El príncipe de Koh Samui
Bruno Pastor
La sombra de la soledad que me andaba rondando estos últimos días por fin me ha
alcanzado. Varios días llevo varado en esta isla, en el norte de Koh Samui. La soledad no
me molesta, y los locales me tratan como a un rey, a pesar de que ni siquiera me sobra
el dinero. Nunca he sido particularmente afín a los cuentos de reyes y reinas, pero en
soledad la imaginación se dispara, y estos delirios no entienden de nociones políticas. Y
puestos a imaginar, antes que un rey de cuento sin moraleja, prefiero ser un príncipe, el
solitario príncipe de Koh Samui.
Camino solo por la arena mojada, a un lado el mar en calma, al otro, la arena clara y
seca. Y más a dentro de la arena, unos cuantos chiringuitos de madera y cañas, donde
cena alguna que otra familia, lo suficientemente despistada como para venir en
temporada baja.
Según dejo atrás los baretos familiares y me adentro en la oscuridad de la noche, el cielo
se ilumina de estrellas. Sin embargo y para mi asombro, no es lo único que se ilumina.
Varias luces en la orilla súbitamente llaman mi atención.
Desconcertado, pues me creía solo, dueño y señor de la playa estrellada, me detengo a
examinar la orilla entornando los ojos, con los músculos en tensión por el temor a lo
desconocido. Permanezco unos instantes en silencio, con las rodillas flexionadas y el
torso doblado hacia delante debido a la rigidez de mi cuerpo. Pero la curiosidad se
adueña de mi mente, y poco a poco de mis pies, que avanzan con pasos cortos y
discretos hacia las luces. Según continuo acercándome empiezo a escuchar voces
tailandesas y descubro, disipando todo misterio, que se trata de unos pescadores
tratando de remontar su barca en la arena.
Una de las luces me deslumbra sin piedad, cegándome, pero rápidamente se desvía
permitiéndome apreciar el gesto que unos de los pescadores me hacía con el brazo.
Rápidamente me acerco y agarro mi extremo de la barca, y al acércame puedo ver sus
rostros, o mejor sus sonrisas, tres perfectas sonrisas alegres y desenfadadas que me
invitan a unirme. Entre los cuatro logramos llevar la barca hasta una caseta en la arena.
La llevamos entre risas, la barca de madera es pesada, y va cargada de pescado,
apretando los dientes finalmente llegamos. Y al llegar un gracias y tres sonrisas
relucientes, a pesar de la oscuridad que domaba la playa. Trato de recobrar el aliento y
junto las manos mientras agacho la cabeza para despedirme, y así poder continuar con
mi particular paseo a ciegas por la playa, cuando uno de ellos me hace un gesto
enseñándome la palma de su mano, orientada verticalmente hacia arriba, para que
aguarde un instante. Entra en la cabaña y en seguida sale con una botella.
-One drink?
-Oh no thanks, I was on my way (¡Ya me iba gracias!)
-C'mon very good wiskey!- Sonríe como quien acaba de hacer la oferta más irresistible.
-Wiskey?
-No wiskey, but same same.
-Same same?
-Same same but different.
Esbocé mi más involuntaria y sincera sonrisa. Y allí me quedé en la arena, probando el
licor de arroz casero más asqueroso al paladar que jamás he probado, y sin embargo tan
reconfortante para mi entrañas. Y según noté ascender los vapores del licor a mi cabeza
pensé: Que no voy a ningún sitio, porque soy el solitario príncipe de Koh Samui, que
esta es mi isla, y este mi banquete real, que no quiero nunca ser rey y ser en serio, que
prefiero ser príncipe risueño, que mientras me dure este sueño, no me faltarán cuentos.
Ni risas bajo las estrellas.
Bruno Pastor Díaz, Bitácora de viaje, Verano de 2017

El príncipe de Koh Samui

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    El príncipe deKoh Samui Bruno Pastor La sombra de la soledad que me andaba rondando estos últimos días por fin me ha alcanzado. Varios días llevo varado en esta isla, en el norte de Koh Samui. La soledad no me molesta, y los locales me tratan como a un rey, a pesar de que ni siquiera me sobra el dinero. Nunca he sido particularmente afín a los cuentos de reyes y reinas, pero en soledad la imaginación se dispara, y estos delirios no entienden de nociones políticas. Y puestos a imaginar, antes que un rey de cuento sin moraleja, prefiero ser un príncipe, el solitario príncipe de Koh Samui. Camino solo por la arena mojada, a un lado el mar en calma, al otro, la arena clara y seca. Y más a dentro de la arena, unos cuantos chiringuitos de madera y cañas, donde cena alguna que otra familia, lo suficientemente despistada como para venir en temporada baja. Según dejo atrás los baretos familiares y me adentro en la oscuridad de la noche, el cielo se ilumina de estrellas. Sin embargo y para mi asombro, no es lo único que se ilumina. Varias luces en la orilla súbitamente llaman mi atención. Desconcertado, pues me creía solo, dueño y señor de la playa estrellada, me detengo a examinar la orilla entornando los ojos, con los músculos en tensión por el temor a lo desconocido. Permanezco unos instantes en silencio, con las rodillas flexionadas y el torso doblado hacia delante debido a la rigidez de mi cuerpo. Pero la curiosidad se adueña de mi mente, y poco a poco de mis pies, que avanzan con pasos cortos y discretos hacia las luces. Según continuo acercándome empiezo a escuchar voces tailandesas y descubro, disipando todo misterio, que se trata de unos pescadores tratando de remontar su barca en la arena. Una de las luces me deslumbra sin piedad, cegándome, pero rápidamente se desvía permitiéndome apreciar el gesto que unos de los pescadores me hacía con el brazo. Rápidamente me acerco y agarro mi extremo de la barca, y al acércame puedo ver sus rostros, o mejor sus sonrisas, tres perfectas sonrisas alegres y desenfadadas que me invitan a unirme. Entre los cuatro logramos llevar la barca hasta una caseta en la arena. La llevamos entre risas, la barca de madera es pesada, y va cargada de pescado, apretando los dientes finalmente llegamos. Y al llegar un gracias y tres sonrisas relucientes, a pesar de la oscuridad que domaba la playa. Trato de recobrar el aliento y junto las manos mientras agacho la cabeza para despedirme, y así poder continuar con mi particular paseo a ciegas por la playa, cuando uno de ellos me hace un gesto enseñándome la palma de su mano, orientada verticalmente hacia arriba, para que aguarde un instante. Entra en la cabaña y en seguida sale con una botella. -One drink? -Oh no thanks, I was on my way (¡Ya me iba gracias!) -C'mon very good wiskey!- Sonríe como quien acaba de hacer la oferta más irresistible. -Wiskey? -No wiskey, but same same. -Same same? -Same same but different.
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    Esbocé mi másinvoluntaria y sincera sonrisa. Y allí me quedé en la arena, probando el licor de arroz casero más asqueroso al paladar que jamás he probado, y sin embargo tan reconfortante para mi entrañas. Y según noté ascender los vapores del licor a mi cabeza pensé: Que no voy a ningún sitio, porque soy el solitario príncipe de Koh Samui, que esta es mi isla, y este mi banquete real, que no quiero nunca ser rey y ser en serio, que prefiero ser príncipe risueño, que mientras me dure este sueño, no me faltarán cuentos. Ni risas bajo las estrellas. Bruno Pastor Díaz, Bitácora de viaje, Verano de 2017