La mansedumbre se define como la fuerza controlada de un corazón humilde, vinculándose estrechamente con la sumisión a la voluntad de Dios y el servicio a los demás. Jesús ejemplificó esta virtud, mostrando que la mansedumbre es esencial para la vida espiritual y para ser llamado hijo de Dios. Además, el texto destaca cómo desarrollar esta cualidad implica someterse a la autoridad divina y compartir vínculos de amor y respeto en la comunidad.