La nueva ley de sustancias controladas de Bolivia, promulgada en 2017, ha desencadenado protestas entre transportistas que temen la incautación de sus bienes por actividades de narcotráfico ajenas a ellos. La ley prioriza un enfoque estatocéntrico en la lucha contra el narcotráfico, reflejando la confianza del Estado en su capacidad para manejar el problema, pero su aplicación puede ser selectiva y dar lugar a desigualdades en el sistema de justicia. A pesar de la intención de mejorar el control social y participativo, la falta de claridad en su regulación podría fortalecer el control del Estado sobre la ciudadanía en lugar de promover verdaderos mecanismos de control social en sentido positivo.