Isaías tiene una visión de Dios en el templo, rodeado de serafines que proclaman su santidad. Al ver a Dios, Isaías se da cuenta de que es pecador. Un serafín purifica sus labios con fuego del altar. Cuando Dios pregunta quién irá a predicar, Isaías se ofrece como voluntario. Dios le dice que su mensaje hará que el pueblo no entienda ni se convierta, hasta que las ciudades estén desoladas.