La Divina Comedia
Dante Alighieri
EL INFIERNO
1
Canto I
En medio del camino de nuestra vida
me encontré en un obscuro bosque,
ya que la vía recta estaba perdida.
¡Ah que decir, cuán difícil era y es
este bosque salvaje, áspero y fuerte,
que al pensarlo renueva el pavor.
Tan amargo, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.
No sé bien repetir como allí entré;
tan somnoliento estaba en aquel punto,
que el verdadero camino abandoné.
Pero ya que llegué al pie de un monte,
allá donde aquel valle terminaba,
que de pavor me había acongojado el corazón,
miré en alto, y vi sus espaldas
vestidas ya de rayos del planeta,
que a todos lleva por toda senda recta.
Entonces se aquietó un poco el espanto,
que en el hueco de mi corazón había durado
la noche entera, que pasé con tanto afán.
Y como aquel que con angustiado resuello
salido fuera del piélago a la orilla
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se vuelve al agua peligrosa y la mira;
así mi alma, que aún huía,
volvióse atrás a re mirar el cruce,
que jamás dejó a nadie con vida.
Una vez reposado el fatigado cuerpo,
retomé el camino por la desierta playa,
tal que el pie firme era siempre el más bajo;
y al comenzar la cuesta,
apareció una muy ágil y veloz pantera,
que de manchada piel se cubría.
Y no se apartaba de ante mi rostro;
y así tanto me impedía el paso,
que me volví muchas veces para volverme.
Era la hora del principiar de la mañana,
y el Sol allá arriba subía con aquellas estrellas
que junto a él estaban, cuando el amor divino
movió por vez primera aquellas cosas bellas;
bien que un buen presagio me auguraban
de aquella fiera la abigarrada piel,
la ocasión del momento, y la dulce estación:
pero no tanto, que de pavor no me llenara
la vista de un león que apareció.
Venir en contra mía parecía
erguida la cabeza y con rabiosa hambruna,
que hasta el aire como aterrado estaba:
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y una loba que por su flacura
cargada estaba de todas las hambres,
y ya de mucha gente entristecido había la vida.
Tanta fue la congoja que me infundió
el espanto que de sus ojos salía,
que perdí la esperanza de la altura.
Y como aquel que goza en atesorar,
y llegado el tiempo en que perder le toca,
su pensamiento entero llora y se contrista;
así obró en mi la bestia sin paz,
que, viniéndome de frente, poco a poco,
me repelía a donde calla el Sol.
Mientras retrocedía yo a lugar bajo,
ante mis ojos se ofreció
quien por el largo silencio parecía mudo.
Cuando a éste vi en el gran desierto
Ten piedad de mí, le grité,
quienquiera seas, sombra u hombre cierto.
Respondióme: No hombre, hombre ya fui,
y lombardos fueron mis padres,
y ambos por patria Mantuanos.
Nací sub Julio, aunque algo tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto,
en tiempos de los dioses falsos y embusteros.
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Poeta fui, y canté a aquel justo
hijo de Anquises, que vino de Troya,
después del incendio de la soberbia Ilion.
Pero tú, ¿Por qué a tanta angustia te vuelves?
¿Por qué no trepas el deleitoso monte,
que es principio y razón de toda alegría?
¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente
que expande de elocuencia tan largo río?
le respondí, avergonzada la frente.
¡Oh! De los demás poetas honor y luz,
válgame el largo estudio y el gran amor,
que me han hecho ir en pos de tu libro.
Tú eres mi maestro y mi autor:
tú sólo eres aquel de quien tomé
el bello estilo, que me ha dado honor.
Mira la bestia por la que me he vuelto:
socórreme de ella, famoso sabio,
porque hace temblar las venas y los pulsos.
Otro es el camino que te conviene,
respondió al ver mis lágrimas,
si quieres huir de este lugar salvaje;
porque esta bestia, por la que gritas,
no deja a nadie pasar por el suyo,
sino que tanto impide, que mata:
su naturaleza es tan malvada y cruel,
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que nunca satisface su hambrienta voluntad,
y tras comer tiene más hambre que antes.
Muchos son los animales con que se marida
y muchos más habrá todavía, hasta que venga
el Lebrel, que le dará dolorosa muerte.
No se alimentará de tierra ni de peltre,
más de sabiduría, de amor y de virtud
y su patria estará entre fieltro y fieltro.
Será la salud de aquella humilde Italia,
por quien murió la virgen Camila,
Euriale, y Turno y Niso, de sus heridas:
De ciudad en ciudad perseguirá a la loba,
hasta que la vuelva a lo profundo del infierno,
de donde la envidia la hizo salir primero.
Ahora por tu bien pienso y entiendo,
que mejor me sigas, y yo seré tu conductor,
y te llevaré de aquí a un lugar eterno,
donde oirás desesperados aullidos,
verás a los antiguos espíritus dolientes,
cada uno clamando la segunda muerte;
después verás los otros, que en el fuego
están contentos, porque unirse esperan,
cuando sea, a las felices gentes;
a las cuales, después, si quisieras subir,
un alma habrá más digna que yo para tu ascenso;
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te dejaré con ella, cuando de ti me parta:
que aquel emperador, que allá arriba reina,
porque rebelde fui a su ley,
no quiere que a su ciudad por mí se llegue.
Impera en todas partes, y allá reina,
allá está su ciudad y allá su alta sede:
¡Feliz aquel a quién para su reino escoge!
Y yo a él: Poeta, te intimo
por aquel Dios que no conociste,
de éste y de peor mal que yo me salve,
que allá me lleves donde tú dijiste,
así que vea la puerta de san Pedro,
y a aquellos tan tristes que tú dices.
Entonces se movió, y yo me pegué detrás.
Canto II
Íbase el día, y el aire oscuro,
a los animales de la tierra,
libraba de las fatigas; y por mi parte solo yo
me preparaba a sostener la guerra
tan del camino y tan de la piedad,
que ha de referir la mente que no yerra.
¡Oh Musas! ¡Oh alto ingenio!, ayudadme ahora;
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¡Oh mente que escribiste lo que vi!
Aquí se mostrará tu nobleza.
Comencé entonces: Poeta que me guías,
considera si es fuerte mi virtud,
antes que al alto paso me confíes.
Tú dices que el padre de Silvio,
aun corruptible, al inmortal siglo
pasó, y fue sensiblemente.
Pero si el adversario de todo mal
le fue gentil, pensando en el alto bien,
que salir de él debía, y qué gentes, y cuál imperio,
no parecerá indigno a un hombre de intelecto:
porque del alma Roma y de su imperio
fue elegido padre en el empíreo Cielo:
A decir verdad la una y el otro
fueron establecidos lugar santo
donde está la sede del sucesor del mayor Pedro.
En este viaje, por el que lo exaltas tanto,
oyó cosas que fueron la causa
de su victoria y del papal manto.
Viajó también el Vaso de elección,
para dar firmeza a aquella fe
que es principio en el camino de la salvación.
Pero yo ¿Por qué he de ir? o ¿Quién lo concede?
No soy Eneas, Pablo no soy:
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que sea digno, ni yo ni nadie lo cree,
porque si a tal ir me abandono
temo que el viaje sea locura:
Sé sabio, y óyeme que yo ya no razono.
Y como aquel que desquiere lo que quería
y por nueva idea el propósito descambia,
y así de lo comenzado se aparta entero;
así me cambié yo en aquella cuesta obscura:
así, pensado, se consumió la empresa
cuyo comenzar fue con tanta fuerza.
Si he bien oído tus palabras,
repuso de aquel magnánimo la sombra,
tu alma está herida de bajeza:
la cual muchas veces estorba al hombre
tanto, que de empeñada empresa lo retorna,
como bestia espantada de una sombra.
A fin de que de este temor te libres
te diré, porqué yo vine y lo que oí
en aquel punto primero cuando me dolí de ti.
Estaba yo entre aquellos en suspenso
y una mujer me llamó, bendita y bella,
tanto de que me mandara yo la requerí.
Lucían sus ojos más que la estrella:
y comenzó a decirme suave y humilde,
con angélica voz, en su lenguaje:
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¡Oh gentil alma Mantuana!
cuya en el mundo aún la fama dura
y durará cuanto el movimiento dure, lejana:
mi amigo, que no lo es de la ventura,
de la desierta playa está tan impedido
en el camino, que vuelto se ha de miedo:
y temo que no esté ya tan perdido
que tarde me haya levantado a socorrerlo,
de acuerdo a lo que de él en el Cielo he oído.
Ahora muévete, y con tu palabra ornada
y con lo necesario para que él sobreviva,
ayúdalo pues, para que yo quede consolada.
Yo soy Beatriz, la que te manda vayas.
Vengo del lugar de a donde volver deseo:
Amor me movió, el que me hace hablar.
Cuando esté ante mi Señor,
hablaré bien de ti con frecuencia.
Calló pues, y comencé yo entonces:
Oh mujer de virtud única por la que
la humana especie excede todo lo que hay en
aquel Cielo, cuyos menores son los círculos;
Tanto me agrada tu mandato,
que en obedecerlo, si ya lo hubiera, sería tardo;
nada ganarías con más ampliarme tu deseo.
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Pero dime la razón que no te cuidas
de bajar aquí abajo a este centro
desde aquel amplio lugar, al que volver ardes.
Lo que saber tan profundamente deseas
te diré brevemente, me repuso,
porqué no temo venir aquí adentro.
Solo aquellas cosas se han de temer
que detentan poder de daño a otro;
de las otras no, que no son temibles.
Estoy hecha así por Dios, por su merced,
que vuestra miseria no me alcanza,
ni la llama de este incendio no me asalta.
Mujer hay gentil en el Cielo, que se apiada
por este entrabamiento al que te mando,
y tanto, que el duro juicio de allá quebranta.
Es ella la que llamó a Lucía en su demanda
y dijo: Tiene necesidad tu fiel
de ti, y yo a ti lo recomiendo.
Lucia, enemiga de todo cruel
movióse, y vino al lugar donde yo estaba,
sentada con la antigua Raquel.
Dijo: Beatriz, alabanza de Dios verdadera,
¿Que no socorres a aquel que te amó tanto
que por ti salió de la vulgar tropa?
¿La compasión no escuchas de su llanto,
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no ves la muerte que combate
en tumultuoso río más que la mar violento?
No hubo en el mundo más veloz nadie
en pro de su bien y en contra de su daño,
que yo, después de recibidas las palabras;
aquí abajo vine desde mi bendito escalón,
confiando en tu parlar honesto,
que a ti te honra y a quienes lo han oído.
Después de haberme razonado de esa forma
volvióme los lucientes ojos lagrimando,
por más presto a venir forzarme:
y así que vine a ti, como ella quiso,
te levanté de ante de aquella fiera
que del bello monte el breve paso te cerraba.
¿Entonces qué? ¿Por qué te quedas todavía?
¿Por qué en el corazón encierras tanta bajeza?
¿Por qué el ardor te falta y la grandeza?
¿Acaso no tienes tres mujeres benditas
que de ti curan en la corte del Cielo,
y mi palabra que tanto bien te promete?
Como la florcillas bajo el nocturno hielo
doblegadas y oclusas, así que el Sol las ilumina,
se yerguen abiertas en sus tallos;
tal fui yo, desde mi ánimo abatido
y a tan buen ardor el corazón me enardeció
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que comencé a decir como persona decidida:
¡Oh piadosa aquella que ha venido en mi socorro,
y tú que veloz gentil obedeciste
a las veraces palabras a ti dirigidas!
Me has colmado el corazón con tal deseo
al viaje, con tus palabras,
que retornado he a mi primer propósito.
Ve adelante que ambos somos de un sólo querer,
tú Conductor, tú Señor y tú Maestro:
Así le dije; y puesto luego él en marcha,
entré por el camino duro y salvaje.
Canto III
ALTO INFIERNO
Los inútiles y egoístas.
Travesía del río Aqueronte en la barca de
Carón.
«Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va en el eterno dolor,
por mí se va con la perdida gente.
La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.
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Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!»
Estas palabras de color oscuro
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, su sentido me es duro.
Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
toda cobardía es necesario que aquí muera.
Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
que ha perdido el bien del intelecto.
Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
y me introdujo adentro a las secretas cosas.
Allí suspiros, llantos y grandes gritos
resonaban en el aire sin estrellas,
que me hicieron llorar no bien entré.
Lenguas diversas, horribles lenguarajos,
palabras de dolor, acentos de ira,
altivas y roncas voces, con puñadas,
tumultuaban todas rondando
siempre en aquel astuto aire sin tiempo,
como la arena que el torbellino aspira.
Y yo con el horror ciñéndome la frente
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dije: Maestro, ¿Qué es lo que oigo?
¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida?
Y él a mí: Esta suerte miserable
tienen las tristes almas de aquellos
que vivieron sin infamia y sin honor.
Mezcladas están con aquel malvado coro
de los Ángeles que ni fueron rebeldes
a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron.
Los echa el Cielo por no ser menos bello:
y el profundo infierno no los recibe
porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos.
Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado
qué los hace lamentar tan fuertemente?
Repuso: Te lo diré brevemente:
Estos no tienen esperanza de muerte,
y su ciega vida es tan villana
que envidiosos están de cualquier otra suerte.
De ellos no queda fama en el mundo,
misericordia y justicia los desdeñan:
no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa.
Y observando vi una insignia
que sin descanso rondaba velozmente
incapaz al parecer de detenerse:
y detrás la seguía una multitud
de gentes de la que nunca yo creyera
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que tantas hubiera deshecho la muerte.
Después de haber reconocido a algunos
me fijé más y conocí la sombra de aquel
que por vileza hizo la gran renuncia.
De pronto comprendí y cierto fui
de que esta era la turba de los cautivos
que desagradan a Dios y a sus enemigos.
Los desgraciados, que nunca fueron vivos,
estaban desnudos y molestados mucho
por moscones y avispas que allí había.
Sangre les regaba el rostro
matizada de lágrimas, que a sus pies
fastidiosas lombrices recogían.
Y después que me di a mirar más lejos,
vi gente en la ribera de un gran río:
Por lo que dije: Concédeme ahora, Maestro,
que sepa quiénes son, y porqué ley
están forzados a transbordar tan presto,
a lo que en la turbia luz puedo ver.
Y él a mí: Las cosas te serán contadas
al detener nuestros pasos
en la triste ribera del Aqueronte.
Entonces bajé avergonzados los ojos,
temiendo a mi charla por gravosa,
y hasta llegado al río hablar no quise.
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He aquí hacia nosotros vi venir
en barco un viejo, blanco por antiguo pelo
gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas!
¡No esperéis ya más de ver el Cielo!
Aquí vengo a llevaros a la otra orilla
a las tinieblas eternas, al calor y al hielo.
Y tú que estás allí, ánima viva,
aléjate de estos que están muertos.
Mas luego que vio que yo no me partía
dijo: Por otra vía, por otros puertos,
llegarás a la playa, no por aquí:
Conviene que más leve leño te lleve.
Y el Conductor a él: Carón, no te atormentes,
quiérese así allá, donde se puede
lo que se quiere, y no preguntes más.
Entonces se aquietaron las velludas mejillas
del barquero del lívido pantano
de circundados ojos de círculos de fuego.
Mas aquellas infelices almas desnudas
cambiaron de color y rompieron a crujir los dientes
al punto de escuchar las palabras rudas.
Blasfemaban de Dios y de sus padres,
de la humana especie, del donde y el cuando y de la
semilla
de su simiente y de su nacimiento.
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Después todas cuantas eran se retiraron juntas
fuertemente llorando, hacia la malvada orilla
que aguarda a todo aquel que a Dios no teme.
Carón, demonio, con ojos de brasas
a ellos señalando a todos recoge;
asestando con el remo a quien se atarda.
Como arrastra el otoño las hojas
una tras otra, hasta que la rama
devuelve a la tierra todos sus despojos,
de igual forma el simiente malo de Adán:
arrójanse de aquel borde una por una
a la señal, como acude el pájaro al reclamo.
Aléjanse entonces por las obscuras ondas
y antes que hayan descendido allá
ya se apretujan aquí nuevas legiones.
Hijo mío, dijo el gentil Maestro,
los que mueren en la ira de Dios
de todo país todos aquí vienen.
Y ansían cruzar el río
porque tanto los acucia la justicia divina
que se les torna el temor deseo.
Por aquí no pasa nunca un alma buena;
y por eso, si de ti Carón se queja,
bien comprenderás lo que su decir quiere.
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En ese entonces, el oscuro campo
tembló tan fuertemente, que del espanto
el recuerdo de sudor me baña todavía.
La tierra lacrimosa lanzó un viento
que centelló en relámpagos bermejos,
derrotando todos mis sentidos,
y caí como aquel que cae dormido.
Canto IV
Limbo de los no bautizados y del mundo
antiguo
Quebró el hondo sueño en la cabeza
un feroz tono, tanto que abrí los ojos
como quien por fuerza está despierto.
Reposada la mirada entorno recorrí,
erguido, levantado, y atento mirando
por reconocer el lugar donde me hallaba.
Verdad es que al borde me encontré
del valle, abismo doloroso,
que acoge el tronar de llantos infinitos.
Oscuro, profundo y nebuloso,
tanto, que aun fijando la vista al fondo
no discernía cosa alguna.
Descendamos ahora al ciego mundo,
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comenzó palidísimo el Poeta;
yo iré primero, y tú segundo.
Y yo que advertí el color de su rostro
le dije: ¿Cómo iré si tú te espantas,
que sueles ser tú quien mi dudar conforta?
Y él a mí: La angustia de la gente
de allá abajo, tiñe mi rostro
de piedad, que de temor tú piensas.
Vamos que nos apremia la larga vía:
allí empezó a moverse y me hizo entrar
en el primer círculo que al abismo ciñe.
Aquí, según lo que escuchar podía
no había llanto, mas suspiros tantos
que el aire eterno estremecer hacían;
provenía de un dolor sin tormento
que la multitud tenía, que era de muchos e inmensa,
de infantes, hembras y varones.
El buen Maestro a mí: ¿Y no preguntas
qué espíritus son los que estás viendo?
Quiero que sepas, antes que más andes,
que estos no pecaron, y que si mérito tuvieron
no bastó, pues les faltó el bautismo,
que es parte de la fe en la que crees;
y si antes del Cristianismo vivieron
no adoraron a Dios como debieron
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y entre estos tales estoy yo mismo.
Por tal defecto y no por otro mal
perdidos somos, y heridos sólo en esto:
que vivamos sin esperanza y con deseo.
Gran dolor entró en mi corazón al oírlo
pues gente de mucho valor
he conocido, que flotaban en aquel limbo.
Dime Maestro mío, dime señor,
comencé yo, por querer estar cierto
de aquella fe que vence todo error:
¿De aquí alguno acaso ha salido, por su mérito
o por el de otro, que llegara a ser bendito?
Y él que entendió mi habla encubierta,
respondió: Era yo nuevo en este estado,
cuando vi venir un Poderoso
de signo de victoria coronado.
Sacó de aquí la sombra del primer padre,
de Abel su hijo, y aquella de Noé,
la de Moisés, legislador y obediente;
Abraham patriarca, y David rey,
Israel y el padre, y sus nacidos,
y con Raquel por quien tanto hizo,
y a otros muchos; y beatos los hizo:
y quiero que sepas que antes de ellos
no hubo espíritus humanos que salvados fueran.
21
No dejábamos de andar mientras hablaba
pero íbamos siempre por entre la selva,
la selva, digo, de apiñados espíritus.
No estaba lejos nuestra senda todavía
de aquí a la cima, cuando vi un fuego
que al hemisferio de tinieblas vencía.
Lejos estábamos todavía un poco,
pero no tanto, que en parte yo no viera
cuán honorable gente ocupaba aquel lugar.
¡Oh tú que honras ciencia y arte!
¿Quiénes son estos cuyo honor es tan grande
que así de las demás gentes se parte?
Y él a mí: la honrada nombradía,
que de ellos resuena allá en tu vida,
gracia logra en el Cielo que así los adelanta.
Entonces oí una voz que decía:
¡Honrad al altísimo poeta,
retorna su sombra, que partida era!
Luego que la voz callada se detuvo.
Viniendo vi a nosotros cuatro sombras,
el rostro tenían ni triste ni alegre.
El buen Maestro comenzó a decir:
mira aquel de espada en mano,
que precede a los otros tres, como señor.
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Ese tal es Homero, poeta soberano,
el otro que viene es Horacio satírico,
Ovidio el tercero, y el último Lucano.
Como a cada uno conmigo corresponde
el nombre que exclamó la voz unísona,
con él me honran, y hacen bien.
Así vi reunirse la bella escuela
de aquel señor del altísimo canto
que como águila sobre los otros vuela.
Después de entretenerse un poco juntos,
volviéronse a mí con saludable ceño;
y mi Maestro sonrióse un tanto:
y aún más honor me confirieron
al incluirme con ellos en su escuadra,
y entonces fui el sexto en tan gran consejo.
Y así anduvimos hasta la luz,
hablando cosas que callar es bello,
como bello era el hablar allá donde yo estaba.
Llegamos al pie de un noble castillo,
siete veces cercado de altos muros,
defendido en torno por un bello riachuelo.
Lo atravesamos, como por firme tierra:
Por siete puertas entré con estos sabios;
y llegamos a un prado de verdura fresca.
Había allí gentes de mirada reposada y grave,
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de grande autoridad en sus semblantes:
hablaban poco y con voz suave.
Nos retiramos entonces a un costado
a un lugar abierto luminoso y alto,
de donde a todos se podía ver.
Desde allí, sobre el verde prado,
me fueron mostrados los espíritus magnos
que verlos regocijó a mi alma.
Vi a Electra con muchos compañeros,
entre los cuales advertí a Héctor y a Eneas,
César en armas, de ojos rapaces.
Vi a Camila y a la Pentesilea
al otro lado, y vi al rey Latino,
junto a su hija Lavinia sentado.
Vi a aquel Bruto que arrojó fuera a Tarquino,
Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia,
y aparte solitario vi a Saladino.
Y alzando un poco más las cejas
vi al Maestro de aquellos que saben,
sentado en medio de la filosófica familia.
Todos lo admiran, todos le honran,
allí vi a Sócrates y a Platón,
que más cerca suyo que los otros están.
Demócrito que el mundo del acaso pone,
Diógenes, Anaxágoras y Tales,
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Empédocles, Heráclito y Zenón,
Y vi al buen apreciador de cualidades
digo a Dioscórides: y vi a Orfeo,
Tulio y Lino y Séneca moral:
Euclides geómetra y Tolomeo,
Hipócrates, Avicena y Galeno,
Averroes, que el gran comentario hizo.
Mas aquí tratar de todos no puedo;
que a tanto me obliga el largo tema,
que a relatar los hechos no basten las palabras.
La compañía de seis se amengua,
el sabio Conductor por otra senda me lleva,
lejos del aura tranquila hacia la que tiembla;
y voy a una parte donde nada brilla.
Canto V
Círculo de los lujuriosos.
Así pues bajé del círculo primero
abajo al segundo, que menor espacio ciñe,
pero más dolor, más punzantes lamentos.
Horrible estaba Minos, rechinando dientes:
Examina las culpas en la entrada,
juzga y ordena, conforme se ciñe.
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Digo que cuando el alma mal nacida
viene delante, toda se confiesa;
y aquel conocedor de pecados
ve cuál es su lugar en el Infierno:
Cíñese con la cola tantas veces,
cuantos grados abajo quiere sea puesta.
Siempre delante de él hay muchas almas
que van y vienen, cada cual al juicio,
dicen y oyen y después abajo son devueltas.
¡Oh tú que vienes al doloroso albergue
me dijo Minos al verme,
dejando su obrar de tan grande oficio,
guárdate de como entres y de quien te fíes:
¡Que no te engañe la amplitud de la puerta!
Y mi jefe a él: ¿Por qué gritas entonces?
No impidas su fatal camino:
Quiérese así allá donde se puede
lo que se quiere, y no más inquieras.
Ahora comienzan las dolientes notas
a dejárseme oír: he llegado ahora
a donde tantos lamentos me hieren.
Vine a un lugar de toda luz mudo,
que ruge como tempestad en la mar
cuando contrarios vientos la combaten.
La tromba infernal, que nunca calma,
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arrastra en torbellino a los espíritus,
volviéndose, y golpeando los molesta.
Cuando llegan ante su propia ruina,
allí son los gritos, el llanto y los lamentos,
aquí blasfeman de la virtud divina.
Supe que a un tal tormento
sentenciados eran los pecadores carnales
que la razón al deseo sometieron.
Y como las alas llevan a los estorninos
en tiempo frío, en larga y compacta hilera,
así aquel soplo a los espíritus malignos
de aquí, de allá, de abajo a arriba, así los lleva;
nunca ninguna esperanza los conforta
de algún reposo, o de disminuida pena.
Y como van las grullas entonando sus lamentos
componiéndose en el aire en larga fila;
así vi venir, exhalando gemidos,
sombras llevadas por la dicha tromba:
Por lo que dije: Maestro, ¿quiénes son aquellas
gentes, a quienes el negro aire así castiga?
La primera de aquellos de los que noticia
quieres, me dijo entonces,
fue emperatriz de muchas lenguas.
Al vicio de la lujuria estaba tan entregada,
que en su reino fue ley la lascivia
27
por no caer ella misma en el escarnio en el que estaba.
Es Semíramis, de la que se lee,
que sucedió a Nino y fue su esposa,
tuvo la tierra que Soldán tiene ahora.
La otra es aquella que se mató amorosa
y quebró la fe de las cenizas de Siqueo;
tras ella viene Cleopatra lujuriosa.
Vi a Helena por quien tiempo hubo
tan malvado, y vi al gran Aquiles,
que al final combatió con amor.
Vi a Paris, a Tristán; y a más de mil
sombras mostróme y señalóme con el dedo,
que de esta vida por amor partieron.
Luego que hube a mi Doctor oído
nombrar las mujeres antiguas y los caballeros,
la piedad me venció, y quedé como aturdido.
Y comencé: Poeta, a aquellos que juntos
tan gustosamente van, yo hablaría,
que parecen bajo el viento tan ligeros.
Y él a mí: Verás, cuando más cerca
estuvieren: y tú por el amor que así los lleva
los llamarás entonces; y ellos vendrán.
Tan pronto como el viento a nos los trajo
les di la voz: ¡Oh dolorosas almas
venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!
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Como palomas por el deseo llamadas,
abiertas y firmes las alas, al dulce nido,
cruzan el aire por el querer llevadas:
Así salieron de la fila donde estaba Dido,
a nos vinieron por el maligno aire,
tan fuerte fue el afectuoso grito.
¡Oh animal gracioso y benigno,
que visitando vas por el aire negro enrojecido
a nosotros que de sangre al mundo teñimos:
Si fuese amigo el Rey del universo,
a El rogaríamos que la paz te diera,
por la piedad que tienes de nuestro mal perverso.
Di lo que oír y de lo que hablar te place
nosotros oiremos y hablaremos contigo,
mientras se calla el viento, como lo hace.
La tierra, en la que fui nacida, está
en la marina orilla a donde el Po desciende
para gozar de paz con sus afluentes.
Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,
prendó a aquél por el hermoso cuerpo
que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.
Amor, que no perdona amar a amado alguno,
me prendó del placer de este tan fuertemente
que, como ves, aún no me abandona.
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Amor condújonos a una muerte:
el alma que nos mató caína tiene que la espera.
Así ella estas palabras dijo.
Al oír aquellas almas desgraciadas,
abatí el rostro, y tan abatido lo tuve,
que el Poeta me dijo: ¿Qué estás pensando?
Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices!
¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos
no los trajo al doloroso paso!
Luego para hablarles me volví a ellos
diciendo: Francisca, tus martirios
me hacen llorar, triste y piadoso.
En tiempo de los dulces suspiros,
dime pues ¿Cómo amor os permitió
conocer deseos tan peligrosos?
Y ella a mí: No hay mayor dolor,
que, en la miseria recordar
el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe.
Pero si conocer la primera raíz
de nuestro amor deseas tanto,
haré como el que llora y habla.
Por entretenernos leíamos un día
de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
estábamos solos, y sin sospecha alguna.
Muchas veces los ojos túvonos suspensos
30
la lectura, y descolorido el rostro:
mas sólo un punto nos dejó vencidos.
Cuando leímos que la deseada risa
besada fue por tal amante,
este que nunca de mí se había apartado
temblando entero me besó en la boca:
el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
y desde entonces no más ya no leímos.
Mientras el espíritu estas cosas decía
el otro lloraba tanto que de piedad
yo vine a menos como si muriera;
y caí como un cuerpo muerto cae.
Canto VI
Círculo de los golosos
Cuando volví en mí, a la cerrada mente
por el dolor de ambos cuñados,
que de tristeza entero me dejó confuso,
nuevos tormentos y más atormentados
de todas partes me rodeaban, a donde me moviera
o hacia donde mirara o me volviera.
Estoy en el tercer anillo de la lluvia
eterna, maldita, fría y grave:
su ritmo y calidad no cambia nunca.
31
Granizo grueso, y agua negra, y nieve
que se vuelca por el aire de tinieblas:
pudre a la tierra que los recibe.
Cerbero, fiera cruel y aviesa,
con sus tres golas caninas ladra
sobre la gente aquí inmersa.
Ojos bermejos, unta y negra la barba,
amplio el vientre, y uñosa tiene la zarpa,
a los espíritus clava, destroza y desgarra.
Aullar como perros los hace la lluvia:
se cubren cambiando de uno a otro lado,
zarandeados con frecuencia los míseros profanos.
Cuando nos vio Cerbero, el gran gusano,
abrió la boca y desplegó los colmillos:
ninguno de sus miembros era calmo.
Mi Conductor entonces extendió los brazos;
cogió tierra y a manos llenas
arrojó puñadas dentro de las rugientes fauces.
Como el perro que a ladrar se agota
y se calma al morder la presa,
pues sólo a devorarla tiende y lucha por ella,
tal hicieron las mugrientas caras
del Cerbero demonio que tanto atruena
a las almas que ser sordas quisieran.
32
Pasábamos por encima de las sombras que doma
la pesada lluvia, y los pies plantábamos
sobre fantasmas que semejaban personas.
Yacían por tierra todas
salvo una que se alzó para sentarse,
luego que nos vio pasar delante.
Oh tú, por este infierno traído,
me dijo, reconóceme, si entiendes:
tú fuiste, antes que yo deshecho fuera, hecho.
Y yo a él: La angustia que te atormenta
quizá es lo que tan de mi memoria te aparta
como si nunca visto te hubiera.
Mas dime ¿Quién eres tú, en tan doliente
lugar metido, y condenado a tal pena
que si mayor hubiera no la hay tan cruel?
Y él a mí: Tu ciudad, que está tan llena
de envidia que ya revienta el saco,
consigo me tuvo en la serena vida.
Vosotros, ciudadanos, me llamasteis Ciacco:
Por la dañina culpa de la gula estoy,
como tú ves, bajo la lluvia abatido:
y yo, triste alma, no estoy sola
que todas estas en igual pena están
por símil culpa, y no diré ya más nada.
Yo le repuse: Ciacco, tus penurias
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me pesan tanto, que a lagrimear me llaman:
pero dime, si lo sabes, ¿En qué han de parar
los ciudadanos de la ciudad dividida?
Si hay alguno allí que sea justo; y dime la razón
que de tan gran discordia esté invadida.
Y él a mí: Después de largos debates
vendrán a verter sangre, y la parte de la selva
expulsará a la otra con gran ofensa.
Luego conviene a seguir que esta caiga
a los tres soles, y que la otra suba
con la fuerza del que por ahora calla.
Alta tendrá largo tiempo la frente
teniendo a la otra bajo imperio grave,
por lo que esta llora y por lo que se afrenta.
Justos hay dos, mas no los escucha nadie:
Soberbia, envidia y avaricia son
tres centellas que guardan los corazones ardiendo.
Aquí puso final a su llorosa voz
y yo le dije: quiero que más me enseñes,
y que de hablar me hagas presente.
Farinata y el Tegghiaio, que tan dignos fueron,
Jacobo Rusticucci, Enrique y el Mosca,
y a otros que a bien hacer se ingeniaron,
dime dónde están, y haz que los vea;
que me oprime de saber un gran deseo
34
si el Cielo los endulza o si los pudre el Infierno.
Y me dijo: Están entre las almas más negras;
diversa culpa los arrastra al fondo:
si a tanto desciendes los podrás ver.
Mas cuando tú estés en el dulce mundo
te ruego que a la memoria de otros me devuelvas;
más no te digo, y más no te respondo.
Los rectos ojos miraron de reojo,
miróme un trecho, inclinó la testa,
y cayó de bruces entre los otros ciegos.
Y el Conductor me dijo: Ya no ha de levantarse
hasta el sonar de la angélica trompeta,
cuando venga el poder adverso.
Cada uno encontrará su triste tumba,
recobrará su carne y su figura,
oirá la voz que por la eternidad resuena.
Y así cruzamos por la mezcla impura
de sombra y lluvia, con pasos lentos,
tratando un algo de la vida futura;
por donde dije: Maestro, estos tormentos
¿Serán mayores después de la gran sentencia,
o se harán menores, y serán tan ardientes?
Y él a mí: Vuelve a tu ciencia,
que quiere que, cuando la cosa es más perfecta,
más sienta el bien, como también la dolencia.
35
Aunque todas estas malditas gentes
no llegarán nunca a la perfección verdadera,
de allá, más que de acá, estar esperan.
Giramos en torno de aquel camino,
hablando mucho más de lo que digo:
llegamos al punto donde se desciende.
Allí encontramos a Plutos, el gran enemigo.
Canto VII
Círculo de los avaros y pródigos.
"Pape Satan, pape Satan Aleppe",
comenzó Plutos con la voz clueca,
y aquel Sabio gentil, que lo conoce todo,
dijo para animarme: Que no te inquiete
el temor, que, por poder que tenga,
no te impedirá que desciendas esta roca.
Luego volvióse a aquellos airados labios,
y dijo: Cállate, maldito lobo:
Consúmete adentro con tu rabia.
No sin razón venimos a lo profundo:
Quiérese en lo alto, allá donde Miguel
tomó venganza de la soberbia tropa.
Como por el viento las hinchadas velas
caen derribadas cuando el mástil se quiebra,
tal cayó a tierra la acerba fiera.
36
Así bajamos al espacio cuarto
acercándonos más a la doliente ribera
que el mal del universo todo encierra.
¡Ay justicia de Dios! ¿Nuevos trabajos
y penas tanto amontonas, cuantas yo vi?
¿Y por qué nuestra culpa nos destruye así?
Como la ola allá sobre Caribdis
se estrella contra aquella que le viene en contra,
así aquí, forzadas, locas danzan las almas.
Aquí más que en otra parte vi mucha gente,
que de una banda a la otra con aullidos grandes,
con el pecho se arrojaban enormes cargas:
Se golpeaban uno al otro, y de allí luego,
cada uno volviéndose, recomenzaba atrás,
gritando: ¿Por qué acaparas? ¿Por qué derrochas?
Así rondaban por el tétrico anillo
desde un opuesto al otro extremo,
siempre gritando el injurioso estribillo.
Después, alcanzado el medio giro,
volvía cada uno por nueva justa.
Y yo que el corazón compungido tenía
dije: Maestro mío, hazme saber
qué gente es esta, y si son clérigos
los tonsurados aquí a la izquierda.
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Y él a mí: Todos estos fueron tan miopes
de la mente, que en la vida anterior
ningún gasto hicieron con mesura.
Así su voz a ellos clara los declara:
cuando llegan a los dos puntos del cerco
que de la culpa contraria los separa.
Estos fueron clérigos, los que tienen la coronilla
pelada en la cabeza, y Papas y Cardenales,
a quienes de la avaricia los doblegó la soberbia.
Y yo: Maestro, entre estos tales
debiera yo reconocer bien a algunos,
que fueron inmundos de estos males.
Y él a mí: Adunas pensamientos vanos:
La villana vida que los hizo deformes,
a reconocerlos hoy los hace oscuros;
eternamente se darán de cornadas;
resurgirán estos del sepulcro
con el puño cerrado y estos otros con la crin rapada.
Mal dar y mal guardar, del bello mundo
los ha privado, y metido los ha en esta guerra;
que ya no hace falta más decir cuál sea.
Ahora, hijito mío, mira cuán breve es la vida
de los bienes encomendados a la Fortuna,
por los que tanto la gente se engríe y se disputa,
que todo el oro que hay bajo la Luna
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y que ya hubo, de estas almas fatigadas
no podría sosegar a ninguna.
Maestro, le dije, dime todavía:
Esta Fortuna de que me hablas,
¿Cómo es que los bienes del mundo tiene tan entre las
garras?
Y él a mí: ¡Oh locas criaturas,
cuánta es la ignorancia que os ofende!
Quiero que mi sentencia engullas:
Aquel, cuyo saber todo trasciende,
hizo los Cielos, les dio quien los conduzca
de modo que por toda parte esplenden,
distribuyendo la luz igualitariamente:
en forma semejante, del esplendor mundano
ordenó una ministro y conductora general,
que permutara a su tiempo los bienes vanos,
de pueblo en pueblo, de una a otra sangre,
por sobre los intentos del criterio humano.
Por donde una nación impera y otra languidece,
conforme al juicio de ella,
que oculta está como el áspid en la hierba.
Vuestro saber no se compara al de ella:
Ella procura, juzga y continúa
su reino, como cada dios el suyo.
Sus permutaciones no tienen tregua;
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necesidad la obliga a ser veloz,
y así es común que una a otra suceda.
Esta es aquella que es crucificada
por quienes ya debieran alabarla,
maldiciéndola sin razón y a malas voces.
Pero ella es feliz consigo y no las oye:
con las otras primas criaturas siempre alegre,
gira su esfera, y bienaventurada goza.
Ahora pues a mayor dolor descendamos:
que caen todas las estrellas que al empezar
surgían, y está prohibido el mucho demorarse.
Atravesamos del círculo a la otra ribera,
sobre una fuente hirviente, y que vierte
en un arroyo que de ella deriva.
El agua era muy oscura sin ser negra,
y nosotros, en compañía de las ondas brunas,
fuimos bajando por una inusitada vía.
En un pantano viértese, el llamado Éstige,
regato triste, cuando ha descendido
al pie de las malignas playas grises.
Y yo, con la mirada intensa,
fangosa gente vi en aquel pantano,
desnudas todas y con semblante airado.
Se castigaban no con palmadas
mas a cabezazos, pechadas y patadas,
40
mordiéndose a dentadas, pedazo a pedazo.
El buen Maestro dijo: Hijo ahora mira
las almas de aquellos a quienes venció la ira:
y quiero que por cierto creas,
que bajo el agua hay gente que suspira,
y borbotean esta agua que está arriba,
como el ojo te dice, a donde gire.
Inmersos en el limo dicen: Tristes fuimos,
bajo el aire dulce que del Sol se alegra,
llevando adentro un amargado humo:
Ahora nos apenamos en este negro cieno.
Este himno barbotaban en el garguero
porque hablar no pueden con palabra entera.
Así en derredor de la fétida poza
fuimos girando entre la seca orilla y el fango
mirando atentamente a los que engullen barro;
y llegamos finalmente al pie de una torre.
Canto VIII
Llegada a la ciudad de Dite y oposición de
los demonios.
Digo pues, continuando, que mucho antes
de llegar al pie del alta torre,
nuestros ojos se fueron arriba hacia la cima,
por dos llamitas que allí veíamos brillar
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y una a otra de lejos mandar señas,
tanto que apenas podía la vista apartar.
Y, vuelto al mar de todo sabio aviso
le dije: ¿Qué dice este fuego y qué responde
aquel otro? ¿y quiénes lo hacen?
Y él a mí: Por sobre las sucias ondas,
ya puedes atisbar lo que se espera
si el humo del pantano no lo esconde.
Cuerda no despidió de sí jamás saeta
que corriera tan veloz en el aire suelta,
como vi yo a una nave pequeñita
venir hacia nosotros por el agua aquella,
gobernada por sólo un piloto
que gritaba: ¡Haz llegado al fin alma perversa!
¡Flegias, Flegias, mi señor le dijo,
esta vez gritas en vano!
Más no nos tendrás sino es pasando el lodo.
Como aquel que un gran engaño percibe
le ha sido hecho, y luego se lamenta,
tal hizo Flegias, conteniendo la ira.
Mi Conductor descendió en la barca
y luego me hizo entrar al lado suyo,
mas sólo, cuando yo entré, sufrió la carga.
Luego que el Conductor y yo en el leño fuimos
se fue la antigua proa cortando
42
el agua, más que cuando a otros lleva.
Mientras surcábamos la corriente muerta,
ante nosotros se alzó uno de fango lleno,
y dijo: ¿Quién eres tú que vienes antes de hora?
Y yo a él: Así vengo, no me detengo,
pero tú que estás tan sucio ¿quién eres?
Respondió: Mira que soy uno que llora.
Y yo a él: Con el llorar y con el luto
quédate, espíritu maldito,
que te conozco aunque estés todo enlodado.
Extendió entonces las manos al leño:
pero el Maestro lo rechazó advertido
diciendo: ¡Vete de aquí con los otros perros!
Después el cuello me ciñó su brazo,
besóme el rostro y dijo: Alma indignada
bendita aquella que de ti fue encinta.
En el mundo este fue persona orgullosa,
bondad no hay suya que alguien recuerde:
por eso está aquí tan furiosa su sombra.
¡Cuántos creen allá arriba ser grandes reyes,
que aquí estarán, como cerdos en el barro,
dejando tras de sí horribles infamias!
Y yo: Maestro, estoy muy deseoso
de verlo sofocado en esta sopa
antes que nos salgamos de este lago.
43
Y él a mí: Antes de que la orilla
se deje ver de ti, serás saciado:
es justo que de tal deseo goces.
Entonces pude ver cuál estropicio
de él hicieron las fangosas gentes,
que aún a Dios alabo y agradezco.
Todos gritaban: "¡Ea Felipe Argenti!";
y el florentino espíritu irritable
él mismo se hincaba con los dientes.
Allí lo dejamos, que más no cuento:
pues al oído me llegó un lamento
que me forzó a mirar atentamente hacia adelante.
El buen Maestro dijo: Ahora hijito mío
se acerca la ciudad de nombre Dite,
de pesados ciudadanos, grandes escuadras.
Y yo: Maestro ya sus mezquitas
bien adentro de este valle veo,
bermejas, como si del fuego salidas
fueran. Y él me dijo: El fuego eterno
que les arde adentro, las muestra rojas,
como tú puedes ver en este bajo infierno.
Al fin llegamos adentro de las altas fosas,
que vallan esa desolada tierra:
pensé que de hierro fueran los muros.
44
No sin rondar un giro grande primero
venimos al lugar donde con fuerza el remero
¡Salid, nos gritó, esta es la entrada!
Vi a más de mil sobre las puertas
del cielo llovidos, que irritadamente
decían: ¿Quién es este que sin la muerte
va por el reino de la muerta gente?
El sabio Maestro mío, hizo ademán
de querer hablarlos en secreto.
Abatieron un poco su gran desprecio
y dijeron: Ven tú sólo, y que aquel se vaya,
que así de osado entró en este reino.
Que se vuelva solo por la demente vía:
Pruebe si sabe; tú haz de quedarte aquí,
que fuiste su escolta en comarca tan sombría.
Piensa, lector, cómo quedé desconsolado
las malditas palabras oyendo,
que ya descreía de poder regresar nunca.
¡Oh amado Conductor mío, que más de siete
veces me has devuelto a seguro, y de peligros
grandes me has librado en los que estuve!
No me dejes, dije, así deshecho:
que si el más andar se nos niega
volvamos raudos sobre nuestros pasos.
Y aquel Señor que allí me había llevado
45
me dijo: No temas, que nuestro paso
nadie impedirlo puede: del tal nos fue dado.
Mas aquí espérame, y el espíritu perdido
conforta y alimenta de esperanza buena,
que no te dejaré en el mundo bajo.
Y así se va, y allí mismo me abandona
el dulce Padre, y yo quedé en la incierta duda,
que el sí y el no en la mente me combaten.
Oír no pude lo que a ellos dijo:
mas no estuvo con ellos mucho tiempo,
que adentro todos a seguro se metieron.
Cerraron nuestros adversarios las puertas
ante el pecho de mi Señor, que quedó afuera,
y volvió hacia mí con lentos pasos.
Bajos los ojos y las cejas sin osadía
llevaba, y entre suspiros decía:
¿Quién me ha negado a las dolientes casas?
Y a mí me dijo: Tú, porque irritado me ves
no te inquietes, que venceré la prueba,
fuese quien fuese el que la prohibición opuso.
Esta insolencia no es nueva
que ya la usaron ante una secreta puerta
que aún sin cerradura se encuentra.
Sobre ella has visto ya la escritura muerta:
Pero más acá de ella descendiendo el camino,
46
viene por los círculos sin escolta,
uno por quien se nos abrirá la puerta.
BAJO INFIERNO
Canto IX
Aparición de las Erinias. Episodio de la
Gorgona.
Aquel color que el temor mostró en mi rostro
al ver atrás mi Conductor volverse,
restringió muy rápido él en el suyo.
Atento como hombre a la escucha se detuvo;
porque el ojo era incapaz de divisar muy lejos
por la espesa niebla y por el aire negro.
Mas a nosotros corresponderá la victoria,
comenzó él: si no... así nos fue prometido.
¡Oh cuánto tarda en llegar el otro!
Bien percibí yo como él cubriera
su comenzar con lo que después dijo,
que fueron palabras de lo anterior diversas.
Mas con todo su decir pavor me indujo,
porque pensaba que sus palabras truncas
de peor sentido eran del que él les diera.
¿A este fondo de este triste abismo
bajó nunca alguno del grado primero,
47
cuya sola pena es la esperanza ida?
Esta pregunta le hice yo a él:
Raro es que alguno, me repuso, vaya
por el camino por el que ahora voy.
Verdad es que hubo otra vez cuando aquí vine
por conjuro de la Erictón cruda,
que convocaba las sombras a sus cuerpos.
Poco hacía que de mí la carne fuera nuda
que me hizo ella traspasar tras este muro
para sacar a un espíritu del círculo de Judas.
Ese es el lugar más bajo y más oscuro
que más lejos está del Cielo que gira el todo.
Bien sé el camino: pero quédate seguro.
Este pantano que expira tal hedor
ciñe en derredor a la ciudad doliente,
al que entrar ya no podremos sin ira.
Y otras cosas dijo, que ya no tuve en mente,
porque el ojo habíame atraído todo entero
la alta torre de cumbrera ardiente.
Salieron súbito de allí rápidamente
tres furias infernales tintas de sangre
de miembros y de gestos femeninos;
verdísimas hidras las ceñían:
sierpes y cerastas eran sus crines
que las feroces sienes restringían.
48
Y aquel que bien conocía a las sirvientes
de la reina del eterno llanto:
Observa, me dijo, las feroces Erinias.
Esta es Megera la del siniestro lado;
aquella que a la derecha llora es Alecto
Tisífona está en el medio, y callóse un tanto.
Con las uñas lascerábanse ellas el pecho;
con las manos se golpeaban y tan alto gritaban
que de miedo me estreché al Poeta.
Venga Medusa: a que así lo hagamos piedra,
decían todas mirando abajo;
que mal del asalto de Teseo nos vengamos.
Vuélvete atrás, y cúbrete los ojos;
que si sale la Gorgona y tú la vieras
ya no podrías volver nunca arriba.
Así dijo el Maestro; y volvióme
él mismo, y no confiando en mis manos
me los cerró aún con las suyas.
¡Oh vosotros que tenéis el intelecto sano
mirad la doctrina que se esconde
bajo el velo de los versos extraños!
Y ya venía subiendo por las fangosas aguas
un alboroto de espantoso sonido
que hacía temblar a las orillas ambas;
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a la manera de un viento
que, impetuoso por adversos ardores,
hiere a las selvas, y sin tregua alguna
las ramas rompe, abate y arroja afuera:
y adelante polvoriento va soberbio,
y las fieras ahuyenta y los pastores.
Liberóme pues los ojos y dijo: Alza arriba
el nervio de tu rostro tras aquella espuma antigua
allá por donde el humo es más acerbo.
Como las ranas ante la enemiga
culebra por el agua se disparan todas
hasta que en el cieno cada una se encierra;
vi yo más de mil almas destruidas
huir así ante el paso de uno
que el Éstige cruzaba a pie enjuto.
Apartábase del rostro aquel aire espeso
extendiendo a menudo adelante la siniestra;
se veía que de sólo aquel pesar cansado estaba.
Bien comprendí que era del Cielo mensajero
y volvíme al Maestro, que me hizo seña
de quedarme quieto, y de inclinarme ante él.
¡Ah cuán parecióme de desprecio lleno!
Vino ante la puerta y con una varilla
la abrió, sin encontrar resistencia.
¡Oh arrojados de Cielo, despreciable gente!
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así comenzó sobre el horrible umbral,
¿Cómo esta vuestra arrogancia persevera?
¿Por qué recalcitráis contra aquella voluntad
que nunca de su intento pudo ser movida
y que muchas veces os aumentó la pena?
¿De qué sirve cocear contra el destino?
Vuestro Cerbero, si bien os recordaís,
por ello tiene aún pelados el mentón y el cuello.
Luego volvióse por la sucia calle
sin decirnos nada; mas mostró apariencia
de hombre que otro cuidado más ciñe y acucia,
que aquel que es de quien tiene delante.
Y nosotros movimos los pies hacia la tierra,
seguros tras las palabras santas.
Adentro entramos sin ninguna guerra:
y yo que de mirar tenía deseo
la condición que tal baluarte encierra,
no bien estuve adentro, el ojo en torno envio:
y veo a todos lados un gran campo
de dolor lleno y de cruel tormento.
Como en Arles, donde se estanca el Ródano,
como en Pola cerca del Quarnero,
que Italia cierra y sus confines baña,
los sepulcros dan al campo variado aspecto:
así era aquí por todos partes,
51
salvo en el modo que era más amargo;
porque entre las tumbas había llamas esparcidas,
por ellas tan por completo inflamadas
más que lo fuera nunca fierro en una fragua.
Todas sus losas en sus puntales se alzaban,
y de allí salían durísimos lamentos
que bien parecían de míseros y atormentados.
Y yo: Maestro, ¿quiénes son estas gentes
que sepultados en estas arcas
sus suspiros dejan oír dolientes?
Y él a mí: Son heresiarcas
con sus secuaces, de toda secta, y muchas
más son las tumbas que no creyeras pobladas.
Igual con igual aquí están sepultos
y unas tumbas son más calientes que otras.
Y después que a la derecha se volviera,
pasamos entre los martirios y los altos muros.
Canto X
Explicaciones de Virgilio acerca de las
tumbas abiertas.
Entonces se fue por una estrecha calle
entre el muro del lugar y los martirios,
mi Maestro, y yo tras sus espaldas.
52
¡Oh virtud suma, que por los impíos giros
me conduces, comencé, como te place,
háblame, y mis deseos satisface!
La gente que en los sepulcros yace
¿podráse ver? Ya están alzadas
todas las losas, y no hay quien guarde.
Y él me dijo a mí: Todas quedarán cerradas
cuando de Josafat a este lugar regresen
con el cuerpo que allá arriba dejaron.
Su cementerio en esta parte tienen,
con Epicuro, todos sus secuaces
que el alma con el cuerpo morir hacen.
Pero a la pregunta que me haces
aquí dentro satisfecho serás luego,
y aún del deseo que tú me callas.
Y yo: Buen Conductor, si no he abierto
a ti mi corazón es por hablar poco;
que a ello antes de ahora me has dispuesto.
¡Oh Toscano, que por la ciudad del fuego
transcurres vivo hablando honestamente,
plúgate detenerte aquí en este sitio.
Por tu parla es claro y manifiesto
que en aquella noble patria habéis nacido,
a la cual tal vez fui asaz molesto.
Esta voz surgió súbitamente
53
de una de las arcas: y yo me arrimé,
temiendo, un poco más al Conductor mío.
Y él me dijo:¡Vuélvete! ¿Qué haces?
Míralo a Farinata que allí erguido,
lo verás de la cintura arriba entero.
Había ya fijado mi vista en su mirada:
y él se erguía del pecho y de la frente
como teniendo al Infierno en gran desprecio:
Y las animosas manos de mi Conductor prestas
fueron a impulsarme hacia él entre las tumbas,
diciendo: Que tus palabras sean claras.
Cuando al pie de su tumba junto estuve,
miróme un poco, y luego como desdeñoso
me preguntó: ¿Quiénes tus mayores fueron?
Yo, que de obedecer era deseoso,
no le oculté, más se lo dije todo:
por donde las cejas alzó un poco;
luego dijo: Ferozmente adversos fueron
a mí, a mis padres y a mi partido,
tanto que por dos veces los eché dispersos.
Si los echaste, de todas partes volvieron,
le respondí, una y otra ambas las veces;
arte que los vuestros nunca bien aprendieron.
Entonces surgió a la vista descubierta
una sombra junto a él, hasta la barba:
54
creo que de rodillas se alzaba.
Miraba en torno mío, como teniendo deseo
de saber si alguien era conmigo;
y después de extinguidas sus sospechas
llorando dijo: Si vas por esta ciega
prisión por gracia de alto ingenio,
mi hijo ¿Dónde está? ¿Y porqué no va contigo?
Y yo a él: Por mí solo no vengo;
aquel, que allá espera, llévame por aquí;
a quien tal vez tu Guido tuvo en desprecio.
Sus palabras y el modo de su castigo
me habían hecho sospechar su nombre:
por eso la respuesta fue tan clara.
De pronto irguiéndose gritó: ¿Cómo
dijiste? ¿Tuvo? ¿Es que no vive todavía?
¿No hieren sus ojos la dulce luz del día?
Cuando advirtió cierta demora
que postergaba la respuesta,
cayó de bruces y ya no apareció más fuera.
Mas aquel otro magnánimo, a cuyo lado
me había quedado, no mudó de aspecto,
no movió el cuello, no inclinó el cuerpo.
Y así, continuando lo primero,
Si aquel arte, dijo, mal aprendido, guardan,
eso más me atormenta que este lecho.
55
Mas no será cincuenta veces alumbrado
el rostro de la mujer que aquí reina
que tú sabrás cuánto aquel arte pesa.
Y si tal vez al dulce mundo vuelves,
dime ¿Por qué aquel pueblo es tan impío
en contra mía en cada una de sus leyes?
Por donde yo a él: El estrago y la matanza
que dejó al Arbia teñido de rojo,
tal sentencia provoca en nuestro templo.
Luego que suspirando sacudiera la cabeza:
No estuve solo, dijo, ni por cierto
no sin razón con los otros me mantuve:
Mas yo fui el único, cuando aprobaron
todos arrasar toda Florencia,
que a defenderla estuve a rostro manifiesto.
¡Ah, que repose alguna vez vuestra simiente!
le dije, mas resuélveme este nudo,
en el que está enredado mi sentido.
Pues parece que tu vieras, si bien oigo,
adelante a lo que el tiempo traerá consigo,
aunque ves el presente de otro modo.
Vemos nosotros como el que tiene poca luz,
las cosas, dijo, que están lejanas;
como tanto aún nos alumbra el sumo Jefe;
56
cuando se aproximan o son, es todo vano
nuestro intelecto; y si nadie nos ilustra
nada sabemos de vuestro estado humano.
Por donde podrás ver, que enteramente muerto
estará nuestro saber en aquel punto
cuando del futuro quede cerrada la puerta.
Entonces como de mi culpa compungido,
dije: Dirás entonces a ese que ha caído
que su progenie está aún junto a los vivos.
Y si yo estuve en la respuesta mudo
hazle saber que así lo hice, porque pensaba
en el error que tú me has resuelto.
Pero ya mi Maestro reclamaba
que rogara al espíritu más prestamente
a que dijera quienes con él estaban.
Díjome: Con más de mil aquí yazgo,
aquí adentro está el segundo Federico
y el Cardenal, de los demás me callo.
Se ocultó entonces, y yo al antiguo
Poeta volví los pasos, repensando
en ese hablar que parecía enemigo.
El se movió, y después así andando
me dijo: ¿Por qué estás tan confuso?
Y yo le satisfice su demanda.
Que tu mente conserve lo que ha oído
57
en contra tuya, me recomendó aquel Sabio,
y ahora atiende a esto: y levantó el dedo.
Cuando estés delante del dulce rayo
de aquella, cuyos bellos ojos lo ven todo,
de ella sabrás de tu vida el viaje.
Luego su pie volvió a la izquierda:
el muro dejamos, y fuimos hacia el medio
por un sendero que a un valle lleva,
que hasta aquí arriba exhalaba su hedor.
Canto XI
Topografía del infierno descrita por
Virgilio.
Por el extremo de un alto risco
de grandes piedras rotas en círculo,
arribamos a una más cruel caterva:
y allí, por el ultraje horrible
de la fetidez que el profundo abismo arroja,
nos abrigamos detrás de la cubierta
de un gran sepulcro, donde vi una escritura
que decía: A Anastasio Papa encierro,
a quien Fotino arrastró del camino recto.
Nuestro descenso conviene que sea tardo,
para que antes se habitúe un poco el sentido
58
al triste hedor, y luego ya no haya que guardarse.
Así el Maestro; y yo: Alguna compensación,
le dije, busca para que el tiempo
no se pierda en vano; y él: En eso pienso.
Hijito mío, en medio de estas rocas,
comenzó a decir, hay tres menores círculos
de grado en grado, como los que has dejado.
Todos están llenos de espíritus malditos:
Pero para que después te baste la vista ,
entiende cómo y porqué están así circunscritos.
De toda maldad que al odio el cielo excita
la injuria es el fin, y todo tal propósito
con fuerza o con fraude a otro contrista.
Mas como defraudar es propio mal del hombre,
más desplace a Dios: por eso más abajo están
los fraudulentos, y mayor dolor los acosa.
De los violentos es todo el primer círculo;
mas como se violenta a tres personas,
en tres recintos fue dividido y construido.
A Dios, a sí, al prójimo, se pone
violencia, digo en la persona y en sus cosas,
como oirás con abiertas razones.
Muerte violenta y heridas dolorosas
en el prójimo se dan, y en sus haberes
ruinas, incendios y rapiñas dañosas:
59
por donde a homicidas y a todo el que mal hiere,
devastadores y ladrones, a todos atormenta
el primer recinto en diversas legiones.
Puede el hombre en sí poner mano violenta
y en sus bienes: y por eso en el segundo
recinto conviene que sin provecho se arrepienta
cualquiera que se priva de vuestro mundo,
juega y disipa su fortuna,
y llora allí donde debería estar jocundo.
Puédese violentar a la Deidad,
en el corazón negando o blasfemando de ella,
y despreciando la naturaleza y su bondad:
por eso el menor recinto marca con fuego
su sello a Sodoma y a Cahors
y a quien, de corazón, habla en desprecio de Dios.
Con el fraude, que a toda conciencia hiere,
puede el hombre abusar de quien confía,
y de quien a la confianza no da albergue.
En este modo segundo, parece que aún mata
el vínculo de amor que la naturaleza crea;
por donde en el círculo segundo anida
hipocresía, adulación y hechicería,
falsedad, latrocinios, simonía,
rufianes, truhanes y similares inmundicias.
60
En el primer modo, aquel amor se olvida
que la natura crea, y lo que después de agrega,
de lo cual la fe especial se cría:
y así en el círculo menor, donde está el centro
del universo, sobre el que se asienta Dite,
todo traidor eternamente se consume.
Y yo: Maestro, bien claramente
procede tu razón, y muy bien distingue
a este báratro y al pueblo que contiene.
Pero dime: los de aquel pantano cenagoso,
que arrasa el viento, y la lluvia azota
y se afrentan con tan grandes maldiciones,
¿Por qué no dentro de la ciudad ardiente
son castigados, si Dios los tiene en su ira?
y si no los tiene, ¿por qué están en la parte aquella?
Y él a mí: ¿Por qué tanto delira,
dijo, el ingenio tuyo en contra de lo que suele?
¿O es que tu mente hacia otro lado mira?
¿No recuerdas las palabras
de las de tu Etica que a fondo trata
las tres disposiciones que rechaza el Cielo:
incontinencia, malicia y la bestialidad
demente? ¿y cómo incontinencia
menos ofende a Dios y menor censura gana?
Si observas bien esta sentencia,
61
y traes a la mente quienes son aquellos
que fuera de aquí sostienen penitencia,
bien verás porqué de estos felones
están separados, y porqué menos penosa
la divina venganza los martilla.
¡Oh Sol que sanas toda vista conturbada
me satisfaces tanto cuando así esclareces,
que, no menos que saber, dudar me agrada!
Vuélvete ahora un poco más atrás
dije yo, allá donde dijiste que la usura ofende
a la divina bondad, y el escollo resuelve.
La filosofía, me dijo, a quien la entiende,
nota y no sólo en un lugar,
cómo la naturaleza su curso prende
del divino intelecto y de su arte;
y si tú bien tu Física recorres
encontraras no lejos de unas páginas
que vuestro arte, a él, en cuanto puede,
sigue, como al maestro el que aprende,
y así vuestro arte de Dios es casi el nieto.
De estos dos, si traes a tu mente
la Génesis del principio, conviene
concordar su vida y avanzar la gente.
Y como el usurero otro camino sigue,
a la natura en sí, y a su secuaz
62
desprecia, pone así en otra parte su esperanza.
Mas sígueme ahora, que apresurarnos me place:
ya los Peces se deslizan sobre el horizonte,
y todo el Carro sobre el Coro yace,
y el promontorio un poco más allá desmonta.
Canto XII
Los violentos contra el prójimo
sumergidos en el río de sangre hirviente.
Era el lugar, donde a bajar la cuesta
venimos, montañoso, y por quien allí estaba,
era tal, que toda mirada le sería esquiva.
Como aquella ruina, cuyo flanco
de acá de Trento azotó el Adigio,
o por terremoto o de base falta,
que de la cima del monte, despeñóse,
al valle, y allí tal está quebrantada
que alguna senda ofrece al que bajara;
así por aquel precipicio era el descenso:
y en la cumbre de la rota pendiente
la infamia de Creta tendida estaba,
concebido que fue de falsa vaca;
cuando nos vio, se mordió a sí mismo
como aquel a quien la ira por dentro atrapa.
63
Mi Sabio al verlo le gritó: ¿Por ventura
crees que está aquí el duque de Atenas,
que allá en el mundo te dio muerte?
Apártate, bestia, que este no viene
amaestrado por tu hermana,
sino por ver las penas vuestras.
Como el toro rompe el lazo de sus patas
cuando el golpe mortal ha recibido,
que huir no puede, mas aquí y allá se revuelve,
así de igual vi yo volverse al Minotauro,
y aquel prudente me gritó: Corre al desfiladero;
mientras está furioso, bueno es que bajes.
Así nos fuimos por el derrumbe
de aquellas piedras, que más se movían
bajo mis pies, por la nueva carga.
Iba yo pensativo y me dijo: Tú piensas
tal vez en esta ruina que está guardada
por aquella ira bestial por mi vencida.
Quiero ahora que sepas, que la otra vez
que descendí yo allá, al bajo infierno,
esta roca aún no estaba cascada.
Mas ciertamente poco antes, si bien discierno,
que Aquel viniera, que la gran presa
arrebató a Dite del círculo superno,
64
por todas partes el alto valle hediondo
tembló tanto que yo pensé que el universo
sintiera amor, por lo cual hay quien crea
que muchas veces el mundo volvió al Caos;
y en aquel punto esta vieja roca
revuelta fue aquí y en otras partes.
Mas fija los ojos abajo, que se acerca
el río de sangre, en el que hierve
todo el que por violencia a otro daña.
¡Oh ciega avidez!, ¡Oh loca ira,
que tanto nos acucia en la corta vida,
y en la eterna luego a tanto nos inmola!
Vi entonces una amplia fosa en arco conformada
como corona que todo el llano abraza,
como me había dicho mi escolta:
y entre el pie de la roca y ella, en hilera
corrían Centauros armados de saetas
como solían en el mundo salir de caza.
Viéndonos callar, se detuvieron,
y tres se separaron de la hilera
ya con arcos y flechas preparados:
y uno gritó de lejos: ¿A qué martirio
venís vosotros, los que bajáis la cuesta?
Decidlo ahora, o el arco suelto.
Mi Maestro dijo: La respuesta
65
a Quirón se la daremos, aquí y de cerca:
funesta fue siempre tu precipitada osadía.
Después me tocó y dijo: Aquel es Neso,
el que murió por la bella Deyanira,
y él mismo, de sí mismo, creó venganza.
Y aquel del medio que el pecho se mira,
es el gran Quirón, nutricio de Aquiles:
aquel otro es Folo, que fue tan lleno de ira.
En torno al foso van de a miles
asaeteando a las almas que se salen
de la sangre más de lo que su culpa tolera.
Nos acercamos a aquellas ágiles fieras:
Quirón tomó una flecha, y con la contera
echó las barbas detrás de sus quijadas.
Descubierta entonces la enorme boca
dijo a sus colegas: ¿Os habéis dado cuenta
que el de atrás mueve todo lo que toca?
Así no hacen los pies de los muertos.
Y mi buen Maestro que hasta el pecho le llegaba
donde las dos naturalezas se conciertan,
repuso: Sí, que está vivo, y yo solamente
debo mostrarle el sombrío valle:
necesidad lo lleva, y no placer.
Una que interrumpió su aleluya
fue la que me encomendó este oficio nuevo:
66
No es él ladrón, ni yo alma ratera.
Mas por aquella virtud, por la cual muevo
mis pasos por tan salvaje senda,
danos uno de los tuyos por compañero
que nos indique un lugar de paso
y que a éste en las ancas lleve,
que no es espíritu que por el aire vuele.
Quirón se volvió a la derecha tetilla
y dijo a Neso: Ve y así los guía
y hazlos transar si se os opone otra tropa.
Nos movimos con la escolta adicta
por el largo de la bermeja orilla,
donde chillaban los que allí hervían.
Vi gente sumergida hasta las cejas;
y el gran Centauro dijo: Estos son tiranos
que de la sangre vivieron y del poseer robado.
Aquí se lloran los despiadados daños;
ved allí a Alejandro y al Dionisio fiero
que vivir hizo a Sicilia dolorosos años.
Y aquella frente de pelo tan negro
es Azzolino; y aquel otro que es rubio
es Obezzo de Este, que de verdad
fue muerto por su hijastro allá en el mundo.
Entonces me volví al Poeta el cual me dijo:
que éste te valga ahora primero y yo segundo.
67
Un poco más allá el Centauro se detuvo
cerca de una gente que hasta la garganta
salir de aquel hervidero se veían.
Nos mostró una sombra apartada y sola
diciendo: Hirió este en el regazo de Dios
al corazón que en el Támesis aún se honra.
Después vi gente que fuera del río
sacaban la cabeza y aun todo el pecho:
y de estos reconocí a muchos.
Y así poco a poco se hacía menos profunda
aquella sangre que ya sólo los pies cocía;
y allí fue de aquel foso nuestro paso.
Así como de esta parte tú contemplas
que el caldo hirviente va disminuyendo,
dijo el Centauro, quiero que sepas
que en esta otra orilla más y más hunde
su fondo hasta que al final llega a aquel punto
donde concierne que la tiranía gima.
La divina justicia allí castiga
al que de la tierra fue flagelo, Atila,
y a Pirro y Sexto; y eternamente exprime
lágrimas por el hervor derramadas,
a Renato de Corneto y a Renato Pazzo,
que en los caminos hicieron tanta guerra.
68
Entonces se volvió y repasó el vado.
Canto XIII
Los violentos contra sí mismos.
No había aún de allá llegado Neso,
cuando nos metimos en un bosque
no señalado por sendero alguno.
No verdes frondas, más de color oscuro,
no rectas ramas, sino nudosas y enredadas,
no había frutas, sino espinas venenosas.
Ni en tan ásperos bosques moran, ni en tan espesos,
aquellas fieras salvajes que aborrecidos tienen
los cultivados campos entre Cecina y Corneto.
Aquí su nido hacen las tétricas Arpías,
que de las Estrofíades echaron los Troyanos,
con triste anuncio de futuros daños.
Alas tienen anchas, y cuello y rostro humanos,
pies con garras, y el gran vientre emplumado:
lanzan lamentos sobre los árboles extraños.
Y el buen Maestro: Antes que más te adentres,
sabe que te hallas en el segundo recinto,
comenzó a decirme, y aquí estarás,
69
hasta que veas el arenal horrible.
Por tanto atento mira, y así verás
cosas que darán fe de mis palabras.
De todos lados oía gemidos
y no veía a nadie que gimiera:
por donde temeroso me detuve.
Yo creo que él pensaba que yo creía
que tantas voces, de la espesura, eran
de gentes que de nosotros se ocultaban.
Sin embargo, dijo el Maestro, si quiebras
de una de estas plantas una rama,
la idea que tienes verás que es errada.
Extendí entonces la mano hacia adelante
y una ramita cogí de un gran endrino:
y su tronco gritó: ¿Por qué me quiebras?
Quedó entonces de oscura sangre teñido
y volvió a gritarme: ¿Por qué desgarras?
¿No tiene tu espíritu piedad alguna?
Hombres fuimos y ahora nos han hecho plantas:
bien debería ser más piadosa tu alma
aunque fuéramos de sierpes almas.
Como el tizón verde, que encendido
en un extremo, por el otro gotea,
y chilla en el soplo que arroja fuera,
así del leño aquel brotaban juntas
70
sangre y palabras: así dejé caer
la rama, y me detuve como el que teme.
Si éste hubiera podido creer primero,
repuso el Sabio mío, ¡Oh alma herida!,
lo que antes había visto en mis rimas,
no habría hacia ti alargado el brazo;
mas lo increíble de la cosa hízome
inducirlo a obrar, lo que a mí mismo pesa.
Mas dile quien tú fuiste, que así por manera
de enmienda, tu fama refresque
allá en el mundo, a donde tornar puede.
Y el tronco: Si con dulces palabras me llevas,
callar no puedo; a vosotros que no os pese
porque un poco a razonar me entretenga.
Yo soy aquel que tuvo las dos llaves
del corazón de Federico, y que las giré
abriendo y cerrando tan suave,
que de su confianza a todo hombre aparté:
mi fidelidad puse en aquel glorioso oficio,
tanta que allí perdí venas y pulsos.
La meretriz, que no apartó nunca
del palacio de César sus ojos putos,
peste común, y de las cortes vicio,
enardeció en contra mía todas las almas,
y los enardecidos enardecieron tanto a Augusto,
71
que el feliz honor tornaron en triste luto.
Mi espíritu por desdeñoso gusto,
creyendo en el morir huir el desprecio,
injustamente en contra mía me hizo justo.
Por las nueve raíces de este leño
os juro que jamás falté a la confianza
de mi señor, que fue de honor tan digno.
Y si alguno de vosotros al mundo vuelve,
reafiance mi memoria, que aún yace
bajo el golpe que le dio la envidia.
Esperó un poco el Poeta y luego:
Puesto que calla, me dijo, no te demores;
mas háblale y pregúntale, si más te place.
Y yo a él: Pregúntale tú ahora
de lo que creas que más me satisfaga;
que no podré yo: tanta piedad me adolora.
Entonces comenzó: Si cumplimos contigo
liberalmente lo que tu pedido ruega,
espíritu encarcelado, que aún te plazca
decirnos como el alma se amarra
en estos nudos; y dime si puedes
si alguna nunca de tales miembros se suelta.
Entonces sopló fuerte el tronco, y luego
ese viento se hizo voz:
Brevemente os daré respuesta.
72
Cuando se aparta el alma feroz
del cuerpo, del que ella misma se arranca,
Minos la envía a la séptima fosa.
Cae en la selva, sin lugar elegido;
mas allí donde la fortuna la lanza,
allí germina como semilla de espelta;
surge en retoño, y en silvestre planta.
Las Harpías luego de sus hojas paciendo,
causan dolor, y al dolor dan vía abierta.
Como todos, vendremos por nuestros despojos,
pero no para que alguno los vista de nuevo:
no es justo que el hombre posea lo que se quitó.
Aquí los acarrearemos, y en esta triste
selva quedarán nuestros cuerpos suspendidos,
cada uno del endrino de la sombra tan molesta.
Estábamos todavía junto al tronco en espera,
creyendo que algo más nos diría,
cuando nos sorprendió un rumor,
parecido al que venir siente
el jabalí y la caza hacia su sitio,
que la jauría oyen y el fragor del ramaje.
Y luego aparecieron dos del siniestro lado
desnudos y lacerados, huyendo tan a prisa
que de la selva todas las ramas rompían.
73
El de adelante: acude ya, acude muerte.
Y el otro que tanto no corría,
gritaba: Lano, tan ágiles no tenías
las piernas en el torneo del Topo.
Y porque falto tal vez de aliento,
hizo un cosa de sí y de un arbusto.
Detrás de él la selva estaba llena
de negras perras, corriendo hambrientas
como lebreles que han perdido la cadena.
En aquel que se ocultó echaron los dientes
y lo despedazaron parte tras parte;
y se llevaron luego aquellos miembros dolientes.
Me tomó entonces mi escolta de la mano
y llevóme hasta el arbusto que lloraba,
por las heridas ensangrentadas en vano.
¡Oh Jacobo de san Andrés!, decía,
¿Con qué provecho me tomaste por refugio?
¿Qué culpa tengo yo de tu vida criminal?
Cuando el Maestro cerca de él estuvo
dijo: ¿Quién fuiste tú que por tantas puntas
soplas con sangre doloroso discurso?
Y él a nosotros: ¡Oh almas que habéis venido
a contemplar el desonesto estrago
que a mis tantas frondas de mí ha separado!
Recogedlas al pie del triste arbusto.
74
Yo fui de la ciudad que por el Bautista
trocó su primer patrono: el cual por ello
con su arte siempre la tendrá contrista:
y si no fuera que en el puente del Arno
aún se conserva una imagen suya,
los ciudadanos, que otra vez la fundaron
de las cenizas que de Atila quedaron,
todo su trabajo hubieran hecho en vano.
Yo me hice de mi propia casa un patíbulo.
Canto XIV
Los violentos contra Dios.
Condolido por el amor de mi lugar natal,
me di a recoger la dispersa fronda
y a retornarla a aquel cuya voz desvanecía.
De allí llegamos al confín donde se parte
el segundo recinto del tercero, y donde
se ve de la justicia horrible arte.
A bien manifestar las cosas nuevas,
digo que llegamos a un áspera llanura
de cuyo manto a toda planta destierra.
La dolorosa selva le es guirnalda
75
en torno, como el triste foso a aquella;
detuvimos el paso allí, al borde mismo de la playa.
El espacio era un arena árida y espesa,
semejante a aquella otra
que fue del pie de Catón hollada.
¡Oh venganza de Dios, cuánto debes
ser temida por todo aquel que lee
lo que entonces apareció a mis ojos!
De almas desnudas vi un gran rebaño
llorando todas juntas miserablemente,
y al parecer sujetas a diversas leyes.
Supinas yacían en tierra algunas gentes,
sentadas otras en total encogimiento,
y otras caminaban continuamente.
Las que giraban de continuo eran mayoría
y menos las que yacían bajo el tormento
aunque el dolor más la lengua les soltaba.
Por todo el arenal, en forma lenta,
llovían grandes copos de fuego,
como cae la nieve en la montaña si no hay viento.
Como Alejandro en aquellas ardientes tierras
de la India vio sobre su ejército caer
llamas que en el suelo firmes yacían,
por lo que mandó pisotear el suelo
a la tropa, pues los febriles efluvios
76
separados mejor se extinguían,
tal descendía el sempiterno ardor;
y así la arena ardía, como yesca
bajo el pedernal, y duplicaba el dolor.
Sin reposo nunca era la loca danza
de las miserables manos, aquí y allá
apartando de sí el renovado calor.
Y comencé: Maestro, tu que venciste
todo, salvo aquellos duros demonios
que a la entrada nos hicieron frente,
¿Quién es aquel grande que al parecer no cura
del incendio, y yace retorcido y desdeñoso
como si no lo hiriera la lluvia?
Y aquel mismo percatado
que de él yo a mi Guía preguntaba
gritó: Como vivo era, tal soy muerto.
Si fatigara Jove a su herrero de quien
atormentado tomó el agudo rayo
con el que en mi último día fui azotado;
o si fatigara a los otros día tras día
del Mongibelo de hocicos negros,
clamando “Buen Vulcano, ayúdame, ayúdame!”,
así como en la pelea de Flegra hiciera
y me clavara saetas con su fuerza entera:
aun así no obtendría de mí una feliz victoria.
77
Entonces el líder mío habló con tal vehemencia
como yo nunca con tanta fuerza lo había oído:
Oh Capaneo, en lo mismo que no se amengua
tu soberbia, está tu castigo;
ningún martirio, fuera de tu misma rabia,
sería a tu furor dolor cumplido.
Luego volvióse a mí con mejor labia
diciendo: Ese fue uno de los siete reyes
que asediaron Tebas; y tuvo y aún tiene
a Dios en desprecio, y no parece que ruegue;
pero, como a él le dije, sus despechos
son en su pecho una bien debida llaga.
Ahora ven detrás mío, y nuevamente cuida
de no poner los pies sobre la ardiente arena;
mas cuida del bosque tener los pies al borde.
Callados fuimos allá donde brotaba
fuera del bosque un breve riachuelo
cuya rojez todavía me horripila.
Cual del Bulicame sale un arroyuelo
que comparten entre si las pecadoras,
tal por la arena allá corría su curso.
Su fondo y ambas sus orillas
eran de piedra, y las márgenes alzadas,
por lo que comprendí que por allí el paso era franco.
78
Entre todas las cosas que te he enseñado,
desde que por aquella puerta ingresamos
cuyo umbral a nadie le es negado,
tus ojos no han visto cosa alguna
más notable como el presente río,
que sobre sí todas las llamas amortigua.
Estas palabras fueron de mi Conductor
y entonces le rogué que me entregara el alimento
del que entregado el hambre ya me había.
En medio del mar hay un arruinado país,
dijo él entonces, llamado Creta,
bajo cuyo rey ya fuera el mundo casto.
Tiene una montaña antaño feliz
en aguas y en verde fronda, llamada Ida,
y que hoy está yerma como una cosa vieja.
Rea la hubo elegido como segura cuna
de su hijito, y por mejor celarlo,
cuando lloraba, que dieran gritos hacía.
Dentro del monte yérguese en pie un anciano
que hacia Damiata vuelta tiene la espalda
y a Roma mira como a su espejo.
Su testa de fino oro está formada
y de pura plata brazos y pecho,
luego es de bronce hasta la entrepierna;
de allí hasta abajo es de fino hierro,
79
salvo que de terracota es el pie derecho;
se apoya en éste, más que en el otro, erecto.
Cada parte, excepto el oro, está rota
en una fisura de donde lágrimas llora
que reunidas perforan aquella gruta.
Su curso en este valle cae de roca en roca;
formando el Aqueronte, el Éstige y el Flegetonte;
luego se va por este conducto estrecho,
y en fin, allá donde ya más no se desciende,
forma el Cocito, y cual sea ese estanque
tú lo verás, que aquí nada se cuenta.
Y yo a él: Si este reguero
derívase así de nuestro mundo,
¿Por qué aflora sólo solamente en esta orilla?
Y él a mí: Sabes que este lugar es redondo;
y aunque hayas andado mucho,
por el siniestro lado siempre hacia el fondo,
aún no has dado vuelta por el cerco todo;
por donde si alguna cosa nueva te parece,
que no haya sorpresa en tu rostro.
Y yo aún: Maestro, ¿se encuentra dónde
el Flegetón y el Lete? Que del uno callas,
y del otro dices estar hecho de esas lágrimas.
Tus preguntas cierto me placen todas,
repuso, más el hervir del agua roja
80
bien debería resolverte una.
Verás el Lete, mas fuera de esta fosa,
allá donde a lavarse van las almas
y la culpa arrepentida se les trueca.
Luego me dijo: Ya de apartarse es la hora
del bosque; que vengas tras de mi procura;
no estando ardidos, los bordes nos son ruta,
y sobre ellos todo el vapor se esfuma.
Canto XV
Los violentos contra la naturaleza
Aparece el monstruo Gerión.
Nos lleva ahora una de las duras márgenes:
y el humo del arroyo tal niebla les hace
que del fuego salva el agua y las orillas.
Como los Flamencos entre Gante y Brujas,
temiendo las olas que se les avanzan
levantan diques para que el mar se aleje;
y al igual que los Paduanos a lo largo del Brenta
para amparar sus castillos y pueblos
antes que el Carentana el calor sienta;
de tal manera estas riberas,
aunque no eran tan altos ni tan gruesas,
cualquiera fuese quien las construyera.
81
Ya de la selva nos habíamos alejado tanto
que no podía verla desde donde estaba
aunque me hubiera vuelto a mirar atrás,
cuando de almas encontramos una hilera
cada una, viniendo por la ribera,
mirándonos como suele en la noche
mirarse uno al otro bajo la luna nueva,
y para así vernos aguzaban la vista
como mira el viejo sastre al ojo de la aguja.
Escrutados así por esa tal familia
de uno fui conocido, que me tomó
por el ruedo y me gritó: ¡Maravilla!
Y yo, cuando zafé de su brazo,
fijé tanto la vista en su cocido aspecto,
que aún a pesar de su abrasado rostro
pude reconocerlo en mi intelecto;
e inclinando hacia su faz la mía
respondíle: ¿Vos aquí, maestro Brunetto?
Y él: Hijito mío, no te desplazca
si Brunetto Latino contigo un poco
se retrasa y deja al tropel que vaya.
Y yo le dije: Cuanto pueda os lo ruego;
y si queréis que juntos nos sentemos
lo haré, si place a aquel que va conmigo.
Hijito mío, dijo, si alguno de este rebaño
82
hace alto un instante, luego por cien años
queda sin defensa bajo el fuego que lo hiere.
Mas sigue adelante, que yo iré a tu lado,
y luego alcanzaré a mi manada,
que va llorando sus eternos daños.
No osaba yo bajar de la orilla
para andar a su par; más inclinado el rostro
llevaba en gesto deferente.
Y comenzó: ¿Qué fortuna o destino
antes del último día aquí te trae?
y ¿quién es aquel que apunta el camino?
Allá arriba, en la vida serena,
le respondí, me perdí en un valle
antes que mi edad fuera plena.
Sólo ayer de mañana le volví la espalda;
este me apareció, cuando me volvía al valle,
y recondújome aquí por esta calle.
Y él a mí: Si sigues tu estrella
errar no puedes el glorioso puerto
como bien advertí en la vida bella;
y si no hubiera tan pronto muerto,
viendo el cielo para ti tan benigno,
confortado en tu obra yo te hubiera.
Pero aquel ingrato pueblo maligno
que desciende de Fiésole ab anticuo
83
que mucho tiene de monte y piedra,
será, a causa de tu buen obrar, tu enemigo;
y es de razón, porque entre ásperos serbales,
no es conveniente disfrutar del dulce higo.
Una vieja fama en el mundo los llama ciegos,
avara gente, envidiosa y soberbia:
de sus costumbres guárdate pulcro.
Tu fortuna tanto honor te reserva
que unos y otros tendrán hambre
de ti; pero que lejos del pico sea la hierba.
Hagan las bestias fiesolanas de sí mismas
pasto; y que no toquen la planta
si aún alguna en su estiércol crezca,
de la cual renazca la semilla santa
de aquellos Romanos que aún quedaron
cuando se hizo nido de malicia tanta.
Si plenamente mi deseo se cumpliera
le respondí, vos no estaríais todavía
de la humana naturaleza puesto fuera;
que fijo en la mente guardo, y me contrista
ahora, la querida y buena imagen paterna
de vos cuando en el mundo, de tanto en tanto,
me enseñabais cómo se inmortaliza el hombre:
y cuanta gratitud de ello guardo, mientras viva,
es necesario que mi lengua lo discierna.
84
Lo que narráis del curso de mi vida grabo,
y lo guardo para glosarlo con otro texto
a dama que sabrá, si a ella arribo.
Solo quiero que os sea manifiesto,
para que mi conciencia no reproche,
que a la Fortuna, lo que quiera, yo estoy presto.
No es nuevo a mis oídos tal presagio:
pero gire su rueda como le plazca
la Fortuna, y el villano su azada.
Mi maestro entonces vuelta su mejilla
a la derecha, volvióse y mirándome
me dijo: Bien escucha quien lo acota.
No obstante continúo hablando
con maese Brunetto, y quienes son le pregunto
sus compañeros más nobles y famosos.
Y me dijo: Saber de alguno es bueno;
de los otros mejor será callarse,
que a tanta charla el tiempo sería corto.
En suma, sabe que son clérigos todos
y grandes literatos y de gran fama,
de un mismo pecado sucios.
Prisciano va con esa turba mezquina,
y Francisco de Accorso también; y si de ver
esa tiñosa caterva tendrías el deseo
85
verás aquel que por el siervo de los siervos
fue trasladado del Arno al Bacchiglione
donde dejó sus mal extendidos nervios.
Más hablaría, pero el viaje y el sermón
alargarse más no puede, porque ya veo
surgir nuevo humo del arenal.
Vienen gentes con las que estar no deseo,
Séate recomendado mi Tesoro
en el que vivo todavía, y nada más pido.
Volvióse luego, y parecía uno de aquellos
que corren en Verona el palio verde
en la campiña; y parecía ser de aquellos
que ganan, y no de los que pierden.
Canto XVI
Estaba ya donde se oía el estruendo
del agua que caía en el siguiente giro
semejante al rumor de las colmenas,
cuando juntas tres sombras se apartaron,
corriendo, de un tropel que pasaba
bajo la lluvia del áspero martirio.
Venían a nosotros, y cada una gritaba:
Detente, tú, que por el ropaje pareces
ser uno de nuestra tierra depravada.
86
¡Ay de mí! Qué plagas vi en sus miembros,
recientes y viejas, producidas por las llamas!
Todavía me duele de solo recordarlas.
A sus gritos mi doctor se detuvo:
Volvió su rostro a mí y: Ahora espera,
dijo, con estos corresponde ser cortés.
Y si no fuera el fuego que asaeta
la naturaleza del lugar, yo diría
que más a ti que a ellos valdría la prisa.
Así que nos detuvimos, recomenzaron ellos
el anterior verso; y cuando a nosotros llegaron
entre los tres formaron una ronda.
Como los campeones solían hacer, nudos y untos,
sondear la presa y buscar ventaja,
antes de entrar al castigo y al combate,
así rondando, cada uno el visaje
me dirigía, de modo que contrario al pie
el cuello hacía continuo viaje.
Si la miseria de este arenoso sitio
torna en desprecio a nos y a nuestros ruegos,
comenzó uno, y el negro aspecto y lo desnudo,
que nuestra fama pliegue tu alma
para decirnos quien eres, que los pies vivos
por el infierno friegas tan seguro.
Este, cuyas huellas perseguir me ves,
87
por más que desnudo y excoriado vaya
fue de mayor rango de lo que creyeras:
fue nieto de la buena Gualdrada,
Guido Guerra tuvo por nombre, y en su vida
con su talento hizo mucho y con su espada.
El otro, que junto a mí la arena pisa,
es Tegghiajo Aldobrandini, cuya voz
allá en el mundo debería ser agradecida.
Y yo, que en cruz con ellos estoy puesto,
Jacobo Rusticucci fui, y por cierto
mi fiera esposa me dañó más que nadie.
Si hubiera estado a cubierto del fuego,
abajo me hubiera lanzado entre ellos,
y creo que el doctor lo habría sufrido;
mas, como yo sería quemado y cocido,
venció en mí el miedo al buen anhelo
que de abrazarlos me tenía tenso.
Después comencé: No desprecio sino pena
vuestra condición dentro de mi provoca,
tanta que tarde se desvanecerá toda,
luego que este mi señor me dijo
palabras por las que yo comprendí
que tal cual sois, tal era la gente que venía.
De vuestra tierra soy, y siempre siempre
vuestra obra y los honrosos nombres
88
he retenido y escuchado con afecto.
Dejo las hieles y voy por las dulces pomas
que mi veraz Conductor me ha prometido;
pero antes es preciso descender hasta el centro.
Así largamente porte tu alma
sus miembros, continuó aquel todavía,
y así después brille tu fama,
dinos si cortesía y valor aún moran
en nuestra ciudad como solían,
o si del todo han sido echadas fuera;
porque Guillermo Borsiere, que con nosotros
sufre desde hace poco, y va con los otros,
tanto con sus historias nos tortura.
La nueva gente y las súbitas ganancias
orgullo y desmesura han engendrado,
Florencia, en ti, tanto que ya te plañes.
Así grité con el rostro alzado;
y los tres, que la respuesta entendieron,
miráronse uno al otro como quien se asombra.
Si en ocasiones como ésta tan poco te cuesta,
respondieron todos, satisfacer preguntas,
¡Feliz de ti, que dices lo que sientes!
Pero, si sales de este lugar oscuro,
y a ver las bellas estrellas vuelves,
cuanto te plazca decir ¡Allí estuve!
89
haz que de nosotros los hombres hablen.
De allí, quebraron la ronda, y huyeron
tan velozmente, que alas parecían sus piernas.
Un amén no hubiera podido decirse
en el breve tiempo en que se fueron,
por lo que al maestro pareció bien irnos.
Yo lo seguía, y poco habíamos ido,
cuando el fragor del agua fue tan vecino
que de hablar apenas nos oiríamos.
Como aquel río que hace camino
del Monte Viso hacia el levante,
en la siniestra costa del Apenino,
que se llama Acquacheta arriba, que antes
de derramarse allá en el bajo lecho,
y en Forli de ese nombre quedar vacante,
allá atruena sobre San Benedetto
y de los Alpes cae en un solo rugiente salto
en vez de un millar de cascadas quietas;
así, por abajo de un risco quebrado,
hallamos tronando aquella teñida agua,
tanto que en poco tiempo el oído nos hiriera.
Tenía yo en torno ceñida una cuerda,
con la que alguna vez hube pensado
atar la pantera de la manchada piel.
90
Una vez que desatada la tuve,
como mi Conductor me había ordenado,
se la alcancé arrollada y replegada.
Entonces él volviéndose al derecho lado,
y algo alejado de la orilla
la arrojó abajo en aquel profundo abismo.
Preciso es que a novedad convenga,
dije entre mí, un nuevo signo
que el maestro con ojo atento espera.
¡Ay! ¡Cuán cautos debieran ser los hombres
con los que no sólo ven los actos externos,
sino que por dentro la mente ven con el intelecto!
Y me dijo: Pronto vendrá aquí arriba
lo que yo espero y tu mente sueña;
pronto conviene que a tu vista se descubra.
Siempre ante la verdad que cara tiene de mentira,
debe el hombre sellar sus labios tanto como pueda,
de modo de no pasar sin culpa vergüenza;
pero aquí callar no puedo; y por las líneas
de esta comedia, lector, te juro,
si ellas no fueran de larga fama privadas,
que vi por aquel aire grueso y oscuro
venir por la alto una figura nadando,
maravillosa aún para el corazón seguro,
como del fondo regresa el marinero
91
tal vez de soltar el atrapada ancla
de un escollo o de otra cosa en la mar trabada,
que extiende el brazo y la pierna encoge.
Canto XVII
Descenso sobre el lomo de Gerión al
octavo círculo.
¡He aquí la fiera de aguzada cola,
que traspasa montes y abate muros y armas!
¡He aquí la que corrompe al mundo entero!
Así empezó a hablarme mi Guía;
y le indicó que se arrimara a la orilla,
donde morían los hollados mármoles.
Y aquella inmunda imagen del engaño
vino, y acercó la testa y el tronco,
pero a la orilla no allegó la cola.
Su rostro era el de un varón justo,
tan benigna era por fuera la piel,
y de serpiente todo el restante cuerpo;
vellosas hasta la axila eran sus zarpas,
la espalda y el pecho y ambos costados
de lazos y escudos salpicados.
De más colores, en fondos y relieves,
no habido nunca tela Turca o Tártara,
ni hubo tal otra que Arácnea preparara.
92
Como se ven a veces las barcas en la orilla
que en parte sumergidas y en parte están en tierra,
y como allá entre los golosos Tudescos
el castor a lanzar su guerra se apresta,
así la pésima fiera se tenía en el borde
de piedra que al arenal encierra.
En el vacío la entera cola agitaba
curvando en alto la ponzoñosa horca,
que a modo de escorpión la punta armaba.
El Conductor dijo: conviene que se tuerza
nuestro camino un poco hacia esta
fiera malvada que allá se tiende.
Bajamos pues por el lado diestro,
y diez pasos dimos hacia el extremo
borde, para evitar la arena y la hoguera.
Y cuando cerca de la fiera fuimos,
algo alejados del horno, sobre la arena
vimos gente sentada cabe el abismo.
Aquí el maestro: A fin de que plena
experiencia de este recinto obtengas,
me dijo, anda y ve cómo están éstos.
Que sean breves tus parlamentos;
y en tanto vuelves, hablaré con esta
para que nos conceda sus hombros fuertes.
93
Así entonces sobre la extrema testa
del séptimo círculo muy solo
anduve a donde estaba la gente triste.
De los ojos fuera manaba su dolor;
de aquí, de allá eludiendo con las manos
ya los vapores, ya el ardiente arena;
no de otro modo en el verano hacen los perros
con el hocico o con las zarpas, cuando mordidos
de las pulgas, o de las moscas o de los tábanos.
Mirando atentamente a muchos de ellos
que el doloroso fuego azotaba,
a nadie reconocí; pero advertí entonces
que del cuello les pendía un saquito
de cierto color y signo marcado,
y a sus ojos al parecer deleitoso.
Y cuando vine entre ellos mirando,
en una bolsa amarilla vi un azul
que de león tenía la cara y el aspecto.
Después, prosiguiendo mi encuesta
vi otra bolsa como de sangre roja,
con una oca más que manteca blanca.
Y uno, que de una puerca azul y gruesa
signado tenía su saquito blanco,
me dijo: ¿Qué haces tú en esta fosa?
Ahora vete; y porque aún estás vivo
94
sabe que mi vecino Vitallano
ha de sentarse aquí a mi siniestro flanco.
Entre estos Florentinos yo soy paduano:
a cada rato me aturden las orejas
gritando: “Venga el caballero soberano,
que en la bolsa lleva tres picos”.
Aquí torció la boca y sacó fuera la lengua,
como el buey cuando se lame el hocico.
Y yo temiendo que el mucho estar ofendiese
al que de poco estar me había advertido,
volví la espalda a esas almas tan miserables.
Hallé a mi Guía trepado
del fiero animal sobre las ancas,
y me dijo: Sé fuerte y osado.
En esta clase de escala bajaremos ahora;
monta delante que quiero estar en el medio
a fin de que la cola no pueda hacerte daño.
Como el que ya cerca el asalto siente
de la cuartana, y ya le blanquean las uñas.
y tiembla entero sólo de presentir la fresca,
así estaba yo al oír tales palabras;
pero me avergonzaron sus amenazas,
las que ante un buen señor dan fuerza al siervo.
Tomé asiento sobre aquellas espaldazas;
y quise de decir, pero la voz no me vino
95
como yo quería: Por favor abrázame.
Pero mi Guía que otras veces me mantuvo
en otros riesgos, así que hube subido
en los brazos me estrechó y me sostuvo;
y dijo: Gerión muévete ya:
la ruta es larga, que sea lento el descenso:
piensa en la nueva carga que llevas.
Como sale el barquito de su lugar
retrocediendo de a poco, así la bestia se apartó;
y cuando sintióse libre del todo
volvió la cola donde antes tenía el pecho,
y movió tensa la cola como una anguila,
y con los brazos se atrajo el aire.
Miedo mayor no tuvo, creo,
Faetón cuando soltó las riendas
por quién el cielo, como aún se ve, se tostó;
ni cuando Ícaro sintió de los riñones
soltarse las plumas de la derretida cera,
y le gritaba el padre: ¡Mal camino llevas!,
cuanto fue el mío, cuando me vi volando
en el inmenso aire, y vi que no veía
ninguna cosa más que la fiera.
Ella se va nadando lenta lenta;
gira y desciende, pero yo nada veo
sino que al rostro y desde abajo me aventa.
96
Sentía yo el torbellino a la derecha
bramar debajo nuestro un horrible trueno,
por lo que incliné hacia abajo la cabeza.
Entonces más me espantó el precipicio
cuando vi fuegos y sentí llantos,
y me recogí en mí temblando entero.
Y vi después lo que antes no veía
el descender y rodar entre grandes males
aproximándose de todas partes.
Como el halcón que ha volado harto
sin ver reclamo ni ave alguna
hace exclamar al cetrero: "¡Ay! ¿que ya bajas?"
desciende laso de moverse tanto
en rondas ciento, y se posa lejos
de su maestro, desdeñoso y colérico;
así posóse Gerión en el fondo,
justo al pie de una estallada roca,
y, descargadas nuestras personas,
se alejó como se aleja una flecha.
Canto XVIII
OCTAVO CIRCULO O MALEBOLGE
Hay lugar en el Infierno llamado Malebolge
todo de piedra de color ferroso,
como la cerca que lo envuelve en torno.
97
En el mismo centro del maligno campo
hay un vacío bien ancho y profundo,
de cuya estructura me ocuparé en su lugar.
El cerco entonces que resta es redondo
entre el pozo y el borde de la orilla dura,
y está dividido en diez valles el fondo.
Así como, por salvaguardia de los muros,
más y más fosos ciñen los castillos,
y la parte donde están forma el diseño,
tal imagen aquí hacían aquellos;
y como en tales fortalezas del umbral
a la orilla de afuera hay puentecillos,
así de la cima de la roca parten puentes
que atraviesan las márgenes y el foso
hasta el pozo central que los trunca y los recoge.
En este lugar, expulsados del lomo
de Gerión, estábamos; y el poeta
tomó la izquierda y yo detrás me puse.
A la derecha mano vi nueva miseria,
nuevo tormento y nuevos verdugos,
de que la primera fosa era repleta.
En el fondo estaban los pecadores desnudos;
la mitad primera nos daba la espalda,
la otra más veloz hacia nosotros venía;
98
como los Romanos que por la muchedumbre
del jubileo, al cruzar el puente
hacen pasar con orden a la gente,
y de un lado todos dan la frente
hacia el castillo y van a San Pedro,
del otro todos van hacia el monte.
De acá, de allá, sobre la férrea piedra,
vi demonios cornudos y con grandes fustas,
que los azotaban cruelmente por detrás.
¡Ay de mi! ¡Cómo se movían las piernas
al primer azote! pues ya ninguno
esperaba el segundo, ni el tercer golpe.
Mientras andaba, mis ojos se toparon
con uno de ellos; y le dije al punto:
No es la primera vez que a este veo.
Por lo que a bien fijarlo me detuve;
mi dulce Conductor lo hizo al mismo tiempo,
y aún me concedió retroceder un tanto.
Y el azotado creyó ocultarse
bajando el rostro; más le valió poco
pues le dije: Oh tú que abajo vuelves el ojo,
si las facciones que portas no son falsas,
Venedico eres tú, Caccianemico,
mas ¿qué te trajo a tan picantes salsas?
Y él a mí: De mala gana lo digo:
99
más fuérzame tu verba clara
que me recuerda el mundo antiguo.
Yo fui quien a Ghisolabella
conduje a complacer al marqués,
sean como las habladurías sean.
Y no soy el único boloñés que aquí lloro,
antes este lugar está tan lleno,
que tantas lenguas no hay tan prestas
a decir sipa entre el Savena y el Reno;
y si de ello quieres fe o testimonio
trae a memoria nuestro avaro seno.
Así hablaba cuando lo azotó un demonio
de su escuadra, y le dijo: ¡Anda,
rufián! aquí no hay mujeres de cuño.
Volvíme a mi compañía;
luego en pocos pasos llegamos
allá donde un puente de la barranca salía.
Ágilmente a él nos subimos;
y vueltos a la derecha sobre su áspero lomo
de aquellos giros eternos nos partimos.
Cuando llegamos a donde hay un hueco
debajo para dar paso a los forzados,
el Conductor dijo: Detente, y haz que fijen
en ti la vista estos mal natos,
de los que todavía no viste el rostro
100
porque con nuestro rumbo marchaban.
Desde el viejo puente veíamos la fila
de los que hacia nosotros venían por la otra banda,
castigados por la fusta de igual manera.
Y el buen maestro, sin que yo se lo pidiera,
me dijo: Mira aquel grande que viene
y por el dolor no parece que lágrimas derrame:
¡Cuán majestuoso aspecto aún retiene!
Es Jasón, que por corazón y coraje
privó a los Cólquides del vellocino.
Pasó por la isla de Lemnos
luego que las impiadosas féminas audaces
a todos sus varones dieran muerte.
Allí con ardides y adornadas palabras
engañó a Hipsípila, la jovencita
que antes había engañado a todas las demás.
Allí la dejó, preñada, abandonada;
tal culpa y tal martirio lo condena;
y también de Medea se obra venganza.
Con él van todos los que así engañan:
y que esto baste del primer valle
saber, y de los que en él atrapa.
Estábamos ya donde la estrecha calle
con el recinto segundo en cruz se engarza,
a nuevo arco haciéndole espalda.
101
Aquí vimos gente que se lamenta
en nueva fosa y con el hocico hoza
y a sí misma con las manos se agravia.
Los bordes estaban incrustados de un moho
producto del vaho que allí se empasta
y que a la vista y a la nariz ultraja.
El fondo es tan umbrío, que no se alcanza
a verlo si no trepando al dorso
del arco, donde más el puente destaca.
Allí llegamos; y allá abajo en el foso
vi gente sumergida en estiércol
como salido de letrinas humanas.
Y mientras tenía allá abajo el ojo atento
vi a uno tan de mierda enlodado
que no sabía si era clérigo o laico.
El cual me gritó: ¿Por qué tanto ahínco
de mirarme a mí más que a los otros brutos?
Y yo a él: Porque, si bien me acuerdo,
te he visto antes con el cabello enjuto,
y eres Alejo Interminei de Luca:
por eso más te miro que a los otros.
Y él entonces, golpeándose el coco:
Aquí me han sumergido las lisonjas
de las que nunca se cansó mi lengua.
102
Después el Conductor: Avanza,
me dijo, un poco la cabeza
para que bien puedas ver el rostro
de aquella inmunda y licenciosa esclava
que se rasca con las merdosas uñas,
que ora se apoya y ora de pie se guarda.
Es Tais, la puta, que respondió
a la pregunta de su macho: ¿Tengo méritos
grandes a tus ojos? ¡Y aún maravillosos!
Y desde ahora queden nuestras miradas saciadas.
Canto XIX
¡Oh Simón mago! ¡Oh míseros secuaces
que las cosas de Dios, que de bondad
deben ser esposas, y vosotros rapaces
por oro y por plata adulteráis,
conviene ahora que por vos suene la trompa
ya que en la tercera fosa os encontráis!
Estábamos ya en la siguiente tumba,
subidos en aquella parte del puente
que sobre el centro del foso cae aplomo.
103
¡Oh Sabiduría suma! ¡Cuán grande arte
muestras en el Cielo, en la Tierra y en el mal mundo,
y con cuánta equidad tu virtud compartes!
Vi en las paredes y en el fondo de la fosa
llena la piedra lívida de agujeros
de igual anchura, y cada uno era redondo.
No me parecían más amplios ni mayores
que los que están en mi bello San Juan,
hechos para pilas de bautismo;
una de los cuales, y no hace muchos años,
rompí yo por uno que adentro se ahogaba:
y que esto sirva de sello para que nadie se engañe.
Fuera de la boca de cada hoya sobresalían
de cada pecador los pies y las piernas
hasta la corva, el resto adentro quedaba.
De todos se abrasaban las plantas
y por eso agitaban las coyunturas tanto
que hubieran roto cuerdas y espartos.
Como suelen las llamas correr por las cosas untas
moviéndose por la corteza externa,
tal ardían allí desde el talón hasta las puntas.
¿Quién es aquel, maestro, que se atormenta
agitando más las piernas que sus consortes,
dije yo, y a quien más roja llama reseca?
104
Y él a mí: Si quieres que te lleve
allá abajo por aquella roca que más desciende,
de él sabrás, de sí y de sus entuertos.
Y yo: Bien me parece lo que te place;
tú eres el amo, y sabes que no me aparto
de tu querer, y conoces lo que me callo.
Llegamos entonces al recinto cuarto;
giramos y bajamos a la siniestra,
allá, hacia el fondo estrecho y perforado.
El buen maestro me tenía de sus ancas
sin apartarme, y así me llevó hasta el hoyo
de aquel que tanto gemía con las patas.
¡Oh! ¡Quienquiera seas que lo alto tienes abajo,
alma triste plantada como una estaca,
comencé a decir, si puedes habla!
Yo estaba como el fraile que confiesa
al pérfido asesino, quien, clavado en tierra,
lo reclama para que la muerte se aleje.
Y él gritó: ¿Ya estás aquí muerto,
ya estás aquí muerto, Bonifacio?
Por algunos años me mintió el escrito.
¿Eres tú tan pronto de aquel tener saciado
por el que no temiste llevar a engaño
a la bella dama, para luego destruirla?
Yo me quedé como aquellos que están,
105
por no entender lo que han oído,
confundidos, y responder no saben.
Respóndele ya, dijo Virgilio,
‘No soy, no soy el que tú crees’
y yo le dije tal como me fue impuesto.
Entonces el espíritu retorció los pies;
y luego, suspirando y con voz de llanto
me dijo: Entonces ¿qué de mí quieres?
Si de saber quien sea yo te urge tanto,
como para venir hasta esta orilla,
sabe que fui investido del gran manto;
y verdadero hijo fui de la Osa,
y tan ávido de hacer trepar a los oseznos
que en el mundo embolsé, y aquí metíme en bolsa.
De mi cabeza abajo hay otros que llegaron
antes de mí y simonía cometieron,
y entre las fisuras de la piedra están chatos.
Allá abajo me hundiré yo mismo cuando
venga aquel que yo creía que tú eras,
en el momento que hice la súbita pregunta.
Pero por más tiempo mis pies se habrán tostado
y de este modo habrán estado al revés,
que lo estará él plantado y quemándose sus pies:
porque tras él vendrá de poniente,
de obrar más inmundo, un pastor sin ley,
106
que nos habrá de cubrir a ambos, a mí y a él.
Nuevo Jasón será, como el que se lee
en los Macabeos; y como de aquel fue blando
su rey, así será con él quien en Francia reina.
No sé si entonces fui yo necio en exceso,
pero le respondí en estos términos:
¡Ay! Dime ahora, ¿Cuánto dinero quiso
Nuestro Señor antes de que a San Pedro
le dejara las llaves en su poder?
En verdad nada le pidió sino ‘Ven detrás de mí’.
Ni Pedro ni los demás pidieron a Matías
ni oro ni plata cuando fue sorteado
a ocupar el lugar que perdió el alma perversa.
Pero quédate ahí, que estás bien castigado;
y guarda bien la mal ganada moneda,
que contra Carlos te hizo ser tan atrevido.
Y si no fuese que aún me lo impide
la reverencia de las soberanas llaves
que en la feliz vida tú tuviste,
emplearía aún más duras palabras;
pues vuestra avaricia entristece al mundo,
pisoteando a los buenos y ensalzando a los malos.
De vos, Pastores, se acordó el Evangelista,
cuando la que está sentada sobre las aguas
putañear con reyes por él fue vista;
107
la que nació con las siete testas,
y con los diez cuernos tuvo el dominio,
mientras la virtud agradó a su marido.
Vos tenéis Dios de oro y argento,
¿Y cuán diversos sois de los idólatras
sino que ellos a uno, y vos adoráis a ciento?
¡Ay Constantino! ¡De cuánto mal fuiste madre,
no al convertirte, sino por aquella dote
que de ti recibió el primer rico padre!
Y mientras ya le cantaba esta sonata,
sea que la ira o la conciencia que le mordiera,
fuertemente respingaba ambas patas.
Bien creo yo que a mi Conductor placía,
quien con tan contento rostro atendía
el son de las veraces palabras dichas.
Entonces me tomó con ambos brazos;
y luego que me tuvo en alto contra su pecho,
remontó el camino por el que antes bajara.
No se cansó de tenerme así estrechado,
así me llevó hasta el medio del arco
que del cuarto al quinto reparo era trayecto.
Allí suavemente depositó la carga,
suave sobre la áspera y ríspida roca,
que hasta a las cabras fuera duro sendero.
108
Allí un nuevo foso me fue descubierto.
Canto XX
De nueva pena me toca hacer los versos,
y tratar el tema del veinteno canto
del cántico uno, que es de los inmersos.
Estaba ya dispuesto por entero,
a contemplar el descubierto fondo,
que se bañaba de angustioso llanto;
y gente vi por el hondón redondo
venir, callando y lagrimeando, al paso
lento de las letanías de este mundo.
Inclinado mi rostro abajo hacia a ellos,
observé asombrado que estaban retorcidos
cada uno entre el mentón y el pecho.
que el rostro a las espaldas tenían vuelto
y para atrás venir les era necesario
porque ver hacia delante no podían.
Tal vez por fuerza alguna vez de perlesía
se retorciera así acaso alguno;
pero yo no lo he visto, ni creo que lo sea.
Si a Dios le place, lector, que obtengas fruto
de tu lectura, entonces piensa por ti mismo,
cómo podría tener yo el rostro enjuto,
109
cuando nuestra figura ya de cerca
vi tan torcida, que el llanto de los ojos
les bañaba las nalgas por la espalda.
Cierto yo lloraba, apoyado en una de las rocas
del duro puente, tanto que mi escolta
me dijo: ¿También tú eres de los insensatos?
Aquí vive la piedad cuando está bien muerta;
¿Quién es más perverso sino a quien
el divino juicio contrista?
Alza la cabeza, álzala y mira a aquel por quien
se abrió ante los ojos tebanos la tierra;
y le gritaban todos: ‘¿A dónde caes,
Anfiarao? ¿Por qué abandonas la guerra?’,
y no paró de despeñarse en el valle
hasta llegar a Minos que a cada uno aferra.
Mira que ha hecho de su pecho espaldas;
por querer ver delante en demasía,
ahora hacia atrás mira y retrocede la calle.
Mira a Tiresias, que cambió el semblante
cuando de macho se hizo hembra
también mudando todos sus miembros;
y más tarde con la vara tuvo
que abatir las dos serpientes unidas,
antes de recobrar el masculino vello.
Aronte, que usa el vientre como espalda,
110
es quien en los montes de Luni, donde tala
el carrarés que en la falda habita,
tuvo entre blancos mármolest gruta
y morada; de donde a ver las estrellas
y el mar la mirada no era trunca.
Y aquella que su cubre las mamas,
que tú no ves, con las trenzas sueltas,
y de este lado tiene toda la piel velluda,
fue Manto, que buscó por muchas tierras;
y al fin se detuvo donde yo he nacido;
por lo que un poco me place que me atiendas.
Luego que su padre saliera de la vida
y cayera esclava la ciudad de Baco,
erró ella por el mundo un tiempo largo.
Arriba en la Italia bella, hay un lago,
al pie de los Alpes, que a la Alemania ciñe
sobre el Tirol, que por nombre tiene Benaco.
Por mil fuentes, creo, y aún por más se baña,
entre el Garda, Val Canónica y el Apenino,
con el agua que en dicho lago se estanca.
Un lugar hay en el medio, donde el trentino
pastor y el de Brescia y el Veronese
bendecir podría, si tomara ese camino.
Sigue Peschiera, fuerte y bello castillo,
que enfrentado a los de Brescia y Bérgamo
111
está donde la orilla más abajo desciende.
Allí es necesario que todo cuanto desborda
lo que el seno del Benaco no soporta
se forme abajo en un río para verdes pastos.
Luego que vuelve el agua a seguir su curso
no ya Benaco, sino Mincio se llama hasta
el Governolo, donde en el Po se derrama.
A poco correr una hondonada encuentra
en donde el agua en un pantano se estanca
y en el verano suele hacerse malsana.
Entonces, la feroz virgen pasando,
vio tierra en medio del pantano,
sin cultivo y de habitantes desnuda.
Allí, para huir de todo consorcio humano,
detúvose con sus siervos a ejercer sus artes,
allí vivió, y allí dejó su cuerpo vano.
Luego los hombres, de los alrededores,
se acogieron a aquel lugar, bien protegido
por al pantano que lo rodeaba.
Hicieron ciudad sobre esos huesos muertos,
y, por aquella que escogió el lugar primero,
Mantua la llamaron, sin consultar otra suerte.
Ya antaño muchas fueron sus gentes,
antes que la necedad de Casalodi
de Pinamonte engaño recibiese.
112
Por lo que te advierto, que si oyeras
de otra forma el origen de mi tierra
que la verdad no sea vencida por el fraude.
Y yo: Maestro, tus razonamientos
me son tan ciertos y ganan tanto mi fe,
que otros serían para mi consumidas brasas.
Pero dime, de la gente que avanza,
si ves alguno digno de nota;
que a sólo eso insiste mi mente.
Entonces dijo: Aquel que de las mejillas
tiende la barba sobre las espaldas brunas
fue - cuando era Grecia de varones priva
que casi no los había en las cunas -
augur, y dio la señal junto con Calcas
en Aulide de cortar la primera amarra.
Se llamó Euripilo, y así lo canta
mi elevada tragedia en algún lugar;
tú bien lo sabes que la tienes toda en la memoria.
Aquel otro que en los flancos es tan poca cosa,
Miguel Scot fue, quien en verdad
del fraude mágico bien se sabía la nota.
Mira a Guido Bonatti; mira a Asdente,
que haberse dedicado a la suela y a la lezna
ahora querría, pero tarde se arrepiente.
113
Ve a las tristes que dejaron la aguja
la lanzadera y el huso, y se hicieron adivinas;
hicieron hechizos con hierbas y figuras.
Pero ven ahora, que ya llega a los lindes
de ambos hemisferios, y toca la onda
detrás de Sevilla, Caín con las zarzas;
ya ayer a la noche estuvo la Luna redonda:
debes bien recordarla, que no te hizo daño
esa vez por la selva oscura.
Así me hablaba en tanto íbamos caminando.
Canto XXI
Así de puente en puente, de otras cosas hablando,
que de cantarlas mi comedia no se cuida,
seguimos; y llegamos a la cima, donde
nos detuvimos para ver la otra fisura
del Malebolge, y llantos otros vanos;
y la vi admirablemente oscura.
Como en el arsenal de los Venecianos
hierve en invierno la tenaz pez
para empalmar los leños que no están sanos,
que navegar no pueden - en cuya vez
hay quien hace su nueva nave, y quien de otra,
que muchos viajes hizo, llena los lados de estopa;
114
hay quien remacha la proa, quien lo hace en la popa;
otro hace remos, otro retuerce maromas;
quien repara el palo de menor o de mesana - ;
así, no por el fuego sino por divino arte
hervía allá abajo una espesa brea
que embadurnaba los orillas por todas partes.
Yo la veía, pero no veía en ella
sino las ampollas que el hervor alzaba,
hinchábase entera, y desplomábase flaca.
Mientras yo fijo hacia abajo miraba,
mi Conductor exclamando ¡Cuidado!¡Cuidado!
me atrajo a sí del lugar donde yo estaba.
Me volví entonces como quien se tarda
en ver lo que le conviene huir
y a quien el miedo súbito acobarda,
que por mirar se demora en partir;
y vi detrás de nosotros un diablo negro
venir corriendo por el puente.
¡Ay! ¡Cuán fiero era su aspecto!
¡Y qué ademanes traía acerbos,
extendidas las alas y el pie ligero!
Su hombro, puntiagudo y soberbio,
cargaba un pecador a horcajadas,
al que tenía por el pie agarrado del jarrete.
115
Desde nuestro puente dijo: ¡Oh Malebranche!,
¡he aquí uno de los ancianos de santa Zita!
Mételo abajo, que de nuevo vuelvo
a aquella tierra que está tan bien provista:
allí estafadores son todos, menos Bonturo;
que del no, por el dinero, hacen ita.
Abajo lo arrojó, y por el duro puente
se volvió; y nunca hubo mastín suelto
con tanta prisa en perseguir al ladrón.
El otro se hundió, y resurgió curvado;
pero el demonio que en el puente se escondía
gritó: ¡Aquí no ha lugar el Santo Rostro!
¡De otro modo se nada aquí que en el Serchio!
Pero si no quieres sentir nuestros garfios
no te asomes por encima de la brea.
Luego de hincarlo con cien garfios
le dijeron: Conviene que oculto aquí bailes
de modo que, si puedes, ocultamente arrebates.
No de otro modo los cocineros a sus vasallos
hacen que dentro de las ollas hundan
la carne con los tenedores para que no floten.
El buen maestro: Para que no te vean
que estás aquí, me dijo, ocúltate allá
tras esa roca, que algún reparo te otorgue;
y por nada con lo que a mí se ofenda
116
no temas tú, que yo estoy conciente de todo,
que en tumultos como este ya estuve antes.
Luego de allí pasó a la cabeza del puente;
y llegado arriba sobre la orilla sexta,
menester le fue tener sólida frente.
Con aquel furor y aquel ímpetu
con que los perros salen contra el mendigo,
que se detiene quieto y de lejos pide,
salieron ellos debajo del puentecillo
volviéndose en su contra con todos sus arpones;
mas él gritó: ¡Que ninguno de vosotros se atreva!
Antes que vuestros garfios me hieran,
venga uno de vosotros ante mi a oírme,
y luego que me arpone si su criterio lo aconseja.
Todos gritaron: ¡Que vaya Malacoda!
por lo que uno se movió, los otros quietos,
y acercándose a él le dijo: ¿Qué le aprovecha?
¿Crees tu Malacoda, que ha verme
has venido, dijo mi maestro,
seguro ya de tener la fuerza toda,
sin el acuerdo divino y sin el destino propicio?
Déjame pasar, que es voluntad del cielo
que a otro enseñe yo este salvaje camino.
Entonces su orgullo quedó tan vencido
que dejó ante sus pies caer los garfios
117
y dijo a los otros: Que no sea herido.
Y mi Conductor a mí: Tú que te escondes
tras de las rocas del puente quieto quieto,
aproxímate a mi desde ahora seguro.
Entonces me moví y a él rápidamente vine;
y los diablos todos se acercaron tanto
que yo temí que no observaran lo pactado;
así una vez vi yo temblar a los infantes
que salían rendidos de Caprona,
viéndose rodeados de enemigos tales.
Me adherí con toda mi persona
junto a mi Conductor , y no apartaba la vista
de la traza de ellos que no era buena.
Bajaron los garfios y ¿Quieres que lo toque?
decían uno al otro, ¿Sobre el lomo?
Y respondían: Sí, haz que se le clave.
Pero el demonio que sostenía la charla
con mi Conductor , volvióse prestamente
y dijo: ¡Quieto! ¡Quieto, Scarmiglione!
Después a nosotros: Ir mas allá por este
puente no se puede, porque yace
destrozado el fondo del sexto recinto.
Mas si proseguir adelante os place
seguid por esta cornisa escarpada;
cerca hay otro puente que el camino abre.
118
Ayer, cinco horas después que ahora,
mil doscientos con sesenta y seis
años hace que esta ruta fue rota.
Hacia allá envío algunos de los míos
a observar que nadie se tienda;
id con ellos, que no serán malignos.
Adelante, Alichino y Calabrina,
comenzó a decir, y tú Cagnazzo;
y que Barbariccia guíe la decena.
Libicocco venga luego y Draghignazzo,
Ciriatto, colmilludo y Graffiacane
y Farfarello, y el loco de Rubicante.
Buscad en torno de la hirviente brea;
que estos lleguen salvos al siguiente puente
que pasa enteramente sobre el hondo pozo.
¡Ay de mí! ¿Qué es lo que veo?
dije yo, ¡Por Dios! Vayamos sin escolta solos
si sabes ir; que yo a esta no la quiero.
Si te has dado cuenta, como sueles,
¿No ves como rechinan sus dientes
y con el fruncido ceño amenazan duelos?
Y él a mí: No quiero que te espantes;
déjalos que a su antojo rechinen,
que así lo hacen por los que están hirviendo.
119
Ellos por la izquierda orilla vuelta dieron;
pero antes cada uno se apretó la lengua,
con los dientes, hacia el jefe, haciendo señas;
y este había hecho de su culo una trompeta.
Canto XXII
Yo he visto a caballero levantar campo,
pasar revista, comenzar asalto,
y otras veces batirse en retirada;
correrías vi en vuestra tierra,
¡Oh aretinos! y los vi incursionando,
herir en los torneos, y correr en justas;
ora con trompetas, ora con campanas,
con tambores, y señales de castillos,
con costumbres nuestras y con extrañas;
mas antes nunca con corneta tan rara
vi a caballero mover los peones,
ni nunca nave a señal de tierra o estrella.
Íbamos nosotros con los diez demonios
¡Ay que fiera compañía! Mas en la iglesia
con santos, y en la taberna con glotones.
Pero toda mi atención se dirigía a la empega,
a fin de ver del círculo todo su espacio,
y la gente que era allí escaldada.
Como los delfines, cuando hacen señas
120
al marino con el arco de la espalda,
que se apresuren a salvar el barco,
de igual manera, por aliviar la pena,
sacaba alguno de los pecadores el dorso
y se ocultaba en menos que destella un rayo.
Y como a la orilla del agua de un charco
están las ranas con la trompa fuera,
ocultando las patas, y la parte gruesa,
así estaban por todos lados los pecadores;
mas en cuanto Barbariccia se acercaba,
se retraían veloces bajo el hervor.
Yo vi, y aún mi corazón se conturba,
a uno retardarse, como en el charco sucede
que una rana queda afuera y otra se oculta;
y Graffiacane, que le estaba más cerca,
lo ensartó por la embreada cabellera,
y lo sacó fuera como se pesca una nutria.
Yo conocía ya de todos el nombre,
pues los registré cuando fueron elegidos,
y cuando entre sí se llamaban, miraba cómo.
¡Eh Rubicante! ¡Muévete y plántale
el garfio en la espalda, y desuéllalo!
gritaban todos juntos los malditos.
Y yo: Maestro, haz, si puedes,
que averigües quien es el desgraciado
121
caído en manos de sus enemigos.
Mi Conductor se acercó a su costado,
y demandóle de dónde fuese, el cual repuso:
Yo en el reino de Navarra nací.
Mi madre, que me puso al servicio de un señor,
de un mezquino me había engendrado,
destructor de sí mismo y de sus cosas.
Después fui cortesano del buen rey Tebaldo:
Y allí me dediqué a timar con sus favores
de lo que rindo razón en este caldo.
Y Ciriatto, a quien de la boca salía,
como a puerco, de ambos lados colmillos,
le hizo sentir lo bien cómo uno solo hería.
Entre malos gatos hacía caído el topo;
pero Barbariccia lo encerró en los brazos
y dijo: Quedaos allí, mientras lo ensarto.
Y volviendo a mi maestro el rostro
díjole: Pregunta aún si más deseas
saber de él, antes que otro lo aniquile.
Mi Conductor entonces: Dime pues, de otros reos
¿Conoces a alguno que sea latino
bajo la brea?. Y aquel: De alejarme vengo
poco ha, de uno que fue de allá vecino.
Ojalá estuviera como él aun cubierto,
y sin temor ni de uñas ni de arpón.
122
Y Libicocco: Demás le hemos permitido,
dijo; enganchóle el brazo con el arpón
y tan fuerte, que se llevó el antebrazo.
Draghignazzo también vino a golpearle
en las piernas; pero el Decurión en jefe
calmo los miró en torno con mal fruncido ceño.
Cuando ellos un poco calmados se hubieron,
a aquel, que aún miraba su muñón,
preguntó mi Conductor sin demora:
¿Quién es aquel del que mal dejaste
abajo para tú venir a flote?
Y él respondió: Fue fray Gomita,
el de Gallura, vaso de todo fraude
que tuvo a los enemigos de su dueño en la mano,
y así hizo con todos que todos le alabaron.
Tomó el dinero y los dejó indultados,
como él mismo dice; y de otros encargos
prevaricador fue y no pequeño, mas soberano.
Lo frecuenta don Miguel Zanche
de Logodoro; y a conversar de Cerdeña
no se cansan nunca sus lenguas.
¡Ay de mí! Ved al otro que rechina,
hablaría más, mas mucho temo
que se preparara a rascarme la tiña.
123
Y el gran jefe, volviéndose a Farfarello,
que desorbitaba los ojos por lacerar,
dijo: ¡Quédate a un lado, pájaro malvado!
Si más queréis ver o escuchar,
recomenzó el espantado preso,
haré venir a toscanos o a lombardos,
pero que Malebranche apartado se mantenga,
y que la venganza de ellos no teman:
y yo, quedándome en este mismo sitio,
por uno que yo soy, siete haré venir,
con un silbido, como es nuestro uso
cuando alguno se sale afuera.
Cognazzo levantó el hocico al oírlo
meneando la cabeza y dijo: ¡Mira que picardía
ha maliciado este para de nuevo sumergirse!
Mas él, de quien las trampas eran gran riqueza,
respondió: Malicioso soy en demasía
cuando me busco a mí mismo mayor tristeza!
Alichino no se contuvo y retrucando
a los otros, le dijo: Si tú te caes,
no vendré detrás de ti al galope,
antes agitaré sobre la pez las alas.
Quédate en la orilla, y que el ribazo sean tu escudo,
y veremos si tú solo más que nosotros vales.
¡Oh tú que lees! Verás ahora una lidia nueva;
124
volvieron todos la vista a la otra orilla,
y primero, el que a ello más se oponía.
El navarro aprovechó bien el tiempo
afirmó sus pies en tierra, y en un momento
saltó, y del intento de ellos libróse.
Todos quedaron de culpa contritos,
pero más aquel que fue la causa del defecto;
con todo se levantó gritando: ¡Ya te tengo!
Mas le valió poco, pues las alas al sospechado
no pudieron alcanzar; aquel se mandó abajo,
y este encarriló hacia arriba su vuelo:
no de otro modo, de inmediato el pato,
cuando se apresta el halcón, se sumerge,
y este remonta furioso y fatigado.
Irritado Calabrina por la burla,
volándole detrás lo contuvo, deseoso
que el otro escapara para armar riña;
y cuando el perdulario desapareció,
volvió los garfios a su compañero,
y lo aferró sobre la fosa;
mas el otro, buen ave de rapiña,
lo prendió en sus garras, y ambos
cayeron en medio del hirviente estanque.
El calor los separó de inmediato;
pero intentaron ascender en vano,
125
tanto sus alas estaban enviscadas.
Barbariccia, con los demás, dolido,
a cuatro hizo volar de la otra orilla
con todos sus arpones, y muy rápidamente
de aquí, de allá, bajaron a ese puesto
y tendieron sus garfios a los empegados
que estaba cociéndose en la costra.
Así enmarañados los dejamos
Canto XXIII
Callados, solos y sin compañía
ambos uno tras del otro íbamos,
como los frailes menores van en fila.
Vino la fábula de Esopo
a mi mente a causa de la riña,
aquella digo la de la rana y del topo;
que más no se asemejan mo e issa
como ambas cosas, si bien se consideran
el principio y el fin con mente atenta.
Y como un pensar brota de otro,
así de aquel nació otro luego
que a mi primer miedo lo hizo el doble.
Pensaba yo así: Estos por nuestra causa
escarnecidos quedaron con daño y burla
126
tal, que han de estar muy irritados.
Si a la maldad ira se agrega,
vendrán tras nosotros más crueles
que perro que a la liebre aferra.
Sentía que de miedo se erizaban ya
todos mis cabellos, y miraba atrás atento,
cuando dije: Maestro, si a ambos
no nos ocultas prontamente, tengo miedo
de los Malebranche. Detrás nuestro los tenemos;
y tanto lo imagino, que ya los siento.
Y él: Si yo fuera de espejado vidrio,
tu imagen exterior no estaría
tan pronto en mí, como la que adentro tengo.
Tanto están juntos tu pensamiento y el mío
con igual acto y con igual aspecto,
que ambos han decidido igual consejo.
Si es verdad que tal desciende la derecha orilla,
que por ella podamos bajar a la siguiente fosa,
lograremos escapar de la imaginada cacería.
No bien acabó de expresarme tal consejo,
cuando los vi venir con extendidas alas,
y no muy lejos, con ansias de aprendernos.
Mi amado Conductor me abrazó súbitamente,
como la madre que al fragor despierta
y cerca de ella ve las llamas encendidas,
127
que toma al hijo, y huye, y no se para,
cuidando más del niño que de ella,
y que tan sólo una camisa lleva puesta;
así abajo, desde el borde de la dura piedra,
de espaldas se deslizó por la inclinada roca
que una ladera de la siguiente fosa cierra.
No corre nunca tan presto por canal el agua
que mueve la rueda del molino,
cuando más cerca de las palas se halla,
como mi maestro por aquel declive,
llevándome encima sobre el pecho
como a su hijo, y no como a su camarada.
Apenas sus pies se allegaron junto lecho
del fondo abajo, que asomaron ellos por el borde
arriba de nosotros, pero ya no los temíamos;
que la alta providencia que a ellos quiso
poner como ministros de la quinta fosa,
vedó a todos el poder de pasar a otra.
Allí abajo hallamos gente pintada
girando en torno con muy lentos pasos,
llorando y, al ver, cansada y vencida.
Tenían capas con capuchas bajas
delante de los ojos, a la manera
como en Cluny los monjes marchan.
128
De fuera tan doradas deslumbraban;
pero por dentro todas de plomo, y tan pesadas,
que las de Federico fueran de paja.
¡Oh eternamente fatigoso manto!
Nos volvimos un poco hacia la izquierda
junto con ellos, atendiendo al triste llanto;
mas por el peso aquella gente abrumada
tan lentamente venía, que nueva compañía
teníamos a cada paso que dábamos.
Entonces dije a mi Conductor : Trata de hallar
a alguno que por hechos o por nombre conozcamos;
mira en derredor tuyo mientras andas.
Y uno que entendió la parla toscana
detrás nuestro gritó: ¡Calmad los pies
vosotros que corréis por el aura fosca!
Tal vez logres de mí lo que buscabais.
Por donde el Conductor se detuvo y me dijo:
Detente, y a su tranco avanza.
Me detuve, y vi en el rostro de dos
un gran deseo interior de estar conmigo;
pero los retrasaba la carga y la estrecha senda.
Cuando llegaron a mí, con vista aviesa
me observaron, sin decir palabra;
luego se volvieron uno al otro y se decían:
Este parece vivo porque mueve la garganta;
129
y si están muertos, ¿Por cuál privilegio
van descubiertos de la pesada estola?
Y me dijeron: ¡Oh Tosco que al colegio
de los tristes hipócritas has venido,
decirnos quien eres no lo tengas en desprecio!.
Y yo a ellos: Yo he nacido y he crecido
al borde del bello río Arno en la gran ciudad,
y voy con el cuerpo con el que siempre he vivido.
Mas ¿quiénes sois vosotros a quienes destila,
a lo que veo, tanto dolor por las mejillas?
¿y qué pena tenéis que tanto brilla?
Y uno me respondió: Las doradas capas
son de plomo tan grueso, que su peso
las hace rechinar al balancearse.
Fuimos frailes Gaudentes, y boloñeses;
Yo Catalano, y este Loderingo
por nombre, ambos por tu ciudad elegidos,
porque suele evitarse confiar en un hombre solo
para conservar la paz; y fuimos tales
como aún se ve entorno al Gardingo.
Yo comencé: ¡Oh hermanos, vuestros males...
pero más no dije, porque a la vista me vino
un crucificado en el suelo con tres palos.
En cuanto me vio, se retorció,
bufando sobre su barba suspiros;
130
y fray Catalano de esto apercibido
me dijo: Ese enclavado que miras
aconsejó a los Fariseos que convenía
poner a un hombre por el pueblo en martirio.
Atravesado y desnudo en el camino,
como ves, es menester que sepa
primero, de todo el que pasa, cuánto pesa.
Y de igual modo sufre el suegro
en esta fosa, y los demás del consejo
que para los judíos fue mala semilla.
Vi entonces maravillarse a Virgilio
por el que estaba extendido en la cruz
tan vilmente en el eterno exilio.
Después dijo a aquel fraile estas palabras:
Que no os desagrade, si os es lícito, decirnos
si a la derecha mano hay alguna boca
por donde nosotros dos salir podamos,
sin obligar a los ángeles negros
que vengan a este fondo a conducirnos.
Respondió entonces: Antes de lo que creas
se alza una peña que desde el gran cerco
parte y atraviesa todos los fosos fieros;
salvo que en este está roto y no sigue;
arriba podréis montar por las ruinas
que hay en la falda y se acopian en el fondo.
131
Quedóse el Conductor con la cabeza inclinada
y luego dijo: Mal explicaba las cosas
aquel que a los pecadores ensartaba.
Y el fraile: Ya he oído contar en Bolonia
del diablo tantos vicios, entre los cuales oí
que es embustero y padre de mentira.
Luego mi Conductor avanzó a grandes pasos,
turbado de ira un poco el semblante,
y yo también me partí de los agobiados
tras las huellas de las queridas plantas.
Canto XXIV
En aquella parte del año joven, cuando
el Sol su cabellera templa bajo Acuario,
y ya las noches media jornada van durando,
cuando la escarcha sobre la tierra imita
la blanca imagen de su hermanita,
y poco dura al calor su resistencia,
el campesino, a quien el pienso falta,
132
se alza y mira, y al ver los campos
todos de blanco, se hiere el anca,
y vuelve a casa, y aquí y allá se lamenta
como el pobrecillo que nada sabe qué hacer;
mas luego ríe y recupera la esperanza,
viendo que el mundo cambia la cara
en pocas horas, y entonces toma el cayado
y afuera las ovejillas a pacer saca.
Así confuso me dejó el maestro
cuando lo vi con la frente tan turbada,
y luego de pronto al mal puso remedio;
porque, llegados al puente devastado,
el Conductor a mi volvióse con aquel guiño
dulce que antes había visto al pie del monte.
Abrió los brazos, luego de algún consejo
madurado haber consigo mirando
bien aquella ruina, y me tomó en los brazos.
Y como aquel que obra como valora,
y sabe prever lo que adelante tiene,
así, levantándome arriba hacia la cima
de una roca, acechaba otro asidero
diciendo: De aquel te agarres
probando antes si es tal que te resista.
No era camino para ir vestido de capa,
pues apenas, él leve y yo empujando,
133
podíamos subir de asa en asa.
Y si no fuera que de este circuito
del anterior era más breve la cuesta,
no sé si él, mas yo acabaría vencido.
Pero como Malebolge hacia la boca
del profundo abismo está inclinada,
resulta que de cada valle el espacio
una margen eleva y la otra agacha;
al fin llegamos a el alta punta
donde la última piedra se desgarra.
Tanto el aliento de los pulmones me faltaba
cuando allí llegué, que más ya no podía,
y me senté en la más cercana junta.
Es oportuno que abandones ahora la pereza,
dijo el maestro, porque sentado en plumas
a la fama no se llega, ni en descansado lecho;
y quien su vida sin fama consuma
tal vestigio de sí deja en la tierra
como en aire el humo y en agua la espuma.
Vamos pues levántate; vence el desgano
con la pujanza que toda batalla gana,
si el peso del cuerpo no la desarma.
Más larga escala nos espera;
no basta haber partido de este abismo.
Si es que me entiendes, y haz que te valga.
134
Me alcé entonces, mostrándome dueño
de aliento mayor del que tenía,
y dije: Ve, que ya estoy fuerte y atrevido.
Sobre el saliente retomamos el camino
que era escabroso, estrecho y fatigoso,
y empinado mucho más que el ya cruzado.
Charlando iba yo por no mostrarme medroso;
cuando una voz salió del foso airada
que no lograba formar claras palabras.
No entendí lo que decía, bien que sobre el dorso
ya estaba del arco que por allí traspasa;
mas el que hablaba parecía movido de ira.
Me incliné, pero los ojos de un vivo
no podían alcanzar el fondo por oscuro,
por lo que dije: Maestro haz que te llegues
al otro foso y desmontemos este muro;
porque de aquí oigo y no entiendo,
y de igual modo miro y no veo.
Otra respuesta, me dijo, no te daré
sino el hacerlo; que a la demanda honesta
ha de seguir el cumplido en silencio.
Descendimos del puente por la testa
donde se une a la octavo orilla,
y entonces la fosa fue manifiesta;
135
y vi adentro una terrible masa
de serpientes, y de raleas tan diversas
cuya memoria la sangre aún me hiela.
Que no se ufane Libia más de su arena
que si quelidras, yáculos y faras
produce, y cencros y anfisbenas,
que pestilencias tantas ni tan malas
mostró nunca jamás junto a Etiopía,
ni del mar Rojo a la región que hay más arriba.
Por este enjambre amargo y espantoso
corrían gentes desnudas y aterradas
sin esperanza de refugio ni heliotropo.
Sierpes atábanles las manos en la espalda
y clavábanle la cola en los riñones
y en la testa, y se apiñaban por delante.
Y sobre uno que cerca de nuestra roca estaba
se lanzó una serpiente y lo clavó
allí donde el cuello se anuda con la espalda.
No tan velozmente ni O ni I se escriben,
que se inflamó y ardió, y entero en cenizas
cayendo fue obligado a reducirse;
y luego de quedar por tierra así deshecho,
juntóse el polvo de nuevo por sí mismo
y volvió al punto a ser lo que antes era.
Así los grandes sabios confiesan
136
que el fénix muere y ya renace,
cuando el año quinientos se aproxima;
ni hierba ni heno en vida pace
mas sólo incienso, lágrimas y amomo,
y nardo y mirra son su última mortaja.
Y como aquel que cae sin saber cómo,
por fuerza de demonio que al suelo lo derriba,
o por otro impedimento que rinde al hombre,
y cuando vuelve en sí, y en torno mira
confuso todo por la angustia grande
que ha sufrido, y pensativo suspira:
tal estaba el pecador que levantado se había.
¡Oh justicia de Dios, cuánto eres severa
que así golpeas para ejecutar la venganza!
Mi Conductor le preguntó quién era;
y él respondió: Yo lloví desde Toscana,
poco tiempo ha, en esta garganta fiera.
Vida bestial me plugo, que no humana,
como es del mulo que yo fui; soy Vanni Fucci,
bestia, y Pistoya fue mi digna madriguera.
Y yo a mi Conductor : Dile que no escape,
y pregúntale qué delito aquí lo despeñó
pues yo lo vi hombre de sangre y de violencia.
Y el pecador, que me oyó, no se detuvo,
volvióme el rostro y la mirada,
137
de triste vergüenza coloreado;
luego dijo: Me duele más que me has hallado
en la miseria en que me miras,
que cuando fui de la otra vida privado.
No puedo negarme a lo que pides:
aquí abajo estoy sumido porque fui ladrón
de la sacristía de hermosos ornamentos,
de lo que falsamente fue acusado otro.
Pero para que de esta vista no te goces,
si acaso llegas a salir de estos sombríos lares,
abre las orejas a mis anuncios, y oye.
Pistoya primero de Negros enflaquece;
luego Florencia renueva gente y modos.
Trae Marte vapor del Valle de Magra
envuelto en negras nubes;
y con borrasca impetuosa y amarga
sobre el Campo Piceno cría combate;
cuando de pronto se disipará la niebla
de tal modo que todo Blanco será herido.
Esto te lo he dicho para que te duela.
Canto XXV
138
Al fin de sus palabras el ladrón
las manos alzó echando higas
gritando: ¡Para ti, Dios, que a ti las mando!
De allí en más las sierpes fueron amigas
porque una se le enroscó en el cuello,
como diciendo: No quiero que más digas;
y otra le sujetó los brazos de tal modo
que no podía con ellos hacer ni un movimiento.
¡Ah, Pistoya! ¡Pistoya! ¿Por qué no decides
incinerarte para que ya no más dures,
que en el hacer el mal tu simiente triunfa?
Por todos los círculos del infierno oscuro
no vi contra Dios espíritu tan soberbio,
salvo aquel que en Tebas cayó desde los muros.
Huyó el ladrón sin más decir palabras;
y vi a un rabioso centauro venir
clamando: ¿Dónde, dónde está el impío?
Marisma no creo que tantas sierpes
tenga cuantas tenía desde las ancas
hasta donde se hallan los humanos labios.
Sobre la espalda, sobre la nuca,
con las alas abiertas yacía un dragón,
que abrasaba a todo cuanto topaba.
139
Mi Maestro dijo: Este es Caco,
quien bajo la roca del monte Aventino,
de sangre hizo muchas veces lago.
No va de sus hermanos por igual camino,
por el robo que fraudulentamente hizo
del gran rebaño que le era vecino;
mas luego cesó de sus perversas obras
bajo la maza de Hércules, que tal vez
le dio cien golpes, de los que no sintió ni diez.
Así, entre el hablar de él y el irse de Caco,
tres espíritus vinieron por debajo de nosotros,
de los que ni yo ni el Conductor nos dimos cuenta,
hasta que nos gritaron: ¿Quiénes sois?
Cesó entonces nuestra charla
y fijamos nuestra vista en ellos.
Yo no los conocía; pero por acaso,
como suele ocurrir algunas veces,
uno tuvo que hablarle a otro,
y le dijo: Cianfa ¿dónde te has metido?;
a lo que yo, para que el Conductor atendiera,
me puse el dedo del mentón a la nariz.
Si ahora, lector, a creer fueras lento
de lo que diré, no será maravilla,
que lo que yo vi, apenas me lo creo.
Tenía yo en ellos alzadas las cejas
140
cuando una sierpe de seis pies se lanza
ante uno de ellos y a él toda se engancha.
Con los pies del medio le oprimió la panza
con los de adelante le amarró los brazos:
luego mordióle una y otra mejilla;
con los postreros le apartó los muslos,
y le metió la cola entre ambos
y de atrás sobre las renes la retuvo.
Nunca se estrechó tanto una hiedra
a un árbol, como la horrible fiera
con los del otro entrelazó sus miembros.
Luego se fundieron, como si de blanda cera
estuvieran hechos, y unieron tanto sus colores,
que ni el uno ni el otro parecían lo que eran:
igual como por el ardor ocurre
que sobre un papel avanza un color bruno,
que aún no es negro aunque tampoco es blanco.
Los otros dos observaban, y cada uno
gritaba: ¡Ay, Agnel, cómo cambias!
¡Mira que ya no eres ni uno ni dos!
Las dos cabezas se volvieron una,
cuando mostrando dos formas mixtas
en una cara, fueron las dos confundidas.
Formáronse dos brazos de cuatro que eran;
los muslos con las piernas y el vientre y el tronco
141
se hicieron miembros como nunca fueron vistos.
Todo el anterior aspecto fue cancelado:
dos y ninguno la imagen perversa
parecía; y así se iban con lentos pasos.
Como el lagarto bajo la potente fuerza
de la canicular hora, cambiando de mata,
parece un rayo al cruzar la ruta,
así parecía, viniendo hacia los vientres
de los otros dos, una serpiente irritada,
lívida y negra como grano de pimienta;
y en aquella parte donde primero tomamos
nuestro alimento, a uno de ellos picó,
cayendo luego delante donde quedó yerta.
Miróla el enclavado y nada dijo;
antes, quieto de pie, bostezaba,
como si el sueño o la fiebre lo invadiese.
El a la serpiente y ella al hombre se miraban;
uno por la llaga y la otra por la boca
echaban humo y los humos se juntaban.
Calle Lucano ahora donde refiere
del mísero Sabello y de Nasidio,
y atienda a oír lo que ahora es arrojado.
Calle de Cadmio y de Aretusa Ovidio,
que si al uno en víbora y a la otra en fuente
convirtió poetizando, yo no lo envidio;
142
que nunca dos naturalezas frente a frente
no trasmutaron tanto que ambas sus formas
a cambiar de materia fueran prontas.
Juntos se acordaban a tal norma
que la serpiente la cola en horca abría
y el herido ambas sus plantas juntaba.
Las piernas con los muslos mismos
se estrechaban tanto, que al poco la sutura
no daba señal alguna que la mostrara.
Tomaba la cola hendida la figura
que perdía el otro, y su piel
se hacía blanda, y la de él dura.
Vi entrar los brazos por las axilas,
y los dos pies de la fiera, que eran cortos,
alargarse tanto como retraerse los del otro.
Después los pies de atrás, contraídos juntos,
se hicieron el miembro que el hombre oculta,
y el miserable del suyo vino a tener dos patas.
Mientras que el humo a uno y a otro vela
de color nuevo, y engendra pelo encima
del uno, y al otro lo repela,
aquel se alzó y el otro cayó abajo,
no apartando empero las miradas impías
atentas a como cada uno mutaba el hocico.
143
El que estaba erguido, lo encogió hacia las sienes,
y del exceso de materia que allí había
salieron orejas sobre las lisas mejillas;
lo que atrás no se fue y se retiene
sobrando, se hizo nariz en la cara,
y los labios engrosó como conviene.
El que yacía, la boca adelante empuja,
y las orejas hace entrar en la cabeza
como oculta el caracol los cuernos;
y la lengua, que estaba unida y antes pronta
para hablar, se hendió, y la hendida
en el otro se juntó; y el humo se detuvo.
El alma que se había hecho fiera
silbando huye por el valle,
y el otro tras de él hablando escupe.
Después le volvió la nueva espalda
al otro y dijo: Quiero que Busso corra
como lo he hecho yo, reptando por esta rambla.
Así vi yo en el séptimo lastre
cambiarse y trasmutarse; y aquí disculpen
que esta novedad la flor de la pluma dañe.
Y aunque mis ojos confundidos
estuvieran un tanto y el ánimo perdido,
no pudieron ellos huir tan en oculto
que no advirtiera yo a Puccio Sciancato;
144
que era el único, de los tres compañeros
que vinieron antes, que no fue cambiado.
El otro era aquel que tú, Gaville, lloras.
Canto XXVI
¡Alégrate, Florencia, porque eres tan grande
que por mar y por tierra bates las alas,
y por el infierno tu nombre se expande!
Entre los ladrones encontré cinco tales
ciudadanos tuyos, causa de mi vergüenza,
y tú con gran honor no te sales.
Pero si hacia el amanecer se sueña,
tú sabrás, en muy poco tiempo,
lo que Prato, y tal vez otros, te auguran.
Y si ya hubiera ocurrido, dirán que fue tarde.
¡Ojalá fuera ahora, ya que ha de ser!
que más me abatirá, cuanto más me pase el tiempo.
Partimos de allí, y, por las peldaños
de rocas que nos sirvieron para bajar antes,
subió mi Conductor, y me arrastró consigo;
y prosiguiendo la solitaria vía,
entre las astillas y las rocas del escollo
145
el pie sin la mano no se expedía.
Me dolió entonces, como de nuevo me duelo,
cuando dirijo la mente a lo que vi,
y más refreno el ingenio como no suelo,
a que no corra sin que la virtud lo guíe;
de modo que si una buena estrella o mejor cosa
me ha dado el bien, que yo mismo no me lo envidie.
Así como el aldeano que en la colina reposa,
cuando aquel que el mundo aclara
su rostro menos esconde,
cuando al mosquito cede paso la mosca,
ve las luciérnagas abajo en el valle
tal vez allá donde él vendimia y ara:
así con tantas llamas relucía entero
el recinto octavo, como observar pude
cuando allí estuve donde se veía el fondo.
Y como aquel que se vengó con los osos
vio el carro de Elías en su partida,
y los caballos subir rectos al Cielo,
incapaz de con la vista seguirlos,
pues ya más no veía que una sola llama,
como nubecilla, que hacia lo alto ascendía:
tal estas otras bullían por el golfo
del foso, porque no muestra ninguna el hurto,
y cada llama un pecador esconde.
146
Sobre el puente estaba yo mirando inclinado
tanto, que si no estuviera de una roca asido,
hubiera caído abajo sin que me empujaran.
Y mi Conductor, que me vio tan absorto
me dijo: Dentro del fuego están los espíritus;
cada uno vestido de la llama que lo abrasa.
Maestro mío, respondí, al oírte
estoy ahora más cierto; pera había ya notado
que así era, y estaba por decirte:
¿Quién está en aquel fuego que se divide
arriba, que parece surgida de la pira
donde fue metido Eteocles con su hermano?
Respondióme: Allí adentro se castiga
a Ulises y a Diomedes, y así juntos
a la venganza van como a la ira;
y dentro de su llama se llora
el engaño del caballo que fue puerta
de la cual salió de los Romanos la noble estirpe.
Llórase dentro el artimaña por la cual, muerta,
Deidamia aún se lamenta de Aquiles,
y por el Paladio se sufre duelo.
Si adentro de aquella flámula pueden
hablar, dije yo, Maestro, mucho te ruego
y te suplico, así que el ruego valga mil,
147
que la ocasión de esperar no me niegues
a que la llama encornada hasta aquí se llegue;
¡Mira cómo a ella me arroja el deseo!
Y él a mí: Tu súplica es digna
de mucha loa, y así por ello la acepto;
pero haz que se contenga tu lengua.
Deja que hable yo, que he comprendido
lo que quieres; que ellos te serían esquivos
porque son griegos, tal vez por tu jerga.
Luego que la llama llegó a nosotros
cuando juzgó mi Conductor oportuno,
de esta forma oí que les hablaba:
¡Oh vosotros que sois dos dentro de un fuego!
Si amerité de vosotros cuando era vivo,
si amerité de vosotros bastante o poco
cuando en el mundo escribí mi alto verso,
no prosigáis; más que uno de vosotros diga
donde, por su valía, perdido de muerte quedó.
El cuerno mayor de la llama antigua
comenzó a sacudirse murmurando,
a la manera de la que un viento fatiga;
y con la cresta aquí y allá meneando
como haría una lengua que hablara,
lanzó afuera la voz y dijo: Cuando
me alejé de Circe, que me retuvo
148
más de un año preso en Gaeta,
antes que así Eneas la nombrara,
ni la dulzura del hijo, ni la piedad
del viejo padre, ni el debido amor
que debía a Penélope hacer dichosa,
vencer pudieron dentro de mí el ardor
que tuve de hacerme del mundo experto
y de los vicios humanos y de su valor;
antes, me lancé por el alto mar abierto
con sólo un barco y con aquellos compañeros
pocos, de los que no fui abandonado.
De costa en costa vi al final los límites de España,
hasta el Marruecos, y la isla de los Sardos,
y las otras que aquel mar en torno baña.
Yo y mis compañeros éramos viejos y tardos
cuando llegamos a aquella fosa estrecha
donde Hércules marcó sus dos resguardos
para que el hombre más allá no se meta;
a la derecha mano dejé Sevilla,
de la otra ya había dejado Ceuta.
“¡Oh hermanos”, dije, “que por cien mil
peligros habéis llegado a occidente,
de esta tan pequeña vigilia
de nuestro sentidos remanente
no queráis negaros la experiencia,
149
siguiendo al Sol, hacia el mundo sin gente.
Considerad vuestra simiente:
hechos no fuisteis para vivir como brutos,
sino para perseguir virtud y conocimiento”.
Mis compañeros tornáronse tan ansiosos,
con esta mi breve arenga, de seguir camino,
que apenas podría con esfuerzo contenerlos;
y, vuelta nuestra popa a la mañana,
de los remos hicimos alas para el loco vuelo,
avanzando siempre por el lado izquierdo.
Todas las estrellas ya del otro polo
veía la noche, y el nuestro tan abajo,
que no asomaba fuera del marino suelo.
Cinco veces encendida y tantas apagadas
pasó la luz por debajo de la Luna,
luego que entrados fuimos en aquel gran paso,
cuando apareció una montaña, bruna
en la distancia, y parecióme tan alta
como no había visto nunca una.
Nos alegramos, aunque enseguida volvióse llanto,
porque de la nueva tierra un torbellino nació
que golpeó al leño en su primer lado.
Tres vueltas nos hizo girar con toda el agua;
y en la cuarta se alzó la popa en alto,
como a Otro plugo, y la proa se fue abajo,
150
y al fin el mar sobre nosotros volvió a cerrarse.
Canto XXVII
Erguida y quieta quedó la llama
sin decir más nada, y ya de nos se alejaba
con anuencia del dulce poeta,
cuando ya otra que detrás de ella venía,
forzónos a volver la vista a su cresta
por un confuso rumor que de allí salía.
Como el siciliano buey cuyo primer mugido
fue el llanto de aquel, y fue justicia,
que lo había trabajado con su lima,
mugía con la voz del torturado,
tanto que, con todo que de bronce era,
parecía de real dolor transido;
de igual manera, por no tener salida ni abertura
la cima del fuego, en ese lenguaje
se convertían las míseras palabras.
Mas después de haber logrado el viaje
de salir por la punta, dándole aquel jadeo
que le había dado la lengua en su pasaje,
oímos decir: ¡Oh tú, a quien dirijo
la voz y que hablabas recién en lombardo,
diciendo: “Ahora vete, más no te exijo”,
151
aunque haya llegado tal vez un poco tardo,
que no te abrume quedarte a hablar conmigo:
mira que a mí no me abruma, y ardo!
Si tal vez ahora en este mundo ciego
acabas de caer desde la dulce tierra
latina de donde yo toda mi culpa cargo,
dime si los romañoles tienen paz o guerra;
que yo fui de los montes que yacen entre Urbino
y la ladera de donde el Tíber se abre paso.
Yo estaba quieto todavía atento e inclinado,
cuando mi Conductor me codeó el costado,
diciendo: Habla tú; éste es latino.
Y yo que tenía pronta la respuesta
sin tardanza comencé a hablarle:
Oh alma que estás abajo allí escondida,
tu Romanía no está ni estuvo nunca
sin guerra en el corazón de sus tiranos;
mas no había ninguna en evidencia cuando la dejé.
Rávena está como ha estado muchos años:
el águila de Polenta allí anida,
y aún cubre a Cervia con sus alas.
La tierra que sostuvo ya la larga prueba
y de Franceses hizo un montón sangriento,
se encuentra bajo las verdes garras.
152
Y el mastín viejo y el cachorro de Verrucchio,
que hicieron de Montagna mal gobierno,
allá donde suelen ensangrentar sus dientes.
A las ciudades del Lamone y del Santerno
conduce el leoncillo en campo blanco,
que cambia de partido de verano a invierno.
Y aquella de la cual el Savio baña el flanco,
así como está entre el llano y la montaña,
así vive entre tiranía y estado franco.
Ahora quien eres, quiero que me cuentes;
no seas duro más que los otros lo han sido,
si tu nombre quieres que en el mundo dure.
Luego que un poco hubo el fuego enrojecido
a su manera, la aguda punta movió
de aquí, de allá, y luego dio un tal soplido:
Si yo creyera que mi respuesta fuese
a persona que debe volver al mundo,
esta llama estaría sin más callada;
pero como ya nunca desde este fondo
vivo no volvió nadie, si lo que oigo es cierto,
sin temor de infamia te respondo.
Yo fui hombre de armas, y después franciscano,
creyendo, que así ceñido, haría enmienda,
y por cierto que el creer mío era verdadero
si no fuera por el gran preste, ¡que mal haya!,
153
que me devolvió a la primera culpa;
y cómo y porqué quiero que escuches.
Mientras que yo fui forma de huesos y pulpa
que la madre me diera, mis obras
no fueron leoninas, sino de lobo.
Las astucias y las ocultas vías
las supe todas, y con tanto arte
que hasta el confín de la tierra iba la fama.
Cuando me vi llegando a aquella parte
de mi edad en la que todos deberían
arriar las velas y recoger los cabos,
lo que antes me placía, ahora me afligía,
y arrepentido y confeso me rendí;
¡Ay desgraciado de mí! y me hubiera servido.
El príncipe de los nuevos Fariseos
teniendo guerra junto al Letrán,
y no con Sarraceno o con Judío,
pues todos sus contrarios eran cristianos,
y ninguno había ido a vencer en Acre,
ni a comerciar en tierra del Soldán;
ni sumo oficio ni órdenes sacras
guardó en sí, ni en mí aquel cordón
que solía hacer de sus ceñidos flacos.
Pero así como Constantino pidió a Silvestre
en el monte Soracto que le curara la lepra,
154
así me pidió éste como maestro
para curar su fiebre soberbia;
pidiéndome consejo, y yo callaba
pues sus palabras eran de ebrio.
Y luego agregó: Tu corazón no sospeche;
desde ahora te absuelvo, y tú enséñame a hacer
para que a Penestre arroje por tierra.
Puedo abrir y cerrar el Cielo
como tú sabes; porque son dos las llaves
que mi antecesor no estimó en mucho.
Me tocaron entonces los argumentos graves,
y allí callar me pareció peor,
y dije: Padre, ya que tú me lavas
del pecado aquel en el que caer debo,
el prometer mucho y el cumplir poco
te hará triunfar en tu alto solio.
Francisco vino después, cuando mi muerte,
por mí, pero uno de los negros querubines
le dijo: No te lo lleves; sería injusto.
Venir debe abajo, entre mis mezquinos
porque dio consejo fraudulento,
y desde entonces lo tengo por las crines;
que no se puede absolver al que no se arrepiente,
ni arrepentirse y querer es posible
pues la contradicción no lo consiente.
155
¡Ay desgraciado de mí! ¡Cómo me apercibí
cuando me tomó diciéndome: “Tal vez
tú no creías que yo fuera un lógico”!
A Minos me llevó; y este se ciñó
ocho veces la cola en el duro tronco;
y mordiéndosela con gran rabia
dijo: “Este es de los reos del ladrón fuego”;
por lo que entonces donde ves estoy perdido,
y así vestido, andando, me torturo.
Cuando hubo concluido el relato de su historia
la llama se alejó doliente,
torciendo y agitando el cuerno agudo.
Nosotros proseguimos, yo y mi Conductor,
por el puente hasta llegar al nuevo arco
que cubre el foso en que la falta se purga
de quienes dividiendo ganan su culpa.
Canto XXVIII
¿Quién podrá nunca aún sin rima
narrar plenamente la sangre y las plagas,
aún si prolijo, que entonces vi?
156
Toda lengua por cierto desfallecería,
pues es poco lo que nuestra voz
y nuestra mente puede alcanzar.
Si aún se allegara toda la gente
que entonces, en la afortunada tierra
de Pulla, derramó su sangre doliente
por los Troyanos y por la larga guerra
que de anillos creó tan gran trofeo,
como escribe Livio, que no yerra,
con la que sufrió tan rudos golpes
por resistir a Roberto Guiscardo;
y con la otra cuyos huesos aún se recogen,
en Ceperano, allí donde fueron falsarios
todos los pullenses, y allá en Tagiacozzo
donde sin armas venció el viejo Alardo,
y que unos sus miembros rotos y otros atravesados
mostraran, igualmente nunca podrían
igualar la inmunda condición de la novena fosa.
Una tonel, cuya duela del fondo o medianera
perdiera, no se vería hendido, como yo vi a uno,
abierto desde el mentón hasta donde se ventea.
Entre las piernas pendíanle las tripas,
se veían las entrañas y el triste saco
que hace mierda de lo que se embucha.
157
Mientras por entero a mirarlo me convoco
miróme y con las manos se abrió el pecho,
diciendo: ¡Mira cómo me desgarro!
¡mira cuán estropeado está Mahoma!
Delante mío va llorando Alí,
partido el rostro del mentón hasta el copete.
Y todos los otros que tú ves aquí,
sembradores de escándalo y de cisma,
vivieron, pero ahora están hendidos así.
Un diablo está detrás y nos parte
así cruelmente, con el filo de la espada,
reintegrando a cada uno en la fila,
una vez que circularon la doliente vía;
pero la heridas se han cerrado,
antes que otro por delante las reabra.
Pero tú, ¿quién eres, que te asomas por el borde,
tal vez por demorar venir a la pena
que te fue juzgada arriba por tus culpas?
Ni muerte lo alcanzó aún, ni culpa lo lleva,
respondió mi Maestro, al tormento;
sino por darle experiencia plena,
y yo, que muerto estoy, debo llevarlo
por el infierno abajo de giro en giro;
y esto es tan verdad como que te hablo.
Más de cien fueron los que al oírlo,
158
se detuvieron en el foso a mirarme
maravillados, olvidando el martirio.
Pues bien dile a fray Dolcín que se provea,
tú que tal vez verás el Sol en breve,
si no quiere pronto estar aquí conmigo,
que tenga viandas, que apretado por la nieve
no lo derrote el novarés,
pues de otro modo vencerlo no sería leve.
Después que un pie para irse levantara
me dijo Mahoma estas palabras;
de allí al irse en el suelo lo apoyó.
Otro que perforada tenía la gola
y rota la nariz hasta las cejas,
y no tenía más que una oreja sola,
deteniéndose a mirar maravillado
con los otros, antes que otros abrió la cala,
que por fuera en todo era bermeja,
y dijo: ¡Oh tú! a quien la culpa no condena
y a quien yo vi arriba en tierra latina,
si tanta semejanza no me engaña,
acuérdate de Pedro de Medicina,
si alguna vez vuelves a ver el dulce llano
que de Vercelli a Marcabó declina.
Y haz saber a los dos mejores de Fano,
a maese Guido y asimismo a Angiolello,
159
que, si la previsión de aquí no es vana,
arrojados serán fuera de su barca
y ultimados cerca de la Católica
por traición de un tirano falso.
Entre la isla de Chipre y de Mallorca
no vio nunca tan gran falsía Neptuno,
ni de piratas, ni de gente argólica.
Ese traidor que sólo ve con uno,
y posee la tierra que un tal aquí conmigo
querría de verla estar ayuno,
los hará venir a conversar consigo;
luego hará de forma, que al viento de Focara
no les será necesario dar voto ni culto.
Y yo a él: Demuéstrame y declara,
si quieres que de ti lleve noticias arriba,
quién es el de la figura amarga.
Puso entonces la mano en la quijada
de su compañero y le abrió la boca,
gritando: Éste es ése, y no habla.
Éste, desterrado, el dudar indujo
en César, afirmando que quien está pronto
siempre se daña si el aplazar tolera.
¡Oh cuán conturbado lo veía,
con la lengua cortada en el gaznate
Curión, que tan audaz parlando fuera!
160
Y uno que tenía una y la otra mano mochas,
alzando sus muñones en el aire turbio,
de modo que la sangre le asqueaba la cara,
gritó: Recuérdate también de Mosca,
que dijo, ¡desgraciado!, “Lo hecho, hecho está”,
que fue mala semilla para los toscanos.
Y yo agregué: Y la muerte de tu casta;
por lo que, sumando duelo a duelo,
se fue como persona triste y trastornada.
Quédeme entonces a observar la tropa,
y cosas vi que me darían miedo,
sin más prueba, de contarlas sólo;
mas la conciencia me asegura,
es buena escolta que hace al hombre franco
bajo el amparo de saberse pura.
Vi ciertamente, y aún paréceme que lo viera,
un busto sin cabeza andar así como
andaban los otros de la triste hilera;
y a la cabeza el tronco sostenía por el pelo,
pendiente en mano a guisa de linterna,
y la cabeza nos miraba y decía: ¡Ay de mi!
La cabeza servía al cuerpo de lucerna,
y eran dos en uno y uno en dos;
cómo ser pueda, lo sabe el que nos gobierna.
161
Cuando junto al pié del puente hubo llegado,
levantó el brazo en alto con la entera testa
para arrimarme sus palabras
que fueron: Mira ahora la molesta pena,
tú que, respirando, vas viendo a los muertos:
mira si alguna es tan grande como ésta.
Y para que tú de mi noticias lleves,
sabe que soy Bertrán de Born, aquel
que dio al joven rey malos consejos.
Yo hice al padre y al hijo entre sí rebeldes;
no hizo más Aquitofel a Absalón
y a David con sus perversas sugerencias.
Porque separé a tan unidas personas,
separado llevo mi cerebro, ¡desgraciado!,
de su principio que está en este tronco.
Así se cumple en mí la represalia.
Canto XXIX
Ilustración de Gustave Doré.
La mucha gente y las variadas plagas
habían mis luces tanto embriagado,
que estarse a llorar sólo deseaban.
162
Pero Virgilio me dijo: ¿qué estás mirando?
¿por qué tu vista está fija allá abajo
entre las sombras tristes mutiladas?
No fuiste así en las otras fosas,
piensa, si tu contarlas quisieras,
que veintidós millas son del valle la vuelta.
Y ya la Luna está bajo nuestros pies;
poco es el tiempo que aún nos conceden,
y hay otras cosas de ver que no has visto.
Si hubieras tú, respondí luego,
atendido a la razón porqué miraba,
quizá quedarme más me habrías dejado.
En tanto mi Conductor se iba y yo detrás
le andaba, y prosiguiendo mi respuesta
le dije: Dentro de aquella cava
en la que tuve entonces fijos los ojos,
creo que un espíritu de mi sangre llora
la culpa que allá bajo tanto importa.
Entonces dijo el Maestro: no se quiebre
tu pensamiento de aquí en más por ello.
Atiende a otras cosas, y aquel allá se quede;
que yo lo vi al pie del puentecillo
señalarte y amenazarte feroz con el dedo,
y oí nombrarlo Geri del Bello.
Tú estabas entonces tan entero distraído
163
con aquel que Hautefort hubo regido,
que no miraste allí, y así marchóse.
¡Oh Conductor mío, la violenta muerte
que aún no le fue vengada, dije yo,
por ninguno que de la ofensa fue consorte,
lo hace arrogante; por lo que se fue
sin hablarme, como imagino:
y con ello me ha hecho para con él más pío.
Así hablamos hasta el lugar primero,
que desde el puente el otro cerco muestra,
si más luz hubiera, entero hasta la hondura.
Cuando llegamos al último recinto
de Malebolge, de forma que sus transmutados
fueran conspicuos a la vista nuestra,
me alcanzaron las flechas de lamentos varios
que de dolor púas tenían de hierro;
y así tapéme las orejas con las manos.
Cuál dolor era, como si de los hospitales
de Valdichiana de julio a septiembre
y de Marismas y de Cerdeña los enfermos
fueran en una fosa todos reunidos,
tal era aquí, y tal fetidez salía
como suele venir de los miembros muertos.
Descendimos por la final orilla
del largo puente, siempre a la izquierda;
164
y entonces mi visión fue más viva
hacia el fondo abajo, donde la ministra
del alto Sire, la infalible justicia,
castiga a los falsarios que aquí registra.
No creo que mayor tristeza se viera
en Egina cuando todo el pueblo enfermo,
estuvo, y el aire tan de malicia lleno,
que las bestias, hasta el menor verme
murieron todas, y luego la gente antigua,
como los poetas tienen por cierto,
restauradas fueron de simiente de hormigas;
como era a ver en aquel oscuro valle
languidecer las almas por diversas plagas.
Cual sobre el vientre, y cual de espaldas
uno apoyado en otro yacía, y cual se movía
reptando por la triste calle.
Paso a paso íbamos en silencio
mirando y escuchando a los enfermos
que no podían alzar sus cuerpos.
Yo vi a dos sentados mutuamente apoyados,
como a cocer se pone teja sobre teja,
de pie a cabeza de postillas manchados;
y nunca vi antes pasar la raedera
a un mozo ante el amo que espera,
ni al que de mala gana vela,
165
como asidua cada uno pasaba la mordida
de las uñas sobre sí por la gran furia
del escozor, que no tiene otro socorro;
y así arrasaban las uñas la sarna,
como cuchillo del escaro las escamas
o de otro pez que más grandes las tenga.
¡Oh tú que con los dedos te descamas,
comenzó el Conductor mío a uno de ellos,
y que quizá los hagas tenazas,
dime si algún Latino hay entre estos
que aquí están, si las uñas te bastan
eternamente para esta tarea!
Latinos somos, los que ves tan devastados,
nosotros ambos, respondió uno llorando;
mas ¿quién eres tú que de nosotros preguntas?
Y el Conductor dijo: Yo soy uno que desciende
con este vivo abajo de giro en giro,
y a quien mostrar pretendo el infierno.
Se rompió entonces la común pareja
y cada uno temblando a mi volvióse
con otros que por cercanos lo oyeron.
El buen maestro se arrimó bien a mi lado
diciendo: Diles pues lo que deseas;
y yo comencé como él quería:
166
Así vuestra memoria no se borre
en el primer mundo de las humanas mentes,
mas siga viva bajo muchos soles,
decidme quiénes sois y de qué gente;
vuestra lamentable y fastidiosa pena
de conversar conmigo no os espante.
Yo fui de Arezzo, y Alberto de Siena,
respondió uno, me mandó a la hoguera,
mas no vine aquí por lo que fui muerto.
Verdad que yo a él le dije en chanza:
‘Yo sabría cómo elevarme por el aire en vuelo’
y aquel, que tenía el capricho y el seso poco,
quiso que le mostrara el arte; y sólo
porque no lo hice Dédalo, me hizo
arder por quien lo consideraba hijo.
Pero aquí, en el último círculo de los diez,
por la alquimia que en el mundo practiqué
me condenó Minos, quien fallar no puede.
Y le dije al Poeta: ¿Hubo ya nunca
gente tan vana como la de Siena?
¡Ciertamente ni la francesa lo es tanto!
Entonces el otro leproso, que me escuchó,
repuso a lo que dije: Excepto Stricca
que supo hacer tan moderados gastos,
y Nicolo que la costumbre adinerada
167
del clavo de especia descubrió primero
en el huerto donde tal semilla se planta;
y en la banda en la que dilapidara,
Caccia de Asciano, sus viñas y sus frondas,
y Abbagliato su juicio expresara.
Mas para que sepas quién te secunda
contra los Sieneses, aguza en mi el ojo,
tal que mi cara bien te responda:
así verás que soy la sombra de Capocchio,
que falsifiqué los metales con la alquimia;
y has de recordarte, si bien te advierto,
que yo fui de buena naturaleza simia.
Canto XXX
En tiempos en que estaba Juno irritada
por Semele contra la sangre tebana
como más de una vez demostrara,
Atamante tornose tan insano
que viendo a la mujer con los dos hijos
cargando a cada uno en un brazo,
gritó: Tendamos las redes, para que agarre
a la leona con los leoncillos cuando pasen;
y extendiendo después las despiadadas manos
tomando a uno de nombre Learco,
168
lo lanzó al aire y lo estrelló contra una peña;
y la madre se ahogó con el otro que cargaba.
Y cuando la fortuna abatió
la grandeza del Troyano que todo osaba,
tanto que el reino con el rey fue devastado,
Hécuba triste, mísera y cautiva,
luego que vio a Polisema muerta,
y del cuerpo de su Polidoro en la orilla
del mar hizo doloroso hallazgo,
como un perro ladró enloquecida,
tanto el dolor le desquició el sentido.
Mas ni de Tebanos furiosos ni de Troyanas
se vio nunca en nadie tan cruel manera
de castigar fieras, ni menos seres humanos,
cual vi yo en dos sombras macilentas y desnudas
que mordiendo del modo corrían
como el cerdo huyendo de la pocilga.
Una alcanzó a Capocchio, y en el nudo
del cuello le clavó las zarpas, y así, tirando,
le hizo rascar el vientre contra el suelo duro.
Y el Aretino, que quedó temblando,
me dijo: Ese bruto es Gianni Schicci
y va rabioso al otro así frotando.
¡Oh!, le dije, si antes la otra no te enfila
los dientes en la nuca, no te fatigue
169
decirme quien es, antes de que se marche.
Y él a mí: Esa es el alma antigua
de la perversa Mirra, que fue
del padre, contra el lícito amor, amiga.
Ella a pecar con él así convino,
enmascarándose en forma de otra,
como aquel otro que allá va, sostuvo,
que para ganar la dama de la tropa
fingióse Buoso Donati,
testando y dando al testamento norma.
Y después que ambos rabiosos pasaron
a los que había estado contemplando
volvíme a observar a los otros mal nacidos.
Y a uno vi, que habría semejado un laúd,
si hubiera tenido el cuerpo cercenado
en el sitio donde el hombre se bifurca.
La grave hidropesía, que así deforma
los miembros con el humor que mal reparte,
que el rostro ya no responde al vientre,
forzábale los labios a guardar abiertos,
como el tísico hace, que por la sed
un hacia el mentón y el otro arriba vuelve.
¡Oh vosotros que sin ninguna pena estáis,
y no sé el porqué, en el mundo doliente,
nos dijo, mirad y atended
170
a la miseria de maese Adam;
yo tuve, vivo, mucho de lo que quise,
y ahora, ¡ay de mí!, por una gota de agua bramo.
Los arroyuelos que de los verdes collados
del Casentino descienden hasta el Arno,
formando abajo cauces frescos y blandos,
siempre me están delante, y no en vano,
que la imagen de sus cursos me es más sedienta
que el mal que en el rostro me descarna.
La rígida justicia que me atormenta
se sirve del lugar donde yo pequé,
para hacerme exhalar aún más suspiros.
Allí queda Romena, donde falsifiqué
la moneda con la efigie del Batista;
por lo que dejé allí mi cuerpo ardido.
Pero si yo viera aquí el alma abatida
de Guido o de Alejandro o de su hermano,
por la fuente Branda no cambiaría la vista.
Aquí adentro hay una ya, si las furiosas
sombras que ven en torno la verdad dicen;
mas ¿de qué me vale si tengo los miembros ligados?
Si yo fuera aún al menos algo ligero
que en cien años pudiera andar sólo una onza
ya hubiera entrado en el sendero,
171
buscándolos, entre esta gente informe,
con todo que la fosa contorna once millas
y no menos de media milla la atraviesa.
Por culpa de ellos estoy en esta familia;
ellos me indujeron a acuñar florines
de tres quilates de baja y vil liga.
Y yo a él: ¿Quiénes son esos dos mezquinos,
que humean como húmedas manos en invierno,
yaciendo juntos a tu derecha mano?
Aquí los encontré - y luego no se movieron -,
respondió, cuando caí en esta fosa,
y no creo que se moverán en lo eterno.
Una es la falsa que acusó a José;
el otro es el falso Sinón, griego de Troya:
por la aguda fiebre destilan tan fuerte hedor.
Y uno de ellos, que se sintió ofendido
quizá de haber sido nombrado tan bajo,
con el puño golpeóle el duro vientre.
La panza resonó como un tambor,
y maese Adam le dio en el rostro
con el brazo, que no era menos duro,
diciéndole: Aunque me han quitado
el moverme por los miembros tan pesados,
tengo el brazo para este menester suelto.
Y el otro repuso: Cuando marchabas
172
al fuego, no lo tenías tan suelto,
pero sí y más libre aún cuando acuñabas.
Y el hidrópico: Dices verdad en esto,
pero no diste tan veraz testimonio
cuando la verdad allá en Troya te pidieron.
Si yo dije lo falso y tú falseaste moneda,
dijo Sinón, estoy aquí por una fallo,
y tú por más que cualquier otro demonio!
Recuérdate, perjuro, del caballo,
repuso el de la panza hinchada,
y sábete reo de lo que todos saben!
Y séate verdugo la sed que te agrieta,
díjole el griego, la lengua, y el agua infecta
que el vientre ante tus ojos alza como cerca.
Entonces el monedero: Así se te retuerce
la boca por tu maldad como suele;
porque, si yo tengo sed y el humor me infla,
tú tienes el ardor y la testa que te duele,
y, a lamer el espejo de Narciso,
no harían falta discursos para moverte.
En escucharlos estaba yo muy atento
cuando el Maestro me dijo: ¡Sigue mirando
que poco falta para que de ti me ría!
Cuando lo oí hablarme a mí así con ira
volvíme a él con tal vergüenza,
173
como aún hoy el recuerdo por mi memoria gira.
Como quien su desgracia sueña,
y aún soñando desea que sea sueño,
y que lo que es, no fuera, ansía,
tal me hice yo, impedido de hablar,
que deseaba excusarme, y así me excusaba,
en el silencio, y no creía que lo hacía.
Mayor defecto menos vergüenza lava,
dijo el Maestro, que no es tu caso;
así pues toda tristeza aparta.
Y considera que estaré siempre a tu lado,
si de nuevo ocurre que la fortuna te lleve
a donde haya gente tan alterada:
que querer oír tales cosas, es querer bajo.
Canto XXXI
EL COCITO. Sumidero final del Infierno a
donde refluyen todos los ríos
Una misma lengua me mordió primero,
tiñéndome una y otra mejilla,
y me aplicó después el remedio;
174
así supe que hacer solía la lanza
de Aquiles y de su padre, que era causa
primero de triste don y luego de bueno.
Al mísero valle dimos la espalda
subiendo por la orilla que lo ciñe en torno,
transitando sin decir palabra.
Era allí menos que noche, menos que día,
de modo que la vista se alargaba poco;
sentí entonces bramar un alto cuerno,
tan fuerte que un trueno habría sido flojo,
que en opuesto sentido de su marcha,
me hizo a un lugar volver atento el ojo.
Tras la dolorosa derrota, cuando
Carlo Magno perdió la santa gesta,
no sonó tan terriblemente Orlando.
Así que a poco de volver allá la testa,
parecióme ver muchas altas torres
y dije: Maestro, ¿qué comarca es ésta?
Y él a mí: Mucho ha que tú corres
por las tinieblas desde muy lejos,
lo que causa que tu imaginación se equivoque.
Sabrás, cuando más cerca te encuentres,
cuánto al sentido la distancia confunde;
mas ahora apresura el paso.
Con cariño luego me tomó la mano
175
y dijo: Antes que más adelante sigamos,
para que el caso te sea menos extraño
sabe que no son torres, sino gigantes,
y enterrados en el pozo, en derredor, por la orilla,
están todos, desde el ombligo hasta abajo.
Como cuando la niebla se disipa
la mirada poco a poco reconoce
lo que cela el vapor que al aire entupa,
así cruzando el aura gruesa y oscura,
cada vez más cerca del fondo,
huyó el error de mí y creció el pavor;
porque, así como en su cerca redonda
Montereggione de torres se corona,
así, por la orilla que al pozo circunda,
se alzaban en torres de media persona
los horribles gigantes, a quienes fustiga
del cielo aún hoy Jove cuando truena.
Ya distinguía yo del alguno el rostro,
la espalda, el pecho y del vientre gran parte,
y por las costillas abajo ambos los brazos.
Cuando en verdad la natura abandonó el arte
de hacer bestias tales, hizo muy bien
en privar de tales actores a Marte.
Y si de elefantes y ballenas ella
no se arrepiente, quien sutilmente mira,
176
la juzgará en esto más justa y discreta;
pues si al razonar de la mente
se agrega el mal querer y la fuerza,
ningún estorbo puede ofrecerle la gente.
Largo me parecía su rostro y grueso
como la piña de San Pedro en Roma,
y de igual dimensión eran los demás huesos;
y tanto que la orilla, que ocultaba
su mitad de abajo, mostraba tanto
de arriba, que de alcanzar la cima
tres Frisones habrían mal alardeado,
porque contaba yo treinta grandes palmos
de abajo hasta donde se ajusta el manto.
“Raphel maí amech zabí almi”,
comenzó a gritar la fiera boca
a la que ya no se avenían los dulces salmos.
Y mi Conductor a él: Alma insensata,
¡Conténtate con el cuerno y con él desahoga
la ira u otra pasión que te tome!
Hurga el cuello, y encontrarás la soga
que lo sostiene, ¡oh alma confusa!
y mira cómo te ciñe el pecho!
Después me dijo: Él mismo se acusa;
es Nemrod que por su mala idea
ya no es una la lengua que el mundo usa.
177
Dejémoslo estar y no hablemos al viento;
que así es para él cualquiera lengua,
extraña, como para los otros la suya.
Hicimos camino entonces más largo
por la izquierda; y a tiro de ballesta
otro hallamos, mucho mayor y más fiero.
A ceñirlo quienquiera fuera el maestro
lo ignoro, más le tenía sujeto
delante el izquierdo y detrás el brazo derecho
con una cadena que lo amarraba
del cuello abajo, y tanto que al descubierto
cuerpo cinco vueltas le daba.
Este soberbio quiso ensayar
su potencia contra el sumo Jove,
dijo mi Conductor, y así logró este premio.
Llámase Efialto y mostró gran audacia
cuando los gigantes amedrentaron a los dioses;
los brazos que agitó, ya nunca más mueve.
Y yo a él: Si posible fuera querría,
que del descomunal Briareo
experiencia hicieran mis ojos.
Y me repuso: Verás a Anteo
cerca de aquí, que habla y está suelto,
el cual nos llevará al fondo del infierno.
178
El que quieres ver, está más lejos
y está atado y arreglado como éste,
salvo que más feroz se ve en el rostro.
No hubo terremoto tan robusto
que tan violento sacudiera una torre
como cuando de golpe se sacudió Efialte.
Temí entonces más que nunca la muerte,
y me hubiera bastado a morir tan sólo el miedo,
si no hubiera visto las grilletes.
Seguimos adelante ahora
y llegamos a Anteo, que con sus buenas cinco alas,
sin contar la cabeza, sobresalía de la gruta.
¡Oh tú que en el afortunado valle
donde heredó Escipión tanta gloria,
cuando Aníbal y los suyos cayeron,
recogiste mil leones por presa,
y que, si hubieras estado en la gran guerra
de tus hermanos, aún creerse podría
que hubieran vencido los hijos de la Tierra:
llévame abajo, si no lo llevas a ultraje,
a donde al Cocito el frío aprieta.
No nos obligues a ir a Ticio o a Tifón:
pues éste puede darte lo que aquí se ansía;
mas inclínate y no me escondas el hocico.
Aún puede darte en el mundo fama
179
porque está vivo, y larga vida aún le espera
si antes de tiempo la gracia no lo llama.
Así dijo el Maestro; y el otro de prisa
extendió las manos, y atrapó a mi Conductor,
manos de las que Hércules sintió ya el gran apriete.
Cuando Virgilio se sintió que era aferrado
me dijo: Acércate para que te tome;
y me abrazó de tal modo que fuimos un solo fajo.
Como al mirar la Garisenda semeja
bajo el inclinado lado, cuando una nube pasa
sobre ella, que a su encuentro navega;
tal me pareció Anteo a mí que estaba atento
a verlo inclinarse, y fue tal entonces
que más hubiera querido ir por otra vía.
Pero suavemente en el fondo donde devora
Lucifer a Judas, nos dejó;
Luego, así inclinado no se demora,
y como el mástil de una nave se elevó.
Canto XXXII
Si yo tuviera rimas ásperas y roncas,
como convendría al triste foso
al cual apuntan todas las otras rocas,
exprimiría de mis conceptos el jugo
más plenamente; pero porque no las tengo
180
no sin temor a decir me conduzco;
que no es empresa a tomar en chanza
describir el fondo de todo el universo,
ni de la lengua que dice mamá y papá.
Mas aquellas damas ayuden a mi verso
que ayudaron a Anfión a cerrar Tebas,
si los hechos del decir no son diversos.
¡Oh más que todas mal creada plebe
que estáis en el lugar donde el hablar es duro,
mejor hubierais sido aquí cabras u ovejas!
Cuando estuvimos allí en el pozo oscuro,
de los pies de los gigantes muy abajo,
y yo miraba todavía el alto muro,
oí decirme: Mira por donde pasas,
fíjate que no pises con tus plantas
las testas de infelices míseros hermanos.
Por lo que me volví, y tuve adelante
y bajo los pies un lago que por el hielo
tenía de vidrio y no de agua el semblante.
No cubre su curso con tan grueso velo
en invierno el Danubio en Austria,
ni el Tanáis allá, bajo el frío cielo,
como era aquí; que si el Tambernick
le hubiera caído encima, o el Pietrapana,
no habría hecho siquiera crujir la orilla.
181
Y así como a croar se está la rana
con el morro fuera del agua, cuando sueña
que tiene mucho a segar la aldeana,
lívidas, hasta donde el rubor avanza,
estaban las sombras dolientes en la escarcha
rechinando los dientes como cigüeñas.
Tenían abajo todas vuelta la facha;
de la boca el frío, y de los ojos la triste alma
en ellos como testigos se daban.
Luego de observar un tanto el contorno,
volvíme a mis pies, y vi a dos tan estrechados
que se entremezclaban sus cabellos.
Decidme vosotros que tan unidos tenéis los pechos
dije yo, ¿quién sois?. Ellos torcieron el cuello;
y, luego de alzar a mí el rostro,
sus ojos, que eran antes por dentro blandos,
gotearon sobre los labios, y el hielo aprisionó
las lágrimas entre los ojos y los párpados.
Nunca una clavija sujetó tan fuertemente
dos leños, como se embistieron ellos
como carneros, que a tanto los llevaba la ira.
Y uno, que había perdido ambas orejas
por la friolera, aun con la vista baja
me dijo: ¿Por qué tanto en nosotros te espejas?
182
Si quieres saber quiénes son éstos,
el valle donde Bisenzo se inclina
fue de Alberto, su padre, y de ellos.
Salieron de un cuerpo; y por toda la Caína
podrás buscar, y no encontrarás sombra
más digna de ser puesta en gelatina:
ni la de aquel a quien fue roto el pecho y la sombra
con él, de un golpe de la mano de Arturo;
ni la de Focaccia; ni la de éste que me incomoda
tanto con la cabeza, que más allá ver no me deja,
y se llamaba Sassolo Mascheroni;
y si eres toscano, bien sabrás quién era.
Y para que no me fastidies con más sermones
sabe que yo fui Camiscion de los Pazzi;
y espero a Carlino que me disculpe.
Después mil rostros vi violáceos
de frío; por donde me dan horror
y me lo darán siempre los helados vados.
Y mientras más íbamos hacia el centro
donde toda gravedad se anuda,
yo temblaba en la eterna noche;
si querer fue del destino o la fortuna,
no sé, pero pasando entre las cabezas,
acaso di un puntapié en el rostro de una.
Llorando me gritó: ¿por qué me hieres?
183
si no has venido a incrementar la venganza
de Montaperto, ¿por qué molestas?
Entonces yo: Maestro mío, espérame ahora,
que yo salga de dudas sobre éste;
después me darás prisa, cuanta quieras.
El Conductor se detuvo, y hablé a aquel
que aun duramente blasfemaba:
¿Quién eres tú que así me increpas?
¿Y tú quién eres que vas por la Antenora
golpeando, repuso, a los demás en la cara,
lo cual sobrado sería si estuviera vivo?
Vivo estoy, y puede serte muy grato,
fue mi respuesta, si quieres fama,
que tu nombre asiente entre mis notas.
Y él a mí: Lo contrario es lo que quiero.
Quítate de aquí y no me des más sufrimiento,
que mal saben las alabanzas en este fango.
Entonces lo tomé por los pelos de la nuca
y le dije: Te convendrá que tu nombre digas
o que el pelo de aquí arriba te falte.
Y él a mí: Aunque me descabelles
no te diré quien soy, ni te lo mostraré,
aunque mil veces por la cabeza me tomes.
Tenía yo sus cabellos con mi mano asido,
y le había ya arrancado más de un puñado,
184
ladrando él con los ojos vueltos al frío,
cuando otro gritó: ¿Qué tienes, Bocca?
¿No te basta con sonar las quijadas
que ladras? ¿qué diablo te toca?
Ahora, respondí, que más hables no quiero,
malvado traidor; que por cumplir tu deseo
llevaré de ti noticias veras.
Vete de aquí, respondió, y lo que quieras, cuenta;
pero no calles, si tú de aquí dentro salieras,
de aquel que tuvo así tan pronta la lengua.
Él llora de los Franceses los dineros:
‘Yo vi’, podrás decir, ‘aquel de Duera,
allí donde los pecadores están frescos’.
Si fueras preguntado: ‘¿Qué otros había?’
está a tu lado el de Bechería,
de quien segó Florencia el garguero.
Gianni de Soldanier creo que sea,
más allá con Ganellone y Tebaldello,
que abrió a Faenza cuando dormía.
Ya nos habíamos alejado de él,
cuando vi a dos en un hoyo congelados
de forma que la testa del uno era del otro sombrero;
y como el pan por el hambre se manduca,
así el de arriba al otro le clavó los dientes
por donde el cerebro se une con la nuca:
185
no de otra forma así mordió Tideo
las sienes de Menalipo por despecho,
como lo hacía aquél con el cráneo y otras cosas.
¡Oh tú que muestras por tan bestial seña
odio por aquel que así te comes,
dime el porqué, dije yo, y por ello convengo,
que si tú con razón de él te quejas
sabiendo quienes sois y su pecado,
yo te desquitaré en el superno mundo
si no se seca aquella con la que hablo.
Canto XXXIII
Alzó la boca del fiero pasto
aquel pecador, limpiándola en el pelo
de la testa que por detrás devastaba.
Luego empezó: Tú quieres que renueve
el atroz dolor que el corazón me aprieta
de solo pensar, aún antes que hable.
Mas si podrán ser mis palabras semilla
de rendir infamia al traidor que carcomo,
hablar y llorar me verás juntamente.
186
No se quién eres tú ni de qué modo
has venido aquí abajo; mas florentino
pareces en verdad cuando te oigo.
Has de saber que yo fui el conde Ugolino
y que éste es el arzobispo Ruggieri;
ahora te diré porqué le soy tal vecino.
Que por efecto de sus malos pensamientos,
fiándome de él, caí preso
y fui muerto, no hace falta decirlo;
pero de aquello que no pudo ser visto,
es decir cómo mi muerte fue cruda,
oirás, y sabrás si me ha ofendido.
Un breve hueco dentro de la Muda,
la cual, por mí, se titula hoy del hambre,
y que aún será de otros lugar de encierro,
me había mostrado ya por su abertura
muchas lunas, cuando tuve el mal sueño
que del futuro me descorrió el velo.
A éste veíalo yo como señor y dueño,
cazando lobos y lobeznos en aquel monte,
que a los de Pisa la visión de Lucca estorba.
Con perras flacas, astutas y amaestradas,
a los Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi,
había puesto adelante de la hueste.
Tras breve huída, me parecieron cansados
187
el padre y los hijos, y con agudos colmillos
parecíame que les herían los flancos.
Despertando antes de la aurora,
llorar oí entre sueños a mis hijos
que conmigo estaban, y me pedían pan.
Serías bien cruel, si tú ya no te dueles
pensando en lo que mi corazón presentía;
y si no lloras ¿de qué llorar sueles?
Ya estaban despiertos, y la hora se acercaba
de la comida que soler nos traían,
y por su sueño cada uno dudaba;
oí entonces que de abajo clavaban
la puerta de la horrible torre; y me volví
al rostro de mis hijos sin decir nada.
Yo no lloraba, mas por dentro era de piedra;
lloraban ellos; y mi Anselmito
dijo: ‘¿Mírate, padre, que tienes?’
Mas no lloré ni respondí
en todo el día y en la siguiente noche,
hasta que un nuevo Sol salió en el mundo.
Como un rayo de luz se infiltrara
en la dolorosa celda, y percibí
en sus cuatro rostros mí mismo aspecto,
ambas manos por el dolor me mordí;
y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado
188
por el hambre, súbitamente se alzaron
y dijeron: ‘Padre, menor será nuestro dolor
si tú nos comes: tú nos vestiste
estas míseras carnes, tú tómalas ahora’
Aquietéme entonces por más no acongojarlos;
un día y otro permanecimos todos mudos,
¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste?
Cuando al cuarto día llegamos
Gaddo se arrojó tendido a mis pies
diciendo: ‘Padre mío, ¿por qué no me ayudas?.
Y allí murió; y así como tú me ves,
vi yo caer los tres uno por uno
en el quinto y el sexto día; y yo, ya ciego,
me puse a buscar tanteando a cada uno
y dos días los llamé, luego de muertos.
Después, más que el dolor, pudo el ayuno.
Cuando dejó de hablar, con ojos torvos,
retomó el mísero cráneo con los dientes,
que llegaron al hueso, como de un perro, fuertes.
¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
de aquel bello país donde el sí suena,
pues tus vecinos son a castigarte lentos,
muévase la Capraja y la Gorgona,
y hagan un dique al Arno en su salida,
y que sus aguas aneguen a todas las personas!
189
Porque si el conde Ugolino tenía fama
de haberte traicionado en tus castillos,
no deberías haber en esa cruz puesto a los hijos.
Inocentes los hacía la edad nueva
¡oh nueva Tebas! a Uguiccione y al Brigata
y a los otros dos que en este canto se nombran.
Seguimos adelante, allá donde la helada
rudamente a otras gentes encierra,
el rostro no hacia abajo, sino hacia arriba volteado.
Allí el mismo llanto llorar no los deja,
y el dolor que en los ojos halla impedimento,
vuélvese adentro para aumentar la angustia,
porque las primeras lágrimas forman un nudo
y tal como una visera de cristal,
llenan bajo los párpados todo el hueco.
Y aun cuando, como encallecido,
por el frío todo sentimiento
había abandonado mi rostro,
me parecía sin embargo sentir un viento;
por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve?
¿no está aquí abajo todo vapor extinto?
Y él a mí: Pronto estarás donde
de ello te dará el ojo respuesta,
al ver la causa que al soplo mueve.
190
Y uno de los tristes de la fría costra
nos gritó: ¡Oh almas tan crueles
que os han dado el último puesto,
alzadme del rostro el duro velo,
para aliviar el dolor que el corazón me impregna,
un algo, antes que el llanto de nuevo se congele.
Por lo que le dije: Si quieres que te auxilie,
dime quien eres, y si yo no te libero,
que al fondo de la escarcha ir se me obligue.
Respondió pues: Yo soy fray Alberigo;
soy aquel de la fruta del mal huerto,
que aquí retomo dátil por higo.
¡Oh!, le dije yo, entonces ¿ya estás muerto?
Y él a mí: Cómo esté mi cuerpo
en el mundo arriba, lo ignoro.
Tal es la cualidad de esta Tolomea
que muchas veces cae aquí el alma
antes que Átropo le dé la vuelta.
Y para que tú de buena gana me raigas
las vidriosas lágrimas del rostro,
sabe que así que una alma traiciona,
como lo hice yo, de su cuerpo se apodera
un demonio, que luego lo gobierna
hasta que su tiempo todo esté cumplido.
El alma se derrumba en esta cisterna;
191
y tal vez aún se muestre el cuerpo arriba
de la sombra que aquí detrás mío inverna.
Tú debes conocerlo, si acabas de llegar abajo,
él es Branca Doria, y son muchos los años
cumplidos desde que fue aquí encerrado.
Creo, le dije, que me engañas,
porque Branca Doria no murió todavía,
y come y bebe y duerme y viste paños.
En el foso superior, dijo, de Malebranche,
allí donde hierve la tenaz pega,
no había aún llegado Miguel Zanche,
que Doria dejó al diablo en su lugar
en su cuerpo, y lo mismo el pariente
que la traición junto con él compuso.
Mas extiende ya tus manos
y ábreme los ojos. Y no se los abrí;
y cortesía fue con él ser villano.
¡Ay Genoveses! Hombres extraños
a todo orden y llenos de toda lacra,
¿Por qué no sois del mundo dispersos?
Que junto al peor espíritu de la Romania
hallé uno de vosotros, que por sus obras
su alma en el Cocito ya se baña,
y en cuerpo arriba como vivo aún anda.
192
Canto XXXIV
SALIDA DEL INFIERNO
Vexilla regis prodeunt inferni,
hacia nosotros; pero mira adelante,
dijo mi Maestro, si algo distingues.
Como cuando una espesa niebla sopla,
o cuando nuestro hemisferio pernocta,
se ve a lo lejos un molino que al viento gira,
así me pareció ver un gran edificio entonces;
luego, por el viento, me encogí detrás
de mi Conductor, porque no había otra roca.
Allí estaba ya, y con pavor lo pongo en verso,
donde todas las sombras estaban cubiertas
y transparentes como brizna de paja en vidrio.
Unas están yacientes; otras erectas,
ésta cabeza abajo, aquella de pie,
otra, como un arco, el rostro al pie devuelve.
Una vez que hubimos avanzado lo bastante
para que a mi Maestro le placiera mostrarme
la criatura que tuvo el bello semblante,
se quitó delante de mí y me detuvo,
he aquí a Dite, me dijo, y aquí el lugar
donde importa que de fortaleza te armes.
193
Cómo entonces quedéme helado y sin voz,
no me preguntes, lector, porqué no lo describo,
porque todo discurso sería poco.
Yo no morí y no quedéme vivo;
piensa ahora por ti, si tienes mucho ingenio,
qué vine a ser, no siendo lo uno ni lo otro.
El emperador del doloroso reino
del medio pecho salía fuera de la helada,
y mejor con un gigante me comparo
que los gigantes no lo harían con su brazo:
juzga entonces cuánto ha de ser en su todo,
que con esta parte se compara.
Si él fue tan bello como feo es ahora,
y contra su hacedor alzó las cejas,
bien es que proceda de él todo luto.
¡Oh cómo parecióme maravilla grande
cuando vi tres caras en su testa!
Una delante y era bermeja,
las otras eran dos, que a aquella se unían
de cada hombro en el medio,
y se juntaban en el lugar de la cresta:
y la derecha parecía entre amarilla y blanca,
la izquierda a la vista era tal cuales son
los que vienen de donde el Nilo se encauza.
194
Debajo de cada una salían dos grandes alas,
como convenía a un tal pajarraco:
velas marinas no vi yo nunca tales.
No tenían plumas, mas de murciélago
era su estilo; y apantallaban
de forma que tres vientos salían de ellas:
por eso todo el Cocito se congela.
Con sus seis ojos lloraba, y por sus tres mentones
caía el llanto y la sangrienta baba.
En cada boca trituraba con los dientes
a un pecador, como machacándolo,
y así a tres de ellos sufrir hacía.
Al de adelante, la mordedura le era poco,
ante el rasgar, que muchas veces la espalda
le dejaba con la piel desgarrada.
Aquel de allá arriba que sufre mayor pena,
dijo el Maestro, es Judas Iscariote,
que la cabeza tiene adentro, y afuera agita las piernas.
De los otros dos que están cabeza abajo,
el que cuelga de la trompa negra es Bruto;
¡Mira cómo se retuerce, sin decir palabra!;
y el otro es Casio, que parece tan membrudo.
Pero renace la noche, y ya es hora
de partir que ya hemos visto todo.
Como lo quiso, a su cuello me abracé,
195
y él eligió el momento y el lugar justo,
y cuando las alas estuvieron bien abiertas,
se prendió de las vellosas costillas;
de pelo en pelo abajo descendió luego
entre el hirsuto pelo y las heladas costras.
Cuando llegamos al sitio donde nace
la pierna, sobre el grueso del anca,
el Conductor, con fatiga y con angustia,
volvió la testa hacia donde tuviera las zancas
y aferróse al pelo como el que sube,
de modo que al infierno creía yo estar retornando.
Está bien atento, que por esta escala,
dijo el Maestro, jadeando como hombre exhausto,
conviene alejarnos de tantos males.
Después salió afuera por la brecha de una roca,
y púsome sobre el borde a que me sentara;
luego junto a mi detuvo el prudente paso.
Yo levanté la viste y creía poder ver
a Lucifer como lo había dejado
y lo vi con las piernas hacia arriba;
y si debí entonces quedar trastornado,
júzguelo la grosera gente, que no percibe
cual es aquel punto por el que había pasado.
Álzate, dijo el Maestro, de pie,
la ruta es larga y el camino áspero,
196
y ya el Sol a media tercia se acerca.
No era galería de palacio el lugar
donde estábamos, mas natural caverna
que tenía feo suelo y luz escasa.
Antes que del abismo me arranque,
Maestro mío, dije yo cuando estuve erguido,
háblame un poco para quitarme de error:
¿dónde está el hielo? y ¿cómo clavado está
éste así boca abajo? ¿y cómo en tan pocas horas
de tarde a mañana ha hecho el Sol su trayecto?
Y él a mí: Te imaginas todavía que estás
del otro lado del centro, donde yo me tomé
de la piel del infame verme que taladra el mundo.
Allí estuviste en tanto descendía;
cuando me volví, pasaste el punto
al que se atraen de todas partes los pesos.
Y ahora al hemisferio has llegado
que está contrapuesto al que la gran seca
cubre, y en cuya cima fue muerto
el hombre que nació y vivió sin pecado;
los pies tienes sobre una pequeña esfera
que en la otra cara mira a la Judeca.
Aquí es mañana, cuando allá es la tarde;
y éste, que nos sirvió de escala con el pelo,
197
clavado está así como antes era.
Por este lado cayó desde el Cielo;
y la Tierra, que antes de acá se tenía,
por miedo de él hizo del mar vela,
y vino al hemisferio nuestro; y tal vez,
por huir de él, dejó aquí un lugar vacío
que aparece de este lado, y para arriba remonta.
Lugar hay allí abajo, de Belcebú bien remoto,
tanto cuanto la tumba se extiende,
que no vemos, sino por el rumor percibimos
de un arroyuelo que aquí desciende
por el hoyo de una piedra, que él ha roído,
con sinuoso curso y de pendiente poca.
El Conductor y yo, por ese camino escondido,
entramos a retornar al claro mundo;
y sin cuidarnos de reposo alguno,
subimos, él primero y yo segundo,
tanto que vi las cosas bellas
que lleva el Cielo, por un resquicio redondo.
Y entonces salimos a rever las estrellas.

La divinacomediainfierno.

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    La Divina Comedia DanteAlighieri EL INFIERNO
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    1 Canto I En mediodel camino de nuestra vida me encontré en un obscuro bosque, ya que la vía recta estaba perdida. ¡Ah que decir, cuán difícil era y es este bosque salvaje, áspero y fuerte, que al pensarlo renueva el pavor. Tan amargo, que poco lo es más la muerte: pero por tratar del bien que allí encontré, diré de las otras cosas que allí he visto. No sé bien repetir como allí entré; tan somnoliento estaba en aquel punto, que el verdadero camino abandoné. Pero ya que llegué al pie de un monte, allá donde aquel valle terminaba, que de pavor me había acongojado el corazón, miré en alto, y vi sus espaldas vestidas ya de rayos del planeta, que a todos lleva por toda senda recta. Entonces se aquietó un poco el espanto, que en el hueco de mi corazón había durado la noche entera, que pasé con tanto afán. Y como aquel que con angustiado resuello salido fuera del piélago a la orilla
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    2 se vuelve alagua peligrosa y la mira; así mi alma, que aún huía, volvióse atrás a re mirar el cruce, que jamás dejó a nadie con vida. Una vez reposado el fatigado cuerpo, retomé el camino por la desierta playa, tal que el pie firme era siempre el más bajo; y al comenzar la cuesta, apareció una muy ágil y veloz pantera, que de manchada piel se cubría. Y no se apartaba de ante mi rostro; y así tanto me impedía el paso, que me volví muchas veces para volverme. Era la hora del principiar de la mañana, y el Sol allá arriba subía con aquellas estrellas que junto a él estaban, cuando el amor divino movió por vez primera aquellas cosas bellas; bien que un buen presagio me auguraban de aquella fiera la abigarrada piel, la ocasión del momento, y la dulce estación: pero no tanto, que de pavor no me llenara la vista de un león que apareció. Venir en contra mía parecía erguida la cabeza y con rabiosa hambruna, que hasta el aire como aterrado estaba:
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    3 y una lobaque por su flacura cargada estaba de todas las hambres, y ya de mucha gente entristecido había la vida. Tanta fue la congoja que me infundió el espanto que de sus ojos salía, que perdí la esperanza de la altura. Y como aquel que goza en atesorar, y llegado el tiempo en que perder le toca, su pensamiento entero llora y se contrista; así obró en mi la bestia sin paz, que, viniéndome de frente, poco a poco, me repelía a donde calla el Sol. Mientras retrocedía yo a lugar bajo, ante mis ojos se ofreció quien por el largo silencio parecía mudo. Cuando a éste vi en el gran desierto Ten piedad de mí, le grité, quienquiera seas, sombra u hombre cierto. Respondióme: No hombre, hombre ya fui, y lombardos fueron mis padres, y ambos por patria Mantuanos. Nací sub Julio, aunque algo tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto, en tiempos de los dioses falsos y embusteros.
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    4 Poeta fui, ycanté a aquel justo hijo de Anquises, que vino de Troya, después del incendio de la soberbia Ilion. Pero tú, ¿Por qué a tanta angustia te vuelves? ¿Por qué no trepas el deleitoso monte, que es principio y razón de toda alegría? ¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que expande de elocuencia tan largo río? le respondí, avergonzada la frente. ¡Oh! De los demás poetas honor y luz, válgame el largo estudio y el gran amor, que me han hecho ir en pos de tu libro. Tú eres mi maestro y mi autor: tú sólo eres aquel de quien tomé el bello estilo, que me ha dado honor. Mira la bestia por la que me he vuelto: socórreme de ella, famoso sabio, porque hace temblar las venas y los pulsos. Otro es el camino que te conviene, respondió al ver mis lágrimas, si quieres huir de este lugar salvaje; porque esta bestia, por la que gritas, no deja a nadie pasar por el suyo, sino que tanto impide, que mata: su naturaleza es tan malvada y cruel,
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    5 que nunca satisfacesu hambrienta voluntad, y tras comer tiene más hambre que antes. Muchos son los animales con que se marida y muchos más habrá todavía, hasta que venga el Lebrel, que le dará dolorosa muerte. No se alimentará de tierra ni de peltre, más de sabiduría, de amor y de virtud y su patria estará entre fieltro y fieltro. Será la salud de aquella humilde Italia, por quien murió la virgen Camila, Euriale, y Turno y Niso, de sus heridas: De ciudad en ciudad perseguirá a la loba, hasta que la vuelva a lo profundo del infierno, de donde la envidia la hizo salir primero. Ahora por tu bien pienso y entiendo, que mejor me sigas, y yo seré tu conductor, y te llevaré de aquí a un lugar eterno, donde oirás desesperados aullidos, verás a los antiguos espíritus dolientes, cada uno clamando la segunda muerte; después verás los otros, que en el fuego están contentos, porque unirse esperan, cuando sea, a las felices gentes; a las cuales, después, si quisieras subir, un alma habrá más digna que yo para tu ascenso;
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    6 te dejaré conella, cuando de ti me parta: que aquel emperador, que allá arriba reina, porque rebelde fui a su ley, no quiere que a su ciudad por mí se llegue. Impera en todas partes, y allá reina, allá está su ciudad y allá su alta sede: ¡Feliz aquel a quién para su reino escoge! Y yo a él: Poeta, te intimo por aquel Dios que no conociste, de éste y de peor mal que yo me salve, que allá me lleves donde tú dijiste, así que vea la puerta de san Pedro, y a aquellos tan tristes que tú dices. Entonces se movió, y yo me pegué detrás. Canto II Íbase el día, y el aire oscuro, a los animales de la tierra, libraba de las fatigas; y por mi parte solo yo me preparaba a sostener la guerra tan del camino y tan de la piedad, que ha de referir la mente que no yerra. ¡Oh Musas! ¡Oh alto ingenio!, ayudadme ahora;
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    7 ¡Oh mente queescribiste lo que vi! Aquí se mostrará tu nobleza. Comencé entonces: Poeta que me guías, considera si es fuerte mi virtud, antes que al alto paso me confíes. Tú dices que el padre de Silvio, aun corruptible, al inmortal siglo pasó, y fue sensiblemente. Pero si el adversario de todo mal le fue gentil, pensando en el alto bien, que salir de él debía, y qué gentes, y cuál imperio, no parecerá indigno a un hombre de intelecto: porque del alma Roma y de su imperio fue elegido padre en el empíreo Cielo: A decir verdad la una y el otro fueron establecidos lugar santo donde está la sede del sucesor del mayor Pedro. En este viaje, por el que lo exaltas tanto, oyó cosas que fueron la causa de su victoria y del papal manto. Viajó también el Vaso de elección, para dar firmeza a aquella fe que es principio en el camino de la salvación. Pero yo ¿Por qué he de ir? o ¿Quién lo concede? No soy Eneas, Pablo no soy:
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    8 que sea digno,ni yo ni nadie lo cree, porque si a tal ir me abandono temo que el viaje sea locura: Sé sabio, y óyeme que yo ya no razono. Y como aquel que desquiere lo que quería y por nueva idea el propósito descambia, y así de lo comenzado se aparta entero; así me cambié yo en aquella cuesta obscura: así, pensado, se consumió la empresa cuyo comenzar fue con tanta fuerza. Si he bien oído tus palabras, repuso de aquel magnánimo la sombra, tu alma está herida de bajeza: la cual muchas veces estorba al hombre tanto, que de empeñada empresa lo retorna, como bestia espantada de una sombra. A fin de que de este temor te libres te diré, porqué yo vine y lo que oí en aquel punto primero cuando me dolí de ti. Estaba yo entre aquellos en suspenso y una mujer me llamó, bendita y bella, tanto de que me mandara yo la requerí. Lucían sus ojos más que la estrella: y comenzó a decirme suave y humilde, con angélica voz, en su lenguaje:
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    9 ¡Oh gentil almaMantuana! cuya en el mundo aún la fama dura y durará cuanto el movimiento dure, lejana: mi amigo, que no lo es de la ventura, de la desierta playa está tan impedido en el camino, que vuelto se ha de miedo: y temo que no esté ya tan perdido que tarde me haya levantado a socorrerlo, de acuerdo a lo que de él en el Cielo he oído. Ahora muévete, y con tu palabra ornada y con lo necesario para que él sobreviva, ayúdalo pues, para que yo quede consolada. Yo soy Beatriz, la que te manda vayas. Vengo del lugar de a donde volver deseo: Amor me movió, el que me hace hablar. Cuando esté ante mi Señor, hablaré bien de ti con frecuencia. Calló pues, y comencé yo entonces: Oh mujer de virtud única por la que la humana especie excede todo lo que hay en aquel Cielo, cuyos menores son los círculos; Tanto me agrada tu mandato, que en obedecerlo, si ya lo hubiera, sería tardo; nada ganarías con más ampliarme tu deseo.
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    10 Pero dime larazón que no te cuidas de bajar aquí abajo a este centro desde aquel amplio lugar, al que volver ardes. Lo que saber tan profundamente deseas te diré brevemente, me repuso, porqué no temo venir aquí adentro. Solo aquellas cosas se han de temer que detentan poder de daño a otro; de las otras no, que no son temibles. Estoy hecha así por Dios, por su merced, que vuestra miseria no me alcanza, ni la llama de este incendio no me asalta. Mujer hay gentil en el Cielo, que se apiada por este entrabamiento al que te mando, y tanto, que el duro juicio de allá quebranta. Es ella la que llamó a Lucía en su demanda y dijo: Tiene necesidad tu fiel de ti, y yo a ti lo recomiendo. Lucia, enemiga de todo cruel movióse, y vino al lugar donde yo estaba, sentada con la antigua Raquel. Dijo: Beatriz, alabanza de Dios verdadera, ¿Que no socorres a aquel que te amó tanto que por ti salió de la vulgar tropa? ¿La compasión no escuchas de su llanto,
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    11 no ves lamuerte que combate en tumultuoso río más que la mar violento? No hubo en el mundo más veloz nadie en pro de su bien y en contra de su daño, que yo, después de recibidas las palabras; aquí abajo vine desde mi bendito escalón, confiando en tu parlar honesto, que a ti te honra y a quienes lo han oído. Después de haberme razonado de esa forma volvióme los lucientes ojos lagrimando, por más presto a venir forzarme: y así que vine a ti, como ella quiso, te levanté de ante de aquella fiera que del bello monte el breve paso te cerraba. ¿Entonces qué? ¿Por qué te quedas todavía? ¿Por qué en el corazón encierras tanta bajeza? ¿Por qué el ardor te falta y la grandeza? ¿Acaso no tienes tres mujeres benditas que de ti curan en la corte del Cielo, y mi palabra que tanto bien te promete? Como la florcillas bajo el nocturno hielo doblegadas y oclusas, así que el Sol las ilumina, se yerguen abiertas en sus tallos; tal fui yo, desde mi ánimo abatido y a tan buen ardor el corazón me enardeció
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    12 que comencé adecir como persona decidida: ¡Oh piadosa aquella que ha venido en mi socorro, y tú que veloz gentil obedeciste a las veraces palabras a ti dirigidas! Me has colmado el corazón con tal deseo al viaje, con tus palabras, que retornado he a mi primer propósito. Ve adelante que ambos somos de un sólo querer, tú Conductor, tú Señor y tú Maestro: Así le dije; y puesto luego él en marcha, entré por el camino duro y salvaje. Canto III ALTO INFIERNO Los inútiles y egoístas. Travesía del río Aqueronte en la barca de Carón. «Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va en el eterno dolor, por mí se va con la perdida gente. La justicia movió a mi alto hacedor: Hízome la divina potestad, la suma sabiduría y el primer amor.
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    13 Antes de míninguna cosa fue creada sólo las eternas, y yo eternamente duro: ¡Perded toda esperanza los que entráis!» Estas palabras de color oscuro vi escritas en el dintel de una puerta: Y dije: Maestro, su sentido me es duro. Y él a mí, como persona atenta: Es necesario aquí dejar todo recelo; toda cobardía es necesario que aquí muera. Hemos venido al lugar donde te dije habías de ver la gente adolorida, que ha perdido el bien del intelecto. Después su mano en la mía puso con rostro sonriente me reanimó, y me introdujo adentro a las secretas cosas. Allí suspiros, llantos y grandes gritos resonaban en el aire sin estrellas, que me hicieron llorar no bien entré. Lenguas diversas, horribles lenguarajos, palabras de dolor, acentos de ira, altivas y roncas voces, con puñadas, tumultuaban todas rondando siempre en aquel astuto aire sin tiempo, como la arena que el torbellino aspira. Y yo con el horror ciñéndome la frente
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    14 dije: Maestro, ¿Quées lo que oigo? ¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida? Y él a mí: Esta suerte miserable tienen las tristes almas de aquellos que vivieron sin infamia y sin honor. Mezcladas están con aquel malvado coro de los Ángeles que ni fueron rebeldes a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron. Los echa el Cielo por no ser menos bello: y el profundo infierno no los recibe porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos. Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado qué los hace lamentar tan fuertemente? Repuso: Te lo diré brevemente: Estos no tienen esperanza de muerte, y su ciega vida es tan villana que envidiosos están de cualquier otra suerte. De ellos no queda fama en el mundo, misericordia y justicia los desdeñan: no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa. Y observando vi una insignia que sin descanso rondaba velozmente incapaz al parecer de detenerse: y detrás la seguía una multitud de gentes de la que nunca yo creyera
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    15 que tantas hubieradeshecho la muerte. Después de haber reconocido a algunos me fijé más y conocí la sombra de aquel que por vileza hizo la gran renuncia. De pronto comprendí y cierto fui de que esta era la turba de los cautivos que desagradan a Dios y a sus enemigos. Los desgraciados, que nunca fueron vivos, estaban desnudos y molestados mucho por moscones y avispas que allí había. Sangre les regaba el rostro matizada de lágrimas, que a sus pies fastidiosas lombrices recogían. Y después que me di a mirar más lejos, vi gente en la ribera de un gran río: Por lo que dije: Concédeme ahora, Maestro, que sepa quiénes son, y porqué ley están forzados a transbordar tan presto, a lo que en la turbia luz puedo ver. Y él a mí: Las cosas te serán contadas al detener nuestros pasos en la triste ribera del Aqueronte. Entonces bajé avergonzados los ojos, temiendo a mi charla por gravosa, y hasta llegado al río hablar no quise.
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    16 He aquí hacianosotros vi venir en barco un viejo, blanco por antiguo pelo gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas! ¡No esperéis ya más de ver el Cielo! Aquí vengo a llevaros a la otra orilla a las tinieblas eternas, al calor y al hielo. Y tú que estás allí, ánima viva, aléjate de estos que están muertos. Mas luego que vio que yo no me partía dijo: Por otra vía, por otros puertos, llegarás a la playa, no por aquí: Conviene que más leve leño te lleve. Y el Conductor a él: Carón, no te atormentes, quiérese así allá, donde se puede lo que se quiere, y no preguntes más. Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero del lívido pantano de circundados ojos de círculos de fuego. Mas aquellas infelices almas desnudas cambiaron de color y rompieron a crujir los dientes al punto de escuchar las palabras rudas. Blasfemaban de Dios y de sus padres, de la humana especie, del donde y el cuando y de la semilla de su simiente y de su nacimiento.
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    17 Después todas cuantaseran se retiraron juntas fuertemente llorando, hacia la malvada orilla que aguarda a todo aquel que a Dios no teme. Carón, demonio, con ojos de brasas a ellos señalando a todos recoge; asestando con el remo a quien se atarda. Como arrastra el otoño las hojas una tras otra, hasta que la rama devuelve a la tierra todos sus despojos, de igual forma el simiente malo de Adán: arrójanse de aquel borde una por una a la señal, como acude el pájaro al reclamo. Aléjanse entonces por las obscuras ondas y antes que hayan descendido allá ya se apretujan aquí nuevas legiones. Hijo mío, dijo el gentil Maestro, los que mueren en la ira de Dios de todo país todos aquí vienen. Y ansían cruzar el río porque tanto los acucia la justicia divina que se les torna el temor deseo. Por aquí no pasa nunca un alma buena; y por eso, si de ti Carón se queja, bien comprenderás lo que su decir quiere.
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    18 En ese entonces,el oscuro campo tembló tan fuertemente, que del espanto el recuerdo de sudor me baña todavía. La tierra lacrimosa lanzó un viento que centelló en relámpagos bermejos, derrotando todos mis sentidos, y caí como aquel que cae dormido. Canto IV Limbo de los no bautizados y del mundo antiguo Quebró el hondo sueño en la cabeza un feroz tono, tanto que abrí los ojos como quien por fuerza está despierto. Reposada la mirada entorno recorrí, erguido, levantado, y atento mirando por reconocer el lugar donde me hallaba. Verdad es que al borde me encontré del valle, abismo doloroso, que acoge el tronar de llantos infinitos. Oscuro, profundo y nebuloso, tanto, que aun fijando la vista al fondo no discernía cosa alguna. Descendamos ahora al ciego mundo,
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    19 comenzó palidísimo elPoeta; yo iré primero, y tú segundo. Y yo que advertí el color de su rostro le dije: ¿Cómo iré si tú te espantas, que sueles ser tú quien mi dudar conforta? Y él a mí: La angustia de la gente de allá abajo, tiñe mi rostro de piedad, que de temor tú piensas. Vamos que nos apremia la larga vía: allí empezó a moverse y me hizo entrar en el primer círculo que al abismo ciñe. Aquí, según lo que escuchar podía no había llanto, mas suspiros tantos que el aire eterno estremecer hacían; provenía de un dolor sin tormento que la multitud tenía, que era de muchos e inmensa, de infantes, hembras y varones. El buen Maestro a mí: ¿Y no preguntas qué espíritus son los que estás viendo? Quiero que sepas, antes que más andes, que estos no pecaron, y que si mérito tuvieron no bastó, pues les faltó el bautismo, que es parte de la fe en la que crees; y si antes del Cristianismo vivieron no adoraron a Dios como debieron
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    20 y entre estostales estoy yo mismo. Por tal defecto y no por otro mal perdidos somos, y heridos sólo en esto: que vivamos sin esperanza y con deseo. Gran dolor entró en mi corazón al oírlo pues gente de mucho valor he conocido, que flotaban en aquel limbo. Dime Maestro mío, dime señor, comencé yo, por querer estar cierto de aquella fe que vence todo error: ¿De aquí alguno acaso ha salido, por su mérito o por el de otro, que llegara a ser bendito? Y él que entendió mi habla encubierta, respondió: Era yo nuevo en este estado, cuando vi venir un Poderoso de signo de victoria coronado. Sacó de aquí la sombra del primer padre, de Abel su hijo, y aquella de Noé, la de Moisés, legislador y obediente; Abraham patriarca, y David rey, Israel y el padre, y sus nacidos, y con Raquel por quien tanto hizo, y a otros muchos; y beatos los hizo: y quiero que sepas que antes de ellos no hubo espíritus humanos que salvados fueran.
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    21 No dejábamos deandar mientras hablaba pero íbamos siempre por entre la selva, la selva, digo, de apiñados espíritus. No estaba lejos nuestra senda todavía de aquí a la cima, cuando vi un fuego que al hemisferio de tinieblas vencía. Lejos estábamos todavía un poco, pero no tanto, que en parte yo no viera cuán honorable gente ocupaba aquel lugar. ¡Oh tú que honras ciencia y arte! ¿Quiénes son estos cuyo honor es tan grande que así de las demás gentes se parte? Y él a mí: la honrada nombradía, que de ellos resuena allá en tu vida, gracia logra en el Cielo que así los adelanta. Entonces oí una voz que decía: ¡Honrad al altísimo poeta, retorna su sombra, que partida era! Luego que la voz callada se detuvo. Viniendo vi a nosotros cuatro sombras, el rostro tenían ni triste ni alegre. El buen Maestro comenzó a decir: mira aquel de espada en mano, que precede a los otros tres, como señor.
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    22 Ese tal esHomero, poeta soberano, el otro que viene es Horacio satírico, Ovidio el tercero, y el último Lucano. Como a cada uno conmigo corresponde el nombre que exclamó la voz unísona, con él me honran, y hacen bien. Así vi reunirse la bella escuela de aquel señor del altísimo canto que como águila sobre los otros vuela. Después de entretenerse un poco juntos, volviéronse a mí con saludable ceño; y mi Maestro sonrióse un tanto: y aún más honor me confirieron al incluirme con ellos en su escuadra, y entonces fui el sexto en tan gran consejo. Y así anduvimos hasta la luz, hablando cosas que callar es bello, como bello era el hablar allá donde yo estaba. Llegamos al pie de un noble castillo, siete veces cercado de altos muros, defendido en torno por un bello riachuelo. Lo atravesamos, como por firme tierra: Por siete puertas entré con estos sabios; y llegamos a un prado de verdura fresca. Había allí gentes de mirada reposada y grave,
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    23 de grande autoridaden sus semblantes: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos entonces a un costado a un lugar abierto luminoso y alto, de donde a todos se podía ver. Desde allí, sobre el verde prado, me fueron mostrados los espíritus magnos que verlos regocijó a mi alma. Vi a Electra con muchos compañeros, entre los cuales advertí a Héctor y a Eneas, César en armas, de ojos rapaces. Vi a Camila y a la Pentesilea al otro lado, y vi al rey Latino, junto a su hija Lavinia sentado. Vi a aquel Bruto que arrojó fuera a Tarquino, Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia, y aparte solitario vi a Saladino. Y alzando un poco más las cejas vi al Maestro de aquellos que saben, sentado en medio de la filosófica familia. Todos lo admiran, todos le honran, allí vi a Sócrates y a Platón, que más cerca suyo que los otros están. Demócrito que el mundo del acaso pone, Diógenes, Anaxágoras y Tales,
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    24 Empédocles, Heráclito yZenón, Y vi al buen apreciador de cualidades digo a Dioscórides: y vi a Orfeo, Tulio y Lino y Séneca moral: Euclides geómetra y Tolomeo, Hipócrates, Avicena y Galeno, Averroes, que el gran comentario hizo. Mas aquí tratar de todos no puedo; que a tanto me obliga el largo tema, que a relatar los hechos no basten las palabras. La compañía de seis se amengua, el sabio Conductor por otra senda me lleva, lejos del aura tranquila hacia la que tiembla; y voy a una parte donde nada brilla. Canto V Círculo de los lujuriosos. Así pues bajé del círculo primero abajo al segundo, que menor espacio ciñe, pero más dolor, más punzantes lamentos. Horrible estaba Minos, rechinando dientes: Examina las culpas en la entrada, juzga y ordena, conforme se ciñe.
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    25 Digo que cuandoel alma mal nacida viene delante, toda se confiesa; y aquel conocedor de pecados ve cuál es su lugar en el Infierno: Cíñese con la cola tantas veces, cuantos grados abajo quiere sea puesta. Siempre delante de él hay muchas almas que van y vienen, cada cual al juicio, dicen y oyen y después abajo son devueltas. ¡Oh tú que vienes al doloroso albergue me dijo Minos al verme, dejando su obrar de tan grande oficio, guárdate de como entres y de quien te fíes: ¡Que no te engañe la amplitud de la puerta! Y mi jefe a él: ¿Por qué gritas entonces? No impidas su fatal camino: Quiérese así allá donde se puede lo que se quiere, y no más inquieras. Ahora comienzan las dolientes notas a dejárseme oír: he llegado ahora a donde tantos lamentos me hieren. Vine a un lugar de toda luz mudo, que ruge como tempestad en la mar cuando contrarios vientos la combaten. La tromba infernal, que nunca calma,
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    26 arrastra en torbellinoa los espíritus, volviéndose, y golpeando los molesta. Cuando llegan ante su propia ruina, allí son los gritos, el llanto y los lamentos, aquí blasfeman de la virtud divina. Supe que a un tal tormento sentenciados eran los pecadores carnales que la razón al deseo sometieron. Y como las alas llevan a los estorninos en tiempo frío, en larga y compacta hilera, así aquel soplo a los espíritus malignos de aquí, de allá, de abajo a arriba, así los lleva; nunca ninguna esperanza los conforta de algún reposo, o de disminuida pena. Y como van las grullas entonando sus lamentos componiéndose en el aire en larga fila; así vi venir, exhalando gemidos, sombras llevadas por la dicha tromba: Por lo que dije: Maestro, ¿quiénes son aquellas gentes, a quienes el negro aire así castiga? La primera de aquellos de los que noticia quieres, me dijo entonces, fue emperatriz de muchas lenguas. Al vicio de la lujuria estaba tan entregada, que en su reino fue ley la lascivia
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    27 por no caerella misma en el escarnio en el que estaba. Es Semíramis, de la que se lee, que sucedió a Nino y fue su esposa, tuvo la tierra que Soldán tiene ahora. La otra es aquella que se mató amorosa y quebró la fe de las cenizas de Siqueo; tras ella viene Cleopatra lujuriosa. Vi a Helena por quien tiempo hubo tan malvado, y vi al gran Aquiles, que al final combatió con amor. Vi a Paris, a Tristán; y a más de mil sombras mostróme y señalóme con el dedo, que de esta vida por amor partieron. Luego que hube a mi Doctor oído nombrar las mujeres antiguas y los caballeros, la piedad me venció, y quedé como aturdido. Y comencé: Poeta, a aquellos que juntos tan gustosamente van, yo hablaría, que parecen bajo el viento tan ligeros. Y él a mí: Verás, cuando más cerca estuvieren: y tú por el amor que así los lleva los llamarás entonces; y ellos vendrán. Tan pronto como el viento a nos los trajo les di la voz: ¡Oh dolorosas almas venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!
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    28 Como palomas porel deseo llamadas, abiertas y firmes las alas, al dulce nido, cruzan el aire por el querer llevadas: Así salieron de la fila donde estaba Dido, a nos vinieron por el maligno aire, tan fuerte fue el afectuoso grito. ¡Oh animal gracioso y benigno, que visitando vas por el aire negro enrojecido a nosotros que de sangre al mundo teñimos: Si fuese amigo el Rey del universo, a El rogaríamos que la paz te diera, por la piedad que tienes de nuestro mal perverso. Di lo que oír y de lo que hablar te place nosotros oiremos y hablaremos contigo, mientras se calla el viento, como lo hace. La tierra, en la que fui nacida, está en la marina orilla a donde el Po desciende para gozar de paz con sus afluentes. Amor, que de un corazón gentil presto se adueña, prendó a aquél por el hermoso cuerpo que quitado me fue, y de forma que aún me ofende. Amor, que no perdona amar a amado alguno, me prendó del placer de este tan fuertemente que, como ves, aún no me abandona.
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    29 Amor condújonos auna muerte: el alma que nos mató caína tiene que la espera. Así ella estas palabras dijo. Al oír aquellas almas desgraciadas, abatí el rostro, y tan abatido lo tuve, que el Poeta me dijo: ¿Qué estás pensando? Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices! ¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos no los trajo al doloroso paso! Luego para hablarles me volví a ellos diciendo: Francisca, tus martirios me hacen llorar, triste y piadoso. En tiempo de los dulces suspiros, dime pues ¿Cómo amor os permitió conocer deseos tan peligrosos? Y ella a mí: No hay mayor dolor, que, en la miseria recordar el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe. Pero si conocer la primera raíz de nuestro amor deseas tanto, haré como el que llora y habla. Por entretenernos leíamos un día de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera; estábamos solos, y sin sospecha alguna. Muchas veces los ojos túvonos suspensos
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    30 la lectura, ydescolorido el rostro: mas sólo un punto nos dejó vencidos. Cuando leímos que la deseada risa besada fue por tal amante, este que nunca de mí se había apartado temblando entero me besó en la boca: el libro fue y su autor, para nos Galeoto, y desde entonces no más ya no leímos. Mientras el espíritu estas cosas decía el otro lloraba tanto que de piedad yo vine a menos como si muriera; y caí como un cuerpo muerto cae. Canto VI Círculo de los golosos Cuando volví en mí, a la cerrada mente por el dolor de ambos cuñados, que de tristeza entero me dejó confuso, nuevos tormentos y más atormentados de todas partes me rodeaban, a donde me moviera o hacia donde mirara o me volviera. Estoy en el tercer anillo de la lluvia eterna, maldita, fría y grave: su ritmo y calidad no cambia nunca.
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    31 Granizo grueso, yagua negra, y nieve que se vuelca por el aire de tinieblas: pudre a la tierra que los recibe. Cerbero, fiera cruel y aviesa, con sus tres golas caninas ladra sobre la gente aquí inmersa. Ojos bermejos, unta y negra la barba, amplio el vientre, y uñosa tiene la zarpa, a los espíritus clava, destroza y desgarra. Aullar como perros los hace la lluvia: se cubren cambiando de uno a otro lado, zarandeados con frecuencia los míseros profanos. Cuando nos vio Cerbero, el gran gusano, abrió la boca y desplegó los colmillos: ninguno de sus miembros era calmo. Mi Conductor entonces extendió los brazos; cogió tierra y a manos llenas arrojó puñadas dentro de las rugientes fauces. Como el perro que a ladrar se agota y se calma al morder la presa, pues sólo a devorarla tiende y lucha por ella, tal hicieron las mugrientas caras del Cerbero demonio que tanto atruena a las almas que ser sordas quisieran.
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    32 Pasábamos por encimade las sombras que doma la pesada lluvia, y los pies plantábamos sobre fantasmas que semejaban personas. Yacían por tierra todas salvo una que se alzó para sentarse, luego que nos vio pasar delante. Oh tú, por este infierno traído, me dijo, reconóceme, si entiendes: tú fuiste, antes que yo deshecho fuera, hecho. Y yo a él: La angustia que te atormenta quizá es lo que tan de mi memoria te aparta como si nunca visto te hubiera. Mas dime ¿Quién eres tú, en tan doliente lugar metido, y condenado a tal pena que si mayor hubiera no la hay tan cruel? Y él a mí: Tu ciudad, que está tan llena de envidia que ya revienta el saco, consigo me tuvo en la serena vida. Vosotros, ciudadanos, me llamasteis Ciacco: Por la dañina culpa de la gula estoy, como tú ves, bajo la lluvia abatido: y yo, triste alma, no estoy sola que todas estas en igual pena están por símil culpa, y no diré ya más nada. Yo le repuse: Ciacco, tus penurias
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    33 me pesan tanto,que a lagrimear me llaman: pero dime, si lo sabes, ¿En qué han de parar los ciudadanos de la ciudad dividida? Si hay alguno allí que sea justo; y dime la razón que de tan gran discordia esté invadida. Y él a mí: Después de largos debates vendrán a verter sangre, y la parte de la selva expulsará a la otra con gran ofensa. Luego conviene a seguir que esta caiga a los tres soles, y que la otra suba con la fuerza del que por ahora calla. Alta tendrá largo tiempo la frente teniendo a la otra bajo imperio grave, por lo que esta llora y por lo que se afrenta. Justos hay dos, mas no los escucha nadie: Soberbia, envidia y avaricia son tres centellas que guardan los corazones ardiendo. Aquí puso final a su llorosa voz y yo le dije: quiero que más me enseñes, y que de hablar me hagas presente. Farinata y el Tegghiaio, que tan dignos fueron, Jacobo Rusticucci, Enrique y el Mosca, y a otros que a bien hacer se ingeniaron, dime dónde están, y haz que los vea; que me oprime de saber un gran deseo
  • 35.
    34 si el Cielolos endulza o si los pudre el Infierno. Y me dijo: Están entre las almas más negras; diversa culpa los arrastra al fondo: si a tanto desciendes los podrás ver. Mas cuando tú estés en el dulce mundo te ruego que a la memoria de otros me devuelvas; más no te digo, y más no te respondo. Los rectos ojos miraron de reojo, miróme un trecho, inclinó la testa, y cayó de bruces entre los otros ciegos. Y el Conductor me dijo: Ya no ha de levantarse hasta el sonar de la angélica trompeta, cuando venga el poder adverso. Cada uno encontrará su triste tumba, recobrará su carne y su figura, oirá la voz que por la eternidad resuena. Y así cruzamos por la mezcla impura de sombra y lluvia, con pasos lentos, tratando un algo de la vida futura; por donde dije: Maestro, estos tormentos ¿Serán mayores después de la gran sentencia, o se harán menores, y serán tan ardientes? Y él a mí: Vuelve a tu ciencia, que quiere que, cuando la cosa es más perfecta, más sienta el bien, como también la dolencia.
  • 36.
    35 Aunque todas estasmalditas gentes no llegarán nunca a la perfección verdadera, de allá, más que de acá, estar esperan. Giramos en torno de aquel camino, hablando mucho más de lo que digo: llegamos al punto donde se desciende. Allí encontramos a Plutos, el gran enemigo. Canto VII Círculo de los avaros y pródigos. "Pape Satan, pape Satan Aleppe", comenzó Plutos con la voz clueca, y aquel Sabio gentil, que lo conoce todo, dijo para animarme: Que no te inquiete el temor, que, por poder que tenga, no te impedirá que desciendas esta roca. Luego volvióse a aquellos airados labios, y dijo: Cállate, maldito lobo: Consúmete adentro con tu rabia. No sin razón venimos a lo profundo: Quiérese en lo alto, allá donde Miguel tomó venganza de la soberbia tropa. Como por el viento las hinchadas velas caen derribadas cuando el mástil se quiebra, tal cayó a tierra la acerba fiera.
  • 37.
    36 Así bajamos alespacio cuarto acercándonos más a la doliente ribera que el mal del universo todo encierra. ¡Ay justicia de Dios! ¿Nuevos trabajos y penas tanto amontonas, cuantas yo vi? ¿Y por qué nuestra culpa nos destruye así? Como la ola allá sobre Caribdis se estrella contra aquella que le viene en contra, así aquí, forzadas, locas danzan las almas. Aquí más que en otra parte vi mucha gente, que de una banda a la otra con aullidos grandes, con el pecho se arrojaban enormes cargas: Se golpeaban uno al otro, y de allí luego, cada uno volviéndose, recomenzaba atrás, gritando: ¿Por qué acaparas? ¿Por qué derrochas? Así rondaban por el tétrico anillo desde un opuesto al otro extremo, siempre gritando el injurioso estribillo. Después, alcanzado el medio giro, volvía cada uno por nueva justa. Y yo que el corazón compungido tenía dije: Maestro mío, hazme saber qué gente es esta, y si son clérigos los tonsurados aquí a la izquierda.
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    37 Y él amí: Todos estos fueron tan miopes de la mente, que en la vida anterior ningún gasto hicieron con mesura. Así su voz a ellos clara los declara: cuando llegan a los dos puntos del cerco que de la culpa contraria los separa. Estos fueron clérigos, los que tienen la coronilla pelada en la cabeza, y Papas y Cardenales, a quienes de la avaricia los doblegó la soberbia. Y yo: Maestro, entre estos tales debiera yo reconocer bien a algunos, que fueron inmundos de estos males. Y él a mí: Adunas pensamientos vanos: La villana vida que los hizo deformes, a reconocerlos hoy los hace oscuros; eternamente se darán de cornadas; resurgirán estos del sepulcro con el puño cerrado y estos otros con la crin rapada. Mal dar y mal guardar, del bello mundo los ha privado, y metido los ha en esta guerra; que ya no hace falta más decir cuál sea. Ahora, hijito mío, mira cuán breve es la vida de los bienes encomendados a la Fortuna, por los que tanto la gente se engríe y se disputa, que todo el oro que hay bajo la Luna
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    38 y que yahubo, de estas almas fatigadas no podría sosegar a ninguna. Maestro, le dije, dime todavía: Esta Fortuna de que me hablas, ¿Cómo es que los bienes del mundo tiene tan entre las garras? Y él a mí: ¡Oh locas criaturas, cuánta es la ignorancia que os ofende! Quiero que mi sentencia engullas: Aquel, cuyo saber todo trasciende, hizo los Cielos, les dio quien los conduzca de modo que por toda parte esplenden, distribuyendo la luz igualitariamente: en forma semejante, del esplendor mundano ordenó una ministro y conductora general, que permutara a su tiempo los bienes vanos, de pueblo en pueblo, de una a otra sangre, por sobre los intentos del criterio humano. Por donde una nación impera y otra languidece, conforme al juicio de ella, que oculta está como el áspid en la hierba. Vuestro saber no se compara al de ella: Ella procura, juzga y continúa su reino, como cada dios el suyo. Sus permutaciones no tienen tregua;
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    39 necesidad la obligaa ser veloz, y así es común que una a otra suceda. Esta es aquella que es crucificada por quienes ya debieran alabarla, maldiciéndola sin razón y a malas voces. Pero ella es feliz consigo y no las oye: con las otras primas criaturas siempre alegre, gira su esfera, y bienaventurada goza. Ahora pues a mayor dolor descendamos: que caen todas las estrellas que al empezar surgían, y está prohibido el mucho demorarse. Atravesamos del círculo a la otra ribera, sobre una fuente hirviente, y que vierte en un arroyo que de ella deriva. El agua era muy oscura sin ser negra, y nosotros, en compañía de las ondas brunas, fuimos bajando por una inusitada vía. En un pantano viértese, el llamado Éstige, regato triste, cuando ha descendido al pie de las malignas playas grises. Y yo, con la mirada intensa, fangosa gente vi en aquel pantano, desnudas todas y con semblante airado. Se castigaban no con palmadas mas a cabezazos, pechadas y patadas,
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    40 mordiéndose a dentadas,pedazo a pedazo. El buen Maestro dijo: Hijo ahora mira las almas de aquellos a quienes venció la ira: y quiero que por cierto creas, que bajo el agua hay gente que suspira, y borbotean esta agua que está arriba, como el ojo te dice, a donde gire. Inmersos en el limo dicen: Tristes fuimos, bajo el aire dulce que del Sol se alegra, llevando adentro un amargado humo: Ahora nos apenamos en este negro cieno. Este himno barbotaban en el garguero porque hablar no pueden con palabra entera. Así en derredor de la fétida poza fuimos girando entre la seca orilla y el fango mirando atentamente a los que engullen barro; y llegamos finalmente al pie de una torre. Canto VIII Llegada a la ciudad de Dite y oposición de los demonios. Digo pues, continuando, que mucho antes de llegar al pie del alta torre, nuestros ojos se fueron arriba hacia la cima, por dos llamitas que allí veíamos brillar
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    41 y una aotra de lejos mandar señas, tanto que apenas podía la vista apartar. Y, vuelto al mar de todo sabio aviso le dije: ¿Qué dice este fuego y qué responde aquel otro? ¿y quiénes lo hacen? Y él a mí: Por sobre las sucias ondas, ya puedes atisbar lo que se espera si el humo del pantano no lo esconde. Cuerda no despidió de sí jamás saeta que corriera tan veloz en el aire suelta, como vi yo a una nave pequeñita venir hacia nosotros por el agua aquella, gobernada por sólo un piloto que gritaba: ¡Haz llegado al fin alma perversa! ¡Flegias, Flegias, mi señor le dijo, esta vez gritas en vano! Más no nos tendrás sino es pasando el lodo. Como aquel que un gran engaño percibe le ha sido hecho, y luego se lamenta, tal hizo Flegias, conteniendo la ira. Mi Conductor descendió en la barca y luego me hizo entrar al lado suyo, mas sólo, cuando yo entré, sufrió la carga. Luego que el Conductor y yo en el leño fuimos se fue la antigua proa cortando
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    42 el agua, másque cuando a otros lleva. Mientras surcábamos la corriente muerta, ante nosotros se alzó uno de fango lleno, y dijo: ¿Quién eres tú que vienes antes de hora? Y yo a él: Así vengo, no me detengo, pero tú que estás tan sucio ¿quién eres? Respondió: Mira que soy uno que llora. Y yo a él: Con el llorar y con el luto quédate, espíritu maldito, que te conozco aunque estés todo enlodado. Extendió entonces las manos al leño: pero el Maestro lo rechazó advertido diciendo: ¡Vete de aquí con los otros perros! Después el cuello me ciñó su brazo, besóme el rostro y dijo: Alma indignada bendita aquella que de ti fue encinta. En el mundo este fue persona orgullosa, bondad no hay suya que alguien recuerde: por eso está aquí tan furiosa su sombra. ¡Cuántos creen allá arriba ser grandes reyes, que aquí estarán, como cerdos en el barro, dejando tras de sí horribles infamias! Y yo: Maestro, estoy muy deseoso de verlo sofocado en esta sopa antes que nos salgamos de este lago.
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    43 Y él amí: Antes de que la orilla se deje ver de ti, serás saciado: es justo que de tal deseo goces. Entonces pude ver cuál estropicio de él hicieron las fangosas gentes, que aún a Dios alabo y agradezco. Todos gritaban: "¡Ea Felipe Argenti!"; y el florentino espíritu irritable él mismo se hincaba con los dientes. Allí lo dejamos, que más no cuento: pues al oído me llegó un lamento que me forzó a mirar atentamente hacia adelante. El buen Maestro dijo: Ahora hijito mío se acerca la ciudad de nombre Dite, de pesados ciudadanos, grandes escuadras. Y yo: Maestro ya sus mezquitas bien adentro de este valle veo, bermejas, como si del fuego salidas fueran. Y él me dijo: El fuego eterno que les arde adentro, las muestra rojas, como tú puedes ver en este bajo infierno. Al fin llegamos adentro de las altas fosas, que vallan esa desolada tierra: pensé que de hierro fueran los muros.
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    44 No sin rondarun giro grande primero venimos al lugar donde con fuerza el remero ¡Salid, nos gritó, esta es la entrada! Vi a más de mil sobre las puertas del cielo llovidos, que irritadamente decían: ¿Quién es este que sin la muerte va por el reino de la muerta gente? El sabio Maestro mío, hizo ademán de querer hablarlos en secreto. Abatieron un poco su gran desprecio y dijeron: Ven tú sólo, y que aquel se vaya, que así de osado entró en este reino. Que se vuelva solo por la demente vía: Pruebe si sabe; tú haz de quedarte aquí, que fuiste su escolta en comarca tan sombría. Piensa, lector, cómo quedé desconsolado las malditas palabras oyendo, que ya descreía de poder regresar nunca. ¡Oh amado Conductor mío, que más de siete veces me has devuelto a seguro, y de peligros grandes me has librado en los que estuve! No me dejes, dije, así deshecho: que si el más andar se nos niega volvamos raudos sobre nuestros pasos. Y aquel Señor que allí me había llevado
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    45 me dijo: Notemas, que nuestro paso nadie impedirlo puede: del tal nos fue dado. Mas aquí espérame, y el espíritu perdido conforta y alimenta de esperanza buena, que no te dejaré en el mundo bajo. Y así se va, y allí mismo me abandona el dulce Padre, y yo quedé en la incierta duda, que el sí y el no en la mente me combaten. Oír no pude lo que a ellos dijo: mas no estuvo con ellos mucho tiempo, que adentro todos a seguro se metieron. Cerraron nuestros adversarios las puertas ante el pecho de mi Señor, que quedó afuera, y volvió hacia mí con lentos pasos. Bajos los ojos y las cejas sin osadía llevaba, y entre suspiros decía: ¿Quién me ha negado a las dolientes casas? Y a mí me dijo: Tú, porque irritado me ves no te inquietes, que venceré la prueba, fuese quien fuese el que la prohibición opuso. Esta insolencia no es nueva que ya la usaron ante una secreta puerta que aún sin cerradura se encuentra. Sobre ella has visto ya la escritura muerta: Pero más acá de ella descendiendo el camino,
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    46 viene por loscírculos sin escolta, uno por quien se nos abrirá la puerta. BAJO INFIERNO Canto IX Aparición de las Erinias. Episodio de la Gorgona. Aquel color que el temor mostró en mi rostro al ver atrás mi Conductor volverse, restringió muy rápido él en el suyo. Atento como hombre a la escucha se detuvo; porque el ojo era incapaz de divisar muy lejos por la espesa niebla y por el aire negro. Mas a nosotros corresponderá la victoria, comenzó él: si no... así nos fue prometido. ¡Oh cuánto tarda en llegar el otro! Bien percibí yo como él cubriera su comenzar con lo que después dijo, que fueron palabras de lo anterior diversas. Mas con todo su decir pavor me indujo, porque pensaba que sus palabras truncas de peor sentido eran del que él les diera. ¿A este fondo de este triste abismo bajó nunca alguno del grado primero,
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    47 cuya sola penaes la esperanza ida? Esta pregunta le hice yo a él: Raro es que alguno, me repuso, vaya por el camino por el que ahora voy. Verdad es que hubo otra vez cuando aquí vine por conjuro de la Erictón cruda, que convocaba las sombras a sus cuerpos. Poco hacía que de mí la carne fuera nuda que me hizo ella traspasar tras este muro para sacar a un espíritu del círculo de Judas. Ese es el lugar más bajo y más oscuro que más lejos está del Cielo que gira el todo. Bien sé el camino: pero quédate seguro. Este pantano que expira tal hedor ciñe en derredor a la ciudad doliente, al que entrar ya no podremos sin ira. Y otras cosas dijo, que ya no tuve en mente, porque el ojo habíame atraído todo entero la alta torre de cumbrera ardiente. Salieron súbito de allí rápidamente tres furias infernales tintas de sangre de miembros y de gestos femeninos; verdísimas hidras las ceñían: sierpes y cerastas eran sus crines que las feroces sienes restringían.
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    48 Y aquel quebien conocía a las sirvientes de la reina del eterno llanto: Observa, me dijo, las feroces Erinias. Esta es Megera la del siniestro lado; aquella que a la derecha llora es Alecto Tisífona está en el medio, y callóse un tanto. Con las uñas lascerábanse ellas el pecho; con las manos se golpeaban y tan alto gritaban que de miedo me estreché al Poeta. Venga Medusa: a que así lo hagamos piedra, decían todas mirando abajo; que mal del asalto de Teseo nos vengamos. Vuélvete atrás, y cúbrete los ojos; que si sale la Gorgona y tú la vieras ya no podrías volver nunca arriba. Así dijo el Maestro; y volvióme él mismo, y no confiando en mis manos me los cerró aún con las suyas. ¡Oh vosotros que tenéis el intelecto sano mirad la doctrina que se esconde bajo el velo de los versos extraños! Y ya venía subiendo por las fangosas aguas un alboroto de espantoso sonido que hacía temblar a las orillas ambas;
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    49 a la manerade un viento que, impetuoso por adversos ardores, hiere a las selvas, y sin tregua alguna las ramas rompe, abate y arroja afuera: y adelante polvoriento va soberbio, y las fieras ahuyenta y los pastores. Liberóme pues los ojos y dijo: Alza arriba el nervio de tu rostro tras aquella espuma antigua allá por donde el humo es más acerbo. Como las ranas ante la enemiga culebra por el agua se disparan todas hasta que en el cieno cada una se encierra; vi yo más de mil almas destruidas huir así ante el paso de uno que el Éstige cruzaba a pie enjuto. Apartábase del rostro aquel aire espeso extendiendo a menudo adelante la siniestra; se veía que de sólo aquel pesar cansado estaba. Bien comprendí que era del Cielo mensajero y volvíme al Maestro, que me hizo seña de quedarme quieto, y de inclinarme ante él. ¡Ah cuán parecióme de desprecio lleno! Vino ante la puerta y con una varilla la abrió, sin encontrar resistencia. ¡Oh arrojados de Cielo, despreciable gente!
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    50 así comenzó sobreel horrible umbral, ¿Cómo esta vuestra arrogancia persevera? ¿Por qué recalcitráis contra aquella voluntad que nunca de su intento pudo ser movida y que muchas veces os aumentó la pena? ¿De qué sirve cocear contra el destino? Vuestro Cerbero, si bien os recordaís, por ello tiene aún pelados el mentón y el cuello. Luego volvióse por la sucia calle sin decirnos nada; mas mostró apariencia de hombre que otro cuidado más ciñe y acucia, que aquel que es de quien tiene delante. Y nosotros movimos los pies hacia la tierra, seguros tras las palabras santas. Adentro entramos sin ninguna guerra: y yo que de mirar tenía deseo la condición que tal baluarte encierra, no bien estuve adentro, el ojo en torno envio: y veo a todos lados un gran campo de dolor lleno y de cruel tormento. Como en Arles, donde se estanca el Ródano, como en Pola cerca del Quarnero, que Italia cierra y sus confines baña, los sepulcros dan al campo variado aspecto: así era aquí por todos partes,
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    51 salvo en elmodo que era más amargo; porque entre las tumbas había llamas esparcidas, por ellas tan por completo inflamadas más que lo fuera nunca fierro en una fragua. Todas sus losas en sus puntales se alzaban, y de allí salían durísimos lamentos que bien parecían de míseros y atormentados. Y yo: Maestro, ¿quiénes son estas gentes que sepultados en estas arcas sus suspiros dejan oír dolientes? Y él a mí: Son heresiarcas con sus secuaces, de toda secta, y muchas más son las tumbas que no creyeras pobladas. Igual con igual aquí están sepultos y unas tumbas son más calientes que otras. Y después que a la derecha se volviera, pasamos entre los martirios y los altos muros. Canto X Explicaciones de Virgilio acerca de las tumbas abiertas. Entonces se fue por una estrecha calle entre el muro del lugar y los martirios, mi Maestro, y yo tras sus espaldas.
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    52 ¡Oh virtud suma,que por los impíos giros me conduces, comencé, como te place, háblame, y mis deseos satisface! La gente que en los sepulcros yace ¿podráse ver? Ya están alzadas todas las losas, y no hay quien guarde. Y él me dijo a mí: Todas quedarán cerradas cuando de Josafat a este lugar regresen con el cuerpo que allá arriba dejaron. Su cementerio en esta parte tienen, con Epicuro, todos sus secuaces que el alma con el cuerpo morir hacen. Pero a la pregunta que me haces aquí dentro satisfecho serás luego, y aún del deseo que tú me callas. Y yo: Buen Conductor, si no he abierto a ti mi corazón es por hablar poco; que a ello antes de ahora me has dispuesto. ¡Oh Toscano, que por la ciudad del fuego transcurres vivo hablando honestamente, plúgate detenerte aquí en este sitio. Por tu parla es claro y manifiesto que en aquella noble patria habéis nacido, a la cual tal vez fui asaz molesto. Esta voz surgió súbitamente
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    53 de una delas arcas: y yo me arrimé, temiendo, un poco más al Conductor mío. Y él me dijo:¡Vuélvete! ¿Qué haces? Míralo a Farinata que allí erguido, lo verás de la cintura arriba entero. Había ya fijado mi vista en su mirada: y él se erguía del pecho y de la frente como teniendo al Infierno en gran desprecio: Y las animosas manos de mi Conductor prestas fueron a impulsarme hacia él entre las tumbas, diciendo: Que tus palabras sean claras. Cuando al pie de su tumba junto estuve, miróme un poco, y luego como desdeñoso me preguntó: ¿Quiénes tus mayores fueron? Yo, que de obedecer era deseoso, no le oculté, más se lo dije todo: por donde las cejas alzó un poco; luego dijo: Ferozmente adversos fueron a mí, a mis padres y a mi partido, tanto que por dos veces los eché dispersos. Si los echaste, de todas partes volvieron, le respondí, una y otra ambas las veces; arte que los vuestros nunca bien aprendieron. Entonces surgió a la vista descubierta una sombra junto a él, hasta la barba:
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    54 creo que derodillas se alzaba. Miraba en torno mío, como teniendo deseo de saber si alguien era conmigo; y después de extinguidas sus sospechas llorando dijo: Si vas por esta ciega prisión por gracia de alto ingenio, mi hijo ¿Dónde está? ¿Y porqué no va contigo? Y yo a él: Por mí solo no vengo; aquel, que allá espera, llévame por aquí; a quien tal vez tu Guido tuvo en desprecio. Sus palabras y el modo de su castigo me habían hecho sospechar su nombre: por eso la respuesta fue tan clara. De pronto irguiéndose gritó: ¿Cómo dijiste? ¿Tuvo? ¿Es que no vive todavía? ¿No hieren sus ojos la dulce luz del día? Cuando advirtió cierta demora que postergaba la respuesta, cayó de bruces y ya no apareció más fuera. Mas aquel otro magnánimo, a cuyo lado me había quedado, no mudó de aspecto, no movió el cuello, no inclinó el cuerpo. Y así, continuando lo primero, Si aquel arte, dijo, mal aprendido, guardan, eso más me atormenta que este lecho.
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    55 Mas no serácincuenta veces alumbrado el rostro de la mujer que aquí reina que tú sabrás cuánto aquel arte pesa. Y si tal vez al dulce mundo vuelves, dime ¿Por qué aquel pueblo es tan impío en contra mía en cada una de sus leyes? Por donde yo a él: El estrago y la matanza que dejó al Arbia teñido de rojo, tal sentencia provoca en nuestro templo. Luego que suspirando sacudiera la cabeza: No estuve solo, dijo, ni por cierto no sin razón con los otros me mantuve: Mas yo fui el único, cuando aprobaron todos arrasar toda Florencia, que a defenderla estuve a rostro manifiesto. ¡Ah, que repose alguna vez vuestra simiente! le dije, mas resuélveme este nudo, en el que está enredado mi sentido. Pues parece que tu vieras, si bien oigo, adelante a lo que el tiempo traerá consigo, aunque ves el presente de otro modo. Vemos nosotros como el que tiene poca luz, las cosas, dijo, que están lejanas; como tanto aún nos alumbra el sumo Jefe;
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    56 cuando se aproximano son, es todo vano nuestro intelecto; y si nadie nos ilustra nada sabemos de vuestro estado humano. Por donde podrás ver, que enteramente muerto estará nuestro saber en aquel punto cuando del futuro quede cerrada la puerta. Entonces como de mi culpa compungido, dije: Dirás entonces a ese que ha caído que su progenie está aún junto a los vivos. Y si yo estuve en la respuesta mudo hazle saber que así lo hice, porque pensaba en el error que tú me has resuelto. Pero ya mi Maestro reclamaba que rogara al espíritu más prestamente a que dijera quienes con él estaban. Díjome: Con más de mil aquí yazgo, aquí adentro está el segundo Federico y el Cardenal, de los demás me callo. Se ocultó entonces, y yo al antiguo Poeta volví los pasos, repensando en ese hablar que parecía enemigo. El se movió, y después así andando me dijo: ¿Por qué estás tan confuso? Y yo le satisfice su demanda. Que tu mente conserve lo que ha oído
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    57 en contra tuya,me recomendó aquel Sabio, y ahora atiende a esto: y levantó el dedo. Cuando estés delante del dulce rayo de aquella, cuyos bellos ojos lo ven todo, de ella sabrás de tu vida el viaje. Luego su pie volvió a la izquierda: el muro dejamos, y fuimos hacia el medio por un sendero que a un valle lleva, que hasta aquí arriba exhalaba su hedor. Canto XI Topografía del infierno descrita por Virgilio. Por el extremo de un alto risco de grandes piedras rotas en círculo, arribamos a una más cruel caterva: y allí, por el ultraje horrible de la fetidez que el profundo abismo arroja, nos abrigamos detrás de la cubierta de un gran sepulcro, donde vi una escritura que decía: A Anastasio Papa encierro, a quien Fotino arrastró del camino recto. Nuestro descenso conviene que sea tardo, para que antes se habitúe un poco el sentido
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    58 al triste hedor,y luego ya no haya que guardarse. Así el Maestro; y yo: Alguna compensación, le dije, busca para que el tiempo no se pierda en vano; y él: En eso pienso. Hijito mío, en medio de estas rocas, comenzó a decir, hay tres menores círculos de grado en grado, como los que has dejado. Todos están llenos de espíritus malditos: Pero para que después te baste la vista , entiende cómo y porqué están así circunscritos. De toda maldad que al odio el cielo excita la injuria es el fin, y todo tal propósito con fuerza o con fraude a otro contrista. Mas como defraudar es propio mal del hombre, más desplace a Dios: por eso más abajo están los fraudulentos, y mayor dolor los acosa. De los violentos es todo el primer círculo; mas como se violenta a tres personas, en tres recintos fue dividido y construido. A Dios, a sí, al prójimo, se pone violencia, digo en la persona y en sus cosas, como oirás con abiertas razones. Muerte violenta y heridas dolorosas en el prójimo se dan, y en sus haberes ruinas, incendios y rapiñas dañosas:
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    59 por donde ahomicidas y a todo el que mal hiere, devastadores y ladrones, a todos atormenta el primer recinto en diversas legiones. Puede el hombre en sí poner mano violenta y en sus bienes: y por eso en el segundo recinto conviene que sin provecho se arrepienta cualquiera que se priva de vuestro mundo, juega y disipa su fortuna, y llora allí donde debería estar jocundo. Puédese violentar a la Deidad, en el corazón negando o blasfemando de ella, y despreciando la naturaleza y su bondad: por eso el menor recinto marca con fuego su sello a Sodoma y a Cahors y a quien, de corazón, habla en desprecio de Dios. Con el fraude, que a toda conciencia hiere, puede el hombre abusar de quien confía, y de quien a la confianza no da albergue. En este modo segundo, parece que aún mata el vínculo de amor que la naturaleza crea; por donde en el círculo segundo anida hipocresía, adulación y hechicería, falsedad, latrocinios, simonía, rufianes, truhanes y similares inmundicias.
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    60 En el primermodo, aquel amor se olvida que la natura crea, y lo que después de agrega, de lo cual la fe especial se cría: y así en el círculo menor, donde está el centro del universo, sobre el que se asienta Dite, todo traidor eternamente se consume. Y yo: Maestro, bien claramente procede tu razón, y muy bien distingue a este báratro y al pueblo que contiene. Pero dime: los de aquel pantano cenagoso, que arrasa el viento, y la lluvia azota y se afrentan con tan grandes maldiciones, ¿Por qué no dentro de la ciudad ardiente son castigados, si Dios los tiene en su ira? y si no los tiene, ¿por qué están en la parte aquella? Y él a mí: ¿Por qué tanto delira, dijo, el ingenio tuyo en contra de lo que suele? ¿O es que tu mente hacia otro lado mira? ¿No recuerdas las palabras de las de tu Etica que a fondo trata las tres disposiciones que rechaza el Cielo: incontinencia, malicia y la bestialidad demente? ¿y cómo incontinencia menos ofende a Dios y menor censura gana? Si observas bien esta sentencia,
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    61 y traes ala mente quienes son aquellos que fuera de aquí sostienen penitencia, bien verás porqué de estos felones están separados, y porqué menos penosa la divina venganza los martilla. ¡Oh Sol que sanas toda vista conturbada me satisfaces tanto cuando así esclareces, que, no menos que saber, dudar me agrada! Vuélvete ahora un poco más atrás dije yo, allá donde dijiste que la usura ofende a la divina bondad, y el escollo resuelve. La filosofía, me dijo, a quien la entiende, nota y no sólo en un lugar, cómo la naturaleza su curso prende del divino intelecto y de su arte; y si tú bien tu Física recorres encontraras no lejos de unas páginas que vuestro arte, a él, en cuanto puede, sigue, como al maestro el que aprende, y así vuestro arte de Dios es casi el nieto. De estos dos, si traes a tu mente la Génesis del principio, conviene concordar su vida y avanzar la gente. Y como el usurero otro camino sigue, a la natura en sí, y a su secuaz
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    62 desprecia, pone asíen otra parte su esperanza. Mas sígueme ahora, que apresurarnos me place: ya los Peces se deslizan sobre el horizonte, y todo el Carro sobre el Coro yace, y el promontorio un poco más allá desmonta. Canto XII Los violentos contra el prójimo sumergidos en el río de sangre hirviente. Era el lugar, donde a bajar la cuesta venimos, montañoso, y por quien allí estaba, era tal, que toda mirada le sería esquiva. Como aquella ruina, cuyo flanco de acá de Trento azotó el Adigio, o por terremoto o de base falta, que de la cima del monte, despeñóse, al valle, y allí tal está quebrantada que alguna senda ofrece al que bajara; así por aquel precipicio era el descenso: y en la cumbre de la rota pendiente la infamia de Creta tendida estaba, concebido que fue de falsa vaca; cuando nos vio, se mordió a sí mismo como aquel a quien la ira por dentro atrapa.
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    63 Mi Sabio alverlo le gritó: ¿Por ventura crees que está aquí el duque de Atenas, que allá en el mundo te dio muerte? Apártate, bestia, que este no viene amaestrado por tu hermana, sino por ver las penas vuestras. Como el toro rompe el lazo de sus patas cuando el golpe mortal ha recibido, que huir no puede, mas aquí y allá se revuelve, así de igual vi yo volverse al Minotauro, y aquel prudente me gritó: Corre al desfiladero; mientras está furioso, bueno es que bajes. Así nos fuimos por el derrumbe de aquellas piedras, que más se movían bajo mis pies, por la nueva carga. Iba yo pensativo y me dijo: Tú piensas tal vez en esta ruina que está guardada por aquella ira bestial por mi vencida. Quiero ahora que sepas, que la otra vez que descendí yo allá, al bajo infierno, esta roca aún no estaba cascada. Mas ciertamente poco antes, si bien discierno, que Aquel viniera, que la gran presa arrebató a Dite del círculo superno,
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    64 por todas partesel alto valle hediondo tembló tanto que yo pensé que el universo sintiera amor, por lo cual hay quien crea que muchas veces el mundo volvió al Caos; y en aquel punto esta vieja roca revuelta fue aquí y en otras partes. Mas fija los ojos abajo, que se acerca el río de sangre, en el que hierve todo el que por violencia a otro daña. ¡Oh ciega avidez!, ¡Oh loca ira, que tanto nos acucia en la corta vida, y en la eterna luego a tanto nos inmola! Vi entonces una amplia fosa en arco conformada como corona que todo el llano abraza, como me había dicho mi escolta: y entre el pie de la roca y ella, en hilera corrían Centauros armados de saetas como solían en el mundo salir de caza. Viéndonos callar, se detuvieron, y tres se separaron de la hilera ya con arcos y flechas preparados: y uno gritó de lejos: ¿A qué martirio venís vosotros, los que bajáis la cuesta? Decidlo ahora, o el arco suelto. Mi Maestro dijo: La respuesta
  • 66.
    65 a Quirón sela daremos, aquí y de cerca: funesta fue siempre tu precipitada osadía. Después me tocó y dijo: Aquel es Neso, el que murió por la bella Deyanira, y él mismo, de sí mismo, creó venganza. Y aquel del medio que el pecho se mira, es el gran Quirón, nutricio de Aquiles: aquel otro es Folo, que fue tan lleno de ira. En torno al foso van de a miles asaeteando a las almas que se salen de la sangre más de lo que su culpa tolera. Nos acercamos a aquellas ágiles fieras: Quirón tomó una flecha, y con la contera echó las barbas detrás de sus quijadas. Descubierta entonces la enorme boca dijo a sus colegas: ¿Os habéis dado cuenta que el de atrás mueve todo lo que toca? Así no hacen los pies de los muertos. Y mi buen Maestro que hasta el pecho le llegaba donde las dos naturalezas se conciertan, repuso: Sí, que está vivo, y yo solamente debo mostrarle el sombrío valle: necesidad lo lleva, y no placer. Una que interrumpió su aleluya fue la que me encomendó este oficio nuevo:
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    66 No es élladrón, ni yo alma ratera. Mas por aquella virtud, por la cual muevo mis pasos por tan salvaje senda, danos uno de los tuyos por compañero que nos indique un lugar de paso y que a éste en las ancas lleve, que no es espíritu que por el aire vuele. Quirón se volvió a la derecha tetilla y dijo a Neso: Ve y así los guía y hazlos transar si se os opone otra tropa. Nos movimos con la escolta adicta por el largo de la bermeja orilla, donde chillaban los que allí hervían. Vi gente sumergida hasta las cejas; y el gran Centauro dijo: Estos son tiranos que de la sangre vivieron y del poseer robado. Aquí se lloran los despiadados daños; ved allí a Alejandro y al Dionisio fiero que vivir hizo a Sicilia dolorosos años. Y aquella frente de pelo tan negro es Azzolino; y aquel otro que es rubio es Obezzo de Este, que de verdad fue muerto por su hijastro allá en el mundo. Entonces me volví al Poeta el cual me dijo: que éste te valga ahora primero y yo segundo.
  • 68.
    67 Un poco másallá el Centauro se detuvo cerca de una gente que hasta la garganta salir de aquel hervidero se veían. Nos mostró una sombra apartada y sola diciendo: Hirió este en el regazo de Dios al corazón que en el Támesis aún se honra. Después vi gente que fuera del río sacaban la cabeza y aun todo el pecho: y de estos reconocí a muchos. Y así poco a poco se hacía menos profunda aquella sangre que ya sólo los pies cocía; y allí fue de aquel foso nuestro paso. Así como de esta parte tú contemplas que el caldo hirviente va disminuyendo, dijo el Centauro, quiero que sepas que en esta otra orilla más y más hunde su fondo hasta que al final llega a aquel punto donde concierne que la tiranía gima. La divina justicia allí castiga al que de la tierra fue flagelo, Atila, y a Pirro y Sexto; y eternamente exprime lágrimas por el hervor derramadas, a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que en los caminos hicieron tanta guerra.
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    68 Entonces se volvióy repasó el vado. Canto XIII Los violentos contra sí mismos. No había aún de allá llegado Neso, cuando nos metimos en un bosque no señalado por sendero alguno. No verdes frondas, más de color oscuro, no rectas ramas, sino nudosas y enredadas, no había frutas, sino espinas venenosas. Ni en tan ásperos bosques moran, ni en tan espesos, aquellas fieras salvajes que aborrecidos tienen los cultivados campos entre Cecina y Corneto. Aquí su nido hacen las tétricas Arpías, que de las Estrofíades echaron los Troyanos, con triste anuncio de futuros daños. Alas tienen anchas, y cuello y rostro humanos, pies con garras, y el gran vientre emplumado: lanzan lamentos sobre los árboles extraños. Y el buen Maestro: Antes que más te adentres, sabe que te hallas en el segundo recinto, comenzó a decirme, y aquí estarás,
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    69 hasta que veasel arenal horrible. Por tanto atento mira, y así verás cosas que darán fe de mis palabras. De todos lados oía gemidos y no veía a nadie que gimiera: por donde temeroso me detuve. Yo creo que él pensaba que yo creía que tantas voces, de la espesura, eran de gentes que de nosotros se ocultaban. Sin embargo, dijo el Maestro, si quiebras de una de estas plantas una rama, la idea que tienes verás que es errada. Extendí entonces la mano hacia adelante y una ramita cogí de un gran endrino: y su tronco gritó: ¿Por qué me quiebras? Quedó entonces de oscura sangre teñido y volvió a gritarme: ¿Por qué desgarras? ¿No tiene tu espíritu piedad alguna? Hombres fuimos y ahora nos han hecho plantas: bien debería ser más piadosa tu alma aunque fuéramos de sierpes almas. Como el tizón verde, que encendido en un extremo, por el otro gotea, y chilla en el soplo que arroja fuera, así del leño aquel brotaban juntas
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    70 sangre y palabras:así dejé caer la rama, y me detuve como el que teme. Si éste hubiera podido creer primero, repuso el Sabio mío, ¡Oh alma herida!, lo que antes había visto en mis rimas, no habría hacia ti alargado el brazo; mas lo increíble de la cosa hízome inducirlo a obrar, lo que a mí mismo pesa. Mas dile quien tú fuiste, que así por manera de enmienda, tu fama refresque allá en el mundo, a donde tornar puede. Y el tronco: Si con dulces palabras me llevas, callar no puedo; a vosotros que no os pese porque un poco a razonar me entretenga. Yo soy aquel que tuvo las dos llaves del corazón de Federico, y que las giré abriendo y cerrando tan suave, que de su confianza a todo hombre aparté: mi fidelidad puse en aquel glorioso oficio, tanta que allí perdí venas y pulsos. La meretriz, que no apartó nunca del palacio de César sus ojos putos, peste común, y de las cortes vicio, enardeció en contra mía todas las almas, y los enardecidos enardecieron tanto a Augusto,
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    71 que el felizhonor tornaron en triste luto. Mi espíritu por desdeñoso gusto, creyendo en el morir huir el desprecio, injustamente en contra mía me hizo justo. Por las nueve raíces de este leño os juro que jamás falté a la confianza de mi señor, que fue de honor tan digno. Y si alguno de vosotros al mundo vuelve, reafiance mi memoria, que aún yace bajo el golpe que le dio la envidia. Esperó un poco el Poeta y luego: Puesto que calla, me dijo, no te demores; mas háblale y pregúntale, si más te place. Y yo a él: Pregúntale tú ahora de lo que creas que más me satisfaga; que no podré yo: tanta piedad me adolora. Entonces comenzó: Si cumplimos contigo liberalmente lo que tu pedido ruega, espíritu encarcelado, que aún te plazca decirnos como el alma se amarra en estos nudos; y dime si puedes si alguna nunca de tales miembros se suelta. Entonces sopló fuerte el tronco, y luego ese viento se hizo voz: Brevemente os daré respuesta.
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    72 Cuando se apartael alma feroz del cuerpo, del que ella misma se arranca, Minos la envía a la séptima fosa. Cae en la selva, sin lugar elegido; mas allí donde la fortuna la lanza, allí germina como semilla de espelta; surge en retoño, y en silvestre planta. Las Harpías luego de sus hojas paciendo, causan dolor, y al dolor dan vía abierta. Como todos, vendremos por nuestros despojos, pero no para que alguno los vista de nuevo: no es justo que el hombre posea lo que se quitó. Aquí los acarrearemos, y en esta triste selva quedarán nuestros cuerpos suspendidos, cada uno del endrino de la sombra tan molesta. Estábamos todavía junto al tronco en espera, creyendo que algo más nos diría, cuando nos sorprendió un rumor, parecido al que venir siente el jabalí y la caza hacia su sitio, que la jauría oyen y el fragor del ramaje. Y luego aparecieron dos del siniestro lado desnudos y lacerados, huyendo tan a prisa que de la selva todas las ramas rompían.
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    73 El de adelante:acude ya, acude muerte. Y el otro que tanto no corría, gritaba: Lano, tan ágiles no tenías las piernas en el torneo del Topo. Y porque falto tal vez de aliento, hizo un cosa de sí y de un arbusto. Detrás de él la selva estaba llena de negras perras, corriendo hambrientas como lebreles que han perdido la cadena. En aquel que se ocultó echaron los dientes y lo despedazaron parte tras parte; y se llevaron luego aquellos miembros dolientes. Me tomó entonces mi escolta de la mano y llevóme hasta el arbusto que lloraba, por las heridas ensangrentadas en vano. ¡Oh Jacobo de san Andrés!, decía, ¿Con qué provecho me tomaste por refugio? ¿Qué culpa tengo yo de tu vida criminal? Cuando el Maestro cerca de él estuvo dijo: ¿Quién fuiste tú que por tantas puntas soplas con sangre doloroso discurso? Y él a nosotros: ¡Oh almas que habéis venido a contemplar el desonesto estrago que a mis tantas frondas de mí ha separado! Recogedlas al pie del triste arbusto.
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    74 Yo fui dela ciudad que por el Bautista trocó su primer patrono: el cual por ello con su arte siempre la tendrá contrista: y si no fuera que en el puente del Arno aún se conserva una imagen suya, los ciudadanos, que otra vez la fundaron de las cenizas que de Atila quedaron, todo su trabajo hubieran hecho en vano. Yo me hice de mi propia casa un patíbulo. Canto XIV Los violentos contra Dios. Condolido por el amor de mi lugar natal, me di a recoger la dispersa fronda y a retornarla a aquel cuya voz desvanecía. De allí llegamos al confín donde se parte el segundo recinto del tercero, y donde se ve de la justicia horrible arte. A bien manifestar las cosas nuevas, digo que llegamos a un áspera llanura de cuyo manto a toda planta destierra. La dolorosa selva le es guirnalda
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    75 en torno, comoel triste foso a aquella; detuvimos el paso allí, al borde mismo de la playa. El espacio era un arena árida y espesa, semejante a aquella otra que fue del pie de Catón hollada. ¡Oh venganza de Dios, cuánto debes ser temida por todo aquel que lee lo que entonces apareció a mis ojos! De almas desnudas vi un gran rebaño llorando todas juntas miserablemente, y al parecer sujetas a diversas leyes. Supinas yacían en tierra algunas gentes, sentadas otras en total encogimiento, y otras caminaban continuamente. Las que giraban de continuo eran mayoría y menos las que yacían bajo el tormento aunque el dolor más la lengua les soltaba. Por todo el arenal, en forma lenta, llovían grandes copos de fuego, como cae la nieve en la montaña si no hay viento. Como Alejandro en aquellas ardientes tierras de la India vio sobre su ejército caer llamas que en el suelo firmes yacían, por lo que mandó pisotear el suelo a la tropa, pues los febriles efluvios
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    76 separados mejor seextinguían, tal descendía el sempiterno ardor; y así la arena ardía, como yesca bajo el pedernal, y duplicaba el dolor. Sin reposo nunca era la loca danza de las miserables manos, aquí y allá apartando de sí el renovado calor. Y comencé: Maestro, tu que venciste todo, salvo aquellos duros demonios que a la entrada nos hicieron frente, ¿Quién es aquel grande que al parecer no cura del incendio, y yace retorcido y desdeñoso como si no lo hiriera la lluvia? Y aquel mismo percatado que de él yo a mi Guía preguntaba gritó: Como vivo era, tal soy muerto. Si fatigara Jove a su herrero de quien atormentado tomó el agudo rayo con el que en mi último día fui azotado; o si fatigara a los otros día tras día del Mongibelo de hocicos negros, clamando “Buen Vulcano, ayúdame, ayúdame!”, así como en la pelea de Flegra hiciera y me clavara saetas con su fuerza entera: aun así no obtendría de mí una feliz victoria.
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    77 Entonces el lídermío habló con tal vehemencia como yo nunca con tanta fuerza lo había oído: Oh Capaneo, en lo mismo que no se amengua tu soberbia, está tu castigo; ningún martirio, fuera de tu misma rabia, sería a tu furor dolor cumplido. Luego volvióse a mí con mejor labia diciendo: Ese fue uno de los siete reyes que asediaron Tebas; y tuvo y aún tiene a Dios en desprecio, y no parece que ruegue; pero, como a él le dije, sus despechos son en su pecho una bien debida llaga. Ahora ven detrás mío, y nuevamente cuida de no poner los pies sobre la ardiente arena; mas cuida del bosque tener los pies al borde. Callados fuimos allá donde brotaba fuera del bosque un breve riachuelo cuya rojez todavía me horripila. Cual del Bulicame sale un arroyuelo que comparten entre si las pecadoras, tal por la arena allá corría su curso. Su fondo y ambas sus orillas eran de piedra, y las márgenes alzadas, por lo que comprendí que por allí el paso era franco.
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    78 Entre todas lascosas que te he enseñado, desde que por aquella puerta ingresamos cuyo umbral a nadie le es negado, tus ojos no han visto cosa alguna más notable como el presente río, que sobre sí todas las llamas amortigua. Estas palabras fueron de mi Conductor y entonces le rogué que me entregara el alimento del que entregado el hambre ya me había. En medio del mar hay un arruinado país, dijo él entonces, llamado Creta, bajo cuyo rey ya fuera el mundo casto. Tiene una montaña antaño feliz en aguas y en verde fronda, llamada Ida, y que hoy está yerma como una cosa vieja. Rea la hubo elegido como segura cuna de su hijito, y por mejor celarlo, cuando lloraba, que dieran gritos hacía. Dentro del monte yérguese en pie un anciano que hacia Damiata vuelta tiene la espalda y a Roma mira como a su espejo. Su testa de fino oro está formada y de pura plata brazos y pecho, luego es de bronce hasta la entrepierna; de allí hasta abajo es de fino hierro,
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    79 salvo que deterracota es el pie derecho; se apoya en éste, más que en el otro, erecto. Cada parte, excepto el oro, está rota en una fisura de donde lágrimas llora que reunidas perforan aquella gruta. Su curso en este valle cae de roca en roca; formando el Aqueronte, el Éstige y el Flegetonte; luego se va por este conducto estrecho, y en fin, allá donde ya más no se desciende, forma el Cocito, y cual sea ese estanque tú lo verás, que aquí nada se cuenta. Y yo a él: Si este reguero derívase así de nuestro mundo, ¿Por qué aflora sólo solamente en esta orilla? Y él a mí: Sabes que este lugar es redondo; y aunque hayas andado mucho, por el siniestro lado siempre hacia el fondo, aún no has dado vuelta por el cerco todo; por donde si alguna cosa nueva te parece, que no haya sorpresa en tu rostro. Y yo aún: Maestro, ¿se encuentra dónde el Flegetón y el Lete? Que del uno callas, y del otro dices estar hecho de esas lágrimas. Tus preguntas cierto me placen todas, repuso, más el hervir del agua roja
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    80 bien debería resolverteuna. Verás el Lete, mas fuera de esta fosa, allá donde a lavarse van las almas y la culpa arrepentida se les trueca. Luego me dijo: Ya de apartarse es la hora del bosque; que vengas tras de mi procura; no estando ardidos, los bordes nos son ruta, y sobre ellos todo el vapor se esfuma. Canto XV Los violentos contra la naturaleza Aparece el monstruo Gerión. Nos lleva ahora una de las duras márgenes: y el humo del arroyo tal niebla les hace que del fuego salva el agua y las orillas. Como los Flamencos entre Gante y Brujas, temiendo las olas que se les avanzan levantan diques para que el mar se aleje; y al igual que los Paduanos a lo largo del Brenta para amparar sus castillos y pueblos antes que el Carentana el calor sienta; de tal manera estas riberas, aunque no eran tan altos ni tan gruesas, cualquiera fuese quien las construyera.
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    81 Ya de laselva nos habíamos alejado tanto que no podía verla desde donde estaba aunque me hubiera vuelto a mirar atrás, cuando de almas encontramos una hilera cada una, viniendo por la ribera, mirándonos como suele en la noche mirarse uno al otro bajo la luna nueva, y para así vernos aguzaban la vista como mira el viejo sastre al ojo de la aguja. Escrutados así por esa tal familia de uno fui conocido, que me tomó por el ruedo y me gritó: ¡Maravilla! Y yo, cuando zafé de su brazo, fijé tanto la vista en su cocido aspecto, que aún a pesar de su abrasado rostro pude reconocerlo en mi intelecto; e inclinando hacia su faz la mía respondíle: ¿Vos aquí, maestro Brunetto? Y él: Hijito mío, no te desplazca si Brunetto Latino contigo un poco se retrasa y deja al tropel que vaya. Y yo le dije: Cuanto pueda os lo ruego; y si queréis que juntos nos sentemos lo haré, si place a aquel que va conmigo. Hijito mío, dijo, si alguno de este rebaño
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    82 hace alto uninstante, luego por cien años queda sin defensa bajo el fuego que lo hiere. Mas sigue adelante, que yo iré a tu lado, y luego alcanzaré a mi manada, que va llorando sus eternos daños. No osaba yo bajar de la orilla para andar a su par; más inclinado el rostro llevaba en gesto deferente. Y comenzó: ¿Qué fortuna o destino antes del último día aquí te trae? y ¿quién es aquel que apunta el camino? Allá arriba, en la vida serena, le respondí, me perdí en un valle antes que mi edad fuera plena. Sólo ayer de mañana le volví la espalda; este me apareció, cuando me volvía al valle, y recondújome aquí por esta calle. Y él a mí: Si sigues tu estrella errar no puedes el glorioso puerto como bien advertí en la vida bella; y si no hubiera tan pronto muerto, viendo el cielo para ti tan benigno, confortado en tu obra yo te hubiera. Pero aquel ingrato pueblo maligno que desciende de Fiésole ab anticuo
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    83 que mucho tienede monte y piedra, será, a causa de tu buen obrar, tu enemigo; y es de razón, porque entre ásperos serbales, no es conveniente disfrutar del dulce higo. Una vieja fama en el mundo los llama ciegos, avara gente, envidiosa y soberbia: de sus costumbres guárdate pulcro. Tu fortuna tanto honor te reserva que unos y otros tendrán hambre de ti; pero que lejos del pico sea la hierba. Hagan las bestias fiesolanas de sí mismas pasto; y que no toquen la planta si aún alguna en su estiércol crezca, de la cual renazca la semilla santa de aquellos Romanos que aún quedaron cuando se hizo nido de malicia tanta. Si plenamente mi deseo se cumpliera le respondí, vos no estaríais todavía de la humana naturaleza puesto fuera; que fijo en la mente guardo, y me contrista ahora, la querida y buena imagen paterna de vos cuando en el mundo, de tanto en tanto, me enseñabais cómo se inmortaliza el hombre: y cuanta gratitud de ello guardo, mientras viva, es necesario que mi lengua lo discierna.
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    84 Lo que narráisdel curso de mi vida grabo, y lo guardo para glosarlo con otro texto a dama que sabrá, si a ella arribo. Solo quiero que os sea manifiesto, para que mi conciencia no reproche, que a la Fortuna, lo que quiera, yo estoy presto. No es nuevo a mis oídos tal presagio: pero gire su rueda como le plazca la Fortuna, y el villano su azada. Mi maestro entonces vuelta su mejilla a la derecha, volvióse y mirándome me dijo: Bien escucha quien lo acota. No obstante continúo hablando con maese Brunetto, y quienes son le pregunto sus compañeros más nobles y famosos. Y me dijo: Saber de alguno es bueno; de los otros mejor será callarse, que a tanta charla el tiempo sería corto. En suma, sabe que son clérigos todos y grandes literatos y de gran fama, de un mismo pecado sucios. Prisciano va con esa turba mezquina, y Francisco de Accorso también; y si de ver esa tiñosa caterva tendrías el deseo
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    85 verás aquel quepor el siervo de los siervos fue trasladado del Arno al Bacchiglione donde dejó sus mal extendidos nervios. Más hablaría, pero el viaje y el sermón alargarse más no puede, porque ya veo surgir nuevo humo del arenal. Vienen gentes con las que estar no deseo, Séate recomendado mi Tesoro en el que vivo todavía, y nada más pido. Volvióse luego, y parecía uno de aquellos que corren en Verona el palio verde en la campiña; y parecía ser de aquellos que ganan, y no de los que pierden. Canto XVI Estaba ya donde se oía el estruendo del agua que caía en el siguiente giro semejante al rumor de las colmenas, cuando juntas tres sombras se apartaron, corriendo, de un tropel que pasaba bajo la lluvia del áspero martirio. Venían a nosotros, y cada una gritaba: Detente, tú, que por el ropaje pareces ser uno de nuestra tierra depravada.
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    86 ¡Ay de mí!Qué plagas vi en sus miembros, recientes y viejas, producidas por las llamas! Todavía me duele de solo recordarlas. A sus gritos mi doctor se detuvo: Volvió su rostro a mí y: Ahora espera, dijo, con estos corresponde ser cortés. Y si no fuera el fuego que asaeta la naturaleza del lugar, yo diría que más a ti que a ellos valdría la prisa. Así que nos detuvimos, recomenzaron ellos el anterior verso; y cuando a nosotros llegaron entre los tres formaron una ronda. Como los campeones solían hacer, nudos y untos, sondear la presa y buscar ventaja, antes de entrar al castigo y al combate, así rondando, cada uno el visaje me dirigía, de modo que contrario al pie el cuello hacía continuo viaje. Si la miseria de este arenoso sitio torna en desprecio a nos y a nuestros ruegos, comenzó uno, y el negro aspecto y lo desnudo, que nuestra fama pliegue tu alma para decirnos quien eres, que los pies vivos por el infierno friegas tan seguro. Este, cuyas huellas perseguir me ves,
  • 88.
    87 por más quedesnudo y excoriado vaya fue de mayor rango de lo que creyeras: fue nieto de la buena Gualdrada, Guido Guerra tuvo por nombre, y en su vida con su talento hizo mucho y con su espada. El otro, que junto a mí la arena pisa, es Tegghiajo Aldobrandini, cuya voz allá en el mundo debería ser agradecida. Y yo, que en cruz con ellos estoy puesto, Jacobo Rusticucci fui, y por cierto mi fiera esposa me dañó más que nadie. Si hubiera estado a cubierto del fuego, abajo me hubiera lanzado entre ellos, y creo que el doctor lo habría sufrido; mas, como yo sería quemado y cocido, venció en mí el miedo al buen anhelo que de abrazarlos me tenía tenso. Después comencé: No desprecio sino pena vuestra condición dentro de mi provoca, tanta que tarde se desvanecerá toda, luego que este mi señor me dijo palabras por las que yo comprendí que tal cual sois, tal era la gente que venía. De vuestra tierra soy, y siempre siempre vuestra obra y los honrosos nombres
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    88 he retenido yescuchado con afecto. Dejo las hieles y voy por las dulces pomas que mi veraz Conductor me ha prometido; pero antes es preciso descender hasta el centro. Así largamente porte tu alma sus miembros, continuó aquel todavía, y así después brille tu fama, dinos si cortesía y valor aún moran en nuestra ciudad como solían, o si del todo han sido echadas fuera; porque Guillermo Borsiere, que con nosotros sufre desde hace poco, y va con los otros, tanto con sus historias nos tortura. La nueva gente y las súbitas ganancias orgullo y desmesura han engendrado, Florencia, en ti, tanto que ya te plañes. Así grité con el rostro alzado; y los tres, que la respuesta entendieron, miráronse uno al otro como quien se asombra. Si en ocasiones como ésta tan poco te cuesta, respondieron todos, satisfacer preguntas, ¡Feliz de ti, que dices lo que sientes! Pero, si sales de este lugar oscuro, y a ver las bellas estrellas vuelves, cuanto te plazca decir ¡Allí estuve!
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    89 haz que denosotros los hombres hablen. De allí, quebraron la ronda, y huyeron tan velozmente, que alas parecían sus piernas. Un amén no hubiera podido decirse en el breve tiempo en que se fueron, por lo que al maestro pareció bien irnos. Yo lo seguía, y poco habíamos ido, cuando el fragor del agua fue tan vecino que de hablar apenas nos oiríamos. Como aquel río que hace camino del Monte Viso hacia el levante, en la siniestra costa del Apenino, que se llama Acquacheta arriba, que antes de derramarse allá en el bajo lecho, y en Forli de ese nombre quedar vacante, allá atruena sobre San Benedetto y de los Alpes cae en un solo rugiente salto en vez de un millar de cascadas quietas; así, por abajo de un risco quebrado, hallamos tronando aquella teñida agua, tanto que en poco tiempo el oído nos hiriera. Tenía yo en torno ceñida una cuerda, con la que alguna vez hube pensado atar la pantera de la manchada piel.
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    90 Una vez quedesatada la tuve, como mi Conductor me había ordenado, se la alcancé arrollada y replegada. Entonces él volviéndose al derecho lado, y algo alejado de la orilla la arrojó abajo en aquel profundo abismo. Preciso es que a novedad convenga, dije entre mí, un nuevo signo que el maestro con ojo atento espera. ¡Ay! ¡Cuán cautos debieran ser los hombres con los que no sólo ven los actos externos, sino que por dentro la mente ven con el intelecto! Y me dijo: Pronto vendrá aquí arriba lo que yo espero y tu mente sueña; pronto conviene que a tu vista se descubra. Siempre ante la verdad que cara tiene de mentira, debe el hombre sellar sus labios tanto como pueda, de modo de no pasar sin culpa vergüenza; pero aquí callar no puedo; y por las líneas de esta comedia, lector, te juro, si ellas no fueran de larga fama privadas, que vi por aquel aire grueso y oscuro venir por la alto una figura nadando, maravillosa aún para el corazón seguro, como del fondo regresa el marinero
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    91 tal vez desoltar el atrapada ancla de un escollo o de otra cosa en la mar trabada, que extiende el brazo y la pierna encoge. Canto XVII Descenso sobre el lomo de Gerión al octavo círculo. ¡He aquí la fiera de aguzada cola, que traspasa montes y abate muros y armas! ¡He aquí la que corrompe al mundo entero! Así empezó a hablarme mi Guía; y le indicó que se arrimara a la orilla, donde morían los hollados mármoles. Y aquella inmunda imagen del engaño vino, y acercó la testa y el tronco, pero a la orilla no allegó la cola. Su rostro era el de un varón justo, tan benigna era por fuera la piel, y de serpiente todo el restante cuerpo; vellosas hasta la axila eran sus zarpas, la espalda y el pecho y ambos costados de lazos y escudos salpicados. De más colores, en fondos y relieves, no habido nunca tela Turca o Tártara, ni hubo tal otra que Arácnea preparara.
  • 93.
    92 Como se vena veces las barcas en la orilla que en parte sumergidas y en parte están en tierra, y como allá entre los golosos Tudescos el castor a lanzar su guerra se apresta, así la pésima fiera se tenía en el borde de piedra que al arenal encierra. En el vacío la entera cola agitaba curvando en alto la ponzoñosa horca, que a modo de escorpión la punta armaba. El Conductor dijo: conviene que se tuerza nuestro camino un poco hacia esta fiera malvada que allá se tiende. Bajamos pues por el lado diestro, y diez pasos dimos hacia el extremo borde, para evitar la arena y la hoguera. Y cuando cerca de la fiera fuimos, algo alejados del horno, sobre la arena vimos gente sentada cabe el abismo. Aquí el maestro: A fin de que plena experiencia de este recinto obtengas, me dijo, anda y ve cómo están éstos. Que sean breves tus parlamentos; y en tanto vuelves, hablaré con esta para que nos conceda sus hombros fuertes.
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    93 Así entonces sobrela extrema testa del séptimo círculo muy solo anduve a donde estaba la gente triste. De los ojos fuera manaba su dolor; de aquí, de allá eludiendo con las manos ya los vapores, ya el ardiente arena; no de otro modo en el verano hacen los perros con el hocico o con las zarpas, cuando mordidos de las pulgas, o de las moscas o de los tábanos. Mirando atentamente a muchos de ellos que el doloroso fuego azotaba, a nadie reconocí; pero advertí entonces que del cuello les pendía un saquito de cierto color y signo marcado, y a sus ojos al parecer deleitoso. Y cuando vine entre ellos mirando, en una bolsa amarilla vi un azul que de león tenía la cara y el aspecto. Después, prosiguiendo mi encuesta vi otra bolsa como de sangre roja, con una oca más que manteca blanca. Y uno, que de una puerca azul y gruesa signado tenía su saquito blanco, me dijo: ¿Qué haces tú en esta fosa? Ahora vete; y porque aún estás vivo
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    94 sabe que mivecino Vitallano ha de sentarse aquí a mi siniestro flanco. Entre estos Florentinos yo soy paduano: a cada rato me aturden las orejas gritando: “Venga el caballero soberano, que en la bolsa lleva tres picos”. Aquí torció la boca y sacó fuera la lengua, como el buey cuando se lame el hocico. Y yo temiendo que el mucho estar ofendiese al que de poco estar me había advertido, volví la espalda a esas almas tan miserables. Hallé a mi Guía trepado del fiero animal sobre las ancas, y me dijo: Sé fuerte y osado. En esta clase de escala bajaremos ahora; monta delante que quiero estar en el medio a fin de que la cola no pueda hacerte daño. Como el que ya cerca el asalto siente de la cuartana, y ya le blanquean las uñas. y tiembla entero sólo de presentir la fresca, así estaba yo al oír tales palabras; pero me avergonzaron sus amenazas, las que ante un buen señor dan fuerza al siervo. Tomé asiento sobre aquellas espaldazas; y quise de decir, pero la voz no me vino
  • 96.
    95 como yo quería:Por favor abrázame. Pero mi Guía que otras veces me mantuvo en otros riesgos, así que hube subido en los brazos me estrechó y me sostuvo; y dijo: Gerión muévete ya: la ruta es larga, que sea lento el descenso: piensa en la nueva carga que llevas. Como sale el barquito de su lugar retrocediendo de a poco, así la bestia se apartó; y cuando sintióse libre del todo volvió la cola donde antes tenía el pecho, y movió tensa la cola como una anguila, y con los brazos se atrajo el aire. Miedo mayor no tuvo, creo, Faetón cuando soltó las riendas por quién el cielo, como aún se ve, se tostó; ni cuando Ícaro sintió de los riñones soltarse las plumas de la derretida cera, y le gritaba el padre: ¡Mal camino llevas!, cuanto fue el mío, cuando me vi volando en el inmenso aire, y vi que no veía ninguna cosa más que la fiera. Ella se va nadando lenta lenta; gira y desciende, pero yo nada veo sino que al rostro y desde abajo me aventa.
  • 97.
    96 Sentía yo eltorbellino a la derecha bramar debajo nuestro un horrible trueno, por lo que incliné hacia abajo la cabeza. Entonces más me espantó el precipicio cuando vi fuegos y sentí llantos, y me recogí en mí temblando entero. Y vi después lo que antes no veía el descender y rodar entre grandes males aproximándose de todas partes. Como el halcón que ha volado harto sin ver reclamo ni ave alguna hace exclamar al cetrero: "¡Ay! ¿que ya bajas?" desciende laso de moverse tanto en rondas ciento, y se posa lejos de su maestro, desdeñoso y colérico; así posóse Gerión en el fondo, justo al pie de una estallada roca, y, descargadas nuestras personas, se alejó como se aleja una flecha. Canto XVIII OCTAVO CIRCULO O MALEBOLGE Hay lugar en el Infierno llamado Malebolge todo de piedra de color ferroso, como la cerca que lo envuelve en torno.
  • 98.
    97 En el mismocentro del maligno campo hay un vacío bien ancho y profundo, de cuya estructura me ocuparé en su lugar. El cerco entonces que resta es redondo entre el pozo y el borde de la orilla dura, y está dividido en diez valles el fondo. Así como, por salvaguardia de los muros, más y más fosos ciñen los castillos, y la parte donde están forma el diseño, tal imagen aquí hacían aquellos; y como en tales fortalezas del umbral a la orilla de afuera hay puentecillos, así de la cima de la roca parten puentes que atraviesan las márgenes y el foso hasta el pozo central que los trunca y los recoge. En este lugar, expulsados del lomo de Gerión, estábamos; y el poeta tomó la izquierda y yo detrás me puse. A la derecha mano vi nueva miseria, nuevo tormento y nuevos verdugos, de que la primera fosa era repleta. En el fondo estaban los pecadores desnudos; la mitad primera nos daba la espalda, la otra más veloz hacia nosotros venía;
  • 99.
    98 como los Romanosque por la muchedumbre del jubileo, al cruzar el puente hacen pasar con orden a la gente, y de un lado todos dan la frente hacia el castillo y van a San Pedro, del otro todos van hacia el monte. De acá, de allá, sobre la férrea piedra, vi demonios cornudos y con grandes fustas, que los azotaban cruelmente por detrás. ¡Ay de mi! ¡Cómo se movían las piernas al primer azote! pues ya ninguno esperaba el segundo, ni el tercer golpe. Mientras andaba, mis ojos se toparon con uno de ellos; y le dije al punto: No es la primera vez que a este veo. Por lo que a bien fijarlo me detuve; mi dulce Conductor lo hizo al mismo tiempo, y aún me concedió retroceder un tanto. Y el azotado creyó ocultarse bajando el rostro; más le valió poco pues le dije: Oh tú que abajo vuelves el ojo, si las facciones que portas no son falsas, Venedico eres tú, Caccianemico, mas ¿qué te trajo a tan picantes salsas? Y él a mí: De mala gana lo digo:
  • 100.
    99 más fuérzame tuverba clara que me recuerda el mundo antiguo. Yo fui quien a Ghisolabella conduje a complacer al marqués, sean como las habladurías sean. Y no soy el único boloñés que aquí lloro, antes este lugar está tan lleno, que tantas lenguas no hay tan prestas a decir sipa entre el Savena y el Reno; y si de ello quieres fe o testimonio trae a memoria nuestro avaro seno. Así hablaba cuando lo azotó un demonio de su escuadra, y le dijo: ¡Anda, rufián! aquí no hay mujeres de cuño. Volvíme a mi compañía; luego en pocos pasos llegamos allá donde un puente de la barranca salía. Ágilmente a él nos subimos; y vueltos a la derecha sobre su áspero lomo de aquellos giros eternos nos partimos. Cuando llegamos a donde hay un hueco debajo para dar paso a los forzados, el Conductor dijo: Detente, y haz que fijen en ti la vista estos mal natos, de los que todavía no viste el rostro
  • 101.
    100 porque con nuestrorumbo marchaban. Desde el viejo puente veíamos la fila de los que hacia nosotros venían por la otra banda, castigados por la fusta de igual manera. Y el buen maestro, sin que yo se lo pidiera, me dijo: Mira aquel grande que viene y por el dolor no parece que lágrimas derrame: ¡Cuán majestuoso aspecto aún retiene! Es Jasón, que por corazón y coraje privó a los Cólquides del vellocino. Pasó por la isla de Lemnos luego que las impiadosas féminas audaces a todos sus varones dieran muerte. Allí con ardides y adornadas palabras engañó a Hipsípila, la jovencita que antes había engañado a todas las demás. Allí la dejó, preñada, abandonada; tal culpa y tal martirio lo condena; y también de Medea se obra venganza. Con él van todos los que así engañan: y que esto baste del primer valle saber, y de los que en él atrapa. Estábamos ya donde la estrecha calle con el recinto segundo en cruz se engarza, a nuevo arco haciéndole espalda.
  • 102.
    101 Aquí vimos genteque se lamenta en nueva fosa y con el hocico hoza y a sí misma con las manos se agravia. Los bordes estaban incrustados de un moho producto del vaho que allí se empasta y que a la vista y a la nariz ultraja. El fondo es tan umbrío, que no se alcanza a verlo si no trepando al dorso del arco, donde más el puente destaca. Allí llegamos; y allá abajo en el foso vi gente sumergida en estiércol como salido de letrinas humanas. Y mientras tenía allá abajo el ojo atento vi a uno tan de mierda enlodado que no sabía si era clérigo o laico. El cual me gritó: ¿Por qué tanto ahínco de mirarme a mí más que a los otros brutos? Y yo a él: Porque, si bien me acuerdo, te he visto antes con el cabello enjuto, y eres Alejo Interminei de Luca: por eso más te miro que a los otros. Y él entonces, golpeándose el coco: Aquí me han sumergido las lisonjas de las que nunca se cansó mi lengua.
  • 103.
    102 Después el Conductor:Avanza, me dijo, un poco la cabeza para que bien puedas ver el rostro de aquella inmunda y licenciosa esclava que se rasca con las merdosas uñas, que ora se apoya y ora de pie se guarda. Es Tais, la puta, que respondió a la pregunta de su macho: ¿Tengo méritos grandes a tus ojos? ¡Y aún maravillosos! Y desde ahora queden nuestras miradas saciadas. Canto XIX ¡Oh Simón mago! ¡Oh míseros secuaces que las cosas de Dios, que de bondad deben ser esposas, y vosotros rapaces por oro y por plata adulteráis, conviene ahora que por vos suene la trompa ya que en la tercera fosa os encontráis! Estábamos ya en la siguiente tumba, subidos en aquella parte del puente que sobre el centro del foso cae aplomo.
  • 104.
    103 ¡Oh Sabiduría suma!¡Cuán grande arte muestras en el Cielo, en la Tierra y en el mal mundo, y con cuánta equidad tu virtud compartes! Vi en las paredes y en el fondo de la fosa llena la piedra lívida de agujeros de igual anchura, y cada uno era redondo. No me parecían más amplios ni mayores que los que están en mi bello San Juan, hechos para pilas de bautismo; una de los cuales, y no hace muchos años, rompí yo por uno que adentro se ahogaba: y que esto sirva de sello para que nadie se engañe. Fuera de la boca de cada hoya sobresalían de cada pecador los pies y las piernas hasta la corva, el resto adentro quedaba. De todos se abrasaban las plantas y por eso agitaban las coyunturas tanto que hubieran roto cuerdas y espartos. Como suelen las llamas correr por las cosas untas moviéndose por la corteza externa, tal ardían allí desde el talón hasta las puntas. ¿Quién es aquel, maestro, que se atormenta agitando más las piernas que sus consortes, dije yo, y a quien más roja llama reseca?
  • 105.
    104 Y él amí: Si quieres que te lleve allá abajo por aquella roca que más desciende, de él sabrás, de sí y de sus entuertos. Y yo: Bien me parece lo que te place; tú eres el amo, y sabes que no me aparto de tu querer, y conoces lo que me callo. Llegamos entonces al recinto cuarto; giramos y bajamos a la siniestra, allá, hacia el fondo estrecho y perforado. El buen maestro me tenía de sus ancas sin apartarme, y así me llevó hasta el hoyo de aquel que tanto gemía con las patas. ¡Oh! ¡Quienquiera seas que lo alto tienes abajo, alma triste plantada como una estaca, comencé a decir, si puedes habla! Yo estaba como el fraile que confiesa al pérfido asesino, quien, clavado en tierra, lo reclama para que la muerte se aleje. Y él gritó: ¿Ya estás aquí muerto, ya estás aquí muerto, Bonifacio? Por algunos años me mintió el escrito. ¿Eres tú tan pronto de aquel tener saciado por el que no temiste llevar a engaño a la bella dama, para luego destruirla? Yo me quedé como aquellos que están,
  • 106.
    105 por no entenderlo que han oído, confundidos, y responder no saben. Respóndele ya, dijo Virgilio, ‘No soy, no soy el que tú crees’ y yo le dije tal como me fue impuesto. Entonces el espíritu retorció los pies; y luego, suspirando y con voz de llanto me dijo: Entonces ¿qué de mí quieres? Si de saber quien sea yo te urge tanto, como para venir hasta esta orilla, sabe que fui investido del gran manto; y verdadero hijo fui de la Osa, y tan ávido de hacer trepar a los oseznos que en el mundo embolsé, y aquí metíme en bolsa. De mi cabeza abajo hay otros que llegaron antes de mí y simonía cometieron, y entre las fisuras de la piedra están chatos. Allá abajo me hundiré yo mismo cuando venga aquel que yo creía que tú eras, en el momento que hice la súbita pregunta. Pero por más tiempo mis pies se habrán tostado y de este modo habrán estado al revés, que lo estará él plantado y quemándose sus pies: porque tras él vendrá de poniente, de obrar más inmundo, un pastor sin ley,
  • 107.
    106 que nos habráde cubrir a ambos, a mí y a él. Nuevo Jasón será, como el que se lee en los Macabeos; y como de aquel fue blando su rey, así será con él quien en Francia reina. No sé si entonces fui yo necio en exceso, pero le respondí en estos términos: ¡Ay! Dime ahora, ¿Cuánto dinero quiso Nuestro Señor antes de que a San Pedro le dejara las llaves en su poder? En verdad nada le pidió sino ‘Ven detrás de mí’. Ni Pedro ni los demás pidieron a Matías ni oro ni plata cuando fue sorteado a ocupar el lugar que perdió el alma perversa. Pero quédate ahí, que estás bien castigado; y guarda bien la mal ganada moneda, que contra Carlos te hizo ser tan atrevido. Y si no fuese que aún me lo impide la reverencia de las soberanas llaves que en la feliz vida tú tuviste, emplearía aún más duras palabras; pues vuestra avaricia entristece al mundo, pisoteando a los buenos y ensalzando a los malos. De vos, Pastores, se acordó el Evangelista, cuando la que está sentada sobre las aguas putañear con reyes por él fue vista;
  • 108.
    107 la que naciócon las siete testas, y con los diez cuernos tuvo el dominio, mientras la virtud agradó a su marido. Vos tenéis Dios de oro y argento, ¿Y cuán diversos sois de los idólatras sino que ellos a uno, y vos adoráis a ciento? ¡Ay Constantino! ¡De cuánto mal fuiste madre, no al convertirte, sino por aquella dote que de ti recibió el primer rico padre! Y mientras ya le cantaba esta sonata, sea que la ira o la conciencia que le mordiera, fuertemente respingaba ambas patas. Bien creo yo que a mi Conductor placía, quien con tan contento rostro atendía el son de las veraces palabras dichas. Entonces me tomó con ambos brazos; y luego que me tuvo en alto contra su pecho, remontó el camino por el que antes bajara. No se cansó de tenerme así estrechado, así me llevó hasta el medio del arco que del cuarto al quinto reparo era trayecto. Allí suavemente depositó la carga, suave sobre la áspera y ríspida roca, que hasta a las cabras fuera duro sendero.
  • 109.
    108 Allí un nuevofoso me fue descubierto. Canto XX De nueva pena me toca hacer los versos, y tratar el tema del veinteno canto del cántico uno, que es de los inmersos. Estaba ya dispuesto por entero, a contemplar el descubierto fondo, que se bañaba de angustioso llanto; y gente vi por el hondón redondo venir, callando y lagrimeando, al paso lento de las letanías de este mundo. Inclinado mi rostro abajo hacia a ellos, observé asombrado que estaban retorcidos cada uno entre el mentón y el pecho. que el rostro a las espaldas tenían vuelto y para atrás venir les era necesario porque ver hacia delante no podían. Tal vez por fuerza alguna vez de perlesía se retorciera así acaso alguno; pero yo no lo he visto, ni creo que lo sea. Si a Dios le place, lector, que obtengas fruto de tu lectura, entonces piensa por ti mismo, cómo podría tener yo el rostro enjuto,
  • 110.
    109 cuando nuestra figuraya de cerca vi tan torcida, que el llanto de los ojos les bañaba las nalgas por la espalda. Cierto yo lloraba, apoyado en una de las rocas del duro puente, tanto que mi escolta me dijo: ¿También tú eres de los insensatos? Aquí vive la piedad cuando está bien muerta; ¿Quién es más perverso sino a quien el divino juicio contrista? Alza la cabeza, álzala y mira a aquel por quien se abrió ante los ojos tebanos la tierra; y le gritaban todos: ‘¿A dónde caes, Anfiarao? ¿Por qué abandonas la guerra?’, y no paró de despeñarse en el valle hasta llegar a Minos que a cada uno aferra. Mira que ha hecho de su pecho espaldas; por querer ver delante en demasía, ahora hacia atrás mira y retrocede la calle. Mira a Tiresias, que cambió el semblante cuando de macho se hizo hembra también mudando todos sus miembros; y más tarde con la vara tuvo que abatir las dos serpientes unidas, antes de recobrar el masculino vello. Aronte, que usa el vientre como espalda,
  • 111.
    110 es quien enlos montes de Luni, donde tala el carrarés que en la falda habita, tuvo entre blancos mármolest gruta y morada; de donde a ver las estrellas y el mar la mirada no era trunca. Y aquella que su cubre las mamas, que tú no ves, con las trenzas sueltas, y de este lado tiene toda la piel velluda, fue Manto, que buscó por muchas tierras; y al fin se detuvo donde yo he nacido; por lo que un poco me place que me atiendas. Luego que su padre saliera de la vida y cayera esclava la ciudad de Baco, erró ella por el mundo un tiempo largo. Arriba en la Italia bella, hay un lago, al pie de los Alpes, que a la Alemania ciñe sobre el Tirol, que por nombre tiene Benaco. Por mil fuentes, creo, y aún por más se baña, entre el Garda, Val Canónica y el Apenino, con el agua que en dicho lago se estanca. Un lugar hay en el medio, donde el trentino pastor y el de Brescia y el Veronese bendecir podría, si tomara ese camino. Sigue Peschiera, fuerte y bello castillo, que enfrentado a los de Brescia y Bérgamo
  • 112.
    111 está donde laorilla más abajo desciende. Allí es necesario que todo cuanto desborda lo que el seno del Benaco no soporta se forme abajo en un río para verdes pastos. Luego que vuelve el agua a seguir su curso no ya Benaco, sino Mincio se llama hasta el Governolo, donde en el Po se derrama. A poco correr una hondonada encuentra en donde el agua en un pantano se estanca y en el verano suele hacerse malsana. Entonces, la feroz virgen pasando, vio tierra en medio del pantano, sin cultivo y de habitantes desnuda. Allí, para huir de todo consorcio humano, detúvose con sus siervos a ejercer sus artes, allí vivió, y allí dejó su cuerpo vano. Luego los hombres, de los alrededores, se acogieron a aquel lugar, bien protegido por al pantano que lo rodeaba. Hicieron ciudad sobre esos huesos muertos, y, por aquella que escogió el lugar primero, Mantua la llamaron, sin consultar otra suerte. Ya antaño muchas fueron sus gentes, antes que la necedad de Casalodi de Pinamonte engaño recibiese.
  • 113.
    112 Por lo quete advierto, que si oyeras de otra forma el origen de mi tierra que la verdad no sea vencida por el fraude. Y yo: Maestro, tus razonamientos me son tan ciertos y ganan tanto mi fe, que otros serían para mi consumidas brasas. Pero dime, de la gente que avanza, si ves alguno digno de nota; que a sólo eso insiste mi mente. Entonces dijo: Aquel que de las mejillas tiende la barba sobre las espaldas brunas fue - cuando era Grecia de varones priva que casi no los había en las cunas - augur, y dio la señal junto con Calcas en Aulide de cortar la primera amarra. Se llamó Euripilo, y así lo canta mi elevada tragedia en algún lugar; tú bien lo sabes que la tienes toda en la memoria. Aquel otro que en los flancos es tan poca cosa, Miguel Scot fue, quien en verdad del fraude mágico bien se sabía la nota. Mira a Guido Bonatti; mira a Asdente, que haberse dedicado a la suela y a la lezna ahora querría, pero tarde se arrepiente.
  • 114.
    113 Ve a lastristes que dejaron la aguja la lanzadera y el huso, y se hicieron adivinas; hicieron hechizos con hierbas y figuras. Pero ven ahora, que ya llega a los lindes de ambos hemisferios, y toca la onda detrás de Sevilla, Caín con las zarzas; ya ayer a la noche estuvo la Luna redonda: debes bien recordarla, que no te hizo daño esa vez por la selva oscura. Así me hablaba en tanto íbamos caminando. Canto XXI Así de puente en puente, de otras cosas hablando, que de cantarlas mi comedia no se cuida, seguimos; y llegamos a la cima, donde nos detuvimos para ver la otra fisura del Malebolge, y llantos otros vanos; y la vi admirablemente oscura. Como en el arsenal de los Venecianos hierve en invierno la tenaz pez para empalmar los leños que no están sanos, que navegar no pueden - en cuya vez hay quien hace su nueva nave, y quien de otra, que muchos viajes hizo, llena los lados de estopa;
  • 115.
    114 hay quien remachala proa, quien lo hace en la popa; otro hace remos, otro retuerce maromas; quien repara el palo de menor o de mesana - ; así, no por el fuego sino por divino arte hervía allá abajo una espesa brea que embadurnaba los orillas por todas partes. Yo la veía, pero no veía en ella sino las ampollas que el hervor alzaba, hinchábase entera, y desplomábase flaca. Mientras yo fijo hacia abajo miraba, mi Conductor exclamando ¡Cuidado!¡Cuidado! me atrajo a sí del lugar donde yo estaba. Me volví entonces como quien se tarda en ver lo que le conviene huir y a quien el miedo súbito acobarda, que por mirar se demora en partir; y vi detrás de nosotros un diablo negro venir corriendo por el puente. ¡Ay! ¡Cuán fiero era su aspecto! ¡Y qué ademanes traía acerbos, extendidas las alas y el pie ligero! Su hombro, puntiagudo y soberbio, cargaba un pecador a horcajadas, al que tenía por el pie agarrado del jarrete.
  • 116.
    115 Desde nuestro puentedijo: ¡Oh Malebranche!, ¡he aquí uno de los ancianos de santa Zita! Mételo abajo, que de nuevo vuelvo a aquella tierra que está tan bien provista: allí estafadores son todos, menos Bonturo; que del no, por el dinero, hacen ita. Abajo lo arrojó, y por el duro puente se volvió; y nunca hubo mastín suelto con tanta prisa en perseguir al ladrón. El otro se hundió, y resurgió curvado; pero el demonio que en el puente se escondía gritó: ¡Aquí no ha lugar el Santo Rostro! ¡De otro modo se nada aquí que en el Serchio! Pero si no quieres sentir nuestros garfios no te asomes por encima de la brea. Luego de hincarlo con cien garfios le dijeron: Conviene que oculto aquí bailes de modo que, si puedes, ocultamente arrebates. No de otro modo los cocineros a sus vasallos hacen que dentro de las ollas hundan la carne con los tenedores para que no floten. El buen maestro: Para que no te vean que estás aquí, me dijo, ocúltate allá tras esa roca, que algún reparo te otorgue; y por nada con lo que a mí se ofenda
  • 117.
    116 no temas tú,que yo estoy conciente de todo, que en tumultos como este ya estuve antes. Luego de allí pasó a la cabeza del puente; y llegado arriba sobre la orilla sexta, menester le fue tener sólida frente. Con aquel furor y aquel ímpetu con que los perros salen contra el mendigo, que se detiene quieto y de lejos pide, salieron ellos debajo del puentecillo volviéndose en su contra con todos sus arpones; mas él gritó: ¡Que ninguno de vosotros se atreva! Antes que vuestros garfios me hieran, venga uno de vosotros ante mi a oírme, y luego que me arpone si su criterio lo aconseja. Todos gritaron: ¡Que vaya Malacoda! por lo que uno se movió, los otros quietos, y acercándose a él le dijo: ¿Qué le aprovecha? ¿Crees tu Malacoda, que ha verme has venido, dijo mi maestro, seguro ya de tener la fuerza toda, sin el acuerdo divino y sin el destino propicio? Déjame pasar, que es voluntad del cielo que a otro enseñe yo este salvaje camino. Entonces su orgullo quedó tan vencido que dejó ante sus pies caer los garfios
  • 118.
    117 y dijo alos otros: Que no sea herido. Y mi Conductor a mí: Tú que te escondes tras de las rocas del puente quieto quieto, aproxímate a mi desde ahora seguro. Entonces me moví y a él rápidamente vine; y los diablos todos se acercaron tanto que yo temí que no observaran lo pactado; así una vez vi yo temblar a los infantes que salían rendidos de Caprona, viéndose rodeados de enemigos tales. Me adherí con toda mi persona junto a mi Conductor , y no apartaba la vista de la traza de ellos que no era buena. Bajaron los garfios y ¿Quieres que lo toque? decían uno al otro, ¿Sobre el lomo? Y respondían: Sí, haz que se le clave. Pero el demonio que sostenía la charla con mi Conductor , volvióse prestamente y dijo: ¡Quieto! ¡Quieto, Scarmiglione! Después a nosotros: Ir mas allá por este puente no se puede, porque yace destrozado el fondo del sexto recinto. Mas si proseguir adelante os place seguid por esta cornisa escarpada; cerca hay otro puente que el camino abre.
  • 119.
    118 Ayer, cinco horasdespués que ahora, mil doscientos con sesenta y seis años hace que esta ruta fue rota. Hacia allá envío algunos de los míos a observar que nadie se tienda; id con ellos, que no serán malignos. Adelante, Alichino y Calabrina, comenzó a decir, y tú Cagnazzo; y que Barbariccia guíe la decena. Libicocco venga luego y Draghignazzo, Ciriatto, colmilludo y Graffiacane y Farfarello, y el loco de Rubicante. Buscad en torno de la hirviente brea; que estos lleguen salvos al siguiente puente que pasa enteramente sobre el hondo pozo. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que veo? dije yo, ¡Por Dios! Vayamos sin escolta solos si sabes ir; que yo a esta no la quiero. Si te has dado cuenta, como sueles, ¿No ves como rechinan sus dientes y con el fruncido ceño amenazan duelos? Y él a mí: No quiero que te espantes; déjalos que a su antojo rechinen, que así lo hacen por los que están hirviendo.
  • 120.
    119 Ellos por laizquierda orilla vuelta dieron; pero antes cada uno se apretó la lengua, con los dientes, hacia el jefe, haciendo señas; y este había hecho de su culo una trompeta. Canto XXII Yo he visto a caballero levantar campo, pasar revista, comenzar asalto, y otras veces batirse en retirada; correrías vi en vuestra tierra, ¡Oh aretinos! y los vi incursionando, herir en los torneos, y correr en justas; ora con trompetas, ora con campanas, con tambores, y señales de castillos, con costumbres nuestras y con extrañas; mas antes nunca con corneta tan rara vi a caballero mover los peones, ni nunca nave a señal de tierra o estrella. Íbamos nosotros con los diez demonios ¡Ay que fiera compañía! Mas en la iglesia con santos, y en la taberna con glotones. Pero toda mi atención se dirigía a la empega, a fin de ver del círculo todo su espacio, y la gente que era allí escaldada. Como los delfines, cuando hacen señas
  • 121.
    120 al marino conel arco de la espalda, que se apresuren a salvar el barco, de igual manera, por aliviar la pena, sacaba alguno de los pecadores el dorso y se ocultaba en menos que destella un rayo. Y como a la orilla del agua de un charco están las ranas con la trompa fuera, ocultando las patas, y la parte gruesa, así estaban por todos lados los pecadores; mas en cuanto Barbariccia se acercaba, se retraían veloces bajo el hervor. Yo vi, y aún mi corazón se conturba, a uno retardarse, como en el charco sucede que una rana queda afuera y otra se oculta; y Graffiacane, que le estaba más cerca, lo ensartó por la embreada cabellera, y lo sacó fuera como se pesca una nutria. Yo conocía ya de todos el nombre, pues los registré cuando fueron elegidos, y cuando entre sí se llamaban, miraba cómo. ¡Eh Rubicante! ¡Muévete y plántale el garfio en la espalda, y desuéllalo! gritaban todos juntos los malditos. Y yo: Maestro, haz, si puedes, que averigües quien es el desgraciado
  • 122.
    121 caído en manosde sus enemigos. Mi Conductor se acercó a su costado, y demandóle de dónde fuese, el cual repuso: Yo en el reino de Navarra nací. Mi madre, que me puso al servicio de un señor, de un mezquino me había engendrado, destructor de sí mismo y de sus cosas. Después fui cortesano del buen rey Tebaldo: Y allí me dediqué a timar con sus favores de lo que rindo razón en este caldo. Y Ciriatto, a quien de la boca salía, como a puerco, de ambos lados colmillos, le hizo sentir lo bien cómo uno solo hería. Entre malos gatos hacía caído el topo; pero Barbariccia lo encerró en los brazos y dijo: Quedaos allí, mientras lo ensarto. Y volviendo a mi maestro el rostro díjole: Pregunta aún si más deseas saber de él, antes que otro lo aniquile. Mi Conductor entonces: Dime pues, de otros reos ¿Conoces a alguno que sea latino bajo la brea?. Y aquel: De alejarme vengo poco ha, de uno que fue de allá vecino. Ojalá estuviera como él aun cubierto, y sin temor ni de uñas ni de arpón.
  • 123.
    122 Y Libicocco: Demásle hemos permitido, dijo; enganchóle el brazo con el arpón y tan fuerte, que se llevó el antebrazo. Draghignazzo también vino a golpearle en las piernas; pero el Decurión en jefe calmo los miró en torno con mal fruncido ceño. Cuando ellos un poco calmados se hubieron, a aquel, que aún miraba su muñón, preguntó mi Conductor sin demora: ¿Quién es aquel del que mal dejaste abajo para tú venir a flote? Y él respondió: Fue fray Gomita, el de Gallura, vaso de todo fraude que tuvo a los enemigos de su dueño en la mano, y así hizo con todos que todos le alabaron. Tomó el dinero y los dejó indultados, como él mismo dice; y de otros encargos prevaricador fue y no pequeño, mas soberano. Lo frecuenta don Miguel Zanche de Logodoro; y a conversar de Cerdeña no se cansan nunca sus lenguas. ¡Ay de mí! Ved al otro que rechina, hablaría más, mas mucho temo que se preparara a rascarme la tiña.
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    123 Y el granjefe, volviéndose a Farfarello, que desorbitaba los ojos por lacerar, dijo: ¡Quédate a un lado, pájaro malvado! Si más queréis ver o escuchar, recomenzó el espantado preso, haré venir a toscanos o a lombardos, pero que Malebranche apartado se mantenga, y que la venganza de ellos no teman: y yo, quedándome en este mismo sitio, por uno que yo soy, siete haré venir, con un silbido, como es nuestro uso cuando alguno se sale afuera. Cognazzo levantó el hocico al oírlo meneando la cabeza y dijo: ¡Mira que picardía ha maliciado este para de nuevo sumergirse! Mas él, de quien las trampas eran gran riqueza, respondió: Malicioso soy en demasía cuando me busco a mí mismo mayor tristeza! Alichino no se contuvo y retrucando a los otros, le dijo: Si tú te caes, no vendré detrás de ti al galope, antes agitaré sobre la pez las alas. Quédate en la orilla, y que el ribazo sean tu escudo, y veremos si tú solo más que nosotros vales. ¡Oh tú que lees! Verás ahora una lidia nueva;
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    124 volvieron todos lavista a la otra orilla, y primero, el que a ello más se oponía. El navarro aprovechó bien el tiempo afirmó sus pies en tierra, y en un momento saltó, y del intento de ellos libróse. Todos quedaron de culpa contritos, pero más aquel que fue la causa del defecto; con todo se levantó gritando: ¡Ya te tengo! Mas le valió poco, pues las alas al sospechado no pudieron alcanzar; aquel se mandó abajo, y este encarriló hacia arriba su vuelo: no de otro modo, de inmediato el pato, cuando se apresta el halcón, se sumerge, y este remonta furioso y fatigado. Irritado Calabrina por la burla, volándole detrás lo contuvo, deseoso que el otro escapara para armar riña; y cuando el perdulario desapareció, volvió los garfios a su compañero, y lo aferró sobre la fosa; mas el otro, buen ave de rapiña, lo prendió en sus garras, y ambos cayeron en medio del hirviente estanque. El calor los separó de inmediato; pero intentaron ascender en vano,
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    125 tanto sus alasestaban enviscadas. Barbariccia, con los demás, dolido, a cuatro hizo volar de la otra orilla con todos sus arpones, y muy rápidamente de aquí, de allá, bajaron a ese puesto y tendieron sus garfios a los empegados que estaba cociéndose en la costra. Así enmarañados los dejamos Canto XXIII Callados, solos y sin compañía ambos uno tras del otro íbamos, como los frailes menores van en fila. Vino la fábula de Esopo a mi mente a causa de la riña, aquella digo la de la rana y del topo; que más no se asemejan mo e issa como ambas cosas, si bien se consideran el principio y el fin con mente atenta. Y como un pensar brota de otro, así de aquel nació otro luego que a mi primer miedo lo hizo el doble. Pensaba yo así: Estos por nuestra causa escarnecidos quedaron con daño y burla
  • 127.
    126 tal, que hande estar muy irritados. Si a la maldad ira se agrega, vendrán tras nosotros más crueles que perro que a la liebre aferra. Sentía que de miedo se erizaban ya todos mis cabellos, y miraba atrás atento, cuando dije: Maestro, si a ambos no nos ocultas prontamente, tengo miedo de los Malebranche. Detrás nuestro los tenemos; y tanto lo imagino, que ya los siento. Y él: Si yo fuera de espejado vidrio, tu imagen exterior no estaría tan pronto en mí, como la que adentro tengo. Tanto están juntos tu pensamiento y el mío con igual acto y con igual aspecto, que ambos han decidido igual consejo. Si es verdad que tal desciende la derecha orilla, que por ella podamos bajar a la siguiente fosa, lograremos escapar de la imaginada cacería. No bien acabó de expresarme tal consejo, cuando los vi venir con extendidas alas, y no muy lejos, con ansias de aprendernos. Mi amado Conductor me abrazó súbitamente, como la madre que al fragor despierta y cerca de ella ve las llamas encendidas,
  • 128.
    127 que toma alhijo, y huye, y no se para, cuidando más del niño que de ella, y que tan sólo una camisa lleva puesta; así abajo, desde el borde de la dura piedra, de espaldas se deslizó por la inclinada roca que una ladera de la siguiente fosa cierra. No corre nunca tan presto por canal el agua que mueve la rueda del molino, cuando más cerca de las palas se halla, como mi maestro por aquel declive, llevándome encima sobre el pecho como a su hijo, y no como a su camarada. Apenas sus pies se allegaron junto lecho del fondo abajo, que asomaron ellos por el borde arriba de nosotros, pero ya no los temíamos; que la alta providencia que a ellos quiso poner como ministros de la quinta fosa, vedó a todos el poder de pasar a otra. Allí abajo hallamos gente pintada girando en torno con muy lentos pasos, llorando y, al ver, cansada y vencida. Tenían capas con capuchas bajas delante de los ojos, a la manera como en Cluny los monjes marchan.
  • 129.
    128 De fuera tandoradas deslumbraban; pero por dentro todas de plomo, y tan pesadas, que las de Federico fueran de paja. ¡Oh eternamente fatigoso manto! Nos volvimos un poco hacia la izquierda junto con ellos, atendiendo al triste llanto; mas por el peso aquella gente abrumada tan lentamente venía, que nueva compañía teníamos a cada paso que dábamos. Entonces dije a mi Conductor : Trata de hallar a alguno que por hechos o por nombre conozcamos; mira en derredor tuyo mientras andas. Y uno que entendió la parla toscana detrás nuestro gritó: ¡Calmad los pies vosotros que corréis por el aura fosca! Tal vez logres de mí lo que buscabais. Por donde el Conductor se detuvo y me dijo: Detente, y a su tranco avanza. Me detuve, y vi en el rostro de dos un gran deseo interior de estar conmigo; pero los retrasaba la carga y la estrecha senda. Cuando llegaron a mí, con vista aviesa me observaron, sin decir palabra; luego se volvieron uno al otro y se decían: Este parece vivo porque mueve la garganta;
  • 130.
    129 y si estánmuertos, ¿Por cuál privilegio van descubiertos de la pesada estola? Y me dijeron: ¡Oh Tosco que al colegio de los tristes hipócritas has venido, decirnos quien eres no lo tengas en desprecio!. Y yo a ellos: Yo he nacido y he crecido al borde del bello río Arno en la gran ciudad, y voy con el cuerpo con el que siempre he vivido. Mas ¿quiénes sois vosotros a quienes destila, a lo que veo, tanto dolor por las mejillas? ¿y qué pena tenéis que tanto brilla? Y uno me respondió: Las doradas capas son de plomo tan grueso, que su peso las hace rechinar al balancearse. Fuimos frailes Gaudentes, y boloñeses; Yo Catalano, y este Loderingo por nombre, ambos por tu ciudad elegidos, porque suele evitarse confiar en un hombre solo para conservar la paz; y fuimos tales como aún se ve entorno al Gardingo. Yo comencé: ¡Oh hermanos, vuestros males... pero más no dije, porque a la vista me vino un crucificado en el suelo con tres palos. En cuanto me vio, se retorció, bufando sobre su barba suspiros;
  • 131.
    130 y fray Catalanode esto apercibido me dijo: Ese enclavado que miras aconsejó a los Fariseos que convenía poner a un hombre por el pueblo en martirio. Atravesado y desnudo en el camino, como ves, es menester que sepa primero, de todo el que pasa, cuánto pesa. Y de igual modo sufre el suegro en esta fosa, y los demás del consejo que para los judíos fue mala semilla. Vi entonces maravillarse a Virgilio por el que estaba extendido en la cruz tan vilmente en el eterno exilio. Después dijo a aquel fraile estas palabras: Que no os desagrade, si os es lícito, decirnos si a la derecha mano hay alguna boca por donde nosotros dos salir podamos, sin obligar a los ángeles negros que vengan a este fondo a conducirnos. Respondió entonces: Antes de lo que creas se alza una peña que desde el gran cerco parte y atraviesa todos los fosos fieros; salvo que en este está roto y no sigue; arriba podréis montar por las ruinas que hay en la falda y se acopian en el fondo.
  • 132.
    131 Quedóse el Conductorcon la cabeza inclinada y luego dijo: Mal explicaba las cosas aquel que a los pecadores ensartaba. Y el fraile: Ya he oído contar en Bolonia del diablo tantos vicios, entre los cuales oí que es embustero y padre de mentira. Luego mi Conductor avanzó a grandes pasos, turbado de ira un poco el semblante, y yo también me partí de los agobiados tras las huellas de las queridas plantas. Canto XXIV En aquella parte del año joven, cuando el Sol su cabellera templa bajo Acuario, y ya las noches media jornada van durando, cuando la escarcha sobre la tierra imita la blanca imagen de su hermanita, y poco dura al calor su resistencia, el campesino, a quien el pienso falta,
  • 133.
    132 se alza ymira, y al ver los campos todos de blanco, se hiere el anca, y vuelve a casa, y aquí y allá se lamenta como el pobrecillo que nada sabe qué hacer; mas luego ríe y recupera la esperanza, viendo que el mundo cambia la cara en pocas horas, y entonces toma el cayado y afuera las ovejillas a pacer saca. Así confuso me dejó el maestro cuando lo vi con la frente tan turbada, y luego de pronto al mal puso remedio; porque, llegados al puente devastado, el Conductor a mi volvióse con aquel guiño dulce que antes había visto al pie del monte. Abrió los brazos, luego de algún consejo madurado haber consigo mirando bien aquella ruina, y me tomó en los brazos. Y como aquel que obra como valora, y sabe prever lo que adelante tiene, así, levantándome arriba hacia la cima de una roca, acechaba otro asidero diciendo: De aquel te agarres probando antes si es tal que te resista. No era camino para ir vestido de capa, pues apenas, él leve y yo empujando,
  • 134.
    133 podíamos subir deasa en asa. Y si no fuera que de este circuito del anterior era más breve la cuesta, no sé si él, mas yo acabaría vencido. Pero como Malebolge hacia la boca del profundo abismo está inclinada, resulta que de cada valle el espacio una margen eleva y la otra agacha; al fin llegamos a el alta punta donde la última piedra se desgarra. Tanto el aliento de los pulmones me faltaba cuando allí llegué, que más ya no podía, y me senté en la más cercana junta. Es oportuno que abandones ahora la pereza, dijo el maestro, porque sentado en plumas a la fama no se llega, ni en descansado lecho; y quien su vida sin fama consuma tal vestigio de sí deja en la tierra como en aire el humo y en agua la espuma. Vamos pues levántate; vence el desgano con la pujanza que toda batalla gana, si el peso del cuerpo no la desarma. Más larga escala nos espera; no basta haber partido de este abismo. Si es que me entiendes, y haz que te valga.
  • 135.
    134 Me alcé entonces,mostrándome dueño de aliento mayor del que tenía, y dije: Ve, que ya estoy fuerte y atrevido. Sobre el saliente retomamos el camino que era escabroso, estrecho y fatigoso, y empinado mucho más que el ya cruzado. Charlando iba yo por no mostrarme medroso; cuando una voz salió del foso airada que no lograba formar claras palabras. No entendí lo que decía, bien que sobre el dorso ya estaba del arco que por allí traspasa; mas el que hablaba parecía movido de ira. Me incliné, pero los ojos de un vivo no podían alcanzar el fondo por oscuro, por lo que dije: Maestro haz que te llegues al otro foso y desmontemos este muro; porque de aquí oigo y no entiendo, y de igual modo miro y no veo. Otra respuesta, me dijo, no te daré sino el hacerlo; que a la demanda honesta ha de seguir el cumplido en silencio. Descendimos del puente por la testa donde se une a la octavo orilla, y entonces la fosa fue manifiesta;
  • 136.
    135 y vi adentrouna terrible masa de serpientes, y de raleas tan diversas cuya memoria la sangre aún me hiela. Que no se ufane Libia más de su arena que si quelidras, yáculos y faras produce, y cencros y anfisbenas, que pestilencias tantas ni tan malas mostró nunca jamás junto a Etiopía, ni del mar Rojo a la región que hay más arriba. Por este enjambre amargo y espantoso corrían gentes desnudas y aterradas sin esperanza de refugio ni heliotropo. Sierpes atábanles las manos en la espalda y clavábanle la cola en los riñones y en la testa, y se apiñaban por delante. Y sobre uno que cerca de nuestra roca estaba se lanzó una serpiente y lo clavó allí donde el cuello se anuda con la espalda. No tan velozmente ni O ni I se escriben, que se inflamó y ardió, y entero en cenizas cayendo fue obligado a reducirse; y luego de quedar por tierra así deshecho, juntóse el polvo de nuevo por sí mismo y volvió al punto a ser lo que antes era. Así los grandes sabios confiesan
  • 137.
    136 que el fénixmuere y ya renace, cuando el año quinientos se aproxima; ni hierba ni heno en vida pace mas sólo incienso, lágrimas y amomo, y nardo y mirra son su última mortaja. Y como aquel que cae sin saber cómo, por fuerza de demonio que al suelo lo derriba, o por otro impedimento que rinde al hombre, y cuando vuelve en sí, y en torno mira confuso todo por la angustia grande que ha sufrido, y pensativo suspira: tal estaba el pecador que levantado se había. ¡Oh justicia de Dios, cuánto eres severa que así golpeas para ejecutar la venganza! Mi Conductor le preguntó quién era; y él respondió: Yo lloví desde Toscana, poco tiempo ha, en esta garganta fiera. Vida bestial me plugo, que no humana, como es del mulo que yo fui; soy Vanni Fucci, bestia, y Pistoya fue mi digna madriguera. Y yo a mi Conductor : Dile que no escape, y pregúntale qué delito aquí lo despeñó pues yo lo vi hombre de sangre y de violencia. Y el pecador, que me oyó, no se detuvo, volvióme el rostro y la mirada,
  • 138.
    137 de triste vergüenzacoloreado; luego dijo: Me duele más que me has hallado en la miseria en que me miras, que cuando fui de la otra vida privado. No puedo negarme a lo que pides: aquí abajo estoy sumido porque fui ladrón de la sacristía de hermosos ornamentos, de lo que falsamente fue acusado otro. Pero para que de esta vista no te goces, si acaso llegas a salir de estos sombríos lares, abre las orejas a mis anuncios, y oye. Pistoya primero de Negros enflaquece; luego Florencia renueva gente y modos. Trae Marte vapor del Valle de Magra envuelto en negras nubes; y con borrasca impetuosa y amarga sobre el Campo Piceno cría combate; cuando de pronto se disipará la niebla de tal modo que todo Blanco será herido. Esto te lo he dicho para que te duela. Canto XXV
  • 139.
    138 Al fin desus palabras el ladrón las manos alzó echando higas gritando: ¡Para ti, Dios, que a ti las mando! De allí en más las sierpes fueron amigas porque una se le enroscó en el cuello, como diciendo: No quiero que más digas; y otra le sujetó los brazos de tal modo que no podía con ellos hacer ni un movimiento. ¡Ah, Pistoya! ¡Pistoya! ¿Por qué no decides incinerarte para que ya no más dures, que en el hacer el mal tu simiente triunfa? Por todos los círculos del infierno oscuro no vi contra Dios espíritu tan soberbio, salvo aquel que en Tebas cayó desde los muros. Huyó el ladrón sin más decir palabras; y vi a un rabioso centauro venir clamando: ¿Dónde, dónde está el impío? Marisma no creo que tantas sierpes tenga cuantas tenía desde las ancas hasta donde se hallan los humanos labios. Sobre la espalda, sobre la nuca, con las alas abiertas yacía un dragón, que abrasaba a todo cuanto topaba.
  • 140.
    139 Mi Maestro dijo:Este es Caco, quien bajo la roca del monte Aventino, de sangre hizo muchas veces lago. No va de sus hermanos por igual camino, por el robo que fraudulentamente hizo del gran rebaño que le era vecino; mas luego cesó de sus perversas obras bajo la maza de Hércules, que tal vez le dio cien golpes, de los que no sintió ni diez. Así, entre el hablar de él y el irse de Caco, tres espíritus vinieron por debajo de nosotros, de los que ni yo ni el Conductor nos dimos cuenta, hasta que nos gritaron: ¿Quiénes sois? Cesó entonces nuestra charla y fijamos nuestra vista en ellos. Yo no los conocía; pero por acaso, como suele ocurrir algunas veces, uno tuvo que hablarle a otro, y le dijo: Cianfa ¿dónde te has metido?; a lo que yo, para que el Conductor atendiera, me puse el dedo del mentón a la nariz. Si ahora, lector, a creer fueras lento de lo que diré, no será maravilla, que lo que yo vi, apenas me lo creo. Tenía yo en ellos alzadas las cejas
  • 141.
    140 cuando una sierpede seis pies se lanza ante uno de ellos y a él toda se engancha. Con los pies del medio le oprimió la panza con los de adelante le amarró los brazos: luego mordióle una y otra mejilla; con los postreros le apartó los muslos, y le metió la cola entre ambos y de atrás sobre las renes la retuvo. Nunca se estrechó tanto una hiedra a un árbol, como la horrible fiera con los del otro entrelazó sus miembros. Luego se fundieron, como si de blanda cera estuvieran hechos, y unieron tanto sus colores, que ni el uno ni el otro parecían lo que eran: igual como por el ardor ocurre que sobre un papel avanza un color bruno, que aún no es negro aunque tampoco es blanco. Los otros dos observaban, y cada uno gritaba: ¡Ay, Agnel, cómo cambias! ¡Mira que ya no eres ni uno ni dos! Las dos cabezas se volvieron una, cuando mostrando dos formas mixtas en una cara, fueron las dos confundidas. Formáronse dos brazos de cuatro que eran; los muslos con las piernas y el vientre y el tronco
  • 142.
    141 se hicieron miembroscomo nunca fueron vistos. Todo el anterior aspecto fue cancelado: dos y ninguno la imagen perversa parecía; y así se iban con lentos pasos. Como el lagarto bajo la potente fuerza de la canicular hora, cambiando de mata, parece un rayo al cruzar la ruta, así parecía, viniendo hacia los vientres de los otros dos, una serpiente irritada, lívida y negra como grano de pimienta; y en aquella parte donde primero tomamos nuestro alimento, a uno de ellos picó, cayendo luego delante donde quedó yerta. Miróla el enclavado y nada dijo; antes, quieto de pie, bostezaba, como si el sueño o la fiebre lo invadiese. El a la serpiente y ella al hombre se miraban; uno por la llaga y la otra por la boca echaban humo y los humos se juntaban. Calle Lucano ahora donde refiere del mísero Sabello y de Nasidio, y atienda a oír lo que ahora es arrojado. Calle de Cadmio y de Aretusa Ovidio, que si al uno en víbora y a la otra en fuente convirtió poetizando, yo no lo envidio;
  • 143.
    142 que nunca dosnaturalezas frente a frente no trasmutaron tanto que ambas sus formas a cambiar de materia fueran prontas. Juntos se acordaban a tal norma que la serpiente la cola en horca abría y el herido ambas sus plantas juntaba. Las piernas con los muslos mismos se estrechaban tanto, que al poco la sutura no daba señal alguna que la mostrara. Tomaba la cola hendida la figura que perdía el otro, y su piel se hacía blanda, y la de él dura. Vi entrar los brazos por las axilas, y los dos pies de la fiera, que eran cortos, alargarse tanto como retraerse los del otro. Después los pies de atrás, contraídos juntos, se hicieron el miembro que el hombre oculta, y el miserable del suyo vino a tener dos patas. Mientras que el humo a uno y a otro vela de color nuevo, y engendra pelo encima del uno, y al otro lo repela, aquel se alzó y el otro cayó abajo, no apartando empero las miradas impías atentas a como cada uno mutaba el hocico.
  • 144.
    143 El que estabaerguido, lo encogió hacia las sienes, y del exceso de materia que allí había salieron orejas sobre las lisas mejillas; lo que atrás no se fue y se retiene sobrando, se hizo nariz en la cara, y los labios engrosó como conviene. El que yacía, la boca adelante empuja, y las orejas hace entrar en la cabeza como oculta el caracol los cuernos; y la lengua, que estaba unida y antes pronta para hablar, se hendió, y la hendida en el otro se juntó; y el humo se detuvo. El alma que se había hecho fiera silbando huye por el valle, y el otro tras de él hablando escupe. Después le volvió la nueva espalda al otro y dijo: Quiero que Busso corra como lo he hecho yo, reptando por esta rambla. Así vi yo en el séptimo lastre cambiarse y trasmutarse; y aquí disculpen que esta novedad la flor de la pluma dañe. Y aunque mis ojos confundidos estuvieran un tanto y el ánimo perdido, no pudieron ellos huir tan en oculto que no advirtiera yo a Puccio Sciancato;
  • 145.
    144 que era elúnico, de los tres compañeros que vinieron antes, que no fue cambiado. El otro era aquel que tú, Gaville, lloras. Canto XXVI ¡Alégrate, Florencia, porque eres tan grande que por mar y por tierra bates las alas, y por el infierno tu nombre se expande! Entre los ladrones encontré cinco tales ciudadanos tuyos, causa de mi vergüenza, y tú con gran honor no te sales. Pero si hacia el amanecer se sueña, tú sabrás, en muy poco tiempo, lo que Prato, y tal vez otros, te auguran. Y si ya hubiera ocurrido, dirán que fue tarde. ¡Ojalá fuera ahora, ya que ha de ser! que más me abatirá, cuanto más me pase el tiempo. Partimos de allí, y, por las peldaños de rocas que nos sirvieron para bajar antes, subió mi Conductor, y me arrastró consigo; y prosiguiendo la solitaria vía, entre las astillas y las rocas del escollo
  • 146.
    145 el pie sinla mano no se expedía. Me dolió entonces, como de nuevo me duelo, cuando dirijo la mente a lo que vi, y más refreno el ingenio como no suelo, a que no corra sin que la virtud lo guíe; de modo que si una buena estrella o mejor cosa me ha dado el bien, que yo mismo no me lo envidie. Así como el aldeano que en la colina reposa, cuando aquel que el mundo aclara su rostro menos esconde, cuando al mosquito cede paso la mosca, ve las luciérnagas abajo en el valle tal vez allá donde él vendimia y ara: así con tantas llamas relucía entero el recinto octavo, como observar pude cuando allí estuve donde se veía el fondo. Y como aquel que se vengó con los osos vio el carro de Elías en su partida, y los caballos subir rectos al Cielo, incapaz de con la vista seguirlos, pues ya más no veía que una sola llama, como nubecilla, que hacia lo alto ascendía: tal estas otras bullían por el golfo del foso, porque no muestra ninguna el hurto, y cada llama un pecador esconde.
  • 147.
    146 Sobre el puenteestaba yo mirando inclinado tanto, que si no estuviera de una roca asido, hubiera caído abajo sin que me empujaran. Y mi Conductor, que me vio tan absorto me dijo: Dentro del fuego están los espíritus; cada uno vestido de la llama que lo abrasa. Maestro mío, respondí, al oírte estoy ahora más cierto; pera había ya notado que así era, y estaba por decirte: ¿Quién está en aquel fuego que se divide arriba, que parece surgida de la pira donde fue metido Eteocles con su hermano? Respondióme: Allí adentro se castiga a Ulises y a Diomedes, y así juntos a la venganza van como a la ira; y dentro de su llama se llora el engaño del caballo que fue puerta de la cual salió de los Romanos la noble estirpe. Llórase dentro el artimaña por la cual, muerta, Deidamia aún se lamenta de Aquiles, y por el Paladio se sufre duelo. Si adentro de aquella flámula pueden hablar, dije yo, Maestro, mucho te ruego y te suplico, así que el ruego valga mil,
  • 148.
    147 que la ocasiónde esperar no me niegues a que la llama encornada hasta aquí se llegue; ¡Mira cómo a ella me arroja el deseo! Y él a mí: Tu súplica es digna de mucha loa, y así por ello la acepto; pero haz que se contenga tu lengua. Deja que hable yo, que he comprendido lo que quieres; que ellos te serían esquivos porque son griegos, tal vez por tu jerga. Luego que la llama llegó a nosotros cuando juzgó mi Conductor oportuno, de esta forma oí que les hablaba: ¡Oh vosotros que sois dos dentro de un fuego! Si amerité de vosotros cuando era vivo, si amerité de vosotros bastante o poco cuando en el mundo escribí mi alto verso, no prosigáis; más que uno de vosotros diga donde, por su valía, perdido de muerte quedó. El cuerno mayor de la llama antigua comenzó a sacudirse murmurando, a la manera de la que un viento fatiga; y con la cresta aquí y allá meneando como haría una lengua que hablara, lanzó afuera la voz y dijo: Cuando me alejé de Circe, que me retuvo
  • 149.
    148 más de unaño preso en Gaeta, antes que así Eneas la nombrara, ni la dulzura del hijo, ni la piedad del viejo padre, ni el debido amor que debía a Penélope hacer dichosa, vencer pudieron dentro de mí el ardor que tuve de hacerme del mundo experto y de los vicios humanos y de su valor; antes, me lancé por el alto mar abierto con sólo un barco y con aquellos compañeros pocos, de los que no fui abandonado. De costa en costa vi al final los límites de España, hasta el Marruecos, y la isla de los Sardos, y las otras que aquel mar en torno baña. Yo y mis compañeros éramos viejos y tardos cuando llegamos a aquella fosa estrecha donde Hércules marcó sus dos resguardos para que el hombre más allá no se meta; a la derecha mano dejé Sevilla, de la otra ya había dejado Ceuta. “¡Oh hermanos”, dije, “que por cien mil peligros habéis llegado a occidente, de esta tan pequeña vigilia de nuestro sentidos remanente no queráis negaros la experiencia,
  • 150.
    149 siguiendo al Sol,hacia el mundo sin gente. Considerad vuestra simiente: hechos no fuisteis para vivir como brutos, sino para perseguir virtud y conocimiento”. Mis compañeros tornáronse tan ansiosos, con esta mi breve arenga, de seguir camino, que apenas podría con esfuerzo contenerlos; y, vuelta nuestra popa a la mañana, de los remos hicimos alas para el loco vuelo, avanzando siempre por el lado izquierdo. Todas las estrellas ya del otro polo veía la noche, y el nuestro tan abajo, que no asomaba fuera del marino suelo. Cinco veces encendida y tantas apagadas pasó la luz por debajo de la Luna, luego que entrados fuimos en aquel gran paso, cuando apareció una montaña, bruna en la distancia, y parecióme tan alta como no había visto nunca una. Nos alegramos, aunque enseguida volvióse llanto, porque de la nueva tierra un torbellino nació que golpeó al leño en su primer lado. Tres vueltas nos hizo girar con toda el agua; y en la cuarta se alzó la popa en alto, como a Otro plugo, y la proa se fue abajo,
  • 151.
    150 y al finel mar sobre nosotros volvió a cerrarse. Canto XXVII Erguida y quieta quedó la llama sin decir más nada, y ya de nos se alejaba con anuencia del dulce poeta, cuando ya otra que detrás de ella venía, forzónos a volver la vista a su cresta por un confuso rumor que de allí salía. Como el siciliano buey cuyo primer mugido fue el llanto de aquel, y fue justicia, que lo había trabajado con su lima, mugía con la voz del torturado, tanto que, con todo que de bronce era, parecía de real dolor transido; de igual manera, por no tener salida ni abertura la cima del fuego, en ese lenguaje se convertían las míseras palabras. Mas después de haber logrado el viaje de salir por la punta, dándole aquel jadeo que le había dado la lengua en su pasaje, oímos decir: ¡Oh tú, a quien dirijo la voz y que hablabas recién en lombardo, diciendo: “Ahora vete, más no te exijo”,
  • 152.
    151 aunque haya llegadotal vez un poco tardo, que no te abrume quedarte a hablar conmigo: mira que a mí no me abruma, y ardo! Si tal vez ahora en este mundo ciego acabas de caer desde la dulce tierra latina de donde yo toda mi culpa cargo, dime si los romañoles tienen paz o guerra; que yo fui de los montes que yacen entre Urbino y la ladera de donde el Tíber se abre paso. Yo estaba quieto todavía atento e inclinado, cuando mi Conductor me codeó el costado, diciendo: Habla tú; éste es latino. Y yo que tenía pronta la respuesta sin tardanza comencé a hablarle: Oh alma que estás abajo allí escondida, tu Romanía no está ni estuvo nunca sin guerra en el corazón de sus tiranos; mas no había ninguna en evidencia cuando la dejé. Rávena está como ha estado muchos años: el águila de Polenta allí anida, y aún cubre a Cervia con sus alas. La tierra que sostuvo ya la larga prueba y de Franceses hizo un montón sangriento, se encuentra bajo las verdes garras.
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    152 Y el mastínviejo y el cachorro de Verrucchio, que hicieron de Montagna mal gobierno, allá donde suelen ensangrentar sus dientes. A las ciudades del Lamone y del Santerno conduce el leoncillo en campo blanco, que cambia de partido de verano a invierno. Y aquella de la cual el Savio baña el flanco, así como está entre el llano y la montaña, así vive entre tiranía y estado franco. Ahora quien eres, quiero que me cuentes; no seas duro más que los otros lo han sido, si tu nombre quieres que en el mundo dure. Luego que un poco hubo el fuego enrojecido a su manera, la aguda punta movió de aquí, de allá, y luego dio un tal soplido: Si yo creyera que mi respuesta fuese a persona que debe volver al mundo, esta llama estaría sin más callada; pero como ya nunca desde este fondo vivo no volvió nadie, si lo que oigo es cierto, sin temor de infamia te respondo. Yo fui hombre de armas, y después franciscano, creyendo, que así ceñido, haría enmienda, y por cierto que el creer mío era verdadero si no fuera por el gran preste, ¡que mal haya!,
  • 154.
    153 que me devolvióa la primera culpa; y cómo y porqué quiero que escuches. Mientras que yo fui forma de huesos y pulpa que la madre me diera, mis obras no fueron leoninas, sino de lobo. Las astucias y las ocultas vías las supe todas, y con tanto arte que hasta el confín de la tierra iba la fama. Cuando me vi llegando a aquella parte de mi edad en la que todos deberían arriar las velas y recoger los cabos, lo que antes me placía, ahora me afligía, y arrepentido y confeso me rendí; ¡Ay desgraciado de mí! y me hubiera servido. El príncipe de los nuevos Fariseos teniendo guerra junto al Letrán, y no con Sarraceno o con Judío, pues todos sus contrarios eran cristianos, y ninguno había ido a vencer en Acre, ni a comerciar en tierra del Soldán; ni sumo oficio ni órdenes sacras guardó en sí, ni en mí aquel cordón que solía hacer de sus ceñidos flacos. Pero así como Constantino pidió a Silvestre en el monte Soracto que le curara la lepra,
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    154 así me pidióéste como maestro para curar su fiebre soberbia; pidiéndome consejo, y yo callaba pues sus palabras eran de ebrio. Y luego agregó: Tu corazón no sospeche; desde ahora te absuelvo, y tú enséñame a hacer para que a Penestre arroje por tierra. Puedo abrir y cerrar el Cielo como tú sabes; porque son dos las llaves que mi antecesor no estimó en mucho. Me tocaron entonces los argumentos graves, y allí callar me pareció peor, y dije: Padre, ya que tú me lavas del pecado aquel en el que caer debo, el prometer mucho y el cumplir poco te hará triunfar en tu alto solio. Francisco vino después, cuando mi muerte, por mí, pero uno de los negros querubines le dijo: No te lo lleves; sería injusto. Venir debe abajo, entre mis mezquinos porque dio consejo fraudulento, y desde entonces lo tengo por las crines; que no se puede absolver al que no se arrepiente, ni arrepentirse y querer es posible pues la contradicción no lo consiente.
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    155 ¡Ay desgraciado demí! ¡Cómo me apercibí cuando me tomó diciéndome: “Tal vez tú no creías que yo fuera un lógico”! A Minos me llevó; y este se ciñó ocho veces la cola en el duro tronco; y mordiéndosela con gran rabia dijo: “Este es de los reos del ladrón fuego”; por lo que entonces donde ves estoy perdido, y así vestido, andando, me torturo. Cuando hubo concluido el relato de su historia la llama se alejó doliente, torciendo y agitando el cuerno agudo. Nosotros proseguimos, yo y mi Conductor, por el puente hasta llegar al nuevo arco que cubre el foso en que la falta se purga de quienes dividiendo ganan su culpa. Canto XXVIII ¿Quién podrá nunca aún sin rima narrar plenamente la sangre y las plagas, aún si prolijo, que entonces vi?
  • 157.
    156 Toda lengua porcierto desfallecería, pues es poco lo que nuestra voz y nuestra mente puede alcanzar. Si aún se allegara toda la gente que entonces, en la afortunada tierra de Pulla, derramó su sangre doliente por los Troyanos y por la larga guerra que de anillos creó tan gran trofeo, como escribe Livio, que no yerra, con la que sufrió tan rudos golpes por resistir a Roberto Guiscardo; y con la otra cuyos huesos aún se recogen, en Ceperano, allí donde fueron falsarios todos los pullenses, y allá en Tagiacozzo donde sin armas venció el viejo Alardo, y que unos sus miembros rotos y otros atravesados mostraran, igualmente nunca podrían igualar la inmunda condición de la novena fosa. Una tonel, cuya duela del fondo o medianera perdiera, no se vería hendido, como yo vi a uno, abierto desde el mentón hasta donde se ventea. Entre las piernas pendíanle las tripas, se veían las entrañas y el triste saco que hace mierda de lo que se embucha.
  • 158.
    157 Mientras por enteroa mirarlo me convoco miróme y con las manos se abrió el pecho, diciendo: ¡Mira cómo me desgarro! ¡mira cuán estropeado está Mahoma! Delante mío va llorando Alí, partido el rostro del mentón hasta el copete. Y todos los otros que tú ves aquí, sembradores de escándalo y de cisma, vivieron, pero ahora están hendidos así. Un diablo está detrás y nos parte así cruelmente, con el filo de la espada, reintegrando a cada uno en la fila, una vez que circularon la doliente vía; pero la heridas se han cerrado, antes que otro por delante las reabra. Pero tú, ¿quién eres, que te asomas por el borde, tal vez por demorar venir a la pena que te fue juzgada arriba por tus culpas? Ni muerte lo alcanzó aún, ni culpa lo lleva, respondió mi Maestro, al tormento; sino por darle experiencia plena, y yo, que muerto estoy, debo llevarlo por el infierno abajo de giro en giro; y esto es tan verdad como que te hablo. Más de cien fueron los que al oírlo,
  • 159.
    158 se detuvieron enel foso a mirarme maravillados, olvidando el martirio. Pues bien dile a fray Dolcín que se provea, tú que tal vez verás el Sol en breve, si no quiere pronto estar aquí conmigo, que tenga viandas, que apretado por la nieve no lo derrote el novarés, pues de otro modo vencerlo no sería leve. Después que un pie para irse levantara me dijo Mahoma estas palabras; de allí al irse en el suelo lo apoyó. Otro que perforada tenía la gola y rota la nariz hasta las cejas, y no tenía más que una oreja sola, deteniéndose a mirar maravillado con los otros, antes que otros abrió la cala, que por fuera en todo era bermeja, y dijo: ¡Oh tú! a quien la culpa no condena y a quien yo vi arriba en tierra latina, si tanta semejanza no me engaña, acuérdate de Pedro de Medicina, si alguna vez vuelves a ver el dulce llano que de Vercelli a Marcabó declina. Y haz saber a los dos mejores de Fano, a maese Guido y asimismo a Angiolello,
  • 160.
    159 que, si laprevisión de aquí no es vana, arrojados serán fuera de su barca y ultimados cerca de la Católica por traición de un tirano falso. Entre la isla de Chipre y de Mallorca no vio nunca tan gran falsía Neptuno, ni de piratas, ni de gente argólica. Ese traidor que sólo ve con uno, y posee la tierra que un tal aquí conmigo querría de verla estar ayuno, los hará venir a conversar consigo; luego hará de forma, que al viento de Focara no les será necesario dar voto ni culto. Y yo a él: Demuéstrame y declara, si quieres que de ti lleve noticias arriba, quién es el de la figura amarga. Puso entonces la mano en la quijada de su compañero y le abrió la boca, gritando: Éste es ése, y no habla. Éste, desterrado, el dudar indujo en César, afirmando que quien está pronto siempre se daña si el aplazar tolera. ¡Oh cuán conturbado lo veía, con la lengua cortada en el gaznate Curión, que tan audaz parlando fuera!
  • 161.
    160 Y uno quetenía una y la otra mano mochas, alzando sus muñones en el aire turbio, de modo que la sangre le asqueaba la cara, gritó: Recuérdate también de Mosca, que dijo, ¡desgraciado!, “Lo hecho, hecho está”, que fue mala semilla para los toscanos. Y yo agregué: Y la muerte de tu casta; por lo que, sumando duelo a duelo, se fue como persona triste y trastornada. Quédeme entonces a observar la tropa, y cosas vi que me darían miedo, sin más prueba, de contarlas sólo; mas la conciencia me asegura, es buena escolta que hace al hombre franco bajo el amparo de saberse pura. Vi ciertamente, y aún paréceme que lo viera, un busto sin cabeza andar así como andaban los otros de la triste hilera; y a la cabeza el tronco sostenía por el pelo, pendiente en mano a guisa de linterna, y la cabeza nos miraba y decía: ¡Ay de mi! La cabeza servía al cuerpo de lucerna, y eran dos en uno y uno en dos; cómo ser pueda, lo sabe el que nos gobierna.
  • 162.
    161 Cuando junto alpié del puente hubo llegado, levantó el brazo en alto con la entera testa para arrimarme sus palabras que fueron: Mira ahora la molesta pena, tú que, respirando, vas viendo a los muertos: mira si alguna es tan grande como ésta. Y para que tú de mi noticias lleves, sabe que soy Bertrán de Born, aquel que dio al joven rey malos consejos. Yo hice al padre y al hijo entre sí rebeldes; no hizo más Aquitofel a Absalón y a David con sus perversas sugerencias. Porque separé a tan unidas personas, separado llevo mi cerebro, ¡desgraciado!, de su principio que está en este tronco. Así se cumple en mí la represalia. Canto XXIX Ilustración de Gustave Doré. La mucha gente y las variadas plagas habían mis luces tanto embriagado, que estarse a llorar sólo deseaban.
  • 163.
    162 Pero Virgilio medijo: ¿qué estás mirando? ¿por qué tu vista está fija allá abajo entre las sombras tristes mutiladas? No fuiste así en las otras fosas, piensa, si tu contarlas quisieras, que veintidós millas son del valle la vuelta. Y ya la Luna está bajo nuestros pies; poco es el tiempo que aún nos conceden, y hay otras cosas de ver que no has visto. Si hubieras tú, respondí luego, atendido a la razón porqué miraba, quizá quedarme más me habrías dejado. En tanto mi Conductor se iba y yo detrás le andaba, y prosiguiendo mi respuesta le dije: Dentro de aquella cava en la que tuve entonces fijos los ojos, creo que un espíritu de mi sangre llora la culpa que allá bajo tanto importa. Entonces dijo el Maestro: no se quiebre tu pensamiento de aquí en más por ello. Atiende a otras cosas, y aquel allá se quede; que yo lo vi al pie del puentecillo señalarte y amenazarte feroz con el dedo, y oí nombrarlo Geri del Bello. Tú estabas entonces tan entero distraído
  • 164.
    163 con aquel queHautefort hubo regido, que no miraste allí, y así marchóse. ¡Oh Conductor mío, la violenta muerte que aún no le fue vengada, dije yo, por ninguno que de la ofensa fue consorte, lo hace arrogante; por lo que se fue sin hablarme, como imagino: y con ello me ha hecho para con él más pío. Así hablamos hasta el lugar primero, que desde el puente el otro cerco muestra, si más luz hubiera, entero hasta la hondura. Cuando llegamos al último recinto de Malebolge, de forma que sus transmutados fueran conspicuos a la vista nuestra, me alcanzaron las flechas de lamentos varios que de dolor púas tenían de hierro; y así tapéme las orejas con las manos. Cuál dolor era, como si de los hospitales de Valdichiana de julio a septiembre y de Marismas y de Cerdeña los enfermos fueran en una fosa todos reunidos, tal era aquí, y tal fetidez salía como suele venir de los miembros muertos. Descendimos por la final orilla del largo puente, siempre a la izquierda;
  • 165.
    164 y entonces mivisión fue más viva hacia el fondo abajo, donde la ministra del alto Sire, la infalible justicia, castiga a los falsarios que aquí registra. No creo que mayor tristeza se viera en Egina cuando todo el pueblo enfermo, estuvo, y el aire tan de malicia lleno, que las bestias, hasta el menor verme murieron todas, y luego la gente antigua, como los poetas tienen por cierto, restauradas fueron de simiente de hormigas; como era a ver en aquel oscuro valle languidecer las almas por diversas plagas. Cual sobre el vientre, y cual de espaldas uno apoyado en otro yacía, y cual se movía reptando por la triste calle. Paso a paso íbamos en silencio mirando y escuchando a los enfermos que no podían alzar sus cuerpos. Yo vi a dos sentados mutuamente apoyados, como a cocer se pone teja sobre teja, de pie a cabeza de postillas manchados; y nunca vi antes pasar la raedera a un mozo ante el amo que espera, ni al que de mala gana vela,
  • 166.
    165 como asidua cadauno pasaba la mordida de las uñas sobre sí por la gran furia del escozor, que no tiene otro socorro; y así arrasaban las uñas la sarna, como cuchillo del escaro las escamas o de otro pez que más grandes las tenga. ¡Oh tú que con los dedos te descamas, comenzó el Conductor mío a uno de ellos, y que quizá los hagas tenazas, dime si algún Latino hay entre estos que aquí están, si las uñas te bastan eternamente para esta tarea! Latinos somos, los que ves tan devastados, nosotros ambos, respondió uno llorando; mas ¿quién eres tú que de nosotros preguntas? Y el Conductor dijo: Yo soy uno que desciende con este vivo abajo de giro en giro, y a quien mostrar pretendo el infierno. Se rompió entonces la común pareja y cada uno temblando a mi volvióse con otros que por cercanos lo oyeron. El buen maestro se arrimó bien a mi lado diciendo: Diles pues lo que deseas; y yo comencé como él quería:
  • 167.
    166 Así vuestra memoriano se borre en el primer mundo de las humanas mentes, mas siga viva bajo muchos soles, decidme quiénes sois y de qué gente; vuestra lamentable y fastidiosa pena de conversar conmigo no os espante. Yo fui de Arezzo, y Alberto de Siena, respondió uno, me mandó a la hoguera, mas no vine aquí por lo que fui muerto. Verdad que yo a él le dije en chanza: ‘Yo sabría cómo elevarme por el aire en vuelo’ y aquel, que tenía el capricho y el seso poco, quiso que le mostrara el arte; y sólo porque no lo hice Dédalo, me hizo arder por quien lo consideraba hijo. Pero aquí, en el último círculo de los diez, por la alquimia que en el mundo practiqué me condenó Minos, quien fallar no puede. Y le dije al Poeta: ¿Hubo ya nunca gente tan vana como la de Siena? ¡Ciertamente ni la francesa lo es tanto! Entonces el otro leproso, que me escuchó, repuso a lo que dije: Excepto Stricca que supo hacer tan moderados gastos, y Nicolo que la costumbre adinerada
  • 168.
    167 del clavo deespecia descubrió primero en el huerto donde tal semilla se planta; y en la banda en la que dilapidara, Caccia de Asciano, sus viñas y sus frondas, y Abbagliato su juicio expresara. Mas para que sepas quién te secunda contra los Sieneses, aguza en mi el ojo, tal que mi cara bien te responda: así verás que soy la sombra de Capocchio, que falsifiqué los metales con la alquimia; y has de recordarte, si bien te advierto, que yo fui de buena naturaleza simia. Canto XXX En tiempos en que estaba Juno irritada por Semele contra la sangre tebana como más de una vez demostrara, Atamante tornose tan insano que viendo a la mujer con los dos hijos cargando a cada uno en un brazo, gritó: Tendamos las redes, para que agarre a la leona con los leoncillos cuando pasen; y extendiendo después las despiadadas manos tomando a uno de nombre Learco,
  • 169.
    168 lo lanzó alaire y lo estrelló contra una peña; y la madre se ahogó con el otro que cargaba. Y cuando la fortuna abatió la grandeza del Troyano que todo osaba, tanto que el reino con el rey fue devastado, Hécuba triste, mísera y cautiva, luego que vio a Polisema muerta, y del cuerpo de su Polidoro en la orilla del mar hizo doloroso hallazgo, como un perro ladró enloquecida, tanto el dolor le desquició el sentido. Mas ni de Tebanos furiosos ni de Troyanas se vio nunca en nadie tan cruel manera de castigar fieras, ni menos seres humanos, cual vi yo en dos sombras macilentas y desnudas que mordiendo del modo corrían como el cerdo huyendo de la pocilga. Una alcanzó a Capocchio, y en el nudo del cuello le clavó las zarpas, y así, tirando, le hizo rascar el vientre contra el suelo duro. Y el Aretino, que quedó temblando, me dijo: Ese bruto es Gianni Schicci y va rabioso al otro así frotando. ¡Oh!, le dije, si antes la otra no te enfila los dientes en la nuca, no te fatigue
  • 170.
    169 decirme quien es,antes de que se marche. Y él a mí: Esa es el alma antigua de la perversa Mirra, que fue del padre, contra el lícito amor, amiga. Ella a pecar con él así convino, enmascarándose en forma de otra, como aquel otro que allá va, sostuvo, que para ganar la dama de la tropa fingióse Buoso Donati, testando y dando al testamento norma. Y después que ambos rabiosos pasaron a los que había estado contemplando volvíme a observar a los otros mal nacidos. Y a uno vi, que habría semejado un laúd, si hubiera tenido el cuerpo cercenado en el sitio donde el hombre se bifurca. La grave hidropesía, que así deforma los miembros con el humor que mal reparte, que el rostro ya no responde al vientre, forzábale los labios a guardar abiertos, como el tísico hace, que por la sed un hacia el mentón y el otro arriba vuelve. ¡Oh vosotros que sin ninguna pena estáis, y no sé el porqué, en el mundo doliente, nos dijo, mirad y atended
  • 171.
    170 a la miseriade maese Adam; yo tuve, vivo, mucho de lo que quise, y ahora, ¡ay de mí!, por una gota de agua bramo. Los arroyuelos que de los verdes collados del Casentino descienden hasta el Arno, formando abajo cauces frescos y blandos, siempre me están delante, y no en vano, que la imagen de sus cursos me es más sedienta que el mal que en el rostro me descarna. La rígida justicia que me atormenta se sirve del lugar donde yo pequé, para hacerme exhalar aún más suspiros. Allí queda Romena, donde falsifiqué la moneda con la efigie del Batista; por lo que dejé allí mi cuerpo ardido. Pero si yo viera aquí el alma abatida de Guido o de Alejandro o de su hermano, por la fuente Branda no cambiaría la vista. Aquí adentro hay una ya, si las furiosas sombras que ven en torno la verdad dicen; mas ¿de qué me vale si tengo los miembros ligados? Si yo fuera aún al menos algo ligero que en cien años pudiera andar sólo una onza ya hubiera entrado en el sendero,
  • 172.
    171 buscándolos, entre estagente informe, con todo que la fosa contorna once millas y no menos de media milla la atraviesa. Por culpa de ellos estoy en esta familia; ellos me indujeron a acuñar florines de tres quilates de baja y vil liga. Y yo a él: ¿Quiénes son esos dos mezquinos, que humean como húmedas manos en invierno, yaciendo juntos a tu derecha mano? Aquí los encontré - y luego no se movieron -, respondió, cuando caí en esta fosa, y no creo que se moverán en lo eterno. Una es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya: por la aguda fiebre destilan tan fuerte hedor. Y uno de ellos, que se sintió ofendido quizá de haber sido nombrado tan bajo, con el puño golpeóle el duro vientre. La panza resonó como un tambor, y maese Adam le dio en el rostro con el brazo, que no era menos duro, diciéndole: Aunque me han quitado el moverme por los miembros tan pesados, tengo el brazo para este menester suelto. Y el otro repuso: Cuando marchabas
  • 173.
    172 al fuego, nolo tenías tan suelto, pero sí y más libre aún cuando acuñabas. Y el hidrópico: Dices verdad en esto, pero no diste tan veraz testimonio cuando la verdad allá en Troya te pidieron. Si yo dije lo falso y tú falseaste moneda, dijo Sinón, estoy aquí por una fallo, y tú por más que cualquier otro demonio! Recuérdate, perjuro, del caballo, repuso el de la panza hinchada, y sábete reo de lo que todos saben! Y séate verdugo la sed que te agrieta, díjole el griego, la lengua, y el agua infecta que el vientre ante tus ojos alza como cerca. Entonces el monedero: Así se te retuerce la boca por tu maldad como suele; porque, si yo tengo sed y el humor me infla, tú tienes el ardor y la testa que te duele, y, a lamer el espejo de Narciso, no harían falta discursos para moverte. En escucharlos estaba yo muy atento cuando el Maestro me dijo: ¡Sigue mirando que poco falta para que de ti me ría! Cuando lo oí hablarme a mí así con ira volvíme a él con tal vergüenza,
  • 174.
    173 como aún hoyel recuerdo por mi memoria gira. Como quien su desgracia sueña, y aún soñando desea que sea sueño, y que lo que es, no fuera, ansía, tal me hice yo, impedido de hablar, que deseaba excusarme, y así me excusaba, en el silencio, y no creía que lo hacía. Mayor defecto menos vergüenza lava, dijo el Maestro, que no es tu caso; así pues toda tristeza aparta. Y considera que estaré siempre a tu lado, si de nuevo ocurre que la fortuna te lleve a donde haya gente tan alterada: que querer oír tales cosas, es querer bajo. Canto XXXI EL COCITO. Sumidero final del Infierno a donde refluyen todos los ríos Una misma lengua me mordió primero, tiñéndome una y otra mejilla, y me aplicó después el remedio;
  • 175.
    174 así supe quehacer solía la lanza de Aquiles y de su padre, que era causa primero de triste don y luego de bueno. Al mísero valle dimos la espalda subiendo por la orilla que lo ciñe en torno, transitando sin decir palabra. Era allí menos que noche, menos que día, de modo que la vista se alargaba poco; sentí entonces bramar un alto cuerno, tan fuerte que un trueno habría sido flojo, que en opuesto sentido de su marcha, me hizo a un lugar volver atento el ojo. Tras la dolorosa derrota, cuando Carlo Magno perdió la santa gesta, no sonó tan terriblemente Orlando. Así que a poco de volver allá la testa, parecióme ver muchas altas torres y dije: Maestro, ¿qué comarca es ésta? Y él a mí: Mucho ha que tú corres por las tinieblas desde muy lejos, lo que causa que tu imaginación se equivoque. Sabrás, cuando más cerca te encuentres, cuánto al sentido la distancia confunde; mas ahora apresura el paso. Con cariño luego me tomó la mano
  • 176.
    175 y dijo: Antesque más adelante sigamos, para que el caso te sea menos extraño sabe que no son torres, sino gigantes, y enterrados en el pozo, en derredor, por la orilla, están todos, desde el ombligo hasta abajo. Como cuando la niebla se disipa la mirada poco a poco reconoce lo que cela el vapor que al aire entupa, así cruzando el aura gruesa y oscura, cada vez más cerca del fondo, huyó el error de mí y creció el pavor; porque, así como en su cerca redonda Montereggione de torres se corona, así, por la orilla que al pozo circunda, se alzaban en torres de media persona los horribles gigantes, a quienes fustiga del cielo aún hoy Jove cuando truena. Ya distinguía yo del alguno el rostro, la espalda, el pecho y del vientre gran parte, y por las costillas abajo ambos los brazos. Cuando en verdad la natura abandonó el arte de hacer bestias tales, hizo muy bien en privar de tales actores a Marte. Y si de elefantes y ballenas ella no se arrepiente, quien sutilmente mira,
  • 177.
    176 la juzgará enesto más justa y discreta; pues si al razonar de la mente se agrega el mal querer y la fuerza, ningún estorbo puede ofrecerle la gente. Largo me parecía su rostro y grueso como la piña de San Pedro en Roma, y de igual dimensión eran los demás huesos; y tanto que la orilla, que ocultaba su mitad de abajo, mostraba tanto de arriba, que de alcanzar la cima tres Frisones habrían mal alardeado, porque contaba yo treinta grandes palmos de abajo hasta donde se ajusta el manto. “Raphel maí amech zabí almi”, comenzó a gritar la fiera boca a la que ya no se avenían los dulces salmos. Y mi Conductor a él: Alma insensata, ¡Conténtate con el cuerno y con él desahoga la ira u otra pasión que te tome! Hurga el cuello, y encontrarás la soga que lo sostiene, ¡oh alma confusa! y mira cómo te ciñe el pecho! Después me dijo: Él mismo se acusa; es Nemrod que por su mala idea ya no es una la lengua que el mundo usa.
  • 178.
    177 Dejémoslo estar yno hablemos al viento; que así es para él cualquiera lengua, extraña, como para los otros la suya. Hicimos camino entonces más largo por la izquierda; y a tiro de ballesta otro hallamos, mucho mayor y más fiero. A ceñirlo quienquiera fuera el maestro lo ignoro, más le tenía sujeto delante el izquierdo y detrás el brazo derecho con una cadena que lo amarraba del cuello abajo, y tanto que al descubierto cuerpo cinco vueltas le daba. Este soberbio quiso ensayar su potencia contra el sumo Jove, dijo mi Conductor, y así logró este premio. Llámase Efialto y mostró gran audacia cuando los gigantes amedrentaron a los dioses; los brazos que agitó, ya nunca más mueve. Y yo a él: Si posible fuera querría, que del descomunal Briareo experiencia hicieran mis ojos. Y me repuso: Verás a Anteo cerca de aquí, que habla y está suelto, el cual nos llevará al fondo del infierno.
  • 179.
    178 El que quieresver, está más lejos y está atado y arreglado como éste, salvo que más feroz se ve en el rostro. No hubo terremoto tan robusto que tan violento sacudiera una torre como cuando de golpe se sacudió Efialte. Temí entonces más que nunca la muerte, y me hubiera bastado a morir tan sólo el miedo, si no hubiera visto las grilletes. Seguimos adelante ahora y llegamos a Anteo, que con sus buenas cinco alas, sin contar la cabeza, sobresalía de la gruta. ¡Oh tú que en el afortunado valle donde heredó Escipión tanta gloria, cuando Aníbal y los suyos cayeron, recogiste mil leones por presa, y que, si hubieras estado en la gran guerra de tus hermanos, aún creerse podría que hubieran vencido los hijos de la Tierra: llévame abajo, si no lo llevas a ultraje, a donde al Cocito el frío aprieta. No nos obligues a ir a Ticio o a Tifón: pues éste puede darte lo que aquí se ansía; mas inclínate y no me escondas el hocico. Aún puede darte en el mundo fama
  • 180.
    179 porque está vivo,y larga vida aún le espera si antes de tiempo la gracia no lo llama. Así dijo el Maestro; y el otro de prisa extendió las manos, y atrapó a mi Conductor, manos de las que Hércules sintió ya el gran apriete. Cuando Virgilio se sintió que era aferrado me dijo: Acércate para que te tome; y me abrazó de tal modo que fuimos un solo fajo. Como al mirar la Garisenda semeja bajo el inclinado lado, cuando una nube pasa sobre ella, que a su encuentro navega; tal me pareció Anteo a mí que estaba atento a verlo inclinarse, y fue tal entonces que más hubiera querido ir por otra vía. Pero suavemente en el fondo donde devora Lucifer a Judas, nos dejó; Luego, así inclinado no se demora, y como el mástil de una nave se elevó. Canto XXXII Si yo tuviera rimas ásperas y roncas, como convendría al triste foso al cual apuntan todas las otras rocas, exprimiría de mis conceptos el jugo más plenamente; pero porque no las tengo
  • 181.
    180 no sin temora decir me conduzco; que no es empresa a tomar en chanza describir el fondo de todo el universo, ni de la lengua que dice mamá y papá. Mas aquellas damas ayuden a mi verso que ayudaron a Anfión a cerrar Tebas, si los hechos del decir no son diversos. ¡Oh más que todas mal creada plebe que estáis en el lugar donde el hablar es duro, mejor hubierais sido aquí cabras u ovejas! Cuando estuvimos allí en el pozo oscuro, de los pies de los gigantes muy abajo, y yo miraba todavía el alto muro, oí decirme: Mira por donde pasas, fíjate que no pises con tus plantas las testas de infelices míseros hermanos. Por lo que me volví, y tuve adelante y bajo los pies un lago que por el hielo tenía de vidrio y no de agua el semblante. No cubre su curso con tan grueso velo en invierno el Danubio en Austria, ni el Tanáis allá, bajo el frío cielo, como era aquí; que si el Tambernick le hubiera caído encima, o el Pietrapana, no habría hecho siquiera crujir la orilla.
  • 182.
    181 Y así comoa croar se está la rana con el morro fuera del agua, cuando sueña que tiene mucho a segar la aldeana, lívidas, hasta donde el rubor avanza, estaban las sombras dolientes en la escarcha rechinando los dientes como cigüeñas. Tenían abajo todas vuelta la facha; de la boca el frío, y de los ojos la triste alma en ellos como testigos se daban. Luego de observar un tanto el contorno, volvíme a mis pies, y vi a dos tan estrechados que se entremezclaban sus cabellos. Decidme vosotros que tan unidos tenéis los pechos dije yo, ¿quién sois?. Ellos torcieron el cuello; y, luego de alzar a mí el rostro, sus ojos, que eran antes por dentro blandos, gotearon sobre los labios, y el hielo aprisionó las lágrimas entre los ojos y los párpados. Nunca una clavija sujetó tan fuertemente dos leños, como se embistieron ellos como carneros, que a tanto los llevaba la ira. Y uno, que había perdido ambas orejas por la friolera, aun con la vista baja me dijo: ¿Por qué tanto en nosotros te espejas?
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    182 Si quieres saberquiénes son éstos, el valle donde Bisenzo se inclina fue de Alberto, su padre, y de ellos. Salieron de un cuerpo; y por toda la Caína podrás buscar, y no encontrarás sombra más digna de ser puesta en gelatina: ni la de aquel a quien fue roto el pecho y la sombra con él, de un golpe de la mano de Arturo; ni la de Focaccia; ni la de éste que me incomoda tanto con la cabeza, que más allá ver no me deja, y se llamaba Sassolo Mascheroni; y si eres toscano, bien sabrás quién era. Y para que no me fastidies con más sermones sabe que yo fui Camiscion de los Pazzi; y espero a Carlino que me disculpe. Después mil rostros vi violáceos de frío; por donde me dan horror y me lo darán siempre los helados vados. Y mientras más íbamos hacia el centro donde toda gravedad se anuda, yo temblaba en la eterna noche; si querer fue del destino o la fortuna, no sé, pero pasando entre las cabezas, acaso di un puntapié en el rostro de una. Llorando me gritó: ¿por qué me hieres?
  • 184.
    183 si no hasvenido a incrementar la venganza de Montaperto, ¿por qué molestas? Entonces yo: Maestro mío, espérame ahora, que yo salga de dudas sobre éste; después me darás prisa, cuanta quieras. El Conductor se detuvo, y hablé a aquel que aun duramente blasfemaba: ¿Quién eres tú que así me increpas? ¿Y tú quién eres que vas por la Antenora golpeando, repuso, a los demás en la cara, lo cual sobrado sería si estuviera vivo? Vivo estoy, y puede serte muy grato, fue mi respuesta, si quieres fama, que tu nombre asiente entre mis notas. Y él a mí: Lo contrario es lo que quiero. Quítate de aquí y no me des más sufrimiento, que mal saben las alabanzas en este fango. Entonces lo tomé por los pelos de la nuca y le dije: Te convendrá que tu nombre digas o que el pelo de aquí arriba te falte. Y él a mí: Aunque me descabelles no te diré quien soy, ni te lo mostraré, aunque mil veces por la cabeza me tomes. Tenía yo sus cabellos con mi mano asido, y le había ya arrancado más de un puñado,
  • 185.
    184 ladrando él conlos ojos vueltos al frío, cuando otro gritó: ¿Qué tienes, Bocca? ¿No te basta con sonar las quijadas que ladras? ¿qué diablo te toca? Ahora, respondí, que más hables no quiero, malvado traidor; que por cumplir tu deseo llevaré de ti noticias veras. Vete de aquí, respondió, y lo que quieras, cuenta; pero no calles, si tú de aquí dentro salieras, de aquel que tuvo así tan pronta la lengua. Él llora de los Franceses los dineros: ‘Yo vi’, podrás decir, ‘aquel de Duera, allí donde los pecadores están frescos’. Si fueras preguntado: ‘¿Qué otros había?’ está a tu lado el de Bechería, de quien segó Florencia el garguero. Gianni de Soldanier creo que sea, más allá con Ganellone y Tebaldello, que abrió a Faenza cuando dormía. Ya nos habíamos alejado de él, cuando vi a dos en un hoyo congelados de forma que la testa del uno era del otro sombrero; y como el pan por el hambre se manduca, así el de arriba al otro le clavó los dientes por donde el cerebro se une con la nuca:
  • 186.
    185 no de otraforma así mordió Tideo las sienes de Menalipo por despecho, como lo hacía aquél con el cráneo y otras cosas. ¡Oh tú que muestras por tan bestial seña odio por aquel que así te comes, dime el porqué, dije yo, y por ello convengo, que si tú con razón de él te quejas sabiendo quienes sois y su pecado, yo te desquitaré en el superno mundo si no se seca aquella con la que hablo. Canto XXXIII Alzó la boca del fiero pasto aquel pecador, limpiándola en el pelo de la testa que por detrás devastaba. Luego empezó: Tú quieres que renueve el atroz dolor que el corazón me aprieta de solo pensar, aún antes que hable. Mas si podrán ser mis palabras semilla de rendir infamia al traidor que carcomo, hablar y llorar me verás juntamente.
  • 187.
    186 No se quiéneres tú ni de qué modo has venido aquí abajo; mas florentino pareces en verdad cuando te oigo. Has de saber que yo fui el conde Ugolino y que éste es el arzobispo Ruggieri; ahora te diré porqué le soy tal vecino. Que por efecto de sus malos pensamientos, fiándome de él, caí preso y fui muerto, no hace falta decirlo; pero de aquello que no pudo ser visto, es decir cómo mi muerte fue cruda, oirás, y sabrás si me ha ofendido. Un breve hueco dentro de la Muda, la cual, por mí, se titula hoy del hambre, y que aún será de otros lugar de encierro, me había mostrado ya por su abertura muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que del futuro me descorrió el velo. A éste veíalo yo como señor y dueño, cazando lobos y lobeznos en aquel monte, que a los de Pisa la visión de Lucca estorba. Con perras flacas, astutas y amaestradas, a los Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi, había puesto adelante de la hueste. Tras breve huída, me parecieron cansados
  • 188.
    187 el padre ylos hijos, y con agudos colmillos parecíame que les herían los flancos. Despertando antes de la aurora, llorar oí entre sueños a mis hijos que conmigo estaban, y me pedían pan. Serías bien cruel, si tú ya no te dueles pensando en lo que mi corazón presentía; y si no lloras ¿de qué llorar sueles? Ya estaban despiertos, y la hora se acercaba de la comida que soler nos traían, y por su sueño cada uno dudaba; oí entonces que de abajo clavaban la puerta de la horrible torre; y me volví al rostro de mis hijos sin decir nada. Yo no lloraba, mas por dentro era de piedra; lloraban ellos; y mi Anselmito dijo: ‘¿Mírate, padre, que tienes?’ Mas no lloré ni respondí en todo el día y en la siguiente noche, hasta que un nuevo Sol salió en el mundo. Como un rayo de luz se infiltrara en la dolorosa celda, y percibí en sus cuatro rostros mí mismo aspecto, ambas manos por el dolor me mordí; y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado
  • 189.
    188 por el hambre,súbitamente se alzaron y dijeron: ‘Padre, menor será nuestro dolor si tú nos comes: tú nos vestiste estas míseras carnes, tú tómalas ahora’ Aquietéme entonces por más no acongojarlos; un día y otro permanecimos todos mudos, ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando al cuarto día llegamos Gaddo se arrojó tendido a mis pies diciendo: ‘Padre mío, ¿por qué no me ayudas?. Y allí murió; y así como tú me ves, vi yo caer los tres uno por uno en el quinto y el sexto día; y yo, ya ciego, me puse a buscar tanteando a cada uno y dos días los llamé, luego de muertos. Después, más que el dolor, pudo el ayuno. Cuando dejó de hablar, con ojos torvos, retomó el mísero cráneo con los dientes, que llegaron al hueso, como de un perro, fuertes. ¡Ah Pisa, vituperio de las gentes de aquel bello país donde el sí suena, pues tus vecinos son a castigarte lentos, muévase la Capraja y la Gorgona, y hagan un dique al Arno en su salida, y que sus aguas aneguen a todas las personas!
  • 190.
    189 Porque si elconde Ugolino tenía fama de haberte traicionado en tus castillos, no deberías haber en esa cruz puesto a los hijos. Inocentes los hacía la edad nueva ¡oh nueva Tebas! a Uguiccione y al Brigata y a los otros dos que en este canto se nombran. Seguimos adelante, allá donde la helada rudamente a otras gentes encierra, el rostro no hacia abajo, sino hacia arriba volteado. Allí el mismo llanto llorar no los deja, y el dolor que en los ojos halla impedimento, vuélvese adentro para aumentar la angustia, porque las primeras lágrimas forman un nudo y tal como una visera de cristal, llenan bajo los párpados todo el hueco. Y aun cuando, como encallecido, por el frío todo sentimiento había abandonado mi rostro, me parecía sin embargo sentir un viento; por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve? ¿no está aquí abajo todo vapor extinto? Y él a mí: Pronto estarás donde de ello te dará el ojo respuesta, al ver la causa que al soplo mueve.
  • 191.
    190 Y uno delos tristes de la fría costra nos gritó: ¡Oh almas tan crueles que os han dado el último puesto, alzadme del rostro el duro velo, para aliviar el dolor que el corazón me impregna, un algo, antes que el llanto de nuevo se congele. Por lo que le dije: Si quieres que te auxilie, dime quien eres, y si yo no te libero, que al fondo de la escarcha ir se me obligue. Respondió pues: Yo soy fray Alberigo; soy aquel de la fruta del mal huerto, que aquí retomo dátil por higo. ¡Oh!, le dije yo, entonces ¿ya estás muerto? Y él a mí: Cómo esté mi cuerpo en el mundo arriba, lo ignoro. Tal es la cualidad de esta Tolomea que muchas veces cae aquí el alma antes que Átropo le dé la vuelta. Y para que tú de buena gana me raigas las vidriosas lágrimas del rostro, sabe que así que una alma traiciona, como lo hice yo, de su cuerpo se apodera un demonio, que luego lo gobierna hasta que su tiempo todo esté cumplido. El alma se derrumba en esta cisterna;
  • 192.
    191 y tal vezaún se muestre el cuerpo arriba de la sombra que aquí detrás mío inverna. Tú debes conocerlo, si acabas de llegar abajo, él es Branca Doria, y son muchos los años cumplidos desde que fue aquí encerrado. Creo, le dije, que me engañas, porque Branca Doria no murió todavía, y come y bebe y duerme y viste paños. En el foso superior, dijo, de Malebranche, allí donde hierve la tenaz pega, no había aún llegado Miguel Zanche, que Doria dejó al diablo en su lugar en su cuerpo, y lo mismo el pariente que la traición junto con él compuso. Mas extiende ya tus manos y ábreme los ojos. Y no se los abrí; y cortesía fue con él ser villano. ¡Ay Genoveses! Hombres extraños a todo orden y llenos de toda lacra, ¿Por qué no sois del mundo dispersos? Que junto al peor espíritu de la Romania hallé uno de vosotros, que por sus obras su alma en el Cocito ya se baña, y en cuerpo arriba como vivo aún anda.
  • 193.
    192 Canto XXXIV SALIDA DELINFIERNO Vexilla regis prodeunt inferni, hacia nosotros; pero mira adelante, dijo mi Maestro, si algo distingues. Como cuando una espesa niebla sopla, o cuando nuestro hemisferio pernocta, se ve a lo lejos un molino que al viento gira, así me pareció ver un gran edificio entonces; luego, por el viento, me encogí detrás de mi Conductor, porque no había otra roca. Allí estaba ya, y con pavor lo pongo en verso, donde todas las sombras estaban cubiertas y transparentes como brizna de paja en vidrio. Unas están yacientes; otras erectas, ésta cabeza abajo, aquella de pie, otra, como un arco, el rostro al pie devuelve. Una vez que hubimos avanzado lo bastante para que a mi Maestro le placiera mostrarme la criatura que tuvo el bello semblante, se quitó delante de mí y me detuvo, he aquí a Dite, me dijo, y aquí el lugar donde importa que de fortaleza te armes.
  • 194.
    193 Cómo entonces quedémehelado y sin voz, no me preguntes, lector, porqué no lo describo, porque todo discurso sería poco. Yo no morí y no quedéme vivo; piensa ahora por ti, si tienes mucho ingenio, qué vine a ser, no siendo lo uno ni lo otro. El emperador del doloroso reino del medio pecho salía fuera de la helada, y mejor con un gigante me comparo que los gigantes no lo harían con su brazo: juzga entonces cuánto ha de ser en su todo, que con esta parte se compara. Si él fue tan bello como feo es ahora, y contra su hacedor alzó las cejas, bien es que proceda de él todo luto. ¡Oh cómo parecióme maravilla grande cuando vi tres caras en su testa! Una delante y era bermeja, las otras eran dos, que a aquella se unían de cada hombro en el medio, y se juntaban en el lugar de la cresta: y la derecha parecía entre amarilla y blanca, la izquierda a la vista era tal cuales son los que vienen de donde el Nilo se encauza.
  • 195.
    194 Debajo de cadauna salían dos grandes alas, como convenía a un tal pajarraco: velas marinas no vi yo nunca tales. No tenían plumas, mas de murciélago era su estilo; y apantallaban de forma que tres vientos salían de ellas: por eso todo el Cocito se congela. Con sus seis ojos lloraba, y por sus tres mentones caía el llanto y la sangrienta baba. En cada boca trituraba con los dientes a un pecador, como machacándolo, y así a tres de ellos sufrir hacía. Al de adelante, la mordedura le era poco, ante el rasgar, que muchas veces la espalda le dejaba con la piel desgarrada. Aquel de allá arriba que sufre mayor pena, dijo el Maestro, es Judas Iscariote, que la cabeza tiene adentro, y afuera agita las piernas. De los otros dos que están cabeza abajo, el que cuelga de la trompa negra es Bruto; ¡Mira cómo se retuerce, sin decir palabra!; y el otro es Casio, que parece tan membrudo. Pero renace la noche, y ya es hora de partir que ya hemos visto todo. Como lo quiso, a su cuello me abracé,
  • 196.
    195 y él eligióel momento y el lugar justo, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, se prendió de las vellosas costillas; de pelo en pelo abajo descendió luego entre el hirsuto pelo y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio donde nace la pierna, sobre el grueso del anca, el Conductor, con fatiga y con angustia, volvió la testa hacia donde tuviera las zancas y aferróse al pelo como el que sube, de modo que al infierno creía yo estar retornando. Está bien atento, que por esta escala, dijo el Maestro, jadeando como hombre exhausto, conviene alejarnos de tantos males. Después salió afuera por la brecha de una roca, y púsome sobre el borde a que me sentara; luego junto a mi detuvo el prudente paso. Yo levanté la viste y creía poder ver a Lucifer como lo había dejado y lo vi con las piernas hacia arriba; y si debí entonces quedar trastornado, júzguelo la grosera gente, que no percibe cual es aquel punto por el que había pasado. Álzate, dijo el Maestro, de pie, la ruta es larga y el camino áspero,
  • 197.
    196 y ya elSol a media tercia se acerca. No era galería de palacio el lugar donde estábamos, mas natural caverna que tenía feo suelo y luz escasa. Antes que del abismo me arranque, Maestro mío, dije yo cuando estuve erguido, háblame un poco para quitarme de error: ¿dónde está el hielo? y ¿cómo clavado está éste así boca abajo? ¿y cómo en tan pocas horas de tarde a mañana ha hecho el Sol su trayecto? Y él a mí: Te imaginas todavía que estás del otro lado del centro, donde yo me tomé de la piel del infame verme que taladra el mundo. Allí estuviste en tanto descendía; cuando me volví, pasaste el punto al que se atraen de todas partes los pesos. Y ahora al hemisferio has llegado que está contrapuesto al que la gran seca cubre, y en cuya cima fue muerto el hombre que nació y vivió sin pecado; los pies tienes sobre una pequeña esfera que en la otra cara mira a la Judeca. Aquí es mañana, cuando allá es la tarde; y éste, que nos sirvió de escala con el pelo,
  • 198.
    197 clavado está asícomo antes era. Por este lado cayó desde el Cielo; y la Tierra, que antes de acá se tenía, por miedo de él hizo del mar vela, y vino al hemisferio nuestro; y tal vez, por huir de él, dejó aquí un lugar vacío que aparece de este lado, y para arriba remonta. Lugar hay allí abajo, de Belcebú bien remoto, tanto cuanto la tumba se extiende, que no vemos, sino por el rumor percibimos de un arroyuelo que aquí desciende por el hoyo de una piedra, que él ha roído, con sinuoso curso y de pendiente poca. El Conductor y yo, por ese camino escondido, entramos a retornar al claro mundo; y sin cuidarnos de reposo alguno, subimos, él primero y yo segundo, tanto que vi las cosas bellas que lleva el Cielo, por un resquicio redondo. Y entonces salimos a rever las estrellas.