Los vitrales del siglo XV y XVI aprovechaban la interacción entre la luz y los cambios de color del vidrio causados por los óxidos metálicos añadidos durante su fundición. El vitral central representaba el tiempo necesario para la alquimia y el fuego. El vidrio se teñía y cortaba y luego se ensamblaba en una estructura de plomo y hierro. Los vitrales permitieron eliminar los muros y mejorar la iluminación de los templos góticos.