe al tiempo que dice ¡esa es mi patrona! y agrega, parece que le fue bien en
la salida. Es pícara la Pepa, yo me quedé callada y desvié el tema. Hoy domingo
serví de almuerzo lo que quedó de ayer, agregué una sopita y listo. Alberto fue al
estadio con Nicolás, Camilo quiso quedarse conmigo, o mejor dicho jugando. Me
puse a hacer pan amasado, rematé el domingo viendo televisión enterrada en un
sillón del living. Cuando me fui a acostar me encontré a Tito con la boca abierta
roncando y con el control en la mano, le retiré el control de la mano y le saqué los
lentes, me miró con un ojo y la cara agria, protestó, no le hice caso, apagué la TV
y la luz.
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22. Lunes


Demasiado tranquilo el fin de semana. Lo que no hablamos con Alberto lo
discutimos enfurecidos en la mañana del lunes. Motivo: la plata, eterno problema
de los matrimonios, que se gasta mucho en la casa, que soy una irresponsable,
que no me preocupo lo suficiente de los niños, que no hago nada mientras él
pobrecito, se saca la cresta por nosotros. Para abreviar le tiré el anillo por la
cabeza, salió como un energúmeno, yo me quedé llorando como una estúpida.
¿Quién cresta inventaría el matrimonio? Obvio que no me hice mayor atado con el
almuerzo, le dije a la Pepa que hiciera un puré con huevo frito y una gelatina con
manzanas para los niños, y salí a casa de mi madre para alejarme de los hielos
que habitan la mía y que amenazan con congelarme. No vuelvo hasta la noche, la
casa me tiene harta. Posibilidades de trabajo: cero.
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23. Martes


Anoche llegué a casa tipo diez de la noche. Nicolás se acercó a darme un beso,
me tomó la mano y mirándome con sus grandes ojos azules, me dijo que necesita
zapatillas nuevas, le respondí que hablaré con papá, después, Camilo me atrapó
con unas tareas de matemáticas, éste niñito no ve una con los números. Le ayudé
a ordenar su mochila, lo acompañé a ponerse el pijama, le dije lo mucho que lo
quería, él me abrazó y me dijo te amo mamy, yo me derretí, la vida solo por eso
vale la pena. Me fui al living y llamé a la Pepa. El Nico todavía chatea con sus
amigos, suerte que no ha llegado el ogro. La Pepa me cuenta como va la novela
del canal nacional, nos fumamos un pucho, miro el reloj, las veintitrés cincuenta y
ocho, Alberto no llega, que bueno, me daría lata verle la cara. Y no se la vi. Hoy
martes fue un día normal, llamé al gásfiter para que arreglara las llaves de la
cocina. Me llamó la Marcela para saber como estaba, como las peras le dije y le
conté el episodio con Alberto, los hombres son una mierda me dijo. Estoy de
acuerdo. Quedamos de salir un día, ella también está apestada con el Pato. Puros
problemas.
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24. Miércoles


Matías llamó hoy, quiere que nos veamos de nuevo. Le digo que tengo un montón
de cosas que hacer, que lo llamaré mañana. Medio descontento dice que esperará
mi llamado, agrega no me dejes esperando, respondo te llamaré. Hoy llevé a
Camilo a hacerse la endoscopía. A la vuelta del centro médico llamé a Marcela y
nos juntamos en el Piazza, pedimos una lasaña exquisita y unos vinitos y piscos
acompañaron la charla. No podía ser de otra manera, ambas tenemos la vida
complicada, Marcela culpa a la falta de comunicación su maltrecha relación con
Patricio y yo la escucho cuando se explaya: La fantasía del noviazgo es tan
estrambótica, ¿qué pasa con los jóvenes esposos que tanto se amaban cuando
eran novios? Si bien es cierto que durante la época de noviazgo se dieron en parte
las condiciones para que la pareja se enamorara, al llegar al matrimonio, una vez "
conquistados" se descuidaron elementos que un día permitieron que se fijaran el
uno en el otro. ¡Ah! Ya sabes dice Marcela con aire de añoranza, el noviazgo es
una época de intenso romance que indudablemente favorece la comunicación.
Cuando estamos enamorados manifestamos continuamente que nos amamos,
compartimos sueños, nos ponemos metas y ¿por qué no decirlo?, también
preocupaciones y tristezas. Se saben interpretar los silencios y caras largas, con
una flor o un chocolate, surge nuevamente la más alegre de las miradas; porque el
corazón enamorado busca la felicidad del ser que ama, prosigue entusiasmada,
contaba una amiga que hace cursillos en la iglesia, que recientemente en uno de
preparación para el matrimonio se le preguntaba a una pareja de novios: " ¿han
hablado de sus diferencias, de sus gustos, de sus cualidades y sus defectos?’
"Todo nos lo hemos dicho" fue la respuesta "¿Y qué cualidad te atrae más de tu
novia?, preguntaban al muchacho y la respuesta fue: "todo". Y al preguntársele
por el defecto que mas le disgustaba, su respuesta fue: " ninguno". ¿Qué sucede
al llegar al matrimonio?, sabes chica, continúa la Marcela, no logro comprender lo
que nos pasa, sólo que todo enseña que el lenguaje absoluto de los enamorados
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es síntoma claro de la falta de objetividad que hay en el romance, con razón se
dice que "el amor es ciego pero los vecinos no”, un par de carcajadas acompaña
este afirmación al instante pone cara seria y dice, esta falta de objetividad crea
falsas expectativas en los enamorados, es la que causa en el matrimonio las crisis
en la comunicación, porque al llegar al matrimonio, nos damos cuenta que la
realidad es otra. Ni uno ni otro somos tan virtuosos como para decir " Todo me
gusta de él o de ella " o "Nada me molesta". Cuando empieza a faltar el botón en
la camisa, o la llegada tarde, o los malos genios, o la ropa tirada, o la crema dental
destapada, para añadir a la lista las angustias del pago de arriendo y la plata no
alcanza, o la pelea porque hoy no quiero visitar a tu familia, o me molestan tu
grupito de amigos etc. Le digo a Marcela que coincido con ella, que todo lo que ha
enumerado contribuye a que la comunicación empiece a descender de nivel. Es
donde empezamos a fastidiarnos por todo. El lenguaje absoluto que se utilizó
durante el romance surge nuevamente pero invertido. Si se le pregunta a un
esposo desilusionado de su matrimonio: "¿Que te gusta más de tu esposa? " casi
con seguridad la respuesta será "nada". ¿Y que te molesta? Responderá "todo".
Nos reímos a carcajadas de esta realidad tan nuestra que nos aflige, al tiempo que
Marcela cuenta que en una oportunidad un consejero matrimonial le preguntaba a
un joven que se estaba separando de su esposa" qué fue lo que te enamoró de
fulanita? Respondió: "Su alegría, su orden y su franqueza”. ¿Y por qué te vas a
separar? "por su alegría, su orden y su franqueza ", fueron las respuestas. Nos
miramos sintiéndonos cómplices, sabemos que la práctica le da la razón a esta
anécdota. Yo acoto, el hilo que nos mantenía unidos con Alberto se rompió con la
deficiente comunicación que practicamos. Cuando no se le reconoce al otro sus
propios valores, entre paréntesis pienso que mi marido no me reconoce ninguno,
no sé si a ti te pasa pero acontece que no buscamos los momentos oportunos
para decir las cosas, y en lugar de una comunicación respetuosa, abierta y
transparente, se presentan las agresiones de doble vía; se acaba la paz del hogar
y también la comunicación que quedaba. Afirmo, las relaciones familiares se
deterioran al no saber decirse las cosas con amor y comprensión, al no saber el
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uno interpretar lo que el otro le quiere decir, al tratar de cambiarle a como dé lugar
para hacer realidad las expectativas que llevaron al matrimonio, al asumir
actitudes defensivas cuando se sienten atacados en su intimidad, al no sentirse
aceptados por ser como son, y al no contar con el estímulo para asumir con plena
libertad la mejora personal. A esto se añade que ha desaparecido del lenguaje de
los gestos, el detalle amoroso, la caricia tierna, el susurro al oído para decirle al
otro "te quiero y me haces falta". Marcela opina que esto por lo general, conduce a
una crisis total, o a un rompimiento definitivo,     acomodándonos en una falsa
tolerancia nada saludable para la relación. Y te digo nada saludable, porque lleva
a que cada uno viva su vida en forma independiente, alejándose de la verdadera
realidad de lo que es el matrimonio. Enciende un cigarrillo y me queda mirando,
entonces, Marcela, le digo, fíjate que yo creo que siempre estuve abierta a la
comunicación, siento que Alberto no quiso abrirse luego de pasado un tiempo de
casados, creo que él cortó la comunicación, debo asumir que los dos hemos
fracasado, el matrimonio es de a dos, ¿no?,si falla, ambos somos responsables.
Marcela asiente y agrega: Pato y yo cerramos nuestro corazón de tal manera que
ni siquiera sacamos unos minutos de nuestro valioso tiempo para hablar de los
dos, de las inquietudes, temores, de lo que cada uno lleva dentro, ni siquiera de
nuestras esperanzas e ilusiones. De todo lo que está afectando positiva o
negativamente la relación. Con expresión filosófica y el ceño fruncido añade, a
ninguna de las dos nos ha ido bien en nuestras relaciones de pareja, pero ¿qué
podemos hacer?, ¿separarnos?, ¿y los niños?, siempre está presente el tema de
los niños. Le digo Marcela, yo no comulgo con la separación pero no creo que esta
sea más dañina que el hecho que los hijos experimenten el problema, es decir lo
vivan día a día. No sé. Pienso eso sí que hay que ser muy valiente para tomar esa
decisión y yo no estoy preparada. Tal vez debamos tomar un curso, no dicen que
la comunicación es un ¿arte?, quizás podamos aprenderlo, nos sonreímos y
alzamos las copas para desearnos suerte, sabemos que la tarea es difícil, Marcela
puede que aún tenga fuerzas para mejorar la relación, pienso que es tarde para
mi, no me interesa Alberto. Y señalo, Marcela, Tito y yo no tenemos nada en
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común y tengo entendido que la comunicación no consiste simplemente en decir o
en oír algo, la palabra comunicación en su sentido más profundo significa
"comunión"; compartir ideas, sentimientos, etc. en un clima de reciprocidad, y
termino, con Alberto estamos muertos el uno para el otro. Marcela, abre sus ojos
¿realmente lo sientes así?, y respondo: literalmente es así. Nos quedamos serias,
sumidas en nuestros pensamientos palpando la elipsis sobrecogedora. ¿Qué
puede ser más espantosa que la propia realidad? Nos despedimos levemente
desahogadas y tranquilas dentro de lo que se puede estar, no vivimos una
situación maravillosa, pero ¡Puchas, que es bueno!, contar con una oreja amiga. Al
llegar a casa encuentro a todos durmiendo. ¡Qué bien!, así puedo escribir y me
permite cerrar el día con mejor humor.
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25. Jueves


Temprano llamé a Matías y quedamos de juntarnos a las ocho en el mismo Royal,
lo noté contento, cariñoso. Salí de compras con mamá temprano, luego almorcé
con ella, llegó la Katty y estuvimos chachareando. La Katty es la amiga eterna de
mamá. Me vine a casa a la hora que los chicos llegan del colegio, los acompañé a
almorzar, Nicolás me mostró una prueba de castellano con un seis. Al fin mejora
las notas. Batallamos con Camilo con unas tareas de matemáticas, luego cada
uno salió. Me puse a coser unos botones del delantal de Camilo. ¡Que desastre!
vive sin botones este niñito y yo los pego a regañadientes, detesto coser. A las
siete me arreglo para salir, le aviso a la Pepa que llegaré tarde, que le vaya bien
señora me dice, yo me sonrío apenas. En el Royal, Matías está fumando un
cigarrillo, al verme se levanta y me dice pensé que no venías, Matías por dios me
atrasé un minuto le respondo. Pedimos una pizza con cerveza, y yo que no soy
conquistadora ni coqueta recibo los piropos de este hombre con una leve emoción.
Al fin y al cabo me la paso sola y sus palabras me levantan el ánimo, casi me
consuelan. Por primera vez él toma por un instante mi mano y dice me gustas,
disimulo mi sobresalto. Nunca he pensado ser infiel le digo, me mira y me
responde déjate llevar, tengo miedo balbuceo, Matías me dice salgamos de aquí,
vamos a dar una vuelta. Sin palabras nos dirigimos a su auto. Veo que Matías
toma el camino a Penco, se detiene en el mirador de Lirquén, me toma la mano y
la besa, yo tiemblo, te quiero dice y yo lo miro muda. Nos besamos en los labios y
nuevamente besa mis manos, nos quedamos absortos observando el paisaje, la
playa, el fulgor del horizonte sobre el mar, un barco solitario, unos estudiantes de
la mano. A nuestro lado se estaciona otro vehículo. Vamos, le digo mirándolo, él
me observa callado, aprieta mi mano y pone en marcha el motor, pregunta si nos
veremos de nuevo, si tú quieres, respondo. Sonríe. Mientras retornamos a
Concepción me cuenta de su trabajo, del ascenso que espera en un par de
meses, de las ganas que tiene que salgamos juntos un fin de semana,
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permanezco callada, no sé cómo puedo hacer esto me digo. Me deja frente a mi
casa diciendo, te llamo mañana, bueno le respondo. No quiero pensar. Subo con
lentitud las escaleras mientras me pregunto si esperaba esto, no sé la respuesta,
sólo sé que nunca me pasé un rollo con Matías ni con nadie. Saludo a la Pepiña,
el caballero llegó temprano, comió y se fue a acostar agrega, qué bueno respondo,
dame un tecito, y los niños consulto, duermen dice colocando sus manos juntas
sobre la mejilla izquierda. ¿Y tú que estás haciendo despierta?; me puse a ver la
película del canal trece dice, planché un poco también, enseguida me pregunta
¿cómo le fue?, y yo respondo bien, demasiado bien y me largo a reír para
disimular mi nerviosismo, me observa y sonríe sin hacer comentarios. Voy al
dormitorio de los niños, le tiro un beso al Nico, quedo mirando a Camilo, acaricio
levemente su carita blanca, sus cabellos rubios, se da vuelta en la cama, tomo su
brazo y le digo que se quede tranquilo y siga durmiendo, refunfuña algo que no
entiendo, lo arropo y salgo a tomar ese té que la Pepa ya tiene en la mesa del
comedor, conversamos, y luego, tarde, puse bajito el equipo con el concierto para
piano de Chopin, envuelta en la música me puse a escribir.
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26. Viernes


Anoche me costó conciliar el sueño. Esta vez no fueron los desaforados
ronquidos del ogro, me inquieta lo que pueda pasar con Matías, las repercusiones
que pueden traer a casa, los niños están chicos, yo sin trabajo, no puedo pensar
en una separación. A mis viejos se les caería el pelo y Betty, mi hermana mayor,
tan conservadora y religiosa me recriminaría. Cerca de las cuatro de la mañana,
luego de mirar el reloj y darme otro par de vueltas en la cama, me quedé dormida.
Nada de tranquilo mi sueño. Alberto me despertó a las ocho, se dignó a dirigirme
la palabra para decirme ahí tienes la plata para las zapatillas de Camilo y agregó
con cara mustia resuelve hoy ese problema. Para él siempre es un problema
comprar la ropa para los chicos, claro, si estaba acostumbrado que yo corriera con
esos gastos. De ahí su indignación porque no trabajo. Y qué quiere que haga, los
trabajos no llueven ahora. Matías quería que nos viésemos hoy, le dije no puedo
hasta el lunes, casi se murió. Le expliqué que no podía repetir la salida hoy y el
día sábado menos, sería problemático. Al fin entendió. Bueno, el lunes entonces a
las ocho en el Royal, dijo en un tono no muy complaciente, está bien respondí y
agregué cuídate mucho, tú igual querida mía, escucho que dice por el otro lado del
auricular, me estremezco hasta ponérseme la piel de gallina, una sensación de
placer se deslizó por mi entrepierna. Colgué rápido y para olvidar mis temores me
metí a la cocina. Esa olvidada sensación me acompañó durante horas, una
corriente electrizante devoró mi pecho, me miré al espejo y los ojos estaban
brillantes, hasta me ví más joven. Alberto avisó que venía a comer con unos
amigos. Pensé en preparar unas ensaladas con carne y vino tinto, de postre
serviría helados con crema, que más, y adobé la carne para la noche mientras la
Pepa se afanó en el almuerzo. Dormí siesta para reponerme de la trasnochada,
traté de no traer a mi mente a Matías. A las cinco treinta partí al centro con Nicolás
a comprar sus zapatillas, a la vuelta, tomé un café y fumé. Nicolás se puso la
ansiada adquisición y bajó a lucirse con sus amistades. Arreglé el comedor,
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preparé pisco sour con pequeñas bandejas de papas fritas, maní, aceitunas y
souffles de queso, dejé todo listo mientras pensaba en mi marido con sus
amigotes. Fui a revisar el baño, el jabón, las toallas, en tanto Camilo echado cuan
largo era en su cama veía tele. Sobre la mesa puse las botellas de vino y arreglé
las servilletas, aparentemente la casa estaba en orden. Esperé a que llegara el
gran jefe, copuchando con la nana.
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27. Sábado


La comida de anoche resultó bien, eran simpáticos los amigos de Tito. Me reí
harto, y bebí más. Hoy el desayuno fue al mediodía. Los niños salieron luego a
almorzar donde los abuelos. Le di chipe libre a la Pepa, para qué tenerla
encerrada si tengo poco que hacer y sin planes para salir. Después de almuerzo a
Tito le dio por ponerse romántico, no lo pesqué y se enojó, tomó las llaves del auto
y anunció con voz ronca salgo. No le dije nada, para qué. Llamé a mis viejos y mi
mamá me pidió que dejara a los niños con ellos el fin de semana, le digo bueno
mañana voy a almorzar y los traigo en la tarde, quedamos de acuerdo. Voy al
dormitorio y me acuesto. Dormí tres horas. Estar sin nadie en la casa me relaja, la
quietud me encanta. Como algo sola de pie en la cocina, me ducho y me pongo el
pijama. Alberto llegó pasado las diez, grita, traigo unos pasteles. Me levanto y le
sirvo once comida, intenta hacerse el gracioso. Vano intento, ya no me hace
gracia. Permanezco muda ante la TV, fumo un cigarrillo tras otro. A las dos de la
mañana voy a la cama, trato de no meter ruido, no me gustaría que Alberto
despertase y empiece a molestar. Hace rato que no deseo al vampiro de mi
marido.
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28. Domingo


A las nueve estaba tomando desayuno. Anoche pasó lo peor, el ogro despertó y
dio inicio a sus arremetidas de conquistador. Lo evité a sabiendas que estas duran
poco, lo que dura el juego previo, y éste es mínimo, Alberto sufre de eyaculación
precoz y nunca se ha querido tratar. Furioso se dio vuelta en la cama y empezó a
masturbarse, me sentí terrible, lo encontré asqueroso. Algo indefinible terminó de
romperse en mi interior. Cierto, yo lo rechacé pero él me ha evitado cientos de
veces en dieciséis años de casados, no creo que se masturbe porque yo lo
rechace, creo que se masturba porque intuye que yo no soy feliz en la cama con
él. No se equivoca, aparte de su problema biológico o síquico, hace tiempo se
encargó de matar el amor, su machismo y soberbia han destruido la comunicación
y el matrimonio. Salvo los hijos, excepto ellos, nada. Hoy más que nunca he
deseado ver a Matías. Extraño en mí, pero normal en una mujer de mi edad falta
de afecto. Fui a casa de mis papás, estuvimos todos juntos, casi, Alberto no
apareció. Marido ausente, padre ausente, yerno ausente. Su alejamiento de
nuestra tertulia familiar no me incomoda, al contrario, es un alivio.
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29. Lunes


Ayer llegué ciega a planchar. La Pepa volvió hoy, está preocupada, no le llega la
regla, le digo eso te pasa por picada de la araña, me mira compungida. Estas
mujeres que no se cuidan, son un cacho, me tinca que está embarazada. Sus
escarceos amorosos la fregaron, ¡diablos! Me voy a quedar sin nana, puchas que
soy egoísta. La tarde de ayer pasó sin pena ni gloria, una tarde familiar más.
Algunos interesantes comentarios sobre la situación económica y lo fregados que
estamos todos los chilenos, nada alentadora la conversación, pero escuchar cada
una de las opiniones y los acalorados que nos ponemos para defender nuestra
opinión, hace algo entretenida la tarde. Me puse de acuerdo con Matías, en
realidad confirmamos nuestro encuentro. Me arreglo con mayor dedicación, ubico
una falda y me pongo una blusa rosada, me cubro con un blazer azul, calzo unos
mocasines de igual color. Me miro largamente en el espejo, hoy puede pasar
cualquier cosa, el comportamiento de Alberto gatilla mi osadía. Le doy unas
instrucciones a la nana, me fijo que tiene los ojos rojos. Tanto llorar, claro, qué
más puede hacer. Después de dar comida a los niños si quieres te acuestas le
digo, no me esperes, me da las gracias y apenas esboza una sonrisa. Me despido
de los chicos para ir en busca de Matías.
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30. Martes


Hoy mostré al médico los resultados del examen de Camilo, le dio una tremenda
receta. Confirmado, colon, y a su edad, pobre mi niño salió a su madre, me da
lata. Anoche nos fuimos con Matías a un motel, camino a Penco, la luna extendía
una enorme sonrisa y una agradable sensación de protección emanaba del rostro
de Matías y hacía latir mi corazón con emoción. Del motel no me acuerdo el
nombre, no importa, la cosa es que pasó lo que tenía que pasar, me dio un poco
de plancha sacarme la ropa, me sentí tímida y hasta me sonrojé cuando él
extendió las manos para desabrocharme el sostén, estaba apasionado, y yo un
atado de nervios. En la mitad del acto sexual le dije, fumemos un cigarrillo. La
verdad no podía concentrarme, un hombre desconocido, luego de tanto tiempo
tener bajo mis manos una piel nueva, diferente, un olor diferente, me hizo sentir
rara. Qué tonto le debió parecer que interrumpiera nuestro ejercicio sexual por un
cigarrillo primero y después pidiéndole que me alcanzara un vaso de bebida. Aún
así no dejó de ser tierno y paciente, tal vez exageradamente paciente. Fue eso lo
que me hizo estallar de placer hasta las lágrimas, fue tierno y hermoso. El confiesa
sentirse enamorado, me quedé callada, qué pena pensé, yo estoy sola, mientras
tiraba una bocanada de humo y la veía perderse en el vacío. Él es un consuelo,
nada más. En fin, no me proyecto con nadie, lo único que deseo es que los niños
crezcan rápido, entonces consideraré enamorarme de nuevo. Aunque no creo, ya
creo poco, menos en el amor.
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31.Miércoles


El día está latoso, sin embargo no he dejado de recordar a Matías. Es tierno y
dulce, en realidad es él quien se hace recordar. Me llamó de mañana dos veces,
apasionado, a través del hilo telefónico murmura que soy su mujer, su amante. A
decir verdad no me gusta mucho ese posesivismo que emergió de Matías
antenoche. Yo no soy de nadie pienso, me habría gustado ser de Alberto. Ese
deseo latía en mi interior cuando lo amaba, pero él no quiere cargas ni amor. La
Pepa entró al dormitorio para anunciar la llegada de una amiga, dejo el cuaderno
escondido bajo la ropa en la cómoda, sería caótico que fuera descubierto.
Virginia pasó a saludarme, vino a Mampower a inscribirse en un curso de inglés y
se acordó que yo vivía cerca. Fue grato verla luego de tanto tiempo. Virginia es
unos años mayor que yo, la conocí en un seminario de administración, está
separada hace años, su ex marido es un médico con el cual su madre la obligó a
casarse, no alcanzaba a tener los dieciocho años cuando ingresó al equipo de las
casadas. Mamá de tres hijos, tuvo que soportar las infidelidades de su marido y su
brutalidad. La golpeó cuando estaba embarazada del tercero, sólo porque se retiró
de una fiesta donde él, borracho coqueteó con unas amigas de Virginia. Emilio no
soportó que ella lo dejara tirado en casa de sus amigos. Cuando llegó a la casa la
agarró de los hombros sacándola de la cama entre gritos y garabatos, le golpeó el
rostro, la tiró en el piso y una vez allí la pateó. Afortunadamente no perdió al bebé,
pero quedó maltrecha y en cama por una semana. Luego de eso, la Virginia sólo
quería huir. No podía. La presión familiar era demasiado grande, sobretodo su
madre, una mujer autoritaria que continuamente la amenazaba con desheredarla
si se separaba de Emilio. Él es un médico importante y muy acaudalado, la madre
de Virginia, mujer adinerada adoraba a Emilio y su dinero. Eso, sobre todo, su
dinero. Nunca había conocido yo una mujer como la madre de Virginia, eso
enfermaba a mi querida amiga. Años mas tarde, se enamoró y se atrevió a dejar
su casa, y también a Emilio. Tomó sus hijos y se marchó. Pasó mil penurias, por la
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mierda del mundo, contaba con ojos llenos de lágrimas. Todas sus amistades le
dieron la espalda. Trabajó como administradora de una tienda. Luego, con ayuda
de un abogado amigo, dio inicio a un largo juicio de nulidad matrimonial. Su ex
marido la acusó de interdicta. Su pareja no tuvo la fortaleza para acompañarla en
la batalla. Ella finalmente logró la nulidad, pese a este logro tuvo que seguir
trabajando. No se queja, ella no evita el trabajo. Ha sabido librar la lucha, la
admiro por eso. Es sensible y buena gente, fue enriquecedor charlar con ella
mientras nos tomamos un cafecito con galletas,         damos carta abierta a los
recuerdos, las tallas, a esos compañeros de curso con sus aires de superioridad y
su orgullo. Nos reímos hasta sentir dolor en la barriga. Prometimos no perdernos
de vista, mantenernos en contacto, intercambiamos números telefónicos. Algo le
conté de Matías, me dijo no vayas a cometer el mismo disparate que yo, no dejes
tu casa. Le agradecí el consejo agregando, difícil que deje la casa, los niños están
chicos todavía y Matías no es el amor de mi vida.
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32. Jueves


Me despertó el ring del teléfono. Matías y sus requerimientos amorosos. Nos
quedamos de juntar en la noche, como siempre, a las ocho, pero en el Suiza, un
café que tiene tortas deliciosas y un old fashion espectacular, una de mis
debilidades. Matías es tan niño, su ternura y esos infinitos deseos de agradarme
se hacen queribles, me recuerda a Ricardo, mi amigo de las clases de
computación. Ricardo tenía la facultad de encantarme con sus bromas y su
ingenio. Solíamos ir después de clases a beber cerveza con papitas fritas recién
hechas. Era nuestra pasión. Creo que estuve a punto de enamorarme de él, pero
siempre las normas, clamando por ser cumplidas, dentro y fuera de mi. Las garras
del miedo no dejaban de acosarme. Un día dejó de asistir a las clases y yo nunca
más lo llamé. Quizás me habrá llamado. Nunca lo supe. Ricardo, el tallero, el
osado, el inteligente, estuvo a punto de capturarme en sus redes. Ahora lo
recuerdo con cariño. Ha pasado el tiempo y sigo sintiendo por él un amor
incomprensible. El también era casado y tenía unos rollos con su mujer y sus
suegros. Vivía con ellos a imposición de su mujer, nunca despegó del lado de sus
padres. Para él era insoportable vivir con los suegros, no porque fueran malas
personas sino porque él no podía asumir el papel de dueño de casa. Tenía que
someterse a las reglas de los padres de Magdalena, su esposa. Era una de esas
situaciones que pesaban toneladas en los hombros de Ricardo. Su mujer no
accedía a retornar a la casa que antes habitaban con sus pequeñas hijas. Pobre,
no sabía qué hacer para salir de esa penosa situación. Confesaba seguido que
amaba a su mujer e hijas. Creo que si me hubiera tirado a sus brazos habría
ganado la carne. La carne y su debilidad, como siempre en los machos. Pero no
quise dar rienda suelta al instinto. Habría sido mi primera infidelidad y no estaba
preparada para luchar contra el complejo de culpa. Todavía no lo estoy, aunque
los hechos en la actualidad ya están consumados. Dejo de escribir, Nicolás viene
con unos amigos y tengo que ir a atenderlos. Estos chicos comen como
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condenados. Ojalá que la Pepa haya ido a comprar pan de hamburguesas y la
mayo con ketchup. Son fanáticos del ketchup, la Pepa y yo alcanzamos a tomarles
el olor a las dichosas hamburguesas.
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33 Viernes


Anoche me retrasé. Nicolás y sus amigos nos dieron harta pega. Llegué al Suiza a
las ocho cuarenta y cinco y Matías tenía cara de funeral. Me excusé diciendo no
tuve tiempo para arreglarme, respondió no te preocupes estás aquí y es lo que
cuenta. Nos servimos un exquisito trozo de torta y un trago. Acarició mi mano y me
miró largamente al tiempo que consultó ¿nos vamos?, respondí afirmativamente, a
la pregunta dónde quieres ir, sólo atiné a decir donde tú quieras y emprendió
camino a Coronel. Entramos al motel Verona que estaba a esa hora con las luces
que indicaban “ocupado”, encendida en la mayoría de las cabañas. Encontramos
una libre, era pequeña y sin jacuzzi. A quien le importa el jacuzzi le dije y sonreí.
Matías pagó la cuenta, pidió dos bebidas y algo para picar. Yo me senté en el
borde de la cama mientras el recuerdo de Tito me inundaba, si supiera donde
andaba su estúpida mujer, ésa que ignora hasta en el más mínimo de los detalles.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Si supiera. Ni se lo imagina. Aquí estoy
cobrando la cuenta por su descuido. Y la cuenta le va a doler más que el fracaso
de uno de sus infaltables negocios. Encogí los hombros y rodeé el cuello de
Matías, este hombre es mi consuelo pienso. Recosté mi cabeza en su pecho, la
tibieza de su respiración    me estremece, él busca con suavidad mis labios
mientras sus manos acarician mi espalda. Le entrego mi boca para ahuyentar mi
desdicha. El me levanta con ternura para pegarme a su cuerpo hasta completar el
abrazo, me dejo llevar. Me acarició un largo rato, recorrió con sus manos mi
cuerpo, todo. Ya en la cama, abrió mis piernas y frotó su miembro contra mi
clítoris suavemente como si tuviera temor de herirme, luego observó mi sexo y lo
besó, con su mano acarició mis genitales en un paseo que me pareció
interminable tocó la humedad y sentí el torbellino de su sangre, la agitación de su
pecho velludo. Me di cuenta que se contenía para hacerme sentir mayor placer.
Se dejó caer sobre mis pechos y besó mis pezones succionándolos como un
bebé. Sus manos recorrían mis costados hasta levantar mis glúteos yo extendí mis
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piernas mientras él introducía lentamente su pene en mi vagina, él temblaba
dentro de mi y yo acomodé mi clítoris al nacimiento de su sexo apresurada con el
deseo que Matías provocaba con sus manos. Le susurré, no lo hagamos rápido,
hazlo despacio, y avanzamos lentamente hasta gritar al unísono, eufóricos, el
vértigo maravilloso que inundó nuestros cuerpos. Yo me asombré de la confianza
que me inspiraba Matías, echados de espaldas fumamos unos cigarrillos y
tomamos coca cola para saciar la sed espantosa que provocó nuestro juego
amoroso. Quedamos de vernos el lunes al mediodía. Subí al auto de regreso a
casa con una sonrisa en mi interior, yo que me creía frígida.
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34 Sábado


Este sábado me atrapó. Los chicos fueron al colegio, Nicolás al grupo de música y
Camilo al club de ajedrez. Alberto no llegó a almorzar. Resumen, almorcé con la
Pepa amenizando mi pollo y el puré, con su cháchara. La pobre sigue con atraso,
me pidió que le comprara una inyección para provocar la regla. Aproveché de
echarle una buena pasada por tonta ¿cómo se le ocurre no cuidarse? Me miró
medio avergonzada, me dio pena ésta cabra, tendré que hacerle la paleteada de ir
a la farmacia y poner la cara por ella. Es mujer, y eso basta para no negarle mi
ayuda. Solidaridad femenina, ojala existiera ésta en los ambientes laborales, bolsa
de gatos, envidia a destajo, descarnados celos y hasta cinematográficas
aserruchadas de piso, dejan en claro que no es nada de fácil trabajar entre
mujeres.    Falta   solidaridad   de   género,   y   eso   no   puede   pasar   en
casa. No faltaba más.
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35 Domingo


Hoy fue un día inusual. Acompañé a la Pepa a ponerse la inyección donde una
enfermera inescrupulosa, pero necesaria. La pobre Pepiña nerviosa me preguntó
no se cuántas veces si le dolería, obvio te dolerá el pinchazo, así espero que
pienses la próxima vez que abras las piernas a otro huevón, fue mi respuesta. Ella
me dijo prometo que ahora me voy a cuidar, más te vale, respondí seria y
agregué, es por tu bien, y por tu vieja, no le vas a cargar la mata con otro cabro
más. Alberto fue a dar una vuelta al Parque Ecuador con Camilo, quien disfruta
como chancho en barro, de los juegos y de la caminata al Cerro Caracol. Quedó
de volver a las dos para almorzar, apenas me miró para decirme a esa hora
estaremos de regreso. Un nudo atrapó mi estómago, ¡Qué tonta!, debería estar
acostumbrada a la frialdad de Alberto. Camino por la vereda junto a la Pepa,
intercambiamos unas breves palabras y luego pienso en este vacío que no logro
llenar, esta soledad que corroe mis entrañas, este sentirse fuera de, ajena al
tráfico indómito del gentío, al mundo, la sensación de encontrarme en un desierto,
inunda mi interior. La Pepa se puso la inyección, yo pagué sin dejar de pensar lo
caro que cobran estas viejas, ensimismadas en nuestros pensamientos,
regresamos a la casa. Pongo los cubiertos en la mesa y la nana calienta la comida
en tanto aliña la ensalada, lechuga y tomate, mi preferida. Me acerco al buffet y
me sirvo un trago. Necesito evadirme de esta realidad plagada de nubarrones
grises y oquedad. Almorzamos, yo me mantuve taciturna y sonreí apenas con las
gracias de los chicos. Estoy al margen, me minimizo, me instalo en mi concha
para protegerme. Una tarde opaca se vislumbra a través de los cristales.
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36 Lunes


La mañana está iluminada por débiles rayos de sol. Un poco fría. Concepción se
caracteriza por su clima cambiante. Es posible que en la tarde esté más cálido.
Ojala. Anoche Tito empezó a acosarme. El y su sexo me aburren, para abreviar
abrí mis piernas y con la mirada en el cielo raso, me mantuve quieta y lo dejé que
saciara su sed orgásmica. Fingí, ¿qué mujer puede desear a un hombre que
padece de eyaculación precoz y la mayoría de las veces se masturba al lado de
ella tal si fuera un pendejo de mierda, un tipo que no se comunica sino para criticar
y hacerla sentir como una pulga miserable depositada en el planeta. Ni un solo
beso me dio, ni una caricia. Mientras estuvo encima de mí, mi mente trajo a Matías
y recordó su tibia ternura que me desarma hasta el éxtasis. Matías..., pienso en él
mientras miro el sol de la tarde. Si sólo pudiera amarlo. Pero no, mi alma no está
preparada para amar a nadie, por lo menos no ahora. Mi corazón está roto. Me
voy a dar una ducha, una bien larga, que limpie por dentro y por fuera. Esta noche
me encontraré con Matías, algo agradable para olvidar la pena y el hastío. Me
despido de los chicos y la Pepa, que me mira socarrona como adivinando el
motivo de mis salidas de los días lunes y jueves, le digo chao, voy a la casa de
una amiga, en tanto muevo la cabeza con una media sonrisa. Matías me espera y
la noche huele exquisito. Si llega o no llega Alberto, ¿a quién diablos le importa?
Guardo el cuaderno en el cajón secreto.
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37 Matías.


Salgo por la entrada que da hacia la calle Ongolmo, hoy Matías me espera a la
vuelta, en Victor Lamas, hacia el barrio universitario. Iremos a un restaurante
francés que se encuentra cerca. Caminamos sin rozarnos como si fuéramos dos
amigos. Marchamos en silencio. Reflexiono en nosotros, convertidos en amantes,
furtivos enamorados, en lo terrible que es la infidelidad, ella no nos hace más
felices, nos corrompe al convertirnos en embusteros. La trampa del engaño tiene
la ferocidad de un gato montés. Pienso: nos hiere en las cuerdas del placer.
Matías, ajeno a mis cavilaciones, me observa de lado, mientras da largas
chupadas a su cigarrillo. Va con una mano en el bolsillo de su pantalón, con la
derecha sostiene el cigarrillo, eterno camarada de sus labios dulces. Levanto el
rostro hacia él y lo miro casi al entrar al restaurante, pienso, éste hombre es un
gentleman y una sensación de agrado me invade, él me hace pasar, con un gesto
señala la entrada y me sigue. Tomamos una mesa en un costado. El ambiente de
este pequeño restaurante francés es agradable, se escucha una canción de Edith
Piaf, su inimitable voz cautiva con el tema “Non je ne Regrette rien” .Ya siento el
sabor de las papitas hilo y el pato a la naranja que me prometió. Nos sentamos
frente a frente y sonreímos. Un pisco sour para comenzar. Y la charla amena de
este hombre que me mira con amor, completa mi efímera felicidad. Me mira con
amor. Eso es lo verdaderamente importante, el amor que siente y demuestra.
Terminamos de comer y una grata conversación nos envolvió, tocamos el tema de
la infidelidad, Matías dice que Alberto debe ser infiel, su actitud avala lo que te
digo manifiesta, la persona que es infiel, difícilmente puede ocultarlo. Por lo
general, se muestra fría y distante, suele recalcar los defectos de su pareja más
de lo normal, para tener como justificarse en caso de ser “atrapada”. ¿Y no me
has dicho tú que esa es la actitud de Alberto?, pregunta mirándome a los ojos a lo
cual respondo si, así es y agrego, en todo caso no me afecta, dejó de importarme
hace mucho tiempo, para mí, es un alivio, así me molesta menos en la noche y me
deja tranquila, él consulta si estoy segura de lo que le comento y afirmo categórica
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lo estoy y agrego ¿a estas alturas luego de dieciséis años de vida juntos, puedes
pensar que me afecta?, no dudes Matías que sí, confieso que me duele ser infiel.
No soy feliz, no me hace feliz serlo, pero así se han dado las cosas y no puedo
cambiarlas, por lo menos no ahora. Y agrego ¿sabes algo? yo no recalco los
defectos de Tito, estoy distante. No hay diferencia desde que salgo contigo a los
meses anteriores, Matías pregunta ansioso ¿crees que no se ha dado cuenta de
que estás saliendo conmigo? No, Matías, no se ha dado cuenta, él no tiene tiempo
para mí, sólo para su trabajo y amigos, toda la vida he sido un taburete, algo que
ocupa cuando lo requiere, estoy segura que no me ama, dudo siquiera que me
quiera, ya te he dicho que nuestra relación sexual es pésima y las excusas para
estar ausente de casa son frecuentes, agrego, ni te digo la falta de comunicación
que reina en nuestra casa y añado, ten en cuenta que los pretextos para discutir o
pelear surgen a cada instante. Yo no creo que estos signos pueden únicamente
significar que Alberto pasa por un mal momento, frustración profesional o simple
depresión, lo conozco, te diría que poseo una sensibilidad especial para detectar
que no sólo hay algo que está fallando en la relación, sino que está deteriorada,
puede que en mi esté la falla, ¡qué sé yo!, somos tan diferentes. Te aseguro que él
no tiene ningún interés en mí. Curioso pregunta ¿te provoca sentimientos de
rabia, desilusión, resentimiento pensar que te es infiel? No, le digo, para nada,
todo se acabó entre nosotros. Y mirándome ilusionado pregunta como un niño
pidiendo un helado ¿Te irías a vivir conmigo? respondo con un rotundo no, y
añado aunque te parezca tonto, mis hijos están primero que yo, no puedo dejarlos
solos o alejarlos del padre, les haría daño, afirmo, como sea es su padre. El rostro
de Matías se ensombrece, vivamos esto día a día, sin promesas, ni nuncas ni
jamases, le digo. Responde te amo y yo le digo te quiero, no me hagas mas difícil
esta relación, deja que sea una instancia de tranquilidad, ternura y cariño déjala
así Matías y no te compliques ni me presiones. Consulta ¿Estarás siempre
conmigo? Y yo: No diré siempre, no mentiré en eso, sólo hasta que el sentimiento
que nos une, dure. Entiende y no lo hagas tan extremadamente doloroso, asiente
encendiendo un nuevo cigarrillo con expresión resignada, tomo su brazo y le
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acaricio con el dorso de la mano su mejilla morena. Sonrío y digo, eres tan lindo y
tierno, esboza una sonrisa mientras un será como tú dices nena, sale de su boca.
Me invade una gran sensación de paz y una ternura me colma, ha sido diferente
esta noche. Matías ha comprendido que no deseo una relación basada sólo en el
sexo, deseo mucho más, un amigo, un compañero, alguien con quien conversar
de lo más íntimo. El ha estado perfecto, la noche ha sido perfecta.
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38 Martes


La Pepa vino llorando al dormitorio, la inyección no ha hecho efecto y la pobre
está muerta de miedo, su mamá la va a retar me dice, y yo, te lo buscaste por
lacha ahora vas a tener que apechugar y armarte de valor para contarle a tus
viejos que metiste la pata de nuevo, me mira asustada y pregunta si estoy segura
que no le va ha hacer efecto la inyección, me armo de paciencia para responderle
han pasado varios días, ya es imposible, y no se te ocurra hacerte un aborto, eso
sí que no. Vale muy caro dice, no es eso Pepa, eso no agrada a dios, por lo
menos conmigo no cuentes para ello, compungida se retuerce las manos a la
altura del pecho, los ojos llenos de lágrimas, señora, por favor, ruega, y yo, no y
no, no arriesgaré tu vida ni pondré en peligro la de ese bebé, agrego, así que
señorita, este fin de semana habla con sus papás y ya. Es lo mejor, termino
diciéndole, ella seca sus lágrimas y tiembla como papel, la tomo de los hombros y
le digo serena, sin enojo, piensa que este hijo dios te lo da como un regalo.
¿Matarías un regalo de dios? Me mira, seguro ha recordado              sus padres
evangélicos, no señora, bueno, respondo, habla con tus viejos y dile eso mismo.
Está bien dice, me sonríe y emite un balbuceante gracias. Luego la acompaño a la
cocina y nos aprontamos al trabajo cotidiano. Nicolás llegó temprano, un dolor de
muelas lo tiene loco, llamo al dentista para pedirle una hora. La tarde se me fue
acompañando al Nico y escuchando sus alegatos contra la mano dura del
odontólogo. Al llegar a casa, Camilo se acerca corriendo, me abraza y me
pregunta ¿me trajiste algo?. Me abruma de pronto el desempleo. La rutina de
dueña de casa no se hizo para mí y los requerimientos de los chicos me afligen.
En la noche me preparo un largo trago vodka naranja para terminar un día
intranquilo y cosa rara, ni siquiera puedo catalogarlo como fastidioso. Entre la
Pepa y los chicos se me pasó volando.
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39 Miércoles


Salgo a tomar un cortadito al L ´ Ángolo, me encuentro con la Tatiana y unas
amigas. ¡Qué onda!, éstas niñas sí que están locas y me atrapan con su locura.
Una de ellas tuvo la idea de partir al Cinemark a ver una película. No tengo plata
digo y otra me dice, no importa vamos a ver Infidelidad con Richard Gere, me
dijeron que era fabulosa. Un sentimiento de culpabilidad emerge, me siento
pillada. ¡Qué tontería!, me digo, estas minas no saben nada. Ok, les digo vamos.
Subimos al auto de Sandra, otra de las chicas locas y vamos a ver la película.
Genial Gere, lo mejor como actor. Nos encantó. Discutimos la temática un rato
mientras engullimos unas hamburguesas con café. La Tatiana nos dice vamos nos
a la República, es temprano, hacemos hora en mi casa. Partimos para la casa de
la Tati y nos tomamos unas cervezas, cinco mujeres solas, charlamos sin
descanso. Nos reímos de las tallas que surgen porque a la Sandra la ronda una
mina. Qué cosa, los tiempos están cambiando vertiginosamente. Y tú qué le
pregunto a la Sandra, encoge los hombros. Nada, es una lesera, dice. A las once
de la noche nos pegamos una arregladita, una mano de elefante para vernos un
poco mejor, y emprendemos viaje a la Republica. Este es un pub disco en el
barrio estación. Es alternativo dice una de las chicas. Y yo ingenua, pregunto por
qué y la respuesta es ambiguo llega a mis oídos, cierto, me doy perfectamente
cuenta de que es un ambiente ambiguo. Hombres con hombres, mujeres con
mujeres, y entre medio parejas hombre y mujer. Observo a un hombre bailar con
dos mujeres. Es mi primera vez en un lugar así y me siento extraña, pero no me
importa lo que haga el resto. Pienso en Matías, debe estar esperando el llamado
que no le haré hoy. La Tatiana me saca a bailar y bailamos como dos horas
tonteando con otras mujeres. La Sandra pescó un mino, me dice la Cecilia. Veo
que se le acerca otro, un morenazo bastante atractivo le coquetea, le mueve los
hombros, la Sandra lo mira con ojos cazadores. Esta no se conforma con uno,
pienso y me sonrío, mientras tomo un poco de mi combinado y me siento a fumar.
Miro la hora, son las dos veinte. La Tati esta feliz, me toma por los hombros y me
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pregunta ¿viste que te hacía falta un día para ti, de carrete y locura?. Tenís que
juntarte mas seguido conmigo viejita, necesitas salir de tu rutina, lanza una
carcajada, mientras se aleja, dirigiendo sus pasos a otro grupo de chicas. Y yo
bebo otro sorbo de mi vaso. Me acuerdo de la casa, ni siquiera le avisé a la Pepa,
debe estar asustada, ni hablar de Alberto, si es que ha llegado, seguro esta
roncando. La música que arde, la gente repleta el lugar. Y los grupos de cuatro y
de a seis bailando me entretienen al observar los gestos sensuales que se dirigen
unos a otros. Es un juego, bailan formando casi una ronda, comparten chupadas
de cigarrillo y tragos. El mundo ha desaparecido para ellos, y yo disfruto este
cambio de ambiente. Un tipo me observa desde una silla al fondo a la izquierda,
me hace una seña y se incorpora, yo me dirijo a él. Estoy decidida a pasarlo bien.
Álvaro, es mi nombre, me dice, la música está a todo volumen y sólo es posible
conversar a gritos, yo respondo medio gritando, me llamo Verónica, entonces, me
toma de una mano y me lleva a la pista. Es un tipo de mediana estatura, su
atractivo radica en sus ojos verdes, un poco pálido me parece, tiene el pelo negro
que le cae sobre la frente, me fijo en su sonrisa, tiene unos dientes impecables.
Me gusta, tiene pinta de ejecutivo, en otros tiempos se diría que es cuesco
cabrera, como el personaje de Legrand. Viste pantalón gris y camisa blanquísima
de mangas arremangadas por el calor. Se acerca para musitar, tienes unos ojos
bellos, yo sonrío y agradezco. Qué tonto. Agradecer un piropo, agrego, tú también
tienes los ojos bellos. Sonríe. El tipo se las trae, me toma de ambas manos y me
hace girar sobre la cabeza luego él hace lo mismo. Mueve las caderas de miedo.
Es delgado y masculino, muy masculino. De pronto cesa la música electrónica y la
estridencia da paso a un lento, la letra de la canción de Luz Casals: Piensa en mí.
La música mueve nuestros cuerpos con seducción. Deposito mis manos en sus
hombros, él me acerca su mejilla, nuestras respiraciones se entrecruzan y siento
mariposas en mi estómago, el feeling empapa mi cuello, mi espalda, mis senos.
Giro la cabeza y busco sus labios, un beso y éste desconocido irrumpe en mí,
siento un fluido en mis genitales, me eleva en su ardor. Otro lento, una romántica
canción y luego la separación brutal de ese cuerpo cálido y agradable. De nuevo
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la música estridente y nos encontramos moviéndonos en la marea multicolor,
cegadora de la disco. Transcurren casi dos horas más y miro alrededor, la Tatiana
me observa y consulta ¿te vas con nosotras?, yo miro a Álvaro y él le responde,
no, déjala, se va conmigo y me dirige una mirada esperando mi aprobación, yo
respondo, si, me voy con él. La Tatiana me mira alegre y dice, a la noche te llamo.
Está bien, le contesto, me despido con una seña del resto. Álvaro consulta, ¿nos
vamos?, digo si, es hora, se pone su chaqueta, yo sigo montada en la nube que
me regaló Álvaro y me dirijo al guardarropía, retiro mi casaca y mi bolso. Álvaro
me toma firmemente del brazo, me siento como una zombie, con el corazón a
punto de estallar. A la salida me dice, busquemos el auto, toma mi brazo y
doblamos hacia la calle Freire, caminamos rápido, son las cuatro y tanto de la
madrugada y está helado. Álvaro abre la puerta para que yo entre y la cierra con
suavidad, luego sube al lado del conductor y pregunta ¿donde vives?, le indico la
dirección, pone en marcha el blanco Subaru Legacy. Quiero volver a verte dice y
yo me asusto como cuando llega Alberto y estoy leyendo en la cama a las tantas
de la noche. Álvaro, le digo, soy casada, y responde sereno, yo también. Me callo
la boca, pienso, aquí estoy, casada, con amante, y con otro prospecto, ¿qué
hacer? Dudo antes de emitir una sola palabra, elucubro, me invade un sudor
extremo, todas las reglas religiosas de la familia me aturden en segundos, seguro
ya tengo ganado el infierno, pero el hombre me gusta, Alberto no me quiere y no
estoy enamorada de Matías y digo sin más, sin duda alguna, si, nos veremos.
Álvaro estaciona el auto a media cuadra de mi casa. Le doy el número de teléfono,
le digo llámame en las mañanas de lunes a viernes, es lo mejor, responde te
llamaré, y se inclina para rozar mi mejilla con sus labios, musito un chao,que estés
bien y desciendo con un ligero estremecimiento que recorre mi cuerpo. Camino y
la interrogante ¿qué haces Verónica?, y las voces que dicen estás loca me
acosan, muevo la cabeza y procuro no pensar. Ya son casi las cinco. Ahora el
show para llegar a la habitación. Si Alberto se da cuenta de la hora que llego, será
pelea segura. Como buen perro de hortelano, no come ni deja comer. Me deslizo
sigilosa por el pasillo, paso al baño y me quito la ropa; los sostenes, los calzones,
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estoy húmeda, tomo un trozo de toalla nova, lo mojo con un hilo de agua y me
limpio, el corazón me salta, tengo miedo, voy al dormitorio y retiro el pijama
suavemente de la silla que se encuentra a los pies de la cama. Alberto ronca como
cerdo. Mejor. No enciendo la luz, me meto a la cama conteniendo la respiración.
Pienso en Álvaro y en el pobre Matías. Cierro los ojos.
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40 Jueves


No sentí cuando se levantó Tito, desperté a las once obligada por la Pepa y el
dichoso almuerzo. ¡Diablos!, me duele la cabeza, el hachazo no me lo saca nadie.
Pepa, le grito, dame unas dipironas y un vaso de leche. Llega con el vaso y las
pastillas al tiempo que me ataca con la bendita pregunta ¿qué vamos a hacer de
almuerzo hoy señora?, y yo, ¿qué hay?, ¿hay arroz, papas, fideos?, al escuchar
que solo quedan tallarines, le digo bien haz esos tallarines con la carne que queda
en el freezer, acompáñalo de una lechuga con zanahoria rallada y estamos bien.
La Pepa da media vuelta y me deja en paz. Al fin sola. El almuerzo, todos los días
el condenado almuerzo, sólo que hoy no me meto a la cocina. El ring del teléfono
a las doce del día me agita, es Matías, todo va bien en nuestra comunicación
telefónica hasta que le digo que será imposible vernos hoy, ¿algún problema?,
pregunta sobresaltado, no sólo que ayer llegué tardísimo, digo, y no creo que sea
conveniente repetir mi salida, debo cuidarme, un mutis largo para luego escuchar
la voz de Matías interrogándome, qué adónde salí anoche, entonces con voz
calma le digo quedamos que sin preguntas, sin ataques de celos, su respuesta es
rápida, no estoy celoso, y repite, no estoy celoso sólo me gustaría saber con quién
saliste, y yo, con unas amigas y no preguntes más, no seas curiosillo, hoy no
salgo, esta bien, me dice, te llamo mañana, respondo que estés bien, añado, no te
pases rollos, es que anoche no dormí muy bien, es todo lo que le digo, me reservo
los detalles de mi trasnoche, con cierto desaliento se despide y yo como si nada le
digo no te preocupes, te quiero Matías, y cuelgo sin más el auricular. Estos
hombres, pienso, la tratan a una con un sentido de posesión como si fueran el
marido, aunque a mí Tito jamás me ha dicho nada por mis salidas, creo que no le
importa, tengo plena libertad para mis escapadas, claro, jamás se imaginaría
Alberto que salgo con un varón, ni siquiera sabe que llego de amanecida. Soy
demasiado imbécil para él, no se le ocurriría pensar mal de su mujercita. Bien, no
sabe el caballero que la que peca de imbecilidad es precisamente su cabeza. En
la tarde estoy con los chicos, conversamos de todo, el colegio, las profesoras y
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esa maniática compañera de Nico que le raya los delantales, su obsesión no deja
de causarnos risa. Insisto diciéndole que le pida por favor que no le pintarrajee
más sus cosas, él me dice que hace un par de días le grabó su nombre en la
calculadora, esa niña no tiene intenciones de dejarlo en paz. Miro al Nico, con su
edad adolescente no parece estar interesado en las niñitas. Lógico, las niñas
maduran más rápido que los hombres. Supiera Claudia lo infantil que es este hijo
mío, si todavía pelea con Camilo por el nintendo y los juegos del computador. La
Pepa me cuenta que ya habló con sus viejos, que éstos están terrible de
amargados pero qué hacer le dijeron, habrá que recibir esa guagua y arreglarnos
como podamos. La capacidad de amor y solidaridad de la gente no deja de
asombrarme. Bueno, problema resuelto. Todo parece marchar bien con los chicos.
El problema es Alberto y la tentación: el tincudo de Álvaro. Me llamó la Tati para la
copucha, que qué pasó con Álvaro, le digo nada, compartimos un poco de felling,
es todo, su voz suena incrédula al otro lado del teléfono, insiste, me dio la
impresión que fue algo más que un intercambio de química. No satisfago su
curiosidad y quedamos de vernos cualquier día. Reflexiono, tal parece que la
mentira se ha adueñado de mí. No me satisface, en fin, tampoco puedo exhibir por
el mundo mis aventuras extraconyugales. Un suspiro hondo me nace desde el
fondo.
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41 Viernes


Don Álvaro al teléfono. Así me dijo la Pepa y yo me lavé las manos manchadas
con harina y dejé los moldes de queque tirados en cualquier parte de la cocina
para atender la llamada. Su voz me emociona, y mientras pienso, Álvaro es la
pasión y Matías la ternura, escucho preguntar ¿cuándo nos vemos chica? y yo
digo medio nerviosa ¿te parece el martes?, consulta ¿no puede ser antes?, le
explico que el fin de semana generalmente lo paso en familia, y continuo, el lunes
tengo clases de cocina, miento sin pudor alguno, el martes, sí, es buen día para
mi. Te llamo el martes entonces, dice y se despide afectuoso. Me conmueve y me
agito. No sé que haré en este triángulo inesperado que parece cobrar forma, mi
terquedad es mayor que todos los temores y me digo no me negaré el placer de
conocer a este tipo que provoca en mí sensaciones desconocidas, con esta
certeza reanudo mis tareas culinarias. Cierta desazón me invade al cavilar, si
Alberto fuera cariñoso, si fuera compañero, amigo, si tuviese mayor delicadeza,
consideración, yo no estaría enredada en el engaño. Debo pensar en mí, Alberto
nunca me ha sido fiel. Este pensamiento logra tranquilizarme. Al menos un poco.
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42 Sábado


Alberto volvió a masturbarse anoche y yo al lado. Describir mis sentimientos es
complicado, dolor, rabia, algo indefinible emerge y se rompe cada vez que lo
escucho. Apenas lo veo en el lado de la cama, con los ramalazos de luz que
atraviesan las cortinas y que llegan desde el alumbrado público. Escucho su
respiración que se acelera bajo las sábanas, luego, cuando acaba, se levanta al
baño, llega hasta mis oídos el ruido del agua, las sonadas de nariz, el carraspeo
que le caracteriza cuando evacua. ¿Qué puede llevar a un hombre a tener estas
sesiones masturbatorias teniendo a la mujer al lado?. Durante mucho tiempo la
masturbación ha sido considerada pecaminosa, un vicio reprobable y tabú, sobre
todo en las mujeres. Y todavía hoy a muchas les da vergüenza y les plantea
dudas: ¿es normal?, ¿afecta a la salud o a las relaciones sexuales?. Creo no tener
tabúes al respecto. Sé que no todo el mundo se masturba, pero la gran mayoría
de hombres y mujeres lo ha hecho o lo hace a lo largo de su vida. Es más habitual
entre los hombres, sobre todo jóvenes, es tan normal que se masturben como que
no lo hagan. Alguna vez leí que la masturbación no afecta la potencia sexual, un
hombre que se masturba no es menos "potente" que un hombre que no lo hace. Sí
es cierto, que después de la masturbación el hombre necesita tiempo para volver
a tener una erección: igual que tras un coito. Durante los períodos de abstinencia
ésta ayuda a mantener la capacidad de excitarse. Si analizo todos estos
conocimientos. ¿Qué mierda pasa con Alberto?. A decir verdad, intento pasar por
alto lo que defino como pendejadas de Alberto pero no dejo de revisarme y
preocuparme de mí como mujer, porque para ser honesta, sí me causa extrañeza
esta inclinación obsesiva del hombre con quien comparto la cama. De vez en
cuando me asalta el pensamiento de que no es más que flojera de macho, hacer
el amor pareciera ser un gran esfuerzo pasado los cuarenta. Es más fácil para el
hombre masturbarse o que le hagan sexo oral, que darse el trabajo de juegos
previos, caricias que para toda mujer son imprescindibles. Me examino
mentalmente, no soy una mujer desagradable. Creo. No ando con las chascas
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paradas ni estoy carente de atractivo, inteligente al decir de muchos, encantadora.
No sé qué puede hacer que un hombre evite tener relaciones con su mujer. No
solo eso, él no habla, solo lo necesario. La mayoría de las veces se muestra como
un idiota, al decir idiota me refiero a su pésimo carácter, agrio, bastante histérico,
lo suficiente para no querer acercarme a él. ¿Quién desea un cardo a su lado?. Un
halo de misterio cubre la personalidad de Alberto. Es generoso con la familia y los
amigos, la gente lo estima y habla bien de él, es buen amigo, dicen, yo, lo único
que sé es que es un pésimo marido y padre...no sé. Esta manía que le ha venido
de la masturbación por muy normal que sea según los textos científicos y estudios
de algunos sexólogos, a mí me parece grotesca en un hombre cercano a los
cincuenta. Su pequeñez me decepciona.
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43 Domingo


Ayer sábado transcurrió casi como siempre. Cambié el día de visita a casa de mis
padres. Los chicos querían ir a la playa el domingo, estuvimos en familia y luego
nos fuimos a casa a meternos en el aparato idiotizador, yo al lado del agrio de
Alberto. Camilo fue a jugar a casa de un amigo y Nicolás se encerró a jugar
ajedrez en el computador. La Pepa se fue a su casa, se puso unos tacos altos y
una mini roja espantosa, igual debo reconocer que tiene buenas piernas y que he
sorprendido a Alberto mirándola más de una vez, tiene manía por las nanas.
Menos mal que no le ha dado la calentura con la Pepa, no se lo perdonaría. Esta
niña es buena, cariñosa con los cabros y conmigo. Lástima que sea tan lacha.
Ahora voy a tenerla embarazada, trabajará hasta el pre natal supongo. Tendré que
ver alguien que la reemplace, una lata. Este domingo salimos a almorzar a
Dichato, en el restaurant Prieto, los niños disfrutaron de los carapachos, el
pescado con papas fritas, las bebidas y la playa, yo disfruté viéndolos comer y
luego correr por la orilla de las heladas aguas características de esa bahía.
Es la gracia de ser niños. Una cuando crece se pone tonta o más escrupulosa. El
entretenido de Alberto estuvo leyendo el diario echado con las gafas puestas, en
una manta que tendí, mientras yo sentada a su lado, leía un libro y pensaba en el
terrible conflicto que se me venía encima con Matías y Álvaro. De vez en cuando
miraba hacia el mar, mis hijos al menos parecen ser felices, pensé. Ni hablar de
Alberto, no tiene remedio. Creo que Alberto si es infiel le importa un carajo las
minas. Eso es lo que nos diferencia de los hombres, cometemos el error de
involucrar los sentimientos. Los hombres son animales, no se hacen problemas.
La mayoría, pienso, al recordar al bueno de Matías.
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44 Martes


Álvaro llamó temprano y yo feliz de escucharlo. Hoy lo vería. Vamos a dar una
vuelta a Talcahuano, Tumbes o al aeropuerto, me dijo. Pensé: dónde me lleves
está bien, el lugar no importa contigo al lado. Soy una fresca, me digo, por primera
vez no me asusta serlo o parecerlo. Apenas tomé el desayuno, la Pepa me miró
interrogante, le dije más café y cigarrillos, es todo. Estuve toda la mañana
pensando en él, estaba ansiosa, me di un baño de espumas, me vestí y maquillé
especialmente para Álvaro. Verlo me produjo un nudo en el estómago, disimulé
ante él mi nerviosismo, dijo nos vamos por la autopista y puso en marcha el motor,
pensé qué extraordinario es encontrarme con un hombre como Álvaro y
experimentar esta química indescriptible. Hay peligro en el aire y yo no tengo
ningún miedo, igual tiemblo, él me dice, en la guantera hay cigarrillos, enciéndeme
uno por favor, hipnotizada por su voz enciendo un cigarrillo para cada uno, la
mano me tiembla y una extraña sensación se aloja en mis piernas. Sonríe, lo miro,
me dan ganas de comerme esas margaritas que tiene en la mejilla. Álvaro me
asusta por el exceso de velocidad con que maneja, pregunto ¿siempre conduces
de esta forma?, me mira, responde, toda la vida, me gusta la velocidad, es
irresistible, yo, miedosa le pido, maneja con cuidado por favor, por lo menos
cuando vayas conmigo, sonríe moviendo la cabeza y con su mano derecha
acaricia mi nuca. Me siento una niña. Fuimos al aeropuerto, vimos un avión con
destino Santiago despegar, nos bajamos, caminamos un poco, regresamos al
vehículo, Álvaro condujo hasta los alrededores del aeropuerto. Un viento
incontrolable se irguió en Carriel Sur. Hicimos el amor como trastornados bajo
unos árboles, en una de las colinas que cobija el paisaje verde del límite de
Talcahuano, a lo lejos observamos el mall con el frenesí que le caracteriza, pese a
ser día de semana había un centenar de vehículos estacionados en el parque que
divisamos al pasar. Hacer el amor con Álvaro fue estar cerca del cielo, del cielo y
el infierno. Sus grandes manos me asfixiaron en un abrazo feroz, me perdí entre
sus hombros, y me hice nada bajo su respiración desquiciada. Álvaro es un
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salvaje, lo peor es que me gusta, y mucho. Es el contraste de Matías este volcán.
Ni se puede comparar con Tito. Es único, y me da miedo lo que me hace
experimentar con su voz, su mirada y su encanto. Hablamos poco, lo suficiente
para enterarme que tiene dos niñitas y que su mujer es una histérica con sesos de
pájaro para tratar a un hombre y a sus hijas, una egoísta que se echa todo lo que
gana encima, me cuenta que se hizo una cirugía estética que le costó mas de diez
millones de pesos y que es una sicóloga incapaz de comprenderse ella misma.
Confirma mi teoría respecto a los sicólogos, son más desequilibrados que los
pacientes, mucha teoría y poca práctica. Álvaro confiesa que sería incapaz de
separarse de su mujer por sus hijas, le digo que me pasa lo mismo. Nos
quedamos mirando con ojos de prisioneros, con esa mirada que encierra el dolor,
la tristeza que cargamos al no sentirnos amados en nuestros respectivos hogares
y lo que es peor, la impotencia de encontrarnos entre la espada y la pared. Nos
abrazamos transmitiéndonos consuelo, infundiéndonos valor tal vez. Me dejó
enfrente de casa y al despedirnos aprisionó mi mano con fuerza, al descender, mi
corazón saltaba embravecido. Y yo que pensé que no caería en las redes del
amor. Llego a casa a las tres de la tarde, la Pepa me dice que llamó Camilo del
colegio y que tuvo que ir a dejarle el trabajo de artes plásticas que se le había
quedado. Tan atolondrado que es mi Cami pienso y la Pepa continua, que don
Alberto vino a almorzar rápido, la miro extrañada y ¿cómo es eso que vino?, se
encoge de hombros sin emitir palabra y continuo con un ¡qué raro! ella me mira
con ojos agudos y suelta ¿sabe qué señora?, le pareció mal que usted no
estuviera en casa a la hora de almuerzo. ¡Vaya! Le digo, ¿Con que le pareció
mal?, ante la cara aceitunada de la Pepa, que me lo diga a mí, y añado, si es que
nos vemos, yo no soy adivina para saber que va a venir a almorzar, hazme un té
por favor le pido desganada y me instalo en el living a fumar un cigarro mientras
pienso qué diablos trajo a almorzar al ogro, si casi nunca viene. Me preocupa
Matías, ayer no tuve valor para decirle que había conocido a alguien que me atrajo
mucho. Me dio pena al ver su cara de niño sin postre cuando le dije que no quería
ir a ninguna cama ni a ningún motel. Peor se puso cuando le dije que sería
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imposible seguir viéndonos los jueves pues me había inscrito en un curso de
gimnasia para entretenerme y romper la rutina. Pese a sus protestas, agregué
nada me va hacer renunciar a esas clases Matías, las necesito, ante mi firmeza no
insistió, su mudez fue lo que evidenció su reprobación y descontento. Me hice la
tonta, le conté un par de banalidades hasta que logré hacerlo sonreír. Nos
despedimos contentos, yo por lo menos, feliz de haberme librado del pesado saco
en que se ha convertido Matías. Me siento canalla. Álvaro me ha convertido en
una cínica, me ensombrece este descubrimiento. Ayer lunes no fui capaz de tomar
el lápiz, fue un día oscuro.
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45 Miércoles


Una nebulosa y deprimente mañana me saluda al descorrer las cortinas. El rostro
de Álvaro permanece en mi retina. Las nubes se anudan en el cielo
desparramando su color de nieve como grandes motas de algodón, quisiera estar
tendida, allí, relajada, lejos del ruidoso tráfico que golpea los oídos y azota el
alma. En plena quietud, sin los harapos de una vida monótona, claro, no estaría
sola sino con Álvaro. Una media sonrisa se dibuja en mi rostro, y me vuelvo a la
realidad que nos aprisiona en una existencia insípida. Voy a la cocina por un café
y me encuentro a la Pepa lloriqueando, el papá de su guagua no quiere nada con
ella, la observo compasiva e intento darle palabras de consuelo, ella me mira
agradecida y yo le digo insistente ¡arriba el ánimo, manos a la obra!. Dejo todo
dispuesto y me pongo a escribir en pijama. Pese a todo, mi consuelo es que mis
hijos están bien. Alberto es alejado de mis pensamientos como una ecuación
imposible de resolver. Matías me preocupa, y medito en la salida de esta trampa
que colgué a mis pies sólo por la soledad. Craso error, urge que tome una
decisión, no puedo permanecer en un triángulo que Matías no merece. La tarde
del miércoles se asemejó a otras muchas. Tomé once con los niños, ayudé a
Camilo con sus tareas y le hice un trabajo de castellano a Nicolás. Literalmente se
lo hice, el pobre es negado para lo verbal. Casi a las nueve de la noche atendí el
llamado de Álvaro, quería saber a qué hora nos veríamos mañana, a las siete, le
dije, al otro lado de la línea lo intuyo conforme y feliz, antes de colgar me dice lo
mucho que me ha extrañado, que me necesita y yo le digo igual. El Nico me
preguntó ¿quién era mamá? le dije una amiga, para hacer más cierta la piadosa
mentira añado, es la Regina, con quien me veré mañana. Se queda tranquilo y yo
enciendo un cigarrillo para disimular mi ansiedad. Y ese sentimiento horrendo,
indefinible que me provoca mentir a mi hijo, al mundo, a mí misma. Álvaro ha
revolucionado mi existencia. Alberto llega a comer con un amigo. Son alrededor de
las once de la noche, no me causa gracia pero aparento lo contrario, la vida
conyugal está plagada de hipocresía y apariencias. Aunque algunas mujeres
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casadas, las más, digan lo contrario, a ninguna nos agrada que lleguen visitas
inesperadas y a estas alturas de la noche. Preparo una ensalada de apio palta con
un bife, unas tostadas y mantequilla, ofrezco postre de fruta natural, ninguno
acepta, prefieren café, yo sirvo sin palabras las tazas y abandono el comedor para
que conversen tranquilos. No me apetece inmiscuirme en conversaciones de
machos. En el dormitorio intento enfrascarme en la TV, vana tentativa, mi mente
no deja de pensar en Álvaro, él y Matías se han convertido en mi pesadilla. La
pesadilla real es Matías, Álvaro es sueño, pasión. Es el amor, me digo y me
quedo enfrascada en los recuerdos.
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46 Jueves


Virginia me llamó hoy en la mañana, está con unos días de permiso y me invita a
almorzar. Acepto. Paso a saludar a mis padres y me voy a tu casa, dame la
dirección, apunto en mi pequeña agenda y quedo de estar en su casa a las una.
Miro el reloj, son las once de la mañana de un día soleado. Es el clima intermitente
de siempre, cuando estoy apestada de lo gris surge como blanca paloma el sol
penquista con frágiles rayos que arropan el alma con su luminosidad. Me visto
como el día especial que es, de casa de Virginia me voy al encuentro de Álvaro.
Le aviso a la Pepa que no almorzaré en casa y le encargo a los niños, que se
preocupe que almuercen bien, sobre todo Camilo, ese niño se llena de golosinas,
y me hace pasar susto con sus ataques de colon. Me dirijo a casa de los papás,
estoy una media hora con ellos, suficiente para enterarme de las últimas
novedades familiares que Roberto, mi primo, aprobó el examen de grado y que
desea lo llame, que la Viviana, otra prima, me envió saludos y que Olguita, una
amiga que no veo hace siglos y que mi madre encontró en el centro, quiere que la
visite. Llego a la casa de Virginia, ha preparado unos pisco sour la muerte. La
charla no se hace esperar. Las confidencias afloran, y yo la escucho atenta, me
cuenta de Juan Pablo, ese arquitecto que la tiene por las cuerdas, y yo sonrío al
evocar a Álvaro. Conversamos de nuestras relaciones sexuales, yo le confidencio
las pendejadas de Alberto, y me dice la masturbación como vicio solitario, estimula
la fantasía erótica que origina con el tiempo rechazo a la mujer (ó viceversa),
agotamiento cerebral e impotencia sexual, agrega sabihonda como es ella, que en
un libro de Weor, el matrimonio perfecto, en uno de sus capítulos denominado "La
fantasía sexual (o erótica)”, éste afirma que produce impotencia de tipo sicosexual.
Esa clase de enfermos tienen erecciones normales, son hombres aparentemente
normales, pero en el instante en que van a efectuar la conexión del miembro y la
vulva, la erección cede. Ellos han vivido en la fantasía sexual que nada tiene que
ver con la realidad, entonces se confunden y no son capaces de responder a la
realidad como es debido. La impotencia psico-sexual es la tragedia más
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espantosa que puede afligir a los hombres y a las mujeres fanáticas ó a las gentes
de tipo puramente racional. Me asombra Virginia con esta teoría desconocida para
mí. Y ella explica, lo ubiqué en la biblioteca cuando me dio por investigar el
comportamiento de mi ex marido. Necesitaba una explicación lógica para
comprender que estaba casada con un tipo enfermo. Y me enfrasqué en la
búsqueda de textos que me ayudaron a entender y definitivamente dejarlo por
considerarlo sin remedio, agrega, claro que él padecía de otros males, era un
sádico, en el fondo. Y se queda pensativa al tiempo que toma un sorbo de su
aperitivo. Yo me limito a expresar, puede ser eso lo que aflige a Alberto. Puede
que ella tenga razón. Y la acompaño con el último sorbo de trago para pasar
enseguida a comer esos exquisitos tallarines al dente que le quedan
espectaculares. Me cuenta que la última vez que estuvo con su apasionado
amante, habían hecho el amor en la alfombra y Juan Pablo había estallado en
carcajadas al eyacular. Ella se había quedado atónita para luego reír de buena
gana junto con él. Reímos ambas, ella al recordar, yo, al ver los grandes ojos
verdes de Virginia con expresión aún estupefacta e imaginarlos tirados en el piso
riéndose desnudos. Nos servimos, hambrientas, la exquisita tallarinata y
terminamos en el living con una taza de café, intercambiando nuestras respectivas
experiencias. Mis devaneos no fueron omitidos. Ella me dijo, de inmediato debes
solucionar el atado con Matías. Yo afirmo, que el punto es que todavía no sé
cómo, insiste diciéndome decídete, no dejes pasar más tiempo, no es justo para
él. Nos despedimos casi a las seis, le comento que voy en busca de Álvaro y
repite no exenta de preocupación, resuelve lo del otro rápido y cuídate. Marcho de
casa de Virginia directo a encontrarme con Álvaro.
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47 Álvaro


Miro el reloj, las seis veinte, falta aún para encontrarme en el café con él. Doy
unas vueltas por el centro, camino entre galerías cuyo nombre no retengo, camino,
fumo y pienso en cómo explicarle a Matías que no podemos seguir juntos, que
algo intempestivo ha surgido he impide continuar nuestra relación. Hilvano
palabras de agradecimiento, excusas que parecen apropiadas, en vano, sé que no
va a entender, que le voy a causar un dolor. Me aborrezco por haber sido débil
con Matías sin un sentimiento más que el de mi propia soledad. Cuántos errores
nos hace cometer la soledad, pobre y triste vampiresa no es más que una arpía
que afila sus dientes en tanto menea con aires cautivadores la cabeza de
serpiente para hacernos caer en abismos disfrazados de romances y llamas de
singular felicidad, que sólo buscan quemarnos cruelmente. Después de hablar con
Matías, conjeturo, habré perdido un amigo y eso cuesta perdonármelo. Voy al
encuentro de Álvaro, nos vamos al departamento de un amigo, me dice. Apenas
ingresamos, nos abrazamos con desesperación es una locura lo que nos une. El
me encanta y yo le atraigo, repite con enajenación te amo, te amo mientras me
lleva hacia el dormitorio y yo, que no estoy acostumbrada a tanta demostración de
afecto caigo avasallada en sus redes de hombre experimentado y ardiente. Pero
caigo dulcemente en el embelesamiento de saber que este amor es
absolutamente correspondido. Nos desvestimos lentamente sin dejar de mirarnos,
Álvaro abre una botella de champaña y escancia en dos copas alargadas, el licor
burbujeante, refrescantemente dulce, entrecruzamos nuestros brazos tal si
fuéramos dos recién casados celebrando su primera noche nupcial y brindamos
sonrientes, bebemos con fruición. Nuestros cuerpos están completamente
desnudos, con suavidad me deja caer sobre la cama y con sorpresa veo como
toma mis piernas y las separa, besa mis labios, toma la copa vacía de mi mano y
la deja junto a la suya sobre la mesita de noche, su mano viril coge el cuello de la
botella y la da vuelta levemente hacia mis senos, deja caer gotas desde mi pecho
al pubis, y me besa lamiendo el líquido sobre mi piel, vuelve a derramar gotas
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sobre mis muslos y entre mis piernas y pasa su lengua pausadamente, un
espasmo recorre mi cuerpo y lo tomo del cuello para besarlo exasperada, como si
la vida se me fuera en ello. Él deja la botella sobre la alfombra y precipita sus
labios hacia mi vagina, en sus gestos hay seguridad, dominio, ardor. Me incita, mis
pezones están erectos, sensibles, el deseo se extiende desde el jardín secreto
hasta mi nuca, tensa mis piernas, tengo absoluta certeza en ese instante que él es
para mí y que lo amo. Lo estrecho con fuerza, busco su miembro y lo introduzco
en mi vagina, él me abraza y besa con embriaguez, y me sumo al ritmo de su
cuerpo en la búsqueda del goce para alivianar el intenso dolor del deseo.
Experimentamos una compenetración absoluta. Pasaron horas, al mirar el reloj los
punteros indicaban las once cincuenta. Nos miramos perplejos y nos vestimos
raudos. Las promesas de amor se alargan hasta situarnos frente a casa.
Quedamos de comunicarnos. Cuesta despedirse. Subo rápido las escaleras.
Decididamente se me está pasando la mano. El amor me hace perder el
raciocinio. Entro en la casa y para mi sorpresa, que no alcanzo a disimular,
encuentro a Alberto viendo la TV, fumando un cigarrillo. Al verme gira la cabeza y
pregunta ¿y a ti, qué te está pasando?, este último tiempo no has dejado de salir,
añade. Me hago la tonta, me saco la chaqueta y le digo un tanto perturbada,
espera, voy al baño. Intento fraguar una mentira, la necesito rápidamente. Me
encierro unos minutos en el baño, me mojo la cara, y mientras me seco decido
decirle que la Virginia está pasando por problemas y que necesitaba compañía
para ir a ver al médico, un neurólogo, por los dolores de cabeza que la aquejan.
Trato de cambiar la expresión de la cara, me lavo las manos, me cepillo el pelo y
salgo hacia el living para señalarle la mentira urdida a la rápida, pero no es
necesario, Alberto de nuevo está absorto en la televisión, le ofrezco un té o algo,
me ignora, encojo los hombros y me voy a echar una mirada al dormitorio de los
niños, duermen plácidamente. Me pongo el pijama con prisa, me meto a la cama y
cierro los ojos. Siento que Alberto se dirige al baño, se pone el pijama y se
acuesta apagando la luz, simulo dormir. Mañana será otro día, mañana, me digo,
pensaré en Matías.
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48 Viernes


Despierto exhausta. La agitación del día anterior no ha abandonado mi cuerpo. La
Pepa entra para decirme que Alberto dejó dicho que lo llamara. ¿Y a qué se debe
esto? me pregunto. Tomo desayuno y lo llamo para escucharlo decir que hoy
saldremos, que esté lista a las nueve, a esa hora te paso a buscar, yo alcanzo a
preguntar a dónde iremos, vamos a comer a casa de Reinaldo, su señora está de
cumpleaños, habrá que llevarle algún regalo, le respondo, no te preocupes por ahí
se le puede pasar a comprar algo. El tono de mi marido es como siempre, seco,
imagino su rostro hosco al otro lado del teléfono, no me atrevo ni a decirle que no
tengo ganas de asistir a esa dichosa cena y que me importa un carajo la señora
de Reinaldo. Para qué, tengo que ir, es todo. Me levanto con la firme convicción
que hoy me dedicaré a cumplir mis deberes de esposa y madre. Me levanto y miro
por la ventana, el magnolio del jardín me parece más florido que nunca, hasta la
niebla parece haberse esfumado, Álvaro es el culpable me digo y doy un suspiro
enamorada, jamás había sentido esto aquí dentro, es como si el rocío extendiera
sus alas alrededor del corazón, y lo hiciera bombear eufórico. ¡Ah!, que sensación
más increíble, es como tener a Álvaro pegado a mí esqueleto. El lunes, el lunes
hablaré con Matías, con la decisión tomada me meto a la ducha para iniciar un
nuevo día, ¡qué digo!, un nuevo fin de semana, los días han transcurrido veloces,
sin ningún miramiento. El tiempo y yo nos estamos mimetizando. Inescrupulosos.
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49 Viernes en la tarde


No es mi día, no solo debo acompañar a Tito a casa de Reinaldo. A Camilo se le
rompió el buzo, un tirón o una caída, quedó hecho un desastre. Lo llevo a comprar
un polerón de buzo urgente, el lunes de nuevo tiene educación física y para variar
evaluación. Vamos a las cinco treinta al centro, finalmente, luego de recorrer
varias tiendas encontramos el dichoso polerón, una talla más pero no importa, así
le queda para el próximo año. Muevo la cabeza, sino estuviera cesante no habría
pensado en ello. Un dejo de amargura me asalta. Volvemos acelerados a casa,
debo arreglarme para salir. Camilo sale a jugar como día viernes, tiene permiso
para llegar más tarde, el Nico va al cine con unos amigos. La casa está tranquila,
me meto a la tina a darme un baño que me relaje, lo necesito, debo preparar mi
ánimo para la latosa celebración que me espera.
A las nueve en punto llega el ogro, me mira, me pide un café, se mete a la ducha,
se viste rápido, de un trago se toma el café y abre la puerta de calle al tiempo que
dice ya, vamos y la imbécil que soy lo sigue sin palabras. Al pasar por una
confitería, sin decir palabra Alberto se baja y compra una caja de bombones
enorme para llevar de regalo, el poder del dinero, pienso, ni siquiera me preguntó
el parecer, no debería asombrarme, ya no.
En casa de Reinaldo, Alberto se muestra muy atento y cortés, casi un caballero
conmigo, no hay caso con él, siempre preocupado de las apariencias. En un
momento me alejo y el primo de Reinaldo empieza a tirarme el anzuelo, yo lo evito
pensando, qué se habrá creído este tipejo asqueroso, su cara rechoncha y
blancucha, sus ojos bizcos me repugnan, me voy a un lado de la sala y me
encuentro con la mujer de Reinaldo, me ofrece un combinado y yo acepto, me da
la lata, pero debo reconocer que la que no tiene ánimo de nada, soy yo. Trato de
parecer simpática la escucho con atención y ella, de quien no recuerdo el nombre
me explica lo terrible que es cumplir los cincuenta y tantos, yo amable le digo que
no se le nota obviando las patas de gallo que le cuelgan alrededor de los ojos, si,
insiste, pero todo gracias a que desde los quince años utilizo cremas, la hidratante
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y la nutritiva, son tan buenas las Etienne, yo insisto en que se ve estupenda,
mientras me digo para qué nos cuidaremos tanto las mujeres si al fin al cabo
nuestros maridos se fijan en nosotras sólo para encontrarnos defectos. Las
féminas somos todo un caso. Al rato me deja con la excusa de atender a otros
invitados yo asiento feliz, la conversación de las cremas me aburre ferozmente.
Los hombres aparte, las mujeres en grupo, en otro rincón. La música suena y
Reinaldo saca a bailar a su mujer, Alberto se acerca y me invita al centro de la
sala, qué hacer, las apariencias de matrimonio bien llevado y feliz continúan.
Hacemos cambio de parejas durante el baile, con un sombrero que una de las
mujeres empieza a poner en la cabeza. Somos más mujeres, claro, las separadas
hoy en están de moda, ni que decir de las solteronas alérgicas al matrimonio. Al
parecer la mujer de Reinaldo tiene muchas amigas separadas. Significa esto que
no es tan ignorante de lo mal que se llevan la mayoría de los matrimonios en el
Chile actual. El sombrero me aburre, me obliga a zafarme luego de él, a ponerlo
con agilidad en las cabezas de distintos colores de las bailadoras. Pasado un par
de horas, se acaba el circo, unos tragos para celebrar, las palabras de
felicitaciones y agradecimientos típicas en estas ocasiones. A las tres de la
mañana lo único que quiero es zambullirme en la cama. Los hombres están
bebidos y una de las mujeres está trasmitiendo mucho entre hipos y risas, dos
mujeres la rodean e intentan tapar el bochorno, otra le lleva un café cargado,
Alberto me susurra que es la cuñada de Reinaldo, que acaba de terminar su
matrimonio pues el marido la ha dejado por su secretaria y le ha dado por el trago.
Es una pena le digo, me extraña que Tito me cuente la historia, él nunca reconoce
un error de sus pares. La mujer me da una lástima atroz, no me gustaría estar en
su lugar, no hay nada más patético que una mujer borracha dando espectáculo.
Pero sí me gustaría dejar al agrio de Alberto por el exquisito Álvaro. Estoy una
fresca, pienso y sonrío para mis adentros. A las cuatro treinta nos retiramos de la
casa, el baile ha vuelto en la casona del famoso Reinaldo y queda en todo su
apogeo. Mis pies no dan más y el rey de la noche, está ebrio como una cuba.
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50 Sábado


Alberto no se levantó y después de almuerzo salí al parque con Camilo. La noche
anterior un nuevo escándalo del rey de la noche, borracho y libidinoso, tiene la
manía de transformarse con el copete en un cerdo lascivo, empieza a insinuarse y
yo, suavemente firme mantengo mi negativa, al final, luego de emitir unas
palabrotas se quedó dormido como tronco. Me relajo con el paisaje y el verdor
intenso del parque, el cielo está despejado, de un azul espléndido, me distraigo
observando a familias paseando, parejas tendidas en el prado, vendedores de
juguetes inflables, de algodón azucarado, manzanas confitadas, bicicletas por un
lado y otro del paseo, los globos de diversos colores, los niños jugando felices,
Camilo en un columpio, estoy un rato con él y me siento en una banca desde
donde pueda vigilarlo, que no se caiga, es tan loco, como todos los chicos de su
edad, me acuerdo que el Nico se cayó una vez y se pegó en la cabeza contra el
cemento, le quedó un cototo gigante y yo me puse neurótica, en ese estado lo
llevé corriendo a la clínica, sólo para que el médico dijera, señora si empieza con
vómitos preocúpese, me sentí tan torpe, ignorante. El Nico se convirtió en mi vida
cuando descubrí que con su padre no sería una mujer feliz. Era un niño
hiperkinético y yo, aprensiva con él. El Nico era en ese tiempo mi único hijo, la
vida, todo el amor que tenía, el consuelo y la esperanza. Hoy, tengo el mismo
sentir y preocupación por Camilo. Recuerdo a Francisco, mi amigo de la infancia,
sufre cualquier cantidad por su hija, luego de su separación, su mujer y todo un lío
legal que creó con un sinnúmero de artimañas, le prohibió verla, lo peor es que su
ex mujer es una alcohólica terrible. Pese a todo lo que ha hecho para tener con él
a su hija y protegerla de su madre y de los peligros a los que ésta la expone, no lo
ha logrado, la justicia a veces se equivoca, por no decir muchas veces. No quiero
fallar a mis hijos y la historia de Francisco y Vania me empujan a asirme a una
relación desdichada como es la mía con Alberto. Una separación afecta a los
hijos. Siempre nos hemos preguntado con mis amigas ¿qué será peor?, el
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remedio o la enfermedad. No quiero pensar. Camilo esta jugando, está feliz, y yo,
estoy cerca.
En la noche del sábado adelanté trabajo del domingo. Mientras planchaba los
delantales de los chicos, los rostros de Álvaro y Matías no dejaban de repicar en
mi cabeza. Estoy enamorada, pero no dejo de preocuparme por Matías, es un tipo
bueno, de esos que hoy son difíciles de encontrar. Me llena de tristeza tener que
confesarle que lo nuestro no puede ser. Álvaro es el hombre de mi vida.
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51 Domingo


¿Qué puede ser más dañino para una mujer, sentirse prisionera o estar
enamorada de otro?, los domingos tienen el poder de deprimirme. La respuesta a
esta pregunta es que ambas cosas son un suplicio, el engaño es cruelmente
desgarrador, sólo soportable al lado del ser amado. Sentirse prisionera tampoco
es un estado de felicidad, ni qué decirlo, es estar enjaulada con trozos de hielos
que congelan el alma, no hay pira que lo consuma, transforma a la vida en un
estado casi agónico. Cuando Alberto esta en casa, la vida parece más dura, más
condenadamente insufrible. Y eso que está poco.
La tarde del domingo la acortamos compartiendo con la parentela, conversando de
los hijos, los primos, la última pareja de Berta, la declaración del presidente por los
canales de TV y el cara lavada de la derecha, un mamerto cualquiera
candidateándose como independiente. ¿Será que el próximo gobierno es de
derecha?, y las conjeturas abundan, que la concertación ha decepcionado a la
mayoría, van y vienen las diferentes opiniones, en eso de la decepción me incluyo,
con esta cesantía indómita no es para estar precisamente dichosos. El siglo
veintiuno, pese a los índices económicos en el país, que están subiendo, como el
precio del cobre, cuya alza en centavos reporta un ingreso de varios millones, no
deja de tener a un cincuenta y cuatro por ciento de los chilenos con un ingreso
promedio de ciento cincuenta mil pesos, cosa que es una barbarie, no ha sido
precisamente de rosas este inicio de siglo. Anochece y regresamos a casa con el
dulce sabor del pan amasado con mantequilla de la abuela. La familia con sus
penas y alegrías no deja de reconfortarse al calor del cariño de los abuelos y las
tonterías de los chicos.
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52 Lunes


Este es el día, indeseable y necesario. Matías me aguarda en un costado de la
casa. Bajo a paso lento, para demorar la hora terrible, mi verdad respecto a
Matías. Con la ventana del conductor abierta, el codo apoyado en el borde y un
cigarrillo colgando entre los dedos le encuentro, doy la vuelta y subo, rozo su
mejilla derecha con los labios, me mira, pregunta a dónde iremos, le respondo,
simulando alegría, vamos a dar una vuelta a Lenga. Partimos hacia Talcahuano y
en la playa, frente a la caleta, hablamos. Las preguntas atropelladas de Matías no
demoran en acosarme. Él pregunta qué te pasa, y cómo que no podemos vernos
los jueves, le digo suavemente, Matías, lo nuestro no da para más y el rostro
asombrado, de este hombre maravilloso me hace sentir pésimo. En un segundo,
sus facciones se muestran desencajadas, su labio inferior tiembla y sólo dice ¿por
qué?, y yo, con la mirada puesta encima de unas barcas que muestran sus
siluetas en la orilla del mar, digo, conocí a un hombre fantástico, se llama Álvaro y
girando el rostro hacia Matías musito, lo amo. Pienso que se va a poner furioso,
me da susto, me mira, mueve la cabeza, se toma la cara con ambas manos, tapa
sus párpados, los restriega, y pasados unos minutos que me parecieron eternos
dice, entiendo y hace partir el motor, su rostro está mustio, gira rumbo a
Concepción. No hay palabras, no preciso decir más. Matías me lo hace fácil. Pero
sufro, me siento la más vil de las mujeres. No pide explicaciones. Ya no. Pero no
me gustan las mentiras, las odio, balbuceo un innecesario: te quiero Matías pero
no estoy enamorada de ti, me mira de soslayo y asiente mudo. Mi pena es mayor,
su mudez me lastima y el camino se hace insoportable. Detiene el vehículo frente
a mi casa, me mira, dice estaré siempre esperándote, te amo Verónica. Y yo beso
su frente, toco su mano, aferrada al volante, y desciendo a prisa, no deseo que
vea mis ojos llenos de lágrimas. La nobleza de Matías me hace trizas el corazón.
Llego a casa, menos mal que los chicos están en su dormitorio y ni saludo a la
pobre Pepa, que me mira con ojos asustados irrumpir en la casa, quedándose
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estática al lado de la puerta, que abrió ante la sonora fiereza de mis puños, ella no
pregunta, me voy al dormitorio, soy un guiñapo tendida en la cama, lloro y no
alcanzo a entender el por qué. ¡Qué incomprensible es el alma del ser humano! Ni
siquiera siento alivio. Álvaro, debo llamarlo, pienso. Y al teléfono la voz de este
hombre, transmite la paz que necesito. Amo a Álvaro. Hoy he quedado viva y libre
para él. Él lo sabe, es parte de mí. Eso me contenta.
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53 Martes


La pesadilla con Matías terminó y hoy me siento más animada. Al menos converso
alegremente con la Pepa, y ella exclama ¡anoche sí que usted me dejó
preocupada, traía una cara!, que ni le digo, y añade qué bueno que amaneció
mejor!. Yo solo atino a decirle Pepiña, la vida nos trae al mundo llorando y con los
puños apretados, preparados para la lucha que significa enfrentar la vida, es dura,
agrego, pero todo tiene solución, menos la muerte, supongo que lloramos no por
la nalgada que nos dan, sino porque esa palmadita nos indica que la vida conlleva
golpes, esa primera palmada nos lo enseña. Ella se pone una de sus manos
sobre su vientre y dice ¡Ay! señora, no me diga nada por favor, que no sé lo que
me espera con esta guagua y qué será de ella, agregando con la mirada vuelta al
cielo, sólo diosito sabe. Muevo la cabeza ¡vamos a trabajar! concluyo. Y nos
vamos a la cocina. Apenas terminamos de planear nuestras tareas y ordenar unas
cuantas cosas que se apilan en los muebles de cocina, llamo a Álvaro para fijar la
hora de nuestro encuentro, quedamos de juntarnos en el mall, el café al lado del
salón del libro estará bien. El día se me hizo largo, como nunca, el deseo de verlo
me mantiene durante el día con su rostro y figura rondando mi cabeza, golpeando
las sienes. Amo a Álvaro y él a mí. Parezco de dieciséis años contando las horas,
los minutos, para encontrarme con este hombre que ha atrapado mi corazón.
¡Cosa rara!, un tiempo atrás era una anciana hundida en el pozo de la rutina, hoy
me siento una niña, la ilusión se desborda al traer el recuerdo de Álvaro a la
mente.
Nos encontramos en uno de los pisos superiores del mall, bebemos un café
apresurados y vamos al auto para dar una vuelta por el aeropuerto. En el camino,
Álvaro detiene el vehículo para abrazarnos y besarnos insaciables, hambrientos.
Me confiesa su deseo de estar siempre conmigo y yo diciéndole, también amor lo
deseo, pero qué haremos con nuestros hijos. El rostro de Álvaro se contrae, una
mueca marca las comisuras de sus labios, dice amo a mis hijas Verónica, pero no
sé si pueda vivir lejos de ellas, y yo, no puedo dejar a mis hijos, concluyo, Alberto
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me hará un escándalo, por no decirle que dudo que me conceda la nulidad, Álvaro
me atrae hacia su cuerpo y me estrecha, en voz bajita dice, buscaremos una
solución juntos, yo con lágrimas de impotencia le digo sí, lo haremos, démonos un
tiempo, así será, pero debo decirte que no creo poder dejar a mis niñitas, balbuceo
un te entiendo, esperemos y veamos qué pasa, no nos martiricemos dándole
vueltas al asunto, es lo mejor. Estamos apasionados, nuestro amor estalla en
besos desesperados y nuestras manos se buscan con ansia. El amor que
sentimos nos hace indefensos ante el mundo, el mundo que nos rodea se ha
transformado en nuestro principal enemigo. Sabemos que ninguno de nuestros
amigos nos apoyará, ni pensar en nuestras familias. Tenemos mucho que perder
con este loco sentimiento que nos une. Nos envuelve la incertidumbre. Pese a
ello, gozamos plenamente el estar juntos. Al instante abandonamos nuestros
temores, los introducimos en la guantera. Sin pudores ni tapujos nos entregamos a
este deseo que nos sorprende en la mitad de nuestra vida como un fuego
consumidor.
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54 Miércoles


El día está radiante. Puede que tener a Álvaro sea el motivo para ver el día
refulgente. Sucede que el amor correspondido es como instalar motor nuevo en un
barco desvencijado, impulso que desbarata pesimismos, anula los dolores. No hay
nada que se pueda comparar a la sensación indescriptible de sentirse amada. De
mi ensoñación me saca la Tati con su intempestiva invitación a salir a un
misterioso pub, cuyo nombre no se atreve a mencionar, después te digo si me
acompañas, ven a buscarme a las nueve le digo, con la curiosidad despierta, y
consulto cómo hay que ir, ¿qué ropa llevar?, deportiva o casual, no te hagas
problemas y me susurra, te sorprenderás añade, sin dejar su aire enigmático
vamos a ir con la chica y la flaca. A las nueve en punto me pasa a recoger con la
Florencia y la Pamela, alias la chica y la flaca. Entro preguntando ¿dónde es el
carrete? Se ríen las tres diciendo espera y verás. Damos unas vueltas para hacer
hora, según ellas el lugar empieza a funcionar a las diez, vamos a comprar
cigarrillos a un Pronto, nos tomamos un café. Ellas no quieren mencionar el
nombre, resignada a la espera me fumo unos cigarros y conversamos de los
chicos, ahí les doy la lata con las gracias de mis hijos, ellas no tienen ni la pata de
una guagua, son solteras acérrimas, ni locas se casan gritan a los cuatro vientos.
Y yo les encuentro razón. Cerca de las once de la noche abandonamos el local.
Unos tipos nos quedan mirando, uno de ellos, el más patudo, nos dice quien fuera
ángel para llevarlas al cielo, nos reímos y la flaca dice pobrecito habría que hacer
magia para que pareciera mino primero y luego hacer una manda para convertirlo
en ángel, con suerte lo logramos, el tipo si que es feo del verbo feo, digo yo, y nos
vamos las cuatro al carrete secreto de las muchachas. Tomamos la calle Los
Carrera y doblamos en Colo-Colo, la Tati se estaciona a la vuelta mientras le digo
oye aquí matan de día, el barrio es pencoide, si, un poco peligroso pero nunca
tanto me dice la chica y la flaca asiente frunciendo los labios. La Tati se asegura
de apagar las luces, poner el freno de mano y activar la alarma. Caminamos a una
reja con citófono, está cerrada, al lado hay una entrada de auto, por ahí pasamos,
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hay unas luces en la parte superior de la puerta y un joven nos ataja diciendo esta
es una disco gay, mi amiga le dice, lo sabemos, por eso venimos, yo me quedo
atónita, es primera vez que entro a una zona así, disimulo, el tipo desconfiado, con
una cara de guardaespaldas que no se la puede nos dice, las mujeres pagan, está
bien dice la chica, mientras la flaca y yo miramos silenciosas. La Tati hace de
tesorera recibe los dineros que le entregamos cada una y se dirige a la caja. Unos
tipos parados bajo el dintel de la puerta de entrada, léase jóvenes buenos mozos
con tremenda musculatura resaltada por una polera ceñida y de manga corta
luciendo rostros bellos, producidos y amables nos hacen pasar. Entramos
echando vistazos a un lado y otro. La noche está lenta me parece, o llegamos
temprano, se ve poca gente y ninguna mujer, jóvenes en grupo pequeños, solos o
en pareja conversan o toman un trago. Nos sentamos en una mesa a la izquierda.
Se acerca un chico a ofrecernos un trago, unas piden piscola y otras bebida, nos
acomodamos, empezamos a conversar con murmullos, unas a otras nos invitamos
a mirar que en la esquina hay unos gallos horribles, que mira la pareja que esta al
lado, y el asombro de no ver más mujeres, y cierto embarazo al sentirnos un tanto
huérfanas de pares, la Tati dice luego llegarán mas minas mientras un
transformista, difícil de identificar como varón, se nos acerca a pedir un cigarrillo,
una de nosotras se lo pasa y yo se lo enciendo preguntándole el nombre, Lisbeth
responde, y ríe cuando acota, o Lizzy para los amigos, mientras me quedo
pensando por qué usarán nombres gringos, otra le pregunta si él o ella, para el
caso da lo mismo, bailará después, sí, estoy en el show, contesta con aires de
diva, claro de diva en decadencia, pero igual si ella o él es feliz, qué nos importa
su vida. La Tati lo acosa con una y otra pregunta, nosotras escuchamos con
atención, la mina o mino se aleja; quedamos asombradas. Es joven, tiene veintiún
años y hace cinco que trabaja en esto, nos ha confidenciado. Llega un grupo de
ocho o diez jóvenes, todos con polera corta a la altura del hombro, para lucir sus
bíceps me imagino y hacen una bulla terrible que se agrega al metálico y subido
volumen de la música. La noche está empezando y nosotras entretenidas con los
ojos curioseando por aquí y por allá. La noche penquista oculta muchas sorpresas
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le digo a la Tati y ella se ríe de mi cara, no puedo disimular mi estupor. Mi evidente
asombro no es sólo por el ambiente que observo, sino por la cantidad de juventud
que llena el lugar. Algo está pasando con las mujeres que no atraen hoy en día a
los varones como antaño, me digo. Yo pensaba que éramos las más
desilusionadas con los machos peludos. La realidad muestra lo contrario. Existen
muchos jóvenes que han optado o son de condición gay. Veo que la diferencia de
niveles socio económicos se diluye en esta disco pub. Prima el nivel medio bajo
pero de repente se observa también uno que otro palta, y uno que otro vejete
entonado, con camisa desabrochada y gargantilla al cuello, las muñecas llenas de
pulseras y dicharachero abrazando a un joven que lo acompaña. Su noche de
juerga, me digo. El mundo ha cambiado rabiosamente. Ama y haz lo que quieras
decía San Agustín, nosotras, creo que estamos en el segmento de la población
más tolerante, a estas alturas de la vida y pese a tener hijos, creo que hemos
decidido tácitamente que todos tienen derecho a buscar la felicidad. Sin
excepción. La Tatiana pregunta ¿te gustó la sorpresa que te aguardaba? y yo sí,
pero confieso que me pregunto, ¿a qué se debe que estos lugares son
descuidados, con un aspecto decadente?, se parece a esas boites de aspecto
miserable que hay en calle Bulnes, con stripteseras baratas, no lo entiendo, y
corto la conversación para quedar mirando a unas cinco chicas entrar y
acomodarse en una mesita cerca nuestro. Son lesbianas, me dice la Tati, y yo
pienso que sí, se les nota en la ropa, son bastantes amachadas excepto dos que
son femeninas, ya sabes, me dice Pamela, la flaca, y sigue explayándose, entre
ellas hay algunas que hacen de hombre y otras de mujer. Yo digo no creo que
todas las mujeres quieran mantener esa relación machista que se da entre
hombres y mujeres, Florencia, la chica exclama, ¡claro que no!, yo tengo unas
amigas que basan su relación de pareja en la igualdad y no mantienen el
estereotipo social. En eso estoy de acuerdo, qué de malo tiene ser tortillera, dice
la flaca, como están los hombres hoy día a lo mejor, quién sabe, cualquiera de
nosotras puede convertirse en lesbiana. Estamos de acuerdo, las cuatro. No deja
de asombrar. Pedimos otro trago y salimos a bailar juntas, la única música bailable
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de la noche, una bien pachanguera para animarnos un poco más. El show
empieza tarde, a las tres, nos sentamos expectantes. Unos bailarines, todos
transformistas bailan, la música de el guardaespaldas, sus ropas de actuación son
elegantes, sus rostros preciosos, sus cuerpos muy cuidados y delicados, el
intérprete principal luce brillante, ágil y tremendamente sensual. Me gustó. Es
decir nos fascinó a todos y todas las presentes. Bebemos nuestros combinados y
cocas, pagamos la cuenta a un chico simpático que nos invita para otro día, el
sábado viene más gente nos dice y está más heavy el ambiente, no se pierdan,
nos despedimos de él con besos en la mejilla y apretones de mano afectuosos. El
resto de los clientes permanecen en la pista, algunos en las mesas, no hay visos
que se piensen retirar, quieren aprovechar la única instancia de dar rienda suelta a
sus sentimientos o a sus aventuras. ¿Dónde más los van a aceptar? La
discriminación es demasiada en este país, tenemos un cincuenta y cuatro por
ciento de homofóbicos, según las encuestas. A la mierda, pienso y sigo a estas
locas amigas buena onda que me alejaron de las tinieblas de la rutina. Saliendo de
la disco escucho la voz de uno de los porteros que grita ¡chiquillas la próxima vez
que vengan entran gratis!, nos quedamos mirando gratamente sorprendidas, creo
que les parecimos simpáticas, qué bueno grita la Tati, alzando los brazos
contenta. Subimos al auto y me pasan a dejar primero. Son un poco más de las
cuatro de la mañana. En casa todos duermen, me dirijo al dormitorio, ubico mi
pijama a tientas, me encierro como acostumbro en el baño para que nadie
escuche, y suavemente, sin encender la luz, me deslizo como una cuncuna por
entre las sábanas. Miro al lado, me encuentro con la sorpresa, Alberto no ha
llegado. Vaya, ahora somos dos los que nos escapamos de casa. Me duermo
agotada por la emoción, o qué se yo.
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55. Jueves


Álvaro estuvo fabuloso y enamorado, quiere dejar a su mujer. Todo ha sido rápido,
fulminante como los Saltos del Petrohué, intensos y arrolladores. Confieso a este
hombre impetuoso, que jamás he pensado en separarme, mientras recuerdo que
al pobre Matías le dije que nunca había pensado ser infiel, sonrío, acaricio el
rostro de Álvaro, con mi dedo índice enmarco su rostro y aprieto mis labios en los
suyos, es un beso dulce que se torna apasionado al sentirlo vibrar y tocarme con
sus manos ávidas, insolentes, que no conocen de barreras. Álvaro me convierte
literalmente en alienada, su hoguera masculina trastorna. Pasados unos minutos
de éxtasis, me dice, tendrás que analizarlo Verónica, yo no puedo vivir lejos de ti.
No digo nada. Pienso en mis hijos, en Alberto, en el escándalo. Tiemblo, me
conozco, no tengo valor para pedir la separación, la familia pesa, y mucho, le
pregunto ¿y tú no decías que jamás dejarías a tus hijas?, nunca las voy a dejar,
siempre estaré preocupado de ellas, pero a mi mujer la dejo mañana, si aceptas
vivir conmigo, y tomándome de los hombros, me ciñe fuerte contra él, besa mi
cuello, rendido hunde su cabeza sobre mi pecho, repite hasta el cansancio te amo
Verónica. Lo escucho decir no puedo trabajar tranquilo pensando que duermes en
la cama con otro. Y yo le respondo, Álvaro, tú sabes que no pasa nada con
Alberto, nada de nada, lo sé dice, pero igual necesito estar toda la vida contigo. Su
apasionamiento me conmueve, me turba, esto es un gran tornado trastocando la
vida, arrasando con todo. No estoy preparada aún, susurro, déjame meditarlo,
Álvaro temperamental como es, levanta la cabeza y pregunta ¿cómo puedes
decirme que precisas meditar?, no te das cuenta que te amo, no sabes que me
amas, yo lo sé, lo siento aquí, señala el pecho con su mano izquierda, se lo toca
repetidamente con sus dedos, dice con fiereza, ¿por qué tienes que pensarlo?,
¿acaso tu vida con tu marido es demasiado fantástica?, ¿no has dicho que es un
desastre? Su desconocido rostro furioso, alterado aparece en frente mío y yo le
digo cálmate, es cierto, mi vida no está marcada con distintivos de perfección,
pero tampoco puedo separarme de la noche a la mañana. Tengo que asimilarlo,
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prepararme, hablar con mis hijos, no me pongas nerviosa por favor, y alzando la
voz le digo no vez que ¡no sé cómo hacerlo!, no te das cuenta ¡lo complicado que
es!, nunca antes lo había pensado, nunca imaginé la vida con otro hombre que no
fuera Alberto, mi marido, el compromiso, ¡qué se yo! agrego en tanto fijo mis ojos
en los suyos suplicante. Álvaro me mira y pasa su mano por mi cara, con dulzura,
al tiempo que con la cabeza gacha como niño pillado en falta musita, lo siento
Vero, sé que debes prepararte, pero me urge estar a tu lado para siempre, y yo
sintiéndome enamorada hasta la última fibra, lo abrazo, repitiendo si, así será
Álvaro, pero no me presiones tanto, hablaré con Alberto, te lo prometo. Este día,
nuestra despedida fue más larga y exaltada que nunca.
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56. Viernes


Alberto es un caso, ayer llegó de amanecida, no lo sentí. En la mañana, abrí los
ojos y fui al comedor, me pareció mas oscuro que en la noche, con Alberto de pie
como de costumbre al lado de la mesa sorbiendo el café , le dije tengo que hablar
contigo, levantó las cejas extrañado y consultó ¿algún problema?, y yo cuándo
podemos hablar, seguía sin mover un músculo del rostro, en la noche respondió, y
agregó con tono burlón, insolente, qué bicho te picó, su actitud me parece
desagradable, igual le replico en la noche te digo, añado ¿a qué hora estarás en
casa?, a las nueve, agrega como si nada, anoche no dormí mucho, hoy me
acostaré temprano y le confirmo en la noche entonces y giro de vuelta al
dormitorio. Sumida en la cama, pienso no sé cómo me atreví, pero si no lo hago
esto se va alargar demasiado y el suplicio será peor. Todo fue casi normal este
día, casi, porque me acordaba que iba a hablar con Alberto y la guata se me
contraía, ni qué decir cuánto fumé, los niños fueron al colegio, la Pepa con sus
quejidos de siempre, la rutina y los nervios caracterizaron este día. Alberto llegó
pasado las diez. Los chicos estaban durmiendo. Le serví un plato de comida y un
café. Cuando terminó me puse en frente de él y le dije, es hora que conversemos.
Con los brazos pegados a la mesa del comedor, en mangas de camisa, sin
corbata, me miró, con el pulgar de su mano derecha se rascó el entrecejo, con el
rostro opaco emitió un “dime” y yo sin grandes aspavientos solté como si nada,
quiero la separación, me miró con los ojos abiertos como si le hubiera dicho el
más grande disparate del siglo o de todos los siglos, agachó la cabeza, mientras
yo me preguntaba por qué todos los hombres tienen la manía de bajar la cabeza
en momentos difíciles, al rato replicó ¿vas a tirar dieciséis años por la borda, y
todo lo que me he sacrificado?, yo le respondí ¿crees que yo no me he
sacrificado?, recuerda que he trabajado siempre, he hecho un importante aporte a
la casa, debemos reconocer que no nos llevamos bien, es hora de tomar una
decisión, me observa como si estuviera loca, y ¡los niños! exclama, tendrán que
aceptarlo le digo, grita desaforado, perdido todo control, ¡estás loca!, ¡alguna de
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tus amigas te ha metido leseras en la cabeza, tienes malas influencias!, yo sonrío
con un dejo de ironía, ¿acaso crees que todas mis amistades saben lo
desgraciados que somos en este matrimonio?, ¿piensas que no hemos sido
felices? pregunta con una cara terrible de extrañeza, este hombre no puede creer
que la imbécil de su mujer ha despertado de un largo sopor, en voz alta digo:
Alberto, ¿creíste que yo nunca iba a crecer, a madurar?, darme cuenta que
nuestra relación, si es que se le puede llamar a esto relación de pareja, está
muerta, pregunta con ojos desorbitados y las mejillas tiritonas ¿y los viajes, las
salidas que hemos realizado durante nuestro matrimonio, todos estos años, te
parecen pocos?, yo con cara de paciente, pero por dentro ardiendo de ira ante
tamaña estrechez de mente, trato de decirle suavemente, muy lentamente,
Alberto, no se trata de viajes, ni de cosas materiales, aun cuando me siento
bastante perjudicada por encontrarme sin trabajo, se trata del amor, repito
recalcando las sílabas, el amor murió. Me mira con los ojos rojos de rabia, es que
no lo puede creer, debe pensar que no hay ninguna duda, su mujer está loca de
remate. Da vueltas por el living como perro persiguiendo su cola, enciende un
cigarrillo, me pide un trago, se lo sirvo muda. Me tomo un vaso de coca-cola,
espero si emite una palabra. Ni un sonido salió de su boca. Con la cara
transfigurada, dio vuelta, se dirigió al pasillo, entró al dormitorio. Yo continué
silenciosa sentada un largo rato en el living, preguntándome cómo pude tener el
valor de decirle lo que quería, encendí un cigarrillo y me serví otro vaso de bebida,
los nervios me secaron el paladar. Recordé a Álvaro, sus palabras, me llené de su
fuerza, y respiré profundo. Me levanté del sofá para ir a dormir.
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57. Sábado


Anoche logré conciliar el sueño, dormí como nunca, debe ser el hecho de estar
enfrentando el gran problema de mi vida. De haber tenido valor. Ya no hay
secretos, Alberto sabe que no quiero nada más con él, supongo que le quedó
claro. La sorpresa la tuve al entrar a la cocina para hacerme un cafecito y
encontrarme a la Pepa jubilosa, pregunté ¿qué te pasa?, respondió, es que don
Alberto dijo que no nos preocupáramos, va a traer el almuerzo preparado, al
decirlo, sonríe feliz como si le hubieran dado un aguinaldo, digo qué bueno, la
Pepa continua diciendo, salió con los niños a comprar un refrigerador y una
lavadora nueva, el patrón me comentó que el refri era demasiado chico y la
lavadora estaba muy vieja, exclamo un ¡vaya, éste se volvió loco!, de eso no cabe
duda. La Pepiña sigue con las copuchas atropelladas en sus labios informando
que su patrón llamó al Manuel y le pidió un presupuesto para pintar la casa, fíjese
señora que el patrón dijo que tenía que estar como nueva para navidad. Qué raro,
faltan como cuatro meses para la navidad le digo, y pienso éste quiere hacerme
cambiar de opinión comprando cosas. Alberto nunca va a comprender que nuestro
problema no está en las cosas sino en nuestra mala calidad de vida,
principalmente en la falta de amor. No hay remedio. Tiene cabeza de níspero. Un
sentimiento de compasión me invade, está enfermo, es la única explicación que
puedo aceptar. El sentimiento de compasión se transforma en estupor al ver llegar
a Alberto cargado con bolsas de supermercado, los chicos a duras penas con una
caja gigante y gritando casi desenfrenados ¡mamá, el papá compró hartas cosas
para la casa!. Y saco pollos asados, pizza gigante, helados, crema, un strudel de
Roggendorf, delicioso, hasta papas fritas. El almuerzo está listo. El Nico y Camilo
abren la caja gigante y un moderno equipo de música con todos los adelantos
imaginables queda expuesto a mis ojos. No alcanzo a disimular la extrañeza, Tito
me observa sin palabras. Nicolás me dice mañana en la tarde traerán la lavadora y
el refrigerador grande. Añade curioso ¿no estás contenta?. Le digo empleando un
tono tranquilo, hijo, los regalos de tu padre me cuestan muy caro. Por no decirle
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que me cuestan la vida. Alberto se aleja y Nicolás me queda mirando sin entender
y yo agrego, después conversaremos. Él me abraza cariñoso y lo beso
estrechando la mejilla contra su pecho de adolescente desgarbado. Un almuerzo
agradable, todos reunidos y alegres, como nunca. Camilo inocente de la catástrofe
familiar disfrazada con tarjeta de crédito y cheques a fecha, está feliz con el pollo
bañado en ketchup y mayonesa, Nicolás, niño chico al fin y al cabo, salta en la
silla por el helado con crema que se va a tomar luego de comer la mitad de la
pechuga de pollo. Yo pensando ¡cómo salir de esta trampa!. No bastó eso para la
tarde sabatina, llegó el maestro Manuel y rápidamente salieron a comprar pintura,
van a pintar hasta los cielos, eso que no es necesario. Permanecí en casa entre la
TV y un libro de Edwards, para olvidarme del desvarío de mi dichoso marido. Me
persigue la convicción, lo material no puede comprar amor. Jamás lo hará. Por
supuesto, con alguien que no esté dispuesto a venderse, a transar sus principios,
el dinero no sirve. Le pedí a la Pepa les diera once comida apenas llegaran, me fui
a la cama a pasar la desazón. Desde el dormitorio los sentí conversar y reír,
escuchar música en el flamante equipo nuevo. Algo se logró, el padre
compartiendo con los hijos. Me quedé dormida temprano a la mitad del relato el
“Orden de las familias”. Fue la forma de olvidarme del mundo, evadirme de la
estrambótica realidad en que se ha convertido mi vida.
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58. Domingo


Me levanto temprano a las labores cotidianas con la necesidad de poder
comprender que los problemas son sólo oportunidades para crecer y cambiar.
Ojalá pueda cambiar la forma de pensar al enfrentar esta situación, disolver el
rencor y disponerme a perdonar. Algo me dice muy dentro de mi que será la única
manera de salir de este callejón, encontrar la salida en plena concordia es mi
deseo. La mañana se vio un tanto alterada por la llegada de las cosas compradas
por Alberto. Limpiar y ordenar, retirar los artefactos viejos, instalar los nuevos nos
llevó un tiempo. El almuerzo transcurrió normal, sin agitaciones ni contratiempos.
Parece que ondas de sosiego se cruzan a través de las paredes alimentando
nuestros espíritus. Los niños son los únicos reyes hoy en el hogar. Después de
almuerzo salimos en un largo recorrido que nos llevó a ese querido pueblo de
Lota, el encanto del Parque nos sumió en un gozo quieto. Sin palabras
caminamos, los chicos encantados por las hermosas aves, yo disfrutando de la
belleza de los jardines y los prados.. No dejé de recordar a Álvaro. Tampoco
deseché las armas para conseguir la libertad. Sólo que ya no había impaciencia y
la serenidad inundaba mi alma. Estaba cierta que la solución vendría en el
momento justo. La certeza me hizo ver de pronto a Alberto como un ser humano.
Ya no me parecía un ogro. Un ser humano, con sus debilidades y fortalezas como
yo o como cualquiera. Una ráfaga de afecto me inundó, después de todo, seguiría
siendo el padre de mis hijos. El atardecer nos guió de regreso a casa, hicimos una
parada en el trayecto y los chicos disfrutaron de bebidas y sándwich, yo me tomé
un té con galletas y Alberto como niño chico se comió un completo con harto
ketchup, fumamos mirando el ocaso del sol y sus ramas rojizas. No fueron
necesarias las palabras. Esto, lo tomo como una tregua antes del final.
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59. Lunes


Álvaro me llamó temprano, lanzó un eufórico, ¡tengo algo que contarte! La noticia
es que se puso a buscar un departamento para vivir juntos, con tus hijos agregó y
me emocioné como una tonta. Un te amo se me escapó desde el alma y replicó
yo te amo más. Los ojos se inundaron de lágrimas y colgué temblorosa el auricular
no sin antes decirle mañana nos vemos. Arreglé algunos detalles en la cocina y
dejándole el encargo a la Pepa de atender los niños como siempre, recalcando
que vigilara sus deberes, me preparé para ir donde mis padres, les voy contar que
me voy a separar de Alberto. Al contrario de lo que podría imaginarse la Verónica
que surgió, fue una mujer tranquila, que tenía claro lo que deseaba. El cambio
había ocurrido en unos días, el amor hace milagros. Sobretodo empezar amarse a
sí misma. La convicción de que no estamos en este planeta para contentar a otras
personas o para vivir según sus normas, me hace creer que podemos realizarnos,
expresar el amor en su sentido más profundo. Cuando abandone esta tierra no me
llevaré a mis amigos, ni a mi pareja, ni a mis hijos, ni las cosas materiales, lo único
será mi capacidad de amar. Siento que en estos momentos estoy luchando por
salvar mi capacidad de amar. Sino doy este paso seré una fracasada y eso no lo
puedo permitir. Basta de sentir lástima, basta de la autocompasión.
El mediodía me pareció asombrosamente bello, se extienden los árboles,
empiezan a poblarse de hojas y florcitas. Raro, no había mirado las flores de estos
árboles. Es producto del amor, me digo y camino hacia la casa paterna donde el
notición que llevo causará imprevisibles reacciones.
Mi padre se encuentra sentado en el largo y antiguo sofá, junto a él, varios diarios
desparramados, lee unas páginas y comenta las noticias, yo le hago preguntas
respecto a las últimas novedades y nos ponemos a charlar. Mi padre es un gran
conversador. Mi madre dice mientras pela ágil unos tomates, ¡qué bueno que
viniste hija!, tu hermana llegará. Mi hermana Betty es una mujer marcada por la
religión, parece que ya escribí eso, nunca la he entendido mucho, a decir verdad,
casi nada. La conversación la inicia ella, preguntando que hay de nuevo, su rostro
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se dirige a mi, mientras toma una cucharada de sopa, y yo suelto como si hubiera
estado ahogada, he hablado con Alberto, le pedí la separación. Las cucharas
cayeron a los platos y un aire sepulcral invadió la casa. No se hace esperar la
reacción, Betty, alarmada, se lleva una mano al pecho, Verónica, estás mal, dios
no quiere ver familias destruidas, mi padre acota, no estoy de acuerdo con eso
hija, vacila para agregar un ya decía yo que no iban a terminar bien las cosas
entre ustedes, Alberto es complicado y tú no lo haces nada mal, mi madre sólo
dice, si Verónica lo ha decidido, ella tiene que saber por qué. Limpio mis labios
con la servilleta blanca, y replico, gracias mamá, por comprender, papá lo siento
realmente siento no haberte hecho caso cuando predijiste que Alberto y yo no
andaríamos bien, y a ti Betty te digo que entiendo perfectamente que la
separación está reñida con los principios católicos, creo ser inteligente para
regirme por dogmas. Respeto tu opinión, no ha sido fácil tomar esta decisión, pero
es el momento de pensar en mi, no deseo un matrimonio de apariencia, quiero
una relación real de comunión y compañerismo, con Alberto no tengo nada en
común. Y agrego, hace tiempo debí tomar la decisión, los niños, las normas o la
tradición me hicieron dilatarla demasiado, Betty salta diciendo, en ellos debes
pensar en tus hijos, que ni te pidieron nacer, debieras ser responsable con ellos,
¡no quitarles su padre!. La miro pacientemente y le respondo: nunca, alejaré a mis
hijos de su padre, ellos seguirán siendo sus hijos, y los míos. La paternidad o la
maternidad no se anula. Seremos todos más felices. Ellos lo comprenderán. Peor
es vivir con el problema, hay que extirpar los tumores. Betty mueve dudosa la
cabeza, al tiempo que expresa, tú ya eres grandecita para decidir tus asuntos, no
pretendo sumergirme en tu vida, sino hacer que medites lo que estas queriendo
con tu vida, la tuya y la de tus hijos, agrega, Camilo es chico todavía y creo que
estás actuando como una inconsciente, agrega en tono grave, no esperaba menos
de ti. Está decidido, apunto seria, no hay vuelta atrás. Mi padre mueve la cabeza,
no dice mucho, mejor así, escucho que musita un débil e insistente, ya decía yo
que Alberto no era para ti. Siento la mirada de mi madre posada en mi rostro, lo
que tú decidas estará bien, dice, no faltaran los comentarios, pronostica con cara
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de asumida, se encoge de hombros, al fin y al cabo, no vivimos de la gente. Nos
comemos el postre hablando de otro tema. Una sensación de alivio me colma. El
rostro de Álvaro acompaña mis movimientos, no dejo de sentir su presencia. Es
mágico lo que nos sucede.
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60. Martes


Álvaro me saluda levantando un llavero, muerto de risa muestra las llaves que
presumo son de “nuestro” departamento y las agita al aire, una estela de gozo
envuelve mi cuerpo y lo abrazo cariñosa, feliz. Vamos a verlo, dice y abre la puerta
del auto, me hace pasar, da la vuelta y entra al asiento del conductor, me tira un
beso mientras hace andar el motor. Sonríe despreocupado, agita la mano y
exclama ¡estoy más que feliz, mi amor! Y yo susurro, estás loquito. Toma mis
manos que descansan sobre mis muslos, aprieta mis rodillas. ¿Cómo está usted?,
consulta interesado, bien, ya hablé con Alberto, él quiere hacer vista gorda del
problema, pero entenderá, tengo fe que será así, tranquilo y sin mayores
discusiones. ¿Para qué amargarse?, debe entender que es lo mejor para todos,
me siento libre, como si hubiera retirado una gigantesca mochila de mi espalda.
¡Qué bueno!, exclama con expresión satisfecha. Llegamos al edificio, es un
conjunto de edificios, tipo condominio, tiene un pequeño jardín, guardia, conserje,
es lindo le digo, ¿te gusta?, pregunta, agrega enseguida, veremos cómo es por
dentro, saludamos al conserje, ingresamos al ascensor, es el onceavo piso, indica
Álvaro, y hace tintinear las llaves sobre mi nariz, sonrío. Salimos casi corriendo del
ascensor, ubicamos el departamento, es bellísimo, de paredes blancas, Álvaro
me dice, el color blanco me fascina, ríe, recorremos los dormitorios, uno en suite y
dos más pequeños, tiene una pieza de servicio, la Pepa estará encantada, pienso,
es más grande que la que tiene ahora, y el baño más cómodo, el living comedor
es espacioso, tiene un gran ventanal, la cocina blanca, radiante, me encanta y el
balcón tiene una vista espectacular, el barrio es tranquilo, dice Álvaro, y pregunta
¿lo tomamos?, lo miro seria, le digo, Álvaro, no creo poder venirme antes de
treinta días, con suerte será antes de dos meses, tengo que preparar a los niños,
finiquitar las cosas con Alberto, él responde, me vengo yo primero así lo
arreglamos y amueblamos de a poco, a nuestro gusto. Sonríe al consultar ¿te
parece?, y yo aliviada le digo si, si, me parece, lo haremos de esa manera, de a
poco. Álvaro sostiene el llavero en su mano, dice, mira aquí hay dos llaves, una
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será para ti, la otra me la quedo. Así podemos venir cuando queramos para acá.
Tendrás tu llave, acota cariñoso, la recibo feliz. Se abren las avenidas con
destellos de felicidad, armonía, esperanza, amor. Terminamos abrazados,
soñando con el futuro, nuestra vida en común, planeando el inicio de ella.
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61. Miércoles


Hablar con los hijos es la tarea de hoy. Encuentro a Nicolás en su dormitorio. Sin
mediar grandes preámbulos le hablo de mí         y de su padre, lo mal que nos
llevamos, hablo en general, sin entregar los detalles. No quiero que su dolor sea
mayor. Me mira con sus hermosos ojos azules, triste, muy triste. Cuando creo que
va a llorar, dice, mamá yo sé que ustedes con el papá nunca se han llevado bien,
que tú has hecho todo lo posible por resistir, sé que te has esforzado por nosotros,
añade con los ojos llenos de lágrimas que se niegan, en esfuerzo supremo a
aflorar, mi corazón se aprieta con un nudo feroz y lo escucho mientras lloro. El
gran río de la tristeza cuelga de mi pecho, Nicolás continua, mordiéndose los
labios, te entiendo mamá, debes elegir, debes “optar por la vida”, tienes mi apoyo,
las cosas están demasiado mal para ti, sé que mi hermano es chico pero sé
también que él sufre por verte triste, la verdad mamá que nosotros nos damos
cuenta que el papá está nada con nosotros y cuando está en casa, su humor es
pésimo. Hay veces, que veo que él trata de ser mejor, pero no le dura, y sabes
¿por qué?, me pregunta con los ojos vidriosos, porque ya no puede cambiar, él es
así, y es difícil que lo haga. Me sorprende escucharlo decir, debes ser valiente y
fuerte, es necesario mamá, yo estaré contigo y mi hermano también. Nicolás me
desarma con su actitud, busco un pañuelo en mis bolsillos, no lo encuentro y él
extiende un paquete de pañuelos desechables. Seco mis lágrimas y lo abrazo. El
desierto definitivamente se cruzó.
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62. Jueves


Un paso más dado. Tener la conversación con Nicolás, dejó un oasis en el alma.
Ha comprendido y brindado su apoyo. Un alivio. Me preparé para salir con Álvaro
desde que abrí los ojos. Me parece maravilloso haber encontrado al hombre que
encaja perfecto conmigo. Esta certeza me hace amarlo. Busqué algo apropiado
para verlo, pensé en algo sugerente, atractivo y juvenil, para espantar los malos
recuerdos que amenazan como telarañas. Me fascina el dinamismo de Álvaro, su
inteligencia   brillante,   su   transparencia.   Encontré   a   Álvaro   en   nuestro
departamento, llevó una gran cama, unos veladores y un mueble para colocar el
equipo de música y la TV. Contraté cable, me dijo, sonriente y agregó, ya está
funcionando el teléfono. Lo besé una y otra vez. Nos quedamos horas escuchando
música. Se alegró al saber que ya había hablado con Nicolás. Con voz queda dijo,
ya verás como todo se va arreglar y vamos a ser felices. Me apretó contra su
cuerpo viril, fuerte, sensual. Se acercó hacia la ventana y corrió las cortinas,
besándome el cuello me desnudó sin dejar de mirarme a los ojos, me contempló y
comienza a desabrocharse la camisa, se retiró el calzado, los calcetines, dio un
traspiés y reímos, le abrí el pantalón mientras acariciaba su sexo, y en cuclillas
saboreé su glande, pasé mis dedos por los nervios de su pene tenso y con los
dientes suavemente mordisqueé su sexo, lo acaricié con mis labios hasta que
sentí una explosión dentro de mi boca, me retiré y sentí sus manos en mi nuca
tenía la cabeza echada hacia atrás en éxtasis. Nos tendimos, luego el reposo y las
caricias. Me hizo el amor tendiéndose sobre mi espalda, sentí la presión firme,
con un ritmo rápido. Mi sensualidad se incendió. Álvaro me conmovía
profundamente. Donde me tocara ardía. El ardor y la tensión de la boca del sexo
eran extremos. En el orgasmo sentí una sensación extraña, diferente, el orgasmo
se hizo eco en todos mis fluidos, me hizo gritar, quedé trémula como nunca antes
lo experimentara. Cerca de las doce de la noche, nos preparamos un café y
fumamos un cigarrillo. Nos miramos, una corriente de amor y gozo llenó nuestras
almas. Álvaro, apagó la música preparándose para ir a dejarme. Nos quedamos
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juntos un rato más, en silencio, mirándonos, tomados de la mano. No era
necesario hablar para mantenernos conectados. Se cambiaría al día siguiente, me
dijo, yo sólo atiné a sonreír. Él apretó mi mejilla, y se inclinó para besar la punta de
mi nariz. La ilusión regresa a medida que siento el calor de sus brazos. Se diluye
el temor, las tinieblas de los días pasados. Nos hablamos con un lenguaje menor,
propio de los enamorados, libres de oquedad. La paz invade el lugar. Álvaro me
abraza. Un beso nos sorprende bajo el dintel de la puerta.
Subimos al auto y nos besamos nuevamente, hace partir el vehículo, le digo, por
favor no conduzcas tan rápido, él responde no puedo evitarlo. Pregunto ¿acaso no
quieres demorar el momento de separarnos?, por supuesto, responde, pero la
velocidad me apasiona, ya sabes. Muevo la cabeza y le pido que no presione
demasiado el acelerador, consiente mientras me lanza un beso y toma mi mano.
Acaricio sus dedos, los beso suavemente. El anochecer nos refugia luminoso.
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63. Alberto


Casi la una treinta de la madrugada. Entro a la casa, cierro la puerta y al girar para
encender la luz me encuentro con Alberto sentado en el living, fumando un
cigarrillo, una botella de pisco abierta en la mesa de centro, el vaso largo lleno a la
mitad sostenido por su mano derecha, el TV en mute. Su imperceptible presencia
en el cuarto principal de la casa a esa hora de la madrugada me produjo un
sobresalto, me repuse y solté un hola, a lo cual respondió un desabrido qué tal, no
hizo ningún reclamo por lo tarde de mi llegada, se limitó a observar como dejé el
bolso en un sillón, mi chaqueta encima, yo sacando un cigarrillo Belmont le
interpelé, Alberto , qué bueno encontrarte, me senté enfrente de él cruzando mis
piernas, lo miré diciéndole, dejémonos de leseras debemos separarnos, y agregué
enseguida, por más que busques arreglos superficiales, te apliques a pintar la
casa y comprar muebles, lo nuestro se terminó hace tiempo. Mi sorpresa aumentó
al escucharlo decir, basta, no puedo permitir tanto atropello, mira la hora que
regresas a casa, descuidas los chicos, le dije no hablemos de los niños ahora, es
el momento de definir qué es lo que vamos hacer, y sobre todo decirte que deseo
que lo que resolvamos lo hagamos en paz, con tranquilidad. No quiero peleas ni
gritos, basta de eso. Él me miró, con un leve dejo de ironía agregó, por lo menos
tú, has dado rienda suelta a tus emociones, sin pensar que me tienes cansado.
Tomé un vaso y me serví un poco de coca-cola, Alberto, dije, me voy de la casa
antes de dos meses, voy a vivir con Álvaro y los chicos. Le entregué una breve
descripción de Álvaro, acto innecesario. Entonces, vislumbré en él la rabia
contenida, ya sabía yo que algo había por ahí, dijo. Me limité a murmurar, no
empieces, de ahora en adelante cada uno hará su vida, sin inmiscuirse en la del
otro. Nuestros hijos, son precisamente eso, nuestros hijos, y nunca pondré
problemas para que los veas, él hizo un gran esfuerzo para no estallar en gritos,
se le notaba en la cara. Empezó a hilvanar unos vagos reproches, yo le hice un
gesto añadiendo en voz alta, no tiene caso, no es el momento, te di años, tuviste
muchos momentos e instancias para arreglar nuestro matrimonio, es decir para
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que hiciéramos un esfuerzo conjunto para mejorarlo. Ya no. No vale la pena ni una
milésima de recriminación, ni siquiera buscar culpables, ya no importa. Se levantó
del sofá, encendiendo otro cigarrillo, repitió, está bien, mi abogado conversará
con tu abogado, Verónica, si no te va bien puedes volver a esta casa. Quedé
enmudecida. Vaya con Alberto, y sus contradicciones. Él añadió, en un repentino
acto de nobleza, siempre será tu casa. No dije nada. Busqué en mi bolso la tarjeta
del abogado, se la pasé sin emitir palabra. Me preguntó si había hablado con los
niños, respondí afirmativamente, entonces se quedó mirando el techo con actitud
pensativa, pensando vaya a saber qué, dijo en voz baja, mañana hablaré con
ellos. Sí, es necesario, respondí. Alberto se dirigió al dormitorio y yo me puse a
recoger los vasos, limpiar los ceniceros, con una sensación de libertad y vacío.
Años de matrimonio se fueron por la alcantarilla. El dolor, sea de quien sea la
decisión o la causa, es un relámpago furioso. Un latigazo al alma. Nuestros
sueños estaban construidos en la arena, si es que alguna vez construimos juntos
nuestros sueños. Quiero olvidar la mirada de rencor que me dirigió Alberto al
pedirle la separación, vislumbrar aunque sean pálidas estrellas para conciliar el
sueño. No quiero permanecer en la negrura infinita de este espacio. Abrir los
jardines para alejar este caudal de oscuridad que marcha sin piedad en los ojos.
Que todo sea una nube pasajera y que pueda luchar contra esta marea. ¿Cómo
borrar, sin dolor, estas pinceladas?, las pinceladas de un matrimonio roto, me digo
para mis adentros ¿pinceladas?, y respondo, más que pinceladas parecen el
trabajo de un cincel en las manos de un escultor avezado.
Inevitable el sentimiento de duelo. Vida arruinada, vida mal empleada. El piso se
tambalea, el mundo se tambalea. Las rosas se han tirado al gran lago, en sus
aguas desaparecen. No hay vuelta atrás. Ahora espero recobrar mi tamaño
natural, lejos de las saetas, la crítica, la indiferencia, el suelo movedizo, turbio, del
desamor. Lo que fui, lo que era antes de lo que soy.
Eran las cuatro treinta de la mañana al apagar la lámpara.
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64. Viernes


Pongo un ojo en el reloj. Marca las siete cincuenta. Matías me llama para decirme
lo mucho que me recuerda, que me está esperando, que siempre me amará, que
significo tanto para él, que no puede entender por qué no lo amo. Si el me daría el
mundo si pudiera, etc. Si no hubiera conocido a Álvaro, pienso, me habría gustado
pasear en tu sólido tejado Matías, deslizarme por los almohadones de tu
delicadeza, por los troncos de tu infinita paciencia. Me da miedo este poder de
elección y un atisbo de indecisión cubre mi corteza, pero no, Álvaro es el hombre
de mi vida, me repito en la frente nítida, alabastrina de este atardecer. Un sollozo
se ahoga en la garganta, ¿quién quiere destrozar los lazos que la ligan a una bella
persona?. Quiero permanecer en la colección privada de los tesoros de Matías, no
como la mujer que lo amarra con los hilos del desdén, dejando un nudo ciego que
cubre el sol de sus cristales sino con el lazo de la infinita, fiel, amistad. Pensemos
que hemos sido barcos oscilando en las enormes olas de una tormenta, hemos
llegado a puerto, anclados al muelle firme. Matías, Matías, por favor le digo,
entiende. Al escuchar mis palabras, Matías, no sé si contrariado, no sé si
conforme o resignado balbucea un intentaré comprender y contentarme con tu
amistad, Verónica, añade, estaré aquí si me necesitas. La bondad de su corazón
me conmueve. Murmuro un gracias al tiempo que las neblina empieza a disolverse
en el auricular, en el corazón.
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65. Sábado


Álvaro me llama para decir que ya se cambió, ríe fuerte y pleno. Ha dormido en el
departamento y tomado desayuno en la terraza. Hace un día espléndido, me dice.
Yo no puedo evitar sonreír, como si viera junto a él, una bandada de pájaros a
través del ventanal y el sol nos abrazara con promesas de uvas maduras,
manantiales frescos. Álvaro me cuenta que debe realizar un viaje de trabajo a
Santiago, que viaja el domingo y regresa el martes de la próxima semana, que
cuando esté de regreso me llamará. Le cuento que hoy iré a casa de los viejos
con los niños, que estaré bien, que no se preocupe. Insiste en que llamará.
Susurra un te amo. Yo lo imagino, atractivo, masculino, apasionado, sonrío. En la
tarde marcho junto a los chicos a respirar el aire casero de la parentela, beber ese
resplandor cálido que nace del nido materno, empaparnos de la plácida presencia
de hogar nos hace bien a todos. El tema de la separación sale a flote, no hay
divergencias, los chicos se expresan con soltura, entregan sus impresiones, la
corteza es plagada de sensaciones agradables. He llegado al centro de la
concordia, los altos montes aparentemente difíciles de cruzar se hacen extensas
planicies armónicas, placenteras. Ya he bebido los tragos amargos, dando paso al
olor fragante de las flores primaverales, al aroma de la tierra mojada por el agua,
exquisita percepción que ensancha los pulmones, turbando el alma con fruición
indescriptible. Camilo abraza las piernas de la abuela, con sus brazos toma el
cuello de mamá y besa con cariño sus lunares color castaña que luce su cuello.
Nicolás conversa con su abuelo, quien intenta no molestarse por los grandes
aspavientos de su nieto al contar sus historias de juegos y colegio. Los adultos
nos enfrascamos en una conversación mezcla de recetas, acontecimientos
políticos, noticias del momento, deportes. Los chicos salen a jugar con sus primos,
estrechando lazos con sus secretos adolescentes. La tarde ha sido en extremo
grata,   nos despedimos tranquilos, contentos. Las negras nubes no pueden
tocarnos. Hay voces de esperanza en los corazones, brillando en nuestros ojos.
Amo a mis hijos, ellos me aman, con este pensamiento camino con los dos
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tomados de la mano a paso firme por la Diagonal. El atardecer de este día se
presenta vital, lúcido. Sobre la vereda se alinean los árboles, veo oscilar las flores
sobre sus tallos, el resplandor de unos rayos rozar sus curvas y caer al asfalto
desnudo de vehículos y peatones. La tarde sabatina baña las calzadas de
silencios, las luces de las esquinas otorgan su destello sobre los pasos de los
escasos peatones. Camilo ve a un heladero que viene desde el Parque Ecuador
hacia Chacabuco por Orompello, insiste en tomar un helado, nos detenemos los
tres expectantes, aguardamos al hombrecillo de gorro blanco y espalda
encorvada, acerca su triciclo a paso lento. Los chicos eligen su apetitoso bocado.
Los punteros del reloj marcan las nueve de la noche. Llegamos a casa, corriendo
alborotados, apenas entramos la Pepa dice, la llamó la señora Tatiana, en
respuesta a mi mirada interrogante, contesta, dijo que la llamara, no alcanza a
terminar la frase, el teléfono suena, me mira, dice, es para usted, señora. La voz
de la Tati dice está Verónica, respondo, soy yo Tati, ¡Ah! Qué rico que llegaste
vieja, salgamos, yo dudosa, replico que no sé, que vengo llegando, me dice,
déjate de pendejadas, vamos a salir, te paso a buscar en treinta minutos, me
quedo pensando y le digo que sean cuarenta minutos, feliz me dice eso es, te
paso a buscar en cuarenta minutos. Cuelgo y anuncio, voy a salir, Pepa enciende
el califont, me daré una ducha. Me desvisto rápido y me meto a la ducha. Pienso,
¿qué busco en esta salida intempestiva?, pasarlo bien, tomar unos tragos, no, no,
me digo, moviendo la cabeza con energía, conversaré con Tatiana, le contaré
ahora mi cambio de vida, el que me aguarda en estos días, el que decidí hace
algún tiempo, le hablaré de Álvaro, de nuestro amor, nuestros planes. Seré sincera
por vez primera con esta amiga que ha demostrado su fidelidad y a quien he
ocultado mi relación, aquel desconocido que flechó mi corazón. Al fin y al cabo,
ella me condujo hasta él, llevándome a la disco. Veré la cara de sorpresa de
Tatiana e insistiré que vaya a verme al nuevo hogar con Álvaro, yo y mis hijos.
Con seguridad no lo podrá creer y abrirá sus ojos redondos, como platos chinos y
reiré, libre al fin de la mentira. Reconozco no me portado bien con Tatiana, hoy
tendré la oportunidad de reparar este hecho. Pensarlo me hace bien, hacerlo será
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mucho mejor. Salgo del baño, ubico en el closet algo casual para salir, recuerdo a
Álvaro, mi corazón late fuerte, estoy enamorada, voy a la ventana, cierro las
cortinas gruesas, antes, miro al cielo, la luna con su vientre lleno de palomas
blancas me parece sublime su sonrisa maternal y sus labios cómplices. Le tiro un
beso, loca de alegría.
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66. Tatiana


El claxon suena insistente, la Pepa, como si yo no lo hubiera escuchado, viene
corriendo al dormitorio, para decir agitada, la señorita Tatiana, le está tocando la
bocina, ya llegó, está abajo, ya la oí, la oí Pepiña, cálmate, bajo de inmediato.
Tomo el bolso del sillón, me echo una última mirada al espejo, me despido de los
chicos y salgo acelerada. Un minuto después estoy saludando a la Tati que está
estacionada abajo del edificio, con unas amigas en la parte trasera del auto, me
subo al lado del conductor saludando a las tres amigas, la Tati dice, creí que no
venías, te dije que iba, y voy, ya lo ves, sonriendo lanza, vamos a la disco. Me
acomodo en el asiento mientras ella hace partir el motor. Tomamos calle
O´Higgins sin dificultad, el tránsito disminuye los días sábado a esta hora de la
noche. El clima esta agradable, la noche se presenta apacible, en la Plaza de
Armas, algunos paseantes dan vueltas a paso lento entre los árboles, que cargan
cientos de lucecitas, a unos metros, un manicero, en la esquina de Aníbal Pinto,
un hombre vocifera kinos. La Tatiana detiene el vehículo en el estacionamiento de
Plaza España, paralelo a la Avenida Prat. Suerte. El único libre, frente al pub
Barros 13. Nos bajamos todas, terminamos de saludarnos con beso en la mejilla
en la vereda, y nos dejamos llevar por Tatiana a la disco. Obvio, esta no es la
disco donde conocí a Álvaro. Es otra, una nueva que se instaló hace poco, dice la
Tatiana. Entramos a un ambiente que parece grato, agradable y bueno. Echamos
una ojeada general y nos ubicamos cerca de la pista, la música, suerte, es jazz,
todavía no empieza la música electrónica que caracteriza estos lugares. No hay
mucha gente, hacemos el pedido, tres combinados y una bebida, para mí, qué
extraño, no necesito beber trago, una necesidad disuelta, gracias a la presencia
de Álvaro, él me ha hecho bien. Tatiana me mira, no sin cierta sorpresa en sus
ojos al escuchar que pido coca-cola. Le hago un gesto, indicando mi cambio, se
acerca a mí y dice, cuéntame, y yo le hablo de mi separación, de Álvaro, de mis
hijos, de mi familia, del apoyo de mi madre, me escucha atenta, y con cierto enojo,
dice, debiste contarme desde el principio, Tatiana, le digo con voz calma, no
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estaba claro qué iba a suceder, ahora tengo la certeza por ello me atrevo a
contártelo todo. Pregunta, ¿estás feliz?, y yo, por supuesto tranquila y feliz,
finalmente. Levanta su trago y dice tenemos que brindar, alzo mi vaso con bebida,
las otras chicas nos miran sin entender mucho, Tatiana les dice Verónica está
cambiando su vida, encontró el amor, ellas ríen, levantan sus vasos para brindar
con nosotras. Una de ellas nos cuenta su historia, es separada, tiene tres hijos y
está sola, pero feliz, nos dice, te creo, le digo. Tatiana me dice qué bueno que no
me he casado, no me gustaría separarme, y la separación está muy de moda hoy
en día, agrega. A nadie le gusta separarse, pero hay que pensar en una como ser
humano, alguna vez en la vida, y que a veces es lo mejor hasta para los hijos,
respondo. Se encoge de hombros, no lo sé, pero bueno, creo que casarse ya no
corre, al menos casarse sin conocer bien a la otra persona, a veces la formación
es demasiado diferente, la de uno y otro, es difícil conciliar intereses, agrega, con
todo lo que me entero por mis amigas casadas, pienso que es mejor permanecer
soltera, quizás se debe a que soy un poco egoísta, no me sería fácil renunciar a
mis hábitos. Entonces le digo el día que te enamores va a pensar distinto, ahí
estarás dispuesta a transar tus gustos, tus aficiones y costumbres. Sólo con amor
se puede. Sin ese ingrediente vital, es claramente imposible. No todas las chicas
están de acuerdo y emiten sus opiniones. La música cambia, empieza el baile, y
ya es complicado entablar una charla, ellas salen a bailar y me quedo sentada
recordando a Álvaro, de vez en cuando echo una mirada a la pista, me distraigo
observando el baile de las chicas, la apasionada energía con que mueven sus
cuerpos al ritmo de la música. Un animador entra a la pista y anuncia un show
para la una de la madrugada. Harto tarde, pienso, en tanto tomo un sorbo de coca-
cola y enciendo un cigarrillo. Parece un sueño que mi vida esté de cambio. Al
recordar a Álvaro, los latidos del corazón golpean las costillas. Ahora, sé que
existe la belleza. Estoy enamorada de la vida. La música es vida. Todo es bello.
Tatiana me extrae de la ensoñación, preguntando, ¿nos quedamos al show?, por
supuesto, respondo, luego de dar un breve salto. Se acomoda en el asiento,
sacando un cigarrillo de la cajetilla que descansa en la mesita redonda, atenta,
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acerco el encendedor, preguntando ¿qué cuentas?, se encoge de hombros, nada
interesante, Verónica, mi vida transcurre del trabajo a la casa, algunas escapadas,
aventuras sin importancia, nada serio. Una sombra, un fugaz destello de
desolación atraviesa su rostro de mujer atractiva, vital, exitosa en su trabajo, pese
a su ánimo, su alegría no logra ocultar su soledad. Tatiana no ha logrado
encontrar compañía. Imagino que dado el típico comportamiento de nuestra
sociedad, muchas veces le preguntaran ¿y tú, por qué no te has casado?, y pese
a lo que ella diga, le debe resultar un peso dar la respuesta, decir, no me ha
llegado la hora, como excusándose, esbozando una falsa sonrisa. La gente
siempre piensa que una mujer no puede vivir sola, que necesita a un hombre a su
lado. Es el problema de las mujeres solteras, sobre todo si han pasado los
cuarenta. Siempre están expuestas a la impertinencia de la gente, a sus
habladurías. ¿Qué culpa puede tener si no ha llegado el amor a su vida?. Pero
Tatiana me gusta, pese a ello, no se echa a morir. ¿sabes, Verónica?, dice, hace
poco conocí a un hombre, menor que yo, de treinta años, y me dio miedo seguir la
relación, quedó archivada como una aventura más, no puedo negar que me
complicó la diferencia de edad, el tipo estaba interesado, la edad me dio miedo. Le
digo, eres tonta flaca, eso ya no importa. Me dice, lo que pasa es que existía el
riesgo que después de estar de lo más enganchada en una relación con el
susodicho, él podía conocer a otra mujer, más joven, quién sabe, me habría
dejado. Su mirada es nostálgica cuando añade, no quise correr el riesgo,
reconozco que fui cobarde. Le digo, para otra vez, deja a un lado ese temor y vive,
no hay nada peor que desperdiciar el goce de una relación. Es mejor vivirla que
desecharla. Tal vez tengas razón, dice, mirando a un punto fijo, tendré que
pensarlo más para otra vez. Digo, creo que es lo mejor Tatiana, más si el tipo es
interesante, asiente y sonríe al tiempo que emite un, ya veremos que sucede más
adelante, agrega, aunque no estoy desesperada, y yo respondo, no quiero decir
que estés desesperada sino que no evites al amor, vivir sin amor no tiene sentido.
Pienso lo mismo que tú Verónica, creo que al desechar esa relación, no lo medité
bien, actué en forma impulsiva, creo que debo ser diferente la próxima vez,
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termina la frase y enseguida consulta ¿quieres otra bebida, o un trago?, respondo,
otra bebida, estará bien. Las amigas de Tati que nos acompañan, se acercan y
solicitan al joven garzón que atiende nuestra mesa, un trago más. Nos
entretenemos mirando bailar las parejas y los pequeños grupos de mujeres que se
mueven al compás de la música en la pista circular del local recién inaugurado.
A las tres y media de la madrugada, nos levantamos de la mesa para marcharnos
a nuestras respectivas casas. El viento frío del amanecer nos entumeció hasta los
huesos, mientras caminamos hacia el estacionamiento. Las cuatro juntamos
monedas para dar una propina al cuidador. Rápidamente nos subimos al vehículo,
Tatiana me pasó a dejar a la casa, con la promesa de visitarme cuando me
encuentre instalada en la nueva, las chicas desordenadas y alegres, también
prometieron visita. A las cinco veinte estoy metida en la cama. Alberto no ha
llegado.
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67. Domingo


Alberto hace días que duerme con Camilo. Bien hecho, sería irrisorio que
compartiéramos la misma cama. Absolutamente ridículo. Hoy desperté a las diez y
serví el desayuno como es habitual. Álvaro, llamó a esa hora, sorpresa grata al
corazón. Nicolás me acompañó a tomar desayuno. Preparé algo rápido para el
almuerzo, nada muy elaborado. Alberto salió con los chicos a comprar los diarios.
Me siento a escribir. No tuve deseos de dormir siesta luego del almuerzo. Es difícil
conciliar el sueño. El cambio que se ha producido en mi vida me induce a
permanecer en estado de alerta. No logro definir lo que experimento. La sensación
de paz es evidente. Los dados están tirados. Sin embargo estoy alerta. Debe ser
por el cambio radical, por el nuevo rumbo. Ha pasado lo más doloroso: tomar la
decisión. ¿Qué puedo sentir?, acaso ¿arrepentimiento?, no, no es posible el
arrepentimiento al abandonar años de desamor, desprecio, esa total falta de
consideración hacia la mujer que he padecido desde el día en que contraje
matrimonio con Alberto. Antes, estaba la esperanza de que hubiera un cambio en
él. El desencanto fue mayor. El vacío fue de una infinitud estremecedora. Durante
mucho tiempo me acompañó la sensación de soledad, batallé contra ella, mirando
a mis hijos, luchando por salir adelante, olvidada de mí como persona. Era una
bruta de trabajo. La mujer no resistió la carencia de amor. Aconteció la infidelidad.
Luego llegó Álvaro. Me rendí ante su amor. Todas las murallas de impedimentos
se derrumbaron. Él lo logró. Sólo él.
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68. Lunes


Este sábado es el cumpleaños de Camilo, cumple nueve. Lo celebraremos en
casa con sus amiguitos y la familia, primos, tíos. Le digo a la Pepa que se vaya
preparando porque tendremos mas trabajo que nunca esta semana, y en especial
el sábado. Camilo ha invitado diez compañeros. Un buen lote considerando la
edad. Le digo a la Pepa que prepararemos completos, torta, unas sorpresas,
bebidas y ya. Agrego risueña, estimo veinticinco personas, la Pepa pone cara de
espanto, me río, al tiempo que le digo no te preocupes, ya sabes que siempre te
ayudo. La Pepa me observa y exclama, si, siempre que usted no se escape, le doy
una sonrisa. Después de almuerzo recibo una llamada de Álvaro, entonces la
tarde desplegó una gran alegría ante mis ojos de enamorada. La convicción de
Álvaro como el hombre de mi vida se sitúa en mis huesos como faro inamovible en
el océano. Ya de noche me dedico a escribir, a pensarlo, a planificar nuestra vida
en común. Esta noche cuando me acueste en la enorme cama, donde Alberto es
ausente desde hace unos días, tal vez abrace la almohada. Sonrío.
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69. Martes


Algo insólito ocurrió hoy. Alberto antes de irse a la oficina, me preguntó ¿cuándo
te vas? Yo, medio dormida y bastante sorprendida le contesté con otra pregunta
¿estás apurado?, y continué, ¿quieres que me vaya rápido?, entonces dijo,
Verónica, piénsalo bien, todavía es tiempo que te arrepientas de esa decisión,
puedes quedarte, esta es tu casa. Terminé de despertar al oír esta última frase,
restregué los ojos con las palmas empuñadas, Alberto, la decisión está tomada,
agregué con voz firme, no hay vuelta atrás. Me miró serio, noté que no pudo
disimular un rictus de amargura. Pobre Alberto, me da pena. Qué raro, su actitud
no deja de sorprenderme. Sigo pensando que es él quien tiene que irse, pero eso
es lo que no quiere. Para mí, está más que decidido, me iré al departamento de
Álvaro con mis hijos, y, eso, no podrá impedirlo. Que se quede con las bienes y la
casa, mientras me de una cantidad de dinero para mantener a los niños, todo irá
bien. Al anochecer, llamé a Fabiola, una de mis amigas para charlar un rato. Me
invita a tomar te a su casa, yo le digo, dejémoslo para después, ¿a qué te refieres
al decir “después”?, le respondo, bueno, luego, cuando esté viviendo con Álvaro,
en su departamento, Fabiola, no lo puede creer, ante sus múltiples interrogantes,
me limito a decir, como lo oyes, me iré a vivir con Álvaro junto a mis hijos, este
matrimonio se acabó, agrego de inmediato, y no preguntes más, después te
cuento los detalles, Fabiola insiste y yo me mantengo firme con la promesa de
contarle todo más adelante. Finalmente, se convence que no me sacará palabra y
se despide medio a regañadientes y expectante.
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70. Miércoles


Hoy aproveché de ir al supermercado, no quiero estar a última hora comprando las
cosas para el cumpleaños de Camilo. Alberto fue generoso, dejó un cheque,
aproveché de abastecer nuestro escuálido y flamante refrigerador. En la tarde
ordenamos las cosas con la Pepa. Compartí once con los chicos y terminé el día
ordenando la ropa en sus closet. Camilo está feliz por la celebración de su
cumpleaños sacando cuentas de los regalos que recibirá, el Nico le dice que no
sea interesado que se conforme con que venga la gente a acompañarlo, lo miro y
pregunto ¿acaso tú no hacías lo mismo?, Nicolás niega enojado, casi furioso,
replico, tienes muy mala memoria hijo, los niños pequeños suelen ser interesados
pero no son concientes que eso es incorrecto, con el tiempo aprenden, sé
tolerante con tu hermano, el Nico sale furioso de la casa dando un portazo, doy
un suspiro y retorno a las labores caseras, ahora voy a ayudar a la Pepiña con la
ropa del planchado mientras pienso, el árbol está demasiado grande para
enderezarlo. Lástima.
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71. Jueves


Fabiola no aguantó y me llamó hoy para invitarme al tecito. En el café francés, me
dijo, agregando, el que queda en Colo-Colo, cerca de Chacabuco. Ahí estaré
curiosa, le dije, a las cinco treinta. Me puse un jeans y una polera, los días han
estado calurosos en la ciudad, y me dirigí al encuentro de Fabiola. Ella es cuatro
años menor que yo, alta, morena. Lo cierto es a Fabiola no le he conocido pareja,
siempre está con amistades. Me da pena la presión social sobre estas chicas
solas. No hay caso, me digo. Llego puntual y ahí está ella, atenta, se levanta de la
silla para acercarse a saludar, este cafecito está rico le digo, pequeño y agradable,
ella asiente, hace señas a una de las niñas que atienden, pedimos un capuchino y
una porción de galletas. Fabiola no aguanta y al encender un cigarrillo dice cuenta
pues, cuenta niña. Yo la miro sin dejar de sonreír, le digo te pasaste de curiosa
chica. Ella interroga cómo lo conociste y qué pasó con el Matías. Recuerdo que
algo le dije de Matías, y le explico que Álvaro lo hizo desaparecer de un plumazo.
Ella ríe y dice ¡pobrecito!. Entro en detalles para satisfacer su curiosidad. No
puede creerlo, me dice, tienes suerte. Se queda muda y luego dice bueno ya me
tocará a mí, no debes perder la esperanza afirmo, todo tiene su momento. Mira,
yo pensaba que nunca iba a llegar el amor, los milagros existen. Mueve afirmativa
la cabeza, tendré que empezar a creer que existen los milagros Verónica.
Entonces me cuenta, una vez estuve enamorada tenía veintiún años, Esteban era
su nombre me amaba y yo a él, ¿y qué pasó?, planeábamos casarnos, nos
pusimos ilusión, se queda en silencio, con la mirada perdida, murió en un
accidente concluye. Me quedo sorprendida, y ¿cómo? interrogo, con el bicho de la
morbosidad picándome. Verónica, lo enviaron a un seminario fuera de
Concepción, y al regreso se volcó la camioneta, él manejaba, sus colegas
sobrevivieron, él no. Eso fue hace diez años, no lo he podido olvidar, creo que aún
lo amo, no he encontrado alguien como él. Es fácil encontrar alguien igual, somos
todos diferentes, amarnos, pese a la diferencia, es lo hermoso lo que te hace
hermosa la vida. Lo sé, Verónica, me dice, ¡cómo me gustaría que estuviera
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conmigo! No debes quedarte en el pasado, debes mirar el presente. ¡Quién lo
diría! yo hablando de esta forma. Fabiola bebe el último sorbo de su café, dice, no
creo que vuelva a enamorarme, sinceramente, no lo creo, entonces le digo,
Fabiola, ya aparecerá alguien, déjalo que venga a ti, cambia tus pensamientos, no
te cierres al amor. Sé que debo intentarlo, dice, pero se me hace cuesta arriba.
Esteban era maravilloso. Nos quedamos largo rato calladas. Fabiola pide la cuenta
y paga. Antes de retirarnos del café, le tomo el brazo, me mira con cariño, dice,
gracias, amiga.
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72. Viernes


Te invito a comer, dijo Alberto. Reservé mi expresión de estupor y dije, acepto, ¿a
qué hora?, te paso a recoger a las nueve, respondió, sin un gesto. Este breve
diálogo mantuvimos con Alberto a las ocho y diez de la mañana. La hora en que
se marcha a la oficina. Desperté temprano, desayunamos separados, él, en el
comedor, yo, en el dormitorio. El pensamiento de que Alberto intenta una
reconciliación se deposita en mi mente. No dejo de sentir compasión por él. A las
nueve de la noche siento la bocina, miro a través del ventanal, la figura de Alberto
se alza junto a la parte trasera del auto, hace una seña, abro la ventana para decir
ya bajo, enseguida voy, repito. Tomo la chaqueta que reposa en uno de los
sillones, la cartera que cuelga en el respaldo de una silla, y digo, chao a todos.
Desciendo de prisa los escalones. Inaudito. Alberto ha abierto la puerta del
copiloto, la cierra suavemente y se dirige al asiento del conductor. Sin palabras,
para no perder la costumbre, vamos al Rancho de Julio, dice ¿te agrada la idea?,
consulta y yo, que si, está bien. Ya en el local hacemos el pedido. El garzón nos
trae los pisco sour, dice a tu salud, respondo, a la tuya. La situación no deja de ser
cómica, bebe un sorbo del trago, lo paladea, y empieza, sabes Verónica, he
estado pensando mucho en nosotros, lo miro con cara interrogante, continúa,
mucha culpa tengo yo de lo que nos pasa, lo miro, por aspirar a tanto lo he perdido
todo, quise darles el máximo de comodidades y lo perdí todo, repite con cara
seria. Lo miro y le digo, no hables de culpas, hablemos de responsabilidades.
Ambos hemos fallado. Alberto levanta un poco más la voz, para decir, no, no, yo
he fallado, te dejé sola, agrega, existen muchos pecados, y existe uno. Hace una
pausa. Poco se nombra, fíjate me he dado cuenta analizando la situación cometí
el pecado de omisión. Deletrea, o-m-i-s-i-ó-n, lo miro sorprendida, sigue con
rostro indefinible, no cuidé los detalles, hice lo que yo estimé necesario sin pedirte
la opinión de nada. No estuve a tu lado ni al lado de los niños cuando era
necesario continuó con gesto cansino, me dediqué a trabajar y a trabajar
descuidándolos, limitándome a darles lo material, a cuidar los ingresos y ahorrar
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para el futuro, traga saliva, bebe un sorbo más del aperitivo. Ese es mi pecado,
afirma el de omisión y ahora debo atenerme a las consecuencias. Le digo con
cierta lástima al verlo destruido, no te culpes. En el fondo me alegro, que se haya
tomado el tiempo de meditar y reconocer sus errores. Afirmo convencida, no te
sientas culpable, todos cometemos errores, no vale la pena culparse. Entonces,
Alberto, acomodándose en la silla, enciende un cigarrillo, de tanto mirar el futuro,
descuidé el presente, dice. Bebo mi pisco sour hasta el final. El garzón llega con la
parrillada, la ensalada a la chilena, los panes amasados. Antes de empezar a
comer, me mira, Verónica, si quieres reconsiderar tu decisión estas a tiempo, me
gustaría te quedaras en casa. Me limito a un no insistas, no hay caso. Él apaga el
cigarrillo con resignación, toma el cuchillo y el tenedor, me dice, ataquemos. Y
atacamos. Al terminar de comer me pide que vaya con él y los niños a la casa de
uno de sus hermanos, a un almuerzo familiar, le respondo que no tengo ningún
problema, que iré. Me da las gracias y me ofrece un bajativo, acepto un café. Nos
retiramos luego del restaurante, le dije que estaba cansada, que mañana me
esperaba un día agitado con la celebración del cumpleaños de Camilo. En silencio
recorrimos el trayecto a casa. En el fondo creo que Alberto no encuentra la
manera de arreglar lo imposible.
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73. Sábado


Celebramos el cumpleaños de Camilo. Trabajamos como locas con la Pepa.
Veintidós personas llenaron la casa. Luego de la once, los chicos se pusieron a
jugar en el computador, los grandes conversaron acompañados de sus tragos.
Nicolás estaba apestado con tanto cabro chico. Le dije, paciencia, tú tuviste esa
edad, y te aguantamos tus loqueras, lo abracé palmoteándolo la espalda, pero no
hubo caso, se mantuvo con la cara larga toda la tarde, hasta un momento que no
aguantó más y se me acercó para decir si podía ir a casa de Rodrigo, le dije que
no había problemas, siempre y cuando, el papá lo fuera a buscar, me dijo, ya
hablé con el papá, también me irá a dejar, entonces, no hay problemas y agregué,
llévale torta a Rodrigo, ya que no vino. Corrió feliz a la cocina. A las ocho de la
noche aparecieron los primeros papás a recoger a sus hijos. Al último lo vinieron a
buscar casi a las diez de la noche, sus papás andaban en un cumpleaños de un
tío, según dijeron. Les dije que no se preocuparan, que no había sido ninguna
molestia, y que estábamos encantados con su hijo, ya que así Camilo no había
quedado solo tan temprano. Cortesía, sólo cortesía, pues los niños ya me tenían
hasta la tusa. Apenas se marchó el último niño envié a Camilo a la cama, con
todas las recomendaciones incluidas, no enciendas la tele, no te metas a internet,
lávate los dientes y duérmete luego. Camilo, regañó, lamentando que se hubiera
acabado su cumpleaños. Los grandes se retiraron más tarde, un poco después de
las doce. Álvaro me llamó a las doce treinta. El martes me voy, dijo. Un te amo nos
separó.
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74. Domingo


Domingo familiar. A diferencia de los fines de semana pasados, tal como me lo
pidió Alberto en la comida del viernes, fuimos a la casa de uno de sus hermanos
camino a Coronel, allí estaba toda la familia Morgano Villalba, hermanos, cuñados,
sobrinos. La mayoría alrededor de la piscina, tomando cerveza los grandes, los
niños, bebida a destajo. Así es la familia de Alberto, toda abundancia, comida para
un centenar, que jamás sobra, y bebidas al por mayor. A mi me gusta pasear por
el jardín lleno de plantitas verdes. Lo bueno de estas reuniones es que los chicos
comparten con sus primos y conocen de cerca de a los tíos. Sí, la familia, es
importante, me digo. Pienso en Alberto, que hace desesperados e inútiles
esfuerzos por retenerme. Evoco a Matías y su nobleza, me estremezco. Este
último logra emocionarme con esa fidelidad inquebrantable. No lo merezco,
pienso, pero él se hace presente, reafirmando constantemente, que está
esperándome, que esta ahí. Miro a mis hijos, y me inunda un sentimiento de amor
profundo. Se acerca Cecilia, una de mis cuñadas, interroga con cara de
preocupación, ¿qué pasa entre ustedes?, la miro, ¿que sabes?, pregunto, algo por
ahí, que ustedes se van a separar, le digo que si que ya no da para más, la
situación reventó, a lo cual ella dice, mira, siempre me he preguntado cómo has
aguantado tanto tiempo a Alberto, cómo has podido permitir que te trate de la
manera que lo ha hecho, respondo sin una mueca, por mis hijos. Ella dice, pero no
puede ser que tú hayas dejado que te trate de una manera indigna. Lo sé, por eso
me voy de la casa, respondo. Pronto me voy de la casa. Queda estupefacta, ¿por
qué tú?, ¿por qué no se va él?. No quiere irse. Y yo me voy. Las preguntas siguen
¿dónde vas a vivir?, respondo, Cecilia, voy a vivir con Álvaro y mis hijos en un
departamento que él arrendó. Sus ojos están enormes a través de los lentes que
apenas se sujetan a su nariz ¿me estás diciendo que hay otro?, y yo, ¿qué
quieres?, durante muchos años me negué al amor y dediqué mi vida al trabajo a
los hijos, ahora estoy pensando en mi, no quiero ser una mártir, nunca he
pretendido ser una santa, yo no me casé para estar relegada al último rincón de la
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casa sino para tener un compañero, Alberto nunca lo fue. Me cansé, se acabó.
Cecilia está confundida, si van a estar todos bien así, no tengo nada que decir,
agrega, preocúpate que Alberto te de dinero para mantener a esos pobres chicos.
Si, Cecilia, pero mis hijos no son pobres, tienen sus padres, ellos lo saben. Tienes
razón, dice Cecilia, demos una vuelta más por el jardín y vamos a ayudar a
preparar algo para el almuerzo. Luego del paseo realizado en el más estricto
silencio, fumando ambas un cigarrillo, nos acercamos a la cocina. Javiera ha
terminado de cocinar el arroz, Pamela ha puesto la mesa junto con Francisco,
Carlos y Guillermo gritan que está listo el asado. Cecilia se pone a pelar tomates
yo me encargo de hacer el pisco sour. A todos les gusta. Y yo me sentí feliz.
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75. Lunes


Reunión de colegio. Siempre es una lata asistir a una reunión de colegio. Del
curso que sea. Rosita, la madre de Rodrigo, el amigo de Nicolás se acerca a
conversar conmigo. Me pregunta por mi marido y yo, que no quiero fingir más, le
cuento que nos vamos a separar, que nos cambiaremos de casa con los niños, y
ella no disimula para nada su asombro, ustedes se veían tan bien, una pareja
estable, amorosa, tú sabes, las apariencias engañan, digo. Ella, algo triste dice,
cada uno sabe lo que pasa en su matrimonio, nadie puede juzgar. Si, nadie puede
juzgar. Rosita sonríe, me dice, iré a buscar alguna cosita para picar, y yo, me
quedo parada, casi al final de la sala, ajena al resto, pensando en Álvaro, en cómo
deseo estar de nuevo junto a él, en la falta que me hace, lo sombrío de los días sin
ver sus ojos, brillantes de amor y su sonrisa irresistible, encantadora. Ha logrado
alejar el letargo y el dolor que abrumaban mis días. La voz de Rosita diciéndome,
aquí tienes, mientras me extiende un plato con picadillos y un vaso de bebida, me
sobresalta, vuelvo a la realidad, aquella que no concibo sin Álvaro. Sonrío.
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76. Martes


El día amaneció ceniciento. Despierto con una inquietud que no logro definir,
entre una y otra cosa percibo la voz de Álvaro. Parece que ya escucho el sonido
del teléfono. La Pepa se complica con la carne, no usó bien la olla a presión, voy a
la cocina y la ayudo. Llegan los niños y se quejan de la carne, está dura, dice
Nicolás, es de caballo, dice Camilo. Miro a la Pepa, pienso cabeza de piedra y ella
agacha la cabeza. Improviso un plato de vienesas con ensaladas para Nicolás,
quien declaró, el puré es un asco. Niños. Nana. Y yo sin dejar de esperar la
llamada de Álvaro. La tarde se hace perenne, para acortarla llamo a Marcela y la
saludo, conversamos de los achaques, de cómo crecen rápido los niños y la lata
que da teñirse el pelo cada quince días, es una esclavitud concluimos, nos
despedimos con la promesa de comunicarnos para salir a tomar un cortado, uno
de estos días. Tomo té y fumo. Intento dormir siesta. En vano. Estoy intranquila y
tengo una opresión molesta en el pecho.
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77. Miércoles

Álvaro no llamó. No es todo, anoche llamó un amigo, compañero de trabajo, para
decirme que tuvieron un accidente. Álvaro murió, dice, está siendo velado en la
Parroquia San Agustín, sentí que las palabras se atropellaban en mi boca sin
poder pronunciarlas. Respiré hondo, y pude emitir un débil, gracias, para colgar al
instante, quedando con la mano aferrada al auricular, y la cabeza dando vueltas.
Giré hacia el living, cogí un cigarrillo mientras las lágrimas acudían, sin
comprender aún, me repetí, Álvaro está muerto. Tres palabras que establecieron
una condena a mi vida. De un zarpazo me arrancaron los sueños. No quedó nada.
Nicolás franqueó el living dirigiéndose a la puerta de calle, al verme, preguntó
¿qué pasa mamá?, me miró con cara de asustado, yo permanecí en el más
umbroso silencio, agité una mano y me sequé las lágrimas, escuché que dijo,
mamá me tengo que ir, luego conversamos, asentí con un movimiento de cabeza,
busqué un sillón y me quedé callada, fumando, el rostro de Álvaro, su figura,
pasaba por mi cabeza, agitándome hasta los huesos. Un accidente. Grito su
nombre pero el grito nunca se dijo. Su nombre quedó en mi, atrapado. Toda tu
humanidad, tu amor, tus anhelos, se quedaron apaleando mis vísceras. Y en el
rincón más umbrío me dejaste tirada, pensé, mientras me arrojaba a la alfombra y
con mis puños, pegaba al piso. ¿Quién dijo que era posible ser feliz?. ¿Quién fue
el maldito mentiroso que alimentó tal sueño?. No recuerdo mucho más. Sé que la
Pepa me encontró desmayada en el piso, que se asustó, llamó al conserje del
edificio y los dos me dejaron en la cama, luego de darme agua. Desperté cubierta
con chalones y mantas. La Pepa me dijo después que había querido llamar a
Clinicar. Sonreí con amargura. Como si hubiera un médico que pudiera curar las
penas. Como si alguien pudiera traerme a lo único que yo quería en la vida. La
muerte es para mí ahora como era para Donoso, una incógnita. Una idea de que
también se va a morir la memoria y con ella tantas cosas que uno ha amado.
Álvaro había entrado en la gran boca de la muerte. Y yo con él.
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78. Jueves


Me levanté temprano. Llamé a mi madre para darle la noticia, quiso preguntar, la
frené casi con un grito, dije, no preguntes detalles, los ignoro, agregué con
amargura, sólo tengo claro que mi vida se fue con él. No digas eso, hija, por Dios,
mamá, siempre, en estas circunstancias, se acuerda de Dios. Es cierto, afirmé con
tristeza, mi vida no tiene sentido, me dijo, tienes tus hijos, deben ser tu fuerza.
Fuerza, repetí, pensando que no tendría nunca más fuerza para amar a alguien.
Estoy vacía de amor. Pobres mis hijos. Con estos           pensamientos colgué sin
responder. La Pepa, lo supo hoy. Me trajo un café con leche, para levantarle el
ánimo dijo, la miré sin esperanza. Encendí un cigarrillo, le dije no quiero tostadas,
no tengo hambre. Me observó con preocupación, y dijo, llamé a don Alberto para
contarle la noticia, la miré interrogante, respondió, él dijo que lo sentía. Apagué el
cigarrillo, y fui al baño a lavarme la cara. El espejo me mostró un rostro pálido,
demacrado. Me puse un traje negro. Armándome de valor, abrí la puerta de calle y
dije, voy a la parroquia. Bajé los escalones. Parecieron eternos. El día no tenía
sentido. El magnolio de la vereda me pareció mustio, seco. Sentí las piernas
tiritonas. Cuando llegué a la capilla, de lejos, observé a la señora de Álvaro y sus
hijas junto a unos amigos, debían ser los otros, aquellos que estaban a su
alrededor. Me gustara o no ella era la señora de Álvaro. Todavía no habían
terminado los trámites de la separación. Ella se sonaba la nariz de vez en cuando,
sus pequeñas hijas, se aferraban a la mano de su madre. Resuelta, caminé por la
senda principal, pasé por el lado de la familia y crucé el umbral de la parroquia. Un
sollozo se ahogó en mi garganta, respiré profundo, y continué mi desplazamiento
hacia donde estaba el féretro. Unas personas se acercaban a despedirse de él,
algunos estaban de rodillas en el descanso de los asientos, otros de pie, callados.
Yo me dirigí temblorosa a un costado de la urna, miré el rostro de Álvaro, acerqué
mi mano al vidrio que me separaba de él. Todo cambió, para ti, para mí. Álvaro,
Dios no nos dio tiempo. De pronto recordé a Fabiola, estamos iguales. Nuevas
lágrimas humedecieron mis mejillas, saqué un pañuelo, lo pasé por mi rostro, me
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acerqué a ese vidrio que no permitía rozar con mis manos el rostro de quien
amaba, y lo besé, largo, intensamente. Álvaro me decía estoy contigo Verónica, mi
amor, siempre estoy contigo. Sus labios besaron mi nuca, sus brazos rodearon mi
espalda. Me estremecí. Era su voz tan real como la presión que sentí en mis
brazos, giré levemente la cabeza con la ilusión de verlo atractivo y sonriente. Todo
era espejismo, o locura, ¡qué se yo!. Sentí los ojos de los que estaban en el
recinto sobre mi espalda Estoica y brutal, permanecí de pie por casi media hora..
No me importaba que todos se enteraran que yo había sido la amante, la mujer
por la cual había roto lazos con su familia. No me importaba nada. Al parecer este
sentimiento que me acompañaba al lado de la urna de Álvaro, lo podían leer los
otros, aquellos que estaban inmutables a mí alrededor, ninguno de ellos se acercó
a reprochar. Me retiré tal como había ingresado, con paso firme, al cruzar la
puerta, la señora de Álvaro me miró, yo mantuve la mirada, ella inclinó su cabeza,
levemente y yo, asentí. Sin palabras. No tenía sentido anidar rencores, el único
ser que nos convertía en enemigas, no estaba, la muerte había sido generosa con
ella, quedaría como su viuda. Su legítima viuda, la única. El destino es indefinible.
Dirigí mis pasos al departamento que había arrendado Álvaro para vivir juntos y
que se encontraba ocupando desde hacía unos pocos días antes de su muerte.
Una vez allí, me arrojé sobre la cama. Permanecí hundida en los cojines blancos,
llorando y gimiendo el repentino ocaso que había fustigado mi vida. Permanecí en
el departamento hasta las nueve de la noche, tendida en la cama con los ojos
pegados al techo. Me di una larga ducha, después estuve desnuda sobre la cama
hasta sentir el frío de la nieve que me rodeaba. Mi espíritu estaba así, desnudo,
por no decir, muerto. Antes de regresar a casa para disipar el dolor de cabeza,
busqué unas dipironas y como una forma de darme ánimo maquillé mis ojos
debajo de los cuales colgaba una bolsa de ojeras. Miré el departamento por última
vez, hermoso con sus paredes blancas y ese gran ventanal, tal como le gustaba a
Álvaro. Sabe Dios que iba a pasar con él. Al llegar al hall apenas me despedí del
conserje. Recorrí las calles un rato, el viento no logró empañar mis pasos lentos.
El mundo seguía igual. Yo no era la misma. Pasé cerca de una pareja que se
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despedía en un paradero, el beso que cerraba sus labios fue una bofetada para
mí. La rueda del desamor nuevamente se presentaba. Caminé observándolo todo
sin ver nada. Todo se ejecutaba sincronizadamente como un acto de mi voluntad
firme, estoica, como si nada hubiera sucedido. Sin embargo el horizonte estaba
plagado de escombros y cenizas, las pestañas oscuras densas de la muerte
habían trastocado mi más profundo centro, desgarrando paisajes a la velocidad de
un relámpago. ¿Qué voy a hacer ahora? A mi mente vino de forma imprevisible y
borrosa el rostro de Alberto, al instante asomó el rostro de Matías. Nicolás y
Camilo se presentaron expectantes. Moví la cabeza, desechando esos rostros que
herían aún más mi interior. Continúe caminando.
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79. Viernes


Anoche cuando llegué a casa, la Pepa me dijo, los niños duermen, la miré colgada
de una tristeza extrema, la desolación se había apoderado de mí. Me tiré el sofá,
ella me ofreció un té, comida, un jugo, acepté el té y me puse a fumar, pregunté
por Alberto, no ha llegado respondió, pensé, es mejor, deseé que no llegara. No
podría ver su cara, hoy no, ni mañana, quizás nunca. Ironías del destino, el
hombre que amo está muerto, él hombre que alguna vez amé, está vivo. Una
amarga sonrisa cruzó mi rostro y me acomodé en el sofá, que me pareció
deslucido y viejo, mientras una interrogante giraba en mi cabeza, qué hacer ahora,
pero tenía la certeza absoluta que no podía seguir aquí, fue entonces que decidí,
el domingo veré el diario y buscaré un departamento para trasladarme con los
niños o quizás algún conocido tenga un dato. Estaba agotada, las brumas sitiaban
el ambiente, sentí que me asfixiaba, me levanté y busqué un ansiolítico. Tomé
dos, luego me fui a la cama, antes pasé por el dormitorio de mis hijos, los observé
largamente. Ellos seguían siendo mi consuelo, la única razón para existir.
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 80. Jueves




Han transcurrido unos días desde que me despidiera de Álvaro. Desde entonces,
no escribo, quise hacerlo hoy como un epitafio, es el último día que estaré en
casa. Mañana me cambio a un departamento que encontré a través de una
amiga, me llamó y dijo Verónica, te encantará. No se equivocó, cuando vi sus
paredes y cortinas blancas, lo tomé de inmediato.
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BREVE NOTA BIO-BIBLIOGRAFICA


Ingrid Odgers, nace en Concepción de Chile (1955).


Estudió Ingeniería Comercial en la Universidad de Concepción, es Analista de
Sistemas, Diplomada en Administración y Marketing. Es miembro de la Sociedad
de Escritores de Chile, se desempeñó como Secretaria General y Relacionadora
Pública de la Casa del Escritor Miguel Hernández, Secretaria General de la Unión
de Escritores región del Bío – Bío, como gestora cultural es Premio Consejo del
Libro y la Lectura 2002 con el proyecto “Cyberliteratura desde el BíoBío”. Es
directora del Sindicato de Escritores del BíoBío. Miembro activo del Colectivo La
Silla.


Su obra aparece en varias antologías regionales, nacionales e internacionales:
Poesía del Sur, Forestal 22, Voces sin fronteras, Carné Lírico Chileno, Cartografía
Cultural de Chile, Revista Safo, Revista Artemisa, Revista El ermitaño y en
diversas páginas de Internet.


Ha sido invitada al Encuentro Mundial de Poetas Mujeres en Oaxaca, México con
su Ponencia “Chile: Mujeres, literatura y discriminación”. Fue invitada al Encuentro
de Poetas en Perú en el año 2002. Ha participado en diversos encuentros
nacionales y regionales de escritores siendo co-organizadora del Primer
Encuentro de Escritores Octava región en conjunto con la Universidad F. Santa
María.
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OBRAS PUBLICADAS A LA FECHA:




   1. Voces sin fronteras- Antología de Edition Alondras-Canadá
   2. Forestal 22-Antología-Ediciones Magoeditores
   3. En las frías rodillas del mundo- Poesía-Ediciones La silla
   4. A puertas cerradas- 2005-Ensayo- Impresos Concepción
   5. La llave de la otra historia-2004 –Poesía-Impresos García
   6. Naúfragos en la ciudad-2003-Poesía-Ediciones Antros
   7. La extraña barca del olvido-2003-Poesía-Ediciones Antros
   8. Poesía del Sur-2002-Antología-Ediciones Letra Nueva
   9. El retorno del ángel-2002-Poesía-Ediciones Antros
   10. Copa de invierno-2001-Poesía-Impresos Hurtado
   11. Arcoirisdevida-1999-Poesía-Ediciones Vitral
   12. Bajopiel-1998-Poesía-Ediciones Etcétera
   13. Ángel dormido-1998-Poesía-Ediciones Etcétera




© Más silenciosa que mi sombra
Ingrid Odgers Toloza


RPI Nº 152.825- Chile, enero 2006
Derechos reservados de la autora

Novela massilenciosa-odgers

  • 1.
    PDF MÁS SILENCIOSA QUE MI SOMBRA Ingrid Odgers Toloza NOVELA
  • 2.
    2 Amis hijos CARLOS Y PABLO
  • 3.
    3 El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida. Federico García Lorca El amor es el más ardiente olvido de todo. Victor Hugo
  • 4.
    4 1 Lunes Alberto llegótarde. Yo estaba leyendo un libro cuando sentí girar la llave en la cerradura. Siempre es igual. Dejé el libro a un lado de la cama, tomé el último remedio del día y deposité el vaso de agua en la mesita de noche. Escucho sus pasos cruzar el umbral del dormitorio. Se desabrocha la corbata, cuelga la chaqueta en la silla. Apenas dice hola y me mira con ojos entrecerrados y rostro serio, sus facciones duras me intimidan como de costumbre, contesto un hola y agrego, al ver que va a salir de la habitación hacia el pasillo, en el microondas está tu comida. No responde, nunca lo hace. Cierro los ojos mientras pienso: He permanecido pegada como una lapa a la misma roca, sintiéndome un taburete en el último rincón de la casa. Antes, cuando la primavera latía y todo danzaba en el centro de mí vislumbrando horizontes de coloridas ramas, yo podía elegir libremente, posarme en una u otra. Ya no es posible cambiar. Estoy comprometida. Elegí, aunque muchas veces, me parece que otros han elegido por mí, dirigiendo mis pasos. No sólo eso, me he dedicado a tejer una telaraña cuya textura pareciera estar a punto de desaparecer. Y yo con ella.
  • 5.
    5 2 Martes Llevé aCamilo al colegio, la profesora jefe quería conversar conmigo. Camilo está distraído en clases, no hizo el último trabajo de ciencias sociales. Debo preocuparme más de él, dice que se lo pasa solo. Pasé a ver mis padres, ¡un desastre llegar a viejos!, falta dinero para unos remedios. Tendré que hablar con Alberto. Almuerzo sola. Los chicos llegan a las cinco, me arreglo para salir, un poco de maquillaje, un delineador suave y listo. La tarde es larga, demasiado larga. Le doy las instrucciones a la Pepa; que ponga la mesa y los niños coman el postre de quaker, que vigile que hagan las tareas. Me voy a dar una vuelta al centro, camino a paso lento, atravieso la Plaza de Armas, veo la pileta donde antes habían un montón de peces, recuerdo que cuando niña podía estar durante horas mirándolos extasiada, la fuente parecía un conjunto de mariposas a punto de emprender el vuelo, ahora esta sucia, envoltorios de confites, colillas y papeles se desparraman en su interior, el descuido es evidente, su aspecto me pareció desagradable, miro los añosos árboles, apenas anuncian la primavera, entro a un café, pido un cortado, garabateo en unas servilletas. El local esta semi desierto, la escasa iluminación es una espesa bruma que agobia, las horas me hunden en la más insoluble zozobra. Mis amigas trabajan. Estoy cesante, es espantosa la inercia laboral, como si te hubieran cortado las manos y te transformaran de pronto en un ser inútil, carente de valor. Me cansé de enviar currículum a todos los avisos que aparecen en el diario, es un gasto inútil. Levanto los ojos y observo el salón, sillas y mesas vacías, una que otra persona conversa en sordina, la penumbra del entorno me estremece. Enciendo un cigarrillo, quedo detenida en una grieta que descubro en la pared, es pequeña y parece profunda, alrededor la pintura está descascarada, alguna vez fue de color damasco, lentamente fumo y pienso: tengo treinta y cinco años y me siento una anciana, no sé qué voy a hacer con mi vida.
  • 6.
    6 Llegué a lasocho p.m. a la casa, todo está en su lugar, la mesa puesta, impecable, se siente el aroma a tierra húmeda de las plantas recién regadas, los libros correctamente ordenados en el estante que ocupa parte del living, el piso reluciente, parece la casa perfecta. Alberto no ha llegado. Reviso las tareas de Camilo, Nicolás está encerrado en su pieza escuchando música, le pregunto cómo le fue, me responde que bien y agrega: estoy chato con la vieja de inglés, le digo que estudie. Y recalco, es tu única responsabilidad. Me dice: Ya lo sé, mamá, ya sé. Voy a la cocina, me preparo un té y me instalo en el living a conversar con la Pepa, ella tiene como treinta años, es morena, de estatura mediana y de risa fácil, es buena conversadora, bastante entretenida y usa unas falditas cortas, que son un horror. Cada cual con sus gustos.
  • 7.
    7 3 Miércoles Anoche novi a Alberto. Me quedé dormida, no sé a qué hora llegaría. La Pepa me dice que tampoco lo sintió venir. Tomo el desayuno en cama, en un rato más me ducho y voy a casa de mis viejos, pero antes tengo que mandar a la Pepa a comprar lo que falta para el almuerzo. Estirar el billete, pan de cada día desde que ya no trabajo. A punto de salir me llama Marcela, una invitación para mañana a cenar, no pueden faltar dice y yo le digo ojala vea a Alberto y pueda hablar con él para contarle. La Marcela no puede creer que hayan pasado dos días sin que él y yo hubiésemos conversado. Créelo hijita le digo, pienso llamarlo a la oficina y le corto agradeciendo la invitación. Emito un profundo suspiro luego de terminar la conversa con Marcela. Quedo de pie en el living, los rayos de sol se desvanecen en la alfombra como en mis vértebras, el silencio se esparce en las paredes y queda estancado en el fondo de mí. La verdad nadie me cree que la falta de comunicación es el punto negro en mi matrimonio. Por no decir el abismo que se cierne como buitre sobre nuestro hogar. En la tarde llamé a Alberto a la oficina, le cuento de la invitación a casa de Marcela, dice mañana viernes tengo que hacer. Le pregunto si puede postergar el asunto, responde, veré que hago, contesto Ok. Antes de colgar, le digo que necesito plata para comprarle remedios a papá, me responde mañana en la mañana te dejo, está bien digo. Me despido con un escueto chao, y cuelgo. Me parece verlo, alto, moreno, rostro hosco, tan distinto al hombre del que me enamoré. Suspiro. Hoy en la tarde no salí, estoy leyendo a Donoso. Me gusta, leer es mi deleite. El cine y la lectura son mi pasión. La última película fue cuando volví a arrendar “El pájaro canta hasta morir”, una belleza que encontré por suerte en el video club, me la traje junto a “Sexo con amor”, nueva película chilena, me pareció algo patética, muestra la realidad, creo, de la mayoría de las parejas. Tomo once con los niños, Nicolás pelea por unas tostadas con Camilo. Tiene siete años, Nicolás quince. Tanto que deseaba un hermanito el Nico y lo único que hace
  • 8.
    8 es molestarlo. Camilollora, me pongo histérica. Alberto nunca les dice nada a los niños, tengo que ser siempre la malvada, la vieja gritona que castiga. Termina la once y con ella el temporal. Nicolás sale a casa de un amigo, Camilo tiene tareas, es decir, tenemos tareas, le ayudo con la de matemáticas y ciencias, hay que buscar animales y sus características. Falta cartulina, siempre falta algo. Le pido a la Pepa que vaya a comprar, ojalá encuentre.
  • 9.
    9 4 Jueves La Pepatrajo la cartulina y al final los tres terminamos el trabajo. Nos fuimos a acostar. Alberto no llegó temprano, típico, no pudimos hablar. Sentí cuando me quitó los lentes que tenía colgados en la nariz y el libro que sostenía en las manos. Apagó la luz, me acurruqué en mi lado, de costado y mirando hacia la puerta, como siempre. Desde la calle, un débil hilo de luz traspasó la ventana hasta la cama, un frío se coló por la puerta quedándose en mis sábanas, me agito. A las nueve de la mañana llamo a Alberto a la oficina, me dice con su característica voz grave: en la cómoda, en el primer cajón te dejé dinero para los remedios, le pregunto si iremos donde Marcela mañana, después te digo, me responde y yo me quedo en la cama con el sopor matutino y el sol haciéndome burla por la ventana. En la tarde voy donde mis padres, paso a buscar la receta, salgo a la farmacia y vuelvo con el remedio. Llega mi hermana conversamos un poco, tomo once con ellos y vemos una teleserie, me cargan pero donde manda capitán no manda marinero me digo y permanezco quieta, hay que aminorar la tarde. La casa de mis padres es mi refugio, la calidez de su hogar y la alegría sempiterna de mamá mengua el dolor que se asienta en mí. Nos da un ataque de frutas, mamá hace el merengue y hacemos tutti fruti. Conversamos de los niños, nos despedimos tardísimo. Son las veintitrés p.m. cuando llego a casa. La Pepa está en su habitación. Alberto acostado roncando, los niños duermen. Sólo el tic- tac del reloj rompe el sigilo. Voy al baño, me lavo, me pongo el pijama y me acuesto.
  • 10.
    10 5 Viernes. Despierto demal humor. Este animal todavía no me ha dicho si iremos o no a casa de Marcela, no insistiré, a ver qué pasa. Voy al supermercado, hay que hacer algunas compras. Dispongo el almuerzo, veo lo que falta en la despensa, anoto y salgo. El día está soleado pero un poco frío. Este tiempo no la deja a una vestir lo apropiado, o te mueres de frío o de calor o te sobra ropa o te falta. El supermercado estaba lleno de gente ¡Mierda! Regreso cargada, con los dedos adoloridos y bastante enrojecidos. Día de la quincena, me costó tomar un taxi, todos pasaban ocupados. El taxista me da la lata, yo no tengo ganas de hablar, realizo un esfuerzo y me hago la simpática, él no tiene la culpa de cómo me siento, la rutina de los días se extiende en la vereda, mujeres con bolsas, hombres con maletines, atraviesan la calzada a pasos rápidos. Subo a casa y desempaco, ordeno en la cocina el contenido de la caja y unas bolsas. Alberto ha llamado dos veces me cuenta la Pepa, le devuelvo el llamado y me dice que a las ocho p.m. me pasa a buscar. Está bien, le digo, agrega; no te demores, tienes que estar lista cuando pase a la casa. Pienso, es tan de él esa frase, le carga que lo haga esperar, pero no tiene contemplaciones con sus retrasos. Almuerzo conversando cualquier cosa con la Pepiña, después leo sumida en mi sillón predilecto. Me sirvo té en el comedor, enciendo un cigarrillo y quedo observando el cuadro colgado en la pared, el esbozo de un camino desguarnecido, sin horizontes, se asemeja al estío que me anega. Los niños llegan, no quieren once o por lo menos nada caliente. Les preparamos un vaso de leche fría y un sándwich de queso, comen hambrientos, después, van a ordenar las mochilas y se colocan el buzo. Es viernes en la tarde y ellos tienen chipe libre para jugar, Camilo se junta con sus amigos en el patio de abajo, Nicolás más tecnológico se pone de acuerdo con unos amigos para jugar en la red cibernética. Voy a la ducha y me cambio ropa para salir. Tomo otro té y lo acompaño con otro cigarrillo. Me quedo ante el ventanal que tiene las cortinas plegadas y las
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    11 persianas arriba. Clavadaen el piso, miro las nubes que navegan imperceptibles el cielo. Después de disfrutar el tibio sabor del té, me zambullo en el closet, en busca de un bolso o una cartera apropiada para la noche, saco el conjunto negro, ese de peto y pantalón en seda, me parece adecuado, en tanto, Nicolás me pide a gritos desde su pieza que haga un queque, mañana respondo, mañana sábado. Le digo a la Pepa que a las nueve entre a Camilo y que se preocupe de prepararle la tina, sécale el pelo con el secador, no le vayan a doler los oídos. Insisto en que tiene que bañarse, sé que llega sucio con la tierra del parque. Vivimos en la calle Ongolmo, a una cuadra de la Universidad y del Parque Ecuador, un barrio tranquilo. Son las ocho y cinco y entra Alberto a cambiarse zapatos, camisa y chaqueta, se afeita rápido. Toma un café con tostadas y va a lavarse los dientes, no emite palabras, ¿Estamos listos? pregunta al fin y yo respondo, si, listos. Me despido del Nico y la Pepa, me miro en el espejo, la figura de una mujer de un metro sesenta, algo gruesa, blanca, de pelo castaño y ojos pardos me saluda, las personas suelen decir que mi mirada tiene un dejo de tristeza, muevo la cabeza y me digo, ésta soy, y salvo la tristeza, me gusta lo que veo, retoco los labios. Salgo detrás de Alberto, subimos al auto, no hablamos. Vamos a la cena. Paramos a comprar cigarrillos, él se baja en el supermercado Los Ramos, veo que intercambia algunas palabras con la cajera, regresa al vehículo, sin palabras me entrega una cajetilla de Kent, característico. Siempre que salimos compra Kent, es más light, según él es como especial para cuando salimos con los amigos. Tonteras de Alberto.
  • 12.
    12 6 La cena. Elmarido de Marcela está de cumpleaños, nos enteramos al entrar. La verdad yo no tengo memoria para los cumpleaños, además pienso que cualquier día está bien para hacer un regalo, mucho mejor si de sorpresa y sólo de cariño. Un montón de amigos y varios regalos en unas sillas, hay amigos comunes, de los tiempos del colegio, de casas vecinas, algunos familiares sentados alrededor de la gran mesa del comedor. Una sala preciosa, amplia, confortable. Saludamos y se hace el brindis inicial con una copa de champagne, Alberto hace el brindis, tiene una oratoria que no falla. Ojalá hablara así en la casa, me digo mientras levanto la copa al mismo tiempo que los festivos comensales. Somos alrededor de treinta. La comida es asado a la chilena, ensaladas, papas, ají rojo, vino tinto, ponche, un trozo de torta de piña con café o té, pisco sour o piscola después del postre. Éste último es espectacular, helado, servido en unas gigantes y rectangulares copas color cielo, con harta fruta, crema y bañado en salsa chocolate. Al verlos, algunos aplauden felices. Luego del café, los cigarrillos humean iracundos entre las tallas. Es fastidioso estar sentados por horas, me disgusta. Después de las doce de la noche abren las botellas de whisky, los hombres se apiñan en un rincón de la sala color verde claro, conversan de pie alrededor de una mesa con picadillos y botellas de licor. Al otro lado, las mujeres se sientan en sofás y sillones, algunas conversan, otras fuman, limitándose a escuchar. La cháchara de costumbre de las féminas: los hijos, los títulos, el último viaje a Europa, que Estados Unidos, Miami y Cancún. Un verdadero tedio, no sé qué hago aquí. Alberto está en su salsa, es el centro de la conversación. Pasaron de la política al fútbol, de los seguros a la bolsa y las posibilidades de inversión. La mayoría son empresarios independientes, las mujeres, algunas comerciantes, otras amas de casa con profesión, pero no trabajan, dicen. El trabajo de la casa no cuenta para nadie y al parecer ni para ellas, eso que algunas dicen que primero son mamá. Incongruencias, me digo, ¡qué mierda hago aquí! entre tanta mujer que no habla nada interesante. Me habría gustado conversar con Marcela, ella está dando
  • 13.
    13 vueltas por todoslados repartiéndose entre los invitados, definitivamente para hablar con ella, deberé invitarla a otro lugar, en otra ocasión y las dos solas. La sala repleta, las carcajadas, las copas danzando entre los dedos, son una bofetada para la tristeza que invade mis entrañas. Es un fastidio comprensible que haya invitado a tanta gente, el Pato tiene harta familia entre hermanos y sobrinos, no dejemos de lado las amistades. Miro la hora, son las dos de la mañana y nadie se mueve. Busco con la mirada la cara de Alberto y le hago un gesto disimulado de “quiero irme”. El levanta su mano libre de copa y me hace una seña indicándome que espere. Voy al baño, es grande, está cubierto de cerámicos color azul claro, las toallas son del mismo tono, las perchas y el toma confort son color plata, todo es fino y delicado, hay un espejo que cubre la pared, tiene gusto la Marcela, me miro, veo que el rimel se me corrió, me arreglo el borde de los ojos y la cara, me peino un poco y retoco mis labios. Me demoro en el baño, me fumo un cigarrillo encerrada, lo apago cuando alguien toca la puerta. Un último vistazo en el espejo, salgo hacia el pasillo y la hermana de la Marcela me dice linda, disculpa, ¡estoy con unas ganas de hacer pipí!, arruga la cara en gesto divertido, le sonrío, te entiendo, no te preocupes y me dirijo al comedor. Las empleadas siguen transportando bandejas, sacando copas y platos vacíos y colocando copas y bandejitas con picadillos. Los hombres toman y hablan como locos, las mujeres no lo hacen nada de mal. Hay que matar de alguna manera la noche. En la madrugada algunos empiezan a retirarse, la Marcela y el Pato los despiden, aprovecho de decirle a Alberto que nos vayamos. Está ebrio, me dice espérese pues mijita ¿cuál es el apuro? y no digo nada. Pienso, el apuro es salir del grupo de siúticos que me mortifican. Me fumo el último cigarrillo y me integro al resto de mujeres, me limito a escuchar las necedades que hablan. ¿Será todo el mundo igual? A las tres cincuenta y cinco de la mañana, el “pelota” de Alberto me indica que al fin nos vamos. Busco las chaquetas, mi bolso y nos despedimos. La escarcha cubre los vidrios del auto, enciende la calefacción, me apesta el zumbido, nos vamos a casa, entramos, las sombras nos saludan, no se siente ni el canto de un grillo, enciendo la luz y le pregunto si quiere un té. No, me dice,
  • 14.
    14 vamos a acostarnos,este huevo quiere sal me digo, pienso que no tengo ganas y dejo que se vaya a acostar primero, instalada en el living tomo un vaso de coca- cola y fumo, las volutas se propagan una tras otra en la sala, mientras pienso que detesto tener sexo con un tipo bebido. La verdad que no me acuerdo si alguna vez fue grato estar con él y su aliento alcohólico carcomiendo mi rostro, menos mal que mi retraso dio resultado. Observo el entorno, apago el cigarro y la luz. Me voy a la cama ¡Qué rica la encuentro sin un vampiro que me acose! Claro, esto lo pienso ahora, antes hubo muchas noches que buscaba a Alberto por esa necesidad que tenemos las mujeres de ser regaloneadas, esa niña chica que habita en nuestro interior que quiere que la mimen y al final entregamos sexo a cambio de un par de caricias. Muchas veces dijo ¿qué te pasa?, déjame dormir que estoy cansado, con una cara odiosa indescriptible ¿Será el destino de nosotras? Antes, como decía, lo buscaba, ahora ni me atrevo. Por decir lo menos, tal vez no se trata de no atreverme sino que me faltan las ganas.
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    15 7 Sábado. Nos levantamostarde. Nicolás y Camilo van al colegio al grupo de ajedrez y Alberto sale al mediodía como es habitual. No sé a dónde va, tampoco pregunto. Voy a la cocina y converso con la Pepa. Ella hace el aseo, yo cocino, enciendo la radio para animar el trabajo. A las dos llegan los niños, almorzamos sin el papá. Como es habitual los días sábados, no aparece sino hasta muy tarde. La Pepa pidió permiso para irse en la tarde a su casa y volver el domingo en la noche, no hay problemas le digo, hoy no saldremos a ninguna parte, a lo más iremos a arrendar unos videos para ver después de comida. Se apresura a lavar los platos, le digo que deje en el microondas el almuerzo a su jefe. Converso un poco con los niños, acaricio a Camilo, él va en busca de una naranja y sale a jugar, ¡te quiero mamy! me grita. Me hace feliz. Nicolás va a la pieza del computador. Me preparo un cafecito y enciendo un cigarrillo, el primero del día, su aroma me reconforta. Busco el libro “Este domingo”, para terminarlo, me parece bueno. Alberto llega a las cuatro p.m. con cara de pocos amigos y diente de caníbal. El sábado lo terminamos como pensaba: fuimos a arrendar videos al Blockbuster y los chicos tomaron bebidas acompañados de palomitas de maíz, nosotros, una piscola y un montón de papas fritas.
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    16 8 Domingo. A Titole dio un ataque de religiosidad, fue a misa con Camilo. Almorzamos a las dos, después nos fue a dejar a casa de mis padres con Camilo. Nicolás fue a jugar fútbol. Conversamos con mis viejos, nos acordamos de los parientes. Todos están bien, claro, si alguno estuviera enfermo lo sabríamos, las malas noticias corren rápido. Se nos ocurrió con mamá hacer empanadas de queso, una forma de entretenerse en esta larga tarde dominguera, donde el sol apenas abre sus párpados. Terminamos la tertulia familiar con un mate y empanadas, conversamos de nuestros abuelos maternos y su vida en el campo, lo déspota que era el abuelo con la abuela y lo nada de fiel que fue con la pobre vieja, hasta tenía sus devaneos con las empleadas de la casa. Propio de los grandes propietarios de fundo, poder, abuso y machismo, este último por toneladas. ¡Pobres mujeres! no podían emitir palabra ante tanta arbitrariedad. No sé, los recuerdos de mi abuelo no me son gratos, me duele pensar que mi mamá creció con un padre así y con una madre golpeada por él. Aún cuando las mujeres de este siglo todavía sufrimos la infidelidad y el machismo, claro que ahora también algunas mujeres no se quedan atrás en cuestiones de amoríos extra maritales. No sé si yo sería capaz de engañar a Alberto, nunca se me ha pasado por la mente, el ejemplo de mis padres me hace desear un matrimonio para toda la vida. No sé hasta qué punto será posible, hay tanto que soportar. En todo caso fue agradable conversar y compartir, para llenar ese vacío, la terrible carencia afectiva que imagino todos tenemos en algún grado. Los viejos nos entregan tanto amor, es lo que cuenta. Tarde retornamos a casa y terminamos el día domingo viendo televisión. Es lo usual, callados, ensimismados en nosotros mismos, en tanto los hijos hacen los últimos preparativos para el colegio, luego de haberles planchado los delantales, los pantalones y revisar sus camisetas y calcetines. Es pesada la labor de la casa, menos mal que tengo a la Pepa, pienso. Porque no tengo dudas: no nací para dueña de casa pero, vaya que me ha tocado. Sobretodo con un marido que no ayuda en nada. Ya me imagino a Tito cocinando, se le caería tres veces el pelo o
  • 17.
    17 patearía la cocinaa los cinco minutos, si ni siquiera es capaz de prepararse una taza de café. Bendita sea mi suegra que en paz descanse, ¡puchas! que enseñó mal a sus retoños, me pregunto ¿qué diría el niño terrible que es Alberto si encontrara este cuaderno?, mejor ni pienso, si hasta el hecho que lea le parece estúpido. El fútbol, la política, los negocios, el café Haití. Es todo lo que le interesa, el resto puede desaparecer y seguro no se dará cuenta.
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    18 9 Lunes. Empezó otrasemana, un aburrimiento. La rutina de siempre, los chicos al colegio, disponer el almuerzo y hacer las compras. Se me ocurre tejer un suéter para Camilo, salgo a comprar lana y llego a casa con ella y palillos nuevos. El Nico se pone celoso, ¡Cómo cresta agradar a todos! Pensará alguno en ¿cómo agradarme a mí? …. Lo dudo. Deseo que mis hijos se lleven bien como toda mamá y es lo natural por lazos sanguíneos y por el tiempo vivido en común. Pienso que una buena relación entre hermanos ayuda a sentirnos mejor. Yo no tuve eso con mi hermana, y pesa mucho, querámoslo o no, es un enorme vacío. No se porqué será que cuando el interlocutor es un amigo o un compañero de trabajo expresamos lo que sentimos o lo que queremos, podemos tratar las discrepancias e incluso los conflictos. Sin embargo a veces nos sentimos incapaces de tratar ciertas cuestiones con nuestros hermanos. Enseguida salta la chispa, la discusión, nos llenamos de rabia y resentimientos. O también puede ocurrir que nos encontremos con una fría acogida a nuestro propósito de entablar una conversación sobre el tema que nos interesa, lo que nos desanima a un nuevo intento. Definitivo, no me gustaría que mis hijos se llevaran mal. Me preocupa esto, simplemente porque no deseo que sean tan poco hermanables como mi hermana y yo. Supongo que tengo mucho que hacer con mis hijos por este motivo. ¿Quién dijo que en casa las mujeres no trabajan? Ya quisiera yo que los machos se vieran con labores de casa, plata justa, tareas escolares, y más encima actuar poco menos que de sicólogas para arreglar los conflictos de los niños. Agreguemos como gran filete: a los maridos ¡Qué fácil es la vida para los hombres! A ellos sólo les interesan las mujeres para que le hagan las cosas y ojala sean mudas. Así no se rompen los sesos tratando de comprenderlas. Creo que lo ideal para estos especimenes es que tengamos cerebro de pájaro y resistencia bruta. Para aguantar el morral de sus tonterías.
  • 19.
    19 10 Miércoles. Ayer noescribí nada, amanecí bajoneada. Los recursos escuálidos me aquejan, es terrible pedirle plata al marido, no disponer de un peso. La cesantía me duele. Retomo el tejido, mientras me pregunto ¿Y para esto estudié? La amargura me invade, el horizonte se visualiza desteñido. La rutina doméstica agobia, hay frío en la atmósfera y traspasa mis huesos el desconsuelo. Me siento abandonada por el hombre con quien comparto la vida. Alguna vez tuvimos sueños, ilusiones, esos anhelos previos al matrimonio, una casa, hijos, un hogar, con el pasar de los días, meses, nos fuimos distanciando. Sería más apropiado decir que compartimos techo. Solo eso. El trabajo de Alberto y su ambición nos ha alejado. Luego, mis estudios y responsabilidad laboral, los horarios, los amigos de Tito y los niños, si, los niños, terminaron por alejarnos cada vez más. Subsiste el compromiso, las obligaciones. El amor creo que se marchitó en la prisa, en las duras jornadas de trabajo. Pasa que las llegadas tarde y el cansancio matan la calidad de vida y terminan por ser las armas destructoras del afecto y la caricia. Bueno es lo que pienso, tal vez sean otros los motivos pero no me atrevo ni siquiera a escribirlos, es duro verlos en la página, no estoy preparada para ello. Debo tener calma y encontrar algún atisbo que ilumine esta vida mía desarmada por la escasez de afecto. Alberto ya no es el mismo, es más, nosotros ya no somos los mismos. Y decir nosotros no parece exagerado cuando la garra del silencio se agiganta al pasar los días.
  • 20.
    20 11 Jueves. Estoy sola,la Pepa salió a comprarse medias. Los niños están abajo con sus amigos. Alberto me buscó anoche para tener sexo, fue espantoso, mi vida sexual es un desastre y no sólo eso, me siento cada día más vacía. Una pálida y húmeda sonrisa baña las habitaciones de la casa, un temblor anida en mi pecho, la soledad se erige en la más fiel compañera. La sensación de ser ajena a este mundo invade mis huesos hasta sentir las lágrimas descender por mi cara mientras crece la angustia insoportable. Descubro que este llanto se ha deslizado como un largo gusano por los muros de un túnel en el que se hace inalcanzable vislumbrar un mínimo relámpago. Los años han pasado ocultando este dolor tras una apariencia de normalidad difícil de mantener. He sido siempre terriblemente desdichada, es primera vez que escribo esto, reconocerlo y leerlo en la página me hace sentir una bola de fuego aprisionándome el pecho, tengo el pulso acelerado y la garganta seca, tomo un vaso de agua y bajo las persianas. Se alborotan en mi mente las interrogantes sin respuestas, como si todo me hubiera abandonado.
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    21 12 Viernes. Fui acasa de los viejos, mi madre no estaba, sale con frecuencia a hacer los encargos de mi hermana Betty, es su costumbre. Antes de regresar a casa pasé al negocio de Susana y charlamos un rato. Ella se quejó de lo mal que iba el negocio, yo, del precipicio que mis pasos bordean. Mi vida transcurre plana. De nuevo hoy la angustia habita mi pecho, inevitablemente. Camino entre la gente, siento que el mundo se me cae encima, compro una flauta que Camilo tiene que llevar a clase de música, el colegio es un gasto que no para. Hablé por teléfono con mi cuñada Berta, me reclama que no la voy a ver, busco excusas y salgo bien parada, la verdad es que la parentela me apesta. Debo aclarar que Berta es muy afectuosa conmigo, pero no quiero que se de cuenta lo infeliz que soy con su hermano, ocultar a la familia de Tito nuestra infortunada relación ha sido mi costumbre, es la realidad hipócrita de siempre, la del medio en que nos movemos, del que es difícil escapar. ¡Cuánto durará este secreto! La crisis, la tristeza, hasta cuándo podré contenerla. Si alguno de mis cuñados pregunta algo, muy sutilmente le digo no preguntes tonteras y cambio el tema rápidamente. Jamás dejo ver que mi vida junto a su hermano carece de todo sentido. A fin de cuentas, es parte de la tradición de las mujeres de mi familia. Disimular, aparentar. Es lo aceptado socialmente. ¡Mierda!
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    22 13 Sábado. Alberto medijo que fuéramos al supermercado. Me carga ir con él, es un idiota la cara se le transforma en el supermercado a causa de sus mañas. Me estresa. No se para qué insiste que vaya con él, no me deja elegir nada. Todo lo escoge él de las estanterías, como si yo no tuviera criterio para seleccionar la mercadería, él lo sabe todo, menos que me tiene harta. Hubo un tiempo en que las cosas eran diferentes. Días en que entrar juntos al supermercado, era una aventura, elegir felices, de común acuerdo las cosas y sacarlas con sonrisas de las estanterías. Entonces no existían rictus amargos en los labios, ni miradas llenas de reproches, ni un leve dolor de estómago, ni la estúpida sensación de culpabilidad. Hoy vivimos arrastrados por el torrente de cuentas, acosados por el próximo mes y su carga de responsabilidad. Millones de puntos álgidos ha acumulado el día, la noche, los amaneceres, y esas decepciones forman un gran orificio en la manta que alguna vez me encargué de tejer para proteger a mis hijos, a Alberto, a mí. Se cayeron los luceros de antaño a la gran ciénaga de la incertidumbre, al abismo de la indiferencia, los vehículos del encanto me dejaron plantada en la berma. Ninguno se ha detenido por mí.
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    23 14 Domingo. Los niñosquieren que les cocine cosas ricas, las alternativas son pan amasado, panqueques con manjar, sopaipillas. Triunfan los panqueques. Igual hice unos pocos panes amasados, Alberto es loco por el pan caliente, yo apenas pruebo un panqueque. La tarde del domingo se me hace larguísima, como una cuncuna kilométrica. Tomo el tejido, la verdad es que me está quedando hermoso, eso me reanima. Hice once comida y luego planché los delantales de los niños, el rito dominguero. Reviso las tareas del chico, le ayudo a ordenar la mochila, le preparo el baño, me instalo frente a la TV hasta pasado las doce de la noche, no sé lo que veo, no logro concentrarme. Los pensamientos son lanzados en mi mente como un gran chorro de agua al verde prado. Inútil. Nada parece relucir, todo es estéril. Sentada en el sofá, me digo, esta es mi vida y lo será hasta el día que me muera, me dan ganas de llorar. Estoy en una prisión, me pregunto ¿qué voy ha hacer?, sin trabajo todo se complica, debo soportar las actitudes denigrantes de Alberto respecto al dinero, que me deje la plata en el velador sin decir palabra, o que me mire en forma despectiva cuando le pido dinero, y que me exija con voz de mando: anota los gastos en un cuaderno y no llames tanto por teléfono, los voy a revisar cada mes. Se hace insoportable el control económico y psicológico que está ejerciendo sobre mí y yo soy débil, una cobarde con los pies metidos en un gran pantano. Pienso en mis hijos, y es mi único aliento, por ahora. ¿Hasta cuándo? Ojala pudiera responder.
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    24 15 Lunes La Pepame sirve desayuno, me consulta por la ropa que tiene que lavar. Le pido que me compre cigarrillos. Doy unas vueltas en la cocina, voy al comedor, saco el florero y lo limpio, dejo unas rosas amarillas en agua. Voy a la ducha, me miro largamente en el espejo: joven, nada de fea y aburrida. Me pongo unos jeans y un polerón delgado, tomo la cartera y salgo. Hoy no almuerzo en casa, me asilaré toda la tarde donde mis viejos, llevo un libro de Maupassant para entretenerme. No leí absolutamente nada, el plan lo echó abajo uno de mis queridos tíos de visita en casa de los viejos. ¿Cómo que no estás trabajando? Y ¿por qué?, con tus estudios deberías hacerlo y ganar buen dinero, y blablablabla…… lo increpo ¿se ha preguntado usted si hay mercado laboral para mujeres que han pasado los treinta años? Me mira asombrado y responde: es que tú no has hecho nada… y ¿cómo sabe usted? Se encoge un poco, hace un gesto con uno de sus hombros. Queda taciturno, me mira, yo sigo ¿ignora usted los índices de cesantía de este país?, de inmediato se pone a defender al gobierno y yo le digo por favor no, no más palabras, y voy a la cocina a echar un par de puteadas por este viejo de mierda que se viene a meter donde nadie lo llama. Mamá me observa con un pedazo de queso y un cuchillo enorme en su mano, dice perdónalo, es tu tío. Yo quisiera tomar el cuchillo, ir al living y cortarle la lengua a ese viejo huevón. Maupassant quedó en el olvido. Este lunes fue horrible, la impotencia es mayor que cualquier otro día, la amargura me inunda, creo que todo es hongo, un gran hongo, repito como tonta y me preparo un pisco sour gigante y me lo tomo sentada mirando el cielo sin luna ni estrellas.
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    25 16. Martes Me despertóFabiola para invitarme a una reunión de ex compañeros de estudio. Le pregunto la dirección y le digo que trataré de ir. El miércoles a las 20 horas me recalca, no faltes, está bien respondo. Me levanté tarde, estuve tejiendo en la cama, terminé la parte delantera, me faltan las mangas. Camilo es tan tierno y amoroso, es lo único que me da vida, Camilo y Nicolás. Lo demás, una mierda. El resto es sinónimo de Alberto, alias Tito, alias el rey de la noche, alias el hombre que me tiene hasta más arriba de la coronilla. Me acurruco en la cama, que se asemeja a una barca a la deriva, me tapo hasta la cabeza sin dejar de pensar que estas quejas son tontas, inútiles, porque en el fondo sé que debo tomar una decisión, que esto no puede ser. No debe ser. ¡Qué bruta soy! Aquí en medio de todo, sin nada que me saque de esta inercia absurda y real como mi cobardía e indecisión.
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    26 17 Miércoles. El díatranscurre lento y tranquilo. A las dieciocho treinta me levanto del sofá para meter mi humanidad bajo la ducha. Iré a la reunión que me invitó Fabiola para ver si sucede algo interesante. Por último algo de distracción que me aleje la monotonía, la casa, los niños y…..Alberto. Ubico un terno en el closet busco una blusa que le haga juego, unos zapatos cómodos, los mocasines negros le quedan bien. No le dije a Alberto que saldría, para qué, tal vez llegue más tarde. Me despido de los niños y de la Pepa, Camilo dice mamá tráeme algo, pienso, a la hora que regrese no habrá boliche abierto, lo beso y lo aprieto contra mi cuerpo. Amo a mis hijos. Es la verdad más verdad de toda esta vida. Salgo cabizbaja rumbo a la evasión, el imán cotidiano que me lleva por no sé qué camino.
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    27 18 Jueves. Escribo sentadaen la cama, pareciera que estoy en una isla, una isla en la que puedo tomar un café amargo, que me irrita el estómago pero que logra despabilarme. Son las doce cuarenta y en puntillas como si alguien estuviera al acecho saqué el cuaderno del cajón con el lápiz infaltable entre sus hojas, me tiembla un poco el pulso y estoy con la cabeza pesada, pero el deseo de registrar lo que me inquieta es más fuerte que cualquier molestia, escucho a la Pepa tararear una canción en la cocina, los niños tardarán en llegar. Ayer llegué de madrugada. Se me pasó la mano, bebí demasiado, sin embargo no logré perder los quilates, eso es algo que me gustaría, tal vez me sentiría un poco más radiante. La felicidad es una negra desconocida para mí, la vida es como una enorme víbora que ahoga con su carga rutinaria, una gran mochila de responsabilidad y deber cuyo peso dobla mi espalda. El sol hiere mis ojos, su luz rasga la habitación y agiganta mi tristeza. Necesito amar y ser amada como la mujer que soy, he perdido la esperanza y no hay nada que me anime, a veces creo estar lista para tomar una decisión y luego tambaleo, soy débil pienso y viene la resignación. No tengo trabajo, eso complica y sume en un letargo indefinible. Mi vida son mis hijos, verlos crecer me emociona, la madre que me habita minimiza a la mujer. Ocurre a veces y creo que es mejor así. Olvidarse de ser mujer ¿acaso se puede? Con todo el peso de haber nacido en un hogar conservador, apegado a las reglas sociales, al parecer sí, sólo que ahora se está convirtiendo en algo sumamente difícil.
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    28 19. Viernes Hoy llevéa Camilo a control médico, al parecer sufre de colon, el gastroenterólogo le pidió unos exámenes. No sé por qué diablos este chico me salió tan nervioso, herencia materna parece. Cuando niña solía sufrir de dolores de estómago, nunca supe por qué. Mi madre me llenaba de agüitas calientes en la noche y agua del carmen en terrones de azúcar antes de irme al colegio, por si acaso, decía. No recuerdo como desaparecieron las molestias junto con esos ritos maternos. En la tarde recibí el llamado sorpresivo de Matías. Increíble. Me invitó a salir, y yo acepté. Quedamos de juntarnos en el Royal Pub, mañana a las ocho de la noche. Será la primera vez que salgo un sábado, sola, sin Alberto.
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    29 20. Sábado. Como todoslos sábados preparé el desayuno, pan tostado con huevos revueltos. Anoche, casi después de las doce, se me ocurrió hacer un queque, así que acompañé las tazas de té con una gigantesca rebanada de dulce bañado con manjar, los chicos estaban felices, y yo por ellos. Hoy no fui a las compras. Lo hizo Alberto acompañado de los niños, me metí a la cocina y me puse a charlar con la Pepa. Está sufriendo de mal de amores, es que la Pepa es una polola incurable, me entretiene con sus historias, yo le digo cuidado no vayas a salir con un domingo siete, me mira y se mata de la risa, lo pasamos bien con la Pepa, nos queremos harto. Luego de ayudar con el almuerzo me fui a ver la ropa que usaré para la cita con Matías, espero que hoy Alberto salga con sus amigos para estar tranquila y sin culpa, típica enfermedad de las mujeres criadas con mentalidad machista, no destiño en eso, muy a mi pesar. El suéter para Camilo lo terminé, quedó hermoso y él feliz.
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    30 21. Domingo Anoche fueespecial. Hacía tanto tiempo que alguien no me llenaba de atenciones. La noche estaba cálida el cielo plagado de estrellas y un lucero nos sonrió con desparpajo. Matías se confiesa mi admirador, dice que hace tiempo que deseaba verme, lo escucho y me hago la tonta. Me dejo regalonear. Nos tomamos unos combinados con una tablita. Estuvo delicioso y la velada también. Cual cenicienta me fue a dejar a la casa a las doce de la noche, quedamos de volver a vernos, qué rico. Matías me entretiene y ya no me siento tan sola. Suerte la mía, Alberto no ha regresado, fue a jugar pool con sus amigos, Nicolás salió a casa de Rodrigo su amigo de siempre, Camilo jugó hasta tarde y duerme plácido. Me encontré a la Pepa sentada en el living viendo tele. Pepiña pregunté, por qué no nos tomamos un café con galletitas y luego nos fumamos un cigarrito, me mira y sonríe al tiempo que dice ¡esa es mi patrona! y agrega, parece que le fue bien en la salida. Es pícara la Pepa, yo me quedé callada y desvié el tema. Hoy domingo serví de almuerzo lo que quedó de ayer, agregué una sopita y listo. Alberto fue al estadio con Nicolás, Camilo quiso quedarse conmigo, o mejor dicho jugando. Me puse a hacer pan amasado, rematé el domingo viendo televisión enterrada en un sillón del living. Cuando me fui a acostar me encontré a Tito con la boca abierta roncando y con el control en la mano, le retiré el control de la mano y le saqué los lentes, me miró con un ojo y la cara agria, protestó, no le hice caso, apagué la TV y la luz.
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    31 22. Lunes Demasiado tranquiloel fin de semana. Lo que no hablamos con Alberto lo discutimos enfurecidos en la mañana del lunes. Motivo: la plata, eterno problema de los matrimonios, que se gasta mucho en la casa, que soy una irresponsable, que no me preocupo lo suficiente de los niños, que no hago nada mientras él pobrecito, se saca la cresta por nosotros. Para abreviar le tiré el anillo por la cabeza, salió como un energúmeno, yo me quedé llorando como una estúpida. ¿Quién cresta inventaría el matrimonio? Obvio que no me hice mayor atado con el almuerzo, le dije a la Pepa que hiciera un puré con huevo frito y una gelatina con manzanas para los niños, y salí a casa de mi madre para alejarme de los hielos que habitan la mía y que amenazan con congelarme. No vuelvo hasta la noche, la casa me tiene harta. Posibilidades de trabajo: cero.
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    32 23. Martes Anoche lleguéa casa tipo diez de la noche. Nicolás se acercó a darme un beso, me tomó la mano y mirándome con sus grandes ojos azules, me dijo que necesita zapatillas nuevas, le respondí que hablaré con papá, después, Camilo me atrapó con unas tareas de matemáticas, éste niñito no ve una con los números. Le ayudé a ordenar su mochila, lo acompañé a ponerse el pijama, le dije lo mucho que lo quería, él me abrazó y me dijo te amo mamy, yo me derretí, la vida solo por eso vale la pena. Me fui al living y llamé a la Pepa. El Nico todavía chatea con sus amigos, suerte que no ha llegado el ogro. La Pepa me cuenta como va la novela del canal nacional, nos fumamos un pucho, miro el reloj, las veintitrés cincuenta y ocho, Alberto no llega, que bueno, me daría lata verle la cara. Y no se la vi. Hoy martes fue un día normal, llamé al gásfiter para que arreglara las llaves de la cocina. Me llamó la Marcela para saber como estaba, como las peras le dije y le conté el episodio con Alberto, los hombres son una mierda me dijo. Estoy de acuerdo. Quedamos de salir un día, ella también está apestada con el Pato. Puros problemas.
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    33 24. Miércoles Matías llamóhoy, quiere que nos veamos de nuevo. Le digo que tengo un montón de cosas que hacer, que lo llamaré mañana. Medio descontento dice que esperará mi llamado, agrega no me dejes esperando, respondo te llamaré. Hoy llevé a Camilo a hacerse la endoscopía. A la vuelta del centro médico llamé a Marcela y nos juntamos en el Piazza, pedimos una lasaña exquisita y unos vinitos y piscos acompañaron la charla. No podía ser de otra manera, ambas tenemos la vida complicada, Marcela culpa a la falta de comunicación su maltrecha relación con Patricio y yo la escucho cuando se explaya: La fantasía del noviazgo es tan estrambótica, ¿qué pasa con los jóvenes esposos que tanto se amaban cuando eran novios? Si bien es cierto que durante la época de noviazgo se dieron en parte las condiciones para que la pareja se enamorara, al llegar al matrimonio, una vez " conquistados" se descuidaron elementos que un día permitieron que se fijaran el uno en el otro. ¡Ah! Ya sabes dice Marcela con aire de añoranza, el noviazgo es una época de intenso romance que indudablemente favorece la comunicación. Cuando estamos enamorados manifestamos continuamente que nos amamos, compartimos sueños, nos ponemos metas y ¿por qué no decirlo?, también preocupaciones y tristezas. Se saben interpretar los silencios y caras largas, con una flor o un chocolate, surge nuevamente la más alegre de las miradas; porque el corazón enamorado busca la felicidad del ser que ama, prosigue entusiasmada, contaba una amiga que hace cursillos en la iglesia, que recientemente en uno de preparación para el matrimonio se le preguntaba a una pareja de novios: " ¿han hablado de sus diferencias, de sus gustos, de sus cualidades y sus defectos?’ "Todo nos lo hemos dicho" fue la respuesta "¿Y qué cualidad te atrae más de tu novia?, preguntaban al muchacho y la respuesta fue: "todo". Y al preguntársele por el defecto que mas le disgustaba, su respuesta fue: " ninguno". ¿Qué sucede al llegar al matrimonio?, sabes chica, continúa la Marcela, no logro comprender lo que nos pasa, sólo que todo enseña que el lenguaje absoluto de los enamorados
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    34 es síntoma clarode la falta de objetividad que hay en el romance, con razón se dice que "el amor es ciego pero los vecinos no”, un par de carcajadas acompaña este afirmación al instante pone cara seria y dice, esta falta de objetividad crea falsas expectativas en los enamorados, es la que causa en el matrimonio las crisis en la comunicación, porque al llegar al matrimonio, nos damos cuenta que la realidad es otra. Ni uno ni otro somos tan virtuosos como para decir " Todo me gusta de él o de ella " o "Nada me molesta". Cuando empieza a faltar el botón en la camisa, o la llegada tarde, o los malos genios, o la ropa tirada, o la crema dental destapada, para añadir a la lista las angustias del pago de arriendo y la plata no alcanza, o la pelea porque hoy no quiero visitar a tu familia, o me molestan tu grupito de amigos etc. Le digo a Marcela que coincido con ella, que todo lo que ha enumerado contribuye a que la comunicación empiece a descender de nivel. Es donde empezamos a fastidiarnos por todo. El lenguaje absoluto que se utilizó durante el romance surge nuevamente pero invertido. Si se le pregunta a un esposo desilusionado de su matrimonio: "¿Que te gusta más de tu esposa? " casi con seguridad la respuesta será "nada". ¿Y que te molesta? Responderá "todo". Nos reímos a carcajadas de esta realidad tan nuestra que nos aflige, al tiempo que Marcela cuenta que en una oportunidad un consejero matrimonial le preguntaba a un joven que se estaba separando de su esposa" qué fue lo que te enamoró de fulanita? Respondió: "Su alegría, su orden y su franqueza”. ¿Y por qué te vas a separar? "por su alegría, su orden y su franqueza ", fueron las respuestas. Nos miramos sintiéndonos cómplices, sabemos que la práctica le da la razón a esta anécdota. Yo acoto, el hilo que nos mantenía unidos con Alberto se rompió con la deficiente comunicación que practicamos. Cuando no se le reconoce al otro sus propios valores, entre paréntesis pienso que mi marido no me reconoce ninguno, no sé si a ti te pasa pero acontece que no buscamos los momentos oportunos para decir las cosas, y en lugar de una comunicación respetuosa, abierta y transparente, se presentan las agresiones de doble vía; se acaba la paz del hogar y también la comunicación que quedaba. Afirmo, las relaciones familiares se deterioran al no saber decirse las cosas con amor y comprensión, al no saber el
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    35 uno interpretar loque el otro le quiere decir, al tratar de cambiarle a como dé lugar para hacer realidad las expectativas que llevaron al matrimonio, al asumir actitudes defensivas cuando se sienten atacados en su intimidad, al no sentirse aceptados por ser como son, y al no contar con el estímulo para asumir con plena libertad la mejora personal. A esto se añade que ha desaparecido del lenguaje de los gestos, el detalle amoroso, la caricia tierna, el susurro al oído para decirle al otro "te quiero y me haces falta". Marcela opina que esto por lo general, conduce a una crisis total, o a un rompimiento definitivo, acomodándonos en una falsa tolerancia nada saludable para la relación. Y te digo nada saludable, porque lleva a que cada uno viva su vida en forma independiente, alejándose de la verdadera realidad de lo que es el matrimonio. Enciende un cigarrillo y me queda mirando, entonces, Marcela, le digo, fíjate que yo creo que siempre estuve abierta a la comunicación, siento que Alberto no quiso abrirse luego de pasado un tiempo de casados, creo que él cortó la comunicación, debo asumir que los dos hemos fracasado, el matrimonio es de a dos, ¿no?,si falla, ambos somos responsables. Marcela asiente y agrega: Pato y yo cerramos nuestro corazón de tal manera que ni siquiera sacamos unos minutos de nuestro valioso tiempo para hablar de los dos, de las inquietudes, temores, de lo que cada uno lleva dentro, ni siquiera de nuestras esperanzas e ilusiones. De todo lo que está afectando positiva o negativamente la relación. Con expresión filosófica y el ceño fruncido añade, a ninguna de las dos nos ha ido bien en nuestras relaciones de pareja, pero ¿qué podemos hacer?, ¿separarnos?, ¿y los niños?, siempre está presente el tema de los niños. Le digo Marcela, yo no comulgo con la separación pero no creo que esta sea más dañina que el hecho que los hijos experimenten el problema, es decir lo vivan día a día. No sé. Pienso eso sí que hay que ser muy valiente para tomar esa decisión y yo no estoy preparada. Tal vez debamos tomar un curso, no dicen que la comunicación es un ¿arte?, quizás podamos aprenderlo, nos sonreímos y alzamos las copas para desearnos suerte, sabemos que la tarea es difícil, Marcela puede que aún tenga fuerzas para mejorar la relación, pienso que es tarde para mi, no me interesa Alberto. Y señalo, Marcela, Tito y yo no tenemos nada en
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    36 común y tengoentendido que la comunicación no consiste simplemente en decir o en oír algo, la palabra comunicación en su sentido más profundo significa "comunión"; compartir ideas, sentimientos, etc. en un clima de reciprocidad, y termino, con Alberto estamos muertos el uno para el otro. Marcela, abre sus ojos ¿realmente lo sientes así?, y respondo: literalmente es así. Nos quedamos serias, sumidas en nuestros pensamientos palpando la elipsis sobrecogedora. ¿Qué puede ser más espantosa que la propia realidad? Nos despedimos levemente desahogadas y tranquilas dentro de lo que se puede estar, no vivimos una situación maravillosa, pero ¡Puchas, que es bueno!, contar con una oreja amiga. Al llegar a casa encuentro a todos durmiendo. ¡Qué bien!, así puedo escribir y me permite cerrar el día con mejor humor.
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    37 25. Jueves Temprano llaméa Matías y quedamos de juntarnos a las ocho en el mismo Royal, lo noté contento, cariñoso. Salí de compras con mamá temprano, luego almorcé con ella, llegó la Katty y estuvimos chachareando. La Katty es la amiga eterna de mamá. Me vine a casa a la hora que los chicos llegan del colegio, los acompañé a almorzar, Nicolás me mostró una prueba de castellano con un seis. Al fin mejora las notas. Batallamos con Camilo con unas tareas de matemáticas, luego cada uno salió. Me puse a coser unos botones del delantal de Camilo. ¡Que desastre! vive sin botones este niñito y yo los pego a regañadientes, detesto coser. A las siete me arreglo para salir, le aviso a la Pepa que llegaré tarde, que le vaya bien señora me dice, yo me sonrío apenas. En el Royal, Matías está fumando un cigarrillo, al verme se levanta y me dice pensé que no venías, Matías por dios me atrasé un minuto le respondo. Pedimos una pizza con cerveza, y yo que no soy conquistadora ni coqueta recibo los piropos de este hombre con una leve emoción. Al fin y al cabo me la paso sola y sus palabras me levantan el ánimo, casi me consuelan. Por primera vez él toma por un instante mi mano y dice me gustas, disimulo mi sobresalto. Nunca he pensado ser infiel le digo, me mira y me responde déjate llevar, tengo miedo balbuceo, Matías me dice salgamos de aquí, vamos a dar una vuelta. Sin palabras nos dirigimos a su auto. Veo que Matías toma el camino a Penco, se detiene en el mirador de Lirquén, me toma la mano y la besa, yo tiemblo, te quiero dice y yo lo miro muda. Nos besamos en los labios y nuevamente besa mis manos, nos quedamos absortos observando el paisaje, la playa, el fulgor del horizonte sobre el mar, un barco solitario, unos estudiantes de la mano. A nuestro lado se estaciona otro vehículo. Vamos, le digo mirándolo, él me observa callado, aprieta mi mano y pone en marcha el motor, pregunta si nos veremos de nuevo, si tú quieres, respondo. Sonríe. Mientras retornamos a Concepción me cuenta de su trabajo, del ascenso que espera en un par de meses, de las ganas que tiene que salgamos juntos un fin de semana,
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    38 permanezco callada, nosé cómo puedo hacer esto me digo. Me deja frente a mi casa diciendo, te llamo mañana, bueno le respondo. No quiero pensar. Subo con lentitud las escaleras mientras me pregunto si esperaba esto, no sé la respuesta, sólo sé que nunca me pasé un rollo con Matías ni con nadie. Saludo a la Pepiña, el caballero llegó temprano, comió y se fue a acostar agrega, qué bueno respondo, dame un tecito, y los niños consulto, duermen dice colocando sus manos juntas sobre la mejilla izquierda. ¿Y tú que estás haciendo despierta?; me puse a ver la película del canal trece dice, planché un poco también, enseguida me pregunta ¿cómo le fue?, y yo respondo bien, demasiado bien y me largo a reír para disimular mi nerviosismo, me observa y sonríe sin hacer comentarios. Voy al dormitorio de los niños, le tiro un beso al Nico, quedo mirando a Camilo, acaricio levemente su carita blanca, sus cabellos rubios, se da vuelta en la cama, tomo su brazo y le digo que se quede tranquilo y siga durmiendo, refunfuña algo que no entiendo, lo arropo y salgo a tomar ese té que la Pepa ya tiene en la mesa del comedor, conversamos, y luego, tarde, puse bajito el equipo con el concierto para piano de Chopin, envuelta en la música me puse a escribir.
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    39 26. Viernes Anoche mecostó conciliar el sueño. Esta vez no fueron los desaforados ronquidos del ogro, me inquieta lo que pueda pasar con Matías, las repercusiones que pueden traer a casa, los niños están chicos, yo sin trabajo, no puedo pensar en una separación. A mis viejos se les caería el pelo y Betty, mi hermana mayor, tan conservadora y religiosa me recriminaría. Cerca de las cuatro de la mañana, luego de mirar el reloj y darme otro par de vueltas en la cama, me quedé dormida. Nada de tranquilo mi sueño. Alberto me despertó a las ocho, se dignó a dirigirme la palabra para decirme ahí tienes la plata para las zapatillas de Camilo y agregó con cara mustia resuelve hoy ese problema. Para él siempre es un problema comprar la ropa para los chicos, claro, si estaba acostumbrado que yo corriera con esos gastos. De ahí su indignación porque no trabajo. Y qué quiere que haga, los trabajos no llueven ahora. Matías quería que nos viésemos hoy, le dije no puedo hasta el lunes, casi se murió. Le expliqué que no podía repetir la salida hoy y el día sábado menos, sería problemático. Al fin entendió. Bueno, el lunes entonces a las ocho en el Royal, dijo en un tono no muy complaciente, está bien respondí y agregué cuídate mucho, tú igual querida mía, escucho que dice por el otro lado del auricular, me estremezco hasta ponérseme la piel de gallina, una sensación de placer se deslizó por mi entrepierna. Colgué rápido y para olvidar mis temores me metí a la cocina. Esa olvidada sensación me acompañó durante horas, una corriente electrizante devoró mi pecho, me miré al espejo y los ojos estaban brillantes, hasta me ví más joven. Alberto avisó que venía a comer con unos amigos. Pensé en preparar unas ensaladas con carne y vino tinto, de postre serviría helados con crema, que más, y adobé la carne para la noche mientras la Pepa se afanó en el almuerzo. Dormí siesta para reponerme de la trasnochada, traté de no traer a mi mente a Matías. A las cinco treinta partí al centro con Nicolás a comprar sus zapatillas, a la vuelta, tomé un café y fumé. Nicolás se puso la ansiada adquisición y bajó a lucirse con sus amistades. Arreglé el comedor,
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    40 preparé pisco sourcon pequeñas bandejas de papas fritas, maní, aceitunas y souffles de queso, dejé todo listo mientras pensaba en mi marido con sus amigotes. Fui a revisar el baño, el jabón, las toallas, en tanto Camilo echado cuan largo era en su cama veía tele. Sobre la mesa puse las botellas de vino y arreglé las servilletas, aparentemente la casa estaba en orden. Esperé a que llegara el gran jefe, copuchando con la nana.
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    41 27. Sábado La comidade anoche resultó bien, eran simpáticos los amigos de Tito. Me reí harto, y bebí más. Hoy el desayuno fue al mediodía. Los niños salieron luego a almorzar donde los abuelos. Le di chipe libre a la Pepa, para qué tenerla encerrada si tengo poco que hacer y sin planes para salir. Después de almuerzo a Tito le dio por ponerse romántico, no lo pesqué y se enojó, tomó las llaves del auto y anunció con voz ronca salgo. No le dije nada, para qué. Llamé a mis viejos y mi mamá me pidió que dejara a los niños con ellos el fin de semana, le digo bueno mañana voy a almorzar y los traigo en la tarde, quedamos de acuerdo. Voy al dormitorio y me acuesto. Dormí tres horas. Estar sin nadie en la casa me relaja, la quietud me encanta. Como algo sola de pie en la cocina, me ducho y me pongo el pijama. Alberto llegó pasado las diez, grita, traigo unos pasteles. Me levanto y le sirvo once comida, intenta hacerse el gracioso. Vano intento, ya no me hace gracia. Permanezco muda ante la TV, fumo un cigarrillo tras otro. A las dos de la mañana voy a la cama, trato de no meter ruido, no me gustaría que Alberto despertase y empiece a molestar. Hace rato que no deseo al vampiro de mi marido.
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    42 28. Domingo A lasnueve estaba tomando desayuno. Anoche pasó lo peor, el ogro despertó y dio inicio a sus arremetidas de conquistador. Lo evité a sabiendas que estas duran poco, lo que dura el juego previo, y éste es mínimo, Alberto sufre de eyaculación precoz y nunca se ha querido tratar. Furioso se dio vuelta en la cama y empezó a masturbarse, me sentí terrible, lo encontré asqueroso. Algo indefinible terminó de romperse en mi interior. Cierto, yo lo rechacé pero él me ha evitado cientos de veces en dieciséis años de casados, no creo que se masturbe porque yo lo rechace, creo que se masturba porque intuye que yo no soy feliz en la cama con él. No se equivoca, aparte de su problema biológico o síquico, hace tiempo se encargó de matar el amor, su machismo y soberbia han destruido la comunicación y el matrimonio. Salvo los hijos, excepto ellos, nada. Hoy más que nunca he deseado ver a Matías. Extraño en mí, pero normal en una mujer de mi edad falta de afecto. Fui a casa de mis papás, estuvimos todos juntos, casi, Alberto no apareció. Marido ausente, padre ausente, yerno ausente. Su alejamiento de nuestra tertulia familiar no me incomoda, al contrario, es un alivio.
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    43 29. Lunes Ayer lleguéciega a planchar. La Pepa volvió hoy, está preocupada, no le llega la regla, le digo eso te pasa por picada de la araña, me mira compungida. Estas mujeres que no se cuidan, son un cacho, me tinca que está embarazada. Sus escarceos amorosos la fregaron, ¡diablos! Me voy a quedar sin nana, puchas que soy egoísta. La tarde de ayer pasó sin pena ni gloria, una tarde familiar más. Algunos interesantes comentarios sobre la situación económica y lo fregados que estamos todos los chilenos, nada alentadora la conversación, pero escuchar cada una de las opiniones y los acalorados que nos ponemos para defender nuestra opinión, hace algo entretenida la tarde. Me puse de acuerdo con Matías, en realidad confirmamos nuestro encuentro. Me arreglo con mayor dedicación, ubico una falda y me pongo una blusa rosada, me cubro con un blazer azul, calzo unos mocasines de igual color. Me miro largamente en el espejo, hoy puede pasar cualquier cosa, el comportamiento de Alberto gatilla mi osadía. Le doy unas instrucciones a la nana, me fijo que tiene los ojos rojos. Tanto llorar, claro, qué más puede hacer. Después de dar comida a los niños si quieres te acuestas le digo, no me esperes, me da las gracias y apenas esboza una sonrisa. Me despido de los chicos para ir en busca de Matías.
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    44 30. Martes Hoy mostréal médico los resultados del examen de Camilo, le dio una tremenda receta. Confirmado, colon, y a su edad, pobre mi niño salió a su madre, me da lata. Anoche nos fuimos con Matías a un motel, camino a Penco, la luna extendía una enorme sonrisa y una agradable sensación de protección emanaba del rostro de Matías y hacía latir mi corazón con emoción. Del motel no me acuerdo el nombre, no importa, la cosa es que pasó lo que tenía que pasar, me dio un poco de plancha sacarme la ropa, me sentí tímida y hasta me sonrojé cuando él extendió las manos para desabrocharme el sostén, estaba apasionado, y yo un atado de nervios. En la mitad del acto sexual le dije, fumemos un cigarrillo. La verdad no podía concentrarme, un hombre desconocido, luego de tanto tiempo tener bajo mis manos una piel nueva, diferente, un olor diferente, me hizo sentir rara. Qué tonto le debió parecer que interrumpiera nuestro ejercicio sexual por un cigarrillo primero y después pidiéndole que me alcanzara un vaso de bebida. Aún así no dejó de ser tierno y paciente, tal vez exageradamente paciente. Fue eso lo que me hizo estallar de placer hasta las lágrimas, fue tierno y hermoso. El confiesa sentirse enamorado, me quedé callada, qué pena pensé, yo estoy sola, mientras tiraba una bocanada de humo y la veía perderse en el vacío. Él es un consuelo, nada más. En fin, no me proyecto con nadie, lo único que deseo es que los niños crezcan rápido, entonces consideraré enamorarme de nuevo. Aunque no creo, ya creo poco, menos en el amor.
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    45 31.Miércoles El día estálatoso, sin embargo no he dejado de recordar a Matías. Es tierno y dulce, en realidad es él quien se hace recordar. Me llamó de mañana dos veces, apasionado, a través del hilo telefónico murmura que soy su mujer, su amante. A decir verdad no me gusta mucho ese posesivismo que emergió de Matías antenoche. Yo no soy de nadie pienso, me habría gustado ser de Alberto. Ese deseo latía en mi interior cuando lo amaba, pero él no quiere cargas ni amor. La Pepa entró al dormitorio para anunciar la llegada de una amiga, dejo el cuaderno escondido bajo la ropa en la cómoda, sería caótico que fuera descubierto. Virginia pasó a saludarme, vino a Mampower a inscribirse en un curso de inglés y se acordó que yo vivía cerca. Fue grato verla luego de tanto tiempo. Virginia es unos años mayor que yo, la conocí en un seminario de administración, está separada hace años, su ex marido es un médico con el cual su madre la obligó a casarse, no alcanzaba a tener los dieciocho años cuando ingresó al equipo de las casadas. Mamá de tres hijos, tuvo que soportar las infidelidades de su marido y su brutalidad. La golpeó cuando estaba embarazada del tercero, sólo porque se retiró de una fiesta donde él, borracho coqueteó con unas amigas de Virginia. Emilio no soportó que ella lo dejara tirado en casa de sus amigos. Cuando llegó a la casa la agarró de los hombros sacándola de la cama entre gritos y garabatos, le golpeó el rostro, la tiró en el piso y una vez allí la pateó. Afortunadamente no perdió al bebé, pero quedó maltrecha y en cama por una semana. Luego de eso, la Virginia sólo quería huir. No podía. La presión familiar era demasiado grande, sobretodo su madre, una mujer autoritaria que continuamente la amenazaba con desheredarla si se separaba de Emilio. Él es un médico importante y muy acaudalado, la madre de Virginia, mujer adinerada adoraba a Emilio y su dinero. Eso, sobre todo, su dinero. Nunca había conocido yo una mujer como la madre de Virginia, eso enfermaba a mi querida amiga. Años mas tarde, se enamoró y se atrevió a dejar su casa, y también a Emilio. Tomó sus hijos y se marchó. Pasó mil penurias, por la
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    46 mierda del mundo,contaba con ojos llenos de lágrimas. Todas sus amistades le dieron la espalda. Trabajó como administradora de una tienda. Luego, con ayuda de un abogado amigo, dio inicio a un largo juicio de nulidad matrimonial. Su ex marido la acusó de interdicta. Su pareja no tuvo la fortaleza para acompañarla en la batalla. Ella finalmente logró la nulidad, pese a este logro tuvo que seguir trabajando. No se queja, ella no evita el trabajo. Ha sabido librar la lucha, la admiro por eso. Es sensible y buena gente, fue enriquecedor charlar con ella mientras nos tomamos un cafecito con galletas, damos carta abierta a los recuerdos, las tallas, a esos compañeros de curso con sus aires de superioridad y su orgullo. Nos reímos hasta sentir dolor en la barriga. Prometimos no perdernos de vista, mantenernos en contacto, intercambiamos números telefónicos. Algo le conté de Matías, me dijo no vayas a cometer el mismo disparate que yo, no dejes tu casa. Le agradecí el consejo agregando, difícil que deje la casa, los niños están chicos todavía y Matías no es el amor de mi vida.
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    47 32. Jueves Me despertóel ring del teléfono. Matías y sus requerimientos amorosos. Nos quedamos de juntar en la noche, como siempre, a las ocho, pero en el Suiza, un café que tiene tortas deliciosas y un old fashion espectacular, una de mis debilidades. Matías es tan niño, su ternura y esos infinitos deseos de agradarme se hacen queribles, me recuerda a Ricardo, mi amigo de las clases de computación. Ricardo tenía la facultad de encantarme con sus bromas y su ingenio. Solíamos ir después de clases a beber cerveza con papitas fritas recién hechas. Era nuestra pasión. Creo que estuve a punto de enamorarme de él, pero siempre las normas, clamando por ser cumplidas, dentro y fuera de mi. Las garras del miedo no dejaban de acosarme. Un día dejó de asistir a las clases y yo nunca más lo llamé. Quizás me habrá llamado. Nunca lo supe. Ricardo, el tallero, el osado, el inteligente, estuvo a punto de capturarme en sus redes. Ahora lo recuerdo con cariño. Ha pasado el tiempo y sigo sintiendo por él un amor incomprensible. El también era casado y tenía unos rollos con su mujer y sus suegros. Vivía con ellos a imposición de su mujer, nunca despegó del lado de sus padres. Para él era insoportable vivir con los suegros, no porque fueran malas personas sino porque él no podía asumir el papel de dueño de casa. Tenía que someterse a las reglas de los padres de Magdalena, su esposa. Era una de esas situaciones que pesaban toneladas en los hombros de Ricardo. Su mujer no accedía a retornar a la casa que antes habitaban con sus pequeñas hijas. Pobre, no sabía qué hacer para salir de esa penosa situación. Confesaba seguido que amaba a su mujer e hijas. Creo que si me hubiera tirado a sus brazos habría ganado la carne. La carne y su debilidad, como siempre en los machos. Pero no quise dar rienda suelta al instinto. Habría sido mi primera infidelidad y no estaba preparada para luchar contra el complejo de culpa. Todavía no lo estoy, aunque los hechos en la actualidad ya están consumados. Dejo de escribir, Nicolás viene con unos amigos y tengo que ir a atenderlos. Estos chicos comen como
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    48 condenados. Ojalá quela Pepa haya ido a comprar pan de hamburguesas y la mayo con ketchup. Son fanáticos del ketchup, la Pepa y yo alcanzamos a tomarles el olor a las dichosas hamburguesas.
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    49 33 Viernes Anoche meretrasé. Nicolás y sus amigos nos dieron harta pega. Llegué al Suiza a las ocho cuarenta y cinco y Matías tenía cara de funeral. Me excusé diciendo no tuve tiempo para arreglarme, respondió no te preocupes estás aquí y es lo que cuenta. Nos servimos un exquisito trozo de torta y un trago. Acarició mi mano y me miró largamente al tiempo que consultó ¿nos vamos?, respondí afirmativamente, a la pregunta dónde quieres ir, sólo atiné a decir donde tú quieras y emprendió camino a Coronel. Entramos al motel Verona que estaba a esa hora con las luces que indicaban “ocupado”, encendida en la mayoría de las cabañas. Encontramos una libre, era pequeña y sin jacuzzi. A quien le importa el jacuzzi le dije y sonreí. Matías pagó la cuenta, pidió dos bebidas y algo para picar. Yo me senté en el borde de la cama mientras el recuerdo de Tito me inundaba, si supiera donde andaba su estúpida mujer, ésa que ignora hasta en el más mínimo de los detalles. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Si supiera. Ni se lo imagina. Aquí estoy cobrando la cuenta por su descuido. Y la cuenta le va a doler más que el fracaso de uno de sus infaltables negocios. Encogí los hombros y rodeé el cuello de Matías, este hombre es mi consuelo pienso. Recosté mi cabeza en su pecho, la tibieza de su respiración me estremece, él busca con suavidad mis labios mientras sus manos acarician mi espalda. Le entrego mi boca para ahuyentar mi desdicha. El me levanta con ternura para pegarme a su cuerpo hasta completar el abrazo, me dejo llevar. Me acarició un largo rato, recorrió con sus manos mi cuerpo, todo. Ya en la cama, abrió mis piernas y frotó su miembro contra mi clítoris suavemente como si tuviera temor de herirme, luego observó mi sexo y lo besó, con su mano acarició mis genitales en un paseo que me pareció interminable tocó la humedad y sentí el torbellino de su sangre, la agitación de su pecho velludo. Me di cuenta que se contenía para hacerme sentir mayor placer. Se dejó caer sobre mis pechos y besó mis pezones succionándolos como un bebé. Sus manos recorrían mis costados hasta levantar mis glúteos yo extendí mis
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    50 piernas mientras élintroducía lentamente su pene en mi vagina, él temblaba dentro de mi y yo acomodé mi clítoris al nacimiento de su sexo apresurada con el deseo que Matías provocaba con sus manos. Le susurré, no lo hagamos rápido, hazlo despacio, y avanzamos lentamente hasta gritar al unísono, eufóricos, el vértigo maravilloso que inundó nuestros cuerpos. Yo me asombré de la confianza que me inspiraba Matías, echados de espaldas fumamos unos cigarrillos y tomamos coca cola para saciar la sed espantosa que provocó nuestro juego amoroso. Quedamos de vernos el lunes al mediodía. Subí al auto de regreso a casa con una sonrisa en mi interior, yo que me creía frígida.
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    51 34 Sábado Este sábadome atrapó. Los chicos fueron al colegio, Nicolás al grupo de música y Camilo al club de ajedrez. Alberto no llegó a almorzar. Resumen, almorcé con la Pepa amenizando mi pollo y el puré, con su cháchara. La pobre sigue con atraso, me pidió que le comprara una inyección para provocar la regla. Aproveché de echarle una buena pasada por tonta ¿cómo se le ocurre no cuidarse? Me miró medio avergonzada, me dio pena ésta cabra, tendré que hacerle la paleteada de ir a la farmacia y poner la cara por ella. Es mujer, y eso basta para no negarle mi ayuda. Solidaridad femenina, ojala existiera ésta en los ambientes laborales, bolsa de gatos, envidia a destajo, descarnados celos y hasta cinematográficas aserruchadas de piso, dejan en claro que no es nada de fácil trabajar entre mujeres. Falta solidaridad de género, y eso no puede pasar en casa. No faltaba más.
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    52 35 Domingo Hoy fueun día inusual. Acompañé a la Pepa a ponerse la inyección donde una enfermera inescrupulosa, pero necesaria. La pobre Pepiña nerviosa me preguntó no se cuántas veces si le dolería, obvio te dolerá el pinchazo, así espero que pienses la próxima vez que abras las piernas a otro huevón, fue mi respuesta. Ella me dijo prometo que ahora me voy a cuidar, más te vale, respondí seria y agregué, es por tu bien, y por tu vieja, no le vas a cargar la mata con otro cabro más. Alberto fue a dar una vuelta al Parque Ecuador con Camilo, quien disfruta como chancho en barro, de los juegos y de la caminata al Cerro Caracol. Quedó de volver a las dos para almorzar, apenas me miró para decirme a esa hora estaremos de regreso. Un nudo atrapó mi estómago, ¡Qué tonta!, debería estar acostumbrada a la frialdad de Alberto. Camino por la vereda junto a la Pepa, intercambiamos unas breves palabras y luego pienso en este vacío que no logro llenar, esta soledad que corroe mis entrañas, este sentirse fuera de, ajena al tráfico indómito del gentío, al mundo, la sensación de encontrarme en un desierto, inunda mi interior. La Pepa se puso la inyección, yo pagué sin dejar de pensar lo caro que cobran estas viejas, ensimismadas en nuestros pensamientos, regresamos a la casa. Pongo los cubiertos en la mesa y la nana calienta la comida en tanto aliña la ensalada, lechuga y tomate, mi preferida. Me acerco al buffet y me sirvo un trago. Necesito evadirme de esta realidad plagada de nubarrones grises y oquedad. Almorzamos, yo me mantuve taciturna y sonreí apenas con las gracias de los chicos. Estoy al margen, me minimizo, me instalo en mi concha para protegerme. Una tarde opaca se vislumbra a través de los cristales.
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    53 36 Lunes La mañanaestá iluminada por débiles rayos de sol. Un poco fría. Concepción se caracteriza por su clima cambiante. Es posible que en la tarde esté más cálido. Ojala. Anoche Tito empezó a acosarme. El y su sexo me aburren, para abreviar abrí mis piernas y con la mirada en el cielo raso, me mantuve quieta y lo dejé que saciara su sed orgásmica. Fingí, ¿qué mujer puede desear a un hombre que padece de eyaculación precoz y la mayoría de las veces se masturba al lado de ella tal si fuera un pendejo de mierda, un tipo que no se comunica sino para criticar y hacerla sentir como una pulga miserable depositada en el planeta. Ni un solo beso me dio, ni una caricia. Mientras estuvo encima de mí, mi mente trajo a Matías y recordó su tibia ternura que me desarma hasta el éxtasis. Matías..., pienso en él mientras miro el sol de la tarde. Si sólo pudiera amarlo. Pero no, mi alma no está preparada para amar a nadie, por lo menos no ahora. Mi corazón está roto. Me voy a dar una ducha, una bien larga, que limpie por dentro y por fuera. Esta noche me encontraré con Matías, algo agradable para olvidar la pena y el hastío. Me despido de los chicos y la Pepa, que me mira socarrona como adivinando el motivo de mis salidas de los días lunes y jueves, le digo chao, voy a la casa de una amiga, en tanto muevo la cabeza con una media sonrisa. Matías me espera y la noche huele exquisito. Si llega o no llega Alberto, ¿a quién diablos le importa? Guardo el cuaderno en el cajón secreto.
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    54 37 Matías. Salgo porla entrada que da hacia la calle Ongolmo, hoy Matías me espera a la vuelta, en Victor Lamas, hacia el barrio universitario. Iremos a un restaurante francés que se encuentra cerca. Caminamos sin rozarnos como si fuéramos dos amigos. Marchamos en silencio. Reflexiono en nosotros, convertidos en amantes, furtivos enamorados, en lo terrible que es la infidelidad, ella no nos hace más felices, nos corrompe al convertirnos en embusteros. La trampa del engaño tiene la ferocidad de un gato montés. Pienso: nos hiere en las cuerdas del placer. Matías, ajeno a mis cavilaciones, me observa de lado, mientras da largas chupadas a su cigarrillo. Va con una mano en el bolsillo de su pantalón, con la derecha sostiene el cigarrillo, eterno camarada de sus labios dulces. Levanto el rostro hacia él y lo miro casi al entrar al restaurante, pienso, éste hombre es un gentleman y una sensación de agrado me invade, él me hace pasar, con un gesto señala la entrada y me sigue. Tomamos una mesa en un costado. El ambiente de este pequeño restaurante francés es agradable, se escucha una canción de Edith Piaf, su inimitable voz cautiva con el tema “Non je ne Regrette rien” .Ya siento el sabor de las papitas hilo y el pato a la naranja que me prometió. Nos sentamos frente a frente y sonreímos. Un pisco sour para comenzar. Y la charla amena de este hombre que me mira con amor, completa mi efímera felicidad. Me mira con amor. Eso es lo verdaderamente importante, el amor que siente y demuestra. Terminamos de comer y una grata conversación nos envolvió, tocamos el tema de la infidelidad, Matías dice que Alberto debe ser infiel, su actitud avala lo que te digo manifiesta, la persona que es infiel, difícilmente puede ocultarlo. Por lo general, se muestra fría y distante, suele recalcar los defectos de su pareja más de lo normal, para tener como justificarse en caso de ser “atrapada”. ¿Y no me has dicho tú que esa es la actitud de Alberto?, pregunta mirándome a los ojos a lo cual respondo si, así es y agrego, en todo caso no me afecta, dejó de importarme hace mucho tiempo, para mí, es un alivio, así me molesta menos en la noche y me deja tranquila, él consulta si estoy segura de lo que le comento y afirmo categórica
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    55 lo estoy yagrego ¿a estas alturas luego de dieciséis años de vida juntos, puedes pensar que me afecta?, no dudes Matías que sí, confieso que me duele ser infiel. No soy feliz, no me hace feliz serlo, pero así se han dado las cosas y no puedo cambiarlas, por lo menos no ahora. Y agrego ¿sabes algo? yo no recalco los defectos de Tito, estoy distante. No hay diferencia desde que salgo contigo a los meses anteriores, Matías pregunta ansioso ¿crees que no se ha dado cuenta de que estás saliendo conmigo? No, Matías, no se ha dado cuenta, él no tiene tiempo para mí, sólo para su trabajo y amigos, toda la vida he sido un taburete, algo que ocupa cuando lo requiere, estoy segura que no me ama, dudo siquiera que me quiera, ya te he dicho que nuestra relación sexual es pésima y las excusas para estar ausente de casa son frecuentes, agrego, ni te digo la falta de comunicación que reina en nuestra casa y añado, ten en cuenta que los pretextos para discutir o pelear surgen a cada instante. Yo no creo que estos signos pueden únicamente significar que Alberto pasa por un mal momento, frustración profesional o simple depresión, lo conozco, te diría que poseo una sensibilidad especial para detectar que no sólo hay algo que está fallando en la relación, sino que está deteriorada, puede que en mi esté la falla, ¡qué sé yo!, somos tan diferentes. Te aseguro que él no tiene ningún interés en mí. Curioso pregunta ¿te provoca sentimientos de rabia, desilusión, resentimiento pensar que te es infiel? No, le digo, para nada, todo se acabó entre nosotros. Y mirándome ilusionado pregunta como un niño pidiendo un helado ¿Te irías a vivir conmigo? respondo con un rotundo no, y añado aunque te parezca tonto, mis hijos están primero que yo, no puedo dejarlos solos o alejarlos del padre, les haría daño, afirmo, como sea es su padre. El rostro de Matías se ensombrece, vivamos esto día a día, sin promesas, ni nuncas ni jamases, le digo. Responde te amo y yo le digo te quiero, no me hagas mas difícil esta relación, deja que sea una instancia de tranquilidad, ternura y cariño déjala así Matías y no te compliques ni me presiones. Consulta ¿Estarás siempre conmigo? Y yo: No diré siempre, no mentiré en eso, sólo hasta que el sentimiento que nos une, dure. Entiende y no lo hagas tan extremadamente doloroso, asiente encendiendo un nuevo cigarrillo con expresión resignada, tomo su brazo y le
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    56 acaricio con eldorso de la mano su mejilla morena. Sonrío y digo, eres tan lindo y tierno, esboza una sonrisa mientras un será como tú dices nena, sale de su boca. Me invade una gran sensación de paz y una ternura me colma, ha sido diferente esta noche. Matías ha comprendido que no deseo una relación basada sólo en el sexo, deseo mucho más, un amigo, un compañero, alguien con quien conversar de lo más íntimo. El ha estado perfecto, la noche ha sido perfecta.
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    57 38 Martes La Pepavino llorando al dormitorio, la inyección no ha hecho efecto y la pobre está muerta de miedo, su mamá la va a retar me dice, y yo, te lo buscaste por lacha ahora vas a tener que apechugar y armarte de valor para contarle a tus viejos que metiste la pata de nuevo, me mira asustada y pregunta si estoy segura que no le va ha hacer efecto la inyección, me armo de paciencia para responderle han pasado varios días, ya es imposible, y no se te ocurra hacerte un aborto, eso sí que no. Vale muy caro dice, no es eso Pepa, eso no agrada a dios, por lo menos conmigo no cuentes para ello, compungida se retuerce las manos a la altura del pecho, los ojos llenos de lágrimas, señora, por favor, ruega, y yo, no y no, no arriesgaré tu vida ni pondré en peligro la de ese bebé, agrego, así que señorita, este fin de semana habla con sus papás y ya. Es lo mejor, termino diciéndole, ella seca sus lágrimas y tiembla como papel, la tomo de los hombros y le digo serena, sin enojo, piensa que este hijo dios te lo da como un regalo. ¿Matarías un regalo de dios? Me mira, seguro ha recordado sus padres evangélicos, no señora, bueno, respondo, habla con tus viejos y dile eso mismo. Está bien dice, me sonríe y emite un balbuceante gracias. Luego la acompaño a la cocina y nos aprontamos al trabajo cotidiano. Nicolás llegó temprano, un dolor de muelas lo tiene loco, llamo al dentista para pedirle una hora. La tarde se me fue acompañando al Nico y escuchando sus alegatos contra la mano dura del odontólogo. Al llegar a casa, Camilo se acerca corriendo, me abraza y me pregunta ¿me trajiste algo?. Me abruma de pronto el desempleo. La rutina de dueña de casa no se hizo para mí y los requerimientos de los chicos me afligen. En la noche me preparo un largo trago vodka naranja para terminar un día intranquilo y cosa rara, ni siquiera puedo catalogarlo como fastidioso. Entre la Pepa y los chicos se me pasó volando.
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    58 39 Miércoles Salgo atomar un cortadito al L ´ Ángolo, me encuentro con la Tatiana y unas amigas. ¡Qué onda!, éstas niñas sí que están locas y me atrapan con su locura. Una de ellas tuvo la idea de partir al Cinemark a ver una película. No tengo plata digo y otra me dice, no importa vamos a ver Infidelidad con Richard Gere, me dijeron que era fabulosa. Un sentimiento de culpabilidad emerge, me siento pillada. ¡Qué tontería!, me digo, estas minas no saben nada. Ok, les digo vamos. Subimos al auto de Sandra, otra de las chicas locas y vamos a ver la película. Genial Gere, lo mejor como actor. Nos encantó. Discutimos la temática un rato mientras engullimos unas hamburguesas con café. La Tatiana nos dice vamos nos a la República, es temprano, hacemos hora en mi casa. Partimos para la casa de la Tati y nos tomamos unas cervezas, cinco mujeres solas, charlamos sin descanso. Nos reímos de las tallas que surgen porque a la Sandra la ronda una mina. Qué cosa, los tiempos están cambiando vertiginosamente. Y tú qué le pregunto a la Sandra, encoge los hombros. Nada, es una lesera, dice. A las once de la noche nos pegamos una arregladita, una mano de elefante para vernos un poco mejor, y emprendemos viaje a la Republica. Este es un pub disco en el barrio estación. Es alternativo dice una de las chicas. Y yo ingenua, pregunto por qué y la respuesta es ambiguo llega a mis oídos, cierto, me doy perfectamente cuenta de que es un ambiente ambiguo. Hombres con hombres, mujeres con mujeres, y entre medio parejas hombre y mujer. Observo a un hombre bailar con dos mujeres. Es mi primera vez en un lugar así y me siento extraña, pero no me importa lo que haga el resto. Pienso en Matías, debe estar esperando el llamado que no le haré hoy. La Tatiana me saca a bailar y bailamos como dos horas tonteando con otras mujeres. La Sandra pescó un mino, me dice la Cecilia. Veo que se le acerca otro, un morenazo bastante atractivo le coquetea, le mueve los hombros, la Sandra lo mira con ojos cazadores. Esta no se conforma con uno, pienso y me sonrío, mientras tomo un poco de mi combinado y me siento a fumar. Miro la hora, son las dos veinte. La Tati esta feliz, me toma por los hombros y me
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    59 pregunta ¿viste quete hacía falta un día para ti, de carrete y locura?. Tenís que juntarte mas seguido conmigo viejita, necesitas salir de tu rutina, lanza una carcajada, mientras se aleja, dirigiendo sus pasos a otro grupo de chicas. Y yo bebo otro sorbo de mi vaso. Me acuerdo de la casa, ni siquiera le avisé a la Pepa, debe estar asustada, ni hablar de Alberto, si es que ha llegado, seguro esta roncando. La música que arde, la gente repleta el lugar. Y los grupos de cuatro y de a seis bailando me entretienen al observar los gestos sensuales que se dirigen unos a otros. Es un juego, bailan formando casi una ronda, comparten chupadas de cigarrillo y tragos. El mundo ha desaparecido para ellos, y yo disfruto este cambio de ambiente. Un tipo me observa desde una silla al fondo a la izquierda, me hace una seña y se incorpora, yo me dirijo a él. Estoy decidida a pasarlo bien. Álvaro, es mi nombre, me dice, la música está a todo volumen y sólo es posible conversar a gritos, yo respondo medio gritando, me llamo Verónica, entonces, me toma de una mano y me lleva a la pista. Es un tipo de mediana estatura, su atractivo radica en sus ojos verdes, un poco pálido me parece, tiene el pelo negro que le cae sobre la frente, me fijo en su sonrisa, tiene unos dientes impecables. Me gusta, tiene pinta de ejecutivo, en otros tiempos se diría que es cuesco cabrera, como el personaje de Legrand. Viste pantalón gris y camisa blanquísima de mangas arremangadas por el calor. Se acerca para musitar, tienes unos ojos bellos, yo sonrío y agradezco. Qué tonto. Agradecer un piropo, agrego, tú también tienes los ojos bellos. Sonríe. El tipo se las trae, me toma de ambas manos y me hace girar sobre la cabeza luego él hace lo mismo. Mueve las caderas de miedo. Es delgado y masculino, muy masculino. De pronto cesa la música electrónica y la estridencia da paso a un lento, la letra de la canción de Luz Casals: Piensa en mí. La música mueve nuestros cuerpos con seducción. Deposito mis manos en sus hombros, él me acerca su mejilla, nuestras respiraciones se entrecruzan y siento mariposas en mi estómago, el feeling empapa mi cuello, mi espalda, mis senos. Giro la cabeza y busco sus labios, un beso y éste desconocido irrumpe en mí, siento un fluido en mis genitales, me eleva en su ardor. Otro lento, una romántica canción y luego la separación brutal de ese cuerpo cálido y agradable. De nuevo
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    60 la música estridentey nos encontramos moviéndonos en la marea multicolor, cegadora de la disco. Transcurren casi dos horas más y miro alrededor, la Tatiana me observa y consulta ¿te vas con nosotras?, yo miro a Álvaro y él le responde, no, déjala, se va conmigo y me dirige una mirada esperando mi aprobación, yo respondo, si, me voy con él. La Tatiana me mira alegre y dice, a la noche te llamo. Está bien, le contesto, me despido con una seña del resto. Álvaro consulta, ¿nos vamos?, digo si, es hora, se pone su chaqueta, yo sigo montada en la nube que me regaló Álvaro y me dirijo al guardarropía, retiro mi casaca y mi bolso. Álvaro me toma firmemente del brazo, me siento como una zombie, con el corazón a punto de estallar. A la salida me dice, busquemos el auto, toma mi brazo y doblamos hacia la calle Freire, caminamos rápido, son las cuatro y tanto de la madrugada y está helado. Álvaro abre la puerta para que yo entre y la cierra con suavidad, luego sube al lado del conductor y pregunta ¿donde vives?, le indico la dirección, pone en marcha el blanco Subaru Legacy. Quiero volver a verte dice y yo me asusto como cuando llega Alberto y estoy leyendo en la cama a las tantas de la noche. Álvaro, le digo, soy casada, y responde sereno, yo también. Me callo la boca, pienso, aquí estoy, casada, con amante, y con otro prospecto, ¿qué hacer? Dudo antes de emitir una sola palabra, elucubro, me invade un sudor extremo, todas las reglas religiosas de la familia me aturden en segundos, seguro ya tengo ganado el infierno, pero el hombre me gusta, Alberto no me quiere y no estoy enamorada de Matías y digo sin más, sin duda alguna, si, nos veremos. Álvaro estaciona el auto a media cuadra de mi casa. Le doy el número de teléfono, le digo llámame en las mañanas de lunes a viernes, es lo mejor, responde te llamaré, y se inclina para rozar mi mejilla con sus labios, musito un chao,que estés bien y desciendo con un ligero estremecimiento que recorre mi cuerpo. Camino y la interrogante ¿qué haces Verónica?, y las voces que dicen estás loca me acosan, muevo la cabeza y procuro no pensar. Ya son casi las cinco. Ahora el show para llegar a la habitación. Si Alberto se da cuenta de la hora que llego, será pelea segura. Como buen perro de hortelano, no come ni deja comer. Me deslizo sigilosa por el pasillo, paso al baño y me quito la ropa; los sostenes, los calzones,
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    61 estoy húmeda, tomoun trozo de toalla nova, lo mojo con un hilo de agua y me limpio, el corazón me salta, tengo miedo, voy al dormitorio y retiro el pijama suavemente de la silla que se encuentra a los pies de la cama. Alberto ronca como cerdo. Mejor. No enciendo la luz, me meto a la cama conteniendo la respiración. Pienso en Álvaro y en el pobre Matías. Cierro los ojos.
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    62 40 Jueves No sentícuando se levantó Tito, desperté a las once obligada por la Pepa y el dichoso almuerzo. ¡Diablos!, me duele la cabeza, el hachazo no me lo saca nadie. Pepa, le grito, dame unas dipironas y un vaso de leche. Llega con el vaso y las pastillas al tiempo que me ataca con la bendita pregunta ¿qué vamos a hacer de almuerzo hoy señora?, y yo, ¿qué hay?, ¿hay arroz, papas, fideos?, al escuchar que solo quedan tallarines, le digo bien haz esos tallarines con la carne que queda en el freezer, acompáñalo de una lechuga con zanahoria rallada y estamos bien. La Pepa da media vuelta y me deja en paz. Al fin sola. El almuerzo, todos los días el condenado almuerzo, sólo que hoy no me meto a la cocina. El ring del teléfono a las doce del día me agita, es Matías, todo va bien en nuestra comunicación telefónica hasta que le digo que será imposible vernos hoy, ¿algún problema?, pregunta sobresaltado, no sólo que ayer llegué tardísimo, digo, y no creo que sea conveniente repetir mi salida, debo cuidarme, un mutis largo para luego escuchar la voz de Matías interrogándome, qué adónde salí anoche, entonces con voz calma le digo quedamos que sin preguntas, sin ataques de celos, su respuesta es rápida, no estoy celoso, y repite, no estoy celoso sólo me gustaría saber con quién saliste, y yo, con unas amigas y no preguntes más, no seas curiosillo, hoy no salgo, esta bien, me dice, te llamo mañana, respondo que estés bien, añado, no te pases rollos, es que anoche no dormí muy bien, es todo lo que le digo, me reservo los detalles de mi trasnoche, con cierto desaliento se despide y yo como si nada le digo no te preocupes, te quiero Matías, y cuelgo sin más el auricular. Estos hombres, pienso, la tratan a una con un sentido de posesión como si fueran el marido, aunque a mí Tito jamás me ha dicho nada por mis salidas, creo que no le importa, tengo plena libertad para mis escapadas, claro, jamás se imaginaría Alberto que salgo con un varón, ni siquiera sabe que llego de amanecida. Soy demasiado imbécil para él, no se le ocurriría pensar mal de su mujercita. Bien, no sabe el caballero que la que peca de imbecilidad es precisamente su cabeza. En la tarde estoy con los chicos, conversamos de todo, el colegio, las profesoras y
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    63 esa maniática compañerade Nico que le raya los delantales, su obsesión no deja de causarnos risa. Insisto diciéndole que le pida por favor que no le pintarrajee más sus cosas, él me dice que hace un par de días le grabó su nombre en la calculadora, esa niña no tiene intenciones de dejarlo en paz. Miro al Nico, con su edad adolescente no parece estar interesado en las niñitas. Lógico, las niñas maduran más rápido que los hombres. Supiera Claudia lo infantil que es este hijo mío, si todavía pelea con Camilo por el nintendo y los juegos del computador. La Pepa me cuenta que ya habló con sus viejos, que éstos están terrible de amargados pero qué hacer le dijeron, habrá que recibir esa guagua y arreglarnos como podamos. La capacidad de amor y solidaridad de la gente no deja de asombrarme. Bueno, problema resuelto. Todo parece marchar bien con los chicos. El problema es Alberto y la tentación: el tincudo de Álvaro. Me llamó la Tati para la copucha, que qué pasó con Álvaro, le digo nada, compartimos un poco de felling, es todo, su voz suena incrédula al otro lado del teléfono, insiste, me dio la impresión que fue algo más que un intercambio de química. No satisfago su curiosidad y quedamos de vernos cualquier día. Reflexiono, tal parece que la mentira se ha adueñado de mí. No me satisface, en fin, tampoco puedo exhibir por el mundo mis aventuras extraconyugales. Un suspiro hondo me nace desde el fondo.
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    64 41 Viernes Don Álvaroal teléfono. Así me dijo la Pepa y yo me lavé las manos manchadas con harina y dejé los moldes de queque tirados en cualquier parte de la cocina para atender la llamada. Su voz me emociona, y mientras pienso, Álvaro es la pasión y Matías la ternura, escucho preguntar ¿cuándo nos vemos chica? y yo digo medio nerviosa ¿te parece el martes?, consulta ¿no puede ser antes?, le explico que el fin de semana generalmente lo paso en familia, y continuo, el lunes tengo clases de cocina, miento sin pudor alguno, el martes, sí, es buen día para mi. Te llamo el martes entonces, dice y se despide afectuoso. Me conmueve y me agito. No sé que haré en este triángulo inesperado que parece cobrar forma, mi terquedad es mayor que todos los temores y me digo no me negaré el placer de conocer a este tipo que provoca en mí sensaciones desconocidas, con esta certeza reanudo mis tareas culinarias. Cierta desazón me invade al cavilar, si Alberto fuera cariñoso, si fuera compañero, amigo, si tuviese mayor delicadeza, consideración, yo no estaría enredada en el engaño. Debo pensar en mí, Alberto nunca me ha sido fiel. Este pensamiento logra tranquilizarme. Al menos un poco.
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    65 42 Sábado Alberto volvióa masturbarse anoche y yo al lado. Describir mis sentimientos es complicado, dolor, rabia, algo indefinible emerge y se rompe cada vez que lo escucho. Apenas lo veo en el lado de la cama, con los ramalazos de luz que atraviesan las cortinas y que llegan desde el alumbrado público. Escucho su respiración que se acelera bajo las sábanas, luego, cuando acaba, se levanta al baño, llega hasta mis oídos el ruido del agua, las sonadas de nariz, el carraspeo que le caracteriza cuando evacua. ¿Qué puede llevar a un hombre a tener estas sesiones masturbatorias teniendo a la mujer al lado?. Durante mucho tiempo la masturbación ha sido considerada pecaminosa, un vicio reprobable y tabú, sobre todo en las mujeres. Y todavía hoy a muchas les da vergüenza y les plantea dudas: ¿es normal?, ¿afecta a la salud o a las relaciones sexuales?. Creo no tener tabúes al respecto. Sé que no todo el mundo se masturba, pero la gran mayoría de hombres y mujeres lo ha hecho o lo hace a lo largo de su vida. Es más habitual entre los hombres, sobre todo jóvenes, es tan normal que se masturben como que no lo hagan. Alguna vez leí que la masturbación no afecta la potencia sexual, un hombre que se masturba no es menos "potente" que un hombre que no lo hace. Sí es cierto, que después de la masturbación el hombre necesita tiempo para volver a tener una erección: igual que tras un coito. Durante los períodos de abstinencia ésta ayuda a mantener la capacidad de excitarse. Si analizo todos estos conocimientos. ¿Qué mierda pasa con Alberto?. A decir verdad, intento pasar por alto lo que defino como pendejadas de Alberto pero no dejo de revisarme y preocuparme de mí como mujer, porque para ser honesta, sí me causa extrañeza esta inclinación obsesiva del hombre con quien comparto la cama. De vez en cuando me asalta el pensamiento de que no es más que flojera de macho, hacer el amor pareciera ser un gran esfuerzo pasado los cuarenta. Es más fácil para el hombre masturbarse o que le hagan sexo oral, que darse el trabajo de juegos previos, caricias que para toda mujer son imprescindibles. Me examino mentalmente, no soy una mujer desagradable. Creo. No ando con las chascas
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    66 paradas ni estoycarente de atractivo, inteligente al decir de muchos, encantadora. No sé qué puede hacer que un hombre evite tener relaciones con su mujer. No solo eso, él no habla, solo lo necesario. La mayoría de las veces se muestra como un idiota, al decir idiota me refiero a su pésimo carácter, agrio, bastante histérico, lo suficiente para no querer acercarme a él. ¿Quién desea un cardo a su lado?. Un halo de misterio cubre la personalidad de Alberto. Es generoso con la familia y los amigos, la gente lo estima y habla bien de él, es buen amigo, dicen, yo, lo único que sé es que es un pésimo marido y padre...no sé. Esta manía que le ha venido de la masturbación por muy normal que sea según los textos científicos y estudios de algunos sexólogos, a mí me parece grotesca en un hombre cercano a los cincuenta. Su pequeñez me decepciona.
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    67 43 Domingo Ayer sábadotranscurrió casi como siempre. Cambié el día de visita a casa de mis padres. Los chicos querían ir a la playa el domingo, estuvimos en familia y luego nos fuimos a casa a meternos en el aparato idiotizador, yo al lado del agrio de Alberto. Camilo fue a jugar a casa de un amigo y Nicolás se encerró a jugar ajedrez en el computador. La Pepa se fue a su casa, se puso unos tacos altos y una mini roja espantosa, igual debo reconocer que tiene buenas piernas y que he sorprendido a Alberto mirándola más de una vez, tiene manía por las nanas. Menos mal que no le ha dado la calentura con la Pepa, no se lo perdonaría. Esta niña es buena, cariñosa con los cabros y conmigo. Lástima que sea tan lacha. Ahora voy a tenerla embarazada, trabajará hasta el pre natal supongo. Tendré que ver alguien que la reemplace, una lata. Este domingo salimos a almorzar a Dichato, en el restaurant Prieto, los niños disfrutaron de los carapachos, el pescado con papas fritas, las bebidas y la playa, yo disfruté viéndolos comer y luego correr por la orilla de las heladas aguas características de esa bahía. Es la gracia de ser niños. Una cuando crece se pone tonta o más escrupulosa. El entretenido de Alberto estuvo leyendo el diario echado con las gafas puestas, en una manta que tendí, mientras yo sentada a su lado, leía un libro y pensaba en el terrible conflicto que se me venía encima con Matías y Álvaro. De vez en cuando miraba hacia el mar, mis hijos al menos parecen ser felices, pensé. Ni hablar de Alberto, no tiene remedio. Creo que Alberto si es infiel le importa un carajo las minas. Eso es lo que nos diferencia de los hombres, cometemos el error de involucrar los sentimientos. Los hombres son animales, no se hacen problemas. La mayoría, pienso, al recordar al bueno de Matías.
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    68 44 Martes Álvaro llamótemprano y yo feliz de escucharlo. Hoy lo vería. Vamos a dar una vuelta a Talcahuano, Tumbes o al aeropuerto, me dijo. Pensé: dónde me lleves está bien, el lugar no importa contigo al lado. Soy una fresca, me digo, por primera vez no me asusta serlo o parecerlo. Apenas tomé el desayuno, la Pepa me miró interrogante, le dije más café y cigarrillos, es todo. Estuve toda la mañana pensando en él, estaba ansiosa, me di un baño de espumas, me vestí y maquillé especialmente para Álvaro. Verlo me produjo un nudo en el estómago, disimulé ante él mi nerviosismo, dijo nos vamos por la autopista y puso en marcha el motor, pensé qué extraordinario es encontrarme con un hombre como Álvaro y experimentar esta química indescriptible. Hay peligro en el aire y yo no tengo ningún miedo, igual tiemblo, él me dice, en la guantera hay cigarrillos, enciéndeme uno por favor, hipnotizada por su voz enciendo un cigarrillo para cada uno, la mano me tiembla y una extraña sensación se aloja en mis piernas. Sonríe, lo miro, me dan ganas de comerme esas margaritas que tiene en la mejilla. Álvaro me asusta por el exceso de velocidad con que maneja, pregunto ¿siempre conduces de esta forma?, me mira, responde, toda la vida, me gusta la velocidad, es irresistible, yo, miedosa le pido, maneja con cuidado por favor, por lo menos cuando vayas conmigo, sonríe moviendo la cabeza y con su mano derecha acaricia mi nuca. Me siento una niña. Fuimos al aeropuerto, vimos un avión con destino Santiago despegar, nos bajamos, caminamos un poco, regresamos al vehículo, Álvaro condujo hasta los alrededores del aeropuerto. Un viento incontrolable se irguió en Carriel Sur. Hicimos el amor como trastornados bajo unos árboles, en una de las colinas que cobija el paisaje verde del límite de Talcahuano, a lo lejos observamos el mall con el frenesí que le caracteriza, pese a ser día de semana había un centenar de vehículos estacionados en el parque que divisamos al pasar. Hacer el amor con Álvaro fue estar cerca del cielo, del cielo y el infierno. Sus grandes manos me asfixiaron en un abrazo feroz, me perdí entre sus hombros, y me hice nada bajo su respiración desquiciada. Álvaro es un
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    69 salvaje, lo peores que me gusta, y mucho. Es el contraste de Matías este volcán. Ni se puede comparar con Tito. Es único, y me da miedo lo que me hace experimentar con su voz, su mirada y su encanto. Hablamos poco, lo suficiente para enterarme que tiene dos niñitas y que su mujer es una histérica con sesos de pájaro para tratar a un hombre y a sus hijas, una egoísta que se echa todo lo que gana encima, me cuenta que se hizo una cirugía estética que le costó mas de diez millones de pesos y que es una sicóloga incapaz de comprenderse ella misma. Confirma mi teoría respecto a los sicólogos, son más desequilibrados que los pacientes, mucha teoría y poca práctica. Álvaro confiesa que sería incapaz de separarse de su mujer por sus hijas, le digo que me pasa lo mismo. Nos quedamos mirando con ojos de prisioneros, con esa mirada que encierra el dolor, la tristeza que cargamos al no sentirnos amados en nuestros respectivos hogares y lo que es peor, la impotencia de encontrarnos entre la espada y la pared. Nos abrazamos transmitiéndonos consuelo, infundiéndonos valor tal vez. Me dejó enfrente de casa y al despedirnos aprisionó mi mano con fuerza, al descender, mi corazón saltaba embravecido. Y yo que pensé que no caería en las redes del amor. Llego a casa a las tres de la tarde, la Pepa me dice que llamó Camilo del colegio y que tuvo que ir a dejarle el trabajo de artes plásticas que se le había quedado. Tan atolondrado que es mi Cami pienso y la Pepa continua, que don Alberto vino a almorzar rápido, la miro extrañada y ¿cómo es eso que vino?, se encoge de hombros sin emitir palabra y continuo con un ¡qué raro! ella me mira con ojos agudos y suelta ¿sabe qué señora?, le pareció mal que usted no estuviera en casa a la hora de almuerzo. ¡Vaya! Le digo, ¿Con que le pareció mal?, ante la cara aceitunada de la Pepa, que me lo diga a mí, y añado, si es que nos vemos, yo no soy adivina para saber que va a venir a almorzar, hazme un té por favor le pido desganada y me instalo en el living a fumar un cigarro mientras pienso qué diablos trajo a almorzar al ogro, si casi nunca viene. Me preocupa Matías, ayer no tuve valor para decirle que había conocido a alguien que me atrajo mucho. Me dio pena al ver su cara de niño sin postre cuando le dije que no quería ir a ninguna cama ni a ningún motel. Peor se puso cuando le dije que sería
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    70 imposible seguir viéndonoslos jueves pues me había inscrito en un curso de gimnasia para entretenerme y romper la rutina. Pese a sus protestas, agregué nada me va hacer renunciar a esas clases Matías, las necesito, ante mi firmeza no insistió, su mudez fue lo que evidenció su reprobación y descontento. Me hice la tonta, le conté un par de banalidades hasta que logré hacerlo sonreír. Nos despedimos contentos, yo por lo menos, feliz de haberme librado del pesado saco en que se ha convertido Matías. Me siento canalla. Álvaro me ha convertido en una cínica, me ensombrece este descubrimiento. Ayer lunes no fui capaz de tomar el lápiz, fue un día oscuro.
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    71 45 Miércoles Una nebulosay deprimente mañana me saluda al descorrer las cortinas. El rostro de Álvaro permanece en mi retina. Las nubes se anudan en el cielo desparramando su color de nieve como grandes motas de algodón, quisiera estar tendida, allí, relajada, lejos del ruidoso tráfico que golpea los oídos y azota el alma. En plena quietud, sin los harapos de una vida monótona, claro, no estaría sola sino con Álvaro. Una media sonrisa se dibuja en mi rostro, y me vuelvo a la realidad que nos aprisiona en una existencia insípida. Voy a la cocina por un café y me encuentro a la Pepa lloriqueando, el papá de su guagua no quiere nada con ella, la observo compasiva e intento darle palabras de consuelo, ella me mira agradecida y yo le digo insistente ¡arriba el ánimo, manos a la obra!. Dejo todo dispuesto y me pongo a escribir en pijama. Pese a todo, mi consuelo es que mis hijos están bien. Alberto es alejado de mis pensamientos como una ecuación imposible de resolver. Matías me preocupa, y medito en la salida de esta trampa que colgué a mis pies sólo por la soledad. Craso error, urge que tome una decisión, no puedo permanecer en un triángulo que Matías no merece. La tarde del miércoles se asemejó a otras muchas. Tomé once con los niños, ayudé a Camilo con sus tareas y le hice un trabajo de castellano a Nicolás. Literalmente se lo hice, el pobre es negado para lo verbal. Casi a las nueve de la noche atendí el llamado de Álvaro, quería saber a qué hora nos veríamos mañana, a las siete, le dije, al otro lado de la línea lo intuyo conforme y feliz, antes de colgar me dice lo mucho que me ha extrañado, que me necesita y yo le digo igual. El Nico me preguntó ¿quién era mamá? le dije una amiga, para hacer más cierta la piadosa mentira añado, es la Regina, con quien me veré mañana. Se queda tranquilo y yo enciendo un cigarrillo para disimular mi ansiedad. Y ese sentimiento horrendo, indefinible que me provoca mentir a mi hijo, al mundo, a mí misma. Álvaro ha revolucionado mi existencia. Alberto llega a comer con un amigo. Son alrededor de las once de la noche, no me causa gracia pero aparento lo contrario, la vida conyugal está plagada de hipocresía y apariencias. Aunque algunas mujeres
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    72 casadas, las más,digan lo contrario, a ninguna nos agrada que lleguen visitas inesperadas y a estas alturas de la noche. Preparo una ensalada de apio palta con un bife, unas tostadas y mantequilla, ofrezco postre de fruta natural, ninguno acepta, prefieren café, yo sirvo sin palabras las tazas y abandono el comedor para que conversen tranquilos. No me apetece inmiscuirme en conversaciones de machos. En el dormitorio intento enfrascarme en la TV, vana tentativa, mi mente no deja de pensar en Álvaro, él y Matías se han convertido en mi pesadilla. La pesadilla real es Matías, Álvaro es sueño, pasión. Es el amor, me digo y me quedo enfrascada en los recuerdos.
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    73 46 Jueves Virginia mellamó hoy en la mañana, está con unos días de permiso y me invita a almorzar. Acepto. Paso a saludar a mis padres y me voy a tu casa, dame la dirección, apunto en mi pequeña agenda y quedo de estar en su casa a las una. Miro el reloj, son las once de la mañana de un día soleado. Es el clima intermitente de siempre, cuando estoy apestada de lo gris surge como blanca paloma el sol penquista con frágiles rayos que arropan el alma con su luminosidad. Me visto como el día especial que es, de casa de Virginia me voy al encuentro de Álvaro. Le aviso a la Pepa que no almorzaré en casa y le encargo a los niños, que se preocupe que almuercen bien, sobre todo Camilo, ese niño se llena de golosinas, y me hace pasar susto con sus ataques de colon. Me dirijo a casa de los papás, estoy una media hora con ellos, suficiente para enterarme de las últimas novedades familiares que Roberto, mi primo, aprobó el examen de grado y que desea lo llame, que la Viviana, otra prima, me envió saludos y que Olguita, una amiga que no veo hace siglos y que mi madre encontró en el centro, quiere que la visite. Llego a la casa de Virginia, ha preparado unos pisco sour la muerte. La charla no se hace esperar. Las confidencias afloran, y yo la escucho atenta, me cuenta de Juan Pablo, ese arquitecto que la tiene por las cuerdas, y yo sonrío al evocar a Álvaro. Conversamos de nuestras relaciones sexuales, yo le confidencio las pendejadas de Alberto, y me dice la masturbación como vicio solitario, estimula la fantasía erótica que origina con el tiempo rechazo a la mujer (ó viceversa), agotamiento cerebral e impotencia sexual, agrega sabihonda como es ella, que en un libro de Weor, el matrimonio perfecto, en uno de sus capítulos denominado "La fantasía sexual (o erótica)”, éste afirma que produce impotencia de tipo sicosexual. Esa clase de enfermos tienen erecciones normales, son hombres aparentemente normales, pero en el instante en que van a efectuar la conexión del miembro y la vulva, la erección cede. Ellos han vivido en la fantasía sexual que nada tiene que ver con la realidad, entonces se confunden y no son capaces de responder a la realidad como es debido. La impotencia psico-sexual es la tragedia más
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    74 espantosa que puedeafligir a los hombres y a las mujeres fanáticas ó a las gentes de tipo puramente racional. Me asombra Virginia con esta teoría desconocida para mí. Y ella explica, lo ubiqué en la biblioteca cuando me dio por investigar el comportamiento de mi ex marido. Necesitaba una explicación lógica para comprender que estaba casada con un tipo enfermo. Y me enfrasqué en la búsqueda de textos que me ayudaron a entender y definitivamente dejarlo por considerarlo sin remedio, agrega, claro que él padecía de otros males, era un sádico, en el fondo. Y se queda pensativa al tiempo que toma un sorbo de su aperitivo. Yo me limito a expresar, puede ser eso lo que aflige a Alberto. Puede que ella tenga razón. Y la acompaño con el último sorbo de trago para pasar enseguida a comer esos exquisitos tallarines al dente que le quedan espectaculares. Me cuenta que la última vez que estuvo con su apasionado amante, habían hecho el amor en la alfombra y Juan Pablo había estallado en carcajadas al eyacular. Ella se había quedado atónita para luego reír de buena gana junto con él. Reímos ambas, ella al recordar, yo, al ver los grandes ojos verdes de Virginia con expresión aún estupefacta e imaginarlos tirados en el piso riéndose desnudos. Nos servimos, hambrientas, la exquisita tallarinata y terminamos en el living con una taza de café, intercambiando nuestras respectivas experiencias. Mis devaneos no fueron omitidos. Ella me dijo, de inmediato debes solucionar el atado con Matías. Yo afirmo, que el punto es que todavía no sé cómo, insiste diciéndome decídete, no dejes pasar más tiempo, no es justo para él. Nos despedimos casi a las seis, le comento que voy en busca de Álvaro y repite no exenta de preocupación, resuelve lo del otro rápido y cuídate. Marcho de casa de Virginia directo a encontrarme con Álvaro.
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    75 47 Álvaro Miro elreloj, las seis veinte, falta aún para encontrarme en el café con él. Doy unas vueltas por el centro, camino entre galerías cuyo nombre no retengo, camino, fumo y pienso en cómo explicarle a Matías que no podemos seguir juntos, que algo intempestivo ha surgido he impide continuar nuestra relación. Hilvano palabras de agradecimiento, excusas que parecen apropiadas, en vano, sé que no va a entender, que le voy a causar un dolor. Me aborrezco por haber sido débil con Matías sin un sentimiento más que el de mi propia soledad. Cuántos errores nos hace cometer la soledad, pobre y triste vampiresa no es más que una arpía que afila sus dientes en tanto menea con aires cautivadores la cabeza de serpiente para hacernos caer en abismos disfrazados de romances y llamas de singular felicidad, que sólo buscan quemarnos cruelmente. Después de hablar con Matías, conjeturo, habré perdido un amigo y eso cuesta perdonármelo. Voy al encuentro de Álvaro, nos vamos al departamento de un amigo, me dice. Apenas ingresamos, nos abrazamos con desesperación es una locura lo que nos une. El me encanta y yo le atraigo, repite con enajenación te amo, te amo mientras me lleva hacia el dormitorio y yo, que no estoy acostumbrada a tanta demostración de afecto caigo avasallada en sus redes de hombre experimentado y ardiente. Pero caigo dulcemente en el embelesamiento de saber que este amor es absolutamente correspondido. Nos desvestimos lentamente sin dejar de mirarnos, Álvaro abre una botella de champaña y escancia en dos copas alargadas, el licor burbujeante, refrescantemente dulce, entrecruzamos nuestros brazos tal si fuéramos dos recién casados celebrando su primera noche nupcial y brindamos sonrientes, bebemos con fruición. Nuestros cuerpos están completamente desnudos, con suavidad me deja caer sobre la cama y con sorpresa veo como toma mis piernas y las separa, besa mis labios, toma la copa vacía de mi mano y la deja junto a la suya sobre la mesita de noche, su mano viril coge el cuello de la botella y la da vuelta levemente hacia mis senos, deja caer gotas desde mi pecho al pubis, y me besa lamiendo el líquido sobre mi piel, vuelve a derramar gotas
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    76 sobre mis muslosy entre mis piernas y pasa su lengua pausadamente, un espasmo recorre mi cuerpo y lo tomo del cuello para besarlo exasperada, como si la vida se me fuera en ello. Él deja la botella sobre la alfombra y precipita sus labios hacia mi vagina, en sus gestos hay seguridad, dominio, ardor. Me incita, mis pezones están erectos, sensibles, el deseo se extiende desde el jardín secreto hasta mi nuca, tensa mis piernas, tengo absoluta certeza en ese instante que él es para mí y que lo amo. Lo estrecho con fuerza, busco su miembro y lo introduzco en mi vagina, él me abraza y besa con embriaguez, y me sumo al ritmo de su cuerpo en la búsqueda del goce para alivianar el intenso dolor del deseo. Experimentamos una compenetración absoluta. Pasaron horas, al mirar el reloj los punteros indicaban las once cincuenta. Nos miramos perplejos y nos vestimos raudos. Las promesas de amor se alargan hasta situarnos frente a casa. Quedamos de comunicarnos. Cuesta despedirse. Subo rápido las escaleras. Decididamente se me está pasando la mano. El amor me hace perder el raciocinio. Entro en la casa y para mi sorpresa, que no alcanzo a disimular, encuentro a Alberto viendo la TV, fumando un cigarrillo. Al verme gira la cabeza y pregunta ¿y a ti, qué te está pasando?, este último tiempo no has dejado de salir, añade. Me hago la tonta, me saco la chaqueta y le digo un tanto perturbada, espera, voy al baño. Intento fraguar una mentira, la necesito rápidamente. Me encierro unos minutos en el baño, me mojo la cara, y mientras me seco decido decirle que la Virginia está pasando por problemas y que necesitaba compañía para ir a ver al médico, un neurólogo, por los dolores de cabeza que la aquejan. Trato de cambiar la expresión de la cara, me lavo las manos, me cepillo el pelo y salgo hacia el living para señalarle la mentira urdida a la rápida, pero no es necesario, Alberto de nuevo está absorto en la televisión, le ofrezco un té o algo, me ignora, encojo los hombros y me voy a echar una mirada al dormitorio de los niños, duermen plácidamente. Me pongo el pijama con prisa, me meto a la cama y cierro los ojos. Siento que Alberto se dirige al baño, se pone el pijama y se acuesta apagando la luz, simulo dormir. Mañana será otro día, mañana, me digo, pensaré en Matías.
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    77 48 Viernes Despierto exhausta.La agitación del día anterior no ha abandonado mi cuerpo. La Pepa entra para decirme que Alberto dejó dicho que lo llamara. ¿Y a qué se debe esto? me pregunto. Tomo desayuno y lo llamo para escucharlo decir que hoy saldremos, que esté lista a las nueve, a esa hora te paso a buscar, yo alcanzo a preguntar a dónde iremos, vamos a comer a casa de Reinaldo, su señora está de cumpleaños, habrá que llevarle algún regalo, le respondo, no te preocupes por ahí se le puede pasar a comprar algo. El tono de mi marido es como siempre, seco, imagino su rostro hosco al otro lado del teléfono, no me atrevo ni a decirle que no tengo ganas de asistir a esa dichosa cena y que me importa un carajo la señora de Reinaldo. Para qué, tengo que ir, es todo. Me levanto con la firme convicción que hoy me dedicaré a cumplir mis deberes de esposa y madre. Me levanto y miro por la ventana, el magnolio del jardín me parece más florido que nunca, hasta la niebla parece haberse esfumado, Álvaro es el culpable me digo y doy un suspiro enamorada, jamás había sentido esto aquí dentro, es como si el rocío extendiera sus alas alrededor del corazón, y lo hiciera bombear eufórico. ¡Ah!, que sensación más increíble, es como tener a Álvaro pegado a mí esqueleto. El lunes, el lunes hablaré con Matías, con la decisión tomada me meto a la ducha para iniciar un nuevo día, ¡qué digo!, un nuevo fin de semana, los días han transcurrido veloces, sin ningún miramiento. El tiempo y yo nos estamos mimetizando. Inescrupulosos.
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    78 49 Viernes enla tarde No es mi día, no solo debo acompañar a Tito a casa de Reinaldo. A Camilo se le rompió el buzo, un tirón o una caída, quedó hecho un desastre. Lo llevo a comprar un polerón de buzo urgente, el lunes de nuevo tiene educación física y para variar evaluación. Vamos a las cinco treinta al centro, finalmente, luego de recorrer varias tiendas encontramos el dichoso polerón, una talla más pero no importa, así le queda para el próximo año. Muevo la cabeza, sino estuviera cesante no habría pensado en ello. Un dejo de amargura me asalta. Volvemos acelerados a casa, debo arreglarme para salir. Camilo sale a jugar como día viernes, tiene permiso para llegar más tarde, el Nico va al cine con unos amigos. La casa está tranquila, me meto a la tina a darme un baño que me relaje, lo necesito, debo preparar mi ánimo para la latosa celebración que me espera. A las nueve en punto llega el ogro, me mira, me pide un café, se mete a la ducha, se viste rápido, de un trago se toma el café y abre la puerta de calle al tiempo que dice ya, vamos y la imbécil que soy lo sigue sin palabras. Al pasar por una confitería, sin decir palabra Alberto se baja y compra una caja de bombones enorme para llevar de regalo, el poder del dinero, pienso, ni siquiera me preguntó el parecer, no debería asombrarme, ya no. En casa de Reinaldo, Alberto se muestra muy atento y cortés, casi un caballero conmigo, no hay caso con él, siempre preocupado de las apariencias. En un momento me alejo y el primo de Reinaldo empieza a tirarme el anzuelo, yo lo evito pensando, qué se habrá creído este tipejo asqueroso, su cara rechoncha y blancucha, sus ojos bizcos me repugnan, me voy a un lado de la sala y me encuentro con la mujer de Reinaldo, me ofrece un combinado y yo acepto, me da la lata, pero debo reconocer que la que no tiene ánimo de nada, soy yo. Trato de parecer simpática la escucho con atención y ella, de quien no recuerdo el nombre me explica lo terrible que es cumplir los cincuenta y tantos, yo amable le digo que no se le nota obviando las patas de gallo que le cuelgan alrededor de los ojos, si, insiste, pero todo gracias a que desde los quince años utilizo cremas, la hidratante
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    79 y la nutritiva,son tan buenas las Etienne, yo insisto en que se ve estupenda, mientras me digo para qué nos cuidaremos tanto las mujeres si al fin al cabo nuestros maridos se fijan en nosotras sólo para encontrarnos defectos. Las féminas somos todo un caso. Al rato me deja con la excusa de atender a otros invitados yo asiento feliz, la conversación de las cremas me aburre ferozmente. Los hombres aparte, las mujeres en grupo, en otro rincón. La música suena y Reinaldo saca a bailar a su mujer, Alberto se acerca y me invita al centro de la sala, qué hacer, las apariencias de matrimonio bien llevado y feliz continúan. Hacemos cambio de parejas durante el baile, con un sombrero que una de las mujeres empieza a poner en la cabeza. Somos más mujeres, claro, las separadas hoy en están de moda, ni que decir de las solteronas alérgicas al matrimonio. Al parecer la mujer de Reinaldo tiene muchas amigas separadas. Significa esto que no es tan ignorante de lo mal que se llevan la mayoría de los matrimonios en el Chile actual. El sombrero me aburre, me obliga a zafarme luego de él, a ponerlo con agilidad en las cabezas de distintos colores de las bailadoras. Pasado un par de horas, se acaba el circo, unos tragos para celebrar, las palabras de felicitaciones y agradecimientos típicas en estas ocasiones. A las tres de la mañana lo único que quiero es zambullirme en la cama. Los hombres están bebidos y una de las mujeres está trasmitiendo mucho entre hipos y risas, dos mujeres la rodean e intentan tapar el bochorno, otra le lleva un café cargado, Alberto me susurra que es la cuñada de Reinaldo, que acaba de terminar su matrimonio pues el marido la ha dejado por su secretaria y le ha dado por el trago. Es una pena le digo, me extraña que Tito me cuente la historia, él nunca reconoce un error de sus pares. La mujer me da una lástima atroz, no me gustaría estar en su lugar, no hay nada más patético que una mujer borracha dando espectáculo. Pero sí me gustaría dejar al agrio de Alberto por el exquisito Álvaro. Estoy una fresca, pienso y sonrío para mis adentros. A las cuatro treinta nos retiramos de la casa, el baile ha vuelto en la casona del famoso Reinaldo y queda en todo su apogeo. Mis pies no dan más y el rey de la noche, está ebrio como una cuba.
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    80 50 Sábado Alberto nose levantó y después de almuerzo salí al parque con Camilo. La noche anterior un nuevo escándalo del rey de la noche, borracho y libidinoso, tiene la manía de transformarse con el copete en un cerdo lascivo, empieza a insinuarse y yo, suavemente firme mantengo mi negativa, al final, luego de emitir unas palabrotas se quedó dormido como tronco. Me relajo con el paisaje y el verdor intenso del parque, el cielo está despejado, de un azul espléndido, me distraigo observando a familias paseando, parejas tendidas en el prado, vendedores de juguetes inflables, de algodón azucarado, manzanas confitadas, bicicletas por un lado y otro del paseo, los globos de diversos colores, los niños jugando felices, Camilo en un columpio, estoy un rato con él y me siento en una banca desde donde pueda vigilarlo, que no se caiga, es tan loco, como todos los chicos de su edad, me acuerdo que el Nico se cayó una vez y se pegó en la cabeza contra el cemento, le quedó un cototo gigante y yo me puse neurótica, en ese estado lo llevé corriendo a la clínica, sólo para que el médico dijera, señora si empieza con vómitos preocúpese, me sentí tan torpe, ignorante. El Nico se convirtió en mi vida cuando descubrí que con su padre no sería una mujer feliz. Era un niño hiperkinético y yo, aprensiva con él. El Nico era en ese tiempo mi único hijo, la vida, todo el amor que tenía, el consuelo y la esperanza. Hoy, tengo el mismo sentir y preocupación por Camilo. Recuerdo a Francisco, mi amigo de la infancia, sufre cualquier cantidad por su hija, luego de su separación, su mujer y todo un lío legal que creó con un sinnúmero de artimañas, le prohibió verla, lo peor es que su ex mujer es una alcohólica terrible. Pese a todo lo que ha hecho para tener con él a su hija y protegerla de su madre y de los peligros a los que ésta la expone, no lo ha logrado, la justicia a veces se equivoca, por no decir muchas veces. No quiero fallar a mis hijos y la historia de Francisco y Vania me empujan a asirme a una relación desdichada como es la mía con Alberto. Una separación afecta a los hijos. Siempre nos hemos preguntado con mis amigas ¿qué será peor?, el
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    81 remedio o laenfermedad. No quiero pensar. Camilo esta jugando, está feliz, y yo, estoy cerca. En la noche del sábado adelanté trabajo del domingo. Mientras planchaba los delantales de los chicos, los rostros de Álvaro y Matías no dejaban de repicar en mi cabeza. Estoy enamorada, pero no dejo de preocuparme por Matías, es un tipo bueno, de esos que hoy son difíciles de encontrar. Me llena de tristeza tener que confesarle que lo nuestro no puede ser. Álvaro es el hombre de mi vida.
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    82 51 Domingo ¿Qué puedeser más dañino para una mujer, sentirse prisionera o estar enamorada de otro?, los domingos tienen el poder de deprimirme. La respuesta a esta pregunta es que ambas cosas son un suplicio, el engaño es cruelmente desgarrador, sólo soportable al lado del ser amado. Sentirse prisionera tampoco es un estado de felicidad, ni qué decirlo, es estar enjaulada con trozos de hielos que congelan el alma, no hay pira que lo consuma, transforma a la vida en un estado casi agónico. Cuando Alberto esta en casa, la vida parece más dura, más condenadamente insufrible. Y eso que está poco. La tarde del domingo la acortamos compartiendo con la parentela, conversando de los hijos, los primos, la última pareja de Berta, la declaración del presidente por los canales de TV y el cara lavada de la derecha, un mamerto cualquiera candidateándose como independiente. ¿Será que el próximo gobierno es de derecha?, y las conjeturas abundan, que la concertación ha decepcionado a la mayoría, van y vienen las diferentes opiniones, en eso de la decepción me incluyo, con esta cesantía indómita no es para estar precisamente dichosos. El siglo veintiuno, pese a los índices económicos en el país, que están subiendo, como el precio del cobre, cuya alza en centavos reporta un ingreso de varios millones, no deja de tener a un cincuenta y cuatro por ciento de los chilenos con un ingreso promedio de ciento cincuenta mil pesos, cosa que es una barbarie, no ha sido precisamente de rosas este inicio de siglo. Anochece y regresamos a casa con el dulce sabor del pan amasado con mantequilla de la abuela. La familia con sus penas y alegrías no deja de reconfortarse al calor del cariño de los abuelos y las tonterías de los chicos.
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    83 52 Lunes Este esel día, indeseable y necesario. Matías me aguarda en un costado de la casa. Bajo a paso lento, para demorar la hora terrible, mi verdad respecto a Matías. Con la ventana del conductor abierta, el codo apoyado en el borde y un cigarrillo colgando entre los dedos le encuentro, doy la vuelta y subo, rozo su mejilla derecha con los labios, me mira, pregunta a dónde iremos, le respondo, simulando alegría, vamos a dar una vuelta a Lenga. Partimos hacia Talcahuano y en la playa, frente a la caleta, hablamos. Las preguntas atropelladas de Matías no demoran en acosarme. Él pregunta qué te pasa, y cómo que no podemos vernos los jueves, le digo suavemente, Matías, lo nuestro no da para más y el rostro asombrado, de este hombre maravilloso me hace sentir pésimo. En un segundo, sus facciones se muestran desencajadas, su labio inferior tiembla y sólo dice ¿por qué?, y yo, con la mirada puesta encima de unas barcas que muestran sus siluetas en la orilla del mar, digo, conocí a un hombre fantástico, se llama Álvaro y girando el rostro hacia Matías musito, lo amo. Pienso que se va a poner furioso, me da susto, me mira, mueve la cabeza, se toma la cara con ambas manos, tapa sus párpados, los restriega, y pasados unos minutos que me parecieron eternos dice, entiendo y hace partir el motor, su rostro está mustio, gira rumbo a Concepción. No hay palabras, no preciso decir más. Matías me lo hace fácil. Pero sufro, me siento la más vil de las mujeres. No pide explicaciones. Ya no. Pero no me gustan las mentiras, las odio, balbuceo un innecesario: te quiero Matías pero no estoy enamorada de ti, me mira de soslayo y asiente mudo. Mi pena es mayor, su mudez me lastima y el camino se hace insoportable. Detiene el vehículo frente a mi casa, me mira, dice estaré siempre esperándote, te amo Verónica. Y yo beso su frente, toco su mano, aferrada al volante, y desciendo a prisa, no deseo que vea mis ojos llenos de lágrimas. La nobleza de Matías me hace trizas el corazón. Llego a casa, menos mal que los chicos están en su dormitorio y ni saludo a la pobre Pepa, que me mira con ojos asustados irrumpir en la casa, quedándose
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    84 estática al ladode la puerta, que abrió ante la sonora fiereza de mis puños, ella no pregunta, me voy al dormitorio, soy un guiñapo tendida en la cama, lloro y no alcanzo a entender el por qué. ¡Qué incomprensible es el alma del ser humano! Ni siquiera siento alivio. Álvaro, debo llamarlo, pienso. Y al teléfono la voz de este hombre, transmite la paz que necesito. Amo a Álvaro. Hoy he quedado viva y libre para él. Él lo sabe, es parte de mí. Eso me contenta.
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    85 53 Martes La pesadillacon Matías terminó y hoy me siento más animada. Al menos converso alegremente con la Pepa, y ella exclama ¡anoche sí que usted me dejó preocupada, traía una cara!, que ni le digo, y añade qué bueno que amaneció mejor!. Yo solo atino a decirle Pepiña, la vida nos trae al mundo llorando y con los puños apretados, preparados para la lucha que significa enfrentar la vida, es dura, agrego, pero todo tiene solución, menos la muerte, supongo que lloramos no por la nalgada que nos dan, sino porque esa palmadita nos indica que la vida conlleva golpes, esa primera palmada nos lo enseña. Ella se pone una de sus manos sobre su vientre y dice ¡Ay! señora, no me diga nada por favor, que no sé lo que me espera con esta guagua y qué será de ella, agregando con la mirada vuelta al cielo, sólo diosito sabe. Muevo la cabeza ¡vamos a trabajar! concluyo. Y nos vamos a la cocina. Apenas terminamos de planear nuestras tareas y ordenar unas cuantas cosas que se apilan en los muebles de cocina, llamo a Álvaro para fijar la hora de nuestro encuentro, quedamos de juntarnos en el mall, el café al lado del salón del libro estará bien. El día se me hizo largo, como nunca, el deseo de verlo me mantiene durante el día con su rostro y figura rondando mi cabeza, golpeando las sienes. Amo a Álvaro y él a mí. Parezco de dieciséis años contando las horas, los minutos, para encontrarme con este hombre que ha atrapado mi corazón. ¡Cosa rara!, un tiempo atrás era una anciana hundida en el pozo de la rutina, hoy me siento una niña, la ilusión se desborda al traer el recuerdo de Álvaro a la mente. Nos encontramos en uno de los pisos superiores del mall, bebemos un café apresurados y vamos al auto para dar una vuelta por el aeropuerto. En el camino, Álvaro detiene el vehículo para abrazarnos y besarnos insaciables, hambrientos. Me confiesa su deseo de estar siempre conmigo y yo diciéndole, también amor lo deseo, pero qué haremos con nuestros hijos. El rostro de Álvaro se contrae, una mueca marca las comisuras de sus labios, dice amo a mis hijas Verónica, pero no sé si pueda vivir lejos de ellas, y yo, no puedo dejar a mis hijos, concluyo, Alberto
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    86 me hará unescándalo, por no decirle que dudo que me conceda la nulidad, Álvaro me atrae hacia su cuerpo y me estrecha, en voz bajita dice, buscaremos una solución juntos, yo con lágrimas de impotencia le digo sí, lo haremos, démonos un tiempo, así será, pero debo decirte que no creo poder dejar a mis niñitas, balbuceo un te entiendo, esperemos y veamos qué pasa, no nos martiricemos dándole vueltas al asunto, es lo mejor. Estamos apasionados, nuestro amor estalla en besos desesperados y nuestras manos se buscan con ansia. El amor que sentimos nos hace indefensos ante el mundo, el mundo que nos rodea se ha transformado en nuestro principal enemigo. Sabemos que ninguno de nuestros amigos nos apoyará, ni pensar en nuestras familias. Tenemos mucho que perder con este loco sentimiento que nos une. Nos envuelve la incertidumbre. Pese a ello, gozamos plenamente el estar juntos. Al instante abandonamos nuestros temores, los introducimos en la guantera. Sin pudores ni tapujos nos entregamos a este deseo que nos sorprende en la mitad de nuestra vida como un fuego consumidor.
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    87 54 Miércoles El díaestá radiante. Puede que tener a Álvaro sea el motivo para ver el día refulgente. Sucede que el amor correspondido es como instalar motor nuevo en un barco desvencijado, impulso que desbarata pesimismos, anula los dolores. No hay nada que se pueda comparar a la sensación indescriptible de sentirse amada. De mi ensoñación me saca la Tati con su intempestiva invitación a salir a un misterioso pub, cuyo nombre no se atreve a mencionar, después te digo si me acompañas, ven a buscarme a las nueve le digo, con la curiosidad despierta, y consulto cómo hay que ir, ¿qué ropa llevar?, deportiva o casual, no te hagas problemas y me susurra, te sorprenderás añade, sin dejar su aire enigmático vamos a ir con la chica y la flaca. A las nueve en punto me pasa a recoger con la Florencia y la Pamela, alias la chica y la flaca. Entro preguntando ¿dónde es el carrete? Se ríen las tres diciendo espera y verás. Damos unas vueltas para hacer hora, según ellas el lugar empieza a funcionar a las diez, vamos a comprar cigarrillos a un Pronto, nos tomamos un café. Ellas no quieren mencionar el nombre, resignada a la espera me fumo unos cigarros y conversamos de los chicos, ahí les doy la lata con las gracias de mis hijos, ellas no tienen ni la pata de una guagua, son solteras acérrimas, ni locas se casan gritan a los cuatro vientos. Y yo les encuentro razón. Cerca de las once de la noche abandonamos el local. Unos tipos nos quedan mirando, uno de ellos, el más patudo, nos dice quien fuera ángel para llevarlas al cielo, nos reímos y la flaca dice pobrecito habría que hacer magia para que pareciera mino primero y luego hacer una manda para convertirlo en ángel, con suerte lo logramos, el tipo si que es feo del verbo feo, digo yo, y nos vamos las cuatro al carrete secreto de las muchachas. Tomamos la calle Los Carrera y doblamos en Colo-Colo, la Tati se estaciona a la vuelta mientras le digo oye aquí matan de día, el barrio es pencoide, si, un poco peligroso pero nunca tanto me dice la chica y la flaca asiente frunciendo los labios. La Tati se asegura de apagar las luces, poner el freno de mano y activar la alarma. Caminamos a una reja con citófono, está cerrada, al lado hay una entrada de auto, por ahí pasamos,
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    88 hay unas lucesen la parte superior de la puerta y un joven nos ataja diciendo esta es una disco gay, mi amiga le dice, lo sabemos, por eso venimos, yo me quedo atónita, es primera vez que entro a una zona así, disimulo, el tipo desconfiado, con una cara de guardaespaldas que no se la puede nos dice, las mujeres pagan, está bien dice la chica, mientras la flaca y yo miramos silenciosas. La Tati hace de tesorera recibe los dineros que le entregamos cada una y se dirige a la caja. Unos tipos parados bajo el dintel de la puerta de entrada, léase jóvenes buenos mozos con tremenda musculatura resaltada por una polera ceñida y de manga corta luciendo rostros bellos, producidos y amables nos hacen pasar. Entramos echando vistazos a un lado y otro. La noche está lenta me parece, o llegamos temprano, se ve poca gente y ninguna mujer, jóvenes en grupo pequeños, solos o en pareja conversan o toman un trago. Nos sentamos en una mesa a la izquierda. Se acerca un chico a ofrecernos un trago, unas piden piscola y otras bebida, nos acomodamos, empezamos a conversar con murmullos, unas a otras nos invitamos a mirar que en la esquina hay unos gallos horribles, que mira la pareja que esta al lado, y el asombro de no ver más mujeres, y cierto embarazo al sentirnos un tanto huérfanas de pares, la Tati dice luego llegarán mas minas mientras un transformista, difícil de identificar como varón, se nos acerca a pedir un cigarrillo, una de nosotras se lo pasa y yo se lo enciendo preguntándole el nombre, Lisbeth responde, y ríe cuando acota, o Lizzy para los amigos, mientras me quedo pensando por qué usarán nombres gringos, otra le pregunta si él o ella, para el caso da lo mismo, bailará después, sí, estoy en el show, contesta con aires de diva, claro de diva en decadencia, pero igual si ella o él es feliz, qué nos importa su vida. La Tati lo acosa con una y otra pregunta, nosotras escuchamos con atención, la mina o mino se aleja; quedamos asombradas. Es joven, tiene veintiún años y hace cinco que trabaja en esto, nos ha confidenciado. Llega un grupo de ocho o diez jóvenes, todos con polera corta a la altura del hombro, para lucir sus bíceps me imagino y hacen una bulla terrible que se agrega al metálico y subido volumen de la música. La noche está empezando y nosotras entretenidas con los ojos curioseando por aquí y por allá. La noche penquista oculta muchas sorpresas
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    89 le digo ala Tati y ella se ríe de mi cara, no puedo disimular mi estupor. Mi evidente asombro no es sólo por el ambiente que observo, sino por la cantidad de juventud que llena el lugar. Algo está pasando con las mujeres que no atraen hoy en día a los varones como antaño, me digo. Yo pensaba que éramos las más desilusionadas con los machos peludos. La realidad muestra lo contrario. Existen muchos jóvenes que han optado o son de condición gay. Veo que la diferencia de niveles socio económicos se diluye en esta disco pub. Prima el nivel medio bajo pero de repente se observa también uno que otro palta, y uno que otro vejete entonado, con camisa desabrochada y gargantilla al cuello, las muñecas llenas de pulseras y dicharachero abrazando a un joven que lo acompaña. Su noche de juerga, me digo. El mundo ha cambiado rabiosamente. Ama y haz lo que quieras decía San Agustín, nosotras, creo que estamos en el segmento de la población más tolerante, a estas alturas de la vida y pese a tener hijos, creo que hemos decidido tácitamente que todos tienen derecho a buscar la felicidad. Sin excepción. La Tatiana pregunta ¿te gustó la sorpresa que te aguardaba? y yo sí, pero confieso que me pregunto, ¿a qué se debe que estos lugares son descuidados, con un aspecto decadente?, se parece a esas boites de aspecto miserable que hay en calle Bulnes, con stripteseras baratas, no lo entiendo, y corto la conversación para quedar mirando a unas cinco chicas entrar y acomodarse en una mesita cerca nuestro. Son lesbianas, me dice la Tati, y yo pienso que sí, se les nota en la ropa, son bastantes amachadas excepto dos que son femeninas, ya sabes, me dice Pamela, la flaca, y sigue explayándose, entre ellas hay algunas que hacen de hombre y otras de mujer. Yo digo no creo que todas las mujeres quieran mantener esa relación machista que se da entre hombres y mujeres, Florencia, la chica exclama, ¡claro que no!, yo tengo unas amigas que basan su relación de pareja en la igualdad y no mantienen el estereotipo social. En eso estoy de acuerdo, qué de malo tiene ser tortillera, dice la flaca, como están los hombres hoy día a lo mejor, quién sabe, cualquiera de nosotras puede convertirse en lesbiana. Estamos de acuerdo, las cuatro. No deja de asombrar. Pedimos otro trago y salimos a bailar juntas, la única música bailable
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    90 de la noche,una bien pachanguera para animarnos un poco más. El show empieza tarde, a las tres, nos sentamos expectantes. Unos bailarines, todos transformistas bailan, la música de el guardaespaldas, sus ropas de actuación son elegantes, sus rostros preciosos, sus cuerpos muy cuidados y delicados, el intérprete principal luce brillante, ágil y tremendamente sensual. Me gustó. Es decir nos fascinó a todos y todas las presentes. Bebemos nuestros combinados y cocas, pagamos la cuenta a un chico simpático que nos invita para otro día, el sábado viene más gente nos dice y está más heavy el ambiente, no se pierdan, nos despedimos de él con besos en la mejilla y apretones de mano afectuosos. El resto de los clientes permanecen en la pista, algunos en las mesas, no hay visos que se piensen retirar, quieren aprovechar la única instancia de dar rienda suelta a sus sentimientos o a sus aventuras. ¿Dónde más los van a aceptar? La discriminación es demasiada en este país, tenemos un cincuenta y cuatro por ciento de homofóbicos, según las encuestas. A la mierda, pienso y sigo a estas locas amigas buena onda que me alejaron de las tinieblas de la rutina. Saliendo de la disco escucho la voz de uno de los porteros que grita ¡chiquillas la próxima vez que vengan entran gratis!, nos quedamos mirando gratamente sorprendidas, creo que les parecimos simpáticas, qué bueno grita la Tati, alzando los brazos contenta. Subimos al auto y me pasan a dejar primero. Son un poco más de las cuatro de la mañana. En casa todos duermen, me dirijo al dormitorio, ubico mi pijama a tientas, me encierro como acostumbro en el baño para que nadie escuche, y suavemente, sin encender la luz, me deslizo como una cuncuna por entre las sábanas. Miro al lado, me encuentro con la sorpresa, Alberto no ha llegado. Vaya, ahora somos dos los que nos escapamos de casa. Me duermo agotada por la emoción, o qué se yo.
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    91 55. Jueves Álvaro estuvofabuloso y enamorado, quiere dejar a su mujer. Todo ha sido rápido, fulminante como los Saltos del Petrohué, intensos y arrolladores. Confieso a este hombre impetuoso, que jamás he pensado en separarme, mientras recuerdo que al pobre Matías le dije que nunca había pensado ser infiel, sonrío, acaricio el rostro de Álvaro, con mi dedo índice enmarco su rostro y aprieto mis labios en los suyos, es un beso dulce que se torna apasionado al sentirlo vibrar y tocarme con sus manos ávidas, insolentes, que no conocen de barreras. Álvaro me convierte literalmente en alienada, su hoguera masculina trastorna. Pasados unos minutos de éxtasis, me dice, tendrás que analizarlo Verónica, yo no puedo vivir lejos de ti. No digo nada. Pienso en mis hijos, en Alberto, en el escándalo. Tiemblo, me conozco, no tengo valor para pedir la separación, la familia pesa, y mucho, le pregunto ¿y tú no decías que jamás dejarías a tus hijas?, nunca las voy a dejar, siempre estaré preocupado de ellas, pero a mi mujer la dejo mañana, si aceptas vivir conmigo, y tomándome de los hombros, me ciñe fuerte contra él, besa mi cuello, rendido hunde su cabeza sobre mi pecho, repite hasta el cansancio te amo Verónica. Lo escucho decir no puedo trabajar tranquilo pensando que duermes en la cama con otro. Y yo le respondo, Álvaro, tú sabes que no pasa nada con Alberto, nada de nada, lo sé dice, pero igual necesito estar toda la vida contigo. Su apasionamiento me conmueve, me turba, esto es un gran tornado trastocando la vida, arrasando con todo. No estoy preparada aún, susurro, déjame meditarlo, Álvaro temperamental como es, levanta la cabeza y pregunta ¿cómo puedes decirme que precisas meditar?, no te das cuenta que te amo, no sabes que me amas, yo lo sé, lo siento aquí, señala el pecho con su mano izquierda, se lo toca repetidamente con sus dedos, dice con fiereza, ¿por qué tienes que pensarlo?, ¿acaso tu vida con tu marido es demasiado fantástica?, ¿no has dicho que es un desastre? Su desconocido rostro furioso, alterado aparece en frente mío y yo le digo cálmate, es cierto, mi vida no está marcada con distintivos de perfección, pero tampoco puedo separarme de la noche a la mañana. Tengo que asimilarlo,
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    92 prepararme, hablar conmis hijos, no me pongas nerviosa por favor, y alzando la voz le digo no vez que ¡no sé cómo hacerlo!, no te das cuenta ¡lo complicado que es!, nunca antes lo había pensado, nunca imaginé la vida con otro hombre que no fuera Alberto, mi marido, el compromiso, ¡qué se yo! agrego en tanto fijo mis ojos en los suyos suplicante. Álvaro me mira y pasa su mano por mi cara, con dulzura, al tiempo que con la cabeza gacha como niño pillado en falta musita, lo siento Vero, sé que debes prepararte, pero me urge estar a tu lado para siempre, y yo sintiéndome enamorada hasta la última fibra, lo abrazo, repitiendo si, así será Álvaro, pero no me presiones tanto, hablaré con Alberto, te lo prometo. Este día, nuestra despedida fue más larga y exaltada que nunca.
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    93 56. Viernes Alberto esun caso, ayer llegó de amanecida, no lo sentí. En la mañana, abrí los ojos y fui al comedor, me pareció mas oscuro que en la noche, con Alberto de pie como de costumbre al lado de la mesa sorbiendo el café , le dije tengo que hablar contigo, levantó las cejas extrañado y consultó ¿algún problema?, y yo cuándo podemos hablar, seguía sin mover un músculo del rostro, en la noche respondió, y agregó con tono burlón, insolente, qué bicho te picó, su actitud me parece desagradable, igual le replico en la noche te digo, añado ¿a qué hora estarás en casa?, a las nueve, agrega como si nada, anoche no dormí mucho, hoy me acostaré temprano y le confirmo en la noche entonces y giro de vuelta al dormitorio. Sumida en la cama, pienso no sé cómo me atreví, pero si no lo hago esto se va alargar demasiado y el suplicio será peor. Todo fue casi normal este día, casi, porque me acordaba que iba a hablar con Alberto y la guata se me contraía, ni qué decir cuánto fumé, los niños fueron al colegio, la Pepa con sus quejidos de siempre, la rutina y los nervios caracterizaron este día. Alberto llegó pasado las diez. Los chicos estaban durmiendo. Le serví un plato de comida y un café. Cuando terminó me puse en frente de él y le dije, es hora que conversemos. Con los brazos pegados a la mesa del comedor, en mangas de camisa, sin corbata, me miró, con el pulgar de su mano derecha se rascó el entrecejo, con el rostro opaco emitió un “dime” y yo sin grandes aspavientos solté como si nada, quiero la separación, me miró con los ojos abiertos como si le hubiera dicho el más grande disparate del siglo o de todos los siglos, agachó la cabeza, mientras yo me preguntaba por qué todos los hombres tienen la manía de bajar la cabeza en momentos difíciles, al rato replicó ¿vas a tirar dieciséis años por la borda, y todo lo que me he sacrificado?, yo le respondí ¿crees que yo no me he sacrificado?, recuerda que he trabajado siempre, he hecho un importante aporte a la casa, debemos reconocer que no nos llevamos bien, es hora de tomar una decisión, me observa como si estuviera loca, y ¡los niños! exclama, tendrán que aceptarlo le digo, grita desaforado, perdido todo control, ¡estás loca!, ¡alguna de
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    94 tus amigas teha metido leseras en la cabeza, tienes malas influencias!, yo sonrío con un dejo de ironía, ¿acaso crees que todas mis amistades saben lo desgraciados que somos en este matrimonio?, ¿piensas que no hemos sido felices? pregunta con una cara terrible de extrañeza, este hombre no puede creer que la imbécil de su mujer ha despertado de un largo sopor, en voz alta digo: Alberto, ¿creíste que yo nunca iba a crecer, a madurar?, darme cuenta que nuestra relación, si es que se le puede llamar a esto relación de pareja, está muerta, pregunta con ojos desorbitados y las mejillas tiritonas ¿y los viajes, las salidas que hemos realizado durante nuestro matrimonio, todos estos años, te parecen pocos?, yo con cara de paciente, pero por dentro ardiendo de ira ante tamaña estrechez de mente, trato de decirle suavemente, muy lentamente, Alberto, no se trata de viajes, ni de cosas materiales, aun cuando me siento bastante perjudicada por encontrarme sin trabajo, se trata del amor, repito recalcando las sílabas, el amor murió. Me mira con los ojos rojos de rabia, es que no lo puede creer, debe pensar que no hay ninguna duda, su mujer está loca de remate. Da vueltas por el living como perro persiguiendo su cola, enciende un cigarrillo, me pide un trago, se lo sirvo muda. Me tomo un vaso de coca-cola, espero si emite una palabra. Ni un sonido salió de su boca. Con la cara transfigurada, dio vuelta, se dirigió al pasillo, entró al dormitorio. Yo continué silenciosa sentada un largo rato en el living, preguntándome cómo pude tener el valor de decirle lo que quería, encendí un cigarrillo y me serví otro vaso de bebida, los nervios me secaron el paladar. Recordé a Álvaro, sus palabras, me llené de su fuerza, y respiré profundo. Me levanté del sofá para ir a dormir.
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    95 57. Sábado Anoche logréconciliar el sueño, dormí como nunca, debe ser el hecho de estar enfrentando el gran problema de mi vida. De haber tenido valor. Ya no hay secretos, Alberto sabe que no quiero nada más con él, supongo que le quedó claro. La sorpresa la tuve al entrar a la cocina para hacerme un cafecito y encontrarme a la Pepa jubilosa, pregunté ¿qué te pasa?, respondió, es que don Alberto dijo que no nos preocupáramos, va a traer el almuerzo preparado, al decirlo, sonríe feliz como si le hubieran dado un aguinaldo, digo qué bueno, la Pepa continua diciendo, salió con los niños a comprar un refrigerador y una lavadora nueva, el patrón me comentó que el refri era demasiado chico y la lavadora estaba muy vieja, exclamo un ¡vaya, éste se volvió loco!, de eso no cabe duda. La Pepiña sigue con las copuchas atropelladas en sus labios informando que su patrón llamó al Manuel y le pidió un presupuesto para pintar la casa, fíjese señora que el patrón dijo que tenía que estar como nueva para navidad. Qué raro, faltan como cuatro meses para la navidad le digo, y pienso éste quiere hacerme cambiar de opinión comprando cosas. Alberto nunca va a comprender que nuestro problema no está en las cosas sino en nuestra mala calidad de vida, principalmente en la falta de amor. No hay remedio. Tiene cabeza de níspero. Un sentimiento de compasión me invade, está enfermo, es la única explicación que puedo aceptar. El sentimiento de compasión se transforma en estupor al ver llegar a Alberto cargado con bolsas de supermercado, los chicos a duras penas con una caja gigante y gritando casi desenfrenados ¡mamá, el papá compró hartas cosas para la casa!. Y saco pollos asados, pizza gigante, helados, crema, un strudel de Roggendorf, delicioso, hasta papas fritas. El almuerzo está listo. El Nico y Camilo abren la caja gigante y un moderno equipo de música con todos los adelantos imaginables queda expuesto a mis ojos. No alcanzo a disimular la extrañeza, Tito me observa sin palabras. Nicolás me dice mañana en la tarde traerán la lavadora y el refrigerador grande. Añade curioso ¿no estás contenta?. Le digo empleando un tono tranquilo, hijo, los regalos de tu padre me cuestan muy caro. Por no decirle
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    96 que me cuestanla vida. Alberto se aleja y Nicolás me queda mirando sin entender y yo agrego, después conversaremos. Él me abraza cariñoso y lo beso estrechando la mejilla contra su pecho de adolescente desgarbado. Un almuerzo agradable, todos reunidos y alegres, como nunca. Camilo inocente de la catástrofe familiar disfrazada con tarjeta de crédito y cheques a fecha, está feliz con el pollo bañado en ketchup y mayonesa, Nicolás, niño chico al fin y al cabo, salta en la silla por el helado con crema que se va a tomar luego de comer la mitad de la pechuga de pollo. Yo pensando ¡cómo salir de esta trampa!. No bastó eso para la tarde sabatina, llegó el maestro Manuel y rápidamente salieron a comprar pintura, van a pintar hasta los cielos, eso que no es necesario. Permanecí en casa entre la TV y un libro de Edwards, para olvidarme del desvarío de mi dichoso marido. Me persigue la convicción, lo material no puede comprar amor. Jamás lo hará. Por supuesto, con alguien que no esté dispuesto a venderse, a transar sus principios, el dinero no sirve. Le pedí a la Pepa les diera once comida apenas llegaran, me fui a la cama a pasar la desazón. Desde el dormitorio los sentí conversar y reír, escuchar música en el flamante equipo nuevo. Algo se logró, el padre compartiendo con los hijos. Me quedé dormida temprano a la mitad del relato el “Orden de las familias”. Fue la forma de olvidarme del mundo, evadirme de la estrambótica realidad en que se ha convertido mi vida.
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    97 58. Domingo Me levantotemprano a las labores cotidianas con la necesidad de poder comprender que los problemas son sólo oportunidades para crecer y cambiar. Ojalá pueda cambiar la forma de pensar al enfrentar esta situación, disolver el rencor y disponerme a perdonar. Algo me dice muy dentro de mi que será la única manera de salir de este callejón, encontrar la salida en plena concordia es mi deseo. La mañana se vio un tanto alterada por la llegada de las cosas compradas por Alberto. Limpiar y ordenar, retirar los artefactos viejos, instalar los nuevos nos llevó un tiempo. El almuerzo transcurrió normal, sin agitaciones ni contratiempos. Parece que ondas de sosiego se cruzan a través de las paredes alimentando nuestros espíritus. Los niños son los únicos reyes hoy en el hogar. Después de almuerzo salimos en un largo recorrido que nos llevó a ese querido pueblo de Lota, el encanto del Parque nos sumió en un gozo quieto. Sin palabras caminamos, los chicos encantados por las hermosas aves, yo disfrutando de la belleza de los jardines y los prados.. No dejé de recordar a Álvaro. Tampoco deseché las armas para conseguir la libertad. Sólo que ya no había impaciencia y la serenidad inundaba mi alma. Estaba cierta que la solución vendría en el momento justo. La certeza me hizo ver de pronto a Alberto como un ser humano. Ya no me parecía un ogro. Un ser humano, con sus debilidades y fortalezas como yo o como cualquiera. Una ráfaga de afecto me inundó, después de todo, seguiría siendo el padre de mis hijos. El atardecer nos guió de regreso a casa, hicimos una parada en el trayecto y los chicos disfrutaron de bebidas y sándwich, yo me tomé un té con galletas y Alberto como niño chico se comió un completo con harto ketchup, fumamos mirando el ocaso del sol y sus ramas rojizas. No fueron necesarias las palabras. Esto, lo tomo como una tregua antes del final.
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    98 59. Lunes Álvaro mellamó temprano, lanzó un eufórico, ¡tengo algo que contarte! La noticia es que se puso a buscar un departamento para vivir juntos, con tus hijos agregó y me emocioné como una tonta. Un te amo se me escapó desde el alma y replicó yo te amo más. Los ojos se inundaron de lágrimas y colgué temblorosa el auricular no sin antes decirle mañana nos vemos. Arreglé algunos detalles en la cocina y dejándole el encargo a la Pepa de atender los niños como siempre, recalcando que vigilara sus deberes, me preparé para ir donde mis padres, les voy contar que me voy a separar de Alberto. Al contrario de lo que podría imaginarse la Verónica que surgió, fue una mujer tranquila, que tenía claro lo que deseaba. El cambio había ocurrido en unos días, el amor hace milagros. Sobretodo empezar amarse a sí misma. La convicción de que no estamos en este planeta para contentar a otras personas o para vivir según sus normas, me hace creer que podemos realizarnos, expresar el amor en su sentido más profundo. Cuando abandone esta tierra no me llevaré a mis amigos, ni a mi pareja, ni a mis hijos, ni las cosas materiales, lo único será mi capacidad de amar. Siento que en estos momentos estoy luchando por salvar mi capacidad de amar. Sino doy este paso seré una fracasada y eso no lo puedo permitir. Basta de sentir lástima, basta de la autocompasión. El mediodía me pareció asombrosamente bello, se extienden los árboles, empiezan a poblarse de hojas y florcitas. Raro, no había mirado las flores de estos árboles. Es producto del amor, me digo y camino hacia la casa paterna donde el notición que llevo causará imprevisibles reacciones. Mi padre se encuentra sentado en el largo y antiguo sofá, junto a él, varios diarios desparramados, lee unas páginas y comenta las noticias, yo le hago preguntas respecto a las últimas novedades y nos ponemos a charlar. Mi padre es un gran conversador. Mi madre dice mientras pela ágil unos tomates, ¡qué bueno que viniste hija!, tu hermana llegará. Mi hermana Betty es una mujer marcada por la religión, parece que ya escribí eso, nunca la he entendido mucho, a decir verdad, casi nada. La conversación la inicia ella, preguntando que hay de nuevo, su rostro
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    99 se dirige ami, mientras toma una cucharada de sopa, y yo suelto como si hubiera estado ahogada, he hablado con Alberto, le pedí la separación. Las cucharas cayeron a los platos y un aire sepulcral invadió la casa. No se hace esperar la reacción, Betty, alarmada, se lleva una mano al pecho, Verónica, estás mal, dios no quiere ver familias destruidas, mi padre acota, no estoy de acuerdo con eso hija, vacila para agregar un ya decía yo que no iban a terminar bien las cosas entre ustedes, Alberto es complicado y tú no lo haces nada mal, mi madre sólo dice, si Verónica lo ha decidido, ella tiene que saber por qué. Limpio mis labios con la servilleta blanca, y replico, gracias mamá, por comprender, papá lo siento realmente siento no haberte hecho caso cuando predijiste que Alberto y yo no andaríamos bien, y a ti Betty te digo que entiendo perfectamente que la separación está reñida con los principios católicos, creo ser inteligente para regirme por dogmas. Respeto tu opinión, no ha sido fácil tomar esta decisión, pero es el momento de pensar en mi, no deseo un matrimonio de apariencia, quiero una relación real de comunión y compañerismo, con Alberto no tengo nada en común. Y agrego, hace tiempo debí tomar la decisión, los niños, las normas o la tradición me hicieron dilatarla demasiado, Betty salta diciendo, en ellos debes pensar en tus hijos, que ni te pidieron nacer, debieras ser responsable con ellos, ¡no quitarles su padre!. La miro pacientemente y le respondo: nunca, alejaré a mis hijos de su padre, ellos seguirán siendo sus hijos, y los míos. La paternidad o la maternidad no se anula. Seremos todos más felices. Ellos lo comprenderán. Peor es vivir con el problema, hay que extirpar los tumores. Betty mueve dudosa la cabeza, al tiempo que expresa, tú ya eres grandecita para decidir tus asuntos, no pretendo sumergirme en tu vida, sino hacer que medites lo que estas queriendo con tu vida, la tuya y la de tus hijos, agrega, Camilo es chico todavía y creo que estás actuando como una inconsciente, agrega en tono grave, no esperaba menos de ti. Está decidido, apunto seria, no hay vuelta atrás. Mi padre mueve la cabeza, no dice mucho, mejor así, escucho que musita un débil e insistente, ya decía yo que Alberto no era para ti. Siento la mirada de mi madre posada en mi rostro, lo que tú decidas estará bien, dice, no faltaran los comentarios, pronostica con cara
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    100 de asumida, seencoge de hombros, al fin y al cabo, no vivimos de la gente. Nos comemos el postre hablando de otro tema. Una sensación de alivio me colma. El rostro de Álvaro acompaña mis movimientos, no dejo de sentir su presencia. Es mágico lo que nos sucede.
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    101 60. Martes Álvaro mesaluda levantando un llavero, muerto de risa muestra las llaves que presumo son de “nuestro” departamento y las agita al aire, una estela de gozo envuelve mi cuerpo y lo abrazo cariñosa, feliz. Vamos a verlo, dice y abre la puerta del auto, me hace pasar, da la vuelta y entra al asiento del conductor, me tira un beso mientras hace andar el motor. Sonríe despreocupado, agita la mano y exclama ¡estoy más que feliz, mi amor! Y yo susurro, estás loquito. Toma mis manos que descansan sobre mis muslos, aprieta mis rodillas. ¿Cómo está usted?, consulta interesado, bien, ya hablé con Alberto, él quiere hacer vista gorda del problema, pero entenderá, tengo fe que será así, tranquilo y sin mayores discusiones. ¿Para qué amargarse?, debe entender que es lo mejor para todos, me siento libre, como si hubiera retirado una gigantesca mochila de mi espalda. ¡Qué bueno!, exclama con expresión satisfecha. Llegamos al edificio, es un conjunto de edificios, tipo condominio, tiene un pequeño jardín, guardia, conserje, es lindo le digo, ¿te gusta?, pregunta, agrega enseguida, veremos cómo es por dentro, saludamos al conserje, ingresamos al ascensor, es el onceavo piso, indica Álvaro, y hace tintinear las llaves sobre mi nariz, sonrío. Salimos casi corriendo del ascensor, ubicamos el departamento, es bellísimo, de paredes blancas, Álvaro me dice, el color blanco me fascina, ríe, recorremos los dormitorios, uno en suite y dos más pequeños, tiene una pieza de servicio, la Pepa estará encantada, pienso, es más grande que la que tiene ahora, y el baño más cómodo, el living comedor es espacioso, tiene un gran ventanal, la cocina blanca, radiante, me encanta y el balcón tiene una vista espectacular, el barrio es tranquilo, dice Álvaro, y pregunta ¿lo tomamos?, lo miro seria, le digo, Álvaro, no creo poder venirme antes de treinta días, con suerte será antes de dos meses, tengo que preparar a los niños, finiquitar las cosas con Alberto, él responde, me vengo yo primero así lo arreglamos y amueblamos de a poco, a nuestro gusto. Sonríe al consultar ¿te parece?, y yo aliviada le digo si, si, me parece, lo haremos de esa manera, de a poco. Álvaro sostiene el llavero en su mano, dice, mira aquí hay dos llaves, una
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    102 será para ti,la otra me la quedo. Así podemos venir cuando queramos para acá. Tendrás tu llave, acota cariñoso, la recibo feliz. Se abren las avenidas con destellos de felicidad, armonía, esperanza, amor. Terminamos abrazados, soñando con el futuro, nuestra vida en común, planeando el inicio de ella.
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    103 61. Miércoles Hablar conlos hijos es la tarea de hoy. Encuentro a Nicolás en su dormitorio. Sin mediar grandes preámbulos le hablo de mí y de su padre, lo mal que nos llevamos, hablo en general, sin entregar los detalles. No quiero que su dolor sea mayor. Me mira con sus hermosos ojos azules, triste, muy triste. Cuando creo que va a llorar, dice, mamá yo sé que ustedes con el papá nunca se han llevado bien, que tú has hecho todo lo posible por resistir, sé que te has esforzado por nosotros, añade con los ojos llenos de lágrimas que se niegan, en esfuerzo supremo a aflorar, mi corazón se aprieta con un nudo feroz y lo escucho mientras lloro. El gran río de la tristeza cuelga de mi pecho, Nicolás continua, mordiéndose los labios, te entiendo mamá, debes elegir, debes “optar por la vida”, tienes mi apoyo, las cosas están demasiado mal para ti, sé que mi hermano es chico pero sé también que él sufre por verte triste, la verdad mamá que nosotros nos damos cuenta que el papá está nada con nosotros y cuando está en casa, su humor es pésimo. Hay veces, que veo que él trata de ser mejor, pero no le dura, y sabes ¿por qué?, me pregunta con los ojos vidriosos, porque ya no puede cambiar, él es así, y es difícil que lo haga. Me sorprende escucharlo decir, debes ser valiente y fuerte, es necesario mamá, yo estaré contigo y mi hermano también. Nicolás me desarma con su actitud, busco un pañuelo en mis bolsillos, no lo encuentro y él extiende un paquete de pañuelos desechables. Seco mis lágrimas y lo abrazo. El desierto definitivamente se cruzó.
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    104 62. Jueves Un pasomás dado. Tener la conversación con Nicolás, dejó un oasis en el alma. Ha comprendido y brindado su apoyo. Un alivio. Me preparé para salir con Álvaro desde que abrí los ojos. Me parece maravilloso haber encontrado al hombre que encaja perfecto conmigo. Esta certeza me hace amarlo. Busqué algo apropiado para verlo, pensé en algo sugerente, atractivo y juvenil, para espantar los malos recuerdos que amenazan como telarañas. Me fascina el dinamismo de Álvaro, su inteligencia brillante, su transparencia. Encontré a Álvaro en nuestro departamento, llevó una gran cama, unos veladores y un mueble para colocar el equipo de música y la TV. Contraté cable, me dijo, sonriente y agregó, ya está funcionando el teléfono. Lo besé una y otra vez. Nos quedamos horas escuchando música. Se alegró al saber que ya había hablado con Nicolás. Con voz queda dijo, ya verás como todo se va arreglar y vamos a ser felices. Me apretó contra su cuerpo viril, fuerte, sensual. Se acercó hacia la ventana y corrió las cortinas, besándome el cuello me desnudó sin dejar de mirarme a los ojos, me contempló y comienza a desabrocharse la camisa, se retiró el calzado, los calcetines, dio un traspiés y reímos, le abrí el pantalón mientras acariciaba su sexo, y en cuclillas saboreé su glande, pasé mis dedos por los nervios de su pene tenso y con los dientes suavemente mordisqueé su sexo, lo acaricié con mis labios hasta que sentí una explosión dentro de mi boca, me retiré y sentí sus manos en mi nuca tenía la cabeza echada hacia atrás en éxtasis. Nos tendimos, luego el reposo y las caricias. Me hizo el amor tendiéndose sobre mi espalda, sentí la presión firme, con un ritmo rápido. Mi sensualidad se incendió. Álvaro me conmovía profundamente. Donde me tocara ardía. El ardor y la tensión de la boca del sexo eran extremos. En el orgasmo sentí una sensación extraña, diferente, el orgasmo se hizo eco en todos mis fluidos, me hizo gritar, quedé trémula como nunca antes lo experimentara. Cerca de las doce de la noche, nos preparamos un café y fumamos un cigarrillo. Nos miramos, una corriente de amor y gozo llenó nuestras almas. Álvaro, apagó la música preparándose para ir a dejarme. Nos quedamos
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    105 juntos un ratomás, en silencio, mirándonos, tomados de la mano. No era necesario hablar para mantenernos conectados. Se cambiaría al día siguiente, me dijo, yo sólo atiné a sonreír. Él apretó mi mejilla, y se inclinó para besar la punta de mi nariz. La ilusión regresa a medida que siento el calor de sus brazos. Se diluye el temor, las tinieblas de los días pasados. Nos hablamos con un lenguaje menor, propio de los enamorados, libres de oquedad. La paz invade el lugar. Álvaro me abraza. Un beso nos sorprende bajo el dintel de la puerta. Subimos al auto y nos besamos nuevamente, hace partir el vehículo, le digo, por favor no conduzcas tan rápido, él responde no puedo evitarlo. Pregunto ¿acaso no quieres demorar el momento de separarnos?, por supuesto, responde, pero la velocidad me apasiona, ya sabes. Muevo la cabeza y le pido que no presione demasiado el acelerador, consiente mientras me lanza un beso y toma mi mano. Acaricio sus dedos, los beso suavemente. El anochecer nos refugia luminoso.
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    106 63. Alberto Casi launa treinta de la madrugada. Entro a la casa, cierro la puerta y al girar para encender la luz me encuentro con Alberto sentado en el living, fumando un cigarrillo, una botella de pisco abierta en la mesa de centro, el vaso largo lleno a la mitad sostenido por su mano derecha, el TV en mute. Su imperceptible presencia en el cuarto principal de la casa a esa hora de la madrugada me produjo un sobresalto, me repuse y solté un hola, a lo cual respondió un desabrido qué tal, no hizo ningún reclamo por lo tarde de mi llegada, se limitó a observar como dejé el bolso en un sillón, mi chaqueta encima, yo sacando un cigarrillo Belmont le interpelé, Alberto , qué bueno encontrarte, me senté enfrente de él cruzando mis piernas, lo miré diciéndole, dejémonos de leseras debemos separarnos, y agregué enseguida, por más que busques arreglos superficiales, te apliques a pintar la casa y comprar muebles, lo nuestro se terminó hace tiempo. Mi sorpresa aumentó al escucharlo decir, basta, no puedo permitir tanto atropello, mira la hora que regresas a casa, descuidas los chicos, le dije no hablemos de los niños ahora, es el momento de definir qué es lo que vamos hacer, y sobre todo decirte que deseo que lo que resolvamos lo hagamos en paz, con tranquilidad. No quiero peleas ni gritos, basta de eso. Él me miró, con un leve dejo de ironía agregó, por lo menos tú, has dado rienda suelta a tus emociones, sin pensar que me tienes cansado. Tomé un vaso y me serví un poco de coca-cola, Alberto, dije, me voy de la casa antes de dos meses, voy a vivir con Álvaro y los chicos. Le entregué una breve descripción de Álvaro, acto innecesario. Entonces, vislumbré en él la rabia contenida, ya sabía yo que algo había por ahí, dijo. Me limité a murmurar, no empieces, de ahora en adelante cada uno hará su vida, sin inmiscuirse en la del otro. Nuestros hijos, son precisamente eso, nuestros hijos, y nunca pondré problemas para que los veas, él hizo un gran esfuerzo para no estallar en gritos, se le notaba en la cara. Empezó a hilvanar unos vagos reproches, yo le hice un gesto añadiendo en voz alta, no tiene caso, no es el momento, te di años, tuviste muchos momentos e instancias para arreglar nuestro matrimonio, es decir para
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    107 que hiciéramos unesfuerzo conjunto para mejorarlo. Ya no. No vale la pena ni una milésima de recriminación, ni siquiera buscar culpables, ya no importa. Se levantó del sofá, encendiendo otro cigarrillo, repitió, está bien, mi abogado conversará con tu abogado, Verónica, si no te va bien puedes volver a esta casa. Quedé enmudecida. Vaya con Alberto, y sus contradicciones. Él añadió, en un repentino acto de nobleza, siempre será tu casa. No dije nada. Busqué en mi bolso la tarjeta del abogado, se la pasé sin emitir palabra. Me preguntó si había hablado con los niños, respondí afirmativamente, entonces se quedó mirando el techo con actitud pensativa, pensando vaya a saber qué, dijo en voz baja, mañana hablaré con ellos. Sí, es necesario, respondí. Alberto se dirigió al dormitorio y yo me puse a recoger los vasos, limpiar los ceniceros, con una sensación de libertad y vacío. Años de matrimonio se fueron por la alcantarilla. El dolor, sea de quien sea la decisión o la causa, es un relámpago furioso. Un latigazo al alma. Nuestros sueños estaban construidos en la arena, si es que alguna vez construimos juntos nuestros sueños. Quiero olvidar la mirada de rencor que me dirigió Alberto al pedirle la separación, vislumbrar aunque sean pálidas estrellas para conciliar el sueño. No quiero permanecer en la negrura infinita de este espacio. Abrir los jardines para alejar este caudal de oscuridad que marcha sin piedad en los ojos. Que todo sea una nube pasajera y que pueda luchar contra esta marea. ¿Cómo borrar, sin dolor, estas pinceladas?, las pinceladas de un matrimonio roto, me digo para mis adentros ¿pinceladas?, y respondo, más que pinceladas parecen el trabajo de un cincel en las manos de un escultor avezado. Inevitable el sentimiento de duelo. Vida arruinada, vida mal empleada. El piso se tambalea, el mundo se tambalea. Las rosas se han tirado al gran lago, en sus aguas desaparecen. No hay vuelta atrás. Ahora espero recobrar mi tamaño natural, lejos de las saetas, la crítica, la indiferencia, el suelo movedizo, turbio, del desamor. Lo que fui, lo que era antes de lo que soy. Eran las cuatro treinta de la mañana al apagar la lámpara.
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    108 64. Viernes Pongo unojo en el reloj. Marca las siete cincuenta. Matías me llama para decirme lo mucho que me recuerda, que me está esperando, que siempre me amará, que significo tanto para él, que no puede entender por qué no lo amo. Si el me daría el mundo si pudiera, etc. Si no hubiera conocido a Álvaro, pienso, me habría gustado pasear en tu sólido tejado Matías, deslizarme por los almohadones de tu delicadeza, por los troncos de tu infinita paciencia. Me da miedo este poder de elección y un atisbo de indecisión cubre mi corteza, pero no, Álvaro es el hombre de mi vida, me repito en la frente nítida, alabastrina de este atardecer. Un sollozo se ahoga en la garganta, ¿quién quiere destrozar los lazos que la ligan a una bella persona?. Quiero permanecer en la colección privada de los tesoros de Matías, no como la mujer que lo amarra con los hilos del desdén, dejando un nudo ciego que cubre el sol de sus cristales sino con el lazo de la infinita, fiel, amistad. Pensemos que hemos sido barcos oscilando en las enormes olas de una tormenta, hemos llegado a puerto, anclados al muelle firme. Matías, Matías, por favor le digo, entiende. Al escuchar mis palabras, Matías, no sé si contrariado, no sé si conforme o resignado balbucea un intentaré comprender y contentarme con tu amistad, Verónica, añade, estaré aquí si me necesitas. La bondad de su corazón me conmueve. Murmuro un gracias al tiempo que las neblina empieza a disolverse en el auricular, en el corazón.
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    109 65. Sábado Álvaro mellama para decir que ya se cambió, ríe fuerte y pleno. Ha dormido en el departamento y tomado desayuno en la terraza. Hace un día espléndido, me dice. Yo no puedo evitar sonreír, como si viera junto a él, una bandada de pájaros a través del ventanal y el sol nos abrazara con promesas de uvas maduras, manantiales frescos. Álvaro me cuenta que debe realizar un viaje de trabajo a Santiago, que viaja el domingo y regresa el martes de la próxima semana, que cuando esté de regreso me llamará. Le cuento que hoy iré a casa de los viejos con los niños, que estaré bien, que no se preocupe. Insiste en que llamará. Susurra un te amo. Yo lo imagino, atractivo, masculino, apasionado, sonrío. En la tarde marcho junto a los chicos a respirar el aire casero de la parentela, beber ese resplandor cálido que nace del nido materno, empaparnos de la plácida presencia de hogar nos hace bien a todos. El tema de la separación sale a flote, no hay divergencias, los chicos se expresan con soltura, entregan sus impresiones, la corteza es plagada de sensaciones agradables. He llegado al centro de la concordia, los altos montes aparentemente difíciles de cruzar se hacen extensas planicies armónicas, placenteras. Ya he bebido los tragos amargos, dando paso al olor fragante de las flores primaverales, al aroma de la tierra mojada por el agua, exquisita percepción que ensancha los pulmones, turbando el alma con fruición indescriptible. Camilo abraza las piernas de la abuela, con sus brazos toma el cuello de mamá y besa con cariño sus lunares color castaña que luce su cuello. Nicolás conversa con su abuelo, quien intenta no molestarse por los grandes aspavientos de su nieto al contar sus historias de juegos y colegio. Los adultos nos enfrascamos en una conversación mezcla de recetas, acontecimientos políticos, noticias del momento, deportes. Los chicos salen a jugar con sus primos, estrechando lazos con sus secretos adolescentes. La tarde ha sido en extremo grata, nos despedimos tranquilos, contentos. Las negras nubes no pueden tocarnos. Hay voces de esperanza en los corazones, brillando en nuestros ojos. Amo a mis hijos, ellos me aman, con este pensamiento camino con los dos
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    110 tomados de lamano a paso firme por la Diagonal. El atardecer de este día se presenta vital, lúcido. Sobre la vereda se alinean los árboles, veo oscilar las flores sobre sus tallos, el resplandor de unos rayos rozar sus curvas y caer al asfalto desnudo de vehículos y peatones. La tarde sabatina baña las calzadas de silencios, las luces de las esquinas otorgan su destello sobre los pasos de los escasos peatones. Camilo ve a un heladero que viene desde el Parque Ecuador hacia Chacabuco por Orompello, insiste en tomar un helado, nos detenemos los tres expectantes, aguardamos al hombrecillo de gorro blanco y espalda encorvada, acerca su triciclo a paso lento. Los chicos eligen su apetitoso bocado. Los punteros del reloj marcan las nueve de la noche. Llegamos a casa, corriendo alborotados, apenas entramos la Pepa dice, la llamó la señora Tatiana, en respuesta a mi mirada interrogante, contesta, dijo que la llamara, no alcanza a terminar la frase, el teléfono suena, me mira, dice, es para usted, señora. La voz de la Tati dice está Verónica, respondo, soy yo Tati, ¡Ah! Qué rico que llegaste vieja, salgamos, yo dudosa, replico que no sé, que vengo llegando, me dice, déjate de pendejadas, vamos a salir, te paso a buscar en treinta minutos, me quedo pensando y le digo que sean cuarenta minutos, feliz me dice eso es, te paso a buscar en cuarenta minutos. Cuelgo y anuncio, voy a salir, Pepa enciende el califont, me daré una ducha. Me desvisto rápido y me meto a la ducha. Pienso, ¿qué busco en esta salida intempestiva?, pasarlo bien, tomar unos tragos, no, no, me digo, moviendo la cabeza con energía, conversaré con Tatiana, le contaré ahora mi cambio de vida, el que me aguarda en estos días, el que decidí hace algún tiempo, le hablaré de Álvaro, de nuestro amor, nuestros planes. Seré sincera por vez primera con esta amiga que ha demostrado su fidelidad y a quien he ocultado mi relación, aquel desconocido que flechó mi corazón. Al fin y al cabo, ella me condujo hasta él, llevándome a la disco. Veré la cara de sorpresa de Tatiana e insistiré que vaya a verme al nuevo hogar con Álvaro, yo y mis hijos. Con seguridad no lo podrá creer y abrirá sus ojos redondos, como platos chinos y reiré, libre al fin de la mentira. Reconozco no me portado bien con Tatiana, hoy tendré la oportunidad de reparar este hecho. Pensarlo me hace bien, hacerlo será
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    111 mucho mejor. Salgodel baño, ubico en el closet algo casual para salir, recuerdo a Álvaro, mi corazón late fuerte, estoy enamorada, voy a la ventana, cierro las cortinas gruesas, antes, miro al cielo, la luna con su vientre lleno de palomas blancas me parece sublime su sonrisa maternal y sus labios cómplices. Le tiro un beso, loca de alegría.
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    112 66. Tatiana El claxonsuena insistente, la Pepa, como si yo no lo hubiera escuchado, viene corriendo al dormitorio, para decir agitada, la señorita Tatiana, le está tocando la bocina, ya llegó, está abajo, ya la oí, la oí Pepiña, cálmate, bajo de inmediato. Tomo el bolso del sillón, me echo una última mirada al espejo, me despido de los chicos y salgo acelerada. Un minuto después estoy saludando a la Tati que está estacionada abajo del edificio, con unas amigas en la parte trasera del auto, me subo al lado del conductor saludando a las tres amigas, la Tati dice, creí que no venías, te dije que iba, y voy, ya lo ves, sonriendo lanza, vamos a la disco. Me acomodo en el asiento mientras ella hace partir el motor. Tomamos calle O´Higgins sin dificultad, el tránsito disminuye los días sábado a esta hora de la noche. El clima esta agradable, la noche se presenta apacible, en la Plaza de Armas, algunos paseantes dan vueltas a paso lento entre los árboles, que cargan cientos de lucecitas, a unos metros, un manicero, en la esquina de Aníbal Pinto, un hombre vocifera kinos. La Tatiana detiene el vehículo en el estacionamiento de Plaza España, paralelo a la Avenida Prat. Suerte. El único libre, frente al pub Barros 13. Nos bajamos todas, terminamos de saludarnos con beso en la mejilla en la vereda, y nos dejamos llevar por Tatiana a la disco. Obvio, esta no es la disco donde conocí a Álvaro. Es otra, una nueva que se instaló hace poco, dice la Tatiana. Entramos a un ambiente que parece grato, agradable y bueno. Echamos una ojeada general y nos ubicamos cerca de la pista, la música, suerte, es jazz, todavía no empieza la música electrónica que caracteriza estos lugares. No hay mucha gente, hacemos el pedido, tres combinados y una bebida, para mí, qué extraño, no necesito beber trago, una necesidad disuelta, gracias a la presencia de Álvaro, él me ha hecho bien. Tatiana me mira, no sin cierta sorpresa en sus ojos al escuchar que pido coca-cola. Le hago un gesto, indicando mi cambio, se acerca a mí y dice, cuéntame, y yo le hablo de mi separación, de Álvaro, de mis hijos, de mi familia, del apoyo de mi madre, me escucha atenta, y con cierto enojo, dice, debiste contarme desde el principio, Tatiana, le digo con voz calma, no
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    113 estaba claro quéiba a suceder, ahora tengo la certeza por ello me atrevo a contártelo todo. Pregunta, ¿estás feliz?, y yo, por supuesto tranquila y feliz, finalmente. Levanta su trago y dice tenemos que brindar, alzo mi vaso con bebida, las otras chicas nos miran sin entender mucho, Tatiana les dice Verónica está cambiando su vida, encontró el amor, ellas ríen, levantan sus vasos para brindar con nosotras. Una de ellas nos cuenta su historia, es separada, tiene tres hijos y está sola, pero feliz, nos dice, te creo, le digo. Tatiana me dice qué bueno que no me he casado, no me gustaría separarme, y la separación está muy de moda hoy en día, agrega. A nadie le gusta separarse, pero hay que pensar en una como ser humano, alguna vez en la vida, y que a veces es lo mejor hasta para los hijos, respondo. Se encoge de hombros, no lo sé, pero bueno, creo que casarse ya no corre, al menos casarse sin conocer bien a la otra persona, a veces la formación es demasiado diferente, la de uno y otro, es difícil conciliar intereses, agrega, con todo lo que me entero por mis amigas casadas, pienso que es mejor permanecer soltera, quizás se debe a que soy un poco egoísta, no me sería fácil renunciar a mis hábitos. Entonces le digo el día que te enamores va a pensar distinto, ahí estarás dispuesta a transar tus gustos, tus aficiones y costumbres. Sólo con amor se puede. Sin ese ingrediente vital, es claramente imposible. No todas las chicas están de acuerdo y emiten sus opiniones. La música cambia, empieza el baile, y ya es complicado entablar una charla, ellas salen a bailar y me quedo sentada recordando a Álvaro, de vez en cuando echo una mirada a la pista, me distraigo observando el baile de las chicas, la apasionada energía con que mueven sus cuerpos al ritmo de la música. Un animador entra a la pista y anuncia un show para la una de la madrugada. Harto tarde, pienso, en tanto tomo un sorbo de coca- cola y enciendo un cigarrillo. Parece un sueño que mi vida esté de cambio. Al recordar a Álvaro, los latidos del corazón golpean las costillas. Ahora, sé que existe la belleza. Estoy enamorada de la vida. La música es vida. Todo es bello. Tatiana me extrae de la ensoñación, preguntando, ¿nos quedamos al show?, por supuesto, respondo, luego de dar un breve salto. Se acomoda en el asiento, sacando un cigarrillo de la cajetilla que descansa en la mesita redonda, atenta,
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    114 acerco el encendedor,preguntando ¿qué cuentas?, se encoge de hombros, nada interesante, Verónica, mi vida transcurre del trabajo a la casa, algunas escapadas, aventuras sin importancia, nada serio. Una sombra, un fugaz destello de desolación atraviesa su rostro de mujer atractiva, vital, exitosa en su trabajo, pese a su ánimo, su alegría no logra ocultar su soledad. Tatiana no ha logrado encontrar compañía. Imagino que dado el típico comportamiento de nuestra sociedad, muchas veces le preguntaran ¿y tú, por qué no te has casado?, y pese a lo que ella diga, le debe resultar un peso dar la respuesta, decir, no me ha llegado la hora, como excusándose, esbozando una falsa sonrisa. La gente siempre piensa que una mujer no puede vivir sola, que necesita a un hombre a su lado. Es el problema de las mujeres solteras, sobre todo si han pasado los cuarenta. Siempre están expuestas a la impertinencia de la gente, a sus habladurías. ¿Qué culpa puede tener si no ha llegado el amor a su vida?. Pero Tatiana me gusta, pese a ello, no se echa a morir. ¿sabes, Verónica?, dice, hace poco conocí a un hombre, menor que yo, de treinta años, y me dio miedo seguir la relación, quedó archivada como una aventura más, no puedo negar que me complicó la diferencia de edad, el tipo estaba interesado, la edad me dio miedo. Le digo, eres tonta flaca, eso ya no importa. Me dice, lo que pasa es que existía el riesgo que después de estar de lo más enganchada en una relación con el susodicho, él podía conocer a otra mujer, más joven, quién sabe, me habría dejado. Su mirada es nostálgica cuando añade, no quise correr el riesgo, reconozco que fui cobarde. Le digo, para otra vez, deja a un lado ese temor y vive, no hay nada peor que desperdiciar el goce de una relación. Es mejor vivirla que desecharla. Tal vez tengas razón, dice, mirando a un punto fijo, tendré que pensarlo más para otra vez. Digo, creo que es lo mejor Tatiana, más si el tipo es interesante, asiente y sonríe al tiempo que emite un, ya veremos que sucede más adelante, agrega, aunque no estoy desesperada, y yo respondo, no quiero decir que estés desesperada sino que no evites al amor, vivir sin amor no tiene sentido. Pienso lo mismo que tú Verónica, creo que al desechar esa relación, no lo medité bien, actué en forma impulsiva, creo que debo ser diferente la próxima vez,
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    115 termina la frasey enseguida consulta ¿quieres otra bebida, o un trago?, respondo, otra bebida, estará bien. Las amigas de Tati que nos acompañan, se acercan y solicitan al joven garzón que atiende nuestra mesa, un trago más. Nos entretenemos mirando bailar las parejas y los pequeños grupos de mujeres que se mueven al compás de la música en la pista circular del local recién inaugurado. A las tres y media de la madrugada, nos levantamos de la mesa para marcharnos a nuestras respectivas casas. El viento frío del amanecer nos entumeció hasta los huesos, mientras caminamos hacia el estacionamiento. Las cuatro juntamos monedas para dar una propina al cuidador. Rápidamente nos subimos al vehículo, Tatiana me pasó a dejar a la casa, con la promesa de visitarme cuando me encuentre instalada en la nueva, las chicas desordenadas y alegres, también prometieron visita. A las cinco veinte estoy metida en la cama. Alberto no ha llegado.
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    116 67. Domingo Alberto hacedías que duerme con Camilo. Bien hecho, sería irrisorio que compartiéramos la misma cama. Absolutamente ridículo. Hoy desperté a las diez y serví el desayuno como es habitual. Álvaro, llamó a esa hora, sorpresa grata al corazón. Nicolás me acompañó a tomar desayuno. Preparé algo rápido para el almuerzo, nada muy elaborado. Alberto salió con los chicos a comprar los diarios. Me siento a escribir. No tuve deseos de dormir siesta luego del almuerzo. Es difícil conciliar el sueño. El cambio que se ha producido en mi vida me induce a permanecer en estado de alerta. No logro definir lo que experimento. La sensación de paz es evidente. Los dados están tirados. Sin embargo estoy alerta. Debe ser por el cambio radical, por el nuevo rumbo. Ha pasado lo más doloroso: tomar la decisión. ¿Qué puedo sentir?, acaso ¿arrepentimiento?, no, no es posible el arrepentimiento al abandonar años de desamor, desprecio, esa total falta de consideración hacia la mujer que he padecido desde el día en que contraje matrimonio con Alberto. Antes, estaba la esperanza de que hubiera un cambio en él. El desencanto fue mayor. El vacío fue de una infinitud estremecedora. Durante mucho tiempo me acompañó la sensación de soledad, batallé contra ella, mirando a mis hijos, luchando por salir adelante, olvidada de mí como persona. Era una bruta de trabajo. La mujer no resistió la carencia de amor. Aconteció la infidelidad. Luego llegó Álvaro. Me rendí ante su amor. Todas las murallas de impedimentos se derrumbaron. Él lo logró. Sólo él.
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    117 68. Lunes Este sábadoes el cumpleaños de Camilo, cumple nueve. Lo celebraremos en casa con sus amiguitos y la familia, primos, tíos. Le digo a la Pepa que se vaya preparando porque tendremos mas trabajo que nunca esta semana, y en especial el sábado. Camilo ha invitado diez compañeros. Un buen lote considerando la edad. Le digo a la Pepa que prepararemos completos, torta, unas sorpresas, bebidas y ya. Agrego risueña, estimo veinticinco personas, la Pepa pone cara de espanto, me río, al tiempo que le digo no te preocupes, ya sabes que siempre te ayudo. La Pepa me observa y exclama, si, siempre que usted no se escape, le doy una sonrisa. Después de almuerzo recibo una llamada de Álvaro, entonces la tarde desplegó una gran alegría ante mis ojos de enamorada. La convicción de Álvaro como el hombre de mi vida se sitúa en mis huesos como faro inamovible en el océano. Ya de noche me dedico a escribir, a pensarlo, a planificar nuestra vida en común. Esta noche cuando me acueste en la enorme cama, donde Alberto es ausente desde hace unos días, tal vez abrace la almohada. Sonrío.
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    118 69. Martes Algo insólitoocurrió hoy. Alberto antes de irse a la oficina, me preguntó ¿cuándo te vas? Yo, medio dormida y bastante sorprendida le contesté con otra pregunta ¿estás apurado?, y continué, ¿quieres que me vaya rápido?, entonces dijo, Verónica, piénsalo bien, todavía es tiempo que te arrepientas de esa decisión, puedes quedarte, esta es tu casa. Terminé de despertar al oír esta última frase, restregué los ojos con las palmas empuñadas, Alberto, la decisión está tomada, agregué con voz firme, no hay vuelta atrás. Me miró serio, noté que no pudo disimular un rictus de amargura. Pobre Alberto, me da pena. Qué raro, su actitud no deja de sorprenderme. Sigo pensando que es él quien tiene que irse, pero eso es lo que no quiere. Para mí, está más que decidido, me iré al departamento de Álvaro con mis hijos, y, eso, no podrá impedirlo. Que se quede con las bienes y la casa, mientras me de una cantidad de dinero para mantener a los niños, todo irá bien. Al anochecer, llamé a Fabiola, una de mis amigas para charlar un rato. Me invita a tomar te a su casa, yo le digo, dejémoslo para después, ¿a qué te refieres al decir “después”?, le respondo, bueno, luego, cuando esté viviendo con Álvaro, en su departamento, Fabiola, no lo puede creer, ante sus múltiples interrogantes, me limito a decir, como lo oyes, me iré a vivir con Álvaro junto a mis hijos, este matrimonio se acabó, agrego de inmediato, y no preguntes más, después te cuento los detalles, Fabiola insiste y yo me mantengo firme con la promesa de contarle todo más adelante. Finalmente, se convence que no me sacará palabra y se despide medio a regañadientes y expectante.
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    119 70. Miércoles Hoy aprovechéde ir al supermercado, no quiero estar a última hora comprando las cosas para el cumpleaños de Camilo. Alberto fue generoso, dejó un cheque, aproveché de abastecer nuestro escuálido y flamante refrigerador. En la tarde ordenamos las cosas con la Pepa. Compartí once con los chicos y terminé el día ordenando la ropa en sus closet. Camilo está feliz por la celebración de su cumpleaños sacando cuentas de los regalos que recibirá, el Nico le dice que no sea interesado que se conforme con que venga la gente a acompañarlo, lo miro y pregunto ¿acaso tú no hacías lo mismo?, Nicolás niega enojado, casi furioso, replico, tienes muy mala memoria hijo, los niños pequeños suelen ser interesados pero no son concientes que eso es incorrecto, con el tiempo aprenden, sé tolerante con tu hermano, el Nico sale furioso de la casa dando un portazo, doy un suspiro y retorno a las labores caseras, ahora voy a ayudar a la Pepiña con la ropa del planchado mientras pienso, el árbol está demasiado grande para enderezarlo. Lástima.
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    120 71. Jueves Fabiola noaguantó y me llamó hoy para invitarme al tecito. En el café francés, me dijo, agregando, el que queda en Colo-Colo, cerca de Chacabuco. Ahí estaré curiosa, le dije, a las cinco treinta. Me puse un jeans y una polera, los días han estado calurosos en la ciudad, y me dirigí al encuentro de Fabiola. Ella es cuatro años menor que yo, alta, morena. Lo cierto es a Fabiola no le he conocido pareja, siempre está con amistades. Me da pena la presión social sobre estas chicas solas. No hay caso, me digo. Llego puntual y ahí está ella, atenta, se levanta de la silla para acercarse a saludar, este cafecito está rico le digo, pequeño y agradable, ella asiente, hace señas a una de las niñas que atienden, pedimos un capuchino y una porción de galletas. Fabiola no aguanta y al encender un cigarrillo dice cuenta pues, cuenta niña. Yo la miro sin dejar de sonreír, le digo te pasaste de curiosa chica. Ella interroga cómo lo conociste y qué pasó con el Matías. Recuerdo que algo le dije de Matías, y le explico que Álvaro lo hizo desaparecer de un plumazo. Ella ríe y dice ¡pobrecito!. Entro en detalles para satisfacer su curiosidad. No puede creerlo, me dice, tienes suerte. Se queda muda y luego dice bueno ya me tocará a mí, no debes perder la esperanza afirmo, todo tiene su momento. Mira, yo pensaba que nunca iba a llegar el amor, los milagros existen. Mueve afirmativa la cabeza, tendré que empezar a creer que existen los milagros Verónica. Entonces me cuenta, una vez estuve enamorada tenía veintiún años, Esteban era su nombre me amaba y yo a él, ¿y qué pasó?, planeábamos casarnos, nos pusimos ilusión, se queda en silencio, con la mirada perdida, murió en un accidente concluye. Me quedo sorprendida, y ¿cómo? interrogo, con el bicho de la morbosidad picándome. Verónica, lo enviaron a un seminario fuera de Concepción, y al regreso se volcó la camioneta, él manejaba, sus colegas sobrevivieron, él no. Eso fue hace diez años, no lo he podido olvidar, creo que aún lo amo, no he encontrado alguien como él. Es fácil encontrar alguien igual, somos todos diferentes, amarnos, pese a la diferencia, es lo hermoso lo que te hace hermosa la vida. Lo sé, Verónica, me dice, ¡cómo me gustaría que estuviera
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    121 conmigo! No debesquedarte en el pasado, debes mirar el presente. ¡Quién lo diría! yo hablando de esta forma. Fabiola bebe el último sorbo de su café, dice, no creo que vuelva a enamorarme, sinceramente, no lo creo, entonces le digo, Fabiola, ya aparecerá alguien, déjalo que venga a ti, cambia tus pensamientos, no te cierres al amor. Sé que debo intentarlo, dice, pero se me hace cuesta arriba. Esteban era maravilloso. Nos quedamos largo rato calladas. Fabiola pide la cuenta y paga. Antes de retirarnos del café, le tomo el brazo, me mira con cariño, dice, gracias, amiga.
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    122 72. Viernes Te invitoa comer, dijo Alberto. Reservé mi expresión de estupor y dije, acepto, ¿a qué hora?, te paso a recoger a las nueve, respondió, sin un gesto. Este breve diálogo mantuvimos con Alberto a las ocho y diez de la mañana. La hora en que se marcha a la oficina. Desperté temprano, desayunamos separados, él, en el comedor, yo, en el dormitorio. El pensamiento de que Alberto intenta una reconciliación se deposita en mi mente. No dejo de sentir compasión por él. A las nueve de la noche siento la bocina, miro a través del ventanal, la figura de Alberto se alza junto a la parte trasera del auto, hace una seña, abro la ventana para decir ya bajo, enseguida voy, repito. Tomo la chaqueta que reposa en uno de los sillones, la cartera que cuelga en el respaldo de una silla, y digo, chao a todos. Desciendo de prisa los escalones. Inaudito. Alberto ha abierto la puerta del copiloto, la cierra suavemente y se dirige al asiento del conductor. Sin palabras, para no perder la costumbre, vamos al Rancho de Julio, dice ¿te agrada la idea?, consulta y yo, que si, está bien. Ya en el local hacemos el pedido. El garzón nos trae los pisco sour, dice a tu salud, respondo, a la tuya. La situación no deja de ser cómica, bebe un sorbo del trago, lo paladea, y empieza, sabes Verónica, he estado pensando mucho en nosotros, lo miro con cara interrogante, continúa, mucha culpa tengo yo de lo que nos pasa, lo miro, por aspirar a tanto lo he perdido todo, quise darles el máximo de comodidades y lo perdí todo, repite con cara seria. Lo miro y le digo, no hables de culpas, hablemos de responsabilidades. Ambos hemos fallado. Alberto levanta un poco más la voz, para decir, no, no, yo he fallado, te dejé sola, agrega, existen muchos pecados, y existe uno. Hace una pausa. Poco se nombra, fíjate me he dado cuenta analizando la situación cometí el pecado de omisión. Deletrea, o-m-i-s-i-ó-n, lo miro sorprendida, sigue con rostro indefinible, no cuidé los detalles, hice lo que yo estimé necesario sin pedirte la opinión de nada. No estuve a tu lado ni al lado de los niños cuando era necesario continuó con gesto cansino, me dediqué a trabajar y a trabajar descuidándolos, limitándome a darles lo material, a cuidar los ingresos y ahorrar
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    123 para el futuro,traga saliva, bebe un sorbo más del aperitivo. Ese es mi pecado, afirma el de omisión y ahora debo atenerme a las consecuencias. Le digo con cierta lástima al verlo destruido, no te culpes. En el fondo me alegro, que se haya tomado el tiempo de meditar y reconocer sus errores. Afirmo convencida, no te sientas culpable, todos cometemos errores, no vale la pena culparse. Entonces, Alberto, acomodándose en la silla, enciende un cigarrillo, de tanto mirar el futuro, descuidé el presente, dice. Bebo mi pisco sour hasta el final. El garzón llega con la parrillada, la ensalada a la chilena, los panes amasados. Antes de empezar a comer, me mira, Verónica, si quieres reconsiderar tu decisión estas a tiempo, me gustaría te quedaras en casa. Me limito a un no insistas, no hay caso. Él apaga el cigarrillo con resignación, toma el cuchillo y el tenedor, me dice, ataquemos. Y atacamos. Al terminar de comer me pide que vaya con él y los niños a la casa de uno de sus hermanos, a un almuerzo familiar, le respondo que no tengo ningún problema, que iré. Me da las gracias y me ofrece un bajativo, acepto un café. Nos retiramos luego del restaurante, le dije que estaba cansada, que mañana me esperaba un día agitado con la celebración del cumpleaños de Camilo. En silencio recorrimos el trayecto a casa. En el fondo creo que Alberto no encuentra la manera de arreglar lo imposible.
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    124 73. Sábado Celebramos elcumpleaños de Camilo. Trabajamos como locas con la Pepa. Veintidós personas llenaron la casa. Luego de la once, los chicos se pusieron a jugar en el computador, los grandes conversaron acompañados de sus tragos. Nicolás estaba apestado con tanto cabro chico. Le dije, paciencia, tú tuviste esa edad, y te aguantamos tus loqueras, lo abracé palmoteándolo la espalda, pero no hubo caso, se mantuvo con la cara larga toda la tarde, hasta un momento que no aguantó más y se me acercó para decir si podía ir a casa de Rodrigo, le dije que no había problemas, siempre y cuando, el papá lo fuera a buscar, me dijo, ya hablé con el papá, también me irá a dejar, entonces, no hay problemas y agregué, llévale torta a Rodrigo, ya que no vino. Corrió feliz a la cocina. A las ocho de la noche aparecieron los primeros papás a recoger a sus hijos. Al último lo vinieron a buscar casi a las diez de la noche, sus papás andaban en un cumpleaños de un tío, según dijeron. Les dije que no se preocuparan, que no había sido ninguna molestia, y que estábamos encantados con su hijo, ya que así Camilo no había quedado solo tan temprano. Cortesía, sólo cortesía, pues los niños ya me tenían hasta la tusa. Apenas se marchó el último niño envié a Camilo a la cama, con todas las recomendaciones incluidas, no enciendas la tele, no te metas a internet, lávate los dientes y duérmete luego. Camilo, regañó, lamentando que se hubiera acabado su cumpleaños. Los grandes se retiraron más tarde, un poco después de las doce. Álvaro me llamó a las doce treinta. El martes me voy, dijo. Un te amo nos separó.
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    125 74. Domingo Domingo familiar.A diferencia de los fines de semana pasados, tal como me lo pidió Alberto en la comida del viernes, fuimos a la casa de uno de sus hermanos camino a Coronel, allí estaba toda la familia Morgano Villalba, hermanos, cuñados, sobrinos. La mayoría alrededor de la piscina, tomando cerveza los grandes, los niños, bebida a destajo. Así es la familia de Alberto, toda abundancia, comida para un centenar, que jamás sobra, y bebidas al por mayor. A mi me gusta pasear por el jardín lleno de plantitas verdes. Lo bueno de estas reuniones es que los chicos comparten con sus primos y conocen de cerca de a los tíos. Sí, la familia, es importante, me digo. Pienso en Alberto, que hace desesperados e inútiles esfuerzos por retenerme. Evoco a Matías y su nobleza, me estremezco. Este último logra emocionarme con esa fidelidad inquebrantable. No lo merezco, pienso, pero él se hace presente, reafirmando constantemente, que está esperándome, que esta ahí. Miro a mis hijos, y me inunda un sentimiento de amor profundo. Se acerca Cecilia, una de mis cuñadas, interroga con cara de preocupación, ¿qué pasa entre ustedes?, la miro, ¿que sabes?, pregunto, algo por ahí, que ustedes se van a separar, le digo que si que ya no da para más, la situación reventó, a lo cual ella dice, mira, siempre me he preguntado cómo has aguantado tanto tiempo a Alberto, cómo has podido permitir que te trate de la manera que lo ha hecho, respondo sin una mueca, por mis hijos. Ella dice, pero no puede ser que tú hayas dejado que te trate de una manera indigna. Lo sé, por eso me voy de la casa, respondo. Pronto me voy de la casa. Queda estupefacta, ¿por qué tú?, ¿por qué no se va él?. No quiere irse. Y yo me voy. Las preguntas siguen ¿dónde vas a vivir?, respondo, Cecilia, voy a vivir con Álvaro y mis hijos en un departamento que él arrendó. Sus ojos están enormes a través de los lentes que apenas se sujetan a su nariz ¿me estás diciendo que hay otro?, y yo, ¿qué quieres?, durante muchos años me negué al amor y dediqué mi vida al trabajo a los hijos, ahora estoy pensando en mi, no quiero ser una mártir, nunca he pretendido ser una santa, yo no me casé para estar relegada al último rincón de la
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    126 casa sino paratener un compañero, Alberto nunca lo fue. Me cansé, se acabó. Cecilia está confundida, si van a estar todos bien así, no tengo nada que decir, agrega, preocúpate que Alberto te de dinero para mantener a esos pobres chicos. Si, Cecilia, pero mis hijos no son pobres, tienen sus padres, ellos lo saben. Tienes razón, dice Cecilia, demos una vuelta más por el jardín y vamos a ayudar a preparar algo para el almuerzo. Luego del paseo realizado en el más estricto silencio, fumando ambas un cigarrillo, nos acercamos a la cocina. Javiera ha terminado de cocinar el arroz, Pamela ha puesto la mesa junto con Francisco, Carlos y Guillermo gritan que está listo el asado. Cecilia se pone a pelar tomates yo me encargo de hacer el pisco sour. A todos les gusta. Y yo me sentí feliz.
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    127 75. Lunes Reunión decolegio. Siempre es una lata asistir a una reunión de colegio. Del curso que sea. Rosita, la madre de Rodrigo, el amigo de Nicolás se acerca a conversar conmigo. Me pregunta por mi marido y yo, que no quiero fingir más, le cuento que nos vamos a separar, que nos cambiaremos de casa con los niños, y ella no disimula para nada su asombro, ustedes se veían tan bien, una pareja estable, amorosa, tú sabes, las apariencias engañan, digo. Ella, algo triste dice, cada uno sabe lo que pasa en su matrimonio, nadie puede juzgar. Si, nadie puede juzgar. Rosita sonríe, me dice, iré a buscar alguna cosita para picar, y yo, me quedo parada, casi al final de la sala, ajena al resto, pensando en Álvaro, en cómo deseo estar de nuevo junto a él, en la falta que me hace, lo sombrío de los días sin ver sus ojos, brillantes de amor y su sonrisa irresistible, encantadora. Ha logrado alejar el letargo y el dolor que abrumaban mis días. La voz de Rosita diciéndome, aquí tienes, mientras me extiende un plato con picadillos y un vaso de bebida, me sobresalta, vuelvo a la realidad, aquella que no concibo sin Álvaro. Sonrío.
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    128 76. Martes El díaamaneció ceniciento. Despierto con una inquietud que no logro definir, entre una y otra cosa percibo la voz de Álvaro. Parece que ya escucho el sonido del teléfono. La Pepa se complica con la carne, no usó bien la olla a presión, voy a la cocina y la ayudo. Llegan los niños y se quejan de la carne, está dura, dice Nicolás, es de caballo, dice Camilo. Miro a la Pepa, pienso cabeza de piedra y ella agacha la cabeza. Improviso un plato de vienesas con ensaladas para Nicolás, quien declaró, el puré es un asco. Niños. Nana. Y yo sin dejar de esperar la llamada de Álvaro. La tarde se hace perenne, para acortarla llamo a Marcela y la saludo, conversamos de los achaques, de cómo crecen rápido los niños y la lata que da teñirse el pelo cada quince días, es una esclavitud concluimos, nos despedimos con la promesa de comunicarnos para salir a tomar un cortado, uno de estos días. Tomo té y fumo. Intento dormir siesta. En vano. Estoy intranquila y tengo una opresión molesta en el pecho.
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    129 77. Miércoles Álvaro nollamó. No es todo, anoche llamó un amigo, compañero de trabajo, para decirme que tuvieron un accidente. Álvaro murió, dice, está siendo velado en la Parroquia San Agustín, sentí que las palabras se atropellaban en mi boca sin poder pronunciarlas. Respiré hondo, y pude emitir un débil, gracias, para colgar al instante, quedando con la mano aferrada al auricular, y la cabeza dando vueltas. Giré hacia el living, cogí un cigarrillo mientras las lágrimas acudían, sin comprender aún, me repetí, Álvaro está muerto. Tres palabras que establecieron una condena a mi vida. De un zarpazo me arrancaron los sueños. No quedó nada. Nicolás franqueó el living dirigiéndose a la puerta de calle, al verme, preguntó ¿qué pasa mamá?, me miró con cara de asustado, yo permanecí en el más umbroso silencio, agité una mano y me sequé las lágrimas, escuché que dijo, mamá me tengo que ir, luego conversamos, asentí con un movimiento de cabeza, busqué un sillón y me quedé callada, fumando, el rostro de Álvaro, su figura, pasaba por mi cabeza, agitándome hasta los huesos. Un accidente. Grito su nombre pero el grito nunca se dijo. Su nombre quedó en mi, atrapado. Toda tu humanidad, tu amor, tus anhelos, se quedaron apaleando mis vísceras. Y en el rincón más umbrío me dejaste tirada, pensé, mientras me arrojaba a la alfombra y con mis puños, pegaba al piso. ¿Quién dijo que era posible ser feliz?. ¿Quién fue el maldito mentiroso que alimentó tal sueño?. No recuerdo mucho más. Sé que la Pepa me encontró desmayada en el piso, que se asustó, llamó al conserje del edificio y los dos me dejaron en la cama, luego de darme agua. Desperté cubierta con chalones y mantas. La Pepa me dijo después que había querido llamar a Clinicar. Sonreí con amargura. Como si hubiera un médico que pudiera curar las penas. Como si alguien pudiera traerme a lo único que yo quería en la vida. La muerte es para mí ahora como era para Donoso, una incógnita. Una idea de que también se va a morir la memoria y con ella tantas cosas que uno ha amado. Álvaro había entrado en la gran boca de la muerte. Y yo con él.
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    130 78. Jueves Me levantétemprano. Llamé a mi madre para darle la noticia, quiso preguntar, la frené casi con un grito, dije, no preguntes detalles, los ignoro, agregué con amargura, sólo tengo claro que mi vida se fue con él. No digas eso, hija, por Dios, mamá, siempre, en estas circunstancias, se acuerda de Dios. Es cierto, afirmé con tristeza, mi vida no tiene sentido, me dijo, tienes tus hijos, deben ser tu fuerza. Fuerza, repetí, pensando que no tendría nunca más fuerza para amar a alguien. Estoy vacía de amor. Pobres mis hijos. Con estos pensamientos colgué sin responder. La Pepa, lo supo hoy. Me trajo un café con leche, para levantarle el ánimo dijo, la miré sin esperanza. Encendí un cigarrillo, le dije no quiero tostadas, no tengo hambre. Me observó con preocupación, y dijo, llamé a don Alberto para contarle la noticia, la miré interrogante, respondió, él dijo que lo sentía. Apagué el cigarrillo, y fui al baño a lavarme la cara. El espejo me mostró un rostro pálido, demacrado. Me puse un traje negro. Armándome de valor, abrí la puerta de calle y dije, voy a la parroquia. Bajé los escalones. Parecieron eternos. El día no tenía sentido. El magnolio de la vereda me pareció mustio, seco. Sentí las piernas tiritonas. Cuando llegué a la capilla, de lejos, observé a la señora de Álvaro y sus hijas junto a unos amigos, debían ser los otros, aquellos que estaban a su alrededor. Me gustara o no ella era la señora de Álvaro. Todavía no habían terminado los trámites de la separación. Ella se sonaba la nariz de vez en cuando, sus pequeñas hijas, se aferraban a la mano de su madre. Resuelta, caminé por la senda principal, pasé por el lado de la familia y crucé el umbral de la parroquia. Un sollozo se ahogó en mi garganta, respiré profundo, y continué mi desplazamiento hacia donde estaba el féretro. Unas personas se acercaban a despedirse de él, algunos estaban de rodillas en el descanso de los asientos, otros de pie, callados. Yo me dirigí temblorosa a un costado de la urna, miré el rostro de Álvaro, acerqué mi mano al vidrio que me separaba de él. Todo cambió, para ti, para mí. Álvaro, Dios no nos dio tiempo. De pronto recordé a Fabiola, estamos iguales. Nuevas lágrimas humedecieron mis mejillas, saqué un pañuelo, lo pasé por mi rostro, me
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    131 acerqué a esevidrio que no permitía rozar con mis manos el rostro de quien amaba, y lo besé, largo, intensamente. Álvaro me decía estoy contigo Verónica, mi amor, siempre estoy contigo. Sus labios besaron mi nuca, sus brazos rodearon mi espalda. Me estremecí. Era su voz tan real como la presión que sentí en mis brazos, giré levemente la cabeza con la ilusión de verlo atractivo y sonriente. Todo era espejismo, o locura, ¡qué se yo!. Sentí los ojos de los que estaban en el recinto sobre mi espalda Estoica y brutal, permanecí de pie por casi media hora.. No me importaba que todos se enteraran que yo había sido la amante, la mujer por la cual había roto lazos con su familia. No me importaba nada. Al parecer este sentimiento que me acompañaba al lado de la urna de Álvaro, lo podían leer los otros, aquellos que estaban inmutables a mí alrededor, ninguno de ellos se acercó a reprochar. Me retiré tal como había ingresado, con paso firme, al cruzar la puerta, la señora de Álvaro me miró, yo mantuve la mirada, ella inclinó su cabeza, levemente y yo, asentí. Sin palabras. No tenía sentido anidar rencores, el único ser que nos convertía en enemigas, no estaba, la muerte había sido generosa con ella, quedaría como su viuda. Su legítima viuda, la única. El destino es indefinible. Dirigí mis pasos al departamento que había arrendado Álvaro para vivir juntos y que se encontraba ocupando desde hacía unos pocos días antes de su muerte. Una vez allí, me arrojé sobre la cama. Permanecí hundida en los cojines blancos, llorando y gimiendo el repentino ocaso que había fustigado mi vida. Permanecí en el departamento hasta las nueve de la noche, tendida en la cama con los ojos pegados al techo. Me di una larga ducha, después estuve desnuda sobre la cama hasta sentir el frío de la nieve que me rodeaba. Mi espíritu estaba así, desnudo, por no decir, muerto. Antes de regresar a casa para disipar el dolor de cabeza, busqué unas dipironas y como una forma de darme ánimo maquillé mis ojos debajo de los cuales colgaba una bolsa de ojeras. Miré el departamento por última vez, hermoso con sus paredes blancas y ese gran ventanal, tal como le gustaba a Álvaro. Sabe Dios que iba a pasar con él. Al llegar al hall apenas me despedí del conserje. Recorrí las calles un rato, el viento no logró empañar mis pasos lentos. El mundo seguía igual. Yo no era la misma. Pasé cerca de una pareja que se
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    132 despedía en unparadero, el beso que cerraba sus labios fue una bofetada para mí. La rueda del desamor nuevamente se presentaba. Caminé observándolo todo sin ver nada. Todo se ejecutaba sincronizadamente como un acto de mi voluntad firme, estoica, como si nada hubiera sucedido. Sin embargo el horizonte estaba plagado de escombros y cenizas, las pestañas oscuras densas de la muerte habían trastocado mi más profundo centro, desgarrando paisajes a la velocidad de un relámpago. ¿Qué voy a hacer ahora? A mi mente vino de forma imprevisible y borrosa el rostro de Alberto, al instante asomó el rostro de Matías. Nicolás y Camilo se presentaron expectantes. Moví la cabeza, desechando esos rostros que herían aún más mi interior. Continúe caminando.
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    133 79. Viernes Anoche cuandollegué a casa, la Pepa me dijo, los niños duermen, la miré colgada de una tristeza extrema, la desolación se había apoderado de mí. Me tiré el sofá, ella me ofreció un té, comida, un jugo, acepté el té y me puse a fumar, pregunté por Alberto, no ha llegado respondió, pensé, es mejor, deseé que no llegara. No podría ver su cara, hoy no, ni mañana, quizás nunca. Ironías del destino, el hombre que amo está muerto, él hombre que alguna vez amé, está vivo. Una amarga sonrisa cruzó mi rostro y me acomodé en el sofá, que me pareció deslucido y viejo, mientras una interrogante giraba en mi cabeza, qué hacer ahora, pero tenía la certeza absoluta que no podía seguir aquí, fue entonces que decidí, el domingo veré el diario y buscaré un departamento para trasladarme con los niños o quizás algún conocido tenga un dato. Estaba agotada, las brumas sitiaban el ambiente, sentí que me asfixiaba, me levanté y busqué un ansiolítico. Tomé dos, luego me fui a la cama, antes pasé por el dormitorio de mis hijos, los observé largamente. Ellos seguían siendo mi consuelo, la única razón para existir.
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    134 80. Jueves Hantranscurrido unos días desde que me despidiera de Álvaro. Desde entonces, no escribo, quise hacerlo hoy como un epitafio, es el último día que estaré en casa. Mañana me cambio a un departamento que encontré a través de una amiga, me llamó y dijo Verónica, te encantará. No se equivocó, cuando vi sus paredes y cortinas blancas, lo tomé de inmediato.
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    135 BREVE NOTA BIO-BIBLIOGRAFICA IngridOdgers, nace en Concepción de Chile (1955). Estudió Ingeniería Comercial en la Universidad de Concepción, es Analista de Sistemas, Diplomada en Administración y Marketing. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile, se desempeñó como Secretaria General y Relacionadora Pública de la Casa del Escritor Miguel Hernández, Secretaria General de la Unión de Escritores región del Bío – Bío, como gestora cultural es Premio Consejo del Libro y la Lectura 2002 con el proyecto “Cyberliteratura desde el BíoBío”. Es directora del Sindicato de Escritores del BíoBío. Miembro activo del Colectivo La Silla. Su obra aparece en varias antologías regionales, nacionales e internacionales: Poesía del Sur, Forestal 22, Voces sin fronteras, Carné Lírico Chileno, Cartografía Cultural de Chile, Revista Safo, Revista Artemisa, Revista El ermitaño y en diversas páginas de Internet. Ha sido invitada al Encuentro Mundial de Poetas Mujeres en Oaxaca, México con su Ponencia “Chile: Mujeres, literatura y discriminación”. Fue invitada al Encuentro de Poetas en Perú en el año 2002. Ha participado en diversos encuentros nacionales y regionales de escritores siendo co-organizadora del Primer Encuentro de Escritores Octava región en conjunto con la Universidad F. Santa María.
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    136 OBRAS PUBLICADAS ALA FECHA: 1. Voces sin fronteras- Antología de Edition Alondras-Canadá 2. Forestal 22-Antología-Ediciones Magoeditores 3. En las frías rodillas del mundo- Poesía-Ediciones La silla 4. A puertas cerradas- 2005-Ensayo- Impresos Concepción 5. La llave de la otra historia-2004 –Poesía-Impresos García 6. Naúfragos en la ciudad-2003-Poesía-Ediciones Antros 7. La extraña barca del olvido-2003-Poesía-Ediciones Antros 8. Poesía del Sur-2002-Antología-Ediciones Letra Nueva 9. El retorno del ángel-2002-Poesía-Ediciones Antros 10. Copa de invierno-2001-Poesía-Impresos Hurtado 11. Arcoirisdevida-1999-Poesía-Ediciones Vitral 12. Bajopiel-1998-Poesía-Ediciones Etcétera 13. Ángel dormido-1998-Poesía-Ediciones Etcétera © Más silenciosa que mi sombra Ingrid Odgers Toloza RPI Nº 152.825- Chile, enero 2006 Derechos reservados de la autora