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AGUA.
Helder Amado.
Para Clara.
PRÓLOGO
Teletransportación cuántica, capacidad computacional de la materia, arenas
bituminosas, nuevas formas de obtención de energía, altruismo, amor, amistad, codicia y una
persecución implacable, una carrera sin tregua por escapar de los insospechados recursos que
pone en juego el sistema cuando se siente amenazado. Todo esto y más vivirá Kolya, un
brillante científico ruso, físico de partículas, criado en España e hijo de uno de los héroes de
Chernobil, cuyo descubrimiento en el campo de la mecánica cuántica puede cambiar
literalmente el orden mundial tal como lo conocemos. Junto a él, Sofía, una joven enfermera del
Hospital Gregorio Marañón de Madrid, que verá cómo su vida repentinamente da un vuelco en
una espiral imparable de acontecimientos. Resignada, decide dejar de luchar en contra de su
propia naturaleza, acepta lo que el destino quiere para ella y descubre por primera vez la vida,
en su plenitud, al margen de la opinión de los demás, sin seguridad alguna, sin certezas, sin
miedo. La CIA norteamericana, el SVR, el Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia, antiguo
KGB, y Claire, maquiavélica directora del Instituto Nacional de Nanotecnología de los Estados
Unidos, en Palo Alto, California, tienen sus propios planes para el descubrimiento científico de
Kolya, lo que provocará que nada ocurra como debería y la historia salte en giros inesperados,
de casilla en casilla, hasta el Jaque Mate de una de las partes. Abróchese el cinturón,
comenzamos…
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CAPÍTULO -1-.
Tras un largo día de trabajo, el conductor de metro paró el convoy en la última estación
de la línea tres del Metro de Madrid. Sobre las dos y cinco de la madrugada de un frío nueve de
enero, apagó el ordenador de a bordo, retiró la llave que habría de entregar minutos más tarde
para poder irse a casa, y con ojos rojos y cansados bajó de la locomotora. Únicamente
quedaba una última revisión de los vagones, y ya podría irse a descansar. Con paso lento y
acompasado, en una liturgia mil veces repetida, revisó los vagones uno a uno.
—¡No puede ser! ¡Pero qué gentuza me toca siempre! —, exclamó irritado al descubrir
a un vagabundo dormido en el vagón número cinco.
—Seguridad, por favor —.
—Aquí seguridad, ¿qué ocurre? —, respondió una voz metálica en el walkie talkie,
entre interferencias.
—Tenemos un código azul, llama al Samur —.
—Bien, vamos para allá…—.
El guardia de seguridad llegó en dos minutos al vagón donde se encontraba el
vagabundo. Siguiendo las instrucciones para un caso como ese, se cercioró de que el hombre
respiraba, pero no lo tocó a la espera del equipo médico que ya estaba en camino. En sus años
de servicio se había encontrado de todo en los vagones, vagabundos, comas etílicos, personas
dormidas y hasta embarazadas a punto de dar a luz. Sin embargo, algo en su interior, su
intuición profesional, le decía que ese hombre no era un vagabundo. Su ropa sí estaba
arrugada y algo sucia, y tenía barba de tres o cuatro días, pero el pelo rubio de aquel hombre
joven estaba bien cortado y las uñas estaban bien cuidadas. Al trabajar en seguridad había
aprendido a revisar a fondo la fisonomía de las personas. Las personas mienten, pero los
detalles pueden aportar información valiosa, cuando tu vida depende de las reacciones de los
demás. Además, estaba el tema del color. Ese color en la piel…
A las dos y veinte de la madrugada ya habían llegado los efectivos del Samur en la
ambulancia de soporte vital básico. Llegaron al vagón con todo el equipo necesario, camilla,
desfibrilador manual, analizador de sangre Epoc, y diverso material médico.
—Buenas noches, ¿qué tenemos? —, preguntó la médico del Samur, con paso firme al
llegar al vagón.
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—Es un vagabundo de…, lo de siempre —, dijo el conductor de metro, molesto por
terminar más tarde su jornada por el incidente.
El guardia de seguridad le lanzó una mirada de reprobación, pues era evidente de que
no se trataba de lo de siempre. Además, él provenía de un barrio humilde y había visto muchas
veces a personas que habían sucumbido ante el peso de la vida, personas como él, pero cuyo
destino había conjurado en un determinado momento demasiados elementos adversos. Cada
persona, bien lo sabía él, por muy fuerte que parezca, tolera una cantidad determinada de
presión. Luego se rompe.
El enfermero técnico en emergencias comenzó rápidamente el protocolo mientras la
médico recababa información de los dos hombres que estaban allí.
—¿Qué sabemos de este hombre? —, preguntó.
—Nada, simplemente estaba ahí, en el vagón —¿Puedo irme? Ese tío está bien, le
habrá dado un mareo o algo —, dijo el conductor.
La doctora intercambió una mirada con el guardia de seguridad, que asintió, y tras unos
segundos, miró al conductor a los ojos y le dijo secamente —Puede irse —.
—¿Presión? —, preguntó la doctora.
—Algo alta —, respondió el enfermero, que ya había obtenido los datos esenciales
para valorar la gravedad del estado físico de aquel hombre.
—¿Ritmo cardíaco? —.
—Ciento sesenta pulsaciones por minuto. Muy acelerado.
—¿Has analizado el tipo sanguíneo con el Epoc? —, siguió preguntando la médico.
—Sí, pero no da ninguna lectura. Debe estar estropeado —, dijo el técnico.
—¿No da lectura? ¿Estás seguro? —.
—Sí —.
—Pásame el tubo endotraqueal. Hay que estabilizar su respiración —, le dijo la médico
al enfermero.
En apenas quince minutos habían estabilizado al paciente y tenían todo listo para su
traslado al hospital.
—Ya está todo. Nos vamos. Apunte sus datos en este documento para el parte de la
policía —, indicó la médico del Samur al guardia de seguridad.
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—Así lo haré —.
Una vez en el hospital, el equipo médico se hizo cargo de la situación. Ubicaron al
hombre inconsciente en una de las salas de una abarrotada planta de urgencias. Sin duda, ese
no era el caso más grave al que se tenían que enfrentar esa noche, así que debería esperar.
El hombre recobró mínimamente la consciencia. La fría luz de los fluorescentes le
produjo un dolor agudo en los ojos. En un primer momento los cerró fuertemente para
protegerse, pero haciendo un colosal esfuerzo logró abrirlos un poco. Lo primero que vio fue la
pared blanca y fría. Sintió también el gélido tacto de la camilla y el olor a yodo en el ambiente.
El lugar le produjo rechazo. Giró lentamente la cabeza, que le pesaba una tonelada, y vio
diverso material médico, sueros, cajetines con todo tipo de medicamentos, el
electrocardiógrafo…
Sabía perfectamente que allí no podrían ayudarle, y en un esfuerzo sobrehumano
intentó levantarse para alertar al personal médico. Se giró sacando apenas un pie de la camilla,
pero las fuerzas no le respondieron y cayó al suelo llevándose consigo el soporte para suero
que había al lado de la camilla, cuyos ganchos fueron a parar a una vitrina que se hizo añicos
en el acto.
El sonido de los cristales alertó a todo el mundo y rápidamente se personó el personal
sanitario de urgencias y un paciente curioso cuya dolencia permitía la movilidad.
—Dextemetomidina. ¡Rápido! —, ordenó el médico de urgencias a una enfermera. —
Vamos a sedar —.
—¡Espere Doctor! ¡Este hombre está hablando! —, contestó la enfermera acercando su
oído a la cara del hombre que yacía en el suelo. Claramente estaba intentando decir algo,
movía la boca, pero a penas emitía sonidos.
En un susurro apenas audible, el hombre pronunció unas palabras.
—Me llamo Nikolay Yurievich Boronov. Soy investigador, físico de mecánica
ondulatoria. He sido envenenado. A menos que me sometan a una resonancia magnética
completa estaré muerto antes de doce horas… —.
—¿Una resonancia? ¡Este hombre delira! —, dijo el médico.
—Señor, ¿de qué tipo de envenenamiento se trata? ¿Cianuro, arsénico, hongos…?
Necesitamos buscar el antídoto —, inquirió la enfermera.
—Son… —, intentó responder el hombre, cuyas fuerzas estaban ya al límite.
—¡Vamos! ¡Despierte! ¿De qué veneno se trata? —.
—Son… son nanorobots. La resonancia los… —, susurró el hombre.
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Acto seguido, se desmayó.
CAPÍTULO -2-.
El tomógrafo axial computerizado comenzó a lanzar sus ráfagas de rayos X sobre
Nikolay. Cambiando el ángulo de inclinación de los rayos y analizando la parte de los mismos
no absorbidos por el cuerpo, el enorme ordenador de última generación iba construyendo la
imagen completa del paciente. Sin embargo, en este caso lo importante era la parte de los
rayos X que no reflejaba el paciente para construir la imagen…
El tipo de envenenamiento al que había sido sometido Nikolay era indetectable con los
medios que la medicina forense posee. Sin embargo, en relación con la enorme potencialidad
que los nanorobots darían en las próximas décadas, esa primera generación de robots de
escala nanométrica era burda, casi pueril. Varios millones de diminutos artefactos habían sido
introducidos en el torrente sanguíneo del científico a través de la comida. Estos robots o “Red
Hunters” como los llamaba su creadora, a similitud con los robots actuales de mayor tamaño,
no tenían ninguna capacidad de decisión o replicación. Con el poder computacional del ARN
vírico como base, las nanomáquinas, del tamaño de tres micrones, sólo sabían hacer una cosa,
adherirse a los glóbulos rojos, a los cuales identificaban por su forma y doblaban en tamaño.
Una vez adheridos, impedían la función principal de estos, captar el oxígeno que respiramos y
llevarlo a todas las células del cuerpo. Nikolay estaba empezando a no poder respirar,
literalmente el aire que insuflaba a sus pulmones le servía cada vez menos. Se estaba
asfixiando literalmente.
El científico cuántico conocía perfectamente el mundo atómico y sus avances, y sabía
que cada ráfaga de rayos X recibida por las nanomáquinas desestabilizaba su estructura,
haciendo que se soltasen de los glóbulos que tenían atrapados con sus seis patas. En un
futuro, la tecnología desecharía los materiales de origen metálico en la construcción de
nanomateriales, pero ese momento aún no había llegado.
—¿Cómo se encuentra señor? Ya le está volviendo el color a la piel, se le ve mucho
mejor —, dijo la enfermera de la planta seis del hospital Gregorio Marañón de Madrid.
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—Estoy cansado —, respondió Nikolay
—En una media hora viene la comida señor… Yurievich —dijo la enfermera
comprobando la tablilla de datos del paciente.
—¿Dónde está mi ropa, señorita…? —.
—Sofía. Mi nombre es Sofía —, respondió la enfermera sin hacer mucho caso al
paciente, mientras anotaba algún dato en la tablilla.
—Dígame, ¿dónde está mi ropa?, necesito vestirme —, respondió el demacrado
científico.
—Usted necesita descansar, no vestirse —.
La joven enfermera salió de la habitación sin dejar tiempo al científico para articular
respuesta. En su corta experiencia en el hospital ya se había acostumbrado a ignorar a los
pacientes que querían marcharse a la primera de cambio, cuya mente no aceptaba la situación
de encontrarse allí por mucho que su cuerpo lo necesitara. Sofía tenía una mente privilegiada.
Había estudiado enfermería en la Universidad Alfonso X el Sabio de Madrid, pero siempre
quiso ser médico. La medicina le ofrecería la posibilidad de trabajar en un quirófano, con el
paciente dormido, pero unas décimas en su nota de acceso a la universidad, debido a algunas
asignaturas que nada tendrían que ver con su profesión la dejaron fuera. Se reprochaba no
haber estudiado más, y aunque se esforzó al máximo, seguía culpándose, y el castigo era
tener que tratar con la gente. Para ella era demasiado castigo, detestaba hablar con los demás.
Sin embargo, en una pirueta de las que sólo el destino es capaz de comprender en su grotesco
plan para cada uno de nosotros, había dotado a Sofía de una belleza especial, lo cual hacía
que otras personas quisieran constantemente acercarse a ella. Doble castigo. Su pelo negro,
azabache, salvaje, combinaba en una suerte de antagonismo con una cara angelical, de tez
clara, simétrica. Ella siempre se preguntaba por qué el canon imperante de belleza le había
tocado a ella. No siempre había sido así, en otras épocas no habría destacado tanto, pero
ahora, cada vez que levantaba la mirada, sus ojos verdes y su media sonrisa nerviosa,
producto de su dificultad de tratar con los demás, provocaba una y otra vez la misma
respuesta, un anhelo de protegerla, …de poseerla.
Desde su época de estudiante había vivido en un mundo de relaciones sociales, donde
lo que se esperaba de ella es que usara su belleza para conseguir salir con el chico más
atractivo. Los chicos la buscaban con la mirada, mientras que sus compañeras trataban de
estar lo más cerca posible de ella, pues sabían que era un imán para los chicos guapos. Sin
embargo, su mente no entendía nada de aquello, y cuanto más presionada se sentía, más se
encerraba en sí misma.
—Hola de nuevo Señor Yurievich. Tengo que tomar sus constantes antes de que le
traigan la comida —, dijo la enfermera.
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—Ese es mi segundo nombre. Es así porque mi padre se llamaba Yuri. Yo me llamo
Nikolay, pero puede llamarme Kolya —, dijo el enfermo, esbozando algo parecido a una sonrisa
cansada.
Con aire indolente, y para evitar los incómodos silencios, la enfermera dijo —Habla un
perfecto español señor Nikolay —.
—Soy español —, respondió Kolya.
—Pero su nombre… —.
—También soy ruso. Es una larga historia. Ahora tengo que conseguir mi ropa. Créame
enfermera, es vital que salga de este hospital cuanto antes —.
En una fracción de segundo, las miradas se entrecruzaron, y la enfermera percibió la
rotundidad de las palabras del paciente, cuyos ojos marrones no dejaban lugar a la duda. Este
hombre, a pesar de su juventud, no la miraba como los otros siempre lo hacían. Estaba
agotado, pero había calidez en su rostro. Su mirada le estaba pidiendo ayuda a gritos.
Sofía salió de la habitación tras el silencio que se había producido. No contestó al
científico ante su petición acerca de su ropa, pero paradójicamente en ese silencio había
percibido más comunicación que nunca antes. Avanzaba por el pasillo de la planta justo
cuando pasó a lado de ella un hombre vestido con traje, camisa blanca y corbata negra.
Parecía ese tipo de hombres que llevaban la ropa elegante por obligación, por ser parte de su
trabajo, de su personalidad, pero la opacidad de su rostro desconcertó a Sofía.
El hombre del traje entró en la habitación seiscientos dos, donde estaba Kolya y cerró
la puerta.
—¿Quién es ese tío? —, preguntó Sofía a las dos compañeras que estaban en la
recepción de la planta.
—Es un amigo de trabajo del paciente de la habitación seiscientos dos. Nos ha dicho
que estaban preocupados en la empresa y que quería hablar un rato con él tranquilamente —,
dijo una de las enfermeras.
—¿Un amigo de trabajo? Si ese tío es amigo de trabajo del ruso, yo soy la Madre
Teresa de Calculta —, Pensó Sofía.
—Buenas tardes Nikolay. ¿Cómo te encuentras? —, preguntó el hombre del traje.
—¿Quién es usted? —, respondió Kolya.
—Me han enviado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Llevas varias
semanas sin aparecer por el National Institute for Nanotechnology Research, en California y
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han avisado a tu departamento del CSIC a ver si sabían algo. Por eso estoy aquí —, dijo el
hombre del traje, tratando de forzar una torpe sonrisa empática.
—¿Cómo me han localizado? —, dijo Kolya.
—¡Vamos, eres una persona importante Nikolay!. Le dijiste al personal de seguridad
que eras científico. Ellos dieron parte del incidente a la Policía Nacional, que nos avisó
inmediatamente —.
—¡Quién coño eres tú! Quiero que venga el profesor Gámez inmediatamente. Quiero
hablar con él —, dijo Kolya visiblemente nervioso.
—El profesor está ocupado dando unas conferencias fuera de Madrid. Me ha pedido
que venga personalmente para asegurarme de que estás bien —, dijo el hombre del traje,
tratando de calmar a Kolya.
—¡Enfermera! ¡Enfermera! —, comenzó a gritar Kolya, pulsando insistentemente el
interruptor de aviso de emergencia.
—¿Qué está pasando? —, preguntó Sofía, entrando apresuradamente en la habitación.
—No pasa nada enfermera. Mi amigo debe sufrir algún tipo de amnesia. Le dejaré
descansar, ya me voy —, dijo el hombre del traje.
Y con un gesto ensayado, cogió la mano de Kolya y frotándola suavemente le dijo —
Recupérate amigo —.
Sofía y Kolya se miraron durante unos segundos, los suficientes para que ella
percibiera de nuevo aquella extraña sensación. Normalmente ni se inmutaba con los problemas
de los demás, pero aquel paciente era diferente, algo raro estaba pasando y en su interior se
activó un mecanismo de protección que jamás había sentido. Estaba desconcertaba y sentía
curiosidad por aquel hombre.
—Verás, Sofía, debo salir de este hospital inmediatamente. Algo muy grave está
ocurriendo, pero no puedo hablar de ello —, le dijo Kolya haciendo el gesto de incorporarse, -
aunque realmente estaba muy débil para hacerlo-. Los millones de nanorobots que habían sido
introducidos en su cuerpo habían hecho muy bien su trabajo. Tenían la capacidad de anular
cada glóbulo rojo al que se adherían, y en un alarde de maquiavelismo su creadora les había
dotado de una estructura en forma de gancho, de tal forma que unos se enganchaban por
contacto con otros, formando un coagulo cada vez mayor que terminaría por provocar la
muerte del paciente por obstrucción arterial. Caso cerrado. Sin embargo, una vez desactivados
los microartefactos, iban siendo retirados del torrente sanguíneo por los linfocitos, que
cuadriplicaban en tamaño a las inertes nanomáquinas. Kolya estaba muy débil, y aunque
tardaría en recuperarse únicamente unos días, no disponía de ese tiempo.
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—O me cuentas lo que ocurre o no podré ayudarte. Todo esto es muy raro —, le
contestó Sofía fulminándolo con la mirada.
—No quiero involucrarte en esto, pero necesito confiar en alguien. Trabajo en el
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, mis investigaciones pueden ayudar a millones
de personas. Hay mucho en juego, sin embargo no tengo tiempo de explicarte ahora. —, dijo
Kolya intentando de nuevo levantarse, sin éxito.
—¿Quién es el hombre del traje que vino a verte? —, preguntó Sofía.
—¡Ese hombre ha venido a matarme y volverá hoy mismo si no me ayudas! Confía en
mí, te lo explicaré todo —.
Sofía seguía mirando fijamente a Kolya, pero las ideas bullían en su interior. Era una
locura, jugarse su carrera por ayudar a un desconocido que bien podría estar loco. Además, en
caso de que él tuviera razón, ella se vería involucrada en un asunto peligroso. Tras unos
segundos de reflexión, y sin ninguna razón que ella pudiera comprender, pero con la certeza de
que hacía lo correcto, por fin le dijo:
—¡Qué demonios! ¡Te ayudaré! —.
Sofía salió al pasillo de la planta a buscar una silla de ruedas con la que trasladar a
Kolya, al parecer no había tiempo que perder. Ya vendrían las respuestas más tarde.
—. ¡Sofía! —, gritó la enfermera jefe desde el fondo del pasillo.
—¿Si? —.
—¿Has pasado por todas las habitaciones? Me acaban de llamar de la seiscientos
ocho. ¡Tenían el suero agotado! —, espetó la enfermera jefe.
—Esto, …si, lo siento, voy ya —, contestó Sofía, con una sensación de irrealidad en su
cabeza producto de los nervios.
—¡No quiero volver a decírtelo! ¡Que no vuelva a ocurrir!. —, comentó la jefa, ya
cansada de lidiar con aquella joven enfermera tan rara. —¡Estos jóvenes! Tienen tantas
distracciones que no saben estar en un sitio solo. La próxima vez ésta se va de patitas a la
calle —, pensó la enfermera jefe de planta.
—¿Por cierto, qué haces con esa silla? ¿Para quién es? — espetó la jefa.
—Es para el paciente de la seiscientos dos. Le esperan en rayos —, contestó Sofía,
intentando inútilmente disimular la tensión en sus cuerdas vocales.
—¡Vete a la seiscientos ocho! Es más urgente —.
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—Pero es que…—.
—¡Ni peros ni nada! ¡Tú haces lo que yo te diga! Y punto —, dijo la enfermera jefe
empezando a enfadarse de verdad.
—Voy a cambiar el suero, luego llevaré al paciente a rayos —, contestó Sofía
agachando la cabeza. Diez minutos más no tendrían consecuencia —Pensó —. Pero se
equivocaba.
Cuando Sofía entró en la habitación seiscientos ocho, el hombre del traje oscuro
apareció de nuevo por el pasillo, y con paso firme, pero aparentando tranquilidad, avanzó hacia
la habitación seiscientos dos. Era todo un profesional. Toda una vida dedicado a limpiar las
impurezas del sistema, y ahí seguía, al pie del cañón. Su trabajo era fácil: alguien le hacía una
llamada, le indicaban un objetivo y el precio acordado. Él no hacía preguntas, se limitaba a
hacer su trabajo. Sabía perfectamente que todo sistema necesita gente que se ocupe de
aquellos que lo ponen en riesgo. Y a él le iba bien. Estaba orgulloso de ser una parte
importante de la sociedad; cada vez que entraba en un gran almacén, en el metro, o paseando
por la calle, veía a la masa, a los miles de ciudadanos que vivían su vida más o menos
tranquila, con unas reglas definidas que les permitían llevar a cabo sus absurdos y aburridos
proyectos de vida, carentes de emoción, de sentido, como piezas de un gran juego, simples
peones en un tablero complejo; hormigas moviendo el gran engranaje sin notar siquiera sus
cadenas. El diseño del sistema era sublime, y él, su gran valedor. Además, le encantaba su
trabajo, la adrenalina que inundaba su cuerpo en los momentos de acción era su droga. Si no
pudieran pagarle, lo haría gratis.
El asesino entró en la habitación y ya no disimuló frente a Kolya.
—No sé qué coño has hecho, pero tienes a mucha gente muy cabreada —, le dijo con
una mirada que paralizó a Kolya por su determinación. Iba a matarle.
Con la mano izquierda tapó la boca de Kolya, haciendo alarde de una fuerza
descomunal. La energía de la adrenalina multiplicaba por diez la fuerza muscular del asesino,
mientras que la víctima sentía sus músculos sin fuerza alguna, paralizado por el miedo. Con la
derecha sacó del bolsillo de su traje una jeringuilla que contenía un líquido color ámbar. Quitó
con el pulgar la tapa que cubría la aguja y justo cuando iba a terminar su trabajo apareció la
enfermera jefe, a quien un sexto sentido le decía que algo extraño estaba ocurriendo en su
planta.
—¡Pero qué coño…! — gritó la jefe de planta haciendo un ademán para coger la
jeringuilla de la mano del asesino.
En un instante del que ella jamás sería consciente, el hombre clavó la aguja en el
cuello de la enfermera, que se desplomó en el suelo, quedando tumbada boca arriba, con las
rodillas dobladas y los ojos abiertos, en blanco.
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—¡Ya te pillaré a ti! ¡Eres muy fácil de cazar! —, le dijo el asesino a Kolya, y
desapareció de la habitación.
A los pocos minutos, la planta era un hervidero de personas que iban y venían,
pacientes curiosos, enfermeras y enfermeros perplejos por lo ocurrido, y varios policías
haciendo preguntas.
—Buenas tardes señor… Boronov. Soy el inspector Manrique. Cuénteme qué ha
pasado aquí —, pregúntó el inspector de policía, con una pequeña libreta en la mano para
tomar nota de todo y empezar a bosquejar el puzle que habría de completar.
—Han intentado matarme —, respondió Kolya.
—¿A usted? ¿Y qué me dice de la enfermera jefe? —.
—Entró en un mal momento para el asesino. Se topó con él y este la mató. Si no
hubiera entrado yo estaría …muerto —, dijo Kolya sin comprender aún por qué la vida le había
llevado a esta situación límite.
—Dígame señor …Boronov. ¿cómo era la persona que ha intentado matarle? —,
inquirió el inspector.
—Unos cincuenta años. Rostro macilento, inexpresivo. Pelo cano. No sé, no recuerdo
mucho más, todo fue muy rápido —, contestó Kolya.
—Muy rápido. Ya. Y dígame ¿por qué alguien querría matarle? —, preguntó el
inspector tomando notas, pero mirando de soslayo a Kolya, activando el lector innato de
lenguaje corporal que todo policía tiene. Las palabras mienten. El rostro, rara vez.
—Verá inspector Manrique, es una historia muy larga para explicar ahora. Soy
investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Trabajo en el IMM …—.
—¿IMM? —, interrumpió el inspector.
—Instituto de Microelectrónica de Madrid, en la localidad de Tres Cantos —, continuó
Kolya —La gente no lo sabe, pero somos pioneros a nivel mundial en ciertas técnicas de
nanociencia y nanotecnología. Una de mis investigaciones dio lugar al descubrimiento de una
técnica que combina nanotecnología y entrelazamiento cuántico de fotones. La publicación en
una revista especializada de mi trabajo…—.
—¿Y por eso le quieren matar? ¿Por investigar? —, interrumpió de nuevo el inspector,
a quien no le interesaba lo más mínimo el trabajo del investigador. Él estaba allí para resolver
un crimen.
—Le decía inspector, que la publicación en la revista Science de mi trabajo llamó la
atención del mayor centro de investigación de nanotecnología del mundo, el National Institute
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for Nanotechnology Research, o NINRE, en California. Me llamaron y he estado trabajando con
ellos seis meses. Con mi técnica basada en la teletransportación y la nano…—.
—¿Teletransportación? ¿Entrelazamiento cuántico de …fotones? Vaya al grano,
Boronov—, espetó el inspector, quien estaba empezando a perder la paciencia.
—Mi descubrimiento es muy importante inspector. Puede cambiarlo todo. Literalmente.
—, contestó Kolya, irritado por la estrechez de miras del policía.
—¿Quién quiere matarle, señor Boronov? ¿Los americanos, por su descubrimiento? —
, preguntó el inspector.
—No lo sé inspector. Lo único que sé es que me tiene que sacarme de aquí, o
acabarán por lograr su objetivo —, respondió Kolya.
—Bien, le asignaré un agente. Se situará a la entrada de esta planta. Puede estar
tranquilo. Mañana seguiremos hablando —, dijo el inspector. El inspector pensaba ir al CSIC y
averiguar si el científico decía la verdad o realmente había perdido la cabeza. A estos
cerebritos a veces les pasa —pensó —, se vuelven majaras.
—Eso no es suficiente, debe trasladarme a una instalación más segura —, le dijo
Kolya.
—¿Trasladarle? Su seguridad está garantizada. Intente descansar señor Boronov —,
dijo el inspector saliendo de la habitación.
—No lo está —, pensó Kolya.
Sofía entró en la habitación en un momento en que las cosas se habían calmado un
poco. Debía averiguar si la situación ya estaba controlada para aquel paciente con el que
percibía una conexión especial que no podía explicarse.
—¿Cómo estás Kolya?, He oído que van a poner a un policía en la entrada de la
planta. Me alegro de que todo esté controlado —, dijo Sofía aproximándose a la cama.
—No hay nada controlado. Necesito tu ayuda. Sólo te pido que me traigas mi ropa y me
ayudes a subir a un taxi. A partir de ahí no me verás más, no quiero ser un problema para ti —,
le contestó Kolya con una mirada de súplica.
—Vengo ahora—, dijo Sofía aún bastante confusa consigo misma, pues todos los
argumentos de pros y contras que esgrimía en su cabeza le decían que saliera inmediatamente
de aquella habitación y se fuera a casa. ¿Ayudar a un desconocido arriesgando su carrera? No
tenía el menor sentido. Sin embargo, una sensación interior le decía sin la menor duda, sin
debate interno, que tenía que hacerlo. No había motivos lógicos para la razón, pero el corazón
le hablaba alto y claro. ¡Vive la vida, Sofía! La vida no es para pensarla, no es para complacer
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los deseos de los demás, que te dan su aprobación en la medida en encajas en un plan que no
es el tuyo. La vida es acción. Justo lo que no había hecho en toda su vida. Algo mareada por la
tensión que le producía la lucha interior, salió de la habitación.
Pasados veinte minutos entró Sofía con una bata de hospital y una silla de ruedas.
—¡Ponte esto! —, le dijo a Kolya.
—Sí —, respondió el científico con una mirada de gratitud.
—¡Siéntate aquí y ni se te ocurra abrir la boca! Nos vamos —, le dijo Sofía tratando por
todos los medios de tener el control de la delicada situación.
Kolya se sentó en la silla. Su mente de científico le pedía evaluar todas las opciones
posibles, pero no estaba en un experimento controlado de laboratorio. Con el corazón
acelerado, encaró la situación.
Una de las enfermeras que estaban en el pasillo, al verlos salir preguntó:
—¿No has terminado ya tu turno, Sofía? Yo puedo llevar al paciente —.
—No. Lo haré yo —, contestó Sofía.
—¿A dónde vas? —, preguntó la compañera.
—A Rayos —.
—¿A rayos? ¿Para un paciente de planta? ¿Ahora? —, preguntó la enfermera
percatándose de lo inusual de la situación.
Sofía no contestó. Con paso firme avanzó hasta el final del pasillo, donde se levantó un
policía que custodiaba la entrada.
—¡Alto! Esta persona no puede salir de la planta. Debo garantizar su seguridad —, dijo
asertivamente el policía.
—He de llevar a este paciente a hacer una prueba, estaremos aquí en media hora —,
contestó Sofía.
El policía se dio cuenta de que tanto Sofía como Kolya estaban visiblemente tensos,
aquello no le daba buenas sensaciones. Sin embargo, el respeto por las decisiones médicas le
hacía dudar.
—Yo iré con ustedes —.
Los tres entraron en el ascensor, y conforme iba descendiendo de plantas el silencio se
hacía más y más tenso allí dentro.
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—¿De qué es esa prueba? —, preguntó el policía.
—Rayos. Hay que confirmar el estado de las articulaciones. El doctor quiere ver la
prueba mañana por la mañana —, mintió Sofía. Hasta a ella misma le había parecido un
argumento poco convincente. Sabía que una de las salas de pruebas con mayor actividad era
la de radiología, ya que la mayoría de entradas en el hospital por la tarde y por la noche se
debía a traumatismos. Por eso había utilizado ese argumento.
El ascensor llegó a la planta menos dos de radiología. Sofía debía sortear otro
obstáculo: el hecho de que allí nadie tuviera indicación médica para esa prueba.
—Sujete la silla por favor, voy a entrar a hablar con los compañeros, a ver si tenemos
algún aparato de rayos libre —, indicó Sofía al policía, lo cual le infundió un poco más de
confianza al ver que él se quedaba con la persona que debía proteger.
El radiólogo, un hombre de unos cincuenta y pico años, de escaso pelo y con barriga,
estaba observando unas radiografías que acababa de hacer y se disponía a escribir el
correspondiente informe para el médico cuando vio entrar a Sofía en la estancia.
—Buenas tardes enfermera, ¿qué le trae por aquí? —, preguntó.
—Traigo un paciente para hacerle unas placas —, contestó Sofía.
—No tengo constancia, enséñeme la orden del médico —, contestó el radiólogo.
—Verá, es una orden verbal. Se trata de un asunto extraordinario. ¿Hay oído hablar de
lo que ha pasado hoy en la planta sexta? —, preguntó Sofía.
—Sí —.
—Pues le traigo al paciente objeto de la agresión. El criminal le golpeó en la pierna
derecha antes de irse y el paciente tiene mucho dolor. Tengo indicación del doctor Martín de
que se le realice una radiografía y se la lleve para asegurarse de que está todo bien —, le dijo
Sofía.
—¿Llevársela? ¿Ahora? —, preguntó el radiólogo.
—Sí. El doctor tiene guardia en urgencias y quiere ver la prueba hoy. Y este es un caso
excepcional. El director del hospital no quiere más noticias negativas y le ha dado máxima
prioridad. — continuó Sofía, cuyo plan era llegar hasta urgencias a través del montacargas
auxiliar que tenían internamente en Radiología para los casos de fracturas graves y
politraumatismos. Una vez allí, tendría que llegar hasta el parking, donde tenía aparcado su
Mini Cooper rojo.
—Quiero hablar con el doctor Martín. Páseme el teléfono —, le dijo el radiólogo a Sofía,
algo extrañado por todo lo que estaba oyendo.
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Sofía sabía que no podía permitir que se hiciera esa llamada. Estaba empezando a
estar desesperada, pero de alguna manera se sentía ya cómplice de aquel científico, y su
sentido de la ética no le permitía abandonarlo a su suerte.
—¡Espere! —, le gritó Sofía al tiempo que comenzó a desabrocharse la bata blanca. —
Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas —pensó.
—¡Pero qué hace enfermera! —, dijo el radiólogo, quién jamás se había visto en una
situación parecida. La belleza de aquella enfermera, la sensualidad de su cuerpo perfecto, la
simple posibilidad de revivir la sensación ya olvidada de tocar una piel joven de mujer lo
perturbó en lo más hondo de su ser, en esa parte del ser humano que procede de su más baja
naturaleza animal, tan ancestral, tan poderosa como la vida misma. El radiólogo apoyo sus
manos en la mesa que tenía detrás, paralizado ante la situación que estaba viviendo. Estaba
confundido y asustado, pero era ya una marioneta de su profundo deseo.
Sofía se acercó despacio al radiólogo, desabrochando suavemente el primer botón de
su camisa. Cogió la cabeza del médico radiólogo con ambas manos y lo besó.
Después de besarlo comenzó a clavar sus uñas en la cabeza del radiólogo. Éste le
cogió las manos a Sofía, retirándolas de su cabeza sin oposición en lo que él pensaba que era
un juego sensual. Acto seguido, Sofía llevó sus manos al segundo botón de su camisa, y con
un tirón seco la rompió.
—O me ayudas o te acuso ahora mismo de intento de violación —, le dijo Sofía
mirándolo directamente a los ojos, sin la menor vacilación.
—Pero… yo… —apenas acertó a decir el radiólogo.
—Tengo tu ADN en mi boca. En mis uñas ya que me tuve que defender, y has roto mi
camisa —.
—Pero yo no he roto… —.
—Piensa en tu familia, en tus hijos. ¿De verdad crees que alguien te creería a ti? —, le
espetó Sofía cogiendo la fotografía enmarcada que tenía el radiólogo en su mesa.
—¿Qué tengo que hacer…? —, se avino el doctor, aterrado.
—Quiero que salgas a por el paciente y lo traigas. Hay un policía con él, dile que se
espere fuera. Luego nos permitirás irnos por el ascensor de urgencias —, le ordenó Sofía
mientras se abotonaba la bata.
—Pero…—.
—¡Haz lo que te digo! —.
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El radiólogo salió a por Kolya. Le dijo al policía que esperara fuera para no exponerse a
la radiación electromagnética. Que no tardaría. Una vez dentro de la sala de rayos, subieron
por el ascensor auxiliar hasta la planta de urgencias. Allí no llamaría la atención con un
paciente en silla de ruedas, y todo el mundo está muy ocupado, por lo que pudieron salir por la
puerta principal de ambulancias sin ser molestados por nadie.
Pasado un buen rato, el policía se dijo a sí mismo que algo raro estaba pasando. No
era normal tanta espera. Entró bruscamente a la sala de rayos donde se encontró al radiólogo
sentado en el suelo, con las manos en la cara, llorando. En ese mismo momento, el Mini
Cooper rojo de la enfermera volaba por la carretera M-30 de Madrid.
CAPÍTULO -3-.
A primera hora del día siguiente, diez de enero, el inspector Manrique tomó la carretera
de Colmenar Viejo. En una media hora estaría en de Tres Cantos, localidad madrileña
privilegiada, tanto por sus cercanos montes, como por su bien planificado diseño. Al ser una
ciudad de únicamente treinta años de existencia, contaba con preciosas avenidas repletas de
árboles de hoja perenne, simétricos edificios de ladrillo rojo, un cielo azul y un aire puro
proveniente de las enormes extensiones boscosas cercanas. El inspector fue cambiando de
humor conforme avanzaban los kilómetros al volante de su Seat Toledo. No le vendría mal salir
durante un par de horas de la gran urbe, con su cielo grisáceo aún sin nubes, la prisa de sus
habitantes y el submundo de inconfesables intenciones que él bien conocía.
El inspector aparcó en la calle de Einstein, a escasos metros del enorme monte de El
Pardo. A pie recorrió los cincuenta metros que lo separaban de la Calle de Isaac Newton,
donde se encuentra el Instituto de Microelectrónica de Madrid, dependiente del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas. El edificio blanco de cristales de espejo con reflejos de
nácar lucía brillante con los tibios reflejos del sol de invierno, bajo un cielo azul con un fondo de
ligeros jirones de nubes altas. El ambiente era de pura armonía. El inspector, acostumbrado al
inhumano nivel de ruido de la gran ciudad, se detuvo un instante para escuchar el silencio.
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—Buenos días, soy el Inspector Manrique de la Policía Nacional —, dijo al vigilante de
seguridad que custodiaba la entrada, mostrando su placa —Quiero ver al profesor Alberto
Gámez —.
—Un momento, por favor —, respondió el vigilante, algo intimidado por la presencia del
Inspector.
—El profesor Gámez saldrá a recibirle en unos minutos, señor Manrique —, le indicó el
vigilante colgando el teléfono.
El inspector, un hombre delgado, alto, de abundante pelo negro peinado con la raya a
un lado era lo que se dice un hombre clásico. Vestido con un traje sin corbata y camisa negra,
era uno de esos tipos de rostro adusto, que no bromea, a los que les gusta siempre tener el
control. Su trabajo en la policía había sido impecable, en su hoja de servicio eran incontables
los casos resueltos. Como un cazador, rastreaba las pistas en busca de su presa hasta
localizarla y darle alcance. Era incansable en su búsqueda, y si tenía que perseguir a un
sospechoso hasta los confines de la tierra, allí iría.
Tras unos minutos de espera, apareció tras una puerta de apertura automática el
profesor Alberto Gámez.
—Buenos días. Me han dicho que preguntaba por mí —, dijo el profesor, un poco
extrañado por la visita.
El inspector, tras escrutar la estancia con la mirada, y comprobar que en la puerta de
acceso además del vigilante entraba o salía algún que otro investigador, comentó:
—Profesor, querría hablar con Usted unos minutos. En privado —, su directa mirada y
su tono de voz no dejaban lugar a la duda.
—Sí sí, claro señor…—.
—Inspector Manrique —.
—Venga por aquí, Inspector. Estaremos mejor en mi despacho —, dijo el profesor, con
una sensación de verdadera incomodidad por esa inesperada visita.
El despacho del profesor en nada se parecía a lo que la gente entiende por un
despacho. Más bien parecía el cuarto de un adolescente, con todo tirado, solo que en vez de
póster y juegos de ordenador, el desorden provenía de libros, revistas especializadas, y más
libros. Sobre la mesa, en un espacio hecho a base de apilar centenares de folios en uno de los
lados de la mesa, probablemente apartados de la zona de trabajo con el brazo, sin orden
aparente, había un ordenador portátil, bastante grueso, y con varios cables acoplados. Daba la
sensación de cualquier cosa, menos portátil.
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En cuanto entraron en el despacho, el profesor retiró una pila de papeles de una de las
dos sillas atestadas de documentos.
—Siéntese, por favor —.
El inspector se sentó sin decir nada. Analizando cada rincón de aquella ratonera,
obteniendo los datos necesarios para saber con qué clase de persona iba a tratar, y como
abordarlo para obtener las respuestas que quería.
—Profesor, quiero que me hable de Nikolay Boronov —, preguntó el inspector, sacando
del bolsillo interior de su chaqueta negra un bolígrafo y una pequeña libreta gastada, repleta de
datos, pero sin perder de vista la cara del profesor.
—¿De Kolya? —, se sorprendió el profesor. El lenguaje corporal, perfectamente
analizado por el inspector, hacía indicar que la sorpresa no era fingida, el tiempo de reacción
hacía imposible una respuesta planificada. Al inspector le pareció que no tenía ni la menor idea
de lo que estaba pasando, pero aún debería concluir su análisis.
—Kolya o Nikolay. ¿Qué nombre es correcto, profesor? —, inquirió el inspector.
—Bueno, su nombre es Nikolay, pero él prefiere que le llamemos Kolya, como lo hacía
su madre. Es un diminutivo cariñoso. No tiene ni treinta años, inspector. Fui su tutor en el
doctorado, para mí es como un hijo —, contestó el profesor, algo dubitativo por la presencia del
inspector.
—¿Cuál es el trabajo de Nikolay Boronov, profesor? —, preguntó el inspector
Manrique, a quien no le gustaban los diminutivos.
—¿Por qué? ¿ha pasado algo? —, preguntó Gámez.
—Ha recibido alguna amenaza, y queremos protegerlo —, contestó el inspector,
eligiendo esa media verdad.
—Es doctor en el campo de la mecánica ondulatoria, inspector —.
La mirada impasible del inspector hizo comprender al profesor Gámez que iba a tener
que explicarlo de una forma sencilla, o ese hombre no iba a comprender nada.
—Empecemos por el principio, —dijo el profesor —, todos nosotros estamos sometidos
a unas fuerzas en la naturaleza, fuerzas que nos guste o no están ahí y rigen nuestras vidas.
Vivimos pegados a la superficie de un planeta, que nos atrae con una fuerza proporcional a su
masa. Todo lo que hacemos, comer, dormir, coger el coche para ir al trabajo, incluso estar
sentado aquí hablando es gobernado por cuatro fuerzas fundamentales, no solo la gravedad
terrestre, que tienen sus propias reglas de funcionamiento —. En ese momento, el profesor
hizo rodar su lápiz por la mesa en dirección al inspector, quien lo paró con la mano. —Acaba
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de demostrar, inspector, la primera ley de Newton. Todo cuerpo persevera en su estado de
reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por
fuerzas impresas en él —, dijo el profesor, interrumpido en ese momento por el inspector…
—Gracias por la clase, profesor, —dijo el inspector en un tono sarcástico, —pero ¿a
dónde nos lleva todo esto? —.
—Simplemente le estoy situando en un marco de referencia para que pueda
comprender el trabajo de Kolya. Es un buen chico. Inspector, si está en problemas, por favor le
ruego que le ayude —, dijo el profesor en tono de súplica.
—Tiene mi palabra, profesor —.
—Gracias. Como le iba diciendo, inspector, todos nosotros percibimos el mundo sujeto
a esas reglas que podemos notar, que nos son aplicadas en nuestro día a día y que
comprendemos bastante bien, aunque no sepamos su formulación matemática. Por ejemplo, si
un sospechoso se aleja en exceso ¿cómo le dispararía a la pierna, inspector? —.
—Elevaría el disparo —, contestó el inspector, asumiendo que aquello le iba a llevar su
tiempo. Era evidente que aquel científico no tenía la noción de la prisa entre sus principales
inquietudes, así que se reclinó en el asiento, dejó la libreta, aún en blanco, en la desordenada
mesa del profesor y decidió darse un tiempo.
—Efectivamente, dijo el profesor, —efectuaría un disparo calculando con precisión la
trayectoria para contrarrestar el efecto gravitatorio. Principio elemental en balística. Y la bala
iría desde el punto A al punto B, a través del aire, en una trayectoria curva, ¿no es así,
inspector? —.
—Sí, así es —.
—Ese mundo que percibimos con los sentidos está gobernado por las leyes de la
mecánica clásica o newtoniana, inspector —.
—¿Qué tiene que ver eso con el trabajo de Nikolay, señor Gámez? —, inquirió el
inspector.
—Kolya es físico, pero no le interesa ni lo más mínimo las leyes que gobiernan el
mundo que vemos, inspector. Existe otro mundo que no vemos, pero que también rige nuestras
vidas. Se trata del mundo de lo muy pequeño. Estamos hablando de una escala a nivel
atómico, mil veces más pequeño que el grosor de un cabello humano. A esa escala ocurren
cosas sorprendentes, inspector —continuó el profesor reclinándose hacia delante, en un gesto
que indicaba claramente que estaba empezando a hablar de una materia que le apasionaba. —
En el mundo cuántico una partícula puede estar en un número infinito de lugares. En el ejemplo
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de la bala, si estuviéramos en el universo cuántico, y la bala fuera una partícula subatómica,
podría ir desde el punto A al punto B sin pasar por medio de los dos —.
—¿Una partícula va de A a B sin pasar por el medio? —, preguntó el inspector, quien
definitivamente había decidido hacer un descanso en su estresante agenda. Un rato de charla
no le vendría mal. Además, le estaba empezando a caer bien aquel tipo, le parecía curioso en
su ingenuidad.
—Así es. Además, si podemos saber la posición de una partícula será imposible
determinar su trayectoria, y si conocemos su trayectoria será imposible determinar su posición.
En el mundo subatómico no hay verdades absolutas, solo probabilidades de que algo ocurra —
, dijo el profesor.
—Pero, eso es imposible —, respondió el inspector.
—¡Ajá! Otro Einstein —, soltó jocosamente el profesor, quien ya casi se había olvidado
de con quién estaba hablando, tan absorto en su mundo de conjeturas físicas.
—¿Disculpe? —.
—Inspector, ¿ha oído alguna vez la frase de Albert Einstein que dice “Dios no juega a
los dados”? —, preguntó el profesor.
—Pues sí, me suena bastante. ¿Así que se refiere a esto? — respondió el inspector.
—Sí inspector, se trata del principio de incertidumbre de Heisenberg. Hasta el propio
Einstein, con su descomunal capacidad de comprensión, no podía dar crédito a esta forma
caprichosa de comportamiento de la materia, lo cual le costó bastantes críticas, especialmente
de otro de los padres de la mecánica cuántica, Niels Bohr, quien le respondió en una carta:
“Señor Einstein, deje de decirle a Dios lo que debe hacer”.
—¿Heisenberg no era un nazi, profesor? Lo vi en un documental —, preguntó el
inspector.
—¿Un nazi? En realidad no, inspector. —, dijo el profesor un tanto sorprendido por los
conocimientos del inspector. —Trabajó para Hitler en la construcción de la bomba atómica,
pero nunca consiguieron desarrollarla. Cuando los británicos recluyeron al grupo de científicos
alemanes que habían estado trabajando en la construcción de la bomba atómica para Hitler, en
una casa de la campiña inglesa dispusieron micrófonos por toda la casa, ¿y sabe qué? —.
—¿Qué? —.
—Tenían los conocimientos necesarios para hacer con éxito bombas atómicas.
Posteriormente, el propio Heisenberg dijo que se había dado cuenta del poder destructor de
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Hitler y había decidido que aquel proyecto nunca viera la luz. ¿Héroe o villano?, nunca lo
sabremos —, concluyó el profesor.
—La charla está siendo agradable, profesor —dijo Manrique sinceramente —, pero
¿qué tiene que ver todo esto con Nikolay? —.
—Nikolay… ah sí. Disculpe inspector, a veces me voy por las ramas. Kolya tiene un
talento increíble inspector. Su mente procesa la información de una forma en que los demás no
podemos. Hay un nivel en la comprensión del conocimiento al cual nuestro cerebro racional no
puede llegar, hay ciertos temas que sólo pueden ser comprendidos con el poder de la intuición.
Y esa capacidad de pensar con la parte más potente de nuestra mente, que no es parte
racional, inspector, está al alcance de muy pocos. Yo me di cuenta de su capacidad
excepcional cuando le impartí una asignatura en cuarto de carrera, en la Facultad de Ciencias
Físicas de la Universidad Complutense, donde doy clase. Recuerdo que hablamos del teorema
de Fermat en clase, esa simple fórmula matemática sin solución durante más de trescientos
años, desde su formulación en mil seiscientos treinta y siete hasta mil novecientos noventa y
cinco, año en que el profesor Andrew Wiles lo resolvió. Pues bien, uno de los problemas a que
dio lugar la resolución de ese teorema es que muy pocos matemáticos en el mundo eran
capaces de seguir la explicación del profesor Wiles y por eso no se dio por bueno el resultado
de forma inmediata. Hablamos de ello en clase, y proyectamos un vídeo en que se veía al
profesor Wiles en la Universidad de Cambridge explicando la solución al teorema. Ese fue un
momento mágico en la vida de un matemático, y quería compartirlo con mis alumnos. Lo
curioso del caso es que ninguno de los que estábamos en la clase pudimos seguir la
explicación, cosa que tampoco tenía importancia, pues no éramos matemáticos. Sin embargo,
a la semana siguiente Kolya me preguntó si podía subir a la pizarra. Le dije que sí, y comenzó
a explicarnos paso a paso la resolución del Último Teorema de Fermat. No sé si él era
consciente de lo que aquello significaba, creo que no, imagino que había sido un reto para su
mente y le pareció divertido ir más allá. En ese momento decidí que dirigiría su tesis doctoral —
.
—Profesor, vaya al grano —, inquirió el inspector, cambiando de postura en la silla,
pensando que no sacaría nada en claro de la entrevista con aquel chiflado de los números.
—De acuerdo, inspector. Kolya hizo su tesis doctoral sobre la teleportación o
teletransportación cuántica… —.
—¿Teletransportación? ¿Se refiere al tipo de teletransportación que sale en la película
La Mosca, profesor? —interrumpió el inspector.
—No exactamente. Esto ocurre a escala subatómica. Las partículas a veces son
materia, a veces energía, y pueden trasladar sus propiedades de un punto a otro sin tomar
ninguna ruta, sin caminos intermedios —, continuó explicando el profesor.
22
—Masa y energía, masa y energía… —, caviló en voz alta el inspector Manrique,
intentando establecer un punto de conexión entre la mente del científico y el intento de
asesinato que debía resolver.
—Sí, inspector, ¿Conoce la famosa fórmula E = mc²? —.
—La he visto en camisetas, sí —, contestó el inspector.
—La masa y la energía son dos manifestaciones de una misma cosa inspector. El
mundo no es tal como parece, como alcanzamos a comprender. La materia es pura energía,
vibrando de una forma determinada. Simplemente es así. —, dijo el profesor.
—Eso podría explicar algunos fenómenos extraños que he visto. He visto morir gente,
profesor, y le aseguro que hay sensaciones que no se pueden explicar… —, comentó el
inspector, mirándose las uñas de una mano, en un gesto reflexivo, como si estuviera solo.
Pensando en voz alta.
—Como científico no doy credibilidad a lo que no pueda medir, inspector —, contestó el
profesor Gámez, sacando de sus pensamientos al inspector.
—Prosiga profesor, ¿tiene entonces que ver con la energía? —, preguntó el inspector.
—¡Bingo inspector! —.
—Continúe —.
—Kolya ha publicado varios trabajos importantes sobre teletransportación cuántica. Se
trata de fotones de baja energía que se entrelazan y se transmiten información
automáticamente. Si un fotón sufre una variación, su fotón entrelazado la sufre también,
automáticamente, en la distancia —, continuó explicando el profesor.
—¿Es una realidad, entonces? —, preguntó el inspector.
—Sí. De hecho el récord de distancia de entrelazamiento cuántico se ha batido
recientemente en Canarias, inspector. Kolya colaboró con dicho experimento en la Estación
Óptica Terrestre de la Agencia Europea del Espacio, en Tenerife. Aunque este hecho no es
nuevo para la comunidad científica, es posible que Kolya haya conseguido… No…, es
físicamente imposible—.
—¿Qué es físicamente imposible, profesor? —.
—Atrapar la energía del espacio, inspector. Él ya tenía esa idea en mente cuando
estaba preparando la tesis doctoral, pero no estamos tan avanzados tecnológicamente para
eso. —, dijo el profesor, con la mirada fija en los papeles de la mesa, haciendo cálculos
internos, absorto en ellos. Finalmente concluyó —…es imposible. —.
23
—Explíquemelo un poco mejor, profesor, no le sigo —, dijo el inspector, incorporándose
en la silla.
—Kolya tenía un sueño, acabar con las miserias humanas. Contribuir de alguna
manera a mejorar el mundo. ¿Y qué es lo que mueve el mundo? —, preguntó el profesor.
—¿La energía? —.
—Correcto inspector. ¿Ha oído hablar al reputado científico Michio Kaku de los tres
tipos posibles de civilizaciones?, Están las civilizaciones que obtienen la energía almacenada
en su propio planeta, por ejemplo quemando hidrocarburos, que son básicamente plantas
muertas, las que obtienen la energía directamente de su estrella, como ya estamos empezando
a hacer al aprovechar la energía solar, y las que obtienen la energía de la galaxia, capturando
para su provecho las ondas energéticas que viajan por el universo. Esto último es en lo que
estaba trabajando Kolya. Al menos en su mente —.
—¿Cómo que en su mente? —, preguntó el inspector.
—Sí. Me refiero como concepto teórico. Cuando se produce un entrelazamiento
cuántico podemos transmitir información de una partícula a otra, pero no energía. Digamos que
es como si tenemos una silla en este edificio y otra en su comisaría, inspector. Si estuvieran
entrelazadas, si yo moviera mi silla que está en mi oficina usted vería moverse
automáticamente la que está en la suya. Así de simple, sin trasvase de energía de un punto a
otro, sin que nada viaje por el camino —, continuó explicando el profesor.
—Pero, …eso que me cuenta parece imposible, profesor —.
—Es parte del mundo en que vivimos, inspector. En realidad hay más energía que
materia, o dicho de otro modo, sea lo que sea lo que existe, se manifiesta más como energía
que como materia. De hecho, a todos nosotros nos parece que el universo está vacío, con
vastísimos espacios vacíos entre cuerpos celestes, ¿no le parece? —.
—Así es —, contestó el inspector Manrique, en un intento de seguir el argumento de
aquel profesor ensimismado en su propio conocimiento.
—¿Y cómo es que los planetas están “pegados” a su estrella, y ésta está “pegada” a su
correspondiente galaxia, y las galaxias están a su vez se ven impulsadas por el tirón
gravitacional de otras galaxias, en una danza de fuerzas de las que no puede escapar? ¿Y
cómo es posible, inspector, que si el espacio está vacío, le llegue el calor del sol? —.
—Pues… —.
—La respuesta es simple. Porque el universo que conocemos no está vacío, es pura
energía. Incluso cuando usted golpea una pared con un martillo, percibirá el choque entre la
pared y el martillo porque el campo de fuerza nuclear de los átomos que conforman su martillo
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chocan con el campo de fuerza nuclear que mantiene unidos a los elementos atómicos de la
pared, chocan fuerzas, energías, no partículas. Si usted pudiera hacerse tan pequeño como un
electrón y se infiltrara entre los átomos que configuran la pared, le aseguro profesor que vería
un lugar muy muy vacío —.
—La charla está siendo muy interesante profesor, pero yo tengo que volver al mundo
real. No se ofenda, pero no hay más tiempo para sus explicaciones —, inquirió el inspector,
sabiendo que no sacaría nada más de allí. —Una última pregunta. Y vaya al grano ¿Qué ha
descubierto Nicolay? —, preguntó secamente el inspector Manrique.
—No sé cómo lo ha hecho, inspector, pero si Kolya ha conseguido obtener energía del
universo a través de la teletransportación cuántica, el mundo que usted y yo conocemos
desaparecerá de un plumazo y pasaremos a nuevo nivel. ¿Se ha preguntado alguna vez qué
se podría hacer con energía inagotable, limpia y barata? Estamos hablando del mayor salto
evolutivo del planteta. Con esa energía inagotable podríamos obtener prácticamente gratis
agua potable de los océanos, regar desiertos, alimentar a toda la población mundial, que
estaría más repartida por el planeta, cada persona podría trabajar su propia subsistencia sin
problemas, nuestro planeta visto desde el espacio sería un vergel inmenso, un planeta verde…
—.
Un martilleante sonido metálico proveniente del teléfono móvil del inspector sacó al
profesor Gámez de sus pensamientos sobre el paraíso terrenal.
—Disculpe profesor. Esta llamada es importante —, dijo el inspector abriendo la tapa
de su anticuado teléfono.
—Aquí Manrique, ¿qué ocurre? ¿Qué? ¿Es una broma? De acuerdo, voy para allá —.
—Profesor, no sé en qué anda metido su pupilo, pero esto es muy gordo. En este
momento tengo sentado a un agente de la CIA en mi despacho. Quiero que esté totalmente
disponible, aquí tiene mi tarjeta. Si va a moverse de Madrid, comuníquemelo. Volveremos a
hablar —, dijo el inspector Manrique en un tono que no admitía réplica.
—¿Ha dicho la CIA? — preguntó atónito el profesor.
—Sí —.
—¿La agencia de inteligencia de los Estados Unidos? —, volvió a preguntar el
profesor.
—Así es. Esto se puede poner feo para Nikolay. Esté localizable —, dijo el inspector
saliendo del despacho del profesor.
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CAPÍTULO -4-.
En poco menos de media hora, el Mini Cooper rojo de Sofía estaba aparcado en una
céntrica calle del barrio madrileño de Argüelles, donde vivía con su madre. Hasta ese
momento, la vida de Sofía había transcurrido de una forma mecánica, inercial. Colegio,
instituto, universidad. Todo era un continuo que se sucedía por la única razón de que a los ojos
de los demás debía ser así. Incluso había salido muchas veces de fiesta con sus amigas a los
cercanos bares del barrio Moncloa, donde aparentemente se lo habían pasado muy bien. Pero
sólo aparentemente. Fingía estar integrada porque para ella eso era mucho más sencillo que
destacar por reivindicar su derecho a negarse a ser una oveja más del rebaño. Sin embargo,
en su interior, una voz le decía que ella no había nacido para eso, que la vida es demasiado
valiosa para desperdiciarla sin hacer lo que de verdad quiere el corazón. Tener la sensación de
estar viviendo una vida que han diseñado otros era para Sofía un motivo de infelicidad. Guapa,
joven, con estudios y trabajo, —¿pero a qué espera esta niña para tener novio y casarse? —,
se preguntaban a menudo las amigas de su madre, las cuales habían sido criadas en una
permanente omisión de sus deseos, y habían asumido en una suerte de síndrome de
Estocolmo su destino, como una prueba palpable de que hacían lo correcto, sometiéndose a la
aprobación de otras personas como sistema de referencia en el que medir su valía. Sin
embargo, Juana, la madre de Sofía, con la sabiduría fruto de callar y observar durante toda una
vida, con esa comprensión de las cosas que no se aprende en los libros, percibía algo de forma
clara en los ojos de su hija: veía la tristeza, y eso era algo que la corroía por dentro, pues la
misión de toda madre no es que sus hijos se adapten a un patrón preestablecido superando lo
que ella no pudo lograr, en un intento de tener en persona ajena una segunda oportunidad. La
misión de toda madre es criar a sus hijos para que sean personas felices. Lo demás, es
secundario.
—Buenas noches mamá, vengo con alguien —, saludó Sofía entrando con Kolya, a
quien sujetaba por la cintura ayudando a su ya algo recuperada movilidad.
Juana salió del salón al recibidor, donde contempló la sorprendente e inusual escena.
Su hija venía con alguien a su casa. Alguien que apenas podía sostenerse.
—¡Pero hija! Cómo es que… —, acertó a decir Juana, en una primera reacción, algo
confusa.
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—¡Necesito tu ayuda, mamá. Calienta una de las latas de lentejas que tenemos… y
también necesito un filete de ternera poco hecho! —, le pidió Sofía a su madre, en un tono que
no dejaba lugar a la discusión.
—Pero… ¿Ahora? —, contestó la madre, todavía más perpleja.
—Hazlo, por favor. Te explicaré todo luego —, dijo Sofía.
Juana fue a la cocina aún sorprendida, pero sin dudas de que era lo que tenía que
hacer. Conocía muy bien a su hija, y jamás había hecho nada que no tuviera sentido. Confiaba
en ella plenamente.
—Hija, es hora de que me empieces a explicar —, dijo Juana portando en una bandeja
la comida que le había pedido su hija.
—Tienes razón mamá. Siento mucho todo este jaleo —, contestó Sofía.
—Lo siento mucho señora. Le prometo que en un par de horas me iré de aquí —, le
dijo Kolya a la madre de Sofía.
—¿Y tú eres…? —, preguntó Juana.
—Él es quien se va a comer ahora mismo esta comida —, dijo Sofía acomodando la
bandeja en las rodillas de Kolya, a quien había sentado en un sillón orejero que normalmente
utilizaba Juana para leer.
—Gracias Sofía, pero no tengo hambre —, respondió Kolya.
—Me da igual que no tengas hambre. Necesitas hierro, y en cantidades industriales. Tu
médula está produciendo glóbulos rojos, pero necesita materia prima, Kolya. Esto no es
comida, es lo que necesitas para recuperarte. Espero que tu estado vaya mejorando por horas
—, repuso Sofía.
—No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por mí. Estoy en deuda contigo —,
dijo Kolya al tiempo que empezaba a ingerir el necesario alimento.
—Mamá, él es Kolya, es un paciente del hospital que está siendo objeto de una
persecución injusta, y yo le he ayudado —.
—¿Un paciente objeto de una persecución…? —, preguntó Juana, aún sin hacerse una
verdadera composición de lugar de lo que estaba sucediendo.
—Sí. Lo verás en la tele. Hoy han intentado matarle —.
—¿Qué han intentado matarle? ¿Y qué pintas tú en eso? —, inquirió la madre,
preocupada por ver a su hija involucrada en un caso de intento de asesinato.
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—Mamá, Kolya es un científico cuya investigación puede salvar muchas vidas,
necesitaba la ayuda de alguien y he sentido que tenía que ayudarlo. Lo siento mamá, he hecho
lo que creía que tenía que hacer —.
—¿Por qué puede salvar muchas vidas su investigación, señor… Kolya? —, preguntó
Juana, ante la atenta mirada de Sofía, quien tampoco había tenido tiempo de preguntarse qué
hacía exactamente ese científico.
—No sé por qué razón, pero me ha tocado a mi hacer un descubrimiento que puede
cambiar la vida tal como la conocemos, no entiendo por qué yo… —, comenzó a explicar Kolya
con la mirada perdida en la inmóvil cuchara que sujetaba. Tenía la sensación de que él no era
el artífice de sus descubrimientos, sino que era simplemente el mensajero, el medio para que
algo ocurriera, pues era incapaz de controlar ni lo más mínimo los acontecimientos en los que
estaba involucrado. La vida se desarrollaba a su alrededor, y a través de su persona, sin
pedirle permiso. —Siempre he querido ser científico, investigador, como mi padre…—, continuó
Kolya, interrumpido por Juana, quien quería saber más acerca de ese hombre. Necesitaba la
información para proteger a su hija.
—¿Su padre era científico? —.
—Sí. Mi padre fue uno de los héroes de Chernobil —, contestó Kolya, evocando a
quien era su referente en la vida, aunque a penas lo recordara.
—¿Chernobil? ¿No fue ahí el accidente catastrófico en la central nuclear? —, preguntó
Sofía.
—Mi padre era físico nuclear —continuó Kolya—, y trabajaba en la central nuclear
ucraniana de Chernobil. Las instalaciones no estaban en buenas condiciones. En esa época y
en una empobrecida Ucrania no había dinero para las inversiones millonarias que necesita una
central nuclear para ser segura, aunque los científicos de la Unión Soviética siempre han
destacado por su profesionalidad y sacrificio, a pesar de lo que habitualmente sale en las
películas…
—Kolya, ¿murió allí tu padre? —, preguntó Juana, aunque ya sabía la respuesta.
—El veintiséis de abril de mil novecientos ochenta y seis ocurrió el accidente. La
energía nuclear se produce por reacciones de fisión de los átomos del combustible radiactivo, y
eso genera muchísimo calor. Estaban en un ejercicio de simulación de un corte de energía
eléctrica y algo falló. Se cortó la refrigeración del reactor cuatro y ello provocó la explosión y la
expulsión de material radiactivo. Mi padre no estaba ese día en la central. Lo llamaron a casa.
Le dio un beso a mi madre y salió para la central. Allí todo era un caos. Tras la explosión hubo
incendios simultáneos, fuga de material radiactivo y descontrol absoluto. Los trabajadores
especializados se reunieron para evaluar los daños y planificar las acciones a llevar a cabo. En
tan solo una hora de reunión todos estuvieron de acuerdo en una cosa: si bien el daño
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producido era colosal, debían a toda costa neutralizar el núcleo del reactor y seguir
refrigerando los demás reactores, o las proporciones de la catástrofe serían apocalípticas. Mi
padre reflexionó durante un rato y tomó la decisión más difícil de su vida, y por eso le admiro —
.
—¿Se quedó para ayudar? —, preguntó Sofía, con un nudo en la garganta de sólo
imaginar por lo que había pasado esa familia.
—Sí. Mi padre es uno de los treinta héroes de Chernobil. Sabían perfectamente que la
radiación era letal, no había escapatoria para una exposición tan brutal a los isótopos de yodo y
xenón en plena descomposición radiactiva. Lo sabían y se quedaron. Conservo una nota que
me dio mi tía. La escribió mi padre para mí, pero no me la entregaron hasta que fui mayor de
edad. Es muy simple pero refleja el tipo de persona que fue —continuó Kolya con lágrimas en
los ojos, a pesar de la frialdad de su carácter —, la nota dice: “Querido Kolya, hijo mío, espero
que leas esta nota cuando seas mayor, entonces sabrás lo que ha pasado aquí hoy. Debo
quedarme a pesar de todos los años que te estoy robando con mi decisión. El sacrificio no es
solo mío, es también tuyo. Sin embargo, con nuestro sacrificio salvaremos a centenares de
miles de vidas. Personas que jamás sabrán lo que hemos hecho por ellos, pero nosotros sí, y
debes estar orgulloso por ello. Jamás te culpes o te sientas mal por lo que ha pasado, lucha en
la vida y no olvides que el amor que siente tu padre por ti siempre te acompañará” —.
—Murió el doce de mayo de mil novecientos ochenta y seis, producto de una radiación
letal masiva —, concluyó Kolya.
Juana entendió que ese hombre era especial, que mientras que la mayoría de nosotros
vive una vida insustancial, rellena de momentos de presente, para ese muchacho, apenas un
niño, la vida tenía un sentido desde casi la fecha de su nacimiento. Vivía, como los demás,
sujeto a las leyes del día a día, pero una fuerza latía dentro de su corazón, una fuerza, la
fuerza del amor por su padre, que jamás podrían comprender los demás.
—Ahora entiendo que te hayas dedicado a la ciencia, pero escúchame bien aunque
apenas te conozca: no te culpes, tal como te dejó escrito tu padre —, le dijo Juana, en un
intento de proteger a aquel muchacho cuyo destino había sido tan cruel.
—No me culpo, señora, pero desde que tengo uso de razón he querido ser tan buen
científico como mi padre, y desde que conocí la nota que dejó, mi máxima aspiración ha sido
dedicar mi vida, a través de mi investigación, para beneficio de los demás. Quiero sumarme a
ellos, a los que dieron su vida por mejorar la de otros. De esa forma, cuando muera y me
encuentre con mi padre, le diré que yo también dejé un mundo mucho mejor que el que me
encontré al llegar —, dijo Kolya, recuperando la entereza.
—Y has encontrado la forma de hacerlo. Lo sé —, le dijo Sofía mirándolo a los ojos, en
un gesto de complicidad.
29
Kolya, esbozando una amplia sonrisa, con una mirada radiante, llena de luz, miró a
Sofía a los ojos y contestó lacónicamente: —Sí —.
—¿De qué se trata, Kolya? —, preguntó Sofía.
—Siempre que trato de explicarlo me cuesta hacerme entender, por eso os lo contaré
en la versión sencilla, prescindiendo de tecnicismos… —, respondió Kolya con el brillo en los
ojos que produce la emoción, fruto de haber obtenido un resultado tras miles de horas de
investigación. Él sabía que la mayoría de los investigadores podían pasarse toda una vida
investigando, sin resultados. Y por eso se consideraba un elegido.
—Sí, mejor —, dijo Sofía, pues sabía que el campo de la física cuántica es
especialmente complejo, y quería entender el objeto de toda aquella persecución.
—¿Conoces la teletransportación cuántica? —, preguntó Kolya, en un intento de
entender qué es lo que sabían de su trabajo las dos mujeres.
—No, no sé lo que es —, dijo Sofía.
—Yo sí —, comentó Juana, para sorpresa de su hija que la miró elevando las cejas.
—¿Tú sí mamá? —.
—Sí. No te sorprendas hija. Ha salido en todos los telediarios últimamente. Se trata de
que lanzan algo en una parte y aparece en otra automáticamente —, respondió Juana algo
divertida por la perplejidad de su hija.
—Algo así—, continuó Kolya —En realidad lo que se “lanza” no es materia sino un
estado, básicamente información. Somos capaces de enviar información de forma automática
de un lado a otro y cambiar la estructura de la materia que tenemos en un punto, llamémosle B,
actuando únicamente en un punto, llamémosle A, y sin correa de transmisión por medio —.
—¿Y qué se consigue con eso? —, preguntó Sofía.
—Pues verás, la mayoría de las investigaciones se centran en un uso futuro de dicha
propiedad, que es la de pasar información de un punto a otro, de forma instantánea y en una
escala subatómica. La aplicación en este campo puede cambiar por completo la computación
tal como la conocemos. Los ordenadores del futuro cercano tendrán una capacidad decenas de
miles de veces mayor que los actuales. Realmente es una rama interesantísima, pues eso hará
posible la tan ansiada, para algunos, singularidad —, siguió explicando Kolya.
—Yo ya me he perdido hijo —, dijo Juana.
—Sigue, ¿Qué es la singularidad? —, preguntó Sofía, a quien le producía mucha
curiosidad estos temas. Además, había encontrado en Kolya a alguien que se explicaba muy
bien.
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—Todos sabemos que los ordenadores tienen cada vez más capacidad, y dominan
más y más nuestro mundo. Cuando accedes a tu cuenta bancaria o cuando sacas una tarjeta
de embarque online, estás ya interactuando con una máquina, que puede poner límites a tus
acciones. En una escala pequeña, gobierna tu vida. La singularidad se producirá cuando el
nivel de los ordenadores sea miles de veces el actual superando la inteligencia humana y
tengamos que tratar con ellos de tú a tú —.
—¿De tú a tú? ¿Pero no programamos nosotros lo que ellos han de hacer? —,
preguntó Sofía.
—De momento sí, pero algún día ellos pueden tomar conciencia de sí mismos y
volverse contra su creador. Pero bueno, estamos divagando un poco —, dijo Kolya mientras
terminaba con la comida que le había traído Juana, como pez en el agua en los temas
científicos y técnicos, su verdadera pasión.
—Pero bueno, mi estudio no va por ahí. ¿Conoces la primera ley de la termodinámica?
—, preguntó Kolya.
—Pues no —, dijo Sofía, con una medio sonrisa, pues le pareció curioso que hiciera
una pregunta técnica como si estuviera preguntando sobre el horario del metro.
—Pues básicamente indica que si se realiza trabajo sobre un sistema, la energía del
sistema variará —, continuó Kolya.
—No te sigo —, dijo Sofía, haciendo todo el esfuerzo del que era capaz para entender
a Kolya.
—¿Has oído alguna vez que la energía no se crea ni se destruye, que solamente se
transforma? —, preguntó Kolya.
—Sí, eso sí —, contestó Sofía, retomando el hilo de la conversación.
—Pues eso significa que para obtener energía de un sistema hay que introducir
previamente energía en el sistema —.
—Pero la energía del petróleo…—, dijo Sofía.
—La energía del petróleo es energía proveniente de luz solar, captada por las plantas y
almacenada durante eones. El sueño de los científicos ha sido siempre obtener una máquina
de movimiento perpetuo, es decir, que no necesitara energía exterior para funcionar, sino que
su propia actividad produjera la energía que necesita. Pero eso es físicamente imposible. Sin
embargo…—, dijo Kolya sin terminar la frase a propósito.
—Sin embargo…—, dijo Sofía, instando a Kolya a continuar.
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—Pues que mi investigación tiene como resultado una máquina que produce más
energía que la que consume, aunque en realidad no la produce sino que la capta de las
estrellas para nuestro uso —.
—Mi tesis doctoral versaba sobre la teletransportación cuántica…, continuó Kolya,
interrumpido por Sofía, en un divertido gesto de niña mala.
—Así que eres un doctor… —.
Kolya captó la broma y siguió explicando en aquel ambiente distendido —En mi tesis
explicaba cómo mejorar la teletransportación de fotones, aporté algo a ese campo. Pero en mi
mente había una pregunta que no era capaz de resolver… en ese entonces —.
—¿Y es? —, preguntó Sofía, cada vez más intrigada.
—Al mover una partícula entrelazada, un fotón, se produce el movimiento de su otro
fotón hermano a pequeñísima escala, pero no se producía pérdida de energía en el sistema del
punto A. O mejor dicho, la energía entregada en el primer sistema es la misma que la que el
propio sistema emite en forma de calor. Me preguntaba cómo era posible que si el sistema A
no perdía energía, pudiera haber de repente energía cinética al moverse el fotón del sistema B.
Según mis cálculos, se producía un exceso de energía, y eso es imposible. El efecto es tan
insignificante que ningún investigador ha caído en esa cuenta. Entonces descubrí la respuesta.
Los fotones se alimentan de la energía de los neutrinos, que es infinitesimal, pero constante.
¿Me sigues? —, preguntó Kolya.
Sí —, mintió Sofía, esperando aclararse según avanzara la explicación.
—Normalmente los investigadores tratan de obtener records en cuanto a la distancia en
que pueden lograr mover fotones entrelazados, pero yo estaba investigando con distancias
cada vez más cortas. Lo que hice fue juntar mucho los fotones y moverlos a una velocidad
cada vez mayor, con lo que conseguí obtener energía liberada en el proceso —.
—¿O sea que pudiste obtener energía de ese experimento? —, preguntó Sofía.
—Realmente no. La cantidad era tan pequeña que no tenía aplicaciones en el mundo
real. Si bien la energía obtenida era insignificante, era una energía obtenida del universo, es
decir, una vez superado el coste energético de poner en marcha el sistema se podía capturar,
en teoría, una cantidad infinita de energía, pues con la propia energía obtenida se podría
alimentar el sistema. Es una energía inagotable, limpia, y gratis —, concluyó Kolya, con una
media sonrisa de satisfacción.
—¿Pero no tiene aplicación práctica, por el momento? ¿no? —, dijo Sofía.
La media sonrisa de Kolya se convirtió en una sonrisa amplia, exultante: —Sí, Sofía, sí
la tiene. Al hacer mi descubrimiento lo día a conocer en un artículo de la revista Science, en
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junio del año pasado. No pasó ni un mes cuando de repente me vi acosado por varias
instituciones de investigación del más alto nivel. Dos laboratorios en Europa, uno en Japón,
otro en China que ni siquiera sabía que existía, y dos en laboratorios en América me
presionaron para que desarrollara con ellos mi investigación. Fue muy estresante. Tenía
inclinación a trabajar con Sumio Lijima, a quien admiro por el descubrimiento de los nanotubos
de carbono. Casi me había decantado por trabajar con él en el Instituto Avanzado de
Nanotecnología de la Universidad de Sungkyunkwan, en Seúl, pero finalmente terminé
aceptando la oferta del Instituto Nacional de Nanotecnología, en California. Ellos fueron
quienes me lo pusieron más fácil, sólo tenía que coger un avión, que tenían a mi disposición en
la base aérea de Torrejón, aquí en Madrid, y el resto del papeleo estaba solucionado. Cuando
los americanos quieren algo, eliminan las barreras que hay por medio. Fue la forma más rápida
de quitarme de encima la presión. Ellos me dieron lo que les pedí, quería tranquilidad y un
buen centro para desarrollar mi idea. Me ofrecieron todo eso y más, así que cogí el avión —,
dijo Kolya, rememorando como si hubiera ocurrido hace un lustro, lo que había ocurrido apenas
seis meses antes.
—¿Y qué pasó entonces? —, preguntó Sofía, intentando hacer avanzar la increíble
historia de aquel hombre.
—Comencé a trabajar con ellos en julio. No me equivoqué de elección, Sofía. No
creerías el nivel de medios que tienen. Tenía gente trabajando para mí por la que sentía
verdadera admiración. Trabajamos duro, dormía incluso en una estancia habilitada para ello en
el edificio del Instituto. Llegué a la extenuación, pero no me importaba lo más mínimo, pues iba
a desarrollar para la humanidad un descubrimiento con aplicaciones increíbles. Imagina tener
toda la energía que quieras, prácticamente gratis. Podemos eliminar el hambre en el mundo,
Sofía. Por fin es posible. Podemos tener un mundo mejor en el que no se compita por los
recursos, y si se compite, al menos que la base sea la subsistencia completa, con agua,
alimentos y cobijo para todos. No hay derecho a que millones de personas vivan sin comida
que llevarse a la boca ni agua disponible, y sin posibilidad alguna de escapar de esa gran
trampa en la que se han visto metidos desde su nacimiento, mientras la minoría de la población
del planeta derrocha recursos. Todo eso podía cambiar. El desarrollo tecnológico iba a ser
importante para el futuro de la humanidad, control de enfermedades, modificación genética de
plantas y animales en nuestro provecho. Podemos cambiar el mundo —.
—¿Consiguieron desarrollar tu sistema a gran escala? —, preguntó Sofía.
—El gran reto era conseguir un sistema autoabastecido, es decir, que produjera más
energía que la que necesitaba para funcionar. Eso lo conseguimos en septiembre. En octubre
ya éramos capaces de producir cantidades apreciable de energía —, continuó Kolya —Yo
estaba en un estado de euforia, quería compartir con los demás aquello que iba a ser tan
importante para todos los habitantes del planeta. Publiqué un artículo explicando que mi idea
teórica del artículo publicado en junio tenía desarrollo práctico, y todas las maravillosas
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consecuencias que tendría dicha aplicación. Yo soy un científico, no un político, pero parece
ser que en las altas esferas mucha gente se puso muy nerviosa con mi descubrimiento.
Entonces la enviaron, y todo empezó a desvanecerse en una pesadilla dentro de otra pesadilla,
de la cual aún no he salido —.
—¿Enviaron a quién? —, preguntó Sofía.
—A Claire. Ella intentó matarme, pero no lo he sabido hasta ahora…—.
CAPÍTULO -5-.
El manos libres sacó al inspector Manrique de sus pensamientos. Nunca en su vida se
había visto envuelto en un caso tan extraño de intento de asesinato. Ramificaciones
internacionales, descubrimientos científicos de primer orden, la CIA…
“Tiene una llamada entrante de …’Ministerio’, diga aceptar o rechazar”, chisporrotearon
los altavoces del Seat Toledo del inspector camino de la Comisaría Centro. —Joder, el
Ministerio del Interior, esta sí que es buena —, pensó el inspector diciendo en voz alta la
palabra “aceptar” para que la telefonista de silicio le diera paso a la llamada.
—Soy Álvaro, ¿Qué coño está pasando, Manrique? —, dijo la voz enlatada al otro lado
de la línea.
—No lo sé Comandante, dígamelo Usted, porque esto está empezando a preocuparme
—, contestó Manrique.
—He recibido una llamada del Ministro —.
—¿Del Ministro? —, se sorprendió Manrique.
—Sí. ¿De qué carajo se trata Manrique? ¡Hay gente nerviosa por aquí! —, espetó el
comandante Álvaro Torres, enlace de la inteligencia española con el Gobierno.
—Me llamaron por un intento de asesinato en el Doce de Octubre. Al parecer la víctima
es un investigador del CSIC. No sé por qué han querido acabar con él, pero podría tratarse de
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alguna patente —, dijo el inspector, sabiendo que detrás de cada crimen, salvo los pasionales,
hay un conflicto de intereses. La pasión o la codicia. En este caso tocaba codicia. —Tengo al
científico bajo vigilancia policial —, continuó el inspector.
—¡Y una mierda bajo vigilancia! —, gritó el comandante, poco acostumbrado a no
tener las situaciones bajo control.
—¿Qué? —, contestó atónito el inspector, encendiendo nerviosamente un cigarrillo.
—¡Su hombre se fugó ayer por la noche del hospital! ¡Y va con él una enfermera! —.
—Yo no sabía… —, dijo el inspector, interrumpido por el comandante.
—¿No le han informado? ¿Así es como controla usted a su gente? —, inquirió irritado
el comandante.
—Van a rodar cabezas —, pensó el inspector, muy cabreado por la falta de diligencia
de sus subordinados.
—Voy camino de la comisaría comandante, le aseguro que voy a arreglar esta
situación —.
—¡Inspector, le voy a meter un paquete bien gordo como no resuelva este asunto!
Tiene a un agente de la CIA esperando en su despacho, el Ministerio quiere que le
dispensemos la máxima colaboración. No están las cosas como para tocarle los cojones a los
americanos. ¿Ha quedado claro? —, preguntó tajantemente el comandante Álvaro Torres.
—Sí señor. Clarísimo —, contestó el inspector Manrique, acatando plenamente la
jerarquía propia de su trabajo.
—¡Resuelva esto ya! —, gritó el comandante en una suerte de cacofonía metálica a
través de los altavoces. Sin dejar tiempo de respuesta al inspector, el comandante colgó el
teléfono.
El inspector aparcó su coche en el parking de la Comisaría Centro. Entró con paso
firme en el edificio beige de pequeñas ventanas de madera donde tenía su despacho.
—Buenos días Inspector —, saludó el agente que custodiaba la entrada.
El inspector Manrique no saludó. Ignorando el cartel que indicaba que por ley no se
podía fumar en aquél edificio se encendió su tercer cigarrillo desde que recibió la llamada del
comandante. Cogió el ascensor que lo dejó en la planta tercera, donde estaba la sección de
homicidios, donde él trabajaba. Su secretaria le salió al paso —Señor, tiene esperándole …, —
comentó la secretaria interrumpido bruscamente por su jefe.
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—¡Dígale al policía que estaba anoche en el hospital que venga inmediatamente! ¡Y
que traiga su placa y su pistola! —.
—Sí, señor —, respondió nerviosa la secretaria, quien jamás había visto a su jefe en
ese estado.
El inspector Manrique entró en su despacho, estirándose la americana del traje,
tratando de calmarse, plenamente consciente de la importancia que había adquirido todo
aquello. Al entrar vio a un hombre alto, pelirrojo, con el pelo muy corto, bastante corpulento y
vistiendo un traje gris que parecía de buena calidad, sentado en su silla, de espaldas a la
mesa, mirando por la ventana.
—Buenos días —, dijo el inspector al entrar.
—Buenos días —, contestó el agente, en un español pasable, al tiempo que se daba la
vuelta en la silla. Tenía el gesto serio, y las manos en ojiva, dibujando un triángulo, con los
dedos índice y corazón apoyados en la barbilla.
—Soy el agente especial Peter Smith-Jones. Trabajo para el Gobierno de los Estados
Unidos —.
—¿Tiene la CIA jurisdicción en España? —, preguntó el inspector lamentando
automáticamente su falta de tacto.
—Inspector —continuó el agente, —en nuestro país estamos investigando un caso que
nos preocupa bastante. La jurisdicción queda dentro de nuestras fronteras, pero nuestros
países son aliados. Sólo pedimos un poco de colaboración. Nuestros gobiernos trabajan
conjuntamente en muchas materias Señor Manrique, ¿o cómo cree usted que localizan a los
terroristas que capturan fuera de su país? —, contestó el agente, sin mover ni un músculo de la
cara ni alterarse lo más mínimo.
—Claro Sr. Smith, le ayudaré en lo que pueda —, respondió el inspector, tratando de
evaluar al agente, cuyo rostro pétreo daba lugar a pocas lecturas.
—Llámeme Peter —, dijo el agente, en un intento de ganarse la confianza del español.
—Bien, Peter ¿Qué desea saber? —, preguntó Manrique.
—¿Dónde está el señor Boronov? ¿Qué están haciendo para localizarlo? —, inquirió el
agente Smith-Jones.
—Verá señor Smith, …Peter. El señor Boronov ha sido objeto de un intento de
asesinato. ¿No cree que deberíamos centrarnos en el asesino y no en la víctima? —, preguntó
algo molesto el inspector Manrique. Debía colaborar, pero no veía a ese hombre como un
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superior. Ya les gustaría en los Estados Unidos tener un inspector de homicidios como él —
pensó —.
—Sí claro, estamos en ello —, contestó Smith-Jones con un gesto displicente.
—¿Están en ello? ¡Yo debería estar en ello! ¿No cree que deberíamos intercambiar
información, señor Smith? —, protestó el inspector.
—Inspector, tenemos información clasificada de seguridad nacional que no puedo
compartir con Usted. Según las informaciones de que dispongo, no volverán a intentar atentar
contra la vida del señor Boronov —.
—¿Qué informaciones, agente? ¿Quién intentó matarlo? —, preguntó el inspector,
tratando de controlarse.
—Ya le he dicho que es información reservada. Lo mejor, inspector, es que terminemos
con esto cuanto antes. Queremos proteger al señor Boronov, y para ello tenemos que
encontrarlo —, dijo el agente de la CIA sin perder ni un ápice la compostura. Era uno de esos
tipos que sería capaz de pasar el detector de mentiras en una situación altamente estresante.
Sin duda, los entrenaban bien —pensó el inspector —.
—Lo único que sé es que no está en el hospital, y que han intentado asesinarlo por
algún asunto relacionado con su investigación científica —, dijo el inspector callándose
deliberadamente la información que había obtenido de su charla con el profesor Gámez.
Aquello no le olía bien, y aunque estuviera su puesto en juego, su sentido de la ética y su
intuición le decían que no colaboraría con aquel tipo salvo que tuviera claro que el ciudadano
español Boronov estaría a salvo.
—Inspector, como Usted ha dicho, no tenemos jurisdicción para perseguir a un
sospechoso en otro país, pero creo que está informado de que nuestros gobiernos esperan la
máxima colaboración entre nosotros, así que busque inmediatamente al señor Boronov, por su
propia seguridad —, ordenó el agente, satisfecho con su primera toma de contacto con el
Inspector. Si la petición no funcionaba, ya pasarían a otro nivel de presión.
—¿Sospechoso… ? —pensó el inspector.
—De acuerdo Peter, voy a mandar dos patrullas inmediatamente. Le informaré en
cuanto tenga localizado al señor Boronov. Déjelo de mi mano —, dijo el inspector, quien
también había iniciado el juego de ganarse la confianza del agente. Se dio cuenta de que en el
tablero se estaba desarrollando una partida compleja, y debía ocultar de inmediato cualquier
pensamiento o sentimiento y actuar estratégicamente.
—Gracias inspector. Confío en Usted —, dijo finalmente el agente, en un tono sereno.
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El inspector llamó a dos de sus mejores hombres y les encargó la tarea de localizar al
científico y a la enfermera. Había que adelantarse y conocer cuanto antes el paradero de los
dos jóvenes. Cuando los agentes se disponían a salir del despacho del inspector, éste les dio
una última orden de forma tajante:
—Cualquier avance en la investigación, me lo comunican en mi móvil personal —.
—¿No quiere que le llamemos al móvil de trabajo? —, preguntó extrañado uno de los
dos agentes de paisano que intervendrían en la operación.
—Ni al de trabajo ni a la oficina. ¿Cuántos años llevamos trabajando juntos? —,
preguntó el inspector a sus subordinados.
—Muchos, Inspector —, dijo uno de los agentes de policía.
—¿Confían en mí? —, preguntó el inspector.
—Inspector, nos hemos jugado el tipo juntos. ¿En qué otra persona íbamos a confiar?
—, respondió el otro agente.
—Bien muchachos. Mucho cuidado ahí fuera —.
CAPÍTULO -6-.
La noche, con su frío y oscuro manto, fue suavizando el frenético ritmo de la ciudad.
Los dos grados centígrados que marcaban los termómetros en la calle invitaban a la gente a
llegar a su casa cuanto antes al finalizar esa jornada de nueve de enero. El ruido de la vecina
calle de La Princesa pronto daría paso a una irreconocible calle, en silencio, como si la propia
ciudad necesitara su descanso para afrontar el día siguiente en un eterno ciclo de día y noche,
actividad y descanso, personas imbuidas en la prisa de sus propias preocupaciones y personas
nocturnas, sombras que viven más allá del propio sistema, que huyen de él y se alimentan de
los subproductos que el gran monstruo deja caer de su gran saco de codicia, lleno de agujeros.
Sobre las once de la noche, y tras varias horas de conversación, Juana entendió que ya era
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hora de que los chicos descansaran. Por la mañana acudiría a la policía y todo quedaría
resuelto. Su hija había actuado por un impulso, quiso ayudar a una persona con problemas y
todo eso estaba bien, pero ya era hora de poner en orden las cosas, de evitar que aquella sana
locura de su hija fuera más allá.
—Es tarde Kolya. Necesitas descansar y recuperar fuerzas. Puedes quedarte en el
sillón-cama del salón. En seguida te traigo la ropa de cama y un par de mantas. Mañana
aclararemos todo esto con la policía, ya verás como todo se arregla. Ahora descansa —, dijo
Juana levantándose para traer la ropa de cama para que descansara el muchacho.
—Doña Juana, es usted muy amable, no me extraña que su hija sea una gran persona,
tiene buena maestra —, dijo Kolya con la mirada de aprobación de Sofía que sabía que un
gesto de reconocimiento a su madre era justo, que siempre había estado ahí para ella, dando
lo mejor de sí y sin pedir nada a cambio.
—Pues venga, a descansar —, dijo apresuradamente Juana, algo incómoda, a quien
nunca habían enseñado a recibir un halago o recompensa. Su educación en la cultura del
sacrificio no le permitía pararse en mitad del camino, mirar hacia atrás y simplemente disfrutar
de lo conseguido. Sin más.
—Doña Juana, Sofía, gracias. Estoy en deuda con vosotras, espero algún día
devolveros el favor. Ya me encuentro algo mejor, tenías razón, Sofía, mi cuerpo debe estar
generando glóbulos rojos por minutos, creo que ya puedo caminar por mí mismo. No quiero
causaros más inconvenientes. Debo irme —, contestó Kolya, con la serenidad en el rostro que
aquellas mujeres le proporcionaban. Se sentía sereno, en calma, a pesar de que sabía que lo
peor estaba por llegar. Estaba inmerso en un juego de suma cero, no tenía ninguna duda. O
eliminaba la amenaza o sería eliminado por ella.
—¿Qué? —, dijo Sofía, —¿A estas horas? —.
—Sí, Sofía. Para la gente que me persigue la policía no es un obstáculo. Debo
conseguir suficientes pruebas de lo que está pasando y luego lanzar la información a los cuatro
vientos. Lo único que puede protegerme es una reacción global y la máxima difusión de todo lo
ocurrido y de la nueva capacidad de la humanidad para resolver sus problemas. Si no lo
consigo, me temo que mi investigación se quedará en un cajón por mucho mucho tiempo,
quizás para siempre. Necesito solo dos pequeños favores, —continuó Kolya —, una gran taza
de café caliente y que llames a un taxi. Tengo que ir al aeropuerto —.
—¿A dónde irás? —, preguntó Sofía, quien había entendido perfectamente que aquel
científico estaba en un verdadero atolladero, pero cuya brillantez le había hecho diseñar un
plan de escape. Sí, tenía que irse si quería tener una oportunidad.
—A los Estados Unidos. Necesito conseguir pruebas de mi investigación. Con mi sola
palabra no me creerán. Allí tengo algunos conocidos de confianza. Me ayudarán. En cuanto a
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ti, puedes decir a la policía que te amenacé con una jeringuilla, no quiero que tengas
problemas por haberme ayudado. Lo mencionaré en la versión que daré de todo esto —.
A pesar de la frialdad del carácter de Kolya y de la natural desconfianza de Sofía, se
fundieron en un abrazo tan fuerte como inevitable. Su destino estaba sellado por fuerzas tan
fuertes y desconocidas como las que gobernaban el resto de los fenómenos del mundo que
Kolya investigaba de forma racional.
—Mamá, me voy con él —, le dijo Sofía a su madre con lágrimas en los ojos. El amor
que sentía por su madre le partía el corazón en ese momento, pero por una vez en su vida
tenía la inconmensurable sensación de hacer lo que ella quería hacer, no lo que los demás
deseaban.
Juana se quedó sin palabras, dándole vueltas al anillo que tenía en el anular de su
mano izquierda. Con lágrimas en los ojos y también con la determinación que la intuición tiene
sobre la razón, dijo, para sorpresa de Sofía:
—Hija mía, jamás he visto esa mirada en ti, jamás te había visto así. Siempre has sido
una buena hija y una excelente persona, pero no has sido feliz. Eso lo sé. Sí, debes irte y
descubrir aquello que llena tu corazón, y no pares de buscarlo hasta que lo consigas. No
cometas el error que yo he cometido y que casi te obligo a cometer. Lucha por aquello que
haga brillar tus ojos, y no mires atrás. No escuches a los demás intentando proyectar en ti sus
propios miedos. Te quiero con todo mi corazón, hija. Debes irte —.
Madre e hija se fundieron en un abrazo que las llevó más allá del espacio y del tiempo.
—Sofía… —, interrumpió Kolya.
—Dime —, contestó Sofía aún con lágrimas en los ojos.
—Coge todo el dinero en efectivo que tengas, nos hará falta. Te lo devolveré con
creces —, dijo Kolya.
—En efectivo… No tengo gran cosa —, dijo Sofía más bien pensando en alto,
moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Hija, el que guarda siempre tiene —, dijo Juana, portando una caja de zapatos con
varios sobres de billetes. —Coge el dinero, siempre lo he guardado por si algún día estábamos
en dificultades. Hoy es el día —, sentenció.
Sobre las doce y media de la noche llegaron al aeropuerto de Madrid Barajas. La noche
daba un aspecto inusual a la gigantesca instalación. Normalmente el tráfico y el trasiego de
gente inundaba el ambiente, cargado de decibelios y de prisas, de vendedores de tarjetas de
crédito, empaquetadores de maletas en plástico, policías paseando y miles de pasajeros
acostumbrados al roce y a la cercanía de los demás ignorando por necesidad que se está
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invadiendo su espacio vital personal. Sin embargo, a esa hora, lo más ruidoso que se podía
escuchar eran las intrascendentes conversaciones de los taxistas, en la interminable cola de
coches esperando como el maná a los miles de turistas que llegan cada día a la capital. En la
zona de salida de vuelos internacionales había algo más movimiento, decenas de personas
zombies iban y venían sin expresión en el rostro con el único objetivo de trasladarse cuanto
antes al lugar de destino, donde recuperarían como por arte de magia su vitalidad. Kolya y
Sofía recorrieron las ventanillas de los mostradores de aerolíneas con vuelo directo a los
Estados Unidos, hasta que encontraron un vuelo de United Airlines que saldría en una hora, sin
escalas, directo a Nueva York.
—¿Vamos a Nueva York, Kolya? ¿No trabajas en California? —, preguntó Sofía,
extrañada pero con plena confianza en el hombre al que estaba acompañando.
—No tenemos tiempo Sofía. El vuelo a Los Ángeles tarda doce horas más escalas, así
que lo más seguro es que tengamos a la policía o a alguien peor esperándonos en la escalerilla
del avión. Si vamos a Nueva York, tenemos una oportunidad de que comprueben los listados
del aeropuerto mañana por la mañana, y nosotros ya estaremos fuera del aeropuerto JFK. Allí
alquilaremos un coche y pondremos rumbo a California. ¿No te apetece hacer la ruta 66? —,
bromeó Kolya para relajar la tensión de su compañera y, en tan corto espacio de tiempo, buena
amiga.
Sofía simplemente le miró con una sonrisa cansada. Iría donde él le dijera.
—¿Cuánto tardaremos hasta Nueva York? —, preguntó Sofía.
—Unas seis o siete horas. El vuelo sale a la una y media, así que estaremos allí a las
ocho y media hora española, dos y media hora de la Costa Este. Una hora excelente para
iniciar el camino. Nos dirigiremos al Estado de Pennsylvania, no quiero hacer una ruta directa.
Allí descansaremos en algún motel donde no pidan registrarse. Necesitamos recuperar fuerzas
y jugar esta partida en las mejores condiciones posibles —, contestó Kolya, cuya mente ya
funcionaba al cien por cien. Estudiaba la estrategia como un buen ajedrecista, juego que
dominaba a la perfección, pues había llegado al grado de Maestro cuando jugaba en el equipo
de la Universidad. Estaba realizando una buena apertura, descansar y reponer fuerzas era una
buena forma de dominar el centro del tablero, y a partir de ahí no sólo tendría que tener en
cuenta sus movimientos, sino observar detenidamente los movimientos de su oponente.
Debería obtener la máxima información posible sin ser detectado.
—Veo que lo tienes todo controlado… —, dijo Sofía.
—Eso intento —, dijo Kolya, mirándola con un gesto de cariño, de protección.
—Pero hay algo en lo que no has pensado —, comentó Sofía con evidente
preocupación.
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—¿El qué? —, quiso saber Kolya.
—No tenemos visado. No saldremos nunca del Aeropuerto —, dijo Sofía.
Kolya la miró con una sonrisa que le transmitió confianza, a pesar de que la situación
legal de ella no estaría nada clara cuando llegaran a los EEUU. Le puso la mano en el hombro
y le dijo:
—Sofía, tengo una tarjeta especial de investigador científico de primer orden. Trabajo
en un Instituto Nacional de Investigación dirigiendo un proyecto y eso me da ciertos derechos.
No sé lo que tendrá mi tarjeta, pero cada vez que me ha parado la policía por algo, me han
tratado como a una celebridad. Una vez me paró la policía en control que había en una
carretera tras un accidente, todo estaba atascado, y al ver mi estatus, me escoltaron con un
coche patrulla hasta dejarme más allá de donde había ocurrido el accidente. Diremos que eres
mi novia y estamos de visita turística a Nueva York. Ellos tienen una base de datos y podrán
comprobar que no estás en ella como una amenaza. Conozco ese país, trabajo en un asunto
de importancia nacional, no nos pondrán pegas. Además, compré el billete de ida y vuelta para
darles la confianza de que es un viaje turístico —, argumentó Kolya.
—Pues sí que está en todo —, pensó Sofía, asintiendo sin dejar de sorprenderse de la
creciente demostración de capacidad de Kolya.
El Boeing 747 gris de United Airlines despegó por la pista dos del aeropuerto de Madrid
Barajas a la una treinta hora de Madrid. Kolya solicitó a una de las azafatas en un perfecto
inglés una manta y una almohada para Sofía. También pidió unos folios y un bolígrafo.
Mientras ella dormía, él prepararía su estrategia en un esquema de diagramas y símbolos,
controlando todas las variables, todas sus opciones. Por sí mismo, por el amor que tenía por su
padre, por el bien de los habitantes del planeta, no debía pensar en el cansancio o en el precio
que debía pagar. Iba a demostrar que se habían equivocado de oponente. Y lo iban a pagar
caro…
La azafata le trajo todo lo que había pedido. Las luces del avión se atenuaron para que
los pasajeros pudieran descansar. Kolya, encendió su luz de lectura, arropó a su compañera y
en un gesto de protección le dio un beso en la frente.
—Descansa Sofi —.
42
CAPÍTULO -7-.
El Citroën C4 del profesor Gámez avanzaba suavemente por la Autovía de Colmenar.
En la radio estaba sintonizada Radio Clásica de Radio Nacional de España. La música
armoniosa y la cadencia de voz propia de los locutores de esa cadena hacía del coche un
ambiente perfecto donde relajarse. Al contrario que la mayoría de los conductores que cogen
sus vehículos directos al estrés del tráfico al final de una jornada de trabajo, para el profesor
Gámez, conducir hasta su casa era uno de los mejores momentos del día. Le gustaba
especialmente esa hora de la tarde de invierno para conducir, en la que el nivel de luz permite
una visión relajada de la carretera. Estaba orgulloso de todo lo que había conseguido en la
vida, y ya era hora de recoger frutos. Por esa razón, se había hecho la promesa de disfrutar
cada momento de lo que le quedara de vida. Cada minuto, cada detalle, podía pasar
desapercibido, o ser una fuente de placer. Eso lo sabía bien. A pesar de haber llegado a ser
investigador y profesor universitario, nunca lo tuvo fácil. Su familia, de condición humilde, había
multiplicado las viandas para que todos salieran adelante. No le faltó el alimento ni el cariño,
pero hasta que empezó a ganar un sueldo, casi llegado a la treintena, no pudo permitirse jamás
ningún capricho. Quizá por eso disfrutaba tanto de lo que tenía, pasaba la mano por el volante
de cuero de su coche y dejaba en suspenso durante una fracción de segundo los demás
sentidos para permitir que el tacto del cuero llenara su cerebro con la cálida sensación. El
imponente cuadro de instrumentos del Citroën también era un motivo de disfrute del sentido de
la vista, para su mente labrada a fuerza de cálculos, las diversas pantallas digitales
ofreciéndole toda esa información constituían una visión futurista, inimaginable veinte años
antes. La mayoría de la gente se acostumbra a los cambios sin darle importancia, pero él no.
Las privaciones de sus años de infancia y juventud formaban parte de su persona, tanto como
su propia piel.
El trayecto desde el Instituto de Microelectrónica de Madrid tan solo le tomaba quince o
veinte minutos hasta llegar a la localidad de Colmenar Viejo, donde residía. Una de esas
ciudades dormitorio llena de urbanizaciones cerradas, rectangulares, con piscina en el centro y
numerosos parques y plazas. Para mucha gente, vivir en una de las ciudades que rodean a la
gran urbe es una necesidad, salir del monstruo de las mil caras, y pasear por lo que más bien
parece un pueblo o una ciudad pequeña es una forma de desconectar mentalmente de un
estilo de vida para el que biológicamente no estamos adaptados. La evolución se toma su
tiempo para adaptarse a los cambios, pero nuestra capacidad tecnológica y de organización
social no están por la labor de esperar a nadie. Vivimos permanentemente fuera de nuestro
medio, como un tigre en un chalet de un millonario, tan elegante como absurdo.
43
Tras aparcar su coche, el profesor Gámez se dirigió como cada tarde a la Panadería,
como él la llamaba, aunque tuviera un cartel con las palabras “Boutique del Pan”. Dentro de
poco a las farmacias las llamarían “Resort del Medicamento”, o algo peor —pensaba el
profesor —.
—Buenas tardes, póngame dos panes, uno normal y otro integral, por favor —, pidió a
la dependienta con la boca hecha agua debido a los olores provenientes del obrador.
—En seguida profesor —, respondió la chica. El profesor era conocido y respetado en
su barrio.
Al salir a la calle, con el pan recién horneado, el profesor Gámez fue abordado por un
hombre pintoresco, sus rasgos ligeramente asiáticos, el pelo castaño y su sobrepeso le
conferían un aspecto singular.
—Buenas tardes, profesor —, dijo el desconocido caminando al lado del profesor, con
una gran sonrisa en su cara de bonachón.
—¿Y usted es? —, preguntó el profesor.
—Solo un amigo que desea invitarle a una tapa —.
Los años y la experiencia dan a las personas la capacidad reflexiva para escuchar y
pensar antes de actuar. Hace veinte años, el profesor hubiera mandado al desconocido a hacer
gárgaras, pero no ahora. No en estas circunstancias.
—Gracias, pero no. Tengo cena en casa —, respondió el profesor, en un tono lo más
neutro posible, sin hacer preguntas, ignorando totalmente lo extraño de la proposición.
—Venga, profesor, será media hora a lo sumo. Además invito yo —, dijo el hombre de
nuevo con una sonrisa de bonachón.
—No tengo costumbre de cenar con desconocidos Señor… —.
—Pribilof, Mijail Pribilof. No somos desconocidos profesor…—.
—¿No somos desconocidos? Yo creo que sí Señor Pribilof —, señaló el profesor.
—Bueno, me acabo de presentar, ya me conoce. Trabajo para el Gobierno Ruso,
profesor. Nosotros velamos por la seguridad de nuestros compatriotas en el extranjero. Me
gustaría hablar un rato sobre Nikolay Yurievich Boronov. Es una de nuestras mentes más
brillantes y solo queremos saber que está bien, quizá la Patria Rusa lo necesite algún día.
Además yo también le conozco a Usted. Profesor Alberto Gámez, hijo de una familia con cuatro
hermanos, estudió en la Casa de los Niños de Valdemorillo, sin destacar a penas, luego pasó
al Instituto Público de Carabanchel Alto. Empezó a interesarse por la ciencia leyendo libros de
divulgación científica todas las tardes en el parque anexo a la antigua Cárcel de Carabanchel
44
que sacaba de la biblioteca municipal. Imaginaba un futuro mejor para sí mismo y mientras
otros muchachos de su quinta tenían la cabeza puesta en la diversión propia de la juventud,
usted pasaba los fines de semana estudiando más y más. Le admiro, profesor, los rusos
tenemos también ese espíritu de lucha que sólo nace de la adversidad. Pasó a la Universidad
con una nota de nueve con seis y entró en la Facultad de Física de la Universidad
Complutense, donde obtuvo una nota media de sobresaliente con dieciséis matrículas de
Honor. ¡Guau, profesor, un carrerón! —, continuó el ruso en un tono cordial, amable, y sin
perder nunca su sempiterna sonrisa —. Antes de acabar la carrera ya lo querían en el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas. Una vez allí, se dedicó a publicar febrilmente artículos,
buscando quizá un premio importante o el acceso a una Universidad Americana, como alguna
vez ha dejado caer en alguna entrevista. Casado y sin hijos, lleva una vida tranquila, quizás
demasiado tranquila para su valía y sus aspiraciones, ¿ve como nos conocemos, profesor? —,
concluyó Pribilof, antiguo agente del KGB, actualmente al servicio del SVR, el Servicio de
Inteligencia Extranjera de Rusia. Aunque dotado de una gran inteligencia, al agente Pribilof lo
que en realidad le motivaba era vivir bien, por eso decidió cambiar la fría sede de Yasenevo, en
Moscú, donde en invierno se alcanzan fácilmente temperaturas de menos treinta grados, y a
penas se distinguen los edificios semicirculares del SVR de los árboles cercanos debido a la
nieve, por un destino mucho más cálido. Hacía ya muchos años que había descubierto España.
Su paisaje, su sol y sobre todo su gastronomía eran su verdadero “leit motiv”. Además,
curiosamente el ruso tenía rasgos de carácter latino, le encantaba la fiesta, la siesta y
relacionarse con los demás, puede que producto de su sangre tártara en parte turca, en parte
mongola, en parte rusa. Definitivamente era uno de esas personas universales, que se adaptan
con facilidad a cualquier lugar, especialmente con buen clima y buena gastronomía. Sin
embargo, dentro de su corazón latía fuertemente su patria, y si bien era dado a la buena vida,
su extraordinaria inteligencia y su carácter tranquilo lo convertían en una de las personas más
fiables para el gobierno del Kremlin.
Ante tal despliegue de datos, el cual era sólo la punta del iceberg de lo que ese hombre
sabía, el sentido común del profesor le indicaba que sería mucho peor adoptar una actitud de
oposición. Cuanto antes contestara sus preguntas, antes le dejaría en paz. Además, no tenía
mucho que decir…
—Le concedo media hora, señor Pribilof. Estoy cansado y quiero llegar a mi casa —,
dijo finalmente el profesor.
—Claro profesor, todos tenemos derecho al descanso. ¿Dónde se puede comer algo
por aquí? —, preguntó el agente ruso.
—Da igual señor Pribilof… —.
—Por favor, llámeme Mijail. Al fin y al cabo ya nos conocemos —, dijo el agente.
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—Como quiera, Mijail. Hay un restaurante japonés aquí mismo. En la esquina. —,
respondió el profesor, con la mayor naturalidad posible.
—¿Japonés? ¿Es que quiere que coma el pescado crudo? Profesor, prefiero unos
buenos fogones. Además, como ve, adoro la dieta mediterránea —, bromeó Pribilof, haciendo
círculos con su mano en su bien alimentada barriga.
—Hay un asador castellano y una taberna vasca por aquí cerca. Elija usted —, dijo el
profesor.
—Asador castellano y taberna vasca, me pone usted ante uno de los mayores dilemas
a los que me he enfrentado —, dijo el agente ruso con un gesto serio por primera vez. La
elección de la comida en absoluto se subordinaba en su escala de valores a cualquier otra
ocupación. —¡Venga, atrevámonos con los pintxos hoy! —, dijo Pribilof recuperando de nuevo
la sonrisa, tras resolver su acertijo culinario.
La actitud del agente tenía totalmente desconcertado al profesor. Se suponía que un
agente del Servicio de Inteligencia sería alguien más serio, más centrado. Sin embargo, el
trabajo de documentación había sido impecable. Le respondería a unas cuantas preguntas y se
iría a casa. El agente no parecía alguien de quién preocuparse. Comenzó a relajarse un poco.
Tras andar tres manzanas entraron en la taberna vasca Monte Igueldo. Habían cogido
un poco de frío en la calle, y al traspasar la doble puerta de madera y cristal agradecieron la
calidez del local. Suelos de madera, paredes blancas con acabado rústico, mesas hechas con
antiguos toneles de vino y ruedas de carreta como lámparas, con bombillas imitando a velas,
generando una mortecina luz amarilla. El local tenía bastante movimiento, y a duras penas
lograron conseguir una mesa-tonel vacía. Con cada nuevo cliente, los decibelios del local
aumentaban, pues en cada mesa se hablaba aún más alto que en la de al lado para poder
entenderse. Eso molestaba al profesor, pero el agente Pribilof estaba encantado, no dejaba de
mirar para todos lados como un niño en Disneylandia. Hasta la madrileña costumbre de arrojar
al suelo las servilletas le gustaba, confería al local un aspecto de taberna marinera, con los
camareros abriéndose paso empujando a la gente y gritando los pinchos calientes que iban
saliendo de la cocina. La taberna estaba desordenada, abarrotada, llena de ruidos, repleta de
pintxos. Era perfecta.
No opinaba lo mismo el profesor, incómodo por aquél caos. El frío de la calle hacía que
los clientes buscaran algún sitio cálido para tomar algo antes de llegar a su casa. Romper el
ciclo casa-trabajo de vez en cuando era una válvula de escape, un subterfugio de la mente
para no tener que pararse a preguntar por qué llevaban esa vida de esclavos, y sobre todo,
para no preguntarse si tendrían los arrestos suficientes para romper la cadena y vivir, aunque
el precio fuera alto, porque ¿no era alto el precio que pagaban en la actualidad por mantenerse
en el acomodado rebaño camino del matadero?
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En un primer momento, al profesor se le ocurrió cambiar de sitio, pero se dio cuenta de
que el ruido protegía la confidencialidad de sus palabras, así que se dispuso a pedir para
acabar cuanto antes.
Agente, le recomiendo que…
El agente Pribilof no estaba en la mesa, había desaparecido de la vista. El profesor se
puso en estado de alerta ya que no veía al ruso por ningún lado. Se irguió para comprobar que
efectivamente, se había quedado solo. Se quedó unos instantes sin saber qué hacer hasta que
vio un codo que se abría paso desde la barra, aquél hombre con sobrepeso luchaba por abrirse
paso entre la gente sin tirar nada de lo que llevaba en las manos, para ello utilizaba su cuerpo,
y caminaba de espaldas, para proteger el plato. En una mano llevaba dos vasos de txacoli
cogiéndolos por arriba, con los dedos dentro de la bebida, y en la otra mano portaba un plato
lleno de pintxos vascos variados, a cual más suculento. Depositó los vasos en la mesa y
acercó uno de ellos al profesor.
—Veo que ya ha pedido por los dos, Mijail —, dijo el profesor elevando el labio superior
y las cejas, y moviendo la cabeza de arriba a abajo, en un gesto de reconocimiento por la
tenacidad del ruso.
—Este es mi plato. Solo le he traído la bebida —, dijo serio el agente.
El profesor se quedó mirándolo, de nuevo perplejo por la reacción de un supuesto
agente de inteligencia, sin decir nada.
—Es que no sabía cuáles le iban a gustar —, intentó disculparse el agente ruso,
encogiendo los hombros, pero sin acercar ni un milímetro su plato al profesor.
—Está bien, agente. Pediré alguno de los que sacan los camareros. ¿Dígame, qué
desea saber? —, contestó el profesor.
—¿Qué relación tiene con el ciudadano Nikolay, profesor? —, preguntó el agente sin
dejar de mirar el pincho de tomate y jamón serrano, coronado con un huevo de codorniz y
diminutas hojas de perejil fresco, que se estaba metiendo en la boca.
—Superviso sus investigaciones. Le he ayudado desde la época universitaria, para mí
es como un hijo —, contestó el profesor.
—¿Diría Usted que Nikolay es un buen científico? —.
—Sí. Lo es —, dijo el profesor Gámez.
—¿Lo cree Usted porque lo tutela o por la calidad de sus publicaciones? —, quiso
saber el agente.
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—La calidad de sus publicaciones le ha dado fama mundial, agente. Se ha convertido
en una celebridad dentro del mundo científico, especialmente en dos campos que van a
convertirse en la palanca de cambio del mundo en este siglo —, contestó el profesor.
—¿Y esos campos son? —, inquirió el agente, sin perder la sonrisa y sin dejar de
atender sus recién adquiridos tesoros gastronómicos.
—La nanociencia. El ser humano ha adquirido recientemente la capacidad de modificar
la estructura misma de la materia, tanto de la materia inerte como de la materia animada.
Cambio de estructura implica cambio de propiedades. La naturaleza ha tardado millones de
años en perfeccionarse, agente, pero nosotros hacemos distintas pruebas cada día.
Tardaremos muy poco en modificar el mundo que nos rodea, para bien o para mal. El otro
campo que va a resultar crucial para el ser humano en este siglo es el de la energía. Los
combustibles fósiles nos han permitido avanzar más en los últimos doscientos años que en los
diez mil años anteriores. Multiplicamos nuestras capacidades usando máquinas, pero las
máquinas necesitan energía, y la energía que utilizamos actualmente tiene los años contados.
Kolya investiga el desarrollo de nuevas energías —, concluyó el profesor. Por el momento, las
preguntas parecían bastante normales. Demasiado normales.
—Qué interesante profesor. Nikolay trabaja ahora en los Estados Unidos, ¿no? —,
quiso saber el ruso.
De nuevo una pregunta cuya respuesta ya conocía quién la formulaba. —Así es —,
contestó el profesor.
—Profesor, me pregunto por qué no le sorprende el hecho de que un agente del
Gobierno Ruso le esté haciendo preguntas después de que un agente del Gobierno Español le
haya interrogado en su despacho —, preguntó Pribilof, quien quería mover un poco el árbol a
ver de qué calidad estaban hechas las nueces.
—Bueno …agente. El inspector que vino el otro día a mi despacho me explicó que
Kolya había recibido algún tipo de amenaza. —.
—¿Qué tipo de amenaza, profesor? —, inquirió Pribilof.
—No lo sé —.
—Haga un esfuerzo y dígame, ¿por qué cree que intentarían hacerle daño a Nikolay,
profesor? —.
—Supongo que tendrá que ver con sus investigaciones —, dijo parcamente el profesor.
—¿Tiene Usted acceso a las investigaciones de Nikolay? ¿Las comparte él con Usted?
—, preguntó el agente.
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—No —, mintió el profesor.
—¿Le gustan los Estados Unidos, profesor? —.
—Bueno, es un país de mucha investigación, pero también se investiga en Europa —,
contestó el profesor, algo más incómodo cada vez, evaluando la forma de terminar con aquella
conversación. El ruso se estaba convirtiendo de repente en alguien con poco tacto, pero no
estaba seguro de si él estaba en una situación de fuerza favorable, o le convenía una actitud
de sumisión y espera.
—Así que Usted tiene sus propias investigaciones aquí en España, y está un poco
desconectado del trabajo de nuestro compatriota Nikolay, ¿no? —, preguntó el ruso, mirando
fijamente a los ojos al profesor, pero manteniendo la calma.
—Sí claro, yo publico mis propias investigaciones —, contestó dubitativo el profesor,
incapaz de sostener la mirada.
—Verá profesor, yo soy un hombre tranquilo. Me gusta la buena comida y me gusta
dormir bien, pero últimamente tengo ardores de estómago y no descanso como debería,
¿quiere saber por qué? —, dijo el ruso.
El profesor no dijo nada. Esperó a que continuara el ruso, intentando apaciguar la
desagradable sensación que la adrenalina que empezaba a recorrer su cuerpo le producía.
—No duermo, profesor —continuó el agente ruso— porque hay un montón de gente
que se está poniendo nerviosa con este asunto de nuestro amigo Nikolay, y esa gente de la
que le hablo no son mis compañeros del Servicio de Inteligencia Extranjera ruso, son gente del
Spetsnaz, el cuerpo de élite del ejército ruso, profesor. Pueden hacer cualquier cosa, donde
quieran y con quien quieran. Si alguna vez se ve amordazado dentro de un avión Antonov
saliendo del espacio aéreo español, le doy un consejo de corazón, trate de matarse antes de
tomar tierra. Les tengo que dar respuestas, profesor, y Usted me las va a proporcionar todas.
Una detrás de otra. Así que empiece a contarme por qué carajo envía la información que
comparte Nikolay con Usted a una persona de contacto en los Estados Unidos.
El profesor Gámez se desarmó por completo. El miedo destrozó cualquier intento de
aparentar compostura. Sus brazos y piernas empezaron a temblar. Una oleada de sudor
apareció de repente en su frente y en sus manos, se encogió en la silla y un poco de orina
recorrió una de sus piernas.
—Yo… yo… yo… —, dijo el profesor, sin poder articular palabra.
—Es Usted un ingenuo profesor. Un imbécil, pero también un ingenuo. Todas sus
comunicaciones están siendo analizadas en el Pentágono, también por nosotros, y quien sabe
por cuantas instituciones más. Hable conmigo, déjeme salvarle la vida —, espetó el ruso.
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El profesor rompió a llorar con las manos en la cara, sin embargo, el barullo del local
impidió que llamara la atención.
—Salgamos fuera, le vendrá bien caminar un poco. Tranquilo profesor, le ayudaré si
me ayuda —, dijo el agente ruso, levantándose para pagar la cuenta y ayudar al profesor a salir
a la calle.
Tras caminar unos cincuenta metros, el profesor Gámez se paró. El frío era intenso,
pero el cuerpo del profesor temblaba por otras razones.
—No puedo seguir caminando —, dijo el profesor poniendo las manos en las rodillas,
junto a la mancha de orina de sus pantalones.
—Está bien, sentémonos aquí —, dijo Pribilof, señalando un escalón de entrada a un
edificio en una marquesina cercana.
—Me dijeron que si les daba información sobre el trabajo de Kolya, me ayudarían a
instalarme como profesor en alguna Universidad americana de prestigio. Dijeron que él no
compartía la información, y que ellos le estaban pagando la investigación, que sólo querían
estar al tanto de sus trabajos —, empezó a hablar el profesor con la cabeza agachada, en baja
voz.
—¿Por eso les dijo en qué lugar se encontraba Nikolay en su reciente visita a España?
¿Eso es información sobre la investigación, o es otro tipo de información? Ha traicionado usted
a su hijo putativo, profesor —, le reprendió el agente.
Un fuerte dolor en el pecho hizo inclinarse al profesor Gámez.
—Soy basura, merezco morir —, dijo en un hilo de voz el profesor, rindiéndose ante el
dolor, pero no ante el dolor físico, sino el emocional al comprender lo que había hecho.
—No es basura, y no merece morir, profesor —dijo el ruso, pasándole la mano por el
hombro, intentando recobrar la entereza de aquél hombre que estaba pasando por el peor
momento de toda su vida.
—Verá profesor, Usted sólo ha sido codicioso. Debió quedarse en la ambición, pero
ésta está a un paso de la codicia. Es condición humana. Lo veo todos los días, todos tenemos
poderosos enemigos en nuestra mente, mucho más poderosos que nosotros mismos, solo se
tiene que dar la ocasión para que los demonios salgan de su letargo y nos conviertan en
marionetas a su antojo. No se culpe por ser humano. Usted no es una mala persona, pero
dejará de ser una persona viva si no empieza a hacer lo que yo le diga. —.
—¡Dejaré inmediatamente de comunicarme con ellos! ¡Por favor, deme una
oportunidad! —, suplicó el profesor, viendo una posible salida al lúgubre callejón en el que se
había metido.
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—No dejará de comunicarse con ellos, eso levantaría sospechas, pero a partir de ahora
filtraremos la información que envía. ¿Cómo se llama su contacto en los Estados Unidos? —,
preguntó el ruso.
—Tiene un nombre clave, pero creo que su verdadero nombre es Claire. ¡Ayúdeme por
favor, estoy tan arrepentido…! —, dijo el profesor.
—Intentaré convencer a los chicos del Spetsnaz de que está de nuestro lado. Actúe
con la mayor naturalidad que pueda, pero llámeme a este número desde una cabina, cada día
—, dijo el agente entregándole una tarjeta.
—Ahh, por cierto. Esto es necesario —, dijo el ruso ayudando a levantarse al profesor.
—¿El qué? —, preguntó el profesor.
—Esto …—, contestó el agente al tiempo que daba un fuerte puñetazo en el pómulo
del profesor.
—¡Pero qué…! —, acertó a decir el profesor, tapándose la cara con la mano.
—¡Deme la cartera! — ordenó el ruso.
El agente cogió la cartera del profesor y sacó todo el dinero, luego rompió de un fuerte
tirón el compartimento de las tarjetas, dobló dos de ellas, se las metió en el bolsillo y devolvió la
cartera al profesor.
—¡Está Usted meado, por dios! ¡Aprenda a ser un poco más convincente!, ¿o qué
historia pensaba contar en su casa? Diga que le han atracado —.
—Sí, claro —, atinó a decir el profesor.
—Ya sabe, llamada diaria. —, dijo el ruso alejándose del profesor.
—¡Mijail! —, gritó el profesor.
—¿Qué? —, contestó el ruso subiéndose el cuello de su abrigo sin dejar de alejarse.
—Gracias —.
CAPÍTULO -8-.
51
El imponente Boeing 747, con sus casi trescientas toneladas de peso, tomó tierra en la
pista dos del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York. La estampa del coloso de los cielos
posándose a casi trescientos kilómetros por hora sobre sus dieciséis ruedas gigantes era todo
un espectáculo. El ser humano tiene la sorprendente capacidad de acostumbrarse rápidamente
a convivir con avances tecnológicos inconcebibles tan solo cincuenta años antes. Este avión es
también conocido por “Jumbo”, en referencia al descomunal aunque pacífico elefante que fue
exhibido en el pasado en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. La desproporcionada criatura
nació en Mali, donde la llamaban Jambo, y pronto pasaría con el circo Barnum & Bailey, y con
el nombre de Jumbo, a ser una de las sensaciones de finales del siglo XIX. Si a un habitante de
aquella época dorada de los espectáculos circenses le hubieran dicho que un coloso de metal
con la altura de seis pisos un surcaría un día los cielos con quinientas personas dentro a una
velocidad de novecientos kilómetros por hora, simplemente hubiera tomado por loco al profeta.
Hacía ya dos horas que Kolya había sucumbido al sueño, y era Sofía quien lo
observaba despierta. Era increíble que ella estuviera ahí. Tan solo dos días antes su vida era
una continua rutina. Jamás se le hubiera pasado por la cabeza que iba a vivir una situación
como aquella, que más bien parecía sacada de una película de Hollywood. Estaba en otro país,
con un desconocido, habiendo echado por la borda su carrera y con aparente peligro dado los
acontecimientos que habían ocurrido en el hospital. Se preguntaba si lo que estaba viviendo
era real, o si estaba dentro de algún tipo de sueño extraño del que pronto saldría con el sonido
de la alarma del despertador. Parecía real. Incluso la idea de su madre animándola a
semejante aventura tenía tintes surrealistas. Sin embargo, era real. Y no sólo eso, sino que
además le parecía que esa era su vida desde siempre, que la habían rescatado de un mal
sueño, del eterno día de la marmota, en el que cada mañana revivía el día anterior sin apenas
variaciones. Por fin sentía que aunque su vida durara tan solo veinticuatro horas más, esas
horas valían más que los diez años anteriores, pues serían las horas que ella quería vivir.
—Dormilón —, susurró Sofía al oído de Kolya, quien había perdido totalmente la noción
del espacio tiempo. Le costó unos segundos identificar dónde y con quién estaba, rescatando
la realidad de entre las imágenes oníricas, más vívidas aún que ésta.
—Buenos días —, dijo Kolya, dándose cuenta al mirar por la ventanilla del avión de que
era de noche cerrada.
“Ladies and Gentlemens, welcome to the JFK airport” —, dijo una voz enlatada por el
sistema de megafonía del avión, al tiempo que se encendían las luces, una vez parados en la
terminal cuatro del aeropuerto.
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Un finger avanzó a ritmo cadencioso, sin prisas, hasta engullir con su rectangular boca
la portezuela de salida del avión. Los pasajeros, en el interior del avión aún, iniciaron su
particular danza de llegada de un vuelo transoceánico, recogida de maletas del compartimento
superior, estiramientos, bostezos y sonrisas cansadas. Todo en un sincronizado ritual de la
cortesía, atando bien en corto al animal interior, cuya única intención era salir cuanto antes de
aquella cárcel voladora.
—Escúchame bien Sofía, actúa como si fuéramos pareja, nos van a parar en el Control
de Aduanas, pero no digas nada, y no te preocupes. En unos minutos estaremos fuera —, dijo
Kolya, consciente de la importancia de salir del aeropuerto cuanto antes.
—Pareja… vale —, acertó a decir Sofía, algo nerviosa por la situación.
Se cogieron de la mano y salieron del avión junto al resto del pasaje, despidiéndose
con su mejor sonrisa del sobrecargo que les deseaba una feliz estancia en la ciudad de Nueva
York en la puerta del avión.
En la salida de la sala de recogida de maletas, los pasajeros, en escrupulosa fila, iban
enseñando sus documentos a dos agentes de seguridad, responsables del control. Cuando
llegó el turno de Kolya y Sofía, él sacó el visado especial de investigador científico y explicó a
los policías que él trabajaba para un organismo gubernamental de primer orden y que ella era
su novia.
—¿Por qué no tiene visado? —, preguntó la mujer policía a Sofía, ignorando las
credenciales y las explicaciones de Kolya.
—Puedo explicárselo… —, intentó hablar Kolya, interrumpido por la agente, con cara
de malas pulgas.
—¡Usted se calla! ¿Por qué no tiene visado? —, volvió a preguntar a Sofía.
—Agente ella no habla inglés —, dijo Kolya, quien había previsto otra reacción de la
policía cuando vieran su estatus en ese país.
—¡Silencio! ¡Fuera de la fila! —, la agente apartó a la pareja y con un gesto muy policial
cogió el walkie talkie y hablándose en el dorso de la mano dijo algo que Sofía no pudo
entender.
—¿Qué pasa Kolya?¿Qué ha dicho? —, preguntó Sofía nerviosa.
—Está llamando a un superior. Muéstrate tranquila —, intentó tranquilizarla Kolya.
—¡Silencio los dos! —, ordenó la agente.
A los dos minutos apareció un policía afroamericano enorme, y en un tono serio pero
tranquilo preguntó a la agente:
53
—¿Qué ocurre? —.
—Tenemos a estos dos sospechosos, sargento Johnson —, dijo la agente.
—No somos sospechosos de nada —, intervino Kolya, sabiendo que su baza era hacer
valer su legalidad en el país.
—Ya le he dicho varias veces que se calle, voy a tener que explicárselo de otra forma
—, espetó la agente en un claro gesto hostil agarrando su porra. El sargento hizo un gesto con
la mano y paró el arrebato de la policía, que bien podía pasar por lanzadora de peso.
—Sargento, el ruso dice que tiene documentos y la otra no habla nuestro idioma —,
continuó la agente de aduanas.
—¿Me permite explicar sargento…? —, intentó hablar Kolya, interrumpido por el
sargento Johnson.
—Aquí no. Acompáñeme —, dijo el sargento, cogiendo a Kolya del brazo y avanzando
con él en una primera demostración de fuerza.
—¿Y ella? ¿A dónde se la llevan? Sargento, por favor… —, dijo Kolya al ver que la
andrógina policía se llevaba a Sofía hacia otra sala.
—Estamos teniendo mucha paciencia señor, le aconsejo que colabore un poco o las
cosas se van a poner un poco moviditas por aquí —, dijo el sargento apretando un poco el
brazo de Kolya, pero manteniendo el tono calmado. Kolya comprendió que era mejor
permanecer tranquilo.
—¿Así que quiere entrar en nuestro país sin permiso…? —, preguntó afirmando la
policía de aduanas a Sofía.
Sofía no dijo nada. Hablaba un inglés básico, que de nada servía en aquella situación.
No entendía bien lo que la policía le había dicho, porque hablaba con un acento muy
norteamericano, rápido y encadenando las palabras. Ante la ausencia de contestación de
aquella sospechosa, el limitado entendimiento de la agente sólo pudo llegar a una conclusión.
Ocultaba algo. Sin mediar palabra agarró a Sofía del cuello y la tiró al suelo, inmovilizándola en
una llave de lucha libre. El dolor del hombro de Sofía le impedía moverse, incluso pensar. —
Ahora te vas a quitar la ropa a ver qué demonios traes escondido —, dijo la agente mientras
desabrochaba el pantalón a Sofía. Cambió la posición y aprisionó el cuello de Sofía con la
porra, que tenía pisada con la bota, para liberar sus manos, que utilizaba para desnudar a la
sospechosa.
—¿Qué tenemos, agente? —, dijo el sargento Johnson entrando acompañado de otra
mujer policía, morena, en la habitación donde se encontraba Sofía.
54
—Esta mejicana no quiere colaborar sargento —, sospecho que lleva algo escondido.
—Está bien agente, vuelva al control. La agente Ramires se quedará con ella —,
ordenó el sargento.
—Como quiera sargento, yo la enviaba ahora mismo de vuelta a Méjico —, dijo la
agente.
—¿Sabe donde está Europa agente? —, preguntó el sargento, irritado por la ignorancia
patológica de su subordinada.
—Sí, ¿Por qué lo dice sargento? —, se extrañó la agente.
—Es igual, vuelva al control —, espetó el sargento, dando por finalizada la
conversación.
—Buenas noches señora… —, preguntó en un español centroamericano la nueva
agente de policía.
—Mi nombre es Sofía —, respondió Sofía, incorporándose de la agresión de aquella
criatura cavernaria.
—Bien Sofía. Si colabora todo será más rápido. Quítese la ropa —, ordenó la agente,
sacando de un maletín con diversos elementos un paquete de guantes de látex.
—¿Qué? —, preguntó Sofía sin dar crédito a la orden recibida.
—Es el protocolo. Ha intentado entrar Usted en este país sin documentación. Hay que
confirmar que no intenta introducir sustancias estupefacientes —, dijo la agente.
—¡Esto es absurdo! Soy ciudadana europea, tengo mis derechos —, espetó Sofía.
—Señorita Sofía, está en suelo norteamericano, así que o hago yo la exploración o la
hace mi compañera… —.
El sargento Johnson volvió a la otra sala con Kolya y comenzó a efectuar las
correspondientes comprobaciones.
—Veo que tiene permiso de residencia, señor Boronov —, dijo el sargento examinando
el documento del científico. Nunca había visto un documento como ese.
—Trabajo para el National Institute for Nanotechnology Research, en California —,
explicó Kolya.
—Nunca había visto un permiso así, parece muy específico —, dijo el sargento,
escrutando el documento.
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—Trabajo para una institución gubernamental norteamericana, sargento, con nivel uno
de rango de acceso. Su gobierno me ha pedido que trabaje aquí, así que he tenido todas las
facilidades por parte de su gobierno. Hasta ahora —, dijo Kolya algo molesto.
—¿Quién es la chica, señor Boronov? —.
—Es mi mujer. Llevaba mucho tiempo sin verme y le he dado la sorpresa de casarnos
sin avisar a nadie y disfrutar de una corta luna de miel en Nueva York antes de volver al trabajo
—, explicó Kolya.
—¿Y su equipaje? —, preguntó el sargento.
—Ya se lo he dicho, no lo teníamos planeado. Hace dos días discutimos porque
apenas nos vemos y decidimos casarnos y venir a pasar la luna de miel. Fue una reacción
impulsiva tratando de salvar mi relación. Pensé que con mi nivel de autorización en este país
nos dejarían estar al menos esta semana —, continuó Kolya con su explicación.
—Ha sido una mala decisión —, dijo secamente el sargento.
—Tiene razón sargento Johnson, ha sido una estupidez. Pero, ¿no ha hecho nunca
una estupidez por amor? —.
El sargento miró a Kolya de soslayo arrugando la frente y levantando una ceja:
—No —.
—Venga sargento, arreglemos esto. Dentro de una semana le saludaré antes de coger
el vuelo de vuelta a España —, dijo Kolya en tono de súplica.
—Usted puede quedarse, la señorita se va. Yo no hago las normas, señor Boronov —,
sentenció el sargento.
—Pero sargento, quédese nuestros documentos si quiere en garantía. Vamos, es sólo
una semana —, dijo Kolya en un último intento.
—¡La señorita se vuelve! —, repitió el sargento devolviendo la documentación a Kolya.
Kolya entendió que aquel agente simplemente estaba cumpliendo con su trabajo, y que
sería inútil intentar convencerlo.
—Sargento, si ella se vuelve, yo también. Iremos en el mismo avión de vuelta a España
—.
—Como quiera, vamos a por su mujer —, respondió el Sargento mientras salían de la
dependencia policial.
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Ambos hombres entraron en la otra sala, donde tenían retenida a Sofía, sentada en
una silla, de nuevo vestida, con las manos entre los muslos y la cabeza agachada. El pelo le
tapaba la cara.
—Sargento, está limpia. Hemos revisado su ropa y hemos hecho la inspección vaginal.
No lleva nada —, dijo la agente Ramires en posición marcial mientras informaba a su superior.
—Puede irse agente Ramires, yo mismo los embarcaré en el primer avión de vuelta a
España. Buen trabajo —, concluyó el Sargento.
—¿Inspección vaginal? ¿Buen trabajo? —pensó Kolya. Aquello había superado su
capacidad de actuar de forma estratégica, con él habían cruzado el Rubicón. Su padre había
demostrado un valor incalculable y él llevaba los mismos genes de su padre. No le importaban
las consecuencias que acarrearan sus actos si se trataba de corregir una injusticia. Nadie es
más que nadie, y menos si impone su autoridad por medio de la violencia. Aún así, respiró
varias veces tratando de controlarse, pues lo último que necesitaba era acabar en una cárcel
americana.
—Vamos Sofi —, dijo Kolya con dulzura, cogiendo la mano de Sofía, y apartándole el
pelo de la cara con la otra mano, con el corazón encogido por saber que aquella chica había
sido sometida a una vejación sólo por ayudarle.
Al apartarle el pelo de la cara, vio el pómulo de Sofía de color negruzco. Se había
golpeado en la cara cuando la primera agente la había tirado al suelo. Kolya no pudo
controlarse. Explotó.
—¡Hijo de puta! —, dijo en español empujando al Sargento contra la pared.
El golpe fue enorme y la espalda del afroamericano hizo retumbar toda la habitación.
—¡Cálmese! —, replicó el sargento, agarrando las manos de Kolya y quitándoselas de
las solapas de su uniforme, haciendo uso no solo de una gran fuerza, sino de un sorprendente
control emocional. Entre el sargento y la agente Ramires inmovilizaron a Kolya y lo obligaron a
sentarse en una silla.
Los ojos de Kolya reflejaban ira y convicción, cuando espetó al Sargento:
—Han cometido un abuso de poder. Mi mujer ha sido sometida a una agresión y a una
actitud vejatoria, y no le va a salir gratis, Sargento. No tienen impunidad, aunque crea que
sí…—gritó Kolya.
—Es el procedimiento habitual. Trate de calmarse —, repitió de nuevo el Sargento, en
un intento de armarse de paciencia, ya que en el fondo sabía que no estaba tratando con
delincuentes, sólo con alguien que había cometido un error burocrático. Sin embargo, en Kolya
se había prendido la llama de la injusticia, aquella que toda persona tiene en su interior, aquella
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capaz de derrocar sistemas o cercenar tiranos, pues no hay enemigo más peligroso que aquél
que está dispuesto a perderlo todo.
—¿Sabe lo que significa el sello púrpura en mi visado, Sargento? —, dijo Kolya
tratando de respirar con normalidad, pues el golpe más certero es aquel que se da desde el
autocontrol.
—Sí. Trabaja Usted para el gobierno —, dijo el Sargento, frunciendo el ceño, ya que no
sabía por dónde iba a salir el europeo.
—No sólo trabajo para su gobierno, sino que trabajo en un proyecto de la máxima
prioridad para su país. Fui contratado con un gran despliegue de medios por parte de sus
autoridades, en competencia con laboratorios científicos de todo el mundo. ¿Sabe en qué
trabajo? —, pregunto Kolya.
El afroamericano permaneció en silencio.
—Yo trabajo —continuó Kolya — en un proyecto esencial para el actual gobierno de los
Estados Unidos, Sargento. Mi estancia en los Estados Unidos responde a un mandato personal
del presidente Barack Obama, quien basa gran parte de su programa de gobierno en la
obtención de energías alternativas al petróleo, y en eso trabajo yo. De hecho dirijo el proyecto
principal en el National Institute for Nanotechnology Research, Sargento Johnson, ¿y sabe
qué? —.
De nuevo silencio.
—Que voy a renunciar públicamente al proyecto en suelo estadounidense. Voy a
conceder las entrevistas que sean necesarias para dejar claro que renuncio a permanecer y
entregar mi conocimiento a un país que ejerce alegremente esta brutalidad policial. Seguro que
le va a encantar a su presidente, premio Nobel de la paz. Un científico capaz de generar
energía limpia, abundante y barata abandona suelo estadounidense huyendo de la violencia
policial gratuita. Su nombre, como responsable de esta actuación, saldrá muy destacado,
Sargento Johnson. Vaya preparando su equipo de pesca, sargento, le hará falta cuando esté
sin trabajo. Ahora ya puede subirnos a ese avión —, concluyó Kolya. La determinación con que
pronunció su discurso no dejaba la menor duda de que cumpliría su amenaza.
El Sargento tragó saliva, miró a la agente Ramires, quien tenía la misma cara de
perplejidad. Había luchado mucho en la vida para llegar a ese puesto y lo había hecho para dar
a sus hijas las oportunidades en la vida de las que él había carecido. En un segundo imaginó
su vida sin trabajo, sin seguro médico, sin su preciosa casa que tanto le había costado tener,
sin saber cómo explicar a su familia el porqué se encontraban en esa situación.
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—Señor Boronov, yo… Quiero decir, yo… lamento lo ocurrido. Póngase Usted en
nuestra situación, aquí entran miles de delincuentes cada año. Esto no es fácil —, dijo el
Sargento.
—Nosotros no somos delincuentes, Sargento, su trabajo consiste también en
administrar su fuerza. No tengo nada más que añadir —, dijo Kolya, mirando fíjamente a los
ojos al Sargento.
—Verá, señor Boronov, estoy seguro de que lo podemos arreglar aquí. Pasen esa
semana que tenían pensado en Nueva York, y acepte mis disculpas. Todo esto hay sido un
malentendido —, ofreció el Sargento en baja voz, tratando de escapar del descrédito público al
que sería sometido.
Kolya estaba indignado, pero no era estúpido. En el momento de proferir la amenaza
estaba pensando únicamente en vengar las ofensas recibidas por parte de Sofía, pero no dudó
ni un instante en reconocer que se les abría ante sí una oportunidad única, dado cómo se
habían puesto las cosas. Miró a Sofía y le pareció descubrir en sus ojos un gesto de
asentimiento. Parecía estar viviendo en una realidad paralela a su vida, en una ensoñación
surrealista. Quizás lo fuera.
—Sargento, valoro en general el trabajo que hacen. Este es un gran país que tiene que
tratar con innumerables amenazas, pero no olvide que todo lo que Usted defiende parte de la
conservación de las libertades individuales. Han actuado como totalitarios —, dijo Kolya
recobrando la calma —Intentaremos pasar esta semana de luna de miel y olvidar lo ocurrido —
, concluyó.
“Luna de miel” pensó Sofía. Buena coartada de su compañero de viaje para entrar en el
país. El chico era inteligente, de eso no cabía duda. Además, no sonaba tan mal…
—Acompáñenme —, dijo el Sargento.
Hacía meses que toda aquella odisea había comenzado para Kolya, y cada paso que
daba, cada acción, cada proyecto, se veía de alguna manera entorpecido. Es como si estuviera
avanzando a través del tejido espacio-tiempo con alguna especie de pegamento que no le
permitía avanzar con fluidez. Su mente racional estaba entrenada en el análisis riguroso de la
realidad, de los datos. Sin embargo, cuanto más profundizaba en sus investigaciones y más
cosas vivía, le daba más la sensación de que misteriosas fuerzas gobernaban la propia
existencia. Conforme la ciencia iba despejando dudas, resolviendo enigmas e iba avanzando
en la compresión del mundo, nuevas puertas se iban abriendo ante los ojos de los científicos,
en un bucle sin fin. Kolya había pensado muchas veces en esa paradoja, “cuanto más sabes,
más consciente eres de lo poco que sabes”. ¿Se llegaría algún día al conocimiento último?
Kolya se preguntaba si habría alguna vez un cara a cara entre el ser humano y su creador,
fuera lo que fuera éste. Si nuestro universo tiene una edad finita, ¿qué había antes? ¿cuál es la
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realidad que está por encima incluso de la creación de nuestro universo? Sin duda, sea lo que
sea que dé forma al destino, estaba claro que estaba obstaculizando el de Kolya, ¿o lo estaba
llevando en la dirección correcta? Al menos tenía la sensación de estar llevando una pesada
carga.
El Sargento acompañó a Kolya y a Sofía a la salida del aeropuerto. Bajo la reluciente
carpa gigante con forma de caparazón de cangrejo del JFK se apiñaban los taxis en ansiosa
espera de nuevos clientes. A pesar de la hora, había tráfico. Las grandes ciudades nunca
duermen. Estaban de nuevo en la realidad.
—Buenas noches —, dijo Kolya, mientras se subían al asiento de detrás del taxi.
—Buenas noches, Señor. ¿A dónde les llevo? —, preguntó el taxista.
—Salgamos del Estado. Simplemente conduzca —, ordenó Kolya, cogiendo a Sófía por
el hombro, tratando de darle ánimos. Ella apoyó su cabeza en el pecho de Kolya y rodeó con
su mano la cintura de él, por dentro del abrigo. En silencio, sin que Kolya lo notara, comenzó a
brotar un mar de lágrimas de los ojos de Sofía. Había sido duro, pero no estaba triste.
Simplemente estaba viviendo.
CAPÍTULO -9-.
El profesor Gámez trató de ponerse en contacto con Kolya a través de la intranet que
ambos compartían para comentar los avances en la investigación de la obtención de energía a
través de los ciclos de hiper rotación de entrelazamiento cuántico de fotones. Kolya utilizaba el
sistema operativo Linux, no creía en los sistemas cerrados de los gigantes de la informática,
como Microsoft. Había diseñado un sistema de comunicación seguro entre el profesor y él para
intercambiar de forma segura los datos a través de la red de redes. Todo intento de contacto
fue inútil. Los días iban pasando y era como si a Kolya se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Señor Pribilof? —, dijo el profesor Gámez desde la cabina telefónica donde
realizaba cada día la llamada al agente ruso. No le había sido fácil encontrar una cabina
pública. Jamás se había parado a pensar en eso, pero el avance tecnológico había ido
borrando del mapa la pintoresca visión de las ciudades salpicadas de cabinas telefónicas. El
profesor había llegado a utilizar las antiguas cabinas de perra chica, en la que se veía a través
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de un cristal el circuito de monedas, que iban cayendo inexorablemente conforme iban
pasando los minutos de conversación. Luego vinieron las del habitáculo cerrado, y por último
las que parecían un secador de peluquería sacado de una película de Almodóvar. El profesor
encontró una cabina en una gasolinera cercana a su trabajo, de forma que no llamaba la
atención, pues había bastante trasiego de coches. Cada vez que hacía la llamada telefónica al
agente Pribilof, recordaba de repente su juventud. No sabía por qué, pero algunas situaciones
llevaban al cerebro a rememorar acciones pasadas. Aunque hubieran pasado cuarenta años,
los recuerdos eran muy nítidos, se veía a sí mismo llamando a su novia de aquel entonces, la
que hoy era su mujer. Recordaba tener que esperar para usar la cabina y tener que darse prisa
en la conversación, pues siempre había gente esperando para usarla. Además, la conversación
pasaba indefectiblemente por saludar a los padres de su novia, pues la identificación de
llamadas era ciencia ficción en ese entonces. El avance en las comunicaciones había sido
impresionante.
El número de teléfono que debía marcar tenía doce dígitos, pero no parecía
corresponder a un número de ningún país en concreto. La llamada era transferida a través de
distintos nodos de comunicaciones a la central del SVR, en Yasenevo, Moscú. Una vez allí, era
limpiada de todo rastro y devuelta automáticamente al agente Pribilof en España, de forma que
era absolutamente imposible localizar al agente ruso. Vital para su protección. Cualquier
potencia extranjera que estuviera tras la pista perdería el rastro en Moscú. Debido a este
sistema de conexiones, la comunicación era lenta, y tanto el agente como el profesor se habían
acostumbrado a esperar unos segundos antes de contestar, para permitir el normal desarrollo
de la conversación.
—Buenas tardes profesor —, respondió Mijail Pribilof —¿Alguna novedad? —.
—No agente. He intentado ponerme en contacto con Kolya, pero no se ha conectado a
nuestro sistema de comunicaciones. Espero que esté bien. —, dijo el profesor.
—¿Ha estado en contacto con los americanos, profesor? —.
—Sí, he recibido algún correo electrónico bajo apariencia de consulta científica, como
siempre. Me han preguntado por Kolya, pero les he respondido que no sé nada. Si está en
Madrid, supongo que se pondrá en contacto conmigo —, contestó el profesor.
—No está en Madrid. De hecho no está en España. Está haciendo un buen trabajo
profesor. La Patria Rusa se lo reconoce y se lo tendrá en cuenta para el futuro. Siga así — dijo
el agente Pribilof colgando el teléfono.
El Citroën C4 de Alberto Gámez se deslizaba por la carretera a ritmo de música
barroca. El profesor había tocado fondo con la traición a su pupilo, pero ahora estaba
colaborando en su seguridad, se sentía bien. La vida le había dado la oportunidad de retomar
el camino correcto. Había aprendido la lección, nunca hay que coger un atajo no ético para
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llegar a nuestras metas, porque tarde o temprano el destino vendrá a pedir el precio,
reclamando lo que es suyo.
El profesor miró varias veces por el retrovisor y le pareció extraño que un Mercedes de
alta gama llevara un rato detrás de él, ya que su modo de conducción era de lo más tranquilo.
Aminoró la marcha y comprobó que ese coche, negro, brillante, seguía detrás de él. Empezó a
ponerse nervioso. Sólo había una forma de comprobar si le estaban siguiendo, en la siguiente
rotonda daría dos vueltas, el coche que le precedía tendría que continuar. En caso contrario,
apretaría el acelerador hasta llegar al cuartel de la Guardia Civil de Colmenar Viejo.
Dio las dos vueltas a la rotonda y comprobó con alivio que el coche siguió de largo, por
lo que se incorporó a su ruta con normalidad. Sin embargo, pasados dos kilómetros, el
Mercedes negro apareció de la nada y se situó delante de él, ralentizando la marcha. El
profesor pisó el acelerador y adelantó al coche, sólo para comprobar que era de nuevo
adelantado por éste. En la maniobra de adelantamiento el cristal tintado de la parte derecha del
vehículo se abrió y una persona vestida con un traje impecable le enseñó un placa y le gritó:
—¡Señor Gámez por favor, pare a la derecha. Será solo un momento! —.
El profesor, al ver la placa reaccionó instintivamente y detuvo el vehículo. Seguramente
sería la policía secreta, pero al profesor no le terminaba de encajar el aspecto del hombre y la
calidad del vehículo. —Vaya nivelazo tiene esta gente —, pensó fugazmente.
—Sé breve Alberto. Sé breve Alberto —, se dijo mientras contemplaba a través del
parabrisas cómo se bajaba el hombre del traje y se acercaba a su ventanilla. Notó también
cómo el conductor daba marcha atrás y dejaba el Mercedes prácticamente pegado a su
Citroën.
—Buenas tardes profesor Gámez. Mi nombre es Peter Smith-Jones. Soy de la CIA
estadounidense. Estoy colaborando con el Gobierno de España en una investigación. Por
favor, suba a nuestro vehículo —, dijo el agente mostrando su placa. El profesor vio asomar la
culata de una pistola debajo de la axila del fornido americano.
—Buenas tardes. Estoy muy cansado, ¿no les importaría que tuviéramos esta
conversación en otro momento? —, preguntó el profesor, con la intención de salir de aquella y
pedir consejo y auxilio a Pribilof.
—Serán unos minutos, profesor. Por favor, salga del coche —, ordenó tajante el agente
Smith-Jones.
—Usted no es un policía español, aun así no tengo ningún inconveniente en contestar
a sus preguntas. Pero no voy a salir del coche —, dijo Gámez.
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—Profesor, hagamos esto por las buenas. Créame, es mejor para Usted —, dijo el
agente sin perder la calma, pero con la seguridad en sí mismo de quien sabe que tiene el
poder, y que lo va a ejercer implacablemente, sin importarle la oposición que encuentre.
El profesor tuvo miedo. En un acto instintivo y osado, metió la marcha atrás de su
Citroën y piso el acelerador sólo para comprobar que otro Mercedes igual que el que tenía
delante se había situado justo detrás, pegado a su coche, mientras estaba hablando con el
agente. No se había percatado de ese otro vehículo, que estaba tan pegado que ni siquiera
hubo impacto. En ese momento se dio cuenta de que estaba totalmente atrapado. El corazón
se le aceleró y sintió cómo le abandonaban las fuerzas. Pese a los efectos de la sobredosis de
adrenalina que sus glándulas suprarrenales habían inyectado en su torrente sanguíneo, el
profesor se juró a sí mismo no ceder. No le pasaría lo mismo que con Pribilof. Agarró con
fuerza el volante justo en el momento en que una descomunal descarga eléctrica lo dejó
inconsciente antes de que pudiera siquiera gritar.
Lo siguiente que vio fue la oscuridad más absoluta.
—¿Dónde está el señor Nikolay Boronov, profesor? —, preguntó el agente Smith-Jones
al tiempo que uno de sus subordinados vaciaba un cubo de agua helada en la cabeza del
profesor.
Lo único que Gámez pudo oír fue una versión distorsionada de la pregunta, pues
estaba aturdido por la descarga recibida. Tampoco podía ver nada, una venda tapaba sus ojos.
Intentó moverse, pero comprobó que tenía las manos atadas a la parte trasera de la silla en la
que estaba sentado.
—¡No puedo ver! ¡No puedo ver! Quíteme esto… — apenas acertó a decir el profesor
Gámez. Estaba claro que aún estaba en estado de shock y no era capaz de reconocer la
situación. El agente Smith-Jones ordenó quitarle la venda y echarle varios cubos de agua
helada. En la habitación hacía bastante frío, habían quitado deliberadamente la calefacción. El
agente Smith-Jones sabía que tenía que hacer ceder primero al cuerpo, luego vendría la
rendición de la mente.
—Profesor, no nos ha dejado otra opción. Este asunto es muy importante para nuestro
país, así que va a colaborar en la investigación, le guste o no. ¿Dónde está el señor Boronov?
—, preguntó de nuevo el agente americano.
—No lo sé —, dijo el profesor tratando de ver, ya que la compresión de la venda le
había dejado sin capacidad de enfocar debido a la fatiga en los músculos oculares.
El agente Peter Smith-Jones conocía bien los métodos de interrogación. De nada
valían las torturas, como desmembrar al interrogado o clavarle cualquier tipo de aparato que
produjera dolor, pues numerosos estudios confirmaban que el sujeto interrogado en la mayoría
de los casos comenzaba a dar cualquier tipo de información, cierta o no, para eludir el dolor.
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Las técnicas más avanzadas tenían como objetivo no solamente hacer que el sujeto hablara,
sino determinar la veracidad de lo confesado. Para ello, el agente americano debía evaluar en
todo momento el lenguaje corporal del prisionero, comprobar el tono de voz, los errores
argumentales, la espontaneidad en la contestación de respuestas cortas, la expresión facial, y
otros parámetros. Por otro lado, había que privar al prisionero de alguno de los elementos que
le conferían seguridad habitualmente, como es la alimentación o el abrigo. Pasadas unas
horas, cuando la mente del profesor hubiera bajado los brazos, el agente ofrecería apoyo y
confianza a cambio de respuestas.
—Profesor, sabemos que hace Usted una llamada diaria que se redirecciona a territorio
ruso, así que no perdamos el tiempo ninguno de los dos y conteste a las preguntas ¿Dónde
está Boronov ahora? —, dijo el agente.
—Yo no he hecho nada malo. Quiero irme a casa —, sollozó el profesor, respondiendo
de nuevo de forma inconexa a las preguntas.
El agente introdujo la cabeza del profesor en una pileta de agua, hasta que este no
pudo contener más la respiración. Justo en ese momento, de un fuerte tirón el agente le sacó la
cabeza del agua. La técnica del waterboarding la había utilizado muchas veces el agente en su
instrucción en Irak, y sabía que daba muy buenos resultados. Muy pocas personas, altamente
entrenadas, eran capaces de anular el instinto de supervivencia. El profesor no era uno de
ellos.
—Vamos profesor. Quiero que se vaya a casa cuanto antes, con su mujer Elvira. Ella le
está esperando. Conteste a las preguntas —.
—Sé que no está en España, pero no sé donde —, dijo por fin el profesor, centrándose
en contestar para salvar la vida.
—¿Dónde guarda Boronov los datos de su investigación? —, siguió el agente con el
interrogatorio.
—No sé por qué me interrogan, Claire tiene la información. He colaborado con Ustedes
—, contestó el profesor.
—¿Claire? Sabemos que comparte parte de la información con la gente de la industria
tecnológica. Se equivoca si piensa que somos los mismos, profesor. Nosotros queremos toda
la información, no las migajas que comparte, así que conteste, ¿dónde guardan los datos? —,
volvió a preguntar el americano.
—Sólo nosotros tenemos acceso a los datos. Tengo frío. Quiero irme a casa —, dijo el
profesor tan cansado que su rostro reflejaba ausencia de emoción. Los músculos faciales
habían dejado de tener tensión y su cara reflejaba una especie de mueca. El agente sabía bien
que la mente del profesor ya era suya.
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—Venga profesor, un pequeño esfuerzo y nos iremos todos a casa —, dijo el agente
poniendo la mano en la rodilla del profesor otorgando un fingido apoyo al tiempo que con una
mirada ordenaba cubrir parcialmente al profesor con una manta.
—Conteste profesor. ¿Dónde están los datos? —.
—Usamos un sistema GNU/Linux. La información pasa a través de una entrada o
Gateway con un potente Cortafuegos, luego es redirigida a una dirección IP no válida. La
información válida solo es accesible mediante el uso de tres claves concatenadas. Un fallo y el
sistema se cierra automáticamente hasta que los dos usuarios lo abramos simultáneamente…
Quiero irme a casa —, contestó el profesor, con la mirada perdida.
—¡Las claves! —ordenó el agente.
—Yo no… aquí no las tengo —, contestó el profesor.
El agente retiró la manta y de nuevo simuló el ahogamiento del profesor de forma
reiterada. Una vez que sacó la cabeza del agua por última vez gritó:
—¡Las claves! —.
—Tengo el portátil en el coche. Por favor, no quiero morir —, suplicó el profesor. El
agente miró a otro de sus subordinados que salió en dirección al coche del profesor.
—Tranquilo amigo, nadie va a morir aquí —, dijo el agente tapando de nuevo al
encharcado profesor. —Pronto estaremos todos en casa.
—¿Por qué hacen esto? —, susurró el profesor con la barbilla apoyada en el pecho.
—Verá profesor, su alumno aventajado cree que sabe cómo funciona el mundo. Pero
no lo sabe —, le contestó el agente levantando la barbilla del profesor para mirarlo a los ojos.
—El mundo está lleno de amenazas para las personas libres —continuó el agente —pero la
gente como Usted las ignora. Hay mucha gente que daría hasta su vida por destruir todo
aquello que Usted disfruta profesor. Los Estados Unidos tenemos en su país una imagen
negativa, pero somos los grandes valedores de las libertades individuales en el mundo, aunque
en este momento no le dé esa sensación — dijo sarcásticamente el agente. —Con nuestra
capacidad militar estamos continuamente destruyendo amenazas para Occidente, profesor. Me
gustaría ver qué cara pone si un ejército de musulmanes desembarca en las costas de
Andalucía armados hasta los dientes con armamento químico y bacteriológico. ¿Sabía Usted
que una de las metas de Osama Bin Laden era la recuperación de Al-Andalus? El paraíso de
ellos es su infierno, profesor —.
—La mayoría de los musulmanes no son así —, dijo el profesor.
—Es Usted un ingenuo —.
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—En todo caso, ¿Qué tiene que ver todo eso con Kolya? Él es una persona inocente —
, preguntó el profesor.
—El señor Boronov, Kolya como Usted lo llama es también un ingenuo. Y cuando se
trata de intereses tan grandes como los que hay en juego, ser un ingenuo es un lujo que nadie
puede permitirse. Los Estados Unidos han gastado miles de millones de dólares en las guerras
libradas en Oriente Próximo. Estamos sin blanca, profesor. Tenemos un país endeudado por
defender los intereses del mundo libre, incluidos los de personas como Usted — dijo el agente
con cierto resentimiento —. Hemos descubierto un verdadero filón que va a resolver todos
nuestros problemas. En tan solo diez años pagaremos toda la deuda contraída y además
seguiremos investigando para seguir protegiendo al mundo libre de amenazas letales. Sin
embargo, su amiguito Nikolay se cree muy listo, y va por ahí alardeando de haber encontrado
una fuente increíblemente barata de energía. Si ha podido desarrollar sus investigaciones es
gracias a nosotros, así que nosotros seremos los que le digamos lo que tiene que hacer. De
momento, el mundo debe funcionar quince años más con hidrocarburos. Hemos estado
durante cuarenta años derramando sangre para tener acceso a los pozos de los árabes, ha
llegado el momento de la verdadera supremacía de los Estados Unidos —.
—Arenas bituminosas y gas de esquisto… —, dijo en un tono apenas audible el
profesor, dándose cuenta de la candidez de Kolya al intentar cambiar el orden mundial.
—Veo que sabe de qué le hablo, profesor. En unos años los Estados Unidos serán el
primer productor mundial de petróleo del mundo. ¿Cree que íbamos a permitir tirar todos esos
recursos a la basura? Nuestros amigos canadienses están liberando el gas a un ritmo sin
precedentes y nosotros hemos aprendido a liberar también el petróleo, profesor —continuó el
agente con el brillo en los ojos propio de su fervor patriótico. —Espero que el idiota de Obama
no lo eche todo a perder con su empeño en las energías verdes. Si hubiera salido elegido el
republicano Mitt Romney hubiéramos multiplicado el ritmo de extracción. Sin embargo, sé de
buena tinta que esto es imparable. Nuestras empresas petroleras están liberando ya ingentes
cantidades de petróleo atrapadas en la roca. Petróleo que se daba ya por perdido —.
—Fraccionamiento hidráulico. Es peligroso… —, dijo el profesor.
—¡Vaya! Me sorprende Usted con sus conocimientos, profesor. No es peligroso,
simplemente hay que inyectar fluidos a presión para romper la roca y permitir salir el petróleo.
¿O es que debemos dejarlo ahí para siempre? En Dakota del Norte hay millones de barriles de
petróleo atrapado en sus pizarras bituminosas esperando por nosotros, y ese alumno suyo no
va a inmiscuirse en nuestros asuntos. Hay miles de millones de dólares en juego, profesor. Esa
energía cuántica o cómo demonios la llamen no saldrá a la luz. Al menos no por ahora —.
El profesor Alberto Gámez comenzó a convulsionarse por efecto del frío. Ya no notaba
las extremidades debido a que las ataduras, si bien se habían hecho con grandes girones de
tela, para que no dejaran huella, habían cortado la circulación sanguínea durante todo el
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interrogatorio. El agente Smith-Jones ordenó a uno de sus subordinados que desatara al
profesor:
—Trae otra manta. Dejémosle unos minutos de descanso, todavía hay mucha
información que necesitamos obtener. Nuestros amigos de Light Oil Corporation van a ponerse
muy, pero que muy contentos con el trabajo que estamos realizando. Y dos millones de
dólares en horas extra no se ganan todos los días… —, sonrió el agente torciendo el gesto.
Pensaba vivir el resto de su vida en algún lugar cálido, con varios criados a su servicio, y una
playa cercana. Por un momento, su mente viajó a la isla indonesa de Bali. El tiempo de las
privaciones había concluido, lo había dado todo por su país y ahora era el momento de ser
recompensado.
A la mañana siguiente, el inspector Manrique recibió una llamada de la Comisaría
Centro:
—Señor, debe dirigirse al embalse de Manzanares el Real, han sacando un coche del
agua. Allí le espera el inspector Hernando Herrera —, le dijo la oficial de policía, al otro lado de
la línea telefónica.
—¿Y por qué me llaman a mí? ¡Manden a alguien de homicidios, yo tengo un caso
importante entre manos! —, espetó el inspector.
—Señor, es el coche del profesor Gámez. Dice el forense que tiene síntomas de haber
ingerido una gran cantidad de tranquilizantes. Podría tratarse de un suicidio —, respondió la
oficial García.
El inspector Manrique se quedó helado. Esto se estaba poniendo cada vez más feo.
Alguien había asesinado al profesor en sus propias narices. Le llevaban la delantera y con
bastante ventaja. O actuaba rápido o la próxima cabeza que rodaría sería la suya.
—¿Un suicidio…? Está bien, voy para allá —.
CAPÍTULO -10-.
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El taxista condujo en dirección sur hasta la ciudad de Philadelphia. Iba a ser el servicio
más rentable de toda su vida. Era evidente que aquellos dos tramaban algo extraño, aquella
petición de salir del estado no era muy normal, pero lo primero que se aprende cuando vives en
la ciudad de Nueva York es a no preguntar. Él los llevaría hasta donde ellos quisieran y
mantendría el pico cerrado. Sencillo. Y por si se trataba de alguna pareja de listillos sin blanca,
guardaba en la guantera dos elementos protectores, una estampa de la Virgen de Guadalupe,
que le protegía de todo mal, y para echar una mano a la Virgen, guardaba también una
Smith&Wesson SD9, con diez balas de nueve milímetros en el cargador y una adicional en la
recámara.
—¿Desean que les lleve hasta Trenton? —, preguntó el taxista en un mediocre inglés.
—No. Vamos hasta Philadelphia —, respondió Kolya.
—¿Hasta Philadelphia? ¿Saben que les tengo que cobrar el retorno también? —.
—Sí, no se preocupe por eso —, respondió Kolya.
—¿Kolya, sabe este hombre que no llevamos dólares? —, preguntó Sofía, ya que no
había entendido bien las conversaciones anteriores.
El Ford amarillo salió de la carretera y pegó un frenazo en seco.
—Virgencita mía, dime por qué me has puesto esta prueba en el camino —dijo el
taxista en español, su lengua materna.
Kolya y Sofía se quedaron estupefactos al comprobar cómo el taxista sacaba una
pistola de la guantera y les apuntaba a la cabeza.
—¡Hijos de la gran chingada! ¡A mí no se me jode guey…! —, espetó el taxista con la
mandíbula apretada, al tiempo que quitaba el seguro de la pistola.
Kolya se quedó paralizado al saber que tenía una pistola cargada apuntando a su
cabeza. No pudo articular palabra.
—Tranquilo señor, le daremos todo el dinero —, por fin acertó a decir Sofía.
—¡Has dicho antes que no tienes dinero, zorra! ¡A mí no se me jode! —, gritó el taxista.
—No tenemos dólares, pero sí tenemos euros. Puede cambiarlos en cualquier banco.
Por favor… baje el arma —, dijo Sofía en tono de súplica.
El taxista se quedó un rato pensando. —Euros… qué coño era eso —, pensó.
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—Con euros no puedo pagar la comida de mi hija. ¡A mí me das dólares! —, dijo el
taxista, poniendo el seguro de la Smith&Wesson, pero sin dejar de estar alerta.
—Pero puede usted cambiarlos. Un euro vale más que un dólar… señor —, dijo Sofía.
El taxista torció el gesto en una especie de sonrisa —Más que un dólar… ¡y una
mierda! —.
—Está bien, vamos hasta Philadelphia. Una vez allí, esperaremos hasta que abran los
bancos, cambiaremos el dinero y le pagaremos en dólares. Sofía, por favor, enséñale el dinero
al señor… —, dijo Kolya, ya algo recuperado del susto.
—Me llamo Carlos. De acuerdo, pero si me la intentan jugar… —, amenazó el
mejicano.
—Lo entendemos Carlos. Le daremos una generosa propina por su esfuerzo. Gracias,
de verdad —, le dijo Sofía poniéndole la mano en el hombro.
Pasaron los kilómetros y las horas, y el mejicano Carlos resultó un tipo de lo más
divertido. El mundo de Kolya y Sofía se desenvolvía en otra dimensión. En la dimensión del
surrealismo. Once horas después de haber salido de Madrid huyendo de una amenaza letal
para Kolya, allí estaban, desayunando en un bar de carretera en las afueras de Philadelphia
con un simpático mejicano que una hora antes les había encañonado con una pistola.
El mejicano les explicó cómo había tenido que cruzar la frontera de forma clandestina y
cómo los Rangers tejanos lo habían perseguido para darle caza como a un animal durante dos
días y dos noches. La razón de todos sus esfuerzos era su hijita de cuatro años, Anita, que se
había quedado en la ciudad mejicana de Guadalajara, la cual era veinte veces mayor que la
originaria Guadalajara española, como le explicaron la española y el hispano-ruso a Carlos.
Tras varios años de búsqueda infructuosa de empleo en su país, Carlos había estado a punto
de perder la paciencia, y sobre todo, de perder su matrimonio, pues un hombre que no trae el
dinero a casa, en su cultura, no es un hombre. Volviendo una noche de una cantina, en la que
había tomado unos tequilas con unos amigos, Carlos suplicó a su virgencita que le diera una
señal, que le indicara el camino. Fue entonces cuando un coche conducido por unos gringos
borrachos le salpicó de barro hasta la cintura, mientras estos se alejaban entre risas. En ese
momento, Carlos, sabiendo que tenía la bendición de su virgen, decidió irse a los Estados
Unidos para hacer dinero. Su hijita no tendría que venir más del colegio con los zapatos en la
mano para no gastarlos. No sabía si perdería con ello su matrimonio, pero debía salvar su
honra. Carlos les explicó que así fue como se jugó la vida para entrar en los Estados Unidos, y
que aunque las cosas no le iban como él había imaginado, enviaba todos los meses unos
cientos de dólares con los que su mujer y su hijita subsistían.
Abrieron los bancos, y pudieron pagar la carrera al taxista mejicano, quien comprobó
con asombro cómo efectivamente a cambio de quince mil euros en el banco habían entregado
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a los europeos una cantidad cercana a los veinte mil dólares, menos la jugosa comisión
bancaria.
—Kolya quiero darle más dinero a Carlos —, susurró Sofía al oído a Kolya, que no
entendía nada.
Tras alejarse unos metros, éste preguntó —No te he entendido, ¿darle más dinero?
¿por qué, ya nos ha cobrado bastante por el servicio? —.
—¿Has visto la foto de su hijita? Quiero ayudar. Le voy a dar mil dólares más —,
sentenció Sofía, convencida de su decisión.
Kolya la agarró del brazo y le dijo —Espera, tengo una idea mejor —.
—Carlos, quiero comprarle su móvil —, le dijo Kolya.
—¿Mi móvil? —, respondió el mejicano muy extrañado pues tenía un modelo
antediluviano, que no se lo compraría nadie ni por cinco pavos.
—¿Es de prepago, verdad? —, preguntó Kolya.
—Así es —.
—Nosotros necesitamos un móvil. Tú comida para tu hija. Es un buen trato —, dijo
Kolya.
—No sé… ¿cuánto me dan por él? —, preguntó el mejicano.
—Si me promete que destinará el dinero a su hija le doy mil dólares —, dijo Sofía.
El mejicano abrió los ojos de par en par —¡Mil dólares! —.
—Sí, pero me tiene que prometer que el dinero irá para su hija —, repitió Sofía.
—Sofi —dijo Kolya con familiaridad —necesitaremos el dinero… —.
—El dinero es mío y haré con él lo que quiera. No me discutas Kolya. —, sentenció
Sofía.
Tras el intercambio de móvil por oportunidades para una niña mejicana, Kolya y Sofía
se dirigieron a la Estación Central de Autobuses de Philadelphia. Allí compraron unos billetes
de autobús que les llevarían hasta Columbus, en el Estado de Ohio.
—¿Por qué Columbus, Kolya? —, preguntó Sofía.
—Es el primer autobús que sale, Sofi. Además, quiero llegar a algún lugar de la
América interior donde poder descansar y reponer fuerzas. Hay numerosas carreteras de
tránsito norte – sur donde podremos descansar en algún motel de carretera sin llamar la
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atención —, respondió Kolya —por cierto, tu idea de los mil dólares ha sido magistral —,
terminó de decir Kolya.
—¿Te estás burlando de mí? —, preguntó Sofía elevando una ceja.
—No. En serio, sin tu iniciativa no se me hubiera ocurrido lo del móvil. Cuando vi la
antigüedad del terminal de Carlos imaginé que era un móvil prepago. Con tanta amenaza
terrorista, ahora ya no es posible adquirir uno sin identificarte, así que podremos realizar unas
cuantas llamadas antes de tener que abandonar ese terminal —, respondió Kolya.
—Pero, ¿tenemos que ir a California, no? —, preguntó Sofía.
—Sí. Una vez allí tengo que saldar algunas cuentas, conseguir los datos de mi
investigación y lanzarlos a los cuatro vientos, de forma que cualquier laboratorio del mundo
pueda producir la energía con el desarrollo de mi investigación. El anonimato es una sentencia
de muerte, necesito que el mundo conozca este nuevo descubrimiento disruptivo. Sofi, te lo
juro, verás una nueva etapa para la humanidad. Con energía ilimitada podremos erradicar el
hambre en el mundo. Luego pediré plaza como profesor en una universidad de algún lugar
cálido. ¿Te gusta Hawaii? Bueno… si es que quisieras venir, claro… —, dijo Kolya algo
ruborizado por la proposición implícita.
—Ya veremos, tendrás que convencerme un poco más… —, dijo Sofía sonriendo, pero
con el convencimiento interno de que no dejaría solo a aquél hombre, que si bien contaba con
una mente privilegiada, había carecido del afecto que toda persona necesita. Lo veía feliz a su
lado, a pesar de las penalidades por las que estaban pasando.
—Pero tardaremos semanas en llegar, tal vez meses, a este ritmo. Este país es muy
grande —, dijo Sofía, volviendo a la realidad.
—No tenemos prisa, Sofi. Ellos esperan un ataque inmediato, o al menos que yo
aparezca. A estas alturas ya sabrán que estamos en los Estados Unidos. Necesito tiempo,
recabar datos, contactar a algunas personas y preparar mi estrategia. El tiempo hará que ellos
bajen la guardia, el factor sorpresa es el arma de David contra Goliat. Y recuerda, David venció
—, dijo Kolya guiñando un ojo a Sofía.
Sofía simplemente sonrió. El cansancio estaba empezando a pasar factura.
El autobús arrancó a la hora prevista. Afortunadamente se trataba de uno de esos
autobuses con los cristales tintados y un buen aislamiento acústico. Dentro sólo se oía el ruido
cadencioso de los frenos hidráulicos. Tenían por delante varias horas de camino así que se
intentaron poner lo más cómodos posible. Sofía vio que Kolya estaba literalmente exhausto,
con la cabeza apoyada contra el cristal lateral del autobús. Ella había dormido en el avión y él
apenas había pegado ojo, así que levantó el apoyabrazos que separaba los dos asientos y
tomó entre sus manos los hombros de Kolya, guiándolos hasta hacer que la cabeza de él
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quedara apoyada entre sus muslos. El científico, debido a la falta de costumbre de que lo
trataran con cariño trató de decir algo. En ese momento, Sofía puso un dedo en los labios de
Kolya y movió la cabeza lateralmente, en clara indicación de que no hablara. Luego acercó sus
labios a los de Kolya y se mantuvo así unos instantes. El olor de ella hizo que Kolya se sintiera
seguro, protegido, transportado al lugar donde nada se teme. Ambos descubrieron en los ojos
del otro algo que no podían explicar con palabras, algo profundo, ancestral, poderoso y bello,
que está en los orígenes de lo que en realidad somos. Entonces ella lo besó.
—Descansa —, le susurró Sofía, al tiempo que jugaba con sus dedos en el pelo de
Kolya.
Kolya cerró los ojos y se durmió. En ese trayecto descansó tanto como sólo puede
hacerse cuando has llegado a tu hogar.
CAPÍTULO -11-.
El autobús llegó ya entrada la noche a la Estación de la Central Ohio Transit Authority,
la mayor empresa de autobuses del Estado de Ohio, con sede en Columbus. El frío era intenso
y allí estaban Kolya y Sofía, exhaustos pero con la determinación necesaria para llevar a cabo
su plan. A partir de ahora debían convertirse en invisibles para el sistema, lo que implicaba que
no podían hacer uso de tarjetas de crédito, móviles a su nombre, y ni siquiera conectar con su
servidor de correo electrónico. Debían aprender a vivir como en el pasado Siglo XX, tan
cercano en el tiempo y tan alejado en costumbres. El desarrollo tecnológico ha cambiado la
vida de las personas, ya nadie puede vivir sin una conexión a internet, sin correo electrónico, o
sin estar en algún tipo de red social, ya sea personal o profesional. Si esto es palpable en el
mundo de la empresa y de los adultos, para un niño o adolescente es incuestionable. Si no
estás en la red, no existes.
Ese modo de vida que Kolya y Sofía debían llevar a cabo les planteaba retos, pero
sorprendentemente para ellos les iba a devolver una parte de la parcela personal que se pierde
rodeados de tanta tecnología de la comunicación. Los seres humanos, por primera vez en la
historia estamos viviendo, pensando y actuando como un organismo conectado a nivel
planetario, a modo de una gran colmena de abejas o un hormiguero. El individuo se diluye
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aportando a la comunidad sus ideas, las cuales pasan instantáneamente a ser parte del acervo
público. En el campo de la investigación científica, donde Kolya desarrollaba su trabajo, la
capacidad de acceso inmediato a la información multiplicaba exponencialmente el desarrollo
científico y tecnológico. Se compartía información de forma instantánea, de tal manera que un
equipo investigador en la India podía estar en contacto permanente contrastando ideas con
otro que estuviera en Alemania y con otro en Canadá, en una suerte de procesador con
múltiples núcleos. Nunca había ocurrido algo así. Este pensamiento en cadena instantáneo es
sólo una parte de la ecuación de lo que nos deparará el futuro en los próximos veinte años. En
el año mil ochocientos la población mundial era de mil millones. Hoy es de siete mil millones. El
número de mentes brillantes y jóvenes de hoy, fundamentalmente en Asia, que están teniendo
un acceso intensivo en educación superior en ciencia, es abrumador, y el resultado será
explosivo en avance científico. El ser humano viene de fábrica con una serie de patrones de
interpretación de la realidad, aquellos que han sido necesarios para que nuestra especie
superara los innumerables retos a los que se ha enfrentado a lo largo de la historia, pero que
de nada valen en el mundo de hoy. No podemos evitar pensar linealmente, porque ese ha sido
el ritmo evolutivo que nos ha presentado nuestro entorno hasta hace cien años. Hemos
desarrollado una inteligencia capaz de destronar a otros animales que competían por los
recursos en nuestro entorno. Animales más fuertes, más rápidos, más agresivos, incansables,
han sido derrotados en la lucha por la supervivencia por esta especie de monos pensantes.
Año tras año, estación tras estación, generación tras generación, la especie humana ha
necesitado transmitir los mismos conocimientos, ya que el medio y sus variaciones han sido
mínimas o inexistentes. Esa es la razón por la cual no comprendemos el cambio en el cual
estamos inmersos. Esa, y la grandísima, inconmensurable capacidad adaptativa del ser
humano, que constituye nuestra otra gran ventaja evolutiva. Somos capaces de integrar en
nuestras vidas cambios como la intercomunicación instantánea y en uno o dos años ni
acordarnos de cómo nos las arreglábamos antes sin estos avances. Por eso no nos damos
cuenta del todo del ritmo exponencial de los cambios que está produciendo la vida inteligente
en este planeta. En tan sólo una o dos décadas, el Siglo XX será un lugar lejano, extraño. Los
gobiernos de los países tratan de poner diques a una marea que los ha superado hace tiempo.
Este Siglo XXI será el siglo de la especie humana como súper organismo planetario, ya lo está
siendo.
—Vamos Kolya, hay que buscar un motel cuanto antes —, indicó Sofía al ver que Kolya
se paraba a ver uno de los múltiples papeles pegados en un tablón de anuncios de la estación.
—Se me ocurre algo mejor… —, dijo éste con cara de pillo.
—Tiene que ser un motel o una pensión, Kolya, debemos pasar lo más desapercibidos
posible, y además hay que racionar el dinero, no sabemos cuándo podremos conseguir más —
, dijo Sofía.
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—Te acabas de convertir en una estudiante de postgrado de la universidad más grande
de los Estados Unidos, la Universidad Estatal de Ohio —, dijo Kolya.
—¿Qué? No te entiendo —.
—En esta ciudad hay más de cien mil estudiantes Sofi, es un lugar perfecto para
desaparecer durante un tiempo —, argumentó Kolya.
—Vale, somos estudiantes de postgrado. Perfecto. Pero debemos encontrar un sitio
para descansar. Es tarde —, contestó Sofía algo preocupada por el estado de agotamiento que
tenían los dos y la imposibilidad de lograr un lugar de descanso, al menos temporal.
—Sofi, en un motel piden documentación. Y en los que no la piden, mejor no estar —.
—No tenemos alternativa —, dijo Sofía.
—Sí la tenemos, ¿se te ocurre algún sitio donde no te pidan credenciales y puedas
integrarte perfectamente sin ser detectado? —, preguntó Kolya.
—Kolya, no estoy para adivinanzas. Vamos, por favor… —, respondió Sofía, agotada.
—Acabo de ver un montón de anuncios de alquiler de habitaciones en pisos de
estudiantes. Ellos no piden documentación y será mucho mejor que un andrajoso motel —, dijo
Kolya.
—¿Un piso? ¿Compartido? —, reflexionó Sofía.
—Exacto, es la mejor forma de pasar desapercibidos, integrándonos en la comunidad
estudiantil. Además, será divertido… —, dijo Kolya guiñando un ojo a Sofía.
—Quien me lo iba a decir a mí, a estas alturas… —, dijo Sofía riéndose, pues le
parecía una situación de lo más cómica.
Tras varias llamadas, pudieron confirmar la visita a un piso de estudiantes a los que se
le había quedado vacía una habitación. En la misma estación de autobuses cogieron un taxi en
dirección al Distrito Universitario. El coche salió de la estación y avanzó por un barrio sacado
de contexto. Casas bajas, con tejados a dos aguas de gran inclinación, jardines, puertas y
ventanas adornados en una suerte de vuelta al barroco. Kolya se sorprendió al pasar por
aquellas calles hasta que pudo leer un gran cartel que rezaba “German Village”. Claro, el Barrio
Alemán. En su estancia en los Estados Unidos había aprendido que aquel gran país fue fruto
de una gran emigración europea, no exclusivamente inglesa o irlandesa, por lo que aún
pervivían diversas comunidades que mantenían su acervo cultural. Dejaron atrás el Downtown
Columbus, el barrio más moderno, populoso y vitalista de la ciudad, y se internaron en el
Distrito Universitario número dos, en el que abundaban las casas de ladrillo rojo con jardín. La
carretera discurría paralela al Río Olentangy, flanqueado por inmensas arboledas dormidas a la
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espera de la primavera. De repente, habían abandonado el mundo para internarse en un
microcosmos de arrebatadora belleza. Contemplando aquella parte del mundo, Kolya divagó
pensando en cómo sería la Universidad de Cambridge en la época de Newton, que era el
personaje histórico a quien más admiraba. Debía ser algo así, ladrillo rojo, agua y vegetación,
vegetación y agua. Si hubiera visto en ese momento un coche de caballos, sabría que estaba
soñando, pero no. No lo estaba.
El taxi paró en la dirección indicada, número veinte de la Avenida Woodruff. Allí,
plantado en las escaleras que subían a la puerta de la casa estaba Jerry, uno de los dos
estudiantes que compartían el inmueble. Era una casita estrecha de ladrillo rojo, de dos
plantas, con techo a dos aguas como todas las demás, y los marcos de puertas y ventanas de
color blanco. A ambos lados de la escalera de acceso había un pequeño jardín descuidado y
algo yermo por las temperaturas invernales.
—Buenas noches —, se presentó Kolya.
—Hola —, respondió Jerry.
—Tal como hemos hablado antes, venimos por el anuncio de la habitación libre —, dijo
Kolya.
—Pero, sólo tenemos una habitación libre y son dos personas —.
—En efecto. No queremos dos habitaciones, con una nos apañaremos bien —,
respondió Kolya.
—Esto no lo teníamos previsto. Esperen un momento —, dijo Jerry, entrando en la casa
sin la más mínima cortesía de hacerlos pasar.
A los dos minutos apareció Jerry de nuevo, acompañado de Samuel, su otro
compañero de casa. Jerry era un estudiante de Informática, rubio, alto y delgado. Era una
persona controladora y meticulosa, y el hecho de ver que el estudiante que venía a alquilar la
habitación se presentara de repente con una chica, no encajaba en su sistema mental, que, al
igual que un ordenador cuando se le pide demasiado en un momento dado, se bloqueaba. Su
compañero de casa, Samuel, era una persona antagónica a Jerry. Moreno, de estatura media y
con un corte de pelo muy peculiar. Tenía los laterales de la cabeza con el pelo muy corto y la
parte de atrás algo más larga, de donde sobresalía una trenza con varias bolas de madera
insertadas en la trenza. Samuel era estudiante de biología, y, al contrario que Jerry, era
desordenado e intuitivo, cualidades que a Jerry le parecían verdaderos defectos, pero que
hacían de Samuel un verdadero hijo de la naturaleza. Le gustaba pasar sus veranos en la
Amazonía, en diversos proyectos de investigación, pues le obsesionaban las increíbles
propiedades de los millones de especies botánicas existentes, y le maravillaba el hecho de que
muchísimas especies estuvieran aún sin estudiar. En sus veranos en Sudamérica había
aprendido a chapurrear algo de portugués y español.
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—¡Hola! Me llamo Samuel ¡Qué frío hace aquí afuera, venga vayamos adentro! —, dijo
Samuel, ante la atónita mirada de Jerry, pues su compañero estaba haciendo pasar a su casa
a dos desconocidos sin evaluar los riesgos.
Una vez sentados en el sofá del destartalado salón, lleno de cosas tiradas por todos
lados, Jerry empezó su negociación:
—Nosotros buscamos un estudiante para la habitación que queda libre, no dos —, dijo
Jerry, mirando de reojo a su compañero en busca de ayuda ante esa situación inesperada para
él.
—Pero nosotros pagaremos la renta de la habitación, además no molestaremos nada.
Somos personas tranquilas —, argumentó Kolya, al tiempo que analizaba a los dos jóvenes.
—¡Claro que pueden quedarse! Si pagan la renta, ¿qué más da que sean uno o dos?
—, dijo Samuel encogiéndose de hombros y mirando a su compañero.
—No sé… —, dudó Jerry.
—Además, nos vendrá bien la presencia de una mujer en esta pocilga. Aunque sea
muda —, bromeó Samuel.
—Ella no habla bien el inglés. Somos españoles —, dijo Kolya en defensa de Sofía.
—¡Genial! Así podré practicar mi español. “Bueno para conocerte” —, dijo Samuel en
un rudimentario español.
Ante la actitud de su compañero, Jerry supo que tendrían que dejar quedarse a
aquellos dos, pero les dejaría bien claras las normas de la casa.
—Está bien, que se queden —, cedió por fin Jerry.
—Gracias, no seremos una molestia y pagaremos puntualmente —, respondió Kolya.
—Sí, pero el precio ha cambiado —, dijo Jerry.
—¿Por qué? En el anuncio ponía trescientos dólares al mes por la habitación —.
—Si son dos personas, son cuatrocientos —, respondió el informático.
—¿Pero si la habitación es la misma? —, dijo Kolya.
—Pero no los consumos. Dos personas gastan más —, siguió Jerry con la negociación.
—Trescientos cincuenta o nos vamos ahora mismo —, sentenció Kolya.
Jerry miró a su compañero de piso, que asintió con la cabeza.
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—De acuerdo. Trato hecho —, accedió Jerry —¿Sus maletas? —, preguntó.
—No tenemos maletas —, dijo Kolya.
—Las perdieron en el aeropuerto —, añadió Sofía en español, pues entendía algunas
partes de la conversación.
—“They lost them at the airport” —, le tradujo Samuel a su compañero, con una gran
sonrisa por el hecho de haber entendido la frase en español. Aquello le divertía mucho. Todo le
divertía mucho.
Esa noche durmieron profundamente hasta bien entrado el día siguiente. A media
mañana, salieron a comprar lo necesario para vivir allí durante un tiempo.
El taxi los llevó al Eastland Mall, un enorme centro comercial en el sudeste de la
ciudad. A plena luz del día pudieron admirar el paisaje, tanto del distrito universitario como del
resto de la ciudad. De nuevo aquellas casas con encanto, las arboledas, los ríos de aquella
ciudad. Era como haber caído a través de un túnel del tejido espacio-tiempo en otra realidad
paralela a la que en realidad estaban viviendo. Como estar viviendo un sueño dentro de un
sueño. El centro comercial no distaba mucho del estilo de centros comerciales que había en
España, pero más recargado en detalles. Grandes aparcamientos y un gran edificio con una
atractiva plaza central y una serie de plantas llenas de tiendas.
Kolya y Sofía aprovecharon para desayunar en una de las cafeterías de la plaza central
del centro comercial. Con el gran vaso de café con leche en la mano, Kolya estiró las piernas,
se relajó en el asiento y suspiró.
—Vamos a quedarnos al menos dos semanas por aquí, Sofi —, dijo Kolya.
—Pero tenemos que ir a California, ¿no? —, respondió ella.
—Sí. Tengo que estudiar qué hacen los restantes jugadores del tablero, para ello
necesito información, aunque no sé aún cómo obtenerla sin llamar la atención. Cualquier
movimiento en la red por mi parte sería detectado. Además necesitamos un descanso, así que
creo que es conveniente desaparecer por un tiempo —.
—Todo esto me da vértigo, Kolya. Tengo un poco de miedo. Jamás había hecho algo
así —, respondió Sofía.
—¿Te arrepientes de estar aquí? —, preguntó Kolya, mientras anotaba distraídamente
en una hoja la lista de cosas que necesitarían: comida, ropa, cosas de aseo personal, unas
maletas, un ordenador portátil para empezar a organizarse, y lo más importante… chocolate
negro ¿habría chocolate belga en Columbus?
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—¿Arrepentirme? Ni de broma. Sé que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Por
primera vez en mi vida estoy siguiendo los dictados de mi corazón, pero no sé dónde va a
terminar todo esto. Me asusta un poco —, dijo Sofía.
—Es normal que tengas miedo Sofi. La vida es muy caprichosa en los designios que
tiene para cada uno de nosotros. Tenemos una falsa sensación de eternidad mientras estamos
vivos, pero la realidad es que nuestro tiempo es limitado, lo que hagamos con él es lo único
que importa. El corazón siempre nos indica a cada uno de nosotros lo que quiere hacer, pero
solemos silenciarlo porque tenemos miedo, y el miedo es el enemigo del ser humano, es un
fantasma que se mete dentro y gobierna lo que sólo te pertenece a ti. Tu vida —, dijo Kolya
saboreando a pequeños sorbos su humeante café.
—Pero uno tampoco puede ir arriesgándolo todo por seguir los mandatos de su
corazón, hay que calcular los riesgos —, argumentó Sofía.
—Mira Sofi, la clave de todo esto está en la sonrisa y en el sentimiento —.
—Explícate, no te sigo —, dijo Sofía.
—Pues que si tú crees que estás haciendo lo que quieres hacer serás feliz, aunque
pases calamidades. Mejor compartir un bocadillo de pan duro con quién tú quieres y donde tú
quieres que una cena con marisco y champán con quién no. Mejor vivir en una tienda de
campaña ayudando en un campo de refugiados que en un lujoso apartamento de Londres, si te
encuentras vacío por dentro. Claro que para muchos, almacenar dinero que jamás gastarán es
motivo de felicidad. Otros obtendrán la mirada de un niño agradecido a quien han ayudado. Y
ambos serán ricos —.
—¿Crees que hay que vivir la vida ayudando a los demás? ¿Es tu conclusión? —,
preguntó Sofía.
—No necesariamente. Yo no juzgo a nadie. El ser humano se ha preguntado a lo largo
de la historia cuál es el sentido de la vida y yo creo que hay dos sentidos de la vida, uno
particular, que podemos controlar y otro general, que se escapa a nuestro entendimiento. Si te
das cuenta, la vida está en constante evolución desde que apareciera en forma de
rudimentarias moléculas orgánicas, el sistema avanza y se perfecciona por sí sólo, y en ese
avance se generan formas de consciencia cada vez más y más complejas, quizá a la especie
humana nos trascienda la Inteligencia Artificial, y será únicamente otro paso más en la meta
que persigue la vida como sistema, quizá debamos llegar a un nivel de consciencia
suficientemente elevado para que nos sean revelados los secretos de la vida, no lo sé, y
francamente no creo que deba importarnos, pues no tenemos ningún control sobre eso, pero el
otro sentido de la vida, el nuestro, el particular, que sí podemos controlar, implica saber qué
hacer con la vida que sin haberlo pedido se nos ha otorgado. Y esa respuesta en mi opinión es
muy sencilla, la respuesta es: ser feliz sin dañar a otros. Si uno es feliz ganando dinero, pues
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eso debe hacer, sin sentimientos de culpa, si otro es feliz viajando en moto, eso debe hacer, es
su obligación —, dijo Kolya.
—Cuanta razón tienes ,—dijo Sofía —Pienso en mi madre, Juana. Cuántas
obligaciones, cuántos sacrificios… y total ¿para qué?. Para que el resto de la sociedad
simplemente no la critique. Me gustaría saber qué hubiera querido elegir ella para su vida. Sin
tener en cuenta las opiniones de los demás —.
Tras un día relajado de compras en el centro comercial, volvieron al distrito
universitario. Durante una semana no hicieron otra cosa que descansar y dar largos paseos por
las orillas del Río Olentangy, cercano a la casa. Los dos estudiantes americanos con quien
compartían la casa se pasaban el día entero en la biblioteca de la Universidad, en pleno
período de exámenes, por lo que Sofía y Kolya podían disfrutar de la casa para ellos solos. Allí,
al calor de la estufa iban descubriendo día tras día lo mucho que tenían en común. La conexión
entre ellos era tal que daba la sensación de que estaban predestinados a encontrarse. Sofía
encontró en Kolya a un hombre de ciencia y de profundos valores, aprendidos desde muy
pequeño por las experiencias por las que la vida le había conducido. Un hombre que se sentía
un instrumento de la existencia, y estaba dispuesto a cumplir su misión en esta vida, a aportar
algo positivo al mundo antes de abandonarlo. Su desapego con respecto a las cosas o a las
personas era consustancial a su forma de ser. No pertenecía a nada ni a nadie.
En uno de los paseos por los frondosos caminos de la rivera del río, un pensamiento se
le presentó a Kolya sin pedir permiso. Aquél pensamiento venía una y otra vez, caprichoso, a
su mente, y Kolya lo ignoraba, pero se sentía desconcertado. En su mente estaba tomando
cuerpo la idea de que si bien su vida tenía un sentido, sabía lo que quería y luchaba por
conseguirlo, jamás estaría completo si Sofía alguna vez le faltaba. Sentía que ella era la pieza
que completaría el puzle de su vida, para hacerla sublime, espiritual …plena. Es solo una
amiga, se decía Kolya, pero cada vez que su mirada se cruzaba con aquellos ojos verdes, la
pequeña naricita y aquella tímida sonrisa, sabía que no estaba mirando a alguien ajeno a él.
Sofía, por su parte, nunca había confiado plenamente en nadie. Los demás tendían a invadir el
espacio de su libertad individual. Además, detestaba la vida insustancial en la que había vivido,
no entendía la carrera constante por acumular posesiones materiales de todo el mundo. Ella se
sabía distanciada de todo aquello desde muy pequeña, su capacidad reflexiva era una pesada
carga con la que tenía que vivir, pues la vida está diseñada para ser vivida, no para ser
pensada, sin embargo sólo había encontrado consuelo en los libros. Desde hacía unos cuantos
años, leía cada vez más. Le fascinaba el haber descubierto que los grandes pensadores de la
historia tenían puntos de vista coincidentes con el suyo, que otros también habían sufrido la
condena de tener una mente ávida de respuestas. Era increíble descubrir lo semejantes que
eran los pensamientos de otros a través del espacio y del tiempo. Fuera cual fuera la cultura
del escritor, y hubiera vivido en la época que hubiera vivido, se producía un diálogo coherente
entre escritor y lector, un diálogo real, vívido, intenso, en una suerte de viaje en el tiempo. Ella
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se había refugiado en los libros, porque cada vez que había intentado vivir la vida conforme a
los patrones que veía en sus compañeras, primero de universidad y luego de trabajo, tratando
de sentir las mismas emociones que veía a su alrededor, se descubría una y otra vez dentro de
un mundo al que no pertenecía. Sin embargo, aquel hombre era distinto. Era un hombre de
verdad, que afrontaba la vida al margen del constante carrusel de absurdos estímulos que nos
ponen delante con el objetivo de no afrontar la realidad. A la vez era tierno, y con un gran
sentido del humor. Era único.
El tiempo volaba para ellos, cada noche tenían la sensación de no haber disfrutado lo
suficiente de la mutua compañía. Hacía ya varios días que Kolya había empezado a trabajar
por las mañanas en su ordenador portátil, tanto en la reconstrucción del modelo teórico de la
obtención de energía de la teletransportación cuántica, como en el estudio de cuáles debían
ser sus próximos pasos. Sin poder conectarse a ninguno de los servidores donde almacenaba
su trabajo, ni poder conectar con ningún colega profesional, estaba empezando a llegar a una
vía muerta en su trabajo. Por su parte, Sofía dedicaba los días al estudio del inglés,
practicando con el único que tenía paciencia para enseñarle, Samuel, su compañero de piso.
Por la tarde, seguían disfrutando de un ritmo relajado de vida. Sofía se dejaba llevar, pero
Kolya seguía pensando en su estrategia, los paseos y la vida relajada les vendrían bien, debían
dedicar un par de semanas al descanso, pues necesitarían toda su energía en afrontar la
peligrosa misión que tenían por delante.
—Mañana sábado termina una de las exposiciones en el Columbus Holiday Art Gallery,
y no quiero perdérmela. ¿Alguien se apunta? —, preguntó Samuel un viernes por la noche, en
que habían coincidido los cuatro compañeros en la casa. Estaban cenando en una vieja mesa
de madera cerca de la estufa y de las ventanas divididas en cuatro, con el marco blanco, por
las que se veía caer la nieve afuera. La mesa estaba cubierta con un mantel de tela
plastificada, con adornos navideños. Puro reciclaje. Los americanos habían preparado unas
costillas fritas, que habían cubierto con salsa barbacoa, y Sofía les había preparado una gran
tortilla española, que había tenido mucho éxito. La lámpara de araña suspendida del techo
tenía algunas bombillas fundidas, por lo que la iluminación provenía de las bombillas
supervivientes y del rojo resplandor de la estufa. El ambiente era tan cálido que hasta Jerry
estaba de buen humor, aunque claro, no lo demostraba.
—Podíamos ir, Kolya, casi no salimos de la casa —, dijo Sofía, mirando a su amigo con
cara angelical y sonrisa de súplica.
—Yo no tengo mucho interés en ir, Sofi, pero si tú quieres ir, iremos. Quizá nos venga
bien dar ese paseo. Nosotros vamos —, dijo Kolya dirigiéndose a los americanos.
—Y tú Jerry, ¿vendrás? —, preguntó Sofía, mirando a su compañero, a quien
apreciaba a pesar de no hablar mucho con él.
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Jerry se hizo de rogar, pues no terminaba de decidirse, inmerso en un bucle de
cálculos relativos a la decisión, tan cíclico como absurdo. Finalmente accedió —Está bien, iré
—.
Al día siguiente, tal como habían planeado salieron en el coche de Jerry en dirección a
la ciudad para ver la exposición.
—¿Conocen los restaurantes del Downton? —, dijo Samuel.
—No. No conocemos prácticamente nada, salvo el centro comercial —, contestó Sofía.
—La galería está en Easton Town Center, pero primero vamos a ir a cenar. Conozco
un sitio que… —, dijo Samuel, interrumpido por Sofía.
—¿A cenar primero? ¿No cerrarán la exposición? —, preguntó.
—No, con la celebración del Bicentenario de Columbus, el año pasado, y en vista de
que la ciudad opta al premio de Comunidad Inteligente del siglo XXI se ha potenciado
muchísimo el arte. El centro es un hervidero de actividad comercial y artística los fines de
semana hasta entrada la madrugada. Podemos ir al High Street Grill, he oído que han
renovado la carta —, dijo Samuel dirigiéndose a su compañero, quien le miró frunciendo el
ceño, mientras conducía.
—De eso nada. Ese sitio es carísimo. Iremos al Louie —, dijo tajante Jerry.
—El Louie está bien, ¿pero no les vamos a enseñar el Downton? —, preguntó Samuel.
—Podemos tomar unas cervezas abajo primero —, dijo Jerry.
—Vale. Trato —, acordó Samuel.
Dieron un paseo en la parte baja de la ciudad, en el barrio conocido como Downton. A
pesar del frío, había un ambiente extraordinario en la calle. Por el día los modernos rascacielos
dominaban la ciudad, pero por la noche, especialmente en fin de semana, la ciudad sacaba a
relucir su oferta de ocio. Las calles estaban llenas de bares y restaurantes, y en la mayoría de
ellos había que esperar por una mesa. Tomaron unas cervezas en una de las terrazas
caldeadas por unas estufas de exterior con forma de obelisco, tras lo cual se dirigieron al
Easton, donde habían reservado mesa en el Louie.
Al entrar en el restaurante, a Sofía le vino a la mente los sitios típicamente americanos
que había visto en las películas. Era una gran cervecería, con paredes y suelo de madera,
abarrotado de gente. Las camareras no paraban de sacar enormes platos de comida,
brochetas de gambas, burritos mejicanos y hamburguesas al estilo americano, con el doble de
tamaño que las que ella conocía en España, acompañadas de fuentes interminables de patatas
fritas.
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—¡Por los amigos españoles! —, dijo Samuel, levantando la jarra de cerveza que les
habían traído antes de que ordenaran la comida, para hacer un brindis. Estaba feliz en aquel
ambiente.
Chocaron sus cervezas y pidieron los platos. Galletas saladas con queso, al estilo
Bávaro, pues era importante la influencia alemana en aquella ciudad, y un tipo distinto de
hamburguesa para cada uno.
—Tengo una duda —, dijo Jerry, mirando a Kolya.
—¿Con respecto a qué? —, contestó éste.
—Decís que habéis venido a estudiar a la Universidad de Ohio, pero no habéis
aparecido por el campus. ¿No es un poco raro? —, preguntó Jerry.
—Jerry, no es asunto nuestro. Disfrutemos la noche —, dijo Samuel a su compañero.
Pues no le apetecía en absoluto estropear la noche.
—No pasa nada Samuel, estamos entre amigos, es una pregunta lógica. Aún no ha
empezado el postgrado que voy a hacer, de momento estoy preparando una tesis doctoral —,
respondió Kolya.
—Yo soy enfermera. No sé si sabes que las cosas están mal en Europa. Me gustaría
hacer algún curso de especialización en los Estados Unidos para poder trabajar aquí, pero
todavía tengo que aprender bien el idioma —, dijo Sofía.
—He visto que trabajas en tu portátil con ecuaciones complejas que yo no entiendo,
¿de qué trata tu tesis? —, preguntó Jerry.
—Soy físico, mi tesis se basa en el desarrollo de sistemas computacionales cuánticos
—, dijo Kolya.
Jerry dejó la hamburguesa en el plato y miró a Kolya con los ojos muy abiertos. —
¿Sistemas computacionales cuánticos? —, yo soy ingeniero informático. Mi meta es desarrollar
una aplicación o sistema con el que hacer un montón de dinero. La computación cuántica es el
siguiente paso al silicio, ¿eres bueno? ¿cómo de avanzado está ese tema realmente? —,
preguntó Jerry repentinamente ansioso.
—¿Cómo de avanzada llevas la hamburguesa, Samuel? —, preguntó Sofía riéndose,
pues lo último que tenía en la cabeza esa noche era pensar en cosas serias.
Samuel se rió también y chocó la jarra con Sofía, mientras que Jerry y Kolya se
enfrascaban en una conversación más seria.
—¿En qué trabajas tú, Jerry? —, preguntó Kolya.
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—Trabajo en un sistema complejo de algoritmos de procesamiento exponencial y
simultáneo de la información —, respondió Jerry.
Samuel estaba en su salsa. Había visto una mesa grande de chicos y chicas mejicanos
que estaban celebrando algo. Cogió a Sofía de la mano y se la llevó con ellos. —¡Aquí
venimos, mi amiga española y yo! ¿Podemos sentarnos? —. Los mejicanos estaban de fiesta y
les pareció bien que se uniera más gente al grupo. De hecho, fueron uniendo mesas hasta que
la fiesta de los mejicanos ocupó medio local. Las jarras de cerveza iban y venían y Sofía no
paraba de reír. Kolya veía a su amiga feliz y sintió alegría en su corazón. Cruzó la mirada con
una sonriente Sofía que mantuvo unos segundos la mirada. El sintió alegría. Ella deseo.
Volviendo a la conversación con el informático, Kolya preguntó: —¿hablas de
robótica?—.
—No exactamente. Quiero hacer sistemas de procesamiento de la información
inteligentes. Para hablar de robótica es necesario tener un mecanismo físico. Yo trabajo en el
futuro, Kolya —, continuó Jerry echando la silla hacia delante y acercándose a su compañero
de piso —En unos años tendremos grandes pantallas conectadas a internet por doquier, lo
llamamos ubicuidad. En nuestra casa, en el coche, en todos lados… Pero ¿qué hacemos
actualmente cuando abrimos un ordenador y nos conectamos a internet? —, preguntó Jerry.
—Acceder a la información —, respondió Kolya.
—¡Bingo! Esa es la clave —, dijo Jerry —. La información. Perdemos más de un tercio
de nuestro tiempo conectándonos manualmente a los sitios que nos interesan, y otro tanto
tratando de averiguar qué sitios web o aplicaciones necesitamos para satisfacer nuestras
necesidades. Con un sistema así, por mucho que pongas una pantalla en la nevera, no será
más que otro dispositivo más que hay que utilizar. Mi idea se basa en la I.A. —.
—Inteligencia Artificial. Interesante, pero complejo —, dijo Kolya —Actualmente la
capacidad de comprensión del ser humano por parte de las máquinas es muy limitada —.
—Sí, pero cada vez menos. Hasta hace poco se trataba de introducir en el ordenador
todas las respuestas, de forma que la información disponible estuviera ahí para cuando el
humano la necesitara, pero ahora no es así. Yo trabajo en un algoritmo de probabilidades. Mi
sistema es inteligente, no necesita mucha información, porque va comprendiendo la forma en
que el usuario se relaciona con él. Igual que un niño, mi sistema de IA va aprendiendo qué es
malo y qué es bueno, según las preferencias de su dueño. Al tener acceso a internet, conoce
todas las fuentes, y con la capacidad computacional de hoy en día, es capaz de encontrar las
respuestas a las necesidades del propietario. Al instalar el sistema en su casa, mi sistema es
como un bebé, no sabe mucho, pero aprende rápido. El usuario sólo tiene que interactuar con
él y él irá sabiendo sus gustos. Al principio el usuario dirá, por ejemplo, hoy es lunes por la
mañana, voy a ver mi correo y encender la cafetera, y manualmente el usuario activará el
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programa de la cafetera, conectada con el sistema, abrirá su correo y dará la orden de subir las
persianas eléctricas, también conectadas al sistema. Nuestro pequeño amigo no olvida, y sabe
que el lunes por la mañana es muy probable que queramos usar la cafetera, consultar nuestro
correo y subir las persianas. Él no para de aprender, y pronto se convertirá en nuestro mejor
alidado. Sin embargo, necesito muchísimo más poder computacional, para que nuestro amigo
pueda llegar incluso a sugerirnos cosas que sabe que nos gustarán, hablo incluso de que nos
aconseje tener una cita al vernos tristes, bucee en la red y nos busque una compañera
adecuada que quiera conversar. Todo eso es posible, pero necesito mucha más potencia. Por
eso me interesa mucho la computación cuántica —, dijo Jerry.
—El problema de la escala cuántica es la inestabilidad. No sé si conoces el efecto túnel
—, preguntó Kolya.
—No. Ni idea —, respondió Jerry.
—Pues resulta que las partículas, a esos niveles de tamaño, están todo el día de fiesta,
como lo están en aquella mesa —bromeó Kolya. —Se comportan de una forma caprichosa, a
veces son partículas, a veces son ondas, a veces están aquí, a veces allí, y a veces en los dos
sitios a la vez. El efecto túnel consiste en que a algunos electrones, cuando no les gusta estar
en un sitio ¡zas!, se convierten de partícula en onda y se escapan del espacio físico donde
pensábamos que los teníamos controlados. En una palabra, es un sistema altamente inestable
—, concluyó Kolya.
—¿Entonces no hay nada que hacer? —, preguntó Jerry.
—Nunca subestimes la capacidad del ser humano. Estamos empezando a controlar el
universo cuántico, pero nos está costando un poco. Es cuestión de tiempo —, dijo Kolya.
—Pero es mucho más potente, ¿no? ¿Crees que llegaré a verlo? —, preguntó Jerry.
—Mira Jerry —dijo Kolya poniendo una mano en el hombro del americano —Lo verás,
y pronto. Sigue trabajando en lo que haces, porque tienes el futuro en tus manos. Lo que vas a
ver en los próximos años te dejará con la boca abierta. Te diré un secreto —continuó Kolya
desvelando más de lo que debiera, por efecto de las cervezas —, las partículas cuánticas,
además de por su tamaño, debido a que pueden procesar varios qubits de información al
mismo tiempo, tienen una capacidad de procesamiento de la información casi infinito… —.
—¿Qubits? —, preguntó Jerry.
—Sí, en la computación clásica, una unidad de información es un bit, y como
trabajamos en código binario, será un 0 ó un 1. Pero una partícula subatómica se ríe de eso,
pues puede ser, al mismo tiempo un 0 y un 1. Cuando manejamos grandes cantidades de
datos, imagina las probabilidades en el tratamiento de la información que puede manejar
simultáneamente un puñado de átomos que ni siquiera somos capaces de ver. Pero ese no es
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el secreto… Las partículas subatómicas se hablan en el lenguaje de los fotones. Y no
necesitan cables, ni siquiera ondas… En unos años verás ordenadores y sistemas de
Inteligencia Artificial como el tuyo conectados, intercambiando información de forma masiva e
instantánea en una suerte de telepatía. Como por arte de magia —, concluyó Kolya, con una
media sonrisa.
—Parece que tienes bastantes ideas, hablaré de ti en mi blog —, dijo Jerry dedicando a
Kolya una de las escasísimas sonrisas que concedía.
—¡No hagas eso! —.
—¿Por qué? ¿Ocurre algo? —, preguntó Jerry sobresaltado.
—Bueno, no te asustes, pero en el pasado he obtenido algunos datos de forma no del
todo legal para mis investigaciones, pequeñas cosas, pero que podrían traerme problemas —,
dijo Kolya con el convencimiento de que tendrían que salir de aquella ciudad cuanto antes,
pues su intento de pasar desapercibido se estaba yendo al traste con aquella conversación.
—Cuéntame, ¿qué datos has obtenido? —, preguntó Jerry cada vez más interesado en
su compañero de piso. Era como si le hubieran puesto delante una caja de bombones a un
goloso.
—Jerry, esta conversación ha terminado. Sofía y yo nos vamos —, respondió Kolya
molesto consigo mismo por no haber podido controlar mejor aquella conversación. Sin
embargo, el meticuloso y ordenado Jerry le sorprendió por completo. Ante el intento de
levantarse de Kolya, éste lo cogió por el brazo, lo obligó a sentarse e inclinándose un poco
hacia delante le dijo:
—Puedes estar tranquilo conmigo, bienvenido al club —.
—Jerry, esta conversación me está preocupando, ¿a qué te refieres? —, preguntó
Kolya.
—Pertenezco a un pequeño club que trata de buscar vías de escape al control de los
gobiernos. Los ciudadanos del mundo son esclavos, Kolya. Están permanentemente vigilados,
controlados y dirigidos, pero ellos no se dan cuenta. El Gran Hermano de la novela “Mil
novecientos ochenta y cuatro” de Orwell existe, Kolya. Nosotros abrimos brechas en el sistema.
Somos… los electrones del efecto túnel, del ciberespacio —, dijo Jerry.
—Pero tú trabajas en proyectos legales. Dentro del sistema —, dijo Kolya.
—Yo trabajo en muchas cosas, Kolya, en la red nadie es lo que parece. Nosotros
estamos en todo el mundo y en ninguna parte. Somos todo y no somos nada, pero nuestros
efectos se notan. El Gran Hermano está molesto. Eso lo hace más divertido —, dijo Jerry,
esbozando una gran sonrisa.
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—¿Anonymous? —, preguntó Kolya, sin salir de su asombro. Esa sí que era buena.
—Chico listo —, respondió Jerry.
—Tenemos algunas cosas en común, después de todo —, dijo Kolya relajándose un
poco.
—Nosotros ayudamos a aquellos perseguidos o controlados por el sistema. La libertad
del ser humano es nuestra meta. Te ayudaré, pero si alguna vez tengo problemas por tu culpa,
no dudes que te joderemos la vida. Tu vida es digital, lo quieras o no, y si alguien ataca a
cualquier miembro de nuestra organización, más vale que empiece a escribir sus pensamientos
en tablillas de barro ¿Me he expresado con claridad? —, espetó Jerry.
Kolya suavizó el gesto, cogió su cerveza y la chocó con la jarra de quien acababa de
convertirse en su nuevo mejor amigo —Con total claridad —, dijo sonriendo.
—¿Crees que podría acceder a mis archivos a través de internet sin ser detectado? —,
preguntó Kolya.
—No es fácil, pero es posible. Cada vez que entras en una página web se instalan en
tu ordenador decenas de “cookies”. Estos pequeños archivos son esenciales para evitar
sobrecargas en los servidores por redundancia en la información que manejamos, pero algunos
de ellos provienen de nuestros amigos de la Agencia DARPA, la Agencia de Investigación de
Proyectos Avanzados de Defensa. Esta agencia, en teoría debería servir para defendernos de
amenazas del exterior, pero se usa para vigilar a la población, que es controlada a un nivel que
la gente ignora. El modo en el cual vivimos me recuerda a la película “El Show de Truman”, la
realidad es que tratan de proveernos de la calidad de vida necesaria para evitar que
cuestionemos la realidad —, dijo Jerry.
—¿Qué realidad? —, preguntó Kolya.
—Que la mayoría es esclava de una minoría. El verdadero sistema de poder se sirve
de las masas, que con su esfuerzo diario alimenta un sistema piramidal de recursos, en el cual
la base sostiene y sobrealimenta a la cima, que la vigila, controla y dirige... Dime, ¿es muy
gordo en lo que andas metido? —, preguntó Jerry con franqueza.
—Yo no me he metido, me han metido. Y no debería ser gordo, algún día te lo
explicaré, pero digamos que le he tocado las narices a los de la cima de la pirámide —.
—¡Qué estimulante! Te ayudaré. Te construiré un canal seguro de comunicación para
que accedas …desde Alaska, a tu información, pero ten cuidado con la “Gran Oreja” —, dijo
Jerry.
—¿La Gran Oreja? —, preguntó extrañado Kolya.
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—Sí. ¿No has oído hablar de la Red Echelon? —, preguntó Jerry.
—Sí. ¿Es un sistema de espionaje para controlar el terrorismo, no? —, dijo Kolya.
Jerry soltó una sonora carcajada —Sí, pequeño Neo. Veo que aún no estás listo para
desconectarte de Matrix —, dijo Jerry con ironía —No seas ingenuo. La Agencia de Seguridad
Nacional, la NSA, ha desarrollado desde su complejo militar de Fort Meade, en Marylan, su
juguetito. Esta orejota es capaz de interceptar millones de conversaciones por satélite, correos
electrónicos, chats, …de todo. Reconoce las palabras clave que ellos quieran, así que si estás
trabajando en algo sensible para ellos y usas el teléfono, jamás se te ocurra nombrar palabras
clave. Si quieres hablar de computación cuántica, por ponerte un ejemplo, deberás decir algo
así como ordenadores hechos de partículas muy pequeñitas ¿me sigues? —, preguntó Jerry.
—Perfectamente, amigo —, respondió Kolya.
En ese momento regresaron Samuel y Sofía, acompañados de algunos de sus nuevos
amigos.
—¡Pero bueno! ¡Basta ya de conversaciones serias! —, dijo Sofía con una gran sonrisa
en la boca. —¡Venga, vamos todos al local de enfrente a jugar al billar! —.
Kolya estaba muy contento por las nuevas posibilidades que se le habían abierto en su
conversación con Jerry. Además, ver a Sofía así de feliz era impagable. Todo estaba saliendo
muy bien. —Con que a jugar al billar, ehh —, dijo Kolya dirigiéndose a Sofía.
—¡Al Billar Americano en América. Yuhuuu! —, gritó Sofía cogiendo la cara de Kolya
con ambas manos y dándole un beso largo y apasionado.
—Amigo Kolya —, se dijo Kolya a sí mismo —¡Basta de pensar por hoy! Quiero a esta
mujer y esta noche nos vamos a bajar del mundo y lo vamos a hacer estallar en confeti—.
Salieron todos muy animados del local, y recorrieron algunos sitios más, entre risas y
bromas.
Esa noche, Kolya y Sofía hicieron el amor.
Bien entrada la mañana siguiente, despertaron abrazados en la cama, con algo de
resaca.
—Buenos días Sofi —, susurró Kolya.
—Buenos días —, respondió ella en tono aún más bajo.
—¿Quieres hablar de lo de anoche? —, preguntó Kolya.
Sofía le dio a Kolya un beso suave y le preguntó —¿Hablar de qué? —.
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—Como habíamos bebido, no sé si quieres decir algo ahora —, dijo Kolya, tratando de
ser lo más respetuoso con su amiga y compañera.
Sofía se giró y en un movimiento se sentó sobre Kolya, que estaba boca arriba.
Comenzó a besarlo y le dijo al oído —No quiero hablar de nada. Sólo sé que tú… no te
conocía, pero te he estado esperando toda la vida —.
A Kolya no le salieron las palabras. Miró a Sofía a los ojos y se perdió en la inmensidad
de los sentimientos de ambos, fundidos en uno solo, tan profundo como el mundo.
Esa mañana, de nuevo hicieron el amor.
CAPÍTULO -12-.
A mediodía de uno de los últimos domingos del mes de Abril, el sol calentaba ya lo
suficiente para disfrutar de los espacios abiertos. En el madrileño parque de El Retiro una
multitud de personas aprovechaba la calidez del astro rey. Algunos daban paseos en barca en
el estanque central del parque, otros extendían mantas en la infinidad de prados y zonas
verdes del parque y disfrutaban de un pick-nick, de un libro, o simplemente de la compañía de
los suyos.
El inspector Manrique estaba tomando tranquilamente un vermouth en una de las
cafeterías que dan al estanque. Trataba de aprovechar los domingos siempre que podía para
pasar tiempo con su familia, y, de paso, aflojar un poco el nivel de estrés. Su trabajo consistía
en hacer deducciones, y sabía perfectamente que su ritmo de trabajo y las condiciones de
presión a las que se enfrentaba diariamente hacían de él un candidato perfecto a sufrir una
patología cardíaca. Por eso había decidido aprender a desconectar siempre que le era posible
y pasar algún tiempo relajado, en un intento de dar algo de tregua a su cuerpo, aunque no le
resultaba nada fácil. El inspector Manrique tenía dos hijas pequeñas, que estaban disfrutando,
junto a unas amigas, jugando a ser mayores con unas muñecas a las que cuidaban, totalmente
al margen del duro mundo en el que se desenvolvía su padre para hacerles la vida más segura.
Su mujer había aprovechado para dar un paseo al sol con una pareja amiga del matrimonio, y
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él se había quedado a la sombra, dando vueltas al vermouth, observando el menguante hielo
chocar contra las paredes del vaso. Sin pensar en nada y pensando en todo.
—¿Me permitiría sentarme aquí unos minutos? —, dijo un señor entrado en kilos y
luciendo una gran sonrisa, mientras se sentaba sin esperar la autorización del inspector. Vio el
vermouth del inspector e instantáneamente pidió otro igual para él.
Manrique apretó la mandíbula, endureció la mirada y espetó: —Tiene exactamente diez
segundos para levantarse de aquí —.
—Tranquilo inspector, vengo en son de paz. Mi nombre es Mijail Pribilof y trabajo para
el Gobierno Ruso —.
—Este no es un buen momento. Podemos hablar de lo que quiera mañana en mi
despacho —, contestó Manrique, aún en tensión.
—Sé que ha estado recibiendo muchas presiones del agente americano de la CIA y del
comandante Torres. Está Usted siendo vigilado, señor Manrique, pero no creo que el
dispositivo de vigilancia esté activo los domingos, —sonrió Pribilof burlonamente —por eso
estoy aquí. Siento molestarle cuando está disfrutando de la familia —, concluyó Pribilof.
—¿Me vigilan por el asunto de Nikolay Boronov? —.
—Exacto —, dijo Pribilof.
—Demos un paseo —, dijo Manrique.
El inspector Manrique le comentó a su mujer que necesitaría una media hora por
cuestiones de trabajo mientras el agente Pribilof apuraba el vermouth. Ella estaba
acostumbrada a que el trabajo de su marido no tuviera horarios, así que no lo vio como algo
extraordinario. Los dos hombres pasearon por una de las grandes calles interiores del parque
hasta sentarse en un banco enfrente del impresionante Palacio de Cristal, una enorme
estructura de hierro y cristal construida en el siglo XIX, testigo mudo de la historia. La parte
frontal del Palacio daba a unos jardines con estanque para plantas acuáticas, que bajo el cálido
sol de la primavera conferían al lugar un paisaje de bucólico, atemporal.
—No tengo mucho tiempo, señor Pribilof, así que vaya al grano —, dijo Manrique.
—Imagino que recordará todo el revuelo que se montó en enero con lo de Nikolay, o
Kolya, como prefiera llamarlo —, dijo el ruso.
—Perfectamente, señor Pribilof —.
—Pues el asunto sigue muy candente. Nadie sabe dónde está exactamente. Es como
si se lo hubiera tragado la tierra. Mi gobierno quiere ayudarlo, y necesitamos contar con su
ayuda —, dijo Pribilof.
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—Señor Pribilof, yo no trabajo para el Gobierno Ruso. Creo que se ha equivocado de
persona —, contestó el inspector.
—Está bien, sólo deseo que tenga mi tarjeta. Aquí hay un número seguro. Si desea
contactar conmigo, aquí estaré. De momento sólo quería avisarle de que lo tienen vigilado.
Este asunto es muy gordo, inspector —.
El inspector Manrique tomó la tarjeta del agente ruso y levantándose contestó:
—Sabe que no me pondré en contacto con Usted, ¿verdad? No sé quién es Usted ni
que intenciones tiene, pero tenga mucho cuidado, Mijail, si intenta jugármela la pagará cara. No
lo dude —. El inspector Manrique comenzó a caminar alejándose del ruso que seguía sentado
en el banco.
—¿Jugársela dice? ¡Es Usted un ingenuo, sólo intento que no acabe también en el
fondo de un pantano! —, gritó el ruso, indignado.
El inspector retrocedió a grandes zancadas y cogió al ruso por las solapas.
—¡Se está Usted pasando de la raya! ¡Qué coño está insinuando! —.
—Es un ingenuo. Corra Usted con su propia suerte. Sólo he venido a avisarle porque
creo que es la única persona con valores en quien se puede confiar, pero ya veo que la
jerarquía le ha cegado. Ahora suélteme y que tenga suerte, inspector. La necesitará —, dijo
Pribilof, sin alterarse lo más mínimo por el hecho de estar agarrado por las solapas de su
chaqueta. En su trabajo había situaciones tensas a menudo. Estaba acostumbrado.
—Está bien —dijo Manrique soltando al agente —dígame qué sabe —.
—Inspector, soy el único de los dos que ha soltado información. Créame, puede confiar
en mí. Intente comprobar por sí mismo las informaciones que le doy y verá quién es quién. Lo
primero que debe comprobar es el dispositivo de seguimiento que tiene instalado, tanto en la
oficina como en su casa. Ellos están esperando a que llegue a alguna pista válida para llegar
hasta Kolya, para luego hacer lo que crean oportuno sin compartirlo con Usted, ya que se
mueven al margen de la ley, y de la moral. Lo segundo que debe comprobar son las
circunstancias de la muerte del profesor Gámez. Hable con los forenses. Investigue, y llegará a
la verdad. Pero sea muy cuidadoso, podría darle un infarto o tener un accidente de tráfico, si
detectan que está metiendo las narices en sus asuntos. Y no confíe en nadie, y menos en sus
superiores. En nadie —, dijo el agente ruso.
—Pero que narices pasa con este asunto, ¿por qué es tan importante, agente? —,
preguntó Manrique.
—Al parecer el chaval es un cerebrito, ha descubierto alguna forma increíblemente
barata de obtener energía de forma ilimitada, y eso ha cabreado bastante a los que tienen el
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poder. Kolya intentó dar a conocer públicamente su descubrimiento para bien de toda la
humanidad, y los dueños del mundo se han puesto muy nerviosos al comprobar que podrían
dejar de controlar el sistema. Lo están buscando, y mucho me temo que si lo cogen lo tendrán
trabajando de por vida en algún sótano de alguna instalación militar, o simplemente lo
eliminarán —, explicó Pribilof.
—¿Quiénes son ellos? ¿Los gobiernos? ¿Los americanos? —, preguntó Manrique.
El agente ruso se rió a carcajadas. —Los gobiernos son títeres, querido amigo. Si
alguien osa desafiar el statu quo en contra de sus intereses lo eliminarán, o simplemente lo
desactivarán. Ejemplos hay muchos. JFK en los Estados Unidos, Mario Conde en España, o
recientemente el juez Garzón. ¿Cree Usted que el señor Rubalcaba o el señor Rajoy en
España son las personas más preparadas para dirigir su país, inspector? Están puestos ahí
porque saben obedecer. No reciben órdenes directas, pero son sensibles a las presiones
necesarias —.
—¿Pero el ex presidente Zapatero se opuso a los Estados Unidos, al retirar tropas de
Irak? Tuvo criterio propio —, dijo Manrique.
—¿Y dónde está ahora Zapatero, señor Manrique? Escribiendo sus memorias
plácidamente mientras los verdaderos dueños del mundo están sumidos en una auténtica orgía
de beneficios a costa de los esfuerzos de la población de su país, aplastada y exprimida. Aquí
no mandan los políticos, son sólo piezas del puzle, da igual de qué signo político sean. Se les
da un aparente poder, dinero suficiente para vivir bien y ellos solitos se encargan de que el
sistema siga alimentando la insaciable codicia de los poderosos. Hubo una época en que la
política se movía por ideales, pero ahora manda el dinero. Y el dinero tiene dueño, y ejerce su
autoridad con mano de hierro —, concluyó Pribilof.
—Veo que tiene Usted información, Pribilof. ¿El agente americano está metido en el
ajo? —, preguntó Manrique.
—Hasta el cuello —, contestó el ruso.
—¿Y el chaval y la enfermera? ¿Qué sabemos de ellos? —.
—Sabemos que en enero llegaron a los Estados Unidos, y desde entonces se los ha
tragado la tierra. También sabemos que están vivos, al menos él —, dijo Pribilof.
—¿Cómo sabe que están vivos si se los ha tragado la tierra? —, preguntó el inspector.
—Al menos él está vivo. Ha hecho algunos intentos de acceder a la información que
compartía con el profesor Gámez —.
—¿Y no se puede rastrear su ubicación, agente? —, preguntó Manrique.
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—No, inspector. El chico es listo. La conexión que hemos detectado se ha realizado
desde Anchorage, en Alaska —.
—¿Está en Alaska? ¿Qué extraño? ¿Qué querría hacer allí? —, se preguntó el
inspector Manrique mirando al suelo de una forma reflexiva.
El agente Mijail Pribilof sonrió con cierta complacencia al comprobar que el inspector, al
igual que él, se iba haciendo mayor. Para este tipo de asuntos de escala planetaria e índole
tecnológico las dotes de sabueso de callejón no valían. La movilidad de una identidad digital
resultaba algo complejísimo de perseguir. Los nuevos agentes del servicio de inteligencia eran
mocosos con profundos conocimientos técnicos. Sin embargo, sin los perros en la calle, los
servicios de inteligencia se dedicarían a perseguir sombras en la noche, mientras algún tarado
se te podía meter en cualquier avión con una bomba.
—Inspector, Kolya no está en Alaska, simplemente ha conseguido de alguna forma que
la comunicación se inicie desde allí. No sabemos dónde está —.
—Estaré con los ojos bien abiertos. Trataré de hablar sin llamar la atención con la
madre de la enfermera, seguro que recibirá alguna comunicación de su hija —, dijo el inspector
Manrique.
—Ya la ha recibido —.
—¿Sí? ¿Cómo? ¿Desde dónde? —, al inspector se le acumulaban las preguntas.
—Desde Hawaii —, dijo riéndose el ruso.
—¿Desde Hawaii? Pero estos muchachos… —, sonrió también el inspector.
—Sí. Habrán usado el viejo truco de ir al aeropuerto y darle a algún turista una tarjeta
postal para que la envíe desde allí —, dijo el agente ruso.
—¿Pero no decía usted que al menos Nikolay estaba vivo? Esto demuestra que están
los dos vivos —.
—Seguramente. La verdad es que la postal es muy escueta, y está impresa con
ordenador, simplemente pone “No te preocupes por nada mamá, estoy bien. Te quiero. Sofía”.
Lo más probable es que la haya escrito ella, pero no sabemos por qué no está manuscrita. Sin
embargo, el intento de acceso de Kolya demuestra que fue él. El sistema de acceso a su
información requiere de unas complejas claves que sólo el profesor Gámez y él conocían —,
dijo el ruso.
—¿Cómo han tenido acceso a la tarjeta, agente? Supongo que la casa de la madre de
Sofía está vigilada por los americanos… —.
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—Si la etapa comunista nos ha enseñado algo, inspector, es a interceptar
comunicaciones. Nosotros accedimos a la tarjeta en la Oficina de Correos, luego fue
depositada por un cartero en el buzón de la pobre señora —.
—No puedo entender cómo los americanos llegan tan lejos. Asesinar a un profesor, y
toda esta persecución de Kolya. Es repugnante —, dijo el inspector.
—No inspector. No son los servicios de inteligencia americanos los que están haciendo
esto —, dijo el ruso
—¿No? Pero el agente Smith-Jones es de la CIA —, repuso el inspector.
—Sí. Él es de la CIA, pero es un corrupto. No está actuando bajo mandato del gobierno
de su país, sino que se ha vendido a intereses particulares. De hecho, nosotros colaboramos
activamente con el gobierno de los Estados Unidos, y ellos con nosotros —, dijo el ruso.
—¿Rusos y americanos? ¿Colaboran activamente? —.
—Sí. Cada vez más. En este nuevo orden internacional somos aliados y nos
necesitamos mutuamente. Estamos en el mismo bando. El mismo problema que tenemos
nosotros con Chechenia y otros territorios de religión musulmana lo tienen ellos con la guerra
que están librando con Al Qaeda. El mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso
de lo que parece. Ya no se trata tanto de controlar amenazas nucleares, ya que los socios del
club de países con armamento nuclear sabemos que no hay ataque sin destrucción mutua… —
.
—No lo dirá por Irán —, interrumpió el inspector.
—Irán no tiene armamento nuclear, aunque trata de obtenerlo. Pronto veremos una
actuación militar a gran escala contra Irán, y quizás contra Corea del Norte. Pero esos no son
los verdaderos problemas de seguridad, Inspector. La humanidad está entrando en una nueva
fase de conocimiento que va a cambiarlo todo, para bien y también para mal.
Desgraciadamente siempre existirán personas educadas en el odio, eso no ha cambiado con el
tiempo, pero lo que sí ha cambiado es que esas personas pueden tener acceso a nuevas
armas, mucho más pequeñas y relativamente baratas. Me refiero a la guerra bacteriológica o
química —.
—Por tanto los dos países que antaño eran enemigos, ahora colaboran en cuestión de
espionaje… —, dijo el inspector algo sorprendido aún por la revelación.
—Sí, hay mucha colaboración, aunque en todo matrimonio hay pequeñas disputas —
dijo Pribilof sonriendo — También se colabora en materia de detección contraterrorista, que es
otra de las grandes amenazas. Una bomba potente o un sistema de misiles tierra-aire caben en
93
una furgoneta, y es imposible controlar a los millones de personas que se mueven en el
mundo, por eso la colaboración es necesaria a la hora de obtener información valiosa —.
—¿El enemigo es el mundo Árabe, agente? —, preguntó Manrique.
—Hay muchos enemigos, pero los radicales árabes son los más peligrosos. Alguien
que está dispuesto a morir en un ataque es prácticamente imparable. Imagine que quiere Usted
asesinar a alguien y no le importa morir llevando a cabo su plan, a poco que lo planifique bien,
tendrá un alto porcentaje de éxito —, dijo el ruso.
—Desde luego. En las investigaciones que llevamos a cabo en la Bridada Criminal
solemos buscar a un culpable, que no se encuentra en la escena del crimen, salvo algunas
excepciones, como los crímenes pasionales con arrepentimiento. Solemos preguntarnos ¿Qui
Prodest? —, explicó Manrique.
—¿Qui Prodest? —, preguntó Pribilof.
—Sí. Es un aforismo romano que significa ¿A quién beneficia? El criminal suele ganar
algo al llevar a cabo sus acciones, pero ¿Qué gana un terrorista suicida con sus acciones? —,
preguntó Manrique.
—¿Qué gana? Qué le parece tener para toda la eternidad a setenta y dos vírgenes,
fruta, agua, vino, riquezas. ¿Le parece poco? —, dijo Pribilof.
—¿Pero cómo se pueden tragar esa patraña? Esta gente no piensa por sí misma —,
contestó el inspector, incapaz de entender cómo se podía llegar a creer semejante promesa.
—¿Es Usted cristiano, inspector? —, preguntó el ruso.
—Sí, en mi familia todos lo somos, ¿por qué lo pregunta, agente? —, dijo Manrique,
frunciendo el ceño.
—¿Cree Usted que Moisés de verdad abrió el Mar Rojo con un golpe de bastón? —,
preguntó Pribilof.
—Bueno, hay estudios que sugieren que un viento fuerte pudo… —, titubeó el
inspector.
—¿Y cómo explica la conversión del agua en vino en las bodas de Caná? ¿Y el hecho
de que cinco mil hombres fueran alimentados con cinco panes y dos peces, inspector? —,
preguntó directamente el ruso, quien había estudiado bien la historia de las religiones en un
intento de comprender al ser humano.
—Bueno… quizás no sea literal —, dijo dubitativo el inspector.
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—Quizás Mahoma tampoco hablara en sentido literal, inspector. Tanto Jesucristo como
Mahoma sabían algo. No sabemos el qué, pero mi opinión es que a través de la contemplación
mística accedieron a una misma realidad que trasciende al ser humano, y ambos tuvieron que
explicar a una población iletrada, a diferencia de lo que sucede hoy en día, su mensaje, y se
valieron de ejemplos que la gente de su época pudiera entender. El problema es que algunos
hombres hay utilizado esos mensajes para proyectar sus propias frustraciones y su odio. Y no
solo en el Islam, la caza de brujas del Cristianismo o la llamada Santa Inquisición son dos
buenos ejemplos —, dijo Pribilof.
—Reconozco agente, que me pierdo un poco. Se ve que es Usted un hombre ilustrado.
Me asalta una duda, agente, ¿por qué el propio servicio secreto de los Estados Unidos no pone
fin a las andadas del agente Smith-Jones? —, inquirió el inspector.
—En este caso, andan un poco perdidos. Nos pasamos alguna información, pero no
queremos inmiscuirnos en los asuntos internos. Si tienen un agente corrupto, deben
averiguarlo ellos, es, digámoslo así, un pacto entre caballeros, cada uno debe asear su propia
casa —, explicó el ruso.
El inspector Manrique estaba impresionado por la claridad de ideas de aquel agente.
Había tenido tiempo suficiente para analizar a aquel hombre y su intuición le decía que podía
fiarse de él.
—Me tengo que ir, agente. Seguiremos en contacto —, se despidió Manrique, con un
fuerte apretón de manos.
—Recuerde Manrique, para ellos su vida no tiene valor. ¡Ándese con cuidado! —, dijo
Pribilof mirando fijamente a los ojos del inspector. Un aliado en España no le vendría mal en el
futuro. Además, aquel tipo le caía bien, siempre había apreciado la gente con valores y coraje
suficiente para vivir la vida conforme a ellos, y no la gente pusilánime y vacía por dentro, que
era lo común en esta civilización occidental en decadencia.
—Lo haré —, dijo Manrique alejándose.
CAPÍTULO -13-.
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A mediados de mayo, la primavera había roto en una explosión de frondosidad en
Columbus. Desde el linde del Río Scioto, rebosante de vegetación y prados de un césped
recién cortado, que destilaban el olor característico de la hierba, se podía observar el moderno
Skyline de la ciudad. Sus calles, rebosantes de vida y actividades celebraban el buen tiempo
con multitud de eventos, tanto de día como de noche. Cada vez que Kolya paseaba por el
Downtown tenía la misma sensación de que aquella alegre ciudad estaba al margen de las
demás, y especialmente de las que había dejado atrás en España, cubiertas por un vaporoso
halo de pesimismo en los últimos tiempos.
Gracias a la ayuda que le había prestado Jerry, había podido ponerse en contacto con
Oles Czerniak, un becario investigador polaco del NINRE, compañero y amigo de Kolya. Al ser
un becario sin acceso a los niveles de información clasificada había pasado inadvertido para
los servicios de vigilancia de la industria tecnológica para la que trabajaba, esenciales para
controlar el espionaje industrial …y a las personas, por lo que no tenía controladas las
comunicaciones, y por tanto pudo ayudar a Kolya con algunos datos e información de cómo
estaban las cosas en California. Con estos datos y su propia investigación Kolya había
intentado reconstruir desde cero su modelo teórico de obtención de energía por medio de la
teletransportación cuántica, pero era incapaz de resolver algunas ecuaciones clave. Las
grandes ideas suelen aparecer como absurdas en una primera impresión, encerrando
genialidad en su simpleza, y Kolya había tenido un momento de extrema lucidez a la hora de
desarrollar su modelo teórico, había resuelto la cuestión de la retroalimentación del flujo de
energía, que era la clave de todo el sistema. Los científicos que estudiaban las fuentes de
obtención de energía solían trabajar en sistemas que necesitan una cantidad de energía para
funcionar, y es esta necesidad de aporte externo de energía la que impone un precio a la
misma, ya sea para extraer y refinar el petróleo, para la fisión nuclear, o para el mantenimiento
de los sistemas de producción de energías verdes. Kolya descubrió cómo utilizar la energía
cósmica para la retroalimentación de la energía en su modelo, por lo que el sistema no
precisaba de energía adicional en su funcionamiento. Al menos no energía proveniente del
planeta. El modelo de Kolya era tan simple como brillante. Entrelazar fotones para
teletransportar información era algo que se hacía con regularidad en muchos laboratorios del
mundo. Moviendo el fotón A, se producía instantáneamente el movimiento de su fotón
hermano, B. Lo que había llamado la atención de Kolya es que en el punto B había un
movimiento cinético sin aporte de energía. Era físicamente imposible que eso se produjera sin
ninguna actuación directa en el punto B. Sin embargo, Kolya sabía bien que la palabra
“imposible” es en sí misma una contradicción en la escala subatómica de la que no sabemos
casi nada. En física cuántica, lo imposible, según nuestro marco de referencia de la física
clásica, es lo probable. Este aporte misterioso de energía se producía en una magnitud
prácticamente indetectable, por lo que había pasado desapercibido para la comunidad
científica, excepto para la mente de Kolya. Sus sistemas de ecuaciones detectaban
indefectiblemente la ausencia de una constante. La clave se la dio el anuncio, en septiembre
de dos mil once, que hizo el experimento OPERA en las instalaciones de la Organización
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Europea para la Investigación Nuclear, más conocido como CERN. En ese momento, se
anunció que habían podido medir velocidades superiores a las de la luz, lo cual contradecía la
Teoría de la Relatividad e implicaría tener que redefinir gran parte de la física teórica con la que
se trabajaba. Sin embargo, aquel resultado fue producto de un error debido a la calibración de
sistemas de GPS. Aquel día, Kolya estaba comentando con sus colegas del Centro Superior de
Investigaciones Científicas mientras comían en la cafetería del Instituto de Microelectrónica de
Madrid las informaciones de aquel fallido experimento, cuando todo se hizo claro en su mente
de forma repentina. Un estallido de actividad se produjo en su cerebro de repente, y él
simplemente se limitó a mirar el plato y dejar que la idea tomara cuerpo por sí misma.
Comenzó a oír a sus colegas como quien oye un zumbido lejano y empezó a marearse. Uno de
sus compañeros dijo algo así como “…claro, estaban midiendo velocidades cercanas a la luz
experimentando con neutrinos, y ya se sabe que esos cabroncetes hacen lo que quieren…”. La
broma de su colega tuvo el efecto de retirar el velo que cubría la solución al problema, tan
obvia, tan cercana, tan oculta. Los neutrinos, los neutrinos, se repetía. Su mente comenzó a
analizar los datos a toda velocidad. Él no trabajaba en la investigación de neutrinos, pero sabía
que eran partículas subatómicas que viajaban a velocidades cercanas a la de la luz, cuya masa
es diez mil veces menor que la de un electrón, por lo que la materia suele ser transparente
para ellos. Atraviesan todo lo que se pone en su camino sin inmutarse. Un mismo neutrino
puede atravesar a una persona en España, pasar por el centro de la tierra y salir casi
instantáneamente por Nueva Zelanda, atravesar cualquier cosa que esté en su superficie y
seguir su camino por el espacio, casi de forma instantánea. Kolya se levantó de la mesa
argumentando que no se encontraba bien y se fue a su despacho a seguir pensando. Una vez
allí se sentó en la silla, pero todo le daba vueltas, estaba siendo arrollado por el poder de una
idea, una idea colosal. Salió a tomar el aire y comenzó a pasear, y así siguió durante un par de
horas, caminando y pensando. Las ideas tomaban cuerpo en los billones de conexiones
sinápticas de sus neuronas a tal velocidad que incluso él era incapaz de seguirlas de forma
consciente. Kolya no era experto en neutrinos, como tampoco lo era en astrofísica, aunque sí
sabía que todos los modelos matemáticos que tratan de explicar la materia y la energía que
podemos percibir establecen la existencia de muchísima más materia que no podemos ver,
también llamada materia oscura, y de campos de nuevas energías, como el campo de Higgs,
que explicaría por qué las partículas adquieren masa. Peter Higgs era conocido por la
predicción del famoso Bosón de Higgs, también llamada La Partícula de Dios. A Kolya y sus
colegas le hacía gracia que la gente la conociera como “La Partícula de Dios”, “The God
Particle”, en inglés, cuando realmente el premio nobel de física, Leon M. Lederman la llamó en
su libro “The Goddamn Particle”, es decir, “La Maldita Partícula”, debido a la tremenda dificultad
que entraña encontrarla, sin embargo un editor consideró que resultaría un título ofensivo y
cambió “Goddamn” por “God”. Curiosidades del la ciencia, pensaba Kolya. Por tanto, era
evidente que sólo conocemos una parte, pequeña, de la energía que rige nuestro mundo, pero
al ser la parte que sí podemos estudiar se torna para nosotros como una verdad inmutable, tal
como lo era para el hombre antiguo el comprobar la ira de los dioses en una tormenta eléctrica.
97
Kolya debía abrir su investigación a lo imposible, a lo inimaginado, pues para dar un paso más
allá de lo conocido hay que vaciar la mente de todo lo conocido, quedarse desnudo de datos y
observar el mundo con herramientas matemáticas, pero con la imaginación de un niño. Los
neutrinos eran parte de la materia oscura del universo, y sólo se detectan un tercio de los
neutrinos generados en el Sol y un parte de los generados en la Gran Explosión o Big Bang,
origen de todo lo que somos, pero —¿qué hacen los que no vemos? ¿Qué efectos tienen? —
reflexionaba Kolya. —¿Qué tipo de energía mueve mi fotón entrelazado? — Las ideas iban y
venían, hasta que el Eureka apareció en su mente —¡Sí, eso es! —pensó Kolya —, ¡las
cuerdas! La Teoría de Cuerdas es la elegantísima solución de la comunidad científica para
comprender que lo que ocurre a escala subatómica tiene relación con lo que ocurre a mayores
escalas. Parecía evidente que las fuerzas y leyes que regían el mundo de lo muy pequeño eran
contrarias o radicalmente diferentes a lo que ocurre a mayor escala, y no había conexión entre
las teorías científicas que estudiaban una y otra realidad. La Teoría de Cuerdas o Teoría del
Todo venía a explicar por qué la materia y energía eran como eran. En realidad no existe la
materia o la energía tal como la percibimos, sino que ambas serían la manifestación de infinitos
filamentos vibrantes o cuerdas que conforman nuestro universo. En función de la vibración que
tengan en cada momento tendríamos una distinta manifestación de materia o energía, por lo
que se puede decir que nuestro universo es la colosal interpretación de una partitura musical.
—¿Cómo seríamos si cambiamos la partitura? ¿Cuántos universos posibles existen cambiando
la música? —se preguntaba a menudo Kolya. La solución teórica que estaba tomando cuerpo
en la mente de Kolya implicaba que los neutrinos estaban teniendo efectos visibles en su fotón
entrelazado, modificando la vibración de las cuerdas que daban lugar a esa manifestación de la
energía llamada fotón. A esa escala tan pequeña, las cuerdas o microfilamentos vibrantes se
cargaban de energía, se “calentaban” en palabras de Kolya, con el paso de los neutrinos y
quizá otras manifestaciones de la materia aún no descubiertas. La teletransportación cuántica
únicamente había conseguido liberar parte de esa energía, por eso se movía el fotón y de ahí
obtenía su energía. Ahora solo le quedaba aplicarlo a una escala suficiente como para convertir
esa energía del movimiento o cinética en energía eléctrica que pudiera ser usada por el ser
humano. Kolya caminó hasta su despacho donde se encerró durante horas para desarrollar su
modelo teórico y conseguir la cuadratura del círculo, es decir, que el modelo se
retroalimentase. Al terminar aquel día, tenía su modelo teórico de obtención de energía
terminado. La solución pasaba por hacer cadenas de millones fotones entrelazados en espiral,
donde el último modificara al primero. Encima de la espiral se situaba un captador de energía
Tentzeris, el cual obtenía energía suficiente para mover de nuevo el primer fotón y almacenar
en una batería un flujo constante de energía, limpia e inagotable. El sistema tendría un coste
mínimo, por lo que bastaría con cobrar unos pocos céntimos para su mantenimiento. Además,
al tratarse de producción de energía sin riesgos ni peligro de sobrecalentamiento, se podrían
situar estaciones por todas partes, con lo que el coste por pérdidas en el transporte de dicha
energía se reduciría al mínimo. Literalmente, el descubrimiento de Kolya iba a transformar el
mundo…
98
Sin embargo, necesitaba sus sistemas de ecuaciones, y estos estaban sólo en un sitio:
El National Institute for Nanotechnology Research, también conocido como NINRE, en
California. Su tiempo en Columbus había terminado. Aquellos meses estaban grabados en su
mente y su corazón como uno de los mejores momentos de su vida, había conocido esa clase
de felicidad que sólo reside en el amor, pero era hora de avanzar.
—Sofi, es hora de ponerse en marcha. Aquí no puedo hacer mucho más. Tenemos que
ir a California —, le dijo Kolya a su compañera en uno de los paseos por la ribera del río Scioto,
rodeados de un manto de verde césped y flores que saludaban, como cada año, a la
primavera.
—Lo sé Kolya, pero no quiero irme. Han sido los meses más bonitos de mi vida —,
contentó Sofía.
—Para mí también, Sofi, pero debo terminar lo que tengo que hacer, espero que pronto
estemos liberados de todo esto y podamos vivir nuestra vida tranquilos —.
—Juntos —, pensó en alto Sofía.
—Sí. Siempre —.
El teléfono que habían comprado al taxista de New York y que ellos utilizaban para
estar en contacto con sus compañeros de piso comenzó a sonar. Era una llamada de Samuel.
Kolya silenció el aparato —Lo llamaré luego —, dijo, con la firme intención de que nada
estropease aquella mañana soleada con su amor. Se estaban despidiendo de una preciosa
etapa de sus vidas y Kolya sabía que tenía que disfrutar cada momento, pues el futuro
inmediato no estaba carente de riesgos.
El teléfono volvió a vibrar en el bolsillo de Kolya, una y otra vez. Cada vez que acababa
una tanda de vibraciones que indicaban una llamada, comenzaba otra.
—Algo pasa Sofi. Samuel jamás ha sido tan insistente —, dijo Kolya, aceptando
finalmente la llamada.
—¿Qué ocurre amigo? ¿Pasa algo? —, preguntó Kolya.
Al otro lado de la línea, un Samuel extremadamente nervioso no acertaba a enlazar las
palabras de una forma coherente.
—¡Muerto! ¡Está muerto! ¡Yo huí! ¡Hay que huir! ¡Ya! —, acertó a decir Samuel entre
balbuceos y respiración entrecortada.
Sofía interpretó el gesto en la cara de Kolya. Algo muy grave estaba ocurriendo.
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—Tranquilo Samuel. Respira. Sólo respira. Trata de respirar y cuéntame qué ha
pasado —, dijo Kolya con la voz más neutra que pudo y hablando despacio. Necesitaba guiar
el estado emocional de su amigo cuanto antes.
—¡Está muerto joder! ¡Lo han torturado! ¡No tenía los ojos¡ ¡Joder mierda..! —, volvió a
balbucear Samuel. Estaba sumido en un ataque de pánico y era incapaz de coordinar su
respiración y sus palabras.
—Tranquilo Samuel. Respira. Tranquilo —repitió Kolya. Se daba cuenta de que por
teléfono sería imposible calmar a Samuel. —¿Dónde estás? Dinos dónde estás —.
—¡He huido! ¡Por poco me coge! ¡Mierda, todo esto es una maldita pesadilla! —,
lloriqueó Samuel.
—Presta atención a mis palabras Samuel. Escucha mi voz. Sólo dime dónde estás —,
volvió a preguntar Kolya.
—Estoy escondido, detrás del embarcadero. En los árboles. Yo no… no sé… —.
—Quédate ahí. Estamos cerca. Simplemente trata de respirar. No te muevas —,
ordenó Kolya.
Kolya describió a Sofía lo que había oído y ambos corrieron hacia el embarcadero para
ayudar a Samuel. Cuando estaban a unos cincuenta metros, Sofía le dijo a Kolya —Tratemos
de ir despacio, hay que inducirle un estado de calma —.
—Sí, lo he intentado por teléfono —, dijo Kolya.
—A partir de este momento déjame a mí. Recuerda que soy enfermera —, ordenó
Sofía.
Al llegar al los árboles que había en una loma cercana al embarcadero descubrieron a
Samuel en el suelo, hecho un ovillo, temblando y respirando aceleradamente.
—Tranquilo Samuel, estamos aquí. Estamos contigo. Ya ha pasado todo —, le dijo
Sofía cogiéndole la mano.
—¿Tenemos alguna bolsa? —, le preguntó Sofía a Kolya.
—¿Una bolsa? No —, respondió éste.
—Quítate la camiseta y haz un nudo que cierre la parte de abajo —, ordenó Sofía.
—¿Qué? —.
—¡Hazlo! —.
100
Kolya se quitó la camiseta e hizo un nudo con toda la parte inferior de la misma,
quedando la forma de una especie de bolsa. Sofía la tomó y puso la parte de la abertura del
cuello entre la nariz y la boca de Samuel. —Respira Samuel. Tranquilo —. Su amigo estaba en
estado de shock y estaba hiperventilando, lo cual le estaba induciendo a una hiper oxigenación
que lo podía dejar inconsciente en cualquier momento. Con la camiseta a modo de bolsa, le
obligaba a respirar de nuevo su propio dióxido de carbono para restablecer el equilibrio de
gases en su sangre, e inducirle un poco de calma. A los pocos minutos, Samuel se encontraba
mucho mejor.
—Cuéntanos, ¿qué ha pasado? —, preguntó Sofía al observar que Samuel había
salido ya del estado de shock.
—Es una maldita pesadilla. No puedo creer… Esta mañana salí tranquilamente de
casa, todo estaba en orden, pero al volver de la facultad… —, dijo Samuel rompiendo a llorar.
Sofía le hizo un gesto con la cabeza a Kolya indicándole que lo dejaran llorar un rato. Ella sabía
que el llanto es una reacción natural del organismo para eliminar un exceso de tensión, le
vendría bien.
—Samuel, amigo. Es importante saber qué ha pasado para poder actuar cuanto antes
y evitar más problemas —, dijo Sofía pasado un rato. Samuel parecía volver a recuperar la
calma.
—Cuando llegué de la facultad entré en la casa y vi a Jerry atado en una silla. Estaba
destrozado. Inerte. Tenía un montón de sangre seca que le había salido de los ojos. No sé qué
hijo de puta puede haberle hecho eso. Pero se lo han hecho. Me quedé petrificado durante
unos segundos, no sabía qué hacer. Y de repente salió un hombre de la habitación. Era una
persona bastante alta y fuerte, pelirroja. Vestía traje. Cuando me vio vino a por mí, y no sé de
dónde saqué las fuerzas y la habilidad, pero lo hice. Arrojé una silla a sus pies y cayó de
bruces. Se levantó instantáneamente, pero yo corrí. Corrí como nunca había corrido. No sé qué
me hubiera hecho de haberme cogido, no lo sé. No entiendo por qué estamos en esta maldita
pesadilla. Él hombre no me siguió, se paró en la esquina de la calle. Otro hombre le gritó desde
un coche, no sé, no entiendo nada. ¡Vaya mierda! Por qué le haría eso a Jerry. Joder —.
—¿Tienes tu documentación contigo? —, le preguntó Kolya.
—Sí. Llevo todo en la bandolera —, contestó Samuel.
—Es hora de ponerse en marcha —, dijo Kolya.
El agente ruso Mijail Pribilof se había desplazado a Los Estados Unidos siguiendo al
agente Smith-Jones. En España el juego había terminado, y era hora de proteger a Kolya en el
terreno. Aquella mañana, el agente Pribilof había localizado a Kolya y Sofía en su paseo
101
matinal, y justo cuando iba a abordarlos y ofrecerle ayuda recibió una llamada de sus
superiores. El agente Smith-Jones se dirigía hacia la casa de estudiantes, y Pribilof debía ir
hacia allí y advertir al americano de que no siguiera con su particular caza de brujas. Cuando
Pribilof llegó a la casa, vio salir corriendo al americano detrás de uno de los estudiantes y fue
cuando le gritó. El enorme pelirrojo se giró. Estaba muy cabreado por no haber pillado a Kolya
allí y por no haber podido coger a aquel niñato que salió corriendo. Sin duda, era un mal
momento para que aquel hombre más bien bajito y con sobrepeso le dirigiera la palabra. Fue
directo hacia él. Pribilof observó que Smith-Jones venía con el paso decidido y se había llevado
la mano a la pistola que tenía en el cinturón.
—¡Entre en la casa! —, ordenó el americano.
—Sí. Hablaremos mejor dentro, hijo de puta —, contestó Pribilof, con mucha mayor
serenidad de la que la situación indicaba. Eso alertó al agente de la CIA.
Una vez en la casa el americano encañonó al ruso, quien mantuvo la calma y mirando
al americano a los ojos espetó: —Se ha acabado el jueguecito, has llegado demasiado lejos —.
Smith-Jones amartilló el arma y ordenó al ruso que abriera la boca. Sin duda, con el frío
cañón de la pistola en el fondo de la garganta, esa rata obesa iba a saber quién mandaba ahí.
Sin embargo, la reacción de Pribilof fue del todo inesperada para el americano.
—Soy un agente del SVR ruso, ¡así que baja la puta pistola y siéntate en esa silla! —,
ordenó Pribilof.
El agente americano notó un vuelco en su estómago y una fugaz pérdida de fuerza en
las piernas. Como agente de la CIA tenía perfectamente catalogados a todos los servicios de
inteligencia del mundo. El SVR ruso se caracterizaba por su eficacia y su contundencia. Por
eso había un pacto de no agresión entre agentes secretos de ambos países, aunque de vez en
cuando desapareciera alguno. Pequeños ajustes de cuentas. Smith-Jones sabía que si tocaba
un pelo al ruso lo mínimo que podía pasarle es que le metieran en el cuerpo alguna mierda
radiactiva, o algo peor. Según la Teoría de Conflictos, la idea de la “destrucción mutua
asegurada” garantizaba la paz. Tocar a un agente del SVR equivalía a tomar una copa de
excelente champagne francés con unas gotitas de cianuro de regalo.
—Está en territorio americano. No tiene ninguna autoridad —, espetó Smith-Jones, en
un intento de recobrar la compostura.
—Déjese de tonterías sobre la autoridad. Se ha excedido, ha asesinado a dos
ciudadanos inocentes. Eso no es propio de la CIA. Esto debe acabar —, dijo Pribilof.
—Esto no va a acabar, agente, —respondió el americano —Ese niñato cree que puede
ir por ahí arruinando inversiones de miles de millones de dólares —, dijo Smith-Jones.
102
—Según nuestras informaciones, su gobierno está de acuerdo en la obtención de
energías limpias. Además, estamos hablando de energía. Ustedes, los americanos siguen
teniendo la primacía tecnológica y militar, no tienen nada que temer. Con la investigación de
Kolya, aunque se beneficie el resto del mundo, ustedes serán mucho más ricos como país de
lo que nunca hayan imaginado. Me da Usted pena, agente. Venderse por un puñado de dólares
a los magnates del petróleo… ¿es que no tiene valores? —, dijo Pribilof.
—Usted no sabe nada de mí. Me he jugado el cuello por este país. Me han disparado y
me han perseguido. Merezco una recompensa. He dado mi vida. Además, qué más da que se
extraigan hidrocarburos durante una década y luego se desarrolle la idea de su científico.
¿Acaso debemos dejar toda esa fuente de energía sin extraer? ¿Debemos permitir que los
chinos accedan a una fuente de energía ilimitada? Es muy peligroso —, contestó Smith-Jones.
—¿Es que no lo entiende? Se trata de un descubrimiento revolucionario para toda la
humanidad. La era del petróleo se acabó, agente. Esos hidrocarburos deben quedarse donde
están. Por el bien de todos los habitantes del planeta —, dijo el ruso.
—¿Un descubrimiento revolucionario para toda la humanidad? Y una mierda. Los ricos
seguirán siendo ricos y los pobres, pobres. Es Usted un iluso —, dijo el americano.
—Así que eso cree. Es verdad que los ricos serán cada vez más ricos, pero los pobres
serán cada vez menos pobres, ese fenómeno se lleva produciendo desde hace unas cuantas
décadas, y el descubrimiento de Kolya acelerará ese proceso. En cualquier caso, ni Usted ni yo
debemos decidir estas cuestiones. He venido para advertirle de que debe detenerse —, dijo
Pribilof.
—Verá, agente…. —.
—Da igual mi nombre —, dijo el ruso.
—Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo. Puedo arreglarlo, y quedará entre
nosotros dos. ¿por qué no retirarse de este sucio mundo con una pensión de oro? —, sugirió el
americano.
—Porque alguien debe velar porque este sucio mundo sea algo menos sucio. Debe
detenerse. El mensaje está dado. Y ahora larguémonos de aquí antes de que esto se llene de
policías —, sentenció Pribilof, incorporándose para salir en busca de Kolya y Sofía.
—¡Un momento! —, dijo Smith-Jones. El americano cruzó las manos por debajo de su
barbilla, juntando los dos dedos índices sobre sus labios. Estaba valorando el ultimátum de los
rusos. Es cierto que no podía cargarse ahora mismo a aquel ruso, que era lo que más le
apetecía, pero él era un agente de la CIA, y era evidente que los rusos tampoco querían
eliminarle, pues ya lo habrían hecho. Por otro lado, aquel extranjero le estaba dando órdenes
en su propio país, y eso era algo que no podía tolerar. Debía decidir si era un hombre o no.
103
—Agente —, continuó Smith-Jones —le agradezco que haya venido hasta aquí y haya
tenido el valor de hablar conmigo, en vez de haber utilizado alguna otra alternativa. Le respeto
por eso. Sin embargo, está Usted amenazando a un agente de la CIA en suelo norteamericano.
Le voy a dar un consejo. Siga su camino y yo seguiré el mío. A partir de este momento, me
aseguraré de una cosa. Si a mí me ocurriera algo, cualquier cosa, la muerte o un simple
accidente, cada una de las personas a las que Usted quiere o que significan algo para Usted
pagarán las consecuencias, sin ninguna piedad. Tengo hermanos de sangre que irían hasta el
mismísimo puto infierno siberiano por mí. Espero que le haya quedado claro el mensaje —.
El ruso se limitó a salir de la casa. Estaban en una vía muerta.
Samuel, Kolya y Sofía cogieron un taxi hasta la estación de la Central Ohio Transit
Authority, tenían que actuar rápido, pues la estación de autobuses era una salida natural para
los fugitivos, y podría haber agentes vigilando.
—Samuel, siento mucho que todo esto haya pasado. Jamás pensé que pudiera ocurrir
una cosa así. Algunas grandes corporaciones quieren para sí el fruto de mis investigaciones en
energía de origen cuántico, y están jugando sucio. Jerry me estaba ayudando a conectarme a
internet de una forma segura, pero te juro por Dios que jamás pensé que pudiera pasarle nada
malo. Lo siento mucho —, dijo Kolya con la mirada puesta en el suelo, abatido.
—Jerry sabía lo que estabas haciendo y decidió ayudarte, Kolya. Él no ha muerto por tu
culpa, lo ha matado la codicia humana, no tú. Murió defendiendo sus ideales. No te culpes —,
respondió con la voz cansada, Samuel.
—Ya has visto hasta dónde son capaces de llegar, Samuel. No quiero que te pase
nada malo, no quiero que a nadie le pase nada malo. Debes irte, y lejos. Al menos hasta que
todo esto pase —, dijo Kolya.
—¿Qué piensas hacer tú, es decir, vosotros? —, preguntó Samuel.
—Yo completaré la misión que la existencia ha designado para mi vida. Desarrollaré mi
investigación para el bien de la humanidad, llevaré hasta la justicia a los culpables de este
asesinato y luego… da igual lo que pase luego, quieren jugar fuerte y eso es lo que van a
recibir —, dijo Kolya mirando a Sofía de una manera extraña. En ese momento no había
determinación en su mirada, solo la tristeza del que sabe que debe sacrificarse por amor —
Samuel, debes irte lejos, y pasar un tiempo sin dar señales de vida. Y tú Sofía, mi amor, debes
irte también. Debes pasar un tiempo oculta, y luego busca la manera de volver a España. Yo
trataré de encontrarte… si todo esto sale bien —, sentenció Kolya.
—¿Qué? ¿Qué me vaya, dices? ¡De eso nada! —, espetó Sofía mirando con rabia a
Kolya. Después de todo lo que había pasado no pensaba abandonarlo.
104
—Sofi yo… no podría soportar que terminaras como Jerry. Esta gente no tiene
escrúpulos. Solo yo debo correr el riesgo. Te quiero y debe ser así. No hay discusión —,
sentenció Kolya con el corazón encogido por la tristeza de separarse de Sofía. Era la primera
vez que le decía un te quiero.
Sofía entendió que Kolya intentaba protegerla, pero jamás había tenido nada tan claro.
Durante unos instantes miró a Kolya a los ojos, y poniéndole la mano en la mejilla le dijo: —Te
amo. Estaré contigo pase lo que pase. Hasta el final. No hay discusión —, contestó ella, tras lo
cual se fundieron en un abrazo tan fuerte que casi se hacían daño. —Además, cómo iba a
dejar a un científico loco por ahí solo. ¡Se perdería! —, bromeó Sofía, y sonrieron los tres.
—Creo que sé a dónde voy a ir. Y os garantizo que allí no me encontrará nadie —, dijo
Samuel.
—¿A dónde? —, preguntó Sofía.
—Me voy a la selva amazónica peruana. Conozco un pueblecito cerca de la frontera
con Brasil donde se desarrollan proyectos de cooperación. Allí puedo ayudar, sé cómo obtener
distintos fármacos de la flora local, para tratar enfermedades. En esa zona no hay cobertura
móvil, ni internet, así que no podremos estar en contacto. Además, aunque hubiera cobertura,
¿para qué serviría en un lugar donde no hay enchufes? —, bromeó también Samuel.
—Es una buena idea —, dijo Kolya —al menos durante un tiempo—.
—Kolya, estoy asqueado de la sociedad “civilizada”. Somos una sociedad podrida que
se está cocinando en el jugo de su propia codicia. Deberías leer algunas reflexiones de los
Nativos Americanos acerca del hombre blanco. Simplemente, no comprendían la ausencia de
respeto que tenemos por nosotros mismos y por La Naturaleza, y sinceramente, yo tampoco,
así no tengo intención de volver. Al menos no por ahora —, dijo Samuel.
—Me gustaría que pudiéramos encontrarnos algún día Samuel —, dijo Sofía.
—Claro. Jerry se merece que le honremos y recordemos al menos una vez al año —,
dijo Samuel.
—Estos meses han sido maravillosos. Gracias amigo —, dijo Kolya. Y los tres se
fundieron en un abrazo.
—En media hora sale un autobús hacia Austin, en el Estado de Texas. Desde ahí
seguiré mi camino hacia el sur —.
En ese momento, se intercambiaron direcciones de correo electrónico aún no creadas
para estar en contacto en el futuro, compraron los billetes de autobús y allí, Kolya y Sofía se
despidieron de Samuel.
105
Ellos dos debían esperar aún una hora para que saliera el primer autobús que los
acercaría a California. Compraron dos billetes de ida hacia la ciudad de Omaha, en el Estado
de Nebraska y esperaron cerca del andén donde estaba aparcado el autobús.
—Sofi, ¿estás segura de que quieres acompañarme? No quiero que te ocurra nada
malo —, insistió Kolya.
—¿Y crees que yo quiero que te ocurra algo malo a ti? Estamos juntos en esto.
Simplemente tendremos que extremar las precauciones a partir de ahora —, respondió Sofía,
dando un beso en la mejilla a Kolya y juntando sus cabezas, en un gesto de ternura.
—Siento interrumpir la escena. Por fin nos encontramos —, dijo un tipo gordito
acercándose a ellos mientras se comía un dulce que había comprado en la cafetería de la
estación.
Todos los músculos de Kolya se tensaron. No iba a permitir que aquel tipo le tocara un
pelo a él o a su novia. Estaban en un lugar público, y eso les confería cierta seguridad, sin
embargo, los habían localizado y eso era muy mala noticia.
—Se confunde Usted de persona —, dijo Kolya tratando de ganar algo de tiempo,
mientras analizaba la situación y las posibles salidas.
—Querido Nikolay, llevo meses velando por tu seguridad. Sé que lo has pasado muy
mal, pero es hora de que alguien os brinde un poco de ayuda. Mi nombre es Mijail Pribilof, soy
agente del Gobierno Ruso, y tengo el encargo de protegeros —.
—Así que del Gobierno Ruso, ehh —, dijo Kolya con cierto sarcasmo. A esas alturas si
había una cosa que tenía claro es que no podía fiarse de nadie.
—Así es. Sé que acaban de pasar por una experiencia traumática que los ha hecho
huir. Entiendo su desconfianza. Este lugar no es seguro, cuanto antes lo abandonemos, mucho
mejor —, dijo Pribilof.
—No vamos a ir a ningún lugar con Usted, señor como se llame —, dijo Sofía.
—Pribilof. Mi apellido es Pribilof, pero pueden llamarme Mijail. Escúchame bien, Kolya
—continuó Pribilof, esta vez en ruso —en Moscú saben bien quién eres. Sabemos que tu padre
fue uno de los héroes de Chernobil, y que tú eres un buen científico. Teníamos idea de haber
contactado contigo para ofrecerte trabajar para Rusia, dejándote libertad para desarrollar tus
investigaciones, y honrar así la memoria de tu padre, pero todo este tema de tu investigación
en energía cuántica nos ha cogido a todos por sorpresa. Lo mejor —, dijo cambiando al idioma
español —es que nos vayamos cuanto antes. Queremos que trabajes en Rusia. Nosotros
podemos garantizar tu seguridad… y la de Sofía. Ella también es bienvenida. Ahora debemos
irnos —.
106
—¿Por qué y quién ha intentado matarme? —, preguntó Kolya.
—Querido Kolya, tu investigación ha puesto nervioso a mucha gente con inversiones
multimillonarias en el sector de la energía, por eso no han dudado en matar ya a dos personas.
El mundo se mueve por intereses económicos y parece ser que tú estás a punto de estropear
un pequeño negocio de billones de dólares a un grupo inversor de los de arriba, de los que
nadie conoce, de los que detentan el verdadero poder, y, la verdad, ver a los poderosos tan
nerviosos es algo que me encanta. Te admiro, pero ahora es momento de protegerte, subamos
al coche, lo tengo estacionado en el parking —, dijo Pribilof.
—No, Mijail, en el piso estaba sólo Jerry —, le corrigió Kolya.
—Siento decirte esto, Kolya, pero han matado también a tu mentor, el profesor Gámez
—, dijo Pribilof, omitiendo deliberadamente que el profesor estaba jugando a dos bandas.
Hacer leña del árbol caído implicaba pasar por la vida sin un mínimo de elegancia, y para
Pribilof era importante mirar hacia atrás cuando fuera a encarar la muerte y no avergonzarse de
sí mismo. Le asqueaba la gente de éxito a costa de jugar sucio.
—¿Qué? ¿A Alberto Gámez? —.
—Así es. Lo siento —, confirmó Pribilof.
—Lo van a pagar caro. Pienso llevarlos ante la justicia, estos crímenes no van a quedar
impunes —, dijo Kolya enrabietado.
—Esa gente está por encima del sistema de justicia Kolya, pero ya se nos ocurrirá algo
para vengar esas muertes. Ahora debemos irnos Kolya, no es seguro estar aquí —, le apremió
Pribilof.
Kolya miró a Sofía, buscando su aprobación. Aquél tipo parecía de fiar.
—Tenemos que hablar a solas Kolya y yo —, dijo Sofía dirigiéndose al agente ruso.
—Como quieran, pero no tardéis —, dijo Pribilof levantándose para dejarles un poco de
intimidad en la conversación y de paso hacer un reconocimiento visual de la situación en la
estación de autobuses.
—Sofi, este tío parece de fiar. ¿Qué hacemos? —, dijo Kolya.
—Tú lo has dicho, parece de fiar. Pero no hace falta leer mucha novela negra para
saber que el mejor arma es el engaño y la astucia. El que ha matado a Jerry es un chapucero.
Quizás nos esté engañando. Quizás ahora han enviado al mejor sicario ¿Cómo puedes estar
seguro de que no trabaja para los mismos que han intentado matarte? —, preguntó Sofía.
Kolya analizó todas las respuestas desde el punto de vista racional. La conclusión era
obvia —Desde el punto de vista estadístico no hay más de un cincuenta por ciento de
107
probabilidades de que ese tío sea de fiar. Además, si resulta ser uno de ellos, en cuanto nos
subamos al coche, nuestras posibilidades de éxito serán mínimas. Debemos huir, pero
¿Cómo? —, preguntó Kolya.
—¿Cuánto tiempo queda para que salga el autobús a Omaha? —, preguntó Sofía.
—Unos diez minutos —, respondió Kolya.
—Hay que darse prisa, vamos al parking con él, y allí se quedará mientras nosotros
corremos hacia el autobús. Él no sabe a dónde nos dirigimos. Es nuestra única oportunidad —,
dijo Sofía.
—Pero ¿cómo piensas dejarlo…? —, dijo Kolya, interrumpido en ese momento por
Sofía.
—Vamos. No hay tiempo —.
Los dos se levantaron y se acercaron al agente ruso.
—De acuerdo, hemos decidido ir con Usted, pero iremos en el asiento de atrás, y no se
le ocurra jugárnosla —, dijo Kolya, haciendo creíble la conversación.
—Me parece bien que seáis precavidos. Toda precaución es poca. En marcha —, dijo
Pribilof.
Caminaron hacia el parking con paso decidido. El agente Pribilof sabía que aquel no
era un lugar seguro. Él iba delante. Cuando llegaron hasta donde se encontraba estacionado el
coche, Sofía le preguntó al agente: —¿Por qué cree que toda precaución es poca, agente?
¿Qué deberíamos temer? —.
El ruso se dio la vuelta esbozando una sonrisa —Sofía, no lo decía por mí, lo decía…—
. En ese momento una gran ráfaga de spray de pimienta contra violadores impactó
directamente en los ojos de Pribilof, quién ahogó un grito y cayó de rodillas llevándose las
manos a la cara.
—Lo siento. Sólo estamos siguiendo sus consejos —, espetó Sofía con el bote de
spray anti violadores aún goteando en su mano.
Cinco minutos más tarde, el autobús salía de la Estación Central de Autobuses de Ohio
con destino a Omaha, en Nebraska. Kolya y Sofía iban mirando por una de las lunas del
autobús, con las manos entrelazadas. Las manos de Pribilof aún continuaban tapando sus ojos
cerrados.
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CAPÍTULO -14-.
El despacho del inspector Manrique en la Comisaría Centro lucía un aspecto caótico.
Casos sin resolver, casos a medio resolver, y papeleo pendiente. La maldita burocracia. Él era
un hombre de acción, y sin embargo, debía pasarse horas escribiendo informes tanto para la
evaluación de su trabajo por parte de sus superiores, como para las actuaciones judiciales.
Docenas de expedientes se veían apilados en derredor de su mesa de madera descascarillada
por los bordes a causa del uso. El Departamento de Intendencia de la policía le había ofrecido
en varias ocasiones cambiarle el mobiliario, pero Manrique se había negado. Los antiguos
muebles, gastados por el uso, la mesa, con las marcas propias de miles de horas de
reflexiones con los zapatos sobre la misma… Todo aquello le hacía pensar en el sacrificio que
sus antecesores en el cargo habían hecho para que la ciudadanía estuviera más segura. En la
Brigada de Homicidios eran muy comunes los infartos y las adicciones, tratar año tras año con
la basura de la sociedad, con aquellos individuos de cerebros enfermos, y comportamientos
psicopáticos que tanto dolor producían en los demás era ciertamente duro, pero Manrique no
se veía haciendo otra cosa. Cada vez que sacaba de la circulación a un criminal se sentía vivo,
valioso, y cuando entraba en el despacho a escribir el informe le gustaba hacerlo en aquel viejo
mobiliario, honrando la memoria de los que habían hecho lo mismo que él en el pasado, en
aquel mismo lugar. Necesitaba su fuerza, y su consejo, aunque ya no estuvieran ahí para
dárselo. Y allí estaba, en la mañana del seis de junio, con los pies encima de la mesa y con la
mirada puesta en un bolígrafo que trataba de dejar en equilibrio vertical, pensando. Llevaba
dos semanas cabizbajo, taciturno, dándole vueltas a algo. Sus colaboradores estaban
preocupados por él. Nunca lo habían visto así. Afuera del despacho tomaban café y veían a su
superior a través de las persianas entreabiertas. Alfonso Pérez había trabajado muchísimos
años al lado del inspector y jamás lo había visto así, estaba muy preocupado por él. Javier
Peromingo, el otro agente, apenas llevaba año y medio con ellos, lo suficiente para darse
cuenta de que algo no marchaba bien.
—El jefe está mal. Mal de verdad —, le dijo Alfonso a su compañero Javier, mientras
removía su café de máquina con un palito de plástico blanco.
—Puede que tenga problemas personales, quizás familiares. Eso nos pasa a todos en
algún momento de la vida —, respondió Javier.
—No Javier. Siempre nos hemos contado los problemas personales, nos apoyamos
mutuamente. Está así desde que recibió la llamada del otro día —.
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—¿Qué llamada, Alfonso? —.
—Normalmente suele tener la puerta de su despacho abierta cuando habla por
teléfono, como sabes, entre nosotros no hay secretos. Sin embargo, la semana pasada le
pasaron una llamada importante, cerró la puerta para hablar y desde entonces está así. Lo raro
es que no lo comparta con nosotros. Por alguna razón no puede hacerlo —, contó Alfonso.
—¿Y de qué crees que se trata? ¿Tienes alguna pista? —, preguntó Javier.
—La secretaria le pasó la llamada de un ruso, pero no sé nada más. Creo que hay que
hablar con él —, dijo Alfonso.
—Estoy de acuerdo —.
Los dos agentes entraron en el despacho del inspector Manrique y tras cerrar la puerta
se sentaron en las antiguas sillas de tapizado verde de skay.
—Inspector, queremos tratar un tema con Usted —, comenzó Alfonso.
—¿Qué ocurre? —, preguntó Manrique, recostándose sobre su silla de oficina, con
gesto serio.
—Lleva bastantes días con gesto serio. Algo le preocupa, y queremos saber qué
sucede —, dijo Alfonso, mientras que Javier permanecía con los brazos cruzados, escuchando.
—¿Qué sois, mi niñera? No ocurre nada. Tenemos un montón de trabajo que hacer.
Hay que investigar los robos en los comercios de la calle Arenal, es una vía esencial para el
turismo y no queremos que ningún imbécil con pasamontañas se haga el jefecito. Quiero a
esos chorizos ya —, dijo Manrique.
—¿Robos? Nosotros somos de homicidios…—, dijo Javier.
—Si Javier, pero esa gente tiene fichados a los agentes de paisano, así que nos han
pedido que echemos una mano, así que salgan a la calle y traigan información valiosa —, dijo
el Inspector, como con prisa por quedarse solo. No estaba de humor para hablar con nadie.
—No inspector —, dijo Alfonso.
—¿Cómo que no? ¿Qué coño pasa Alfonso? —, respondió Manrique enojado.
—Vamos a ver Alberto —, continuó el agente llamando al inspector por su nombre de
pila —nos vas a contar qué te pasa y te voy a decir por qué —, siguió el agente ya sin poder
reprimir su impotencia ante aquella situación —Sabemos que no es un tema personal, por lo
tanto es un tema de trabajo, y si es un tema de trabajo y no nos cuentas qué ocurre, se
quebrará la confianza entre nosotros. En este trabajo constantemente nos jugamos el cuello
persiguiendo bandas de delincuencia organizada, ex-militares de países del este, sin
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escrúpulos y armados hasta los dientes, o psicópatas hijos de puta. Y no me gustaría trabajar
en equipo en estas condiciones de desconfianza. Sé que es mi trabajo y acataré órdenes, pero
no me gusta. Tenía que decirlo —, concluyó el agente Alfonso Pérez. El otro agente, Javier
Peromingo, seguía observando, impasible.
El inspector Manrique se quedó unos segundos en silencio mirándose los dedos de la
mano derecha, mientras frotaba la uña del dedo pulgar con la del dedo corazón. El silencio se
hizo eterno. Tenso. Finalmente habló Manrique: —Alfonso, tienes razón. O somos un equipo
unido o estamos generando debilidad que podría ser utilizada por alguien —.
El agente Javier Peromingo seguía observando. Le gustaba pertenecer a ese equipo, y
la forma en que su jefe entendía la lealtad.
—Tengo que pediros disculpas —, continuó Manrique —no he dicho nada porque esto
es un tema muy gordo. Las órdenes vienen de muy arriba, jamás me había visto en una
situación como esta. No pensé que la mierda política me fuera a afectar de esta forma, no
quiero perder la confianza en el sistema por el que me juego, por el que nos jugamos la vida a
diario, pero no sé cómo afrontar las órdenes que he recibido —, dijo Manrique.
—¿De qué se trata, Alberto? —, preguntó el agente Pérez.
—¿Os acordáis de todo el tema del ruso aquel? ¿El científico? —, dijo Manrique.
Los dos agentes asintieron con la cabeza.
—¿Y del gorila americano de la CIA que vino a verme? —.
—Sí —, dijo el agente Pérez.
—Pues resulta que ese tío, el agente Smith-Jones, es un asesino. Va por ahí
interrogando, torturando y asesinando gente impunemente, al margen de la ley. He tenido
conocimiento de que está persiguiendo al científico ruso, que es también ciudadano español,
en Los Estados Unidos. Allí ha torturado y matado sin motivo a un estudiante. Sé que él
asesinó al profesor Gámez, el mentor de Nikolay Boronov, el científico…—.
—Pero es americano, y está en Los Estados Unidos. Está fuera de nuestra
competencia ahora —, dijo Alfonso Pérez.
—Tú lo has dicho. Ahora. Ese agente tiene su campo de actuación en España y en
países Iberoamericanos. Volverá. He pedido permiso al comandante para investigar los casos
en los que pudiera estar envuelto y aclarar la muerte del profesor Gámez, pero me ha sido
denegado —, explicó Manrique.
—¿Denegado? ¿No se le puede investigar? —, preguntó el agente Alfonso Pérez. El
otro agente permanecía callado, como ausente.
111
—No. No se le puede investigar. Las órdenes vienen de muy arriba. Es intocable —,
dijo Manrique.
—Pero es un asesino, y nuestro trabajo es que no haya asesinos —, dijo Pérez, más
bien como un pensamiento en voz alta.
—Exacto. Eso implica que hay asesinos de primera y de segunda. Eso me asquea.
Metemos en la cárcel a desequilibrados que deberían estar en un sanatorio mental, mientras
que otros tienen licencia para ejercer su psicopatía, sin restricciones. Y lo peor de todo. Sé que
ha matado a más inocentes en España, y sé que volverá a hacerlo. No deberíamos permitir
eso. España ha sido un país muy poderoso en el pasado, no comprendo tanto complejo de
inferioridad, no sé de dónde carajo ha salido la idea de que hay que permitir la actuación de
sicarios en nuestro país. Vengan del país que vengan. No quiero seguir hablando de esto,
porque el cuerpo me pide cometer alguna estupidez. Empezando por el comandante corrupto
que tenemos… —.
—No es justo —, dijo Pérez.
—No. Pero es lo que tenemos. No podemos hacer nada, así que tratemos de atajar
otros delitos. Venga, traigan información sobre los robos de la calle Arenal. Cumplamos con
nuestro trabajo —, zanjó Manrique.
Los dos agentes salieron a la calle en silencio. Cada uno iba dándole vueltas al asunto
en su interior. El agente Javier Peromingo rompió el silencio: —Venga vamos a apretar un par
de clavijas. Luego te invito a comer —.
—¿Luego me invitas a comer? ¿Y ese buen humor de repente? Qué querrás… —, dijo
su compañero Alfonso.
—¡Arriba ese ánimo, hombre! —, dijo Javier, con una sonrisa en su rostro.
Normalmente era un tipo callado, solía pasar desapercibido, pero ahora, sin motivo aparente
estaba contento. Alfonso suponía que trataba de animarle después de la frustrante
conversación que habían tenido con el Inspector.
Los agentes visitaron a los comerciantes y trabajadores habituales de la zona centro.
Estuvieron casi toda la mañana dando vueltas por las calles aledañas a la Puerta del Sol de
Madrid. Su mirada entrenada de policías identificaba una multitud de mangantes y gente de
mal vivir. Personas que no aportaban nada a la sociedad, y lo tomaban todo de ella. El lenguaje
corporal, las miradas, la ropa, la forma de mirar o moverse, los delataba. También los
carteristas identificaban a los agentes de paisano como policías. Entre ellos, los turistas. La
multitud, llegada de todos los rincones del mundo, paseaba distraídamente mientras consultaba
sus mapas o libros de viaje, o simplemente se paraba a observar los edificios, el reloj que daba
las campanadas en fin de año, el Kilómetro Cero, el cartel de Tío Pepe mostrando la botella
vestida de cantaor andaluz, el Oso y el Madroño, y demás atractivos turísticos de un casco
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histórico de Madrid que era un remedo de lo que fue, en la incesante búsqueda de su nueva
identidad, pues la antigua, recia y señorial, se perdió en la bruma que envuelve al pasado. Era
imposible limpiar el lugar de ladrones o timadores, pues el hambre no teme a la vergüenza, por
lo que los policías se limitaban a controlar el ecosistema, limitando los excesos.
Tras la ronda de conversaciones con la gente del barrio, los agentes Pérez y
Peromingo fueron a visitar a un par de vendedores de droga. Hashis, pastillas, marihuana.
Temas menores. Un par de apretadas fuertes de clavijas y ya tenían los nombres de los
chorizos que estaban perturbando a los comerciantes de la calle Arenal. El agente Peromingo
seguía de bastante buen humor. Incluso convenció a su compañero para no requisar la droga
de los camellos del menudeo. —¡Venga Alfonso, que esta gente da de comer a sus familias
con esto! —, le dijo.
Luego fueron a comer a la Plaza Mayor. —Me invitarás a algún sitio de postín,
supongo, ¿no? Me comería unas chuletitas de cordero. Conozco un sitio por aquí que… —, dijo
el agente Pérez interrumpido por su compañero, que espetó con una sonrisa en su cara: —
Alfonso recuerda. Soy policía, no empresario. Nos vamos a meter entre pecho y espalda uno
de los famosos bocatas de calamares de la Playa Mayor, y una cerveza —.
—¿Un bocata de calamares y una cerveza? ¿Esa es tu gran invitación? —, dijo
Alfonso. Los dos rieron.
Cuando regresaron a la comisaría por la tarde, y tras entregar el informe con los
nombres de los ladrones, el agente Alfonso Pérez se despidió hasta el día siguiente. El día
había empezado mal, pero ahora el ambiente era bueno. Se fue a casa en uno de los escasos
días en los cuales no estaba preocupado por la investigación en que estaba inmerso. A veces
se planteaba incluso dejar la Brigada Criminal, pero luego se imaginaba gordo y aburrido, y
descartó la idea.
El agente Javier Peromingo se despidió de Alfonso, y se dirigió hacia el despacho del
inspector Manrique.
—Jefe, ¿podemos hablar? —, dijo, parándose en la puerta del despacho.
—Claro Javier. Pasa —, respondió Manrique.
El agente Peromingo entró y se sentó. Tenía una mirada especial, que nunca antes
había visto el inspector. Estaba feliz, el brillo de sus ojos irradiaba energía positiva. El inspector
Manrique se preguntaba qué estaría pasando por la cabeza de su subordinado. Estaba
intrigado.
—Cierra la puerta y cuéntame. ¿De qué se trata? —, preguntó Manrique, enarcando
una ceja.
113
—Necesito saber si puedo confiar en Usted, inspector —, dijo Peromingo, tomando
asiento en una de las desvencijadas sillas.
—Me ofende la pregunta Javier. ¿A qué viene eso? —, preguntó Manrique.
—He decidido emprender una pequeña aventurilla. Generalmente lo haría y punto, pero
por alguna razón quiero que Usted sepa por qué me voy. Se ha ganado mi respeto. Sin
embargo, necesito la absoluta certeza, que me jure por sus hijas que esta conversación va a
quedar entre nosotros —, dijo el agente, sin perder el brillo en sus ojos ni la mirada de pícaro
con la que había estado todo el día.
—Si lo que me vas a contar tiene que ver con alguna actividad delictiva, eso me
convertiría a efectos legales en encubridor. Si es así, no puedo escucharlo —, dijo Manrique,
tratando de ordenar sus ideas conforme hablaba.
—Inspector, ha sido un ejemplo para mí. Esta etapa de año y medio aquí ha sido
realmente necesaria. He aprendido mucho, pero ha llegado a su fin. No puedo decirle más.
Gracias por todo —, dijo el agente Javier Peromingo levantándose de la silla.
—¿Pero de coño va esto, Javier? Eres un buen agente, pronto serás inspector si
sigues así. Tienes un futuro prometedor por delante. ¿Y qué es eso de que no me puedes decir
por qué tienes que irte? Déjate de chorradas —, dijo Manrique ciertamente desconcertado.
Aquel treintañero, moreno, con el pelo algo largo, cubriéndole la nuca y barba de cuatro días
parecía tan seguro de sí mismo…
—Un abrazo Alberto. No puedo decir nada más —, dijo el agente aproximándose a su
superior para despedirse. Aquel tipo le había dejado huella. En su etapa anterior había
aprendido a apreciar a la gente con ética, con valores, de los que quedan muy pocos.
—Siéntate —, dijo Alberto Manrique, mirándose los dedos, meditabundo —Cuéntame
qué ocurre. Cuando salgas por esa puerta esta conversación no habrá ocurrido. Jamás —,
espetó taxativo Manrique, con gesto serio.
—Yo no soy agente de policía, Alberto. No sé qué categoría tendría en el escalafón,
porque yo no existo. Dependo directamente del Comisario Principal de la Policía Nacional —,
explicó Peromingo.
—¿Del Comisario Principal? —, dijo Manrique sentándose en el borde de la silla e
inclinándose hacia adelante. Tantos años de profesión y tanto por aprender —pensó—.
—Sí. Mis funciones dentro de la Policía requieren un tratamiento especial, porque yo
me dedico a operaciones especiales. No tengo identidad, no tengo una nómina, no tengo
amigos, no existo —.
114
—¿A qué te dedicas exactamente? —, preguntó Manrique mirando fijamente a
Peromingo. Absolutamente concentrado en aquella conversación.
—Digamos que hago un gran servicio a este país. A algunos enemigos del Estado les
gusta jugar en las alcantarillas, y yo soy el rey de las alcantarillas. Hay que poner un poco de
orden allá abajo —, dijo Peromingo sonriendo sarcásticamente.
—Operaciones encubiertas. Fondos reservados…—pensó Manrique. Su vocación
siempre había sido que la sociedad fuera más segura para la población. Alguien tenía que
plantar cara a los delincuentes que tanto daño hacían, y él se dedicaba en cuerpo y alma a
aquella tarea, sintiendo que su sacrificio era necesario y valioso para la sociedad, aunque
nadie se lo reconociera. Manrique también sabía que alguno de esos delincuentes, los más
peligrosos, sembraban el mal al margen del sistema legal. Gente importante, empresarios,
políticos… intocables. El propio sistema debía actuar al margen de la ley o pudrirse por dentro,
porque el mal genera dinero, y el dinero compra las almas.
—¿Por qué has estado trabajando con nosotros este año y medio, Javier? —, preguntó
Manrique.
—Mi última misión me destrozó psicológicamente. No podía dormir ni con pastillas o
alcohol. No comía. Pensé que iba a morir. Ahora estoy bien, y necesito un poco de acción —,
de nuevo volvió a sonreir sarcásticamente Peromingo.
—¿De qué se trataba? —, preguntó Manrique.
—Alberto, revelar cualquier detalle de mí o de mis trabajos podría ponerte en peligro a
ti o a tu familia ¿lo entiendes, verdad? —, preguntó Peromingo con gesto serio.
—Esta conversación nunca ha sucedido —, contestó Manrique.
—Mi última misión estaba relacionada con la trata de blancas. España es un paraíso
para las mafias, y sus colaboradores. Hay gente muy importante en este país dando cobertura
a esa gentuza. Poderoso caballero es don dinero. Iba a ser una misión sencilla. Hay gente muy
buena del CNI infiltrada en las mafias, sobre todo en las de Países del Este. Yo no tenía que
infiltrarme ahí, sino establecer un mapa de las personas y estamentos del Estado que tuvieran
relación con las mafias. Sin embargo, según iba conociendo más ese mundo, más me daba
cuenta de la magnitud de la tragedia. La gente cree que vive en un mundo seguro, con
derechos. Es mentira. La esclavitud existe, y a gran escala. El sistema no se ocupa de aquellos
que no tienen nada y que no pueden demostrar los delitos de los que son objeto, porque no
pueden probar nada, o porque acaban muertos. Empecé a sentir ira y ánimo de venganza por
aquellos que lo consentían o amparaban, pero en mi oficio las emociones te pueden poner en
el punto de mira, y esa gente no se anda con bromas. Al menos los terroristas tienen ideales
dentro de su psicopatía colectiva, pero esta gentuza… —, dijo Peromingo.
115
—Terroristas… Alcantarillas —, pensó Manrique atando cabos. —¡No me jodas! —,
espetó el inspector.
—¿Por qué lo dices, Alberto? —, preguntó Peromingo sonriendo ligeramente. Se
estaba diviertiendo con las reacciones de su superior.
—No… me… jodas… —repitió Manrique recalcando las palabras —¿Tú eres La Rata?
—, preguntó.
Peromingo se recostó en la silla, mirando a Manrique con una sonrisa de oreja a oreja.
El inspector Manrique estaba perplejo, con la boca abierta y la mirada de incredulidad.
—Así es —, dijo asertivamente Peromingo, mirando fíjamente a los ojos al inspector —
Alberto, te recuerdo que esta información podría poner a mucha gente en peligro —.
El inspector se limitó a mirarlo fijamente. Estaba tratando de asimilar la información que
acababa de obtener. Tenía delante de él a La Rata en persona. Era increíble. Era toda una
leyenda dentro del cuerpo de policía. Él solito había obtenido más información de la banda
terrorista ETA que el resto de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Siendo muy joven
se había infiltrado dentro de las organizaciones de kale borroca, la cantera de la banda
terrorista. Una vez dentro, había ascendido hasta ocupar uno de los puestos en el órgano de
dirección, y de ahí, saltó a la organización terrorista. Nadie sabía en realidad quién era La Rata,
ni lo que había hecho, pero lo que sí estaba claro es que la banda terrorista había sufrido en
los últimos años golpe tras golpe, arresto tras arresto, ante la imposibilidad de operar
clandestinamente, pues alguien desde dentro estaba al tanto de todos los movimientos, lo que
había llevado a la organización terrorista a decretar el cese definitivo de su actividad armada en
octubre de dos mil once. Se contaba incluso que había participado en un rescate de un
terrorista que tenía retenido la Gendarmería. Los agentes franceses abrieron fuego contra los
tres terroristas que participaron en la misión de rescate. Ante la capacidad de respuesta de los
policías, dos de los etarras le dijeron a La Rata que era una misión suicida, que no podían caer
tres por salvar a uno. La respuesta fue tajante, entraría solo. En su formación en los campos de
entrenamiento que la banda terrorista utilizaba en Argelia, él había deslumbrado a los
instructores, era una máquina, carente de miedo. Sin duda, era un hombre de acción. Pasó dos
horas agazapado en un bosque cercano a la oficina de la Gendarmería donde tenían retenido a
su, por aquel entonces, compañero de armas. Aprovechó el cambio de guardia, a las cinco de
la mañana, para detener el vehículo de uno de los gendarmes que regresaba a su casa, pistola
en mano. Lo amordazó y lo metió en el maletero, se vistió con el uniforme de gendarme. Sin
embargo, sabía que no podría entrar por la puerta de la comisaría sin ser descubierto, nunca
pasaría el control de entrada, el uniforme lo utilizaría para salir. Pero sólo un experto como él
podía hacerlo, dominaba todas las habilidades necesarias, era frío y calculador, camaleónico, y
certero en el ataque. Cuando sus compañeros de armas le preguntaron cómo se colarían en la
comisaría, él sonrió y les enseñó su última creación. Era como una especie de saco de dormir
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negro, hecho de lona durísima, pero flexible. Había estudiado bien el recinto y se había dado
cuenta de un punto ciego a las cámaras, y con poca iluminación. Los gendarmes sabían que
por ahí era imposible que nadie se colara, pues estaba protegido por tres metros de alambre de
espino trenzado, impenetrable. La Rata había diseñado un traje capaz de aguantar las espinas
del alambre, con una especie de mangas del mismo material. Durante una hora, estuvo
cortando alambre y reptando como una lombriz centímetro a centímetro. Una vez dentro, se las
ingenió para llegar hasta la puerta de los calabozos. Allí empezaría la acción. Todo debía
hacerse de una forma silenciosa, paso a paso, con precisión quirúrgica. La diferencia en
número significaba que si llamaba la atención, sus posibilidades de éxito se reducían a cero.
Sacó unos botes que tenía adosados a las piernas. Aprovechando el uniforme, saludó al primer
gendarme que estaba sentado en un pequeño cuartucho que custodiaba los calabozos. Eso le
daría el tiempo necesario para evitar que activase la alarma. Éste se extrañó, pues no
reconoció la cara de su compañero —¿eres nuevo? —, preguntó el gendarme. Acto seguido
cayó desplomado. Los botes que llevaba La Rata contenían un potentísimo anestésico, capaz
de dejar inconsciente a una persona antes de un segundo. Pulsó el botón de apertura de la
puerta de los calabozos y se colocó una máscara antigás que se había pegado en la espalda.
Lanzó una segunda máscara al terrorista retenido, y lo sacó de la celda. El terrorista se puso el
uniforme del gendarme dormido. Sólo tuvieron que utilizar una vez más el anestésico, pues otro
gendarme entraba con unos cafés para tomarlos con su compañero. Una vez que salieron de la
zona de los calabozos, se quitaron las máscaras y salieron conversando a través del patio de la
gendarmería, aparentando tranquilidad, tratando de que las más de ciento cincuenta
pulsaciones por minuto de sus corazones desbocados no echaran por tierra el plan. Una vez
que llegaron a la zona menos iluminada, se metieron los dos en el traje de lona negra y
reptando y cortando alambre pudieron llegar al otro lado de la comisaría. Sus atónitos
compañeros los esperaban fuera sin muchas esperanzas de éxito, pero contemplaron
asombrados cómo salían los dos del traje especial de lona. En ese momento los agentes
franceses se dieron cuenta de lo ocurrido y se produjo un tiroteo y una persecución, infructuosa
pues las vías de salida estaban muy bien estudiadas, y tras dos cambios de vehículo, llegaron
a su chalet franco. La capacidad de La Rata dejó impresionados a sus compañeros, sin saber
que esa misma capacidad estaba siendo utilizada para poner fin a la etapa de violencia.
—Te tengo mucha admiración, Javier. Tu coraje y habilidad son bien conocidas, eres
un héroe… ¿He de llamarte Javier o…? —, preguntó Manrique.
—Javier está bien —, dijo sonriendo La Rata —Yo no soy ningún héroe, siempre he
necesitado un poco de acción en la vida —.
—Una cosa es un poco de acción y otra muy distinta jugarse la vida. ¿Cómo puedes
ser capaz de controlar tus miedos en los momentos de máxima tensión? Es admirable —, dijo
el Inspector.
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—Aunque parezca una frivolidad, me inspiró una serie de televisión de cuando yo era
muy pequeño, “Los Hombres de Harrelson”. Me fascinaba, quería ser uno de ellos. Luego
conocí la historia de Mikel Lejarza, “Lobo”, el infiltrado de la policía en ETA. Me fascinó su
historia. Por eso me decanté por el cuerpo de policía cuando crecí. Una vez dentro aceptaba
las misiones más arriesgadas, y siempre quería más. Por eso digo que no soy un héroe, me
encanta probar mis límites. Cuando encaro una misión peligrosa me siento vivo, siento ese
nerviosismo previo… y cuando acabo y he comprobado que he podido superar mi límite es una
sensación inexplicable —, explicó La Rata.
—Pero, ¿cómo lo haces? Yo también vivo situaciones estresantes, teniendo que
controlarme, pero saber que estás rodeado de gente que podrían torturarte y matarte si
sospecharan algo, eso es harina de otro costal —.
—Para mí es como un juego. Se trata de alejar cualquier pensamiento de la mente. El
miedo se produce porque proyectamos mentalmente representaciones negativas de lo que
podría pasarnos. Hay que trabajar sobre ello, y poco a poco vas consiguiendo centrar tu mente,
enfocarte en lo que estás haciendo. Supongo que es la cualidad de llevarse a uno mismo a un
estado de enajenación transitoria, alejarse del mundo tal como lo ve la mayoría y adentrarse en
una realidad que maneja tu imaginación. El resultado es colosal, trascender mentalmente los
impulsos animales que llevamos dentro es convertirse plenamente en humano, tener el control
absoluto de uno mismo. Eso, Alberto… eso no puede compararse a nada en la vida —, dijo La
Rata.
—¿No temes que te maten? —, preguntó Manrique.
—No —.
—¿En serio? —.
—En serio. De hecho, tengo mucha curiosidad en saber cómo será. Me apetece vivir
esa experiencia, explorarla. Y si voy al infierno voy a tener a muchos conocidos allá abajo, será
divertido —, bromeó La Rata.
—Estás como una cabra —, sonrió Manrique. —Por cierto, ¿conoces a “Lobo”? —.
—Sí —, dijo La Rata.
—Dicen que sigue en activo, pero que se ha sometido a una operación de cirugía
estética para proteger su vida —, dijo Manrique.
La Rata guardó silencio.
—¿Te han cambiado a ti también tus rasgos con cirugía estética? —, preguntó
Manrique.
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Ante el nuevo silencio de La Rata, Manrique comprendió que se estaba extralimitando
con esas preguntas.
—Bueno, ¿y por qué te quieres marchar?, ¿qué planeas? ¿Puedes contármelo? —.
—Sí Alberto. Voy a matar a Smith-Jones. Me apetecía compartirlo contigo —, dijo La
Rata.
—¿Matarlo? No puedes hacer eso —, espetó Manrique.
—Alberto, no te sientas culpable o cómplice. No puedes evitarlo, así que no cargues
con esa responsabilidad —.
—Pero Javier, no podemos ir por ahí matando gente. Nos convertiría en uno de ellos —
, dijo Manrique.
—¡No nos convertiría en uno de ellos! ¡Piensa con claridad, joder! —gritó La Rata. El
inspector Manrique se sobresaltó, pero respetaba demasiado a aquel tipo como para no
escucharlo. —Tu moralina mata gente joder, ¿es que no lo ves? Si no lo hago, ese tío seguirá
matando inocentes, y entonces sí que tendremos las manos manchadas por no impedirlo.
Además —prosiguió La Rata —, no hables en plural. Voy a hacerlo yo, porque lo he decidido
yo, y tú no puedes impedirlo. Siento que te incomode tanto, estás demasiado apegado a un
sistema que no respeta sus propias reglas —.
Tras un largo silencio reflexivo, Manrique añadió: —El mundo será un lugar mejor sin
ese hijo de puta —.
CAPÍTULO -15-.
Tras quince agotadoras horas de viaje, el amanecer daba la bienvenida al autobús en
el Estado de Nebraska. Las infinitas rectas de la Autopista Interestatal 80 inducían a un estado
de letargo. Kolya y Sofía habían pasado horas durmiendo, acunados por la letanía del ruido
amortiguado de las ruedas del autobús sobre el asfalto, y las atenuadas luces dentro del
autobús. Kolya abrió ligeramente los ojos y tardó unos segundos en darse cuenta de dónde
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estaba. Resultaba curioso el poder que tiene el sueño, que nos arranca de la realidad que
estemos viviendo, nos guste o no, para llevarnos ante el tribunal del subconsciente, ese tirano
ancestral, ángel y demonio, poseedor de la memoria colectiva desde el principio de los
tiempos, que nos premia o castiga con imágenes inverosímiles, tan reales como las que captan
los sentidos, pero que sólo ocurren en el mundo onírico, en un intento de reparar aquello que
nos sucede en nuestra cotidianidad. A través de la luna del autobús, Kolya pudo leer un cartel
en la autopista que rezaba “NEBRASKA …the good life”. Sonrió para sus adentros ante esa
declaración de optimismo recibida sin haberla solicitado.
—Sofi… —, susurró Kolya.
Sofía abrió los ojos. También estaba sumida en un profundo sueño. Volvió a cerrar los
ojos y se acurrucó junto a Kolya, lo besó en la mejilla y siguió durante un rato en ese estado en
el que no se está dormido, pero tampoco despierto. Ese había sido su primer instinto incluso
antes de abrirse a la consciencia de día que tenían por delante. Y a Kolya le gustó.
—Sofi, estamos llegando, vete despertándote —, volvió a susurrar Kolya. Unos sonidos
guturales ininteligibles salieron de la boca cerrada de Sofía. Kolya la abrazó y dejó que
durmiera un poco más mientras él admiraba los colores del amanecer. Sobre los campos de
cereal, de un color ceniciento a esa hora que se tornarían en un precioso dorado al mediodía,
Kolya podía divisar la línea del horizonte, sobre la cual el cielo iba pasando con el discurrir de
los minutos, de un negro azabache a un violeta oscuro, y de este a un azul cobalto,
rápidamente vencido por la gama de colores cálidos, que como cada día anunciaban que la
noche había acabado. Los tonos rojos y anaranjados daban paso al azul claro del cielo y
amarillo del sol. Kolya sabía que sólo se trataba de diferentes longitudes de onda que
dependían de la inclinación de los rayos de sol al atravesar la atmósfera, pero incluso él, con
su mente de científico, no pudo evitar maravillarse con el espectáculo que representa la
explosión cromática de un amanecer.
—¿Ya estamos en Oklahoma? —, preguntó Sofía.
Kolya sonrió —Nebraska, Sofi. Hemos venido a Nebraska, aquí descansaremos uno o
dos días y partiremos hacia California —.
—¿Estamos cerca de California? —, preguntó Sofía.
—No. Estamos justo en el centro. La América profunda. Aquella que hunde sus raíces
en los valores de esfuerzo y sacrificio con los que este país ha pasado de ser, en poco más de
dos siglos, de un territorio salvaje a la primera potencia mundial —, dijo Kolya.
—Aquí es donde ocurren los tornados, ¿no? —, preguntó Sofía.
—Sí. Podríamos ver alguno en cualquier momento. Son impresionantes, la verdad —,
dijo Kolya.
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—Por cierto… —, comenzó a decir Sofía.
—Dime —.
—Este no era un territorio salvaje —, dijo Sofía. Kolya no comprendió a qué se refería
Sofía. Se limitó a darle un beso en la frente. El autobús estaba entrando en la Greyhound Bus
Station. La prioridad ahora era buscar un lugar donde organizar sus ideas y efectuar su
siguiente movimiento.
El sol de la mañana iluminaba el edificio en forma triangular de la estación de
autobuses de Omaha, en Nebraska, y allí estaban Kolya y Sofía, en plena calle de aquella
ciudad a orillas del Río Missouri, totalmente desconocida para ellos, y con poco dinero
disponible, pues no habían tenido la oportunidad de entrar en la casa, donde guardaban el
resto del dinero que les había dado Juana, la madre de Sofía. La situación se había complicado
y requería un esfuerzo en la planificación.
—Sofi, hagamos un recuento del dinero que llevamos encima —, dijo Kolya.
—Pues no mucho, Kolya —, dijo Sofía —yo llevo unos noventa dólares —.
—Yo cuarenta. Estamos en un aprieto —, dijo Kolya. —Solo el billete a California nos
va a costar eso, así que no tendremos la oportunidad de descansar ni asearnos —.
—Tendremos que comer y descansar un poco antes de partir hacia Los Ángeles… —,
dijo Sofía, pensativa.
—Vamos a California, pero no a Los Ángeles, el Instituto Nacional de Nanotecnología
está en Palo Alto, cerca de San Francisco. Debemos coger el primer autobús que salga hacia
allí. Hay que aguantar. En cuanto lleguemos, mi amigo Oles nos ayudará —, dijo Kolya.
—No. No me parece bien que lleguemos a California sin haber dormido ni comido. Hay
que estar en plenitud de facultades —, dijo Sofía.
—Pero si no tenemos…—, comenzó a decir Kolya, interrumpido por Sofía.
—¿No estamos en los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades? Solo
necesitamos que nos alojen un par de días. Buscaremos trabajo. Además, hay un sitio que
quiero visitar antes de partir…—, dijo Sofía.
—¿En Nebraska? —, preguntó Kolya.
—Bueno, no sé si en Nebraska o en otro estado contiguo, pero es en esta zona del
país, seguro —, dijo Sofía.
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—¿Y cuál es ese sitio que deseas visitar en pleno centro de los Estados Unidos? —,
preguntó Kolya, verdaderamente intrigado por ese repentino interés de su compañera en ese
remoto lugar de los Estados Unidos.
—Tengo una idea. Te lo cuento desayunando, estoy hambrienta —, dijo Sofía
sonriendo. Kolya estaba desconcertado.
—Sofi, será mejor comprar algo barato en las máquinas de la estación, hay que
racionar el dinero —, dijo Kolya con gesto preocupado. Los números eran los números, e ir a
desayunar no iba a inclinar las posibilidades a su favor.
Sofía miró a Kolya con gesto divertido. Le estaba encantando ese juego del ratón y el
gato intelectual con su novio —Invito yo —, sentenció.
Kolya trabajaba mentalmente con números y estrategias. No dejaba nada al azar ni a la
intuición, pero si algo le gustaba de Sofía, además de su belleza física en la que Kolya podía
perderse durante horas, era que confiaba en ella. Por primera vez en su vida se estaba
dejando llevar por la certidumbre de la confianza en otra persona, sentía cómo la presión de
tener todo bajo control cedía al aceptar las decisiones de Sofía. Como todo científico, pensaba
que los cálculos que él hacía sobre las situaciones eran los más acertados, que en algún
momento ella tomaría una decisión equivocada que les traería problemas, y sin embargo, su
corazón le decía que iría al mismo infierno siguiendo una decisión de ella.
Se sentaron en una cafetería del The Old Market, un barrio cercano a la estación de
autobuses, adoquinado y con mucha solera. Desde la terraza de la cafetería podían ver el Río
Missouri, cuyas orillas separan los estados de Nebraska y Iowa.
—Kolya, ¿crees en la reencarnación? —, preguntó Sofía, devorando un donuts gigante
que mojaba en un enorme vaso de cartón de café con leche.
Kolya se estaba perdiendo algo. Estaban en una ciudad desconocida para ellos en el
medio de los Estados Unidos, tenían el dinero justo para llegar a California, donde dependían
de la ayuda de un amigo para tratar de entrar en un laboratorio de investigación de máxima
seguridad. Una vez allí, debía recuperar su propio trabajo sobre energía cósmica atrapada
mediante un proceso de teletransportación cuántica para liberar al mundo de la lucha
encarnizada, desigual e injusta, por los recursos mínimos para la supervivencia, y allí estaba
Sofía, sonriendo mientras desayunaba y preguntándole sobre la reencarnación.
—No Sofi, no creo —, dijo Kolya, saboreando también su vaso de humeante café.
—¿Por qué no crees? —, preguntó de nuevo Sofía.
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—No lo veo posible. Si cada vez hay más habitantes en el planeta, no veo cómo
alguien que muere puede reencarnarse en alguien que nace. Si el número de nacimientos es
distinto al de muertes, habría cuerpos sin huésped —, respondió Kolya.
—¿Crees que una partícula puede estar en dos sitios al mismo tiempo?, o que si
mueves, como lo llamas… un fotón entrelazado… ¿su fotón hermano también se moverá, de
forma instantánea aunque esté en el otro lado de la galaxia? —, dijo Sofía con gesto inquisitivo.
—Sí. Todo eso forma parte de mi trabajo —, dijo Kolya.
—Pero no parecen cosas que entren en la lógica, ¿no? —, dijo Sofía.
—Tienes razón. El mundo tiene muchos secretos pero lo del número de
reencarnados…—.
—La reencarnación no se basa en las personas, Kolya. Es un concepto. Se trata de
energías que van y vienen, que forman parte de todas las cosas vivas. No es un concepto
numérico, y desde luego, no tiene que ver únicamente con los seres humanos. Todos
formamos parte de la misma energía…—, dijo Sofía.
Kolya se quedó pensando un momento. Desde luego, cada una de las personas y cada
uno de los seres vivos que habitan el planeta están hechos de átomos reciclados de otros
seres vivos que lo habitaron antes... Decidió no descartar la hipótesis, pero se trataba más de
una discusión filosófica que científica. No les llevaría a ningún lado.
—Vale, —dijo Kolya —, admito que podría ocurrir, pero ¿a dónde nos lleva tu
pregunta? —.
—Sé que no me vas a creer. Nadie lo ha hecho nunca así que estoy acostumbrada —,
dijo Sofía.
—Cariño, ¿por qué dices eso? —, preguntó Kolya.
—Porque es así. Lo he vivido muchas veces y además tú eres científico, sólo crees en
los números. Sin embargo, sé que hay algo que debo hacer y si no cuento con tu ayuda lo
entenderé, pero debo hacerlo —, respondió Sofía, con el semblante triste. Una vez más se
tenía que enfrentar a la realidad de la incomprensión de los demás, y en este caso era la
incomprensión de la persona que amaba, lo cual era mucho más doloroso. Volvió a recordar el
porqué se había ido encerrando más y más en sí misma, más y más en los libros, sus más
fieles amigos.
Kolya la miró con gesto reflexivo, entendió de inmediato que Sofía estaba tratando de
decirle algo que era importante para ella, y que se había topado en el pasado con alguna burla
o comentario inapropiado por parte de otros, y eso hería su sensibilidad. También sabía que en
la vida hay momentos en que hay que hacer lo que hay que hacer sin valorar las
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consecuencias. Su padre había dado la vida en Chernobil por los demás, sin importarle los
efectos que su acto tendría sobre sí mismo o su familia, se había tratado de un acto de amor
por los demás. Amor con mayúsculas. En este caso era mucho más sencillo, sólo tendría que
otorgar su confianza a la persona que amaba, sin importar nada ni nadie, ni siquiera su propio
esquema de las cosas. En la vida hay momentos de la verdad. Momentos que definen quién es
cada uno, y siempre tienen que ver con las acciones y nunca con las palabras.
—Sofi, entiendo que quieres hacer algo que es importante para ti. Me gustaría
acompañarte y estar a tu lado, si me lo permites… —, dijo Kolya, mirando a Sofía con ternura.
—Pero no es justo para ti. Tú quieres partir hacia California. No quiero ser un obstáculo
en tu vida —, respondió Sofía.
Kolya soltó una sonora carcajada —¿Un obstáculo en mi vida? ¿tú? —, continuó
riéndose, pues le hacía gracia el desconocimiento que Sofía demostró en ese momento sobre
sus sentimientos.
—Sofi, tú le das sentido a mi vida. Además, me salvaste la vida en el hospital, qué más
puedo decir… Cuéntame, ¿de qué se trata? —.
—Estamos cerca de las Colinas Negras. Quiero ir. Además, tengo una intuición y
necesito responder una pregunta que tengo en mi interior —, dijo Sofía.
—¿Qué pregunta? —, dijo Kolya.
—Te lo diré en su momento. Es algo que nos afecta a los dos —, dijo Sofía.
—Así que quieres ir a las Colinas Negras. No sé donde están, pero vayamos. Estoy
contigo en esto, cariño —, dijo Kolya tomando de la mano a Sofía. Ella no pudo contener las
lágrimas, nadie le había dado nunca su apoyo incondicionalmente. Los lazos de unión con
Kolya se fortalecieron en su corazón hasta más allá de lo que la mente es capaz de
comprender.
Después de desayunar buscaron un cibercafé para obtener algo de información de
adónde debían dirigirse.
—A ver… Colinas Negras, Black Hills… —, comenzó Kolya su búsqueda —…territorio
Sioux. Sofi, esto está dentro de una reserva india —, dijo Kolya.
—Lo sé —, dijo ella.
—Estamos a unos cuatrocientos kilómetros, habría que volver a la estación de
autobuses, o quizá la estación de trenes —, dijo Kolya.
—Iremos haciendo autostop. Como tú dices, hay que ahorrar recursos. Nos hemos
permitido un desayuno de reyes, dadas las circunstancias… —, dijo Sofía.
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—No sé si será fácil que se paren a recogernos en la carretera… —, dijo Kolya
pensativo.
—¿No? Entonces crees que no pararán al verme… —, dijo Sofía con una sonrisa
pícara mientras se levantaba ligeramente la parte inferior del vestido de verano que llevaba, a
la altura de la rodilla.
Los dos rieron. —Lo que no sé es si me dejarán subir a mí —, siguió Kolya la broma.
—Sofí, ¿una reserva india? ¿por qué? —, preguntó Kolya.
—¿Te acuerdas que te pregunté sobre la reencarnación? —.
—Sí —.
—Ya te he contado que no soy una persona muy dada a las relaciones sociales, de
hecho no sé por qué me relaciono contigo —bromeó Sofía —En serio, siempre he preferido la
compañía de un libro a la de las personas. Hubo una época en mi vida, cuando tenía dieciocho
años o así en que comencé a tener unos sueños extraños, pesadillas. En esos sueños yo era
asesinada junto con mi familia, venían con sables y bayonetas y nos mataban a todos,
incluidos los niños. Era aterrador. Me despertaba empapada en sudor y no me permitía volver a
dormirme para no pasar otra vez por aquello. Años más tarde ocurrió algo extraño. Comencé a
leer un libro sobre la conquista de América del Norte. Siempre me ha fascinado la historia. El
mundo antiguo es muy violento y casi siempre la historia se basa en luchas de poder, la
conquista y el sometimiento de los pueblos. Es parte de lo que somos como especie. Por eso
no me resultaba especial aquel libro cuando lo compré. Sabía que sería algo diferente de lo
que había leído sobre las conquistas de Méjico y Perú, por parte de los extremeños Hernán
Cortés y Francisco Pizarro, pues estos habían tenido que imponerse a sendos imperios, bien
organizados, y fuertemente jerarquizados, lo que constituía su punto más débil, pero se trataba
de otra conquista más por medio de la violencia …—.
Kolya permanecía atento, impresionado por el caudal de conocimiento que su novia
atesoraba.
—Como te digo —prosiguió Sofía —, comencé a leer ese libro sobre la conquista de
Norte América. En Alaska ya habían sido masacrados los Aleutianos, los Atapascos y demás
tribus por los rusos…—.
Kolya hizo un gesto de incomodidad por lo que estaba oyendo.
—Kolya, es así. No debes sentirte incómodo por lo que haya hecho nadie en el pasado.
Todo pueblo tiene episodios sangrientos en su pasado. Todos. Como te he dicho, somos una
especie muy violenta, nos guste reconocerlo o no. Pero no tenemos la culpa. Hemos
sobrevivido a un mundo extremadamente violento y hemos vencido. No es de extrañar que
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parte de esa ferocidad nos acompañe todavía. En nuestro pasado evolutivo más cercano,
antes de ser homínidos, los mamíferos pasamos millones de años siendo devorados por los
dueños y señores del planeta…—.
—Los dinosaurios —, dijo Kolya.
—Sí. Luego, después de la gran hecatombe producto del meteorito gigante que nos
liberó de nuestros verdugos, nuestra rama evolutiva fue objeto de ataques letales por todo tipo
de animales, sobreviviendo a duras penas en lo alto de los árboles, hasta que una etapa de
sequía nos hizo bajar de los árboles y nuestra mayor capacidad de procesamiento de la
información nos dio la mayor arma que jamás haya dado la evolución, la capacidad de engañar
unida a la inteligencia. Bueno, me estoy yendo por las ramas. Sólo quería decirte que nosotros
no somos responsables de que el mundo sea una lucha a muerte por los recursos, ni de lo que
hayan hecho otros en el pasado. Cuando llegué a la parte que describía las tribus indias,
nativas de Norteamérica fue como una revelación. Un fogonazo dentro de mi interior. Leía y se
me aceleraba el corazón. Esto no se lo he contado a nadie. Nunca. Era como estar leyendo
sobre mi vida, sobre lo que yo soy. No sé por qué me ocurrió eso, supongo que mi mente lo
había desplazado hacia un lugar más inaccesible de mi subconsciente para evitarme el
sufrimiento, porque no es una sensación agradable estar tan lejos de casa. No me crees,
¿verdad? —, preguntó Sofía.
Kolya estaba escuchando con el máximo respeto, pero Sofía daba por hecho que nadie
la creería nunca. Sin embargo, Kolya no era un científico al uso. Como investigador y
especialista en física de partículas, sabía que el mundo en realidad estaba regido por una
realidad inescrutable. Cuantas más respuestas obtenían en física cuántica, más preguntas
surgían. La ciencia en muchas ocasiones llegaba a demostrar simplemente lo que el saber
popular tenía como cierto a través de los eones. Incluso tenía la idea de estudiar en el futuro la
hipótesis de Campos Mórficos, de Rupert Sheldrake, quien predijo que el mundo está
conformado por información que está presente en el tejido espacio-tiempo y que tiene su
influencia en todos nosotros, así como nosotros en esos campos. Kolya trataba de no prejuzgar
y no descartar prematuramente nuevas ideas, y menos si venían de la persona que amaba.
—Continúa Sofi, por favor —.
—Hacía tiempo que no recordaba todo aquello, aquella sensación que era más real
que mi propia realidad, hasta que llegamos a aquí. Estamos en Omaha, ¿no? —.
—Cierto —, asintió Kolya.
—Omaha es el nombre de una tribu Sioux. Las tribus de la Gran Nación Sioux, junto
con guerreros de otras tribus nativas americanas lucharon y vencieron en la batalla de Little Big
Horn. Estaban defendiendo las Colinas Negras, su santuario espiritual, porque el hombre
blanco se lo arrebató arteramente por el oro que albergaban —, explicó Sofía.
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—Lo estoy leyendo en internet. Al parecer, la Corte Suprema de los Estados Unidos
reconoció en mil novecientos ochenta que las Colinas Negras fueron arrebatadas ilegalmente y
debían ser devueltas a los Sioux —, dijo Kolya, mirando la pantalla del ordenador del cibercafé
—se habla de Toro Sentado, gran Jefe Tribal y del Jefe de los Guerreros, Caballo Loco —, dijo
Kolya.
—Toro Sentado era Tatanka Iyotanka, y era en realidad el Chamán. Tuvo que ser Jefe
por mor de los acontecimientos, y Caballo Loco era Tasunka Witko. El hombre más valiente
que he conocido —, dijo con gesto apesadumbrado Sofía, con la mirada perdida, ausente.
—Debió haberlo sido, por lo que pone aquí —, afirmó Kolya.
—Yo lo sé de primera mano —, dijo Sofía en voz muy baja, casi inaudible, como en
trance.
—¿De primera mano? Te refieres… —.
—Yo los conocí —, dijo Sofía con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Que tú… ¿dices que los conociste? —, preguntó Kolya totalmente desconcertado.
Sofía levantó la cabeza, con lágrimas en los ojos, y con una expresión que Kolya no
había visto nunca, una mirada de orgullo, como si le mirara otra persona desde su interior,
como si no fuera ella, clavando los ojos en los de Kolya hasta un punto que le hizo
estremecerse, dijo en un tono suave, pero asertivo, lleno de convencimiento:
—Yo morí allí —.
Un escalofrío recorrió la piel de Kolya, no tanto por la revelación que acababa de
escuchar en boca de su novia, sino por la información que recibió de su mirada. Estaba
transformada, era otra persona.
Sin mediar palabra, salieron del cibercafé y caminaron por las calles del The Old
Market de Omaha. Tomaron la décima avenida en dirección norte, para llegar a la Autopista
Interestatal cuatrocientos ochenta. El cielo se empezó a nublar, proyectando una sombra gris
sobre la avenida, ya de por sí de aspecto grisáceo, industrial. Grandes edificios cuadrados de
ladrillo, de un color teja desgastado por el paso del tiempo, flanqueaban la avenida. Kolya y
Sofía caminaron en silencio por aquel tributo al asfalto gris hasta llegar a un peaje, en la
confluencia con la Autopista Interestatal. Allí los paró un vigilante del peaje, saliendo de una de
las cabinas de paso de vehículos. Ellos le explicaron que habían sido objeto de un robo y que
eran turistas que habían venido a visitar el Parque Nacional de Yellowstone, en Montana. Que
allí les esperaban unos amigos, pero se habían quedado sin teléfono móvil. —No hay problema
—, espetó el vigilante, —por aquí pasan centenares de camiones todos los días. El vigilante
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silbó a uno de los camiones que en ese momento iba a pasar por el peaje, era evidente que se
conocían estrechamente, de tantas idas y venidas a través de aquel lugar.
—Joe, …¿vas a Montana, no? —, gritó el vigilante.
—Así es Jimmy, ¿por qué lo dices? —, respondió el camionero.
—Aquí hay dos turistas que van a Yellowstone. Les han robado, así que quizás tú
podrías alcanzarlos hasta allí…—.
—¡Claro! Un poco de cháchara me vendrá bien —, dijo el camionero.
—Muchísimas gracias por su ayuda —, le dijo Kolya al vigilante.
—De nada amigo. Puede recorrer el país de este a oeste o de norte a sur con los
camioneros …¡se aburren como ostras! —, dijo riéndose el amable vigilante.
Kolya había visto en internet que la Interestatal noventa, que iba hacia Montana,
pasaba por el Parque Nacional de las Colinas Negras, le pareció que llamaría menos la
atención si decía que se dirigían a un lugar tan turístico como Yellowstone, un Parque Nacional
de increíble belleza situado sobre uno de los supervolcanes más grandes del mundo.
Kolya y Sofía estaban agotados, demacrados. Ella iba en silencio, pero cogida de la
mano de Kolya, lo cual tuvo el efecto de tranquilizarle sobre el estado emocional de Sofía.
Simplemente necesitaba un poco de tiempo para recuperarse de la extenuante experiencia
emocional que había vivido. Algo en el interior de ella le indicaba que era real. Mientras ella se
recuperaba, él le iba dando algo de conversación al camionero.
—¿Sabe de dónde viene el nombre de Montana? —, le preguntó Kolya.
Joe era una persona muy risueña y curiosa, así que entró en el juego —No, no lo sé,
pero no me lo digas —.
—De Mountain —, dijo finalmente el camionero.
—No. Pero casi —, respondió Kolya divertido con el pasatiempo.
—¿No viene de Mountain? Si allí están las Montañas Rocosas… —, preguntó Joe
sorprendido.
—Viene de la palabra española Montaña, solo que vosotros no tenéis la letra “ñ”, y se
quedó finalmente el nombre de Montana —, explicó Kolya.
—Interesante. Yo he leído mucho sobre España ¿sabe? Algún día visitaré Europa, es
una asignatura pendiente… —, dijo el camionero.
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A Kolya le caía bien aquel tipo, era simpático y culto. Normalmente los camioneros
tenían fama de rudos, pero mucho tiempo para pensar hace que muchos de ellos se conviertan
en grandes lectores y conversadores. Tras cinco horas de viaje llegaron a las Colinas Negras.
Kolya le explicó al camionero que querían hacer un alto allí, y que seguirían en otro momento
su camino hacia Yellowstone. Joe no entendió muy bien por qué, pero al fin y al cabo eran
europeos, pensaban diferente, supuso.
Se apearon en Rapid City, una pequeña ciudad de paso en medio de un entorno
natural impresionante. Preguntaron en un bar de la ciudad cómo podían llegar hasta la ciudad
Sioux desde Rapid City. Los lugareños les indicaron que tendrían que tomar un autobús de
Jefferson Lines. Debían darse prisa, pues la tarde iba ganando terreno al día. Estaban
exhaustos, con poco dinero encima y bastante lejos de su lugar de destino. Kolya no paraba de
hacer cálculos mentales sobre sus opciones, que a medida que pasaban las horas dependían
cada vez menos de sí mismos y más de un golpe de suerte. Sin embargo, Sofía estaba
tranquila, por alguna razón que a Kolya se le escapaba. Al menos, la preciosa sonrisa de la
enfermera había vuelto a su rostro.
En la estación de Jefferson Lines pidieron dos tickets para la ciudad Sioux. En la
ventanilla, un empleado de pelo ralo, de unos cincuenta años los miraba receloso. Era una hora
inusual para ese tipo de petición. —Son setenta y siete dólares. Por cabeza —, dijo el
empleado de la estación.
—Guau, que caro —, resopló Sofía mientras abría la cartera para recontar el dinero
disponible.
—¿Cuántas horas dura el trayecto, Señor? —, preguntó Kolya.
—Dura seis horas y sale a las siete de la mañana —, respondió de mala gana el
taquillero.
—Sofi, guarda la cartera, esto no cuadra. Según mis cálculos, estamos a veinte o
treinta kilómetros de nuestro destino —, dijo Kolya, para a continuación comprobar en un plano
que había en la pared de la estación que había una ciudad llamada Sioux City, alejada unos
quinientos kilómetros de Rapid City, cerca de Omaha. Su desconocimiento y el expresarse en
otro idioma casi les jugó una mala pasada. Sofía estaba tan cansada que no era capaz de
pensar, no razonó cuando le dijeron el precio del billete. No dijo nada, pero por dentro se alegró
de tener a aquel hombre junto a ella. Ojalá siempre esté a mi lado, pensó.
—¿Cómo podemos ir a la Reserva India de Black Hills, Señor? —, preguntó Kolya.
—Ahh, se refiere todo ese rollo de las Colinas Negras y del Monte Rushmore… —, dijo
desdeñosamente el taquillero. Sofía lo fulminó con la mirada.
129
—¿Cómo podemos llegar a allí? —, preguntó de nuevo Kolya, tratando de ser lo más
pragmático posible.
—Hay excursiones de fin de semana, pero hoy no hay transporte hasta Black Hills —,
contestó el taquillero. —Pero allí no está la reserva —.
—¿No está la reserva? —, preguntó Kolya.
—No. Está en Pine Ridge. Más al sur. A unos cien kilómetros —, contestó el taquillero.
—Gracias por la información —, respondió Kolya. Se giró para consultar con Sofía lo
que hacer cuando se percató de que ella no estaba allí. Kolya salió apresuradamente a la calle
para descubrir a Sofía en lontananza. Un instinto le hizo a Kolya comprar dos snacks de
cereales en la máquina de la estación antes de salir corriendo hasta alcanzar a Sofía.
—¡Sofi! —, gritó Kolya al llegar a donde estaba ella.
—No tienes por qué venir conmigo, no es justo para ti. Sigue tu camino —, respondió
Sofía de nuevo con aquella mirada extraña en sus ojos. Kolya jamás había visto a nadie mirar
con esa determinación. No podía aguantarle la mirada a Sofía. Le asustaba.
Kolya entendió que debía silenciar su cadena de pensamientos. Su corazón le indicó el
camino con una claridad que hacía que los razonamientos de su mente analítica parecieran
simples juegos de adolescentes en un mundo de hombres. —Haz lo que tengas que hacer,
Sofi. Yo estaré a tu lado —, dijo Kolya siguiendo a Sofía, que avanzaba a grandes zancadas.
La zona boscosa del Black Hills National Forest se divisaba desde donde ellos se
encontraban. Sofía no dijo nada. Se limitó a caminar a un ritmo difícil de seguir para Kolya.
Aquello se había convertido en la situación más surrealista que Kolya había vivido nunca, y
paradójicamente la más llena de sentido. Tras varias horas caminando llegó la noche. La luna
llena proyectaba suficiente luz como para ver el camino, el cual serpenteaba junto a un
riachuelo de plateados reflejos. Kolya trató de convencer a Sofía para pararse, comer algo y
buscar refugio, pero fue en vano. Los ruidos en los árboles cercanos indicaban movimiento
animal, invisible para Kolya. En el trance en que parecía encontrarse Sofía había dejado atrás
la sordera cognoscitiva propia de los habitantes de ciudad, consistente en escuchar sonidos sin
que representen nada para el que los escucha, por puro desconocimiento. Para Sofía, en aquel
instante, los sonidos del bosque representaban todo un sistema de información. Se sentía en
casa. De repente, desde lo alto de las montañas del cercano Monte Rushmore unos lobos
aullaron a la luna, arrogándose de esa forma el dominio sobre su territorio. Sofía se quedó
inmóvil para escuchar y sonrió. Se dio la vuelta para compartir con su compañero aquel
momento, pero lo que vio fue el miedo en la cara de Kolya. En ese momento, lo abrazó en un
gesto protector. —Venga, buscaremos refugio. La noche se está poniendo algo fresca y
debemos ponernos a cubierto. Hay que buscar una oquedad en las raíces de los árboles. Allí
estaremos bien —.
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—Sofí… —, comenzó a decir un titubeante y patidifuso Kolya —he visto una especie de
cabaña cerca de aquí. No crees que sería mejor…—.
—Claro. Vamos —, respondió Sofía con una sonrisa resplandeciente, para alivio de su
compañero.
La cabaña forestal les dio cobijo hasta que llegó el alba. Sofía se despertó primero y
fue hasta la puerta de la cabaña para observar el bosque.
—Buenos días… —, dijo Kolya desperezándose.
Sofía caminó hacia su compañero y lo besó —¿Cómo estás? —.
—Bien —, dijo Kolya más por educación que atendiendo a la realidad. Estaba molido y
hambriento.
—Prosigamos el camino. He visto bayas cerca del riachuelo y hay que desayunar —,
dijo Sofía.
La mañana avanzó bajo un sol radiante de primavera cuyo calor y energía dotaba a
aquel paraje boscoso de una vitalidad ancestral. La masa forestal, de un verde intenso, era
cruzada en las zonas de menor altitud por varios ríos, los cuales, como haciendo descanso en
la servidumbre de paso que les otorgaba la montaña, creaban zonas embalsadas, de aguas
tranquilas, refulgientes. Kolya observó varias águilas sobrevolando la zona en su majestuoso
vuelo circular en busca de alguna presa. El bosque estaba repleto de vida, tejones, zorros,
perros de la pradera, antílopes, conejos y otros animales coexistían en aquel bucólico lugar… Y
lobos. Los habían oído la noche anterior. Junto con las águilas, eran los verdaderos dueños de
aquel lugar.
Siguieron caminando hasta el mediodía. Kolya estaba totalmente fuera de su espacio
natural. A pesar de que Sofía le había ido dando diversas hojas y ramas comestibles que
destilaban algún tipo de glucosa, él estaba muerto de hambre. También le parecía raro el
silencio. Los animales, en el período de la máxima intensidad del sol, permanecían en sus
escondrijos y Kolya podía oír sus propias pisadas a través de un denso silencio. No se había
percatado nunca de que podía ser posible escuchar con nitidez su propia respiración. Estaba
descubriendo muchas cosas nuevas, pero estaba agotado.
De repente, surgió ante ellos una enorme elevación del terreno. De cerca, se trataba
simplemente de una agrupación de rocas graníticas que sobresalían, pero estaban a la
suficiente distancia como para identificar una enorme meseta. Las colinas miraban a los
humanos desde las alturas, juzgándolos. Sofía hizo un gesto con la mano a Kolya, indicándole
que se quedara donde estaba, mientras ella avanzaba. Kolya pudo observar otra vez en ella
aquella mirada, tan profunda, tan… distinta. Ella avanzó unos trescientos metros hasta el pie
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de las colinas y cayó de rodillas. Luego pegó su cara al suelo, agarró con las manos sendos
puñados de tierra y allí lloró.
Kolya estaba exhausto. La única explicación que se le ocurría era pensar que se había
colado en la vida de otro de los Kolyas que habitan universos paralelos, donde un mínimo
cambio en el tejido espacio-tiempo del pasado modificaba el curso de la historia. Allí estaba,
sentado en el suelo, sumido en sus pensamientos y mirando a Sofía cuando alguien lo llamó…
—Hey amigo, ¿va todo bien? —, sin duda, aquel hombre podía ver que el estado físico
de Kolya no era el mejor posible.
Kolya no contestó, su mente necesitaba más tiempo del habitual para procesar la
información. ¿Quién era aquel tipo? —se preguntaba—. A pesar de vestir con vaqueros y
camisa de cuadros. A pesar de sus gafas redondas y el cinturón cargado de equipamiento de
montaña, aquel hombre era la viva estampa de un indio americano. Su piel oscura y su
cabellera negra con alguna trenza ornamentada no dejaban lugar a la duda. Kolya se restregó
los ojos, ¿sería una imagen espectral inventada por su mente producto del cansancio? —se
preguntó.
El hombre se acercó aún más: —¿Va todo bien amigo? ¿Necesita ayuda? —, volvió a
preguntar.
—¿Es Usted indio… me refiero…? —, preguntó Kolya dándose cuenta inmediatamente
de la estupidez de su pregunta.
—Soy guarda forestal. Puede llamarme John —, dijo el indio.
Kolya le explicó al guarda, sin dar demasiados detalles, lo que les había llevado hasta
allí. De nada serviría inventar una absurda excusa, pues sin duda necesitaban su ayuda, y
porque no había nada de lo que avergonzarse.
—Su novia habla de reencarnación… —, el guarda repitió pensativo las palabras de
Kolya.
—Si bueno, ella cree que es así —, dijo Kolya, tratando de que no pareciera una
explicación demasiado inverosímil.
—¿Ella cree que es así? —, dijo el guarda —Es que es así. De vez en cuando ocurre.
Nuestras almas, como las de cualquier criatura vagan en el mundo, y de vez en cuando se
acuerdan y vienen. De vez en cuando ocurre —, dijo de nuevo.
—¿Así que les ha ocurrido más veces? —, preguntó Kolya.
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El guarda miró a Kolya extrañado por la ignorancia que representaba su pregunta. —
Claro. Ocurre a veces. Las Colinas Negras es donde habita el Gran Espíritu, que se alegra de
ver a sus hijos —, explicó.
John, cuyo nombre en Lakota era Hotah, que significaba fortaleza, avanzó hasta donde
se encontraba Sofía. Se sentó en el suelo a unos quince metros de donde ella se encontraba.
Cogió una ramita y comenzó a morderla suavemente, esperando a que ella concluyera su
conversación con el Gran Espíritu.
Tras un período de tiempo indeterminado, Sofía se levantó. Kolya pudo ver cómo se
incorporaba e iba al encuentro con Hotah. Estuvieron conversando un rato, se dieron un abrazo
y caminaron hasta donde se encontraba Kolya, quien no sabía cómo se iba a encontrar a Sofía
tras la experiencia. Ella estaba radiante. Resplandeciente. Su mirada era la de siempre, no la
de la criatura en trance que había visto. Era como si ella hubiera ido hasta allí para permitir que
esa parte de sí misma se quedara en casa, con los suyos.
Con una sonrisa de oreja a oreja dijo Sofía cuando llegó hasta donde se encontraba
Kolya: —¡Me muero de hambre! —.
—¡Por fin, un poco de normalidad! —pensó Kolya, pero simplemente añadió —…y yo
—.
El sioux Hotah los llevó hasta la Reserva de Pine Ridge, donde vivía. Allí comieron
hasta saciarse. Kolya se sorprendió por la hospitalidad y alegría con la que los habían recibido.
Los indios sabían que esta vida es un lapso de tiempo que se nos concede, que todo es un
préstamo de la Madre Naturaleza, y que la codicia del hombre blanco le incita a acumular
bienes que únicamente le pertenecen en su mente, pues toda criatura viviente abandona este
mundo en un período corto de tiempo, y los bienes se quedan atrás. Por eso, apegarse a las
cosas genera sufrimiento, y compartir con los semejantes el milagro de la vida, genera
felicidad.
A la mañana siguiente partieron hacia California. Bastó una llamada por la emisora
para que uno de los camioneros nativo-americano que hacía la ruta hacia el Oeste se desviara
un poco hasta la reserva de Pine Ridge y los recogiera. Kolya nunca olvidaría la transparencia
de aquellas sonrisas puras, algo imposible de encontrar en las sociedades occidentales. Se dio
cuenta del precio a pagar cuando se desea poseer cosas y la fluidez del alma humana cuando
transita por el mundo ligera de equipaje.
Sofía estuvo todo el trayecto alegre y dicharachera, tan locuaz que hasta el camionero
intercambiaba miradas de complicidad con Kolya, juntando los labios y enarcando las cejas. Un
poco de silencio no les hubiera venido mal. Kolya iba mirando por la ventana la mayor parte del
camino, en silencio, feliz por ver así a Sofía, pero en pleno proceso de planificación de su
próxima jugada. A él le correspondía tener todo controlado para no fallar en su misión. Por
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Sofía. Por los demás. Sabía que se enfrentaba a enemigos muy poderosos, pero también sabía
que tendría éxito, …aunque diera su vida a cambio.
Llegó la noche, y tras un descanso de dos horas en una inmensa estación de servicio
atestada de camiones, siguieron la ruta. El camionero había dormido apenas hora y media,
suficiente para conducir seis o siete horas más hasta California. —Que vida más dura —pensó
Kolya. Las últimas horas de trayecto las pasaron dormitando, hasta que un precioso amanecer
les saludó en la ciudad de San Francisco. Kolya había encendido el móvil únicamente para
enviar un mensaje de texto a Oles, su compañero en el NINRE. Después de eso se quedó sin
batería, por lo que hasta que no viera a Oles, no las tendría todas consigo de que les estaría
esperando. Habían quedado en The Embarcadero, en las dependencias portuarias adonde se
dirigía la mercancía que transportaba el camión. La vista de la bahía, y el famoso puente de
San Francisco, era sobrecogedora desde allí. Trataron de darle al camionero el dinero en
efectivo que llevaban, por la ayuda que les había prestado, pero este con una sonrisa declinó el
ofrecimiento y se marchó a descargar el camión.
Y allí estaban, Kolya, Sofía y Oles Czerniak, en el puerto de San Francisco en una
soleada mañana de finales del mes de mayo. Se saludaron sonrientes, aunque Kolya sabía
que ahora es cuando iba a empezar la acción. Y estaba preparado.
Del episodio indio de Sofía jamás volvieron a hablar.
CAPÍTULO -16-.
El Boeing siete tres siete de la compañía United Airlines comenzó el descenso tal como
estaba programado en el plan de vuelo. Sobre las dos de la tarde, el sol lucía en un cielo azul
celeste, y la visibilidad de la pista de aterrizaje del Port Columbus International Airport era
perfecta aquel once de junio. El aeropuerto, cuyo enclave fue escogido por el mismísimo
Charles Lindbergh en mil novecientos veintinueve, estaba situado a tan solo ocho millas del
centro de la ciudad de Columbus, y por lo diáfano de la zona y las dimensiones de la pista
principal de aterrizaje constituía una delicia para los pilotos. La actividad en la cabina era
intensa, pero coordinada. A menos de un kilómetro de distancia de la pista de aterrizaje seguía
la coreografía entre el piloto, el copiloto, cuyas manos no paraban de comprobar indicadores
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arriba y abajo, y el ordenador de a bordo, quien iba indicando de viva voz todos los datos
necesarios. —¡Bonito día! —, dijo el piloto, sin dejar de ejecutar el baile secuencial del
protocolo de aterrizaje, mientras la máquina, personificada en una voz de mujer iba indicando
la distancia con respecto a las balizas de la cabecera de pista, justo en el lugar donde debían
posarse las enormes ruedas del pájaro de acero —five hundred, …four hundred, …three
hundred …—, se podía oír en la cabina, atenuado por el creciente sonido de los esforzados
motores, hasta que finalmente el cilindro volador tomó tierra suavemente, iniciando la brusca
deceleración por la pista hasta ponerse en manos de las indicaciones del coche amarillo
enviado por la torre de control.
El pasaje comenzó a descender del avión cerca de la terminal del aeropuerto. En el gris
asfalto esperaron al transporte que los llevaría hasta el edificio aeroportuario. Vieron venir al
autobús como si fuera un holograma. El calor acumulado en el asfalto excitaba los electrones
de los átomos de las partículas del aire cercano al suelo, lo que producía que la imagen no
fuera nítida, como en un espejismo en el desierto. La mayoría de los pasajeros eran hombres y
mujeres de negocios, cuya práctica consistente en desplazarse a lo largo del país en el ámbito
laboral estaba mucho más extendida en los Estados Unidos que en Europa. De todos ellos, un
solo pasajero había cogido aquel vuelo en el Aeropuerto Internacional Dulles, en Washington,
en escala procedente del aeropuerto de Madrid Barajas. Vestía vaqueros azules algo rotos,
calzado ligero de trekking, una camiseta negra con la imagen de un sol sonriente que rezaba:
“Nuclear: ¡No gracias!” y una gorra de corte guerrillero, de un verde caqui. Evidentemente aquel
tipo, joven, con barba de varios días y con una mochila cargada de libros no era precisamente
un ejecutivo. Una de las habilidades de La Rata era el mimetismo. A ninguna de las personas
que en ese momento compartía el autobús camino de la terminal aeroportuaria le cabía duda
de que aquel chico moreno, con el pelo un poco largo sin llegar a formar melena era un
estudiante algo hippie. La Rata había añadido a su imagen, para la ocasión, unas gafas
redondas, iguales a las que llevaba John Lennon. Antes del viaje había estado merodeando por
el campus de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid, para imitar el
comportamiento exacto de los jóvenes estudiantes, por lo que también añadió otra nota
característica que no podía faltar: el móvil de última generación en la mano y unos buenos
auriculares negros de mediano tamaño, con la imagen de una calavera en cada lado, que
llevaba en el cuello a modo de collarín. Por fin se estaba divirtiendo. No había perdido el
espíritu de aventura que corría por sus venas. Y esta vez estaba en una misión de caza.
La Rata tenía muy bien definida su estrategia, no le haría falta llegar hasta Smith-
Jones, sólo tenía que poner unas gotas de miel, y la mosca vendría sola. Se alojó en una
pensión barata del centro de la ciudad, indicando que era un estudiante europeo que venía a
ver a un amigo. Conocedor del mundo policíaco y del espionaje, sabía que la información que
él iba dando se iría filtrando, como por ósmosis, hasta llegar a su destinatario. Esa misma tarde
cogió un autobús hasta el Distrito Universitario. Una vez allí, paseó hasta llegar al Distrito dos,
donde Manrique, según información facilitada por Pribilof, le había dicho que estaba la casa de
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los estudiantes. El barrio parecía tranquilo, las casitas de ladrillo se sucedían con sus jardines
descuidados, debido a que entre la mayoría de los universitarios, cuidar el jardín no estaba
entre sus prioridades. La Rata pudo identificar claramente la casa del estudiante asesinado,
pues tenía un precinto policial. Se acercó a la puerta e intentó abrirla, permaneciendo allí el
tiempo suficiente para ser detectado por el dispositivo de vigilancia del tipo de la CIA. No
obstante, siguiendo la planificación de su plan de acción, tocó el timbre de las casas aledañas y
preguntó por los estudiantes de la casa. Se identificó como amigo español de Kolya y se
mostró sorprendido de que no estuviera allí. Como era de esperar, las personas con las que
habló no le dieron demasiada información. No lo necesitaba. Segunda gota de miel. La golosa
presa no tardaría en detectarla. Su tarea para aquel día estaba completada, cogió el autobús
de vuelta y se dedicó a pasear un poco por la ciudad antes de regresar a la pensión a dormir.
Al día siguiente siguió con su plan. Se acercó a la comisaría de policía y allí explicó que había
venido a ver a un amigo y que se había encontrado la casa con un precinto policial. En la
comisaría no le dieron explicaciones, simplemente le dijeron que había una investigación
policial en marcha y que estuviera localizable, por lo cual facilitó los datos de su teléfono
prepago y la pensión donde se hospedaba. Tercera gota de miel.
Después fue a una casa de alquiler de coches, donde alquiló con su documentación
falsa una furgoneta de reparto, con los cristales ciegos. El resto del día lo pasó en un cibercafé
estudiando las vías de salida de la ciudad. Plan A, plan B, plan C… También recorrió con la
furgoneta dichas vías, anotando tiempos de espera en los semáforos y posibles incidencias con
las que pudiera encontrarse. Por la tarde-noche se dejó ver por un bar cercano a la pensión,
pero nada ocurrió. Si algo tenía La Rata era más paciencia que su víctima, tenía una paciencia
infinita, propia de todo buen cazador.
—Póngame una cerveza, amigo —, dijo La Rata al barman en la noche del tercer día
de estancia en Columbus, mientras ojeaba su libro de física del que no entendía ni una palabra.
Con un lápiz rojo subrayaba conceptos y anotaba fórmulas sin sentido para él en una libreta.
Tal como él esperaba, su presa apareció.
El pelirrojo trajeado se sentó junto a él en la barra y pidió un whisky. En voz baja y tono
relajado le explicó que era un agente de la CIA mostrándole su documentación. La Rata se
mostró intencionadamente nervioso. —¿Pasa algo agente? Yo sólo venía a visitar a mi
amigo…—
—Puede estar tranquilo, es una investigación rutinaria. Hubo un robo con violencia en
la casa donde estaba su amigo y estamos investigándolo. Pero para su seguridad y proseguir
con la investigación necesitamos saber dónde se encuentra, ¿lo sabe Usted? —, preguntó
Smith-Jones.
—Yo pensaba que estaba aquí. No tengo ni idea de dónde…—, dijo La Rata,
interrumpido por el agente.
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—¿Y qué hace Usted aquí, señor…? —.
—Manuel Martínez, mis amigos me llaman M&M… ya sabe, como las chocolatinas —,
bromeó La Rata en un torpeza calculada.
—¿Qué hace aquí? —, preguntó de nuevo con gesto serio el agente americano, sin un
atisbo de sonrisa, pasándose la lengua por debajo del labio superior, pues se estaba
impacientando con aquél estúpido estudiante.
—Me dijo Kolya que viniera —, respondió La Rata para comenzar a captar la atención
del agente.
—¿Y por qué haría Usted un viaje tan costoso? ¿simplemente para visitar a un amigo?
—, preguntó Smith-Jones.
—No no. Yo estoy preparando un doctorado en física de partículas. Hace un año leí los
artículos de Kolya sobre teletransportación cuántica y contacté con él. Desde entonces me ha
ayudado en mi investigación. Me interesa especialmente la traslación de información entre los
campos conectados a través del tejido espacio tiempo relativizado en un número indeterminado
de coordenadas dimensionales —, dijo La Rata inventándose los términos. De hecho, le
pareció tan rocambolesca la explicación que casi echa por la borda todo el plan estallando en
una carcajada. Pero aguantó bien. Se le daba bien controlar sus nervios. Cuando sentía que
perdía el hilo del personaje que interpretaba, le bastaba con concentrarse en su diafragma. Dos
o tres respiraciones lentas y retomaba el control emocional.
—Señor Martínez —, dijo el agente en español —no tengo demasiado tiempo, vaya al
grano, ¿por qué quería Kolya que Usted viniera? —.
—Me dijo que investigara con él. ¡Con el mismísimo Nikolay Boronov! No me lo pensé.
De hecho he traído cierta información relevante de mi investigación que seguro que a Kolya le
interesará —.
—En cuanto localice al señor Nikolay le diré que Usted le busca, ¿es esta libreta donde
tiene su investigación? —, preguntó Smith-Jones.
—No, la tengo en la furgoneta —, contestó La Rata. Su presa había mordido el
anzuelo.
—¿Furgoneta? —, preguntó el americano.
—Sí. Quiero hacer un poco de turismo y no tengo pasta para quedarme en hoteles, ya
sabe, un par de semanas. No se viaja a los Estados Unidos todos los días —.
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—Gracias por su ayuda, señor Martínez —, dijo el agente. Es tarde, debería marcharse
a descansar, ¿no cree? Le acompañaré hasta su hotel o hasta la furgoneta, donde se esté
quedando —, dijo Smith-Jones.
—Sí, es tarde. Tengo la furgoneta aquí mismo, en el parking, pero no hace falta que se
moleste agente. Este parece un sitio tranquilo —, dijo La Rata.
—Qué menos que tener esa cortesía con alguien que visita nuestro país —, dijo el
americano con una sonrisa fingida.
—Como quiera —.
Los dos salieron del bar y se dirigieron al parking donde La Rata tenía aparcada su
furgoneta. No era casualidad que junto a ella estuviera aparcado el coche del agente de la CIA.
Un coche negro brillante, impecable, con su impecable chófer al volante. Un tipo directamente
sacado de la película Matrix, incluidas gafas de sol a pesar de ser de noche, el cual se bajó del
coche al ver llega a La Rata y a su jefe.
—Señor Martínez, ¿no le importará que le eche un vistazo a sus últimas
investigaciones, verdad? Ya sabe, por si localizamos al señor Nikolay poder informarle… —,
dijo el agente Smith-Jones. La Rata sabía perfectamente que el agente había mordido el
anzuelo, lógicamente querría hacerse con la supuesta investigación del estudiante de física
que él representaba, y luego quizás intentaría deshacerse de él. Sin embargo, él tenía el
control, su astuto siguiente movimiento estaba perfectamente planificado.
—Sí claro..., ¡qué lío tengo en esta bolsa, nunca encuentro las llaves! —, dijo La Rata
mientras revolvía en su bolsa de tela llena de libros, en busca de las llaves. Los dos agentes se
pusieron tensos, y aunque no tenían motivos para impedir que hurgara en la bolsa, se
prepararon para la acción.
La Rata sacó un bolígrafo de la bolsa. —Le haré un esquema, señor agente —, dijo
señalando el bolígrafo.
El agente Smith-Jones no dijo nada, simplemente estaba esperando a que aquel
estúpido abriera de una maldita vez la furgoneta. La única duda que tenía era si estrangularlo
con el alambre que tenía en su bolsillo o aplicarle una descarga eléctrica. Luego lo metería en
la propia furgoneta, y aquel estudiante sería historia.
—¡Oh, que maleducado soy! —, dijo La Rata en su papel de estudiante torpe y
nervioso por la presencia de la autoridad. —No le he saludado. Soy Manuel Martínez,
encantado de conocerle —, dijo estirando la mano para saludar al agente de película. El agente
miró de reojo a su jefe y éste le indicó con un gesto de la cabeza que se comportara
tranquilamente. Estaban en un lugar público, y había que darle confianza al estudiante. El
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agente con gafas de sol estrechó la mano de La Rata —Uauuu, vaya fuerza —, dijo La Rata
con una sonrisa nerviosa.
—Señor Martínez, es tarde. Abra la furgoneta por favor —, espetó Smith-Jones.
—Sí, claro. Discúlpeme… —, dijo La Rata, abriendo de nuevo la bolsa de tela en busca
de las llaves. Se puso el bolígrafo en la boca para buscar con las dos manos.
Mientras buscaba, levantó la cabeza y sonrió al agente con el bolígrafo entre los
dientes, levantando las cejas en señal de disculpa por la tardanza. El agente Smith-Jones
resopló, tratando de tener paciencia ante la torpeza del español.
Antes de haber vaciado los cachetes de aire al resoplar, el agente ya tenía clavada en
la mejilla una diminuta astilla. El bolígrafo que La Rata sostenía en la boca era una cerbatana,
su arma preferida. La primera reacción del agente fue quitarse la astilla. La sostuvo entre los
dedos de la mano, examinándola durante un segundo, para luego levantar la vista hacia La
Rata, a quien vio ya entre brumas. En el último milisegundo, antes de caer de rodillas, le
pareció ver en ese estudiante a otra persona, su gesto había cambiado. Su mirada, profunda,
…de cazador.
El otro agente vio a su jefe caer de rodillas delante de él. Su primera reacción fue tratar
de levantarlo, pero no se movió. No pudo. Antes de llegar al bar, La Rata había introducido sus
manos en una solución de parafina, la cual había formado una pátina en su piel, lo
suficientemente impermeable para hacerle inmune a la solución que luego se aplicaría en su
mano derecha. El veneno de anémona tardó tres milisegundos en pasar al torrente sanguíneo
del agente que le estrechó la mano, produciendo cambios bioquímicos que dieron como
resultado una parálisis rígida. Sus movimientos, como si estuviera dentro de un traje de plomo
de doscientos kilos, eran lentos y torpes, como en una película en cámara lenta. Podía
mantenerse en pie, pero poco más. Para el agente Smith-Jones había preparado una astilla
con el veneno de la Rana Dardo Dorada, uno de los animales más tóxicos del planeta. Una
sola rana tiene veneno para matar a diez humanos, La Rata había embebido la astilla de una
solución de veneno diluido, para rebajar su toxicidad. Aun así, había riesgo de mortalidad por la
astilla, lo cual le privaría del placer de hablar con aquel miserable. El alcaloide venenoso de la
rana provocaba la contracción muscular masiva, lo cual podía dar lugar a un paro cardíaco.
La Rata metió en la parte de atrás de la furgoneta no sin poco esfuerzo al rígido agente
Smith-Jones, y salió del aparcamiento. Por el espejo pudo ver cómo el otro agente giraba el
cuello observando la furgoneta, en un esfuerzo estéril por moverse. Cuanto más fuerte, y
cuanto más confiado está tu enemigo en su fuerza, más fácil es darle caza, —que curioso… —
pensó La Rata —.
La Rata había conducido durante una hora y media y se encontraba en las afueras de
la ciudad de Dayton, en un inmenso descampado cercano al vertedero municipal. Hacía una
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noche preciosa y las estrellas, inmutables, saludaban con tu titilar habitual a un henchido Javier
Peromingo. Mientras esperaba a que el agente Smith-Jones se recuperara un poco del efecto
del veneno, La Rata deseaba por encima de todo disfrutar ese momento. La vida está hecha de
momentos, y siempre son en tiempo presente. Todos sus esfuerzos, su planificación y el valor
de controlar sus miedos de nada servían si no era capaz de disfrutar de los momentos de éxito
en aquello que emprendía. No fumaba, pero en ese momento tenía encendido un puro
pequeño, al que daba pequeñas caladas y expulsaba el humo hacia arriba, arrobándose en la
visión del humo blanco perdiéndose sobre un fondo aterciopelado de estrellas. Unos ruidos le
interrumpieron. Era el agente americano, con una mordaza en la boca y bridas en manos y
pies, tratando de moverse. La Rata estaba sentado en una piedra fuera de la furgoneta,
disfrutando su momento. Tenía contacto visual con el agente de la CIA a través de las puertas
abiertas de la furgoneta.
—Un momento, por favor. No haga ruidos, deme cinco minutos —, le dijo La Rata al
agente Smith-Jones en un tono relajado, amable.
El agente americano estaba recobrando poco a poco la noción de la realidad. No podía
dar crédito a la situación en la que se encontraba. Era surrealista. Aquel estudiante… Trató de
hablar, pero le interrumpió el español.
—¿Desea hablar, agente? —, preguntó La Rata.
Smith-Jones asintió.
—Bien. Vamos a hacer un trato. Yo le quito la mordaza de la boca y Usted habla en voz
baja, como caballeros, de agente a agente. Si levanta la voz le pego un tiro aquí mismo ¿le ha
quedad claro? —, dijo La Rata. El agente Smith-Jones asintió con gesto serio, sin atisbo de
miedo en su mirada. La Rata le quitó la mordaza de la boca.
—Está Usted bien jodido, soy un agente de la CIA —, fue lo primero que dijo el
americano.
—¿Qué yo estoy bien jodido? —sonrió La Rata —por favor, mire su situación ¿está
Usted seguro de que soy yo el que está jodido? —.
—Soy un agente de la CIA, acabará en prisión, quizás en Guantánamo —, dijo Smith-
Jones.
—Vamos a dejar algunas cosas claras —dijo La Rata —Usted no está en esta situación
como agente de la CIA, si la Agencia Central de Inteligencia se enterara de lo que Usted está
haciendo, probablemente ellos mismos lo meterían en la cárcel. Dudo mucho que la Agencia le
dé carta blanca para ir matando inocentes por ahí, por puro placer. Acláreme algo, ¿qué
necesidad tenía de asesinar al profesor Gámez? ¿y al estudiante de informática? —.
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—A veces hay víctimas colaterales por la obtención de un bien mayor. ¿Quién coño es
Usted? —, preguntó el americano, impacientándose. Seguro de sí mismo incluso en aquella
situación.
—Por un bien mayor… Me gusta su forma de pensar, pronto tendrá la ocasión de
comprobar su teoría en sus propias carnes. Veo que habla muy bien mi idioma, ¿conoce el
refranero español? Está lleno de enseñanzas…—, dijo La Rata, muy tranquilo, jugando con su
presa.
—¡Váyase a la mierda! Libéreme ahora mismo y le dejaré ir —, dijo el americano.
El agente Peromingo sonrió —Es Usted un ignorante. Se cree invencible porque va por
ahí machacando a gente inocente, que no sabe oponer resistencia. ¿Conoce el refrán que dice
“quien a hierro mata a hierro muere”? —.
El agente americano no dijo nada, pero en su mirada se podía ver el deseo de
venganza.
La Rata sacó un pequeño escalpelo y comenzó a hacer cortes en la piel del agente,
que trató de moverse sin éxito, pues todavía tenía bastante rígidos los músculos.
—¡Está bien. Alto. Deténgase! ¿Qué quiere de mí? —, dijo el americano.
—Quiero que no vuelva a matar a un ciudadano inocente, nunca más. Y menos en mi
país. Quién sabe cuántos inocentes habrán muerto por causa de su crueldad —, dijo La Rata,
mientras seguía haciendo pequeños cortes por todo el cuerpo del agente.
—¡Esa gente ponía en riesgo la economía de un país que defiende la libertad, ponían
en riesgo a occidente! —.
—¿Ponían en riesgo a occidente…? No solo es Usted un ignorante, es un tarado
peligroso —, dijo La Rata.
—Pare por favor, ha demostrado su valor, su valía. Le felicito y le respeto. Únase a mí,
le prometo que tendrá todo lo que quiera, todo lo que siempre había soñado, hay gente muy
poderosa detrás —, dijo el americano, dolorido, dándose cuenta de que tenía delante a un
profesional, que no reaccionaba emocionalmente con ninguna de sus amenazas. En un intento
desesperado trató de sobornar a su captor.
La Rata simplemente sonrió, y sacó al agente de la furgoneta. La sangre comenzaba a
manar de las heridas. Por primera vez, el agente tuvo miedo.
—¿Qué va a hacer? Podemos llegar a un acuerdo, se lo aseguro…—, balbuceó el
agente.
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—Estamos cerca de un vertedero, señor Smith-Jones. Pronto las ratas se darán un
festín con su cuerpo, en cuanto se cercioren de su inmovilidad —, contestó La Rata en un tono
carente de emocionalidad.
—¡Eso es inhumano! Podemos negociar, créame, no se arrepentirá. Además, si hace
eso, ¿qué le distinguirá de mí? Usted no es como yo… —, dijo el americano irrumpiendo en
llanto.
—Me distinguirá de Usted el hecho de que yo no estoy haciendo esto a un inocente,
creo que podrá hacerse una idea de lo que pasan sus víctimas cuando caen en sus manos, es
un buen ejercicio de reflexión para Usted, ¿no cree? —, dijo La Rata.
—Me entregaré. Lo confesaré todo… ¡por favor! —, imploró el agente.
—Incluso en el caso de que se entregase, no creo que pasar cinco años en una cárcel,
protegido por ser un agente de la CIA sea castigo suficiente para lo que ha hecho. Afronte el
hecho de que simplemente está experimentando lo que Usted ha elegido para otros —.
—No… no me haga pasar por esto. ¡Acabe de una vez con todo! —, dijo el agente con
voz firme, recobrando el valor que una vez tuvo.
—Creo que es suficiente castigo. Ha pasado por una experiencia similar a la de sus
víctimas, es justo que lo haya hecho. Le dejaría vivir, pero se convertiría en una pesadilla para
mí y para otras personas. El mundo está mejor sin Usted, señor Smith-Jones —, dijo La Rata
mirando a los ojos al agente mientras le seccionaba la arteria carótida con el escalpelo. En
menos de un minuto el agente estaría fuera de este mundo. La Rata tuvo que hacer un
ejercicio mental para alejar de su mente los pensamientos de remordimiento. No se trataba
tanto de vengar las muertes que aquel hombre había provocado, sino de salvar vidas de
futuras víctimas de aquel psicópata. Si no lo hacía él, —¿quién evitaría esas muertes? —pensó
La Rata alejándose con la furgoneta de aquel lugar.
A las nueve de la noche del catorce de junio, el agente Javier Peromingo, viajando con
pasaporte falso a nombre de Manuel Martínez, contemplaba los colores del atardecer sobre el
aeropuerto de Madrid Barajas, a bordo del Airbus A340 que lo traía de regreso a España. En
sus años de experiencia había aprendido que sin un móvil de asesinato era casi imposible
vincular a la víctima con el asesino. Para él, se había hecho justicia. Caso cerrado.
142
CAPÍTULO -17-.
La Carretera Estatal ciento uno discurría paralela a la bahía de San Francisco, en
muchos de sus tramos flanqueada únicamente por las montañas. Aquel paisaje era muy
diferente del de Columbus y Omaha. Sol, mar y montaña hacían las delicias de la vista e
invitaban al optimismo. Aquella ruta recordaba a las míticas persecuciones de coches de las
películas, a través de paisajes espectaculares, aunque el Volkswagen escarabajo de Oles
evocaba más a la revolución cultural hippie de los años sesenta.
—Mira Kolya, ¡qué cantidad de barquitos de vela! —, dijo Sofía entusiasmada con la
visión de un mar soleado, plagado de regatistas, disfrutando el día.
—Te encantará California, créeme —, respondió Kolya con una sonrisa en el rostro.
Oles miró a Kolya, quien le tradujo lo que había dicho Sofía, y éste la miró asintiendo
con sus ojos azules y su cara de niño bueno. Oles era una de esas personas que a pesar de
estar en la treintena le pedirían el carnet para comprobar si es mayor de edad en cualquier
garito.
Tras cuarenta minutos de trayecto, llegaron a Palo Alto, donde vivía Oles, y sede del
National Institute for Nanotechnology Research, o NINRE, aunque los investigadores lo
conocían coloquialmente como NINE. A Sofía le llamó la atención la cantidad de nombres en
español que había allí. Tomaron por El Camino Real, para girar a la izquierda por Matadero
Avenue hasta llegar a Fernando Avenue, donde vivía Oles en una pequeña casa de una sola
planta, de madera, con tejado a dos aguas. Su color verde hoja la integraba en la frondosa
arboleda que constituía el paisaje, junto con el asfalto gris claro, característico de la zona.
Llegaron a la pequeña casa donde vivía Oles. A Sofía le pareció muy coqueta, parecía
una caseta de perro, gigante. El alquiler era bajo, pues se trataba de una casa prefabricada
instalada en una parcela, no era como los impresionantes chalets de la zona, hechos también
de madera, pero de infinita más calidad. Sin embargo, el entorno, el clima, y el hecho de que
contara con su pequeña parcela, a Sofía le fascinó, acostumbrada a las limitaciones de la vida
en un edificio de una gran ciudad.
—Kolya, ¿has visto la cantidad de nombres españoles que hay aquí? —, preguntó
Sofía.
Kolya miró a Sofía sonriendo y hablando en inglés para integrar a Oles en la
conversación, dijo: —Sofí, no comentes muy alto tus dudas sobre nombres o lugares o pagarás
las consecuencias —. Kolya y Oles comenzaron a reirse.
143
—No entiendo… —, dijo Sofía, que no comprendía de qué se reían.
Kolya hizo un gesto con la cabeza señalando a Sofía una pared con una estantería
atestada de libros.
—Aquí tienes a un polaco apasionado por la historia. Sabe más sobre España que
nosotros, te lo aseguro —, dijo Kolya.
—Este territorio era español hace tan solo doscientos años —, comenzó a explicar
Oles. Kolya aprovechó para escabullirse e ir a darse una ducha, pues conocía la pasión que
sentía su amigo por la historia y lo que podría alargarse aquella explicación. —Aunque
realmente se trataba de zonas poco pobladas. La ocupación española consistía básicamente
en misiones franciscanas —, continuó Oles.
—¿Ah, de ahí el nombre de San Francisco? —, preguntó Sofía.
—La ciudad de San Francisco fue fundada a finales del Siglo XVIII por el fraile
franciscano español Fray Junípero Serra, y la llamó Yerba Buena, pero sí, luego fue
rebautizada como San Francisco. En la década de mil ochocientos diez a mil ochocientos
veinte, los independentistas mexicanos, aprovechando la debilidad o la inexistencia de la
Corona Española, en manos de José Bonaparte tras la invasión de su hermano Napoleón
Bonaparte, realizaron una campaña militar para proclamar la independencia de lo que se
conocía como Nueva España, lo que consiguieron en mil ochocientos veintiuno, incluyendo el
territorio de Alta California, la California norteamericana, para entendernos. Sin embargo, poco
les duró el territorio, pues en mil ochocientos cuarenta y ocho lo perdieron a manos de los
Estados Unidos. Curiosamente, en mil ochocientos cincuenta se descubrió oro en California,
supongo que conocerás la historia de la famosa fiebre del oro…—, seguía explicando Oles,
interrumpido por Kolya que venía de la ducha.
—Ves Sofi, te lo dije, como preguntes pagas las consecuencias —, dijo Kolya tocando
cariñosamente la oreja de Sofía.
—Es impresionante lo que sabe tu amigo, es un libro abierto —, dijo Sofía.
—Sabe mucho, muchísimo más. Tú simplemente no preguntes, ¿vale? —, siguió
bromeando Kolya.
—No sea Usted grosero, señor ruso —, bromeó a su vez Sofía.
Oles, que ya estaba acostumbrado a que nadie siguiera sus explicaciones,
simplemente dejó de contar la historia de California, sin sentirse ofendido. Apreciaba
muchísimo a su amigo. —Bien, ¿qué vais a necesitar? —, preguntó.
—Necesitaremos algo de pasta que te devolveremos y tu ayuda para entrar en el NINE
—, dijo Kolya.
144
Oles hizo un gesto con la mano con lo del dinero, indicando que no tenía importancia.
—No te preocupes por el dinero, pero al Instituto no vas a poder entrar. Es imposible —.
Kolya sonrió. —No solo es posible, sino que me van a recibir con los brazos abiertos —
.
Sofía miró con preocupación a Kolya: —¿qué tienes planeado exactamente, Kolya? —.
—Voy a negociar con ellos —, dijo Kolya.
—Yo había pensado en que te cambiaras el aspecto, quizás así pueda ayudarte a
entrar —, dijo Oles.
—¿Te refieres a dejarme barba y ponerme una peluca? —, preguntó Kolya en tono
sarcástico.
—Kolya las cosas están feas, tienes que tener cuidado. Yo me refería más bien a
cirugía estética. Cambio total de aspecto. Yo intentaría conseguirte una acreditación para
entrar. Una vez dentro, ya es cosa tuya —, dijo Oles mirando serio a Kolya.
Sofía se quedó reflexionando sobre la idea con cara de preocupación. Desde luego, no
quería que Kolya se cambiara de aspecto. De ningún modo. Pero tampoco quería perderlo, ella
sabía de primera mano que eran capaces de acabar con su vida.
—Gracias por tu preocupación Oles, pero no será necesario —, dijo Kolya tratando de
tranquilizar a Oles y a Sofía. —Simplemente —añadió—, quiero que le transmitas un mensaje a
Claire. Dile que te he llamado, que tengo información muy relevante para ellos y que quiero
negociar. Que te volveré a llamar en unos días —, dijo Kolya.
—¿A Claire? —, preguntó Oles.
—Sí. La nanotecnología es el futuro. La energía es el presente. Y Claire representa el
enlace con los que de verdad ostentan el poder. Aunque hayan intentado matarme, estoy
seguro de que no dejarán pasar la oportunidad averiguar qué puedo ofrecerles —, explicó
Kolya.
Sofía había oído hablar de Claire. Sabía que era una mujer muy sofisticada, alta y
rubia, impecablemente vestida siempre, con mucha ambición y mucho poder. Y además había
intentado matar a su novio, por lo que no le hacía ni la menor gracia que Kolya fuera a verla.
—Kolya no quiero que vayas a ver a esa mujer… —, dijo Sofía moviendo la cabeza de
lado a lado.
—Sofi, debo hacerlo. No hay ninguna forma de entrar a los laboratorios de las plantas
superiores si no te dan acceso. Tengo que negociar con ellos, no hay alternativa —, dijo Kolya.
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—Kolya, ¿quiénes son ellos? ¿quién está detrás de todo esto? —, preguntó Oles.
—Es imposible saberlo, Oles. Las personas poderosas que ves en la televisión son
meros títeres de quien realmente gobierna el mundo. Al menos esa es mi intuición. Si te paras
a pensar, sólo hay una condición indispensable para que la vida humana no tenga ningún valor.
Lo vemos constantemente en aquellos países donde las mafias tienen el control. El único
requisito es la impunidad. Todos somos parte de la misma especie, una especie que siempre
quiere más, cueste lo que cueste, siempre que lo obtenido supere a la percepción del riesgo
que se corre para conseguirlo. Lo ves en el corrupto, en el infiel, en quién miente, lo ves por
todas partes si te fijas un poco —, explicó Kolya, interrumpido por Oles, quien poseía una
mente analítica privilegiada.
—No puedo estar de acuerdo contigo Kolya, ¿qué hay de la moral?, el mundo está
lleno de gente que es ética, que hace el bien aunque tenga la opción de hacer el mal. No me
trago la teoría de la conspiración de unos pocos controlando al rebaño —, dijo Oles.
—El bien. La ética… Interesantes conceptos, Oles. Yo antes pensaba como tú, pero
creo que es porque es como desearía que fuera la realidad. Llegué a mis conclusiones
observando el entorno y extrapolando las conclusiones a las grandes esferas de poder. Hay
muy pocas personas realmente éticas en el mundo, Oles. Son una anomalía de la especie,
conforman una de las colas de la curva estadística, de la famosa campana de Gauss, que
empieza en la Madre Teresa de Calcuta y acaba en Jack el Destripador. La mayoría no se sitúa
en esos extremos producto probablemente del azar genético… —, dijo Kolya, interrumpido de
nuevo por Oles, mientras Sofía escuchaba la conversación sin intervenir, no se había
planteado nunca ese tipo de argumentos existencialistas, su mente estaba dando vueltas a
algo mucho más cercano, …Claire.
—¿Y qué me dices de la marea de gente que colabora con ONGs y que son
voluntarios? ¿También son una anomalía? Porque no son pocos… —, dijo Oles mientras se
levantaba para ir al frigorífico, que se encontraba en la misma estancia en que estaba el salón
para ir a buscar una Cocacola. —¿Queréis un refresco? —, preguntó.
—Yo no —, dijo Sofía, enfrascada en sus pensamientos y con gesto serio.
—Yo sí —, dijo Kolya, para proseguir con su argumento —mira Oles, igual no me he
explicado bien. La Madre Teresa de Calcuta, El Buda, Jesucristo, Mahatma Gandhi, y algunos
otros son anomalías de la especie, pero no son estadísticamente significativos. Luego hay dos
tipos de bondad, la del que colabora con los demás porque así se siente mejor, porque calma
su conciencia, lo cual es un acto de egoísmo y aquella impuesta desde el inicio de los tiempos
por los poderosos para controlar a los demás. Los Romanos vieron en la Religión Católica un
excelente medio de control de la plebe, mientras los poderosos se hacían cada vez más
poderosos, en medio de cruentas guerras intestinas, al margen de toda moral. Frases como:
“aquí se viene a sufrir no a disfrutar”, “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja
146
que entrar un rico en el reino de Dios”, etc, van calando en la población, que cada vez es más
sumisa y temerosa. Igual pasa con los conceptos de civismo que esgrimen los estados y los
gobernantes títeres, ¿crees acaso que los que manejan los hilos del poder se comportan como
ciudadanos cívicos? En definitiva, mi investigación puede alterar el curso de las cosas y a
algunos poderosos no les gusta nada la idea, pero creo que nunca sabremos quienes son en
realidad —, concluyó Kolya.
—Pero tus motivos son altruistas, ¿no? Siempre has querido hacer llegar energía, y por
lo tanto alimento a las zonas más pobres del planeta, quieres cambiar para siempre la idea de
un planeta con hambre y necesidades, ¿eres una anomalía de la especie? —, preguntó Oles
Kolya sonrió. —Yo no quiero dar mi vida por ello, Oles. Mis motivos son honrar a mi
padre y sentirme mejor conmigo mismo. Supongo que mis motivos en el fondo son egoístas —.
Sofía, que estaba ensimismada, salió de sus reflexiones. Miró a Kolya a los ojos con
gesto de súplica. —No entres ahí. No quiero que te pase nada malo —, le dijo cogiéndole la
mano.
—No pasará nada, Sofi —, respondió tiernamente Kolya, acariciando con la otra mano
la de Sofía —.
—¿Pero, con qué vas a negociar? —, preguntó ella —No tienes nada —.
—Pero eso lo sabemos nosotros, no ellos. Como antes he explicado, la codicia humana
no tiene límites. Negociaré con sus expectativas de poder, utilizaré sus deseos insaciables en
nuestro favor —, dijo Kolya.
—No vayas… —, rogó Sofía.
—Tengo que hacerlo. No pienses en nosotros, piensa en los millones de personas en
el planeta que no tienen una oportunidad. Alguien tiene que hacer algo por ellos —, dijo Kolya.
—¿Y tienes que ser tú? —, dijo ella.
—Por alguna razón, la existencia me ha dado la oportunidad de efectuar un
descubrimiento que puede ser clave para nuestra especie, debo ponerlo en las manos
adecuadas. Todo irá bien, pero si no es así, comprende que tenía que intentarlo. No hay otra
opción —, dijo Kolya, atravesando con su mirada de determinación los ojos de Sofía, quien
entendió que ella también debía correr el riesgo de perder a su amor por un bien mayor.
—Definitivamente, eres un anomalía —, sonrió Oles.
Kolya y Sofía dedicaron unos días a descansar y preparar la estrategia de huida una
vez que consiguieran los datos del ordenador del National Institute for Nanotechnology
Research, y los posibles planes alternativos por si algo fallaba. Como vía de escape, en caso
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de emergencia, habían alquilado una pequeña embarcación de recreo en el Club de Golf de
Palo Alto, la cual habían llenado de bidones de combustible. El plan era llegar hasta Tijuana, en
Méjico. Allí darían a conocer su historia, explicarían al mundo la verdad de todo lo ocurrido.
—No llegaremos a Méjico desde aquí, Kolya. Está muy lejos en el mapa —, dijo Sofía
ayudando a cargar los bidones de combustible.
—Para eso estamos cargando combustible suficiente Sofi. Además, podemos repostar
en Los Angeles. De todas formas, espero no tener que utilizar la embarcación, es solo una vía
de escape ¿Si algo sale mal, sabes a dónde tienes que ir, verdad? —, preguntó Kolya.
—No va a salir mal, no quiero pensar en eso —, dijo Sofía.
—Sofi, es muy importante para mí asegurarme de que estás preparada. Dime, ¿dónde
tienes que ir? —.
—Al Instituto Nacional de Nanotecnología, en Chihuahua, Méjico —, respondió Sofía de
mala gana.
—¿Y has de preguntar por…? —, insistió Kolya.
—Nada va a salir mal, Kolya. No puedo ni pensar en esa posibilidad. Se me encoge el
estómago, de verdad… —, dijo Sofía.
—Mírame Sofi —, dijo Kolya cogiendo con un gesto dulce la cara de Sofía y
acercándola a la suya. —Preguntarás por … —.
—El profesor José Carlos Afonso —, dijo en voz baja Sofía.
—Bien…, bien. Él te ayudará en todo —, dijo Kolya.
Sofía no dijo nada más en unas cuantas horas. No quería perder a Kolya y aquello no
le daba buenas sensaciones. Meterse en la guarida del lobo…, era demasiado.
Había llegado el día convenido. Oles, como cada mañana, cogió su bicicleta y atravesó
el campus de la Universidad de Stanford, a tan solo dos kilómetros de su casa, hasta llegar a
Menlo Park, donde estaba el NINRE. Los investigadores del Instituto eran bien conocidos en la
Universidad, dado que había un convenio de colaboración entre diversos centros de
investigación de primer orden, entre ellos el National Institute for Nanotechnology Research, y
la Universidad, una de las mejores del mundo, que ha contado incluso a lo largo de su historia
con veintisiete premios Nobel como profesores. A Kolya le impresionaba el Sistema
Universitario Norteamericano, enfocado hacia el mundo real, hacia la excelencia de cada uno
de sus miembros. A pesar de que en España también había buenos investigadores, la brecha
entre universidad y sociedad, entre teoría y práctica de una anacrónica Universidad Española
le entristecían, porque él sabía que el futuro es de aquellas sociedades capaces de romper esa
148
brecha, especialmente en ciencia, pero eso sólo se conseguiría actuando como un solo equipo,
universidad y sociedad. Kolya solía pasar tiempo en el campus de la Universidad, cuando
investigaba en el NINRE, donde trabó amistad con algunos estudiantes y profesores. Un día,
comiendo en el comedor central de la Universidad, vio a unos estudiantes vestidos de amarillo.
Iban todos iguales, con el pelo rapado y prendas únicamente de color amarillo. Eran
estudiantes de la facultad de psicología. Habían ideado un experimento para constatar en qué
medida salirse de los cánones aceptados por los demás modificaba no solo el comportamiento,
sino los resultados de nuestras acciones, cómo afectaba la aceptación del grupo a las
calificaciones o a los resultados deportivos de los miembros del grupo experimental. Aquello
estimuló curiosidad de Kolya. Desde ese día, pasó cada vez más tiempo con los estudiantes de
la facultad de psicología. Con ellos aprendió muchísimo sobre el ser humano. Estaba
fascinado, pues su trabajo en ciencia siempre había tenido una vertiente humanista, ¿de qué
servía idear avances para que sólo pudieran disfrutarlos una minúscula parte de la población,
ya de por sí opulentos? Aquellas reflexiones, junto con las enseñanzas aprendidas de su
madre y el ejemplo de su padre, conformaron a la persona íntegra que era, aquello que podía
ver Sofía en él y que tan alejado estaba de la mayoría de los chicos que ella había conocido.
Puro rebaño. Kolya siempre había menospreciado, dejándose llevar por el pensamiento
científico colectivo, los experimentos de las ciencias sociales. Sobre eso discutía con sus
nuevos amigos, con los que coincidía en los almuerzos, pues prefería comer en el comedor
principal de la Universidad de Stanford que en la sofisticada cafetería del Instituto. Aquello le
daba vida. Un día, hablando de chicas, un par de estudiantes de psicología explicaron a Kolya
la diferencia de trato que recibían de los demás las personas guapas. Kolya rió, bajo ninguna
circunstancia iba a aceptar que las personas más atractivas tenían un trato de favor
simplemente por su aspecto. Los estudiantes se rieron aún más. Le propusieron hacer junto
con él un experimento, a lo cual, como buen científico, aceptó. Él impuso que debía hacerse
con las reglas del método científico, pudiendo repetir el experimento tantas veces como
quisiera, y él se encargaría de la parte estadística e interpretar los resultados. Repitieron el
experimento mencionado por el profesor Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York, en el
cual se selecciona una cantidad de fotos de niños y niñas, luego por votación se separan en
dos grupos, los más guapos y los menos agraciados. Lo siguiente que hicieron fue ir por la
calle comentando que estaban haciendo una encuesta sobre métodos educativos y enseñaron
la foto de un niño o niña a cada persona de la calle, se les explicó que ese niño o niña había
tirado bolas de nieve con piedras dentro a sus amigos y se les preguntó el castigo que debía
recibir, en opinión del encuestado. Desde la valoración uno, la más suave, algo así como: “es
perdonable, son cosas de niños” hasta la valoración cinco: “debe ir al reformatorio”. Pues bien,
la estadística demostró que la opinión media era mucho más condescendiente con los niños y
niñas más guapos que los menos agraciados físicamente. A partir de ese momento, a Kolya le
empezaron a interesar los experimentos en psicología social, y comenzó a darse cuenta de que
en realidad estamos muchísimo más condicionados por el grupo a la hora de tomar nuestras
decisiones de lo que creemos. La ciencia era su pasión, la psicología su hobby. Los amigos de
149
Kolya le explicaron que su facultad de psicología de la Universidad de Stanford había sido muy
famosa por el experimento que hizo en mil novecientos setenta y uno su catedrático, el
profesor Philip Zimbardo, denominado “La cárcel de Stanford”. En ese experimento, se simuló
una prisión en que un grupo de estudiantes hacía de presos y otros de carceleros. El
experimento tuvo que ser cancelado prematuramente debido al grado de violencia ejercido por
los guardias, que eran alumnos sanos y elegidos al azar. Como decía Zimbardo “El mal es un
proceso, es una pendiente resbaladiza, un camino donde cada paso es más fácil que el
anterior, y hay que cuidarse de no dar el primero”. Aquello hizo pensar mucho a Kolya, que a
partir de ese momento, y a partir de la observación de los demás, comprendió que la codicia, al
igual que el mal, es una pendiente resbaladiza, y que las ideas altruistas sobre sus
descubrimientos podían tener graves consecuencias. Esa reflexión le salvó la vida, cuando
pudo indicar en el hospital Doce de Octubre de Madrid que le hicieran una resonancia
magnética para desactivar a los “Red Hunters”, ya que tuvo el presentimiento de que estaban
tratando de matarlo con esa tecnología indetectable. En ese momento apostó por la maldad
como arma que utiliza la codicia para obtener sus fines. Esas nanomáquinas destructivas eran
la joya de la corona de Claire, vicepresidenta de Investigación y Desarrollo del Instituto, de las
que siempre alardeaba. Si Kolya no hubiera pensado en la capacidad de hacer el mal de las
personas bajo las condiciones adecuadas, jamás hubiera colegido la secuencia de argumentos
que le llevó a alertar a los doctores del hospital. Su investigación, los intereses de los
poderosos, una mujer infinitamente ambiciosa y sus nanomáquinas indetectables para la
mayoría de los forenses del mundo, el plan era perfecto y Kolya tuvo apenas unos segundos
para indicar a los doctores la solución a su situación crítica. Tuvo suerte. Quizás el destino le
había salvado para que completara su misión. Solo quizás.
El National Institute for Nanotechnology Research era una maravilla arquitectónica, una
visión futurista por fuera e inconcebiblemente tecnológico por dentro. Oles aparcó su bicicleta
en uno de los muchos puntos de anclaje para las mismas que había por fuera del Instituto.
Caminó entre un verde césped recién cortado y esculturas increíblemente brillantes, cuyas
formas evocaban para los visitantes formas aleatorias, como si fueran extrañas piedras
gigantes depositadas allí por una civilización extraterrestre. En realidad, el diseño era la visión
del artista de los seis tipos de quarks conocidos. De hecho las esculturas se llamaban: arriba,
abajo, encanto, extraño, cima y fondo. Oles se paró unos instantes frente a la entrada principal
del Instituto y suspiró. El edificio lo miraba desafiante. Tenía una estructura circular, vista desde
el aire se asemejaba a una turbina de avión, con un círculo exterior de un blanco inmaculado y
una estructura cónica interior, donde estaban los laboratorios de alto nivel. Oles trabajaba en el
anillo exterior, analizando, procesando y estabulando millones de datos que provenían de los
experimentos, para hacerlos comprensibles. Pasó toda la mañana nervioso, deambulando por
el edificio en busca de un encuentro fortuito con Claire, que tenía su despacho en la última
planta de la estructura cónica, similar a la Torre Swiss Re, de Norman Foster, en Londres, pero
con la característica estética blanca futurista con que están dotadas las obras del arquitecto
español Santiago Calatrava. Tras algunas averiguaciones, el encuentro se produjo en la zona
150
aledaña a la cafetería central, donde a veces los altos cargos iban a comer, en un intento, tan
efectivo como engañoso, de aparecer como uno más, de hacer grupo, aunque la realidad es
que ni eran parte del grupo, ni querían serlo.
—Buenos días Señora Williams —, saludó Oles a Claire, visiblemente nervioso.
—¿Qué ocurre…? —.
—Oles. Oles Czerniak —.
—Dime Oles, ¿qué ocurre? —, preguntó Claire en un tono frío y distante, pero dándose
cuenta del nerviosismo mal disimulado de Oles.
—Me ha llegado una carta para Usted a mi buzón, Señora Williams —, dijo Oles,
entregando un sobre con matasellos de Columbus, Ohio. Kolya había pedido a uno de los
amigos que habían hecho en Columbus que le devolviera por correo el contenido de una carta
que le había enviado, de esta forma le daban verosimilitud a la comunicación, pues sabía que
Claire conocería su paradero.
—Bien Oles. Gracias. ¿Qué tal va el trabajo? —, preguntó Claire. Ante todo era una
profesional y su indiscutible liderazgo pasaba por preguntar a los demás investigadores, eso le
confería una posición dominante en la relación.
—Bien Señora Williams. Gracias —, dijo Oles, sin mantener el contacto visual. Aquella
mujer lo intimidaba.
—Gracias Oles, sigue así —, dijo Claire dirigiéndose hacia su despacho con el sobre
en la mano. Oles se quedó tembloroso, como sin fuerzas. La seguridad en sí misma de aquella
mujer era apabullante. La miró mientras se alejaba. Vestía un traje de chaqueta blanco con
camisa en tonos azules y zapatos de tacón también azules. Lucía un pelo rubio lacio, recogido
con un broche de pequeñas gemas de zafiro azul, como símbolo de poder. Con su metro
setenta, incrementado por los tacones y su mirada intimidante se había ganado la fama de
macho alfa, pues salvo los más altos directivos del Instituto, contados con los dedos de una
mano, cualquier hombre que se había enfrentado a ella había salido derrotado. Era la viva
encarnación de la lideresa del antiguo pueblo guerrero de Las Amazonas, a las que Herodoto
llamó “asesinas de varones”.
Claire llegó a su despacho y abrió el sobre. Dentro había una nota que decía: “Hola
Claire, como sabes hemos pasado por algunas dificultades con todo este asunto de la energía
cuántica. He tenido tiempo de reflexionar y comprender que debemos trabajar en equipo y que
debo seguir las indicaciones del Instituto a la hora de dar a conocer los avances logrados. Sin
vuestra ayuda no puedo desarrollar mis investigaciones y vosotros sin mi ayuda no podréis
desarrollar un nuevo sistema de obtención de energía que he creado, basado en el anterior
pero mil veces más potente. Me gustaría volver a trabajar juntos, pero debemos llegar a un
151
acuerdo para que me deis permiso para desarrollar desinteresadamente un sistema muy
limitado, pero que pueda llevar a los países pobres. Podría ser una buena publicidad para el
Instituto. ¿Qué opinas? Si quieres hablar díselo a Oles, él sabrá ponerse en contacto conmigo.
Sin rencor. Fdo. Kolya”.
—“Mil veces más potente…” —, aquellas palabras retumbaban en la cabeza de Claire.
Ella era la responsable de ese proyecto y sería ella quien se llevara el mérito si lograba
controlar al ruso. “Mil veces más potente…”.
—Señora Williams, están aquí los directivos de Techniques Corporation Inc —, anunció
la secretaria de Claire entreabriendo la puerta de su despacho.
—Ahora no —, respondió Claire, sin moverse. Estaba de espaldas a la puerta, de pie
frente a la cristalera desde la que podía observar gran parte del Instituto, con el sobre en la
mano.
—Pero Señora Williams, tienen una cita con Usted…—, dijo nerviosamente la
secretaria.
—Llévatelos a visitar las instalaciones —, ordenó Claire.
—Bien, como diga Señora, …pensé que era una reunión importante y… —, trató de
explicar la secretaria, interrumpida por Claire.
—Ven a aquí —, ordenó Claire.
La secretaria caminó hasta donde se encontraba su jefa, que seguía mirando a través
de la amplia cristalera.
—No vuelvas a cuestionar mis órdenes —, dijo Claire.
—No Señora, yo simplemente pensé…—, balbuceó la secretaria.
—Di “sí Señora Williams” —, ordenó Claire.
—Sí Señora Williams —, obedeció la secretaria.
—No quiero visitas ni llamadas en toda la mañana —, dijo la jefa.
—Sí Señora Williams —, contestó la secretaria.
—Bien, ¿ves cómo no es tan difícil? Sal y haz lo que te he dicho —.
La secretaria salió del despacho y Claire se quedó reflexionando acerca de aquella
agradable sorpresa que había recibido. Al igual que hacía cada vez que tenía que tomar una
decisión importante, puso música clásica barroca en su sistema SoundDock inalámbrico de
Bose y sus pensamientos iban y venían, fluían con los contínuos de Bach. Pros y contras,
152
fortalezas y debilidades, oportunidades y amenazas. Si algo le caracterizaba era por pensar a
lo grande. Ella sabía que siendo conformista seguiría siendo una investigadora del montón;
ahora era una persona de relevancia en la industria, pero no era suficiente. Obligaría al ruso a
patentar junto con ella su sistema de obtención de energía cósmica a través de la
teletransportación cuántica, luego, en alguno de los viajes del científico a África o a alguna
aldea perdida de Suramérica sufriría un fatal accidente. El mundo sería suyo. Decidió aceptar
la propuesta de Kolya.
Claire hizo llamar a Oles a su despacho y le informó que deseaba hablar con Kolya.
—De acuerdo Señora Williams, en cuanto Kolya contacte conmigo le informaré de su
decisión —, dijo Oles, saliendo del despacho.
Oles llegó a su casa bastante inquieto. Su naturaleza no convivía bien con el conflicto y
aquella situación lo descolocaba, pero al mismo tiempo estaba orgulloso de hacer lo que
consideraba correcto, de tomar un riesgo por una vez en su vida.
—¡Kolya, ha dicho que sí! —, dijo Oles según entraba por la puerta.
—Gracias Oles, gracias por tu ayuda —, dijo Kolya serenamente, pues él ya sabía cuál
iba a ser la respuesta de Claire. Siempre que metes un plátano en la jaula de un mono el
resultado es el mismo —pensó—.
—¿Cuándo vas a ir? —, preguntó Sofía, preocupada.
—No habrá respuesta hasta dentro de unos cuantos días, es una forma de mantener el
control de la negociación. ¿Oles, tienes días de vacaciones pendientes de disfrutar? —,
preguntó Kolya.
—Sí. No he cogido vacaciones en lo que va de año. ¿Qué quieres que haga
exactamente? —, preguntó Oles, con la respiración acelerada.
Kolya sabía que aquel asunto superaba a su amigo y no quería bajo ningún concepto
exponerlo a ningún peligro, por lo que procedió a desplegar en el tablero sus piezas conforme
había ideado. —Cuando te pregunte Claire le dices que te ha llegado un email mío y que me
has informado de su decisión, pero que no sabes nada más. También quiero que hables con
los de Recursos Humanos y pidas vacaciones para la semana que viene. Invéntate cualquier
excusa, algún tema familiar, lo que sea, pero no quiero que estés en California la próxima
semana. …Oles, querido amigo, te compensaré por esto te lo prometo, estarás en mi equipo
cuando todo esto pase —, dijo Kolya.
Oles suspiró. —No te preocupes Kolya, de todas formas no parece que tenga mucho
futuro aquí. Sigo de becario y voy camino de ser el abuelo de los demás becarios —, bromeó
Oles. Los tres rieron.
153
—Sofí, en cuanto a ti…—dijo Kolya, parándose a media frase, pues Sofía lo fulminó
con la mirada.
—En cuanto a mi ¿qué? —, dijo ella.
—Sofi, solo quiero decirte que esto puede ser peligroso. No querría que te pasara nada
—.
—Soy mayorcita. Además yo tampoco quiero que te pase nada, será bueno para ti
poder contar con apoyo, …y yo también quiero estar en tu equipo cuando todo esto pase —,
dijo sonriendo Sofía.
—Eres lo mejor que me ha pasado, mis padres estarían orgullosos… —, dijo
emocionado Kolya.
Kolya y Sofía se fundieron en un eterno abrazo. Lloraron, se besaron y continuaron
abrazados tan fuerte que hasta se hacían daño. Nadie podía vencerlos. El amor mira
desafiante hasta a la misma muerte y ésta, acostumbrada a imponer su miedo, retrocede ante
un enemigo más fuerte.
Paradójicamente, pasaron unos días muy tranquilos, quizás por la determinación
interior, quizás por fuerzas insondables, el miedo desapareció de sus corazones, nada debían
temer, pues ya lo habían conquistado todo. Oles, por el contrario, pasó aquellos días en medio
de un gran desasosiego, evitando en el trabajo la amenazadora presencia de Claire Williams, a
la que había tenido que comunicar que había trasladado la información a Kolya, y haciéndose a
la idea cuando llegaba a su casa de que su vida iba a cambiar para siempre. Su amigo Kolya le
infundía valor y confianza, pero el resultado de todo aquello era incierto, y su mente
inconsciente no dejaba de recordárselo.
En una pirueta del destino, el mismo catorce de junio en que La Rata partía hacia el
aeropuerto de regreso a España, Kolya entraba en el edificio del National Institute for
Nanotechnology Research, como si tomara el relevo de aquella batalla del bien contra el mal
que se estaba librando. Era su turno, y no podía fallar.
—¡Señor Boronov, que alegría verle! ¿Qué tal su estancia en España? —, preguntó
una de las recepcionistas del Instituto, ajena a la oscura realidad que envolvía su mundo.
—Muy bien, gracias —, dijo Kolya sonriendo, concentrado en mantener en todo
momento una respiración diafragmática, necesitaba máxima concentración en su conversación
con Claire y de esa forma mantendría las emociones a raya.
—Toros, paella… —, dijo en español la sonriente recepcionista.
154
Kolya le sonrió de nuevo —Paella, mucha paella —, dijo señalándose la barriga. —
Necesito hablar con Claire Williams, pero no tengo la tarjeta de acreditación aquí —, explicó
Kolya.
—Sabe que sin tarjeta no puedo dejarle entrar, señor Boronov —, dijo la recepcionista,
cambiando el semblante.
—Lo sé —, dijo Kolya sonriendo y tocando con su mano la de la recepcionista —avise
a la Señora Williams, por favor —.
—Señora Williams, está aquí el Señor Boronov, dice que… sí, sí…, sí Señora Williams
—, dijo la recepcionista a través de su sistema de comunicación inalámbrica Plantronics
Backbeat.
—Tiene Usted autorización de nivel uno, señor Boronov. La Señora Williams le está
esperando —, dijo la recepcionista entregando una tarjeta totalmente transparente a Kolya. —
Tiene que pasar el escáner de retina al llegar al nivel uno señor Boronov… —.
—Sí. Lo sé, gracias —, dijo Kolya entrando en el edificio. Por un momento se detuvo y
suspiró. Pensó en su padre, pensó en Sofía. Pensó en todas las personas que dependían de
que él cumpliera su tarea y avanzó hacia el despacho de Claire Williams.
Kolya pasó a través del anillo exterior del Instituto, saludando a muchos de sus
compañeros, que, al parecer, pensaban que él estaba de vacaciones o bien que había vuelto a
España a investigar. Le resultó muy entrañable pasar a través de esa burbuja de aparente
normalidad. Haber sido objeto de un intento de asesinato y estar inmerso en una persecución
propia de espías se había convertido ya en parte de su vida, y lo aceptaba, pero seguía
añorando la cotidianidad de su trabajo en el laboratorio.
La secretaria personal de Claire saludó a Kolya con una sonrisa nerviosa: —Pase,
señor Boronov, la Señora Williams le está esperando —.
Kolya entró en el despacho y vio a Claire de pie, apoyada en su escritorio, con las
manos sobre su regazo, mostrando una impecable manicura. Estaba radiante, como siempre,
luciendo una sonrisa perfecta, de anuncio de televisión.
—Querido Kolya, ven aquí —, dijo Claire acercándose a Kolya, poniendo sus manos
sobre los hombros y dándole un beso en la mejilla, demasiado cerca de la boca, o al menos
eso pensó Kolya. Ella estaba desplegando su estrategia, a sabiendas de que la persuasión que
una mujer atractiva puede ejercer en un hombre no se supera con ningún discurso… A menos
que ese hombre esté en un nivel estratégico superior. Y Kolya lo estaba.
—Hola Claire —, sonrió Kolya, tratando de tener dominio de la situación —Tenemos
que aclarar las cosas, echo de menos trabajar en el laboratorio con normalidad —.
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—Claro Kolya. Puede que en el pasado haya habido algún malentendido derivado de
no coordinar la política de comunicación, pero de los errores se aprende, ¿no? —, dijo la rubia
directiva.
Tanto Kolya como Claire sabían que era un absurdo nombrar el intento de asesinato,
pues ella lo iba a negar, mostrándose sorprendida y no iba a ayudar para nada en el desarrollo
de los planes que cada uno tenía para con el otro. Así se jugaba en primera división —pensaba
Kolya —, ocultando las emociones en su gatera, dejándolas salir sólo en el momento de dar el
zarpazo letal.
—Claire, tengo ideado un nuevo sistema de captación de energía, mucho más potente
que el anterior. Se puede multiplicar por cientos, incluso por miles la capacidad de obtención de
energía, minimizando la potencia necesaria para poner en marcha el sistema. Es como tener
una máquina de hacer billetes, se pulsa el botón y punto —, sonrió Kolya. Él sabía que la
metáfora de la máquina de hacer billetes había sonado absurda, pueril, pero también sabía que
esa información la procesaría el subconsciente de Claire de una forma bien distinta.
—¿Se basa también en atrapar neutrinos? —, preguntó Claire.
—Se basa en el mismo sistema. Los neutrinos son inatrapables, pero nos obsequian
con su infinitesimal cantidad de energía cinética, que, teniendo en cuenta la velocidad con la
que viajan, aun siendo casi imperceptible su masa, nos permite mover los fotones a un nivel
increíble, y focalizar parte de esa energía en mi sistema almacenador de energía —, explicó
Kolya.
—¿Parte de esa energía? ¿No decías que era muy potente? —, preguntó Claire.
—Claire, estamos hablando de energía cósmica. Es tan poderosa que es capaz de
hacer desaparecer un sistema solar entero en una milésima de segundo. Créeme, a partir de
ahora la obsesión del ser humano por la obtención de energía será algo que se estudie en los
libros de historia. Te mostraré como funciona —, dijo Kolya metiendo la mano en el bolsillo de
su pantalón para sacar una memoria flash.
Por un momento Claire tensó sus músculos. Detrás de aquella fingida cordialidad podía
haber un intento de venganza. Hasta que Kolya no sacó el dispositivo USB, Claire no relajó la
vigilancia. A su vez, Kolya leyó totalmente el lenguaje corporal de la Jefa de Proyectos e hizo
un esfuerzo por no mostrar él ningún gesto de tensión muscular en su cara. Aquella batalla
acababa de comenzar, y si bien ambas partes sabían que estaban en los momentos de tanteo,
como se hace en el primer asalto de un combate de boxeo, era de vital importancia infundir en
el otro la máxima confianza posible, al menos para Kolya, cuya estrategia pasaba por la
credibilidad de su exposición.
Claire insertó el dispositivo de memoria en su proyector Woxter de última generación, y
proyectó la presentación en una pantalla que bajó automáticamente del techo. Los primeros
156
minutos de la misma consistían en un vídeo que mostraba las fuentes de energía utilizadas
hasta la fecha, sus pros y sus contras, y exponiendo la dependencia que el ser humano como
especie tenía de la energía, sin la cual nos convertiríamos en una especie animal más, en la
lucha con el resto de animales por la propia supervivencia. De esta forma, se iba introduciendo
al espectador en el contexto adecuado sobre las explicaciones científicas que vendrían más
adelante. Claire tamborileó con los dedos sobre la mesa, impaciente por ver lo que había
preparado Kolya. En el fondo de su ser ya se había visto a sí misma como la persona más
influyente del planeta, portada de la revista Time, poderosa. Inexpugnable. —A ver si no dura
mucho esta basura comercial —, pensó Claire. Kolya estaba pendiente con su visión periférica
a los micro movimientos de ella. Sonrió para sus adentros al ver el nerviosismo de la
Vicepresidenta de Investigación y Desarrollo y Jefa de su proyecto. En cierto modo, disfrutaba
viendo a la todopoderosa Claire Williams tratando de dominar su agitación, pero lo que
verdaderamente le interesaba era comprobar si se había tragado el anzuelo.
Una vez que terminó el vídeo de presentación, Kolya se puso a un lado de la pantalla y
comenzó a explicar su sistema de obtención de energía. A través de los gráficos y las fórmulas
expuso una versión creíble de su sistema mejorado. Claire era Doctora en Ciencias Físicas,
pero no tenía, ni de lejos, el nivel de conocimiento sobre la física de partículas de Kolya, quien
deliberadamente se detuvo en el desarrollo matemático de una de las fórmulas que permitía el
supuesto almacenamiento masivo de la energía, mil veces más rápido que en el sistema
anterior que había desarrollado, a través del movimiento infinitesimal de las partículas. Él sabía
que ella no podría entender aquel desarrollo matemático, erróneo en su formulación, pero lo
explicó una y otra vez con verdadera pasión. Aquello le daría credibilidad.
—He comprendido el sistema, Kolya, sigue con el resto de la presentación —, mintió
Claire.
—Pues bien —, continuó Kolya, —a través de estas micro láminas de grafeno
conducimos la energía al condensador situado en la parte inferior del sistema —, explicó Kolya.
—Necesitaremos algún tipo de almacenamiento para el posterior procesado de la
energía, supongo. ¿Aire líquido? ¿Baterías inerciales? —, preguntó Claire.
Kolya sonrió. —El viento solar nos arroja sobre la tierra partículas a seiscientos
millones de kilómetros por hora. Los neutrinos viajan a velocidades en torno a los mil millones
de kilómetros por hora. Hay energía suficiente para no tener que almacenar nada. Esas
velocidades nos proveerán de una energía constante e ilimitada. Hasta ahora no sabíamos
cómo atrapar toda esa cantidad de energía que literalmente nos atraviesa de forma
permanente. Ahora sí sabemos. Es normal tener un esquema de pensamiento relativo a un
período anterior a mi investigación, de igual forma que hubo que cambiar las formas de pensar
cuando se descubrió cómo utilizar la energía del vapor de agua en la revolución industrial, o
cómo transportarla a través de la red eléctrica en el siglo XX, pero con esto todo cambia. Nada
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será igual en este planeta. La energía será un recurso gratuito —, dijo Kolya, arrepintiéndose
de haber pronunciado su última afirmación. Había cometido un fallo por permitirse superar el
umbral que se había fijado para su emocionalidad. Claire lo miró con gesto serio, apretando los
labios. —Me refiero que será gratuito en un futuro lejano, por supuesto, cuando lo considere el
Instituto, que primero tiene que recuperar la inversión, lógicamente —, trató de arreglarlo.
—Kolya, con tanta cantidad de energía, ¿no habrá una sobreproducción?, ¿puede
haber riesgo de reacciones en cadena? —, preguntó Claire, aún con gesto serio.
—No Claire, porque nosotros controlamos la cantidad de fotones entrelazados que van
a alimentar el sistema —.
—Supongo que lo del grafeno es por su extraordinaria conductividad, ¿no? —,
preguntó Claire.
—Sí. Me gustaría empezar a trabajar con este material, pero para ello necesitamos
algunos acuerdos de colaboración. Si tú los apruebas claro —, dijo Kolya para tranquilizar a su
jefa.
—Dime una cosa, Kolya, ¿qué ocurre si tenemos un exceso de energía y queremos
reducirla, cómo desenlazamos los fotones? —.
—Realmente este sistema es tan sencillo que produce asombro. La única razón por la
que el ser humano no había llegado hasta él es por falta de la tecnología necesaria. Llevamos
menos de un siglo haciendo uso de la tecnología informática y ya estamos en este nivel, me
pregunto en qué nivel tecnológico estarán nuestros vecinos en la galaxia…—, divagó Kolya.
—Si es que existen —, matizó Claire.
—Claire, sólo la Vía Láctea tiene en torno a trescientos mil millones de estrellas. ¿De
verdad piensas que estamos solos? —, dijo Kolya.
—¿Cómo desenlazamos los fotones? —, repreguntó Claire. Para ella era una pregunta
importante; si se iba a deshacer del ruso, debía asegurarse de controlar el sistema a voluntad.
—Como te decía, Claire, el sistema es muy sencillo. Las partículas estarán confinadas
en potentes campos magnéticos. Simplemente hay que dejarlas ir y ya está, seguirán su
camino por la galaxia y nosotros podremos bajar el nivel de energía —, explicó Kolya.
—¿En cuánto tiempo puedes tener listo este sistema, Kolya? —, preguntó Claire.
—En dos meses, quizás tres —.
—Bien. Comienza a trabajar —, ordenó la jefa.
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—Primero tenemos que firmar algunos acuerdos. Necesito que me autorices a utilizar
un sistema de capacidad reducida, pero que pueda llevar a países pobres, sin competencia
para el Instituto. Pequeñas centrales, ya sabes, para bombear agua de los ríos y proveer de
electricidad. Creo que podemos sacar a la gente de la pobreza sin afectar nuestros intereses —
, solicitó Kolya.
—¿Nuestros intereses? —, rió para sus adentros Claire. —Personas pobres, que viven
en la miseria y salen de ella gracias a nuestra contribución… Interesante publicidad. Además,
cuanto mayor sea la clase media, más clientes, más dinero, más poder…—, pensó Claire.
—Tienes mi palabra —, dijo ella por fin.
—De acuerdo, mañana mismo empezaré con el proyecto. Hoy necesito descansar un
poco, me voy al motel —, dijo Kolya.
Claire se acercó, volvió a besar a Kolya en la mejilla, cerca de sus labios, y
susurrándole al oído le dijo: —Mi querido Kolya, he dispuesto todo para que no tengas que ir a
ningún motel a descansar, tienes preparada una dependencia aquí en el Instituto. Así que
puedes empezar a trabajar hoy mismo —.
—¿Qué? No, Claire. No me quedaré aquí a dormir —, dijo Kolya.
—Si sales del Instituto, encontrarás a tu nueva amiguita sin vida. Conmigo no se juega,
Kolya —, dijo Claire.
Kolya y Claire se miraron a los ojos en un choque de trenes. Él había subestimado la
dureza de aquella mujer, y su inteligencia. Durante unos minutos hubo silencio absoluto. La
tensión amenazaba las líneas rojas de la negociación. Aquel era uno de los momentos de la
verdad que a Claire le hacían sentir viva, una de sus mayores victorias. Kolya, sin embargo, se
encontraba confuso. Aquella circunstancia lo había cogido totalmente desprevenido y no veía
una respuesta clara a la situación. Si se enfrentaba a Claire, ésta podía cumplir su amenaza y
tomar acciones contra él. En los niveles en que se movía Claire, con intereses de miles de
millones de dólares por medio, no se encontraría enfrente a sicarios de tres al cuarto, esta
gente contaba con verdaderos profesionales, de los que te podías encontrar en el
supermercado y jamás sospecharías nada. Por otro lado, si se quedaba, pronto quedaría en
evidencia que no tenía un sistema de producción energética tan potente como el que había
expuesto. Sospechaba que en cuanto no fuera de utilidad, tanto él como Sofía estarían en
grave peligro, sin embargo, tal como estaban las cosas, la única opción que le quedaba era
ganar tiempo.
—Claire, sé razonable. No creo que tus amenazas propias de la mafia ayuden en nada.
Tenemos un trato. Yo colaboro en desarrollar un buen sistema de producción de energía que
gestionará el Instituto, y luego me dedico a mi tarea altruista sin afectar a tus intereses, ¿no te
parece justo? —, dijo Kolya.
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—Querido Kolya —, comenzó diciendo Claire, con la mano apoyada en el hombro de
Kolya. La naturalidad con la que ella trataba a los demás como objetos de su propiedad
asqueaba a Kolya, pero no hizo ningún gesto que ella pudiera interpretar como hostil, su
posición en el tablero se había visto debilitada por un mal cálculo de una jugada del contrario.
—A estas alturas ya debes saber —, prosiguió Claire —que esto es muy serio, y tú no has
jugado limpio en el pasado…—.
—Tú tampoco has jugado limpio en el pasado —, la interrumpió Kolya, quitándole la
mano del hombro, rememorando el intento de asesinato que sufrió.
—Sé buen chico y pórtate bien. Te prometo que tendrás lo que pides y podrás irte con
tu amiguita a los más pestilentes rincones del planeta, a jugar con tu maquinita de la energía,
pero durante los próximos dos meses me perteneces. El control lo tengo yo. Ese es el trato. Lo
tomas o lo dejas —, dijo Claire, aunque tanto ella como Kolya sabían que ella no aceptaría una
negativa.
—Está más chiflada de lo que pensaba, pero es muy peligrosa —, reflexionó para sus
adentros Kolya. —Dame unos minutos para pensarlo —, dijo por fin.
—Claro, niño malo —, dijo Claire, haciendo una broma que únicamente era graciosa en
su universo distorsionado de la realidad, a la vez que pasaba la mano por el pelo de Kolya.
—¡No vuelvas a tocarme! —, pensó en decir Kolya, pero ninguna palabra salió de su
boca.
—Quiero que envíes a España a la persona que me ha acompañado, y quiero tener
una video conferencia y constatar que está bien —, dijo Kolya, arrepintiéndose al instante. Le
había dado una pista de lo que era importante para él, aunque quizás a esas alturas ya estaría
más que claro para Claire.
—Esa mujer se quedará en California, pero tienes mi palabra de que no le pasará nada
si colaboras. Tú y yo hablaremos con Oles y así sabrás que está bien —, respondió secamente
Claire, imponiendo de nuevo su voluntad. Poco a poco, su presa iba cediendo.
—No sé… necesito garantías sobre nuestra seguridad personal —, dijo Kolya.
—Mira Kolya, si yo hubiera querido, Sofía y tú ya estarías muertos. Yo también he
reflexionado y quiero que colaboremos. ¿Qué más garantías quieres que el hecho de estar
aquí hablando conmigo? —, dijo ella.
Kolya se quedó anonadado. Claire sabía el nombre de Sofía. Toda su estrategia se
vino abajo de un plumazo, había subestimado a su rival. Estaba en sus manos… aunque
quizás no del todo, pues era evidente que ella no estaba negociando por afinidad personal, o lo
que ella entendía por negociar. Sospechaba que estaban teniendo problemas en el Instituto
160
para llevar a la práctica el desarrollo de sus investigaciones. Aquello al menos le daría algo que
tenía infinito valor dadas las circunstancias. Le daría tiempo.
—Esta bien Claire, juguemos a tu manera… —, dijo finalmente Kolya.
—Buen chico. Ahora quiero que me acompañes a uno de los laboratorios, tengo algo
para ti…—.
Claire condujo a Kolya hasta el laboratorio de nanorrobótica. El control de la energía le
daría muchísimo poder, pero la pasión de Claire era la nanotecnología robótica. El tamaño de
los dispositivos era invisible y en muchos casos indetectable, y su obediencia al creador,
incuestionable. Sin duda, eran el sueño de sus maquinaciones internas. Kolya, por su parte,
comenzó a experimentar todo tipo de síntomas de una situación de estrés extremo. Comenzó a
sentirse muy mal físicamente, le sudaban las manos y le temblaban las piernas. Ni siquiera su
mente entrenada era capaz de contener las reacciones de defensa de su mente inconsciente,
que identificaba todo aquel mundo de la nanotecnología robótica con la causa de un inmenso
sufrimiento.
—No puedo, Claire —, dijo Kolya apoyándose con las manos sobre sus rodillas,
tratando de respirar.
—¿Qué te pasa? Tenemos un trato, tu cumple tu parte, y no pasará nada —, dijo ella.
—¿Por qué me quieres llevar al laboratorio de nanorrobots? Claire, no puedes…—.
Claire miró a Kolya, y por primera vez se compadeció de él. Ella siempre había luchado
por sus objetivos en la vida de una manera implacable, y no se permitía ceder a la
emocionalidad, pues le resultaba una forma de debilidad, pero en el fondo de su ser, un
ancestral instinto le decía que aquel chico tenía algo especial. Por primera vez, dudó en si
llegaría a ordenar su asesinato.
—¿Tienes miedo, Kolya? —.
—Sí. —.
—Ven, quiero enseñarte algo, pero no debes temer nada. Si quisiera eliminarte, ya
estarías muerto, y si quisiera hacerlo a través de los nanorrobots, también lo estarías. Hemos
mejorado mucho últimamente —dijo Claire con un gesto de orgullo, —los nanorrobots de
composición molecular metálica son cosa del pasado, Kolya. La biotecnología nos ha abierto
un nuevo campo en el que yo no creía demasiado, pero que es fascinante. Hemos desarrollado
nubots, ¿sabes lo que son? —, preguntó Claire con la emoción de un niño al abrir un regalo en
Navidad.
—No —, acertó a decir Kolya, reafirmándose en la creencia de la peligrosidad de
aquella mujer, carente de empatía emocional. Sin duda se trataba de la rara combinación
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genética de dos factores que de vez en cuando se produce en el mundo y que da lugar a los
psicópatas más siniestros y brillantes a la vez; la falta de empatía por ausencia de alguna
proteína o neurotransmisor específico, sin duda producto de un error en la recombinación
genética, y la brillantez intelectual.
—Los nubots son nanorrobots de ácido nucléico, son circuitos biológicos transportados
por viroides submicroscópicos, y lo más importante es que podemos programar y controlar los
viroides mediante ondas de radio. Es impresionante, ¿no crees? —.
Kolya se limitó a sentarse en el suelo y tratar de realizar respiraciones completas
diafragmáticas para comenzar a controlar su propia mente. No respondió.
—Venga, levántate. No es bueno que te vean ahí —, dijo Claire, ayudando a levantarse
a Kolya y llevándolo a un despacho vacío en el área de nanorrobótica.
—¿Necesita algo, Señora Williams? —, preguntó una investigadora que se cruzó con
ellos en el pasillo.
—No se preocupe, es una pequeña lipotimia. Traiga un vaso de agua con azúcar a ese
despacho de ahí —.
—En seguida —.
Claire sentó a Kolya en una silla del despacho, satisfecha por saberse poseedora del
control de la situación, y emocionada, al menos en el nivel de emoción que ella era capaz de
permitirse, al explicar su trabajo. Si aquel ruso cabezota fuera capaz de ver lo que ella estaba
construyendo para el futuro, quizás podría dejarlo colaborar. Claire era lo suficientemente
inteligente para saber que debía rodearse de las mentes más brillantes del planeta siempre que
pudiera usarlas a su voluntad, y Kolya era una de ellas.
—La gente cree que los avances más importantes del siglo XXI vienen de la mano de
la tecnología informática, de la miniaturización de componentes—, continuó Claire con su
explicación —pero estos son sólo medios para llegar a dominar algo increíblemente poderoso:
el poder computacional de la vida. La biotecnología es rama de la ciencia que más sorpresas
va a producir en los próximos años, porque la complejidad de un sistema testado durante miles
de millones de años es asombrosa, pero no nos habíamos percatado de ello. Y estamos
empezando a dominarlo, Kolya. No te imaginas lo que eso supone —.
La investigadora que fue a por el agua con azúcar entró en el despacho. —Aquí tiene
Señora Williams —, dijo, quedándose unos instantes para ver si podía ayudar en algo. Era
nueva en el Instituto y no conocía a Kolya, pero una cosa si había aprendido nada más llegar:
jamás le lleves la contraria a Claire Williams, jamás, si quieres seguir trabajando aquí. Y
aunque no le tenía ningún miedo a la Jefa, pues se había criado con tres hermanos en Wichita,
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en el estado de Kansas, y había aprendido a no temer a nadie, seguía el consejo. Todos lo
hacían.
—Siga con su trabajo, y cierre la puerta al salir —, ordenó Claire, sosteniendo la mirada
a la investigadora, que asintió y salió del despacho.
—Claire, puedo ayudarte en tus investigaciones, pero necesito que confíes en mí. No
puedo trabajar si sé que estoy prisionero —, dijo Kolya.
—Querido Kolya, los acontecimientos nos marcan la pauta. Por ahora no quiero correr
riesgos innecesarios. Sólo quiero que estés un par de meses aquí, desarrolles tu sistema de
producción de energía y quizás pueda convencerte para que sigamos colaborando en el futuro,
créeme, el campo que estamos estudiando es algo inimaginable. Creemos juntos la energía,
cede una parte, como tú deseas, a los más pobres, sin que afecte a los intereses del Instituto y
luego vuelve a investigar aquí, no habrá un lugar en el mundo con nuestros recursos. Dejemos
el pasado en el pasado —.
Por un momento, las palabras de Claire hicieron dudar a Kolya. Era una controladora
patológica, eso estaba claro, pero también era de las pocas personas en el mundo capaz de
poner a trabajar a un equipo hasta conseguir un objetivo. Su sistema dictatorial eliminaba
muchas de las barreras burocráticas y lucha política dentro de los grandes laboratorios. El
Instituto producía más resultados que cualquier otra institución de su nivel en el mundo, y todo
era gracias a la forma en que Claire imponía orden. Por otro lado, los investigadores brillantes
que la obedecían, obtenían de ella protección sin límites y podían investigar en las mejores
condiciones posibles. Kolya había intentado arrogarse el fruto de su trabajo, sin tener en cuenta
que sin las instalaciones y los colaboradores que le proporcionaba el Instituto su idea se
hubiera quedado en el plano de lo teórico.
—Muéstrame lo que estás haciendo —, dijo finalmente Kolya con una doble sensación.
Por un lado sentía como si se estuviera traicionando a sí mismo y a Sofía por ser
condescendiente con la persona que había intentado matarlo, pero por otro lado, Claire logró
contagiarle de nuevo la indescriptible sensación que tiene todo científico cuando se asoma a un
nuevo campo de conocimiento que está mostrándose ante sus ojos, como un buscador de
tesoros que acaba de desembarcar en una isla remota, con el mapa del cofre de las riquezas
en su mano temblorosa por la emoción.
Claire sonrió, suavizó el gesto, algo que sólo hacía con Kolya, y le indicó, —sígueme —
.
Salieron del despacho y tras pasar varios controles, análisis de voz, identificación del
iris y ADN del aliento, accedieron a una zona que Kolya no había visto nunca. El laboratorio
donde él había trabajado, si bien contenía la última tecnología, se parecía bastante a otros
laboratorios que había visitado, científicos con batas blancas, ordenadores, cables y máquinas
163
por doquier, salas de procesado de datos, etc. Sin embargo, aquel lugar era diferente, estaba
extrañamente ordenado, limpio, impecable. Debía ser algún ala de experimentos no
declarados, experimentación pura, sin restricciones —pensó Kolya —. Tuvieron que ponerse
una especie de traje de lluvia, pero que se pegaba al cuerpo, el propio tejido de movía y se
adaptaba a la forma de quien lo llevaba, y cubría toda la superficie del cuerpo, incluido los
zapatos, hasta el cuello. También pasaron por una fina lluvia de gas.
—¿Qué demonios es esto…? —, preguntó Kolya, observando extrañado cómo el traje
iba adquiriendo la forma de su cuerpo.
Claire sonrió. —Es tejido vivo. Está formado por miles de millones de bacterias, que
colaboran con nosotros —, dijo Claire mientras le guiñaba un ojo —impedirán que cualquier
virus o bacteria que pudieras portar contamine los laboratorios.
—¿Pero en la cabeza no llevamos traje…? —, preguntó Kolya, observándose con
detenimiento las manos, muy de cerca, impresionado al ver cómo el traje fluctuaba mediante
pequeños pulsos ocupando todos los pliegues y cavidades.
—También están en tu cabeza —, dijo Claire, de nuevo con una sonrisa. Kolya estaba
desconcertado. El magnetismo de la Jefa y la capacidad del Instituto lo tenían obnubilado,
aunque sabía que no podía morder aquella manzana envenenada, o lo pagaría caro.
Llegaron a una de las salas, en la que se encontraban varios investigadores que
saludaron con la cabeza al ver entrar a Claire. El ambiente era muy profesional, pero más
distendido con ella que en el resto del Instituto. Allí estaban sus niños mimados. Kolya pudo ver
varias urnas de cristal, como peceras de corte futurista, de un cristal, o lo que fuera aquello,
robusto, pero de una transparencia desconocida. Del propio material de la pecera salían unos
finos hilos también transparentes que unían las peceras en sí y que iban a parar a un panel que
había en el otro extremo de la sala de investigación. Sobre las peceras estaban suspendidas
unas lámparas, parecidas a las de un quirófano, aunque Kolya pudo distinguir en ellas, no sólo
luces LED, sino todo un sistema de captación de imágenes, y probablemente un sistema de
grabación de toda la escala en que las ondas se manifiestan, aunque no sean percibidas por el
ojo humano, desde ondas de radio hasta rayos gamma, pasando por los ultravioleta y los
infrarrojos. A Kolya le entró la curiosidad por ver en qué manera obtenían datos de lo que fuera
que había dentro de las peceras, y sobre la marcha se le ocurrió varias maneras adicionales de
obtener información, a través de la medición del comportamiento a escala subatómica de la
materia.
—¿Qué es lo que hay en las peceras? —, dijo Kolya, observando que dentro de la
pecera había una especie de edificio también transparente, pero con distintos tonos de color
según la zona, y distintos objetos, sobre los cuales parecía haberse derramado alguna
sustancia, parecida a la espuma de la cerveza, pero de un color marrón.
164
El investigador que estaba con ellos en ese momento se rió —¿Peceras? —, esto sí
que es bueno, dijo.
Kolya entendió, porque él era también investigador, que cuando un científico se mete
de lleno en una investigación, se aísla en cierta medida de la realidad, porque aquello parecían
peceras, sin duda.
—Bueno, pero ¿qué es? —, insistió Kolya.
El científico lo miró como si la pregunta estuviera fuera de lugar, —es un hongo
mucilaginoso plasmoidal, como claramente puede apreciarse —, finalmente dijo con un gesto
de desagrado final. Para él la respuesta era tan obvia que le ofendió la pregunta. Kolya, por su
parte, pensó que los físicos no eran los científicos más excéntricos como él creía y como pudo
comprobar.
—Un hongo mucilaginoso plasmoidal… claro —, dijo Kolya no sin cierta sorna.
—Kolya ven —, ordenó Claire, intentando contener la sonrisa en el rostro por el túnel
argumental en el que casi había estado a punto de meterse Kolya —ese investigador es
probablemente el biólogo más importante del mundo, aunque él no lo sabe. Es un especialista
en el estudio de la inteligencia de los hongos, son lo más importante en su vida. Eso unido a
sus escasas, o inexistentes, habilidades sociales no lo hacen especialmente recomendable
para tener una charla a la hora del té… —, explicó Claire.
—¿Tu gran descubrimiento es el estudio de los hongos? —, preguntó Kolya. No
terminaba de pillar la idea de aquello que tanto emocionaba a su antigua jefa.
—Ven. Quiero enseñarte algo —, dijo Claire.
Claire llevó a Kolya a otra sala donde una científica estaba trabajando con bacterias.
—Disponga el experimento básico con el paramecio —, ordenó Claire a la científica.
Una vez que la investigadora preparó el experimento, Kolya y Claire permanecieron
atentos a una pantalla de ordenador, que mostraba la imagen del experimento a tamaño
aumentado. Lo que Kolya pudo ver fue un líquido en un recipiente en forma de estrella de mar,
donde en cada uno de los brazos de la estrella había una forma diferente, en uno un cuadrado,
en otro un triángulo, etc. Dentro de la diminuta estructura había un mini submarino navegando
a buena velocidad de un lado a otro.
—¿Es un nanorrobot? —, preguntó Kolya.
Claire miró a Kolya levantando una ceja. —Se ve que no has mirado nunca a través de
un microscopio —.
—Cosas vivas no —, dijo Kolya.
165
—Es un paramecio —.
—Claire, ¿vas a empezar tú también como el otro científico? ¿Qué es un paramecio?
—, preguntó Kolya.
—Pues eso, querido Kolya, es un animalito de una sola célula —, dijo Claire.
—No es un robot, entonces… —.
—No. No lo es —, dijo Claire —es un protozoo muy común. Muy conocido desde el
siglo diecinueve por la comunidad científica. Suele vivir en los charcos de agua dulce, así que
te has tropezado con ellos muchas veces. Este es un Paramecio Aurelia. Dile hola —. A Kolya
le sorprendió que Claire estuviera de tan buen humor, dadas las circunstancias.
—¿En qué líquido está nadando? —, preguntó Kolya.
—Agua —.
—¿Y en qué consiste el experimento exactamente? ¿En ver cómo nada nuestra
pequeña Aurelia? —, dijo Kolya, algo cansado de tanto preámbulo.
A Claire le encantaba aquella actitud contestataria del ruso. El placer de dominar a una
mente rebelde era insuperable. Lo miró con una mirada intensa, llena de emociones
contenidas, entre las que se encontraba quizás el deseo.
—¿Ves la forma de la gota de agua? —dijo finalmente Claire.
—¿Es sólo una gota? Pues sí que es pequeño —, dijo Kolya.
—Sí, es una gota. El proceso de evaporación natural irá consumiendo la gota, ¿qué
hará entonces nuestra pequeña Aurelia? Desde luego cada uno de los paramecios es
diferente, procesan la información a distintas velocidades, pero siempre llegan a donde quieren
—.
—¿Procesan la información? ¿de eso se trata todo esto, de información? —, pensó
Kolya, sin decir nada.
A través de la pantalla del ordenador, vieron cómo la gota de agua comenzaba a
menguar. El paramecio comenzó a moverse más y más deprisa, impulsado por los
microscópicos cilios que recubrían la membrana que conformaba su cuerpo. En un momento
dado, comenzó a cambiar de forma. Se alargó, se hizo puntiagudo y comenzó a romper con la
punta de su cuerpo la tensión superficial de la gota, saliendo fuera de ella, buscando quizá otra
extensión de agua más abundante. Tras comprobar que fuera no había agua, y tras unos
instantes en que el animal pareció pensárselo dos veces, retrocedió y entonces comenzó a
nadar hacia todos los extremos de la gota de agua, que había sido depositada en un recipiente
especial, lo que le confería aquella extraña forma de estrella. El paramecio recorrió todos los
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extremos hasta que finalmente se quedó en un de los brazos de la estrella, uno que tenía una
forma ovalada. El pequeño animal adoptó entonces la forma aproximada de un óvalo y allí
esperó, sin moverse, sin gastar ni una pizca más de energía, hasta que el agua finalmente se
evaporó del todo, dejando inmóvil al animal.
—¿Has visto? —, preguntó Claire, con una mirada brillante por la emoción.
Kolya estaba a años luz de comprender lo que la jefa estaba tratando de explicarle. —
He visto a una bacteria nadando —, respondió Kolya, dubitativo.
Claire puso el vídeo a doble velocidad y explicó a Kolya lo que ella quería que él viera.
—Mira —, dijo —¿no ves la cantidad de decisiones que está tomando el animal? Primero trata
de salir de la gota de agua, al ver que no hay más agua fuera, vuelve hacia dentro, busca, y
encuentra el sitio más idóneo para esperar a recibir más agua, por lluvia o por cualquier otra
circunstancia. La forma ovalada es la de mayor volumetría de agua, Kolya, y además adopta
una forma en la cual las paredes de la menguante gota quedan más lejos de su membrana —.
—Desde luego, la vida está llena de ejemplos de supervivencia —, dijo Kolya, todavía
confuso.
—Kolya, quiero que me respondas a una sencilla pregunta —dijo Claire. —Es evidente
que el animal ha tomado decisiones, pero dime ¿Con qué sistema nervioso, con qué cerebro,
ha procesado el paramecio la información? —, preguntó Claire ahora muy seria, mirando
fijamente a los ojos a Kolya.
La pregunta que parecía sencilla se transformó rápidamente en un reto mental
imposible, un acertijo sin respuesta, —bueno, recibe estímulos químicos… —, acertó a decir
Kolya, aún tratando de encontrar la respuesta a la pregunta.
—Sí, los recibe, pero ¿me puedes decir con qué cerebro la procesa? ¿cómo toma las
decisiones? —, preguntó de nuevo Claire.
Kolya no tenía respuesta. El hecho de que los animales y las plantas se mueven se da
por sentado, pero nunca se había parado a preguntarse dónde radica la inteligencia de los
animales sin sistema nervioso, o de las plantas. De repente comprendió la magnitud de la
investigación de Claire, descubrir el poder computacional de la materia, y que por lo visto debía
ser de proporciones infinitas comparadas con los ordenadores actuales era todo un reto de
consecuencias inesperadas. Se sintió como Charles Darwin en el momento en que se dio
cuenta de que toda su teoría se había estado desplegando ante sus ojos, esperando a ser
descubierta.
—Mira este vídeo de la embriogénesis, Kolya —, dijo Claire.
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En el vídeo se podía ver, en cámara ultra rápida, cómo un óvulo fecundado se
convertía en dos células, luego en cuatro, y así sucesivamente en un proceso acelerado de
segmentación.
—¿Es un embrión humano? —, preguntó Kolya.
—Sí —, contestó Claire. —A las noventa y seis horas ya las células están formando
tejidos, con funciones específicas, allí donde se los requiere. ¿Me puedes explicar cómo saben
qué deben hacer, qué tejido han de formar? ¿Y qué forma ha de tener cada uno? —.
—Es información genética —, respondió Kolya, aunque más que una respuesta era el
inicio de una nueva pregunta en su cabeza.
—Es evidente que es información genética, pero párate a pensar el nivel de capacidad
de computación que hay que tener para dar forma a toda esa cantidad de información. No se
trata de la información que contiene la hélice de ADN, sino de cómo se procesa esa
monstruosa cantidad de información. Todas las células tienen potencialmente la información
completa, tienen el libro completo, pero sólo ejecutan una mínima fracción de la colosal obra,
¿qué es lo que procesa la información?, ¿cómo saben exactamente qué minúscula porción de
la información han de utilizar y en qué sentido específico? Nuestros más potentes ordenadores
son auténtica basura comparado con este potencial.
—¿Quién o qué procesa la información?, ¿quién es el director de orquesta? —, pensó
Kolya, dándole vueltas al interrogante en su cabeza.
—Ven. Quiero mostrarte de lo que son capaces los hongos. Y te recuerdo que carecen
de sistema nervioso, así que, cuando veas esto, quiero que me respondas a la pregunta:
¿cómo lo hacen? —, dijo Claire, caminando de nuevo hacia la zona de los recipientes
transparentes, hacia las peceras.
—Te presento al Dr. Kaori Takuro, es un ex alumno del profesor Toshiyuki Nakagaki,
quien dirigió los experimentos con Moho mucilaginoso, en la Universidad de Hokkaido, en
Japón —, señaló Claire.
—Encantado —, dijo el Dr. Kaori.
—Doctor, explíquele a Kolya en qué consiste la inteligencia de este Moho, por favor —,
pidió Claire.
—¿Por favor? —, pensó Kolya. Realmente respetaba a aquel científico.
—Bueno, como ya le ha contado Claire, el profesor Nakagaki dirigió unos experimentos
de este extraño animal… —, comenzó a explicar el biólogo, interrumpido por Kolya.
—¿Animal?, ¿no es un moho? —, preguntó Kolya.
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El Doctor Takuro sonrió, —en realidad no. Se reproduce por esporas, pero se trata de
una especie de ameba, que cuando considera actúa como individuo, pero lo más normal es
que se asocie a miles de otras amebas como ella y formen una estructura sólida, con
comportamiento unitario. Hay varios experimentos que indican claramente que este moho está
dotado de inteligencia. ¿Es Usted español? —, preguntó Takuro.
—Sí —, respondió Kolya.
—Pues uno de los experimentos se ha realizado sobre el mapa de carreteras de su
país, señor Kolya. Se trata de lo siguiente: sobre una superficie lisa, con el mapa de su país,
aunque también se ha hecho con estaciones de metro de ciudades importantes, alcanzando
siempre el mismo resultado sorprendente, se sitúa alimento en donde se ubican en el mapa las
principales ciudades, por ejemplo un trocito de avena. Luego se coloca al moho en el mapa.
Pues bien, lo que hace el moho es comenzar a crecer, se desplaza creando una especie de
tentáculos que buscan el alimento. Al cabo de unos días, voilà, tenemos trazado el diseño de
comunicación entre los puntos de alimento, las ciudades, más eficiente posible, con conexiones
con el centro y entre ellos, de tal forma que si se corta una vía de suministro de alimento, que
simbolizan las carreteras o el trazado de metro, o de tren, tenemos vías alternativas, pero
siempre de la forma más eficiente desde el punto de vista energético, igualando y superando
sesudos cálculos de los mejores ingenieros a la hora de trazar las rutas, bien sea de líneas de
metro, carreteras, etc. —, concluyó Takuro.
—Muy interesante —, dijo Kolya —lo desconocía —.
—Háblale de la memoria del moho —, pidió Claire.
—Bueno —, comenzó Takuro, —hay muchos experimentos, todos con resultados
sorprendentes. Para comprobar si el moho tenía memoria se le puso alimento y se le dejó
avanzar hacia él; cada día, a una determinada hora, se le ponía una fuente de luz, la cual
detesta, lo que hacía retraerse al moho, huyendo de la luz. Pues bien, pasados unos días así,
se le dejó avanzar al moho libremente, y ¿sabe qué?, el moho seguía retrayéndose a la hora
en que en el pasado le habíamos proyectado luz, aunque ésta no estuviera presente. También
es capaz de trazar el camino de salida de un laberinto en busca de comida, recordando los
caminos no válidos, y todo ello sin sistema nervioso. Ni una sola neurona —, explicó Takuro.
—Fascinante —, dijo Kolya.
—Gracias Doctor Takuro —, dijo Claire —Kolya, ven por aquí —, ordenó, llevándolo al
panel de ordenadores. —No te he traído a aquí para que vieras un documental del National
Geographic —, continuó —los experimentos del profesor Nakagaki se conocen hace tiempo,
pero en lo que nadie había reparado es en el poder computacional de la materia viva. Nosotros
lo hemos hecho y no solo eso, estamos empezando a utilizar esa capacidad de procesamiento
de datos. Estamos avanzando mucho en crear la interfaz entre el ordenador y el moho, y los
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resultados son inimaginables, la capacidad de la materia viva de procesar información es
millones de veces superior al ordenador más potente conocido. Kolya nos estamos
adelantando un siglo a nuestro tiempo. Imagina lo que vamos a conseguir con esto —, dijo
Claire, poniendo su mano sobre el antebrazo de Kolya.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —, preguntó Kolya.
—Nuestros ordenadores están colapsados con el volumen de datos que el interior de la
materia está generando, el ordenador puede leer los procesos internos del moho, pero no los
comprende. No entendemos esta nueva forma de matemática. Necesitamos un especialista en
física de partículas, pensamos que la información se procesa de forma cuántica dentro del
moho. Kolya, ayúdanos a desarrollar los algoritmos que utilizan estos procesos y tendrás todo
lo que anheles. Tienes mi palabra —, dijo Claire, ejerciendo, sin darse cuenta, presión en el
brazo de Kolya.
Kolya se quedó dubitativo durante unos instantes, con la mirada perdida. Su corazón
bondadoso y su mente curiosa y brillante lo impulsaban a trabajar allí, a olvidar el pasado.
Quizás podría llevar una vida normal en California, con Sofía. Siempre juntos, siempre felices.
—Lo veo en tus ojos, sé que trabajarás con nosotros —, dijo Claire, interrumpiendo los
pensamientos de Kolya. Éste se limitó a mirarla con rostro inexpresivo, analizando la
propuesta, valorando la información y luchando entre dos deseos contrapuestos, el de
investigar y vivir allí con Sofía y el de alejarse de aquella mujer que había intentado matarlo, y
de todo el turbio mundo de intereses que manejaba. El ser humano tiene la extraña habilidad
de creer en aquello que quiere creer e imaginar un futuro a la medida de sus deseos, es la
forma que tiene la mente de liberarse de la pesada carga que supone comprensión de la
crudeza del mundo, carga que únicamente lleva sobre sus espaldas esta especie de mono listo
e inmaduro en que nos ha convertido la existencia.
—Lo que propones es muy interesante, Claire —, dijo Kolya, retomando cierto control
sobre sí mismo y recordando que debía generar confianza en aquella mujer, pues era la única
forma que tenía para acceder a los datos de su investigación en el ordenador del Laboratorio
de Fotónica, donde se encontraba la máquina diseñada según su modelo teórico.
—Claro que lo es. No le des más vueltas, necesitas descansar. Haremos una cosa,
comienza a trabajar en el proyecto de la producción de energía cuántica y a lo largo de estos
tres meses tomaremos las decisiones adecuadas —, dijo Claire, tomando a Kolya por los
hombros y frotándolos suavemente, en un gesto afectivo, mecánico, pero en este caso no
carente de cierto cariño.
—Claire, me voy a descansar con mi pareja. Mañana estaré aquí a las ocho de la
mañana y comenzaré a trabajar. No voy a quedarme a dormir aquí —, dijo Kolya.
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—¿Tanto necesitas a esa enfermera de tres al cuarto? Kolya, quédate aquí, haremos
grandes cosas juntos —, respondió Claire, inexplicablemente dejando ver parte de sus
motivaciones al descubierto.
Kolya pensó en Sofía. Ella era la vida para él, cada célula de su cuerpo flotaba en un
estado etéreo de felicidad cuando estaba con ella, como si comprendiese de golpe el sentido
del universo sin necesidad alguna de pensar. Levantó la cabeza y mirando con gesto serio a
Claire, dijo: —Claire, me voy. Mañana nos vemos —.
El primer impulso de Claire fue liquidar al ruso. Ella tenía sus propios planes para la
estancia de Kolya en el Instituto, y lo único en lo que él pensaba era en aquella mujer… Estar
al máximo nivel en la investigación implicaba renunciar a ciertas cosas, el amor, con su
torbellino químico podía arruinar la carrera científica de una mente brillante. Si ella hacía ciertos
sacrificios por estar en lo más alto, ¿quién era Kolya para pretender tenerlo todo?
Afortunadamente —pensó —, tenía la capacidad de dominar sus emociones, por eso estaba
por encima de los demás, de lo contrario Kolya sería ya historia. Claire miró también muy seria
a Kolya, —Te pondré un marcador GPS en la uña. Esta investigación es muy importante y
quiero saber dónde estás —, dijo finalmente.
—¿Un marcador GPS? —, dijo Kolya frunciendo el ceño a la vez que movía la cabeza
hacia los lados.
—¡Kolya no me jodas! Sabré dónde estás durante los próximos tres meses. Tu
investigación es de máximo nivel, no me gustaría enterarme de que vas por ahí compartiendo
secretitos… El marcador es un conglomerado nanométrico, no se nota. Se inserta en la base
de la uña de forma indolora y me dará la posición exacta en cada momento. A los tres meses,
la uña habrá crecido lo suficiente y el dispositivo será expulsado. Hasta ese momento, me va a
ayudar con los proyectos que hay en marcha, y espero convencerte para que después sigas
aquí, pero comprende que tengo que tomar ciertas precauciones —, dijo Claire.
Kolya sabía que aquella mujer no bromeaba, y había demasiado en juego como para
cometer un error. Si le daba la suficiente confianza a Claire, tendría acceso a los datos y luego
se iría, pero permitir que le insertara algún tipo de dispositivo en el cuerpo era demasiado
peligroso.
—Claire, hasta mañana —, dijo por fin Kolya, caminando hacia la puerta del laboratorio.
Decidió retomar parte del control de la situación, y equilibrar un poco la estructura de fuerzas.
Kolya sabía que de todos modos, ella tendría el control, y sabría dónde se encontraba, incluso
era posible que ya tuviera dentro de su cuerpo algún dispositivo de rastreo insertado a través
de la piel, o del vaso de agua que tomó. Sin embargo, decidió vencer el miedo a una reacción
severa por parte de aquella mujer, brillante y maquiavélica. Claire se le acercó con gesto serio,
mirándolo a los ojos, puso su cara a un centímetro de la de Kolya y permaneció así varios
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segundos, que a Kolya le parecieron una eternidad. Enfurecer a aquella mujer era algo que
podía costarle la vida. En ese momento sintió miedo.
Claire puso la mano en la zona genital de Kolya. Quizás fue la limpieza de la mirada de
Kolya lo que la excitó, quizás sus rasgos limpios, simétricos, o su cuerpo joven y delgado. Por
un instante se lo imaginó con aquella enfermera, haciendo el amor, al margen de su control. La
resistencia de su presa convirtió la caza en un millón de veces más interesante, tan interesante
que ardía en deseos de empezar aquella etapa de tres meses, en que Kolya sería suyo o de
nadie. Besó a un petrificado Kolya en la boca, pasando su lengua por debajo de los labios de él
y le dijo en un tono tranquilo, casi en un susurro: —Está bien, Kolya. Tú ganas. Nos vemos
mañana aquí. Pero antes de que te vayas quiero darte un consejo: No cometas ni un solo error.
Conmigo no se juega —, dijo Claire, separándose del cuerpo de Kolya.
Él se dirigió sin decir nada a la puerta del laboratorio, aturdido. Necesitó sentarse en un
banco de la calle, fuera del Instituto, durante más de media hora hasta recobrar las fuerzas.
CAPÍTULO -18-.
Kolya llegó esa tarde a la casa de Oles, taciturno. Su vitalidad estaba en un nivel
mínimo. Necesitaba digerir toda la emocionalidad de la experiencia vivida y procesar la
inmensa cantidad de información recibida. Quizás debía contar con la ayuda que aquella mujer
le estaba concediendo, quizás si no mordía la mano que lo iba a alimentar podría vivir feliz con
Sofía en aquel precioso lugar. El dinero no sería problema, pues los investigadores del National
Institute for Nanotechnology Research, en California, eran los mejores pagados del mundo. Esa
era una de las maneras que Claire tenía para conseguir obediencia por parte de sus
subordinados.
Sofía estaba en el porche de la casa de Oles mordiéndose las uñas, bastante
preocupada por la tardanza de Kolya. Sabía que él se había metido directamente en la guarida
del lobo, y que iba a tratar con la mujer que meses antes había intentado asesinarlo. No le
gustaba nada aquella situación, pero algo en su interior le decía que debía confiar en Kolya.
Definitivamente, confiaba en él. Por fin vio llegar un taxi amarillo. Tenía que ser él. Cuando lo
vio bajar del coche, suspiró. Por primera vez en horas pudo tomar una bocanada completa de
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aire fresco. La idea de perder de su lado a aquel hombre le aterraba, había encontrado en él a
un hombre de verdad, y no la pura fachada, el disfraz de hombre que llevaban los chicos que
ella había conocido, meras ovejas siguiendo los dictados de los medios. Cuerpos de gimnasio,
banales conversaciones sobre objetos de consumo, que lejos de ser poseídos por nosotros son
esos objetos quienes guían nuestra vida, los que nos obligan a salir cada mañana a competir
en un mundo con el alma de plástico, vacío, alejándonos cada vez más de aquella persona que
en realidad somos, y que tiene sus ilusiones enterradas, pisoteadas por la prisa de la multitud
que nos juzga para que sigamos avanzando a trompicones en un camino que no es el nuestro,
y dándonos cuenta de ello únicamente cuando ya es demasiado tarde para rectificar. Kolya era
diferente, era capaz de jugarse la vida por aquello que consideraba justo y beneficioso para los
que menos tienen. Ella admiraba a aquel hombre, a su amigo, a su compañero, a su amor y a
su amante.
Sofía corrió por el jardín delantero de la casa y se fundió en un abrazo con Kolya. Oles
pudo observar desde la ventana de la cocina lo mucho que se querían Kolya y Sofía.
Estuvieron abrazados un buen rato, hasta que entraron en la casa de la mano. Sofia no podía
contener las lágrimas y los sollozos, habían sido demasiadas horas de contenida
emocionalidad. Kolya, por su parte, estaba feliz y exultante en su pensamiento, pero exangüe
en lo emocional. Había pasado aquella difícil prueba. Y si bien Claire le sorprendió con el
conocimiento de la existencia de Sofía, ahora era evidente para él que jamás hubiera podido
acceder a los laboratorios del Instituto sin pagar un mínimo peaje, no con aquella mujer. El
peligro existía, pero aquel día había tenido la impresión de que un nuevo comienzo era posible,
debía elegir entre vivir su sueño, y esta vez con Sofía o por el contrario efectuar un movimiento
sorpresa antes de que aquella depredadora desplegara su verdadero poder. Claire había
sembrado la duda en su interior.
—Kolya no has dicho una sola palabra desde que has llegado, ¿qué ocurrió allí dentro?
—, preguntó Sofía mientras preparaba unos sándwiches; ninguno de los dos había comido en
horas, y una vez que se había pasado la espera, el hambre hizo aparición con una ferocidad
animal.
—Ha ido todo bien —, dijo Kolya —Claire me ha ofrecido trabajar en el proyecto de la
energía y quiere que le ayude también en otro proyecto que están desarrollando, así que podré
acceder a los datos de mi investigación —.
El tono plano con que Kolya habló desconcertó y preocupó a Sofía.
—Sé que ha ido bien porque estás aquí, pero no eres el mismo. Tienes la mirada baja y
estás triste. Si hay algún problema quiero saberlo, tengo derecho —, dijo Sofía.
—Ella sabe que tú existes —, respondió Kolya.
—¿Cómo es posible? —, preguntó Sofía.
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—Si sabe que Sofía existe, entonces también sabrá que yo… —, dijo Oles.
—Sí, amigo. Sabe que estamos en tu casa. Quizás prolongue mi investigación algo
más de lo esperado, pero en cuanto vea la mínima señal de peligro te avisaré, Oles. Juro que
te compensaré por esto —, dijo Kolya, apesadumbrado por meter a su amigo en aquel juego.
Todavía tenía muy presente lo que le había pasado a Jerry en Columbus. —Quizás deberías
irte, no sé —, dijo Kolya mirando al suelo.
—Tienes que tener una cosa clara, Kolya: yo sabía lo que habías pasado y sin
embargo te ofrecí mi casa. Soy mayorcito y sé lo que hago, a un amigo no se le deja tirado. Así
funciono yo… además, el futuro Premio Nobel de física necesitará un ayudante ¿no? —, dijo
Oles sonriendo para quitar un poco de tensión. Kolya lo miró y sonrió ligeramente. En aquella
casa se encontraban dos personas que se estaban jugando la vida por seguir a su lado. La
vida, al fin y al cabo, lo estaba premiando. Y él se sentía feliz por ello.
—¿Dices que vas a prolongar la investigación? —, preguntó Sofía, extrañada.
—Sí, me gustaría trabajar un poco de tiempo sobre el proyecto que están desarrollando
sobre la inteligencia de la materia viva, me ha parecido impresionante. Puede que algún día
forme parte de ello en algún otro laboratorio o aquí —, dijo Kolya.
—¿O aquí? —, preguntó Sofía, tratando de llegar al fondo de un argumento que era
nuevo para ella.
—Sofi estoy agotado. No puedo dar más por hoy. Mañana es viernes, iré al Instituto y
te lo explicaré todo el fin de semana —, dijo Kolya en un tono casi inaudible, de verdadero
agotamiento.
Sofía entendió la situación emocional de su compañero en aquel momento: —Claro,
cariño —, dijo, besando en la mejilla a Kolya.
El viernes de aquella semana transcurrió con más normalidad de la que Kolya había
pensado. Apenas vio a Claire en todo el día, cosa que le extrañó, aunque sin duda ella tendría
preparados métodos de control más allá del contacto físico o visual. Sorprendentemente, Kolya
pudo trabajar sobre su antiguo sistema, y la acogida del equipo fue muy buena, era casi como
volver a los buenos tiempos. El Instituto tenía diferentes sistemas de control de acceso, y a la
zona de los laboratorios de nivel uno no podía introducirse ningún dispositivo, ni ordenadores,
ni móviles, ni siquiera una llave de memoria Usb. Asimismo, cualquier conexión a internet era
chequeada por el sistema, permitiendo únicamente la bajada de datos, no la subida. Kolya no
lo tendría fácil para sacar de allí su complejísimo sistema de ecuaciones, salvo en la única
memoria que portaba al entrar y salir: su cerebro. Ya se le ocurriría algo, de momento no
quería pensar demasiado en ello, simplemente se dejó llevar. Se centró en hacer distintas
pruebas sobre la máquina de producción de energía mediante fotones entrelazados, modificó
parámetros y consiguió pequeñas reacciones en cadena, que, sin embargo, no lograban activar
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el proceso tal como lo había conseguido una vez en aquel laboratorio. Su mente se concentró
tanto en los procesos que pasaron varias horas antes de que fuera consciente de los estímulos
externos a la investigación; su mente había alcanzado el estado de flujo, en que es el
subconsciente, mil veces más potente que la mente consciente, el que había tomado el control,
suprimiendo cualquier información no relevante para la tarea que está realizando. Estaba en
ese estado de máximo perfeccionamiento, y la sensación que Kolya estaba teniendo era de
felicidad y relajación, como si estuviera realizando una tarea sencilla y muy placentera. La
realidad, vista desde fuera de la mente de Kolya es que los colaboradores hacía rato que no
podían seguir los cálculos que éste hacía y que no había parado ni comido nada en cuatro
horas. —Por eso me quería Claire…, no son capaces de producir las reacciones en cadena. La
vibración de todos los fotones no es coherente y no ha masa crítica para provocar un baile
sincronizado, sin el cual no habrá reacción en cadena, y gastaremos más energía de la que
vamos a producir…—, mascullaba Kolya, moviéndose frenéticamente entre las distintas
pantallas de ordenador, que le daban datos diferentes según iba modificando los patrones.
—Señor… Boronov —, dijo uno de los jóvenes investigadores, nuevo en el proyecto.
Doctor Cum Laude en la universidad y aprendiz y becario en aquella institución. Kolya no le
hizo ni el menor caso. Los otros tres integrantes del equipo, incluido Greg McLinden, jefe del
proyecto en ausencia de Kolya, estaban apoyados en una de las mesas situadas detrás de la
consola de ordenadores. Se lo estaban pasando en grande observando como el becario
trataba sin éxito de hablar con Kolya. Al fin y al cabo, era viernes y estaban de muy buen
humor.
Finalmente, el becario zarandeó sin miramientos a Kolya, y éste se asustó, lo cual
provocó carcajadas en los miembros del equipo.
—¡Qué ocurre! —, dijo Kolya, sorprendido por ver a sus colegas riéndose. Tardó unos
segundos en hacerse una composición de lugar, en traer de vuelta a su mente desde el mundo
de las ecuaciones. No es que no hubiera hecho caso al becario cuando le había hablado
previamente, simplemente no lo había visto ni oído, su mente inconsciente no lo interpretó
como una amenaza y no le pasó la información a la mente consciente, con el objetivo de
centrarse en la tarea.
—Señor Boronov, ya no queda casi nadie en el edificio, son las dos y media y
queríamos preguntarle si nos podemos ir ya… —, preguntó el becario.
Kolya miró a Greg y volvió a mirar al becario, frunciendo el ceño, molesto por haber
sido desconcentrado de su tarea, —¡Yo que sé! Pregúntale a Greg… además, no me llames
Señor Boronov joder —.
El becario miró a Greg, el antiguo jefe, y éste abriendo los brazos y mostrando la palma
de las manos, elevando las cejas y con una sonrisa pícara en la cara espetó: —Kolya, tú tienes
el mando, nos lo ha dejado bien clarito Claire —.
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—Haced lo que os dé la gana… —, dijo Kolya, volviendo la cara para seguir revisando
datos de los ordenadores.
Greg se dio cuenta de que su colega estaba molesto, con lo que se sentó a su lado y
en un tono amigable, poniendo la mano sobre el hombro de Kolya le dijo: —Bienvenido Kolya.
Te echábamos de menos. Sé que estás ansioso por completar tu experimento, pero todo lleva
su tiempo. Hoy nos has tenido al margen de tus pensamientos y creo que debemos funcionar
como equipo. Creo que es mejor que descanses el fin de semana y retomemos todo esto el
lunes…—.
Kolya se tomó unos segundos para reflexionar, miró a Greg y luego al becario, y
finalmente añadió: —Lo siento, el lunes organizaremos la metodología de trabajo. Que tengáis
buen fin de semana, yo me quedaré un rato más —. El becario hizo un gesto con la mano,
restando importancia al asunto.
—No puedes Kolya. Órdenes de la jefa. Debemos irnos —, añadió Greg.
—¡La jefa es la jefa! Supongo que estos fotones nos esperarán al lunes… —, dijo Kolya
sonriendo y comenzando el proceso de cierre de los sofisticados programas. Lo último que le
convenía era llamar la atención o generar cualquier tipo de polémica, por muy pequeña que
fuera.
Esa tarde, Kolya y Sofía fueron a pasear al precioso lago cercano a la casa de Oles. El
Shorline Lake era un espacio precioso, repleto de actividades lúdicas, desde redes para jugar
al voley playa sobre el césped hasta piraguas, barquitas a pedales y tablas de windsurf. La luz
del atardecer bañaba las aguas en calma mientras centenares de garzas se arremolinaban en
uno de los extremos del lago, disfrutando del precioso día veraniego. El paseo contiguo al lago,
de cemento gris acompañado por una franja de césped bien cuidado les recordó sus paseos a
lo largo del Río Scioto, en Columbus. Los dos iban en silencio, abrazados por la cintura,
sumidos en sus propios pensamientos. Ambos sabían que tenían una conversación pendiente,
pero ninguno de los dos deseaba por nada del mundo estropear la relación que tenían. Por fin,
Sofía rompió el hielo.
—Kolya, ¿cómo te ha ido el día? —, preguntó.
—Muy bien, el equipo me ha arropado desde el primer momento, y ha sido muy
gratificante volver a tener contacto con el laboratorio —, respondió Kolya.
—Sabes que tenemos que hablar sobre lo que comentaste, ¿verdad? —, dijo Sofía.
—¿Qué quieres saber? —, respondió Kolya bastante incómodo, no con Sofía sino con
el hecho de tener que lidiar con una situación así. Hasta ahora, jamás había tenido que
depender de nadie para tomar sus propias decisiones. Esto era nuevo para él.
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—Kolya lo sabes muy bien. Ayer mencionaste la posibilidad de investigar aquí…—.
—Sí —, dijo Kolya.
—Cariño, sabes que eso no es posible —, dijo Sofía.
Kolya no respondió. Se quedó un largo rato en silencio, pensando. Aquel entorno, la
brisa trayendo el olor del agua y de la vegetación, con el único sonido de fondo de las aves y la
rojiza luz del atardecer hacían de aquel un momento especial para poner en orden sus
pensamientos.
—Quiero lo mejor para ti. Para los dos —, dijo Kolya en voz baja, jugando con una
ramita de junco entre los dedos.
—Lo sé. Cuéntame lo que te han dicho, necesitamos tomar las decisiones juntos y para
ello tengo que tener la información. Lo entiendes, ¿verdad? —, preguntó Sofía.
—Me han ofrecido trabajar aquí, en el nuevo proyecto. Mira este lugar Sofi, ¿no te
imaginas viviendo aquí para siempre? —.
—Kolya estás cometiendo un grave error —, dijo Sofía, mirando a Kolya, quien tenía la
mirada gacha, en la vegetación que bordeaba el camino. No miró a Sofía. Seguía procesando
información tan rápido como podía. Lo único que tenía claro es que estaba en un callejón
emocional, y eso era mucho más complicado que sus sistemas de ecuaciones, las cuales
dominaba.
—Me han ofrecido seguir trabajando en el Instituto y a la vez poder aplicar parte de los
conocimientos en la ayuda a los pueblos más pobres. Me gustaría poder dotarles de energía
gratuita suficiente para obtener agua de los acuíferos del subsuelo, para cultivar. Hay
muchísima agua ahí abajo que no puede utilizarse por carecer de medios y de energía
suficiente para subirla a la superficie. Creo que podemos erradicar el hambre, al menos. El
Instituto cree que es una buena publicidad para ellos y están dispuestos a ayudarme. —, dijo
Kolya.
—Eres un ingenuo, me alegro de estar aquí en este momento. Sin duda me necesitas
—, dijo Sofía.
Kolya no contestó.
—Esa mujer no es el Instituto —, prosiguió Sofía —no significas nada para ella. En
cuanto tenga lo que quiere, o en cuanto descubra que no es posible obtener la energía en las
cantidades que le has dicho…—.
—Sentémonos allí —, dijo Kolya, señalando unos bancos vacíos junto a los juncos.
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Kolya permaneció en silencio un largo rato, observando el agua en calma, siguiendo
con la mirada el nadar tranquilo de un pato de vistosos colores verde y plata. Con su mano
acariciaba la de Sofía, que también permanecía en silencio, dejando que Kolya aclarara su
mente. No quería perderlo, pero tampoco estaba dispuesto a ver cómo aquella codiciosa mujer
lo destruía delante de sus ojos, y como no deseaba condicionar las decisiones de Kolya más
allá del mero consejo, la decisión estaba clara, ella debería marcharse si Kolya decidía
continuar en ese laboratorio. Trató de no llorar para no influir en las decisiones de él, y aunque
su corazón se estaba rompiendo al ver que el sueño podía desvanecerse, se juró a sí misma
que jamás haría sentir mal a aquel hombre. No llorar, poner buena cara, independientemente
de lo que sintiera por dentro, eran gestos de amor que ella sabía que debía ofrecer en aquel
momento.
—Qué bonito es este sitio, ¿verdad? —, dijo Kolya, abstraído en sus pensamientos.
—Sí. Lo es —, contestó Sofía.
—Hubiera sido una vida perfecta aquí. Contigo…—, dijo Kolya, contemplando la orilla
del lago y jugueteando nerviosamente con los dedos.
A Sofía se le encogió el corazón. La ambigüedad de aquellas palabras provocó un
dolor tan profundo en la boca del estómago que Sofía se preguntó realmente si podría superar
la pérdida de quien había sido su primer amor y quien era, sin duda alguna, la persona con la
que quería pasar el resto de su vida. Pensó en preguntarle a Kolya qué había querido decir con
aquello, pero el miedo pudo más y permaneció en silencio.
Pasado un buen rato en silencio, comenzaron a caminar hacia la casa. En los poco
más de dos kilómetros de trayecto permanecieron sin decir una sola palabra, cogidos de la
mano, como queriendo transmitir todo aquello que las palabras no pueden. Amor, miedo, duda,
determinación…, determinación, duda, miedo, amor… ¿qué hacer? ¿cómo saber a qué
emoción se le ha de hacer caso, cuando cualquiera de ellas tiene el poder suficiente para
abrumar al intelecto? Todos esos conceptos y preguntas pasaban en un bucle sin fin, sin
respuesta, por la mente de aquellas dos personas, marionetas de un destino que se mostraba
a cada paso más ambicioso en la realización de algún plan oculto a los ojos de sus ejecutores.
En esos momentos en que la mente, abrumada por el poder de la emoción, incapaz de achicar
suficiente agua en el bote de la consciencia, en un océano de fuerza obscena, en esos
momentos, lo único que los podía mantener a flote era el roce de su piel. Ninguno de los dos
quería soltar la mano del otro, pues sería como abandonarse a la corriente.
Finalmente llegaron a la casa y allí estaba Oles, preparando algo de comida en la
cocina abierta al salón. Sofía tenía el gesto serio y estaba pálida, asustada por no saber qué
pasaría en su vida en las próximas semanas. Kolya, por su parte, se había puesto un plazo
para organizar sus pensamientos, y ese plazo expiraba en el momento en que llegaran a la
casa de Oles. Comprendió que la magnitud de la decisión que quería tomar superaba la
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capacidad racional de que disponía para tomarla, por lo que decidió, según caminaba, asignar
un valor numérico a cada uno de los sentimientos y dudas que lo asediaban. Mediante este
método, trasladando los miedos y deseos al ámbito matemático pudo manejar mucho mejor la
toma de decisiones. También comprendió que las fuerzas que le empujaban a intentar
quedarse y vivir feliz allí con Sofía, a intentarlo al menos, y aquellas que le empujaban a huir de
nuevo hasta construir un nuevo comienzo eran antagónicas, por tanto era imposible optar por
una opción y otra. Los ordenadores no dudan entre un uno y un cero, y ese tipo de
razonamiento era el que mejor se le daba a él, por lo que decidió que la opción con una mayor
puntuación numérica sería la que haría, sin contemplar ya en ese momento la alternativa, hasta
el próximo cruce de caminos. Se alegró de haber tenido aquella idea que le ayudaba a
reconducir a su terreno un problema que estaba más allá de su capacidad, y se sorprendió al
comprobar cómo cualquier elemento identificado como “Sofía” o “felicidad de Sofía” ponderaba
de forma definitiva cada elección. El camino estaba trazado en su mente.
—Oles, deja eso que quiero salir a cenar fuera —, dijo Kolya con una mirada de
determinación que Sofía conocía. Algo importante se cocía en su interior.
Sofía miró a Oles y a Kolya alternativamente.
—Pero…, si ya tengo la cena… —, comenzó a decir Oles, interrumpido por Kolya,
quien lo miró a los ojos fijamente, no dando lugar a la duda.
—Quiero celebrar que he vuelto a trabajar. Quiero hacerlo con mis amigos, y quiero
hacerlo ya. Me muero de hambre —, dijo Kolya mirando de forma extraña, fijamente a los ojos.
—Pero Kolya, no será mejor… —, comenzó a decir Sofía, interrumpida por un dedo de
Kolya en sus labios.
—Vamos —, dijo él.
En quince minutos habían salido de la casa y estaban en el Volkswagen escarabajo de
Oles, camino a una pizzería que solían frecuentar cuando Kolya trabajaba allí. Una vez en el
coche, Kolya sacó un trozo de papel y un bolígrafo y escribió una nota que pasó a Oles y luego
a Sofía, que decía: “Para en la gasolinera y luego id al baño y revisar vuestra ropa, que esté
libre de micrófonos. No digáis nada. Hablad con normalidad hasta que hagamos esta revisión”.
Como buen ajedrecista, Kolya comprendió que tenía que pensar en los movimientos posibles
de su oponente, como por ejemplo obtener información sobre su próxima jugada.
Así lo hicieron, y comprobaron que no tenían micros en la ropa. Una vez en el
restaurante, una preciosa pizzería, de cálida decoración, con techos y paredes de madera y
velas en las mesas, Kolya comenzó a hablar: —Es muy probable que haya dispositivos de
escucha y grabación en la casa de Oles …—.
—¡La revisaremos bien! —, interrumpió Oles, indignado.
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—¡No! —, contestó Kolya —Utilizaremos esa vía, así como cualquier conversación que
mantengamos a través del teléfono móvil para hacer creer a Claire lo que queramos, pero
nuestras conversaciones privadas deben ser fuera de la casa. De momento debemos actuar
tranquilamente, dándole normalidad a mí trabajo en nuestras conversaciones, pero dentro de
una semana tú debes desaparecer, Oles, vete a un sitio seguro. Yo sacaré del laboratorio el
contenido de mi investigación y luego haremos público desde un lugar a salvo todo lo que ha
pasado. Si seguimos en la sombra somos vulnerables. Debemos dar un solo golpe a nuestro
enemigo, pero un golpe letal. Sofía tenía razón, me he cegado por una promesa vacía —.
Kolya miró a Sofía a los ojos: —Te pido perdón —.
Sofía no pudo decir nada. Se abrazó a Kolya mientras un río de lágrimas de alegría
brotaba de sus ojos. La tensión había sido muy grande, pero cada prueba que ponía el destino
era superada con nota.
—Por cierto Sofi, te ofrecí California, pero puede que tengas que acostumbrarte al
clima de Moscú…—, dijo Kolya con una enorme sonrisa, bromeando con Sofía.
—¿Allí hay chimeneas, no? —, contestó ella, dando una palmadita en la cara de Kolya,
radiante de felicidad.
Siempre recordarían aquella cena. Allí, la fuerza de la amistad resultó ser más
poderosa que la fuerza de la codicia. Todos tenían claro que estaban arriesgando mucho, pero
sabían que ningún acto daría más sentido a sus vidas que aquel que estaban a punto de
realizar. Kolya les explicó que con lo único que contaban era con el factor sorpresa, por tanto,
lo que debían hacer esa semana era actuar con normalidad, él tendría que sacar del laboratorio
el desarrollo matemático completo que hacía funcionar su generador de energía, y Sofía debía
saber que seguramente estaría vigilada, sin embargo debía encargarse de tener a punto la
embarcación que habían alquilado. Para ello debería salir a correr un rato cada día, y
cerciorarse de que nadie la seguía. Una vez en el embarcadero, comprobaría que todo
funcionaba y añadiría tantos bidones de combustible como cupieran en la embarcación. El plan
era llegar a la Península de Baja California, en Méjico. Una vez allí, Kolya prepararía un
comunicado a nivel mundial, dando a conocer íntegramente el resultado de su investigación y
los pasos para construir la máquina que habría de traer una nueva era de prosperidad a la
humanidad, y solicitaría protección al Gobierno Ruso. Si aquel agente que habían visto en
Columbus estaba en lo cierto, tendrían dicha protección.
—Quiero brindar por mis amigos —, dijo Kolya alzando su copa de vino.
—Brindamos nosotros por ti —, respondió Oles. —Sin personas como tú, el mundo
sería un lugar horrible —.
—¡Por las personas buenas! —, dijo Sofía.
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Bebieron y charlaron sobre el bien y el mal, el porqué hay personas a quien no le
importa nada más que sí mismos y otras piensan en los demás.
—Es todo cuestión de química, Kolya. Neurotransmisores, genética. Todo está grabado
en nuestro interior. No somos libres en nuestras elecciones —, explicó Oles.
—Entonces, ¿cuál es el sentido? ¿qué obra estamos representando? ¿quién es el
autor? —, dijo Kolya.
—Es una discusión sin sentido. Un bucle —, dijo Sofía. —Ante respuestas que nunca
vas a obtener, ¿tiene sentido hacer las preguntas? —.
—Es parte de nuestra naturaleza hacer las preguntas —, respondió Kolya.
Sofía quiso reconducir la conversación a un asunto más terrenal. —Kolya, ¿cómo vas a
sacar la información del laboratorio? Pasas por un escáner detector de dispositivos electrónicos
al entrar y salir del Instituto, ¿no es así? —, preguntó.
—Sí, es cierto. Tenía pensado memorizar pequeños fragmentos mediante reglas
nemotécnicas —, contestó Kolya.
—¿Qué reglas? —, preguntó ella.
—Canciones, poesías —.
Sofía rió, —explícame eso —.
—Si soy capaz de asignar un valor a cada sílaba y luego construir una historia o una
canción, algo que sea capaz de recordar mi memoria sin riesgo de error, podré luego
reconstruir la fórmula descodificando las sílabas. La memoria no es buena recordando datos
puros, pero sí historias. Llevamos miles de años recordando historias como especie, se nos da
bien —, dijo Kolya.
—Insuficiente. Son demasiados datos —, dijo Oles.
—No hay otra forma —, respondió Kolya.
—Sí la hay —, respondió Oles.
—He pensado en todo —, dijo Kolya —Escribir en papel y sacarlo en alguna cápsula
dentro de mi cuerpo, pero es como memorizar fragmentos. También he pensado en utilizar la
basura para sacar la información, pero en el Instituto tienen su propia planta de tratamiento de
residuos. Es un lugar hermético, Oles —.
—Kolya, no necesitas únicamente tu formulación teórica, esa ya la tienes y la puedes
memorizar. Necesitas los resultados de las pruebas, con todas las correcciones que se han
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hecho hasta llegar al sistema autosuficiente. Son muchísimos datos, no puedes memorizarlo
todo —, comentó Oles.
—El escáner de entrada y salida es exhaustivo, no puedo pasar ningún dispositivo de
memoria, así que tendré que intentarlo —, contestó Kolya.
—¿Y si simplemente sales corriendo, ignorando los dispositivos de seguridad? Yo te
esperaría con un coche en marcha fuera del Instituto —, dijo Sofía.
Kolya miró a Sofía, admiraba su entrega y valor. —Sofi, no llegaríamos ni a un
kilómetro. Necesitamos cierto tiempo una vez que salga del Instituto —, dijo Kolya.
—Pero algo tenemos que hacer…—, respondió Sofía. De repente se hizo un silencio,
iba a ser realmente difícil obtener la información que necesitaban. Kolya y Sofía miraron a Oles
que estaba a su vez mirando su copa de vino a través de de la luz de la vela, con una sonrisa
en su rostro.
—Imagino que queréis oír al genio… —, dijo Oles, tratando de dibujar en su cara un
gesto de gran pensador para darle un punto de intriga a su respuesta, aunque le era imposible
eliminar la sonrisa del rostro.
Kolya y Sofía se miraron, su amigo podría tener la solución.
—¿Oles, sabes cómo sacar la información? —, preguntó Kolya.
Oles, con su cara de no haber roto un plato, en su ya de por sí rostro aniñado repitió: —
Con que queréis oir al genio… —.
Kolya y Sofía dijeron al unísono: —Sí, queremos oír al genio —.
Oles se tomó unos cuantos segundos para empezar a hablar. Se sentía pletórico, pues
por primera vez en la vida, su brillantez como científico iba a ser utilizada para algo real,
tangible. Él sabía que había un genio en su interior, pero había topado siempre con el muro
burocrático y había sido relegado a puestos de investigador de segunda categoría.
—Bueno hay un proyecto en el que trabajé el año pasado. Podría valernos…. —.
—Explícate —, dijo Kolya, incorporándose hacia delante y fijando la mirada en Oles. Si
éste tenía la solución, podían estar fuera de allí en menos de una semana. En el laboratorio
había datos suficientes como para poder desarrollar la máquina en otro lugar.
—¿Hay grabadores DVD en los ordenadores del laboratorio de alta seguridad? —,
preguntó Oles.
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—Sí, los hay. Se guardan ciertos datos en ese soporte. Pero es imposible sacar un
DVD de allí. El escáner de seguridad… —, dijo Kolya, deteniendo las palabras al ver el brillo en
la cara de Oles.
—¡Lo tienes joder! —, gritó Kolya, exultante. Los otros comensales miraron hacia su
mesa y Sofía hizo un gesto a Kolya para que bajara la voz.
—Creo que sí. Creo que lo tengo —, dijo Oles. —Hace años trabajé en un proyecto en
el laboratorio. De hecho, fue un proyecto que casi me catapulta hacia el máximo nivel, pero
tuvimos problemas con la cristalización que no pude resolver y se canceló —.
—Cuenta —, dijo Kolya, impaciente.
—Los CDs y los DVDs están hechos de policarbonato. El láser del grabador,
generalmente de arseniuro de galio, deja su impronta en la capa reflectiva entre las láminas de
policarbonato mediante un proceso electroquímico. Para que sea posible, se trata el bisfenol
con hidróxido de sodio y ciclohexano, que reprime la tendencia a la cristalización… —,
comenzó a explicar Oles, interrumpido por Sofía. —Oles, vete al grano, por favor —.
—Es muy sencillo. Queríamos hacer pintura capaz de almacenar datos. Mediante
reordenación nanométrica de los átomos de carbono y utilizando un metamaterial en vez del
hidróxido de sodio, pudimos grabar datos en una laca que cuesta menos que un caramelo —,
dijo Oles.
—Entonces lo consiguieron… —, dijo Sofía. Kolya estaba en silencio, procesando la
información desde el punto de vista físico-químico para así ayudar a Oles en el problema que
hubieran tenido.
—No. No lo conseguimos. Aún estamos en pañales en cuanto a los metamateriales,
todavía no son estables a temperatura ambiente. En el futuro, el planeta entero será
información pura, va a ser increíble. Apenas pudimos conservar la información durante dos
horas, luego los electrones comenzaban a experimentar fenómenos como el efecto túnel y la
información se desvanecía. Experimento fallido. —, explicó Oles.
—¿Efecto túnel? —, preguntó Sofía.
—Kolya sabe mucho más que yo de física de partículas, él te lo puede explicar mejor
que yo —, dijo Oles. Por un momento, su expresión había cambiado rememorando aquellos
años de tanto esfuerzo para nada, durante un instante se entristeció, pero se dio cuenta de que
estaba a punto de darle un uso increíble a su descubrimiento. Precisamente por la inestabilidad
del material podía ser usado para transmitir información confidencial que haya de destruirse
completamente. De repente, su rostro se iluminó, la cantidad de aplicaciones en industria de
seguridad o militar podían ser valiosísimas. Todo investigador sabe que los mejores
descubrimientos suelen ser un producto residual no buscado de un experimento, pero hace
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falta algo de suerte, como la que él había tenido con la aparición de Kolya y Sofía, pues
muchas veces no vemos justo lo que tenemos delante de los ojos. A partir de la siguiente
semana se dedicaría al desarrollo del descubrimiento que lo haría mundialmente famoso, ojalá
pudiera hacerlo en colaboración con Kolya, ojalá el destino lo permitiera, —pensó Oles—.
—¿Qué es el efecto túnel? —, preguntó Sofía a Kolya.
—Básicamente consiste en que en física cuántica las partículas no se comportan como
nosotros esperamos, tienen mucho sentido del humor. Son como niños… —, dijo Kolya,
sonriendo. —Las partículas subatómicas pueden estar en dos sitios a la vez, aparecen y
desaparecen a voluntad puesto que se pueden comportar como materia o energía, y a veces
se saltan barreras, digamos que algunos electrones disfrutan apareciendo al otro lado de las
barreras o túneles en las que se encuentran, ese efecto puede desestabilizar los materiales
modificados a escala atómica, haciéndolos inestables, como le ocurrió a Oles —, explicó Kolya.
—A ver si lo tengo claro, Oles —, dijo Kolya. —Dices que tienes un material, como una laca
que es capaz de almacenar la información durante dos horas… —.
—Así es —, contestó Oles.
—¿Y tienes acceso a dicho material? —, preguntó Kolya.
—Sí. Está en el laboratorio. Yo no paso por tanta seguridad como tú, puedo sacarlo —.
—¿Y cómo funciona exactamente? —, preguntó de nuevo Kolya.
—Es muy sencillo. Introduciremos el líquido en algún recipiente que no llame la
atención, como por ejemplo un bote de perfume…—.
—Un bálsamo labial. Será mejor —, apuntó Sofía.
—Sí, mejor —, dijo Oles. —Una vez en el laboratorio, debes mojar un DVD con un
elemento conductor…—.
—Por ejemplo, agua —, dijo Kolya.
—Exacto. Luego aplicas la laca y pones el DVD cerca de una fuente de energía, es
suficiente con dejarlo unos segundos cerca de una ventana donde dé la luz del sol. Aparecerán
en el DVD un poco de polvo gris, es un subproducto de una reacción de Boro, un metaloide,
simplemente lo limpias un poco e introduces el DVD en la grabadora. Graba toda la información
que necesites y luego retira una fina película de micropolicarbonato, algo parecido a cuando
retiramos un plástico protector de cualquier elemento electrónico. Lo puedes doblar y llevarlo
en el bolsillo. Ahí tienes toda la información. Hazlo a última hora, para que nos dé tiempo de
extraer toda la información antes de que se desintegre la información —.
—¿Cómo recuperaremos la información? —, preguntó Kolya.
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—Tan sencillo como volver a colocar el micropolicarbonato en un DVD y leerlo
tranquilamente en nuestro ordenador, una vez ahí, haremos las copias de seguridad y
desapareceremos del mapa. Pan comido —, dijo Oles, sonriendo.
Kolya alzó la copa de vino y brindó con Oles y Sofía —¡Por un genio polaco! —, dijo
con una amplia sonrisa.
El día elegido para llevar a cabo todas las acciones coordinadas fue el viernes de la
siguiente semana. Si todo salía bien y no eran descubiertos, tendrían dos días de margen para
desaparecer. Oles se ocultaría en su natal Polonia y prepararía los detalles y aplicaciones de
su experimento de la memoria temporal en el nuevo material durante unos meses, hasta que el
panorama se aclarase para poder emprender su carrera de éxito. En cuanto a Kolya y Sofía,
deberían llegar hasta la península de Baja California, en Méjico, y una vez allí debían llegar
hasta Chihuahua, donde el profesor José Carlos Afonso, amigo de Kolya, los ayudaría a
permanecer ocultos hasta que Kolya pudiera ponerse en contacto con el Gobierno Ruso. Aquel
agente de aspecto bonachón les había dado la pista de adónde acudir en caso de peligro.
Estaba todo preparado.
Por fin llegó el viernes, Oles, como siempre, se levantó primero y estaba preparando
unas tortitas al estilo americano para desayunar. Kolya y Sofía no tardaron en aparecer en el
salón-cocina. Sofía preparó café y los tres se sentaron a desayunar en el porche de la casa.
Aquella mañana veraniega había amanecido despejada, el único sonido que había en el
ambiente era el melodioso canto de las decenas de pájaros del vecindario, animados por ser
época de apareamiento. Los primeros rayos de sol bañaban la mesa situada en el porche de la
casa, y un ligero olor floral flotaba en el ambiente. Oles, Kolya y Sofía no habían pronunciado
una sola palabra, quizás sumidos en sus pensamientos, en lo mucho que iban a añorar aquel
lugar privilegiado, y aceptando su destino, o quizás el silencio era simplemente producto de los
nervios y la concentración. Nada debía salir mal ese día. Claire ya había demostrado que era
capaz de matar sin la menor vacilación y ellos lo sabían. Kolya tenía una doble sensación, por
un lado estaba disfrutando de aquel entorno, fusionándose con el canto de los pájaros, en
cierto sentido, los animales le recordaban siempre una cosa, no somos nada, venimos a
cumplir nuestro cometido sin más y luego dejamos el planeta. Le gustaba observar cómo cada
animal cumple su función sin valorar más allá de la mera acción, los pájaros cantan tratando de
atraer al sexo opuesto y estableciendo su territorio. Las ardillas que veía subir y bajar de los
árboles se afanaban en la búsqueda de alimento que guardar para el invierno con ferviente
dedicación, y así, una por una, cada especie animal interpreta, sin cuestionárselo, sin
estridencias y sin depresiones, el papel que le ha sido asignado. Observar los animales le daba
a Kolya un sentido de humildad, y aprendía de ellos la virtud de hacer aquello que se ha de
hacer, ahora era a él a quien le tocaba jugar su papel, y en cierta medida lo aceptaba con
calma y paz interior. Pero por otro lado, el ser humano tiene la capacidad de anticipar
acontecimientos en su mente, y el mero hecho de pensar que algo pudiera salir mal le
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generaba una presión en el cuello y en el pecho con la que tendría que lidiar todo el día. Trató
de modificar sus representaciones mentales y enfocarse en el éxito.
Tras los preparativos normales de cada día, partieron los tres en el Volkswagen
Escarabajo de Oles. Iban en silencio, pero Kolya sabía que si había algún momento para decir
algo era ese.
—Pase lo que pase hoy, estoy muy orgulloso de vosotros —, dijo por fin.
—Lo que va a pasar hoy es que mañana estaremos tomando el sol en Méjico, y que
dentro de un tiempo nos reuniremos los tres y recordaremos lo que hemos hecho juntos —, dijo
Sofía, impidiendo que ni la menor sombra de duda les asaltara.
—Yo también estoy orgulloso de estar aquí —, dijo Oles —es lo mejor que he hecho en
mi vida, pase lo que pase —.
—Sofí, ¿tienes todo preparado? —, preguntó Kolya.
—Sí. Me quedaré cerca del coche por si tenemos que salir deprisa y tengo todo
controlado todo en la lancha. Comida, GPS, combustible de sobra. Está todo bajo control —.
—Bien, ya estamos llegando. Vamos allá. Déjame aquí, iré caminando, no quiero que
nos vean llegar juntos. Oles, tú bájate un poco más adelante y Sofi, espera en el lugar
convenido —, dijo Kolya, activo y presto para bajarse del coche y ganar la batalla que tenía que
ganar.
Sofía puso una mano fría y temblorosa en la mejilla de Kolya y susurró: —Te quiero —.
Kolya le picó un ojo a Sofía, y dijo: —Te quiero. No te preocupes por nada, nos vemos
en un par de horas —.
Kolya se bajó del coche y se dirigió caminando al Instituto. Introdujo la mano en el
bolsillo del pantalón y tocó con la yema de los dedos el bote de bálsamo labial en el que tenía
guardada la laca con la que grabar los datos. Su corazón comenzó a acelerarse cuando estaba
a pocos metros del Instituto, pero trató de recurrir a respiraciones largas, diafragmáticas e
imaginarse feliz con Sofía en la lancha, camino de Méjico. Eso le daría la fuerza suficiente.
—Buenos días Señor Boronov —, dijo el vigilante del primer nivel de acceso.
—Buenos días —, contestó Kolya ensayando su mejor sonrisa.
Siguió avanzando por el nivel inferior del Instituto, el anillo exterior, saludando a alguno
de los investigadores conocidos que se encontró en el pasillo. Le gustaba aquel lugar, y decidió
recorrerlo un poco para despedirse interiormente del laboratorio en el que había dado un salto
de calidad increíble en su carrera. Fue a la cafetería y tomó un café con un grupo de jóvenes
becarios provenientes de la Universidad de Stanford, que él conocía. La capacidad de
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ilusionarse con la ciencia, de construir un mundo mejor era omnipresente en aquel lugar, donde
sólo una manzana podrida enturbiaba el espíritu científico, aquel que buscaba el conocimiento
puro, la comprensión del mundo para bien de toda la humanidad, y que estaba, al menos
temporalmente, secuestrado por la oscura fuerza de la codicia humana, pero eso pronto iba a
cambiar, él lo haría posible.
—¡Hombre, el Señor Kolya Yurievich Don Importante, que ya no se digna en pasar por
la Universidad a ver a sus amigos! —, dijo uno de los estudiantes que se incorporó al grupo,
—¡Qué tal Jim! ¿Cómo va todo? —, preguntó Kolya.
—Bien, bien. ¿Qué es de tu vida? ¿En qué proyecto estás metido que no apenas te
vemos? —.
—Ya lo sabéis, temas de energía. Estamos en una fase crítica, pero pronto veréis el
resultado de mi investigación… os lo prometo. Y vosotros, ¿qué investigáis? —, preguntó
Kolya.
—Pues lo de siempre, grafeno, nanotubos de carbono —.
“Lo de siempre” —pensó Kolya, era increíble ver cómo el desarrollo de nuevas ideas y
materiales pasaba de inimaginable a cotidiano en menos de cinco años. Sin duda, los niños
que ahora eran pequeños no conocerían en el futuro los materiales basados en el petróleo,
como los plásticos. Kolya sonrió satisfecho. Sin haber cumplido aún los treinta años ya se veía
como el padre de aquella generación de entusiastas nuevos investigadores. Pensó que sería
una buena idea en el futuro compaginar parte de su labor investigadora con la docencia a nivel
superior, quizás en Asia, donde estaba realmente el capital intelectual del siglo XXI. Se ilusionó
con la idea, un motivo más para salir vivo de allí aquél día. Se disculpó con los jóvenes
becarios por no haber estado más tiempo con ellos en el pasado y los abrazó uno a uno. Con
una sonrisa producto de la felicidad interior que le producía ver a esos cachorros crecer
profesionalmente, les dijo: —No dejéis de creer en lo que hacéis. Vale la pena. Estaremos en
contacto en el futuro, os lo prometo —.
—El Señor Boronov está investigando con nanodrogas de la felicidad, ahora lo tengo
claro…—, dijo uno de los estudiantes. Todos rieron.
Kolya se dirigió al anillo interior, donde se encontraba la zona de los laboratorios de alto
nivel. Pasó interiormente a un nivel de máxima concentración y avanzó por el pasillo que
conducía al nodo de acceso. Se detuvo en la zona de control de seguridad, que como el resto
de la zona de máximo nivel era de un blanco impoluto. Los guardias de seguridad no miraban
el escáner a través de monitores de televisión, sino que estaban detrás de un enorme
mostrador blanco en forma de U, donde el cristal que cubría el mostrador era una enorme
pantalla de ordenador táctil, que les daba todo tipo de información sobre la persona que
entraba o salía de aquel lugar.
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—Buenos días Señor Boronov —, dijo el guardia.
—Buenos días —, dijo Kolya, iniciando el protocolo. Debía dejar todo tipo de objetos a
recaudo de los guardias hasta su salida del laboratorio.
Una vez depositado el móvil, la cartera, las llaves y el reloj en la caja asignada al
efecto, Kolya entró en el escáner, que no era un escáner convencional. Se trataba de una
pequeña habitación de cristal, donde el sujeto era absolutamente monitorizado. Se medían
también sus constantes vitales y se analizaba el contenido de su respiración para controlar
cualquier posible atisbo de enfermedad o riesgo para el laboratorio. Después, un gas especial
ionizado era introducido en la cámara como primera barrera para los patógenos que el sujeto
traía de la calle. Habría de pasar otro control similar, ya con ropa de laboratorio al entrar en
ciertas áreas de investigación.
Tras dos minutos de exposición, se abrió la puerta del escáner que daba al interior del
recinto. Kolya comenzó a caminar, pero el guardia le cerró el paso.
—¿Qué lleva en el bolsillo, señor Boronov? —.
—Nada —, dijo Kolya, concentrándose en su respiración.
—El escáner no dice lo mismo —, dijo el guardia, con tono inquisitivo.
—Ah, ¿se refiere al bálsamo labial? —, dijo Kolya mostrando el minúsculo bote
redondo.
—Ya conoce las normas. No puede pasar nada al interior. Se lo devolveremos a la
salida —, dijo serio el guardia.
—Agente, se me secan los labios, aquí dentro está a tope el aire acondicionado —, dijo
Kolya.
—Son las normas Señor Boronov. Se lo devolveremos a la salida —, dijo el guardia
mostrando la caja de las cosas de Kolya para que éste dejara el bote dentro.
—¡Que se me secan los labios le he dicho!, ¿qué coño es esto, una prisión? —.
—¿Está Usted nervioso Señor Boronov? —, dijo el guardia, tocando con su mano
derecha el cinturón de donde colgaban todo tipo de elementos para inmovilizar a un sujeto
hostil.
—Disculpe, solo estoy un poco estresado —, respondió Kolya, tratando de suavizar la
situación.
El guardia ya había visto en la pantalla un ritmo cardíaco inusualmente alto.
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—Pues yo creo que está nervioso, pase a la otra sala Señor Boronov, quiero
comprobar sus ropas —, dijo el guardia.
—Me he tomado un par de cafés de más en la cafetería, lo siento, ¿es tan grave eso?
—.
El guardia miró a su compañera que estaba monitorizando la información. Ésta asintió
al ver en la pantalla que las grabaciones de seguridad lo habían situado en la cafetería.
—Son las normas, Señor Boronov. Acompáñeme —.
—¿Sabe lo que le digo? Que no vuelvo a investigar en una puta cárcel. Me voy. Llame
a Claire Williams y dígale que su precioso proyecto en el que está volcada se va a la mierda
porque he sido tratado como un delincuente —, espetó Kolya.
Claire Williams. Proyecto fallido por su culpa. El guardia tragó saliva. Sin embargo, él
sabía que estaba haciendo su trabajo y un niñato como aquel no iba a poner en duda su
profesionalidad.
—Llama a la Señora Williams —, dijo el guardia a su compañera.
—Verá agente, no es necesario. He tenido una mala semana, disculpe mi
comportamiento. Aquí tiene el bote de bálsamo labial. Espero que al menos me deje bajar y
ponérmelo aquí abajo cuando se me agrieten los labios —, dijo Kolya, tratando de suavizar el
ambiente, pero el guardia no se rió, más bien apretó la mandíbula. Kolya sabía que Claire era
demasiado inteligente como para no analizar el contenido del envase.
El guardia cogió el bote, miró a Kolya e hizo un gesto a su compañera para que dejara
el intercomunicador. —Adelante Señor Boronov, y tómese la vida un poco más relajada —.
—Es un buen consejo, agente. Gracias —, dijo Kolya avanzando hacia el laboratorio a
buen paso.
Una vez que entró en el laboratorio de energía de partículas, saludó a sus compañeros
de equipo brevemente y comenzó con el proceso de encender el ordenador que tenía asignado
y ordenar un poco su mesa, justo la acción que necesitaba para coger un DVD y meterlo en el
bolsillo de la bata blanca que se había puesto encima de la ropa.
—Kolya, no te has puesto el traje de trabajo —, dijo Greg McLinden.
—Vamos Greg, no estamos en un laboratorio de biología, nuestros fotones están
aislados en la cámara electromagnética —, respondió Kolya.
—Tú eres el jefe de proyecto —, dijo Greg.
—Greg, yo considero que los dos somos jefes de proyecto —, dijo Kolya.
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—Precisamente por esa razón debemos dar ejemplo, ¿no crees? —.
—Tienes razón Greg, voy a cambiarme —, dijo Kolya, entrando en el vestuario donde
se guardaban los trajes no contaminados en una atmósfera rica en ozono. Una vez allí se quitó
la bata y sacó el DVD a toda velocidad. Introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón y con
sumo cuidado pero lo más rápido que pudo comenzó a distribuir la laca de Oles en la superficie
del DVD. El material era extraño, a medio camino entre un gel y una laca. Kolya había apretado
el bote de bálsamo labial mientras discutía con el agente de seguridad de la entrada,
derramando el líquido en el bolsillo de su pantalón. Si Oles estaba en lo cierto, hasta que no
entrara en contacto con una fuente de energía, como la luz solar, el líquido se plastificaría en la
superficie del DVD pero no perdería sus propiedades. Kolya trató de limpiar las micro fibras del
tejido de su bolsillo en la superficie del DVD, esperaba que funcionara de esa manera, pero no
las tenía todas consigo.
Uno de los investigadores del equipo entró en ese momento en el vestuario de
descontaminación. —Buenos días Kolya, ¿qué haces? —, preguntó extrañado, por ver a Kolya
mirando el DVD a la luz en busca de micro fibras.
—¿Qué haces tú llegando tan tarde? —, preguntó Kolya, tratando de desviar la
atención del DVD.
—Bueno, no sabía que tenía que entrar antes… —, dijo el investigador, extrañado por
esa actitud de Kolya. Además el investigador se percató de que Kolya se había puesto muy
nervioso de repente. Tenía la frente perlada de sudor, pero allí hacía más bien frío. Kolya no
dijo nada. Simplemente comenzó a cambiarse de ropa y luego ambos entraron en el
laboratorio. El DVD estaba preparado en uno de los bolsillos que tenía el traje blanco de
laboratorio.
Las horas pasaban con una lentitud exasperante para Kolya. Ese día tenían planeados
varios ensayos que ya eran pura rutina. En cada prueba alargaban la reacción en cadena de la
captación de energía, que era utilizada a su vez para seguir generando el movimiento de los
fotones entrelazados, en un círculo virtuoso capaz de producir energía de forma indefinida
gracias al infinitesimal aporte de los neutrinos. Los datos eran concluyentes, aunque aún
tardarían un tiempo en obtener grandes cantidades de energía. Kolya pensó que tenía mucha
suerte de tener a Sofía en su vida, sin su consejo él se hubiera quedado en el laboratorio, pero
pronto Claire se habría dado cuenta de que su sistema nunca sería mil veces más potente que
el anterior, al menos de momento, y eso le hubiera costado muy caro.
Al fin llegó la hora de después del almuerzo, que allí no era como en España, sino que
se trataba de un frugal tentempié sobre las doce y media del mediodía. La jornada de viernes
en el Instituto terminaba en torno a las dos y media de la tarde, por lo tanto, Kolya sabía que
estaba ante la hora de la verdad. Kolya tragó saliva al percatarse de que si bien a través de la
ventana entraba un haz de rayos solares, el laboratorio estaba protegido por cristales
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especiales, capaces de eliminar el cien por cien de la radiación ultravioleta, así como la mayor
parte del calor solar. Aún así, era su única opción. Kolya dejó el DVD en la zona donde incidía
la luz solar, sin que se percataran sus compañeros. Aquel día había estado muy callado, y se le
veía nervioso. Tenía preparado el archivo comprimido donde figuraban no sólo las ecuaciones
teóricas, sino también los resultados de todas las pruebas. Con esa información, podría
rehacer el experimento en cualquier parte del mundo. Al fin y al cabo era su descubrimiento.
Los investigadores del proyecto habían empezado a ordenar un poco el laboratorio y
estaban charlando distendidos, pues era viernes y tenían ya ganas de salir, salvo el segundo
jefe de investigación, Greg McLinden, quien había estado todo el día comprobando los
resultados de las pruebas. Él había luchado mucho para llegar donde estaba y era la persona
más involucrada en que aquel proyecto saliera bien. Sabía que Kolya había desarrollado el
sistema de ecuaciones, pero sin su capacidad quizás jamás hubieran obtenido energía. Algo en
su interior le decía que Kolya podía poner en riesgo el proyecto y eso era algo que no iba a
permitir.
—¿Este DVD es tuyo, Kolya? —, dijo Greg, entregando el DVD a Kolya, quien lo cogió
con un ligero temblor, aunque perceptible, en su mano.
—Sí, sí. Es mío —, respondió Kolya, sin mirar a Greg a la cara, rubicundo y sudoroso.
Kolya comprobó que sobre el DVD se había formado una fina película de polvo y supuso que
eran las partículas del metaloide que le había comentado Oles. El líquido había cristalizado,
transformándose en una fina película parecida al plástico, capaz de almacenar la información.
—Estás muy raro, Kolya. ¿Qué ocurre? —, preguntó Greg, muy serio, con el ceño
fruncido.
—No me encuentro muy bien del estómago Greg, eso es todo —, mintió Kolya, pero
Greg no se lo tragó.
—Voy a ver a la jefa, a ver si nos podemos irnos ya, creo que todos necesitamos un
descanso —, dijo finalmente Greg, caminando hacia la puerta. El resto de investigadores
estaban hablando en la otra esquina del laboratorio, esperando poder salir de fin de semana.
—Buena idea —, respondió Kolya en un tono apenas audible.
Una vez que Greg hubo salido del laboratorio, Kolya aprovechó para introducir el DVD
y hacer una copia del archivo con todos los datos que necesitaba. Hizo la grabación a la
velocidad mínima, tal como le había dicho Oles, para que la calidad fuera la máxima posible,
pero estaba tomando demasiado tiempo. Aún tenía que despegar la película con la información
del DVD y pronto tendría a Greg pegado a él. También debería borrar la información del propio
DVD o destruirlo. El ordenador comenzó la grabación, diez por ciento…, veinte por ciento…,
treinta por ciento… Kolya oyó los pasos de Greg por el pasillo, venía con Claire. No le daría
tiempo. Estaba perdido.
191
Los investigadores oyeron también a Greg y Claire hablando, acercándose por el
pasillo y se situaron cerca de la puerta, para preguntar si podían marcharse ya. Sesenta por
ciento… Kolya estaba sudando, era incapaz de controlar sus reacciones fisiológicas ante el
estrés al que estaba sometido. Trató de hacer respiraciones diafragmáticas y controlar así las
reacciones de su cuerpo, pero su subconsciente sabía que estaba en un peligro real, y
asociaba la posibilidad de que le atraparan con lo que había vivido en el hospital en Madrid,
donde había estado a punto de morir, literalmente asfixiado por tener inutilizados sus glóbulos
rojos. Kolya no esperaba tener aquella reacción que lo estaba superando por completo. El
miedo generaba más miedo, en un círculo vicioso que no lograba controlar del todo. Los
investigadores se arremolinaron alrededor de Greg y Claire, querían comentar a la jefa lo bien
que les habían ido la semana, los avances conseguidos, en un intento de ganarse el favor de
ésta. Noventa por ciento… —¡Vamos. Vamos! —, Kolya no daba crédito a lo que estaba
viviendo. ¡Tenía que haber grabado a una mayor velocidad! —, pensó. Tenía la mano en la
ranura del grabador de DVD, aunque aún le quedaban algunos segundos de los que no
disponía.
El programa terminó la grabación y el DVD fue expulsado de la grabadora. Con la
mayor rapidez que pudo, e ignorando a las personas que tenía justo detrás, Kolya, despegó
con la uña de su dedo índice la fina película producto de la cristalización de la laca. La lámina
parecía un plástico, pero mucho menos consistente, como una especie de gel rugoso, de un
tacto que jamás había experimentado Kolya. A toda velocidad dobló la laca y la introdujo en el
bolsillo del traje blanco de laboratorio.
—¿Kolya qué estás haciendo? —, dijo Claire elevando la voz, mientras Kolya introducía
el DVD a toda velocidad en la grabadora para borrar el contenido, que había sido grabado,
tanto en el disco como en la laca. Los investigadores se habían ido rápidamente, pues
percibieron la tensión que había en aquel laboratorio en ese momento, y sólo quedaban Kolya,
Claire y Grec McLinden.
Debido a su nerviosismo, Kolya tardó unos segundos de más en introducir el DVD que
ya estaba dentro de la grabadora y se dispuso a borrar el contenido del mismo, cuando Greg le
apartó la mano del ratón del ordenador.
—¡Qué coño estás haciendo Boronov! —, espetó Greg. —¿Eres acaso un ladrón de
información clasificada? —.
Kolya trató de zafarse de la mano de Greg para intentar ejecutar el programa de
borrado, pero se dio cuenta de que éste era mucho más fuerte de lo que él pensaba. De
repente, notó una picadura en el cuello, como si le hubiera picado fuerte algún insecto. Se giró
y vio a Claire que sujetaba algo en su mano. No era una jeringuilla, sino más bien una especie
de pequeño cilindro. De alguna forma, le había introducido algo en su cuerpo. Las gotas de
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sudor que tenía en la frente debido al estrés que estaba soportando se multiplicaron y
comenzaron a rodar por su rostro. Kolya entró en pánico.
—¿Qué coño me has puesto Claire? —, preguntó Kolya, desencajado. Ya no oponía
resistencia a la acción de Greg, que le había pasado un brazo por el cuello y lo tenía
inmovilizado.
—¡Suéltalo! —, le dijo Claire a Greg, quien obedeció de inmediato.
Kolya comenzó a notar cómo le abandonaban las fuerzas. Había fracasado y ya nada
importaba. Al menos lo había intentado. Cerró los ojos tratando de recomponer en su mente la
situación, cuando un fuerte golpe en el pecho lo derribó de la silla. —¡Maldito Greg! —, pensó
Kolya al sentir el impacto. Sin embargo, lo siguiente que vio desde el suelo fue a Claire con
cada pierna a un lado de su cuerpo. Había sido ella quien le había propinado la patada, con
tanta fuerza que le había clavado el tacón, que se había roto por el golpe. Kolya lo vio porque
Claire tuvo un impulso de patearle la cara, levantó la pierna, pero cedió en el último momento.
—Greg, ponlo en la silla —, ordenó Claire. Esta vez estaba verdaderamente cabreada.
Kolya pensó en las posibilidades que tenía a su favor, pero era demasiado inteligente como
para engañarse a sí mismo. Estaba virtualmente muerto.
Kolya notó como brotaba sangre de su traje, a la altura del pecho. Ella le había
golpeado duro. Se tocó con la mano para evaluar la herida, pero pudo percibir que no era
profunda, estaba tranquilo, demasiado tranquilo. Se había palpado el pecho con lentitud y
percibió que el sudor había desaparecido de su frente. Todo se hizo calma en su mente.
Greg tuvo un impulso de dar un puñetazo en la cara de Kolya al ver su apacible
sonrisa. —¡Encima se ríe el malnacido! —, espetó.
—Greg, silencio —, ordenó Claire.
—Kolya, ¿qué pretendías? —, preguntó Claire.
—Llevarme mis datos —, contestó tranquilamente Kolya. No solo estaba tranquilo, sino
incluso en paz, con una felicidad interior sublime, elevada, aunque lúcido a la vez.
—¿Por qué? —, preguntó ella de nuevo.
—Tú no los mereces, y es un descubrimiento hecho por mí y que quiero que
pertenezca a la humanidad —, respondió Kolya.
—¿Dónde pensabas desarrollarlo? —.
—En Rusia. Soy ruso, ¿recuerdas? —, contestó Kolya, sonriendo levemente, con
tranquilidad.
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—¡Pero qué coño…! —, espetó Greg.
—Tranquilo Greg, no pasa nada colega. Claire me ha inyectado algún tipo de droga de
la verdad. Luego me matará. En cuanto a ti, eres un buen investigador y un perrito fiel. No
tienes nada que aportar a la humanidad, pero mientras no muerdas la mano de tu dueña,
vivirás muy bien. Además te lo mereces, eres una buena persona —, dijo Kolya, para asombro
de McLinden.
—¿Cómo que te matará? —, preguntó Greg mirando a Claire.
—Casi lo consigue una vez y ahora no fallará…—.
—¡Silencio los dos! Aquí nadie va a matar a nadie —, espetó Claire. Las cosas se
estaban complicando. Había sido un error permitir a Greg participar en esa conversación, pero
la indignación había sido tan repentina que anuló su capacidad de análisis. No podía eliminar a
Kolya en ese momento, pero dejarlo suelto equivalía a tener problemas en el futuro.
Claire estaba apoyada en la mesa, al lado de Kolya. Su rostro denotaba enfado y una
enorme preocupación. Con el dedo índice y pulgar de su mano derecha se cogía la barbilla, y
con la mano izquierda sujetaba el codo de su brazo derecho, pensando a toda velocidad qué
estrategia seguir. Lo único que tenía claro era que no iba a defraudar a sus mecenas ni a ella
misma, había muchos miles de millones de dólares en juego, y esos dos pobres diablos no iban
a echar por tierra su brillante futuro. Además, también tendría que ocuparse de la enfermera y
probablemente de Oles, quien iba a pagar caro su traición.
—Kolya no puedo permitir que te vayas a Rusia. Te ofrecí trabajar aquí, pero no me
has dado elección —, dijo Claire.
—Pero Claire, no puedes… —, comenzó a hablar Greg, interrumpido por Claire.
—¡Mantén la puta boca cerrada! Esto es un asunto de seguridad nacional, Greg, y veo
que tú estás colaborando con el ruso… —, gritó Claire, visiblemente nerviosa. Greg nunca la
había visto así. Se asustó.
De pronto, Claire encontró la solución. Ella sabía que no podía meter a un ciudadano
con nacionalidad rusa y española en una cárcel de máxima seguridad como Guantánamo, ya
que podría provocar un incidente diplomático internacional, pero sí podía hacerlo con un
ciudadano norteamericano. Greg tenía familia, y una desaparición repentina de varios
científicos del laboratorio despertaría sospechas. Sin embargo, una acusación bien
fundamentada de espionaje y alta traición sería una buena cortina de humo con la que distraer
la atención de la desaparición de Kolya. Ella sabía que contaba con el favor de los poderosos
en las más altas esferas, en menos de dos horas tendrían una historia bien construida sobre la
traición al país de Greg McLinden, y los principales medios del país darían la noticia con el
enfoque apropiado para provocar la condena de la ciudadanía. Una vez distraída la atención de
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los ciudadanos se ocuparía de Kolya. Claire sacó su teléfono móvil del bolsillo de su traje y
marcó un número de teléfono que estaba reservado únicamente para las ocasiones en que el
sistema de la cual ella era una simple pieza se veía amenazado, aquella llamada activaría una
respuesta al máximo nivel, el engranaje se pondría en marcha con una precisión y eficiencia
letales.
—Tengo un código rojo. Máxima prioridad —, fueron las palabras que Claire utilizó no
por casualidad. Mensaje recibido.
—¿Cómo pensabas escapar de aquí querido Kolya? —, preguntó Claire mucho más
relajada. En un par de días todo estaría olvidado y ella seguiría escrutando el planeta para
ponerlo al servicio de sus verdaderos dueños. A cambio, sería la mujer más poderosa de la
tierra. Así se sentía en aquel momento. Aquellos imbéciles nunca sabrían hasta donde llegaba
su poder.
—Tenemos una lancha preparada en el Club de Golf de Palo Alto —, respondió éste
sin el menor síntoma de nerviosismo.
Claire no podía dar crédito a la suerte que estaba teniendo. Todo se ponía ahora a su
favor. Aquellos pobres desgraciados iban a tener un accidente marítimo que les iba a costar la
vida. Encima habían sido ellos mismos los que habían preparado la lancha. Más fácil imposible.
—¿Qué va a ocurrir, Claire? Esto me está asustando —, preguntó Greg.
—Ya te lo he dicho, Greg, esto es un asunto de seguridad nacional —, contestó Claire,
mucho más relajada, lo cual le dio cierta tranquilidad a Greg.
A los veinte minutos, dos agentes trajeados y perfectamente informados de lo que
tenían que hacer y de quién daba las órdenes llegaron al laboratorio.
—Buenas tardes, Señorita Williams. CIA, Seguridad Nacional —, dijo uno de los
agentes desplegando la placa. Habían sido enviados directamente por el subdirector de la CIA,
quien a su vez había recibido una llamada muy especial. El sistema es capaz de fagocitar en
horas cualquier amenaza, interna o externa.
—Buenas tardes, caballeros —, dijo Claire. —
Greg estaba anonadado, iban a llevar a Guantánamo a Kolya por tratar de sacar de allí
información, la seguridad en aquel lugar no era un juego.
Claire hizo un gesto con la cabeza señalando a Greg. —Incomunicación absoluta para
este traidor. Más tarde serán informados de los detalles —.
—¡Qué! —, gritó Greg. —¡Esperen, ha habido un error! Yo no… ¡Claire explícales…! —
, balbuceó Greg, incapaz de comprender la situación.
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—¡Hagan su trabajo de una maldita vez! —, ordenó Claire a los fornidos agentes, que
en menos de dos minutos tenían a Greg McLinden amordazado y encapuchado. Aunque opuso
resistencia, los agentes lo tenían inmovilizado y lo llevaron a rastras hasta los ascensores que
daban directamente al sótano, donde esperaba la furgoneta blindada que lo llevaría a una base
de alta seguridad. Las últimas acciones de Greg McLinden en aquel laboratorio que había sido
su vida, fueron las patadas que agrietaron el cristal de la puerta del laboratorio, camino de su
larga reclusión.
Kolya y Claire se quedaron a solas en el laboratorio.
—Claire eres una hija de puta de primera —, dijo Kolya sonriendo. Su estado alterado
de conciencia le impedía sentir pena o remordimiento. Trató de aplaudir, pero se notó pesado
como un elefante.
—Soy la mejor, ¿lo dudabas? —, preguntó Claire.
—No lo dudo. Eres la mejor —, respondió Kolya, mirando a Claire a los ojos con las
pupilas totalmente dilatadas producto de la droga.
—Joder Kolya, podíamos haber hecho muchas cosas juntos —, dijo Claire,
sinceramente afectada. En lo más profundo de su corazón sentía algo por él. —Además, sé
que te gusto, siempre lo he sabido —.
—¡Dilo! Di que siempre te he gustado, que estás enamorado de mí. Al menos quiero
quedarme con eso —, dijo Claire.
—Siempre me has gustado, pero estoy enamorado de Sofía —, respondió Kolya.
—Más fácil me lo pones. Acabemos con esto de una vez —, dijo Claire, sacando otro
dispositivo del bolsillo de su traje, con el que inyectó algo en el cuello a Kolya —Pronto podrás
moverte, y te sentirás bien. Yo te quise, pero eres demasiado estúpido para estar a la altura —,
dijo Claire besando a Kolya en la boca.
CAPÍTULO -19-.
196
La brisa marina del Océano Pacífico refrescaba el rostro de Kolya. Sofía sujetaba el
timón suavemente, pues el tiempo era bueno y la mar en calma. A su izquierda veía a lo lejos
la costa californiana, la cual debía tener siempre a la vista, haciendo una navegación de
cabotaje, que aunque tenía el riesgo de que la policía costera les abordara y les hiciera
preguntas incómodas sobre la cantidad de combustible que llevaban en la embarcación, era
más segura para ellos, que no tenían las habilidades suficientes para realizar una verdadera
navegación oceánica. Kolya estaba descansando entre los bidones de combustible. Sentía un
fuerte dolor de cabeza agravado con una sensación de mareo y vértigos. La biodramina que
Sofía le había dado no había hecho más que aumentar el vértigo.
—Kolya, descansa todo lo que puedas, dentro de cinco horas me harás el relevo. Trata
de dormir, yo te aviso —, dijo Sofía. Según sus cálculos debían estar navegando más de veinte
horas seguidas. A primera hora de la mañana pasarían por la zona de Los Ángeles y a la hora
del mediodía del día siguiente, podrían varar la embarcación en cualquier lugar de la Península
de Baja California, en Méjico, desde donde cogerían un taxi camino de Chihuahua. Con dinero
suficiente, y ropas de turista, podrían moverse con facilidad por Méjico. A esa misma hora, Oles
viajaba desde el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, con destino al Aeropuerto Charles
de Gaulle, en Paris. Todo había salido a la perfección, y para cuando se dieran cuenta de la
ausencia de Kolya en el Instituto, todos estarían a salvo. Sin embargo, Kolya había estado algo
raro desde que volvió del laboratorio, no parecía él, no razonaba a su manera, sino que se
había limitado a ejecutar su plan tranquilamente, en ausencia total de estrés. Algo le olía mal a
Sofía, que estaba reflexionando a la par que contemplaba el espectacular atardecer marino,
donde el sol se ocultaba directamente en la línea del horizonte, acompañado por un coro de
colores imposibles.
—¡Mierda! —, exclamó Sofía, atando el timón con la cadena que lo mantenía con
rumbo fijo al frente.
—Mierda, mierda, mierda…, repetía yendo hacia la zona donde Kolya trataba de
descansar con una camiseta sobre sus ojos.
—Kolya cariño, levántate —, dijo Sofía, zarandeando suavemente a Kolya, quien abrió
los ojos algo desorientado.
—¿Ya es mi turno? —, preguntó.
—No, pero quería hacerte una pregunta —, dijo Sofía.
—Sí, dime —.
—He pensado que quiero tomar un té en Los Ángeles. Cuando pasemos por esa zona,
fondearemos la lancha en Long Beach y bajaremos a desayunar. Una vez allí, coges un taxi y
me traes unos pasteles del centro. Sé que es lo que hay que hacer. Lo harás, ¿verdad? —,
preguntó Sofía, con el objeto de comprobar su teoría.
197
—Claro Sofi, desayunaremos en Los Ángeles —, respondió Kolya, asintiendo
ligeramente con la cabeza.
—¡Joder. Mierda, mierda…! —, dijo Sofía, cogiendo la cara de Kolya y acercándosela a
la suya. Sacó la linterna de la lancha y apuntó directamente a la cara de Kolya.
—¿Qué haces, Sofi? —, preguntó Kolya, sin comprender a qué venía aquello.
—Estamos bien jodidos, Kolya —, dijo Sofía. —Tus pupilas… —.
—¿Qué pasa con mis pupilas? —, preguntó de nuevo Kolya.
—No se contraen. Ni siquiera responden al estímulo lumínico. Además te he pedido
una soberana estupidez y has dicho que sí. Estamos jodidos, hay que desembarcar cuanto
antes —.
—Sofi, no te sigo. Explícamelo bien —, dijo Kolya.
—Soy enfermera, Kolya. Lo he visto muchas veces en el hospital, estás bajo el efecto
de la escopolamina. Te han dejado salir del laboratorio justo para darnos caza en Méjico,
donde estarían libres de la investigación de las autoridades norteamericanas, o para hundirnos
en pleno océano —.
—¿La escopola…qué? —, preguntó Kolya.
—La maldita droga de la violación joder. Te han dejado salir del laboratorio, pero saben
perfectamente lo que vamos a hacer, tú se lo has dicho. Esa droga doblega la voluntad, es un
proceso químico. Tenemos que desembarcar ya, y tú vete tomando zumo de naranja. La
vitamina C te ayudará a eliminar la escopolamina de tu torrente sanguíneo. Trata de recordar,
Kolya. Te necesito y ahora mismo estoy sola —.
Kolya comenzó a beber de uno de los cartones de zumo de naranja que tenían para el
desayuno. Entendía perfectamente lo que Sofía le había dicho, pero no sentía arrepentimiento
ni culpa. Eso no debía ocurrir, era un error en la ecuación, su mente racional se lo decía. Sofía
estaba en lo cierto. Se esforzó en recordar lo que había hecho ese día, pero nada venía a su
mente, la cual no podía reconstruir imágenes falsas, otro dato objetivo. Simplemente había un
vacío, pero al esforzarse, le empezaron a llegar pequeños fragmentos de recuerdos, como
ensoñaciones, muy lejanos. Le traían imágenes de un beso de Claire, de Greg McLinden
siendo arrastrado.
—¡Dios mío! ¡Sofi, hay que desembarcar! —, gritó Kolya. Un sonido proveniente de
popa atenuaba el sonido de las palabras. Era el sonido de dos lanchas rápidas que se
aproximaban a toda velocidad. Estaban perdidos.
198
Sofía puso la embarcación a toda máquina, pero no servía de nada, las dos lanchas se
aproximaban a una velocidad endiablada, era una carrera desigual. Trató entonces de girar
ciento ochenta grados y pasar entre las lanchas, pero estaba claro que éstas eran más rápidas
y maniobraban mejor. Sólo les quedaba una salida: llegar a la costa.
—¡Hacia la costa, Sofi! ¡A toda máquina! —, gritó Kolya.
Sofía maniobraba frenéticamente el timón, tratando de zigzaguear como una liebre.
Eso les daría algo de tiempo antes del abordaje. Puso la proa hacia la costa y empujó a fondo
el acelerador. Los dos potentes motores Mercury, de ochenta caballos tomaron el relevo e
hicieron temblar la lancha, que estaba al límite de sus posibilidades. Las lanchas rápidas se
habían situado a babor y estribor. La lancha de Kolya y Sofía volaba hacia la costa, pero
estaban aún muy lejos.
De repente, se oyeron dos ruidos secos, uno a cada lado de la lancha. Ante la ausencia
de obstáculos, el sonido no emitió eco alguno y lo que había ocurrido a escasos veinte metros,
se había oído como lejano. Durante una fracción de segundo Sofía siguió aferrada al timón
como si nada hubiera ocurrido, pero casi en ese mismo instante se oyó un estallido en la proa.
Kolya y Sofía fueron catapultados hacia delante. Ella se había golpeado contra el timón con
tanta fuerza que quedó tendida en la cubierta, aún con una mano intentando agarrar el timón.
Kolya se había golpeado con la zona más blanda de un bidón de combustible y pudo
levantarse rápidamente para atender a Sofía, quien yacía en el suelo, sin poder moverse por el
dolor, pero con plena consciencia. Los proyectiles habían alcanzado la proa y la lancha se
había frenado en seco. Los motores Mercury seguían a toda máquina, lo que hizo que la
lancha comenzara a girar como una peonza. Kolya quitó el contacto y se hizo el silencio. El
agua entraba a demasiada velocidad por el boquete abierto, era cuestión de minutos el
hundimiento. Kolya tenía a Sofía entre sus brazos. No podía creer que la hubiera metido en
esto, que ella tuviera que acabar así por su culpa.
—Sofi, yo… Lo siento tanto —, le dijo Kolya, con el rostro desencajado y un torrente de
lágrimas rodando por sus mejillas. No era justo. No para ella. Apartó el pelo de su frente, y la
besó.
—Te quiero. Lo hubiera hecho mil veces por ti… —, contestó Sofía con un tono apenas
audible y los ojos entrecerrados. Entonces Kolya trató de jugar su última carta, negociar con los
atacantes. Se incorporó para comprobar que en una de las lanchas estaba Claire, mirando
impasible.
—Claire, trabajaré para ti, haré lo que me pidas, no dejes que esto ocurra —, gritó
Kolya.
—Es demasiado tarde Kolya, tuviste tu oportunidad —, respondió Claire con los brazos
en jarra, observando inexpresiva cómo se hundía cada vez más la lancha de Kolya.
199
—Al menos salva a Sofía, ella no tiene culpa de nada —, gritó de nuevo Kolya, tratando
desesperadamente de hacer algo por su amor.
—Si tan enamorado estás de ella, que siga contigo, Kolya. Hasta siempre… —,
contestó a gritos Claire en una de las lanchas situadas a unos treinta metros de distancia.
La lancha era un cascarón roto, en menos de tres minutos estaría en el fondo del
océano. Kolya se preguntaba si podría llegar nadando hasta la costa, aunque un pensamiento
lo asaltó con total claridad: se quedaría con Sofía hasta el último instante, moriría con ella.
Kolya miró a Claire, pero ninguna palabra salió de su boca. No había palabras con las
que describir su maldad. Simplemente se quedó mirándola, reprochándose cómo había
permitido que aquello pasara. En su mente resonaban las palabras de Sofía, “no vayas al
Instituto, es demasiado peligroso”. Ella tenía razón y ahora se encontraba en aquella situación
por su culpa. Claire estaba en la cubierta de babor de una de las lanchas, sin decir nada.
Simplemente quería asegurarse de que aquellos dos nunca más serían un problema para ella,
ni para los poderosos que la sustentaban. Repentinamente, un mar de burbujas rodeó la lancha
de Claire y la de sus secuaces. Claire miró al agua, extrañada por tal incomprensible situación.
Kolya se percató del estado del agua alrededor de las lanchas rápidas, pero lo atribuyó a su
estado alterado de conciencia, la droga todavía estaba haciendo sus efectos alucinógenos.
Miró a Sofía, para ver si ella estaba consciente. No se fiaba de su mente y quiso que ella
confirmara que aquello era real. —Sofi, ¿puedes oírme? Mira el mar alrededor de sus lanchas,
mira las… —, Kolya se quedó a media frase, boquiabierto al volver la mirada hacia la lancha de
Claire. Allí no había nada, más que agua. La otra lancha había desaparecido también. Aquello
era una locura, ya no sabía si estaba viviendo la realidad o una pura alucinación. —¡Sofi
despierta! —, gritó.
Sofía se incorporó a duras penas para constatar que allí no había lanchas atacantes.
—Sofi, ¿aquí había…? O es mi imaginación…—, dijo Kolya.
—Sí. Había… —, dijo ella, sin salir de su asombro, —¿pero qué ha pasado? —.
—No lo sé Sofi, sólo sé que estaban las lanchas y luego ya no —, dijo Kolya,
desconcertado.
—Trata de llegar a nado hasta la costa Kolya, y hazlo ya —, dijo ella.
—Llegaremos, confía en mí —, respondió Kolya.
—No Kolya, tengo varias costillas rotas, apenas puedo respirar… —, dijo Sofía, segura
de lo que estaba diciendo.
—No te dejaré sola. Nunca —, dijo Kolya —llegaremos —.
200
—No Kolya. Pongámonos los chalecos, esto se hunde. Tú tienes que llegar a la costa y
avisar a la guardia costera, me encontrarán —, dijo Sofía tratando de aparentar seguridad.
Sabía que tenían muy pocas probabilidades. Pronto sería de noche y aquellas aguas estaban
infestadas de tiburones, …pero al menos uno podría salvarse.
La parte de la embarcación que quedaba por encima del agua era cada vez menor.
Miraron hacia abajo y se prepararon para entrar en el agua cuando vieron que algo enorme
subía desde las profundidades. Era alargado y muy oscuro.
—¡Kolya tengo miedo! ¡Tengo mucho miedo! —, dijo Sofía abrazándose a Kolya, quien
no dijo nada. Él era un científico, pero en ese momento rezó. Pidió a Dios o al Universo que
aquello fuera rápido, que la Orca que estaba subiendo lentamente hiciera rápido su trabajo.
La lancha por fin cedió a la gravedad, y se perdió para siempre en las profundidades
del océano, girando lentamente en una especie de ritual de despedida. Kolya y Sofía se
quedaron flotando aterrados, viendo como aquella mole subía directamente hacia ellos.
—Esto es muy grande para ser una orca —, pensó Kolya, pero no dijo nada. Sofía
estaba abrazada a él en la medida en que se lo permitía el chaleco salvavidas y tenía los ojos
cerrados.
Con una suavidad pasmosa, el mastodóntico submarino los elevó por encima del agua.
Sofía y Kolya se miraron sin dar crédito a lo que estaba pasando.
De repente, una escotilla se abrió a escasos metros de la cubierta donde estaban ellos
y un hombre regordete y sonriente asomó la cabeza.
—Espero que no guarde esta vez spray de pimienta en el bolsillo —, dijo el agente
Mijail Pribilof sonriente, dirigiéndose a Sofía.
Kolya y Sofía se abrazaron y lloraron juntos, como nunca lo habían hecho.
CAPÍTULO -20-.
201
El submarino nuclear Yuri Dolgoruki, llamado así en honor al fundador de la ciudad de
Moscú, era un prodigio de la técnica. Como primer submarino de la nueva Clase Borey, estaba
llamado a continuar con la total supremacía de Rusia en los océanos del planeta. Los ciento
setenta metros de eslora del mastodonte, casi como dos campos de fútbol de largo,
impresionaron a Kolya, quien jamás pensó que una cosa así pudiera existir en los océanos.
Miró a un lado y a otro del buque y se sintió sobrecogido por la magnificencia de la bestia.
—¡Kolya, vamos! —, gritó el agente Pribilof. Había ayudado a entrar en el submarino a
Sofía, dolorida por sus heridas, pero Kolya estaba ensimismado, ausente, contemplando con
estupor el casco de la nave.
—¡Vamos! —, gritó de nuevo Pribilof, pudiendo sacar a Kolya de su estado.
Cuando todos estuvieron dentro, el Yuri Dolgoruki comenzó su inmersión y puso rumbo
a las Islas Aleutianas. Una vez allí, pasarían a través del Estrecho de Bering, para llegar al
Océano Ártico, del que la Armada Rusa era perfecta conocedora.
El Capitán Sergey Kuznetsov acompañó a Kolya y Sofía hasta un camarote donde
podrían ducharse y disponían de ropa seca. Luego Sofía sería atendida por el médico del
submarino, con un vendaje compresivo en el torso sería suficiente. Por el momento no hubo
preguntas ni respuestas, pero Kolya pudo percibir en la cara seria del Capitán bastante tensión.
—¿Qué ocurre Mijail? —, preguntó Kolya en español, ya que no quería alertar al
Capitán Kuznetsov.
—Luego —, respondió lacónicamente Pribilof.
Kolya y Sofía tardaron una media hora en ducharse y ponerse la ropa que habían
dispuesto para ellos. Ropa interior confortable, de algodón y un mono azul de la Marina Rusa.
Tras pasar por la enfermería donde el médico aplicó el vendaje a Sofía, el agente Pribilof los
condujo, a través de los estrechos pasillos, repletos de todo tipo de conductos y cableado,
hasta la enorme cafetería del buque, donde pudieron tomar un café con leche caliente y allí
llegaron las primeras respuestas.
—Estamos metidos en un pequeño lío —, dijo Pribilof, sin perder su sempiterna
sonrisa.
—¿De qué se trata? —, preguntó Kolya, ante la atenta mirada de Sofía.
—Hemos entrado con un submarino nuclear en aguas territoriales de los Estados
Unidos, eso es un incidente muy grave. Tienen permiso para abatirnos —, explicó Pribilof.
—¿Pero ya hemos puesto rumbo hacia Rusia, no? —, preguntó Sofía.
202
—El sonar ha detectado un submarino nuclear de ataque norteamericano que se dirige
a toda máquina hacia nosotros. Tenemos un problema gravísimo chicos —, contestó Pribilof,
arqueando las cejas.
—¿Podemos hacerle frente, Mijail? —, preguntó Kolya.
—No lo sé, no entiendo tanto de submarinos. Al parecer, según me ha explicado el
Comandante Lebedev, este submarino, el Yuri Dolgoruki es un submarino estratégico, no de
ataque. Si el submarino que viene hacia nosotros es un Seawolf estamos perdidos. —.
—Mijail… —, comenzó a preguntar Sofía, con la mirada reflexiva, perdida en su café
con leche, —¿qué demonios pasó con las lanchas? —.
—Ahh, las lanchas… —, dijo Pribilof recuperando su sonrisa, —han sufrido un pequeño
accidente tipo Triángulo de las Bermudas —.
—No lo entiendo —, dijo Sofía, frunciendo el ceño.
—¿Te suenan las famosas desapariciones de barcos en el Triángulo de las Bermudas?
—, preguntó Pribilof.
—Sí, es un misterio —, contestó Sofía.
—No es tanto misterio. El suelo marino en esa zona se asienta sobre enormes bolsas
de gas metano. De vez en cuando hay un escape de gas, una especie de burbuja gigante que
se va disgregando en la subida, convirtiéndose en miles de pequeñas burbujas, en espuma. Si
un barco tiene la mala suerte de estar navegando cuando una de estas burbujas emerge a la
superficie, adiós barco; el gas disgregado rompe la tensión superficial del agua y el barco cae
al fondo del océano sin remedio, en un segundo —, explicó el agente Pribilof.
—Sí, pero los aviones… También desaparecen, ¿no? —, dijo Sofía.
—Los aviones…, la verdad es que no tengo respuesta para eso. Lo que te puedo decir
es que este submarino cuenta con un sistema de expulsión masivo de gas capaz de hundir a
cualquier barco sin una sola explosión. Ingenioso, ¿no? —, respondió Pribilof arqueando las
cejas.
Hubo un momento de silencio en que cada uno estaba sumido en sus propios
pensamientos, degustando su café.
—También te puedo decir que hay personas que querían matar a Kolya, bueno a los
dos, y que ya no van a poder hacerlo. En el mundo hay gente muy peligrosa, y hoy hay unos
cuantos menos. Sofía, hemos hecho lo que hemos hecho porque no íbamos a dejar que
mataran impunemente a la joya de la corona de los científicos rusos, hijo de un héroe de
203
Chernobil, aunque ese científico sea tan cabezota que se meta él solito en problemas. Al
parecer necesita niñera —, dijo Pribilof, esta vez serio.
Kolya no respondió e hizo un gesto de asentimiento apretando los labios. Sabía que
había obrado mal y que había estado a punto de provocar la muerte de Sofía, por no saber
medir sus fuerzas.
Sofía agarró la mano de Kolya en señal de apoyo. También miró al agente Pribilof.
Hacía tan solo seis meses llevaba una vida rutinaria que no consideraba suya, sino el resultado
de los deseos de los demás, y ahora estaba allí, habiendo sido salvada de una muerte segura
por el mejor submarino nuclear que jamás ha surcado los mares, en una maniobra
arriesgadísima por las consecuencias que acarreaba y camino de Rusia, con la persona que
completaba su ser en todo sentido. Se sintió tan dichosa, que cogió su taza de café, la elevó y
dijo con orgullo: —¡Por el Yuri Dolgoruki! —. Lo dijo tan en alta voz que los marineros que
estaban en la cafetería la miraron y sonrieron.
—¡Por el Yuri Dolgoruki! —, dijeron al unísono Kolya y Mijail Pribilof, en un brindis que
siempre recordarían.
—Dime una cosa Kolya. ¿Tienes los datos que estabas buscando en ese laboratorio?
¿Pudiste sacarlos? —, preguntó Pribilof.
Kolya levantó la mirada, miró a los ojos al agente Pribilof con una mirada cristalina y
una sonrisa de oreja a oreja y dijo: —¡Por supuesto! —.
Pribilof sonrió, —serías un buen agente del SVR, quizás te reclutemos…—.
El capitán Sergey Kuznetsov irrumpió en la cafetería y los marineros se cuadraron en
señal de saludo. —Señor Pribilof, el General Victor Popov desea hablar con Usted —.
—¿Un general? ¿en el submarino? —, preguntó extrañado Kolya.
—Ya te lo he dicho, no estamos en un ejercicio de maniobras. Esto es muy serio. Para
entrar en aguas territoriales norteamericanas debe haber un general a bordo. Son normas —,
respondió Pribilof, levantándose para acompañar al Capitán.
—Entonces llevan tiempo preparando… —, dijo Kolya.
—Ellos también —, señaló Kuznetsov con un gesto.
—Tenemos que ir también nosotros —, le tradujo Kolya a Sofía.
Justo en el instante en que se estaban levantando de la mesa de la cafetería, todas las
luces del submarino cambiaron de blancas a rojas. Los marineros abandonaron de inmediato
sus comidas y se movieron rápido pero sigilosamente fuera de la cafetería.
204
—Kolya ¿qué ocurre? —, preguntó Sofía, quedándose petrificada por la mirada de
reprobación del capitán Kuznetsov.
Hubo un momento de tensión, pero el capitán comprendió que ellos eran ajenos a la
marina y no podían comprender las órdenes. Se llevó un dedo a los labios haciendo una señal
de silencio y dijo a Pribilof —Sólo susurros. O silencio. Los tenemos encima —.
Kolya le explicó a Sofía que en el medio líquido el sonido se transmite muchísimo mejor
que en aire y que tenían al submarino americano muy cerca. Debían permanecer en absoluto
silencio o susurrarse al oído. Era la forma que tenía el submarino de hacerse invisible.
—¿Y la luz roja? ¿Por qué han salido corriendo los marineros? —, susurró Sofía al oído
de Kolya.
—Posición de combate —.
Avanzaron por los estrechos pasillos, y subieron por unas escaleras que les llevaron
justo a la sala de control, cerca de la torreta de aparatos de medición.
—Por aquí —, dijo en voz baja el capitán Sergey Kuznetsov, indicando una puerta de
madera con el águila bicéfala del escudo de Rusia, tallada. Era el despacho del comandante
Alexander Lebedev, quien estaba acompañado por el general Victor Popov.
Una vez dentro, los altos mandos militares, serios pero corteses, saludaron a los
huéspedes.
—Quería conocerle, señor Nicolay Yurievich Boronov. Quiero oír la razón por la que
estoy arriesgando la vida de esta tripulación y este buque, orgullo de la Marina Rusa —,
preguntó con una mirada rocosa el general Popov.
—Siento que estén en este lío por mi culpa —, respondió Kolya, en ruso, algo
avergonzado por la situación. Sofía estaba sobrecogida.
—Tranquilo hijo —, comenzó a decir el general sin modificar ni un ápice su gesto
adusto, —la patria Rusa no fabrica submarinos para dar paseos por el océano, pero quiero
saber si es tan bueno el descubrimiento que estamos defendiendo en este momento —,
preguntó el General.
Kolya miró a los ojos al General, también al Comandante y respondió, con gesto serio,
y con repentino orgullo de sí mismo: —Sí. Lo es, podemos acabar con el hambre en el mundo.
Si empezamos por Rusia, en cinco años ni un solo ruso pasará hambre o frío. Estamos
haciendo lo correcto, General —.
El general Popov asintió con la cabeza poniendo una mano en el hombro de Kolya.
Luego miró al Comandante y le hizo un gesto con la cabeza, que inmediatamente se tradujo en
205
una orden por parte de éste a través de su interfono: —¡Abrid las compuertas de los tubos
lanzatorpedos y de un misil balístico Bulavá! —.
Kolya miró a Pribilof y pudo ver como se le cubría la frente de sudor a pesar de hacer
más bien frío allí. Se asustó.
Los mandos pasaron a la sala de control a través de una puerta que la comunicaba
con el despacho. Sofía, Kolya y Pribilof pudieron ver un atestado centro de mando, lleno de
operarios y pantallas de ordenador que mostraban un sinfín de datos. Los mandos intermedios,
encargados de cada área trabajaban en silencio pero frenéticamente, en total coordinación. —
Inmersión: 450 metros —, ordenó el Comandante Lebedev.
Kolya y el agente Pribilof permanecieron en la puerta, atentos a las órdenes que se
estaban dando allí dentro y pronto se hicieron una composición de lugar de lo que estaba
pasando. Sofía no entendía el idioma pero estaba impresionada por la magnificencia de la
nave, por un momento le pareció increíble que mientras la gente vive sus rutinarias vidas, un
puñado de hombres y mujeres están surcando el fondo de los océanos, jugando al ratón y al
gato entre las naciones, con submarinos repletos de armamento nuclear.
—Por favor, no pueden permanecer aquí, vuelvan a la cafetería o a sus camarotes. Y
no levanten la voz bajo ningún concepto —, dijo el capitán Sergey Kuznetsov mirando a Sofía
con reprobación.
Los tres fueron conducidos hasta la cafetería de aspecto fantasmagórico, vacía y
únicamente iluminada por una luz rojiza. Kolya y el agente Pribilof iban hablando en voz baja,
con evidente preocupación.
—¿Qué está ocurriendo Kolya? Estoy asustada —, dijo Sofía, mordiéndose la punta del
pulgar de su mano derecha.
—Sofi, estamos en un momento crítico, ambos submarinos han abierto sus compuertas
de los tubos lanzamisiles. Al menos no es un Seawolf, sino un clase Los Ángeles —, explicó
Kolya.
—No te entiendo Kolya, ¿qué significa eso? —, preguntó Sofía.
—Nosotros nos encontramos a unos quinientos metros de profundidad, pero el
submarino que nos persigue sólo puede sumergirse a la mitad de profundidad. Además, este
submarino es absolutamente silencioso en todos los sentidos, y a la profundidad en que nos
encontramos no hay luz solar. Navegamos en la oscuridad total, …en silencio absoluto —,
explicó Kolya.
—¿Entonces no nos pueden ver? —, preguntó Sofía.
206
—Deben tener una señal borrosa en sus sistemas. Están persiguiendo a una sombra…
—.
—Os he oído decir algo de los misiles, ¿van a atacarnos? —, preguntó Sofía, con
preocupación.
—No lo creo Sofía —, dijo Pribilof, —Es una estrategia de manual, se llama Estrategia
de Destrucción Mutua Asegurada. Aunque un error podría…—.
—¿Destrucción Mutua Asegurada?, ¿eso no es lo de las armas nucleares? —, dijo
Sofía.
—Sí. Las grandes potencias saben que no pueden atacarse, pues tienen la certeza de
que ambas partes cuentan con armamento suficiente para aniquilar a la otra. En cierta forma,
garantiza la paz. Abriendo las compuertas de los tubos lanzamisiles le estamos diciendo al otro
submarino que si lanza un misil será aniquilado al instante. Solo espero que no se cometa un
error humano… —, explicó el agente Pribilof, con gesto cansado.
—Mijail, he oído algo del misil de supercavitación. Quizás mi ruso está algo oxidado,
¿han hablado de velocidades de quinientos kilómetros por hora? —, preguntó Kolya.
—Has oído bien —.
—Pero eso es imposible. No se puede alcanzar esa velocidad en el agua… —, dijo
Kolya, poniendo a funcionar su mente analítica.
—El misil produce gas suficiente en su parte delantera como para ir envuelto en una
bala de gas, dentro del agua. Los americanos saben que lo tenemos, si nos disparan, ellos
estallarían en mil pedazos antes siquiera de comprobar el resultado de su ataque. Espero que
todo el mundo mantenga la cabeza fría —, dijo Pribilof. —Esto va a ser largo, me voy a
descansar a mi camarote, y les sugiero que hagan lo mismo —.
—Yo no puedo dormir, sabiendo lo que hay ahí afuera —, dijo Sofía.
—Es tarde, tratemos de descansar un poco —, respondió Kolya.
Kolya y Sofía entraron en su camarote y estuvieron hablando en voz baja, incapaces de
dormir. Recordaron juntos todo lo que habían pasado. A ambos les pareció curioso el hecho de
que los dos recordaban los hechos como si fuera una película. Sabían que lo habían vivido,
pero si en ese momento despertaran solos en un lugar alejado, siempre les quedaría la duda
de si había sido verdad. Había sido todo tan surrealista... Los nervios que habían vivido aquel
día estaban pasando factura. A pesar de lo estresante de la situación que estaban viviendo, el
cansancio pudo más que la preocupación. Sofía tenía la mano en el pecho de Kolya y éste
estaba acariciando el pelo de ella. Un último pensamiento antes de dormirse pasó por la mente
207
de Kolya: si su destino era morir allí, lo haría en casa, pues el cuerpo de Sofía era su hogar, y
su aroma el sortilegio que unía sus almas.
La puerta del camarote se abrió y el agente Pribilof comenzó a zarandear a Kolya y
Sofía, que estaban durmiendo en la litera inferior.
—¿No has oído hablar de la buena educación? —, dijo un somnoliento Kolya. Tenía la
sensación de haber dormido tres o cuatro horas, así que si el agente Pribilof estaba allí es
porque algo grave estaba ocurriendo.
—Venga, deja de refunfuñar. Si hubiera tocado en la puerta con los nudillos me echan
del submarino. Vamos a tomar un café —, dijo Pribilof.
—Déjanos descansar un poco, ahora vamos —, dijo Kolya.
—Lleváis descansando doce horas… —, dijo el agente ruso.
—¿Qué? —, se sobresaltó Sofía —Es imposible —, bajando automáticamente el tono
de voz.
—La desorientación dentro de un submarino es algo normal. En ausencia de luz solar,
el ritmo circadiano del cuerpo se desregula —, explicó Pribilof.
En la cafetería, así como en el resto del submarino seguía aquella luz roja que indicaba
que aún se encontraban en situación de emergencia. Kolya y Sofía se cruzaron con varios
marineros camino de la cafetería. Se les veía serios, cansados, pero concentrados en su tarea.
Los mandos se lo habían dejado claro en su instrucción, en un submarino un error te puede
enviar al fondo del océano, a una muerte terrible.
—¿Cómo está la situación, Mijail? —, preguntó Kolya.
—Seguimos igual —, contestó el agente ruso, al tiempo que comía una especie de
pastelitos secos que constituían el desayuno en situación de emergencia. Nadie cocinó esa
mañana en el submarino.
—¿Tenemos al submarino americano encima? —, preguntó Kolya.
—Así es —.
—¿Por qué sigue ahí si no nos ha atacado? No tiene sentido —, preguntó Sofía.
—No lo sabemos. Quizás… —, comenzó a decir Pribilof, interrumpido por el capitán
Sergey Kuznetsov, quien entró repentinamente en la cafetería con gesto de preocupación.
—¡Agente Pribilof, rápido acompañeme! —, ordenó el capitán Kuznetsov, en un susurro
enérgico.
208
—¿Qué ocurre? —, preguntó sobresaltado Pribilof.
El capitán Kuznetsov miró serio a Kolya y a Sofía, sopesando las palabras, —La
situación se ha complicado. Y mucho… —.
El agente Mijail Pribilof se levantó para acompañar al Capitán hasta el puente de
mando, no sin antes coger un puñado de pastelitos y picar un ojo a Kolya y Sofía, —Todo
saldrá bien —, les susurró. En sus muchos años en el campo del espionaje había aprendido
que fuera cual fuera la situación, mantener a raya los nervios podía significar la diferencia entre
morir o vivir.
Kolya y Sofía se miraron sin poder ocultar su preocupación. Ninguna palabra salió de
sus bocas.
El agente Pribilof llegó, acompañado del capitán Kuznetsov, al puesto de mando,
donde le esperaban el general Victor Popov y el comandante Alexander Lebedev.
—Pasemos a mi despacho —, dijo el Comandante, con gesto serio. Se notaba la
tensión en la sala de control.
—La situación es la siguiente: dos submarinos clase Seawolf se han situado a ambos
lados del Yuri Dolgoruki, pensamos que van a atacar, debemos valorar la situación y responder
a la amenaza —, dijo el comandante Lebedev.
—Usted es agente de inteligencia, señor Pribilof, ¿cuál es su opinión? —, preguntó con
el gesto serio en su rostro curtido el general Popov.
—¿En que sustentan la opinión de que ellos pueden atacarnos? —, preguntó Pribilof.
—Estamos acercándonos a una de las fosas del Pacífico Norte y navegamos en total
silencio, incomunicados. Si nos hunden seremos un fantasma en el fondo del océano. Otro
caso sin resolver para la Historia —, dijo el Comandante.
—Pero, vamos cargados de misiles nucleares, ¿no es así? Si nos disparan habría una
detonación nuclear que provocaría incluso un tsunami —, preguntó Pribilof.
—El Yuri Dolgoruki… —, comenzó a explicar el capitán Sergey Kutnetsov, refiriéndose
en tercera persona al submarino en el que se encontraban, como era costumbre —lleva
dieciséis misiles intercontinentales Bulavá, con diez cabezas nucleares cada uno, y una
potencia de ciento cincuenta kilotones. Pueden modificar su trayectoria en vuelo, evitando
cualquier sistema antimisiles, con un alcance de ocho mil kilómetros. Podríamos impactar en
Manhattan desde aquí, si quisiéramos. Sin embargo, señor Pribilof, ellos pueden atacar
selectivamente nuestros sistemas de soporte vital y hundirnos sin detonar los misiles. En mi
opinión, caballeros, hay que hacer una demostración de fuerza. Y cuanto antes…—.
209
—¿Una demostración de fuerza? ¿En qué está pensando Capitán? —, preguntó el
comandante Lebedev.
—¿Ciento cincuenta kilotones cada uno? La bomba de Hiroshima tenía veinte… —,
reflexionó para sí el agente Pribilof. Componer las piezas básicas del puzzle era su forma de
tejer, como una araña paciente, su estrategia. La situación era muy compleja y no podían
permitirse ningún error.
—Yo digo que si lanzamos un misil hacia el Ártico, que está básicamente desierto, los
americanos comprenderán que vamos en serio y que un movimiento suyo les puede costar
caro —, dijo el Capitán.
Hubo un momento de reflexión para analizar lo que el oficial estaba sugiriendo.
—Gracias por su sugerencia, Capitán —, dijo el general Popov —pero no seré yo quien
desencadene una guerra nuclear. Su estrategia pone en riesgo a millones de personas —.
—Pero Señor, ¡estamos en peligro real de hundimiento! —, respondió el Capitán. El
General miró con gesto serio a su subordinado. Dada la situación de emergencia decidió no
reprender la insubordinación de esa contestación.
—Capitán, hay ciento veinticinco personas en este submarino. No pondré en riesgo la
vida de millones por salvar la nuestra. No es una opción, ¿me he expresado con claridad? —,
espetó el General.
—Sí, Señor —.
—En caso de que nos destrozaran los soportes vitales o los tanques de oxígeno,
¿tendríamos la capacidad de atacar con misiles convencionales a los Seawolf? —, preguntó
Pribilof.
Nadie supo contestar esa pregunta con certeza y llamaron al Capitán especialista en
balística, que se presentó cuadrándose en el despacho.
—Capitán, si los submarinos americanos destrozan nuestros tanques de oxígeno o
nuestro sistema de propulsión, caeríamos al fondo rotando, ¿no es así? —, preguntó el
Comandante.
—Así es, Señor —, respondió el Capitán jefe de balística.
—En esas circunstancias, ¿podríamos alcanzar con un misil convencional a los
submarinos americanos? —, preguntó esta vez Pribilof.
—Sin duda. Una vez fijado el objetivo de los misiles, corrigen el rumbo por sí solos.
Aunque los disparáramos hacia el fondo, volverían a subir hasta impactar con el objetivo fijado
—, respondió el Capitán.
210
—Eso es todo, puede retirarse —, ordenó el Comandante.
—¡Un momento! No se retire. Una pregunta más —, dijo Pribilof —¿Eso lo saben los
americanos? —.
—¿El qué, Señor? —, preguntó el Capitán.
—Que tenemos la capacidad de alcanzarles incluso hundiéndonos. En su opinión,
¿ellos saben que es así? —, preguntó Pribilof.
El Capitán hizo un gesto de sorpresa, echando la cabeza ligeramente hacia detrás y
frunciendo el ceño. Era una pregunta demasiado obvia para él —Por supuesto, Señor. Hace
tiempo que los misiles no describen trayectorias balísticas, son autónomos en la búsqueda de
su objetivo. Definitivamente, sí. Lo saben —.
De repente una gran sacudida se produjo en el submarino junto con el sonido de un
zumbido. Todo pasó en una décima de segundo. En el tiempo que tardaron en reaccionar una
segunda sacudida movió el submarino oyéndose de nuevo un segundo zumbido. Los mandos
corrieron hacia la sala de control adyacente.
—¡Control de daños! ¡Preparad misiles! — gritó el comandante.
—¡Misiles preparados Señor! ¡Objetivos fijados! —, contestó uno de los oficiales frente
a una de las pantallas.
—¡Quiero los daños! ¿Qué ha ocurrido? —, gritó el Capitán al oficial encargado del
sonar.
—¡Nos han disparado dos misiles Señor! ¡Trayectorias cruzadas! No nos han
alcanzado —, respondió el oficial al mando del sonar.
—¡Nos han atacado General! ¡Dé la orden y mandemos a esos malnacidos al infierno!
—, dijo el Capitán con el rostro desencajado.
El General asintió ligeramente con la cabeza, pero se tomó unos segundos para
reflexionar antes de dar la orden.
—¡Quieto todo el mundo! —gritó Pribilof, lo cual no sentó nada bien a los oficiales,
puesto que él no era un oficial de la Marina Rusa.
—¿Qué probabilidades tienen los Seawolf de fallar un lanzamiento de un misil contra
nosotros? —, preguntó Pribilof al Capitán de balística.
El resto de los oficiales de la sala de control se quedaron en silencio, atentos a la
respuesta.
211
—A esta distancia, muy pocas, Señor —.
—¿Y dos misiles? ¿Qué probabilidad de fallo le daría a dos misiles disparados por dos
Seawolf contra nosotros a esta distancia? —, preguntó Pribilof.
El Capitán se quedó unos segundos bloqueado, tratando de pensar en aquellas
circunstancias de tanta tensión.
—¡Conteste maldita sea! —, gritó Pribilof.
—Ninguna —, contestó en voz baja el Capitán —No tienen ninguna posibilidad de fallar
—.
—Son disparos de advertencia General, ¡ordene cerrar los tubos lanzamisiles! —, dijo
Pribilof.
Durante unos instantes el tiempo se detuvo. El oficial de balística tenía los objetivos
fijados en la pantalla, tan sólo tenía que apretar un botón e introducir las claves que sólo
conocían el General Popov y el Comandante Lebedev. El silencio era absoluto y sólo se
escuchaba un ruido procedente del área de balística, al oficial le estaban temblando las manos
y ni siquiera era consciente de ello.
El general Popov jamás había tenido que hacer frente a una decisión tan delicada
como aquella. Con una mirada pétrea en el rostro, producto de su formación militar y su
carácter rocoso, el General le indicó al Comandante que se acercara.
—¿Cuál es su opinión, Comandante? —, susurró el General.
—Si nos hubieran querido hundir, en este momento estaríamos cayendo al fondo del
océano, General —.
—¡Oficial de balística! —, gritó el General, —¡cierre todas las compuertas de los tubos
lanzamisiles, pero deje preparado un misil intercontinental Bulavá para su detonación! —.
—¿Dónde fijo el objetivo del misil, General? —, preguntó el oficial de balística con la
voz entrecortada. La sequedad de la boca era tal que se le trababan las palabras.
—¡La zona de detonación es el propio submarino, oficial! —, ordenó el General.
—Quien se atreva a atacar a la Marina Rusa no quedará con vida para contarlo —,
susurró para sí el General.
—¡Sí, Señor! —, respondió el oficial de balística. El resto de oficiales se quedaron
petrificados, mirándose unos a los otros.
—Cerrando compuertas… —, dijo el oficial.
212
—¡Situación de los Seawolf! —, ordenó el Comandante al oficial de sonar.
—Siguen ahí, mi Comandante —.
Durante unos interminables quince minutos siguieron navegando en la absoluta
oscuridad, en absoluto silencio, esperando a que el destino escribiera su próxima línea. Los
submarinos Seawolf americanos y el submarino clase Los Ángeles seguían en formación de
combate, como tres negras orcas tras su presa.
El oficial de sonar se giró hacia el General. Con el rostro empapado en sudor debido al
estrés trató de decir una palabras, pero nada salió de su boca, salvo un balbuceo ininteligible,
las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. En ese momento el oficial segundo al mando del
sonar exclamó: —¡Se retiran! ¡Están girando! ¡Se retiran! —.
Un estruendo de júbilo se oyó en la sala de control que se oyó en todo el submarino.
Los oficiales se abrazaban y los marineros también tan pronto como la noticia recorrió el
submarino. Las luces rojas seguían indicando una situación de emergencia, pero nadie hizo
caso.
—Desactive los misiles —, ordenó el General en voz baja. —Ha hecho un buen trabajo,
todos lo han hecho —, dijo dando una palmaditas en la cara del oficial de balística superado
por la presión.
Kolya y Sofía estaban en la cafetería, cogidos de la mano, apretando fuerte. Sin duda
aquella sacudida que habían percibido solo podía significar una cosa. Su vida iba a terminar
allí, y pronto. Ninguno de los dos decía nada, pero ambos sabían que ninguno de ellos estaba
solo. Nunca lo estarían. Cuando oyeron el estruendo y los gritos no supieron interpretarlo. Y tan
solo cinco minutos después aparecía en la cafetería el agente Pribilof, como siempre,
sonriente.
—¿Todavía quedan pastelitos del desayuno, o os los habéis comido todos? —, dijo
picándoles un ojo el agente ruso.
—¿Qué ha pasado? ¿Estamos a salvo? —, preguntó Kolya, sin soltar la mano de
Sofía.
—Sí. Os dije que todo saldría bien. En este momento navegamos hacia los canales del
Ártico, hacia la Patria Rusa amigo mío, de la que nunca debiste salir —.
Kolya y Sofía se abrazaron y abrazaron también al orondo agente.
—Cuéntanos que ha pasado, Pribilof —, dijo Sofía, con una sonrisa de oreja a oreja,
secándose las lágrimas de alegría.
213
—¡Que venga el cocinero! Os lo contaré todo si me sirven un buen desayuno, no estos
pastelitos de la estepa siberiana… —, gritó el agente.
Todos rieron.
CAPÍTULO -21-.
La obra Divertimento KV ciento treinta y seis en Re Mayor de Wolfgang Amadeus
Mozart, interpretada por una parte de la sección de cuerda de la Real Orquesta Filarmónica de
Estocolmo llenaba por completo el espacio de la Sala de Conciertos. Era la primera vez que
Sofía escuchaba música clásica en directo, y jamás hubiera imaginado que se pudiera
escuchar música no con los oídos, sino con el corazón. Cada célula vibraba al unísono con la
melodía. Cerró los ojos y comenzó a notar como todo encajaba, como las notas envolvían sus
pensamientos, como la sensación de que ocupaba un lugar en el mundo y que todo había
pasado tal como debía pasar se hacía real. Etérea, intangible para la mente, pero real.
Habían pasado ya cinco meses desde que aquella pesadilla había terminado, y allí
estaba, en primera fila de la sala de conciertos azul de Estocolmo, radiante, vestida con un
elegantísimo traje negro con un estampado de flores rojas, de corte helénico, neoclásico, como
la arquitectura de aquel emblemático edificio, y como su propio nombre. A su lado, vestido con
el correspondiente frac, el agente Mijail Pribilof le cedió su pañuelo blanco de seda, para que
Sofía pudiera secarse alguna que otra lágrima de pura alegría que amenazaba con rodar por
su rostro. Al ritmo de la música, los galardonados con el Premio Nobel comenzaron a desfilar,
bordeando un busto del filántropo, ocupando sus rojos asientos a la izquierda de Sofía. La
Familia Real Sueca estaba situada a la derecha, ocupando sus sillas de tapizado azul y
ribeteado de oro. La prestancia del acto era indescriptible y el motivo, sublime. Cada diez de
diciembre se entregaban los Premios Nobel a aquellas personas que más hubieran contribuido,
con sus descubrimientos, al bien de la humanidad. Aquel año, todas las miradas estaban
puestas en un jovencísimo científico de doble nacionalidad, rusa y española, que lucía,
destacando entre los galardonados.
Aquel día habían estado paseando en la ciudad de las catorce islas, los canales de la
Venecia del Norte estaban helados, y una capa de blanca nieve lo cubría todo. Sin embargo, el
214
frío no era tan intenso como esperaban, y pudieron disfrutar de la magia de esa ciudad,
insertada entre bosques y agua, en un perfecto equilibrio entre naturaleza, pasado y futuro. Un
guía les había explicado la historia de la familia Nobel, que por verse en la bancarrota tuvo que
irse a San Petersburgo, donde Immanuel Nobel instaló una fábrica de armamento, y donde
Alfred Nobel pasó su infancia. Tras veinte años en Rusia, y de nuevo por una bancarrota,
volvieron a Suecia. Su desgraciada historia se agravó con la muerte del hermano de Alfred, por
una explosión de nitroglicerina. Todo cambió cuando Alfred, rellenó una sustancia porosa con
nitroglicerina para una mayor seguridad en el manejo de la misma, inventando así la dinamita,
lo que le hizo inmensamente rico. Kolya reflexionó sobre la vida del filántropo, y cómo trató de
hacer el bien legando su fortuna a una buena causa, quizás por sentirse culpable debido a los
usos bélicos de su invento.
El corazón de Sofía comenzó a latir muy fuerte cuando llegó el momento de entregar
los premios a los galardonados, quienes uno a uno, fueron recibiendo la medalla y el diploma,
de manos del Rey de Suecia. Cuando llegó el turno de anunciar el Premio Nobel de Física, el
público se puso en pie y una unánime ovación interrumpió el acto durante más de quince
minutos. Jamás había ocurrido algo así en aquella ceremonia, pero los asistentes eran
conscientes de que estaban frente a frente con un momento de cambio abrupto en la historia
de la humanidad.
Cuando finalmente el público fue poco a poco tomando asiento de nuevo, Kolya, con
paso firme pero sereno avanzó hasta el centro del escenario. El Rey Carlos XVI Gustavo
Bernardotte le entregó la medalla y el diploma y le dijo unas palabras a Kolya, mostrándose
agradecido porque estuviera allí esa noche. Kolya se dirigió al atril desde el que pronunciaría
su discurso. Miró a Sofía y a Mijail Pribilof, con una sonrisa tranquila, y durante unos instantes
cerró los ojos y conversó con la persona que él sabía que estaba en ese momento a su lado. —
Padre, has sido un ejemplo para mí. Sé que estás muy orgulloso de mí, pero yo lo estoy más
aún de ti. Gracias por darme fuerzas —. El auditorio escuchó en silencio: —Gracias a todos los
presentes, y a todas las personas que hacen posible este premio. Es un estímulo para aquellos
que lo reciben o ansían recibirlo, y es un estímulo para la humanidad misma. En la medida en
que contribuye a que cada año nuevos avances se sumen al lento pero inexorable camino
hacia unas sociedades mejores, se cumple el deseo de su creador, el señor Alfred Nobel —,
Kolya hizo una pausa, pues un aplauso lo interrumpió. —Hay muchas personas a quien podría
dedicar este premio, hay mucha gente que con su sacrificio ha hecho posible mi investigación,
pero no es a ellas, ni a mí mismo a quien hay que felicitar, somos simplemente un instrumento
del cosmos para dejar atrás la adolescencia que nuestra especie padece, provocando hambre
y sufrimiento, innecesariamente —, Kolya hizo de nuevo una pausa, —hoy en día estamos
insertos en la cultura de la tecnología, pero ésta no será nunca digna mientras no se use para
reducir las diferencias entre los seres humanos y erradicar el hambre en este planeta, que es
de todos por igual. Mi descubrimiento no se trata de la energía, eso sólo es el medio. Mi
descubrimiento habla en primer lugar del agua. Vivimos en un planeta rebosante de agua, tanta
215
que se nos haría difícil comprender si lo observáramos desde el espacio, el porqué hay un solo
ser humano que pasa sed. O hambre. Somos agua, y la necesitamos para sobrevivir. Hoy aquí
puedo anunciar que gracias al consorcio de los principales laboratorios del mundo, en los cinco
continentes, se ha firmado un acuerdo mediante el cual la explotación comercial de la energía
ilimitada que estamos produciendo no sólo producirá un avance sin precedente en las
sociedades tecnológicas, sino que se está ya destinando la mitad del dinero obtenido para
construir infraestructuras en las zonas más pobres del planeta, porque nosotros somos ellos y
ellos son nosotros. Con nuestros sistemas productores de energía cuántica ilimitada estamos
potabilizando agua y llevándola a las zonas más desfavorecidas del planeta, haciendo posible
que se pueda cultivar en zonas hasta ahora inimaginables. Puedo anunciar hoy aquí que tras el
colapso económico provocado por la pubertad de la globalización, la especie humana ha
empezado a pensar como un solo organismo. Es hora de erradicar el hambre en el mundo y
dar la bienvenida a una era de enorme prosperidad para todos… Y es a nuestra especie a
quien dedico en premio. No nos ha sido fácil, hemos luchado mucho desde el inicio de los
tiempos, hemos cometido errores, pero estamos empezando a comprender que somos uno, y
que podemos colaborar más allá de nuestros intereses individuales para construir, de una vez
por todas, un mundo mejor —, una sonora ovación de veinte minutos interrumpió de nuevo a
Kolya, quien esperó sonriendo y mirando a Sofía, a quien le rodaban lágrimas de alegría por
las mejillas...
En ese momento, dos de los asistentes sentados en la última fila, invitados
expresamente por insistencia del Gobierno Ruso, salieron de la sala y accedieron al hall, donde
un servicio de catering tenía preparado unos canapés para los asistentes.
—Al final el chaval nos ha salido listo eh —, dijo la Rata.
—Por Kolya —, alzó una copa el inspector Manrique.
—Por Kolya —.
—Por cierto, que buena pinta tienen estos canapés —, dijo la Rata llevándose uno a la
boca.
—Aprovecha y come, que cuando los vea el agente ruso ya sabes…—
—Ambos rieron —.
—FIN—
216
NOTA DEL AUTOR
Deseo agradecer al lector que haya elegido este libro, espero que haya disfrutado con
su lectura. Como lector, valoro mucho aquellos libros que son capaces de transportarme a la
historia que cuentan, y que, a su vez, me aportan nuevas ideas y enfoques con los que
alimentar mi curiosidad. Estos son los objetivos que he tratado de alcanzar al escribir este libro:
crear para el lector un espacio único, por el que pueda transitar cuando lo desee, al margen de
la cotidianidad, y aportarle nuevas ideas o conocimientos. Espero haberlo conseguido en
alguna medida. El hecho de que haya leído este libro constituye para mí una enorme
satisfacción, puesto que ha sido escrito robándole incontables horas al sueño. Me gustaría
seguir creando nuevas historias que aportar a los lectores, lo cual dependerá en cierta forma
de que este libro no se pierda en el océano de nuevas publicaciones, dado que carezco de
promoción alguna. Por esta razón, si el lector quisiera ayudar, agradecería enormemente una
buena valoración en Amazon o recomendación del mismo. En cualquier caso, sólo tengo una
palabra para el lector por haber elegido este libro: ¡Gracias!
Para contactar con el autor:
Email: helderamadowriter@gmail.com
Twitter: @helderamado

Agua

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    1 AGUA. Helder Amado. Para Clara. PRÓLOGO Teletransportacióncuántica, capacidad computacional de la materia, arenas bituminosas, nuevas formas de obtención de energía, altruismo, amor, amistad, codicia y una persecución implacable, una carrera sin tregua por escapar de los insospechados recursos que pone en juego el sistema cuando se siente amenazado. Todo esto y más vivirá Kolya, un brillante científico ruso, físico de partículas, criado en España e hijo de uno de los héroes de Chernobil, cuyo descubrimiento en el campo de la mecánica cuántica puede cambiar literalmente el orden mundial tal como lo conocemos. Junto a él, Sofía, una joven enfermera del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, que verá cómo su vida repentinamente da un vuelco en una espiral imparable de acontecimientos. Resignada, decide dejar de luchar en contra de su propia naturaleza, acepta lo que el destino quiere para ella y descubre por primera vez la vida, en su plenitud, al margen de la opinión de los demás, sin seguridad alguna, sin certezas, sin miedo. La CIA norteamericana, el SVR, el Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia, antiguo KGB, y Claire, maquiavélica directora del Instituto Nacional de Nanotecnología de los Estados Unidos, en Palo Alto, California, tienen sus propios planes para el descubrimiento científico de Kolya, lo que provocará que nada ocurra como debería y la historia salte en giros inesperados, de casilla en casilla, hasta el Jaque Mate de una de las partes. Abróchese el cinturón, comenzamos…
  • 2.
    2 CAPÍTULO -1-. Tras unlargo día de trabajo, el conductor de metro paró el convoy en la última estación de la línea tres del Metro de Madrid. Sobre las dos y cinco de la madrugada de un frío nueve de enero, apagó el ordenador de a bordo, retiró la llave que habría de entregar minutos más tarde para poder irse a casa, y con ojos rojos y cansados bajó de la locomotora. Únicamente quedaba una última revisión de los vagones, y ya podría irse a descansar. Con paso lento y acompasado, en una liturgia mil veces repetida, revisó los vagones uno a uno. —¡No puede ser! ¡Pero qué gentuza me toca siempre! —, exclamó irritado al descubrir a un vagabundo dormido en el vagón número cinco. —Seguridad, por favor —. —Aquí seguridad, ¿qué ocurre? —, respondió una voz metálica en el walkie talkie, entre interferencias. —Tenemos un código azul, llama al Samur —. —Bien, vamos para allá…—. El guardia de seguridad llegó en dos minutos al vagón donde se encontraba el vagabundo. Siguiendo las instrucciones para un caso como ese, se cercioró de que el hombre respiraba, pero no lo tocó a la espera del equipo médico que ya estaba en camino. En sus años de servicio se había encontrado de todo en los vagones, vagabundos, comas etílicos, personas dormidas y hasta embarazadas a punto de dar a luz. Sin embargo, algo en su interior, su intuición profesional, le decía que ese hombre no era un vagabundo. Su ropa sí estaba arrugada y algo sucia, y tenía barba de tres o cuatro días, pero el pelo rubio de aquel hombre joven estaba bien cortado y las uñas estaban bien cuidadas. Al trabajar en seguridad había aprendido a revisar a fondo la fisonomía de las personas. Las personas mienten, pero los detalles pueden aportar información valiosa, cuando tu vida depende de las reacciones de los demás. Además, estaba el tema del color. Ese color en la piel… A las dos y veinte de la madrugada ya habían llegado los efectivos del Samur en la ambulancia de soporte vital básico. Llegaron al vagón con todo el equipo necesario, camilla, desfibrilador manual, analizador de sangre Epoc, y diverso material médico. —Buenas noches, ¿qué tenemos? —, preguntó la médico del Samur, con paso firme al llegar al vagón.
  • 3.
    3 —Es un vagabundode…, lo de siempre —, dijo el conductor de metro, molesto por terminar más tarde su jornada por el incidente. El guardia de seguridad le lanzó una mirada de reprobación, pues era evidente de que no se trataba de lo de siempre. Además, él provenía de un barrio humilde y había visto muchas veces a personas que habían sucumbido ante el peso de la vida, personas como él, pero cuyo destino había conjurado en un determinado momento demasiados elementos adversos. Cada persona, bien lo sabía él, por muy fuerte que parezca, tolera una cantidad determinada de presión. Luego se rompe. El enfermero técnico en emergencias comenzó rápidamente el protocolo mientras la médico recababa información de los dos hombres que estaban allí. —¿Qué sabemos de este hombre? —, preguntó. —Nada, simplemente estaba ahí, en el vagón —¿Puedo irme? Ese tío está bien, le habrá dado un mareo o algo —, dijo el conductor. La doctora intercambió una mirada con el guardia de seguridad, que asintió, y tras unos segundos, miró al conductor a los ojos y le dijo secamente —Puede irse —. —¿Presión? —, preguntó la doctora. —Algo alta —, respondió el enfermero, que ya había obtenido los datos esenciales para valorar la gravedad del estado físico de aquel hombre. —¿Ritmo cardíaco? —. —Ciento sesenta pulsaciones por minuto. Muy acelerado. —¿Has analizado el tipo sanguíneo con el Epoc? —, siguió preguntando la médico. —Sí, pero no da ninguna lectura. Debe estar estropeado —, dijo el técnico. —¿No da lectura? ¿Estás seguro? —. —Sí —. —Pásame el tubo endotraqueal. Hay que estabilizar su respiración —, le dijo la médico al enfermero. En apenas quince minutos habían estabilizado al paciente y tenían todo listo para su traslado al hospital. —Ya está todo. Nos vamos. Apunte sus datos en este documento para el parte de la policía —, indicó la médico del Samur al guardia de seguridad.
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    4 —Así lo haré—. Una vez en el hospital, el equipo médico se hizo cargo de la situación. Ubicaron al hombre inconsciente en una de las salas de una abarrotada planta de urgencias. Sin duda, ese no era el caso más grave al que se tenían que enfrentar esa noche, así que debería esperar. El hombre recobró mínimamente la consciencia. La fría luz de los fluorescentes le produjo un dolor agudo en los ojos. En un primer momento los cerró fuertemente para protegerse, pero haciendo un colosal esfuerzo logró abrirlos un poco. Lo primero que vio fue la pared blanca y fría. Sintió también el gélido tacto de la camilla y el olor a yodo en el ambiente. El lugar le produjo rechazo. Giró lentamente la cabeza, que le pesaba una tonelada, y vio diverso material médico, sueros, cajetines con todo tipo de medicamentos, el electrocardiógrafo… Sabía perfectamente que allí no podrían ayudarle, y en un esfuerzo sobrehumano intentó levantarse para alertar al personal médico. Se giró sacando apenas un pie de la camilla, pero las fuerzas no le respondieron y cayó al suelo llevándose consigo el soporte para suero que había al lado de la camilla, cuyos ganchos fueron a parar a una vitrina que se hizo añicos en el acto. El sonido de los cristales alertó a todo el mundo y rápidamente se personó el personal sanitario de urgencias y un paciente curioso cuya dolencia permitía la movilidad. —Dextemetomidina. ¡Rápido! —, ordenó el médico de urgencias a una enfermera. — Vamos a sedar —. —¡Espere Doctor! ¡Este hombre está hablando! —, contestó la enfermera acercando su oído a la cara del hombre que yacía en el suelo. Claramente estaba intentando decir algo, movía la boca, pero a penas emitía sonidos. En un susurro apenas audible, el hombre pronunció unas palabras. —Me llamo Nikolay Yurievich Boronov. Soy investigador, físico de mecánica ondulatoria. He sido envenenado. A menos que me sometan a una resonancia magnética completa estaré muerto antes de doce horas… —. —¿Una resonancia? ¡Este hombre delira! —, dijo el médico. —Señor, ¿de qué tipo de envenenamiento se trata? ¿Cianuro, arsénico, hongos…? Necesitamos buscar el antídoto —, inquirió la enfermera. —Son… —, intentó responder el hombre, cuyas fuerzas estaban ya al límite. —¡Vamos! ¡Despierte! ¿De qué veneno se trata? —. —Son… son nanorobots. La resonancia los… —, susurró el hombre.
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    5 Acto seguido, sedesmayó. CAPÍTULO -2-. El tomógrafo axial computerizado comenzó a lanzar sus ráfagas de rayos X sobre Nikolay. Cambiando el ángulo de inclinación de los rayos y analizando la parte de los mismos no absorbidos por el cuerpo, el enorme ordenador de última generación iba construyendo la imagen completa del paciente. Sin embargo, en este caso lo importante era la parte de los rayos X que no reflejaba el paciente para construir la imagen… El tipo de envenenamiento al que había sido sometido Nikolay era indetectable con los medios que la medicina forense posee. Sin embargo, en relación con la enorme potencialidad que los nanorobots darían en las próximas décadas, esa primera generación de robots de escala nanométrica era burda, casi pueril. Varios millones de diminutos artefactos habían sido introducidos en el torrente sanguíneo del científico a través de la comida. Estos robots o “Red Hunters” como los llamaba su creadora, a similitud con los robots actuales de mayor tamaño, no tenían ninguna capacidad de decisión o replicación. Con el poder computacional del ARN vírico como base, las nanomáquinas, del tamaño de tres micrones, sólo sabían hacer una cosa, adherirse a los glóbulos rojos, a los cuales identificaban por su forma y doblaban en tamaño. Una vez adheridos, impedían la función principal de estos, captar el oxígeno que respiramos y llevarlo a todas las células del cuerpo. Nikolay estaba empezando a no poder respirar, literalmente el aire que insuflaba a sus pulmones le servía cada vez menos. Se estaba asfixiando literalmente. El científico cuántico conocía perfectamente el mundo atómico y sus avances, y sabía que cada ráfaga de rayos X recibida por las nanomáquinas desestabilizaba su estructura, haciendo que se soltasen de los glóbulos que tenían atrapados con sus seis patas. En un futuro, la tecnología desecharía los materiales de origen metálico en la construcción de nanomateriales, pero ese momento aún no había llegado. —¿Cómo se encuentra señor? Ya le está volviendo el color a la piel, se le ve mucho mejor —, dijo la enfermera de la planta seis del hospital Gregorio Marañón de Madrid.
  • 6.
    6 —Estoy cansado —,respondió Nikolay —En una media hora viene la comida señor… Yurievich —dijo la enfermera comprobando la tablilla de datos del paciente. —¿Dónde está mi ropa, señorita…? —. —Sofía. Mi nombre es Sofía —, respondió la enfermera sin hacer mucho caso al paciente, mientras anotaba algún dato en la tablilla. —Dígame, ¿dónde está mi ropa?, necesito vestirme —, respondió el demacrado científico. —Usted necesita descansar, no vestirse —. La joven enfermera salió de la habitación sin dejar tiempo al científico para articular respuesta. En su corta experiencia en el hospital ya se había acostumbrado a ignorar a los pacientes que querían marcharse a la primera de cambio, cuya mente no aceptaba la situación de encontrarse allí por mucho que su cuerpo lo necesitara. Sofía tenía una mente privilegiada. Había estudiado enfermería en la Universidad Alfonso X el Sabio de Madrid, pero siempre quiso ser médico. La medicina le ofrecería la posibilidad de trabajar en un quirófano, con el paciente dormido, pero unas décimas en su nota de acceso a la universidad, debido a algunas asignaturas que nada tendrían que ver con su profesión la dejaron fuera. Se reprochaba no haber estudiado más, y aunque se esforzó al máximo, seguía culpándose, y el castigo era tener que tratar con la gente. Para ella era demasiado castigo, detestaba hablar con los demás. Sin embargo, en una pirueta de las que sólo el destino es capaz de comprender en su grotesco plan para cada uno de nosotros, había dotado a Sofía de una belleza especial, lo cual hacía que otras personas quisieran constantemente acercarse a ella. Doble castigo. Su pelo negro, azabache, salvaje, combinaba en una suerte de antagonismo con una cara angelical, de tez clara, simétrica. Ella siempre se preguntaba por qué el canon imperante de belleza le había tocado a ella. No siempre había sido así, en otras épocas no habría destacado tanto, pero ahora, cada vez que levantaba la mirada, sus ojos verdes y su media sonrisa nerviosa, producto de su dificultad de tratar con los demás, provocaba una y otra vez la misma respuesta, un anhelo de protegerla, …de poseerla. Desde su época de estudiante había vivido en un mundo de relaciones sociales, donde lo que se esperaba de ella es que usara su belleza para conseguir salir con el chico más atractivo. Los chicos la buscaban con la mirada, mientras que sus compañeras trataban de estar lo más cerca posible de ella, pues sabían que era un imán para los chicos guapos. Sin embargo, su mente no entendía nada de aquello, y cuanto más presionada se sentía, más se encerraba en sí misma. —Hola de nuevo Señor Yurievich. Tengo que tomar sus constantes antes de que le traigan la comida —, dijo la enfermera.
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    7 —Ese es misegundo nombre. Es así porque mi padre se llamaba Yuri. Yo me llamo Nikolay, pero puede llamarme Kolya —, dijo el enfermo, esbozando algo parecido a una sonrisa cansada. Con aire indolente, y para evitar los incómodos silencios, la enfermera dijo —Habla un perfecto español señor Nikolay —. —Soy español —, respondió Kolya. —Pero su nombre… —. —También soy ruso. Es una larga historia. Ahora tengo que conseguir mi ropa. Créame enfermera, es vital que salga de este hospital cuanto antes —. En una fracción de segundo, las miradas se entrecruzaron, y la enfermera percibió la rotundidad de las palabras del paciente, cuyos ojos marrones no dejaban lugar a la duda. Este hombre, a pesar de su juventud, no la miraba como los otros siempre lo hacían. Estaba agotado, pero había calidez en su rostro. Su mirada le estaba pidiendo ayuda a gritos. Sofía salió de la habitación tras el silencio que se había producido. No contestó al científico ante su petición acerca de su ropa, pero paradójicamente en ese silencio había percibido más comunicación que nunca antes. Avanzaba por el pasillo de la planta justo cuando pasó a lado de ella un hombre vestido con traje, camisa blanca y corbata negra. Parecía ese tipo de hombres que llevaban la ropa elegante por obligación, por ser parte de su trabajo, de su personalidad, pero la opacidad de su rostro desconcertó a Sofía. El hombre del traje entró en la habitación seiscientos dos, donde estaba Kolya y cerró la puerta. —¿Quién es ese tío? —, preguntó Sofía a las dos compañeras que estaban en la recepción de la planta. —Es un amigo de trabajo del paciente de la habitación seiscientos dos. Nos ha dicho que estaban preocupados en la empresa y que quería hablar un rato con él tranquilamente —, dijo una de las enfermeras. —¿Un amigo de trabajo? Si ese tío es amigo de trabajo del ruso, yo soy la Madre Teresa de Calculta —, Pensó Sofía. —Buenas tardes Nikolay. ¿Cómo te encuentras? —, preguntó el hombre del traje. —¿Quién es usted? —, respondió Kolya. —Me han enviado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Llevas varias semanas sin aparecer por el National Institute for Nanotechnology Research, en California y
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    8 han avisado atu departamento del CSIC a ver si sabían algo. Por eso estoy aquí —, dijo el hombre del traje, tratando de forzar una torpe sonrisa empática. —¿Cómo me han localizado? —, dijo Kolya. —¡Vamos, eres una persona importante Nikolay!. Le dijiste al personal de seguridad que eras científico. Ellos dieron parte del incidente a la Policía Nacional, que nos avisó inmediatamente —. —¡Quién coño eres tú! Quiero que venga el profesor Gámez inmediatamente. Quiero hablar con él —, dijo Kolya visiblemente nervioso. —El profesor está ocupado dando unas conferencias fuera de Madrid. Me ha pedido que venga personalmente para asegurarme de que estás bien —, dijo el hombre del traje, tratando de calmar a Kolya. —¡Enfermera! ¡Enfermera! —, comenzó a gritar Kolya, pulsando insistentemente el interruptor de aviso de emergencia. —¿Qué está pasando? —, preguntó Sofía, entrando apresuradamente en la habitación. —No pasa nada enfermera. Mi amigo debe sufrir algún tipo de amnesia. Le dejaré descansar, ya me voy —, dijo el hombre del traje. Y con un gesto ensayado, cogió la mano de Kolya y frotándola suavemente le dijo — Recupérate amigo —. Sofía y Kolya se miraron durante unos segundos, los suficientes para que ella percibiera de nuevo aquella extraña sensación. Normalmente ni se inmutaba con los problemas de los demás, pero aquel paciente era diferente, algo raro estaba pasando y en su interior se activó un mecanismo de protección que jamás había sentido. Estaba desconcertaba y sentía curiosidad por aquel hombre. —Verás, Sofía, debo salir de este hospital inmediatamente. Algo muy grave está ocurriendo, pero no puedo hablar de ello —, le dijo Kolya haciendo el gesto de incorporarse, - aunque realmente estaba muy débil para hacerlo-. Los millones de nanorobots que habían sido introducidos en su cuerpo habían hecho muy bien su trabajo. Tenían la capacidad de anular cada glóbulo rojo al que se adherían, y en un alarde de maquiavelismo su creadora les había dotado de una estructura en forma de gancho, de tal forma que unos se enganchaban por contacto con otros, formando un coagulo cada vez mayor que terminaría por provocar la muerte del paciente por obstrucción arterial. Caso cerrado. Sin embargo, una vez desactivados los microartefactos, iban siendo retirados del torrente sanguíneo por los linfocitos, que cuadriplicaban en tamaño a las inertes nanomáquinas. Kolya estaba muy débil, y aunque tardaría en recuperarse únicamente unos días, no disponía de ese tiempo.
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    9 —O me cuentaslo que ocurre o no podré ayudarte. Todo esto es muy raro —, le contestó Sofía fulminándolo con la mirada. —No quiero involucrarte en esto, pero necesito confiar en alguien. Trabajo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, mis investigaciones pueden ayudar a millones de personas. Hay mucho en juego, sin embargo no tengo tiempo de explicarte ahora. —, dijo Kolya intentando de nuevo levantarse, sin éxito. —¿Quién es el hombre del traje que vino a verte? —, preguntó Sofía. —¡Ese hombre ha venido a matarme y volverá hoy mismo si no me ayudas! Confía en mí, te lo explicaré todo —. Sofía seguía mirando fijamente a Kolya, pero las ideas bullían en su interior. Era una locura, jugarse su carrera por ayudar a un desconocido que bien podría estar loco. Además, en caso de que él tuviera razón, ella se vería involucrada en un asunto peligroso. Tras unos segundos de reflexión, y sin ninguna razón que ella pudiera comprender, pero con la certeza de que hacía lo correcto, por fin le dijo: —¡Qué demonios! ¡Te ayudaré! —. Sofía salió al pasillo de la planta a buscar una silla de ruedas con la que trasladar a Kolya, al parecer no había tiempo que perder. Ya vendrían las respuestas más tarde. —. ¡Sofía! —, gritó la enfermera jefe desde el fondo del pasillo. —¿Si? —. —¿Has pasado por todas las habitaciones? Me acaban de llamar de la seiscientos ocho. ¡Tenían el suero agotado! —, espetó la enfermera jefe. —Esto, …si, lo siento, voy ya —, contestó Sofía, con una sensación de irrealidad en su cabeza producto de los nervios. —¡No quiero volver a decírtelo! ¡Que no vuelva a ocurrir!. —, comentó la jefa, ya cansada de lidiar con aquella joven enfermera tan rara. —¡Estos jóvenes! Tienen tantas distracciones que no saben estar en un sitio solo. La próxima vez ésta se va de patitas a la calle —, pensó la enfermera jefe de planta. —¿Por cierto, qué haces con esa silla? ¿Para quién es? — espetó la jefa. —Es para el paciente de la seiscientos dos. Le esperan en rayos —, contestó Sofía, intentando inútilmente disimular la tensión en sus cuerdas vocales. —¡Vete a la seiscientos ocho! Es más urgente —.
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    10 —Pero es que…—. —¡Niperos ni nada! ¡Tú haces lo que yo te diga! Y punto —, dijo la enfermera jefe empezando a enfadarse de verdad. —Voy a cambiar el suero, luego llevaré al paciente a rayos —, contestó Sofía agachando la cabeza. Diez minutos más no tendrían consecuencia —Pensó —. Pero se equivocaba. Cuando Sofía entró en la habitación seiscientos ocho, el hombre del traje oscuro apareció de nuevo por el pasillo, y con paso firme, pero aparentando tranquilidad, avanzó hacia la habitación seiscientos dos. Era todo un profesional. Toda una vida dedicado a limpiar las impurezas del sistema, y ahí seguía, al pie del cañón. Su trabajo era fácil: alguien le hacía una llamada, le indicaban un objetivo y el precio acordado. Él no hacía preguntas, se limitaba a hacer su trabajo. Sabía perfectamente que todo sistema necesita gente que se ocupe de aquellos que lo ponen en riesgo. Y a él le iba bien. Estaba orgulloso de ser una parte importante de la sociedad; cada vez que entraba en un gran almacén, en el metro, o paseando por la calle, veía a la masa, a los miles de ciudadanos que vivían su vida más o menos tranquila, con unas reglas definidas que les permitían llevar a cabo sus absurdos y aburridos proyectos de vida, carentes de emoción, de sentido, como piezas de un gran juego, simples peones en un tablero complejo; hormigas moviendo el gran engranaje sin notar siquiera sus cadenas. El diseño del sistema era sublime, y él, su gran valedor. Además, le encantaba su trabajo, la adrenalina que inundaba su cuerpo en los momentos de acción era su droga. Si no pudieran pagarle, lo haría gratis. El asesino entró en la habitación y ya no disimuló frente a Kolya. —No sé qué coño has hecho, pero tienes a mucha gente muy cabreada —, le dijo con una mirada que paralizó a Kolya por su determinación. Iba a matarle. Con la mano izquierda tapó la boca de Kolya, haciendo alarde de una fuerza descomunal. La energía de la adrenalina multiplicaba por diez la fuerza muscular del asesino, mientras que la víctima sentía sus músculos sin fuerza alguna, paralizado por el miedo. Con la derecha sacó del bolsillo de su traje una jeringuilla que contenía un líquido color ámbar. Quitó con el pulgar la tapa que cubría la aguja y justo cuando iba a terminar su trabajo apareció la enfermera jefe, a quien un sexto sentido le decía que algo extraño estaba ocurriendo en su planta. —¡Pero qué coño…! — gritó la jefe de planta haciendo un ademán para coger la jeringuilla de la mano del asesino. En un instante del que ella jamás sería consciente, el hombre clavó la aguja en el cuello de la enfermera, que se desplomó en el suelo, quedando tumbada boca arriba, con las rodillas dobladas y los ojos abiertos, en blanco.
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    11 —¡Ya te pillaréa ti! ¡Eres muy fácil de cazar! —, le dijo el asesino a Kolya, y desapareció de la habitación. A los pocos minutos, la planta era un hervidero de personas que iban y venían, pacientes curiosos, enfermeras y enfermeros perplejos por lo ocurrido, y varios policías haciendo preguntas. —Buenas tardes señor… Boronov. Soy el inspector Manrique. Cuénteme qué ha pasado aquí —, pregúntó el inspector de policía, con una pequeña libreta en la mano para tomar nota de todo y empezar a bosquejar el puzle que habría de completar. —Han intentado matarme —, respondió Kolya. —¿A usted? ¿Y qué me dice de la enfermera jefe? —. —Entró en un mal momento para el asesino. Se topó con él y este la mató. Si no hubiera entrado yo estaría …muerto —, dijo Kolya sin comprender aún por qué la vida le había llevado a esta situación límite. —Dígame señor …Boronov. ¿cómo era la persona que ha intentado matarle? —, inquirió el inspector. —Unos cincuenta años. Rostro macilento, inexpresivo. Pelo cano. No sé, no recuerdo mucho más, todo fue muy rápido —, contestó Kolya. —Muy rápido. Ya. Y dígame ¿por qué alguien querría matarle? —, preguntó el inspector tomando notas, pero mirando de soslayo a Kolya, activando el lector innato de lenguaje corporal que todo policía tiene. Las palabras mienten. El rostro, rara vez. —Verá inspector Manrique, es una historia muy larga para explicar ahora. Soy investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Trabajo en el IMM …—. —¿IMM? —, interrumpió el inspector. —Instituto de Microelectrónica de Madrid, en la localidad de Tres Cantos —, continuó Kolya —La gente no lo sabe, pero somos pioneros a nivel mundial en ciertas técnicas de nanociencia y nanotecnología. Una de mis investigaciones dio lugar al descubrimiento de una técnica que combina nanotecnología y entrelazamiento cuántico de fotones. La publicación en una revista especializada de mi trabajo…—. —¿Y por eso le quieren matar? ¿Por investigar? —, interrumpió de nuevo el inspector, a quien no le interesaba lo más mínimo el trabajo del investigador. Él estaba allí para resolver un crimen. —Le decía inspector, que la publicación en la revista Science de mi trabajo llamó la atención del mayor centro de investigación de nanotecnología del mundo, el National Institute
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    12 for Nanotechnology Research,o NINRE, en California. Me llamaron y he estado trabajando con ellos seis meses. Con mi técnica basada en la teletransportación y la nano…—. —¿Teletransportación? ¿Entrelazamiento cuántico de …fotones? Vaya al grano, Boronov—, espetó el inspector, quien estaba empezando a perder la paciencia. —Mi descubrimiento es muy importante inspector. Puede cambiarlo todo. Literalmente. —, contestó Kolya, irritado por la estrechez de miras del policía. —¿Quién quiere matarle, señor Boronov? ¿Los americanos, por su descubrimiento? — , preguntó el inspector. —No lo sé inspector. Lo único que sé es que me tiene que sacarme de aquí, o acabarán por lograr su objetivo —, respondió Kolya. —Bien, le asignaré un agente. Se situará a la entrada de esta planta. Puede estar tranquilo. Mañana seguiremos hablando —, dijo el inspector. El inspector pensaba ir al CSIC y averiguar si el científico decía la verdad o realmente había perdido la cabeza. A estos cerebritos a veces les pasa —pensó —, se vuelven majaras. —Eso no es suficiente, debe trasladarme a una instalación más segura —, le dijo Kolya. —¿Trasladarle? Su seguridad está garantizada. Intente descansar señor Boronov —, dijo el inspector saliendo de la habitación. —No lo está —, pensó Kolya. Sofía entró en la habitación en un momento en que las cosas se habían calmado un poco. Debía averiguar si la situación ya estaba controlada para aquel paciente con el que percibía una conexión especial que no podía explicarse. —¿Cómo estás Kolya?, He oído que van a poner a un policía en la entrada de la planta. Me alegro de que todo esté controlado —, dijo Sofía aproximándose a la cama. —No hay nada controlado. Necesito tu ayuda. Sólo te pido que me traigas mi ropa y me ayudes a subir a un taxi. A partir de ahí no me verás más, no quiero ser un problema para ti —, le contestó Kolya con una mirada de súplica. —Vengo ahora—, dijo Sofía aún bastante confusa consigo misma, pues todos los argumentos de pros y contras que esgrimía en su cabeza le decían que saliera inmediatamente de aquella habitación y se fuera a casa. ¿Ayudar a un desconocido arriesgando su carrera? No tenía el menor sentido. Sin embargo, una sensación interior le decía sin la menor duda, sin debate interno, que tenía que hacerlo. No había motivos lógicos para la razón, pero el corazón le hablaba alto y claro. ¡Vive la vida, Sofía! La vida no es para pensarla, no es para complacer
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    13 los deseos delos demás, que te dan su aprobación en la medida en encajas en un plan que no es el tuyo. La vida es acción. Justo lo que no había hecho en toda su vida. Algo mareada por la tensión que le producía la lucha interior, salió de la habitación. Pasados veinte minutos entró Sofía con una bata de hospital y una silla de ruedas. —¡Ponte esto! —, le dijo a Kolya. —Sí —, respondió el científico con una mirada de gratitud. —¡Siéntate aquí y ni se te ocurra abrir la boca! Nos vamos —, le dijo Sofía tratando por todos los medios de tener el control de la delicada situación. Kolya se sentó en la silla. Su mente de científico le pedía evaluar todas las opciones posibles, pero no estaba en un experimento controlado de laboratorio. Con el corazón acelerado, encaró la situación. Una de las enfermeras que estaban en el pasillo, al verlos salir preguntó: —¿No has terminado ya tu turno, Sofía? Yo puedo llevar al paciente —. —No. Lo haré yo —, contestó Sofía. —¿A dónde vas? —, preguntó la compañera. —A Rayos —. —¿A rayos? ¿Para un paciente de planta? ¿Ahora? —, preguntó la enfermera percatándose de lo inusual de la situación. Sofía no contestó. Con paso firme avanzó hasta el final del pasillo, donde se levantó un policía que custodiaba la entrada. —¡Alto! Esta persona no puede salir de la planta. Debo garantizar su seguridad —, dijo asertivamente el policía. —He de llevar a este paciente a hacer una prueba, estaremos aquí en media hora —, contestó Sofía. El policía se dio cuenta de que tanto Sofía como Kolya estaban visiblemente tensos, aquello no le daba buenas sensaciones. Sin embargo, el respeto por las decisiones médicas le hacía dudar. —Yo iré con ustedes —. Los tres entraron en el ascensor, y conforme iba descendiendo de plantas el silencio se hacía más y más tenso allí dentro.
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    14 —¿De qué esesa prueba? —, preguntó el policía. —Rayos. Hay que confirmar el estado de las articulaciones. El doctor quiere ver la prueba mañana por la mañana —, mintió Sofía. Hasta a ella misma le había parecido un argumento poco convincente. Sabía que una de las salas de pruebas con mayor actividad era la de radiología, ya que la mayoría de entradas en el hospital por la tarde y por la noche se debía a traumatismos. Por eso había utilizado ese argumento. El ascensor llegó a la planta menos dos de radiología. Sofía debía sortear otro obstáculo: el hecho de que allí nadie tuviera indicación médica para esa prueba. —Sujete la silla por favor, voy a entrar a hablar con los compañeros, a ver si tenemos algún aparato de rayos libre —, indicó Sofía al policía, lo cual le infundió un poco más de confianza al ver que él se quedaba con la persona que debía proteger. El radiólogo, un hombre de unos cincuenta y pico años, de escaso pelo y con barriga, estaba observando unas radiografías que acababa de hacer y se disponía a escribir el correspondiente informe para el médico cuando vio entrar a Sofía en la estancia. —Buenas tardes enfermera, ¿qué le trae por aquí? —, preguntó. —Traigo un paciente para hacerle unas placas —, contestó Sofía. —No tengo constancia, enséñeme la orden del médico —, contestó el radiólogo. —Verá, es una orden verbal. Se trata de un asunto extraordinario. ¿Hay oído hablar de lo que ha pasado hoy en la planta sexta? —, preguntó Sofía. —Sí —. —Pues le traigo al paciente objeto de la agresión. El criminal le golpeó en la pierna derecha antes de irse y el paciente tiene mucho dolor. Tengo indicación del doctor Martín de que se le realice una radiografía y se la lleve para asegurarse de que está todo bien —, le dijo Sofía. —¿Llevársela? ¿Ahora? —, preguntó el radiólogo. —Sí. El doctor tiene guardia en urgencias y quiere ver la prueba hoy. Y este es un caso excepcional. El director del hospital no quiere más noticias negativas y le ha dado máxima prioridad. — continuó Sofía, cuyo plan era llegar hasta urgencias a través del montacargas auxiliar que tenían internamente en Radiología para los casos de fracturas graves y politraumatismos. Una vez allí, tendría que llegar hasta el parking, donde tenía aparcado su Mini Cooper rojo. —Quiero hablar con el doctor Martín. Páseme el teléfono —, le dijo el radiólogo a Sofía, algo extrañado por todo lo que estaba oyendo.
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    15 Sofía sabía queno podía permitir que se hiciera esa llamada. Estaba empezando a estar desesperada, pero de alguna manera se sentía ya cómplice de aquel científico, y su sentido de la ética no le permitía abandonarlo a su suerte. —¡Espere! —, le gritó Sofía al tiempo que comenzó a desabrocharse la bata blanca. — Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas —pensó. —¡Pero qué hace enfermera! —, dijo el radiólogo, quién jamás se había visto en una situación parecida. La belleza de aquella enfermera, la sensualidad de su cuerpo perfecto, la simple posibilidad de revivir la sensación ya olvidada de tocar una piel joven de mujer lo perturbó en lo más hondo de su ser, en esa parte del ser humano que procede de su más baja naturaleza animal, tan ancestral, tan poderosa como la vida misma. El radiólogo apoyo sus manos en la mesa que tenía detrás, paralizado ante la situación que estaba viviendo. Estaba confundido y asustado, pero era ya una marioneta de su profundo deseo. Sofía se acercó despacio al radiólogo, desabrochando suavemente el primer botón de su camisa. Cogió la cabeza del médico radiólogo con ambas manos y lo besó. Después de besarlo comenzó a clavar sus uñas en la cabeza del radiólogo. Éste le cogió las manos a Sofía, retirándolas de su cabeza sin oposición en lo que él pensaba que era un juego sensual. Acto seguido, Sofía llevó sus manos al segundo botón de su camisa, y con un tirón seco la rompió. —O me ayudas o te acuso ahora mismo de intento de violación —, le dijo Sofía mirándolo directamente a los ojos, sin la menor vacilación. —Pero… yo… —apenas acertó a decir el radiólogo. —Tengo tu ADN en mi boca. En mis uñas ya que me tuve que defender, y has roto mi camisa —. —Pero yo no he roto… —. —Piensa en tu familia, en tus hijos. ¿De verdad crees que alguien te creería a ti? —, le espetó Sofía cogiendo la fotografía enmarcada que tenía el radiólogo en su mesa. —¿Qué tengo que hacer…? —, se avino el doctor, aterrado. —Quiero que salgas a por el paciente y lo traigas. Hay un policía con él, dile que se espere fuera. Luego nos permitirás irnos por el ascensor de urgencias —, le ordenó Sofía mientras se abotonaba la bata. —Pero…—. —¡Haz lo que te digo! —.
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    16 El radiólogo salióa por Kolya. Le dijo al policía que esperara fuera para no exponerse a la radiación electromagnética. Que no tardaría. Una vez dentro de la sala de rayos, subieron por el ascensor auxiliar hasta la planta de urgencias. Allí no llamaría la atención con un paciente en silla de ruedas, y todo el mundo está muy ocupado, por lo que pudieron salir por la puerta principal de ambulancias sin ser molestados por nadie. Pasado un buen rato, el policía se dijo a sí mismo que algo raro estaba pasando. No era normal tanta espera. Entró bruscamente a la sala de rayos donde se encontró al radiólogo sentado en el suelo, con las manos en la cara, llorando. En ese mismo momento, el Mini Cooper rojo de la enfermera volaba por la carretera M-30 de Madrid. CAPÍTULO -3-. A primera hora del día siguiente, diez de enero, el inspector Manrique tomó la carretera de Colmenar Viejo. En una media hora estaría en de Tres Cantos, localidad madrileña privilegiada, tanto por sus cercanos montes, como por su bien planificado diseño. Al ser una ciudad de únicamente treinta años de existencia, contaba con preciosas avenidas repletas de árboles de hoja perenne, simétricos edificios de ladrillo rojo, un cielo azul y un aire puro proveniente de las enormes extensiones boscosas cercanas. El inspector fue cambiando de humor conforme avanzaban los kilómetros al volante de su Seat Toledo. No le vendría mal salir durante un par de horas de la gran urbe, con su cielo grisáceo aún sin nubes, la prisa de sus habitantes y el submundo de inconfesables intenciones que él bien conocía. El inspector aparcó en la calle de Einstein, a escasos metros del enorme monte de El Pardo. A pie recorrió los cincuenta metros que lo separaban de la Calle de Isaac Newton, donde se encuentra el Instituto de Microelectrónica de Madrid, dependiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas. El edificio blanco de cristales de espejo con reflejos de nácar lucía brillante con los tibios reflejos del sol de invierno, bajo un cielo azul con un fondo de ligeros jirones de nubes altas. El ambiente era de pura armonía. El inspector, acostumbrado al inhumano nivel de ruido de la gran ciudad, se detuvo un instante para escuchar el silencio.
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    17 —Buenos días, soyel Inspector Manrique de la Policía Nacional —, dijo al vigilante de seguridad que custodiaba la entrada, mostrando su placa —Quiero ver al profesor Alberto Gámez —. —Un momento, por favor —, respondió el vigilante, algo intimidado por la presencia del Inspector. —El profesor Gámez saldrá a recibirle en unos minutos, señor Manrique —, le indicó el vigilante colgando el teléfono. El inspector, un hombre delgado, alto, de abundante pelo negro peinado con la raya a un lado era lo que se dice un hombre clásico. Vestido con un traje sin corbata y camisa negra, era uno de esos tipos de rostro adusto, que no bromea, a los que les gusta siempre tener el control. Su trabajo en la policía había sido impecable, en su hoja de servicio eran incontables los casos resueltos. Como un cazador, rastreaba las pistas en busca de su presa hasta localizarla y darle alcance. Era incansable en su búsqueda, y si tenía que perseguir a un sospechoso hasta los confines de la tierra, allí iría. Tras unos minutos de espera, apareció tras una puerta de apertura automática el profesor Alberto Gámez. —Buenos días. Me han dicho que preguntaba por mí —, dijo el profesor, un poco extrañado por la visita. El inspector, tras escrutar la estancia con la mirada, y comprobar que en la puerta de acceso además del vigilante entraba o salía algún que otro investigador, comentó: —Profesor, querría hablar con Usted unos minutos. En privado —, su directa mirada y su tono de voz no dejaban lugar a la duda. —Sí sí, claro señor…—. —Inspector Manrique —. —Venga por aquí, Inspector. Estaremos mejor en mi despacho —, dijo el profesor, con una sensación de verdadera incomodidad por esa inesperada visita. El despacho del profesor en nada se parecía a lo que la gente entiende por un despacho. Más bien parecía el cuarto de un adolescente, con todo tirado, solo que en vez de póster y juegos de ordenador, el desorden provenía de libros, revistas especializadas, y más libros. Sobre la mesa, en un espacio hecho a base de apilar centenares de folios en uno de los lados de la mesa, probablemente apartados de la zona de trabajo con el brazo, sin orden aparente, había un ordenador portátil, bastante grueso, y con varios cables acoplados. Daba la sensación de cualquier cosa, menos portátil.
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    18 En cuanto entraronen el despacho, el profesor retiró una pila de papeles de una de las dos sillas atestadas de documentos. —Siéntese, por favor —. El inspector se sentó sin decir nada. Analizando cada rincón de aquella ratonera, obteniendo los datos necesarios para saber con qué clase de persona iba a tratar, y como abordarlo para obtener las respuestas que quería. —Profesor, quiero que me hable de Nikolay Boronov —, preguntó el inspector, sacando del bolsillo interior de su chaqueta negra un bolígrafo y una pequeña libreta gastada, repleta de datos, pero sin perder de vista la cara del profesor. —¿De Kolya? —, se sorprendió el profesor. El lenguaje corporal, perfectamente analizado por el inspector, hacía indicar que la sorpresa no era fingida, el tiempo de reacción hacía imposible una respuesta planificada. Al inspector le pareció que no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando, pero aún debería concluir su análisis. —Kolya o Nikolay. ¿Qué nombre es correcto, profesor? —, inquirió el inspector. —Bueno, su nombre es Nikolay, pero él prefiere que le llamemos Kolya, como lo hacía su madre. Es un diminutivo cariñoso. No tiene ni treinta años, inspector. Fui su tutor en el doctorado, para mí es como un hijo —, contestó el profesor, algo dubitativo por la presencia del inspector. —¿Cuál es el trabajo de Nikolay Boronov, profesor? —, preguntó el inspector Manrique, a quien no le gustaban los diminutivos. —¿Por qué? ¿ha pasado algo? —, preguntó Gámez. —Ha recibido alguna amenaza, y queremos protegerlo —, contestó el inspector, eligiendo esa media verdad. —Es doctor en el campo de la mecánica ondulatoria, inspector —. La mirada impasible del inspector hizo comprender al profesor Gámez que iba a tener que explicarlo de una forma sencilla, o ese hombre no iba a comprender nada. —Empecemos por el principio, —dijo el profesor —, todos nosotros estamos sometidos a unas fuerzas en la naturaleza, fuerzas que nos guste o no están ahí y rigen nuestras vidas. Vivimos pegados a la superficie de un planeta, que nos atrae con una fuerza proporcional a su masa. Todo lo que hacemos, comer, dormir, coger el coche para ir al trabajo, incluso estar sentado aquí hablando es gobernado por cuatro fuerzas fundamentales, no solo la gravedad terrestre, que tienen sus propias reglas de funcionamiento —. En ese momento, el profesor hizo rodar su lápiz por la mesa en dirección al inspector, quien lo paró con la mano. —Acaba
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    19 de demostrar, inspector,la primera ley de Newton. Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas en él —, dijo el profesor, interrumpido en ese momento por el inspector… —Gracias por la clase, profesor, —dijo el inspector en un tono sarcástico, —pero ¿a dónde nos lleva todo esto? —. —Simplemente le estoy situando en un marco de referencia para que pueda comprender el trabajo de Kolya. Es un buen chico. Inspector, si está en problemas, por favor le ruego que le ayude —, dijo el profesor en tono de súplica. —Tiene mi palabra, profesor —. —Gracias. Como le iba diciendo, inspector, todos nosotros percibimos el mundo sujeto a esas reglas que podemos notar, que nos son aplicadas en nuestro día a día y que comprendemos bastante bien, aunque no sepamos su formulación matemática. Por ejemplo, si un sospechoso se aleja en exceso ¿cómo le dispararía a la pierna, inspector? —. —Elevaría el disparo —, contestó el inspector, asumiendo que aquello le iba a llevar su tiempo. Era evidente que aquel científico no tenía la noción de la prisa entre sus principales inquietudes, así que se reclinó en el asiento, dejó la libreta, aún en blanco, en la desordenada mesa del profesor y decidió darse un tiempo. —Efectivamente, dijo el profesor, —efectuaría un disparo calculando con precisión la trayectoria para contrarrestar el efecto gravitatorio. Principio elemental en balística. Y la bala iría desde el punto A al punto B, a través del aire, en una trayectoria curva, ¿no es así, inspector? —. —Sí, así es —. —Ese mundo que percibimos con los sentidos está gobernado por las leyes de la mecánica clásica o newtoniana, inspector —. —¿Qué tiene que ver eso con el trabajo de Nikolay, señor Gámez? —, inquirió el inspector. —Kolya es físico, pero no le interesa ni lo más mínimo las leyes que gobiernan el mundo que vemos, inspector. Existe otro mundo que no vemos, pero que también rige nuestras vidas. Se trata del mundo de lo muy pequeño. Estamos hablando de una escala a nivel atómico, mil veces más pequeño que el grosor de un cabello humano. A esa escala ocurren cosas sorprendentes, inspector —continuó el profesor reclinándose hacia delante, en un gesto que indicaba claramente que estaba empezando a hablar de una materia que le apasionaba. — En el mundo cuántico una partícula puede estar en un número infinito de lugares. En el ejemplo
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    20 de la bala,si estuviéramos en el universo cuántico, y la bala fuera una partícula subatómica, podría ir desde el punto A al punto B sin pasar por medio de los dos —. —¿Una partícula va de A a B sin pasar por el medio? —, preguntó el inspector, quien definitivamente había decidido hacer un descanso en su estresante agenda. Un rato de charla no le vendría mal. Además, le estaba empezando a caer bien aquel tipo, le parecía curioso en su ingenuidad. —Así es. Además, si podemos saber la posición de una partícula será imposible determinar su trayectoria, y si conocemos su trayectoria será imposible determinar su posición. En el mundo subatómico no hay verdades absolutas, solo probabilidades de que algo ocurra — , dijo el profesor. —Pero, eso es imposible —, respondió el inspector. —¡Ajá! Otro Einstein —, soltó jocosamente el profesor, quien ya casi se había olvidado de con quién estaba hablando, tan absorto en su mundo de conjeturas físicas. —¿Disculpe? —. —Inspector, ¿ha oído alguna vez la frase de Albert Einstein que dice “Dios no juega a los dados”? —, preguntó el profesor. —Pues sí, me suena bastante. ¿Así que se refiere a esto? — respondió el inspector. —Sí inspector, se trata del principio de incertidumbre de Heisenberg. Hasta el propio Einstein, con su descomunal capacidad de comprensión, no podía dar crédito a esta forma caprichosa de comportamiento de la materia, lo cual le costó bastantes críticas, especialmente de otro de los padres de la mecánica cuántica, Niels Bohr, quien le respondió en una carta: “Señor Einstein, deje de decirle a Dios lo que debe hacer”. —¿Heisenberg no era un nazi, profesor? Lo vi en un documental —, preguntó el inspector. —¿Un nazi? En realidad no, inspector. —, dijo el profesor un tanto sorprendido por los conocimientos del inspector. —Trabajó para Hitler en la construcción de la bomba atómica, pero nunca consiguieron desarrollarla. Cuando los británicos recluyeron al grupo de científicos alemanes que habían estado trabajando en la construcción de la bomba atómica para Hitler, en una casa de la campiña inglesa dispusieron micrófonos por toda la casa, ¿y sabe qué? —. —¿Qué? —. —Tenían los conocimientos necesarios para hacer con éxito bombas atómicas. Posteriormente, el propio Heisenberg dijo que se había dado cuenta del poder destructor de
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    21 Hitler y habíadecidido que aquel proyecto nunca viera la luz. ¿Héroe o villano?, nunca lo sabremos —, concluyó el profesor. —La charla está siendo agradable, profesor —dijo Manrique sinceramente —, pero ¿qué tiene que ver todo esto con Nikolay? —. —Nikolay… ah sí. Disculpe inspector, a veces me voy por las ramas. Kolya tiene un talento increíble inspector. Su mente procesa la información de una forma en que los demás no podemos. Hay un nivel en la comprensión del conocimiento al cual nuestro cerebro racional no puede llegar, hay ciertos temas que sólo pueden ser comprendidos con el poder de la intuición. Y esa capacidad de pensar con la parte más potente de nuestra mente, que no es parte racional, inspector, está al alcance de muy pocos. Yo me di cuenta de su capacidad excepcional cuando le impartí una asignatura en cuarto de carrera, en la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense, donde doy clase. Recuerdo que hablamos del teorema de Fermat en clase, esa simple fórmula matemática sin solución durante más de trescientos años, desde su formulación en mil seiscientos treinta y siete hasta mil novecientos noventa y cinco, año en que el profesor Andrew Wiles lo resolvió. Pues bien, uno de los problemas a que dio lugar la resolución de ese teorema es que muy pocos matemáticos en el mundo eran capaces de seguir la explicación del profesor Wiles y por eso no se dio por bueno el resultado de forma inmediata. Hablamos de ello en clase, y proyectamos un vídeo en que se veía al profesor Wiles en la Universidad de Cambridge explicando la solución al teorema. Ese fue un momento mágico en la vida de un matemático, y quería compartirlo con mis alumnos. Lo curioso del caso es que ninguno de los que estábamos en la clase pudimos seguir la explicación, cosa que tampoco tenía importancia, pues no éramos matemáticos. Sin embargo, a la semana siguiente Kolya me preguntó si podía subir a la pizarra. Le dije que sí, y comenzó a explicarnos paso a paso la resolución del Último Teorema de Fermat. No sé si él era consciente de lo que aquello significaba, creo que no, imagino que había sido un reto para su mente y le pareció divertido ir más allá. En ese momento decidí que dirigiría su tesis doctoral — . —Profesor, vaya al grano —, inquirió el inspector, cambiando de postura en la silla, pensando que no sacaría nada en claro de la entrevista con aquel chiflado de los números. —De acuerdo, inspector. Kolya hizo su tesis doctoral sobre la teleportación o teletransportación cuántica… —. —¿Teletransportación? ¿Se refiere al tipo de teletransportación que sale en la película La Mosca, profesor? —interrumpió el inspector. —No exactamente. Esto ocurre a escala subatómica. Las partículas a veces son materia, a veces energía, y pueden trasladar sus propiedades de un punto a otro sin tomar ninguna ruta, sin caminos intermedios —, continuó explicando el profesor.
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    22 —Masa y energía,masa y energía… —, caviló en voz alta el inspector Manrique, intentando establecer un punto de conexión entre la mente del científico y el intento de asesinato que debía resolver. —Sí, inspector, ¿Conoce la famosa fórmula E = mc²? —. —La he visto en camisetas, sí —, contestó el inspector. —La masa y la energía son dos manifestaciones de una misma cosa inspector. El mundo no es tal como parece, como alcanzamos a comprender. La materia es pura energía, vibrando de una forma determinada. Simplemente es así. —, dijo el profesor. —Eso podría explicar algunos fenómenos extraños que he visto. He visto morir gente, profesor, y le aseguro que hay sensaciones que no se pueden explicar… —, comentó el inspector, mirándose las uñas de una mano, en un gesto reflexivo, como si estuviera solo. Pensando en voz alta. —Como científico no doy credibilidad a lo que no pueda medir, inspector —, contestó el profesor Gámez, sacando de sus pensamientos al inspector. —Prosiga profesor, ¿tiene entonces que ver con la energía? —, preguntó el inspector. —¡Bingo inspector! —. —Continúe —. —Kolya ha publicado varios trabajos importantes sobre teletransportación cuántica. Se trata de fotones de baja energía que se entrelazan y se transmiten información automáticamente. Si un fotón sufre una variación, su fotón entrelazado la sufre también, automáticamente, en la distancia —, continuó explicando el profesor. —¿Es una realidad, entonces? —, preguntó el inspector. —Sí. De hecho el récord de distancia de entrelazamiento cuántico se ha batido recientemente en Canarias, inspector. Kolya colaboró con dicho experimento en la Estación Óptica Terrestre de la Agencia Europea del Espacio, en Tenerife. Aunque este hecho no es nuevo para la comunidad científica, es posible que Kolya haya conseguido… No…, es físicamente imposible—. —¿Qué es físicamente imposible, profesor? —. —Atrapar la energía del espacio, inspector. Él ya tenía esa idea en mente cuando estaba preparando la tesis doctoral, pero no estamos tan avanzados tecnológicamente para eso. —, dijo el profesor, con la mirada fija en los papeles de la mesa, haciendo cálculos internos, absorto en ellos. Finalmente concluyó —…es imposible. —.
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    23 —Explíquemelo un pocomejor, profesor, no le sigo —, dijo el inspector, incorporándose en la silla. —Kolya tenía un sueño, acabar con las miserias humanas. Contribuir de alguna manera a mejorar el mundo. ¿Y qué es lo que mueve el mundo? —, preguntó el profesor. —¿La energía? —. —Correcto inspector. ¿Ha oído hablar al reputado científico Michio Kaku de los tres tipos posibles de civilizaciones?, Están las civilizaciones que obtienen la energía almacenada en su propio planeta, por ejemplo quemando hidrocarburos, que son básicamente plantas muertas, las que obtienen la energía directamente de su estrella, como ya estamos empezando a hacer al aprovechar la energía solar, y las que obtienen la energía de la galaxia, capturando para su provecho las ondas energéticas que viajan por el universo. Esto último es en lo que estaba trabajando Kolya. Al menos en su mente —. —¿Cómo que en su mente? —, preguntó el inspector. —Sí. Me refiero como concepto teórico. Cuando se produce un entrelazamiento cuántico podemos transmitir información de una partícula a otra, pero no energía. Digamos que es como si tenemos una silla en este edificio y otra en su comisaría, inspector. Si estuvieran entrelazadas, si yo moviera mi silla que está en mi oficina usted vería moverse automáticamente la que está en la suya. Así de simple, sin trasvase de energía de un punto a otro, sin que nada viaje por el camino —, continuó explicando el profesor. —Pero, …eso que me cuenta parece imposible, profesor —. —Es parte del mundo en que vivimos, inspector. En realidad hay más energía que materia, o dicho de otro modo, sea lo que sea lo que existe, se manifiesta más como energía que como materia. De hecho, a todos nosotros nos parece que el universo está vacío, con vastísimos espacios vacíos entre cuerpos celestes, ¿no le parece? —. —Así es —, contestó el inspector Manrique, en un intento de seguir el argumento de aquel profesor ensimismado en su propio conocimiento. —¿Y cómo es que los planetas están “pegados” a su estrella, y ésta está “pegada” a su correspondiente galaxia, y las galaxias están a su vez se ven impulsadas por el tirón gravitacional de otras galaxias, en una danza de fuerzas de las que no puede escapar? ¿Y cómo es posible, inspector, que si el espacio está vacío, le llegue el calor del sol? —. —Pues… —. —La respuesta es simple. Porque el universo que conocemos no está vacío, es pura energía. Incluso cuando usted golpea una pared con un martillo, percibirá el choque entre la pared y el martillo porque el campo de fuerza nuclear de los átomos que conforman su martillo
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    24 chocan con elcampo de fuerza nuclear que mantiene unidos a los elementos atómicos de la pared, chocan fuerzas, energías, no partículas. Si usted pudiera hacerse tan pequeño como un electrón y se infiltrara entre los átomos que configuran la pared, le aseguro profesor que vería un lugar muy muy vacío —. —La charla está siendo muy interesante profesor, pero yo tengo que volver al mundo real. No se ofenda, pero no hay más tiempo para sus explicaciones —, inquirió el inspector, sabiendo que no sacaría nada más de allí. —Una última pregunta. Y vaya al grano ¿Qué ha descubierto Nicolay? —, preguntó secamente el inspector Manrique. —No sé cómo lo ha hecho, inspector, pero si Kolya ha conseguido obtener energía del universo a través de la teletransportación cuántica, el mundo que usted y yo conocemos desaparecerá de un plumazo y pasaremos a nuevo nivel. ¿Se ha preguntado alguna vez qué se podría hacer con energía inagotable, limpia y barata? Estamos hablando del mayor salto evolutivo del planteta. Con esa energía inagotable podríamos obtener prácticamente gratis agua potable de los océanos, regar desiertos, alimentar a toda la población mundial, que estaría más repartida por el planeta, cada persona podría trabajar su propia subsistencia sin problemas, nuestro planeta visto desde el espacio sería un vergel inmenso, un planeta verde… —. Un martilleante sonido metálico proveniente del teléfono móvil del inspector sacó al profesor Gámez de sus pensamientos sobre el paraíso terrenal. —Disculpe profesor. Esta llamada es importante —, dijo el inspector abriendo la tapa de su anticuado teléfono. —Aquí Manrique, ¿qué ocurre? ¿Qué? ¿Es una broma? De acuerdo, voy para allá —. —Profesor, no sé en qué anda metido su pupilo, pero esto es muy gordo. En este momento tengo sentado a un agente de la CIA en mi despacho. Quiero que esté totalmente disponible, aquí tiene mi tarjeta. Si va a moverse de Madrid, comuníquemelo. Volveremos a hablar —, dijo el inspector Manrique en un tono que no admitía réplica. —¿Ha dicho la CIA? — preguntó atónito el profesor. —Sí —. —¿La agencia de inteligencia de los Estados Unidos? —, volvió a preguntar el profesor. —Así es. Esto se puede poner feo para Nikolay. Esté localizable —, dijo el inspector saliendo del despacho del profesor.
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    25 CAPÍTULO -4-. En pocomenos de media hora, el Mini Cooper rojo de Sofía estaba aparcado en una céntrica calle del barrio madrileño de Argüelles, donde vivía con su madre. Hasta ese momento, la vida de Sofía había transcurrido de una forma mecánica, inercial. Colegio, instituto, universidad. Todo era un continuo que se sucedía por la única razón de que a los ojos de los demás debía ser así. Incluso había salido muchas veces de fiesta con sus amigas a los cercanos bares del barrio Moncloa, donde aparentemente se lo habían pasado muy bien. Pero sólo aparentemente. Fingía estar integrada porque para ella eso era mucho más sencillo que destacar por reivindicar su derecho a negarse a ser una oveja más del rebaño. Sin embargo, en su interior, una voz le decía que ella no había nacido para eso, que la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla sin hacer lo que de verdad quiere el corazón. Tener la sensación de estar viviendo una vida que han diseñado otros era para Sofía un motivo de infelicidad. Guapa, joven, con estudios y trabajo, —¿pero a qué espera esta niña para tener novio y casarse? —, se preguntaban a menudo las amigas de su madre, las cuales habían sido criadas en una permanente omisión de sus deseos, y habían asumido en una suerte de síndrome de Estocolmo su destino, como una prueba palpable de que hacían lo correcto, sometiéndose a la aprobación de otras personas como sistema de referencia en el que medir su valía. Sin embargo, Juana, la madre de Sofía, con la sabiduría fruto de callar y observar durante toda una vida, con esa comprensión de las cosas que no se aprende en los libros, percibía algo de forma clara en los ojos de su hija: veía la tristeza, y eso era algo que la corroía por dentro, pues la misión de toda madre no es que sus hijos se adapten a un patrón preestablecido superando lo que ella no pudo lograr, en un intento de tener en persona ajena una segunda oportunidad. La misión de toda madre es criar a sus hijos para que sean personas felices. Lo demás, es secundario. —Buenas noches mamá, vengo con alguien —, saludó Sofía entrando con Kolya, a quien sujetaba por la cintura ayudando a su ya algo recuperada movilidad. Juana salió del salón al recibidor, donde contempló la sorprendente e inusual escena. Su hija venía con alguien a su casa. Alguien que apenas podía sostenerse. —¡Pero hija! Cómo es que… —, acertó a decir Juana, en una primera reacción, algo confusa.
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    26 —¡Necesito tu ayuda,mamá. Calienta una de las latas de lentejas que tenemos… y también necesito un filete de ternera poco hecho! —, le pidió Sofía a su madre, en un tono que no dejaba lugar a la discusión. —Pero… ¿Ahora? —, contestó la madre, todavía más perpleja. —Hazlo, por favor. Te explicaré todo luego —, dijo Sofía. Juana fue a la cocina aún sorprendida, pero sin dudas de que era lo que tenía que hacer. Conocía muy bien a su hija, y jamás había hecho nada que no tuviera sentido. Confiaba en ella plenamente. —Hija, es hora de que me empieces a explicar —, dijo Juana portando en una bandeja la comida que le había pedido su hija. —Tienes razón mamá. Siento mucho todo este jaleo —, contestó Sofía. —Lo siento mucho señora. Le prometo que en un par de horas me iré de aquí —, le dijo Kolya a la madre de Sofía. —¿Y tú eres…? —, preguntó Juana. —Él es quien se va a comer ahora mismo esta comida —, dijo Sofía acomodando la bandeja en las rodillas de Kolya, a quien había sentado en un sillón orejero que normalmente utilizaba Juana para leer. —Gracias Sofía, pero no tengo hambre —, respondió Kolya. —Me da igual que no tengas hambre. Necesitas hierro, y en cantidades industriales. Tu médula está produciendo glóbulos rojos, pero necesita materia prima, Kolya. Esto no es comida, es lo que necesitas para recuperarte. Espero que tu estado vaya mejorando por horas —, repuso Sofía. —No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por mí. Estoy en deuda contigo —, dijo Kolya al tiempo que empezaba a ingerir el necesario alimento. —Mamá, él es Kolya, es un paciente del hospital que está siendo objeto de una persecución injusta, y yo le he ayudado —. —¿Un paciente objeto de una persecución…? —, preguntó Juana, aún sin hacerse una verdadera composición de lugar de lo que estaba sucediendo. —Sí. Lo verás en la tele. Hoy han intentado matarle —. —¿Qué han intentado matarle? ¿Y qué pintas tú en eso? —, inquirió la madre, preocupada por ver a su hija involucrada en un caso de intento de asesinato.
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    27 —Mamá, Kolya esun científico cuya investigación puede salvar muchas vidas, necesitaba la ayuda de alguien y he sentido que tenía que ayudarlo. Lo siento mamá, he hecho lo que creía que tenía que hacer —. —¿Por qué puede salvar muchas vidas su investigación, señor… Kolya? —, preguntó Juana, ante la atenta mirada de Sofía, quien tampoco había tenido tiempo de preguntarse qué hacía exactamente ese científico. —No sé por qué razón, pero me ha tocado a mi hacer un descubrimiento que puede cambiar la vida tal como la conocemos, no entiendo por qué yo… —, comenzó a explicar Kolya con la mirada perdida en la inmóvil cuchara que sujetaba. Tenía la sensación de que él no era el artífice de sus descubrimientos, sino que era simplemente el mensajero, el medio para que algo ocurriera, pues era incapaz de controlar ni lo más mínimo los acontecimientos en los que estaba involucrado. La vida se desarrollaba a su alrededor, y a través de su persona, sin pedirle permiso. —Siempre he querido ser científico, investigador, como mi padre…—, continuó Kolya, interrumpido por Juana, quien quería saber más acerca de ese hombre. Necesitaba la información para proteger a su hija. —¿Su padre era científico? —. —Sí. Mi padre fue uno de los héroes de Chernobil —, contestó Kolya, evocando a quien era su referente en la vida, aunque a penas lo recordara. —¿Chernobil? ¿No fue ahí el accidente catastrófico en la central nuclear? —, preguntó Sofía. —Mi padre era físico nuclear —continuó Kolya—, y trabajaba en la central nuclear ucraniana de Chernobil. Las instalaciones no estaban en buenas condiciones. En esa época y en una empobrecida Ucrania no había dinero para las inversiones millonarias que necesita una central nuclear para ser segura, aunque los científicos de la Unión Soviética siempre han destacado por su profesionalidad y sacrificio, a pesar de lo que habitualmente sale en las películas… —Kolya, ¿murió allí tu padre? —, preguntó Juana, aunque ya sabía la respuesta. —El veintiséis de abril de mil novecientos ochenta y seis ocurrió el accidente. La energía nuclear se produce por reacciones de fisión de los átomos del combustible radiactivo, y eso genera muchísimo calor. Estaban en un ejercicio de simulación de un corte de energía eléctrica y algo falló. Se cortó la refrigeración del reactor cuatro y ello provocó la explosión y la expulsión de material radiactivo. Mi padre no estaba ese día en la central. Lo llamaron a casa. Le dio un beso a mi madre y salió para la central. Allí todo era un caos. Tras la explosión hubo incendios simultáneos, fuga de material radiactivo y descontrol absoluto. Los trabajadores especializados se reunieron para evaluar los daños y planificar las acciones a llevar a cabo. En tan solo una hora de reunión todos estuvieron de acuerdo en una cosa: si bien el daño
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    28 producido era colosal,debían a toda costa neutralizar el núcleo del reactor y seguir refrigerando los demás reactores, o las proporciones de la catástrofe serían apocalípticas. Mi padre reflexionó durante un rato y tomó la decisión más difícil de su vida, y por eso le admiro — . —¿Se quedó para ayudar? —, preguntó Sofía, con un nudo en la garganta de sólo imaginar por lo que había pasado esa familia. —Sí. Mi padre es uno de los treinta héroes de Chernobil. Sabían perfectamente que la radiación era letal, no había escapatoria para una exposición tan brutal a los isótopos de yodo y xenón en plena descomposición radiactiva. Lo sabían y se quedaron. Conservo una nota que me dio mi tía. La escribió mi padre para mí, pero no me la entregaron hasta que fui mayor de edad. Es muy simple pero refleja el tipo de persona que fue —continuó Kolya con lágrimas en los ojos, a pesar de la frialdad de su carácter —, la nota dice: “Querido Kolya, hijo mío, espero que leas esta nota cuando seas mayor, entonces sabrás lo que ha pasado aquí hoy. Debo quedarme a pesar de todos los años que te estoy robando con mi decisión. El sacrificio no es solo mío, es también tuyo. Sin embargo, con nuestro sacrificio salvaremos a centenares de miles de vidas. Personas que jamás sabrán lo que hemos hecho por ellos, pero nosotros sí, y debes estar orgulloso por ello. Jamás te culpes o te sientas mal por lo que ha pasado, lucha en la vida y no olvides que el amor que siente tu padre por ti siempre te acompañará” —. —Murió el doce de mayo de mil novecientos ochenta y seis, producto de una radiación letal masiva —, concluyó Kolya. Juana entendió que ese hombre era especial, que mientras que la mayoría de nosotros vive una vida insustancial, rellena de momentos de presente, para ese muchacho, apenas un niño, la vida tenía un sentido desde casi la fecha de su nacimiento. Vivía, como los demás, sujeto a las leyes del día a día, pero una fuerza latía dentro de su corazón, una fuerza, la fuerza del amor por su padre, que jamás podrían comprender los demás. —Ahora entiendo que te hayas dedicado a la ciencia, pero escúchame bien aunque apenas te conozca: no te culpes, tal como te dejó escrito tu padre —, le dijo Juana, en un intento de proteger a aquel muchacho cuyo destino había sido tan cruel. —No me culpo, señora, pero desde que tengo uso de razón he querido ser tan buen científico como mi padre, y desde que conocí la nota que dejó, mi máxima aspiración ha sido dedicar mi vida, a través de mi investigación, para beneficio de los demás. Quiero sumarme a ellos, a los que dieron su vida por mejorar la de otros. De esa forma, cuando muera y me encuentre con mi padre, le diré que yo también dejé un mundo mucho mejor que el que me encontré al llegar —, dijo Kolya, recuperando la entereza. —Y has encontrado la forma de hacerlo. Lo sé —, le dijo Sofía mirándolo a los ojos, en un gesto de complicidad.
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    29 Kolya, esbozando unaamplia sonrisa, con una mirada radiante, llena de luz, miró a Sofía a los ojos y contestó lacónicamente: —Sí —. —¿De qué se trata, Kolya? —, preguntó Sofía. —Siempre que trato de explicarlo me cuesta hacerme entender, por eso os lo contaré en la versión sencilla, prescindiendo de tecnicismos… —, respondió Kolya con el brillo en los ojos que produce la emoción, fruto de haber obtenido un resultado tras miles de horas de investigación. Él sabía que la mayoría de los investigadores podían pasarse toda una vida investigando, sin resultados. Y por eso se consideraba un elegido. —Sí, mejor —, dijo Sofía, pues sabía que el campo de la física cuántica es especialmente complejo, y quería entender el objeto de toda aquella persecución. —¿Conoces la teletransportación cuántica? —, preguntó Kolya, en un intento de entender qué es lo que sabían de su trabajo las dos mujeres. —No, no sé lo que es —, dijo Sofía. —Yo sí —, comentó Juana, para sorpresa de su hija que la miró elevando las cejas. —¿Tú sí mamá? —. —Sí. No te sorprendas hija. Ha salido en todos los telediarios últimamente. Se trata de que lanzan algo en una parte y aparece en otra automáticamente —, respondió Juana algo divertida por la perplejidad de su hija. —Algo así—, continuó Kolya —En realidad lo que se “lanza” no es materia sino un estado, básicamente información. Somos capaces de enviar información de forma automática de un lado a otro y cambiar la estructura de la materia que tenemos en un punto, llamémosle B, actuando únicamente en un punto, llamémosle A, y sin correa de transmisión por medio —. —¿Y qué se consigue con eso? —, preguntó Sofía. —Pues verás, la mayoría de las investigaciones se centran en un uso futuro de dicha propiedad, que es la de pasar información de un punto a otro, de forma instantánea y en una escala subatómica. La aplicación en este campo puede cambiar por completo la computación tal como la conocemos. Los ordenadores del futuro cercano tendrán una capacidad decenas de miles de veces mayor que los actuales. Realmente es una rama interesantísima, pues eso hará posible la tan ansiada, para algunos, singularidad —, siguió explicando Kolya. —Yo ya me he perdido hijo —, dijo Juana. —Sigue, ¿Qué es la singularidad? —, preguntó Sofía, a quien le producía mucha curiosidad estos temas. Además, había encontrado en Kolya a alguien que se explicaba muy bien.
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    30 —Todos sabemos quelos ordenadores tienen cada vez más capacidad, y dominan más y más nuestro mundo. Cuando accedes a tu cuenta bancaria o cuando sacas una tarjeta de embarque online, estás ya interactuando con una máquina, que puede poner límites a tus acciones. En una escala pequeña, gobierna tu vida. La singularidad se producirá cuando el nivel de los ordenadores sea miles de veces el actual superando la inteligencia humana y tengamos que tratar con ellos de tú a tú —. —¿De tú a tú? ¿Pero no programamos nosotros lo que ellos han de hacer? —, preguntó Sofía. —De momento sí, pero algún día ellos pueden tomar conciencia de sí mismos y volverse contra su creador. Pero bueno, estamos divagando un poco —, dijo Kolya mientras terminaba con la comida que le había traído Juana, como pez en el agua en los temas científicos y técnicos, su verdadera pasión. —Pero bueno, mi estudio no va por ahí. ¿Conoces la primera ley de la termodinámica? —, preguntó Kolya. —Pues no —, dijo Sofía, con una medio sonrisa, pues le pareció curioso que hiciera una pregunta técnica como si estuviera preguntando sobre el horario del metro. —Pues básicamente indica que si se realiza trabajo sobre un sistema, la energía del sistema variará —, continuó Kolya. —No te sigo —, dijo Sofía, haciendo todo el esfuerzo del que era capaz para entender a Kolya. —¿Has oído alguna vez que la energía no se crea ni se destruye, que solamente se transforma? —, preguntó Kolya. —Sí, eso sí —, contestó Sofía, retomando el hilo de la conversación. —Pues eso significa que para obtener energía de un sistema hay que introducir previamente energía en el sistema —. —Pero la energía del petróleo…—, dijo Sofía. —La energía del petróleo es energía proveniente de luz solar, captada por las plantas y almacenada durante eones. El sueño de los científicos ha sido siempre obtener una máquina de movimiento perpetuo, es decir, que no necesitara energía exterior para funcionar, sino que su propia actividad produjera la energía que necesita. Pero eso es físicamente imposible. Sin embargo…—, dijo Kolya sin terminar la frase a propósito. —Sin embargo…—, dijo Sofía, instando a Kolya a continuar.
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    31 —Pues que miinvestigación tiene como resultado una máquina que produce más energía que la que consume, aunque en realidad no la produce sino que la capta de las estrellas para nuestro uso —. —Mi tesis doctoral versaba sobre la teletransportación cuántica…, continuó Kolya, interrumpido por Sofía, en un divertido gesto de niña mala. —Así que eres un doctor… —. Kolya captó la broma y siguió explicando en aquel ambiente distendido —En mi tesis explicaba cómo mejorar la teletransportación de fotones, aporté algo a ese campo. Pero en mi mente había una pregunta que no era capaz de resolver… en ese entonces —. —¿Y es? —, preguntó Sofía, cada vez más intrigada. —Al mover una partícula entrelazada, un fotón, se produce el movimiento de su otro fotón hermano a pequeñísima escala, pero no se producía pérdida de energía en el sistema del punto A. O mejor dicho, la energía entregada en el primer sistema es la misma que la que el propio sistema emite en forma de calor. Me preguntaba cómo era posible que si el sistema A no perdía energía, pudiera haber de repente energía cinética al moverse el fotón del sistema B. Según mis cálculos, se producía un exceso de energía, y eso es imposible. El efecto es tan insignificante que ningún investigador ha caído en esa cuenta. Entonces descubrí la respuesta. Los fotones se alimentan de la energía de los neutrinos, que es infinitesimal, pero constante. ¿Me sigues? —, preguntó Kolya. Sí —, mintió Sofía, esperando aclararse según avanzara la explicación. —Normalmente los investigadores tratan de obtener records en cuanto a la distancia en que pueden lograr mover fotones entrelazados, pero yo estaba investigando con distancias cada vez más cortas. Lo que hice fue juntar mucho los fotones y moverlos a una velocidad cada vez mayor, con lo que conseguí obtener energía liberada en el proceso —. —¿O sea que pudiste obtener energía de ese experimento? —, preguntó Sofía. —Realmente no. La cantidad era tan pequeña que no tenía aplicaciones en el mundo real. Si bien la energía obtenida era insignificante, era una energía obtenida del universo, es decir, una vez superado el coste energético de poner en marcha el sistema se podía capturar, en teoría, una cantidad infinita de energía, pues con la propia energía obtenida se podría alimentar el sistema. Es una energía inagotable, limpia, y gratis —, concluyó Kolya, con una media sonrisa de satisfacción. —¿Pero no tiene aplicación práctica, por el momento? ¿no? —, dijo Sofía. La media sonrisa de Kolya se convirtió en una sonrisa amplia, exultante: —Sí, Sofía, sí la tiene. Al hacer mi descubrimiento lo día a conocer en un artículo de la revista Science, en
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    32 junio del añopasado. No pasó ni un mes cuando de repente me vi acosado por varias instituciones de investigación del más alto nivel. Dos laboratorios en Europa, uno en Japón, otro en China que ni siquiera sabía que existía, y dos en laboratorios en América me presionaron para que desarrollara con ellos mi investigación. Fue muy estresante. Tenía inclinación a trabajar con Sumio Lijima, a quien admiro por el descubrimiento de los nanotubos de carbono. Casi me había decantado por trabajar con él en el Instituto Avanzado de Nanotecnología de la Universidad de Sungkyunkwan, en Seúl, pero finalmente terminé aceptando la oferta del Instituto Nacional de Nanotecnología, en California. Ellos fueron quienes me lo pusieron más fácil, sólo tenía que coger un avión, que tenían a mi disposición en la base aérea de Torrejón, aquí en Madrid, y el resto del papeleo estaba solucionado. Cuando los americanos quieren algo, eliminan las barreras que hay por medio. Fue la forma más rápida de quitarme de encima la presión. Ellos me dieron lo que les pedí, quería tranquilidad y un buen centro para desarrollar mi idea. Me ofrecieron todo eso y más, así que cogí el avión —, dijo Kolya, rememorando como si hubiera ocurrido hace un lustro, lo que había ocurrido apenas seis meses antes. —¿Y qué pasó entonces? —, preguntó Sofía, intentando hacer avanzar la increíble historia de aquel hombre. —Comencé a trabajar con ellos en julio. No me equivoqué de elección, Sofía. No creerías el nivel de medios que tienen. Tenía gente trabajando para mí por la que sentía verdadera admiración. Trabajamos duro, dormía incluso en una estancia habilitada para ello en el edificio del Instituto. Llegué a la extenuación, pero no me importaba lo más mínimo, pues iba a desarrollar para la humanidad un descubrimiento con aplicaciones increíbles. Imagina tener toda la energía que quieras, prácticamente gratis. Podemos eliminar el hambre en el mundo, Sofía. Por fin es posible. Podemos tener un mundo mejor en el que no se compita por los recursos, y si se compite, al menos que la base sea la subsistencia completa, con agua, alimentos y cobijo para todos. No hay derecho a que millones de personas vivan sin comida que llevarse a la boca ni agua disponible, y sin posibilidad alguna de escapar de esa gran trampa en la que se han visto metidos desde su nacimiento, mientras la minoría de la población del planeta derrocha recursos. Todo eso podía cambiar. El desarrollo tecnológico iba a ser importante para el futuro de la humanidad, control de enfermedades, modificación genética de plantas y animales en nuestro provecho. Podemos cambiar el mundo —. —¿Consiguieron desarrollar tu sistema a gran escala? —, preguntó Sofía. —El gran reto era conseguir un sistema autoabastecido, es decir, que produjera más energía que la que necesitaba para funcionar. Eso lo conseguimos en septiembre. En octubre ya éramos capaces de producir cantidades apreciable de energía —, continuó Kolya —Yo estaba en un estado de euforia, quería compartir con los demás aquello que iba a ser tan importante para todos los habitantes del planeta. Publiqué un artículo explicando que mi idea teórica del artículo publicado en junio tenía desarrollo práctico, y todas las maravillosas
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    33 consecuencias que tendríadicha aplicación. Yo soy un científico, no un político, pero parece ser que en las altas esferas mucha gente se puso muy nerviosa con mi descubrimiento. Entonces la enviaron, y todo empezó a desvanecerse en una pesadilla dentro de otra pesadilla, de la cual aún no he salido —. —¿Enviaron a quién? —, preguntó Sofía. —A Claire. Ella intentó matarme, pero no lo he sabido hasta ahora…—. CAPÍTULO -5-. El manos libres sacó al inspector Manrique de sus pensamientos. Nunca en su vida se había visto envuelto en un caso tan extraño de intento de asesinato. Ramificaciones internacionales, descubrimientos científicos de primer orden, la CIA… “Tiene una llamada entrante de …’Ministerio’, diga aceptar o rechazar”, chisporrotearon los altavoces del Seat Toledo del inspector camino de la Comisaría Centro. —Joder, el Ministerio del Interior, esta sí que es buena —, pensó el inspector diciendo en voz alta la palabra “aceptar” para que la telefonista de silicio le diera paso a la llamada. —Soy Álvaro, ¿Qué coño está pasando, Manrique? —, dijo la voz enlatada al otro lado de la línea. —No lo sé Comandante, dígamelo Usted, porque esto está empezando a preocuparme —, contestó Manrique. —He recibido una llamada del Ministro —. —¿Del Ministro? —, se sorprendió Manrique. —Sí. ¿De qué carajo se trata Manrique? ¡Hay gente nerviosa por aquí! —, espetó el comandante Álvaro Torres, enlace de la inteligencia española con el Gobierno. —Me llamaron por un intento de asesinato en el Doce de Octubre. Al parecer la víctima es un investigador del CSIC. No sé por qué han querido acabar con él, pero podría tratarse de
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    34 alguna patente —,dijo el inspector, sabiendo que detrás de cada crimen, salvo los pasionales, hay un conflicto de intereses. La pasión o la codicia. En este caso tocaba codicia. —Tengo al científico bajo vigilancia policial —, continuó el inspector. —¡Y una mierda bajo vigilancia! —, gritó el comandante, poco acostumbrado a no tener las situaciones bajo control. —¿Qué? —, contestó atónito el inspector, encendiendo nerviosamente un cigarrillo. —¡Su hombre se fugó ayer por la noche del hospital! ¡Y va con él una enfermera! —. —Yo no sabía… —, dijo el inspector, interrumpido por el comandante. —¿No le han informado? ¿Así es como controla usted a su gente? —, inquirió irritado el comandante. —Van a rodar cabezas —, pensó el inspector, muy cabreado por la falta de diligencia de sus subordinados. —Voy camino de la comisaría comandante, le aseguro que voy a arreglar esta situación —. —¡Inspector, le voy a meter un paquete bien gordo como no resuelva este asunto! Tiene a un agente de la CIA esperando en su despacho, el Ministerio quiere que le dispensemos la máxima colaboración. No están las cosas como para tocarle los cojones a los americanos. ¿Ha quedado claro? —, preguntó tajantemente el comandante Álvaro Torres. —Sí señor. Clarísimo —, contestó el inspector Manrique, acatando plenamente la jerarquía propia de su trabajo. —¡Resuelva esto ya! —, gritó el comandante en una suerte de cacofonía metálica a través de los altavoces. Sin dejar tiempo de respuesta al inspector, el comandante colgó el teléfono. El inspector aparcó su coche en el parking de la Comisaría Centro. Entró con paso firme en el edificio beige de pequeñas ventanas de madera donde tenía su despacho. —Buenos días Inspector —, saludó el agente que custodiaba la entrada. El inspector Manrique no saludó. Ignorando el cartel que indicaba que por ley no se podía fumar en aquél edificio se encendió su tercer cigarrillo desde que recibió la llamada del comandante. Cogió el ascensor que lo dejó en la planta tercera, donde estaba la sección de homicidios, donde él trabajaba. Su secretaria le salió al paso —Señor, tiene esperándole …, — comentó la secretaria interrumpido bruscamente por su jefe.
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    35 —¡Dígale al policíaque estaba anoche en el hospital que venga inmediatamente! ¡Y que traiga su placa y su pistola! —. —Sí, señor —, respondió nerviosa la secretaria, quien jamás había visto a su jefe en ese estado. El inspector Manrique entró en su despacho, estirándose la americana del traje, tratando de calmarse, plenamente consciente de la importancia que había adquirido todo aquello. Al entrar vio a un hombre alto, pelirrojo, con el pelo muy corto, bastante corpulento y vistiendo un traje gris que parecía de buena calidad, sentado en su silla, de espaldas a la mesa, mirando por la ventana. —Buenos días —, dijo el inspector al entrar. —Buenos días —, contestó el agente, en un español pasable, al tiempo que se daba la vuelta en la silla. Tenía el gesto serio, y las manos en ojiva, dibujando un triángulo, con los dedos índice y corazón apoyados en la barbilla. —Soy el agente especial Peter Smith-Jones. Trabajo para el Gobierno de los Estados Unidos —. —¿Tiene la CIA jurisdicción en España? —, preguntó el inspector lamentando automáticamente su falta de tacto. —Inspector —continuó el agente, —en nuestro país estamos investigando un caso que nos preocupa bastante. La jurisdicción queda dentro de nuestras fronteras, pero nuestros países son aliados. Sólo pedimos un poco de colaboración. Nuestros gobiernos trabajan conjuntamente en muchas materias Señor Manrique, ¿o cómo cree usted que localizan a los terroristas que capturan fuera de su país? —, contestó el agente, sin mover ni un músculo de la cara ni alterarse lo más mínimo. —Claro Sr. Smith, le ayudaré en lo que pueda —, respondió el inspector, tratando de evaluar al agente, cuyo rostro pétreo daba lugar a pocas lecturas. —Llámeme Peter —, dijo el agente, en un intento de ganarse la confianza del español. —Bien, Peter ¿Qué desea saber? —, preguntó Manrique. —¿Dónde está el señor Boronov? ¿Qué están haciendo para localizarlo? —, inquirió el agente Smith-Jones. —Verá señor Smith, …Peter. El señor Boronov ha sido objeto de un intento de asesinato. ¿No cree que deberíamos centrarnos en el asesino y no en la víctima? —, preguntó algo molesto el inspector Manrique. Debía colaborar, pero no veía a ese hombre como un
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    36 superior. Ya lesgustaría en los Estados Unidos tener un inspector de homicidios como él — pensó —. —Sí claro, estamos en ello —, contestó Smith-Jones con un gesto displicente. —¿Están en ello? ¡Yo debería estar en ello! ¿No cree que deberíamos intercambiar información, señor Smith? —, protestó el inspector. —Inspector, tenemos información clasificada de seguridad nacional que no puedo compartir con Usted. Según las informaciones de que dispongo, no volverán a intentar atentar contra la vida del señor Boronov —. —¿Qué informaciones, agente? ¿Quién intentó matarlo? —, preguntó el inspector, tratando de controlarse. —Ya le he dicho que es información reservada. Lo mejor, inspector, es que terminemos con esto cuanto antes. Queremos proteger al señor Boronov, y para ello tenemos que encontrarlo —, dijo el agente de la CIA sin perder ni un ápice la compostura. Era uno de esos tipos que sería capaz de pasar el detector de mentiras en una situación altamente estresante. Sin duda, los entrenaban bien —pensó el inspector —. —Lo único que sé es que no está en el hospital, y que han intentado asesinarlo por algún asunto relacionado con su investigación científica —, dijo el inspector callándose deliberadamente la información que había obtenido de su charla con el profesor Gámez. Aquello no le olía bien, y aunque estuviera su puesto en juego, su sentido de la ética y su intuición le decían que no colaboraría con aquel tipo salvo que tuviera claro que el ciudadano español Boronov estaría a salvo. —Inspector, como Usted ha dicho, no tenemos jurisdicción para perseguir a un sospechoso en otro país, pero creo que está informado de que nuestros gobiernos esperan la máxima colaboración entre nosotros, así que busque inmediatamente al señor Boronov, por su propia seguridad —, ordenó el agente, satisfecho con su primera toma de contacto con el Inspector. Si la petición no funcionaba, ya pasarían a otro nivel de presión. —¿Sospechoso… ? —pensó el inspector. —De acuerdo Peter, voy a mandar dos patrullas inmediatamente. Le informaré en cuanto tenga localizado al señor Boronov. Déjelo de mi mano —, dijo el inspector, quien también había iniciado el juego de ganarse la confianza del agente. Se dio cuenta de que en el tablero se estaba desarrollando una partida compleja, y debía ocultar de inmediato cualquier pensamiento o sentimiento y actuar estratégicamente. —Gracias inspector. Confío en Usted —, dijo finalmente el agente, en un tono sereno.
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    37 El inspector llamóa dos de sus mejores hombres y les encargó la tarea de localizar al científico y a la enfermera. Había que adelantarse y conocer cuanto antes el paradero de los dos jóvenes. Cuando los agentes se disponían a salir del despacho del inspector, éste les dio una última orden de forma tajante: —Cualquier avance en la investigación, me lo comunican en mi móvil personal —. —¿No quiere que le llamemos al móvil de trabajo? —, preguntó extrañado uno de los dos agentes de paisano que intervendrían en la operación. —Ni al de trabajo ni a la oficina. ¿Cuántos años llevamos trabajando juntos? —, preguntó el inspector a sus subordinados. —Muchos, Inspector —, dijo uno de los agentes de policía. —¿Confían en mí? —, preguntó el inspector. —Inspector, nos hemos jugado el tipo juntos. ¿En qué otra persona íbamos a confiar? —, respondió el otro agente. —Bien muchachos. Mucho cuidado ahí fuera —. CAPÍTULO -6-. La noche, con su frío y oscuro manto, fue suavizando el frenético ritmo de la ciudad. Los dos grados centígrados que marcaban los termómetros en la calle invitaban a la gente a llegar a su casa cuanto antes al finalizar esa jornada de nueve de enero. El ruido de la vecina calle de La Princesa pronto daría paso a una irreconocible calle, en silencio, como si la propia ciudad necesitara su descanso para afrontar el día siguiente en un eterno ciclo de día y noche, actividad y descanso, personas imbuidas en la prisa de sus propias preocupaciones y personas nocturnas, sombras que viven más allá del propio sistema, que huyen de él y se alimentan de los subproductos que el gran monstruo deja caer de su gran saco de codicia, lleno de agujeros. Sobre las once de la noche, y tras varias horas de conversación, Juana entendió que ya era
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    38 hora de quelos chicos descansaran. Por la mañana acudiría a la policía y todo quedaría resuelto. Su hija había actuado por un impulso, quiso ayudar a una persona con problemas y todo eso estaba bien, pero ya era hora de poner en orden las cosas, de evitar que aquella sana locura de su hija fuera más allá. —Es tarde Kolya. Necesitas descansar y recuperar fuerzas. Puedes quedarte en el sillón-cama del salón. En seguida te traigo la ropa de cama y un par de mantas. Mañana aclararemos todo esto con la policía, ya verás como todo se arregla. Ahora descansa —, dijo Juana levantándose para traer la ropa de cama para que descansara el muchacho. —Doña Juana, es usted muy amable, no me extraña que su hija sea una gran persona, tiene buena maestra —, dijo Kolya con la mirada de aprobación de Sofía que sabía que un gesto de reconocimiento a su madre era justo, que siempre había estado ahí para ella, dando lo mejor de sí y sin pedir nada a cambio. —Pues venga, a descansar —, dijo apresuradamente Juana, algo incómoda, a quien nunca habían enseñado a recibir un halago o recompensa. Su educación en la cultura del sacrificio no le permitía pararse en mitad del camino, mirar hacia atrás y simplemente disfrutar de lo conseguido. Sin más. —Doña Juana, Sofía, gracias. Estoy en deuda con vosotras, espero algún día devolveros el favor. Ya me encuentro algo mejor, tenías razón, Sofía, mi cuerpo debe estar generando glóbulos rojos por minutos, creo que ya puedo caminar por mí mismo. No quiero causaros más inconvenientes. Debo irme —, contestó Kolya, con la serenidad en el rostro que aquellas mujeres le proporcionaban. Se sentía sereno, en calma, a pesar de que sabía que lo peor estaba por llegar. Estaba inmerso en un juego de suma cero, no tenía ninguna duda. O eliminaba la amenaza o sería eliminado por ella. —¿Qué? —, dijo Sofía, —¿A estas horas? —. —Sí, Sofía. Para la gente que me persigue la policía no es un obstáculo. Debo conseguir suficientes pruebas de lo que está pasando y luego lanzar la información a los cuatro vientos. Lo único que puede protegerme es una reacción global y la máxima difusión de todo lo ocurrido y de la nueva capacidad de la humanidad para resolver sus problemas. Si no lo consigo, me temo que mi investigación se quedará en un cajón por mucho mucho tiempo, quizás para siempre. Necesito solo dos pequeños favores, —continuó Kolya —, una gran taza de café caliente y que llames a un taxi. Tengo que ir al aeropuerto —. —¿A dónde irás? —, preguntó Sofía, quien había entendido perfectamente que aquel científico estaba en un verdadero atolladero, pero cuya brillantez le había hecho diseñar un plan de escape. Sí, tenía que irse si quería tener una oportunidad. —A los Estados Unidos. Necesito conseguir pruebas de mi investigación. Con mi sola palabra no me creerán. Allí tengo algunos conocidos de confianza. Me ayudarán. En cuanto a
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    39 ti, puedes decira la policía que te amenacé con una jeringuilla, no quiero que tengas problemas por haberme ayudado. Lo mencionaré en la versión que daré de todo esto —. A pesar de la frialdad del carácter de Kolya y de la natural desconfianza de Sofía, se fundieron en un abrazo tan fuerte como inevitable. Su destino estaba sellado por fuerzas tan fuertes y desconocidas como las que gobernaban el resto de los fenómenos del mundo que Kolya investigaba de forma racional. —Mamá, me voy con él —, le dijo Sofía a su madre con lágrimas en los ojos. El amor que sentía por su madre le partía el corazón en ese momento, pero por una vez en su vida tenía la inconmensurable sensación de hacer lo que ella quería hacer, no lo que los demás deseaban. Juana se quedó sin palabras, dándole vueltas al anillo que tenía en el anular de su mano izquierda. Con lágrimas en los ojos y también con la determinación que la intuición tiene sobre la razón, dijo, para sorpresa de Sofía: —Hija mía, jamás he visto esa mirada en ti, jamás te había visto así. Siempre has sido una buena hija y una excelente persona, pero no has sido feliz. Eso lo sé. Sí, debes irte y descubrir aquello que llena tu corazón, y no pares de buscarlo hasta que lo consigas. No cometas el error que yo he cometido y que casi te obligo a cometer. Lucha por aquello que haga brillar tus ojos, y no mires atrás. No escuches a los demás intentando proyectar en ti sus propios miedos. Te quiero con todo mi corazón, hija. Debes irte —. Madre e hija se fundieron en un abrazo que las llevó más allá del espacio y del tiempo. —Sofía… —, interrumpió Kolya. —Dime —, contestó Sofía aún con lágrimas en los ojos. —Coge todo el dinero en efectivo que tengas, nos hará falta. Te lo devolveré con creces —, dijo Kolya. —En efectivo… No tengo gran cosa —, dijo Sofía más bien pensando en alto, moviendo la cabeza de un lado a otro. —Hija, el que guarda siempre tiene —, dijo Juana, portando una caja de zapatos con varios sobres de billetes. —Coge el dinero, siempre lo he guardado por si algún día estábamos en dificultades. Hoy es el día —, sentenció. Sobre las doce y media de la noche llegaron al aeropuerto de Madrid Barajas. La noche daba un aspecto inusual a la gigantesca instalación. Normalmente el tráfico y el trasiego de gente inundaba el ambiente, cargado de decibelios y de prisas, de vendedores de tarjetas de crédito, empaquetadores de maletas en plástico, policías paseando y miles de pasajeros acostumbrados al roce y a la cercanía de los demás ignorando por necesidad que se está
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    40 invadiendo su espaciovital personal. Sin embargo, a esa hora, lo más ruidoso que se podía escuchar eran las intrascendentes conversaciones de los taxistas, en la interminable cola de coches esperando como el maná a los miles de turistas que llegan cada día a la capital. En la zona de salida de vuelos internacionales había algo más movimiento, decenas de personas zombies iban y venían sin expresión en el rostro con el único objetivo de trasladarse cuanto antes al lugar de destino, donde recuperarían como por arte de magia su vitalidad. Kolya y Sofía recorrieron las ventanillas de los mostradores de aerolíneas con vuelo directo a los Estados Unidos, hasta que encontraron un vuelo de United Airlines que saldría en una hora, sin escalas, directo a Nueva York. —¿Vamos a Nueva York, Kolya? ¿No trabajas en California? —, preguntó Sofía, extrañada pero con plena confianza en el hombre al que estaba acompañando. —No tenemos tiempo Sofía. El vuelo a Los Ángeles tarda doce horas más escalas, así que lo más seguro es que tengamos a la policía o a alguien peor esperándonos en la escalerilla del avión. Si vamos a Nueva York, tenemos una oportunidad de que comprueben los listados del aeropuerto mañana por la mañana, y nosotros ya estaremos fuera del aeropuerto JFK. Allí alquilaremos un coche y pondremos rumbo a California. ¿No te apetece hacer la ruta 66? —, bromeó Kolya para relajar la tensión de su compañera y, en tan corto espacio de tiempo, buena amiga. Sofía simplemente le miró con una sonrisa cansada. Iría donde él le dijera. —¿Cuánto tardaremos hasta Nueva York? —, preguntó Sofía. —Unas seis o siete horas. El vuelo sale a la una y media, así que estaremos allí a las ocho y media hora española, dos y media hora de la Costa Este. Una hora excelente para iniciar el camino. Nos dirigiremos al Estado de Pennsylvania, no quiero hacer una ruta directa. Allí descansaremos en algún motel donde no pidan registrarse. Necesitamos recuperar fuerzas y jugar esta partida en las mejores condiciones posibles —, contestó Kolya, cuya mente ya funcionaba al cien por cien. Estudiaba la estrategia como un buen ajedrecista, juego que dominaba a la perfección, pues había llegado al grado de Maestro cuando jugaba en el equipo de la Universidad. Estaba realizando una buena apertura, descansar y reponer fuerzas era una buena forma de dominar el centro del tablero, y a partir de ahí no sólo tendría que tener en cuenta sus movimientos, sino observar detenidamente los movimientos de su oponente. Debería obtener la máxima información posible sin ser detectado. —Veo que lo tienes todo controlado… —, dijo Sofía. —Eso intento —, dijo Kolya, mirándola con un gesto de cariño, de protección. —Pero hay algo en lo que no has pensado —, comentó Sofía con evidente preocupación.
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    41 —¿El qué? —,quiso saber Kolya. —No tenemos visado. No saldremos nunca del Aeropuerto —, dijo Sofía. Kolya la miró con una sonrisa que le transmitió confianza, a pesar de que la situación legal de ella no estaría nada clara cuando llegaran a los EEUU. Le puso la mano en el hombro y le dijo: —Sofía, tengo una tarjeta especial de investigador científico de primer orden. Trabajo en un Instituto Nacional de Investigación dirigiendo un proyecto y eso me da ciertos derechos. No sé lo que tendrá mi tarjeta, pero cada vez que me ha parado la policía por algo, me han tratado como a una celebridad. Una vez me paró la policía en control que había en una carretera tras un accidente, todo estaba atascado, y al ver mi estatus, me escoltaron con un coche patrulla hasta dejarme más allá de donde había ocurrido el accidente. Diremos que eres mi novia y estamos de visita turística a Nueva York. Ellos tienen una base de datos y podrán comprobar que no estás en ella como una amenaza. Conozco ese país, trabajo en un asunto de importancia nacional, no nos pondrán pegas. Además, compré el billete de ida y vuelta para darles la confianza de que es un viaje turístico —, argumentó Kolya. —Pues sí que está en todo —, pensó Sofía, asintiendo sin dejar de sorprenderse de la creciente demostración de capacidad de Kolya. El Boeing 747 gris de United Airlines despegó por la pista dos del aeropuerto de Madrid Barajas a la una treinta hora de Madrid. Kolya solicitó a una de las azafatas en un perfecto inglés una manta y una almohada para Sofía. También pidió unos folios y un bolígrafo. Mientras ella dormía, él prepararía su estrategia en un esquema de diagramas y símbolos, controlando todas las variables, todas sus opciones. Por sí mismo, por el amor que tenía por su padre, por el bien de los habitantes del planeta, no debía pensar en el cansancio o en el precio que debía pagar. Iba a demostrar que se habían equivocado de oponente. Y lo iban a pagar caro… La azafata le trajo todo lo que había pedido. Las luces del avión se atenuaron para que los pasajeros pudieran descansar. Kolya, encendió su luz de lectura, arropó a su compañera y en un gesto de protección le dio un beso en la frente. —Descansa Sofi —.
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    42 CAPÍTULO -7-. El CitroënC4 del profesor Gámez avanzaba suavemente por la Autovía de Colmenar. En la radio estaba sintonizada Radio Clásica de Radio Nacional de España. La música armoniosa y la cadencia de voz propia de los locutores de esa cadena hacía del coche un ambiente perfecto donde relajarse. Al contrario que la mayoría de los conductores que cogen sus vehículos directos al estrés del tráfico al final de una jornada de trabajo, para el profesor Gámez, conducir hasta su casa era uno de los mejores momentos del día. Le gustaba especialmente esa hora de la tarde de invierno para conducir, en la que el nivel de luz permite una visión relajada de la carretera. Estaba orgulloso de todo lo que había conseguido en la vida, y ya era hora de recoger frutos. Por esa razón, se había hecho la promesa de disfrutar cada momento de lo que le quedara de vida. Cada minuto, cada detalle, podía pasar desapercibido, o ser una fuente de placer. Eso lo sabía bien. A pesar de haber llegado a ser investigador y profesor universitario, nunca lo tuvo fácil. Su familia, de condición humilde, había multiplicado las viandas para que todos salieran adelante. No le faltó el alimento ni el cariño, pero hasta que empezó a ganar un sueldo, casi llegado a la treintena, no pudo permitirse jamás ningún capricho. Quizá por eso disfrutaba tanto de lo que tenía, pasaba la mano por el volante de cuero de su coche y dejaba en suspenso durante una fracción de segundo los demás sentidos para permitir que el tacto del cuero llenara su cerebro con la cálida sensación. El imponente cuadro de instrumentos del Citroën también era un motivo de disfrute del sentido de la vista, para su mente labrada a fuerza de cálculos, las diversas pantallas digitales ofreciéndole toda esa información constituían una visión futurista, inimaginable veinte años antes. La mayoría de la gente se acostumbra a los cambios sin darle importancia, pero él no. Las privaciones de sus años de infancia y juventud formaban parte de su persona, tanto como su propia piel. El trayecto desde el Instituto de Microelectrónica de Madrid tan solo le tomaba quince o veinte minutos hasta llegar a la localidad de Colmenar Viejo, donde residía. Una de esas ciudades dormitorio llena de urbanizaciones cerradas, rectangulares, con piscina en el centro y numerosos parques y plazas. Para mucha gente, vivir en una de las ciudades que rodean a la gran urbe es una necesidad, salir del monstruo de las mil caras, y pasear por lo que más bien parece un pueblo o una ciudad pequeña es una forma de desconectar mentalmente de un estilo de vida para el que biológicamente no estamos adaptados. La evolución se toma su tiempo para adaptarse a los cambios, pero nuestra capacidad tecnológica y de organización social no están por la labor de esperar a nadie. Vivimos permanentemente fuera de nuestro medio, como un tigre en un chalet de un millonario, tan elegante como absurdo.
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    43 Tras aparcar sucoche, el profesor Gámez se dirigió como cada tarde a la Panadería, como él la llamaba, aunque tuviera un cartel con las palabras “Boutique del Pan”. Dentro de poco a las farmacias las llamarían “Resort del Medicamento”, o algo peor —pensaba el profesor —. —Buenas tardes, póngame dos panes, uno normal y otro integral, por favor —, pidió a la dependienta con la boca hecha agua debido a los olores provenientes del obrador. —En seguida profesor —, respondió la chica. El profesor era conocido y respetado en su barrio. Al salir a la calle, con el pan recién horneado, el profesor Gámez fue abordado por un hombre pintoresco, sus rasgos ligeramente asiáticos, el pelo castaño y su sobrepeso le conferían un aspecto singular. —Buenas tardes, profesor —, dijo el desconocido caminando al lado del profesor, con una gran sonrisa en su cara de bonachón. —¿Y usted es? —, preguntó el profesor. —Solo un amigo que desea invitarle a una tapa —. Los años y la experiencia dan a las personas la capacidad reflexiva para escuchar y pensar antes de actuar. Hace veinte años, el profesor hubiera mandado al desconocido a hacer gárgaras, pero no ahora. No en estas circunstancias. —Gracias, pero no. Tengo cena en casa —, respondió el profesor, en un tono lo más neutro posible, sin hacer preguntas, ignorando totalmente lo extraño de la proposición. —Venga, profesor, será media hora a lo sumo. Además invito yo —, dijo el hombre de nuevo con una sonrisa de bonachón. —No tengo costumbre de cenar con desconocidos Señor… —. —Pribilof, Mijail Pribilof. No somos desconocidos profesor…—. —¿No somos desconocidos? Yo creo que sí Señor Pribilof —, señaló el profesor. —Bueno, me acabo de presentar, ya me conoce. Trabajo para el Gobierno Ruso, profesor. Nosotros velamos por la seguridad de nuestros compatriotas en el extranjero. Me gustaría hablar un rato sobre Nikolay Yurievich Boronov. Es una de nuestras mentes más brillantes y solo queremos saber que está bien, quizá la Patria Rusa lo necesite algún día. Además yo también le conozco a Usted. Profesor Alberto Gámez, hijo de una familia con cuatro hermanos, estudió en la Casa de los Niños de Valdemorillo, sin destacar a penas, luego pasó al Instituto Público de Carabanchel Alto. Empezó a interesarse por la ciencia leyendo libros de divulgación científica todas las tardes en el parque anexo a la antigua Cárcel de Carabanchel
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    44 que sacaba dela biblioteca municipal. Imaginaba un futuro mejor para sí mismo y mientras otros muchachos de su quinta tenían la cabeza puesta en la diversión propia de la juventud, usted pasaba los fines de semana estudiando más y más. Le admiro, profesor, los rusos tenemos también ese espíritu de lucha que sólo nace de la adversidad. Pasó a la Universidad con una nota de nueve con seis y entró en la Facultad de Física de la Universidad Complutense, donde obtuvo una nota media de sobresaliente con dieciséis matrículas de Honor. ¡Guau, profesor, un carrerón! —, continuó el ruso en un tono cordial, amable, y sin perder nunca su sempiterna sonrisa —. Antes de acabar la carrera ya lo querían en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Una vez allí, se dedicó a publicar febrilmente artículos, buscando quizá un premio importante o el acceso a una Universidad Americana, como alguna vez ha dejado caer en alguna entrevista. Casado y sin hijos, lleva una vida tranquila, quizás demasiado tranquila para su valía y sus aspiraciones, ¿ve como nos conocemos, profesor? —, concluyó Pribilof, antiguo agente del KGB, actualmente al servicio del SVR, el Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia. Aunque dotado de una gran inteligencia, al agente Pribilof lo que en realidad le motivaba era vivir bien, por eso decidió cambiar la fría sede de Yasenevo, en Moscú, donde en invierno se alcanzan fácilmente temperaturas de menos treinta grados, y a penas se distinguen los edificios semicirculares del SVR de los árboles cercanos debido a la nieve, por un destino mucho más cálido. Hacía ya muchos años que había descubierto España. Su paisaje, su sol y sobre todo su gastronomía eran su verdadero “leit motiv”. Además, curiosamente el ruso tenía rasgos de carácter latino, le encantaba la fiesta, la siesta y relacionarse con los demás, puede que producto de su sangre tártara en parte turca, en parte mongola, en parte rusa. Definitivamente era uno de esas personas universales, que se adaptan con facilidad a cualquier lugar, especialmente con buen clima y buena gastronomía. Sin embargo, dentro de su corazón latía fuertemente su patria, y si bien era dado a la buena vida, su extraordinaria inteligencia y su carácter tranquilo lo convertían en una de las personas más fiables para el gobierno del Kremlin. Ante tal despliegue de datos, el cual era sólo la punta del iceberg de lo que ese hombre sabía, el sentido común del profesor le indicaba que sería mucho peor adoptar una actitud de oposición. Cuanto antes contestara sus preguntas, antes le dejaría en paz. Además, no tenía mucho que decir… —Le concedo media hora, señor Pribilof. Estoy cansado y quiero llegar a mi casa —, dijo finalmente el profesor. —Claro profesor, todos tenemos derecho al descanso. ¿Dónde se puede comer algo por aquí? —, preguntó el agente ruso. —Da igual señor Pribilof… —. —Por favor, llámeme Mijail. Al fin y al cabo ya nos conocemos —, dijo el agente.
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    45 —Como quiera, Mijail.Hay un restaurante japonés aquí mismo. En la esquina. —, respondió el profesor, con la mayor naturalidad posible. —¿Japonés? ¿Es que quiere que coma el pescado crudo? Profesor, prefiero unos buenos fogones. Además, como ve, adoro la dieta mediterránea —, bromeó Pribilof, haciendo círculos con su mano en su bien alimentada barriga. —Hay un asador castellano y una taberna vasca por aquí cerca. Elija usted —, dijo el profesor. —Asador castellano y taberna vasca, me pone usted ante uno de los mayores dilemas a los que me he enfrentado —, dijo el agente ruso con un gesto serio por primera vez. La elección de la comida en absoluto se subordinaba en su escala de valores a cualquier otra ocupación. —¡Venga, atrevámonos con los pintxos hoy! —, dijo Pribilof recuperando de nuevo la sonrisa, tras resolver su acertijo culinario. La actitud del agente tenía totalmente desconcertado al profesor. Se suponía que un agente del Servicio de Inteligencia sería alguien más serio, más centrado. Sin embargo, el trabajo de documentación había sido impecable. Le respondería a unas cuantas preguntas y se iría a casa. El agente no parecía alguien de quién preocuparse. Comenzó a relajarse un poco. Tras andar tres manzanas entraron en la taberna vasca Monte Igueldo. Habían cogido un poco de frío en la calle, y al traspasar la doble puerta de madera y cristal agradecieron la calidez del local. Suelos de madera, paredes blancas con acabado rústico, mesas hechas con antiguos toneles de vino y ruedas de carreta como lámparas, con bombillas imitando a velas, generando una mortecina luz amarilla. El local tenía bastante movimiento, y a duras penas lograron conseguir una mesa-tonel vacía. Con cada nuevo cliente, los decibelios del local aumentaban, pues en cada mesa se hablaba aún más alto que en la de al lado para poder entenderse. Eso molestaba al profesor, pero el agente Pribilof estaba encantado, no dejaba de mirar para todos lados como un niño en Disneylandia. Hasta la madrileña costumbre de arrojar al suelo las servilletas le gustaba, confería al local un aspecto de taberna marinera, con los camareros abriéndose paso empujando a la gente y gritando los pinchos calientes que iban saliendo de la cocina. La taberna estaba desordenada, abarrotada, llena de ruidos, repleta de pintxos. Era perfecta. No opinaba lo mismo el profesor, incómodo por aquél caos. El frío de la calle hacía que los clientes buscaran algún sitio cálido para tomar algo antes de llegar a su casa. Romper el ciclo casa-trabajo de vez en cuando era una válvula de escape, un subterfugio de la mente para no tener que pararse a preguntar por qué llevaban esa vida de esclavos, y sobre todo, para no preguntarse si tendrían los arrestos suficientes para romper la cadena y vivir, aunque el precio fuera alto, porque ¿no era alto el precio que pagaban en la actualidad por mantenerse en el acomodado rebaño camino del matadero?
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    46 En un primermomento, al profesor se le ocurrió cambiar de sitio, pero se dio cuenta de que el ruido protegía la confidencialidad de sus palabras, así que se dispuso a pedir para acabar cuanto antes. Agente, le recomiendo que… El agente Pribilof no estaba en la mesa, había desaparecido de la vista. El profesor se puso en estado de alerta ya que no veía al ruso por ningún lado. Se irguió para comprobar que efectivamente, se había quedado solo. Se quedó unos instantes sin saber qué hacer hasta que vio un codo que se abría paso desde la barra, aquél hombre con sobrepeso luchaba por abrirse paso entre la gente sin tirar nada de lo que llevaba en las manos, para ello utilizaba su cuerpo, y caminaba de espaldas, para proteger el plato. En una mano llevaba dos vasos de txacoli cogiéndolos por arriba, con los dedos dentro de la bebida, y en la otra mano portaba un plato lleno de pintxos vascos variados, a cual más suculento. Depositó los vasos en la mesa y acercó uno de ellos al profesor. —Veo que ya ha pedido por los dos, Mijail —, dijo el profesor elevando el labio superior y las cejas, y moviendo la cabeza de arriba a abajo, en un gesto de reconocimiento por la tenacidad del ruso. —Este es mi plato. Solo le he traído la bebida —, dijo serio el agente. El profesor se quedó mirándolo, de nuevo perplejo por la reacción de un supuesto agente de inteligencia, sin decir nada. —Es que no sabía cuáles le iban a gustar —, intentó disculparse el agente ruso, encogiendo los hombros, pero sin acercar ni un milímetro su plato al profesor. —Está bien, agente. Pediré alguno de los que sacan los camareros. ¿Dígame, qué desea saber? —, contestó el profesor. —¿Qué relación tiene con el ciudadano Nikolay, profesor? —, preguntó el agente sin dejar de mirar el pincho de tomate y jamón serrano, coronado con un huevo de codorniz y diminutas hojas de perejil fresco, que se estaba metiendo en la boca. —Superviso sus investigaciones. Le he ayudado desde la época universitaria, para mí es como un hijo —, contestó el profesor. —¿Diría Usted que Nikolay es un buen científico? —. —Sí. Lo es —, dijo el profesor Gámez. —¿Lo cree Usted porque lo tutela o por la calidad de sus publicaciones? —, quiso saber el agente.
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    47 —La calidad desus publicaciones le ha dado fama mundial, agente. Se ha convertido en una celebridad dentro del mundo científico, especialmente en dos campos que van a convertirse en la palanca de cambio del mundo en este siglo —, contestó el profesor. —¿Y esos campos son? —, inquirió el agente, sin perder la sonrisa y sin dejar de atender sus recién adquiridos tesoros gastronómicos. —La nanociencia. El ser humano ha adquirido recientemente la capacidad de modificar la estructura misma de la materia, tanto de la materia inerte como de la materia animada. Cambio de estructura implica cambio de propiedades. La naturaleza ha tardado millones de años en perfeccionarse, agente, pero nosotros hacemos distintas pruebas cada día. Tardaremos muy poco en modificar el mundo que nos rodea, para bien o para mal. El otro campo que va a resultar crucial para el ser humano en este siglo es el de la energía. Los combustibles fósiles nos han permitido avanzar más en los últimos doscientos años que en los diez mil años anteriores. Multiplicamos nuestras capacidades usando máquinas, pero las máquinas necesitan energía, y la energía que utilizamos actualmente tiene los años contados. Kolya investiga el desarrollo de nuevas energías —, concluyó el profesor. Por el momento, las preguntas parecían bastante normales. Demasiado normales. —Qué interesante profesor. Nikolay trabaja ahora en los Estados Unidos, ¿no? —, quiso saber el ruso. De nuevo una pregunta cuya respuesta ya conocía quién la formulaba. —Así es —, contestó el profesor. —Profesor, me pregunto por qué no le sorprende el hecho de que un agente del Gobierno Ruso le esté haciendo preguntas después de que un agente del Gobierno Español le haya interrogado en su despacho —, preguntó Pribilof, quien quería mover un poco el árbol a ver de qué calidad estaban hechas las nueces. —Bueno …agente. El inspector que vino el otro día a mi despacho me explicó que Kolya había recibido algún tipo de amenaza. —. —¿Qué tipo de amenaza, profesor? —, inquirió Pribilof. —No lo sé —. —Haga un esfuerzo y dígame, ¿por qué cree que intentarían hacerle daño a Nikolay, profesor? —. —Supongo que tendrá que ver con sus investigaciones —, dijo parcamente el profesor. —¿Tiene Usted acceso a las investigaciones de Nikolay? ¿Las comparte él con Usted? —, preguntó el agente.
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    48 —No —, mintióel profesor. —¿Le gustan los Estados Unidos, profesor? —. —Bueno, es un país de mucha investigación, pero también se investiga en Europa —, contestó el profesor, algo más incómodo cada vez, evaluando la forma de terminar con aquella conversación. El ruso se estaba convirtiendo de repente en alguien con poco tacto, pero no estaba seguro de si él estaba en una situación de fuerza favorable, o le convenía una actitud de sumisión y espera. —Así que Usted tiene sus propias investigaciones aquí en España, y está un poco desconectado del trabajo de nuestro compatriota Nikolay, ¿no? —, preguntó el ruso, mirando fijamente a los ojos al profesor, pero manteniendo la calma. —Sí claro, yo publico mis propias investigaciones —, contestó dubitativo el profesor, incapaz de sostener la mirada. —Verá profesor, yo soy un hombre tranquilo. Me gusta la buena comida y me gusta dormir bien, pero últimamente tengo ardores de estómago y no descanso como debería, ¿quiere saber por qué? —, dijo el ruso. El profesor no dijo nada. Esperó a que continuara el ruso, intentando apaciguar la desagradable sensación que la adrenalina que empezaba a recorrer su cuerpo le producía. —No duermo, profesor —continuó el agente ruso— porque hay un montón de gente que se está poniendo nerviosa con este asunto de nuestro amigo Nikolay, y esa gente de la que le hablo no son mis compañeros del Servicio de Inteligencia Extranjera ruso, son gente del Spetsnaz, el cuerpo de élite del ejército ruso, profesor. Pueden hacer cualquier cosa, donde quieran y con quien quieran. Si alguna vez se ve amordazado dentro de un avión Antonov saliendo del espacio aéreo español, le doy un consejo de corazón, trate de matarse antes de tomar tierra. Les tengo que dar respuestas, profesor, y Usted me las va a proporcionar todas. Una detrás de otra. Así que empiece a contarme por qué carajo envía la información que comparte Nikolay con Usted a una persona de contacto en los Estados Unidos. El profesor Gámez se desarmó por completo. El miedo destrozó cualquier intento de aparentar compostura. Sus brazos y piernas empezaron a temblar. Una oleada de sudor apareció de repente en su frente y en sus manos, se encogió en la silla y un poco de orina recorrió una de sus piernas. —Yo… yo… yo… —, dijo el profesor, sin poder articular palabra. —Es Usted un ingenuo profesor. Un imbécil, pero también un ingenuo. Todas sus comunicaciones están siendo analizadas en el Pentágono, también por nosotros, y quien sabe por cuantas instituciones más. Hable conmigo, déjeme salvarle la vida —, espetó el ruso.
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    49 El profesor rompióa llorar con las manos en la cara, sin embargo, el barullo del local impidió que llamara la atención. —Salgamos fuera, le vendrá bien caminar un poco. Tranquilo profesor, le ayudaré si me ayuda —, dijo el agente ruso, levantándose para pagar la cuenta y ayudar al profesor a salir a la calle. Tras caminar unos cincuenta metros, el profesor Gámez se paró. El frío era intenso, pero el cuerpo del profesor temblaba por otras razones. —No puedo seguir caminando —, dijo el profesor poniendo las manos en las rodillas, junto a la mancha de orina de sus pantalones. —Está bien, sentémonos aquí —, dijo Pribilof, señalando un escalón de entrada a un edificio en una marquesina cercana. —Me dijeron que si les daba información sobre el trabajo de Kolya, me ayudarían a instalarme como profesor en alguna Universidad americana de prestigio. Dijeron que él no compartía la información, y que ellos le estaban pagando la investigación, que sólo querían estar al tanto de sus trabajos —, empezó a hablar el profesor con la cabeza agachada, en baja voz. —¿Por eso les dijo en qué lugar se encontraba Nikolay en su reciente visita a España? ¿Eso es información sobre la investigación, o es otro tipo de información? Ha traicionado usted a su hijo putativo, profesor —, le reprendió el agente. Un fuerte dolor en el pecho hizo inclinarse al profesor Gámez. —Soy basura, merezco morir —, dijo en un hilo de voz el profesor, rindiéndose ante el dolor, pero no ante el dolor físico, sino el emocional al comprender lo que había hecho. —No es basura, y no merece morir, profesor —dijo el ruso, pasándole la mano por el hombro, intentando recobrar la entereza de aquél hombre que estaba pasando por el peor momento de toda su vida. —Verá profesor, Usted sólo ha sido codicioso. Debió quedarse en la ambición, pero ésta está a un paso de la codicia. Es condición humana. Lo veo todos los días, todos tenemos poderosos enemigos en nuestra mente, mucho más poderosos que nosotros mismos, solo se tiene que dar la ocasión para que los demonios salgan de su letargo y nos conviertan en marionetas a su antojo. No se culpe por ser humano. Usted no es una mala persona, pero dejará de ser una persona viva si no empieza a hacer lo que yo le diga. —. —¡Dejaré inmediatamente de comunicarme con ellos! ¡Por favor, deme una oportunidad! —, suplicó el profesor, viendo una posible salida al lúgubre callejón en el que se había metido.
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    50 —No dejará decomunicarse con ellos, eso levantaría sospechas, pero a partir de ahora filtraremos la información que envía. ¿Cómo se llama su contacto en los Estados Unidos? —, preguntó el ruso. —Tiene un nombre clave, pero creo que su verdadero nombre es Claire. ¡Ayúdeme por favor, estoy tan arrepentido…! —, dijo el profesor. —Intentaré convencer a los chicos del Spetsnaz de que está de nuestro lado. Actúe con la mayor naturalidad que pueda, pero llámeme a este número desde una cabina, cada día —, dijo el agente entregándole una tarjeta. —Ahh, por cierto. Esto es necesario —, dijo el ruso ayudando a levantarse al profesor. —¿El qué? —, preguntó el profesor. —Esto …—, contestó el agente al tiempo que daba un fuerte puñetazo en el pómulo del profesor. —¡Pero qué…! —, acertó a decir el profesor, tapándose la cara con la mano. —¡Deme la cartera! — ordenó el ruso. El agente cogió la cartera del profesor y sacó todo el dinero, luego rompió de un fuerte tirón el compartimento de las tarjetas, dobló dos de ellas, se las metió en el bolsillo y devolvió la cartera al profesor. —¡Está Usted meado, por dios! ¡Aprenda a ser un poco más convincente!, ¿o qué historia pensaba contar en su casa? Diga que le han atracado —. —Sí, claro —, atinó a decir el profesor. —Ya sabe, llamada diaria. —, dijo el ruso alejándose del profesor. —¡Mijail! —, gritó el profesor. —¿Qué? —, contestó el ruso subiéndose el cuello de su abrigo sin dejar de alejarse. —Gracias —. CAPÍTULO -8-.
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    51 El imponente Boeing747, con sus casi trescientas toneladas de peso, tomó tierra en la pista dos del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York. La estampa del coloso de los cielos posándose a casi trescientos kilómetros por hora sobre sus dieciséis ruedas gigantes era todo un espectáculo. El ser humano tiene la sorprendente capacidad de acostumbrarse rápidamente a convivir con avances tecnológicos inconcebibles tan solo cincuenta años antes. Este avión es también conocido por “Jumbo”, en referencia al descomunal aunque pacífico elefante que fue exhibido en el pasado en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. La desproporcionada criatura nació en Mali, donde la llamaban Jambo, y pronto pasaría con el circo Barnum & Bailey, y con el nombre de Jumbo, a ser una de las sensaciones de finales del siglo XIX. Si a un habitante de aquella época dorada de los espectáculos circenses le hubieran dicho que un coloso de metal con la altura de seis pisos un surcaría un día los cielos con quinientas personas dentro a una velocidad de novecientos kilómetros por hora, simplemente hubiera tomado por loco al profeta. Hacía ya dos horas que Kolya había sucumbido al sueño, y era Sofía quien lo observaba despierta. Era increíble que ella estuviera ahí. Tan solo dos días antes su vida era una continua rutina. Jamás se le hubiera pasado por la cabeza que iba a vivir una situación como aquella, que más bien parecía sacada de una película de Hollywood. Estaba en otro país, con un desconocido, habiendo echado por la borda su carrera y con aparente peligro dado los acontecimientos que habían ocurrido en el hospital. Se preguntaba si lo que estaba viviendo era real, o si estaba dentro de algún tipo de sueño extraño del que pronto saldría con el sonido de la alarma del despertador. Parecía real. Incluso la idea de su madre animándola a semejante aventura tenía tintes surrealistas. Sin embargo, era real. Y no sólo eso, sino que además le parecía que esa era su vida desde siempre, que la habían rescatado de un mal sueño, del eterno día de la marmota, en el que cada mañana revivía el día anterior sin apenas variaciones. Por fin sentía que aunque su vida durara tan solo veinticuatro horas más, esas horas valían más que los diez años anteriores, pues serían las horas que ella quería vivir. —Dormilón —, susurró Sofía al oído de Kolya, quien había perdido totalmente la noción del espacio tiempo. Le costó unos segundos identificar dónde y con quién estaba, rescatando la realidad de entre las imágenes oníricas, más vívidas aún que ésta. —Buenos días —, dijo Kolya, dándose cuenta al mirar por la ventanilla del avión de que era de noche cerrada. “Ladies and Gentlemens, welcome to the JFK airport” —, dijo una voz enlatada por el sistema de megafonía del avión, al tiempo que se encendían las luces, una vez parados en la terminal cuatro del aeropuerto.
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    52 Un finger avanzóa ritmo cadencioso, sin prisas, hasta engullir con su rectangular boca la portezuela de salida del avión. Los pasajeros, en el interior del avión aún, iniciaron su particular danza de llegada de un vuelo transoceánico, recogida de maletas del compartimento superior, estiramientos, bostezos y sonrisas cansadas. Todo en un sincronizado ritual de la cortesía, atando bien en corto al animal interior, cuya única intención era salir cuanto antes de aquella cárcel voladora. —Escúchame bien Sofía, actúa como si fuéramos pareja, nos van a parar en el Control de Aduanas, pero no digas nada, y no te preocupes. En unos minutos estaremos fuera —, dijo Kolya, consciente de la importancia de salir del aeropuerto cuanto antes. —Pareja… vale —, acertó a decir Sofía, algo nerviosa por la situación. Se cogieron de la mano y salieron del avión junto al resto del pasaje, despidiéndose con su mejor sonrisa del sobrecargo que les deseaba una feliz estancia en la ciudad de Nueva York en la puerta del avión. En la salida de la sala de recogida de maletas, los pasajeros, en escrupulosa fila, iban enseñando sus documentos a dos agentes de seguridad, responsables del control. Cuando llegó el turno de Kolya y Sofía, él sacó el visado especial de investigador científico y explicó a los policías que él trabajaba para un organismo gubernamental de primer orden y que ella era su novia. —¿Por qué no tiene visado? —, preguntó la mujer policía a Sofía, ignorando las credenciales y las explicaciones de Kolya. —Puedo explicárselo… —, intentó hablar Kolya, interrumpido por la agente, con cara de malas pulgas. —¡Usted se calla! ¿Por qué no tiene visado? —, volvió a preguntar a Sofía. —Agente ella no habla inglés —, dijo Kolya, quien había previsto otra reacción de la policía cuando vieran su estatus en ese país. —¡Silencio! ¡Fuera de la fila! —, la agente apartó a la pareja y con un gesto muy policial cogió el walkie talkie y hablándose en el dorso de la mano dijo algo que Sofía no pudo entender. —¿Qué pasa Kolya?¿Qué ha dicho? —, preguntó Sofía nerviosa. —Está llamando a un superior. Muéstrate tranquila —, intentó tranquilizarla Kolya. —¡Silencio los dos! —, ordenó la agente. A los dos minutos apareció un policía afroamericano enorme, y en un tono serio pero tranquilo preguntó a la agente:
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    53 —¿Qué ocurre? —. —Tenemosa estos dos sospechosos, sargento Johnson —, dijo la agente. —No somos sospechosos de nada —, intervino Kolya, sabiendo que su baza era hacer valer su legalidad en el país. —Ya le he dicho varias veces que se calle, voy a tener que explicárselo de otra forma —, espetó la agente en un claro gesto hostil agarrando su porra. El sargento hizo un gesto con la mano y paró el arrebato de la policía, que bien podía pasar por lanzadora de peso. —Sargento, el ruso dice que tiene documentos y la otra no habla nuestro idioma —, continuó la agente de aduanas. —¿Me permite explicar sargento…? —, intentó hablar Kolya, interrumpido por el sargento Johnson. —Aquí no. Acompáñeme —, dijo el sargento, cogiendo a Kolya del brazo y avanzando con él en una primera demostración de fuerza. —¿Y ella? ¿A dónde se la llevan? Sargento, por favor… —, dijo Kolya al ver que la andrógina policía se llevaba a Sofía hacia otra sala. —Estamos teniendo mucha paciencia señor, le aconsejo que colabore un poco o las cosas se van a poner un poco moviditas por aquí —, dijo el sargento apretando un poco el brazo de Kolya, pero manteniendo el tono calmado. Kolya comprendió que era mejor permanecer tranquilo. —¿Así que quiere entrar en nuestro país sin permiso…? —, preguntó afirmando la policía de aduanas a Sofía. Sofía no dijo nada. Hablaba un inglés básico, que de nada servía en aquella situación. No entendía bien lo que la policía le había dicho, porque hablaba con un acento muy norteamericano, rápido y encadenando las palabras. Ante la ausencia de contestación de aquella sospechosa, el limitado entendimiento de la agente sólo pudo llegar a una conclusión. Ocultaba algo. Sin mediar palabra agarró a Sofía del cuello y la tiró al suelo, inmovilizándola en una llave de lucha libre. El dolor del hombro de Sofía le impedía moverse, incluso pensar. — Ahora te vas a quitar la ropa a ver qué demonios traes escondido —, dijo la agente mientras desabrochaba el pantalón a Sofía. Cambió la posición y aprisionó el cuello de Sofía con la porra, que tenía pisada con la bota, para liberar sus manos, que utilizaba para desnudar a la sospechosa. —¿Qué tenemos, agente? —, dijo el sargento Johnson entrando acompañado de otra mujer policía, morena, en la habitación donde se encontraba Sofía.
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    54 —Esta mejicana noquiere colaborar sargento —, sospecho que lleva algo escondido. —Está bien agente, vuelva al control. La agente Ramires se quedará con ella —, ordenó el sargento. —Como quiera sargento, yo la enviaba ahora mismo de vuelta a Méjico —, dijo la agente. —¿Sabe donde está Europa agente? —, preguntó el sargento, irritado por la ignorancia patológica de su subordinada. —Sí, ¿Por qué lo dice sargento? —, se extrañó la agente. —Es igual, vuelva al control —, espetó el sargento, dando por finalizada la conversación. —Buenas noches señora… —, preguntó en un español centroamericano la nueva agente de policía. —Mi nombre es Sofía —, respondió Sofía, incorporándose de la agresión de aquella criatura cavernaria. —Bien Sofía. Si colabora todo será más rápido. Quítese la ropa —, ordenó la agente, sacando de un maletín con diversos elementos un paquete de guantes de látex. —¿Qué? —, preguntó Sofía sin dar crédito a la orden recibida. —Es el protocolo. Ha intentado entrar Usted en este país sin documentación. Hay que confirmar que no intenta introducir sustancias estupefacientes —, dijo la agente. —¡Esto es absurdo! Soy ciudadana europea, tengo mis derechos —, espetó Sofía. —Señorita Sofía, está en suelo norteamericano, así que o hago yo la exploración o la hace mi compañera… —. El sargento Johnson volvió a la otra sala con Kolya y comenzó a efectuar las correspondientes comprobaciones. —Veo que tiene permiso de residencia, señor Boronov —, dijo el sargento examinando el documento del científico. Nunca había visto un documento como ese. —Trabajo para el National Institute for Nanotechnology Research, en California —, explicó Kolya. —Nunca había visto un permiso así, parece muy específico —, dijo el sargento, escrutando el documento.
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    55 —Trabajo para unainstitución gubernamental norteamericana, sargento, con nivel uno de rango de acceso. Su gobierno me ha pedido que trabaje aquí, así que he tenido todas las facilidades por parte de su gobierno. Hasta ahora —, dijo Kolya algo molesto. —¿Quién es la chica, señor Boronov? —. —Es mi mujer. Llevaba mucho tiempo sin verme y le he dado la sorpresa de casarnos sin avisar a nadie y disfrutar de una corta luna de miel en Nueva York antes de volver al trabajo —, explicó Kolya. —¿Y su equipaje? —, preguntó el sargento. —Ya se lo he dicho, no lo teníamos planeado. Hace dos días discutimos porque apenas nos vemos y decidimos casarnos y venir a pasar la luna de miel. Fue una reacción impulsiva tratando de salvar mi relación. Pensé que con mi nivel de autorización en este país nos dejarían estar al menos esta semana —, continuó Kolya con su explicación. —Ha sido una mala decisión —, dijo secamente el sargento. —Tiene razón sargento Johnson, ha sido una estupidez. Pero, ¿no ha hecho nunca una estupidez por amor? —. El sargento miró a Kolya de soslayo arrugando la frente y levantando una ceja: —No —. —Venga sargento, arreglemos esto. Dentro de una semana le saludaré antes de coger el vuelo de vuelta a España —, dijo Kolya en tono de súplica. —Usted puede quedarse, la señorita se va. Yo no hago las normas, señor Boronov —, sentenció el sargento. —Pero sargento, quédese nuestros documentos si quiere en garantía. Vamos, es sólo una semana —, dijo Kolya en un último intento. —¡La señorita se vuelve! —, repitió el sargento devolviendo la documentación a Kolya. Kolya entendió que aquel agente simplemente estaba cumpliendo con su trabajo, y que sería inútil intentar convencerlo. —Sargento, si ella se vuelve, yo también. Iremos en el mismo avión de vuelta a España —. —Como quiera, vamos a por su mujer —, respondió el Sargento mientras salían de la dependencia policial.
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    56 Ambos hombres entraronen la otra sala, donde tenían retenida a Sofía, sentada en una silla, de nuevo vestida, con las manos entre los muslos y la cabeza agachada. El pelo le tapaba la cara. —Sargento, está limpia. Hemos revisado su ropa y hemos hecho la inspección vaginal. No lleva nada —, dijo la agente Ramires en posición marcial mientras informaba a su superior. —Puede irse agente Ramires, yo mismo los embarcaré en el primer avión de vuelta a España. Buen trabajo —, concluyó el Sargento. —¿Inspección vaginal? ¿Buen trabajo? —pensó Kolya. Aquello había superado su capacidad de actuar de forma estratégica, con él habían cruzado el Rubicón. Su padre había demostrado un valor incalculable y él llevaba los mismos genes de su padre. No le importaban las consecuencias que acarrearan sus actos si se trataba de corregir una injusticia. Nadie es más que nadie, y menos si impone su autoridad por medio de la violencia. Aún así, respiró varias veces tratando de controlarse, pues lo último que necesitaba era acabar en una cárcel americana. —Vamos Sofi —, dijo Kolya con dulzura, cogiendo la mano de Sofía, y apartándole el pelo de la cara con la otra mano, con el corazón encogido por saber que aquella chica había sido sometida a una vejación sólo por ayudarle. Al apartarle el pelo de la cara, vio el pómulo de Sofía de color negruzco. Se había golpeado en la cara cuando la primera agente la había tirado al suelo. Kolya no pudo controlarse. Explotó. —¡Hijo de puta! —, dijo en español empujando al Sargento contra la pared. El golpe fue enorme y la espalda del afroamericano hizo retumbar toda la habitación. —¡Cálmese! —, replicó el sargento, agarrando las manos de Kolya y quitándoselas de las solapas de su uniforme, haciendo uso no solo de una gran fuerza, sino de un sorprendente control emocional. Entre el sargento y la agente Ramires inmovilizaron a Kolya y lo obligaron a sentarse en una silla. Los ojos de Kolya reflejaban ira y convicción, cuando espetó al Sargento: —Han cometido un abuso de poder. Mi mujer ha sido sometida a una agresión y a una actitud vejatoria, y no le va a salir gratis, Sargento. No tienen impunidad, aunque crea que sí…—gritó Kolya. —Es el procedimiento habitual. Trate de calmarse —, repitió de nuevo el Sargento, en un intento de armarse de paciencia, ya que en el fondo sabía que no estaba tratando con delincuentes, sólo con alguien que había cometido un error burocrático. Sin embargo, en Kolya se había prendido la llama de la injusticia, aquella que toda persona tiene en su interior, aquella
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    57 capaz de derrocarsistemas o cercenar tiranos, pues no hay enemigo más peligroso que aquél que está dispuesto a perderlo todo. —¿Sabe lo que significa el sello púrpura en mi visado, Sargento? —, dijo Kolya tratando de respirar con normalidad, pues el golpe más certero es aquel que se da desde el autocontrol. —Sí. Trabaja Usted para el gobierno —, dijo el Sargento, frunciendo el ceño, ya que no sabía por dónde iba a salir el europeo. —No sólo trabajo para su gobierno, sino que trabajo en un proyecto de la máxima prioridad para su país. Fui contratado con un gran despliegue de medios por parte de sus autoridades, en competencia con laboratorios científicos de todo el mundo. ¿Sabe en qué trabajo? —, pregunto Kolya. El afroamericano permaneció en silencio. —Yo trabajo —continuó Kolya — en un proyecto esencial para el actual gobierno de los Estados Unidos, Sargento. Mi estancia en los Estados Unidos responde a un mandato personal del presidente Barack Obama, quien basa gran parte de su programa de gobierno en la obtención de energías alternativas al petróleo, y en eso trabajo yo. De hecho dirijo el proyecto principal en el National Institute for Nanotechnology Research, Sargento Johnson, ¿y sabe qué? —. De nuevo silencio. —Que voy a renunciar públicamente al proyecto en suelo estadounidense. Voy a conceder las entrevistas que sean necesarias para dejar claro que renuncio a permanecer y entregar mi conocimiento a un país que ejerce alegremente esta brutalidad policial. Seguro que le va a encantar a su presidente, premio Nobel de la paz. Un científico capaz de generar energía limpia, abundante y barata abandona suelo estadounidense huyendo de la violencia policial gratuita. Su nombre, como responsable de esta actuación, saldrá muy destacado, Sargento Johnson. Vaya preparando su equipo de pesca, sargento, le hará falta cuando esté sin trabajo. Ahora ya puede subirnos a ese avión —, concluyó Kolya. La determinación con que pronunció su discurso no dejaba la menor duda de que cumpliría su amenaza. El Sargento tragó saliva, miró a la agente Ramires, quien tenía la misma cara de perplejidad. Había luchado mucho en la vida para llegar a ese puesto y lo había hecho para dar a sus hijas las oportunidades en la vida de las que él había carecido. En un segundo imaginó su vida sin trabajo, sin seguro médico, sin su preciosa casa que tanto le había costado tener, sin saber cómo explicar a su familia el porqué se encontraban en esa situación.
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    58 —Señor Boronov, yo…Quiero decir, yo… lamento lo ocurrido. Póngase Usted en nuestra situación, aquí entran miles de delincuentes cada año. Esto no es fácil —, dijo el Sargento. —Nosotros no somos delincuentes, Sargento, su trabajo consiste también en administrar su fuerza. No tengo nada más que añadir —, dijo Kolya, mirando fíjamente a los ojos al Sargento. —Verá, señor Boronov, estoy seguro de que lo podemos arreglar aquí. Pasen esa semana que tenían pensado en Nueva York, y acepte mis disculpas. Todo esto hay sido un malentendido —, ofreció el Sargento en baja voz, tratando de escapar del descrédito público al que sería sometido. Kolya estaba indignado, pero no era estúpido. En el momento de proferir la amenaza estaba pensando únicamente en vengar las ofensas recibidas por parte de Sofía, pero no dudó ni un instante en reconocer que se les abría ante sí una oportunidad única, dado cómo se habían puesto las cosas. Miró a Sofía y le pareció descubrir en sus ojos un gesto de asentimiento. Parecía estar viviendo en una realidad paralela a su vida, en una ensoñación surrealista. Quizás lo fuera. —Sargento, valoro en general el trabajo que hacen. Este es un gran país que tiene que tratar con innumerables amenazas, pero no olvide que todo lo que Usted defiende parte de la conservación de las libertades individuales. Han actuado como totalitarios —, dijo Kolya recobrando la calma —Intentaremos pasar esta semana de luna de miel y olvidar lo ocurrido — , concluyó. “Luna de miel” pensó Sofía. Buena coartada de su compañero de viaje para entrar en el país. El chico era inteligente, de eso no cabía duda. Además, no sonaba tan mal… —Acompáñenme —, dijo el Sargento. Hacía meses que toda aquella odisea había comenzado para Kolya, y cada paso que daba, cada acción, cada proyecto, se veía de alguna manera entorpecido. Es como si estuviera avanzando a través del tejido espacio-tiempo con alguna especie de pegamento que no le permitía avanzar con fluidez. Su mente racional estaba entrenada en el análisis riguroso de la realidad, de los datos. Sin embargo, cuanto más profundizaba en sus investigaciones y más cosas vivía, le daba más la sensación de que misteriosas fuerzas gobernaban la propia existencia. Conforme la ciencia iba despejando dudas, resolviendo enigmas e iba avanzando en la compresión del mundo, nuevas puertas se iban abriendo ante los ojos de los científicos, en un bucle sin fin. Kolya había pensado muchas veces en esa paradoja, “cuanto más sabes, más consciente eres de lo poco que sabes”. ¿Se llegaría algún día al conocimiento último? Kolya se preguntaba si habría alguna vez un cara a cara entre el ser humano y su creador, fuera lo que fuera éste. Si nuestro universo tiene una edad finita, ¿qué había antes? ¿cuál es la
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    59 realidad que estápor encima incluso de la creación de nuestro universo? Sin duda, sea lo que sea que dé forma al destino, estaba claro que estaba obstaculizando el de Kolya, ¿o lo estaba llevando en la dirección correcta? Al menos tenía la sensación de estar llevando una pesada carga. El Sargento acompañó a Kolya y a Sofía a la salida del aeropuerto. Bajo la reluciente carpa gigante con forma de caparazón de cangrejo del JFK se apiñaban los taxis en ansiosa espera de nuevos clientes. A pesar de la hora, había tráfico. Las grandes ciudades nunca duermen. Estaban de nuevo en la realidad. —Buenas noches —, dijo Kolya, mientras se subían al asiento de detrás del taxi. —Buenas noches, Señor. ¿A dónde les llevo? —, preguntó el taxista. —Salgamos del Estado. Simplemente conduzca —, ordenó Kolya, cogiendo a Sófía por el hombro, tratando de darle ánimos. Ella apoyó su cabeza en el pecho de Kolya y rodeó con su mano la cintura de él, por dentro del abrigo. En silencio, sin que Kolya lo notara, comenzó a brotar un mar de lágrimas de los ojos de Sofía. Había sido duro, pero no estaba triste. Simplemente estaba viviendo. CAPÍTULO -9-. El profesor Gámez trató de ponerse en contacto con Kolya a través de la intranet que ambos compartían para comentar los avances en la investigación de la obtención de energía a través de los ciclos de hiper rotación de entrelazamiento cuántico de fotones. Kolya utilizaba el sistema operativo Linux, no creía en los sistemas cerrados de los gigantes de la informática, como Microsoft. Había diseñado un sistema de comunicación seguro entre el profesor y él para intercambiar de forma segura los datos a través de la red de redes. Todo intento de contacto fue inútil. Los días iban pasando y era como si a Kolya se lo hubiera tragado la tierra. —¿Señor Pribilof? —, dijo el profesor Gámez desde la cabina telefónica donde realizaba cada día la llamada al agente ruso. No le había sido fácil encontrar una cabina pública. Jamás se había parado a pensar en eso, pero el avance tecnológico había ido borrando del mapa la pintoresca visión de las ciudades salpicadas de cabinas telefónicas. El profesor había llegado a utilizar las antiguas cabinas de perra chica, en la que se veía a través
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    60 de un cristalel circuito de monedas, que iban cayendo inexorablemente conforme iban pasando los minutos de conversación. Luego vinieron las del habitáculo cerrado, y por último las que parecían un secador de peluquería sacado de una película de Almodóvar. El profesor encontró una cabina en una gasolinera cercana a su trabajo, de forma que no llamaba la atención, pues había bastante trasiego de coches. Cada vez que hacía la llamada telefónica al agente Pribilof, recordaba de repente su juventud. No sabía por qué, pero algunas situaciones llevaban al cerebro a rememorar acciones pasadas. Aunque hubieran pasado cuarenta años, los recuerdos eran muy nítidos, se veía a sí mismo llamando a su novia de aquel entonces, la que hoy era su mujer. Recordaba tener que esperar para usar la cabina y tener que darse prisa en la conversación, pues siempre había gente esperando para usarla. Además, la conversación pasaba indefectiblemente por saludar a los padres de su novia, pues la identificación de llamadas era ciencia ficción en ese entonces. El avance en las comunicaciones había sido impresionante. El número de teléfono que debía marcar tenía doce dígitos, pero no parecía corresponder a un número de ningún país en concreto. La llamada era transferida a través de distintos nodos de comunicaciones a la central del SVR, en Yasenevo, Moscú. Una vez allí, era limpiada de todo rastro y devuelta automáticamente al agente Pribilof en España, de forma que era absolutamente imposible localizar al agente ruso. Vital para su protección. Cualquier potencia extranjera que estuviera tras la pista perdería el rastro en Moscú. Debido a este sistema de conexiones, la comunicación era lenta, y tanto el agente como el profesor se habían acostumbrado a esperar unos segundos antes de contestar, para permitir el normal desarrollo de la conversación. —Buenas tardes profesor —, respondió Mijail Pribilof —¿Alguna novedad? —. —No agente. He intentado ponerme en contacto con Kolya, pero no se ha conectado a nuestro sistema de comunicaciones. Espero que esté bien. —, dijo el profesor. —¿Ha estado en contacto con los americanos, profesor? —. —Sí, he recibido algún correo electrónico bajo apariencia de consulta científica, como siempre. Me han preguntado por Kolya, pero les he respondido que no sé nada. Si está en Madrid, supongo que se pondrá en contacto conmigo —, contestó el profesor. —No está en Madrid. De hecho no está en España. Está haciendo un buen trabajo profesor. La Patria Rusa se lo reconoce y se lo tendrá en cuenta para el futuro. Siga así — dijo el agente Pribilof colgando el teléfono. El Citroën C4 de Alberto Gámez se deslizaba por la carretera a ritmo de música barroca. El profesor había tocado fondo con la traición a su pupilo, pero ahora estaba colaborando en su seguridad, se sentía bien. La vida le había dado la oportunidad de retomar el camino correcto. Había aprendido la lección, nunca hay que coger un atajo no ético para
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    61 llegar a nuestrasmetas, porque tarde o temprano el destino vendrá a pedir el precio, reclamando lo que es suyo. El profesor miró varias veces por el retrovisor y le pareció extraño que un Mercedes de alta gama llevara un rato detrás de él, ya que su modo de conducción era de lo más tranquilo. Aminoró la marcha y comprobó que ese coche, negro, brillante, seguía detrás de él. Empezó a ponerse nervioso. Sólo había una forma de comprobar si le estaban siguiendo, en la siguiente rotonda daría dos vueltas, el coche que le precedía tendría que continuar. En caso contrario, apretaría el acelerador hasta llegar al cuartel de la Guardia Civil de Colmenar Viejo. Dio las dos vueltas a la rotonda y comprobó con alivio que el coche siguió de largo, por lo que se incorporó a su ruta con normalidad. Sin embargo, pasados dos kilómetros, el Mercedes negro apareció de la nada y se situó delante de él, ralentizando la marcha. El profesor pisó el acelerador y adelantó al coche, sólo para comprobar que era de nuevo adelantado por éste. En la maniobra de adelantamiento el cristal tintado de la parte derecha del vehículo se abrió y una persona vestida con un traje impecable le enseñó un placa y le gritó: —¡Señor Gámez por favor, pare a la derecha. Será solo un momento! —. El profesor, al ver la placa reaccionó instintivamente y detuvo el vehículo. Seguramente sería la policía secreta, pero al profesor no le terminaba de encajar el aspecto del hombre y la calidad del vehículo. —Vaya nivelazo tiene esta gente —, pensó fugazmente. —Sé breve Alberto. Sé breve Alberto —, se dijo mientras contemplaba a través del parabrisas cómo se bajaba el hombre del traje y se acercaba a su ventanilla. Notó también cómo el conductor daba marcha atrás y dejaba el Mercedes prácticamente pegado a su Citroën. —Buenas tardes profesor Gámez. Mi nombre es Peter Smith-Jones. Soy de la CIA estadounidense. Estoy colaborando con el Gobierno de España en una investigación. Por favor, suba a nuestro vehículo —, dijo el agente mostrando su placa. El profesor vio asomar la culata de una pistola debajo de la axila del fornido americano. —Buenas tardes. Estoy muy cansado, ¿no les importaría que tuviéramos esta conversación en otro momento? —, preguntó el profesor, con la intención de salir de aquella y pedir consejo y auxilio a Pribilof. —Serán unos minutos, profesor. Por favor, salga del coche —, ordenó tajante el agente Smith-Jones. —Usted no es un policía español, aun así no tengo ningún inconveniente en contestar a sus preguntas. Pero no voy a salir del coche —, dijo Gámez.
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    62 —Profesor, hagamos estopor las buenas. Créame, es mejor para Usted —, dijo el agente sin perder la calma, pero con la seguridad en sí mismo de quien sabe que tiene el poder, y que lo va a ejercer implacablemente, sin importarle la oposición que encuentre. El profesor tuvo miedo. En un acto instintivo y osado, metió la marcha atrás de su Citroën y piso el acelerador sólo para comprobar que otro Mercedes igual que el que tenía delante se había situado justo detrás, pegado a su coche, mientras estaba hablando con el agente. No se había percatado de ese otro vehículo, que estaba tan pegado que ni siquiera hubo impacto. En ese momento se dio cuenta de que estaba totalmente atrapado. El corazón se le aceleró y sintió cómo le abandonaban las fuerzas. Pese a los efectos de la sobredosis de adrenalina que sus glándulas suprarrenales habían inyectado en su torrente sanguíneo, el profesor se juró a sí mismo no ceder. No le pasaría lo mismo que con Pribilof. Agarró con fuerza el volante justo en el momento en que una descomunal descarga eléctrica lo dejó inconsciente antes de que pudiera siquiera gritar. Lo siguiente que vio fue la oscuridad más absoluta. —¿Dónde está el señor Nikolay Boronov, profesor? —, preguntó el agente Smith-Jones al tiempo que uno de sus subordinados vaciaba un cubo de agua helada en la cabeza del profesor. Lo único que Gámez pudo oír fue una versión distorsionada de la pregunta, pues estaba aturdido por la descarga recibida. Tampoco podía ver nada, una venda tapaba sus ojos. Intentó moverse, pero comprobó que tenía las manos atadas a la parte trasera de la silla en la que estaba sentado. —¡No puedo ver! ¡No puedo ver! Quíteme esto… — apenas acertó a decir el profesor Gámez. Estaba claro que aún estaba en estado de shock y no era capaz de reconocer la situación. El agente Smith-Jones ordenó quitarle la venda y echarle varios cubos de agua helada. En la habitación hacía bastante frío, habían quitado deliberadamente la calefacción. El agente Smith-Jones sabía que tenía que hacer ceder primero al cuerpo, luego vendría la rendición de la mente. —Profesor, no nos ha dejado otra opción. Este asunto es muy importante para nuestro país, así que va a colaborar en la investigación, le guste o no. ¿Dónde está el señor Boronov? —, preguntó de nuevo el agente americano. —No lo sé —, dijo el profesor tratando de ver, ya que la compresión de la venda le había dejado sin capacidad de enfocar debido a la fatiga en los músculos oculares. El agente Peter Smith-Jones conocía bien los métodos de interrogación. De nada valían las torturas, como desmembrar al interrogado o clavarle cualquier tipo de aparato que produjera dolor, pues numerosos estudios confirmaban que el sujeto interrogado en la mayoría de los casos comenzaba a dar cualquier tipo de información, cierta o no, para eludir el dolor.
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    63 Las técnicas másavanzadas tenían como objetivo no solamente hacer que el sujeto hablara, sino determinar la veracidad de lo confesado. Para ello, el agente americano debía evaluar en todo momento el lenguaje corporal del prisionero, comprobar el tono de voz, los errores argumentales, la espontaneidad en la contestación de respuestas cortas, la expresión facial, y otros parámetros. Por otro lado, había que privar al prisionero de alguno de los elementos que le conferían seguridad habitualmente, como es la alimentación o el abrigo. Pasadas unas horas, cuando la mente del profesor hubiera bajado los brazos, el agente ofrecería apoyo y confianza a cambio de respuestas. —Profesor, sabemos que hace Usted una llamada diaria que se redirecciona a territorio ruso, así que no perdamos el tiempo ninguno de los dos y conteste a las preguntas ¿Dónde está Boronov ahora? —, dijo el agente. —Yo no he hecho nada malo. Quiero irme a casa —, sollozó el profesor, respondiendo de nuevo de forma inconexa a las preguntas. El agente introdujo la cabeza del profesor en una pileta de agua, hasta que este no pudo contener más la respiración. Justo en ese momento, de un fuerte tirón el agente le sacó la cabeza del agua. La técnica del waterboarding la había utilizado muchas veces el agente en su instrucción en Irak, y sabía que daba muy buenos resultados. Muy pocas personas, altamente entrenadas, eran capaces de anular el instinto de supervivencia. El profesor no era uno de ellos. —Vamos profesor. Quiero que se vaya a casa cuanto antes, con su mujer Elvira. Ella le está esperando. Conteste a las preguntas —. —Sé que no está en España, pero no sé donde —, dijo por fin el profesor, centrándose en contestar para salvar la vida. —¿Dónde guarda Boronov los datos de su investigación? —, siguió el agente con el interrogatorio. —No sé por qué me interrogan, Claire tiene la información. He colaborado con Ustedes —, contestó el profesor. —¿Claire? Sabemos que comparte parte de la información con la gente de la industria tecnológica. Se equivoca si piensa que somos los mismos, profesor. Nosotros queremos toda la información, no las migajas que comparte, así que conteste, ¿dónde guardan los datos? —, volvió a preguntar el americano. —Sólo nosotros tenemos acceso a los datos. Tengo frío. Quiero irme a casa —, dijo el profesor tan cansado que su rostro reflejaba ausencia de emoción. Los músculos faciales habían dejado de tener tensión y su cara reflejaba una especie de mueca. El agente sabía bien que la mente del profesor ya era suya.
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    64 —Venga profesor, unpequeño esfuerzo y nos iremos todos a casa —, dijo el agente poniendo la mano en la rodilla del profesor otorgando un fingido apoyo al tiempo que con una mirada ordenaba cubrir parcialmente al profesor con una manta. —Conteste profesor. ¿Dónde están los datos? —. —Usamos un sistema GNU/Linux. La información pasa a través de una entrada o Gateway con un potente Cortafuegos, luego es redirigida a una dirección IP no válida. La información válida solo es accesible mediante el uso de tres claves concatenadas. Un fallo y el sistema se cierra automáticamente hasta que los dos usuarios lo abramos simultáneamente… Quiero irme a casa —, contestó el profesor, con la mirada perdida. —¡Las claves! —ordenó el agente. —Yo no… aquí no las tengo —, contestó el profesor. El agente retiró la manta y de nuevo simuló el ahogamiento del profesor de forma reiterada. Una vez que sacó la cabeza del agua por última vez gritó: —¡Las claves! —. —Tengo el portátil en el coche. Por favor, no quiero morir —, suplicó el profesor. El agente miró a otro de sus subordinados que salió en dirección al coche del profesor. —Tranquilo amigo, nadie va a morir aquí —, dijo el agente tapando de nuevo al encharcado profesor. —Pronto estaremos todos en casa. —¿Por qué hacen esto? —, susurró el profesor con la barbilla apoyada en el pecho. —Verá profesor, su alumno aventajado cree que sabe cómo funciona el mundo. Pero no lo sabe —, le contestó el agente levantando la barbilla del profesor para mirarlo a los ojos. —El mundo está lleno de amenazas para las personas libres —continuó el agente —pero la gente como Usted las ignora. Hay mucha gente que daría hasta su vida por destruir todo aquello que Usted disfruta profesor. Los Estados Unidos tenemos en su país una imagen negativa, pero somos los grandes valedores de las libertades individuales en el mundo, aunque en este momento no le dé esa sensación — dijo sarcásticamente el agente. —Con nuestra capacidad militar estamos continuamente destruyendo amenazas para Occidente, profesor. Me gustaría ver qué cara pone si un ejército de musulmanes desembarca en las costas de Andalucía armados hasta los dientes con armamento químico y bacteriológico. ¿Sabía Usted que una de las metas de Osama Bin Laden era la recuperación de Al-Andalus? El paraíso de ellos es su infierno, profesor —. —La mayoría de los musulmanes no son así —, dijo el profesor. —Es Usted un ingenuo —.
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    65 —En todo caso,¿Qué tiene que ver todo eso con Kolya? Él es una persona inocente — , preguntó el profesor. —El señor Boronov, Kolya como Usted lo llama es también un ingenuo. Y cuando se trata de intereses tan grandes como los que hay en juego, ser un ingenuo es un lujo que nadie puede permitirse. Los Estados Unidos han gastado miles de millones de dólares en las guerras libradas en Oriente Próximo. Estamos sin blanca, profesor. Tenemos un país endeudado por defender los intereses del mundo libre, incluidos los de personas como Usted — dijo el agente con cierto resentimiento —. Hemos descubierto un verdadero filón que va a resolver todos nuestros problemas. En tan solo diez años pagaremos toda la deuda contraída y además seguiremos investigando para seguir protegiendo al mundo libre de amenazas letales. Sin embargo, su amiguito Nikolay se cree muy listo, y va por ahí alardeando de haber encontrado una fuente increíblemente barata de energía. Si ha podido desarrollar sus investigaciones es gracias a nosotros, así que nosotros seremos los que le digamos lo que tiene que hacer. De momento, el mundo debe funcionar quince años más con hidrocarburos. Hemos estado durante cuarenta años derramando sangre para tener acceso a los pozos de los árabes, ha llegado el momento de la verdadera supremacía de los Estados Unidos —. —Arenas bituminosas y gas de esquisto… —, dijo en un tono apenas audible el profesor, dándose cuenta de la candidez de Kolya al intentar cambiar el orden mundial. —Veo que sabe de qué le hablo, profesor. En unos años los Estados Unidos serán el primer productor mundial de petróleo del mundo. ¿Cree que íbamos a permitir tirar todos esos recursos a la basura? Nuestros amigos canadienses están liberando el gas a un ritmo sin precedentes y nosotros hemos aprendido a liberar también el petróleo, profesor —continuó el agente con el brillo en los ojos propio de su fervor patriótico. —Espero que el idiota de Obama no lo eche todo a perder con su empeño en las energías verdes. Si hubiera salido elegido el republicano Mitt Romney hubiéramos multiplicado el ritmo de extracción. Sin embargo, sé de buena tinta que esto es imparable. Nuestras empresas petroleras están liberando ya ingentes cantidades de petróleo atrapadas en la roca. Petróleo que se daba ya por perdido —. —Fraccionamiento hidráulico. Es peligroso… —, dijo el profesor. —¡Vaya! Me sorprende Usted con sus conocimientos, profesor. No es peligroso, simplemente hay que inyectar fluidos a presión para romper la roca y permitir salir el petróleo. ¿O es que debemos dejarlo ahí para siempre? En Dakota del Norte hay millones de barriles de petróleo atrapado en sus pizarras bituminosas esperando por nosotros, y ese alumno suyo no va a inmiscuirse en nuestros asuntos. Hay miles de millones de dólares en juego, profesor. Esa energía cuántica o cómo demonios la llamen no saldrá a la luz. Al menos no por ahora —. El profesor Alberto Gámez comenzó a convulsionarse por efecto del frío. Ya no notaba las extremidades debido a que las ataduras, si bien se habían hecho con grandes girones de tela, para que no dejaran huella, habían cortado la circulación sanguínea durante todo el
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    66 interrogatorio. El agenteSmith-Jones ordenó a uno de sus subordinados que desatara al profesor: —Trae otra manta. Dejémosle unos minutos de descanso, todavía hay mucha información que necesitamos obtener. Nuestros amigos de Light Oil Corporation van a ponerse muy, pero que muy contentos con el trabajo que estamos realizando. Y dos millones de dólares en horas extra no se ganan todos los días… —, sonrió el agente torciendo el gesto. Pensaba vivir el resto de su vida en algún lugar cálido, con varios criados a su servicio, y una playa cercana. Por un momento, su mente viajó a la isla indonesa de Bali. El tiempo de las privaciones había concluido, lo había dado todo por su país y ahora era el momento de ser recompensado. A la mañana siguiente, el inspector Manrique recibió una llamada de la Comisaría Centro: —Señor, debe dirigirse al embalse de Manzanares el Real, han sacando un coche del agua. Allí le espera el inspector Hernando Herrera —, le dijo la oficial de policía, al otro lado de la línea telefónica. —¿Y por qué me llaman a mí? ¡Manden a alguien de homicidios, yo tengo un caso importante entre manos! —, espetó el inspector. —Señor, es el coche del profesor Gámez. Dice el forense que tiene síntomas de haber ingerido una gran cantidad de tranquilizantes. Podría tratarse de un suicidio —, respondió la oficial García. El inspector Manrique se quedó helado. Esto se estaba poniendo cada vez más feo. Alguien había asesinado al profesor en sus propias narices. Le llevaban la delantera y con bastante ventaja. O actuaba rápido o la próxima cabeza que rodaría sería la suya. —¿Un suicidio…? Está bien, voy para allá —. CAPÍTULO -10-.
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    67 El taxista condujoen dirección sur hasta la ciudad de Philadelphia. Iba a ser el servicio más rentable de toda su vida. Era evidente que aquellos dos tramaban algo extraño, aquella petición de salir del estado no era muy normal, pero lo primero que se aprende cuando vives en la ciudad de Nueva York es a no preguntar. Él los llevaría hasta donde ellos quisieran y mantendría el pico cerrado. Sencillo. Y por si se trataba de alguna pareja de listillos sin blanca, guardaba en la guantera dos elementos protectores, una estampa de la Virgen de Guadalupe, que le protegía de todo mal, y para echar una mano a la Virgen, guardaba también una Smith&Wesson SD9, con diez balas de nueve milímetros en el cargador y una adicional en la recámara. —¿Desean que les lleve hasta Trenton? —, preguntó el taxista en un mediocre inglés. —No. Vamos hasta Philadelphia —, respondió Kolya. —¿Hasta Philadelphia? ¿Saben que les tengo que cobrar el retorno también? —. —Sí, no se preocupe por eso —, respondió Kolya. —¿Kolya, sabe este hombre que no llevamos dólares? —, preguntó Sofía, ya que no había entendido bien las conversaciones anteriores. El Ford amarillo salió de la carretera y pegó un frenazo en seco. —Virgencita mía, dime por qué me has puesto esta prueba en el camino —dijo el taxista en español, su lengua materna. Kolya y Sofía se quedaron estupefactos al comprobar cómo el taxista sacaba una pistola de la guantera y les apuntaba a la cabeza. —¡Hijos de la gran chingada! ¡A mí no se me jode guey…! —, espetó el taxista con la mandíbula apretada, al tiempo que quitaba el seguro de la pistola. Kolya se quedó paralizado al saber que tenía una pistola cargada apuntando a su cabeza. No pudo articular palabra. —Tranquilo señor, le daremos todo el dinero —, por fin acertó a decir Sofía. —¡Has dicho antes que no tienes dinero, zorra! ¡A mí no se me jode! —, gritó el taxista. —No tenemos dólares, pero sí tenemos euros. Puede cambiarlos en cualquier banco. Por favor… baje el arma —, dijo Sofía en tono de súplica. El taxista se quedó un rato pensando. —Euros… qué coño era eso —, pensó.
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    68 —Con euros nopuedo pagar la comida de mi hija. ¡A mí me das dólares! —, dijo el taxista, poniendo el seguro de la Smith&Wesson, pero sin dejar de estar alerta. —Pero puede usted cambiarlos. Un euro vale más que un dólar… señor —, dijo Sofía. El taxista torció el gesto en una especie de sonrisa —Más que un dólar… ¡y una mierda! —. —Está bien, vamos hasta Philadelphia. Una vez allí, esperaremos hasta que abran los bancos, cambiaremos el dinero y le pagaremos en dólares. Sofía, por favor, enséñale el dinero al señor… —, dijo Kolya, ya algo recuperado del susto. —Me llamo Carlos. De acuerdo, pero si me la intentan jugar… —, amenazó el mejicano. —Lo entendemos Carlos. Le daremos una generosa propina por su esfuerzo. Gracias, de verdad —, le dijo Sofía poniéndole la mano en el hombro. Pasaron los kilómetros y las horas, y el mejicano Carlos resultó un tipo de lo más divertido. El mundo de Kolya y Sofía se desenvolvía en otra dimensión. En la dimensión del surrealismo. Once horas después de haber salido de Madrid huyendo de una amenaza letal para Kolya, allí estaban, desayunando en un bar de carretera en las afueras de Philadelphia con un simpático mejicano que una hora antes les había encañonado con una pistola. El mejicano les explicó cómo había tenido que cruzar la frontera de forma clandestina y cómo los Rangers tejanos lo habían perseguido para darle caza como a un animal durante dos días y dos noches. La razón de todos sus esfuerzos era su hijita de cuatro años, Anita, que se había quedado en la ciudad mejicana de Guadalajara, la cual era veinte veces mayor que la originaria Guadalajara española, como le explicaron la española y el hispano-ruso a Carlos. Tras varios años de búsqueda infructuosa de empleo en su país, Carlos había estado a punto de perder la paciencia, y sobre todo, de perder su matrimonio, pues un hombre que no trae el dinero a casa, en su cultura, no es un hombre. Volviendo una noche de una cantina, en la que había tomado unos tequilas con unos amigos, Carlos suplicó a su virgencita que le diera una señal, que le indicara el camino. Fue entonces cuando un coche conducido por unos gringos borrachos le salpicó de barro hasta la cintura, mientras estos se alejaban entre risas. En ese momento, Carlos, sabiendo que tenía la bendición de su virgen, decidió irse a los Estados Unidos para hacer dinero. Su hijita no tendría que venir más del colegio con los zapatos en la mano para no gastarlos. No sabía si perdería con ello su matrimonio, pero debía salvar su honra. Carlos les explicó que así fue como se jugó la vida para entrar en los Estados Unidos, y que aunque las cosas no le iban como él había imaginado, enviaba todos los meses unos cientos de dólares con los que su mujer y su hijita subsistían. Abrieron los bancos, y pudieron pagar la carrera al taxista mejicano, quien comprobó con asombro cómo efectivamente a cambio de quince mil euros en el banco habían entregado
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    69 a los europeosuna cantidad cercana a los veinte mil dólares, menos la jugosa comisión bancaria. —Kolya quiero darle más dinero a Carlos —, susurró Sofía al oído a Kolya, que no entendía nada. Tras alejarse unos metros, éste preguntó —No te he entendido, ¿darle más dinero? ¿por qué, ya nos ha cobrado bastante por el servicio? —. —¿Has visto la foto de su hijita? Quiero ayudar. Le voy a dar mil dólares más —, sentenció Sofía, convencida de su decisión. Kolya la agarró del brazo y le dijo —Espera, tengo una idea mejor —. —Carlos, quiero comprarle su móvil —, le dijo Kolya. —¿Mi móvil? —, respondió el mejicano muy extrañado pues tenía un modelo antediluviano, que no se lo compraría nadie ni por cinco pavos. —¿Es de prepago, verdad? —, preguntó Kolya. —Así es —. —Nosotros necesitamos un móvil. Tú comida para tu hija. Es un buen trato —, dijo Kolya. —No sé… ¿cuánto me dan por él? —, preguntó el mejicano. —Si me promete que destinará el dinero a su hija le doy mil dólares —, dijo Sofía. El mejicano abrió los ojos de par en par —¡Mil dólares! —. —Sí, pero me tiene que prometer que el dinero irá para su hija —, repitió Sofía. —Sofi —dijo Kolya con familiaridad —necesitaremos el dinero… —. —El dinero es mío y haré con él lo que quiera. No me discutas Kolya. —, sentenció Sofía. Tras el intercambio de móvil por oportunidades para una niña mejicana, Kolya y Sofía se dirigieron a la Estación Central de Autobuses de Philadelphia. Allí compraron unos billetes de autobús que les llevarían hasta Columbus, en el Estado de Ohio. —¿Por qué Columbus, Kolya? —, preguntó Sofía. —Es el primer autobús que sale, Sofi. Además, quiero llegar a algún lugar de la América interior donde poder descansar y reponer fuerzas. Hay numerosas carreteras de tránsito norte – sur donde podremos descansar en algún motel de carretera sin llamar la
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    70 atención —, respondióKolya —por cierto, tu idea de los mil dólares ha sido magistral —, terminó de decir Kolya. —¿Te estás burlando de mí? —, preguntó Sofía elevando una ceja. —No. En serio, sin tu iniciativa no se me hubiera ocurrido lo del móvil. Cuando vi la antigüedad del terminal de Carlos imaginé que era un móvil prepago. Con tanta amenaza terrorista, ahora ya no es posible adquirir uno sin identificarte, así que podremos realizar unas cuantas llamadas antes de tener que abandonar ese terminal —, respondió Kolya. —Pero, ¿tenemos que ir a California, no? —, preguntó Sofía. —Sí. Una vez allí tengo que saldar algunas cuentas, conseguir los datos de mi investigación y lanzarlos a los cuatro vientos, de forma que cualquier laboratorio del mundo pueda producir la energía con el desarrollo de mi investigación. El anonimato es una sentencia de muerte, necesito que el mundo conozca este nuevo descubrimiento disruptivo. Sofi, te lo juro, verás una nueva etapa para la humanidad. Con energía ilimitada podremos erradicar el hambre en el mundo. Luego pediré plaza como profesor en una universidad de algún lugar cálido. ¿Te gusta Hawaii? Bueno… si es que quisieras venir, claro… —, dijo Kolya algo ruborizado por la proposición implícita. —Ya veremos, tendrás que convencerme un poco más… —, dijo Sofía sonriendo, pero con el convencimiento interno de que no dejaría solo a aquél hombre, que si bien contaba con una mente privilegiada, había carecido del afecto que toda persona necesita. Lo veía feliz a su lado, a pesar de las penalidades por las que estaban pasando. —Pero tardaremos semanas en llegar, tal vez meses, a este ritmo. Este país es muy grande —, dijo Sofía, volviendo a la realidad. —No tenemos prisa, Sofi. Ellos esperan un ataque inmediato, o al menos que yo aparezca. A estas alturas ya sabrán que estamos en los Estados Unidos. Necesito tiempo, recabar datos, contactar a algunas personas y preparar mi estrategia. El tiempo hará que ellos bajen la guardia, el factor sorpresa es el arma de David contra Goliat. Y recuerda, David venció —, dijo Kolya guiñando un ojo a Sofía. Sofía simplemente sonrió. El cansancio estaba empezando a pasar factura. El autobús arrancó a la hora prevista. Afortunadamente se trataba de uno de esos autobuses con los cristales tintados y un buen aislamiento acústico. Dentro sólo se oía el ruido cadencioso de los frenos hidráulicos. Tenían por delante varias horas de camino así que se intentaron poner lo más cómodos posible. Sofía vio que Kolya estaba literalmente exhausto, con la cabeza apoyada contra el cristal lateral del autobús. Ella había dormido en el avión y él apenas había pegado ojo, así que levantó el apoyabrazos que separaba los dos asientos y tomó entre sus manos los hombros de Kolya, guiándolos hasta hacer que la cabeza de él
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    71 quedara apoyada entresus muslos. El científico, debido a la falta de costumbre de que lo trataran con cariño trató de decir algo. En ese momento, Sofía puso un dedo en los labios de Kolya y movió la cabeza lateralmente, en clara indicación de que no hablara. Luego acercó sus labios a los de Kolya y se mantuvo así unos instantes. El olor de ella hizo que Kolya se sintiera seguro, protegido, transportado al lugar donde nada se teme. Ambos descubrieron en los ojos del otro algo que no podían explicar con palabras, algo profundo, ancestral, poderoso y bello, que está en los orígenes de lo que en realidad somos. Entonces ella lo besó. —Descansa —, le susurró Sofía, al tiempo que jugaba con sus dedos en el pelo de Kolya. Kolya cerró los ojos y se durmió. En ese trayecto descansó tanto como sólo puede hacerse cuando has llegado a tu hogar. CAPÍTULO -11-. El autobús llegó ya entrada la noche a la Estación de la Central Ohio Transit Authority, la mayor empresa de autobuses del Estado de Ohio, con sede en Columbus. El frío era intenso y allí estaban Kolya y Sofía, exhaustos pero con la determinación necesaria para llevar a cabo su plan. A partir de ahora debían convertirse en invisibles para el sistema, lo que implicaba que no podían hacer uso de tarjetas de crédito, móviles a su nombre, y ni siquiera conectar con su servidor de correo electrónico. Debían aprender a vivir como en el pasado Siglo XX, tan cercano en el tiempo y tan alejado en costumbres. El desarrollo tecnológico ha cambiado la vida de las personas, ya nadie puede vivir sin una conexión a internet, sin correo electrónico, o sin estar en algún tipo de red social, ya sea personal o profesional. Si esto es palpable en el mundo de la empresa y de los adultos, para un niño o adolescente es incuestionable. Si no estás en la red, no existes. Ese modo de vida que Kolya y Sofía debían llevar a cabo les planteaba retos, pero sorprendentemente para ellos les iba a devolver una parte de la parcela personal que se pierde rodeados de tanta tecnología de la comunicación. Los seres humanos, por primera vez en la historia estamos viviendo, pensando y actuando como un organismo conectado a nivel planetario, a modo de una gran colmena de abejas o un hormiguero. El individuo se diluye
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    72 aportando a lacomunidad sus ideas, las cuales pasan instantáneamente a ser parte del acervo público. En el campo de la investigación científica, donde Kolya desarrollaba su trabajo, la capacidad de acceso inmediato a la información multiplicaba exponencialmente el desarrollo científico y tecnológico. Se compartía información de forma instantánea, de tal manera que un equipo investigador en la India podía estar en contacto permanente contrastando ideas con otro que estuviera en Alemania y con otro en Canadá, en una suerte de procesador con múltiples núcleos. Nunca había ocurrido algo así. Este pensamiento en cadena instantáneo es sólo una parte de la ecuación de lo que nos deparará el futuro en los próximos veinte años. En el año mil ochocientos la población mundial era de mil millones. Hoy es de siete mil millones. El número de mentes brillantes y jóvenes de hoy, fundamentalmente en Asia, que están teniendo un acceso intensivo en educación superior en ciencia, es abrumador, y el resultado será explosivo en avance científico. El ser humano viene de fábrica con una serie de patrones de interpretación de la realidad, aquellos que han sido necesarios para que nuestra especie superara los innumerables retos a los que se ha enfrentado a lo largo de la historia, pero que de nada valen en el mundo de hoy. No podemos evitar pensar linealmente, porque ese ha sido el ritmo evolutivo que nos ha presentado nuestro entorno hasta hace cien años. Hemos desarrollado una inteligencia capaz de destronar a otros animales que competían por los recursos en nuestro entorno. Animales más fuertes, más rápidos, más agresivos, incansables, han sido derrotados en la lucha por la supervivencia por esta especie de monos pensantes. Año tras año, estación tras estación, generación tras generación, la especie humana ha necesitado transmitir los mismos conocimientos, ya que el medio y sus variaciones han sido mínimas o inexistentes. Esa es la razón por la cual no comprendemos el cambio en el cual estamos inmersos. Esa, y la grandísima, inconmensurable capacidad adaptativa del ser humano, que constituye nuestra otra gran ventaja evolutiva. Somos capaces de integrar en nuestras vidas cambios como la intercomunicación instantánea y en uno o dos años ni acordarnos de cómo nos las arreglábamos antes sin estos avances. Por eso no nos damos cuenta del todo del ritmo exponencial de los cambios que está produciendo la vida inteligente en este planeta. En tan sólo una o dos décadas, el Siglo XX será un lugar lejano, extraño. Los gobiernos de los países tratan de poner diques a una marea que los ha superado hace tiempo. Este Siglo XXI será el siglo de la especie humana como súper organismo planetario, ya lo está siendo. —Vamos Kolya, hay que buscar un motel cuanto antes —, indicó Sofía al ver que Kolya se paraba a ver uno de los múltiples papeles pegados en un tablón de anuncios de la estación. —Se me ocurre algo mejor… —, dijo éste con cara de pillo. —Tiene que ser un motel o una pensión, Kolya, debemos pasar lo más desapercibidos posible, y además hay que racionar el dinero, no sabemos cuándo podremos conseguir más — , dijo Sofía.
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    73 —Te acabas deconvertir en una estudiante de postgrado de la universidad más grande de los Estados Unidos, la Universidad Estatal de Ohio —, dijo Kolya. —¿Qué? No te entiendo —. —En esta ciudad hay más de cien mil estudiantes Sofi, es un lugar perfecto para desaparecer durante un tiempo —, argumentó Kolya. —Vale, somos estudiantes de postgrado. Perfecto. Pero debemos encontrar un sitio para descansar. Es tarde —, contestó Sofía algo preocupada por el estado de agotamiento que tenían los dos y la imposibilidad de lograr un lugar de descanso, al menos temporal. —Sofi, en un motel piden documentación. Y en los que no la piden, mejor no estar —. —No tenemos alternativa —, dijo Sofía. —Sí la tenemos, ¿se te ocurre algún sitio donde no te pidan credenciales y puedas integrarte perfectamente sin ser detectado? —, preguntó Kolya. —Kolya, no estoy para adivinanzas. Vamos, por favor… —, respondió Sofía, agotada. —Acabo de ver un montón de anuncios de alquiler de habitaciones en pisos de estudiantes. Ellos no piden documentación y será mucho mejor que un andrajoso motel —, dijo Kolya. —¿Un piso? ¿Compartido? —, reflexionó Sofía. —Exacto, es la mejor forma de pasar desapercibidos, integrándonos en la comunidad estudiantil. Además, será divertido… —, dijo Kolya guiñando un ojo a Sofía. —Quien me lo iba a decir a mí, a estas alturas… —, dijo Sofía riéndose, pues le parecía una situación de lo más cómica. Tras varias llamadas, pudieron confirmar la visita a un piso de estudiantes a los que se le había quedado vacía una habitación. En la misma estación de autobuses cogieron un taxi en dirección al Distrito Universitario. El coche salió de la estación y avanzó por un barrio sacado de contexto. Casas bajas, con tejados a dos aguas de gran inclinación, jardines, puertas y ventanas adornados en una suerte de vuelta al barroco. Kolya se sorprendió al pasar por aquellas calles hasta que pudo leer un gran cartel que rezaba “German Village”. Claro, el Barrio Alemán. En su estancia en los Estados Unidos había aprendido que aquel gran país fue fruto de una gran emigración europea, no exclusivamente inglesa o irlandesa, por lo que aún pervivían diversas comunidades que mantenían su acervo cultural. Dejaron atrás el Downtown Columbus, el barrio más moderno, populoso y vitalista de la ciudad, y se internaron en el Distrito Universitario número dos, en el que abundaban las casas de ladrillo rojo con jardín. La carretera discurría paralela al Río Olentangy, flanqueado por inmensas arboledas dormidas a la
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    74 espera de laprimavera. De repente, habían abandonado el mundo para internarse en un microcosmos de arrebatadora belleza. Contemplando aquella parte del mundo, Kolya divagó pensando en cómo sería la Universidad de Cambridge en la época de Newton, que era el personaje histórico a quien más admiraba. Debía ser algo así, ladrillo rojo, agua y vegetación, vegetación y agua. Si hubiera visto en ese momento un coche de caballos, sabría que estaba soñando, pero no. No lo estaba. El taxi paró en la dirección indicada, número veinte de la Avenida Woodruff. Allí, plantado en las escaleras que subían a la puerta de la casa estaba Jerry, uno de los dos estudiantes que compartían el inmueble. Era una casita estrecha de ladrillo rojo, de dos plantas, con techo a dos aguas como todas las demás, y los marcos de puertas y ventanas de color blanco. A ambos lados de la escalera de acceso había un pequeño jardín descuidado y algo yermo por las temperaturas invernales. —Buenas noches —, se presentó Kolya. —Hola —, respondió Jerry. —Tal como hemos hablado antes, venimos por el anuncio de la habitación libre —, dijo Kolya. —Pero, sólo tenemos una habitación libre y son dos personas —. —En efecto. No queremos dos habitaciones, con una nos apañaremos bien —, respondió Kolya. —Esto no lo teníamos previsto. Esperen un momento —, dijo Jerry, entrando en la casa sin la más mínima cortesía de hacerlos pasar. A los dos minutos apareció Jerry de nuevo, acompañado de Samuel, su otro compañero de casa. Jerry era un estudiante de Informática, rubio, alto y delgado. Era una persona controladora y meticulosa, y el hecho de ver que el estudiante que venía a alquilar la habitación se presentara de repente con una chica, no encajaba en su sistema mental, que, al igual que un ordenador cuando se le pide demasiado en un momento dado, se bloqueaba. Su compañero de casa, Samuel, era una persona antagónica a Jerry. Moreno, de estatura media y con un corte de pelo muy peculiar. Tenía los laterales de la cabeza con el pelo muy corto y la parte de atrás algo más larga, de donde sobresalía una trenza con varias bolas de madera insertadas en la trenza. Samuel era estudiante de biología, y, al contrario que Jerry, era desordenado e intuitivo, cualidades que a Jerry le parecían verdaderos defectos, pero que hacían de Samuel un verdadero hijo de la naturaleza. Le gustaba pasar sus veranos en la Amazonía, en diversos proyectos de investigación, pues le obsesionaban las increíbles propiedades de los millones de especies botánicas existentes, y le maravillaba el hecho de que muchísimas especies estuvieran aún sin estudiar. En sus veranos en Sudamérica había aprendido a chapurrear algo de portugués y español.
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    75 —¡Hola! Me llamoSamuel ¡Qué frío hace aquí afuera, venga vayamos adentro! —, dijo Samuel, ante la atónita mirada de Jerry, pues su compañero estaba haciendo pasar a su casa a dos desconocidos sin evaluar los riesgos. Una vez sentados en el sofá del destartalado salón, lleno de cosas tiradas por todos lados, Jerry empezó su negociación: —Nosotros buscamos un estudiante para la habitación que queda libre, no dos —, dijo Jerry, mirando de reojo a su compañero en busca de ayuda ante esa situación inesperada para él. —Pero nosotros pagaremos la renta de la habitación, además no molestaremos nada. Somos personas tranquilas —, argumentó Kolya, al tiempo que analizaba a los dos jóvenes. —¡Claro que pueden quedarse! Si pagan la renta, ¿qué más da que sean uno o dos? —, dijo Samuel encogiéndose de hombros y mirando a su compañero. —No sé… —, dudó Jerry. —Además, nos vendrá bien la presencia de una mujer en esta pocilga. Aunque sea muda —, bromeó Samuel. —Ella no habla bien el inglés. Somos españoles —, dijo Kolya en defensa de Sofía. —¡Genial! Así podré practicar mi español. “Bueno para conocerte” —, dijo Samuel en un rudimentario español. Ante la actitud de su compañero, Jerry supo que tendrían que dejar quedarse a aquellos dos, pero les dejaría bien claras las normas de la casa. —Está bien, que se queden —, cedió por fin Jerry. —Gracias, no seremos una molestia y pagaremos puntualmente —, respondió Kolya. —Sí, pero el precio ha cambiado —, dijo Jerry. —¿Por qué? En el anuncio ponía trescientos dólares al mes por la habitación —. —Si son dos personas, son cuatrocientos —, respondió el informático. —¿Pero si la habitación es la misma? —, dijo Kolya. —Pero no los consumos. Dos personas gastan más —, siguió Jerry con la negociación. —Trescientos cincuenta o nos vamos ahora mismo —, sentenció Kolya. Jerry miró a su compañero de piso, que asintió con la cabeza.
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    76 —De acuerdo. Tratohecho —, accedió Jerry —¿Sus maletas? —, preguntó. —No tenemos maletas —, dijo Kolya. —Las perdieron en el aeropuerto —, añadió Sofía en español, pues entendía algunas partes de la conversación. —“They lost them at the airport” —, le tradujo Samuel a su compañero, con una gran sonrisa por el hecho de haber entendido la frase en español. Aquello le divertía mucho. Todo le divertía mucho. Esa noche durmieron profundamente hasta bien entrado el día siguiente. A media mañana, salieron a comprar lo necesario para vivir allí durante un tiempo. El taxi los llevó al Eastland Mall, un enorme centro comercial en el sudeste de la ciudad. A plena luz del día pudieron admirar el paisaje, tanto del distrito universitario como del resto de la ciudad. De nuevo aquellas casas con encanto, las arboledas, los ríos de aquella ciudad. Era como haber caído a través de un túnel del tejido espacio-tiempo en otra realidad paralela a la que en realidad estaban viviendo. Como estar viviendo un sueño dentro de un sueño. El centro comercial no distaba mucho del estilo de centros comerciales que había en España, pero más recargado en detalles. Grandes aparcamientos y un gran edificio con una atractiva plaza central y una serie de plantas llenas de tiendas. Kolya y Sofía aprovecharon para desayunar en una de las cafeterías de la plaza central del centro comercial. Con el gran vaso de café con leche en la mano, Kolya estiró las piernas, se relajó en el asiento y suspiró. —Vamos a quedarnos al menos dos semanas por aquí, Sofi —, dijo Kolya. —Pero tenemos que ir a California, ¿no? —, respondió ella. —Sí. Tengo que estudiar qué hacen los restantes jugadores del tablero, para ello necesito información, aunque no sé aún cómo obtenerla sin llamar la atención. Cualquier movimiento en la red por mi parte sería detectado. Además necesitamos un descanso, así que creo que es conveniente desaparecer por un tiempo —. —Todo esto me da vértigo, Kolya. Tengo un poco de miedo. Jamás había hecho algo así —, respondió Sofía. —¿Te arrepientes de estar aquí? —, preguntó Kolya, mientras anotaba distraídamente en una hoja la lista de cosas que necesitarían: comida, ropa, cosas de aseo personal, unas maletas, un ordenador portátil para empezar a organizarse, y lo más importante… chocolate negro ¿habría chocolate belga en Columbus?
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    77 —¿Arrepentirme? Ni debroma. Sé que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Por primera vez en mi vida estoy siguiendo los dictados de mi corazón, pero no sé dónde va a terminar todo esto. Me asusta un poco —, dijo Sofía. —Es normal que tengas miedo Sofi. La vida es muy caprichosa en los designios que tiene para cada uno de nosotros. Tenemos una falsa sensación de eternidad mientras estamos vivos, pero la realidad es que nuestro tiempo es limitado, lo que hagamos con él es lo único que importa. El corazón siempre nos indica a cada uno de nosotros lo que quiere hacer, pero solemos silenciarlo porque tenemos miedo, y el miedo es el enemigo del ser humano, es un fantasma que se mete dentro y gobierna lo que sólo te pertenece a ti. Tu vida —, dijo Kolya saboreando a pequeños sorbos su humeante café. —Pero uno tampoco puede ir arriesgándolo todo por seguir los mandatos de su corazón, hay que calcular los riesgos —, argumentó Sofía. —Mira Sofi, la clave de todo esto está en la sonrisa y en el sentimiento —. —Explícate, no te sigo —, dijo Sofía. —Pues que si tú crees que estás haciendo lo que quieres hacer serás feliz, aunque pases calamidades. Mejor compartir un bocadillo de pan duro con quién tú quieres y donde tú quieres que una cena con marisco y champán con quién no. Mejor vivir en una tienda de campaña ayudando en un campo de refugiados que en un lujoso apartamento de Londres, si te encuentras vacío por dentro. Claro que para muchos, almacenar dinero que jamás gastarán es motivo de felicidad. Otros obtendrán la mirada de un niño agradecido a quien han ayudado. Y ambos serán ricos —. —¿Crees que hay que vivir la vida ayudando a los demás? ¿Es tu conclusión? —, preguntó Sofía. —No necesariamente. Yo no juzgo a nadie. El ser humano se ha preguntado a lo largo de la historia cuál es el sentido de la vida y yo creo que hay dos sentidos de la vida, uno particular, que podemos controlar y otro general, que se escapa a nuestro entendimiento. Si te das cuenta, la vida está en constante evolución desde que apareciera en forma de rudimentarias moléculas orgánicas, el sistema avanza y se perfecciona por sí sólo, y en ese avance se generan formas de consciencia cada vez más y más complejas, quizá a la especie humana nos trascienda la Inteligencia Artificial, y será únicamente otro paso más en la meta que persigue la vida como sistema, quizá debamos llegar a un nivel de consciencia suficientemente elevado para que nos sean revelados los secretos de la vida, no lo sé, y francamente no creo que deba importarnos, pues no tenemos ningún control sobre eso, pero el otro sentido de la vida, el nuestro, el particular, que sí podemos controlar, implica saber qué hacer con la vida que sin haberlo pedido se nos ha otorgado. Y esa respuesta en mi opinión es muy sencilla, la respuesta es: ser feliz sin dañar a otros. Si uno es feliz ganando dinero, pues
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    78 eso debe hacer,sin sentimientos de culpa, si otro es feliz viajando en moto, eso debe hacer, es su obligación —, dijo Kolya. —Cuanta razón tienes ,—dijo Sofía —Pienso en mi madre, Juana. Cuántas obligaciones, cuántos sacrificios… y total ¿para qué?. Para que el resto de la sociedad simplemente no la critique. Me gustaría saber qué hubiera querido elegir ella para su vida. Sin tener en cuenta las opiniones de los demás —. Tras un día relajado de compras en el centro comercial, volvieron al distrito universitario. Durante una semana no hicieron otra cosa que descansar y dar largos paseos por las orillas del Río Olentangy, cercano a la casa. Los dos estudiantes americanos con quien compartían la casa se pasaban el día entero en la biblioteca de la Universidad, en pleno período de exámenes, por lo que Sofía y Kolya podían disfrutar de la casa para ellos solos. Allí, al calor de la estufa iban descubriendo día tras día lo mucho que tenían en común. La conexión entre ellos era tal que daba la sensación de que estaban predestinados a encontrarse. Sofía encontró en Kolya a un hombre de ciencia y de profundos valores, aprendidos desde muy pequeño por las experiencias por las que la vida le había conducido. Un hombre que se sentía un instrumento de la existencia, y estaba dispuesto a cumplir su misión en esta vida, a aportar algo positivo al mundo antes de abandonarlo. Su desapego con respecto a las cosas o a las personas era consustancial a su forma de ser. No pertenecía a nada ni a nadie. En uno de los paseos por los frondosos caminos de la rivera del río, un pensamiento se le presentó a Kolya sin pedir permiso. Aquél pensamiento venía una y otra vez, caprichoso, a su mente, y Kolya lo ignoraba, pero se sentía desconcertado. En su mente estaba tomando cuerpo la idea de que si bien su vida tenía un sentido, sabía lo que quería y luchaba por conseguirlo, jamás estaría completo si Sofía alguna vez le faltaba. Sentía que ella era la pieza que completaría el puzle de su vida, para hacerla sublime, espiritual …plena. Es solo una amiga, se decía Kolya, pero cada vez que su mirada se cruzaba con aquellos ojos verdes, la pequeña naricita y aquella tímida sonrisa, sabía que no estaba mirando a alguien ajeno a él. Sofía, por su parte, nunca había confiado plenamente en nadie. Los demás tendían a invadir el espacio de su libertad individual. Además, detestaba la vida insustancial en la que había vivido, no entendía la carrera constante por acumular posesiones materiales de todo el mundo. Ella se sabía distanciada de todo aquello desde muy pequeña, su capacidad reflexiva era una pesada carga con la que tenía que vivir, pues la vida está diseñada para ser vivida, no para ser pensada, sin embargo sólo había encontrado consuelo en los libros. Desde hacía unos cuantos años, leía cada vez más. Le fascinaba el haber descubierto que los grandes pensadores de la historia tenían puntos de vista coincidentes con el suyo, que otros también habían sufrido la condena de tener una mente ávida de respuestas. Era increíble descubrir lo semejantes que eran los pensamientos de otros a través del espacio y del tiempo. Fuera cual fuera la cultura del escritor, y hubiera vivido en la época que hubiera vivido, se producía un diálogo coherente entre escritor y lector, un diálogo real, vívido, intenso, en una suerte de viaje en el tiempo. Ella
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    79 se había refugiadoen los libros, porque cada vez que había intentado vivir la vida conforme a los patrones que veía en sus compañeras, primero de universidad y luego de trabajo, tratando de sentir las mismas emociones que veía a su alrededor, se descubría una y otra vez dentro de un mundo al que no pertenecía. Sin embargo, aquel hombre era distinto. Era un hombre de verdad, que afrontaba la vida al margen del constante carrusel de absurdos estímulos que nos ponen delante con el objetivo de no afrontar la realidad. A la vez era tierno, y con un gran sentido del humor. Era único. El tiempo volaba para ellos, cada noche tenían la sensación de no haber disfrutado lo suficiente de la mutua compañía. Hacía ya varios días que Kolya había empezado a trabajar por las mañanas en su ordenador portátil, tanto en la reconstrucción del modelo teórico de la obtención de energía de la teletransportación cuántica, como en el estudio de cuáles debían ser sus próximos pasos. Sin poder conectarse a ninguno de los servidores donde almacenaba su trabajo, ni poder conectar con ningún colega profesional, estaba empezando a llegar a una vía muerta en su trabajo. Por su parte, Sofía dedicaba los días al estudio del inglés, practicando con el único que tenía paciencia para enseñarle, Samuel, su compañero de piso. Por la tarde, seguían disfrutando de un ritmo relajado de vida. Sofía se dejaba llevar, pero Kolya seguía pensando en su estrategia, los paseos y la vida relajada les vendrían bien, debían dedicar un par de semanas al descanso, pues necesitarían toda su energía en afrontar la peligrosa misión que tenían por delante. —Mañana sábado termina una de las exposiciones en el Columbus Holiday Art Gallery, y no quiero perdérmela. ¿Alguien se apunta? —, preguntó Samuel un viernes por la noche, en que habían coincidido los cuatro compañeros en la casa. Estaban cenando en una vieja mesa de madera cerca de la estufa y de las ventanas divididas en cuatro, con el marco blanco, por las que se veía caer la nieve afuera. La mesa estaba cubierta con un mantel de tela plastificada, con adornos navideños. Puro reciclaje. Los americanos habían preparado unas costillas fritas, que habían cubierto con salsa barbacoa, y Sofía les había preparado una gran tortilla española, que había tenido mucho éxito. La lámpara de araña suspendida del techo tenía algunas bombillas fundidas, por lo que la iluminación provenía de las bombillas supervivientes y del rojo resplandor de la estufa. El ambiente era tan cálido que hasta Jerry estaba de buen humor, aunque claro, no lo demostraba. —Podíamos ir, Kolya, casi no salimos de la casa —, dijo Sofía, mirando a su amigo con cara angelical y sonrisa de súplica. —Yo no tengo mucho interés en ir, Sofi, pero si tú quieres ir, iremos. Quizá nos venga bien dar ese paseo. Nosotros vamos —, dijo Kolya dirigiéndose a los americanos. —Y tú Jerry, ¿vendrás? —, preguntó Sofía, mirando a su compañero, a quien apreciaba a pesar de no hablar mucho con él.
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    80 Jerry se hizode rogar, pues no terminaba de decidirse, inmerso en un bucle de cálculos relativos a la decisión, tan cíclico como absurdo. Finalmente accedió —Está bien, iré —. Al día siguiente, tal como habían planeado salieron en el coche de Jerry en dirección a la ciudad para ver la exposición. —¿Conocen los restaurantes del Downton? —, dijo Samuel. —No. No conocemos prácticamente nada, salvo el centro comercial —, contestó Sofía. —La galería está en Easton Town Center, pero primero vamos a ir a cenar. Conozco un sitio que… —, dijo Samuel, interrumpido por Sofía. —¿A cenar primero? ¿No cerrarán la exposición? —, preguntó. —No, con la celebración del Bicentenario de Columbus, el año pasado, y en vista de que la ciudad opta al premio de Comunidad Inteligente del siglo XXI se ha potenciado muchísimo el arte. El centro es un hervidero de actividad comercial y artística los fines de semana hasta entrada la madrugada. Podemos ir al High Street Grill, he oído que han renovado la carta —, dijo Samuel dirigiéndose a su compañero, quien le miró frunciendo el ceño, mientras conducía. —De eso nada. Ese sitio es carísimo. Iremos al Louie —, dijo tajante Jerry. —El Louie está bien, ¿pero no les vamos a enseñar el Downton? —, preguntó Samuel. —Podemos tomar unas cervezas abajo primero —, dijo Jerry. —Vale. Trato —, acordó Samuel. Dieron un paseo en la parte baja de la ciudad, en el barrio conocido como Downton. A pesar del frío, había un ambiente extraordinario en la calle. Por el día los modernos rascacielos dominaban la ciudad, pero por la noche, especialmente en fin de semana, la ciudad sacaba a relucir su oferta de ocio. Las calles estaban llenas de bares y restaurantes, y en la mayoría de ellos había que esperar por una mesa. Tomaron unas cervezas en una de las terrazas caldeadas por unas estufas de exterior con forma de obelisco, tras lo cual se dirigieron al Easton, donde habían reservado mesa en el Louie. Al entrar en el restaurante, a Sofía le vino a la mente los sitios típicamente americanos que había visto en las películas. Era una gran cervecería, con paredes y suelo de madera, abarrotado de gente. Las camareras no paraban de sacar enormes platos de comida, brochetas de gambas, burritos mejicanos y hamburguesas al estilo americano, con el doble de tamaño que las que ella conocía en España, acompañadas de fuentes interminables de patatas fritas.
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    81 —¡Por los amigosespañoles! —, dijo Samuel, levantando la jarra de cerveza que les habían traído antes de que ordenaran la comida, para hacer un brindis. Estaba feliz en aquel ambiente. Chocaron sus cervezas y pidieron los platos. Galletas saladas con queso, al estilo Bávaro, pues era importante la influencia alemana en aquella ciudad, y un tipo distinto de hamburguesa para cada uno. —Tengo una duda —, dijo Jerry, mirando a Kolya. —¿Con respecto a qué? —, contestó éste. —Decís que habéis venido a estudiar a la Universidad de Ohio, pero no habéis aparecido por el campus. ¿No es un poco raro? —, preguntó Jerry. —Jerry, no es asunto nuestro. Disfrutemos la noche —, dijo Samuel a su compañero. Pues no le apetecía en absoluto estropear la noche. —No pasa nada Samuel, estamos entre amigos, es una pregunta lógica. Aún no ha empezado el postgrado que voy a hacer, de momento estoy preparando una tesis doctoral —, respondió Kolya. —Yo soy enfermera. No sé si sabes que las cosas están mal en Europa. Me gustaría hacer algún curso de especialización en los Estados Unidos para poder trabajar aquí, pero todavía tengo que aprender bien el idioma —, dijo Sofía. —He visto que trabajas en tu portátil con ecuaciones complejas que yo no entiendo, ¿de qué trata tu tesis? —, preguntó Jerry. —Soy físico, mi tesis se basa en el desarrollo de sistemas computacionales cuánticos —, dijo Kolya. Jerry dejó la hamburguesa en el plato y miró a Kolya con los ojos muy abiertos. — ¿Sistemas computacionales cuánticos? —, yo soy ingeniero informático. Mi meta es desarrollar una aplicación o sistema con el que hacer un montón de dinero. La computación cuántica es el siguiente paso al silicio, ¿eres bueno? ¿cómo de avanzado está ese tema realmente? —, preguntó Jerry repentinamente ansioso. —¿Cómo de avanzada llevas la hamburguesa, Samuel? —, preguntó Sofía riéndose, pues lo último que tenía en la cabeza esa noche era pensar en cosas serias. Samuel se rió también y chocó la jarra con Sofía, mientras que Jerry y Kolya se enfrascaban en una conversación más seria. —¿En qué trabajas tú, Jerry? —, preguntó Kolya.
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    82 —Trabajo en unsistema complejo de algoritmos de procesamiento exponencial y simultáneo de la información —, respondió Jerry. Samuel estaba en su salsa. Había visto una mesa grande de chicos y chicas mejicanos que estaban celebrando algo. Cogió a Sofía de la mano y se la llevó con ellos. —¡Aquí venimos, mi amiga española y yo! ¿Podemos sentarnos? —. Los mejicanos estaban de fiesta y les pareció bien que se uniera más gente al grupo. De hecho, fueron uniendo mesas hasta que la fiesta de los mejicanos ocupó medio local. Las jarras de cerveza iban y venían y Sofía no paraba de reír. Kolya veía a su amiga feliz y sintió alegría en su corazón. Cruzó la mirada con una sonriente Sofía que mantuvo unos segundos la mirada. El sintió alegría. Ella deseo. Volviendo a la conversación con el informático, Kolya preguntó: —¿hablas de robótica?—. —No exactamente. Quiero hacer sistemas de procesamiento de la información inteligentes. Para hablar de robótica es necesario tener un mecanismo físico. Yo trabajo en el futuro, Kolya —, continuó Jerry echando la silla hacia delante y acercándose a su compañero de piso —En unos años tendremos grandes pantallas conectadas a internet por doquier, lo llamamos ubicuidad. En nuestra casa, en el coche, en todos lados… Pero ¿qué hacemos actualmente cuando abrimos un ordenador y nos conectamos a internet? —, preguntó Jerry. —Acceder a la información —, respondió Kolya. —¡Bingo! Esa es la clave —, dijo Jerry —. La información. Perdemos más de un tercio de nuestro tiempo conectándonos manualmente a los sitios que nos interesan, y otro tanto tratando de averiguar qué sitios web o aplicaciones necesitamos para satisfacer nuestras necesidades. Con un sistema así, por mucho que pongas una pantalla en la nevera, no será más que otro dispositivo más que hay que utilizar. Mi idea se basa en la I.A. —. —Inteligencia Artificial. Interesante, pero complejo —, dijo Kolya —Actualmente la capacidad de comprensión del ser humano por parte de las máquinas es muy limitada —. —Sí, pero cada vez menos. Hasta hace poco se trataba de introducir en el ordenador todas las respuestas, de forma que la información disponible estuviera ahí para cuando el humano la necesitara, pero ahora no es así. Yo trabajo en un algoritmo de probabilidades. Mi sistema es inteligente, no necesita mucha información, porque va comprendiendo la forma en que el usuario se relaciona con él. Igual que un niño, mi sistema de IA va aprendiendo qué es malo y qué es bueno, según las preferencias de su dueño. Al tener acceso a internet, conoce todas las fuentes, y con la capacidad computacional de hoy en día, es capaz de encontrar las respuestas a las necesidades del propietario. Al instalar el sistema en su casa, mi sistema es como un bebé, no sabe mucho, pero aprende rápido. El usuario sólo tiene que interactuar con él y él irá sabiendo sus gustos. Al principio el usuario dirá, por ejemplo, hoy es lunes por la mañana, voy a ver mi correo y encender la cafetera, y manualmente el usuario activará el
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    83 programa de lacafetera, conectada con el sistema, abrirá su correo y dará la orden de subir las persianas eléctricas, también conectadas al sistema. Nuestro pequeño amigo no olvida, y sabe que el lunes por la mañana es muy probable que queramos usar la cafetera, consultar nuestro correo y subir las persianas. Él no para de aprender, y pronto se convertirá en nuestro mejor alidado. Sin embargo, necesito muchísimo más poder computacional, para que nuestro amigo pueda llegar incluso a sugerirnos cosas que sabe que nos gustarán, hablo incluso de que nos aconseje tener una cita al vernos tristes, bucee en la red y nos busque una compañera adecuada que quiera conversar. Todo eso es posible, pero necesito mucha más potencia. Por eso me interesa mucho la computación cuántica —, dijo Jerry. —El problema de la escala cuántica es la inestabilidad. No sé si conoces el efecto túnel —, preguntó Kolya. —No. Ni idea —, respondió Jerry. —Pues resulta que las partículas, a esos niveles de tamaño, están todo el día de fiesta, como lo están en aquella mesa —bromeó Kolya. —Se comportan de una forma caprichosa, a veces son partículas, a veces son ondas, a veces están aquí, a veces allí, y a veces en los dos sitios a la vez. El efecto túnel consiste en que a algunos electrones, cuando no les gusta estar en un sitio ¡zas!, se convierten de partícula en onda y se escapan del espacio físico donde pensábamos que los teníamos controlados. En una palabra, es un sistema altamente inestable —, concluyó Kolya. —¿Entonces no hay nada que hacer? —, preguntó Jerry. —Nunca subestimes la capacidad del ser humano. Estamos empezando a controlar el universo cuántico, pero nos está costando un poco. Es cuestión de tiempo —, dijo Kolya. —Pero es mucho más potente, ¿no? ¿Crees que llegaré a verlo? —, preguntó Jerry. —Mira Jerry —dijo Kolya poniendo una mano en el hombro del americano —Lo verás, y pronto. Sigue trabajando en lo que haces, porque tienes el futuro en tus manos. Lo que vas a ver en los próximos años te dejará con la boca abierta. Te diré un secreto —continuó Kolya desvelando más de lo que debiera, por efecto de las cervezas —, las partículas cuánticas, además de por su tamaño, debido a que pueden procesar varios qubits de información al mismo tiempo, tienen una capacidad de procesamiento de la información casi infinito… —. —¿Qubits? —, preguntó Jerry. —Sí, en la computación clásica, una unidad de información es un bit, y como trabajamos en código binario, será un 0 ó un 1. Pero una partícula subatómica se ríe de eso, pues puede ser, al mismo tiempo un 0 y un 1. Cuando manejamos grandes cantidades de datos, imagina las probabilidades en el tratamiento de la información que puede manejar simultáneamente un puñado de átomos que ni siquiera somos capaces de ver. Pero ese no es
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    84 el secreto… Laspartículas subatómicas se hablan en el lenguaje de los fotones. Y no necesitan cables, ni siquiera ondas… En unos años verás ordenadores y sistemas de Inteligencia Artificial como el tuyo conectados, intercambiando información de forma masiva e instantánea en una suerte de telepatía. Como por arte de magia —, concluyó Kolya, con una media sonrisa. —Parece que tienes bastantes ideas, hablaré de ti en mi blog —, dijo Jerry dedicando a Kolya una de las escasísimas sonrisas que concedía. —¡No hagas eso! —. —¿Por qué? ¿Ocurre algo? —, preguntó Jerry sobresaltado. —Bueno, no te asustes, pero en el pasado he obtenido algunos datos de forma no del todo legal para mis investigaciones, pequeñas cosas, pero que podrían traerme problemas —, dijo Kolya con el convencimiento de que tendrían que salir de aquella ciudad cuanto antes, pues su intento de pasar desapercibido se estaba yendo al traste con aquella conversación. —Cuéntame, ¿qué datos has obtenido? —, preguntó Jerry cada vez más interesado en su compañero de piso. Era como si le hubieran puesto delante una caja de bombones a un goloso. —Jerry, esta conversación ha terminado. Sofía y yo nos vamos —, respondió Kolya molesto consigo mismo por no haber podido controlar mejor aquella conversación. Sin embargo, el meticuloso y ordenado Jerry le sorprendió por completo. Ante el intento de levantarse de Kolya, éste lo cogió por el brazo, lo obligó a sentarse e inclinándose un poco hacia delante le dijo: —Puedes estar tranquilo conmigo, bienvenido al club —. —Jerry, esta conversación me está preocupando, ¿a qué te refieres? —, preguntó Kolya. —Pertenezco a un pequeño club que trata de buscar vías de escape al control de los gobiernos. Los ciudadanos del mundo son esclavos, Kolya. Están permanentemente vigilados, controlados y dirigidos, pero ellos no se dan cuenta. El Gran Hermano de la novela “Mil novecientos ochenta y cuatro” de Orwell existe, Kolya. Nosotros abrimos brechas en el sistema. Somos… los electrones del efecto túnel, del ciberespacio —, dijo Jerry. —Pero tú trabajas en proyectos legales. Dentro del sistema —, dijo Kolya. —Yo trabajo en muchas cosas, Kolya, en la red nadie es lo que parece. Nosotros estamos en todo el mundo y en ninguna parte. Somos todo y no somos nada, pero nuestros efectos se notan. El Gran Hermano está molesto. Eso lo hace más divertido —, dijo Jerry, esbozando una gran sonrisa.
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    85 —¿Anonymous? —, preguntóKolya, sin salir de su asombro. Esa sí que era buena. —Chico listo —, respondió Jerry. —Tenemos algunas cosas en común, después de todo —, dijo Kolya relajándose un poco. —Nosotros ayudamos a aquellos perseguidos o controlados por el sistema. La libertad del ser humano es nuestra meta. Te ayudaré, pero si alguna vez tengo problemas por tu culpa, no dudes que te joderemos la vida. Tu vida es digital, lo quieras o no, y si alguien ataca a cualquier miembro de nuestra organización, más vale que empiece a escribir sus pensamientos en tablillas de barro ¿Me he expresado con claridad? —, espetó Jerry. Kolya suavizó el gesto, cogió su cerveza y la chocó con la jarra de quien acababa de convertirse en su nuevo mejor amigo —Con total claridad —, dijo sonriendo. —¿Crees que podría acceder a mis archivos a través de internet sin ser detectado? —, preguntó Kolya. —No es fácil, pero es posible. Cada vez que entras en una página web se instalan en tu ordenador decenas de “cookies”. Estos pequeños archivos son esenciales para evitar sobrecargas en los servidores por redundancia en la información que manejamos, pero algunos de ellos provienen de nuestros amigos de la Agencia DARPA, la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa. Esta agencia, en teoría debería servir para defendernos de amenazas del exterior, pero se usa para vigilar a la población, que es controlada a un nivel que la gente ignora. El modo en el cual vivimos me recuerda a la película “El Show de Truman”, la realidad es que tratan de proveernos de la calidad de vida necesaria para evitar que cuestionemos la realidad —, dijo Jerry. —¿Qué realidad? —, preguntó Kolya. —Que la mayoría es esclava de una minoría. El verdadero sistema de poder se sirve de las masas, que con su esfuerzo diario alimenta un sistema piramidal de recursos, en el cual la base sostiene y sobrealimenta a la cima, que la vigila, controla y dirige... Dime, ¿es muy gordo en lo que andas metido? —, preguntó Jerry con franqueza. —Yo no me he metido, me han metido. Y no debería ser gordo, algún día te lo explicaré, pero digamos que le he tocado las narices a los de la cima de la pirámide —. —¡Qué estimulante! Te ayudaré. Te construiré un canal seguro de comunicación para que accedas …desde Alaska, a tu información, pero ten cuidado con la “Gran Oreja” —, dijo Jerry. —¿La Gran Oreja? —, preguntó extrañado Kolya.
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    86 —Sí. ¿No hasoído hablar de la Red Echelon? —, preguntó Jerry. —Sí. ¿Es un sistema de espionaje para controlar el terrorismo, no? —, dijo Kolya. Jerry soltó una sonora carcajada —Sí, pequeño Neo. Veo que aún no estás listo para desconectarte de Matrix —, dijo Jerry con ironía —No seas ingenuo. La Agencia de Seguridad Nacional, la NSA, ha desarrollado desde su complejo militar de Fort Meade, en Marylan, su juguetito. Esta orejota es capaz de interceptar millones de conversaciones por satélite, correos electrónicos, chats, …de todo. Reconoce las palabras clave que ellos quieran, así que si estás trabajando en algo sensible para ellos y usas el teléfono, jamás se te ocurra nombrar palabras clave. Si quieres hablar de computación cuántica, por ponerte un ejemplo, deberás decir algo así como ordenadores hechos de partículas muy pequeñitas ¿me sigues? —, preguntó Jerry. —Perfectamente, amigo —, respondió Kolya. En ese momento regresaron Samuel y Sofía, acompañados de algunos de sus nuevos amigos. —¡Pero bueno! ¡Basta ya de conversaciones serias! —, dijo Sofía con una gran sonrisa en la boca. —¡Venga, vamos todos al local de enfrente a jugar al billar! —. Kolya estaba muy contento por las nuevas posibilidades que se le habían abierto en su conversación con Jerry. Además, ver a Sofía así de feliz era impagable. Todo estaba saliendo muy bien. —Con que a jugar al billar, ehh —, dijo Kolya dirigiéndose a Sofía. —¡Al Billar Americano en América. Yuhuuu! —, gritó Sofía cogiendo la cara de Kolya con ambas manos y dándole un beso largo y apasionado. —Amigo Kolya —, se dijo Kolya a sí mismo —¡Basta de pensar por hoy! Quiero a esta mujer y esta noche nos vamos a bajar del mundo y lo vamos a hacer estallar en confeti—. Salieron todos muy animados del local, y recorrieron algunos sitios más, entre risas y bromas. Esa noche, Kolya y Sofía hicieron el amor. Bien entrada la mañana siguiente, despertaron abrazados en la cama, con algo de resaca. —Buenos días Sofi —, susurró Kolya. —Buenos días —, respondió ella en tono aún más bajo. —¿Quieres hablar de lo de anoche? —, preguntó Kolya. Sofía le dio a Kolya un beso suave y le preguntó —¿Hablar de qué? —.
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    87 —Como habíamos bebido,no sé si quieres decir algo ahora —, dijo Kolya, tratando de ser lo más respetuoso con su amiga y compañera. Sofía se giró y en un movimiento se sentó sobre Kolya, que estaba boca arriba. Comenzó a besarlo y le dijo al oído —No quiero hablar de nada. Sólo sé que tú… no te conocía, pero te he estado esperando toda la vida —. A Kolya no le salieron las palabras. Miró a Sofía a los ojos y se perdió en la inmensidad de los sentimientos de ambos, fundidos en uno solo, tan profundo como el mundo. Esa mañana, de nuevo hicieron el amor. CAPÍTULO -12-. A mediodía de uno de los últimos domingos del mes de Abril, el sol calentaba ya lo suficiente para disfrutar de los espacios abiertos. En el madrileño parque de El Retiro una multitud de personas aprovechaba la calidez del astro rey. Algunos daban paseos en barca en el estanque central del parque, otros extendían mantas en la infinidad de prados y zonas verdes del parque y disfrutaban de un pick-nick, de un libro, o simplemente de la compañía de los suyos. El inspector Manrique estaba tomando tranquilamente un vermouth en una de las cafeterías que dan al estanque. Trataba de aprovechar los domingos siempre que podía para pasar tiempo con su familia, y, de paso, aflojar un poco el nivel de estrés. Su trabajo consistía en hacer deducciones, y sabía perfectamente que su ritmo de trabajo y las condiciones de presión a las que se enfrentaba diariamente hacían de él un candidato perfecto a sufrir una patología cardíaca. Por eso había decidido aprender a desconectar siempre que le era posible y pasar algún tiempo relajado, en un intento de dar algo de tregua a su cuerpo, aunque no le resultaba nada fácil. El inspector Manrique tenía dos hijas pequeñas, que estaban disfrutando, junto a unas amigas, jugando a ser mayores con unas muñecas a las que cuidaban, totalmente al margen del duro mundo en el que se desenvolvía su padre para hacerles la vida más segura. Su mujer había aprovechado para dar un paseo al sol con una pareja amiga del matrimonio, y
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    88 él se habíaquedado a la sombra, dando vueltas al vermouth, observando el menguante hielo chocar contra las paredes del vaso. Sin pensar en nada y pensando en todo. —¿Me permitiría sentarme aquí unos minutos? —, dijo un señor entrado en kilos y luciendo una gran sonrisa, mientras se sentaba sin esperar la autorización del inspector. Vio el vermouth del inspector e instantáneamente pidió otro igual para él. Manrique apretó la mandíbula, endureció la mirada y espetó: —Tiene exactamente diez segundos para levantarse de aquí —. —Tranquilo inspector, vengo en son de paz. Mi nombre es Mijail Pribilof y trabajo para el Gobierno Ruso —. —Este no es un buen momento. Podemos hablar de lo que quiera mañana en mi despacho —, contestó Manrique, aún en tensión. —Sé que ha estado recibiendo muchas presiones del agente americano de la CIA y del comandante Torres. Está Usted siendo vigilado, señor Manrique, pero no creo que el dispositivo de vigilancia esté activo los domingos, —sonrió Pribilof burlonamente —por eso estoy aquí. Siento molestarle cuando está disfrutando de la familia —, concluyó Pribilof. —¿Me vigilan por el asunto de Nikolay Boronov? —. —Exacto —, dijo Pribilof. —Demos un paseo —, dijo Manrique. El inspector Manrique le comentó a su mujer que necesitaría una media hora por cuestiones de trabajo mientras el agente Pribilof apuraba el vermouth. Ella estaba acostumbrada a que el trabajo de su marido no tuviera horarios, así que no lo vio como algo extraordinario. Los dos hombres pasearon por una de las grandes calles interiores del parque hasta sentarse en un banco enfrente del impresionante Palacio de Cristal, una enorme estructura de hierro y cristal construida en el siglo XIX, testigo mudo de la historia. La parte frontal del Palacio daba a unos jardines con estanque para plantas acuáticas, que bajo el cálido sol de la primavera conferían al lugar un paisaje de bucólico, atemporal. —No tengo mucho tiempo, señor Pribilof, así que vaya al grano —, dijo Manrique. —Imagino que recordará todo el revuelo que se montó en enero con lo de Nikolay, o Kolya, como prefiera llamarlo —, dijo el ruso. —Perfectamente, señor Pribilof —. —Pues el asunto sigue muy candente. Nadie sabe dónde está exactamente. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi gobierno quiere ayudarlo, y necesitamos contar con su ayuda —, dijo Pribilof.
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    89 —Señor Pribilof, yono trabajo para el Gobierno Ruso. Creo que se ha equivocado de persona —, contestó el inspector. —Está bien, sólo deseo que tenga mi tarjeta. Aquí hay un número seguro. Si desea contactar conmigo, aquí estaré. De momento sólo quería avisarle de que lo tienen vigilado. Este asunto es muy gordo, inspector —. El inspector Manrique tomó la tarjeta del agente ruso y levantándose contestó: —Sabe que no me pondré en contacto con Usted, ¿verdad? No sé quién es Usted ni que intenciones tiene, pero tenga mucho cuidado, Mijail, si intenta jugármela la pagará cara. No lo dude —. El inspector Manrique comenzó a caminar alejándose del ruso que seguía sentado en el banco. —¿Jugársela dice? ¡Es Usted un ingenuo, sólo intento que no acabe también en el fondo de un pantano! —, gritó el ruso, indignado. El inspector retrocedió a grandes zancadas y cogió al ruso por las solapas. —¡Se está Usted pasando de la raya! ¡Qué coño está insinuando! —. —Es un ingenuo. Corra Usted con su propia suerte. Sólo he venido a avisarle porque creo que es la única persona con valores en quien se puede confiar, pero ya veo que la jerarquía le ha cegado. Ahora suélteme y que tenga suerte, inspector. La necesitará —, dijo Pribilof, sin alterarse lo más mínimo por el hecho de estar agarrado por las solapas de su chaqueta. En su trabajo había situaciones tensas a menudo. Estaba acostumbrado. —Está bien —dijo Manrique soltando al agente —dígame qué sabe —. —Inspector, soy el único de los dos que ha soltado información. Créame, puede confiar en mí. Intente comprobar por sí mismo las informaciones que le doy y verá quién es quién. Lo primero que debe comprobar es el dispositivo de seguimiento que tiene instalado, tanto en la oficina como en su casa. Ellos están esperando a que llegue a alguna pista válida para llegar hasta Kolya, para luego hacer lo que crean oportuno sin compartirlo con Usted, ya que se mueven al margen de la ley, y de la moral. Lo segundo que debe comprobar son las circunstancias de la muerte del profesor Gámez. Hable con los forenses. Investigue, y llegará a la verdad. Pero sea muy cuidadoso, podría darle un infarto o tener un accidente de tráfico, si detectan que está metiendo las narices en sus asuntos. Y no confíe en nadie, y menos en sus superiores. En nadie —, dijo el agente ruso. —Pero que narices pasa con este asunto, ¿por qué es tan importante, agente? —, preguntó Manrique. —Al parecer el chaval es un cerebrito, ha descubierto alguna forma increíblemente barata de obtener energía de forma ilimitada, y eso ha cabreado bastante a los que tienen el
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    90 poder. Kolya intentódar a conocer públicamente su descubrimiento para bien de toda la humanidad, y los dueños del mundo se han puesto muy nerviosos al comprobar que podrían dejar de controlar el sistema. Lo están buscando, y mucho me temo que si lo cogen lo tendrán trabajando de por vida en algún sótano de alguna instalación militar, o simplemente lo eliminarán —, explicó Pribilof. —¿Quiénes son ellos? ¿Los gobiernos? ¿Los americanos? —, preguntó Manrique. El agente ruso se rió a carcajadas. —Los gobiernos son títeres, querido amigo. Si alguien osa desafiar el statu quo en contra de sus intereses lo eliminarán, o simplemente lo desactivarán. Ejemplos hay muchos. JFK en los Estados Unidos, Mario Conde en España, o recientemente el juez Garzón. ¿Cree Usted que el señor Rubalcaba o el señor Rajoy en España son las personas más preparadas para dirigir su país, inspector? Están puestos ahí porque saben obedecer. No reciben órdenes directas, pero son sensibles a las presiones necesarias —. —¿Pero el ex presidente Zapatero se opuso a los Estados Unidos, al retirar tropas de Irak? Tuvo criterio propio —, dijo Manrique. —¿Y dónde está ahora Zapatero, señor Manrique? Escribiendo sus memorias plácidamente mientras los verdaderos dueños del mundo están sumidos en una auténtica orgía de beneficios a costa de los esfuerzos de la población de su país, aplastada y exprimida. Aquí no mandan los políticos, son sólo piezas del puzle, da igual de qué signo político sean. Se les da un aparente poder, dinero suficiente para vivir bien y ellos solitos se encargan de que el sistema siga alimentando la insaciable codicia de los poderosos. Hubo una época en que la política se movía por ideales, pero ahora manda el dinero. Y el dinero tiene dueño, y ejerce su autoridad con mano de hierro —, concluyó Pribilof. —Veo que tiene Usted información, Pribilof. ¿El agente americano está metido en el ajo? —, preguntó Manrique. —Hasta el cuello —, contestó el ruso. —¿Y el chaval y la enfermera? ¿Qué sabemos de ellos? —. —Sabemos que en enero llegaron a los Estados Unidos, y desde entonces se los ha tragado la tierra. También sabemos que están vivos, al menos él —, dijo Pribilof. —¿Cómo sabe que están vivos si se los ha tragado la tierra? —, preguntó el inspector. —Al menos él está vivo. Ha hecho algunos intentos de acceder a la información que compartía con el profesor Gámez —. —¿Y no se puede rastrear su ubicación, agente? —, preguntó Manrique.
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    91 —No, inspector. Elchico es listo. La conexión que hemos detectado se ha realizado desde Anchorage, en Alaska —. —¿Está en Alaska? ¿Qué extraño? ¿Qué querría hacer allí? —, se preguntó el inspector Manrique mirando al suelo de una forma reflexiva. El agente Mijail Pribilof sonrió con cierta complacencia al comprobar que el inspector, al igual que él, se iba haciendo mayor. Para este tipo de asuntos de escala planetaria e índole tecnológico las dotes de sabueso de callejón no valían. La movilidad de una identidad digital resultaba algo complejísimo de perseguir. Los nuevos agentes del servicio de inteligencia eran mocosos con profundos conocimientos técnicos. Sin embargo, sin los perros en la calle, los servicios de inteligencia se dedicarían a perseguir sombras en la noche, mientras algún tarado se te podía meter en cualquier avión con una bomba. —Inspector, Kolya no está en Alaska, simplemente ha conseguido de alguna forma que la comunicación se inicie desde allí. No sabemos dónde está —. —Estaré con los ojos bien abiertos. Trataré de hablar sin llamar la atención con la madre de la enfermera, seguro que recibirá alguna comunicación de su hija —, dijo el inspector Manrique. —Ya la ha recibido —. —¿Sí? ¿Cómo? ¿Desde dónde? —, al inspector se le acumulaban las preguntas. —Desde Hawaii —, dijo riéndose el ruso. —¿Desde Hawaii? Pero estos muchachos… —, sonrió también el inspector. —Sí. Habrán usado el viejo truco de ir al aeropuerto y darle a algún turista una tarjeta postal para que la envíe desde allí —, dijo el agente ruso. —¿Pero no decía usted que al menos Nikolay estaba vivo? Esto demuestra que están los dos vivos —. —Seguramente. La verdad es que la postal es muy escueta, y está impresa con ordenador, simplemente pone “No te preocupes por nada mamá, estoy bien. Te quiero. Sofía”. Lo más probable es que la haya escrito ella, pero no sabemos por qué no está manuscrita. Sin embargo, el intento de acceso de Kolya demuestra que fue él. El sistema de acceso a su información requiere de unas complejas claves que sólo el profesor Gámez y él conocían —, dijo el ruso. —¿Cómo han tenido acceso a la tarjeta, agente? Supongo que la casa de la madre de Sofía está vigilada por los americanos… —.
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    92 —Si la etapacomunista nos ha enseñado algo, inspector, es a interceptar comunicaciones. Nosotros accedimos a la tarjeta en la Oficina de Correos, luego fue depositada por un cartero en el buzón de la pobre señora —. —No puedo entender cómo los americanos llegan tan lejos. Asesinar a un profesor, y toda esta persecución de Kolya. Es repugnante —, dijo el inspector. —No inspector. No son los servicios de inteligencia americanos los que están haciendo esto —, dijo el ruso —¿No? Pero el agente Smith-Jones es de la CIA —, repuso el inspector. —Sí. Él es de la CIA, pero es un corrupto. No está actuando bajo mandato del gobierno de su país, sino que se ha vendido a intereses particulares. De hecho, nosotros colaboramos activamente con el gobierno de los Estados Unidos, y ellos con nosotros —, dijo el ruso. —¿Rusos y americanos? ¿Colaboran activamente? —. —Sí. Cada vez más. En este nuevo orden internacional somos aliados y nos necesitamos mutuamente. Estamos en el mismo bando. El mismo problema que tenemos nosotros con Chechenia y otros territorios de religión musulmana lo tienen ellos con la guerra que están librando con Al Qaeda. El mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso de lo que parece. Ya no se trata tanto de controlar amenazas nucleares, ya que los socios del club de países con armamento nuclear sabemos que no hay ataque sin destrucción mutua… — . —No lo dirá por Irán —, interrumpió el inspector. —Irán no tiene armamento nuclear, aunque trata de obtenerlo. Pronto veremos una actuación militar a gran escala contra Irán, y quizás contra Corea del Norte. Pero esos no son los verdaderos problemas de seguridad, Inspector. La humanidad está entrando en una nueva fase de conocimiento que va a cambiarlo todo, para bien y también para mal. Desgraciadamente siempre existirán personas educadas en el odio, eso no ha cambiado con el tiempo, pero lo que sí ha cambiado es que esas personas pueden tener acceso a nuevas armas, mucho más pequeñas y relativamente baratas. Me refiero a la guerra bacteriológica o química —. —Por tanto los dos países que antaño eran enemigos, ahora colaboran en cuestión de espionaje… —, dijo el inspector algo sorprendido aún por la revelación. —Sí, hay mucha colaboración, aunque en todo matrimonio hay pequeñas disputas — dijo Pribilof sonriendo — También se colabora en materia de detección contraterrorista, que es otra de las grandes amenazas. Una bomba potente o un sistema de misiles tierra-aire caben en
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    93 una furgoneta, yes imposible controlar a los millones de personas que se mueven en el mundo, por eso la colaboración es necesaria a la hora de obtener información valiosa —. —¿El enemigo es el mundo Árabe, agente? —, preguntó Manrique. —Hay muchos enemigos, pero los radicales árabes son los más peligrosos. Alguien que está dispuesto a morir en un ataque es prácticamente imparable. Imagine que quiere Usted asesinar a alguien y no le importa morir llevando a cabo su plan, a poco que lo planifique bien, tendrá un alto porcentaje de éxito —, dijo el ruso. —Desde luego. En las investigaciones que llevamos a cabo en la Bridada Criminal solemos buscar a un culpable, que no se encuentra en la escena del crimen, salvo algunas excepciones, como los crímenes pasionales con arrepentimiento. Solemos preguntarnos ¿Qui Prodest? —, explicó Manrique. —¿Qui Prodest? —, preguntó Pribilof. —Sí. Es un aforismo romano que significa ¿A quién beneficia? El criminal suele ganar algo al llevar a cabo sus acciones, pero ¿Qué gana un terrorista suicida con sus acciones? —, preguntó Manrique. —¿Qué gana? Qué le parece tener para toda la eternidad a setenta y dos vírgenes, fruta, agua, vino, riquezas. ¿Le parece poco? —, dijo Pribilof. —¿Pero cómo se pueden tragar esa patraña? Esta gente no piensa por sí misma —, contestó el inspector, incapaz de entender cómo se podía llegar a creer semejante promesa. —¿Es Usted cristiano, inspector? —, preguntó el ruso. —Sí, en mi familia todos lo somos, ¿por qué lo pregunta, agente? —, dijo Manrique, frunciendo el ceño. —¿Cree Usted que Moisés de verdad abrió el Mar Rojo con un golpe de bastón? —, preguntó Pribilof. —Bueno, hay estudios que sugieren que un viento fuerte pudo… —, titubeó el inspector. —¿Y cómo explica la conversión del agua en vino en las bodas de Caná? ¿Y el hecho de que cinco mil hombres fueran alimentados con cinco panes y dos peces, inspector? —, preguntó directamente el ruso, quien había estudiado bien la historia de las religiones en un intento de comprender al ser humano. —Bueno… quizás no sea literal —, dijo dubitativo el inspector.
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    94 —Quizás Mahoma tampocohablara en sentido literal, inspector. Tanto Jesucristo como Mahoma sabían algo. No sabemos el qué, pero mi opinión es que a través de la contemplación mística accedieron a una misma realidad que trasciende al ser humano, y ambos tuvieron que explicar a una población iletrada, a diferencia de lo que sucede hoy en día, su mensaje, y se valieron de ejemplos que la gente de su época pudiera entender. El problema es que algunos hombres hay utilizado esos mensajes para proyectar sus propias frustraciones y su odio. Y no solo en el Islam, la caza de brujas del Cristianismo o la llamada Santa Inquisición son dos buenos ejemplos —, dijo Pribilof. —Reconozco agente, que me pierdo un poco. Se ve que es Usted un hombre ilustrado. Me asalta una duda, agente, ¿por qué el propio servicio secreto de los Estados Unidos no pone fin a las andadas del agente Smith-Jones? —, inquirió el inspector. —En este caso, andan un poco perdidos. Nos pasamos alguna información, pero no queremos inmiscuirnos en los asuntos internos. Si tienen un agente corrupto, deben averiguarlo ellos, es, digámoslo así, un pacto entre caballeros, cada uno debe asear su propia casa —, explicó el ruso. El inspector Manrique estaba impresionado por la claridad de ideas de aquel agente. Había tenido tiempo suficiente para analizar a aquel hombre y su intuición le decía que podía fiarse de él. —Me tengo que ir, agente. Seguiremos en contacto —, se despidió Manrique, con un fuerte apretón de manos. —Recuerde Manrique, para ellos su vida no tiene valor. ¡Ándese con cuidado! —, dijo Pribilof mirando fijamente a los ojos del inspector. Un aliado en España no le vendría mal en el futuro. Además, aquel tipo le caía bien, siempre había apreciado la gente con valores y coraje suficiente para vivir la vida conforme a ellos, y no la gente pusilánime y vacía por dentro, que era lo común en esta civilización occidental en decadencia. —Lo haré —, dijo Manrique alejándose. CAPÍTULO -13-.
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    95 A mediados demayo, la primavera había roto en una explosión de frondosidad en Columbus. Desde el linde del Río Scioto, rebosante de vegetación y prados de un césped recién cortado, que destilaban el olor característico de la hierba, se podía observar el moderno Skyline de la ciudad. Sus calles, rebosantes de vida y actividades celebraban el buen tiempo con multitud de eventos, tanto de día como de noche. Cada vez que Kolya paseaba por el Downtown tenía la misma sensación de que aquella alegre ciudad estaba al margen de las demás, y especialmente de las que había dejado atrás en España, cubiertas por un vaporoso halo de pesimismo en los últimos tiempos. Gracias a la ayuda que le había prestado Jerry, había podido ponerse en contacto con Oles Czerniak, un becario investigador polaco del NINRE, compañero y amigo de Kolya. Al ser un becario sin acceso a los niveles de información clasificada había pasado inadvertido para los servicios de vigilancia de la industria tecnológica para la que trabajaba, esenciales para controlar el espionaje industrial …y a las personas, por lo que no tenía controladas las comunicaciones, y por tanto pudo ayudar a Kolya con algunos datos e información de cómo estaban las cosas en California. Con estos datos y su propia investigación Kolya había intentado reconstruir desde cero su modelo teórico de obtención de energía por medio de la teletransportación cuántica, pero era incapaz de resolver algunas ecuaciones clave. Las grandes ideas suelen aparecer como absurdas en una primera impresión, encerrando genialidad en su simpleza, y Kolya había tenido un momento de extrema lucidez a la hora de desarrollar su modelo teórico, había resuelto la cuestión de la retroalimentación del flujo de energía, que era la clave de todo el sistema. Los científicos que estudiaban las fuentes de obtención de energía solían trabajar en sistemas que necesitan una cantidad de energía para funcionar, y es esta necesidad de aporte externo de energía la que impone un precio a la misma, ya sea para extraer y refinar el petróleo, para la fisión nuclear, o para el mantenimiento de los sistemas de producción de energías verdes. Kolya descubrió cómo utilizar la energía cósmica para la retroalimentación de la energía en su modelo, por lo que el sistema no precisaba de energía adicional en su funcionamiento. Al menos no energía proveniente del planeta. El modelo de Kolya era tan simple como brillante. Entrelazar fotones para teletransportar información era algo que se hacía con regularidad en muchos laboratorios del mundo. Moviendo el fotón A, se producía instantáneamente el movimiento de su fotón hermano, B. Lo que había llamado la atención de Kolya es que en el punto B había un movimiento cinético sin aporte de energía. Era físicamente imposible que eso se produjera sin ninguna actuación directa en el punto B. Sin embargo, Kolya sabía bien que la palabra “imposible” es en sí misma una contradicción en la escala subatómica de la que no sabemos casi nada. En física cuántica, lo imposible, según nuestro marco de referencia de la física clásica, es lo probable. Este aporte misterioso de energía se producía en una magnitud prácticamente indetectable, por lo que había pasado desapercibido para la comunidad científica, excepto para la mente de Kolya. Sus sistemas de ecuaciones detectaban indefectiblemente la ausencia de una constante. La clave se la dio el anuncio, en septiembre de dos mil once, que hizo el experimento OPERA en las instalaciones de la Organización
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    96 Europea para laInvestigación Nuclear, más conocido como CERN. En ese momento, se anunció que habían podido medir velocidades superiores a las de la luz, lo cual contradecía la Teoría de la Relatividad e implicaría tener que redefinir gran parte de la física teórica con la que se trabajaba. Sin embargo, aquel resultado fue producto de un error debido a la calibración de sistemas de GPS. Aquel día, Kolya estaba comentando con sus colegas del Centro Superior de Investigaciones Científicas mientras comían en la cafetería del Instituto de Microelectrónica de Madrid las informaciones de aquel fallido experimento, cuando todo se hizo claro en su mente de forma repentina. Un estallido de actividad se produjo en su cerebro de repente, y él simplemente se limitó a mirar el plato y dejar que la idea tomara cuerpo por sí misma. Comenzó a oír a sus colegas como quien oye un zumbido lejano y empezó a marearse. Uno de sus compañeros dijo algo así como “…claro, estaban midiendo velocidades cercanas a la luz experimentando con neutrinos, y ya se sabe que esos cabroncetes hacen lo que quieren…”. La broma de su colega tuvo el efecto de retirar el velo que cubría la solución al problema, tan obvia, tan cercana, tan oculta. Los neutrinos, los neutrinos, se repetía. Su mente comenzó a analizar los datos a toda velocidad. Él no trabajaba en la investigación de neutrinos, pero sabía que eran partículas subatómicas que viajaban a velocidades cercanas a la de la luz, cuya masa es diez mil veces menor que la de un electrón, por lo que la materia suele ser transparente para ellos. Atraviesan todo lo que se pone en su camino sin inmutarse. Un mismo neutrino puede atravesar a una persona en España, pasar por el centro de la tierra y salir casi instantáneamente por Nueva Zelanda, atravesar cualquier cosa que esté en su superficie y seguir su camino por el espacio, casi de forma instantánea. Kolya se levantó de la mesa argumentando que no se encontraba bien y se fue a su despacho a seguir pensando. Una vez allí se sentó en la silla, pero todo le daba vueltas, estaba siendo arrollado por el poder de una idea, una idea colosal. Salió a tomar el aire y comenzó a pasear, y así siguió durante un par de horas, caminando y pensando. Las ideas tomaban cuerpo en los billones de conexiones sinápticas de sus neuronas a tal velocidad que incluso él era incapaz de seguirlas de forma consciente. Kolya no era experto en neutrinos, como tampoco lo era en astrofísica, aunque sí sabía que todos los modelos matemáticos que tratan de explicar la materia y la energía que podemos percibir establecen la existencia de muchísima más materia que no podemos ver, también llamada materia oscura, y de campos de nuevas energías, como el campo de Higgs, que explicaría por qué las partículas adquieren masa. Peter Higgs era conocido por la predicción del famoso Bosón de Higgs, también llamada La Partícula de Dios. A Kolya y sus colegas le hacía gracia que la gente la conociera como “La Partícula de Dios”, “The God Particle”, en inglés, cuando realmente el premio nobel de física, Leon M. Lederman la llamó en su libro “The Goddamn Particle”, es decir, “La Maldita Partícula”, debido a la tremenda dificultad que entraña encontrarla, sin embargo un editor consideró que resultaría un título ofensivo y cambió “Goddamn” por “God”. Curiosidades del la ciencia, pensaba Kolya. Por tanto, era evidente que sólo conocemos una parte, pequeña, de la energía que rige nuestro mundo, pero al ser la parte que sí podemos estudiar se torna para nosotros como una verdad inmutable, tal como lo era para el hombre antiguo el comprobar la ira de los dioses en una tormenta eléctrica.
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    97 Kolya debía abrirsu investigación a lo imposible, a lo inimaginado, pues para dar un paso más allá de lo conocido hay que vaciar la mente de todo lo conocido, quedarse desnudo de datos y observar el mundo con herramientas matemáticas, pero con la imaginación de un niño. Los neutrinos eran parte de la materia oscura del universo, y sólo se detectan un tercio de los neutrinos generados en el Sol y un parte de los generados en la Gran Explosión o Big Bang, origen de todo lo que somos, pero —¿qué hacen los que no vemos? ¿Qué efectos tienen? — reflexionaba Kolya. —¿Qué tipo de energía mueve mi fotón entrelazado? — Las ideas iban y venían, hasta que el Eureka apareció en su mente —¡Sí, eso es! —pensó Kolya —, ¡las cuerdas! La Teoría de Cuerdas es la elegantísima solución de la comunidad científica para comprender que lo que ocurre a escala subatómica tiene relación con lo que ocurre a mayores escalas. Parecía evidente que las fuerzas y leyes que regían el mundo de lo muy pequeño eran contrarias o radicalmente diferentes a lo que ocurre a mayor escala, y no había conexión entre las teorías científicas que estudiaban una y otra realidad. La Teoría de Cuerdas o Teoría del Todo venía a explicar por qué la materia y energía eran como eran. En realidad no existe la materia o la energía tal como la percibimos, sino que ambas serían la manifestación de infinitos filamentos vibrantes o cuerdas que conforman nuestro universo. En función de la vibración que tengan en cada momento tendríamos una distinta manifestación de materia o energía, por lo que se puede decir que nuestro universo es la colosal interpretación de una partitura musical. —¿Cómo seríamos si cambiamos la partitura? ¿Cuántos universos posibles existen cambiando la música? —se preguntaba a menudo Kolya. La solución teórica que estaba tomando cuerpo en la mente de Kolya implicaba que los neutrinos estaban teniendo efectos visibles en su fotón entrelazado, modificando la vibración de las cuerdas que daban lugar a esa manifestación de la energía llamada fotón. A esa escala tan pequeña, las cuerdas o microfilamentos vibrantes se cargaban de energía, se “calentaban” en palabras de Kolya, con el paso de los neutrinos y quizá otras manifestaciones de la materia aún no descubiertas. La teletransportación cuántica únicamente había conseguido liberar parte de esa energía, por eso se movía el fotón y de ahí obtenía su energía. Ahora solo le quedaba aplicarlo a una escala suficiente como para convertir esa energía del movimiento o cinética en energía eléctrica que pudiera ser usada por el ser humano. Kolya caminó hasta su despacho donde se encerró durante horas para desarrollar su modelo teórico y conseguir la cuadratura del círculo, es decir, que el modelo se retroalimentase. Al terminar aquel día, tenía su modelo teórico de obtención de energía terminado. La solución pasaba por hacer cadenas de millones fotones entrelazados en espiral, donde el último modificara al primero. Encima de la espiral se situaba un captador de energía Tentzeris, el cual obtenía energía suficiente para mover de nuevo el primer fotón y almacenar en una batería un flujo constante de energía, limpia e inagotable. El sistema tendría un coste mínimo, por lo que bastaría con cobrar unos pocos céntimos para su mantenimiento. Además, al tratarse de producción de energía sin riesgos ni peligro de sobrecalentamiento, se podrían situar estaciones por todas partes, con lo que el coste por pérdidas en el transporte de dicha energía se reduciría al mínimo. Literalmente, el descubrimiento de Kolya iba a transformar el mundo…
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    98 Sin embargo, necesitabasus sistemas de ecuaciones, y estos estaban sólo en un sitio: El National Institute for Nanotechnology Research, también conocido como NINRE, en California. Su tiempo en Columbus había terminado. Aquellos meses estaban grabados en su mente y su corazón como uno de los mejores momentos de su vida, había conocido esa clase de felicidad que sólo reside en el amor, pero era hora de avanzar. —Sofi, es hora de ponerse en marcha. Aquí no puedo hacer mucho más. Tenemos que ir a California —, le dijo Kolya a su compañera en uno de los paseos por la ribera del río Scioto, rodeados de un manto de verde césped y flores que saludaban, como cada año, a la primavera. —Lo sé Kolya, pero no quiero irme. Han sido los meses más bonitos de mi vida —, contentó Sofía. —Para mí también, Sofi, pero debo terminar lo que tengo que hacer, espero que pronto estemos liberados de todo esto y podamos vivir nuestra vida tranquilos —. —Juntos —, pensó en alto Sofía. —Sí. Siempre —. El teléfono que habían comprado al taxista de New York y que ellos utilizaban para estar en contacto con sus compañeros de piso comenzó a sonar. Era una llamada de Samuel. Kolya silenció el aparato —Lo llamaré luego —, dijo, con la firme intención de que nada estropease aquella mañana soleada con su amor. Se estaban despidiendo de una preciosa etapa de sus vidas y Kolya sabía que tenía que disfrutar cada momento, pues el futuro inmediato no estaba carente de riesgos. El teléfono volvió a vibrar en el bolsillo de Kolya, una y otra vez. Cada vez que acababa una tanda de vibraciones que indicaban una llamada, comenzaba otra. —Algo pasa Sofi. Samuel jamás ha sido tan insistente —, dijo Kolya, aceptando finalmente la llamada. —¿Qué ocurre amigo? ¿Pasa algo? —, preguntó Kolya. Al otro lado de la línea, un Samuel extremadamente nervioso no acertaba a enlazar las palabras de una forma coherente. —¡Muerto! ¡Está muerto! ¡Yo huí! ¡Hay que huir! ¡Ya! —, acertó a decir Samuel entre balbuceos y respiración entrecortada. Sofía interpretó el gesto en la cara de Kolya. Algo muy grave estaba ocurriendo.
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    99 —Tranquilo Samuel. Respira.Sólo respira. Trata de respirar y cuéntame qué ha pasado —, dijo Kolya con la voz más neutra que pudo y hablando despacio. Necesitaba guiar el estado emocional de su amigo cuanto antes. —¡Está muerto joder! ¡Lo han torturado! ¡No tenía los ojos¡ ¡Joder mierda..! —, volvió a balbucear Samuel. Estaba sumido en un ataque de pánico y era incapaz de coordinar su respiración y sus palabras. —Tranquilo Samuel. Respira. Tranquilo —repitió Kolya. Se daba cuenta de que por teléfono sería imposible calmar a Samuel. —¿Dónde estás? Dinos dónde estás —. —¡He huido! ¡Por poco me coge! ¡Mierda, todo esto es una maldita pesadilla! —, lloriqueó Samuel. —Presta atención a mis palabras Samuel. Escucha mi voz. Sólo dime dónde estás —, volvió a preguntar Kolya. —Estoy escondido, detrás del embarcadero. En los árboles. Yo no… no sé… —. —Quédate ahí. Estamos cerca. Simplemente trata de respirar. No te muevas —, ordenó Kolya. Kolya describió a Sofía lo que había oído y ambos corrieron hacia el embarcadero para ayudar a Samuel. Cuando estaban a unos cincuenta metros, Sofía le dijo a Kolya —Tratemos de ir despacio, hay que inducirle un estado de calma —. —Sí, lo he intentado por teléfono —, dijo Kolya. —A partir de este momento déjame a mí. Recuerda que soy enfermera —, ordenó Sofía. Al llegar al los árboles que había en una loma cercana al embarcadero descubrieron a Samuel en el suelo, hecho un ovillo, temblando y respirando aceleradamente. —Tranquilo Samuel, estamos aquí. Estamos contigo. Ya ha pasado todo —, le dijo Sofía cogiéndole la mano. —¿Tenemos alguna bolsa? —, le preguntó Sofía a Kolya. —¿Una bolsa? No —, respondió éste. —Quítate la camiseta y haz un nudo que cierre la parte de abajo —, ordenó Sofía. —¿Qué? —. —¡Hazlo! —.
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    100 Kolya se quitóla camiseta e hizo un nudo con toda la parte inferior de la misma, quedando la forma de una especie de bolsa. Sofía la tomó y puso la parte de la abertura del cuello entre la nariz y la boca de Samuel. —Respira Samuel. Tranquilo —. Su amigo estaba en estado de shock y estaba hiperventilando, lo cual le estaba induciendo a una hiper oxigenación que lo podía dejar inconsciente en cualquier momento. Con la camiseta a modo de bolsa, le obligaba a respirar de nuevo su propio dióxido de carbono para restablecer el equilibrio de gases en su sangre, e inducirle un poco de calma. A los pocos minutos, Samuel se encontraba mucho mejor. —Cuéntanos, ¿qué ha pasado? —, preguntó Sofía al observar que Samuel había salido ya del estado de shock. —Es una maldita pesadilla. No puedo creer… Esta mañana salí tranquilamente de casa, todo estaba en orden, pero al volver de la facultad… —, dijo Samuel rompiendo a llorar. Sofía le hizo un gesto con la cabeza a Kolya indicándole que lo dejaran llorar un rato. Ella sabía que el llanto es una reacción natural del organismo para eliminar un exceso de tensión, le vendría bien. —Samuel, amigo. Es importante saber qué ha pasado para poder actuar cuanto antes y evitar más problemas —, dijo Sofía pasado un rato. Samuel parecía volver a recuperar la calma. —Cuando llegué de la facultad entré en la casa y vi a Jerry atado en una silla. Estaba destrozado. Inerte. Tenía un montón de sangre seca que le había salido de los ojos. No sé qué hijo de puta puede haberle hecho eso. Pero se lo han hecho. Me quedé petrificado durante unos segundos, no sabía qué hacer. Y de repente salió un hombre de la habitación. Era una persona bastante alta y fuerte, pelirroja. Vestía traje. Cuando me vio vino a por mí, y no sé de dónde saqué las fuerzas y la habilidad, pero lo hice. Arrojé una silla a sus pies y cayó de bruces. Se levantó instantáneamente, pero yo corrí. Corrí como nunca había corrido. No sé qué me hubiera hecho de haberme cogido, no lo sé. No entiendo por qué estamos en esta maldita pesadilla. Él hombre no me siguió, se paró en la esquina de la calle. Otro hombre le gritó desde un coche, no sé, no entiendo nada. ¡Vaya mierda! Por qué le haría eso a Jerry. Joder —. —¿Tienes tu documentación contigo? —, le preguntó Kolya. —Sí. Llevo todo en la bandolera —, contestó Samuel. —Es hora de ponerse en marcha —, dijo Kolya. El agente ruso Mijail Pribilof se había desplazado a Los Estados Unidos siguiendo al agente Smith-Jones. En España el juego había terminado, y era hora de proteger a Kolya en el terreno. Aquella mañana, el agente Pribilof había localizado a Kolya y Sofía en su paseo
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    101 matinal, y justocuando iba a abordarlos y ofrecerle ayuda recibió una llamada de sus superiores. El agente Smith-Jones se dirigía hacia la casa de estudiantes, y Pribilof debía ir hacia allí y advertir al americano de que no siguiera con su particular caza de brujas. Cuando Pribilof llegó a la casa, vio salir corriendo al americano detrás de uno de los estudiantes y fue cuando le gritó. El enorme pelirrojo se giró. Estaba muy cabreado por no haber pillado a Kolya allí y por no haber podido coger a aquel niñato que salió corriendo. Sin duda, era un mal momento para que aquel hombre más bien bajito y con sobrepeso le dirigiera la palabra. Fue directo hacia él. Pribilof observó que Smith-Jones venía con el paso decidido y se había llevado la mano a la pistola que tenía en el cinturón. —¡Entre en la casa! —, ordenó el americano. —Sí. Hablaremos mejor dentro, hijo de puta —, contestó Pribilof, con mucha mayor serenidad de la que la situación indicaba. Eso alertó al agente de la CIA. Una vez en la casa el americano encañonó al ruso, quien mantuvo la calma y mirando al americano a los ojos espetó: —Se ha acabado el jueguecito, has llegado demasiado lejos —. Smith-Jones amartilló el arma y ordenó al ruso que abriera la boca. Sin duda, con el frío cañón de la pistola en el fondo de la garganta, esa rata obesa iba a saber quién mandaba ahí. Sin embargo, la reacción de Pribilof fue del todo inesperada para el americano. —Soy un agente del SVR ruso, ¡así que baja la puta pistola y siéntate en esa silla! —, ordenó Pribilof. El agente americano notó un vuelco en su estómago y una fugaz pérdida de fuerza en las piernas. Como agente de la CIA tenía perfectamente catalogados a todos los servicios de inteligencia del mundo. El SVR ruso se caracterizaba por su eficacia y su contundencia. Por eso había un pacto de no agresión entre agentes secretos de ambos países, aunque de vez en cuando desapareciera alguno. Pequeños ajustes de cuentas. Smith-Jones sabía que si tocaba un pelo al ruso lo mínimo que podía pasarle es que le metieran en el cuerpo alguna mierda radiactiva, o algo peor. Según la Teoría de Conflictos, la idea de la “destrucción mutua asegurada” garantizaba la paz. Tocar a un agente del SVR equivalía a tomar una copa de excelente champagne francés con unas gotitas de cianuro de regalo. —Está en territorio americano. No tiene ninguna autoridad —, espetó Smith-Jones, en un intento de recobrar la compostura. —Déjese de tonterías sobre la autoridad. Se ha excedido, ha asesinado a dos ciudadanos inocentes. Eso no es propio de la CIA. Esto debe acabar —, dijo Pribilof. —Esto no va a acabar, agente, —respondió el americano —Ese niñato cree que puede ir por ahí arruinando inversiones de miles de millones de dólares —, dijo Smith-Jones.
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    102 —Según nuestras informaciones,su gobierno está de acuerdo en la obtención de energías limpias. Además, estamos hablando de energía. Ustedes, los americanos siguen teniendo la primacía tecnológica y militar, no tienen nada que temer. Con la investigación de Kolya, aunque se beneficie el resto del mundo, ustedes serán mucho más ricos como país de lo que nunca hayan imaginado. Me da Usted pena, agente. Venderse por un puñado de dólares a los magnates del petróleo… ¿es que no tiene valores? —, dijo Pribilof. —Usted no sabe nada de mí. Me he jugado el cuello por este país. Me han disparado y me han perseguido. Merezco una recompensa. He dado mi vida. Además, qué más da que se extraigan hidrocarburos durante una década y luego se desarrolle la idea de su científico. ¿Acaso debemos dejar toda esa fuente de energía sin extraer? ¿Debemos permitir que los chinos accedan a una fuente de energía ilimitada? Es muy peligroso —, contestó Smith-Jones. —¿Es que no lo entiende? Se trata de un descubrimiento revolucionario para toda la humanidad. La era del petróleo se acabó, agente. Esos hidrocarburos deben quedarse donde están. Por el bien de todos los habitantes del planeta —, dijo el ruso. —¿Un descubrimiento revolucionario para toda la humanidad? Y una mierda. Los ricos seguirán siendo ricos y los pobres, pobres. Es Usted un iluso —, dijo el americano. —Así que eso cree. Es verdad que los ricos serán cada vez más ricos, pero los pobres serán cada vez menos pobres, ese fenómeno se lleva produciendo desde hace unas cuantas décadas, y el descubrimiento de Kolya acelerará ese proceso. En cualquier caso, ni Usted ni yo debemos decidir estas cuestiones. He venido para advertirle de que debe detenerse —, dijo Pribilof. —Verá, agente…. —. —Da igual mi nombre —, dijo el ruso. —Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo. Puedo arreglarlo, y quedará entre nosotros dos. ¿por qué no retirarse de este sucio mundo con una pensión de oro? —, sugirió el americano. —Porque alguien debe velar porque este sucio mundo sea algo menos sucio. Debe detenerse. El mensaje está dado. Y ahora larguémonos de aquí antes de que esto se llene de policías —, sentenció Pribilof, incorporándose para salir en busca de Kolya y Sofía. —¡Un momento! —, dijo Smith-Jones. El americano cruzó las manos por debajo de su barbilla, juntando los dos dedos índices sobre sus labios. Estaba valorando el ultimátum de los rusos. Es cierto que no podía cargarse ahora mismo a aquel ruso, que era lo que más le apetecía, pero él era un agente de la CIA, y era evidente que los rusos tampoco querían eliminarle, pues ya lo habrían hecho. Por otro lado, aquel extranjero le estaba dando órdenes en su propio país, y eso era algo que no podía tolerar. Debía decidir si era un hombre o no.
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    103 —Agente —, continuóSmith-Jones —le agradezco que haya venido hasta aquí y haya tenido el valor de hablar conmigo, en vez de haber utilizado alguna otra alternativa. Le respeto por eso. Sin embargo, está Usted amenazando a un agente de la CIA en suelo norteamericano. Le voy a dar un consejo. Siga su camino y yo seguiré el mío. A partir de este momento, me aseguraré de una cosa. Si a mí me ocurriera algo, cualquier cosa, la muerte o un simple accidente, cada una de las personas a las que Usted quiere o que significan algo para Usted pagarán las consecuencias, sin ninguna piedad. Tengo hermanos de sangre que irían hasta el mismísimo puto infierno siberiano por mí. Espero que le haya quedado claro el mensaje —. El ruso se limitó a salir de la casa. Estaban en una vía muerta. Samuel, Kolya y Sofía cogieron un taxi hasta la estación de la Central Ohio Transit Authority, tenían que actuar rápido, pues la estación de autobuses era una salida natural para los fugitivos, y podría haber agentes vigilando. —Samuel, siento mucho que todo esto haya pasado. Jamás pensé que pudiera ocurrir una cosa así. Algunas grandes corporaciones quieren para sí el fruto de mis investigaciones en energía de origen cuántico, y están jugando sucio. Jerry me estaba ayudando a conectarme a internet de una forma segura, pero te juro por Dios que jamás pensé que pudiera pasarle nada malo. Lo siento mucho —, dijo Kolya con la mirada puesta en el suelo, abatido. —Jerry sabía lo que estabas haciendo y decidió ayudarte, Kolya. Él no ha muerto por tu culpa, lo ha matado la codicia humana, no tú. Murió defendiendo sus ideales. No te culpes —, respondió con la voz cansada, Samuel. —Ya has visto hasta dónde son capaces de llegar, Samuel. No quiero que te pase nada malo, no quiero que a nadie le pase nada malo. Debes irte, y lejos. Al menos hasta que todo esto pase —, dijo Kolya. —¿Qué piensas hacer tú, es decir, vosotros? —, preguntó Samuel. —Yo completaré la misión que la existencia ha designado para mi vida. Desarrollaré mi investigación para el bien de la humanidad, llevaré hasta la justicia a los culpables de este asesinato y luego… da igual lo que pase luego, quieren jugar fuerte y eso es lo que van a recibir —, dijo Kolya mirando a Sofía de una manera extraña. En ese momento no había determinación en su mirada, solo la tristeza del que sabe que debe sacrificarse por amor — Samuel, debes irte lejos, y pasar un tiempo sin dar señales de vida. Y tú Sofía, mi amor, debes irte también. Debes pasar un tiempo oculta, y luego busca la manera de volver a España. Yo trataré de encontrarte… si todo esto sale bien —, sentenció Kolya. —¿Qué? ¿Qué me vaya, dices? ¡De eso nada! —, espetó Sofía mirando con rabia a Kolya. Después de todo lo que había pasado no pensaba abandonarlo.
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    104 —Sofi yo… nopodría soportar que terminaras como Jerry. Esta gente no tiene escrúpulos. Solo yo debo correr el riesgo. Te quiero y debe ser así. No hay discusión —, sentenció Kolya con el corazón encogido por la tristeza de separarse de Sofía. Era la primera vez que le decía un te quiero. Sofía entendió que Kolya intentaba protegerla, pero jamás había tenido nada tan claro. Durante unos instantes miró a Kolya a los ojos, y poniéndole la mano en la mejilla le dijo: —Te amo. Estaré contigo pase lo que pase. Hasta el final. No hay discusión —, contestó ella, tras lo cual se fundieron en un abrazo tan fuerte que casi se hacían daño. —Además, cómo iba a dejar a un científico loco por ahí solo. ¡Se perdería! —, bromeó Sofía, y sonrieron los tres. —Creo que sé a dónde voy a ir. Y os garantizo que allí no me encontrará nadie —, dijo Samuel. —¿A dónde? —, preguntó Sofía. —Me voy a la selva amazónica peruana. Conozco un pueblecito cerca de la frontera con Brasil donde se desarrollan proyectos de cooperación. Allí puedo ayudar, sé cómo obtener distintos fármacos de la flora local, para tratar enfermedades. En esa zona no hay cobertura móvil, ni internet, así que no podremos estar en contacto. Además, aunque hubiera cobertura, ¿para qué serviría en un lugar donde no hay enchufes? —, bromeó también Samuel. —Es una buena idea —, dijo Kolya —al menos durante un tiempo—. —Kolya, estoy asqueado de la sociedad “civilizada”. Somos una sociedad podrida que se está cocinando en el jugo de su propia codicia. Deberías leer algunas reflexiones de los Nativos Americanos acerca del hombre blanco. Simplemente, no comprendían la ausencia de respeto que tenemos por nosotros mismos y por La Naturaleza, y sinceramente, yo tampoco, así no tengo intención de volver. Al menos no por ahora —, dijo Samuel. —Me gustaría que pudiéramos encontrarnos algún día Samuel —, dijo Sofía. —Claro. Jerry se merece que le honremos y recordemos al menos una vez al año —, dijo Samuel. —Estos meses han sido maravillosos. Gracias amigo —, dijo Kolya. Y los tres se fundieron en un abrazo. —En media hora sale un autobús hacia Austin, en el Estado de Texas. Desde ahí seguiré mi camino hacia el sur —. En ese momento, se intercambiaron direcciones de correo electrónico aún no creadas para estar en contacto en el futuro, compraron los billetes de autobús y allí, Kolya y Sofía se despidieron de Samuel.
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    105 Ellos dos debíanesperar aún una hora para que saliera el primer autobús que los acercaría a California. Compraron dos billetes de ida hacia la ciudad de Omaha, en el Estado de Nebraska y esperaron cerca del andén donde estaba aparcado el autobús. —Sofi, ¿estás segura de que quieres acompañarme? No quiero que te ocurra nada malo —, insistió Kolya. —¿Y crees que yo quiero que te ocurra algo malo a ti? Estamos juntos en esto. Simplemente tendremos que extremar las precauciones a partir de ahora —, respondió Sofía, dando un beso en la mejilla a Kolya y juntando sus cabezas, en un gesto de ternura. —Siento interrumpir la escena. Por fin nos encontramos —, dijo un tipo gordito acercándose a ellos mientras se comía un dulce que había comprado en la cafetería de la estación. Todos los músculos de Kolya se tensaron. No iba a permitir que aquel tipo le tocara un pelo a él o a su novia. Estaban en un lugar público, y eso les confería cierta seguridad, sin embargo, los habían localizado y eso era muy mala noticia. —Se confunde Usted de persona —, dijo Kolya tratando de ganar algo de tiempo, mientras analizaba la situación y las posibles salidas. —Querido Nikolay, llevo meses velando por tu seguridad. Sé que lo has pasado muy mal, pero es hora de que alguien os brinde un poco de ayuda. Mi nombre es Mijail Pribilof, soy agente del Gobierno Ruso, y tengo el encargo de protegeros —. —Así que del Gobierno Ruso, ehh —, dijo Kolya con cierto sarcasmo. A esas alturas si había una cosa que tenía claro es que no podía fiarse de nadie. —Así es. Sé que acaban de pasar por una experiencia traumática que los ha hecho huir. Entiendo su desconfianza. Este lugar no es seguro, cuanto antes lo abandonemos, mucho mejor —, dijo Pribilof. —No vamos a ir a ningún lugar con Usted, señor como se llame —, dijo Sofía. —Pribilof. Mi apellido es Pribilof, pero pueden llamarme Mijail. Escúchame bien, Kolya —continuó Pribilof, esta vez en ruso —en Moscú saben bien quién eres. Sabemos que tu padre fue uno de los héroes de Chernobil, y que tú eres un buen científico. Teníamos idea de haber contactado contigo para ofrecerte trabajar para Rusia, dejándote libertad para desarrollar tus investigaciones, y honrar así la memoria de tu padre, pero todo este tema de tu investigación en energía cuántica nos ha cogido a todos por sorpresa. Lo mejor —, dijo cambiando al idioma español —es que nos vayamos cuanto antes. Queremos que trabajes en Rusia. Nosotros podemos garantizar tu seguridad… y la de Sofía. Ella también es bienvenida. Ahora debemos irnos —.
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    106 —¿Por qué yquién ha intentado matarme? —, preguntó Kolya. —Querido Kolya, tu investigación ha puesto nervioso a mucha gente con inversiones multimillonarias en el sector de la energía, por eso no han dudado en matar ya a dos personas. El mundo se mueve por intereses económicos y parece ser que tú estás a punto de estropear un pequeño negocio de billones de dólares a un grupo inversor de los de arriba, de los que nadie conoce, de los que detentan el verdadero poder, y, la verdad, ver a los poderosos tan nerviosos es algo que me encanta. Te admiro, pero ahora es momento de protegerte, subamos al coche, lo tengo estacionado en el parking —, dijo Pribilof. —No, Mijail, en el piso estaba sólo Jerry —, le corrigió Kolya. —Siento decirte esto, Kolya, pero han matado también a tu mentor, el profesor Gámez —, dijo Pribilof, omitiendo deliberadamente que el profesor estaba jugando a dos bandas. Hacer leña del árbol caído implicaba pasar por la vida sin un mínimo de elegancia, y para Pribilof era importante mirar hacia atrás cuando fuera a encarar la muerte y no avergonzarse de sí mismo. Le asqueaba la gente de éxito a costa de jugar sucio. —¿Qué? ¿A Alberto Gámez? —. —Así es. Lo siento —, confirmó Pribilof. —Lo van a pagar caro. Pienso llevarlos ante la justicia, estos crímenes no van a quedar impunes —, dijo Kolya enrabietado. —Esa gente está por encima del sistema de justicia Kolya, pero ya se nos ocurrirá algo para vengar esas muertes. Ahora debemos irnos Kolya, no es seguro estar aquí —, le apremió Pribilof. Kolya miró a Sofía, buscando su aprobación. Aquél tipo parecía de fiar. —Tenemos que hablar a solas Kolya y yo —, dijo Sofía dirigiéndose al agente ruso. —Como quieran, pero no tardéis —, dijo Pribilof levantándose para dejarles un poco de intimidad en la conversación y de paso hacer un reconocimiento visual de la situación en la estación de autobuses. —Sofi, este tío parece de fiar. ¿Qué hacemos? —, dijo Kolya. —Tú lo has dicho, parece de fiar. Pero no hace falta leer mucha novela negra para saber que el mejor arma es el engaño y la astucia. El que ha matado a Jerry es un chapucero. Quizás nos esté engañando. Quizás ahora han enviado al mejor sicario ¿Cómo puedes estar seguro de que no trabaja para los mismos que han intentado matarte? —, preguntó Sofía. Kolya analizó todas las respuestas desde el punto de vista racional. La conclusión era obvia —Desde el punto de vista estadístico no hay más de un cincuenta por ciento de
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    107 probabilidades de queese tío sea de fiar. Además, si resulta ser uno de ellos, en cuanto nos subamos al coche, nuestras posibilidades de éxito serán mínimas. Debemos huir, pero ¿Cómo? —, preguntó Kolya. —¿Cuánto tiempo queda para que salga el autobús a Omaha? —, preguntó Sofía. —Unos diez minutos —, respondió Kolya. —Hay que darse prisa, vamos al parking con él, y allí se quedará mientras nosotros corremos hacia el autobús. Él no sabe a dónde nos dirigimos. Es nuestra única oportunidad —, dijo Sofía. —Pero ¿cómo piensas dejarlo…? —, dijo Kolya, interrumpido en ese momento por Sofía. —Vamos. No hay tiempo —. Los dos se levantaron y se acercaron al agente ruso. —De acuerdo, hemos decidido ir con Usted, pero iremos en el asiento de atrás, y no se le ocurra jugárnosla —, dijo Kolya, haciendo creíble la conversación. —Me parece bien que seáis precavidos. Toda precaución es poca. En marcha —, dijo Pribilof. Caminaron hacia el parking con paso decidido. El agente Pribilof sabía que aquel no era un lugar seguro. Él iba delante. Cuando llegaron hasta donde se encontraba estacionado el coche, Sofía le preguntó al agente: —¿Por qué cree que toda precaución es poca, agente? ¿Qué deberíamos temer? —. El ruso se dio la vuelta esbozando una sonrisa —Sofía, no lo decía por mí, lo decía…— . En ese momento una gran ráfaga de spray de pimienta contra violadores impactó directamente en los ojos de Pribilof, quién ahogó un grito y cayó de rodillas llevándose las manos a la cara. —Lo siento. Sólo estamos siguiendo sus consejos —, espetó Sofía con el bote de spray anti violadores aún goteando en su mano. Cinco minutos más tarde, el autobús salía de la Estación Central de Autobuses de Ohio con destino a Omaha, en Nebraska. Kolya y Sofía iban mirando por una de las lunas del autobús, con las manos entrelazadas. Las manos de Pribilof aún continuaban tapando sus ojos cerrados.
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    108 CAPÍTULO -14-. El despachodel inspector Manrique en la Comisaría Centro lucía un aspecto caótico. Casos sin resolver, casos a medio resolver, y papeleo pendiente. La maldita burocracia. Él era un hombre de acción, y sin embargo, debía pasarse horas escribiendo informes tanto para la evaluación de su trabajo por parte de sus superiores, como para las actuaciones judiciales. Docenas de expedientes se veían apilados en derredor de su mesa de madera descascarillada por los bordes a causa del uso. El Departamento de Intendencia de la policía le había ofrecido en varias ocasiones cambiarle el mobiliario, pero Manrique se había negado. Los antiguos muebles, gastados por el uso, la mesa, con las marcas propias de miles de horas de reflexiones con los zapatos sobre la misma… Todo aquello le hacía pensar en el sacrificio que sus antecesores en el cargo habían hecho para que la ciudadanía estuviera más segura. En la Brigada de Homicidios eran muy comunes los infartos y las adicciones, tratar año tras año con la basura de la sociedad, con aquellos individuos de cerebros enfermos, y comportamientos psicopáticos que tanto dolor producían en los demás era ciertamente duro, pero Manrique no se veía haciendo otra cosa. Cada vez que sacaba de la circulación a un criminal se sentía vivo, valioso, y cuando entraba en el despacho a escribir el informe le gustaba hacerlo en aquel viejo mobiliario, honrando la memoria de los que habían hecho lo mismo que él en el pasado, en aquel mismo lugar. Necesitaba su fuerza, y su consejo, aunque ya no estuvieran ahí para dárselo. Y allí estaba, en la mañana del seis de junio, con los pies encima de la mesa y con la mirada puesta en un bolígrafo que trataba de dejar en equilibrio vertical, pensando. Llevaba dos semanas cabizbajo, taciturno, dándole vueltas a algo. Sus colaboradores estaban preocupados por él. Nunca lo habían visto así. Afuera del despacho tomaban café y veían a su superior a través de las persianas entreabiertas. Alfonso Pérez había trabajado muchísimos años al lado del inspector y jamás lo había visto así, estaba muy preocupado por él. Javier Peromingo, el otro agente, apenas llevaba año y medio con ellos, lo suficiente para darse cuenta de que algo no marchaba bien. —El jefe está mal. Mal de verdad —, le dijo Alfonso a su compañero Javier, mientras removía su café de máquina con un palito de plástico blanco. —Puede que tenga problemas personales, quizás familiares. Eso nos pasa a todos en algún momento de la vida —, respondió Javier. —No Javier. Siempre nos hemos contado los problemas personales, nos apoyamos mutuamente. Está así desde que recibió la llamada del otro día —.
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    109 —¿Qué llamada, Alfonso?—. —Normalmente suele tener la puerta de su despacho abierta cuando habla por teléfono, como sabes, entre nosotros no hay secretos. Sin embargo, la semana pasada le pasaron una llamada importante, cerró la puerta para hablar y desde entonces está así. Lo raro es que no lo comparta con nosotros. Por alguna razón no puede hacerlo —, contó Alfonso. —¿Y de qué crees que se trata? ¿Tienes alguna pista? —, preguntó Javier. —La secretaria le pasó la llamada de un ruso, pero no sé nada más. Creo que hay que hablar con él —, dijo Alfonso. —Estoy de acuerdo —. Los dos agentes entraron en el despacho del inspector Manrique y tras cerrar la puerta se sentaron en las antiguas sillas de tapizado verde de skay. —Inspector, queremos tratar un tema con Usted —, comenzó Alfonso. —¿Qué ocurre? —, preguntó Manrique, recostándose sobre su silla de oficina, con gesto serio. —Lleva bastantes días con gesto serio. Algo le preocupa, y queremos saber qué sucede —, dijo Alfonso, mientras que Javier permanecía con los brazos cruzados, escuchando. —¿Qué sois, mi niñera? No ocurre nada. Tenemos un montón de trabajo que hacer. Hay que investigar los robos en los comercios de la calle Arenal, es una vía esencial para el turismo y no queremos que ningún imbécil con pasamontañas se haga el jefecito. Quiero a esos chorizos ya —, dijo Manrique. —¿Robos? Nosotros somos de homicidios…—, dijo Javier. —Si Javier, pero esa gente tiene fichados a los agentes de paisano, así que nos han pedido que echemos una mano, así que salgan a la calle y traigan información valiosa —, dijo el Inspector, como con prisa por quedarse solo. No estaba de humor para hablar con nadie. —No inspector —, dijo Alfonso. —¿Cómo que no? ¿Qué coño pasa Alfonso? —, respondió Manrique enojado. —Vamos a ver Alberto —, continuó el agente llamando al inspector por su nombre de pila —nos vas a contar qué te pasa y te voy a decir por qué —, siguió el agente ya sin poder reprimir su impotencia ante aquella situación —Sabemos que no es un tema personal, por lo tanto es un tema de trabajo, y si es un tema de trabajo y no nos cuentas qué ocurre, se quebrará la confianza entre nosotros. En este trabajo constantemente nos jugamos el cuello persiguiendo bandas de delincuencia organizada, ex-militares de países del este, sin
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    110 escrúpulos y armadoshasta los dientes, o psicópatas hijos de puta. Y no me gustaría trabajar en equipo en estas condiciones de desconfianza. Sé que es mi trabajo y acataré órdenes, pero no me gusta. Tenía que decirlo —, concluyó el agente Alfonso Pérez. El otro agente, Javier Peromingo, seguía observando, impasible. El inspector Manrique se quedó unos segundos en silencio mirándose los dedos de la mano derecha, mientras frotaba la uña del dedo pulgar con la del dedo corazón. El silencio se hizo eterno. Tenso. Finalmente habló Manrique: —Alfonso, tienes razón. O somos un equipo unido o estamos generando debilidad que podría ser utilizada por alguien —. El agente Javier Peromingo seguía observando. Le gustaba pertenecer a ese equipo, y la forma en que su jefe entendía la lealtad. —Tengo que pediros disculpas —, continuó Manrique —no he dicho nada porque esto es un tema muy gordo. Las órdenes vienen de muy arriba, jamás me había visto en una situación como esta. No pensé que la mierda política me fuera a afectar de esta forma, no quiero perder la confianza en el sistema por el que me juego, por el que nos jugamos la vida a diario, pero no sé cómo afrontar las órdenes que he recibido —, dijo Manrique. —¿De qué se trata, Alberto? —, preguntó el agente Pérez. —¿Os acordáis de todo el tema del ruso aquel? ¿El científico? —, dijo Manrique. Los dos agentes asintieron con la cabeza. —¿Y del gorila americano de la CIA que vino a verme? —. —Sí —, dijo el agente Pérez. —Pues resulta que ese tío, el agente Smith-Jones, es un asesino. Va por ahí interrogando, torturando y asesinando gente impunemente, al margen de la ley. He tenido conocimiento de que está persiguiendo al científico ruso, que es también ciudadano español, en Los Estados Unidos. Allí ha torturado y matado sin motivo a un estudiante. Sé que él asesinó al profesor Gámez, el mentor de Nikolay Boronov, el científico…—. —Pero es americano, y está en Los Estados Unidos. Está fuera de nuestra competencia ahora —, dijo Alfonso Pérez. —Tú lo has dicho. Ahora. Ese agente tiene su campo de actuación en España y en países Iberoamericanos. Volverá. He pedido permiso al comandante para investigar los casos en los que pudiera estar envuelto y aclarar la muerte del profesor Gámez, pero me ha sido denegado —, explicó Manrique. —¿Denegado? ¿No se le puede investigar? —, preguntó el agente Alfonso Pérez. El otro agente permanecía callado, como ausente.
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    111 —No. No sele puede investigar. Las órdenes vienen de muy arriba. Es intocable —, dijo Manrique. —Pero es un asesino, y nuestro trabajo es que no haya asesinos —, dijo Pérez, más bien como un pensamiento en voz alta. —Exacto. Eso implica que hay asesinos de primera y de segunda. Eso me asquea. Metemos en la cárcel a desequilibrados que deberían estar en un sanatorio mental, mientras que otros tienen licencia para ejercer su psicopatía, sin restricciones. Y lo peor de todo. Sé que ha matado a más inocentes en España, y sé que volverá a hacerlo. No deberíamos permitir eso. España ha sido un país muy poderoso en el pasado, no comprendo tanto complejo de inferioridad, no sé de dónde carajo ha salido la idea de que hay que permitir la actuación de sicarios en nuestro país. Vengan del país que vengan. No quiero seguir hablando de esto, porque el cuerpo me pide cometer alguna estupidez. Empezando por el comandante corrupto que tenemos… —. —No es justo —, dijo Pérez. —No. Pero es lo que tenemos. No podemos hacer nada, así que tratemos de atajar otros delitos. Venga, traigan información sobre los robos de la calle Arenal. Cumplamos con nuestro trabajo —, zanjó Manrique. Los dos agentes salieron a la calle en silencio. Cada uno iba dándole vueltas al asunto en su interior. El agente Javier Peromingo rompió el silencio: —Venga vamos a apretar un par de clavijas. Luego te invito a comer —. —¿Luego me invitas a comer? ¿Y ese buen humor de repente? Qué querrás… —, dijo su compañero Alfonso. —¡Arriba ese ánimo, hombre! —, dijo Javier, con una sonrisa en su rostro. Normalmente era un tipo callado, solía pasar desapercibido, pero ahora, sin motivo aparente estaba contento. Alfonso suponía que trataba de animarle después de la frustrante conversación que habían tenido con el Inspector. Los agentes visitaron a los comerciantes y trabajadores habituales de la zona centro. Estuvieron casi toda la mañana dando vueltas por las calles aledañas a la Puerta del Sol de Madrid. Su mirada entrenada de policías identificaba una multitud de mangantes y gente de mal vivir. Personas que no aportaban nada a la sociedad, y lo tomaban todo de ella. El lenguaje corporal, las miradas, la ropa, la forma de mirar o moverse, los delataba. También los carteristas identificaban a los agentes de paisano como policías. Entre ellos, los turistas. La multitud, llegada de todos los rincones del mundo, paseaba distraídamente mientras consultaba sus mapas o libros de viaje, o simplemente se paraba a observar los edificios, el reloj que daba las campanadas en fin de año, el Kilómetro Cero, el cartel de Tío Pepe mostrando la botella vestida de cantaor andaluz, el Oso y el Madroño, y demás atractivos turísticos de un casco
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    112 histórico de Madridque era un remedo de lo que fue, en la incesante búsqueda de su nueva identidad, pues la antigua, recia y señorial, se perdió en la bruma que envuelve al pasado. Era imposible limpiar el lugar de ladrones o timadores, pues el hambre no teme a la vergüenza, por lo que los policías se limitaban a controlar el ecosistema, limitando los excesos. Tras la ronda de conversaciones con la gente del barrio, los agentes Pérez y Peromingo fueron a visitar a un par de vendedores de droga. Hashis, pastillas, marihuana. Temas menores. Un par de apretadas fuertes de clavijas y ya tenían los nombres de los chorizos que estaban perturbando a los comerciantes de la calle Arenal. El agente Peromingo seguía de bastante buen humor. Incluso convenció a su compañero para no requisar la droga de los camellos del menudeo. —¡Venga Alfonso, que esta gente da de comer a sus familias con esto! —, le dijo. Luego fueron a comer a la Plaza Mayor. —Me invitarás a algún sitio de postín, supongo, ¿no? Me comería unas chuletitas de cordero. Conozco un sitio por aquí que… —, dijo el agente Pérez interrumpido por su compañero, que espetó con una sonrisa en su cara: — Alfonso recuerda. Soy policía, no empresario. Nos vamos a meter entre pecho y espalda uno de los famosos bocatas de calamares de la Playa Mayor, y una cerveza —. —¿Un bocata de calamares y una cerveza? ¿Esa es tu gran invitación? —, dijo Alfonso. Los dos rieron. Cuando regresaron a la comisaría por la tarde, y tras entregar el informe con los nombres de los ladrones, el agente Alfonso Pérez se despidió hasta el día siguiente. El día había empezado mal, pero ahora el ambiente era bueno. Se fue a casa en uno de los escasos días en los cuales no estaba preocupado por la investigación en que estaba inmerso. A veces se planteaba incluso dejar la Brigada Criminal, pero luego se imaginaba gordo y aburrido, y descartó la idea. El agente Javier Peromingo se despidió de Alfonso, y se dirigió hacia el despacho del inspector Manrique. —Jefe, ¿podemos hablar? —, dijo, parándose en la puerta del despacho. —Claro Javier. Pasa —, respondió Manrique. El agente Peromingo entró y se sentó. Tenía una mirada especial, que nunca antes había visto el inspector. Estaba feliz, el brillo de sus ojos irradiaba energía positiva. El inspector Manrique se preguntaba qué estaría pasando por la cabeza de su subordinado. Estaba intrigado. —Cierra la puerta y cuéntame. ¿De qué se trata? —, preguntó Manrique, enarcando una ceja.
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    113 —Necesito saber sipuedo confiar en Usted, inspector —, dijo Peromingo, tomando asiento en una de las desvencijadas sillas. —Me ofende la pregunta Javier. ¿A qué viene eso? —, preguntó Manrique. —He decidido emprender una pequeña aventurilla. Generalmente lo haría y punto, pero por alguna razón quiero que Usted sepa por qué me voy. Se ha ganado mi respeto. Sin embargo, necesito la absoluta certeza, que me jure por sus hijas que esta conversación va a quedar entre nosotros —, dijo el agente, sin perder el brillo en sus ojos ni la mirada de pícaro con la que había estado todo el día. —Si lo que me vas a contar tiene que ver con alguna actividad delictiva, eso me convertiría a efectos legales en encubridor. Si es así, no puedo escucharlo —, dijo Manrique, tratando de ordenar sus ideas conforme hablaba. —Inspector, ha sido un ejemplo para mí. Esta etapa de año y medio aquí ha sido realmente necesaria. He aprendido mucho, pero ha llegado a su fin. No puedo decirle más. Gracias por todo —, dijo el agente Javier Peromingo levantándose de la silla. —¿Pero de coño va esto, Javier? Eres un buen agente, pronto serás inspector si sigues así. Tienes un futuro prometedor por delante. ¿Y qué es eso de que no me puedes decir por qué tienes que irte? Déjate de chorradas —, dijo Manrique ciertamente desconcertado. Aquel treintañero, moreno, con el pelo algo largo, cubriéndole la nuca y barba de cuatro días parecía tan seguro de sí mismo… —Un abrazo Alberto. No puedo decir nada más —, dijo el agente aproximándose a su superior para despedirse. Aquel tipo le había dejado huella. En su etapa anterior había aprendido a apreciar a la gente con ética, con valores, de los que quedan muy pocos. —Siéntate —, dijo Alberto Manrique, mirándose los dedos, meditabundo —Cuéntame qué ocurre. Cuando salgas por esa puerta esta conversación no habrá ocurrido. Jamás —, espetó taxativo Manrique, con gesto serio. —Yo no soy agente de policía, Alberto. No sé qué categoría tendría en el escalafón, porque yo no existo. Dependo directamente del Comisario Principal de la Policía Nacional —, explicó Peromingo. —¿Del Comisario Principal? —, dijo Manrique sentándose en el borde de la silla e inclinándose hacia adelante. Tantos años de profesión y tanto por aprender —pensó—. —Sí. Mis funciones dentro de la Policía requieren un tratamiento especial, porque yo me dedico a operaciones especiales. No tengo identidad, no tengo una nómina, no tengo amigos, no existo —.
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    114 —¿A qué tededicas exactamente? —, preguntó Manrique mirando fijamente a Peromingo. Absolutamente concentrado en aquella conversación. —Digamos que hago un gran servicio a este país. A algunos enemigos del Estado les gusta jugar en las alcantarillas, y yo soy el rey de las alcantarillas. Hay que poner un poco de orden allá abajo —, dijo Peromingo sonriendo sarcásticamente. —Operaciones encubiertas. Fondos reservados…—pensó Manrique. Su vocación siempre había sido que la sociedad fuera más segura para la población. Alguien tenía que plantar cara a los delincuentes que tanto daño hacían, y él se dedicaba en cuerpo y alma a aquella tarea, sintiendo que su sacrificio era necesario y valioso para la sociedad, aunque nadie se lo reconociera. Manrique también sabía que alguno de esos delincuentes, los más peligrosos, sembraban el mal al margen del sistema legal. Gente importante, empresarios, políticos… intocables. El propio sistema debía actuar al margen de la ley o pudrirse por dentro, porque el mal genera dinero, y el dinero compra las almas. —¿Por qué has estado trabajando con nosotros este año y medio, Javier? —, preguntó Manrique. —Mi última misión me destrozó psicológicamente. No podía dormir ni con pastillas o alcohol. No comía. Pensé que iba a morir. Ahora estoy bien, y necesito un poco de acción —, de nuevo volvió a sonreir sarcásticamente Peromingo. —¿De qué se trataba? —, preguntó Manrique. —Alberto, revelar cualquier detalle de mí o de mis trabajos podría ponerte en peligro a ti o a tu familia ¿lo entiendes, verdad? —, preguntó Peromingo con gesto serio. —Esta conversación nunca ha sucedido —, contestó Manrique. —Mi última misión estaba relacionada con la trata de blancas. España es un paraíso para las mafias, y sus colaboradores. Hay gente muy importante en este país dando cobertura a esa gentuza. Poderoso caballero es don dinero. Iba a ser una misión sencilla. Hay gente muy buena del CNI infiltrada en las mafias, sobre todo en las de Países del Este. Yo no tenía que infiltrarme ahí, sino establecer un mapa de las personas y estamentos del Estado que tuvieran relación con las mafias. Sin embargo, según iba conociendo más ese mundo, más me daba cuenta de la magnitud de la tragedia. La gente cree que vive en un mundo seguro, con derechos. Es mentira. La esclavitud existe, y a gran escala. El sistema no se ocupa de aquellos que no tienen nada y que no pueden demostrar los delitos de los que son objeto, porque no pueden probar nada, o porque acaban muertos. Empecé a sentir ira y ánimo de venganza por aquellos que lo consentían o amparaban, pero en mi oficio las emociones te pueden poner en el punto de mira, y esa gente no se anda con bromas. Al menos los terroristas tienen ideales dentro de su psicopatía colectiva, pero esta gentuza… —, dijo Peromingo.
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    115 —Terroristas… Alcantarillas —,pensó Manrique atando cabos. —¡No me jodas! —, espetó el inspector. —¿Por qué lo dices, Alberto? —, preguntó Peromingo sonriendo ligeramente. Se estaba diviertiendo con las reacciones de su superior. —No… me… jodas… —repitió Manrique recalcando las palabras —¿Tú eres La Rata? —, preguntó. Peromingo se recostó en la silla, mirando a Manrique con una sonrisa de oreja a oreja. El inspector Manrique estaba perplejo, con la boca abierta y la mirada de incredulidad. —Así es —, dijo asertivamente Peromingo, mirando fíjamente a los ojos al inspector — Alberto, te recuerdo que esta información podría poner a mucha gente en peligro —. El inspector se limitó a mirarlo fijamente. Estaba tratando de asimilar la información que acababa de obtener. Tenía delante de él a La Rata en persona. Era increíble. Era toda una leyenda dentro del cuerpo de policía. Él solito había obtenido más información de la banda terrorista ETA que el resto de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Siendo muy joven se había infiltrado dentro de las organizaciones de kale borroca, la cantera de la banda terrorista. Una vez dentro, había ascendido hasta ocupar uno de los puestos en el órgano de dirección, y de ahí, saltó a la organización terrorista. Nadie sabía en realidad quién era La Rata, ni lo que había hecho, pero lo que sí estaba claro es que la banda terrorista había sufrido en los últimos años golpe tras golpe, arresto tras arresto, ante la imposibilidad de operar clandestinamente, pues alguien desde dentro estaba al tanto de todos los movimientos, lo que había llevado a la organización terrorista a decretar el cese definitivo de su actividad armada en octubre de dos mil once. Se contaba incluso que había participado en un rescate de un terrorista que tenía retenido la Gendarmería. Los agentes franceses abrieron fuego contra los tres terroristas que participaron en la misión de rescate. Ante la capacidad de respuesta de los policías, dos de los etarras le dijeron a La Rata que era una misión suicida, que no podían caer tres por salvar a uno. La respuesta fue tajante, entraría solo. En su formación en los campos de entrenamiento que la banda terrorista utilizaba en Argelia, él había deslumbrado a los instructores, era una máquina, carente de miedo. Sin duda, era un hombre de acción. Pasó dos horas agazapado en un bosque cercano a la oficina de la Gendarmería donde tenían retenido a su, por aquel entonces, compañero de armas. Aprovechó el cambio de guardia, a las cinco de la mañana, para detener el vehículo de uno de los gendarmes que regresaba a su casa, pistola en mano. Lo amordazó y lo metió en el maletero, se vistió con el uniforme de gendarme. Sin embargo, sabía que no podría entrar por la puerta de la comisaría sin ser descubierto, nunca pasaría el control de entrada, el uniforme lo utilizaría para salir. Pero sólo un experto como él podía hacerlo, dominaba todas las habilidades necesarias, era frío y calculador, camaleónico, y certero en el ataque. Cuando sus compañeros de armas le preguntaron cómo se colarían en la comisaría, él sonrió y les enseñó su última creación. Era como una especie de saco de dormir
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    116 negro, hecho delona durísima, pero flexible. Había estudiado bien el recinto y se había dado cuenta de un punto ciego a las cámaras, y con poca iluminación. Los gendarmes sabían que por ahí era imposible que nadie se colara, pues estaba protegido por tres metros de alambre de espino trenzado, impenetrable. La Rata había diseñado un traje capaz de aguantar las espinas del alambre, con una especie de mangas del mismo material. Durante una hora, estuvo cortando alambre y reptando como una lombriz centímetro a centímetro. Una vez dentro, se las ingenió para llegar hasta la puerta de los calabozos. Allí empezaría la acción. Todo debía hacerse de una forma silenciosa, paso a paso, con precisión quirúrgica. La diferencia en número significaba que si llamaba la atención, sus posibilidades de éxito se reducían a cero. Sacó unos botes que tenía adosados a las piernas. Aprovechando el uniforme, saludó al primer gendarme que estaba sentado en un pequeño cuartucho que custodiaba los calabozos. Eso le daría el tiempo necesario para evitar que activase la alarma. Éste se extrañó, pues no reconoció la cara de su compañero —¿eres nuevo? —, preguntó el gendarme. Acto seguido cayó desplomado. Los botes que llevaba La Rata contenían un potentísimo anestésico, capaz de dejar inconsciente a una persona antes de un segundo. Pulsó el botón de apertura de la puerta de los calabozos y se colocó una máscara antigás que se había pegado en la espalda. Lanzó una segunda máscara al terrorista retenido, y lo sacó de la celda. El terrorista se puso el uniforme del gendarme dormido. Sólo tuvieron que utilizar una vez más el anestésico, pues otro gendarme entraba con unos cafés para tomarlos con su compañero. Una vez que salieron de la zona de los calabozos, se quitaron las máscaras y salieron conversando a través del patio de la gendarmería, aparentando tranquilidad, tratando de que las más de ciento cincuenta pulsaciones por minuto de sus corazones desbocados no echaran por tierra el plan. Una vez que llegaron a la zona menos iluminada, se metieron los dos en el traje de lona negra y reptando y cortando alambre pudieron llegar al otro lado de la comisaría. Sus atónitos compañeros los esperaban fuera sin muchas esperanzas de éxito, pero contemplaron asombrados cómo salían los dos del traje especial de lona. En ese momento los agentes franceses se dieron cuenta de lo ocurrido y se produjo un tiroteo y una persecución, infructuosa pues las vías de salida estaban muy bien estudiadas, y tras dos cambios de vehículo, llegaron a su chalet franco. La capacidad de La Rata dejó impresionados a sus compañeros, sin saber que esa misma capacidad estaba siendo utilizada para poner fin a la etapa de violencia. —Te tengo mucha admiración, Javier. Tu coraje y habilidad son bien conocidas, eres un héroe… ¿He de llamarte Javier o…? —, preguntó Manrique. —Javier está bien —, dijo sonriendo La Rata —Yo no soy ningún héroe, siempre he necesitado un poco de acción en la vida —. —Una cosa es un poco de acción y otra muy distinta jugarse la vida. ¿Cómo puedes ser capaz de controlar tus miedos en los momentos de máxima tensión? Es admirable —, dijo el Inspector.
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    117 —Aunque parezca unafrivolidad, me inspiró una serie de televisión de cuando yo era muy pequeño, “Los Hombres de Harrelson”. Me fascinaba, quería ser uno de ellos. Luego conocí la historia de Mikel Lejarza, “Lobo”, el infiltrado de la policía en ETA. Me fascinó su historia. Por eso me decanté por el cuerpo de policía cuando crecí. Una vez dentro aceptaba las misiones más arriesgadas, y siempre quería más. Por eso digo que no soy un héroe, me encanta probar mis límites. Cuando encaro una misión peligrosa me siento vivo, siento ese nerviosismo previo… y cuando acabo y he comprobado que he podido superar mi límite es una sensación inexplicable —, explicó La Rata. —Pero, ¿cómo lo haces? Yo también vivo situaciones estresantes, teniendo que controlarme, pero saber que estás rodeado de gente que podrían torturarte y matarte si sospecharan algo, eso es harina de otro costal —. —Para mí es como un juego. Se trata de alejar cualquier pensamiento de la mente. El miedo se produce porque proyectamos mentalmente representaciones negativas de lo que podría pasarnos. Hay que trabajar sobre ello, y poco a poco vas consiguiendo centrar tu mente, enfocarte en lo que estás haciendo. Supongo que es la cualidad de llevarse a uno mismo a un estado de enajenación transitoria, alejarse del mundo tal como lo ve la mayoría y adentrarse en una realidad que maneja tu imaginación. El resultado es colosal, trascender mentalmente los impulsos animales que llevamos dentro es convertirse plenamente en humano, tener el control absoluto de uno mismo. Eso, Alberto… eso no puede compararse a nada en la vida —, dijo La Rata. —¿No temes que te maten? —, preguntó Manrique. —No —. —¿En serio? —. —En serio. De hecho, tengo mucha curiosidad en saber cómo será. Me apetece vivir esa experiencia, explorarla. Y si voy al infierno voy a tener a muchos conocidos allá abajo, será divertido —, bromeó La Rata. —Estás como una cabra —, sonrió Manrique. —Por cierto, ¿conoces a “Lobo”? —. —Sí —, dijo La Rata. —Dicen que sigue en activo, pero que se ha sometido a una operación de cirugía estética para proteger su vida —, dijo Manrique. La Rata guardó silencio. —¿Te han cambiado a ti también tus rasgos con cirugía estética? —, preguntó Manrique.
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    118 Ante el nuevosilencio de La Rata, Manrique comprendió que se estaba extralimitando con esas preguntas. —Bueno, ¿y por qué te quieres marchar?, ¿qué planeas? ¿Puedes contármelo? —. —Sí Alberto. Voy a matar a Smith-Jones. Me apetecía compartirlo contigo —, dijo La Rata. —¿Matarlo? No puedes hacer eso —, espetó Manrique. —Alberto, no te sientas culpable o cómplice. No puedes evitarlo, así que no cargues con esa responsabilidad —. —Pero Javier, no podemos ir por ahí matando gente. Nos convertiría en uno de ellos — , dijo Manrique. —¡No nos convertiría en uno de ellos! ¡Piensa con claridad, joder! —gritó La Rata. El inspector Manrique se sobresaltó, pero respetaba demasiado a aquel tipo como para no escucharlo. —Tu moralina mata gente joder, ¿es que no lo ves? Si no lo hago, ese tío seguirá matando inocentes, y entonces sí que tendremos las manos manchadas por no impedirlo. Además —prosiguió La Rata —, no hables en plural. Voy a hacerlo yo, porque lo he decidido yo, y tú no puedes impedirlo. Siento que te incomode tanto, estás demasiado apegado a un sistema que no respeta sus propias reglas —. Tras un largo silencio reflexivo, Manrique añadió: —El mundo será un lugar mejor sin ese hijo de puta —. CAPÍTULO -15-. Tras quince agotadoras horas de viaje, el amanecer daba la bienvenida al autobús en el Estado de Nebraska. Las infinitas rectas de la Autopista Interestatal 80 inducían a un estado de letargo. Kolya y Sofía habían pasado horas durmiendo, acunados por la letanía del ruido amortiguado de las ruedas del autobús sobre el asfalto, y las atenuadas luces dentro del autobús. Kolya abrió ligeramente los ojos y tardó unos segundos en darse cuenta de dónde
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    119 estaba. Resultaba curiosoel poder que tiene el sueño, que nos arranca de la realidad que estemos viviendo, nos guste o no, para llevarnos ante el tribunal del subconsciente, ese tirano ancestral, ángel y demonio, poseedor de la memoria colectiva desde el principio de los tiempos, que nos premia o castiga con imágenes inverosímiles, tan reales como las que captan los sentidos, pero que sólo ocurren en el mundo onírico, en un intento de reparar aquello que nos sucede en nuestra cotidianidad. A través de la luna del autobús, Kolya pudo leer un cartel en la autopista que rezaba “NEBRASKA …the good life”. Sonrió para sus adentros ante esa declaración de optimismo recibida sin haberla solicitado. —Sofi… —, susurró Kolya. Sofía abrió los ojos. También estaba sumida en un profundo sueño. Volvió a cerrar los ojos y se acurrucó junto a Kolya, lo besó en la mejilla y siguió durante un rato en ese estado en el que no se está dormido, pero tampoco despierto. Ese había sido su primer instinto incluso antes de abrirse a la consciencia de día que tenían por delante. Y a Kolya le gustó. —Sofi, estamos llegando, vete despertándote —, volvió a susurrar Kolya. Unos sonidos guturales ininteligibles salieron de la boca cerrada de Sofía. Kolya la abrazó y dejó que durmiera un poco más mientras él admiraba los colores del amanecer. Sobre los campos de cereal, de un color ceniciento a esa hora que se tornarían en un precioso dorado al mediodía, Kolya podía divisar la línea del horizonte, sobre la cual el cielo iba pasando con el discurrir de los minutos, de un negro azabache a un violeta oscuro, y de este a un azul cobalto, rápidamente vencido por la gama de colores cálidos, que como cada día anunciaban que la noche había acabado. Los tonos rojos y anaranjados daban paso al azul claro del cielo y amarillo del sol. Kolya sabía que sólo se trataba de diferentes longitudes de onda que dependían de la inclinación de los rayos de sol al atravesar la atmósfera, pero incluso él, con su mente de científico, no pudo evitar maravillarse con el espectáculo que representa la explosión cromática de un amanecer. —¿Ya estamos en Oklahoma? —, preguntó Sofía. Kolya sonrió —Nebraska, Sofi. Hemos venido a Nebraska, aquí descansaremos uno o dos días y partiremos hacia California —. —¿Estamos cerca de California? —, preguntó Sofía. —No. Estamos justo en el centro. La América profunda. Aquella que hunde sus raíces en los valores de esfuerzo y sacrificio con los que este país ha pasado de ser, en poco más de dos siglos, de un territorio salvaje a la primera potencia mundial —, dijo Kolya. —Aquí es donde ocurren los tornados, ¿no? —, preguntó Sofía. —Sí. Podríamos ver alguno en cualquier momento. Son impresionantes, la verdad —, dijo Kolya.
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    120 —Por cierto… —,comenzó a decir Sofía. —Dime —. —Este no era un territorio salvaje —, dijo Sofía. Kolya no comprendió a qué se refería Sofía. Se limitó a darle un beso en la frente. El autobús estaba entrando en la Greyhound Bus Station. La prioridad ahora era buscar un lugar donde organizar sus ideas y efectuar su siguiente movimiento. El sol de la mañana iluminaba el edificio en forma triangular de la estación de autobuses de Omaha, en Nebraska, y allí estaban Kolya y Sofía, en plena calle de aquella ciudad a orillas del Río Missouri, totalmente desconocida para ellos, y con poco dinero disponible, pues no habían tenido la oportunidad de entrar en la casa, donde guardaban el resto del dinero que les había dado Juana, la madre de Sofía. La situación se había complicado y requería un esfuerzo en la planificación. —Sofi, hagamos un recuento del dinero que llevamos encima —, dijo Kolya. —Pues no mucho, Kolya —, dijo Sofía —yo llevo unos noventa dólares —. —Yo cuarenta. Estamos en un aprieto —, dijo Kolya. —Solo el billete a California nos va a costar eso, así que no tendremos la oportunidad de descansar ni asearnos —. —Tendremos que comer y descansar un poco antes de partir hacia Los Ángeles… —, dijo Sofía, pensativa. —Vamos a California, pero no a Los Ángeles, el Instituto Nacional de Nanotecnología está en Palo Alto, cerca de San Francisco. Debemos coger el primer autobús que salga hacia allí. Hay que aguantar. En cuanto lleguemos, mi amigo Oles nos ayudará —, dijo Kolya. —No. No me parece bien que lleguemos a California sin haber dormido ni comido. Hay que estar en plenitud de facultades —, dijo Sofía. —Pero si no tenemos…—, comenzó a decir Kolya, interrumpido por Sofía. —¿No estamos en los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades? Solo necesitamos que nos alojen un par de días. Buscaremos trabajo. Además, hay un sitio que quiero visitar antes de partir…—, dijo Sofía. —¿En Nebraska? —, preguntó Kolya. —Bueno, no sé si en Nebraska o en otro estado contiguo, pero es en esta zona del país, seguro —, dijo Sofía.
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    121 —¿Y cuál esese sitio que deseas visitar en pleno centro de los Estados Unidos? —, preguntó Kolya, verdaderamente intrigado por ese repentino interés de su compañera en ese remoto lugar de los Estados Unidos. —Tengo una idea. Te lo cuento desayunando, estoy hambrienta —, dijo Sofía sonriendo. Kolya estaba desconcertado. —Sofi, será mejor comprar algo barato en las máquinas de la estación, hay que racionar el dinero —, dijo Kolya con gesto preocupado. Los números eran los números, e ir a desayunar no iba a inclinar las posibilidades a su favor. Sofía miró a Kolya con gesto divertido. Le estaba encantando ese juego del ratón y el gato intelectual con su novio —Invito yo —, sentenció. Kolya trabajaba mentalmente con números y estrategias. No dejaba nada al azar ni a la intuición, pero si algo le gustaba de Sofía, además de su belleza física en la que Kolya podía perderse durante horas, era que confiaba en ella. Por primera vez en su vida se estaba dejando llevar por la certidumbre de la confianza en otra persona, sentía cómo la presión de tener todo bajo control cedía al aceptar las decisiones de Sofía. Como todo científico, pensaba que los cálculos que él hacía sobre las situaciones eran los más acertados, que en algún momento ella tomaría una decisión equivocada que les traería problemas, y sin embargo, su corazón le decía que iría al mismo infierno siguiendo una decisión de ella. Se sentaron en una cafetería del The Old Market, un barrio cercano a la estación de autobuses, adoquinado y con mucha solera. Desde la terraza de la cafetería podían ver el Río Missouri, cuyas orillas separan los estados de Nebraska y Iowa. —Kolya, ¿crees en la reencarnación? —, preguntó Sofía, devorando un donuts gigante que mojaba en un enorme vaso de cartón de café con leche. Kolya se estaba perdiendo algo. Estaban en una ciudad desconocida para ellos en el medio de los Estados Unidos, tenían el dinero justo para llegar a California, donde dependían de la ayuda de un amigo para tratar de entrar en un laboratorio de investigación de máxima seguridad. Una vez allí, debía recuperar su propio trabajo sobre energía cósmica atrapada mediante un proceso de teletransportación cuántica para liberar al mundo de la lucha encarnizada, desigual e injusta, por los recursos mínimos para la supervivencia, y allí estaba Sofía, sonriendo mientras desayunaba y preguntándole sobre la reencarnación. —No Sofi, no creo —, dijo Kolya, saboreando también su vaso de humeante café. —¿Por qué no crees? —, preguntó de nuevo Sofía.
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    122 —No lo veoposible. Si cada vez hay más habitantes en el planeta, no veo cómo alguien que muere puede reencarnarse en alguien que nace. Si el número de nacimientos es distinto al de muertes, habría cuerpos sin huésped —, respondió Kolya. —¿Crees que una partícula puede estar en dos sitios al mismo tiempo?, o que si mueves, como lo llamas… un fotón entrelazado… ¿su fotón hermano también se moverá, de forma instantánea aunque esté en el otro lado de la galaxia? —, dijo Sofía con gesto inquisitivo. —Sí. Todo eso forma parte de mi trabajo —, dijo Kolya. —Pero no parecen cosas que entren en la lógica, ¿no? —, dijo Sofía. —Tienes razón. El mundo tiene muchos secretos pero lo del número de reencarnados…—. —La reencarnación no se basa en las personas, Kolya. Es un concepto. Se trata de energías que van y vienen, que forman parte de todas las cosas vivas. No es un concepto numérico, y desde luego, no tiene que ver únicamente con los seres humanos. Todos formamos parte de la misma energía…—, dijo Sofía. Kolya se quedó pensando un momento. Desde luego, cada una de las personas y cada uno de los seres vivos que habitan el planeta están hechos de átomos reciclados de otros seres vivos que lo habitaron antes... Decidió no descartar la hipótesis, pero se trataba más de una discusión filosófica que científica. No les llevaría a ningún lado. —Vale, —dijo Kolya —, admito que podría ocurrir, pero ¿a dónde nos lleva tu pregunta? —. —Sé que no me vas a creer. Nadie lo ha hecho nunca así que estoy acostumbrada —, dijo Sofía. —Cariño, ¿por qué dices eso? —, preguntó Kolya. —Porque es así. Lo he vivido muchas veces y además tú eres científico, sólo crees en los números. Sin embargo, sé que hay algo que debo hacer y si no cuento con tu ayuda lo entenderé, pero debo hacerlo —, respondió Sofía, con el semblante triste. Una vez más se tenía que enfrentar a la realidad de la incomprensión de los demás, y en este caso era la incomprensión de la persona que amaba, lo cual era mucho más doloroso. Volvió a recordar el porqué se había ido encerrando más y más en sí misma, más y más en los libros, sus más fieles amigos. Kolya la miró con gesto reflexivo, entendió de inmediato que Sofía estaba tratando de decirle algo que era importante para ella, y que se había topado en el pasado con alguna burla o comentario inapropiado por parte de otros, y eso hería su sensibilidad. También sabía que en la vida hay momentos en que hay que hacer lo que hay que hacer sin valorar las
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    123 consecuencias. Su padrehabía dado la vida en Chernobil por los demás, sin importarle los efectos que su acto tendría sobre sí mismo o su familia, se había tratado de un acto de amor por los demás. Amor con mayúsculas. En este caso era mucho más sencillo, sólo tendría que otorgar su confianza a la persona que amaba, sin importar nada ni nadie, ni siquiera su propio esquema de las cosas. En la vida hay momentos de la verdad. Momentos que definen quién es cada uno, y siempre tienen que ver con las acciones y nunca con las palabras. —Sofi, entiendo que quieres hacer algo que es importante para ti. Me gustaría acompañarte y estar a tu lado, si me lo permites… —, dijo Kolya, mirando a Sofía con ternura. —Pero no es justo para ti. Tú quieres partir hacia California. No quiero ser un obstáculo en tu vida —, respondió Sofía. Kolya soltó una sonora carcajada —¿Un obstáculo en mi vida? ¿tú? —, continuó riéndose, pues le hacía gracia el desconocimiento que Sofía demostró en ese momento sobre sus sentimientos. —Sofi, tú le das sentido a mi vida. Además, me salvaste la vida en el hospital, qué más puedo decir… Cuéntame, ¿de qué se trata? —. —Estamos cerca de las Colinas Negras. Quiero ir. Además, tengo una intuición y necesito responder una pregunta que tengo en mi interior —, dijo Sofía. —¿Qué pregunta? —, dijo Kolya. —Te lo diré en su momento. Es algo que nos afecta a los dos —, dijo Sofía. —Así que quieres ir a las Colinas Negras. No sé donde están, pero vayamos. Estoy contigo en esto, cariño —, dijo Kolya tomando de la mano a Sofía. Ella no pudo contener las lágrimas, nadie le había dado nunca su apoyo incondicionalmente. Los lazos de unión con Kolya se fortalecieron en su corazón hasta más allá de lo que la mente es capaz de comprender. Después de desayunar buscaron un cibercafé para obtener algo de información de adónde debían dirigirse. —A ver… Colinas Negras, Black Hills… —, comenzó Kolya su búsqueda —…territorio Sioux. Sofi, esto está dentro de una reserva india —, dijo Kolya. —Lo sé —, dijo ella. —Estamos a unos cuatrocientos kilómetros, habría que volver a la estación de autobuses, o quizá la estación de trenes —, dijo Kolya. —Iremos haciendo autostop. Como tú dices, hay que ahorrar recursos. Nos hemos permitido un desayuno de reyes, dadas las circunstancias… —, dijo Sofía.
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    124 —No sé siserá fácil que se paren a recogernos en la carretera… —, dijo Kolya pensativo. —¿No? Entonces crees que no pararán al verme… —, dijo Sofía con una sonrisa pícara mientras se levantaba ligeramente la parte inferior del vestido de verano que llevaba, a la altura de la rodilla. Los dos rieron. —Lo que no sé es si me dejarán subir a mí —, siguió Kolya la broma. —Sofí, ¿una reserva india? ¿por qué? —, preguntó Kolya. —¿Te acuerdas que te pregunté sobre la reencarnación? —. —Sí —. —Ya te he contado que no soy una persona muy dada a las relaciones sociales, de hecho no sé por qué me relaciono contigo —bromeó Sofía —En serio, siempre he preferido la compañía de un libro a la de las personas. Hubo una época en mi vida, cuando tenía dieciocho años o así en que comencé a tener unos sueños extraños, pesadillas. En esos sueños yo era asesinada junto con mi familia, venían con sables y bayonetas y nos mataban a todos, incluidos los niños. Era aterrador. Me despertaba empapada en sudor y no me permitía volver a dormirme para no pasar otra vez por aquello. Años más tarde ocurrió algo extraño. Comencé a leer un libro sobre la conquista de América del Norte. Siempre me ha fascinado la historia. El mundo antiguo es muy violento y casi siempre la historia se basa en luchas de poder, la conquista y el sometimiento de los pueblos. Es parte de lo que somos como especie. Por eso no me resultaba especial aquel libro cuando lo compré. Sabía que sería algo diferente de lo que había leído sobre las conquistas de Méjico y Perú, por parte de los extremeños Hernán Cortés y Francisco Pizarro, pues estos habían tenido que imponerse a sendos imperios, bien organizados, y fuertemente jerarquizados, lo que constituía su punto más débil, pero se trataba de otra conquista más por medio de la violencia …—. Kolya permanecía atento, impresionado por el caudal de conocimiento que su novia atesoraba. —Como te digo —prosiguió Sofía —, comencé a leer ese libro sobre la conquista de Norte América. En Alaska ya habían sido masacrados los Aleutianos, los Atapascos y demás tribus por los rusos…—. Kolya hizo un gesto de incomodidad por lo que estaba oyendo. —Kolya, es así. No debes sentirte incómodo por lo que haya hecho nadie en el pasado. Todo pueblo tiene episodios sangrientos en su pasado. Todos. Como te he dicho, somos una especie muy violenta, nos guste reconocerlo o no. Pero no tenemos la culpa. Hemos sobrevivido a un mundo extremadamente violento y hemos vencido. No es de extrañar que
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    125 parte de esaferocidad nos acompañe todavía. En nuestro pasado evolutivo más cercano, antes de ser homínidos, los mamíferos pasamos millones de años siendo devorados por los dueños y señores del planeta…—. —Los dinosaurios —, dijo Kolya. —Sí. Luego, después de la gran hecatombe producto del meteorito gigante que nos liberó de nuestros verdugos, nuestra rama evolutiva fue objeto de ataques letales por todo tipo de animales, sobreviviendo a duras penas en lo alto de los árboles, hasta que una etapa de sequía nos hizo bajar de los árboles y nuestra mayor capacidad de procesamiento de la información nos dio la mayor arma que jamás haya dado la evolución, la capacidad de engañar unida a la inteligencia. Bueno, me estoy yendo por las ramas. Sólo quería decirte que nosotros no somos responsables de que el mundo sea una lucha a muerte por los recursos, ni de lo que hayan hecho otros en el pasado. Cuando llegué a la parte que describía las tribus indias, nativas de Norteamérica fue como una revelación. Un fogonazo dentro de mi interior. Leía y se me aceleraba el corazón. Esto no se lo he contado a nadie. Nunca. Era como estar leyendo sobre mi vida, sobre lo que yo soy. No sé por qué me ocurrió eso, supongo que mi mente lo había desplazado hacia un lugar más inaccesible de mi subconsciente para evitarme el sufrimiento, porque no es una sensación agradable estar tan lejos de casa. No me crees, ¿verdad? —, preguntó Sofía. Kolya estaba escuchando con el máximo respeto, pero Sofía daba por hecho que nadie la creería nunca. Sin embargo, Kolya no era un científico al uso. Como investigador y especialista en física de partículas, sabía que el mundo en realidad estaba regido por una realidad inescrutable. Cuantas más respuestas obtenían en física cuántica, más preguntas surgían. La ciencia en muchas ocasiones llegaba a demostrar simplemente lo que el saber popular tenía como cierto a través de los eones. Incluso tenía la idea de estudiar en el futuro la hipótesis de Campos Mórficos, de Rupert Sheldrake, quien predijo que el mundo está conformado por información que está presente en el tejido espacio-tiempo y que tiene su influencia en todos nosotros, así como nosotros en esos campos. Kolya trataba de no prejuzgar y no descartar prematuramente nuevas ideas, y menos si venían de la persona que amaba. —Continúa Sofi, por favor —. —Hacía tiempo que no recordaba todo aquello, aquella sensación que era más real que mi propia realidad, hasta que llegamos a aquí. Estamos en Omaha, ¿no? —. —Cierto —, asintió Kolya. —Omaha es el nombre de una tribu Sioux. Las tribus de la Gran Nación Sioux, junto con guerreros de otras tribus nativas americanas lucharon y vencieron en la batalla de Little Big Horn. Estaban defendiendo las Colinas Negras, su santuario espiritual, porque el hombre blanco se lo arrebató arteramente por el oro que albergaban —, explicó Sofía.
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    126 —Lo estoy leyendoen internet. Al parecer, la Corte Suprema de los Estados Unidos reconoció en mil novecientos ochenta que las Colinas Negras fueron arrebatadas ilegalmente y debían ser devueltas a los Sioux —, dijo Kolya, mirando la pantalla del ordenador del cibercafé —se habla de Toro Sentado, gran Jefe Tribal y del Jefe de los Guerreros, Caballo Loco —, dijo Kolya. —Toro Sentado era Tatanka Iyotanka, y era en realidad el Chamán. Tuvo que ser Jefe por mor de los acontecimientos, y Caballo Loco era Tasunka Witko. El hombre más valiente que he conocido —, dijo con gesto apesadumbrado Sofía, con la mirada perdida, ausente. —Debió haberlo sido, por lo que pone aquí —, afirmó Kolya. —Yo lo sé de primera mano —, dijo Sofía en voz muy baja, casi inaudible, como en trance. —¿De primera mano? Te refieres… —. —Yo los conocí —, dijo Sofía con lágrimas corriendo por sus mejillas. —Que tú… ¿dices que los conociste? —, preguntó Kolya totalmente desconcertado. Sofía levantó la cabeza, con lágrimas en los ojos, y con una expresión que Kolya no había visto nunca, una mirada de orgullo, como si le mirara otra persona desde su interior, como si no fuera ella, clavando los ojos en los de Kolya hasta un punto que le hizo estremecerse, dijo en un tono suave, pero asertivo, lleno de convencimiento: —Yo morí allí —. Un escalofrío recorrió la piel de Kolya, no tanto por la revelación que acababa de escuchar en boca de su novia, sino por la información que recibió de su mirada. Estaba transformada, era otra persona. Sin mediar palabra, salieron del cibercafé y caminaron por las calles del The Old Market de Omaha. Tomaron la décima avenida en dirección norte, para llegar a la Autopista Interestatal cuatrocientos ochenta. El cielo se empezó a nublar, proyectando una sombra gris sobre la avenida, ya de por sí de aspecto grisáceo, industrial. Grandes edificios cuadrados de ladrillo, de un color teja desgastado por el paso del tiempo, flanqueaban la avenida. Kolya y Sofía caminaron en silencio por aquel tributo al asfalto gris hasta llegar a un peaje, en la confluencia con la Autopista Interestatal. Allí los paró un vigilante del peaje, saliendo de una de las cabinas de paso de vehículos. Ellos le explicaron que habían sido objeto de un robo y que eran turistas que habían venido a visitar el Parque Nacional de Yellowstone, en Montana. Que allí les esperaban unos amigos, pero se habían quedado sin teléfono móvil. —No hay problema —, espetó el vigilante, —por aquí pasan centenares de camiones todos los días. El vigilante
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    127 silbó a unode los camiones que en ese momento iba a pasar por el peaje, era evidente que se conocían estrechamente, de tantas idas y venidas a través de aquel lugar. —Joe, …¿vas a Montana, no? —, gritó el vigilante. —Así es Jimmy, ¿por qué lo dices? —, respondió el camionero. —Aquí hay dos turistas que van a Yellowstone. Les han robado, así que quizás tú podrías alcanzarlos hasta allí…—. —¡Claro! Un poco de cháchara me vendrá bien —, dijo el camionero. —Muchísimas gracias por su ayuda —, le dijo Kolya al vigilante. —De nada amigo. Puede recorrer el país de este a oeste o de norte a sur con los camioneros …¡se aburren como ostras! —, dijo riéndose el amable vigilante. Kolya había visto en internet que la Interestatal noventa, que iba hacia Montana, pasaba por el Parque Nacional de las Colinas Negras, le pareció que llamaría menos la atención si decía que se dirigían a un lugar tan turístico como Yellowstone, un Parque Nacional de increíble belleza situado sobre uno de los supervolcanes más grandes del mundo. Kolya y Sofía estaban agotados, demacrados. Ella iba en silencio, pero cogida de la mano de Kolya, lo cual tuvo el efecto de tranquilizarle sobre el estado emocional de Sofía. Simplemente necesitaba un poco de tiempo para recuperarse de la extenuante experiencia emocional que había vivido. Algo en el interior de ella le indicaba que era real. Mientras ella se recuperaba, él le iba dando algo de conversación al camionero. —¿Sabe de dónde viene el nombre de Montana? —, le preguntó Kolya. Joe era una persona muy risueña y curiosa, así que entró en el juego —No, no lo sé, pero no me lo digas —. —De Mountain —, dijo finalmente el camionero. —No. Pero casi —, respondió Kolya divertido con el pasatiempo. —¿No viene de Mountain? Si allí están las Montañas Rocosas… —, preguntó Joe sorprendido. —Viene de la palabra española Montaña, solo que vosotros no tenéis la letra “ñ”, y se quedó finalmente el nombre de Montana —, explicó Kolya. —Interesante. Yo he leído mucho sobre España ¿sabe? Algún día visitaré Europa, es una asignatura pendiente… —, dijo el camionero.
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    128 A Kolya lecaía bien aquel tipo, era simpático y culto. Normalmente los camioneros tenían fama de rudos, pero mucho tiempo para pensar hace que muchos de ellos se conviertan en grandes lectores y conversadores. Tras cinco horas de viaje llegaron a las Colinas Negras. Kolya le explicó al camionero que querían hacer un alto allí, y que seguirían en otro momento su camino hacia Yellowstone. Joe no entendió muy bien por qué, pero al fin y al cabo eran europeos, pensaban diferente, supuso. Se apearon en Rapid City, una pequeña ciudad de paso en medio de un entorno natural impresionante. Preguntaron en un bar de la ciudad cómo podían llegar hasta la ciudad Sioux desde Rapid City. Los lugareños les indicaron que tendrían que tomar un autobús de Jefferson Lines. Debían darse prisa, pues la tarde iba ganando terreno al día. Estaban exhaustos, con poco dinero encima y bastante lejos de su lugar de destino. Kolya no paraba de hacer cálculos mentales sobre sus opciones, que a medida que pasaban las horas dependían cada vez menos de sí mismos y más de un golpe de suerte. Sin embargo, Sofía estaba tranquila, por alguna razón que a Kolya se le escapaba. Al menos, la preciosa sonrisa de la enfermera había vuelto a su rostro. En la estación de Jefferson Lines pidieron dos tickets para la ciudad Sioux. En la ventanilla, un empleado de pelo ralo, de unos cincuenta años los miraba receloso. Era una hora inusual para ese tipo de petición. —Son setenta y siete dólares. Por cabeza —, dijo el empleado de la estación. —Guau, que caro —, resopló Sofía mientras abría la cartera para recontar el dinero disponible. —¿Cuántas horas dura el trayecto, Señor? —, preguntó Kolya. —Dura seis horas y sale a las siete de la mañana —, respondió de mala gana el taquillero. —Sofi, guarda la cartera, esto no cuadra. Según mis cálculos, estamos a veinte o treinta kilómetros de nuestro destino —, dijo Kolya, para a continuación comprobar en un plano que había en la pared de la estación que había una ciudad llamada Sioux City, alejada unos quinientos kilómetros de Rapid City, cerca de Omaha. Su desconocimiento y el expresarse en otro idioma casi les jugó una mala pasada. Sofía estaba tan cansada que no era capaz de pensar, no razonó cuando le dijeron el precio del billete. No dijo nada, pero por dentro se alegró de tener a aquel hombre junto a ella. Ojalá siempre esté a mi lado, pensó. —¿Cómo podemos ir a la Reserva India de Black Hills, Señor? —, preguntó Kolya. —Ahh, se refiere todo ese rollo de las Colinas Negras y del Monte Rushmore… —, dijo desdeñosamente el taquillero. Sofía lo fulminó con la mirada.
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    129 —¿Cómo podemos llegara allí? —, preguntó de nuevo Kolya, tratando de ser lo más pragmático posible. —Hay excursiones de fin de semana, pero hoy no hay transporte hasta Black Hills —, contestó el taquillero. —Pero allí no está la reserva —. —¿No está la reserva? —, preguntó Kolya. —No. Está en Pine Ridge. Más al sur. A unos cien kilómetros —, contestó el taquillero. —Gracias por la información —, respondió Kolya. Se giró para consultar con Sofía lo que hacer cuando se percató de que ella no estaba allí. Kolya salió apresuradamente a la calle para descubrir a Sofía en lontananza. Un instinto le hizo a Kolya comprar dos snacks de cereales en la máquina de la estación antes de salir corriendo hasta alcanzar a Sofía. —¡Sofi! —, gritó Kolya al llegar a donde estaba ella. —No tienes por qué venir conmigo, no es justo para ti. Sigue tu camino —, respondió Sofía de nuevo con aquella mirada extraña en sus ojos. Kolya jamás había visto a nadie mirar con esa determinación. No podía aguantarle la mirada a Sofía. Le asustaba. Kolya entendió que debía silenciar su cadena de pensamientos. Su corazón le indicó el camino con una claridad que hacía que los razonamientos de su mente analítica parecieran simples juegos de adolescentes en un mundo de hombres. —Haz lo que tengas que hacer, Sofi. Yo estaré a tu lado —, dijo Kolya siguiendo a Sofía, que avanzaba a grandes zancadas. La zona boscosa del Black Hills National Forest se divisaba desde donde ellos se encontraban. Sofía no dijo nada. Se limitó a caminar a un ritmo difícil de seguir para Kolya. Aquello se había convertido en la situación más surrealista que Kolya había vivido nunca, y paradójicamente la más llena de sentido. Tras varias horas caminando llegó la noche. La luna llena proyectaba suficiente luz como para ver el camino, el cual serpenteaba junto a un riachuelo de plateados reflejos. Kolya trató de convencer a Sofía para pararse, comer algo y buscar refugio, pero fue en vano. Los ruidos en los árboles cercanos indicaban movimiento animal, invisible para Kolya. En el trance en que parecía encontrarse Sofía había dejado atrás la sordera cognoscitiva propia de los habitantes de ciudad, consistente en escuchar sonidos sin que representen nada para el que los escucha, por puro desconocimiento. Para Sofía, en aquel instante, los sonidos del bosque representaban todo un sistema de información. Se sentía en casa. De repente, desde lo alto de las montañas del cercano Monte Rushmore unos lobos aullaron a la luna, arrogándose de esa forma el dominio sobre su territorio. Sofía se quedó inmóvil para escuchar y sonrió. Se dio la vuelta para compartir con su compañero aquel momento, pero lo que vio fue el miedo en la cara de Kolya. En ese momento, lo abrazó en un gesto protector. —Venga, buscaremos refugio. La noche se está poniendo algo fresca y debemos ponernos a cubierto. Hay que buscar una oquedad en las raíces de los árboles. Allí estaremos bien —.
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    130 —Sofí… —, comenzóa decir un titubeante y patidifuso Kolya —he visto una especie de cabaña cerca de aquí. No crees que sería mejor…—. —Claro. Vamos —, respondió Sofía con una sonrisa resplandeciente, para alivio de su compañero. La cabaña forestal les dio cobijo hasta que llegó el alba. Sofía se despertó primero y fue hasta la puerta de la cabaña para observar el bosque. —Buenos días… —, dijo Kolya desperezándose. Sofía caminó hacia su compañero y lo besó —¿Cómo estás? —. —Bien —, dijo Kolya más por educación que atendiendo a la realidad. Estaba molido y hambriento. —Prosigamos el camino. He visto bayas cerca del riachuelo y hay que desayunar —, dijo Sofía. La mañana avanzó bajo un sol radiante de primavera cuyo calor y energía dotaba a aquel paraje boscoso de una vitalidad ancestral. La masa forestal, de un verde intenso, era cruzada en las zonas de menor altitud por varios ríos, los cuales, como haciendo descanso en la servidumbre de paso que les otorgaba la montaña, creaban zonas embalsadas, de aguas tranquilas, refulgientes. Kolya observó varias águilas sobrevolando la zona en su majestuoso vuelo circular en busca de alguna presa. El bosque estaba repleto de vida, tejones, zorros, perros de la pradera, antílopes, conejos y otros animales coexistían en aquel bucólico lugar… Y lobos. Los habían oído la noche anterior. Junto con las águilas, eran los verdaderos dueños de aquel lugar. Siguieron caminando hasta el mediodía. Kolya estaba totalmente fuera de su espacio natural. A pesar de que Sofía le había ido dando diversas hojas y ramas comestibles que destilaban algún tipo de glucosa, él estaba muerto de hambre. También le parecía raro el silencio. Los animales, en el período de la máxima intensidad del sol, permanecían en sus escondrijos y Kolya podía oír sus propias pisadas a través de un denso silencio. No se había percatado nunca de que podía ser posible escuchar con nitidez su propia respiración. Estaba descubriendo muchas cosas nuevas, pero estaba agotado. De repente, surgió ante ellos una enorme elevación del terreno. De cerca, se trataba simplemente de una agrupación de rocas graníticas que sobresalían, pero estaban a la suficiente distancia como para identificar una enorme meseta. Las colinas miraban a los humanos desde las alturas, juzgándolos. Sofía hizo un gesto con la mano a Kolya, indicándole que se quedara donde estaba, mientras ella avanzaba. Kolya pudo observar otra vez en ella aquella mirada, tan profunda, tan… distinta. Ella avanzó unos trescientos metros hasta el pie
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    131 de las colinasy cayó de rodillas. Luego pegó su cara al suelo, agarró con las manos sendos puñados de tierra y allí lloró. Kolya estaba exhausto. La única explicación que se le ocurría era pensar que se había colado en la vida de otro de los Kolyas que habitan universos paralelos, donde un mínimo cambio en el tejido espacio-tiempo del pasado modificaba el curso de la historia. Allí estaba, sentado en el suelo, sumido en sus pensamientos y mirando a Sofía cuando alguien lo llamó… —Hey amigo, ¿va todo bien? —, sin duda, aquel hombre podía ver que el estado físico de Kolya no era el mejor posible. Kolya no contestó, su mente necesitaba más tiempo del habitual para procesar la información. ¿Quién era aquel tipo? —se preguntaba—. A pesar de vestir con vaqueros y camisa de cuadros. A pesar de sus gafas redondas y el cinturón cargado de equipamiento de montaña, aquel hombre era la viva estampa de un indio americano. Su piel oscura y su cabellera negra con alguna trenza ornamentada no dejaban lugar a la duda. Kolya se restregó los ojos, ¿sería una imagen espectral inventada por su mente producto del cansancio? —se preguntó. El hombre se acercó aún más: —¿Va todo bien amigo? ¿Necesita ayuda? —, volvió a preguntar. —¿Es Usted indio… me refiero…? —, preguntó Kolya dándose cuenta inmediatamente de la estupidez de su pregunta. —Soy guarda forestal. Puede llamarme John —, dijo el indio. Kolya le explicó al guarda, sin dar demasiados detalles, lo que les había llevado hasta allí. De nada serviría inventar una absurda excusa, pues sin duda necesitaban su ayuda, y porque no había nada de lo que avergonzarse. —Su novia habla de reencarnación… —, el guarda repitió pensativo las palabras de Kolya. —Si bueno, ella cree que es así —, dijo Kolya, tratando de que no pareciera una explicación demasiado inverosímil. —¿Ella cree que es así? —, dijo el guarda —Es que es así. De vez en cuando ocurre. Nuestras almas, como las de cualquier criatura vagan en el mundo, y de vez en cuando se acuerdan y vienen. De vez en cuando ocurre —, dijo de nuevo. —¿Así que les ha ocurrido más veces? —, preguntó Kolya.
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    132 El guarda miróa Kolya extrañado por la ignorancia que representaba su pregunta. — Claro. Ocurre a veces. Las Colinas Negras es donde habita el Gran Espíritu, que se alegra de ver a sus hijos —, explicó. John, cuyo nombre en Lakota era Hotah, que significaba fortaleza, avanzó hasta donde se encontraba Sofía. Se sentó en el suelo a unos quince metros de donde ella se encontraba. Cogió una ramita y comenzó a morderla suavemente, esperando a que ella concluyera su conversación con el Gran Espíritu. Tras un período de tiempo indeterminado, Sofía se levantó. Kolya pudo ver cómo se incorporaba e iba al encuentro con Hotah. Estuvieron conversando un rato, se dieron un abrazo y caminaron hasta donde se encontraba Kolya, quien no sabía cómo se iba a encontrar a Sofía tras la experiencia. Ella estaba radiante. Resplandeciente. Su mirada era la de siempre, no la de la criatura en trance que había visto. Era como si ella hubiera ido hasta allí para permitir que esa parte de sí misma se quedara en casa, con los suyos. Con una sonrisa de oreja a oreja dijo Sofía cuando llegó hasta donde se encontraba Kolya: —¡Me muero de hambre! —. —¡Por fin, un poco de normalidad! —pensó Kolya, pero simplemente añadió —…y yo —. El sioux Hotah los llevó hasta la Reserva de Pine Ridge, donde vivía. Allí comieron hasta saciarse. Kolya se sorprendió por la hospitalidad y alegría con la que los habían recibido. Los indios sabían que esta vida es un lapso de tiempo que se nos concede, que todo es un préstamo de la Madre Naturaleza, y que la codicia del hombre blanco le incita a acumular bienes que únicamente le pertenecen en su mente, pues toda criatura viviente abandona este mundo en un período corto de tiempo, y los bienes se quedan atrás. Por eso, apegarse a las cosas genera sufrimiento, y compartir con los semejantes el milagro de la vida, genera felicidad. A la mañana siguiente partieron hacia California. Bastó una llamada por la emisora para que uno de los camioneros nativo-americano que hacía la ruta hacia el Oeste se desviara un poco hasta la reserva de Pine Ridge y los recogiera. Kolya nunca olvidaría la transparencia de aquellas sonrisas puras, algo imposible de encontrar en las sociedades occidentales. Se dio cuenta del precio a pagar cuando se desea poseer cosas y la fluidez del alma humana cuando transita por el mundo ligera de equipaje. Sofía estuvo todo el trayecto alegre y dicharachera, tan locuaz que hasta el camionero intercambiaba miradas de complicidad con Kolya, juntando los labios y enarcando las cejas. Un poco de silencio no les hubiera venido mal. Kolya iba mirando por la ventana la mayor parte del camino, en silencio, feliz por ver así a Sofía, pero en pleno proceso de planificación de su próxima jugada. A él le correspondía tener todo controlado para no fallar en su misión. Por
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    133 Sofía. Por losdemás. Sabía que se enfrentaba a enemigos muy poderosos, pero también sabía que tendría éxito, …aunque diera su vida a cambio. Llegó la noche, y tras un descanso de dos horas en una inmensa estación de servicio atestada de camiones, siguieron la ruta. El camionero había dormido apenas hora y media, suficiente para conducir seis o siete horas más hasta California. —Que vida más dura —pensó Kolya. Las últimas horas de trayecto las pasaron dormitando, hasta que un precioso amanecer les saludó en la ciudad de San Francisco. Kolya había encendido el móvil únicamente para enviar un mensaje de texto a Oles, su compañero en el NINRE. Después de eso se quedó sin batería, por lo que hasta que no viera a Oles, no las tendría todas consigo de que les estaría esperando. Habían quedado en The Embarcadero, en las dependencias portuarias adonde se dirigía la mercancía que transportaba el camión. La vista de la bahía, y el famoso puente de San Francisco, era sobrecogedora desde allí. Trataron de darle al camionero el dinero en efectivo que llevaban, por la ayuda que les había prestado, pero este con una sonrisa declinó el ofrecimiento y se marchó a descargar el camión. Y allí estaban, Kolya, Sofía y Oles Czerniak, en el puerto de San Francisco en una soleada mañana de finales del mes de mayo. Se saludaron sonrientes, aunque Kolya sabía que ahora es cuando iba a empezar la acción. Y estaba preparado. Del episodio indio de Sofía jamás volvieron a hablar. CAPÍTULO -16-. El Boeing siete tres siete de la compañía United Airlines comenzó el descenso tal como estaba programado en el plan de vuelo. Sobre las dos de la tarde, el sol lucía en un cielo azul celeste, y la visibilidad de la pista de aterrizaje del Port Columbus International Airport era perfecta aquel once de junio. El aeropuerto, cuyo enclave fue escogido por el mismísimo Charles Lindbergh en mil novecientos veintinueve, estaba situado a tan solo ocho millas del centro de la ciudad de Columbus, y por lo diáfano de la zona y las dimensiones de la pista principal de aterrizaje constituía una delicia para los pilotos. La actividad en la cabina era intensa, pero coordinada. A menos de un kilómetro de distancia de la pista de aterrizaje seguía la coreografía entre el piloto, el copiloto, cuyas manos no paraban de comprobar indicadores
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    134 arriba y abajo,y el ordenador de a bordo, quien iba indicando de viva voz todos los datos necesarios. —¡Bonito día! —, dijo el piloto, sin dejar de ejecutar el baile secuencial del protocolo de aterrizaje, mientras la máquina, personificada en una voz de mujer iba indicando la distancia con respecto a las balizas de la cabecera de pista, justo en el lugar donde debían posarse las enormes ruedas del pájaro de acero —five hundred, …four hundred, …three hundred …—, se podía oír en la cabina, atenuado por el creciente sonido de los esforzados motores, hasta que finalmente el cilindro volador tomó tierra suavemente, iniciando la brusca deceleración por la pista hasta ponerse en manos de las indicaciones del coche amarillo enviado por la torre de control. El pasaje comenzó a descender del avión cerca de la terminal del aeropuerto. En el gris asfalto esperaron al transporte que los llevaría hasta el edificio aeroportuario. Vieron venir al autobús como si fuera un holograma. El calor acumulado en el asfalto excitaba los electrones de los átomos de las partículas del aire cercano al suelo, lo que producía que la imagen no fuera nítida, como en un espejismo en el desierto. La mayoría de los pasajeros eran hombres y mujeres de negocios, cuya práctica consistente en desplazarse a lo largo del país en el ámbito laboral estaba mucho más extendida en los Estados Unidos que en Europa. De todos ellos, un solo pasajero había cogido aquel vuelo en el Aeropuerto Internacional Dulles, en Washington, en escala procedente del aeropuerto de Madrid Barajas. Vestía vaqueros azules algo rotos, calzado ligero de trekking, una camiseta negra con la imagen de un sol sonriente que rezaba: “Nuclear: ¡No gracias!” y una gorra de corte guerrillero, de un verde caqui. Evidentemente aquel tipo, joven, con barba de varios días y con una mochila cargada de libros no era precisamente un ejecutivo. Una de las habilidades de La Rata era el mimetismo. A ninguna de las personas que en ese momento compartía el autobús camino de la terminal aeroportuaria le cabía duda de que aquel chico moreno, con el pelo un poco largo sin llegar a formar melena era un estudiante algo hippie. La Rata había añadido a su imagen, para la ocasión, unas gafas redondas, iguales a las que llevaba John Lennon. Antes del viaje había estado merodeando por el campus de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid, para imitar el comportamiento exacto de los jóvenes estudiantes, por lo que también añadió otra nota característica que no podía faltar: el móvil de última generación en la mano y unos buenos auriculares negros de mediano tamaño, con la imagen de una calavera en cada lado, que llevaba en el cuello a modo de collarín. Por fin se estaba divirtiendo. No había perdido el espíritu de aventura que corría por sus venas. Y esta vez estaba en una misión de caza. La Rata tenía muy bien definida su estrategia, no le haría falta llegar hasta Smith- Jones, sólo tenía que poner unas gotas de miel, y la mosca vendría sola. Se alojó en una pensión barata del centro de la ciudad, indicando que era un estudiante europeo que venía a ver a un amigo. Conocedor del mundo policíaco y del espionaje, sabía que la información que él iba dando se iría filtrando, como por ósmosis, hasta llegar a su destinatario. Esa misma tarde cogió un autobús hasta el Distrito Universitario. Una vez allí, paseó hasta llegar al Distrito dos, donde Manrique, según información facilitada por Pribilof, le había dicho que estaba la casa de
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    135 los estudiantes. Elbarrio parecía tranquilo, las casitas de ladrillo se sucedían con sus jardines descuidados, debido a que entre la mayoría de los universitarios, cuidar el jardín no estaba entre sus prioridades. La Rata pudo identificar claramente la casa del estudiante asesinado, pues tenía un precinto policial. Se acercó a la puerta e intentó abrirla, permaneciendo allí el tiempo suficiente para ser detectado por el dispositivo de vigilancia del tipo de la CIA. No obstante, siguiendo la planificación de su plan de acción, tocó el timbre de las casas aledañas y preguntó por los estudiantes de la casa. Se identificó como amigo español de Kolya y se mostró sorprendido de que no estuviera allí. Como era de esperar, las personas con las que habló no le dieron demasiada información. No lo necesitaba. Segunda gota de miel. La golosa presa no tardaría en detectarla. Su tarea para aquel día estaba completada, cogió el autobús de vuelta y se dedicó a pasear un poco por la ciudad antes de regresar a la pensión a dormir. Al día siguiente siguió con su plan. Se acercó a la comisaría de policía y allí explicó que había venido a ver a un amigo y que se había encontrado la casa con un precinto policial. En la comisaría no le dieron explicaciones, simplemente le dijeron que había una investigación policial en marcha y que estuviera localizable, por lo cual facilitó los datos de su teléfono prepago y la pensión donde se hospedaba. Tercera gota de miel. Después fue a una casa de alquiler de coches, donde alquiló con su documentación falsa una furgoneta de reparto, con los cristales ciegos. El resto del día lo pasó en un cibercafé estudiando las vías de salida de la ciudad. Plan A, plan B, plan C… También recorrió con la furgoneta dichas vías, anotando tiempos de espera en los semáforos y posibles incidencias con las que pudiera encontrarse. Por la tarde-noche se dejó ver por un bar cercano a la pensión, pero nada ocurrió. Si algo tenía La Rata era más paciencia que su víctima, tenía una paciencia infinita, propia de todo buen cazador. —Póngame una cerveza, amigo —, dijo La Rata al barman en la noche del tercer día de estancia en Columbus, mientras ojeaba su libro de física del que no entendía ni una palabra. Con un lápiz rojo subrayaba conceptos y anotaba fórmulas sin sentido para él en una libreta. Tal como él esperaba, su presa apareció. El pelirrojo trajeado se sentó junto a él en la barra y pidió un whisky. En voz baja y tono relajado le explicó que era un agente de la CIA mostrándole su documentación. La Rata se mostró intencionadamente nervioso. —¿Pasa algo agente? Yo sólo venía a visitar a mi amigo…— —Puede estar tranquilo, es una investigación rutinaria. Hubo un robo con violencia en la casa donde estaba su amigo y estamos investigándolo. Pero para su seguridad y proseguir con la investigación necesitamos saber dónde se encuentra, ¿lo sabe Usted? —, preguntó Smith-Jones. —Yo pensaba que estaba aquí. No tengo ni idea de dónde…—, dijo La Rata, interrumpido por el agente.
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    136 —¿Y qué haceUsted aquí, señor…? —. —Manuel Martínez, mis amigos me llaman M&M… ya sabe, como las chocolatinas —, bromeó La Rata en un torpeza calculada. —¿Qué hace aquí? —, preguntó de nuevo con gesto serio el agente americano, sin un atisbo de sonrisa, pasándose la lengua por debajo del labio superior, pues se estaba impacientando con aquél estúpido estudiante. —Me dijo Kolya que viniera —, respondió La Rata para comenzar a captar la atención del agente. —¿Y por qué haría Usted un viaje tan costoso? ¿simplemente para visitar a un amigo? —, preguntó Smith-Jones. —No no. Yo estoy preparando un doctorado en física de partículas. Hace un año leí los artículos de Kolya sobre teletransportación cuántica y contacté con él. Desde entonces me ha ayudado en mi investigación. Me interesa especialmente la traslación de información entre los campos conectados a través del tejido espacio tiempo relativizado en un número indeterminado de coordenadas dimensionales —, dijo La Rata inventándose los términos. De hecho, le pareció tan rocambolesca la explicación que casi echa por la borda todo el plan estallando en una carcajada. Pero aguantó bien. Se le daba bien controlar sus nervios. Cuando sentía que perdía el hilo del personaje que interpretaba, le bastaba con concentrarse en su diafragma. Dos o tres respiraciones lentas y retomaba el control emocional. —Señor Martínez —, dijo el agente en español —no tengo demasiado tiempo, vaya al grano, ¿por qué quería Kolya que Usted viniera? —. —Me dijo que investigara con él. ¡Con el mismísimo Nikolay Boronov! No me lo pensé. De hecho he traído cierta información relevante de mi investigación que seguro que a Kolya le interesará —. —En cuanto localice al señor Nikolay le diré que Usted le busca, ¿es esta libreta donde tiene su investigación? —, preguntó Smith-Jones. —No, la tengo en la furgoneta —, contestó La Rata. Su presa había mordido el anzuelo. —¿Furgoneta? —, preguntó el americano. —Sí. Quiero hacer un poco de turismo y no tengo pasta para quedarme en hoteles, ya sabe, un par de semanas. No se viaja a los Estados Unidos todos los días —.
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    137 —Gracias por suayuda, señor Martínez —, dijo el agente. Es tarde, debería marcharse a descansar, ¿no cree? Le acompañaré hasta su hotel o hasta la furgoneta, donde se esté quedando —, dijo Smith-Jones. —Sí, es tarde. Tengo la furgoneta aquí mismo, en el parking, pero no hace falta que se moleste agente. Este parece un sitio tranquilo —, dijo La Rata. —Qué menos que tener esa cortesía con alguien que visita nuestro país —, dijo el americano con una sonrisa fingida. —Como quiera —. Los dos salieron del bar y se dirigieron al parking donde La Rata tenía aparcada su furgoneta. No era casualidad que junto a ella estuviera aparcado el coche del agente de la CIA. Un coche negro brillante, impecable, con su impecable chófer al volante. Un tipo directamente sacado de la película Matrix, incluidas gafas de sol a pesar de ser de noche, el cual se bajó del coche al ver llega a La Rata y a su jefe. —Señor Martínez, ¿no le importará que le eche un vistazo a sus últimas investigaciones, verdad? Ya sabe, por si localizamos al señor Nikolay poder informarle… —, dijo el agente Smith-Jones. La Rata sabía perfectamente que el agente había mordido el anzuelo, lógicamente querría hacerse con la supuesta investigación del estudiante de física que él representaba, y luego quizás intentaría deshacerse de él. Sin embargo, él tenía el control, su astuto siguiente movimiento estaba perfectamente planificado. —Sí claro..., ¡qué lío tengo en esta bolsa, nunca encuentro las llaves! —, dijo La Rata mientras revolvía en su bolsa de tela llena de libros, en busca de las llaves. Los dos agentes se pusieron tensos, y aunque no tenían motivos para impedir que hurgara en la bolsa, se prepararon para la acción. La Rata sacó un bolígrafo de la bolsa. —Le haré un esquema, señor agente —, dijo señalando el bolígrafo. El agente Smith-Jones no dijo nada, simplemente estaba esperando a que aquel estúpido abriera de una maldita vez la furgoneta. La única duda que tenía era si estrangularlo con el alambre que tenía en su bolsillo o aplicarle una descarga eléctrica. Luego lo metería en la propia furgoneta, y aquel estudiante sería historia. —¡Oh, que maleducado soy! —, dijo La Rata en su papel de estudiante torpe y nervioso por la presencia de la autoridad. —No le he saludado. Soy Manuel Martínez, encantado de conocerle —, dijo estirando la mano para saludar al agente de película. El agente miró de reojo a su jefe y éste le indicó con un gesto de la cabeza que se comportara tranquilamente. Estaban en un lugar público, y había que darle confianza al estudiante. El
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    138 agente con gafasde sol estrechó la mano de La Rata —Uauuu, vaya fuerza —, dijo La Rata con una sonrisa nerviosa. —Señor Martínez, es tarde. Abra la furgoneta por favor —, espetó Smith-Jones. —Sí, claro. Discúlpeme… —, dijo La Rata, abriendo de nuevo la bolsa de tela en busca de las llaves. Se puso el bolígrafo en la boca para buscar con las dos manos. Mientras buscaba, levantó la cabeza y sonrió al agente con el bolígrafo entre los dientes, levantando las cejas en señal de disculpa por la tardanza. El agente Smith-Jones resopló, tratando de tener paciencia ante la torpeza del español. Antes de haber vaciado los cachetes de aire al resoplar, el agente ya tenía clavada en la mejilla una diminuta astilla. El bolígrafo que La Rata sostenía en la boca era una cerbatana, su arma preferida. La primera reacción del agente fue quitarse la astilla. La sostuvo entre los dedos de la mano, examinándola durante un segundo, para luego levantar la vista hacia La Rata, a quien vio ya entre brumas. En el último milisegundo, antes de caer de rodillas, le pareció ver en ese estudiante a otra persona, su gesto había cambiado. Su mirada, profunda, …de cazador. El otro agente vio a su jefe caer de rodillas delante de él. Su primera reacción fue tratar de levantarlo, pero no se movió. No pudo. Antes de llegar al bar, La Rata había introducido sus manos en una solución de parafina, la cual había formado una pátina en su piel, lo suficientemente impermeable para hacerle inmune a la solución que luego se aplicaría en su mano derecha. El veneno de anémona tardó tres milisegundos en pasar al torrente sanguíneo del agente que le estrechó la mano, produciendo cambios bioquímicos que dieron como resultado una parálisis rígida. Sus movimientos, como si estuviera dentro de un traje de plomo de doscientos kilos, eran lentos y torpes, como en una película en cámara lenta. Podía mantenerse en pie, pero poco más. Para el agente Smith-Jones había preparado una astilla con el veneno de la Rana Dardo Dorada, uno de los animales más tóxicos del planeta. Una sola rana tiene veneno para matar a diez humanos, La Rata había embebido la astilla de una solución de veneno diluido, para rebajar su toxicidad. Aun así, había riesgo de mortalidad por la astilla, lo cual le privaría del placer de hablar con aquel miserable. El alcaloide venenoso de la rana provocaba la contracción muscular masiva, lo cual podía dar lugar a un paro cardíaco. La Rata metió en la parte de atrás de la furgoneta no sin poco esfuerzo al rígido agente Smith-Jones, y salió del aparcamiento. Por el espejo pudo ver cómo el otro agente giraba el cuello observando la furgoneta, en un esfuerzo estéril por moverse. Cuanto más fuerte, y cuanto más confiado está tu enemigo en su fuerza, más fácil es darle caza, —que curioso… — pensó La Rata —. La Rata había conducido durante una hora y media y se encontraba en las afueras de la ciudad de Dayton, en un inmenso descampado cercano al vertedero municipal. Hacía una
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    139 noche preciosa ylas estrellas, inmutables, saludaban con tu titilar habitual a un henchido Javier Peromingo. Mientras esperaba a que el agente Smith-Jones se recuperara un poco del efecto del veneno, La Rata deseaba por encima de todo disfrutar ese momento. La vida está hecha de momentos, y siempre son en tiempo presente. Todos sus esfuerzos, su planificación y el valor de controlar sus miedos de nada servían si no era capaz de disfrutar de los momentos de éxito en aquello que emprendía. No fumaba, pero en ese momento tenía encendido un puro pequeño, al que daba pequeñas caladas y expulsaba el humo hacia arriba, arrobándose en la visión del humo blanco perdiéndose sobre un fondo aterciopelado de estrellas. Unos ruidos le interrumpieron. Era el agente americano, con una mordaza en la boca y bridas en manos y pies, tratando de moverse. La Rata estaba sentado en una piedra fuera de la furgoneta, disfrutando su momento. Tenía contacto visual con el agente de la CIA a través de las puertas abiertas de la furgoneta. —Un momento, por favor. No haga ruidos, deme cinco minutos —, le dijo La Rata al agente Smith-Jones en un tono relajado, amable. El agente americano estaba recobrando poco a poco la noción de la realidad. No podía dar crédito a la situación en la que se encontraba. Era surrealista. Aquel estudiante… Trató de hablar, pero le interrumpió el español. —¿Desea hablar, agente? —, preguntó La Rata. Smith-Jones asintió. —Bien. Vamos a hacer un trato. Yo le quito la mordaza de la boca y Usted habla en voz baja, como caballeros, de agente a agente. Si levanta la voz le pego un tiro aquí mismo ¿le ha quedad claro? —, dijo La Rata. El agente Smith-Jones asintió con gesto serio, sin atisbo de miedo en su mirada. La Rata le quitó la mordaza de la boca. —Está Usted bien jodido, soy un agente de la CIA —, fue lo primero que dijo el americano. —¿Qué yo estoy bien jodido? —sonrió La Rata —por favor, mire su situación ¿está Usted seguro de que soy yo el que está jodido? —. —Soy un agente de la CIA, acabará en prisión, quizás en Guantánamo —, dijo Smith- Jones. —Vamos a dejar algunas cosas claras —dijo La Rata —Usted no está en esta situación como agente de la CIA, si la Agencia Central de Inteligencia se enterara de lo que Usted está haciendo, probablemente ellos mismos lo meterían en la cárcel. Dudo mucho que la Agencia le dé carta blanca para ir matando inocentes por ahí, por puro placer. Acláreme algo, ¿qué necesidad tenía de asesinar al profesor Gámez? ¿y al estudiante de informática? —.
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    140 —A veces hayvíctimas colaterales por la obtención de un bien mayor. ¿Quién coño es Usted? —, preguntó el americano, impacientándose. Seguro de sí mismo incluso en aquella situación. —Por un bien mayor… Me gusta su forma de pensar, pronto tendrá la ocasión de comprobar su teoría en sus propias carnes. Veo que habla muy bien mi idioma, ¿conoce el refranero español? Está lleno de enseñanzas…—, dijo La Rata, muy tranquilo, jugando con su presa. —¡Váyase a la mierda! Libéreme ahora mismo y le dejaré ir —, dijo el americano. El agente Peromingo sonrió —Es Usted un ignorante. Se cree invencible porque va por ahí machacando a gente inocente, que no sabe oponer resistencia. ¿Conoce el refrán que dice “quien a hierro mata a hierro muere”? —. El agente americano no dijo nada, pero en su mirada se podía ver el deseo de venganza. La Rata sacó un pequeño escalpelo y comenzó a hacer cortes en la piel del agente, que trató de moverse sin éxito, pues todavía tenía bastante rígidos los músculos. —¡Está bien. Alto. Deténgase! ¿Qué quiere de mí? —, dijo el americano. —Quiero que no vuelva a matar a un ciudadano inocente, nunca más. Y menos en mi país. Quién sabe cuántos inocentes habrán muerto por causa de su crueldad —, dijo La Rata, mientras seguía haciendo pequeños cortes por todo el cuerpo del agente. —¡Esa gente ponía en riesgo la economía de un país que defiende la libertad, ponían en riesgo a occidente! —. —¿Ponían en riesgo a occidente…? No solo es Usted un ignorante, es un tarado peligroso —, dijo La Rata. —Pare por favor, ha demostrado su valor, su valía. Le felicito y le respeto. Únase a mí, le prometo que tendrá todo lo que quiera, todo lo que siempre había soñado, hay gente muy poderosa detrás —, dijo el americano, dolorido, dándose cuenta de que tenía delante a un profesional, que no reaccionaba emocionalmente con ninguna de sus amenazas. En un intento desesperado trató de sobornar a su captor. La Rata simplemente sonrió, y sacó al agente de la furgoneta. La sangre comenzaba a manar de las heridas. Por primera vez, el agente tuvo miedo. —¿Qué va a hacer? Podemos llegar a un acuerdo, se lo aseguro…—, balbuceó el agente.
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    141 —Estamos cerca deun vertedero, señor Smith-Jones. Pronto las ratas se darán un festín con su cuerpo, en cuanto se cercioren de su inmovilidad —, contestó La Rata en un tono carente de emocionalidad. —¡Eso es inhumano! Podemos negociar, créame, no se arrepentirá. Además, si hace eso, ¿qué le distinguirá de mí? Usted no es como yo… —, dijo el americano irrumpiendo en llanto. —Me distinguirá de Usted el hecho de que yo no estoy haciendo esto a un inocente, creo que podrá hacerse una idea de lo que pasan sus víctimas cuando caen en sus manos, es un buen ejercicio de reflexión para Usted, ¿no cree? —, dijo La Rata. —Me entregaré. Lo confesaré todo… ¡por favor! —, imploró el agente. —Incluso en el caso de que se entregase, no creo que pasar cinco años en una cárcel, protegido por ser un agente de la CIA sea castigo suficiente para lo que ha hecho. Afronte el hecho de que simplemente está experimentando lo que Usted ha elegido para otros —. —No… no me haga pasar por esto. ¡Acabe de una vez con todo! —, dijo el agente con voz firme, recobrando el valor que una vez tuvo. —Creo que es suficiente castigo. Ha pasado por una experiencia similar a la de sus víctimas, es justo que lo haya hecho. Le dejaría vivir, pero se convertiría en una pesadilla para mí y para otras personas. El mundo está mejor sin Usted, señor Smith-Jones —, dijo La Rata mirando a los ojos al agente mientras le seccionaba la arteria carótida con el escalpelo. En menos de un minuto el agente estaría fuera de este mundo. La Rata tuvo que hacer un ejercicio mental para alejar de su mente los pensamientos de remordimiento. No se trataba tanto de vengar las muertes que aquel hombre había provocado, sino de salvar vidas de futuras víctimas de aquel psicópata. Si no lo hacía él, —¿quién evitaría esas muertes? —pensó La Rata alejándose con la furgoneta de aquel lugar. A las nueve de la noche del catorce de junio, el agente Javier Peromingo, viajando con pasaporte falso a nombre de Manuel Martínez, contemplaba los colores del atardecer sobre el aeropuerto de Madrid Barajas, a bordo del Airbus A340 que lo traía de regreso a España. En sus años de experiencia había aprendido que sin un móvil de asesinato era casi imposible vincular a la víctima con el asesino. Para él, se había hecho justicia. Caso cerrado.
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    142 CAPÍTULO -17-. La CarreteraEstatal ciento uno discurría paralela a la bahía de San Francisco, en muchos de sus tramos flanqueada únicamente por las montañas. Aquel paisaje era muy diferente del de Columbus y Omaha. Sol, mar y montaña hacían las delicias de la vista e invitaban al optimismo. Aquella ruta recordaba a las míticas persecuciones de coches de las películas, a través de paisajes espectaculares, aunque el Volkswagen escarabajo de Oles evocaba más a la revolución cultural hippie de los años sesenta. —Mira Kolya, ¡qué cantidad de barquitos de vela! —, dijo Sofía entusiasmada con la visión de un mar soleado, plagado de regatistas, disfrutando el día. —Te encantará California, créeme —, respondió Kolya con una sonrisa en el rostro. Oles miró a Kolya, quien le tradujo lo que había dicho Sofía, y éste la miró asintiendo con sus ojos azules y su cara de niño bueno. Oles era una de esas personas que a pesar de estar en la treintena le pedirían el carnet para comprobar si es mayor de edad en cualquier garito. Tras cuarenta minutos de trayecto, llegaron a Palo Alto, donde vivía Oles, y sede del National Institute for Nanotechnology Research, o NINRE, aunque los investigadores lo conocían coloquialmente como NINE. A Sofía le llamó la atención la cantidad de nombres en español que había allí. Tomaron por El Camino Real, para girar a la izquierda por Matadero Avenue hasta llegar a Fernando Avenue, donde vivía Oles en una pequeña casa de una sola planta, de madera, con tejado a dos aguas. Su color verde hoja la integraba en la frondosa arboleda que constituía el paisaje, junto con el asfalto gris claro, característico de la zona. Llegaron a la pequeña casa donde vivía Oles. A Sofía le pareció muy coqueta, parecía una caseta de perro, gigante. El alquiler era bajo, pues se trataba de una casa prefabricada instalada en una parcela, no era como los impresionantes chalets de la zona, hechos también de madera, pero de infinita más calidad. Sin embargo, el entorno, el clima, y el hecho de que contara con su pequeña parcela, a Sofía le fascinó, acostumbrada a las limitaciones de la vida en un edificio de una gran ciudad. —Kolya, ¿has visto la cantidad de nombres españoles que hay aquí? —, preguntó Sofía. Kolya miró a Sofía sonriendo y hablando en inglés para integrar a Oles en la conversación, dijo: —Sofí, no comentes muy alto tus dudas sobre nombres o lugares o pagarás las consecuencias —. Kolya y Oles comenzaron a reirse.
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    143 —No entiendo… —,dijo Sofía, que no comprendía de qué se reían. Kolya hizo un gesto con la cabeza señalando a Sofía una pared con una estantería atestada de libros. —Aquí tienes a un polaco apasionado por la historia. Sabe más sobre España que nosotros, te lo aseguro —, dijo Kolya. —Este territorio era español hace tan solo doscientos años —, comenzó a explicar Oles. Kolya aprovechó para escabullirse e ir a darse una ducha, pues conocía la pasión que sentía su amigo por la historia y lo que podría alargarse aquella explicación. —Aunque realmente se trataba de zonas poco pobladas. La ocupación española consistía básicamente en misiones franciscanas —, continuó Oles. —¿Ah, de ahí el nombre de San Francisco? —, preguntó Sofía. —La ciudad de San Francisco fue fundada a finales del Siglo XVIII por el fraile franciscano español Fray Junípero Serra, y la llamó Yerba Buena, pero sí, luego fue rebautizada como San Francisco. En la década de mil ochocientos diez a mil ochocientos veinte, los independentistas mexicanos, aprovechando la debilidad o la inexistencia de la Corona Española, en manos de José Bonaparte tras la invasión de su hermano Napoleón Bonaparte, realizaron una campaña militar para proclamar la independencia de lo que se conocía como Nueva España, lo que consiguieron en mil ochocientos veintiuno, incluyendo el territorio de Alta California, la California norteamericana, para entendernos. Sin embargo, poco les duró el territorio, pues en mil ochocientos cuarenta y ocho lo perdieron a manos de los Estados Unidos. Curiosamente, en mil ochocientos cincuenta se descubrió oro en California, supongo que conocerás la historia de la famosa fiebre del oro…—, seguía explicando Oles, interrumpido por Kolya que venía de la ducha. —Ves Sofi, te lo dije, como preguntes pagas las consecuencias —, dijo Kolya tocando cariñosamente la oreja de Sofía. —Es impresionante lo que sabe tu amigo, es un libro abierto —, dijo Sofía. —Sabe mucho, muchísimo más. Tú simplemente no preguntes, ¿vale? —, siguió bromeando Kolya. —No sea Usted grosero, señor ruso —, bromeó a su vez Sofía. Oles, que ya estaba acostumbrado a que nadie siguiera sus explicaciones, simplemente dejó de contar la historia de California, sin sentirse ofendido. Apreciaba muchísimo a su amigo. —Bien, ¿qué vais a necesitar? —, preguntó. —Necesitaremos algo de pasta que te devolveremos y tu ayuda para entrar en el NINE —, dijo Kolya.
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    144 Oles hizo ungesto con la mano con lo del dinero, indicando que no tenía importancia. —No te preocupes por el dinero, pero al Instituto no vas a poder entrar. Es imposible —. Kolya sonrió. —No solo es posible, sino que me van a recibir con los brazos abiertos — . Sofía miró con preocupación a Kolya: —¿qué tienes planeado exactamente, Kolya? —. —Voy a negociar con ellos —, dijo Kolya. —Yo había pensado en que te cambiaras el aspecto, quizás así pueda ayudarte a entrar —, dijo Oles. —¿Te refieres a dejarme barba y ponerme una peluca? —, preguntó Kolya en tono sarcástico. —Kolya las cosas están feas, tienes que tener cuidado. Yo me refería más bien a cirugía estética. Cambio total de aspecto. Yo intentaría conseguirte una acreditación para entrar. Una vez dentro, ya es cosa tuya —, dijo Oles mirando serio a Kolya. Sofía se quedó reflexionando sobre la idea con cara de preocupación. Desde luego, no quería que Kolya se cambiara de aspecto. De ningún modo. Pero tampoco quería perderlo, ella sabía de primera mano que eran capaces de acabar con su vida. —Gracias por tu preocupación Oles, pero no será necesario —, dijo Kolya tratando de tranquilizar a Oles y a Sofía. —Simplemente —añadió—, quiero que le transmitas un mensaje a Claire. Dile que te he llamado, que tengo información muy relevante para ellos y que quiero negociar. Que te volveré a llamar en unos días —, dijo Kolya. —¿A Claire? —, preguntó Oles. —Sí. La nanotecnología es el futuro. La energía es el presente. Y Claire representa el enlace con los que de verdad ostentan el poder. Aunque hayan intentado matarme, estoy seguro de que no dejarán pasar la oportunidad averiguar qué puedo ofrecerles —, explicó Kolya. Sofía había oído hablar de Claire. Sabía que era una mujer muy sofisticada, alta y rubia, impecablemente vestida siempre, con mucha ambición y mucho poder. Y además había intentado matar a su novio, por lo que no le hacía ni la menor gracia que Kolya fuera a verla. —Kolya no quiero que vayas a ver a esa mujer… —, dijo Sofía moviendo la cabeza de lado a lado. —Sofi, debo hacerlo. No hay ninguna forma de entrar a los laboratorios de las plantas superiores si no te dan acceso. Tengo que negociar con ellos, no hay alternativa —, dijo Kolya.
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    145 —Kolya, ¿quiénes sonellos? ¿quién está detrás de todo esto? —, preguntó Oles. —Es imposible saberlo, Oles. Las personas poderosas que ves en la televisión son meros títeres de quien realmente gobierna el mundo. Al menos esa es mi intuición. Si te paras a pensar, sólo hay una condición indispensable para que la vida humana no tenga ningún valor. Lo vemos constantemente en aquellos países donde las mafias tienen el control. El único requisito es la impunidad. Todos somos parte de la misma especie, una especie que siempre quiere más, cueste lo que cueste, siempre que lo obtenido supere a la percepción del riesgo que se corre para conseguirlo. Lo ves en el corrupto, en el infiel, en quién miente, lo ves por todas partes si te fijas un poco —, explicó Kolya, interrumpido por Oles, quien poseía una mente analítica privilegiada. —No puedo estar de acuerdo contigo Kolya, ¿qué hay de la moral?, el mundo está lleno de gente que es ética, que hace el bien aunque tenga la opción de hacer el mal. No me trago la teoría de la conspiración de unos pocos controlando al rebaño —, dijo Oles. —El bien. La ética… Interesantes conceptos, Oles. Yo antes pensaba como tú, pero creo que es porque es como desearía que fuera la realidad. Llegué a mis conclusiones observando el entorno y extrapolando las conclusiones a las grandes esferas de poder. Hay muy pocas personas realmente éticas en el mundo, Oles. Son una anomalía de la especie, conforman una de las colas de la curva estadística, de la famosa campana de Gauss, que empieza en la Madre Teresa de Calcuta y acaba en Jack el Destripador. La mayoría no se sitúa en esos extremos producto probablemente del azar genético… —, dijo Kolya, interrumpido de nuevo por Oles, mientras Sofía escuchaba la conversación sin intervenir, no se había planteado nunca ese tipo de argumentos existencialistas, su mente estaba dando vueltas a algo mucho más cercano, …Claire. —¿Y qué me dices de la marea de gente que colabora con ONGs y que son voluntarios? ¿También son una anomalía? Porque no son pocos… —, dijo Oles mientras se levantaba para ir al frigorífico, que se encontraba en la misma estancia en que estaba el salón para ir a buscar una Cocacola. —¿Queréis un refresco? —, preguntó. —Yo no —, dijo Sofía, enfrascada en sus pensamientos y con gesto serio. —Yo sí —, dijo Kolya, para proseguir con su argumento —mira Oles, igual no me he explicado bien. La Madre Teresa de Calcuta, El Buda, Jesucristo, Mahatma Gandhi, y algunos otros son anomalías de la especie, pero no son estadísticamente significativos. Luego hay dos tipos de bondad, la del que colabora con los demás porque así se siente mejor, porque calma su conciencia, lo cual es un acto de egoísmo y aquella impuesta desde el inicio de los tiempos por los poderosos para controlar a los demás. Los Romanos vieron en la Religión Católica un excelente medio de control de la plebe, mientras los poderosos se hacían cada vez más poderosos, en medio de cruentas guerras intestinas, al margen de toda moral. Frases como: “aquí se viene a sufrir no a disfrutar”, “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja
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    146 que entrar unrico en el reino de Dios”, etc, van calando en la población, que cada vez es más sumisa y temerosa. Igual pasa con los conceptos de civismo que esgrimen los estados y los gobernantes títeres, ¿crees acaso que los que manejan los hilos del poder se comportan como ciudadanos cívicos? En definitiva, mi investigación puede alterar el curso de las cosas y a algunos poderosos no les gusta nada la idea, pero creo que nunca sabremos quienes son en realidad —, concluyó Kolya. —Pero tus motivos son altruistas, ¿no? Siempre has querido hacer llegar energía, y por lo tanto alimento a las zonas más pobres del planeta, quieres cambiar para siempre la idea de un planeta con hambre y necesidades, ¿eres una anomalía de la especie? —, preguntó Oles Kolya sonrió. —Yo no quiero dar mi vida por ello, Oles. Mis motivos son honrar a mi padre y sentirme mejor conmigo mismo. Supongo que mis motivos en el fondo son egoístas —. Sofía, que estaba ensimismada, salió de sus reflexiones. Miró a Kolya a los ojos con gesto de súplica. —No entres ahí. No quiero que te pase nada malo —, le dijo cogiéndole la mano. —No pasará nada, Sofi —, respondió tiernamente Kolya, acariciando con la otra mano la de Sofía —. —¿Pero, con qué vas a negociar? —, preguntó ella —No tienes nada —. —Pero eso lo sabemos nosotros, no ellos. Como antes he explicado, la codicia humana no tiene límites. Negociaré con sus expectativas de poder, utilizaré sus deseos insaciables en nuestro favor —, dijo Kolya. —No vayas… —, rogó Sofía. —Tengo que hacerlo. No pienses en nosotros, piensa en los millones de personas en el planeta que no tienen una oportunidad. Alguien tiene que hacer algo por ellos —, dijo Kolya. —¿Y tienes que ser tú? —, dijo ella. —Por alguna razón, la existencia me ha dado la oportunidad de efectuar un descubrimiento que puede ser clave para nuestra especie, debo ponerlo en las manos adecuadas. Todo irá bien, pero si no es así, comprende que tenía que intentarlo. No hay otra opción —, dijo Kolya, atravesando con su mirada de determinación los ojos de Sofía, quien entendió que ella también debía correr el riesgo de perder a su amor por un bien mayor. —Definitivamente, eres un anomalía —, sonrió Oles. Kolya y Sofía dedicaron unos días a descansar y preparar la estrategia de huida una vez que consiguieran los datos del ordenador del National Institute for Nanotechnology Research, y los posibles planes alternativos por si algo fallaba. Como vía de escape, en caso
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    147 de emergencia, habíanalquilado una pequeña embarcación de recreo en el Club de Golf de Palo Alto, la cual habían llenado de bidones de combustible. El plan era llegar hasta Tijuana, en Méjico. Allí darían a conocer su historia, explicarían al mundo la verdad de todo lo ocurrido. —No llegaremos a Méjico desde aquí, Kolya. Está muy lejos en el mapa —, dijo Sofía ayudando a cargar los bidones de combustible. —Para eso estamos cargando combustible suficiente Sofi. Además, podemos repostar en Los Angeles. De todas formas, espero no tener que utilizar la embarcación, es solo una vía de escape ¿Si algo sale mal, sabes a dónde tienes que ir, verdad? —, preguntó Kolya. —No va a salir mal, no quiero pensar en eso —, dijo Sofía. —Sofi, es muy importante para mí asegurarme de que estás preparada. Dime, ¿dónde tienes que ir? —. —Al Instituto Nacional de Nanotecnología, en Chihuahua, Méjico —, respondió Sofía de mala gana. —¿Y has de preguntar por…? —, insistió Kolya. —Nada va a salir mal, Kolya. No puedo ni pensar en esa posibilidad. Se me encoge el estómago, de verdad… —, dijo Sofía. —Mírame Sofi —, dijo Kolya cogiendo con un gesto dulce la cara de Sofía y acercándola a la suya. —Preguntarás por … —. —El profesor José Carlos Afonso —, dijo en voz baja Sofía. —Bien…, bien. Él te ayudará en todo —, dijo Kolya. Sofía no dijo nada más en unas cuantas horas. No quería perder a Kolya y aquello no le daba buenas sensaciones. Meterse en la guarida del lobo…, era demasiado. Había llegado el día convenido. Oles, como cada mañana, cogió su bicicleta y atravesó el campus de la Universidad de Stanford, a tan solo dos kilómetros de su casa, hasta llegar a Menlo Park, donde estaba el NINRE. Los investigadores del Instituto eran bien conocidos en la Universidad, dado que había un convenio de colaboración entre diversos centros de investigación de primer orden, entre ellos el National Institute for Nanotechnology Research, y la Universidad, una de las mejores del mundo, que ha contado incluso a lo largo de su historia con veintisiete premios Nobel como profesores. A Kolya le impresionaba el Sistema Universitario Norteamericano, enfocado hacia el mundo real, hacia la excelencia de cada uno de sus miembros. A pesar de que en España también había buenos investigadores, la brecha entre universidad y sociedad, entre teoría y práctica de una anacrónica Universidad Española le entristecían, porque él sabía que el futuro es de aquellas sociedades capaces de romper esa
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    148 brecha, especialmente enciencia, pero eso sólo se conseguiría actuando como un solo equipo, universidad y sociedad. Kolya solía pasar tiempo en el campus de la Universidad, cuando investigaba en el NINRE, donde trabó amistad con algunos estudiantes y profesores. Un día, comiendo en el comedor central de la Universidad, vio a unos estudiantes vestidos de amarillo. Iban todos iguales, con el pelo rapado y prendas únicamente de color amarillo. Eran estudiantes de la facultad de psicología. Habían ideado un experimento para constatar en qué medida salirse de los cánones aceptados por los demás modificaba no solo el comportamiento, sino los resultados de nuestras acciones, cómo afectaba la aceptación del grupo a las calificaciones o a los resultados deportivos de los miembros del grupo experimental. Aquello estimuló curiosidad de Kolya. Desde ese día, pasó cada vez más tiempo con los estudiantes de la facultad de psicología. Con ellos aprendió muchísimo sobre el ser humano. Estaba fascinado, pues su trabajo en ciencia siempre había tenido una vertiente humanista, ¿de qué servía idear avances para que sólo pudieran disfrutarlos una minúscula parte de la población, ya de por sí opulentos? Aquellas reflexiones, junto con las enseñanzas aprendidas de su madre y el ejemplo de su padre, conformaron a la persona íntegra que era, aquello que podía ver Sofía en él y que tan alejado estaba de la mayoría de los chicos que ella había conocido. Puro rebaño. Kolya siempre había menospreciado, dejándose llevar por el pensamiento científico colectivo, los experimentos de las ciencias sociales. Sobre eso discutía con sus nuevos amigos, con los que coincidía en los almuerzos, pues prefería comer en el comedor principal de la Universidad de Stanford que en la sofisticada cafetería del Instituto. Aquello le daba vida. Un día, hablando de chicas, un par de estudiantes de psicología explicaron a Kolya la diferencia de trato que recibían de los demás las personas guapas. Kolya rió, bajo ninguna circunstancia iba a aceptar que las personas más atractivas tenían un trato de favor simplemente por su aspecto. Los estudiantes se rieron aún más. Le propusieron hacer junto con él un experimento, a lo cual, como buen científico, aceptó. Él impuso que debía hacerse con las reglas del método científico, pudiendo repetir el experimento tantas veces como quisiera, y él se encargaría de la parte estadística e interpretar los resultados. Repitieron el experimento mencionado por el profesor Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York, en el cual se selecciona una cantidad de fotos de niños y niñas, luego por votación se separan en dos grupos, los más guapos y los menos agraciados. Lo siguiente que hicieron fue ir por la calle comentando que estaban haciendo una encuesta sobre métodos educativos y enseñaron la foto de un niño o niña a cada persona de la calle, se les explicó que ese niño o niña había tirado bolas de nieve con piedras dentro a sus amigos y se les preguntó el castigo que debía recibir, en opinión del encuestado. Desde la valoración uno, la más suave, algo así como: “es perdonable, son cosas de niños” hasta la valoración cinco: “debe ir al reformatorio”. Pues bien, la estadística demostró que la opinión media era mucho más condescendiente con los niños y niñas más guapos que los menos agraciados físicamente. A partir de ese momento, a Kolya le empezaron a interesar los experimentos en psicología social, y comenzó a darse cuenta de que en realidad estamos muchísimo más condicionados por el grupo a la hora de tomar nuestras decisiones de lo que creemos. La ciencia era su pasión, la psicología su hobby. Los amigos de
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    149 Kolya le explicaronque su facultad de psicología de la Universidad de Stanford había sido muy famosa por el experimento que hizo en mil novecientos setenta y uno su catedrático, el profesor Philip Zimbardo, denominado “La cárcel de Stanford”. En ese experimento, se simuló una prisión en que un grupo de estudiantes hacía de presos y otros de carceleros. El experimento tuvo que ser cancelado prematuramente debido al grado de violencia ejercido por los guardias, que eran alumnos sanos y elegidos al azar. Como decía Zimbardo “El mal es un proceso, es una pendiente resbaladiza, un camino donde cada paso es más fácil que el anterior, y hay que cuidarse de no dar el primero”. Aquello hizo pensar mucho a Kolya, que a partir de ese momento, y a partir de la observación de los demás, comprendió que la codicia, al igual que el mal, es una pendiente resbaladiza, y que las ideas altruistas sobre sus descubrimientos podían tener graves consecuencias. Esa reflexión le salvó la vida, cuando pudo indicar en el hospital Doce de Octubre de Madrid que le hicieran una resonancia magnética para desactivar a los “Red Hunters”, ya que tuvo el presentimiento de que estaban tratando de matarlo con esa tecnología indetectable. En ese momento apostó por la maldad como arma que utiliza la codicia para obtener sus fines. Esas nanomáquinas destructivas eran la joya de la corona de Claire, vicepresidenta de Investigación y Desarrollo del Instituto, de las que siempre alardeaba. Si Kolya no hubiera pensado en la capacidad de hacer el mal de las personas bajo las condiciones adecuadas, jamás hubiera colegido la secuencia de argumentos que le llevó a alertar a los doctores del hospital. Su investigación, los intereses de los poderosos, una mujer infinitamente ambiciosa y sus nanomáquinas indetectables para la mayoría de los forenses del mundo, el plan era perfecto y Kolya tuvo apenas unos segundos para indicar a los doctores la solución a su situación crítica. Tuvo suerte. Quizás el destino le había salvado para que completara su misión. Solo quizás. El National Institute for Nanotechnology Research era una maravilla arquitectónica, una visión futurista por fuera e inconcebiblemente tecnológico por dentro. Oles aparcó su bicicleta en uno de los muchos puntos de anclaje para las mismas que había por fuera del Instituto. Caminó entre un verde césped recién cortado y esculturas increíblemente brillantes, cuyas formas evocaban para los visitantes formas aleatorias, como si fueran extrañas piedras gigantes depositadas allí por una civilización extraterrestre. En realidad, el diseño era la visión del artista de los seis tipos de quarks conocidos. De hecho las esculturas se llamaban: arriba, abajo, encanto, extraño, cima y fondo. Oles se paró unos instantes frente a la entrada principal del Instituto y suspiró. El edificio lo miraba desafiante. Tenía una estructura circular, vista desde el aire se asemejaba a una turbina de avión, con un círculo exterior de un blanco inmaculado y una estructura cónica interior, donde estaban los laboratorios de alto nivel. Oles trabajaba en el anillo exterior, analizando, procesando y estabulando millones de datos que provenían de los experimentos, para hacerlos comprensibles. Pasó toda la mañana nervioso, deambulando por el edificio en busca de un encuentro fortuito con Claire, que tenía su despacho en la última planta de la estructura cónica, similar a la Torre Swiss Re, de Norman Foster, en Londres, pero con la característica estética blanca futurista con que están dotadas las obras del arquitecto español Santiago Calatrava. Tras algunas averiguaciones, el encuentro se produjo en la zona
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    150 aledaña a lacafetería central, donde a veces los altos cargos iban a comer, en un intento, tan efectivo como engañoso, de aparecer como uno más, de hacer grupo, aunque la realidad es que ni eran parte del grupo, ni querían serlo. —Buenos días Señora Williams —, saludó Oles a Claire, visiblemente nervioso. —¿Qué ocurre…? —. —Oles. Oles Czerniak —. —Dime Oles, ¿qué ocurre? —, preguntó Claire en un tono frío y distante, pero dándose cuenta del nerviosismo mal disimulado de Oles. —Me ha llegado una carta para Usted a mi buzón, Señora Williams —, dijo Oles, entregando un sobre con matasellos de Columbus, Ohio. Kolya había pedido a uno de los amigos que habían hecho en Columbus que le devolviera por correo el contenido de una carta que le había enviado, de esta forma le daban verosimilitud a la comunicación, pues sabía que Claire conocería su paradero. —Bien Oles. Gracias. ¿Qué tal va el trabajo? —, preguntó Claire. Ante todo era una profesional y su indiscutible liderazgo pasaba por preguntar a los demás investigadores, eso le confería una posición dominante en la relación. —Bien Señora Williams. Gracias —, dijo Oles, sin mantener el contacto visual. Aquella mujer lo intimidaba. —Gracias Oles, sigue así —, dijo Claire dirigiéndose hacia su despacho con el sobre en la mano. Oles se quedó tembloroso, como sin fuerzas. La seguridad en sí misma de aquella mujer era apabullante. La miró mientras se alejaba. Vestía un traje de chaqueta blanco con camisa en tonos azules y zapatos de tacón también azules. Lucía un pelo rubio lacio, recogido con un broche de pequeñas gemas de zafiro azul, como símbolo de poder. Con su metro setenta, incrementado por los tacones y su mirada intimidante se había ganado la fama de macho alfa, pues salvo los más altos directivos del Instituto, contados con los dedos de una mano, cualquier hombre que se había enfrentado a ella había salido derrotado. Era la viva encarnación de la lideresa del antiguo pueblo guerrero de Las Amazonas, a las que Herodoto llamó “asesinas de varones”. Claire llegó a su despacho y abrió el sobre. Dentro había una nota que decía: “Hola Claire, como sabes hemos pasado por algunas dificultades con todo este asunto de la energía cuántica. He tenido tiempo de reflexionar y comprender que debemos trabajar en equipo y que debo seguir las indicaciones del Instituto a la hora de dar a conocer los avances logrados. Sin vuestra ayuda no puedo desarrollar mis investigaciones y vosotros sin mi ayuda no podréis desarrollar un nuevo sistema de obtención de energía que he creado, basado en el anterior pero mil veces más potente. Me gustaría volver a trabajar juntos, pero debemos llegar a un
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    151 acuerdo para queme deis permiso para desarrollar desinteresadamente un sistema muy limitado, pero que pueda llevar a los países pobres. Podría ser una buena publicidad para el Instituto. ¿Qué opinas? Si quieres hablar díselo a Oles, él sabrá ponerse en contacto conmigo. Sin rencor. Fdo. Kolya”. —“Mil veces más potente…” —, aquellas palabras retumbaban en la cabeza de Claire. Ella era la responsable de ese proyecto y sería ella quien se llevara el mérito si lograba controlar al ruso. “Mil veces más potente…”. —Señora Williams, están aquí los directivos de Techniques Corporation Inc —, anunció la secretaria de Claire entreabriendo la puerta de su despacho. —Ahora no —, respondió Claire, sin moverse. Estaba de espaldas a la puerta, de pie frente a la cristalera desde la que podía observar gran parte del Instituto, con el sobre en la mano. —Pero Señora Williams, tienen una cita con Usted…—, dijo nerviosamente la secretaria. —Llévatelos a visitar las instalaciones —, ordenó Claire. —Bien, como diga Señora, …pensé que era una reunión importante y… —, trató de explicar la secretaria, interrumpida por Claire. —Ven a aquí —, ordenó Claire. La secretaria caminó hasta donde se encontraba su jefa, que seguía mirando a través de la amplia cristalera. —No vuelvas a cuestionar mis órdenes —, dijo Claire. —No Señora, yo simplemente pensé…—, balbuceó la secretaria. —Di “sí Señora Williams” —, ordenó Claire. —Sí Señora Williams —, obedeció la secretaria. —No quiero visitas ni llamadas en toda la mañana —, dijo la jefa. —Sí Señora Williams —, contestó la secretaria. —Bien, ¿ves cómo no es tan difícil? Sal y haz lo que te he dicho —. La secretaria salió del despacho y Claire se quedó reflexionando acerca de aquella agradable sorpresa que había recibido. Al igual que hacía cada vez que tenía que tomar una decisión importante, puso música clásica barroca en su sistema SoundDock inalámbrico de Bose y sus pensamientos iban y venían, fluían con los contínuos de Bach. Pros y contras,
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    152 fortalezas y debilidades,oportunidades y amenazas. Si algo le caracterizaba era por pensar a lo grande. Ella sabía que siendo conformista seguiría siendo una investigadora del montón; ahora era una persona de relevancia en la industria, pero no era suficiente. Obligaría al ruso a patentar junto con ella su sistema de obtención de energía cósmica a través de la teletransportación cuántica, luego, en alguno de los viajes del científico a África o a alguna aldea perdida de Suramérica sufriría un fatal accidente. El mundo sería suyo. Decidió aceptar la propuesta de Kolya. Claire hizo llamar a Oles a su despacho y le informó que deseaba hablar con Kolya. —De acuerdo Señora Williams, en cuanto Kolya contacte conmigo le informaré de su decisión —, dijo Oles, saliendo del despacho. Oles llegó a su casa bastante inquieto. Su naturaleza no convivía bien con el conflicto y aquella situación lo descolocaba, pero al mismo tiempo estaba orgulloso de hacer lo que consideraba correcto, de tomar un riesgo por una vez en su vida. —¡Kolya, ha dicho que sí! —, dijo Oles según entraba por la puerta. —Gracias Oles, gracias por tu ayuda —, dijo Kolya serenamente, pues él ya sabía cuál iba a ser la respuesta de Claire. Siempre que metes un plátano en la jaula de un mono el resultado es el mismo —pensó—. —¿Cuándo vas a ir? —, preguntó Sofía, preocupada. —No habrá respuesta hasta dentro de unos cuantos días, es una forma de mantener el control de la negociación. ¿Oles, tienes días de vacaciones pendientes de disfrutar? —, preguntó Kolya. —Sí. No he cogido vacaciones en lo que va de año. ¿Qué quieres que haga exactamente? —, preguntó Oles, con la respiración acelerada. Kolya sabía que aquel asunto superaba a su amigo y no quería bajo ningún concepto exponerlo a ningún peligro, por lo que procedió a desplegar en el tablero sus piezas conforme había ideado. —Cuando te pregunte Claire le dices que te ha llegado un email mío y que me has informado de su decisión, pero que no sabes nada más. También quiero que hables con los de Recursos Humanos y pidas vacaciones para la semana que viene. Invéntate cualquier excusa, algún tema familiar, lo que sea, pero no quiero que estés en California la próxima semana. …Oles, querido amigo, te compensaré por esto te lo prometo, estarás en mi equipo cuando todo esto pase —, dijo Kolya. Oles suspiró. —No te preocupes Kolya, de todas formas no parece que tenga mucho futuro aquí. Sigo de becario y voy camino de ser el abuelo de los demás becarios —, bromeó Oles. Los tres rieron.
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    153 —Sofí, en cuantoa ti…—dijo Kolya, parándose a media frase, pues Sofía lo fulminó con la mirada. —En cuanto a mi ¿qué? —, dijo ella. —Sofi, solo quiero decirte que esto puede ser peligroso. No querría que te pasara nada —. —Soy mayorcita. Además yo tampoco quiero que te pase nada, será bueno para ti poder contar con apoyo, …y yo también quiero estar en tu equipo cuando todo esto pase —, dijo sonriendo Sofía. —Eres lo mejor que me ha pasado, mis padres estarían orgullosos… —, dijo emocionado Kolya. Kolya y Sofía se fundieron en un eterno abrazo. Lloraron, se besaron y continuaron abrazados tan fuerte que hasta se hacían daño. Nadie podía vencerlos. El amor mira desafiante hasta a la misma muerte y ésta, acostumbrada a imponer su miedo, retrocede ante un enemigo más fuerte. Paradójicamente, pasaron unos días muy tranquilos, quizás por la determinación interior, quizás por fuerzas insondables, el miedo desapareció de sus corazones, nada debían temer, pues ya lo habían conquistado todo. Oles, por el contrario, pasó aquellos días en medio de un gran desasosiego, evitando en el trabajo la amenazadora presencia de Claire Williams, a la que había tenido que comunicar que había trasladado la información a Kolya, y haciéndose a la idea cuando llegaba a su casa de que su vida iba a cambiar para siempre. Su amigo Kolya le infundía valor y confianza, pero el resultado de todo aquello era incierto, y su mente inconsciente no dejaba de recordárselo. En una pirueta del destino, el mismo catorce de junio en que La Rata partía hacia el aeropuerto de regreso a España, Kolya entraba en el edificio del National Institute for Nanotechnology Research, como si tomara el relevo de aquella batalla del bien contra el mal que se estaba librando. Era su turno, y no podía fallar. —¡Señor Boronov, que alegría verle! ¿Qué tal su estancia en España? —, preguntó una de las recepcionistas del Instituto, ajena a la oscura realidad que envolvía su mundo. —Muy bien, gracias —, dijo Kolya sonriendo, concentrado en mantener en todo momento una respiración diafragmática, necesitaba máxima concentración en su conversación con Claire y de esa forma mantendría las emociones a raya. —Toros, paella… —, dijo en español la sonriente recepcionista.
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    154 Kolya le sonrióde nuevo —Paella, mucha paella —, dijo señalándose la barriga. — Necesito hablar con Claire Williams, pero no tengo la tarjeta de acreditación aquí —, explicó Kolya. —Sabe que sin tarjeta no puedo dejarle entrar, señor Boronov —, dijo la recepcionista, cambiando el semblante. —Lo sé —, dijo Kolya sonriendo y tocando con su mano la de la recepcionista —avise a la Señora Williams, por favor —. —Señora Williams, está aquí el Señor Boronov, dice que… sí, sí…, sí Señora Williams —, dijo la recepcionista a través de su sistema de comunicación inalámbrica Plantronics Backbeat. —Tiene Usted autorización de nivel uno, señor Boronov. La Señora Williams le está esperando —, dijo la recepcionista entregando una tarjeta totalmente transparente a Kolya. — Tiene que pasar el escáner de retina al llegar al nivel uno señor Boronov… —. —Sí. Lo sé, gracias —, dijo Kolya entrando en el edificio. Por un momento se detuvo y suspiró. Pensó en su padre, pensó en Sofía. Pensó en todas las personas que dependían de que él cumpliera su tarea y avanzó hacia el despacho de Claire Williams. Kolya pasó a través del anillo exterior del Instituto, saludando a muchos de sus compañeros, que, al parecer, pensaban que él estaba de vacaciones o bien que había vuelto a España a investigar. Le resultó muy entrañable pasar a través de esa burbuja de aparente normalidad. Haber sido objeto de un intento de asesinato y estar inmerso en una persecución propia de espías se había convertido ya en parte de su vida, y lo aceptaba, pero seguía añorando la cotidianidad de su trabajo en el laboratorio. La secretaria personal de Claire saludó a Kolya con una sonrisa nerviosa: —Pase, señor Boronov, la Señora Williams le está esperando —. Kolya entró en el despacho y vio a Claire de pie, apoyada en su escritorio, con las manos sobre su regazo, mostrando una impecable manicura. Estaba radiante, como siempre, luciendo una sonrisa perfecta, de anuncio de televisión. —Querido Kolya, ven aquí —, dijo Claire acercándose a Kolya, poniendo sus manos sobre los hombros y dándole un beso en la mejilla, demasiado cerca de la boca, o al menos eso pensó Kolya. Ella estaba desplegando su estrategia, a sabiendas de que la persuasión que una mujer atractiva puede ejercer en un hombre no se supera con ningún discurso… A menos que ese hombre esté en un nivel estratégico superior. Y Kolya lo estaba. —Hola Claire —, sonrió Kolya, tratando de tener dominio de la situación —Tenemos que aclarar las cosas, echo de menos trabajar en el laboratorio con normalidad —.
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    155 —Claro Kolya. Puedeque en el pasado haya habido algún malentendido derivado de no coordinar la política de comunicación, pero de los errores se aprende, ¿no? —, dijo la rubia directiva. Tanto Kolya como Claire sabían que era un absurdo nombrar el intento de asesinato, pues ella lo iba a negar, mostrándose sorprendida y no iba a ayudar para nada en el desarrollo de los planes que cada uno tenía para con el otro. Así se jugaba en primera división —pensaba Kolya —, ocultando las emociones en su gatera, dejándolas salir sólo en el momento de dar el zarpazo letal. —Claire, tengo ideado un nuevo sistema de captación de energía, mucho más potente que el anterior. Se puede multiplicar por cientos, incluso por miles la capacidad de obtención de energía, minimizando la potencia necesaria para poner en marcha el sistema. Es como tener una máquina de hacer billetes, se pulsa el botón y punto —, sonrió Kolya. Él sabía que la metáfora de la máquina de hacer billetes había sonado absurda, pueril, pero también sabía que esa información la procesaría el subconsciente de Claire de una forma bien distinta. —¿Se basa también en atrapar neutrinos? —, preguntó Claire. —Se basa en el mismo sistema. Los neutrinos son inatrapables, pero nos obsequian con su infinitesimal cantidad de energía cinética, que, teniendo en cuenta la velocidad con la que viajan, aun siendo casi imperceptible su masa, nos permite mover los fotones a un nivel increíble, y focalizar parte de esa energía en mi sistema almacenador de energía —, explicó Kolya. —¿Parte de esa energía? ¿No decías que era muy potente? —, preguntó Claire. —Claire, estamos hablando de energía cósmica. Es tan poderosa que es capaz de hacer desaparecer un sistema solar entero en una milésima de segundo. Créeme, a partir de ahora la obsesión del ser humano por la obtención de energía será algo que se estudie en los libros de historia. Te mostraré como funciona —, dijo Kolya metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar una memoria flash. Por un momento Claire tensó sus músculos. Detrás de aquella fingida cordialidad podía haber un intento de venganza. Hasta que Kolya no sacó el dispositivo USB, Claire no relajó la vigilancia. A su vez, Kolya leyó totalmente el lenguaje corporal de la Jefa de Proyectos e hizo un esfuerzo por no mostrar él ningún gesto de tensión muscular en su cara. Aquella batalla acababa de comenzar, y si bien ambas partes sabían que estaban en los momentos de tanteo, como se hace en el primer asalto de un combate de boxeo, era de vital importancia infundir en el otro la máxima confianza posible, al menos para Kolya, cuya estrategia pasaba por la credibilidad de su exposición. Claire insertó el dispositivo de memoria en su proyector Woxter de última generación, y proyectó la presentación en una pantalla que bajó automáticamente del techo. Los primeros
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    156 minutos de lamisma consistían en un vídeo que mostraba las fuentes de energía utilizadas hasta la fecha, sus pros y sus contras, y exponiendo la dependencia que el ser humano como especie tenía de la energía, sin la cual nos convertiríamos en una especie animal más, en la lucha con el resto de animales por la propia supervivencia. De esta forma, se iba introduciendo al espectador en el contexto adecuado sobre las explicaciones científicas que vendrían más adelante. Claire tamborileó con los dedos sobre la mesa, impaciente por ver lo que había preparado Kolya. En el fondo de su ser ya se había visto a sí misma como la persona más influyente del planeta, portada de la revista Time, poderosa. Inexpugnable. —A ver si no dura mucho esta basura comercial —, pensó Claire. Kolya estaba pendiente con su visión periférica a los micro movimientos de ella. Sonrió para sus adentros al ver el nerviosismo de la Vicepresidenta de Investigación y Desarrollo y Jefa de su proyecto. En cierto modo, disfrutaba viendo a la todopoderosa Claire Williams tratando de dominar su agitación, pero lo que verdaderamente le interesaba era comprobar si se había tragado el anzuelo. Una vez que terminó el vídeo de presentación, Kolya se puso a un lado de la pantalla y comenzó a explicar su sistema de obtención de energía. A través de los gráficos y las fórmulas expuso una versión creíble de su sistema mejorado. Claire era Doctora en Ciencias Físicas, pero no tenía, ni de lejos, el nivel de conocimiento sobre la física de partículas de Kolya, quien deliberadamente se detuvo en el desarrollo matemático de una de las fórmulas que permitía el supuesto almacenamiento masivo de la energía, mil veces más rápido que en el sistema anterior que había desarrollado, a través del movimiento infinitesimal de las partículas. Él sabía que ella no podría entender aquel desarrollo matemático, erróneo en su formulación, pero lo explicó una y otra vez con verdadera pasión. Aquello le daría credibilidad. —He comprendido el sistema, Kolya, sigue con el resto de la presentación —, mintió Claire. —Pues bien —, continuó Kolya, —a través de estas micro láminas de grafeno conducimos la energía al condensador situado en la parte inferior del sistema —, explicó Kolya. —Necesitaremos algún tipo de almacenamiento para el posterior procesado de la energía, supongo. ¿Aire líquido? ¿Baterías inerciales? —, preguntó Claire. Kolya sonrió. —El viento solar nos arroja sobre la tierra partículas a seiscientos millones de kilómetros por hora. Los neutrinos viajan a velocidades en torno a los mil millones de kilómetros por hora. Hay energía suficiente para no tener que almacenar nada. Esas velocidades nos proveerán de una energía constante e ilimitada. Hasta ahora no sabíamos cómo atrapar toda esa cantidad de energía que literalmente nos atraviesa de forma permanente. Ahora sí sabemos. Es normal tener un esquema de pensamiento relativo a un período anterior a mi investigación, de igual forma que hubo que cambiar las formas de pensar cuando se descubrió cómo utilizar la energía del vapor de agua en la revolución industrial, o cómo transportarla a través de la red eléctrica en el siglo XX, pero con esto todo cambia. Nada
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    157 será igual eneste planeta. La energía será un recurso gratuito —, dijo Kolya, arrepintiéndose de haber pronunciado su última afirmación. Había cometido un fallo por permitirse superar el umbral que se había fijado para su emocionalidad. Claire lo miró con gesto serio, apretando los labios. —Me refiero que será gratuito en un futuro lejano, por supuesto, cuando lo considere el Instituto, que primero tiene que recuperar la inversión, lógicamente —, trató de arreglarlo. —Kolya, con tanta cantidad de energía, ¿no habrá una sobreproducción?, ¿puede haber riesgo de reacciones en cadena? —, preguntó Claire, aún con gesto serio. —No Claire, porque nosotros controlamos la cantidad de fotones entrelazados que van a alimentar el sistema —. —Supongo que lo del grafeno es por su extraordinaria conductividad, ¿no? —, preguntó Claire. —Sí. Me gustaría empezar a trabajar con este material, pero para ello necesitamos algunos acuerdos de colaboración. Si tú los apruebas claro —, dijo Kolya para tranquilizar a su jefa. —Dime una cosa, Kolya, ¿qué ocurre si tenemos un exceso de energía y queremos reducirla, cómo desenlazamos los fotones? —. —Realmente este sistema es tan sencillo que produce asombro. La única razón por la que el ser humano no había llegado hasta él es por falta de la tecnología necesaria. Llevamos menos de un siglo haciendo uso de la tecnología informática y ya estamos en este nivel, me pregunto en qué nivel tecnológico estarán nuestros vecinos en la galaxia…—, divagó Kolya. —Si es que existen —, matizó Claire. —Claire, sólo la Vía Láctea tiene en torno a trescientos mil millones de estrellas. ¿De verdad piensas que estamos solos? —, dijo Kolya. —¿Cómo desenlazamos los fotones? —, repreguntó Claire. Para ella era una pregunta importante; si se iba a deshacer del ruso, debía asegurarse de controlar el sistema a voluntad. —Como te decía, Claire, el sistema es muy sencillo. Las partículas estarán confinadas en potentes campos magnéticos. Simplemente hay que dejarlas ir y ya está, seguirán su camino por la galaxia y nosotros podremos bajar el nivel de energía —, explicó Kolya. —¿En cuánto tiempo puedes tener listo este sistema, Kolya? —, preguntó Claire. —En dos meses, quizás tres —. —Bien. Comienza a trabajar —, ordenó la jefa.
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    158 —Primero tenemos quefirmar algunos acuerdos. Necesito que me autorices a utilizar un sistema de capacidad reducida, pero que pueda llevar a países pobres, sin competencia para el Instituto. Pequeñas centrales, ya sabes, para bombear agua de los ríos y proveer de electricidad. Creo que podemos sacar a la gente de la pobreza sin afectar nuestros intereses — , solicitó Kolya. —¿Nuestros intereses? —, rió para sus adentros Claire. —Personas pobres, que viven en la miseria y salen de ella gracias a nuestra contribución… Interesante publicidad. Además, cuanto mayor sea la clase media, más clientes, más dinero, más poder…—, pensó Claire. —Tienes mi palabra —, dijo ella por fin. —De acuerdo, mañana mismo empezaré con el proyecto. Hoy necesito descansar un poco, me voy al motel —, dijo Kolya. Claire se acercó, volvió a besar a Kolya en la mejilla, cerca de sus labios, y susurrándole al oído le dijo: —Mi querido Kolya, he dispuesto todo para que no tengas que ir a ningún motel a descansar, tienes preparada una dependencia aquí en el Instituto. Así que puedes empezar a trabajar hoy mismo —. —¿Qué? No, Claire. No me quedaré aquí a dormir —, dijo Kolya. —Si sales del Instituto, encontrarás a tu nueva amiguita sin vida. Conmigo no se juega, Kolya —, dijo Claire. Kolya y Claire se miraron a los ojos en un choque de trenes. Él había subestimado la dureza de aquella mujer, y su inteligencia. Durante unos minutos hubo silencio absoluto. La tensión amenazaba las líneas rojas de la negociación. Aquel era uno de los momentos de la verdad que a Claire le hacían sentir viva, una de sus mayores victorias. Kolya, sin embargo, se encontraba confuso. Aquella circunstancia lo había cogido totalmente desprevenido y no veía una respuesta clara a la situación. Si se enfrentaba a Claire, ésta podía cumplir su amenaza y tomar acciones contra él. En los niveles en que se movía Claire, con intereses de miles de millones de dólares por medio, no se encontraría enfrente a sicarios de tres al cuarto, esta gente contaba con verdaderos profesionales, de los que te podías encontrar en el supermercado y jamás sospecharías nada. Por otro lado, si se quedaba, pronto quedaría en evidencia que no tenía un sistema de producción energética tan potente como el que había expuesto. Sospechaba que en cuanto no fuera de utilidad, tanto él como Sofía estarían en grave peligro, sin embargo, tal como estaban las cosas, la única opción que le quedaba era ganar tiempo. —Claire, sé razonable. No creo que tus amenazas propias de la mafia ayuden en nada. Tenemos un trato. Yo colaboro en desarrollar un buen sistema de producción de energía que gestionará el Instituto, y luego me dedico a mi tarea altruista sin afectar a tus intereses, ¿no te parece justo? —, dijo Kolya.
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    159 —Querido Kolya —,comenzó diciendo Claire, con la mano apoyada en el hombro de Kolya. La naturalidad con la que ella trataba a los demás como objetos de su propiedad asqueaba a Kolya, pero no hizo ningún gesto que ella pudiera interpretar como hostil, su posición en el tablero se había visto debilitada por un mal cálculo de una jugada del contrario. —A estas alturas ya debes saber —, prosiguió Claire —que esto es muy serio, y tú no has jugado limpio en el pasado…—. —Tú tampoco has jugado limpio en el pasado —, la interrumpió Kolya, quitándole la mano del hombro, rememorando el intento de asesinato que sufrió. —Sé buen chico y pórtate bien. Te prometo que tendrás lo que pides y podrás irte con tu amiguita a los más pestilentes rincones del planeta, a jugar con tu maquinita de la energía, pero durante los próximos dos meses me perteneces. El control lo tengo yo. Ese es el trato. Lo tomas o lo dejas —, dijo Claire, aunque tanto ella como Kolya sabían que ella no aceptaría una negativa. —Está más chiflada de lo que pensaba, pero es muy peligrosa —, reflexionó para sus adentros Kolya. —Dame unos minutos para pensarlo —, dijo por fin. —Claro, niño malo —, dijo Claire, haciendo una broma que únicamente era graciosa en su universo distorsionado de la realidad, a la vez que pasaba la mano por el pelo de Kolya. —¡No vuelvas a tocarme! —, pensó en decir Kolya, pero ninguna palabra salió de su boca. —Quiero que envíes a España a la persona que me ha acompañado, y quiero tener una video conferencia y constatar que está bien —, dijo Kolya, arrepintiéndose al instante. Le había dado una pista de lo que era importante para él, aunque quizás a esas alturas ya estaría más que claro para Claire. —Esa mujer se quedará en California, pero tienes mi palabra de que no le pasará nada si colaboras. Tú y yo hablaremos con Oles y así sabrás que está bien —, respondió secamente Claire, imponiendo de nuevo su voluntad. Poco a poco, su presa iba cediendo. —No sé… necesito garantías sobre nuestra seguridad personal —, dijo Kolya. —Mira Kolya, si yo hubiera querido, Sofía y tú ya estarías muertos. Yo también he reflexionado y quiero que colaboremos. ¿Qué más garantías quieres que el hecho de estar aquí hablando conmigo? —, dijo ella. Kolya se quedó anonadado. Claire sabía el nombre de Sofía. Toda su estrategia se vino abajo de un plumazo, había subestimado a su rival. Estaba en sus manos… aunque quizás no del todo, pues era evidente que ella no estaba negociando por afinidad personal, o lo que ella entendía por negociar. Sospechaba que estaban teniendo problemas en el Instituto
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    160 para llevar ala práctica el desarrollo de sus investigaciones. Aquello al menos le daría algo que tenía infinito valor dadas las circunstancias. Le daría tiempo. —Esta bien Claire, juguemos a tu manera… —, dijo finalmente Kolya. —Buen chico. Ahora quiero que me acompañes a uno de los laboratorios, tengo algo para ti…—. Claire condujo a Kolya hasta el laboratorio de nanorrobótica. El control de la energía le daría muchísimo poder, pero la pasión de Claire era la nanotecnología robótica. El tamaño de los dispositivos era invisible y en muchos casos indetectable, y su obediencia al creador, incuestionable. Sin duda, eran el sueño de sus maquinaciones internas. Kolya, por su parte, comenzó a experimentar todo tipo de síntomas de una situación de estrés extremo. Comenzó a sentirse muy mal físicamente, le sudaban las manos y le temblaban las piernas. Ni siquiera su mente entrenada era capaz de contener las reacciones de defensa de su mente inconsciente, que identificaba todo aquel mundo de la nanotecnología robótica con la causa de un inmenso sufrimiento. —No puedo, Claire —, dijo Kolya apoyándose con las manos sobre sus rodillas, tratando de respirar. —¿Qué te pasa? Tenemos un trato, tu cumple tu parte, y no pasará nada —, dijo ella. —¿Por qué me quieres llevar al laboratorio de nanorrobots? Claire, no puedes…—. Claire miró a Kolya, y por primera vez se compadeció de él. Ella siempre había luchado por sus objetivos en la vida de una manera implacable, y no se permitía ceder a la emocionalidad, pues le resultaba una forma de debilidad, pero en el fondo de su ser, un ancestral instinto le decía que aquel chico tenía algo especial. Por primera vez, dudó en si llegaría a ordenar su asesinato. —¿Tienes miedo, Kolya? —. —Sí. —. —Ven, quiero enseñarte algo, pero no debes temer nada. Si quisiera eliminarte, ya estarías muerto, y si quisiera hacerlo a través de los nanorrobots, también lo estarías. Hemos mejorado mucho últimamente —dijo Claire con un gesto de orgullo, —los nanorrobots de composición molecular metálica son cosa del pasado, Kolya. La biotecnología nos ha abierto un nuevo campo en el que yo no creía demasiado, pero que es fascinante. Hemos desarrollado nubots, ¿sabes lo que son? —, preguntó Claire con la emoción de un niño al abrir un regalo en Navidad. —No —, acertó a decir Kolya, reafirmándose en la creencia de la peligrosidad de aquella mujer, carente de empatía emocional. Sin duda se trataba de la rara combinación
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    161 genética de dosfactores que de vez en cuando se produce en el mundo y que da lugar a los psicópatas más siniestros y brillantes a la vez; la falta de empatía por ausencia de alguna proteína o neurotransmisor específico, sin duda producto de un error en la recombinación genética, y la brillantez intelectual. —Los nubots son nanorrobots de ácido nucléico, son circuitos biológicos transportados por viroides submicroscópicos, y lo más importante es que podemos programar y controlar los viroides mediante ondas de radio. Es impresionante, ¿no crees? —. Kolya se limitó a sentarse en el suelo y tratar de realizar respiraciones completas diafragmáticas para comenzar a controlar su propia mente. No respondió. —Venga, levántate. No es bueno que te vean ahí —, dijo Claire, ayudando a levantarse a Kolya y llevándolo a un despacho vacío en el área de nanorrobótica. —¿Necesita algo, Señora Williams? —, preguntó una investigadora que se cruzó con ellos en el pasillo. —No se preocupe, es una pequeña lipotimia. Traiga un vaso de agua con azúcar a ese despacho de ahí —. —En seguida —. Claire sentó a Kolya en una silla del despacho, satisfecha por saberse poseedora del control de la situación, y emocionada, al menos en el nivel de emoción que ella era capaz de permitirse, al explicar su trabajo. Si aquel ruso cabezota fuera capaz de ver lo que ella estaba construyendo para el futuro, quizás podría dejarlo colaborar. Claire era lo suficientemente inteligente para saber que debía rodearse de las mentes más brillantes del planeta siempre que pudiera usarlas a su voluntad, y Kolya era una de ellas. —La gente cree que los avances más importantes del siglo XXI vienen de la mano de la tecnología informática, de la miniaturización de componentes—, continuó Claire con su explicación —pero estos son sólo medios para llegar a dominar algo increíblemente poderoso: el poder computacional de la vida. La biotecnología es rama de la ciencia que más sorpresas va a producir en los próximos años, porque la complejidad de un sistema testado durante miles de millones de años es asombrosa, pero no nos habíamos percatado de ello. Y estamos empezando a dominarlo, Kolya. No te imaginas lo que eso supone —. La investigadora que fue a por el agua con azúcar entró en el despacho. —Aquí tiene Señora Williams —, dijo, quedándose unos instantes para ver si podía ayudar en algo. Era nueva en el Instituto y no conocía a Kolya, pero una cosa si había aprendido nada más llegar: jamás le lleves la contraria a Claire Williams, jamás, si quieres seguir trabajando aquí. Y aunque no le tenía ningún miedo a la Jefa, pues se había criado con tres hermanos en Wichita,
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    162 en el estadode Kansas, y había aprendido a no temer a nadie, seguía el consejo. Todos lo hacían. —Siga con su trabajo, y cierre la puerta al salir —, ordenó Claire, sosteniendo la mirada a la investigadora, que asintió y salió del despacho. —Claire, puedo ayudarte en tus investigaciones, pero necesito que confíes en mí. No puedo trabajar si sé que estoy prisionero —, dijo Kolya. —Querido Kolya, los acontecimientos nos marcan la pauta. Por ahora no quiero correr riesgos innecesarios. Sólo quiero que estés un par de meses aquí, desarrolles tu sistema de producción de energía y quizás pueda convencerte para que sigamos colaborando en el futuro, créeme, el campo que estamos estudiando es algo inimaginable. Creemos juntos la energía, cede una parte, como tú deseas, a los más pobres, sin que afecte a los intereses del Instituto y luego vuelve a investigar aquí, no habrá un lugar en el mundo con nuestros recursos. Dejemos el pasado en el pasado —. Por un momento, las palabras de Claire hicieron dudar a Kolya. Era una controladora patológica, eso estaba claro, pero también era de las pocas personas en el mundo capaz de poner a trabajar a un equipo hasta conseguir un objetivo. Su sistema dictatorial eliminaba muchas de las barreras burocráticas y lucha política dentro de los grandes laboratorios. El Instituto producía más resultados que cualquier otra institución de su nivel en el mundo, y todo era gracias a la forma en que Claire imponía orden. Por otro lado, los investigadores brillantes que la obedecían, obtenían de ella protección sin límites y podían investigar en las mejores condiciones posibles. Kolya había intentado arrogarse el fruto de su trabajo, sin tener en cuenta que sin las instalaciones y los colaboradores que le proporcionaba el Instituto su idea se hubiera quedado en el plano de lo teórico. —Muéstrame lo que estás haciendo —, dijo finalmente Kolya con una doble sensación. Por un lado sentía como si se estuviera traicionando a sí mismo y a Sofía por ser condescendiente con la persona que había intentado matarlo, pero por otro lado, Claire logró contagiarle de nuevo la indescriptible sensación que tiene todo científico cuando se asoma a un nuevo campo de conocimiento que está mostrándose ante sus ojos, como un buscador de tesoros que acaba de desembarcar en una isla remota, con el mapa del cofre de las riquezas en su mano temblorosa por la emoción. Claire sonrió, suavizó el gesto, algo que sólo hacía con Kolya, y le indicó, —sígueme — . Salieron del despacho y tras pasar varios controles, análisis de voz, identificación del iris y ADN del aliento, accedieron a una zona que Kolya no había visto nunca. El laboratorio donde él había trabajado, si bien contenía la última tecnología, se parecía bastante a otros laboratorios que había visitado, científicos con batas blancas, ordenadores, cables y máquinas
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    163 por doquier, salasde procesado de datos, etc. Sin embargo, aquel lugar era diferente, estaba extrañamente ordenado, limpio, impecable. Debía ser algún ala de experimentos no declarados, experimentación pura, sin restricciones —pensó Kolya —. Tuvieron que ponerse una especie de traje de lluvia, pero que se pegaba al cuerpo, el propio tejido de movía y se adaptaba a la forma de quien lo llevaba, y cubría toda la superficie del cuerpo, incluido los zapatos, hasta el cuello. También pasaron por una fina lluvia de gas. —¿Qué demonios es esto…? —, preguntó Kolya, observando extrañado cómo el traje iba adquiriendo la forma de su cuerpo. Claire sonrió. —Es tejido vivo. Está formado por miles de millones de bacterias, que colaboran con nosotros —, dijo Claire mientras le guiñaba un ojo —impedirán que cualquier virus o bacteria que pudieras portar contamine los laboratorios. —¿Pero en la cabeza no llevamos traje…? —, preguntó Kolya, observándose con detenimiento las manos, muy de cerca, impresionado al ver cómo el traje fluctuaba mediante pequeños pulsos ocupando todos los pliegues y cavidades. —También están en tu cabeza —, dijo Claire, de nuevo con una sonrisa. Kolya estaba desconcertado. El magnetismo de la Jefa y la capacidad del Instituto lo tenían obnubilado, aunque sabía que no podía morder aquella manzana envenenada, o lo pagaría caro. Llegaron a una de las salas, en la que se encontraban varios investigadores que saludaron con la cabeza al ver entrar a Claire. El ambiente era muy profesional, pero más distendido con ella que en el resto del Instituto. Allí estaban sus niños mimados. Kolya pudo ver varias urnas de cristal, como peceras de corte futurista, de un cristal, o lo que fuera aquello, robusto, pero de una transparencia desconocida. Del propio material de la pecera salían unos finos hilos también transparentes que unían las peceras en sí y que iban a parar a un panel que había en el otro extremo de la sala de investigación. Sobre las peceras estaban suspendidas unas lámparas, parecidas a las de un quirófano, aunque Kolya pudo distinguir en ellas, no sólo luces LED, sino todo un sistema de captación de imágenes, y probablemente un sistema de grabación de toda la escala en que las ondas se manifiestan, aunque no sean percibidas por el ojo humano, desde ondas de radio hasta rayos gamma, pasando por los ultravioleta y los infrarrojos. A Kolya le entró la curiosidad por ver en qué manera obtenían datos de lo que fuera que había dentro de las peceras, y sobre la marcha se le ocurrió varias maneras adicionales de obtener información, a través de la medición del comportamiento a escala subatómica de la materia. —¿Qué es lo que hay en las peceras? —, dijo Kolya, observando que dentro de la pecera había una especie de edificio también transparente, pero con distintos tonos de color según la zona, y distintos objetos, sobre los cuales parecía haberse derramado alguna sustancia, parecida a la espuma de la cerveza, pero de un color marrón.
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    164 El investigador queestaba con ellos en ese momento se rió —¿Peceras? —, esto sí que es bueno, dijo. Kolya entendió, porque él era también investigador, que cuando un científico se mete de lleno en una investigación, se aísla en cierta medida de la realidad, porque aquello parecían peceras, sin duda. —Bueno, pero ¿qué es? —, insistió Kolya. El científico lo miró como si la pregunta estuviera fuera de lugar, —es un hongo mucilaginoso plasmoidal, como claramente puede apreciarse —, finalmente dijo con un gesto de desagrado final. Para él la respuesta era tan obvia que le ofendió la pregunta. Kolya, por su parte, pensó que los físicos no eran los científicos más excéntricos como él creía y como pudo comprobar. —Un hongo mucilaginoso plasmoidal… claro —, dijo Kolya no sin cierta sorna. —Kolya ven —, ordenó Claire, intentando contener la sonrisa en el rostro por el túnel argumental en el que casi había estado a punto de meterse Kolya —ese investigador es probablemente el biólogo más importante del mundo, aunque él no lo sabe. Es un especialista en el estudio de la inteligencia de los hongos, son lo más importante en su vida. Eso unido a sus escasas, o inexistentes, habilidades sociales no lo hacen especialmente recomendable para tener una charla a la hora del té… —, explicó Claire. —¿Tu gran descubrimiento es el estudio de los hongos? —, preguntó Kolya. No terminaba de pillar la idea de aquello que tanto emocionaba a su antigua jefa. —Ven. Quiero enseñarte algo —, dijo Claire. Claire llevó a Kolya a otra sala donde una científica estaba trabajando con bacterias. —Disponga el experimento básico con el paramecio —, ordenó Claire a la científica. Una vez que la investigadora preparó el experimento, Kolya y Claire permanecieron atentos a una pantalla de ordenador, que mostraba la imagen del experimento a tamaño aumentado. Lo que Kolya pudo ver fue un líquido en un recipiente en forma de estrella de mar, donde en cada uno de los brazos de la estrella había una forma diferente, en uno un cuadrado, en otro un triángulo, etc. Dentro de la diminuta estructura había un mini submarino navegando a buena velocidad de un lado a otro. —¿Es un nanorrobot? —, preguntó Kolya. Claire miró a Kolya levantando una ceja. —Se ve que no has mirado nunca a través de un microscopio —. —Cosas vivas no —, dijo Kolya.
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    165 —Es un paramecio—. —Claire, ¿vas a empezar tú también como el otro científico? ¿Qué es un paramecio? —, preguntó Kolya. —Pues eso, querido Kolya, es un animalito de una sola célula —, dijo Claire. —No es un robot, entonces… —. —No. No lo es —, dijo Claire —es un protozoo muy común. Muy conocido desde el siglo diecinueve por la comunidad científica. Suele vivir en los charcos de agua dulce, así que te has tropezado con ellos muchas veces. Este es un Paramecio Aurelia. Dile hola —. A Kolya le sorprendió que Claire estuviera de tan buen humor, dadas las circunstancias. —¿En qué líquido está nadando? —, preguntó Kolya. —Agua —. —¿Y en qué consiste el experimento exactamente? ¿En ver cómo nada nuestra pequeña Aurelia? —, dijo Kolya, algo cansado de tanto preámbulo. A Claire le encantaba aquella actitud contestataria del ruso. El placer de dominar a una mente rebelde era insuperable. Lo miró con una mirada intensa, llena de emociones contenidas, entre las que se encontraba quizás el deseo. —¿Ves la forma de la gota de agua? —dijo finalmente Claire. —¿Es sólo una gota? Pues sí que es pequeño —, dijo Kolya. —Sí, es una gota. El proceso de evaporación natural irá consumiendo la gota, ¿qué hará entonces nuestra pequeña Aurelia? Desde luego cada uno de los paramecios es diferente, procesan la información a distintas velocidades, pero siempre llegan a donde quieren —. —¿Procesan la información? ¿de eso se trata todo esto, de información? —, pensó Kolya, sin decir nada. A través de la pantalla del ordenador, vieron cómo la gota de agua comenzaba a menguar. El paramecio comenzó a moverse más y más deprisa, impulsado por los microscópicos cilios que recubrían la membrana que conformaba su cuerpo. En un momento dado, comenzó a cambiar de forma. Se alargó, se hizo puntiagudo y comenzó a romper con la punta de su cuerpo la tensión superficial de la gota, saliendo fuera de ella, buscando quizá otra extensión de agua más abundante. Tras comprobar que fuera no había agua, y tras unos instantes en que el animal pareció pensárselo dos veces, retrocedió y entonces comenzó a nadar hacia todos los extremos de la gota de agua, que había sido depositada en un recipiente especial, lo que le confería aquella extraña forma de estrella. El paramecio recorrió todos los
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    166 extremos hasta quefinalmente se quedó en un de los brazos de la estrella, uno que tenía una forma ovalada. El pequeño animal adoptó entonces la forma aproximada de un óvalo y allí esperó, sin moverse, sin gastar ni una pizca más de energía, hasta que el agua finalmente se evaporó del todo, dejando inmóvil al animal. —¿Has visto? —, preguntó Claire, con una mirada brillante por la emoción. Kolya estaba a años luz de comprender lo que la jefa estaba tratando de explicarle. — He visto a una bacteria nadando —, respondió Kolya, dubitativo. Claire puso el vídeo a doble velocidad y explicó a Kolya lo que ella quería que él viera. —Mira —, dijo —¿no ves la cantidad de decisiones que está tomando el animal? Primero trata de salir de la gota de agua, al ver que no hay más agua fuera, vuelve hacia dentro, busca, y encuentra el sitio más idóneo para esperar a recibir más agua, por lluvia o por cualquier otra circunstancia. La forma ovalada es la de mayor volumetría de agua, Kolya, y además adopta una forma en la cual las paredes de la menguante gota quedan más lejos de su membrana —. —Desde luego, la vida está llena de ejemplos de supervivencia —, dijo Kolya, todavía confuso. —Kolya, quiero que me respondas a una sencilla pregunta —dijo Claire. —Es evidente que el animal ha tomado decisiones, pero dime ¿Con qué sistema nervioso, con qué cerebro, ha procesado el paramecio la información? —, preguntó Claire ahora muy seria, mirando fijamente a los ojos a Kolya. La pregunta que parecía sencilla se transformó rápidamente en un reto mental imposible, un acertijo sin respuesta, —bueno, recibe estímulos químicos… —, acertó a decir Kolya, aún tratando de encontrar la respuesta a la pregunta. —Sí, los recibe, pero ¿me puedes decir con qué cerebro la procesa? ¿cómo toma las decisiones? —, preguntó de nuevo Claire. Kolya no tenía respuesta. El hecho de que los animales y las plantas se mueven se da por sentado, pero nunca se había parado a preguntarse dónde radica la inteligencia de los animales sin sistema nervioso, o de las plantas. De repente comprendió la magnitud de la investigación de Claire, descubrir el poder computacional de la materia, y que por lo visto debía ser de proporciones infinitas comparadas con los ordenadores actuales era todo un reto de consecuencias inesperadas. Se sintió como Charles Darwin en el momento en que se dio cuenta de que toda su teoría se había estado desplegando ante sus ojos, esperando a ser descubierta. —Mira este vídeo de la embriogénesis, Kolya —, dijo Claire.
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    167 En el vídeose podía ver, en cámara ultra rápida, cómo un óvulo fecundado se convertía en dos células, luego en cuatro, y así sucesivamente en un proceso acelerado de segmentación. —¿Es un embrión humano? —, preguntó Kolya. —Sí —, contestó Claire. —A las noventa y seis horas ya las células están formando tejidos, con funciones específicas, allí donde se los requiere. ¿Me puedes explicar cómo saben qué deben hacer, qué tejido han de formar? ¿Y qué forma ha de tener cada uno? —. —Es información genética —, respondió Kolya, aunque más que una respuesta era el inicio de una nueva pregunta en su cabeza. —Es evidente que es información genética, pero párate a pensar el nivel de capacidad de computación que hay que tener para dar forma a toda esa cantidad de información. No se trata de la información que contiene la hélice de ADN, sino de cómo se procesa esa monstruosa cantidad de información. Todas las células tienen potencialmente la información completa, tienen el libro completo, pero sólo ejecutan una mínima fracción de la colosal obra, ¿qué es lo que procesa la información?, ¿cómo saben exactamente qué minúscula porción de la información han de utilizar y en qué sentido específico? Nuestros más potentes ordenadores son auténtica basura comparado con este potencial. —¿Quién o qué procesa la información?, ¿quién es el director de orquesta? —, pensó Kolya, dándole vueltas al interrogante en su cabeza. —Ven. Quiero mostrarte de lo que son capaces los hongos. Y te recuerdo que carecen de sistema nervioso, así que, cuando veas esto, quiero que me respondas a la pregunta: ¿cómo lo hacen? —, dijo Claire, caminando de nuevo hacia la zona de los recipientes transparentes, hacia las peceras. —Te presento al Dr. Kaori Takuro, es un ex alumno del profesor Toshiyuki Nakagaki, quien dirigió los experimentos con Moho mucilaginoso, en la Universidad de Hokkaido, en Japón —, señaló Claire. —Encantado —, dijo el Dr. Kaori. —Doctor, explíquele a Kolya en qué consiste la inteligencia de este Moho, por favor —, pidió Claire. —¿Por favor? —, pensó Kolya. Realmente respetaba a aquel científico. —Bueno, como ya le ha contado Claire, el profesor Nakagaki dirigió unos experimentos de este extraño animal… —, comenzó a explicar el biólogo, interrumpido por Kolya. —¿Animal?, ¿no es un moho? —, preguntó Kolya.
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    168 El Doctor Takurosonrió, —en realidad no. Se reproduce por esporas, pero se trata de una especie de ameba, que cuando considera actúa como individuo, pero lo más normal es que se asocie a miles de otras amebas como ella y formen una estructura sólida, con comportamiento unitario. Hay varios experimentos que indican claramente que este moho está dotado de inteligencia. ¿Es Usted español? —, preguntó Takuro. —Sí —, respondió Kolya. —Pues uno de los experimentos se ha realizado sobre el mapa de carreteras de su país, señor Kolya. Se trata de lo siguiente: sobre una superficie lisa, con el mapa de su país, aunque también se ha hecho con estaciones de metro de ciudades importantes, alcanzando siempre el mismo resultado sorprendente, se sitúa alimento en donde se ubican en el mapa las principales ciudades, por ejemplo un trocito de avena. Luego se coloca al moho en el mapa. Pues bien, lo que hace el moho es comenzar a crecer, se desplaza creando una especie de tentáculos que buscan el alimento. Al cabo de unos días, voilà, tenemos trazado el diseño de comunicación entre los puntos de alimento, las ciudades, más eficiente posible, con conexiones con el centro y entre ellos, de tal forma que si se corta una vía de suministro de alimento, que simbolizan las carreteras o el trazado de metro, o de tren, tenemos vías alternativas, pero siempre de la forma más eficiente desde el punto de vista energético, igualando y superando sesudos cálculos de los mejores ingenieros a la hora de trazar las rutas, bien sea de líneas de metro, carreteras, etc. —, concluyó Takuro. —Muy interesante —, dijo Kolya —lo desconocía —. —Háblale de la memoria del moho —, pidió Claire. —Bueno —, comenzó Takuro, —hay muchos experimentos, todos con resultados sorprendentes. Para comprobar si el moho tenía memoria se le puso alimento y se le dejó avanzar hacia él; cada día, a una determinada hora, se le ponía una fuente de luz, la cual detesta, lo que hacía retraerse al moho, huyendo de la luz. Pues bien, pasados unos días así, se le dejó avanzar al moho libremente, y ¿sabe qué?, el moho seguía retrayéndose a la hora en que en el pasado le habíamos proyectado luz, aunque ésta no estuviera presente. También es capaz de trazar el camino de salida de un laberinto en busca de comida, recordando los caminos no válidos, y todo ello sin sistema nervioso. Ni una sola neurona —, explicó Takuro. —Fascinante —, dijo Kolya. —Gracias Doctor Takuro —, dijo Claire —Kolya, ven por aquí —, ordenó, llevándolo al panel de ordenadores. —No te he traído a aquí para que vieras un documental del National Geographic —, continuó —los experimentos del profesor Nakagaki se conocen hace tiempo, pero en lo que nadie había reparado es en el poder computacional de la materia viva. Nosotros lo hemos hecho y no solo eso, estamos empezando a utilizar esa capacidad de procesamiento de datos. Estamos avanzando mucho en crear la interfaz entre el ordenador y el moho, y los
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    169 resultados son inimaginables,la capacidad de la materia viva de procesar información es millones de veces superior al ordenador más potente conocido. Kolya nos estamos adelantando un siglo a nuestro tiempo. Imagina lo que vamos a conseguir con esto —, dijo Claire, poniendo su mano sobre el antebrazo de Kolya. —¿Por qué me cuentas todo esto? —, preguntó Kolya. —Nuestros ordenadores están colapsados con el volumen de datos que el interior de la materia está generando, el ordenador puede leer los procesos internos del moho, pero no los comprende. No entendemos esta nueva forma de matemática. Necesitamos un especialista en física de partículas, pensamos que la información se procesa de forma cuántica dentro del moho. Kolya, ayúdanos a desarrollar los algoritmos que utilizan estos procesos y tendrás todo lo que anheles. Tienes mi palabra —, dijo Claire, ejerciendo, sin darse cuenta, presión en el brazo de Kolya. Kolya se quedó dubitativo durante unos instantes, con la mirada perdida. Su corazón bondadoso y su mente curiosa y brillante lo impulsaban a trabajar allí, a olvidar el pasado. Quizás podría llevar una vida normal en California, con Sofía. Siempre juntos, siempre felices. —Lo veo en tus ojos, sé que trabajarás con nosotros —, dijo Claire, interrumpiendo los pensamientos de Kolya. Éste se limitó a mirarla con rostro inexpresivo, analizando la propuesta, valorando la información y luchando entre dos deseos contrapuestos, el de investigar y vivir allí con Sofía y el de alejarse de aquella mujer que había intentado matarlo, y de todo el turbio mundo de intereses que manejaba. El ser humano tiene la extraña habilidad de creer en aquello que quiere creer e imaginar un futuro a la medida de sus deseos, es la forma que tiene la mente de liberarse de la pesada carga que supone comprensión de la crudeza del mundo, carga que únicamente lleva sobre sus espaldas esta especie de mono listo e inmaduro en que nos ha convertido la existencia. —Lo que propones es muy interesante, Claire —, dijo Kolya, retomando cierto control sobre sí mismo y recordando que debía generar confianza en aquella mujer, pues era la única forma que tenía para acceder a los datos de su investigación en el ordenador del Laboratorio de Fotónica, donde se encontraba la máquina diseñada según su modelo teórico. —Claro que lo es. No le des más vueltas, necesitas descansar. Haremos una cosa, comienza a trabajar en el proyecto de la producción de energía cuántica y a lo largo de estos tres meses tomaremos las decisiones adecuadas —, dijo Claire, tomando a Kolya por los hombros y frotándolos suavemente, en un gesto afectivo, mecánico, pero en este caso no carente de cierto cariño. —Claire, me voy a descansar con mi pareja. Mañana estaré aquí a las ocho de la mañana y comenzaré a trabajar. No voy a quedarme a dormir aquí —, dijo Kolya.
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    170 —¿Tanto necesitas aesa enfermera de tres al cuarto? Kolya, quédate aquí, haremos grandes cosas juntos —, respondió Claire, inexplicablemente dejando ver parte de sus motivaciones al descubierto. Kolya pensó en Sofía. Ella era la vida para él, cada célula de su cuerpo flotaba en un estado etéreo de felicidad cuando estaba con ella, como si comprendiese de golpe el sentido del universo sin necesidad alguna de pensar. Levantó la cabeza y mirando con gesto serio a Claire, dijo: —Claire, me voy. Mañana nos vemos —. El primer impulso de Claire fue liquidar al ruso. Ella tenía sus propios planes para la estancia de Kolya en el Instituto, y lo único en lo que él pensaba era en aquella mujer… Estar al máximo nivel en la investigación implicaba renunciar a ciertas cosas, el amor, con su torbellino químico podía arruinar la carrera científica de una mente brillante. Si ella hacía ciertos sacrificios por estar en lo más alto, ¿quién era Kolya para pretender tenerlo todo? Afortunadamente —pensó —, tenía la capacidad de dominar sus emociones, por eso estaba por encima de los demás, de lo contrario Kolya sería ya historia. Claire miró también muy seria a Kolya, —Te pondré un marcador GPS en la uña. Esta investigación es muy importante y quiero saber dónde estás —, dijo finalmente. —¿Un marcador GPS? —, dijo Kolya frunciendo el ceño a la vez que movía la cabeza hacia los lados. —¡Kolya no me jodas! Sabré dónde estás durante los próximos tres meses. Tu investigación es de máximo nivel, no me gustaría enterarme de que vas por ahí compartiendo secretitos… El marcador es un conglomerado nanométrico, no se nota. Se inserta en la base de la uña de forma indolora y me dará la posición exacta en cada momento. A los tres meses, la uña habrá crecido lo suficiente y el dispositivo será expulsado. Hasta ese momento, me va a ayudar con los proyectos que hay en marcha, y espero convencerte para que después sigas aquí, pero comprende que tengo que tomar ciertas precauciones —, dijo Claire. Kolya sabía que aquella mujer no bromeaba, y había demasiado en juego como para cometer un error. Si le daba la suficiente confianza a Claire, tendría acceso a los datos y luego se iría, pero permitir que le insertara algún tipo de dispositivo en el cuerpo era demasiado peligroso. —Claire, hasta mañana —, dijo por fin Kolya, caminando hacia la puerta del laboratorio. Decidió retomar parte del control de la situación, y equilibrar un poco la estructura de fuerzas. Kolya sabía que de todos modos, ella tendría el control, y sabría dónde se encontraba, incluso era posible que ya tuviera dentro de su cuerpo algún dispositivo de rastreo insertado a través de la piel, o del vaso de agua que tomó. Sin embargo, decidió vencer el miedo a una reacción severa por parte de aquella mujer, brillante y maquiavélica. Claire se le acercó con gesto serio, mirándolo a los ojos, puso su cara a un centímetro de la de Kolya y permaneció así varios
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    171 segundos, que aKolya le parecieron una eternidad. Enfurecer a aquella mujer era algo que podía costarle la vida. En ese momento sintió miedo. Claire puso la mano en la zona genital de Kolya. Quizás fue la limpieza de la mirada de Kolya lo que la excitó, quizás sus rasgos limpios, simétricos, o su cuerpo joven y delgado. Por un instante se lo imaginó con aquella enfermera, haciendo el amor, al margen de su control. La resistencia de su presa convirtió la caza en un millón de veces más interesante, tan interesante que ardía en deseos de empezar aquella etapa de tres meses, en que Kolya sería suyo o de nadie. Besó a un petrificado Kolya en la boca, pasando su lengua por debajo de los labios de él y le dijo en un tono tranquilo, casi en un susurro: —Está bien, Kolya. Tú ganas. Nos vemos mañana aquí. Pero antes de que te vayas quiero darte un consejo: No cometas ni un solo error. Conmigo no se juega —, dijo Claire, separándose del cuerpo de Kolya. Él se dirigió sin decir nada a la puerta del laboratorio, aturdido. Necesitó sentarse en un banco de la calle, fuera del Instituto, durante más de media hora hasta recobrar las fuerzas. CAPÍTULO -18-. Kolya llegó esa tarde a la casa de Oles, taciturno. Su vitalidad estaba en un nivel mínimo. Necesitaba digerir toda la emocionalidad de la experiencia vivida y procesar la inmensa cantidad de información recibida. Quizás debía contar con la ayuda que aquella mujer le estaba concediendo, quizás si no mordía la mano que lo iba a alimentar podría vivir feliz con Sofía en aquel precioso lugar. El dinero no sería problema, pues los investigadores del National Institute for Nanotechnology Research, en California, eran los mejores pagados del mundo. Esa era una de las maneras que Claire tenía para conseguir obediencia por parte de sus subordinados. Sofía estaba en el porche de la casa de Oles mordiéndose las uñas, bastante preocupada por la tardanza de Kolya. Sabía que él se había metido directamente en la guarida del lobo, y que iba a tratar con la mujer que meses antes había intentado asesinarlo. No le gustaba nada aquella situación, pero algo en su interior le decía que debía confiar en Kolya. Definitivamente, confiaba en él. Por fin vio llegar un taxi amarillo. Tenía que ser él. Cuando lo vio bajar del coche, suspiró. Por primera vez en horas pudo tomar una bocanada completa de
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    172 aire fresco. Laidea de perder de su lado a aquel hombre le aterraba, había encontrado en él a un hombre de verdad, y no la pura fachada, el disfraz de hombre que llevaban los chicos que ella había conocido, meras ovejas siguiendo los dictados de los medios. Cuerpos de gimnasio, banales conversaciones sobre objetos de consumo, que lejos de ser poseídos por nosotros son esos objetos quienes guían nuestra vida, los que nos obligan a salir cada mañana a competir en un mundo con el alma de plástico, vacío, alejándonos cada vez más de aquella persona que en realidad somos, y que tiene sus ilusiones enterradas, pisoteadas por la prisa de la multitud que nos juzga para que sigamos avanzando a trompicones en un camino que no es el nuestro, y dándonos cuenta de ello únicamente cuando ya es demasiado tarde para rectificar. Kolya era diferente, era capaz de jugarse la vida por aquello que consideraba justo y beneficioso para los que menos tienen. Ella admiraba a aquel hombre, a su amigo, a su compañero, a su amor y a su amante. Sofía corrió por el jardín delantero de la casa y se fundió en un abrazo con Kolya. Oles pudo observar desde la ventana de la cocina lo mucho que se querían Kolya y Sofía. Estuvieron abrazados un buen rato, hasta que entraron en la casa de la mano. Sofia no podía contener las lágrimas y los sollozos, habían sido demasiadas horas de contenida emocionalidad. Kolya, por su parte, estaba feliz y exultante en su pensamiento, pero exangüe en lo emocional. Había pasado aquella difícil prueba. Y si bien Claire le sorprendió con el conocimiento de la existencia de Sofía, ahora era evidente para él que jamás hubiera podido acceder a los laboratorios del Instituto sin pagar un mínimo peaje, no con aquella mujer. El peligro existía, pero aquel día había tenido la impresión de que un nuevo comienzo era posible, debía elegir entre vivir su sueño, y esta vez con Sofía o por el contrario efectuar un movimiento sorpresa antes de que aquella depredadora desplegara su verdadero poder. Claire había sembrado la duda en su interior. —Kolya no has dicho una sola palabra desde que has llegado, ¿qué ocurrió allí dentro? —, preguntó Sofía mientras preparaba unos sándwiches; ninguno de los dos había comido en horas, y una vez que se había pasado la espera, el hambre hizo aparición con una ferocidad animal. —Ha ido todo bien —, dijo Kolya —Claire me ha ofrecido trabajar en el proyecto de la energía y quiere que le ayude también en otro proyecto que están desarrollando, así que podré acceder a los datos de mi investigación —. El tono plano con que Kolya habló desconcertó y preocupó a Sofía. —Sé que ha ido bien porque estás aquí, pero no eres el mismo. Tienes la mirada baja y estás triste. Si hay algún problema quiero saberlo, tengo derecho —, dijo Sofía. —Ella sabe que tú existes —, respondió Kolya. —¿Cómo es posible? —, preguntó Sofía.
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    173 —Si sabe queSofía existe, entonces también sabrá que yo… —, dijo Oles. —Sí, amigo. Sabe que estamos en tu casa. Quizás prolongue mi investigación algo más de lo esperado, pero en cuanto vea la mínima señal de peligro te avisaré, Oles. Juro que te compensaré por esto —, dijo Kolya, apesadumbrado por meter a su amigo en aquel juego. Todavía tenía muy presente lo que le había pasado a Jerry en Columbus. —Quizás deberías irte, no sé —, dijo Kolya mirando al suelo. —Tienes que tener una cosa clara, Kolya: yo sabía lo que habías pasado y sin embargo te ofrecí mi casa. Soy mayorcito y sé lo que hago, a un amigo no se le deja tirado. Así funciono yo… además, el futuro Premio Nobel de física necesitará un ayudante ¿no? —, dijo Oles sonriendo para quitar un poco de tensión. Kolya lo miró y sonrió ligeramente. En aquella casa se encontraban dos personas que se estaban jugando la vida por seguir a su lado. La vida, al fin y al cabo, lo estaba premiando. Y él se sentía feliz por ello. —¿Dices que vas a prolongar la investigación? —, preguntó Sofía, extrañada. —Sí, me gustaría trabajar un poco de tiempo sobre el proyecto que están desarrollando sobre la inteligencia de la materia viva, me ha parecido impresionante. Puede que algún día forme parte de ello en algún otro laboratorio o aquí —, dijo Kolya. —¿O aquí? —, preguntó Sofía, tratando de llegar al fondo de un argumento que era nuevo para ella. —Sofi estoy agotado. No puedo dar más por hoy. Mañana es viernes, iré al Instituto y te lo explicaré todo el fin de semana —, dijo Kolya en un tono casi inaudible, de verdadero agotamiento. Sofía entendió la situación emocional de su compañero en aquel momento: —Claro, cariño —, dijo, besando en la mejilla a Kolya. El viernes de aquella semana transcurrió con más normalidad de la que Kolya había pensado. Apenas vio a Claire en todo el día, cosa que le extrañó, aunque sin duda ella tendría preparados métodos de control más allá del contacto físico o visual. Sorprendentemente, Kolya pudo trabajar sobre su antiguo sistema, y la acogida del equipo fue muy buena, era casi como volver a los buenos tiempos. El Instituto tenía diferentes sistemas de control de acceso, y a la zona de los laboratorios de nivel uno no podía introducirse ningún dispositivo, ni ordenadores, ni móviles, ni siquiera una llave de memoria Usb. Asimismo, cualquier conexión a internet era chequeada por el sistema, permitiendo únicamente la bajada de datos, no la subida. Kolya no lo tendría fácil para sacar de allí su complejísimo sistema de ecuaciones, salvo en la única memoria que portaba al entrar y salir: su cerebro. Ya se le ocurriría algo, de momento no quería pensar demasiado en ello, simplemente se dejó llevar. Se centró en hacer distintas pruebas sobre la máquina de producción de energía mediante fotones entrelazados, modificó parámetros y consiguió pequeñas reacciones en cadena, que, sin embargo, no lograban activar
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    174 el proceso talcomo lo había conseguido una vez en aquel laboratorio. Su mente se concentró tanto en los procesos que pasaron varias horas antes de que fuera consciente de los estímulos externos a la investigación; su mente había alcanzado el estado de flujo, en que es el subconsciente, mil veces más potente que la mente consciente, el que había tomado el control, suprimiendo cualquier información no relevante para la tarea que está realizando. Estaba en ese estado de máximo perfeccionamiento, y la sensación que Kolya estaba teniendo era de felicidad y relajación, como si estuviera realizando una tarea sencilla y muy placentera. La realidad, vista desde fuera de la mente de Kolya es que los colaboradores hacía rato que no podían seguir los cálculos que éste hacía y que no había parado ni comido nada en cuatro horas. —Por eso me quería Claire…, no son capaces de producir las reacciones en cadena. La vibración de todos los fotones no es coherente y no ha masa crítica para provocar un baile sincronizado, sin el cual no habrá reacción en cadena, y gastaremos más energía de la que vamos a producir…—, mascullaba Kolya, moviéndose frenéticamente entre las distintas pantallas de ordenador, que le daban datos diferentes según iba modificando los patrones. —Señor… Boronov —, dijo uno de los jóvenes investigadores, nuevo en el proyecto. Doctor Cum Laude en la universidad y aprendiz y becario en aquella institución. Kolya no le hizo ni el menor caso. Los otros tres integrantes del equipo, incluido Greg McLinden, jefe del proyecto en ausencia de Kolya, estaban apoyados en una de las mesas situadas detrás de la consola de ordenadores. Se lo estaban pasando en grande observando como el becario trataba sin éxito de hablar con Kolya. Al fin y al cabo, era viernes y estaban de muy buen humor. Finalmente, el becario zarandeó sin miramientos a Kolya, y éste se asustó, lo cual provocó carcajadas en los miembros del equipo. —¡Qué ocurre! —, dijo Kolya, sorprendido por ver a sus colegas riéndose. Tardó unos segundos en hacerse una composición de lugar, en traer de vuelta a su mente desde el mundo de las ecuaciones. No es que no hubiera hecho caso al becario cuando le había hablado previamente, simplemente no lo había visto ni oído, su mente inconsciente no lo interpretó como una amenaza y no le pasó la información a la mente consciente, con el objetivo de centrarse en la tarea. —Señor Boronov, ya no queda casi nadie en el edificio, son las dos y media y queríamos preguntarle si nos podemos ir ya… —, preguntó el becario. Kolya miró a Greg y volvió a mirar al becario, frunciendo el ceño, molesto por haber sido desconcentrado de su tarea, —¡Yo que sé! Pregúntale a Greg… además, no me llames Señor Boronov joder —. El becario miró a Greg, el antiguo jefe, y éste abriendo los brazos y mostrando la palma de las manos, elevando las cejas y con una sonrisa pícara en la cara espetó: —Kolya, tú tienes el mando, nos lo ha dejado bien clarito Claire —.
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    175 —Haced lo queos dé la gana… —, dijo Kolya, volviendo la cara para seguir revisando datos de los ordenadores. Greg se dio cuenta de que su colega estaba molesto, con lo que se sentó a su lado y en un tono amigable, poniendo la mano sobre el hombro de Kolya le dijo: —Bienvenido Kolya. Te echábamos de menos. Sé que estás ansioso por completar tu experimento, pero todo lleva su tiempo. Hoy nos has tenido al margen de tus pensamientos y creo que debemos funcionar como equipo. Creo que es mejor que descanses el fin de semana y retomemos todo esto el lunes…—. Kolya se tomó unos segundos para reflexionar, miró a Greg y luego al becario, y finalmente añadió: —Lo siento, el lunes organizaremos la metodología de trabajo. Que tengáis buen fin de semana, yo me quedaré un rato más —. El becario hizo un gesto con la mano, restando importancia al asunto. —No puedes Kolya. Órdenes de la jefa. Debemos irnos —, añadió Greg. —¡La jefa es la jefa! Supongo que estos fotones nos esperarán al lunes… —, dijo Kolya sonriendo y comenzando el proceso de cierre de los sofisticados programas. Lo último que le convenía era llamar la atención o generar cualquier tipo de polémica, por muy pequeña que fuera. Esa tarde, Kolya y Sofía fueron a pasear al precioso lago cercano a la casa de Oles. El Shorline Lake era un espacio precioso, repleto de actividades lúdicas, desde redes para jugar al voley playa sobre el césped hasta piraguas, barquitas a pedales y tablas de windsurf. La luz del atardecer bañaba las aguas en calma mientras centenares de garzas se arremolinaban en uno de los extremos del lago, disfrutando del precioso día veraniego. El paseo contiguo al lago, de cemento gris acompañado por una franja de césped bien cuidado les recordó sus paseos a lo largo del Río Scioto, en Columbus. Los dos iban en silencio, abrazados por la cintura, sumidos en sus propios pensamientos. Ambos sabían que tenían una conversación pendiente, pero ninguno de los dos deseaba por nada del mundo estropear la relación que tenían. Por fin, Sofía rompió el hielo. —Kolya, ¿cómo te ha ido el día? —, preguntó. —Muy bien, el equipo me ha arropado desde el primer momento, y ha sido muy gratificante volver a tener contacto con el laboratorio —, respondió Kolya. —Sabes que tenemos que hablar sobre lo que comentaste, ¿verdad? —, dijo Sofía. —¿Qué quieres saber? —, respondió Kolya bastante incómodo, no con Sofía sino con el hecho de tener que lidiar con una situación así. Hasta ahora, jamás había tenido que depender de nadie para tomar sus propias decisiones. Esto era nuevo para él.
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    176 —Kolya lo sabesmuy bien. Ayer mencionaste la posibilidad de investigar aquí…—. —Sí —, dijo Kolya. —Cariño, sabes que eso no es posible —, dijo Sofía. Kolya no respondió. Se quedó un largo rato en silencio, pensando. Aquel entorno, la brisa trayendo el olor del agua y de la vegetación, con el único sonido de fondo de las aves y la rojiza luz del atardecer hacían de aquel un momento especial para poner en orden sus pensamientos. —Quiero lo mejor para ti. Para los dos —, dijo Kolya en voz baja, jugando con una ramita de junco entre los dedos. —Lo sé. Cuéntame lo que te han dicho, necesitamos tomar las decisiones juntos y para ello tengo que tener la información. Lo entiendes, ¿verdad? —, preguntó Sofía. —Me han ofrecido trabajar aquí, en el nuevo proyecto. Mira este lugar Sofi, ¿no te imaginas viviendo aquí para siempre? —. —Kolya estás cometiendo un grave error —, dijo Sofía, mirando a Kolya, quien tenía la mirada gacha, en la vegetación que bordeaba el camino. No miró a Sofía. Seguía procesando información tan rápido como podía. Lo único que tenía claro es que estaba en un callejón emocional, y eso era mucho más complicado que sus sistemas de ecuaciones, las cuales dominaba. —Me han ofrecido seguir trabajando en el Instituto y a la vez poder aplicar parte de los conocimientos en la ayuda a los pueblos más pobres. Me gustaría poder dotarles de energía gratuita suficiente para obtener agua de los acuíferos del subsuelo, para cultivar. Hay muchísima agua ahí abajo que no puede utilizarse por carecer de medios y de energía suficiente para subirla a la superficie. Creo que podemos erradicar el hambre, al menos. El Instituto cree que es una buena publicidad para ellos y están dispuestos a ayudarme. —, dijo Kolya. —Eres un ingenuo, me alegro de estar aquí en este momento. Sin duda me necesitas —, dijo Sofía. Kolya no contestó. —Esa mujer no es el Instituto —, prosiguió Sofía —no significas nada para ella. En cuanto tenga lo que quiere, o en cuanto descubra que no es posible obtener la energía en las cantidades que le has dicho…—. —Sentémonos allí —, dijo Kolya, señalando unos bancos vacíos junto a los juncos.
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    177 Kolya permaneció ensilencio un largo rato, observando el agua en calma, siguiendo con la mirada el nadar tranquilo de un pato de vistosos colores verde y plata. Con su mano acariciaba la de Sofía, que también permanecía en silencio, dejando que Kolya aclarara su mente. No quería perderlo, pero tampoco estaba dispuesto a ver cómo aquella codiciosa mujer lo destruía delante de sus ojos, y como no deseaba condicionar las decisiones de Kolya más allá del mero consejo, la decisión estaba clara, ella debería marcharse si Kolya decidía continuar en ese laboratorio. Trató de no llorar para no influir en las decisiones de él, y aunque su corazón se estaba rompiendo al ver que el sueño podía desvanecerse, se juró a sí misma que jamás haría sentir mal a aquel hombre. No llorar, poner buena cara, independientemente de lo que sintiera por dentro, eran gestos de amor que ella sabía que debía ofrecer en aquel momento. —Qué bonito es este sitio, ¿verdad? —, dijo Kolya, abstraído en sus pensamientos. —Sí. Lo es —, contestó Sofía. —Hubiera sido una vida perfecta aquí. Contigo…—, dijo Kolya, contemplando la orilla del lago y jugueteando nerviosamente con los dedos. A Sofía se le encogió el corazón. La ambigüedad de aquellas palabras provocó un dolor tan profundo en la boca del estómago que Sofía se preguntó realmente si podría superar la pérdida de quien había sido su primer amor y quien era, sin duda alguna, la persona con la que quería pasar el resto de su vida. Pensó en preguntarle a Kolya qué había querido decir con aquello, pero el miedo pudo más y permaneció en silencio. Pasado un buen rato en silencio, comenzaron a caminar hacia la casa. En los poco más de dos kilómetros de trayecto permanecieron sin decir una sola palabra, cogidos de la mano, como queriendo transmitir todo aquello que las palabras no pueden. Amor, miedo, duda, determinación…, determinación, duda, miedo, amor… ¿qué hacer? ¿cómo saber a qué emoción se le ha de hacer caso, cuando cualquiera de ellas tiene el poder suficiente para abrumar al intelecto? Todos esos conceptos y preguntas pasaban en un bucle sin fin, sin respuesta, por la mente de aquellas dos personas, marionetas de un destino que se mostraba a cada paso más ambicioso en la realización de algún plan oculto a los ojos de sus ejecutores. En esos momentos en que la mente, abrumada por el poder de la emoción, incapaz de achicar suficiente agua en el bote de la consciencia, en un océano de fuerza obscena, en esos momentos, lo único que los podía mantener a flote era el roce de su piel. Ninguno de los dos quería soltar la mano del otro, pues sería como abandonarse a la corriente. Finalmente llegaron a la casa y allí estaba Oles, preparando algo de comida en la cocina abierta al salón. Sofía tenía el gesto serio y estaba pálida, asustada por no saber qué pasaría en su vida en las próximas semanas. Kolya, por su parte, se había puesto un plazo para organizar sus pensamientos, y ese plazo expiraba en el momento en que llegaran a la casa de Oles. Comprendió que la magnitud de la decisión que quería tomar superaba la
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    178 capacidad racional deque disponía para tomarla, por lo que decidió, según caminaba, asignar un valor numérico a cada uno de los sentimientos y dudas que lo asediaban. Mediante este método, trasladando los miedos y deseos al ámbito matemático pudo manejar mucho mejor la toma de decisiones. También comprendió que las fuerzas que le empujaban a intentar quedarse y vivir feliz allí con Sofía, a intentarlo al menos, y aquellas que le empujaban a huir de nuevo hasta construir un nuevo comienzo eran antagónicas, por tanto era imposible optar por una opción y otra. Los ordenadores no dudan entre un uno y un cero, y ese tipo de razonamiento era el que mejor se le daba a él, por lo que decidió que la opción con una mayor puntuación numérica sería la que haría, sin contemplar ya en ese momento la alternativa, hasta el próximo cruce de caminos. Se alegró de haber tenido aquella idea que le ayudaba a reconducir a su terreno un problema que estaba más allá de su capacidad, y se sorprendió al comprobar cómo cualquier elemento identificado como “Sofía” o “felicidad de Sofía” ponderaba de forma definitiva cada elección. El camino estaba trazado en su mente. —Oles, deja eso que quiero salir a cenar fuera —, dijo Kolya con una mirada de determinación que Sofía conocía. Algo importante se cocía en su interior. Sofía miró a Oles y a Kolya alternativamente. —Pero…, si ya tengo la cena… —, comenzó a decir Oles, interrumpido por Kolya, quien lo miró a los ojos fijamente, no dando lugar a la duda. —Quiero celebrar que he vuelto a trabajar. Quiero hacerlo con mis amigos, y quiero hacerlo ya. Me muero de hambre —, dijo Kolya mirando de forma extraña, fijamente a los ojos. —Pero Kolya, no será mejor… —, comenzó a decir Sofía, interrumpida por un dedo de Kolya en sus labios. —Vamos —, dijo él. En quince minutos habían salido de la casa y estaban en el Volkswagen escarabajo de Oles, camino a una pizzería que solían frecuentar cuando Kolya trabajaba allí. Una vez en el coche, Kolya sacó un trozo de papel y un bolígrafo y escribió una nota que pasó a Oles y luego a Sofía, que decía: “Para en la gasolinera y luego id al baño y revisar vuestra ropa, que esté libre de micrófonos. No digáis nada. Hablad con normalidad hasta que hagamos esta revisión”. Como buen ajedrecista, Kolya comprendió que tenía que pensar en los movimientos posibles de su oponente, como por ejemplo obtener información sobre su próxima jugada. Así lo hicieron, y comprobaron que no tenían micros en la ropa. Una vez en el restaurante, una preciosa pizzería, de cálida decoración, con techos y paredes de madera y velas en las mesas, Kolya comenzó a hablar: —Es muy probable que haya dispositivos de escucha y grabación en la casa de Oles …—. —¡La revisaremos bien! —, interrumpió Oles, indignado.
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    179 —¡No! —, contestóKolya —Utilizaremos esa vía, así como cualquier conversación que mantengamos a través del teléfono móvil para hacer creer a Claire lo que queramos, pero nuestras conversaciones privadas deben ser fuera de la casa. De momento debemos actuar tranquilamente, dándole normalidad a mí trabajo en nuestras conversaciones, pero dentro de una semana tú debes desaparecer, Oles, vete a un sitio seguro. Yo sacaré del laboratorio el contenido de mi investigación y luego haremos público desde un lugar a salvo todo lo que ha pasado. Si seguimos en la sombra somos vulnerables. Debemos dar un solo golpe a nuestro enemigo, pero un golpe letal. Sofía tenía razón, me he cegado por una promesa vacía —. Kolya miró a Sofía a los ojos: —Te pido perdón —. Sofía no pudo decir nada. Se abrazó a Kolya mientras un río de lágrimas de alegría brotaba de sus ojos. La tensión había sido muy grande, pero cada prueba que ponía el destino era superada con nota. —Por cierto Sofi, te ofrecí California, pero puede que tengas que acostumbrarte al clima de Moscú…—, dijo Kolya con una enorme sonrisa, bromeando con Sofía. —¿Allí hay chimeneas, no? —, contestó ella, dando una palmadita en la cara de Kolya, radiante de felicidad. Siempre recordarían aquella cena. Allí, la fuerza de la amistad resultó ser más poderosa que la fuerza de la codicia. Todos tenían claro que estaban arriesgando mucho, pero sabían que ningún acto daría más sentido a sus vidas que aquel que estaban a punto de realizar. Kolya les explicó que con lo único que contaban era con el factor sorpresa, por tanto, lo que debían hacer esa semana era actuar con normalidad, él tendría que sacar del laboratorio el desarrollo matemático completo que hacía funcionar su generador de energía, y Sofía debía saber que seguramente estaría vigilada, sin embargo debía encargarse de tener a punto la embarcación que habían alquilado. Para ello debería salir a correr un rato cada día, y cerciorarse de que nadie la seguía. Una vez en el embarcadero, comprobaría que todo funcionaba y añadiría tantos bidones de combustible como cupieran en la embarcación. El plan era llegar a la Península de Baja California, en Méjico. Una vez allí, Kolya prepararía un comunicado a nivel mundial, dando a conocer íntegramente el resultado de su investigación y los pasos para construir la máquina que habría de traer una nueva era de prosperidad a la humanidad, y solicitaría protección al Gobierno Ruso. Si aquel agente que habían visto en Columbus estaba en lo cierto, tendrían dicha protección. —Quiero brindar por mis amigos —, dijo Kolya alzando su copa de vino. —Brindamos nosotros por ti —, respondió Oles. —Sin personas como tú, el mundo sería un lugar horrible —. —¡Por las personas buenas! —, dijo Sofía.
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    180 Bebieron y charlaronsobre el bien y el mal, el porqué hay personas a quien no le importa nada más que sí mismos y otras piensan en los demás. —Es todo cuestión de química, Kolya. Neurotransmisores, genética. Todo está grabado en nuestro interior. No somos libres en nuestras elecciones —, explicó Oles. —Entonces, ¿cuál es el sentido? ¿qué obra estamos representando? ¿quién es el autor? —, dijo Kolya. —Es una discusión sin sentido. Un bucle —, dijo Sofía. —Ante respuestas que nunca vas a obtener, ¿tiene sentido hacer las preguntas? —. —Es parte de nuestra naturaleza hacer las preguntas —, respondió Kolya. Sofía quiso reconducir la conversación a un asunto más terrenal. —Kolya, ¿cómo vas a sacar la información del laboratorio? Pasas por un escáner detector de dispositivos electrónicos al entrar y salir del Instituto, ¿no es así? —, preguntó. —Sí, es cierto. Tenía pensado memorizar pequeños fragmentos mediante reglas nemotécnicas —, contestó Kolya. —¿Qué reglas? —, preguntó ella. —Canciones, poesías —. Sofía rió, —explícame eso —. —Si soy capaz de asignar un valor a cada sílaba y luego construir una historia o una canción, algo que sea capaz de recordar mi memoria sin riesgo de error, podré luego reconstruir la fórmula descodificando las sílabas. La memoria no es buena recordando datos puros, pero sí historias. Llevamos miles de años recordando historias como especie, se nos da bien —, dijo Kolya. —Insuficiente. Son demasiados datos —, dijo Oles. —No hay otra forma —, respondió Kolya. —Sí la hay —, respondió Oles. —He pensado en todo —, dijo Kolya —Escribir en papel y sacarlo en alguna cápsula dentro de mi cuerpo, pero es como memorizar fragmentos. También he pensado en utilizar la basura para sacar la información, pero en el Instituto tienen su propia planta de tratamiento de residuos. Es un lugar hermético, Oles —. —Kolya, no necesitas únicamente tu formulación teórica, esa ya la tienes y la puedes memorizar. Necesitas los resultados de las pruebas, con todas las correcciones que se han
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    181 hecho hasta llegaral sistema autosuficiente. Son muchísimos datos, no puedes memorizarlo todo —, comentó Oles. —El escáner de entrada y salida es exhaustivo, no puedo pasar ningún dispositivo de memoria, así que tendré que intentarlo —, contestó Kolya. —¿Y si simplemente sales corriendo, ignorando los dispositivos de seguridad? Yo te esperaría con un coche en marcha fuera del Instituto —, dijo Sofía. Kolya miró a Sofía, admiraba su entrega y valor. —Sofi, no llegaríamos ni a un kilómetro. Necesitamos cierto tiempo una vez que salga del Instituto —, dijo Kolya. —Pero algo tenemos que hacer…—, respondió Sofía. De repente se hizo un silencio, iba a ser realmente difícil obtener la información que necesitaban. Kolya y Sofía miraron a Oles que estaba a su vez mirando su copa de vino a través de de la luz de la vela, con una sonrisa en su rostro. —Imagino que queréis oír al genio… —, dijo Oles, tratando de dibujar en su cara un gesto de gran pensador para darle un punto de intriga a su respuesta, aunque le era imposible eliminar la sonrisa del rostro. Kolya y Sofía se miraron, su amigo podría tener la solución. —¿Oles, sabes cómo sacar la información? —, preguntó Kolya. Oles, con su cara de no haber roto un plato, en su ya de por sí rostro aniñado repitió: — Con que queréis oir al genio… —. Kolya y Sofía dijeron al unísono: —Sí, queremos oír al genio —. Oles se tomó unos cuantos segundos para empezar a hablar. Se sentía pletórico, pues por primera vez en la vida, su brillantez como científico iba a ser utilizada para algo real, tangible. Él sabía que había un genio en su interior, pero había topado siempre con el muro burocrático y había sido relegado a puestos de investigador de segunda categoría. —Bueno hay un proyecto en el que trabajé el año pasado. Podría valernos…. —. —Explícate —, dijo Kolya, incorporándose hacia delante y fijando la mirada en Oles. Si éste tenía la solución, podían estar fuera de allí en menos de una semana. En el laboratorio había datos suficientes como para poder desarrollar la máquina en otro lugar. —¿Hay grabadores DVD en los ordenadores del laboratorio de alta seguridad? —, preguntó Oles.
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    182 —Sí, los hay.Se guardan ciertos datos en ese soporte. Pero es imposible sacar un DVD de allí. El escáner de seguridad… —, dijo Kolya, deteniendo las palabras al ver el brillo en la cara de Oles. —¡Lo tienes joder! —, gritó Kolya, exultante. Los otros comensales miraron hacia su mesa y Sofía hizo un gesto a Kolya para que bajara la voz. —Creo que sí. Creo que lo tengo —, dijo Oles. —Hace años trabajé en un proyecto en el laboratorio. De hecho, fue un proyecto que casi me catapulta hacia el máximo nivel, pero tuvimos problemas con la cristalización que no pude resolver y se canceló —. —Cuenta —, dijo Kolya, impaciente. —Los CDs y los DVDs están hechos de policarbonato. El láser del grabador, generalmente de arseniuro de galio, deja su impronta en la capa reflectiva entre las láminas de policarbonato mediante un proceso electroquímico. Para que sea posible, se trata el bisfenol con hidróxido de sodio y ciclohexano, que reprime la tendencia a la cristalización… —, comenzó a explicar Oles, interrumpido por Sofía. —Oles, vete al grano, por favor —. —Es muy sencillo. Queríamos hacer pintura capaz de almacenar datos. Mediante reordenación nanométrica de los átomos de carbono y utilizando un metamaterial en vez del hidróxido de sodio, pudimos grabar datos en una laca que cuesta menos que un caramelo —, dijo Oles. —Entonces lo consiguieron… —, dijo Sofía. Kolya estaba en silencio, procesando la información desde el punto de vista físico-químico para así ayudar a Oles en el problema que hubieran tenido. —No. No lo conseguimos. Aún estamos en pañales en cuanto a los metamateriales, todavía no son estables a temperatura ambiente. En el futuro, el planeta entero será información pura, va a ser increíble. Apenas pudimos conservar la información durante dos horas, luego los electrones comenzaban a experimentar fenómenos como el efecto túnel y la información se desvanecía. Experimento fallido. —, explicó Oles. —¿Efecto túnel? —, preguntó Sofía. —Kolya sabe mucho más que yo de física de partículas, él te lo puede explicar mejor que yo —, dijo Oles. Por un momento, su expresión había cambiado rememorando aquellos años de tanto esfuerzo para nada, durante un instante se entristeció, pero se dio cuenta de que estaba a punto de darle un uso increíble a su descubrimiento. Precisamente por la inestabilidad del material podía ser usado para transmitir información confidencial que haya de destruirse completamente. De repente, su rostro se iluminó, la cantidad de aplicaciones en industria de seguridad o militar podían ser valiosísimas. Todo investigador sabe que los mejores descubrimientos suelen ser un producto residual no buscado de un experimento, pero hace
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    183 falta algo desuerte, como la que él había tenido con la aparición de Kolya y Sofía, pues muchas veces no vemos justo lo que tenemos delante de los ojos. A partir de la siguiente semana se dedicaría al desarrollo del descubrimiento que lo haría mundialmente famoso, ojalá pudiera hacerlo en colaboración con Kolya, ojalá el destino lo permitiera, —pensó Oles—. —¿Qué es el efecto túnel? —, preguntó Sofía a Kolya. —Básicamente consiste en que en física cuántica las partículas no se comportan como nosotros esperamos, tienen mucho sentido del humor. Son como niños… —, dijo Kolya, sonriendo. —Las partículas subatómicas pueden estar en dos sitios a la vez, aparecen y desaparecen a voluntad puesto que se pueden comportar como materia o energía, y a veces se saltan barreras, digamos que algunos electrones disfrutan apareciendo al otro lado de las barreras o túneles en las que se encuentran, ese efecto puede desestabilizar los materiales modificados a escala atómica, haciéndolos inestables, como le ocurrió a Oles —, explicó Kolya. —A ver si lo tengo claro, Oles —, dijo Kolya. —Dices que tienes un material, como una laca que es capaz de almacenar la información durante dos horas… —. —Así es —, contestó Oles. —¿Y tienes acceso a dicho material? —, preguntó Kolya. —Sí. Está en el laboratorio. Yo no paso por tanta seguridad como tú, puedo sacarlo —. —¿Y cómo funciona exactamente? —, preguntó de nuevo Kolya. —Es muy sencillo. Introduciremos el líquido en algún recipiente que no llame la atención, como por ejemplo un bote de perfume…—. —Un bálsamo labial. Será mejor —, apuntó Sofía. —Sí, mejor —, dijo Oles. —Una vez en el laboratorio, debes mojar un DVD con un elemento conductor…—. —Por ejemplo, agua —, dijo Kolya. —Exacto. Luego aplicas la laca y pones el DVD cerca de una fuente de energía, es suficiente con dejarlo unos segundos cerca de una ventana donde dé la luz del sol. Aparecerán en el DVD un poco de polvo gris, es un subproducto de una reacción de Boro, un metaloide, simplemente lo limpias un poco e introduces el DVD en la grabadora. Graba toda la información que necesites y luego retira una fina película de micropolicarbonato, algo parecido a cuando retiramos un plástico protector de cualquier elemento electrónico. Lo puedes doblar y llevarlo en el bolsillo. Ahí tienes toda la información. Hazlo a última hora, para que nos dé tiempo de extraer toda la información antes de que se desintegre la información —. —¿Cómo recuperaremos la información? —, preguntó Kolya.
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    184 —Tan sencillo comovolver a colocar el micropolicarbonato en un DVD y leerlo tranquilamente en nuestro ordenador, una vez ahí, haremos las copias de seguridad y desapareceremos del mapa. Pan comido —, dijo Oles, sonriendo. Kolya alzó la copa de vino y brindó con Oles y Sofía —¡Por un genio polaco! —, dijo con una amplia sonrisa. El día elegido para llevar a cabo todas las acciones coordinadas fue el viernes de la siguiente semana. Si todo salía bien y no eran descubiertos, tendrían dos días de margen para desaparecer. Oles se ocultaría en su natal Polonia y prepararía los detalles y aplicaciones de su experimento de la memoria temporal en el nuevo material durante unos meses, hasta que el panorama se aclarase para poder emprender su carrera de éxito. En cuanto a Kolya y Sofía, deberían llegar hasta la península de Baja California, en Méjico, y una vez allí debían llegar hasta Chihuahua, donde el profesor José Carlos Afonso, amigo de Kolya, los ayudaría a permanecer ocultos hasta que Kolya pudiera ponerse en contacto con el Gobierno Ruso. Aquel agente de aspecto bonachón les había dado la pista de adónde acudir en caso de peligro. Estaba todo preparado. Por fin llegó el viernes, Oles, como siempre, se levantó primero y estaba preparando unas tortitas al estilo americano para desayunar. Kolya y Sofía no tardaron en aparecer en el salón-cocina. Sofía preparó café y los tres se sentaron a desayunar en el porche de la casa. Aquella mañana veraniega había amanecido despejada, el único sonido que había en el ambiente era el melodioso canto de las decenas de pájaros del vecindario, animados por ser época de apareamiento. Los primeros rayos de sol bañaban la mesa situada en el porche de la casa, y un ligero olor floral flotaba en el ambiente. Oles, Kolya y Sofía no habían pronunciado una sola palabra, quizás sumidos en sus pensamientos, en lo mucho que iban a añorar aquel lugar privilegiado, y aceptando su destino, o quizás el silencio era simplemente producto de los nervios y la concentración. Nada debía salir mal ese día. Claire ya había demostrado que era capaz de matar sin la menor vacilación y ellos lo sabían. Kolya tenía una doble sensación, por un lado estaba disfrutando de aquel entorno, fusionándose con el canto de los pájaros, en cierto sentido, los animales le recordaban siempre una cosa, no somos nada, venimos a cumplir nuestro cometido sin más y luego dejamos el planeta. Le gustaba observar cómo cada animal cumple su función sin valorar más allá de la mera acción, los pájaros cantan tratando de atraer al sexo opuesto y estableciendo su territorio. Las ardillas que veía subir y bajar de los árboles se afanaban en la búsqueda de alimento que guardar para el invierno con ferviente dedicación, y así, una por una, cada especie animal interpreta, sin cuestionárselo, sin estridencias y sin depresiones, el papel que le ha sido asignado. Observar los animales le daba a Kolya un sentido de humildad, y aprendía de ellos la virtud de hacer aquello que se ha de hacer, ahora era a él a quien le tocaba jugar su papel, y en cierta medida lo aceptaba con calma y paz interior. Pero por otro lado, el ser humano tiene la capacidad de anticipar acontecimientos en su mente, y el mero hecho de pensar que algo pudiera salir mal le
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    185 generaba una presiónen el cuello y en el pecho con la que tendría que lidiar todo el día. Trató de modificar sus representaciones mentales y enfocarse en el éxito. Tras los preparativos normales de cada día, partieron los tres en el Volkswagen Escarabajo de Oles. Iban en silencio, pero Kolya sabía que si había algún momento para decir algo era ese. —Pase lo que pase hoy, estoy muy orgulloso de vosotros —, dijo por fin. —Lo que va a pasar hoy es que mañana estaremos tomando el sol en Méjico, y que dentro de un tiempo nos reuniremos los tres y recordaremos lo que hemos hecho juntos —, dijo Sofía, impidiendo que ni la menor sombra de duda les asaltara. —Yo también estoy orgulloso de estar aquí —, dijo Oles —es lo mejor que he hecho en mi vida, pase lo que pase —. —Sofí, ¿tienes todo preparado? —, preguntó Kolya. —Sí. Me quedaré cerca del coche por si tenemos que salir deprisa y tengo todo controlado todo en la lancha. Comida, GPS, combustible de sobra. Está todo bajo control —. —Bien, ya estamos llegando. Vamos allá. Déjame aquí, iré caminando, no quiero que nos vean llegar juntos. Oles, tú bájate un poco más adelante y Sofi, espera en el lugar convenido —, dijo Kolya, activo y presto para bajarse del coche y ganar la batalla que tenía que ganar. Sofía puso una mano fría y temblorosa en la mejilla de Kolya y susurró: —Te quiero —. Kolya le picó un ojo a Sofía, y dijo: —Te quiero. No te preocupes por nada, nos vemos en un par de horas —. Kolya se bajó del coche y se dirigió caminando al Instituto. Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y tocó con la yema de los dedos el bote de bálsamo labial en el que tenía guardada la laca con la que grabar los datos. Su corazón comenzó a acelerarse cuando estaba a pocos metros del Instituto, pero trató de recurrir a respiraciones largas, diafragmáticas e imaginarse feliz con Sofía en la lancha, camino de Méjico. Eso le daría la fuerza suficiente. —Buenos días Señor Boronov —, dijo el vigilante del primer nivel de acceso. —Buenos días —, contestó Kolya ensayando su mejor sonrisa. Siguió avanzando por el nivel inferior del Instituto, el anillo exterior, saludando a alguno de los investigadores conocidos que se encontró en el pasillo. Le gustaba aquel lugar, y decidió recorrerlo un poco para despedirse interiormente del laboratorio en el que había dado un salto de calidad increíble en su carrera. Fue a la cafetería y tomó un café con un grupo de jóvenes becarios provenientes de la Universidad de Stanford, que él conocía. La capacidad de
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    186 ilusionarse con laciencia, de construir un mundo mejor era omnipresente en aquel lugar, donde sólo una manzana podrida enturbiaba el espíritu científico, aquel que buscaba el conocimiento puro, la comprensión del mundo para bien de toda la humanidad, y que estaba, al menos temporalmente, secuestrado por la oscura fuerza de la codicia humana, pero eso pronto iba a cambiar, él lo haría posible. —¡Hombre, el Señor Kolya Yurievich Don Importante, que ya no se digna en pasar por la Universidad a ver a sus amigos! —, dijo uno de los estudiantes que se incorporó al grupo, —¡Qué tal Jim! ¿Cómo va todo? —, preguntó Kolya. —Bien, bien. ¿Qué es de tu vida? ¿En qué proyecto estás metido que no apenas te vemos? —. —Ya lo sabéis, temas de energía. Estamos en una fase crítica, pero pronto veréis el resultado de mi investigación… os lo prometo. Y vosotros, ¿qué investigáis? —, preguntó Kolya. —Pues lo de siempre, grafeno, nanotubos de carbono —. “Lo de siempre” —pensó Kolya, era increíble ver cómo el desarrollo de nuevas ideas y materiales pasaba de inimaginable a cotidiano en menos de cinco años. Sin duda, los niños que ahora eran pequeños no conocerían en el futuro los materiales basados en el petróleo, como los plásticos. Kolya sonrió satisfecho. Sin haber cumplido aún los treinta años ya se veía como el padre de aquella generación de entusiastas nuevos investigadores. Pensó que sería una buena idea en el futuro compaginar parte de su labor investigadora con la docencia a nivel superior, quizás en Asia, donde estaba realmente el capital intelectual del siglo XXI. Se ilusionó con la idea, un motivo más para salir vivo de allí aquél día. Se disculpó con los jóvenes becarios por no haber estado más tiempo con ellos en el pasado y los abrazó uno a uno. Con una sonrisa producto de la felicidad interior que le producía ver a esos cachorros crecer profesionalmente, les dijo: —No dejéis de creer en lo que hacéis. Vale la pena. Estaremos en contacto en el futuro, os lo prometo —. —El Señor Boronov está investigando con nanodrogas de la felicidad, ahora lo tengo claro…—, dijo uno de los estudiantes. Todos rieron. Kolya se dirigió al anillo interior, donde se encontraba la zona de los laboratorios de alto nivel. Pasó interiormente a un nivel de máxima concentración y avanzó por el pasillo que conducía al nodo de acceso. Se detuvo en la zona de control de seguridad, que como el resto de la zona de máximo nivel era de un blanco impoluto. Los guardias de seguridad no miraban el escáner a través de monitores de televisión, sino que estaban detrás de un enorme mostrador blanco en forma de U, donde el cristal que cubría el mostrador era una enorme pantalla de ordenador táctil, que les daba todo tipo de información sobre la persona que entraba o salía de aquel lugar.
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    187 —Buenos días SeñorBoronov —, dijo el guardia. —Buenos días —, dijo Kolya, iniciando el protocolo. Debía dejar todo tipo de objetos a recaudo de los guardias hasta su salida del laboratorio. Una vez depositado el móvil, la cartera, las llaves y el reloj en la caja asignada al efecto, Kolya entró en el escáner, que no era un escáner convencional. Se trataba de una pequeña habitación de cristal, donde el sujeto era absolutamente monitorizado. Se medían también sus constantes vitales y se analizaba el contenido de su respiración para controlar cualquier posible atisbo de enfermedad o riesgo para el laboratorio. Después, un gas especial ionizado era introducido en la cámara como primera barrera para los patógenos que el sujeto traía de la calle. Habría de pasar otro control similar, ya con ropa de laboratorio al entrar en ciertas áreas de investigación. Tras dos minutos de exposición, se abrió la puerta del escáner que daba al interior del recinto. Kolya comenzó a caminar, pero el guardia le cerró el paso. —¿Qué lleva en el bolsillo, señor Boronov? —. —Nada —, dijo Kolya, concentrándose en su respiración. —El escáner no dice lo mismo —, dijo el guardia, con tono inquisitivo. —Ah, ¿se refiere al bálsamo labial? —, dijo Kolya mostrando el minúsculo bote redondo. —Ya conoce las normas. No puede pasar nada al interior. Se lo devolveremos a la salida —, dijo serio el guardia. —Agente, se me secan los labios, aquí dentro está a tope el aire acondicionado —, dijo Kolya. —Son las normas Señor Boronov. Se lo devolveremos a la salida —, dijo el guardia mostrando la caja de las cosas de Kolya para que éste dejara el bote dentro. —¡Que se me secan los labios le he dicho!, ¿qué coño es esto, una prisión? —. —¿Está Usted nervioso Señor Boronov? —, dijo el guardia, tocando con su mano derecha el cinturón de donde colgaban todo tipo de elementos para inmovilizar a un sujeto hostil. —Disculpe, solo estoy un poco estresado —, respondió Kolya, tratando de suavizar la situación. El guardia ya había visto en la pantalla un ritmo cardíaco inusualmente alto.
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    188 —Pues yo creoque está nervioso, pase a la otra sala Señor Boronov, quiero comprobar sus ropas —, dijo el guardia. —Me he tomado un par de cafés de más en la cafetería, lo siento, ¿es tan grave eso? —. El guardia miró a su compañera que estaba monitorizando la información. Ésta asintió al ver en la pantalla que las grabaciones de seguridad lo habían situado en la cafetería. —Son las normas, Señor Boronov. Acompáñeme —. —¿Sabe lo que le digo? Que no vuelvo a investigar en una puta cárcel. Me voy. Llame a Claire Williams y dígale que su precioso proyecto en el que está volcada se va a la mierda porque he sido tratado como un delincuente —, espetó Kolya. Claire Williams. Proyecto fallido por su culpa. El guardia tragó saliva. Sin embargo, él sabía que estaba haciendo su trabajo y un niñato como aquel no iba a poner en duda su profesionalidad. —Llama a la Señora Williams —, dijo el guardia a su compañera. —Verá agente, no es necesario. He tenido una mala semana, disculpe mi comportamiento. Aquí tiene el bote de bálsamo labial. Espero que al menos me deje bajar y ponérmelo aquí abajo cuando se me agrieten los labios —, dijo Kolya, tratando de suavizar el ambiente, pero el guardia no se rió, más bien apretó la mandíbula. Kolya sabía que Claire era demasiado inteligente como para no analizar el contenido del envase. El guardia cogió el bote, miró a Kolya e hizo un gesto a su compañera para que dejara el intercomunicador. —Adelante Señor Boronov, y tómese la vida un poco más relajada —. —Es un buen consejo, agente. Gracias —, dijo Kolya avanzando hacia el laboratorio a buen paso. Una vez que entró en el laboratorio de energía de partículas, saludó a sus compañeros de equipo brevemente y comenzó con el proceso de encender el ordenador que tenía asignado y ordenar un poco su mesa, justo la acción que necesitaba para coger un DVD y meterlo en el bolsillo de la bata blanca que se había puesto encima de la ropa. —Kolya, no te has puesto el traje de trabajo —, dijo Greg McLinden. —Vamos Greg, no estamos en un laboratorio de biología, nuestros fotones están aislados en la cámara electromagnética —, respondió Kolya. —Tú eres el jefe de proyecto —, dijo Greg. —Greg, yo considero que los dos somos jefes de proyecto —, dijo Kolya.
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    189 —Precisamente por esarazón debemos dar ejemplo, ¿no crees? —. —Tienes razón Greg, voy a cambiarme —, dijo Kolya, entrando en el vestuario donde se guardaban los trajes no contaminados en una atmósfera rica en ozono. Una vez allí se quitó la bata y sacó el DVD a toda velocidad. Introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón y con sumo cuidado pero lo más rápido que pudo comenzó a distribuir la laca de Oles en la superficie del DVD. El material era extraño, a medio camino entre un gel y una laca. Kolya había apretado el bote de bálsamo labial mientras discutía con el agente de seguridad de la entrada, derramando el líquido en el bolsillo de su pantalón. Si Oles estaba en lo cierto, hasta que no entrara en contacto con una fuente de energía, como la luz solar, el líquido se plastificaría en la superficie del DVD pero no perdería sus propiedades. Kolya trató de limpiar las micro fibras del tejido de su bolsillo en la superficie del DVD, esperaba que funcionara de esa manera, pero no las tenía todas consigo. Uno de los investigadores del equipo entró en ese momento en el vestuario de descontaminación. —Buenos días Kolya, ¿qué haces? —, preguntó extrañado, por ver a Kolya mirando el DVD a la luz en busca de micro fibras. —¿Qué haces tú llegando tan tarde? —, preguntó Kolya, tratando de desviar la atención del DVD. —Bueno, no sabía que tenía que entrar antes… —, dijo el investigador, extrañado por esa actitud de Kolya. Además el investigador se percató de que Kolya se había puesto muy nervioso de repente. Tenía la frente perlada de sudor, pero allí hacía más bien frío. Kolya no dijo nada. Simplemente comenzó a cambiarse de ropa y luego ambos entraron en el laboratorio. El DVD estaba preparado en uno de los bolsillos que tenía el traje blanco de laboratorio. Las horas pasaban con una lentitud exasperante para Kolya. Ese día tenían planeados varios ensayos que ya eran pura rutina. En cada prueba alargaban la reacción en cadena de la captación de energía, que era utilizada a su vez para seguir generando el movimiento de los fotones entrelazados, en un círculo virtuoso capaz de producir energía de forma indefinida gracias al infinitesimal aporte de los neutrinos. Los datos eran concluyentes, aunque aún tardarían un tiempo en obtener grandes cantidades de energía. Kolya pensó que tenía mucha suerte de tener a Sofía en su vida, sin su consejo él se hubiera quedado en el laboratorio, pero pronto Claire se habría dado cuenta de que su sistema nunca sería mil veces más potente que el anterior, al menos de momento, y eso le hubiera costado muy caro. Al fin llegó la hora de después del almuerzo, que allí no era como en España, sino que se trataba de un frugal tentempié sobre las doce y media del mediodía. La jornada de viernes en el Instituto terminaba en torno a las dos y media de la tarde, por lo tanto, Kolya sabía que estaba ante la hora de la verdad. Kolya tragó saliva al percatarse de que si bien a través de la ventana entraba un haz de rayos solares, el laboratorio estaba protegido por cristales
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    190 especiales, capaces deeliminar el cien por cien de la radiación ultravioleta, así como la mayor parte del calor solar. Aún así, era su única opción. Kolya dejó el DVD en la zona donde incidía la luz solar, sin que se percataran sus compañeros. Aquel día había estado muy callado, y se le veía nervioso. Tenía preparado el archivo comprimido donde figuraban no sólo las ecuaciones teóricas, sino también los resultados de todas las pruebas. Con esa información, podría rehacer el experimento en cualquier parte del mundo. Al fin y al cabo era su descubrimiento. Los investigadores del proyecto habían empezado a ordenar un poco el laboratorio y estaban charlando distendidos, pues era viernes y tenían ya ganas de salir, salvo el segundo jefe de investigación, Greg McLinden, quien había estado todo el día comprobando los resultados de las pruebas. Él había luchado mucho para llegar donde estaba y era la persona más involucrada en que aquel proyecto saliera bien. Sabía que Kolya había desarrollado el sistema de ecuaciones, pero sin su capacidad quizás jamás hubieran obtenido energía. Algo en su interior le decía que Kolya podía poner en riesgo el proyecto y eso era algo que no iba a permitir. —¿Este DVD es tuyo, Kolya? —, dijo Greg, entregando el DVD a Kolya, quien lo cogió con un ligero temblor, aunque perceptible, en su mano. —Sí, sí. Es mío —, respondió Kolya, sin mirar a Greg a la cara, rubicundo y sudoroso. Kolya comprobó que sobre el DVD se había formado una fina película de polvo y supuso que eran las partículas del metaloide que le había comentado Oles. El líquido había cristalizado, transformándose en una fina película parecida al plástico, capaz de almacenar la información. —Estás muy raro, Kolya. ¿Qué ocurre? —, preguntó Greg, muy serio, con el ceño fruncido. —No me encuentro muy bien del estómago Greg, eso es todo —, mintió Kolya, pero Greg no se lo tragó. —Voy a ver a la jefa, a ver si nos podemos irnos ya, creo que todos necesitamos un descanso —, dijo finalmente Greg, caminando hacia la puerta. El resto de investigadores estaban hablando en la otra esquina del laboratorio, esperando poder salir de fin de semana. —Buena idea —, respondió Kolya en un tono apenas audible. Una vez que Greg hubo salido del laboratorio, Kolya aprovechó para introducir el DVD y hacer una copia del archivo con todos los datos que necesitaba. Hizo la grabación a la velocidad mínima, tal como le había dicho Oles, para que la calidad fuera la máxima posible, pero estaba tomando demasiado tiempo. Aún tenía que despegar la película con la información del DVD y pronto tendría a Greg pegado a él. También debería borrar la información del propio DVD o destruirlo. El ordenador comenzó la grabación, diez por ciento…, veinte por ciento…, treinta por ciento… Kolya oyó los pasos de Greg por el pasillo, venía con Claire. No le daría tiempo. Estaba perdido.
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    191 Los investigadores oyerontambién a Greg y Claire hablando, acercándose por el pasillo y se situaron cerca de la puerta, para preguntar si podían marcharse ya. Sesenta por ciento… Kolya estaba sudando, era incapaz de controlar sus reacciones fisiológicas ante el estrés al que estaba sometido. Trató de hacer respiraciones diafragmáticas y controlar así las reacciones de su cuerpo, pero su subconsciente sabía que estaba en un peligro real, y asociaba la posibilidad de que le atraparan con lo que había vivido en el hospital en Madrid, donde había estado a punto de morir, literalmente asfixiado por tener inutilizados sus glóbulos rojos. Kolya no esperaba tener aquella reacción que lo estaba superando por completo. El miedo generaba más miedo, en un círculo vicioso que no lograba controlar del todo. Los investigadores se arremolinaron alrededor de Greg y Claire, querían comentar a la jefa lo bien que les habían ido la semana, los avances conseguidos, en un intento de ganarse el favor de ésta. Noventa por ciento… —¡Vamos. Vamos! —, Kolya no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¡Tenía que haber grabado a una mayor velocidad! —, pensó. Tenía la mano en la ranura del grabador de DVD, aunque aún le quedaban algunos segundos de los que no disponía. El programa terminó la grabación y el DVD fue expulsado de la grabadora. Con la mayor rapidez que pudo, e ignorando a las personas que tenía justo detrás, Kolya, despegó con la uña de su dedo índice la fina película producto de la cristalización de la laca. La lámina parecía un plástico, pero mucho menos consistente, como una especie de gel rugoso, de un tacto que jamás había experimentado Kolya. A toda velocidad dobló la laca y la introdujo en el bolsillo del traje blanco de laboratorio. —¿Kolya qué estás haciendo? —, dijo Claire elevando la voz, mientras Kolya introducía el DVD a toda velocidad en la grabadora para borrar el contenido, que había sido grabado, tanto en el disco como en la laca. Los investigadores se habían ido rápidamente, pues percibieron la tensión que había en aquel laboratorio en ese momento, y sólo quedaban Kolya, Claire y Grec McLinden. Debido a su nerviosismo, Kolya tardó unos segundos de más en introducir el DVD que ya estaba dentro de la grabadora y se dispuso a borrar el contenido del mismo, cuando Greg le apartó la mano del ratón del ordenador. —¡Qué coño estás haciendo Boronov! —, espetó Greg. —¿Eres acaso un ladrón de información clasificada? —. Kolya trató de zafarse de la mano de Greg para intentar ejecutar el programa de borrado, pero se dio cuenta de que éste era mucho más fuerte de lo que él pensaba. De repente, notó una picadura en el cuello, como si le hubiera picado fuerte algún insecto. Se giró y vio a Claire que sujetaba algo en su mano. No era una jeringuilla, sino más bien una especie de pequeño cilindro. De alguna forma, le había introducido algo en su cuerpo. Las gotas de
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    192 sudor que teníaen la frente debido al estrés que estaba soportando se multiplicaron y comenzaron a rodar por su rostro. Kolya entró en pánico. —¿Qué coño me has puesto Claire? —, preguntó Kolya, desencajado. Ya no oponía resistencia a la acción de Greg, que le había pasado un brazo por el cuello y lo tenía inmovilizado. —¡Suéltalo! —, le dijo Claire a Greg, quien obedeció de inmediato. Kolya comenzó a notar cómo le abandonaban las fuerzas. Había fracasado y ya nada importaba. Al menos lo había intentado. Cerró los ojos tratando de recomponer en su mente la situación, cuando un fuerte golpe en el pecho lo derribó de la silla. —¡Maldito Greg! —, pensó Kolya al sentir el impacto. Sin embargo, lo siguiente que vio desde el suelo fue a Claire con cada pierna a un lado de su cuerpo. Había sido ella quien le había propinado la patada, con tanta fuerza que le había clavado el tacón, que se había roto por el golpe. Kolya lo vio porque Claire tuvo un impulso de patearle la cara, levantó la pierna, pero cedió en el último momento. —Greg, ponlo en la silla —, ordenó Claire. Esta vez estaba verdaderamente cabreada. Kolya pensó en las posibilidades que tenía a su favor, pero era demasiado inteligente como para engañarse a sí mismo. Estaba virtualmente muerto. Kolya notó como brotaba sangre de su traje, a la altura del pecho. Ella le había golpeado duro. Se tocó con la mano para evaluar la herida, pero pudo percibir que no era profunda, estaba tranquilo, demasiado tranquilo. Se había palpado el pecho con lentitud y percibió que el sudor había desaparecido de su frente. Todo se hizo calma en su mente. Greg tuvo un impulso de dar un puñetazo en la cara de Kolya al ver su apacible sonrisa. —¡Encima se ríe el malnacido! —, espetó. —Greg, silencio —, ordenó Claire. —Kolya, ¿qué pretendías? —, preguntó Claire. —Llevarme mis datos —, contestó tranquilamente Kolya. No solo estaba tranquilo, sino incluso en paz, con una felicidad interior sublime, elevada, aunque lúcido a la vez. —¿Por qué? —, preguntó ella de nuevo. —Tú no los mereces, y es un descubrimiento hecho por mí y que quiero que pertenezca a la humanidad —, respondió Kolya. —¿Dónde pensabas desarrollarlo? —. —En Rusia. Soy ruso, ¿recuerdas? —, contestó Kolya, sonriendo levemente, con tranquilidad.
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    193 —¡Pero qué coño…!—, espetó Greg. —Tranquilo Greg, no pasa nada colega. Claire me ha inyectado algún tipo de droga de la verdad. Luego me matará. En cuanto a ti, eres un buen investigador y un perrito fiel. No tienes nada que aportar a la humanidad, pero mientras no muerdas la mano de tu dueña, vivirás muy bien. Además te lo mereces, eres una buena persona —, dijo Kolya, para asombro de McLinden. —¿Cómo que te matará? —, preguntó Greg mirando a Claire. —Casi lo consigue una vez y ahora no fallará…—. —¡Silencio los dos! Aquí nadie va a matar a nadie —, espetó Claire. Las cosas se estaban complicando. Había sido un error permitir a Greg participar en esa conversación, pero la indignación había sido tan repentina que anuló su capacidad de análisis. No podía eliminar a Kolya en ese momento, pero dejarlo suelto equivalía a tener problemas en el futuro. Claire estaba apoyada en la mesa, al lado de Kolya. Su rostro denotaba enfado y una enorme preocupación. Con el dedo índice y pulgar de su mano derecha se cogía la barbilla, y con la mano izquierda sujetaba el codo de su brazo derecho, pensando a toda velocidad qué estrategia seguir. Lo único que tenía claro era que no iba a defraudar a sus mecenas ni a ella misma, había muchos miles de millones de dólares en juego, y esos dos pobres diablos no iban a echar por tierra su brillante futuro. Además, también tendría que ocuparse de la enfermera y probablemente de Oles, quien iba a pagar caro su traición. —Kolya no puedo permitir que te vayas a Rusia. Te ofrecí trabajar aquí, pero no me has dado elección —, dijo Claire. —Pero Claire, no puedes… —, comenzó a hablar Greg, interrumpido por Claire. —¡Mantén la puta boca cerrada! Esto es un asunto de seguridad nacional, Greg, y veo que tú estás colaborando con el ruso… —, gritó Claire, visiblemente nerviosa. Greg nunca la había visto así. Se asustó. De pronto, Claire encontró la solución. Ella sabía que no podía meter a un ciudadano con nacionalidad rusa y española en una cárcel de máxima seguridad como Guantánamo, ya que podría provocar un incidente diplomático internacional, pero sí podía hacerlo con un ciudadano norteamericano. Greg tenía familia, y una desaparición repentina de varios científicos del laboratorio despertaría sospechas. Sin embargo, una acusación bien fundamentada de espionaje y alta traición sería una buena cortina de humo con la que distraer la atención de la desaparición de Kolya. Ella sabía que contaba con el favor de los poderosos en las más altas esferas, en menos de dos horas tendrían una historia bien construida sobre la traición al país de Greg McLinden, y los principales medios del país darían la noticia con el enfoque apropiado para provocar la condena de la ciudadanía. Una vez distraída la atención de
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    194 los ciudadanos seocuparía de Kolya. Claire sacó su teléfono móvil del bolsillo de su traje y marcó un número de teléfono que estaba reservado únicamente para las ocasiones en que el sistema de la cual ella era una simple pieza se veía amenazado, aquella llamada activaría una respuesta al máximo nivel, el engranaje se pondría en marcha con una precisión y eficiencia letales. —Tengo un código rojo. Máxima prioridad —, fueron las palabras que Claire utilizó no por casualidad. Mensaje recibido. —¿Cómo pensabas escapar de aquí querido Kolya? —, preguntó Claire mucho más relajada. En un par de días todo estaría olvidado y ella seguiría escrutando el planeta para ponerlo al servicio de sus verdaderos dueños. A cambio, sería la mujer más poderosa de la tierra. Así se sentía en aquel momento. Aquellos imbéciles nunca sabrían hasta donde llegaba su poder. —Tenemos una lancha preparada en el Club de Golf de Palo Alto —, respondió éste sin el menor síntoma de nerviosismo. Claire no podía dar crédito a la suerte que estaba teniendo. Todo se ponía ahora a su favor. Aquellos pobres desgraciados iban a tener un accidente marítimo que les iba a costar la vida. Encima habían sido ellos mismos los que habían preparado la lancha. Más fácil imposible. —¿Qué va a ocurrir, Claire? Esto me está asustando —, preguntó Greg. —Ya te lo he dicho, Greg, esto es un asunto de seguridad nacional —, contestó Claire, mucho más relajada, lo cual le dio cierta tranquilidad a Greg. A los veinte minutos, dos agentes trajeados y perfectamente informados de lo que tenían que hacer y de quién daba las órdenes llegaron al laboratorio. —Buenas tardes, Señorita Williams. CIA, Seguridad Nacional —, dijo uno de los agentes desplegando la placa. Habían sido enviados directamente por el subdirector de la CIA, quien a su vez había recibido una llamada muy especial. El sistema es capaz de fagocitar en horas cualquier amenaza, interna o externa. —Buenas tardes, caballeros —, dijo Claire. — Greg estaba anonadado, iban a llevar a Guantánamo a Kolya por tratar de sacar de allí información, la seguridad en aquel lugar no era un juego. Claire hizo un gesto con la cabeza señalando a Greg. —Incomunicación absoluta para este traidor. Más tarde serán informados de los detalles —. —¡Qué! —, gritó Greg. —¡Esperen, ha habido un error! Yo no… ¡Claire explícales…! — , balbuceó Greg, incapaz de comprender la situación.
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    195 —¡Hagan su trabajode una maldita vez! —, ordenó Claire a los fornidos agentes, que en menos de dos minutos tenían a Greg McLinden amordazado y encapuchado. Aunque opuso resistencia, los agentes lo tenían inmovilizado y lo llevaron a rastras hasta los ascensores que daban directamente al sótano, donde esperaba la furgoneta blindada que lo llevaría a una base de alta seguridad. Las últimas acciones de Greg McLinden en aquel laboratorio que había sido su vida, fueron las patadas que agrietaron el cristal de la puerta del laboratorio, camino de su larga reclusión. Kolya y Claire se quedaron a solas en el laboratorio. —Claire eres una hija de puta de primera —, dijo Kolya sonriendo. Su estado alterado de conciencia le impedía sentir pena o remordimiento. Trató de aplaudir, pero se notó pesado como un elefante. —Soy la mejor, ¿lo dudabas? —, preguntó Claire. —No lo dudo. Eres la mejor —, respondió Kolya, mirando a Claire a los ojos con las pupilas totalmente dilatadas producto de la droga. —Joder Kolya, podíamos haber hecho muchas cosas juntos —, dijo Claire, sinceramente afectada. En lo más profundo de su corazón sentía algo por él. —Además, sé que te gusto, siempre lo he sabido —. —¡Dilo! Di que siempre te he gustado, que estás enamorado de mí. Al menos quiero quedarme con eso —, dijo Claire. —Siempre me has gustado, pero estoy enamorado de Sofía —, respondió Kolya. —Más fácil me lo pones. Acabemos con esto de una vez —, dijo Claire, sacando otro dispositivo del bolsillo de su traje, con el que inyectó algo en el cuello a Kolya —Pronto podrás moverte, y te sentirás bien. Yo te quise, pero eres demasiado estúpido para estar a la altura —, dijo Claire besando a Kolya en la boca. CAPÍTULO -19-.
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    196 La brisa marinadel Océano Pacífico refrescaba el rostro de Kolya. Sofía sujetaba el timón suavemente, pues el tiempo era bueno y la mar en calma. A su izquierda veía a lo lejos la costa californiana, la cual debía tener siempre a la vista, haciendo una navegación de cabotaje, que aunque tenía el riesgo de que la policía costera les abordara y les hiciera preguntas incómodas sobre la cantidad de combustible que llevaban en la embarcación, era más segura para ellos, que no tenían las habilidades suficientes para realizar una verdadera navegación oceánica. Kolya estaba descansando entre los bidones de combustible. Sentía un fuerte dolor de cabeza agravado con una sensación de mareo y vértigos. La biodramina que Sofía le había dado no había hecho más que aumentar el vértigo. —Kolya, descansa todo lo que puedas, dentro de cinco horas me harás el relevo. Trata de dormir, yo te aviso —, dijo Sofía. Según sus cálculos debían estar navegando más de veinte horas seguidas. A primera hora de la mañana pasarían por la zona de Los Ángeles y a la hora del mediodía del día siguiente, podrían varar la embarcación en cualquier lugar de la Península de Baja California, en Méjico, desde donde cogerían un taxi camino de Chihuahua. Con dinero suficiente, y ropas de turista, podrían moverse con facilidad por Méjico. A esa misma hora, Oles viajaba desde el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, con destino al Aeropuerto Charles de Gaulle, en Paris. Todo había salido a la perfección, y para cuando se dieran cuenta de la ausencia de Kolya en el Instituto, todos estarían a salvo. Sin embargo, Kolya había estado algo raro desde que volvió del laboratorio, no parecía él, no razonaba a su manera, sino que se había limitado a ejecutar su plan tranquilamente, en ausencia total de estrés. Algo le olía mal a Sofía, que estaba reflexionando a la par que contemplaba el espectacular atardecer marino, donde el sol se ocultaba directamente en la línea del horizonte, acompañado por un coro de colores imposibles. —¡Mierda! —, exclamó Sofía, atando el timón con la cadena que lo mantenía con rumbo fijo al frente. —Mierda, mierda, mierda…, repetía yendo hacia la zona donde Kolya trataba de descansar con una camiseta sobre sus ojos. —Kolya cariño, levántate —, dijo Sofía, zarandeando suavemente a Kolya, quien abrió los ojos algo desorientado. —¿Ya es mi turno? —, preguntó. —No, pero quería hacerte una pregunta —, dijo Sofía. —Sí, dime —. —He pensado que quiero tomar un té en Los Ángeles. Cuando pasemos por esa zona, fondearemos la lancha en Long Beach y bajaremos a desayunar. Una vez allí, coges un taxi y me traes unos pasteles del centro. Sé que es lo que hay que hacer. Lo harás, ¿verdad? —, preguntó Sofía, con el objeto de comprobar su teoría.
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    197 —Claro Sofi, desayunaremosen Los Ángeles —, respondió Kolya, asintiendo ligeramente con la cabeza. —¡Joder. Mierda, mierda…! —, dijo Sofía, cogiendo la cara de Kolya y acercándosela a la suya. Sacó la linterna de la lancha y apuntó directamente a la cara de Kolya. —¿Qué haces, Sofi? —, preguntó Kolya, sin comprender a qué venía aquello. —Estamos bien jodidos, Kolya —, dijo Sofía. —Tus pupilas… —. —¿Qué pasa con mis pupilas? —, preguntó de nuevo Kolya. —No se contraen. Ni siquiera responden al estímulo lumínico. Además te he pedido una soberana estupidez y has dicho que sí. Estamos jodidos, hay que desembarcar cuanto antes —. —Sofi, no te sigo. Explícamelo bien —, dijo Kolya. —Soy enfermera, Kolya. Lo he visto muchas veces en el hospital, estás bajo el efecto de la escopolamina. Te han dejado salir del laboratorio justo para darnos caza en Méjico, donde estarían libres de la investigación de las autoridades norteamericanas, o para hundirnos en pleno océano —. —¿La escopola…qué? —, preguntó Kolya. —La maldita droga de la violación joder. Te han dejado salir del laboratorio, pero saben perfectamente lo que vamos a hacer, tú se lo has dicho. Esa droga doblega la voluntad, es un proceso químico. Tenemos que desembarcar ya, y tú vete tomando zumo de naranja. La vitamina C te ayudará a eliminar la escopolamina de tu torrente sanguíneo. Trata de recordar, Kolya. Te necesito y ahora mismo estoy sola —. Kolya comenzó a beber de uno de los cartones de zumo de naranja que tenían para el desayuno. Entendía perfectamente lo que Sofía le había dicho, pero no sentía arrepentimiento ni culpa. Eso no debía ocurrir, era un error en la ecuación, su mente racional se lo decía. Sofía estaba en lo cierto. Se esforzó en recordar lo que había hecho ese día, pero nada venía a su mente, la cual no podía reconstruir imágenes falsas, otro dato objetivo. Simplemente había un vacío, pero al esforzarse, le empezaron a llegar pequeños fragmentos de recuerdos, como ensoñaciones, muy lejanos. Le traían imágenes de un beso de Claire, de Greg McLinden siendo arrastrado. —¡Dios mío! ¡Sofi, hay que desembarcar! —, gritó Kolya. Un sonido proveniente de popa atenuaba el sonido de las palabras. Era el sonido de dos lanchas rápidas que se aproximaban a toda velocidad. Estaban perdidos.
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    198 Sofía puso laembarcación a toda máquina, pero no servía de nada, las dos lanchas se aproximaban a una velocidad endiablada, era una carrera desigual. Trató entonces de girar ciento ochenta grados y pasar entre las lanchas, pero estaba claro que éstas eran más rápidas y maniobraban mejor. Sólo les quedaba una salida: llegar a la costa. —¡Hacia la costa, Sofi! ¡A toda máquina! —, gritó Kolya. Sofía maniobraba frenéticamente el timón, tratando de zigzaguear como una liebre. Eso les daría algo de tiempo antes del abordaje. Puso la proa hacia la costa y empujó a fondo el acelerador. Los dos potentes motores Mercury, de ochenta caballos tomaron el relevo e hicieron temblar la lancha, que estaba al límite de sus posibilidades. Las lanchas rápidas se habían situado a babor y estribor. La lancha de Kolya y Sofía volaba hacia la costa, pero estaban aún muy lejos. De repente, se oyeron dos ruidos secos, uno a cada lado de la lancha. Ante la ausencia de obstáculos, el sonido no emitió eco alguno y lo que había ocurrido a escasos veinte metros, se había oído como lejano. Durante una fracción de segundo Sofía siguió aferrada al timón como si nada hubiera ocurrido, pero casi en ese mismo instante se oyó un estallido en la proa. Kolya y Sofía fueron catapultados hacia delante. Ella se había golpeado contra el timón con tanta fuerza que quedó tendida en la cubierta, aún con una mano intentando agarrar el timón. Kolya se había golpeado con la zona más blanda de un bidón de combustible y pudo levantarse rápidamente para atender a Sofía, quien yacía en el suelo, sin poder moverse por el dolor, pero con plena consciencia. Los proyectiles habían alcanzado la proa y la lancha se había frenado en seco. Los motores Mercury seguían a toda máquina, lo que hizo que la lancha comenzara a girar como una peonza. Kolya quitó el contacto y se hizo el silencio. El agua entraba a demasiada velocidad por el boquete abierto, era cuestión de minutos el hundimiento. Kolya tenía a Sofía entre sus brazos. No podía creer que la hubiera metido en esto, que ella tuviera que acabar así por su culpa. —Sofi, yo… Lo siento tanto —, le dijo Kolya, con el rostro desencajado y un torrente de lágrimas rodando por sus mejillas. No era justo. No para ella. Apartó el pelo de su frente, y la besó. —Te quiero. Lo hubiera hecho mil veces por ti… —, contestó Sofía con un tono apenas audible y los ojos entrecerrados. Entonces Kolya trató de jugar su última carta, negociar con los atacantes. Se incorporó para comprobar que en una de las lanchas estaba Claire, mirando impasible. —Claire, trabajaré para ti, haré lo que me pidas, no dejes que esto ocurra —, gritó Kolya. —Es demasiado tarde Kolya, tuviste tu oportunidad —, respondió Claire con los brazos en jarra, observando inexpresiva cómo se hundía cada vez más la lancha de Kolya.
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    199 —Al menos salvaa Sofía, ella no tiene culpa de nada —, gritó de nuevo Kolya, tratando desesperadamente de hacer algo por su amor. —Si tan enamorado estás de ella, que siga contigo, Kolya. Hasta siempre… —, contestó a gritos Claire en una de las lanchas situadas a unos treinta metros de distancia. La lancha era un cascarón roto, en menos de tres minutos estaría en el fondo del océano. Kolya se preguntaba si podría llegar nadando hasta la costa, aunque un pensamiento lo asaltó con total claridad: se quedaría con Sofía hasta el último instante, moriría con ella. Kolya miró a Claire, pero ninguna palabra salió de su boca. No había palabras con las que describir su maldad. Simplemente se quedó mirándola, reprochándose cómo había permitido que aquello pasara. En su mente resonaban las palabras de Sofía, “no vayas al Instituto, es demasiado peligroso”. Ella tenía razón y ahora se encontraba en aquella situación por su culpa. Claire estaba en la cubierta de babor de una de las lanchas, sin decir nada. Simplemente quería asegurarse de que aquellos dos nunca más serían un problema para ella, ni para los poderosos que la sustentaban. Repentinamente, un mar de burbujas rodeó la lancha de Claire y la de sus secuaces. Claire miró al agua, extrañada por tal incomprensible situación. Kolya se percató del estado del agua alrededor de las lanchas rápidas, pero lo atribuyó a su estado alterado de conciencia, la droga todavía estaba haciendo sus efectos alucinógenos. Miró a Sofía, para ver si ella estaba consciente. No se fiaba de su mente y quiso que ella confirmara que aquello era real. —Sofi, ¿puedes oírme? Mira el mar alrededor de sus lanchas, mira las… —, Kolya se quedó a media frase, boquiabierto al volver la mirada hacia la lancha de Claire. Allí no había nada, más que agua. La otra lancha había desaparecido también. Aquello era una locura, ya no sabía si estaba viviendo la realidad o una pura alucinación. —¡Sofi despierta! —, gritó. Sofía se incorporó a duras penas para constatar que allí no había lanchas atacantes. —Sofi, ¿aquí había…? O es mi imaginación…—, dijo Kolya. —Sí. Había… —, dijo ella, sin salir de su asombro, —¿pero qué ha pasado? —. —No lo sé Sofi, sólo sé que estaban las lanchas y luego ya no —, dijo Kolya, desconcertado. —Trata de llegar a nado hasta la costa Kolya, y hazlo ya —, dijo ella. —Llegaremos, confía en mí —, respondió Kolya. —No Kolya, tengo varias costillas rotas, apenas puedo respirar… —, dijo Sofía, segura de lo que estaba diciendo. —No te dejaré sola. Nunca —, dijo Kolya —llegaremos —.
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    200 —No Kolya. Pongámonoslos chalecos, esto se hunde. Tú tienes que llegar a la costa y avisar a la guardia costera, me encontrarán —, dijo Sofía tratando de aparentar seguridad. Sabía que tenían muy pocas probabilidades. Pronto sería de noche y aquellas aguas estaban infestadas de tiburones, …pero al menos uno podría salvarse. La parte de la embarcación que quedaba por encima del agua era cada vez menor. Miraron hacia abajo y se prepararon para entrar en el agua cuando vieron que algo enorme subía desde las profundidades. Era alargado y muy oscuro. —¡Kolya tengo miedo! ¡Tengo mucho miedo! —, dijo Sofía abrazándose a Kolya, quien no dijo nada. Él era un científico, pero en ese momento rezó. Pidió a Dios o al Universo que aquello fuera rápido, que la Orca que estaba subiendo lentamente hiciera rápido su trabajo. La lancha por fin cedió a la gravedad, y se perdió para siempre en las profundidades del océano, girando lentamente en una especie de ritual de despedida. Kolya y Sofía se quedaron flotando aterrados, viendo como aquella mole subía directamente hacia ellos. —Esto es muy grande para ser una orca —, pensó Kolya, pero no dijo nada. Sofía estaba abrazada a él en la medida en que se lo permitía el chaleco salvavidas y tenía los ojos cerrados. Con una suavidad pasmosa, el mastodóntico submarino los elevó por encima del agua. Sofía y Kolya se miraron sin dar crédito a lo que estaba pasando. De repente, una escotilla se abrió a escasos metros de la cubierta donde estaban ellos y un hombre regordete y sonriente asomó la cabeza. —Espero que no guarde esta vez spray de pimienta en el bolsillo —, dijo el agente Mijail Pribilof sonriente, dirigiéndose a Sofía. Kolya y Sofía se abrazaron y lloraron juntos, como nunca lo habían hecho. CAPÍTULO -20-.
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    201 El submarino nuclearYuri Dolgoruki, llamado así en honor al fundador de la ciudad de Moscú, era un prodigio de la técnica. Como primer submarino de la nueva Clase Borey, estaba llamado a continuar con la total supremacía de Rusia en los océanos del planeta. Los ciento setenta metros de eslora del mastodonte, casi como dos campos de fútbol de largo, impresionaron a Kolya, quien jamás pensó que una cosa así pudiera existir en los océanos. Miró a un lado y a otro del buque y se sintió sobrecogido por la magnificencia de la bestia. —¡Kolya, vamos! —, gritó el agente Pribilof. Había ayudado a entrar en el submarino a Sofía, dolorida por sus heridas, pero Kolya estaba ensimismado, ausente, contemplando con estupor el casco de la nave. —¡Vamos! —, gritó de nuevo Pribilof, pudiendo sacar a Kolya de su estado. Cuando todos estuvieron dentro, el Yuri Dolgoruki comenzó su inmersión y puso rumbo a las Islas Aleutianas. Una vez allí, pasarían a través del Estrecho de Bering, para llegar al Océano Ártico, del que la Armada Rusa era perfecta conocedora. El Capitán Sergey Kuznetsov acompañó a Kolya y Sofía hasta un camarote donde podrían ducharse y disponían de ropa seca. Luego Sofía sería atendida por el médico del submarino, con un vendaje compresivo en el torso sería suficiente. Por el momento no hubo preguntas ni respuestas, pero Kolya pudo percibir en la cara seria del Capitán bastante tensión. —¿Qué ocurre Mijail? —, preguntó Kolya en español, ya que no quería alertar al Capitán Kuznetsov. —Luego —, respondió lacónicamente Pribilof. Kolya y Sofía tardaron una media hora en ducharse y ponerse la ropa que habían dispuesto para ellos. Ropa interior confortable, de algodón y un mono azul de la Marina Rusa. Tras pasar por la enfermería donde el médico aplicó el vendaje a Sofía, el agente Pribilof los condujo, a través de los estrechos pasillos, repletos de todo tipo de conductos y cableado, hasta la enorme cafetería del buque, donde pudieron tomar un café con leche caliente y allí llegaron las primeras respuestas. —Estamos metidos en un pequeño lío —, dijo Pribilof, sin perder su sempiterna sonrisa. —¿De qué se trata? —, preguntó Kolya, ante la atenta mirada de Sofía. —Hemos entrado con un submarino nuclear en aguas territoriales de los Estados Unidos, eso es un incidente muy grave. Tienen permiso para abatirnos —, explicó Pribilof. —¿Pero ya hemos puesto rumbo hacia Rusia, no? —, preguntó Sofía.
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    202 —El sonar hadetectado un submarino nuclear de ataque norteamericano que se dirige a toda máquina hacia nosotros. Tenemos un problema gravísimo chicos —, contestó Pribilof, arqueando las cejas. —¿Podemos hacerle frente, Mijail? —, preguntó Kolya. —No lo sé, no entiendo tanto de submarinos. Al parecer, según me ha explicado el Comandante Lebedev, este submarino, el Yuri Dolgoruki es un submarino estratégico, no de ataque. Si el submarino que viene hacia nosotros es un Seawolf estamos perdidos. —. —Mijail… —, comenzó a preguntar Sofía, con la mirada reflexiva, perdida en su café con leche, —¿qué demonios pasó con las lanchas? —. —Ahh, las lanchas… —, dijo Pribilof recuperando su sonrisa, —han sufrido un pequeño accidente tipo Triángulo de las Bermudas —. —No lo entiendo —, dijo Sofía, frunciendo el ceño. —¿Te suenan las famosas desapariciones de barcos en el Triángulo de las Bermudas? —, preguntó Pribilof. —Sí, es un misterio —, contestó Sofía. —No es tanto misterio. El suelo marino en esa zona se asienta sobre enormes bolsas de gas metano. De vez en cuando hay un escape de gas, una especie de burbuja gigante que se va disgregando en la subida, convirtiéndose en miles de pequeñas burbujas, en espuma. Si un barco tiene la mala suerte de estar navegando cuando una de estas burbujas emerge a la superficie, adiós barco; el gas disgregado rompe la tensión superficial del agua y el barco cae al fondo del océano sin remedio, en un segundo —, explicó el agente Pribilof. —Sí, pero los aviones… También desaparecen, ¿no? —, dijo Sofía. —Los aviones…, la verdad es que no tengo respuesta para eso. Lo que te puedo decir es que este submarino cuenta con un sistema de expulsión masivo de gas capaz de hundir a cualquier barco sin una sola explosión. Ingenioso, ¿no? —, respondió Pribilof arqueando las cejas. Hubo un momento de silencio en que cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos, degustando su café. —También te puedo decir que hay personas que querían matar a Kolya, bueno a los dos, y que ya no van a poder hacerlo. En el mundo hay gente muy peligrosa, y hoy hay unos cuantos menos. Sofía, hemos hecho lo que hemos hecho porque no íbamos a dejar que mataran impunemente a la joya de la corona de los científicos rusos, hijo de un héroe de
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    203 Chernobil, aunque esecientífico sea tan cabezota que se meta él solito en problemas. Al parecer necesita niñera —, dijo Pribilof, esta vez serio. Kolya no respondió e hizo un gesto de asentimiento apretando los labios. Sabía que había obrado mal y que había estado a punto de provocar la muerte de Sofía, por no saber medir sus fuerzas. Sofía agarró la mano de Kolya en señal de apoyo. También miró al agente Pribilof. Hacía tan solo seis meses llevaba una vida rutinaria que no consideraba suya, sino el resultado de los deseos de los demás, y ahora estaba allí, habiendo sido salvada de una muerte segura por el mejor submarino nuclear que jamás ha surcado los mares, en una maniobra arriesgadísima por las consecuencias que acarreaba y camino de Rusia, con la persona que completaba su ser en todo sentido. Se sintió tan dichosa, que cogió su taza de café, la elevó y dijo con orgullo: —¡Por el Yuri Dolgoruki! —. Lo dijo tan en alta voz que los marineros que estaban en la cafetería la miraron y sonrieron. —¡Por el Yuri Dolgoruki! —, dijeron al unísono Kolya y Mijail Pribilof, en un brindis que siempre recordarían. —Dime una cosa Kolya. ¿Tienes los datos que estabas buscando en ese laboratorio? ¿Pudiste sacarlos? —, preguntó Pribilof. Kolya levantó la mirada, miró a los ojos al agente Pribilof con una mirada cristalina y una sonrisa de oreja a oreja y dijo: —¡Por supuesto! —. Pribilof sonrió, —serías un buen agente del SVR, quizás te reclutemos…—. El capitán Sergey Kuznetsov irrumpió en la cafetería y los marineros se cuadraron en señal de saludo. —Señor Pribilof, el General Victor Popov desea hablar con Usted —. —¿Un general? ¿en el submarino? —, preguntó extrañado Kolya. —Ya te lo he dicho, no estamos en un ejercicio de maniobras. Esto es muy serio. Para entrar en aguas territoriales norteamericanas debe haber un general a bordo. Son normas —, respondió Pribilof, levantándose para acompañar al Capitán. —Entonces llevan tiempo preparando… —, dijo Kolya. —Ellos también —, señaló Kuznetsov con un gesto. —Tenemos que ir también nosotros —, le tradujo Kolya a Sofía. Justo en el instante en que se estaban levantando de la mesa de la cafetería, todas las luces del submarino cambiaron de blancas a rojas. Los marineros abandonaron de inmediato sus comidas y se movieron rápido pero sigilosamente fuera de la cafetería.
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    204 —Kolya ¿qué ocurre?—, preguntó Sofía, quedándose petrificada por la mirada de reprobación del capitán Kuznetsov. Hubo un momento de tensión, pero el capitán comprendió que ellos eran ajenos a la marina y no podían comprender las órdenes. Se llevó un dedo a los labios haciendo una señal de silencio y dijo a Pribilof —Sólo susurros. O silencio. Los tenemos encima —. Kolya le explicó a Sofía que en el medio líquido el sonido se transmite muchísimo mejor que en aire y que tenían al submarino americano muy cerca. Debían permanecer en absoluto silencio o susurrarse al oído. Era la forma que tenía el submarino de hacerse invisible. —¿Y la luz roja? ¿Por qué han salido corriendo los marineros? —, susurró Sofía al oído de Kolya. —Posición de combate —. Avanzaron por los estrechos pasillos, y subieron por unas escaleras que les llevaron justo a la sala de control, cerca de la torreta de aparatos de medición. —Por aquí —, dijo en voz baja el capitán Sergey Kuznetsov, indicando una puerta de madera con el águila bicéfala del escudo de Rusia, tallada. Era el despacho del comandante Alexander Lebedev, quien estaba acompañado por el general Victor Popov. Una vez dentro, los altos mandos militares, serios pero corteses, saludaron a los huéspedes. —Quería conocerle, señor Nicolay Yurievich Boronov. Quiero oír la razón por la que estoy arriesgando la vida de esta tripulación y este buque, orgullo de la Marina Rusa —, preguntó con una mirada rocosa el general Popov. —Siento que estén en este lío por mi culpa —, respondió Kolya, en ruso, algo avergonzado por la situación. Sofía estaba sobrecogida. —Tranquilo hijo —, comenzó a decir el general sin modificar ni un ápice su gesto adusto, —la patria Rusa no fabrica submarinos para dar paseos por el océano, pero quiero saber si es tan bueno el descubrimiento que estamos defendiendo en este momento —, preguntó el General. Kolya miró a los ojos al General, también al Comandante y respondió, con gesto serio, y con repentino orgullo de sí mismo: —Sí. Lo es, podemos acabar con el hambre en el mundo. Si empezamos por Rusia, en cinco años ni un solo ruso pasará hambre o frío. Estamos haciendo lo correcto, General —. El general Popov asintió con la cabeza poniendo una mano en el hombro de Kolya. Luego miró al Comandante y le hizo un gesto con la cabeza, que inmediatamente se tradujo en
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    205 una orden porparte de éste a través de su interfono: —¡Abrid las compuertas de los tubos lanzatorpedos y de un misil balístico Bulavá! —. Kolya miró a Pribilof y pudo ver como se le cubría la frente de sudor a pesar de hacer más bien frío allí. Se asustó. Los mandos pasaron a la sala de control a través de una puerta que la comunicaba con el despacho. Sofía, Kolya y Pribilof pudieron ver un atestado centro de mando, lleno de operarios y pantallas de ordenador que mostraban un sinfín de datos. Los mandos intermedios, encargados de cada área trabajaban en silencio pero frenéticamente, en total coordinación. — Inmersión: 450 metros —, ordenó el Comandante Lebedev. Kolya y el agente Pribilof permanecieron en la puerta, atentos a las órdenes que se estaban dando allí dentro y pronto se hicieron una composición de lugar de lo que estaba pasando. Sofía no entendía el idioma pero estaba impresionada por la magnificencia de la nave, por un momento le pareció increíble que mientras la gente vive sus rutinarias vidas, un puñado de hombres y mujeres están surcando el fondo de los océanos, jugando al ratón y al gato entre las naciones, con submarinos repletos de armamento nuclear. —Por favor, no pueden permanecer aquí, vuelvan a la cafetería o a sus camarotes. Y no levanten la voz bajo ningún concepto —, dijo el capitán Sergey Kuznetsov mirando a Sofía con reprobación. Los tres fueron conducidos hasta la cafetería de aspecto fantasmagórico, vacía y únicamente iluminada por una luz rojiza. Kolya y el agente Pribilof iban hablando en voz baja, con evidente preocupación. —¿Qué está ocurriendo Kolya? Estoy asustada —, dijo Sofía, mordiéndose la punta del pulgar de su mano derecha. —Sofi, estamos en un momento crítico, ambos submarinos han abierto sus compuertas de los tubos lanzamisiles. Al menos no es un Seawolf, sino un clase Los Ángeles —, explicó Kolya. —No te entiendo Kolya, ¿qué significa eso? —, preguntó Sofía. —Nosotros nos encontramos a unos quinientos metros de profundidad, pero el submarino que nos persigue sólo puede sumergirse a la mitad de profundidad. Además, este submarino es absolutamente silencioso en todos los sentidos, y a la profundidad en que nos encontramos no hay luz solar. Navegamos en la oscuridad total, …en silencio absoluto —, explicó Kolya. —¿Entonces no nos pueden ver? —, preguntó Sofía.
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    206 —Deben tener unaseñal borrosa en sus sistemas. Están persiguiendo a una sombra… —. —Os he oído decir algo de los misiles, ¿van a atacarnos? —, preguntó Sofía, con preocupación. —No lo creo Sofía —, dijo Pribilof, —Es una estrategia de manual, se llama Estrategia de Destrucción Mutua Asegurada. Aunque un error podría…—. —¿Destrucción Mutua Asegurada?, ¿eso no es lo de las armas nucleares? —, dijo Sofía. —Sí. Las grandes potencias saben que no pueden atacarse, pues tienen la certeza de que ambas partes cuentan con armamento suficiente para aniquilar a la otra. En cierta forma, garantiza la paz. Abriendo las compuertas de los tubos lanzamisiles le estamos diciendo al otro submarino que si lanza un misil será aniquilado al instante. Solo espero que no se cometa un error humano… —, explicó el agente Pribilof, con gesto cansado. —Mijail, he oído algo del misil de supercavitación. Quizás mi ruso está algo oxidado, ¿han hablado de velocidades de quinientos kilómetros por hora? —, preguntó Kolya. —Has oído bien —. —Pero eso es imposible. No se puede alcanzar esa velocidad en el agua… —, dijo Kolya, poniendo a funcionar su mente analítica. —El misil produce gas suficiente en su parte delantera como para ir envuelto en una bala de gas, dentro del agua. Los americanos saben que lo tenemos, si nos disparan, ellos estallarían en mil pedazos antes siquiera de comprobar el resultado de su ataque. Espero que todo el mundo mantenga la cabeza fría —, dijo Pribilof. —Esto va a ser largo, me voy a descansar a mi camarote, y les sugiero que hagan lo mismo —. —Yo no puedo dormir, sabiendo lo que hay ahí afuera —, dijo Sofía. —Es tarde, tratemos de descansar un poco —, respondió Kolya. Kolya y Sofía entraron en su camarote y estuvieron hablando en voz baja, incapaces de dormir. Recordaron juntos todo lo que habían pasado. A ambos les pareció curioso el hecho de que los dos recordaban los hechos como si fuera una película. Sabían que lo habían vivido, pero si en ese momento despertaran solos en un lugar alejado, siempre les quedaría la duda de si había sido verdad. Había sido todo tan surrealista... Los nervios que habían vivido aquel día estaban pasando factura. A pesar de lo estresante de la situación que estaban viviendo, el cansancio pudo más que la preocupación. Sofía tenía la mano en el pecho de Kolya y éste estaba acariciando el pelo de ella. Un último pensamiento antes de dormirse pasó por la mente
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    207 de Kolya: sisu destino era morir allí, lo haría en casa, pues el cuerpo de Sofía era su hogar, y su aroma el sortilegio que unía sus almas. La puerta del camarote se abrió y el agente Pribilof comenzó a zarandear a Kolya y Sofía, que estaban durmiendo en la litera inferior. —¿No has oído hablar de la buena educación? —, dijo un somnoliento Kolya. Tenía la sensación de haber dormido tres o cuatro horas, así que si el agente Pribilof estaba allí es porque algo grave estaba ocurriendo. —Venga, deja de refunfuñar. Si hubiera tocado en la puerta con los nudillos me echan del submarino. Vamos a tomar un café —, dijo Pribilof. —Déjanos descansar un poco, ahora vamos —, dijo Kolya. —Lleváis descansando doce horas… —, dijo el agente ruso. —¿Qué? —, se sobresaltó Sofía —Es imposible —, bajando automáticamente el tono de voz. —La desorientación dentro de un submarino es algo normal. En ausencia de luz solar, el ritmo circadiano del cuerpo se desregula —, explicó Pribilof. En la cafetería, así como en el resto del submarino seguía aquella luz roja que indicaba que aún se encontraban en situación de emergencia. Kolya y Sofía se cruzaron con varios marineros camino de la cafetería. Se les veía serios, cansados, pero concentrados en su tarea. Los mandos se lo habían dejado claro en su instrucción, en un submarino un error te puede enviar al fondo del océano, a una muerte terrible. —¿Cómo está la situación, Mijail? —, preguntó Kolya. —Seguimos igual —, contestó el agente ruso, al tiempo que comía una especie de pastelitos secos que constituían el desayuno en situación de emergencia. Nadie cocinó esa mañana en el submarino. —¿Tenemos al submarino americano encima? —, preguntó Kolya. —Así es —. —¿Por qué sigue ahí si no nos ha atacado? No tiene sentido —, preguntó Sofía. —No lo sabemos. Quizás… —, comenzó a decir Pribilof, interrumpido por el capitán Sergey Kuznetsov, quien entró repentinamente en la cafetería con gesto de preocupación. —¡Agente Pribilof, rápido acompañeme! —, ordenó el capitán Kuznetsov, en un susurro enérgico.
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    208 —¿Qué ocurre? —,preguntó sobresaltado Pribilof. El capitán Kuznetsov miró serio a Kolya y a Sofía, sopesando las palabras, —La situación se ha complicado. Y mucho… —. El agente Mijail Pribilof se levantó para acompañar al Capitán hasta el puente de mando, no sin antes coger un puñado de pastelitos y picar un ojo a Kolya y Sofía, —Todo saldrá bien —, les susurró. En sus muchos años en el campo del espionaje había aprendido que fuera cual fuera la situación, mantener a raya los nervios podía significar la diferencia entre morir o vivir. Kolya y Sofía se miraron sin poder ocultar su preocupación. Ninguna palabra salió de sus bocas. El agente Pribilof llegó, acompañado del capitán Kuznetsov, al puesto de mando, donde le esperaban el general Victor Popov y el comandante Alexander Lebedev. —Pasemos a mi despacho —, dijo el Comandante, con gesto serio. Se notaba la tensión en la sala de control. —La situación es la siguiente: dos submarinos clase Seawolf se han situado a ambos lados del Yuri Dolgoruki, pensamos que van a atacar, debemos valorar la situación y responder a la amenaza —, dijo el comandante Lebedev. —Usted es agente de inteligencia, señor Pribilof, ¿cuál es su opinión? —, preguntó con el gesto serio en su rostro curtido el general Popov. —¿En que sustentan la opinión de que ellos pueden atacarnos? —, preguntó Pribilof. —Estamos acercándonos a una de las fosas del Pacífico Norte y navegamos en total silencio, incomunicados. Si nos hunden seremos un fantasma en el fondo del océano. Otro caso sin resolver para la Historia —, dijo el Comandante. —Pero, vamos cargados de misiles nucleares, ¿no es así? Si nos disparan habría una detonación nuclear que provocaría incluso un tsunami —, preguntó Pribilof. —El Yuri Dolgoruki… —, comenzó a explicar el capitán Sergey Kutnetsov, refiriéndose en tercera persona al submarino en el que se encontraban, como era costumbre —lleva dieciséis misiles intercontinentales Bulavá, con diez cabezas nucleares cada uno, y una potencia de ciento cincuenta kilotones. Pueden modificar su trayectoria en vuelo, evitando cualquier sistema antimisiles, con un alcance de ocho mil kilómetros. Podríamos impactar en Manhattan desde aquí, si quisiéramos. Sin embargo, señor Pribilof, ellos pueden atacar selectivamente nuestros sistemas de soporte vital y hundirnos sin detonar los misiles. En mi opinión, caballeros, hay que hacer una demostración de fuerza. Y cuanto antes…—.
  • 209.
    209 —¿Una demostración defuerza? ¿En qué está pensando Capitán? —, preguntó el comandante Lebedev. —¿Ciento cincuenta kilotones cada uno? La bomba de Hiroshima tenía veinte… —, reflexionó para sí el agente Pribilof. Componer las piezas básicas del puzzle era su forma de tejer, como una araña paciente, su estrategia. La situación era muy compleja y no podían permitirse ningún error. —Yo digo que si lanzamos un misil hacia el Ártico, que está básicamente desierto, los americanos comprenderán que vamos en serio y que un movimiento suyo les puede costar caro —, dijo el Capitán. Hubo un momento de reflexión para analizar lo que el oficial estaba sugiriendo. —Gracias por su sugerencia, Capitán —, dijo el general Popov —pero no seré yo quien desencadene una guerra nuclear. Su estrategia pone en riesgo a millones de personas —. —Pero Señor, ¡estamos en peligro real de hundimiento! —, respondió el Capitán. El General miró con gesto serio a su subordinado. Dada la situación de emergencia decidió no reprender la insubordinación de esa contestación. —Capitán, hay ciento veinticinco personas en este submarino. No pondré en riesgo la vida de millones por salvar la nuestra. No es una opción, ¿me he expresado con claridad? —, espetó el General. —Sí, Señor —. —En caso de que nos destrozaran los soportes vitales o los tanques de oxígeno, ¿tendríamos la capacidad de atacar con misiles convencionales a los Seawolf? —, preguntó Pribilof. Nadie supo contestar esa pregunta con certeza y llamaron al Capitán especialista en balística, que se presentó cuadrándose en el despacho. —Capitán, si los submarinos americanos destrozan nuestros tanques de oxígeno o nuestro sistema de propulsión, caeríamos al fondo rotando, ¿no es así? —, preguntó el Comandante. —Así es, Señor —, respondió el Capitán jefe de balística. —En esas circunstancias, ¿podríamos alcanzar con un misil convencional a los submarinos americanos? —, preguntó esta vez Pribilof. —Sin duda. Una vez fijado el objetivo de los misiles, corrigen el rumbo por sí solos. Aunque los disparáramos hacia el fondo, volverían a subir hasta impactar con el objetivo fijado —, respondió el Capitán.
  • 210.
    210 —Eso es todo,puede retirarse —, ordenó el Comandante. —¡Un momento! No se retire. Una pregunta más —, dijo Pribilof —¿Eso lo saben los americanos? —. —¿El qué, Señor? —, preguntó el Capitán. —Que tenemos la capacidad de alcanzarles incluso hundiéndonos. En su opinión, ¿ellos saben que es así? —, preguntó Pribilof. El Capitán hizo un gesto de sorpresa, echando la cabeza ligeramente hacia detrás y frunciendo el ceño. Era una pregunta demasiado obvia para él —Por supuesto, Señor. Hace tiempo que los misiles no describen trayectorias balísticas, son autónomos en la búsqueda de su objetivo. Definitivamente, sí. Lo saben —. De repente una gran sacudida se produjo en el submarino junto con el sonido de un zumbido. Todo pasó en una décima de segundo. En el tiempo que tardaron en reaccionar una segunda sacudida movió el submarino oyéndose de nuevo un segundo zumbido. Los mandos corrieron hacia la sala de control adyacente. —¡Control de daños! ¡Preparad misiles! — gritó el comandante. —¡Misiles preparados Señor! ¡Objetivos fijados! —, contestó uno de los oficiales frente a una de las pantallas. —¡Quiero los daños! ¿Qué ha ocurrido? —, gritó el Capitán al oficial encargado del sonar. —¡Nos han disparado dos misiles Señor! ¡Trayectorias cruzadas! No nos han alcanzado —, respondió el oficial al mando del sonar. —¡Nos han atacado General! ¡Dé la orden y mandemos a esos malnacidos al infierno! —, dijo el Capitán con el rostro desencajado. El General asintió ligeramente con la cabeza, pero se tomó unos segundos para reflexionar antes de dar la orden. —¡Quieto todo el mundo! —gritó Pribilof, lo cual no sentó nada bien a los oficiales, puesto que él no era un oficial de la Marina Rusa. —¿Qué probabilidades tienen los Seawolf de fallar un lanzamiento de un misil contra nosotros? —, preguntó Pribilof al Capitán de balística. El resto de los oficiales de la sala de control se quedaron en silencio, atentos a la respuesta.
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    211 —A esta distancia,muy pocas, Señor —. —¿Y dos misiles? ¿Qué probabilidad de fallo le daría a dos misiles disparados por dos Seawolf contra nosotros a esta distancia? —, preguntó Pribilof. El Capitán se quedó unos segundos bloqueado, tratando de pensar en aquellas circunstancias de tanta tensión. —¡Conteste maldita sea! —, gritó Pribilof. —Ninguna —, contestó en voz baja el Capitán —No tienen ninguna posibilidad de fallar —. —Son disparos de advertencia General, ¡ordene cerrar los tubos lanzamisiles! —, dijo Pribilof. Durante unos instantes el tiempo se detuvo. El oficial de balística tenía los objetivos fijados en la pantalla, tan sólo tenía que apretar un botón e introducir las claves que sólo conocían el General Popov y el Comandante Lebedev. El silencio era absoluto y sólo se escuchaba un ruido procedente del área de balística, al oficial le estaban temblando las manos y ni siquiera era consciente de ello. El general Popov jamás había tenido que hacer frente a una decisión tan delicada como aquella. Con una mirada pétrea en el rostro, producto de su formación militar y su carácter rocoso, el General le indicó al Comandante que se acercara. —¿Cuál es su opinión, Comandante? —, susurró el General. —Si nos hubieran querido hundir, en este momento estaríamos cayendo al fondo del océano, General —. —¡Oficial de balística! —, gritó el General, —¡cierre todas las compuertas de los tubos lanzamisiles, pero deje preparado un misil intercontinental Bulavá para su detonación! —. —¿Dónde fijo el objetivo del misil, General? —, preguntó el oficial de balística con la voz entrecortada. La sequedad de la boca era tal que se le trababan las palabras. —¡La zona de detonación es el propio submarino, oficial! —, ordenó el General. —Quien se atreva a atacar a la Marina Rusa no quedará con vida para contarlo —, susurró para sí el General. —¡Sí, Señor! —, respondió el oficial de balística. El resto de oficiales se quedaron petrificados, mirándose unos a los otros. —Cerrando compuertas… —, dijo el oficial.
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    212 —¡Situación de losSeawolf! —, ordenó el Comandante al oficial de sonar. —Siguen ahí, mi Comandante —. Durante unos interminables quince minutos siguieron navegando en la absoluta oscuridad, en absoluto silencio, esperando a que el destino escribiera su próxima línea. Los submarinos Seawolf americanos y el submarino clase Los Ángeles seguían en formación de combate, como tres negras orcas tras su presa. El oficial de sonar se giró hacia el General. Con el rostro empapado en sudor debido al estrés trató de decir una palabras, pero nada salió de su boca, salvo un balbuceo ininteligible, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. En ese momento el oficial segundo al mando del sonar exclamó: —¡Se retiran! ¡Están girando! ¡Se retiran! —. Un estruendo de júbilo se oyó en la sala de control que se oyó en todo el submarino. Los oficiales se abrazaban y los marineros también tan pronto como la noticia recorrió el submarino. Las luces rojas seguían indicando una situación de emergencia, pero nadie hizo caso. —Desactive los misiles —, ordenó el General en voz baja. —Ha hecho un buen trabajo, todos lo han hecho —, dijo dando una palmaditas en la cara del oficial de balística superado por la presión. Kolya y Sofía estaban en la cafetería, cogidos de la mano, apretando fuerte. Sin duda aquella sacudida que habían percibido solo podía significar una cosa. Su vida iba a terminar allí, y pronto. Ninguno de los dos decía nada, pero ambos sabían que ninguno de ellos estaba solo. Nunca lo estarían. Cuando oyeron el estruendo y los gritos no supieron interpretarlo. Y tan solo cinco minutos después aparecía en la cafetería el agente Pribilof, como siempre, sonriente. —¿Todavía quedan pastelitos del desayuno, o os los habéis comido todos? —, dijo picándoles un ojo el agente ruso. —¿Qué ha pasado? ¿Estamos a salvo? —, preguntó Kolya, sin soltar la mano de Sofía. —Sí. Os dije que todo saldría bien. En este momento navegamos hacia los canales del Ártico, hacia la Patria Rusa amigo mío, de la que nunca debiste salir —. Kolya y Sofía se abrazaron y abrazaron también al orondo agente. —Cuéntanos que ha pasado, Pribilof —, dijo Sofía, con una sonrisa de oreja a oreja, secándose las lágrimas de alegría.
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    213 —¡Que venga elcocinero! Os lo contaré todo si me sirven un buen desayuno, no estos pastelitos de la estepa siberiana… —, gritó el agente. Todos rieron. CAPÍTULO -21-. La obra Divertimento KV ciento treinta y seis en Re Mayor de Wolfgang Amadeus Mozart, interpretada por una parte de la sección de cuerda de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo llenaba por completo el espacio de la Sala de Conciertos. Era la primera vez que Sofía escuchaba música clásica en directo, y jamás hubiera imaginado que se pudiera escuchar música no con los oídos, sino con el corazón. Cada célula vibraba al unísono con la melodía. Cerró los ojos y comenzó a notar como todo encajaba, como las notas envolvían sus pensamientos, como la sensación de que ocupaba un lugar en el mundo y que todo había pasado tal como debía pasar se hacía real. Etérea, intangible para la mente, pero real. Habían pasado ya cinco meses desde que aquella pesadilla había terminado, y allí estaba, en primera fila de la sala de conciertos azul de Estocolmo, radiante, vestida con un elegantísimo traje negro con un estampado de flores rojas, de corte helénico, neoclásico, como la arquitectura de aquel emblemático edificio, y como su propio nombre. A su lado, vestido con el correspondiente frac, el agente Mijail Pribilof le cedió su pañuelo blanco de seda, para que Sofía pudiera secarse alguna que otra lágrima de pura alegría que amenazaba con rodar por su rostro. Al ritmo de la música, los galardonados con el Premio Nobel comenzaron a desfilar, bordeando un busto del filántropo, ocupando sus rojos asientos a la izquierda de Sofía. La Familia Real Sueca estaba situada a la derecha, ocupando sus sillas de tapizado azul y ribeteado de oro. La prestancia del acto era indescriptible y el motivo, sublime. Cada diez de diciembre se entregaban los Premios Nobel a aquellas personas que más hubieran contribuido, con sus descubrimientos, al bien de la humanidad. Aquel año, todas las miradas estaban puestas en un jovencísimo científico de doble nacionalidad, rusa y española, que lucía, destacando entre los galardonados. Aquel día habían estado paseando en la ciudad de las catorce islas, los canales de la Venecia del Norte estaban helados, y una capa de blanca nieve lo cubría todo. Sin embargo, el
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    214 frío no eratan intenso como esperaban, y pudieron disfrutar de la magia de esa ciudad, insertada entre bosques y agua, en un perfecto equilibrio entre naturaleza, pasado y futuro. Un guía les había explicado la historia de la familia Nobel, que por verse en la bancarrota tuvo que irse a San Petersburgo, donde Immanuel Nobel instaló una fábrica de armamento, y donde Alfred Nobel pasó su infancia. Tras veinte años en Rusia, y de nuevo por una bancarrota, volvieron a Suecia. Su desgraciada historia se agravó con la muerte del hermano de Alfred, por una explosión de nitroglicerina. Todo cambió cuando Alfred, rellenó una sustancia porosa con nitroglicerina para una mayor seguridad en el manejo de la misma, inventando así la dinamita, lo que le hizo inmensamente rico. Kolya reflexionó sobre la vida del filántropo, y cómo trató de hacer el bien legando su fortuna a una buena causa, quizás por sentirse culpable debido a los usos bélicos de su invento. El corazón de Sofía comenzó a latir muy fuerte cuando llegó el momento de entregar los premios a los galardonados, quienes uno a uno, fueron recibiendo la medalla y el diploma, de manos del Rey de Suecia. Cuando llegó el turno de anunciar el Premio Nobel de Física, el público se puso en pie y una unánime ovación interrumpió el acto durante más de quince minutos. Jamás había ocurrido algo así en aquella ceremonia, pero los asistentes eran conscientes de que estaban frente a frente con un momento de cambio abrupto en la historia de la humanidad. Cuando finalmente el público fue poco a poco tomando asiento de nuevo, Kolya, con paso firme pero sereno avanzó hasta el centro del escenario. El Rey Carlos XVI Gustavo Bernardotte le entregó la medalla y el diploma y le dijo unas palabras a Kolya, mostrándose agradecido porque estuviera allí esa noche. Kolya se dirigió al atril desde el que pronunciaría su discurso. Miró a Sofía y a Mijail Pribilof, con una sonrisa tranquila, y durante unos instantes cerró los ojos y conversó con la persona que él sabía que estaba en ese momento a su lado. — Padre, has sido un ejemplo para mí. Sé que estás muy orgulloso de mí, pero yo lo estoy más aún de ti. Gracias por darme fuerzas —. El auditorio escuchó en silencio: —Gracias a todos los presentes, y a todas las personas que hacen posible este premio. Es un estímulo para aquellos que lo reciben o ansían recibirlo, y es un estímulo para la humanidad misma. En la medida en que contribuye a que cada año nuevos avances se sumen al lento pero inexorable camino hacia unas sociedades mejores, se cumple el deseo de su creador, el señor Alfred Nobel —, Kolya hizo una pausa, pues un aplauso lo interrumpió. —Hay muchas personas a quien podría dedicar este premio, hay mucha gente que con su sacrificio ha hecho posible mi investigación, pero no es a ellas, ni a mí mismo a quien hay que felicitar, somos simplemente un instrumento del cosmos para dejar atrás la adolescencia que nuestra especie padece, provocando hambre y sufrimiento, innecesariamente —, Kolya hizo de nuevo una pausa, —hoy en día estamos insertos en la cultura de la tecnología, pero ésta no será nunca digna mientras no se use para reducir las diferencias entre los seres humanos y erradicar el hambre en este planeta, que es de todos por igual. Mi descubrimiento no se trata de la energía, eso sólo es el medio. Mi descubrimiento habla en primer lugar del agua. Vivimos en un planeta rebosante de agua, tanta
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    215 que se nosharía difícil comprender si lo observáramos desde el espacio, el porqué hay un solo ser humano que pasa sed. O hambre. Somos agua, y la necesitamos para sobrevivir. Hoy aquí puedo anunciar que gracias al consorcio de los principales laboratorios del mundo, en los cinco continentes, se ha firmado un acuerdo mediante el cual la explotación comercial de la energía ilimitada que estamos produciendo no sólo producirá un avance sin precedente en las sociedades tecnológicas, sino que se está ya destinando la mitad del dinero obtenido para construir infraestructuras en las zonas más pobres del planeta, porque nosotros somos ellos y ellos son nosotros. Con nuestros sistemas productores de energía cuántica ilimitada estamos potabilizando agua y llevándola a las zonas más desfavorecidas del planeta, haciendo posible que se pueda cultivar en zonas hasta ahora inimaginables. Puedo anunciar hoy aquí que tras el colapso económico provocado por la pubertad de la globalización, la especie humana ha empezado a pensar como un solo organismo. Es hora de erradicar el hambre en el mundo y dar la bienvenida a una era de enorme prosperidad para todos… Y es a nuestra especie a quien dedico en premio. No nos ha sido fácil, hemos luchado mucho desde el inicio de los tiempos, hemos cometido errores, pero estamos empezando a comprender que somos uno, y que podemos colaborar más allá de nuestros intereses individuales para construir, de una vez por todas, un mundo mejor —, una sonora ovación de veinte minutos interrumpió de nuevo a Kolya, quien esperó sonriendo y mirando a Sofía, a quien le rodaban lágrimas de alegría por las mejillas... En ese momento, dos de los asistentes sentados en la última fila, invitados expresamente por insistencia del Gobierno Ruso, salieron de la sala y accedieron al hall, donde un servicio de catering tenía preparado unos canapés para los asistentes. —Al final el chaval nos ha salido listo eh —, dijo la Rata. —Por Kolya —, alzó una copa el inspector Manrique. —Por Kolya —. —Por cierto, que buena pinta tienen estos canapés —, dijo la Rata llevándose uno a la boca. —Aprovecha y come, que cuando los vea el agente ruso ya sabes…— —Ambos rieron —. —FIN—
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    216 NOTA DEL AUTOR Deseoagradecer al lector que haya elegido este libro, espero que haya disfrutado con su lectura. Como lector, valoro mucho aquellos libros que son capaces de transportarme a la historia que cuentan, y que, a su vez, me aportan nuevas ideas y enfoques con los que alimentar mi curiosidad. Estos son los objetivos que he tratado de alcanzar al escribir este libro: crear para el lector un espacio único, por el que pueda transitar cuando lo desee, al margen de la cotidianidad, y aportarle nuevas ideas o conocimientos. Espero haberlo conseguido en alguna medida. El hecho de que haya leído este libro constituye para mí una enorme satisfacción, puesto que ha sido escrito robándole incontables horas al sueño. Me gustaría seguir creando nuevas historias que aportar a los lectores, lo cual dependerá en cierta forma de que este libro no se pierda en el océano de nuevas publicaciones, dado que carezco de promoción alguna. Por esta razón, si el lector quisiera ayudar, agradecería enormemente una buena valoración en Amazon o recomendación del mismo. En cualquier caso, sólo tengo una palabra para el lector por haber elegido este libro: ¡Gracias! Para contactar con el autor: Email: helderamadowriter@gmail.com Twitter: @helderamado