Este documento discute la virtud bíblica de la mansedumbre. Define la mansedumbre como una actitud humilde y sumisa ante Dios que acepta sus designios como buenos sin resistirse. Explica que, a diferencia de la percepción común, la mansedumbre no implica debilidad sino poder bajo control, como se evidencia en la vida de Jesús. Concluye que los mansos, lejos de ser débiles, poseen una gran virtud y por eso son bienaventurados.