Prefacio




       Sentía como el corazón me latía en la garganta. En mis oídos retumbaba el
murmullo seco de mi propia respiración, me ahogaba mientras intentaba correr más
y más rápido. Lo sentía cada vez más cerca, y no... no me quedaban fuerzas,
solo deseaba que se acabará de una vez el callejón y llegar a algún sitio donde
hubiera al menos algo de luz, aún que fuera la tenue luz de la hermosa luna
llena que alumbraba en el cielo esta noche.
       Pero cuanto más corría, menos fuerzas me quedaban, y allí estaba, justo
detrás de mi, detrás del ensordecedor sonido del poco aliento que me quedaba, sus
pasos y su risa. Se estaba riendo, sabia que me alcanzaría y que seria cuestión de
tiempo, o de que me desplomara de un momento a otro victima del agotamiento.
Pero lo hacía, seguía persiguiéndome aún que ambos supiéramos que me podría
alcanzar con tan solo pensarlo, seguro que lo veía divertido, el hecho de tenerme
como a la presa huyendo desesperada, aún a sabiendas de que no hay
escapatoria.
       Me imagino que fue entonces, cien metros más adelante, cuando se dio
cuenta que no dejaría de correr, y que lo seguiría haciendo aún que me
sangrarán los pulmones, así que simplemente sentí como flotaba, me elevé del
suelo como al compás de una canción hermosa y triste, y bailé en aire a la
vez que, por primera vez en los últimos 30 minutos, deje de oír como el aire
entraba por mi garganta y recorría seco el camino hacia mis pulmones.
       De pronto todo se volvió silencioso, y lo único que podía sentir era el
alivio de que las plantas de mis pies dejaran de quemar contra el suelo, y por
primera vez en toda la noche, lloré. Lloré y desee que esta sensación no
desapareciera.
       Si no fuera por el hecho de que su piel era tan fría que hacia palpitar
cada una de mis terminaciones nerviosas, no me hubiera dado cuenta que me
sostenía entre sus brazos y que volábamos sobre los tejados, como si fuéramos
plumas flotando en aire impulsadas por una ráfaga de aire polar.

Oyd Vol I La Rosa Cobalto, PrefáCio

  • 1.
    Prefacio Sentía como el corazón me latía en la garganta. En mis oídos retumbaba el murmullo seco de mi propia respiración, me ahogaba mientras intentaba correr más y más rápido. Lo sentía cada vez más cerca, y no... no me quedaban fuerzas, solo deseaba que se acabará de una vez el callejón y llegar a algún sitio donde hubiera al menos algo de luz, aún que fuera la tenue luz de la hermosa luna llena que alumbraba en el cielo esta noche. Pero cuanto más corría, menos fuerzas me quedaban, y allí estaba, justo detrás de mi, detrás del ensordecedor sonido del poco aliento que me quedaba, sus pasos y su risa. Se estaba riendo, sabia que me alcanzaría y que seria cuestión de tiempo, o de que me desplomara de un momento a otro victima del agotamiento. Pero lo hacía, seguía persiguiéndome aún que ambos supiéramos que me podría alcanzar con tan solo pensarlo, seguro que lo veía divertido, el hecho de tenerme como a la presa huyendo desesperada, aún a sabiendas de que no hay escapatoria. Me imagino que fue entonces, cien metros más adelante, cuando se dio cuenta que no dejaría de correr, y que lo seguiría haciendo aún que me sangrarán los pulmones, así que simplemente sentí como flotaba, me elevé del suelo como al compás de una canción hermosa y triste, y bailé en aire a la vez que, por primera vez en los últimos 30 minutos, deje de oír como el aire entraba por mi garganta y recorría seco el camino hacia mis pulmones. De pronto todo se volvió silencioso, y lo único que podía sentir era el alivio de que las plantas de mis pies dejaran de quemar contra el suelo, y por primera vez en toda la noche, lloré. Lloré y desee que esta sensación no desapareciera. Si no fuera por el hecho de que su piel era tan fría que hacia palpitar cada una de mis terminaciones nerviosas, no me hubiera dado cuenta que me sostenía entre sus brazos y que volábamos sobre los tejados, como si fuéramos plumas flotando en aire impulsadas por una ráfaga de aire polar.