Pétalos de papel
Copyright © 2012 Iria G. Parente y Selene M. Pascual
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Diseño e ilustración de portada: Barb Hernández
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parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el
tratamiento informático, y la distribución de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
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A ti, que nos lees: pide un deseo.
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Prólogo
Es como caer. Es como tropezar y sentir que pierdes el equilibrio. Es como caminar
entre las nubes y, de pronto, perder pie. Es como un vértigo. Como un mareo.
Lo es todo en la nada.
Escuchar su voz es sentir que nunca he estado completa antes. Que nunca volveré a
estarlo. Sentir que la oscuridad se convierte en plata, que el silencio se ondula y se
quiebra. Y entonces solo existe su hechizo. Solo existen sus palabras, que no alcanzo a
comprender, pero que me hablan. Que me llaman desde algún otro lugar lejano. Que me
queman y me arrastran. Se convierten en cadenas que me atan a la magia. Al sueño.
A él.
Solamente dura un segundo.
Olvidarlo será imposible.
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Marcus
Preludio.
El silencio de la noche engulle nuestra precipitada carrera. Se traga el ir y venir de mi
respiración fatigada. Ahoga el inquieto repiqueteo de mi corazón acelerado. Las
sombras mismas parecen querer devorarnos, pequeños en comparación con su
presencia.
Las campanas de alguna iglesia lejana tocan dos veces y llenan con el sonido de oro
las calles vacías. Nos recuerdan la hora pero a mí, que corro con el aire frío arañándome
las mejillas y el estruendo de mis pasos palpitándome en los oídos, me parece que abren
la veda de caza. El aviso se hace eco entre los muros de piedra, resonando para llegar a
todos los rincones. A todos los escondites en los que nuestra presa podría esconderse,
esperando a que las tornas cambien y pueda convertirse en el cazador de esta contienda.
Me detengo bruscamente para orientarme y escuchar lo que la brisa tenga que
decirme. Durante un instante todo se queda callado a excepción de mis pulmones, que
gritan por aire sin importar que cada gota de este helado comienzo de primavera caiga
dentro de mí como una aguja que me hiere. Me duelen los músculos de las piernas,
desacostumbrados a correr. Me digo que soy demasiado humano. Demasiado
imperfecto. Y mi presa, en cambio, es sobrenatural en fuerza y cuerpo. Mis ojos van al
cielo, en un intento de buscar ayuda de las estrellas. Ellas, titilando indiferentes, no
tienen hoy consejos para mí. La luna parece reírse de mis dudas, de mi confusión. La
niebla, reptando y estremeciéndose a ras del suelo, intenta enredarse a mis piernas,
anclándome.
Yinn también se ha detenido, siguiendo mi ejemplo. Su silueta, oscura pero aún
apreciable contra las demás sombras de la noche, es mi única compañía. Tan ansioso
como yo y al menos tan falto de aliento, busca con los ojos entornados algún elemento
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que se haya colado en la noche de Amyas, esta ciudad durmiente que recorremos. No
dice nada, pero su mano se alza y señala hacia delante con mucho cuidado de que nada
delate su movimiento. Yo lo sigo con la vista justo a tiempo para ver un pedazo de
oscuridad deslizarse rápidamente dentro de un callejón. Mis dedos se aferran con fuerza
al bastón que sostengo en la diestra, hasta que el pico del águila que sirve de adorno en
su empuñadura se me clava en la palma. Asiento en silencio.
Avanzamos a tiempo de escuchar un grito de mujer que parece llegar al mismo
firmamento y hacer temblar el suelo que piso. Un estremecimiento se desprende por mi
espalda y siento que cualquier rastro de color huye de mi rostro.
Nuestra carrera vuelve a empezar, aunque esta vez somos perfectamente conscientes
del rumbo. De cada paso. Hay alguien en peligro. Una punzada de culpabilidad me
araña por dentro, pero me obligo a olvidarla y a concentrarme solamente en mi tarea,
que es la caza. Dentro del bolsillo de mi abrigo, el pequeño libro que ha estado
dormitando parece despertar de pronto y pedirme que lo abra. Todavía es pronto, sin
embargo.
Cuando nos asomamos al callejón, con el miedo de llegar demasiado tarde latiéndome
en las sienes, la más extraña de las escenas nos recibe.
La criatura, más salvaje que humana, se alza imponente sobre los adoquines, rodeada
de sombras pero sin llegar a fusionarse con ellas. No hay sitio para él entre las tinieblas
de este mundo. No hay sitio para él fuera de su propio hogar, donde debería quedarse.
Su aullido, cuando nace de lo más profundo de su cuerpo, es de miedo y de tristeza,
llamando por todo aquello que conoce. Por todo aquello que no está. Y aunque me
gustaría decirle que lo comprendo, hacerle entender que pronto todo estará bien, sé que
es inútil razonar con él… o con su terror.
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Me doy cuenta de que la alta figura se encorva sobre una más pequeña y frágil. La
luna, asomada desde una nube, me permite ver la silueta imprecisa de una muchacha
encogida contra el muro. Podría ser de cualquier edad, aunque es delgada y no muy alta.
Aunque no puedo ver su rostro sé que en él se dibujará la sorpresa y el horror de la
situación. Trago saliva y me concentro en pensar.
Yinn es más rápido que yo. Se lleva una mano a la boca y un silbido sale de sus
labios. Es todo lo que necesitamos. Hay un segundo de silencio al que sigue otro de
tensión y después, lentamente, nuestra presa se vuelve.
Me fijo en sus ojos, más negros incluso que lo que nos rodea. Que los muros
centenarios. Que el suelo regado aún de charcos. Que el cielo por el que viajan las
nubes. La luna se oculta y yo respiro hondo, con el bastón firmemente sujeto en caso de
necesitarlo. El libro lo agarro con la zurda, mostrándoselo en un intento de que entienda.
Parece hacerlo, porque hay algo de reconocimiento en el gruñido que escapa entre sus
fauces entreabiertas. Se acerca tambaleante, tentado. No parece que vaya a atacar pero,
por si acaso se le ocurre hacerlo, dejo el volumen en el suelo, abierto. Las páginas
parecen hablarle. Parecen contar historias, mientras una brisa suave las mueve. Puede
que logre escuchar su nombre de labios incorpóreos, lejanos.
Más allá de lo que me ocupa oigo a la mujer proferir un suspiro de alivio lo
suficientemente alto como para que vuele hasta mí. Más tarde me aseguraré que está
bien, pero ahora me concentro. Le indico a Yinn con un ademán que se aparte y yo
mismo doy un paso hacia atrás. No es miedo lo que me mueve, sino cautela. Respiro
hondo, controlando cualquier instinto de supervivencia que pueda salir a flote cuando
siento el aliento húmedo demasiado cerca de mi rostro. Me aseguro que no me hará
daño. Sabe, de alguna manera primitiva e inconsciente, que yo lo voy a salvar. Que no
soy una amenaza.
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Una palabra se desliza sobre mi lengua. No sería capaz de contenerla aunque quisiese.
El aire parece detenerse. El libro, cerca de mis pies, tiembla y guarda silencio en su
somnolencia. Contra el paladar, fluyendo quedamente, las sílabas se deshacen y parten
de mis labios. Es como si cada una de las letras tuviese vida propia. Conozco cada
inflexión desde incluso antes de nacer, pero su llegada siempre me sorprende por su
belleza, por cómo se respira la magia y cómo la siento correr por mis venas incluso
cuando la mayor parte del tiempo solamente duerme, plácida y recogida en algún
secreto rincón de mi mente.
El portal se abre y yo cierro los párpados, disfrutando del poder que eso me da. Es
como si durante un segundo, un breve instante de tiempo detenido, me hallase en el
umbral entre dos mundos. Dos lugares diferentes por completo, brillantes, que me
llaman con su sinfonía de voces y olores. Tengo la lejana certeza de que alguien susurra
un agradecimiento en su corazón, aunque la frase nunca llega a ser articulada.
Un destello breve que sobresalta a las sombras.
Después, silencio.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, preso de una súbita paz, lleno con el sabor del trabajo
bien hecho y con la certeza de que todo vuelve a estar en su lugar, suspiro. Ya no hay
aquí ninguna criatura a la que temer. El lobisome estará en algún bosque, ahora, que
pueda reconocer, muy lejos de aquí, de Albion.
La brisa se vuelve a poner en marcha. El reloj se mueve de nuevo, inquieto por los
momentos perdidos. La noche vuelve a ser noche. Me agacho con cuidado y recojo el
tomo del suelo, que cierro. El aliento escapa de entre sus páginas al tiempo que lo hago.
Me parece que se acomoda en mi mano y cae inerme una vez más. Lo guardo en el
bolsillo.
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Recuerdo que otro asunto requiere mi atención, así que dirijo mi mirada hacia ella.
Aún encogida sobre sí misma, probablemente asombrada y asustada a partes iguales, la
contemplo arropada entre sombras. Me doy cuenta de que ella tampoco encaja aquí.
Que no es una de los nuestros. Me fijo en Yinn, a mi lado, esperando que él comparta
mis hipótesis. Un gesto suyo es suficiente para que entienda que así es, unidos por una
muda complicidad. Con pasos rápidos se aleja, probablemente en busca de un farol con
el que poder ayudarnos a evaluar la situación.
Me adelanto con cautela, en un intento de que se acostumbre a mi presencia. Pienso
en ella como en un animalillo asustado. Si no soy lo suficientemente delicado escapará
y no la podré coger jamás. Como un cervatillo. Como una ninfa que se escurrirá entre
mis dedos. En principio, al menos, no lo hace. Me humedezco los labios y la escucho
coger aire bruscamente. Me detengo.
—¿Se encuentra bien?
No parece muy segura. Turbada por todo lo que ha visto en apenas unos minutos, ni
siquiera ella es capaz de decirlo a ciencia cierta. Aún encogida sobre sí misma, percibo
que me observa. La sombra de su mano se alza hasta su sien. Se palpa la cabeza pero no
parece encontrar nada que la alarme. Finalmente, con un titubeo, la veo asentir.
Entiendo su perplejidad. Entiendo que esté confundida y aterrada. Pero no hay nada,
en esta oscuridad que nos acecha, que yo pueda hacer por devolverla a su hogar. Le
tiendo la mano, en un intento de ayudarla a levantar. De mostrarme amistoso. Detrás de
mí escucho los pasos acelerados de Yinn, que ha conseguido un farol probablemente de
algún portal. Lanza un poco de luz sobre la frágil figura, que se vuelve aún más pequeña
al comprobar que no estamos ella y yo solos. Tengo el fugaz atisbo de una muchacha.
Cabellos oscuros. Rostro adolescente. Ropas extrañas.
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—Me llamo Marcus Abberlain —me presento, decidiendo dejar a un lado detalles en
ese nombre que solamente añadirían preguntas a su cabeza y problemas para su
entendimiento—. Estoy aquí para ayudarla.
Ella no responde. Sus labios apenas sí se separan. Nos observa como si fuésemos dos
fantasmas salidos de un sueño. O como si estuviera viviendo una pesadilla. En un
segundo parece que abre la boca, pero entonces sus párpados caen y se aprietan. Su
mano se alza y toca su cabeza, aunque esta vez el gesto es iluminado y no tengo
problemas para verlo. Parece que le duele. Un gemido escapa de su garganta y un jadeo
me llena de ansiedad. No hay sangre en sus rizos castaños, sin embargo. Me agacho
junto a ella, en un intento de examinarla mejor. Cuando consigo que aparte los dedos de
su propia piel, sin embargo, no hay heridas que reclamen mi atención. Eso, sin embargo,
no significa que no haya recibido ningún golpe.
—Tranquila —le digo, aunque ni siquiera sé si me entiende. No tiene por qué hablar
mi idioma, al fin y al cabo. No obstante, creo que puedo hacer que mi tono transmita lo
que siento—. Todo va a estar bien.
La cojo del brazo y, a pesar de que ella no es de mucha ayuda, la alzo y la obligo a
ponerse en pie. Me parece más liviana de lo que había esperado. Noto su cuerpo cálido
apoyado contra el mío y lo siento estremecerse en la noche fría. Le tiemblan las piernas.
La luz lanza sombras sobre su rostro cuando sus párpados se entrecierran. No parece
mirarme, sino que se fija en el suelo oscuro, como si tratase de enfocarlo.
—Marcus… —Su voz me sobresalta, suave, pero me aseguro de no soltarla. No voy
a dejarla caer—. Yo soy… —Hace el esfuerzo de alzar la cabeza, pero no llega a
conseguirlo del todo. Sus ojos se fijan en los míos solamente entre las pestañas. Hay un
suspiro y unos labios que luchan por volver a decir algo—. Me llamo Ilyria… Yo…
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La insto a avanzar, pero ella no es capaz de responder a mis esfuerzos. No voy a
conseguir que se quede despierta. Trastabilla y cae entre mis brazos, los cuales ya están
preparados para recibirla.
—¿Señorita?
No hay respuesta incluso cuando la muevo, acomodándola contra mi pecho. Su
rostro se ve blanco e inquietante, con las sombras acariciando su piel, ahora envuelta en
una palidez mortal.
La luz del candil titila y se apaga.
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Ilyria
Despertar.
El aullido de un lobo se confunde entre sueño y realidad.
Ha sido una pesadilla.
A medida que despierto las imágenes de mi sueño se van perdiendo en mi memoria.
Poco a poco se hunden, sin dejar casi rastro, aunque no de la manera natural.
Normalmente nunca recuerdo mis sueños, pero esta vez hay algo en mi cabeza que se
resiste a ser eliminado. Por ejemplo, ahí está el aullido, todavía resonando en mis
sienes. En algún recoveco de mi memoria también persisten unos ojos morados, firmes
y serios, que me observan bajo un ceño fruncido en un mohín de preocupación. Una piel
de color aceitunado. Un nombre…
Me quejo, encogiéndome sobre mí misma. Nada tiene sentido. Ningún dato de los
que me rondan por la cabeza tiene una conexión real. Pronto doy por perdido el
recuperar mi sueño y suspiro hondamente, destensándome sobre el lecho en el que he
estado durmiendo hasta ahora.
Solo tardo un par de segundos en darme cuenta de que algo no está bien.
En mi cuarto vuela un extraño olor a lavanda. A mi alrededor oigo susurros. Mi cama
no parece mi cama. La luz golpea mi rostro con más fuerza de lo que lo haría
normalmente. La ventana de mi habitación, por ejemplo, es demasiado estrecha para
dejar pasar tanta luz. Las sábanas que cubren mi cuerpo parecen más suaves que de
costumbre y, de hecho, el colchón sobre el que me acuesto es mucho más amplio que el
de mi pequeño apartamento…
En un intento de encontrarle explicación a mi situación actual, aún sin abrir los ojos,
intento recomponer el día anterior en mi memoria.
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Comida. Recuerdo haber comido con mis padres en aquel restaurante italiano. El de
siempre. Ese al que se va en todas las ocasiones especiales… o cuando quieren pedirme
algo. Saben que me gusta. Es una manera amable de instarme a escucharles. Lasaña.
Aún está fresco en mi memoria haber estado jugando con el tenedor, removiendo la
comida, mientras ellos me miraban censuradores. Mientras me hablaban de cosas en las
que prefería (y prefiero) no pensar. Cosas que no podía entender porque no eran lo que
yo quería. Lo que quiero. Aún puedo sentir en mi estómago cómo ha caído cada bocado.
Cómo ha caído cada palabra. La sensación sigue siendo tan desagradable… El sabor de
la comida se perdía con cada una de sus frases mordaces, que intentaban alejarme del
camino que he elegido.
—¿Crees que está despierta?
Intento obviar la voz que no reconozco, pero que ha sonado muy cerca de mí. Esa
voz, en mi realidad, no debería existir. «No existe», me corrijo para darme más
seguridad.
Sigo dormida, probablemente, por eso tampoco consigo recordar del todo el pasado
día… Todo lo demás está borroso. Salí del restaurante después de negarme a discutir
allí, en medio de toda la gente que sentía mirándonos. Caminé sin rumbo, con la única
intención de escapar, y acabé en la librería. En mi librería. Recuerdo que cerré la puerta
con tanta fuerza que los cristales del escaparate temblaron. La rabia, la frustración. El
hecho de sentirme entre las paredes de mi refugio calmó un poco. Eché el pestillo y fui a
sentarme sobre el mostrador de madera oscura. Respirar el aire fresco, el aire que olía a
mil mundos encerrados entre papel y tapas, me devolvió la cordura. No necesitaba
silencio, por lo que la tienda era el mejor de los lugares para mí en aquel instante.
Imaginaba que la letanía sin voz que solo yo podía escuchar eran las peticiones lejanas
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de universos allí congregados para que yo me sumergiera en sus océanos, para que
caminase por aquellas tierras soñadas de luz y palabras.
—No lo sé, thàyre. De lo único que estoy seguro es que deberías estar con Angela y
no aquí.
Otra voz desconocida. Una vez más prefiero no escuchar. «No existe», me repito.
Sé que me moví como en un sueño por entre las altas estanterías. Sé que nadé por los
pasillos a cámara lenta, suspendida en las sensaciones del momento. Todo dejó de
importar en ese instante. Me quedé solo con el olor a sabiduría. A aventura. El sabor de
las palabras que quería leer en mi lengua. El tacto de los lomos contra las puntas de mis
dedos mientras paseaba sin rumbo por lo que para mí es algo más que “una simple
librería”. Más de lo que ellos entenderán jamás. De lo que él entenderá jamás. Mi padre
nunca podrá comprender hasta qué punto ese lugar guarda todos mis sueños. ¿Cómo
puede, entonces, tener la certeza de que esto no es lo que yo quiero? No se da cuenta al
hablar de que escucho sus verdaderas palabras. Sus pensamientos, acallados en un
intento de llamar a lo que él cree que es mi sentido común. “No es lo que yo quiero”,
me decía anoche sin necesidad de hablar. Y eso es muy diferente. Ya soy lo
suficientemente mayor como para hacer de mi vida lo que se me antoje. He decidido. Y
seguiré mi propio camino. Que siga él el suyo.
—No tengo la culpa de que las lecciones de Angie me aburran. Me ha parecido que la
chica se movía. ¿Has pensado que pueda ser un regalo para mí? Mi propia sirvienta, ya
que queda tan poco para mi cumpleaños…
¿Sirvienta? De pronto no puedo ignorar más las voces, aunque abrir los ojos significa
aceptar que no estoy en mi cama, en mi apartamento. Que hay alguien de verdad a mi
lado. Dos personas, de hecho, que han estado manteniendo una conversación mientras
yo intentaba hacerme la dormida.
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—Si el thaýr Marcus escuchara eso…
Marcus. El nombre me atraviesa la mente. Lo conozco. Sé de qué habla. Un rostro
serio, de labios fruncidos y expresión borrosa, aparece dentro de mi cabeza. Ojos
morados... ¿Puede haber iris de ese color? No, por supuesto que no. Ha sido parte de ese
sueño inconexo y sin sentido. ¿Es que acaso sigo en él? Eso tendría lógica. Es lo único,
de hecho, que puede tenerla. Y si es así, si por alguna extraña razón estoy en medio de
una ensoñación… ¿qué más da si miro a mi alrededor?
La luz me acuchilla las pupilas. Casi las siento encogerse, agazaparse, controlando la
entrada de luminosidad. Cierro los párpados con fuerza y gimo. Me escondo bajo las
mantas. Escucho una exclamación a mi lado y quiero desaparecer. Durante un segundo
me siento de nuevo una niña que lucha contra la llegada del día para no tener que salir
del cuarto e ir al colegio.
El respiro no me dura mucho.
—¡Extranjera!
Las mantas me son cruelmente arrebatadas y yo vuelvo a quejarme. De hecho, me
giro hacia la voz con ojos entornados y le gruño.
Ante mí hay una niña hermosa. No es una hermosura exactamente angelical. No
cuando tiene los finos labios rosados fruncidos en un mohín. Y dudo que los ángeles
puedan tener en su repertorio de expresiones ese gesto orgulloso con el que me mira
esta muchacha apenas salida de la infancia.
Me incorporo lentamente, resoplando durante un segundo. La contemplo con fijeza y
ella responde al escrutinio haciendo lo mismo conmigo. Tiene los cabellos negros,
oscuros como las alas de los cuervos y los mechones completamente lisos caen cortados
a la altura de sus hombros. Su rostro es tierno todavía, redondeado y blanco como la
cerámica. Tiene los ojos verdes, intensos, grandes y llenos de infantil curiosidad.
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Parecen dos esmeraldas que se hayan engarzado alrededor de sus pupilas, rodeadas de
negros y largos hilos de azabache.
No obstante, no parece una chiquilla normal: su cuerpo menudo está vestido con las
ropas más elaboradas que jamás he visto. No se trata solo de que esté cubierta como una
de las muñecas de porcelana que aún atesoro en las estanterías de mi cuarto, sino que
bien podría haber sido una que hubiera cobrado vida y decidido presentarse ante mí con
sus brillantes zapatos de charol, sus calcetines blancos y su vestido por debajo de las
rodillas. Sus prendas están llenas de encajes y volantes, de pequeños y hermosos
detalles, como las perlas que lleva a modo de botones en el vistoso cuello bordado de su
blusa. Parece una niña salida de una película de época, parte de una familia acaudalada
que podría haber vivido durante el período victoriano. Durante un segundo temo
encontrarme ante a una pequeña Claudia que en un momento se aprovechará de mi
embelese y saltará sobre mí para chuparme la sangre. Me estremezco y sacudo la
cabeza, decidiendo que tengo que dejar de leer a Anne Rice.
La muchacha se gira de pronto, dándome la espalda. Sus delicados puños están
apoyados en lo que empiezan a ser unas caderas de mujer. Es extraño ver tanto orgullo
contenido en una figura tan pequeña. ¿Cuántos años podrá tener? ¿Once? ¿Doce?
Su mirada va a encontrarse con la de un chico que debe tener mi edad más o menos.
Lo reconozco. Imágenes de mi sueño se agolpan en mi mente y me golpean con
contundencia, aunque de nuevo demasiado vagas y demasiado confusas para poder
ordenarlas correctamente. Se mezclan y se confunden. Me marean. El ver al muchacho
me hace convencerme aún más de que esto no puede ser real, sino que de alguna manera
sigo viviendo esa ilusión sacada de mi cabeza. Es cierto que este sueño resulta extraño y
más vívido que nunca, pero no puede ser otra cosa.
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Lo peor de todo, sin embargo, es que no recuerdo realmente haberme quedado
dormida. ¿Y no es cuando te convences de que vives en un sueño, de que eres
responsable de tu cuerpo y tus acciones, cuando despiertas?
—¿Estás seguro de que no se va a quedar? Papá la habría devuelto a su mundo si así
fuera. No la habría dejado dormir aquí —comenta el más pequeño de los productos de
mi imaginación.
Quizá me he desmayado. No sería la primera vez, después de todo. La anemia a veces
me juega malas pasadas. A lo mejor yazco en medio de la librería, entre las estanterías,
sobre el duro y polvoriento suelo. Me estremezco solo de pensarlo. Pero al menos, si es
así, tarde o temprano tendré que volver en mí. Mientras me intento convencer a mí
misma, las palabras penetran en mi mente con la lentitud calculada de la asimilación. He
dormido en una cama soñada, como soñadas son la niña y sus ropas. ¿En qué instante se
volverá todo más extraño? Porque, por el momento, esta quimera tiene un argumento
demasiado plausible. Pronto tendrán que empezar a aparecer y desaparecer cosas, a
encontrarme en otros lugares… Quizá si me levanto…
Cojo aire y me muevo lentamente hacia el borde de la cama. Me siento algo mareada
y, para más frustración, las piernas se me enredan continuamente en la tela de un largo
camisón que no soy consciente de haberme puesto en ningún momento. Una prueba más
de que esto es un sueño: yo nunca tendría una prenda tan larga y tan hortera.
El muchacho que está presente, a quien la chiquilla se ha dirigido, me mira como si
temiera que fuera a caerme. Se pasa la mano por la mejilla y recuerdo que allí hay una
marca parecida a un tatuaje. Es un diseño complicado que no sabe pasar desapercibido:
una estrella toma forma en el centro de un libro abierto, inscrito, a su vez, en un círculo.
Es hermoso a su manera, con sus líneas negras contra la piel aceitunada del joven. Los
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ojos oscuros del chico van de una figura a otra sin saber en quién centrar su atención.
Probablemente no tenga ni la menor idea de lo que va a pasar conmigo. Yo tampoco.
—Lo que el thaýr y la muchacha decidan —considera al fin— no debería importarte
hasta que se te anuncie. Ahora vuelve a la lección con Angela, antes de que decidan
castigarte de nuevo.
La niña ignora premeditadamente su consejo y se vuelve hacia mí, que ya he
conseguido ponerme en pie. Las piernas me tiemblan incontroladamente bajo la pulcra
tela blanca. Este sueño no me gusta. Los sueños no duran tanto. Y eso de sueños dentro
de sueños solo pasa en las películas como Origen. En realidad no se sueñan cosas tan
complicadas ni tan elaboradas. Además, el hecho de que aún no han empezado las
incoherencias no deja de taladrarme la mente.
—¿Vas a quedarte aquí?
Su voz aniñada, dulce, dirigiéndose a mí, me arranca un parpadeo. Las palabras salen
de mis labios sin ni siquiera pensarlas. En su camino de salida, se atropellan las unas a
las otras sin remedio.
—Tengo que despertar.
En mi ignorancia, en mi tozudez, esa frase tan absurda tiene mucho sentido. Asiento,
convencida, y repito:
—Tengo que despertar.
Mis pies descalzos se mueven por inercia hacia la puerta mientras la niña y el
muchacho me siguen con la mirada, sorprendidos. En sus ojos veo que no entienden mi
comportamiento. Que no saben de lo que hablo. Eso está bien. Es algo, cuanto menos,
lógico. Lo primero desde que he abierto los ojos.
La ficción, después de todo, nunca admite ser solo eso.
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Marcus
Intrusa.
Esa muchacha parece haber sido traída por la primavera. Las nubes han debido dejar
caer primero la lluvia y, antes de desaparecer, me la han encomendado a ella. Tiene
sentido, al menos, mientras escucho la algarabía de los pájaros a mis espaldas. El sol,
después de varios días sin salir, ha vuelto hoy a brillar como si fuera la primera vez que
se deja ver. Como si fuera el comienzo de una nueva vida. La brisa sopla con un compás
irregular que me trae recuerdos de otras estaciones, de otros climas, de otros silencios
que, llegando de puntillas como ahora lo hace este, me estrecharon en su abrazo
asfixiante.
Cuando desperté esta mañana y me asomé a su cuarto, ella aún dormía plácidamente,
ajena a este mundo que ahora se abre ante ella. Ajena a sus posibilidades. A su
maldición. A su marca ahora imborrable, un estigma que la acompañará allá a donde
vaya con su peso inaguantable…
Decido concentrarme en otra cosa mientras miro los sobres llenos de manuscritos; la
eterna esperanza, los mil mundos que me esperan. Algunos son falsos, artificiales: una
trampa para los sentidos que nunca se abren ante ti como deberían. Otros, en cambio,
son hermosos y reales, capaces de devolver al muerto a la vida, capaces de lanzarte a
otros universos como puertas abiertas a la aventura.
Intento ignorar los pasos artificialmente ahogados que se dirigen al final del pasillo,
tras salvar la puerta de mi despacho. No me importa. Por esta vez dejaré que Charlotte
sacie su curiosidad. Aunque tengo la esperanza de convertirla en una verdadera dama
algún día, también sé aceptar que es una niña. Que necesita algo de libertad. Que debe
descubrir algunas cosas por sí misma. Además, no tiene la oportunidad, muy a menudo,
de conocer a personas nuevas. Quizá esto le haga bien.
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Una puerta se abre y se cierra. Se escuchan voces amortiguadas y yo intento volver a
mi lectura, a mi eterna maldición. Sin embargo, hoy no me concentro. Suspiro y me giro
en mi sillón, atendiendo a la ventana. Algunos pétalos tempranos se dejan llevar por el
aire en su búsqueda por algo que no pueden ver. Que no pueden encontrar. Suspiro. Por
algo que ya nunca más volverá…
Cojo aire y me inclino un poco para abrir el cajón más bajo de mi escritorio. La llave
permanece en la cerradura, consciente de que nadie osará abrirla aunque tenga la
oportunidad. Con la llave puesta, como si precisamente invitase a ser abierto, nadie diría
que ese cajón guarda misterio alguno. Sé que Charlotte rebusca en esta habitación en su
afán de conocimiento. Sin mala intención, me aseguro. Pero aunque conociera mi
secreto no podría llegar hasta él. No sabría de su esencia. No podría averiguar nada de
mí.
Mis dedos rozan el libro negro que guardo. Éste parece estremecerse y cobrar vida
bajo mi toque. La llegada de esa nueva visitante que descansa en la habitación de al lado
me ha recordado su existencia. Aun a través de los guantes percibo la encuadernación
rugosa, con sus pequeñas imperfecciones agravadas por el tiempo. Tres años lleva ya en
este escondite, esperando. Pero, ¿esperando por qué? Quizá llegue un momento en el
que tenga que decir la verdad. Me estremezco. El libro todavía me recuerda a ella.
Imágenes inconexas se arremolinan tras mis párpados: su piel pálida. Una sonrisa
cruelmente hermosa. Una voz que susurra mi nombre en mi oído. La frustración y el
desengaño. Amargo placer.
Frunzo el ceño y cierro el cajón con un golpe seco, enfadado conmigo mismo, como
cada vez que pienso en su cuerpo yaciendo entre las sábanas. En sus movimientos
perezosos y sus caricias, que ahora se me antojan un mero premio de consolación. Yo
era su juguete y ahora ella… Suspiro hondamente y aparto cualquier idea de mi
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pensamiento. ¿Desde cuándo dejo que me domine el pasado? ¿Desde cuándo me pierdo,
de nuevo, en esa mirada que ahora está vacía, hundida en las cuencas de la Muerte,
como tantas otras antes?
Durante otros diez minutos intento prestar atención a mi lectura, hasta que finalmente
me doy por vencido. Me levanto y camino sin rumbo por el cuarto, abriéndome paso
entre pensamientos que me llevan camino de ninguna parte. Lejanos me llegan los
sonidos de esta primavera que pretendo ignorar.
En una decisión precipitada decido que ya es hora de que Lottie vuelva a sus clases y
de que yo saque a la muchacha de mi casa. Es por eso por lo que salgo al pasillo
después de cerrar la puerta del despacho tras de mí. Me detengo un segundo en el
corredor, arreglándome las mangas, y alzo la mirada cuando la entrada al cuarto de al
lado se abre y una joven en camisón se desliza, aún descalza, fuera de la alcoba.
Permanezco quieto, detenido a mitad de mi acción, con los dedos entorno a la tela de
mi camisa y la mirada fija en el frente. Como si pretendiese mimetizarme con las
paredes, aguanto la respiración mientras ella, desorientada, contempla el corredor al
tiempo que camina. Tiene un andar torpe, algo adormilado, como somnolienta es su
expresión. Los ojos castaños aparecen velados por el sueño, por la incomprensión. La
arruga de la almohada se le ha quedado marcada en la frente y un leve perfume a
lavanda llega hasta mí. Los cabellos, oscuros como sus ojos, caen sin orden ni concierto
sobre la blanca tela que cubre sus hombros. Parece más pequeña y frágil de lo que me
pareció ayer, ataviada con esa prenda que fue diseñada para una mujer más alta y con
más cuerpo. Como un adolescente, me quedo prendado de la imagen que se me muestra,
descubriendo con la imaginación, más que con la vista, los regalos de un cuerpo que se
me antoja diferente al de las estáticas damas que pasean por la calle. Pienso en ella, sí, y
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las comparo inevitablemente, porque esa es la geografía que estuve estudiando durante
meses, las marcas y las líneas que se me han quedado grabadas en mente y manos.
Cuando alza sus ojos marrones, nuestras miradas chocan. Un choque brutal que me
sobresalta. Ella entorna los párpados y recorre mi impecable traje, mi rostro blanco, mi
altura entera. Sé que busca una referencia, algo que la ayude a situarse, confundida
como está. O quizá simplemente intente concienciarse de que esto es un sueño. Si yo
estuviera en su lugar querría hacerlo. Sería mi forma de defensa contra lo desconocido,
contra lo que trataría de asustarme, contra lo que escaparía a mi comprensión. Entreabre
los labios y la escucho coger aire, ansiosa, mientras descubro una pregunta formándose
en su garganta. Y, aún así, soy yo el que habla primero, con la voz más seca y más seria
que consigo reunir. De mi rostro se cae la expresión y me convierto en un ser
indiferente. Ella no me importa, solo es una intrusa. Una desconocida que está de paso
por esta vida que, por mucho que lo intento, no llego a apreciar del todo.
—Ya ha despertado.
La muchacha cierra los labios y los frunce ligeramente. Al hacerlo, el inferior se
escapa levemente hacia fuera y una arruga se hunde entre sus finas cejas.
—Thaýr…
Yinn está tras la joven, quieto, esperando órdenes, a pesar de que yo no tengo
ninguna que darle. Parece algo preocupado, como si supiese que hay algo mal, que no
todo está como debería. Charlotte también se ha asomado fuera de la estancia. Es en ella
en quien centro mi atención. La veo sonreír, primigenia imagen de la inocencia, y niego
con la cabeza, avisándola de que ese truco no funcionará. Su rostro adquiere entonces el
leve rubor de la vergüenza. Se frota un brazo.
—Vuelve ahora mismo a tus clases, Charlotte. Y que sea la última vez que abandonas
el aula antes de que sea la hora.
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Casi la escucho tragar saliva, culpable y decepcionada. No ha podido disfrutar nada
de su pequeña escapada. Y aunque antes yo había creído que le haría bien conocer a otra
gente, ahora casi me arrepiento de ese absurdo pensamiento. Le haría bien conocer a
otros niños de su edad, no a muchachas que caminan en ropa de cama por mi pasillo.
Con un suspiro pasa junto a Yinn. Echa solamente una discreta ojeada a la recién
llegada y luego camina por mi lado. Alzo la mano un segundo, para rozar sus cabellos
con mis dedos, despeinándola suavemente en un gesto que ella reconoce como de
cariño. No en vano la veo sonreír. Sin ir más lejos, de hecho, yo mismo me encuentro
con una sonrisa tenue en los labios.
Una vez se ha metido de nuevo en el aula escucho cómo la puerta se cierra, justo
después de que Angela entone con su voz de cristal unas palabras que no suenan a
reprimenda verdadera. Me vuelvo hacia el muchacho que espera, diligente, tras la
paralizada chica. Repuesto al fin de la impresión de nuestro encuentro, doy con las
palabras y las acciones adecuadas.
—Llévatela dentro y haz que se vista. No es nada decoroso que se pasee en camisón
por la casa. Y no es un buen ejemplo para la niña, decididamente.
La desconocida se mira al escucharme hablar. Alza una ceja. La presión de sus labios
unidos los torna ahora descoloridos.
—¿Bromeas? —Me espeta sin modales algunos, mirándome descaradamente a los
ojos—. Hay días que salgo a la calle con menos tela.
Y para enfatizar que realmente cree que la prenda es demasiado larga, se alza la falda
hasta las finas rodillas y luego la deja caer de nuevo con un revoloteo que acaricia la
alfombra. Me observa, desafiante, y yo siento una ligera aversión por sus provocaciones
y su descaro.
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—Pero estas no son las mismas calles por las que alguien pueda comportarse o
vestirse como se le antoje. Aquí las damas se cubren en presencia de los caballeros,
muchacha.
Ella resopla y deja los ojos en blanco, como si yo fuera una vieja institutriz con la
misma cantinela de siempre: la que ella conoce y odia con todas sus fuerzas. Sé cómo se
siente, pero no por ello voy a dejarle hacer su parecer. Hay unas reglas que hay que
cumplir. Cuando se marche podrá recordar todo esto como la sombra de un mal sueño.
—Bueno, no veo ningún “caballero” aquí, aparte del chico al que tratas como si fuera
tu mayordomo —me replica—. Y no le he escuchado quejarse.
Yinn deja escapar una estúpida risita que corta con una tos casual cuando yo lo
censuro con la mirada.
—En primer lugar, él es mi mayordomo. Y realmente el problema no es que yo no
sea un caballero, sino que no se me ocurre peor ejemplo de dama. —Contengo un
suspiro de resignación, como si estuviera de nuevo intentando hacer entrar a Lottie en
razón, y echo un vistazo por encima del hombro de la muchacha. Ella frunce el ceño,
ofendida, cuando decido ignorar que está justo delante de mí—. Vístela. Que se reúna
conmigo en la salita.
Ella deja escapar una exclamación cuando el chico asiente y la coge del brazo para
obligarla a seguirle. La joven se revuelve y bufa, soltándose. Se acerca a mí y me encara
con la expresión indignada de una fierecilla. Sus ojos castaños se clavan en los míos de
una manera que hacía años que no presenciaba.
—Puedo vestirme yo solita: no soy una muñeca. —Cruza los brazos, enfadada, con
un rubor asomando a sus mejillas, y alza la barbilla—. Y como esta es mi ensoñación,
yo decido qué hacer. Y en este momento lo único que quiero es despertar.
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Frunzo el ceño en un principio, sin comprender, y luego asiento, dándome cuenta de
lo que piensa. Como yo creía, debe haberse aferrado a la idea de que esto es un sueño,
un mero producto de su imaginación. Si supiera lo real que es todo esto en realidad
quizá se lo hubiera pensado dos veces antes de hablarme de la forma en la que lo ha
hecho… o quizá no.
—Ayer no parecía creer que fuéramos producto de su imaginación —apostillo,
empezando a perder la paciencia.
Entorna los ojos, parece que intentando recordar. Tratando, inútilmente, de verse el
día anterior a la noche, cuando la encontramos a punto de ser atacada por aquella bestia.
Un hombre lobo la arrinconaba contra el callejón. Ni siquiera es sorprendente: aquí, en
Amyas, todo puede pasar. Cualquier criatura puede salir de los rincones en cualquier
momento, ya sea buena o mala. Pero el animal solo estaba perdido, solo necesitaba
comprensión. Eso y, por supuesto, el libro que yo tenía en mis manos.
La joven no hizo preguntas entonces, pero quizá hubieran salido de sus labios si no
se hubiera desmayado. Supongo que las emociones, junto con un posible golpe,
actuaron de anestesia para ella durante el resto de la noche. Así pues, no me extraña
que pensara que todo lo que ocurría era un sueño: uno en el que ella cambiaba de
mundo, una bestia la atacaba y un muchacho la salvaba. No estaba despierta para ver
que la traía en brazos a la mansión durante todo el camino. Tampoco que Yinn le ponía
el camisón o que la acomodábamos en una de las habitaciones. Nada perturbó su sueño.
Yo, en cambio, no pude cerrar los ojos en muchas horas. Solo cuando amanecía
conseguí descansar, aunque apenas fue una hora de incómodos sueños traídos del
pasado y desfigurados por el tiempo y mi subconsciente
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—Ayer. Ayer… —repite ella, en el presente, en un acto de concentración. Se lleva
una mano a la frente, masajeándose las sienes, y termina negando con la cabeza—. No
puede ser cierto. Estaba en mi librería y…
Me mira y yo, encogiéndome de hombros, le doy la espalda y echo a andar por el
largo pasillo. La muchacha se queda un segundo en blanco ante mi reacción y, después
de trastabillar, me sigue. Incluso cuando intento no prestarle atención siento sus pasos
algo torpes, aún adormilados, descoordinados, ahogados por la espesura de la alfombra.
No me giro, aunque su presencia me pone algo nervioso. Por eso, quizá, acelero el paso
y bajo las escaleras con rapidez.
—Espera —me pide ella algo falta de aliento—. Para ahí. Creo que me merezco una
explicación. —Y antes de que lo espere una ronda imposible de preguntas salta desde
sus labios y me acribilla—. ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? No puedes realmente esperar
que crea que no estoy en mi época, ¿verdad? ¿Cómo puedo estar segura que no es un
sueño? ¿Y qué pasó con la… criatura de anoche? ¿Cómo he podido aparecer aquí? —
ríe, en un gesto que se me antoja algo histérico—. Esto es ridículo. Estoy soñando.
Suspiro exasperado. Solo me detengo para echarle un rápido vistazo por encima del
hombro.
—No hablaré con nadie que no esté adecuadamente vestido. Y esa es mi última
palabra.
26
Ilyria
Sueño.
Cuando me doy cuenta, el tal Yinn me ha arrastrado de vuelta al cuarto, a pesar de
que sigo sin entenderlo: ¿qué tiene de malo un camisón que solo deja ver los dedos de
mis pies asomados bajo el borde blanco?
El mayordomo se gira hacia mí con una sonrisa divertida en el rostro cuando entra en
la habitación, tras haber desaparecido un par de minutos. Entre sus brazos lleva un
montón considerable de tela. Probablemente la suficiente para vestir a tres personas
más.
—¿Está segura de que no necesitará ayuda, señorita?
Contemplo con un mohín de disgusto toda la parafernalia que necesitaré para
cubrirme y niego. No quiero esa ropa tan extraña y aparentemente pesada, con ese
aspecto de haber salido de una película de época. La cojo de sus brazos, sin embargo,
porque no veo mi ropa por ningún otro lado y no pienso estar en camisón todo el día. La
observo entre la curiosidad y el más profundo desagrado mientras la ordeno sobre la
enorme cama deshecha. Una camisola, unos pololos, un corsé, varias faldas y un
vestido. También hay medias y unas botas marrones que ni siquiera se intuirán bajo
tanta prenda inservible. Suspiro y le hago un ademán, rechazando su ayuda. Yo misma
puedo hacerlo. Y si no, siempre puedo buscar unas tijeras y retocar aquello que me
resulte incómodo.
La puerta se cierra a mis espaldas y yo me saco el camisón por la cabeza. Llevo
puesta mi ropa interior, así que aparto a un lado la que me han dado, descartándola. Eso
incluye el corsé, desde luego. ¿Por qué iba a querer llevar un instrumento de tortura
decimonónico?
27
Sea como sea, la vestimenta no es ahora lo que más me preocupa. Ni lo que más me
interesa. Y, definitivamente, no es lo que más nerviosa me pone, incluso si la idea de
morir ahogada entre tanta capa se antoja más que posible. Lo que verdaderamente me
crispa es él. ¿Marcus, se llamaba? Recuerdo algo parecido, al menos, de mi sueño. Ese
estirado con guantes es lo más frustrante que he podido conocer en mi vida. Es guapo,
no hay duda. Hay algo casi renacentista en su rostro, en la forma de su barbilla afilada o
en los caracoles que forma su cabello cobrizo alrededor de su cara. Pero eso no le da
derecho a ser un desagradable pretencioso. Ni siquiera el aire distinguido que tiene, tan
diferente a los chicos de mi ciudad. De hecho no creo haber visto a un chico en traje en
mucho tiempo… y definitivamente no recuerdo a ninguno que le quedara tan bien como
a él. Parece que, sencillamente, su cuerpo no podría lucir otro tipo de prenda. No le
imagino con unos vaqueros y una camiseta de manga corta, al menos. Pero ¿qué estoy
pensando? Me pone nerviosa. Es malhumorado, con ese ceño constantemente fruncido.
Y aunque hay algo mágico en él, algo que parece llamar al misterio y a la incertidumbre
que tanto adoro, todo eso queda aplacado por su mirada seria, de ese color imposible.
Esa mirada que… me juzgaba. ¿Cómo se atreve a tratarme así? ¿Y qué es para no
consentir hablar conmigo mientras visto esa tela kilométrica? ¿Un eunuco? ¿Un cura?
Porque más que un camisón hasta los pies, a sus ojos parecía que vistiera alguno de mis
bañadores de verano. Menudo estúpido.
Farfullo mientras me coloco el vestido como puedo. Maldita sea. Por muy bonita que
sea la ropa azul que me han dado, con todo ese encaje y la cinta de color más oscuro que
frunce bajo mi pecho, es lo menos práctico que he vestido en mi vida. Toda esa hilera
de botones a la espalda… Durante un segundo me lamento por mi orgullo desmedido,
que no ha permitido que me ayudasen con prendas a las que no estoy acostumbrada.
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Algo en todo esto no me gusta. Me doy cuenta de que no parece un sueño. Es
demasiado realista. En cualquiera de mis otras fantasías en las que he vestido trajes
como con el que ahora lucho, soñando con mundos basados en las novelas de Austen, la
prenda parecía natural en mi cuerpo. No recuerdo haberme sentido tan incómoda en
ninguna de esas ensoñaciones. Vestir todas esas ropas de telas tan exquisitas, tan
femeninas y con esa apariencia tan lolita era como vestir en mi mundo cualquiera de
mis vestidos cortos o mis cómodos pantalones. Oh, Dios mío. Mis pantalones. Cómo los
echo de menos. Sería muy fácil simplemente pedírselos a ese mayordomo y volver a
vestirme con ellos y mi camiseta, pero algo me dice que el estirado tampoco me
recibiría así. Aún contemplando la posibilidad de que esto sea un sueño (no puede ser
otra cosa), necesito algunas respuestas básicas: esto no parece sencillamente una época
victoriana al uso. En la época victoriana, estoy segura, no había hombres lobo ni libros
que se los tragan… Esa es otra imagen fugaz que he recuperado: el lobo desapareció
bajo las páginas de un libro abierto, con un fulgor que dio luz a la noche en la que nos
encontrábamos. Marcus tenía el libro.
Me miro en el espejo y de nuevo me siento extraña. Ni siquiera he conseguido
abrochar los últimos botones del vestido, los que más arriba han quedado y a donde mis
brazos no han conseguido llegar. Mi reflejo me recibe con los ojos marrones brillantes
de los interrogantes que pululan libremente por mi mente. Si esto no fuese un sueño,
¿qué explicación puede haber para que yo haya llegado aquí? Es más: ¿cómo puede ser
algo así real? Parece el argumento de alguna novela romántica en las que los personajes
protagonistas saltan en el tiempo de una a otra época por alguna extraña casualidad
espacio-temporal. He leído de esas. Entonces, los protagonistas, de siglos y costumbres
dispares, se descubren enamorados y arropados en noches de tórrida pasión… Sonrío
para mí y la chica del espejo me devuelve una sonrisa irónica. El pretencioso de aspecto
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victoriano no debe saber ni utilizar los dedos que esconde bajo sus guantes, por su
comportamiento, así que ni hablar de noches de tórrida pasión. Sacudo la cabeza.
Pobrecito. Qué cuerpo más desaprovechado… De nuevo me sobresalto. Pero bueno, ¿se
puede saber qué me pasa? Se supone que estoy enfadada. Muy enfadada. Claro que
estoy enfadada. Es un altanero. En el pasillo me ha observado como si se creyese
superior a mí, con esa barbilla alzada y esos ojos indiferentes. Me ha hecho sentir,
durante un instante, pequeña. Fuera de lugar. Me ha observado como lo hace mi padre
siempre que decido alzar la voz para imponer mis decisiones. Como si lo que yo pudiera
hacer o decir simplemente no valiese nada.
Se me escapa un gruñido entre los dientes y veo mi rostro crispado frente al espejo.
Mis ojos centellean un segundo. He cumplido nuestro silencioso pacto: ahora que me he
vestido como ese insoportable ha considerado digno de su presencia (lo cual no hace
más que avivar mi rabia) tendrá que escucharme. Y más le vale responder
diligentemente a todas mis preguntas. Aunque, realmente, ¿qué importa si no lo hace?
Aunque todo apunte a lo contrario yo estoy convencida de que lo que hay a mi alrededor
no es más que producto de mi imaginación.
Me dispongo a salir cuando algo en el hombro de mi reflejo, descubierto por el escote
de barco del vestido, llama mi atención. Me acerco un poco más al espejo, como si eso
pudiera darme una visión más detallada de la marca que ahora cubre mi piel allí. Un
libro y una estrella. ¿Qué demonios es eso? ¿Me ha tatuado? ¡Genial! ¡Me han marcado
como a una res! ¿Y si lo que decía esa chiquilla era cierto? ¿Y si piensan tomarme como
pertenencia y regalarme? Cojo aire, indignada, abriendo un poco más los ojos. ¡Qué
atrevimiento, tocar mi piel para sellarla! La araño esperando quitarla, como si esperase
que fuera de esas calcomanías falsas que regalan con las bolsas de aperitivos. Pero no.
Allí continúa la forma del libro, el círculo que lo rodea, la estrella en sus páginas, la piel
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enrojecida ahora por mi estúpido y desesperado intento de borrarla. Me doy cuenta de
que he visto ese mismo dibujo antes. Aprieto los dientes y mis ojos llamean.
Definitivamente, ese tipo va a escucharme.
Airada, salgo del cuarto. El mayordomo espera en la puerta, posiblemente para
guiarme hacia su amo. Me sonríe casi con diversión al verme obstinadamente cruzada
de brazos. Alzo las cejas pero decido que mi enfado no es con él. Rápidamente lanzo un
vistazo más detallado a su cuerpo. Hay algo exótico en su figura, algo extraño en su piel
de color aceitunada. Tiene los cabellos morenos y largos, recogidos en una coleta baja.
Me fijo en la marca que también decora su mejilla. La misma que destaca contra la piel
de mi hombro. Me percato de que eso es lo que mi cabeza intentaba relacionar. Ya la
había visto al despertar, pero con mis sentidos nublados por el sueño ni siquiera le había
prestado verdadera atención. De repente caigo en algo y dejo escapar una exclamación
indignada. Señalo el dibujo acusadoramente, como si en su forma pudieran residir todos
los males del Universo. Yinn da un respingo y me mira sorprendido.
—¡Me quieren hacer sirvienta como a ti! —Exclamo con los ojos salidos de mis
órbitas.
—¿Qué?
—¡La marca! ¡Este tatuaje que llevas! —Me froto de nuevo el hombro, apretando los
dientes—. ¡Ese tipo te la puso, ¿a que sí?! ¡Es horrible!
El mayordomo titubea, mirándome casi anonadado. Contra todo pronóstico termina
por reír entre dientes.
—Está equivocada. Pero será mejor que el thaýr se lo explique. Y haría bien en no
insinuar algo así si no quiere que se enfade, señorita.
Bajamos las escaleras por las que pude ver a Marcus descender antes de que me
arrastrasen para ponerme esa maldita ropa. Las medias (la única de las capas que he
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accedido a ponerme aparte del vestido) me pican en las piernas, pero estoy segura de
que esas incómodas botas me harían daño en los pies si no me las hubiera puesto. Miro
al mayordomo, frunciendo el ceño. Sus ojos chispean divertidos, con un medio gesto
abandonado en sus labios finos.
—Como si me importara lo que pudiera decirme.
—Como usted vea, señorita.
Me deja frente una puerta que abre antes de que yo misma pueda hacerlo y me insta a
pasar. Cuando entro, la madera se cierra con un chasqueo que, durante un segundo, me
pilla desprevenida. Frunzo suavemente el ceño y miro alrededor. Estoy en una sala que,
como todo allí, tiene ese regusto a decoración romántica. Es como estar en un museo de
época o en medio de los decorados de una película inspirada en el siglo XIX: destaca la
chimenea apagada, los muebles de madera cara, los sillones tan mullidos y de
apariencia lujosa. El mármol brilla, al igual que lo hace la decoración que destaca en
cada rincón de la habitación. Es hermoso. Pronto, no obstante, no es eso en lo que
puedo concentrarme, pese a que una parte de mí (esa que en el fondo admira
profundamente el siglo del romanticismo, de los poetas y la reina Victoria) quisiera
detenerse en cada detalle del arte que se respira entre esas paredes.
Más allá de todo eso, me doy cuenta de que no estoy sola. Lo encuentro. Hay unas
puertas de cristal que dan a una terraza. Allí, sentado en una pequeña mesa en la que
han servido té y unas pastas, el joven de los impolutos guantes blancos, esa figura
altanera y rostro imperturbable, lee el periódico con apariencia indiferente. Sus cabellos
cobrizos, apenas largos, se mueven con una brisa de la que él ni siquiera parece ser
consciente, demasiado concentrado en su lectura. Hay unas pequeñas gafas posadas
sobre el puente de su nariz que no recuerdo haberle visto antes, probablemente porque
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solo las precisa para leer. Tras sus cristales se esconden esos iris de imposible color
morado, tan perdidos en las letras como si él estuviera muy lejos de allí.
Mi ceño se arruga un poco más. Ni siquiera me mira, aunque sé que me ha oído
entrar. Probablemente considere mucho más importantes las noticias que sus ojos
repasan sin verdadera atención que mi propia presencia.
Carraspeo para llamar su interés. Y él… ni siquiera levanta la vista. En cambio, sin
dejar de mirar el diario se limita a hacer un ademán a la silla de en frente. ¿Es que no se
va a dignar a levantar la mirada? ¿Quién se cree? ¿Para eso me hace vestirme a su
gusto? Aprieto los dientes y me dispongo a recriminarle su actitud, pero es su voz la que
se adelanta.
—Siéntese.
¿Se supone que es un caballero? ¿Y el “por favor”? ¡Sigue sin mirarme! ¿Es normal
tener tantas ganas de tirarle por encima la taza de té que toma entre sus dedos
enguantados y se lleva a los labios?
Aunque el primer impulso es llevarle la contraria y no acceder a obedecer hasta que
se digne a mirarme al menos de soslayo, me siento. Y lo hago por pura gula, porque lo
cierto es que tengo hambre y las pastas parecen llamarme desde el platito de cerámica
fina que hay sobre la mesa de cristal. ¿Es normal tener hambre en los sueños? Me
humedezco los labios, pero sacudo la cabeza y recobro mi actitud ofendida. Aún así, me
sirvo algo de té como él ha hecho. Siento la boca seca y necesito líquido, de modo que
le doy un sorbo antes de hablar:
—¿Piensas mirarme o me he vestido como una de mis muñecas solo porque al señor
le ha dado la real gana? Porque esta ropa es lo más incómodo que me he probado en
años —le reprocho echándome hacia atrás en la silla y balanceándome.
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Él parpadea un segundo y diría que le he sorprendido, pero entonces una arruga
aparece en su frente. De nuevo vuelve esa mirada censuradora, que al principio parece
que juzga poco adecuada la noticia en la que se fijan sus pupilas. Sin embargo yo sé que
no son las letras impresas lo que le ha desagradado, sino yo. Me lo dicen sus ojos
cuando, al fin, se alzan para mirarme. Las amatistas que se atreve a lucir por mirada me
observan por encima de las gafas. Frunce algo más el ceño al ver mi postura
despreocupada y mis piernas cruzadas. Alzo las cejas.
—Compórtate —me espeta. Yo doy un brinco en mi sitio y me detengo, pero no
porque él me lo haya dicho, sino porque estoy realmente sorprendida. ¿Cómo dice?
¿Quién es él, acaso, para decidir si mi manera de actuar es errónea o no? Separo los
labios pero, de nuevo, como si considerase que nada de lo que salga de ellos debe ser
tenido en cuenta, se adelanta—: ¿Es que eres una niña, para balancearte de esa manera?
Siéntate bien. —Abro algo más la boca, atónita, y mis manos se colocan sobre la mesa.
Parpadeo—. Y trátame con más respeto. Te he dado refugio en mi casa, después de
todo, en lugar de dejarte simplemente vagando por las calles.
«Oh, oh». Lo está estropeando. Mucho. Se comporta como si debiera agradecerle la
salvación de mi alma misma. Mis manos se convierten en puños sobre el cristal y lo
miro, frunciendo los labios, apretando los dientes.
—Marcus, estás siendo increíblemente…
—¿Cómo has dicho?
Su pregunta me descoloca. Durante un instante mi indignación queda en un segundo
plano. Lo miro directamente a los ojos, sin vergüenza, y por primera vez dudo. ¿Es
posible que haya entendido mal? ¿No se llamaba así?
—¿No era ese tu nombre? Marcus, ¿no es cierto? Yo soy…
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Pero me corta. De nuevo. Una vez más. ¿Quién es el que se comporta mal aquí? ¡No
me deja ni presentarme!
—Marcus Abberlain —aclara. Yo alzo las cejas. Como si me importara su estúpido
apellido—. Pero para ti, extranjera… —Hay un matiz extraño en esa palabra cuando sus
labios la pronuncian. Aparta el periódico, decidido a dejar su lectura para otro momento.
Para cuando se haya librado de mi molesta presencia, intuyo en sus ojos. Unos ojos que,
orgullosos, de pronto me devuelven la mirada. Su barbilla se alza ligeramente— soy
Conde Abberlain.
35
Marcus
Fuera de lugar.
Aprovecho su momento de asombro, ese breve segundo en el que su boca cae abierta
y sus ojos me miran entre la sorpresa y la indignación, para contemplarla. Su rostro, aún
adolescente en la redondez pura de sus mejillas, en la forma de su cara, en sus ojos
oscuros, no dista tanto de lo que se podría encontrar en una de las damas de compañía
de la reina. Hay algo hermoso en ella, escondido quizá tras el flequillo, tras la tímida
pincelada que adorna sus pómulos. Sin embargo, el poco aire de señorita que pudiera
tener queda oculto bajo su actitud desafiante, sus malos modos y sus gestos rudos.
Puedo ver, por ejemplo, que tiene las piernas cruzadas bajo la falda o que se ha servido
té sin pedir permiso. Además, el hecho de que se atreva a tutearme en nuestro primer
encuentro es bastante molesto. Al principio había sentido compasión por ella, porque
después de todo solo es una chica perdida y alejada de su hogar, pero entonces ha
empezado a comportarse de esa manera tan insoportablemente insolente, aun cuando se
puede decir que le he salvado la vida. Ni siquiera se merece que la trate con el respeto
de las formas correctas.
El vestido azul le queda demasiado flojo en las mangas y en el escote, lo que me hace
pensar que no se lo ha abrochado adecuadamente. Quizá sea contrario a su carácter
pedir ayuda. ¿Acaso no hay algo en la forma en la que alza su barbilla ligeramente que
indica un orgullo desmedido? Las mujeres a las que estoy acostumbrado no dudarían en
pedir todos los sirvientes que pudieran conseguir y ponerlos a sus pies para que
colaborasen en lo posible. De nuevo no puedo evitar la comparación: ella habría
inundado la sala con su presencia nada más entrar. Ella habría caminado como una reina
y se habría negado a tomar asiento si yo no me hubiera levantado primero para rendirle
pleitesía, para separarle la silla. Y, desde luego, ella sabría llevar esa ropa. La llenaría
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con sus dulces curvas, mostrando la piel blanca de su escote. Las venas finas se
adivinarían en sus brazos largos, acabados en manos de porcelana, de dedos finos que
enredaría en sus propios cabellos mientras me contemplase obstinadamente entre las
pestañas. La mirada de fuego que me regalaría, llena de ese indescriptible deseo de ser
mía de mil maneras distintas, de entregarse al placer, sería bastante para hacerme
estremecer.
Pero ahí se sienta otra en su lugar, demasiado real. Con el pelo algo revuelto, con la
dura realidad de la carne, de las imperfecciones humanas. Mortal pero viva. Con un
corazón que palpita en alguna parte de su interior. «No volverá», me insisto. Y aunque
sé que es cierto y que duele, de alguna forma me alegro. Si no está aquí no podrá
arrebatarme nada de lo que he construido desde su marcha, aunque su fantasma me siga
atormentando cada noche.
—Mientras estés en mi casa me tratarás con el debido respeto —le explico,
despertando de mi ensoñación—. Desde luego no me tutearás, eso para empezar. ¿Lo
has comprendido, muchacha?
La joven empieza a reaccionar. Sacude la cabeza como si tratase de quitarse un
extraño pensamiento de la mente. Lo único que sé es que un instante más tarde me mira
con dureza, ofendida. El mohín que compone transforma su rostro por completo. De
pronto parece otra persona, más adulta, ruborizada por el enfado. Se echa hacia delante
en su silla y su voz parece resonar por el jardín, entre las ramas de los árboles frutales
que empiezan a mostrar sus hojas nuevas.
—No. No lo comprendo. Pero te voy a decir algo que sí tengo muy claro y tú me vas
a escuchar, Marcus Abberlain, o como quieras hacerte llamar. En primer lugar me vas a
decir dónde estoy. Cuando lo sepa, lo siguiente es saber cómo he llegado hasta aquí y
cómo demonios voy a volver a mi época, ya que creo que solo así despertaré para poder
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olvidarme de esta alocada situación y de tu insoportable petulancia, conde. ¡Para mí,
como si eres el rey! Eso no te da derecho a mirarme con esa censura tuya, como si
ninguna de mis palabras importase una…
Ignoro la última palabra, que no creo haber escuchado de labios de una mujer en
mucho tiempo. Cojo aire. La sangre se agolpa en mis mejillas con la fuerza del enfado,
pero me niego a ponerme a su nivel, con palabras groseras y un volumen que está
completamente fuera de lugar. En vez de eso, tomo la taza entre mis dedos y bebo otro
sorbo, tranquilo, guardando la compostura.
—Obviaré tus exigencias. Quiero creer que aún estás demasiado exaltada por los
acontecimientos de la noche pasada. Un poco histérica, eso es todo.
La muchacha se levanta con tanta violencia que la mesa se tambalea sobre sus finas
patas. Su té se vierte por fuera, manchando el plato de cerámica. De pronto me parece
un poco más alta, más amenazadora, con los ojos brillantes y el rostro completamente
encendido. El rubor llega hasta su cuello, coloreándolo delicadamente. Yo decido no
levantarme, observándola por entre las pestañas.
—Siéntate —le pido, pero ella hace caso omiso y se aleja de mí.
Frunzo el ceño y me pongo en pie, al tiempo que ella entra en la casa de nuevo. La
veo atravesar la salita, para mi más profunda sorpresa. Se alza el vestido para caminar
cómodamente, probablemente porque le queda algo largo y teme tropezar, dejando su
orgullo reducido a cenizas. Me doy cuenta de que lleva las medias puestas, aunque no
ha incluido entre sus prendas ninguno de los ropajes interiores. Sus cabellos cortados
por debajo de los hombros me permiten ver también el desnudo hueco entre sus
omoplatos y parte de su espalda, pues no ha abrochado todos los botones. Solo hay una
tira de tela debajo, sin rastro de la camisa o el corsé.
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—¿A dónde te crees que vas? —Pregunto sin poder evitar que el asombro impregne
mi tono.
—Lejos —me responde ella girándose, con una mano en el pomo y la otra alrededor
de la tela—. Tan lejos como pueda de ti —la veo hacer un ademán expresivo que indica
a ninguna parte en concreto pero, a la vez, claramente hacia el otro lado de la madera—.
A buscar mis respuestas a otro lugar, ya que tú no pareces querer dármelas.
Abro la boca para protestar. Durante un momento la idea de dejarla ir me tienta. Si
sale de esta casa por su propia voluntad, ¿quién soy yo para detenerla? Que vaya donde
guste y se dé cuenta de que éste es, en realidad, el único sitio en el que realmente puede
encontrar la ayuda que necesita para volver a su hogar. Sin embargo, hacer eso también
sería abandonarla a su suerte. Me atormenta la posibilidad de que pueda perderse. Hay
destinos fatídicos ocultos en las calles para una extranjera como ella…
Suspiro y, rindiéndome, la sigo a grandes zancadas. Para entonces la muchacha ya ha
llegado al pasillo.
—¡Espera!
Cuando la alcanzo está en el recibidor, decidida a marcharse para no volver. La atrapo
justo a tiempo, cogiéndola del brazo, aunque pronto me arrepiento y la suelto, como si
su piel quemase incluso a través de la tela de mis guantes. Doy un paso atrás. Ella
entorna los ojos, sorprendida y perspicaz por mi súbita separación.
—¿Ha decidido su señoría que soy digna de sus respuestas?
Separo los labios dispuesto a replicar, mas los pasos en la escalera me detienen.
Charlotte lleva ya la mitad del camino recorrido hacia nosotros. Nos mira con obvia
curiosidad infantil mientras se muerde el labio distraídamente. No solo capta mi
atención, sino también la de la muchacha, que de pronto parece recordar algo. Se lleva
una mano al hombro, donde la marca se deja ver, grabada a fuego sobre la piel blanca.
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Después de un segundo se vuelve hacia mí y unas feas líneas de concentración arrugan
su frente lisa.
—No voy a ser la esclava de nadie —me advierte con un tono que pretende destilar
peligro.
La niña se detiene por completo y eso la delata. Algo ha dicho o hecho que sabe que
me molestará. Probablemente algo relacionado con lo que la joven acaba de señalar.
Sacudo la cabeza.
—Nadie va a obligarte a nada que no quieras —intento tranquilizarla, aunque de
antemano sé que nada de lo que le cuente va a hacerlo. No confía en mí, lo cual es,
probablemente, la decisión más inteligente que ha tomado desde que está en este
mundo. Yo tampoco lo haría.
—He escuchado a la niña y al mayordomo hablar. Quieres hacerme su sirvienta. ¿Por
qué si no me has marcado como si fuera un animal?
Dejo los ojos en blanco y luego le lanzo a Charlotte una mirada censuradora. Ella me
responde con un parpadeo inocente. Me sonríe, dulce. Baja unos cuantos escalones más
y la veo acercarse. Pretende correr a mi lado, hacerse perdonar, abrazarme y
convencerme de que no ha hecho nada malo. Yo me aparto. No puedo dejar que juegue
conmigo. Que me tenga a sus pies. Es aún una niña y debe aprender que no todo se
arregla encandilando a la gente o con un par de lágrimas.
—Charlotte no hablaba en serio, obviamente. Lamentablemente, tiende a pensar que
tiene al resto del mundo en la palma de su mano. Está un poco mimada. —Aunque me
abraza, yo la aparto y la hago enfrentarse a nuestra invitada. Le pongo las manos sobre
los hombros menudos y aprieto suavemente mi agarre para mantenerla en el sitio—.
Preséntate, Lottie, querida.
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La pequeña me mira un segundo y luego toma entre sus dedos la falda de su vestido
para levantarla apenas, al tiempo que se inclina. Es una reverencia infantil pero precisa,
adorable. Durante un momento siento que es imposible para mí molestarme de verdad
por su comportamiento caprichoso. Los ojos castaños dejan escapar un brillo
embelesado cuando se cruzan con los de la infanta. Como yo, todos sienten verdadero
embelese por el ángel que guardo bajo mi custodia.
—Soy Charlotte Abberlain, hija del conde Abberlain. Es un placer conocerla,
señorita…
La muchacha da un respingo.
—Blackwood. Pero puedes llamarme Ilyria. Y, desde luego, no soy tan mayor como
para que me trates de usted. Puedes tutearme, Charlotte.
—Lottie —se apresura a responder la niña, sonriente, emocionada por esa rápida
confianza mutua que la otra le ofrece—. Papá me llama Lottie. Tú también puedes
hacerlo.
Un instante después sé que ya se ha forjado un lazo entre ellas. Lo veo en el rostro de
la señorita Blackwood, en sus pupilas destellantes. De alguna forma, se ha olvidado de
mí. No puedo decir que no me alegre. Eso me da tiempo para pensar en qué decirle para
que no huya, para que no se atreva a salir afuera. Temo no poder retenerla, sobre todo
si, precisamente, le prohíbo salir. Tiene el aire de quien no busca problemas… sino que
los peligros más grandes corren a sus brazos directamente. Suspiro. Cuando lo hago,
como si volviera a la realidad, parece darse cuenta de algo y abre mucho los ojos. No
creo haber podido seguir el hilo de sus pensamientos para saber qué le pasa por la
cabeza.
—¡Padre! —Exclama casi sin aire—. ¡Pero si no puedes tener muchos más años que
yo!
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Me encojo de hombros y, para mis adentros, sonrío. Me da la sensación de que sé
cómo hacer que la muchacha se quede aquí por el momento, mientras yo busco una
solución. O, más bien, un libro. Tomo a mi hija de la mano y la arrastro conmigo hacia
la salita de nuevo. Tal y como había planeado, la joven viene justo detrás.
—Charlotte es adoptada.
Capto de reojo su expresión casi aliviada, tras creerme un padre precoz. ¿Con cuántos
años la habría tenido, según su teoría? ¿Doce? ¿Trece? Niego con la cabeza. Una vez en
la sala, me siento en un sillón. Charlotte se acomoda sobre mis rodillas, aunque sabe
que ya está demasiado crecida para poder hacerlo. Se supone que dentro de poco
cumplirá doce años y, sin embargo, se sigue comportando como una niña. Cuando me
abraza y apoya la mejilla contra mi corazón se me olvidan todos los reproches. La dejo
estar. Parece feliz y eso es suficiente para saber que estoy haciendo lo correcto con su
educación.
La joven Blackwood se sienta a nuestro lado en el sofá. Parece más que fascinada por
mi hija. Lo suficiente, al menos, como para olvidar su enfado y todas sus preguntas
sobre su presencia en mi casa.
—¿Cuántos años tienes, Lottie?
Durante un segundo su interlocutora se hace la tímida. Solo un instante,
probablemente incluso de manera inconsciente. Al siguiente sonríe encantadora y
empieza a parlotear.
—Tengo once, pero cumpliré doce a finales de esta semana. ¿Sabes? Papá está
organizando una gran fiesta para mí: ¡vendrá un montón de gente! Me han hecho un
vestido precioso y bailaremos hasta la medianoche, como en los cuentos. Habrá música,
nobles, una tarta gigante y… y… —Me mira con ojos brillantes, aunque luego éstos
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vuelven a posarse en esos castaños—. ¡Y me convertiré en una señorita! Aún no podré
ir a los bailes de sociedad, pero estaré mucho más cerca.
Nuestra invitada parpadea, sorprendida por el breve arranque de sinceridad y
entusiasmo. Después, con una risa cristalina, espontánea, se inclina y deja un beso sobre
la frente de mi hija. El gesto hace que dirija toda mi atención hacia ella y empiece a
contemplarla bajo otra luz. Aunque hace tan solo unos minutos estaba profundamente
molesta conmigo, me doy cuenta de que es una persona de sonrisa fácil… una sonrisa
que ilumina su rostro, que hace brillar sus ojos castaños y enciende sus mejillas con la
candidez de una niñez pasada. Me gusta el efecto que causa la simple ascensión de las
comisuras de sus labios. Es como si estuviera viendo a otra persona diferente de la
muchacha en camisón o de la joven maleducada que me ha plantado cara. Entorno los
ojos y me evado de la conversación que mantiene con la niña solo para poder analizarla
fríamente. Los cabellos castaños tienen suaves reflejos rubios, aunque me gusta más el
color original, a medio camino entre las tonalidades de la madera oscura y la del
caramelo fundido. El vestido aún mal abrochado deja sus hombros delgados al
descubierto. No son tan blancos como cabría esperar, aunque es más que obvio que no
es una mujer acostumbrada al trabajo duro. Lo noto en sus manos sin mácula, en los
brazos poco desarrollados. La cinta de raso azul que ata bajo su pecho es la única que
permite adivinar la forma de su figura: no es exuberante, quizá demasiado delgada,
frágil, mas hay algo en ella que resulta agradable siendo así, como si no pudiese haber
sido creada de diferente manera…
Armonía. La única palabra que se me ocurre es armonía.
—¿Dónde estoy, supuestamente?
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Su pregunta me saca del ensimismamiento. Nuestros ojos chocan, de pronto, con un
golpe que a ella parece sorprenderle y a mí, contra todo pronóstico, me arranca un latido
de más.
—¡Estás en Amyas, por supuesto! —Responde Charlotte, agradada de poder
responder a todas sus cuestiones—. Es la capital del gran Reino de Albion.
La señorita Blackwood entreabre los labios tras dar un respingo, bajando la vista a su
interlocutora.
—¿Cómo dices?
—Supongo que nunca habías oído hablar de él, claro —se apresura a añadir la
pequeña con una falta de tacto que estoy seguro que no ha aprendido de mí—.
Probablemente en tu mundo no somos muy conocidos.
La otra calla durante un largo instante. El color huye de su rostro y, de una manera
casi cómica, separa los labios y boquea, como un pez desesperado que ha sido arrancado
del mar en el que vive.
—¿Qué locuras estás diciendo…? ¿No estoy en el pasado? —Sacude la cabeza, como
si pensara que no es eso lo que debe preguntar en realidad—. ¿No estoy soñando?
Me planteo si preferiría estar en otra época pero en su mundo. ¿No sería ese también
un lugar ajeno y hostil, lleno de peligros? De hecho, algo así podría cambiar incluso el
curso de la historia. Aquí por lo menos está a salvo, bajo un techo seguro y conmigo a
su lado para poder llevarla de nuevo a su lugar sin que nada malo le ocurra. Me
acomodo en mi asiento con Lottie aún sobre mi regazo.
—No es ninguna locura, me temo. De igual modo tampoco es un sueño —intervengo.
De nuevo se cruzan nuestras miradas y de nuevo mi corazón pierde un paso al hacerlo.
Aparto los ojos y peino con mi mano los cabellos de mi hija, que están revolucionados.
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Aprieto los labios y me concentro en mantener las formas. Las distancias—. No está ya
en su mundo, señorita Blackwood. Las páginas de un libro la han conducido hasta aquí.
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Ilyria
Realidad.
Un libro. La idea me parece tan alocada que, por un momento, la seguridad de estar
soñando se hace incluso más firme en mi cabeza. ¿No era eso lo que esperaba? ¿Qué
todo se volviera loco y sin sentido? Más, quiero decir. Como si mi teoría de viajar a una
época pasada no fuese lo suficientemente extraña o imposible. Pero ahora las palabras
del conde de pronto han superado definitivamente mi imaginación. Eso puede ser una
buena señal para definir todo lo que me rodea de “irreal”. Asiento distraídamente,
aferrándome sin dudas a mi teoría de un mundo onírico. Me he caído en mi adorada
librería. Por eso ahora sueño, ni más ni menos, con libros que escupen gente de sus
páginas. Claro, ¿quién no ha imaginado alguna vez convertir a los personajes de una
historia en gente real? Poder verles, hablar cara a cara con ellos. Quizá enamorarte…
Me echo a reír y soy consciente de lo histérica que suena, durante un instante, mi
propia carcajada. Lo sé por la mirada que comparten el conde y su hija, que parpadean.
La adorable niña ladea la cabeza inocentemente, mientras que Marcus me observa
alzando las cejas. Creo que teme por mi salud mental. ¡Lo entiendo! Yo ahora también
lo hago, porque a esta situación solo le veo dos posibles explicaciones: o sueño o
delirio.
—¿Señorita Blackwood?
Miro a Marcus con una sonrisa radiante que, me parece, le sobresalta. Me levanto,
alisándome el vestido.
—¡Bien, ya voy a poder despertar! Por un momento casi me lo creo todo, ¿sabéis?
Quiero decir, no me parecía tan, tan imposible. Bueno, claro que era imposible, se mire
como se mire. Naturalmente mi cabeza todavía no lo había aceptado del todo, pese a
todas las pruebas de aparente realidad. Pero gente que sale de los libros… —Río, pero
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mi risa no me suena del todo sincera. Me sudan las manos cuando las enredo en la falda
de mi vestimenta—. Es ridículo. Una locura. Así que sin duda he debido caerme. Debo
estar tirada en el pasillo de mi librería y…
—¡Ah! —Los ojos de Lottie centellan y sonríe ampliamente, con ese encanto de niña
pequeña que me distrae. Sé que ella también es una ilusión, pero es una ilusión
adorable—. ¿Tienes una librería? ¿Has oído, papá? —Tira de la camisa del conde, con
esa expectación propia de la infancia—. ¡Podríais hacer un negocio! ¡Ella vendería los
libros de tus escritores!
—¿Tus escritores? —Contemplo a Marcus momentáneamente alejada de mis
pensamientos—. ¿Es que tienes una editorial o algo así?
Él me mira, pero pronto aparta la vista de nuevo a su hija. Frunzo un poco el ceño,
pero solo ligeramente. No puedo evitar preguntarme si tendré algo, para que le parezca
tan incómodo cruzar su mirada conmigo.
—Sí, algo parecido.
—¿Pero no eras conde…? ¡Ah! —Sonrío emocionada—. ¡Ya está! ¡Una
incongruencia! —Suspiro aliviada—. Esto va mejorando.
Lottie ladea la cabeza, sin entender, pero ríe, como si acaso mi actitud le pareciese
divertida. No es una risa burlona, sino que es dulce, feliz. Supongo que no está
acostumbrada a muchas más personas que las que viven en su casa y la aparición de una
novedad la contenta. En los ojos de su padre también me parece atisbar un asomo de
diversión que se obceca en ocultar bajo su apariencia indiferente. Yo he podido ver, sin
embargo, que no lo es tanto. Lo he comprobado cuando mira a esa personita que hace
llamar su hija. Hay cariño en sus ojos, en sus gestos cuando la coge o acaricia sus
cabellos. No puede ser tan frío ni tan malo como parecía… Oh, ¿qué más da? Se me
olvidará incluso su rostro en cuanto despierte. Para bien o para mal, cuando el sol llega
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nunca suelo acordarme de las ilusiones en las que Morfeo me enreda por las noches. No
hablemos ya de las que me sobrevienen cuando me desmayo.
—No es ninguna incongruencia, señorita Blackwood —me corrige con delicadeza—.
Soy conde, sí, pero también me encargo de la publicación de aquellos artistas que no
pueden permitírselo.
—Papá dice que es como el mecenas de los escritores —aclara la niña, casi
cantarina—. ¡Tiene muchos libros en su despacho! ¡Montones de mundos! Y sus
autores son los mejores, claro —defiende con orgullo.
Titubeo, observándoles a los dos, pero pronto sacudo la cabeza.
—No me importa. Cuanto menos sepa, mejor. Quiero irme. A mi casa. Despertar.
Me froto la sien casi desesperadamente. ¿Por qué no lo hago? ¿Por qué no abro los
ojos de una vez? Me he dado cuenta de lo que sucede. Vuelvo a aferrarme a la idea de
que cuando eso pasa, en los sueños, se despierta. Todo se acaba. Los personajes se
difuminan y sus historias se pierden. ¿Cuándo van a hacerlo ellos, entonces? En
respuesta a mi pregunta solo me miran en silencio. Esperan que me dé cuenta. O Marcus
lo espera, porque Lottie no parece seguir el hilo de mis pensamientos, inocente. Trago
saliva y retrocedo un paso. Charlotte parece profundamente decepcionada cuando lo
hago.
—Mi casa —repito suavemente—. Despertar…
—No va a poder despertar, señorita Blackwood, por el simple hecho de que no está
soñando.
Contengo la respiración. Un pálpito. Dos. Oigo susurrar algo a la chiquilla a su padre,
curiosa, probablemente cuestionando qué me sucede, por qué me veo tan pálida. Cielos.
Otro mundo. Un libro que hace de portal... Niego un poco más con la cabeza.
—Imposible. Es… Es imposible. Ese tipo de cosas no existen.
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Marcus parece tensarse un poco, consciente de que estoy perdiendo los nervios. Otra
vez, quiero decir. ¿Cómo no voy a hacerlo? Es lo más natural del mundo. Nunca me he
creído esos libros en los que los personajes aparecen en otras dimensiones, en otros
mundos, y simplemente aceptan el hecho con total parsimonia. Eso no es real. Las
personas normales, como yo, veríamos amenazada la paz que nos hemos esforzado en
crear. Las personas normales, en una situación como ésta, se asustarían. Porque algo así
significaría acabar con la realidad. Con mi realidad. Jadeo un poco, consciente de que
no hay razones que fundamenten mi desesperado intento de mantener en mis manos las
riendas de mi vida. Siento que se escurren entre mis dedos con cada segundo que pasa.
Con cada segundo en el que me doy cuenta de que los sueños no son tan vívidos, de que
siento el corazón demasiado fuerte contra mi pecho, de que la cabeza me da vueltas de
una manera que nada tiene de ilusoria.
Recuerdo, de pronto, como un fogonazo, cómo encontré un libro entre los estantes
más apartados. Necesitaba evasión y un tomo sin título ni autor ni sinopsis, abandonado
allí a su suerte, me pareció la idea más apropiada. De algún modo incluso parecía
llamarme. Gritarme desde sus páginas amarillentas y envejecidas, susurrar mi nombre
con cadencia melodiosa. Navegaría entre sus palabras y me permitiría olvidar perdida
en las historias que pudiese contarme. Y entonces…
Entonces había caído. El duro suelo me recogió en un callejón. Creo que me hice
daño. El aullido de un lobo, la respiración de una bestia de rostro deformado en mi cara.
Marcus. Un libro que se tragaba a aquella criatura…
Me llevo una mano a la boca y, al echarme otro paso hacia atrás, tropiezo con la larga
falda del vestido. De igual modo tropiezan todas las certezas que me había esforzado en
mantener. Caigo al suelo, pero ni siquiera parezco sentir la caída.
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Escucho el revuelo que provoca mi torpeza. Lottie parece alarmada y Marcus la hace
levantar de su regazo. No puedo atenderles del todo. Charlotte hace ademán de
acercarse rápidamente, pero su padre la detiene. Ella, en un intento de ser útil, de
ayudarme de alguna manera, comenta casi con urgencia, nerviosa, la idea de pedirle a
Yinn algo de té. Sus pasos cuando sale corriendo son solo una nebulosa que pasa por mi
lado. No soy realmente consciente de ello, como si mis sentidos se hubieran apagado y
no pudieran concentrarse en nada realmente. Como si, de pronto, todo a mi alrededor,
color y sonidos, se hubiera detenido.
No estoy en casa.
Es la primera vez que me percato, desde que estoy aquí, de algo tan sencillo. Al
principio era como estar en una nube. Era simplemente como pasear por las calles de un
sueño, como caminar por mi propia imaginación. No importaba, porque simplemente no
podía ser real. Mi cuerpo, mi mente, toda yo, se negaba en rotundo, inconscientemente,
a aceptar una verdad como esa. Una verdad en la que yo estuviese lejos de todo lo que
conocía. Lejos de mi apartamento. De mis libros. De mi pequeña tienda. Lejos de mis
padres, por poco que les soporte. De mis amigos. Lejos… de mi vida. De todo lo que
alguna vez he tenido, de todo lo que he luchado por conseguir. ¿Cómo podía admitir
algo así? ¿Algo tan… cruel?
Me estremezco, aún en el suelo. Me encojo sobre mí misma y mis ojos, muy abiertos,
solo son capaces de observar las baldosas relucientes. Percibo mis mejillas pálidas, mi
pulso mismo luchando por hacerse un hueco en mi pecho. No llevo corsé y, sin
embargo, siento como si algo me aprisionase las costillas y no me dejase respirar. Mi
hogar. Mi mundo. Mi realidad. Una suave brisa entra por las puertas del balcón abiertas
y yo siento que todo se marcha en ese soplo de aire que remueve apenas mis cabellos.
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«Recomponte, Ilyria. Tú no eres así. No te dejas vencer. ¿Cuándo lo has hecho?
Vamos. No te quedes ahí quieta. Debes verte ridícula. ¿Qué haces? ¿Te vas a poner a
llorar?».
Mi propia voz recriminándome no es suficiente para hacerme reaccionar como otras
veces. No llama a mi orgullo, que se queda, por un segundo, pacíficamente quieto, cerca
de mi corazón detenido.
—No estoy… en casa…
La frase, al nacer de mis labios, suena más determinante y aterradora de lo que ya
sonaba en mi cabeza. Más real. Casi me parece sentenciadora. Es entonces cuando todo
se nubla a mi alrededor. No es que me sienta más mareada, pese a que la cabeza sigue
dándome vueltas. No tiene nada que ver, sin embargo, con que de pronto todo lo que
puedo ver se difumine, se vuelva borroso. Mis ojos, en contra de lo que me podría dictar
el orgullo o la razón, se empapan. De miedo. De incertidumbre. «No puedes llorar».
Trago saliva. «No llores». Pero, ¿cómo puedo evitar las ganas que llevo resguardando
bajo la falsa seguridad de tener controlada la situación? Por eso hasta ahora no he
podido reaccionar: porque me he convencido a mí misma de la utopía de que nada de
esto existía. Ni el lobo de la noche anterior, ni esta casa, ni sus habitantes... pero todo es
real.
Y yo estoy sola en medio de ello.
Me siento caer, como si esa certeza me hubiese empujado sin piedad hacia algún pozo
sin fondo. Pero entonces, antes de que pueda hundirme y echarme a llorar, como
parecen suplicar mis pupilas, una mano enguantada se hace hueco en mi campo de
visión. Su mano. No me hace falta alzar la vista para saber que, ligeramente inclinado,
Marcus me ofrece sus dedos para ayudarme a levantar. Para, sin saberlo, salvarme.
Durante un segundo solo observo su extremidad. Tiemblo. Casi desesperadamente, en
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un impulso, me agarro a él. Mi mano es pequeña contra la suya. Siento la suavidad de la
tela bajo la palma y, tras unos segundos, me obligo a levantar la mirada. Él me observa,
pero su expresión es ilegible. No sé leer su rostro y tampoco puedo ver lo que piensa en
sus ojos, porque después del primer choque, como siempre, me rehúye, aunque me ha
parecido que por un segundo sostenía mi mirada. No importa. Solo necesito algo a lo
que agarrarme y él parece brindarme su ayuda en el más completo de los silencios. Me
hace levantar caballerosamente. Yo me pongo en pie casi por inercia, tambaleándome
un poco.
—Será mejor que te sientes. —Su formalidad, ahora que su hija no está con nosotros,
ha desaparecido. Me guía con cuidado hasta el sofá. Creo que por un momento teme que
vaya a desfallecer. Yo sigo mirándole, aún pálida, aún con los ojos muy abiertos,
humedecidos, la respiración acelerada. Él traga saliva y se sienta a mi lado. Yo no me
permito soltar su mano, aunque él no parece especialmente cómodo con ello. No me
importa. Necesito algo a lo que agarrarme. Alguien—. No te preocupes. No va a pasar
nada.
Bajo la vista, tomando aire entrecortadamente.
—Yo… —Callo, sin saber muy bien qué decir. Solo le miro, ansiosa, como si acaso
así pudiera entenderme mejor que yo a mí misma.
—Vas a volver a casa. No te preocupes.
Parpadeo repetidas veces para evitar llorar. No puedo dejar que las lágrimas caigan
frente a él. Frente a nadie. Yo no puedo llorar.
—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué he terminado aquí…? Los libros, yo… —Otra
bocanada de aire que, de nuevo, me parece insuficiente.
—Con tu libro. No lo podrás entender ahora. Estás alterada. Necesitas descansar,
dormir un rato. Cuando despiertes y te calmes te lo explicaré todo.
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Yo niego enérgicamente con la cabeza.
—No. Necesito entenderlo. Quiero entenderlo. Ahora.
Él me observa algo sorprendido. Aprieta los labios pero, aunque por un momento
creo que se negará y ocasionará otra discusión entre nosotros, lo cierto es que, para mi
sorpresa, suspira. Aparta la mirada. Yo sigo agarrando su mano.
—Los libros traen a gente de otros mundos. Pero también la devuelven a su hogar.
Podrás volver a tu casa por tu libro. Yo te enviaré a tu mundo personalmente. No tienes
nada que temer.
¿Él? ¿Él puede devolverme a casa? Sonrío, aunque es una sonrisa temblorosa.
Porque, después de todo, si realmente puede hacerlo, ¿por qué sigo aquí?
—¿Ahora…?
Marcus calla. Tomo aire cuando él vuelve a clavar los ojos en cualquier otra parte que
no sea mi rostro. No puede hacerlo. Me miente. Eso sí soy capaz de verlo. No va a
llevarme a mi hogar. Hay otro temblor que recorre mi cuerpo. Abro la boca, pero el
sonido de pasos me distrae. Yinn entra con una bandeja y té.
—¿Se encuentra bien, señorita? —Pregunta suspicaz, inclinándose para que pueda
tomar la taza entre mis dedos. Marcus niega con la cabeza cuando le ofrece a él
también.
Lo miro pero no respondo. No. ¿Cómo voy a estarlo? Trago saliva y dirijo mi mirada
al conde como si aún esperase su respuesta. Él parece pensar en lo que va a decirme… y
eso no puede ser nada bueno.
—No es tan grave —comenta Yinn irguiéndose de nuevo—. Extraño, al principio.
Pero en esta casa cuidarán de usted.
Me siento ligeramente ofendida, durante un segundo, por que piense que necesito
alguien que me proteja. Antes de que pueda decir nada él gira sobre sus talones y sale.
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Le oigo intercambiar unas frases con Charlotte. La puerta queda entornada tras su
cuerpo y las voces se amortiguan tras la madera.
De pronto me percato de lo que significan las palabras del muchacho. Tomo aire,
angustiada.
—¿Él también llegó aquí… como yo?
Marcus me mira. No creo que pueda seguir realmente mi razonamiento. O quizá sí,
porque su manera de asentir es cuidadosa, como si temiese mi reacción. Me encojo
sobre mí misma.
—No ha… vuelto.
El conde frunce los labios.
—No es lo que piensas —se apresura a aclarar—. Él quiso quedarse aquí. Decidió
que su vida en este mundo era mejor.
Yo le miro sin poder entender cómo alguien podría simplemente desear dejar todo lo
que conoce atrás. ¿Cómo debía ser la vida del mayordomo antes de llegar a este lugar?
Siento que estoy en medio de un rompecabezas que no puedo terminar de completar,
como si siempre faltase una pieza para permitirme entender la magnitud de todo lo que
me rodea.
—¿Y cuándo voy a volver yo?
Silencio. Se alarga entre nosotros por unos segundos que se me clavan en la piel, que
me ahogan, que hacen que el calor se vuelva asfixiante en la habitación.
—No lo sé.
Jadeo inevitablemente al escucharle. Lo había imaginado y, sin embargo, no quería
creerlo. Sus palabras, aunque sencillas, abren un mundo a mi alrededor. Un mundo que
no conozco, con gente que no conozco y costumbres que no conozco. El miedo a lo
ignoto trepa por mi columna y se extiende por mis extremidades hasta llenarme entera.
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Un mundo en el que me veré encerrada por… un tiempo indefinido. Su frase ha sido
directa y de igual manera se ha clavado en mi mente, en mi corazón. El hecho de que no
pueda volver ahora, de que no haya una fecha para mi regreso, puede significar que
estaré en mi mundo mañana… o dentro de años.
Quizá, en realidad, no vuelva nunca.
Me sorprendo cuando la mano de Marcus, que sigo aferrando desesperadamente en
un intento de atarme a algo que sea real, me devuelve el apretón. Ese gesto inesperado
me hace alzar la vista. Por primera vez me mira a los ojos y en sus pupilas hay algo casi
solemne, noble. Ahora veo realmente que en el color de sus iris parece danzar libre toda
la magia del mundo. Él quizá sea capaz de apartar, sin pesar, su vista de la mía, pero yo
me doy cuenta de que devolverle el desplante me resulta imposible. Su mirada me ata y
yo, atrapada de pronto en la sinceridad que veo a flote sobre ese mar púrpura, podría
creer todas las mentiras que quisiera contarme.
—Te prometo que te devolveré a casa. Volverás a tu hogar y podrás continuar con tu
vida. Todo estará bien.
Yo callo, repentinamente sin palabras. Y sin palabras se llena el espacio de la
habitación. Durante unos segundos que parecen apartarse del espacio real del tiempo,
nos miramos. Descubro tras las pupilas a un hombre que no me parecía haber visto al
principio. Repentinamente la idea de que no sea un insoportable aristócrata con aires de
superioridad cruza veloz por mi cabeza. No es eso lo que parece decir su mirada, al
menos. Sus ojos no son los del frío noble que hasta entonces parecía empeñado en ser.
Antes de que yo pueda asegurarme de que lo que veo es real, la imagen desaparece.
De repente sus iris vuelven a huir de los míos. Parpadeo sorprendida por lo precipitado
de esa ruptura. De igual modo, su mano, la caricia de tela que me mantenía atada a él,
escapa. Se pierde y en mi palma descubierta solo queda el incómodo cosquilleo de
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quien siente que le falta algo. Cojo mi taza con las dos manos para acallar la sensación,
con la excusa de darle un sorbo al líquido caliente. El sabor dulce del azúcar baja por mi
garganta para reconfortarme y, durante un instante, me siento bastante mejor.
De nuevo, un segundo de silencio.
Esta vez soy yo la que me veo obligada a hablar.
—Te… Te creo.
Él me mira de reojo. Me observa, durante un momento, callado. Cuando alza la
barbilla, la cercanía que me había parecido imaginar se torna fría distancia.
—Un caballero nunca falta a sus promesas, señorita Blackwood —frunzo los labios,
descontenta al escuchar de nuevo esa tonta formalidad, pero callo, mirando mi té sin
decir nada—. Puede estar segura. Pero mientras no la devolvemos a su legítimo lugar...
es primordial hablar sobre sus modales. Y definitivamente hay que tratar su manera de
vestirse. Mientras esté bajo mi techo tendrá que ser un ejemplo a seguir para mi hija, de
modo que será mejor que aprenda que las damas llevan corsé y otras prendas bajo el
vestido.
Entreabro los labios. ¿Estoy escuchando bien? Frunzo suavemente el ceño, intentando
convencerme de que ahora bromea, pese a que no haya tono de mofa en sus palabras.
No puede realmente tratar un tema como ese en mi situación.
De este modo cojo aire con cuidado, como si eso pudiera calmarme. «Eso es.
Tranquilízate y él se portará bien».
—Las… prendas —lo miro de reojo, investigando en su rostro.
Él, para mi más profunda sorpresa y mi más sincera decepción, asiente, firme y serio.
Vuelve a ser ese despreciable muchacho que hace que se esfume la idea de que
realmente no puede ser un ser frío y carente de sentimientos.
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—No puedo dejar que mi hija reciba un mal ejemplo de las mujeres que la rodean.
Siempre la he educado para que sea una señorita —aclara como si estuviéramos
hablando de una joven promesa de la política o del medio social. Eso me frustra y hace
que apriete los dedos alrededor de mi taza. Me ha vuelto a recordar a mi padre, con sus
charlas sobre lo que las señoritas deben o no deben hacer, intentando arrebatarme mi
infancia con correctos modales o actitudes. ¿Pretende este hombre hacerle lo mismo a
ese ángel que tiene por hija?
Aprieto los dientes, pero levanto la barbilla, cerrando los ojos suavemente.
«Cálmate», me digo. En silencio, en mi mente, empiezo a contar, como siempre que
algo amenaza con colmar mi paciencia y yo no deseo darle ese privilegio.
—Y pretendes, claro, que yo también lo sea.
Su respuesta no se hace esperar… y no creo que sea consciente del error que comete
al enunciarla con tanta seguridad.
—Obviamente, señorita Blackwood.
«Veinte. Treinta. Cuarenta». Ya no sumo de uno en uno, sino de diez en diez. Las
palabras navegan por mi mente a su libre albedrío y me hacen fruncir más el ceño. Casi
siento un tic en mis ojos cerrados. Yo, hasta hace unos minutos, temblaba a su lado. Yo,
que estoy perdida y abandonada, de momento, en otro mundo, me he permitido juzgarlo
amable. Pero ahora veo que no es así. Es un estúpido. ¿Cómo puede alguien bueno
preocuparse de ese tipo de tonterías sobre lo correcto o la manera adecuada de vestir
cuando la realidad se derrumba a mi alrededor? Por un segundo pensé que le importaba.
Me pareció ver algo de compasión en sus ojos de piedra preciosa.
Pero él es un egoísta que solo piensa en sí mismo. En los inservibles modales…
Es demasiado frustrante.
Mi pensamiento, agotado, salta varios números y llega a cien.
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Ni siquiera soy realmente consciente del momento en que mis manos se alzan y
derraman el té sobre él con brusquedad, sin darle tiempo a reaccionar ni separarse. No le
tiro la taza, aunque siento la tentación de estampársela sobre la cabeza para intentar
arreglar lo que sea que funcione mal ahí dentro.
Me levanto y lo observo, apretando los labios, los dientes.
—¡¡Eres un insensible, Marcus Abberlain!! —Le espeto, olvidándome de esa tregua
momentánea que hemos tenido hasta ahora—. ¿Sabéis qué os digo, a tus modales y a ti?
¡Que podéis meteros las capas de ropa por donde os quepan! ¡Buenos días!
Me giro sobre las puntas de mis pies y salgo, airada, de la estancia.
Si piensa que algún día agacharé la cabeza a sus órdenes de engreído niño rico, está
loco.
58
Marcus
Búsqueda.
Estoy tan enfadado que paso como una exhalación junto a Yinn y Angela sin prestar
atención a sus exclamaciones de sorpresa. El líquido caliente se descuelga de las puntas
de mis cabellos y con cada gota que cae sobre mi chaqueta o mi rostro me siento más
cerca de cometer un atentado contra los buenos modales… y contra ella. Siento ganas
de echar a esa maleducada joven de mi casa. ¿No estoy en mi derecho? Jamás me
habían insultado de tal manera. Nunca antes me había sentido tan abochornado, tan
molesto con alguien. El odio no me es ajeno y, sin embargo, en mi vida entera había
deseado con más ansias perder a alguien de vista.
Me encierro en mi cuarto y me desprendo de la chaqueta al tiempo que, frustrado,
intento deshacer el nudo de la corbata. La sangre me hierve en las venas. ¿No le he dado
resguardo en mi casa? ¿No la recogí anoche de la calle y le di una cama? ¿Acaso no le
he prometido mi ayuda? Y ella como pago me humilla echándome una taza de té por
encima. ¿Insensible, se atreve a llamarme? Todos lo pasamos mal en algún momento de
nuestras vidas. Todos debemos aprender a reponernos. Si pretende que me compadezca
de ella, que la consuele por un estado que será temporal, está junto a la persona
equivocada. Antes de que pueda darse cuenta estará de nuevo en su hogar y todo se
convertirá en el recuerdo lejano de un sueño. Solo tengo que encontrar su libro y
enviarla de vuelta, nada que no haya hecho antes con otros tantos extranjeros perdidos.
La ropa sucia cae sobre la cama y resoplo, algo falto de aliento, mientras me dirijo
hacia el baño. Aunque el agua ya debe estar fría la echo en la jofaina. Aún me es
necesario un minuto más para reponerme. Me siento en el borde de la impecable bañera
vacía y oculto el rostro entre las manos. De pronto me siento como un estúpido por
haber perdido así los nervios, por ese ataque de ira sin sentido. No puedo culpar
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realmente a la muchacha. Está histérica. Con suerte se le pasará en unas horas.
Probablemente, de hecho, pronto venga con la cabeza gacha a pedirme perdón por su
arrebato. O quizá no. Algo me dice que ella no es así, que no es de las que se disculpan
por mucho que sepa que no tiene razón. Tendrá el orgullo desmedido y todos los
defectos que yo intento alejar de mi hija: será rebelde, obstinada, metomentodo y
curiosa. Todo lo contrario de lo que se espera en una señorita.
Suspiro y me saco los guantes para lavarme la cara, así como me mojo el pelo para
eliminar los posibles restos de té. Tengo que mantener las distancias con esa señorita
Blackwood, que me tutea como si me conociera de toda la vida. Que me coge de la
mano… Aprieto los labios y clavo la vista en mi diestra, como si quisiera recriminarle
algo. Su agarre ha resultado inesperadamente cálido, fuerte, y aún siento el leve
cosquilleo de su presencia corriendo bajo los dedos. No. Qué tontería. Estoy
sugestionado. Es imposible que sienta nada, dolor o calor, en esta piel. De todas formas
evitaré acercarme. Evitaré la confianza. No quiero que ninguna mujer vuelva a hacerme
daño, dándomelo todo para luego arrebatármelo, con las heridas que eso implica en mi
interior. Cuanto menos la mire, cuanto menos tiempo pase a su lado y menos palabras le
dirija, mejor para mí y para todos.
Vuelvo del baño a la habitación tras secarme y cojo ropa limpia del armario. Primero
los guantes, para ocultar al mundo mis manos manchadas de sangre. Después la camisa,
para esconder los latidos de mi corazón. A medida que me abrocho los botones, retomo
la calma y vuelvo a tener las riendas de la situación, poniéndome la máscara y
agazapándome tras su sólida consistencia, escapando así de los golpes del mundo en el
que vivo. Que nadie sepa mis secretos. Que nadie se hunda en mis ojos.
Escucho un sonido a mis espaldas: la puerta se ha abierto sin permiso y eso es
suficiente para distraerme y hacerme sobresaltar. Me giro y de nuevo siento el choque,
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el imán en el que se convierte su mirada. Sus labios se han paralizado, entreabiertos, en
un gesto de sorpresa. Se me ocurre que ha entrado justo a tiempo, porque ahora mi torso
y mis dedos están cubiertos de tela. Es un pensamiento ridículo. Al instante siguiente
me doy cuenta de que no ha llamado. De que, de hecho, no debería entrar en ningún
dormitorio, porque esta no es su casa. Es la mía. La incredulidad de su aparición da paso
a otros sentimientos. Me sonrojo. No sé si lo hago por mi enfado o por la vergüenza de
mi intimidad robada. Por lo que podría haber visto un minuto antes, por lo que podría
haber descubierto. Me quedo callado, sin embargo, intentando controlarme, esperando
su disculpa.
—Oh, vaya… —murmura bajo.
Ignoro su mirada mientras analiza el cuarto e intento no alzar la voz. Cuando hablo,
sin embargo, la brusquedad es inevitable:
—Señorita Blackwood, ¿qué cree que está haciendo? —Trato de no perder los
nervios y seguir vistiéndome, como si nada hubiera pasado. Me anudo la corbata con la
destreza de quien ha llevado a cabo una acción cientos de veces antes y me niego a
contemplar su figura bajo el umbral.
Ella no contesta en seguida. En realidad, parece que vaya a salir sin más del
dormitorio, tras suspirar. Me coloco el chaleco.
—Estaba intentando encontrar un lugar en el que estar sola y tranquila. Por supuesto,
he ido a dar con la habitación más equivocada.
Cojo la chaqueta y me vuelvo distraídamente hacia ella.
—Esta no es su casa, por lo que le pido que mantenga las formas: se llama antes de
acceder a un cuarto, sobre todo si es la alcoba de alguien, y no se entra a ninguno sin
invitación. —Ella frunce el ceño, pero yo continúo, sin prestarle atención: —Le he
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dicho que si va a vivir bajo mi techo, seguirá mis normas. Me respetará, señorita
Blackwood, y evitará hacer cosas como tirarle el té por encima a la gente. Además…
—¿Quién te has creído que eres para darme órdenes? —Recrimina ella con los labios
apretados—. ¿Mi padre?
Arrugo el entrecejo.
—La persona que la ha salvado y le ha dado cobijo. Si fuera mi hija hace mucho
tiempo que le habría enseñado a comportarse con propiedad.
Ella ríe. Es una carcajada irónica, sin rastro de diversión o felicidad en ella,
completamente forzada.
—Si fuera tu hija hace tiempo que me habría ido de casa.
La veo darse la vuelta. Lo siguiente que oigo es un portazo. Tengo que echar mano de
toda mi fuerza de voluntad para no salir detrás de ella y explicarle que, de nuevo, esa no
es la conducta de una mujer civilizada. Pero quizá tampoco lo sea. Tal vez en su mundo
las personas vayan tirándose el té por encima o entrando en las habitaciones de los
demás como si fueran las suyas propias. A lo mejor es un mundo sin intimidad, sin el
arte de la conversación, sin decencia o cortesía. Me estremezco. Si fuera así, si la
sociedad fuera la culpable de su comportamiento, lo más normal es que no pudiera
echarle la culpa. No es su falta, entonces.
Suspiro hondamente, echándole una rápida ojeada a la figura que, desde el espejo, me
devuelve la vista. Me aparto unos mechones de la blanca frente con dedos enguantados
y me acomodo las mangas y la corbata, antes de apartarme de la deslumbrante
superficie y salir del cuarto, que cierro con llave a mis espaldas. Toda precaución es
poca ahora que la señorita Blackwood está en esta casa y se ha empeñado en hacerme la
vida imposible.
Bajo las escaleras y me topo con Yinn en el recibidor. Me acerco a él.
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—Una muchacha de armas tomar, ¿no es cierto, thaýr?
Resoplo por toda respuesta, mientras me ayuda a poner el abrigo, y me coloco el
sombrero de copa un segundo después.
—Vigílala de cerca, Yinn —le pido con esa familiaridad que solo se tiene con los
buenos amigos cuando nadie mira—. No dejes que vaya más allá del jardín: seguro que
es del tipo de mujer que encuentra los problemas allá donde va. Dale algo que hacer en
la casa si se aburre, aunque sea una tontería. Que juegue con Lottie o cocine o… qué sé
yo.
Él hace un gesto con la cabeza que me indica que no puede prometer nada. Yo mismo
soy consciente de ello. Ilyria Blackwood parece un animalillo indomable que solo
puedes mantener en un lugar a base de atarla a algún mueble. Lamentablemente, como
esas fieras que guardas en una jaula, lo más probable es que fuese languideciendo
lentamente y muriese en su cautiverio de pena y soledad. Antes arrastraría la casa
consigo que encerrarse en un lugar a esperar. Charlotte es un poco como ella, supongo:
de temperamento rápido y dispuesta a buscar cualquier excusa para contradecir las
normas.
—Lo intentaré.
Me doy por satisfecho con eso. Cojo mi bastón del paragüero y me ajusto los pulcros
guantes blancos.
—Iré a ver si encuentro alguna pista de dónde puede estar su libro. Volveré al
callejón: puede que la luz del día nos descubra que el libro estaba allí. No me esperéis
para comer.
Yinn me abre la puerta con una respetuosa reverencia y yo salgo al exterior. El suave
olor de las flores flota sobre el jardín de la mansión, donde los árboles frutales están
nevados con pétalos blancos y rosados. Mientras enfilo por el camino, una lluvia de
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pequeños deseos cae sobre mí, rociando mi sombrero y mis hombros con los ligeros
besos de la primavera. Cazo unos pocos con mi mano y los observo un segundo, antes
de dejarlos volar libres de nuevo, tras susurrarles mis propios anhelos y pedirles por un
futuro brillante junto aquellos a quienes amo. Por la felicidad.
El jardín pronto queda atrás. Me enfrento ahora a la ciudad, con sus mil pasadizos,
con sus gentes, que caminan por la calle como si les perteneciese cada adoquín. Las
mujeres, con sus faldas de colores, parecen en sí mismas pétalos caídos del cielo para
alegrar el mundo terrenal. En seguida me doy cuenta de lo diferente que se vería la
señorita Blackwood entre ellas, con su piel suavemente bronceada y su caminar
orgulloso y decisivo. Sería como soltar una loba entre cervatillos, una imagen que me
arranca una sonrisa.
Me encamino hacia el río, tocándome el sombrero y agachando la cabeza cuando veo
algún conocido, pero no me paro a hablar con nadie. Hoy tengo prisa. Cruzo el puente
de piedra que separa la zona noble de la de los extranjeros y de nuevo me siento como si
me debatiese entre dos universos distintos. Aquí, mis saludos son más desenvueltos. No
tengo más que sonreír para que me acepten entre los suyos sin preguntas. Las palabras
son bienvenidas, con sus deseos de que tenga un buen día o las inevitables
exclamaciones sobre el buen tiempo que hace, ya que el día anterior, sin ir más lejos,
llovía a cántaros.
De nuevo dejo atrás a mis vecinos y busco amparo en las sombras frescas de un
callejón sin salida. Recuerdo el lugar de la noche pasada, pues éste fue el sitio donde
encontré a Ilyria Blackwood acurrucada, con los ojos firmemente cerrados para no
cruzar su mirada con la de la criatura tras la que yo iba. Afortunadamente, no hubo que
lamentar daños. El lobo solo estaba asustado y perdido, ansioso por volver a casa. Y eso
fue justamente lo que hice yo: devolverlo a su hogar a través de su libro, de donde, con
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suerte, nunca más volverá a salir. Lo malo de este tipo de situaciones es que no puedes
predecir si se repetirán y, de ser así, cuándo lo harán.
Palmeo el bolsillo de mi abrigo. El pequeño volumen del que había salido aquella
criatura sigue ahí, con sus tapas blandas, con sus páginas desgastadas por el tiempo y el
uso y sus personajes durmientes en este mundo, aunque yo sepa que están más que
vivos en el suyo. Me muerdo el labio y reviso de nuevo el emplazamiento con la vista,
asegurándome de que realmente no hay allí nada que me pueda ayudar a devolver a la
señorita Blackwood a su dimensión. Supongo que albergaba esperanzas de que
estuviese allí pero anoche no lo hubiese visto. A veces hay personas que llegan con sus
libros bajo el brazo, como… Sacudo la cabeza y niego. Da igual. Ya lo encontraré.
De nuevo vuelvo a la calle principal y me encamino hacia la escuela. Estamos ya
cerca del mediodía, así que las clases han acabado para los niños. Reconozco a Lil en la
puerta, barriendo distraída su pedacito de calle, envuelta en rigurosa tela negra. No lleva
bonete ni sombrilla para protegerse, sino que trabaja con el sol sobre ella como si fuera
una extranjera. De nuevo no puedo más que admirar su fortaleza, su compromiso y su
lealtad por su esposo. No hay guantes en sus manos ni excesivos adornos en su vestido,
lo que la podría hacer pasar por una mujer cualquiera, aunque en realidad hay algo en su
postura, en su espalda derecha y en la barbilla orgullosa, que delata sus orígenes. La veo
dar un respingo y alza la vista, cruzando sus ojos con los míos durante un instante. Una
de sus sonrisas leves, de los gestos tristes que no llegan hasta sus ojos, me hechiza y me
hace acercarme.
—Hace un hermoso día —murmuro suavemente mientras de nuevo toco el ala de mi
sombrero a modo de saludo cortés.
Lil sacude la cabeza, sin detener su tarea.
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—Te tengo dicho que no seas tan formal conmigo, Marcus Abberlain —me reprocha,
mirándome por entre las pestañas—. Me haces sentir como una desconocida.
Me ruborizo ligeramente y dejo caer mi brazo de nuevo. La mano rebusca en el
bolsillo del abrigo hasta que los dedos se cierran alrededor del pequeño libro que aún
atesoro. Mi amiga se adelanta antes de que pueda devolvérselo.
—¿Cómo ha ido? Supongo que habrás venido a eso.
Carraspeo al pensar que mi misión ha sido cumplida, aunque con un final inesperado:
un detalle que no estaba en mis planes. Una persona, más bien, que ahora se cree dueña
de mi casa y pasea de habitación en habitación como si le perteneciese la mansión. El
enfado asoma apenas, pero lo hago bajar hasta el estómago a base de tragar saliva.
—He devuelto a la criatura a su libro. —Le tiendo el volumen, que ella toma, tras
limpiarse una mano en el mandil que lleva atado alrededor de su cintura. Lo deja
distraídamente en un bolsillo del que ya sobresale un pañuelo de tela y me presta
atención, consciente de que hay algo más—. Estaba a punto de atacar a una muchacha.
Lil da un respingo y me observa con los ojos abiertos de par en par. El poco color que
pudieran tener sus mejillas ha huido de su rostro.
—¡Tranquila! —Me apresuro a confiarle—. Está bien, en mi casa. Es una extranjera
recién llegada, pero la enviaré de vuelta a su hogar tan pronto como pueda encontrar su
libro. No estoy… muy seguro de cómo hacerlo: no lo traía consigo y tampoco parece
haber caído cerca. Pero tiene que estar en alguna parte, ¿verdad?
Ella no contesta, contemplando las púas de la escoba arañar los adoquines. Suspira.
—Si hay algo que pueda hacer…
Niego suavemente. Mi mano enguantada se posa sobre la suya. Detiene su tarea y me
contempla, con los ojos cargados de ese dolor que quisiera poder borrar. «No van a
volver», deseo decirle. «Él no volverá, al igual que ella no sonreirá de nuevo para mí.
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Pero al menos a ti, tu amor sí te quería. Te amaba lo suficiente como para enfrentarse al
mundo entero tan solo para poder estar a tu lado. Y eres afortunada por ello». Callo, sin
embargo, y esbozo una sonrisa sentida. Mis dedos se crispan apenas sobre su piel
desnuda. Es increíble lo mayor que parece, cómo han caído sobre su mirada más años
de los que tiene en realidad. Y, sin embargo, su cuerpo se niega a aceptarlos,
rechazando la adultez pese a todas las experiencias vividas.
—No te preocupes. Cuidaré de ella hasta que encuentre su mundo. Por suerte para
nosotros entiende perfectamente nuestro idioma, de modo que ni siquiera tendrás que
tenerla como alumna en tu escuela. Aunque no parece tener claros los conceptos de
civismo. Es una especie de pequeña salvaje, maleducada y curiosa. ¡Y ni siquiera sabe
vestirse! ¿Te lo puedes creer? Quizás en el fondo sí debería traerla para que le des un
par de lecciones, a modo de institutriz. Incluso me tiró el té por encima.
Lil aparta los párpados exageradamente y se echa a reír. Hacía tiempo que no
escuchaba sus carcajadas. No era tan espontánea desde que éramos niños y ella y las
otras muchachas nos gastaban las bromas más crueles, disfrutando
inconmensurablemente al dejarnos en evidencia.
—¿Una mujer ha arrojado una taza de té al conde Abberlain? ¿Qué cosa tan terrible le
hiciste, Marcus?
Frunzo el ceño y me hago el ofendido.
—Solo le dije que debía dar un buen ejemplo a mi hija y comportarse como una
señorita, empezando por su forma de vestir y sus modales. Y ella se escandalizó y me
llamó insensible.
La muchacha alza las cejas.
—A veces elijes los peores momentos para tratar ciertos temas, Marcus. No es ningún
secreto. Quizá deberías disculparte con ella.
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Resoplo, crispando mi mano alrededor del bastón, hasta que el pico del águila se
clava en la carne de la palma.
—Quizá no fuera el mejor instante para presentarle mis ideas sobre convivencia.
Pero, desde luego, uno no se pone un minuto después a rebuscar por toda la casa. Entró
en mi cuarto —le confío—. Sin llamar. Mientras me vestía.
Lil parece más divertida que escandalizada por la información. Aunque no se refleje
exactamente en el gesto que adopta su cara, lo noto en sus ojos brillantes, siempre tan
expresivos.
—Tienes que entenderla. Está en un lugar nuevo y misterioso. No es nada malo sentir
curiosidad. No todos los días se llega a otro mundo a través de las páginas de un libro.
No todos los días se tiene la oportunidad de vivir una aventura de ese tipo. Así que sé
bueno con ella y no empieces a agobiar a la pobre chica con tus normas para todo. Sé un
poco más permisivo: tienes que conseguir que se sienta cómoda, no que quiera salir
huyendo.
—El único que querrá fugarse para no tener que afrontar esa actitud descarada suya, a
menos que esté dispuesta a cambiar, seré yo.
La Maestra ríe, pero sacude la cabeza. Pronto me ha dado la espalda, sin despedirse, y
se mete en el edificio de la escuela. No la sigo porque seguramente estoy de más en su
pequeño colegio para extranjeros. Cualquier otro se molestaría, entendiendo como un
desplante que se aleje así sin más, pero yo la conozco mejor que nadie y no se lo
reprocho. La última vez que le dijo adiós a alguien fue para siempre.
Con un largo suspiro me pongo en marcha de nuevo, volviendo por el mismo camino
que hice para llegar hasta aquí. Una vez más cruzo el puente por encima del río y me
sumerjo entre los peatones despreocupados, conscientes de su propia superioridad sobre
aquellos que no visten de seda y que no llevan joyas. Mi mente comienza a divagar,
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preguntándose cómo voy a averiguar qué libro es el que necesito. Desde luego, llevarla
conmigo fuera de casa está descartado de antemano, así que tendremos que empezar por
todos los ejemplares que guardo en mi biblioteca personal. Quizá encontremos allí su
mundo, su historia, su hogar. Pero en el caso de que en mi despacho no haya nada, tal
vez podría ir a la Biblioteca Real. Nadie pondría pegas, si soy yo el que desea entrar,
aunque pedir un permiso de la reina para tener libre acceso a todos los tomos podría
llevarme meses… Lo único que se me ocurre es probar a echar una ojeada a los cientos
de títulos que podría haber almacenados públicamente y esperar que alguno fuese
revelador.
Mientras entro en el jardín me doy cuenta de que me siento un poco frustrado,
incapaz de pensar con claridad en una solución que me permita que ella se quede en la
casa mientras yo investigo fuera. Claro que podría llevarla en la calesa, sin que apenas
pudiera ser vista o tuviera que exponerse, pero aún así es peligroso. Sobre todo, por
supuesto, si mi descuidada afirmación sobre su carácter resulta ser cierta y no es capaz
de permanecer quieta más de dos minutos seguidos.
Entro en la casa y me desprendo del bastón y el sombrero. Estoy a punto de quitarme
el abrigo cuando Yinn se detiene frente a mí, inquieto. Lottie no está cerca, por lo que
parece. Debe estar jugando en su cuarto o en la parte trasera de la casa, aprovechando el
maravilloso día de primavera.
—Thaýr.
Su voz grave, seria, me sobresalta. Lo observo y de pronto sé que no debo librarme de
la ropa de calle. Un terrible presentimiento se cuela como un estremecimiento bajo mi
camisa y trepa por mi columna, arañando con la duda la piel a su paso.
—¿Qué ocurre? ¿Es Lottie?
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Mi mayordomo niega suavemente. Me siento un poco mejor al saber que nada malo
le ha podido pasar a mi hija. Le hago un ademán a Yinn, aún así, y le insto a que
continúe hablando.
—La señorita Blackwood no está en la casa. Creo que se ha ido, thaýr. Te juro que la
tenía vigilada, pero cuando me he querido dar cuenta…
El resto de su explicación no llega a mis oídos.
Cuando se quiere dar cuenta yo ya he salido por la puerta.
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Ilyria
Amyas.
Ese conde sigue resultándome insufrible.
Mientras bajo las escaleras, después de haberle visto en una acción aparentemente tan
comprometedora para él, se me plantea el interrogante de si siempre habrá sido así. Tan
correcto y tan maduro, tan adulto. No debe llegar a la treintena de ningún modo, pero en
sus pupilas brilla el conocimiento de quien ha vivido demasiado. Pero, ¿qué ha podido
vivir él? Es un conde, un adinerado. Un hijo de papá, probablemente. ¿Le habrán
educado para ser como es y por tanto no debería culpársele? Siento una punzada de
compasión hacia él, pero sacudo la cabeza para alejar la idea de mi mente. Prefiero no
pensar. En realidad, todavía no me siento muy capaz de hacerlo.
Cuando me encuentro en el recibidor, miro alrededor. Me fijo en la puerta de la salita
en la que hemos estado hablando antes. Lo cierto es que no he podido admirarla
adecuadamente, dado que después de tirarle el té por encima no he querido volver a
encontrarme con ese insensible conde. Entro, pues, con cierta curiosidad. Lo que le he
dicho a Marcus es cierto: necesito un sitio donde sentarme y cerrar los ojos. Un lugar
donde pueda tomar todo el aire que todavía siento robado. Un espacio para mí en el que
pueda encontrarme a solas con los cambios que me obligan a aceptar. Que estoy lejos de
mi hogar, de mi familia…
Decido no pensar en ello y me concentro en la sala. Vuelvo a maravillarme con los
detalles, con la riqueza y la elegancia que todo desprende. Me mordisqueo el labio. No
se lo admitiré a mi anfitrión nunca, pero adoro cada rincón de su casa, que me trae a la
mente historias de romances y poetas. Me recuerda de algún modo a mi abuelo, que
siempre me contaba historias de damas y caballeros, de bailes en amplios salones donde
se forjaban historias imposibles.
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Algo llama mi atención: una puerta casi oculta que parece pasar desapercibida. Antes
de que me pueda dar cuenta ya la he abierto, sin tocar, obviando toda la reprimenda de
Marcus sobre mi mala educación. La búsqueda, súbitamente, da sus frutos: ante mí se
descubre una habitación que compensa con creces toda esta alocada situación.
Entre cuatro paredes se resguarda el piano más hermoso que mis ojos hayan podido
contemplar hasta la fecha, y puedo jactarme de haber visto muchos. Me cuelo en el
cuarto y me acerco, curiosa. Lo observo por todos lados, maravillada. Brilla, parece, con
luz propia. Su forma casi se antoja insinuante para mí. Quedo hechizada. Siento la
tentación de sentarme en el taburete y empezar a tocar como tantas veces he hecho en
tantos otros. Un súbito y mínimo sentido de la educación, sin embargo, me detiene
cuando ya me encuentro adelantándome hacia la silla. Siento algo de respeto quizá no
por el dueño de la casa, precisamente, sino por el instrumento en sí. Ya me he tomado
demasiadas libertades y yo, quizá, celosa de mis cosas, no me habría sentido a gusto si
alguien empezase a arrancar notas sin mi permiso al piano (mucho más pequeño, más
modesto) que hay en el salón de mi propia casa, en mi… mundo. De nuevo desecho ese
pensamiento. De improviso decido que es hora de una tregua tras observar el
instrumento que se levanta majestuoso y elegante, como toda la mansión, delante de mí.
Será un pacto de paz fingido y con fines definitivamente egoístas: quiero permiso para
poder encerrarme en esa habitación al menos durante un buen rato. O más bien, todo el
tiempo que pueda, hasta que consiga volver a casa. La música me relajará y los
problemas se reducirán. ¿No es eso, exactamente, lo que necesito?
Salgo de la sala de música, preparada para ir a buscar al conde. Me parece escuchar
unos pasos que bajan por las escaleras y me dispongo a salir de la salita también, pero el
sonido de las voces me detiene.
—Una muchacha de armas tomar, ¿no es cierto, thaýr?
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Hablan de mí. Reconozco en esas palabras al mayordomo, con ese acento extraño,
exótico, y ese nombre que no relaciono con Marcus: thaýr. Debe ser, sin duda, algún
título en la lengua natal del sirviente. Me pego contra la puerta, ladeando la cabeza con
cierta curiosidad, entornando los ojos.
—Vigílala de cerca, Yinn. No dejes que vaya más allá del jardín: seguro que es del
tipo de mujer que encuentra los problemas allá donde va. Dale algo que hacer en la casa
si se aburre, aunque sea una tontería. Que juegue con Lottie o cocine o… qué sé yo.
Frunzo el ceño, molesta, y no me apetece escuchar nada más, aunque ellos
intercambian un par de palabras antes de que la puerta de entrada se abra y se cierre.
Ahora no tengo dudas: pretende encerrarme en esta mansión. No solo eso, sino que
quiere tenerme como criada: ocuparse de los niños y de las tareas domésticas.
Realmente está dispuesto a enclaustrarme entre cuatro paredes, por muy lujosas que
sean. La simple idea ya me agobia. No puedo permitirlo. Aunque sería muy fácil
asaltarle en otra discusión y decirle un par de cosas que sin duda aterrorizarían sus oídos
de noble, me doy cuenta de que no es lo más adecuado. No es lo que debo hacer. No me
servirá de nada enfrascarme en una disputa más. Así que dejo que se marche y espero a
escuchar a Yinn meterse en la cocina. Lo sigo.
El mayordomo me mira algo sorprendido y yo sonrío en respuesta. Finjo un gesto
tímido, casi de niña pequeña.
—¿Podría comer algo? Tengo hambre…
—Ah, claro —Yinn sonríe. Todavía no me explico cómo alguien tan simpático puede
llevarse bien con semejante desecho de amargura como es el conde—. No ha
desayunado, siquiera… El té que le llevé no terminó en sus labios, precisamente.
—Acabó donde más falta hacía, en realidad.
Él ríe y a mí se me escapa una sonrisa a su vez.
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—¿Hay galletas? Me apetecen…
Asiente y se gira, sacando un tarro de porcelana de la alacena. Lo miro de reojo. Es
mejor tenerlo contento, para que sienta que puede mantenerme en esta prisión.
Entonces, cuando menos se lo espere…
Las galletas con trocitos de chocolate que quedan frente a mí me hacen relamerme.
Sonrío y vuelvo a mirar a Yinn.
—¿Puedo tomarlas en el jardín? Me vendría bien que me diese el aire… He visto que
hay muchos árboles que dan buena sombra.
—Por supuesto, señorita Blackwood.
Me levanto, cogiendo el platito.
—Muchas gracias.
Cuando le doy la espalda el muchacho parece percatarse de algo, porque le oigo dejar
escapar una risita. Algo sorprendida me giro y lo observo de nuevo.
—Lleva el vestido mal abrochado —me explica.
Me ruborizo un poco, dándome cuenta de que es verdad y de que los botones que no
alcancé al vestirme siguen exactamente igual. Para mi huída no me gustaría ir así por la
calle.
—¿Me lo abotonas, por favor? No llego…
El chico sonríe simpático y me hace un ademán descuidado para que vuelva a darme
la vuelta. Siento sus dedos sobre mi piel cuando acomoda bien el vestido y lo abrocha
adecuadamente. Cuando termina se aleja un paso de mi cuerpo.
—Gracias —agradezco de nuevo, mirándolo por encima del hombro.
—No tiene que darlas, señorita Blackwood.
Con una última sonrisa salgo, pese a que siento sus ojos clavados en mí. Aún los
intuyo, de hecho, a través de la ventana cuando voy a acomodarme bajo uno de los
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árboles. Sé que me observa. Me tiene vigilada, por eso me apoyo contra el tronco,
dispuesta a esperar. Me llevo distraídamente una galleta a los labios. Él no puede
mirarme eternamente. He de hacer notar que no hay nada de lo que preocuparse. Que
solo quiero aire fresco y que estoy tranquila.
Tres galletas y mil pétalos sobre mi vestido después, escucho la adorable voz de
Charlotte. Llama por el mayordomo. Su voz se cuela por la puerta de la mansión, que
dejé abierta. Sonrío y abro un ojo.
Es mi oportunidad.
Allí queda el árbol y un plato abandonado cuando, levantándome, echo a correr.
Me veo en la obligación de alzarme la falda para poder hacerlo, pero lo cierto es que
corro como no recuerdo haberlo hecho en mucho tiempo. ¿Por qué quieren encerrarme?
¿Qué me esconden? ¿Por qué ese conde parece tan interesado en que yo no salga
siquiera de casa? Me mueve la ofensa, el orgullo y la agonía de saberme probablemente
enclaustrada. Por eso, antes de que pueda darme cuenta, me he alejado de la finca
Abberlain y me encuentro en las calles de una gran ciudad.
Amyas (¿era así como dijo Lottie que se llamaba?) es un lugar que respira por sí
mismo. Me doy cuenta de ello cuando me detengo para recuperar el aire y mirar
alrededor. Las casas son altas, con ese encanto victoriano, unifamiliares. Los adoquines
parecen cada uno ocupar el lugar exacto que deben, ordenados, bien colocados. Al otro
lado, el río fluye con su lenta melodía, mezclada con la algarabía de voces y los sonidos
de la ciudad. Más allá de la otra orilla parece extenderse un mundo aún más vivo que el
que ahora recorro. Un carruaje cruza la calle y me obliga a apartarme. Mis ojos siguen
el elegante cubículo, así como miran los caballos que tiran de él. No puedo tener ningún
atisbo del interior porque sus ventanas pequeñas están cubiertas por cortinas. Lo sigo
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con la vista cuando se aleja y parpadeo, pero pronto sacudo la cabeza para volver a
concentrarme en la vida que se arremolina a mi alrededor.
La calle está concurrida. Por ella pasean damas y caballeros, en el sentido más literal
de la palabra: realmente no creo que pueda denominarse de otra manera a los hombres y
mujeres que, con sus engalanadas ropas, caminan por allí. Algunos del brazo, otros
simplemente charlando. No veo a muchos solos: siempre hay una tercera persona, a
modo de carabina, que los sigue de cerca, especialmente a los que más acaramelados
parecen. Aunque… No. Acaramelados no es la palabra. No veo amor ni cariño en la
gente que pasa cerca de mí. De hecho, pronto me doy cuenta de que no veo nada. En sus
caras hay serenidad, pero no hay sentimientos. Observo con los párpados entrecerrados,
intentando vislumbrar algún brillo en sus ojos, pero, en general, solo veo expresiones
serias y ademanes elegantes. Escucho palabras que no hablan de cosas importantes: allí
un caballero discute de una vida ajena con la muchacha que lleva de su brazo, allá un
par de señoritas parecen criticar algo sin verdadero apasionamiento. Una dama camina
con la barbilla alzada y sin mirar atrás, mientras casi una niña de ropas pobres la sigue
mirando al suelo y cargando con un paquete. Apenas veo un par de sonrisas sinceras
entre toda esa gente. Me horroriza, definitivamente. Aunque simplemente podrían ser
personas que llaman la atención por sus hermosos vestidos o su elegancia innata,
incluso por la belleza de sus rasgos o el porte de su caminar, pronto me doy cuenta de
que son todo lo que yo alguna vez he odiado. Solo soy capaz de ver vacío en esas
formas. No hay naturalidad ninguna. Hipocresía. La palabra parece volar en el aire,
colmarlo todo. No hay sentimiento. No hay más que modales, que personas encerradas
en barrotes que ellos mismos se han impuesto. ¿Pretenden convertirme en eso? ¿Es eso
lo que quiere Marcus? ¿Acaso espera que me transforme en una de esas muchachas que,
cubiertas por sus sombrillas, ni siquiera parecen saber sonreír sinceramente?
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En ese momento, repentinamente, me doy cuenta de que yo también estoy siendo
observada. Doy un respingo. Primero, mi mirada se cruza con la de una muchacha. Me
observa. Vuelvo a sentirme, de manera irremediable, igual que en la mansión. Juzgada.
Miro hacia otro lado, pero otros ojos censuradores me repasan de arriba abajo. Es como
si supieran todos mis pecados, todas mis lacras. Algunos se fijan en la marca que hay en
mi hombro. Y tras esas miradas, muchas más. Jadeo, angustiada. ¿Por qué? ¿Por qué
todos me miran así? ¿Por qué parece que no sea suficiente a su lado? Como si fuera
menos. Más pequeña. Algo… inservible. «No te importa. Nunca te ha importado lo que
los demás digan. Lo que piensen. No te importa. No te conocen. No puede importarte».
Pero aunque me lo repito, sus miradas me pesan. Pronto, demasiado pronto, me veo
huyendo de allí. Siento sus pupilas clavándose en mi espalda, sus murmullos hablando
de mí cuando me alzo el vestido y, desesperada por escapar, echo a correr.
Lo hago por lo que me parece una eternidad. En mi cabeza se arremolinan todos los
ojos que he visto fijados en mí. Todos los labios que se han curvado en sonrisas
burlonas. Todas las bocas que se han movido para murmurar sobre mi presencia. Me
falta el aire y no tiene nada que ver con la carrera. Me siento ahogada, como si mis
pulmones no pudieran terminar de conseguir todo el oxígeno que precisan.
Demasiado centrada en esa sensación no me percato de que un hombre se cruza en mi
camino. Choco inevitablemente contra su cuerpo, pero él no cae. De hecho, aunque yo
me siento impulsada hacia atrás, una mano fuerte me agarra con firmeza. Alzo la vista,
con los ojos muy abiertos, cogiendo aire. Es un hombre adulto, con la sombra de la
barba decorando su mentón y sus mejillas. No es atractivo, especialmente, y
definitivamente no tiene el porte de todos esos caballeros que he podido ver. No hay
nada que se le parezca a Marcus, por ejemplo. No lleva sombrero, como la mayoría de
los hombres que recorren la avenida, dejando ver un pelo casi absolutamente cortado.
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No lleva traje tampoco, vestido pobremente, de una manera simple: una camisa sucia
que deja entrever apenas unos músculos formados por el trabajo y unos pantalones
también sucios que no parecen, de ningún modo, estar hechos por una tela buena.
Definitivamente, no hay nada de esa nobleza agobiante en él. Y, sin embargo… Sus
ojos también me angustian, cuando se fijan en los míos. Me evalúa y yo casi contengo
la respiración.
—Lo lamento —me apresuro a disculparme, echándome hacia atrás. Me suelto de su
agarre, reclamando mi espacio.
El hombre entrecierra los párpados y, para mi sorpresa, de nuevo, coge mi mano. Lo
hace con más fuerza de lo necesaria y yo sé, entonces, que algo no va bien. Intento
soltarme, pero él no me hace caso.
—¿Quién es tu amo?
¿Amo? ¿Qué? Yo no tengo amo, no soy de nadie… pero algo me dice que no puedo
responder eso. Todo, cualquier cosa, menos proclamarme libre. Cojo aire. La
respiración me traiciona, nerviosa, e intento concentrar mis ojos en la mano que me
agarra. Sé que, si quisiera, podría leer la angustia y la mentira en mis pupilas.
—Marcus Abberlain. El… El conde Abberlain. Él es.
Ese hombre sonríe, pero en su gesto no hay nada de amistoso. No es una sonrisa
amable ni de entendimiento. Es un gesto que me estremece, que me hace entender que
mis palabras han sido en vano.
—¿De veras? El conde no ha puesto bajo su protección a ningún extranjero desde
hace años. ¿Por qué ibas a ser tú diferente?
Lo observo, tras tragar saliva. ¿Por qué iba a ser yo diferente? De algún modo, yo
también me lo pregunto. Pero estoy viviendo en su casa, ¿no es cierto? Me ha dado
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cobijo y de comer. Eso es lo que yo llamo estar bajo su protección, por mucho que a mí
me pese no poder presumir de cuidarme sola.
—No lo sé —resuelvo al fin—. No lo sé. Pero estoy viviendo en su casa, así que… —
sacudo la cabeza—. Seguro que no le gustaría que importunases a su protegida.
Ni yo me lo creo, pero es lo único que se me ocurre decir para que ese hombre me
suelte. Probablemente, si le preguntásemos a Marcus, él me regalaría y dejaría que me
llevasen donde fuera solo para poder librarse de mí. Pero, por supuesto, eso no es algo a
lo que yo pueda estar dispuesta. De modo que alzo la mirada de nuevo al hombre, para
poder evaluar su expresión. Ha fruncido el ceño con cierta contradicción. El alivio me
envuelve cuando estoy convencida de que el farol ha pasado por veraz.
Para mi más profunda decepción, esa sensación desaparece pronto. Él me mira con
nueva resolución, más frío, y yo no puedo evitar estremecerme. ¿Qué sucede? ¿Qué está
saliendo mal?
—¿Y la marca?
¿La marca? Titubeo. Lo miro, durante un par de segundos, y me llevo la mano al
hombro, donde reside esa huella que tan poco me gusta. La señalo, tragando saliva.
—Aquí. ¿Es que no la ves?
Y él, de pronto, ríe. Pero como su sonrisa, no es algo de lo que pueda fiarme: al
contrario, me hace estremecer. Entiendo que mis palabras, aunque no sé por qué, no han
sido las acertadas. Tiemblo y comprendo por qué Marcus no quería que saliese de la
mansión. Este tipo es peligroso.
—Te vienes conmigo, pequeña.
—¿Qué? ¡No!
Pero su mano me aferra y tira de mí sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Su
fuerza me doblega.
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Mientras soy arrastrada, siento a los nobles mirar... y reír.
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Marcus
Transacción.
Lleva menos de veinticuatro horas en este mundo y ya siento como si hubiera estado
semanas dándome quebraderos de cabeza. No solo me ha hecho enfadar y ha desafiado
mi poder, sino que, además, esta es la segunda vez que voy a tener que salvarla. Porque
no me cabe duda de que se habrá metido en otro lío, a estas alturas.
La gente normal, cuando llega a otro mundo, se asusta y llora, queriendo volver a su
casa. Su comportamiento estaba siendo usual hasta ese momento. Entiendo que quisiera
negar la realidad, que se empeñase en pensar que todo era un sueño creado por su
subconsciente. Incluso puedo entender que creyese haberse vuelto loca. Luego se
derrumbó, lo que también es admisible. Está bien llorar, está bien ser débil, sentirse
frágil en algún momento. Lo extraño llegó a continuación, con su rebeldía. ¿Por qué se
le ocurrió salir de la casa? A nadie se le habría pasado por la cabeza, habiendo tantas
habitaciones y tantos secretos por descubrir. A menos… Maldigo. «A menos que
alguien se lo sugiriese. O lo escuchase». Y es obvio que ella es del tipo que espía tras
las puertas y, cuando sabe que no puede hacer algo, correrá derecha hacia la prohibición
con los brazos abiertos.
Me detengo en la verja de entrada al jardín. Perfecto. Pues a lo mejor no debería
ayudarla. A lo mejor, para que aprendiera la lección, lo más justo sería dejarla a su aire.
Si ha escapado podrá arreglárselas sola en el mundo en el que ha decidido participar. Y
aún así, aunque intento convencerme de que nadie podría juzgarme si tomo esa medida,
no puedo evitar darme cuenta de que no estaría bien. Si ella supiera lo cruel que puede
ser el mundo, lo que podría sucederle si se confía, se lo hubiera pensado dos veces antes
de salir a la calle.
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Retomo mi camino, saliendo de la finca. Al llegar a la ciudad al fin, tras unos largos
minutos que se me hacen interminables, miro alrededor. Un par de personas que pasan
por delante me observan. Frunzo el ceño y les dedico un saludo distraído, levantando
apenas el ala del sombrero de copa. Aún me lleva unos segundos más darme cuenta de
que murmuran. Escucho palabras sueltas, como si llegaran desde algún lugar lejano:
“Abberlain… extranjera… amo…”.
Sin preguntar, sin estar seguro de querer saber cuál es el cotilleo, camino en dirección
contraria a los murmullos. Hay una cara conocida entre las de otros caballeros, de
pronto, y un muchacho vestido de impoluto blanco, con una rosa de un rojo encendido
encima de su pecho, se detiene ante mí. La vaina de plata de su espada refulge con el sol
del mediodía.
—Conde Abberlain, qué grata sorpresa.
Abro la boca, pero la cierro casi al instante. No quiero ser maleducado. A pesar de
que nos conocimos en nuestra infancia, él no es como Lil: ni me tutea ni me llama por
mi nombre de pila, sin importar si estamos solos o acompañados. Para algunos la
compostura y los buenos modales lo son todo.
—Señor Ílberen… —De nuevo hago un ademán hacia el sombrero, al que él me
responde con una graciosa reverencia, demasiado formal—. Tendrá que disculparme,
pero tengo algo de prisa. Con permiso.
Doy un paso hacia un lado y luego me dispongo a seguir mi camino, aunque de nuevo
su voz me distrae de mi cometido. De hecho, hace que me detenga en seco.
—No estará buscando a alguien, por un casual.
Entreabro los labios, confundido, y me giro hacia él, que en realidad no me está
observando, como cabría pensar. En lugar de eso, sus ojos están fijos en algún lugar por
encima de mi hombro, más allá de las parejas que caminan del brazo o las damas que
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pasean con sus criadas detrás. Algunos hombres sonríen burlones, mirando la escena de
reojo, como si algo les pareciese sumamente interesante. Como si la estuviesen tasando
y poniéndole precio de antemano… Como si pensasen ya en comprarla. Me estremezco
y, aún así, no puedo apartar la mirada. La muchacha se resiste y patalea, mirando
alrededor con los ojos abiertos de par en par, tratando de esconder las lágrimas,
arañando y peleando, buscando simpatía en el rostro de alguno de los transeúntes.
Todos evitan su silenciosa petición de ayuda, como si no fuera más importante que
los adoquines mismos que pisan, que los bordes de los vestidos de las damas o las
fachadas sin adornar de las casas. Nadie parece darse cuenta de que sufre y, si lo hacen,
la ignoran.
Me abro paso entre la gente a grandes zancadas, sin ni siquiera despedirme de Simon
Ílberen. Tengo otros pensamientos en mente como para recordar ser cortés. Aprieto el
puño alrededor del bastón. Ilyria me contempla entonces y un brillo sorprendido pero
esperanzado ilumina su rostro. En un instante de lucidez una parte de mí me recuerda
que no debo pensar en ella por su nombre de pila, sino estrictamente por su apellido.
Todo lazo emocional está de más.
Su lucha termina al tiempo que yo me sitúo a su lado, tomándola de la mano libre.
Sus dedos se aferran alrededor de los míos como los de una niña asustada que encuentra
en la oscuridad la calidez de uno de sus padres, consiguiendo así alejar las pesadillas y
los monstruos, que ya no podrán salir de debajo de la cama.
—¿Qué está pasando aquí?
El hombre que aún cierra su mano desnuda entorno a la muñeca de la muchacha alza
la vista, sorprendido, tras dar un brinco en el sitio. El color huye de su rostro al
momento. Al ver que yo la sujeto, aparta sus garras de ella y la deja ir. Aprovecho el
momento para ocultar el cuerpo de la joven tras el mío, aunque mantengo mi agarre
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sobre la señorita Blackwood, por si acaso se le ocurre la estúpida idea de volver a
alejarse de mi lado.
—Conde Abberlain…
Hay una reverencia a la que no presto atención. Frunzo el ceño, endureciendo mi
expresión. La extranjera me clava los dedos de la mano libre con tanta fuerza en el
brazo que me hace daño. En sus ojos veo la esperanza de quien cree que alguien que se
lo merece se va a llevar su castigo. Se sentiría decepcionada si supiera que no tengo el
poder necesario para eso.
—Lamento mucho si la señorita Blackwood lo ha importunado, caballero —murmuro
aún sabiendo que tiene poco de la nobleza que cabría esperar en uno—. Me hago
responsable.
El hombre se tensa. Me fijo en su cabello corto, en que no lleva sombrero ni guantes.
Hay una barba de un par de días en su rostro, que ensombrece su mandíbula cuadrada.
En su muñeca, apenas oculta por una camisa que se empieza a deshilachar en los
bordes, descubro una marca como la que mi protegida ostenta en su hombro. Entorno
los ojos. Sabía que la muchacha iría a encontrarse de frente con el peor problema
posible. Probablemente tendré que pagar para poder llevármela, lo cual no me hace
gracia. Que negociaran sobre mi precio me haría sentir como la más miserable de las
criaturas. A mí, pagar por una persona, al menos, me hace sentir como el más ruin de
los pecadores. Aún así, mantengo la barbilla alta, dispuesto a llevármela de vuelta a
casa, cueste lo que cueste. Mi conciencia no está dispuesta a cargar con otro peso más.
—¡No le he hecho nada! —Se queja la joven, medio oculta tras mi espalda. Siento
ganas de darle con el bastón en la cabeza. Una mirada de advertencia es mucho más
eficaz. Cierra la boca e hincha apenas los carrillos, convirtiéndose de nuevo en esa niña
revoltosa y que se enfurruña con facilidad.
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Vuelvo a poner toda mi atención en mi interlocutor.
—Mi protegida es algo maleducada, me temo. Una recién llegada que aún no
comprende el preciado arte de no curiosear —confieso con un reproche claro en la
voz—. Por eso tendrá que perdonarla.
El hombre mira de uno a otro, indeciso. Sé que es consciente de que no hay sello en
su cuerpo, que no hay marca sobre su piel que la una a mí o me conceda su propiedad.
Por eso duda. Si supiera que es mía hubiera pedido perdón y se hubiera alejado entre
reverencias. Y, aún así, tiene demasiado miedo de los nobles como para hablar claro.
—Discúlpeme, conde Abberlain, pero ¿de verdad es su protegida? —La señorita
Blackwood se tensa, detrás de mí, y su pecho se presiona contra mi espalda, en una
oleada repentina de miedo—. No sabía a qué marca me refería, cuando le pregunté
dónde estaba la suya.
Titubeo un segundo, mirando de reojo a la muchacha. Mis dedos se cierran con un
poco más de fuerza alrededor de los suyos.
—La señorita Blackwood es una recién llegada —le explico alzando la barbilla de la
misma forma en la que mi padre solía hacerlo, como si quisiera demostrar que estaba
por encima de todos los demás—. Aún no he tenido tiempo de explicarle algunas de las
realidades del reino.
Ella me mira con una ceja alzada y un mohín de disgusto en los labios, recordándome
que no es que no haya tenido tiempo, sino que no he querido hacerlo cuando tuve
oportunidad. «Mi idea era que te fueras hoy mismo. Pensaba encontrar tu libro y
devolverte a tu hogar. Pero no me has dado oportunidad. Quizá si dejaras de corretear
de arriba abajo y meterte en líos…». Aunque quiero decirle eso exactamente, me
muerdo la lengua y lo dejo estar.
—Aún no ha tenido tiempo de marcarla.
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Durante un segundo siento que no hablamos de una persona, sino de un esclavo, y eso
me enfurece. Tengo que suspirar, sin embargo, y asentir.
—Eso me temo.
El hombre sonríe entonces. Su expresión de triunfo me asusta.
—Sabe, conde Abberlain, que todo extranjero sin marca se convierte en posesión de
quien lo atrapa. Es una ley, en Amyas y en todo Albion. Y mi amo estará encantado de
que le lleve otra muchacha para la subasta de esta noche. Estoy más que autorizado a
hablar en su nombre.
A mi lado, la extranjera guarda silencio, aunque es más que obvio lo asustada que
está, sobre todo después de la palabra subasta. Me humedezco los labios.
—Estrictamente hablando, yo la vi primero. Y, si lleváramos este caso ante Su
Majestad, no estoy muy seguro de que tuvieran, su amo o usted, todas las de ganar.
En realidad no confío en esa afirmación. Probablemente la función de su señor sea
considerada como mucho más útil para la sociedad. Todos los nobles necesitan esclavos
y criados. O creen que los necesitan. Y si esta escena se expande por la ciudad de boca
en boca —como ya debe estar haciendo, calculo, por la cantidad de gente que se nos
queda mirando al pasar—, todo el mundo estará interesado en la señorita por la que
Marcus Abberlain ha intentado contradecir las normas.
Delante de mí, el hombre duda. Decido darle un empujoncito. Me acerco más a él,
para que ningún viandante pueda escucharnos por casualidad.
—Si este incidente pudiera quedar entre nosotros… —Aprieto los labios suavemente,
intentando parecer que medito mis palabras—. Es decir, entre su amo y yo… Podríamos
cerrar el negocio ahora mismo, de hecho.
Mi interlocutor ni siquiera sabe qué contestar a eso. Balbucea algo ininteligible,
abriendo y cerrando los labios. A mi espalda, el objeto de nuestra transacción parece
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colapsada, completamente en blanco. Pienso que es mejor así, de hecho, porque me
ahorrará tener que lidiar con sus preguntas y su sentimiento de ofensa por el momento.
Más tarde pensaré qué debo hacerle saber y qué no.
Introduzco la mano, discretamente, en el bolsillo interior de mi abrigo, donde siempre
guardo dinero por si surge una emergencia. ¿Qué podría ser más urgente que la
resolución de este altercado?
—¿De cuánto hablamos? —Pregunta él directamente, falto del mismo secretismo que
yo pretendía mantener.
Ilyria Blackwood tiene ahora la boca abierta, siguiendo incrédula nuestra
conversación. Sus ojos se posan en la mano que aún mantengo dentro de mi abrigo, a la
altura de mi pecho.
—Quinientos sería justo para todos.
La muchacha frunce el ceño sin saber si sentirse indignada, ya que no entiende muy
bien si eso es mucho o poco dinero, al verme entregar unos billetes al hombre. Él los
cuenta, diligente, tal y como yo esperaba. No hay quinientos, sino seiscientos, pero es la
forma elegante de sobornarle. Ya inventará algo que decirle a su amo: que ella era
demasiado joven o demasiado vieja, quizá fea, muy delgada… Cualquier cosa que haga
descender el interés de un probable comprador. De todas formas, ese dinero es
suficiente como para vivir cómodamente una temporada. No muchos nobles estarían
dispuestos a conceder una suma tan alta por una simple criada. Y eso es, precisamente,
lo que debe estar pensando el improvisado vendedor, mientras se guarda la pequeña
fortuna. Su mirada vuela de mi rostro al de ella casi con lascivia, mirándola de arriba
abajo, preguntándose qué puede tener tan bueno como para que yo desee, a toda costa,
tenerla en mi casa.
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—Márquela antes de sacarla de casa, conde, porque parece demasiado preciada como
para que vaya sola por ahí. Podría perderse y tendría que prescindir de sus servicios.
Le lanzo una mirada helada por lo que me parece una insinuación fuera de lugar. De
nuevo alzo la barbilla suavemente y, abotonándome el abrigo con la mano libre, fuerzo
una sonrisa altanera.
—Gracias por el consejo. Realmente es difícil encontrar buen servicio doméstico
estos días.
Giro sobre mis talones y me alejo, cruzando la calle, arrastrando conmigo a la
reticente señorita Blackwood. Parece que lentamente va recuperando el sentido y con él,
lamentablemente, el habla.
—Valgo menos que un ordenador portátil —murmura indignada, mientras intenta no
tropezar con los adoquines—. Me has comprado por quinientos… ¡Quinientos lo-que-
sea! ¿Es que en este maldito mundo traficáis con esclavos? —Deja escapar un gritito—.
¿Soy una esclava? ¡Me niego! ¿Y qué es eso de marcarme? ¡Parecía que estuvierais
hablando de un pedazo de carne!
Intento ignorarla a pesar de que sus exclamaciones resuenan una y otra vez en mi
cabeza. A veces su voz puede ser francamente irritante. Bajo la cabeza, avergonzado,
porque la gente nos mira al pasar a su lado. Acelero un poco más.
—¿Me escuchas? ¿Marcus? ¿Conde? ¿Eh? ¿Me estás haciendo caso? Parece que esté
hablando con una pared.
Respiro hondo. Quizá todo esto sea una pesadilla. La he salvado de un horrible
destino y, aún así, me lo agradece bombardeándome a preguntas.
—¿No puedes esperar a llegar a casa? La gente nos está mirando —espeto sin ni
siquiera preocuparme de si debería tutearla para guardar las distancias o no.
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Eso la hace callar, como si saber tal cosa la pusiese nerviosa. Echa un rápido vistazo
alrededor y súbitamente amansada al reconocer los ojos que la analizan, cierra la boca y
me sigue. Yo, por mi parte, disfruto del silencio mientras dura, organizando la
información para que nuestra charla sea lo más fácil posible.
En cuanto traspasamos la entrada a mi propiedad suelto su mano, que cae sin vida a
un lado de su cuerpo. Parece seguirme por inercia, sin emoción alguna asomando a su
rostro. Cojo aire y me detengo para encararla, bajo el baile de los árboles frutales en
flor, que dejan caer sus pétalos sobre nosotros como nieve de primavera. Aunque me
duele verla así, aunque me gustaría poder decirle algo amable, lo único que sale de mi
boca son reproches.
—Ha tenido mucha suerte, señorita Blackwood. Más de la que se merece. Solo párese
un segundo a pensar lo que hubiera pasado si no hubiera llegado a tiempo. ¿Cree que
alguien la habría ayudado?
Ella no responde, parada, dejando que las flores se enreden en sus tirabuzones como
espuma de mar entre sus cabellos. Sabe que nadie habría acudido por mucho que ella
esperase un poco de colaboración. Ha aprendido, a mi parecer, la primera lección de
éste o de cualquier otro mundo: no puedes confiar en nadie más que en ti mismo para
sacarte de un aprieto.
—No habría salido si tú no intentaras encerrarme, conde. Escuché tu conversación
con Yinn. Pensé que querías hacerme prisionera.
Dejo los ojos en blanco, inconscientemente. Jamás había escuchado nada parecido.
—¿Por qué iba a querer encarcelarte?
Su respuesta es encogerse de hombros. «¿Qué idea puedo tener yo de tus oscuras
maquinaciones?», parece querer decirme. «O de vuestras barbáricas costumbres. Hace
solo un par de minutos me estabas comprando a un hombre como si necesitases su
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permiso para que yo me pasease por ahí». Suspiro, pensando que todos los reproches
que pueda hacerme, al fin y al cabo, serán tan ciertos como los que yo pueda echarle en
cara a ella. Pero… la he salvado, ¿no es cierto? No quiero mucho más que un
agradecimiento y un poco de comprensión y humildad por su parte. ¿Es mucho pedir?
Entramos en la casa y Yinn se asoma apenas desde el pasillo para comprobar que
hayamos vuelto juntos, aun cuando sé que ha podido ver perfectamente nuestra
caminata por el jardín desde el balcón de la salita.
—¿Sería posible tomar algo de comer en mi despacho, Yinn? Para dos.
Él asiente sin más ceremonias y se apresura a perderse de nuevo en el pasillo con
pasos silenciosos. Lo veo encerrarse en la cocina. Solo están Angela y él para hacer las
tareas, así que supongo que el improvisado almuerzo aún tardará un rato en llegar.
Una vez me he desprendido del bastón, el sombrero y el abrigo, me giro hacia la
señorita Blackwood.
—Ahora, hablaremos.
La conduzco por la escalera y el corredor. Abro la puerta de mi despacho. Aún tarda
un par de segundos en reaccionar. Tras contemplar un instante el interior, decide que es
seguro y se atreve a entrar.
La puerta se cierra a nuestras espaldas.
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Ilyria
Explicaciones.
El despacho del conde es lo más increíble que he visto en mucho tiempo. Más que un
despacho, en realidad, me parece una biblioteca. Es una sala enorme, con tantos libros
que me parece que habría suficientes como para igualar y superar los que se ofertan en
mi librería. Definitivamente, los tomos que me rodean, acomodados tras vitrinas de
cristal que los protegen de los celosos rayos del sol y se alzan hasta el techo, deben ser
la puerta secreta a mil mundos desconocidos… Me doy cuenta, de hecho, de que dadas
las circunstancias esa frase no es solo una metáfora.
Como todo en esa casa la estancia está ornamentada con ese tono clasicista y
elegante. La luz se cuela por unos grandes ventanales al final de la estancia y se derrama
sobre un escritorio en el que Marcus va a sentarse en cuanto entramos. Parece enfadado
y yo, por primera vez, puedo entenderlo. No me muevo, clavada al lado de la puerta.
Examino mi alrededor como si eso pudiera ayudarme a concentrarme en otra cosa.
Aunque no creo (y espero) que Marcus se haya dado cuenta, aún me parece temblar un
poco. En un intento de evadirme, de cerrar mi mente a todo lo que acaba de pasar, miro
al techo para maravillarme con los frescos que lo decoran.
—Señorita Blackwood.
Dios, cómo detesto que me hable así. Eso es. Me concentraré en lo mal que me cae.
En lo insoportable que es… Demonios. Es muy difícil aborrecer a alguien cuando sabes
que le debes la vida.
Suspiro amansada y dejo caer la cabeza. Lo miro entre las pestañas y soy consciente
del aspecto de niña pequeña que debo tener ahora mismo. Mi cara, en sí, no ayuda a lo
contrario. Sé que mi rostro no se corresponde con mis dieciocho años. Mis facciones
son demasiado redondeadas, sin acabar de salir de la adolescencia. Mis amigos siempre
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se han burlado con cariño de esa faceta de mí. Siento un pinchazo al recordar a la gente
de mi mundo. A las personas a las que quiero, que se me antojan tan lejanas ahora.
Sacudo la cabeza, intentando pensar en otra cosa.
—Siéntese.
Frunzo los labios ante la orden, pero no protesto. Me adelanto, mirando alrededor con
el único interés de no fijar mis ojos en su figura. Sé que me observa censurador, como
un padre puede mirar a su hija cuando está a punto de castigarla. Así que, en silencio,
me dejo caer pesadamente en la silla en frente del escritorio. La mesa nos separa y yo
me alegro de ello. Al menos así puedo concentrarme en el excelente trabajo que el
carpintero ha hecho con la estructura, en vez de en su mirada cargada de reproche.
Por el rabillo del ojo, lo veo abrir la boca. Y yo, con un gemidito de protesta, porque
mi orgullo se revuelve, me adelanto:
—¡Lo siento!
Marcus da un respingo en su asiento. Siento que todo su discurso, que debe haber ido
pensando desde que dejamos atrás a ese hombre, se le escapa ante la sorpresa. Lo puedo
ver parpadear, aunque pronto recupera su cara de póker. Me atrevo a alzar la cabeza y
emito un quejido bajo, volviendo a observarle. Mis manos se cierran entorno a la tela de
mi falda.
—Sé que no debería haber salido. ¡Pero no lo soportaba! Pensé que me tendrías aquí
encerrada hasta… hasta… ¿Hasta cuándo? No puedo. No puedo sencillamente estar
entre cuatro paredes, sintiéndome vigilada. No soy así. Me… Me agobia pensar que no
soy libre. Y cuando te escuché hablar con Yinn, cuando le dijiste que no podía salir bajo
ningún concepto… ¡Oh, Marcus, me enfadó tanto! ¡Ni siquiera me has explicado nada!
¡Solo has parecido preocupado de cómo podría mostrarme o comportarme! ¡Es injusto!
¡No lo entiendo! No entiendo nada de esto, ¿no lo ves? No entiendo este mundo. No
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entiendo por qué estoy aquí. No entiendo, siquiera, cómo puedo volver a casa o si voy a
hacerlo. Todo lo que para ti parece normal, para mí es nuevo. Es… Es irreal. ¡Cielos,
me has dicho que he salido de un libro! ¿Cómo quieres que acepte eso sin rechistar?
Cojo aire. El conde me mira desde el otro lado de la mesa. A pesar de todo lo que he
dicho, por primera vez no se me antoja exactamente enfadado. Me observa y yo no sé
qué pensar. Probablemente todavía no termine de reaccionar ante mi inesperada
actuación. Quizá esperaba que me cruzase de brazos y empezase a discutir de nuevo con
él, o acaso que me quedase calladita y encogida como una muñeca. Como una niña que
asentiría diligentemente a todo lo que él dijera. Sea como sea, sé que este es mi
momento para continuar, para hablar y dejar, por lo que a mí respecta, las cosas claras.
Discutiendo y evitándonos no llegaremos a ninguna parte. Él no quiere tener a una
desconocida insufrible en su casa y yo sé que él es el único que, después de todo, puede
ayudarme. El único que, en realidad, parece querer hacerlo.
—Necesito respuestas, Marcus. No sé qué acaba de pasar. ¿Cómo podía saber a lo
que me enfrentaba si traspasaba esa puerta? Tú solo hablabas de no poder salir, pero ni
siquiera te has parado a explicarme por qué. Claro, no te puedo prometer que, de
haberlo sabido, te hubiera hecho caso. ¡Y no te estoy echando la culpa de lo que ha
pasado! Pero… pero… No lo entiendo. —Bajo la cabeza, apretando los puños con algo
más de fuerza—. No sé por qué esa gente me miraba de esa manera. No sé qué quería
ese hombre de mí. Ni siquiera acabo de comprender, realmente, por qué has tenido
que… pagar —me estremezco—. ¿Me has comprado? ¿Qué soy? ¿Un objeto? No
parece que sea mucho más… Sus miradas y… y la manera de hablar de mí como si solo
fuera una posesión. —Trago saliva y me froto la muñeca. Aún siento la manaza de
aquel tipo haciendo presión sobre mi piel—. No puedo entenderlo si tú no me lo
explicas. Sé que no me he comportado como la más encantadora de las personas. Que,
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de hecho, debo parecerte insoportablemente inadecuada. No soy como esas damas que
paseaban por ahí. Y no, no quiero serlo. Pero… me comportaré. —Agacho la cabeza y
hundo los hombros. Alzo las manos en un signo de rendición, de tregua—. Incluso me
pondré corsé si con eso me voy a ganar el conocimiento que merezco. Prometido.
Lo miro de nuevo, reteniendo la respiración. Aunque yo estoy seria, casi solemne, él
me mira con un parpadeo. Reconozco la sorpresa en sus pupilas. Repentinamente, baja
la mirada… y sonríe. Ahora soy yo la que estoy sorprendida. Su mano enguantada corre
a su rostro para cubrir sus labios, delatando que lo que me ha parecido ver durante un
segundo ha sucedido de verdad.
—¿He… dicho algo gracioso?
—No realmente... —Me mira. Su mano cae y él recupera la compostura—. Supongo
que podemos llegar a un trato, en lo que al corsé se refiere. Puede que no sea
estrictamente necesario que lo lleve, señorita Blackwood... —Sonrío animada, casi
divertida con el hecho de que se quede con esa parte de la conversación… y encantada,
claro, ante la idea de no tener que llevar un aparato que vaya a recolocarme los órganos
con su presión. Marcus calla un segundo y sacude la cabeza, decidiendo que
definitivamente ese asunto es lo menos importante. Continúa con un suspiro: —Yo
también... lo siento. Tendrá que disculparme. No me he comportado como corresponde,
pero esperaba poder devolverla a su casa antes de que acabase el día.
Algo en sus palabras me produce sentimientos contradictorios. Por un lado me alegro
de que por fin podamos hablar sin que uno acabe con el orgullo herido o con el té por
encima de la cabeza. Por otro… entiendo, para mi más profundo pesar, lo que quiere
decir su última frase.
—Y no puedes hacerlo.
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Duda un segundo, como si no quisiera enfrentarse a esa realidad, pero finalmente
suspira y niega.
—No.
Aprieto los labios y me encojo sobre mí misma. Finalmente tomo aire y lo observo,
aparentemente calmada, entre las pestañas.
—¿Cuándo…?
—No lo sé. Esperaba que su libro se encontrase en el lugar en el que la hallamos
anoche mi mayordomo y yo, pero no ha sido así. Allí, me temo, no había nada. Buscaré
en la Biblioteca Real. Hay… muchas posibilidades de que pueda encontrarse allí.
Muchos libros de gente como usted acaban en ese sitio.
—Iré contigo.
No he terminado de decir esa frase cuando me doy cuenta de que he metido la pata
una vez más. Me muerdo la lengua, haciéndome daño, cuando él vuelve a mirarme con
ojos fríos. No hay protesta posible en sus pupilas.
—No, por supuesto que no hará tal cosa, señorita Blackwood. Ya ha visto lo que
puede pasar ahí fuera.
—Algo que, he de apuntar, conde, tampoco me has explicado.
El ceño del interpelado se ve alterado por unas finas arrugas. Si antes creí que era
reticente a aceptar que no podía llevarme a casa, ahora veo cuándo realmente no quiere
enfrentarse a una conversación.
—Me lo has prometido. Por el corsé —apunto.
Él deja los ojos en blanco.
—No he prometido nada. —Suspira, a su pesar—. Pero… es cierto. Tiene derecho. Y
será mejor que le cuente todo antes de que se meta en más problemas. Parece tener un
don especial para llamar su atención.
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Así que Marcus habla, por fin. A medida que lo hace no estoy segura de querer
saberlo todo. En este mundo, comprendo, las cosas son muy diferentes.
—Lo que ha pasado, señorita Blackwood, es que ese hombre pretendía reclamarla
para venderla. Para que lo entienda, es como usted ha dicho: no estoy de acuerdo con
ello, pero para el resto de la sociedad los extranjeros no son más que… sí, objetos. Los
venden, los compran, los usan. Ese hombre era un extranjero como usted, de modo que
no podía haber tenido ningún derecho. Pero su amo, que sin duda será noble, sí. Podría
haberla cogido y… ofrecerla al mejor postor. Sí, es tráfico de esclavos, como usted lo ha
llamado antes. Los nobles compran extranjeros para ponerlos a su servicio.
Trago saliva. Siento que he perdido un poco de color en la cara, pero no digo nada.
Por un segundo me imagino de pie en frente de todas esas personas que antes, en la
calle, me miraban. En mi mente, los aristócratas me observan con sonrisas torcidas, casi
con deleite, con la expectación del que quiere el mejor premio y está dispuesto a hacer
lo que sea por conseguirlo. De pronto me acuerdo de Yinn y miro a Marcus,
escandalizada.
—¿Tú has participado en…?
El conde frunce el ceño y lo veo profundamente ofendido.
—No.
No hago más preguntas. Murmuro una disculpa baja por atreverme a suponer que el
hombre que veo frente a mí osaría apostar por una persona. Lo miro tras un par de
segundos en el que él sondea mi expresión.
—Y tú me has… comprado.
De nuevo no parece contento con la idea de responder a eso.
—Sí.
—Gracias.
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Marcus parpadea y alza las cejas, mirándome con incredulidad. Yo me ruborizo y
bajo la cabeza, avergonzada. Me apresuro a hablar. Mis palabras son algo nerviosas,
atropellándose unas con otras, como siempre que me pongo a la defensiva.
—No quiero decir que me alegre de ser comprada. Y mucho menos por una suma tan
ridícula de dinero. Yo he pagado más por… por regalos de Navidad. Las consolas que
tengo en mi salón valen más que eso, ¿entiendes? Y es muy duro pensar que vales
menos que una máquina de entretenimiento —lo miro y veo en sus ojos que no tiene ni
idea de qué demonios estoy hablando. Me pongo aún más roja, al sentir que no es capaz
de entenderme—. ¡Lo que quiero decir es que te agradezco que me hayas salvado,
maldito conde pretencioso!
Marcus abre la boca, pero la cierra, midiendo sus palabras. Sacude la cabeza y decide
que es mejor obviarme. Doy gracias por que no me hunda más en mi vergüenza. No me
gusta la idea de tener que agradecerle nada, sobre todo si su entendimiento es tan
retardado.
—No nos desviemos del tema. Aunque la haya… salvado, sigue sin poder salir de mi
propiedad.
Frunzo el ceño y cruzo los brazos sobre el pecho. Aún siento el hormigueo del rubor
corriendo por mis mejillas. No me gusta verme así ante él, de modo que recorro al
orgullo.
—¿Por qué? ¿No soy ya algo así como tuya?
—No —niega suavemente, con la paciencia de los maestros cuando enseñan una
lección a un niño pequeño—. ¿O no recuerda que ese hombre le exigió que le mostrara
una marca?
Titubeo y miro a mi hombro de reojo.
—Esa no, por si no le ha quedado claro —comenta dejando los ojos en blanco.
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De nuevo me ruborizo.
—No tengo más marcas.
—Naturalmente que no.
—¿Y qué hago para conseguir la que debo tener para salir? Porque no quiero
quedarme aquí metida mientras tú buscas mi… libro. —La idea de que unas páginas
puedan devolverme a mi casa aún se resiste en mi cabeza, por eso intento no pensarlo
demasiado.
—Esa marca tiene que hacérsela el que vaya a ser su amo, señorita Blackwood.
—O sea, tú. Pues házmela, ¿no? ¿Puedo elegir el sitio, al menos? Así tendré el tatuaje
que siempre quise… En el costado, debajo del ombligo, estaría bien. Quizá en el
omoplato…
—No.
Doy un respingo y alzo la vista. Su respuesta ha sido rotunda, de esa manera firme y
seria que solo él parece adquirir de vez en cuando. Parpadeo un poco y ladeo la cabeza.
—¿No? ¿Tiene que ser más visible? —Me miro las manos—. En la muñeca tampoco
estaría mal, supongo…
—No lo voy a hacer, señorita Blackwood. No cuente con ello.
Boqueo. ¿Cómo dice? ¿Insinúa acaso que teniendo mi libertad en la punta de los
dedos no me va a dejar cogerla? Frunzo el ceño. Intuyo que nuestra tregua ya ha durado
mucho. Entorno los ojos y abro la boca para protestar. El sonido de un par de toques en
la puerta, sin embargo, me distrae y me hace alzar el rostro. La madera se abre y Yinn
se asoma.
—Thaýr, el almuerzo…
—Está bien, Yinn. Bajaremos a comer, bien pensado. No creo que tengamos más
temas que tratar.
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Y así, el conde se levanta y abandona el despacho. Yo tardo un segundo en
reaccionar, todavía con los labios separados. Lo sigo con la vista, su figura
desapareciendo tras la puerta… y entonces me doy cuenta.
Ha huido.
—¡¡Maldito conde!! ¡¡Vuelve aquí!!
Como una exhalación, me levanto y salgo tras él. Yinn me mira divertido cuando
paso por su lado como un terremoto, agarrándome las faldas.
Si Marcus ha creído, solo por un instante, que es tan fácil librarse de mí, está muy
equivocado.
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Marcus
Primavera.
Por un instante he pensado que sería relativamente fácil deshacerme de su presencia
al menos por un rato, pero ahora me doy cuenta de mi error. Ilyria Blackwood se está
convirtiendo en mi pesadilla y como tal me sigue escaleras abajo, haciendo un
verdadero escándalo. Quizá debería pensarme lo del corsé. Con suerte le costaría
respirar y dejaría de corretear tras de mí con la falda levantada hasta las rodillas. Me
ruborizo apenas por la vista de sus piernas y aparto la mirada rápidamente. Tras ella,
definitivamente agradado, Yinn nos persigue.
—¡Te he dicho que pares!
La muchacha se cuelga de mi brazo con una confianza que hace que me tense y me
ponga a la defensiva. Retiro sus dedos de la manga de mi chaqueta casi de inmediato y
me aparto hacia un lado. Que la agarrase de la mano para arrastrarla de nuevo a casa no
significa que tenga derecho a volver a tocarme en cualquier ocasión. Lo que menos
necesito es que nuestra relación se confunda a ojos de los demás, por si ya no hubiera
quedado lo suficientemente distorsionada en la mente de los que han sido testigos de la
venta.
—Mantenga las distancias, señorita Blackwood —le advierto—. No es adecuado que
una dama se tome libertades con un hombre.
Ella me mira con fijeza, con un rostro súbitamente serio.
—Si quisiera tomarme libertades contigo, Marcus, te tocaría el culo, no te cogería el
brazo.
Entreabro los labios, incrédulo por su descaro, al tiempo que a mis oídos llega la
carcajada sincera de Yinn. De nuevo siento que algo hierve en mi interior, aunque esta
vez es la sangre, que se agolpa en mis mejillas al ruborizarme. Respiro hondo un par de
100
veces y como si no hubiera pasado nada olvido su inadecuado comentario, continuando
mi camino.
—Almorzaré en la terraza de la salita, Yinn. Hace un día espléndido y hay que
aprovecharlo.
Detrás de mí la joven murmura algo, pero estoy decidido a ignorarla. Ya he tenido
suficiente de ella por hoy como para enfrascarme en otra discusión. Una práctica que, de
todos modos, no me llevaría a ninguna parte. Parece que estemos destinados a volver al
punto inicial, en el que nos fulminamos con la mirada y nos escondemos tras nuestros
orgullosos corazones.
—Es cierto que ha habido cambio de tiempo —reconoce él—. Ha cuadrado con la
llegada de la señorita Blackwood, además. Es como si hubiera traído la primavera con
su presencia, thaýr.
Semejante idea me hace dejar los ojos en blanco. Lo único que ha traído esta
muchacha consigo es mi dolor de cabeza, que se ha establecido sordamente en mi sien
derecha. Me llevo un par de dedos allí donde la punzada se hace notar y masajeo la piel
suavemente, decidido a no mirar a ninguno de los dos. Ella, de todas formas, vuelve a
estar enfurruñada.
Entro en el pequeño salón, con la extranjera pegada a mis talones. La puerta que
conduce a la sala de música está entornada, como si alguien hubiera estado allí no hace
mucho. No puedo evitar notar que la muchacha tiene los ojos clavados, precisamente, en
esa entrada. Supongo que en su vagabundeo por la casa ha descubierto la mayoría de sus
secretos, incluyendo el antiguo e impresionante piano de cola que está en la mansión
desde que puedo recordar. Algunas de mis memorias se han quedado junto al
instrumento. Aún me parece estar contemplando, con ojos agrandados por la emoción, a
mi madre sentada en el taburete, rozando las teclas distraídamente. No es que ella
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supiera tocar especialmente bien: para ser justos, apenas sí arrancaba algunas melodías
aprendidas de memoria, en las que sus dedos se movían por inercia solo gracias a la
práctica constante. Pero había algo hermoso en la imagen de la dama con las manos en
las piezas blancas y negras y la luz de la tarde asomándose por el gran ventanal. La
iluminaba como si fuera una diosa, un ángel venido de tierras lejanas, con sus cabellos
cobrizos siempre sueltos sobre sus hombros, con mil ondas posadas sobre su espalda,
llegadas de los confines más lejanos de los océanos… En ese recuerdo mi madre sonríe
dulcemente y dos perfectos hoyuelos aparecen en sus mejillas. Sus ojos castaños
relucen, lejanos pero cálidos, echando de menos algo que no podemos ver.
Ilyria Blackwood entorna los párpados al ver las comisuras de mis labios alzados. La
expresión se me congela en el rostro. Me ha dicho algo pero yo, enfrascado en mis
pensamientos, ni siquiera he estado prestándole atención. El silencio se alarga un par de
segundos más de lo necesario y yo carraspeo.
—Disculpe. Tengo un horrible dolor de cabeza que no me deja concentrarme —
murmuro a modo de excusa, aunque sé que no suena demasiado galante—. ¿Me ha
dicho algo?
Ella frunce el ceño, pero parece dispuesta a no enfurecerme. La veo agachar la cabeza
humildemente y eso consigue despertar mi curiosidad. Si no supiera de qué pie cojea,
casi diría que parece amansada. Supongo que en realidad no puede ser otra cosa que una
máscara que pretende engañarme.
—El piano… —murmura con una vocecita de pajarillo—. Si me dejases tocarlo...
Prometo tratarlo muy bien.
Abro la boca. La vuelvo a cerrar. No se me ocurre ninguna buena razón por la que no
pueda dejarle hacer lo que guste. Al fin y al cabo probablemente esté desafinado,
después de tantos años. Y no es como si nadie más aquí supiera darle uso. Las lecciones
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de piano que mi padre insistió en que debía tomar nunca llegaron a dar sus frutos. Así
que, con un ademán de asentimiento, le digo sin palabras que es todo suyo. Si
aporreando un rato las teclas se va a sentir mejor y deja de incordiarme durante unos
minutos, bienvenido sea.
Me retiro a la terraza mientras ella se cuela en el cuarto de al lado. Me acomodo y
disfruto de la brisa suave en mi rostro, del baile de los pétalos desprendiéndose de las
ramas de los árboles. La escena es completamente serena. Para mi más profunda
sorpresa, una melodía empieza a sonar de fondo, a juego con lo que siento en este
momento. Me giro apenas en la silla, como si esperase ver la fuente de tal armonía, pero
es imposible alcanzar a descubrir lo que se esconde tras las paredes. La señorita
Blackwood debe haberse sentado delante del piano y ha empezado a tocar con una
claridad asombrosa, sin titubeos.
Así que el pequeño diablillo que no ha hecho más que causarme problemas desde que
ha llegado, resulta ser un genio de la música. ¿Quién lo iba a imaginar? Desde luego, yo
no.
Escucho atento, disfrutando del momento. En silencio Yinn entra y sirve la mesa con
delicadeza. Hasta él parece embelesado con cada nota que la muchacha teje con sus
dedos. Se me escapa una sonrisa al descubrir que se mueve un poco al compás, quizás
de forma inconsciente, mientras sirve mi comida en el plato.
—¿Quién iba a decir que sí tenía alguna cualidad de señorita, al fin y al cabo? —Le
digo medio en serio, medio en broma.
Él esboza una sonrisa divertida, de medio lado, que hace brillar sus ojos. Su piel
oscura lo parece hoy incluso más, aunque es hermosa a su manera, contrastando con los
pétalos que caen.
—Y se ha olvidado de su lista interminable de preguntas, ¿verdad?
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Asiento con una leve risa que amenaza con escapar de mi boca.
—Efectivamente.
Durante unos largos minutos más ninguno dice nada. Yo picoteo mi almuerzo sin
ganas, tomándome mi tiempo para masticar y tragar, mientras él se queda de pie a mi
lado, hechizado por la cadencia de la partitura. El silencio llega entre canción y canción
y aprende a pasar de largo, de puntillas, sin molestar nuestras meditaciones.
—Quizá estaría bien que Charlotte aprendiera a tocar un instrumento —se me ocurre
de pronto. He estado descuidando un poco su educación en las artes que otras niñas, a
su edad, ya han empezado a dominar.
—Y seguro que se te ocurre una buena profesora para llevar a cabo tal odisea —
apunta él con una mirada que habla por sí sola, tuteándome.
Carraspeo.
—Bueno, puede ser un buen método para mantenerla entretenida —razono—. Si tiene
demasiado tiempo libre volverá a meterse en líos.
Yinn sonríe. Hay algo que le hace mucha gracia, pero no me atrevo a preguntarle qué
cruza por su mente. Tampoco es necesario, ya que pronto él mismo me revela sus
pensamientos.
—La señorita Blackwood es una muchacha bonita. Y muy enérgica.
Alzo las cejas mientras bebo de mi copa. Es la segunda insinuación que recibo hoy
respecto a su presencia en esta casa y ni siquiera lleva un día aquí. Sabía que no era
buena idea acercarme demasiado a ella.
—La señorita Blackwood es una muchacha que pone a prueba mi paciencia —
rectifico—. Malhablada e insolente.
—Yo creo que es encantadora, thaýr —me desafía—. Quizá no sea la dama que usted
espera... pero es un diamante en bruto. Quizá dedicándole un poco de tiempo...
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—Sin duda es un diamante en bruto —asiento seriamente, mientras me limpio los
labios con la servilleta y me echo ligeramente hacia atrás en mi silla—. Y como tal, está
llena de impurezas. Yinn, la piedra no tiene auténtico valor hasta que brilla y se puede
engarzar en una bonita joya. Y no espero que eso suceda con ella. Por lo que a mí
respecta me sentiré tranquilo cuando sepa que no está en este mundo. No me gusta la
idea de tener a una muchacha correteando por la casa y metiéndose en mis asuntos. Soy
un noble, no una niñera.
El mayordomo paladea algo, como si no estuviera del todo agradado con mi
respuesta. Con confianza, coge una de las sillas y se sienta, inclinándose un poco hacia
mí, en un ademán confidente. A veces se toma esas libertades: confianzas que podría
haber tenido en su mundo, con sus amigos. Yo le dejo porque me siento responsable de
su comodidad en esta casa. Pongo mi oído, como si fuera a declararme un secreto de
estado, y él empieza a hablar con su acento exótico, que me hace pensar en países
lejanos, en oasis frescos y desiertos ardientes como el mismo Infierno, que ocultan
secretos imposibles bajo sus dunas.
—Creemos que deberías hacer un esfuerzo para que ella se sintiese más cómoda aquí.
Se enfrenta a un gran cambio y necesita alguien en quien confiar. Nosotros somos… lo
único que tiene ahora, mientras no encontremos su libro.
Frunzo el ceño cuando apela a mis sentimientos de solidaridad. «Todos estamos solos
alguna vez», quiero responderle. Pero, en vez de eso, sello mis labios y suspiro. No hace
falta que me diga todo esto. Siento que la chica es mi responsabilidad. Sé, de hecho, que
es un asunto al que no puedo darle la espalda. Aquí tendrá toda la comodidad que pueda
conseguir, toda la comprensión. Sin embargo, pido un mínimo de civismo por su parte:
que el té permanezca en su taza y que no abra puertas ajenas sin llamar. Siendo egoísta
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creo que también estarían bien menos preguntas, pero una parte de mí comprende el
desafío de enfrentarse a un mundo nuevo sin información.
—¿Creemos? —Inquiero sorprendido, dándome cuenta un par de segundos después
del uso del plural.
—La pequeña Lottie, Angela y yo, claro.
Asiento, dejando los ojos en blanco. Por supuesto. Mi pequeña familia conspira a mis
espaldas. De hecho, por un momento, lo que me sorprende es que hayan tenido tiempo
de hablarlo.
—¿Y qué más habéis pensado, en relación a la señorita Blackwood?
Yinn titubea. Mira alrededor como si temiese que alguien nos estuviese escuchando y
luego me observa con deliberada fijeza.
—Que tú estás muy solo… y Charlotte necesita una madre.
Parpadeo. Durante unos instantes no soy capaz de comprender tal información. No
puede ser que haya escuchado bien. Primero siento el color huir de mi rostro. Un
momento después soy consciente de que las mejillas me arden. Lo miro con los labios
entreabiertos. Lo peor de todo es que la sonrisa de diversión que estoy acostumbrado a
ver en su cara no se manifiesta esta vez. Algo en mi expresión lo hace preocuparse, pues
llena mi copa con el contenido de la jarra que tiene a su lado y me la tiende. Yo la tomo
y bebo por inercia, tragando con dificultad.
—¿De dónde habéis sacado tal idea? —Pregunto una vez soy capaz de articular
palabras de nuevo.
—Tienes que comprender nuestra preocupación, thaýr. Nunca has mostrado interés
por una mujer y, de hecho, creo que es la primera vez que te quedas a solas con una en
un cuarto. Empezaba a pensar que… no te gustaban. Por otro lado, todos en este mundo
parecen darle mucha importancia a eso del matrimonio. Quizá no te verían como un
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excéntrico si empezases a ir a reuniones sociales y cortejar a una muchacha instruida. —
Su mirada vuela, no tan discretamente, hacia la puerta entreabierta de la sala de música,
por la que se escapan las notas de una nostálgica melodía— y hermosa.
—En primer lugar no me importa lo que digan los demás sobre mí —farfullo
completamente abochornado—. Si soy un excéntrico o no es mi problema. Y en
segundo lugar, en caso de que decidiese casarme, ¿por qué crees que pensaría en esa
muchacha a la que ni siquiera conozco? —Me levanto. Respiro hondo, inhalando la
fragancia de la primavera, y me aliso la ropa con cuidado—. No es, de ninguna manera,
la persona adecuada. De darse el caso, preferiría a alguien más femenina. Y piensa los
problemas que causaría a esta casa si me casase con una extranjera. Sabes que no está
bien visto —Sacudo la cabeza—. En vez de fantasear, estaría bien que os dedicaseis a
asuntos más fructíferos.
Yinn frunce el ceño hasta que su rostro atemporal gana un par de arrugas en su frente.
Es imposible definir su edad real, pero cuando abandona su sonrisa parece todo un
adulto. Se pone en pie también y hace una leve inclinación de cabeza casi burlona.
—Puestos a elegir, mejor una extranjera que traiga problemas a una de esas damas
que gritan cuando las intentas coger del brazo, ¿no?
Abro la boca, pero Yinn ya está retirando mi servicio de la mesa. Siento la tentación
de confesarle que algunas de esas señoritas no son lo que parecen, que se esconden tras
máscaras de la misma forma en que yo lo hago. Callo, sin embargo, y sacudo la cabeza.
El tema no me gusta y, con suerte, se olvidará en cuanto la señorita Blackwood se haya
alejado de nuestras vidas. Como un huracán ha llegado y ya lo ha revuelto todo. Es
como si el suelo se estuviera moviendo bajo mis pies. Ni siquiera la suave melodía de
fondo consigue relajarme del todo.
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—Voy a salir. No me esperéis para cenar. Estaré fuera el resto del día. Ya que tanto
parece gustarte nuestra invitada, te dejo al cargo de responder todas las preguntas que
haga.
El mayordomo asiente distraídamente. Lo veo salir del saloncito. Yo mismo me dirijo
hacia la puerta, para luego cambiar de opinión a medio camino. En lugar de abandonar
la estancia, me apoyo contra el dintel que separa la sala de estar de la del piano y
escucho atento. Un segundo más tarde estoy empujando la madera para obtener una
vista completa del interior.
Escondido entre las sombras observo sin ser percibido. Ilyria Blackwood está sentada
delante del piano, con los ojos cerrados. Sus dedos bailan sobre las teclas del
instrumento en un código que no puedo entender, mientras su cuerpo se mece al compás
de la brisa que levanta cada ir y venir de sus manos. El sol, desde su espalda, crea
figuras oscuras sobre su silueta y, al mismo tiempo, realza los colores más claros de sus
cabellos. Su expresión es de absoluta concentración, aunque no hay seriedad en sus
rasgos, sino una calma precisa, agradable, en la que su sonrisa parece brillar
tímidamente. No puedo evitar pensar que es hermosa, con ese aspecto maduro que
fluctúa según cómo dé la luz, según cómo el vestido se envuelva a su alrededor y deje
ver las formas equilibradas de su cuerpo.
Mi corazón tropieza y pierde un paso, como si nunca hubiera contemplado a una
mujer crear música, perderse entre partituras para renacer como una persona
desconocida. Como si se hubiera quitado un antifaz, por primera vez me parece estar
viendo a la muchacha que es ella en realidad, alejada de palabras sin sentido, del curso
del tiempo o el espacio mismo.
Sin hacer ruido salgo de mi ensoñación y cierro la puerta con cuidado.
Mientras me alejo de la casa aún me parece oír la melodía en cada uno de mis pasos.
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Ilyria
Charlotte.
Es fácil olvidar cuando te pones en manos de la música.
Las notas se lo llevan todo. La melodía, como siempre, me envuelve y me acuna entre
sus brazos invisibles. Sí, es sencillo sentir que solo existimos ella y yo. Que como
amantes indiscretas nos apartamos del mundo para prodigarnos caricias de las que solo
nosotras seremos conscientes. Si he de amar a alguien algún día, estoy segura de que
será a ella. Nunca nadie me ha tocado con la delicadeza y la ternura con la que lo hacen
las notas.
Suspiro.
Mis párpados se entornan para observar mis propios dedos cuando la melodía cesa. A
mí solo me han parecido segundos, pero sé que he podido estar perdida entre las teclas
del instrumento incluso horas. Nunca soy consciente del significado real de palabras
como tiempo o espacio cuando me dejo envolver por esos abrazos incorpóreos. La
música es lo único que me devuelve la calma cuando se pierde todo lo demás. Lo único
que parece traer de nuevo la razón, el sentido… Lo único que consigue que, incluso
cuando siento que podría perderme para siempre, vuelva a ser yo.
Por ejemplo, la frustración o incluso el nerviosismo se evaporan como si nunca
hubieran existido. Mi corazón palpita al son de la canción que aún fluctúa en el aire con
su propio tono monótono. Casi me parece que marca el pulso. Un, dos; un, dos. Latidos
que componen una melodía que solo yo puedo escuchar. El pensamiento me arranca una
sonrisa dulce, tranquila. El mundo ha vuelto a detenerse, a dejar de girar de esa manera
tan precipitada. Desde que abrí los ojos por la mañana, no había hecho otra cosa que
moverse de una forma que me ha tenido en vilo y al borde del mareo durante todo el
día. Pero ahora, por fin, los colores, los sonidos… todo ocupa su lugar.
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Rozo las teclas sin ser realmente dueña del movimiento. Ante la caricia el
instrumento deja escapar un suspiro. Soy consciente de que, aunque esté tranquila, todo
ha cambiado. Ahora, sin embargo, puedo verlo con más serenidad. No estoy en mi casa.
No estoy con mi familia… No puedo acabar de entender cómo. O quizá la palabra no
sea “entender”; lo que me cuesta es asimilarlo, porque en realidad sí que lo he
comprendido: de alguna manera la irrealidad con la que hasta ahora solo había soñado
se ha vuelto real. De ese modo… de ese modo, los libros son capaces de transportar a la
gente. Siempre lo había creído, aunque nunca habría imaginado que una frase así
pudiera enunciarse de una manera tan literal. Sonrío con algo más de seguridad. Las
historias cumplen su función; aquí se dejan ver como lo que siempre han debido ser:
portales a otros mundos. Supongo que, a su modo, es bonito. Al menos, prefiero pensar
así. Eso quitando el tráfico de esclavos con… extranjeros, o lo que quiera que sea yo
ahora. Suspiro. «Podría estar peor», medito mientras repaso la estructura de una de las
teclas negras. Por ejemplo, podría estar siendo subastada. O sola. Me estremezco solo
de pensarlo. Ahora que puedo ver las cosas algo más fríamente soy consciente de todo
lo que, en realidad, le debo a ese dichoso conde.
Marcus.
Ladeo la cabeza, entrecerrando los ojos, y pronto me veo enfrascada en una discusión
conmigo misma. Aunque es un petulante y un orgulloso, aunque su manía por las
formas y el orden consigue sacarme de quicio, no parece mala persona. La prueba es
que estoy aquí. Que, aunque no tenía por qué hacerlo, cogió mi mano cuando nadie más
estaba dispuesto a ayudarme. Podría haberme dejado. Podría haber considerado que lo
que me pasase sería bajo mi responsabilidad, por no haber obedecido los dictámenes
que él me había dado. Podría haber dejado que ese hombre me llevara y me vendiese a
cualquier otro que, sin duda, no me habría tratado con tanta paciencia ni tanta
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consideración como hace él. Me cuesta admitirlo, pero no me está tratando mal. Me ha
dado ropa (por muy incómoda que sea) y comida. Un techo bajo el que resguardarme…
y un piano que me deja tocar con total libertad, sin importarle que llene el silencio casi
asfixiante de su casa con mi música. Aunque eso último podría no parecer una
concesión, algo me hace pensar que, para él, lo es. No en vano, ¿no parece una de esas
personas que aprecian la tranquilidad más que nada en el mundo? Una tranquilidad que
yo, con mi presencia, le he arrebatado.
Me enfada, es cierto. Pero puede que también tenga algo de razón. Quizá solo
estuviera… histérica. Sé que me he dejado llevar por la irracionalidad. Por los nervios.
Claro, sigue sin hacerme gracia que me trate como si fuera una niña o que me mire
como si fuera de todo menos algo bueno. No quiero que me observe como si juzgase
hasta mi manera de moverme. Me hace sentir más fuera de lugar de lo que en
condiciones normales ya me sentiría. Es como si él esperase algo y yo fuera todo lo
contrario. Como si, de hecho, le asquease cada una de mis palabras, cada uno de mis
pensamientos.
Y, sin embargo, pese a todo, tengo la impresión de que me cuida. ¿No lo está
haciendo, a su modo? Sigo sin poder seguir el hilo de sus pensamientos, no obstante. No
soy capaz de terminar de comprender lo que puede pasar por su cabeza. Como su
rotunda negativa antes a ponerme esa marca: ¿qué hay de malo si yo se lo pido? No es
como si me fuese a considerar más suya por ello. Definitivamente, no lo haría. Marcada
o no, no soy de nadie. De hecho, no creo que ninguna persona pueda pertenecer a otra
como si solo fuera… un vulgar objeto. No es justo que no lo haga. Si lo hiciese, ¿no
podría acaso ir yo misma a buscar mi libro? Naturalmente lo encontraría antes que él, si
tiene que investigar en una biblioteca. Al menos, sé cómo es físicamente hablando, algo
que ni se ha molestado en preguntarme, por cierto. Aunque me hubiese cuestionado
111
algunos datos técnicos, yo no le puedo decir título alguno, así como tampoco le puedo
mencionar a ningún autor. En las tapas doradas de aquel tomo de mi librería ni siquiera
se insinuaba ninguna de las dos cosas.
Suspiro hondamente. ¿Qué tengo que hacer? ¿Comportarme como una dama?
¿Vestirme con esas horribles capas de ropa? ¿Con corsé? He llegado a ver ilustraciones
en mi mundo que dejaban claro cómo ese aparato, con sus varillas de metal, recolocaba
los órganos de los mujeres. Los de mi mundo no son tan brutos. Y definitivamente son
más bonitos. La única razón por la que yo podría querer utilizar tal cosa sería para
realzarme el pecho. Si algo hay que conceder a esa prenda es que puede hacer
verdaderas maravillas en ese aspecto…
Sacudo la cabeza. Como siempre que algo me supera, mi mente decide evadirse a
terrenos menos pedregosos. Me paso la mano por los cabellos, enredando los dedos en
mis tirabuzones. Supongo que debo una disculpa al conde. Aunque… ¿A quién intento
engañar? Sé que pronto estaremos en las mismas, como antes: él se comportará como el
niño de papá que es o me exigirá cosas que no estoy dispuesta a cumplir. Me mirará
juzgando incorrectas cada una de mis acciones. Y entonces… Bueno, sencillamente
volveré a tirarle lo primero que encuentre directamente a la cara.
Miro otra vez las teclas, arrancando alguna que otra nota distraída. Ahora que lo
pienso, ¿cómo puede él devolverme a casa? Tampoco me ha respondido a algo tan
sencillo. En realidad ha respondido muy pocas cosas de todas las cuestiones que se me
plantean. Si nunca ha asistido a una de esas “subastas” de extranjeros (y sé que no lo ha
hecho, por lo ofendido que se mostró en su despacho al suponerlo), ¿cómo es que Yinn
le sirve? Yinn y esa tal Angela, a la que todavía no he visto siquiera. Mi mente se
concentra en todas las preguntas que se forman lentamente, relacionándose unas con
otras, pero la sensación de ser observada me distrae. Frunzo el ceño y alzo la vista.
112
La hija del conde se ruboriza al sentirse descubierta… al igual que hago yo. No me
gusta que me observen cuando estoy a solas con el piano. La vergüenza se remueve en
mi cuerpo.
—Charlotte.
Ella mira a un lado y a otro y se frota la mejilla, adorable, en un gesto que me
recuerda a mí misma. Quizá en un acto reflejo, yo la imito. La pequeña parece
asegurarse de que nadie la ha visto.
—Lottie —me corrige. Entra con una sonrisa algo tímida que me resulta
encantadora—. Papá solo me llama Charlotte cuando se enfada conmigo o va a
castigarme.
Parpadeo durante un segundo y se me escapa una carcajada. Por alguna razón esa
frase cuadra perfectamente con la idea que tengo de su padre.
—Te he oído tocar… —continúa ella.
Yo me ruborizo irremediablemente.
—¿Te he molestado? —Le hago un hueco a mi lado que ella acepta con una sonrisa.
Mira muy concentrada las teclas y después me observa a mí.
—No. Tocas muy bien. Es muy bonito.
Siento que las mejillas me arden un poco más, pero sonrío contagiada.
—Gracias. ¿Sabes tocar?
Hasta donde yo sé, todas las damas victorianas tenían entre sus aptitudes el dominio
de las artes, incluida la música. Siempre me pareció algo injusto e hipócrita. Por mucho
que la sociedad se empeñase no todas las mujeres podían ser artistas. Aunque, claro, ¿es
que esas damas, en su tiempo, servían para algo más?
113
Charlotte, en contra de lo esperado, enrojece y niega. Toca tímidamente una tecla
blanca y se encoge sobre sí misma cuando el sonido vibra en la estancia. Sonríe un
poco, como si le gustara la sensación, y me mira de reojo.
—No. Nadie en casa sabe tocar. Nunca había escuchado a nadie hacerlo, al menos…
—¿Y te gustaría?
Ella asiente y sonríe, con ese color ligero asomando todavía a sus mejillas. ¿No dan
ganas de abrazarla?
—Yo podría enseñarte —le digo en un arrebato. Me encojo algo de hombros—. No…
no es que crea que soy lo suficientemente buena para dar clase a alguien, pero…
bueno… si quisieras…
La sonrisa en sus labios crece e ilumina su rostro de niña. Incluso su gesto es infantil,
cándido, lleno de la inocencia que brindan esos años.
—¡Me encantaría!
Me muerdo el labio, encantada. Las niñas, en mi mundo, han dejado de ser tan niñas.
He conocido a chicas de la edad de ese pequeño ángel que tengo frente a mí que han
renunciado a su inocencia. Que han decidido dejar de creer en magia y en cuentos y han
querido hacerse adultas demasiado pronto. Verla a ella, tan ajena, tan irreal, tan dulce,
me enternece.
—Si a tu padre le parece bien, entonces, te enseñaré.
—¿Significa eso que vas a quedarte?
Me sobresalto, pillada por sorpresa. Abro la boca y la miro, titubeando. No esperaba
esa pregunta, definitivamente. Me remuevo, de hecho, algo incómoda. Sus ojos verdes,
tan grandes, tan brillantes, no dejan de observarme.
—No… Yo…
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—¿Por qué no? —Cuestiona. En sus pupilas veo decepción, al igual que lo noto en el
mohín de sus labios fruncidos—. A mí me gustas. ¿Por qué no te quedas? La casa,
aunque es muy grande, está muy vacía. Aunque estamos papá, Yinn, Angela y yo…
Nunca hay música. Siempre hay mucho silencio… ¡Y Angela, que es la única chica, es
muy aburrida! Solo me habla de lecciones y de cosas que tengo que aprenderme…
Trago saliva. ¿Cómo se le explica a una niña pequeña que yo solo estoy de paso por
este mundo? Que, con suerte, me marcharé cuanto antes.
—Es que este no es mi sitio —le aclaro al fin con voz baja. No sé cómo enfrentarme a
ella, en realidad.
—¡Pero puede serlo! Tampoco era el de Angela o el de Yinn y ahora viven aquí…
Miro alrededor e intento imaginarme viviendo en esa mansión. Compartiendo todos
los días con las personas que viven en ella. Con esa niña, con su padre… Sacudo la
cabeza. No. Eso es imposible. Ese no es mi hogar. Y no hay manera, definitivamente, de
que pueda serlo nunca.
—Me terminaré yendo —le explico. Acaricio sus cabellos suavemente, con la punta
de los dedos. Me gusta que quiera que me quede. Eso significa que, como si no pudiera
ser de otra manera, me ha cogido cariño tan rápido como yo a ella—. Aunque… quizá
podría volver.
Es una concesión falsa, porque sé que en cuanto vuelva a casa, olvidaré todo lo que
aquí haya pasado. ¿Por qué iba a ser de otro modo? No hay nada en este mundo para mí.
No es mi sitio. Cuando regrese, de hecho, me aseguraré de que el tomo culpable de que
ahora no esté tirada cómodamente en mi cama, quede bien oculto de los ojos del mundo.
Lo esconderé en algún lugar o sencillamente lo destruiré.
Charlotte, sin embargo, parece emocionada con la idea y yo me siento un poco
culpable por mentirle.
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—¡Está bien! —Exclama emocionada—. Pero no puedes irte antes de mi cumpleaños
—apunta seria.
Parpadeo, pero dejo escapar una risita.
—De acuerdo —dejo los ojos en blanco. No en vano, su fiesta es esta misma semana,
por lo que dijo antes. No creo que Marcus consiga encontrar mi libro antes de todos
modos, por mucho que a mí me gustaría—. No me iré antes de tu cumpleaños.
—¿Lo prometes? —Me exige saber, muy seria.
Alzo una mano, posando la otra directamente sobre mi pecho, a la altura del corazón.
—Lo prometo.
De nuevo su sonrisa ilumina la estancia.
—¡Qué bien! ¡Así podrás bailar con papá!
Yo río, asintiendo… hasta que me doy cuenta de lo que ha dicho realmente. Me
ruborizo y la miro, alzando las cejas.
—¿Bailar? ¿Con tu padre? ¿Y por qué iba a hacer tal cosa?
—¿No te gusta? Es guapo… Yinn dice que papá necesita una chica.
Enrojezco algo más.
—Definitivamente, no seré yo.
Ella hace un puchero.
—Pero…
Carraspeo, interrumpiéndola.
—¿No tienes hambre? Yo sí. ¿Vamos a pedir galletas? O chocolate. ¿Tenéis
chocolate? La verdad es que me apetece…
Como había imaginado, ante la idea de tomar algo dulce, como todos los niños, la
joven sonríe ampliamente.
—¡Claro!
116
Y así es como el pequeño terremoto se levanta y me saca de la habitación que era mi
paraíso. Yo me dejo arrastrar mansamente por esa manita que, sin verdaderas fuerzas,
tira de mí. Me lleva hasta la cocina, donde ya me he acostumbrado a ver a Yinn. Parece
cocinar algo y silba distraídamente.
—Yiiiinn —canturrea Lottie con su voz de campanillas.
El mayordomo se gira y sonríe al vernos.
—Vaya, las mujeres de la casa se dignan a visitar mi humilde cocina. ¿En qué puedo
ayudarlas?
—¡Chocolate! —Exclama Charlotte sentándose en la mesa. Yo me siento a su lado,
divertida, aunque miro a Yinn.
—¿Y Marcus?
—Ha salido. Quizá haya ido a buscar su libro, señorita Blackwood.
—¡Si lo encuentra da lo mismo! —Interrumpe Charlotte. Mira con ojitos brillantes un
platito con chocolate que dejan entre las dos—. Porque Ilyria ha prometido quedarse por
lo menos, por lo menos, hasta mi cumpleaños.
Me ruborizo ante la mirada de Yinn. Veo algo en su sonrisa torcida que no me gusta y
cojo un pedazo de chocolate, saboreándolo.
—¿Eso ha dicho? Vaya…
—No creo que el conde encuentre mi libro antes, especialmente sin mi ayuda. Hasta
donde yo sé, es difícil, ¿no? Aunque claro, el conde no me ha explicado demasiado…
Yinn deja escapar una risita. Se sienta con nosotras a la mesa de madera.
—Sí, es complicado, supongo. ¿Qué quiere saber? Porque el thaýr me ha dado
permiso para responder a todas sus preguntas. Y cuando digo todas es todas.
Frunzo el ceño, sin saber a qué achacar ese tono que ha puesto en la última pregunta.
¿Qué espera que pregunte? Sacudo la cabeza y lo miro.
117
—Lo primero es que dejes de tratarme de usted… Empiezo a cansarme. ¿Realmente
parezco tan mayor como para eso? ¡Solo tengo dieciocho años!
Yinn ríe, jovial, y yo siento que podría llevarme bien con él, porque se me contagia la
sonrisa en los labios. Como pensé, es bastante más simpático de lo que, hasta ahora, se
ha mostrado el anfitrión de la casa.
—Dejaré de hacerlo, entonces, si tengo tu permiso. Lo cierto es que a mí tampoco me
agradan demasiado esas formas…
—¡Al fin me siento comprendida!
—Papá dice que hay que dirigirse a la gente adecuadamente —interviene Lottie
dignamente. Mordisquea un trozo de chocolate y toda la solemnidad de esa frase se
pierde con el resto que queda en su comisura.
—Tu padre te aliena demasiado joven. —Río limpiándole con un dedo la mancha, a
lo que ella se ruboriza.
—¿Aliena…? ¿Eso es que me quiere convertir en un alien? —Exclama alarmada,
abriendo mucho los ojos.
Yo me echo a reír sin poder evitarlo y lo mismo le ocurre a Yinn.
—Algo así.
—¡Es horrible!
—Oh, definitivamente al thaýr no le gustaría escucharte hablar así de la educación
que le da a su hija.
—Al “thaýr” no le gustan muchas cosas de mí, así que una cosa más o una cosa
menos realmente da lo mismo. A propósito, ¿qué significa? Thaýr…
—Es “amo”, en mi lengua —aclara Yinn confirmándome lo que yo había supuesto.
—¡Yinn es de un país muy exótico! ¡Y en el que hace mucho calor! Servía a sultanes
que tenían muchas mujeres, ¿sabes?
118
Alzo las cejas, mirando a Charlotte, y luego levanto la vista hacia Yinn.
—No sé cómo le sentaría a Marcus que le hables a su hija de poligamia.
—Algo de lo que, sin duda, no tiene por qué enterarse.
Sonrío inevitablemente. De pronto me siento más cómoda, ahora que Marcus no está
para decidir si me comporto o visto adecuadamente. Es fácil estar en compañía de Yinn,
que parece más espontáneo y más humano de lo que es el conde, así como es sencillo
estar cerca de la niña, con su adorable inocencia y su carácter tan tierno. De este modo,
la conversación pasa entre temas insustanciales que hacen que me olvide un poco de
todo lo malo que puede tener la situación en la que me encuentro. Siento que me hago
un hueco y que no me disgusta. Hago preguntas sobre la ciudad y la sociedad y mis
acompañantes responden encantados. También pregunto sobre Marcus y sus extrañas
manías: al parecer cubre sus manos con los guantes en todo momento, pero ni la niña ni
el mayordomo me dan verdaderas razones para su comportamiento. Ambos consideran
ese detalle como un aspecto meramente estético, quizá porque le gustan, quizá porque
es costumbre en ese mundo que los caballeros escondan sus manos bajo esas prendas.
Y, sin embargo, a mí me parece que hay algo más. No en vano, cuando por la mañana lo
empapé sin consideración con el té, ni siquiera se los quitó, aunque habría sido lo más
normal.
La conversación finalmente deriva por otros derroteros y yo me dejo llevar. Así, entre
risas y bromas, descubro también otras cosas interesantes. Por ejemplo, que Yinn
realmente viene del desierto plasmado en las páginas de algún libro. Y no solo eso…
—¿Un genio? —Abro mucho los ojos, mirando a mis dos acompañantes.
—¡Sí! —Exclama Lottie con su infantil entusiasmo—. Vivía en una lámpara,
¿verdad, Yinn?
—Muy poco espaciosa, por cierto —asiente él.
119
Yo lo miro, incrédula, abriendo y cerrando la boca. Sacudo la cabeza. ¿De qué me
sorprendo? He venido a otro mundo leyendo un libro. Partiendo de esa base nada
debería tener ya la cualidad de sorprenderme.
—¿Y por qué… estás aquí? Marcus me dijo que tú habías querido quedarte.
—Bueno… Allí no era libre.
Lo observo en silencio durante unos segundos. Lo entiendo. La película de Aladdin
me viene repentinamente a la cabeza. ¿No era libertad, lo que más ansiaba el pobre
genio? Y Yinn la ha encontrado en este mundo, lejos de su lámpara. Supongo que es
comprensible. Aunque…
—Pero aquí eres… propiedad de Marcus. —Arrugo el ceño, sin estar todavía muy
convencida de que una frase así me convenza.
—Solo teóricamente. El conde nos deja libertad.
—Mi papá es muy bueno —defiende Charlotte.
Titubeo.
—¿Qué hiciste para convencerlo de que te hiciera esa marca?
Yinn parece sorprendido con la pregunta. Me observa, de hecho, como si no la
terminase de entender. Lottie nos mira con curiosidad, tomando un sorbo de un vaso de
leche que el sirviente le ha puesto, igual que a mí.
—¿Hacer?
—No quiere hacerme esa marca para poder salir…
Yinn ríe entre dientes como si algo le hiciera gracia.
—Yo no hice nada. Pero quería quedarme. Tú solo estás de paso, ¿no?
Frunzo el ceño.
—Sí, pero…
120
—Marcus solo hace esa marca si no tiene más opción, Ilyria. No creo que te vaya a
servir de nada insistir.
Hincho los mofletes, pero decido no protestar más.
—¿Qué hay de eso de que él puede devolver a la gente a su mundo?
—¡Eso es porque mi papá es mágico! —Interviene Charlotte con emoción—. Cuando
lee puede devolver a la gente a las páginas de su libro. Tiene una voz tan bonita, cuando
lo hace…
La miro casi intrigada, pero sé que no es algo que vaya a descubrir hasta que consiga
marcharme de allí. Sacudo la cabeza. Miro hacia fuera por la ventana de la cocina. El
atardecer ha caído y las primeras estrellas, con sus leves titilares, aparecen en el
firmamento.
—Es tarde. ¿Seguro que el conde está bien…?
—Sí, me dijo que no le aguardásemos para cenar —responde Yinn diligentemente—.
Aunque se puede decir que ya hemos cenado, en realidad, pese a que no de manera muy
sana —añade haciendo un ademán a los dulces sobre la mesa.
Lottie sonríe encantada.
—A mí me parece la mejor cena del mundo. ¡Deberíamos hacerlo más veces!
Yo río, asintiendo y dándole la razón.
—Pero es hora de que las niñas se vayan a la cama.
—Jo, pareces papá…
—¡No me insultes, señorita! —Le espeto abriendo mucho los ojos, haciéndome la
ofendida. Sonrío cuando mis interpelados ríen—. Vamos, a dormir. —No puedo evitar
sentir algo de instinto de protección hacia la niña. Aunque ya casi tiene doce años, una
edad bastante respetable, a mí me parece mucho más pequeña. Probablemente tiene que
121
ver con el cambio de época y de costumbres, así que supongo que su comportamiento es
el normal.
Ella se resiste un poco, pero un bostezo se escapa de entre sus labios. Mi insistencia
apoyada por la de Yinn la acaban por convencer. Se levanta frotándose un ojo. Me deja
descolocada el beso que planta en mi mejilla, ante el cual la miro de reojo.
—Me alegro de que hayas venido, Ilyria.
Aún siento sus labios tiernos en mi pómulo cuando ella se marcha de la cocina y la
escucho subir las escaleras. Me froto suavemente el rostro, algo avergonzada, y siento la
mirada de Yinn analizándome.
—¿Sí?
—Nada. Creo que le harás bien a esta casa. Pero tú también deberías irte a dormir.
—Mm… —Lo miro durante unos segundos sin saber qué decir, sin saber cómo
interpretar sus palabras. ¿Cómo voy a hacer bien a un lugar en el que solo voy a estar de
paso? Un lugar del que me iré, de hecho, a la menor oportunidad. No me parece tan
terrible como al principio del día, es cierto, pero definitivamente no es mi sitio. Creo, de
hecho, que vuelvo a estar subida a esa nube en la que todavía no termino de asimilar mi
situación—. Saldré al jardín un rato. Me agobia estar aquí metida…
El genio me mira de reojo cuando se levanta, recogiendo los platos. Reconozco en sus
pupilas un ligero reproche. Enrojezco.
—No huiré esta vez —aclaro al entender su mirada—. En mi casa —reprimo un
estremecimiento al recordar mi hogar— me gustaba salir a la terraza a que me diese el
aire, antes de dormir.
—Bueno… Está bien.
122
Sonrío y me levanto. Me despido de él, dándole las buenas noches, y él hace otro
tanto. Ahora que me fijo no he visto a esa otra muchacha que vive en la casa. ¿Angela,
se llamaba? Quizá sea tímida o quizá no acostumbre a caminar mucho por la mansión…
Como sea, salgo, y el jardín, tan extenso, me recibe envuelto en las sombras de la
noche. Miro alrededor y me maravillo cuando alzo la vista al cielo. Repentinamente
encuentro algo que en mi mundo de ninguna manera podría haber visto: las estrellas,
todas ellas, colman el cielo. Desde mi casa nunca había visto el firmamento tan atestado
de esas brillantes bailarinas, pese a que cada noche las buscaba con fervor. Y ahora…
Ahora me encuentro que la luna, alta, más brillante y grande de lo que recuerdo haberla
visto nunca, ha reunido bajo su seno a todo su séquito, invitándolas a una fiesta en la
que todos bailarán hasta el amanecer. Me muerdo el labio, embelesada, y suspiro. Me
siento contra el tronco del mismo árbol en el que me acomodé por la tarde. La suave
brisa nocturna deja caer pétalos que se desprenden queriendo escapar para ver mundo.
Quizá los más osados intenten volar hasta el cielo e infiltrarse en esa reunión a la que
solo las estrellas y los ángeles están invitados. Sonrío, dulce. En ese momento soy capaz
de distinguir algo que en mi mundo hacía mucho que no podía sentir. En ese momento,
siento paz.
No sé cuándo, exactamente, mis párpados ceden, privando a mis ojos la
contemplación del cielo nocturno. No sé cuando, pero bajo los pétalos que me arroparán
por la noche y ante la mirada atenta de la luna, Morfeo me coge en sus brazos y me
lleva con él.
123
Marcus
Secretos.
La noche lleva ya varias horas despierta cuando vuelvo caminando a casa. El frío
punzante muerde mis brazos y mis mejillas, recordándome que éste es solo el comienzo
de la primavera. El calor que los adoquines han robado al sol se torna ahora, con la
llegada de la helada luz de la luna, en jirones de niebla que cubren el río y juegan a
enredarse en los bajos de mis pantalones. Esa misma bruma que parece brillar con la luz
de las estrellas, que parece estremecerse a cada paso que doy, reptando para esconderse
entre las sombras.
Entro en el jardín. Mientras sigo el camino, apenas marcado en la oscuridad,
reconozco cada árbol, cada brizna de hierba y cada piedra, pues nada ha cambiado en mi
territorio en todos estos años. En mi mundo, pequeño y brillante, tranquilo e
inmutable...
Hasta su llegada.
Me detengo al darme cuenta de su presencia. Está sentada como una muñeca inmóvil
al pie del manzano. No me hace falta más iluminación que la de las estrellas y la luna
para poder percibir que sus párpados han caído y su fantasma azul, callado, yace en los
brazos de Morfeo, que la acuna. Al acuclillarme a su lado me parece más una estatua de
cristal que una muchacha. Se antoja ahora sorprendentemente frágil, extrañamente
inocente.
—Señorita Blackwood.
Toco su hombro suavemente. Hay pétalos que parecen nieve entre sus tirabuzones, al
igual que sobre su regazo, como si hubiera estado recogiendo los deseos que caen de las
ramas de los árboles. Noto su piel algo fría. ¿Cuánto tiempo llevará allí? No puedo
creerme que realmente sea tan irresponsable como para arriesgar su salud al descansar a
124
la intemperie cuando yo le ofrezco una cómoda y caliente cama en un cuarto para ella
sola. No hay respuesta a mi llamada, así que vuelvo a repetir su nombre, que se desliza
entre la lengua y el paladar con inusitada musicalidad. No obstante, lo único que
consigo pese a mi insistencia es un gemidito de disconformidad al sentir su sueño
importunado. Distingo que entreabre los ojos con un infantil revoloteo de pestañas que
me hace pensar en el rostro de la Bella Durmiente al despertar.
—Marcus —susurra al darse cuenta de quién soy.
—Conde Abberlain —corrijo. No es que importe mucho. Puedo concederle esa
libertad, al menos, ya que sé reconocer una batalla perdida cuando la veo—. No puede
dormir aquí. Se va a resfriar.
Ella no parece entender, así que la zarandeo un poco, con delicadeza, para que
reaccione. Como única respuesta solo recibo un suave quejido.
—Vamos. La ayudaré.
Tomo su brazo con delicadeza y consigo hacerla poner en pie. Una vez levantada, sin
embargo, se tambalea, aunque aprovecha la cercanía de mi cuerpo para apoyarse en mí.
Su voz suena adormilada. A lo mejor cree que está en alguna clase de sueño. Mañana
por la mañana, probablemente, este momento no sea más que niebla dentro de su
cabeza.
—¿Has conseguido mi libro? —Sus palabras parecen atropellarse las unas a las otras.
—No, señorita Blackwood. He seguido buscando por las calles por las que apareció y
he preguntado en la biblioteca por algún tomo recogido en las últimas horas, pero no ha
aparecido nada. Mañana le daré una lista de los títulos que guardo en mi despacho.
Quizá con suerte reconozca alguno.
La muchacha coge aire y lo deja escapar en un suspiro. Parece profundamente
cansada, como era de esperar, tras un día repleto de nueva información que asimilar. A
125
todos nos hará bien en esta casa una noche de sueño reparador. A mí más que a nadie, si
mañana voy a tener que volver a lidiar con sus preguntas.
—No sé el título. No tenía. Ni título ni autor… Nada. ¿No sería todo esto más fácil si
me dejaras ir contigo?
—No puede —le recuerdo—. No puede salir de mi propiedad sin la marca.
Ella guarda silencio, a pesar de que yo creía que, obviamente, me replicaría al
instante y nos enzarzaríamos en una nueva discusión. Durante unos segundos, de hecho,
temo que haya vuelto a caer dormida. Sin embargo, cediéndole mi ayuda, camina junto
a mí, que la guío hacia la entrada de la mansión.
Dentro todo está en silencio, oscuro, casi de una forma siniestra. La aparto un poco
para poder sacarme el abrigo y el sombrero. Como siempre, dejo el bastón en el
paragüero. Cuando me giro de nuevo hacia mi protegida, ella me está mirando. Se frota
un ojo en un gesto que me trae a la cabeza la imagen de Charlotte recién levantada.
—Eh, conde.
Ignoro su tono inadecuado, como si se burlase de mi título cada vez que lo dice.
—¿Sí, señorita Blackwood?
Nos acercamos a las escaleras y empezamos a subir los peldaños pesadamente, con la
carga de todo un día a nuestras espaldas.
—¿Qué ocultas bajo los guantes?
Me tenso y la miro de reojo, aunque ella es más descarada. Sus ojos lanzan un brillo
en la oscuridad mientras intenta discernir la expresión de mi rostro. Sé perfectamente
que he palidecido un punto. Intento que mi voz no delate mi incomodidad y hago un
ademán de lo más casual, como si fuera la pregunta más obvia del mundo.
—Las manos, señorita Blackwood. Un caballero nunca sale a la calle sin ellos y lo
mismo ocurre con las damas.
126
Llegamos al pasillo. Aunque yo continúo adelante, hacia el fondo del corredor, ella se
detiene en seco. Quisiera ignorarla y simplemente darle las buenas noches, pero me veo
incapaz.
—Será mejor que vaya a su habitación. ¿Recuerda cuál es?
Ella sigue sin moverse.
—Tú los llevas incluso en casa. No te los quitas para nada. Me he fijado.
Me humedezco los labios y durante un largo rato no se me ocurre qué responder, a
pesar de todas las posibilidades que tengo. La más obvia de las réplicas es la que
implica saltar a la defensiva, pero sé que eso no conseguirá más que ponerme en su
punto de mira. Sacudo la cabeza.
—Está cansada y empieza a imaginar cosas. Es normal.
Ya no parece tan dormida, no obstante, y a la luz de la luna una de sus finas cejas se
alzan. Me doy la vuelta, ofreciéndole mi espalda por muy maleducado que sea eso. En
el silencio casi opresivo que se respira la escucho coger aire y sé que va a hablar, por lo
que me adelanto a lo que pueda decirme.
—Buenas noches, señorita Blackwood.
Soy consciente de que parece que huyo y, efectivamente, se puede decir que así es.
Me encierro en mi dormitorio y decido echar la llave, aunque desde que Charlotte está
conmigo nunca lo he hecho por si tenía pesadillas o enfermaba en plena noche. Hoy, por
primera vez en años, siento que el pasado se queda a flor de piel, amenazando con gritar
los secretos que con tanto celo he intentado proteger. Y los voy a seguir defendiendo,
decido, hasta que aspire mi último aliento.
Ilyria Blackwood tiene que volver a su mundo.
***
127
—Romeo y Julieta, Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan, Cumbres
Borrascosas… No puede ser. Estos libros están escritos por autores de mi mundo, pero
definitivamente no son el mío. Si no fuera por lo de los extranjeros pensaría que
simplemente estoy en otra época.
La señorita Blackwood le da un mordisco a su tostada y yo revuelvo mi té
distraídamente. Le he dado la lista del inventario de libros de mi despacho, con
esperanza de que algo le suene, al menos, familiar. Bebo un sorbo de mi taza y la
observo sentada junto a Charlotte, que desayuna ávidamente, acomodada entre los dos.
—Las grandes obras, las que crean mundos, desafían las fronteras del espacio y el
tiempo. Tenemos libros de todas las épocas, de todas las nacionalidades.
Ella ladea la cabeza alzando los ojos de la completa lista que le he facilitado.
—¿Y todos los han traído personajes de dentro? ¿Hay una Julieta o una Wendy
paseando por las calles de esta ciudad?
Como todas las mañanas me fijo en los titulares del periódico, apartando la vista de la
mancha de mermelada que se ha quedado en la comisura de su labio.
—No tiene por qué, señorita Blackwood. Pueden haber aparecido personajes
secundarios, o quizá personas que ni siquiera se mencionen en sus páginas. Al otro lado
de esos libros hay mundos enteros, con personas completamente desconocidas para el
lector.
—¿Y cómo saben ellos que ese es su libro? Puede que ni siquiera conozcan a los
protagonistas del libro que los lleva de vuelta. Por esa regla de tres, yo podría pertenecer
a cualquier novela contemporánea… —la veo hacer un mohín, probablemente
descontenta con la idea de ser solo un personaje de ficción de algún libro desconocido.
—Los que tienen suerte, aparecen con él en los brazos, de modo que no es difícil
averiguarlo. Los que no…
128
Hay un momento de silencio en la mesa, porque todos somos conscientes de que ella
pertenece a ese segundo grupo y, por tanto, al de la gran mayoría de los que no
consiguen regresar a su hogar. Como ella dice, podría pertenecer a cualquier libro y no
ser siquiera consciente de ello. Sé que encontrar su volumen es más complicado de lo
que en un momento había querido pensar. Normalmente es Lil la que se encarga de
encontrar extranjeros perdidos y sus volúmenes; mientras que mi misión es simplemente
devolverles a sus mundos. Nunca antes tenía que haberme esforzado por ningún libro en
concreto.
—¿Qué pasa con los que no? —murmura ella frunciendo los labios.
Me humedezco los labios, sin apartar la vista del periódico. No creo ser capaz de
enfrentarme a ella y decirle que las posibilidades de que esté aquí encerrada se hayan
multiplicado. Intento repasar en mi cabeza todos los datos que tengo, todos los
extranjeros que han pasado por esta casa y han desaparecido gracias al poder que tienen
los miembros de mi familia. Muy pocos de ellos pertenecían a ese grupo de personas
con libros desaparecidos, pero todos ellos mostraban reconocimiento ante el libro.
Quizá no ante el título, pero…
—Las tapas —determino de pronto, haciendo sobresaltar a mis dos acompañantes.
Charlotte atiende en silencio a nuestra conversación e Ilyria parece sorprendida—. El
aspecto físico es exactamente el mismo tanto en el libro que los transporta aquí como en
el que los lleva. No nos hace falta ni el título ni el autor de su libro, señorita Blackwood,
solo saber qué aspecto tenía.
La muchacha frunce ligeramente el ceño.
—Ya te lo he dicho: no tenía ni título ni autor, precisamente. No pude leer mucho,
pero las primeras palabras hablaban de la ciudad.
129
—La historia tampoco es la misma —le explico—: el libro que os trae habla de
Albion, pero el que os lleva de vuelta habla de vuestro mundo de procedencia. No
obstante, el aspecto físico, la edición de ambos tomos, es exactamente igual en un lado
y en otro.
—Era dorado, con las tapas duras —me facilita ella—. Parecía bastante gastado por el
tiempo. No era precisamente pequeño, ni en anchura ni en longitud.
Asiento diligentemente.
—Quizá pueda hacer algo más con eso.
Charlotte vuelve toda su atención de los bollos que hay en su plato al rostro de su
nueva amiga, escuchando su descripción. Por el rabillo del ojo la veo fruncir los labios
en un mohín casi caprichoso. No se me ha pasado que parece emocionada con la nueva
presencia en esta casa. Temo que no entienda que a veces las personas acaban en otro
lugar que no es el que les corresponde y a eso hay que ponerle remedio. Si se encariña
con la muchacha y luego ésta se va, sé que se le romperá el corazón. Tras ese segundo
de infantil molestia, probablemente porque estamos hablando ante ella de la marcha de
nuestra nueva inquilina, sonríe y decide llevar el tema por los terrenos que a ella le
gustan:
—Hay quien dice que de los libros también aparecen cosas materiales, ¿verdad, papá?
Algunos libros son tan mágicos, tan mágicos, que pueden expulsar de sus páginas
grandes objetos. El lugar donde vive la reina y su corte fue hace mucho, mucho tiempo,
el castillo de un gigante. Y el bosque que lo rodea, también. Por eso los árboles son
taaan grandes y en palacio hay más de mil habitaciones.
Nuestra invitada parece deleitada con la información, como si creyese que está en el
mejor de los cuentos de hadas. Al menos por un momento se ha olvidado del problema
que pende sobre su cabeza, y yo también.
130
Lottie le tiende la servilleta haciéndole ver la mancha que yo ya había percibido y que
ella se limpia.
—Me muero por ir a verlo.
—¡Podemos ir a pasear por la tarde! —Propone la niña, ilusionada—. ¿No te gustaría
conocer la ciudad? La biblioteca y el teatro y los Jardines…
Carraspeo, haciéndome notar.
—Me temo que eso no va a ser posible, Charlotte. La señorita Blackwood tiene que
permanecer dentro de casa o en el jardín. Pero podéis empezar con esas clases de piano
que tanta ilusión me has dicho que te hacen. ¿No te gustaría?
La pequeña asiente enérgicamente con los ojos grandes brillando por la emoción. Se
le olvidan los planes que había hecho y se centra en su té, agradada por la idea de
aprender a tocar algo que, probablemente, le parezca sofisticado y elegante. La ilusión
de los primeros días siempre da paso, después, a la frustración y la dejadez, hasta que
dentro de un mes quiera hacer realidad otro sueño. Quizá le apetezca ser bailarina o
escritora, incluso.
Apuro el resto de mi desayuno y, con un par de ojos castaños estudiando mis
movimientos, me levanto. Angela entra en el comedor y hace una leve reverencia hacia
mí, aunque en quien centra su atención es en Lottie. Viene a asegurarse de que acude a
sus clases sin remolonear una vez ha terminado de comer. Al verla, la niña empieza
conscientemente a tomarse más tiempo en cada bocado. Sonrío divertido, sin poder
evitarlo.
—No te entretengas —le aviso a la pequeña, que parpadea inocentemente intentando
dejarme claro que no tiene ni la más mínima idea de lo que hablo… aunque sea mentira.
Dejo una caricia en sus cabellos—. No le causes problemas a Angela, ¿de acuerdo?
—Sí, papá —me responde suavemente, con un tono de falsa obediencia.
131
Me dispongo a salir pero la mirada que nuestra invitada me lanza de reojo me impide
seguir adelante. Me siento desafiado de alguna manera, por la fijeza en la que todos sus
sentidos parecen haberse concentrado en mí. No ha habido ni un solo comentario a
nuestra conversación de anoche y, sin embargo, yo no puedo realmente soñar con que la
haya olvidado. Algo me dice que, después de todo, estaba demasiado despierta para
convertir el momento en niebla y palabras inconexas.
—¿Los caballeros también comen con los guantes puestos? —Deja caer como por
casualidad, entre sorbo y sorbo.
Enrojezco. Ahora las sombras no están para poder ocultar mi expresión y ella lo sabe.
Hay una sonrisa casi triunfal en su rostro, en su mirada desafiante. Mi primera reacción
es cubrirme la diestra con la zurda, como si intentara protegerla. Cuando me doy cuenta
de mi gesto es ya demasiado tarde: ella también lo ha visto.
—¿Desde cuándo sabe usted nada de las costumbres de los caballeros? No creo que
haya conocido ninguno con anterioridad.
Aunque salgo del comedor con rapidez, me es imposible librarme de ella. Me sigue y
me aborda insistentemente. Pienso que de nuevo va a volver al tema y, sin embargo,
simplemente me coge del brazo y se queda con los labios entreabiertos, con una palabra
muriendo en su boca durante un instante que parece una eternidad. Frunzo el ceño
mirando de reojo al agarre que ejerce sobre mi chaqueta. Un segundo después me está
alisando las arrugas de la manga y me sonríe como no ha hecho nunca hasta ahora.
Descubro un par de pestañeos de más y sé enseguida que no debo fiarme de ella. La
mirada de reojo hacia la puerta de entrada delata sus pensamientos.
—¿Va a salir? —Pregunta con falsa inocencia.
La arruga en mi frente se hace más pronunciada. No me ha pasado desapercibido el
hecho de que, de pronto, ya no me tutea. A pesar de que me niego a dejarme engatusar
132
no puedo evitar querer saber el rumbo que tomará esta conversación o las ganas que en
realidad tiene de pasear por la calle.
—Quizá lo haga por la tarde, sí. Quizá pueda encontrar un libro con las características
que me ha descrito —respondo fingiendo no haberme dado cuenta de sus intenciones—.
¿Por qué? ¿Desea algo?
La oigo paladear algo, como si un sabor desagradable se hubiera quedado adherido a
su lengua.
—No sé si se habrá fijado, conde Abberlain, pero esta mañana me he puesto el corsé
que tanto interés tenía en que llevara. Mire —se levanta el vestido hasta las rodillas y yo
me ruborizo y aparto la mirada, a pesar de que no he visto mucho más que un par de
medias y mucho encaje—. Incluso llevo las medias y los pololos. Por no hablar de una
de esas faldas, que no sé para qué sirven además de para dar calor.
Deja caer la ropa de nuevo y la alisa suavemente mientras me mira por entre las
pestañas. Casi siento ganas de reír, para mi desgracia, al acordarme de la profunda
negativa con la que me había encontrado el día anterior en lo que a cambiar su forma de
vestirse se refería.
—¿A dónde quiere llegar con esto, señorita Blackwood? —Es más que obvio, en
realidad, pero quiero oírselo decir.
—Bueno… Me gustaría salir. Ir con usted. ¿No podría…?
Niego, sin dejarla acabar la frase, ya que no quiero que se haga ilusiones.
—Lo lamento. Lo hago por su bien.
Me giro con la idea de subir las escaleras, mas su voz vuelve a detenerme. Cuando la
observo de reojo veo que está haciendo pucheros. Alzo las cejas. Ni siquiera Charlotte
hace ya eso. El gesto da a su rostro un aspecto aún más infantil, más desamparado, casi
desesperado.
133
—¡Prometo no separarme de usted, conde Abberlain! ¡Seré su sombra!
La veo buscar algo con la mirada. Cuando me doy cuenta está junto al paragüero,
tomando en sus manos una de las sombrillas de Lottie. La abre y la apoya
graciosamente sobre su hombro.
—¿Ve? Incluso puedo parecer una dama y llevar ese ridículo gorro con forma de
embudo —propone, tomando también un bonete e intentando atarse las cintas bajo la
barbilla.
La imagen que se me muestra es casi hilarante. La muchacha no tiene ni la menor
idea de llevar con gracia ninguno de los dos complementos. Casi parece que fuese a
atacar a alguien con la sombrilla abierta, además de que el sombrero le ha quedado
ladeado al ponérselo y deja escapar sus tirabuzones despeinados. Niego con la cabeza y
suspiro.
—Tiene que comprender que no se trata de eso. No tiene que ver con su forma de
vestir, aunque es obvio que no podría salir sin eso. ¿Tan difícil es de entender que es por
su bien? ¿O quiere que se repita un incidente como el de ayer?
La joven deja caer la sombrilla sin cerrar con un gesto desairado. La veo hinchar los
mofletes, de nuevo no muy lejos de ser una niña pequeña. Se saca el bonete sin cuidado,
revolviendo aún más sus cabellos. Se queda quieta, mirándome casi ultrajada, con la
cinta del gorro entre los dedos de una mano y la empuñadura del parasol en la otra.
—No habría ningún incidente si su noble persona se decidiese a hacerme esa maldita
marca —responde esta vez con menos amabilidad, recuperando la ironía que parece ver
en que yo tenga título alguno.
—Quizá si supiera lo que significa, señorita Blackwood, me lo agradecería.
—Quizá si me lo explicara, conde Abberlain, podría entender esa conducta suya.
134
Me acerco de nuevo a ella, a regañadientes. Del comedor me llega la voz de Angela,
que charla de algo indescifrable con Charlotte, quizá instigándola para que termine de
una vez lo que le queda en el plato. Sea lo que sea, la réplica no se hace esperar. Tengo
que recordar regañarla por su comportamiento con su pobre institutriz.
—Marcarla, señorita Blackwood, sería como convertirme en el dueño de su voluntad
—tomo la sombrilla y la cierro, restaurando lo que ha cogido a su legítimo lugar en el
perchero y en el paragüero—. Y por si no entiende el concepto, significa que obedecerá
todas mis órdenes —la observo con fijeza y ella me devuelve la mirada con los labios
suavemente entreabiertos—. Lo quiera o no, debo añadir, porque tendrá simplemente la
necesidad de hacerlo, bajo la pena del más terrible de los destinos.
Aunque no pronuncio la palabra “muerte”, ésta flota sobre nosotros como una espada
de Damocles, lista para caer sobre nuestros cuerpos y despedazarlos. Sacudo la cabeza
ante la tenebrosa idea. No la dejo replicar. En realidad yo ya estoy subiendo las
escaleras sin mirar atrás, sin querer ser testigo del horror que se ha dibujado en su
expresión. Si ni siquiera con esto acepta quedarse dentro de mi propiedad, ¿qué podría
detenerla? Mientras esté en esta casa está a salvo. Será relativamente libre. Si la atrapan,
allá donde quiera que vaya al salir… jamás podrá volver a su mundo. Jamás podrá
encontrar su libro, porque yo la protejo, pero cualquier otro la esclavizaría sin remedio,
a pesar de toda la resistencia que pudiera oponer ella.
—Espero que comprenda ahora que no soy el malvado noble que intenta mantenerla
prisionera en la más alta torre —murmuro, aunque lo suficientemente alto como para
que ella me escuche en el silencio agobiante del recibidor—. Sé que hasta usted podrá
disculparme por dejarla en casa esta tarde y salir solo.
135
Ilyria
Presión.
Lo veo desaparecer escaleras arriba.
Me duelen las manos de apretar tanto los puños y sé que debo tener los labios blancos
de tanto fruncirlos. ¿Ha sido su explicación una amenaza encubierta? Porque por un
momento me ha parecido que así sonaba. Durante un segundo se me ha antojado que me
insinuaba claramente que si yo fuera marcada no tardaría mucho en…
Elimino ese pensamiento antes siquiera de que se forme claramente en mi cerebro.
Me dejo caer contra la puerta de entrada y suspiro hondamente, alzando la mirada al
techo. Intento asimilar la nueva noticia: la marca no es algo meramente simbólico.
Tiene su poder. Un poder que, intuyo, no me gustaría probar. Un estremecimiento corre
por mi espalda al tiempo que las palabras de Marcus se hacen camino en mi cabeza.
“Sería como convertirme en dueño de su voluntad”. Cojo aire. Puedo llegar a aceptar
que alguien diga que le pertenezco, porque serían solo palabras. Yo conocería mi
verdad: no soy de nadie. Las personas no pueden tener dueño. No hay nada capaz de
ligar el alma hasta el punto de convertirla en algo semejante a un mero objeto. Sin
embargo, los ojos de Marcus no mentían cuando me han hablado tan seriamente. No.
Esa frase no era una mera floritura. Era real. Tan real que siento un escalofrío. Tan real
que, sin poder evitarlo, me asusta. No lo ha dicho por decir. La espantosa idea de tener
que obedecer todas sus órdenes, lo quisiera yo o no, es una seguridad.
Me mordisqueo el labio ansiosamente, pasándome una mano por el pelo, deshaciendo
unos tirabuzones castaños. Miro los reflejos dorados como si ellos pudieran darme una
respuesta a mis preguntas: ¿Estoy dispuesta a arriesgar mi libertad real solo para poder
salir de esa casa, para poder buscar yo misma la puerta que me devolverá a mi hogar?
¿Y si…? Palidezco un poco. ¿Y si Marcus me marca y me obliga a servirle? A
136
quedarme en este mundo, aunque encuentre mi tomo… No. No, él no es así. Si quisiera
algo como eso, ¿por qué advertirme de las posibles consecuencias? ¿Por qué iba a
molestarse siquiera en enfrascarse en la búsqueda de mi libro?
Unas voces me hacen distraerme de mis cavilaciones. La puerta del salón donde
desayunábamos se abre y Charlotte sale algo cabizbaja. Intuyo que es porque las clases
de la mañana, que ella no soporta, deben comenzar. Se fija en mí y sonríe. Me sorprende
cuando viene a abrazarme.
—¿Qué pasa, Ily? Pareces triste.
Me remuevo un poco entre sus brazos, pero pongo una mano sobre su cabeza,
acariciándole los cabellos.
—Es este maldito corsé, que no me deja respirar. —Y, en parte, así es—. Y tú lo estás
ayudando… —Río—. ¿Es que queréis asfixiarme entre todos?
Lottie ríe y se separa. Abre la boca pero una voz se adelanta a sus palabras.
—Señorita.
La interpelada y yo alzamos la vista a la vez. Al sentir nuestra mirada puesta en ella la
sirvienta que se mantiene al pie de las escaleras se ruboriza. Debe ser Angela. No me
había fijado en ella antes, quizá porque estaba demasiado concentrada en seguir los
movimientos de Marcus a la espera de algo que lo delatara. Ahora, sin él cerca, puedo
admirarla sin contemplaciones. Tiene rostro de niña aunque como mínimo debe tener mi
edad. Sus pómulos, coloreados ahora de la tonalidad de la rosa, muestran esa curva
infantil que mis propias facciones poseen. Es pálida, con un color casi marmóreo en
todo su cuerpo. No es una palidez enfermiza, no obstante, sino que es un añadido más a
la armonía que se presenta en todo su cuerpo. Sus cabellos, acordes con lo níveo de su
piel, con esa pureza que parece desprender, son rubios y brillantes, largos, llamando la
atención contra la tela negra de su vestido. La falda está cubierta por su mandil,
137
contrastando con su color blanco. Los ojos grandes, castaños y ligeramente moteados de
color verde, rehúyen los míos con timidez. Ahora entiendo por qué Charlotte se quejaba
de que le parecía una persona aburrida, aunque a mí se me antoja bastante adorable, al
menos en aspecto. No obstante, cuando siento un ligero temblor a la espalda de la
muchacha, doy un respingo. Me ha parecido ver un movimiento fugaz de color blanco.
Una pluma se desprende tras ella y va a tocar el suelo, a los pies de la chica. Entreabro
los labios y me separo de la puerta solo para poder acercarme un poco más. Lottie
parece ser consciente de lo que pasa.
—Date la vuelta, Angie.
—¿A-Ah? P-Pero señorita…
—Vamos, vamos. —Charlotte hace un ademán y me recuerda a la niña orgullosa que
me pareció al principio, cuando desperté en mi cama y la vi por primera vez, insinuando
que yo sería para ella.
Angela parece apurada pero se da la vuelta, obediente. Y entonces, para mi más
profunda estupefacción, lo que yo había supuesto me da la bienvenida. Un par de
pequeñas e impolutas alas me saludan con un ligero estremecimiento. Me parece que las
plumas tengan vida propia y ellas mismas también se sientan avergonzadas por mi
contemplación. Abro tanto la boca que creo que podría desencajarme la mandíbula.
—Es… Son… Ella…
—Angie es un ángel. —Charlotte ríe, cantarina—. ¿No crees que su nombre es muy
adecuado, precisamente?
La miro, boqueando. Todavía no puedo reaccionar correctamente, así que lo más
inteligente que se me ocurre hacer es asentir ligeramente, ante lo que la pequeña ríe
encantada. Angie se da la vuelta de nuevo con sus manos suavemente enredadas en su
mandil.
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—S-señorita, su padre se enfadará si no estudia.
Lottie suspira apesadumbrada y me mira como si acaso yo pudiera salvarla. Me
recuerda un poco a mí, cuando de pequeña no me apetecía ir al colegio. Sonrío
enternecida y beso su frente.
—Si estudias mucho luego jugaremos en el jardín. ¿Te parece bien? Podríamos hacer
un picnic. Cuando yo era más joven hacía muchos con mis papás, en primavera, los
domingos.
La niña parece encantada. Sonríe ampliamente y sus ojos destellan.
—¡Hoy no es domingo, pero eso sería maravilloso! ¡Vamos, Angie, vamos! ¿A qué
esperas? ¿No ves que cuanto más tarde nos pongamos a trabajar más tarde
terminaremos?
Con su parloteo incesable sube las escaleras, llevándose a la sirvienta con ella. Yo las
sigo con la vista desde mi posición, sin poder apartar los ojos de las pequeñas alas que
muestra la espalda de la muchacha. Me doy cuenta de que su vestido deja la piel de su
espalda al descubierto para su comodidad.
—Y no llevará corsé, por supuesto —mascullo por lo bajo, llevando mis propios
dedos a mi espalda. Casi puedo sentir las cintas debajo de la tela de mi vestido, lo que
me hace chasquear la lengua. En serio: ¿cómo pueden las mujeres de esta época
sobrevivir con algo tan incómodo? Siento que las varillas se me clavan insistentemente
y agradezco el vestidito interior que llevo debajo, que Yinn me aconsejó ponerme para
que el corsé no me hiciera daño. Creo que le debo la vida.
Con esa idea me asomo a la cocina. El mayordomo, como siempre, está allí. Yo
suspiro, entrando, y él parece intuir mi suspiro, porque me mira.
—¿Y bien? ¿Qué ha pasado ahora?
139
—Marcus es un asqueroso insufrible —reprocho suavemente, dejándome caer
sentada en la silla de la cocina. Él sonríe y deja un poco de chocolate delante de mí,
como hizo la tarde anterior. El gesto me arranca una sonrisa y lo miro—. Y este corsé
me está matando.
—Francamente no sé cómo sigues viva aún —comenta guiñándome un ojo—. ¿Qué
ha hecho el conde ahora?
—Da miedo —me balanceo en la silla, ahora que mi anfitrión no puede verme, y lo
observo. El sirviente se sienta en la mesa, mirándome casi divertido—. Creo
sinceramente que un día me… No sé. Me dará con su bastón en la cabeza y me la
romperá.
El mayordomo se echa a reír y a mí se me contagia una sonrisa en la boca, como
siempre. Es agradable sentir que al menos uno de los dos se divierte. O quizá lo
agradable sea simplemente poder hacer reír a alguien, llevar esos sonidos a las bocas de
las personas. De cualquier manera, al escucharlo me siento un poco más satisfecha
conmigo misma.
—El conde no es tan malo como crees. Y puede hacer muchas más cosas con ese
bastón suyo.
Alzo las cejas.
—Oh, sí. Claro. Clavármelo en el estómago, pero el corsé haría de escudo.
De nuevo Yinn se echa a reír. Yo me llevo un pedazo de chocolate a los labios,
distraídamente, divertida al oírle.
—No me refiero a eso. Su bastón guarda dentro una espada, ¿sabes?
Me atraganto y empiezo a toser, lo cual, teniendo en cuenta la tortura que tengo
alrededor de las costillas, es lo peor que podría hacer. El genio se apresura a darme unas
palmaditas en la espalda mientras yo intento en vano recuperar el aire perdido. Me sirve
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un poco de agua en un vaso y yo trago con avidez. Lo miro parpadeando y respirando
agitadamente. Me llevo una mano al pecho.
—¿Ese? ¿Una espada en el bastón? ¿Pero es que sabe siquiera cómo empuñar un
arma?
—Bueno, considera que no es muy de caballeros llevar armas a la vista, así que la
disimula. Por eso siempre lleva el bastón con él. Por lo que pudiera pasar.
—Genial. Encima de estirado es un paranoico que va con una espada por ahí a todas
partes.
Yinn deja escapar una risita, pero no dice nada al respecto. Suspiro hondamente y doy
un sorbo más al agua fresca.
—Me… ha dicho lo que hace la dichosa marca. Dice que anula la voluntad. ¿Es eso
cierto?
El muchacho me observa en silencio durante unos segundos. Después, él mismo coge
un trozo de chocolate, mordisqueándolo distraídamente.
—Sí. Sí que lo es. Literalmente anula la voluntad ante una orden directa de tu amo.
—Ni tú ni Angie parecéis muy… anulados —dejo los ojos en blanco.
—Eso es porque las órdenes de Marcus no son directas. Creo… que hay una manera
de hacerlo. Una manera específica, ¿sabes? Sabine lo ha visto algunas veces. Los nobles
utilizan a sus sirvientes y ellos no pueden replicar. Es como si perdiesen incluso la
capacidad de hacerlo. Simplemente… obedecen.
Me doy cuenta de que ha hablado de alguien cuyo nombre no había escuchado antes,
pero no es lo que me preocupa en ese momento. Frunzo el ceño suavemente, apretando
las manos entorno a la estructura de cristal.
—Es horrible.
141
—Por eso a Marcus no le gusta hacerlo. Te lo dije, ¿no es cierto? No creo que
consigas nada insistiéndole. No parece hacerle gracia tener ese tipo de poder sobre una
persona. Debe parecerle… cruel. No creo que quiera tenerlo sobre ti.
—¡Pero es tan fácil como no utilizarlo! Si no utiliza la influencia que tiene con
vosotros, ¿qué me hace diferente a mí?
Yinn titubea. No parece muy seguro de la respuesta a esa pregunta. Lo veo, de hecho,
entornar los ojos, y sé que no tiene una contestación firme a mi cuestión. Sonrío
victoriosa, asintiendo para mí misma. Dejo el vaso y cruzo los brazos bajo el pecho
orgullosamente.
—Solo intenta fastidiarme. Probablemente no me quiera revoloteando a su alrededor
cuando salga o quizá simplemente lo crispe lo suficiente como para querer tenerme lo
más alejada que pueda de sí mismo. ¡No es justo! ¡Pero que sepa que yo a él tampoco lo
soporto! Es tan correcto e insufrible que…
—Yo creo que te equivocas —me interrumpe de pronto el genio.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Cómo dices?
—Te equivocas. A lo mejor es cierto que no te quiere cerca, pero no creo que sea
porque lo pongas de mal humor, como sugieres. Probablemente, Ilyria, intenta no tener
ninguna relación contigo.
—¿Y qué hay de diferente con lo que yo he dicho? —Pregunto sin entender. En mi
cabeza sus palabras y las mías tienen el mismo mensaje. Él se comporta egoístamente
porque yo no le caigo bien.
Yinn se toma su tiempo en responder. Se levanta y, como si quisiera concentrarse en
cualquier otra cosa, como si no supiera si debe contestar, toma un trapo y se pone a
limpiar distraídamente. Yo lo sigo con la vista, paciente. Sé que él no es como Marcus.
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Que probablemente una vez se sintió tan perdido como yo misma estoy ahora, sin saber
qué hacer o cómo actuar. Sin saber, siquiera, qué pensar. Sé que si alguien puede
entender mi frustración es él. Algún día, supongo, también quiso respuestas.
—El thaýr Marcus es… reservado.
—¿No me digas? No había notado nada…
—No es algo que tenga que ver simplemente con los modales, Ilyria. No es… solo su
frialdad de caballero lo que le hace actuar así. —El sirviente se detiene, mirando la
encimera—. Verás, te lo explicaré para que puedas entenderlo. —Se gira hacia mí y yo
lo observo callada, en silencio. La idea de poder entender un poco más a la persona que
se esconde tras un título noble y unos ojos morados me seduce de una manera que no
habría podido imaginar hasta ahora. Achaco mi excitación a mi excesiva curiosidad—.
Al ser él la única persona de este mundo que puede devolver a los extranjeros a su
hogar, está condenado a conocer gente. Mucha. De todos los mundos, casi todos los
días. Y a la vez, esa condena significa… perderlos a todos. Porque ellos siempre
vuelven a donde pertenecen. Pasan por su vida y nunca se quedan, ¿entiendes?
Hay una punzada de compasión que acompaña a un latido. Aprieto los labios y todo
el enfado se me escurre ligeramente entre los dedos. Me remuevo, de pronto algo
incómoda con el breve sentimiento de culpabilidad.
—¿Nunca vuelven?
—Nunca.
Me muerdo el labio, frunciendo el ceño. Repentinamente me sobreviene la idea de lo
solo que el conde debe sentirse en realidad. Durante un segundo lo comprendo: sé lo
que es que la gente pase por tu vida y no se quede en ella. Supongo que es lo que nos
pasa a todos. La vida al fin y al cabo es un camino en el que hay gente que se suma a tu
andar y te da la mano… y gente que toma otras bifurcaciones que nunca se vuelven a
143
juntar. Solo que el camino del conde, en realidad, debe ser muy estrecho. Uno de un
espacio reducido en el que solo caben él y su hija. Su pequeña familia. Por lo que sé, ni
siquiera debe tener padres, porque si no no habría heredado el título tan joven. Suspiro
hondamente. Quizá, después de todo, haya sido un poco injusta con él.
—No quiere… encariñarse con nadie. Piensa que si trata a todos como lo que son,
como mero… trabajo pasajero, se salvará de echar de menos. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —murmuro bajito a mi pesar.
—Pero tú le has prometido a la niña volver, ¿no es cierto? La thaýre Charlotte me lo
ha dicho.
Doy un respingo. Me encojo algo sobre mí misma y me remuevo incómoda. Lo miro
entre las pestañas, paladeando. Él parece entender. Juraría que veo decepción también
en sus ojos.
—Es mentira. Serás solo una habitante que llegado el momento desaparecerá para
siempre, como todos los demás.
—No, yo…
—No deberías darle falsas esperanzas a la niña, Ilyria. Es inocente. Es pura. Al
contrario que su padre, todavía no ha aprendido el concepto de “echar de menos”. Si te
coge cariño y tú la ilusionas mediante promesas que no vas a cumplir, le harás daño.
Trago saliva. No quiero herir a nadie pero ¿qué se supone que tengo que hacer para
evitarlo? ¿Encerrarme en mi cuarto y escapar de cualquier contacto humano hasta que
consiga marcharme? Bajo la mirada, clavándola en la madera.
—¿Por qué no te quedas, Ilyria? Quizá tengas que hacerlo finalmente. Es difícil
encontrar libros perdidos. Hay miles de millones de historias sueltas a lo largo, solo, de
esta ciudad. ¿Por qué no te resignas? Sé que a ti también te gusta la pequeña, ¿no es
cierto? Y que el thaýr ni siquiera te molesta tanto como te esfuerzas en creer.
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—Solo porque se ha portado bien conmigo —me defiendo. Me levanto, a medias
nerviosa y enfadada porque se atreva a tocar mis esperanzas de esa manera. Tomo aire
con algo de dificultad—. No voy a quedarme, Yinn. Este no es mi hogar. No es mi
mundo. No es mi ropa ni mis costumbres. No dejaré que otra persona más me moldee
como él quiera. No voy a convertirme en una de esas señoritas que pasean por la calle
con sus sombrillas y sus elegantes ademanes.
—¿Quién te pide que lo hagas? —Murmura Yinn al tiempo que frunce los labios.
—¡Marcus! ¿Por qué iba a querer él a una chiquilla revoltosa y maleducada viviendo
bajo su techo? No, Yinn. No es mi realidad. Me marcharé a casa y estaré feliz de
hacerlo.
Me dispongo a marcharme, a salir del cuarto. De repente me parece que el aire se ha
espesado a mi alrededor, que el corsé se aprieta aún más entorno a mi pecho. Sin
embargo, la voz del muchacho me detiene antes siquiera de que haya podido dar un
paso:
—Y cuando consigas regresar, ¿volverás?
Yo aprieto los labios hasta que estos casi se tornan blancos. ¿Por qué siento tan
acelerado el pulso? Ni él, ni Charlotte, ni Marcus, son algo por lo que deba
preocuparme. ¿Es que yo debería haber hecho lo mismo que el conde y levantar una
muralla alrededor de mi corazón para que ellos no pudieran colarse dentro y empezar a
importarme? Frunzo el ceño. No. Mi familia, mis amigos, mi librería, todo lo que
alguna vez he conocido, no están aquí.
—No lo sé.
Intentando parecer firme, mis pasos salen de la cocina sin permitirme mirar atrás.
La presión que siento en el pecho no tiene nada que ver con el corsé.
145
Marcus
Confesiones.
Sus risas vuelan hasta mi ventana abierta y se posan en el alfeizar con un revoloteo de
magia. Sus palabras, irreconocibles por la distancia, besan mis oídos y me hacen
levantar la vista, arrancándome del mundo de un libro para soltarme luego en la cruda
realidad. No puedo imaginar qué les hace tanta gracia, pero me gustaría descubrirlo.
Quizá por eso retiro la cortina apenas y espío sus secretos, que intentan pasar
desapercibidos en un mar de pétalos caídos. Charlotte intenta cazar alguno al vuelo, en
vano, mientras su cabeza se apoya con una confianza recién descubierta en el regazo de
la señorita Blackwood, la cual parece aceptar el papel de madre sin rechistar. Mientras
deja caricias perezosas sobre sus cabellos, la niña le explica cuentos de hadas,
confiándole –yo lo sé– que lleva toda su vida esperando por un príncipe en un caballo
blanco que venga a traerle un final feliz.
Suspiro y entorno los ojos para verlas mejor mientras dejo caer mi frente contra el
cristal. Me gusta lo que veo. ¿No es esa, acaso, la imagen que siempre deseó mi
corazón? El sueño de una familia, de una mujer que sonriese maternal y abrazase a mi
hija cuando hiciera falta. Que la comprendiese y la quisiese tanto como lo hago yo. Que
la arropase por las noches y besase su frente para plantar en su mente la semilla de los
dulces sueños. Y, ¿por qué no? Tal vez una esposa a la que contar mis secretos, a la que
abrazar en medio de la noche cuando me sintiese perdido y asustado. Una esposa a la
que amar, con la que olvidar, con la que sacarme la máscara y ser yo mismo.
La fantasía se rompe tan rápido como ha llegado cuando la señorita Blackwood alza
la vista. Aún en la distancia, como siempre, el choque de nuestras miradas es un
terremoto que vuelve mi mundo del revés. Aprieto los labios y siento la tentación de
alejarme de la ventana para volver a las sombras frescas de mi despacho. Sin embargo,
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ella no es la única que se ha dado cuenta de mi presencia. Un par de ojos verdes
destellan en el jardín y una mano se alza alegre.
—¡Papá! —Grita Charlotte con esa alegría infantil que sé que no puedo destrozar—.
¡Ven!
Niego con la cabeza suavemente, pero ella insiste y yo finalmente no tengo más
remedio que acceder a sus exigencias, incapaz de decirle que no. Después de todo, ¿qué
no haría yo por hacerla feliz, por mantener la sonrisa en su rostro de niña, de ángel
caído del cielo?
Así pues, un par de minutos más tarde estoy sentado con ellas, bajo la silueta alargada
del manzano que, después de todo, parece haberse convertido en el árbol predilecto de
nuestra invitada. Me hacen un sitio en la manta con la que han cubierto el suelo y Lottie
se apresura a acomodarse sobre mis piernas, como siempre hace, abrazándose a mí para
escuchar el latido de mi corazón. Yo, un poco más relajado al sentirla entre mis brazos,
me tumbo mientras acaricio sus cabellos. La niña cierra los ojos.
—¿Has visto qué tranquilos son los picnics, papá? Pero también muy divertidos.
Deberíamos hacer esto todos los días.
Sonrío enternecido por sus palabras.
—Si los hiciésemos siempre, dejarían de ser especiales y te aburrirían,
probablemente.
La pequeña no responde, sino que se queda muy quieta, como si le gustase la forma
en la que mis brazos la rodean, la forma en la que mi corazón late contra su mejilla.
La señorita Blackwood nos observa al tiempo que se muerde el labio, como si hubiera
algo en esta situación que le agradase en sobremanera. Escucho su suspiro y, para mi
sorpresa, ella misma se tumba apoyando su cabeza cerca de mi hombro, mientras busca
la mano de mi hija y la toma entre sus dedos. Casi parece como si se hubiera rendido a
147
algo, a la tranquilidad que hoy respeta. O quizá sea simplemente que este momento le
recuerda a alguno del pasado. No puedo evitar preguntarme con quién iba de picnic o si
le parecía divertido. Cuando me quiero dar cuenta, mi mente ha empezado a divagar
sobre ella y su vida en su mundo: ¿Dónde vivirá? ¿Con quién? Parece que las mujeres
tienen más libertad, allá de donde viene, y que nadie consideraría extraño que tuviese su
propia casa. Y un trabajo… ¿No ha dicho en algún momento de su estancia aquí que
regenta una librería? No puedo imaginármela realmente tras un mostrador, sonriéndoles
a los clientes y atendiéndoles con palabras amables. No es que piense que sea una
salvaje, por supuesto, aunque a veces se comporte como si fuera parte de una tribu
bárbara, pero hay algo en la imagen que me hace dudar de su valía para un puesto como
ese.
La contemplo. Ella no ha cerrado los ojos, prestando atención al rostro calmado de la
niña, pero de alguna manera siento que no es demasiado consciente de mi presencia.
¿Tendrá más familia, aparte de los padres que ha mencionado? Me imagino que sus
amigos la estarán buscando ahora, mientras nosotros permanecemos ajenos al tiempo en
nuestro rincón de paz. ¿Habrá alguien en su corazón…?
La muchacha me mira entre las pestañas, dándose cuenta de mi estudio indiscreto. Me
ruborizo inevitablemente y a ella se le escapa una sonrisa de medio lado, divertida.
—A tu piel de noble, conde, no le debe sentar nada bien el sol, porque juraría que te
has ruborizado…
Eso no sirve para que cese el calor de mis mejillas. Aparto la vista rápidamente y me
niego a responder a su provocación. En lugar de eso, me concentro en las nubes que
corren distraídas por el cielo. La respiración de Charlotte contra mi pecho es profunda y
sosegada, demostrando que ha caído en un sueño profundo del que no me atrevo a
despertarla. Por lo tanto, para mi desgracia, la huida ahora es prácticamente imposible.
148
—¿En qué pensabas? —Pregunta mi protegida al entender que no quiero replicar
sobre su comentario de antes—. Probablemente fuera algo muy interesante, para que me
mirases, por una vez, como algo más que una mancha en tu impoluto traje.
Me niego a usar sus malos modos. No quiero pelear. No con Lottie a nuestro lado, al
menos. Siempre he intentado ahorrarle presenciar cosas desagradables, como las peleas
o la tristeza.
—En realidad estaba tratando de imaginar cómo sería su mundo. —Me encojo de
hombros—. De vez en cuando yo también tengo curiosidad.
La señorita Blackwood parpadea sorprendida, sin esperarse una confesión así. Tal vez
creyese que no era humano, que no contaba con las lacras tan comunes en los mortales.
Sea como fuere se acomoda contra mi cuerpo, demasiado cerca para que yo pueda
sentirme relajado, y observa el cielo con renovado interés. Una nube tapa el sol, dejando
que la brisa de primavera, cargada del aroma de los arbustos de lavanda que crecen en
los lindes de la finca, barra nuestras ropas de polen y flores. Parece tan pensativa que no
me atrevo a preguntar de nuevo, sino que espero su respuesta.
—Bueno, quizá a mí no me moleste tanto como parece molestarte a ti responder las
preguntas de los curiosos.
Dejo los ojos en blanco al entender su implícito permiso para preguntar. Supongo
que, de alguna manera, es justo que sea así y ambos obtengamos información del otro.
Pero, por otra parte, me asusta demasiado su modo de pensar, siendo siempre tan
indiscreta como parece, siempre dispuesta a meter sus manos en la herida. A descifrar
los secretos que con tanto celo guardo. Aún así, me veo obligado a asentir, aceptando su
trato silencioso.
—Es usted muy amable —murmuro. Y aunque mi intención era impregnar con ironía
esa frase, lo único que consigo es que suene realmente sincera—. Pero lo cierto es que
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sabe ya casi todo lo que hay que saber de este mundo, a grandes rasgos. ¿Qué más
podría decirle?
La sonrisa triunfal se borra momentáneamente de su rostro, hasta que parece darse
cuenta que podría haber otras cuestiones aún más interesantes a las que podría dar luz.
Me mira y, cuando lo hace, hay un brillo casi juguetón en sus ojos castaños, divertido
y… peligroso. De nuevo vuelvo a sentirme incómodo con la certeza de que estoy
dejando que se acerque demasiado. Que asalte mis barreras y venza las murallas que
con tanto ahínco he alzado a mi alrededor.
—Quién sabe. ¿Por qué no empiezas tú? ¿Qué quieres saber?
Paladeo todas las posibilidades y elijo con cuidado. Tampoco quiero resultar
indiscreto, así que pienso la más inocente de las propuestas.
—¿Tiene más familia, aparte de sus padres? Hábleme de ella, si no le molesta.
Ella deja escapar un resoplido de frustración.
—Lo que me molesta es que me sigas tratando así, conde. ¿No puedes tutearme?
Quizá así parecería menos un interrogatorio y más una conversación.
Titubeo, molesto. No sé si me gusta la idea de pasar a tal nivel de intimidad sin ni
siquiera conocernos de verdad, pero me resigno. Quizá así discutiríamos menos. O
quizá no. Frunzo el ceño, pero asiento.
—De acuerdo. Si es lo que quieres… —Aparto la mirada de ella, de su expresión,
concentrándome en cualquier otra cosa—. Pero no olvido que he hecho una pregunta.
Mi primera impresión es que no parece muy contenta por el tema que he propuesto
para empezar. No obstante, y sabiendo que quizá ella pueda ahondar después en mi
vida, me cumple el capricho sin más problemas.
150
—No tengo hermanos, si es a lo que te refieres. Y el resto de mis familiares viven
demasiado lejos como para que pueda considerarlos como tal. Para mí la familia no la
establecen los lazos de sangre, Marcus. Es… algo mucho más allá de eso.
Me quedo callado un momento, digiriendo la información. No puedo negar que no
había pensado que fuera hija única. Con el cariño con que trata a Charlotte, por la forma
en que la mira, di por hecho que tendría hermanos pequeños a los que proteger. O quizá
familia cercana. Me muerdo el labio y limpio los cabellos de mi hija de pétalos,
observando con atención su rostro durmiente, tan perfecto, tan infantil. De pronto
vienen a mí las primeras noches en las que velé su sueño, temiendo que nunca volvería
a abrir los ojos, que permanecería postrada en una cama, sin sentido, el resto de su vida.
Una punzada de dolor hace que se estremezca mi corazón.
—¿Qué hay de ti? Es justo que respondas a las preguntas que tú mismo te atreves a
hacerme.
La miro, de reojo, sin saber exactamente qué decir. No hay mucho más allá de
Charlotte, de su infancia, de su observación. Mi familia quedó destruida hace mucho
tiempo y solo gracias a ella ha vuelto la paz de aquellos días que tal vez en mi mente se
han visto idealizados. ¿Por qué si no todos mis recuerdos tienen los colores desvaídos
del final del verano, la felicidad imborrable del que se siente plenamente saciado?
—Yo sí tengo un hermano, un par de años más pequeño. Vive en el palacio, al
servicio de Su Majestad, como uno de sus guardias personales —aprieto suavemente los
labios, consciente de que todo suena muy lejano, muy impersonal—. Es un gran honor
para una familia que uno de sus miembros ocupe ese cargo. Supongo que… estoy
orgulloso de él.
Ella alza las cejas como si dudara de mi sinceridad en lo que a mi último comentario
se refiere.
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—¿Y estás orgulloso porque los demás dicen que es un honor o porque lo estás
realmente?
Esbozo una sonrisa de medio lado que en realidad no siento. Parece que siempre tiene
la pregunta adecuada, la que temo recibir y, al mismo tiempo, la que es necesaria para
conocer mis verdaderos pensamientos. Quizá ella sí pueda ver la máscara, o quizá yo no
la lleve tan bien puesta como pensaba.
—Estoy orgulloso de que haya encontrado un lugar en el que se sienta cómodo. Estoy
orgulloso de él porque ha descubierto qué lo hace feliz.
Ahora sí que asiente, convencida de que lo que digo es completamente sincero.
Sonríe un poco y me mira, casi expectante. No parece creer que todos los miembros de
mi familia se reduzcan a él y Lottie. Suspiro.
—Y no hay mucho más que decir, en realidad. Solo están él y mi hija, además de
Yinn y Angela. De alguna forma también los considero una parte imprescindible de los
Abberlain.
—¿Qué pasa con tus padres?
Incómodo, me remuevo en mi sitio cuando intento rechazar los recuerdos que vienen
a por mí en una ola que devasta mi voluntad. De nuevo aparece en mi mente la imagen
de mi madre sentada en el piano, acompañada esta vez por la brisa de una playa lejana y
su figura perdiéndose entre los rayos del sol agonizante. Aún hoy sé con toda certeza
que miraba más allá del horizonte, a un rincón del mar que yo no podía ver, donde los
mundos convergen y todo es posible. Su rostro al atardecer se vuelve hacia mí y me
sonríe con lágrimas en los ojos. La cara de mi padre también llega para atormentarme,
mientras me mira con odio por defenderla, mientras desaparece dejando caer al fuego
todo lo que conocí. Vuelvo a la realidad con la brusquedad del que despierta de una
pesadilla.
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—Mi padre lleva muerto tres años —le comunico sin mostrar el más leve atisbo de
sentimientos—. En cuanto a mi madre… simplemente se marchó.
Ilyria traga saliva, sorprendida por la información. Ella misma parece removerse
también y evita encontrar mis ojos ahora.
—¿Os abandonó…? —Pregunta con un leve tono de horror. De dolor, casi, como si
hubiera sido ella la niña de la que renegaron.
Cojo aire. ¿Qué puedo decir a eso? Sí que lo hizo pero, de alguna manera, no me
siento traicionado. La comprendo. Entiendo su llanto como si aún se encontrara ahora
delante de mí. Mil veces he imaginado la despedida que no tuvimos. Mil veces me he
culpado por no haberme dado cuenta antes de que yo era la cadena que la ataba sin
remedio a este mundo. Una carga. Un problema.
—Se fue —le digo como si acaso no fuera lo mismo. Como si acaso así lo negara—.
Mi hermano la odia por ello. Yo solo espero que ahora esté en un lugar mejor.
La muchacha me mira durante un segundo con la tristeza de quien se apiada del
prójimo. No puedo evitar pensar que no merezco su compasión, que todo es una
mentira. No soy la persona que ella cree que soy. Sacudo la cabeza y me encojo de
hombros, instándola a pensar en otra cosa.
—Supongo que vives con tus padres.
—No, en realidad vivo sola —responde tras un segundo de silencio—. En cuanto
pude me marché de casa. Supongo que en este mundo no podéis concebir tal cosa, ¿no
es cierto? ¿Cómo vais a hacerlo, si consideráis que una mujer no se puede vestir sola,
siquiera? Pero yo no soportaba más estar en lo que cualquiera habría llamado hogar. Así
que cuando cumplí los dieciocho años hice la maleta y me fui.
Su respuesta es casi cortante. No puedo evitar sentir su desprecio, tanto por este
mundo como por sus padres, parece. ¿Por qué tantas prisas en marcharse de casa? Niego
153
suavemente con la cabeza y me dispongo a abrirle los ojos. Este lugar no es tan horrible
como ella cree. Es cierto que algunas familias no dejan nunca solas a sus hijas, que
siempre van acompañadas por una criada, pero también hay rebeldes. También aquí
sabemos lo que es desafiar las reglas no escritas, enfrentándonos al qué dirán.
—No todas las mujeres viven aquí con sus familias. No todas se quedan en casa sin
trabajar. La maestra de la escuela, sin ir más lejos, vive sola en una casa en el barrio de
los extranjeros. No tiene a nadie con ella.
Ilyria deja los ojos en blanco, como si no creyese realmente que sea una gran proeza.
Alza las cejas.
—A eso se le llama la excepción que confirma la regla, Marcus.
Me encojo de hombros.
—Si quieres verlo así… Tú, por supuesto, también trabajas. Mencionaste una librería,
al menos…
Ella asiente. Al contemplarla me doy cuenta del brillo ilusionado que se ha
despertado en sus pupilas. Debe gustarle mucho ese lugar, pues en su mirada se adivina
el orgullo de quien ha construido algo con sus propias manos y se siente completamente
prendada del resultado. No puedo imaginar su negocio, en realidad. Quizá tenga cierto
aire romántico, poético. El mismo que ella destila en ocasiones, cuando duerme o
sonríe. Cuando toca el piano y se entrega sin reparos a la magia que crea en sus propios
dedos.
—La librería fue… parte de una herencia. También lo fue el apartamento en el que
vivo, de hecho. Cuando mi abuelo murió me dejó lo único que alguna vez había tenido:
ese pequeño piso y su encantadora librería.
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No puedo evitar esbozar una sonrisa al probar el cariño que impregna su voz. Aunque
tiene los ojos bajos, por sus mejillas se extiende el ligero rubor de quien se pierde en los
buenos recuerdos. De infancia, supongo, o quizá de adolescencia.
—Te encanta, ¿verdad? Ese lugar… Lo sé por la forma en la que hablas, por la forma
en que sonríes.
Se encoge un poco sobre sí misma al sentirse descubierta. Parece avergonzada, de
pronto, y yo no puedo evitar sentir una especie de ternura hacia ella. Ama ese sitio como
si fuera parte de su piel. Sé lo que es eso: vivir para algo, no poder imaginar tu vida sin
ello.
—Yo pasaba muchas horas allí metida cuando era pequeña. Se convirtió en mi
refugio. Todas las tardes, al salir del colegio, corría hasta la tienda y tiraba la mochila
justo en la puerta. Entonces me infiltraba en los pasillos y me escondía allí sin que nadie
pudiera verme. A mi padre nunca le gustó. —La veo fruncir el ceño, como si recordar
esos momentos bastara para hacerla enfadar, de alguna manera—. Él consideraba una
pérdida de tiempo que todos los días me escapase a uno de los millones de mundos que
se refugiaban tras las estanterías. Solía decir que solo metía ideas extrañas en mi cabeza.
Él prefería verme convertida en una señorita, en una hija adecuada para el importante
hombre de negocios que es. Me apuntó hasta a clases de ballet, aunque son lo más
ridículo que he podido ver en mi vida. Lo único que le debo es que, de todas esas
actividades para niñas a las que me inscribió, me dio el piano. Como ves, no eres el
único que alguna vez pretendió que fuera una dama.
—Entonces no sería tampoco el primero en fallar estrepitosamente. De pronto me
siento mejor.
Me da un suave codazo, sin hacerme daño, al escuchar mi tono de burla y de
reprimenda, aunque no llega a ser tal.
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—Eso es bastante cruel. ¿Y tú te llamas caballero, Marcus Abberlain?
Sé que no habla en serio, así que me permito una sonrisa que, inevitablemente, llega
también a sus labios. No parece realmente molesta. Supongo que, en el fondo, sabe que
tengo razón.
—Bueno, tú misma te niegas a ser como las demás señoritas, ¿no es cierto? No tienes
derecho a quejarte, entonces, cuando lo aceptas. Dime, ¿qué pasó después? No me creo
que tu padre te dejara simplemente heredar…
Ella se aclara la garganta, dispuesta a contarme el resto de la historia. Yo ya sé el
final. No me imagino, de hecho, a Ilyria Blackwood sin salirse con la suya.
Probablemente hubiera movido cielo y tierra con tal de hacer su voluntad. ¿No se fue de
casa precisamente para evitar las restricciones que pudieran poner sobre ella?
—Mi abuelo murió cuando yo tenía dieciséis años. Mi padre, aunque le hubiera
gustado, no pudo deshacerse de la librería, porque estaba a mi nombre. Supongo que mi
abuelo lo sabía, ¿sabes? Que… su pequeño paraíso se echaría a perder si lo dejaba en
manos de su hijo. En mi mundo la edad a la que puedes trabajar es a partir de los
dieciséis, pero yo estudiaba. Así que la cuidamos mi madre y yo, en tanto. Mi madre
es… diferente a mi padre. Puede que no lo demuestre normalmente, pero no comparte
sus ideas. No tengo la misma relación con uno y con otro, supongo. Ella siempre ha
considerado que debía hacer lo que quisiera. Ser… libre, hasta cierto punto. Cometer
mis propios errores y aprender de ellos. Por eso no le importó ayudarme con la librería
mientras yo terminaba los dos años de estudio obligatorio que me quedaban. Ella se
encargaba de la tienda por las mañanas, mientras yo estaba en clase, y yo prácticamente
vivía allí el resto del día. No descuidé mis estudios y completé los años que me
quedaban en el instituto sin problemas.
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Hace una pausa. Durante unos segundos, ella simplemente calla, a la deriva en esas
memorias agridulces, y yo no me atrevo a interrumpirla. Le doy su tiempo, consciente
de que lo necesita, de que nunca es fácil abrirle el corazón a otro ser humano. Una parte
de mí grita y se revuelve ante la idea de saber sus secretos, de conocer detalles tan
íntimos, de saber de sus pensamientos y sentimientos. La otra parte desea sonreírle
enternecida y decirle que todo está bien. Que ya ha pasado. Que ahora es dueña de su
vida y nada ni nadie podrá cambiarlo si ella no lo desea. Que tiene suerte, al fin y al
cabo, porque no todo el mundo es capaz de ser feliz, de encontrar aquello para lo que ha
nacido y que le haga sentirse completo. Yo mismo, a veces, no sé en qué se ha
convertido mi vida. Mientras tanto, más nubes corren por el cielo, huyendo hacia el sol,
que sigue con parsimonia su camino de siempre. La tarde ya está avanzada. Entre mis
brazos, Lottie murmura algo y se agarra a mi chaqueta.
—Mi padre nunca lo creyó posible —continúa, deteniéndose de nuevo, tan solo un
instante, para ordenar las palabras—. Durante ese tiempo puso pegas casi todas las
noches, en cuanto llegaba a casa. Se quejaba de la mala reputación que daba una hija
trabajando a una edad tan temprana, del negocio tan inservible que tenía. Discutía con
mi madre por permitírmelo casi constantemente. Verles pelear por mi causa siempre
conseguía hacerme sentir culpable, aunque sabía que no estaba haciendo nada malo.
Que, de alguna manera, solo defendía mi libertad para poder ir y hacer lo que quisiera.
Por eso me marché. En cuanto a ojos de la ley me convertí en adulta, reclamé el piso y
la librería. Libré a mi madre de cualquier obligación para con la tienda y proclamé que
no iría a la universidad. Me encargaría por entero del negocio. Eso fue la gota que
colmó el vaso: mi padre pretendía que me licenciara en Derecho y me convirtiese en
una ilustre abogada. Cuando informé de que no lo haría, de que no seguiría sus
157
dictámenes, montó en cólera. Pero ya no podía hacerme nada. No podía obligarme. Yo
ya había decidido y nada me haría cambiar de opinión.
Su relato concluye así y yo no me atrevo a decirle nada. No hay palabras, en realidad,
que puedan expresar lo que pasa en esos momentos por mi mente. No creo que
halagarla, decirle lo valiente que es, que con esa confesión se ha ganado mi respeto, sea
suficiente.
Así que callo. Los pétalos le manchan las mejillas.
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Ilyria
Pétalos.
Las palabras se pierden entre mis labios y no tardan en perderse también en mi
memoria. En mi cabeza todavía estoy yo algunos años más pequeña, atendiendo
agazapada tras la puerta las disputas de mis padres. En mi memoria aún veo a una niña
que respira como si le quitaran el aire, porque le quitan la libertad. La imagen de mi
padre, sus ojos severos, me taladra… pero después me veo más adulta, solo un par de
años más. Parezco la misma y no lo soy. Me veo, de pronto, más firme de lo que me
sentía en realidad cuando planté cara al hombre ocupado que llegaba siempre tarde a
casa. Veo el rostro de mi madre, a su lado, sorprendido. Y lo veo a él rojo de rabia
porque sabe que su hija ya no será más su marioneta.
De alguna manera me siento ligeramente orgullosa de mí misma. Los días en mi
librería pasan volando. Días en los que yo atendía tras el mostrador a niños y adultos:
esa era toda mi preocupación. Días en los que, con mis amigas, me encerraba allí a la
luz de una vela y nos contábamos historias de terror o nos quedábamos a dormir entre
los libros. Días felices… que provocan un pinchazo de angustia al no saber cuándo será
la próxima vez que pueda pasar algo así.
Marcus, a mi lado, ha callado. Me doy cuenta de que no ha protestado realmente por
mi cercanía en toda la tarde, aunque apoyada cómodamente en su hombro soy capaz de
percibir su olor. Lo miro entre las pestañas, en silencio. Él observa a su hija, que
duerme tranquila contra la melodía de su corazón. Me parece, por un momento, que no
es el mismo que he conocido. No en vano las horas han pasado sin hacer ruido por
delante de nosotros y se han marchado. Lo sé porque la brisa vespertina se ha levantado
y con ella los pétalos del manzano al que ya me he acostumbrado se entrelazan en su
propia danza, cayendo hasta nosotros. Algunos han quedado enredados al cabello de
159
Charlotte, llenando también de motas de color su falda. Así lo han hecho también sobre
el pelo de Marcus, lo que me arranca una sonrisa. Parece relajado y, de pronto, se me
antoja una visión hermosa. Son exactamente lo que mi padre y yo nunca fuimos. Lo que
siempre ansié, de alguna manera. Es cierto que el conde es estricto, que pretende
inculcarle a su hija prácticamente las mismas enseñanzas que mi progenitor quería para
mí. Pero la quiere. La quiere de una manera en la que dudo que mi padre me quisiera a
mí nunca. Lo noto en la sonrisa que asoma a su boca y su mirada cuando sus ojos
acarician el rostro de ángel de la pequeña. En sus brazos, que casi parecen acunarla bajo
el refugio de las flores que caen sobre ella.
Definitivamente, ese hombre que veo, el que me ha escuchado y ha respondido a su
vez a mis preguntas, que ha decidido dejar atrás las correctas formas… no me parece el
engreído conde Abberlain. Me mordisqueo el labio pensativamente, repasando sus
facciones con algo más de atención, como si todavía no me hubiera fijado realmente en
él. Los cabellos cobrizos barren su frente y rozan sus cejas finas y elegantes. Lo cierto
es que todo en él parece llamar a la aristocracia a la que pertenece. No sé si ese hecho
me agrada o me asquea. Los nobles de este mundo no parecen amables ni considerados.
De hecho no parecen nada de lo que yo entiendo realmente por noble. Y sin embargo, el
chico que está frente a mí, de pronto, se me antoja todo lo contrario a las demás
personas que vi el día anterior en la calle.
Hay una alarma, repentinamente, en mi cabeza. ¿Qué estoy pensando? Ni siquiera
debería estar aquí, ni con Lottie ni con él. No sé por qué le he contado cosas de mi vida
que no deberían interesarle. En realidad, no acabo de entender cómo ha conseguido
Charlotte sacarme de mi cuarto, donde me había encerrado obstinadamente tras la
conversación con Yinn. Pero esa niña, con su sonrisa henchida de magia e ilusión,
podría hacer lo que quisiera conmigo. De modo que aunque me había decidido a no
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hablar, a sencillamente esperar o ser insufrible, ahora estoy aquí, como si nada hubiera
pasado, como si nunca me hubiera sentido culpable por relacionarme con la gente de
esta casa, de este mundo. Pienso que es irónico. Por primera vez, cuando realmente
debería discutir con el conde insoportable y petulante… no consigo hacerlo. Lo miro,
entrecerrando los ojos, como si acaso buscara algo que echarle en cara en ese preciso
momento. Algo que haga que él vuelva a ser inaguantable y por lo que yo pueda
concentrarme en despreciarle inmensamente.
Marcus se da cuenta de mi mirada cuando se decide a apartar la vista de su hija.
Como él había hecho antes, me ruborizo. Me separo un poco, de hecho, aunque no
puedo hacerlo demasiado. La mano de Lottie se aferró en sueños a la mía en cuanto la
tomé y no deseo despertarla ahora.
Distingo claramente un brillo casi burlón en sus ojos morados y las comisuras de sus
labios se alzan en una sonrisa hecha para fastidiarme y hacerme avergonzar.
—Vaya, parece que no soy el único al que le sienta mal el sol.
Hincho los mofletes, que siento cálidos al verme descubierta, pero alzo la barbilla con
orgullo.
—Sí, tengo una piel muy sensible. Probablemente mañana me pique la cara. Este sol
es realmente molesto —comento haciendo un ademán alrededor… donde el árbol, en
realidad, nos ha prestado su sombra. Al darme cuenta, me pongo aún más roja.
El conde sigue el gesto de mi mano y alza las cejas, ladeando un poco la cabeza.
—Tan molesto que no tiene respeto por la propia sombra.
Entonces, con una melodía que parece sacada de un sueño, él se echa a reír. Mi
vergüenza queda en un segundo plano cuando lo escucho. Lo miro algo sobresaltada y
entreabro los labios. Es la primera vez que oigo un sonido tan sencillo salir de su boca.
Es la primera vez, de hecho, que veo sus ojos refulgir sinceramente divertidos o felices.
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Parpadeo sorprendida, pero se me contagia la sonrisa al escucharlo. Tiene una carcajada
suave, natural, que por un momento me recuerda a las propias notas de mi piano. El
sonido que crea, al menos, es igual de dulce, igual de sentido. Su risa suaviza sus rasgos
y me parece que con la tranquilidad y la espontaneidad de su gesto pierde todos los años
que le daba su porte serio.
Antes de que pueda pensarlo, siquiera, me delato.
—Llegué a pensar que los condes no reían.
Aunque por un momento creo que se pondrá digno (quizá porque yo lo haría) y
disimulará, lo cierto es que me mira aún con la sonrisa en los labios. No hace nada por
que el gesto se pierda en su boca y eso, aunque no entiendo muy bien por qué, me
alegra.
—Solo lo hacemos una vez cada cien años. Has tenido suerte de verlo.
Alzo las cejas sorprendida con su respuesta, pero repentinamente yo también me echo
a reír. Dejo los ojos en blanco.
—¡Y bromean! Esto es un verdadero descubrimiento. Debería estudiar las costumbres
del conde común. ¿Qué más cosas sorprendentes hacéis?
Contra todo pronóstico, Marcus baja la voz hasta convertirla en un fino susurro que
me hace alzar el rostro hacia él para escucharle. Me siento irremediablemente intrigada
por su respuesta, quizá precisamente por no haber esperado ninguna.
—Luchamos contra dragones, salvamos damiselas en apuros y bailamos el vals bajo
la luna —confiesa como si fuera un secreto.
Soy consciente de que mis ojos dejan escapar un destello emocionado, infantil, como
si lo creyese posible, antes justo de echarme a reír por lo bajo. Repentinamente me
siento cómoda, descubriendo esa faceta de él que no creía que existiese. Descubriendo,
inevitablemente, que no es solo lo que se esfuerza en mostrar. Durante un segundo me
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preocupa que esa parte suya termine desapareciendo tan pronto como se le ha ocurrido
asomar. Que vuelva, tímida, a sus secretos, escondiéndose tras la chaqueta y la corbata,
bajo sus guantes.
Él me observa sin darme tiempo a responderle.
—¿Qué pensabas?
Doy un respingo, mirándolo. Dudo durante un instante, sabiendo que se refiere al
momento en el que me ha descubierto contemplándolo. ¿Cómo voy a decirle que me
esforzaba en encontrar una razón para odiarlo? Algo que me diese la fuerza de voluntad
suficiente para levantarme y alejarme tanto de él como de su hija. Las palabras de Yinn
me taladran la cabeza durante un momento. Lo miro en silencio, recordando lo solo que
debe sentirse. No. Si le confesara que buscaba motivos para huir, ese hombre que ahora
tengo frente a mí desaparecería. Se escondería bajo esos ojos de color imposible que
parecen guardar todos los secretos del mundo. Él escapará y será como haber intentado
coger un soplo de viento.
Por un momento me digo que eso sería lo correcto. Que esa podría ser la excusa para
odiarlo sin pesar, para volver a mi refugio en mi habitación. Si es él el que pone la
muralla entre ambos yo no tendría por qué querer derribarla. Sin embargo… me apena.
La idea de espantar la paz que se ha posado tranquila a nuestro alrededor, tan calmada,
tan serena, me parece sumamente triste.
Por eso sonrío y miento. Una mentira piadosa que nos salvará de todo el daño que
ahora podamos hacernos.
—En los pétalos. Tienes en el pelo.
Él arquea una ceja elegantemente, como si pudiera reconocer que no es cierto lo que
he dicho. Como si pudiera leer en mi mirada y saber que no eran esos mis
pensamientos. Yo, haciendo que no me doy cuenta, alzo la mano libre para rozar sus
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cabellos con los dedos y quitarle una de esas pequeñas manchas de color de primavera.
Él sigue con los ojos mi acción, atento. Soplo suavemente el pétalo en otra dirección,
atendiendo al camino que hace, a cómo se deja llevar en las manos tiernas de la brisa.
—Son deseos.
La frase me saca de mi ensimismamiento, me sobresalta. Alzo la mirada de nuevo
hacia Marcus. Él no me mira a mí, sino que también ha seguido el transcurso de ese
pedacito de flor, con ojos entornados. Titubeo, como si no quisiera romper su
concentración, pero mi curiosidad me traiciona.
—¿Cómo dices?
Ahora sí, sus ojos descienden a los míos. Entreabro los labios, sorprendida. Mi
corazón da un brinco contra el pecho. ¿Me ha mirado alguna vez con tanta fijeza? Soy
consciente de todas las ocasiones en las que yo he buscado sus pupilas y éstas me han
rehuido sin pesar, pero ahora me observan. Me miran de tal manera que siento, de
pronto, todos mis secretos al descubierto, a su entera disposición. Sé que soy incapaz de
apartar la vista. No estoy segura de si es por el hechizo de ese mar púrpura o el que
parece tener sus palabras al hablar:
—Son deseos —repite con la voz suave de quien cuenta un cuento, sin permitirse
apartar la vista—. Cada uno de esos pétalos son deseos que las hadas recogen por la
noche, para regalárnoslos. Los dejan sobre nuestro corazón con cuidado mientras
dormimos…
Casi me parece retener la respiración. El mundo, de hecho, ha perdido un segundo de
su tiempo.
—¿Y… se cumplen? —Me atrevo a preguntar en un susurro.
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Hay una sonrisa en sus labios, un gesto que se extiende por su boca con la suavidad
de una caricia. Sus ojos, de pronto, me parecen brillar con una magia que no he visto en
ningún otro lugar. En su mirada reconozco la magia que deben tener todos los mundos.
—Los deseos siempre se cumplen.
El silencio llega con una caricia del viento. Esos deseos de los que él habla se
desprenden de su lugar de nacimiento y alzan el vuelo, en busca de las hadas que habrán
de entregarlos cuando caiga la noche. Los dos alzamos la vista, siguiendo el transcurso
de su viaje. Después, como si fuera inevitable, como si algo hubiera cambiado en ese
mismo segundo, los dos volvemos a mirarnos. Y callamos. Yo, al menos, no me siento
capaz de hablar. El aire también ha decidido llevarse mis palabras, pero se me ocurre
que realmente no son necesarias. En ese instante apartado del reloj, todo está bien. Lo
observo como si quisiera desentrañar todos los secretos que pueda esconder, como si
esperase que su mirada me contase todas las historias del mundo. Pero él tampoco
habla. Solo me mira, como si acaso yo también fuera un misterio. La brisa, en su
inocente juego, nos revuelve los cabellos, pero ni siquiera parecemos ser conscientes.
No soy capaz de entender qué ha sucedido, en qué momento, cómo o por qué… pero
Marcus Abberlain, de pronto, deja de ser un extraño.
Y entonces, como si los dos saliéramos repentinamente de un sueño, la escuchamos.
Charlotte murmura algo y los dos damos un respingo. Apartamos la vista de inmediato,
como si dejarnos ese instante de tregua hubiera sido un error o acaso nunca hubiera
ocurrido. La niña se encoge sobre sí misma. Aprieta mi mano y se acurruca contra su
padre. Se me escapa una sonrisa cuando parpadea suavemente. Por el rabillo del ojo veo
a Marcus sonreír también.
—Mm… —se queja la pequeña. Con su mano libre se frota un ojo perezosamente.
Repentinamente alza la vista, despertando de golpe—. ¿Me he quedado dormida?
165
Se me escapa una carcajada y asiento un poco con cuidado.
—Eso parece.
—¡Pero eso no pasa en los picnics! —Exclama con angustia. Después, titubea y me
observa—. No pasa, ¿no?
Yo sonrío para tranquilizarla.
—Sí, a veces sí.
Ella suspira con franco alivio en su gesto.
—Menos mal…
—Si no te quedaras hasta tarde leyendo, señorita, no te irías quedando dormida por
los rincones —le reprocha cariñosamente el conde dando un golpecito a su frente.
Charlotte Abberlain se ruboriza ante la acusación pero en un gesto completamente
adorable mira a su padre entre las pestañas y parpadea encantadora.
—No sé de qué hablas, papá.
Marcus deja los ojos en blanco.
—Seguro que no.
Yo río encantada. Charlotte mira expectante de uno a otro. Parpadeo al darme cuenta,
así como mi acompañante alza las cejas de manera interrogante.
—¿Ocurre algo, Lottie? —Pregunto.
—¿Habéis discutido?
Me ruborizo. Vaya. La niña debe pensar que realmente no hacemos otra cosa… No.
Espera. Realmente no me suena que hayamos hecho otra cosa hasta hoy, aunque admito
mi parte de culpa en ese aspecto.
—No. No hemos discutido.
—Aunque suene increíble —apunta su padre. Yo le lanzo una mirada de
disconformidad que él obvia completamente.
166
—¡Qué bien! —Exclama la niña sobresaltándonos a ambos.
De pronto, extiende los brazos y nos abraza con dulzura, tan infantil. Tanto su padre
como yo parecemos sorprendidos. No tardamos, sin embargo, en corresponder a su
efusivo agarre. ¿Es que se puede no hacerlo cuando ella se ve tan francamente
emocionada o su gesto de cariño es tan tierno? En esos momentos ella me desarma y me
deja sin saber qué hacer.
En esos momentos es cuando me hace pensar que quizá no se esté tan mal aquí.
***
Una noche más no soy capaz de dormir.
Doy una vuelta en el mullido colchón, hundiendo la cara en la almohada. Las sábanas
me cubren el cuerpo, calentándolo. Las piernas se me enredan en ellas y en la larga tela
del camisón. Suspiro hondamente después de la tercera vuelta consecutiva y me
detengo, esforzándome por parar quieta. Estoy segura de que ya he desecho toda la
cama, porque no he dejado de moverme en ningún momento. Otro suspiro. Maldita sea.
¿Por qué no puedo simplemente dejar de pensar?
Desde ayer no concilio bien el sueño: la conversación con Yinn y la tarde de picnic se
confunden en mi cabeza y me martirizan. La cena tras nuestra pequeña reunión en el
manzano fue tan tranquila como toda la tarde. Charlotte no paró de hablar, siendo el
espíritu de la mesa, contándonos lo que había aprendido ese día con Angela o hablando
de la expectación que le causa su fiesta de cumpleaños. Ha intentado en vano sonsacarle
algo a su padre referente a su regalo. El conde solo siguió comiendo, sin hablar, aunque
sé que estaba divertido y feliz con el comportamiento de la pequeña. Después la niña
comenzó a bombardearme con preguntas sobre las fiestas en mi mundo, sobre mi último
cumpleaños incluso. Marcus, pese a todo, también pareció interesado, supongo que
167
porque siente cierta curiosidad por una dimensión que se le antoja tan diferente a la
suya.
El día de hoy, por su parte, ha pasado tranquilo. Lottie y yo hemos comenzado las
clases de piano con la mayor de las ilusiones por su parte. Su padre no se ha reunido con
nosotras hasta la tarde, puesto que por la mañana salió a buscar mi libro. Pese a que ha
estado entre los archivos de la biblioteca real, según me ha dicho, no ha habido
resultados satisfactorios. Charlotte, para evadir el tema de mi libro, ha propuesto jugar a
algo y finalmente hemos estado jugando al escondite como si todos fuéramos niños
pequeños. Aunque el conde no pareció muy contento con la idea al principio, finalmente
le ha cumplido el capricho a su hija. Supongo que no puede evitar hacer realidad todos
sus deseos. Después, tras la cena, le hemos contado un cuento a la niña y ella nos ha
dado las buenas noches a los dos.
Lo que no me deja dormir es el hecho de saber que estoy disfrutando de estos días. El
hecho de que, aunque Marcus ha parecido algo apenado al decirme que no había hallado
nada para que volviese a casa, no me ha importado. Es más: juraría que no me he
preocupado de mi mundo en toda la jornada. Me he olvidado de regresar, cómoda entre
los habitantes de esta casa. Y eso me angustia tremendamente. ¿Qué voy a hacer si les
cojo más cariño del que debería? No se me quita de la cabeza que esto es solo un
periodo pasajero. Un momento de mi vida que me parecerá un sueño cuando vuelva a la
rutina. Quizá, de hecho, finja que todo ha sido solo eso. Este mundo, Charlotte, Marcus.
Puede que lo haga para protegerme a mí misma o quizá realmente niegue la realidad que
sé que estoy viviendo. Una fantasía no podrá hacerme daño. No voy a echar en falta
algo que solo he imaginado.
De nuevo, un suspiro más. Miro al techo, extendiendo los brazos y las piernas sobre
la cama. Las palabras de Marcus, su pequeña fantasía de hadas y deseos, se han colado
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desde ayer firmemente en mi cabeza. Repentinamente tengo la seguridad de que nunca
he conocido nada parecido a él. Que bajo su aspecto se esconden mil detalles que me
gustaría entender. Mi vista va a la ventana, que he dejado entreabierta, y me siento un
poco más niña. Me ruborizo. ¿Lo he hecho solo porque quiero que la brisa nocturna se
cuele en el cuarto y lo refresque? ¿O es que realmente espero que una pequeña hada, un
punto de luz que ilumine las sombras, entre para dejar mil pétalos sobre mi corazón?
«Estás siendo irracional, Ilyria. Más de lo que acostumbras. La situación te está
superando y ya ni siquiera eres capaz de pensar con claridad», me recrimino. Con ese
pensamiento, me concentro en cerrar los ojos, como si así pudiera convencerme mejor a
mí misma. Pero, de nuevo, mi intento por echarme a dormir no sirve realmente de nada.
Dejo escapar un quejido de inconformidad y doy una patada al colchón, como si él
tuviera la culpa de todos mis males, de todos mis quebraderos de cabeza. Sabiendo que
Morfeo no vendrá a visitarme esta noche, me levanto. El suelo me parece frío bajo mis
pies, pero no me importa realmente. Iré a por un vaso de leche caliente, como siempre
que no consigo dormir, y cuando vuelva a la cama caeré rendida. Solo necesito
distraerme un rato. Eso será suficiente.
De ese modo me levanto y enciendo una vela, cogiéndola con cuidado. Echo de
menos la electricidad también, aunque se me ocurre que si este mundo tiene tantas
semejanzas con la época victoriana del mío, no debe estar muy lejano su
descubrimiento.
Salgo de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Sé que tanto el cuarto de
Marcus como el de Charlotte no distan mucho del mío y no me gustaría despertarles. Ya
debe ser tarde, después de todo. Al menos, las doce. La casa entera debe haberse
sumergido en aguas llenas de quimeras, de los sueños más perfectos.
169
Sin embargo, cuando alzo la mirada en el pasillo me doy cuenta de que mi luz no es
la única que aún vive entre la oscuridad de la noche. Del despacho de Marcus, de su
puerta levemente entreabierta, también parece nacer la luminosidad que espanta las
sombras. Ladeo la cabeza. Es cierto que cuando me despedí de él, dándole las buenas
noches después de acostar a Lottie, no lo vi meterse en su cuarto. No obstante, no le di
importancia y me fui a mi habitación con la plena intención de descansar. Cosa que, es
más que obvio, no he conseguido. ¿Tampoco él podrá dormir?
«No te preocupes. Es cosa suya. A lo mejor duerme poco o simplemente se va tarde a
descansar. Ahora bajarás tranquilamente a la cocina, cogerás tu vasito de leche y tu
única preocupación será echarle o no cacao». Asiento mentalmente, con firmeza,
acercándome a las escaleras. No he dado ni un par de pasos cuando me percato de que
no sirve de nada lo mucho que lo repita en mi cabeza. No lo voy a hacer.
Con un suspiro de resignación hacia mí misma, me rindo a mi curiosidad y me acerco
a la puerta del despacho. Al principio titubeo, pero después empujo suavemente la
puerta, sin llamar, asomándome dentro.
La mirada de Marcus va a encontrarse directamente con la mía.
Ambos nos sobresaltamos a la vez. Yo dudo y miro hacia atrás, al pasillo en
penumbra. Me doy cuenta de que ha sido una huida inconsciente, como si temiera
volver a caer en el hechizo de su mirada. ¿En qué momento he empezado a ser yo la que
escapa de sus ojos? No se me ocurre, por primera vez, qué puedo decir. Me rasco la
cabeza distraídamente, pero luego vuelvo a mirarle, entre las pestañas.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
«Eso no es lo más inteligente, Ilyria. Eres tú la que anda paseando de un lado para
otro por una casa que no es la tuya. Él está en su mansión, en su despacho. No está
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haciendo nada raro, al contrario que tú». Siento ganas de darme de golpes contra la
pared. ¿Cuándo me he vuelto tan idiota?
—Lo mismo debería preguntar yo. ¿Vas a tomar por costumbre caminar en camisón
por mi pasillo?
Me ruborizo, aunque no es por ir en camisón, sino por su tono. Lo miro y frunzo un
poco el ceño.
—Estoy segura de que esa manía por una tela que no deja ver nada de piel no puede
ser sana. ¿Estás seguro de que está todo bien en tu cabeza?
Él deja los ojos en blanco, sin dignarse a responder a mi provocación. Su mirada
desciende a unos papeles que tiene en la mano, sentado al escritorio. Lleva las gafas de
lectura puestas. Con cierta curiosidad, entro. Él no pone quejas al respecto, aunque me
mira por encima de la montura. Me dejo caer sentada en la silla y pongo la vela en la
mesa.
—No podía dormir —comento casualmente—. ¿Qué haces? —Repito.
Me mira unos segundos más, pero finalmente su vista desciende a los folios de nuevo.
—Trabajo. Al pasar estas dos tardes con vosotras no he seguido haciéndolo y no
quiero que se me acumule. Ya perderé todo un día con el cumpleaños de Lottie,
probablemente.
Apoyo la cara en una mano.
—Debe ser sumamente aburrido. ¿Informes sobre tierras y ese tipo de cosas?
¿Economía? Nunca se me dieron bien esos temas…
Me parece ver una sonrisa en su boca.
—No es “trabajo de conde”. Es “trabajo de mecenas”.
Doy un salto en mi sitio. De repente siento renovado interés y lo miro paladeando. Sé
que puede ver el brillo interesado que ha asomado a mi mirada, pero él hace como que
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no se da cuenta. Veo que guarda las hojas que tenía en la mano y las mete en un sobre,
dejando una cruz en éste y apartándolo a un lado. Hay muchos más. Me remuevo con
cierta expectación.
—¿Cómo lo haces?
Marcus alza la vista, mirándome. Yo lo observo a su vez, entre las pestañas. Siempre
quise dedicarme a la edición y me parece que su trabajo se asemeja bastante a ella. El
tener una librería no era más que el principio de mi sueño: algún día, cuando tuviera el
dinero suficiente para pagarme yo misma los estudios, iría a la universidad y me
especializaría en literatura. Siempre soñé con montar mi propia editorial. La idea de que
él tenga una ocupación parecida, de que sea el primero en descubrir nuevos mundos, me
provoca un sentimiento de excitación que no consigo disimular. De alguna manera está
cumpliendo el sueño de algunas personas de poder ser leídas por el mundo.
Él parece ver mi entusiasmo, porque sonríe un poco y hace un ademán a los sobres.
—Leo los manuscritos y los juzgo. Si son buenos, pongo un tic en el sobre y apadrino
su publicación. Si no lo son… Bueno, —se encoge suavemente de hombros y señala la
historia marcada— les pongo una cruz y se los devuelvo a sus dueños.
Desgraciadamente hay algunos que no hay por donde coger. No sirven.
Sonrío un poco, divertida.
—Qué malo. Eso que tienes en tus manos son almas, Marcus. Trátalas con más
consideración.
A él parece hacerle gracia mi comentario, porque me mira alzando las cejas con una
sonrisa.
—Aceptarás que hay almas que están muy verdes.
—Touché.
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El conde sacude la cabeza, abriendo otro sobre y sacando unos folios. Yo me
humedezco los labios, enredando las manos en la tela de mi camisón, siguiendo el
movimiento con ojos ávidos de conocimiento, brillantes de curiosidad. Cómo me
gustaría saber qué se esconde tras esas páginas, qué mundo pueden descubrir sus
palabras. Tomo aire, tragando saliva, y Marcus se da cuenta. Supongo que en algunas
cosas soy incapaz de fingir.
—Deberías irte a cama —me sugiere—. Cogerás el sueño antes o después.
Me ruborizo, encogiéndome sobre mí misma. Me muevo incómoda, como si acaso
intentase encontrar una posición adecuada en la silla. Sé que el hombre que está frente a
mí se da cuenta de que lo último que quiero ahora mismo es marcharme pero que, a la
vez, le divierte jugar conmigo.
—¿Ocurre algo? —Su pregunta es una invitación velada a confesarle lo que llevo
pensando desde que entré.
Enrojezco algo más y me hundo en mi asiento. Miro de soslayo los sobres. Cuántos
personajes, cuántas historias, cuántos mundos alumbrados por la mano de algún autor.
Me muerdo el labio con cierta inquietud y me atrevo a observarlo entre las pestañas.
—E-estaba pensando… —murmuro bajito al principio. Sacudo la cabeza y tomo aire.
Alzo la barbilla, levantando la voz con algo más de seguridad—. Que si realmente
tienes tanto trabajo, quizá yo… podría ayudarte. Puedo ser… mm… tu secretaria. Dos
leen más rápido que uno…
Marcus ríe. Como la tarde anterior, su risa me sobresalta, pero esta vez también me
hace avergonzar. Probablemente él ya había adivinado mis pensamientos, pero solo ha
querido arrancármelos de la lengua. Frunzo los labios, roja, y abro la boca dispuesta a
responderle alguna insolencia inspirada por mi azoro. Sin embargo, antes de que la voz
pueda nacer de mi garganta, hay un sobre tendido hacia mí que me arrebata el habla. La
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cierro inmediatamente, amansada. Miro al sobre y luego lo miro a él. Me humedezco los
labios.
—¿Puedo…?
—Creo que puedo fiarme de alguien que regenta una librería, en cuanto a criterio
literario se refiere.
Sonrío ampliamente, sin poder evitarlo. Cojo el sobre, pero me apoyo en la mesa al
levantarme y echarme hacia delante. Mis labios colisionan, en un impulso, contra su
mejilla. Escucho una exclamación sorprendida salir de sus labios, pero la obvio y río
encantada, feliz, volviéndome a echar hacia atrás, dejándome caer en mi asiento.
Marcus me mira con los labios ligeramente entreabiertos y sus dedos enguantados sobre
su mejilla. Parece algo ruborizado.
—¡Gracias!
No tardo ni un segundo en abrir el sobre.
Antes de que pueda ser consciente me he perdido en el mundo que se descubre ante
mí.
174
Marcus
Noche.
Cuando me quiero dar cuenta, todas mis defensas han caído en un par de días.
De pronto me encuentro venciendo las distancias que yo mismo he creado. Las
murallas que creía tan sólidas se deshacen con el embiste de la ola que es su presencia y
se deshacen como arena. Un lazo parece haberse forjado entre nosotros, por increíble
que parezca, tras dos tardes de juegos junto a Charlotte.
La convivencia es ahora más fácil. Nos quedamos hasta los primeros rayos del sol
despiertos, leyendo en mi cómodo despacho, rodeados de libros y de mundos que nos
absorben, pero siempre sin olvidar la presencia del otro. Al menos yo no puedo hacerlo,
porque cada vez que alzo la vista ella está allí, dorada por el fuego de las velas. Es como
si hubiera un aura a su alrededor que difumina la estancia y la convierte en el foco de mi
atención. Es como si, ante mi mirada, todo lo demás sobrase en el cuarto lleno de
objetos fríos e insustanciales en comparación. Cuando el amanecer llega nos levantamos
en silencio y nos damos las buenas noches, aunque ella insiste, en realidad, en que
deberíamos desearnos buenos días. Detrás de nosotros quedan las velas muriendo con el
último destello de luz solar.
La mañana pasa en medio de ese sopor que visita a los que han dormido poco y mal,
de esa niebla blanca que se posa sobre los ojos y otorga al nuevo día cierto aire de
ensueño, de fantasía. Charlotte y su emoción son hoy solo un borrón en mi mente al que
no puedo prestar la atención que se merece. Mañana será su cumpleaños, pero ella
saborea la anticipación con esa alegría contagiosa, planeando mil momentos con Ilyria,
soñando juntas con lo que, siendo realistas, no va a pasar: dragones saliendo de libros
para felicitarla, hadas volando por el salón, príncipes azules que le declaran su amor.
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Las dejo estar, sin embargo, y no destruyo su burbuja. En el fondo me encantan sus
fantasías y sus pensamientos inocentes.
—He estado pensando, Ilyria —exclama Lottie con entusiasmo durante la comida,
mientras degustamos un plato que la propia señorita Blackwood ha preparado—. Nos
hemos olvidado de algo muy importante.
Todos la miramos.
—¿De qué se trata? —Pregunta la aludida ladeando su cabeza.
La respuesta de Charlotte no se hace esperar:
—¡De tu vestido, por supuesto! —Hace un repentino ademán hacia las ropas negras
que Angela le ha dejado y a las que hemos tenido que hacerle unos arreglos para que no
le queden demasiado holgadas. Supongo que no están mal para andar por la casa,
aunque se puede ver la camisa y el corsé a través de la espalda cortada—. No puedo
consentir que la invitada de honor aparezca así en mi fiesta. Necesitas algo para poder
bailar con papá, con mucho encaje y, sobre todo, mucho vuelo. —Su mirada sondea
nuestras reacciones—. ¿No es cierto?
Ilyria parece demasiado abrumada para hablar, por un instante. Sin embargo, pronto
recupera su voz.
—No, si yo no necesito… —El resto de la frase queda suspendida en el aire cuando
parece decidir que hay partes más importantes del discurso de Lottie que esa. Se
ruboriza y me mira un segundo de reojo, antes de volver su atención a la pequeña—.
¿Quién te ha dicho a ti que yo vaya a bailar con tu padre? Es más: ¿quién te ha dicho a ti
que yo vaya a bailar, no importa con quién?
—¡En las fiestas se baila! —Exclama Charlotte escandalizada por el atrevimiento—.
Y como es mi fiesta, tienes que bailar con papá, porque yo lo digo. ¡Pero solo con él!
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Carraspeo, haciéndome notar. Debería poder tener voz y voto en esa decisión, ya que
me concierne, pero tampoco me atrevo a quitarle toda la ilusión. Y no es como si un
baile pudiera hacer daño a nadie. De hecho, la idea de su mano entre mis dedos, de su
palma sobre mi hombro, resulta extraña y perturbadoramente atrayente.
—Es probable que tu nueva amiga no sepa nada de los bailes que requiere la
situación. Tal vez su fuerte sea el ballet —murmuro, lanzándole una mirada divertida a
nuestra invitada.
Ante la insinuación se ruboriza aún con más intensidad. Su reacción, como era de
esperar, es ponerse a la defensiva. Toma un pedazo de pan en su mano y me lo lanza. Lo
esquivo fácilmente, moviéndome hacia un lado, y dejo los ojos en blanco ante su
infantil arrebato.
—¡Qué gracioso el conde! —Me espeta al tiempo que se cruza de brazos, muy digna.
Lottie ríe en un primer momento. Un segundo después, sin embargo, parece caer en la
cuenta de lo mucho que le afecta mi intervención.
—¿Significa eso que Ily no sabe bailar el vals? —Mira a su compañera con los ojos
agrandados por la sorpresa, como si le resultara inconcebible que alguien no pudiera
tener esa habilidad—. ¿Ni siquiera la cuadrilla?
Espero que la muchacha se ofenda y lo niegue todo. Para mi sorpresa, no obstante, la
veo jugar con la comida en su plato.
—Creo que para mañana haré una comida aún más especial —murmura concentrada
en su tenedor—. Y algo delicioso de postre. ¿Qué te gustaría, Lottie?
La pregunta es suficiente para que el tema del baile se olvide, definitivamente.
—¡Tarta de chocolate!
Con la risa asomando a su boca, Ilyria acaricia los cabellos de mi hija y asiente
firmemente.
177
—Tarta de chocolate entonces.
***
Esa tarde vuelvo a probar suerte en la biblioteca. El tema del baile me ha recordado
que no puedo dejar de lado mi labor. Me ha recordado que este no es su lugar. Que
nunca lo será. Ilyria Blackwood debe volver a su hogar, a su pequeña casa en algún alto
edificio y a su encantadora librería donde puede soñar en paz. Debe volver a su vida,
soportando al padre severo que desearía que su hija fuese una mujer de éxito y a la
madre comprensiva que no comparte las ideas de su esposo. Debe recuperar esa
existencia tranquila, alejada de la magia, de las marcas y la esclavitud.
Mi protegida se irá en cualquier momento. Y eso será lo mejor para todos: para ella,
para mí y para una ilusionada Charlotte.
Pero por mucho que me esfuerzo, por mucho que busco entre los libros hasta que mis
guantes están negros de rozar las tapas sucias de los volúmenes, ninguno de los tomos
resulta ser el que espero encontrar. Así que vuelvo a casa con las manos vacías. Ella ni
siquiera me pregunta, lo que me hace alegrarme: lo máximo que podría hacer sería
negar sin ni siquiera alzar la vista para encontrarme con sus ojos.
Como el día anterior, después de la cena me encierro en mi despacho. Ella vuelve a
aparecer. Esta vez, sin embargo, no cruzamos palabra alguna. Con la seguridad de quien
ha convertido un trabajo en su rutina, toma uno de los sobres y se pone a leer. Los
manuscritos abundan, pues el invierno ha dejado caer ideas sobre los alféizares de las
ventanas como si acaso fueran nieve. Eso, sin embargo, no implica que hayan nacido
nuevos escritores de la noche a la mañana: no todo el mundo es capaz de dar vida a un
universo solo con imaginarlo y luego poblarlo con gente igual de viva que la que habita
éste.
178
Pasan varias horas de la medianoche cuando al fin me levanto. Ilyria da un respingo,
como si mi movimiento la hubiera sacado de un apacible sueño. La sonrisa que el placer
de la lectura ha dejado en sus labios no muere cuando alza los ojos para buscar mi
mirada.
—Será mejor que vayas a dormir —le advierto—. Ayer apenas descansaste unas
horas.
Casi parece decepcionada por mi consejo. Supongo que piensa que yo mismo iré a
dormir ahora.
—Está bien, no tengo sueño —dice encogiéndose un poco de hombros—. Prefiero
terminar esto primero. Quizá entonces me vaya.
Me sorprende su entusiasmo. Realmente parece gustarle el trabajo que hago. La he
estado observando mientras revisábamos los textos, atento a cómo devoraba libro tras
libro, ansiosa por saber más. Sus ojos vuelan siempre sobre las líneas, sin pausa. Cada
vez que termina un manuscrito parece desinflarse de alguna manera, como si las
palabras dejaran al desaparecer un inmenso vacío dentro de sí.
—No te acuestes muy tarde —le recuerdo. Y luego, sin saber por qué, añado: —Voy
a salir.
Aunque había vuelto su atención hacia el papel, de nuevo la he sacado de mi
ensimismamiento con mis palabras. Frunce el ceño como si no entendiera. Cuando me
giro con la mano ya sobre el pomo de la puerta, su voz me detiene.
—¿Salir? ¿A estas horas? —De reojo compruebo que tiene una ceja alzada, con una
expresión a medias entre la sorpresa y la inquisición—. ¿También es una actividad usual
del conde común?
Su tono de burla me hace recordar la conversación que tuvimos hace dos días en el
jardín, cuando me reí por primera vez delante de ella. Parece que la reminiscencia venga
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de lejos, de algún momento perdido en una vida pasada. Me humedezco los labios y
titubeo. No estoy seguro que de sea lo correcto, pero no puedo evitar sentirme cómodo
en su presencia. ¿No haría el camino más amable tener a alguien a mi lado? Alguien
cálido, que espantase la niebla que se alza desde el río y las sombras que lo llenan todo
con su manto.
—¿Te gustaría venir?
Su boca entreabierta forma una circunferencia perfecta debido a la sorpresa que le
causa mi pregunta. Yo, que la había enunciado en voz baja, buscando la excusa perfecta
para no ser escuchado, me encuentro con que se ha puesto ya en pie. Sus ojos destellan
como los de un prisionero que ve la puerta de su mazmorra abierta.
—¿Salir? —Inquiere suavemente, como si temiera haber escuchado mal—. ¿Me estás
diciendo que puedo? ¿Me das permiso?
Parece tan incrédula y a la vez tan feliz… Ahora sé que no sería capaz de retirar mi
ofrecimiento por mucho que lo intentara. Asiento y me encojo suavemente de hombros.
Realmente no encuentro ninguna razón para que no lo haga: la noche ha caído y las
calles que visitaremos estarán completamente desiertas, abandonadas por todos pero
llenas de la luz de la luna y las estrellas. El silencio se encargará de amortiguar el sonido
de nuestros pasos. Nadie tendría por qué vernos.
—Siempre que prometas no separarte de mí, por supuesto.
No hace falta que se lo repita. Sus brazos rodean el mío. Su ropa huele a lavanda y su
piel, dorada en esta luz, parece haberse impregnado del mismo perfume. Me gusta y, al
mismo tiempo, hace saltar una alarma en mi cabeza que me recuerda que está
demasiado cerca. Por primera vez en mucho tiempo no hago caso. En lugar de eso, guío
a Ilyria hacia el piso inferior, donde nos abrigamos para combatir la fría brisa de inicios
de primavera.
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La noche, como había esperado, está tranquila. La casa pronto queda a nuestras
espaldas, amenazadora como solo una silueta negra, sin rostro, puede serlo. No hay
luces ya en las ventanas de ningún hogar: todos están en sus camas, descansando,
soñando con lo que no pueden ser de día o enfrentándose a sus peores pesadillas.
Nosotros, en medio de ese mutismo en el que se ha sumido el mundo, de ese sopor
pasajero que solo la luna llena sabe traer, parecemos los últimos supervivientes de una
raza perdida. Nuestros pasos se compaginan, sonando como uno mientras vagamos sin
rumbo por calles que Ilyria ve ahora por primera vez. Como si hiciera años que no pisa
el exterior de mi jardín, coge aire en grandes bocanadas y lo suelta en largos suspiros.
Los minutos pasan hasta que ella habla. Cuando lo hace su voz no es más que un
susurro, como si temiera que alguien pudiera escucharnos o que sus palabras
despertasen a aquellos que yacen en sus lechos, encerrados entre paredes de piedra.
—No has… encontrado nada, ¿verdad? —No me mira, sino que sus ojos, por lo que
puedo apreciar, están obstinadamente fijos en los adoquines negros como la tinta—. ¿Ni
una pista de dónde puede estar…?
Trago saliva y niego. Quisiera reconfortarla de alguna manera, pero nada llega en mi
ayuda a mi cabeza. He buscado ya por toda la biblioteca. Los libros con las
características que ella menciona escasean. O más bien, sencillamente no existen. He
encontrado pocos tomos de tapas doradas, pero todos ellos o muy pequeños o muy finos
o muy nuevos. Ninguno parece cumplir todas las pautas del libro de Ilyria. Se me han
ocurrido ya varias ideas, no obstante: preguntar a algunos conocidos, quizá poner un
anuncio en el periódico. Las posibilidades son muchas, pero la esperanza irá
disminuyendo. Soy consciente de que ésta es una tarea de titanes.
—Aunque tiene que estar en alguna parte, aún no sé nada. Lo lamento.
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De nuevo se sumerge en un silencio, aunque esta vez es uno pensativo. Su brazo
parece tensarse un poco contra el mío cuando imprime más fuerza a su agarre,
acercándose a mí como si tuviera frío. Una brisa helada nos revuelve los cabellos y nos
araña la piel al descubierto. Ninguno de los dos nos quejamos, aunque ella apoya la
mejilla contra la manga de mi abrigo. Quizá la capa con la que se cubre no es suficiente.
Si va a quedarse más tiempo con nosotros debería pensar en comprarle algo de ropa
adecuada, a ser posible de su talla. Si va a quedarse… Sacudo la cabeza. La idea me
tortura de una manera inimaginable. No sé si aborrezco más el hecho de que pueda
encontrarse un día encerrada en este mundo o el de que pueda volver a su legítimo
hogar y olvidarnos como si nunca hubiéramos existido. Me niego a seguir cavilando
sobre ello y le doy otras cosas en las que pensar.
—¿Hay alguien que te espere? A parte de tus padres y tus amigos…
Nada más terminar de hablar siento que debería haberme quedado callado. No tengo
ningún derecho a hacer una pregunta tan personal. Le echo la culpa a Yinn y a sus
estúpidas insinuaciones, pero tengo que reconocer que siento un poco de curiosidad. La
imagen de esta muchacha dependiendo del amor de alguien, de sus besos, me hace
sentir extrañamente incómodo. De hecho, no puedo imaginarla caminando por la noche
del brazo de otro que no sea yo. Sacudo la cabeza y simplemente deseo no haber sido
oído.
—¿Alguien? —Se hace eco, inocente, sin llegar a entender. Aún tarda unos instantes
en caer en la cuenta, pero luego me mira suspicaz—. ¿Quieres decir que si tengo algo
así como… pareja?
Puedo adivinar sus cejas alzadas en la penumbra. Agradezco la oscuridad que oculta
con pudor mi sonrojo.
182
—Lo siento. Ha estado completamente de más. No tienes que responder, por
supuesto. No sé ni cómo se me ha ocurrido preguntarlo.
Contra todo pronóstico ella sonríe divertida. No me mira, sino que se dedica a apretar
su mejilla fría contra mi brazo. Me concentro en el sonido de nuestros pasos para
intentar borrar el calor que yo, en cambio, siento que se ha instalado en mi rostro.
—No tengo. No me interesan esas cosas. Los hombres podéis llegar a ser
increíblemente molestos. —Su mano se mueve en el aire, haciendo un ademán
desinteresado—. He tenido, claro, pero no ahora. ¿Y tú? Y no me digas que es una total
indiscreción, porque has preguntado primero.
Cojo aire con fuerza. Ella se da cuenta, pero no retira la pregunta, sino que parece aún
más interesada en conocer mi historia. Una sombra al final de la calle, allá donde tengo
posados mis ojos, parece tomar la forma del pasado. Una risa que escuché tiempo atrás
reverbera entre las paredes de piedra y me apuñala el corazón. Niego suavemente.
—No hay nadie.
Mi respuesta cortante no la amilana.
—Pero ha habido, lo cual me sorprende. —Casi me parece verla recorrer mi figura de
arriba abajo con su mirada descarada—. Pensé que eras un santurrón.
Callo. «Las apariencias engañan. Soy el más horrible de los hombres». Aprieto los
labios. Temo cerrar los ojos, como cada vez que ella viene a buscarme y pretende
envolverme entre sus brazos de fantasma. Los recuerdos que más duelen son los que
permanecen incluso después de haber sido destruidos. Cojo aire de nuevo, como si una
bocanada no fuese suficiente para mis pulmones. Las costillas parecen cerrarse
alrededor de mi corazón, presionándolo hasta que me duele el pecho. Quisiera parar a
apoyarme contra una pared, a descansar unos segundos y volver a recomponerme, pero
no quiero demostrar mi debilidad. ¿No es esto culpa mía, por dejar que Ilyria acechase a
183
mi alrededor y descubriera las flaquezas de mis defensas? La he dejado acercarse
demasiado y ahora estoy condenado a despertar a los muertos una vez más.
—Yo también he sido un adolescente —le digo al fin—. Inmaduro. He cometido
errores.
«Y aún a día de hoy me atormentan cada noche».
Ella entorna los ojos para enfocar mi rostro mejor, aunque probablemente ya esté
acostumbrada a la oscuridad que nos rodea y nos cubre. Su mirada destella un segundo
con entendimiento, o quizá sea simplemente el efecto de un rayo de luna sobre la pupila.
—Comprendo… Te hizo daño.
Quiero decirle que en realidad no entiende nada. Que ni siquiera yo puedo hacerlo.
Fue una locura, desde el primer momento. Desde el instante mismo en que la vi y me
sonrió, con sus ojos verdes prometiéndome un amor que nunca había conocido. Lo
cumplió, pero no estoy seguro de que el precio mereciese la pena.
—Supongo que sí.
Ella paladea un segundo. Parece estar batallando consigo misma. Sin embargo, la
curiosidad le puede, como siempre, y no consigue evitar decirlo:
—¿Qué pasó?
Nunca se lo he contado a nadie. No he creído que fueran a comprenderlo.
Guardándolo en el fondo de mi alma, el secreto ha ido tomando la forma de una
pesadilla, sentándose sobre mi corazón y ahogándome en las noches de insomnio. Aún
la veo. Aún está conmigo. Aún me despierto a su lado. Pero, ¿cómo podría confesarle
esto a nadie? A menos, claro, que esa persona fuese a desaparecer. A menos que se
llevase parte del peso consigo y ya nunca volviera a despertarme asustado con las
primeras luces del alba. ¿Qué pasaría si aquí y ahora, esta noche, abriese mi alma y se lo
contase todo a esta desconocida? Es una locura. Pero creo que me sentiría reconfortado.
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—Ella era mayor que yo —le confieso casi sin darme cuenta—. Resultó que me
ilusioné, que algo me hizo pensar que ella me amaba de verdad. Al final, sin embargo,
no fui… suficiente. —El nudo en la entrada del estómago se deshace un poco—.
Supongo que no era lo suficientemente bueno para ella.
La señorita Blackwood parece algo confusa por mi respuesta.
—¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Simplemente te dejó?
Aprieto los labios. Otro recuerdo. Su risa antes de entrar en el cuarto y mi sonrisa de
anticipación. Pensé que me estaba esperando, ya que la puerta estaba entreabierta, como
si supiera que iba a aparecer allí sin avisar. Pensé que bromearía y un segundo después
estaría entre mis brazos. Estaba tan equivocado… El color huyó de mi rostro cuando la
venda que Cupido me había puesto cayó al suelo.
—Ni siquiera… acabó nuestra relación en el sentido tradicional —murmuro
súbitamente avergonzado. En el momento no creí que aquello pudiera ser cierto—. La
encontré con otro.
Al principio no reacciona. Incrédula, me mira largamente, parpadeando un par de
veces. Doy un respingo cuando oigo su respuesta. No creo haber escuchado nunca a una
mujer decir una palabra tan desagradable sobre otra en un tono tan efusivo. Hago una
mueca, pero no digo nada. Ni siquiera le he contado la mitad, pero ya no sé si hacerlo.
—Es igual —le digo—. Aquello acabó hace años.
De pronto parece enfadada. La oigo resoplar. Quizá sus labios estén blancos de tanto
apretarlos. A lo mejor sueño su mano en la mía, su palma contra mi guante, fría pero
reconfortante a pesar del trozo de tela que nos separa.
—No te merecía —declara como si la hubiera conocido. ¿Cómo puedo saber que no
era al revés, que era yo el que no tenía derecho alguno sobre ella?—. No deberías
malgastar un segundo más de tu tiempo pensando en una persona así. No te quería. No
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creo que cometieras ningún error. No creo que... enamorarse sea un error —durante un
segundo me parece que callará, pero lo único que hace es bajar la voz hasta que no es
más que un susurro que queda entre nosotros—. Creo que tenemos que dejarnos
enredar... y equivocarnos, ¿sabes? Creo que así podremos reconocer a esa persona, la de
verdad, la acertada, llegado el momento.
No me quería, es cierto. Nunca lo hizo. No fui más que un juguete para ella. Pero no
es cierto que no fuera un error. Murió por mi culpa. Yo la maté. Y arruiné otras vidas
igual de importantes para mí. Por eso cada mañana me despierto y me pregunto qué he
hecho, aunque sé la respuesta. Por eso solo me queda intentar hacer felices a aquellos
que pueda, como si eso le restara más peso a la culpa. Soy un hipócrita. Y aunque no me
quería, lo cierto es que no soy capaz de dejar de pensar en ella, de dejar de admirar el
recuerdo que ha quedado impreso en mi mente, dibujado con tinta indeleble.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura de que hay una persona adecuada para
cada uno? ¿Quién te dice que está en el mismo mundo que tú, siquiera? Quizá nunca te
cruces con ella. O a lo mejor ya la has encontrado pero jamás te has dado cuenta de que
está ahí.
Siento su mirada sobre mí, así que supongo que me está observando, aunque quizá
solo de reojo.
—No estoy segura —admite con un titubeo—. ¿Cómo puedo estarlo? No... No sé si
es verdad que exista un amor verdadero. Pero quiero pensar así. Quiero creer que es
cierto —suspira y, para mi asombro, encuentro un sueño escondido en el fantasma
blanco en el que se convierte su aliento—. Supongo que te parecerá... infantil y
estúpido, ¿verdad? —Su forma en la oscuridad asiente pensativamente y una vez baja la
vista, como avergonzada, ya no vuelve a levantar la cabeza—. Pensarás que es propio
de una niña que aún cree en cuentos de príncipes y princesas. Algo que podría decir tu
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propia hija. Pero... ¿Quién te dice a ti que no es así? Que una noche, sin que nos demos
cuenta, una de esas hadas que siembran deseos, dejará a una persona sobre nuestro
corazón. ¿No crees que pueda pasar?
Contemplo su sombra en un largo silencio. Me parece que el cielo empieza a clarear
un poco en el horizonte y la luna tiembla al entender lo que eso significa. ¿Creo que
pueda pasar? Aún debe haber esperanza en algún lugar de mi corazón, sí. Quizá haya
alguien para mí en alguna parte. Alguien a quien mirar a los ojos y amar sin palabras,
incluso si es en la distancia. Incluso si duele. Cojo aire. Esa persona que he soñado que
me abrazaba y hacía desaparecer todos los malos recuerdos. Cuando la conozca,
imagino, será como despertar de un largo sueño. Será como ver amanecer, dejando atrás
las sombras, la incertidumbre, un camino tras de ti al que no hay que mirar para no
perder el alma que te acompaña. Sí, quizá sea cierto.
—No creo que sean ilusiones de una niña. Quiero pensar que es verdad.
Por eso cada mañana, al despertar, busco pétalos entre mis sábanas.
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Ilyria
Su secreto.
Es extraño descubrir al muchacho tras la máscara, pero no puedo evitar pensar que
me gusta hacerlo. Ahora que lo miro mejor me parece ver a alguien que simplemente no
ha tenido suerte. Que no ha tenido, de ningún modo, lo que podría merecerse. No me
parece tan incomprensible de pronto su manera de tratar a los demás. Entiendo que no
solo tiene que ver con su función en este mundo, sino que es algo mucho más allá.
Cuando se permitió amar, cogieron su corazón entre las manos y lo tiraron sin pesar a
un lado. Un juguete. Me pregunto quién habrá sido esa mujer, mientras caminamos en
silencio. ¿No debían ser todas las damas victorianas castas y puras? Es injusto para él. Y
muy cruel.
Por otro lado, yo misma me siento un poco azorada. ¿A qué ha venido mi ataque de
sinceridad? A ojos del mundo, Ilyria Blackwood no cree en el amor ni en sus falsas
fantasías. Tampoco en sus cuentos, en sus supuestos finales felices. Yo, para todos los
que conozco, lo veo desde el punto de vista frívolo: es solo una distracción. Una
distracción que, si tienes mala suerte, duele. Solo puede acarrear problemas.
O eso es lo que digo. Marcus, sin pretenderlo, ha conseguido arrancarme lo que de
verdad pienso. Esa esperanza de niña pequeña, por mucho que él diga que no cree que
sea un pensamiento infantil. Sé que lo es. ¿Amor verdadero? En mi mundo, en mi
época, no existe tal cosa. Al menos, la gente ya no cree en ello. Aunque claro, ¿es algo
extraño? Nadie cree ya en la magia. Si Barrie llevara razón en su novela y las hadas
murieran con cada persona que no cree en ellas… mi mundo habría acabado con todas.
Quizá por eso yo misma he fingido siempre que no me importaban esas cosas. Como la
que más he fantaseado con historias de romances, pero siempre ligada a la realidad. Así
que ahora que, precisamente, todo lo que conocía por “real” se ha desmoronado bajo
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mis pies, ¿por qué no voy a ser sincera conmigo misma? O con el conde. Si él cree en
hadas que llevan deseos a los corazones de la gente, yo también quiero creer en mi
pedacito de magia. Creer que, en alguna parte, en algún momento, estará él. La persona
que es solo y únicamente para mí. La que el Destino habrá puesto caprichosamente en el
lugar y el segundo exactos para que todo sea, sencillamente, como tiene que ser.
Sacudo la cabeza, apartando esos pensamientos de mi mente. El cielo clarea, así que
soy consciente de que nuestra noche de primavera se ha acabado. La calidez de Marcus
aún me recibe a través de su chaqueta. No se ha quejado en todo nuestro paseo, aunque
me he atrevido a cogerle confiadamente la mano. Le doy un apretón, como si quisiera
saber si realmente siente mi agarre a través de los guantes. Él, en lo que me parece una
acción inconsciente, responde. Se me escapa una sonrisa, aunque no creo que él pueda
verla, porque escondo mi rostro en la manga de su chaqueta. Dejo caer los párpados
durante un segundo. Supongo que estoy un poco cansada. La noche de ayer, con sus mil
interrogantes al principio y sus mundos convertidos en palabras después, pasó sin más
que un par de horas de sueño para mí. Intuyo que esta noche ocurrirá lo mismo. Pese a
eso, no consigo sentirme insatisfecha. Me gusta pasear del brazo del conde y poder
atender disimuladamente a la ciudad fantasma que se extiende a mi alrededor. Me
parece ahora diferente al día en que llegué y me escapé obstinadamente. Aquel día,
Amyas me pareció cruel. En este momento, con la niebla agazapándose y el rocío
naciendo en cada rincón que se va descubriendo de sombras, me doy cuenta de que es
hermosa.
Suspiro hondamente. Mi dedo pulgar, inconscientemente, acaricia el dorso de la
mano de mi acompañante. O, mejor dicho… su guante. De nuevo, aunque sé que el
tema le molesta en demasía (detalle que no hace más que incrementar mi curiosidad),
me asalta la duda sobre esa prenda y su manía por llevarla en todo momento. Lo miro de
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soslayo, entornando los ojos. Hasta ahora se ha confiado conmigo. Al menos, parece
más relajado. ¿Qué pierdo por volver a insistir en esa pregunta?
—¿Marcus?
El chico baja la vista hacia mí. Su gesto está tranquilo, aunque él también se ha
quedado pensativo durante nuestro silencio. Quizá en su cabeza aún rememoraba el
fantasma de quien lo hizo sufrir. Bueno, al menos, si así es, apartaré esa herida de su
mente.
—¿Sí?
Hay un pequeño vacile que se cubre con el manto del silencio. Se alarga solo durante
un segundo. Alzo la mirada a sus ojos y lo observo entre las pestañas.
—Dime, ¿qué es? ¿Qué escondes bajo los guantes?
Algo se rompe. Aunque no es algo que pueda escucharse ni verse, lo siento. Cuando
se tensa y se detiene, sé que he hecho mal. Que su secreto, sea cual sea, es lo
suficientemente incómodo o doloroso como para superar incluso los recuerdos de esa
mujer. Trago saliva, pero antes de que pueda decir nada, su mano se pierde. Mis dedos
quedan desanclados de los suyos y mi cuerpo entero parece tiritar de frío cuando se
aleja un paso de mí. Frunzo un poco el ceño, abriendo y cerrando el puño en un intento
de no sentir esa zona tan extrañamente vacía. De pronto, entre nosotros se ha abierto
una distancia que nada tiene que ver con lo físico. El Marcus que he conseguido
descifrar tras la máscara se agazapa tras su mirada.
—Es hora de volver a casa. Pronto saldrá el sol. Y Charlotte no nos dará tregua hoy.
Yo entorno los ojos, suspicaz.
—No puede ser realmente tan terrible, Marcus Abberlain. ¿Cuál es tu gran secreto,
para que quieras defenderlo a toda costa?
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Siento su mirada clavada en mí, pero solo es un segundo y solo me observa de reojo.
Al instante siguiente se da la vuelta y me permite ver su espalda cubierta por la
chaqueta. Aprieto los labios profundamente ofendida por ese gesto.
—No importa en realidad, porque es solamente mío y así debe seguir. —Su voz se me
antoja repentinamente fría, como si hubiera vuelto a ser el hombre que me miró de
arriba abajo y me insinuaba que no era nada de lo que él quería en su casa—. Seamos
justos: a ti te da igual. Mañana volveré a la búsqueda de tu libro. Y cuando lo encuentre,
que lo haré, tú te marcharás de aquí. Dejemos que todo esto quede como un extraño
sueño. Vamos.
Ahora sí me parece escuchar. Es como el sonido del cristal rompiéndose. Seco pero
reverberante. Mis labios se separan ligeramente y yo observo a Marcus con los ojos un
poco más abiertos. Me está echando. No es solo una impresión. En sus palabras hay un
implícito “te irás” y el encubierto deseo de que lo haga. De que me marche para dejar de
rondar a su alrededor con mis preguntas indiscretas y mis formas incorrectas.
—Quieres que me vaya —murmuro bajito.
«No te importa. Eso está bien. Tú también quieres irte. Ahora podrás agarrarte a eso.
Ahora que sabes que nadie espera que te quedes, ellos no tienen por qué importarte».
Una parte de mí espera que no llegue su respuesta. Esa parte a la que le gusta estar
aquí. La que se siente cómoda fingiendo ser parte de una familia de verdad, sin fisuras.
La parte que ha pensado que quizá podría volver…
No obstante, su contestación nace para herir a esa parte de muerte.
—Este no es tu lugar. Allá están tu hogar y tu librería y la vida que quieres recobrar.
Ni siquiera puedes salir de mi casa en pleno día.
Tomo aire. De nuevo esa sensación. Pensé que me había conseguido librar de esa
presión en las costillas. Al reclamar oxígeno, el corsé se me clava y me siento aún más
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aprisionada. “Este no es tu lugar”. Ni siquiera he podido escuchar realmente todo lo
demás. La primera frase ha sido certera, tan sencilla y con tanta realidad. El viento, al
acariciarnos, trae en su seno el gemido de dolor de un hada. Entiendo repentinamente
que no habrá deseos cuando me vaya a dormir.
«Tiene razón», comenta esa parte que está segura de que lo correcto es volver y
olvidar. La otra ni siquiera es capaz de responderle, porque no se siente con fuerzas para
hablar. “Este no es tu lugar”. De sus labios, la frase suena más sentenciadora, más firme
de lo que yo misma he sonado en estos tres días, convenciéndome de que recuperaría mi
paz en cuanto Marcus encontrase mi libro.
Bajo la vista al suelo, fijando los ojos en los adoquines. ¿Por qué siento algo quejarse
en mi interior? Algo que protesta y gimotea, como si me quisiera decir que eso no es
cierto. Que en este mundo quizá esté, precisamente, el hogar que no conseguí encontrar
en el mío.
No escucho.
En cambio, frunzo los labios. Es cierto. No es mi lugar. Ellos no son mi familia. Aquí
no tengo mi preciada libertad.
—Tienes razón —aseguro con más tranquilidad de la que en realidad siento. Me
adelanto, pasando por su lado. Nuestros brazos se rozan al hacerlo, pero yo no vuelvo a
tocarlo. Mi mano se queda enredada a la falda. Mis ojos no van a buscarle. Como la
desconocida que debo ser, ni siquiera lo espero cuando echo a andar de vuelta a casa—.
Ojalá encuentres pronto ese libro. Entonces, por fin, desapareceré.
El viento, anunciando un montón de pétalos marchitos, sopla para llevarse mi verdad
entre sus brazos.
***
Amanece al fin.
192
Ya hemos llegado para cuando lo hace y cada uno nos hemos refugiado en nuestro
propio rincón. Me he negado a ir a dormir, aunque Marcus me ha deseado, sin hacerlo
realmente, dulces sueños. Con un escueto “igualmente”, no me he dignado siquiera a
subir las escaleras. Me he metido en silencio en la salita y después me he encerrado en
mi único y verdadero santuario en esa casa. La sala de música es el lugar del que me he
hecho dueña, incluso sin ser este mi verdadero hogar. Me encantaría tocar ahora, pero la
casa aún duerme. Quizá cuando todos despierten yo me enfrasque en las notas para
olvidar, para navegar entre sus sonidos y perderme en ellos. Así, al menos, no tendré
que responder preguntas ni enfrentarme a Lottie y a su emoción. Hoy es su cumpleaños.
Esperaba que fuese un día feliz para todos, uno en el que pudiera respirarse la paz de la
tarde de picnic. No obstante, ahora no puedo pensar en celebraciones ni en fiestas. No
puedo pensar en nada que no sean las palabras del conde… y la verdad que llevan
impresa.
Me estremezco un poco, pero sacudo la cabeza. No. No quiero pensar. Me levanto del
taburete y me acerco a la cortina de la habitación. Me acuclillo. Ahí, escondida, he
dejado una carpeta con folios. La abro con cuidado. Mi regalo para Lottie está, aún a
esas horas, inconcluso. La tarde anterior me di cuenta de que no podía simplemente no
regalarle nada. También fui consciente, no obstante, de que no tenía dinero de este
mundo para comprarle ningún detalle que pudiera gustarle. Así que se me ocurrió que le
regalaría lo único que solo yo podía darle: música.
La canción compuesta para ella me recibe con sus notas impresas en el papel. No
tiene letra, sino que es solo una melodía. Quizá algún día pueda tocarla ella misma.
Quizá Marcus se case con una de esas señoritas obligadas a aprender el arte del piano y
ella la toque para la que entonces será su hija. Ese pensamiento no me agrada. Imaginar
a otra mujer que no sea yo tocando para ella, especialmente esa canción, me provoca un
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sentimiento de rabia que no quiero admitir, pero que existe. No. Lottie aprenderá y
entonces, cuando toque esa partitura, tendrá algo por lo que acordarse de mí. Algo,
espero, feliz.
Con ese pensamiento cojo pluma y tinta, robada del despacho de Marcus, y me
dispongo a terminar mi regalo, mi canción. Puede que no sea la más hermosa. Puede
que ni siquiera deje asomar pizca de talento alguno. Pero si algo puedo asegurar es que
está hecha con cariño. En ella van recuerdos de tres días. En ella, como una llamada a
esos pétalos que sé que no van a cumplirse, van todas las cosas que la niña ha
imaginado conmigo. Será, llegado el momento, lo único que las dos tengamos, aún en
mundos diferentes: ella se quedará con la única copia, pero en mi cabeza está grabada
cada nota, cada pulso… En mi mente, la melodía será la que acompañe a los pocos
recuerdos que tenga de esta estancia.
Termino.
Acaba con sencillez, como si no pudiera ser de otra manera. Suspiro y suelto la
pluma. Bajo la vista. Cruzo los brazos sobre la tapa del piano, cubriendo así la partitura
con ellos. Siento los ojos nublados, pero me convenzo de que eso es solo causa del
cansancio.
Con la mano manchada de tinta y la última nota sonando solo en mi pensamiento, los
sueños pasan a recogerme.
194
Marcus
Rowan.
—Era de tu abuela. Estoy seguro de que a ella le hubiera gustado que te lo diera.
Charlotte observa incrédula el contenido de la caja que descansa sobre su regazo.
—¿De verdad es para mí…?
Asiento distraído. Estamos solos en su habitación. Ella aún tiene las piernas
enredadas en las sábanas, pero yo me he negado a dormir. Una parte de mí, al menos, lo
ha hecho. En cuando me tumbé en la cama supe que no iba a ser capaz de pegar ojo, con
las palabras que dije sabiendo amargas en mi boca, por lo que me levanté y esperé a una
hora prudente para despertar a la cumpleañera. Su regalo, un regalo de mayores, le
causa una satisfacción que no esconde. Acaricia el camafeo con los dedos desnudos y se
mordisquea el labio.
—¿Me lo pones?
Yo obedezco. La joya se posa sobre su pecho y parece respirar con ella. Se levanta de
un salto del colchón y corre hasta el tocador de madera clara. Su imagen le devuelve la
mirada desde el espejo ovalado. Algún día será una mujer hermosa, con sus grandes
ojos verdes y sus cabellos oscuros como las alas de los cuervos. Por el momento, sin
embargo, sigue siendo una niña a la que hay que cuidar. Mi niña. Sonrío un poco ante
su emoción. Su rostro parece brillar, blanco y reluciente como la porcelana. Me gustaría
poder seguir haciéndola feliz, como en este instante. Sé que no es el valor del collar lo
que le importa exactamente, sino lo que representa: hoy es un poco más adulta a ojos de
los demás, aunque para mí siga siendo la chiquilla que encontré dormida en un rincón
en sombras.
—¿Crees que me hace mayor?
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Me levanto y me acerco a donde está. Poso las manos sobre sus hombros delgados,
sintiendo sus finos huesos bajo el camisón. Aún es frágil. Aún me necesita.
—No tengas prisa en crecer, Lottie. Ya tendrás luego tiempo de echarlo de menos.
Su reflejo en el espejo me mira y me sonríe. Me deja desarmado. Sacudo la cabeza y
sé que ya no puedo imaginarme el mundo sin ella. La señorita Blackwood se marchará y
yo sobreviviré. Si fuera Charlotte la que me dejase mi agonía sería indescriptible. Beso
sus cabellos y la abrazo desde atrás con fuerza, hasta que ella se queja.
—Cámbiate y baja a tomar tu desayuno de cumpleaños. Tu tío estará a punto de
llegar.
No sé si me hace gracia que Rowan venga a pasar el día con nosotros aprovechando
la celebración. Hoy no me apetece verle. Ni a él ni a nadie. Me siento frustrado y un
poco enfadado no solo conmigo mismo, sino también con ella. ¿Por qué, de todos los
temas, tuvo que sacar ese a la luz? ¿Por qué no pudo simplemente haber callado?
Entonces nada habría sucedido y tendríamos la fiesta en paz. Ahora, por su causa, lo
único que quiero es encerrarme en mi despacho y no ver a nadie. ¿Cómo voy a hacer
para afrontar la noche que me espera? Suspiro hondamente y me separo de la pequeña.
Yo, que me había sacado la máscara, descubro ahora que tengo que volver a ponérmela.
Lottie se da cuenta de mi humor, pues se vuelve hacia mí.
—¿Papá?
Intento convocar mi mejor expresión de felicidad, pero cuando ella frunce el ceño sé
que no ha funcionado. A veces no se la puede engañar. Lentamente su candidez y su
inocencia van desapareciendo para mostrarme la joven suspicaz e inteligente que pronto
será. Un par de años más y no reconoceré a mi propia hija.
—¿Qué ocurre, cielo?
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Ella tira de mi manga y me hace agachar. Su dulce beso queda pegado a mi mejilla.
Me sorprende un poco, pero también me arranca una sonrisa de verdad. ¿Cómo podría
negarle algo a este ángel bajado a nuestro mundo? Su simple presencia en esta casa es
un bálsamo para mi corazón.
—Gracias por todo —responde en un susurro que hace temblar mi alma—. ¿Ha
pasado algo?
Niego, pero sé que no hay manera de engañarla ya.
—No pasa nada. Se supone que las personas que cumplen años solo tienen que
preocuparse por una cosa: pasarlo bien.
Parece dudar, no muy segura. Mira alrededor como si esperase descubrir algún espía
tras las cortinas. Tras asegurarse que nadie nos escucha me hace inclinar de nuevo hacia
ella. Le cedo mi oreja ladeando la cabeza, aunque algo dentro de mí me avisa de
antemano cuál será su tema de conversación. Últimamente, en realidad, no habla
conmigo de otra cosa. Siento casi que intenta manipular mi mente. Que de alguna
manera intenta venderme la imagen perfecta de Ilyria Blackwood. No creo poder
soportarlo durante mucho más tiempo.
—¿Has conseguido ya un bonito vestido de baile para Ily?
Suspiro. Así que sigue con esa idea metida en la cabeza. Niego suavemente. De
pronto parece escandalizada.
—¡Papá! ¡Se supone que tiene que bailar contigo!
Intento protestar. No me gusta tener que ser yo el que se lo diga, pero la muchacha no
se puede quedar aquí. Mañana mismo pretendo que desaparezca de nuestras vidas. No
voy a permitir que siga en la casa y sé que sacarla de aquí será también una liberación
para ella. No habrá más preguntas, más comentarios indiscretos. Se acabarán los tuteos
y las jovencitas saliendo en camisón al pasillo. Después de que haya desaparecido, de
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hecho, podré recordarla como un personaje lejano de un libro. Borraré estos últimos
días como si nada hubiera sucedido. Así funciona siempre. ¿Por qué habría de ser
diferente esta vez?
—Charlotte…
Mi explicación de la situación, de la realidad, se ve frustrada por un golpe en la
puerta. Yinn se asoma y sonríe. Como la niña, él también está contento, tal vez porque
tendrá ocasión de ver a Sabine en el baile de esta noche. La idea es suficiente para
hacerlo saltar de alegría. Supongo que es inevitable que pronto decidan casarse. Aunque
me alegro por él, hoy no puedo pensar realmente en eso. La niebla del sueño que no he
dormido se posa sobre mi mente como algodón, aislando la realidad de mis
pensamientos y pintándolo todo con tintes irreales. Quizá debería aprovechar este
mismo instante para excusarme e ir a dormir un poco. Sin embargo, aunque me gustaría,
soy consciente de que bajar los párpados supone el castigo de rememorarlo todo de
nuevo. Todas las desgracias. Todas las pérdidas.
—Thaýr, tu hermano ha llegado. Está en el comedor, esperando por ti y por la
pequeña thàyre.
Le doy las gracias y le digo que vaya en busca de Angela para que ayude a la niña
con su ropa. Al tiempo que sus pasos se alejan por el pasillo, aprovecho la leve
distracción para escabullirme fuera del cuarto. Cierro la puerta tras de mí. Al pasar por
delante de la habitación de la señorita Blackwood no puedo evitar pensar en lo
desafortunadas que fueron mis palabras la otra noche. ¿Debería disculparme? Una parte
de mi mente insiste en que debería, la otra está convencida de que ninguna mentira salió
de mis labios. Alzo la mano dispuesto a golpear la madera. Me arrepiento un instante
después. No lo haré.
Cojo aire y sigo mi camino, como ella debe seguir el suyo.
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Rowan me espera donde Yinn ha dicho, sentado en el salón, sin respetar mi sitio
preferido a la cabecera de la mesa. Desde que nuestro padre no está siempre he sido yo
el que ha presidido todas las comidas, día tras día.
—¡Marcus! —Ha cogido mi periódico también y lo ha estado ojeando distraídamente.
En el asiento que normalmente ocupa Charlotte ha dejado abandonado un paquete
envuelto en papel brillante con un gran lazo de raso sobre él—. Empezaba a pensar que
no bajarías nunca. ¿Dónde estabas?
Intento no molestarme con él. Estoy demasiado cansado para discutir, así que me
siento en la silla vacía que hay a su lado y me sirvo una taza de té con mucho azúcar.
Cierro los ojos un momento. Creo que va a empezar a dolerme la cabeza en cualquier
instante.
—Dándole a mi hija su regalo —respondo al fin—. He mandado arreglar el camafeo
de mamá.
La mención es suficiente para que su rostro se contorsione. Es obvio que la idea
misma le parece aberrante, pero no llega a decir nada, lo que me alegra. Hoy no importa
su odio o su envidia. Lo más importante es Lottie. Que al menos ella tenga el día que se
merece. Ambos guardamos silencio durante lo que a mí me parece una eternidad. Yinn
entra para dejar sobre la mesa una bandeja llena del bizcocho favorito de la
homenajeada. Lo oigo carraspear y adquirir un tono formal.
—¿Thaýr? Me preguntaba si sabe dónde puede estar la señorita Blackwood. Me temo
que no está en su cuarto…
Doy un respingo y alzo la cabeza. Rowan parece repentinamente interesado y yo le
lanzo una mirada reprobatoria al mayordomo. Preferiría que no la hubiera mencionado,
sobre todo delante de mi hermano. Y tampoco es como si yo tuviera que saber dónde se
esconde. Si no está en su habitación, puede que se haya encerrado en la sala de música
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o… La idea de que haya decidido salir de casa pese a las consecuencias me abruma y
me paraliza. Siento que la sangre huye de mi rostro y mis mejillas se tornan blancas.
Me obligo a recuperar la calma como si nada hubiera pasado, aunque los rostros de
los dos presentes me indican que la maniobra no tiene el efecto esperado. Me
humedezco los labios.
—¿Se la ha buscado en la sala de música?
Por su mueca es obvio que no. Hace una reverencia y sale en silencio, como se espera
de cualquier criado al servicio de una casa importante. Yo me remuevo incómodo en mi
asiento ante la repentina mirada inquisitiva de mi familiar. Le escucho dejar la taza
sobre el platillo y coger uno de los pedazos de bizcocho.
—¿Quién es la señorita Blackwood? No sabía que tuvieras una nueva criada, aunque
había escuchado un feo rumor…
Me tenso. Mi ojos se niegan a encontrarse con los de él.
—¿Rumor?
No necesito alzar la cabeza para saber que asiente.
—Ya sabes, la gente habla. Ha llegado a mis oídos que Simon Ílberen fue testigo de
una escena bastante curiosa. Al parecer una extranjera juraba que estaba bajo tu
protección, aunque no llevaba marca. Un hombre la reclamó y tú, tan generoso como
siempre, se la compraste. —Hay una burla escondida en su tono de voz que intento
ignorar—. Por supuesto, yo le dije que eso era imposible. Marcus Abberlain no compra
muchachas que pronuncian su nombre en vano.
—No sé qué puede tener de feo que digan algo así de mí. No está mal ayudar a
alguien que lo necesita, ¿no crees? Solo quiero… cuidar de ella. Con suerte podrá
volver a su casa.
200
Él arquea las cejas, limpiando unas migas de su uniforme inmaculadamente blanco.
No es un color que le favorezca, teniendo en cuenta su piel también clara.
Lamentablemente no parece estar dispuesto a creer ni una sola de mis palabras.
—Dicen que es una chica bonita. Con carácter, por lo que tengo entendido. Al menos,
luchaba bastante para que no se la llevaran.
—No sé a dónde quieres llegar, Rowan. Cualquiera tendría miedo en esa situación y
trataría de escapar. No todas las mujeres son mansas como ovejitas.
La comparación parece hacerle gracia, pues se echa a reír. Siento el interés en sus
ojos, en la sonrisa casi expectante que esboza. Quiere conocerla. ¿Le gustará ella?
Probablemente, si él es amable, ella también lo será. Si no lo es, si le cae mal, lanzará
comentarios mordaces y se marchará dejando a Rowan aún más embelesado de lo que
está ahora cuando no la conoce. No sé si quiero que se vean las caras si él se va a
encaprichar de alguna manera con ella.
—¡Tito Rowan!
Charlotte entra con una gran sonrisa en el rostro y mi hermano abre los brazos hacia
ella. No se hace de esperar. Sus pasos de niña casi vuelan sobre las baldosas con un
aleteo de encaje y lazos que dejan tras de sí borrones rosas y blancos. Él la abraza fuerte
y ella besa su mejilla sonoramente, lo que hace reír a ambos. Por mi parte, yo vuelvo a
centrar la atención en mi desayuno, que trago por pura inercia, sin hambre.
—¡Pero si ya estás hecha toda una mujercita! Dentro de poco empezarás a romper
corazones.
Ella se ruboriza y se separa de él, dando una vuelta sobre sí misma para que pueda
verla bien. La vista de Rowan vuela a su cuello, de donde cuelga el collar del que le he
hablado. Intenta ignorarlo, pero sé que no es capaz simplemente de apartar la mirada. Le
201
cuesta toda su fuerza de voluntad. Lottie va a sentarse cuando ve la caja sobre su silla y
deja escapar una exclamación.
—¿Qué es esto? —Pregunta, aunque es más que obvio que sabe la respuesta. Sus
manos se aferran a su propia falda, impacientes ya por desenvolver el secreto.
—¿Qué podrá ser? Creo que hay un papelito sujeto al lazo, ¿por qué no lo lees?
La pequeña no se hace de rogar. Se humedece los labios y toma el papel rápidamente.
Como el paquete aún está sobre su asiento decide apoyarse contra su tío, que la abraza
de tal manera que tiene una vista privilegiada de la nota. Yo acudo a toda la escena sin
palabras, como si fuera un espectador no invitado. El sentimiento de desplazamiento, de
lejanía, me hace sentir extrañamente incómodo, como si de pronto esa no fuera ya mi
familia. Quizá después de todo sea un desconocido también para ellos. Aparto mi plato
y mi taza y los observo con los brazos cruzados sobre el pecho, la espalda contra el
respaldo. Las palabras escritas para ella hacen reír a Lottie y arrancan una sonrisa a los
labios de Rowan. Sea cual sea la broma, yo quedo al margen porque ninguno me la dice.
Siento el enfado royéndome las entrañas, los celos, pero no lo manifiesto. No tengo
derecho alguno a hacerlo. Así que simplemente observo cómo ella se levanta y empieza
a deshacer el envoltorio con obvio deleite. La caja se abre y el blanco pulcro de la tela
nos saluda.
—¡Es preciosa!
—Digna solo de una Abberlain.
Al principio no entiendo esas palabras, pero pronto veo a qué se refiere mi hermano.
La empuñadura de la sombrilla que Lottie sostiene tiene la forma del águila, a imitación
de mi bastón. Aunque es un parasol hermoso, con sus bordes de puntilla, perfectamente
digno de una señorita, hay algo en él que no me gusta.
202
—Eres muy amable, Rowan, pero no tenías que haberte molestado. Le compré una
hace tan solo un mes.
Mi hermano me dedica una sonrisa ladina y sus ojos destellan divertidos.
—Intentaré olvidar que eso no suena realmente a un agradecimiento. De todas
formas, ésta no es una sombrilla normal. Guarda un secreto.
La boca de mi hija se entreabre. De pronto veo en sus ojos la misma curiosidad que
llevo viendo en la mirada de Ilyria desde que llegó. Se gira hacia su tío.
—¿Qué secreto?
Él ríe encantado por haber despertado su atención.
—Tendrás que descubrirlo tú misma.
Encantada, Charlotte se echa a reír, pero ante mi mirada severa, que le advierte que ya
tendrá tiempo más tarde, aparta todo de su silla y se sienta al lado de mi hermano, tras
lo que se pone a hablar con él. Intenta sonsacarle el misterio, aunque sé que Rowan no
dirá nada.
Sus palabras me llegan lejanas, como si en vez de una mesa nos separara un abismo.
La presencia de mi hermano me incomoda. Desearía poder levantarme de mi asiento y
refugiarme en mi despacho. ¿Dónde se ha metido la señorita Blackwood?
Como si mis pensamientos hubieran traspasado el velo de mi mente y se hubieran
convertido en realidad, su nombre se hace eco en la mesa. Nuestro invitado ha
preguntado por ella y Lottie no se hace de rogar al contestarle con todo lujo de detalles.
Quién es, de dónde viene y lo mucho que le gusta tenerla en casa.
—Me ha empezado a enseñar a tocar el piano. ¡Dice que algún día puedo convertirme
en una gran pianista, si me esfuerzo! Y el otro día hicimos un picnic en el jardín.
Normalmente se hacen en bosques o prados, pero como ella no puede salir de la casa
203
nos sentamos bajo el manzano —concluye, dándole más información a su interlocutor
de lo que yo habría deseado.
—Suena como si fuera una muchacha de lo más interesante —aprueba mi hermano, a
pesar de que no me gusta el tono de su voz—. ¿Y dónde está ahora, si puede saberse?
Después de ese catálogo de virtudes que me has expuesto, esperaba que desayunara con
nosotros.
Charlotte mira alrededor, como si no se hubiera dado cuenta hasta ese momento de
que no está en la sala.
—A lo mejor sigue durmiendo. ¡Pero vendrá, porque tiene que felicitarme! Y también
vendrá esta noche a la fiesta y bailará con papá.
Mi corazón da un vuelco. Por mucha ilusión que a mi hija le haga no puedo
complacer ese capricho. Las palabras de esa misma madrugada vuelven a mí con
incluso más fuerza que en el momento en que las dije, lacerándome la mente y el
corazón. He sido cruel. Ella me odia ahora, lo sé. Y aunque deseo que acepte que debe
irse, tampoco quiero que se lleve ese mal recuerdo de mí. No quiero que piense en el
daño que le hice una vez esté de vuelta en su mundo. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que hacer
esa pregunta, de todas? Cojo aire y lo suelto en un gran suspiro.
Los pasos que entran en la estancia me distraen de mis pensamientos. Ilyria está bajo
el dintel, detenida, ataviada de nuevo con el vestido azul del primer día. Observa la
escena con obvia curiosidad. Sé que la sonrisa que ha compuesto no es real, que solo lo
hace para complacer a su nueva amiga.
—¡Ily!
Charlotte se levanta y corre hasta ella para abrazarla con tanto afecto que la culpa se
vuelve insoportable. Le echa los brazos alrededor de la cintura y apoya su cabeza contra
su pecho. Ella le devuelve el gesto apretándola contra sí.
204
—Feliz cumpleaños, princesa.
Se inclina y deja un beso sobre su frente. Es una caricia de verdad, sincera, como si
estuviera plantando en su mente todos los buenos pensamientos y los sueños más felices
del mundo. Yo aparto la mirada, para así no ver la sonrisa amplia en los labios de la
niña, aunque escucho su risa y el susurro de la tela de su vestido. La arrastra consigo y
la hace sentar a su lado como en los últimos días.
—Este es mi tío Rowan, Ily.
El aludido se ha puesto en pie como un verdadero caballero. Hace una inclinación de
cabeza, aunque es más que obvio que escruta la figura de mi protegida. ¿También él se
fijará en los destellos de oro entre sus cabellos castaños, en los ojos oscuros y las manos
nerviosas? En la bonita curva de sus mejillas, tan tiernas, y en su barbilla erguida con
una pizca de orgullo…
—Así que esta es la famosa señorita Blackwood… Es un honor conocer a la mujer
que se ha hecho un lugar en esta casa. —Ilyria se tensa ante el comentario pero no dice
nada, aparte de hacer una inclinación de cabeza antes de sentarse—. Y que ha
conseguido ganarse el corazón de mi sobrina y el interés de mi hermano, claro. —Él
mismo se sienta—. He oído hablar tanto y tan bien de usted que pensé que tendría que
ser una fantasía.
Ella no contesta y yo me alegro de que sea así. No soportaría escuchar su risa y sus
comentarios atrevidos mientras habla con él. En lugar de eso atiende a Lottie, que le
muestra su collar nuevo y su sombrilla blanca que, presume, tiene un secreto que no le
va a contar. Sacudo la cabeza y me levanto.
—Si me disculpáis…
205
Rowan me mira suspicaz. Charlotte frunce el ceño, triste por ser abandonada en su
desayuno de cumpleaños. La extranjera ni siquiera me mira, concentrada en recorrer con
el dedo la talla del águila de la sombrilla.
—No irás a trabajar hoy, ¿verdad? Es el cumpleaños de tu hija. Seguro que esos
escritores que no tienen dinero para pagarse la publicación de sus propios libros pueden
esperar —apunta Rowan.
Aprieto los labios por su atrevido comentario, pero no se lo echo en cara. Niego con
la cabeza. Cuando hablo es a Lottie a quien miro, a nadie más.
—Tengo que hacer un recado. Estoy seguro de que sabrás perdonarme un par de
horas. Te dejo en buena compañía.
Ella parece saber qué me traigo entre manos casi de inmediato. La veo sonreír
ampliamente y dar palmas un par de veces como si pudiera leerme la mente y le
pareciese la idea más maravillosa del mundo.
—¿No puedo ir contigo?
Compongo una sonrisa solo para ella que pueda entender como una negación. No es
tan forzada como habría esperado: su felicidad siempre me recuerda que estoy haciendo
lo correcto.
—Tendrás que fiarte de mi gusto.
Charlotte ríe, agradada, y yo me dirijo a la puerta.
Las miradas de Rowan e Ilyria me siguen y yo no sé cuál se clava con más intensidad.
206
Ilyria
La canción entre dos mundos.
Yinn me ha despertado sin consideración, alejando los sueños de mi cabeza. Me ha
parecido un acto sumamente cruel. En ese mundo de ilusiones al que me había escapado
no había ni problemas ni dolor. No había nada más que quimeras irreales. Aún si
hubiera sido una pesadilla habría estado bien. Al menos no tendría que escapar de él.
Lo observo salir por el rabillo del ojo, aunque pronto devuelvo la vista hacia la
sombrilla. Él también huye. Eso lo hará, definitivamente, más sencillo. Me he decidido
a no hablarle. A no hablar, en realidad, con nadie. Solo con el pequeño ángel que hoy
tiene que ser más feliz que nunca. No seré yo, e intuyo que tampoco será su padre, quien
le amargue la fiesta. Me comportaré correctamente y haré realidad todos los caprichos
de la niña. Todos, por supuesto, menos uno. La idea de bailar con el conde, aunque no
puedo negar que al principio me pareció divertida, es desechada inmediatamente. Ni
siquiera sé bailar tan bien esos bailes, así que eso me eximirá de cualquier culpa.
Llegado el momento, cuando ella suplique, yo admitiré mi falta de educación en ese
ámbito. Incluso Lottie, con su obstinación, tendrá que entenderlo. Nada de cuadrilla
aparte de lo visto en películas y que naturalmente no he aprendido. ¿Vals? Sí, tengo
recuerdos difusos de mi madre enseñándome lo básico. Un, dos, tres; un, dos, tres. Es
un ritmo sencillo y repetitivo. El baile, por tanto, también.
—¿Ilyria?
Doy un respingo y miro a Charlotte, apartando la mirada de su regalo. Parpadeo como
si me hubiera sacado repentinamente de una ensoñación. Ella me mira con ojos
brillantes de suspicacia y curiosidad. No creo que se la pueda engañar, pero aún así
sonrío y le revuelvo los cabellos con una mano.
—¿Sí, princesa?
207
—¿Estás bien? Pareces en otro mundo.
Durante un instante se me ocurre lo irónica que es una frase tan sencilla. «Estoy en
otro mundo», se me ocurre contestarle. Pero sé que a mi voz asomaría la amargura y no
quiero que ella se dé cuenta de eso. Medito un segundo mi respuesta. Después, de una
manera distraída, me toqueteo la mejilla con aspecto pensativo.
—Intentaba descifrar el misterio de la sombrilla. Estoy segura de poder hacerlo.
La risa de Rowan me sobresalta. Lo observo de reojo. No me he fijado demasiado en
él, quizá por el simple hecho de que no quiero tener contacto con nadie más. Lo último
que podría desear ahora es crear lazos con más gente. Me niego en rotundo a tal cosa.
No obstante, lo miro por simple curiosidad. El parecido con su hermano es más que
notable, pues sus cabellos son del mismo color cobrizo, de la tonalidad de las hojas en
otoño. Parece un par de años más joven que él. También hay elegancia en sus rasgos,
pero me parece diferente. Aunque su porte es orgulloso, su expresión es relajada, mucho
más tranquila que la que suele tener Marcus. Definitivamente se me antoja más jovial,
más calmado. Pueden parecerse físicamente, pero algo me dice que deben ser
completamente opuestos en carácter. Por ejemplo, el conde nunca se ha atrevido a
mirarme con el descaro y la sonrisa con la que lo hace él. Lo que más me llama la
atención, sin embargo, es su mirada: uno de sus ojos es del mismo color irreal que
tienen los de su familiar, morado. No obstante, el otro, aunque lo esperable es que sea
igual, destella con el tono azul del cielo.
—¿Y por qué cree estar tan segura, señorita Blackwood?
—Ilyria —lo corrijo suavemente. Estoy harta de que me traten de usted. Él, al menos,
no parece que vaya a poner tantas pegas como parecía tener Marcus al respecto.
Maldigo para mí misma al darme cuenta de que no estoy haciendo otra cosa que
compararlos y, por tanto, atraer a mi cabeza su recuerdo. Ahora que ya no está en la
208
estancia debería sentirme libre de él. ¿Por qué, entonces, sigo igual de anclada?—. Y
creo que no es realmente complicado. La talla misma es una pista, ¿no es cierto? Es la
misma que la del bastón de Marcus…
Charlotte me mira con expectación y sé que se le han olvidado sus preguntas o sus
sensaciones sobre mi estado anímico. Es fácil hacerla feliz. Eso me arranca una sonrisa
de verdad. Como a mí, es sencillo hacerla olvidar si llamas a su curiosidad incesable.
Alguien debería enseñarle, sin embargo, que la curiosidad mató al gato. Mi error de
anoche me viene repentinamente a la mente, pero lo bloqueo antes de que pueda
martirizarme. No quiero pensar en algo así. No ahora.
Rowan, por su parte, se echa hacia delante en su asiento y me observa, parece que
francamente interesado.
—Vaya, Ilyria. Parece que te he subestimado. Quizá sí que seas capaz de desentrañar
mi pequeña adivinanza.
Se me escapa una sonrisa casi orgullosa. Lottie parece inquieta, con los ojos muy
abiertos. Mira a su tío y luego a mí.
—¿Qué? ¡Yo quiero saber! Vamos, Ily, vamos. Di: ¿qué es?
Sonrío con algo más seguridad ante su emoción y le revuelvo los cortos cabellos
suavemente. Miro a su tío alzando las cejas.
—A su padre no le va a gustar.
—Si tomase mis decisiones teniendo en cuenta lo que pensase mi hermano, ahora ni
siquiera estaría sentado a esta mesa, sino amargado en un rincón —responde con total
sencillez.
Entreabro los labios, casi incrédula, pero pronto los aprieto y aparto la cara… para
poder echarme a reír. Es una risa sincera, que le agradezco porque es la primera que
emito desde que ha salido el sol.
209
—Amén —sentencio con un golpe de cabeza. Charlotte tira de la falda de mi vestido
con seguridad pero con sutileza, para llamar mi atención. La miro y río—. Está bien,
está bien. —Hago un ademán despreocupado en el aire—. Hay una espada dentro —
miro a Rowan de reojo con una sonrisa orgullosa—. ¿Me equivoco?
El chico alza las cejas en respuesta. Reconozco una pizca de diversión en sus ojos. Su
mirada va a fijarse en nuestra pequeña cumpleañera, que ha separado mucho los
párpados.
—Parece que tu profesora sabe algo más que tocar el piano y hacer picnics en el
jardín —comenta.
Lottie se fija en él y mira la sombrilla después.
—¿Entonces es verdad? —Exclama emocionada.
Rowan solo asiente ligeramente. Yo repaso el contorno de la sombrilla, rozando la
cabeza del águila con las puntas de los dedos. Me humedezco los labios. Sé que a
Marcus no le gustaría esto. La idea de desafiarle de alguna manera, de tentarle a que me
reproche algo, me seduce. Más razones para odiarlo.
De ese modo, finalmente encuentro el mecanismo. Hay un pequeño clic y cuando tiro
de la sombrilla con una mano, el mango del águila queda en la otra. Sonrío encantada.
Entre mis dedos queda un estilete fino, elegante, no demasiado largo. Naturalmente, no
puede serlo para caber en el pequeño complemento. No obstante me parece, durante un
segundo, verdaderamente letal.
Lottie da un gritito, emocionada. No me parece que sea un regalo adecuado para una
niña, pero a mí misma me encanta. Además, ¿no era Rowan un militar? Supongo que un
presente así es comprensible. La joven extiende las manos para coger su parasol entre
los dedos con un suspiro de satisfacción.
—¡Me encanta! —Exclama eufórica.
210
—Es preciosa, realmente —digo dándole la razón con un golpe de cabeza—. Aunque
deberías esconderla de tu padre. —Dejo los ojos en blanco—. Es capaz de confiscártela.
Dirá algo así como que las espadas no son un instrumento adecuado para una dama.
Mejor que siga pensando que es una encantadora, femenina e inservible sombrilla.
—Oh, en realidad creo que Marcus ya lo sabe... —comenta Rowan. Lo miro ladeando
la cabeza—. No se le escapa una. Lo que debe hacer es fingir que no conoce el secreto,
que es diferente. Si él piensa que no tiene ni idea de lo que esconde mi regalo, mejor
que mejor.
Río por lo bajo. Por fin alguien simpático, gracias al cielo. Un noble que no parece
preocuparse de las formas y lo correcto. A lo mejor Marcus tenía razón y este mundo no
está tan arraigado a las normas y al protocolo como parece. Sonrío, asintiendo, y miro a
la pequeña.
—Ya has oído a tu tío. Haz caso.
Charlotte ríe y mete la espada en la sombrilla, que sisea al verse oculta de nuevo en
su pequeño escondrijo. Abraza su regalo contra su pecho y parpadea, tan adorable como
siempre, con una sonrisa infantil.
—Será nuestro secreto.
Tanto Rowan como yo reímos, divertidos. Asentimos firmemente, de acuerdo con
ella. La niña mira a su tío ladeando la cabeza, aún abrazando su regalo.
—¿Te vas a quedar hasta la noche, tito Rowan?
—Por supuesto —responde él diligentemente—. Por hoy, soy todo tuyo.
Veo a Charlotte emocionada con la noticia. Deja la sombrilla y corre a abrazarle,
encantada. Debe quererlo mucho. A mí, no obstante, la idea de que él esté allí no
termina de gustarme. Lo cierto es que esperaba que se marchase en algún momento. Así
podría enseñarle la canción a la niña, darle su regalo. Pero habiendo otra persona…
211
Nunca me ha gustado tocar en público. Me hace sentirme descubierta, desnuda y
avergonzada. Cuando alguien me halla tocando, siento toda mi alma al descubierto. Eso,
de alguna manera, me provoca un sentimiento de indefensión que no me gusta.
Me mordisqueo el labio. Miro de reojo a la niña, tomando distraídamente una tostada.
Atiende con ojos muy abiertos a lo que Rowan le cuenta sobre el palacio, sobre las
damas y Su Majestad… ¿Su Majestad Victoria, ha dicho? Parpadeo.
—¿Victoria? ¿Vuestra reina se llama Victoria?
Los dos alzan la mirada a la vez. Yo me ruborizo, sabiendo que he capturado de
nuevo la atención sin pretenderlo.
—¡Claro, Ilyria! ¿Cómo si no?
Enrojezco algo más ante mi ignorancia. Supongo que tiene sentido. Todo en este
mundo parece acorde a la brillante época victoriana en el mío. No esperaba,
ciertamente, que incluso la reina pudiera coincidir. De nuevo me siento como si solo
hubiera retrocedido atrás en el tiempo en vez de acabar en una dimensión diferente. No
doy parte de mis pensamientos, sin embargo.
—Perdón. No lo sabía. Solo me ha sorprendido.
Rowan sonríe.
—Deberías informarte un poco más sobre este mundo, si vas a quedarte mucho.
Doy un respingo y lo miro repentinamente tensa. Aprieto los labios y coloco un
mechón de mis cabellos tras la oreja en un ademán despreocupado. Me llevo la taza de
té a los labios como si nada hubiera pasado.
—No es mi plan quedarme en este mundo.
No sé decir cómo influye la noticia sobre él, pero sí intuyo que Lottie está
decepcionada. Lo veo en sus ojos, en el fruncir leve de sus labios. No obstante, de
pronto, sonríe. Sus palabras duelen más de lo que dolieron las de su padre anoche:
212
—¡Pero volverá!
Latido. Firme, sordo. Tomo aire con algo de dificultad, pero no alzo la mirada. Por un
momento pienso en decir la verdad: «No lo haré. Me marcharé y me encargaré de
destruir ese libro. No volveré a saber nada de este mundo. Nada de vosotros. Y
vosotros, nada podréis saber de mí». Sin embargo… no me sale la voz. No puedo
decirle eso. No ahora. No hoy. Es su cumpleaños. Hoy solo puede ser feliz. Si mi
pequeña mentira va a ayudar a eso, que así sea.
—¿De veras?
Levanto la mirada. Rowan parece interesado. Yo titubeo, pero asiento un poco,
encogiéndome de hombros. No llego a decirlo en alto, como si de mi garganta no
pudieran salir más mentiras.
—¿No es genial, tito Rowan? —Repentinamente, la pequeña salta del regazo de su tío
y viene a abrazarme a mí. Siento un nudo en el estómago, pero intento pasarlo
desapercibido—. ¡Ilyria será algo así como mi mamá!
Golpe. Me arrebata la respiración y me arranca un jadeo. Yo abrazo a la niña en
respuesta, mirándola con los ojos muy abiertos. ¿Ser como su madre, ha dicho? ¿Yo?
Me encojo un poco sobre mí misma, pero escondo la cara en el cuello de Lottie con la
excusa de estrecharla entre mis brazos y darle un beso en la mejilla. ¿Qué pasaría con su
verdadera madre? ¿Quién sería? ¿Habla solo por la necesidad de tener una madre de
verdad? Me doy cuenta de que ni siquiera sé cómo llegó a esta casa, ni nada de su vida
antes de que Marcus la adoptase.
Repentinamente me siento perdida y confundida. He empalidecido, lo sé. Y pese a
eso… ¿Qué es esa calidez que se ha instalado en mi pecho? Que arranca un latido de
más a mi corazón. Que acelera el pulso. Me veo de pronto arrastrada por una marea que
no había imaginado. Un torbellino de sentimientos se arremolinan dentro de mi cuerpo,
213
dejándolo cansado y sin saber a qué agarrarse. Por un lado la culpa. La mentira. El saber
que no puede ser cierto. Las madres no abandonan a sus hijos. No, al menos, las buenas
madres. Y yo voy a hacerlo. Cuando encuentre mi libro la dejaré sin mirar atrás. No me
despediré, porque sé que no podría soportar ver el desengaño en sus ojos verdes.
Decirle “adiós” me rompería por dentro.
No obstante, por otro lado… emoción. Nace en mi corazón y se extiende como un
temblor por todo mi cuerpo. La abrazo algo más fuerte y parpadeo. ¿Por qué se me
nubla la mirada? ¿Por qué me escuecen tanto los ojos? No puedo explicarlo. Sé que no
lo ha pretendido, que quizá su frase solo ha sido una manera de hablar. Sin embargo, la
idea de que me vea como tal, de que me imagine como algo más que su profesora…
Que me vea como su familia me hace sonreír. Es una sonrisa temblorosa, insegura.
¿Quién no querría una hija como ella? Una niña que te abraza tan fuerte, que te mira con
grandes ojos ansiosos de conocimiento. Una pequeña que parece ser feliz sencillamente
con un beso en la frente o una tarde en el jardín.
«Elimina ese pensamiento de tu mente en este instante, Ilyria Blackwood», sugiere la
voz de la razón. «Olvida incluso lo que ha dicho ella. Borra esa frase de tu memoria.
Solo eres una desconocida. Una extranjera. Alguien que está de paso. No vas a quedarte.
No vas a volver. No eres su madre. No eres su familia. Nunca lo serás».
Aprieto los labios y la estrecho algo más fuerte entre mis brazos.
No lo soy. Nunca lo seré.
Pero mientras ella lo sueñe, quizás a mí también me gustará hacerlo.
***
Al fin me he decidido a darle su regalo.
Cuando hemos terminado de desayunar, algo titubeante le he sugerido acompañarme
a la sala de música. Le he pedido a Rowan que no nos acompañe, explicándole en un
214
susurro que me gustaría que estuviéramos solas en ese momento. Él, aunque me ha
mirado indescifrablemente, no ha puesto pegas. Nos ha dejado marchar sin protestas.
De modo que aquí estoy. He tocado en mil conciertos, delante de innumerables
personas… y ahora me siento más nerviosa que nunca ante la mera y simple presencia
de una niña pequeña. ¿Qué hago si no le gusta? Dejo que se siente en el taburete y voy
en busca de la carpeta. Mi talento como compositora no es tal. Seguro que hay alguna
nota fuera de su lugar. Un sonido que no debería existir. Puedo equivocarme al tocar,
aunque en mi memoria están grabadas a fuego todas y cada una de las notas, cada tono,
cada pulso, cada clave. Cojo aire y vuelvo a su lado. Casi siento mis manos temblar.
—¿Ily? —Pregunta Lottie con suavidad. Con cariño. Con su sonrisa dulce, tan
inocente—. ¿Pasa algo?
La miro entre las pestañas. Se me ocurre que yo parezco la niña y ella la adulta ahora
mismo. Me ruborizo, pero le tiendo con cuidado la carpeta.
—Feliz cumpleaños.
Charlotte parpadea. Todo en ella parece puro, sencillamente incorrupto. También ese
gesto de sorpresa y el brillo en los ojos que ocupa su mirada después. Sonrío un poco.
Al menos, está emocionada. Feliz. Me gusta pensar que puedo colaborar a ello. Que
puedo darle un empujón a su sonrisa de alguna manera.
—¿Un regalo? —Pregunta al tiempo que me arrebata la carpeta de las manos.
Me ruborizo algo más.
—Yo no… tengo nada para darte. Nada realmente físico. He venido sin… dinero y
sin más posesiones que mi ropa. No he traído joyas, porque no acostumbro a llevarlas.
—Le enseño las muñecas, tan descubiertas de alhajas como el cuello y las orejas—. Así
que… se me ocurrió darte lo único que tengo. Creo… —bajo la voz, clavando los ojos
en las teclas—. Creo que todo artista pone un poco de su alma dentro de sus creaciones.
215
De modo que pensé que regalándote una canción, te regalaría un pedacito de alma
también.
La miro de reojo, evaluando su expresión. Sonrío. Ella parece sinceramente
emocionada, con los ojos brillantes. Me observa con fijeza y yo respondo a su mirada.
—¿Una canción? —Murmura bajito, casi insegura—. ¿De… de verdad es para mí? —
En un gesto que me coge por sorpresa abraza las partituras contra su pecho, cerrando los
ojos. Se me antoja ligeramente avergonzada, con un rubor adornando sus mejillas. Se
encoge sobre sí misma en una acción que delata su azoro—. Nunca nadie me había
regalado algo así…
Me muerdo el labio, mirándola. Me inclino sobre ella, enternecida, y beso sus
cabellos.
—¿Quieres escucharla?
Yo ya sé la respuesta incluso antes de que Lottie sonría con ese gesto tímido y asienta
efusivamente. Abraza algo más las partituras, enredando sus pequeños brazos entorno al
papel hasta que este cruje. No me importa que se arruguen. Son suyas.
Cojo aire. Ella me tiende los folios, pero yo niego suavemente con la cabeza. No me
hacen falta. Conozco perfectamente la melodía a la que le he puesto su nombre. Tras un
titubeo más coloco los dedos donde corresponde y saludo al piano con una lánguida
caricia.
Tras un segundo de silencio, la melodía nace para inundar el cuarto.
Da igual cuántos mundos nos separen… Esa canción nos mantendrá unidas.
216
Marcus
Disculpas.
Lo primero que hago al llegar a casa es entrar a hurtadillas en su habitación y dejar la
caja sobre la cama, bien a la vista. Espero que el vestido sea el adecuado y se adapte a
su cuerpo delgado, aunque es difícil saberlo. Dudo si dejarle una nota, si delatar mi
gusto en el regalo, pero finalmente me voy sin más. La habitación huele a lavanda,
como ella, como su ropa, y el perfume hace que me sienta adormilado y un poco
enfadado todavía.
Decido encerrarme en mi despacho. Nadie me ha visto llegar a casa, así que no
importará si hago como que no estoy. Lottie probablemente esté entretenida con la
presencia de Rowan y la de la señorita Blackwood, así que no es como si me necesitase
para algo. Abro apenas la puerta y me deslizo dentro de la estancia como un ladrón
furtivo que no debe ser visto. Me recibe el bullicio propio de los mil mundos que
habitan mis estanterías. Enseguida me relajo. Cierro a mis espaldas y echo una ojeada
alrededor. Rowan está sentado en mi silla con las piernas cruzadas y un libro en las
manos. De nuevo me siento fuera de lugar en mi propio hogar. Suspiro. Su acción me
obliga a ocupar un asiento al otro lado del escritorio. Me doy cuenta de que es el mismo
lugar en el que Ilyria se ha acomodado durante los últimos días, cuando estamos juntos.
—¿Qué haces aquí?
Mi hermano alza la vista del volumen como si no se hubiera dado cuenta de mi
presencia hasta este momento, aunque es más que obvio que me estaba esperando. Lo
veo cerrar el tomo y jugar con él entre las manos, sopesándolo.
—Ilyria quería darle su regalo a Charlotte en privado.
Siento que la sangre se agolpa en mis mejillas. El nombre de ella en sus labios me
enfurece repentinamente. Aunque intento recordarme que no tengo razones para
217
ponerme así, que no es como si ella me perteneciera, la incómoda sensación no se va. Él
estudia mi rostro y me mira suspicaz, dejando escapar una breve risa burlona que emite
con los labios cerrados. Yo, molesto, aprieto los puños sobre mi regazo. Intento parecer
inmutable, pero Rowan sabe ya lo afectado que estoy, no solo por sus palabras sino por
la mera presencia de esa joven.
—Lo sabía —me recrimina, aunque hay una sonrisa en su rostro y un brillo casi
juguetón en sus ojos—. Sabía que esa chica no era solamente la profesora de piano.
Sacudo la cabeza con el ceño fruncido. Él no sabe nada. No entiende nada. Solo ha
tenido la oportunidad de echar un breve vistazo, de crearse las ideas equivocadas.
—No es lo que piensas —le digo aún al corriente de que será inútil que entre en
razón.
—Es tu amante.
No es una pregunta, sino una afirmación en toda regla. Rowan nunca se ha andado
con rodeos. Siempre dice lo que piensa. Por eso en más de una ocasión se ha granjeado
la enemistad de algunas personas. Y yo no los culpo por tenerle manía. Mi hermano
peca de muchas cosas y una de ellas es la indiscreción. Niego. Su acusación no me ha
ofendido tanto como esperaba. Me irrita que crea posible que tenga una amante y que
además me crea capaz de guardarla bajo mi propio techo, pero una parte de mí se alegra
de que no haya visto a la muchacha que es Ilyria Blackwood. Si la conociera de verdad,
si hubiera entendido su naturaleza del mismo modo que la he entendido yo, no se
atrevería a decir cosas como esas. Yo, que he escuchado su sueño, que sé que espera
que un día aparezca la persona adecuada, comprendo que no haría algo así. Que no
escogería a un desconocido cualquiera y se rendiría a él sin ningún tipo de sentimiento.
Espera algo más que eso.
218
—Te equivocas —contesto con una fría calma que lo pilla por sorpresa—. Es solo la
profesora de Lottie. Solo una extranjera que está de paso. Una vez se haya ido, todo
volverá a ser como antes.
Rowan me mira como si hubiera algo que se escapara a su comprensión. Le veo
fruncir el ceño. Deja el libro con el que seguía jugando a un lado, sobre una pila de
sobres rechazados, y se inclina hacia delante. La mesa cruje apenas cuando apoya los
codos sobre ella.
—Ella va a volver. Se lo prometió a la niña.
La noticia me coge con la guarda baja. Mi corazón pierde el compás, dejando escapar
un latido de más, un suspiro que no se oye. ¿De verdad va a volver aquí? La idea de que
se quede o venga a visitarnos de vez en cuando me abruma y me marea. Sé que tengo
una expresión sorprendida en el rostro porque mi hermano me mira con las cejas
alzadas. No puedo hacerme ilusiones. ¿Y si es un error? La idea de que haya mentido a
Charlotte, de que le haya dado falsas esperanzas, me parece una aberración. Si es así, lo
único que conseguirá es hacerle más daño. Que sufra sin razón. ¿No es más sencillo
decirle que se va, aunque duela un segundo? Nunca debí permitir que se hicieran
amigas, que se acercaran la una a la otra. Quizá después de todo la culpa sea mía. Los
extranjeros deben irse, es la ley lógica de esta casa. Ahora se le partirá el corazón a mi
hija y, por extensión, a mí. Era el encargado de hacerla feliz, pasase lo que pasase, y he
fallado en mi misión.
—A veces es necesario contar una pequeña mentira. No querría desilusionar a Lottie.
Le tiene mucho cariño, por si no te has dado cuenta.
Me pregunto si realmente creo lo que estoy contando. ¿No es eso lo que me digo para
dormir mejor por las noches? Que nada es en realidad una mentira, sino que todo es por
su bien. Ocultarle la verdad no puede ser realmente malo. No, al menos, cuando el fin es
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que crezca sana y salva, mimada y protegida por alguien que la quiere de verdad.
Rowan parece pensar lo mismo, pero él no tiene ni la menor idea de todo el mal que he
hecho, de todo el dolor que he causado.
—¿No tienes nada con ella, entonces? Has pagado mucho dinero.
El hecho de que hasta la cantidad haya llegado a sus oídos me parece denigrante tanto
para mí como para Ilyria. Sí, he pagado mucho para ponerla a salvo, pero eso no implica
que haya tenido que pedirle algo a cambio.
—Sé que te resulta difícil de creer, pero a veces la gente hace cosas por los demás
solo por el placer de sentir que ha hecho una buena obra.
Él alza una ceja, dudando abiertamente de mis palabras. Para Rowan no hay más
satisfacción en ayudar a alguien desinteresadamente que el hecho de que te vean
cometer esa buena acción. La idea me pone enfermo. Sacudo la cabeza.
—Es igual, no espero que lo comprendas.
Me levanto con la idea de irme. Ya que ni siquiera en mi despacho puedo sentarme
solo a pensar, quizá en mi cuarto lo tenga más fácil. Él también se pone en pie,
devolviendo el libro que cogió a su legítimo lugar en las estanterías cerradas con puertas
de cristal.
—¿Esto también lo haces por amor al prójimo? —Pregunta señalando hacia la mesa
llena de sobres, hacia los estantes a rebosar de las publicaciones que yo mismo he
pagado.
Me encojo suavemente de hombros. En el fondo está celoso porque es el segundo.
Porque no ha heredado ni el título ni la mansión. Porque nunca tuvo el amor de mi
padre como lo tuve yo, que ni siquiera lo quería. Mientras me quedaba en casa y pasaba
las largas tardes de verano en la playa con mamá, él estaba interno en un colegio
durante todo el año, con solo unas cuantas semanas libres por estación para visitarnos.
220
El odio que fue acumulando durante tantos años, como si yo fuera el culpable de sus
desgracias, siempre es devuelto con frases irónicas o reproches velados. Incluso a día de
hoy, que nuestros padres no están, yo tengo a Lottie y él no tiene más que su trabajo en
el palacio. Por eso quizá no pierde el tiempo y habla siempre que puede sobre él: de lo
orgullosa que está la reina de sus caballeros y de lo feliz que es en el castillo. Yo, que
realmente no quiero que me vea como el ogro que cree que soy, le sonrío y asiento,
aunque en realidad no sienta cada palabra clavarse como los aguijones envenenados que
son. «No es justo», quisiera decirle. «Yo no he elegido ser lo que ves. Yo nunca quise
nada de esto. Cambiaría cada moneda de mi fortuna, cada objeto de esta casa, por
recuperar todo lo que tuve que perder a cambio. Si tan solo supieras, Rowan… El precio
fue demasiado alto».
Me callo mis pensamientos reales, no obstante.
—Esos libros, Rowan, no solo hacen feliz a quien los escribe, sino también a los que
los leen. ¿Es que no lo entiendes? Nuestro padre era consciente de ello. Por eso creó
esta especie de negocio y…
Siento que estoy hablando con una pared. Mi hermano no está realmente interesado y
eso me quita el interés también a mí. Me encojo de hombros y lo dejo estar. Que piense
lo que quiera. Es mi dinero, al fin y al cabo. Son mis libros y los escritores que están
bajo mi protección. Esta, aunque parezca olvidarlo a menudo, es mi casa y no tiene
ningún derecho a juzgar lo que haga o deje de hacer en ella. Es mi problema si hay una
muchacha en mi sala de música tocando el piano o si me duele el pecho cada vez que
pienso que se va a alejar. Soy mayor para tomar mis propias decisiones.
—Es igual. Cree lo que quieras. Pero recuerda que hoy es el cumpleaños de tu sobrina
y no le haría feliz oír ninguna de tus quejas.
221
No me molesto ni siquiera en escuchar su réplica. Para cuando abre la boca ya me he
ido.
Me tiro en la cama con un suspiro e intento recuperar las horas de sueño que el
fantasma de Ilyria y nuestra discusión me han robado.
***
Durante la comida no nos dirigimos la palabra, del mismo modo que no nos miramos,
como si enfrentarnos a los ojos del otro fuera el peor de los castigos. ¿De qué tenemos
miedo? Quizá simplemente de darnos cuenta de que ambos somos culpables y no solo
uno. De que ambos hemos cometido errores. Tememos reconocerlos, eso es todo. Y, al
mismo tiempo, no hay mal más terrible. Es el orgullo quien habla, quien nos controla,
quien ha abierto este barranco a nuestros pies y ahora nos impide cruzarlo. Construir un
puente sería tan fácil como pedir perdón, pero hacerlo significaría tirar la toalla y bajar
la cabeza. Y, de todas formas, ¿cómo voy a ceder cuando ella no me da la oportunidad?
Es la última en sentarse a la mesa y la primera en retirarse.
Está lejos, inalcanzable, y eso nada tiene que ver con la distancia.
Por la tarde, aunque la idea de Lottie era volver a sentarnos juntos bajo el manzano,
es la propia Ilyria quien insiste en que salgamos a pasear, consciente de que ella no será
invitada. Aunque la cumpleañera protesta un poco, unas frases apaciguadoras de sus
labios son suficientes para que haga lo que la extranjera quiere.
—¿Y bien? —Le pregunta Rowan con curiosidad, nada más salir a la calle, donde
Charlotte camina con una mano dada a cada uno, disfrutando de nuestras atenciones—.
¿Qué te ha regalado Ilyria?
La pequeña se echa a reír. Es un sonido de campanas, de canción de pájaro y melodía
de piano. Me quedo momentáneamente prendado de su felicidad y de su forma de
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demostrarla. Sus ojos verdes brillan con el sol de la primavera. Un pétalo arrastrado por
la brisa se posa sobre su bonete.
—¡Es un secreto solo nuestro! —Nos confía.
Y nosotros sabemos, sin necesidad de insistir más, que nunca nos lo va a contar.
Cuando volvemos a casa ya pasa de media tarde. Rowan nos ha abandonado para ir a
cambiarse de ropa al castillo y Charlotte se encierra en su habitación con Angela para
prepararse para el baile. Así pues, es el momento de tomarme un respiro. Como siempre
me voy a mi despacho. Es la segunda vez en el día, sin embargo, en la que encuentro a
alguien que no debería estar allí sin mi permiso.
Efectivamente, Ilyria está acomodada en su acostumbrado asiento, leyendo
distraídamente. No tiene entre sus manos los papeles manuscritos de un escritor
buscando una oportunidad, sino que ha robado un libro de su legítima estantería y lo
ojea sin prestar real atención a lo que se le cuenta entre las páginas. Al escucharme
entrar, al contrario que Rowan, cierra el volumen con delicadeza y se yergue. Sus ojos
me taladran y yo ni siquiera puedo moverme. Permanezco mudo, quieto, soportando el
embiste de su mirada hasta que me doy por vencido. Bajo la cabeza y con ese gesto
declaro mi rendición absoluta a su voluntad. Ella no atiende a mi expresión. Con los
labios firmemente fruncidos en una declaración de guerra camina hacia la puerta,
ignorando mi presencia.
—Lo siento.
He hablado sin pensar, sin lamentar tener que dar yo el primer paso. Ésta es la
oportunidad que había estado esperando. Ahora ella no puede huir, del mismo modo que
tampoco puede hacerlo mi sinceridad. Solo quiero poder contarle que realmente lamento
haberle hecho daño. Que no pretendía llenar mi voz de aquel tono helado que hundió su
corazón en la fría escarcha. «Ese no era yo», quiero hacerle ver. «Pero a veces
223
simplemente no puedo evitarlo. No puedo evitar ponerme a la defensiva y responder de
malas maneras a tus preguntas y tu curiosidad. Si alguien puede comprenderlo, quizá
seas tú: hay algo más en mi pasado que una mujer que me hizo daño. Hay cosas que
prefiero no recordar y castigos que prefiero que pasen al olvido. No soy perfecto. Sé que
no te gustaría conocer al hombre que se esconde tras la máscara».
La muchacha se detiene en seco, sin salir del cuarto. No me mira. Su obstinada
espalda es lo único que puedo ver de ella con claridad cuando me giro para encararla.
Quiero decirlo, soltar todo el discurso que lleva rondando mi cabeza el día entero. Pero
en lugar de confesarme, de simplemente contarle lo que me preocupa, las verdaderas
intenciones que tenía cuando le hablé de aquella manera tan cortante, me encuentro con
que estoy sin habla. Mi disculpa se convierte en silencio. Un silencio casi hiriente que
se alarga por un tiempo indefinido, hasta que ella se niega a seguir esperando por lo que
sea que tengo que decirle y que se ha quedado enredado a medio camino entre el
estómago y la garganta. La imagino frunciendo el ceño, aunque es imposible saberlo a
ciencia cierta, mientras sus brazos se cruzan sobre su pecho, a la defensiva.
—¿Por qué te disculpas, exactamente?
Cojo aire.
—Por lo que pasó ayer —murmuro haciendo un ademán, como si quisiera abarcar las
consecuencias que mis palabras han traído. No me creo que ella no se haya dado cuenta
del precipicio que nos separa, de la distancia enorme y la negrura imposible de iluminar
a nuestros pies, mientras nos empeñamos en seguir mirándonos a los ojos, por mucho
que duela—. Por lo que te dije. No era mi intención…
Ella niega con la cabeza antes de que yo pueda defenderme.
—No. Todo quedó muy claro, en realidad. Quieres que me vaya.
Suspiro, pasándome la mano por la cara. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?
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—No quiero que te vayas. Solo… Solo me puse a la defensiva. No es fácil,
¿entiendes?
Su mandíbula se tensa. Aprieta los labios hasta que se vuelven blancos y sus manos
mismas se cierran en un puño. Durante un segundo, la fugaz idea de que quiere pegarme
no parece tan descabellada. Se gira. Sus ojos brillan. Su rostro está suavemente
encendido.
—Claro que no lo entiendo. No lo haré hasta que no me lo expliques. ¿Qué puede ser
tan terrible para que tengas que esconderte detrás de esa fachada que te has construido?
—Abro la boca, pero ella se adelanta a mis protestas. Es como si estuviera dentro de mi
mente, como si pudiera entender mis sentimientos incluso antes de que yo lo haga—.
¿Es que crees que no me he dado cuenta? Sé que no eres tan frío como aparentas, tan
falto de corazón. Eres más humano que esos nobles que se reían de mí cuando me
cogieron en la calle. Eres más humano que mucha gente de mi mundo. Es una pena que
no te des cuenta.
Suspiro hondamente. Su expresión se ha relajado un poco, aunque sé que sigue
molesta conmigo. Y más allá del enfado está el dolor. La cruda agonía en la que la he
puesto, porque piensa que este no es su lugar y nunca, por muy cómoda que esté ahora,
lo ha sido. Maldigo para mis adentros e intento buscar las palabras que siguen
negándose a salir.
—Yo… no creo que tengas que irte —sacudo la cabeza—. Tienes que volver a tu
casa, a tu librería, pero puedes… puedes regresar después. Me gustaría que lo hicieras.
Podrías ser mi ayudante, si aún lo quieres. —Hago un ademán que acaricia el aire y
señala vagamente a los sobres barajados sobre la mesa. Sé que adora la idea de sacar
esos nuevos mundos de sus envoltorios y darles vida con la lectura casi tanto como
yo—. Y luego está Lottie… Ella te quiere mucho. Lo sabes, ¿verdad? Creo que ha
225
encontrado en ti alguien en quien confiar. No ha tenido nunca demasiadas amigas y…
siempre ha querido a alguien que le dejara pensar en ella como una madre…
Ilyria entreabre los labios. Durante un segundo aparta la vista y casi veo nacer el
inicio de una sonrisa enternecida en su boca. Supongo que esas han sido las palabras
correctas, que la niña ha calado hondo en su corazón. Soy consciente de que es difícil
simplemente no quererla, no enamorarse de su calidez de niña y sus ojos grandes llenos
de la más sincera inocencia. Sé que eso era lo que más necesita oír. El empujón final.
De pronto todo es un poco más fácil. Súbitamente el mundo se torna más brillante. Me
siento más ligero, como si un gran peso se hubiera puesto de pie tras haber estado
sentado sobre mi corazón.
—No lo sentías —me dice suavemente, alisando una arruga que ha aparecido en su
falda azul. No sé si lo dice porque realmente lo piensa o porque pretende convencerse
antes de aceptar mi bandera blanca—. Solo te ponías a la defensiva.
Asiento quedamente. Ilyria se muerde el labio haciéndolo rodar entre sus dientes.
Parece un poco más animada.
—Esto significa que nunca sabré lo que se esconde bajo tus guantes, ¿verdad?
Dejo los ojos en blanco, pero no puedo evitar esbozar una sonrisa. El alivio se
convierte en una ola que me barre por dentro y se lleva todas las preocupaciones que me
han estado amenazando desde el amanecer. Ahora solo importan Lottie y su fiesta de
cumpleaños, que empezará al ponerse el sol. Aunque no contesto a su provocación,
porque lo que menos deseo ahora es que volvamos a discutir, sí que le recuerdo que
debe cambiarse de ropa.
—No sé si lo has visto, pero te he dejado una caja sobre la cama… Es tu vestido.
Charlotte no me lo hubiera perdonado si no te traía uno. Espero que sea tu talla. Y
que… te guste.
226
Enseguida entiendo que no ha pasado por su habitación. Que, probablemente, ha
invertido parte de su tarde frente al piano y después se ha venido aquí en busca del tipo
de paz que solo se encuentra en los libros. Tal vez tuviera la secreta esperanza de hallar
una puerta a su mundo en este mismo cuarto lleno de mil universos. Da un suave
respingo al escuchar la noticia y carraspea intentando ocultar su vergüenza.
—No lo he visto… Yo… —Su intervención es casi un tartamudeo, pero me parece
extrañamente adorable—. No hacía falta…
«Gracias».
Aunque la palabra no se ha materializado fuera de sus labios, yo la atrapo entre mis
manos y me la guardo en el bolsillo. Ella se revuelve incómoda.
—Quizá no te guste —me apresuro a explicarle con el tono más jovial que puedo
reunir. Hablo como si no me importara, pero me agradaría que esta noche ella también
fuera feliz—. Supongo que no tenemos los mismos gustos. Sobre todo en ropa —la
observo con atención, aunque sé que ahora se deja poner el corsé sin rechistar
demasiado—. Es posible que quizá te parezca demasiado… femenino.
Me doy cuenta de mi error un segundo después de haber escogido esa palabra.
Ofendida, como si la hubiera pellizcado, ella frunce el ceño.
—¿Insinúas que no puedo ser femenina?
Yo intento no molestarla de nuevo.
—No digo que no puedas —me apresuro a decir, atropellándome en mis propias
palabras—. Es solo que tienes que reconocer que nunca has estado especialmente a
favor de vestir de acuerdo con las normas de este mundo. Recuerda los peros que has
estado poniendo estos días para llevar las prendas convenientes una dama…
Mi intervención no parece disminuir su enfado. El orgullo está inscrito en cada rasgo
de su rostro, empezando por su manía de alzar la barbilla.
227
—No estar de acuerdo con llevar una veintena de capas de ropa no quiere decir que
no me gusten los vestidos bonitos. O los encajes.
Dejo los ojos en blanco.
—Perfecto. La ropa que te he elegido, casualmente, tiene un montón de puntilla.
Le hago un ademán hacia la puerta. De hecho, la abro para ella, instándola a
abandonar el cuarto. Me mira disgustada una vez más. No puedo evitar preguntarme si
voy a tener que medir cada gesto mientras ella esté aquí. La muchacha ha resultado ser
fácilmente irritable aunque, probablemente, si se lo echase en cara me achacaría el
mismo defecto. Así que callo a pesar de que ella no hace lo mismo.
—¿Me estás echando?
—Si quieres estar lista a tiempo tendrás que ir a prepararte ahora. Sé lo difícil que es
que las mujeres cumpláis con los horarios. Lottie, al menos, nunca lo hace. Aunque yo
te lo he puesto más fácil: te he elegido ya la ropa.
El enfado parece evaporarse tan rápido como ha llegado. Para mi sorpresa, se
ruboriza. El sonrojo convierte su piel en pétalos de rosa. Me gusta ver esa expresión
asomando a su rostro, tan frágil, de alguna manera femenina. Me sorprende que no
niegue en rotundo mis palabras, que no trate de pelear de nuevo conmigo.
—De acuerdo —murmura simplemente.
Con pasos rápidos se marcha de la habitación, pasando por mi lado y dejando tras de
sí el agradable perfume de la lavanda.
Cierro la puerta, apoyándome contra ella un segundo.
Una sonrisa acude a mis labios y no puedo evitar sentirme inesperadamente feliz.
228
Ilyria
Cumpleaños.
«Ilyria Blackwood, lo estás haciendo mal».
Es lo primero que me digo cuando me encierro en mi cuarto y me apoyo contra la
puerta. No se suponía que las cosas debían acabar así. Yo no debía agachar la cabeza ni
aceptar disculpa alguna. No debía, definitivamente, haber dejado que se acercase. Iba
bien hasta ahora. Ha sido una temeridad entrar en el despacho, aún considerando que él
no estaba en casa antes. Creo que, pese a todo, una parte de mí sabía que existía la
posibilidad de cruzarme con él en ese punto… la misma parte que se ha sentido
plenamente satisfecha y feliz cuando él ha dicho esa simple frase: “No quiero que te
vayas”. Ha sido un comentario casual, quizá una excusa. Pero solo eso ha conseguido
tambalear mi enfado. El sentimiento traicionado, aunque sé que realmente no ha habido
traición alguna en sus palabras, se ha apaciguado en mi pecho. He sentido ganas de
sonreír. Una voz me ha susurrado al oído que le importo lo suficiente como para
desmigar su orgullo pidiendo disculpas primero, admitiendo que quiere que vuelva.
Suspiro hondamente, mirando al techo. ¿Quiero abandonar este mundo para siempre?
De pronto la idea de destruir el libro y no regresar jamás ya no me parece tan atractiva.
Quizá pudiera… hacer visitas eventuales. Unas vacaciones, muy de vez en cuando. ¿Por
qué no? Puede que no esté tan mal que les coja cariño… Definitivamente, no me ha
parecido un error que Marcus me pidiese volver indirectamente. Puede que no sea
necesario todo esto, esta culpabilidad por estar acercándome a quien finalmente voy a
dejar. ¿Qué hay de malo? Vendré alguna tarde, quizá una vez al mes. Será como visitar
a unos amigos lejanos. Unos amigos que en vez de vivir en otra ciudad… viven en otro
mundo.
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Tomo aire. Está bien. Voy a venir de nuevo. Cumpliré mi palabra con Charlotte y así
ni siquiera habrán existido mentiras. Puede que si vuelvo Marcus se decida a marcarme
y por fin pueda descubrir el mundo que hay tras las puertas de la mansión. Y quizá el
hecho de que vuelva ayude a Marcus a entender que no todos llegamos para
sencillamente marcharnos en algún momento. Quiero pensar, al menos, que no es así.
Elimino esos pensamientos de mi mente. Está decidido. Serán solo un par de horas
cada bastante tiempo. No tiene por qué hacer daño a nadie. De pronto se me ocurre que
ellos mismos podrían venir a mi mundo. Si Marcus puede enviar a gente dentro de los
libros, ¿no podría enviarse a sí mismo, de alguna manera? La idea de ver a Lottie
jugando entre los pasillos de mi librería o maravillándose con inventos como la
televisión o un ordenador me arranca una sonrisa dulce. ¿Le gustarían los dibujos
animados? Con su emoción por las princesas y los príncipes azules podría pasarme
horas con ella viendo películas de Disney.
Sonrío, mordiéndome el labio. Puede que sí haya un sitio para mí en esta pequeña
familia, después de todo. Soy consciente de que nunca formaré parte de ella. De que soy
una extraña que ha llegado de improviso, alguien que puede aspirar a convertirse en una
amiga lejana. Me es suficiente con eso. La idea de perderles de vista a los dos,
comprendo, nunca me ha gustado. De ahí venía la presión en el pecho: dolía porque era
enfrentarme a mí misma. Dolía porque esa parte que lleva gritando desde que me atreví
a conocer de verdad al conde y a su hija sabía que no quería separarme de ellos. Volveré
a casa, pero eso no significa que deba perderles para siempre. Siempre, después de todo,
es demasiado tiempo.
Me aparto de la puerta y me fijo en el paquete que descansa sobre la cama. Dudo.
¿Por qué se ha molestado? Definitivamente con uno de los vestidos de Angela o el
vestido que llevo ahora mismo me habría sido suficiente. ¿Para qué iba a querer algo
230
especial para esa fiesta? De acuerdo que Lottie lo considere importante. En mi mundo,
cuando salgo con mis amigos, también me gusta arreglarme, por eso no le he puesto
pegas a Marcus con su último comentario. Aunque me pese, sé que tardo cuando se trata
de acicalarme. Muchas veces he llegado tarde a alguna cita por ello. Me ruborizo,
avergonzada de mí misma al pensar en mi inexistente sentido de la puntualidad. Pronto
desecho el pensamiento. No es lo importante. Lo relevante es que no quiero hacerme
notar esta noche. Vendrán todos esos nobles que vi el primer día. No creo que tenga la
suerte de que sean como Marcus o, en su defecto, como Rowan. Tengo un
presentimiento que no me gusta, por eso quizá no me importaba no ir acorde con la
situación. No quiero llamar la atención ni que se fijen en mí. Mi plan era observar desde
un rincón en sombras, asistir solo por cumplir el capricho de Lottie de que lo haga.
Sería algo casi por pura obligación. Me disculparía pronto alegando cansancio y me
refugiaría en el despacho, donde solo mi imaginación puede hacerme daño.
También siento, sin embargo, algo de curiosidad. Curiosidad por los bailes y la
música, por los vestidos de las damas y los modales de los caballeros. Una curiosidad
que esperaba que se viese saciada sin que se notase mi presencia. Suspiro hondamente.
Bueno, se supone que si voy vestida acorde con la situación, menos repararán en mí.
Seré una chica más. Quizá se note que no sea una noble, pero tampoco podrán
criticarme especialmente… ¿verdad?
«Que piensen lo que les dé la gana». Casi por primera vez desde que estoy en ese
mundo me siento de acuerdo con mi voz interior. Asiento firmemente, para mí. ¿Por qué
iba a importarme? Ellos sí son gente pasajera, personas que ni siquiera me conocen y
que con toda probabilidad no volverán a verme. Ni yo a ellos. Vuelvo la vista a la caja
aún sin abrir. Realmente no puedo decepcionar a Lottie ni rechazar el regalo. Eso estaría
mal por mi parte.
231
De ese modo, suspiro y me rindo. Aparto la tapa a un lado y un suave color rosa
pastel me recibe. Es solo un cúmulo de tela doblada. Algo me dice que quizá necesite
llamar a Yinn para terminar de ponerme ese traje. Al menos ya tengo puesto el dichoso
corsé.
Mientras me visto veo el sol caer por mi ventana. Se esconde y llama a las estrellas y
a la luna, invitadas de honor de la fiesta de esa noche. Pronto empiezo a escuchar el
revuelo de los primeros invitados. La casa, siempre tan silenciosa, se llena de una
algarabía que sube las escaleras y llega hasta mi cuarto. Para entonces he conseguido
terminar de ponerme el vestido y repaso las arrugas que pueda tener con los dedos.
Suspiro hondamente, mirando mi reflejo en el espejo del tocador. Una Ilyria todavía
despeinada me mira a su vez con un brillo casi angustiado en sus ojos. No quiero bajar.
Parece que va a haber mucha gente. Soy consciente de todas las personas que vieron
aquel día cómo Marcus me compraba. Sería mucha casualidad que ninguno de ellos
estuviera por allí. Probablemente me mirarán como si fuera un objeto o se reirán de mi
pretensión de vestir como algo que no soy. Aprieto algo más los labios, consciente de
que no puedo decepcionar a Lottie y no hacer acto de presencia en toda la noche. No
creo que Marcus me espere especialmente, pero supongo que tampoco sería justo para él
que se haya gastado su dinero en comprarme algo a lo que no voy a darle uso. A la larga
me sentiría culpable.
Suspiro y empiezo a peinarme, cogiendo un cepillo. Escucho a Charlotte a lo lejos
dando las gracias con su risa de ensueño. Supongo que también habrán venido sus
amigas y, pese a todo, será lo que más le importe. Por mucho que parezca desear la gran
fiesta, con sus bailes y su elegancia, sé que lo que la hace verdaderamente feliz es estar
con la gente que quiere. “¡Ilyria será algo así como mi mamá!”. La frase que escuché de
232
sus labios esta mañana me hace sonreír. Supongo que eso quiere decir que estoy
incluida en el selecto grupo de personas a las que se siente cercana.
Pronto empieza la música. La oigo sin escucharla realmente, como si estuviera muy
lejos de allí. Dejo las orquillas que me han sobrado encima del tocador y me aparto un
tirabuzón rebelde y fino de un lado de la cara. Por lo general no me gusta llevar el pelo
recogido, pero soy consciente de la complicación de los peinados en la época victoriana.
Supongo que aquí deberá ser igual o, al menos, parecido. Yo, naturalmente, no he hecho
nada enrevesado: el moño flojo en mi nuca me parece más que suficiente para no ir
normal pero tampoco excesivamente elegante.
Me levanto. Aún tengo que titubear varios segundos más para decidirme, al fin, a
salir. Ahora sí, la música me trae a la realidad. Eso debe significar que la fiesta ya ha
empezado: como Marcus supuso, pues, llego tarde. El pasillo me recibe iluminado pero
vacío. Un segundo más de duda y echo a andar. Bajo las escaleras con cuidado de
recogerme apenas el borde del vestido. No quiero ser tan descarada como otras veces.
Alguien se podría escandalizar (más que Marcus incluso) si se me ve un tobillo. Ese
pensamiento me arranca una sonrisa que me destensa. Mi concentración en los
escalones es tal que no me doy cuenta de que hay alguien mirándome.
—¡Ilyria!
Alzo la mirada. A los pies de las escaleras Yinn parece francamente sorprendido. Me
mira, de hecho, con los ojos muy abiertos y una sonrisa encantada en sus labios.
Supongo que está en el recibidor porque esta noche tendrá más trabajo que nunca.
Termino de bajar las escaleras y me acerco a él, dedicándole una sonrisita.
—Hola —saludo casualmente. Me aparto de nuevo ese mechón rebelde que no ocupa
el debido sitio con los demás.
233
La mirada que él me lanza, de arriba abajo, como si me analizara, no es para nada
casual. Ríe con esa risa franca y espontánea que siempre tiene. Yo me ruborizo un poco
antes siquiera de que hable.
—Estás preciosa, Ilyria.
Carraspeo avergonzada.
—¿Estás intentando ligar conmigo? Porque no va a funcionar. Te aprecio mucho,
pero lo nuestro no puede ser.
El genio se echa a reír, doblando cuidadosamente un abrigo que algún invitado ha
debido de dejar en sus manos.
—Me rompes el corazón.
Sonrío en respuesta sin poder evitarlo, aunque mi voz adquiere un tono que intenta
ser dramático.
—Lo sé. Lo superarás. Encontrarás a alguien que te ame como mereces. ¡Por favor,
no pierdas la esperanza!
Los dos reímos entonces. Como siempre, el mayordomo parece aparecer en los
momentos adecuados para relajarme o alejar de mí los pensamientos que consiguen
bloquearme. Supongo que es su parte de genio de la lámpara.
De pronto, sobresaltándonos a ambos, un huracán de color salta encima del criado.
Doy un salto en el sitio. Hay una risa que parece música y un quejido por parte del
mayordomo. Una muchacha se ha tirado literalmente encima de Yinn. Lo rodea con
unos brazos finos, pálidos y frágiles, y lo abraza con tanta fuerza que por un momento
temo que lo ahogue. Arqueo las cejas. Lo que más me llama la atención no es la figura
que no parece dispuesta a soltar a mi amigo ni las quejas de éste. Lo que me hace
parpadear son las alas de mariposa que hay a su espalda. Entreabro los labios,
definitivamente sorprendida. Soy consciente de que las pupilas me brillan emocionadas
234
ahora. Todos los colores del arco iris se han ido a posar sobre las alas de esa
desconocida muchacha.
—Vaya, Yinn, parece que ya tienes a alguien con quien sustituir mi desengaño.
Inmediatamente, provocándome una sonrisa de diversión, Yinn enrojece. Unos ojos
profundamente negros se fijan en mí al escucharme hablar. Brillan con luz propia, con
un destello de ilusión que sé que no tiene nada que ver conmigo, sino con la figura a la
que no parece querer soltar. Dejo escapar una risita divertida, aprovechando para
repasar su figura con la vista. Tiene los cabellos cortados a la altura de la barbilla, de un
color pelirrojo ordenado en ondulaciones. Su cuerpo parece frágil, delicado, bajo el
vestido que lleva. No debe vestir corsé, como Angela, para que eso no moleste a las
graciosas alas que de vez en cuando tiemblan. De igual modo su vestido también
muestra la piel de su espalda. Descubro la marca que la señala como extranjera en el
interior de su muñeca. Es una muchacha de una belleza innegable que, desde luego, no
es sorprendente. No en vano las hadas siempre han sido hermosas.
—Yiiiinn —canturrea la mágica criatura. Deja un beso en la mejilla del chico que
resuena por el recibidor. A mí se me escapa una carcajada al ver una expresión de
vergüenza en el muchacho que no habría imaginado nunca—. No me dejes solita…
¿Con quién estás? ¿Es que acaso me evades para estar con otras chicas? —Exclama
escandalizada, abriendo mucho los ojos.
—Tengo trabajo, Sabine —intenta excusarse él. Se remueve un poco, aunque sé que
no está realmente incómodo con el efusivo agarre de su acompañante—. Esta es la
señorita Blackwood…
—¡Ah! —Doy un respingo cuando la muchacha concentra toda su atención en mí.
Sonríe simpática. Así que ella es Sabine. Recuerdo haber escuchado su nombre de
235
labios del muchacho aquella mañana en la cocina—. ¡Es un placer! ¡He oído hablar
mucho de ti!
Yinn mira de reojo a la chica y su mirada casi me parece censuradora. Trago saliva.
Eso no me tranquiliza. La idea de que todo el mundo me conozca y sepa por qué estoy
aquí me incomoda.
—Ah… ¿sí?
Sabine asiente con seguridad.
—A mi ama no le caes bien —comenta como si tal cosa.
Me quedo callada durante un segundo, asimilando la información. Frunzo el ceño.
Estoy segura de no haber conocido a ninguna noble en los días que llevo aquí. ¿Cómo
puedo entonces caer bien o mal a alguien? Intento no pensarlo, aunque siento repentina
curiosidad por saber quién será esa ama de la que habla. Yinn le da un pellizquito al
hada, como si le recriminase por haber dicho algo incorrecto. Para que no se preocupe
sacudo la cabeza y sonrío a la muchacha.
—Yinn también me ha hablado de ti.
Él me mira como si le hubiera traicionado, enrojeciendo. De acuerdo, no me ha
hablado exactamente de sus virtudes o su belleza. Ni siquiera sabía que fuese un hada.
Pero mencionó su nombre, así que no he dicho ninguna mentira especialmente. Además
no hay nada malo en lo que he dicho, sobre todo cuando ella parece tan emocionada al
saberlo.
—¿De verdad? Ah, mi Yinn… —Suspira abrazándolo más fuerte, plantando otro
beso en su mejilla.
Él parece francamente azorado.
—Vamos, Sabine, suéltame… De verdad que tengo trabajo.
—Te acompaño —asegura ella haciendo ojitos.
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Yinn carraspea, frotándose la mejilla.
—No puedes. Además es aburrido…
Algo en la sonrisa de Sabine me hace aventurarme a sus palabras. Es un gesto de
clara diversión, casi insinuante, y aunque le susurra al oído yo estoy lo suficientemente
cerca como para escuchar.
—Yo te puedo entretener…
La caricia que deja en su cuello con la punta del dedo evidencia cómo puede
entretenerle. Parpadeo, pero de pronto me echo a reír, sin poder evitarlo. Hacía mucho
que no escuchaba algo realmente descarado. Lo echaba de menos, de alguna manera.
Yinn, como es de suponer, parece repentinamente interesado. Lo veo humedecerse los
labios como si saboreara algo.
—Bueno, si insistes… —murmura por lo bajo. Carraspea y me mira—. Si nos
disculpas, Ilyria…
—Oh, por supuesto —asiento segura—. Para mí es un placer ver que los demás se
divierten… Aunque no tengo dudas de que el placer será más vuestro que mío.
Yinn parece sorprendido por el atrevimiento, pero se le escapa una sonrisa divertida.
Agachando un poco la cabeza se lleva consigo a la muchacha, que le sigue encantada.
Miro alrededor con un suspiro, tras verles marchar. ¿Dónde estará Charlotte? Aunque
pensé que debería estar en el recibidor agradeciendo los regalos y las felicitaciones, ya
debe haber llegado todo el mundo. Mi atención va a las puertas por las que nace la
música. Quizá esté allí, viendo bailar a las parejas o moviéndose ella misma por la pista.
Con esa seguridad entro en el salón.
Hay algunos susurros a mi alrededor en cuanto traspaso la puerta. Aprieto los labios.
Palabras inconexas vuelan hasta a mí. Escucho mi nombre confundirse con la música.
Llegar tarde es lo peor que podría haber hecho. Ahora siento la mirada de muchos de los
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presentes clavándose en mi cuerpo, analizándome y juzgándome. Me percato, no
obstante, de que muchos otros miran al centro de la pista. Con curiosidad yo misma alzo
la vista para ver qué provoca tanta expectación.
No me importa, repentinamente, toda la gente que ocupa la amplia habitación. Allí,
en el centro, bailan solo dos personas. Las dos únicas personas que yo quisiera o
necesito ver esa noche. Lottie, en brazos de su padre, parece feliz. Sus ojos brillan del
mismo modo que parece hacerlo su sonrisa. Todo en ella parece ser la viva imagen de la
alegría. Juraría que ríe, tan bonita, tan dulce. Me muerdo el labio, observándola. Da
vueltas como si fuera un pétalo llevado por la brisa, un sueño bajado a la tierra. Un
deseo que ha caído en brazos de Marcus y que él sostiene con seguridad para que no
pueda escurrirse entre sus dedos.
El conde también está feliz. Lo sé porque sus ojos centellean. No es solo el reflejo de
la luz en sus pupilas. Lo que veo en su mirada, que solo parece poder atender a su hija,
es simple satisfacción. El principio de una sonrisa dulce, tierna, se adivina en sus labios.
Es apenas una sombra del gesto amplio que esboza cuando ríe, pero sé que está ahí. He
terminado por comprender que es lo suficientemente generoso como para que la
felicidad de la pequeña sea también la suya propia. Esa niña, con su inocencia, con su
candidez, es lo único que él necesita.
Me quedo quieta, observando embelesada. Son un hechizo, cada uno a su único
modo. Suspiro.
De pronto se me ocurre que no importa todos los mundos que haya. En ninguno
podría haber nada más hermoso. Se me escapa una sonrisa y enredo las manos en la
falda. Me doy cuenta entonces de que da lo mismo que no hubiera decidido volver. Da
lo mismo que yo quisiera apartarme de ellos. Da lo mismo cuántas veces me haya
repetido que éste no es mi sitio ni ellos mi familia.
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No podría haber evitado nada… porque ya les quiero.
239
Marcus
Lo correcto.
La música se pierde con las últimas notas y yo me siento despertar de un sueño.
Se escuchan los aplausos de esa audiencia que no hemos pedido tener. No me
importa. Al bajar la vista me topo con el rostro sonriente de Charlotte y de nuevo sé que
nada más debe interesarme. Se la ve feliz, con su vestido blanco y el camafeo que le he
regalado colgando de su cuello. Sus mejillas, encendidas por la emoción y el baile,
parecen un par de rosas abiertas. En sus ojos descubro mi propio rostro sonriéndole
tiernamente. ¿Qué más alegría necesito aparte de la suya? Me inclino sobre ella y
presiono mis labios contra sus cabellos.
—Feliz cumpleaños —le confío en un susurro que debe quedar entre nosotros dos.
Aún recuerdo cuando me preguntó cómo podía saber la fecha de su cumpleaños, si
ella misma no la recordaba. Me muerdo el labio al pensar en la mentira piadosa que le
tuve que contar. Le dije que una estrella, una que llevaba observándola toda la vida,
había entrado una noche por la ventana y me había confesado su edad y la importancia
de éste día, además de su nombre. Ella me miró en ese momento con los ojos muy
abiertos, como si esa comprensión suya de niña alcanzara a ver lo que nadie más podía.
Como todos los cuentos que salían de mis labios, Charlotte se lo creyó a pies juntillas.
La llevo fuera de la pista de baile al tiempo que otras parejas nos sustituyen y la
música vuelve a hacerse con el reinado de la sala. La conocida melodía lo inunda todo:
se hace eco en mis oídos y se escapa por las puertas de cristal abiertas por las que entra
el fresco aire de la noche. Junto a mí la niña mira de un lado a otro, escaneando el salón.
Sé perfectamente lo que busca y yo mismo, como contagiado, ansío tener un atisbo de
ella, un destello fugaz de su presencia siempre esquiva.
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Nuestros ojos tropiezan. Me dejan sin respiración. De nuevo siento ese golpe, ese
choque de ola contra el acantilado. Ese deseo de no dejar de perderme en el alma que
asoma a su mirada. Trago saliva. Lottie desliza sus dedos entre los míos, deshaciéndose
de mi agarre, pero yo ni siquiera siento su pérdida realmente. Sigo caminando por
inercia pero, una vez detenido ante ella, no se me ocurre nada que decir.
Ilyria sonríe tímidamente, envuelta en una nube de rosa pastel que hace juego con el
rubor perfecto de sus mejillas. El corpiño se ajusta a su delgada cintura y las mangas
apenas sí cubren una pequeña porción de su brazo. Desearía saber algo de moda, algo de
vestidos, y poder decir que el que lleva es hermoso, pero la realidad es que creo que
solo es bonito porque lo luce ella. Como la pieza del rompecabezas equivocado, la
muchacha parece estar fuera de lugar y, al mismo tiempo, yo siento que no puedo
imaginarla en ninguna otra parte que no sea el aquí y ahora. Incluso si la marca en su
hombro, descubierta por el escote de barco, me recuerda incesantemente que este no es
su legítimo hogar, tengo la sensación de que esta casa se deshará en pedazos si se
marcha para no volver. ¿Y no me dicen sus ojos castaños, sinceros y brillantes, que
quiere quedarse?
—¡Oh, Ily, estás preciosa!
Me vuelvo a fijar en su atuendo, en las perlas que se posan sobre la falda y el corpiño
como gotas de rocío, en el hilo de plata que forma los detalles como si la misma luna
hubiera estado cosiendo con sus cabellos. Ella enreda las manos, súbitamente tímida,
entre la tela, pero yo sé que se siente agradada por el piropo. Quizá lo que no le gustan
sean las miradas de los que nos rodean, de las damas agitando sus abanicos y de los
caballeros que la tasan como si fuera un bien material. Pero estoy dispuesto a hacerle
olvidar todo eso si me deja.
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Cuando sacude la cabeza en un gesto de modestia un par de tirabuzones se escapan de
detrás de su oreja. Los mechones acarician su cuello, que queda al descubierto gracias al
recogido que se ha hecho. Me doy cuenta de que no hay en ella ninguna joya, en
contraste con las mujeres que se reparten por la sala. No importa mucho: la desnudez de
su escote y sus muñecas es, precisamente, un punto a su favor. Hay un aura de humildad
a su alrededor, de belleza natural, que me cautiva.
—Tú sí que estás bonita, princesa —murmura inclinándose para dejar un beso sobre
su frente. Al hacerlo, su falda susurra y cruje, hablando en su propio idioma.
Nuestros ojos se vuelven a topar. Yo me adelanto un paso y me humedezco los labios.
De pronto me siento fuera de lugar. ¿Debo hacer una reverencia y besar el dorso de su
mano desnuda? Atormentado por mi falta de experiencia en una situación así
simplemente bajo la vista, aunque podría ser interpretado por su parte como un rechazo
a contemplarla.
—Veo que el vestido te queda bien —acierto a decir, aunque en realidad me gustaría
hacerle ver que la encuentro encantadora esta noche.
Cuando me responde casi puedo notar la sonrisa en su boca.
—¿Cómo vas a hacerlo si no dejas de mirar al suelo, Marcus?
Me ruborizo apenas. Lottie sigue nuestro intercambio de palabras como si fuera la
más emocionante de las conversaciones, mirando alternativamente de uno a otro.
Observo a Ilyria entre las pestañas y me doy cuenta de que ella está haciendo
exactamente lo mismo. No puedo evitar sonreír al darme cuenta.
—Estás… muy bonita.
El rubor en sus mejillas se hace más patente.
—Tonterías.
Charlotte parece súbitamente indignada al escuchar eso.
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—¡Estás preciosa! No es ninguna tontería. Creo que eres la mujer más linda en…
en… ¡En toda la ciudad!
No puedo evitar echarme a reír. Ilyria, sin quererlo, hace otro tanto. Niega con la
cabeza, aún así, y se agacha de nuevo para abrazarla y dejar un beso en su mejilla,
tiernamente.
—En realidad no puedo serlo, porque esa ya eres tú, pequeña.
La cumpleañera se ruboriza, pero está obviamente encantada. Toma la mano de su
amiga y la aprieta suavemente entre sus dedos. También coge la mía, hasta que queda
entre los dos. No puedo evitar pensar que así, dados de la mano, parecemos una familia
de verdad: el padre, la hija y… la madre. Miro a mi protegida y esbozo una sonrisa de
disculpa. Alguna gente nos mira. La marca en el hombro de la extranjera, sobre todo,
llama la atención más que nada. Lamento que no sean capaces de apreciar su carácter y
su belleza, cegados como están por sus propios prejuicios.
—¿Nos has visto bailar, Ily? —Pregunta de pronto Lottie con una expresión de
absoluta felicidad—. Me daba un poco de vergüenza porque todo el mundo nos estaba
mirando, pero parecía que nos moviésemos entre las nubes.
Su interlocutora asiente quedamente, sonriente.
—Bueno, cuando he llegado ya habíais empezado, pero no me lo habría perdido por
nada del mundo. Erais como un príncipe y una princesa bailando en una gran fiesta real.
Parecíais muy felices.
—¡Y lo era! —Se apresura a explicarle la niña—. Pero no podíamos ser como un
príncipe y una princesa, porque él es mi padre. Y aunque sé que no dirá nada, lo que un
príncipe necesita no es una hija, sino una princesa de verdad. Así que tienes que bailar
con él.
243
Intento no ser demasiado descarado cuando observo a Ilyria de reojo y estudio sus
rasgos ante la petición, que más parece una orden que no puede ser rebatida. El sonrojo
es ya algo que no se aparta de su rostro, como si cada palabra llamara al color sobre sus
pómulos. ¿Se molestaría si le confesase que me gusta eso de ella? Que adoro cómo se
extiende suavemente el rosa por su piel, entintando no solo su cara, sino también su
cuello…
—No... No voy a bailar —confiesa con un titubeo, lanzando un rápido vistazo a la
gente que nos rodea, asegurándose de que nadie la mira o escucha nuestra conversación.
Sus labios se aprietan un segundo y yo guardo en mi mente el instante en el que se tiñen
de blanco, como si la nieve hubiera dejado un beso por lo demás invisible sobre ellos—.
No me siento con muchas ganas. Estoy... cansada. Tuve que terminar tu regalo por la
mañana así que no pude dormir mucho...
Me pregunto qué será su regalo. Algo hecho por ella, al parecer. De todas formas, sé
de sobra que no es excusa. La verdad es que simplemente no se siente cómoda.
Probablemente no soporte ser el centro de atención, después del día en el que salió sola
a la calle. Pero Charlotte, caprichosa, no se da cuenta de eso. La escucho dejar escapar
un gemidito de protesta y la mira con el ceño algo fruncido y el labio inferior
ligeramente echado hacia afuera en un puchero.
—¡Pero es mi cumpleaños, Ily! Y si no sales tú a bailar con él, quizá venga otra mujer
y quiera llevárselo.
Parpadeo sorprendido ante las palabras de mi propia hija.
—¿Qué significa eso, si puede saberse?
Como si no me hubiera oído o como si simplemente no estuviera presente, la niña me
ignora. Aunque baja la voz, yo frunzo el ceño y pongo atención. Me pregunto de dónde
244
saca esas ideas suyas. ¿Qué muchacha querría “llevarme”? ¿Y qué quiere decir con eso,
exactamente?
—Yinn dice que como papá es rico y tiene un título, muchas damas intentan “echarle
el lazo” —susurra en ademán confidente, aunque probablemente ni siquiera sea del todo
consciente del significado de sus palabras—. Y que por eso la señorita Crossbow busca
cualquier excusa para venir a visitarnos o encontrárselo “por casualidad”.
Cualquier signo de rubor abandona el rostro de Ilyria. De hecho, si no supiera que no
puede ser cierto, casi diría que está… molesta. Frunce el ceño y arruga la nariz en una
mueca que indica su desagrado.
—Ah, ¿sí? —Paladea alguna palabra y decide que no le gusta lo que ha oído—. ¿Por
ser rico y tener título? ¿Y quién es esa idiota, si puede saberse?
La dureza de sus palabras me coge completamente desprevenido.
—¿Conoces a la novia de Yinn, Sabine? —Pregunta. Al ver que la contestación es un
asentimiento, prosigue: —Pues su ama es Abbigail Crossbow. Yo también creo que
quiere casarse con papá, porque siempre se agarra de su brazo, pero a mí no me cae bien
porque sé que a ella tampoco le gusto yo.
—Eso no es cierto —intervengo antes de que le dé una idea equivocada a Ilyria. Es a
ella a quien me dirijo, de hecho, para negar todo lo anterior—. La señorita Crossbow es
una amiga de la infancia. Y siempre le trae dulces a Lottie cuando viene de visita. Es
muy amable.
Charlotte farfulla algo por lo bajo, a lo que yo respondo, aún sin haberla entendido,
con una mirada censuradora. Desde el primer encuentro las dos han sido enemigas no
declaradas. En su presencia la niña se abraza a mí, reclamándome como si fuera de su
pertenencia. Por su parte, mi invitada le responde con sonrisas forzadas y con la
amenaza encubierta de que necesita “una madre”. No puedo evitar pensar que la
245
presencia de la señorita Blackwood en la casa no le va a gustar. Y si el asunto de la
compra ha llegado a oídos de Rowan, lo más probable es que también haya captado su
atención. Dejo escapar un largo suspiro.
—No. Te voy a decir qué es, sin conocerla —protesta Ilyria entornando los ojos—. Es
una interesada y una prejuiciosa. Eso, de primeras. La propia Sabine me ha dicho que yo
no le caigo bien a su ama. Y estoy segura de no habérmela topado en mi vida.
Me llevo una mano a la cara, sabiendo que será imposible que deje de pensar otra
cosa, ahora.
—Estoy segura de que es una bruja que intentará hechizar a papá si bailan juntos. Por
eso tienes que estar todo el rato con él, ¿entiendes, Ily?
La aludida frunce el ceño pero asiente firmemente, casi de manera inconsciente. Me
sorprende que se haya dejado enredar así por una niña. Dejo los ojos en blanco y abro la
boca para protestar, pero alguien me toca el hombro. Rowan capta la atención de Lottie
casi de inmediato, quien no tarda en echarle los brazos alrededor de la cintura en uno de
sus cálidos abrazos. Con mi hermano están, precisamente, la señorita Crossbow y Lil.
—Felicidades, Charlotte —le dicen las dos.
Solo una recibe a cambio del saludo una sonrisa. Mi protegida las mira a ambas con
curiosidad, analizando sus ademanes, sus peinados y sus vestidos. La maestra de la
escuela, como siempre, destaca por su sencillez, sin ostentosos adornos o recogidos
especiales. Lo único que lleva consigo que pueda tener verdadero valor es un abanico de
nácar.
—Señorita Blackwood, le presento a la señora Travers —le indico haciendo un
ademán hacia Lil, que agacha suavemente la cabeza. Ilyria se limita a imitarla como si
considerase que es lo correcto—. Es la maestra de la escuela que hay en el barrio de los
extranjeros.
246
Aunque no parece que se haya tomado muy bien que la haya dejado de tutear delante
de mis amigos, baja la vista sin más. No parece cómoda, ahora, entre gente que no
conoce. Gente que viene del mundo más allá de mi jardín.
—Es un placer conocerla. Marcus me ha hablado de usted en alguna ocasión…
Parece admirarla mucho.
Abby frunce el ceño al escuchar mi nombre de sus labios, pero yo simplemente hago
como si no hubiera ocurrido nada.
—El señor Abberlain —puntúa sin poder evitarlo, reclamando el respeto que cree que
todo el mundo me debe— es un hombre de lo más amable. Soy Abbigail Crossbow. Es
un placer conocerla, señorita…
—Blackwood —murmuro adelantándome, como si con eso fuera a impedir el
inminente desastre.
Sin embargo, antes siquiera de que haya terminado de pronunciar su apellido ya sé
que es imposible detenerlo. Ilyria la mira con fijeza, juzgando sus largos tirabuzones
morenos y sus ojos dorados. Su piel fina y blanca no parece causar su admiración, como
ocurre con los caballeros que normalmente la rodean. No le gusta. Me doy cuenta por la
forma en la que alza las cejas en un gesto que casi podría ser elegante de no ser por la
molestia que asoma a su expresión.
—Ah, ¿realmente es un placer? Porque no era eso lo que tenía entendido.
Rowan parece sentir también la tensión a nuestro alrededor. Toma la mano de Lottie
y la invita a bailar. Después, con un gesto que parece espontáneo pero que sé que está
calculado, aprieta suavemente mi hombro.
—¿Por qué no invitas a la señorita Crossbow a bailar, hermano?
Me doy cuenta enseguida de que él nunca me animaría a hacerlo con ninguna
extranjera. Sería una vergüenza para la familia, una deshonra para nuestro nombre que
247
yo, el conde Abberlain, pidiera a una desconocida, a una extraña a nuestra sociedad, que
me acompañase a la pista de baile. La idea me hace sentir súbitamente enfermo.
Mareado. ¿Qué es este apellido, sino una prisión? Porque en este momento, en este
lugar, nada me apetece más que tomar la mano de Ilyria y arrastrarla conmigo hasta el
centro de la sala, envuelta en su nube de tela rosa y con el rubor asomando a sus
mejillas. Pero yo le haría olvidarlo. Haría desaparecer la incomodidad. Haría que nada
más importase, a excepción de nosotros dos. Con mis dedos sobre su cintura y los suyos
sobre mi hombro, la guiaría hasta que nuestras mil vueltas nos elevaran hasta el
firmamento, donde bailaríamos sobre la luna. Entonces, envueltos en su brillo, no sería
la música terrenal de la orquesta sino la celestial melodía de las estrellas la que guiaría
nuestros pasos.
Intento protestar.
—No, yo…
Nadie me escucha. Rowan me empuja suavemente y Abbigail se toma la libertad de
cogerse de mi brazo. Su risa suave me irrita. No es como la risa sincera de mi hija o la
de mi protegida. No tiene nada que ver con la felicidad o el corazón. Es un sonido casi
nervioso, en realidad. Cuando habla lo hace en voz baja, con secretismo, ocultando el
hecho de que me está tuteando como cuando éramos niños. Ella, en cambio, lo hubiera
gritado a los cuatro vientos, sin pudor, porque no vería nada pecaminoso en llamar a la
gente por su nombre y poner a todos los seres humanos al mismo nivel.
—Bueno, no creo que esto cuente como que me hayas pedido un baile. En realidad
casi se podría decir que lo ha hecho tu hermano.
No la escucho. En vez de eso, observo por encima de mi hombro a una pálida Ilyria.
Sé que se siente traicionada con mi marcha y con la de Lottie. La hemos obligado a
bajar a la fiesta, la hemos vestido como una dama y la hemos considerado parte de
248
nuestra familia. Y ahora, de pronto, se encuentra con que está sola, sin la niña o yo
cerca para poder hablarle. Incluso después de tanta insistencia por parte de Charlotte
para que me acompañara a bailar, ahora me encuentra del brazo de otra.
Mi acompañante llama mi atención para empezar. Pronto me encuentro entre Rowan
y otro caballero, actuando por inercia al son de la música de la cuadrilla. Al lado de
Abbigail, escucho la risa espontánea de la homenajeada. Mi mirada vuela de nuevo al
lugar donde estaba mi protegida la última vez que la vi, pero ahora ya no queda nadie
allí. Se me cierra el estómago y se me para el corazón, casi como si yo mismo sintiera
su dolor. ¿Acaso no me hubiera ido también? ¿Acaso no me hubiera sentido
completamente de más, en un mundo que no es el mío, con gente que no conozco?
Completamente solo…
Mi hermano choca conmigo, pues me he quedado parado a mitad de un movimiento.
—¿Marcus?
No atiendo.
Supongo que no he dejado de cometer errores desde el principio. Que no he dejado de
hacerle daño con mis palabras y mis gestos. Que, después de todo, caballero o no, soy
un idiota. Me aparto. Abby deja escapar una exclamación indignada, pero no me
importa. Como en un sueño me abro paso entre la gente. ¿Cómo decirle que éste no es
tampoco mi lugar? Sé cómo se siente. Tampoco yo estoy cómodo bailando ante un
auditorio lleno de observadores, de gente que me juzga a cada paso que doy. También
yo sé lo que es encontrarse solo y perdido. Fuera de lugar. Lo siento a cada instante que
mi hermano entra en el cuarto. Que mis llamados amigos me hablan de cosas que, en
realidad, no me interesan. Por eso me escapo de noche, cuando la ciudad duerme.
Cuando nadie me pone nota. Cuando nadie me ve. Cuando las sombras me cubren y
guardan mis secretos, mis pecados.
249
«Te comprendo», quiero decirle. «No estás sola. No te dejaré sola, mientras estés en
este mundo».
Mientras esté conmigo.
250
Pétalos
Danza de deseos.
No puedo estar aquí.
Ese es el único pensamiento real en mi cabeza. Lo único en lo que puedo
concentrarme al ver marchar a esa pequeña familia. Durante un segundo atiendo a la
velada esperanza de que Marcus se detendrá. Me mirará y volverá conmigo, soltando a
la bonita muchacha que lleva del brazo. No me va a dejar aquí sola. Él no haría algo así.
Pero el segundo pasa y él no se gira. Ellos se marchan, se confunden en la fila de
bailarines. Las dos únicas personas por las que tiene sentido que yo esté aquí, en este
mundo, entre toda esta gente que no deja de mirarme. Ahora sus ojos son cuchillos que
se clavan con seguridad. Sé que me miran con burla. «La han abandonado», deben
pensar. «La han dejado sola. ¿Cómo no iban a hacerlo? Solo es una extranjera. ¿Qué
hace aquí? Que se marche. Ni ellos la quieren en este baile».
Es más de lo que puedo soportar.
Antes de que pueda ser consciente de lo que hago, estoy huyendo. Me abro paso entre
todo el gentío. No quiero verlos. No quiero que me vean. No ahora, que me escuecen
tanto los ojos. Que sé que he palidecido y he dejado de respirar con normalidad. No.
Solo quiero marcharme. Quiero desaparecer.
Y lo hago.
La noche me recibe con un soplo de viento, pero yo no me veo capaz de detenerme en
la entrada. Necesito correr. Correr y resguardarme en algún lado donde no puedan
verme. Donde no puedan saber lo frágil que, en realidad, soy. Lo sola que de repente me
siento. Sé que no tiene sentido, pero me duele el corazón. ¿Por qué han hecho eso? ¿Por
qué me han invitado a bajar a una fiesta si luego iban a abandonarme? A golpearme con
la realidad en plena cara. Desde que estoy aquí tengo por primera vez la plena seguridad
251
de que no es mi lugar. Ahora tengo pruebas. Ahora sé que definitivamente no puedo
estar en esta casa.
El manzano me recibe dejando caer sus deseos de las ramas. Un soplo de brisa
consigue arrebatarme una lágrima, por mucho que parpadeo para evitarlo. Voy a
resguardarme a su amparo. Me apoyo contra él como si esperase que las criaturas que
recolectan allí los sueños pudieran consolarme. Mi frente contra el tronco, mis jadeos
contra el silencio de la noche. Quizá bajo esa lluvia de pétalos alguien decida hacer mi
único anhelo realidad.
“No quiero estar sola”.
Mi deseo no se pronuncia. Las hadas deberían poder ver en mi corazón.
La noche me saluda con el aire fresco, que borra de mi piel el calor del gran salón
lleno de gente. No hay nadie fuera, entre los árboles. O no debería haberlo. Los pétalos
se desprenden de las ramas lentamente, como hojas en otoño. Como copos de nieve,
teñidos por la luz de la luna de un pálido blanco. Llueven deseos que caen sobre mí
cuando tomo un camino invisible bajo un techo de copas enredadas.
No la busco. No me hace falta. Sé perfectamente dónde está incluso antes de percibir
su silueta apoyada contra el tronco. La fragancia de la lavanda llega lejana, como si
hubiera entrado en otro universo. En el mundo de los sueños, quizá. Los tímidos rayos
de una estrella se cuelan entre las ramas y me ofrecen un atisbo de su vestido claro,
gris en la tonalidad que precede a la medianoche.
—Ilyria.
Ella no responde. La veo pasarse una mano por la cara. ¿Ha estado llorando? La
certeza de que así es toma mi corazón entre sus manos y lo aprieta sin piedad. Duele
pensar que has hecho sufrir a alguien aún sin quererlo. Pero más duele pensar que tal
vez ella, esta vez, no pueda o no quiera perdonarme.
252
—Ilyria —repito.
Mi voz no suena verdaderamente mía. Me doy cuenta de que es la primera vez que la
llamo por su nombre. La primera vez que me atrevo a hacerlo.
No me mira. Hay un pétalo detenido sobre la palma de su mano, blanco como la
luna, pequeño y frágil. La brisa, sin embargo, no se atreve a arrancárselo. La veo
cerrar el puño y apoyarlo contra su corazón. Parece mover los labios.
Un deseo se posa sobre mi pecho.
Mi nombre llega hasta a mí como si lo trajese el viento. La misma brisa que deshace a
medias mi peinado, la que susurra en una caricia contra mi falda. Mi nombre. Su voz.
Aprieto los párpados. No es el aire. Es él.
No me atrevo a moverme. No quiero que me vea. No ahora, con los ojos brillantes.
No ahora, tan pequeña, tan débil. Él no cree que yo sea así. Y yo no quiero demostrar
que lo soy. Que, en realidad, no soy mucho más adulta que su propia hija. Que después
de todo también soy una niña pequeña que tiene miedo. Miedo de estar sola. Miedo de
no encontrar mi sitio. Miedo de que me hagan daño.
De nuevo mi nombre, de nuevo su voz. Es la primera vez que lo dice. En todo este
tiempo nunca se ha atrevido a articularlo, como si eso fuese a ser la perdición de ambos.
Qué dulce suena de su boca. Ansioso. Preocupado. Ha venido por mí. A buscarme.
Aprieto algo más los labios. No me está dejando sola. Está aquí. Tan cerca… Solo con
un movimiento de mi boca, doy las gracias a ese pétalo, a las hadas que no soy capaz de
ver.
Aunque hay distancia entre nuestros cuerpos no la siento realmente. Él me ha
pronunciado y eso parece acabar con todo el espacio entre nosotros. Siento un paso que
la hierba acalla. Escucho su respiración. Imagino el fantasma de su aliento escapando de
sus labios. Tomo aire. ¿Notará el llanto en mis ojos si lo miro ahora? ¿Sabrá leer en mi
253
mirada la angustia que he sentido? Si averigua cómo descubrir mi alma, ¿cómo voy a
engañarlo a partir de ahora? ¿Cómo voy a fingir que no me importa nada, que nada es
capaz de hacerme sufrir…?
Pero me arriesgo. Porque él ha venido, después de todo.
Me giro a medias, dejando caer la mano que presionaba contra mi corazón. La mano
que guarda mi deseo. El único que yo podría querer. Lo observo en la penumbra. A su
cuerpo solo lo iluminan las caricias de la luna y la sombra de las luces que llegan de la
casa. No me importa su figura, no me importa su respiración acelerada. Solo me veo
capaz, de pronto, de bucear en su mirada.
—Marcus…
Él está ahí.
Él es un deseo cumplido.
Me parece un sueño.
Toda ella. Este momento. Este jardín iluminado solo por pequeños puntos de luz,
pues el Sol aguarda pacientemente a que llegue su turno. La luna parece mirarnos,
parece darme ánimos. Doy el último paso hacia ella. Su vestido me roza los pies.
Quisiera pedirle perdón por todo. Por haberla tratado mal. Por haberme enfadado y
haberle lanzado palabras hirientes como estacas. Y ahora por haberme dejado
arrastrar aún en contra de mi voluntad.
—Lo siento.
Tantas cosas que decirle y solo esa débil disculpa consigue abrirse paso fuera de mi
boca. Me pregunto dónde han quedado las palabras de consuelo, los versos adecuados
para recitarle y hacerla sonreír. Me humedezco los labios. Los dos dedos que posa
sobre mi rostro me callan. No quiere que hable. Quizá, después de todo, las palabras
sean innecesarias. Así que la observo, la miro a los ojos hasta descubrir el brillo del
254
llanto derramado, la tímida muchacha que se esconde tras las bravuconadas y los
malos modos para defenderse. Ahí está, frágil. Temblorosa. Imperfectamente mortal.
Perfectamente humana. No puedo evitar sonreír. Le beso los dedos y ella los baja,
azorada.
Ésta es Ilyria
Tomo su mano en la mía y la hago separar un latido del tronco del árbol. Puede que
no se oiga la melodía celestial de las estrellas, pero la música de la sala se cuela
serpenteando hasta aquí, acomodando sus notas entre las flores que han nacido sobre
la hierba. Puede que no estemos sobre la luna, que no brille bajo nuestros pies, pero
podemos convertir este pedazo de sueño en lo que nosotros queramos. Será un trozo de
nube si lo imaginamos, o tal vez la superficie de un mar en calma. Puede que no sea un
príncipe salido de un cuento ni ella la princesa sin defectos que todos esperan. Pero
ahora, en este reino que tiene por fronteras la verja de hierro del jardín, tampoco soy
un noble.
Aquí, en esta noche en la que solo existimos nosotros, ella no es la chica venida de
otro mundo.
Yo solo soy Marcus. Ella solo es Ilyria.
—Baila conmigo.
No necesito más.
Lo observo. Lo miro porque soy sencillamente incapaz de hacer otra cosa. Siento la
calidez de sus dedos pese a que la tela de su guante impide que nos toquemos de verdad.
Cómo me gustaría que él, aquí y ahora, se deshiciera de sus secretos solo para poder
sentir su piel contra la mía. Pero no importa. Está bien. Mientras apretemos fuerte
nuestras manos podremos sentirnos. Mientras no nos separemos podremos fingir que no
hay misterios… o darnos cuenta de que ni siquiera importan.
255
Me arrastra un paso más, alejándome de mi refugio improvisado. Yo no respondo. Lo
miro entre las pestañas. Intento entender. ¿Dónde ha ido ahora todo el desasosiego?
¿Dónde está el miedo? ¿Dónde toda la soledad? Me pregunto si es cierto que su voz es
mágica, pues igual que con sus palabras devuelve personas a casa, a mí me ha devuelto
la paz. No me importan sus disculpas. No quiero escucharlas. «No tienes nada que
sentir», quisiera decirle. «Estás aquí. Estás conmigo. No vas a dejarme sola. Gracias…»
Pero no hablo. Su petición aún vibra en el aire y yo lo observo. Pequeña. Tímida. Ni
siquiera le digo que acepto, que después de todo llevo queriendo sentirme volar entre
sus brazos desde el primer momento en que se sugirió esa posibilidad. Que he llegado a
imaginar cómo sería cada paso, si él besaría mi mano antes de arrastrarme a la pista. Y,
de hecho, lo hace. Cojo aire cuando siento sus labios rozar con la suavidad de un aleteo
de mariposa el dorso de mi mano. Se me escapa una sonrisa. No es sencillamente un
gesto de caballero. Lo sé porque sus ojos me siguen observando, casi expectantes por
mi respuesta, mientras su boca roza mi piel. Siento que no hemos apartado la mirada en
ningún momento. Que nuestros ojos ya no se rehúyen más. Que se atrapan y se rinden.
Que aceptan que necesitan la contemplación del otro y verse correspondidos.
Yo claudico ante él.
Mi otra mano se alza. Mis dedos, con un titubeo previo, rozan su hombro. «No sé
hacerlo muy bien», le digo sin palabras. «Tendrás que guiarme. No puedes soltarme. No
puedes alejarte demasiado de mí o me caeré».
No sé si mi alma habla ya del baile o de lo frágil que es en realidad mi pequeño
corazón. Pero, sea como sea, él parece hacer caso. Porque sus dedos tiernos se sienten
en mi cintura y nuestros cuerpos salvan la distancia. Puedo sentir su calidez. Si me
concentro quizá pueda escuchar la única música que quiero oír ahora: la de su corazón.
La brisa sopla, los pétalos vuelan.
256
Mil deseos se unen a nuestro baile.
Nuestros pies dejan de pisar el suelo. No es difícil imaginar que realmente nos
movemos por el aire. Sin obstáculos, sin peligro de tropezar con la insensible realidad.
Nuestros pasos se acoplan a un suave movimiento que nada tiene que ver con la música
que suena en la mansión. De hecho, juraría que ya se ha detenido. No, si siguiéramos
la melodía de los instrumentos en algún momento tendríamos que pararnos. En cambio,
así, concentrados solo en el regular pálpito de nuestros corazones, podremos danzar
hasta el último aliento. Y aún después, con nuestras almas a la deriva, hay una muda
promesa de permanecer unidos. De que nada, ni ahora ni nunca, podrá separarnos
jamás.
Una suave brisa nos revuelve los cabellos. Se desliza entre nuestros cuerpos, como si
fuéramos transparentes, como si la piel y la carne no fueran impedimento. «Y quizá sea
así», pienso mientras caigo en sus ojos. Es un precipicio, pero esta vez no nos separa.
En cambio, tomados de la mano, decidimos saltar. Y caemos. Nos dejamos llevar por la
gravedad y, abrazados, sin abandonar nuestro baile, nos dirigimos hacia el abismo.
Hemos estado luchando para no hacer esto desde el principio. Pero ahora sabemos que
es inevitable. Y cuando nos damos cuenta, cuando nuestras miradas entienden lo que se
esconde en la del otro, volamos. Es una sensación agradable. Rozamos el suelo y luego
remontamos el vuelo con los dedos entrelazados, con alas de ángel a nuestras espaldas.
Una lluvia de pétalos es arrancada de los árboles y espolvoreada sobre nosotros. Un
mundo de deseos, de susurros y suspiros que nos pasan rozando o se posan muy cerca.
Como copos de nieve salpican la hierba y se sientan a esperar. Nos contemplan con
rostros sin ojos, sin nombre, y nos desean buena suerte antes de echarse a dormir.
—Pide un deseo —le susurro a Ilyria, abrazando con más fuerza su cintura mientras
me inclino hacia su oído.
257
Ella cierra los ojos como si mis palabras fueran un beso que va a morir contra su
piel. Nunca he visto una sonrisa más hermosa que la que esboza en este momento.
—Ya se ha cumplido —murmura por toda respuesta.
De nuevo su mirada. De nuevo el abismo. Mi corazón se acelera.
De pronto no concibo el mundo sin ella.
—¿Cuál es tu deseo?
Ese secreto no puede hacernos daño. Él ha cumplido el mío. Yo ahora solo quiero
hacer realidad todos y cada uno de los pétalos que se han quedado sobre sus cabellos,
sobre su chaqueta.
Adivino una sonrisa en su rostro. Un gesto hermoso, dulce. Su aliento sigue cerca de
mi oído, lo que me hace cerrar los ojos. No necesito nada más que su voz de plata.
Quiero que sus palabras me acaricien confesando lo que nadie más sabe.
—Los deseos no se pueden pronunciar —susurra.
Yo me estremezco. Su voz es la misma que el día en que me contó la realidad de los
pétalos, en este mismo sitio. No ha pasado tiempo apenas, pero se me antoja que todo ha
cambiado desde entonces. El mundo mismo parece girar de otra manera, con más calma,
más suavemente.
—¿Por qué?
Hay una caricia de sus dedos en mi cintura. Me parece que me abraza con algo más
de fuerza y yo sonrío. Es tan cálido que ahora podría llegar el invierno y no sentiría frío.
En cambio, si sus brazos se alejaran, no habría verano que pudiera consolar mi helado
cuerpo.
—Si los deseos se pronuncian —me confiesa a media voz— la luna los roba.
Casi tiemblo entre sus brazos. Entreabro los párpados, aunque no miro a ningún lado
en concreto.
258
—¿No se cumplen?
—Se pierden —responde. Su dedo pulgar acaricia el dorso de mi mano, aún
firmemente entrelazada con la de él—. La luna los planta en las estrellas, para que
cuando éstas caigan, puedan cumplir los deseos de quien las vea descender.
Sonrío dulce. Da lo mismo que sean fantasías. Son los cuentos más hermosos que
nadie me ha contado nunca. Ni siquiera son cuentos. Yo los tomo entre mis recuerdos y
los creo. Alzo la mirada al cielo, como si esperara ver algún deseo perdido caer de
nuevo a la tierra. Él sigue mis ojos. Solo entonces me doy cuenta de que nos hemos
detenido. No me importa. No nos importa. Mientras los pétalos caigan seguiremos
cogidos de la mano. Seguiremos abrazados. Puedo escuchar su pulso contra su pecho.
Es el ritmo perfecto para todas y cada una de las canciones que yo podría componer. Sé
que este momento permanecerá en cada pieza que toque al piano. Que cada nota se
convertirá en un latido de él.
Las estrellas nos reciben arrodilladas frente a su reina. La luna nos mira sonriendo
desde su trono. No podrá robarnos nuestros deseos esta noche, porque no los
pronunciaremos. No nos hará falta. Me he dado cuenta: no importa que no hablemos.
No es preciso. Las palabras solo ocupan un espacio que ni siquiera está vacío. Alzo la
mirada hacia él y, sintiendo mi llamada, Marcus desciende la suya. El golpe ya no es
golpe. Sigue teniendo fuerza, pero nos hemos acostumbrado. Ahora nuestros ojos se
dejan atraer, nuestras almas no tienen miedo de asomar. La mano que se posaba sobre
su hombro se alza. Repaso su mejilla con la punta de dos dedos y siento que él ladea el
rostro hacia su toque. ¿Cuánto tiempo habrá pasado sin que le prodiguen una caricia
así?
—Gracias.
259
Él abre la boca, quizá para preguntar, pero yo no lo dejo. Le suelto la mano y le siento
tragar saliva. Pero, aunque sé que lo ha temido durante un segundo, no me separo. En
cambio solo lo rodeo firmemente con los brazos, escondiéndome en su pecho, aspirando
su olor a té y tinta, a la magia de mil mundos.
Volveré.
No lo digo quizá porque temo que si la luna lo escucha no me lo permitirá. Es una
promesa hacia mí misma. Da lo mismo lo cruel que sea este mundo, no importa que no
sea bien recibida. Las miradas de todos esos desconocidos me parecen de pronto un
precio ridículo a pagar por un momento como éste. Incluso la soledad momentánea o el
sentimiento de desplazamiento. El desamparo, la sensación de estar fuera de lugar. Todo
es absurdo porque él también me abraza, también me mantiene contra su cuerpo. Roza
mi espalda en caricias que me estremecen y enreda sus dedos en mis cabellos.
Da lo mismo lo demás.
Volveré porque entre sus brazos he encontrado un hogar.
260
Marcus
Hallazgo.
Han pasado dos semanas desde el cumpleaños de Charlotte.
La noche del baile queda ya lejos, como el recuerdo de una vida pasada. Una
reminiscencia llena de pétalos, estrellas y deseos. De danzas en el aire y su cálido
cuerpo abrazando el mío. De mi corazón latiendo desbocado. Es curioso cómo a veces
me encuentro pensando en esos momentos. Siempre sucede cuando menos me lo
espero, con las excusas más insospechadas. No es la primera vez que me encuentro
mirando al jardín vacío desde la mesa del balcón, por encima de mi periódico,
suspirando al ver florecer los brotes más tardíos. A veces simplemente no puedo evitar
atender a su figura al otro lado de la mesa, mientras trabajamos y ella lee sentada en su
silla, tan concentrada que ríe y llora espontáneamente, metida por completo en las
historias que siguen llegando a la mansión. De vez en cuando lo recordamos al mismo
tiempo, mientras caminamos de noche por las calles desiertas, y ella apoya su mejilla
contra la manga de mi chaqueta en un intento de sentirme más cerca.
En otras palabras, Ilyria Blackwood se ha hecho un sitio imborrable en mi corazón.
Estoy seguro de que la casa se sentiría más vacía ahora sin ella, sin sus comidas
especiales y las tardes en las que las notas del piano vuelan escaleras arriba y llenan mi
despacho pese a la distancia. A veces son sus canciones, nuevas y refrescantes como los
días de primavera que se suceden tras el cristal. En otras ocasiones, algo torpe, Lottie la
imita con más o menos éxito pero siempre con el mismo incansable interés del primer
día. Su profesora, orgullosa, explica que avanza muy rápido.
No obstante, también hay otras cosas que no me agradan tanto de su presencia. Las
preguntas aún se suceden día tras día. Ahora ha decidido concentrarse en el pasado de
Charlotte. Le he dicho lo que he podido: que la encontré y la cuidé hasta que se puso
261
bien. Que no tenía recuerdos, y por lo tanto fue como si empezase de cero conmigo,
como si yo fuese realmente su padres. Después de eso ya no pude pensar en separarme
de ella. Cuando insiste en seguir interrogándome, sin embargo, siempre encuentro una
excusa y me escabullo. Al fin y al cabo, hay cosas del pasado que es mejor no remover.
¿Es que no se puede quedar simplemente con el aquí y el ahora?
—No vas a poder seguir dándome largas toda la vida —me ha reprochado más de una
vez.
«Lo sé», quiero responderle. «Pero por el momento será mejor dejar las cosas como
están». Quizá pronto encuentre su libro, de todas formas, y sus incógnitas pasen a un
segundo plano. Al menos ella no pierde la esperanza. Yo, por mi parte, hago todo lo
posible para ayudarla. Me he recorrido cada biblioteca pública e incluso alguna que otra
privada. Incluso le he traído a casa algunos tomos más o menos parecidos a lo que
buscamos, pero ella nunca los identifica como el suyo.
Finalmente, una tarde, después de que haya terminado con las lecciones de Lottie, le
muestro el periódico. Le señalo un recuadro en una de las páginas. Es un anuncio. Ella
me observa con curiosidad y se deja caer de nuevo sobre el banco, delante del teclado.
Lo lee con avidez, como si fuera una historia más que hay que juzgar, pese a que hemos
elegido las palabras entre los dos.
—¿Y crees que responderán?
Yo me encojo de hombros y acerco una silla, dejándole su espacio. No me gusta la
idea de sentarme ante el instrumento, como si de nuevo intentase aprender el único par
de canciones que me sé.
—Bueno, si no lo hacen por simple solidaridad, he añadido que ofrecemos una
recompensa. Alguien tiene que haber visto ese libro. No puede simplemente no existir.
262
Ella no responde enseguida. La veo rozar las teclas del piano con la punta de los
dedos, aunque sin llegar a presionarlas. Fue idea mía mandar publicar en el periódico las
señas de su libro. Aún así, ahora Ilyria no parece muy convencida. Quizá empiece a
pensar que es una fantasía, que no puede haber realmente un portal que la lleve a su
preciosa librería como si nada hubiera pasado. Me mira de reojo y suspira.
—Empiezo a sentirme culpable, ¿sabes? —Murmura—. Estás gastando una fortuna
en mí.
Yo alzo las cejas, sorprendido de que le preocupe algo tan insustancial. Para mí el
dinero nunca ha sido realmente importante. Sé que no me faltará y, de todas formas, no
es como si estuviese dilapidando mi herencia. Mientras use todos mis medios para
ayudarla a ella o a cualquier otra persona sabré que estoy haciendo lo correcto.
—La felicidad no tiene un precio, Ilyria. Haré lo que esté en mi mano para que
puedas volver a tu mundo sana y salva. Si simplemente esperase de brazos cruzados no
podría dormir por las noches.
No le menciono que más de una vez he tenido que levantarme en la madrugada para
asegurarme de que no ha desaparecido. No le confieso que, en realidad, lo que quiero es
que se quede aquí, conmigo y con mi hija, comiendo en nuestra mesa, tocando nuestro
piano y sentándose a contarle cuentos a Charlotte bajo los árboles en flor. De hecho soy
consciente de que, no tan secretamente como yo, la niña reza todos los días para que eso
se cumpla.
Ella se queda callada, quieta, mirándome entre las largas pestañas, que dejan caer sus
sombras sobre la piel dorada al atardecer. Aunque duda un segundo no tarda en
inclinarse hacia mí y besar mi mejilla. Sus labios se sienten cálidos en comparación con
la brisa helada que entra por la ventana.
—Gracias, Marcus.
263
Cuando se separa, enderezándose, sonríe con tranquilidad. Parece más segura de que
todo va a salir bien. De que nada va a poder evitar que se cumpla su deseo.
Yo bajo la vista, llevándome los dedos enguantados a la mejilla.
En esos momentos es cuando me siento el más ruin de los seres humanos por quererla
solo para mí.
***
Cuando le dije a Ilyria que iba a ver a un dramaturgo, su primera pregunta fue si
William Shakespeare había venido a parar aquí. Por supuesto, le contesté que eso era
una locura. Su interés se evaporó entonces un poco. Le he prometido que algún día,
quizá en un futuro no muy lejano, siempre y cuando prometa no separarse de mí,
podríamos ir al teatro. Ante la idea sus ojos se han iluminado y por un segundo me ha
parecido más niña que nunca, con la cara sonrojada por la emoción y la promesa
grabándose con fuerza en su corazón.
Después de eso le he dado un beso a Charlotte en la mejilla y me he marchado a
caballo.
Cuando llego, Fred me espera en su despacho: un santuario lleno de orden y
austeridad, con las cortinas cerradas para que el sol no se atreva a estropear su preciada
colección de libros. A pesar de que es perfectamente capaz de pagarse él mismo la
publicación de sus poemarios y sus obras de teatro, cuando lo apadriné por primera vez
se forjó un vínculo de amistad que fue más allá del trabajo. Además, a pesar de que sus
trabajos son un éxito, su familia sigue mirando con malos ojos que sea un simple
escritor y no piense tanto en dedicar su tiempo a sus tierras y su casa.
Frederich Wright es un hombre nervioso. Es el hijo más joven y el único varón entre
tres hermanas solteras y se espera de él, por tanto, que las mantenga. Su padre murió
cuando él era pequeño y eso solo trajo más responsabilidades sobre su cabeza. A pesar
264
de que todos esperaban que fuera obediente y no se entretuviese con fantasías, lo cierto
es que, lo quieran aceptar o no, su aire soñador es el que lo ha llevado a ser uno de los
escritores más importantes. Y, además, uno de los mejores amigos que tengo porque, al
contrario que otra gente de nuestro círculo, él no pierde el tiempo con frivolidades o
hipocresías. Fred no está hecho para la sociedad, para los bailes llenos de gente y las
largas conversaciones, en parte por su tartamudeo, que tantas burlas le causó entre los
niños de su edad cuando era pequeño.
Me recibe dejando la pluma en el tintero y levantándose para tenderme la mano con
una sonrisa que siempre parece tímida y algo falta de confianza.
—Marcus… Gracias por venir.
Aunque habla lentamente, tratando de pronunciar cada palabra correctamente, a veces
se traba en alguna sílaba y le resulta difícil simplemente seguir adelante. Baja la vista,
avergonzado, pero a mí no me importa su manera de hablar. Saberlo le hace sentir un
poco más cómodo conmigo. Hace un ademán hacia un sillón y yo me siento tras
agradecérselo. Miro alrededor. Ha sido él el que me ha llamado, a pesar de que
normalmente suele pasarse por la mansión.
—He oído que tienes una muchacha viviendo en tu casa…
Supongo que no me ha pedido que viniera por eso. Con un suspiro decido que no ha
sido la manera con más tacto de empezar nuestra conversación. Aún así, intento no
enfadarme. No fueron pocos en la fiesta los que me vieron volviendo del jardín con la
“muchacha”. A estas alturas todo el mundo da por hecho que tenemos algún tipo de
relación no tan secreta. No me importa. La verdad se quedará dentro de la mansión
Abberlain, ya que nadie más parece querer escuchar que no hay nada entre nosotros. De
hecho, ahora hasta Yinn nos mira suspicaz cuando nos encuentra solos en un cuarto,
como si estuviese planeando cometer un delito y ella fuera mi cómplice.
265
—La señorita Blackwood no puede volver a su mundo por el momento —le explico a
Fred—. Al menos no hasta que encontremos su libro.
Él asiente y saca el periódico del día anterior de un cajón. Las hojas están dobladas
para que el anuncio que yo mismo mandé poner quede bien a la vista.
—Así que tú también lo has visto.
Fred vuelve a asentir. Sus ojos claros, en contraste con su piel oscura, me taladran.
—¿Has encontrado ya alguna pista?
Me encojo de hombros. Alguna gente ha pasado por casa insistiendo en que tenían
pruebas, pero ninguno ha sabido aclararme nada. Lo más probable es que solo fueran
curiosos o intentaran conseguir la recompensa que promete la nota en blanco y negro.
No, lo cierto es que no tengo ni la más mínima idea, aunque no se pueda decir que no lo
haya intentado de todas las formas posibles. ¿Qué vamos a hacer, si fracasamos incluso
así? Por un lado no deseo nada más aparte de que Ilyria decida quedarse. Que se
convierta finalmente en un miembro más de mi familia. Pero, por otra parte, ¿cómo
puedo pensar en enjaularla? Creo que languidecería y moriría de pena, prisionera en un
mundo que no es el suyo. En una sociedad que no le gusta por su hipocresía y su
falsedad.
—Nadie puede decirme nada a ciencia cierta. De alguna manera creo que… ella está
empezando a perder la esperanza. Pero yo no me atrevo a darme por vencido. No puedo
hacerlo. No quiero imaginarme siquiera el momento en el que le diga que voy a dejar de
luchar. Sé que ese día escucharé su corazón rompiéndose. Así que aún aguardo que pase
algo. Ese libro no puede simplemente no estar.
Fred titubea. Lo veo morderse el labio e inclinarse hacia delante en la mesa, mirando
de un lado a otro como si temiera que un espía saliese de detrás de uno de los tapices
que se reparten por la sala.
266
—En realidad, te he pedido que vinieras por eso. Por el libro. Me sorprendió leer tu
nombre firmado y ofreciendo una recompensa a negociar.
Me ruborizo un poco. Dicho así suena a que estoy realmente desesperado por tener en
mis manos ese volumen. Aunque se supone que lo estoy… ¿verdad?
—¿Qué quieres decirme, Fred? ¿Sabes quién puede tener el libro?
Él asiente enérgicamente. No se me escapa que enseña los dientes blancos en una
brillante sonrisa.
—De hecho, pienso que podrías conseguirlo hoy mismo.
Sus palabras me golpean y me quitan la respiración. ¿Es eso cierto? Me humedezco
los labios y me inclino hacia delante, dispuesto a recibir de él el secreto. Casi me puedo
anticipar a la sonrisa de Ilyria, a su expresión de incredulidad y sorpresa, a su risa
espontánea resonando en mis oídos. ¿Me besará la mejilla como hace siempre
últimamente? ¿O me abrazará cálidamente como pasó el día del baile? Puedo vernos
danzar alrededor de la habitación, eufóricos, mientras ella mueve los labios en palabras
que no oigo pero que, después de todo, sé que son de agradecimiento. ¿Las guardaré
ansioso para mí o las rechazaré con suavidad, insistiendo en que he hecho lo que
cualquier caballero haría?
Fred se levanta ante mi atónita mirada y camina con tranquilidad por el cuarto, hasta
que parece encontrar lo que busca encerrado en una cómoda, con llave, como si creyese
que podría salir volando si le daban la oportunidad. El libro. Sorprendido, lo recorro con
la mirada, ávidamente. Sé que es ese, a pesar de no haberlo visto nunca antes con
anterioridad. Sé que éste es el milagro que llevará a mi protegida de vuelva a su casa,
con sus padres y sus amigos.
Se trata de un tomo bastante grande, más alto que la media y también algo más ancho
y gordo. Es bonito, con ese encanto de lo antiguo, de lo único en su especie. En sus
267
tapas doradas, gastadas por el uso pero aún brillantes, echo en falta un autor al que dar
las gracias por saber crear vida de las palabras o un título con el que llamar a la obra. Es
exactamente igual que el libro que Ilyria ha descrito en mil ocasiones.
Pronto está entre mis brazos. Como el más preciado de los tesoros, como un bebé, lo
acuno con suavidad y lo pego contra mi pecho. Sí, ya puedo sentir la alegría de Ilyria,
su abrazo a mi alrededor. Y, al mismo tiempo, como una nube oscura, también me doy
cuenta de otras cosas. De lo triste que se pondrá Charlotte. De lo vacía y silenciosa que
volverá a estar la gran mansión. Ya no podré escuchar el piano resonando claro, de
nuevo vivo, por toda la casa. Ya no habrá más picnics ni más bailes bajo las estrellas,
enredados en deseos que no se pueden pronunciar. Ya no nos podremos quedar
despiertos hasta que salga el sol, descubriendo la ciudad mientras todos duermen o
leyendo hasta que ella se quede dormida con los papeles aún en la mano y yo tenga que
llevarla en brazos hasta su cama. Incluso se acabarán las preguntas, por mucho que me
desagraden. Nadie volverá a pasear en camisón por el pasillo como una niña recién
levantada, sin recordar cómo llegó la noche anterior hasta su dormitorio.
Mientras observo el libro, muerto entre mis manos, me pregunto si debo llevarlo
conmigo o simplemente destruirlo aquí y ahora. Si lo hiciera podríamos ser felices
juntos. Podríamos…
—Es… perfecto —murmuro sin ser realmente consciente de lo que digo—. La
señorita Blackwood se va a poner tan contenta… ¿Cómo…? ¿Dónde…?
Fred sonríe. Creo que piensa que me he quedado sin palabras de pura felicidad. Yo,
en cambio, no estoy muy seguro de por qué no puedo hablar con fluidez. Me obligo a
coger aire.
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—Siempre ha estado en mi estantería. No sé de dónde ha salido, pero parece ser muy
antiguo. ¿No crees que es una auténtica coincidencia? Supongo que ha estado esperando
su momento, todo este tiempo. Por supuesto, puedes quedártelo.
En un acto reflejo palpo mi chaqueta en busca de la cartera. Él ríe suavemente y
niega, algo azorado por las implicaciones de mi gesto.
—Marcus, no me podría llamar tu amigo si te pidiera algo a cambio por él. En esta
casa no tiene ninguna utilidad. Es tuyo ahora.
—Eres muy amable. Gracias.
Ese ha sido un comentario no sentido. No estoy agradecido de verdad. Ahora ella nos
abandonará. Si se lo doy, si le digo que lo he conseguido, aunque ella podría volver,
como al parecer le prometió a Lottie, ¿qué garantías tengo? Quizá vuelva a su mundo, a
su librería, y decida que todo ha sido un sueño. Que no le ha gustado la experiencia y
que no quiere repetirla. A lo mejor solo recuerda los malos momentos y se da cuenta de
que no merece la pena regresar a nuestro lado. ¿Por qué habría de hacerlo, después de
todo?
No sé si pesa más el gran volumen o la angustia que se ha sentado sobre mi corazón.
269
Ilyria
Descubrimiento.
Han sido unas semanas extrañas.
El pensamiento me sobreviene mientras observo el jardín por la ventana de la sala de
música. Apoyo la cabeza en una mano, el codo hincado en la tapa bajada. Lottie se ha
ido hace tan solo cinco minutos a jugar con Angela y sus muñecas de porcelana.
Aunque me ha invitado a acompañarla yo he decidido quedarme aquí. Desde la ventana
puedo ver mi pequeño pedacito de Paraíso en ese jardín. El árbol, inconfundible, deja
brotes de nuevos deseos en sus ramas.
No sé si soy realmente consciente de los sucesos acontecidos después de la fiesta de
Charlotte. No. No después de la fiesta de Charlotte… sino del baile con Marcus. Suspiro
hondamente, cruzando los brazos sobre la tapa oscura y apoyando la mejilla entre ellos.
Desde ese momento los días han pasado para mí como borrones difusos. Son solo
recuerdos ligeramente alterados en los que no puedo terminar de concentrarme. Porque
todos me llevan a él… y él me lleva aquella noche. Cierro los ojos. Aún me parece
sentir su sonrisa tan cerca de mi oído, su respiración rozándome la piel. Sus brazos en
mi cintura. Los corazones juntos, tocando para nosotros. Desde entonces Marcus y yo
apenas sí hemos vuelto a discutir. Cuando lo hacemos (porque no hacerlo del todo sería,
para mí, inconcebible) nos descubrimos reconciliándonos sin pedirnos perdón en la
mayoría de las ocasiones. A veces simplemente nos miramos, orgullosos… y
terminamos sonriendo, aunque disimulamos.
No hemos hablado de aquella noche, pese a que sabemos que los dos la recordamos
constantemente. Cuando Charlotte pregunta cómo fue no damos detalles. De todos
modos a ella parece serle suficiente saber que finalmente nos concedimos un baile en su
cumpleaños. Le encanta, de hecho, saber que danzamos entre deseos. Probablemente se
270
ha creado la imagen ella sola, en su cabeza, de lo que pasó o no. Desde que se enteró a
veces me llama “mamá”, aunque no puedo dejar de pensar en lo irónico que es un
apelativo así. Apenas le saco en realidad más de seis años. Siete, teniendo en cuenta que
pronto cumpliré diecinueve. Su padre no parece muy de acuerdo con el título, pero yo
no me pronuncio. Ella alega que si tiene que tener una madre no quiere que sea otra sino
yo. Me relata, tratando de llamar mi atención muy poco sutilmente hacia su padre, cómo
Marcus se apresuró siguiéndome la pista en cuanto se dio cuenta de que me había ido.
Lo cuenta como si él fuera el héroe de alguna aventura. El príncipe que corre tras la
princesa. A veces, con una infantil gracia, imita el gesto de indignación de Abbigail
Crossbow. Al saberlo no siempre puedo contener mi sonrisa de satisfacción. Otros días,
en privado, me dice que si el conde salió en aquel momento tras de mí, dejando a “la
bruja” plantada es porque le importo más que cualquier otra mujer. Más que nadie en
este mundo… Aunque la idea me seduce de una manera que no quiero admitir sé que
solo dice ese tipo de cosas para defender la supuesta relación familiar que espera que
tengamos. Yo no la contradigo. Me hace feliz que me trate como si fuera tan
fundamental en su vida. Una parte tan necesaria.
Suspiro hondamente, mirando al techo de la sala de música. Marcus ha seguido, pese
a todo, buscando el libro. A veces, cuando siento que me mira, me parece ver en sus
ojos que no quiere que me vaya. Lottie es más cruel en sus deseos. Me ha insinuado con
delicadeza que los extranjeros nunca tardan tanto en encontrar su libro si lo tienen. Sé
que es su manera de convencerme de que me olvide de mi mundo, pero yo no puedo
hacerlo. ¿Cómo podría, si allí está todo lo que alguna vez he conocido? Cuando ella
hace ese tipo de comentarios yo acaricio sus cabellos, beso su frente y le juro que voy a
volver. Que la quiero, que no voy a separarme para siempre. Charlotte entonces sonríe y
271
parece creerme. Yo también sonrío, abrazándola, porque ahora sé que no le digo
ninguna mentira.
No se lo he dicho claramente a Marcus todavía. ¿Se alegraría al conocer la noticia? Sé
que hasta que no lo haga, aunque parece enterado de la promesa que le he hecho a la
pequeña, no la creerá. No obstante él parece tener a veces más interés que yo misma en
recuperar ese tomo. No es que yo no desee volver por encima de todas las cosas, pero en
ocasiones se me ocurre que quizá no todo es tan diferente como quiero pensar. Puede
que él siga teniendo miedo de que me marche para no volver nunca más. Puede que me
prefiera lejos de su vida, donde no pueda alterar su tranquilidad. Quizá quiere volver a
su paz, donde la gente no hablaba de él ni se metía en su intimidad… Sacudo la cabeza,
apartando el pensamiento rápidamente de la mente. No. Aunque a veces pueda parecer
eso, sé que solo intenta hacerme feliz. Ayudarme. Se esfuerza tanto por que esté de
nuevo en mi hogar… Me cuida de una manera que no recuerdo que me haya cuidado
nunca nadie. Me gustaría poder hacer algo por él, pero no tengo manera de ayudarle
como agradecimiento. A veces me cuelo en su despacho y le adelanto todo el trabajo
que puedo, devorando manuscritos para que él esté más tiempo con su hija. Y conmigo.
Sería ridículo no aceptar que me gusta cuando puede pasar las tardes jugando con
nosotras.
En estas dos semanas que parecen alejadas del transcurso del tiempo también he
tenido oportunidad de conocer más a la maestra. He podido ver que realmente no tiene
nada que ver con las demás nobles, como Marcus me sugirió en su momento. Vive sola,
es cierto, pero no es lo que más me interesa a mí. Es la única que todavía no me ha
mirado como si me juzgase. Me habla, de hecho, como si fuera una Abberlain más. Es
una joven agradable, pese a que no es de muchas palabras. El conde me ha dicho que su
comportamiento se debe a que perdió a alguien importante, pero no me ha querido dar
272
más datos. Cuando le pregunté pareció triste. Sus labios chocando contra mis cabellos
me apartaron de mi curiosidad. Con ese gesto parecía querer librarme del mal que en su
día acechó a la profesora de los extranjeros.
Con la primera visita de Lil Travers también pude conocer un poco más a Marcus. El
martes tocaron a la puerta. La maestra traía consigo a un hada que nada tenía que ver
con Sabine. La criatura en esta ocasión no ocupaba más espacio que mi dedo meñique y
tampoco era mucho más alta. En sus manos, Lil traía un libro.
Aunque al principio el conde se mostró reticente, finalmente me enseñó cómo
funciona su poder. Es sencillo: ha de abrir el libro del extranjero por la mitad y obligar
al viajante a pisar. Al principio no me pareció bien, cuando lo escuché, porque pensé
que estropearía el ejemplar; pero es que el pisotón, en realidad, nunca llega. Antes de
que eso suceda surge su voz. Nace de tal manera que no parece una sola. Es hermosa,
como una letanía lejana que habla de todas las historias del mundo. El hada desapareció
con un centelleo y yo no pude más que observar el libro, de pronto cerrado, con
embelese. Después volví a alzar la vista hacia Marcus. Él no pareció demasiado cómodo
con mi escrutinio mientras recogía el tomo del suelo. Lo guardó distraídamente en una
de las cristaleras del inmenso despacho, entre todas los demás publicaciones, entre
todos los demás mundos.
Recuerdo haber titubeado, mirándolo desde mi asiento en la silla, el mismo que tomo
para trabajar normalmente.
—¿Te quedarás también con mi libro cuando lo encuentres?
Sé que la pregunta lo cogió por sorpresa. Me observó de reojo, cerrando con suavidad
la cristalera. Cogió aire y luego miró su reflejo en el cristal.
—Sí.
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Yo sonreí, encantada con la idea de que él pudiera cuidar mi portal, tenerlo cerca. Si
los dos durmiésemos con nuestra pequeña conexión al lado de la cama quizá los sueños
traspasasen las páginas y pudiéramos encontrarnos en nuestras fantasías.
—No puedes dejar que le pase nada —le hice jurar.
Él me miró algo sorprendido. Durante un segundo vi algo extraño en su mirada. De
haberlo creído posible habría jurado que era dolor. Se frotó la mano enguantada y
asintió. Cuando volvió a clavar sus ojos en los míos se me antojó solemne.
—No. No permitiré que sufra ningún daño.
Como cuando me cuenta sus pequeños cuentos de pétalos y estrellas, yo lo creí
ciegamente.
Miro al reloj. Marcus ha salido hace ya un buen rato, pero supongo que tardará en
volver, puesto que ha cogido el caballo. ¿Cómo será ese magnífico dramaturgo del que
ha hablado? Al parecer es uno de los escritores de los que más orgulloso se siente. No
recuerdo haber leído ningún manuscrito suyo, entre todos los sobres que llegan a la
mansión día a día. Suspiro. Será mejor que vaya a hacer algo, en vez de quedarme aquí
parada todo el día. Adelantaré un poco de trabajo y así cuando el sol caiga podremos
salir fuera. He aprendido a apreciar más la ciudad de noche, con su quietud y su
sencillez. No hay personas, entonces, que puedan juzgarme. Juzgarnos. Soy consciente
de que la gente, tras el baile, ha empezado a hablar. Suponen una relación que, por más
que le gustase a Charlotte, no hay. Y, definitivamente, la idea no ha parecido encantar.
Lo sé porque Yinn me cuenta la verdad cuando le pregunto en secreto, aunque sé que a
Marcus no le gusta que lo haga. Al mayordomo al principio le cuesta, pero al final
siempre confiesa porque sabe que tengo derecho. No me importa ya no salir de día, por
mucha pena que me cause no poder ver el mundo más allá del jardín del conde. De
hecho, en toda la semana no lo he vuelto a pedir, aunque Marcus a veces se ha mostrado
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francamente sorprendido al respecto. Sé que pasear de su brazo como hacemos cuando
solo la luna puede vernos le acarrearía problemas. No quiero causárselos. Ahora me es
suficiente con poder respirar el aire fresco de la noche y caminar a su lado. A veces
simplemente callamos y disimulamos que nuestras manos se rozan al azar al principio,
para acabar entrelazadas. Otras, cuando mi curiosidad se revuelve, hablamos hasta que
él no quiere contar más.
No he vuelto a preguntar por sus guantes. Aunque sigo esperando que algún día me
muestre sus manos desnudas y con ellas su secreto, le temo a esa cuestión. Tengo miedo
de que un día simplemente el abismo de aquella noche vuelva a abrirse entre nosotros.
Sé que ahora no podría soportarlo. Si él volviese a decirme alguna de aquellas palabras
caería herida de muerte.
De modo que he decidido preguntar lo justo sobre él. Me he centrado en Charlotte.
Pensé que Marcus no tendría ninguna reserva en contestar a mis interrogantes sobre la
niña… pero no ha sido así. Al principio respondió, aunque no con mucha seguridad. La
encontró agazapada en un rincón en sombras. Estaba enferma y no recordaba.
Efectivamente, los recuerdos de Lottie empiezan el día que conoció a Marcus, como he
podido comprobar con ella misma. A la pequeña no parece importarle. Es feliz ahora y
no echa de menos saber ningún pasado. Cuando yo le pregunté a su padre sobre éste, él
me respondió que no podía saberlo, pero sé que no es verdad. Para bien o para mal,
mentirnos nos resulta a los dos cada vez más complicado. He aprendido a conocerle. A
él y a su mirada, a sus gestos. Soy capaz de intuir el alma en sus ojos. Y lo sabe. Por eso
cada vez que quiere ocultarme algo evita mirarme, concentrándose en cualquier
pequeñez, o cambia directamente de tema. He visto que hay cosas extrañas en lo que a
Lottie se refiere. Sabe detalles de ella que ni siquiera la muchacha sabía. Por ejemplo,
sin ir más lejos, la fecha de su cumpleaños. De nuevo lancé esa pregunta al aire y de
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nuevo me encontré con que se encogió de hombros, dándome a entender que la había
inventado. No es cierto. Ya no me puede engañar. Pero cuando miente o me oculta
cosas, aunque se lo reprocho, no busco ya la discusión. Por una parte porque me
preocupa que se canse de mi curiosidad. Que se canse de mí y se acaben las noches
paseando de su brazo. Que un día me diga que saldrá solo y yo no puedo acompañarle.
Tengo miedo de que cuando tenga mi libro entre mis brazos me diga que no quiere que
vuelva.
Me decido a no pensar más. Dejaré que las olas de algún mar de palabras me cubran y
me empapen con sus historias. Con esa idea subo las escaleras y entro en el despacho,
que ahora está desierto. A veces se me hace extraño entrar sabiendo que él no va a estar
allí, sentado en su silla. Cuando es así aprovecho y me acomodo en su lugar. Me parece
que huele a él y eso me gusta. Me hundo en su asiento y sonrío sin poder evitarlo. Cojo
un sobre y un papel en blanco. Me gusta tomar notas sobre los libros. Cosas de
argumento que luego discuto con Marcus o, en ocasiones, críticas mordaces. Solo es
una excusa más para quedarme hablando con él.
Miro alrededor. Al hacerme con la tinta y la pluma me doy cuenta de que el tarro está
vacío, a excepción de un par de gotas. No sé dónde guarda él el recambio o si tiene,
pero si hay debe estar en uno de los tantos cajones del escritorio. Dejo el sobre y me
inclino para ponerme a buscar. Me doy cuenta entonces de que el último tiene una llave
en la pequeña cerradura. Ladeo la cabeza, con curiosidad. Es un poco torpe dejar una
llave en el lugar supuestamente cerrado con ella. Titubeo, pero la giro. Se escucha el
clic de la cerradura al ceder. No he visto que los demás cajones tengan cierre, así que
debe haber algo importante.
Como suponía allí no hay papeles ni instrumentos de escritura. No hay archivos sobre
tierras ni cartas. No hay nada de lo que podría haber en los demás compartimentos…
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pero sí algo de lo que esa estancia está plagado: un libro. Frunzo el ceño y miro
alrededor. ¿Por qué tener un volumen ahí, cuando todos los demás dormitan tras las
vidrieras? Me humedezco los labios. Es, definitivamente, algo extraño.
Lo cojo con cuidado, como si temiera que me fuera a comer. Unas tapas tan negras
como la propia oscuridad me saludan. No soy capaz de ver bien el título o el autor, pues
el libro está roído por el tiempo. Las esquinas están desgastadas y las páginas asemejan
amarillentas. Se parece un poco al que me trajo aquí, con ese encanto antiguo y
desgastado. Suspiro, pasando los dedos por la cubierta. No es el mismo, naturalmente.
Si Marcus encontrase mi libro me lo daría en el momento. De hecho, precisamente
porque estoy segura de ello, no he vuelto a preguntarle cuando me informa de que va en
su busca. Algún día, cuando lo halle al fin, vendrá con él en brazos y me lo tenderá, con
los ojos alegres por verme feliz. Lo abrazaré entonces hasta que se me agoten las
fuerzas en los brazos, hasta que me haya llevado su olor en mi cuerpo. Después le
prometeré regresar. A él, solo a él. Lo obligaré a mirarme para que vea que no miento,
que por las tardes me escaparé entre las páginas de este libro para volver a verlos a
todos. ¿Se pondrá feliz entonces? ¿Me rodeará la cintura con la seguridad con la que lo
hizo mientras bailábamos? Quizá sus labios… Sacudo la cabeza. Una vez más mi mente
ha volado a la imagen de él y yo juntos, sin necesidad de separarnos, y me impide
pensar con claridad.
Suspiro y vuelvo a bajar la mirada al libro. Intento abrirlo, pero repentinamente me
doy cuenta de que no solo el cajón que lo escondía guarda su interior con celo: hay un
candado que une las tapas… uno que no muestra ningún instrumento para abrirlo. Está
firmemente cerrado. Frunzo el ceño e intento encajar la llave que había en el mueble en
esa cerradura. No funciona. No es la misma.
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Me humedezco los labios, repentinamente intrigada. Ese libro guarda un secreto. No
me cabe ninguna duda, así como tampoco duda mi propia curiosidad. ¿Por qué si no iba
a tenerlo Marcus apartado de los demás? ¿Por qué cerrado con tanta seguridad, de modo
que no se pueda leer?
La puerta del despacho se abre y yo me tenso. El conde se enfadará si me ve
curioseando entre sus cosas. Alzo la mirada, ligeramente pálida. Allí, por suerte, solo
está Charlotte, asomada.
—¿Ily?
Dejo escapar un suspiro hondo y me destenso contra el sillón.
—Lottie… Dime. ¿Pasa algo?
Ella sonríe inocente y entra. En sus brazos hay una pequeña muñeca de porcelana
vestida de blanco. Los cabellos rubios y brillantes parecen de verdad, así como los ojos
azules que guarda en sus cuencas. Es bonita, como todo lo que parece rodear a
Charlotte.
—¡Ven a jugar! No te pongas a trabajar ahora —pide con un puchero, adelantándose
hasta el escritorio—. Papá siempre tiene que trabajar y por eso no juega conmigo, pero
tú no puedes hacer lo mismo.
Se me escapa una sonrisa inevitablemente.
—Eres una pequeña manipuladora, Charlotte Abberlain.
Ella sonríe cándidamente y utiliza como arma su encantador parpadeo.
—No sé de qué me hablas, mamá. —Se me escapa una sonrisa al escucharla
llamarme así, como siempre que lo hace. Sacudo la cabeza y entonces ella parece caer
en lo que sostengo entre las manos—. ¿Ah? ¿Has encontrado el libro especial de papá?
Doy un respingo y la miro. Entorno los ojos y me echo un poco hacia delante, con
curiosidad. Me humedezco los labios, francamente interesada.
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—¿El… libro especial, dices?
Ella se sienta en lo que suele ser mi sitio al otro lado del escritorio. Asiente con un
golpe firme de su cabeza, colocando la muñeca en su regazo.
—Papá siempre lo ha guardado ahí —comenta—. Para él parece muy importante. No
le gusta que curiosee y nunca lo abre —continúa señalando la cerradura—. Al menos yo
nunca lo he visto abierto. Siento mucha curiosidad, ¿tú no? ¡Para que sea tan importante
para él, la historia que cuente ha de ser apasionante!
Entrecierro los párpados y miro al libro. Él me responde callado, quieto. Una idea ha
empezado a formarse en mi cabeza a medida que Lottie ha estado hablando. De pronto
le veo una explicación a su obstinación de cubrirse las manos con los guantes. Siempre
he sabido que tenía algo que esconder. Ahora, además, se me ocurre qué puede ser. ¿Y
si ese libro y él estuvieran más ligados de lo que pudiera parecer? ¿Y si bajo sus prendas
impolutas intentase esconder una marca como la que sigue adornando mi hombro? ¿Y si
no fuese tan noble como se supone que es? Un extranjero, como yo…
No obstante, sé que no le puedo preguntar a él. No ahora. No directamente.
—Yo que tú no le diría que lo has visto. Papá se enfadará.
Miro a la niña y luego de nuevo el tomo. Asiento un poco.
—Te haré caso. Que sea nuestro secreto.
Con eso, vuelvo a meter el libro en el cajón, escondiéndolo de ojos indiscretos.
Encajo de nuevo la llave donde estaba, dándole la vuelta que tenía cuando lo abrí. Lottie
parece casi divertida, expectante y curiosa.
—¿Por qué crees que es tan importante?
Yo sonrío y me encojo de hombros, sin decirle lo que de verdad pienso. Si me
equivocara en mis suposiciones y las enunciara en alto, sobre todo a Charlotte, Marcus
no me lo perdonaría.
279
—No lo sé. Dejémoslo.
Me levanto y así lo hace también ella, aunque observa el escritorio durante un
segundo más. Yo, para distraerla, le rodeo los hombros con un brazo.
—Vamos a jugar.
La niña sonríe y asiente. Echa a correr, perdiéndose por el pasillo. Yo miro de reojo a
la mesa, como si pudiera ver el libro aún a través de la madera. Sonrío.
Estoy más cerca de saber quién es Marcus Abberlain en realidad.
280
Marcus
Pecado.
Nada más llegar a casa me dirijo al despacho. El libro descansa pesadamente entre
mis brazos. Creo que nadie me ha visto entrar. Aprieto los labios y me quedo
observando el tomo, que ahora yace quieto sobre la mesa. Se me han entumecido las
manos de llevarlo, aunque no sé si ha sido por apretarlo demasiado entre mis dedos o
porque la culpa se ha materializado en un peso que no puedo soportar. La mentira ya me
corroe por dentro y ni siquiera he visto a Ilyria aún. ¿Qué pasará si lo escondo? Nunca
más podré volver a mirarla a los ojos, volver a mostrarle mi alma sin pudor, sin pecados
que confesar. Tendré que ocultarme de nuevo bajo la máscara, dejar de ser Marcus para
convertirme una vez más en el noble y frío conde Abberlain. Y cuando lo descubra, si
algún día lo hace, ¿acaso no me odiará? Palidezco. No soportaría sus ojos duros sobre
mi rostro, su mueca despectiva y… dolida. Sí. Por encima de todo no podría llevar
sobre mis hombros ser el origen de su dolor. Sería un crimen apartarla de ese mundo
que conoce pero, después de todo, ¿no sería también delito abandonarnos ahora?
Con el corazón en un puño acaricio las tapas desgastadas del volumen. ¿Qué voy a
hacer? ¿Qué puedo hacer? Las dos opciones parecen llevarme al final hacia dos
corredores sin salida. Puedo mentirle y así retenerla. Puedo decirle la verdad y que se
marche para siempre.
Me cubro la cara con las manos. Siempre pierdo lo que más me importa. Haga el bien
o el mal, la desgracia siempre me atrapa y se lleva sin pensar aquello por lo que he
luchado. Ahora el Destino amenaza con quitarme también a Ilyria, sin consideración.
Con ella se alejarían también los mil deseos de nuestro baile, las noches que pasamos
caminando sin un rumbo fijo. Las promesas de juegos y palabras. Con ella se iría una
parte de mi corazón. No puedo negar por más tiempo lo evidente: cada vez que estoy
281
con ella una parte de mí sueña con más bailes, con más abrazos, con su mejilla contra
mi pecho. Puede que no sepa ni el cómo ni el por qué, pero no me cabe duda de que
algo cambió en el mismo instante en que empezamos a danzar bajo la atenta mirada de
las estrellas. De hecho, a veces me da la sensación de que aún doy vueltas con ella, de
que mi cabeza vuela y nada más que su risa importa.
¿Sentirá ella lo mismo?
Me muerdo el labio y vuelvo a tomar el tomo entre mis manos, inquieto. Si se
marchara, el espacio de mil mundos nos separaría. Podría ir a verla yo mismo, pero…
¿Ella querría que lo hiciese? Probablemente cuando recupere su vida no me quiera allí,
en su mundo desconocido, fuera de mi lugar y asaltando el suyo.
En ocasiones, cuando me quedo despierto en la madrugada, me siento incapaz de
dormir, a pesar de que sé que solo está al otro lado del pasillo. Es una distancia tan corta
que podría atravesarla en tan solo un par de segundos. Y, sin embargo, duele. Me doy
cuenta, incluso, de que resulta enfermizo. ¿Por qué esta necesidad imperiosa de tenerla
cerca? ¿Por qué este hambre de su presencia, de su sonrisa y su conversación
inteligente?
Dejo el libro en el cajón y me aseguro que habrá un momento adecuado para dárselo,
aunque una parte de mí sabe que no es así. Me lo voy a quedar. Intentaré olvidarlo y los
días se pasarán. Primero quizá lo hagan lentamente, con la tortura de quien guarda un
secreto, pero después todo volverá a la normalidad. Su presencia en esta casa será algo
cotidiano y no habrá más remordimientos. Olvidado en un rincón, como ese otro
mundo, no tendré que volver a pensar en él.
La puerta se abre y yo casi palidezco, culpable, enderezándome y cerrando el cajón
con el pie. Cojo aire. Ilyria está bajo el marco de la puerta, tan sorprendida como yo
282
pero mucho más inocente. El corazón me late en las sienes. Me apresuro a bajar la vista
antes de que pueda ver en mí la mancha negra que deja el engaño.
—Marcus, ¿cuándo has vuelto?
Me concentro en poner orden sobre la mesa, aunque no es necesario hacerlo. Me froto
la nuca. «No levantes la vista. No te atrevas a mirarla a los ojos. Te descubrirá. Te
odiará». Estoy tan nervioso que me cuesta encontrar las palabras. Aprieto los párpados
un segundo y me concentro en recuperar mi entereza.
—Ahora mismo.
Ella se acerca. Se deja caer en su silla de siempre y da un largo suspiro, como si
estuviera agotada. Charlotte debe haberla hecho correr por toda la casa en uno de sus
juegos. La miro por entre las pestañas. Ella se da cuenta y me sonríe inocente, ajena a
mi debate interior. Se echa hacia delante y apoya los codos, con la cara entre las manos,
sobre la mesa.
—¿Cómo ha ido con el dramaturgo? —Pregunta tranquilamente—. ¿Tiene alguna
obra nueva? Porque si necesita una actriz, yo me ofrezco voluntaria —ríe—. Es mi
profesión frustrada, ¿sabes?
Casi suspiro de puro alivio al entender que no ha notado nada raro. Me paso la mano
por el pelo, pero sigo negándome a alzar la vista y encararla.
—No, pero me ha dicho que está escribiendo una. Aunque eso lleva mucho tiempo.
Es probable que para cuando se estrene, tú ya no estés aquí.
El corazón se me parte cuando no lo niega. Aunque me mira y titubea, pronto sacude
la cabeza. No hay rotundas negaciones o promesas de volver a buscarnos una vez se
asegure de que todo en su mundo sigue donde debería.
283
—Solo bromeaba —me asegura sin reparar en la expresión que intento ocultar al
mantener la cabeza gacha—. Realmente ser actriz en este mundo sería lo último que se
me ocurriría. Creo que los nobles me mirarían mal incluso interpretando un papel.
Deja los ojos en blanco, pero yo no digo nada. No podría hacerlo. Me siento
súbitamente desengañado. Observo de reojo el cajón cerrado y me pregunto si será
suficiente con darle una vuelta a la llave o tendré que quitarla de la cerradura. Nadie
debe verlo, aunque sé que Charlotte no diría nada, ansiosa como está por que Ilyria
permanezca junto a nosotros.
—¿Te pasa algo, Marcus? Estás raro.
Trago saliva y niego suavemente.
—Estoy… Estoy cansado. Nada más.
Ella sonríe con dulzura. Su gesto es un bálsamo y, al mismo tiempo, una tortura.
—Trabajas demasiado. Quizá sea mejor que esta noche te vayas a dormir.
Me humedezco los labios. Sé que no dormiré. No podré volver a cerrar los ojos sin
observar en mi mente el objeto de mi delito.
—Quizá sí sería bueno tomarme el resto del día libre —acepto—. Pero saldremos.
Sé de sobra lo feliz que la hacen esas caminatas bajo la luna. Soy consciente de que es
el único momento del día en el que puedo llevarla lejos del jardín. Como fantasmas de
la misma textura que la niebla, navegamos por las calles y gobernamos el mundo sin
que nadie se dé cuenta. Es la única manera en la que puedo asegurarme de que no es mi
prisionera, que es un ser humano libre que simplemente está bajo mi protección.
Hoy más que nunca quiero convencerme de que no soy su carcelero.
***
—¿Thaýr? —Yinn se asoma a la salita y yo alzo la vista de mi periódico—. Tu
hermano está aquí.
284
Yo asiento, indicándole que puede pasar, y miro hacia fuera, a las puertas cerradas
que dan al balcón. Fuera la lluvia cae sin descanso, como lleva haciendo durante los dos
últimos días: las dos jornadas que han pasado tras el descubrimiento del libro. Quizá el
cielo me culpe por no decírselo y siga llorando hasta que ponga fin a mi crueldad. Pero,
¿qué puedo hacer yo? Escondido en el cajón de mi escritorio ese tomo no hace daño a
nadie. Ilyria, de hecho, no me ha vuelto a preguntar por él. Todos en la casa callamos
ahora, en un acuerdo taciturno de que las cosas están como deben, ni más ni menos.
Rowan entra en la sala de estar, completamente seco. Probablemente ha venido en un
coche que lo ha dejado directamente delante de mi puerta. Me levanto para recibirlo y
me vuelvo a sentar casi de inmediato, tras indicarle que puede hacer lo mismo. Me doy
cuenta de que mira alrededor con ojo crítico, como si estuviera buscando las pruebas de
un delito. Yo frunzo el ceño.
—¿Qué te trae por aquí? —No oculto mi extrañeza o mi reproche, que queda
implícito en las palabras. De alguna manera lo hago culpable de arrastrarme a la pista
contra mi voluntad la noche del baile.
Él ignora mi pregunta durante un buen rato. Se sirve té en una taza vacía y se toma la
libertad de coger un par de mis pastas, aunque yo no le he ofrecido nada en ningún
momento. Sé que le gusta colmar mi paciencia, desafiar los límites a los que puede
llegar mi saber estar. Aprieto los labios y dejo a un lado mi lectura para centrarme por
completo en él. Incluso a la luz tenue del día nublado sus ropas blancas brillan
impolutas.
—¿Sigue por aquí esa muchacha?
No entiendo a dónde quiere llegar, pero asiento. Debe estar en el piso de arriba, quizá
jugando con Lottie o leyendo en su habitación. Le he dicho que podía sacar cualquier
libro de mis estanterías, siempre y cuando no me desordenase nada.
285
—Entonces aún no ha recuperado su libro.
Me tenso. No es posible que él sepa que lo he conseguido y no se lo he dado. Aún así,
en mi cabeza saltan todas las alarmas.
—No.
Pienso que, en realidad, mi mentira no es tal. Ella no lo ha recuperado. Sigue en mis
manos, esperando el momento… Oculto de la luz, de sus ojos, de su alcance. Los
remordimientos vuelven a morderme por dentro con violencia, recordándome lo
despreciable que soy por engañarla.
—He venido a hablarte sobre ella.
Cojo aire y frunzo el ceño. Sabía que su visita no era una cuestión de pura cortesía.
Me paso una mano por la cara y me acomodo, haciéndole un ademán. Que diga lo que
tenga que decir. Cuanto antes terminemos antes podrá irse. Cuando salga por la puerta
haré que nunca ha estado aquí.
—No voy a volver a preguntarte si es tu amante. Sé que no me contestarás —
razona—. Pero lo sea o no, deberías marcarla.
Entorno los ojos. No creo que sea de su incumbencia.
—Me parece denigrante tener que hacerlo. No es ninguna posesión. No es ningún
animal al que haya que poner el collar con el nombre de su dueño. No se va a perder —
replico—. De todas formas no estoy obligado a hacerlo porque no sale de esta casa.
Él me sonríe por encima de su taza. Es un gesto que brilla en sus ojos, cargado de esa
astucia que casi se torna maldad. Con esa mirada me explica que no puedo engañarlo.
Que no es un desconocido, una persona que no sepa ver al Marcus bajo la máscara.
—Sé que salís de noche a pasear. Y tal vez lo sepa más gente. ¿Qué pasaría si alguien
decide que ella no es para ti? Oh, Marcus, eres tan ingenuo… ¿La defenderías entonces?
Enrojezco. Hay una amenaza velada en su voz.
286
—Sí, la defendería.
Mi hermano me mira con tanta fijeza que me hace sentir repentinamente incómodo.
Paladea, como si el sabor del té le resultase desagradable, y estudia mi rostro.
—Esa muchacha te va a llevar a la ruina. ¿Qué es lo que no entiendes? La noche del
cumpleaños de Lottie le pusiste un vestido bonito y la paseaste por la sala como si
reclamaras una posición para ella entre nosotros. Pero no te das cuenta, ¿verdad? Ella no
es de los nuestros. No importa lo que haga, seguirá siendo una extranjera.
—Es un ser humano —le explico, aunque sé que para él es poco más que un objeto.
—Un ser humano que está por debajo de nosotros. No sé por qué eres incapaz de
verlo. En el mundo animal es tan sencillo que se ha convertido en la ley de la vida: el
fuerte sobrevive y el débil es destruido si no aprende a someterse. Lo mismo ocurre
aquí. Nosotros, los hijos de Albion, somos los fuertes. Los que no son de esta tierra, los
que llegaron después, están destinados a servirnos.
Su razonamiento me enferma. Me levanto de mi asiento movido por un resorte
invisible y camino por la sala sin rumbo fijo. Me doy cuenta de que la puerta de la sala
de música está entreabierta, así que la cierro simplemente por hacer algo. No digo nada.
Si abro la boca es presumible que acabaremos discutiendo. Él sabe de sobra que no
comparto sus ideas.
—Los extranjeros deben ser marcados —continúa—. Deben saber quiénes son sus
amos. ¿Por qué vas a dejarla marchar? Entra en razón: es bonita y tiene utilidad en esta
casa.
Me detengo. “¿Por qué vas a dejarla marchar?”. Me pregunto si es en esto en lo que
me estoy convirtiendo al guardarme su libro. Si estoy siendo como Rowan, egoísta,
buscando las razones no más lógicas, sino las que más me convienen. Trago saliva. No.
No lo hago por mi propio beneficio. Charlotte también la quiere aquí. Ilyria misma está
287
cómoda en esta casa, ¿no es cierto? Y aún así, la duda me araña por dentro sin darme
tregua.
—Estás equivocado. Yo no soy su amo. Ella está aquí porque quiere. No es una
criada ni mi amante… Está aquí, ahora, como mi protegida. Como la amiga de
Charlotte. ¿Qué es lo que te molesta en realidad, Rowan? ¿Por qué tanto interés en
Ilyria?
Él sacude la cabeza, negando.
—No es por ella. Es por ti, Marcus. Tú, en tu mansión, en tu pequeño reino, ni
siquiera te das cuenta. Pero la gente habla. Murmuran. Saben que el conde Abberlain se
pasea por las noches con una extranjera de su brazo y que parece disfrutar haciéndolo.
Está bien si es tu amante. Todos hemos tenido nuestros deslices: somos hombres, al fin
y al cabo. Puedes regalarle un par de cosas bonitas y dejar que le dé clase de piano a tu
hija. Pero no puedes ni debes involucrarte con ella más allá de eso.
Entorno los ojos, encarándole. ¿Qué puede saber él? ¿Qué puede saber la gente que
me juzga desde fuera?
—No me conoces, Rowan, aunque seas mi hermano. No me pongas a tu nivel. Te lo
he dicho y te lo repito por última vez: no es mi amante. Es una muchacha a la que
respeto y por la que mi hija siente un gran cariño. No todas las extranjeras son como tú
las pintas. Estás lleno de prejuicios por todo aquel que no descienda de pura sangre
noble, ¿no es cierto?
Si tan solo supiera… Si tan solo fuera consciente de lo equivocado que está, de a
dónde pueden llevarle esas ideas suyas… Casi es irónico que él me esté diciendo esto,
que esté atentando de esta forma contra la vida de personas que, en ocasiones, valen
incluso más que nosotros. En cambio, ahí está, sentado con la barbilla alzada con
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orgullo y los ojos entornados. No voy a convencerle. Diga lo que diga, haga lo que
haga, él ya ha tomado su decisión.
—¿Te has enamorado de ella, Marcus?
Enrojezco, esta vez de vergüenza. De pronto me vuelvo a sentir un adolescente con la
cabeza baja y las mejillas encendidas. “Oh, Marcus, ¿te has enamorado de ella?”.
Aquella vez asentí ante la mirada incrédula de mi madre. Su palidez era casi mortal. Su
abrazo, sin embargo, me consoló. Esta vez no hay comprensión en la pregunta, solo
frialdad censuradora. Casi me siento como un criminal, pero no hay delito alguno por el
que me puedan encarcelar. No hay nada de malo en regalarle los latidos de tu corazón a
alguien.
No me es necesario contestar porque a él tampoco le interesa mi respuesta. Ya la
sabría incluso sin necesidad de hacerme la pregunta.
—Todos los extranjeros deben ser marcados y pertenecer a alguien. No hacerlo es ir
contra nuestras costumbres y, por extensión, nuestra tierra. —Rowan se levanta. Yo no
me muevo, como si no me hubiera dado cuenta—. Los extranjeros sin marcar pueden
ser reclamados por cualquiera.
Aprieto los dientes.
—Nadie se atreverá a venir a buscarla aquí. Así que deja de preocuparte por lo que
haga o deje de hacer mientras estoy en mi propiedad.
Su rostro está tan serio que un escalofrío trepa por mi espalda. Sus ojos dispares dejan
escapar un destello malicioso.
—Ésta, Marcus, también es mi casa.
La realidad de sus palabras me golpea con tanta fuerza que me arrebata la respiración.
Él no podría… no se atrevería…
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—A propósito, Abby me ha dicho que te recuerde lo decepcionada que está contigo.
Fue de muy mal gusto dejarla abandonada en medio del baile. Y tiene motivos para
estar enfadada. Al fin y al cabo, ni siquiera tenías una razón de verdad. Deberías poner
en orden tus prioridades o un día de estos te llevarás un disgusto. Gracias por el té.
Él mismo va hasta la salida, cerrando la puerta de la salita una vez fuera. Me dejo
caer en un sillón pesadamente y boqueo.
Fuera, en el jardín, la lluvia acuchilla los pétalos que nos vieron bailar.
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Ilyria
Nosotros.
Las palabras de Rowan aún me taladran los oídos.
Las siento palpitar contra mis sienes. Llenan mi cabeza para marearme. Tiemblo.
¿Dónde está ahora el muchacho amable y libre de prejuicios que se supone que era?
Aunque al principio no quise escuchar, concentrada en la composición de una partitura
nueva, su discurso se colaba por la puerta entreabierta y al final ha resultado inevitable.
Desearía no haber oído nada. Duele. De pronto vuelvo a sentirme como en la noche
del baile. De hecho, se me antoja que esta sensación es incluso peor. Al menos, en el
cumpleaños de Charlotte no había nauseas, como ahora. Entonces me sentí
terriblemente sola. Desplazada. Había miedo, desasosiego. En este momento, sin
embargo, me encuentro incluso mareada. Cierro los ojos en un intento de que el mundo
vuelva a ser el que debe. Solo pido que deje de girar tan rápido, de esa manera casi
vertiginosa. Es la segunda vez en demasiado poco tiempo que todo lo que conozco se
viene abajo. El suelo bajo mis pies se me antoja algo más inestable.
El desengaño hace que tenga que apoyarme contra la puerta para no caer. Mis piernas
amenazan con no soportar todo mi peso. Aunque regrese, aunque esté en esta casa,
nunca seré más que una extranjera. Una esclava. El pensamiento me arranca un
escalofrío y me hace estremecer. Aunque Marcus lo ha negado tan fervientemente,
entiendo que nunca formaré verdadera parte de esta familia. Da igual lo mucho que me
esfuerce, da lo mismo lo que hagamos. No importan las tardes en el piano con Charlotte
o las noches del brazo de Marcus. Tampoco los juegos o los secretos de nuestras
caricias fingidamente casuales. Nadie va a pensar en los pétalos que sintamos sobre
nuestros corazones...
Éste no puede ser mi hogar.
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Aprieto los párpados con fuerza, intentando coger aire. Al hacerlo, el corsé parece
burlarse de mí y apretarse más firmemente contra mi pecho. Igual lo hace angustia que
se ha instalado sin miramientos en mi corazón. Rowan ha sido terriblemente cruel en su
juicio. Hablaba de los que son como yo como si no tuviéramos derecho a pensar. A
sentir. A vivir… Como si ni siquiera pudiéramos considerarnos humanos. Sin embargo,
entiendo repentinamente que lo que más me importa no es no ser tratada más que como
una sirviente. Sé quién soy. Sé qué soy. No soy solo una esclava. No soy solo alguien
con una utilidad en esta casa. No… Lo que duele de verdad, lo que ni siquiera me deja
respirar, es el verdadero mensaje oculto tras esas palabras. No lo ha dicho en alto y yo
siento que las verbas no pronunciadas abren un abismo bajo mis pies.
“No podéis estar juntos”.
Si el único problema fuera esa estúpida marca nada importaría. Puedo convencer a
Marcus. Rowan lo ha puesto, en realidad, muy fácil, con sus amenazas encubiertas. El
conde me cuidará. No dejará que nada me pase. No permitirá que nadie me haga daño…
Pero no es así. El verdadero conflicto no es estar o no marcada. No se trata de que
Marcus pueda considerarse o no mi “amo” o de que yo me convierta en poco más que
una pertenencia. El problema es lo que soy. Lo que somos. Contrarios. Antagonistas. Él
es el noble al que todos respetan. Yo solo soy una muchacha que no debería estar aquí.
Una extraña en su mundo. Una intrusa en su hogar. Alguien que no lo merece. Alguien
que no puede, de ninguna manera, estar con él o con su hija.
Lo último que yo podría desear es hacerle daño. Meterle en problemas como ha
sugerido su hermano. Que él o Charlotte vieran truncada su felicidad y la tranquilidad
que tenían hasta mi llegada sería algo que no podría perdonarme. No lo soportaría. De
pronto tengo la seguridad de que si me acerco más de lo debido, de que si me dejo llevar
por mis propios deseos egoístas, lo haré. Su pequeño mundo caerá hecho trizas por mi
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causa. Por mi simple presencia. Me estremezco. Cuando me humedezco los labios y
reconozco en ellos un sabor salado es cuando me doy cuenta de que estoy llorando.
«Por favor. Por favor, no me separéis de ellos. No ahora. No me separéis de Lottie. No
me separéis de él...»
La mera idea de que me aparten de su lado, de que destrocen nuestras noches juntos o
saber juzgadas nuestras manos entrelazadas, me hace temblar. ¿Cómo voy a soportarlo
cuando él me hace tanta falta? Más de lo que puedo y quiero admitir. Vivir sin poder
tocar su alma nunca más se me antoja ya inconcebible.
Pero es lo correcto.
Eso es precisamente lo que más daño me hace. Si no supiera que es lo mejor para él y
su hija daría lo mismo: puedo aprender a vivir con miradas censuradoras; puedo
sobreponerme a los pensamientos de gente que, en realidad, no me conoce. Que no sabe
quién o cómo soy. Me creo perfectamente capaz de estar por encima de esos prejuicios
o de desafiar a la sociedad entera si con eso pudiera estar a su lado. Pero no puedo
hacerlo sabiendo que algo así les pondría en un aprieto. He entendido la amenaza sutil
de Rowan: “Siente y todo tu mundo, toda tu paz, desaparecerá como un soplo de
viento”. Permitirlo sería para mí tan egoísta… Tan injusto. El Destino es cruel. Los ha
puesto en mi camino solo para obligarme a poner distancia con ellos. ¿Cómo voy a
hacerlo cuando lo que más quiero es seguir a su lado? Cuando todos mis deseos se
reducen a bailes bajo la luna o canciones de piano que cuenten nuestra historia…
Me cubro el rostro con las manos en un intento de borrar las lágrimas, de que mis
sollozos no escapen de mis labios. Los dedos están temblorosos. ¿Qué voy a hacer? Ni
siquiera puedo marcharme sin mi libro. Que Marcus me marcase me ataría
irremediablemente a él y yo no podría alejarme. Entre la neblina de mis ojos empañados
solo soy capaz de ver una solución que me mantenga cerca y a la vez convenientemente
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lejos. Si Rowan me reclamase para sí mismo podría seguir viéndoles. Puedo llegar a un
trato. Uno conveniente en el que acceda a sus restricciones y él tenga que aceptar no
separarme del todo de ellos. No habrá más noches del brazo del conde ni más tardes
chocando nuestros dedos al trabajar. Nos alejaremos lo suficiente para que nadie pueda
pensar en apartarnos del todo… En hacerles daño. En destruir su mundo de pétalos y
estrellas.
Me parece una buena recompensa por mi libertad.
He de hablar con él. Rowan Abberlain tiene que saber que no me interpondré más y
debe ver las pruebas que estoy dispuesta a darle. No hay ruido ya en la salita. Los dos
hermanos han debido marcharse. Si me apresuro quizá le encuentre no muy lejos de los
límites de la mansión todavía. Si no es así tendré que esperar a que vuelva a visitarnos.
No creo que él pagase por mí como hizo su hermano. No le soy tan preciada. Me seco
las mejillas y tomando aire abro la puerta para apresurarme a salir.
Pero me he equivocado. Rowan se ha ido… Él no.
Me quedo congelada, igual que hace Marcus cuando levanta la mirada al escucharme.
Nos miramos quietos, tan callados. Sin poder evitarlo nuestros ojos chocan con ese
golpe que nos deja a los dos tambaleantes. Yo me apresuro a bajar la vista. Aspiro
entrecortadamente. Sé que ese instante ha sido suficiente para que el conde note el
llanto tras mis pupilas. «No. No puede verme…». Pero sé que ya es demasiado tarde. Lo
veo tragar saliva y observarme en silencio durante unos segundos.
—Ilyria…
Después su mirada corre a la puerta contigua de la sala de música y de nuevo vuelve a
mí. Hay un brillo de comprensión en sus ojos. Como un fogonazo sé que entiende que
lo he oído absolutamente todo. Me parece verlo palidecer, pero la humedad bajo mis
pestañas no me deja estar segura.
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No puedo estar aquí.
No respondo, sino que mis pasos vuelven a sonar sobre el suelo. Necesito salir de ahí.
Por eso casi corro para pasar por su lado. Él reacciona y es más rápido que yo. Se
levanta en su asiento y sus guantes llenos de secretos se aprietan contra mi muñeca. Yo
intento desasirme, removiéndome, pero su agarre es firme.
—Ilyria, espera.
—¡Suéltame! —Le exijo con voz rota.
—¡No! ¡No quiero! —Exclama, perdiendo más la calma de lo que nunca le he visto.
Tira de mí lo justo para obligarme a ver sus ojos brillantes. Me observan con la
intensidad que debe tener la magia misma. De nuevo traga saliva y aprieta los labios
suavemente, bajando la voz—. Por favor, no te vayas…
Yo no escucho. No quiero oírle. No quiero verle, por eso aprieto los párpados. Si
vuelvo a mirar en sus pupilas no querré separarme nunca más de él. No podré.
—Déjame —le suplico—. Por favor, ¡por favor! Suéltame… Puedo arreglar todo
esto. Por favor…
Él no atiende. De hecho, con una caricia, sus dedos terminan entrelazados a los míos.
Lo hacen con la misma suavidad que por las noches. Es como siempre. Ni siquiera
parece un gesto calculado. Es casi casual, como cuando disimulamos no necesitar sentir
palma contra palma. Como si nuestras manos vieran natural estar unidas y nosotros no
pudiéramos hacer nada para no cumplirles el capricho. No me deja soltarme, en
cualquier caso. Su guante se pega contra mi piel en un apretón firme.
—Ilyria… Ilyria, escúchame.
Siento los dedos libres rozando mi mejilla con su tacto de tela. Eso me hace abrir los
ojos, sobresaltada. Es la primera vez que acaricia mi rostro, que se atreve a ahuecar su
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palma contra mi pómulo. «No te acerques», quiero decirle. «No puedes tocarme. No
ahora».
Él, si entiende el mensaje impreso en mis ojos, mi súplica callada, decide no atender.
—No hay nada que arreglar —continúa en un susurro. Su dedo pulgar guarda en su
guante el rastro de una lágrima—. No hay nada que temer. Yo me encargaré de todo. No
hay por qué preocuparse…
Ese es el único cuento que no puedo creer de sus labios.
—¡Lo he oído! Lo he oído todo, Marcus. Y no voy a consentirlo. Dejar que yo esté
aquí os… afecte, os… —De nuevo cojo una bocanada urgente. El oxígeno me es
insuficiente para cubrir mis pulmones. El corazón late en una carrera precipitada,
asustado—. No. No… Puedo convencer a Rowan, ¿entiendes? Si hablo con él, si… si
llegamos a un trato…
Él me mira abriendo un poco más los ojos. Sus dedos se aprietan contra los míos con
firmeza, con la seguridad de retenerme. En mi rostro su caricia se hace más palpable,
extendiendo la mano sobre mi piel, enmarcando mi cara.
—¿Trato? —Cuestiona casi sin voz—. ¿De qué hablas, Ilyria?
Soy consciente de que, en realidad, lo sabe. Lo supone, al menos. Lo veo en sus ojos.
Por eso no me deja marchar. Aún así aprieto los labios para darle la respuesta que en
realidad sé que no quiere oír.
—Si es él quien me marca…
Él inspira por la nariz con algo de brusquedad. Sus labios se fruncen algo más. Sus
párpados excesivamente separados me indican que no esperaban un trato con un precio
tan alto por mi parte.
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—No —se apresura a decir antes de que yo pueda continuar. Es una negativa firme
que no admite réplica—. No voy a dejar que lo hagas. ¿Se te ha olvidado? Tendrás que
obedecerle.
Trago saliva. Siento que los ojos me escuecen, así que tengo que parpadear un par de
veces.
—Lo sé. Pero podré veros… A ti y a Lottie… No pasará nada así, ¿verdad? Estaré lo
suficientemente lejos para que os dejen en paz, pero no tendré que alejarme del todo.
Así se olvidarán de esto. De vosotros. No os harán nada. No van a destruir la paz que
teníais hasta que llegué… Yo… Lo siento tanto. —Aunque intento evitarlo a toda costa
se me escapa un sollozo. Con otro parpadeo cae una lágrima. Lo miro entrecerrando los
párpados. Las pestañas humedecidas me dificultan la visión. Me muerdo el labio para
retener el llanto que amenaza con romperme la voz—. No tenía que haberme acercado.
Si hubiera respetado tus barreras… No teníamos que salir por las noches como si las
calles fueran nuestras. No tenías que haber corrido tras de mí en aquel baile. Si tan solo
me hubiera quedado quieta, aceptando mi lugar, esto no…
Marcus no me deja acabar. Su mano tira de mi muñeca con seguridad para cortar
cualquier distancia, dejándome claro que no me va a dejar marchar. No va a permitir
que me convierta en el objeto de nadie, ni siquiera si es por su propio bien. Durante un
segundo creo que me abrazará y sencillamente no me permitirá salir de la cárcel en la
que se convertirán sus brazos por mucho que yo me revuelva.
Mi corazón no está preparado para su beso.
Llega como la tormenta que suena fuera. De improviso, sin avisar. Cae sobre mi boca
como si fuera un relámpago que ilumina el cielo en medio de la oscuridad. Sus labios
tiernos se presionan contra los míos con la seguridad con la que la luna se hace dueña
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del firmamento por las noches. Es un golpe frontal que acaba con todo lo que soy o lo
que he sido alguna vez.
Me quedo congelada, quieta. El mundo mismo, a mi alrededor, ha quedado estancado.
Ya no lo siento girar en esa carrera precipitada. De pronto todo ese movimiento se ha
detenido. Durante un segundo creo que mi propio pulso se para y yo dudo de la realidad
misma. Sus labios tienen la delicadeza que deben tener las hadas para dejar pétalos
sobre los corazones. Me roban los latidos como la luna roba los deseos pronunciados.
Hay una suave fricción cuando mi propia boca se entreabre, sorprendida, incrédula,
contra la de él. Una lágrima da a su caricia el sabor del mar.
Si es un sueño no puedo permitirme despertar.
Mis párpados ceden. Caen porque los sueños visitan solo a los que duermen. Si he de
fingir que así es para que sus labios no se aparten de los míos, lo haré. De pronto, su
beso, real o no, se lo lleva todo. Es como los primeros rayos de sol de la mañana cuando
limpian el cielo de estrellas. Es como la primavera cuando extiende sus dedos para
apartar la nieve del invierno. El miedo cae rendido ante el toque tierno de su boca. Es
solo una presión y sin embargo es suficiente para que me parezca que antes de ese beso
no ha habido ninguno. Solo existe su sabor a magia, a té. Cuando su brazo se aprieta
entorno a mi cintura y mi cuerpo se pega al de él me doy cuenta de que sí tengo pulso.
Mi corazón late justo contra el suyo. Es de nuevo aquella melodía armonizada. Es,
como cuando bailamos, la canción más bella del mundo.
Cuando su boca se aparta apenas la distancia de un suspiro, yo sé que mis labios
nunca van a volver a sentir calor si no es bajo los suyos. Cuando me mira, con los ojos
más brillantes que nunca, sé que mi alma no va a admirar jamás nada que no sea la suya
asomando a su mirada. Soy consciente de que gritamos lo que callamos. De que en ese
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momento, yo con el llanto bajo las pestañas y él con toda la magia del mundo tras sus
pupilas, decimos todo sin necesidad de decir nada.
Nuestros labios casi se tocan de nuevo cuando él habla. La caricia de su guante se
siente todavía en mi mejilla, tan dulce que me parece que es solo el roce trémulo de un
pétalo tocando mi piel. Su aliento, tan suave, tan cercano, se me antoja el aleteo
imperceptible de una mariposa.
—Tu lugar está conmigo.
Se me escapa un jadeo. Pese a que lo intento me es imposible retener un sollozo. No
obstante, esta vez no hay tristeza. No hay angustia. No hay miedo.
Cuando extiendo mis brazos y rodeo su cuello, la lágrima que empapa nuestro beso es
de felicidad.
En su aliento encuentro mi hogar.
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Marcus
Al descubierto.
Nuestro beso aún vibra entre mis labios, como una melodía, como una canción que
solo yo puedo escuchar. Nuestro beso ha detenido el tiempo, lo ha congelado y lo ha
condensado en la caricia tierna que nos hemos regalado, hasta que las horas se han
convertido en años. Hasta que el ahora se transforma en siempre. Nuestro beso se ha
perdido en el espacio, en la nada, pues ya nada importa. Nuestro beso me envuelve
todavía. Me quema y me consume. Me tortura. Nuestro beso me ha acelerado el corazón
hasta que ha latido el resto de mi vida. Hasta que lo ha detenido y, agotado, ha dejado
este mundo para renacer.
Nuestro beso lo ha sido todo.
Ahora simplemente la observo, con la respiración afectada por el robo de mi cordura,
perdiéndome en sus ojos. Su mirada me habla sin palabras y yo acepto cada uno de los
susurros que llegan hasta mi alma. Es fácil estar así, simplemente con los brazos
alrededor de su cintura, sintiendo su calidez, su olor a lavanda, esa cercanía que nadie
podrá arrebatarme ya.
¿Cuánto tiempo llevo imaginando este momento? Resulta difícil hablar de un instante
preciso en el que me aventuré a fantasear con mis labios sobre los suyos. Pero una parte
de mí, el ferviente soñador que aún cree en cuentos de hadas y en finales felices, estaba
seguro de que pasaría. Me inclinaría levemente y nuestras bocas se encontrarían de
forma natural, como si estuvieran moldeadas para encajar. Idealizando la imagen en mi
mente, una miríada de mariposas escaparía de su cárcel y revolotearían en mi estómago,
mientras todo mi aire, toda mi vida, sería intercambiado por el de ella. Atraídos como
imanes, una chispa desencadenaría un fuego, que a su vez se transformaría en incendio
y arrasaría con todo a su paso: pasado, presente o futuro.
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Mis expectativas no han sido defraudadas. De hecho, incluso hay más de lo que
esperaba, porque en mi ensueño no contaba con esta ola de certeza que me llena por
dentro y pone patas arriba mi existencia. Es como una pulsación, como un mensaje que
se repite una y otra vez. «Es ella. Es ella. Siempre ha sido ella. Siempre lo será». Ilyria
se abre paso en mi mente y mi corazón hasta ocuparlo todo y vaciarme de cualquier otro
pensamiento, de cualquier otro significado. La persona adecuada. La que es solo para
mí. El alma del que fui separado al nacer pero que aún reconozco.
“¿Te has enamorado de ella, Marcus?”.
No. No es eso. Es mucho más. Siempre la he amado. Siempre ha sido mía, aún sin
saberlo. Aún en los brazos de otra, yo también he sido todo el tiempo solo suyo. La
amo. Y si ha existido otra vida, si en el futuro estamos destinados a reencarnarnos, aún
reviviendo eternamente en mundos separados, estamos destinados a encontrarnos.
—Ilyria…
Su nombre se desliza en un suspiro fuera de mi boca. Nace en el corazón y se arrastra
lánguidamente entre mi lengua y el paladar. Los sonidos se vuelven materias y, como
tal, así se posan sobre mis labios y alzan el vuelo hasta llenar todo el cuarto. Hasta que
crece y esa palabra sola nos acerca, ocupando el espacio libre, desplazando al silencio,
que ya no es tal.
Ella sonríe sin apartar los ojos, buscando en mí, cuando mi palma se posa contra su
mejilla. Mi ser entero va en ese gesto. ¿No es ésta la que ha hablado, al fin y al cabo?
Yo no soy el causante de esa petición, de esa afirmación de que su lugar está aquí,
conmigo. Entre mis brazos. Ha sido mi alma, hasta ahora oculta y callada, la que ha
convertido en palabras mi deseo más profundo. Quisiera sentir su piel bajo mi mano,
abandonar todos mis secretos, desnudarlos, y presentarme ante ella tal y como soy. ¿Me
aceptaría? En sus ojos veo que no soy el único que siente. El único que ama con locura.
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El único que desea que el Sol no siga su curso, que el mundo no continúe girando. Que
aguarden los relojes, porque este momento es solo nuestro y quiero saborearlo.
—Ilyria —murmuro de nuevo, disfrutando de la textura de cada sílaba—. Prométeme
que no te alejarás de mí.
Su mano se alza hasta la mía. Su palma tierna, cálida, cubre el dorso de mi diestra.
Ojalá pudiera sentir algo más que la textura de la tela. Al girar el rostro su boca choca
contra mi guante en un beso que intenta traspasar la última defensa que me queda. ¿Qué
puedo hacer yo aparte de dejarla entrar? Aparte de darle vía libre al descubrimiento de
todo lo que me rodea, de todo lo que alguna vez he sido o seré. La escucho tomar aire y
entorna los ojos. Se humedece los labios. Asiente. Su voz es un susurro apenas más alto
que la lluvia.
—Te lo prometo…
No necesito nada más. De pronto sé qué es lo correcto. Si Ilyria confía en mí
ciegamente, como me indica su mirada, ¿por qué no voy a hacerlo yo? Trago saliva y
deslizo mi mano por su rostro, llevándome la suya conmigo. Le muestro la zurda y, al
dejarla en el aire delante de ella, me mira interrogante.
—No más secretos.
La chica da un respingo, sorprendida, abriendo los ojos hasta que dos orbes castaños
quedan a la deriva en un mar blanco. No se me escapa el brillo curioso que dejan
escapar un segundo antes de desaparecer, ya que baja la vista. Lo hace por
consideración, yo lo sé, a pesar de que soy consciente de que no hay nada más que
desee, aparte de despojarme de los guantes y descubrir cada uno de mis misterios. Cada
uno de mis silencios y mis secretos. Se mordisquea el labio.
—No es… No es necesario.
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Yo sé que lo es. Sé que es lo que debo hacer. Que esta relación no puede durar si no
respondo a cada una de las incógnitas que me ha planteado. Poco a poco ella empezaría
a desconfiar de mí.
Guiado por esa idea la obligo a tocarme. Insegura al principio, con un aire casi
inocente, de niña descubriendo un secreto, toma la tela y tira suavemente de ella. El
tejido se desliza sin dificultad, dejándome al descubierto lentamente. Primero la
muñeca, siguiendo un camino descendente, hasta que el dorso lleno de venas se deja
ver. Las líneas azules se dibujan como caminos hacia ninguna parte, pues desaparecen
bajo la manga de mi chaqueta. Los nudillos, los dedos, las uñas… Ilyria casi parece
decepcionada al no ver nada, ninguna señal que me haga especial entre los demás
miembros de esta sociedad.
—Ahora la otra.
Le tiendo la diestra y una punzada en el pecho se anticipa al posible dolor, a la huella
que su mueca de asco puede dejar. A la herida mortal si me rechaza. Trago saliva e
intento mantener a raya el temblor de la mano mientras ella la alcanza. De nuevo retira
mi guante con una lentitud de caricia, de hada dejando atrás su carga de pétalos y
deseos.
Las cicatrices empiezan a ser visibles a partir de la mitad de la mano, a la altura a la
que nace el dedo pulgar. Al principio parecen poco más que manchas algo más oscuras
que la piel misma. Ella frunce el ceño, sorprendida, y su gesto, un poco más rápido,
delata su impaciencia. Las marcas envuelven la carne, la arrugan, la mancillan. Ilyria
separa los labios, con los ojos bien abiertos, y desecha el guante a un lado. La mira
incrédula. No está asustada ni parece que le repugne la visión, pero está confusa. Con un
titubeo, toma mis dedos entre los suyos. Quisiera decirle que no noto nada, que no me
duele, que no tiene que tratar mi mano como si fuera de porcelana. De hecho, apenas
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soy capaz de sentir, por mucho que intuya el cuidado con el que me prodiga caricias
superficiales.
Me mira. Esta vez estoy preparado para el choque, para sus ojos llenos de
interrogantes, para su ansiedad. Entrecierra los párpados.
—¿Qué...? —Calla durante un segundo más. Mientras busca las palabras adecuadas
roza mi piel con delicadeza. Me doy cuenta de que hay pena en su expresión, mientras
se muerde el labio, indecisa—. ¿Por qué está... quemada?
Cojo aire, sin saber por dónde empezar. Este secreto se enlaza en una cadena con
muchos más. Este misterio, en realidad, explica toda mi existencia. En vez de
responderle, giro mi mano entre las suyas, hasta que la palma queda expuesta.
Mágicamente, las cicatrices no han tocado el libro que se marca sobre la carne, como un
tatuaje que me ha acompañado durante toda la vida. La clave de mi poder. No es como
la señal en su hombro, aunque sé que ve la similitud: en mi caso no hay estrella dentro
del tomo abierto. Solo una historia de fuego y dolor que rodea mi vida. Al principio sus
ojos brillan casi con comprensión, pero después, al notar la diferencia, hace un mohín
que evidencia que sigue tan perdida como al principio.
—Intentaba… salvar un libro —le confieso, aunque sé que esa no es toda la verdad—
. Lo único que conseguí, sin embargo, fue destrozarme los dedos. —La sonrisa amarga
en mis labios trae a sus ojos un brillo piadoso—. No pasa nada. Fue ya hace varios años.
Durante un segundo temo que no me esté escuchando, porque se queda mirando la
marca fijamente, como si pudiera ver algo que yo no, más allá de la carne y la piel y las
quemaduras que aún parecen arder como el primer día. No es sufrimiento exactamente,
sino una especie de hormigueo que quizá tenga algo que ver con el tacto de ella.
—¿Tan importante era para ti ese libro? Para... hacerte esto...
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Asiento distraídamente. Me muevo hasta el sofá y la hago sentarse a mi lado, aunque
ella se niega a soltarme la mano, como si tener mis heridas entre sus dedos la hiciera
sentirse más unida a mí.
—Era muy importante —le confieso en voz baja. Temo que alguien nos oiga. Temo
que la lluvia, al otro lado del cristal, abra los ojos y contemple mi secreto—. Era el libro
de mi madre.
Ilyria da un respingo. Sé que está sorprendida. Me mira entre las pestañas para luego
entornar los ojos. No parece entenderlo, como si algún detalle se escapase de su
comprensión. Sé que hay muchas piezas sin poner en este rompecabezas que le ofrezco,
aunque ella aún no sea consciente del todo. De nuevo observa la palma, como si en ella
pudiera leer no solo nuestro futuro, sino también todo mi pasado.
—¿Ella se fue allí cuando os abandonó?
Cojo aire y lo suelto con lentitud, asintiendo suavemente. No se despidió. Sin
embargo, después de todo, yo nunca he sido capaz de juzgarla. Quizá fuera una huida
egoísta, pero yo también soy egoísta ahora, porque le oculto a la persona que amo la
única forma de volver a su hogar. Supongo que se puede querer con tanta fuerza que
incluso hacemos daño al intentar preservar nuestra quebradiza felicidad.
—Mi padre se volvió loco de dolor. —Los ojos morados de Aloys Abberlain me
miran brillantes desde el pasado, como si yo fuese una extensión del pecado que
cometió mi madre—. Dijo que la mataría. Que nadie nunca volvería a pisar ese mundo
si él podía evitarlo, porque las palabras solo habían engendrado víboras. Una noche
entré en el despacho y nada más verlo supe lo que pretendía. Creo que esperaba que lo
viese. Me sonrió y leyó del libro. Cuando me quise dar cuenta el mundo de mi madre
ardía en la chimenea y mi padre había desaparecido entre las páginas utilizando su
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poder. Yo… no pude hacer nada. Sé que fue una locura meter la mano en el fuego, pero
no pude evitarlo. Era lo único que me quedaba… y tampoco eso supe proteger.
Su expresión es de tristeza cuando aprieta los labios.
—Me dijiste que tu padre había muerto…
Esbozo una sonrisa de disculpa por la mentira.
—Para mí, al menos, lo está. Y realmente nadie me asegura que esté completamente
entero en las páginas de ese libro. Nunca se le ha ocurrido volver, así que supongo que
lo más amable es pensar que sencillamente no ha… vivido para poder regresar.
Ilyria parece genuinamente apenada por algo que, en realidad, ya ha pasado. «No hay
nada que podamos hacer», quisiera decirle. «No hay forma de recuperar la salud de mi
mano o a mi madre». Pero no estoy seguro de que ella quisiera escucharme, si empezase
a hablarle así. Un suspiro sale de sus labios, como un barco a la deriva que naufraga en
este silencio que se ha posado sobre nosotros.
—Marcus… —dice solamente, como si mi nombre fuera un hechizo que alejara toda
la pena.
Nuestras manos están unidas y es precisamente esta unión la que alza hasta su rostro.
Me besa. No en la boca, sino en las heridas. Al dejar caer los párpados su expresión
adquiere la belleza del durmiente, aunque sé que no descansa, sino que sueña con que
cada gesto es una cura para una cicatriz en la carne y en el alma. Dedo por dedo,
suavemente, sus labios lavan mi piel. Aunque no lo siento, verlo es suficiente para saber
que no le importan mis defectos, internos o externos. Que no le importa nada, en
realidad, más allá de este momento que compartimos.
Yo mismo siento que no podría pedir nada más.
Cuando termina se apoya contra mi pecho, con su oído atendiendo al paso rítmico de
mi corazón. Suspira, con los ojos entornados, pero no suelta mi mano. Su brazo libre me
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rodea con cuidado y yo hago otro tanto de lo mismo, atrayéndola hacia mí. Me gusta
sentirla tan cerca, envolverla en mi abrazo hasta que compartimos el mismo aura.
—¿Tú… naciste allí? Por eso llevas la marca en la mano…
Yo niego suavemente. Dejo caer un beso sobre sus cabellos, sin pensar, como dejan
caer los árboles sus hojas en otoño.
—Ésta solo es la marca de mi poder. Mi padre tenía la misma en su mano.
Ilyria alza la vista a mi rostro, sin dejarse engañar, aunque sé que la información la ha
sorprendido. Hay una sonrisa casi satisfecha en sus labios, como si se sintiese orgullosa
de sí misma.
—No has dicho nada sobre tu nacimiento, Marcus. —Se muerde el labio, intrigada—.
¿Eres extranjero? Si tu madre lo era…
Nunca he estado muy seguro de la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, intento
aclararle el enigma de mi existencia.
—Nací aquí, pero fui engendrado en otro mundo.
Ella se mordisquea el labio.
—¿Nadie puso pegas a que tu madre fuese…?
Hago un mohín, adivinando el rumbo de sus pensamientos. Aunque creí que con
nuestro beso la conversación con Rowan sencillamente había quedado atrás, no es así.
—Nadie lo supo nunca. Su marca no estaba en un lugar visible, mi padre la trajo del
mundo en que la conoció y la hizo pasar por una noble que había conocido en la costa.
Nadie se atrevió a poner en tela de juicio al ilustre conde Abberlain.
Ilyria se endereza entre mis brazos, hasta que nuestros rostros quedan tan juntos que
parece que me vaya a volver a besar. Durante unos largos instantes me pierdo en sus
ojos, mientras ella intenta descubrir el misterio sin ni siquiera formular una pregunta
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que pueda responder. Parece querer saber si mi alma se lo puede decir todo sin palabras.
Pronto descarta la idea, sin embargo.
—¿No tienes una marca como la mía, entonces?
Supongo que busca un punto en común. Una excusa para no sentirme lejano. Si algo
pudiera hacerle pensar que no soy un noble creo que se sentiría más feliz. No habría
entonces nada ni nadie que pudiera argumentar contra nuestro amor, contra que nos
queramos. No habría entonces más obstáculos que nos impidieran ser felices.
—Tengo una marca, sí, pero no es exactamente como la tuya.
Toda ella parece refulgir con curiosidad.
—¿Dónde…?
Tomo su mano y le hago ponerla sobre mi pecho. Ahí, justo donde late mi corazón.
Sus dedos arrugan suavemente mi ropa cuando intenta cerrarlos alrededor del símbolo
que descansa oculto. Sé que desea verlo, pero ella no preguntará y yo no lo creo
necesario.
El tiempo ha ido pasando y me doy cuenta de que pronto será la hora de la cena.
Tomo los guantes e intento vestir mis manos de nuevo, pero ella protesta
enérgicamente y no descansa hasta que me convence para hacer ella la tarea. Mientras la
contemplo poner toda su atención en ello no puedo evitar pensar lo alegre que estoy por
que no me rechace. Hacía tiempo que no era tan feliz, que no me descubría
confesándome y simplemente dejándome llevar.
Y aún así, hay algo que me atormenta.
Desde el piso superior, escondido en el cajón del escritorio, la presencia del libro de
Ilyria me produce sentimientos encontrados: sé que tengo que decírselo, que debo
hacerlo. No puedo cometer el mismo error que mi padre. Él trajo a este mundo a mi
madre y no le permitió volver. La encerró en una torre, una bonita casa en la costa, y la
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encadenó usándome a mí y a mi hermano de grilletes. No soy capaz de hacerle algo así
a ella. No soy capaz de confinarla a una mazmorra, a una gran mansión, y atarla de pies
y manos diciéndole que Lottie y yo la echaremos mucho de menos si se marcha. No
sería justo. El antiguo conde Abberlain perdió así a la única mujer que decía amar.
Yo no estoy dispuesto a cargar con la misma maldición.
No quiero perderla, es cierto. Si le entrego el libro es posible que lo haga. Pero, por
encima de eso, no quiero que me odie. Si lo hace sé que estaría condenado.
—¿Ilyria?
Ella alza la mirada tras acabar su labor. Mis dedos vuelven a estar cubiertos de tela
blanca. Me he desnudado y ella me ha recibido con los brazos abiertos, admirando al
desconocido que se ha presentado ante ella. Sé que puedo confiar. No va a pasar nada.
Me quiere. Sus besos me lo han dicho. Su calidez. Su alma misma, asomada tras sus
ojos castaños.
—¿Qué ocurre?
La puerta se abre y Yinn se asoma. Hay un incómodo silencio que dura unos
segundos. Luego, al ver nuestras manos aún entrelazadas, al comprobar que realmente
estamos sentados con nuestras piernas tocándose, sonríe. Es la sonrisa de quien conoce
el futuro por adelantado, de quien simplemente se sienta a esperar a que lleguen las
cosas que ya sabe que ocurrirán. Me ruborizo y aparto los dedos de los de ella casi sin
pensar. Ilyria hace otro tanto, enrojeciendo a un tiempo.
—¿Interrumpo?
Ignoro la insubordinación y carraspeo, poniéndome en pie.
—No. ¿Qué ocurre?
—La cena está servida, thaýr.
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Todos los pensamientos sobre el libro vuelan de mi mente. Hay otros momentos.
Quizá después de cenar. Tal vez mañana, incluso. No hay prisa. Que sea una sorpresa.
Solo estoy buscando el instante adecuado.
Ilyria se pondrá muy contenta.
310
Pétalos
Cuando se pronuncian los deseos.
Quisiera no tener que admitirlo, pero me he enamorado de él.
He intentado fervientemente no volver a mirarlo en el resto de la cena. Sé que Yinn
ya nos ha descubierto. Que en el momento en que nos interrumpió en la salita, vio en
nuestras manos entrelazadas lo que todavía no hemos dicho en alto. Lo que me ha
mostrado su beso. Sus ojos. Su respiración convertida en la mía…
Al mirar a Charlotte sentada en la mesa me he sentido repentinamente avergonzada.
Sé que ha captado un par de miradas furtivas. El encuentro de nuestros ojos son caricias
que la distancia física no puede impedir. Son besos, suspiros y palabras que
interpretamos a placer. La idea de sentirme descubierta me ha puesto nerviosa. Por eso
me he excusado y he informado a Marcus de que lo esperaba en el despacho. No hemos
trabajado en todo el día, apenas leímos un par de manuscritos por la mañana. Por otra
parte, esta será mi oportunidad para terminar de preguntarle lo que no acabo de
comprender. Tendré que disculparme con él por haber curioseado entre sus cajones y
descubrir ese libro de tapas negras mientras él estaba fuera. Lo entenderá. O quiero
creer que lo entenderá. Ni siquiera fue algo hecho a propósito.
De todos modos ahora las suposiciones que yo había formado en mi cabeza se han
convertido en neblina. Me alegro de no haber hecho preguntas antes a ningún miembro
de la casa y no haber confesado mis pensamientos. Al encontrar ese libro pensé que
sería el de Marcus. Que de alguna manera él había venido a parar aquí mediante él y por
eso lo guardaba con tanto recelo. Eso daría explicación también a su afán de no
descubrirse las manos. En mi cabeza había tenido sentido la idea de que él escondiese la
marca que yo luzco en el hombro bajo la tela de sus guantes. Quizá por eso no me ha
sorprendido encontrar ese dibujo, aunque diferente, sobre la piel.
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Ahora sé, sin embargo, que el secreto que guarda es más doloroso.
Me hace feliz que se haya descubierto sin necesidad de más preguntas. «Él también
me quiere». Suspiro, sin poder evitar una sonrisa. Entro en el despacho, dejando la
puerta entornada tras de mí, pues Marcus no tardará en subir.
No estaba muy equivocada. Al menos sus raíces son las mismas que las mías: su
madre es una extranjera, igual que lo soy yo. Ha confesado guardar una marca al menos
parecida en su pecho, en su corazón. Cómo me gustaría poder descubrirla y abandonar
un beso contra sus latidos…
Sacudo la cabeza. Que su madre y por tanto él vinieran de otro libro ya destruido deja
un interrogante al aire. ¿Qué es ese tomo? El que esconde con tanto ahínco, del que
Charlotte habla como si fuera lo más preciado que tiene el conde. Una idea pasa lúcida
por mi cabeza y siento un cosquilleo en mi estómago. Celos. Inevitables e
incomprensibles. ¿Y si ese volumen es el de la mujer que le hizo tanto daño? ¿Y si
aquel amor del pasado no era noble, sino una extranjera? Soy consciente de cómo se
aferra a su recuerdo, de cómo parece martirizarle todo aquello que pasó.
«Yo borraré su memoria», me aseguro. «Como con sus manos, lo besaré hasta que
sanen todas sus heridas».
Tomo aire, asintiendo para mí misma. En cualquier caso quizá me esté aventurando.
Miro a la puerta y luego al escritorio. Le diré que he descubierto el libro. No creo que le
moleste que lo coja. Quizá si lo tomo entre mis brazos él acceda a abrirlo para que yo
conozca la historia que guarda. Me humedezco los labios. Si es el mundo de esa mujer
no quiero descubrirlo. Quiero, de hecho, que lo olvide. ¿Se enfadará conmigo si le pido
que se libre de ese tomo? ¿Que deje atrás el pasado?
La curiosidad me corroe por dentro. Puede que yo misma encuentre alguna pista en
ese cajón sobre la verdadera naturaleza del libro. No soy capaz de relacionarlo con nada
312
más que con aquella que se atrevió a jugar tan cruelmente con su amor. Eso me pone
enferma. Me araña sin piedad el corazón.
Convenciéndome de que Marcus no se enfadará, me inclino. No obstante, me doy
cuenta repentinamente de que ha debido abrir el cajón últimamente: allí no está la llave
encajada en la cerradura. ¿La ha escondido? ¿Se ha dado cuenta de que sé que guarda
un secreto? Frunzo el ceño y miro alrededor. Finalmente, tras un par de minutos en los
que remuevo los cajones sin cerrar, la encuentro envuelta en un pañuelo, entre un
montón de papeles de tierras y posesiones. Me mordisqueo el labio, inquieta, llena de un
mal presentimiento. Cuando me arrodillo para volver a abrir el cajón, me percato de
nuevo de que Marcus ha accedido al cajón: aunque la otra vez solo tuve quedar una
vuelta para que el mueble me descubriese su secreto, esta vez el cierre aún pide un par
de giros más.
Cuando lo abro me quedo helada. La primavera retrocede y cae el invierno.
Todos los pétalos del mundo se marchitan en un segundo.
Cuando la veo marchar no puedo evitar morderme el labio. Me esperará en el
despacho. Quizá ese sea el momento para decirle todo sobre el libro. Le explicaré que
espero que vuelva. Le confesaré lo que ya le han dicho mis ojos sin necesidad de
palabras: Que estoy enamorado de ella. Que aquí tiene un hogar. Que me tiene a mí
siempre que me necesite y una hija que la quiere con locura, aunque no las una la
sangre.
—Yinn me ha dicho que tito Rowan ha estado aquí y ni siquiera me ha venido a ver.
Salgo de mi ensimismamiento y contemplo a Lottie. La sonrisa se me borra del rostro
al pensar en mi hermano. Al verlo de nuevo ante mí con amenazas encubiertas,
intentando explicarme las leyes de un mundo que, a pesar de los años, sigo sin
comprender. Me asusta que realmente pueda entrar en la casa y reclamar a Ilyria. Esa
313
es una de las razones por las que no me atrevo a seguir negándole la entrada a su
mundo. Puedo fingir que ya no está, delante de él. Todos guardaremos el secreto. Como
amantes furtivos, nuestro amor quedará entre las cuatro paredes de esta casa, así como
nuestra esperanza. No necesitamos testigos.
—Tenía prisa —miento intentando ahorrarle el dolor. No tiene por qué saber que lo
que tanto anhela ella, vernos a su "mamá" y a mí juntos, es censurado por el resto de la
sociedad—. Vino a darme un recado y enseguida se fue. Pero me pidió que te diera un
beso de su parte.
Charlotte ríe, radiante, y se señala la mejilla, donde poso mis labios un segundo.
¿Cómo se tomará ella la marcha de Ilyria? Me aparto y bebo un sorbo de mi copa,
mirándola.
—¿Lottie?
Ella alza la vista de su plato con una sonrisa inocente que hace que me revuelva en el
sitio. Los ojos verdes brillan curiosos. Me pregunto si se habrá dado cuenta del cambio
en mí, de los besos posados en mis labios, de los latidos renacidos.
—¿Tú quieres que Ilyria recupere su libro?
Su ceño se frunce casi de inmediato. Durante un segundo me parece más adulta, más
severa. La idea no parece hacerle gracia. Intento comprenderla: esa muchacha es lo
más parecido que recuerda haber tenido nunca como madre. Será un duro golpe. Pero
no puede ser egoísta. No debemos serlo. Nos llevará en su corazón del mismo modo que
nosotros la llevamos en el nuestro y volverá a vernos. Ya no nos podemos imaginar la
vida sin los otros en ella.
—No —responde sin pizca de remordimiento. Es, al fin y al cabo, una niña mimada a
la que no le he permitido probar la agridulce experiencia que es decir "hasta la
314
vista"—. Aunque si lo recupera me ha dicho que volverá, yo prefiero que se quede a
vivir con nosotros. Se supone que los padres viven juntos.
Me muerdo el labio.
—Hay padres que no lo hacen, porque no pueden. Eso no significa que no quieran a
sus hijos o no vayan a visitarles —intento razonar.
Pero ella es inflexible. Niega con la cabeza y se levanta, muy digna, de su asiento.
—Si Ily me quiere se quedará con nosotros.
Sé que resulta inútil discutir con ella. Por eso me levanto y, dándole las buenas
noches, me voy.
Es él.
Sus tapas doradas descubiertas de título y autor. Sus dibujos intrincados en suaves
relieves. Su color brillante y su aspecto antiguo.
Es el libro. Mi libro.
El mundo se para. No lo hace para darme una tregua como pasó en la noche del baile.
No lo hace de una manera natural como cuando Marcus ha posado sus labios sobre los
míos. No. Se detiene de una manera cruel, repentina, que podría hacerme tropezar. Es
él. Me encantaría poder dudarlo. Una voz en mi cabeza me exige que lo haga. Que
niegue lo que mis propios ojos ven. Lo que mis dedos tocan. Cualquier excusa es buena
para no creer en la evidencia. El tacto no parece el mismo. El color es un poco más
desvaído. El número de páginas asemeja menor.
Mentiras.
El libro realmente está ahí. Justo en frente. Como si me amenazara. Como si se
burlara de mí. Siempre pensé que me alegraría de verlo. Que lo estrecharía con fuerza
entre mis brazos y buscaría entre sus páginas para descubrir qué historia me cuenta. El
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alivio de saberme arraigada de nuevo a mi mundo me llenaría por dentro y convertiría
toda angustia en solo un recuerdo lejano.
No es así.
Desde la mesa, donde lo he soltado como si me quemara entre las manos, me parece
escuchar la voz que cuenta su historia. «Estoy aquí, ¿no me ves? ¿No es lo que querías?
Estoy aquí».
¿Por qué?
Extiendo los dedos, tocándolo de nuevo. La mano me tiembla. Apenas me atrevo a
rozar realmente las tapas. Temo que se abran de pronto y me arrastren hacia dentro
como hicieron una vez. Me parecen siglos desde entonces.
«¿Por qué estás aquí?», quiero preguntarle. «¿Qué haces en el cajón de Marcus? ¿Por
qué en ese cajón? El otro día no estabas ahí. No puedes estar ahí. La llave estaba
echada. No puedes haber aparecido ahí sin más. Solo podrías estar si…»
Se me escapa un jadeo entrecortado.
Marcus.
Me parece escuchar a mi corazón suplicar en su agónica carrera. No puede ser. Él no.
No haría eso. No sería capaz. No es capaz. Me quiere. Me quiere de verdad. ¿No ha
dicho eso su beso? Está enamorado de mí. ¿Es que acaso no he visto el alma en su
mirada? No me retendría. Él siempre ha intentado ayudarme. Nunca me haría esto. No
escondería el libro. No me lo escondería, negándome la vuelta a casa.
No me encerraría…
La puerta se abre y Marcus alza la mirada hacia mí. Su sonrisa se queda helada en sus
labios al verme.
Me llevo una mano a la boca.
Lo ha hecho.
316
La puerta está entornada.
Supongo que Ilyria se encontrará dentro, despreocupadamente sentada en su asiento,
con un sobre en el regazo y un mundo entre las manos. Me oirá entrar y alzará la vista.
Imagino que se ruborizará, porque ambos recordaremos el beso en ese momento. No en
vano, aún me parece sentirlo en los labios. Sus brazos aún parecen rodear mi cuello. Su
cuerpo aún parece encajar con el mío. Con esa idea en la cabeza, sonrío. Esperará a
que cierre la puerta y vendrá hasta mí. Quizá se siente en mi regazo y leeremos esta
noche los libros más hermosos al ritmo de mi corazón.
Empujo la puerta. Un latido. Dos.
La sonrisa se queda congelada en mis labios.
Ilyria está ahí, sí, pero se ha dejado caer sobre mi asiento. Su expresión herida me
revuelve el estómago y me hace sentir culpable. Mis ojos, sin poder evitarlo, corren a
posarse sobre el libro que descansa sobre la mesa. Su libro. Mi perdición. Abro la
boca, pero las palabras se niegan a salir. Ella, de todas formas, no parece quererlas.
Diría que me mira acusadoramente, que culpa. No hay explicación posible. Y aún así,
tengo que intentarlo.
—Escucha, no es lo que tú crees...
Traicionada evita mi mirada. No quiere saber nada. No quiere escuchar más
mentiras. Secretos. Me he quitado la máscara, pero no es suficiente. La voy a perder.
La estoy perdiendo.
Me falta el aire.
La muchacha niega con la cabeza. No le importa lo que tenga que decir. No es
suficiente. No importa cuánto me esfuerce. Estaba condenado. Tenía que pasar. No soy,
después de todo, mejor que mi padre. Soy exactamente como él, entendiendo el amor
como algo equivocado, como una posesión. Como una princesa prisionera custodiada
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por un dragón. Debí haberle entregado el libro en cuanto tuve oportunidad. Ella se lo
merecía. Tenía que haberme separado, que haber reforzado mi defensa para que no
pudiera llegar hasta mí. Dejarla volver a su casa hubiera sido lo más sabio. Devolverla
a su pequeña librería. A su mundo real, sin hadas con deseos y pétalos danzando entre
las estrellas.
Ni siquiera ha hecho falta que Rowan viniera a reclamarla. No hacen falta nobles ni
leyes ni esta tonta sociedad. Yo solo me he buscado este final. Por no confiar. Por no
ser yo mismo. Por encariñarme hasta el borde de la locura. Pero aunque la historia se
repita, yo no soy como mi padre, ¿verdad? No quemaré su libro. No clamaré por
venganza. En lugar de eso, dejaré mi alma desangrándose en un rincón y seguiré
adelante sin ella. Incluso cuando sé que nada volverá a ser lo mismo. Incluso cuando
estoy seguro de que, después de todo, ella era la adecuada. Mi amor verdadero.
Sin palabras de consuelo la voy perdiendo.
Él calla y así evidencia su culpa.
Ha intentado negarlo, pero sabe que no puede hacerlo. Eso es lo que más duele. Duele
más que las miradas de otros posadas sobre mí. Más que las palabras de Rowan
clavándose sobre mi pecho. Duele más de lo que nada me ha dolido en mi vida. No
puedo entenderlo. ¿Por qué? Su beso me había convencido de que todo lo que había
tenido en esta vida me había llevado a él. Su aliento me había prometido un hogar. Sus
manos descubiertas me habían jurado una vida sin secretos.
Duele.
Sangra.
—Mentiroso.
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Aprieto los dientes. Los párpados caen firmemente. Un repiqueteo de cristal al
romperse. Mi corazón. Nunca lo he sentido tan rápido y a la vez tan lento. Parece querer
escapar de la muerte que sabe que le acecha.
—Mentiroso —repito. Mi voz me traiciona, rota.
Cuando me levanto clavo mis ojos en los suyos. Hay golpe, pero ya no hay alma. Él
no dice nada. No va a decir nada. Porque lo sabe. Sabe lo que ha hecho. No es mejor
que su hermano. No es mejor que ninguno de los nobles que me han juzgado desde que
llegué. No es mejor que toda esta sociedad hipócrita. No es mejor que el padre al que
censura. Es igual que él. ¿Por cuánto tiempo? ¿En qué puedo confiar ahora? ¿Qué ha
sido verdad? Ya no quiero creer sus cuentos. De pronto ni siquiera puedo creer en sus
miradas. No puedo creer en sus caricias. No puedo creer en su beso.
No puedo creer en él.
—¿Desde cuándo, Marcus? —Trago saliva. Retengo las lágrimas. No me verá
derramarlas. No dejaré que lo haga. Mi corazón llorará sangre dentro de mi cuerpo—.
¿Desde cuándo lo tienes? ¿Desde cuándo me mantienes prisionera? ¿Desde cuándo has
decidido arrebatarme mi libertad? ¿Desde cuándo me has convertido en tu pertenencia?
No me has marcado, pero me has convertido en un objeto de igual manera. Algo de
decoración en tu preciosa casa. Yo… Yo… —De nuevo aprieto los párpados. «No
llores. No puedes llorar»— pensé que era diferente. ¡Que éramos diferentes!
Mentiroso… Mentiroso. No eres mejor que todos ellos. Eres el más injusto. No me has
hecho ese maldito tatuaje solo para no sentirte peor contigo mismo, ¿no es cierto? ¡¡Si
iba a ser tu esclava, si no iba a ser nada, no tenías que haber fingido lo contrario,
Marcus Abberlain!!
319
Aprieto los dientes. Sé que puede ver la tormenta que amenaza tras mi mirada. O
quizá eso tampoco sea cierto. Quizá no conozcamos nuestras almas. Quizá nada haya
sido verdad.
Él aprieta los puños. Puedo imaginar sus nudillos blancos bajo la tela de su guante
por la fuerza que hace. Sus ojos me rehúyen. Su alma escapa. Intenta disfrazar su culpa.
Sé que procura, en vano, que no vea que todo lo descubierto es aterradoramente cierto.
Que ahora que yo lo sé los remordimientos llaman a su puerta. Eso estará bien. Cuando
la distancia de mil mundos nos separe no seré yo la única que tenga algo que lamentar.
Mi ánima no será la única que no sea capaz de soportar su propio peso.
—No es verdad... —comienza a balbucear en balde. Sus palabras no me tienen real
sentido. No pueden tenerlo. Si me ha engañado de esta manera, si ha conseguido que me
mienta su alma, ¿por qué he de fiarme de lo que digan sus labios?—. No es lo que
parece... Solo estaba esperando el momento... —Incluso su voz le traiciona. Ella misma
tampoco puede creerle. ¿Cómo va a hacerlo, cuando ha habido tanta mentira? Así, su
discurso parece romperse. No tiene aire. No tiene con qué continuar—. Ilyria, por favor,
entiéndeme... Tenía miedo...
Abro mucho los ojos, que sé brillantes. Las lágrimas no pueden aguardar tras mis
pupilas y las primeras se desprenden de la cárcel que procuran ser mis pestañas. Me
queman en la piel. Llegan a mis labios con el sabor del desengaño. Bordeo la mesa para
acercarme, aunque a nuestros cuerpos los separan todavía una distancia de varios pasos.
Nada en comparación con el abismo que se ha abierto entre nuestras almas. Nada en
comparación con la brecha que abrirán las páginas de mi libro cuando me marche y
desaparezca.
Para siempre.
320
—Miedo —repito—. ¡¡Miedo!! ¿Quién eres tú para hablarme de miedo? ¡A mí! ¡A
mí, que he terminado por algún macabro deseo del Destino en esta casa, en este mundo!
¡A mí, que me han apartado de todo lo que conozco! ¿Quién eres para considerar que
tus propios temores estaban por encima de mi libertad? ¡De mí misma! —Jadeo.
Sollozo. Un latido menos en mi pecho. El corazón disminuye su marcha porque sabe
que no puede escapar a la muerte. Mis propias palabras son su verdugo—. Sabías que
deseaba volver a casa. Que, desde el principio, no he querido otra cosa. Que todos los
días esperaba aquí, ansiosa por verte. Por que llegaras con ese libro y pudiera abrazarte
y darte las gracias. ¿Sabes? Decidí que entonces te juraría volver. Lo iba a hacer. ¿Por
qué no hacerlo, si se me ha olvidado lo que es vivir sin estar a tu lado?
Un paso más cerca. Un mundo más lejos.
Mi barbilla se alza y mis ojos se clavan en los suyos. Aprietos los dientes. Tomo aire.
No importa que no me mire. No me importa que tiemble. No me importa que sea
incapaz de moverse.
—Me alegro de no haberlo hecho. ¿Es eso lo que pretendías antes? ¿Era todo? ¿Eso
esperabas cuando me pediste que te prometiera que no te dejaría? Eso aliviaría tu culpa,
porque eres demasiado humano para no sentirla. “No me dejará”, pensaste. “No tengo
por qué darle el libro, entonces”, pensaste. Aquí y ahora retiro lo que dije. Mi promesa
se la hice a alguien que pensé que me…
Trago saliva. No soy capaz. No puedo decirlo. No ha sido verdad. Enunciarlo en alto,
admitir mis propias ilusiones estúpidas, sería un acto suicida.
—No voy a volver —aseguro—. Nunca.
Un minuto de silencio por la muerte de mil sueños.
Tomo aire y cierro los ojos. No puede ver mi alma ahora.
—Te odio, Marcus Abberlain.
321
Mi mentira sentencia el último latido de mi corazón.
Es el final.
No va a volver.
Me odia.
"Mentiroso".
Sus palabras se clavan como estacas, como esquirlas de hielo directas al corazón.
Cada golpe duele como si fuera el último, aunque yo sé que la agonía se prolongará
hasta la muerte. Mi alma empieza a sangrar. Me odia. Intento hablar, pero me falta el
aire. Las costillas me aprietan los pulmones y restringen sus movimientos. No me cabe
duda de que esto es también efecto de sus acusaciones, que llenan el aire y lo envician.
Que emborronan mi realidad y la tornan pesadilla. No va a volver. Sí, la he querido
retener. Sí, he sido egoísta. Debo ser el más rastrero de los humanos. Iba a regresar.
Iba a darme su promesa. Su palabra de que volvería. Ni siquiera mil mundos podrían
habernos separado. Y ahora, sin embargo...
"Mentiroso".
Quisiera decirle que no he mentido en nada. Todo era real. Cada uno de los versos
que le transmitieron mis ojos fueron susurros dedicados solo a ella. Cada una de las
caricias que le prodigó mi alma fueron pensando en ella y solo en ella. Un beso de
amor no se finge. Todo era cierto. Tiene que creerme. Una parte de su ánima, al menos,
está segura de que lo que digo es cierto. Aún puede confiar en mí... ¿Puede? No era mi
prisionera. Nunca lo ha sido. No era mi esclava. Jamás le di órdenes. Jamás le pedí que
hiciera nada. No soy como ellos. No soy como Rowan o mi padre.
Doy un paso hacia atrás. Qué terrible es la vista del barranco desde mi posición.
Qué terrible es el silencio y la oscuridad que se adivinan en el fondo. Si mientras
bailábamos pudimos volar sin miedo, ahora es diferente. Me han cortado las alas. Me
322
han arrebatado todo lo que necesitaba y ahora me enfrento solo y desnudo al precipicio
que se ha abierto entre nosotros. La brisa ya no sopla más pétalos. Me doy cuenta, sin
embargo, que aún hay una posibilidad. En alguna parte tiene que haber un puente
invisible con todas las respuestas. Algo que aún nos una, que llame a su sentido común.
No soy el hombre horrible que piensa. Aún puedo encontrar la manera de arreglar mi
error.
—Ilyria... Ilyria, te quiero.
Ella da un respingo. Sus labios se entreabren como los pétalos de una flor, tiernos y
rojos como la amapola. Sé que no se lo esperaba, que no creía que fuese tan osado. Y
realmente no sé por qué lo digo. No quiero que se quede por pena pero tampoco quiero
que se vaya con una idea equivocada de mí. Sí, la amo. La amo como solo se puede
amar la luz del sol y el aire fresco, elementos primarios para la vida en cualquier
mundo. La necesito. Sin ella, sin su luz y su calor, estoy condenado a un invierno
eterno. Al hielo y la nieve. Y es escarcha lo que queda cuando mis palabras se
disuelven. Aunque por un momento sé que me cree, que todo ha vuelto a la normalidad
y no imagina un mundo sin mis brazos, es solo un instante. Aprieta los dientes con
rabia contenida y sus ojos destellan, dolidos. Su tono es el del amargo desengaño.
—No te creo. Los príncipes no encierran a las princesas.
—¡No quería encerrarte!
Pero ella sacude la cabeza. No puede verlo. Es incapaz ya de desengañarse. Le he
hecho un daño irreparable. ¿Y qué voy a decir? De pronto las excusas sobran. No
puedo separar los labios. Un zumbido en mi cabeza anuncia el final, extendiéndose
como un dolor sordo que se instala también en el pecho, al lado del corazón. No me
quedan fuerzas para replicar. La niebla toma mi mirada y me obliga a pasarme la
323
mano por el rostro para arrancarme las lágrimas que no voy a derramar, como me
arranco los sentimientos.
Cierro los ojos y me preparo para el cadalso.
—Llévame a casa. No quiero estar aquí ni un minuto más.
El golpe es certero y mortal.
El corazón se me para y todos los sueños ruedan por mi mejilla.
«Quédate. No puedes marcharte ahora. Te quiere. Lo sabes. No miente. Lo quieres.
Lo amas más de lo que has amado nunca nada. A nadie. Ni siquiera sabías lo que era
querer de verdad hasta ahora. Por eso te duele tanto. Por eso no hay pulso. Por eso
intentas hacerle el mismo daño. ¿No lo ves? Sufre. Acaba con esto. Deja que el
sufrimiento se sane con un beso».
No.
Esta vez no escucharé esa voz. No voy a escuchar al corazón que intenta en vano
volver a vivir. Solo es una esperanza desesperada de resurgir, de recuperar la fuerza que
adquirió con su beso. La que ha perdido ahora.
Por eso aparto la mirada.
«Está llorando. ¿No lo ves? Llora como tú. No puedes hacer esto. No quieres hacer
esto».
Silencio.
Sé que él me mira. Que me suplica que cambie de opinión. Que reconsidere mis
palabras. Que, al menos, si tengo que irme, prometa volver. No. Nunca. No quiero
pensar ya en deseos. Todas las hadas del mundo han caído con la repentina seguridad de
que no existen. No hay seres tan crueles. No pueden haberse reído tanto de mí como
para plantarle a él en mi corazón y ahora obligarme a arrancarle sin piedad.
“Te quiero”.
324
No es cierto.
Cuando yo no lo miro, cuando no hablo, le escucho coger aire.
«Tu corazón no es el único que ha dejado de latir».
No quiero saberlo.
Le doy la espalda. Vuelvo al escritorio. De nuevo se me antoja que ese tomo que la
primera vez me pareció hermoso, ahora se ríe de mí. Es cruel. «¿Para esto has aparecido
en mi vida? ¿Para enseñarme hasta qué punto se puede querer y cómo puede doler
hacerlo?». Casi escucho su carcajada burlándose de mí. La risa del Destino su une para
ridiculizar a mi pequeño corazón.
Clavándome los relieves en la piel, cojo el libro entre mis brazos.
«No lo hagas. Míralo una última vez. No es verdad que no haya alma. No es cierto
que no haya corazón. Tenía miedo. No quería perderte. ¿Es que no habrías hecho tú lo
mismo? ¿Es que no te asustaba de una manera irracional no volver a sentir el calor de
sus abrazos? ¿No has estado dispuesta a dar, precisamente, tu libertad para poder estar a
su lado?».
¡¡Silencio!!
Dejo caer el tomo en cuanto lo abro por la mitad. El objeto se escurre por el suelo
solo un par de centímetros. No voy a mirarle. No puedo permitirme ver su alma ahora.
Si ésta me dice que me ama, ¿cómo podré marcharme? ¿Cómo podré hacer caso a la
herida que sangra sin cesar?
—Hazlo.
No lo miro. En cambio, solo me adelanto hacia el libro.
Un paso más cerca de mi mundo. Un universo más lejos de mi verdadero hogar.
Cuando su voz de plata nace y yo piso las páginas, no puedo evitarlo y levanto la
mirada.
325
Al ver sus ojos cargados de llanto me rompo por dentro. No hay tiempo para más.
Es como caer. Es como tropezar y sentir que pierdes el equilibrio. Es como caminar
entre las nubes y, de pronto, perder pie. Es como un vértigo. Como un mareo.
Lo es todo en la nada.
Escuchar su voz es sentir que nunca he estado completa antes. Que nunca volveré a
estarlo. Sentir que la oscuridad se convierte en plata, que el silencio se ondula y se
quiebra. Y entonces solo existe su hechizo. Solo existen sus palabras, que no alcanzo a
comprender, pero que me hablan. Que me llaman desde algún otro lugar lejano. Que me
queman y me arrastran. Se convierten en cadenas que me atan a la magia. Al sueño.
A él.
Solamente dura un segundo.
Olvidarlo será imposible.
326
Marcus
Cenizas.
La última mirada. Nuestros ojos se encuentran y solo hay vacío. Solo hay lágrimas.
Miedo. Incertidumbre. “No voy a volver. Nunca”. Me quedo sin aire. Muero. La luz se
apaga con su desaparición y todo queda sumido en la noche. La lluvia, fuera, repiquetea
contra el cristal como si pidiese entrar. El libro yace en el suelo, abierto. Veo borroso.
Me doy cuenta de que una lágrima me ha traicionado, así que me apresuro a limpiarme
la mejilla con el guante. Aún así, la niebla es perpetua en el cuarto. Marchita todo lo que
toca. Lo convierte en hielo. «¿Y ahora qué?». Quizá Morfeo sea compasivo si me echo a
sus brazos. Dormir parece lo más adecuado. Cien años, tal vez, como en el cuento, hasta
que la mansión quede cubierta de espinos y nadie se acuerde ya de mi nombre. Hasta
caer en el olvido. Quizá así pueda dejar de pensar en ella. Quizá así todo quede atrás.
Un día despertaré y no recordaré nada de esto. No sabré quién soy tampoco, ni los
pecados que he cometido. Tal vez esa sea la única manera de evitar repetir los mismos
errores una y otra vez. Tal vez esa sea la única manera de conservar aquello que de
verdad me importa.
Me giro, dispuesto a salir del cuarto.
Charlotte está bajo el umbral con su bonita cara de niña descompuesta por una mueca
de adulta. No me mira. No se atreve a hacerlo. Solo tiene ojos para el libro abierto. Los
labios se le han puesto blancos de tanto apretarlos, aunque creo que no es consciente de
ello. Las mejillas, por lo normal teñidas de rosa, han empalidecido. Parece al borde del
llanto. Quizá yo también me vea así. ¿Cuánto lleva ahí? ¿Qué ha escuchado? Le diré
que volverá. Será una mentira piadosa, un caramelo para que no pruebe la amarga
verdad.
—Se ha ido —murmura con voz rota.
327
Cuando trago saliva, es como si tomara pedazos de cristal. Me arañan la garganta por
dentro y me impiden hablar. Me escuecen los ojos, pero no voy a llorar. Tengo que
recomponerme. No pasa nada. Ella no es el fin del mundo. No va a volver. ¿No quise,
durante tanto tiempo, su marcha? Pues ya está hecho. No volverá. No tendré que
preocuparme de sus preguntas o de sus malos modos. No tendré que preocuparme de
que sea una mala influencia, olvidando su corsé o caminando por el pasillo en camisón.
La vida no se acaba. Solo hay que limpiar su cuarto y hacer que nada de esto ha
ocurrido. Guardaré el libro en lo más profundo de mi estantería.
—Se ha ido —repite Charlotte.
Me acerco a ella, pero no parece darse cuenta de mi gesto, porque pasa por mi lado a
la carrera y se deja caer al suelo de rodillas. Qué pequeña parece de pronto. Coge el
tomo que la marcha de Ilyria ha dejado atrás y lo mueve bruscamente en el aire, como si
quisiera obligarle a devolverle lo que se ha llevado. Como si esperase que lloviesen de
él escenas y palabras. Al no conseguir nada, frustrada, lo golpea contra el suelo. Parece
la rabieta de un bebé, más que de una casi adolescente. Me fascina y, a la vez, me
asusta. Sus ojos se cruzan con los míos y me doy cuenta de que está llorando.
—Tráela —me ordena más que pide.
Yo me quedo allí de pie, cabizbajo, rehuyendo su mirada, consciente de que lo ha
oído todo. «No va a volver y no puedo hacer nada para evitarlo», pienso. Ni siquiera
convoco el habla. Como una estatua, aguardo. La escucho levantarse con un susurro de
seda. Tiene el volumen fuertemente abrazado, sujetándolo contra su pecho como si
fuera una parte de sí misma. Se acerca un par de pasos, casi amenazante.
—Tráela —repite, sin entender que mi silencio es lo único que conseguirá de mí—.
¡Tienes que traerla de nuevo!
328
Sacudo la cabeza y aprieto los párpados. Aunque pensé que no podría sentir más
dolor, el sollozo que se le escapa es un latigazo. El golpe es tan fuerte que creo que
podría empezar a sangrar en cualquier momento. Intento abrazarla. Quizá así se calme.
Sin embargo, ella golpea mi brazo sin contemplación, con la mano abierta, y se aleja.
—¡Es tu culpa! —Me grita fuera de sí. Yo ni siquiera puedo negarlo—. ¿Por qué no
destruiste el libro? ¡Así ella se hubiera quedado con nosotros!
Entreabro los labios. No hubiera imaginado esa respuesta, casi cruel, de sus labios. Su
llanto es ahora claro, sin inhibiciones. Deja que las lágrimas se deslicen por sus mejillas
redondeadas y se unan en su barbilla, de donde se precipitan hacia abajo. Las tapas del
libro pronto quedan cubiertas por pequeñas manchas de humedad.
—Lottie…
Intento razonar con ella. No podía quedarse, de cualquier manera. No quería hacerlo.
Quizá viniese de vez en cuando. Sin embargo, poco a poco se iría distanciando. Éste no
era su lugar. Su hogar. Encontraría a alguien en su mundo. Formaría una familia. Se
olvidaría de mí. De Charlotte. Y cuando nos quisiéramos dar cuenta el dolor sería
mayor. Ahora, en cambio, apenas nos habíamos acostumbrado a ella.
La niña se niega a escucharme.
—¡Es todo tu culpa! —Insiste. Se intenta convencer a sí misma y, de ese modo,
también yo caigo presa del hechizo de sus palabras—. ¡Debiste haberlo evitado!
¡Pudiste haberlo hecho! Pero ahora nunca más volverá.
Aprieto los puños. Todo lo que me echa en cara es cierto. Y cada palabra se clava
como una flecha dando en el blanco. Me odia. No va a regresar jamás. “Mentiroso”.
Aunque la quiero, eso no cambiará nada. Y ahora es demasiado tarde. Habrá quemado
ya su libro. La imagino levantándose entre estanterías, con los ojos llenos de lágrimas,
con la máscara del desengaño puesta. El fuego lo arrasará todo. Purificará y borrará
329
nuestra presencia. Será como si nunca nos hubiéramos conocido más que en un lejano
sueño. El tiempo se encargará de borrar mi rostro de su memoria. Otros labios alejarán
el sabor de mi beso.
—Ella no nos pertenecía, Charlotte. No podíamos retenerla. Hubiera sido injusto. No
era parte de este lugar.
Su llanto ha atraído a Yinn y Angela. Oigo sus pasos acercarse por el pasillo, pero no
llegan a entrar en el despacho. Quizá intuyan lo que ha pasado. Aguardan, callados, más
allá del dintel, y observan la escena con rostros tristes.
—A veces la gente simplemente se va —le explico. Esta vez sí deja que me acerque,
aunque no la toco. Está temblando—. Pero no importa los que se alejen, Lottie. Yo
siempre voy a estar a su lado… Ilyria tiene su propia familia y…
—¡Éramos una familia todos juntos! ¡Y tú lo has estropeado! ¡Yo la quería! ¡Y ella
me quería a mí! Pero ahora, por tu culpa, ya no está —la veo apretar los párpados y
encogerse sobre sí misma. Sus gritos se hacen eco en mi cabeza, destrozándolo todo a
su paso—. ¡Te odio! ¡Ojalá no fueras mi padre!
Me tambaleo, empalideciendo. El abismo se ha abierto bajo mis pies definitivamente
y caigo. La oscuridad me traga y un segundo después ya no hay nada más de mí en ese
cuarto que mi presencia física. Bajo la vista. Charlotte corre junto a Angela y se refugia
en su falda, llorando. Yo no me muevo.
—Marchaos.
Nadie cuestiona la orden.
—Lo odio. Lo odio… —repite mi hija como en un salmo.
La puerta se cierra. De pronto me rodea el silencio. Es un efecto artificial, creado por
mi propia mente, que se niega a aceptar los sonidos a mi alrededor. Ya no hay sollozos.
Ya no hay gritos. Ya no hay reproches. Me apoyo contra la madera y deslizo la espalda
330
por ella, hasta quedar sentado en el suelo. Me llevo las manos a la cara y cierro los ojos.
La oscuridad me envuelve cuando me prohíbo pensar. Ya no hay mentiras. Ya no hay
deseos ni hadas ni luz de luna. Ya no hay corazones a la carrera. Ya no hay besos.
Ella se ha ido.
Ya no hay nada.
***
La oscuridad aún es absoluta cuando despierto. Las mantas están desperdigadas por la
cama, pero no es el frío lo que me ha sacado de un sueño en el que solo estaba ella. Su
risa. Sus palabras. Su mejilla contra mi corazón. Era una fantasía hermosa, un pedazo de
tranquilidad entre los días que, desde su marcha, son tormentosos y llenos de discordia.
Hace ya tres semanas que no está, pero su huella aún persiste. Charlotte no ha vuelto a
hablar conmigo como antes, a tomarme de la mano o interrumpirme mientras trabajo.
Creo que aún espera que ella vuelva, pues siempre lleva el libro a todas partes, abrazada
a él como si fuera su pequeño tesoro. Una parte de mí también lo desea, aunque me ato
a la realidad y sé que ya no quedan posibilidades de que eso suceda. De vez en cuando
me sorprendo a mí mismo mirando la silla enfrente de mi escritorio como si alguien la
ocupase o abriendo la sala de música para pasar horas muertas sentado delante del
piano, aunque nunca me atrevo a tocar las teclas. Supongo que aún tienen algo de ella y
no quiero borrar su presencia. Lottie, de todas formas, no ha vuelto a practicar. Yinn y
Angela son testigos de nuestro dolor, pero guardan luto con su silencio y con miradas de
entendimiento y tristeza. Ellos también la habían tomado cariño. Yinn ya no tiene nadie
con quien reír y hablar sin inhibiciones en la cocina, así como Angela ya no tiene quien
le hable con palabras dulces y se embelese con sus alas. Saben tan bien como yo que no
hay esperanza.
331
Me giro en la cama y observo la penumbra. Los contornos de los muebles están
definidos entre las sombras, pero me doy cuenta que hay luz en el pasillo, colándose por
la puerta entreabierta con timidez. Con el ceño fruncido, me levanto del lecho y voy a
tientas hasta el corredor. La iluminación nace en el despacho. Durante un segundo, el
olor acre del humo llega a mi nariz.
Una alarma se enciende en mi cabeza y empujo la entrada a mi estancia de trabajo
con tanta fuerza que la madera gira sobre los goznes y se golpea contra la pared. Un
suspiro de alivio sale de mis labios cuando compruebo que no hay incendio. Que el
trabajo de una vida fuese devorado por el fuego sería lo último que podría soportar. ¿De
qué serviría entonces vivir, sin familia en la que apoyarme y con la casa destruida?
La luz viene de la chimenea. Charlotte está allí delante, arrodillada, con el atizador en
la mano. La falda del camisón blanco se extiende por el suelo, a su alrededor, como una
flor abierta. De nuevo se me antoja frágil, quizá algo menos niña, pálida y con borrones
de sombra bajo sus ojos. Observo con curiosidad mientras mueve los troncos. Sobre su
regazo, abandonado, está el libro abierto. Casi parece que lo hubiera estado leyendo,
aunque sé que no es posible. Las páginas, cuando lo vi por primera vez, habían sido
borradas por el tiempo. Solo quedan pedazos de letras sobre ese papel grueso que se ha
amarilleado en las esquinas.
—Deberías estar durmiendo.
Aunque no lo pretendo, mi voz es algo más dura de lo acostumbrado. Las heridas de
su indiferencia, del vacío que se ha empeñado en hacerme, están demasiado frescas
todavía.
—No va a volver…
Me acerco. Ella me mira. Sus ojos están secos, como si todas las lágrimas que la he
visto derramar se hubieran terminado. Sé lo que se siente. Solo queda un gran hueco
332
dentro, sin sentimientos. Ni siquiera puedes odiar. Ni siquiera puedes tener lástima por
ti mismo.
—Lo lamento, Charlotte.
Me siento a su lado. Ella vuelve la vista al fuego, contemplándolo como hipnotizada.
Hay algo en el vaivén de las llamas, efectivamente, que es imposible ignorar. Las piezas
de madera se van consumiendo lentamente. Una chispa salta y se apaga, juntándose con
sus hermanas de nuevo.
—No me quiere.
—No digas eso —le paso un brazo por los hombros y ella se deja apoyar mansamente
contra mí. De pronto vuelve a ser mi niña, mi ángel. Mi sustento para salir de las
tinieblas. Me abraza, a su vez, y la noche parece clarear un poco—. Ha sido todo por mi
culpa. Me porté mal.
Ella oculta el rostro contra mi pecho y yo acaricio sus cabellos en un intento de
reconfortarla. Sé, sin embargo, que no hay nada que yo pueda hacer. Solo el tiempo lo
podrá curar. Suspiro y dejo un beso sobre su cabeza.
—Es hora de acostarte —le recuerdo esta vez con más suavidad.
Charlotte no se mueve.
—¿Dejará de doler?
Eso me pregunto yo todas las noches. Esas cosas, en realidad, nunca sanan del todo.
Lo único que puedes es rezar para que se escondan en algún lugar lejano y no tengas
que volver a pensar en ellas nunca más. Asiento suavemente.
—Tardará. Pero sé que pasará.
—¿No puedo simplemente olvidarla? Como hice con mi vida pasada…
—Me temo que no funciona así.
333
Durante unos instantes nos quedamos abrazados, sin palabras. No son necesarias. Sin
ellas me ha perdido perdón y sin ellas la he disculpado.
—Si no va a volver, no lo necesitamos —dice al fin.
Yo no entiendo a lo que se refiere. Se separa y su vista vuela al libro. Su mano es más
rápida que mi entendimiento. En un gesto que parece casi casual, lo toma entre sus
dedos y lo lanza. El volumen choca contra la piedra, cayendo pesadamente en el suelo
de la chimenea. Con un siseo de agonía, prende. Entreabro los labios. Las tapas se
curvan ligeramente, crujen y se amoldan a la caricia de las llamas. Como dos amantes
destinados a abrazarse, uno de los dos tiene que sucumbir. Y el beso de las ascuas es la
perdición del papel. De las letras. De un mundo entero que grita y se retuerce.
«Otra vez no».
Quizá grito algo. No estoy seguro. Mi mente se cierra, preparándose para el dolor, y
todos los sentidos callan a un mismo tiempo. Me quedo mudo, sordo y ciego en un solo
instante. De alguna manera, vuelvo a ser tres años más joven y arriesgo mi mano por
recuperar algo que amo más que mi propia vida. Alcanzo el maltrecho tomo y lo
arrastro fuera, con un jadeo. Las páginas se deshacen y en el suelo solo quedan cenizas.
Es como perderla de nuevo.
El mundo vuelve a la vida sin avisar, ajeno a lo que guardo por dentro.
El grito de horror de Charlotte desgarra la noche.
334
Ilyria
Retorno.
He intentado destruir el libro.
No puedo.
Desde que volví da lo mismo las veces que haya querido deshacerme de él. No soy
capaz. Al principio juré que lo cogería y lo quemaría. Sería fácil. Acabaría con todo: no
más recuerdos, no más seguridad de que lo que pasó fue real. Nada con lo que
asegurarme de que no fue un vívido sueño. Borraría incluso las dos semanas perdidas
del calendario, puesto que en mi mundo solo ha pasado ese breve lapso de tiempo. No
habría nada que no pudiera convencerme de que lo que viví solo fue una quimera que
terminó convirtiéndose en pesadilla.
Pero no he podido hacerlo. ¿Cómo? ¿Con qué fuerzas? Cada vez que lo cojo para
eliminarlo, el libro absorbe mi energía. Me siento cansada. Mi cuerpo entero parece
pesar más cuando llevo conmigo ese tomo. Aún así me he encontrado a punto de
quemarlo. O de tirarlo. A veces de empezar a romper sus páginas sin más. He querido
apartarlo por completo de mí. Olvidarlo. Desecharlo. Perderlo.
No hay manera.
Cada vez que estoy solo a un paso de terminar con esta locura para siempre, me
encuentro con que en realidad no quiero hacerlo. No. No es que no quiera. Es que soy
incapaz. He podido librarme de las ropas que traía cuando aparecí en este mundo
relegándolas a lo más profundo del sótano, pero no puedo hacer lo mismo con el
volumen dorado. Acabar con el libro sería lo más fácil: el tiempo obraría su milagro
después. O quizá no. Nada podrá hacer ya que los olvide: se pueden borrar los recuerdos
clavados en la memoria, el tiempo al final pasa por ellos y los vuelve insustanciales.
Pero el corazón no olvida.
335
Sigue ahí su mirada como el primer día. Siguen ahí sus palabras. Todas. Es como si
cada frase se hubiese guardado en algún lugar especial donde estar a salvo de la pérdida.
Están las que me hicieron daño y las que me salvaron de caer al abismo.
"Te quiero".
Están los gestos que se clavaron sin piedad y los que sanaron todas mis heridas.
Su beso.
«¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué quisiste retenerme? ¿Por qué no me lo
dijiste? ¿Desde cuándo? ¿Hasta cuándo...?»
En las pesadillas que me sobrevienen desde entonces le hago todas esas preguntas y
él solo me mira. Lo hace con los ojos llenos de lágrimas que vi antes de marchar. Con la
mirada que deben tener los sueños rotos. Con la desesperación de quien sabe que algo
muere antes de nacer.
"Ilyria, te quiero".
Y mil preguntas que nunca encontrarán su respuesta.
«Si tan solo te hubieras quedado un segundo más», me dice la molesta voz en mi
cabeza. En mi corazón. La voz que todos los días al despertar me culpa de homicidio.
¿No mataron mis palabras dos corazones que al menos durante un segundo latieron
unidos? «Si tan solo lo hubieras besado una vez más...»
No podía ser. Era imposible. Me equivoqué: no era la persona correcta. No era él. No
era él...
Lo que más duele es saber que siempre ha sido él.
***
Noche.
Sueño.
Pesadilla.
336
A veces en mis delirios también aparece ella. Charlotte me mira en mis ilusiones con
los ojos de quien no reconoce a alguien, de quien tampoco desea saber quién es. Otras
veces llora y se resguarda en brazos de un padre que no es capaz de mirarme.
En todos esos sueños ella solo repite una frase.
"Me abandonaste".
Intentar capturarla es en vano. Su cuerpo pequeño, su risa de campanillas, sus ojos de
ensueño... Todo se difumina y se pierde. Es uno de esos sueños en los que corres
contrarreloj y nunca consigues alcanzar lo que persigues. Como siempre despierto
cubierta en sudor. Las lágrimas me queman en los ojos.
Como cada noche solo me recibe el silencio de una casa vacía.
Como cada noche, me echo a llorar.
En este mundo no hay guantes que se queden con la historia de mi llanto.
***
Dos semanas desde que se rompió el sueño. Mil horas más desde que se rompió el
corazón.
No hay hogar. No hay paz. En mi librería el silencio oprime. En mi pequeño mundo
la soledad acecha.
No está él.
Su nombre no ha vuelto a salir de mis labios. Mi boca, pese a que el tiempo corre,
sigue ahogada en su aliento.
«Vuelve. Ellos te esperan. Tú llevas esperándoles toda una vida».
No puedo volver. Nunca. Jamás.
Silencio.
Nada es igual en mi mundo. Nada es igual en mí misma. Las horas pasan lentas. No
hay satisfacción. No hay alegría. La gente a mi alrededor se mueve y continúa con sus
337
vidas. Me miran sin saber verme realmente. Sin saber verme como me veía él. Todo se
ha detenido. Se ha vuelto pesado. Tedioso. Mi librería ya no me parece un sueño
alcanzado hace mucho tiempo, porque he aprendido la verdadera esencia de los deseos.
No hay magia. Los días entre las estanterías, entre conversaciones insustanciales con
gente que no conozco y que no me conoce, se alargan hasta lo inimaginable. He
aprendido a apreciar mis pesadillas porque son el único lugar en el que puedo verles. El
único momento en que el daño no es tal, porque al abrir los ojos estoy segura de que es
fantasía. Mi mirada vuela entonces a la mesita, donde en un acto puramente masoquista
he dejado abandonado el libro que empezó y terminó con todo. ¿Lo guardará él también
cerca? ¿Habrá sido más valiente y habrá cortado el único lazo que nos mantenía unidos?
“¿Te quedarás con mi libro cuando lo encuentres?”.
“Sí”.
“No puedes dejar que le pase nada”.
“No permitiré que sufra ningún daño”.
¿Puedo creerle? ¿Sería algo de todo eso verdad? De todo lo que vivimos… ¿Dormirá
con él cerca, como yo? ¿Apareceré en sus sueños igual que lo hace él todas las noches
en los míos? Aunque no de la forma en la que yo imaginaba. Cuando fantaseaba con
volver y que nuestros cuerpos se encontrasen más allá de un mundo onírico, soñaba que
nos abrazaríamos, reiríamos y contaríamos el tiempo para volver a vernos. Haríamos
planes. A veces simplemente callaríamos y nos dejaríamos estar. Otras veces sus
labios…
Cuando el dolor es demasiado insoportable vuelvo a cogerlo y lo tiro. Quizá así se
rompa. A veces encuentro un mechero y siento la tentación de lanzarlo encima de sus
páginas. «Desaparece», quiero decirle. Pero como el primer día del fin de mi vida, sus
tapas parecen sonreírme con sorna y reírse de mí. «Me querías de vuelta y yo volví»,
338
parecen responderme. «Estuve cerca de ti incluso antes de que me encontraras», me
recuerda con crudeza. «Porque él te engañó».
¿Por qué? ¿Por qué…?
Buscaré una contestación todas las noches.
Nunca encontraré la respuesta.
***
Una semana más. Mil sueños más convertidos en lágrimas sobre mi almohada.
El tiempo sigue pasando, aunque para mí esté detenido en el segundo que volví.
Sigue siendo cruel. Sigue sin hacer su efecto.
“Ilyria, te quiero”.
«Desaparece. Deja que continúe con mi vida. Deja que te olvide. Desaparece de mi
cabeza. Desaparece de mi corazón. No quiero recordar tus cuentos. No quiero recordar
tu alma. No quiero recordar tu mundo. No quiero recordar tus palabras. No quiero
recordar… Quiero olvidar. Olvidarlo. Olvidarte».
Y al mismo tiempo esa voz que siempre tiene la razón, la que debería haberle
respondido en su momento:
«No sabes cuánto te quiero yo. No sabes cómo quema tu beso todavía en mis labios.
No sabes cómo desearía que mi aire fuese tu aliento. No sabes lo frías que se sienten
mis manos sin las tuyas. No sabes lo ajenos que me parecen los demás mundos si no es
leyendo a tu lado».
La gente a mi alrededor empieza a darse cuenta de la verdad tras mis sonrisas
fingidas. Las personas que me conocen comienzan a percatarse y atan cabos. Esas dos
semanas borradas del calendario en las que desaparecí para ellos sin dar cuentas a nadie.
¿Cómo voy a explicarlo? No lo entenderán. No podrán entenderlo. A sus ojos solo he
escapado de viaje. El día que llegué devolví las llamadas pertinentes y conté mi verdad
339
a medias. Había estado lejos, muy lejos. No importa dónde. Necesitaba escapar.
Necesitaba ese tiempo para mí. Nunca más volvería irme así.
A mis padres no les importó. A mi padre, al menos, no. Me amonestó mi
comportamiento caprichoso y por primera vez acepté la reprimenda sin contestaciones
enfurecidas o malas discusiones. No se mostró en absoluto preocupado pero, bien
pensado, ¿por qué iba a hacerlo? Solo hay indiferencia. Vacío. Distancia. No hay
familia de verdad. No hay nada.
Mi madre insistió más, pero lo dejó correr cuando la tranquilicé. Un abrazo y un par
de besos, algunos detalles inventados sobre mi estancia en un pueblo a las afueras. Ella
se sintió culpable. Achacaron mi huída a la conversación aquel día en el restaurante.
“Vuelve a casa”, me habían dicho. “Aún puedes hacerlo. Puedes abandonar esa estúpida
librería y dejar que te cuidemos como la niña que aún eres”. Recuerdo la manera en que
salí corriendo. Cómo escapé a mi pequeño Paraíso. El libro…
Pero ahora todos parecen darse cuenta de que algo pasó en mi extraño viaje. Lo
sienten aunque yo me esfuerzo por fingir que todo está bien a mi alrededor. Las
lágrimas saben que no deben caer más que por las noches, cuando estoy al amparo de
mi cuarto silencioso y mi apartamento sin vida. Otras veces ni siquiera caen así,
sencillamente porque los ojos se han quedado secos. Las amigas que me han preguntado
han desistido ante mis comentarios falsamente inocentes o mis cambios de tema. Alice,
mi mejor amiga, sin embargo, no lo ha dejado correr.
—Quiero que me cuentes qué pasó en donde sea que estuvieses —me exige un día,
apoyada en el mostrador de la librería.
La obvio, concentrada en colocar bien unos libros. Parezco tranquila, como he
aprendido a fingir en estas tres semanas desde mi vuelta. Leo por lo bajo un par de
títulos y busco alrededor con la mirada, para encontrar el sitio al que pertenecen.
340
Alice, no obstante, es incansable, porque frunce profundamente el ceño y lanza
directamente:
—¿Ha habido alguien, Ilyria?
De espaldas a ella, dejando los tomos en la estantería, me quedo helada. Los dedos
rozan apenas la madera. Mis ojos se quedan clavados en los lomos de las pequeñas
joyas que llenan el mueble.
Un segundo. Un latido.
—¿Cómo dices? —Susurro bajito.
—Vaya, reaccionas. De modo que ha habido alguien —ya no hay duda. Su frase es
una afirmación en toda regla.
Trago saliva. «No sé de qué hablas», quiero decirle. «Sé por dónde vas, pero no ha
habido ningún chico». No sería del todo mentira, porque él ha sido mucho más que eso.
No obstante, no consigo que me salga la voz. Callo, entonces, y me concentro en
terminar de colocar los libros.
—Y ha sido importante —continúa ella incansable.
Me estremezco. Sigo sin mirarla. «No sabes cuánto».
—Ilyria, cuéntamelo. No puedo ayudarte si no lo sé. Respeto tu silencio pero… te
duele, ¿verdad? ¿Dónde está él? Solo estuviste fuera dos semanas, no me digas que te
has…
No quiero escucharle terminar esa frase, no quiero admitirme que sigo queriendo a un
carcelero. De modo que, para evitarlo, respondo bajito, porque no tiene sentido negar lo
que ella sola ha descubierto. Aunque le mintiera y le jurase que no ha habido nada así,
Alice ya no me creería. Me conoce lo suficiente como para saber no fiarse de mis
palabras y leer mejor en mi mirada y en mis gestos.
—Está donde debe estar. En su… —titubeo— ciudad.
341
—¿Y por qué no estás tú con él, si tanto te duele estar lejos?
Tomo aire. Apoyo la cabeza contra la estantería. Siento la presencia de mi amiga
acercándose. Sus ojos se me clavan en la espalda por mucho que me gustaría que no me
mirase. Al menos no puede verme el rostro. No puede ser consciente del daño que me
hace obligando a recordar. La discusión. La rabia. El desengaño. Sus labios.
“Ilyria, te quiero”.
Aprieto más los párpados.
“No te creo”.
Terminar así con todos los pétalos que las hadas habían ido dejando cada noche en
nuestros corazones.
—No podía —digo aún así, a media voz. Me cuesta encontrar las palabras. Me cuesta
siquiera separar los labios—. Estaría muy… lejos de aquí.
—¿Realmente ese es el problema? Porque podías haber vuelto y de nuevo marcharte.
Él podría venir a visitarte también, ¿no? ¿Dónde vive? No nos has querido decir a
ninguno un lugar exacto. Sencillamente “estuviste fuera”.
«En un mundo al otro lado de un libro». No puedo responderle eso.
—Yo… —trago saliva—. Lo iba a hacer. Iba a… volver… —sacudo la cabeza—. No
puedo. Él me… engañó.
—¿Con otra? —Alice parece francamente escandalizada. La imagino fruncir el ceño
y apretar los labios con rabia. Por el rabillo del ojo la veo abrir la boca para dedicar una
retahíla de insultos que no quiero escuchar.
—No —me apresuro a interrumpirla—. No… —Miro al suelo de nuevo—. Él nunca
habría hecho algo así.
342
Él esperaba por alguien. Siempre ha esperado por alguien. «Eres tú. Todo lo que
siempre ha esperado eres tú. Todo lo que siempre has esperado es él. ¿No te lo dijo su
beso? ¿No te lo dijo su alma?».
Obligo a callar al corazón.
Mi amiga se humedece los labios. Sabe que está en terreno pantanoso. Que solo
responderé estrictamente a lo que pregunte. Debe elegir sus palabras, porque yo
aprovecharé cualquier desliz para evadir el tema y concentrarme en otra cosa. Entonces
nunca más podrá saber, porque nunca más dejaré que pregunte.
—¿Qué te hizo, Ilyria?
Entorno los ojos. Siento otra vez ese ardor en las pupilas. Parpadeo firmemente.
«Aquí no».
—Quiso obligarme a quedarme con él.
—¿Obligarte?
¿Cómo puedo explicarlo? Es más complicado de lo que ella supone. No es solo un
viaje en coche hasta algún lado. Ni siquiera en tren o en avión. Me humedezco los
labios y dejo caer los párpados. El encuentro del libro me choca en la cabeza. El silencio
culpable de Marcus aún me martillea por dentro. Su confesión. Lo único que fue capaz
de decirme sin temblar. Como si fuera verdad. Mi corazón desesperado por creerle y
olvidar.
—Retuvo consigo algo que necesitaba para volver.
—¿Algo que necesitabas para volver? Parece que hables en clave, Ilyria.
Es mi oportunidad para escapar. Me separo de la estantería y me acerco al perchero,
cerca de la puerta de la librería. Cojo mi paraguas rosa, que me recuerda a la sombrilla
blanca de Lottie. Pinchazo. Me pongo el abrigo. Fuera llueve, porque aquí se acerca el
343
invierno. El frío cala los huesos, pero yo no puedo sentirlo. Mi alma se ha acostumbrado
a la helada.
—No tienes que entenderlo. Vámonos. Ya es hora de cerrar.
Alice sabe de pronto que se ha acabado su turno de preguntas. Sabe que la
información que no ha conseguido ahora no la conseguirá nunca. Yo clavo la mirada en
el suelo para evitar sus ojos inquisidores. Finalmente escucho su suspiro de rendición.
—No lo conozco. No sé hasta qué punto crees que es grave lo que hizo. No me dejas
entenderlo. Pero está bien.
—Gracias —susurro, porque sé que no insistirá. Las dos tenemos un pacto de respeto
por el silencio cuando preferimos callar. Nos tenemos y normalmente nos es suficiente.
—Pero —continúa ella para mi sorpresa. Alzo la mirada, para observarla entre las
pestañas. Mi amiga me mira con las cejas alzadas, con ese rostro adulto y serio que
adquiere cuando sabe que las cosas no funcionan como deberían— sé que no estás bien.
Sé que te duele. Que sigues pensando en él. Y no lo conozco, pero quizá él también
piense en ti. Sé todo lo que aprecias tu libertad, sé que no soportarías sentirte encerrada.
Pero pasó algo, ¿verdad? Estás terriblemente enamorada de él. De esa manera en la que
tú siempre has deseado querer a alguien. Lo veo en tu mirada. No puedes engañarme.
Me brillan los ojos. Ella se da cuenta, porque repentinamente está abrazándome.
Siento sus brazos a mi alrededor aunque yo no correspondo a su agarre. Aprieto los
párpados con fuerza. «No llores. No llores».
—No lo defiendo. Nunca defendería a alguien que te hace daño. Pero sé que tú
tampoco te enamorarías como lo has hecho de una persona que no lo mereciera.
Tomo aire. Escondo la cara en su cuello. Aprieto los labios con tanta fuerza que sé
que se tornan blancos por la presión.
344
—Él no es como nadie que hayas conocido nunca, Alice. No es como nadie que
podamos conocer. Él… es tan diferente. Es tan… mágico. Te juro que su beso borra
todos los demás besos del mundo. Los vuelve niebla en la memoria. No soy capaz de
recordar ningunos otros labios que no sean los suyos. Y su mirada… Sus palabras. Sus
cuentos. Su voz diciéndome que me quería… No sabes cómo lo echo de menos —
confieso con la voz rota—. No sabes cómo me gustaría olvidar y correr de nuevo hasta
él. Abrazarlo como siempre hasta que no hubiera fuerza en mis brazos. Besarlo como la
primera vez, como la única vez. Dejar que pase…
—Hazlo.
Alzo la mirada, sorprendida. Mi amiga me mira con ternura. Me pasa las manos por
las mejillas, aunque he contenido el llanto que amenaza con desbordarme. Su boca se
siente dulce contra mi pómulo cuando abandona un beso allí, con cariño.
—Vuelve con él.
—No puedo, yo… Él me mintió. No me dijo que podía volver a casa, no me…
«No me dio el libro». Callo y Alice frunce el ceño, consciente de que hay algo que le
oculto, pero sacude la cabeza, decidiendo que esos detalles son lo menos importante.
—Solo temía perderte.
«Lo sé».
—Está muy lejos, ¿verdad? Quizá tuvo miedo de que nunca regresaras.
«Lo sé».
—Te lo habría dicho más tarde o más temprano. Te habría dado la opción de marchar
si tú lo hubieses querido.
«Lo sé».
—Que intentara retenerte de una manera tan desesperada… Solo puede significar una
cosa.
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“Ilyria, te quiero”.
Se me escapa un sollozo.
—Te debe querer mucho.
Me abrazo a ella firmemente.
—Lo sé.
***
Alice me ha prometido encargarse de todo mientras no esté.
Al llegar a casa el libro me recibe desde su sitio. Con cada paso que me acerco a él se
me cierra más el corazón. No quiero hacer esto. ¿Cómo voy a poder mirarles a la cara?
A Charlotte. Le prometí que volvería y sin embargo me marché y he estado tres
semanas en mi mundo. En el mío. ¿Cuánto habrá pasado en el de ellos? Allí parece ser
más rápido, pues cuando llegué aquí solo habían transcurrido siete días desde que me
marché.
¿Qué pasará cuando lo vea a él?
No, no quiero pensarlo. Me detengo. No, no quiero hacerlo. Tengo que olvidarlo. Es
una idea ridícula. No puedo sencillamente dejarme llevar por una conversación con
alguien que ni siquiera conoce todos los datos. Dejarme arrastrar por el corazón que
parece recomponer fuerzas contra mi pecho no es lo adecuado. No es lo que tengo que
hacer ahora. Me hará más daño. Si vuelvo, ¿qué puede asegurarme que todo vaya a salir
bien? Puede ser el comienzo del desastre. Puede que cuando nos miremos a los ojos
descubramos cuánto nos odiamos. Prefiero amarle, incluso en la distancia, a tener que
odiarle.
«O puede que cuando os miréis, todo se olvide. Todo parezca poco. Todo se convierta
en nada. Puede que cuando os miréis no haya odio. Puede que cuando os miréis podáis
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ver cuánto os queréis en realidad. Más allá de las mentiras. Más allá del miedo. Más allá
de todo».
Trago saliva.
No sé qué voy a hacer. Con una bocanada de aire extiendo mis dedos hacia el tomo.
Las tapas me hacen cosquillas con sus dibujos bajo las yemas. Me estremezco. ¿Estarán
esperándome? ¿O habrán perdido toda esperanza?
«Te esperan. Te han esperado siempre, como tú a ellos».
Sería tan fácil creerlo…
«Lee».
El corazón ya no sugiere. Ya no deja sitio a la razón. Quiere volver a vivir y no
consiente que nadie se ponga en su camino. Lo siento aletear contra mi pecho,
anticipándose a lo que sea que vaya a suceder.
Abro el libro.
«¿Me esperas?», quiero preguntar a través de las páginas. De las letras que no me
atrevo a afrontar. Entiendo que no es esa la pregunta que mis labios quieren formular en
realidad.
—¿Me quieres? —Susurro quedamente.
Mis dedos tocan el papel. No es necesario leer. Como si el libro me trajese su
respuesta, me siento caer.
La realidad se quiebra bajo mis pies. Esta vez no importa.
Al otro lado sé que está él.
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Pétalos
Deseo concedido.
—Hacía mucho que no te veía sin guantes.
Alzo la mirada. Rowan está de pie bajo el dintel de la puerta, observándome. Durante
un segundo me parece ver pena en sus ojos. Me encojo de hombros y le hago un
ademán para que entre, ya que ha venido hasta aquí. Se sentirá complacido de verme
derrotado. Además, la causa de todas sus preocupaciones ya no volverá. Aparto el
periódico y me acomodo en el sillón. Hago una breve mueca cuando muevo el brazo. A
veces siento el corazón latiéndome en la punta de los dedos, lanzando olas de dolor
como corrientes eléctricas. Ha pasado una semana, pero yo no siento que mi condición
mejore.
Mi hermano se sienta en el amplio sofá. Esta vez no se sirve el té por su cuenta. Yo
tampoco se lo ofrezco.
—¿Ha sido muy grave?
Es obvio que bastante. La diestra está cubierta de vendas, escondiendo las heridas de
la vista. Es mejor así.
—El médico ha dicho que tendré que llevar el vendaje una buena temporada.
Tomo la taza con la zurda y bebo. Solo me queda el consuelo de ser lo
suficientemente hábil con la mano sana.
—¿Cómo te lo hiciste, exactamente? Nadie parece saberlo.
Suspiro. Él me sondea el rostro, como si calculase la gravedad de mi expresión. No se
lo he dicho a nadie. Ni siquiera al doctor. Todo lo que la gente debe saber es que el
conde Abberlain no saldrá de casa hasta que se encuentre mejor. No estoy dispuesto a
soportar las miradas de los nobles juzgando e inventando. Probablemente no necesitan
verme para hacer tal cosa.
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—Es una larga historia. La chimenea estaba encendida y… —Sacudo la cabeza—.
Quise sacar algo del fuego. Fue un acto reflejo.
Rowan alza una ceja, como si no pudiera creerme. No lo culpo. Suena a locura.
—¿Por qué no usaste el atizador?
Me encojo de hombros. Hay cosas que se hacen sin pensar. Sin tener en cuenta las
consecuencias. Otras, en cambio, las piensas tanto que pierden todo el sentido. Solo así
se me ocurre que fuera capaz de tomar una decisión tan errónea en lo que al libro de
Ilyria concierne. Miro a las amplias puertas de cristal, al día claro, como si quisiera
olvidar la pregunta de mi acompañante. De alguna parte del jardín me llega la voz de
Lottie, sentada bajo el manzano con Angela. Durante esta larga semana ha pasado más
tiempo del acostumbrado a mi lado. Sé que se siente culpable, aunque no hizo nada
malo. Ella ni siquiera fue la desencadenante de su marcha…
Sacudo la cabeza. Rowan me mira con el ceño fruncido, como si pudiera leer mi
mente. Hasta él parece darse cuenta de que falta algo. Mira alrededor como si esperase
verla junto a mí. Yo no sueño con otra cosa.
—No está —le aviso antes de que su pregunta me pueda hacer daño—. Se ha ido.
Volvió a su mundo, de hecho, hace un mes.
Hay júbilo en su rostro. Parece ser el único en esta casa al que le gusta la idea. El
único que no la echará de menos. Y mientras, yo guardo en la mano las heridas del
corazón que no se pueden ver.
—Es mejor así, Marcus. Le diré a Abbigail que venga a verte. Seguro que un poco de
distracción te hace sentir mejor. Hay otras mujeres más adecuadas. No malgastes tu
tiempo pensando en esa pobre diabla. De todas formas, no podía ofrecerte nada.
No tiene razón. Sé que hay otras mujeres más adecuadas. Más refinadas. Más
recatadas. Pero yo no quiero a otra mujer. La quiero a ella. El problema es que ahora ya
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no importa lo que desee. Ella se ha ido y no queda nada en esta casa que evidencie,
siquiera, que alguna vez estuvo aquí. Ha pasado como un fantasma y, solo como un
espíritu puede hacerlo, su paso ha dejado huella en mi interior.
Lo único que ha quedado atrás desde su marcha es un deseo sobre mi corazón que la
luna ha raptado.
Todo es igual que la primera vez. Absolutamente todo.
Las imágenes de aquella noche se arremolinan en mi cabeza cuando caigo
exactamente en el mismo lugar. Miro alrededor. De nuevo el mismo callejón, las
mismas casas. Esta vez es de día todavía, aunque por la posición del sol no debe faltar
mucho para que la tarde muera. Emito un gemido leve. Esperaba aparecer en el
despacho, donde se quedó mi libro. Esperaba, quizá, aparecer en el mismo lugar en el
que estuviera Marcus. Necesito verle. Quiero verle. Volver a este mundo hace que me
arrastre una terrible seguridad: tengo que pedirle perdón. Perdón por todas las
mentiras que nos hicieron daño a los dos. Perdón por marcharme. Perdón por no
escucharle. Perdón por no entenderle. Perdón por tardar tanto en volver.
Tengo que decirle que lo quiero.
Me levanto como puedo. Me he hecho daño pero no me importa. Tengo que
encontrar el camino de vuelta a casa. Sé que sabré hallarlo: solo tengo que seguir el
río y llegaré a la mansión. Llegaré a él.
Agradezco no llevar mil faldas que me impidan correr. No puedo detenerme. No
puedo dejar que me vean. La ropa de mi mundo grita mi procedencia. Marcus no me
salvará esta vez, si dejo que me cojan.
El barrio de los extranjeros me recibe. Sé que estoy allí no porque pueda recordar
específicamente los acontecimientos de mi primera noche en aquel mundo. Son neblina
en mi memoria, de hecho. Sé dónde me encuentro solo porque mil seres de todas las
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especies se reparten por las calles y no se concentran en mí. Siguen sus vidas. No les
importa. Son libres en su esclavitud. Viven ajenos a los demás. Ajenos a lo que no sea
su propia felicidad. Además, sus ropas pobres, sus andares despreocupados, delatan su
condición.
No tardo en avistar el puente que me llevará al otro lado. Que me llevará a él. ¿Se
alegrará de verme? ¿Podrá mirarme? ¿Podré mirarlo yo a él? Y la pequeña
Charlotte… Tengo que apresurarme. Ya he tardado mucho tiempo en hacer caso a lo
que realmente quiero.
Traspaso el puente y es como volver a cambiar de mundo. Donde el barrio de los
extranjeros es pacífico y despreocupado, aquí todo se vuelve tensión e hipocresía.
Siento las miradas de todos los nobles que pasean con sus engalanadas ropas cuando
paso veloz por su lado. Por primera vez tengo la seguridad de que no me importan.
«Miradme todo lo que queráis. No merecéis mi atención. No podéis separarme de él.
No podéis apartarme de esa familia. Si no lo ha conseguido mi libro, no lo conseguiréis
vosotros». Los murmullos nacen a mi alrededor, aunque solo reconozco silbidos en mi
carrera. Ya estoy más cerca. «¿Puedes sentirme, Marcus? Lo siento. Siento haber
tardado tanto. Ya he vuelto».
Cayendo en una sensación de deja vu, choco con alguien. Esta vez no hay ropas
pobres, solo un impoluto traje blanco. No tropiezo. Con una disculpa suave, sin
siquiera mirar al viandante que he aplacado, me aparto para seguir mi camino.
Unos dedos enguantados toman mi mano antes de que pueda retomar mi marcha.
Doy un respingo al sentir la textura de la tela. Alzo la mirada rápidamente y el sol me
ciega un segundo, dejándome ver solo un destello cobrizo en unos cabellos.
Marcus.
—Ilyria.
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Me cubro de la luz y entorno los ojos, pero no me hace falta verlo para saber
inmediatamente que me he confundido. Cuando Marcus dice mi nombre hay cariño en
él. En esta ocasión solo hay frialdad. Frunzo los labios. Rowan me observa con sus ojos
dispares y sus elegantes cejas alzadas. Sonríe simpático, pero a mí no me engañará
más. El tiempo ha pasado pero la conversación que escuché sin ser vista todavía
persiste en mi cabeza.
—Rowan —saludo. Miro mi mano de soslayo y luego lo miro a él. Intento soltarme.
Él, no obstante, aprieta algo más los dedos contra mi piel. Sabe que desconfío y por eso
no va a dejarme marchar—. ¿Me sueltas, por favor?
No lo hará. Sabe que si lo hace echaré a correr y no habrá manera de que me
encuentre. Aprieto los dientes.
—Qué agradable sorpresa —comenta. Es un mentiroso nato. El tono de su voz me
parecería creíble si no supiera que en realidad no hay nada de agradable para él en
verme—. Pensé que te habías ido…
Me humedezco los labios. Marcus ha debido decírselo. O quizá él haya vuelto en
estos días a comprobar que he desaparecido para siempre, como debe ser. De nuevo
tiro de mi mano y miro alrededor. Si tanto teme los escándalos quizá debería crear uno.
Quizá así me deje marchar sin que ninguno de los dos tengamos que lamentar nada. Si
se acerca un paso más, atentaré contra toda su posible descendencia.
—Lo había hecho. Pero he vuelto. Marcus y Lottie me están esperando así que…
—No te esperan.
Me sobresalto. Sé que he palidecido un poco. Aprieto los labios y lo miro fijamente,
alzando la barbilla.
—Eso no es cierto.
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—No te esperan. —En sus ojos me parece ver un brillo triunfal. Tomo aire—. Creen
que te has ido para siempre. Que nunca vas a volver. No te esperan.
—Entonces tengo que ir a decirles que se equivocan. —Algo más desesperada de lo
que pretendo estar, tiro fuerte para soltarme de él. Sus dedos me hacen daño cuando se
aprietan con más firmeza contra mi muñeca. Me cortan la circulación—. ¡¡Suéltame!!
—Exclamo.
Algunas personas se quedan mirando. Eso está bien. Rowan no es aquel bruto que
intentó cogerme una vez. Él tiene una reputación que mantener. Un porte. La gente lo
conoce. Si hiciera algo ahora mismo podría lamentarlo toda su vida. El hermano de
Marcus parece entenderlo. Entorna los ojos y durante un segundo creo que me soltará.
Mis esperanzas se vienen a pique cuando tira de mí y se inclina sobre mi oído. Su
aliento me acaricia la oreja. Dejo escapar un jadeo. Me remuevo. Él quiere impedir
que vaya con Marcus. Que vuelva a su vida. Que ocupe el lugar que está reservado
para mí, cerca de su corazón.
—Ilyria, querida, me pensaría un par de veces lo que vas a hacer. —Abro la boca,
pero él se adelanta a lo que yo pueda decir—. No hay lugar para ti en esa casa,
muchacha. Ellos ya han rehecho su vida como si tú nunca hubieras llegado a ella. No
eres tan importante.
Entorno los ojos. No puede engañarme. No va a conseguirlo.
—Eso no es cierto. Charlotte me quiere. Marcus… Marcus me quiere.
Siento sus dientes rechinar. Dejo escapar una sonrisa. Esa noticia debe ser terrible
para él. Sabe que no podrá conseguir nada con eso. Que no conseguirá hacerme caer
en sus mentiras. Sé que Marcus sigue esperando. Que me esperaría hasta el fin de su
vida si fuera preciso. “Ilyria, te quiero”. «Lo sé, mi deseo. Lo sé».
—¿Es que quieres destrozar sus vidas, Ilyria?
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Doy un respingo. De pronto toda mi seguridad cae y yo me encuentro sin camino que
pisar. Tomo aire con algo de dificultad.
—¿Cómo dices?
Rowan sonríe. Sabe que ha captado mi atención. Aprieto los labios, mirándolo con
fijeza. Él no tiene reparos en devolverme la mirada.
—Les meterás en problemas, Ilyria. Ya has empezado a hacerlo. Desde la noche del
baile la gente habla. Todos saben que el conde Abberlain tiene una criada que le hace
favores más allá de lo meramente doméstico.
Enrojezco más de rabia que de vergüenza.
—Eso no es…
—¿Crees que a la gente le importa, Ilyria? La verdad es subjetiva. No importa. Lo
que se mantiene es lo que la gente cree. Los hechos son los que la mayoría dictamina.
De todos modos, aunque no fueras su amante… ¿Crees que realmente él puede ser para
ti? Tú solo eres una extraña en este mundo. Alguien que no lo merece. Que no está a su
altura. Mírate. Mira como vistes ahora. No eres nada de lo que Marcus puede tener.
Inconscientemente bajo mi vista a mi propio cuerpo. La falda corta, las medias
tupidas cubriendo mis piernas. Incluso llevo cuello vuelto y manga larga. No hay piel al
descubierto más allá de las manos y la cara, pero soy consciente de que eso solo es
porque en mi mundo hace demasiado frío. Aún así incluso eso parece ser inadecuado.
Tiene razón: no soy la dama que a él le hubiera gustado. Soy solo esa chica descarada
que camina en camisón por su pasillo.
Pero él me quiere así.
—A él no le importa eso. Y a mí solo debe importarme lo que él crea porque…
—No funciona así —me interrumpe Rowan. Mira alrededor por el rabillo del ojo. La
gente nos mira al pasar, aunque no pueden escuchar nuestra conversación—. No
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podéis estar juntos. Será terrible para Marcus. Para Lottie. Estar contigo implica
perder todo lo que siempre han tenido. Su mundo, el único que conocen, se vendrá
sobre ellos. No tendrán paz, Ilyria. Allá donde vayan esas miradas que tan poco
parecen gustarte a ti se clavarán en sus espaldas. Allá donde vayan los murmullos les
acompañarán. A ti misma. Nunca serás para nadie más que una fulana. Nunca podréis
ser una familia normal.
Esta vez sus palabras me rompen y él lo sabe. Empieza a ganar. Sé que no me miente.
Lo sé porque después de todo no son palabras que no haya escuchado antes. La
conversación que tuvo con Marcus viene para martirizarme. Aprieto firmemente los
labios, cerrando las manos en puños.
—Y tú no quieres que eso pase, ¿no es cierto, Ilyria?
Lo miro. Mis ojos chispean con rabia y a él parece divertirle que así sea. Niego, aún
así, pese a que sé que no hace falta que lo haga.
—Quizá —considera— podríamos alcanzar una solución satisfactoria a este
problema.
Soy consciente de que me engaña. Hay trampa en sus palabras. No quiero, sin
embargo, no hacer nada al respecto. No podría soportar que Marcus y Charlotte se
vieran envueltos en discordia por mi causa sin yo haber intentado solucionarlo. Sin
haber puesto nada de mi parte para que eso no sea así.
—Habla.
—Aquí no, querida —sonríe, pero yo ya no creo sus sonrisas—. Ven conmigo.
Él no me da tiempo a dudar. Tira de mi mano y echa a andar.
Siento las miradas sobre nosotros mientras lo sigo. Mis ojos vuelan al camino hacia
la mansión Abberlain. Me muerdo el labio.
«Estaremos juntos».
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Es una promesa hacia mí misma. Pase lo que pase encontraré la manera de que así
sea.
—Puedes pasar, Angela.
La aludida da un respingo y se ruboriza, pillada en falta. Lleva un minuto entero bajo
el marco de la puerta, sin saber si entrar, temiendo molestarme. Con un rápido vistazo
hacia el pasillo pasa finalmente y entorna la puerta. Su mirada está obstinadamente
puesta en el suelo, como si tuviera miedo de resultar descortés. Mi sonrisa, algo forzada,
intenta ser invitadora. A pesar de que lleva más de un año y medio a mi servicio aún le
cuesta hablar en mi presencia. Cierra los puños alrededor de su impoluto mandil blanco
y se acerca otro paso, hasta quedar justo delante de mi mesa. Ladeo la cabeza.
—Señor, siento molestarle —murmura, atreviéndose a mirarme solo entre las
pestañas. Nunca he conseguido que deje de tratarme con ese respecto del sirviente que
teme ser castigado—. Pero he salido un momento y he escuchado un rumor algo…
desconcertante.
Dejo los ojos en blanco. Los cotilleos nunca me han parecido algo de provecho. Me
llevo la zurda a las vendas que aún cubren mi mano herida. La noticia de mi accidente
se ha expandido por la ciudad, a falta, probablemente, de mejores temas que tratar. Lo
más seguro es que habrán inflado el acontecimiento con detalles inventados, de modo
que todo habrá tomado la textura de lo increíble.
—¿Ya han declarado mi defunción?
Angela palidece ante la idea. Por lo general, las notas irónicas o las bromas se le
escapan. Sacudo la cabeza.
—No importa. ¿De verdad es tan urgente? —Sé que no me molestaría a menos que lo
fuese—. ¿De qué se trata?
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Le hago un ademán hacia una de las dos sillas que hay ante mi escritorio. Ella no
ocupa el asiento predilecto de Ilyria. También es muy observadora. Cada vez que
alguien se acomoda allí sé que un brillo de tristeza pasa por mis ojos. No puedo evitarlo.
Es como si trataran de borrar esa presencia que, un mes después de su marcha, me sigue
rondando como un espíritu malévolo y, a la vez, ya familiar.
—No sé todos los detalles, señor. Su hermano Rowan ha tomado bajo su protección a
una extranjera, al parecer.
Se me escapa una sonrisa. “Bajo su protección” suena a la expresión equivocada. Él
nunca haría eso.
—Lo dudo mucho. La habrá obligado, más bien —frunzo el ceño—. Pero todo eso
suena muy extraño. ¿Por qué iba Rowan a hacer algo así?
Angela titubea. La veo morderse el labio. Se remueve hasta quedar sentada en el
borde de la silla y se inclina suavemente hacia delante, sobre la mesa.
—Dicen que la muchacha que recogió se negó a ir con él al principio, como… como
si lo conociera. De pronto, sin embargo, accedió. Y fue cerca de aquí, señor. Pensé que
quizá… Que cabe la posibilidad de que…
Calla. Yo tampoco necesito seguir escuchando más. Soy consciente de lo que intenta
decirme. Pero no puede ser… Observo la chimenea, apagada y limpia, tan brillante
como si alguien hubiera intentado borrar las huellas de un asesinato. No, claro que no
puede ser. Ella juró que no volvería. “Mentiroso”. Me odia. Y aún así hay algo que me
inquieta. Un presentimiento. Me llevo la mano sana al pecho, al corazón, al lugar donde
mis latidos se perdían contra su mejilla. ¿Por qué Rowan iba a querer coger a cualquier
extranjera? No… Él solo desearía a una. A la única que podría hacerme feliz.
Me levanto movido por un resorte.
—¿Señor?
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—Dile a Yinn que ensille mi caballo.
Angela parece alarmada. Quizá ha visto la determinación en mis ojos. Quizá ha
intuido la rabia. El miedo. La incertidumbre. Hay demasiados sentimientos mezclados
en mi cabeza como para decantarme por uno solo.
—No debería… Su mano…
Sacudo la cabeza, ignorando sus protestas. Cuando hablo, mi tono es tan seco, tan
severo, que ella no puede hacer otra cosa más que aceptar mi mandato.
—Obedece.
El palacio es tan pretencioso como los nobles que lo habitan.
Es la estructura más gigantesca que haya podido ver en mi vida. Más que un palacio,
parece una ciudad en sí mismo. Hay más gente paseando de arriba abajo por el
recibidor y las escaleras principales que la que podría juntarse en un baile. Todos
visten de blanco, tan impolutos como mi propio acompañante. Rowan, acostumbrado,
no mira alrededor. De hecho, no deja que yo me maraville (o escandalice, según se
mire) con todo lo que me rodea. No debe querer que me vean con él, porque sus pasos
son rápidos. Me obliga a subir las escaleras a buen paso, pero yo no replico. Lo que
sea por terminar cuanto antes con esto. El camino es largo y pronto anochecerá.
Quiero ver a Charlotte antes de que se vaya a dormir. Necesito hablar con Marcus,
aunque sé que en su caso dará lo mismo la hora a la que llegue. Estará despierto, con
sus gafas de lectura puestas, sentado en su sitio de siempre. No consigo imaginar su
rostro cuando me vea. ¿Sonreirá o sencillamente me mirará con desprecio y me
ordenará volver a marcharme? Si fuera lo último yo moriría en el acto.
Sigo a Rowan. El chico agacha la cabeza en inclinaciones cordiales a la gente que lo
saluda, pero nunca se para a hablar. Sonrío. Debe avergonzarse de mí. Aún así, camina
con ese orgullo altanero que he aprendido a descifrar en su barbilla alzada. Me sigue
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haciendo daño en la muñeca, aunque yo ya no me quejo. Que esto termine pronto es lo
único que pido.
Enfilando el pasillo llegamos a una puerta. En ese momento alguien sale de ella. Es
otro chico. Nada más verlo ya me hace arrugar la nariz. Hay algo en su porte erguido
que me hace pensar que Rowan no es nada irritable en comparación con él. Parece
exigir respeto. Sé que es un presuntuoso solo por la manera de caminar. Cuando sus
ojos chocan con nosotros descubro en su color verde el frío del invierno. No hay
interés, solo helada indiferencia. O… superioridad. Como si creyese que es mejor que
cualquiera. Nos observa arqueando una elegante ceja rubia, igual que sus cabellos.
Viste del mismo color blanco que el propio Rowan, con una rosa roja en la solapa de la
chaqueta.
—Rowan —saluda. A mí solo me dedica una mirada de soslayo antes de volver a
mirarlo a él—. ¿Es ella?
El hermano de Marcus asiente. Yo los miro frunciendo el ceño. Algo en ese breve
intercambio de gestos y palabras no me gusta. Me remuevo por primera vez. Al coger
distraído a Rowan consigo que suelte mi muñeca. Le lanzo una mirada iracunda,
frotándome el lugar en el que todavía siento la tela de sus guantes. Incluso su prenda
me parece más rugosa en comparación con la suavidad de los de Marcus.
Los dos hombres se me quedan mirando. Los ojos dispares de mi principal
acompañante me taladran. Yo alzo la barbilla.
—No he venido hasta aquí para nada. Tengo prisa, por si se te olvida.
Rowan abre la boca dispuesto a responderme, pero es el rubio quien se adelanta.
—Esa no es manera de dirigirse a un caballero de Albion, extranjera.
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Alzo las cejas y lo miro, todavía frotándome la piel. También Rowan lo hace y
adivino en sus labios una sonrisa de orgullo. De plena satisfacción. Frunzo el ceño y
clavo mis ojos en los iris verdes del otro.
—A ti nadie te ha dado vela en este entierro. Por otro lado, cuando vea un caballero
me dirigiré a él como se merece. Pero no hay ninguno presente, me temo.
Su rostro afilado parece contorsionarse en una mueca de advertencia. Sus párpados
se entrecierran y sus pupilas se clavan en las mías con algo más de frialdad.
—Yo no hablaría así, extranjera. Ahora no tienes a tu protector para guardarte las
espaldas.
La idea de que alguien piense que necesito resguardarme bajo la protección de
cualquier otra persona me hace enrojecer. No de vergüenza. Es puro enfado.
—¿Me estás amenazando? —Siseo—. No necesito a nadie que me proteja. Ni de ti ni
de ninguna otra persona.
—Déjala, Laurent —interviene Rowan. Lo miro, ligeramente molesta por que se
atreva a interrumpir como si necesitase de su colaboración—. Pronto dejará ser un
problema.
Abro la boca, pero no me deja protestar ni preguntar qué se supone que significa eso.
No me lo permite porque sus dedos vuelven a tomarme y, con una inclinación de
cabeza, abre la puerta y me arrastra consigo una vez más.
Me duele la mano.
Cada trote del caballo lanza un estremecimiento por todo mi cuerpo que se convierte
en tensión y sufrimiento. Pero puedo soportarlo. No es nada, en realidad, en
comparación con la incertidumbre. ¿Estará ella allí? Quizá llegue junto a Rowan y lo
encuentre solo. No parece tan descabellado. Es difícil creer que Ilyria simplemente... ¿Y
si hubiera vuelto, que es improbable, qué negocio se le ha perdido con mi hermano?
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Ella volvería conmigo. Vendría a la mansión. Abrazaría a Lottie. Sus risas resonarían en
la estancia otra vez, llenando la casa de vida. Y si eso fuera así yo... la besaría. La
tomaría entre mis brazos y le repetiría cuánto la quiero hasta que no hubiera nada dentro
de su cabeza o su corazón que no fueran mis propias palabras.
Pero no puede ser cierto.
Quizá irrumpa en el cuarto y descubra que otra muchacha está allí. La vergüenza
cubriría entonces mi rostro y tendría que bajar la mirada. Me disculparía, pero a ojos del
mundo parecería que me he vuelto loco. ¿Y no lo he hecho, al fin y al cabo? Loco de
amor por una extranjera que se ha marchado y que ya nunca volverá. Su libro está
destruido. Y aunque eso no es razón suficiente como para evitar su vuelta, ¿cómo podría
regresar después a su casa? No suele haber dos copias del mismo libro, a menos que
éste haya sido escrito por alguien de Albion. Dudo que en su caso haya ocurrido eso. En
la copia de este mundo, como en el que la trajo aquí, no había autor ni título y con la
información que tenemos resultaría imposible encontrar otro igual, en el caso de que lo
hubiera. El anuncio en el periódico solo trajo la respuesta de Fred.
Suspiro. Los enormes troncos de las altas secuoyas son apenas borrones hasta que
doy el alto, tirando de las riendas con la mano sana. Aún no puedo mover la diestra,
tanto por el vendaje como por el malestar. Desciendo del caballo, que resopla cansado,
y le tiendo las bridas a uno de los criados que están en la puerta.
Cuando entro en el recibidor el zumbido confuso de las palabras, los pasos y la vida
confunde mis sentidos. El encanto que pueda tener la corte, con sus mil nobles y sus
sirvientes de impoluto blanco, a mí me parece el colmo de la ostentación. Aún así, lo
dejo estar y me abro paso escaleras arriba.
—¡Conde Abberlain!
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La voz de Abbigail llega algo apagada por las otras conversaciones que se suceden a
mi alrededor. Finjo no haberla escuchado. Es creíble.
—¡Marcus! —Exclama esta vez más cerca. Su mano se agarra con suavidad a mi
chaqueta, aunque sin llegar a ser descortés, simplemente como si hubiera tropezado y
hubiera tenido que apoyarse en mí.
Frunzo el ceño y aprieto los párpados un segundo. Cuando la miro sé que no hay
entendimiento ni amistad en mi rostro. Ella, sin embargo, no parece darse cuenta.
—Me he enterado de tu accidente. Tu mano... Cuánto lo siento.
No quiero escucharla. No puedo hacerlo. Mi mente siempre vuelve a la misma
persona, al mismo punto de partida. Me suelto con una brusquedad impropia de mí.
Solo pienso en ella.
«Ilyria, ¿estás ahí?»
«Marcus, ya estoy aquí».
En lo único que soy capaz de pensar es en llegar a casa y decirle esas palabras. «Lo
siento, Marcus. Siento haberme ido. Siento haberte dicho que te odiaba. Te quiero».
Suspiro hondamente y alzo la mirada. Rowan cierra la puerta de su cuarto en ese
momento. Cruzo los brazos sobre el pecho. Cuanto antes termine de hablar mejor para
todos. Me mantengo convenientemente apartada de él. ¿Qué ha querido decir a ese tal
Laurent?
—Habla. Podrás ahora que no nos ve nadie, ¿no?
Los ojos dispares del hijo menor de la familia Abberlain se fijan en mí.
Repentinamente siento un estremecimiento. No tenía que haber venido. Me parece que
no es hablar lo único que quiere hacer. Cuando su sonrisa se extiende paulatinamente
por sus labios sé que hará cualquier cosa para tenerme en sus manos. “No será más un
problema”. Aprieto los dientes.
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—Sabes tan bien como yo, Ilyria, cuál es la única solución aquí, ¿verdad?
Se acerca. Yo retrocedo. No quiero que me toque. No quiero que vuelva a ponerme ni
un solo dedo encima. No obstante, él no se detiene. Yo choco contra una cómoda y él se
planta justo delante de mí.
—Podemos llegar a un acuerdo, extranjera.
—No hay acuerdo —me adelanto—. Voy a volver con Marcus. Ya.
Intento evadirle y pasar sin más por su lado. Su cuerpo, para mi más profundo
disgusto, me corta el paso.
—No vas a hacer tal cosa. Piensa en las consecuencias. ¿O es que nuestro paseo las
ha borrado de tu cabeza?
Cojo aire. No. No he olvidado. Ni por lo que he venido ni la conversación que
supuestamente no debería haber escuchado. Aparto la vista, humedeciéndome los
labios. Trago saliva.
—Está bien —lo miro fijamente—. ¿Qué puedo hacer?
Él sonríe, consciente de cómo manipularme. No me gusta su sonrisa. Donde algún
día vi un gesto simpático y amable ahora solo veo una satisfacción casi cínica. Cruel.
—Primeramente, olvidarte de él. Se casará con una dama y formará una familia
como debe ser. Pero siempre te quedará el consuelo de verlo desde una distancia
prudencial.
Aprieto los dientes.
—No voy a olvidarme de él. No quiere eso. Me quiere en su vida, Rowan. Te guste o
te disguste. Si eres su hermano y tanto te preocupas por él deberías respetar eso.
—Si tanto lo quieres —responde él sin dudar— deberías comprender que no eres la
persona adecuada para estar a su lado.
Cojo aire con algo de precipitación. Lo miro y el chico me sostiene la mirada.
363
—¿Tan… terrible sería para él y su familia que estuviéramos… juntos?
Rowan se encoge de hombros ante mi pregunta.
—Se convertiría en una especie de… desecho social. Un paria. La mayoría de los que
siempre han sido sus amigos dejarían de serlo. Nadie se junta con un traidor a la
sangre de Albion. Son las reglas de este mundo. Quien las desafía no suele durar
mucho. La sociedad es así, Ilyria, querida: debes adaptarte a ella si quieres vivir en
paz.
Trago saliva. Bajo la vista y aprieto los puños firmemente. Casi siento los huesos
protestar y quejarse. Me remuevo incómoda. A Marcus no le gusta demasiado la
sociedad, lo sé. No le gustan sus mentiras o sus falsos modales; pero también tiene un
negocio del que depende. Los nobles leen y envían los libros que él promueve. Por otro
lado, a Charlotte sí le gustan todas esas cosas. Las fiestas y los bailes. Puede que
cuando conozca realmente a la gente decida que no es lo que quiere para ella, pero no
ahora. Verse apartada de todo le dolería. Probablemente también a su padre, aunque
no lo admitiera. No en vano, defendió en la fiesta a Abbigail Crossbow por ser su
amiga. Es curioso: todos terminamos sucumbiendo a la sociedad, como dice Rowan.
Todos nos adaptamos a ella aunque no nos guste. Desafiar lo impuesto, lo correcto, lo
“normal” es un atrevimiento que ni siquiera yo llevo a cabo. No en vano, ¿no terminé
aceptando no salir de casa? ¿No me he adaptado yo misma, no he agachado la cabeza
humildemente? No soy tan rebelde como pensaba, aunque mis ideas sean
reivindicativas. Aunque crea que todos somos libres, yo misma quiero que me marquen
y así ocupar el lugar que me ha sido impuesto en este mundo sin preguntar, solo por ser
una extranjera. Me siento ligeramente turbada al darme cuenta de que los seres
humanos vivimos en una cárcel impuesta por nosotros mismos, por nuestro propio
conformismo.
364
Intento no pensar en eso y concentrarme en Rowan. Aquí estoy, sucumbiendo de
alguna manera, aunque lo haga por otros. Podría luchar y revolverme, podría plantar
cara, podría salir ahí fuera y proclamar que nadie tiene derecho sobre mí, sobre
Marcus, sobre cualquiera de los extranjeros mortificados o esclavizados a manos de
sus supuestos gobernantes, de gente que sencillamente ha tenido la suerte de nacer aquí
y no fuera. Pero, por mucho que me intente engañar, sé que no lo haré. No tengo el
valor suficiente para arriesgarlo todo, para arriesgarme a mí misma y a ellos. Su paz.
Sus vidas. No soy ninguna heroína: no voy a liberar a un pueblo subyugado. Solo me
intereso por mí misma y por aquellos a los que quiero.
—Podría… seguir viéndolos todos los días, ¿no?
Rowan cabecea pensativamente. Su silencio se alarga durante un par de segundos
más antes de romperlo.
—No veo por qué no.
—¿No podría seguir viviendo en su casa?
Lo miro entre las pestañas. Nuestro romance no tendría por qué salir de esas cuatro
paredes. Solo nosotros lo sabríamos. Lo mantendríamos oculto de los ojos del mundo.
Ni siquiera Charlotte o Yinn y Angela tendrían que saberlo. Se quedaría en nuestras
noches trabajando. En nuestros bailes bajo el manzano. En nuestras canciones de
piano…
—No, por supuesto que no.
Aparto la vista al suelo.
—¿Qué sería de mí entonces? No tengo otro sitio donde quedarme mientras esté en
este mundo…
Rowan parece paladear algo. Su sonrisa se curva en un gesto de deleite que hace de
sus labios algo aún más despreciable.
365
—Te quedarás conmigo.
Frunzo el ceño. Sé lo que quiere decir. A eso achaco el estremecimiento que me corre
por la espalda. Me remuevo de nuevo. Es exactamente el trato que aquel día, tras oír
sus palabras, quise proponerle yo a él. Ahora, sin embargo, ya no me parece tan buena
idea. Intento buscar otra solución pero nada se me ocurre. ¿Es que la única manera de
estar con la gente que amo en ese mundo es venderme a mí misma? Tomo aire.
—Como tu sirvienta —determino.
—Es el cometido de los extranjeros. La única razón por la que estáis aquí. Servirnos
a nosotros, los verdaderos hijos de Albion —su discurso me da ganas de vomitar.
Aprieto los labios y lo observo con rabia en los ojos. Abro la boca para responderle
pero él se adelanta a mis protestas—. Por supuesto, puedes negarte. Pero estarías
condenándolo, Ilyria. Y tú lo quieres, ¿no? O dices quererlo… No deseas que eso le
pase. Ni a él ni a la pequeña Charlotte. Ella todavía es inocente. Ya les has provocado
a los dos mucho sufrimiento con tu marcha. ¿Por qué quieres hacerles más daño?
Me encojo sobre mí misma. Bajo la vista. ¿Han sufrido? La Charlotte de mis sueños
viene para detener mi pulso. “Nos has abandonado”. Y su llanto. Los ojos de Marcus
cuando me fui, las lágrimas que hacían brillar sus iris morados… Me estremezco.
Aprieto los párpados y asiento.
—Podré volver a mi mundo cuando lo desee.
Él deja los ojos en blanco.
—De acuerdo.
Aún me cuesta un par de segundos más encontrar las palabras que firman mi
rendición. Finalmente dejo caer la cabeza. Me rindo. Sucumbo. Acepto el papel que
han elegido para mí.
—Está bien. Acepto.
366
Rowan sonríe. El chico me aparta a un lado para abrir un cajón de la cómoda. Entre
sus manos coge una pequeña caja alargada. Una aguja más grande y punzante de lo
normal se descubre de su escondrijo. Trago saliva cuando se vuelve hacia mí con el
extraño instrumento en la mano. Alzo la barbilla para que no vea el miedo en mis
pupilas.
“Tendrás que obedecerle”, me recuerda la voz de Marcus en mi cabeza. Es como si
estuviera cerca. Como si quisiera evitar lo que voy a hacer a toda costa.
Cierro los ojos como si eso pudiera acallarlo. Rowan me hace sentar en la cama y
coge mi mano, alzando la manga de mi jersey.
Esto es lo correcto.
Esto no está bien.
Me estremezco, como si hubiera tenido un mal presentimiento. Me detengo. Me falta
el aire, pero no estoy seguro de que sea todo consecuencia de la carrera. Aunque he
subido las escaleras sin tiempo para tomarme un descanso, con todas esas miradas
sorprendidas y censuradoras siguiéndome, lo cierto es que no estoy cansado. Quizá por
eso no tardo en reconocer el pasillo de inmediato y colarme dentro. Mis pasos resuenan
sobre el mármol pulido como si todo un ejército caminase a mis espaldas. Como si lo
considerase un mal augurio, no me atrevo a darme la vuelta.
Ante la puerta de Rowan, titubeo. No sé qué hacer. Si llamo, él me abrirá y, si está
solo, yo no tendré excusa para explicarle por qué he venido hasta aquí. Solo podría
decirle la verdad y eso es lo último que quiero hacer. Si no está con ella, si la que ocupa
su lugar en la realidad es otra, me pondré en ridículo. Notará lo desesperado que estoy.
Lo perdidamente enamorado que me encuentro de Ilyria. Trago saliva. Y si es ella...
Sacudo la cabeza con fuerza, descartando todas las posibilidades que no son más que
fantasía, y giro el pomo con suavidad.
367
—Está bien. Acepto.
Su voz se cuela por la rendija que deja la puerta entreabierta. Aún sin necesidad de
verla sé que se trata de mi deseo. La reconocería en cualquier parte. Es como un
hechizo. Como si la oscuridad no pudiese resistir su presencia y se quebrase, cegada con
su luz de ensueño. Quizá ese sea el poder del amor verdadero. Sea como sea, mi cuerpo
parece reaccionar ante su cercanía: la mano deja de dolerme, mi mente recupera su
rostro como si lo tuviera ante mí, mis ojos mismos se regodean en la inminente
contemplación.
Empujo la madera hasta que la entrada queda despejada.
La imagen que tengo ante mí me congela la sonrisa en los labios.
Ilyria está allí, sí, sentada en el borde de la cama. Su rostro se alza rápidamente,
habiendo escuchado mis pasos. Sus ojos buscan los míos, aunque yo no le presto
atención. El momento de reencuentro con el que había estado fantaseando, donde nos
abrazaríamos y todo quedaría atrás gracias a la calidez de su cuerpo, no llega. Solo
puedo fijarme en la aguja que Rowan sujeta, muy cerca de su propio dedo. La realidad
cae sobre mí con la contundencia de un caldero de agua fría. La intenta marcar.
“Acepto”. Y ella lo consiente. Ha accedido. ¿Por qué? ¿Qué es lo que está pasando
aquí? Quiero echarle la culpa a las malas artes de Rowan, pero lo cierto es que no se me
ocurre qué podría haberle dicho para engañarla de semejante manera, para que su voz
sonara tan resoluta tras haber tomado una decisión así.
—¿Qué está pasando aquí?
Mi hermano, que no se había dado cuenta de mi llegada, se sobresalta. Titubea, pero
no hay forma de que esconda la aguja y me dé una explicación diferente a la que intuyo.
Intentaba hacerla suya. ¿Tanto me odias? ¿Tanto me envidias, como para querer
arrebatármela incluso a ella? Sé que su intención era la de hacerme sufrir. La llevaría
368
consigo a todas partes y le daría órdenes que no tendría más remedio que obedecer. Es
esclavitud o muerte. Y cada una de las palabras que él dijese, cada uno de sus mandatos,
se me clavarían en el corazón como si fueran dirigidos a mí.
Por eso no puedo permitirlo. Lo tomo del brazo y lo hago levantar, pese a sus
protestas. Mi mano sana se aprieta sin piedad contra su carne y lo empujo. Cualquier
cosa para alejarlo de ella. Cualquier cosa por mantenerla intacta. Si alguien tiene que
marcarla, que dejar el beso de su sangre sobre su cuerpo, voy a ser yo.
Es entonces cuando todo lo que queda en la habitación es Ilyria.
Como siempre, el choque de nuestras miradas me asombra. Me embiste como una
ola. De una pasada borra todos los silencios vacíos sin su risa. Todas las tardes sin su
música. Todas las noches sin su presencia al otro lado del escritorio. Aún consciente de
cuánto la echaba de menos, la soledad se duplica ahora, como si no hubiera sabido en
realidad lo aislado que me sentía de los demás seres humanos. Pero ella está aquí ahora.
Me mira y nuestras almas hablan sin necesidad de palabras.
"Perdóname".
"Lo siento".
"Te eché de menos".
"Siempre estaremos juntos".
"¿Lo prometes?"
"Siempre".
Sonreímos. Lo hacemos a la vez, casi con alivio. Borramos todas las mentiras, todos
los sentimientos de despecho y desengaño, y nos decidimos a empezar de nuevo.
—Ilyria...
Su abrazo me hace callar. Es fuerte y llega sin previo aviso. Es cálido y me envuelve
como lo hacen sus brazos.
369
Es como volver a casa.
«Bienvenida».
—Lo siento…
No soy capaz de decir nada más. No sé siquiera por qué me disculpo. Si por haber
estado a punto de cometer esa locura o por todo lo demás: Por las mentiras. Por la
distancia. Por todo el dolor que nos hemos hecho sin quererlo.
Me encojo un poco sobre mí misma y en respuesta a mi lamento los brazos de
Marcus me estrechan con fuerza. Siguen siendo los mismos. Tan tiernos, tan firmes…
Siguen cuidándome por encima de todo y todos. Siguen siendo el hogar que siempre he
querido. Repentinamente ya no estamos en una habitación. Estamos de nuevo en el
jardín, junto a nuestro árbol. Acabamos de bailar… Porque su abrazo es igual que
aquella vez. Que aquel día. Todas las semanas echándolo de menos desaparecen con su
suspiro cerca de mi oído. No responde porque sabe que no hace falta. Estoy perdonada.
Sabe que él también lo está. No hay resentimiento. No hay odio. Solo estamos los dos,
sinceros, el uno contra el otro. Dos corazones que laten pecho contra pecho… como
siempre han tenido que hacer.
«Te quiero».
Entiendo que no puedo hacer lo que pretendía antes de que él llegara. ¿Ser de otra
persona? ¿Darle mi libertad? ¿Mi voluntad? Si todo eso ha de ser de alguien, será de
él. De Marcus. Del único que puede merecerlo. El único que cuidaría de todo lo que me
concierne como si fuera un pequeño tesoro. ¿No le pertenezco ya, después de todo?
Con esa marca o sin ella mi corazón es suyo. Lo ha sido siempre, desde el principio.
Desde antes siquiera de que nos conociésemos. Desde que nací mis latidos solo han
seguido su curso para que yo pudiera encontrarlo. Por eso desde que me aparté de él se
detuvieron. Ya no había ninguna misión para ellos. Nada por lo que acelerarse. Nada
370
por lo que vivir. Ahora aletea de nuevo, con energías renovadas, porque reconoce el
pulso de Marcus saltando cerca.
Cojo aire y no me separo. Solo alzo la cabeza. Mis ojos abandonan cualquier
sentimiento de arrepentimiento o culpa cuando miro a Rowan. Él nos observa con los
dientes apretados, rojo de rabia. Censura nuestro abrazo igual que censura nuestras
almas unidas. Pero eso no importa. Nunca ha importado en realidad. Con la seguridad
de sus brazos me sobreviene la certeza de que los demás son insustanciales. Sus
palabras, sus miradas, todo lo que vayan a hacer… No pueden separarnos. No importa
cuánto lo intenten. Cuánto nos odien. Seguiremos juntos.
Para siempre.
—No hay trato.
Rowan está fuera de sí.
No recuerdo haberlo visto nunca más enfadado. Mientras abrazo a Ilyria, sus ojos
dispares no se apartan de nosotros, como si nuestra mera presencia en su cuarto fuera
una aberración. Mis brazos se cierran en torno a ella en un ademán protector. No voy a
dejar que la toque, aunque algo en su cuerpo me dice que está a punto de saltar sobre
nosotros. Su mano está firmemente apretada en un puño alrededor de la aguja. No hay
sangre en sus manos. He llegado justo a tiempo.
—Nunca creí que llegarías tan lejos, Rowan —le reprocho con los labios fruncidos.
Ella también lo mira. Hay odio en sus ojos.
Él entrecierra los párpados. Cuando da un paso hacia delante me doy cuenta de lo
amenazador que parece de pronto. La diestra vuela a la empuñadura de su espada que,
aunque es parte de su uniforme, casi nunca se ha visto en la obligación de utilizar. Me
doy cuenta de que no he traído mi bastón. Estaba tan concentrado en la esperanza de
verla, en encontrarla en cualquier momento, que no he reparado en mi seguridad.
371
—Recapacita, Marcus. Recuerda nuestra conversación. ¿Quieres traer la desgracia a
nuestra familia? Eso es lo que conseguirás si sigues codeándote con extranjeros. ¡Estás
jugando con fuego! Lo único que vas a lograr con esta actitud es desprestigiar nuestro
apellido. ¿Y el daño que te hará? Porque no espero que seas tan ingenuo como para
creer que si le das libertad te va a preferir a ti antes que a su mundo…
Ella no se altera. Sabe que está a salvo entre mis brazos. Sabe que yo sé la verdad: ha
vuelto, a pesar de nuestra pelea. Y volverá siempre que sea necesario. Estamos
destinados. Nuestras almas son una. No va a encontrar lugar más cómodo que el hueco
entre mis brazos.
—He vuelto, Rowan. Aunque podría no haberlo hecho, aunque podría haberme
quedado en mi mundo, donde no tengo que lidiar con gente que me mira por encima del
hombro, aquí estoy. ¿No te dice eso nada?
—Me dice que mi hermano es un hombre rico e importante. Y quizá tú quieras
aprovecharte de él.
Me siento disgustado con esas palabras. ¿Quién se cree que es para juzgar así a la
mujer que quiero? Tiro suavemente de ella. Solo deseo salir de aquí cuanto antes y
volver juntos a casa. Charlotte se pondrá tan contenta de verla… Ahora ya no se volverá
a marchar. Una punzada de dolor me pellizca el corazón. ¿Qué va a pasar con Ilyria,
cuando no puede volver a casa? Por mucho que me alegre de que sea parte de mi
familia, de poder disfrutar de su compañía todos los días, lo cierto es que no puedo
evitar sentir pena al saber que nunca más volverá a ver su mundo. Es tan difícil
simplemente olvidar…
La chica clava los pies en el suelo, decidida a no moverse, aunque me sigue sujetando
con fuerza, como si temiera que él la arrancase de entre mis brazos. No está dispuesta a
372
que insinúen que se está aprovechando de mí. Sin embargo, no tiene nada que explicar.
Yo sé perfectamente que no está aquí por eso.
—Marcus podría ser el más pobre de los hombres —indica con resolución—. Podría
no tener ni mansión ni propiedad alguna. Podría no tener ningún estúpido ni vacío
título... y yo seguiría a su lado. Sois vosotros mismos, los nobles, los que creéis que no
valéis más que lo que dicta lo que la sociedad os ha marcado. Que nadie puede quereros
por lo que sois, sino por lo que tenéis.
—No gastes saliva —murmuro contra su oído—. Él no lo entiende. No lo entenderá
nunca, hasta que encuentre a la persona adecuada. Marchémonos de aquí.
Mi hermano es más rápido que yo. Su cuerpo pronto bloquea la única salida.
—Rowan —le advierto.
—Ella no va a ir a ninguna parte. La reclamo como mía. Tú la has tenido en tu casa
durante semanas y no la has marcado, así que es tu falta. Todos me darán la razón.
¿Quieres que llevemos este asunto ante la reina?
Trago saliva, algo inquieto. Lo que dice es cierto. De acuerdo con las leyes, Su
Majestad tendría que conceder que Rowan tiene el legítimo derecho sobre Ilyria. Pero la
idea de rebajarla a un simple objeto, a una posesión que se pueda pasar de uno a otro me
da nauseas. Tal vez por eso la aprieto más firmemente contra mi pecho.
—Apártate. Esta pelea no tiene sentido. Es justo que ella pueda elegir.
Él niega. No lo ve igual que yo. No cree en los derechos de las personas. No cree que
nadie merezca vivir, aparte de los nobles hijos de Albion. Los demás son solo escoria.
Sin previo aviso lo veo desenvainar. El sonido del metal despertando inunda la
habitación y se hace eco en mis oídos.
—Tienes razón. No tiene sentido. Acabemos con esto.
373
Ilyria palidece al entender sus intenciones, pero frunce el ceño. Mira alrededor al
tiempo que parece paladear algo. Separándose un poco del refugio de mi cuerpo, coge
mi mano y tira suavemente de mí, obligándome a retroceder. Su intención parece ser
acercarse a la mesilla de noche, aunque no sé qué es lo que pretende.
—Si lo haces lo sabrá todo el mundo —razona, aunque yo intuyo de antemano lo
inútil que es su conversación, excepto para ganar tiempo—. Tu reputación se vendrá
abajo. ¿Estás dispuesto a arriesgarlo todo por una extranjera?
Rowan sonríe. Hay algo siniestro en la forma en que lo hace.
—Nadie me culpará por hacerlo, en realidad. ¿Sabes? No es un delito matar a un
siervo desobediente.
La muchacha apoya la mano sutilmente sobre el mueble. Las puntas de sus dedos
rozan el pie de un candelabro dorado. No sé si estoy de acuerdo en que se enfrente a él,
aunque podría ser lo que necesitamos para distraerlo. Una vez podamos salir de aquí, él
no se atreverá a seguirnos abiertamente. Lo mira entre las pestañas, como si estuviera
sopesando las probabilidades de éxito.
—Con la excepción de que yo no estoy marcada y por tanto no soy sierva de nadie.
De lo contrario no te haría falta ese arma, ¿no es cierto? Ya estaría muerta por no
obedecer tus mandatos... Rebelarme ante ti sería algo así como... pecado capital.
—Las únicas vidas que realmente valen son las de los nobles. Tú, sin marcar, eres
menos aún de lo que serías como esclava.
Ella sonríe, de pronto, casi triunfante. La expresión de mi hermano pierde seguridad.
Casi le noto aflojar la mano entorno a la empuñadura de la espada.
—Y aún sin marcar, sin valor alguno, puedo darte una lección, ¡oh, gran caballero de
Albion! —Su tono de burla casi me hace sonreír—. Nunca te dejes distraer por el
enemigo.
374
Antes de que pueda preguntarme cuáles son sus intenciones, el candelabro, con sus
velas apagadas, sale disparado en dirección a mi hermano. No parece ir con ninguna
dirección concreta, sino sencillamente a su cuerpo, pero eso es más que suficiente,
porque él no se lo espera. Escucho a Rowan lanzar una exclamación sorprendida. Alza
el brazo en un movimiento inconsciente, para cubrirse y evitar así que el arma
arrojadiza choque contra su cabeza, al tiempo que retrocede un paso y se encoge
ligeramente sobre sí mismo. No sé si Ilyria solo pensaba en distraerle o si pretendía lo
que sucede a continuación: el arma choca justamente contra la mano de mi hermano que
sostiene el arma. Es inevitable que su espada caiga, ante la fuerza con la que ha sido
lanzado el objeto, y la chica recoge el arma rápidamente. Al principio parece algo
titubeante, demostrando que nunca ha tenido un objeto semejante entre sus dedos, pero
finalmente apunta a Rowan mientras se humedece los labios y recompone una sonrisa
orgullosa.
—¡Ah, qué rápido han cambiado las tornas!
Verlo en esta situación me sorprende. Me siento aliviado. Quizá esto le enseñe un
poco de humildad. La tomo de nuevo de la mano y la arrastro conmigo. Esta vez viene
sin rechistar, aunque no deja nunca de apuntarle con el arma.
—Esto no quedará así —nos advierte Rowan con un gruñido. No me atrevo a
contradecirle. Sé que ésta no será la última noticia que tendremos de él.
La puerta se cierra a nuestras espaldas una vez en el pasillo. Ilyria continúa en
posesión del acero, como si fuera un trofeo que mostrar al mundo. Con una risa feliz,
con la emoción del reencuentro, echa a correr, obligándome a hacer lo mismo. Sé que
esto no solo ha sido un desafío hacia mi hermano, sino que lo ha sido contra el mundo
entero. Contra los nobles que piensan que están por encima de los demás, contra todos
aquellos que no saben que puedes enamorarte sin que te afecte lo que el mundo piense.
375
No me importa. Ella está a mi lado.
376
Ilyria
Cárcel.
El corazón todavía me late como loco cuando traspasamos la verja de la mansión.
El edificio me recibe como siempre. Tan majestuoso y casi brillante. La noche ha
caído, pero no puedo tener miedo de la oscuridad… porque él está a mi lado. Aún siento
su mano apretando firmemente la mía. Sonrío. Los dos intentamos en vano recuperar el
aire perdido cuando entramos en casa. Mi espalda choca contra la puerta al principio. Al
sentirme resguardada al fin, me dejo caer contra él. Apoyo la frente contra su pecho y
suspiro hondamente. Dejo caer la espada de Rowan entre mis dedos. Escucho un
tintineo lejano cuando ésta topa con el suelo. Me parece el sonido de mi propia
rendición, porque aquí no necesito armas. No tengo nada de lo que protegerme además
de mi corazón, que amenaza con salírseme por la boca.
Marcus sonríe. Me abraza en silencio, dándome un segundo de tregua.
—Siento todo lo que te dije —susurro suavemente—. Siento haber tardado…
Siento…
Un dedo se posa sobre mis labios. Lo miro y luego alzo la mirada hacia sus ojos.
Ahora que al fin estamos solos, que nada ni nadie va a censurar nuestra cercanía, puedo
observarlo detenidamente. Allí su alma, iluminando su mirada mágica. Allí su boca,
prometiendo el Paraíso que ya probé una vez. Suspiro, dejando un beso sobre la tela de
su guante.
—Está bien —susurra él—. Ahora todo está bien.
Un beso toca mi frente y su aliento barre mi piel durante un segundo. Su mano roza
mi mejilla con delicadeza, extendiendo los dedos para rozar mi cara. Trago saliva. Él se
separa lo justo para poder mirarme. El silencio nos rodea mientras volvemos a
377
reconocer nuestras ánimas. Mientras volvemos a amarnos. Alzo el rostro, él entorna los
ojos. El corazón se dispara. A un segundo del cielo, suspiro.
—¿Papá?
Los dos abrimos los ojos de pronto y nos separamos. Alzamos la mirada al tiempo.
Nuestros cuerpos se rehúyen y de nuevo hay distancia. Marcus enrojece, pero yo no
puedo siquiera pensar en eso.
Allí, en lo alto de las escaleras, está Charlotte.
Cuando nos miramos, la niña entreabre los labios. Viste el camisón, probablemente
porque ya la han obligado a meterse en cama. La imagino protestando porque su padre
no estaba para darle las buenas noches. Ella no podría dormir sabiendo que Marcus no
está en casa. Contengo el aire. Las cosas con ella se vuelven más complicadas, o al
menos a mí me parece que así es. ¿Qué puedo decirle? ¿Cómo excusarme por haber roto
nuestra promesa? Por haberla mentido de esa manera… Trago saliva. Sé que mi rostro
ha palidecido. Me encuentro sin aire.
Ella también se queda muy quieta. Me mira con los párpados un poco más separados.
Veo sus ojos verdes brillar durante un segundo que se me hace eterno.
—¿Ilyria? —Susurra lo suficientemente alto para que pueda oírla.
Aprieto los labios.
—Lottie…
Pero no me da tiempo a hablar. De pronto, el pequeño terremoto de la casa baja las
escaleras en lo que parece solo un instante. Al siguiente, está entre mis brazos. Se tira
sobre mí con tanta fuerza que durante un momento me tambaleo. Abro mucho los ojos,
quieta, sin saber qué hacer o qué decir. La miro separando los labios, pero no me salen
las palabras. Entonces, como una triste canción, escucho su llanto.
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Me hace reaccionar. Rápidamente la rodeo con firmeza. Correspondo a su abrazo para
guardar su pequeño cuerpo cerca de mi corazón. Mi niña. Mi pequeña. Mi dulce Lottie.
Aprieto los párpados y sé que tras ellos también se esconden lágrimas, pero no sé si son
de pena por escuchar sus sollozos o de alivio por tenerla de nuevo conmigo.
—Chst… No llores. No llores…
La niña no atiende a mi petición. Se agarra a mi ropa con más firmeza. Con más
seguridad. Deja escapar un sollozo y se aprieta contra mi pecho en un intento de que no
vea sus lágrimas. Cada gota de su llanto es una estaca en mi corazón.
—¡Prométeme que no te volverás a ir! —Exige con la voz rota. Yo me encojo sobre
mí misma. Aprieto los labios, bajando la vista, culpable—. ¡No puedes volver a
dejarnos solos!
Sé que no tiene esa intención, pero duele. La culpa vuelve para arrastrarme sin piedad
y echarme en cara todo lo que he hecho mal. Tenía que haber vuelto antes. Solo por ella.
Solo por cumplir mi promesa. Tenía que haber vuelto y explicarle por qué no podía
estar aquí. No tenía que haberles simplemente abandonado…
—Lo siento. Lo siento, Lottie, lo siento… —en un intento de consolarla con mi
presencia, de hacerle sentir que ya no estoy lejos sino exactamente a su lado, la abrazo
con más fuerza.
—¡Promételo!
Trago saliva. Sé que si lo hago tendré que romperla. No puedo no regresar a mi
mundo sin más. Aunque Alice se quedó encargada de todo allí, sería tan complicado…
—Volveré. Aunque me marche volveré todos los días, ¿me oyes? No os voy a dejar.
Aunque vuelva a mi mundo...
—No puedes —me interrumpe ella de pronto.
Frunzo los labios.
379
—Charlotte, hay cosas que me atan allí. Cosas que no puedo…
—No puedes —repite ella. Se separa apenas para mirarme con unos ojos llenos de
llanto que me desarman. No hay culpa en ellos cuando confiesa la noticia que es capaz
de detenerme el corazón: —Quemé tu libro. Pensé que no volverías así que no hacía
falta. Que nos habías abandonado para siempre. Pero está bien, ¿verdad? —De nuevo se
abraza a mí, aunque yo me he quedado congelada en el sitio—. Nosotros somos tu
familia. No tienes que volver. Ahora podrás estar solo con nosotros.
No me veo con la capacidad de responder. Me quedo muy quieta, callada, dejando
una mano en su cabeza. Ella poco a poco se va tranquilizando. Sabe que no hace falta
mi promesa. Según sus palabras, yo ya no tengo opción. Me humedezco los labios. No
puede ser realmente cierto. Alzo la mirada repentinamente y busco la verdad en los ojos
de Marcus, que ha seguido mirándonos. Cuando él me rehúye sé que no hay mentiras.
—¿Marcus? —Intento, aún así, escuchar lo que quiero oír de su boca.
Sus labios se fruncen. No se atreve a mirarme.
—Iba a decírtelo en cuanto pudiésemos estar tranquilos.
Cojo aire. De esa manera toda la paz se hace añicos. Miro a Charlotte y luego a
Marcus. La niña se aferra directamente a mí. No va a soltarme. No dejará que vuelva a
apartarme. Trago saliva. Ahora entiendo lo que es estar realmente encerrada.
Ahora, después de todo, sí que lo estoy.
***
Doy un sorbo a mi taza de té, mirando sin ver la chimenea del despacho. Ahí debió
arder la única llave que podía llevarme a casa. Ahí se han consumido todas mis
posibilidades de viajar entre dos mundos. Ahí se ha echado a perder toda mi vida.
El líquido caliente me baja por la garganta para llenar mi estómago. La infusión me
relaja un poco. Marcus se ha ido a acostar a Charlotte. Yo no he vuelto a hablar. No
380
puedo odiarla pero tampoco consigo reaccionar. El conde me ha pedido que aguarde
aquí, pero yo sé que nada de lo que pueda explicar solucionará lo que ha pasado. Quizá
intente darme esperanzas. Me dirá que puede haber copias o que puedo volver a casa
por otros medios. Lo cierto es que yo ya sé la verdad. Si ningún libro apareció cuando
yo estuve aquí por primera vez, no lo hará ahora. Si no encontró otro modo de volver
para mí antes, cuando los dos queríamos que yo no estuviera aquí, en esta ocasión
pasará lo mismo.
Bajo la vista.
Ahora sí lo he perdido todo y en realidad nadie tiene culpa de verdad. Es mi falta. Si
no me hubiera marchado jurando no volver jamás, esto no habría sucedido. Me he
buscado yo sola las consecuencias en las que ahora me veo envuelta.
Otro sorbo que intenta tranquilizar mi alma.
La puerta se abre y el conde entra. Suspira, cerrando tras de sí. Lo miro y él me mira.
Silencio. Se alarga y nos cubre como si nos estuviera condenando. Dejo la taza sobre el
platito encima de la mesa. Al verlo todo parece relajarse alrededor. La idea de no volver
a mi mundo no parece tan dantesca. No me da miedo. Echaré de menos, soy consciente
de ello. Probablemente me termine atemorizando la idea de desligarme de todo lo que
conozco. Pero cuando lo tengo delante me parece que el Destino ha hecho lo que tenía
que hacer. Éste es mi hogar. Él es mi hogar.
Aprieto los labios y extiendo los brazos hacia el chico. Marcus parece sorprendido,
porque sus párpados se separan algo más. Quizá esperase mil reproches de mi parte,
pero no los habrá. En un par de zancadas se presenta ante mí y se inclina para poder
abrazarme con fuerza. Yo me levanto de mi asiento para esconderme en su pecho. Solo
quiero escuchar latir su corazón.
—No me dejes sola —le suplico a media voz.
381
Él es lo único que tengo. Lo único por lo que todo merece la pena: estar lejos de lo
que he sido alguna vez, verme apartada de cuanto conozco. Lejos de todos los que
siempre he querido, de todo lo que algún día tuve… Todo cobra sentido si puedo estar
entre sus brazos. Si él me dejase ahora sería apagar cualquier luz en mi camino. Yo
volvería a ser a una niña pequeña con miedo a la oscuridad. Entonces sí lo perdería
todo. A la larga me perdería a mí misma.
—Nunca lo haré. —A mis labios acude una sonrisa ligeramente temblorosa cuando
su boca choca contra mis cabellos en un gesto tierno. Cierro los ojos. Su corazón contra
mi oído. De nuevo ese pulso perfecto para todas mis canciones—. Solo si tú me lo
pides. —Suspira—. No te preocupes. Buscaré la manera de solucionar esto. Tiene que
haber una.
Sonrío. Sabía que lo haría. Que, pese a todo, intentaría darme esperanzas por todos
los medios. Lo miro entre las pestañas. El gesto en mi boca es de simple resignación.
—No es verdad. No hay manera.
Marcus frunce los labios. La verdad parece resistírsele más a él que a mí misma.
Acaricia mi mejilla con la mano enguantada.
—Eso no podemos saberlo. No tenemos que perder la esperanza, Ilyria. No es posible
que simplemente te hayas quedado…
Calla. Imagino que después de todos mis reproches en nuestra despedida la palabra
debe atrancársele en la garganta. Yo, sin embargo, no tengo reparos en completar la
amenaza que vibra en el aire.
—Encerrada.
Marcus traga saliva. Se humedece los labios y abre la boca para protestar. Intentará
convencerme de que no es así, de que podré marcharme en algún momento. Jurará
remover cielo y tierra para encontrar la solución que pueda llevarme de regreso a casa.
382
Yo sé que no pasará tal cosa. Por eso dejo un dedo sobre su boca, como él hizo en la
entrada, como ya le obligué a callar en nuestro baile. Él me mira, accediendo a guardar
silencio.
—Bésame —susurro bajito.
Dejo caer la mano y él parpadea sorprendido. Yo solo lo observo en silencio, para
suplicar también con mi mirada. Necesito sentir sus labios contra los míos. Volver a
sentir el tiempo detenerse y a nosotros bailar sobre las varillas del reloj. Sin segundos.
Sin espacio. Solo nuestras almas corriendo a abrazarse en nuestro aliento mezclado.
Llevo necesitándolo desde que lo vi en palacio, desde que me abrazó y pude volver a
sentir su calidez. Se me hiela la boca si no la cubre la suya.
Solo hay un segundo de duda. Después, la nada. Porque cuando sus labios se chocan
con los míos el mundo desaparece. Dejo caer los párpados y suspiro. Mi espíritu corre
en esa exhalación. Se cuela en su paladar, se confunde en su lengua, se convierte en
parte de su aire. Su aliento, con ese sabor a repostería y té, se hace con todos y cada uno
de mis sentidos. Mis brazos se alzan hasta su cuello y lo rodean. Su mano enguantada se
convierte en presión sobre mi cintura. Siento su tacto más cerca de lo que lo he sentido
nunca, porque ahora no nos separan muchas capas y mil dudas de por medio. Solo está
la simple tela de mi jersey y su caricia suave subiendo por mi espalda.
En ese instante estoy segura de que da lo mismo en qué mundo esté. Es lo que menos
importa. He vuelto al único sitio en el que, por primera vez en mucho tiempo, sé que
debo estar. Porque estoy cerca de su piel, anclada a su boca, y eso es todo lo que yo
podría desear.
El beso nos deja a los dos suspirantes y aún abrazados. Apoyo la cabeza en su
hombro y los dedos que tocaban mi espalda se alzan para acariciar mis cabellos. Lo
abrazo fuerte. Algo confundida me doy cuenta de que solo siento una mano tocando mi
383
cuerpo. Entorno los ojos y me separo un poco. Él parece protestar, porque baja la vista
hacia mí con el ceño levemente fruncido. Se me escapa una sonrisa leve y dejo otra
caricia sobre sus labios. Una que le sabe a poco, porque intenta recuperarlos de nuevo
con un roce. Entorno los párpados y durante un segundo más me rindo y dejo que los
capture, que los sentencie y los haga suyos a su gusto. No he sido realmente consciente
hasta ahora de cómo añoraba el toque mágico de su boca, su sabor a deseos. El gesto se
alarga por extensión de unos instantes más, hasta que vuelvo a darme cuenta de que
cuando me aprieta contra su cuerpo lo hace solo con su mano izquierda. Me aparto
entonces y él toma aire, mirándome entre las pestañas. No me dejo caer en el hechizo de
su mirada, en el conjuro de su aliento rozando mi boca, que me insta a quedarme a vivir
en su beso.
En cambio, aparto la cara y bajo la vista hacia la otra mano. Él da un respingo y se
percata. Se delata. Ha pasado algo con su otra extremidad, porque se apresura a
esconder el brazo tras la espalda. Alzo la mirada hacia él, sorprendida por su rápido
gesto.
—¿Marcus?
El aludido se humedece los labios. Consciente de mi debilidad, se inclina para volver
a presionar su boca contra la mía. Yo giro el rostro para que su beso no alcance más que
mi mejilla. Entrecierro los ojos, suspicaz. Un suspiro choca contra mi piel.
—¿Qué te pasa en la mano derecha, Marcus?
El conde carraspea y se separa lo justo para poder responder. Lo observo alzando las
cejas.
—Nada. ¿De qué hablas?
—Ese truco lo utiliza tu hija. Y no le suele servir.
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Hay un par de segundos de silencio. Yo lo suelto definitivamente, abandonando su
abrazo. Él no parece muy de acuerdo con ello pero tampoco protesta.
—Me duele un poco. Creo que va a cambiar el tiempo.
—¿No dijimos que nada de secretos? —Me apresuro a contestarle.
Sé que he acertado ahora. Marcus aprieta los labios al principio y suspira después. Es
consciente de a dónde nos ha llevado ocultarnos cosas y ninguno de los dos queremos
que vuelva a pasar. Finalmente, tras un titubeo, alza el otro brazo, para mostrarme la
mano que quiero ver. Una mano que, me doy cuenta, está cubierta con vendas en vez de
con el impoluto guante de siempre.
Dejo escapar una exclamación, abriendo un poco más los ojos. ¿Cómo he podido no
darme cuenta antes? Soy consciente de que no he tenido demasiado tiempo. Primero con
Rowan y después Lottie no he podido fijarme realmente en él. Lo miro frunciendo el
ceño. Abro la boca, pero me doy cuenta de que no me hace falta preguntar.
Sé perfectamente lo que ha pasado.
—Mi libro…
Lo observo con los ojos muy abiertos y después miro hacia su mano. Trago saliva,
palideciendo. Charlotte lo tiró y él intentó recuperarlo. Como aquella vez. Como hizo
con el libro de su madre. Esta vez soy yo la culpable de las quemaduras que deben
resguardarse bajo las gasas.
No me atrevo a coger su mano. Debe dolerle. Probablemente no pasara hace mucho,
si todavía no lleva puestos sus guantes. Vuelvo a alzar la vista hacia él, casi con
reproche en la mirada.
—¿Por qué lo hiciste?
Él mismo parece no saberlo. O no querer decírmelo. Finalmente suspira, encontrando
las palabras.
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—Prometí que cuidaría de tu libro.
—Oh, Marcus… —Bajo la vista, sintiéndome como una delincuente. Como si yo
misma hubiera puesto su mano en las llamas de la chimenea—. Después de todo lo que
te dije…
—Supongo que, después de todo, una parte de mí esperaba que volvieras en cualquier
momento.
No respondo. Mientras que mis heridas solo han ido por dentro, él tendrá algo que le
recordará eternamente lo que ha pasado. Observo su mano con lástima, triste. No tenía
que hacerle daño. Él no lo merece. Ojalá pudiera sanar todas mis faltas, todo su dolor…
Marcus me obliga a alzar la mirada, posando un par de dedos buenos bajo mi mentón.
—No te preocupes más.
—No volveré a irme nunca —susurro en respuesta.
Él sonríe. Un gesto que hace centellar sus ojos durante un instante. Besa mi frente
como si quisiera prodigar un montón de sueños con esa caricia.
—Ahora sanará más rápido. Porque tú estás aquí. Es todo lo que hace falta.
Nos miramos. A mi pesar, sonrío.
Cuando su boca se posa de nuevo sobre la mía me decido a curar todas sus heridas
con mis besos.
386
Marcus
La marca.
—Márcame.
Doy un respingo y la miro. Sus ojos están fijos en mi rostro. Llevamos un buen rato
en silencio, perdidos en la alegría del reencuentro. Me he sentado en mi silla e Ilyria
está acomodada sobre mi regazo, plácidamente. A pesar de que la tensión se había
alejado como si las últimas semanas no hubieran existido, esa simple palabra ha hecho
que la ansiedad regrese. De hecho, niego suavemente y rehúyo su expresión suplicante.
—¿Qué estás diciendo?
Sé que no voy a poder convencerla. Está resuelta a conseguir lo que desea. Yo mismo
sé que eso sería lo mejor. Si le pongo el sello de la familia no tendrá que volver a
esconderse de la luz del día. A ojos de los demás, aunque yo le dé toda la libertad que
pueda, será de mi propiedad. La abrazo un poco más contra mí. Su cuerpo busca mi
calor y su mejilla vuelve pronto a estar sobre mi pecho, escuchando los calmados latidos
de mi corazón. Quiere ser la primera en oír los cambios que pueda haber en su
monótono canto.
—Sabes que no puedes evitarlo —suspira—. No digo que no me gusten nuestros
paseos a la luz de la luna o que no podamos seguir haciéndolos, de hecho —sus dedos
acarician mi torso por encima de la ropa, posando la palma contra mi hombro—. Pero
eres tan consciente como yo de que tu hermano volverá a por mí a menos que hagamos
algo al respecto. Eso, si tenemos suerte y no viene alguien más.
Lo sé. Quisiera dejar de pensarlo, pero es verdad. Aún así, duele que tu propio
hermano intente destruir la felicidad que tratas de crear con la persona que realmente
quieres. Suspiro y asiento quedamente.
—Necesito tiempo.
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Ella niega con suavidad. Creo que en el fondo también siente un poco de morbosa
curiosidad. Querrá saber cómo es el proceso. Solo hay decisión en su rostro, sin dudas
de ninguna clase. ¿Soy yo el único de los dos que está asustado?
—¿Cuál es la diferencia entre hoy y mañana? El problema va a seguir ahí dentro de
un mes, si no hacemos algo por solucionarlo.
«Lo sé. Lo sé». Cierro los ojos. ¿Tan difícil es para ella entender que no puedo pensar
realmente en esclavizarla? Que me parece el peor de los destinos, incluso cuando sé que
no abusaré nunca de mi poder sobre su voluntad. Y, aún así, no hay tristeza cuando la
miro. Juraría, incluso, que es feliz. Que no le importa, quizá porque su corazón ya es
mío. Eso susurra su beso, al menos, cuando alza la cara para posar sus labios sobre los
míos. Aunque es un gesto sencillo, falto de compromiso, eso no evita que el corazón me
dé un vuelco en el pecho. Aunque la marque, me doy cuenta, será ella la que me tenga
en sus manos. Como ahora. Estaremos en igualdad de condiciones. Nada cambiará. Yo
me comprometo a respetarla y ella se compromete a aceptar mi protección y mis
cuidados. Es tan sencillo como eso.
Me rindo. De nuevo, ella gana.
—De acuerdo.
Una rápida sonrisa se posa en su boca. Otro beso efímero, que sabe a poco. La hago
levantar y la tomo de la mano. De reojo, en un intento de no llamar demasiado mi
atención, mira hacia mis dedos quemados, escondidos bajo el vendaje. Finjo no darme
cuenta. Sé que se culpa, aunque no hay nada que pueda decir que me vaya a hacer
pensar que ella es la causa del accidente. Pasó lo que tenía que pasar. Desde luego no
me arrepiento del sacrificio, aunque lamento profundamente que no sirviera de nada. No
le he enseñado los restos del libro, pero los he guardado. Cenizas negras y grises
escondidas en una caja de nácar en lo más profundo de mi armario. Como si fuera un
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tesoro, lo he conservado con la idea en mente de que ella no volvería nunca y solo me
quedaría eso para mantener vivo su recuerdo. Ahora todo parece tan lejano… Ilyria ha
vuelto a casa y yo me siento completo de nuevo.
La conduzco hasta mi dormitorio. Cierro la puerta tras nuestra entrada, para darnos
algo más de intimidad, y enciendo un par de velas. La habitación queda pronto sumida
en la niebla dorada que adorna los sueños. La penumbra se escurre por las paredes y las
sombras, bailando al vaivén de las llamas, acaban siempre por esconderse en los
rincones que ni la luz puede penetrar. Ella, que solo había estado aquí en una ocasión
demasiado fugaz, se maravilla con lo que ve. Sus ojos castaños destellan cuando se
topan con el fresco pintado en el techo. Tomo un candelabro y lo alzo para espantar la
oscuridad. Dos rostros nos observan desde un cielo artificial. Sol y Luna,
personificados, caminan de la mano por un campo lleno de estrellas. No resulta difícil
creer que son amantes, que en ese momento entre el día y la noche se escapan juntos
para probar el dulce fruto del amor.
—Es hermoso… —Susurra llena de admiración.
Yo asiento distraídamente y vuelvo a dejar que las sombras se traguen el techo. Me
dirijo hacia el armario y lo abro. Ilyria me observa con curiosidad mientras forcejeo con
una tabla suelta y descubro un preciado hueco. En él guardo mis tesoros, las cosas
demasiado importantes como para esconder en mi despacho o tras un compartimento
con cerradura. No, estos son objetos de los que nadie sabe. Cosas con un valor que va
más allá del dinero para mí. Ahí está la caja de nácar con las cenizas de su libro. Allí
una carpeta con todos esos poemas secretos y las cartas que ella me escribió. Le parecía
divertido escucharme recitar mientras sus manos inquietas se enredaban en mis cabellos
y su risa sonaba en la habitación para hechizarme de nuevo. Pero de eso hace ya mucho
tiempo. No sé por qué no he destruido todas las pruebas de su existencia.
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Mis dedos, sin embargo, se cierran alrededor de un pequeño saquito de terciopelo.
Supongo que para ella es extraño verme con él cuando me giro. Lo abro sin ceremonias
y saco de él una aguja plateada que dejo sobre la mesilla, bien a la vista.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
Me doy cuenta de que ella se ha distraído con el compartimento en el armario.
—¿Qué es esto? —Inquiere cogiendo la carpeta. La abre con curiosidad. Yo me
ruborizo al instante y su sonrisa, entonces, es casi malévola—. ¿Es que también
escribes?
En dos zancadas he vuelto junto a ella y le arrebato todos los papeles.
—Esto no tiene nada que ver con lo que íbamos a hacer, te recuerdo.
Con un suspiro accede sin protestar. Probablemente piense que podrá volver más
adelante sobre el tema y torturarme así a su gusto. No dudo que sea capaz. Dejo los ojos
en blanco, haciendo un ademán hacia la cama. Ella, tranquila, se deja caer encima del
colchón con una risita, al tiempo que rebota sobre la superficie mullida.
—¿Qué tengo que hacer?
Yo niego con la cabeza. En realidad solo tiene que estarse quieta. Lo que,
conociéndola, será una tarea de titanes.
—Nada —le explico—. Solo dime dónde quieres que te haga la marca y yo me
ocuparé de todo.
Ni siquiera se lo piensa. Es como si lo hubiera tenido en mente de antemano.
—En el pecho. Encima del corazón.
Doy un respingo, sorprendido, y me ruborizo. Encima del corazón. Ese es el lugar
donde le dije que tenía mi estrella. Aunque aquel día me había dicho que le gustaría
tener el sello debajo del ombligo, ha cambiado de idea. Y no puedo evitar sentirme
secretamente orgulloso de ser el directo causante de esa decisión. Sonrío.
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—¿Estás segura?
Ella se muerde el labio. Sin apartar la vista, toma mi zurda y me obliga a posarla allí
donde se escuchan sus latidos. Me parece que se aceleran, pero la sensación de ser
capaz de percibirlos contra la piel es de por sí demasiado embriagadora. Parece un
tambor o quizá los pasos de alguien que nunca llega a su destino.
—No hay nada ahí que no sea tuyo ya, aún sin marcas.
Su voz ha parecido resonar dentro de su cuerpo, contra mis dedos. Sonrío y asiento.
No puedo evitar inclinarme de nuevo hacia ella y besarla con las mejillas suavemente
coloreadas. Hay algo indescriptible, una magia más fuerte que la que jamás he
conocido, que se desata cuando nuestras bocas se encuentran. Por eso intento
sumergirme lentamente en ella, sin sobresaltos.
—Ahí será, entonces.
Ella sonríe. Cuando se alza el borde de la prenda que lleva puesta, hay un atisbo de
piel dorada. Me sonrojo y miro hacia otro lado.
—¿Qué haces?
Ilyria alza las cejas como si no comprendiera la razón de mi actitud.
—¿No tiene que quedar la zona al descubierto?
Titubeo.
—Sí —acepto—. ¡Pero eso no significa que tengas que ser tan descarada al quitarte la
ropa! —Añado rápidamente a modo de protesta.
Ella no parece entenderlo. Quizá debería haber buscado otro lugar para tener la señal.
Una mano o un brazo. Incluso el empeine del pie. Cualquier otro rincón de su cuerpo en
el que no fuera necesario dejar tanta piel al descubierto para cumplirle el capricho.
Durante un segundo parece confusa. Un minuto después, en cambio, hay una sonrisa en
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sus labios que se adelanta a una maldad que pasa rápida por su mente. Acerca su boca a
mi oído.
—¿Prefieres quitármela tú? —Ronronea junto a mi oreja.
Yo me alejo de ella todo lo que puedo, poniendo distancia entre nosotros. Me llego a
levantar de la cama y a negar con la cabeza, como si creyese que no está bien. Y no lo
está. No solo es el hecho de que se burla de mí, sino que yo no puedo… No debo…
—No tiene gracia.
El súbito movimiento parece haberla desconcertado, porque me mira con un parpadeo
incrédulo. Después, baja la vista hacia sí misma. Me da la sensación de que piensa que
hay algo mal con ella, aunque sé que no es verdad. Es preciosa, con su carita de
muñequita y su quizá demasiado delgado cuerpo. Entorna los ojos. Probablemente sea
ya una cuestión de orgullo: si no me fijo en ella, quizá piense que no me gusta. Lo cual,
ya que estamos, es una falacia.
—¿Y si no es una broma?
—Es un comentario completamente fuera de lugar —insisto—. Los caballeros no
deben ver sin ropa a una mujer, sobre todo si la marca se puede poner en otra parte.
Bajo la vista a mi regazo, rechazando la idea de volverla hacia ella. Sé que tiene el
ceño fruncido. De hecho, parece descontenta con mi argumento. De pronto olvida lo que
nos ha traído aquí y se echa hacia atrás, negando con la cabeza.
—Espera, espera, espera… —Murmura—. No serás uno de esos que hasta el
matrimonio no… Porque si lo eres tenemos un problema serio en ese asunto. ¡Yo no
estoy de acuerdo! Y, de hecho, pensé que esos hombres ni siquiera existían realmente.
Me arden las mejillas de la vergüenza. ¿Cómo puede pensar en algo así ahora?
—No creo que sea el mejor momento para tratar este tema.
392
Aunque parece pensativa unos segundos, mirándome con fijeza, mi intervención no
tiene el efecto deseado.
—¿Lo estás evadiendo? ¿Lo eres? —Pregunta sin darme tiempo a responder. La oigo
emitir un sonido de disgusto—. ¡Yo tenía razón al principio! ¡Realmente no has sacado
las manos de los guantes en tu vida para nada!
Una parte de mí se siente profundamente avergonzada. Esa es la parte que me hace
encogerme sobre mí mismo. La otra mitad, en cambio, se siente un poco ofendida. No
sabe nada. ¿Qué pasaría si se lo dijera? Si le contase la verdad… Supongo que así se
callaría. De hecho, probablemente, se quedaría con la boca abierta. Yo tampoco puedo
creerlo cuando miro en el espejo al pulcro conde Abberlain.
—No es cierto… Yo no…
Ella alza una ceja.
—La Virgen María a tu lado era un desecho de depravación.
Lo dejo estar. Que piense lo que quiera. No tengo por qué darle explicaciones,
¿verdad? Además, es un tema poco adecuado para hablar. Así que simplemente cambio
el rumbo de la conversación.
—Súbete la manga. Te haré la marca en el brazo.
Ilyria se echa hacia atrás ante mis palabras, hasta que su espalda queda contra el
cabecero de la cama. Parece indignada, aunque al menos así he conseguido evadir la
charla por el momento. Se cruza de brazos y niega.
—¡No quiero la quiero en ninguna otra parte! ¡Tiene que ser en el corazón!
Sus ojos se clavan en los míos, desafiantes. La veo apretar un poco los labios. No
sabía que fuera tan importante para ella. Supongo que, después de todo, no es un
capricho irracional. Quiere sentirse más cerca de mí. Y yo quiero que lo haga, también.
Por eso me rindo, dejando caer los hombros. Suspiro y le hago un ademán.
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—De acuerdo.
Ella parece victoriosa cuando sonríe. Sin pudor, se saca la prenda de lana que lleva.
Su piel dorada reluce a la luz de las velas. Si la hubiera imaginado, así es como debería
haber sido. Solo hay una tira de tela con asas alrededor del pecho, la cual me parece
insuficiente en comparación con la ropa interior de este mundo. No oculta sus formas,
sino que parece realzarlas. Trago saliva. En realidad, la ropa de su universo nunca ha
ocultado nada: ni sus piernas largas ni su forma natural, con la cintura estrechando
ligeramente su torso, sin marcarse exageradamente por la influencia del corsé.
Intento que no se note mi embelese y me quito el guante de la mano sana. Con la
aguja, pincho la piel hasta que una gota temblorosa de sangre asoma. Ella hace un
mohín, como si le hubiera dolido también. No puedo evitar sonreír.
—Ahora, estate quieta.
Ella, obediente, aguanta la respiración, mirándome con ojos grandes para no perder
detalle del proceso. No le dolerá. Con la punta del dedo, dibujo un torpe esbozo del
escudo de los Abberlain: una A con el águila, el pájaro protector de la familia. Su pecho
se presiona suavemente contra mi toque cuando coge aire. Aparto mi mano con una
última caricia y observo la señal que la sangre ha dejado sobre la carne.
—¿Ya está…? —Pregunta.
Yo niego con la cabeza. Sin palabras, le ofrezco mi dedo, donde una gota se escurre
en un camino silencioso hasta la palma. Ella entiende. Con las suyas, toma mi mano y
se lleva la yema a la boca, rescatando con la lengua la sangre derramada. Que la pruebe
es suficiente y más de lo que yo puedo soportar. Quizá por eso me apresuro a apartarme,
aunque ella parece contrariada por el rápido movimiento. Puede que piense que estoy
escapando y no sería del todo mentira.
394
Espero. Apenas tarda unos segundos en ocurrir. Mi torpe interpretación del escudo
brilla con una luz propia que nada tiene que ver con las velas. Las líneas parecen cobrar
vida cuando se ordenan pulcramente. Sé que ella solo siente calor contra la piel, pero no
hay dolor. Un instante después, como trazos de tinta negra, la marca se seca sobre su
carne como si en vez de simple sangre fuera una cicatriz ahora imborrable. Para
siempre. Suspiro, no muy contento. Aunque sé que era lo que debía hacer, la idea de
tenerla atada a mí incluso contra su voluntad me provoca sentimientos encontrados.
—Hemos terminado.
Ilyria me mira fijamente durante unos momentos. Yo no me atrevo a apartar la vista.
Después, mientras se muerde el labio, baja sus ojos hacia la marca. Sus dedos la rozan
suavemente, como si tuviera miedo de borrarla, aunque yo ya sé que eso es imposible.
Coge aire y la veo titubear.
—¿Es... el escudo de la familia?
Yo asiento con suavidad.
—De la familia Abberlain. A la que tú ahora perteneces, de alguna manera.
Esboza una sonrisita, aunque se remueve un poco. Sea lo que sea que esté pensando,
sin embargo, se guarda las palabras. Yo ladeo la cabeza. No más secretos. ¿No es eso lo
que dijo? Entiendo su incomodidad con el hecho de ser parte de algo sin haberle dado
demasiadas opciones.
—Lo lamento —me disculpo—. Siento no haber podido hacer más por ti. Siento que
las cosas hayan tenido que terminar con… esto.
Ella da un respingo y vuelve la vista hacia mí de nuevo.
—No es eso —sacude la cabeza—. Me hace muy feliz ser parte de tu familia.
395
En un gesto rápido, que no puedo impedir, se echa hacia delante y se abraza a mí. Su
calidez me desarma. Su oído contra mi pecho me hace sonreír, muy a mi pesar. A mí
también me hace feliz que sea parte de esta casa. Ya lo era, incluso sin el sello.
—¿Cuál es el problema, entonces?
La oigo tragar saliva, pero niega con la cabeza. Su rostro se alza. Un segundo después
llega su beso, dulce, suave. Aunque ella deja caer los párpados, yo entorno los ojos.
—No hay problema.
Cuando vuelve a acercar sus labios yo la rehúyo. No va a ser tan sencillo que me
olvide del tema. Yo mismo utilicé ese truco para que no descubriera mi mano herida.
—No más secretos —le recuerdo. Y me aparto un poco, tendiéndole su ropa.
Ella no se pone la prenda, aunque la aprieta entre sus dedos. A pesar de que voy a
protestar, implorándole que se cubra, parece repentinamente triste, o acaso preocupada,
y eso me hace callar. No se da cuenta. Aprieta los labios, pero finalmente suspira,
evitando encontrarse con los ojos que no se apartan de su rostro. Su voz es apenas un
susurro, una corriente de palabras que parecen a punto de romperse.
—¿A quién sirvo, Marcus? ¿A ti... o a tu familia?
No respondo. No puedo hacerlo. Sé lo que está pensando. Ahora es una Abberlain.
Yo la he marcado, pero realmente no me sirve solo a mí. Siempre dentro de unos
límites, si Rowan le da una orden que no contradiga a una mía, se verá obligada a
obedecerla. No se lo digo. Al menos, no con palabras. Mi abrazo es suficiente como
para que entienda. La cercanía de mi cuerpo es todo lo que necesita para comprender
que no tiene nada de lo que preocuparse.
—Yo te protegeré.
«Siempre».
396
Ilyria
Sueños del pasado.
Despertar a su lado es todo lo que podría desear para el resto de mi vida.
El sol acuchilla mis ojos cuando se cuela por la ventana sin piedad. Me acobijo contra
su pecho en un intento de huir de los rayos del astro. Desde el techo, la figura que
personifica a mi enemigo sonríe. Quizá se ría de mí o quizá solo se sienta feliz de
alumbrarnos a los dos sobre la misma cama. Juntos. Por fin.
Suspiro.
Alzo la mirada. El rostro dormido de Marcus me saluda suavemente iluminado por la
luz de la mañana. Se me escapa una sonrisa. Nunca lo había visto dormir. Lo mío me
costó, anoche, convencerlo para poder quedarme a descansar con él. Hasta que no me
puse de nuevo mi jersey no me dejó acostarme, en cualquier caso. Ahora, por tanto,
entre la tela tan gruesa, las sábanas y su abrazo, yo siento que puedo morir de calor.
Estoy sudando, de hecho. Aún así, no me separo de él. Estoy cómoda. Sus brazos me
rodean incluso ahora que su alma no está en este mundo. ¿Con qué soñará? A sus labios
ha acudido una sonrisa. ¿Cuántas veces he fantaseado, en mi mundo, con abrir los ojos
y encontrarlo a mi lado? Como en este momento. Por un segundo temo que todo siga
siendo un sueño. Que yo realmente siga en mi apartamento y en cualquier momento su
figura se difuminará borrada por los dedos del astro rey. En un intento desesperado de
que eso no pase me aferro algo más fuerte a él. No hay protesta. No se marcha. El
conde, en respuesta, solo suspira mi nombre.
Durante unos minutos simplemente me quedo así. Necesito calma. Paz. Al menos
durante un instante. Cierro los ojos y dejo que el corazón de Marcus, con su palpitar
firme e ininterrumpido me arrulle.
397
El calor finalmente me resulta sofocante. Siento el cuerpo pegajoso. Aquí, después de
todo, el tiempo es diferente. Me humedezco los labios y miro alrededor: la puerta del
baño parece una secreta invitación. Miro a mi acompañante de nuevo y después de
nuevo a la entrada. No quiero alejarme mucho de él; antes de que se despierte volveré a
estar entre sus brazos.
Me separo con cuidado de no despertarlo. Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el
suelo así que no tengo nada de lo que preocuparme. Con cuidado abro la puerta del baño
y me asomo. La bañera está preparada. Cuando la toco descubro que el agua está fría,
pero no me importa. Probablemente Yinn la llenara anoche con agua caliente para que
Marcus se diera un baño al llegar, pero con todos los acontecimientos de después y yo
quedándome a dormir en su cuarto es natural que no pudiera o no quisiera hacerlo.
Cierro la puerta con suavidad. Nunca me ha gustado el agua fría, pero de momento
estará bien. Al menos se me pasará el calor. Me desvisto con un suspiro y me sumerjo.
Un escalofrío corre por mi cuerpo. Tampoco está tan mal. Aún así, soy consciente de
que voy a echar en falta la ducha de mi mundo.
Mi mundo. Miro al techo, frotándome con la pastilla de jabón distraídamente. Ahora
que el conde no está cerca (aunque soy consciente de que simplemente aguarda en
sueños, al otro lado de la puerta) puedo concentrarme en eso. Anoche la realidad todavía
no caía sobre mí. Ahora no puedo pensar en otra cosa. Aprieto los labios. «Nunca
volveré», me digo inevitablemente. Y nunca es demasiado tiempo.
Achaco un escalofrío por mi espalda a la temperatura del agua. No tengo miedo. Es lo
correcto. No pasa nada. Estaré con Marcus y Charlotte. ¿No son ellos por lo que he
vuelto? ¿Por lo que he estado arriesgando mi propia realidad desde el principio? Ahora
podré estar para siempre a su lado. Aunque eso signifique cambiar de mundo. De época.
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Perder un montón de avances que aquí están muy lejos de poder probar. Y no solo
avances...
Me hundo un poco en mi asiento. Es cierto que mi relación con mis padres nunca ha
sido la mejor; que siempre hemos estado enfrentados. Pero… son mi familia, después de
todo. Mi padre y mi madre. A ella la echaré de menos. Quizá de él me alegre librarme a
la larga. Ahora no puedo evitar sentir un peso en mi corazón. Mis amigos. Mi librería.
Alice. También voy a añorarla a ella. Sé que se encargará de todo. Le advertí que si
tardaba en volver es porque estaba con él. No di datos. No dije dónde podía buscarme.
Aunque insistió no le di ninguna pista. Es mejor que así sea. Si ella se colase en mi libro
también se quedaría encerrada. Por mucho bien que me hiciera una amiga ahora no le
deseo esta suerte a nadie.
Otro suspiro.
Cuando el jabón roza mi pecho mi mirada sigue la pastilla. Allí está la marca. La
froto un poco más, pero esta se muestra inmutable. No se borrará. Es un tatuaje
perfectamente impreso en la piel, eterno. Sigo con un dedo su forma: la A, la cabeza del
águila. Aún me parece sentir la caricia de Marcus palpitando sobre la piel. El sabor de
su sangre llenando mis labios. Cojo aire. No me pasó desapercibida su manera de
cambiar de tema. Su promesa de protegerme sonó solemne, pero sé que solo lo hizo
para no tener que decir claramente la verdad. Si Rowan quisiera también podría mandar
sobre mí. Pero no lo hará, ¿no es cierto? Si tanto respeto parece tener por el derecho
personal de cada uno hacia los extranjeros, no se atreverá a darme orden alguna. Por
otra parte, mientras no sepa que su hermano ha accedido finalmente a ponerme el
escudo de la familia, no se le ocurrirá hacerlo.
Mi seguridad es suficiente para relajarme un poco. «Todo estará bien», me repito.
Además, si he sido capaz de engañarle una vez, volveré hacerlo. No necesito a nadie
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que me cubra las espaldas. La idea de que Marcus se enfrente por mí a su propio
hermano no me hace gracia tampoco. Soy consciente de que la verdadera familia va más
allá de los simples lazos de sangre, pero aún así la propia Lottie adora a Rowan. Sería
como desestabilizar la familia, el orden que se había impuesto antes de que yo llegase.
El chasquido de la puerta al abrirse me arranca rápidamente de mis pensamientos.
Al principio me quedo helada. Después, no obstante, alzo la mirada. En un acto
reflejo mis brazos cubren mi pecho y entreabro los labios. Sin poder evitarlo el rubor
corre a mis mejillas.
Marcus está ahí.
Los dos nos miramos durante unos momentos en los que se detiene el tiempo. No
estoy segura de si es porque no reaccionamos o porque no sabemos qué hacer. Sus ojos
vuelan por mi figura durante un segundo en lo que me parece un acto inconsciente. Veo
su nuez subir y bajar cuando traga saliva y de nuevo su mirada vuelve a la mía. El
choque me hace dar un respingo y enrojecer algo más. Reacción. Los dos la tenemos a
un tiempo. Yo me hundo algo más en un intento de que el agua y la espuma creada por
el jabón cubran mi cuerpo. Él se sobresalta y enrojece a tal punto que me resulta
complicado distinguir su cara de sus cabellos.
—¡Perdón! —Se apresura a disculparse. Torpemente se da la vuelta y sale del baño.
Mi rubor es capaz de calentar el agua fría. Me quedo en silencio durante un par de
segundos que pasan sobre mí sin hacer ruido. Aprieto los labios, llevándome una mano
a la boca. No sé si echarme a reír, avergonzarme u ofenderme. Estaba tan gracioso, tan
rojo… Aunque la idea de que me haya visto en la bañera cubra mis mejillas de azoro,
me resulta divertida. A la vez, no obstante, me hace fruncir el ceño. Apenas sí me ha
mirado un instante. ¿No le gustaré? Es igual que anoche, cuando ni siquiera se dignó a
contemplar mi vientre o mis hombros descubiertos. En todo el tiempo no le vi lanzar ni
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un vistazo a mi escote. Soy consciente de que no tengo mucho pecho, pero tampoco es
para tanto… Me miro, repentinamente preocupada. Puede que para él no tenga ninguna
importancia. Puede que efectivamente sea tan virgen que podría ser cura. Pero yo soy
una muchacha recién salida de la adolescencia con una serie de necesidades que…
«¿En qué estoy pensando?».
Me ruborizo algo más y sacudo la cabeza. No. Esos pensamientos no. Malos. A la
basura. Será mejor que salga de la bañera. El agua fría empieza a pedir a mi mente que
se caliente, o algo así.
Con un chapoteo me levanto. Me envuelvo en una toalla y recojo mi ropa. No puedo
ponérmela. Está sudada y da demasiado calor. Aunque realmente creo que prefiero el
calor de mis prendas al de las de éste mundo. Con todas las capas que llevan dan el
mismo o más. Quizá pueda hacerme con una camisa de Marcus para andar por casa…
Con esa idea me asomo a la habitación. El dueño del cuarto se tensa. Él mismo está
cambiándose, abrochándose el chaleco de espaldas a mí. No habla. ¿Es que piensa
evadirme el resto del día por el pequeño incidente? No puede ser. Realmente no puede
ser. Es mayor que yo. No puede ser tan pipiolo ni tan vergonzoso.
—¿Marcus?
—Te buscaré un vestido —se apresura a responder él. Sus movimientos se vuelven
un poco más rápidos, más nerviosos—. Creo, de hecho, que si vas a quedarte debería
comprarte algunos de tu talla, para que puedas andar con ellos…
Entreabro los labios.
—¿No vas a mirarme?
Un segundo de silencio.
—¿Estás vestida?
Alzo las cejas, incrédula. Me miro. Vestida estoy. Con una toalla, pero vestida.
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—Sí.
Él se gira, aunque lo justo para poder mirarme de reojo. Se sobresalta al intuir lo que
él debe considerar una mentira y enrojece de nuevo. Una vez más yo no sé si reír u
ofenderme. Parece realmente escandalizado cuando vuelve a darme la espalda.
—No lo estás. Eso no es ropa en absoluto, Ilyria. Iré a buscar tu vestido azul.
Abro la boca, pero él no me da tiempo a réplicas. Con un portazo huye de la
habitación.
Parpadeo.
No me lo puedo creer: realmente no parece querer saber nada de mi cuerpo. Me miro.
¿Tan mal está? No tiene muchas curvas, es cierto, pero tampoco creo que sea para
rechazar mirarlo siquiera. A una parte de mí le gusta que lo respete; otra parece
determinar que esta relación va a ser muy larga, si él va a huir cada vez que enseñe un
tobillo. «Estúpida sociedad victoriana», mascullo en mis pensamientos.
No obstante, ahora que me ha dejado en su habitación me veo libre de poder coger
una de sus camisas sin más miramientos. Abro el armario y me la pongo junto con mi
ropa interior. Iré a mi cuarto y me cambiaré. Recuperaré mis pantalones del día que
llegué y me los pondré por debajo. Intuyo que si dejara mis piernas al descubierto él me
haría ponerme siete telas más de las obligatorias como castigo. Definitivamente no
estoy dispuesta.
Voy a cerrar el armario cuando me acuerdo del cajón secreto abandonado bajo un
tablón falso. Miro alrededor. Marcus tardará aún un poco en relajarse y traerme el
vestido. ¿No dijimos que no más secretos? No debería enfadarse por que curiosee un
rato.
Convenciéndome a mí misma me siento en el suelo, cruzada de piernas como un
indio. Allí escondidos hay varios objetos: una pequeña caja de nácar, una carpeta, un
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pañuelo pulcramente doblado y un cofre con una llave. También reconozco el saquito
donde guarda la aguja que tuvo que utilizar el día anterior.
Lo primero que cojo es la carpeta. Me la arrebató anoche de los brazos y llevó el tema
hacia derroteros en los que se sentía más cómodo. Cuando la abro, no sin expectación,
un montón de versos me reciben. Allí abandonados residen los que deben ser los
poemas más bellos del mundo, porque los ha escrito él. Entreabro los labios.
Ávidamente empiezo a leer. Todos hablan de amor. Hablan de ella. Hablan de una
belleza que no es la mía. De una risa que no suena como mis carcajadas. De unos ojos
que no son de mi color. Cuentan los pálpitos de un corazón que late por alguien que no
soy yo. Son palabras hermosas, sentidas y dulces… y no son para mí.
Enrojezco al reconocer el pinchazo de los celos justo en el corazón. Se me encoge un
poco el estómago. En sus líneas habla también de deseo. De ansias de acariciar y besar
un cuerpo que no es el mío. A mí, en cambio, ni siquiera se atreve a mirarme de verdad.
Aprieto los labios. «Te estás celando sin razón, Ilyria». Intento convencerme porque sé
que es verdad. Él no quiere a esa de la que hablan sus líneas. La quiso, quizá. La amó
hasta la locura, por lo que dicen sus palabras sobre los papeles. Pero no ahora. Le hizo
daño. Ella ya no es más que pasado. El presente soy yo… ¿verdad?
Entonces, ¿por qué sigue guardando celosamente todos aquellos escritos que alguna
vez creó pensando en ella?
Sacudo la cabeza. No puedo pensar en eso. No es justo para él. Apartar los celos del
corazón, no obstante, es tarea más complicada. Yo también quiero sus palabras. Yo
también quiero sus versos. Quiero las caricias de las que hablan sus poemas. Quiero
sentir que tengo su corazón como un día lo tuvo ella.
Aparto la carpeta como si así pudiera apartar también el incómodo cosquilleo que roe
en mi estómago ahora.
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Cojo el pañuelo. Al abrirlo me reciben un montón de pétalos. No obstante, no son los
pétalos hermosos y vivos que una vez nos miraron bailar. Allí reposan muertos un
millar de deseos marchitos.
La puerta se abre y entonces los sueños se me escurren entre las manos. Las flores
caen a mi alrededor y yo alzo la mirada. Me ruborizo de inmediato al sentirme
descubierta. Marcus aún tarda un segundo en darse cuenta de lo que hago. No importa
de pronto que le haya robado la camisa o las innumerables capas de ropa que lleva en
sus brazos. Deja todo en la cama y en un par de zancadas está ante mí, apresurándose a
recoger.
—Lo siento, yo…
Callo y trago saliva. Su desesperación por salvar y ocultar todo lo que he descubierto
me encoge el corazón. Aprieto los labios, mirando los pétalos. Extiendo los dedos para
ayudarle a recoger también.
—¿Por qué guardas pétalos…? —Musito.
Él se encoge de hombros, volviendo a juntarlos sobre el pañuelo, doblándolo. Su voz
es apenas un susurro cuando responde.
—Pensé que si los guardaba se cumplirían. Son mis deseos. Mis sueños. Quizá así la
luna no podría llevárselos…
Aprieto los labios. Los miro y lo detengo antes de que los pueda guardar de nuevo en
el cajón. Antes de que pueda seguir martirizándose a sí mismo.
—Están marchitos.
Él me mira sin comprender cuando le arrebato el pañuelo y me levanto. Me sigue con
la vista. Él mismo se pone en pie cuando ve que me acerco a la ventana de la habitación.
La abro sin pesar y Marcus separa mucho los párpados.
—Ilyria, ¿qué…?
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No le doy tiempo a terminar. Dejo que el pañuelo se despliegue y un soplo de viento
se lleve en sus manos un montón de sueños rotos. El aire se pinta con sus colores
muertos.
Trago saliva y alzo la mirada hacia él. El conde se ha quedado quieto, mirándome con
los labios entreabiertos. Debe ver algo que se me escapa, porque parece no poder
moverse, simplemente. Cojo aire y dejo caer el brazo cuando en el paño no queda más
que el olor contenido a flores. Mis ojos, sin embargo, solo pueden mirarlo a él. Debería
sentirme mal por echar a perder algo que Marcus ha conservado durante tanto tiempo,
pero no es así. ¿Se enfadará?
—Están marchitos —susurro de nuevo—. Rotos. No se van a cumplir por mucho que
los guardes —me acerco a él. Mis pies casi chocan con los suyos. Me observa sin
interrumpirme, entrecerrando los párpados—. Por eso ahora tienes que recoger pétalos
nuevos. Conmigo. Crearemos deseos juntos. Y juntos… haremos que se cumplan.
Él toma aire. Su pecho roza el mío gracias a la cercanía. Casi me parece escuchar su
corazón. No se atreve a apartar la mirada.
—No… No están marchitos. Ya no. Se han cumplido cuando han tomado forma.
Supongo… que tú eres todos esos deseos.
Entreabro los labios. Siento un cosquilleo en mis mejillas cuando me ruborizo, pero
no puedo evitar sonreír. Cojo aire. Él roza mi pómulo con sus dedos enguantados,
cuidadosamente, y yo ladeo la cabeza hacia su toque. Un segundo después nuestros
labios se han abandonado al sabor de un beso tierno. Se acarician y se abrazan,
reconociéndose. No hacen falta más pétalos. Él es todo lo que yo siempre he pedido.
—¿Marcus? —murmuro contra su boca.
Ni siquiera abre los ojos. Su suspiro se rinde contra mi aliento y yo me estremezco.
Dejo caer los párpados de nuevo.
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—Te quiero.
Nuestro beso sabe a la esencia de los sueños.
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Marcus
Teatro.
—¿Ilyria?
Ella no levanta la vista de las hojas que está leyendo al otro lado de la mesa, pero me
hace un ademán. Sé que me está escuchando. Yo he dejado a un lado mi trabajo para
observarla. Llevo ya un par de días dándole vueltas a la idea, pero no me he atrevido a
decírselo hasta ahora. No sé si es vergüenza o simplemente que he estado esperando la
ocasión adecuada. Quería que fuese algo especial.
—¿Te gustaría que saliésemos mañana?
Ahora sí, alza la vista. No parece especialmente curiosa. Se encoge de hombros. No
es la primera vez que sale a la calle desde su vuelta y por eso no se extraña. Ya lleva
aquí más de una semana y el día después de su llegada, sin ir más lejos, la llevé de
compras. Necesitaba ropa propia, de su talla. No estaba dispuesto a permitir que fuera
por ahí con las prendas de su mundo o con los vestidos prestados por Angela, que le
quedan demasiado flojos y le arrastran, por no hablar de que siempre muestran la mitad
de su espalda.
—¿Por qué no? ¿A dónde quieres ir?
Abro el cajón y saco mi sorpresa, que dejo sobre la mesa. Ella me mira con
curiosidad y luego baja los ojos a las entradas que descansan sobre la madera. Las toma
entre sus dedos y lee la información. Su mandíbula cae abierta. Un brillo de deleite
destella durante un segundo en sus ojos.
—¿Son…?
—Para el teatro —asiento—. No es el estreno, pero creo que estará bien. Fred me ha
regalado un par de entradas. Siempre voy con Charlotte. Ahora que estás aquí, y ya que
no tengo más, he pensado…
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Me froto la mejilla, intentando borrar el suave rubor que ha aterrizado sobre mi piel.
Ella se da cuenta y ríe bajito. En los últimos días he aprendido que parece encontrar un
secreto placer al verme poner colorado. Supongo que es la misma emoción que siento
yo cuando la veo a ella demostrar que también puede sentir vergüenza.
—¿Me estás pidiendo una cita, conde?
Carraspeo e intento ignorar su tono de burla. Uno de sus pasatiempos favoritos parece
ser meterse conmigo, aunque siempre termina por hacerse perdonar con sus besos. Yo,
de todas formas, soy consciente de lo débil que soy: no podría enfadarme con ella de
verdad ni aunque quisiera.
—Supongo que puedes llamarlo así, si quieres… ¿Te apetece?
Parece dudar. Se muerde el labio, pero no puede evitar esbozar esa sonrisa suya de
anticipación.
—¿No se enfadará Charlotte si no la llevas?
Yo niego.
—He hablado con ella. Dice que si eres tú no le importa.
Ella ríe. Se levanta de su asiento con un susurro de su vestido y viene junto a mí. Se
acomoda en mi regazo con naturalidad y me rodea el cuello con los brazos. Es fácil
acostumbrarse a su presencia, a su cuerpo cálido contra el mío, tan cerca que a veces
parece como si compartiéramos el mismo aliento.
—Entonces, iré.
Yo sello sus palabras con un beso.
***
El Teatro Real de Albion se alza en el medio de la ciudad de Amyas como si coronase
el barrio de los nobles con su presencia. Es un edificio grande y hermoso, con ángeles
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con máscaras tallados en la fachada y las almenas de un palacio completamente fuera de
lugar entre las pequeñas y refinadas tiendas que lo rodean.
Ilyria parece extasiada con su visión, con esa mirada brillante y curiosa que tanto me
he acostumbrado a ver en su rostro. Se coge de mi brazo como si temiera que pudieran
separarla de mi lado. Ataviada con un vestido nuevo que esconde su marca de extranjera
y el cabello recogido, asemeja una verdadera dama. Por supuesto, presentó quejas a la
hora de arreglarse, tan desacostumbrada y contraria a las formas correctas como de
costumbre, pero Charlotte terminó convenciéndola esgrimiendo el convincente
argumento de que no podía estropear “nuestra primera cita”. Sorprendentemente, Ilyria
se ha dejado manipular y ha aceptado sumisa tanto vestido como peinado.
Cuando entramos, el interior le parece aún más sorprendente. Las paredes de cristal,
así como el techo, provocan el efecto óptico de que hay muchísima más gente de la que
está allí en realidad. Deja escapar una exclamación cuando casi choca contra el espejo,
como le pasó a Charlotte la primera vez que la traje, y yo dejo escapar una suave risa.
Todo es deslumbrante aquí: desde los vestidos y las joyas de las mujeres hasta la gran
lámpara de araña que, con sus mil lágrimas de vidrio, se refleja blanca y dorada sobre
nosotros. No puedo evitar pensar que en realidad todo es demasiado brillante y
ostentoso, como si tuviéramos que vivir rodeados de lujo y de nuestras propias figuras
danzantes devolviéndonos la mirada.
El calor en el recibidor es casi palpable. La gente se apresura, sin embargo, a
abandonarlo. La mayoría ya suben por las escaleras hacia el corredor que da a los
palcos. Los que continúan quietos están esperando por sus amigos o familias o bien
hablan en pequeños grupos. Sé que algunos, más o menos descarados, observan con
atención a la muchacha que se cuelga de mi brazo. Soy consciente de que la mayoría la
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han apodado como “la amante” o “la querida”. Aunque me molesta, no me importa
realmente: es suficiente con que ella y yo sepamos la verdad.
Y la verdad es que nos queremos, le pese a quien le pese.
Ilyria da un paso en falso y se pisa el bajo del vestido. Para no caerse y llevarme al
suelo con ella se apoya en la espalda de un hombre rubio. Ella recupera la compostura
rápidamente, aunque se ha ruborizado, y yo sonrío. El hombre se gira.
—¡Lo siento! —Se apresura a disculparse mi acompañante.
No me pasa desapercibido que se lo queda mirando. Él, en cambio, tiene su atención
puesta en mí. Sus ojos grises, normalmente fríos, relampaguean al reconocerme. Hacía
mucho tiempo que no teníamos la oportunidad de encontrarnos cara a cara. Extiendo mi
mano y él la aprieta suavemente.
—Marcus —murmura sin formalidades, sin importarle quién pueda estar mirando o
escuchando—. ¿Cómo estás?
Mi protegida nos mira con curiosidad. Dejo ir la mano del caballero.
—No sabía que habías vuelto a la ciudad —le digo con tranquilidad. Hago un ademán
hacia nuestra atenta observadora—. Esta es la señorita Blackwood. —Me vuelvo hacia
ella—. Este es William Thanet. Un primo lejano.
Ella da un respingo y sonríe encantadora. Al ver que William hace una reverencia,
ella misma lo imita con una inclinación de cabeza. Le he pedido que sea todo lo
educada que pueda, para no tener problemas. Para la muchacha, sin embargo, ser
amable con los nobles significa no decir nada, para que su lengua afilada no la traicione
y la haga soltar algún despropósito.
—Por supuesto. Todo el mundo ha oído hablar de la señorita Blackwood en esta
ciudad.
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A mi lado, Ilyria se tensa. Siento como si estuviera preparada para saltarle encima, en
caso de que tuviera que defenderse contra alguna acusación sin fundamento. Por
supuesto, William destaca por hablar con demasiada claridad. Sé que es un hombre de
humor cambiante, poco constante y que se aburre con facilidad de todo, ya sean
personas o temas de conversación.
—Espero que no creas ni una sola palabra.
Él simplemente se encoge de hombros.
—Desde luego, no suena a ti. Pero no te voy a crucificar por ello. Si tienes una
amante, mejor para ti. Aprovecha y no te cases con ella. Puede que luego te dé muchos
disgustos.
Dejo los ojos en blanco, pero no puedo evitar reír cuando veo su mueca de
exasperación. William lleva cerca de medio año casado. No sé los detalles, aparte de
que la boda fue un asunto íntimo al que no pude ir por culpa de la salud de Lottie. Un
matrimonio de conveniencia, al parecer, aunque sé que él no se casaría con cualquier
mujer. Lo que no me atrevo a imaginar es la actitud o las maneras de esa muchacha que
ha conseguido llamar su atención lo suficiente. Miro alrededor. Ni siquiera parece
haberle acompañado, porque está solo.
A mi lado, Ilyria entorna los ojos y gruñe. Esa es, precisamente, la actitud que debía
evitar. Suspiro.
—No soy su amante... —Explica. Y luego, en una voz más baja que sin embargo no
es suficiente para que no la oigamos, masculla: —Al próximo que sugiera delante de
mis narices que solo me abro de piernas le clavo el tacón en la espinilla.
Yo me llevo una mano a la cara, avergonzado por sus palabras. William, en cambio,
opta por echarse a reír espontáneamente. Supongo que en su comentario ha comprobado
que no es realmente lo que los rumores dicen de ella. La aludida alza las cejas, pero una
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sonrisa acude a sus labios sin poder evitarlo. Supongo que le gusta ver que no todos los
nobles son estatuas de piedra, sino que los hay más amables. Después de la idea
equivocada que se formó en su cabeza durante los primeros encuentros con mi hermano,
saber que también él entraba dentro del grupo que no aceptaba su presencia en mi casa
fue un duro golpe. Solo Lil, de hecho, parece complacida de verme feliz, fuera de la
familia. A pesar de que quizá por eso Ilyria no muestra mucho interés en relacionarse, a
mí me gustaría demostrarle que no todas las personas de este mundo son crueles. Y si va
a quedarse entre nosotros hasta que encontremos una solución, creo que necesitará
amigos en los que confiar. No puede quedarse todo el rato en casa o seguirme a todas
partes. A largo plazo, eso genera dependencia… o aburrimiento.
Carraspeo, haciéndome notar.
—¿No has venido con tu encantadora esposa, William? Esperaba conocerla algún día.
Mi primo esboza una media sonrisa que no llega a su mirada. Es un gesto de burla,
más que otra cosa.
—Aún no la has visto, ¿cómo sabes que es encantadora? —Dejo los ojos en blanco—
. La señora Thanet ha ido a buscar su abanico. Se lo ha olvidado en el carruaje. Me temo
que es un poco despistada.
Sé que no es una persona que demuestre el afecto que siente por alguien, así que
supongo que esa es su manera de decir que, en realidad, le importa. Pronto le veo alzar
una mano y señalar hacia la entrada. Tanto Ilyria como yo nos damos la vuelta.
Una muchacha se acerca apresurada, sin establecer contacto visual con nadie. El
cabello moreno está pulcramente recogido en un moño adornado con una redecilla,
aunque algunos mechones ondulados se han escapado del peinado. Viste de violeta,
dejando ver sus hombros pálidos, y se alza la falda delicadamente con una mano
enguantada en blanco para no tropezar. Hay algo elegante en sus movimientos, que
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quizá no son gráciles pero sí delicados. Recatada, al alzar la vista y reconocernos junto a
su esposo, se acerca casi con timidez. Jamás me hubiera imaginado que William tomase
como mujer a alguien así. Juraría que es el tipo de chica a la que le han enseñado a ser
la perfecta señorita, con sus modales impecables, su sonrisa agradable y su charla poco
comprometedora. Observo de reojo la reacción de mi primo. Nada ha cambiado en su
rostro, excepto por un destello de emoción en sus ojos. ¿Es que la quiere de verdad?
¿Por eso la ha elegido, a pesar de ser tan diferente a lo que probablemente esperaba?
—Ésta debe ser la señora Thanet.
Sus iris oscuros se fijan en mí. Hay unos bucles pequeños, naturales, enmarcando su
frente. Pronto aparta la mirada, sin embargo, con un aletear de sus pestañas negras, al
darse cuenta de que me está contemplando con demasiada fijeza. Con demasiada
curiosidad. Parece que es una cualidad que abunda mucho en estos días. Descubierta, un
suave rubor acude a sus mejillas.
—Efectivamente. Alyse Thanet. —William hace un ademán volviéndose hacia ella,
que parece sumamente interesada en el abanico que sostiene—. El conde Abberlain y su
acompañante, la señorita Blackwood.
Cohibida, la muchacha hace una inclinación de cabeza. Yo le dedico una reverencia.
—¿Cómo están ustedes? —Murmura suavemente por compromiso.
Me doy cuenta de que no es especialmente bonita. No destaca, al menos, sino que es
una belleza que pasa desapercibida a primera vista, quizá por modestia. Tiene los rasgos
redondeados y asemeja ser más joven que su marido.
—Alyse —murmura Ilyria a mi lado—. Mi mejor amiga se llamaba casi igual.
La recién llegada se tensa y empalidece, preocupada, al reconocer la tristeza en los
ojos y la sonrisa de mi compañera. Yo aprieto suavemente su brazo en un intento de
consolarla.
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—¿Se llamaba…? Cuánto lo lamento…
Quiero decirle que no ha fallecido, pues es lo que parece pensar. Sin embargo, mi
acompañante se adelanta tras dar un respingo.
—No murió, por Dios. Era de mi mundo. Se sigue llamando así, pero en su
dimensión.
La señora Thanet casi parece aliviada. Al menos, durante el momento que tarda en
ponerse colorada, avergonzada por su error. Me doy cuenta de que parece algo confusa.
Aunque toda la ciudad haya escuchado hablar de la amante del conde Abberlain, parece
que aún hay alguna mente inocente que se convierte en la excepción que confirma la
regla. Lo noto en la forma de tratar a Ilyria, como si fuera una noble más, sin distinción.
—¡Qué vergüenza! —Exclama sin pensar—. Lo siento mucho, señorita Blackwood.
Debe pensar que soy una tonta. Yo…
Calla abochornada, aunque en realidad juraría que mi protegida casi parece divertida
con su actitud. Abre la boca, pero William la interrumpe.
—Será mejor que nos vayamos. La obra está a punto de empezar.
Miro alrededor, para darme cuenta de que es cierto. En la entrada solo quedan ya
algunos rezagados. La pareja se despide cordialmente de nosotros y los vemos marchar.
Ni siquiera se cogen del brazo, sino que guardan entre ellos una distancia que resulta
artificial. Es casi como si un abismo los separara. Sonrío a mi acompañante y tiro
suavemente de ella. Nosotros sí que vamos juntos, con las manos entrelazadas.
La conduzco hasta nuestros asientos por un largo pasillo en el que, una vez más, todo
brilla.
Cuando estamos ante la puerta saco las llaves del bolsillo y despejo la entrada. Ella
pasa primero tras apartar las cortinas, cerradas para ahogar el ruido del corredor. Es un
palco amplio, con una docena de asientos divididos en dos hileras. Desde el balcón el
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escenario se ve claramente, así como la oscuridad que rodea los demás lugares
privilegiados. Abajo, en el patio de butacas, los nobles que no tienen un sitio mejor
hablan en voz baja. Las palabras se pierden entre los susurros de tela y las risas.
Ilyria y yo nos acomodamos. Nuestras manos siguen unidas. Nadie nos ve. Aunque
estamos rodeados de los que a la luz del día nos censuran, ahora no pueden decirnos
nada. En la penumbra de la sala, todos somos iguales, con o sin marcas. Lo único que se
puede distinguir es el sonido de los corazones latiendo a la carrera cuando le robamos
un minuto al tiempo para besarnos.
El telón se abre.
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Ilyria
Alyse Thanet.
El telón cae.
Yo estallo en aplausos, soltando la mano de Marcus, y me levanto. Los nobles, ahí
abajo, tan pequeños, también aplauden. Las suyas son palmadas elegantes, tranquilas,
acompañadas solo de comentarios de aprobación o desaprobación leves. Yo, en cambio,
no quepo en mí de gozo. No veo por qué contenerme como lo hacen ellos. En mi mundo
había ido mil veces al teatro, puesto que desde pequeña me ha gustado. De hecho,
siempre estaba apuntada a las obras escolares o en grupos de interpretación cercanos a
la zona en la que vivía cuando estaba en casa de mis padres. Suspiro extasiada y miro a
Marcus, sonriendo ampliamente. Él no ha dejado de observarme en todo el rato,
escondiendo su sonrisa tras su mano. La derecha ya parece mejorar, poco a poco, por
eso hoy se ha puesto los guantes. Yo me ruborizo al ser consciente de su contemplación,
pero decido que no importa y lo abrazo fuerte. Dejo un beso en su boca del que solo
nosotros podemos ser conscientes.
—Gracias, gracias, gracias —digo entre risas y besos.
Él toca mi cintura con la punta de los dedos, como hace siempre. Ríe contra mi boca
y deja otro beso sobre la piel que me hace suspirar.
—Intuyo que te ha gustado.
—Mucho —afirmo con una amplia sonrisa. Apoyo mi frente contra la de él y Marcus
me mira, mordiéndose suavemente el labio—. ¿Podemos volver pronto? Solos tú y yo,
como ahora… ¿Sí? ¿Por favor?
Él se echa a reír. Yo me ruborizo. Soy consciente de que a veces me identifica como
una niña. Como si fuera en realidad su propia hija. Es en esos momentos cuando,
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enternecido, besa mi mejilla y me abraza firmemente, de una manera que es capaz de
alejar todos los miedos del mundo. Exactamente como hace ahora.
—Cuando tú quieras.
Esbozo una sonrisa encantada, rodeándolo en respuesta con mis brazos. Nos
quedamos acurrucados mientras el revuelo del teatro siendo abandonado por sus
espectadores nos rodea. No escuchamos. Yo, al menos, no me siento capaz de hacerlo.
No me importan los demás. He aprendido a que me resulten indiferentes. Sus miradas
recelosas y sus comentarios hirientes no pueden causarnos daño. No pueden apartarnos.
Cuanto más censuren nuestras manos unidas, más fuerte entrelazaré nuestros dedos.
—Deberíamos pensar en marcharnos.
Emito un quejido de clara disconformidad y Marcus vuelve a reír con ese sonido de
piano.
—En casa podrás abrazarme todo lo que quieras.
—¿Dormiremos juntos también hoy?
Marcus se ruboriza un poco. Pese a mi insistencia a veces le cuesta simplemente
dejarme meterme en su cama. Y eso que llevo ese horrible camisón largo con el que es
imposible que me vea nada. Sé, sin embargo, que no le gusta la idea de abrazarme sin
más tela de por medio que esa fina prenda de seda. A veces ha insistido en que las
damas tienen corsés para dormir. ¡Corsés para dormir! Es una locura. Estoy segura de
que puedes correr el riesgo de convertir el sueño en eterno. Otras, cuando descubre que
por la mañana el camisón se me enreda a las piernas y deja que asome la piel, me
reprende que durmiendo con él no lleve nada que cubra mi carne por debajo. Entonces
frunzo el ceño y me pregunto qué voy a hacer con él.
Otros días, como hoy, él no parece mostrarse muy disconforme. Por eso asiente
suavemente, aunque mira hacia otro lado.
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—Si tú quieres…
Sonrío ampliamente. ¿Es que lo duda? Despertar a su lado es la mejor manera que
puedo concebir de enfrentarme a un nuevo día en ese mundo. Me recuerda la verdadera
razón de que esté ahí y no donde debería, aunque a veces sea inevitable estar triste y
echar de menos. Su rostro calmado, sumido en fantasías, es lo que me hace pensar que
da lo mismo lo que aquí pueda suceder. Todo merece la pena si es por él.
—Claro que quiero.
Con un beso más terminamos por levantarnos. El pasillo ya está casi vacío cuando
salimos. Aunque me hubiera gustado no pasa lo mismo con el recibidor. Está, de hecho,
concurrido a más no poder. Mientras Marcus intenta abrirse paso con disculpas y
buenos modales (cuando en mi caso me pondría a pisotear disimuladamente con menos
clase) yo miro alrededor, intentando buscar algún hueco libre. En cambio, me encuentro
con otra desagradable visión.
La bruja, como Charlotte y yo hemos aprendido a denominarla, está allí. Lleva esas
horteras rosas rojas de siempre sobre el cabello, destacando contra el color impoluto de
su vestido blanco y la negrura de sus cabellos. Abbigail Crossbow, para mi más
profundo disgusto, también se fija en mí. En mí y en Marcus, he de destacar. De igual
modo también sus ojos dorados miran con asco nuestras manos firmemente
entrelazadas. El brillo de desprecio y celos que le cruza la mirada es suficiente para
arrancarme una sonrisa de satisfacción que no puedo contener. Está acompañada por
otra muchacha a la que le susurra algo, probablemente indignada. La chica también me
mira y frunce el ceño. Yo sonrío en respuesta. «Me da absolutamente igual lo que
digáis, malcriadas pomposas», quiero decirles. Sin embargo, sé que un enfrentamiento
público estropearía la noche y haría que Marcus me regañase. Por hoy quiero tener la
cita en paz.
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Las veo acercarse. Alzo las cejas y miro a Marcus. El conde no ha llegado a darse
cuenta de su presencia, demasiado ocupado en disculparse y en intercambiar algún que
otro comentario cordial. Se me escapa una sonrisa. Están solo a unos pasos cuando yo
reconozco una vía de escape. Sin dejar a Marcus despedirse, tiro de él. Abbigail y su
amiga se detienen porque el salón no está lo suficiente aireado como para apresurarse.
Y, de todos modos… las damas no corren. Con una risita encantada giro la cabeza y les
echo la lengua, tirando más firmemente de mi acompañante.
Él, sin embargo, ha conseguido ver mi último gesto. Para cuando mira hacia atrás ya
hay gente cubriendo a las dos señoritas.
—¿Qué ha sido eso?
—No sé de qué me hablas, mi amor.
—Ilyria…
Sonrío cándida. Si Abbigail no es una repelente chivata no tendrá por qué enterarse
de mi infantil comportamiento. Yo, por mi parte, siento una no muy secreta satisfacción.
Abro la boca, pero alguien se me adelanta. Un hombre mayor que no consigo ver del
todo detiene a mi acompañante llamándole por su título y su apellido. El conde se para
con un suspiro de cansancio. En esos momentos es cuando yo más que nada quiero tirar
de él y hacerle correr como aquel día en el palacio. Me gustaría librarlo de toda esa
responsabilidad burocrática que carga a sus espaldas. Es demasiado correcto para ver
eso con buenos ojos, sin embargo, aunque sé que una parte de él me suplica tras su
mirada que lo haga. Marcus no suelta mi mano, pero yo ya he soportado por hoy todas
las miradas que pudieran echarme y el hombre no parece interesado en mí ni en mi
nombre. Como todos, ya sabrá quién soy. O creerá saberlo. Pensará que cada noche el
conde me mete en su alcoba y yo compenso su soledad con largas horas de compañía…
Compañía sin ropa, cabe decir. Algo que, ya que estamos, no creo que pase nunca, tal y
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como es él. El día que se atreva a quitarme una sola cinta del corsé deberé dar gracias a
Dios.
Me suelto suavemente. Mi compañero me mira alarmado. En un susurro cuidadoso,
para que su interlocutor no escuche, le informo de que le espero a la salida. Antes de
que pueda protestar me confundo entre el mar de gente.
El aire me recibe para llenarme los pulmones. Aspiro con devoción. Marcus me ha
obligado a ponerme el corsé para salir, aunque algunos días deja que lleve uno de los
dos conjuntos de ropa interior de mi mundo que tengo en casa. Lo mismo pasa con los
dichosos pololos y las mil faldas de ropa interior. He accedido solo porque veníamos al
teatro. Otros días, no obstante, mi ropa es tema de discusión durante horas. Algunos
obedezco. Pocos, porque siempre decido que mi sujetador y mis braguitas son mil veces
más cómodos.
Al mirar alrededor descubro a un montón de parejas e innumerables coches que
esperan en fila para llevar a los nobles a sus casas. Ninguno de ellos llama mi atención.
Lo que realmente lo hace es la muchacha sola que aguarda apoyada contra el edificio.
Mira al cielo con aire ausente, apacible. Alyse Thanet parece en otro mundo muy lejos
de aquí. Aunque al principio dudo si acercarme finalmente lo hago. Ha sido la única,
además de Lil Travers, que no me ha mirado como si fuera un objeto o acaso un
desecho social.
Algo vacilante me presento ante ella. Intento recopilar las pocas normas de protocolo
que he accedido a aprender de Marcus. “Señora” y no “señorita” para las mujeres
casadas, añadiendo después el apellido del esposo.
—¿Señora Thanet?
Cierro un ojo, como si esperara escuchar que he dicho algo mal. Con lo fácil que es
llamar a la gente por su nombre, que para algo se da uno al nacer… Para mi alivio la
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susodicha solo sale de su ensimismamiento y me mira. Parpadea como si no se hubiera
dado cuenta de en qué momento me he acercado. Rápidamente, como antes, se ruboriza
y baja la vista, agachando la cabeza.
—Señorita… —titubea, intentando recordar mi apellido. Yo sonrío algo más
tranquila al saber que no soy la única a la que le cuesta memorizar ese tipo de cosas—
Blackwood —concreta al final—. ¿Cómo está usted? ¿Ha disfrutado de la obra?
Frunzo el ceño, pues son preguntas formuladas desde los buenos modales y el
compromiso.
—En realidad no le interesa, ¿a que no? —Digo sin pensar.
Rápidamente me doy cuenta de mi error. Primera lección de la sociedad: disfraza
siempre lo que pienses.
Alyse Thanet entreabre los labios, sorprendida, y baja la vista, culpable, como pillada
en falta. Abro la boca. Probablemente ahora piense que me cae mal, o algo.
—Disculpe… —Susurra bajito.
La veo sinceramente arrepentida y es por mi culpa. Emito una risita nerviosa.
—No. Perdóname… Perdóneme —me corrijo con un mohín— usted. Habrá notado
que en realidad no estoy muy acostumbrada a mezclarme con la sociedad… Lo lamento,
he sido desagradable.
Ella me mira tímidamente, mordiéndose el labio.
—Está bien —me disculpa—. Yo tampoco estoy muy acostumbrada en realidad. El
señor Thanet no es muy sociable, así que no salgo mucho.
La idea de tener al menos eso en común me anima un poco.
—La verdad, y si me guarda el secreto, para escuchar a cada estirado de los que hay
por ahí prefiero no mezclarme mucho —le confieso guiñándole un ojo.
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Una sonrisa se me instala en la boca cuando la escucho reír. Es un sonido hermoso,
dulce y pacífico.
—Usted ni siquiera tiene que sonreírles. A veces es muy complicado ser amable,
puede creerme.
—Lo hago —afirmo con un golpe de cabeza—. Si tuviera que ser amable con todos
creo que terminaría volviéndome loca —dejo los ojos en blanco—. Sobre todo con
algunos. Por eso prefiero pasar de ellos. Es mucho más satisfactorio. No evitas que te
miren pero por lo menos no tienes que soportar su insulsa conversación.
—Oh, eso estaría muy bien —sonríe ella—. Lamentablemente si yo hiciera eso, el
señor Thanet nunca me lo perdonaría.
No se me pasa por alto que ni siquiera trata a su esposo por su nombre, pero me
parece demasiada indiscreción incluso para mí preguntarle al respecto. Al menos ahora
que la acabo de conocer.
—Marcus tampoco se muestra muy contento —le confío—. Pero como sabe que es lo
mejor para todos, se calla. Eso o que sabe que discutir conmigo con respecto a algunos
temas no tiene mucho futuro.
—¿Marcus…? —Pregunta ella extrañada durante un segundo. Ladea la cabeza—. ¿Se
refiere al conde Abberlain? —Cuando yo asiento, Alyse se remueve. Parece incómoda
por algo. Duda durante un instante pero finalmente me observa—. ¿Sería mucha
indiscreción preguntar por su relación?
Yo sonrío, sinceramente agradada por la cuestión.
—No. De hecho, es encantador por su parte preguntar, ya que nadie lo ha hecho hasta
ahora. Todos han tenido a bien inventar lo que han creído adecuado. —Me encojo de
hombros, resignada. Finalmente recompongo la sonrisa—. Marcus y yo estamos juntos.
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Como pareja, quiero decir. O sea… —De pronto me doy cuenta de que no he dicho la
palabra en alto hasta ahora, en realidad. Me ruborizo— como… novios, supongo.
Para mi sorpresa, a Alyse Thanet le cambia el rostro, pero no para mal. No hay en su
expresión desprecio o censura. En cambio, deja de ser toda una señorita para
rejuvenecer un par de años y convertirse en una niña pequeña emocionada por algún
cuento. Sonríe en un gesto completamente sincero y a sus ojos escapa un centelleo
emocionado. Yo me ruborizo algo más.
—¿Os queréis? —Inquiere ilusionada—. ¿Os habéis enamorado, como en las
novelas?
Enrojezco algo más. Definitivamente me ha cogido desprevenida. Enredo las manos
en la falda, pero esbozo una sonrisita y asiento.
—Sí —susurro en respuesta—. Nos queremos mucho. No imagino ya mi vida sin
estar a su lado, ¿sabe? Incluso aunque no estoy en mi mundo…
Ella deja escapar un suspiro de enamorada que me arranca una carcajada.
—Ah, qué romántico…
Abro la boca, pero la voz inconfundible de Marcus me llama en ese momento. Alzo la
mirada. Está algo más apartado, dejándome mi espacio, y espera por mí. En sus ojos
reconozco algo de curiosidad. Me giro hacia Alyse y sonrío.
—Tengo que irme. Pero… Mm… ¿Podemos volver a vernos? No tengo… mucha
gente con quien hablar tranquilamente aquí. Si quisiera…
Ella se muerde el labio, conteniendo una sonrisa. En sus ojos veo un destello leve de
emoción.
—Sí… Si usted quisiera, me encantaría. ¿Por qué no viene a tomar el té mañana?
Estoy segura de que el conde Abberlain sabrá dónde se encuentra nuestra casa.
No puedo evitar evidenciar mi felicidad.
423
—Ilyria —le digo, mirándola entre las pestañas—. Llámeme Ilyria.
No espero respuesta. Velozmente voy al encuentro del conde. El chico me sonríe,
mirando por encima de mi hombro a la muchacha. Aunque Yinn nos ha traído le hemos
dicho que no espere, pues nos sigue gustando pasear por la noche. Echamos a andar.
—Se te ve feliz —comenta él casualmente.
Yo río, pletórica, pegando mi mejilla contra su brazo como hago siempre.
—Creo que he hecho una amiga.
Marcus amplía el gesto en sus labios y yo dejo un beso en su brazo, por encima de la
chaqueta.
Este mundo, a veces, puede ser amable.
***
La cita con Alyse Thanet llegó y pasó. Conseguimos tutearnos mutuamente, aunque
ella se mostró algo reticente al principio, y pasamos el día hablando de banalidades. Es
una muchacha bastante más femenina que yo y notablemente más educada en protocolo
y modales, pero no es una de esas damas sin ideas ni pensamiento propio. Tampoco es
solo una cara bonita: he podido comprobar que tiene carácter. El suficiente, al menos,
para plantarle cara a su marido cuando lo ve preciso, mientras que cualquier otra de esas
chicas habría agachado la cabeza ante lo que su esposo determinase. Es mucho más
apasionada de lo que hace notar con su manía de mostrarse correcta. No la culpo.
Supongo que es para lo que la han instruido y no puede terminar de rebelarse contra
todas las normas impuestas que le han enseñado a lo largo de tanto tiempo. Aunque me
saca cuatro años no llego a notar la diferencia realmente. Es adorable y en ocasiones
tiene cierto encanto infantil, casi soñador, que hace que parezca mucho más joven de lo
que es. Es el mismo aire de Charlotte, propio de las niñas que aún creen en príncipes y
en finales felices. Me parece pura, alejada de los prejuicios de la sociedad pero viéndose
424
a la vez irremediablemente sometida a ellos. Sea como sea, nos hemos hecho amigas y
la idea de tener alguien en quien confiar y con quien hablar me tranquiliza. Hemos
quedado alguna tarde más y siempre intercambiamos algún libro, pues compartimos
sobre todo el afán literario. Aún guardo en mi habitación el último que me prestó, ayer
mismo: Una historia secreta, firmado por un tal Bryan Kendall. Me lo dio en respuesta
a mis mil preguntas sobre Albion y los propios extranjeros. Durante unos momentos
dudó, pero después me lo dio bajo la advertencia de que, aunque era una historia
entretenida, no podía creer todo lo que allí se había escrito si no quería volverme loca.
Las primeras páginas, las únicas que he leído, rozan ciertamente lo surrealista, hablando
de todo un mundo nacido a partir de un solo libro. No sé ni siquiera por qué me
sorprendo: a estas alturas, cuando la palabra “realidad” ha perdido todo su significado,
toda ficción debería parecerme plausible.
Por otra parte, he comprobado que Alyse Thanet es inocente en muchos sentidos: no
se pueden hablar de ciertos temas con ella sin que adquiera el color de la grana, lo cual
lo hace bastante divertido.
Han pasado cinco días desde que la conocí, acompañados de cuatro frías noches. He
dormido con Marcus todas ellas, cada vez con menos protestas por su parte. Al menos a
la hora de acostarnos, porque al despertar se niega a mirarme hasta que no me he
adecentado completamente. El otro día una de las cintas del camisón se desató mientras
descansaba y dejó mi hombro y parte de mi escote al aire. Me dio la espalda con tanta
obcecación que llegué a pensar que nunca más volvería a darse la vuelta.
—Creo que no me encuentra nada deseable —le confío a Yinn, sentada en la mesa de
la cocina.
El genio se echa a reír. Me pasa un tarro de cristal con bombones de chocolate dentro.
¿Es una indirecta? Porque el chocolate es sustituto de lo que intuyo que me va a faltar
425
en mucho tiempo. A lo mejor quiere que me vaya concienciando. Aún así no le hago
ascos a uno y me lo llevo a la boca, masticando distraídamente.
—Dale tiempo. Desde que yo estoy aquí no lo he visto nunca con ninguna mujer.
Debe ser… extraño, para él. Eres una chica bonita. —Lo miro de reojo, no muy
segura—. Sería estúpido si no se diese cuenta. Además no pareces como esas señoritas
de ahí fuera, de las que no pueden ni concebir ningún acto… impúdico —deja los ojos
en blanco, francamente divertido— más allá de la virtuosa unión del matrimonio.
Me echo a reír. Es fácil hablar con Yinn. Siempre se burla del protocolo y las normas.
De la supuesta decencia social. Desde que llegué me reúno con él para charlar a
menudo. Es el que más libertad tiene para tratar temas de todo tipo. Supongo que me
recuerda un poco a la espontaneidad sin vergüenza ni censura que tenían los chicos de
mi mundo. Sé que Marcus se pone celoso a veces, porque puedo pasarme tardes enteras
en la cocina charlando con el mayordomo, jugando con Charlotte y él o ayudándolo con
la cena. Con un beso suele pasársele, sin embargo. A cambio no me deja marchar de sus
brazos durante un buen rato y yo acepto complacida el pequeño castigo.
—No lo soy —admito.
—Lo había adivinado. Como sé que no te ofenderás, intuyo que de doncella, en toda
la extensión de la palabra, tienes poco.
No me ofendo, efectivamente, sino que solo me encojo de hombros.
—Ya sabes: no todo es igual aquí que como era allí, en mi… —titubeo, pero
finalmente dejo la frase en el aire. A pesar del tiempo sigo sin ser capaz de hablar de mi
mundo abiertamente, sin apenarme—. Incluso ese tipo de cosas. Pero si él lo sabe
(porque tiene que saberlo), ¿por qué tanto afán en ni mirarme? En serio, voy a empezar
a pensar que tengo algún defecto físico importante, o algo así.
De nuevo ríe, divertido.
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—Estás francamente preocupada, ¿verdad?
Cuando lo miro adopto una expresión sufridora, casi lastimera.
—No te burles. A ti Sabine te mantiene muy contento, ¿no es cierto?
Yinn sonríe de medio lado, pícaramente. Como siempre que hablamos de ella hay un
brillo de emoción en sus ojos oscuros.
—Me tiene muy complacido, sí.
—¡No se habla de comida delante del hambriento! —Exclamo indignada.
Otra carcajada. No puedo evitar sonreír contagiada, llevándome otro bombón a los
labios.
—El dicho no es exactamente así.
—Da lo mismo, estoy segura de que lo has entendido.
Yinn sonríe.
—¿Tan grave es?
—Yinn, me ha visto en sujetador y…
—¿Esa tira tan graciosa que me haces lavar a veces? ¿Para qué sirve exactamente?
Lo miro, ladeando la cabeza. Me fijo en mi pecho y luego en él. Ante mi gesto, el
genio arquea las cejas.
—¿Solo lleváis eso para cubriros…?
—Solo.
—¿Y la otra prenda que lavo…?
—Adivina.
Su mirada desciende por mi cuerpo. Me ruborizo un poco ante su intensivo examen,
que lleva a cabo con los ojos entornados. Durante un segundo estoy segura de que
puede mirar debajo de las cinco faldas que tengo puestas.
—¿En serio? ¿Sin… más?
427
—Sin más.
Se queda pensativo un par de segundos. Apoya la cara en una mano, tamborileando
con los dedos con la otra. Se humedece los labios, mirándome fijamente. Yo le tiro un
bombón a la cabeza, roja, al intuir lo que puede estar imaginando. Él ríe, evitándolo.
—Interesante… ¿Crees que podrías hacerte con uno para Sabine?
Se me escapa una carcajada y él sonríe a su vez. Por eso es fácil hablar con él. Con
Marcus ni se me ocurriría mencionar mi ropa interior. Menos aún, por supuesto, con
Charlotte, que es tan pequeña e inocente, o Angela, que es tan tímida.
—Si encuentro alguna modista que consiga hacerme ese tipo de prendas en este
mundo, te avisaré.
—Perfecto —asiente él—. ¿Decías? Te he interrumpido en tus lamentos.
—Que me ha visto en sujetador. El otro día me vio sin querer en la bañera. Desde que
llegué hemos dormido juntos y abrazados todos los días. Te juro por lo que más quieras
que no me ha tocado más que la cintura. Bajar de ahí debe ser para él una tarea de
titanes, ¿entiendes? ¡Y lo que más me frustra no es que no me toque, sino que no
muestre el más mínimo interés en hacerlo! Cada vez que ve el más mínimo resquicio de
piel al descubierto le falta santiguarse. Se muestra realmente escandalizado y no creo
que sea posible para un ser humano normal ponerse más rojo.
Yinn frunce un poco el ceño. Sé que a él también le resulta un poco incomprensible.
Supongo que es porque viene del desierto. Lleva el calor en las venas. Definitivamente
parece tener toda la pasión que a Marcus le falta. Finalmente sacude la cabeza y sonríe.
—Debe estar esperando a que se cure completamente su mano —me confía en un
susurro—. Para poder emplearse al máximo, ¿entiendes?
Yo contengo una risa, escondiendo la sonrisa contra mi palma. Asiento
enérgicamente, divertida con la razón que él me brinda.
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—Si no es eso… siempre puedes decirle que estás histérica.
Ladeo la cabeza, parpadeando sin entender.
—No estoy tan necesitada como para considerarme histérica. Como te he dicho lo
que me molesta es más la falta de interés en…
—No, no —me interrumpe. Baja la voz, mirando alrededor, y me sonríe con esa
picardía propia de él. Me inclino, curiosa—. ¿No sabes lo que dicen de la histeria
femenina y de los métodos de curación?
Frunzo el ceño, sin saber a donde quiere llegar. Finalmente, niego un poco con la
cabeza. Él deja escapar una risa de niño travieso que me hace entornar los ojos.
—Dicen que los médicos le hacen a las mujeres un… —Paladea un segundo,
buscando las palabras adecuadas—. Juego de manos.
—¿Juego de…? —Doy un respingo, mirándolo. Bajo mi vista a mi propia falda y él
asiente. Los dos nos echamos a reír al instante—. ¿Quieres decir…?
—Justo lo que estás pensando. El mejor tratamiento es un buen…
La aldaba chocando contra la puerta nos hace dar a los dos un buen salto en el sitio.
Levantamos la mirada al tiempo y reímos, porque incluso las coincidencias en ese
mundo parecen censurar las palabras improcedentes. Nos ponemos en pie a la vez y
Yinn va a ver quién es. Yo lo sigo. Cuando la puerta se abre agradezco el tiempo de
diversión con el mayordomo. Sé que se me ha acabado.
Rowan Abberlain y Abbigail Crossbow están allí.
429
Marcus
Por ella.
La llamada a la puerta me desconcentra. Frunzo el ceño y miro la hora en mi reloj de
bolsillo. Aunque es ya media tarde, no esperaba visitas. Quizá sea Lottie, que vuelve
con Angela de su paseo, pero me extraña no escucharla corretear por la casa en busca de
Ilyria para engancharse a su falda como una niña pidiendo un cuento. Me pregunto
entonces quién podrá ser, mientras me levanto y dejo a un lado mi trabajo. Me asalta un
mal presentimiento, sin previo aviso, y tengo la irracional necesidad de salir del
despacho y apresurarme hasta lo alto de las escaleras.
Es peor de lo que esperaba: Rowan y Abbigail están en la puerta. Mi hermano ha
cogido a Ilyria del brazo, ante la mirada horrorizada de Yinn.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Todos alzan la mirada a un mismo tiempo. Sus ojos se concentran en mí. Mi
protegida consigue liberarse, aprovechando el segundo de distracción de mi familiar.
Con un revoloteo de faldas viene hacia mí, que bajo los escalones de dos en dos. No
pienso permitir que nadie entre en mi casa y amenace a mi familia, incluso si el
acosador es un miembro de ésta. No me he esforzado tanto por ellos para nada. Sin
embargo, aunque espero que sea él el que dé la cara, una vez Ilyria se ha cogido de mi
brazo, es la señorita Crossbow la que se adelanta.
—Marcus, por favor. Recapacita.
Entorno los ojos. Nunca habría pensado que ella, precisamente, fuera a ponerse de
parte de Rowan. Por el cariño que siempre me tuvo di por hecho que se alegraría de
verme feliz. Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba. Después de todo parece
que Ilyria y Lottie tenían razón al estar preocupadas.
—No sé sobre qué debería recapacitar. No creo haber hecho nada malo.
430
Ella aprieta los finos labios hasta que se tornan blancos. Mira a mi acompañante de
reojo y sus mejillas se encienden. ¿Es tan increíble creer que me haya enamorado?
Nadie parece sentirse feliz por la noticia. Nadie parece tener en cuenta cuáles son mis
verdaderos sentimientos. A veces me pregunto qué hago yo en esta sociedad: sería
mucho más fácil vivir en un lugar en el que nadie me pidiese cuentas por cada decisión
que tomo. Un mundo donde amar fuese una acción libre y no condicionada por los ojos
y las creencias de los demás.
—Esa muchacha no te conviene.
Ilyria abre la boca para contestar, pero yo la detengo.
—¿Quién me conviene, según tú? —Entorno los ojos, intentando ocultar la rabia—.
Según vosotros, debería decir.
No se lo piensa. Es como si hubiera estado esperando la pregunta por años. Me sonríe
cándida y su mano intenta cazar la mía, aunque sin éxito. No quiero que me toque.
—La adecuada sería una muchacha que supiera llevar la casa. A la que los criados
obedecieran. Alguien con clase a quien hubieran enseñado todas las artes que una dama
debe dominar. Reconócelo: eso es justo lo que necesitas. Una buena madre para
Charlotte y para tus futuros hijos.
Por el rabillo del ojo compruebo que Ilyria no lo soporta más. Tiene los párpados
muy separados, incrédula. Aunque estaba agarrada con fuerza a mi brazo, temerosa de
que hubieran venido a separarnos para siempre, lo cierto es que no tiene ningún reparo
en soltarme y plantarse delante de una Abbigail que de pronto frunce el ceño, molesta
por la intromisión. Sé que preferiría que estuviéramos solos en mi despacho, donde
podría hablar con sinceridad sin tener que enfrentarse al principio de todos sus
problemas en lo que a mí se refiere.
431
—En primer lugar, si intentas venderte a ti misma eres irritablemente evidente. En
segundo lugar, Marcus no se iría contigo ni aunque se volviera completamente loco. Y
para continuar, tú no eres madre para nadie. ¡Dudo que sepas lo que eso significa,
cuando incluso tener hijos debe ser un negocio para ti! Las que ofrecen su cariño por
dinero y posición en mi mundo se llaman pu...
Abro la boca para protestar antes de que acabe la frase. Rowan, más rápido, se me
adelanta.
—¿Y en qué se diferencian esas mujeres de ti? Porque todo Amyas sabe ya que tus
servicios hacia el conde van más allá del deber.
Me doy cuenta de que no ha podido elegir palabras más distantes para conmigo. Ha
dicho “el conde” y no “mi hermano” o “Marcus”. Duele. ¿Ya me he convertido en “el
otro”? ¿En el marginado? Parece sorprendente que haya tardado tan poco en olvidar
todos los recuerdos, en borrar todos los lazos de sangre que lo atan a mí.
Ilyria entorna los ojos. La veo apretar los puños, pero pronto se destensa. Al menos,
abre la mano y la levanta. El golpe que deja en su mejilla hace que mi hermano gire la
cara. Resuena por el recibidor como un latigazo. Hasta a mí me da la sensación de que
me alcanza el dolor, aunque sé que nadie me ha tocado. Sorprendido por su acción, la
veo acercarse otro paso más a él, sin miedo, desafiante. Es en estos momentos cuando
veo la luchadora que hay en ella, que no se deja amilanar por nadie. Se humedece los
labios.
—Estoy cansada de que todos supongan una relación que no hay —murmura molesta,
apretando los dientes—. ¿Sabes qué? Creo que debes tener por costumbre visitar a ese
tipo de... compañías. Probablemente no sepas cómo conseguir una mujer por tus propios
medios —hace un ademán al aire con una sonrisa burlona, casi cruel, asomando a sus
labios. En un segundo plano, Abbigail parece profundamente ofendida por la
432
insinuación, como si ella misma se sintiera insultada—. ¿Cómo se explica que las
conozcas tan bien si no porque eres un asiduo seguidor de ese tipo de negocios?
Después de todo parece que las espadas, sean del tipo que sean, no son lo tuyo.
Rowan la mira lleno de rabia, con el rostro rojo por el golpe y por el enfado. Parece
que él mismo vaya a levantar la mano contra ella, que la vaya a abofetear por la simple
razón de defenderse. Llevado por esa idea, la cojo por la cintura y la atraigo hacia mí.
Ella se resiste un poco, pero yo pronto la tengo entre mis brazos, entre los que se deja
estar. Con un suspiro se abraza a mí, sin perder detalle de los otros dos. Yo casi espero
que la pareja gire sobre sus talones y se marche.
No es así.
—Ilyria Blackwood —murmura mi hermano en un tono solemne. No me gusta la
manera en que lo dice, con una sonrisa en sus labios que lanza escalofríos por mi
columna—. Te ordeno que vengas aquí.
Ilyria palidece de pronto. Todo el color vuela de sus mejillas cuando deja escapar un
gemido y se lleva una mano al pecho. Sé que duele. Nadie puede evitar cumplir una
orden directa de esa manera. La miro con los ojos muy abiertos. Podría ordenarle que no
lo hiciera, pero eso no serviría de nada: una orden directa no puede contradecir otra
anterior. Sin embargo, ella solo se abraza con más fuerza a mí. No va a dejar que nada
ni nadie nos separe. Aunque me siento conmovido por su gesto, no puedo evitar pensar
lo mucho que debe estar sufriendo. Jadea, pero aprieta los dientes y lo mira, desafiante.
—Antes muerta.
Rowan entorna los ojos, poco dispuesto a rendirse.
—Si es necesario, que así sea. —Y de nuevo, con más autoridad, las palabras que
definitivamente la alejan de mí: —Ven aquí.
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Esta vez no se puede resistir. Como un hechizo, su mandato la atrapa y la obliga a
moverse. Hay un brillo en sus ojos que evidencia cuánto le cuesta tener que hacerlo. Se
resiste con toda su alma y, aún así, no es suficiente. La voluntad no escucha cuando el
precio es la muerte. Sabía que no debía haberla marcado. A mí mismo me duele verla, o
quizá lo que más me duela sea la impotencia de saber que no puedo hacer nada para
evitarle ese sufrimiento. A pesar de que solo les separaban un par de pasos, el esfuerzo
de Ilyria, su lucha interna, le hace perder por completo el ritmo de la respiración.
—No tienes ningún derecho sobre mí. No importa las órdenes que me des.
Él le hace agachar la cabeza al poner su mano sobre ella. Siento que la sangre me
hierve en las venas.
—Hará cualquier cosa que le pida. ¿Lo ves, Marcus? No te puedes fiar de los
extranjeros: son criaturas volubles que responden al poder.
Yinn, aún en la puerta, paralizado, enrojece al escuchar a mi hermano. Su puño se
cierra en el aire, aunque sé que lo que más quiere es estrellarlo contra el estómago de
Rowan. Sin que los demás se den cuenta, le hago un ademán.
—Déjala ahora mismo —le advierto a mi familiar—. Este es su hogar y nosotros
somos su familia. ¿Por qué te empeñas en odiarla? ¿Por qué no puedes aceptarla?
—Porque te ha lavado el cerebro. ¿No ves lo que pretende? Quedarse con todo lo que
tienes. Esta mujer no es como tú la ves. Tienes una visión distorsionada. Tienes que
dejar que te abramos los ojos.
Sigo sin entenderlo, por lo que sacudo la cabeza. ¿Cómo puede haber personas que se
empeñen en hacer infelices a las demás, cueste lo que cueste?
El bastón llega por el aire y yo lo cojo al vuelo, apenas sin mirarlo, con mi mano
sana. Yinn ha hecho un buen lanzamiento. Activo el resorte y desenvaino el florete que
dormía escondido en la oscuridad. Abbigail deja escapar una exclamación de sorpresa.
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—¿Vas también a luchar contra tu propio hermano por ella? ¿No te das cuenta de que
a este paso acabarás alejándote de la vida que conoces por una… extranjera?
Asiento, pero no hay pena en mi rostro. Solo resolución corriendo por mis venas. No
voy a dejar que nos separen. Se lo prometí. Le juré que la protegería, que no iba a
dejarla ir nunca, hasta que ella me lo pidiese. Y sé que en este momento me necesita
más que nunca. Por eso estoy dispuesto a todo, incluso a desafiar los lazos de sangre.
Hay cosas más importantes. Estoy convencido de que esto es lo que debo hacer.
—Al menos sé que esto es por lo que quiero luchar.
Es un buen motivo.
Rowan empuja a Ilyria y desenvaina a su vez. Supongo que le han dado un arma
nueva para sustituir el trofeo que mi protegida aún guarda con celo en su cuarto como
un tesoro, incluso cuando ahora ya apenas entra allí para observarla con orgullo. Ella
cae al suelo con el golpe de mi hermano. Apenas sí soy consciente de que abre los ojos
todo lo que puede, entre el asombro y la voluntad de quien no quiere perder detalle.
Mientras intenta recuperar el aire perdido y el ritmo normal de las pulsaciones, un
destello aparece en sus ojos, aunque ella no se deja llevar por la emoción. Por supuesto,
Ilyria Blackwood nunca llora ante nadie.
Rowan arremete contra mí y yo solo puedo olvidarme de todo y concentrarme en la
lucha. No estoy seguro de poder vencer. Al menos, no cuando una de mis manos ni
siquiera puede ser usada.
Abbigail se echa hacia detrás, intentando ofrecernos un espacio en el que
enfrentarnos. Solo puedo pensar en resistir hasta el límite. «No por mí», me digo, «sino
por ella». Me necesita. Y yo la necesito también. Volver a perderla es un Infierno al que
no quiero regresar. Por eso me esfuerzo, aún luchando con la zurda. Me defiendo y
desvío sus ataques, aprovechando mi rapidez en el deporte para confundirlo y jugar con
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él. Con cada golpe que esquivo él se pone más furioso y más agresivo, evidenciando así
su poca experiencia real en el noble arte de la espada. Yo, por el contrario, puedo
presumir un poco de ello: muchas veces, en el mundo de mi madre, jugaba a ser un
caballero de brillante armadura. Allí, sin embargo, no había prácticas que valiesen.
Todo era real.
Aún así parece que no voy a salir ileso. Sus golpes son de una contundencia que me
hace tambalearme y sus estocadas son precisas, hechas para hacer daño de verdad. De
hecho, me alcanza en la pierna cuando bajo la guardia. Dejo escapar una exclamación
de sorpresa e impotencia.
—Aún estás a tiempo de rendirte —me advierte mientras comprueba que la herida
sangra abundantemente. Probablemente sea solo un corte superficial, pero ha hecho
estragos en mi ropa y en la piel.
Abbigail deja escapar un gritito asustado, como si estuviera siendo testigo de mi
muerte. Ilyria está pálida también, pero mira alrededor y decide que no puede estarse
quieta. Por eso, sin que nadie se fije en ella, se pone en pie, algo tambaleante, y coge la
sombrilla de Charlotte. Probablemente sepa lo que se esconde en su interior.
Efectivamente, la veo buscar por un resorte y desenvainar el florete. Es una ironía que el
arma que el mismo Rowan encargó para la defensa de su sobrina vaya ahora a ser el filo
contra el que tenga que luchar. Me pongo de nuevo en guardia, dándole tiempo para que
decida su modo de actuar. Aún no he perdido. Y prometí que la protegería de personas,
precisamente, como él.
—No tienes ningún derecho sobre ella. Ni sobre ninguna persona. No importa si eres
un caballero de Albion o el propio rey.
Nuestros aceros resuenan de nuevo cuando se encuentran. Es un sonido escalofriante,
que parece llamar a la sangre y a la Muerte, reverberando en nuestros cuerpos como si
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fuéramos prolongaciones de nuestras espadas. Ilyria se acerca por detrás a él. Sin
miramientos, quizá en venganza por mi herida, el florete de ella le araña la espalda,
provocando un grito ahogado por parte de mi hermano y un quejido de su ropa al ser
cortada. Yo aprovecho ese momento para ponerle la punta de mi arma sobre el corazón.
La rosa que lleva en la solapa de la chaqueta cae al suelo, anunciando su rendición. Le
sigue su orgullo.
—Márchate de esta casa. Ya no eres bien recibido aquí.
Rowan palidece como el guerrero al que le es anunciado el exilio inminente. No
volverá a pisar esta mansión mientras yo pueda evitarlo. No, al menos, mientras quiera
hacernos daño a mí o a cualquier otro miembro de mi familia. Supongo que era
inevitable. La paz que teníamos, después de todo, era una calma artificial.
—Marcus…
La voz de Abbigail lo interrumpe.
—¡Marcus! ¿De verdad crees que esto es lo correcto? —Tiene falsas lágrimas de
llanto en los ojos, que le dan un aspecto delicado. En su mano aprieta un pañuelo de
encaje—. Por favor, dedica un solo pensamiento a esta situación. Mírala.
A mi pesar, lo hago. Observo a Ilyria, justo detrás de mi hermano, con los ojos
encendidos de furia y las mejillas enrojecidas. Ella también tiene lágrimas en los ojos,
pero en su caso son de frustración. Ahora entiende que no puede hacer nada contra las
órdenes, incluso si no quiere recibirlas. «¿Qué tengo que ver?», me pregunto mientras la
observo. Sí, es verdad: no es la muchacha de mis sueños. No es la mujer casta, modesta
y silenciosa que se supone que representa la cima de los buenos modales y el saber
estar… pero no puedo evitar quererla. No es algo que yo eligiera, no es algo que pudiera
pensar con la cabeza fría. Simplemente sucedió. Cuando la miro a los ojos solo soy
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capaz de ver que el Destino me ha unido a ella. Yo no tengo elección. Sé que es la
persona correcta.
—Mírala —repite la señorita Crossbow. Tiene su mano en mi brazo, tras haberse
acercado, y aprieta los dedos suavemente alrededor de mi chaqueta—. ¿Qué es lo que
tiene ella? ¿Qué es lo que tiene que no tenga yo, que soy una perfecta dama?
Suspiro y aparto su mano, con toda la delicadeza que soy capaz de reunir.
—Mi corazón, Abbigail. Algo que nadie más podrá tener nunca.
Nuestras miradas se encuentran. La expresión de Ilyria se suaviza.
—Por favor, marchaos ahora. No queremos que este sinsentido continúe, ¿verdad?
Nadie dice nada. Rowan envaina al ver que no tiene otro remedio y recoge su rosa
roja del suelo. Sé que esto no es el final. Sé que volverá y no parará hasta que pueda
restaurar el honor de la familia que él piensa perdido por este arrebato. No lo culpo,
exactamente. Nos han educado así. Pero mientras que yo reconozco que no somos el
único mundo ni los únicos nobles sobre la faz del universo, él cree que la ley suprema
es la de Albion.
Indignado, herido en su orgullo, pasa junto a Ilyria sin verla, aunque lo oigo
murmurar algo. Mi protegida frunce el ceño, habiéndolo entendido, y se aparta. Durante
un segundo la veo palidecer, así que sé que es más grave que un simple insulto. Temo
que sea otra orden, pero nada pasa. Abbigail sigue a Rowan con los ojos anegados de
lágrimas en la perfecta estampa de la señorita sufridora. Yinn se apresura a cerrar la
puerta tras ellos una vez están fuera.
Me dejo caer en el suelo, jadeante, llevándome una mano a la pierna. Aún sigue
sangrando. Ilyria suelta su arma y corre hacia mí, preocupada.
—Todo esto es por mi culpa… —Aprieta los dientes—. A veces pienso que es mejor
que no hubiera vuelto… Puedo soportar que me llamen todo lo que me llaman, que me
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empujen y me hagan daño, si eso les hace sentir mejor. Pero no puedo aguantar que te
hieran. No lo entiendo… No entiendo este mundo. ¿Por qué lo hace? ¡Es tu hermano!
¿Tan horrible es que estemos juntos? ¿Tan mal está?
Aprieto los labios y la atraigo hacia mí, obligándola a apoyar la cabeza en mi hombro.
Beso su sien con adoración y niego.
—Nadie los ha desafiado con la suficiente fuerza. Nadie les ha plantado cara tan
abiertamente. Claro que no está mal, pero ellos no lo saben todavía. No entienden. Mi
hermano no es, después de todo, más que otro descerebrado que no se plantea lo que
está haciendo. No hay nada más peligroso que alguien que no cuestiona su propia
ideología —suspiro—. ¿Qué te ha dicho?
Ilyria niega y se fija en mi pierna. Yinn ya ha ido a buscar vendas. Me ayuda a
levantar, no sin cierto esfuerzo.
—Nada que pueda repetir en voz alta sin que me laves la boca con jabón.
Su respuesta me arranca una sonrisa muy a mi pesar. Beso su mejilla, con ternura, y
la sigo escaleras arriba.
Intento ignorar que, en realidad, no ha contestado.
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Ilyria
La Hermandad de la Rosa Inmortal
“Acabas de firmar tu sentencia de muerte”.
Las palabras de Rowan aún me palpitan en las sienes y lanzan estremecimientos por
la piel.
Tiemblo, tragando saliva, mientras miro sin ver realmente el techo de la habitación.
Mi habitación. Se me antoja extraña después de tantos días sin venir aquí, pero he
decidido que hoy es lo mejor para ambos: Marcus tiene que descansar y esta noche lo
hará mejor solo; yo necesito relajarme y pensar.
El conde, en cualquier caso, no me ha dejado entrar en su habitación para curarlo,
evidenciando que la herida era en la pierna y eso implicaba enseñar una piel que no
estaba dispuesto a mostrar. Ni siquiera he sido capaz de molestarme por eso,
preocupada como estaba. Aunque he insistido, Yinn ha terminado convenciéndome de
que lo mejor sería que yo también me fuese a dormir. Aunque él es como yo, no creo
que sepa lo que se siente al desobedecer. No en vano, Marcus nunca le daría una orden
directa del modo en que Rowan me la ha dado a mí. Debe adivinar, sin embargo, lo que
puede llegar a desatarse dentro de uno: la presión en el pecho; el silbido en la cabeza; la
dificultad de respirar.
En parte por mí y en parte por que Marcus no se preocupara más, he accedido a
retirarme a mi cuarto. Yinn me ha confesado en un susurro, en un intento de destensar el
ambiente, que no tiene nada que ver la piel descubierta en el afán del conde porque
abandonara la habitación. Solo no quiere que me preocupe por él.
Lo que no saben ninguno de los dos es que guardo más razones para preocuparme de
las que piensan.
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De nuevo, la amenaza directa de Rowan Abberlain me obliga a cerrar los ojos con
fuerza. Cojo aire con dificultad. Aún me cuesta. Repito la operación incluso cinco
veces, tomándolo y soltándolo en largos suspiros. Siento el corazón palpitando todavía
no con mucha seguridad, mi estómago encogido. No puedo evitar estar un poco
mareada y temblorosa, pero eso último no tiene nada que ver con el simple hecho de
haberme negado a una orden de un Abberlain.
También es por el libro.
He tenido que dejar de leer, pero Una historia secreta, de Bryan Kendall, todavía me
mira desde su relegado espacio en la mesita. Me humedezco los labios y miro el tomo
de soslayo. Inmediatamente me estremezco. Aunque cogí la lectura prestada por Alyse
para distraerme, no he podido estar más errada en mi decisión. Esa es la única historia
que no debería habérseme mostrado. Ni en este momento ni en ninguno.
Pensé que se trataba simplemente de una narración fantástica sobre la creación de
Albion. Así empieza y eso es todo lo que había leído, al menos. Cuenta que, al
principio, donde ahora se alza una ciudad majestuosa, antes solo había desierto. Todo
era tierra yerma, nada podía crecer allí. Solo existía una isla y un océano sin límites en
el horizonte. Era todo.
Sin embargo, una especie de Demiurgo, de Dios creador, dejó abandonado un libro. Y
de ese libro… nació todo. Salió el sol, la luna, las estrellas. Salieron los meses y los
días. Y también, de ese mismo libro, salieron los primeros habitantes de Albion. Éstos
fundaron la ciudad de Amyas y desde ahí empezaron a poblar toda la isla. Crearon el
mundo tal y como ahora se conoce, haciéndose hueco e inventando su propio mapa, su
propia geografía. Entre todos aquellos primeros habitantes había una muchacha llamada
Victoria. Todos estuvieron de acuerdo, pese a que ella era la más joven, de que debía ser
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la reina. No en vano, en sus ojos también descubrieron que era no solo la más bella y no
solo la más sabia, sino también la más mágica.
Los descendientes de todos los que tomaron como suya la tierra de Albion son los que
ahora son llamados nobles. Es entonces cuando Kendall trata a los extranjeros. Algo me
hace pensar que quizá él se enamoró de una, tal y como Marcus lo ha hecho de mí,
porque sus palabras para ellos son amables, pese a que toda la historia está teñida de un
tono crítico y un carácter mordaz. Especialmente usa un lenguaje hiriente para hablar de
la aristocracia. Sea como sea, el libro narra que los habitantes de Albion empezaron a
escribir sus propias historias, pues en todo mundo debe haber escritores que alumbren
nuevos Universos. De esas palabras creadas por ellos mismos, empezaron a salir más
personas. Personas que, sin embargo, eran diferentes. Estaban, como lo estoy yo misma,
marcados. Algunos de esos personajes traían más libros, y de esos salían también otros
marcados. Y así se sucedió su existencia.
Ahí empezó el principio del fin. No se percataron los nobles de que alguna vez ellos
mismos salieron también de un libro y llegaron a otro mundo ajeno. No se dieron cuenta
de que los que llamaban extraños a su tierra no eran tan diferentes a sí mismos. En
cambio, motivados por la distinción de la piel marcada, decidieron proclamarse
superiores. Creyeron que aquellos que aparecían estaban destinados a ser inferiores y
servirles. De ese modo, los propios extranjeros empezaron a agachar la cabeza ante
aquella ridícula imposición. ¿Cómo no hacerlo cuando tenían tanto miedo, al estar
encerrados en un mundo que no era el suyo? ¿Cómo no hacerlo, cuando era lo
“normal”?
Hasta ahí la historia está bien. Es correcta y, aunque fantasiosa, se parece a un cuento.
Las palabras de Rowan mientras leía se iban perdiendo lentamente en la memoria, entre
imágenes de nobles altaneros y prejuiciosos y extranjeros que, a pesar de todo,
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conseguían ser felices. Suponía que Alyse me había dado el tomo para ayudarme a
sentir que antes que yo había habido otros muchos. Ahora, todos esos que al principio
fueron infelices viven sus vidas al otro lado del barrio, con la paz y la alegría que he
visto en algunos paseos por allí.
Al seguir leyendo entendí que no era así.
El libro, aunque mi amiga me indicó que no debía obsesionarme con lo que allí se
contaba, es toda una advertencia.
Cuenta que empezaron a surgir relaciones. Personas que se enamoraron pese a la
distinción de clases. Personas que, por encima de la raza o del nacimiento, se quisieron
hasta el punto de la locura.
Personas a las que no dejaron estar juntas.
Es entonces cuando Bryan Kendall, con más amargura que nunca, habla de una
facción radical que no estaba de acuerdo con esas uniones. Para ellos, la sangre de los
nobles era pura y no debía ser manchada. Bajo esa ideología nació La Hermandad de la
Rosa Inmortal…
Una hermandad que eliminaba a la gente como yo.
“Acabas de firmar tu sentencia de muerte”.
De nuevo las palabras son como una bofetada. Me escondo bajo las sábanas y cierro
firmemente los ojos.
Solo suplico a Morfeo que los sueños se lleven el miedo.
***
—¿Vas a estar mucho tiempo más sin contármelo, Ilyria?
Doy un respingo y alzo la mirada. Aunque llevamos un buen rato en silencio,
caminando por las calles vacías, me doy cuenta de que Marcus no me ha quitado la
mirada de encima en todo el rato. A veces creo que me conoce mucho más de lo que a
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mí me gustaría admitir. Puedo presumir de lo mismo, pero no sé si me termina de
agradar que sepa ver tan bien en mi alma. Me humedezco los labios y lo miro,
aparentemente sin entender, entre las pestañas.
—Lo que te inquieta —se adelanta él a mi pregunta—. Incluso Charlotte se ha dado
cuenta. Está preocupada por ti. Dice que le cuentas menos cuentos e incluso que pareces
apagada cuando tocas el piano. Desde que Rowan vino has estado ausente. Ida. Ya hace
dos noches que ni siquiera duermes en mi cuarto, aunque siempre eras tú la que
insistía…
Trago saliva. He tenido pesadillas estos días. Temo que si vuelvo a dormir en su
habitación él las descubra. Soy consciente de que hablo y me muevo en sueños. Por la
mañana, no en vano, despierto cubierta en sudor. En ese mundo onírico no me dejan
olvidar. Rowan y Abbigail siempre sonríen cuando yo caigo. Aunque llamo por Marcus
él nunca llega a tiempo…
Después solo hay sangre.
Aunque titubeo un segundo recompongo una sonrisa burlona, pícara. Rodeo con
firmeza el brazo de Marcus, apretando la mejilla contra la chaqueta como siempre.
—¿Me echas de menos en tu cama? —Ronroneo suavemente.
Hacerlo avergonzar normalmente suele ser suficiente para que pierda los papeles y el
sentido de la conversación. Esta vez, sin embargo y para mi sorpresa, no se ruboriza. De
hecho me mira serio y en sus ojos soy capaz de percibir lo preocupado que está.
—Te echo de menos a ti. Quiero que vuelva la Ilyria de siempre.
Entreabro los labios. Trago saliva y aparto la mirada durante un instante. Al siguiente
río y me apoyo contra él.
—Vale, vale. Si tanta insistencia tienes no me importa volver a dormir abrazadita a
ti…
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Lo miro de reojo, rezando por que mis palabras sean suficiente.
—Sabes que no es eso —responde para mi decepción. Aprieto los labios y bajo la
mirada al suelo—. Me gustaría que confiaras en mí, Ilyria. Quiero saber qué te ronda
por la cabeza.
Me humedezco los labios. ¿Cómo voy a huir ahora de esta situación? Dejo que el
silencio nos envuelva durante un largo momento. Él aprieta algo más mi mano. Poco a
poco la derecha recupera su movimiento, aunque dudo que tenga sensibilidad alguna,
por eso siempre intenta tomar mis dedos con la zurda, para poder sentir piel contra piel.
Yo, sin embargo, ahora que se ha quitado ya las vendas y ha vuelto a ponerse sus
guantes, beso de vez en cuando sus dedos heridos, aunque sé que no puede notar la
caricia por competo.
—Ilyria…
—He estado pensando —lo interrumpo. Él parece tensarse, mirándome atento. Cree
que está a punto de descubrir todos mis secretos. Yo, en realidad, solo haré que se le
olviden esas cosas—. Que aún guardas algunos misterios debajo de los guantes.
Marcus entreabre los labios. Traga saliva y aparta la mirada. Ahora sí he acertado. Me
siento un poco mal por recriminarle indirectamente tener secretos conmigo. Yo misma
le oculto mucho más de lo que debería.
—No has vuelto a decirme nada de Charlotte. Y sabes que tu teoría de cómo llegó a
casa tiene muchas fisuras.
—La encontré. Estaba enferma. La cuidé hasta que se recompuso. Se quedó conmigo.
No veo fisuras por ninguna parte.
—Y por eso sabes su nombre, su edad y su fecha de cumpleaños. Ciencia infusa, he
de suponer.
—¿Tan difícil de creer es que me los inventé?
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—Mucho.
El silencio se alarga durante unos instantes más. Lo miro de soslayo, sin hablar. Se ha
desconcentrado. Realmente debe pensar que es eso lo que me preocupa: la idea de que
él siga teniendo secretos para mí. Siento una punzada de culpabilidad en el pecho, pero
la evito. Es mejor esto a que descubra la verdad. He imaginado sus reacciones si se lo
contara. La primera sería preocuparse. La segunda, pensar que me he vuelto loca por
creer las historias de un escritor amarillista.
—¿Por qué es difícil? —Susurra—. Igual que he aprendido a inventar cuentos para
ella…
—Marcus, es difícil porque nunca me miras a los ojos cuando lo dices.
Ahora sí se ruboriza. Con un pequeño brinco agacha la cabeza como un niño que ha
sido pillado en falta. Sé que esta batalla la gano yo antes siquiera de que me responda.
Al principio su contestación es solo un balbuceo, después se convierte en un suspiro de
rendición.
—Supongo que a ti no te puedo engañar, ¿no?
«Al contrario que yo a ti», pienso, por muy cruel que sea. Aún así, lo único que hago
es negar suavemente con la cabeza, mirándolo de reojo, en silencio. Él, por su parte, se
toma su tiempo, como si pensara. De hecho, deja de mirarme para poder atender al
firmamento. Quizá busque en las estrellas la historia que me esconde.
—Yo... ya conocía a Lottie de antes —no digo nada. Lo esperaba. Era la única razón
realmente lógica. Le atiendo en silencio—. Es cierto: no es causalidad que sepa su
nombre, su edad o su cumpleaños. No me los inventé. Quizá te hayas preguntado... por
qué nadie la ha reclamado. Todo el mundo piensa que es noble, hija de alguna mujer
que perdió su honra o de alguna familia que tuvo un terrible final, sin ningún familiar.
Pero... lo cierto es que Charlotte ni siquiera es de Albion.
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Entreabro los labios y lo miro, abriendo mucho los ojos. Parpadeo. Eso tampoco me
lo esperaba yo. Pensaba lo mismo que todos los demás: que la pequeña era alguna
aristócrata abandonada o recogida de algún lamentable accidente que explicaría su
pérdida de memoria. Trago saliva y entonces la ficha que me faltaba en el rompecabezas
parece encajar a la perfección.
—El libro negro. El libro de tu despacho es de ella.
Él toma aire y asiente.
—Ese libro… va a dar al mundo de mi madre.
Parpadeo de nuevo. Bajo la mirada al suelo. Al menos la historia me servirá para
olvidar mis propios problemas.
—¿Por qué no… la devolviste, como a los demás? Si tenías su libro…
Marcus frunce el ceño y aparta la mirada.
—No tiene a nadie —afirma con seguridad. Me pregunto si es cierto o solo procura
convencerse a sí mismo—. Al menos, nadie que la quiera como lo hago yo.
Callo. De eso último no tengo ninguna duda: nunca un padre quiso más a una hija. Da
lo mismo que ella ni siquiera sea del mismo mundo. Realmente Lottie es una de las
cosas que Marcus ama por encima de todo.
—¿De…? ¿De qué la conocías?
Marcus se humedece los labios. No me mira. Se pasa la mano por el pelo. Por las
noches no pasea con su siempre impecable sombrero de copa, de modo que la brisa se
siente con total libertad de revolverle los cabellos. Hay algo que no quiere decir, lo
siento, pero aún así finalmente habla:
—¿Te acuerdas la mujer de la que te hablé? ¿De la que me enamoré?
Frunzo firmemente el ceño. «Oh, claro que me acuerdo». Por mucho que quisiera no
hacerlo no puedo evitar pensar a veces en los poemas con su nombre que él guarda en
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su armario. Carraspeo, no muy cómoda con ese tema, porque siempre que aparece en la
conversación los celos me asaltan, incansables. Además, no consigo entender qué
relación puede tener ella con lo que estábamos hablando.
—Sí —refunfuño.
Un segundo de silencio. Marcus vuelve a tomar aire.
—Charlotte es su hija.
Mi primera reacción es asentir pensativamente. Pura inercia. Después, cuando
realmente soy consciente de lo que ha dicho, la voz me sale dos tonos más aguda. Lo
miro abriendo mucho los ojos.
—¿Qué? —Casi grito—. ¡O sea que también es la tuya!
Marcus enrojece y me mira, sorprendido.
—¡Por supuesto que no! Tengo veinticinco años. Es prácticamente imposible.
Abro y cierro la boca, balbuceando.
—El… El tiempo puede pasar de manera distinta en los demás mundos, tú me lo
explicaste… En el mío…
—Cierto —me concede él, asintiendo—. Pero… No es mi hija. Al menos, no mi hija
biológica, aunque la sienta como tal.
Trago saliva, observándolo. Me muerdo el labio y reconstruyo mis ideas en mi
cabeza, una por una.
—¿Y el padre de Charlotte? ¿Muerto? ¿Ella era madre soltera, o algo así?
Marcus me mira. Vacila durante un par de segundos, pero ante mis ojos inquisitivos
finalmente suspira y se rinde.
—Ilyria… Estaba casada. Y seguía casada mientras tuvimos nuestra… relación.
Me quedo congelada, abriendo la boca hasta que siento que se me desencaja la
mandíbula. ¿Casada? ¿Y él…? Me ruborizo, separando mucho los párpados. Lo miro de
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arriba abajo, incrédula. ¿Él? ¿Viéndose con una mujer casada? ¿El muchacho tímido y
vergonzoso? ¿El caballero que no soporta ver ni un asomo de mi empeine, siquiera?
¿Ese Marcus?
—Casada —repito.
Él asiente cuidadosamente, mirándome entre las pestañas. Lo veo profundamente
avergonzado, pero no por ello aparta la mirada. Quizá esté evaluando mi reacción… que
no es la mejor de todas, admito, porque todavía me encuentro en un ligero estado de
shock.
—Y… estabais juntos. Mientras ella estaba… casada.
Se ruboriza, pero como respuesta otro asentimiento.
—Como… amantes —concluyo, entornando los ojos.
De nuevo asiente, tragando saliva.
—Ella era mayor que yo, ya te lo dije. Y… bueno… nosotros… ella…
Calla, porque en realidad no sabe qué decir. Yo, en cambio, soy capaz de
simplificárselo muy fácilmente:
—Ella no estaba contenta con la manera en que la complacía el marido y decidió que
era mucho más fácil buscarse un jovencito que le diera un par de alegrías. A eso en mi
mundo se le llama ser una zo…
—¡Sé cómo se llama en tu mundo, Ilyria!
Lo miro, frunciendo el ceño. Está rojo y se ha llevado una mano a la cara, cubriendo
su rubor de la luz de la luna.
—Tenemos que hacer algo con tu vocabulario…
—¡Pero es que lo fue! ¡Que encima luego se buscó otro amante más! ¡Dos amantes y
el marido! ¡O sea, metía a tres tíos en su cama! ¡Un poco más y os citaba a cada uno un
día de la semana!
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Marcus frunce el ceño y sé que eso le ha hecho daño. Aprieta los labios y baja la
vista. Me acuerdo de que él realmente la quiso, incluso si para ella solo fue un juguete
que manejar bajo las sábanas y entre las sombras. Respiro hondo un par de veces e
intento tranquilizarme, porque no quiero reabrir sus heridas. Aprieto su mano. Intento
llevar el tema hacia derroteros más amables. O destensar la conversación, al menos, que
es lo mínimo que puedo hacer:
—No tienes mucha pinta de amante de mujer casada. Más bien diría que ninguna…
Mi acompañante me mira de reojo.
—¿Gracias? —Inquiere, no muy seguro de que sea un halago.
—Depende de cómo lo mires. Si es lo que pretendes, de nada. Si no… yo me
ofendería. Ya sabes. Pensé que eras completamente inocente…
En respuesta el conde se ruboriza.
—Yo no dije en ningún momento que lo fuera.
—Pero lo pareces —arqueo las cejas—. A mí ni me miras… —Me quedo callada un
momento. Mi idea realmente gana consistencia ahora que sé lo que sé. Los amantes de
mujeres casadas tienen que ser por ley apasionados. En cambio, conmigo él no da
señales de ningún tipo de pasión. Y eso solo puede ser, definitivamente, culpa mía. Se
me cae el mundo encima—. No soy deseable, ¿verdad?
Marcus me mira repentinamente sorprendido, como si hubiera esperado cualquier
cosa menos eso. Parpadea al principio para después dejar los ojos en blanco.
—Oh, cielos, Ilyria. No seas tonta.
Lo miro abriendo mucho la boca… porque no ha negado nada, diga lo que diga.
—Dios mío, realmente no lo soy…
Me miro, consternada. Nunca lo había pensado fríamente. No es que en mi mundo
fuese especialmente popular entre los chicos, pero nunca ninguno se me había quejado.
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Pero Marcus… Él no piensa tocarme más allá de lo que ya me ha tocado. Si lo analizo,
es incluso natural: con mi cuerpo de niña debo estar muy por debajo de la que alguna
vez quiso. Ella, sin duda, al ser más adulta que él mismo, tendría las curvas con las que
yo no puedo más que soñar. Sabría exactamente cómo ganarse todos sus suspiros. Yo,
en cambio, solo puedo aspirar a sus instintos de protección, casi de una manera paternal.
Me toco la cara. ¿Cómo voy a tentarlo, después de todo, si parezco una cría?
—Ilyria… Claro que eres deseable. Eres una mujer preciosa. No te preocupes por
algo así.
«Porque si te preocupas vas a tener mucho por lo que hacerlo y durante bastante
tiempo», completo yo en mi cabeza. Aprieto los labios y decido obviarlo. Ya ha dejado
todo muy claro, en realidad. Pues bien: a mí, por el momento, que no me vuelva a pedir
dormir en su cuarto. Una no es de piedra. Y cuando por la mañana despertamos con las
piernas entrelazadas y los rostros cercanos, se me ocurren muchas cosas que a él
probablemente ni se le pasen por la cabeza conmigo. ¡No es justo!
Sacudo la cabeza, firmemente. «No pienses en eso», me digo. «Siempre puedes
hacerte pasar por histérica, como dice Yinn». ¿En qué estoy pensando? Será mejor que
vuelva a la historia de Charlotte antes de que mi cabeza vuele de nuevo. Aún hay
interrogantes que resolver.
—¿Cómo perdió la memoria? —Murmuro.
No voy a preguntarle por aquella mujer. Es natural pensar que no debía tener mucho
aprecio a su hija, dado que se pasaba el día tan ocupada en la cama. Probablemente por
eso diga Marcus que no tenía a nadie que la quisiera más que él mismo. Marcus,
precisamente, se muestra triste ante la pregunta. Sus pupilas durante un segundo brillan
parece que con molestia.
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—Cuando llegó aquí tenía heridas y golpes. Probablemente uno de ellos fue lo
suficientemente fuerte como para provocarle la amnesia. Eso dictaminó el médico, al
menos, cuando la atendió. Estaba muy grave.
Frunzo el ceño al pensar que eso no suena demasiado bien.
—¿Heridas y golpes? ¿Cómo se los había hecho?
A Marcus se le atragantan las palabras en la garganta.
—Le… pegaron.
Doy un respingo, sorprendida.
—¿Pegarle? ¿Quién? ¿Por qué? ¡Solo era una niña! Tendría… nueve años, entonces.
Lo veo apretar el puño libre. No me mira. Atiende al suelo fijamente, concentrado en
los adoquines de la calle. El silencio se alarga por un par de segundos. Entorno los ojos.
Puedo ver que en su mirada hay un brillo indescifrable. No sé reconocer si es odio o
algo más.
—El marido terminó por enterarse de las infidelidades. No de la mía, pero sí de la que
cometía con aquel otro hombre. Charlotte no se… parecía demasiado a él. A su mujer la
mató. Acabó con su vida con sus propias manos, como si nunca le hubiese importado en
realidad. Supongo que pretendía hacer lo mismo con la niña. Quizá Lottie supiera el
secreto del libro y quiso huir. Quizá… solo tuvo suerte. Cuando la encontré había
perdido la consciencia. Durante días estuvo sin despertar y atacada por una fiebre
intensa provocada por las heridas. Pensé que nunca llegaría a abrir los ojos.
Sé que hay algo que se calla, porque no me ha mirado y de manera inconsciente
aprieta mi mano todavía con más fuerza. Frunzo los labios, apenada. Qué injusto. No lo
siento por la madre, pero sí por la pequeña. Por mi niña. No tuvo que pagar por los
pecados que su progenitora cometiese. No obstante, sé que ahora está bien. Está en el
sitio que debe estar.
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—¿Ella… lo sabe?
Marcus niega firmemente con la cabeza y yo no lo culpo por no contárselo. Debe
tener miedo de perderla. Miedo de que se vuelva a ese mundo igual que hizo su madre.
Igual que se fue su padre. En ese universo se ha quedado todo lo que alguna vez ha
querido o apreciado. Me muerdo el labio.
—¿Por qué no vas, Marcus? —Susurro bajito—. ¿Por qué no… vuelves una última
vez a ese libro?
Sé que no ha regresado. Que por eso guarda el tomo de Charlotte y lo esconde
celosamente. Quizá esa sea la razón por la que le ha puesto un candado también: para
convencerse a sí mismo de que no puede hacerlo.
Me mira. Parece algo contrariado, a la par que sorprendido. Yo lo observo en
silencio.
—No… —Sacude la cabeza—. No. ¿Por qué iba a hacerlo? No queda nada allí para
mí, Ilyria.
—Tus padres… —Suspiro—. Y lo echas de menos, ¿no? Por eso… —Bajo la vista
hacia su mano herida—. Por eso no quisiste que el libro de tu madre se echara a perder.
Tú querías ese mundo también. Yo… —Me mordisqueo el labio inferior, no muy
convencida—. Si tú quisieras yo podría ir contigo. Te acompañaría…
Marcus parece repentinamente alarmado. Me mira abriendo mucho los ojos y se
apresura a negar.
—No. No podrías. Ese mundo no es como este. Es peligroso.
Frunzo el ceño, pensando en la ironía que suponen esas palabras. «Allí nadie intentará
matarme motivado por ideologías fascistas». Siento ganas de decírselo, pero me muerdo
la lengua. Eso conllevaría una serie de explicaciones que sigo sin estar dispuesta a darle.
Sacudo la cabeza y miro a la noche que nos rodea.
453
—Volvamos a casa —le sugiero suavemente—. Ya es tarde.
Él solo asiente.
Mi proposición está hecha y mi secreto a salvo.
454
Marcus
Ecos del pasado.
Doy otra vuelta en el colchón y suspiro. No soy capaz de dormir.
La conversación con Ilyria mientras caminábamos me ha dejado en un estado de
inquietud que no puedo borrar. Contestar a sus preguntas ha sido más fácil de lo que
pensaba: las palabras han acudido a mi boca con facilidad, encontrando en todo
momento la respuesta que necesitaba. Pero también ha vuelto el dolor, que carga ahora
contra mi corazón y le impide latir con libertad, oprimiéndolo entre sus manos
invisibles. Me doy cuenta de que desenterrar los recuerdos no es fácil, como tampoco lo
es enfrentarse cara a cara con los miedos. Con esas pesadillas que, sin importar lo que
haga, siguen viniendo cada noche a desvelarme.
Durante los últimos días la presencia de Ilyria en mi cuarto, en mi lecho, había
conseguido espantar todas las sombras; hoy que no está, como no lo ha estado por un
par de noches ya, se han vuelto a agazapar junto a mi cama y a susurrarme maldades al
oído. Eso hace que la eche aún más de menos, aunque soy consciente de que está al otro
lado del pasillo. ¿Por qué se ha negado a volver? Al principio reconozco que tenía sus
razones en mi pierna herida, que al final no resultó ser más que un rasguño que parecía
mucho más aparatoso de lo que era en realidad. Sin embargo ahora ya no hay excusa.
¿Es porque dice que no la encuentro deseable? Si ella supiera cuánto anhelo tenerla
entre mis brazos, cálida y protegida, aspirando su aroma y despertando a su lado con
cada nuevo rayo de sol… pero no me cree. No acepta que piense que es hermosa, que la
respeto. Que espero por el momento más adecuado para dormir contra su pecho, piel
contra piel, sin telas ni secretos. Que precisamente porque sé que ha habido otros,
quiero dejar una marca en su cuerpo que sea aún más duradera que la de la señal que
late sobre su corazón.
455
Me levanto, dándome por vencido, y reniego del sueño. Las horas que preceden al
amanecer corren por el cuarto y remueven la calma artificial en la que se ha sumido la
oscuridad. Sin necesidad de luces, aparte de la claridad de la luna y las estrellas que se
cuelan por las cortinas entreabiertas, me deshago de la ropa de cama y me visto.
El armario abierto parece una gran boca dispuesta a devorarme, aunque yo ignoro su
secreta amenaza y me arrodillo delante, retirando las tablas que guardan mis secretos en
el falso fondo. Mis ojos vuelan por el hueco y mi mano se sumerge en la negrura y
palpa la carpeta que se esconde entre los demás objetos. Las letras pesan como piedras
cuando las alzo y me las llevo conmigo.
Bajo a la salita, donde me aseguro que no puedo despertar a nadie, y cierro la puerta.
Una suave brisa con olor a flores se cuela desde el jardín por la ventana abierta. Las
cortinas blancas se mueven como fantasmas al son de la melodía que Ilyria y yo
bailamos la noche del cumpleaños de Lottie, hace lo que parece ya una eternidad.
Me acomodo y enciendo un candelabro. Todo adquiere entonces un tinte de misterio,
de terror primitivo, de secretos y rostros de antaño. Dejo la luz sobre una mesita auxiliar
y abro la carpeta. Los poemas me echan su aliento a perfume de mujer. Ella los tocó,
hace mucho tiempo. Los besó y rió con ellos. De alguna manera, los siento como
pedazos de su felicidad.
Una felicidad que yo mismo me encargué de destrozar con mis celos y mentiras.
Desde ese momento no he vuelto a tomar la pluma entre mis dedos. No me he
considerado digno de escribir estrofas ni ninguna otra cosa.
Me hago con el primero de los papeles, pero no lo llego a leer. Lo conozco de
memoria. Recuerdo cada verso escrito como si los hubiera acuchillado en mi corazón,
como si los hubiera redactado con mi sangre y todo mi amor. Así creía, al menos, que
era.
456
“Será que el invierno ha llegado,
o acaso tu cuerpo se ha ido”.
Suspiro. Las imágenes navegan desde lejos, desde una vida pasada, así como mi
propia voz deslizándose por los confines del tiempo, en una cama blanca, para recitar en
su oído.
“Y la nieve en mi memoria ha borrado,
los besos de ese sueño perdido”.
Su risa. Puede que fuera burlona, que se divirtiese a costa de aquel joven y loco
enamorado sin medida. Pero yo la quería y ni siquiera podía enfadarme con ella,
mientras la mujer repetía mis versos con un brillo de sorna en sus ojos, sacándole punta
a cada palabra hasta que conseguía que se me clavara en la piel. “¿No me traes un
poema hoy?”, murmuraba divertida cuando la abrazaba con la única idea de fundirme en
sus brazos y renacer en su respiración agitada. Todos los días le llevaba algo nuevo, a
veces solo un par de líneas, pero ella no siempre estaba de humor para oírlo. Cuando era
así, yo simplemente callaba mientras se perdía en mi cuerpo. Aunque Odelle no lo
supiera, ella era mi musa. Mi obsesión.
A veces me recibía sin palabras, con los ojos lascivos y la boca rápida a encontrar la
mía. En secreto, siempre mientras su marido estaba lejos, manteníamos encuentros
furtivos esperando que ni siquiera los rayos del sol conocieran nuestra relación.
Después, como un ladrón condenado a las sombras, me retiraba rápidamente, dejando
tras de mí la invisible prueba de un rastro de besos en su espalda. En otras ocasiones, sin
embargo, recuerdo la silueta blanca de su cuerpo desnudo sentado en el tocador,
observándome de reojo, provocándome con su larga cascada de cabellos negros
cubriendo su piel descubierta de manera insinuante.
457
Hay un plato sobre la mesa de té. Titubeo un segundo, pero tomo el primero de los
poemas y acerco una esquina a las llamas del candelabro. Dejo que se consuma apenas
en mi mano y luego lo abandono sobre el plato, observando cómo el papel se encoge y
desaparece envuelto en luz dorada, hasta que no queda sobre la porcelana nada más que
cenizas y el último aliento de un recuerdo. Hago lo mismo con el siguiente. Y el
siguiente. Planto fuego a reminiscencias hasta que no queda nada de lo que lamentarse.
Hasta que no queda más que un vacío lleno de vestigios que se marchan con la brisa.
Después, cuando he acabado, tiro los restos al jardín y apago el candelabro. De
puntillas, subo las escaleras y me encierro en el despacho. Allí, tomo papel y pluma y
escribo. Lanzo palabras al aire y recojo versos en mis brazos que luego transcribo en
tinta. He vaciado la carpeta, pero ahora crearé nuevos poemas para esta vida que he
alcanzado. Odelle ya no es mi musa, sino que lo es Ilyria. Hablo de pétalos y deseos. De
bailes y estrellas. Hablo de lo que nos une y de mi boca sobre la suya. Me confieso, sin
hablar, de todos mis pecados y todas mis lacras. Y cuando termino con mi trabajo
empiezo otro y luego otro más, hasta que la vida ya no parece tan vacía y yo sé que he
encontrado el fin de mis largos años de silencio.
Guardo mis nuevas creaciones en el cajón de mi escritorio y no en el armario. Me
gustaría que ella los descubriera. Que los leyera por casualidad y comprendiese que he
tirado los viejos escritos. Ilyria es ahora todo lo que necesito. Me gustaría tanto que lo
entendiese… Mis dedos chocan contra el libro negro que guardo en lo más profundo de
su escondite, aún esperando una señal para abrirlo. Lo saco de la mesa y lo dejo sobre la
madera. No he podido quitarme de la cabeza la insistencia de la muchacha sobre que
debería volver, aunque siempre con ella a mi lado. «¿Qué me espera allí, para que tenga
que ir?», me pregunto. No hay respuesta, ni siquiera en mi mente. Solo la lejana
sensación de que algo malo pasaría si decidiese que debo estar allí y no aquí, con mi
458
familia de verdad. Es cierto que quiero saber qué fue de mi madre y de mi padre, qué
fue de todo lo que alguna vez conoció Charlotte, sin ir mucho más lejos. Pero no puedo
hacerlo.
Este es mi lugar… ¿verdad?
Sacudo la cabeza y me aseguro que así es. Este es mi mundo. Mi hogar. Y también es
el de Lottie. El sitio en el que debemos estar los dos. Aún recuerdo mi paseo sin rumbo
por la ciudad cuando la encontré, aquella noche. Todavía siento el frío cruel de aquel
invierno en mis huesos, arañándome las mejillas y congelando las palabras mientras me
perdía entre las sombras, buscando el descanso que ya no era capaz de encontrar en la
cama. Aún me consideraba culpable de lo que había pasado con Odelle e incluso con la
desaparición de mi madre, que ni siquiera me había dicho adiós. La imagen de mi padre
huyendo en el interior del libro me perseguía todavía como si aún pudiera ver su sonrisa
demente.
Cuando la vi por primera vez, no le dediqué un segundo pensamiento. Me pareció un
pedazo más de noche que se había separado del firmamento y caído a la tierra. Sin
embargo, a medida que me iba acercando, comprendí que era una niña. Me sobresalté.
No podía entender cómo habían podido abandonar a una criatura tan pequeña e
indefensa. Estaba demasiado delgada y respiraba con dificultad y, aunque no lloraba,
inconsciente, había marcas de lágrimas en sus mejillas sucias. Así que la llevé a casa y
mandé llamar al médico.
La espera fue lo peor de todo. Cuando el doctor salió del cuarto me explicó en
privado lo que yo ya había supuesto al ver su cuerpo quebrado como el de una muñeca.
La habían pegado. Probablemente la habrían matado, de haber esperado unos minutos
más, pues esa parecía la intención de su agresor. Me dijo que yo la había salvado al
actuar tan rápidamente y me sentí orgulloso de mí mismo. Había hecho algo por
459
alguien. ¿Me sonreiría la niña cuando despertase? ¿Me agradecería mi acción? Me
preguntaron qué iba a ser de ella. Habría que llevarla a un orfanato o entregarla a una
familia para su cuidado. Yo no quise aceptarlo. Me haría cargo. De alguna manera ya la
sentía un poco mía. La entendía como un regalo, como una segunda oportunidad de
hacer feliz a alguien en el mundo.
Sin embargo, cuando entré de nuevo en el cuarto, después de que la enfermera la
hubiera lavado y arreglado, fue cuando la reconocí. Su carita blanca había estado sucia
pero ahora comprendí lo cruel que podía ser el destino, imprimiendo en la pequeña los
rasgos inconfundibles de su madre. La misma mujer que yo había condenado. Que había
matado, aunque no fuera con mis propias manos. ¿Cómo iba a enfrentarme a la niña
ahora, con los mismos ojos verdes grandes y brillantes de Odelle, con sus cabellos
negros y largos y su risa de cristal? ¿Cómo iba a desear su sonrisa, cuando era tan
parecida a la suya, rápida y fácil?
Pero aún sabiendo de quién era hija y de dónde venía, ¿cómo abandonarla? Sabiendo
que su padre —no podía haber sido otro— le había hecho algo tan atroz, pegándola
hasta que había sangrado. Hasta que su piel fina y sin mácula había estado cubierta de
moretones como flores abiertas, ¿cómo podía devolvérsela? Así que no lo hice. Guardé
el secreto solo para mí y decidí adoptarla como Charlotte Abberlain al día siguiente.
Mientras dormía plácidamente, en un mundo sin sueños ni dolor, dejé mi marca en su
nuca y, junto con la señal de los extranjeros, que aún yace en el hueco entre sus
omoplatos sin ella saberlo, la terminé de atar a mi familia. Con rumores que yo mismo
me encargué de extender, la historia de la niña noble del conde Abberlain llegó hasta los
oídos de todos aquellos que pudieran estar interesados.
Cuando despertó y descubrí que no recordaba nada, en vez de sentir pena me
sobrevino la alegría. A ella no pareció importarle lo que hubiera ocurrido antes. Solo le
460
interesaba saber quién era yo, cuál era ese lugar en el que estaba. Su interés por el
mundo era casi contagioso y yo me dejé llevar por la felicidad que suponía tenerla en la
casa, corriendo, riendo, jugando… queriéndome. Por las tardes venía a mi despacho y se
sentaba en mi regazo. A veces me pedía que fuéramos a jugar o pasear, pero otras
simplemente se dejaba arrullar por el susurro de las páginas al pasarse y se adormecía
con su oído sobre mi corazón.
Aún me siento responsable de que haya acabado aquí. Aún me siento culpable,
aunque eso ni siquiera he podido confesárselo a Ilyria.
Yo le dije al marido de Odelle que su mujer tenía un amante.
Estaba despechado. Descubrí que se estaba viendo con otro hombre que no era yo y
no pude soportarlo. ¿Es que no era suficiente? ¿Es que no la quería yo más que a nada
en el mundo? Supongo que todo había sido mentira, que ella en realidad no me amaba.
Ni siquiera me tenía cariño, o no habría hecho algo que me causó tanto dolor. Así que
tomé la decisión equivocada: llevado por los celos, decidí que si no era mía no iba a ser
de nadie.
Escribí una carta a su esposo, en la que no me identificaba, y le conté el momento del
día en que ella se marchaba de casa a pasear. La caminata por el bosque no era más que
una excusa: una vez en uno de los claros, el hombre con el que mantenía esa relación
secreta salía de entre los árboles y la abrazaba y besaba como tantas veces había hecho
yo.
Fui a ver lo que creí que sería el momento de su ejecución. Con la sonrisa nerviosa de
quien no sabe si hace lo correcto, seguí al esposo a una distancia prudencial y me
escondí entre unos arbustos para observar. Él también escogió un escondite y se encargó
de permanecer quieto y silencioso. Primero llegó ella. Parecía una diosa bajada a la
tierra, con su vestido blanco y el cinto dorado alrededor de su cintura. Con sus ojos
461
verdes de ninfa y sus cabellos largos, se sentó en la hierba. Cualquiera que la hubiera
visto se hubiera quedado prendado de esa luz que desprendía, de ese encanto innato al
que nadie se podía resistir. Era como un hada o una criatura del bosque, indomable y
hermosa como la naturaleza misma.
Después llegó él. Parecía mayor que yo. Menos refinado, con ropas pobres, quizá
fuera un campesino que se creía el más afortunado del mundo por poder disfrutar de la
compañía de una dama de alta cuna. Tal vez era solo una víctima. Fuera como fuera, se
acercó a ella y se sentó a su lado. No hubo palabras. Al instante siguiente se estaban
besando y, un poco después, la ropa se deslizaba por sus cuerpos con el suave quejido
de una caricia.
Contra todo pronóstico, nadie los interrumpió. Pensé que el marido entraría en cólera,
pero no apareció. Yo, asustado de ser descubierto, aguanté la respiración y me quedé
quieto, sin querer ver pero sin poder dejar de oír sus suspiros. Cuando el encuentro de
los amantes terminó, yo continué allí sentado. Me sorprendió ver al marido de Odelle
salir de su escondite cuando ya no quedaba nadie. Miró con odio profundo al lugar
donde los amantes habían yacido y se marchó.
Volví a seguirlo. Quería saber a dónde iba a desembocar su actitud. ¿Por qué no cogió
al hombre, cuando estaba a su alcance, y le dio su merecido? ¿Por qué dejarlo escapar
impune con el pecado de tomar la piel de ella entre sus dedos, con el delito de besar sus
labios hasta que su boca solo supiese a su dulce aliento? Sin saber a dónde podía querer
llegar aquel esposo que debería haber estado tan despechado como yo, pronto me
encontré en la casa. Sin hacerme notar, la rodeé y me asomé a la ventana que daba al
salón: Charlotte, la pequeña hija de Odelle, jugaba con una muñeca de trapo. Ajena al
drama que yo estaba viviendo, me pareció dulce e inocente en comparación con su
madre. Nadie la había ensuciado, no había en su mente pensamientos impuros. Supongo
462
que tuve ganas de protegerla desde ese mismo momento. La mujer de mis sueños estaba
con ella, sentada en uno de las sillas delante de la chimenea, aunque sin hacerle mucho
caso a la pequeña. Eran dos entidades independientes que apenas sí se conocían.
Mientras Odelle pensaba en la maternidad como un mal necesario para que su marido la
dejara tranquila, la niña crecía sin el amor de una madre ni un padre. Me dio pena.
Entonces llegó él. No hubo palabras falsas por su parte. Le dijo a la cara lo que
pensaba, acusándola de lo peor que se le podría decir a una mujer. Ni siquiera se
contuvo, aunque Lottie estaba delante, mirando a sus mayores con miedo en los ojos.
No sabía por qué alzaban la voz de aquella manera. No hubo piedad para la mujer que
había engañado a su esposo. Él saltó sobre ella y la derribó. En el suelo, aunque
lucharon, ella estaba destinada a perder. Los lloros de Charlotte me acuchillaban los
oídos. Odelle pataleó y luchó, pero el hombre era más fuerte. Sus manos se cerraron
entorno a su cuello pálido y largo. A pesar de los jadeos que llenaron la habitación, de
los gritos y sollozos de la chiquilla, nadie acudió en su ayuda. Probablemente no había
ya sirvientes en la casa. Él había estado pensando en su venganza toda la tarde. Yo no
podía reaccionar.
Con una última convulsión que me dio nauseas, mi amante cayó muerta. Aunque no
había apretado mis dedos para estrangularla me sentía incluso más culpable.
Me fui de allí para no volver jamás.
Unos días más tarde el libro de mi madre se calcinaba en la chimenea y mis manos
quedaban marcadas en el intento de salvarlo, como no había podido hacer con Odelle.
Suspiro.
Tiro un poco de la tapa del volumen negro, como si intentara abrirlo, pero la
cerradura se niega a ceder ante mis dedos. Supongo que es mejor así. Ni una sola vez
me he atrevido a hojear las páginas, incapaz de imaginarme la clase de destino que me
463
espera si lo hago. ¿Me tragarán las palabras, lanzándome a un universo vacío, en el que
nada es como insisten mis memorias? ¿Se negará ese mundo a aceptarme de nuevo,
consciente de mis delitos? Ilyria tiene razón en parte: ¿por qué no vuelvo una última
vez?
Sacudo la cabeza. Dejo el libro en el cajón, donde estaba, con la carpeta de poemas
debajo.
«Este es mi lugar… ¿verdad?».
464
Ilyria
Víctimas.
—¿Has descubierto ya dónde vive?
Alyse Thanet frunce el ceño y se humedece los labios. La noto nerviosa, mirando
alrededor como si temiese que su esposo o acaso las paredes pudieran escucharla. No le
gustan los secretos y yo la estoy obligando a sostener uno. Da un par de vueltas al
líquido de su té con la cucharilla y yo me echo hacia delante. En estos días he aprendido
a conocer sus gestos: sé que cuando se siente incómoda es porque tiene algo que contar.
Desgraciadamente para ella el arte del engaño no es lo suyo. Al menos, no delante de
mí. Ante su marido adquiere una maravillosa profesionalidad y casi parece que se le dé
bien mentir. William, si se percata de sus artimañas, no lo hace notar, al menos.
—¿Alyse?
—Esto no está bien, Ilyria —susurra ella muy bajito—. Nos vamos a meter en un lío.
Frunzo el ceño. No la contradigo. Lo que nos traemos entre manos no es poca cosa.
Marcus, si se enterara, me mataría. Probablemente lo mismo pasaría con mi amiga si su
marido supiera algo de nuestros planes. Aunque Alyse lo niega fervientemente, sé que
Will la aprecia y se preocupa por ella. La chica dice que no, que él es solo un
pretencioso que se preocupa por sí mismo. Lo que yo veo es muy diferente. Si no se
esforzaran tanto en negarlo juraría que, en el fondo, se quieren, por mucho que su
orgullo se empeñe en mantenerlos separados.
—Ya te dije que tú no tienes por qué venir —le recuerdo—. Puedo hacerlo sola. Pero
necesito encontrar a ese hombre, Alyse. Necesito saber si lo que escribió es solo un
cuento sensacionalista o si hay alguien ahí fuera que realmente puede querer hacerme
daño.
465
—¡No te puedo dejar ir sola! —Se defiende Alyse. Tarde tras tarde desde que me
decidí a pedirle ayuda para encontrar a Bryan Kendall hace dos días, nos encontramos
ante la misma disputa—. Es peligroso. Deberías dejarlo estar. Puede que no sea nada.
—¿Sabes de lo que me he enterado? —Le recrimino. Me levanto. Con algo de
nerviosismo empiezo a caminar por la pequeña terraza en la que nos han servido el té.
Cada vez hace más calor y yo siento que podría ahogarme con este maldito corsé que
todavía no me acostumbro a llevar—. Lil Travers es viuda.
Aly parpadea. Ladea la cabeza con inocencia. Sonríe algo apenada, aunque sé que
está confundida por el cambio de conversación. Sin embargo, sigue el tema porque
probablemente piense que es un cotilleo social y eso le parezca más amable que hablar
de intrigas por los rincones.
—Ah, ¿sí?
—Sí. ¿Sabes? Su apellido de soltera es Hawley. Tiene una hermana en la corte de la
reina. La mejor amiga de esa insufrible de Crossbow. Charlotte me lo dijo anoche,
mientras cenábamos.
—¿En la corte de la reina…? Pero para eso debería ser…
—Noble —concluyo yo. La miro y asiento con un golpe firme de cabeza—. Lo es.
Mi amiga parece genuinamente sorprendida, tal y como lo estuve yo en su momento.
Frunce el ceño porque no alcanza a comprender.
—Pero es la maestra de la escuela de los extranjeros. Eso es…
—No es imposible.
Ella me mira. Sabe que le voy a contar algo interesante, porque se acomoda en su
asiento. No es simple curiosidad social, como pudiera tener cualquier otra dama.
Aunque gusta de cotillear de vez en cuando, a la muchacha rebelde que no muestra muy
a menudo le agradan los misterios. Quizá por eso tenía el libro de Kendall en su
466
biblioteca personal… Quizá por eso me lo dio a mí, consciente de que así podría
averiguar cuánta verdad residía en esas palabras.
—La señora Travers se escapó de casa… porque sus padres no aceptaban su amor con
uno de sus sirvientes. Lil, querida amiga, se enamoró de un extranjero. Marcus nunca
quiso decírmelo, quizá por respeto o por miedo a que relacionase su situación con la
nuestra, pero ayer le obligué a hablar.
Alyse abre la boca para seguir hablando, probablemente para halagar lo romántico del
asunto, pero yo me adelanto:
—Lil es viuda, Alyse —le recuerdo de nuevo, para que entienda la relación del
asunto—. Su marido extranjero murió. En extrañas circunstancias, cabe decir.
Ahora sí, mi compañera palidece al entender lo que le sugiero. Traga saliva y me
observa abriendo mucho los ojos.
—¿Quieres decir que…?
—Lil, según Marcus, siempre pensó que le habían asesinado. No hubo pruebas ni
investigación, pero siempre lo sospechó. Mi conde, por supuesto, no cree que algo así
pueda ser cierto. Aunque aprecia a la Maestra cree que solo se aferra a la única
explicación que tiene que lo apartaran de su lado. Yo creo que es mucha casualidad. La
Hermandad lo mató.
Alyse se encoge sobre sí misma, mirándome con los labios muy apretados. Toma aire
y se remueve en su asiento, inquieta.
—Ni siquiera sabemos si esa Hermandad existe realmente, Ilyria… Puede que estés
obsesionándote.
—Por eso necesito encontrar a Bryan Kendall. Nadie escribiría algo así si no lo puede
fundamentar con algo. Ese libro es una acusación en toda regla. Y muy grave.
467
La chica se humedece la boca. La veo mirar a todos lados y enredar las manos en su
falda. Cogiendo la taza de té en un intento de tranquilizarse, murmura bajito:
—A Bryan Kendall va a resultar difícil encontrarlo…
Frunzo el ceño. Vuelvo a acercarme a ella, posando las manos sobre la mesa, para
escuchar mejor.
—¿Cómo dices?
Alyse aún titubea un segundo más.
—No puedes encontrarle… Está muerto.
Abro la boca. Todas las esperanzas de aferrarme a alguna seguridad con respecto al
tema vuelan tan rápido como llegaron el día que se me ocurrió empezar a investigar el
problema de los extranjeros y la mezcla de sangre. Me dejo caer en la silla. ¿Así que lo
único que puedo hacer es temer una realidad que ni siquiera sé si es cierta?
¿Mantenerme quieta esperando que algo pase? Mi paciencia no está de acuerdo, pero
menos aún lo está mi propio instinto de supervivencia. El día que pase algo, después de
todo, puede ser demasiado tarde. El día que pase algo puede ser el día que me maten.
La señorita que tengo frente a mí aprieta los labios. Sé, por su gesto, que hay algo
más. Entorno los ojos.
—¿Pero? —La insto.
Suspira hondamente, sabedora de que no dejaré el tema en paz hasta que sepa todo lo
que tiene que decirme. Aunque le cueste, una parte de ella también quiere compartir su
información conmigo. Sé que le asusta que pueda hacer algo temerario y de ahí vienen
sus reservas.
—Pero tiene un hijo. Angus Kendall.
Mis párpados se separan algo más. Me echo hacia delante y sonrío, anticipándome.
—Y has averiguado dónde vive.
468
Ella emite un quejidito de protesta, pero cuando deja caer la cabeza se evidencia a sí
misma.
—Sí —afirma aunque ya no hacía falta. Acto seguido me mira, no muy contenta—.
¡Pero es una zona peligrosa! Es muy conflictiva y…
A mí casi se me escapa una carcajada.
—¡Conflictiva! ¡A quién le importa que sea una mala zona! Ese hombre va a darme
todas las respuestas que a mí me faltan. Voy a ir.
Alyse se rinde. Sabe que nada tiene que hacer contra mi obcecación.
—Deberías decírselo al conde…
—No hay discusión en ese punto. —Me levanto con renovadas energías—. ¿Vienes?
Sabes que no tienes por qué hacerlo. Si crees que va a ser peligroso, de hecho, no lo
hagas.
Ella sacude la cabeza. Para bien o para mal, nos hemos hecho uña y carne. Si a mí me
pasara algo no podría perdonárselo nunca. La sensación es recíproca.
—Voy.
***
La parte baja del barrio de los extranjeros no parece un sitio del que fiarse. Allí, en
contraposición a la zona de viviendas al otro lado del río, todo es negro. Incluso aunque
es de día cuando llegamos y la noche aún está lejos de caer, parece haber oscuridad en
el ambiente. Quizá sea el silencio que ha acallado las risas que se oían hasta hace poco.
Quizá las calles vacías o las casas casi derruidas. El viento sopla y solo se oye su silbido
fino. El día parece aún más nublado en este lugar. Todo asemeja más apagado, como si
los colores del mundo hubieran huido de la zona.
Alyse a mi lado se agarra firmemente a mi brazo con una mano. La otra sostiene su
sombrilla, que se ha negado a no traer consigo, aunque dudo mucho que le vaya a servir
469
de algo ser una señorita aquí. De hecho, no más que para llamar la atención, con su
falda de color morado y su elegancia de noble aparentemente desamparada. Por mucha
sed de aventuras que tenga, habiendo estado encerrada toda su vida bajo los buenos
modales y las órdenes de un padre exigente, no creo que pudiera hacer más que
paralizarse si algo pasara. Yo también he traído mi sombrilla conmigo, aunque por
razones muy distintas. Desde el incidente con Rowan le pido a Charlotte su parasol
siempre que voy a salir. Ella se muestra encantada de prestármelo, creyendo
inocentemente que es un afán por mostrarme como una dama. La cruda realidad es que
la cojo solo porque el estoque que guarda dentro a menudo me hace sentir más segura,
pese a que no tenga conocimientos sobre cómo usarla. Siempre es mejor que nada.
Marcus no emite protestas al respecto en ningún momento. Para él y su deseo de
protección es mejor que yo tenga con qué defenderme si algo sucede.
—¿Estás segura de que era por aquí, Alyse?
Mi amiga asiente con fuerza. La miro de reojo. Me está haciendo daño, clavándome
las uñas en la piel. Alzo las cejas.
—Sí. Es un poco más adelante.
—¿Cómo te has enterado de todo esto?
Ella sonríe orgullosa. Parece tranquilizarse un punto, como si la satisfacción del
trabajo bien hecho no le dejara pensar en mucho más.
—De algo me tenía que servir tanta dichosa influencia y todos esos inservibles
contactos, ¿no crees?
Dejo escapar una carcajada y asiento. Miro alrededor. Juraría que, desde algún sitio,
nos observan. No lo digo en alto. Si mi compañera lo supiera se pondría aún más
nerviosa y no quiero que eso suceda. Aún así, tengo que admitir que estoy deseando
470
salir de aquí. Desde dentro de una de las casas casi destruidas veo la tela de una cortina
moverse y una sombra esconderse dentro. Me estremezco y sacudo la cabeza.
—Es esa.
Alzo la mirada, siguiendo la dirección del dedo enguantado de la señora Thanet. Si
esperaba encontrar una edificación mínimamente adecentada en comparación a las
demás, no puedo estar más equivocada. Es poco más que una chabola, como todas las
demás casas. El jardín, que algún día tuvo que tener la gracia de un montón de flores
abiertas, es ahora solo un terreno yermo y gris, lleno de rastrojos y malas hierbas.
No muy seguras, nos adelantamos.
—¿Realmente puede vivir alguien aquí? —Murmura Alyse absolutamente
desacostumbrada.
A mí no me resulta tan increíble. He visto viviendas en condiciones mucho peores en
mi mundo. La pobreza causa estragos. Supongo que la delicadeza noble de mi
acompañante no es consciente de que hay personas que, en ocasiones, no tienen mucho
más que un cartón sobre el que acostarse. Al menos este barrio, marginal o no, da techos
a los que viven en él.
No respondo, en cualquier caso, y me adelanto. Cuando toco, la puerta se abre por el
simple empuje. Hay un chirrido que nos pone a mí y a mi amiga la piel de gallina. Alyse
deja escapar un gemidito, mientras que yo frunzo el ceño. Las dos cerramos nuestras
sombrillas, aunque yo clavo la palma contra el borde de la cabeza del águila. Con
cuidado, acciono la apertura y con un susurro desenvaino apenas.
—¿Hola?
Entramos mirando alrededor. Solo nos recibe una oscuridad asfixiante y el silencio
que lo es más aún. Cojo aire.
—¿Hay alguien ahí? Hemos venido a ver…
471
Un silbido corta el silencio. El filo de un cuchillo se va a clavar contra la puerta y
Alyse grita sin reparos. Yo, que lo he sentido pasar justo a mi lado, ni siquiera soy
capaz de encontrar la voz para hacerlo. El corazón empieza una precipitada carrera
contra mi pecho, mientras toda la sangre huye de mi rostro.
—¡Fuera de mi propiedad!
Mi acompañante parece muy dispuesta a obedecer. Tira de mí con fuerza, de hecho,
pero yo clavo los pies en el suelo. Trago saliva, algo más insegura. Desenvaino por
completo el arma por si acaso.
—¿Es usted el señor Kendall? ¿El hijo de Bryan Kendall?
Hay un farfullo que llena la estancia. No consigo ver nada más que sombras, pues
todas las cortinas están echadas y la casa se mantiene en penumbra.
—No concedo entrevistas —dice la misma voz que nos ha exigido marcharnos. Es
una voz ronca, rasposa.
—No venimos a entrevistarle, señor Kendall. Al menos no en el estricto sentido de la
palabra. He venido a hablar con usted. Necesito su ayuda.
—¿Mi ayuda? Yo ya no puedo ayudar a nadie, muchacha. Igual que nadie puede
ayudarme a mí. ¿Quién eres tú?
Alyse niega enérgicamente con la cabeza cuando yo me acerco a la voz que sigue
hablando con ese tono de enfado permanente. Naturalmente la obvio, aunque camino un
par de pasos con cuidado.
—Me llamo Ilyria Blackwood —respondo en tanto—. Soy… extranjera.
Kendall parece escupir algo, aunque no puedo verlo.
—No sé qué odio más, si a los nobles o a los extranjeros.
Alzo las cejas, casi incrédula, pero las palabras hirientes en el libro de Kendall padre
hacia los nobles me dan una opción para salvar la conversación.
472
—Su padre parecía despreciar más a los nobles.
—Mi padre era noble. Y, de todos modos, yo no soy él.
Reconozco, al fin, la sombra de donde viene la voz. Está recostada sobre un camastro
descuidadamente colocado. Me acerco, bajo mi propio riesgo, hasta ponerme al lado.
—Ya lo sé —comento casualmente—. No he venido a hablar exactamente de su
padre, en realidad. Ni de usted mismo. Pero… Bryan Kendall escribió en vida algo que
me interesa. Me… inquieta, podríamos decir. Quizá al ser solo su hijo no sepa las
motivaciones que lo llevaron a tratar el tema del que hablo… Pero tenía que venir a
intentarlo.
Hay un silencio de duda. Miro hacia atrás de reojo. Alyse me ha seguido y se
remueve, incómoda, agarrándose a mi vestido.
—¿De qué se trata?
Cojo aire.
—Quiero saber cuánta verdad hay en la existencia de La Hermandad de la Rosa
Inmortal.
Tras un instante más en el que la quietud lo llena todo, nacen las risas. Tanto yo como
la señora Thanet nos sobresaltamos. Nos miramos con los ojos muy abiertos. Las
carcajadas parecen las de un loco. Siento que todo el viaje y todas las preocupaciones
han sido en vano. Aprieto los labios, no muy dispuesta a tirar la toalla de momento.
—¿Es que son delirios de su padre, señor Kendall?
—¡Delirios, dices! —Ríe él. En su tono hay burla, una burla irónica y mordaz que me
hace estremecer—. ¡Trae una vela, muchacha! ¡A tu izquierda, sobre la mesilla! Las
cerillas están justo al lado. Te enseñaré la verdad que quieres saber, porque te aseguro
que un delirio no podría hacer lo que esos bastardos me hicieron a mí.
473
Alyse y yo tomamos aire, volviendo a observarnos durante un segundo. A tientas, me
acerco al mueble y reconozco la silueta de una vela. La enciendo después de un par de
intentos y la levanto. Tanto yo como mi amiga nos quedamos sin aliento cuando el
fuego ilumina lo que él pretende enseñarnos. De nuevo se me va la voz. Veo a Alyse
llevándose una mano a la boca y yo tengo que sostener con más firmeza la vela para que
no se me caiga.
Allí, marcando un rostro ya adulto, maltrecho por la edad y la desnutrición, hay una
cicatriz. No es una cualquiera. El rastro de algún filo va desde una sien a otra, pasando
por encima de los ojos y el puente de la nariz. Un par de ojos abiertos, completamente
blancos, sin iris, nos miran sin ver en la penumbra. Inconscientemente doy un paso
atrás, tragando saliva con algo de dificultad. Una sonrisa siniestra curva unos labios que
ya no guardan felicidad.
—¿Por qué…? —Murmuro muy bajito. Me falta el aire—. ¿Por qué le hicieron eso?
Si… Si su padre era noble, ¿por qué…? ¿Es que su madre era extranjera, acaso?
—¡Mi madre era noble! —Ruge él. En su cama, se incorpora a tientas. Coge mi
brazo, el que no sostiene la vela, curvando los dedos alrededor de la piel. Lo hace con
tanta fuerza que el estoque que guardaba entre mis dedos cae al suelo con un tintineo.
Yo ni siquiera consigo moverme, horrorizada, aunque Alyse tira un poco de mí—. ¡Pero
mi padre fue tan estúpido de enamorarse! ¡De enamorarse de una como tú! ¡Una
extranjera! Una chica joven, seguro que bonita. La deseaba hasta la locura. Mi madre se
enteró y se largó. No sé por qué me quedé aquí. Más me hubiera valido tirarme al río
que quedarme con mi padre y su desgraciada ramera.
Aprieto los dientes. ¿Es que eso somos todas? ¿Nada más? ¿Es que acaso piensan que
no tenemos sentimientos, que no podemos amar? No hablo porque sé que no es
momento para mi indignación. No he venido aquí para eso. No puedo enfrentarme
474
también a él. Aunque quisiera y tuviera tiempo, de hecho, no lo haría. Él es tan víctima
como lo puedo ser yo.
—¿Qué pasó…?
—¿Con ella? —Se adelanta él. Ríe en una carcajada que me hiela la sangre en el
cuerpo. Frunzo los labios—. ¿Qué iba a pasar? Si mi padre aún la hubiera mantenido en
su cama, como suelen hacer los nobles con las chicas como tú… ¡Pero no! ¡Tenía que
exhibirla! ¡Mostrarla ante el mundo! ¡Tenía que descubrir lo enamorados que
supuestamente estaban! Se atrevió a pedir permiso para casarse con ella… —Veo cómo
la punta de su dedo se acaricia el pescuezo de lado a lado y siento mis ojos arder con
lágrimas de horror—. Le cortaron el cuello mientras dormía. Mi padre ni siquiera se
enteró, aunque descansaban juntos y pegados. Aún le clavaron el cuchillo en su marca,
por si no había entendido el mensaje.
Escucho a Alyse dejar escapar un sollozo. Yo ni siquiera puedo llorar, aunque mi
mirada se nubla. En mi mente, mis pesadillas vuelven a atacarme. Marcus, tan lejos. Yo,
rendida. Las risas.
La sangre.
—Mi padre se volvió loco —continúa Angus Kendall. Más parece que le divierta, con
ese tono demente que adquiere al hablar. De vez en cuando deja escapar risitas
nerviosas que me ponen el vello de punta—. Lo hizo el mismo día que encontró el
cuerpo de esa fulana mutilado en la cama. Justo a su lado. Sangre. Sangre por todas
partes… —Otra risa. Una lágrima corre por mi mejilla, muriendo en mis labios—. Se
culpó. Se culpó como un necio. Y aún tuvo tiempo de hacer su mayor locura: escribió
ese libro. Ese maldito libro que nos condenó a los dos. ¡Maldito sea Aloys Abberlain,
que lo publicó!
475
Abro mucho los ojos y me tambaleo. Abberlain. Alyse me sostiene como puede,
aunque ella misma ha dejado escapar una exclamación. Jadeo y aprieto su mano con
fuerza.
—Él lo sabía. Ese malnacido conde sabía lo que había pasado. ¡Y aún así lo publicó!
¡Dejó que la locura de mi padre y todo ese afán por descubrir la verdad salieran a la luz!
Sabía que ese libro le haría retozarse en oro. Las ventas se dispararon. El rumor cubrió
la ciudad. Muy pocos lo creyeron, pero aún así no fue suficiente. Vinieron. Vinieron a
por nosotros.
La voz apenas sí me sale de la garganta.
—Lo mataron… —Comprendo.
De nuevo su risa, tan cínica, tan cruel. Tan enferma.
—Empezaron por las manos, chiquilla. —Sus dedos se aprietan tan firmemente
contra mi muñeca que me arrancan un gemido de dolor al sentir sus uñas clavándose
sobre la piel. Alyse intenta apartarme, angustiada—. Después, la cabeza, como habían
hecho con aquella mujerzuela. ¡¡El condenado que acabó con él parecía disfrutarlo!! A
mí me obligaron a verlo todo, para que supiera lo que me pasaría si hablaba. Sus gritos
llenaron la casa, que naturalmente no era ésta. Nadie lo oyó ni lo supo nunca. A mí me
trajeron aquí después. Me hicieron esto, para que yo no pudiera volver. Para que no
supiera cómo hacerlo. Todo el mundo piensa que me retiré aquí por la pena. Porque yo
también me había vuelto loco. Oh, no. Claro que no. La verdad es que a mi modo he
estado encerrado en este lugar todo este tiempo. Sin poder decir mi verdad a nadie. Pero
no importa, no importa… Ya no importa. —De nuevo ríe, mientras yo lloro—. No estoy
loco… pero no importa…
—¿Quiénes…? ¿Quiénes son…? Podríamos hacer algo, si supiéramos… No pueden
ser simplemente sombras. No pueden… no existir…
476
—Son sombras, niña —ríe divertido—. Son sombras.
—¡Pero tu padre hablaba de un grupo radical de nobles! —Grito fuera de mí. Me
paso inmediatamente la mano por la cara para limpiar el rastro de mis lágrimas—. No
puede ser que no sospechase de nadie… De algo…
—Los nobles… Los conoces, ¿verdad? Sí… Sí, seguro que si has venido aquí con
estas preguntas es porque tienes un idilio con alguno. Te crees que tu amor superará el
mundo entero si es preciso, que eres capaz de luchar contra lo que sea por estar a su
lado. ¡Eso creía mi padre, y mira cómo acabó! Lo mismo conseguiréis tú y tu amado,
sea quien sea… ¡Pero no es lo que importa! Eso es cosa tuya. Los nobles, niña tonta, no
se manchan las manos. Contratan gente, aunque ellos estén detrás. Sus trajes son
demasiado blancos para que les salpique la sangre.
Mi amiga traga saliva. Ni siquiera se atreve a negarlo. Ni siquiera se atreve a defender
su posición. Tiembla igual que lo hago yo, aunque intento mantenerme entera. Sin
embargo, ahí siguen las escenas de mis sueños. Ahí sigue Rowan. Sigue su espada,
manchada. Sigue la sangre.
Mi sangre.
—Yo… Quisiera ayudarlo…
—¡¡No!! —Ruge él de nuevo. Alyse se abraza con fuerza a mí y yo escondo mi cara
contra sus cabellos—. No puedes ayudarme. Ni lo sugieras. Márchate. ¡Márchate! Ellos
lo sabrán. Sabrán que lo he contado. Al menos, podré terminar mis días en paz.
Yo me niego a creerlo. Eso significaría que, con mi visita, nosotras lo habríamos
condenado.
—Señor Kendall…
—¡¡Marchaos!!
477
Mi compañera tira con fuerza de mí. Solo me da tiempo de recoger el estoque y la
sombrilla del suelo.
Atrás quedan mis dudas. En mi corazón persiste la angustia.
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Pétalos
Deseo.
La noche ha caído como un manto que calla al mundo. Oscura, casi siniestra, golpea
con sus manos de niebla la ventana y deja la casa sumida en la nada, impenetrable.
Parece casi como si flotáramos en el vacío, aislados del mundo, alejados de él.
Apago la vela y me quedo a oscuras un momento. Las estrellas brillan hoy lejanas,
asomando entre las nubes como diamantes contra la medianoche. Empiezo a contarlas,
pero pronto desisto. La luna parece haber desaparecido del cielo. Quizá esté escondida,
durmiendo ya. Puede que espíe a los amantes como solo ella puede hacer. Que recoja
los deseos que se confiesan en voz alta y se los ceda a los astros. Tal vez vele por los
sueños de los que descansan a estas horas. Yo mismo debería estar en la cama, pero me
veo una noche más incapaz de cerrar los ojos.
Guardo a tientas la carpeta llena de poemas con palabras que acaban de nacer. Al
esconderlos, demasiado cobarde para dejar que vean la luz, mis dedos enguantados
acarician el libro que sigue allí, quieto y callado, como si esperase su momento. «No
hay lugar para él en esta casa», me he repetido durante los últimos días, después de
aquella noche donde el insomnio me hizo recordar detalles de otra vida. Sin embargo, su
presencia me sigue atormentando. Me veo incapaz de destruirlo, por lo que ahí deberá
seguir hasta que reúna el valor necesario.
La noche es inusualmente fría en comparación con los días pasados. Quizá se avecine
un cambio de tiempo. Me levanto de mi asiento y recorro la estancia sin necesidad de
usar mis sentidos. Llevo demasiado tiempo en esta casa como para dejar que la forma de
los muebles o un tablón chirriante en el suelo me sorprendan.
Una vez en el pasillo, aunque mi primer instinto es encerrarme en mi cuarto, dudo.
Ilyria se ha estado comportando de una forma muy extraña desde la visita de Rowan,
479
pero hoy su conducta ha sido aún más sorprendente si cabe. Ha llegado de casa de los
Thanet más tarde de lo acostumbrado y, tras apenas tomar bocado, se ha excusado
alegando cansancio. Me ha dado un tímido beso en los labios y se ha marchado. Puede
que esté durmiendo, pero a mí me resulta difícil de creer. Me lo dice la forma en la que
sus ojos rehúyen los míos, la manera en la que las líneas negras bajo éstos parecen
crecer y oscurecerse más cada día. Por mucho que le pregunto, de todas formas, ella
insiste en que son imaginaciones mías. Ríe y le echa la culpa a un guisante bajo su
colchón. Yo, para evitar la inminente discusión, callo.
No puedo decir que no me pase lo mismo. Desde que ella no duerme a mi lado el
sueño se niega a visitarme. Las últimas noches he imaginado de mil maneras distintas el
momento en el que ella entraría por la puerta con el rostro velado por las sombras y, sin
pronunciar una palabra, se acostaría a mi lado. Es una fantasía inocente, en la que ella
pone su oído en mi corazón y ambos nos quedamos dormidos contando los latidos.
Acunado por sus suspiros, en mis sueños siempre caigo rendido, aunque a veces no
puedo evitar dejar los ojos abiertos hasta que la oscuridad no es más frontera y
contemplo su rostro sin necesidad de iluminación.
Suspiro. Mi mano, sin permiso de mi mente, se cierra alrededor del pomo de la puerta
de mi protegida. Solo un vistazo. Solo asegurarme de que está bien. Un beso en la frente
para alejar las pesadillas y plantar sobre su corazón los deseos más hermosos. Quiero
saber si las hadas la visitan y dejan pétalos que se derriten sobre su pecho con el primer
rayo de sol.
En el más quedo de los silencios, abro su puerta.
Es imposible que consiga dormir.
Cada vez que cierro los ojos está él: Angus Kendall, con su risa demente, viene para
martirizar mis intentos de sumirme en sueños tranquilos.
480
Me ha costado convencer a Marcus, cuando he llegado, de que nada había pasado en
mi supuesta visita a los Thanet. Sé que no me cree. Sé que desde hace días sospecha
que algo me ronda por la cabeza. Ha debido de notar las considerables ojeras bajo mis
pestañas y mis cambios de conversación, o incluso las horas que ya no paso con él en
un intento de rehuir su preocupación. Si yo le dejara ver en mis ojos no le costaría
percibir el miedo que me acecha, hoy más que nunca. He evitado mirarlo desde que
entré por la puerta, cuando ya casi anochecía. En la cena me he concentrado en mi
comida y después me he encerrado obstinadamente en mi habitación con un simple
beso de buenas noches. No le he dado tiempo a protestar. Si lo hiciera, si empezara a
hacer preguntas, yo terminaría dando mi brazo a torcer y confesando todo lo que me
atemoriza.
Aunque me he apresurado a cambiarme y meterme en cama, de nada ha servido.
Hace ya dos horas que me acobijo sin resultado, enredada en las sábanas y con la
mejilla pegada a la almohada. Apenas sí me atrevo a moverme. Como una niña
pequeña me encuentro temiendo que las sombras puedan saltar en cualquier momento
sobre mí. En el silencio parece seguir naciendo la historia de Kendall. Mi imaginación
llena la noche de gritos del pasado, de carcajadas burlonas. Cada vez que permito que
mis párpados caigan veo a Rowan. “Has firmado tu sentencia de muerte”. “Le
cortaron el cuello mientras dormía”. La expresión inventada de aquella víctima viene
para torturarme. La sangre en su pescuezo. Después los alaridos de Bryan Kendall.
“Empezaron por las manos. Después, la cabeza, como habían hecho con esa
mujerzuela”. Entonces su rostro se convierte en el de Marcus. Los ojos heridos de su
hijo se convierten en los de Charlotte.
Sangre.
Es más de lo que puedo soportar.
481
Me incorporo, jadeante, apretando los dientes. La oscuridad se mantiene quieta y
callada, burlándose de mis miedos. Esperando el momento propicio para saltar sobre
mí. Cierro los párpados con fuerza. Solo pido un poco de paz. Solo pido poder conciliar
el sueño sin que me asalten las pesadillas. Esta noche, más que nunca, me gustaría no
estar sola. Sé, no obstante, que es lo correcto. Marcus descubrirá en mis sueños
inquietos todos los demonios que me acechan. Y al mismo tiempo… ¿No alejaría su
calor cualquier mal? Si tan solo pudiera acurrucarme contra su pecho, la melodía
calmada de su corazón haría desaparecer todo lo que alguna vez me ha asustado. Lo
añoro. Por las mañanas hace frío en mi cama, pese a que mi cuerpo siempre despierta
cubierto por las sábanas. No está él. No está su presencia ni su aliento suave cerca de
mi cuello. No están sus besos dulces al despertar. No están sus piernas enredadas a las
mías ni sus brazos acunándome incluso cuando él aún duerme.
Trago saliva.
No. No puedo pensar en eso. Si lo hiciera finalmente mi necesidad de verlo, de
dormir a su lado y compartir sueños, me traicionaría. Y eso sería un error terrible. Se
enfadará si descubre todo lo que le oculto. Se preocupará después, más que cualquier
otra cosa, cuando sepa lo que significa.
La idea de mantenerlo engañado no me gusta, pero sé que es lo que tengo que hacer.
El chasquido de la puerta al abrirse bloquea mi mente. No vendrían a por mí. No
aquí, a la mansión…
“Le cortaron el cuello mientras dormía”.
La puerta se abre.
Mi corazón se para.
Todos los miedos, presentes y pasados, vuelan de mi lecho cuando nuestras miradas
chocan.
482
—Marcus…
Durante un segundo casi me parece que está asustada, pero al ver en sus ojos
descubro el alivio inmediato. La oigo suspirar. La tenue luz de las estrellas se cuela por
las amplias y desnudas ventanas, pues ni siquiera ha corrido las cortinas antes de
acostarse.
—Lo siento. ¿Te he asustado?
Ella permanece quieta, como si necesitase tiempo para ordenar sus ideas y pedirle a
su corazón que cese su loca carrera. Sobre su piel duermen las sombras, que contrastan
claramente con la tela inmaculada de su camisón. Ni siquiera está acostada, sino que
permanece sentada entre las sábanas, como si acabara de despertar de la más horrenda
de las pesadillas. ¿Le asusta esta oscuridad? ¿Por qué no viene entonces conmigo, a mi
dormitorio, donde nada malo puede pasarle? Yo la protegería de todos los malos sueños,
del mismo modo que traté de salvarla cuando Rowan vino. Pero supongo, después de
todo, que ella es completamente capaz de cuidar de sí misma. En cualquier caso es
demasiado orgullosa para pedir socorro, incluso si lo necesita. O para admitir que tiene
miedo. Que es vulnerable. Por eso niega, mirando las mantas con fijeza, y recoge las
piernas para rodeárselas con los brazos en un gesto que me transmite desasosiego.
—Qué tontería —murmura, aunque en realidad no suena todo lo convencida que
esperaba—. Claro que no.
Cierro la puerta a mis espaldas y me acerco hasta el lecho. Sin palabras, ella se aparta
un poco. Yo tomo asiento en el borde del colchón, mirando su silueta dibujarse en la
noche.
—¿Qué haces despierta a estas horas?
Es obvio que no me mira, por cómo agacha la cabeza con insistencia. Sus manos se
mueven sobre la ropa de cama como si tratase de alisarla a pesar de no poder verla con
483
claridad. Se delata con esos movimientos. Sé que hay algo que no quiere decirme. Algo
importante que me oculta. ¿No habíamos dicho que no habría más secretos? ¿O es que
eso solo se aplica a mí? Frunzo el ceño, esperando una respuesta.
—Eso mismo podría preguntarte yo a ti.
«Pero al contrario que tú yo no tengo nada que esconder». Abro la boca con la
intención de hablar claro. Algo me detiene. No puedo decírselo. No me atrevo a
confesarle que todas las noches escribo poemas pensando en ella. Historias que nunca
verán la luz. Que imagino sus labios en los míos y le susurro palabras de amor al oído.
Simplemente no puedo hacerlo. Ni siquiera sabe que he quemado todas las poesías y
cartas que el Marcus adolescente había redactado entre suspiros.
—He estado trabajando hasta ahora —invento en cambio, con los labios apretados.
Si ella se da cuenta de mi mentira no lo hace ver.
—Si me lo hubieras dicho te habría ayudado... —Aún en la penumbra siento sus ojos
clavados en mi rostro—. Tampoco tú duermes bien estos días, ¿no es cierto?
Me humedezco los labios. Dudo un segundo.
—No. Te… Te echo demasiado de menos.
Ella parece sorprendida, pues da un respingo. Coge aire, respirando noche y silencio,
y me doy cuenta de que ha tomado un mechón de cabello entre sus dedos y lo retuerce
nerviosamente. Parece insegura.
—Nunca estabas demasiado convencido de que estuviese bien dormir juntos.
Sonrío algo amargamente. No es eso. Su presencia me distraía, lo cual es diferente.
Es difícil simplemente aceptar que la persona que amas está abrazada a ti. Es difícil
enfrentarse a que eso sea cierto, después de tanto tiempo de soledad. Es como recuperar
una vieja costumbre o enfrentarte a un desafío que ya has superado antes.
Acostumbrado a las largas y frías noches en una cama demasiado grande y un cuarto
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demasiado vacío, en esos primeros días me encontré arropado por sus brazos,
escuchando el vaivén de una respiración que no era la mía y a la que me obligaba, a
veces en vano, a acompasarme.
—Y aún así, ya no puedo imaginarme que sea de otra manera.
Sé que quiero despertar con ella a mi lado durante el resto de mi vida.
Me cuesta concentrarme. No quiero mirarlo, pero sus palabras y su simple presencia
me instan a hacerlo. «¿Por qué no has venido antes, si así es? ¿Por qué has dejado que
me alejara estas noches? ¿Por qué no me has dicho que no podías dormir y me echabas
de menos?». Son preguntas que nunca formularé, porque sé que la culpa es mía. Yo he
impuesto esa distancia por miedo a descubrirme. Él lo sabe. Sabe que hay secretos.
Que he roto nuestra promesa no pronunciada. ¿Espera que le confiese todo lo que me
hace temblar? ¿Querrá que le cuente todas mis pesadillas? No puedo hacerlo. Solo por
una noche me gustaría no tener que pensar. Solo por una noche me gustaría olvidar y
reinventar mis sueños entre sus brazos. Sería tan fácil abandonar todos los
pensamientos entre las sábanas…
—Puedes… dormir aquí esta noche, si quieres…
Lo miro apenas de reojo. Todavía tengo miedo de que haga preguntas. De que exija
saber qué sucede. ¿No estaría, acaso, en su derecho? A mí me ha descubierto todos sus
secretos, mientras que yo hago cosas a sus espaldas y le miento. Pero es por su bien,
¿no es cierto? Él ya tiene suficiente con todo lo que ha tenido que sufrir. Este es mi
problema. Y si algo pasa, finalmente, solo yo estaré implicada.
Marcus, aún sentado a mi lado, no parece muy seguro.
—No quiero que te sientas obligada a…
—No es obligación —lo interrumpo yo rápidamente.
485
Me ruborizo porque lo veo sobresaltarse, claramente sorprendido por la velocidad
de mi respuesta. Me mordisqueo el labio. «Abrázame», quiero decirle. Con eso se
acabarían todos los problemas. El miedo se marcharía de mi cuarto. Pero no soy capaz
de pedirlo. A cambio, me encojo un poco sobre mí misma, rodeándome las piernas con
algo más de seguridad. Eso no consigue espantar el frío que me atenaza.
—Por favor, duerme conmigo…
Él no responde. No se acuesta y por un momento tengo miedo de que simplemente
vaya a levantarse y marcharse, haciendo caso omiso de mi petición. Entonces, cuando
menos lo espero, me abraza. Sus brazos me rodean arrancándome una exclamación
sorprendida. ¿Es que acaso ha podido escuchar mi verdadero deseo, más allá de las
palabras? Eso parece decir su presión, al menos, cuando me apoya con seguridad
contra su pecho. Sus latidos me saludan con la misma melodía de siempre. Me hablan
de paz y de cuentos con finales felices. Mi agarre entorno a mis propias piernas se
deshace. Durante un segundo no me veo capaz siquiera de moverme, mirando sin ver a
ninguna parte. Mis manos caen muertas hasta rozar la sábana. Parecen rendirse. Es
como si me dijeran que ya no tienen fuerzas para afrontar el miedo ellas solas, igual
que no las tengo yo misma. Finalmente se alzan. Saben qué necesitan para alejar todas
las dudas, todo el horror. A él. Solo a él. Mis dedos adivinan sus vértebras por encima
de la camisa y yo me apoyo con más seguridad contra su cuerpo. Al sentirse
correspondido, noto como el propio abrazo se afianza entorno a mí. No va a dejar que
me pase nada porque tengo que vivir en esos brazos, contra ese corazón.
Cuando nos separamos apenas, yo entiendo que no puedo soportar la distancia. Que
lo necesito cerca. Necesito su pecho pegado al mío. Escuchar su respiración y sus
suspiros. Necesito sus besos como si fueran ellos los que me dieran la vida. Sin ellos,
estoy segura, podría morir.
486
Por eso, tras mirarnos, mis labios vuelan a cubrir la sonrisa apacible y pequeña que
se ha apoderado de los suyos.
Su aliento borrará todo el dolor.
Todo desaparece.
Su beso es un hechizo que se lleva cada objeto de esta habitación. Cada sombra y
cada estrella. Cada pétalo y deseo. De pronto solo existe ella. Ilyria. Sus labios. Su
aliento. Su pecho contra el mío y el corazón latiendo a flor de piel, al unísono. Su
calidez. Su suspiro, que ahora es mío. Su olor a lavanda. Su melodía.
Mi mano busca la suya. Nuestros dedos se entrelazan. No puedo más que
maravillarme por cómo encajan los suyos entre los huecos de los míos. Es casi magia.
La prueba irrefutable de que estamos hechos el uno para el otro. Las dos almas que se
conocían antes de nacer. Por eso quizá consigo hablarle sin palabras, mientras mis
párpados ceden y la nada en la que nos encontramos parece llenarse solo de nuestras
respiraciones y nuestras ropas rozándose. «Te quiero», le digo, sin separar mi boca de la
suya, que me lo roba todo. Aliento y alma y voluntad. No necesita de ninguna marca
sobre mi cuerpo para tenerme a sus pies. A sus órdenes. Cumpliré cada capricho que me
pida. «Te quiero».
Mi mano en su cintura. Su camisón y mi guante son lo único que impide que nuestras
pieles se toquen. Suspiro. Aún así siento su calidez. Es un calor agradable que se cuela
por debajo de mi ropa. Que cosquillea contra mi cuerpo.
Esta no es la primera vez que me siento así. Que la abrazo y me recorren los
escalofríos y esa magia inexplicable con la fuerza de mil mariposas aleteando al mismo
tiempo. A veces siento que es como si la conociera de antes. ¿Existirán las vidas
pasadas? Si lo hacen, nosotros debimos estar unidos en algún momento. Antes de que
esta locura en la que no somos libres para amarnos empezara. Pero no importa. Cuando
487
la siento así, entre mis brazos, sé que lucharé por ella contra viento y marea. Contra
cada uno que intente destruir lo que pretendo crear: esta vida a su lado.
Ilyria se pega más a mi cuerpo y yo la recibo apretando mi abrazo. Mis dedos
descansan en el hueco de su espalda. También ahí parecen encajar. Como dos piezas
perfectas, hechas para completarnos el uno al otro. Su brazo se tensa con algo más de
fuerza alrededor de mi cuello. Su mano aprieta la mía, quizá inconscientemente, pero se
queja al no sentirlo suficiente. Su palma descubierta solo saborea la tela del guante.
Quizá por eso se separa. Mis labios quedan fríos, huérfanos, cuando lo hace. Quiero
protestar, pero para cuando pienso en hacerlo ella ya está concentrada en mi diestra, que
me obliga a alzar. De nuevo la descubre como tantas otras veces, con esa lentitud
exasperante que me hace suspirar. Es casi como si estuviera desnudando mi alma.
Todos mis secretos. Todos mis anhelos. Una vez más siento tristeza al no poder percibir
su roce en la punta de mis dedos. Apenas en el dorso, cuando me acaricia con el
bálsamo de su tacto. Solo mi palma puede saborear la efímera sensación de su contacto.
Luego, centímetro por centímetro, sus labios se detienen en besar las cicatrices. Es
como si el fuego volviese, pero esta vez no quema. Es amable, gentil. No hace daño. No
es dolor. Es ternura.
Después, con la misma parsimonia, toma la zurda. De nuevo sus caricias. Su fuego
amable. Sus suspiros contra mi piel, donde se derriten y mueren, mezclándose entonces
con mi propia esencia. Si pudiera, guardaría cada aliento entre las líneas que cruzan mi
palma, haciéndole el sitio que se merece en mi futuro.
La miro. Sus ojos se sellan en los míos. La interrogo por sus miedos, aunque no vaya
a recibir respuesta. Por cada pensamiento.
La amo en silencio, con palabras que solo ella puede descifrar.
Su mirada me ata con la misma fuerza con la que lo hacen sus brazos.
488
Me pide respuestas y lo sé, pero yo no quiero pensar en ellas. No quiero recordar.
Otro beso. Suspiro. Mi nombre. Su nombre. Me gustaría besarlo hasta que sus labios
sobre los míos fueran lo único que pudiera ocupar mi pensamiento. Nuestros párpados
ceden casi por instinto. Nuestras palmas chocan, piel contra piel, cuando vuelven a
entrelazarse nuestros dedos. Con la mano libre me pierdo en sus cabellos, acaricio su
nuca. De nuevo se acercan los cuerpos y se rinden los suspiros. Siento una vez más la
ligera presión en mi cintura, tocando el hueco de la espalda. Se mantiene ahí, quieta.
Cálida. Me parece que su toque es capaz de traspasar la tela del camisón y escribir
versos sobre mi piel.
«No te separes de mí». No se lo digo, pero sé que lo entiende con mis besos. Como
antes, como si fuera capaz de leer todos y cada uno de mis pensamientos, parece
acercarse más. Pierdo el sentido. Su aliento me embriaga y me marea. Si ahora se
alejase, si sus labios abandonasen los míos, yo no podría hacer más que echarme a
temblar. Mi nombre acaricia mi mejilla cuando lo dice, quizá en un intento de
mantenerse atado a una cordura de la que nos alejamos sin remedio. Creo que se
apartará, pero un beso toca la línea de mi mandíbula. Y de nuevo su boca. De nuevo
suspiros. Suspiro su nombre.
Desciendo. Mi caricia toca su cuello y baja. Siente su pulso y lo prueba, presionando
los dedos contra él. Su melodía. Sus palabras sin hablar. Las mías propias. ¿Escuchará
él también el palpitar desenfrenado contra mi pecho? No me cabe duda de que
entenderá todos y cada uno de sus latidos. «Te quiero. Te quiero. Te quiero». Por cada
pálpito, una confesión. Ya no hay pensamientos. Ya no hay miedos. Las pesadillas se
esconden bajo la cama, siendo ellas ahora quienes están asustadas. Temen salir y que
él las venza. Saben que si están sus besos, no pueden acabar conmigo. Con nosotros.
489
Su pecho. Bajo mis dedos, aún por encima de su camisa, lo siento subir y bajar
cuando se separa para tomar aire. Mirada. Otro beso. La nada, porque nada existe
aparte de su sabor en mi lengua. Lento, muy lento. Sin prisa. El tiempo es nuestro. La
noche nos acunará como si fuéramos sus hijos. Como si fuéramos dos estrellas
destinadas a encontrarse en la tierra.
Mi toque alcanza su corazón. La marca que no nos hace tan diferentes debe
aguardar allí, sin que nadie nunca la haya visto. Quiero descubrirla. Quiero verla y
suspirar contra ella. Darle las gracias a su corazón, deshacerme en besos sobre la piel
de esa zona. Temo que me aparte cuando deshago el agarre de los botones, pero no lo
hace. Su mano se aprieta más contra la mía, sus labios tocan mi mejilla hasta adorarla.
Una estrella se descubre en su pecho cuando me separo para verla en la penumbra.
Cojo aire. No hay libro. Solo está ese pequeño pedazo de cielo, allí impreso,
haciéndose eco de todos y cada uno de los pasos de su pulso. Lo veo separar los labios,
pero no hay voz.
Al inclinarme sobre la marca, la beso y suspiro.
A su estrella le pido todos mis deseos.
Estoy convencido de que esto tiene que ser un sueño.
Ella misma tiene que serlo. Se lo confieso sin apartar la vista. Hablándole sin hablar.
Sin abrir la boca, a pesar de que murmuro mil palabras que sé que irán a posarse
directamente sobre su corazón. Le cuento mis temores. Que tengo miedo de sentir que la
fantasía se tornaría pesadilla si la pierdo al despertar. Nada importaría, si así sucediese.
Si cuando el sol ilumine el lecho ella no estuviera allí. Entre mis brazos. Mi luz. Mi
estrella. Mi deseo. Moriría si no pudiera contemplar su rubor. Si no estuviera a mi
alcance la visión cálida de su sonrisa. Si nunca más se me permitiese volver a perderme
en su mirada, como ahora. Vagar en su alma. Vivir en sus ojos. Sus labios. Sus besos.
490
Sus manos, que ahora acarician mi rostro, tras haber bebido directamente de los latidos
de mi corazón.
No hace ruido. Se acomoda y sus dedos rozan mis mejillas. Sus ojos se enlazan a los
míos. Sin palabras, me habla. Su mirada. Su alma misma. Me asegura que no pasará.
Que no permitirá que nadie nos aleje. Que no puede hacerlo. Que no puede simplemente
desaparecer y dejar de ser una parte de mí. Perder mis caricias. Mi risa. Mis ojos, tan
intensos, donde está destinada a morir. A renacer. Ella también cree que la vida perdería
su sentido real si nos alejásemos. Sufriría. Languidecería como en esos cuentos de
antaño en los que las damas enamoradas se convierten en piedra esperando. Su corazón
mismo enmudecería, como el mío. ¿Cómo latir cuando ya no quedan razones para
hacerlo? ¿Por qué vivir si no es por ella? Con ella… En ella.
Le sonrío. Aunque tímidamente, el gesto en mis labios es sincero. No sé si puede
verlo, pero tampoco importa realmente. Estoy feliz. Una ola de calidez me recorre por
dentro. Me siento vivo. Porque por fin, después de tanto tiempo, he encontrado a mi
amor verdadero. No tengo dudas. Después de una vida… todo parece efímero. Todos
los sufrimientos, todas las dudas, carecen de pronto de importancia. Porque tengo la
recompensa entre mis brazos. Mi pago es poder verla. Despertar a su lado. Tomarla de
la mano. Pasear como reyes de la noche por las calles desiertas. Bailar bajo las ramas
del manzano en flor mientras llueven pétalos y deseos sobre nosotros. Abrazarla.
Besarla… Por eso me inclino hacia delante. Por eso mi sonrisa sella otro beso. Uno
dulce, lento, que sabe a final feliz. A principio inesperado. Que sabe a dicha. A
abandono. Y, sobre todo, a anhelo. Anhelo de su boca. De su cuerpo. Mi mano
izquierda presiona un poco más su espalda, atrayéndola hacia mí. Todo lo cercano es
poco. La diestra está sobre su hombro. Casi siento el latido de la estrella bajo mi palma,
491
como si estuviera viva. Ella también puede sentirlo. Busca con sus dedos mi propia
marca, en mi pecho.
Y todo desaparece.
Una vez más solo ella existe. Ella y sus labios. Me aparto. El frío llena mi boca. El
alma se agita, sabiéndose abandonada. Tan vacía. Pero su sabor impregna mi lengua, es
parte de mí, ahora. Hago rodar mis labios por su rostro. Beso su frente, como tantas
veces, intentando vislumbrar sus pensamientos. Sus párpados, a los que quisiera
arrancar todos los sueños, todos los recuerdos. Sus mejillas, cálidas, tiernas, en las que
casi puedo sentir florecer su rubor, aunque ahora están apagadas. Sus labios, las
comisuras de sus labios. La línea de su mandíbula. Su cuello… Mi respiración contra su
hombro, sobre su marca, al apartar la tela del camisón. Suspiros. Dejo que mi aliento
llegue hasta su corazón. «Gracias. Gracias por salvarme. Por ahuyentar la soledad.
Gracias por ser mi deseo».
Me separa, captura mis labios. Me prende fuego. Siento que algo arde en mi boca. En
mi corazón. Bajo mi piel. Sus dedos me rozan, me acarician. Y sus besos que bajan.
Decenas, cientos. En mi pómulo, en mi mentón, en mi garganta. Es una procesión lenta,
pero no por ello exasperante. Mi respiración se pierde, sin tiempo de que el aire vea la
luz. Aunque la miro, ella no lo hace. Contemplo cómo se inclina de nuevo. Cómo su
alma alcanza la mía. La estrella en mi pecho palpita y ella adora cada uno de sus latidos.
Cierra los ojos y muere contra ella, cálida. Insufla un pedazo uno de sus sueños en mi
cuerpo. Otro beso. Otro deseo.
Me estremezco.
Cada roce es una razón más por la que vivir. Por la que seguir soñando. Me pierdo en
cada roce. Muero con cada latido. Dejo caer mis párpados. Mi marca se incendia con su
toque y la magia que corre por mis venas se convierte en llamas. Me concentro en su
492
gesto. En ella. En la caricia más delicada que me han prodigado jamás. Porque, al fin y
al cabo, ella es la primera que conoce mis secretos. Que conoce mis anhelos. Mi alma
misma, que ahora descansará entre sus brazos para siempre. Es la primera persona que
suspira contra mi corazón. La primera y la única que está destinada a hacerlo.
Le pido que se aparte de mi marca sin necesidad de hablarlo. Le ruego con mis labios
que no se mueva. Yo también quiero besarla. Me deslizo hasta su pecho y me poso
sobre las líneas negras. Sobre el escudo de armas. La A. La cabeza del águila. «Me
gustaría quedarme aquí para siempre. En tu corazón. En esta cama. En esta casa. En este
momento. En tu cuerpo… Aquí, donde el alma anhela decir que eres mía… pero no
puede hacerlo. Debo silenciarla, porque tengo miedo de que este sueño se rompa en mil
pedazos».
Pero aquí, ahora, nada puede separarnos. Esta es la prueba. La única que necesitamos.
La única que este mundo marchito jamás podrá entender. Pues ella es ahora mía…
Yo siempre he sido suyo.
Caemos.
La noche nos coge en su seno y nos vela. Solo la luna será consciente de nuestras
caricias, que se quedarán bajo el silencio de su sonrisa brillante. Las estrellas
murmurarán sobre besos capaces de estremecer el firmamento; nuestras palabras ni
siquiera ellas las sabrán. Mueren en nuestros suspiros. En nuestras respiraciones
perdidas. En nuestros latidos. Rechazan palpitar contra la piel para hacerse eternas en
nuestra mirada.
Caemos…
Aprendo a vivir en su cuerpo.
Volamos.
493
El día aún está lejano y rezamos por que no llegue. El sol no puede ver cómo me
abandono en ella, callado, aunque mi alma grite palabras de amor. Nadie debe saber que
las sombras nos ocultan, que nos cubren. El susurro de la piel contra la piel es lo único
que llena el cuarto. Nuestros besos. El aliento que abandono en su boca y en cada
centímetro de su ser. Yo mismo me pierdo entre las caricias hasta ser poseído y
convertirme en su esclavo.
Volamos...
Cada latido a su lado es nacer de nuevo.
Como en una batalla me rindo ante él.
En esta batalla me hace prisionero.
—Te amo.
La noche se disuelve en nuestras caricias.
—Te amo.
La mañana nos encontrará enredados en el cuerpo del otro.
494
Ilyria
Cenicienta a medianoche.
Despertar a su lado es ver cumplidos todos mis deseos.
Su cuerpo. Su calidez. Aún me arropa. No hay frío esta mañana. Nada nos cubre
excepto el otro y eso es suficiente. La brisa del amanecer no nos sorprende. Los
primeros rayos del sol no duelen en los ojos. Nos protegemos refugiándonos. Abrir los
ojos y encontrarnos es todo lo que me hace falta para entender que no necesito más. Mis
miedos se vuelven arena entre mis dedos; se escurren por mi piel y se pierden en sus
besos. Arriesgaría mi vida entera por mil amaneceres en sus brazos, pactaría con el
Diablo la venta de mi alma si eso me asegurara despertar cada mañana con sus caricias.
Todo lo que soy sería poco si con entregarlo me prometiesen la eternidad a su lado.
No hay vergüenza. Los buenos días se dan entre risas y suspiros. Nuestras manos
recuperan todos los roces que por la noche dejaron abandonados sobre nuestros cuerpos.
Nuestros labios se hacen cargo de devolverse cada uno de los besos. El rubor es un
precio ridículo por los minutos de intimidad. Rodar por la cama, enredarnos entre las
sábanas. Reír y robarnos las risas directamente de la boca. Provocarnos los suspiros y
quedarnos allí, muy quietos. No hay ya silencio en mi cuarto. Nada asfixia. Su
respiración bate contra mi oído y su corazón aletea para embriagarme con la música que
adoro.
—¿Ilyria?
No abro los ojos. El tiempo ha pasado con los dedos de Marcus sobre mis cabellos.
Su otra mano lanza caricias que me estremecen, tocando apenas la espalda.
—¿Duermes? —Susurra al no recibir respuesta.
Sonrío encantada por ese cuidado casi infantil. Me muevo y me pego más contra él
para que entienda que no lo hago. Siento un beso caer sobre mi cabeza y su extremidad
495
abrasada repasa el contorno de mi mejilla. Giro el rostro para besar con adoración cada
una de sus yemas. Sé que apenas puede sentir mis caricias pero que le gusta entender
que no juzgo esas marcas. Que lo quiero con todos los defectos que pueda tener.
—¿Qué ocurre? —Respondo contra su palma. Contra el símbolo de su poder, que me
parece que palpita bajo mi boca.
Sus labios tocan mi frente. Separo los párpados y lo observo en silencio. No puedo
ver el color mágico de sus iris, el mar púrpura en el que siempre deseo perderme. Tiene
los ojos cerrados, quizá para concentrarse en sentir todas las caricias que pueda
obsequiarle.
—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? Pase lo que pase… Para siempre.
Casi me echo a reír de simple felicidad. Me tiro encima de él, pletórica, como si acaso
fuera la primera vez que lo oyese. Nunca me cansaré de escucharlo. Me lo repetirá todas
las mañanas y yo sencillamente desearé volver a oírlo un millar de veces más.
—Te quiero. Lo sé. Para siempre.
Los besos sellan las sonrisas.
***
No ha vuelto a haber pesadillas.
Las noches a su lado las borran como si nunca hubiesen estado presentes en cada
fantasía. Los rostros y la sangre se pierden en la memoria para no salir más a flote. Es
como si la paz nunca se hubiera marchado. Se había quedado viviendo bajo la almohada
de su cuarto, al que he regresado. Si volviera a mi habitación, a enfrentarme a la
oscuridad sola, de nuevo vendría el miedo a visitarme. Pero sé que mientras él esté junto
a mí no tengo nada que temer. Así, desde aquella noche de besos derrochados, me
encuentro cada día en sus brazos. A veces simplemente nos quedamos dormidos
496
escuchando los latidos o leyendo cuentos en el firmamento. Otras la ropa abandona los
cuerpos y solo estamos nosotros para abrigarnos, piel contra piel.
Han pasado cinco días. Alyse vino ayer por la tarde a preguntarme si todo estaba
bien. Se había extrañado al no recibir noticias mías. Le he dicho que deje de
preocuparse. No creo en esa Hermandad. Quizá no quiera creer en ella, simplemente,
pues hay pruebas más que sobradas de que existe, pero mientras no deje claro que su
objetivo es venir hasta a mí, ¿por qué debería inquietarme? Haberlo hecho solo había
abierto distancia con Marcus y sé que no quiero que eso pase. Si es que acaso estar a su
lado me condena, quiero disfrutar de cualquier ínfimo segundo de su presencia. A veces,
sin embargo, cuando estoy en el despacho con él, siento que sigue habiendo una brecha
que nos aparta. Un pequeño precipicio difícil de saltar. Sé que tengo que contárselo
pero, ¿cómo evitar que se preocupe?
—¿Marcus? —susurro esa tarde.
El conde se tensa durante un segundo y después baja la mirada hacia mí, parpadeando
algo sorprendido. En ocasiones es como si él mismo estuviera lejos, pero sé que ya no
me oculta nada. Soy yo la que se empeña en guardar secretos… o eso creo.
—¿Sí?
Sus dedos acarician mi mejilla y rozan mi mentón con suavidad. He abandonado mi
sitio al otro lado de la mesa para poder leer arrullada por el sonido de su corazón.
Frunzo un poco el ceño ante su toque distraído. El conde aprieta los párpados como si
necesitase sacar algo de su cabeza. El gesto me desliga de mis pensamientos.
—¿Ocurre algo?
—No —se apresura a responder él—. Estoy algo cansado, nada más…
Se me escapa una sonrisa divertida.
—Qué poco aguante, conde.
497
Inmediatamente se ruboriza. Con suavidad me da un golpe en la cabeza. Yo me echo
a reír, escondiéndome contra su camisa. Él deja uno de los manuscritos sobre la mesa
para poder abrazarme. Como siempre que lo hago avergonzar, su respuesta parece algo
cohibida.
—No parecías tener queja alguna anoche.
Enrojezco un poco, como una niña pillada en falta. En respuesta al atrevimiento le
doy con la palma en el pecho. Él emite un quejido bajo, pero los dos sonreímos.
Abandona un beso en mi cabeza y yo cierro los ojos.
—¿Qué ibas a decirme?
—No, no era nada…
Después de tanto tiempo buscando paz no estoy dispuesta a ser yo quien la rompa.
***
—¿Y qué pasó entonces? —Reclama saber Charlotte con los ojos muy abiertos.
Sonrío ante su inocencia infantil. Me sorprende que con todos los libros que llegan a
este mundo no conozca ciertos cuentos que son tan comunes en el mío. O quizá sí sepa
todas esas historias de príncipes y princesas pero no le importe volver a escucharlos una
y otra vez.
—Las malvadas hermanastras —le cuento confidente, inclinándome sobre ella. La
niña no pierde detalle de mi rostro, abrazada a mi cuerpo con sus pequeños brazos— le
rompieron el vestido a la pobre Cenicienta para que no pudiera ir al baile.
Lottie se muestra verdaderamente escandalizada al saberlo.
—¡Qué malas! —Exclama ella frunciendo el ceño—. ¡Pero si Ceni había hecho todas
las tareas, como la madrastra había ordenado!
498
—¡Muy malas! —Le doy la razón—. Sin embargo, nuestra querida Cenicienta,
incluso aunque ella no lo sabía, tenía un hada madrina: una persona que cumpliría sus
deseos.
—Si cumplía deseos debía ser un genio como Yinn pero en chica.
Me echo a reír, asintiendo.
—Así es, aunque las hadas madrinas no cumplen solo tres deseos. Esta hada madrina
le hizo en un segundo el vestido más bonito con el que pudiera una muchacha soñar.
Cogió una calabaza del huerto y la convirtió con palabras mágicas en un magnífico
carruaje blanco y brillante. No te miento si te digo que tanto su vestido como el coche
que había de llevarla a la fiesta brillaban con la propia luz de las estrellas.
Con su inocencia intachable Charlotte abre mucho los ojos, creyendo por completo
todas y cada una de mis palabras.
—¡Yo también quiero un hada madrina! ¿Entonces Cenicienta asistió al baile?
—Como la más hermosa de las jóvenes, allí fue. Cuando entró, todo el mundo se
quedó embelesado por su belleza. ¡Ella misma parecía un trocito de cielo arrancado al
firmamento! El príncipe, que allí estaba, no pudo más que maravillarse por su sonrisa
dulce, su aspecto despistado y sus ojos curiosos y emocionados por la fiesta que
presenciaba. Así, olvidándose de todos los demás invitados, el muchacho se presentó
ante la joven Cenicienta y le pidió bailar.
La pequeña sonríe ampliamente. Para mi sorpresa su abrazo se deshace entorno a mi
cuerpo y ella se levanta. La sigo con la vista, parpadeando. Cuando da una vuelta sobre
sí misma me parece más que nunca un pequeño ángel que ha ido a caer en mi regazo.
Sonrío inevitablemente al ver su falda susurrarle al viento.
—¡Seguro que bailaron a la luz de la luna! Que encontraron su propio Árbol de los
Deseos y se enamoraron bajo los pétalos como os enamorasteis tú y papá.
499
Entreabro los labios y me ruborizo. Sonrío enternecida y avergonzada a la par. A
veces Lottie saca a relucir la noche de su cumpleaños, asegurando que en aquel
momento las hadas, aunque no las viésemos, bailaban a nuestro alrededor. Los pétalos
que el viento arrancaba los iban dejando caer los pequeños seres, porque en el momento
en que empezamos a danzar supieron que debíamos estar juntos. Para siempre.
Sacudo la cabeza, frotándome la mejilla. Supongo que nuestra propia historia sí se
parece al cuento de Cenicienta. El príncipe y la sirvienta. Después de todo, los cuentos
pueden existir y hacerse realidad. Puedo creer en finales felices.
—Sí, seguro que sí —respondo en un susurro.
Charlotte vuelve a sentarse a mi vera. Se apoya contra mi pecho de nuevo y yo la
rodeo con mis brazos. Me exige contarle el resto del cuento y yo sin protestas acepto,
entretenida en acariciar sus cabellos.
Marcus me ha dicho después de comer que tenía asuntos de conde que atender. Todas
esas cosas de economía y terrenos que yo no puedo ni mirar. ¿Nos observará como hace
siempre desde la ventana del despacho? Al alzar la mirada no lo veo. Supongo que ha
de estar muy ocupado. Desde que llegué no lo he visto cuidar mucho ese tipo de
deberes. Por mucho que me gustaría, soy consciente de que Charlotte y yo no podemos
acapararlo. Mientras él trabaja en esos asuntos yo cuido de la niña, que agradece que
juegue con ella. Supongo que antes no tenía mucho que hacer cuando su padre tenía
asuntos que tratar.
Cuando el cuento acaba, Yinn se asoma para anunciarnos que la merienda está lista.
Anticipándose y adivinando un montón de dulces, la niña tira rápidamente de mí.
—¡Yinn! ¡Eres nuestro hada madrina! —Dice Lottie en cuanto ve la bandeja con
galletas de chocolate y el té preparado.
500
Tanto el genio como yo parpadeamos. El aludido me mira como si yo fuese la
culpable de esa idea y finalmente nos echamos a reír.
—Bueno, un hada tiene. Pero no me lo imagino con alas de mariposa, Charlotte.
—Sería un hada guapísima, que lo sepas —interviene él.
Dejo los ojos en blanco y me siento también. El muchacho también se acomoda con
nosotras. Angela no tarda en venir. Nos hemos acostumbrado a reunirnos allí a esa hora.
Poco a poco la muchacha de impolutas alas blancas parece ganar confianza conmigo,
aunque sigue siendo tímida y silenciosa. Poco a poco, se disipan todas mis dudas sobre
cuál es mi verdadero hogar.
Pese a la insistencia de Marcus, yo no he vuelto a preocuparme de volver. Intento, de
hecho, no pensar en mi mundo, aunque siempre se hace irremediable. Echo en falta las
tardes en la librería, a Alice o a mi madre. Todavía recuerdo lo preocupada y culpable
que sonaba al teléfono cuando le expliqué mi falsa ausencia. Cuando es así y lo echo
todo de menos, miro alrededor. Me doy cuenta, entonces, de que nunca he tenido lo que
tengo ahora, pese al alto precio que tengo que pagar por ello. De que allí nunca lo
tendré. Aún así, si tan solo pudiera volver una última vez, para despedirme como
debo… para decir claramente y sin pesar: “me marcho”.
Tras una charla liviana, Lottie se lleva a Angela a jugar con sus muñecas, contándole
el cuento de la Cenicienta. Sacudo la cabeza, ayudando a recoger a Yinn.
—¿Por qué no ha bajado hoy el thaýr?
Miro al muchacho mientras le ayudo a limpiar un par de platos, humedeciéndolos.
—Está ocupado. Me sugirió amablemente que no lo molestara, porque así acabaría
antes. Cuando me ha dicho que no quería trabajar esta noche para compensarme, me he
visto en la obligación de aceptar todo lo que diga —le comento guiñándole un ojo.
El genio se echa a reír, divertido, secando la bandeja que le paso.
501
—Parece que el thaýr ha espabilado.
Hago un ademán teatral de abanicarme y los dos reímos. Nos sentamos de nuevo a la
mesa, como cada tarde, para hablar como dos viejos amigos que se conocen de toda la
vida.
—¿Cómo van las cosas con Sabine?
Yinn da un respingo. Se ruboriza de pronto y empieza a balbucear. Parece muy
concentrado en repasar una imperfección de la mesa. Alzo las cejas, pero no hago caso.
Si quiere decir algo finalmente lo hará.
—Pues lo cierto es que… No sé cómo decir esto… Ella… Yo…
Lo miro sin hablar, pero pronto atiendo alrededor. Cuando se atranca de esa manera,
mejor darle su tiempo para organizarse las ideas y las palabras. Si es consciente de que
estás pendiente de su respuesta se aturulla aún más y amenaza con sufrir un colapso.
Encuentro la aparente distracción que necesito en el periódico abandonado sobre la
encimera de la cocina. Me levanto y lo cojo, aparentemente interesada, para volver a
sentarme después a su lado. Lo miro de reojo, inquisitiva.
—Había pensado en… —se humedece los labios, ansioso—. Ya llevamos mucho
tiempo juntos y creo que sería adecuado que… Mmm…
Dejo los ojos en blanco, bajando la mirada al periódico que sostengo entre mis
manos.
Las palabras de Yinn desaparecen. El mundo entero se calla.
El silencio sobreviene con el titular. La sangre huye de mi rostro. Mis labios se
entreabren y solo soy capaz de percibir un pitido lejano. No hay más. Todo se detiene,
incluido mi corazón.
Una frase es suficiente para que vuelvan todos mis miedos.
«Angus Kendall aparece muerto».
502
Me levanto. El mayordomo, que en realidad había seguido hablando, se silencia. Me
observa con los ojos muy abiertos mientras yo retrocedo. Quiero huir de las palabras
impresas. Quizá si aprieto los párpados muy fuerte se recoloquen o simplemente
desaparezcan. Puede que allí encuentre el nombre de cualquier otro. Mi mente me ha
traicionado. No es él. No puede ser él.
“Ellos lo sabrán”, me repite la voz enferma de aquel hombre. “Sabrán que lo he
contado”.
No puede ser cierto.
—¿Ilyria?
Alzo la mirada. Yinn me observa con los labios apretados. Se levanta también,
claramente preocupado. Sus ojos se fijan en mí y luego mira al periódico.
—¿Qué ocurre?
“Al menos podré vivir mis últimos días en paz”.
—¿Qué pone ahí? —Le exijo saber. No es una pregunta, no es una petición. Casi me
parece que grito. Mi dedo señala al papel sin ser capaz siquiera de mantenerse firme.
El muchacho no parece comprender. Se acerca, inseguro, al diario. Al leer el titular
frunce el ceño. Me mira de reojo, sin responder.
—¡Qué nombre pone ahí, Yinn!
Le sobresalto. Me mira casi asustado por mi repentino humor. Yo siento que me
quitan el aire. Me tengo que apoyar contra la encimera para no caer. No es posible.
Sencillamente no puede ser. Eso significaría que…
—Angus Kendall —susurra Yinn.
Me llevo una mano a la boca. De pronto siento nauseas. Las ganas de vomitar me
suben por la garganta y el mareo se hace con mi cabeza. El suelo desaparece bajo mis
503
pies. Cuando me tambaleo, el mayordomo se apresura a sostenerme y yo me apoyo
contra él con un jadeo.
—¡Ilyria! Ilyria, ¿qué pasa? ¿Conoces a ese hombre?
No hay respuesta. Lo he condenado. “Ellos lo sabrán”. Con mi visita, Angus Kendall
aceptó su muerte sin ningún tipo de reparo. Su risa de loco se hace eco en mi cabeza,
atravesándola sin piedad. Lo averiguaron. Han sabido que admitió todos los secretos
celosamente guardados durante años. Él no hizo caso a la advertencia que dejaron sobre
su cara cuando mataron a su padre y ahora ha pagado por descubrirse, tal y como Bryan
Kendall pagó en su día.
Siento que yo misma lo he matado.
Me abrazo a Yinn, que no sabe qué hacer. Sus brazos me rodean y yo me encojo
contra su pecho. Mi respiración me traiciona. El peso en el alma se hace tan
inaguantable que no me deja moverme; clava mis pies en el suelo y me obliga a respirar
con fuerza. Lo han matado. Lo he matado.
—Ilyria, ¿qué sucede? ¡Por favor! Me estás asustando. ¿Qué pasa con ese hombre?
Miro el periódico de soslayo, sin contestar. Con manos temblorosas lo cojo. Allí, bajo
el titular, lo explican. Su cuerpo sin vida apareció en la madrugada, en el río. Ahogado.
¿Cuántos días podía llevar muerto, si lo han encontrado hoy entre las aguas? Los
sollozos me traicionan y me veo en la obligación de soltar el noticiero, que me quema
entre los dedos. Es una advertencia. Si simplemente quisieran haberlo matado sin
levantar sospechas lo habrían hecho. Habría pasado por una muerte natural si ellos lo
hubieran deseado. Quizá lo habrían asesinado sin más en su casa y nadie lo hubiera
descubierto nunca. Pero al mostrarlo al mundo entero se aseguran de que su mensaje
llegue claro a mí: saben que conozco la verdad.
La siguiente soy yo.
504
Tengo que decírselo a Marcus.
Me separo de Yinn aún tambaleante. El chico me mira sin entender. Abre la boca
pero yo niego enérgicamente con la cabeza. No es capaz de detenerme cuando me
apresuro a salir.
Miedo. La sangre vuelve a mi cabeza. Casi siento el agua inundándome los pulmones.
Las lágrimas escapan de mis pestañas sin piedad. Yo lo he matado. Ha muerto por mi
causa. Casi siento que mis manos han sido las que han acabado con su vida. Me
imagino a mí misma apretando su cuello hasta escucharle dejar de respirar. Su risa se
hace con mis pensamientos. De nuevo la espada de Rowan me atraviesa sin piedad.
Todo da vueltas.
Sangre.
Marcus. Él lo entenderá. Él me cuidará. No dejará que nada me pase. Tenemos que
estar juntos. Juntos.
Para siempre.
Al abrir la puerta del despacho la realidad me golpea con una bofetada.
Él no está allí.
Me quedo helada, quieta. Me dijo que trabajaría toda la tarde, que estaría en su
despacho. Me prometió que a la hora de la cena bajaría y que por la noche, cuando ni
siquiera la luna escuchase, me enseñaría algo que había preparado para mí.
Pero Marcus no está en su sitio.
Me aparto una lágrima del rostro, mirando alrededor. ¿Habrá ido al cuarto? Si hubiera
salido habría bajado a ver cómo estábamos, como siempre que se toma cinco minutos en
medio del trabajo. Aprovecha cada pequeño descanso para lanzarnos algún vistazo, para
robarme un beso y abrazar a su hija. Pero no ha hecho nada de eso.
—¿Marcus…?
505
Achaco el mal presentimiento que acecha mi pecho a la noticia de la muerte de
Kendall. Al miedo. No pasa nada. «Todo está bien», me digo mientras me adelanto por
el despacho. Marcus entrará en cualquier momento por la puerta y me abrazará al verme
tan inquieta. Se acabará lo de ocultarle cosas. Dejaré que me cuide y la preocupación se
hará menor si estamos juntos. Encontraremos una solución. Nada nos separará. Dijimos
“para siempre”. Nada puede romper nuestra promesa.
¿Verdad?
Los minutos pasan y aunque me siento en mi silla nadie traspasa la puerta abierta. El
silencio ha cundido o quizá yo ya no soy capaz de escuchar nada más. «Marcus, ¿dónde
estás? ¿Dónde has ido? ¡Vuelve ya! Te estoy esperando. Te necesito. Te necesito ahora.
No tardes». Pero tarda. No vuelve. No están sus pasos acercándose a mí. Aprieto los
párpados. Intento sentir que me rodea con sus brazos y la melodía que tanto adoro late
cerca de mi corazón. Imagino. Sueño. Dos minutos. En dos minutos estará de vuelta.
Me tomará el rostro y me besará. Me jurará que nada malo puede pasarme y yo lo creeré
como creo todos sus cuentos.
No regresa y yo tengo que abrir los ojos.
De pronto tengo un pinchazo en el corazón. Me levanto. Con la misma seguridad que
puede tener alguien que camina entre nubes, siempre con miedo a caer, rodeo la mesa.
No quiero hacerlo en realidad. Una parte de mí ha comprendido. Las palabras de él en
los últimos días se reinterpretan. Su dificultad por dormir. “Te quiero. Pase lo que
pase”. Cuando descubro en el suelo lo que temía encontrar, entiendo en esa frase una
despedida encubierta.
A medias oculto debajo del escritorio, el libro de Charlotte se mantiene abierto.
Me llevo una mano a la boca, conteniendo un jadeo. Se ha ido. Sin mí. ¿Por qué ha
hecho eso? Intento tranquilizarme. ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Por qué si ya lo
506
había pensado durante todo este tiempo no me lo confesó? ¿Qué necesidad tenía de
esconderlo? ¿Es que acaso…?
¿Es que acaso ha decidido no volver?
Me dejo caer. No puede ser cierto. Él no nos abandonaría. Ni a mí ni a Charlotte.
Somos su familia. Somos su hogar. Este es su sitio. Tiene que vivir contra mi corazón,
igual que yo he aprendido a dejarlo todo por acomodarme en su pecho.
“Para siempre”.
¿Por qué, entonces, se ha ido? Tomo aire. No. No nos dejará. No hará como su padre.
Prometió pasar esta noche conmigo. Me mostraría una sorpresa. Parecía tímido cuando
lo dijo, pero también emocionado. Como si hubiera tomado una resolución y llevase
mucho tiempo esperando para llevarla a cabo. ¿Por qué, entonces, no está?
Cojo aire.
Tengo que tranquilizarme. Los nervios me traicionan. Tomo el libro con dedos
temblorosos y lo dejo sobre la mesa, rozando las páginas. Las letras me reciben
contando una historia que ni siquiera me veo capaz de leer. Siento los ojos húmedos.
Esperaré. La noche caerá y él saldrá de sus páginas. Ni siquiera me veré capaz de
discutir. Un vistazo a la pena que he sentido durante un momento y él mismo se
disculpará con su abrazo. Con sus besos. Quizá sea algo que tenía que afrontar solo.
Quizá, como yo, no quería preocuparme. Por eso no me ha dicho nada. ¿No puedo
entender esas razones? Durante días he estado escondiéndole cosas aún más graves que
un simple viaje durante unas horas. Él tiene derecho. Eso es. Regresará y sus dedos
apartarán el miedo con sus caricias.
Abrazo el libro como si eso pudiera reemplazarle por el momento.
Las horas pasan y el tiempo cae. El sol deja de calentarme la espalda. El día muere
con el color sangriento del atardecer, que parece hoy más rojo que nunca. No me
507
muevo. Ahora él aparecerá. Dentro de poco. Muy poco. Ya queda menos. La luna se
alza. Está completamente llena, como un gran ojo que espera atento ver también su
llegada. Las estrellas tiemblan. Cada vez menos tiempo. Él está a punto de aparecer.
Contaré los minutos como si así pudiese contar a las hijas del firmamento. Uno. Dos.
Tres. Solo un par más. A medianoche tocarán las campanas, como la historia de la pobre
Cenicienta. Entonces, desafiando al cuento, será cuando nos encontremos, en vez de
separarnos.
El reloj toca. Cenicienta abre los ojos.
La soledad es la única que llega.
—Marcus… —Casi gimo. Duele. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene? ¿Qué es capaz de
retenerle? Aquí estoy yo. Está Charlotte. Su familia. Sus deseos cumplidos—. Marcus,
aparece. Ya han tocado las doce. Es la hora de la magia. Tienes que aparecer. No puedes
romper tu promesa. Tenemos que estar juntos. Hay algo que tengo que contarte. Dijiste
juntos. Dijiste para siempre. Dijiste que me querías. Y te quiero. Por favor, aparece…
Silencio.
Una lágrima cae sobre las páginas del libro.
La luz que nace. La oscuridad que llena. La sensación de desaparecer. Apenas soy
capaz de gritar.
El libro me reclama y yo solo me siento caer.
Cenicienta ni siquiera deja su zapato atrás.
508
Agradecimientos a doble voz.
La página de “agradecimientos” resulta la más complicada de esta novela, quizá
porque hay mucho que decir y muy poco espacio; o quizá porque nunca se sabe muy
bien cómo empezar o qué decir: es como dar un discurso ante un montón de gente, y
esta vez no puedes esconderte tras los rostros de los personajes. Nos vamos a esconder
la una en la otra: esta carta está escrita por las dos aunque sea una (no os diremos quién,
aunque algunos podréis adivinarlo) la que la haya tecleado entre el nerviosismo de no
saber qué poner.
En primer lugar, gracias a ti, que has llegado hasta esta página. Puede que solo
llegues tú, puede que haya llegado mucha gente, puede que no llegue nadie. Pero
gracias a aquel que lee estas líneas. Gracias a ti, por leer. Tienes derecho a un deseo.
Coge un pétalo y sopla: mandaremos el recado a las hadas para que lo cumplan.
En segundo lugar, todos los que vamos a mencionar son parte de Pétalos de papel.
Nosotras solo hemos plasmado una historia en palabras: vosotros la habéis completado
con vuestra ilusión, vuestro trabajo, vuestro cariño y vuestro apoyo. Estos pétalos
nacieron en base a una ilusión que ya nos parece muy lejana (ganar un concurso) y a día
de hoy ni siquiera conseguimos creernos en todo lo que se ha convertido. Pétalos de
papel significa mucho para las dos autoras que os escriben, así que gracias por formar
parte de este pequeño sueño victoriano lleno de hadas y deseos por cumplir. Gracias por
saltar a estas páginas.
Gracias a nuestras familias, por estar, por mantenernos con los pies en la tierra
cuando hacía falta pero también dejarnos volar para alcanzar un sueño. Gracias a Hugo
Gil, porque ese pequeñajo siempre ha creído en nosotras y en este libro.
Gracias a todos aquellos que sois familia aun sin tener nuestra misma sangre: Mónica,
Alejandra (nuestra Alice), Bressend, Álvaro, Yolanda, Esther, Mary… A esos que
509
siempre leen, comentan, critican, ríen y lloran con nuestras palabras. A ellos por ser
sencillamente ellos. Por creer y estar ahí, en el día a día, con su cariño y todo su apoyo.
Especialmente gracias a alguien que ha colaborado tanto que se nos han desgastado
los agradecimientos para ella: a ti, Barb Hernández, por tu ilusión y tu trabajo, por tu
magnífica portada, por todos los ánimos, todos los gritos de frustración y todas las risas.
Ah, y por tu maravillosa identificación de personajes y ser nuestra Lottie.
A Lop-chan, Anna, sin la cual este proyecto alocado nunca habría comenzado. Ella es
la culpable directa, aunque probablemente ni siquiera lo sepa. Por haber creído siempre
en nosotras, desde hace ya más de seis años, por haber estado en aquel foro donde
empezó todo. Por eso, gracias. De igual modo, gracias a todos aquellos que nos han
leído alguna vez y han creído que esto era lo nuestro: escribir.
A Irene Hernández, Sere, porque siempre nos ha inspirado a trabajar y a luchar por lo
que queremos; a Juaners Maners, por ser inspiración en sí mismo; a Manuel Fdez Bueno
por todos los consejos de autor, sus recomendaciones y su alegría; a Pati Blasco por ser
excepcional y por hacernos pensar que estos pétalos también son excepcionales; a
Medusa Dollmaker, por ser guerrera y animar en los momentos que menos guerreras
nos sentíamos nosotras; a Carmen Cabello porque siempre se ha acordado de nuestros
pétalos y nos ha hecho seguir; al varego Alberto Morán, un “Rey Trasgo” que hace
soñar y reír; a Javier Charro, porque fue quien nos animó a mostrarnos en la red; a Jesús
Vilches porque fue de los primeros en creer en este proyecto; a Carolina Bensler por
dejarse las manos en una preciosa ilustración de nuestros dos protagonistas; a Josema
Beza por su ánimo siempre optimista y la difusión que nos ha prestado.
Un grandísimo GRACIAS a todos los bloggers que nos han ayudado a dar a conocer
estos pétalos de papel. Mencionarlos a todos sería imposible, pues han sido muchos los
que han colaborado antes o después con nosotras, algo que no podremos dejar de
510
agradecer nunca. Especialmente gracias en este apartado a todos aquellos que han
reseñado Pétalos de papel, que sin conocernos de nada se han atrevido a saltar las
páginas a pesar de no tener ningún apoyo editorial a nuestras espaldas, y nos han dado
sus opiniones y todo su apoyo. Coral Black, Natalia, Alice, Anuca, Ylenia, Lornian,
Susana, Alkiio... etc, pensamos en vosotros.
A todos los seguidores tanto del blog como de la página de facebook, también
gracias. Habéis convertido este pequeño sueño, este pétalo al aire, en algo muchísimo
más grande de lo que nunca habríamos imaginado.
Y podríamos seguir y seguir, y agotarnos de decir nombres y razones, porque ha
habido más, mucho más. No nos olvidamos de nadie: a todos los que alguna vez habéis
leído Pétalos de papel, todos los que nos habéis ayudado, aconsejado, o incluso a
aquellos que no daban un duro por nosotras: gracias, porque por vosotros estamos aquí
hoy, orgullosas de lo que hemos hecho y con ganas de seguir creciendo. Con ganas de
llegar a este mundo y a mil mundos, con ganas de traspasar páginas y crear otras
historias a las que poder saltar.
Vosotros sois nuestros pétalos: vosotros sois nuestros deseos cumplidos.
Iria G. Parente y Selene M. Pascual.

Pétalos de papel. Versión definitiva.pdf

  • 1.
    Pétalos de papel Copyright© 2012 Iria G. Parente y Selene M. Pascual Ispetalosdepapel.blogspot.com Diseño e ilustración de portada: Barb Hernández Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
  • 2.
    2 A ti, quenos lees: pide un deseo.
  • 3.
    3 Prólogo Es como caer.Es como tropezar y sentir que pierdes el equilibrio. Es como caminar entre las nubes y, de pronto, perder pie. Es como un vértigo. Como un mareo. Lo es todo en la nada. Escuchar su voz es sentir que nunca he estado completa antes. Que nunca volveré a estarlo. Sentir que la oscuridad se convierte en plata, que el silencio se ondula y se quiebra. Y entonces solo existe su hechizo. Solo existen sus palabras, que no alcanzo a comprender, pero que me hablan. Que me llaman desde algún otro lugar lejano. Que me queman y me arrastran. Se convierten en cadenas que me atan a la magia. Al sueño. A él. Solamente dura un segundo. Olvidarlo será imposible.
  • 4.
    4 Marcus Preludio. El silencio dela noche engulle nuestra precipitada carrera. Se traga el ir y venir de mi respiración fatigada. Ahoga el inquieto repiqueteo de mi corazón acelerado. Las sombras mismas parecen querer devorarnos, pequeños en comparación con su presencia. Las campanas de alguna iglesia lejana tocan dos veces y llenan con el sonido de oro las calles vacías. Nos recuerdan la hora pero a mí, que corro con el aire frío arañándome las mejillas y el estruendo de mis pasos palpitándome en los oídos, me parece que abren la veda de caza. El aviso se hace eco entre los muros de piedra, resonando para llegar a todos los rincones. A todos los escondites en los que nuestra presa podría esconderse, esperando a que las tornas cambien y pueda convertirse en el cazador de esta contienda. Me detengo bruscamente para orientarme y escuchar lo que la brisa tenga que decirme. Durante un instante todo se queda callado a excepción de mis pulmones, que gritan por aire sin importar que cada gota de este helado comienzo de primavera caiga dentro de mí como una aguja que me hiere. Me duelen los músculos de las piernas, desacostumbrados a correr. Me digo que soy demasiado humano. Demasiado imperfecto. Y mi presa, en cambio, es sobrenatural en fuerza y cuerpo. Mis ojos van al cielo, en un intento de buscar ayuda de las estrellas. Ellas, titilando indiferentes, no tienen hoy consejos para mí. La luna parece reírse de mis dudas, de mi confusión. La niebla, reptando y estremeciéndose a ras del suelo, intenta enredarse a mis piernas, anclándome. Yinn también se ha detenido, siguiendo mi ejemplo. Su silueta, oscura pero aún apreciable contra las demás sombras de la noche, es mi única compañía. Tan ansioso como yo y al menos tan falto de aliento, busca con los ojos entornados algún elemento
  • 5.
    5 que se hayacolado en la noche de Amyas, esta ciudad durmiente que recorremos. No dice nada, pero su mano se alza y señala hacia delante con mucho cuidado de que nada delate su movimiento. Yo lo sigo con la vista justo a tiempo para ver un pedazo de oscuridad deslizarse rápidamente dentro de un callejón. Mis dedos se aferran con fuerza al bastón que sostengo en la diestra, hasta que el pico del águila que sirve de adorno en su empuñadura se me clava en la palma. Asiento en silencio. Avanzamos a tiempo de escuchar un grito de mujer que parece llegar al mismo firmamento y hacer temblar el suelo que piso. Un estremecimiento se desprende por mi espalda y siento que cualquier rastro de color huye de mi rostro. Nuestra carrera vuelve a empezar, aunque esta vez somos perfectamente conscientes del rumbo. De cada paso. Hay alguien en peligro. Una punzada de culpabilidad me araña por dentro, pero me obligo a olvidarla y a concentrarme solamente en mi tarea, que es la caza. Dentro del bolsillo de mi abrigo, el pequeño libro que ha estado dormitando parece despertar de pronto y pedirme que lo abra. Todavía es pronto, sin embargo. Cuando nos asomamos al callejón, con el miedo de llegar demasiado tarde latiéndome en las sienes, la más extraña de las escenas nos recibe. La criatura, más salvaje que humana, se alza imponente sobre los adoquines, rodeada de sombras pero sin llegar a fusionarse con ellas. No hay sitio para él entre las tinieblas de este mundo. No hay sitio para él fuera de su propio hogar, donde debería quedarse. Su aullido, cuando nace de lo más profundo de su cuerpo, es de miedo y de tristeza, llamando por todo aquello que conoce. Por todo aquello que no está. Y aunque me gustaría decirle que lo comprendo, hacerle entender que pronto todo estará bien, sé que es inútil razonar con él… o con su terror.
  • 6.
    6 Me doy cuentade que la alta figura se encorva sobre una más pequeña y frágil. La luna, asomada desde una nube, me permite ver la silueta imprecisa de una muchacha encogida contra el muro. Podría ser de cualquier edad, aunque es delgada y no muy alta. Aunque no puedo ver su rostro sé que en él se dibujará la sorpresa y el horror de la situación. Trago saliva y me concentro en pensar. Yinn es más rápido que yo. Se lleva una mano a la boca y un silbido sale de sus labios. Es todo lo que necesitamos. Hay un segundo de silencio al que sigue otro de tensión y después, lentamente, nuestra presa se vuelve. Me fijo en sus ojos, más negros incluso que lo que nos rodea. Que los muros centenarios. Que el suelo regado aún de charcos. Que el cielo por el que viajan las nubes. La luna se oculta y yo respiro hondo, con el bastón firmemente sujeto en caso de necesitarlo. El libro lo agarro con la zurda, mostrándoselo en un intento de que entienda. Parece hacerlo, porque hay algo de reconocimiento en el gruñido que escapa entre sus fauces entreabiertas. Se acerca tambaleante, tentado. No parece que vaya a atacar pero, por si acaso se le ocurre hacerlo, dejo el volumen en el suelo, abierto. Las páginas parecen hablarle. Parecen contar historias, mientras una brisa suave las mueve. Puede que logre escuchar su nombre de labios incorpóreos, lejanos. Más allá de lo que me ocupa oigo a la mujer proferir un suspiro de alivio lo suficientemente alto como para que vuele hasta mí. Más tarde me aseguraré que está bien, pero ahora me concentro. Le indico a Yinn con un ademán que se aparte y yo mismo doy un paso hacia atrás. No es miedo lo que me mueve, sino cautela. Respiro hondo, controlando cualquier instinto de supervivencia que pueda salir a flote cuando siento el aliento húmedo demasiado cerca de mi rostro. Me aseguro que no me hará daño. Sabe, de alguna manera primitiva e inconsciente, que yo lo voy a salvar. Que no soy una amenaza.
  • 7.
    7 Una palabra sedesliza sobre mi lengua. No sería capaz de contenerla aunque quisiese. El aire parece detenerse. El libro, cerca de mis pies, tiembla y guarda silencio en su somnolencia. Contra el paladar, fluyendo quedamente, las sílabas se deshacen y parten de mis labios. Es como si cada una de las letras tuviese vida propia. Conozco cada inflexión desde incluso antes de nacer, pero su llegada siempre me sorprende por su belleza, por cómo se respira la magia y cómo la siento correr por mis venas incluso cuando la mayor parte del tiempo solamente duerme, plácida y recogida en algún secreto rincón de mi mente. El portal se abre y yo cierro los párpados, disfrutando del poder que eso me da. Es como si durante un segundo, un breve instante de tiempo detenido, me hallase en el umbral entre dos mundos. Dos lugares diferentes por completo, brillantes, que me llaman con su sinfonía de voces y olores. Tengo la lejana certeza de que alguien susurra un agradecimiento en su corazón, aunque la frase nunca llega a ser articulada. Un destello breve que sobresalta a las sombras. Después, silencio. Cuando vuelvo a abrir los ojos, preso de una súbita paz, lleno con el sabor del trabajo bien hecho y con la certeza de que todo vuelve a estar en su lugar, suspiro. Ya no hay aquí ninguna criatura a la que temer. El lobisome estará en algún bosque, ahora, que pueda reconocer, muy lejos de aquí, de Albion. La brisa se vuelve a poner en marcha. El reloj se mueve de nuevo, inquieto por los momentos perdidos. La noche vuelve a ser noche. Me agacho con cuidado y recojo el tomo del suelo, que cierro. El aliento escapa de entre sus páginas al tiempo que lo hago. Me parece que se acomoda en mi mano y cae inerme una vez más. Lo guardo en el bolsillo.
  • 8.
    8 Recuerdo que otroasunto requiere mi atención, así que dirijo mi mirada hacia ella. Aún encogida sobre sí misma, probablemente asombrada y asustada a partes iguales, la contemplo arropada entre sombras. Me doy cuenta de que ella tampoco encaja aquí. Que no es una de los nuestros. Me fijo en Yinn, a mi lado, esperando que él comparta mis hipótesis. Un gesto suyo es suficiente para que entienda que así es, unidos por una muda complicidad. Con pasos rápidos se aleja, probablemente en busca de un farol con el que poder ayudarnos a evaluar la situación. Me adelanto con cautela, en un intento de que se acostumbre a mi presencia. Pienso en ella como en un animalillo asustado. Si no soy lo suficientemente delicado escapará y no la podré coger jamás. Como un cervatillo. Como una ninfa que se escurrirá entre mis dedos. En principio, al menos, no lo hace. Me humedezco los labios y la escucho coger aire bruscamente. Me detengo. —¿Se encuentra bien? No parece muy segura. Turbada por todo lo que ha visto en apenas unos minutos, ni siquiera ella es capaz de decirlo a ciencia cierta. Aún encogida sobre sí misma, percibo que me observa. La sombra de su mano se alza hasta su sien. Se palpa la cabeza pero no parece encontrar nada que la alarme. Finalmente, con un titubeo, la veo asentir. Entiendo su perplejidad. Entiendo que esté confundida y aterrada. Pero no hay nada, en esta oscuridad que nos acecha, que yo pueda hacer por devolverla a su hogar. Le tiendo la mano, en un intento de ayudarla a levantar. De mostrarme amistoso. Detrás de mí escucho los pasos acelerados de Yinn, que ha conseguido un farol probablemente de algún portal. Lanza un poco de luz sobre la frágil figura, que se vuelve aún más pequeña al comprobar que no estamos ella y yo solos. Tengo el fugaz atisbo de una muchacha. Cabellos oscuros. Rostro adolescente. Ropas extrañas.
  • 9.
    9 —Me llamo MarcusAbberlain —me presento, decidiendo dejar a un lado detalles en ese nombre que solamente añadirían preguntas a su cabeza y problemas para su entendimiento—. Estoy aquí para ayudarla. Ella no responde. Sus labios apenas sí se separan. Nos observa como si fuésemos dos fantasmas salidos de un sueño. O como si estuviera viviendo una pesadilla. En un segundo parece que abre la boca, pero entonces sus párpados caen y se aprietan. Su mano se alza y toca su cabeza, aunque esta vez el gesto es iluminado y no tengo problemas para verlo. Parece que le duele. Un gemido escapa de su garganta y un jadeo me llena de ansiedad. No hay sangre en sus rizos castaños, sin embargo. Me agacho junto a ella, en un intento de examinarla mejor. Cuando consigo que aparte los dedos de su propia piel, sin embargo, no hay heridas que reclamen mi atención. Eso, sin embargo, no significa que no haya recibido ningún golpe. —Tranquila —le digo, aunque ni siquiera sé si me entiende. No tiene por qué hablar mi idioma, al fin y al cabo. No obstante, creo que puedo hacer que mi tono transmita lo que siento—. Todo va a estar bien. La cojo del brazo y, a pesar de que ella no es de mucha ayuda, la alzo y la obligo a ponerse en pie. Me parece más liviana de lo que había esperado. Noto su cuerpo cálido apoyado contra el mío y lo siento estremecerse en la noche fría. Le tiemblan las piernas. La luz lanza sombras sobre su rostro cuando sus párpados se entrecierran. No parece mirarme, sino que se fija en el suelo oscuro, como si tratase de enfocarlo. —Marcus… —Su voz me sobresalta, suave, pero me aseguro de no soltarla. No voy a dejarla caer—. Yo soy… —Hace el esfuerzo de alzar la cabeza, pero no llega a conseguirlo del todo. Sus ojos se fijan en los míos solamente entre las pestañas. Hay un suspiro y unos labios que luchan por volver a decir algo—. Me llamo Ilyria… Yo…
  • 10.
    10 La insto aavanzar, pero ella no es capaz de responder a mis esfuerzos. No voy a conseguir que se quede despierta. Trastabilla y cae entre mis brazos, los cuales ya están preparados para recibirla. —¿Señorita? No hay respuesta incluso cuando la muevo, acomodándola contra mi pecho. Su rostro se ve blanco e inquietante, con las sombras acariciando su piel, ahora envuelta en una palidez mortal. La luz del candil titila y se apaga.
  • 11.
    11 Ilyria Despertar. El aullido deun lobo se confunde entre sueño y realidad. Ha sido una pesadilla. A medida que despierto las imágenes de mi sueño se van perdiendo en mi memoria. Poco a poco se hunden, sin dejar casi rastro, aunque no de la manera natural. Normalmente nunca recuerdo mis sueños, pero esta vez hay algo en mi cabeza que se resiste a ser eliminado. Por ejemplo, ahí está el aullido, todavía resonando en mis sienes. En algún recoveco de mi memoria también persisten unos ojos morados, firmes y serios, que me observan bajo un ceño fruncido en un mohín de preocupación. Una piel de color aceitunado. Un nombre… Me quejo, encogiéndome sobre mí misma. Nada tiene sentido. Ningún dato de los que me rondan por la cabeza tiene una conexión real. Pronto doy por perdido el recuperar mi sueño y suspiro hondamente, destensándome sobre el lecho en el que he estado durmiendo hasta ahora. Solo tardo un par de segundos en darme cuenta de que algo no está bien. En mi cuarto vuela un extraño olor a lavanda. A mi alrededor oigo susurros. Mi cama no parece mi cama. La luz golpea mi rostro con más fuerza de lo que lo haría normalmente. La ventana de mi habitación, por ejemplo, es demasiado estrecha para dejar pasar tanta luz. Las sábanas que cubren mi cuerpo parecen más suaves que de costumbre y, de hecho, el colchón sobre el que me acuesto es mucho más amplio que el de mi pequeño apartamento… En un intento de encontrarle explicación a mi situación actual, aún sin abrir los ojos, intento recomponer el día anterior en mi memoria.
  • 12.
    12 Comida. Recuerdo habercomido con mis padres en aquel restaurante italiano. El de siempre. Ese al que se va en todas las ocasiones especiales… o cuando quieren pedirme algo. Saben que me gusta. Es una manera amable de instarme a escucharles. Lasaña. Aún está fresco en mi memoria haber estado jugando con el tenedor, removiendo la comida, mientras ellos me miraban censuradores. Mientras me hablaban de cosas en las que prefería (y prefiero) no pensar. Cosas que no podía entender porque no eran lo que yo quería. Lo que quiero. Aún puedo sentir en mi estómago cómo ha caído cada bocado. Cómo ha caído cada palabra. La sensación sigue siendo tan desagradable… El sabor de la comida se perdía con cada una de sus frases mordaces, que intentaban alejarme del camino que he elegido. —¿Crees que está despierta? Intento obviar la voz que no reconozco, pero que ha sonado muy cerca de mí. Esa voz, en mi realidad, no debería existir. «No existe», me corrijo para darme más seguridad. Sigo dormida, probablemente, por eso tampoco consigo recordar del todo el pasado día… Todo lo demás está borroso. Salí del restaurante después de negarme a discutir allí, en medio de toda la gente que sentía mirándonos. Caminé sin rumbo, con la única intención de escapar, y acabé en la librería. En mi librería. Recuerdo que cerré la puerta con tanta fuerza que los cristales del escaparate temblaron. La rabia, la frustración. El hecho de sentirme entre las paredes de mi refugio calmó un poco. Eché el pestillo y fui a sentarme sobre el mostrador de madera oscura. Respirar el aire fresco, el aire que olía a mil mundos encerrados entre papel y tapas, me devolvió la cordura. No necesitaba silencio, por lo que la tienda era el mejor de los lugares para mí en aquel instante. Imaginaba que la letanía sin voz que solo yo podía escuchar eran las peticiones lejanas
  • 13.
    13 de universos allícongregados para que yo me sumergiera en sus océanos, para que caminase por aquellas tierras soñadas de luz y palabras. —No lo sé, thàyre. De lo único que estoy seguro es que deberías estar con Angela y no aquí. Otra voz desconocida. Una vez más prefiero no escuchar. «No existe», me repito. Sé que me moví como en un sueño por entre las altas estanterías. Sé que nadé por los pasillos a cámara lenta, suspendida en las sensaciones del momento. Todo dejó de importar en ese instante. Me quedé solo con el olor a sabiduría. A aventura. El sabor de las palabras que quería leer en mi lengua. El tacto de los lomos contra las puntas de mis dedos mientras paseaba sin rumbo por lo que para mí es algo más que “una simple librería”. Más de lo que ellos entenderán jamás. De lo que él entenderá jamás. Mi padre nunca podrá comprender hasta qué punto ese lugar guarda todos mis sueños. ¿Cómo puede, entonces, tener la certeza de que esto no es lo que yo quiero? No se da cuenta al hablar de que escucho sus verdaderas palabras. Sus pensamientos, acallados en un intento de llamar a lo que él cree que es mi sentido común. “No es lo que yo quiero”, me decía anoche sin necesidad de hablar. Y eso es muy diferente. Ya soy lo suficientemente mayor como para hacer de mi vida lo que se me antoje. He decidido. Y seguiré mi propio camino. Que siga él el suyo. —No tengo la culpa de que las lecciones de Angie me aburran. Me ha parecido que la chica se movía. ¿Has pensado que pueda ser un regalo para mí? Mi propia sirvienta, ya que queda tan poco para mi cumpleaños… ¿Sirvienta? De pronto no puedo ignorar más las voces, aunque abrir los ojos significa aceptar que no estoy en mi cama, en mi apartamento. Que hay alguien de verdad a mi lado. Dos personas, de hecho, que han estado manteniendo una conversación mientras yo intentaba hacerme la dormida.
  • 14.
    14 —Si el thaýrMarcus escuchara eso… Marcus. El nombre me atraviesa la mente. Lo conozco. Sé de qué habla. Un rostro serio, de labios fruncidos y expresión borrosa, aparece dentro de mi cabeza. Ojos morados... ¿Puede haber iris de ese color? No, por supuesto que no. Ha sido parte de ese sueño inconexo y sin sentido. ¿Es que acaso sigo en él? Eso tendría lógica. Es lo único, de hecho, que puede tenerla. Y si es así, si por alguna extraña razón estoy en medio de una ensoñación… ¿qué más da si miro a mi alrededor? La luz me acuchilla las pupilas. Casi las siento encogerse, agazaparse, controlando la entrada de luminosidad. Cierro los párpados con fuerza y gimo. Me escondo bajo las mantas. Escucho una exclamación a mi lado y quiero desaparecer. Durante un segundo me siento de nuevo una niña que lucha contra la llegada del día para no tener que salir del cuarto e ir al colegio. El respiro no me dura mucho. —¡Extranjera! Las mantas me son cruelmente arrebatadas y yo vuelvo a quejarme. De hecho, me giro hacia la voz con ojos entornados y le gruño. Ante mí hay una niña hermosa. No es una hermosura exactamente angelical. No cuando tiene los finos labios rosados fruncidos en un mohín. Y dudo que los ángeles puedan tener en su repertorio de expresiones ese gesto orgulloso con el que me mira esta muchacha apenas salida de la infancia. Me incorporo lentamente, resoplando durante un segundo. La contemplo con fijeza y ella responde al escrutinio haciendo lo mismo conmigo. Tiene los cabellos negros, oscuros como las alas de los cuervos y los mechones completamente lisos caen cortados a la altura de sus hombros. Su rostro es tierno todavía, redondeado y blanco como la cerámica. Tiene los ojos verdes, intensos, grandes y llenos de infantil curiosidad.
  • 15.
    15 Parecen dos esmeraldasque se hayan engarzado alrededor de sus pupilas, rodeadas de negros y largos hilos de azabache. No obstante, no parece una chiquilla normal: su cuerpo menudo está vestido con las ropas más elaboradas que jamás he visto. No se trata solo de que esté cubierta como una de las muñecas de porcelana que aún atesoro en las estanterías de mi cuarto, sino que bien podría haber sido una que hubiera cobrado vida y decidido presentarse ante mí con sus brillantes zapatos de charol, sus calcetines blancos y su vestido por debajo de las rodillas. Sus prendas están llenas de encajes y volantes, de pequeños y hermosos detalles, como las perlas que lleva a modo de botones en el vistoso cuello bordado de su blusa. Parece una niña salida de una película de época, parte de una familia acaudalada que podría haber vivido durante el período victoriano. Durante un segundo temo encontrarme ante a una pequeña Claudia que en un momento se aprovechará de mi embelese y saltará sobre mí para chuparme la sangre. Me estremezco y sacudo la cabeza, decidiendo que tengo que dejar de leer a Anne Rice. La muchacha se gira de pronto, dándome la espalda. Sus delicados puños están apoyados en lo que empiezan a ser unas caderas de mujer. Es extraño ver tanto orgullo contenido en una figura tan pequeña. ¿Cuántos años podrá tener? ¿Once? ¿Doce? Su mirada va a encontrarse con la de un chico que debe tener mi edad más o menos. Lo reconozco. Imágenes de mi sueño se agolpan en mi mente y me golpean con contundencia, aunque de nuevo demasiado vagas y demasiado confusas para poder ordenarlas correctamente. Se mezclan y se confunden. Me marean. El ver al muchacho me hace convencerme aún más de que esto no puede ser real, sino que de alguna manera sigo viviendo esa ilusión sacada de mi cabeza. Es cierto que este sueño resulta extraño y más vívido que nunca, pero no puede ser otra cosa.
  • 16.
    16 Lo peor detodo, sin embargo, es que no recuerdo realmente haberme quedado dormida. ¿Y no es cuando te convences de que vives en un sueño, de que eres responsable de tu cuerpo y tus acciones, cuando despiertas? —¿Estás seguro de que no se va a quedar? Papá la habría devuelto a su mundo si así fuera. No la habría dejado dormir aquí —comenta el más pequeño de los productos de mi imaginación. Quizá me he desmayado. No sería la primera vez, después de todo. La anemia a veces me juega malas pasadas. A lo mejor yazco en medio de la librería, entre las estanterías, sobre el duro y polvoriento suelo. Me estremezco solo de pensarlo. Pero al menos, si es así, tarde o temprano tendré que volver en mí. Mientras me intento convencer a mí misma, las palabras penetran en mi mente con la lentitud calculada de la asimilación. He dormido en una cama soñada, como soñadas son la niña y sus ropas. ¿En qué instante se volverá todo más extraño? Porque, por el momento, esta quimera tiene un argumento demasiado plausible. Pronto tendrán que empezar a aparecer y desaparecer cosas, a encontrarme en otros lugares… Quizá si me levanto… Cojo aire y me muevo lentamente hacia el borde de la cama. Me siento algo mareada y, para más frustración, las piernas se me enredan continuamente en la tela de un largo camisón que no soy consciente de haberme puesto en ningún momento. Una prueba más de que esto es un sueño: yo nunca tendría una prenda tan larga y tan hortera. El muchacho que está presente, a quien la chiquilla se ha dirigido, me mira como si temiera que fuera a caerme. Se pasa la mano por la mejilla y recuerdo que allí hay una marca parecida a un tatuaje. Es un diseño complicado que no sabe pasar desapercibido: una estrella toma forma en el centro de un libro abierto, inscrito, a su vez, en un círculo. Es hermoso a su manera, con sus líneas negras contra la piel aceitunada del joven. Los
  • 17.
    17 ojos oscuros delchico van de una figura a otra sin saber en quién centrar su atención. Probablemente no tenga ni la menor idea de lo que va a pasar conmigo. Yo tampoco. —Lo que el thaýr y la muchacha decidan —considera al fin— no debería importarte hasta que se te anuncie. Ahora vuelve a la lección con Angela, antes de que decidan castigarte de nuevo. La niña ignora premeditadamente su consejo y se vuelve hacia mí, que ya he conseguido ponerme en pie. Las piernas me tiemblan incontroladamente bajo la pulcra tela blanca. Este sueño no me gusta. Los sueños no duran tanto. Y eso de sueños dentro de sueños solo pasa en las películas como Origen. En realidad no se sueñan cosas tan complicadas ni tan elaboradas. Además, el hecho de que aún no han empezado las incoherencias no deja de taladrarme la mente. —¿Vas a quedarte aquí? Su voz aniñada, dulce, dirigiéndose a mí, me arranca un parpadeo. Las palabras salen de mis labios sin ni siquiera pensarlas. En su camino de salida, se atropellan las unas a las otras sin remedio. —Tengo que despertar. En mi ignorancia, en mi tozudez, esa frase tan absurda tiene mucho sentido. Asiento, convencida, y repito: —Tengo que despertar. Mis pies descalzos se mueven por inercia hacia la puerta mientras la niña y el muchacho me siguen con la mirada, sorprendidos. En sus ojos veo que no entienden mi comportamiento. Que no saben de lo que hablo. Eso está bien. Es algo, cuanto menos, lógico. Lo primero desde que he abierto los ojos. La ficción, después de todo, nunca admite ser solo eso.
  • 18.
    18 Marcus Intrusa. Esa muchacha parecehaber sido traída por la primavera. Las nubes han debido dejar caer primero la lluvia y, antes de desaparecer, me la han encomendado a ella. Tiene sentido, al menos, mientras escucho la algarabía de los pájaros a mis espaldas. El sol, después de varios días sin salir, ha vuelto hoy a brillar como si fuera la primera vez que se deja ver. Como si fuera el comienzo de una nueva vida. La brisa sopla con un compás irregular que me trae recuerdos de otras estaciones, de otros climas, de otros silencios que, llegando de puntillas como ahora lo hace este, me estrecharon en su abrazo asfixiante. Cuando desperté esta mañana y me asomé a su cuarto, ella aún dormía plácidamente, ajena a este mundo que ahora se abre ante ella. Ajena a sus posibilidades. A su maldición. A su marca ahora imborrable, un estigma que la acompañará allá a donde vaya con su peso inaguantable… Decido concentrarme en otra cosa mientras miro los sobres llenos de manuscritos; la eterna esperanza, los mil mundos que me esperan. Algunos son falsos, artificiales: una trampa para los sentidos que nunca se abren ante ti como deberían. Otros, en cambio, son hermosos y reales, capaces de devolver al muerto a la vida, capaces de lanzarte a otros universos como puertas abiertas a la aventura. Intento ignorar los pasos artificialmente ahogados que se dirigen al final del pasillo, tras salvar la puerta de mi despacho. No me importa. Por esta vez dejaré que Charlotte sacie su curiosidad. Aunque tengo la esperanza de convertirla en una verdadera dama algún día, también sé aceptar que es una niña. Que necesita algo de libertad. Que debe descubrir algunas cosas por sí misma. Además, no tiene la oportunidad, muy a menudo, de conocer a personas nuevas. Quizá esto le haga bien.
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    19 Una puerta seabre y se cierra. Se escuchan voces amortiguadas y yo intento volver a mi lectura, a mi eterna maldición. Sin embargo, hoy no me concentro. Suspiro y me giro en mi sillón, atendiendo a la ventana. Algunos pétalos tempranos se dejan llevar por el aire en su búsqueda por algo que no pueden ver. Que no pueden encontrar. Suspiro. Por algo que ya nunca más volverá… Cojo aire y me inclino un poco para abrir el cajón más bajo de mi escritorio. La llave permanece en la cerradura, consciente de que nadie osará abrirla aunque tenga la oportunidad. Con la llave puesta, como si precisamente invitase a ser abierto, nadie diría que ese cajón guarda misterio alguno. Sé que Charlotte rebusca en esta habitación en su afán de conocimiento. Sin mala intención, me aseguro. Pero aunque conociera mi secreto no podría llegar hasta él. No sabría de su esencia. No podría averiguar nada de mí. Mis dedos rozan el libro negro que guardo. Éste parece estremecerse y cobrar vida bajo mi toque. La llegada de esa nueva visitante que descansa en la habitación de al lado me ha recordado su existencia. Aun a través de los guantes percibo la encuadernación rugosa, con sus pequeñas imperfecciones agravadas por el tiempo. Tres años lleva ya en este escondite, esperando. Pero, ¿esperando por qué? Quizá llegue un momento en el que tenga que decir la verdad. Me estremezco. El libro todavía me recuerda a ella. Imágenes inconexas se arremolinan tras mis párpados: su piel pálida. Una sonrisa cruelmente hermosa. Una voz que susurra mi nombre en mi oído. La frustración y el desengaño. Amargo placer. Frunzo el ceño y cierro el cajón con un golpe seco, enfadado conmigo mismo, como cada vez que pienso en su cuerpo yaciendo entre las sábanas. En sus movimientos perezosos y sus caricias, que ahora se me antojan un mero premio de consolación. Yo era su juguete y ahora ella… Suspiro hondamente y aparto cualquier idea de mi
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    20 pensamiento. ¿Desde cuándodejo que me domine el pasado? ¿Desde cuándo me pierdo, de nuevo, en esa mirada que ahora está vacía, hundida en las cuencas de la Muerte, como tantas otras antes? Durante otros diez minutos intento prestar atención a mi lectura, hasta que finalmente me doy por vencido. Me levanto y camino sin rumbo por el cuarto, abriéndome paso entre pensamientos que me llevan camino de ninguna parte. Lejanos me llegan los sonidos de esta primavera que pretendo ignorar. En una decisión precipitada decido que ya es hora de que Lottie vuelva a sus clases y de que yo saque a la muchacha de mi casa. Es por eso por lo que salgo al pasillo después de cerrar la puerta del despacho tras de mí. Me detengo un segundo en el corredor, arreglándome las mangas, y alzo la mirada cuando la entrada al cuarto de al lado se abre y una joven en camisón se desliza, aún descalza, fuera de la alcoba. Permanezco quieto, detenido a mitad de mi acción, con los dedos entorno a la tela de mi camisa y la mirada fija en el frente. Como si pretendiese mimetizarme con las paredes, aguanto la respiración mientras ella, desorientada, contempla el corredor al tiempo que camina. Tiene un andar torpe, algo adormilado, como somnolienta es su expresión. Los ojos castaños aparecen velados por el sueño, por la incomprensión. La arruga de la almohada se le ha quedado marcada en la frente y un leve perfume a lavanda llega hasta mí. Los cabellos, oscuros como sus ojos, caen sin orden ni concierto sobre la blanca tela que cubre sus hombros. Parece más pequeña y frágil de lo que me pareció ayer, ataviada con esa prenda que fue diseñada para una mujer más alta y con más cuerpo. Como un adolescente, me quedo prendado de la imagen que se me muestra, descubriendo con la imaginación, más que con la vista, los regalos de un cuerpo que se me antoja diferente al de las estáticas damas que pasean por la calle. Pienso en ella, sí, y
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    21 las comparo inevitablemente,porque esa es la geografía que estuve estudiando durante meses, las marcas y las líneas que se me han quedado grabadas en mente y manos. Cuando alza sus ojos marrones, nuestras miradas chocan. Un choque brutal que me sobresalta. Ella entorna los párpados y recorre mi impecable traje, mi rostro blanco, mi altura entera. Sé que busca una referencia, algo que la ayude a situarse, confundida como está. O quizá simplemente intente concienciarse de que esto es un sueño. Si yo estuviera en su lugar querría hacerlo. Sería mi forma de defensa contra lo desconocido, contra lo que trataría de asustarme, contra lo que escaparía a mi comprensión. Entreabre los labios y la escucho coger aire, ansiosa, mientras descubro una pregunta formándose en su garganta. Y, aún así, soy yo el que habla primero, con la voz más seca y más seria que consigo reunir. De mi rostro se cae la expresión y me convierto en un ser indiferente. Ella no me importa, solo es una intrusa. Una desconocida que está de paso por esta vida que, por mucho que lo intento, no llego a apreciar del todo. —Ya ha despertado. La muchacha cierra los labios y los frunce ligeramente. Al hacerlo, el inferior se escapa levemente hacia fuera y una arruga se hunde entre sus finas cejas. —Thaýr… Yinn está tras la joven, quieto, esperando órdenes, a pesar de que yo no tengo ninguna que darle. Parece algo preocupado, como si supiese que hay algo mal, que no todo está como debería. Charlotte también se ha asomado fuera de la estancia. Es en ella en quien centro mi atención. La veo sonreír, primigenia imagen de la inocencia, y niego con la cabeza, avisándola de que ese truco no funcionará. Su rostro adquiere entonces el leve rubor de la vergüenza. Se frota un brazo. —Vuelve ahora mismo a tus clases, Charlotte. Y que sea la última vez que abandonas el aula antes de que sea la hora.
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    22 Casi la escuchotragar saliva, culpable y decepcionada. No ha podido disfrutar nada de su pequeña escapada. Y aunque antes yo había creído que le haría bien conocer a otra gente, ahora casi me arrepiento de ese absurdo pensamiento. Le haría bien conocer a otros niños de su edad, no a muchachas que caminan en ropa de cama por mi pasillo. Con un suspiro pasa junto a Yinn. Echa solamente una discreta ojeada a la recién llegada y luego camina por mi lado. Alzo la mano un segundo, para rozar sus cabellos con mis dedos, despeinándola suavemente en un gesto que ella reconoce como de cariño. No en vano la veo sonreír. Sin ir más lejos, de hecho, yo mismo me encuentro con una sonrisa tenue en los labios. Una vez se ha metido de nuevo en el aula escucho cómo la puerta se cierra, justo después de que Angela entone con su voz de cristal unas palabras que no suenan a reprimenda verdadera. Me vuelvo hacia el muchacho que espera, diligente, tras la paralizada chica. Repuesto al fin de la impresión de nuestro encuentro, doy con las palabras y las acciones adecuadas. —Llévatela dentro y haz que se vista. No es nada decoroso que se pasee en camisón por la casa. Y no es un buen ejemplo para la niña, decididamente. La desconocida se mira al escucharme hablar. Alza una ceja. La presión de sus labios unidos los torna ahora descoloridos. —¿Bromeas? —Me espeta sin modales algunos, mirándome descaradamente a los ojos—. Hay días que salgo a la calle con menos tela. Y para enfatizar que realmente cree que la prenda es demasiado larga, se alza la falda hasta las finas rodillas y luego la deja caer de nuevo con un revoloteo que acaricia la alfombra. Me observa, desafiante, y yo siento una ligera aversión por sus provocaciones y su descaro.
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    23 —Pero estas noson las mismas calles por las que alguien pueda comportarse o vestirse como se le antoje. Aquí las damas se cubren en presencia de los caballeros, muchacha. Ella resopla y deja los ojos en blanco, como si yo fuera una vieja institutriz con la misma cantinela de siempre: la que ella conoce y odia con todas sus fuerzas. Sé cómo se siente, pero no por ello voy a dejarle hacer su parecer. Hay unas reglas que hay que cumplir. Cuando se marche podrá recordar todo esto como la sombra de un mal sueño. —Bueno, no veo ningún “caballero” aquí, aparte del chico al que tratas como si fuera tu mayordomo —me replica—. Y no le he escuchado quejarse. Yinn deja escapar una estúpida risita que corta con una tos casual cuando yo lo censuro con la mirada. —En primer lugar, él es mi mayordomo. Y realmente el problema no es que yo no sea un caballero, sino que no se me ocurre peor ejemplo de dama. —Contengo un suspiro de resignación, como si estuviera de nuevo intentando hacer entrar a Lottie en razón, y echo un vistazo por encima del hombro de la muchacha. Ella frunce el ceño, ofendida, cuando decido ignorar que está justo delante de mí—. Vístela. Que se reúna conmigo en la salita. Ella deja escapar una exclamación cuando el chico asiente y la coge del brazo para obligarla a seguirle. La joven se revuelve y bufa, soltándose. Se acerca a mí y me encara con la expresión indignada de una fierecilla. Sus ojos castaños se clavan en los míos de una manera que hacía años que no presenciaba. —Puedo vestirme yo solita: no soy una muñeca. —Cruza los brazos, enfadada, con un rubor asomando a sus mejillas, y alza la barbilla—. Y como esta es mi ensoñación, yo decido qué hacer. Y en este momento lo único que quiero es despertar.
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    24 Frunzo el ceñoen un principio, sin comprender, y luego asiento, dándome cuenta de lo que piensa. Como yo creía, debe haberse aferrado a la idea de que esto es un sueño, un mero producto de su imaginación. Si supiera lo real que es todo esto en realidad quizá se lo hubiera pensado dos veces antes de hablarme de la forma en la que lo ha hecho… o quizá no. —Ayer no parecía creer que fuéramos producto de su imaginación —apostillo, empezando a perder la paciencia. Entorna los ojos, parece que intentando recordar. Tratando, inútilmente, de verse el día anterior a la noche, cuando la encontramos a punto de ser atacada por aquella bestia. Un hombre lobo la arrinconaba contra el callejón. Ni siquiera es sorprendente: aquí, en Amyas, todo puede pasar. Cualquier criatura puede salir de los rincones en cualquier momento, ya sea buena o mala. Pero el animal solo estaba perdido, solo necesitaba comprensión. Eso y, por supuesto, el libro que yo tenía en mis manos. La joven no hizo preguntas entonces, pero quizá hubieran salido de sus labios si no se hubiera desmayado. Supongo que las emociones, junto con un posible golpe, actuaron de anestesia para ella durante el resto de la noche. Así pues, no me extraña que pensara que todo lo que ocurría era un sueño: uno en el que ella cambiaba de mundo, una bestia la atacaba y un muchacho la salvaba. No estaba despierta para ver que la traía en brazos a la mansión durante todo el camino. Tampoco que Yinn le ponía el camisón o que la acomodábamos en una de las habitaciones. Nada perturbó su sueño. Yo, en cambio, no pude cerrar los ojos en muchas horas. Solo cuando amanecía conseguí descansar, aunque apenas fue una hora de incómodos sueños traídos del pasado y desfigurados por el tiempo y mi subconsciente
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    25 —Ayer. Ayer… —repiteella, en el presente, en un acto de concentración. Se lleva una mano a la frente, masajeándose las sienes, y termina negando con la cabeza—. No puede ser cierto. Estaba en mi librería y… Me mira y yo, encogiéndome de hombros, le doy la espalda y echo a andar por el largo pasillo. La muchacha se queda un segundo en blanco ante mi reacción y, después de trastabillar, me sigue. Incluso cuando intento no prestarle atención siento sus pasos algo torpes, aún adormilados, descoordinados, ahogados por la espesura de la alfombra. No me giro, aunque su presencia me pone algo nervioso. Por eso, quizá, acelero el paso y bajo las escaleras con rapidez. —Espera —me pide ella algo falta de aliento—. Para ahí. Creo que me merezco una explicación. —Y antes de que lo espere una ronda imposible de preguntas salta desde sus labios y me acribilla—. ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? No puedes realmente esperar que crea que no estoy en mi época, ¿verdad? ¿Cómo puedo estar segura que no es un sueño? ¿Y qué pasó con la… criatura de anoche? ¿Cómo he podido aparecer aquí? — ríe, en un gesto que se me antoja algo histérico—. Esto es ridículo. Estoy soñando. Suspiro exasperado. Solo me detengo para echarle un rápido vistazo por encima del hombro. —No hablaré con nadie que no esté adecuadamente vestido. Y esa es mi última palabra.
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    26 Ilyria Sueño. Cuando me doycuenta, el tal Yinn me ha arrastrado de vuelta al cuarto, a pesar de que sigo sin entenderlo: ¿qué tiene de malo un camisón que solo deja ver los dedos de mis pies asomados bajo el borde blanco? El mayordomo se gira hacia mí con una sonrisa divertida en el rostro cuando entra en la habitación, tras haber desaparecido un par de minutos. Entre sus brazos lleva un montón considerable de tela. Probablemente la suficiente para vestir a tres personas más. —¿Está segura de que no necesitará ayuda, señorita? Contemplo con un mohín de disgusto toda la parafernalia que necesitaré para cubrirme y niego. No quiero esa ropa tan extraña y aparentemente pesada, con ese aspecto de haber salido de una película de época. La cojo de sus brazos, sin embargo, porque no veo mi ropa por ningún otro lado y no pienso estar en camisón todo el día. La observo entre la curiosidad y el más profundo desagrado mientras la ordeno sobre la enorme cama deshecha. Una camisola, unos pololos, un corsé, varias faldas y un vestido. También hay medias y unas botas marrones que ni siquiera se intuirán bajo tanta prenda inservible. Suspiro y le hago un ademán, rechazando su ayuda. Yo misma puedo hacerlo. Y si no, siempre puedo buscar unas tijeras y retocar aquello que me resulte incómodo. La puerta se cierra a mis espaldas y yo me saco el camisón por la cabeza. Llevo puesta mi ropa interior, así que aparto a un lado la que me han dado, descartándola. Eso incluye el corsé, desde luego. ¿Por qué iba a querer llevar un instrumento de tortura decimonónico?
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    27 Sea como sea,la vestimenta no es ahora lo que más me preocupa. Ni lo que más me interesa. Y, definitivamente, no es lo que más nerviosa me pone, incluso si la idea de morir ahogada entre tanta capa se antoja más que posible. Lo que verdaderamente me crispa es él. ¿Marcus, se llamaba? Recuerdo algo parecido, al menos, de mi sueño. Ese estirado con guantes es lo más frustrante que he podido conocer en mi vida. Es guapo, no hay duda. Hay algo casi renacentista en su rostro, en la forma de su barbilla afilada o en los caracoles que forma su cabello cobrizo alrededor de su cara. Pero eso no le da derecho a ser un desagradable pretencioso. Ni siquiera el aire distinguido que tiene, tan diferente a los chicos de mi ciudad. De hecho no creo haber visto a un chico en traje en mucho tiempo… y definitivamente no recuerdo a ninguno que le quedara tan bien como a él. Parece que, sencillamente, su cuerpo no podría lucir otro tipo de prenda. No le imagino con unos vaqueros y una camiseta de manga corta, al menos. Pero ¿qué estoy pensando? Me pone nerviosa. Es malhumorado, con ese ceño constantemente fruncido. Y aunque hay algo mágico en él, algo que parece llamar al misterio y a la incertidumbre que tanto adoro, todo eso queda aplacado por su mirada seria, de ese color imposible. Esa mirada que… me juzgaba. ¿Cómo se atreve a tratarme así? ¿Y qué es para no consentir hablar conmigo mientras visto esa tela kilométrica? ¿Un eunuco? ¿Un cura? Porque más que un camisón hasta los pies, a sus ojos parecía que vistiera alguno de mis bañadores de verano. Menudo estúpido. Farfullo mientras me coloco el vestido como puedo. Maldita sea. Por muy bonita que sea la ropa azul que me han dado, con todo ese encaje y la cinta de color más oscuro que frunce bajo mi pecho, es lo menos práctico que he vestido en mi vida. Toda esa hilera de botones a la espalda… Durante un segundo me lamento por mi orgullo desmedido, que no ha permitido que me ayudasen con prendas a las que no estoy acostumbrada.
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    28 Algo en todoesto no me gusta. Me doy cuenta de que no parece un sueño. Es demasiado realista. En cualquiera de mis otras fantasías en las que he vestido trajes como con el que ahora lucho, soñando con mundos basados en las novelas de Austen, la prenda parecía natural en mi cuerpo. No recuerdo haberme sentido tan incómoda en ninguna de esas ensoñaciones. Vestir todas esas ropas de telas tan exquisitas, tan femeninas y con esa apariencia tan lolita era como vestir en mi mundo cualquiera de mis vestidos cortos o mis cómodos pantalones. Oh, Dios mío. Mis pantalones. Cómo los echo de menos. Sería muy fácil simplemente pedírselos a ese mayordomo y volver a vestirme con ellos y mi camiseta, pero algo me dice que el estirado tampoco me recibiría así. Aún contemplando la posibilidad de que esto sea un sueño (no puede ser otra cosa), necesito algunas respuestas básicas: esto no parece sencillamente una época victoriana al uso. En la época victoriana, estoy segura, no había hombres lobo ni libros que se los tragan… Esa es otra imagen fugaz que he recuperado: el lobo desapareció bajo las páginas de un libro abierto, con un fulgor que dio luz a la noche en la que nos encontrábamos. Marcus tenía el libro. Me miro en el espejo y de nuevo me siento extraña. Ni siquiera he conseguido abrochar los últimos botones del vestido, los que más arriba han quedado y a donde mis brazos no han conseguido llegar. Mi reflejo me recibe con los ojos marrones brillantes de los interrogantes que pululan libremente por mi mente. Si esto no fuese un sueño, ¿qué explicación puede haber para que yo haya llegado aquí? Es más: ¿cómo puede ser algo así real? Parece el argumento de alguna novela romántica en las que los personajes protagonistas saltan en el tiempo de una a otra época por alguna extraña casualidad espacio-temporal. He leído de esas. Entonces, los protagonistas, de siglos y costumbres dispares, se descubren enamorados y arropados en noches de tórrida pasión… Sonrío para mí y la chica del espejo me devuelve una sonrisa irónica. El pretencioso de aspecto
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    29 victoriano no debesaber ni utilizar los dedos que esconde bajo sus guantes, por su comportamiento, así que ni hablar de noches de tórrida pasión. Sacudo la cabeza. Pobrecito. Qué cuerpo más desaprovechado… De nuevo me sobresalto. Pero bueno, ¿se puede saber qué me pasa? Se supone que estoy enfadada. Muy enfadada. Claro que estoy enfadada. Es un altanero. En el pasillo me ha observado como si se creyese superior a mí, con esa barbilla alzada y esos ojos indiferentes. Me ha hecho sentir, durante un instante, pequeña. Fuera de lugar. Me ha observado como lo hace mi padre siempre que decido alzar la voz para imponer mis decisiones. Como si lo que yo pudiera hacer o decir simplemente no valiese nada. Se me escapa un gruñido entre los dientes y veo mi rostro crispado frente al espejo. Mis ojos centellean un segundo. He cumplido nuestro silencioso pacto: ahora que me he vestido como ese insoportable ha considerado digno de su presencia (lo cual no hace más que avivar mi rabia) tendrá que escucharme. Y más le vale responder diligentemente a todas mis preguntas. Aunque, realmente, ¿qué importa si no lo hace? Aunque todo apunte a lo contrario yo estoy convencida de que lo que hay a mi alrededor no es más que producto de mi imaginación. Me dispongo a salir cuando algo en el hombro de mi reflejo, descubierto por el escote de barco del vestido, llama mi atención. Me acerco un poco más al espejo, como si eso pudiera darme una visión más detallada de la marca que ahora cubre mi piel allí. Un libro y una estrella. ¿Qué demonios es eso? ¿Me ha tatuado? ¡Genial! ¡Me han marcado como a una res! ¿Y si lo que decía esa chiquilla era cierto? ¿Y si piensan tomarme como pertenencia y regalarme? Cojo aire, indignada, abriendo un poco más los ojos. ¡Qué atrevimiento, tocar mi piel para sellarla! La araño esperando quitarla, como si esperase que fuera de esas calcomanías falsas que regalan con las bolsas de aperitivos. Pero no. Allí continúa la forma del libro, el círculo que lo rodea, la estrella en sus páginas, la piel
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    30 enrojecida ahora pormi estúpido y desesperado intento de borrarla. Me doy cuenta de que he visto ese mismo dibujo antes. Aprieto los dientes y mis ojos llamean. Definitivamente, ese tipo va a escucharme. Airada, salgo del cuarto. El mayordomo espera en la puerta, posiblemente para guiarme hacia su amo. Me sonríe casi con diversión al verme obstinadamente cruzada de brazos. Alzo las cejas pero decido que mi enfado no es con él. Rápidamente lanzo un vistazo más detallado a su cuerpo. Hay algo exótico en su figura, algo extraño en su piel de color aceitunada. Tiene los cabellos morenos y largos, recogidos en una coleta baja. Me fijo en la marca que también decora su mejilla. La misma que destaca contra la piel de mi hombro. Me percato de que eso es lo que mi cabeza intentaba relacionar. Ya la había visto al despertar, pero con mis sentidos nublados por el sueño ni siquiera le había prestado verdadera atención. De repente caigo en algo y dejo escapar una exclamación indignada. Señalo el dibujo acusadoramente, como si en su forma pudieran residir todos los males del Universo. Yinn da un respingo y me mira sorprendido. —¡Me quieren hacer sirvienta como a ti! —Exclamo con los ojos salidos de mis órbitas. —¿Qué? —¡La marca! ¡Este tatuaje que llevas! —Me froto de nuevo el hombro, apretando los dientes—. ¡Ese tipo te la puso, ¿a que sí?! ¡Es horrible! El mayordomo titubea, mirándome casi anonadado. Contra todo pronóstico termina por reír entre dientes. —Está equivocada. Pero será mejor que el thaýr se lo explique. Y haría bien en no insinuar algo así si no quiere que se enfade, señorita. Bajamos las escaleras por las que pude ver a Marcus descender antes de que me arrastrasen para ponerme esa maldita ropa. Las medias (la única de las capas que he
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    31 accedido a ponermeaparte del vestido) me pican en las piernas, pero estoy segura de que esas incómodas botas me harían daño en los pies si no me las hubiera puesto. Miro al mayordomo, frunciendo el ceño. Sus ojos chispean divertidos, con un medio gesto abandonado en sus labios finos. —Como si me importara lo que pudiera decirme. —Como usted vea, señorita. Me deja frente una puerta que abre antes de que yo misma pueda hacerlo y me insta a pasar. Cuando entro, la madera se cierra con un chasqueo que, durante un segundo, me pilla desprevenida. Frunzo suavemente el ceño y miro alrededor. Estoy en una sala que, como todo allí, tiene ese regusto a decoración romántica. Es como estar en un museo de época o en medio de los decorados de una película inspirada en el siglo XIX: destaca la chimenea apagada, los muebles de madera cara, los sillones tan mullidos y de apariencia lujosa. El mármol brilla, al igual que lo hace la decoración que destaca en cada rincón de la habitación. Es hermoso. Pronto, no obstante, no es eso en lo que puedo concentrarme, pese a que una parte de mí (esa que en el fondo admira profundamente el siglo del romanticismo, de los poetas y la reina Victoria) quisiera detenerse en cada detalle del arte que se respira entre esas paredes. Más allá de todo eso, me doy cuenta de que no estoy sola. Lo encuentro. Hay unas puertas de cristal que dan a una terraza. Allí, sentado en una pequeña mesa en la que han servido té y unas pastas, el joven de los impolutos guantes blancos, esa figura altanera y rostro imperturbable, lee el periódico con apariencia indiferente. Sus cabellos cobrizos, apenas largos, se mueven con una brisa de la que él ni siquiera parece ser consciente, demasiado concentrado en su lectura. Hay unas pequeñas gafas posadas sobre el puente de su nariz que no recuerdo haberle visto antes, probablemente porque
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    32 solo las precisapara leer. Tras sus cristales se esconden esos iris de imposible color morado, tan perdidos en las letras como si él estuviera muy lejos de allí. Mi ceño se arruga un poco más. Ni siquiera me mira, aunque sé que me ha oído entrar. Probablemente considere mucho más importantes las noticias que sus ojos repasan sin verdadera atención que mi propia presencia. Carraspeo para llamar su interés. Y él… ni siquiera levanta la vista. En cambio, sin dejar de mirar el diario se limita a hacer un ademán a la silla de en frente. ¿Es que no se va a dignar a levantar la mirada? ¿Quién se cree? ¿Para eso me hace vestirme a su gusto? Aprieto los dientes y me dispongo a recriminarle su actitud, pero es su voz la que se adelanta. —Siéntese. ¿Se supone que es un caballero? ¿Y el “por favor”? ¡Sigue sin mirarme! ¿Es normal tener tantas ganas de tirarle por encima la taza de té que toma entre sus dedos enguantados y se lleva a los labios? Aunque el primer impulso es llevarle la contraria y no acceder a obedecer hasta que se digne a mirarme al menos de soslayo, me siento. Y lo hago por pura gula, porque lo cierto es que tengo hambre y las pastas parecen llamarme desde el platito de cerámica fina que hay sobre la mesa de cristal. ¿Es normal tener hambre en los sueños? Me humedezco los labios, pero sacudo la cabeza y recobro mi actitud ofendida. Aún así, me sirvo algo de té como él ha hecho. Siento la boca seca y necesito líquido, de modo que le doy un sorbo antes de hablar: —¿Piensas mirarme o me he vestido como una de mis muñecas solo porque al señor le ha dado la real gana? Porque esta ropa es lo más incómodo que me he probado en años —le reprocho echándome hacia atrás en la silla y balanceándome.
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    33 Él parpadea unsegundo y diría que le he sorprendido, pero entonces una arruga aparece en su frente. De nuevo vuelve esa mirada censuradora, que al principio parece que juzga poco adecuada la noticia en la que se fijan sus pupilas. Sin embargo yo sé que no son las letras impresas lo que le ha desagradado, sino yo. Me lo dicen sus ojos cuando, al fin, se alzan para mirarme. Las amatistas que se atreve a lucir por mirada me observan por encima de las gafas. Frunce algo más el ceño al ver mi postura despreocupada y mis piernas cruzadas. Alzo las cejas. —Compórtate —me espeta. Yo doy un brinco en mi sitio y me detengo, pero no porque él me lo haya dicho, sino porque estoy realmente sorprendida. ¿Cómo dice? ¿Quién es él, acaso, para decidir si mi manera de actuar es errónea o no? Separo los labios pero, de nuevo, como si considerase que nada de lo que salga de ellos debe ser tenido en cuenta, se adelanta—: ¿Es que eres una niña, para balancearte de esa manera? Siéntate bien. —Abro algo más la boca, atónita, y mis manos se colocan sobre la mesa. Parpadeo—. Y trátame con más respeto. Te he dado refugio en mi casa, después de todo, en lugar de dejarte simplemente vagando por las calles. «Oh, oh». Lo está estropeando. Mucho. Se comporta como si debiera agradecerle la salvación de mi alma misma. Mis manos se convierten en puños sobre el cristal y lo miro, frunciendo los labios, apretando los dientes. —Marcus, estás siendo increíblemente… —¿Cómo has dicho? Su pregunta me descoloca. Durante un instante mi indignación queda en un segundo plano. Lo miro directamente a los ojos, sin vergüenza, y por primera vez dudo. ¿Es posible que haya entendido mal? ¿No se llamaba así? —¿No era ese tu nombre? Marcus, ¿no es cierto? Yo soy…
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    34 Pero me corta.De nuevo. Una vez más. ¿Quién es el que se comporta mal aquí? ¡No me deja ni presentarme! —Marcus Abberlain —aclara. Yo alzo las cejas. Como si me importara su estúpido apellido—. Pero para ti, extranjera… —Hay un matiz extraño en esa palabra cuando sus labios la pronuncian. Aparta el periódico, decidido a dejar su lectura para otro momento. Para cuando se haya librado de mi molesta presencia, intuyo en sus ojos. Unos ojos que, orgullosos, de pronto me devuelven la mirada. Su barbilla se alza ligeramente— soy Conde Abberlain.
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    35 Marcus Fuera de lugar. Aprovechosu momento de asombro, ese breve segundo en el que su boca cae abierta y sus ojos me miran entre la sorpresa y la indignación, para contemplarla. Su rostro, aún adolescente en la redondez pura de sus mejillas, en la forma de su cara, en sus ojos oscuros, no dista tanto de lo que se podría encontrar en una de las damas de compañía de la reina. Hay algo hermoso en ella, escondido quizá tras el flequillo, tras la tímida pincelada que adorna sus pómulos. Sin embargo, el poco aire de señorita que pudiera tener queda oculto bajo su actitud desafiante, sus malos modos y sus gestos rudos. Puedo ver, por ejemplo, que tiene las piernas cruzadas bajo la falda o que se ha servido té sin pedir permiso. Además, el hecho de que se atreva a tutearme en nuestro primer encuentro es bastante molesto. Al principio había sentido compasión por ella, porque después de todo solo es una chica perdida y alejada de su hogar, pero entonces ha empezado a comportarse de esa manera tan insoportablemente insolente, aun cuando se puede decir que le he salvado la vida. Ni siquiera se merece que la trate con el respeto de las formas correctas. El vestido azul le queda demasiado flojo en las mangas y en el escote, lo que me hace pensar que no se lo ha abrochado adecuadamente. Quizá sea contrario a su carácter pedir ayuda. ¿Acaso no hay algo en la forma en la que alza su barbilla ligeramente que indica un orgullo desmedido? Las mujeres a las que estoy acostumbrado no dudarían en pedir todos los sirvientes que pudieran conseguir y ponerlos a sus pies para que colaborasen en lo posible. De nuevo no puedo evitar la comparación: ella habría inundado la sala con su presencia nada más entrar. Ella habría caminado como una reina y se habría negado a tomar asiento si yo no me hubiera levantado primero para rendirle pleitesía, para separarle la silla. Y, desde luego, ella sabría llevar esa ropa. La llenaría
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    36 con sus dulcescurvas, mostrando la piel blanca de su escote. Las venas finas se adivinarían en sus brazos largos, acabados en manos de porcelana, de dedos finos que enredaría en sus propios cabellos mientras me contemplase obstinadamente entre las pestañas. La mirada de fuego que me regalaría, llena de ese indescriptible deseo de ser mía de mil maneras distintas, de entregarse al placer, sería bastante para hacerme estremecer. Pero ahí se sienta otra en su lugar, demasiado real. Con el pelo algo revuelto, con la dura realidad de la carne, de las imperfecciones humanas. Mortal pero viva. Con un corazón que palpita en alguna parte de su interior. «No volverá», me insisto. Y aunque sé que es cierto y que duele, de alguna forma me alegro. Si no está aquí no podrá arrebatarme nada de lo que he construido desde su marcha, aunque su fantasma me siga atormentando cada noche. —Mientras estés en mi casa me tratarás con el debido respeto —le explico, despertando de mi ensoñación—. Desde luego no me tutearás, eso para empezar. ¿Lo has comprendido, muchacha? La joven empieza a reaccionar. Sacude la cabeza como si tratase de quitarse un extraño pensamiento de la mente. Lo único que sé es que un instante más tarde me mira con dureza, ofendida. El mohín que compone transforma su rostro por completo. De pronto parece otra persona, más adulta, ruborizada por el enfado. Se echa hacia delante en su silla y su voz parece resonar por el jardín, entre las ramas de los árboles frutales que empiezan a mostrar sus hojas nuevas. —No. No lo comprendo. Pero te voy a decir algo que sí tengo muy claro y tú me vas a escuchar, Marcus Abberlain, o como quieras hacerte llamar. En primer lugar me vas a decir dónde estoy. Cuando lo sepa, lo siguiente es saber cómo he llegado hasta aquí y cómo demonios voy a volver a mi época, ya que creo que solo así despertaré para poder
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    37 olvidarme de estaalocada situación y de tu insoportable petulancia, conde. ¡Para mí, como si eres el rey! Eso no te da derecho a mirarme con esa censura tuya, como si ninguna de mis palabras importase una… Ignoro la última palabra, que no creo haber escuchado de labios de una mujer en mucho tiempo. Cojo aire. La sangre se agolpa en mis mejillas con la fuerza del enfado, pero me niego a ponerme a su nivel, con palabras groseras y un volumen que está completamente fuera de lugar. En vez de eso, tomo la taza entre mis dedos y bebo otro sorbo, tranquilo, guardando la compostura. —Obviaré tus exigencias. Quiero creer que aún estás demasiado exaltada por los acontecimientos de la noche pasada. Un poco histérica, eso es todo. La muchacha se levanta con tanta violencia que la mesa se tambalea sobre sus finas patas. Su té se vierte por fuera, manchando el plato de cerámica. De pronto me parece un poco más alta, más amenazadora, con los ojos brillantes y el rostro completamente encendido. El rubor llega hasta su cuello, coloreándolo delicadamente. Yo decido no levantarme, observándola por entre las pestañas. —Siéntate —le pido, pero ella hace caso omiso y se aleja de mí. Frunzo el ceño y me pongo en pie, al tiempo que ella entra en la casa de nuevo. La veo atravesar la salita, para mi más profunda sorpresa. Se alza el vestido para caminar cómodamente, probablemente porque le queda algo largo y teme tropezar, dejando su orgullo reducido a cenizas. Me doy cuenta de que lleva las medias puestas, aunque no ha incluido entre sus prendas ninguno de los ropajes interiores. Sus cabellos cortados por debajo de los hombros me permiten ver también el desnudo hueco entre sus omoplatos y parte de su espalda, pues no ha abrochado todos los botones. Solo hay una tira de tela debajo, sin rastro de la camisa o el corsé.
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    38 —¿A dónde tecrees que vas? —Pregunto sin poder evitar que el asombro impregne mi tono. —Lejos —me responde ella girándose, con una mano en el pomo y la otra alrededor de la tela—. Tan lejos como pueda de ti —la veo hacer un ademán expresivo que indica a ninguna parte en concreto pero, a la vez, claramente hacia el otro lado de la madera—. A buscar mis respuestas a otro lugar, ya que tú no pareces querer dármelas. Abro la boca para protestar. Durante un momento la idea de dejarla ir me tienta. Si sale de esta casa por su propia voluntad, ¿quién soy yo para detenerla? Que vaya donde guste y se dé cuenta de que éste es, en realidad, el único sitio en el que realmente puede encontrar la ayuda que necesita para volver a su hogar. Sin embargo, hacer eso también sería abandonarla a su suerte. Me atormenta la posibilidad de que pueda perderse. Hay destinos fatídicos ocultos en las calles para una extranjera como ella… Suspiro y, rindiéndome, la sigo a grandes zancadas. Para entonces la muchacha ya ha llegado al pasillo. —¡Espera! Cuando la alcanzo está en el recibidor, decidida a marcharse para no volver. La atrapo justo a tiempo, cogiéndola del brazo, aunque pronto me arrepiento y la suelto, como si su piel quemase incluso a través de la tela de mis guantes. Doy un paso atrás. Ella entorna los ojos, sorprendida y perspicaz por mi súbita separación. —¿Ha decidido su señoría que soy digna de sus respuestas? Separo los labios dispuesto a replicar, mas los pasos en la escalera me detienen. Charlotte lleva ya la mitad del camino recorrido hacia nosotros. Nos mira con obvia curiosidad infantil mientras se muerde el labio distraídamente. No solo capta mi atención, sino también la de la muchacha, que de pronto parece recordar algo. Se lleva una mano al hombro, donde la marca se deja ver, grabada a fuego sobre la piel blanca.
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    39 Después de unsegundo se vuelve hacia mí y unas feas líneas de concentración arrugan su frente lisa. —No voy a ser la esclava de nadie —me advierte con un tono que pretende destilar peligro. La niña se detiene por completo y eso la delata. Algo ha dicho o hecho que sabe que me molestará. Probablemente algo relacionado con lo que la joven acaba de señalar. Sacudo la cabeza. —Nadie va a obligarte a nada que no quieras —intento tranquilizarla, aunque de antemano sé que nada de lo que le cuente va a hacerlo. No confía en mí, lo cual es, probablemente, la decisión más inteligente que ha tomado desde que está en este mundo. Yo tampoco lo haría. —He escuchado a la niña y al mayordomo hablar. Quieres hacerme su sirvienta. ¿Por qué si no me has marcado como si fuera un animal? Dejo los ojos en blanco y luego le lanzo a Charlotte una mirada censuradora. Ella me responde con un parpadeo inocente. Me sonríe, dulce. Baja unos cuantos escalones más y la veo acercarse. Pretende correr a mi lado, hacerse perdonar, abrazarme y convencerme de que no ha hecho nada malo. Yo me aparto. No puedo dejar que juegue conmigo. Que me tenga a sus pies. Es aún una niña y debe aprender que no todo se arregla encandilando a la gente o con un par de lágrimas. —Charlotte no hablaba en serio, obviamente. Lamentablemente, tiende a pensar que tiene al resto del mundo en la palma de su mano. Está un poco mimada. —Aunque me abraza, yo la aparto y la hago enfrentarse a nuestra invitada. Le pongo las manos sobre los hombros menudos y aprieto suavemente mi agarre para mantenerla en el sitio—. Preséntate, Lottie, querida.
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    40 La pequeña memira un segundo y luego toma entre sus dedos la falda de su vestido para levantarla apenas, al tiempo que se inclina. Es una reverencia infantil pero precisa, adorable. Durante un momento siento que es imposible para mí molestarme de verdad por su comportamiento caprichoso. Los ojos castaños dejan escapar un brillo embelesado cuando se cruzan con los de la infanta. Como yo, todos sienten verdadero embelese por el ángel que guardo bajo mi custodia. —Soy Charlotte Abberlain, hija del conde Abberlain. Es un placer conocerla, señorita… La muchacha da un respingo. —Blackwood. Pero puedes llamarme Ilyria. Y, desde luego, no soy tan mayor como para que me trates de usted. Puedes tutearme, Charlotte. —Lottie —se apresura a responder la niña, sonriente, emocionada por esa rápida confianza mutua que la otra le ofrece—. Papá me llama Lottie. Tú también puedes hacerlo. Un instante después sé que ya se ha forjado un lazo entre ellas. Lo veo en el rostro de la señorita Blackwood, en sus pupilas destellantes. De alguna forma, se ha olvidado de mí. No puedo decir que no me alegre. Eso me da tiempo para pensar en qué decirle para que no huya, para que no se atreva a salir afuera. Temo no poder retenerla, sobre todo si, precisamente, le prohíbo salir. Tiene el aire de quien no busca problemas… sino que los peligros más grandes corren a sus brazos directamente. Suspiro. Cuando lo hago, como si volviera a la realidad, parece darse cuenta de algo y abre mucho los ojos. No creo haber podido seguir el hilo de sus pensamientos para saber qué le pasa por la cabeza. —¡Padre! —Exclama casi sin aire—. ¡Pero si no puedes tener muchos más años que yo!
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    41 Me encojo dehombros y, para mis adentros, sonrío. Me da la sensación de que sé cómo hacer que la muchacha se quede aquí por el momento, mientras yo busco una solución. O, más bien, un libro. Tomo a mi hija de la mano y la arrastro conmigo hacia la salita de nuevo. Tal y como había planeado, la joven viene justo detrás. —Charlotte es adoptada. Capto de reojo su expresión casi aliviada, tras creerme un padre precoz. ¿Con cuántos años la habría tenido, según su teoría? ¿Doce? ¿Trece? Niego con la cabeza. Una vez en la sala, me siento en un sillón. Charlotte se acomoda sobre mis rodillas, aunque sabe que ya está demasiado crecida para poder hacerlo. Se supone que dentro de poco cumplirá doce años y, sin embargo, se sigue comportando como una niña. Cuando me abraza y apoya la mejilla contra mi corazón se me olvidan todos los reproches. La dejo estar. Parece feliz y eso es suficiente para saber que estoy haciendo lo correcto con su educación. La joven Blackwood se sienta a nuestro lado en el sofá. Parece más que fascinada por mi hija. Lo suficiente, al menos, como para olvidar su enfado y todas sus preguntas sobre su presencia en mi casa. —¿Cuántos años tienes, Lottie? Durante un segundo su interlocutora se hace la tímida. Solo un instante, probablemente incluso de manera inconsciente. Al siguiente sonríe encantadora y empieza a parlotear. —Tengo once, pero cumpliré doce a finales de esta semana. ¿Sabes? Papá está organizando una gran fiesta para mí: ¡vendrá un montón de gente! Me han hecho un vestido precioso y bailaremos hasta la medianoche, como en los cuentos. Habrá música, nobles, una tarta gigante y… y… —Me mira con ojos brillantes, aunque luego éstos
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    42 vuelven a posarseen esos castaños—. ¡Y me convertiré en una señorita! Aún no podré ir a los bailes de sociedad, pero estaré mucho más cerca. Nuestra invitada parpadea, sorprendida por el breve arranque de sinceridad y entusiasmo. Después, con una risa cristalina, espontánea, se inclina y deja un beso sobre la frente de mi hija. El gesto hace que dirija toda mi atención hacia ella y empiece a contemplarla bajo otra luz. Aunque hace tan solo unos minutos estaba profundamente molesta conmigo, me doy cuenta de que es una persona de sonrisa fácil… una sonrisa que ilumina su rostro, que hace brillar sus ojos castaños y enciende sus mejillas con la candidez de una niñez pasada. Me gusta el efecto que causa la simple ascensión de las comisuras de sus labios. Es como si estuviera viendo a otra persona diferente de la muchacha en camisón o de la joven maleducada que me ha plantado cara. Entorno los ojos y me evado de la conversación que mantiene con la niña solo para poder analizarla fríamente. Los cabellos castaños tienen suaves reflejos rubios, aunque me gusta más el color original, a medio camino entre las tonalidades de la madera oscura y la del caramelo fundido. El vestido aún mal abrochado deja sus hombros delgados al descubierto. No son tan blancos como cabría esperar, aunque es más que obvio que no es una mujer acostumbrada al trabajo duro. Lo noto en sus manos sin mácula, en los brazos poco desarrollados. La cinta de raso azul que ata bajo su pecho es la única que permite adivinar la forma de su figura: no es exuberante, quizá demasiado delgada, frágil, mas hay algo en ella que resulta agradable siendo así, como si no pudiese haber sido creada de diferente manera… Armonía. La única palabra que se me ocurre es armonía. —¿Dónde estoy, supuestamente?
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    43 Su pregunta mesaca del ensimismamiento. Nuestros ojos chocan, de pronto, con un golpe que a ella parece sorprenderle y a mí, contra todo pronóstico, me arranca un latido de más. —¡Estás en Amyas, por supuesto! —Responde Charlotte, agradada de poder responder a todas sus cuestiones—. Es la capital del gran Reino de Albion. La señorita Blackwood entreabre los labios tras dar un respingo, bajando la vista a su interlocutora. —¿Cómo dices? —Supongo que nunca habías oído hablar de él, claro —se apresura a añadir la pequeña con una falta de tacto que estoy seguro que no ha aprendido de mí—. Probablemente en tu mundo no somos muy conocidos. La otra calla durante un largo instante. El color huye de su rostro y, de una manera casi cómica, separa los labios y boquea, como un pez desesperado que ha sido arrancado del mar en el que vive. —¿Qué locuras estás diciendo…? ¿No estoy en el pasado? —Sacude la cabeza, como si pensara que no es eso lo que debe preguntar en realidad—. ¿No estoy soñando? Me planteo si preferiría estar en otra época pero en su mundo. ¿No sería ese también un lugar ajeno y hostil, lleno de peligros? De hecho, algo así podría cambiar incluso el curso de la historia. Aquí por lo menos está a salvo, bajo un techo seguro y conmigo a su lado para poder llevarla de nuevo a su lugar sin que nada malo le ocurra. Me acomodo en mi asiento con Lottie aún sobre mi regazo. —No es ninguna locura, me temo. De igual modo tampoco es un sueño —intervengo. De nuevo se cruzan nuestras miradas y de nuevo mi corazón pierde un paso al hacerlo. Aparto los ojos y peino con mi mano los cabellos de mi hija, que están revolucionados.
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    44 Aprieto los labiosy me concentro en mantener las formas. Las distancias—. No está ya en su mundo, señorita Blackwood. Las páginas de un libro la han conducido hasta aquí.
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    45 Ilyria Realidad. Un libro. Laidea me parece tan alocada que, por un momento, la seguridad de estar soñando se hace incluso más firme en mi cabeza. ¿No era eso lo que esperaba? ¿Qué todo se volviera loco y sin sentido? Más, quiero decir. Como si mi teoría de viajar a una época pasada no fuese lo suficientemente extraña o imposible. Pero ahora las palabras del conde de pronto han superado definitivamente mi imaginación. Eso puede ser una buena señal para definir todo lo que me rodea de “irreal”. Asiento distraídamente, aferrándome sin dudas a mi teoría de un mundo onírico. Me he caído en mi adorada librería. Por eso ahora sueño, ni más ni menos, con libros que escupen gente de sus páginas. Claro, ¿quién no ha imaginado alguna vez convertir a los personajes de una historia en gente real? Poder verles, hablar cara a cara con ellos. Quizá enamorarte… Me echo a reír y soy consciente de lo histérica que suena, durante un instante, mi propia carcajada. Lo sé por la mirada que comparten el conde y su hija, que parpadean. La adorable niña ladea la cabeza inocentemente, mientras que Marcus me observa alzando las cejas. Creo que teme por mi salud mental. ¡Lo entiendo! Yo ahora también lo hago, porque a esta situación solo le veo dos posibles explicaciones: o sueño o delirio. —¿Señorita Blackwood? Miro a Marcus con una sonrisa radiante que, me parece, le sobresalta. Me levanto, alisándome el vestido. —¡Bien, ya voy a poder despertar! Por un momento casi me lo creo todo, ¿sabéis? Quiero decir, no me parecía tan, tan imposible. Bueno, claro que era imposible, se mire como se mire. Naturalmente mi cabeza todavía no lo había aceptado del todo, pese a todas las pruebas de aparente realidad. Pero gente que sale de los libros… —Río, pero
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    46 mi risa nome suena del todo sincera. Me sudan las manos cuando las enredo en la falda de mi vestimenta—. Es ridículo. Una locura. Así que sin duda he debido caerme. Debo estar tirada en el pasillo de mi librería y… —¡Ah! —Los ojos de Lottie centellan y sonríe ampliamente, con ese encanto de niña pequeña que me distrae. Sé que ella también es una ilusión, pero es una ilusión adorable—. ¿Tienes una librería? ¿Has oído, papá? —Tira de la camisa del conde, con esa expectación propia de la infancia—. ¡Podríais hacer un negocio! ¡Ella vendería los libros de tus escritores! —¿Tus escritores? —Contemplo a Marcus momentáneamente alejada de mis pensamientos—. ¿Es que tienes una editorial o algo así? Él me mira, pero pronto aparta la vista de nuevo a su hija. Frunzo un poco el ceño, pero solo ligeramente. No puedo evitar preguntarme si tendré algo, para que le parezca tan incómodo cruzar su mirada conmigo. —Sí, algo parecido. —¿Pero no eras conde…? ¡Ah! —Sonrío emocionada—. ¡Ya está! ¡Una incongruencia! —Suspiro aliviada—. Esto va mejorando. Lottie ladea la cabeza, sin entender, pero ríe, como si acaso mi actitud le pareciese divertida. No es una risa burlona, sino que es dulce, feliz. Supongo que no está acostumbrada a muchas más personas que las que viven en su casa y la aparición de una novedad la contenta. En los ojos de su padre también me parece atisbar un asomo de diversión que se obceca en ocultar bajo su apariencia indiferente. Yo he podido ver, sin embargo, que no lo es tanto. Lo he comprobado cuando mira a esa personita que hace llamar su hija. Hay cariño en sus ojos, en sus gestos cuando la coge o acaricia sus cabellos. No puede ser tan frío ni tan malo como parecía… Oh, ¿qué más da? Se me olvidará incluso su rostro en cuanto despierte. Para bien o para mal, cuando el sol llega
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    47 nunca suelo acordarmede las ilusiones en las que Morfeo me enreda por las noches. No hablemos ya de las que me sobrevienen cuando me desmayo. —No es ninguna incongruencia, señorita Blackwood —me corrige con delicadeza—. Soy conde, sí, pero también me encargo de la publicación de aquellos artistas que no pueden permitírselo. —Papá dice que es como el mecenas de los escritores —aclara la niña, casi cantarina—. ¡Tiene muchos libros en su despacho! ¡Montones de mundos! Y sus autores son los mejores, claro —defiende con orgullo. Titubeo, observándoles a los dos, pero pronto sacudo la cabeza. —No me importa. Cuanto menos sepa, mejor. Quiero irme. A mi casa. Despertar. Me froto la sien casi desesperadamente. ¿Por qué no lo hago? ¿Por qué no abro los ojos de una vez? Me he dado cuenta de lo que sucede. Vuelvo a aferrarme a la idea de que cuando eso pasa, en los sueños, se despierta. Todo se acaba. Los personajes se difuminan y sus historias se pierden. ¿Cuándo van a hacerlo ellos, entonces? En respuesta a mi pregunta solo me miran en silencio. Esperan que me dé cuenta. O Marcus lo espera, porque Lottie no parece seguir el hilo de mis pensamientos, inocente. Trago saliva y retrocedo un paso. Charlotte parece profundamente decepcionada cuando lo hago. —Mi casa —repito suavemente—. Despertar… —No va a poder despertar, señorita Blackwood, por el simple hecho de que no está soñando. Contengo la respiración. Un pálpito. Dos. Oigo susurrar algo a la chiquilla a su padre, curiosa, probablemente cuestionando qué me sucede, por qué me veo tan pálida. Cielos. Otro mundo. Un libro que hace de portal... Niego un poco más con la cabeza. —Imposible. Es… Es imposible. Ese tipo de cosas no existen.
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    48 Marcus parece tensarseun poco, consciente de que estoy perdiendo los nervios. Otra vez, quiero decir. ¿Cómo no voy a hacerlo? Es lo más natural del mundo. Nunca me he creído esos libros en los que los personajes aparecen en otras dimensiones, en otros mundos, y simplemente aceptan el hecho con total parsimonia. Eso no es real. Las personas normales, como yo, veríamos amenazada la paz que nos hemos esforzado en crear. Las personas normales, en una situación como ésta, se asustarían. Porque algo así significaría acabar con la realidad. Con mi realidad. Jadeo un poco, consciente de que no hay razones que fundamenten mi desesperado intento de mantener en mis manos las riendas de mi vida. Siento que se escurren entre mis dedos con cada segundo que pasa. Con cada segundo en el que me doy cuenta de que los sueños no son tan vívidos, de que siento el corazón demasiado fuerte contra mi pecho, de que la cabeza me da vueltas de una manera que nada tiene de ilusoria. Recuerdo, de pronto, como un fogonazo, cómo encontré un libro entre los estantes más apartados. Necesitaba evasión y un tomo sin título ni autor ni sinopsis, abandonado allí a su suerte, me pareció la idea más apropiada. De algún modo incluso parecía llamarme. Gritarme desde sus páginas amarillentas y envejecidas, susurrar mi nombre con cadencia melodiosa. Navegaría entre sus palabras y me permitiría olvidar perdida en las historias que pudiese contarme. Y entonces… Entonces había caído. El duro suelo me recogió en un callejón. Creo que me hice daño. El aullido de un lobo, la respiración de una bestia de rostro deformado en mi cara. Marcus. Un libro que se tragaba a aquella criatura… Me llevo una mano a la boca y, al echarme otro paso hacia atrás, tropiezo con la larga falda del vestido. De igual modo tropiezan todas las certezas que me había esforzado en mantener. Caigo al suelo, pero ni siquiera parezco sentir la caída.
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    49 Escucho el revueloque provoca mi torpeza. Lottie parece alarmada y Marcus la hace levantar de su regazo. No puedo atenderles del todo. Charlotte hace ademán de acercarse rápidamente, pero su padre la detiene. Ella, en un intento de ser útil, de ayudarme de alguna manera, comenta casi con urgencia, nerviosa, la idea de pedirle a Yinn algo de té. Sus pasos cuando sale corriendo son solo una nebulosa que pasa por mi lado. No soy realmente consciente de ello, como si mis sentidos se hubieran apagado y no pudieran concentrarse en nada realmente. Como si, de pronto, todo a mi alrededor, color y sonidos, se hubiera detenido. No estoy en casa. Es la primera vez que me percato, desde que estoy aquí, de algo tan sencillo. Al principio era como estar en una nube. Era simplemente como pasear por las calles de un sueño, como caminar por mi propia imaginación. No importaba, porque simplemente no podía ser real. Mi cuerpo, mi mente, toda yo, se negaba en rotundo, inconscientemente, a aceptar una verdad como esa. Una verdad en la que yo estuviese lejos de todo lo que conocía. Lejos de mi apartamento. De mis libros. De mi pequeña tienda. Lejos de mis padres, por poco que les soporte. De mis amigos. Lejos… de mi vida. De todo lo que alguna vez he tenido, de todo lo que he luchado por conseguir. ¿Cómo podía admitir algo así? ¿Algo tan… cruel? Me estremezco, aún en el suelo. Me encojo sobre mí misma y mis ojos, muy abiertos, solo son capaces de observar las baldosas relucientes. Percibo mis mejillas pálidas, mi pulso mismo luchando por hacerse un hueco en mi pecho. No llevo corsé y, sin embargo, siento como si algo me aprisionase las costillas y no me dejase respirar. Mi hogar. Mi mundo. Mi realidad. Una suave brisa entra por las puertas del balcón abiertas y yo siento que todo se marcha en ese soplo de aire que remueve apenas mis cabellos.
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    50 «Recomponte, Ilyria. Túno eres así. No te dejas vencer. ¿Cuándo lo has hecho? Vamos. No te quedes ahí quieta. Debes verte ridícula. ¿Qué haces? ¿Te vas a poner a llorar?». Mi propia voz recriminándome no es suficiente para hacerme reaccionar como otras veces. No llama a mi orgullo, que se queda, por un segundo, pacíficamente quieto, cerca de mi corazón detenido. —No estoy… en casa… La frase, al nacer de mis labios, suena más determinante y aterradora de lo que ya sonaba en mi cabeza. Más real. Casi me parece sentenciadora. Es entonces cuando todo se nubla a mi alrededor. No es que me sienta más mareada, pese a que la cabeza sigue dándome vueltas. No tiene nada que ver, sin embargo, con que de pronto todo lo que puedo ver se difumine, se vuelva borroso. Mis ojos, en contra de lo que me podría dictar el orgullo o la razón, se empapan. De miedo. De incertidumbre. «No puedes llorar». Trago saliva. «No llores». Pero, ¿cómo puedo evitar las ganas que llevo resguardando bajo la falsa seguridad de tener controlada la situación? Por eso hasta ahora no he podido reaccionar: porque me he convencido a mí misma de la utopía de que nada de esto existía. Ni el lobo de la noche anterior, ni esta casa, ni sus habitantes... pero todo es real. Y yo estoy sola en medio de ello. Me siento caer, como si esa certeza me hubiese empujado sin piedad hacia algún pozo sin fondo. Pero entonces, antes de que pueda hundirme y echarme a llorar, como parecen suplicar mis pupilas, una mano enguantada se hace hueco en mi campo de visión. Su mano. No me hace falta alzar la vista para saber que, ligeramente inclinado, Marcus me ofrece sus dedos para ayudarme a levantar. Para, sin saberlo, salvarme. Durante un segundo solo observo su extremidad. Tiemblo. Casi desesperadamente, en
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    51 un impulso, meagarro a él. Mi mano es pequeña contra la suya. Siento la suavidad de la tela bajo la palma y, tras unos segundos, me obligo a levantar la mirada. Él me observa, pero su expresión es ilegible. No sé leer su rostro y tampoco puedo ver lo que piensa en sus ojos, porque después del primer choque, como siempre, me rehúye, aunque me ha parecido que por un segundo sostenía mi mirada. No importa. Solo necesito algo a lo que agarrarme y él parece brindarme su ayuda en el más completo de los silencios. Me hace levantar caballerosamente. Yo me pongo en pie casi por inercia, tambaleándome un poco. —Será mejor que te sientes. —Su formalidad, ahora que su hija no está con nosotros, ha desaparecido. Me guía con cuidado hasta el sofá. Creo que por un momento teme que vaya a desfallecer. Yo sigo mirándole, aún pálida, aún con los ojos muy abiertos, humedecidos, la respiración acelerada. Él traga saliva y se sienta a mi lado. Yo no me permito soltar su mano, aunque él no parece especialmente cómodo con ello. No me importa. Necesito algo a lo que agarrarme. Alguien—. No te preocupes. No va a pasar nada. Bajo la vista, tomando aire entrecortadamente. —Yo… —Callo, sin saber muy bien qué decir. Solo le miro, ansiosa, como si acaso así pudiera entenderme mejor que yo a mí misma. —Vas a volver a casa. No te preocupes. Parpadeo repetidas veces para evitar llorar. No puedo dejar que las lágrimas caigan frente a él. Frente a nadie. Yo no puedo llorar. —¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué he terminado aquí…? Los libros, yo… —Otra bocanada de aire que, de nuevo, me parece insuficiente. —Con tu libro. No lo podrás entender ahora. Estás alterada. Necesitas descansar, dormir un rato. Cuando despiertes y te calmes te lo explicaré todo.
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    52 Yo niego enérgicamentecon la cabeza. —No. Necesito entenderlo. Quiero entenderlo. Ahora. Él me observa algo sorprendido. Aprieta los labios pero, aunque por un momento creo que se negará y ocasionará otra discusión entre nosotros, lo cierto es que, para mi sorpresa, suspira. Aparta la mirada. Yo sigo agarrando su mano. —Los libros traen a gente de otros mundos. Pero también la devuelven a su hogar. Podrás volver a tu casa por tu libro. Yo te enviaré a tu mundo personalmente. No tienes nada que temer. ¿Él? ¿Él puede devolverme a casa? Sonrío, aunque es una sonrisa temblorosa. Porque, después de todo, si realmente puede hacerlo, ¿por qué sigo aquí? —¿Ahora…? Marcus calla. Tomo aire cuando él vuelve a clavar los ojos en cualquier otra parte que no sea mi rostro. No puede hacerlo. Me miente. Eso sí soy capaz de verlo. No va a llevarme a mi hogar. Hay otro temblor que recorre mi cuerpo. Abro la boca, pero el sonido de pasos me distrae. Yinn entra con una bandeja y té. —¿Se encuentra bien, señorita? —Pregunta suspicaz, inclinándose para que pueda tomar la taza entre mis dedos. Marcus niega con la cabeza cuando le ofrece a él también. Lo miro pero no respondo. No. ¿Cómo voy a estarlo? Trago saliva y dirijo mi mirada al conde como si aún esperase su respuesta. Él parece pensar en lo que va a decirme… y eso no puede ser nada bueno. —No es tan grave —comenta Yinn irguiéndose de nuevo—. Extraño, al principio. Pero en esta casa cuidarán de usted. Me siento ligeramente ofendida, durante un segundo, por que piense que necesito alguien que me proteja. Antes de que pueda decir nada él gira sobre sus talones y sale.
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    53 Le oigo intercambiarunas frases con Charlotte. La puerta queda entornada tras su cuerpo y las voces se amortiguan tras la madera. De pronto me percato de lo que significan las palabras del muchacho. Tomo aire, angustiada. —¿Él también llegó aquí… como yo? Marcus me mira. No creo que pueda seguir realmente mi razonamiento. O quizá sí, porque su manera de asentir es cuidadosa, como si temiese mi reacción. Me encojo sobre mí misma. —No ha… vuelto. El conde frunce los labios. —No es lo que piensas —se apresura a aclarar—. Él quiso quedarse aquí. Decidió que su vida en este mundo era mejor. Yo le miro sin poder entender cómo alguien podría simplemente desear dejar todo lo que conoce atrás. ¿Cómo debía ser la vida del mayordomo antes de llegar a este lugar? Siento que estoy en medio de un rompecabezas que no puedo terminar de completar, como si siempre faltase una pieza para permitirme entender la magnitud de todo lo que me rodea. —¿Y cuándo voy a volver yo? Silencio. Se alarga entre nosotros por unos segundos que se me clavan en la piel, que me ahogan, que hacen que el calor se vuelva asfixiante en la habitación. —No lo sé. Jadeo inevitablemente al escucharle. Lo había imaginado y, sin embargo, no quería creerlo. Sus palabras, aunque sencillas, abren un mundo a mi alrededor. Un mundo que no conozco, con gente que no conozco y costumbres que no conozco. El miedo a lo ignoto trepa por mi columna y se extiende por mis extremidades hasta llenarme entera.
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    54 Un mundo enel que me veré encerrada por… un tiempo indefinido. Su frase ha sido directa y de igual manera se ha clavado en mi mente, en mi corazón. El hecho de que no pueda volver ahora, de que no haya una fecha para mi regreso, puede significar que estaré en mi mundo mañana… o dentro de años. Quizá, en realidad, no vuelva nunca. Me sorprendo cuando la mano de Marcus, que sigo aferrando desesperadamente en un intento de atarme a algo que sea real, me devuelve el apretón. Ese gesto inesperado me hace alzar la vista. Por primera vez me mira a los ojos y en sus pupilas hay algo casi solemne, noble. Ahora veo realmente que en el color de sus iris parece danzar libre toda la magia del mundo. Él quizá sea capaz de apartar, sin pesar, su vista de la mía, pero yo me doy cuenta de que devolverle el desplante me resulta imposible. Su mirada me ata y yo, atrapada de pronto en la sinceridad que veo a flote sobre ese mar púrpura, podría creer todas las mentiras que quisiera contarme. —Te prometo que te devolveré a casa. Volverás a tu hogar y podrás continuar con tu vida. Todo estará bien. Yo callo, repentinamente sin palabras. Y sin palabras se llena el espacio de la habitación. Durante unos segundos que parecen apartarse del espacio real del tiempo, nos miramos. Descubro tras las pupilas a un hombre que no me parecía haber visto al principio. Repentinamente la idea de que no sea un insoportable aristócrata con aires de superioridad cruza veloz por mi cabeza. No es eso lo que parece decir su mirada, al menos. Sus ojos no son los del frío noble que hasta entonces parecía empeñado en ser. Antes de que yo pueda asegurarme de que lo que veo es real, la imagen desaparece. De repente sus iris vuelven a huir de los míos. Parpadeo sorprendida por lo precipitado de esa ruptura. De igual modo, su mano, la caricia de tela que me mantenía atada a él, escapa. Se pierde y en mi palma descubierta solo queda el incómodo cosquilleo de
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    55 quien siente quele falta algo. Cojo mi taza con las dos manos para acallar la sensación, con la excusa de darle un sorbo al líquido caliente. El sabor dulce del azúcar baja por mi garganta para reconfortarme y, durante un instante, me siento bastante mejor. De nuevo, un segundo de silencio. Esta vez soy yo la que me veo obligada a hablar. —Te… Te creo. Él me mira de reojo. Me observa, durante un momento, callado. Cuando alza la barbilla, la cercanía que me había parecido imaginar se torna fría distancia. —Un caballero nunca falta a sus promesas, señorita Blackwood —frunzo los labios, descontenta al escuchar de nuevo esa tonta formalidad, pero callo, mirando mi té sin decir nada—. Puede estar segura. Pero mientras no la devolvemos a su legítimo lugar... es primordial hablar sobre sus modales. Y definitivamente hay que tratar su manera de vestirse. Mientras esté bajo mi techo tendrá que ser un ejemplo a seguir para mi hija, de modo que será mejor que aprenda que las damas llevan corsé y otras prendas bajo el vestido. Entreabro los labios. ¿Estoy escuchando bien? Frunzo suavemente el ceño, intentando convencerme de que ahora bromea, pese a que no haya tono de mofa en sus palabras. No puede realmente tratar un tema como ese en mi situación. De este modo cojo aire con cuidado, como si eso pudiera calmarme. «Eso es. Tranquilízate y él se portará bien». —Las… prendas —lo miro de reojo, investigando en su rostro. Él, para mi más profunda sorpresa y mi más sincera decepción, asiente, firme y serio. Vuelve a ser ese despreciable muchacho que hace que se esfume la idea de que realmente no puede ser un ser frío y carente de sentimientos.
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    56 —No puedo dejarque mi hija reciba un mal ejemplo de las mujeres que la rodean. Siempre la he educado para que sea una señorita —aclara como si estuviéramos hablando de una joven promesa de la política o del medio social. Eso me frustra y hace que apriete los dedos alrededor de mi taza. Me ha vuelto a recordar a mi padre, con sus charlas sobre lo que las señoritas deben o no deben hacer, intentando arrebatarme mi infancia con correctos modales o actitudes. ¿Pretende este hombre hacerle lo mismo a ese ángel que tiene por hija? Aprieto los dientes, pero levanto la barbilla, cerrando los ojos suavemente. «Cálmate», me digo. En silencio, en mi mente, empiezo a contar, como siempre que algo amenaza con colmar mi paciencia y yo no deseo darle ese privilegio. —Y pretendes, claro, que yo también lo sea. Su respuesta no se hace esperar… y no creo que sea consciente del error que comete al enunciarla con tanta seguridad. —Obviamente, señorita Blackwood. «Veinte. Treinta. Cuarenta». Ya no sumo de uno en uno, sino de diez en diez. Las palabras navegan por mi mente a su libre albedrío y me hacen fruncir más el ceño. Casi siento un tic en mis ojos cerrados. Yo, hasta hace unos minutos, temblaba a su lado. Yo, que estoy perdida y abandonada, de momento, en otro mundo, me he permitido juzgarlo amable. Pero ahora veo que no es así. Es un estúpido. ¿Cómo puede alguien bueno preocuparse de ese tipo de tonterías sobre lo correcto o la manera adecuada de vestir cuando la realidad se derrumba a mi alrededor? Por un segundo pensé que le importaba. Me pareció ver algo de compasión en sus ojos de piedra preciosa. Pero él es un egoísta que solo piensa en sí mismo. En los inservibles modales… Es demasiado frustrante. Mi pensamiento, agotado, salta varios números y llega a cien.
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    57 Ni siquiera soyrealmente consciente del momento en que mis manos se alzan y derraman el té sobre él con brusquedad, sin darle tiempo a reaccionar ni separarse. No le tiro la taza, aunque siento la tentación de estampársela sobre la cabeza para intentar arreglar lo que sea que funcione mal ahí dentro. Me levanto y lo observo, apretando los labios, los dientes. —¡¡Eres un insensible, Marcus Abberlain!! —Le espeto, olvidándome de esa tregua momentánea que hemos tenido hasta ahora—. ¿Sabéis qué os digo, a tus modales y a ti? ¡Que podéis meteros las capas de ropa por donde os quepan! ¡Buenos días! Me giro sobre las puntas de mis pies y salgo, airada, de la estancia. Si piensa que algún día agacharé la cabeza a sus órdenes de engreído niño rico, está loco.
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    58 Marcus Búsqueda. Estoy tan enfadadoque paso como una exhalación junto a Yinn y Angela sin prestar atención a sus exclamaciones de sorpresa. El líquido caliente se descuelga de las puntas de mis cabellos y con cada gota que cae sobre mi chaqueta o mi rostro me siento más cerca de cometer un atentado contra los buenos modales… y contra ella. Siento ganas de echar a esa maleducada joven de mi casa. ¿No estoy en mi derecho? Jamás me habían insultado de tal manera. Nunca antes me había sentido tan abochornado, tan molesto con alguien. El odio no me es ajeno y, sin embargo, en mi vida entera había deseado con más ansias perder a alguien de vista. Me encierro en mi cuarto y me desprendo de la chaqueta al tiempo que, frustrado, intento deshacer el nudo de la corbata. La sangre me hierve en las venas. ¿No le he dado resguardo en mi casa? ¿No la recogí anoche de la calle y le di una cama? ¿Acaso no le he prometido mi ayuda? Y ella como pago me humilla echándome una taza de té por encima. ¿Insensible, se atreve a llamarme? Todos lo pasamos mal en algún momento de nuestras vidas. Todos debemos aprender a reponernos. Si pretende que me compadezca de ella, que la consuele por un estado que será temporal, está junto a la persona equivocada. Antes de que pueda darse cuenta estará de nuevo en su hogar y todo se convertirá en el recuerdo lejano de un sueño. Solo tengo que encontrar su libro y enviarla de vuelta, nada que no haya hecho antes con otros tantos extranjeros perdidos. La ropa sucia cae sobre la cama y resoplo, algo falto de aliento, mientras me dirijo hacia el baño. Aunque el agua ya debe estar fría la echo en la jofaina. Aún me es necesario un minuto más para reponerme. Me siento en el borde de la impecable bañera vacía y oculto el rostro entre las manos. De pronto me siento como un estúpido por haber perdido así los nervios, por ese ataque de ira sin sentido. No puedo culpar
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    59 realmente a lamuchacha. Está histérica. Con suerte se le pasará en unas horas. Probablemente, de hecho, pronto venga con la cabeza gacha a pedirme perdón por su arrebato. O quizá no. Algo me dice que ella no es así, que no es de las que se disculpan por mucho que sepa que no tiene razón. Tendrá el orgullo desmedido y todos los defectos que yo intento alejar de mi hija: será rebelde, obstinada, metomentodo y curiosa. Todo lo contrario de lo que se espera en una señorita. Suspiro y me saco los guantes para lavarme la cara, así como me mojo el pelo para eliminar los posibles restos de té. Tengo que mantener las distancias con esa señorita Blackwood, que me tutea como si me conociera de toda la vida. Que me coge de la mano… Aprieto los labios y clavo la vista en mi diestra, como si quisiera recriminarle algo. Su agarre ha resultado inesperadamente cálido, fuerte, y aún siento el leve cosquilleo de su presencia corriendo bajo los dedos. No. Qué tontería. Estoy sugestionado. Es imposible que sienta nada, dolor o calor, en esta piel. De todas formas evitaré acercarme. Evitaré la confianza. No quiero que ninguna mujer vuelva a hacerme daño, dándomelo todo para luego arrebatármelo, con las heridas que eso implica en mi interior. Cuanto menos la mire, cuanto menos tiempo pase a su lado y menos palabras le dirija, mejor para mí y para todos. Vuelvo del baño a la habitación tras secarme y cojo ropa limpia del armario. Primero los guantes, para ocultar al mundo mis manos manchadas de sangre. Después la camisa, para esconder los latidos de mi corazón. A medida que me abrocho los botones, retomo la calma y vuelvo a tener las riendas de la situación, poniéndome la máscara y agazapándome tras su sólida consistencia, escapando así de los golpes del mundo en el que vivo. Que nadie sepa mis secretos. Que nadie se hunda en mis ojos. Escucho un sonido a mis espaldas: la puerta se ha abierto sin permiso y eso es suficiente para distraerme y hacerme sobresaltar. Me giro y de nuevo siento el choque,
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    60 el imán enel que se convierte su mirada. Sus labios se han paralizado, entreabiertos, en un gesto de sorpresa. Se me ocurre que ha entrado justo a tiempo, porque ahora mi torso y mis dedos están cubiertos de tela. Es un pensamiento ridículo. Al instante siguiente me doy cuenta de que no ha llamado. De que, de hecho, no debería entrar en ningún dormitorio, porque esta no es su casa. Es la mía. La incredulidad de su aparición da paso a otros sentimientos. Me sonrojo. No sé si lo hago por mi enfado o por la vergüenza de mi intimidad robada. Por lo que podría haber visto un minuto antes, por lo que podría haber descubierto. Me quedo callado, sin embargo, intentando controlarme, esperando su disculpa. —Oh, vaya… —murmura bajo. Ignoro su mirada mientras analiza el cuarto e intento no alzar la voz. Cuando hablo, sin embargo, la brusquedad es inevitable: —Señorita Blackwood, ¿qué cree que está haciendo? —Trato de no perder los nervios y seguir vistiéndome, como si nada hubiera pasado. Me anudo la corbata con la destreza de quien ha llevado a cabo una acción cientos de veces antes y me niego a contemplar su figura bajo el umbral. Ella no contesta en seguida. En realidad, parece que vaya a salir sin más del dormitorio, tras suspirar. Me coloco el chaleco. —Estaba intentando encontrar un lugar en el que estar sola y tranquila. Por supuesto, he ido a dar con la habitación más equivocada. Cojo la chaqueta y me vuelvo distraídamente hacia ella. —Esta no es su casa, por lo que le pido que mantenga las formas: se llama antes de acceder a un cuarto, sobre todo si es la alcoba de alguien, y no se entra a ninguno sin invitación. —Ella frunce el ceño, pero yo continúo, sin prestarle atención: —Le he
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    61 dicho que siva a vivir bajo mi techo, seguirá mis normas. Me respetará, señorita Blackwood, y evitará hacer cosas como tirarle el té por encima a la gente. Además… —¿Quién te has creído que eres para darme órdenes? —Recrimina ella con los labios apretados—. ¿Mi padre? Arrugo el entrecejo. —La persona que la ha salvado y le ha dado cobijo. Si fuera mi hija hace mucho tiempo que le habría enseñado a comportarse con propiedad. Ella ríe. Es una carcajada irónica, sin rastro de diversión o felicidad en ella, completamente forzada. —Si fuera tu hija hace tiempo que me habría ido de casa. La veo darse la vuelta. Lo siguiente que oigo es un portazo. Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no salir detrás de ella y explicarle que, de nuevo, esa no es la conducta de una mujer civilizada. Pero quizá tampoco lo sea. Tal vez en su mundo las personas vayan tirándose el té por encima o entrando en las habitaciones de los demás como si fueran las suyas propias. A lo mejor es un mundo sin intimidad, sin el arte de la conversación, sin decencia o cortesía. Me estremezco. Si fuera así, si la sociedad fuera la culpable de su comportamiento, lo más normal es que no pudiera echarle la culpa. No es su falta, entonces. Suspiro hondamente, echándole una rápida ojeada a la figura que, desde el espejo, me devuelve la vista. Me aparto unos mechones de la blanca frente con dedos enguantados y me acomodo las mangas y la corbata, antes de apartarme de la deslumbrante superficie y salir del cuarto, que cierro con llave a mis espaldas. Toda precaución es poca ahora que la señorita Blackwood está en esta casa y se ha empeñado en hacerme la vida imposible. Bajo las escaleras y me topo con Yinn en el recibidor. Me acerco a él.
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    62 —Una muchacha dearmas tomar, ¿no es cierto, thaýr? Resoplo por toda respuesta, mientras me ayuda a poner el abrigo, y me coloco el sombrero de copa un segundo después. —Vigílala de cerca, Yinn —le pido con esa familiaridad que solo se tiene con los buenos amigos cuando nadie mira—. No dejes que vaya más allá del jardín: seguro que es del tipo de mujer que encuentra los problemas allá donde va. Dale algo que hacer en la casa si se aburre, aunque sea una tontería. Que juegue con Lottie o cocine o… qué sé yo. Él hace un gesto con la cabeza que me indica que no puede prometer nada. Yo mismo soy consciente de ello. Ilyria Blackwood parece un animalillo indomable que solo puedes mantener en un lugar a base de atarla a algún mueble. Lamentablemente, como esas fieras que guardas en una jaula, lo más probable es que fuese languideciendo lentamente y muriese en su cautiverio de pena y soledad. Antes arrastraría la casa consigo que encerrarse en un lugar a esperar. Charlotte es un poco como ella, supongo: de temperamento rápido y dispuesta a buscar cualquier excusa para contradecir las normas. —Lo intentaré. Me doy por satisfecho con eso. Cojo mi bastón del paragüero y me ajusto los pulcros guantes blancos. —Iré a ver si encuentro alguna pista de dónde puede estar su libro. Volveré al callejón: puede que la luz del día nos descubra que el libro estaba allí. No me esperéis para comer. Yinn me abre la puerta con una respetuosa reverencia y yo salgo al exterior. El suave olor de las flores flota sobre el jardín de la mansión, donde los árboles frutales están nevados con pétalos blancos y rosados. Mientras enfilo por el camino, una lluvia de
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    63 pequeños deseos caesobre mí, rociando mi sombrero y mis hombros con los ligeros besos de la primavera. Cazo unos pocos con mi mano y los observo un segundo, antes de dejarlos volar libres de nuevo, tras susurrarles mis propios anhelos y pedirles por un futuro brillante junto aquellos a quienes amo. Por la felicidad. El jardín pronto queda atrás. Me enfrento ahora a la ciudad, con sus mil pasadizos, con sus gentes, que caminan por la calle como si les perteneciese cada adoquín. Las mujeres, con sus faldas de colores, parecen en sí mismas pétalos caídos del cielo para alegrar el mundo terrenal. En seguida me doy cuenta de lo diferente que se vería la señorita Blackwood entre ellas, con su piel suavemente bronceada y su caminar orgulloso y decisivo. Sería como soltar una loba entre cervatillos, una imagen que me arranca una sonrisa. Me encamino hacia el río, tocándome el sombrero y agachando la cabeza cuando veo algún conocido, pero no me paro a hablar con nadie. Hoy tengo prisa. Cruzo el puente de piedra que separa la zona noble de la de los extranjeros y de nuevo me siento como si me debatiese entre dos universos distintos. Aquí, mis saludos son más desenvueltos. No tengo más que sonreír para que me acepten entre los suyos sin preguntas. Las palabras son bienvenidas, con sus deseos de que tenga un buen día o las inevitables exclamaciones sobre el buen tiempo que hace, ya que el día anterior, sin ir más lejos, llovía a cántaros. De nuevo dejo atrás a mis vecinos y busco amparo en las sombras frescas de un callejón sin salida. Recuerdo el lugar de la noche pasada, pues éste fue el sitio donde encontré a Ilyria Blackwood acurrucada, con los ojos firmemente cerrados para no cruzar su mirada con la de la criatura tras la que yo iba. Afortunadamente, no hubo que lamentar daños. El lobo solo estaba asustado y perdido, ansioso por volver a casa. Y eso fue justamente lo que hice yo: devolverlo a su hogar a través de su libro, de donde, con
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    64 suerte, nunca másvolverá a salir. Lo malo de este tipo de situaciones es que no puedes predecir si se repetirán y, de ser así, cuándo lo harán. Palmeo el bolsillo de mi abrigo. El pequeño volumen del que había salido aquella criatura sigue ahí, con sus tapas blandas, con sus páginas desgastadas por el tiempo y el uso y sus personajes durmientes en este mundo, aunque yo sepa que están más que vivos en el suyo. Me muerdo el labio y reviso de nuevo el emplazamiento con la vista, asegurándome de que realmente no hay allí nada que me pueda ayudar a devolver a la señorita Blackwood a su dimensión. Supongo que albergaba esperanzas de que estuviese allí pero anoche no lo hubiese visto. A veces hay personas que llegan con sus libros bajo el brazo, como… Sacudo la cabeza y niego. Da igual. Ya lo encontraré. De nuevo vuelvo a la calle principal y me encamino hacia la escuela. Estamos ya cerca del mediodía, así que las clases han acabado para los niños. Reconozco a Lil en la puerta, barriendo distraída su pedacito de calle, envuelta en rigurosa tela negra. No lleva bonete ni sombrilla para protegerse, sino que trabaja con el sol sobre ella como si fuera una extranjera. De nuevo no puedo más que admirar su fortaleza, su compromiso y su lealtad por su esposo. No hay guantes en sus manos ni excesivos adornos en su vestido, lo que la podría hacer pasar por una mujer cualquiera, aunque en realidad hay algo en su postura, en su espalda derecha y en la barbilla orgullosa, que delata sus orígenes. La veo dar un respingo y alza la vista, cruzando sus ojos con los míos durante un instante. Una de sus sonrisas leves, de los gestos tristes que no llegan hasta sus ojos, me hechiza y me hace acercarme. —Hace un hermoso día —murmuro suavemente mientras de nuevo toco el ala de mi sombrero a modo de saludo cortés. Lil sacude la cabeza, sin detener su tarea.
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    65 —Te tengo dichoque no seas tan formal conmigo, Marcus Abberlain —me reprocha, mirándome por entre las pestañas—. Me haces sentir como una desconocida. Me ruborizo ligeramente y dejo caer mi brazo de nuevo. La mano rebusca en el bolsillo del abrigo hasta que los dedos se cierran alrededor del pequeño libro que aún atesoro. Mi amiga se adelanta antes de que pueda devolvérselo. —¿Cómo ha ido? Supongo que habrás venido a eso. Carraspeo al pensar que mi misión ha sido cumplida, aunque con un final inesperado: un detalle que no estaba en mis planes. Una persona, más bien, que ahora se cree dueña de mi casa y pasea de habitación en habitación como si le perteneciese la mansión. El enfado asoma apenas, pero lo hago bajar hasta el estómago a base de tragar saliva. —He devuelto a la criatura a su libro. —Le tiendo el volumen, que ella toma, tras limpiarse una mano en el mandil que lleva atado alrededor de su cintura. Lo deja distraídamente en un bolsillo del que ya sobresale un pañuelo de tela y me presta atención, consciente de que hay algo más—. Estaba a punto de atacar a una muchacha. Lil da un respingo y me observa con los ojos abiertos de par en par. El poco color que pudieran tener sus mejillas ha huido de su rostro. —¡Tranquila! —Me apresuro a confiarle—. Está bien, en mi casa. Es una extranjera recién llegada, pero la enviaré de vuelta a su hogar tan pronto como pueda encontrar su libro. No estoy… muy seguro de cómo hacerlo: no lo traía consigo y tampoco parece haber caído cerca. Pero tiene que estar en alguna parte, ¿verdad? Ella no contesta, contemplando las púas de la escoba arañar los adoquines. Suspira. —Si hay algo que pueda hacer… Niego suavemente. Mi mano enguantada se posa sobre la suya. Detiene su tarea y me contempla, con los ojos cargados de ese dolor que quisiera poder borrar. «No van a volver», deseo decirle. «Él no volverá, al igual que ella no sonreirá de nuevo para mí.
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    66 Pero al menosa ti, tu amor sí te quería. Te amaba lo suficiente como para enfrentarse al mundo entero tan solo para poder estar a tu lado. Y eres afortunada por ello». Callo, sin embargo, y esbozo una sonrisa sentida. Mis dedos se crispan apenas sobre su piel desnuda. Es increíble lo mayor que parece, cómo han caído sobre su mirada más años de los que tiene en realidad. Y, sin embargo, su cuerpo se niega a aceptarlos, rechazando la adultez pese a todas las experiencias vividas. —No te preocupes. Cuidaré de ella hasta que encuentre su mundo. Por suerte para nosotros entiende perfectamente nuestro idioma, de modo que ni siquiera tendrás que tenerla como alumna en tu escuela. Aunque no parece tener claros los conceptos de civismo. Es una especie de pequeña salvaje, maleducada y curiosa. ¡Y ni siquiera sabe vestirse! ¿Te lo puedes creer? Quizás en el fondo sí debería traerla para que le des un par de lecciones, a modo de institutriz. Incluso me tiró el té por encima. Lil aparta los párpados exageradamente y se echa a reír. Hacía tiempo que no escuchaba sus carcajadas. No era tan espontánea desde que éramos niños y ella y las otras muchachas nos gastaban las bromas más crueles, disfrutando inconmensurablemente al dejarnos en evidencia. —¿Una mujer ha arrojado una taza de té al conde Abberlain? ¿Qué cosa tan terrible le hiciste, Marcus? Frunzo el ceño y me hago el ofendido. —Solo le dije que debía dar un buen ejemplo a mi hija y comportarse como una señorita, empezando por su forma de vestir y sus modales. Y ella se escandalizó y me llamó insensible. La muchacha alza las cejas. —A veces elijes los peores momentos para tratar ciertos temas, Marcus. No es ningún secreto. Quizá deberías disculparte con ella.
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    67 Resoplo, crispando mimano alrededor del bastón, hasta que el pico del águila se clava en la carne de la palma. —Quizá no fuera el mejor instante para presentarle mis ideas sobre convivencia. Pero, desde luego, uno no se pone un minuto después a rebuscar por toda la casa. Entró en mi cuarto —le confío—. Sin llamar. Mientras me vestía. Lil parece más divertida que escandalizada por la información. Aunque no se refleje exactamente en el gesto que adopta su cara, lo noto en sus ojos brillantes, siempre tan expresivos. —Tienes que entenderla. Está en un lugar nuevo y misterioso. No es nada malo sentir curiosidad. No todos los días se llega a otro mundo a través de las páginas de un libro. No todos los días se tiene la oportunidad de vivir una aventura de ese tipo. Así que sé bueno con ella y no empieces a agobiar a la pobre chica con tus normas para todo. Sé un poco más permisivo: tienes que conseguir que se sienta cómoda, no que quiera salir huyendo. —El único que querrá fugarse para no tener que afrontar esa actitud descarada suya, a menos que esté dispuesta a cambiar, seré yo. La Maestra ríe, pero sacude la cabeza. Pronto me ha dado la espalda, sin despedirse, y se mete en el edificio de la escuela. No la sigo porque seguramente estoy de más en su pequeño colegio para extranjeros. Cualquier otro se molestaría, entendiendo como un desplante que se aleje así sin más, pero yo la conozco mejor que nadie y no se lo reprocho. La última vez que le dijo adiós a alguien fue para siempre. Con un largo suspiro me pongo en marcha de nuevo, volviendo por el mismo camino que hice para llegar hasta aquí. Una vez más cruzo el puente por encima del río y me sumerjo entre los peatones despreocupados, conscientes de su propia superioridad sobre aquellos que no visten de seda y que no llevan joyas. Mi mente comienza a divagar,
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    68 preguntándose cómo voya averiguar qué libro es el que necesito. Desde luego, llevarla conmigo fuera de casa está descartado de antemano, así que tendremos que empezar por todos los ejemplares que guardo en mi biblioteca personal. Quizá encontremos allí su mundo, su historia, su hogar. Pero en el caso de que en mi despacho no haya nada, tal vez podría ir a la Biblioteca Real. Nadie pondría pegas, si soy yo el que desea entrar, aunque pedir un permiso de la reina para tener libre acceso a todos los tomos podría llevarme meses… Lo único que se me ocurre es probar a echar una ojeada a los cientos de títulos que podría haber almacenados públicamente y esperar que alguno fuese revelador. Mientras entro en el jardín me doy cuenta de que me siento un poco frustrado, incapaz de pensar con claridad en una solución que me permita que ella se quede en la casa mientras yo investigo fuera. Claro que podría llevarla en la calesa, sin que apenas pudiera ser vista o tuviera que exponerse, pero aún así es peligroso. Sobre todo, por supuesto, si mi descuidada afirmación sobre su carácter resulta ser cierta y no es capaz de permanecer quieta más de dos minutos seguidos. Entro en la casa y me desprendo del bastón y el sombrero. Estoy a punto de quitarme el abrigo cuando Yinn se detiene frente a mí, inquieto. Lottie no está cerca, por lo que parece. Debe estar jugando en su cuarto o en la parte trasera de la casa, aprovechando el maravilloso día de primavera. —Thaýr. Su voz grave, seria, me sobresalta. Lo observo y de pronto sé que no debo librarme de la ropa de calle. Un terrible presentimiento se cuela como un estremecimiento bajo mi camisa y trepa por mi columna, arañando con la duda la piel a su paso. —¿Qué ocurre? ¿Es Lottie?
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    69 Mi mayordomo niegasuavemente. Me siento un poco mejor al saber que nada malo le ha podido pasar a mi hija. Le hago un ademán a Yinn, aún así, y le insto a que continúe hablando. —La señorita Blackwood no está en la casa. Creo que se ha ido, thaýr. Te juro que la tenía vigilada, pero cuando me he querido dar cuenta… El resto de su explicación no llega a mis oídos. Cuando se quiere dar cuenta yo ya he salido por la puerta.
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    70 Ilyria Amyas. Ese conde sigueresultándome insufrible. Mientras bajo las escaleras, después de haberle visto en una acción aparentemente tan comprometedora para él, se me plantea el interrogante de si siempre habrá sido así. Tan correcto y tan maduro, tan adulto. No debe llegar a la treintena de ningún modo, pero en sus pupilas brilla el conocimiento de quien ha vivido demasiado. Pero, ¿qué ha podido vivir él? Es un conde, un adinerado. Un hijo de papá, probablemente. ¿Le habrán educado para ser como es y por tanto no debería culpársele? Siento una punzada de compasión hacia él, pero sacudo la cabeza para alejar la idea de mi mente. Prefiero no pensar. En realidad, todavía no me siento muy capaz de hacerlo. Cuando me encuentro en el recibidor, miro alrededor. Me fijo en la puerta de la salita en la que hemos estado hablando antes. Lo cierto es que no he podido admirarla adecuadamente, dado que después de tirarle el té por encima no he querido volver a encontrarme con ese insensible conde. Entro, pues, con cierta curiosidad. Lo que le he dicho a Marcus es cierto: necesito un sitio donde sentarme y cerrar los ojos. Un lugar donde pueda tomar todo el aire que todavía siento robado. Un espacio para mí en el que pueda encontrarme a solas con los cambios que me obligan a aceptar. Que estoy lejos de mi hogar, de mi familia… Decido no pensar en ello y me concentro en la sala. Vuelvo a maravillarme con los detalles, con la riqueza y la elegancia que todo desprende. Me mordisqueo el labio. No se lo admitiré a mi anfitrión nunca, pero adoro cada rincón de su casa, que me trae a la mente historias de romances y poetas. Me recuerda de algún modo a mi abuelo, que siempre me contaba historias de damas y caballeros, de bailes en amplios salones donde se forjaban historias imposibles.
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    71 Algo llama miatención: una puerta casi oculta que parece pasar desapercibida. Antes de que me pueda dar cuenta ya la he abierto, sin tocar, obviando toda la reprimenda de Marcus sobre mi mala educación. La búsqueda, súbitamente, da sus frutos: ante mí se descubre una habitación que compensa con creces toda esta alocada situación. Entre cuatro paredes se resguarda el piano más hermoso que mis ojos hayan podido contemplar hasta la fecha, y puedo jactarme de haber visto muchos. Me cuelo en el cuarto y me acerco, curiosa. Lo observo por todos lados, maravillada. Brilla, parece, con luz propia. Su forma casi se antoja insinuante para mí. Quedo hechizada. Siento la tentación de sentarme en el taburete y empezar a tocar como tantas veces he hecho en tantos otros. Un súbito y mínimo sentido de la educación, sin embargo, me detiene cuando ya me encuentro adelantándome hacia la silla. Siento algo de respeto quizá no por el dueño de la casa, precisamente, sino por el instrumento en sí. Ya me he tomado demasiadas libertades y yo, quizá, celosa de mis cosas, no me habría sentido a gusto si alguien empezase a arrancar notas sin mi permiso al piano (mucho más pequeño, más modesto) que hay en el salón de mi propia casa, en mi… mundo. De nuevo desecho ese pensamiento. De improviso decido que es hora de una tregua tras observar el instrumento que se levanta majestuoso y elegante, como toda la mansión, delante de mí. Será un pacto de paz fingido y con fines definitivamente egoístas: quiero permiso para poder encerrarme en esa habitación al menos durante un buen rato. O más bien, todo el tiempo que pueda, hasta que consiga volver a casa. La música me relajará y los problemas se reducirán. ¿No es eso, exactamente, lo que necesito? Salgo de la sala de música, preparada para ir a buscar al conde. Me parece escuchar unos pasos que bajan por las escaleras y me dispongo a salir de la salita también, pero el sonido de las voces me detiene. —Una muchacha de armas tomar, ¿no es cierto, thaýr?
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    72 Hablan de mí.Reconozco en esas palabras al mayordomo, con ese acento extraño, exótico, y ese nombre que no relaciono con Marcus: thaýr. Debe ser, sin duda, algún título en la lengua natal del sirviente. Me pego contra la puerta, ladeando la cabeza con cierta curiosidad, entornando los ojos. —Vigílala de cerca, Yinn. No dejes que vaya más allá del jardín: seguro que es del tipo de mujer que encuentra los problemas allá donde va. Dale algo que hacer en la casa si se aburre, aunque sea una tontería. Que juegue con Lottie o cocine o… qué sé yo. Frunzo el ceño, molesta, y no me apetece escuchar nada más, aunque ellos intercambian un par de palabras antes de que la puerta de entrada se abra y se cierre. Ahora no tengo dudas: pretende encerrarme en esta mansión. No solo eso, sino que quiere tenerme como criada: ocuparse de los niños y de las tareas domésticas. Realmente está dispuesto a enclaustrarme entre cuatro paredes, por muy lujosas que sean. La simple idea ya me agobia. No puedo permitirlo. Aunque sería muy fácil asaltarle en otra discusión y decirle un par de cosas que sin duda aterrorizarían sus oídos de noble, me doy cuenta de que no es lo más adecuado. No es lo que debo hacer. No me servirá de nada enfrascarme en una disputa más. Así que dejo que se marche y espero a escuchar a Yinn meterse en la cocina. Lo sigo. El mayordomo me mira algo sorprendido y yo sonrío en respuesta. Finjo un gesto tímido, casi de niña pequeña. —¿Podría comer algo? Tengo hambre… —Ah, claro —Yinn sonríe. Todavía no me explico cómo alguien tan simpático puede llevarse bien con semejante desecho de amargura como es el conde—. No ha desayunado, siquiera… El té que le llevé no terminó en sus labios, precisamente. —Acabó donde más falta hacía, en realidad. Él ríe y a mí se me escapa una sonrisa a su vez.
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    73 —¿Hay galletas? Meapetecen… Asiente y se gira, sacando un tarro de porcelana de la alacena. Lo miro de reojo. Es mejor tenerlo contento, para que sienta que puede mantenerme en esta prisión. Entonces, cuando menos se lo espere… Las galletas con trocitos de chocolate que quedan frente a mí me hacen relamerme. Sonrío y vuelvo a mirar a Yinn. —¿Puedo tomarlas en el jardín? Me vendría bien que me diese el aire… He visto que hay muchos árboles que dan buena sombra. —Por supuesto, señorita Blackwood. Me levanto, cogiendo el platito. —Muchas gracias. Cuando le doy la espalda el muchacho parece percatarse de algo, porque le oigo dejar escapar una risita. Algo sorprendida me giro y lo observo de nuevo. —Lleva el vestido mal abrochado —me explica. Me ruborizo un poco, dándome cuenta de que es verdad y de que los botones que no alcancé al vestirme siguen exactamente igual. Para mi huída no me gustaría ir así por la calle. —¿Me lo abotonas, por favor? No llego… El chico sonríe simpático y me hace un ademán descuidado para que vuelva a darme la vuelta. Siento sus dedos sobre mi piel cuando acomoda bien el vestido y lo abrocha adecuadamente. Cuando termina se aleja un paso de mi cuerpo. —Gracias —agradezco de nuevo, mirándolo por encima del hombro. —No tiene que darlas, señorita Blackwood. Con una última sonrisa salgo, pese a que siento sus ojos clavados en mí. Aún los intuyo, de hecho, a través de la ventana cuando voy a acomodarme bajo uno de los
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    74 árboles. Sé queme observa. Me tiene vigilada, por eso me apoyo contra el tronco, dispuesta a esperar. Me llevo distraídamente una galleta a los labios. Él no puede mirarme eternamente. He de hacer notar que no hay nada de lo que preocuparse. Que solo quiero aire fresco y que estoy tranquila. Tres galletas y mil pétalos sobre mi vestido después, escucho la adorable voz de Charlotte. Llama por el mayordomo. Su voz se cuela por la puerta de la mansión, que dejé abierta. Sonrío y abro un ojo. Es mi oportunidad. Allí queda el árbol y un plato abandonado cuando, levantándome, echo a correr. Me veo en la obligación de alzarme la falda para poder hacerlo, pero lo cierto es que corro como no recuerdo haberlo hecho en mucho tiempo. ¿Por qué quieren encerrarme? ¿Qué me esconden? ¿Por qué ese conde parece tan interesado en que yo no salga siquiera de casa? Me mueve la ofensa, el orgullo y la agonía de saberme probablemente enclaustrada. Por eso, antes de que pueda darme cuenta, me he alejado de la finca Abberlain y me encuentro en las calles de una gran ciudad. Amyas (¿era así como dijo Lottie que se llamaba?) es un lugar que respira por sí mismo. Me doy cuenta de ello cuando me detengo para recuperar el aire y mirar alrededor. Las casas son altas, con ese encanto victoriano, unifamiliares. Los adoquines parecen cada uno ocupar el lugar exacto que deben, ordenados, bien colocados. Al otro lado, el río fluye con su lenta melodía, mezclada con la algarabía de voces y los sonidos de la ciudad. Más allá de la otra orilla parece extenderse un mundo aún más vivo que el que ahora recorro. Un carruaje cruza la calle y me obliga a apartarme. Mis ojos siguen el elegante cubículo, así como miran los caballos que tiran de él. No puedo tener ningún atisbo del interior porque sus ventanas pequeñas están cubiertas por cortinas. Lo sigo
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    75 con la vistacuando se aleja y parpadeo, pero pronto sacudo la cabeza para volver a concentrarme en la vida que se arremolina a mi alrededor. La calle está concurrida. Por ella pasean damas y caballeros, en el sentido más literal de la palabra: realmente no creo que pueda denominarse de otra manera a los hombres y mujeres que, con sus engalanadas ropas, caminan por allí. Algunos del brazo, otros simplemente charlando. No veo a muchos solos: siempre hay una tercera persona, a modo de carabina, que los sigue de cerca, especialmente a los que más acaramelados parecen. Aunque… No. Acaramelados no es la palabra. No veo amor ni cariño en la gente que pasa cerca de mí. De hecho, pronto me doy cuenta de que no veo nada. En sus caras hay serenidad, pero no hay sentimientos. Observo con los párpados entrecerrados, intentando vislumbrar algún brillo en sus ojos, pero, en general, solo veo expresiones serias y ademanes elegantes. Escucho palabras que no hablan de cosas importantes: allí un caballero discute de una vida ajena con la muchacha que lleva de su brazo, allá un par de señoritas parecen criticar algo sin verdadero apasionamiento. Una dama camina con la barbilla alzada y sin mirar atrás, mientras casi una niña de ropas pobres la sigue mirando al suelo y cargando con un paquete. Apenas veo un par de sonrisas sinceras entre toda esa gente. Me horroriza, definitivamente. Aunque simplemente podrían ser personas que llaman la atención por sus hermosos vestidos o su elegancia innata, incluso por la belleza de sus rasgos o el porte de su caminar, pronto me doy cuenta de que son todo lo que yo alguna vez he odiado. Solo soy capaz de ver vacío en esas formas. No hay naturalidad ninguna. Hipocresía. La palabra parece volar en el aire, colmarlo todo. No hay sentimiento. No hay más que modales, que personas encerradas en barrotes que ellos mismos se han impuesto. ¿Pretenden convertirme en eso? ¿Es eso lo que quiere Marcus? ¿Acaso espera que me transforme en una de esas muchachas que, cubiertas por sus sombrillas, ni siquiera parecen saber sonreír sinceramente?
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    76 En ese momento,repentinamente, me doy cuenta de que yo también estoy siendo observada. Doy un respingo. Primero, mi mirada se cruza con la de una muchacha. Me observa. Vuelvo a sentirme, de manera irremediable, igual que en la mansión. Juzgada. Miro hacia otro lado, pero otros ojos censuradores me repasan de arriba abajo. Es como si supieran todos mis pecados, todas mis lacras. Algunos se fijan en la marca que hay en mi hombro. Y tras esas miradas, muchas más. Jadeo, angustiada. ¿Por qué? ¿Por qué todos me miran así? ¿Por qué parece que no sea suficiente a su lado? Como si fuera menos. Más pequeña. Algo… inservible. «No te importa. Nunca te ha importado lo que los demás digan. Lo que piensen. No te importa. No te conocen. No puede importarte». Pero aunque me lo repito, sus miradas me pesan. Pronto, demasiado pronto, me veo huyendo de allí. Siento sus pupilas clavándose en mi espalda, sus murmullos hablando de mí cuando me alzo el vestido y, desesperada por escapar, echo a correr. Lo hago por lo que me parece una eternidad. En mi cabeza se arremolinan todos los ojos que he visto fijados en mí. Todos los labios que se han curvado en sonrisas burlonas. Todas las bocas que se han movido para murmurar sobre mi presencia. Me falta el aire y no tiene nada que ver con la carrera. Me siento ahogada, como si mis pulmones no pudieran terminar de conseguir todo el oxígeno que precisan. Demasiado centrada en esa sensación no me percato de que un hombre se cruza en mi camino. Choco inevitablemente contra su cuerpo, pero él no cae. De hecho, aunque yo me siento impulsada hacia atrás, una mano fuerte me agarra con firmeza. Alzo la vista, con los ojos muy abiertos, cogiendo aire. Es un hombre adulto, con la sombra de la barba decorando su mentón y sus mejillas. No es atractivo, especialmente, y definitivamente no tiene el porte de todos esos caballeros que he podido ver. No hay nada que se le parezca a Marcus, por ejemplo. No lleva sombrero, como la mayoría de los hombres que recorren la avenida, dejando ver un pelo casi absolutamente cortado.
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    77 No lleva trajetampoco, vestido pobremente, de una manera simple: una camisa sucia que deja entrever apenas unos músculos formados por el trabajo y unos pantalones también sucios que no parecen, de ningún modo, estar hechos por una tela buena. Definitivamente, no hay nada de esa nobleza agobiante en él. Y, sin embargo… Sus ojos también me angustian, cuando se fijan en los míos. Me evalúa y yo casi contengo la respiración. —Lo lamento —me apresuro a disculparme, echándome hacia atrás. Me suelto de su agarre, reclamando mi espacio. El hombre entrecierra los párpados y, para mi sorpresa, de nuevo, coge mi mano. Lo hace con más fuerza de lo necesaria y yo sé, entonces, que algo no va bien. Intento soltarme, pero él no me hace caso. —¿Quién es tu amo? ¿Amo? ¿Qué? Yo no tengo amo, no soy de nadie… pero algo me dice que no puedo responder eso. Todo, cualquier cosa, menos proclamarme libre. Cojo aire. La respiración me traiciona, nerviosa, e intento concentrar mis ojos en la mano que me agarra. Sé que, si quisiera, podría leer la angustia y la mentira en mis pupilas. —Marcus Abberlain. El… El conde Abberlain. Él es. Ese hombre sonríe, pero en su gesto no hay nada de amistoso. No es una sonrisa amable ni de entendimiento. Es un gesto que me estremece, que me hace entender que mis palabras han sido en vano. —¿De veras? El conde no ha puesto bajo su protección a ningún extranjero desde hace años. ¿Por qué ibas a ser tú diferente? Lo observo, tras tragar saliva. ¿Por qué iba a ser yo diferente? De algún modo, yo también me lo pregunto. Pero estoy viviendo en su casa, ¿no es cierto? Me ha dado
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    78 cobijo y decomer. Eso es lo que yo llamo estar bajo su protección, por mucho que a mí me pese no poder presumir de cuidarme sola. —No lo sé —resuelvo al fin—. No lo sé. Pero estoy viviendo en su casa, así que… — sacudo la cabeza—. Seguro que no le gustaría que importunases a su protegida. Ni yo me lo creo, pero es lo único que se me ocurre decir para que ese hombre me suelte. Probablemente, si le preguntásemos a Marcus, él me regalaría y dejaría que me llevasen donde fuera solo para poder librarse de mí. Pero, por supuesto, eso no es algo a lo que yo pueda estar dispuesta. De modo que alzo la mirada de nuevo al hombre, para poder evaluar su expresión. Ha fruncido el ceño con cierta contradicción. El alivio me envuelve cuando estoy convencida de que el farol ha pasado por veraz. Para mi más profunda decepción, esa sensación desaparece pronto. Él me mira con nueva resolución, más frío, y yo no puedo evitar estremecerme. ¿Qué sucede? ¿Qué está saliendo mal? —¿Y la marca? ¿La marca? Titubeo. Lo miro, durante un par de segundos, y me llevo la mano al hombro, donde reside esa huella que tan poco me gusta. La señalo, tragando saliva. —Aquí. ¿Es que no la ves? Y él, de pronto, ríe. Pero como su sonrisa, no es algo de lo que pueda fiarme: al contrario, me hace estremecer. Entiendo que mis palabras, aunque no sé por qué, no han sido las acertadas. Tiemblo y comprendo por qué Marcus no quería que saliese de la mansión. Este tipo es peligroso. —Te vienes conmigo, pequeña. —¿Qué? ¡No! Pero su mano me aferra y tira de mí sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Su fuerza me doblega.
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    79 Mientras soy arrastrada,siento a los nobles mirar... y reír.
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    80 Marcus Transacción. Lleva menos deveinticuatro horas en este mundo y ya siento como si hubiera estado semanas dándome quebraderos de cabeza. No solo me ha hecho enfadar y ha desafiado mi poder, sino que, además, esta es la segunda vez que voy a tener que salvarla. Porque no me cabe duda de que se habrá metido en otro lío, a estas alturas. La gente normal, cuando llega a otro mundo, se asusta y llora, queriendo volver a su casa. Su comportamiento estaba siendo usual hasta ese momento. Entiendo que quisiera negar la realidad, que se empeñase en pensar que todo era un sueño creado por su subconsciente. Incluso puedo entender que creyese haberse vuelto loca. Luego se derrumbó, lo que también es admisible. Está bien llorar, está bien ser débil, sentirse frágil en algún momento. Lo extraño llegó a continuación, con su rebeldía. ¿Por qué se le ocurrió salir de la casa? A nadie se le habría pasado por la cabeza, habiendo tantas habitaciones y tantos secretos por descubrir. A menos… Maldigo. «A menos que alguien se lo sugiriese. O lo escuchase». Y es obvio que ella es del tipo que espía tras las puertas y, cuando sabe que no puede hacer algo, correrá derecha hacia la prohibición con los brazos abiertos. Me detengo en la verja de entrada al jardín. Perfecto. Pues a lo mejor no debería ayudarla. A lo mejor, para que aprendiera la lección, lo más justo sería dejarla a su aire. Si ha escapado podrá arreglárselas sola en el mundo en el que ha decidido participar. Y aún así, aunque intento convencerme de que nadie podría juzgarme si tomo esa medida, no puedo evitar darme cuenta de que no estaría bien. Si ella supiera lo cruel que puede ser el mundo, lo que podría sucederle si se confía, se lo hubiera pensado dos veces antes de salir a la calle.
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    81 Retomo mi camino,saliendo de la finca. Al llegar a la ciudad al fin, tras unos largos minutos que se me hacen interminables, miro alrededor. Un par de personas que pasan por delante me observan. Frunzo el ceño y les dedico un saludo distraído, levantando apenas el ala del sombrero de copa. Aún me lleva unos segundos más darme cuenta de que murmuran. Escucho palabras sueltas, como si llegaran desde algún lugar lejano: “Abberlain… extranjera… amo…”. Sin preguntar, sin estar seguro de querer saber cuál es el cotilleo, camino en dirección contraria a los murmullos. Hay una cara conocida entre las de otros caballeros, de pronto, y un muchacho vestido de impoluto blanco, con una rosa de un rojo encendido encima de su pecho, se detiene ante mí. La vaina de plata de su espada refulge con el sol del mediodía. —Conde Abberlain, qué grata sorpresa. Abro la boca, pero la cierro casi al instante. No quiero ser maleducado. A pesar de que nos conocimos en nuestra infancia, él no es como Lil: ni me tutea ni me llama por mi nombre de pila, sin importar si estamos solos o acompañados. Para algunos la compostura y los buenos modales lo son todo. —Señor Ílberen… —De nuevo hago un ademán hacia el sombrero, al que él me responde con una graciosa reverencia, demasiado formal—. Tendrá que disculparme, pero tengo algo de prisa. Con permiso. Doy un paso hacia un lado y luego me dispongo a seguir mi camino, aunque de nuevo su voz me distrae de mi cometido. De hecho, hace que me detenga en seco. —No estará buscando a alguien, por un casual. Entreabro los labios, confundido, y me giro hacia él, que en realidad no me está observando, como cabría pensar. En lugar de eso, sus ojos están fijos en algún lugar por encima de mi hombro, más allá de las parejas que caminan del brazo o las damas que
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    82 pasean con suscriadas detrás. Algunos hombres sonríen burlones, mirando la escena de reojo, como si algo les pareciese sumamente interesante. Como si la estuviesen tasando y poniéndole precio de antemano… Como si pensasen ya en comprarla. Me estremezco y, aún así, no puedo apartar la mirada. La muchacha se resiste y patalea, mirando alrededor con los ojos abiertos de par en par, tratando de esconder las lágrimas, arañando y peleando, buscando simpatía en el rostro de alguno de los transeúntes. Todos evitan su silenciosa petición de ayuda, como si no fuera más importante que los adoquines mismos que pisan, que los bordes de los vestidos de las damas o las fachadas sin adornar de las casas. Nadie parece darse cuenta de que sufre y, si lo hacen, la ignoran. Me abro paso entre la gente a grandes zancadas, sin ni siquiera despedirme de Simon Ílberen. Tengo otros pensamientos en mente como para recordar ser cortés. Aprieto el puño alrededor del bastón. Ilyria me contempla entonces y un brillo sorprendido pero esperanzado ilumina su rostro. En un instante de lucidez una parte de mí me recuerda que no debo pensar en ella por su nombre de pila, sino estrictamente por su apellido. Todo lazo emocional está de más. Su lucha termina al tiempo que yo me sitúo a su lado, tomándola de la mano libre. Sus dedos se aferran alrededor de los míos como los de una niña asustada que encuentra en la oscuridad la calidez de uno de sus padres, consiguiendo así alejar las pesadillas y los monstruos, que ya no podrán salir de debajo de la cama. —¿Qué está pasando aquí? El hombre que aún cierra su mano desnuda entorno a la muñeca de la muchacha alza la vista, sorprendido, tras dar un brinco en el sitio. El color huye de su rostro al momento. Al ver que yo la sujeto, aparta sus garras de ella y la deja ir. Aprovecho el momento para ocultar el cuerpo de la joven tras el mío, aunque mantengo mi agarre
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    83 sobre la señoritaBlackwood, por si acaso se le ocurre la estúpida idea de volver a alejarse de mi lado. —Conde Abberlain… Hay una reverencia a la que no presto atención. Frunzo el ceño, endureciendo mi expresión. La extranjera me clava los dedos de la mano libre con tanta fuerza en el brazo que me hace daño. En sus ojos veo la esperanza de quien cree que alguien que se lo merece se va a llevar su castigo. Se sentiría decepcionada si supiera que no tengo el poder necesario para eso. —Lamento mucho si la señorita Blackwood lo ha importunado, caballero —murmuro aún sabiendo que tiene poco de la nobleza que cabría esperar en uno—. Me hago responsable. El hombre se tensa. Me fijo en su cabello corto, en que no lleva sombrero ni guantes. Hay una barba de un par de días en su rostro, que ensombrece su mandíbula cuadrada. En su muñeca, apenas oculta por una camisa que se empieza a deshilachar en los bordes, descubro una marca como la que mi protegida ostenta en su hombro. Entorno los ojos. Sabía que la muchacha iría a encontrarse de frente con el peor problema posible. Probablemente tendré que pagar para poder llevármela, lo cual no me hace gracia. Que negociaran sobre mi precio me haría sentir como la más miserable de las criaturas. A mí, pagar por una persona, al menos, me hace sentir como el más ruin de los pecadores. Aún así, mantengo la barbilla alta, dispuesto a llevármela de vuelta a casa, cueste lo que cueste. Mi conciencia no está dispuesta a cargar con otro peso más. —¡No le he hecho nada! —Se queja la joven, medio oculta tras mi espalda. Siento ganas de darle con el bastón en la cabeza. Una mirada de advertencia es mucho más eficaz. Cierra la boca e hincha apenas los carrillos, convirtiéndose de nuevo en esa niña revoltosa y que se enfurruña con facilidad.
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    84 Vuelvo a ponertoda mi atención en mi interlocutor. —Mi protegida es algo maleducada, me temo. Una recién llegada que aún no comprende el preciado arte de no curiosear —confieso con un reproche claro en la voz—. Por eso tendrá que perdonarla. El hombre mira de uno a otro, indeciso. Sé que es consciente de que no hay sello en su cuerpo, que no hay marca sobre su piel que la una a mí o me conceda su propiedad. Por eso duda. Si supiera que es mía hubiera pedido perdón y se hubiera alejado entre reverencias. Y, aún así, tiene demasiado miedo de los nobles como para hablar claro. —Discúlpeme, conde Abberlain, pero ¿de verdad es su protegida? —La señorita Blackwood se tensa, detrás de mí, y su pecho se presiona contra mi espalda, en una oleada repentina de miedo—. No sabía a qué marca me refería, cuando le pregunté dónde estaba la suya. Titubeo un segundo, mirando de reojo a la muchacha. Mis dedos se cierran con un poco más de fuerza alrededor de los suyos. —La señorita Blackwood es una recién llegada —le explico alzando la barbilla de la misma forma en la que mi padre solía hacerlo, como si quisiera demostrar que estaba por encima de todos los demás—. Aún no he tenido tiempo de explicarle algunas de las realidades del reino. Ella me mira con una ceja alzada y un mohín de disgusto en los labios, recordándome que no es que no haya tenido tiempo, sino que no he querido hacerlo cuando tuve oportunidad. «Mi idea era que te fueras hoy mismo. Pensaba encontrar tu libro y devolverte a tu hogar. Pero no me has dado oportunidad. Quizá si dejaras de corretear de arriba abajo y meterte en líos…». Aunque quiero decirle eso exactamente, me muerdo la lengua y lo dejo estar. —Aún no ha tenido tiempo de marcarla.
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    85 Durante un segundosiento que no hablamos de una persona, sino de un esclavo, y eso me enfurece. Tengo que suspirar, sin embargo, y asentir. —Eso me temo. El hombre sonríe entonces. Su expresión de triunfo me asusta. —Sabe, conde Abberlain, que todo extranjero sin marca se convierte en posesión de quien lo atrapa. Es una ley, en Amyas y en todo Albion. Y mi amo estará encantado de que le lleve otra muchacha para la subasta de esta noche. Estoy más que autorizado a hablar en su nombre. A mi lado, la extranjera guarda silencio, aunque es más que obvio lo asustada que está, sobre todo después de la palabra subasta. Me humedezco los labios. —Estrictamente hablando, yo la vi primero. Y, si lleváramos este caso ante Su Majestad, no estoy muy seguro de que tuvieran, su amo o usted, todas las de ganar. En realidad no confío en esa afirmación. Probablemente la función de su señor sea considerada como mucho más útil para la sociedad. Todos los nobles necesitan esclavos y criados. O creen que los necesitan. Y si esta escena se expande por la ciudad de boca en boca —como ya debe estar haciendo, calculo, por la cantidad de gente que se nos queda mirando al pasar—, todo el mundo estará interesado en la señorita por la que Marcus Abberlain ha intentado contradecir las normas. Delante de mí, el hombre duda. Decido darle un empujoncito. Me acerco más a él, para que ningún viandante pueda escucharnos por casualidad. —Si este incidente pudiera quedar entre nosotros… —Aprieto los labios suavemente, intentando parecer que medito mis palabras—. Es decir, entre su amo y yo… Podríamos cerrar el negocio ahora mismo, de hecho. Mi interlocutor ni siquiera sabe qué contestar a eso. Balbucea algo ininteligible, abriendo y cerrando los labios. A mi espalda, el objeto de nuestra transacción parece
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    86 colapsada, completamente enblanco. Pienso que es mejor así, de hecho, porque me ahorrará tener que lidiar con sus preguntas y su sentimiento de ofensa por el momento. Más tarde pensaré qué debo hacerle saber y qué no. Introduzco la mano, discretamente, en el bolsillo interior de mi abrigo, donde siempre guardo dinero por si surge una emergencia. ¿Qué podría ser más urgente que la resolución de este altercado? —¿De cuánto hablamos? —Pregunta él directamente, falto del mismo secretismo que yo pretendía mantener. Ilyria Blackwood tiene ahora la boca abierta, siguiendo incrédula nuestra conversación. Sus ojos se posan en la mano que aún mantengo dentro de mi abrigo, a la altura de mi pecho. —Quinientos sería justo para todos. La muchacha frunce el ceño sin saber si sentirse indignada, ya que no entiende muy bien si eso es mucho o poco dinero, al verme entregar unos billetes al hombre. Él los cuenta, diligente, tal y como yo esperaba. No hay quinientos, sino seiscientos, pero es la forma elegante de sobornarle. Ya inventará algo que decirle a su amo: que ella era demasiado joven o demasiado vieja, quizá fea, muy delgada… Cualquier cosa que haga descender el interés de un probable comprador. De todas formas, ese dinero es suficiente como para vivir cómodamente una temporada. No muchos nobles estarían dispuestos a conceder una suma tan alta por una simple criada. Y eso es, precisamente, lo que debe estar pensando el improvisado vendedor, mientras se guarda la pequeña fortuna. Su mirada vuela de mi rostro al de ella casi con lascivia, mirándola de arriba abajo, preguntándose qué puede tener tan bueno como para que yo desee, a toda costa, tenerla en mi casa.
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    87 —Márquela antes desacarla de casa, conde, porque parece demasiado preciada como para que vaya sola por ahí. Podría perderse y tendría que prescindir de sus servicios. Le lanzo una mirada helada por lo que me parece una insinuación fuera de lugar. De nuevo alzo la barbilla suavemente y, abotonándome el abrigo con la mano libre, fuerzo una sonrisa altanera. —Gracias por el consejo. Realmente es difícil encontrar buen servicio doméstico estos días. Giro sobre mis talones y me alejo, cruzando la calle, arrastrando conmigo a la reticente señorita Blackwood. Parece que lentamente va recuperando el sentido y con él, lamentablemente, el habla. —Valgo menos que un ordenador portátil —murmura indignada, mientras intenta no tropezar con los adoquines—. Me has comprado por quinientos… ¡Quinientos lo-que- sea! ¿Es que en este maldito mundo traficáis con esclavos? —Deja escapar un gritito—. ¿Soy una esclava? ¡Me niego! ¿Y qué es eso de marcarme? ¡Parecía que estuvierais hablando de un pedazo de carne! Intento ignorarla a pesar de que sus exclamaciones resuenan una y otra vez en mi cabeza. A veces su voz puede ser francamente irritante. Bajo la cabeza, avergonzado, porque la gente nos mira al pasar a su lado. Acelero un poco más. —¿Me escuchas? ¿Marcus? ¿Conde? ¿Eh? ¿Me estás haciendo caso? Parece que esté hablando con una pared. Respiro hondo. Quizá todo esto sea una pesadilla. La he salvado de un horrible destino y, aún así, me lo agradece bombardeándome a preguntas. —¿No puedes esperar a llegar a casa? La gente nos está mirando —espeto sin ni siquiera preocuparme de si debería tutearla para guardar las distancias o no.
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    88 Eso la hacecallar, como si saber tal cosa la pusiese nerviosa. Echa un rápido vistazo alrededor y súbitamente amansada al reconocer los ojos que la analizan, cierra la boca y me sigue. Yo, por mi parte, disfruto del silencio mientras dura, organizando la información para que nuestra charla sea lo más fácil posible. En cuanto traspasamos la entrada a mi propiedad suelto su mano, que cae sin vida a un lado de su cuerpo. Parece seguirme por inercia, sin emoción alguna asomando a su rostro. Cojo aire y me detengo para encararla, bajo el baile de los árboles frutales en flor, que dejan caer sus pétalos sobre nosotros como nieve de primavera. Aunque me duele verla así, aunque me gustaría poder decirle algo amable, lo único que sale de mi boca son reproches. —Ha tenido mucha suerte, señorita Blackwood. Más de la que se merece. Solo párese un segundo a pensar lo que hubiera pasado si no hubiera llegado a tiempo. ¿Cree que alguien la habría ayudado? Ella no responde, parada, dejando que las flores se enreden en sus tirabuzones como espuma de mar entre sus cabellos. Sabe que nadie habría acudido por mucho que ella esperase un poco de colaboración. Ha aprendido, a mi parecer, la primera lección de éste o de cualquier otro mundo: no puedes confiar en nadie más que en ti mismo para sacarte de un aprieto. —No habría salido si tú no intentaras encerrarme, conde. Escuché tu conversación con Yinn. Pensé que querías hacerme prisionera. Dejo los ojos en blanco, inconscientemente. Jamás había escuchado nada parecido. —¿Por qué iba a querer encarcelarte? Su respuesta es encogerse de hombros. «¿Qué idea puedo tener yo de tus oscuras maquinaciones?», parece querer decirme. «O de vuestras barbáricas costumbres. Hace solo un par de minutos me estabas comprando a un hombre como si necesitases su
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    89 permiso para queyo me pasease por ahí». Suspiro, pensando que todos los reproches que pueda hacerme, al fin y al cabo, serán tan ciertos como los que yo pueda echarle en cara a ella. Pero… la he salvado, ¿no es cierto? No quiero mucho más que un agradecimiento y un poco de comprensión y humildad por su parte. ¿Es mucho pedir? Entramos en la casa y Yinn se asoma apenas desde el pasillo para comprobar que hayamos vuelto juntos, aun cuando sé que ha podido ver perfectamente nuestra caminata por el jardín desde el balcón de la salita. —¿Sería posible tomar algo de comer en mi despacho, Yinn? Para dos. Él asiente sin más ceremonias y se apresura a perderse de nuevo en el pasillo con pasos silenciosos. Lo veo encerrarse en la cocina. Solo están Angela y él para hacer las tareas, así que supongo que el improvisado almuerzo aún tardará un rato en llegar. Una vez me he desprendido del bastón, el sombrero y el abrigo, me giro hacia la señorita Blackwood. —Ahora, hablaremos. La conduzco por la escalera y el corredor. Abro la puerta de mi despacho. Aún tarda un par de segundos en reaccionar. Tras contemplar un instante el interior, decide que es seguro y se atreve a entrar. La puerta se cierra a nuestras espaldas.
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    90 Ilyria Explicaciones. El despacho delconde es lo más increíble que he visto en mucho tiempo. Más que un despacho, en realidad, me parece una biblioteca. Es una sala enorme, con tantos libros que me parece que habría suficientes como para igualar y superar los que se ofertan en mi librería. Definitivamente, los tomos que me rodean, acomodados tras vitrinas de cristal que los protegen de los celosos rayos del sol y se alzan hasta el techo, deben ser la puerta secreta a mil mundos desconocidos… Me doy cuenta, de hecho, de que dadas las circunstancias esa frase no es solo una metáfora. Como todo en esa casa la estancia está ornamentada con ese tono clasicista y elegante. La luz se cuela por unos grandes ventanales al final de la estancia y se derrama sobre un escritorio en el que Marcus va a sentarse en cuanto entramos. Parece enfadado y yo, por primera vez, puedo entenderlo. No me muevo, clavada al lado de la puerta. Examino mi alrededor como si eso pudiera ayudarme a concentrarme en otra cosa. Aunque no creo (y espero) que Marcus se haya dado cuenta, aún me parece temblar un poco. En un intento de evadirme, de cerrar mi mente a todo lo que acaba de pasar, miro al techo para maravillarme con los frescos que lo decoran. —Señorita Blackwood. Dios, cómo detesto que me hable así. Eso es. Me concentraré en lo mal que me cae. En lo insoportable que es… Demonios. Es muy difícil aborrecer a alguien cuando sabes que le debes la vida. Suspiro amansada y dejo caer la cabeza. Lo miro entre las pestañas y soy consciente del aspecto de niña pequeña que debo tener ahora mismo. Mi cara, en sí, no ayuda a lo contrario. Sé que mi rostro no se corresponde con mis dieciocho años. Mis facciones son demasiado redondeadas, sin acabar de salir de la adolescencia. Mis amigos siempre
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    91 se han burladocon cariño de esa faceta de mí. Siento un pinchazo al recordar a la gente de mi mundo. A las personas a las que quiero, que se me antojan tan lejanas ahora. Sacudo la cabeza, intentando pensar en otra cosa. —Siéntese. Frunzo los labios ante la orden, pero no protesto. Me adelanto, mirando alrededor con el único interés de no fijar mis ojos en su figura. Sé que me observa censurador, como un padre puede mirar a su hija cuando está a punto de castigarla. Así que, en silencio, me dejo caer pesadamente en la silla en frente del escritorio. La mesa nos separa y yo me alegro de ello. Al menos así puedo concentrarme en el excelente trabajo que el carpintero ha hecho con la estructura, en vez de en su mirada cargada de reproche. Por el rabillo del ojo, lo veo abrir la boca. Y yo, con un gemidito de protesta, porque mi orgullo se revuelve, me adelanto: —¡Lo siento! Marcus da un respingo en su asiento. Siento que todo su discurso, que debe haber ido pensando desde que dejamos atrás a ese hombre, se le escapa ante la sorpresa. Lo puedo ver parpadear, aunque pronto recupera su cara de póker. Me atrevo a alzar la cabeza y emito un quejido bajo, volviendo a observarle. Mis manos se cierran entorno a la tela de mi falda. —Sé que no debería haber salido. ¡Pero no lo soportaba! Pensé que me tendrías aquí encerrada hasta… hasta… ¿Hasta cuándo? No puedo. No puedo sencillamente estar entre cuatro paredes, sintiéndome vigilada. No soy así. Me… Me agobia pensar que no soy libre. Y cuando te escuché hablar con Yinn, cuando le dijiste que no podía salir bajo ningún concepto… ¡Oh, Marcus, me enfadó tanto! ¡Ni siquiera me has explicado nada! ¡Solo has parecido preocupado de cómo podría mostrarme o comportarme! ¡Es injusto! ¡No lo entiendo! No entiendo nada de esto, ¿no lo ves? No entiendo este mundo. No
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    92 entiendo por quéestoy aquí. No entiendo, siquiera, cómo puedo volver a casa o si voy a hacerlo. Todo lo que para ti parece normal, para mí es nuevo. Es… Es irreal. ¡Cielos, me has dicho que he salido de un libro! ¿Cómo quieres que acepte eso sin rechistar? Cojo aire. El conde me mira desde el otro lado de la mesa. A pesar de todo lo que he dicho, por primera vez no se me antoja exactamente enfadado. Me observa y yo no sé qué pensar. Probablemente todavía no termine de reaccionar ante mi inesperada actuación. Quizá esperaba que me cruzase de brazos y empezase a discutir de nuevo con él, o acaso que me quedase calladita y encogida como una muñeca. Como una niña que asentiría diligentemente a todo lo que él dijera. Sea como sea, sé que este es mi momento para continuar, para hablar y dejar, por lo que a mí respecta, las cosas claras. Discutiendo y evitándonos no llegaremos a ninguna parte. Él no quiere tener a una desconocida insufrible en su casa y yo sé que él es el único que, después de todo, puede ayudarme. El único que, en realidad, parece querer hacerlo. —Necesito respuestas, Marcus. No sé qué acaba de pasar. ¿Cómo podía saber a lo que me enfrentaba si traspasaba esa puerta? Tú solo hablabas de no poder salir, pero ni siquiera te has parado a explicarme por qué. Claro, no te puedo prometer que, de haberlo sabido, te hubiera hecho caso. ¡Y no te estoy echando la culpa de lo que ha pasado! Pero… pero… No lo entiendo. —Bajo la cabeza, apretando los puños con algo más de fuerza—. No sé por qué esa gente me miraba de esa manera. No sé qué quería ese hombre de mí. Ni siquiera acabo de comprender, realmente, por qué has tenido que… pagar —me estremezco—. ¿Me has comprado? ¿Qué soy? ¿Un objeto? No parece que sea mucho más… Sus miradas y… y la manera de hablar de mí como si solo fuera una posesión. —Trago saliva y me froto la muñeca. Aún siento la manaza de aquel tipo haciendo presión sobre mi piel—. No puedo entenderlo si tú no me lo explicas. Sé que no me he comportado como la más encantadora de las personas. Que,
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    93 de hecho, deboparecerte insoportablemente inadecuada. No soy como esas damas que paseaban por ahí. Y no, no quiero serlo. Pero… me comportaré. —Agacho la cabeza y hundo los hombros. Alzo las manos en un signo de rendición, de tregua—. Incluso me pondré corsé si con eso me voy a ganar el conocimiento que merezco. Prometido. Lo miro de nuevo, reteniendo la respiración. Aunque yo estoy seria, casi solemne, él me mira con un parpadeo. Reconozco la sorpresa en sus pupilas. Repentinamente, baja la mirada… y sonríe. Ahora soy yo la que estoy sorprendida. Su mano enguantada corre a su rostro para cubrir sus labios, delatando que lo que me ha parecido ver durante un segundo ha sucedido de verdad. —¿He… dicho algo gracioso? —No realmente... —Me mira. Su mano cae y él recupera la compostura—. Supongo que podemos llegar a un trato, en lo que al corsé se refiere. Puede que no sea estrictamente necesario que lo lleve, señorita Blackwood... —Sonrío animada, casi divertida con el hecho de que se quede con esa parte de la conversación… y encantada, claro, ante la idea de no tener que llevar un aparato que vaya a recolocarme los órganos con su presión. Marcus calla un segundo y sacude la cabeza, decidiendo que definitivamente ese asunto es lo menos importante. Continúa con un suspiro: —Yo también... lo siento. Tendrá que disculparme. No me he comportado como corresponde, pero esperaba poder devolverla a su casa antes de que acabase el día. Algo en sus palabras me produce sentimientos contradictorios. Por un lado me alegro de que por fin podamos hablar sin que uno acabe con el orgullo herido o con el té por encima de la cabeza. Por otro… entiendo, para mi más profundo pesar, lo que quiere decir su última frase. —Y no puedes hacerlo.
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    94 Duda un segundo,como si no quisiera enfrentarse a esa realidad, pero finalmente suspira y niega. —No. Aprieto los labios y me encojo sobre mí misma. Finalmente tomo aire y lo observo, aparentemente calmada, entre las pestañas. —¿Cuándo…? —No lo sé. Esperaba que su libro se encontrase en el lugar en el que la hallamos anoche mi mayordomo y yo, pero no ha sido así. Allí, me temo, no había nada. Buscaré en la Biblioteca Real. Hay… muchas posibilidades de que pueda encontrarse allí. Muchos libros de gente como usted acaban en ese sitio. —Iré contigo. No he terminado de decir esa frase cuando me doy cuenta de que he metido la pata una vez más. Me muerdo la lengua, haciéndome daño, cuando él vuelve a mirarme con ojos fríos. No hay protesta posible en sus pupilas. —No, por supuesto que no hará tal cosa, señorita Blackwood. Ya ha visto lo que puede pasar ahí fuera. —Algo que, he de apuntar, conde, tampoco me has explicado. El ceño del interpelado se ve alterado por unas finas arrugas. Si antes creí que era reticente a aceptar que no podía llevarme a casa, ahora veo cuándo realmente no quiere enfrentarse a una conversación. —Me lo has prometido. Por el corsé —apunto. Él deja los ojos en blanco. —No he prometido nada. —Suspira, a su pesar—. Pero… es cierto. Tiene derecho. Y será mejor que le cuente todo antes de que se meta en más problemas. Parece tener un don especial para llamar su atención.
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    95 Así que Marcushabla, por fin. A medida que lo hace no estoy segura de querer saberlo todo. En este mundo, comprendo, las cosas son muy diferentes. —Lo que ha pasado, señorita Blackwood, es que ese hombre pretendía reclamarla para venderla. Para que lo entienda, es como usted ha dicho: no estoy de acuerdo con ello, pero para el resto de la sociedad los extranjeros no son más que… sí, objetos. Los venden, los compran, los usan. Ese hombre era un extranjero como usted, de modo que no podía haber tenido ningún derecho. Pero su amo, que sin duda será noble, sí. Podría haberla cogido y… ofrecerla al mejor postor. Sí, es tráfico de esclavos, como usted lo ha llamado antes. Los nobles compran extranjeros para ponerlos a su servicio. Trago saliva. Siento que he perdido un poco de color en la cara, pero no digo nada. Por un segundo me imagino de pie en frente de todas esas personas que antes, en la calle, me miraban. En mi mente, los aristócratas me observan con sonrisas torcidas, casi con deleite, con la expectación del que quiere el mejor premio y está dispuesto a hacer lo que sea por conseguirlo. De pronto me acuerdo de Yinn y miro a Marcus, escandalizada. —¿Tú has participado en…? El conde frunce el ceño y lo veo profundamente ofendido. —No. No hago más preguntas. Murmuro una disculpa baja por atreverme a suponer que el hombre que veo frente a mí osaría apostar por una persona. Lo miro tras un par de segundos en el que él sondea mi expresión. —Y tú me has… comprado. De nuevo no parece contento con la idea de responder a eso. —Sí. —Gracias.
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    96 Marcus parpadea yalza las cejas, mirándome con incredulidad. Yo me ruborizo y bajo la cabeza, avergonzada. Me apresuro a hablar. Mis palabras son algo nerviosas, atropellándose unas con otras, como siempre que me pongo a la defensiva. —No quiero decir que me alegre de ser comprada. Y mucho menos por una suma tan ridícula de dinero. Yo he pagado más por… por regalos de Navidad. Las consolas que tengo en mi salón valen más que eso, ¿entiendes? Y es muy duro pensar que vales menos que una máquina de entretenimiento —lo miro y veo en sus ojos que no tiene ni idea de qué demonios estoy hablando. Me pongo aún más roja, al sentir que no es capaz de entenderme—. ¡Lo que quiero decir es que te agradezco que me hayas salvado, maldito conde pretencioso! Marcus abre la boca, pero la cierra, midiendo sus palabras. Sacude la cabeza y decide que es mejor obviarme. Doy gracias por que no me hunda más en mi vergüenza. No me gusta la idea de tener que agradecerle nada, sobre todo si su entendimiento es tan retardado. —No nos desviemos del tema. Aunque la haya… salvado, sigue sin poder salir de mi propiedad. Frunzo el ceño y cruzo los brazos sobre el pecho. Aún siento el hormigueo del rubor corriendo por mis mejillas. No me gusta verme así ante él, de modo que recorro al orgullo. —¿Por qué? ¿No soy ya algo así como tuya? —No —niega suavemente, con la paciencia de los maestros cuando enseñan una lección a un niño pequeño—. ¿O no recuerda que ese hombre le exigió que le mostrara una marca? Titubeo y miro a mi hombro de reojo. —Esa no, por si no le ha quedado claro —comenta dejando los ojos en blanco.
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    97 De nuevo meruborizo. —No tengo más marcas. —Naturalmente que no. —¿Y qué hago para conseguir la que debo tener para salir? Porque no quiero quedarme aquí metida mientras tú buscas mi… libro. —La idea de que unas páginas puedan devolverme a mi casa aún se resiste en mi cabeza, por eso intento no pensarlo demasiado. —Esa marca tiene que hacérsela el que vaya a ser su amo, señorita Blackwood. —O sea, tú. Pues házmela, ¿no? ¿Puedo elegir el sitio, al menos? Así tendré el tatuaje que siempre quise… En el costado, debajo del ombligo, estaría bien. Quizá en el omoplato… —No. Doy un respingo y alzo la vista. Su respuesta ha sido rotunda, de esa manera firme y seria que solo él parece adquirir de vez en cuando. Parpadeo un poco y ladeo la cabeza. —¿No? ¿Tiene que ser más visible? —Me miro las manos—. En la muñeca tampoco estaría mal, supongo… —No lo voy a hacer, señorita Blackwood. No cuente con ello. Boqueo. ¿Cómo dice? ¿Insinúa acaso que teniendo mi libertad en la punta de los dedos no me va a dejar cogerla? Frunzo el ceño. Intuyo que nuestra tregua ya ha durado mucho. Entorno los ojos y abro la boca para protestar. El sonido de un par de toques en la puerta, sin embargo, me distrae y me hace alzar el rostro. La madera se abre y Yinn se asoma. —Thaýr, el almuerzo… —Está bien, Yinn. Bajaremos a comer, bien pensado. No creo que tengamos más temas que tratar.
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    98 Y así, elconde se levanta y abandona el despacho. Yo tardo un segundo en reaccionar, todavía con los labios separados. Lo sigo con la vista, su figura desapareciendo tras la puerta… y entonces me doy cuenta. Ha huido. —¡¡Maldito conde!! ¡¡Vuelve aquí!! Como una exhalación, me levanto y salgo tras él. Yinn me mira divertido cuando paso por su lado como un terremoto, agarrándome las faldas. Si Marcus ha creído, solo por un instante, que es tan fácil librarse de mí, está muy equivocado.
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    99 Marcus Primavera. Por un instantehe pensado que sería relativamente fácil deshacerme de su presencia al menos por un rato, pero ahora me doy cuenta de mi error. Ilyria Blackwood se está convirtiendo en mi pesadilla y como tal me sigue escaleras abajo, haciendo un verdadero escándalo. Quizá debería pensarme lo del corsé. Con suerte le costaría respirar y dejaría de corretear tras de mí con la falda levantada hasta las rodillas. Me ruborizo apenas por la vista de sus piernas y aparto la mirada rápidamente. Tras ella, definitivamente agradado, Yinn nos persigue. —¡Te he dicho que pares! La muchacha se cuelga de mi brazo con una confianza que hace que me tense y me ponga a la defensiva. Retiro sus dedos de la manga de mi chaqueta casi de inmediato y me aparto hacia un lado. Que la agarrase de la mano para arrastrarla de nuevo a casa no significa que tenga derecho a volver a tocarme en cualquier ocasión. Lo que menos necesito es que nuestra relación se confunda a ojos de los demás, por si ya no hubiera quedado lo suficientemente distorsionada en la mente de los que han sido testigos de la venta. —Mantenga las distancias, señorita Blackwood —le advierto—. No es adecuado que una dama se tome libertades con un hombre. Ella me mira con fijeza, con un rostro súbitamente serio. —Si quisiera tomarme libertades contigo, Marcus, te tocaría el culo, no te cogería el brazo. Entreabro los labios, incrédulo por su descaro, al tiempo que a mis oídos llega la carcajada sincera de Yinn. De nuevo siento que algo hierve en mi interior, aunque esta vez es la sangre, que se agolpa en mis mejillas al ruborizarme. Respiro hondo un par de
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    100 veces y comosi no hubiera pasado nada olvido su inadecuado comentario, continuando mi camino. —Almorzaré en la terraza de la salita, Yinn. Hace un día espléndido y hay que aprovecharlo. Detrás de mí la joven murmura algo, pero estoy decidido a ignorarla. Ya he tenido suficiente de ella por hoy como para enfrascarme en otra discusión. Una práctica que, de todos modos, no me llevaría a ninguna parte. Parece que estemos destinados a volver al punto inicial, en el que nos fulminamos con la mirada y nos escondemos tras nuestros orgullosos corazones. —Es cierto que ha habido cambio de tiempo —reconoce él—. Ha cuadrado con la llegada de la señorita Blackwood, además. Es como si hubiera traído la primavera con su presencia, thaýr. Semejante idea me hace dejar los ojos en blanco. Lo único que ha traído esta muchacha consigo es mi dolor de cabeza, que se ha establecido sordamente en mi sien derecha. Me llevo un par de dedos allí donde la punzada se hace notar y masajeo la piel suavemente, decidido a no mirar a ninguno de los dos. Ella, de todas formas, vuelve a estar enfurruñada. Entro en el pequeño salón, con la extranjera pegada a mis talones. La puerta que conduce a la sala de música está entornada, como si alguien hubiera estado allí no hace mucho. No puedo evitar notar que la muchacha tiene los ojos clavados, precisamente, en esa entrada. Supongo que en su vagabundeo por la casa ha descubierto la mayoría de sus secretos, incluyendo el antiguo e impresionante piano de cola que está en la mansión desde que puedo recordar. Algunas de mis memorias se han quedado junto al instrumento. Aún me parece estar contemplando, con ojos agrandados por la emoción, a mi madre sentada en el taburete, rozando las teclas distraídamente. No es que ella
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    101 supiera tocar especialmentebien: para ser justos, apenas sí arrancaba algunas melodías aprendidas de memoria, en las que sus dedos se movían por inercia solo gracias a la práctica constante. Pero había algo hermoso en la imagen de la dama con las manos en las piezas blancas y negras y la luz de la tarde asomándose por el gran ventanal. La iluminaba como si fuera una diosa, un ángel venido de tierras lejanas, con sus cabellos cobrizos siempre sueltos sobre sus hombros, con mil ondas posadas sobre su espalda, llegadas de los confines más lejanos de los océanos… En ese recuerdo mi madre sonríe dulcemente y dos perfectos hoyuelos aparecen en sus mejillas. Sus ojos castaños relucen, lejanos pero cálidos, echando de menos algo que no podemos ver. Ilyria Blackwood entorna los párpados al ver las comisuras de mis labios alzados. La expresión se me congela en el rostro. Me ha dicho algo pero yo, enfrascado en mis pensamientos, ni siquiera he estado prestándole atención. El silencio se alarga un par de segundos más de lo necesario y yo carraspeo. —Disculpe. Tengo un horrible dolor de cabeza que no me deja concentrarme — murmuro a modo de excusa, aunque sé que no suena demasiado galante—. ¿Me ha dicho algo? Ella frunce el ceño, pero parece dispuesta a no enfurecerme. La veo agachar la cabeza humildemente y eso consigue despertar mi curiosidad. Si no supiera de qué pie cojea, casi diría que parece amansada. Supongo que en realidad no puede ser otra cosa que una máscara que pretende engañarme. —El piano… —murmura con una vocecita de pajarillo—. Si me dejases tocarlo... Prometo tratarlo muy bien. Abro la boca. La vuelvo a cerrar. No se me ocurre ninguna buena razón por la que no pueda dejarle hacer lo que guste. Al fin y al cabo probablemente esté desafinado, después de tantos años. Y no es como si nadie más aquí supiera darle uso. Las lecciones
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    102 de piano quemi padre insistió en que debía tomar nunca llegaron a dar sus frutos. Así que, con un ademán de asentimiento, le digo sin palabras que es todo suyo. Si aporreando un rato las teclas se va a sentir mejor y deja de incordiarme durante unos minutos, bienvenido sea. Me retiro a la terraza mientras ella se cuela en el cuarto de al lado. Me acomodo y disfruto de la brisa suave en mi rostro, del baile de los pétalos desprendiéndose de las ramas de los árboles. La escena es completamente serena. Para mi más profunda sorpresa, una melodía empieza a sonar de fondo, a juego con lo que siento en este momento. Me giro apenas en la silla, como si esperase ver la fuente de tal armonía, pero es imposible alcanzar a descubrir lo que se esconde tras las paredes. La señorita Blackwood debe haberse sentado delante del piano y ha empezado a tocar con una claridad asombrosa, sin titubeos. Así que el pequeño diablillo que no ha hecho más que causarme problemas desde que ha llegado, resulta ser un genio de la música. ¿Quién lo iba a imaginar? Desde luego, yo no. Escucho atento, disfrutando del momento. En silencio Yinn entra y sirve la mesa con delicadeza. Hasta él parece embelesado con cada nota que la muchacha teje con sus dedos. Se me escapa una sonrisa al descubrir que se mueve un poco al compás, quizás de forma inconsciente, mientras sirve mi comida en el plato. —¿Quién iba a decir que sí tenía alguna cualidad de señorita, al fin y al cabo? —Le digo medio en serio, medio en broma. Él esboza una sonrisa divertida, de medio lado, que hace brillar sus ojos. Su piel oscura lo parece hoy incluso más, aunque es hermosa a su manera, contrastando con los pétalos que caen. —Y se ha olvidado de su lista interminable de preguntas, ¿verdad?
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    103 Asiento con unaleve risa que amenaza con escapar de mi boca. —Efectivamente. Durante unos largos minutos más ninguno dice nada. Yo picoteo mi almuerzo sin ganas, tomándome mi tiempo para masticar y tragar, mientras él se queda de pie a mi lado, hechizado por la cadencia de la partitura. El silencio llega entre canción y canción y aprende a pasar de largo, de puntillas, sin molestar nuestras meditaciones. —Quizá estaría bien que Charlotte aprendiera a tocar un instrumento —se me ocurre de pronto. He estado descuidando un poco su educación en las artes que otras niñas, a su edad, ya han empezado a dominar. —Y seguro que se te ocurre una buena profesora para llevar a cabo tal odisea — apunta él con una mirada que habla por sí sola, tuteándome. Carraspeo. —Bueno, puede ser un buen método para mantenerla entretenida —razono—. Si tiene demasiado tiempo libre volverá a meterse en líos. Yinn sonríe. Hay algo que le hace mucha gracia, pero no me atrevo a preguntarle qué cruza por su mente. Tampoco es necesario, ya que pronto él mismo me revela sus pensamientos. —La señorita Blackwood es una muchacha bonita. Y muy enérgica. Alzo las cejas mientras bebo de mi copa. Es la segunda insinuación que recibo hoy respecto a su presencia en esta casa y ni siquiera lleva un día aquí. Sabía que no era buena idea acercarme demasiado a ella. —La señorita Blackwood es una muchacha que pone a prueba mi paciencia — rectifico—. Malhablada e insolente. —Yo creo que es encantadora, thaýr —me desafía—. Quizá no sea la dama que usted espera... pero es un diamante en bruto. Quizá dedicándole un poco de tiempo...
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    104 —Sin duda esun diamante en bruto —asiento seriamente, mientras me limpio los labios con la servilleta y me echo ligeramente hacia atrás en mi silla—. Y como tal, está llena de impurezas. Yinn, la piedra no tiene auténtico valor hasta que brilla y se puede engarzar en una bonita joya. Y no espero que eso suceda con ella. Por lo que a mí respecta me sentiré tranquilo cuando sepa que no está en este mundo. No me gusta la idea de tener a una muchacha correteando por la casa y metiéndose en mis asuntos. Soy un noble, no una niñera. El mayordomo paladea algo, como si no estuviera del todo agradado con mi respuesta. Con confianza, coge una de las sillas y se sienta, inclinándose un poco hacia mí, en un ademán confidente. A veces se toma esas libertades: confianzas que podría haber tenido en su mundo, con sus amigos. Yo le dejo porque me siento responsable de su comodidad en esta casa. Pongo mi oído, como si fuera a declararme un secreto de estado, y él empieza a hablar con su acento exótico, que me hace pensar en países lejanos, en oasis frescos y desiertos ardientes como el mismo Infierno, que ocultan secretos imposibles bajo sus dunas. —Creemos que deberías hacer un esfuerzo para que ella se sintiese más cómoda aquí. Se enfrenta a un gran cambio y necesita alguien en quien confiar. Nosotros somos… lo único que tiene ahora, mientras no encontremos su libro. Frunzo el ceño cuando apela a mis sentimientos de solidaridad. «Todos estamos solos alguna vez», quiero responderle. Pero, en vez de eso, sello mis labios y suspiro. No hace falta que me diga todo esto. Siento que la chica es mi responsabilidad. Sé, de hecho, que es un asunto al que no puedo darle la espalda. Aquí tendrá toda la comodidad que pueda conseguir, toda la comprensión. Sin embargo, pido un mínimo de civismo por su parte: que el té permanezca en su taza y que no abra puertas ajenas sin llamar. Siendo egoísta
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    105 creo que tambiénestarían bien menos preguntas, pero una parte de mí comprende el desafío de enfrentarse a un mundo nuevo sin información. —¿Creemos? —Inquiero sorprendido, dándome cuenta un par de segundos después del uso del plural. —La pequeña Lottie, Angela y yo, claro. Asiento, dejando los ojos en blanco. Por supuesto. Mi pequeña familia conspira a mis espaldas. De hecho, por un momento, lo que me sorprende es que hayan tenido tiempo de hablarlo. —¿Y qué más habéis pensado, en relación a la señorita Blackwood? Yinn titubea. Mira alrededor como si temiese que alguien nos estuviese escuchando y luego me observa con deliberada fijeza. —Que tú estás muy solo… y Charlotte necesita una madre. Parpadeo. Durante unos instantes no soy capaz de comprender tal información. No puede ser que haya escuchado bien. Primero siento el color huir de mi rostro. Un momento después soy consciente de que las mejillas me arden. Lo miro con los labios entreabiertos. Lo peor de todo es que la sonrisa de diversión que estoy acostumbrado a ver en su cara no se manifiesta esta vez. Algo en mi expresión lo hace preocuparse, pues llena mi copa con el contenido de la jarra que tiene a su lado y me la tiende. Yo la tomo y bebo por inercia, tragando con dificultad. —¿De dónde habéis sacado tal idea? —Pregunto una vez soy capaz de articular palabras de nuevo. —Tienes que comprender nuestra preocupación, thaýr. Nunca has mostrado interés por una mujer y, de hecho, creo que es la primera vez que te quedas a solas con una en un cuarto. Empezaba a pensar que… no te gustaban. Por otro lado, todos en este mundo parecen darle mucha importancia a eso del matrimonio. Quizá no te verían como un
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    106 excéntrico si empezasesa ir a reuniones sociales y cortejar a una muchacha instruida. — Su mirada vuela, no tan discretamente, hacia la puerta entreabierta de la sala de música, por la que se escapan las notas de una nostálgica melodía— y hermosa. —En primer lugar no me importa lo que digan los demás sobre mí —farfullo completamente abochornado—. Si soy un excéntrico o no es mi problema. Y en segundo lugar, en caso de que decidiese casarme, ¿por qué crees que pensaría en esa muchacha a la que ni siquiera conozco? —Me levanto. Respiro hondo, inhalando la fragancia de la primavera, y me aliso la ropa con cuidado—. No es, de ninguna manera, la persona adecuada. De darse el caso, preferiría a alguien más femenina. Y piensa los problemas que causaría a esta casa si me casase con una extranjera. Sabes que no está bien visto —Sacudo la cabeza—. En vez de fantasear, estaría bien que os dedicaseis a asuntos más fructíferos. Yinn frunce el ceño hasta que su rostro atemporal gana un par de arrugas en su frente. Es imposible definir su edad real, pero cuando abandona su sonrisa parece todo un adulto. Se pone en pie también y hace una leve inclinación de cabeza casi burlona. —Puestos a elegir, mejor una extranjera que traiga problemas a una de esas damas que gritan cuando las intentas coger del brazo, ¿no? Abro la boca, pero Yinn ya está retirando mi servicio de la mesa. Siento la tentación de confesarle que algunas de esas señoritas no son lo que parecen, que se esconden tras máscaras de la misma forma en que yo lo hago. Callo, sin embargo, y sacudo la cabeza. El tema no me gusta y, con suerte, se olvidará en cuanto la señorita Blackwood se haya alejado de nuestras vidas. Como un huracán ha llegado y ya lo ha revuelto todo. Es como si el suelo se estuviera moviendo bajo mis pies. Ni siquiera la suave melodía de fondo consigue relajarme del todo.
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    107 —Voy a salir.No me esperéis para cenar. Estaré fuera el resto del día. Ya que tanto parece gustarte nuestra invitada, te dejo al cargo de responder todas las preguntas que haga. El mayordomo asiente distraídamente. Lo veo salir del saloncito. Yo mismo me dirijo hacia la puerta, para luego cambiar de opinión a medio camino. En lugar de abandonar la estancia, me apoyo contra el dintel que separa la sala de estar de la del piano y escucho atento. Un segundo más tarde estoy empujando la madera para obtener una vista completa del interior. Escondido entre las sombras observo sin ser percibido. Ilyria Blackwood está sentada delante del piano, con los ojos cerrados. Sus dedos bailan sobre las teclas del instrumento en un código que no puedo entender, mientras su cuerpo se mece al compás de la brisa que levanta cada ir y venir de sus manos. El sol, desde su espalda, crea figuras oscuras sobre su silueta y, al mismo tiempo, realza los colores más claros de sus cabellos. Su expresión es de absoluta concentración, aunque no hay seriedad en sus rasgos, sino una calma precisa, agradable, en la que su sonrisa parece brillar tímidamente. No puedo evitar pensar que es hermosa, con ese aspecto maduro que fluctúa según cómo dé la luz, según cómo el vestido se envuelva a su alrededor y deje ver las formas equilibradas de su cuerpo. Mi corazón tropieza y pierde un paso, como si nunca hubiera contemplado a una mujer crear música, perderse entre partituras para renacer como una persona desconocida. Como si se hubiera quitado un antifaz, por primera vez me parece estar viendo a la muchacha que es ella en realidad, alejada de palabras sin sentido, del curso del tiempo o el espacio mismo. Sin hacer ruido salgo de mi ensoñación y cierro la puerta con cuidado. Mientras me alejo de la casa aún me parece oír la melodía en cada uno de mis pasos.
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    108 Ilyria Charlotte. Es fácil olvidarcuando te pones en manos de la música. Las notas se lo llevan todo. La melodía, como siempre, me envuelve y me acuna entre sus brazos invisibles. Sí, es sencillo sentir que solo existimos ella y yo. Que como amantes indiscretas nos apartamos del mundo para prodigarnos caricias de las que solo nosotras seremos conscientes. Si he de amar a alguien algún día, estoy segura de que será a ella. Nunca nadie me ha tocado con la delicadeza y la ternura con la que lo hacen las notas. Suspiro. Mis párpados se entornan para observar mis propios dedos cuando la melodía cesa. A mí solo me han parecido segundos, pero sé que he podido estar perdida entre las teclas del instrumento incluso horas. Nunca soy consciente del significado real de palabras como tiempo o espacio cuando me dejo envolver por esos abrazos incorpóreos. La música es lo único que me devuelve la calma cuando se pierde todo lo demás. Lo único que parece traer de nuevo la razón, el sentido… Lo único que consigue que, incluso cuando siento que podría perderme para siempre, vuelva a ser yo. Por ejemplo, la frustración o incluso el nerviosismo se evaporan como si nunca hubieran existido. Mi corazón palpita al son de la canción que aún fluctúa en el aire con su propio tono monótono. Casi me parece que marca el pulso. Un, dos; un, dos. Latidos que componen una melodía que solo yo puedo escuchar. El pensamiento me arranca una sonrisa dulce, tranquila. El mundo ha vuelto a detenerse, a dejar de girar de esa manera tan precipitada. Desde que abrí los ojos por la mañana, no había hecho otra cosa que moverse de una forma que me ha tenido en vilo y al borde del mareo durante todo el día. Pero ahora, por fin, los colores, los sonidos… todo ocupa su lugar.
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    109 Rozo las teclassin ser realmente dueña del movimiento. Ante la caricia el instrumento deja escapar un suspiro. Soy consciente de que, aunque esté tranquila, todo ha cambiado. Ahora, sin embargo, puedo verlo con más serenidad. No estoy en mi casa. No estoy con mi familia… No puedo acabar de entender cómo. O quizá la palabra no sea “entender”; lo que me cuesta es asimilarlo, porque en realidad sí que lo he comprendido: de alguna manera la irrealidad con la que hasta ahora solo había soñado se ha vuelto real. De ese modo… de ese modo, los libros son capaces de transportar a la gente. Siempre lo había creído, aunque nunca habría imaginado que una frase así pudiera enunciarse de una manera tan literal. Sonrío con algo más de seguridad. Las historias cumplen su función; aquí se dejan ver como lo que siempre han debido ser: portales a otros mundos. Supongo que, a su modo, es bonito. Al menos, prefiero pensar así. Eso quitando el tráfico de esclavos con… extranjeros, o lo que quiera que sea yo ahora. Suspiro. «Podría estar peor», medito mientras repaso la estructura de una de las teclas negras. Por ejemplo, podría estar siendo subastada. O sola. Me estremezco solo de pensarlo. Ahora que puedo ver las cosas algo más fríamente soy consciente de todo lo que, en realidad, le debo a ese dichoso conde. Marcus. Ladeo la cabeza, entrecerrando los ojos, y pronto me veo enfrascada en una discusión conmigo misma. Aunque es un petulante y un orgulloso, aunque su manía por las formas y el orden consigue sacarme de quicio, no parece mala persona. La prueba es que estoy aquí. Que, aunque no tenía por qué hacerlo, cogió mi mano cuando nadie más estaba dispuesto a ayudarme. Podría haberme dejado. Podría haber considerado que lo que me pasase sería bajo mi responsabilidad, por no haber obedecido los dictámenes que él me había dado. Podría haber dejado que ese hombre me llevara y me vendiese a cualquier otro que, sin duda, no me habría tratado con tanta paciencia ni tanta
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    110 consideración como haceél. Me cuesta admitirlo, pero no me está tratando mal. Me ha dado ropa (por muy incómoda que sea) y comida. Un techo bajo el que resguardarme… y un piano que me deja tocar con total libertad, sin importarle que llene el silencio casi asfixiante de su casa con mi música. Aunque eso último podría no parecer una concesión, algo me hace pensar que, para él, lo es. No en vano, ¿no parece una de esas personas que aprecian la tranquilidad más que nada en el mundo? Una tranquilidad que yo, con mi presencia, le he arrebatado. Me enfada, es cierto. Pero puede que también tenga algo de razón. Quizá solo estuviera… histérica. Sé que me he dejado llevar por la irracionalidad. Por los nervios. Claro, sigue sin hacerme gracia que me trate como si fuera una niña o que me mire como si fuera de todo menos algo bueno. No quiero que me observe como si juzgase hasta mi manera de moverme. Me hace sentir más fuera de lugar de lo que en condiciones normales ya me sentiría. Es como si él esperase algo y yo fuera todo lo contrario. Como si, de hecho, le asquease cada una de mis palabras, cada uno de mis pensamientos. Y, sin embargo, pese a todo, tengo la impresión de que me cuida. ¿No lo está haciendo, a su modo? Sigo sin poder seguir el hilo de sus pensamientos, no obstante. No soy capaz de terminar de comprender lo que puede pasar por su cabeza. Como su rotunda negativa antes a ponerme esa marca: ¿qué hay de malo si yo se lo pido? No es como si me fuese a considerar más suya por ello. Definitivamente, no lo haría. Marcada o no, no soy de nadie. De hecho, no creo que ninguna persona pueda pertenecer a otra como si solo fuera… un vulgar objeto. No es justo que no lo haga. Si lo hiciese, ¿no podría acaso ir yo misma a buscar mi libro? Naturalmente lo encontraría antes que él, si tiene que investigar en una biblioteca. Al menos, sé cómo es físicamente hablando, algo que ni se ha molestado en preguntarme, por cierto. Aunque me hubiese cuestionado
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    111 algunos datos técnicos,yo no le puedo decir título alguno, así como tampoco le puedo mencionar a ningún autor. En las tapas doradas de aquel tomo de mi librería ni siquiera se insinuaba ninguna de las dos cosas. Suspiro hondamente. ¿Qué tengo que hacer? ¿Comportarme como una dama? ¿Vestirme con esas horribles capas de ropa? ¿Con corsé? He llegado a ver ilustraciones en mi mundo que dejaban claro cómo ese aparato, con sus varillas de metal, recolocaba los órganos de los mujeres. Los de mi mundo no son tan brutos. Y definitivamente son más bonitos. La única razón por la que yo podría querer utilizar tal cosa sería para realzarme el pecho. Si algo hay que conceder a esa prenda es que puede hacer verdaderas maravillas en ese aspecto… Sacudo la cabeza. Como siempre que algo me supera, mi mente decide evadirse a terrenos menos pedregosos. Me paso la mano por los cabellos, enredando los dedos en mis tirabuzones. Supongo que debo una disculpa al conde. Aunque… ¿A quién intento engañar? Sé que pronto estaremos en las mismas, como antes: él se comportará como el niño de papá que es o me exigirá cosas que no estoy dispuesta a cumplir. Me mirará juzgando incorrectas cada una de mis acciones. Y entonces… Bueno, sencillamente volveré a tirarle lo primero que encuentre directamente a la cara. Miro otra vez las teclas, arrancando alguna que otra nota distraída. Ahora que lo pienso, ¿cómo puede él devolverme a casa? Tampoco me ha respondido a algo tan sencillo. En realidad ha respondido muy pocas cosas de todas las cuestiones que se me plantean. Si nunca ha asistido a una de esas “subastas” de extranjeros (y sé que no lo ha hecho, por lo ofendido que se mostró en su despacho al suponerlo), ¿cómo es que Yinn le sirve? Yinn y esa tal Angela, a la que todavía no he visto siquiera. Mi mente se concentra en todas las preguntas que se forman lentamente, relacionándose unas con otras, pero la sensación de ser observada me distrae. Frunzo el ceño y alzo la vista.
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    112 La hija delconde se ruboriza al sentirse descubierta… al igual que hago yo. No me gusta que me observen cuando estoy a solas con el piano. La vergüenza se remueve en mi cuerpo. —Charlotte. Ella mira a un lado y a otro y se frota la mejilla, adorable, en un gesto que me recuerda a mí misma. Quizá en un acto reflejo, yo la imito. La pequeña parece asegurarse de que nadie la ha visto. —Lottie —me corrige. Entra con una sonrisa algo tímida que me resulta encantadora—. Papá solo me llama Charlotte cuando se enfada conmigo o va a castigarme. Parpadeo durante un segundo y se me escapa una carcajada. Por alguna razón esa frase cuadra perfectamente con la idea que tengo de su padre. —Te he oído tocar… —continúa ella. Yo me ruborizo irremediablemente. —¿Te he molestado? —Le hago un hueco a mi lado que ella acepta con una sonrisa. Mira muy concentrada las teclas y después me observa a mí. —No. Tocas muy bien. Es muy bonito. Siento que las mejillas me arden un poco más, pero sonrío contagiada. —Gracias. ¿Sabes tocar? Hasta donde yo sé, todas las damas victorianas tenían entre sus aptitudes el dominio de las artes, incluida la música. Siempre me pareció algo injusto e hipócrita. Por mucho que la sociedad se empeñase no todas las mujeres podían ser artistas. Aunque, claro, ¿es que esas damas, en su tiempo, servían para algo más?
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    113 Charlotte, en contrade lo esperado, enrojece y niega. Toca tímidamente una tecla blanca y se encoge sobre sí misma cuando el sonido vibra en la estancia. Sonríe un poco, como si le gustara la sensación, y me mira de reojo. —No. Nadie en casa sabe tocar. Nunca había escuchado a nadie hacerlo, al menos… —¿Y te gustaría? Ella asiente y sonríe, con ese color ligero asomando todavía a sus mejillas. ¿No dan ganas de abrazarla? —Yo podría enseñarte —le digo en un arrebato. Me encojo algo de hombros—. No… no es que crea que soy lo suficientemente buena para dar clase a alguien, pero… bueno… si quisieras… La sonrisa en sus labios crece e ilumina su rostro de niña. Incluso su gesto es infantil, cándido, lleno de la inocencia que brindan esos años. —¡Me encantaría! Me muerdo el labio, encantada. Las niñas, en mi mundo, han dejado de ser tan niñas. He conocido a chicas de la edad de ese pequeño ángel que tengo frente a mí que han renunciado a su inocencia. Que han decidido dejar de creer en magia y en cuentos y han querido hacerse adultas demasiado pronto. Verla a ella, tan ajena, tan irreal, tan dulce, me enternece. —Si a tu padre le parece bien, entonces, te enseñaré. —¿Significa eso que vas a quedarte? Me sobresalto, pillada por sorpresa. Abro la boca y la miro, titubeando. No esperaba esa pregunta, definitivamente. Me remuevo, de hecho, algo incómoda. Sus ojos verdes, tan grandes, tan brillantes, no dejan de observarme. —No… Yo…
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    114 —¿Por qué no?—Cuestiona. En sus pupilas veo decepción, al igual que lo noto en el mohín de sus labios fruncidos—. A mí me gustas. ¿Por qué no te quedas? La casa, aunque es muy grande, está muy vacía. Aunque estamos papá, Yinn, Angela y yo… Nunca hay música. Siempre hay mucho silencio… ¡Y Angela, que es la única chica, es muy aburrida! Solo me habla de lecciones y de cosas que tengo que aprenderme… Trago saliva. ¿Cómo se le explica a una niña pequeña que yo solo estoy de paso por este mundo? Que, con suerte, me marcharé cuanto antes. —Es que este no es mi sitio —le aclaro al fin con voz baja. No sé cómo enfrentarme a ella, en realidad. —¡Pero puede serlo! Tampoco era el de Angela o el de Yinn y ahora viven aquí… Miro alrededor e intento imaginarme viviendo en esa mansión. Compartiendo todos los días con las personas que viven en ella. Con esa niña, con su padre… Sacudo la cabeza. No. Eso es imposible. Ese no es mi hogar. Y no hay manera, definitivamente, de que pueda serlo nunca. —Me terminaré yendo —le explico. Acaricio sus cabellos suavemente, con la punta de los dedos. Me gusta que quiera que me quede. Eso significa que, como si no pudiera ser de otra manera, me ha cogido cariño tan rápido como yo a ella—. Aunque… quizá podría volver. Es una concesión falsa, porque sé que en cuanto vuelva a casa, olvidaré todo lo que aquí haya pasado. ¿Por qué iba a ser de otro modo? No hay nada en este mundo para mí. No es mi sitio. Cuando regrese, de hecho, me aseguraré de que el tomo culpable de que ahora no esté tirada cómodamente en mi cama, quede bien oculto de los ojos del mundo. Lo esconderé en algún lugar o sencillamente lo destruiré. Charlotte, sin embargo, parece emocionada con la idea y yo me siento un poco culpable por mentirle.
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    115 —¡Está bien! —Exclamaemocionada—. Pero no puedes irte antes de mi cumpleaños —apunta seria. Parpadeo, pero dejo escapar una risita. —De acuerdo —dejo los ojos en blanco. No en vano, su fiesta es esta misma semana, por lo que dijo antes. No creo que Marcus consiga encontrar mi libro antes de todos modos, por mucho que a mí me gustaría—. No me iré antes de tu cumpleaños. —¿Lo prometes? —Me exige saber, muy seria. Alzo una mano, posando la otra directamente sobre mi pecho, a la altura del corazón. —Lo prometo. De nuevo su sonrisa ilumina la estancia. —¡Qué bien! ¡Así podrás bailar con papá! Yo río, asintiendo… hasta que me doy cuenta de lo que ha dicho realmente. Me ruborizo y la miro, alzando las cejas. —¿Bailar? ¿Con tu padre? ¿Y por qué iba a hacer tal cosa? —¿No te gusta? Es guapo… Yinn dice que papá necesita una chica. Enrojezco algo más. —Definitivamente, no seré yo. Ella hace un puchero. —Pero… Carraspeo, interrumpiéndola. —¿No tienes hambre? Yo sí. ¿Vamos a pedir galletas? O chocolate. ¿Tenéis chocolate? La verdad es que me apetece… Como había imaginado, ante la idea de tomar algo dulce, como todos los niños, la joven sonríe ampliamente. —¡Claro!
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    116 Y así escomo el pequeño terremoto se levanta y me saca de la habitación que era mi paraíso. Yo me dejo arrastrar mansamente por esa manita que, sin verdaderas fuerzas, tira de mí. Me lleva hasta la cocina, donde ya me he acostumbrado a ver a Yinn. Parece cocinar algo y silba distraídamente. —Yiiiinn —canturrea Lottie con su voz de campanillas. El mayordomo se gira y sonríe al vernos. —Vaya, las mujeres de la casa se dignan a visitar mi humilde cocina. ¿En qué puedo ayudarlas? —¡Chocolate! —Exclama Charlotte sentándose en la mesa. Yo me siento a su lado, divertida, aunque miro a Yinn. —¿Y Marcus? —Ha salido. Quizá haya ido a buscar su libro, señorita Blackwood. —¡Si lo encuentra da lo mismo! —Interrumpe Charlotte. Mira con ojitos brillantes un platito con chocolate que dejan entre las dos—. Porque Ilyria ha prometido quedarse por lo menos, por lo menos, hasta mi cumpleaños. Me ruborizo ante la mirada de Yinn. Veo algo en su sonrisa torcida que no me gusta y cojo un pedazo de chocolate, saboreándolo. —¿Eso ha dicho? Vaya… —No creo que el conde encuentre mi libro antes, especialmente sin mi ayuda. Hasta donde yo sé, es difícil, ¿no? Aunque claro, el conde no me ha explicado demasiado… Yinn deja escapar una risita. Se sienta con nosotras a la mesa de madera. —Sí, es complicado, supongo. ¿Qué quiere saber? Porque el thaýr me ha dado permiso para responder a todas sus preguntas. Y cuando digo todas es todas. Frunzo el ceño, sin saber a qué achacar ese tono que ha puesto en la última pregunta. ¿Qué espera que pregunte? Sacudo la cabeza y lo miro.
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    117 —Lo primero esque dejes de tratarme de usted… Empiezo a cansarme. ¿Realmente parezco tan mayor como para eso? ¡Solo tengo dieciocho años! Yinn ríe, jovial, y yo siento que podría llevarme bien con él, porque se me contagia la sonrisa en los labios. Como pensé, es bastante más simpático de lo que, hasta ahora, se ha mostrado el anfitrión de la casa. —Dejaré de hacerlo, entonces, si tengo tu permiso. Lo cierto es que a mí tampoco me agradan demasiado esas formas… —¡Al fin me siento comprendida! —Papá dice que hay que dirigirse a la gente adecuadamente —interviene Lottie dignamente. Mordisquea un trozo de chocolate y toda la solemnidad de esa frase se pierde con el resto que queda en su comisura. —Tu padre te aliena demasiado joven. —Río limpiándole con un dedo la mancha, a lo que ella se ruboriza. —¿Aliena…? ¿Eso es que me quiere convertir en un alien? —Exclama alarmada, abriendo mucho los ojos. Yo me echo a reír sin poder evitarlo y lo mismo le ocurre a Yinn. —Algo así. —¡Es horrible! —Oh, definitivamente al thaýr no le gustaría escucharte hablar así de la educación que le da a su hija. —Al “thaýr” no le gustan muchas cosas de mí, así que una cosa más o una cosa menos realmente da lo mismo. A propósito, ¿qué significa? Thaýr… —Es “amo”, en mi lengua —aclara Yinn confirmándome lo que yo había supuesto. —¡Yinn es de un país muy exótico! ¡Y en el que hace mucho calor! Servía a sultanes que tenían muchas mujeres, ¿sabes?
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    118 Alzo las cejas,mirando a Charlotte, y luego levanto la vista hacia Yinn. —No sé cómo le sentaría a Marcus que le hables a su hija de poligamia. —Algo de lo que, sin duda, no tiene por qué enterarse. Sonrío inevitablemente. De pronto me siento más cómoda, ahora que Marcus no está para decidir si me comporto o visto adecuadamente. Es fácil estar en compañía de Yinn, que parece más espontáneo y más humano de lo que es el conde, así como es sencillo estar cerca de la niña, con su adorable inocencia y su carácter tan tierno. De este modo, la conversación pasa entre temas insustanciales que hacen que me olvide un poco de todo lo malo que puede tener la situación en la que me encuentro. Siento que me hago un hueco y que no me disgusta. Hago preguntas sobre la ciudad y la sociedad y mis acompañantes responden encantados. También pregunto sobre Marcus y sus extrañas manías: al parecer cubre sus manos con los guantes en todo momento, pero ni la niña ni el mayordomo me dan verdaderas razones para su comportamiento. Ambos consideran ese detalle como un aspecto meramente estético, quizá porque le gustan, quizá porque es costumbre en ese mundo que los caballeros escondan sus manos bajo esas prendas. Y, sin embargo, a mí me parece que hay algo más. No en vano, cuando por la mañana lo empapé sin consideración con el té, ni siquiera se los quitó, aunque habría sido lo más normal. La conversación finalmente deriva por otros derroteros y yo me dejo llevar. Así, entre risas y bromas, descubro también otras cosas interesantes. Por ejemplo, que Yinn realmente viene del desierto plasmado en las páginas de algún libro. Y no solo eso… —¿Un genio? —Abro mucho los ojos, mirando a mis dos acompañantes. —¡Sí! —Exclama Lottie con su infantil entusiasmo—. Vivía en una lámpara, ¿verdad, Yinn? —Muy poco espaciosa, por cierto —asiente él.
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    119 Yo lo miro,incrédula, abriendo y cerrando la boca. Sacudo la cabeza. ¿De qué me sorprendo? He venido a otro mundo leyendo un libro. Partiendo de esa base nada debería tener ya la cualidad de sorprenderme. —¿Y por qué… estás aquí? Marcus me dijo que tú habías querido quedarte. —Bueno… Allí no era libre. Lo observo en silencio durante unos segundos. Lo entiendo. La película de Aladdin me viene repentinamente a la cabeza. ¿No era libertad, lo que más ansiaba el pobre genio? Y Yinn la ha encontrado en este mundo, lejos de su lámpara. Supongo que es comprensible. Aunque… —Pero aquí eres… propiedad de Marcus. —Arrugo el ceño, sin estar todavía muy convencida de que una frase así me convenza. —Solo teóricamente. El conde nos deja libertad. —Mi papá es muy bueno —defiende Charlotte. Titubeo. —¿Qué hiciste para convencerlo de que te hiciera esa marca? Yinn parece sorprendido con la pregunta. Me observa, de hecho, como si no la terminase de entender. Lottie nos mira con curiosidad, tomando un sorbo de un vaso de leche que el sirviente le ha puesto, igual que a mí. —¿Hacer? —No quiere hacerme esa marca para poder salir… Yinn ríe entre dientes como si algo le hiciera gracia. —Yo no hice nada. Pero quería quedarme. Tú solo estás de paso, ¿no? Frunzo el ceño. —Sí, pero…
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    120 —Marcus solo haceesa marca si no tiene más opción, Ilyria. No creo que te vaya a servir de nada insistir. Hincho los mofletes, pero decido no protestar más. —¿Qué hay de eso de que él puede devolver a la gente a su mundo? —¡Eso es porque mi papá es mágico! —Interviene Charlotte con emoción—. Cuando lee puede devolver a la gente a las páginas de su libro. Tiene una voz tan bonita, cuando lo hace… La miro casi intrigada, pero sé que no es algo que vaya a descubrir hasta que consiga marcharme de allí. Sacudo la cabeza. Miro hacia fuera por la ventana de la cocina. El atardecer ha caído y las primeras estrellas, con sus leves titilares, aparecen en el firmamento. —Es tarde. ¿Seguro que el conde está bien…? —Sí, me dijo que no le aguardásemos para cenar —responde Yinn diligentemente—. Aunque se puede decir que ya hemos cenado, en realidad, pese a que no de manera muy sana —añade haciendo un ademán a los dulces sobre la mesa. Lottie sonríe encantada. —A mí me parece la mejor cena del mundo. ¡Deberíamos hacerlo más veces! Yo río, asintiendo y dándole la razón. —Pero es hora de que las niñas se vayan a la cama. —Jo, pareces papá… —¡No me insultes, señorita! —Le espeto abriendo mucho los ojos, haciéndome la ofendida. Sonrío cuando mis interpelados ríen—. Vamos, a dormir. —No puedo evitar sentir algo de instinto de protección hacia la niña. Aunque ya casi tiene doce años, una edad bastante respetable, a mí me parece mucho más pequeña. Probablemente tiene que
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    121 ver con elcambio de época y de costumbres, así que supongo que su comportamiento es el normal. Ella se resiste un poco, pero un bostezo se escapa de entre sus labios. Mi insistencia apoyada por la de Yinn la acaban por convencer. Se levanta frotándose un ojo. Me deja descolocada el beso que planta en mi mejilla, ante el cual la miro de reojo. —Me alegro de que hayas venido, Ilyria. Aún siento sus labios tiernos en mi pómulo cuando ella se marcha de la cocina y la escucho subir las escaleras. Me froto suavemente el rostro, algo avergonzada, y siento la mirada de Yinn analizándome. —¿Sí? —Nada. Creo que le harás bien a esta casa. Pero tú también deberías irte a dormir. —Mm… —Lo miro durante unos segundos sin saber qué decir, sin saber cómo interpretar sus palabras. ¿Cómo voy a hacer bien a un lugar en el que solo voy a estar de paso? Un lugar del que me iré, de hecho, a la menor oportunidad. No me parece tan terrible como al principio del día, es cierto, pero definitivamente no es mi sitio. Creo, de hecho, que vuelvo a estar subida a esa nube en la que todavía no termino de asimilar mi situación—. Saldré al jardín un rato. Me agobia estar aquí metida… El genio me mira de reojo cuando se levanta, recogiendo los platos. Reconozco en sus pupilas un ligero reproche. Enrojezco. —No huiré esta vez —aclaro al entender su mirada—. En mi casa —reprimo un estremecimiento al recordar mi hogar— me gustaba salir a la terraza a que me diese el aire, antes de dormir. —Bueno… Está bien.
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    122 Sonrío y melevanto. Me despido de él, dándole las buenas noches, y él hace otro tanto. Ahora que me fijo no he visto a esa otra muchacha que vive en la casa. ¿Angela, se llamaba? Quizá sea tímida o quizá no acostumbre a caminar mucho por la mansión… Como sea, salgo, y el jardín, tan extenso, me recibe envuelto en las sombras de la noche. Miro alrededor y me maravillo cuando alzo la vista al cielo. Repentinamente encuentro algo que en mi mundo de ninguna manera podría haber visto: las estrellas, todas ellas, colman el cielo. Desde mi casa nunca había visto el firmamento tan atestado de esas brillantes bailarinas, pese a que cada noche las buscaba con fervor. Y ahora… Ahora me encuentro que la luna, alta, más brillante y grande de lo que recuerdo haberla visto nunca, ha reunido bajo su seno a todo su séquito, invitándolas a una fiesta en la que todos bailarán hasta el amanecer. Me muerdo el labio, embelesada, y suspiro. Me siento contra el tronco del mismo árbol en el que me acomodé por la tarde. La suave brisa nocturna deja caer pétalos que se desprenden queriendo escapar para ver mundo. Quizá los más osados intenten volar hasta el cielo e infiltrarse en esa reunión a la que solo las estrellas y los ángeles están invitados. Sonrío, dulce. En ese momento soy capaz de distinguir algo que en mi mundo hacía mucho que no podía sentir. En ese momento, siento paz. No sé cuándo, exactamente, mis párpados ceden, privando a mis ojos la contemplación del cielo nocturno. No sé cuando, pero bajo los pétalos que me arroparán por la noche y ante la mirada atenta de la luna, Morfeo me coge en sus brazos y me lleva con él.
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    123 Marcus Secretos. La noche llevaya varias horas despierta cuando vuelvo caminando a casa. El frío punzante muerde mis brazos y mis mejillas, recordándome que éste es solo el comienzo de la primavera. El calor que los adoquines han robado al sol se torna ahora, con la llegada de la helada luz de la luna, en jirones de niebla que cubren el río y juegan a enredarse en los bajos de mis pantalones. Esa misma bruma que parece brillar con la luz de las estrellas, que parece estremecerse a cada paso que doy, reptando para esconderse entre las sombras. Entro en el jardín. Mientras sigo el camino, apenas marcado en la oscuridad, reconozco cada árbol, cada brizna de hierba y cada piedra, pues nada ha cambiado en mi territorio en todos estos años. En mi mundo, pequeño y brillante, tranquilo e inmutable... Hasta su llegada. Me detengo al darme cuenta de su presencia. Está sentada como una muñeca inmóvil al pie del manzano. No me hace falta más iluminación que la de las estrellas y la luna para poder percibir que sus párpados han caído y su fantasma azul, callado, yace en los brazos de Morfeo, que la acuna. Al acuclillarme a su lado me parece más una estatua de cristal que una muchacha. Se antoja ahora sorprendentemente frágil, extrañamente inocente. —Señorita Blackwood. Toco su hombro suavemente. Hay pétalos que parecen nieve entre sus tirabuzones, al igual que sobre su regazo, como si hubiera estado recogiendo los deseos que caen de las ramas de los árboles. Noto su piel algo fría. ¿Cuánto tiempo llevará allí? No puedo creerme que realmente sea tan irresponsable como para arriesgar su salud al descansar a
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    124 la intemperie cuandoyo le ofrezco una cómoda y caliente cama en un cuarto para ella sola. No hay respuesta a mi llamada, así que vuelvo a repetir su nombre, que se desliza entre la lengua y el paladar con inusitada musicalidad. No obstante, lo único que consigo pese a mi insistencia es un gemidito de disconformidad al sentir su sueño importunado. Distingo que entreabre los ojos con un infantil revoloteo de pestañas que me hace pensar en el rostro de la Bella Durmiente al despertar. —Marcus —susurra al darse cuenta de quién soy. —Conde Abberlain —corrijo. No es que importe mucho. Puedo concederle esa libertad, al menos, ya que sé reconocer una batalla perdida cuando la veo—. No puede dormir aquí. Se va a resfriar. Ella no parece entender, así que la zarandeo un poco, con delicadeza, para que reaccione. Como única respuesta solo recibo un suave quejido. —Vamos. La ayudaré. Tomo su brazo con delicadeza y consigo hacerla poner en pie. Una vez levantada, sin embargo, se tambalea, aunque aprovecha la cercanía de mi cuerpo para apoyarse en mí. Su voz suena adormilada. A lo mejor cree que está en alguna clase de sueño. Mañana por la mañana, probablemente, este momento no sea más que niebla dentro de su cabeza. —¿Has conseguido mi libro? —Sus palabras parecen atropellarse las unas a las otras. —No, señorita Blackwood. He seguido buscando por las calles por las que apareció y he preguntado en la biblioteca por algún tomo recogido en las últimas horas, pero no ha aparecido nada. Mañana le daré una lista de los títulos que guardo en mi despacho. Quizá con suerte reconozca alguno. La muchacha coge aire y lo deja escapar en un suspiro. Parece profundamente cansada, como era de esperar, tras un día repleto de nueva información que asimilar. A
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    125 todos nos harábien en esta casa una noche de sueño reparador. A mí más que a nadie, si mañana voy a tener que volver a lidiar con sus preguntas. —No sé el título. No tenía. Ni título ni autor… Nada. ¿No sería todo esto más fácil si me dejaras ir contigo? —No puede —le recuerdo—. No puede salir de mi propiedad sin la marca. Ella guarda silencio, a pesar de que yo creía que, obviamente, me replicaría al instante y nos enzarzaríamos en una nueva discusión. Durante unos segundos, de hecho, temo que haya vuelto a caer dormida. Sin embargo, cediéndole mi ayuda, camina junto a mí, que la guío hacia la entrada de la mansión. Dentro todo está en silencio, oscuro, casi de una forma siniestra. La aparto un poco para poder sacarme el abrigo y el sombrero. Como siempre, dejo el bastón en el paragüero. Cuando me giro de nuevo hacia mi protegida, ella me está mirando. Se frota un ojo en un gesto que me trae a la cabeza la imagen de Charlotte recién levantada. —Eh, conde. Ignoro su tono inadecuado, como si se burlase de mi título cada vez que lo dice. —¿Sí, señorita Blackwood? Nos acercamos a las escaleras y empezamos a subir los peldaños pesadamente, con la carga de todo un día a nuestras espaldas. —¿Qué ocultas bajo los guantes? Me tenso y la miro de reojo, aunque ella es más descarada. Sus ojos lanzan un brillo en la oscuridad mientras intenta discernir la expresión de mi rostro. Sé perfectamente que he palidecido un punto. Intento que mi voz no delate mi incomodidad y hago un ademán de lo más casual, como si fuera la pregunta más obvia del mundo. —Las manos, señorita Blackwood. Un caballero nunca sale a la calle sin ellos y lo mismo ocurre con las damas.
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    126 Llegamos al pasillo.Aunque yo continúo adelante, hacia el fondo del corredor, ella se detiene en seco. Quisiera ignorarla y simplemente darle las buenas noches, pero me veo incapaz. —Será mejor que vaya a su habitación. ¿Recuerda cuál es? Ella sigue sin moverse. —Tú los llevas incluso en casa. No te los quitas para nada. Me he fijado. Me humedezco los labios y durante un largo rato no se me ocurre qué responder, a pesar de todas las posibilidades que tengo. La más obvia de las réplicas es la que implica saltar a la defensiva, pero sé que eso no conseguirá más que ponerme en su punto de mira. Sacudo la cabeza. —Está cansada y empieza a imaginar cosas. Es normal. Ya no parece tan dormida, no obstante, y a la luz de la luna una de sus finas cejas se alzan. Me doy la vuelta, ofreciéndole mi espalda por muy maleducado que sea eso. En el silencio casi opresivo que se respira la escucho coger aire y sé que va a hablar, por lo que me adelanto a lo que pueda decirme. —Buenas noches, señorita Blackwood. Soy consciente de que parece que huyo y, efectivamente, se puede decir que así es. Me encierro en mi dormitorio y decido echar la llave, aunque desde que Charlotte está conmigo nunca lo he hecho por si tenía pesadillas o enfermaba en plena noche. Hoy, por primera vez en años, siento que el pasado se queda a flor de piel, amenazando con gritar los secretos que con tanto celo he intentado proteger. Y los voy a seguir defendiendo, decido, hasta que aspire mi último aliento. Ilyria Blackwood tiene que volver a su mundo. ***
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    127 —Romeo y Julieta,Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan, Cumbres Borrascosas… No puede ser. Estos libros están escritos por autores de mi mundo, pero definitivamente no son el mío. Si no fuera por lo de los extranjeros pensaría que simplemente estoy en otra época. La señorita Blackwood le da un mordisco a su tostada y yo revuelvo mi té distraídamente. Le he dado la lista del inventario de libros de mi despacho, con esperanza de que algo le suene, al menos, familiar. Bebo un sorbo de mi taza y la observo sentada junto a Charlotte, que desayuna ávidamente, acomodada entre los dos. —Las grandes obras, las que crean mundos, desafían las fronteras del espacio y el tiempo. Tenemos libros de todas las épocas, de todas las nacionalidades. Ella ladea la cabeza alzando los ojos de la completa lista que le he facilitado. —¿Y todos los han traído personajes de dentro? ¿Hay una Julieta o una Wendy paseando por las calles de esta ciudad? Como todas las mañanas me fijo en los titulares del periódico, apartando la vista de la mancha de mermelada que se ha quedado en la comisura de su labio. —No tiene por qué, señorita Blackwood. Pueden haber aparecido personajes secundarios, o quizá personas que ni siquiera se mencionen en sus páginas. Al otro lado de esos libros hay mundos enteros, con personas completamente desconocidas para el lector. —¿Y cómo saben ellos que ese es su libro? Puede que ni siquiera conozcan a los protagonistas del libro que los lleva de vuelta. Por esa regla de tres, yo podría pertenecer a cualquier novela contemporánea… —la veo hacer un mohín, probablemente descontenta con la idea de ser solo un personaje de ficción de algún libro desconocido. —Los que tienen suerte, aparecen con él en los brazos, de modo que no es difícil averiguarlo. Los que no…
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    128 Hay un momentode silencio en la mesa, porque todos somos conscientes de que ella pertenece a ese segundo grupo y, por tanto, al de la gran mayoría de los que no consiguen regresar a su hogar. Como ella dice, podría pertenecer a cualquier libro y no ser siquiera consciente de ello. Sé que encontrar su volumen es más complicado de lo que en un momento había querido pensar. Normalmente es Lil la que se encarga de encontrar extranjeros perdidos y sus volúmenes; mientras que mi misión es simplemente devolverles a sus mundos. Nunca antes tenía que haberme esforzado por ningún libro en concreto. —¿Qué pasa con los que no? —murmura ella frunciendo los labios. Me humedezco los labios, sin apartar la vista del periódico. No creo ser capaz de enfrentarme a ella y decirle que las posibilidades de que esté aquí encerrada se hayan multiplicado. Intento repasar en mi cabeza todos los datos que tengo, todos los extranjeros que han pasado por esta casa y han desaparecido gracias al poder que tienen los miembros de mi familia. Muy pocos de ellos pertenecían a ese grupo de personas con libros desaparecidos, pero todos ellos mostraban reconocimiento ante el libro. Quizá no ante el título, pero… —Las tapas —determino de pronto, haciendo sobresaltar a mis dos acompañantes. Charlotte atiende en silencio a nuestra conversación e Ilyria parece sorprendida—. El aspecto físico es exactamente el mismo tanto en el libro que los transporta aquí como en el que los lleva. No nos hace falta ni el título ni el autor de su libro, señorita Blackwood, solo saber qué aspecto tenía. La muchacha frunce ligeramente el ceño. —Ya te lo he dicho: no tenía ni título ni autor, precisamente. No pude leer mucho, pero las primeras palabras hablaban de la ciudad.
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    129 —La historia tampocoes la misma —le explico—: el libro que os trae habla de Albion, pero el que os lleva de vuelta habla de vuestro mundo de procedencia. No obstante, el aspecto físico, la edición de ambos tomos, es exactamente igual en un lado y en otro. —Era dorado, con las tapas duras —me facilita ella—. Parecía bastante gastado por el tiempo. No era precisamente pequeño, ni en anchura ni en longitud. Asiento diligentemente. —Quizá pueda hacer algo más con eso. Charlotte vuelve toda su atención de los bollos que hay en su plato al rostro de su nueva amiga, escuchando su descripción. Por el rabillo del ojo la veo fruncir los labios en un mohín casi caprichoso. No se me ha pasado que parece emocionada con la nueva presencia en esta casa. Temo que no entienda que a veces las personas acaban en otro lugar que no es el que les corresponde y a eso hay que ponerle remedio. Si se encariña con la muchacha y luego ésta se va, sé que se le romperá el corazón. Tras ese segundo de infantil molestia, probablemente porque estamos hablando ante ella de la marcha de nuestra nueva inquilina, sonríe y decide llevar el tema por los terrenos que a ella le gustan: —Hay quien dice que de los libros también aparecen cosas materiales, ¿verdad, papá? Algunos libros son tan mágicos, tan mágicos, que pueden expulsar de sus páginas grandes objetos. El lugar donde vive la reina y su corte fue hace mucho, mucho tiempo, el castillo de un gigante. Y el bosque que lo rodea, también. Por eso los árboles son taaan grandes y en palacio hay más de mil habitaciones. Nuestra invitada parece deleitada con la información, como si creyese que está en el mejor de los cuentos de hadas. Al menos por un momento se ha olvidado del problema que pende sobre su cabeza, y yo también.
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    130 Lottie le tiendela servilleta haciéndole ver la mancha que yo ya había percibido y que ella se limpia. —Me muero por ir a verlo. —¡Podemos ir a pasear por la tarde! —Propone la niña, ilusionada—. ¿No te gustaría conocer la ciudad? La biblioteca y el teatro y los Jardines… Carraspeo, haciéndome notar. —Me temo que eso no va a ser posible, Charlotte. La señorita Blackwood tiene que permanecer dentro de casa o en el jardín. Pero podéis empezar con esas clases de piano que tanta ilusión me has dicho que te hacen. ¿No te gustaría? La pequeña asiente enérgicamente con los ojos grandes brillando por la emoción. Se le olvidan los planes que había hecho y se centra en su té, agradada por la idea de aprender a tocar algo que, probablemente, le parezca sofisticado y elegante. La ilusión de los primeros días siempre da paso, después, a la frustración y la dejadez, hasta que dentro de un mes quiera hacer realidad otro sueño. Quizá le apetezca ser bailarina o escritora, incluso. Apuro el resto de mi desayuno y, con un par de ojos castaños estudiando mis movimientos, me levanto. Angela entra en el comedor y hace una leve reverencia hacia mí, aunque en quien centra su atención es en Lottie. Viene a asegurarse de que acude a sus clases sin remolonear una vez ha terminado de comer. Al verla, la niña empieza conscientemente a tomarse más tiempo en cada bocado. Sonrío divertido, sin poder evitarlo. —No te entretengas —le aviso a la pequeña, que parpadea inocentemente intentando dejarme claro que no tiene ni la más mínima idea de lo que hablo… aunque sea mentira. Dejo una caricia en sus cabellos—. No le causes problemas a Angela, ¿de acuerdo? —Sí, papá —me responde suavemente, con un tono de falsa obediencia.
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    131 Me dispongo asalir pero la mirada que nuestra invitada me lanza de reojo me impide seguir adelante. Me siento desafiado de alguna manera, por la fijeza en la que todos sus sentidos parecen haberse concentrado en mí. No ha habido ni un solo comentario a nuestra conversación de anoche y, sin embargo, yo no puedo realmente soñar con que la haya olvidado. Algo me dice que, después de todo, estaba demasiado despierta para convertir el momento en niebla y palabras inconexas. —¿Los caballeros también comen con los guantes puestos? —Deja caer como por casualidad, entre sorbo y sorbo. Enrojezco. Ahora las sombras no están para poder ocultar mi expresión y ella lo sabe. Hay una sonrisa casi triunfal en su rostro, en su mirada desafiante. Mi primera reacción es cubrirme la diestra con la zurda, como si intentara protegerla. Cuando me doy cuenta de mi gesto es ya demasiado tarde: ella también lo ha visto. —¿Desde cuándo sabe usted nada de las costumbres de los caballeros? No creo que haya conocido ninguno con anterioridad. Aunque salgo del comedor con rapidez, me es imposible librarme de ella. Me sigue y me aborda insistentemente. Pienso que de nuevo va a volver al tema y, sin embargo, simplemente me coge del brazo y se queda con los labios entreabiertos, con una palabra muriendo en su boca durante un instante que parece una eternidad. Frunzo el ceño mirando de reojo al agarre que ejerce sobre mi chaqueta. Un segundo después me está alisando las arrugas de la manga y me sonríe como no ha hecho nunca hasta ahora. Descubro un par de pestañeos de más y sé enseguida que no debo fiarme de ella. La mirada de reojo hacia la puerta de entrada delata sus pensamientos. —¿Va a salir? —Pregunta con falsa inocencia. La arruga en mi frente se hace más pronunciada. No me ha pasado desapercibido el hecho de que, de pronto, ya no me tutea. A pesar de que me niego a dejarme engatusar
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    132 no puedo evitarquerer saber el rumbo que tomará esta conversación o las ganas que en realidad tiene de pasear por la calle. —Quizá lo haga por la tarde, sí. Quizá pueda encontrar un libro con las características que me ha descrito —respondo fingiendo no haberme dado cuenta de sus intenciones—. ¿Por qué? ¿Desea algo? La oigo paladear algo, como si un sabor desagradable se hubiera quedado adherido a su lengua. —No sé si se habrá fijado, conde Abberlain, pero esta mañana me he puesto el corsé que tanto interés tenía en que llevara. Mire —se levanta el vestido hasta las rodillas y yo me ruborizo y aparto la mirada, a pesar de que no he visto mucho más que un par de medias y mucho encaje—. Incluso llevo las medias y los pololos. Por no hablar de una de esas faldas, que no sé para qué sirven además de para dar calor. Deja caer la ropa de nuevo y la alisa suavemente mientras me mira por entre las pestañas. Casi siento ganas de reír, para mi desgracia, al acordarme de la profunda negativa con la que me había encontrado el día anterior en lo que a cambiar su forma de vestirse se refería. —¿A dónde quiere llegar con esto, señorita Blackwood? —Es más que obvio, en realidad, pero quiero oírselo decir. —Bueno… Me gustaría salir. Ir con usted. ¿No podría…? Niego, sin dejarla acabar la frase, ya que no quiero que se haga ilusiones. —Lo lamento. Lo hago por su bien. Me giro con la idea de subir las escaleras, mas su voz vuelve a detenerme. Cuando la observo de reojo veo que está haciendo pucheros. Alzo las cejas. Ni siquiera Charlotte hace ya eso. El gesto da a su rostro un aspecto aún más infantil, más desamparado, casi desesperado.
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    133 —¡Prometo no separarmede usted, conde Abberlain! ¡Seré su sombra! La veo buscar algo con la mirada. Cuando me doy cuenta está junto al paragüero, tomando en sus manos una de las sombrillas de Lottie. La abre y la apoya graciosamente sobre su hombro. —¿Ve? Incluso puedo parecer una dama y llevar ese ridículo gorro con forma de embudo —propone, tomando también un bonete e intentando atarse las cintas bajo la barbilla. La imagen que se me muestra es casi hilarante. La muchacha no tiene ni la menor idea de llevar con gracia ninguno de los dos complementos. Casi parece que fuese a atacar a alguien con la sombrilla abierta, además de que el sombrero le ha quedado ladeado al ponérselo y deja escapar sus tirabuzones despeinados. Niego con la cabeza y suspiro. —Tiene que comprender que no se trata de eso. No tiene que ver con su forma de vestir, aunque es obvio que no podría salir sin eso. ¿Tan difícil es de entender que es por su bien? ¿O quiere que se repita un incidente como el de ayer? La joven deja caer la sombrilla sin cerrar con un gesto desairado. La veo hinchar los mofletes, de nuevo no muy lejos de ser una niña pequeña. Se saca el bonete sin cuidado, revolviendo aún más sus cabellos. Se queda quieta, mirándome casi ultrajada, con la cinta del gorro entre los dedos de una mano y la empuñadura del parasol en la otra. —No habría ningún incidente si su noble persona se decidiese a hacerme esa maldita marca —responde esta vez con menos amabilidad, recuperando la ironía que parece ver en que yo tenga título alguno. —Quizá si supiera lo que significa, señorita Blackwood, me lo agradecería. —Quizá si me lo explicara, conde Abberlain, podría entender esa conducta suya.
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    134 Me acerco denuevo a ella, a regañadientes. Del comedor me llega la voz de Angela, que charla de algo indescifrable con Charlotte, quizá instigándola para que termine de una vez lo que le queda en el plato. Sea lo que sea, la réplica no se hace esperar. Tengo que recordar regañarla por su comportamiento con su pobre institutriz. —Marcarla, señorita Blackwood, sería como convertirme en el dueño de su voluntad —tomo la sombrilla y la cierro, restaurando lo que ha cogido a su legítimo lugar en el perchero y en el paragüero—. Y por si no entiende el concepto, significa que obedecerá todas mis órdenes —la observo con fijeza y ella me devuelve la mirada con los labios suavemente entreabiertos—. Lo quiera o no, debo añadir, porque tendrá simplemente la necesidad de hacerlo, bajo la pena del más terrible de los destinos. Aunque no pronuncio la palabra “muerte”, ésta flota sobre nosotros como una espada de Damocles, lista para caer sobre nuestros cuerpos y despedazarlos. Sacudo la cabeza ante la tenebrosa idea. No la dejo replicar. En realidad yo ya estoy subiendo las escaleras sin mirar atrás, sin querer ser testigo del horror que se ha dibujado en su expresión. Si ni siquiera con esto acepta quedarse dentro de mi propiedad, ¿qué podría detenerla? Mientras esté en esta casa está a salvo. Será relativamente libre. Si la atrapan, allá donde quiera que vaya al salir… jamás podrá volver a su mundo. Jamás podrá encontrar su libro, porque yo la protejo, pero cualquier otro la esclavizaría sin remedio, a pesar de toda la resistencia que pudiera oponer ella. —Espero que comprenda ahora que no soy el malvado noble que intenta mantenerla prisionera en la más alta torre —murmuro, aunque lo suficientemente alto como para que ella me escuche en el silencio agobiante del recibidor—. Sé que hasta usted podrá disculparme por dejarla en casa esta tarde y salir solo.
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    135 Ilyria Presión. Lo veo desaparecerescaleras arriba. Me duelen las manos de apretar tanto los puños y sé que debo tener los labios blancos de tanto fruncirlos. ¿Ha sido su explicación una amenaza encubierta? Porque por un momento me ha parecido que así sonaba. Durante un segundo se me ha antojado que me insinuaba claramente que si yo fuera marcada no tardaría mucho en… Elimino ese pensamiento antes siquiera de que se forme claramente en mi cerebro. Me dejo caer contra la puerta de entrada y suspiro hondamente, alzando la mirada al techo. Intento asimilar la nueva noticia: la marca no es algo meramente simbólico. Tiene su poder. Un poder que, intuyo, no me gustaría probar. Un estremecimiento corre por mi espalda al tiempo que las palabras de Marcus se hacen camino en mi cabeza. “Sería como convertirme en dueño de su voluntad”. Cojo aire. Puedo llegar a aceptar que alguien diga que le pertenezco, porque serían solo palabras. Yo conocería mi verdad: no soy de nadie. Las personas no pueden tener dueño. No hay nada capaz de ligar el alma hasta el punto de convertirla en algo semejante a un mero objeto. Sin embargo, los ojos de Marcus no mentían cuando me han hablado tan seriamente. No. Esa frase no era una mera floritura. Era real. Tan real que siento un escalofrío. Tan real que, sin poder evitarlo, me asusta. No lo ha dicho por decir. La espantosa idea de tener que obedecer todas sus órdenes, lo quisiera yo o no, es una seguridad. Me mordisqueo el labio ansiosamente, pasándome una mano por el pelo, deshaciendo unos tirabuzones castaños. Miro los reflejos dorados como si ellos pudieran darme una respuesta a mis preguntas: ¿Estoy dispuesta a arriesgar mi libertad real solo para poder salir de esa casa, para poder buscar yo misma la puerta que me devolverá a mi hogar? ¿Y si…? Palidezco un poco. ¿Y si Marcus me marca y me obliga a servirle? A
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    136 quedarme en estemundo, aunque encuentre mi tomo… No. No, él no es así. Si quisiera algo como eso, ¿por qué advertirme de las posibles consecuencias? ¿Por qué iba a molestarse siquiera en enfrascarse en la búsqueda de mi libro? Unas voces me hacen distraerme de mis cavilaciones. La puerta del salón donde desayunábamos se abre y Charlotte sale algo cabizbaja. Intuyo que es porque las clases de la mañana, que ella no soporta, deben comenzar. Se fija en mí y sonríe. Me sorprende cuando viene a abrazarme. —¿Qué pasa, Ily? Pareces triste. Me remuevo un poco entre sus brazos, pero pongo una mano sobre su cabeza, acariciándole los cabellos. —Es este maldito corsé, que no me deja respirar. —Y, en parte, así es—. Y tú lo estás ayudando… —Río—. ¿Es que queréis asfixiarme entre todos? Lottie ríe y se separa. Abre la boca pero una voz se adelanta a sus palabras. —Señorita. La interpelada y yo alzamos la vista a la vez. Al sentir nuestra mirada puesta en ella la sirvienta que se mantiene al pie de las escaleras se ruboriza. Debe ser Angela. No me había fijado en ella antes, quizá porque estaba demasiado concentrada en seguir los movimientos de Marcus a la espera de algo que lo delatara. Ahora, sin él cerca, puedo admirarla sin contemplaciones. Tiene rostro de niña aunque como mínimo debe tener mi edad. Sus pómulos, coloreados ahora de la tonalidad de la rosa, muestran esa curva infantil que mis propias facciones poseen. Es pálida, con un color casi marmóreo en todo su cuerpo. No es una palidez enfermiza, no obstante, sino que es un añadido más a la armonía que se presenta en todo su cuerpo. Sus cabellos, acordes con lo níveo de su piel, con esa pureza que parece desprender, son rubios y brillantes, largos, llamando la atención contra la tela negra de su vestido. La falda está cubierta por su mandil,
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    137 contrastando con sucolor blanco. Los ojos grandes, castaños y ligeramente moteados de color verde, rehúyen los míos con timidez. Ahora entiendo por qué Charlotte se quejaba de que le parecía una persona aburrida, aunque a mí se me antoja bastante adorable, al menos en aspecto. No obstante, cuando siento un ligero temblor a la espalda de la muchacha, doy un respingo. Me ha parecido ver un movimiento fugaz de color blanco. Una pluma se desprende tras ella y va a tocar el suelo, a los pies de la chica. Entreabro los labios y me separo de la puerta solo para poder acercarme un poco más. Lottie parece ser consciente de lo que pasa. —Date la vuelta, Angie. —¿A-Ah? P-Pero señorita… —Vamos, vamos. —Charlotte hace un ademán y me recuerda a la niña orgullosa que me pareció al principio, cuando desperté en mi cama y la vi por primera vez, insinuando que yo sería para ella. Angela parece apurada pero se da la vuelta, obediente. Y entonces, para mi más profunda estupefacción, lo que yo había supuesto me da la bienvenida. Un par de pequeñas e impolutas alas me saludan con un ligero estremecimiento. Me parece que las plumas tengan vida propia y ellas mismas también se sientan avergonzadas por mi contemplación. Abro tanto la boca que creo que podría desencajarme la mandíbula. —Es… Son… Ella… —Angie es un ángel. —Charlotte ríe, cantarina—. ¿No crees que su nombre es muy adecuado, precisamente? La miro, boqueando. Todavía no puedo reaccionar correctamente, así que lo más inteligente que se me ocurre hacer es asentir ligeramente, ante lo que la pequeña ríe encantada. Angie se da la vuelta de nuevo con sus manos suavemente enredadas en su mandil.
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    138 —S-señorita, su padrese enfadará si no estudia. Lottie suspira apesadumbrada y me mira como si acaso yo pudiera salvarla. Me recuerda un poco a mí, cuando de pequeña no me apetecía ir al colegio. Sonrío enternecida y beso su frente. —Si estudias mucho luego jugaremos en el jardín. ¿Te parece bien? Podríamos hacer un picnic. Cuando yo era más joven hacía muchos con mis papás, en primavera, los domingos. La niña parece encantada. Sonríe ampliamente y sus ojos destellan. —¡Hoy no es domingo, pero eso sería maravilloso! ¡Vamos, Angie, vamos! ¿A qué esperas? ¿No ves que cuanto más tarde nos pongamos a trabajar más tarde terminaremos? Con su parloteo incesable sube las escaleras, llevándose a la sirvienta con ella. Yo las sigo con la vista desde mi posición, sin poder apartar los ojos de las pequeñas alas que muestra la espalda de la muchacha. Me doy cuenta de que su vestido deja la piel de su espalda al descubierto para su comodidad. —Y no llevará corsé, por supuesto —mascullo por lo bajo, llevando mis propios dedos a mi espalda. Casi puedo sentir las cintas debajo de la tela de mi vestido, lo que me hace chasquear la lengua. En serio: ¿cómo pueden las mujeres de esta época sobrevivir con algo tan incómodo? Siento que las varillas se me clavan insistentemente y agradezco el vestidito interior que llevo debajo, que Yinn me aconsejó ponerme para que el corsé no me hiciera daño. Creo que le debo la vida. Con esa idea me asomo a la cocina. El mayordomo, como siempre, está allí. Yo suspiro, entrando, y él parece intuir mi suspiro, porque me mira. —¿Y bien? ¿Qué ha pasado ahora?
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    139 —Marcus es unasqueroso insufrible —reprocho suavemente, dejándome caer sentada en la silla de la cocina. Él sonríe y deja un poco de chocolate delante de mí, como hizo la tarde anterior. El gesto me arranca una sonrisa y lo miro—. Y este corsé me está matando. —Francamente no sé cómo sigues viva aún —comenta guiñándome un ojo—. ¿Qué ha hecho el conde ahora? —Da miedo —me balanceo en la silla, ahora que mi anfitrión no puede verme, y lo observo. El sirviente se sienta en la mesa, mirándome casi divertido—. Creo sinceramente que un día me… No sé. Me dará con su bastón en la cabeza y me la romperá. El mayordomo se echa a reír y a mí se me contagia una sonrisa en la boca, como siempre. Es agradable sentir que al menos uno de los dos se divierte. O quizá lo agradable sea simplemente poder hacer reír a alguien, llevar esos sonidos a las bocas de las personas. De cualquier manera, al escucharlo me siento un poco más satisfecha conmigo misma. —El conde no es tan malo como crees. Y puede hacer muchas más cosas con ese bastón suyo. Alzo las cejas. —Oh, sí. Claro. Clavármelo en el estómago, pero el corsé haría de escudo. De nuevo Yinn se echa a reír. Yo me llevo un pedazo de chocolate a los labios, distraídamente, divertida al oírle. —No me refiero a eso. Su bastón guarda dentro una espada, ¿sabes? Me atraganto y empiezo a toser, lo cual, teniendo en cuenta la tortura que tengo alrededor de las costillas, es lo peor que podría hacer. El genio se apresura a darme unas palmaditas en la espalda mientras yo intento en vano recuperar el aire perdido. Me sirve
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    140 un poco deagua en un vaso y yo trago con avidez. Lo miro parpadeando y respirando agitadamente. Me llevo una mano al pecho. —¿Ese? ¿Una espada en el bastón? ¿Pero es que sabe siquiera cómo empuñar un arma? —Bueno, considera que no es muy de caballeros llevar armas a la vista, así que la disimula. Por eso siempre lleva el bastón con él. Por lo que pudiera pasar. —Genial. Encima de estirado es un paranoico que va con una espada por ahí a todas partes. Yinn deja escapar una risita, pero no dice nada al respecto. Suspiro hondamente y doy un sorbo más al agua fresca. —Me… ha dicho lo que hace la dichosa marca. Dice que anula la voluntad. ¿Es eso cierto? El muchacho me observa en silencio durante unos segundos. Después, él mismo coge un trozo de chocolate, mordisqueándolo distraídamente. —Sí. Sí que lo es. Literalmente anula la voluntad ante una orden directa de tu amo. —Ni tú ni Angie parecéis muy… anulados —dejo los ojos en blanco. —Eso es porque las órdenes de Marcus no son directas. Creo… que hay una manera de hacerlo. Una manera específica, ¿sabes? Sabine lo ha visto algunas veces. Los nobles utilizan a sus sirvientes y ellos no pueden replicar. Es como si perdiesen incluso la capacidad de hacerlo. Simplemente… obedecen. Me doy cuenta de que ha hablado de alguien cuyo nombre no había escuchado antes, pero no es lo que me preocupa en ese momento. Frunzo el ceño suavemente, apretando las manos entorno a la estructura de cristal. —Es horrible.
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    141 —Por eso aMarcus no le gusta hacerlo. Te lo dije, ¿no es cierto? No creo que consigas nada insistiéndole. No parece hacerle gracia tener ese tipo de poder sobre una persona. Debe parecerle… cruel. No creo que quiera tenerlo sobre ti. —¡Pero es tan fácil como no utilizarlo! Si no utiliza la influencia que tiene con vosotros, ¿qué me hace diferente a mí? Yinn titubea. No parece muy seguro de la respuesta a esa pregunta. Lo veo, de hecho, entornar los ojos, y sé que no tiene una contestación firme a mi cuestión. Sonrío victoriosa, asintiendo para mí misma. Dejo el vaso y cruzo los brazos bajo el pecho orgullosamente. —Solo intenta fastidiarme. Probablemente no me quiera revoloteando a su alrededor cuando salga o quizá simplemente lo crispe lo suficiente como para querer tenerme lo más alejada que pueda de sí mismo. ¡No es justo! ¡Pero que sepa que yo a él tampoco lo soporto! Es tan correcto e insufrible que… —Yo creo que te equivocas —me interrumpe de pronto el genio. Lo miro con el ceño fruncido. —¿Cómo dices? —Te equivocas. A lo mejor es cierto que no te quiere cerca, pero no creo que sea porque lo pongas de mal humor, como sugieres. Probablemente, Ilyria, intenta no tener ninguna relación contigo. —¿Y qué hay de diferente con lo que yo he dicho? —Pregunto sin entender. En mi cabeza sus palabras y las mías tienen el mismo mensaje. Él se comporta egoístamente porque yo no le caigo bien. Yinn se toma su tiempo en responder. Se levanta y, como si quisiera concentrarse en cualquier otra cosa, como si no supiera si debe contestar, toma un trapo y se pone a limpiar distraídamente. Yo lo sigo con la vista, paciente. Sé que él no es como Marcus.
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    142 Que probablemente unavez se sintió tan perdido como yo misma estoy ahora, sin saber qué hacer o cómo actuar. Sin saber, siquiera, qué pensar. Sé que si alguien puede entender mi frustración es él. Algún día, supongo, también quiso respuestas. —El thaýr Marcus es… reservado. —¿No me digas? No había notado nada… —No es algo que tenga que ver simplemente con los modales, Ilyria. No es… solo su frialdad de caballero lo que le hace actuar así. —El sirviente se detiene, mirando la encimera—. Verás, te lo explicaré para que puedas entenderlo. —Se gira hacia mí y yo lo observo callada, en silencio. La idea de poder entender un poco más a la persona que se esconde tras un título noble y unos ojos morados me seduce de una manera que no habría podido imaginar hasta ahora. Achaco mi excitación a mi excesiva curiosidad—. Al ser él la única persona de este mundo que puede devolver a los extranjeros a su hogar, está condenado a conocer gente. Mucha. De todos los mundos, casi todos los días. Y a la vez, esa condena significa… perderlos a todos. Porque ellos siempre vuelven a donde pertenecen. Pasan por su vida y nunca se quedan, ¿entiendes? Hay una punzada de compasión que acompaña a un latido. Aprieto los labios y todo el enfado se me escurre ligeramente entre los dedos. Me remuevo, de pronto algo incómoda con el breve sentimiento de culpabilidad. —¿Nunca vuelven? —Nunca. Me muerdo el labio, frunciendo el ceño. Repentinamente me sobreviene la idea de lo solo que el conde debe sentirse en realidad. Durante un segundo lo comprendo: sé lo que es que la gente pase por tu vida y no se quede en ella. Supongo que es lo que nos pasa a todos. La vida al fin y al cabo es un camino en el que hay gente que se suma a tu andar y te da la mano… y gente que toma otras bifurcaciones que nunca se vuelven a
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    143 juntar. Solo queel camino del conde, en realidad, debe ser muy estrecho. Uno de un espacio reducido en el que solo caben él y su hija. Su pequeña familia. Por lo que sé, ni siquiera debe tener padres, porque si no no habría heredado el título tan joven. Suspiro hondamente. Quizá, después de todo, haya sido un poco injusta con él. —No quiere… encariñarse con nadie. Piensa que si trata a todos como lo que son, como mero… trabajo pasajero, se salvará de echar de menos. ¿Lo entiendes? —Lo entiendo —murmuro bajito a mi pesar. —Pero tú le has prometido a la niña volver, ¿no es cierto? La thaýre Charlotte me lo ha dicho. Doy un respingo. Me encojo algo sobre mí misma y me remuevo incómoda. Lo miro entre las pestañas, paladeando. Él parece entender. Juraría que veo decepción también en sus ojos. —Es mentira. Serás solo una habitante que llegado el momento desaparecerá para siempre, como todos los demás. —No, yo… —No deberías darle falsas esperanzas a la niña, Ilyria. Es inocente. Es pura. Al contrario que su padre, todavía no ha aprendido el concepto de “echar de menos”. Si te coge cariño y tú la ilusionas mediante promesas que no vas a cumplir, le harás daño. Trago saliva. No quiero herir a nadie pero ¿qué se supone que tengo que hacer para evitarlo? ¿Encerrarme en mi cuarto y escapar de cualquier contacto humano hasta que consiga marcharme? Bajo la mirada, clavándola en la madera. —¿Por qué no te quedas, Ilyria? Quizá tengas que hacerlo finalmente. Es difícil encontrar libros perdidos. Hay miles de millones de historias sueltas a lo largo, solo, de esta ciudad. ¿Por qué no te resignas? Sé que a ti también te gusta la pequeña, ¿no es cierto? Y que el thaýr ni siquiera te molesta tanto como te esfuerzas en creer.
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    144 —Solo porque seha portado bien conmigo —me defiendo. Me levanto, a medias nerviosa y enfadada porque se atreva a tocar mis esperanzas de esa manera. Tomo aire con algo de dificultad—. No voy a quedarme, Yinn. Este no es mi hogar. No es mi mundo. No es mi ropa ni mis costumbres. No dejaré que otra persona más me moldee como él quiera. No voy a convertirme en una de esas señoritas que pasean por la calle con sus sombrillas y sus elegantes ademanes. —¿Quién te pide que lo hagas? —Murmura Yinn al tiempo que frunce los labios. —¡Marcus! ¿Por qué iba a querer él a una chiquilla revoltosa y maleducada viviendo bajo su techo? No, Yinn. No es mi realidad. Me marcharé a casa y estaré feliz de hacerlo. Me dispongo a marcharme, a salir del cuarto. De repente me parece que el aire se ha espesado a mi alrededor, que el corsé se aprieta aún más entorno a mi pecho. Sin embargo, la voz del muchacho me detiene antes siquiera de que haya podido dar un paso: —Y cuando consigas regresar, ¿volverás? Yo aprieto los labios hasta que estos casi se tornan blancos. ¿Por qué siento tan acelerado el pulso? Ni él, ni Charlotte, ni Marcus, son algo por lo que deba preocuparme. ¿Es que yo debería haber hecho lo mismo que el conde y levantar una muralla alrededor de mi corazón para que ellos no pudieran colarse dentro y empezar a importarme? Frunzo el ceño. No. Mi familia, mis amigos, mi librería, todo lo que alguna vez he conocido, no están aquí. —No lo sé. Intentando parecer firme, mis pasos salen de la cocina sin permitirme mirar atrás. La presión que siento en el pecho no tiene nada que ver con el corsé.
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    145 Marcus Confesiones. Sus risas vuelanhasta mi ventana abierta y se posan en el alfeizar con un revoloteo de magia. Sus palabras, irreconocibles por la distancia, besan mis oídos y me hacen levantar la vista, arrancándome del mundo de un libro para soltarme luego en la cruda realidad. No puedo imaginar qué les hace tanta gracia, pero me gustaría descubrirlo. Quizá por eso retiro la cortina apenas y espío sus secretos, que intentan pasar desapercibidos en un mar de pétalos caídos. Charlotte intenta cazar alguno al vuelo, en vano, mientras su cabeza se apoya con una confianza recién descubierta en el regazo de la señorita Blackwood, la cual parece aceptar el papel de madre sin rechistar. Mientras deja caricias perezosas sobre sus cabellos, la niña le explica cuentos de hadas, confiándole –yo lo sé– que lleva toda su vida esperando por un príncipe en un caballo blanco que venga a traerle un final feliz. Suspiro y entorno los ojos para verlas mejor mientras dejo caer mi frente contra el cristal. Me gusta lo que veo. ¿No es esa, acaso, la imagen que siempre deseó mi corazón? El sueño de una familia, de una mujer que sonriese maternal y abrazase a mi hija cuando hiciera falta. Que la comprendiese y la quisiese tanto como lo hago yo. Que la arropase por las noches y besase su frente para plantar en su mente la semilla de los dulces sueños. Y, ¿por qué no? Tal vez una esposa a la que contar mis secretos, a la que abrazar en medio de la noche cuando me sintiese perdido y asustado. Una esposa a la que amar, con la que olvidar, con la que sacarme la máscara y ser yo mismo. La fantasía se rompe tan rápido como ha llegado cuando la señorita Blackwood alza la vista. Aún en la distancia, como siempre, el choque de nuestras miradas es un terremoto que vuelve mi mundo del revés. Aprieto los labios y siento la tentación de alejarme de la ventana para volver a las sombras frescas de mi despacho. Sin embargo,
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    146 ella no esla única que se ha dado cuenta de mi presencia. Un par de ojos verdes destellan en el jardín y una mano se alza alegre. —¡Papá! —Grita Charlotte con esa alegría infantil que sé que no puedo destrozar—. ¡Ven! Niego con la cabeza suavemente, pero ella insiste y yo finalmente no tengo más remedio que acceder a sus exigencias, incapaz de decirle que no. Después de todo, ¿qué no haría yo por hacerla feliz, por mantener la sonrisa en su rostro de niña, de ángel caído del cielo? Así pues, un par de minutos más tarde estoy sentado con ellas, bajo la silueta alargada del manzano que, después de todo, parece haberse convertido en el árbol predilecto de nuestra invitada. Me hacen un sitio en la manta con la que han cubierto el suelo y Lottie se apresura a acomodarse sobre mis piernas, como siempre hace, abrazándose a mí para escuchar el latido de mi corazón. Yo, un poco más relajado al sentirla entre mis brazos, me tumbo mientras acaricio sus cabellos. La niña cierra los ojos. —¿Has visto qué tranquilos son los picnics, papá? Pero también muy divertidos. Deberíamos hacer esto todos los días. Sonrío enternecido por sus palabras. —Si los hiciésemos siempre, dejarían de ser especiales y te aburrirían, probablemente. La pequeña no responde, sino que se queda muy quieta, como si le gustase la forma en la que mis brazos la rodean, la forma en la que mi corazón late contra su mejilla. La señorita Blackwood nos observa al tiempo que se muerde el labio, como si hubiera algo en esta situación que le agradase en sobremanera. Escucho su suspiro y, para mi sorpresa, ella misma se tumba apoyando su cabeza cerca de mi hombro, mientras busca la mano de mi hija y la toma entre sus dedos. Casi parece como si se hubiera rendido a
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    147 algo, a latranquilidad que hoy respeta. O quizá sea simplemente que este momento le recuerda a alguno del pasado. No puedo evitar preguntarme con quién iba de picnic o si le parecía divertido. Cuando me quiero dar cuenta, mi mente ha empezado a divagar sobre ella y su vida en su mundo: ¿Dónde vivirá? ¿Con quién? Parece que las mujeres tienen más libertad, allá de donde viene, y que nadie consideraría extraño que tuviese su propia casa. Y un trabajo… ¿No ha dicho en algún momento de su estancia aquí que regenta una librería? No puedo imaginármela realmente tras un mostrador, sonriéndoles a los clientes y atendiéndoles con palabras amables. No es que piense que sea una salvaje, por supuesto, aunque a veces se comporte como si fuera parte de una tribu bárbara, pero hay algo en la imagen que me hace dudar de su valía para un puesto como ese. La contemplo. Ella no ha cerrado los ojos, prestando atención al rostro calmado de la niña, pero de alguna manera siento que no es demasiado consciente de mi presencia. ¿Tendrá más familia, aparte de los padres que ha mencionado? Me imagino que sus amigos la estarán buscando ahora, mientras nosotros permanecemos ajenos al tiempo en nuestro rincón de paz. ¿Habrá alguien en su corazón…? La muchacha me mira entre las pestañas, dándose cuenta de mi estudio indiscreto. Me ruborizo inevitablemente y a ella se le escapa una sonrisa de medio lado, divertida. —A tu piel de noble, conde, no le debe sentar nada bien el sol, porque juraría que te has ruborizado… Eso no sirve para que cese el calor de mis mejillas. Aparto la vista rápidamente y me niego a responder a su provocación. En lugar de eso, me concentro en las nubes que corren distraídas por el cielo. La respiración de Charlotte contra mi pecho es profunda y sosegada, demostrando que ha caído en un sueño profundo del que no me atrevo a despertarla. Por lo tanto, para mi desgracia, la huida ahora es prácticamente imposible.
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    148 —¿En qué pensabas?—Pregunta mi protegida al entender que no quiero replicar sobre su comentario de antes—. Probablemente fuera algo muy interesante, para que me mirases, por una vez, como algo más que una mancha en tu impoluto traje. Me niego a usar sus malos modos. No quiero pelear. No con Lottie a nuestro lado, al menos. Siempre he intentado ahorrarle presenciar cosas desagradables, como las peleas o la tristeza. —En realidad estaba tratando de imaginar cómo sería su mundo. —Me encojo de hombros—. De vez en cuando yo también tengo curiosidad. La señorita Blackwood parpadea sorprendida, sin esperarse una confesión así. Tal vez creyese que no era humano, que no contaba con las lacras tan comunes en los mortales. Sea como fuere se acomoda contra mi cuerpo, demasiado cerca para que yo pueda sentirme relajado, y observa el cielo con renovado interés. Una nube tapa el sol, dejando que la brisa de primavera, cargada del aroma de los arbustos de lavanda que crecen en los lindes de la finca, barra nuestras ropas de polen y flores. Parece tan pensativa que no me atrevo a preguntar de nuevo, sino que espero su respuesta. —Bueno, quizá a mí no me moleste tanto como parece molestarte a ti responder las preguntas de los curiosos. Dejo los ojos en blanco al entender su implícito permiso para preguntar. Supongo que, de alguna manera, es justo que sea así y ambos obtengamos información del otro. Pero, por otra parte, me asusta demasiado su modo de pensar, siendo siempre tan indiscreta como parece, siempre dispuesta a meter sus manos en la herida. A descifrar los secretos que con tanto celo guardo. Aún así, me veo obligado a asentir, aceptando su trato silencioso. —Es usted muy amable —murmuro. Y aunque mi intención era impregnar con ironía esa frase, lo único que consigo es que suene realmente sincera—. Pero lo cierto es que
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    149 sabe ya casitodo lo que hay que saber de este mundo, a grandes rasgos. ¿Qué más podría decirle? La sonrisa triunfal se borra momentáneamente de su rostro, hasta que parece darse cuenta que podría haber otras cuestiones aún más interesantes a las que podría dar luz. Me mira y, cuando lo hace, hay un brillo casi juguetón en sus ojos castaños, divertido y… peligroso. De nuevo vuelvo a sentirme incómodo con la certeza de que estoy dejando que se acerque demasiado. Que asalte mis barreras y venza las murallas que con tanto ahínco he alzado a mi alrededor. —Quién sabe. ¿Por qué no empiezas tú? ¿Qué quieres saber? Paladeo todas las posibilidades y elijo con cuidado. Tampoco quiero resultar indiscreto, así que pienso la más inocente de las propuestas. —¿Tiene más familia, aparte de sus padres? Hábleme de ella, si no le molesta. Ella deja escapar un resoplido de frustración. —Lo que me molesta es que me sigas tratando así, conde. ¿No puedes tutearme? Quizá así parecería menos un interrogatorio y más una conversación. Titubeo, molesto. No sé si me gusta la idea de pasar a tal nivel de intimidad sin ni siquiera conocernos de verdad, pero me resigno. Quizá así discutiríamos menos. O quizá no. Frunzo el ceño, pero asiento. —De acuerdo. Si es lo que quieres… —Aparto la mirada de ella, de su expresión, concentrándome en cualquier otra cosa—. Pero no olvido que he hecho una pregunta. Mi primera impresión es que no parece muy contenta por el tema que he propuesto para empezar. No obstante, y sabiendo que quizá ella pueda ahondar después en mi vida, me cumple el capricho sin más problemas.
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    150 —No tengo hermanos,si es a lo que te refieres. Y el resto de mis familiares viven demasiado lejos como para que pueda considerarlos como tal. Para mí la familia no la establecen los lazos de sangre, Marcus. Es… algo mucho más allá de eso. Me quedo callado un momento, digiriendo la información. No puedo negar que no había pensado que fuera hija única. Con el cariño con que trata a Charlotte, por la forma en que la mira, di por hecho que tendría hermanos pequeños a los que proteger. O quizá familia cercana. Me muerdo el labio y limpio los cabellos de mi hija de pétalos, observando con atención su rostro durmiente, tan perfecto, tan infantil. De pronto vienen a mí las primeras noches en las que velé su sueño, temiendo que nunca volvería a abrir los ojos, que permanecería postrada en una cama, sin sentido, el resto de su vida. Una punzada de dolor hace que se estremezca mi corazón. —¿Qué hay de ti? Es justo que respondas a las preguntas que tú mismo te atreves a hacerme. La miro, de reojo, sin saber exactamente qué decir. No hay mucho más allá de Charlotte, de su infancia, de su observación. Mi familia quedó destruida hace mucho tiempo y solo gracias a ella ha vuelto la paz de aquellos días que tal vez en mi mente se han visto idealizados. ¿Por qué si no todos mis recuerdos tienen los colores desvaídos del final del verano, la felicidad imborrable del que se siente plenamente saciado? —Yo sí tengo un hermano, un par de años más pequeño. Vive en el palacio, al servicio de Su Majestad, como uno de sus guardias personales —aprieto suavemente los labios, consciente de que todo suena muy lejano, muy impersonal—. Es un gran honor para una familia que uno de sus miembros ocupe ese cargo. Supongo que… estoy orgulloso de él. Ella alza las cejas como si dudara de mi sinceridad en lo que a mi último comentario se refiere.
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    151 —¿Y estás orgullosoporque los demás dicen que es un honor o porque lo estás realmente? Esbozo una sonrisa de medio lado que en realidad no siento. Parece que siempre tiene la pregunta adecuada, la que temo recibir y, al mismo tiempo, la que es necesaria para conocer mis verdaderos pensamientos. Quizá ella sí pueda ver la máscara, o quizá yo no la lleve tan bien puesta como pensaba. —Estoy orgulloso de que haya encontrado un lugar en el que se sienta cómodo. Estoy orgulloso de él porque ha descubierto qué lo hace feliz. Ahora sí que asiente, convencida de que lo que digo es completamente sincero. Sonríe un poco y me mira, casi expectante. No parece creer que todos los miembros de mi familia se reduzcan a él y Lottie. Suspiro. —Y no hay mucho más que decir, en realidad. Solo están él y mi hija, además de Yinn y Angela. De alguna forma también los considero una parte imprescindible de los Abberlain. —¿Qué pasa con tus padres? Incómodo, me remuevo en mi sitio cuando intento rechazar los recuerdos que vienen a por mí en una ola que devasta mi voluntad. De nuevo aparece en mi mente la imagen de mi madre sentada en el piano, acompañada esta vez por la brisa de una playa lejana y su figura perdiéndose entre los rayos del sol agonizante. Aún hoy sé con toda certeza que miraba más allá del horizonte, a un rincón del mar que yo no podía ver, donde los mundos convergen y todo es posible. Su rostro al atardecer se vuelve hacia mí y me sonríe con lágrimas en los ojos. La cara de mi padre también llega para atormentarme, mientras me mira con odio por defenderla, mientras desaparece dejando caer al fuego todo lo que conocí. Vuelvo a la realidad con la brusquedad del que despierta de una pesadilla.
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    152 —Mi padre llevamuerto tres años —le comunico sin mostrar el más leve atisbo de sentimientos—. En cuanto a mi madre… simplemente se marchó. Ilyria traga saliva, sorprendida por la información. Ella misma parece removerse también y evita encontrar mis ojos ahora. —¿Os abandonó…? —Pregunta con un leve tono de horror. De dolor, casi, como si hubiera sido ella la niña de la que renegaron. Cojo aire. ¿Qué puedo decir a eso? Sí que lo hizo pero, de alguna manera, no me siento traicionado. La comprendo. Entiendo su llanto como si aún se encontrara ahora delante de mí. Mil veces he imaginado la despedida que no tuvimos. Mil veces me he culpado por no haberme dado cuenta antes de que yo era la cadena que la ataba sin remedio a este mundo. Una carga. Un problema. —Se fue —le digo como si acaso no fuera lo mismo. Como si acaso así lo negara—. Mi hermano la odia por ello. Yo solo espero que ahora esté en un lugar mejor. La muchacha me mira durante un segundo con la tristeza de quien se apiada del prójimo. No puedo evitar pensar que no merezco su compasión, que todo es una mentira. No soy la persona que ella cree que soy. Sacudo la cabeza y me encojo de hombros, instándola a pensar en otra cosa. —Supongo que vives con tus padres. —No, en realidad vivo sola —responde tras un segundo de silencio—. En cuanto pude me marché de casa. Supongo que en este mundo no podéis concebir tal cosa, ¿no es cierto? ¿Cómo vais a hacerlo, si consideráis que una mujer no se puede vestir sola, siquiera? Pero yo no soportaba más estar en lo que cualquiera habría llamado hogar. Así que cuando cumplí los dieciocho años hice la maleta y me fui. Su respuesta es casi cortante. No puedo evitar sentir su desprecio, tanto por este mundo como por sus padres, parece. ¿Por qué tantas prisas en marcharse de casa? Niego
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    153 suavemente con lacabeza y me dispongo a abrirle los ojos. Este lugar no es tan horrible como ella cree. Es cierto que algunas familias no dejan nunca solas a sus hijas, que siempre van acompañadas por una criada, pero también hay rebeldes. También aquí sabemos lo que es desafiar las reglas no escritas, enfrentándonos al qué dirán. —No todas las mujeres viven aquí con sus familias. No todas se quedan en casa sin trabajar. La maestra de la escuela, sin ir más lejos, vive sola en una casa en el barrio de los extranjeros. No tiene a nadie con ella. Ilyria deja los ojos en blanco, como si no creyese realmente que sea una gran proeza. Alza las cejas. —A eso se le llama la excepción que confirma la regla, Marcus. Me encojo de hombros. —Si quieres verlo así… Tú, por supuesto, también trabajas. Mencionaste una librería, al menos… Ella asiente. Al contemplarla me doy cuenta del brillo ilusionado que se ha despertado en sus pupilas. Debe gustarle mucho ese lugar, pues en su mirada se adivina el orgullo de quien ha construido algo con sus propias manos y se siente completamente prendada del resultado. No puedo imaginar su negocio, en realidad. Quizá tenga cierto aire romántico, poético. El mismo que ella destila en ocasiones, cuando duerme o sonríe. Cuando toca el piano y se entrega sin reparos a la magia que crea en sus propios dedos. —La librería fue… parte de una herencia. También lo fue el apartamento en el que vivo, de hecho. Cuando mi abuelo murió me dejó lo único que alguna vez había tenido: ese pequeño piso y su encantadora librería.
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    154 No puedo evitaresbozar una sonrisa al probar el cariño que impregna su voz. Aunque tiene los ojos bajos, por sus mejillas se extiende el ligero rubor de quien se pierde en los buenos recuerdos. De infancia, supongo, o quizá de adolescencia. —Te encanta, ¿verdad? Ese lugar… Lo sé por la forma en la que hablas, por la forma en que sonríes. Se encoge un poco sobre sí misma al sentirse descubierta. Parece avergonzada, de pronto, y yo no puedo evitar sentir una especie de ternura hacia ella. Ama ese sitio como si fuera parte de su piel. Sé lo que es eso: vivir para algo, no poder imaginar tu vida sin ello. —Yo pasaba muchas horas allí metida cuando era pequeña. Se convirtió en mi refugio. Todas las tardes, al salir del colegio, corría hasta la tienda y tiraba la mochila justo en la puerta. Entonces me infiltraba en los pasillos y me escondía allí sin que nadie pudiera verme. A mi padre nunca le gustó. —La veo fruncir el ceño, como si recordar esos momentos bastara para hacerla enfadar, de alguna manera—. Él consideraba una pérdida de tiempo que todos los días me escapase a uno de los millones de mundos que se refugiaban tras las estanterías. Solía decir que solo metía ideas extrañas en mi cabeza. Él prefería verme convertida en una señorita, en una hija adecuada para el importante hombre de negocios que es. Me apuntó hasta a clases de ballet, aunque son lo más ridículo que he podido ver en mi vida. Lo único que le debo es que, de todas esas actividades para niñas a las que me inscribió, me dio el piano. Como ves, no eres el único que alguna vez pretendió que fuera una dama. —Entonces no sería tampoco el primero en fallar estrepitosamente. De pronto me siento mejor. Me da un suave codazo, sin hacerme daño, al escuchar mi tono de burla y de reprimenda, aunque no llega a ser tal.
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    155 —Eso es bastantecruel. ¿Y tú te llamas caballero, Marcus Abberlain? Sé que no habla en serio, así que me permito una sonrisa que, inevitablemente, llega también a sus labios. No parece realmente molesta. Supongo que, en el fondo, sabe que tengo razón. —Bueno, tú misma te niegas a ser como las demás señoritas, ¿no es cierto? No tienes derecho a quejarte, entonces, cuando lo aceptas. Dime, ¿qué pasó después? No me creo que tu padre te dejara simplemente heredar… Ella se aclara la garganta, dispuesta a contarme el resto de la historia. Yo ya sé el final. No me imagino, de hecho, a Ilyria Blackwood sin salirse con la suya. Probablemente hubiera movido cielo y tierra con tal de hacer su voluntad. ¿No se fue de casa precisamente para evitar las restricciones que pudieran poner sobre ella? —Mi abuelo murió cuando yo tenía dieciséis años. Mi padre, aunque le hubiera gustado, no pudo deshacerse de la librería, porque estaba a mi nombre. Supongo que mi abuelo lo sabía, ¿sabes? Que… su pequeño paraíso se echaría a perder si lo dejaba en manos de su hijo. En mi mundo la edad a la que puedes trabajar es a partir de los dieciséis, pero yo estudiaba. Así que la cuidamos mi madre y yo, en tanto. Mi madre es… diferente a mi padre. Puede que no lo demuestre normalmente, pero no comparte sus ideas. No tengo la misma relación con uno y con otro, supongo. Ella siempre ha considerado que debía hacer lo que quisiera. Ser… libre, hasta cierto punto. Cometer mis propios errores y aprender de ellos. Por eso no le importó ayudarme con la librería mientras yo terminaba los dos años de estudio obligatorio que me quedaban. Ella se encargaba de la tienda por las mañanas, mientras yo estaba en clase, y yo prácticamente vivía allí el resto del día. No descuidé mis estudios y completé los años que me quedaban en el instituto sin problemas.
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    156 Hace una pausa.Durante unos segundos, ella simplemente calla, a la deriva en esas memorias agridulces, y yo no me atrevo a interrumpirla. Le doy su tiempo, consciente de que lo necesita, de que nunca es fácil abrirle el corazón a otro ser humano. Una parte de mí grita y se revuelve ante la idea de saber sus secretos, de conocer detalles tan íntimos, de saber de sus pensamientos y sentimientos. La otra parte desea sonreírle enternecida y decirle que todo está bien. Que ya ha pasado. Que ahora es dueña de su vida y nada ni nadie podrá cambiarlo si ella no lo desea. Que tiene suerte, al fin y al cabo, porque no todo el mundo es capaz de ser feliz, de encontrar aquello para lo que ha nacido y que le haga sentirse completo. Yo mismo, a veces, no sé en qué se ha convertido mi vida. Mientras tanto, más nubes corren por el cielo, huyendo hacia el sol, que sigue con parsimonia su camino de siempre. La tarde ya está avanzada. Entre mis brazos, Lottie murmura algo y se agarra a mi chaqueta. —Mi padre nunca lo creyó posible —continúa, deteniéndose de nuevo, tan solo un instante, para ordenar las palabras—. Durante ese tiempo puso pegas casi todas las noches, en cuanto llegaba a casa. Se quejaba de la mala reputación que daba una hija trabajando a una edad tan temprana, del negocio tan inservible que tenía. Discutía con mi madre por permitírmelo casi constantemente. Verles pelear por mi causa siempre conseguía hacerme sentir culpable, aunque sabía que no estaba haciendo nada malo. Que, de alguna manera, solo defendía mi libertad para poder ir y hacer lo que quisiera. Por eso me marché. En cuanto a ojos de la ley me convertí en adulta, reclamé el piso y la librería. Libré a mi madre de cualquier obligación para con la tienda y proclamé que no iría a la universidad. Me encargaría por entero del negocio. Eso fue la gota que colmó el vaso: mi padre pretendía que me licenciara en Derecho y me convirtiese en una ilustre abogada. Cuando informé de que no lo haría, de que no seguiría sus
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    157 dictámenes, montó encólera. Pero ya no podía hacerme nada. No podía obligarme. Yo ya había decidido y nada me haría cambiar de opinión. Su relato concluye así y yo no me atrevo a decirle nada. No hay palabras, en realidad, que puedan expresar lo que pasa en esos momentos por mi mente. No creo que halagarla, decirle lo valiente que es, que con esa confesión se ha ganado mi respeto, sea suficiente. Así que callo. Los pétalos le manchan las mejillas.
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    158 Ilyria Pétalos. Las palabras sepierden entre mis labios y no tardan en perderse también en mi memoria. En mi cabeza todavía estoy yo algunos años más pequeña, atendiendo agazapada tras la puerta las disputas de mis padres. En mi memoria aún veo a una niña que respira como si le quitaran el aire, porque le quitan la libertad. La imagen de mi padre, sus ojos severos, me taladra… pero después me veo más adulta, solo un par de años más. Parezco la misma y no lo soy. Me veo, de pronto, más firme de lo que me sentía en realidad cuando planté cara al hombre ocupado que llegaba siempre tarde a casa. Veo el rostro de mi madre, a su lado, sorprendido. Y lo veo a él rojo de rabia porque sabe que su hija ya no será más su marioneta. De alguna manera me siento ligeramente orgullosa de mí misma. Los días en mi librería pasan volando. Días en los que yo atendía tras el mostrador a niños y adultos: esa era toda mi preocupación. Días en los que, con mis amigas, me encerraba allí a la luz de una vela y nos contábamos historias de terror o nos quedábamos a dormir entre los libros. Días felices… que provocan un pinchazo de angustia al no saber cuándo será la próxima vez que pueda pasar algo así. Marcus, a mi lado, ha callado. Me doy cuenta de que no ha protestado realmente por mi cercanía en toda la tarde, aunque apoyada cómodamente en su hombro soy capaz de percibir su olor. Lo miro entre las pestañas, en silencio. Él observa a su hija, que duerme tranquila contra la melodía de su corazón. Me parece, por un momento, que no es el mismo que he conocido. No en vano las horas han pasado sin hacer ruido por delante de nosotros y se han marchado. Lo sé porque la brisa vespertina se ha levantado y con ella los pétalos del manzano al que ya me he acostumbrado se entrelazan en su propia danza, cayendo hasta nosotros. Algunos han quedado enredados al cabello de
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    159 Charlotte, llenando tambiénde motas de color su falda. Así lo han hecho también sobre el pelo de Marcus, lo que me arranca una sonrisa. Parece relajado y, de pronto, se me antoja una visión hermosa. Son exactamente lo que mi padre y yo nunca fuimos. Lo que siempre ansié, de alguna manera. Es cierto que el conde es estricto, que pretende inculcarle a su hija prácticamente las mismas enseñanzas que mi progenitor quería para mí. Pero la quiere. La quiere de una manera en la que dudo que mi padre me quisiera a mí nunca. Lo noto en la sonrisa que asoma a su boca y su mirada cuando sus ojos acarician el rostro de ángel de la pequeña. En sus brazos, que casi parecen acunarla bajo el refugio de las flores que caen sobre ella. Definitivamente, ese hombre que veo, el que me ha escuchado y ha respondido a su vez a mis preguntas, que ha decidido dejar atrás las correctas formas… no me parece el engreído conde Abberlain. Me mordisqueo el labio pensativamente, repasando sus facciones con algo más de atención, como si todavía no me hubiera fijado realmente en él. Los cabellos cobrizos barren su frente y rozan sus cejas finas y elegantes. Lo cierto es que todo en él parece llamar a la aristocracia a la que pertenece. No sé si ese hecho me agrada o me asquea. Los nobles de este mundo no parecen amables ni considerados. De hecho no parecen nada de lo que yo entiendo realmente por noble. Y sin embargo, el chico que está frente a mí, de pronto, se me antoja todo lo contrario a las demás personas que vi el día anterior en la calle. Hay una alarma, repentinamente, en mi cabeza. ¿Qué estoy pensando? Ni siquiera debería estar aquí, ni con Lottie ni con él. No sé por qué le he contado cosas de mi vida que no deberían interesarle. En realidad, no acabo de entender cómo ha conseguido Charlotte sacarme de mi cuarto, donde me había encerrado obstinadamente tras la conversación con Yinn. Pero esa niña, con su sonrisa henchida de magia e ilusión, podría hacer lo que quisiera conmigo. De modo que aunque me había decidido a no
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    160 hablar, a sencillamenteesperar o ser insufrible, ahora estoy aquí, como si nada hubiera pasado, como si nunca me hubiera sentido culpable por relacionarme con la gente de esta casa, de este mundo. Pienso que es irónico. Por primera vez, cuando realmente debería discutir con el conde insoportable y petulante… no consigo hacerlo. Lo miro, entrecerrando los ojos, como si acaso buscara algo que echarle en cara en ese preciso momento. Algo que haga que él vuelva a ser inaguantable y por lo que yo pueda concentrarme en despreciarle inmensamente. Marcus se da cuenta de mi mirada cuando se decide a apartar la vista de su hija. Como él había hecho antes, me ruborizo. Me separo un poco, de hecho, aunque no puedo hacerlo demasiado. La mano de Lottie se aferró en sueños a la mía en cuanto la tomé y no deseo despertarla ahora. Distingo claramente un brillo casi burlón en sus ojos morados y las comisuras de sus labios se alzan en una sonrisa hecha para fastidiarme y hacerme avergonzar. —Vaya, parece que no soy el único al que le sienta mal el sol. Hincho los mofletes, que siento cálidos al verme descubierta, pero alzo la barbilla con orgullo. —Sí, tengo una piel muy sensible. Probablemente mañana me pique la cara. Este sol es realmente molesto —comento haciendo un ademán alrededor… donde el árbol, en realidad, nos ha prestado su sombra. Al darme cuenta, me pongo aún más roja. El conde sigue el gesto de mi mano y alza las cejas, ladeando un poco la cabeza. —Tan molesto que no tiene respeto por la propia sombra. Entonces, con una melodía que parece sacada de un sueño, él se echa a reír. Mi vergüenza queda en un segundo plano cuando lo escucho. Lo miro algo sobresaltada y entreabro los labios. Es la primera vez que oigo un sonido tan sencillo salir de su boca. Es la primera vez, de hecho, que veo sus ojos refulgir sinceramente divertidos o felices.
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    161 Parpadeo sorprendida, perose me contagia la sonrisa al escucharlo. Tiene una carcajada suave, natural, que por un momento me recuerda a las propias notas de mi piano. El sonido que crea, al menos, es igual de dulce, igual de sentido. Su risa suaviza sus rasgos y me parece que con la tranquilidad y la espontaneidad de su gesto pierde todos los años que le daba su porte serio. Antes de que pueda pensarlo, siquiera, me delato. —Llegué a pensar que los condes no reían. Aunque por un momento creo que se pondrá digno (quizá porque yo lo haría) y disimulará, lo cierto es que me mira aún con la sonrisa en los labios. No hace nada por que el gesto se pierda en su boca y eso, aunque no entiendo muy bien por qué, me alegra. —Solo lo hacemos una vez cada cien años. Has tenido suerte de verlo. Alzo las cejas sorprendida con su respuesta, pero repentinamente yo también me echo a reír. Dejo los ojos en blanco. —¡Y bromean! Esto es un verdadero descubrimiento. Debería estudiar las costumbres del conde común. ¿Qué más cosas sorprendentes hacéis? Contra todo pronóstico, Marcus baja la voz hasta convertirla en un fino susurro que me hace alzar el rostro hacia él para escucharle. Me siento irremediablemente intrigada por su respuesta, quizá precisamente por no haber esperado ninguna. —Luchamos contra dragones, salvamos damiselas en apuros y bailamos el vals bajo la luna —confiesa como si fuera un secreto. Soy consciente de que mis ojos dejan escapar un destello emocionado, infantil, como si lo creyese posible, antes justo de echarme a reír por lo bajo. Repentinamente me siento cómoda, descubriendo esa faceta de él que no creía que existiese. Descubriendo, inevitablemente, que no es solo lo que se esfuerza en mostrar. Durante un segundo me
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    162 preocupa que esaparte suya termine desapareciendo tan pronto como se le ha ocurrido asomar. Que vuelva, tímida, a sus secretos, escondiéndose tras la chaqueta y la corbata, bajo sus guantes. Él me observa sin darme tiempo a responderle. —¿Qué pensabas? Doy un respingo, mirándolo. Dudo durante un instante, sabiendo que se refiere al momento en el que me ha descubierto contemplándolo. ¿Cómo voy a decirle que me esforzaba en encontrar una razón para odiarlo? Algo que me diese la fuerza de voluntad suficiente para levantarme y alejarme tanto de él como de su hija. Las palabras de Yinn me taladran la cabeza durante un momento. Lo miro en silencio, recordando lo solo que debe sentirse. No. Si le confesara que buscaba motivos para huir, ese hombre que ahora tengo frente a mí desaparecería. Se escondería bajo esos ojos de color imposible que parecen guardar todos los secretos del mundo. Él escapará y será como haber intentado coger un soplo de viento. Por un momento me digo que eso sería lo correcto. Que esa podría ser la excusa para odiarlo sin pesar, para volver a mi refugio en mi habitación. Si es él el que pone la muralla entre ambos yo no tendría por qué querer derribarla. Sin embargo… me apena. La idea de espantar la paz que se ha posado tranquila a nuestro alrededor, tan calmada, tan serena, me parece sumamente triste. Por eso sonrío y miento. Una mentira piadosa que nos salvará de todo el daño que ahora podamos hacernos. —En los pétalos. Tienes en el pelo. Él arquea una ceja elegantemente, como si pudiera reconocer que no es cierto lo que he dicho. Como si pudiera leer en mi mirada y saber que no eran esos mis pensamientos. Yo, haciendo que no me doy cuenta, alzo la mano libre para rozar sus
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    163 cabellos con losdedos y quitarle una de esas pequeñas manchas de color de primavera. Él sigue con los ojos mi acción, atento. Soplo suavemente el pétalo en otra dirección, atendiendo al camino que hace, a cómo se deja llevar en las manos tiernas de la brisa. —Son deseos. La frase me saca de mi ensimismamiento, me sobresalta. Alzo la mirada de nuevo hacia Marcus. Él no me mira a mí, sino que también ha seguido el transcurso de ese pedacito de flor, con ojos entornados. Titubeo, como si no quisiera romper su concentración, pero mi curiosidad me traiciona. —¿Cómo dices? Ahora sí, sus ojos descienden a los míos. Entreabro los labios, sorprendida. Mi corazón da un brinco contra el pecho. ¿Me ha mirado alguna vez con tanta fijeza? Soy consciente de todas las ocasiones en las que yo he buscado sus pupilas y éstas me han rehuido sin pesar, pero ahora me observan. Me miran de tal manera que siento, de pronto, todos mis secretos al descubierto, a su entera disposición. Sé que soy incapaz de apartar la vista. No estoy segura de si es por el hechizo de ese mar púrpura o el que parece tener sus palabras al hablar: —Son deseos —repite con la voz suave de quien cuenta un cuento, sin permitirse apartar la vista—. Cada uno de esos pétalos son deseos que las hadas recogen por la noche, para regalárnoslos. Los dejan sobre nuestro corazón con cuidado mientras dormimos… Casi me parece retener la respiración. El mundo, de hecho, ha perdido un segundo de su tiempo. —¿Y… se cumplen? —Me atrevo a preguntar en un susurro.
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    164 Hay una sonrisaen sus labios, un gesto que se extiende por su boca con la suavidad de una caricia. Sus ojos, de pronto, me parecen brillar con una magia que no he visto en ningún otro lugar. En su mirada reconozco la magia que deben tener todos los mundos. —Los deseos siempre se cumplen. El silencio llega con una caricia del viento. Esos deseos de los que él habla se desprenden de su lugar de nacimiento y alzan el vuelo, en busca de las hadas que habrán de entregarlos cuando caiga la noche. Los dos alzamos la vista, siguiendo el transcurso de su viaje. Después, como si fuera inevitable, como si algo hubiera cambiado en ese mismo segundo, los dos volvemos a mirarnos. Y callamos. Yo, al menos, no me siento capaz de hablar. El aire también ha decidido llevarse mis palabras, pero se me ocurre que realmente no son necesarias. En ese instante apartado del reloj, todo está bien. Lo observo como si quisiera desentrañar todos los secretos que pueda esconder, como si esperase que su mirada me contase todas las historias del mundo. Pero él tampoco habla. Solo me mira, como si acaso yo también fuera un misterio. La brisa, en su inocente juego, nos revuelve los cabellos, pero ni siquiera parecemos ser conscientes. No soy capaz de entender qué ha sucedido, en qué momento, cómo o por qué… pero Marcus Abberlain, de pronto, deja de ser un extraño. Y entonces, como si los dos saliéramos repentinamente de un sueño, la escuchamos. Charlotte murmura algo y los dos damos un respingo. Apartamos la vista de inmediato, como si dejarnos ese instante de tregua hubiera sido un error o acaso nunca hubiera ocurrido. La niña se encoge sobre sí misma. Aprieta mi mano y se acurruca contra su padre. Se me escapa una sonrisa cuando parpadea suavemente. Por el rabillo del ojo veo a Marcus sonreír también. —Mm… —se queja la pequeña. Con su mano libre se frota un ojo perezosamente. Repentinamente alza la vista, despertando de golpe—. ¿Me he quedado dormida?
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    165 Se me escapauna carcajada y asiento un poco con cuidado. —Eso parece. —¡Pero eso no pasa en los picnics! —Exclama con angustia. Después, titubea y me observa—. No pasa, ¿no? Yo sonrío para tranquilizarla. —Sí, a veces sí. Ella suspira con franco alivio en su gesto. —Menos mal… —Si no te quedaras hasta tarde leyendo, señorita, no te irías quedando dormida por los rincones —le reprocha cariñosamente el conde dando un golpecito a su frente. Charlotte Abberlain se ruboriza ante la acusación pero en un gesto completamente adorable mira a su padre entre las pestañas y parpadea encantadora. —No sé de qué hablas, papá. Marcus deja los ojos en blanco. —Seguro que no. Yo río encantada. Charlotte mira expectante de uno a otro. Parpadeo al darme cuenta, así como mi acompañante alza las cejas de manera interrogante. —¿Ocurre algo, Lottie? —Pregunto. —¿Habéis discutido? Me ruborizo. Vaya. La niña debe pensar que realmente no hacemos otra cosa… No. Espera. Realmente no me suena que hayamos hecho otra cosa hasta hoy, aunque admito mi parte de culpa en ese aspecto. —No. No hemos discutido. —Aunque suene increíble —apunta su padre. Yo le lanzo una mirada de disconformidad que él obvia completamente.
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    166 —¡Qué bien! —Exclamala niña sobresaltándonos a ambos. De pronto, extiende los brazos y nos abraza con dulzura, tan infantil. Tanto su padre como yo parecemos sorprendidos. No tardamos, sin embargo, en corresponder a su efusivo agarre. ¿Es que se puede no hacerlo cuando ella se ve tan francamente emocionada o su gesto de cariño es tan tierno? En esos momentos ella me desarma y me deja sin saber qué hacer. En esos momentos es cuando me hace pensar que quizá no se esté tan mal aquí. *** Una noche más no soy capaz de dormir. Doy una vuelta en el mullido colchón, hundiendo la cara en la almohada. Las sábanas me cubren el cuerpo, calentándolo. Las piernas se me enredan en ellas y en la larga tela del camisón. Suspiro hondamente después de la tercera vuelta consecutiva y me detengo, esforzándome por parar quieta. Estoy segura de que ya he desecho toda la cama, porque no he dejado de moverme en ningún momento. Otro suspiro. Maldita sea. ¿Por qué no puedo simplemente dejar de pensar? Desde ayer no concilio bien el sueño: la conversación con Yinn y la tarde de picnic se confunden en mi cabeza y me martirizan. La cena tras nuestra pequeña reunión en el manzano fue tan tranquila como toda la tarde. Charlotte no paró de hablar, siendo el espíritu de la mesa, contándonos lo que había aprendido ese día con Angela o hablando de la expectación que le causa su fiesta de cumpleaños. Ha intentado en vano sonsacarle algo a su padre referente a su regalo. El conde solo siguió comiendo, sin hablar, aunque sé que estaba divertido y feliz con el comportamiento de la pequeña. Después la niña comenzó a bombardearme con preguntas sobre las fiestas en mi mundo, sobre mi último cumpleaños incluso. Marcus, pese a todo, también pareció interesado, supongo que
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    167 porque siente ciertacuriosidad por una dimensión que se le antoja tan diferente a la suya. El día de hoy, por su parte, ha pasado tranquilo. Lottie y yo hemos comenzado las clases de piano con la mayor de las ilusiones por su parte. Su padre no se ha reunido con nosotras hasta la tarde, puesto que por la mañana salió a buscar mi libro. Pese a que ha estado entre los archivos de la biblioteca real, según me ha dicho, no ha habido resultados satisfactorios. Charlotte, para evadir el tema de mi libro, ha propuesto jugar a algo y finalmente hemos estado jugando al escondite como si todos fuéramos niños pequeños. Aunque el conde no pareció muy contento con la idea al principio, finalmente le ha cumplido el capricho a su hija. Supongo que no puede evitar hacer realidad todos sus deseos. Después, tras la cena, le hemos contado un cuento a la niña y ella nos ha dado las buenas noches a los dos. Lo que no me deja dormir es el hecho de saber que estoy disfrutando de estos días. El hecho de que, aunque Marcus ha parecido algo apenado al decirme que no había hallado nada para que volviese a casa, no me ha importado. Es más: juraría que no me he preocupado de mi mundo en toda la jornada. Me he olvidado de regresar, cómoda entre los habitantes de esta casa. Y eso me angustia tremendamente. ¿Qué voy a hacer si les cojo más cariño del que debería? No se me quita de la cabeza que esto es solo un periodo pasajero. Un momento de mi vida que me parecerá un sueño cuando vuelva a la rutina. Quizá, de hecho, finja que todo ha sido solo eso. Este mundo, Charlotte, Marcus. Puede que lo haga para protegerme a mí misma o quizá realmente niegue la realidad que sé que estoy viviendo. Una fantasía no podrá hacerme daño. No voy a echar en falta algo que solo he imaginado. De nuevo, un suspiro más. Miro al techo, extendiendo los brazos y las piernas sobre la cama. Las palabras de Marcus, su pequeña fantasía de hadas y deseos, se han colado
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    168 desde ayer firmementeen mi cabeza. Repentinamente tengo la seguridad de que nunca he conocido nada parecido a él. Que bajo su aspecto se esconden mil detalles que me gustaría entender. Mi vista va a la ventana, que he dejado entreabierta, y me siento un poco más niña. Me ruborizo. ¿Lo he hecho solo porque quiero que la brisa nocturna se cuele en el cuarto y lo refresque? ¿O es que realmente espero que una pequeña hada, un punto de luz que ilumine las sombras, entre para dejar mil pétalos sobre mi corazón? «Estás siendo irracional, Ilyria. Más de lo que acostumbras. La situación te está superando y ya ni siquiera eres capaz de pensar con claridad», me recrimino. Con ese pensamiento, me concentro en cerrar los ojos, como si así pudiera convencerme mejor a mí misma. Pero, de nuevo, mi intento por echarme a dormir no sirve realmente de nada. Dejo escapar un quejido de inconformidad y doy una patada al colchón, como si él tuviera la culpa de todos mis males, de todos mis quebraderos de cabeza. Sabiendo que Morfeo no vendrá a visitarme esta noche, me levanto. El suelo me parece frío bajo mis pies, pero no me importa realmente. Iré a por un vaso de leche caliente, como siempre que no consigo dormir, y cuando vuelva a la cama caeré rendida. Solo necesito distraerme un rato. Eso será suficiente. De ese modo me levanto y enciendo una vela, cogiéndola con cuidado. Echo de menos la electricidad también, aunque se me ocurre que si este mundo tiene tantas semejanzas con la época victoriana del mío, no debe estar muy lejano su descubrimiento. Salgo de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Sé que tanto el cuarto de Marcus como el de Charlotte no distan mucho del mío y no me gustaría despertarles. Ya debe ser tarde, después de todo. Al menos, las doce. La casa entera debe haberse sumergido en aguas llenas de quimeras, de los sueños más perfectos.
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    169 Sin embargo, cuandoalzo la mirada en el pasillo me doy cuenta de que mi luz no es la única que aún vive entre la oscuridad de la noche. Del despacho de Marcus, de su puerta levemente entreabierta, también parece nacer la luminosidad que espanta las sombras. Ladeo la cabeza. Es cierto que cuando me despedí de él, dándole las buenas noches después de acostar a Lottie, no lo vi meterse en su cuarto. No obstante, no le di importancia y me fui a mi habitación con la plena intención de descansar. Cosa que, es más que obvio, no he conseguido. ¿Tampoco él podrá dormir? «No te preocupes. Es cosa suya. A lo mejor duerme poco o simplemente se va tarde a descansar. Ahora bajarás tranquilamente a la cocina, cogerás tu vasito de leche y tu única preocupación será echarle o no cacao». Asiento mentalmente, con firmeza, acercándome a las escaleras. No he dado ni un par de pasos cuando me percato de que no sirve de nada lo mucho que lo repita en mi cabeza. No lo voy a hacer. Con un suspiro de resignación hacia mí misma, me rindo a mi curiosidad y me acerco a la puerta del despacho. Al principio titubeo, pero después empujo suavemente la puerta, sin llamar, asomándome dentro. La mirada de Marcus va a encontrarse directamente con la mía. Ambos nos sobresaltamos a la vez. Yo dudo y miro hacia atrás, al pasillo en penumbra. Me doy cuenta de que ha sido una huida inconsciente, como si temiera volver a caer en el hechizo de su mirada. ¿En qué momento he empezado a ser yo la que escapa de sus ojos? No se me ocurre, por primera vez, qué puedo decir. Me rasco la cabeza distraídamente, pero luego vuelvo a mirarle, entre las pestañas. —¿Qué haces aquí a estas horas? «Eso no es lo más inteligente, Ilyria. Eres tú la que anda paseando de un lado para otro por una casa que no es la tuya. Él está en su mansión, en su despacho. No está
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    170 haciendo nada raro,al contrario que tú». Siento ganas de darme de golpes contra la pared. ¿Cuándo me he vuelto tan idiota? —Lo mismo debería preguntar yo. ¿Vas a tomar por costumbre caminar en camisón por mi pasillo? Me ruborizo, aunque no es por ir en camisón, sino por su tono. Lo miro y frunzo un poco el ceño. —Estoy segura de que esa manía por una tela que no deja ver nada de piel no puede ser sana. ¿Estás seguro de que está todo bien en tu cabeza? Él deja los ojos en blanco, sin dignarse a responder a mi provocación. Su mirada desciende a unos papeles que tiene en la mano, sentado al escritorio. Lleva las gafas de lectura puestas. Con cierta curiosidad, entro. Él no pone quejas al respecto, aunque me mira por encima de la montura. Me dejo caer sentada en la silla y pongo la vela en la mesa. —No podía dormir —comento casualmente—. ¿Qué haces? —Repito. Me mira unos segundos más, pero finalmente su vista desciende a los folios de nuevo. —Trabajo. Al pasar estas dos tardes con vosotras no he seguido haciéndolo y no quiero que se me acumule. Ya perderé todo un día con el cumpleaños de Lottie, probablemente. Apoyo la cara en una mano. —Debe ser sumamente aburrido. ¿Informes sobre tierras y ese tipo de cosas? ¿Economía? Nunca se me dieron bien esos temas… Me parece ver una sonrisa en su boca. —No es “trabajo de conde”. Es “trabajo de mecenas”. Doy un salto en mi sitio. De repente siento renovado interés y lo miro paladeando. Sé que puede ver el brillo interesado que ha asomado a mi mirada, pero él hace como que
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    171 no se dacuenta. Veo que guarda las hojas que tenía en la mano y las mete en un sobre, dejando una cruz en éste y apartándolo a un lado. Hay muchos más. Me remuevo con cierta expectación. —¿Cómo lo haces? Marcus alza la vista, mirándome. Yo lo observo a su vez, entre las pestañas. Siempre quise dedicarme a la edición y me parece que su trabajo se asemeja bastante a ella. El tener una librería no era más que el principio de mi sueño: algún día, cuando tuviera el dinero suficiente para pagarme yo misma los estudios, iría a la universidad y me especializaría en literatura. Siempre soñé con montar mi propia editorial. La idea de que él tenga una ocupación parecida, de que sea el primero en descubrir nuevos mundos, me provoca un sentimiento de excitación que no consigo disimular. De alguna manera está cumpliendo el sueño de algunas personas de poder ser leídas por el mundo. Él parece ver mi entusiasmo, porque sonríe un poco y hace un ademán a los sobres. —Leo los manuscritos y los juzgo. Si son buenos, pongo un tic en el sobre y apadrino su publicación. Si no lo son… Bueno, —se encoge suavemente de hombros y señala la historia marcada— les pongo una cruz y se los devuelvo a sus dueños. Desgraciadamente hay algunos que no hay por donde coger. No sirven. Sonrío un poco, divertida. —Qué malo. Eso que tienes en tus manos son almas, Marcus. Trátalas con más consideración. A él parece hacerle gracia mi comentario, porque me mira alzando las cejas con una sonrisa. —Aceptarás que hay almas que están muy verdes. —Touché.
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    172 El conde sacudela cabeza, abriendo otro sobre y sacando unos folios. Yo me humedezco los labios, enredando las manos en la tela de mi camisón, siguiendo el movimiento con ojos ávidos de conocimiento, brillantes de curiosidad. Cómo me gustaría saber qué se esconde tras esas páginas, qué mundo pueden descubrir sus palabras. Tomo aire, tragando saliva, y Marcus se da cuenta. Supongo que en algunas cosas soy incapaz de fingir. —Deberías irte a cama —me sugiere—. Cogerás el sueño antes o después. Me ruborizo, encogiéndome sobre mí misma. Me muevo incómoda, como si acaso intentase encontrar una posición adecuada en la silla. Sé que el hombre que está frente a mí se da cuenta de que lo último que quiero ahora mismo es marcharme pero que, a la vez, le divierte jugar conmigo. —¿Ocurre algo? —Su pregunta es una invitación velada a confesarle lo que llevo pensando desde que entré. Enrojezco algo más y me hundo en mi asiento. Miro de soslayo los sobres. Cuántos personajes, cuántas historias, cuántos mundos alumbrados por la mano de algún autor. Me muerdo el labio con cierta inquietud y me atrevo a observarlo entre las pestañas. —E-estaba pensando… —murmuro bajito al principio. Sacudo la cabeza y tomo aire. Alzo la barbilla, levantando la voz con algo más de seguridad—. Que si realmente tienes tanto trabajo, quizá yo… podría ayudarte. Puedo ser… mm… tu secretaria. Dos leen más rápido que uno… Marcus ríe. Como la tarde anterior, su risa me sobresalta, pero esta vez también me hace avergonzar. Probablemente él ya había adivinado mis pensamientos, pero solo ha querido arrancármelos de la lengua. Frunzo los labios, roja, y abro la boca dispuesta a responderle alguna insolencia inspirada por mi azoro. Sin embargo, antes de que la voz pueda nacer de mi garganta, hay un sobre tendido hacia mí que me arrebata el habla. La
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    173 cierro inmediatamente, amansada.Miro al sobre y luego lo miro a él. Me humedezco los labios. —¿Puedo…? —Creo que puedo fiarme de alguien que regenta una librería, en cuanto a criterio literario se refiere. Sonrío ampliamente, sin poder evitarlo. Cojo el sobre, pero me apoyo en la mesa al levantarme y echarme hacia delante. Mis labios colisionan, en un impulso, contra su mejilla. Escucho una exclamación sorprendida salir de sus labios, pero la obvio y río encantada, feliz, volviéndome a echar hacia atrás, dejándome caer en mi asiento. Marcus me mira con los labios ligeramente entreabiertos y sus dedos enguantados sobre su mejilla. Parece algo ruborizado. —¡Gracias! No tardo ni un segundo en abrir el sobre. Antes de que pueda ser consciente me he perdido en el mundo que se descubre ante mí.
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    174 Marcus Noche. Cuando me quierodar cuenta, todas mis defensas han caído en un par de días. De pronto me encuentro venciendo las distancias que yo mismo he creado. Las murallas que creía tan sólidas se deshacen con el embiste de la ola que es su presencia y se deshacen como arena. Un lazo parece haberse forjado entre nosotros, por increíble que parezca, tras dos tardes de juegos junto a Charlotte. La convivencia es ahora más fácil. Nos quedamos hasta los primeros rayos del sol despiertos, leyendo en mi cómodo despacho, rodeados de libros y de mundos que nos absorben, pero siempre sin olvidar la presencia del otro. Al menos yo no puedo hacerlo, porque cada vez que alzo la vista ella está allí, dorada por el fuego de las velas. Es como si hubiera un aura a su alrededor que difumina la estancia y la convierte en el foco de mi atención. Es como si, ante mi mirada, todo lo demás sobrase en el cuarto lleno de objetos fríos e insustanciales en comparación. Cuando el amanecer llega nos levantamos en silencio y nos damos las buenas noches, aunque ella insiste, en realidad, en que deberíamos desearnos buenos días. Detrás de nosotros quedan las velas muriendo con el último destello de luz solar. La mañana pasa en medio de ese sopor que visita a los que han dormido poco y mal, de esa niebla blanca que se posa sobre los ojos y otorga al nuevo día cierto aire de ensueño, de fantasía. Charlotte y su emoción son hoy solo un borrón en mi mente al que no puedo prestar la atención que se merece. Mañana será su cumpleaños, pero ella saborea la anticipación con esa alegría contagiosa, planeando mil momentos con Ilyria, soñando juntas con lo que, siendo realistas, no va a pasar: dragones saliendo de libros para felicitarla, hadas volando por el salón, príncipes azules que le declaran su amor.
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    175 Las dejo estar,sin embargo, y no destruyo su burbuja. En el fondo me encantan sus fantasías y sus pensamientos inocentes. —He estado pensando, Ilyria —exclama Lottie con entusiasmo durante la comida, mientras degustamos un plato que la propia señorita Blackwood ha preparado—. Nos hemos olvidado de algo muy importante. Todos la miramos. —¿De qué se trata? —Pregunta la aludida ladeando su cabeza. La respuesta de Charlotte no se hace esperar: —¡De tu vestido, por supuesto! —Hace un repentino ademán hacia las ropas negras que Angela le ha dejado y a las que hemos tenido que hacerle unos arreglos para que no le queden demasiado holgadas. Supongo que no están mal para andar por la casa, aunque se puede ver la camisa y el corsé a través de la espalda cortada—. No puedo consentir que la invitada de honor aparezca así en mi fiesta. Necesitas algo para poder bailar con papá, con mucho encaje y, sobre todo, mucho vuelo. —Su mirada sondea nuestras reacciones—. ¿No es cierto? Ilyria parece demasiado abrumada para hablar, por un instante. Sin embargo, pronto recupera su voz. —No, si yo no necesito… —El resto de la frase queda suspendida en el aire cuando parece decidir que hay partes más importantes del discurso de Lottie que esa. Se ruboriza y me mira un segundo de reojo, antes de volver su atención a la pequeña—. ¿Quién te ha dicho a ti que yo vaya a bailar con tu padre? Es más: ¿quién te ha dicho a ti que yo vaya a bailar, no importa con quién? —¡En las fiestas se baila! —Exclama Charlotte escandalizada por el atrevimiento—. Y como es mi fiesta, tienes que bailar con papá, porque yo lo digo. ¡Pero solo con él!
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    176 Carraspeo, haciéndome notar.Debería poder tener voz y voto en esa decisión, ya que me concierne, pero tampoco me atrevo a quitarle toda la ilusión. Y no es como si un baile pudiera hacer daño a nadie. De hecho, la idea de su mano entre mis dedos, de su palma sobre mi hombro, resulta extraña y perturbadoramente atrayente. —Es probable que tu nueva amiga no sepa nada de los bailes que requiere la situación. Tal vez su fuerte sea el ballet —murmuro, lanzándole una mirada divertida a nuestra invitada. Ante la insinuación se ruboriza aún con más intensidad. Su reacción, como era de esperar, es ponerse a la defensiva. Toma un pedazo de pan en su mano y me lo lanza. Lo esquivo fácilmente, moviéndome hacia un lado, y dejo los ojos en blanco ante su infantil arrebato. —¡Qué gracioso el conde! —Me espeta al tiempo que se cruza de brazos, muy digna. Lottie ríe en un primer momento. Un segundo después, sin embargo, parece caer en la cuenta de lo mucho que le afecta mi intervención. —¿Significa eso que Ily no sabe bailar el vals? —Mira a su compañera con los ojos agrandados por la sorpresa, como si le resultara inconcebible que alguien no pudiera tener esa habilidad—. ¿Ni siquiera la cuadrilla? Espero que la muchacha se ofenda y lo niegue todo. Para mi sorpresa, no obstante, la veo jugar con la comida en su plato. —Creo que para mañana haré una comida aún más especial —murmura concentrada en su tenedor—. Y algo delicioso de postre. ¿Qué te gustaría, Lottie? La pregunta es suficiente para que el tema del baile se olvide, definitivamente. —¡Tarta de chocolate! Con la risa asomando a su boca, Ilyria acaricia los cabellos de mi hija y asiente firmemente.
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    177 —Tarta de chocolateentonces. *** Esa tarde vuelvo a probar suerte en la biblioteca. El tema del baile me ha recordado que no puedo dejar de lado mi labor. Me ha recordado que este no es su lugar. Que nunca lo será. Ilyria Blackwood debe volver a su hogar, a su pequeña casa en algún alto edificio y a su encantadora librería donde puede soñar en paz. Debe volver a su vida, soportando al padre severo que desearía que su hija fuese una mujer de éxito y a la madre comprensiva que no comparte las ideas de su esposo. Debe recuperar esa existencia tranquila, alejada de la magia, de las marcas y la esclavitud. Mi protegida se irá en cualquier momento. Y eso será lo mejor para todos: para ella, para mí y para una ilusionada Charlotte. Pero por mucho que me esfuerzo, por mucho que busco entre los libros hasta que mis guantes están negros de rozar las tapas sucias de los volúmenes, ninguno de los tomos resulta ser el que espero encontrar. Así que vuelvo a casa con las manos vacías. Ella ni siquiera me pregunta, lo que me hace alegrarme: lo máximo que podría hacer sería negar sin ni siquiera alzar la vista para encontrarme con sus ojos. Como el día anterior, después de la cena me encierro en mi despacho. Ella vuelve a aparecer. Esta vez, sin embargo, no cruzamos palabra alguna. Con la seguridad de quien ha convertido un trabajo en su rutina, toma uno de los sobres y se pone a leer. Los manuscritos abundan, pues el invierno ha dejado caer ideas sobre los alféizares de las ventanas como si acaso fueran nieve. Eso, sin embargo, no implica que hayan nacido nuevos escritores de la noche a la mañana: no todo el mundo es capaz de dar vida a un universo solo con imaginarlo y luego poblarlo con gente igual de viva que la que habita éste.
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    178 Pasan varias horasde la medianoche cuando al fin me levanto. Ilyria da un respingo, como si mi movimiento la hubiera sacado de un apacible sueño. La sonrisa que el placer de la lectura ha dejado en sus labios no muere cuando alza los ojos para buscar mi mirada. —Será mejor que vayas a dormir —le advierto—. Ayer apenas descansaste unas horas. Casi parece decepcionada por mi consejo. Supongo que piensa que yo mismo iré a dormir ahora. —Está bien, no tengo sueño —dice encogiéndose un poco de hombros—. Prefiero terminar esto primero. Quizá entonces me vaya. Me sorprende su entusiasmo. Realmente parece gustarle el trabajo que hago. La he estado observando mientras revisábamos los textos, atento a cómo devoraba libro tras libro, ansiosa por saber más. Sus ojos vuelan siempre sobre las líneas, sin pausa. Cada vez que termina un manuscrito parece desinflarse de alguna manera, como si las palabras dejaran al desaparecer un inmenso vacío dentro de sí. —No te acuestes muy tarde —le recuerdo. Y luego, sin saber por qué, añado: —Voy a salir. Aunque había vuelto su atención hacia el papel, de nuevo la he sacado de mi ensimismamiento con mis palabras. Frunce el ceño como si no entendiera. Cuando me giro con la mano ya sobre el pomo de la puerta, su voz me detiene. —¿Salir? ¿A estas horas? —De reojo compruebo que tiene una ceja alzada, con una expresión a medias entre la sorpresa y la inquisición—. ¿También es una actividad usual del conde común? Su tono de burla me hace recordar la conversación que tuvimos hace dos días en el jardín, cuando me reí por primera vez delante de ella. Parece que la reminiscencia venga
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    179 de lejos, dealgún momento perdido en una vida pasada. Me humedezco los labios y titubeo. No estoy seguro que de sea lo correcto, pero no puedo evitar sentirme cómodo en su presencia. ¿No haría el camino más amable tener a alguien a mi lado? Alguien cálido, que espantase la niebla que se alza desde el río y las sombras que lo llenan todo con su manto. —¿Te gustaría venir? Su boca entreabierta forma una circunferencia perfecta debido a la sorpresa que le causa mi pregunta. Yo, que la había enunciado en voz baja, buscando la excusa perfecta para no ser escuchado, me encuentro con que se ha puesto ya en pie. Sus ojos destellan como los de un prisionero que ve la puerta de su mazmorra abierta. —¿Salir? —Inquiere suavemente, como si temiera haber escuchado mal—. ¿Me estás diciendo que puedo? ¿Me das permiso? Parece tan incrédula y a la vez tan feliz… Ahora sé que no sería capaz de retirar mi ofrecimiento por mucho que lo intentara. Asiento y me encojo suavemente de hombros. Realmente no encuentro ninguna razón para que no lo haga: la noche ha caído y las calles que visitaremos estarán completamente desiertas, abandonadas por todos pero llenas de la luz de la luna y las estrellas. El silencio se encargará de amortiguar el sonido de nuestros pasos. Nadie tendría por qué vernos. —Siempre que prometas no separarte de mí, por supuesto. No hace falta que se lo repita. Sus brazos rodean el mío. Su ropa huele a lavanda y su piel, dorada en esta luz, parece haberse impregnado del mismo perfume. Me gusta y, al mismo tiempo, hace saltar una alarma en mi cabeza que me recuerda que está demasiado cerca. Por primera vez en mucho tiempo no hago caso. En lugar de eso, guío a Ilyria hacia el piso inferior, donde nos abrigamos para combatir la fría brisa de inicios de primavera.
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    180 La noche, comohabía esperado, está tranquila. La casa pronto queda a nuestras espaldas, amenazadora como solo una silueta negra, sin rostro, puede serlo. No hay luces ya en las ventanas de ningún hogar: todos están en sus camas, descansando, soñando con lo que no pueden ser de día o enfrentándose a sus peores pesadillas. Nosotros, en medio de ese mutismo en el que se ha sumido el mundo, de ese sopor pasajero que solo la luna llena sabe traer, parecemos los últimos supervivientes de una raza perdida. Nuestros pasos se compaginan, sonando como uno mientras vagamos sin rumbo por calles que Ilyria ve ahora por primera vez. Como si hiciera años que no pisa el exterior de mi jardín, coge aire en grandes bocanadas y lo suelta en largos suspiros. Los minutos pasan hasta que ella habla. Cuando lo hace su voz no es más que un susurro, como si temiera que alguien pudiera escucharnos o que sus palabras despertasen a aquellos que yacen en sus lechos, encerrados entre paredes de piedra. —No has… encontrado nada, ¿verdad? —No me mira, sino que sus ojos, por lo que puedo apreciar, están obstinadamente fijos en los adoquines negros como la tinta—. ¿Ni una pista de dónde puede estar…? Trago saliva y niego. Quisiera reconfortarla de alguna manera, pero nada llega en mi ayuda a mi cabeza. He buscado ya por toda la biblioteca. Los libros con las características que ella menciona escasean. O más bien, sencillamente no existen. He encontrado pocos tomos de tapas doradas, pero todos ellos o muy pequeños o muy finos o muy nuevos. Ninguno parece cumplir todas las pautas del libro de Ilyria. Se me han ocurrido ya varias ideas, no obstante: preguntar a algunos conocidos, quizá poner un anuncio en el periódico. Las posibilidades son muchas, pero la esperanza irá disminuyendo. Soy consciente de que ésta es una tarea de titanes. —Aunque tiene que estar en alguna parte, aún no sé nada. Lo lamento.
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    181 De nuevo sesumerge en un silencio, aunque esta vez es uno pensativo. Su brazo parece tensarse un poco contra el mío cuando imprime más fuerza a su agarre, acercándose a mí como si tuviera frío. Una brisa helada nos revuelve los cabellos y nos araña la piel al descubierto. Ninguno de los dos nos quejamos, aunque ella apoya la mejilla contra la manga de mi abrigo. Quizá la capa con la que se cubre no es suficiente. Si va a quedarse más tiempo con nosotros debería pensar en comprarle algo de ropa adecuada, a ser posible de su talla. Si va a quedarse… Sacudo la cabeza. La idea me tortura de una manera inimaginable. No sé si aborrezco más el hecho de que pueda encontrarse un día encerrada en este mundo o el de que pueda volver a su legítimo hogar y olvidarnos como si nunca hubiéramos existido. Me niego a seguir cavilando sobre ello y le doy otras cosas en las que pensar. —¿Hay alguien que te espere? A parte de tus padres y tus amigos… Nada más terminar de hablar siento que debería haberme quedado callado. No tengo ningún derecho a hacer una pregunta tan personal. Le echo la culpa a Yinn y a sus estúpidas insinuaciones, pero tengo que reconocer que siento un poco de curiosidad. La imagen de esta muchacha dependiendo del amor de alguien, de sus besos, me hace sentir extrañamente incómodo. De hecho, no puedo imaginarla caminando por la noche del brazo de otro que no sea yo. Sacudo la cabeza y simplemente deseo no haber sido oído. —¿Alguien? —Se hace eco, inocente, sin llegar a entender. Aún tarda unos instantes en caer en la cuenta, pero luego me mira suspicaz—. ¿Quieres decir que si tengo algo así como… pareja? Puedo adivinar sus cejas alzadas en la penumbra. Agradezco la oscuridad que oculta con pudor mi sonrojo.
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    182 —Lo siento. Haestado completamente de más. No tienes que responder, por supuesto. No sé ni cómo se me ha ocurrido preguntarlo. Contra todo pronóstico ella sonríe divertida. No me mira, sino que se dedica a apretar su mejilla fría contra mi brazo. Me concentro en el sonido de nuestros pasos para intentar borrar el calor que yo, en cambio, siento que se ha instalado en mi rostro. —No tengo. No me interesan esas cosas. Los hombres podéis llegar a ser increíblemente molestos. —Su mano se mueve en el aire, haciendo un ademán desinteresado—. He tenido, claro, pero no ahora. ¿Y tú? Y no me digas que es una total indiscreción, porque has preguntado primero. Cojo aire con fuerza. Ella se da cuenta, pero no retira la pregunta, sino que parece aún más interesada en conocer mi historia. Una sombra al final de la calle, allá donde tengo posados mis ojos, parece tomar la forma del pasado. Una risa que escuché tiempo atrás reverbera entre las paredes de piedra y me apuñala el corazón. Niego suavemente. —No hay nadie. Mi respuesta cortante no la amilana. —Pero ha habido, lo cual me sorprende. —Casi me parece verla recorrer mi figura de arriba abajo con su mirada descarada—. Pensé que eras un santurrón. Callo. «Las apariencias engañan. Soy el más horrible de los hombres». Aprieto los labios. Temo cerrar los ojos, como cada vez que ella viene a buscarme y pretende envolverme entre sus brazos de fantasma. Los recuerdos que más duelen son los que permanecen incluso después de haber sido destruidos. Cojo aire de nuevo, como si una bocanada no fuese suficiente para mis pulmones. Las costillas parecen cerrarse alrededor de mi corazón, presionándolo hasta que me duele el pecho. Quisiera parar a apoyarme contra una pared, a descansar unos segundos y volver a recomponerme, pero no quiero demostrar mi debilidad. ¿No es esto culpa mía, por dejar que Ilyria acechase a
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    183 mi alrededor ydescubriera las flaquezas de mis defensas? La he dejado acercarse demasiado y ahora estoy condenado a despertar a los muertos una vez más. —Yo también he sido un adolescente —le digo al fin—. Inmaduro. He cometido errores. «Y aún a día de hoy me atormentan cada noche». Ella entorna los ojos para enfocar mi rostro mejor, aunque probablemente ya esté acostumbrada a la oscuridad que nos rodea y nos cubre. Su mirada destella un segundo con entendimiento, o quizá sea simplemente el efecto de un rayo de luna sobre la pupila. —Comprendo… Te hizo daño. Quiero decirle que en realidad no entiende nada. Que ni siquiera yo puedo hacerlo. Fue una locura, desde el primer momento. Desde el instante mismo en que la vi y me sonrió, con sus ojos verdes prometiéndome un amor que nunca había conocido. Lo cumplió, pero no estoy seguro de que el precio mereciese la pena. —Supongo que sí. Ella paladea un segundo. Parece estar batallando consigo misma. Sin embargo, la curiosidad le puede, como siempre, y no consigue evitar decirlo: —¿Qué pasó? Nunca se lo he contado a nadie. No he creído que fueran a comprenderlo. Guardándolo en el fondo de mi alma, el secreto ha ido tomando la forma de una pesadilla, sentándose sobre mi corazón y ahogándome en las noches de insomnio. Aún la veo. Aún está conmigo. Aún me despierto a su lado. Pero, ¿cómo podría confesarle esto a nadie? A menos, claro, que esa persona fuese a desaparecer. A menos que se llevase parte del peso consigo y ya nunca volviera a despertarme asustado con las primeras luces del alba. ¿Qué pasaría si aquí y ahora, esta noche, abriese mi alma y se lo contase todo a esta desconocida? Es una locura. Pero creo que me sentiría reconfortado.
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    184 —Ella era mayorque yo —le confieso casi sin darme cuenta—. Resultó que me ilusioné, que algo me hizo pensar que ella me amaba de verdad. Al final, sin embargo, no fui… suficiente. —El nudo en la entrada del estómago se deshace un poco—. Supongo que no era lo suficientemente bueno para ella. La señorita Blackwood parece algo confusa por mi respuesta. —¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Simplemente te dejó? Aprieto los labios. Otro recuerdo. Su risa antes de entrar en el cuarto y mi sonrisa de anticipación. Pensé que me estaba esperando, ya que la puerta estaba entreabierta, como si supiera que iba a aparecer allí sin avisar. Pensé que bromearía y un segundo después estaría entre mis brazos. Estaba tan equivocado… El color huyó de mi rostro cuando la venda que Cupido me había puesto cayó al suelo. —Ni siquiera… acabó nuestra relación en el sentido tradicional —murmuro súbitamente avergonzado. En el momento no creí que aquello pudiera ser cierto—. La encontré con otro. Al principio no reacciona. Incrédula, me mira largamente, parpadeando un par de veces. Doy un respingo cuando oigo su respuesta. No creo haber escuchado nunca a una mujer decir una palabra tan desagradable sobre otra en un tono tan efusivo. Hago una mueca, pero no digo nada. Ni siquiera le he contado la mitad, pero ya no sé si hacerlo. —Es igual —le digo—. Aquello acabó hace años. De pronto parece enfadada. La oigo resoplar. Quizá sus labios estén blancos de tanto apretarlos. A lo mejor sueño su mano en la mía, su palma contra mi guante, fría pero reconfortante a pesar del trozo de tela que nos separa. —No te merecía —declara como si la hubiera conocido. ¿Cómo puedo saber que no era al revés, que era yo el que no tenía derecho alguno sobre ella?—. No deberías malgastar un segundo más de tu tiempo pensando en una persona así. No te quería. No
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    185 creo que cometierasningún error. No creo que... enamorarse sea un error —durante un segundo me parece que callará, pero lo único que hace es bajar la voz hasta que no es más que un susurro que queda entre nosotros—. Creo que tenemos que dejarnos enredar... y equivocarnos, ¿sabes? Creo que así podremos reconocer a esa persona, la de verdad, la acertada, llegado el momento. No me quería, es cierto. Nunca lo hizo. No fui más que un juguete para ella. Pero no es cierto que no fuera un error. Murió por mi culpa. Yo la maté. Y arruiné otras vidas igual de importantes para mí. Por eso cada mañana me despierto y me pregunto qué he hecho, aunque sé la respuesta. Por eso solo me queda intentar hacer felices a aquellos que pueda, como si eso le restara más peso a la culpa. Soy un hipócrita. Y aunque no me quería, lo cierto es que no soy capaz de dejar de pensar en ella, de dejar de admirar el recuerdo que ha quedado impreso en mi mente, dibujado con tinta indeleble. —¿Cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura de que hay una persona adecuada para cada uno? ¿Quién te dice que está en el mismo mundo que tú, siquiera? Quizá nunca te cruces con ella. O a lo mejor ya la has encontrado pero jamás te has dado cuenta de que está ahí. Siento su mirada sobre mí, así que supongo que me está observando, aunque quizá solo de reojo. —No estoy segura —admite con un titubeo—. ¿Cómo puedo estarlo? No... No sé si es verdad que exista un amor verdadero. Pero quiero pensar así. Quiero creer que es cierto —suspira y, para mi asombro, encuentro un sueño escondido en el fantasma blanco en el que se convierte su aliento—. Supongo que te parecerá... infantil y estúpido, ¿verdad? —Su forma en la oscuridad asiente pensativamente y una vez baja la vista, como avergonzada, ya no vuelve a levantar la cabeza—. Pensarás que es propio de una niña que aún cree en cuentos de príncipes y princesas. Algo que podría decir tu
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    186 propia hija. Pero...¿Quién te dice a ti que no es así? Que una noche, sin que nos demos cuenta, una de esas hadas que siembran deseos, dejará a una persona sobre nuestro corazón. ¿No crees que pueda pasar? Contemplo su sombra en un largo silencio. Me parece que el cielo empieza a clarear un poco en el horizonte y la luna tiembla al entender lo que eso significa. ¿Creo que pueda pasar? Aún debe haber esperanza en algún lugar de mi corazón, sí. Quizá haya alguien para mí en alguna parte. Alguien a quien mirar a los ojos y amar sin palabras, incluso si es en la distancia. Incluso si duele. Cojo aire. Esa persona que he soñado que me abrazaba y hacía desaparecer todos los malos recuerdos. Cuando la conozca, imagino, será como despertar de un largo sueño. Será como ver amanecer, dejando atrás las sombras, la incertidumbre, un camino tras de ti al que no hay que mirar para no perder el alma que te acompaña. Sí, quizá sea cierto. —No creo que sean ilusiones de una niña. Quiero pensar que es verdad. Por eso cada mañana, al despertar, busco pétalos entre mis sábanas.
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    187 Ilyria Su secreto. Es extrañodescubrir al muchacho tras la máscara, pero no puedo evitar pensar que me gusta hacerlo. Ahora que lo miro mejor me parece ver a alguien que simplemente no ha tenido suerte. Que no ha tenido, de ningún modo, lo que podría merecerse. No me parece tan incomprensible de pronto su manera de tratar a los demás. Entiendo que no solo tiene que ver con su función en este mundo, sino que es algo mucho más allá. Cuando se permitió amar, cogieron su corazón entre las manos y lo tiraron sin pesar a un lado. Un juguete. Me pregunto quién habrá sido esa mujer, mientras caminamos en silencio. ¿No debían ser todas las damas victorianas castas y puras? Es injusto para él. Y muy cruel. Por otro lado, yo misma me siento un poco azorada. ¿A qué ha venido mi ataque de sinceridad? A ojos del mundo, Ilyria Blackwood no cree en el amor ni en sus falsas fantasías. Tampoco en sus cuentos, en sus supuestos finales felices. Yo, para todos los que conozco, lo veo desde el punto de vista frívolo: es solo una distracción. Una distracción que, si tienes mala suerte, duele. Solo puede acarrear problemas. O eso es lo que digo. Marcus, sin pretenderlo, ha conseguido arrancarme lo que de verdad pienso. Esa esperanza de niña pequeña, por mucho que él diga que no cree que sea un pensamiento infantil. Sé que lo es. ¿Amor verdadero? En mi mundo, en mi época, no existe tal cosa. Al menos, la gente ya no cree en ello. Aunque claro, ¿es algo extraño? Nadie cree ya en la magia. Si Barrie llevara razón en su novela y las hadas murieran con cada persona que no cree en ellas… mi mundo habría acabado con todas. Quizá por eso yo misma he fingido siempre que no me importaban esas cosas. Como la que más he fantaseado con historias de romances, pero siempre ligada a la realidad. Así que ahora que, precisamente, todo lo que conocía por “real” se ha desmoronado bajo
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    188 mis pies, ¿porqué no voy a ser sincera conmigo misma? O con el conde. Si él cree en hadas que llevan deseos a los corazones de la gente, yo también quiero creer en mi pedacito de magia. Creer que, en alguna parte, en algún momento, estará él. La persona que es solo y únicamente para mí. La que el Destino habrá puesto caprichosamente en el lugar y el segundo exactos para que todo sea, sencillamente, como tiene que ser. Sacudo la cabeza, apartando esos pensamientos de mi mente. El cielo clarea, así que soy consciente de que nuestra noche de primavera se ha acabado. La calidez de Marcus aún me recibe a través de su chaqueta. No se ha quejado en todo nuestro paseo, aunque me he atrevido a cogerle confiadamente la mano. Le doy un apretón, como si quisiera saber si realmente siente mi agarre a través de los guantes. Él, en lo que me parece una acción inconsciente, responde. Se me escapa una sonrisa, aunque no creo que él pueda verla, porque escondo mi rostro en la manga de su chaqueta. Dejo caer los párpados durante un segundo. Supongo que estoy un poco cansada. La noche de ayer, con sus mil interrogantes al principio y sus mundos convertidos en palabras después, pasó sin más que un par de horas de sueño para mí. Intuyo que esta noche ocurrirá lo mismo. Pese a eso, no consigo sentirme insatisfecha. Me gusta pasear del brazo del conde y poder atender disimuladamente a la ciudad fantasma que se extiende a mi alrededor. Me parece ahora diferente al día en que llegué y me escapé obstinadamente. Aquel día, Amyas me pareció cruel. En este momento, con la niebla agazapándose y el rocío naciendo en cada rincón que se va descubriendo de sombras, me doy cuenta de que es hermosa. Suspiro hondamente. Mi dedo pulgar, inconscientemente, acaricia el dorso de la mano de mi acompañante. O, mejor dicho… su guante. De nuevo, aunque sé que el tema le molesta en demasía (detalle que no hace más que incrementar mi curiosidad), me asalta la duda sobre esa prenda y su manía por llevarla en todo momento. Lo miro de
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    189 soslayo, entornando losojos. Hasta ahora se ha confiado conmigo. Al menos, parece más relajado. ¿Qué pierdo por volver a insistir en esa pregunta? —¿Marcus? El chico baja la vista hacia mí. Su gesto está tranquilo, aunque él también se ha quedado pensativo durante nuestro silencio. Quizá en su cabeza aún rememoraba el fantasma de quien lo hizo sufrir. Bueno, al menos, si así es, apartaré esa herida de su mente. —¿Sí? Hay un pequeño vacile que se cubre con el manto del silencio. Se alarga solo durante un segundo. Alzo la mirada a sus ojos y lo observo entre las pestañas. —Dime, ¿qué es? ¿Qué escondes bajo los guantes? Algo se rompe. Aunque no es algo que pueda escucharse ni verse, lo siento. Cuando se tensa y se detiene, sé que he hecho mal. Que su secreto, sea cual sea, es lo suficientemente incómodo o doloroso como para superar incluso los recuerdos de esa mujer. Trago saliva, pero antes de que pueda decir nada, su mano se pierde. Mis dedos quedan desanclados de los suyos y mi cuerpo entero parece tiritar de frío cuando se aleja un paso de mí. Frunzo un poco el ceño, abriendo y cerrando el puño en un intento de no sentir esa zona tan extrañamente vacía. De pronto, entre nosotros se ha abierto una distancia que nada tiene que ver con lo físico. El Marcus que he conseguido descifrar tras la máscara se agazapa tras su mirada. —Es hora de volver a casa. Pronto saldrá el sol. Y Charlotte no nos dará tregua hoy. Yo entorno los ojos, suspicaz. —No puede ser realmente tan terrible, Marcus Abberlain. ¿Cuál es tu gran secreto, para que quieras defenderlo a toda costa?
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    190 Siento su miradaclavada en mí, pero solo es un segundo y solo me observa de reojo. Al instante siguiente se da la vuelta y me permite ver su espalda cubierta por la chaqueta. Aprieto los labios profundamente ofendida por ese gesto. —No importa en realidad, porque es solamente mío y así debe seguir. —Su voz se me antoja repentinamente fría, como si hubiera vuelto a ser el hombre que me miró de arriba abajo y me insinuaba que no era nada de lo que él quería en su casa—. Seamos justos: a ti te da igual. Mañana volveré a la búsqueda de tu libro. Y cuando lo encuentre, que lo haré, tú te marcharás de aquí. Dejemos que todo esto quede como un extraño sueño. Vamos. Ahora sí me parece escuchar. Es como el sonido del cristal rompiéndose. Seco pero reverberante. Mis labios se separan ligeramente y yo observo a Marcus con los ojos un poco más abiertos. Me está echando. No es solo una impresión. En sus palabras hay un implícito “te irás” y el encubierto deseo de que lo haga. De que me marche para dejar de rondar a su alrededor con mis preguntas indiscretas y mis formas incorrectas. —Quieres que me vaya —murmuro bajito. «No te importa. Eso está bien. Tú también quieres irte. Ahora podrás agarrarte a eso. Ahora que sabes que nadie espera que te quedes, ellos no tienen por qué importarte». Una parte de mí espera que no llegue su respuesta. Esa parte a la que le gusta estar aquí. La que se siente cómoda fingiendo ser parte de una familia de verdad, sin fisuras. La parte que ha pensado que quizá podría volver… No obstante, su contestación nace para herir a esa parte de muerte. —Este no es tu lugar. Allá están tu hogar y tu librería y la vida que quieres recobrar. Ni siquiera puedes salir de mi casa en pleno día. Tomo aire. De nuevo esa sensación. Pensé que me había conseguido librar de esa presión en las costillas. Al reclamar oxígeno, el corsé se me clava y me siento aún más
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    191 aprisionada. “Este noes tu lugar”. Ni siquiera he podido escuchar realmente todo lo demás. La primera frase ha sido certera, tan sencilla y con tanta realidad. El viento, al acariciarnos, trae en su seno el gemido de dolor de un hada. Entiendo repentinamente que no habrá deseos cuando me vaya a dormir. «Tiene razón», comenta esa parte que está segura de que lo correcto es volver y olvidar. La otra ni siquiera es capaz de responderle, porque no se siente con fuerzas para hablar. “Este no es tu lugar”. De sus labios, la frase suena más sentenciadora, más firme de lo que yo misma he sonado en estos tres días, convenciéndome de que recuperaría mi paz en cuanto Marcus encontrase mi libro. Bajo la vista al suelo, fijando los ojos en los adoquines. ¿Por qué siento algo quejarse en mi interior? Algo que protesta y gimotea, como si me quisiera decir que eso no es cierto. Que en este mundo quizá esté, precisamente, el hogar que no conseguí encontrar en el mío. No escucho. En cambio, frunzo los labios. Es cierto. No es mi lugar. Ellos no son mi familia. Aquí no tengo mi preciada libertad. —Tienes razón —aseguro con más tranquilidad de la que en realidad siento. Me adelanto, pasando por su lado. Nuestros brazos se rozan al hacerlo, pero yo no vuelvo a tocarlo. Mi mano se queda enredada a la falda. Mis ojos no van a buscarle. Como la desconocida que debo ser, ni siquiera lo espero cuando echo a andar de vuelta a casa—. Ojalá encuentres pronto ese libro. Entonces, por fin, desapareceré. El viento, anunciando un montón de pétalos marchitos, sopla para llevarse mi verdad entre sus brazos. *** Amanece al fin.
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    192 Ya hemos llegadopara cuando lo hace y cada uno nos hemos refugiado en nuestro propio rincón. Me he negado a ir a dormir, aunque Marcus me ha deseado, sin hacerlo realmente, dulces sueños. Con un escueto “igualmente”, no me he dignado siquiera a subir las escaleras. Me he metido en silencio en la salita y después me he encerrado en mi único y verdadero santuario en esa casa. La sala de música es el lugar del que me he hecho dueña, incluso sin ser este mi verdadero hogar. Me encantaría tocar ahora, pero la casa aún duerme. Quizá cuando todos despierten yo me enfrasque en las notas para olvidar, para navegar entre sus sonidos y perderme en ellos. Así, al menos, no tendré que responder preguntas ni enfrentarme a Lottie y a su emoción. Hoy es su cumpleaños. Esperaba que fuese un día feliz para todos, uno en el que pudiera respirarse la paz de la tarde de picnic. No obstante, ahora no puedo pensar en celebraciones ni en fiestas. No puedo pensar en nada que no sean las palabras del conde… y la verdad que llevan impresa. Me estremezco un poco, pero sacudo la cabeza. No. No quiero pensar. Me levanto del taburete y me acerco a la cortina de la habitación. Me acuclillo. Ahí, escondida, he dejado una carpeta con folios. La abro con cuidado. Mi regalo para Lottie está, aún a esas horas, inconcluso. La tarde anterior me di cuenta de que no podía simplemente no regalarle nada. También fui consciente, no obstante, de que no tenía dinero de este mundo para comprarle ningún detalle que pudiera gustarle. Así que se me ocurrió que le regalaría lo único que solo yo podía darle: música. La canción compuesta para ella me recibe con sus notas impresas en el papel. No tiene letra, sino que es solo una melodía. Quizá algún día pueda tocarla ella misma. Quizá Marcus se case con una de esas señoritas obligadas a aprender el arte del piano y ella la toque para la que entonces será su hija. Ese pensamiento no me agrada. Imaginar a otra mujer que no sea yo tocando para ella, especialmente esa canción, me provoca un
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    193 sentimiento de rabiaque no quiero admitir, pero que existe. No. Lottie aprenderá y entonces, cuando toque esa partitura, tendrá algo por lo que acordarse de mí. Algo, espero, feliz. Con ese pensamiento cojo pluma y tinta, robada del despacho de Marcus, y me dispongo a terminar mi regalo, mi canción. Puede que no sea la más hermosa. Puede que ni siquiera deje asomar pizca de talento alguno. Pero si algo puedo asegurar es que está hecha con cariño. En ella van recuerdos de tres días. En ella, como una llamada a esos pétalos que sé que no van a cumplirse, van todas las cosas que la niña ha imaginado conmigo. Será, llegado el momento, lo único que las dos tengamos, aún en mundos diferentes: ella se quedará con la única copia, pero en mi cabeza está grabada cada nota, cada pulso… En mi mente, la melodía será la que acompañe a los pocos recuerdos que tenga de esta estancia. Termino. Acaba con sencillez, como si no pudiera ser de otra manera. Suspiro y suelto la pluma. Bajo la vista. Cruzo los brazos sobre la tapa del piano, cubriendo así la partitura con ellos. Siento los ojos nublados, pero me convenzo de que eso es solo causa del cansancio. Con la mano manchada de tinta y la última nota sonando solo en mi pensamiento, los sueños pasan a recogerme.
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    194 Marcus Rowan. —Era de tuabuela. Estoy seguro de que a ella le hubiera gustado que te lo diera. Charlotte observa incrédula el contenido de la caja que descansa sobre su regazo. —¿De verdad es para mí…? Asiento distraído. Estamos solos en su habitación. Ella aún tiene las piernas enredadas en las sábanas, pero yo me he negado a dormir. Una parte de mí, al menos, lo ha hecho. En cuando me tumbé en la cama supe que no iba a ser capaz de pegar ojo, con las palabras que dije sabiendo amargas en mi boca, por lo que me levanté y esperé a una hora prudente para despertar a la cumpleañera. Su regalo, un regalo de mayores, le causa una satisfacción que no esconde. Acaricia el camafeo con los dedos desnudos y se mordisquea el labio. —¿Me lo pones? Yo obedezco. La joya se posa sobre su pecho y parece respirar con ella. Se levanta de un salto del colchón y corre hasta el tocador de madera clara. Su imagen le devuelve la mirada desde el espejo ovalado. Algún día será una mujer hermosa, con sus grandes ojos verdes y sus cabellos oscuros como las alas de los cuervos. Por el momento, sin embargo, sigue siendo una niña a la que hay que cuidar. Mi niña. Sonrío un poco ante su emoción. Su rostro parece brillar, blanco y reluciente como la porcelana. Me gustaría poder seguir haciéndola feliz, como en este instante. Sé que no es el valor del collar lo que le importa exactamente, sino lo que representa: hoy es un poco más adulta a ojos de los demás, aunque para mí siga siendo la chiquilla que encontré dormida en un rincón en sombras. —¿Crees que me hace mayor?
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    195 Me levanto yme acerco a donde está. Poso las manos sobre sus hombros delgados, sintiendo sus finos huesos bajo el camisón. Aún es frágil. Aún me necesita. —No tengas prisa en crecer, Lottie. Ya tendrás luego tiempo de echarlo de menos. Su reflejo en el espejo me mira y me sonríe. Me deja desarmado. Sacudo la cabeza y sé que ya no puedo imaginarme el mundo sin ella. La señorita Blackwood se marchará y yo sobreviviré. Si fuera Charlotte la que me dejase mi agonía sería indescriptible. Beso sus cabellos y la abrazo desde atrás con fuerza, hasta que ella se queja. —Cámbiate y baja a tomar tu desayuno de cumpleaños. Tu tío estará a punto de llegar. No sé si me hace gracia que Rowan venga a pasar el día con nosotros aprovechando la celebración. Hoy no me apetece verle. Ni a él ni a nadie. Me siento frustrado y un poco enfadado no solo conmigo mismo, sino también con ella. ¿Por qué, de todos los temas, tuvo que sacar ese a la luz? ¿Por qué no pudo simplemente haber callado? Entonces nada habría sucedido y tendríamos la fiesta en paz. Ahora, por su causa, lo único que quiero es encerrarme en mi despacho y no ver a nadie. ¿Cómo voy a hacer para afrontar la noche que me espera? Suspiro hondamente y me separo de la pequeña. Yo, que me había sacado la máscara, descubro ahora que tengo que volver a ponérmela. Lottie se da cuenta de mi humor, pues se vuelve hacia mí. —¿Papá? Intento convocar mi mejor expresión de felicidad, pero cuando ella frunce el ceño sé que no ha funcionado. A veces no se la puede engañar. Lentamente su candidez y su inocencia van desapareciendo para mostrarme la joven suspicaz e inteligente que pronto será. Un par de años más y no reconoceré a mi propia hija. —¿Qué ocurre, cielo?
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    196 Ella tira demi manga y me hace agachar. Su dulce beso queda pegado a mi mejilla. Me sorprende un poco, pero también me arranca una sonrisa de verdad. ¿Cómo podría negarle algo a este ángel bajado a nuestro mundo? Su simple presencia en esta casa es un bálsamo para mi corazón. —Gracias por todo —responde en un susurro que hace temblar mi alma—. ¿Ha pasado algo? Niego, pero sé que no hay manera de engañarla ya. —No pasa nada. Se supone que las personas que cumplen años solo tienen que preocuparse por una cosa: pasarlo bien. Parece dudar, no muy segura. Mira alrededor como si esperase descubrir algún espía tras las cortinas. Tras asegurarse que nadie nos escucha me hace inclinar de nuevo hacia ella. Le cedo mi oreja ladeando la cabeza, aunque algo dentro de mí me avisa de antemano cuál será su tema de conversación. Últimamente, en realidad, no habla conmigo de otra cosa. Siento casi que intenta manipular mi mente. Que de alguna manera intenta venderme la imagen perfecta de Ilyria Blackwood. No creo poder soportarlo durante mucho más tiempo. —¿Has conseguido ya un bonito vestido de baile para Ily? Suspiro. Así que sigue con esa idea metida en la cabeza. Niego suavemente. De pronto parece escandalizada. —¡Papá! ¡Se supone que tiene que bailar contigo! Intento protestar. No me gusta tener que ser yo el que se lo diga, pero la muchacha no se puede quedar aquí. Mañana mismo pretendo que desaparezca de nuestras vidas. No voy a permitir que siga en la casa y sé que sacarla de aquí será también una liberación para ella. No habrá más preguntas, más comentarios indiscretos. Se acabarán los tuteos y las jovencitas saliendo en camisón al pasillo. Después de que haya desaparecido, de
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    197 hecho, podré recordarlacomo un personaje lejano de un libro. Borraré estos últimos días como si nada hubiera sucedido. Así funciona siempre. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez? —Charlotte… Mi explicación de la situación, de la realidad, se ve frustrada por un golpe en la puerta. Yinn se asoma y sonríe. Como la niña, él también está contento, tal vez porque tendrá ocasión de ver a Sabine en el baile de esta noche. La idea es suficiente para hacerlo saltar de alegría. Supongo que es inevitable que pronto decidan casarse. Aunque me alegro por él, hoy no puedo pensar realmente en eso. La niebla del sueño que no he dormido se posa sobre mi mente como algodón, aislando la realidad de mis pensamientos y pintándolo todo con tintes irreales. Quizá debería aprovechar este mismo instante para excusarme e ir a dormir un poco. Sin embargo, aunque me gustaría, soy consciente de que bajar los párpados supone el castigo de rememorarlo todo de nuevo. Todas las desgracias. Todas las pérdidas. —Thaýr, tu hermano ha llegado. Está en el comedor, esperando por ti y por la pequeña thàyre. Le doy las gracias y le digo que vaya en busca de Angela para que ayude a la niña con su ropa. Al tiempo que sus pasos se alejan por el pasillo, aprovecho la leve distracción para escabullirme fuera del cuarto. Cierro la puerta tras de mí. Al pasar por delante de la habitación de la señorita Blackwood no puedo evitar pensar en lo desafortunadas que fueron mis palabras la otra noche. ¿Debería disculparme? Una parte de mi mente insiste en que debería, la otra está convencida de que ninguna mentira salió de mis labios. Alzo la mano dispuesto a golpear la madera. Me arrepiento un instante después. No lo haré. Cojo aire y sigo mi camino, como ella debe seguir el suyo.
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    198 Rowan me esperadonde Yinn ha dicho, sentado en el salón, sin respetar mi sitio preferido a la cabecera de la mesa. Desde que nuestro padre no está siempre he sido yo el que ha presidido todas las comidas, día tras día. —¡Marcus! —Ha cogido mi periódico también y lo ha estado ojeando distraídamente. En el asiento que normalmente ocupa Charlotte ha dejado abandonado un paquete envuelto en papel brillante con un gran lazo de raso sobre él—. Empezaba a pensar que no bajarías nunca. ¿Dónde estabas? Intento no molestarme con él. Estoy demasiado cansado para discutir, así que me siento en la silla vacía que hay a su lado y me sirvo una taza de té con mucho azúcar. Cierro los ojos un momento. Creo que va a empezar a dolerme la cabeza en cualquier instante. —Dándole a mi hija su regalo —respondo al fin—. He mandado arreglar el camafeo de mamá. La mención es suficiente para que su rostro se contorsione. Es obvio que la idea misma le parece aberrante, pero no llega a decir nada, lo que me alegra. Hoy no importa su odio o su envidia. Lo más importante es Lottie. Que al menos ella tenga el día que se merece. Ambos guardamos silencio durante lo que a mí me parece una eternidad. Yinn entra para dejar sobre la mesa una bandeja llena del bizcocho favorito de la homenajeada. Lo oigo carraspear y adquirir un tono formal. —¿Thaýr? Me preguntaba si sabe dónde puede estar la señorita Blackwood. Me temo que no está en su cuarto… Doy un respingo y alzo la cabeza. Rowan parece repentinamente interesado y yo le lanzo una mirada reprobatoria al mayordomo. Preferiría que no la hubiera mencionado, sobre todo delante de mi hermano. Y tampoco es como si yo tuviera que saber dónde se esconde. Si no está en su habitación, puede que se haya encerrado en la sala de música
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    199 o… La ideade que haya decidido salir de casa pese a las consecuencias me abruma y me paraliza. Siento que la sangre huye de mi rostro y mis mejillas se tornan blancas. Me obligo a recuperar la calma como si nada hubiera pasado, aunque los rostros de los dos presentes me indican que la maniobra no tiene el efecto esperado. Me humedezco los labios. —¿Se la ha buscado en la sala de música? Por su mueca es obvio que no. Hace una reverencia y sale en silencio, como se espera de cualquier criado al servicio de una casa importante. Yo me remuevo incómodo en mi asiento ante la repentina mirada inquisitiva de mi familiar. Le escucho dejar la taza sobre el platillo y coger uno de los pedazos de bizcocho. —¿Quién es la señorita Blackwood? No sabía que tuvieras una nueva criada, aunque había escuchado un feo rumor… Me tenso. Mi ojos se niegan a encontrarse con los de él. —¿Rumor? No necesito alzar la cabeza para saber que asiente. —Ya sabes, la gente habla. Ha llegado a mis oídos que Simon Ílberen fue testigo de una escena bastante curiosa. Al parecer una extranjera juraba que estaba bajo tu protección, aunque no llevaba marca. Un hombre la reclamó y tú, tan generoso como siempre, se la compraste. —Hay una burla escondida en su tono de voz que intento ignorar—. Por supuesto, yo le dije que eso era imposible. Marcus Abberlain no compra muchachas que pronuncian su nombre en vano. —No sé qué puede tener de feo que digan algo así de mí. No está mal ayudar a alguien que lo necesita, ¿no crees? Solo quiero… cuidar de ella. Con suerte podrá volver a su casa.
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    200 Él arquea lascejas, limpiando unas migas de su uniforme inmaculadamente blanco. No es un color que le favorezca, teniendo en cuenta su piel también clara. Lamentablemente no parece estar dispuesto a creer ni una sola de mis palabras. —Dicen que es una chica bonita. Con carácter, por lo que tengo entendido. Al menos, luchaba bastante para que no se la llevaran. —No sé a dónde quieres llegar, Rowan. Cualquiera tendría miedo en esa situación y trataría de escapar. No todas las mujeres son mansas como ovejitas. La comparación parece hacerle gracia, pues se echa a reír. Siento el interés en sus ojos, en la sonrisa casi expectante que esboza. Quiere conocerla. ¿Le gustará ella? Probablemente, si él es amable, ella también lo será. Si no lo es, si le cae mal, lanzará comentarios mordaces y se marchará dejando a Rowan aún más embelesado de lo que está ahora cuando no la conoce. No sé si quiero que se vean las caras si él se va a encaprichar de alguna manera con ella. —¡Tito Rowan! Charlotte entra con una gran sonrisa en el rostro y mi hermano abre los brazos hacia ella. No se hace de esperar. Sus pasos de niña casi vuelan sobre las baldosas con un aleteo de encaje y lazos que dejan tras de sí borrones rosas y blancos. Él la abraza fuerte y ella besa su mejilla sonoramente, lo que hace reír a ambos. Por mi parte, yo vuelvo a centrar la atención en mi desayuno, que trago por pura inercia, sin hambre. —¡Pero si ya estás hecha toda una mujercita! Dentro de poco empezarás a romper corazones. Ella se ruboriza y se separa de él, dando una vuelta sobre sí misma para que pueda verla bien. La vista de Rowan vuela a su cuello, de donde cuelga el collar del que le he hablado. Intenta ignorarlo, pero sé que no es capaz simplemente de apartar la mirada. Le
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    201 cuesta toda sufuerza de voluntad. Lottie va a sentarse cuando ve la caja sobre su silla y deja escapar una exclamación. —¿Qué es esto? —Pregunta, aunque es más que obvio que sabe la respuesta. Sus manos se aferran a su propia falda, impacientes ya por desenvolver el secreto. —¿Qué podrá ser? Creo que hay un papelito sujeto al lazo, ¿por qué no lo lees? La pequeña no se hace de rogar. Se humedece los labios y toma el papel rápidamente. Como el paquete aún está sobre su asiento decide apoyarse contra su tío, que la abraza de tal manera que tiene una vista privilegiada de la nota. Yo acudo a toda la escena sin palabras, como si fuera un espectador no invitado. El sentimiento de desplazamiento, de lejanía, me hace sentir extrañamente incómodo, como si de pronto esa no fuera ya mi familia. Quizá después de todo sea un desconocido también para ellos. Aparto mi plato y mi taza y los observo con los brazos cruzados sobre el pecho, la espalda contra el respaldo. Las palabras escritas para ella hacen reír a Lottie y arrancan una sonrisa a los labios de Rowan. Sea cual sea la broma, yo quedo al margen porque ninguno me la dice. Siento el enfado royéndome las entrañas, los celos, pero no lo manifiesto. No tengo derecho alguno a hacerlo. Así que simplemente observo cómo ella se levanta y empieza a deshacer el envoltorio con obvio deleite. La caja se abre y el blanco pulcro de la tela nos saluda. —¡Es preciosa! —Digna solo de una Abberlain. Al principio no entiendo esas palabras, pero pronto veo a qué se refiere mi hermano. La empuñadura de la sombrilla que Lottie sostiene tiene la forma del águila, a imitación de mi bastón. Aunque es un parasol hermoso, con sus bordes de puntilla, perfectamente digno de una señorita, hay algo en él que no me gusta.
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    202 —Eres muy amable,Rowan, pero no tenías que haberte molestado. Le compré una hace tan solo un mes. Mi hermano me dedica una sonrisa ladina y sus ojos destellan divertidos. —Intentaré olvidar que eso no suena realmente a un agradecimiento. De todas formas, ésta no es una sombrilla normal. Guarda un secreto. La boca de mi hija se entreabre. De pronto veo en sus ojos la misma curiosidad que llevo viendo en la mirada de Ilyria desde que llegó. Se gira hacia su tío. —¿Qué secreto? Él ríe encantado por haber despertado su atención. —Tendrás que descubrirlo tú misma. Encantada, Charlotte se echa a reír, pero ante mi mirada severa, que le advierte que ya tendrá tiempo más tarde, aparta todo de su silla y se sienta al lado de mi hermano, tras lo que se pone a hablar con él. Intenta sonsacarle el misterio, aunque sé que Rowan no dirá nada. Sus palabras me llegan lejanas, como si en vez de una mesa nos separara un abismo. La presencia de mi hermano me incomoda. Desearía poder levantarme de mi asiento y refugiarme en mi despacho. ¿Dónde se ha metido la señorita Blackwood? Como si mis pensamientos hubieran traspasado el velo de mi mente y se hubieran convertido en realidad, su nombre se hace eco en la mesa. Nuestro invitado ha preguntado por ella y Lottie no se hace de rogar al contestarle con todo lujo de detalles. Quién es, de dónde viene y lo mucho que le gusta tenerla en casa. —Me ha empezado a enseñar a tocar el piano. ¡Dice que algún día puedo convertirme en una gran pianista, si me esfuerzo! Y el otro día hicimos un picnic en el jardín. Normalmente se hacen en bosques o prados, pero como ella no puede salir de la casa
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    203 nos sentamos bajoel manzano —concluye, dándole más información a su interlocutor de lo que yo habría deseado. —Suena como si fuera una muchacha de lo más interesante —aprueba mi hermano, a pesar de que no me gusta el tono de su voz—. ¿Y dónde está ahora, si puede saberse? Después de ese catálogo de virtudes que me has expuesto, esperaba que desayunara con nosotros. Charlotte mira alrededor, como si no se hubiera dado cuenta hasta ese momento de que no está en la sala. —A lo mejor sigue durmiendo. ¡Pero vendrá, porque tiene que felicitarme! Y también vendrá esta noche a la fiesta y bailará con papá. Mi corazón da un vuelco. Por mucha ilusión que a mi hija le haga no puedo complacer ese capricho. Las palabras de esa misma madrugada vuelven a mí con incluso más fuerza que en el momento en que las dije, lacerándome la mente y el corazón. He sido cruel. Ella me odia ahora, lo sé. Y aunque deseo que acepte que debe irse, tampoco quiero que se lleve ese mal recuerdo de mí. No quiero que piense en el daño que le hice una vez esté de vuelta en su mundo. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que hacer esa pregunta, de todas? Cojo aire y lo suelto en un gran suspiro. Los pasos que entran en la estancia me distraen de mis pensamientos. Ilyria está bajo el dintel, detenida, ataviada de nuevo con el vestido azul del primer día. Observa la escena con obvia curiosidad. Sé que la sonrisa que ha compuesto no es real, que solo lo hace para complacer a su nueva amiga. —¡Ily! Charlotte se levanta y corre hasta ella para abrazarla con tanto afecto que la culpa se vuelve insoportable. Le echa los brazos alrededor de la cintura y apoya su cabeza contra su pecho. Ella le devuelve el gesto apretándola contra sí.
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    204 —Feliz cumpleaños, princesa. Seinclina y deja un beso sobre su frente. Es una caricia de verdad, sincera, como si estuviera plantando en su mente todos los buenos pensamientos y los sueños más felices del mundo. Yo aparto la mirada, para así no ver la sonrisa amplia en los labios de la niña, aunque escucho su risa y el susurro de la tela de su vestido. La arrastra consigo y la hace sentar a su lado como en los últimos días. —Este es mi tío Rowan, Ily. El aludido se ha puesto en pie como un verdadero caballero. Hace una inclinación de cabeza, aunque es más que obvio que escruta la figura de mi protegida. ¿También él se fijará en los destellos de oro entre sus cabellos castaños, en los ojos oscuros y las manos nerviosas? En la bonita curva de sus mejillas, tan tiernas, y en su barbilla erguida con una pizca de orgullo… —Así que esta es la famosa señorita Blackwood… Es un honor conocer a la mujer que se ha hecho un lugar en esta casa. —Ilyria se tensa ante el comentario pero no dice nada, aparte de hacer una inclinación de cabeza antes de sentarse—. Y que ha conseguido ganarse el corazón de mi sobrina y el interés de mi hermano, claro. —Él mismo se sienta—. He oído hablar tanto y tan bien de usted que pensé que tendría que ser una fantasía. Ella no contesta y yo me alegro de que sea así. No soportaría escuchar su risa y sus comentarios atrevidos mientras habla con él. En lugar de eso atiende a Lottie, que le muestra su collar nuevo y su sombrilla blanca que, presume, tiene un secreto que no le va a contar. Sacudo la cabeza y me levanto. —Si me disculpáis…
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    205 Rowan me mirasuspicaz. Charlotte frunce el ceño, triste por ser abandonada en su desayuno de cumpleaños. La extranjera ni siquiera me mira, concentrada en recorrer con el dedo la talla del águila de la sombrilla. —No irás a trabajar hoy, ¿verdad? Es el cumpleaños de tu hija. Seguro que esos escritores que no tienen dinero para pagarse la publicación de sus propios libros pueden esperar —apunta Rowan. Aprieto los labios por su atrevido comentario, pero no se lo echo en cara. Niego con la cabeza. Cuando hablo es a Lottie a quien miro, a nadie más. —Tengo que hacer un recado. Estoy seguro de que sabrás perdonarme un par de horas. Te dejo en buena compañía. Ella parece saber qué me traigo entre manos casi de inmediato. La veo sonreír ampliamente y dar palmas un par de veces como si pudiera leerme la mente y le pareciese la idea más maravillosa del mundo. —¿No puedo ir contigo? Compongo una sonrisa solo para ella que pueda entender como una negación. No es tan forzada como habría esperado: su felicidad siempre me recuerda que estoy haciendo lo correcto. —Tendrás que fiarte de mi gusto. Charlotte ríe, agradada, y yo me dirijo a la puerta. Las miradas de Rowan e Ilyria me siguen y yo no sé cuál se clava con más intensidad.
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    206 Ilyria La canción entredos mundos. Yinn me ha despertado sin consideración, alejando los sueños de mi cabeza. Me ha parecido un acto sumamente cruel. En ese mundo de ilusiones al que me había escapado no había ni problemas ni dolor. No había nada más que quimeras irreales. Aún si hubiera sido una pesadilla habría estado bien. Al menos no tendría que escapar de él. Lo observo salir por el rabillo del ojo, aunque pronto devuelvo la vista hacia la sombrilla. Él también huye. Eso lo hará, definitivamente, más sencillo. Me he decidido a no hablarle. A no hablar, en realidad, con nadie. Solo con el pequeño ángel que hoy tiene que ser más feliz que nunca. No seré yo, e intuyo que tampoco será su padre, quien le amargue la fiesta. Me comportaré correctamente y haré realidad todos los caprichos de la niña. Todos, por supuesto, menos uno. La idea de bailar con el conde, aunque no puedo negar que al principio me pareció divertida, es desechada inmediatamente. Ni siquiera sé bailar tan bien esos bailes, así que eso me eximirá de cualquier culpa. Llegado el momento, cuando ella suplique, yo admitiré mi falta de educación en ese ámbito. Incluso Lottie, con su obstinación, tendrá que entenderlo. Nada de cuadrilla aparte de lo visto en películas y que naturalmente no he aprendido. ¿Vals? Sí, tengo recuerdos difusos de mi madre enseñándome lo básico. Un, dos, tres; un, dos, tres. Es un ritmo sencillo y repetitivo. El baile, por tanto, también. —¿Ilyria? Doy un respingo y miro a Charlotte, apartando la mirada de su regalo. Parpadeo como si me hubiera sacado repentinamente de una ensoñación. Ella me mira con ojos brillantes de suspicacia y curiosidad. No creo que se la pueda engañar, pero aún así sonrío y le revuelvo los cabellos con una mano. —¿Sí, princesa?
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    207 —¿Estás bien? Parecesen otro mundo. Durante un instante se me ocurre lo irónica que es una frase tan sencilla. «Estoy en otro mundo», se me ocurre contestarle. Pero sé que a mi voz asomaría la amargura y no quiero que ella se dé cuenta de eso. Medito un segundo mi respuesta. Después, de una manera distraída, me toqueteo la mejilla con aspecto pensativo. —Intentaba descifrar el misterio de la sombrilla. Estoy segura de poder hacerlo. La risa de Rowan me sobresalta. Lo observo de reojo. No me he fijado demasiado en él, quizá por el simple hecho de que no quiero tener contacto con nadie más. Lo último que podría desear ahora es crear lazos con más gente. Me niego en rotundo a tal cosa. No obstante, lo miro por simple curiosidad. El parecido con su hermano es más que notable, pues sus cabellos son del mismo color cobrizo, de la tonalidad de las hojas en otoño. Parece un par de años más joven que él. También hay elegancia en sus rasgos, pero me parece diferente. Aunque su porte es orgulloso, su expresión es relajada, mucho más tranquila que la que suele tener Marcus. Definitivamente se me antoja más jovial, más calmado. Pueden parecerse físicamente, pero algo me dice que deben ser completamente opuestos en carácter. Por ejemplo, el conde nunca se ha atrevido a mirarme con el descaro y la sonrisa con la que lo hace él. Lo que más me llama la atención, sin embargo, es su mirada: uno de sus ojos es del mismo color irreal que tienen los de su familiar, morado. No obstante, el otro, aunque lo esperable es que sea igual, destella con el tono azul del cielo. —¿Y por qué cree estar tan segura, señorita Blackwood? —Ilyria —lo corrijo suavemente. Estoy harta de que me traten de usted. Él, al menos, no parece que vaya a poner tantas pegas como parecía tener Marcus al respecto. Maldigo para mí misma al darme cuenta de que no estoy haciendo otra cosa que compararlos y, por tanto, atraer a mi cabeza su recuerdo. Ahora que ya no está en la
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    208 estancia debería sentirmelibre de él. ¿Por qué, entonces, sigo igual de anclada?—. Y creo que no es realmente complicado. La talla misma es una pista, ¿no es cierto? Es la misma que la del bastón de Marcus… Charlotte me mira con expectación y sé que se le han olvidado sus preguntas o sus sensaciones sobre mi estado anímico. Es fácil hacerla feliz. Eso me arranca una sonrisa de verdad. Como a mí, es sencillo hacerla olvidar si llamas a su curiosidad incesable. Alguien debería enseñarle, sin embargo, que la curiosidad mató al gato. Mi error de anoche me viene repentinamente a la mente, pero lo bloqueo antes de que pueda martirizarme. No quiero pensar en algo así. No ahora. Rowan, por su parte, se echa hacia delante en su asiento y me observa, parece que francamente interesado. —Vaya, Ilyria. Parece que te he subestimado. Quizá sí que seas capaz de desentrañar mi pequeña adivinanza. Se me escapa una sonrisa casi orgullosa. Lottie parece inquieta, con los ojos muy abiertos. Mira a su tío y luego a mí. —¿Qué? ¡Yo quiero saber! Vamos, Ily, vamos. Di: ¿qué es? Sonrío con algo más seguridad ante su emoción y le revuelvo los cortos cabellos suavemente. Miro a su tío alzando las cejas. —A su padre no le va a gustar. —Si tomase mis decisiones teniendo en cuenta lo que pensase mi hermano, ahora ni siquiera estaría sentado a esta mesa, sino amargado en un rincón —responde con total sencillez. Entreabro los labios, casi incrédula, pero pronto los aprieto y aparto la cara… para poder echarme a reír. Es una risa sincera, que le agradezco porque es la primera que emito desde que ha salido el sol.
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    209 —Amén —sentencio conun golpe de cabeza. Charlotte tira de la falda de mi vestido con seguridad pero con sutileza, para llamar mi atención. La miro y río—. Está bien, está bien. —Hago un ademán despreocupado en el aire—. Hay una espada dentro — miro a Rowan de reojo con una sonrisa orgullosa—. ¿Me equivoco? El chico alza las cejas en respuesta. Reconozco una pizca de diversión en sus ojos. Su mirada va a fijarse en nuestra pequeña cumpleañera, que ha separado mucho los párpados. —Parece que tu profesora sabe algo más que tocar el piano y hacer picnics en el jardín —comenta. Lottie se fija en él y mira la sombrilla después. —¿Entonces es verdad? —Exclama emocionada. Rowan solo asiente ligeramente. Yo repaso el contorno de la sombrilla, rozando la cabeza del águila con las puntas de los dedos. Me humedezco los labios. Sé que a Marcus no le gustaría esto. La idea de desafiarle de alguna manera, de tentarle a que me reproche algo, me seduce. Más razones para odiarlo. De ese modo, finalmente encuentro el mecanismo. Hay un pequeño clic y cuando tiro de la sombrilla con una mano, el mango del águila queda en la otra. Sonrío encantada. Entre mis dedos queda un estilete fino, elegante, no demasiado largo. Naturalmente, no puede serlo para caber en el pequeño complemento. No obstante me parece, durante un segundo, verdaderamente letal. Lottie da un gritito, emocionada. No me parece que sea un regalo adecuado para una niña, pero a mí misma me encanta. Además, ¿no era Rowan un militar? Supongo que un presente así es comprensible. La joven extiende las manos para coger su parasol entre los dedos con un suspiro de satisfacción. —¡Me encanta! —Exclama eufórica.
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    210 —Es preciosa, realmente—digo dándole la razón con un golpe de cabeza—. Aunque deberías esconderla de tu padre. —Dejo los ojos en blanco—. Es capaz de confiscártela. Dirá algo así como que las espadas no son un instrumento adecuado para una dama. Mejor que siga pensando que es una encantadora, femenina e inservible sombrilla. —Oh, en realidad creo que Marcus ya lo sabe... —comenta Rowan. Lo miro ladeando la cabeza—. No se le escapa una. Lo que debe hacer es fingir que no conoce el secreto, que es diferente. Si él piensa que no tiene ni idea de lo que esconde mi regalo, mejor que mejor. Río por lo bajo. Por fin alguien simpático, gracias al cielo. Un noble que no parece preocuparse de las formas y lo correcto. A lo mejor Marcus tenía razón y este mundo no está tan arraigado a las normas y al protocolo como parece. Sonrío, asintiendo, y miro a la pequeña. —Ya has oído a tu tío. Haz caso. Charlotte ríe y mete la espada en la sombrilla, que sisea al verse oculta de nuevo en su pequeño escondrijo. Abraza su regalo contra su pecho y parpadea, tan adorable como siempre, con una sonrisa infantil. —Será nuestro secreto. Tanto Rowan como yo reímos, divertidos. Asentimos firmemente, de acuerdo con ella. La niña mira a su tío ladeando la cabeza, aún abrazando su regalo. —¿Te vas a quedar hasta la noche, tito Rowan? —Por supuesto —responde él diligentemente—. Por hoy, soy todo tuyo. Veo a Charlotte emocionada con la noticia. Deja la sombrilla y corre a abrazarle, encantada. Debe quererlo mucho. A mí, no obstante, la idea de que él esté allí no termina de gustarme. Lo cierto es que esperaba que se marchase en algún momento. Así podría enseñarle la canción a la niña, darle su regalo. Pero habiendo otra persona…
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    211 Nunca me hagustado tocar en público. Me hace sentirme descubierta, desnuda y avergonzada. Cuando alguien me halla tocando, siento toda mi alma al descubierto. Eso, de alguna manera, me provoca un sentimiento de indefensión que no me gusta. Me mordisqueo el labio. Miro de reojo a la niña, tomando distraídamente una tostada. Atiende con ojos muy abiertos a lo que Rowan le cuenta sobre el palacio, sobre las damas y Su Majestad… ¿Su Majestad Victoria, ha dicho? Parpadeo. —¿Victoria? ¿Vuestra reina se llama Victoria? Los dos alzan la mirada a la vez. Yo me ruborizo, sabiendo que he capturado de nuevo la atención sin pretenderlo. —¡Claro, Ilyria! ¿Cómo si no? Enrojezco algo más ante mi ignorancia. Supongo que tiene sentido. Todo en este mundo parece acorde a la brillante época victoriana en el mío. No esperaba, ciertamente, que incluso la reina pudiera coincidir. De nuevo me siento como si solo hubiera retrocedido atrás en el tiempo en vez de acabar en una dimensión diferente. No doy parte de mis pensamientos, sin embargo. —Perdón. No lo sabía. Solo me ha sorprendido. Rowan sonríe. —Deberías informarte un poco más sobre este mundo, si vas a quedarte mucho. Doy un respingo y lo miro repentinamente tensa. Aprieto los labios y coloco un mechón de mis cabellos tras la oreja en un ademán despreocupado. Me llevo la taza de té a los labios como si nada hubiera pasado. —No es mi plan quedarme en este mundo. No sé decir cómo influye la noticia sobre él, pero sí intuyo que Lottie está decepcionada. Lo veo en sus ojos, en el fruncir leve de sus labios. No obstante, de pronto, sonríe. Sus palabras duelen más de lo que dolieron las de su padre anoche:
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    212 —¡Pero volverá! Latido. Firme,sordo. Tomo aire con algo de dificultad, pero no alzo la mirada. Por un momento pienso en decir la verdad: «No lo haré. Me marcharé y me encargaré de destruir ese libro. No volveré a saber nada de este mundo. Nada de vosotros. Y vosotros, nada podréis saber de mí». Sin embargo… no me sale la voz. No puedo decirle eso. No ahora. No hoy. Es su cumpleaños. Hoy solo puede ser feliz. Si mi pequeña mentira va a ayudar a eso, que así sea. —¿De veras? Levanto la mirada. Rowan parece interesado. Yo titubeo, pero asiento un poco, encogiéndome de hombros. No llego a decirlo en alto, como si de mi garganta no pudieran salir más mentiras. —¿No es genial, tito Rowan? —Repentinamente, la pequeña salta del regazo de su tío y viene a abrazarme a mí. Siento un nudo en el estómago, pero intento pasarlo desapercibido—. ¡Ilyria será algo así como mi mamá! Golpe. Me arrebata la respiración y me arranca un jadeo. Yo abrazo a la niña en respuesta, mirándola con los ojos muy abiertos. ¿Ser como su madre, ha dicho? ¿Yo? Me encojo un poco sobre mí misma, pero escondo la cara en el cuello de Lottie con la excusa de estrecharla entre mis brazos y darle un beso en la mejilla. ¿Qué pasaría con su verdadera madre? ¿Quién sería? ¿Habla solo por la necesidad de tener una madre de verdad? Me doy cuenta de que ni siquiera sé cómo llegó a esta casa, ni nada de su vida antes de que Marcus la adoptase. Repentinamente me siento perdida y confundida. He empalidecido, lo sé. Y pese a eso… ¿Qué es esa calidez que se ha instalado en mi pecho? Que arranca un latido de más a mi corazón. Que acelera el pulso. Me veo de pronto arrastrada por una marea que no había imaginado. Un torbellino de sentimientos se arremolinan dentro de mi cuerpo,
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    213 dejándolo cansado ysin saber a qué agarrarse. Por un lado la culpa. La mentira. El saber que no puede ser cierto. Las madres no abandonan a sus hijos. No, al menos, las buenas madres. Y yo voy a hacerlo. Cuando encuentre mi libro la dejaré sin mirar atrás. No me despediré, porque sé que no podría soportar ver el desengaño en sus ojos verdes. Decirle “adiós” me rompería por dentro. No obstante, por otro lado… emoción. Nace en mi corazón y se extiende como un temblor por todo mi cuerpo. La abrazo algo más fuerte y parpadeo. ¿Por qué se me nubla la mirada? ¿Por qué me escuecen tanto los ojos? No puedo explicarlo. Sé que no lo ha pretendido, que quizá su frase solo ha sido una manera de hablar. Sin embargo, la idea de que me vea como tal, de que me imagine como algo más que su profesora… Que me vea como su familia me hace sonreír. Es una sonrisa temblorosa, insegura. ¿Quién no querría una hija como ella? Una niña que te abraza tan fuerte, que te mira con grandes ojos ansiosos de conocimiento. Una pequeña que parece ser feliz sencillamente con un beso en la frente o una tarde en el jardín. «Elimina ese pensamiento de tu mente en este instante, Ilyria Blackwood», sugiere la voz de la razón. «Olvida incluso lo que ha dicho ella. Borra esa frase de tu memoria. Solo eres una desconocida. Una extranjera. Alguien que está de paso. No vas a quedarte. No vas a volver. No eres su madre. No eres su familia. Nunca lo serás». Aprieto los labios y la estrecho algo más fuerte entre mis brazos. No lo soy. Nunca lo seré. Pero mientras ella lo sueñe, quizás a mí también me gustará hacerlo. *** Al fin me he decidido a darle su regalo. Cuando hemos terminado de desayunar, algo titubeante le he sugerido acompañarme a la sala de música. Le he pedido a Rowan que no nos acompañe, explicándole en un
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    214 susurro que megustaría que estuviéramos solas en ese momento. Él, aunque me ha mirado indescifrablemente, no ha puesto pegas. Nos ha dejado marchar sin protestas. De modo que aquí estoy. He tocado en mil conciertos, delante de innumerables personas… y ahora me siento más nerviosa que nunca ante la mera y simple presencia de una niña pequeña. ¿Qué hago si no le gusta? Dejo que se siente en el taburete y voy en busca de la carpeta. Mi talento como compositora no es tal. Seguro que hay alguna nota fuera de su lugar. Un sonido que no debería existir. Puedo equivocarme al tocar, aunque en mi memoria están grabadas a fuego todas y cada una de las notas, cada tono, cada pulso, cada clave. Cojo aire y vuelvo a su lado. Casi siento mis manos temblar. —¿Ily? —Pregunta Lottie con suavidad. Con cariño. Con su sonrisa dulce, tan inocente—. ¿Pasa algo? La miro entre las pestañas. Se me ocurre que yo parezco la niña y ella la adulta ahora mismo. Me ruborizo, pero le tiendo con cuidado la carpeta. —Feliz cumpleaños. Charlotte parpadea. Todo en ella parece puro, sencillamente incorrupto. También ese gesto de sorpresa y el brillo en los ojos que ocupa su mirada después. Sonrío un poco. Al menos, está emocionada. Feliz. Me gusta pensar que puedo colaborar a ello. Que puedo darle un empujón a su sonrisa de alguna manera. —¿Un regalo? —Pregunta al tiempo que me arrebata la carpeta de las manos. Me ruborizo algo más. —Yo no… tengo nada para darte. Nada realmente físico. He venido sin… dinero y sin más posesiones que mi ropa. No he traído joyas, porque no acostumbro a llevarlas. —Le enseño las muñecas, tan descubiertas de alhajas como el cuello y las orejas—. Así que… se me ocurrió darte lo único que tengo. Creo… —bajo la voz, clavando los ojos en las teclas—. Creo que todo artista pone un poco de su alma dentro de sus creaciones.
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    215 De modo quepensé que regalándote una canción, te regalaría un pedacito de alma también. La miro de reojo, evaluando su expresión. Sonrío. Ella parece sinceramente emocionada, con los ojos brillantes. Me observa con fijeza y yo respondo a su mirada. —¿Una canción? —Murmura bajito, casi insegura—. ¿De… de verdad es para mí? — En un gesto que me coge por sorpresa abraza las partituras contra su pecho, cerrando los ojos. Se me antoja ligeramente avergonzada, con un rubor adornando sus mejillas. Se encoge sobre sí misma en una acción que delata su azoro—. Nunca nadie me había regalado algo así… Me muerdo el labio, mirándola. Me inclino sobre ella, enternecida, y beso sus cabellos. —¿Quieres escucharla? Yo ya sé la respuesta incluso antes de que Lottie sonría con ese gesto tímido y asienta efusivamente. Abraza algo más las partituras, enredando sus pequeños brazos entorno al papel hasta que este cruje. No me importa que se arruguen. Son suyas. Cojo aire. Ella me tiende los folios, pero yo niego suavemente con la cabeza. No me hacen falta. Conozco perfectamente la melodía a la que le he puesto su nombre. Tras un titubeo más coloco los dedos donde corresponde y saludo al piano con una lánguida caricia. Tras un segundo de silencio, la melodía nace para inundar el cuarto. Da igual cuántos mundos nos separen… Esa canción nos mantendrá unidas.
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    216 Marcus Disculpas. Lo primero quehago al llegar a casa es entrar a hurtadillas en su habitación y dejar la caja sobre la cama, bien a la vista. Espero que el vestido sea el adecuado y se adapte a su cuerpo delgado, aunque es difícil saberlo. Dudo si dejarle una nota, si delatar mi gusto en el regalo, pero finalmente me voy sin más. La habitación huele a lavanda, como ella, como su ropa, y el perfume hace que me sienta adormilado y un poco enfadado todavía. Decido encerrarme en mi despacho. Nadie me ha visto llegar a casa, así que no importará si hago como que no estoy. Lottie probablemente esté entretenida con la presencia de Rowan y la de la señorita Blackwood, así que no es como si me necesitase para algo. Abro apenas la puerta y me deslizo dentro de la estancia como un ladrón furtivo que no debe ser visto. Me recibe el bullicio propio de los mil mundos que habitan mis estanterías. Enseguida me relajo. Cierro a mis espaldas y echo una ojeada alrededor. Rowan está sentado en mi silla con las piernas cruzadas y un libro en las manos. De nuevo me siento fuera de lugar en mi propio hogar. Suspiro. Su acción me obliga a ocupar un asiento al otro lado del escritorio. Me doy cuenta de que es el mismo lugar en el que Ilyria se ha acomodado durante los últimos días, cuando estamos juntos. —¿Qué haces aquí? Mi hermano alza la vista del volumen como si no se hubiera dado cuenta de mi presencia hasta este momento, aunque es más que obvio que me estaba esperando. Lo veo cerrar el tomo y jugar con él entre las manos, sopesándolo. —Ilyria quería darle su regalo a Charlotte en privado. Siento que la sangre se agolpa en mis mejillas. El nombre de ella en sus labios me enfurece repentinamente. Aunque intento recordarme que no tengo razones para
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    217 ponerme así, queno es como si ella me perteneciera, la incómoda sensación no se va. Él estudia mi rostro y me mira suspicaz, dejando escapar una breve risa burlona que emite con los labios cerrados. Yo, molesto, aprieto los puños sobre mi regazo. Intento parecer inmutable, pero Rowan sabe ya lo afectado que estoy, no solo por sus palabras sino por la mera presencia de esa joven. —Lo sabía —me recrimina, aunque hay una sonrisa en su rostro y un brillo casi juguetón en sus ojos—. Sabía que esa chica no era solamente la profesora de piano. Sacudo la cabeza con el ceño fruncido. Él no sabe nada. No entiende nada. Solo ha tenido la oportunidad de echar un breve vistazo, de crearse las ideas equivocadas. —No es lo que piensas —le digo aún al corriente de que será inútil que entre en razón. —Es tu amante. No es una pregunta, sino una afirmación en toda regla. Rowan nunca se ha andado con rodeos. Siempre dice lo que piensa. Por eso en más de una ocasión se ha granjeado la enemistad de algunas personas. Y yo no los culpo por tenerle manía. Mi hermano peca de muchas cosas y una de ellas es la indiscreción. Niego. Su acusación no me ha ofendido tanto como esperaba. Me irrita que crea posible que tenga una amante y que además me crea capaz de guardarla bajo mi propio techo, pero una parte de mí se alegra de que no haya visto a la muchacha que es Ilyria Blackwood. Si la conociera de verdad, si hubiera entendido su naturaleza del mismo modo que la he entendido yo, no se atrevería a decir cosas como esas. Yo, que he escuchado su sueño, que sé que espera que un día aparezca la persona adecuada, comprendo que no haría algo así. Que no escogería a un desconocido cualquiera y se rendiría a él sin ningún tipo de sentimiento. Espera algo más que eso.
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    218 —Te equivocas —contestocon una fría calma que lo pilla por sorpresa—. Es solo la profesora de Lottie. Solo una extranjera que está de paso. Una vez se haya ido, todo volverá a ser como antes. Rowan me mira como si hubiera algo que se escapara a su comprensión. Le veo fruncir el ceño. Deja el libro con el que seguía jugando a un lado, sobre una pila de sobres rechazados, y se inclina hacia delante. La mesa cruje apenas cuando apoya los codos sobre ella. —Ella va a volver. Se lo prometió a la niña. La noticia me coge con la guarda baja. Mi corazón pierde el compás, dejando escapar un latido de más, un suspiro que no se oye. ¿De verdad va a volver aquí? La idea de que se quede o venga a visitarnos de vez en cuando me abruma y me marea. Sé que tengo una expresión sorprendida en el rostro porque mi hermano me mira con las cejas alzadas. No puedo hacerme ilusiones. ¿Y si es un error? La idea de que haya mentido a Charlotte, de que le haya dado falsas esperanzas, me parece una aberración. Si es así, lo único que conseguirá es hacerle más daño. Que sufra sin razón. ¿No es más sencillo decirle que se va, aunque duela un segundo? Nunca debí permitir que se hicieran amigas, que se acercaran la una a la otra. Quizá después de todo la culpa sea mía. Los extranjeros deben irse, es la ley lógica de esta casa. Ahora se le partirá el corazón a mi hija y, por extensión, a mí. Era el encargado de hacerla feliz, pasase lo que pasase, y he fallado en mi misión. —A veces es necesario contar una pequeña mentira. No querría desilusionar a Lottie. Le tiene mucho cariño, por si no te has dado cuenta. Me pregunto si realmente creo lo que estoy contando. ¿No es eso lo que me digo para dormir mejor por las noches? Que nada es en realidad una mentira, sino que todo es por su bien. Ocultarle la verdad no puede ser realmente malo. No, al menos, cuando el fin es
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    219 que crezca sanay salva, mimada y protegida por alguien que la quiere de verdad. Rowan parece pensar lo mismo, pero él no tiene ni la menor idea de todo el mal que he hecho, de todo el dolor que he causado. —¿No tienes nada con ella, entonces? Has pagado mucho dinero. El hecho de que hasta la cantidad haya llegado a sus oídos me parece denigrante tanto para mí como para Ilyria. Sí, he pagado mucho para ponerla a salvo, pero eso no implica que haya tenido que pedirle algo a cambio. —Sé que te resulta difícil de creer, pero a veces la gente hace cosas por los demás solo por el placer de sentir que ha hecho una buena obra. Él alza una ceja, dudando abiertamente de mis palabras. Para Rowan no hay más satisfacción en ayudar a alguien desinteresadamente que el hecho de que te vean cometer esa buena acción. La idea me pone enfermo. Sacudo la cabeza. —Es igual, no espero que lo comprendas. Me levanto con la idea de irme. Ya que ni siquiera en mi despacho puedo sentarme solo a pensar, quizá en mi cuarto lo tenga más fácil. Él también se pone en pie, devolviendo el libro que cogió a su legítimo lugar en las estanterías cerradas con puertas de cristal. —¿Esto también lo haces por amor al prójimo? —Pregunta señalando hacia la mesa llena de sobres, hacia los estantes a rebosar de las publicaciones que yo mismo he pagado. Me encojo suavemente de hombros. En el fondo está celoso porque es el segundo. Porque no ha heredado ni el título ni la mansión. Porque nunca tuvo el amor de mi padre como lo tuve yo, que ni siquiera lo quería. Mientras me quedaba en casa y pasaba las largas tardes de verano en la playa con mamá, él estaba interno en un colegio durante todo el año, con solo unas cuantas semanas libres por estación para visitarnos.
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    220 El odio quefue acumulando durante tantos años, como si yo fuera el culpable de sus desgracias, siempre es devuelto con frases irónicas o reproches velados. Incluso a día de hoy, que nuestros padres no están, yo tengo a Lottie y él no tiene más que su trabajo en el palacio. Por eso quizá no pierde el tiempo y habla siempre que puede sobre él: de lo orgullosa que está la reina de sus caballeros y de lo feliz que es en el castillo. Yo, que realmente no quiero que me vea como el ogro que cree que soy, le sonrío y asiento, aunque en realidad no sienta cada palabra clavarse como los aguijones envenenados que son. «No es justo», quisiera decirle. «Yo no he elegido ser lo que ves. Yo nunca quise nada de esto. Cambiaría cada moneda de mi fortuna, cada objeto de esta casa, por recuperar todo lo que tuve que perder a cambio. Si tan solo supieras, Rowan… El precio fue demasiado alto». Me callo mis pensamientos reales, no obstante. —Esos libros, Rowan, no solo hacen feliz a quien los escribe, sino también a los que los leen. ¿Es que no lo entiendes? Nuestro padre era consciente de ello. Por eso creó esta especie de negocio y… Siento que estoy hablando con una pared. Mi hermano no está realmente interesado y eso me quita el interés también a mí. Me encojo de hombros y lo dejo estar. Que piense lo que quiera. Es mi dinero, al fin y al cabo. Son mis libros y los escritores que están bajo mi protección. Esta, aunque parezca olvidarlo a menudo, es mi casa y no tiene ningún derecho a juzgar lo que haga o deje de hacer en ella. Es mi problema si hay una muchacha en mi sala de música tocando el piano o si me duele el pecho cada vez que pienso que se va a alejar. Soy mayor para tomar mis propias decisiones. —Es igual. Cree lo que quieras. Pero recuerda que hoy es el cumpleaños de tu sobrina y no le haría feliz oír ninguna de tus quejas.
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    221 No me molestoni siquiera en escuchar su réplica. Para cuando abre la boca ya me he ido. Me tiro en la cama con un suspiro e intento recuperar las horas de sueño que el fantasma de Ilyria y nuestra discusión me han robado. *** Durante la comida no nos dirigimos la palabra, del mismo modo que no nos miramos, como si enfrentarnos a los ojos del otro fuera el peor de los castigos. ¿De qué tenemos miedo? Quizá simplemente de darnos cuenta de que ambos somos culpables y no solo uno. De que ambos hemos cometido errores. Tememos reconocerlos, eso es todo. Y, al mismo tiempo, no hay mal más terrible. Es el orgullo quien habla, quien nos controla, quien ha abierto este barranco a nuestros pies y ahora nos impide cruzarlo. Construir un puente sería tan fácil como pedir perdón, pero hacerlo significaría tirar la toalla y bajar la cabeza. Y, de todas formas, ¿cómo voy a ceder cuando ella no me da la oportunidad? Es la última en sentarse a la mesa y la primera en retirarse. Está lejos, inalcanzable, y eso nada tiene que ver con la distancia. Por la tarde, aunque la idea de Lottie era volver a sentarnos juntos bajo el manzano, es la propia Ilyria quien insiste en que salgamos a pasear, consciente de que ella no será invitada. Aunque la cumpleañera protesta un poco, unas frases apaciguadoras de sus labios son suficientes para que haga lo que la extranjera quiere. —¿Y bien? —Le pregunta Rowan con curiosidad, nada más salir a la calle, donde Charlotte camina con una mano dada a cada uno, disfrutando de nuestras atenciones—. ¿Qué te ha regalado Ilyria? La pequeña se echa a reír. Es un sonido de campanas, de canción de pájaro y melodía de piano. Me quedo momentáneamente prendado de su felicidad y de su forma de
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    222 demostrarla. Sus ojosverdes brillan con el sol de la primavera. Un pétalo arrastrado por la brisa se posa sobre su bonete. —¡Es un secreto solo nuestro! —Nos confía. Y nosotros sabemos, sin necesidad de insistir más, que nunca nos lo va a contar. Cuando volvemos a casa ya pasa de media tarde. Rowan nos ha abandonado para ir a cambiarse de ropa al castillo y Charlotte se encierra en su habitación con Angela para prepararse para el baile. Así pues, es el momento de tomarme un respiro. Como siempre me voy a mi despacho. Es la segunda vez en el día, sin embargo, en la que encuentro a alguien que no debería estar allí sin mi permiso. Efectivamente, Ilyria está acomodada en su acostumbrado asiento, leyendo distraídamente. No tiene entre sus manos los papeles manuscritos de un escritor buscando una oportunidad, sino que ha robado un libro de su legítima estantería y lo ojea sin prestar real atención a lo que se le cuenta entre las páginas. Al escucharme entrar, al contrario que Rowan, cierra el volumen con delicadeza y se yergue. Sus ojos me taladran y yo ni siquiera puedo moverme. Permanezco mudo, quieto, soportando el embiste de su mirada hasta que me doy por vencido. Bajo la cabeza y con ese gesto declaro mi rendición absoluta a su voluntad. Ella no atiende a mi expresión. Con los labios firmemente fruncidos en una declaración de guerra camina hacia la puerta, ignorando mi presencia. —Lo siento. He hablado sin pensar, sin lamentar tener que dar yo el primer paso. Ésta es la oportunidad que había estado esperando. Ahora ella no puede huir, del mismo modo que tampoco puede hacerlo mi sinceridad. Solo quiero poder contarle que realmente lamento haberle hecho daño. Que no pretendía llenar mi voz de aquel tono helado que hundió su corazón en la fría escarcha. «Ese no era yo», quiero hacerle ver. «Pero a veces
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    223 simplemente no puedoevitarlo. No puedo evitar ponerme a la defensiva y responder de malas maneras a tus preguntas y tu curiosidad. Si alguien puede comprenderlo, quizá seas tú: hay algo más en mi pasado que una mujer que me hizo daño. Hay cosas que prefiero no recordar y castigos que prefiero que pasen al olvido. No soy perfecto. Sé que no te gustaría conocer al hombre que se esconde tras la máscara». La muchacha se detiene en seco, sin salir del cuarto. No me mira. Su obstinada espalda es lo único que puedo ver de ella con claridad cuando me giro para encararla. Quiero decirlo, soltar todo el discurso que lleva rondando mi cabeza el día entero. Pero en lugar de confesarme, de simplemente contarle lo que me preocupa, las verdaderas intenciones que tenía cuando le hablé de aquella manera tan cortante, me encuentro con que estoy sin habla. Mi disculpa se convierte en silencio. Un silencio casi hiriente que se alarga por un tiempo indefinido, hasta que ella se niega a seguir esperando por lo que sea que tengo que decirle y que se ha quedado enredado a medio camino entre el estómago y la garganta. La imagino frunciendo el ceño, aunque es imposible saberlo a ciencia cierta, mientras sus brazos se cruzan sobre su pecho, a la defensiva. —¿Por qué te disculpas, exactamente? Cojo aire. —Por lo que pasó ayer —murmuro haciendo un ademán, como si quisiera abarcar las consecuencias que mis palabras han traído. No me creo que ella no se haya dado cuenta del precipicio que nos separa, de la distancia enorme y la negrura imposible de iluminar a nuestros pies, mientras nos empeñamos en seguir mirándonos a los ojos, por mucho que duela—. Por lo que te dije. No era mi intención… Ella niega con la cabeza antes de que yo pueda defenderme. —No. Todo quedó muy claro, en realidad. Quieres que me vaya. Suspiro, pasándome la mano por la cara. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?
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    224 —No quiero quete vayas. Solo… Solo me puse a la defensiva. No es fácil, ¿entiendes? Su mandíbula se tensa. Aprieta los labios hasta que se vuelven blancos y sus manos mismas se cierran en un puño. Durante un segundo, la fugaz idea de que quiere pegarme no parece tan descabellada. Se gira. Sus ojos brillan. Su rostro está suavemente encendido. —Claro que no lo entiendo. No lo haré hasta que no me lo expliques. ¿Qué puede ser tan terrible para que tengas que esconderte detrás de esa fachada que te has construido? —Abro la boca, pero ella se adelanta a mis protestas. Es como si estuviera dentro de mi mente, como si pudiera entender mis sentimientos incluso antes de que yo lo haga—. ¿Es que crees que no me he dado cuenta? Sé que no eres tan frío como aparentas, tan falto de corazón. Eres más humano que esos nobles que se reían de mí cuando me cogieron en la calle. Eres más humano que mucha gente de mi mundo. Es una pena que no te des cuenta. Suspiro hondamente. Su expresión se ha relajado un poco, aunque sé que sigue molesta conmigo. Y más allá del enfado está el dolor. La cruda agonía en la que la he puesto, porque piensa que este no es su lugar y nunca, por muy cómoda que esté ahora, lo ha sido. Maldigo para mis adentros e intento buscar las palabras que siguen negándose a salir. —Yo… no creo que tengas que irte —sacudo la cabeza—. Tienes que volver a tu casa, a tu librería, pero puedes… puedes regresar después. Me gustaría que lo hicieras. Podrías ser mi ayudante, si aún lo quieres. —Hago un ademán que acaricia el aire y señala vagamente a los sobres barajados sobre la mesa. Sé que adora la idea de sacar esos nuevos mundos de sus envoltorios y darles vida con la lectura casi tanto como yo—. Y luego está Lottie… Ella te quiere mucho. Lo sabes, ¿verdad? Creo que ha
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    225 encontrado en tialguien en quien confiar. No ha tenido nunca demasiadas amigas y… siempre ha querido a alguien que le dejara pensar en ella como una madre… Ilyria entreabre los labios. Durante un segundo aparta la vista y casi veo nacer el inicio de una sonrisa enternecida en su boca. Supongo que esas han sido las palabras correctas, que la niña ha calado hondo en su corazón. Soy consciente de que es difícil simplemente no quererla, no enamorarse de su calidez de niña y sus ojos grandes llenos de la más sincera inocencia. Sé que eso era lo que más necesita oír. El empujón final. De pronto todo es un poco más fácil. Súbitamente el mundo se torna más brillante. Me siento más ligero, como si un gran peso se hubiera puesto de pie tras haber estado sentado sobre mi corazón. —No lo sentías —me dice suavemente, alisando una arruga que ha aparecido en su falda azul. No sé si lo dice porque realmente lo piensa o porque pretende convencerse antes de aceptar mi bandera blanca—. Solo te ponías a la defensiva. Asiento quedamente. Ilyria se muerde el labio haciéndolo rodar entre sus dientes. Parece un poco más animada. —Esto significa que nunca sabré lo que se esconde bajo tus guantes, ¿verdad? Dejo los ojos en blanco, pero no puedo evitar esbozar una sonrisa. El alivio se convierte en una ola que me barre por dentro y se lleva todas las preocupaciones que me han estado amenazando desde el amanecer. Ahora solo importan Lottie y su fiesta de cumpleaños, que empezará al ponerse el sol. Aunque no contesto a su provocación, porque lo que menos deseo ahora es que volvamos a discutir, sí que le recuerdo que debe cambiarse de ropa. —No sé si lo has visto, pero te he dejado una caja sobre la cama… Es tu vestido. Charlotte no me lo hubiera perdonado si no te traía uno. Espero que sea tu talla. Y que… te guste.
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    226 Enseguida entiendo queno ha pasado por su habitación. Que, probablemente, ha invertido parte de su tarde frente al piano y después se ha venido aquí en busca del tipo de paz que solo se encuentra en los libros. Tal vez tuviera la secreta esperanza de hallar una puerta a su mundo en este mismo cuarto lleno de mil universos. Da un suave respingo al escuchar la noticia y carraspea intentando ocultar su vergüenza. —No lo he visto… Yo… —Su intervención es casi un tartamudeo, pero me parece extrañamente adorable—. No hacía falta… «Gracias». Aunque la palabra no se ha materializado fuera de sus labios, yo la atrapo entre mis manos y me la guardo en el bolsillo. Ella se revuelve incómoda. —Quizá no te guste —me apresuro a explicarle con el tono más jovial que puedo reunir. Hablo como si no me importara, pero me agradaría que esta noche ella también fuera feliz—. Supongo que no tenemos los mismos gustos. Sobre todo en ropa —la observo con atención, aunque sé que ahora se deja poner el corsé sin rechistar demasiado—. Es posible que quizá te parezca demasiado… femenino. Me doy cuenta de mi error un segundo después de haber escogido esa palabra. Ofendida, como si la hubiera pellizcado, ella frunce el ceño. —¿Insinúas que no puedo ser femenina? Yo intento no molestarla de nuevo. —No digo que no puedas —me apresuro a decir, atropellándome en mis propias palabras—. Es solo que tienes que reconocer que nunca has estado especialmente a favor de vestir de acuerdo con las normas de este mundo. Recuerda los peros que has estado poniendo estos días para llevar las prendas convenientes una dama… Mi intervención no parece disminuir su enfado. El orgullo está inscrito en cada rasgo de su rostro, empezando por su manía de alzar la barbilla.
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    227 —No estar deacuerdo con llevar una veintena de capas de ropa no quiere decir que no me gusten los vestidos bonitos. O los encajes. Dejo los ojos en blanco. —Perfecto. La ropa que te he elegido, casualmente, tiene un montón de puntilla. Le hago un ademán hacia la puerta. De hecho, la abro para ella, instándola a abandonar el cuarto. Me mira disgustada una vez más. No puedo evitar preguntarme si voy a tener que medir cada gesto mientras ella esté aquí. La muchacha ha resultado ser fácilmente irritable aunque, probablemente, si se lo echase en cara me achacaría el mismo defecto. Así que callo a pesar de que ella no hace lo mismo. —¿Me estás echando? —Si quieres estar lista a tiempo tendrás que ir a prepararte ahora. Sé lo difícil que es que las mujeres cumpláis con los horarios. Lottie, al menos, nunca lo hace. Aunque yo te lo he puesto más fácil: te he elegido ya la ropa. El enfado parece evaporarse tan rápido como ha llegado. Para mi sorpresa, se ruboriza. El sonrojo convierte su piel en pétalos de rosa. Me gusta ver esa expresión asomando a su rostro, tan frágil, de alguna manera femenina. Me sorprende que no niegue en rotundo mis palabras, que no trate de pelear de nuevo conmigo. —De acuerdo —murmura simplemente. Con pasos rápidos se marcha de la habitación, pasando por mi lado y dejando tras de sí el agradable perfume de la lavanda. Cierro la puerta, apoyándome contra ella un segundo. Una sonrisa acude a mis labios y no puedo evitar sentirme inesperadamente feliz.
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    228 Ilyria Cumpleaños. «Ilyria Blackwood, loestás haciendo mal». Es lo primero que me digo cuando me encierro en mi cuarto y me apoyo contra la puerta. No se suponía que las cosas debían acabar así. Yo no debía agachar la cabeza ni aceptar disculpa alguna. No debía, definitivamente, haber dejado que se acercase. Iba bien hasta ahora. Ha sido una temeridad entrar en el despacho, aún considerando que él no estaba en casa antes. Creo que, pese a todo, una parte de mí sabía que existía la posibilidad de cruzarme con él en ese punto… la misma parte que se ha sentido plenamente satisfecha y feliz cuando él ha dicho esa simple frase: “No quiero que te vayas”. Ha sido un comentario casual, quizá una excusa. Pero solo eso ha conseguido tambalear mi enfado. El sentimiento traicionado, aunque sé que realmente no ha habido traición alguna en sus palabras, se ha apaciguado en mi pecho. He sentido ganas de sonreír. Una voz me ha susurrado al oído que le importo lo suficiente como para desmigar su orgullo pidiendo disculpas primero, admitiendo que quiere que vuelva. Suspiro hondamente, mirando al techo. ¿Quiero abandonar este mundo para siempre? De pronto la idea de destruir el libro y no regresar jamás ya no me parece tan atractiva. Quizá pudiera… hacer visitas eventuales. Unas vacaciones, muy de vez en cuando. ¿Por qué no? Puede que no esté tan mal que les coja cariño… Definitivamente, no me ha parecido un error que Marcus me pidiese volver indirectamente. Puede que no sea necesario todo esto, esta culpabilidad por estar acercándome a quien finalmente voy a dejar. ¿Qué hay de malo? Vendré alguna tarde, quizá una vez al mes. Será como visitar a unos amigos lejanos. Unos amigos que en vez de vivir en otra ciudad… viven en otro mundo.
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    229 Tomo aire. Estábien. Voy a venir de nuevo. Cumpliré mi palabra con Charlotte y así ni siquiera habrán existido mentiras. Puede que si vuelvo Marcus se decida a marcarme y por fin pueda descubrir el mundo que hay tras las puertas de la mansión. Y quizá el hecho de que vuelva ayude a Marcus a entender que no todos llegamos para sencillamente marcharnos en algún momento. Quiero pensar, al menos, que no es así. Elimino esos pensamientos de mi mente. Está decidido. Serán solo un par de horas cada bastante tiempo. No tiene por qué hacer daño a nadie. De pronto se me ocurre que ellos mismos podrían venir a mi mundo. Si Marcus puede enviar a gente dentro de los libros, ¿no podría enviarse a sí mismo, de alguna manera? La idea de ver a Lottie jugando entre los pasillos de mi librería o maravillándose con inventos como la televisión o un ordenador me arranca una sonrisa dulce. ¿Le gustarían los dibujos animados? Con su emoción por las princesas y los príncipes azules podría pasarme horas con ella viendo películas de Disney. Sonrío, mordiéndome el labio. Puede que sí haya un sitio para mí en esta pequeña familia, después de todo. Soy consciente de que nunca formaré parte de ella. De que soy una extraña que ha llegado de improviso, alguien que puede aspirar a convertirse en una amiga lejana. Me es suficiente con eso. La idea de perderles de vista a los dos, comprendo, nunca me ha gustado. De ahí venía la presión en el pecho: dolía porque era enfrentarme a mí misma. Dolía porque esa parte que lleva gritando desde que me atreví a conocer de verdad al conde y a su hija sabía que no quería separarme de ellos. Volveré a casa, pero eso no significa que deba perderles para siempre. Siempre, después de todo, es demasiado tiempo. Me aparto de la puerta y me fijo en el paquete que descansa sobre la cama. Dudo. ¿Por qué se ha molestado? Definitivamente con uno de los vestidos de Angela o el vestido que llevo ahora mismo me habría sido suficiente. ¿Para qué iba a querer algo
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    230 especial para esafiesta? De acuerdo que Lottie lo considere importante. En mi mundo, cuando salgo con mis amigos, también me gusta arreglarme, por eso no le he puesto pegas a Marcus con su último comentario. Aunque me pese, sé que tardo cuando se trata de acicalarme. Muchas veces he llegado tarde a alguna cita por ello. Me ruborizo, avergonzada de mí misma al pensar en mi inexistente sentido de la puntualidad. Pronto desecho el pensamiento. No es lo importante. Lo relevante es que no quiero hacerme notar esta noche. Vendrán todos esos nobles que vi el primer día. No creo que tenga la suerte de que sean como Marcus o, en su defecto, como Rowan. Tengo un presentimiento que no me gusta, por eso quizá no me importaba no ir acorde con la situación. No quiero llamar la atención ni que se fijen en mí. Mi plan era observar desde un rincón en sombras, asistir solo por cumplir el capricho de Lottie de que lo haga. Sería algo casi por pura obligación. Me disculparía pronto alegando cansancio y me refugiaría en el despacho, donde solo mi imaginación puede hacerme daño. También siento, sin embargo, algo de curiosidad. Curiosidad por los bailes y la música, por los vestidos de las damas y los modales de los caballeros. Una curiosidad que esperaba que se viese saciada sin que se notase mi presencia. Suspiro hondamente. Bueno, se supone que si voy vestida acorde con la situación, menos repararán en mí. Seré una chica más. Quizá se note que no sea una noble, pero tampoco podrán criticarme especialmente… ¿verdad? «Que piensen lo que les dé la gana». Casi por primera vez desde que estoy en ese mundo me siento de acuerdo con mi voz interior. Asiento firmemente, para mí. ¿Por qué iba a importarme? Ellos sí son gente pasajera, personas que ni siquiera me conocen y que con toda probabilidad no volverán a verme. Ni yo a ellos. Vuelvo la vista a la caja aún sin abrir. Realmente no puedo decepcionar a Lottie ni rechazar el regalo. Eso estaría mal por mi parte.
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    231 De ese modo,suspiro y me rindo. Aparto la tapa a un lado y un suave color rosa pastel me recibe. Es solo un cúmulo de tela doblada. Algo me dice que quizá necesite llamar a Yinn para terminar de ponerme ese traje. Al menos ya tengo puesto el dichoso corsé. Mientras me visto veo el sol caer por mi ventana. Se esconde y llama a las estrellas y a la luna, invitadas de honor de la fiesta de esa noche. Pronto empiezo a escuchar el revuelo de los primeros invitados. La casa, siempre tan silenciosa, se llena de una algarabía que sube las escaleras y llega hasta mi cuarto. Para entonces he conseguido terminar de ponerme el vestido y repaso las arrugas que pueda tener con los dedos. Suspiro hondamente, mirando mi reflejo en el espejo del tocador. Una Ilyria todavía despeinada me mira a su vez con un brillo casi angustiado en sus ojos. No quiero bajar. Parece que va a haber mucha gente. Soy consciente de todas las personas que vieron aquel día cómo Marcus me compraba. Sería mucha casualidad que ninguno de ellos estuviera por allí. Probablemente me mirarán como si fuera un objeto o se reirán de mi pretensión de vestir como algo que no soy. Aprieto algo más los labios, consciente de que no puedo decepcionar a Lottie y no hacer acto de presencia en toda la noche. No creo que Marcus me espere especialmente, pero supongo que tampoco sería justo para él que se haya gastado su dinero en comprarme algo a lo que no voy a darle uso. A la larga me sentiría culpable. Suspiro y empiezo a peinarme, cogiendo un cepillo. Escucho a Charlotte a lo lejos dando las gracias con su risa de ensueño. Supongo que también habrán venido sus amigas y, pese a todo, será lo que más le importe. Por mucho que parezca desear la gran fiesta, con sus bailes y su elegancia, sé que lo que la hace verdaderamente feliz es estar con la gente que quiere. “¡Ilyria será algo así como mi mamá!”. La frase que escuché de
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    232 sus labios estamañana me hace sonreír. Supongo que eso quiere decir que estoy incluida en el selecto grupo de personas a las que se siente cercana. Pronto empieza la música. La oigo sin escucharla realmente, como si estuviera muy lejos de allí. Dejo las orquillas que me han sobrado encima del tocador y me aparto un tirabuzón rebelde y fino de un lado de la cara. Por lo general no me gusta llevar el pelo recogido, pero soy consciente de la complicación de los peinados en la época victoriana. Supongo que aquí deberá ser igual o, al menos, parecido. Yo, naturalmente, no he hecho nada enrevesado: el moño flojo en mi nuca me parece más que suficiente para no ir normal pero tampoco excesivamente elegante. Me levanto. Aún tengo que titubear varios segundos más para decidirme, al fin, a salir. Ahora sí, la música me trae a la realidad. Eso debe significar que la fiesta ya ha empezado: como Marcus supuso, pues, llego tarde. El pasillo me recibe iluminado pero vacío. Un segundo más de duda y echo a andar. Bajo las escaleras con cuidado de recogerme apenas el borde del vestido. No quiero ser tan descarada como otras veces. Alguien se podría escandalizar (más que Marcus incluso) si se me ve un tobillo. Ese pensamiento me arranca una sonrisa que me destensa. Mi concentración en los escalones es tal que no me doy cuenta de que hay alguien mirándome. —¡Ilyria! Alzo la mirada. A los pies de las escaleras Yinn parece francamente sorprendido. Me mira, de hecho, con los ojos muy abiertos y una sonrisa encantada en sus labios. Supongo que está en el recibidor porque esta noche tendrá más trabajo que nunca. Termino de bajar las escaleras y me acerco a él, dedicándole una sonrisita. —Hola —saludo casualmente. Me aparto de nuevo ese mechón rebelde que no ocupa el debido sitio con los demás.
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    233 La mirada queél me lanza, de arriba abajo, como si me analizara, no es para nada casual. Ríe con esa risa franca y espontánea que siempre tiene. Yo me ruborizo un poco antes siquiera de que hable. —Estás preciosa, Ilyria. Carraspeo avergonzada. —¿Estás intentando ligar conmigo? Porque no va a funcionar. Te aprecio mucho, pero lo nuestro no puede ser. El genio se echa a reír, doblando cuidadosamente un abrigo que algún invitado ha debido de dejar en sus manos. —Me rompes el corazón. Sonrío en respuesta sin poder evitarlo, aunque mi voz adquiere un tono que intenta ser dramático. —Lo sé. Lo superarás. Encontrarás a alguien que te ame como mereces. ¡Por favor, no pierdas la esperanza! Los dos reímos entonces. Como siempre, el mayordomo parece aparecer en los momentos adecuados para relajarme o alejar de mí los pensamientos que consiguen bloquearme. Supongo que es su parte de genio de la lámpara. De pronto, sobresaltándonos a ambos, un huracán de color salta encima del criado. Doy un salto en el sitio. Hay una risa que parece música y un quejido por parte del mayordomo. Una muchacha se ha tirado literalmente encima de Yinn. Lo rodea con unos brazos finos, pálidos y frágiles, y lo abraza con tanta fuerza que por un momento temo que lo ahogue. Arqueo las cejas. Lo que más me llama la atención no es la figura que no parece dispuesta a soltar a mi amigo ni las quejas de éste. Lo que me hace parpadear son las alas de mariposa que hay a su espalda. Entreabro los labios, definitivamente sorprendida. Soy consciente de que las pupilas me brillan emocionadas
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    234 ahora. Todos loscolores del arco iris se han ido a posar sobre las alas de esa desconocida muchacha. —Vaya, Yinn, parece que ya tienes a alguien con quien sustituir mi desengaño. Inmediatamente, provocándome una sonrisa de diversión, Yinn enrojece. Unos ojos profundamente negros se fijan en mí al escucharme hablar. Brillan con luz propia, con un destello de ilusión que sé que no tiene nada que ver conmigo, sino con la figura a la que no parece querer soltar. Dejo escapar una risita divertida, aprovechando para repasar su figura con la vista. Tiene los cabellos cortados a la altura de la barbilla, de un color pelirrojo ordenado en ondulaciones. Su cuerpo parece frágil, delicado, bajo el vestido que lleva. No debe vestir corsé, como Angela, para que eso no moleste a las graciosas alas que de vez en cuando tiemblan. De igual modo su vestido también muestra la piel de su espalda. Descubro la marca que la señala como extranjera en el interior de su muñeca. Es una muchacha de una belleza innegable que, desde luego, no es sorprendente. No en vano las hadas siempre han sido hermosas. —Yiiiinn —canturrea la mágica criatura. Deja un beso en la mejilla del chico que resuena por el recibidor. A mí se me escapa una carcajada al ver una expresión de vergüenza en el muchacho que no habría imaginado nunca—. No me dejes solita… ¿Con quién estás? ¿Es que acaso me evades para estar con otras chicas? —Exclama escandalizada, abriendo mucho los ojos. —Tengo trabajo, Sabine —intenta excusarse él. Se remueve un poco, aunque sé que no está realmente incómodo con el efusivo agarre de su acompañante—. Esta es la señorita Blackwood… —¡Ah! —Doy un respingo cuando la muchacha concentra toda su atención en mí. Sonríe simpática. Así que ella es Sabine. Recuerdo haber escuchado su nombre de
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    235 labios del muchachoaquella mañana en la cocina—. ¡Es un placer! ¡He oído hablar mucho de ti! Yinn mira de reojo a la chica y su mirada casi me parece censuradora. Trago saliva. Eso no me tranquiliza. La idea de que todo el mundo me conozca y sepa por qué estoy aquí me incomoda. —Ah… ¿sí? Sabine asiente con seguridad. —A mi ama no le caes bien —comenta como si tal cosa. Me quedo callada durante un segundo, asimilando la información. Frunzo el ceño. Estoy segura de no haber conocido a ninguna noble en los días que llevo aquí. ¿Cómo puedo entonces caer bien o mal a alguien? Intento no pensarlo, aunque siento repentina curiosidad por saber quién será esa ama de la que habla. Yinn le da un pellizquito al hada, como si le recriminase por haber dicho algo incorrecto. Para que no se preocupe sacudo la cabeza y sonrío a la muchacha. —Yinn también me ha hablado de ti. Él me mira como si le hubiera traicionado, enrojeciendo. De acuerdo, no me ha hablado exactamente de sus virtudes o su belleza. Ni siquiera sabía que fuese un hada. Pero mencionó su nombre, así que no he dicho ninguna mentira especialmente. Además no hay nada malo en lo que he dicho, sobre todo cuando ella parece tan emocionada al saberlo. —¿De verdad? Ah, mi Yinn… —Suspira abrazándolo más fuerte, plantando otro beso en su mejilla. Él parece francamente azorado. —Vamos, Sabine, suéltame… De verdad que tengo trabajo. —Te acompaño —asegura ella haciendo ojitos.
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    236 Yinn carraspea, frotándosela mejilla. —No puedes. Además es aburrido… Algo en la sonrisa de Sabine me hace aventurarme a sus palabras. Es un gesto de clara diversión, casi insinuante, y aunque le susurra al oído yo estoy lo suficientemente cerca como para escuchar. —Yo te puedo entretener… La caricia que deja en su cuello con la punta del dedo evidencia cómo puede entretenerle. Parpadeo, pero de pronto me echo a reír, sin poder evitarlo. Hacía mucho que no escuchaba algo realmente descarado. Lo echaba de menos, de alguna manera. Yinn, como es de suponer, parece repentinamente interesado. Lo veo humedecerse los labios como si saboreara algo. —Bueno, si insistes… —murmura por lo bajo. Carraspea y me mira—. Si nos disculpas, Ilyria… —Oh, por supuesto —asiento segura—. Para mí es un placer ver que los demás se divierten… Aunque no tengo dudas de que el placer será más vuestro que mío. Yinn parece sorprendido por el atrevimiento, pero se le escapa una sonrisa divertida. Agachando un poco la cabeza se lleva consigo a la muchacha, que le sigue encantada. Miro alrededor con un suspiro, tras verles marchar. ¿Dónde estará Charlotte? Aunque pensé que debería estar en el recibidor agradeciendo los regalos y las felicitaciones, ya debe haber llegado todo el mundo. Mi atención va a las puertas por las que nace la música. Quizá esté allí, viendo bailar a las parejas o moviéndose ella misma por la pista. Con esa seguridad entro en el salón. Hay algunos susurros a mi alrededor en cuanto traspaso la puerta. Aprieto los labios. Palabras inconexas vuelan hasta a mí. Escucho mi nombre confundirse con la música. Llegar tarde es lo peor que podría haber hecho. Ahora siento la mirada de muchos de los
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    237 presentes clavándose enmi cuerpo, analizándome y juzgándome. Me percato, no obstante, de que muchos otros miran al centro de la pista. Con curiosidad yo misma alzo la vista para ver qué provoca tanta expectación. No me importa, repentinamente, toda la gente que ocupa la amplia habitación. Allí, en el centro, bailan solo dos personas. Las dos únicas personas que yo quisiera o necesito ver esa noche. Lottie, en brazos de su padre, parece feliz. Sus ojos brillan del mismo modo que parece hacerlo su sonrisa. Todo en ella parece ser la viva imagen de la alegría. Juraría que ríe, tan bonita, tan dulce. Me muerdo el labio, observándola. Da vueltas como si fuera un pétalo llevado por la brisa, un sueño bajado a la tierra. Un deseo que ha caído en brazos de Marcus y que él sostiene con seguridad para que no pueda escurrirse entre sus dedos. El conde también está feliz. Lo sé porque sus ojos centellean. No es solo el reflejo de la luz en sus pupilas. Lo que veo en su mirada, que solo parece poder atender a su hija, es simple satisfacción. El principio de una sonrisa dulce, tierna, se adivina en sus labios. Es apenas una sombra del gesto amplio que esboza cuando ríe, pero sé que está ahí. He terminado por comprender que es lo suficientemente generoso como para que la felicidad de la pequeña sea también la suya propia. Esa niña, con su inocencia, con su candidez, es lo único que él necesita. Me quedo quieta, observando embelesada. Son un hechizo, cada uno a su único modo. Suspiro. De pronto se me ocurre que no importa todos los mundos que haya. En ninguno podría haber nada más hermoso. Se me escapa una sonrisa y enredo las manos en la falda. Me doy cuenta entonces de que da lo mismo que no hubiera decidido volver. Da lo mismo que yo quisiera apartarme de ellos. Da lo mismo cuántas veces me haya repetido que éste no es mi sitio ni ellos mi familia.
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    238 No podría haberevitado nada… porque ya les quiero.
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    239 Marcus Lo correcto. La músicase pierde con las últimas notas y yo me siento despertar de un sueño. Se escuchan los aplausos de esa audiencia que no hemos pedido tener. No me importa. Al bajar la vista me topo con el rostro sonriente de Charlotte y de nuevo sé que nada más debe interesarme. Se la ve feliz, con su vestido blanco y el camafeo que le he regalado colgando de su cuello. Sus mejillas, encendidas por la emoción y el baile, parecen un par de rosas abiertas. En sus ojos descubro mi propio rostro sonriéndole tiernamente. ¿Qué más alegría necesito aparte de la suya? Me inclino sobre ella y presiono mis labios contra sus cabellos. —Feliz cumpleaños —le confío en un susurro que debe quedar entre nosotros dos. Aún recuerdo cuando me preguntó cómo podía saber la fecha de su cumpleaños, si ella misma no la recordaba. Me muerdo el labio al pensar en la mentira piadosa que le tuve que contar. Le dije que una estrella, una que llevaba observándola toda la vida, había entrado una noche por la ventana y me había confesado su edad y la importancia de éste día, además de su nombre. Ella me miró en ese momento con los ojos muy abiertos, como si esa comprensión suya de niña alcanzara a ver lo que nadie más podía. Como todos los cuentos que salían de mis labios, Charlotte se lo creyó a pies juntillas. La llevo fuera de la pista de baile al tiempo que otras parejas nos sustituyen y la música vuelve a hacerse con el reinado de la sala. La conocida melodía lo inunda todo: se hace eco en mis oídos y se escapa por las puertas de cristal abiertas por las que entra el fresco aire de la noche. Junto a mí la niña mira de un lado a otro, escaneando el salón. Sé perfectamente lo que busca y yo mismo, como contagiado, ansío tener un atisbo de ella, un destello fugaz de su presencia siempre esquiva.
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    240 Nuestros ojos tropiezan.Me dejan sin respiración. De nuevo siento ese golpe, ese choque de ola contra el acantilado. Ese deseo de no dejar de perderme en el alma que asoma a su mirada. Trago saliva. Lottie desliza sus dedos entre los míos, deshaciéndose de mi agarre, pero yo ni siquiera siento su pérdida realmente. Sigo caminando por inercia pero, una vez detenido ante ella, no se me ocurre nada que decir. Ilyria sonríe tímidamente, envuelta en una nube de rosa pastel que hace juego con el rubor perfecto de sus mejillas. El corpiño se ajusta a su delgada cintura y las mangas apenas sí cubren una pequeña porción de su brazo. Desearía saber algo de moda, algo de vestidos, y poder decir que el que lleva es hermoso, pero la realidad es que creo que solo es bonito porque lo luce ella. Como la pieza del rompecabezas equivocado, la muchacha parece estar fuera de lugar y, al mismo tiempo, yo siento que no puedo imaginarla en ninguna otra parte que no sea el aquí y ahora. Incluso si la marca en su hombro, descubierta por el escote de barco, me recuerda incesantemente que este no es su legítimo hogar, tengo la sensación de que esta casa se deshará en pedazos si se marcha para no volver. ¿Y no me dicen sus ojos castaños, sinceros y brillantes, que quiere quedarse? —¡Oh, Ily, estás preciosa! Me vuelvo a fijar en su atuendo, en las perlas que se posan sobre la falda y el corpiño como gotas de rocío, en el hilo de plata que forma los detalles como si la misma luna hubiera estado cosiendo con sus cabellos. Ella enreda las manos, súbitamente tímida, entre la tela, pero yo sé que se siente agradada por el piropo. Quizá lo que no le gustan sean las miradas de los que nos rodean, de las damas agitando sus abanicos y de los caballeros que la tasan como si fuera un bien material. Pero estoy dispuesto a hacerle olvidar todo eso si me deja.
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    241 Cuando sacude lacabeza en un gesto de modestia un par de tirabuzones se escapan de detrás de su oreja. Los mechones acarician su cuello, que queda al descubierto gracias al recogido que se ha hecho. Me doy cuenta de que no hay en ella ninguna joya, en contraste con las mujeres que se reparten por la sala. No importa mucho: la desnudez de su escote y sus muñecas es, precisamente, un punto a su favor. Hay un aura de humildad a su alrededor, de belleza natural, que me cautiva. —Tú sí que estás bonita, princesa —murmura inclinándose para dejar un beso sobre su frente. Al hacerlo, su falda susurra y cruje, hablando en su propio idioma. Nuestros ojos se vuelven a topar. Yo me adelanto un paso y me humedezco los labios. De pronto me siento fuera de lugar. ¿Debo hacer una reverencia y besar el dorso de su mano desnuda? Atormentado por mi falta de experiencia en una situación así simplemente bajo la vista, aunque podría ser interpretado por su parte como un rechazo a contemplarla. —Veo que el vestido te queda bien —acierto a decir, aunque en realidad me gustaría hacerle ver que la encuentro encantadora esta noche. Cuando me responde casi puedo notar la sonrisa en su boca. —¿Cómo vas a hacerlo si no dejas de mirar al suelo, Marcus? Me ruborizo apenas. Lottie sigue nuestro intercambio de palabras como si fuera la más emocionante de las conversaciones, mirando alternativamente de uno a otro. Observo a Ilyria entre las pestañas y me doy cuenta de que ella está haciendo exactamente lo mismo. No puedo evitar sonreír al darme cuenta. —Estás… muy bonita. El rubor en sus mejillas se hace más patente. —Tonterías. Charlotte parece súbitamente indignada al escuchar eso.
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    242 —¡Estás preciosa! Noes ninguna tontería. Creo que eres la mujer más linda en… en… ¡En toda la ciudad! No puedo evitar echarme a reír. Ilyria, sin quererlo, hace otro tanto. Niega con la cabeza, aún así, y se agacha de nuevo para abrazarla y dejar un beso en su mejilla, tiernamente. —En realidad no puedo serlo, porque esa ya eres tú, pequeña. La cumpleañera se ruboriza, pero está obviamente encantada. Toma la mano de su amiga y la aprieta suavemente entre sus dedos. También coge la mía, hasta que queda entre los dos. No puedo evitar pensar que así, dados de la mano, parecemos una familia de verdad: el padre, la hija y… la madre. Miro a mi protegida y esbozo una sonrisa de disculpa. Alguna gente nos mira. La marca en el hombro de la extranjera, sobre todo, llama la atención más que nada. Lamento que no sean capaces de apreciar su carácter y su belleza, cegados como están por sus propios prejuicios. —¿Nos has visto bailar, Ily? —Pregunta de pronto Lottie con una expresión de absoluta felicidad—. Me daba un poco de vergüenza porque todo el mundo nos estaba mirando, pero parecía que nos moviésemos entre las nubes. Su interlocutora asiente quedamente, sonriente. —Bueno, cuando he llegado ya habíais empezado, pero no me lo habría perdido por nada del mundo. Erais como un príncipe y una princesa bailando en una gran fiesta real. Parecíais muy felices. —¡Y lo era! —Se apresura a explicarle la niña—. Pero no podíamos ser como un príncipe y una princesa, porque él es mi padre. Y aunque sé que no dirá nada, lo que un príncipe necesita no es una hija, sino una princesa de verdad. Así que tienes que bailar con él.
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    243 Intento no serdemasiado descarado cuando observo a Ilyria de reojo y estudio sus rasgos ante la petición, que más parece una orden que no puede ser rebatida. El sonrojo es ya algo que no se aparta de su rostro, como si cada palabra llamara al color sobre sus pómulos. ¿Se molestaría si le confesase que me gusta eso de ella? Que adoro cómo se extiende suavemente el rosa por su piel, entintando no solo su cara, sino también su cuello… —No... No voy a bailar —confiesa con un titubeo, lanzando un rápido vistazo a la gente que nos rodea, asegurándose de que nadie la mira o escucha nuestra conversación. Sus labios se aprietan un segundo y yo guardo en mi mente el instante en el que se tiñen de blanco, como si la nieve hubiera dejado un beso por lo demás invisible sobre ellos—. No me siento con muchas ganas. Estoy... cansada. Tuve que terminar tu regalo por la mañana así que no pude dormir mucho... Me pregunto qué será su regalo. Algo hecho por ella, al parecer. De todas formas, sé de sobra que no es excusa. La verdad es que simplemente no se siente cómoda. Probablemente no soporte ser el centro de atención, después del día en el que salió sola a la calle. Pero Charlotte, caprichosa, no se da cuenta de eso. La escucho dejar escapar un gemidito de protesta y la mira con el ceño algo fruncido y el labio inferior ligeramente echado hacia afuera en un puchero. —¡Pero es mi cumpleaños, Ily! Y si no sales tú a bailar con él, quizá venga otra mujer y quiera llevárselo. Parpadeo sorprendido ante las palabras de mi propia hija. —¿Qué significa eso, si puede saberse? Como si no me hubiera oído o como si simplemente no estuviera presente, la niña me ignora. Aunque baja la voz, yo frunzo el ceño y pongo atención. Me pregunto de dónde
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    244 saca esas ideassuyas. ¿Qué muchacha querría “llevarme”? ¿Y qué quiere decir con eso, exactamente? —Yinn dice que como papá es rico y tiene un título, muchas damas intentan “echarle el lazo” —susurra en ademán confidente, aunque probablemente ni siquiera sea del todo consciente del significado de sus palabras—. Y que por eso la señorita Crossbow busca cualquier excusa para venir a visitarnos o encontrárselo “por casualidad”. Cualquier signo de rubor abandona el rostro de Ilyria. De hecho, si no supiera que no puede ser cierto, casi diría que está… molesta. Frunce el ceño y arruga la nariz en una mueca que indica su desagrado. —Ah, ¿sí? —Paladea alguna palabra y decide que no le gusta lo que ha oído—. ¿Por ser rico y tener título? ¿Y quién es esa idiota, si puede saberse? La dureza de sus palabras me coge completamente desprevenido. —¿Conoces a la novia de Yinn, Sabine? —Pregunta. Al ver que la contestación es un asentimiento, prosigue: —Pues su ama es Abbigail Crossbow. Yo también creo que quiere casarse con papá, porque siempre se agarra de su brazo, pero a mí no me cae bien porque sé que a ella tampoco le gusto yo. —Eso no es cierto —intervengo antes de que le dé una idea equivocada a Ilyria. Es a ella a quien me dirijo, de hecho, para negar todo lo anterior—. La señorita Crossbow es una amiga de la infancia. Y siempre le trae dulces a Lottie cuando viene de visita. Es muy amable. Charlotte farfulla algo por lo bajo, a lo que yo respondo, aún sin haberla entendido, con una mirada censuradora. Desde el primer encuentro las dos han sido enemigas no declaradas. En su presencia la niña se abraza a mí, reclamándome como si fuera de su pertenencia. Por su parte, mi invitada le responde con sonrisas forzadas y con la amenaza encubierta de que necesita “una madre”. No puedo evitar pensar que la
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    245 presencia de laseñorita Blackwood en la casa no le va a gustar. Y si el asunto de la compra ha llegado a oídos de Rowan, lo más probable es que también haya captado su atención. Dejo escapar un largo suspiro. —No. Te voy a decir qué es, sin conocerla —protesta Ilyria entornando los ojos—. Es una interesada y una prejuiciosa. Eso, de primeras. La propia Sabine me ha dicho que yo no le caigo bien a su ama. Y estoy segura de no habérmela topado en mi vida. Me llevo una mano a la cara, sabiendo que será imposible que deje de pensar otra cosa, ahora. —Estoy segura de que es una bruja que intentará hechizar a papá si bailan juntos. Por eso tienes que estar todo el rato con él, ¿entiendes, Ily? La aludida frunce el ceño pero asiente firmemente, casi de manera inconsciente. Me sorprende que se haya dejado enredar así por una niña. Dejo los ojos en blanco y abro la boca para protestar, pero alguien me toca el hombro. Rowan capta la atención de Lottie casi de inmediato, quien no tarda en echarle los brazos alrededor de la cintura en uno de sus cálidos abrazos. Con mi hermano están, precisamente, la señorita Crossbow y Lil. —Felicidades, Charlotte —le dicen las dos. Solo una recibe a cambio del saludo una sonrisa. Mi protegida las mira a ambas con curiosidad, analizando sus ademanes, sus peinados y sus vestidos. La maestra de la escuela, como siempre, destaca por su sencillez, sin ostentosos adornos o recogidos especiales. Lo único que lleva consigo que pueda tener verdadero valor es un abanico de nácar. —Señorita Blackwood, le presento a la señora Travers —le indico haciendo un ademán hacia Lil, que agacha suavemente la cabeza. Ilyria se limita a imitarla como si considerase que es lo correcto—. Es la maestra de la escuela que hay en el barrio de los extranjeros.
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    246 Aunque no pareceque se haya tomado muy bien que la haya dejado de tutear delante de mis amigos, baja la vista sin más. No parece cómoda, ahora, entre gente que no conoce. Gente que viene del mundo más allá de mi jardín. —Es un placer conocerla. Marcus me ha hablado de usted en alguna ocasión… Parece admirarla mucho. Abby frunce el ceño al escuchar mi nombre de sus labios, pero yo simplemente hago como si no hubiera ocurrido nada. —El señor Abberlain —puntúa sin poder evitarlo, reclamando el respeto que cree que todo el mundo me debe— es un hombre de lo más amable. Soy Abbigail Crossbow. Es un placer conocerla, señorita… —Blackwood —murmuro adelantándome, como si con eso fuera a impedir el inminente desastre. Sin embargo, antes siquiera de que haya terminado de pronunciar su apellido ya sé que es imposible detenerlo. Ilyria la mira con fijeza, juzgando sus largos tirabuzones morenos y sus ojos dorados. Su piel fina y blanca no parece causar su admiración, como ocurre con los caballeros que normalmente la rodean. No le gusta. Me doy cuenta por la forma en la que alza las cejas en un gesto que casi podría ser elegante de no ser por la molestia que asoma a su expresión. —Ah, ¿realmente es un placer? Porque no era eso lo que tenía entendido. Rowan parece sentir también la tensión a nuestro alrededor. Toma la mano de Lottie y la invita a bailar. Después, con un gesto que parece espontáneo pero que sé que está calculado, aprieta suavemente mi hombro. —¿Por qué no invitas a la señorita Crossbow a bailar, hermano? Me doy cuenta enseguida de que él nunca me animaría a hacerlo con ninguna extranjera. Sería una vergüenza para la familia, una deshonra para nuestro nombre que
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    247 yo, el condeAbberlain, pidiera a una desconocida, a una extraña a nuestra sociedad, que me acompañase a la pista de baile. La idea me hace sentir súbitamente enfermo. Mareado. ¿Qué es este apellido, sino una prisión? Porque en este momento, en este lugar, nada me apetece más que tomar la mano de Ilyria y arrastrarla conmigo hasta el centro de la sala, envuelta en su nube de tela rosa y con el rubor asomando a sus mejillas. Pero yo le haría olvidarlo. Haría desaparecer la incomodidad. Haría que nada más importase, a excepción de nosotros dos. Con mis dedos sobre su cintura y los suyos sobre mi hombro, la guiaría hasta que nuestras mil vueltas nos elevaran hasta el firmamento, donde bailaríamos sobre la luna. Entonces, envueltos en su brillo, no sería la música terrenal de la orquesta sino la celestial melodía de las estrellas la que guiaría nuestros pasos. Intento protestar. —No, yo… Nadie me escucha. Rowan me empuja suavemente y Abbigail se toma la libertad de cogerse de mi brazo. Su risa suave me irrita. No es como la risa sincera de mi hija o la de mi protegida. No tiene nada que ver con la felicidad o el corazón. Es un sonido casi nervioso, en realidad. Cuando habla lo hace en voz baja, con secretismo, ocultando el hecho de que me está tuteando como cuando éramos niños. Ella, en cambio, lo hubiera gritado a los cuatro vientos, sin pudor, porque no vería nada pecaminoso en llamar a la gente por su nombre y poner a todos los seres humanos al mismo nivel. —Bueno, no creo que esto cuente como que me hayas pedido un baile. En realidad casi se podría decir que lo ha hecho tu hermano. No la escucho. En vez de eso, observo por encima de mi hombro a una pálida Ilyria. Sé que se siente traicionada con mi marcha y con la de Lottie. La hemos obligado a bajar a la fiesta, la hemos vestido como una dama y la hemos considerado parte de
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    248 nuestra familia. Yahora, de pronto, se encuentra con que está sola, sin la niña o yo cerca para poder hablarle. Incluso después de tanta insistencia por parte de Charlotte para que me acompañara a bailar, ahora me encuentra del brazo de otra. Mi acompañante llama mi atención para empezar. Pronto me encuentro entre Rowan y otro caballero, actuando por inercia al son de la música de la cuadrilla. Al lado de Abbigail, escucho la risa espontánea de la homenajeada. Mi mirada vuela de nuevo al lugar donde estaba mi protegida la última vez que la vi, pero ahora ya no queda nadie allí. Se me cierra el estómago y se me para el corazón, casi como si yo mismo sintiera su dolor. ¿Acaso no me hubiera ido también? ¿Acaso no me hubiera sentido completamente de más, en un mundo que no es el mío, con gente que no conozco? Completamente solo… Mi hermano choca conmigo, pues me he quedado parado a mitad de un movimiento. —¿Marcus? No atiendo. Supongo que no he dejado de cometer errores desde el principio. Que no he dejado de hacerle daño con mis palabras y mis gestos. Que, después de todo, caballero o no, soy un idiota. Me aparto. Abby deja escapar una exclamación indignada, pero no me importa. Como en un sueño me abro paso entre la gente. ¿Cómo decirle que éste no es tampoco mi lugar? Sé cómo se siente. Tampoco yo estoy cómodo bailando ante un auditorio lleno de observadores, de gente que me juzga a cada paso que doy. También yo sé lo que es encontrarse solo y perdido. Fuera de lugar. Lo siento a cada instante que mi hermano entra en el cuarto. Que mis llamados amigos me hablan de cosas que, en realidad, no me interesan. Por eso me escapo de noche, cuando la ciudad duerme. Cuando nadie me pone nota. Cuando nadie me ve. Cuando las sombras me cubren y guardan mis secretos, mis pecados.
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    249 «Te comprendo», quierodecirle. «No estás sola. No te dejaré sola, mientras estés en este mundo». Mientras esté conmigo.
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    250 Pétalos Danza de deseos. Nopuedo estar aquí. Ese es el único pensamiento real en mi cabeza. Lo único en lo que puedo concentrarme al ver marchar a esa pequeña familia. Durante un segundo atiendo a la velada esperanza de que Marcus se detendrá. Me mirará y volverá conmigo, soltando a la bonita muchacha que lleva del brazo. No me va a dejar aquí sola. Él no haría algo así. Pero el segundo pasa y él no se gira. Ellos se marchan, se confunden en la fila de bailarines. Las dos únicas personas por las que tiene sentido que yo esté aquí, en este mundo, entre toda esta gente que no deja de mirarme. Ahora sus ojos son cuchillos que se clavan con seguridad. Sé que me miran con burla. «La han abandonado», deben pensar. «La han dejado sola. ¿Cómo no iban a hacerlo? Solo es una extranjera. ¿Qué hace aquí? Que se marche. Ni ellos la quieren en este baile». Es más de lo que puedo soportar. Antes de que pueda ser consciente de lo que hago, estoy huyendo. Me abro paso entre todo el gentío. No quiero verlos. No quiero que me vean. No ahora, que me escuecen tanto los ojos. Que sé que he palidecido y he dejado de respirar con normalidad. No. Solo quiero marcharme. Quiero desaparecer. Y lo hago. La noche me recibe con un soplo de viento, pero yo no me veo capaz de detenerme en la entrada. Necesito correr. Correr y resguardarme en algún lado donde no puedan verme. Donde no puedan saber lo frágil que, en realidad, soy. Lo sola que de repente me siento. Sé que no tiene sentido, pero me duele el corazón. ¿Por qué han hecho eso? ¿Por qué me han invitado a bajar a una fiesta si luego iban a abandonarme? A golpearme con la realidad en plena cara. Desde que estoy aquí tengo por primera vez la plena seguridad
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    251 de que noes mi lugar. Ahora tengo pruebas. Ahora sé que definitivamente no puedo estar en esta casa. El manzano me recibe dejando caer sus deseos de las ramas. Un soplo de brisa consigue arrebatarme una lágrima, por mucho que parpadeo para evitarlo. Voy a resguardarme a su amparo. Me apoyo contra él como si esperase que las criaturas que recolectan allí los sueños pudieran consolarme. Mi frente contra el tronco, mis jadeos contra el silencio de la noche. Quizá bajo esa lluvia de pétalos alguien decida hacer mi único anhelo realidad. “No quiero estar sola”. Mi deseo no se pronuncia. Las hadas deberían poder ver en mi corazón. La noche me saluda con el aire fresco, que borra de mi piel el calor del gran salón lleno de gente. No hay nadie fuera, entre los árboles. O no debería haberlo. Los pétalos se desprenden de las ramas lentamente, como hojas en otoño. Como copos de nieve, teñidos por la luz de la luna de un pálido blanco. Llueven deseos que caen sobre mí cuando tomo un camino invisible bajo un techo de copas enredadas. No la busco. No me hace falta. Sé perfectamente dónde está incluso antes de percibir su silueta apoyada contra el tronco. La fragancia de la lavanda llega lejana, como si hubiera entrado en otro universo. En el mundo de los sueños, quizá. Los tímidos rayos de una estrella se cuelan entre las ramas y me ofrecen un atisbo de su vestido claro, gris en la tonalidad que precede a la medianoche. —Ilyria. Ella no responde. La veo pasarse una mano por la cara. ¿Ha estado llorando? La certeza de que así es toma mi corazón entre sus manos y lo aprieta sin piedad. Duele pensar que has hecho sufrir a alguien aún sin quererlo. Pero más duele pensar que tal vez ella, esta vez, no pueda o no quiera perdonarme.
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    252 —Ilyria —repito. Mi vozno suena verdaderamente mía. Me doy cuenta de que es la primera vez que la llamo por su nombre. La primera vez que me atrevo a hacerlo. No me mira. Hay un pétalo detenido sobre la palma de su mano, blanco como la luna, pequeño y frágil. La brisa, sin embargo, no se atreve a arrancárselo. La veo cerrar el puño y apoyarlo contra su corazón. Parece mover los labios. Un deseo se posa sobre mi pecho. Mi nombre llega hasta a mí como si lo trajese el viento. La misma brisa que deshace a medias mi peinado, la que susurra en una caricia contra mi falda. Mi nombre. Su voz. Aprieto los párpados. No es el aire. Es él. No me atrevo a moverme. No quiero que me vea. No ahora, con los ojos brillantes. No ahora, tan pequeña, tan débil. Él no cree que yo sea así. Y yo no quiero demostrar que lo soy. Que, en realidad, no soy mucho más adulta que su propia hija. Que después de todo también soy una niña pequeña que tiene miedo. Miedo de estar sola. Miedo de no encontrar mi sitio. Miedo de que me hagan daño. De nuevo mi nombre, de nuevo su voz. Es la primera vez que lo dice. En todo este tiempo nunca se ha atrevido a articularlo, como si eso fuese a ser la perdición de ambos. Qué dulce suena de su boca. Ansioso. Preocupado. Ha venido por mí. A buscarme. Aprieto algo más los labios. No me está dejando sola. Está aquí. Tan cerca… Solo con un movimiento de mi boca, doy las gracias a ese pétalo, a las hadas que no soy capaz de ver. Aunque hay distancia entre nuestros cuerpos no la siento realmente. Él me ha pronunciado y eso parece acabar con todo el espacio entre nosotros. Siento un paso que la hierba acalla. Escucho su respiración. Imagino el fantasma de su aliento escapando de sus labios. Tomo aire. ¿Notará el llanto en mis ojos si lo miro ahora? ¿Sabrá leer en mi
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    253 mirada la angustiaque he sentido? Si averigua cómo descubrir mi alma, ¿cómo voy a engañarlo a partir de ahora? ¿Cómo voy a fingir que no me importa nada, que nada es capaz de hacerme sufrir…? Pero me arriesgo. Porque él ha venido, después de todo. Me giro a medias, dejando caer la mano que presionaba contra mi corazón. La mano que guarda mi deseo. El único que yo podría querer. Lo observo en la penumbra. A su cuerpo solo lo iluminan las caricias de la luna y la sombra de las luces que llegan de la casa. No me importa su figura, no me importa su respiración acelerada. Solo me veo capaz, de pronto, de bucear en su mirada. —Marcus… Él está ahí. Él es un deseo cumplido. Me parece un sueño. Toda ella. Este momento. Este jardín iluminado solo por pequeños puntos de luz, pues el Sol aguarda pacientemente a que llegue su turno. La luna parece mirarnos, parece darme ánimos. Doy el último paso hacia ella. Su vestido me roza los pies. Quisiera pedirle perdón por todo. Por haberla tratado mal. Por haberme enfadado y haberle lanzado palabras hirientes como estacas. Y ahora por haberme dejado arrastrar aún en contra de mi voluntad. —Lo siento. Tantas cosas que decirle y solo esa débil disculpa consigue abrirse paso fuera de mi boca. Me pregunto dónde han quedado las palabras de consuelo, los versos adecuados para recitarle y hacerla sonreír. Me humedezco los labios. Los dos dedos que posa sobre mi rostro me callan. No quiere que hable. Quizá, después de todo, las palabras sean innecesarias. Así que la observo, la miro a los ojos hasta descubrir el brillo del
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    254 llanto derramado, latímida muchacha que se esconde tras las bravuconadas y los malos modos para defenderse. Ahí está, frágil. Temblorosa. Imperfectamente mortal. Perfectamente humana. No puedo evitar sonreír. Le beso los dedos y ella los baja, azorada. Ésta es Ilyria Tomo su mano en la mía y la hago separar un latido del tronco del árbol. Puede que no se oiga la melodía celestial de las estrellas, pero la música de la sala se cuela serpenteando hasta aquí, acomodando sus notas entre las flores que han nacido sobre la hierba. Puede que no estemos sobre la luna, que no brille bajo nuestros pies, pero podemos convertir este pedazo de sueño en lo que nosotros queramos. Será un trozo de nube si lo imaginamos, o tal vez la superficie de un mar en calma. Puede que no sea un príncipe salido de un cuento ni ella la princesa sin defectos que todos esperan. Pero ahora, en este reino que tiene por fronteras la verja de hierro del jardín, tampoco soy un noble. Aquí, en esta noche en la que solo existimos nosotros, ella no es la chica venida de otro mundo. Yo solo soy Marcus. Ella solo es Ilyria. —Baila conmigo. No necesito más. Lo observo. Lo miro porque soy sencillamente incapaz de hacer otra cosa. Siento la calidez de sus dedos pese a que la tela de su guante impide que nos toquemos de verdad. Cómo me gustaría que él, aquí y ahora, se deshiciera de sus secretos solo para poder sentir su piel contra la mía. Pero no importa. Está bien. Mientras apretemos fuerte nuestras manos podremos sentirnos. Mientras no nos separemos podremos fingir que no hay misterios… o darnos cuenta de que ni siquiera importan.
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    255 Me arrastra unpaso más, alejándome de mi refugio improvisado. Yo no respondo. Lo miro entre las pestañas. Intento entender. ¿Dónde ha ido ahora todo el desasosiego? ¿Dónde está el miedo? ¿Dónde toda la soledad? Me pregunto si es cierto que su voz es mágica, pues igual que con sus palabras devuelve personas a casa, a mí me ha devuelto la paz. No me importan sus disculpas. No quiero escucharlas. «No tienes nada que sentir», quisiera decirle. «Estás aquí. Estás conmigo. No vas a dejarme sola. Gracias…» Pero no hablo. Su petición aún vibra en el aire y yo lo observo. Pequeña. Tímida. Ni siquiera le digo que acepto, que después de todo llevo queriendo sentirme volar entre sus brazos desde el primer momento en que se sugirió esa posibilidad. Que he llegado a imaginar cómo sería cada paso, si él besaría mi mano antes de arrastrarme a la pista. Y, de hecho, lo hace. Cojo aire cuando siento sus labios rozar con la suavidad de un aleteo de mariposa el dorso de mi mano. Se me escapa una sonrisa. No es sencillamente un gesto de caballero. Lo sé porque sus ojos me siguen observando, casi expectantes por mi respuesta, mientras su boca roza mi piel. Siento que no hemos apartado la mirada en ningún momento. Que nuestros ojos ya no se rehúyen más. Que se atrapan y se rinden. Que aceptan que necesitan la contemplación del otro y verse correspondidos. Yo claudico ante él. Mi otra mano se alza. Mis dedos, con un titubeo previo, rozan su hombro. «No sé hacerlo muy bien», le digo sin palabras. «Tendrás que guiarme. No puedes soltarme. No puedes alejarte demasiado de mí o me caeré». No sé si mi alma habla ya del baile o de lo frágil que es en realidad mi pequeño corazón. Pero, sea como sea, él parece hacer caso. Porque sus dedos tiernos se sienten en mi cintura y nuestros cuerpos salvan la distancia. Puedo sentir su calidez. Si me concentro quizá pueda escuchar la única música que quiero oír ahora: la de su corazón. La brisa sopla, los pétalos vuelan.
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    256 Mil deseos seunen a nuestro baile. Nuestros pies dejan de pisar el suelo. No es difícil imaginar que realmente nos movemos por el aire. Sin obstáculos, sin peligro de tropezar con la insensible realidad. Nuestros pasos se acoplan a un suave movimiento que nada tiene que ver con la música que suena en la mansión. De hecho, juraría que ya se ha detenido. No, si siguiéramos la melodía de los instrumentos en algún momento tendríamos que pararnos. En cambio, así, concentrados solo en el regular pálpito de nuestros corazones, podremos danzar hasta el último aliento. Y aún después, con nuestras almas a la deriva, hay una muda promesa de permanecer unidos. De que nada, ni ahora ni nunca, podrá separarnos jamás. Una suave brisa nos revuelve los cabellos. Se desliza entre nuestros cuerpos, como si fuéramos transparentes, como si la piel y la carne no fueran impedimento. «Y quizá sea así», pienso mientras caigo en sus ojos. Es un precipicio, pero esta vez no nos separa. En cambio, tomados de la mano, decidimos saltar. Y caemos. Nos dejamos llevar por la gravedad y, abrazados, sin abandonar nuestro baile, nos dirigimos hacia el abismo. Hemos estado luchando para no hacer esto desde el principio. Pero ahora sabemos que es inevitable. Y cuando nos damos cuenta, cuando nuestras miradas entienden lo que se esconde en la del otro, volamos. Es una sensación agradable. Rozamos el suelo y luego remontamos el vuelo con los dedos entrelazados, con alas de ángel a nuestras espaldas. Una lluvia de pétalos es arrancada de los árboles y espolvoreada sobre nosotros. Un mundo de deseos, de susurros y suspiros que nos pasan rozando o se posan muy cerca. Como copos de nieve salpican la hierba y se sientan a esperar. Nos contemplan con rostros sin ojos, sin nombre, y nos desean buena suerte antes de echarse a dormir. —Pide un deseo —le susurro a Ilyria, abrazando con más fuerza su cintura mientras me inclino hacia su oído.
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    257 Ella cierra losojos como si mis palabras fueran un beso que va a morir contra su piel. Nunca he visto una sonrisa más hermosa que la que esboza en este momento. —Ya se ha cumplido —murmura por toda respuesta. De nuevo su mirada. De nuevo el abismo. Mi corazón se acelera. De pronto no concibo el mundo sin ella. —¿Cuál es tu deseo? Ese secreto no puede hacernos daño. Él ha cumplido el mío. Yo ahora solo quiero hacer realidad todos y cada uno de los pétalos que se han quedado sobre sus cabellos, sobre su chaqueta. Adivino una sonrisa en su rostro. Un gesto hermoso, dulce. Su aliento sigue cerca de mi oído, lo que me hace cerrar los ojos. No necesito nada más que su voz de plata. Quiero que sus palabras me acaricien confesando lo que nadie más sabe. —Los deseos no se pueden pronunciar —susurra. Yo me estremezco. Su voz es la misma que el día en que me contó la realidad de los pétalos, en este mismo sitio. No ha pasado tiempo apenas, pero se me antoja que todo ha cambiado desde entonces. El mundo mismo parece girar de otra manera, con más calma, más suavemente. —¿Por qué? Hay una caricia de sus dedos en mi cintura. Me parece que me abraza con algo más de fuerza y yo sonrío. Es tan cálido que ahora podría llegar el invierno y no sentiría frío. En cambio, si sus brazos se alejaran, no habría verano que pudiera consolar mi helado cuerpo. —Si los deseos se pronuncian —me confiesa a media voz— la luna los roba. Casi tiemblo entre sus brazos. Entreabro los párpados, aunque no miro a ningún lado en concreto.
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    258 —¿No se cumplen? —Sepierden —responde. Su dedo pulgar acaricia el dorso de mi mano, aún firmemente entrelazada con la de él—. La luna los planta en las estrellas, para que cuando éstas caigan, puedan cumplir los deseos de quien las vea descender. Sonrío dulce. Da lo mismo que sean fantasías. Son los cuentos más hermosos que nadie me ha contado nunca. Ni siquiera son cuentos. Yo los tomo entre mis recuerdos y los creo. Alzo la mirada al cielo, como si esperara ver algún deseo perdido caer de nuevo a la tierra. Él sigue mis ojos. Solo entonces me doy cuenta de que nos hemos detenido. No me importa. No nos importa. Mientras los pétalos caigan seguiremos cogidos de la mano. Seguiremos abrazados. Puedo escuchar su pulso contra su pecho. Es el ritmo perfecto para todas y cada una de las canciones que yo podría componer. Sé que este momento permanecerá en cada pieza que toque al piano. Que cada nota se convertirá en un latido de él. Las estrellas nos reciben arrodilladas frente a su reina. La luna nos mira sonriendo desde su trono. No podrá robarnos nuestros deseos esta noche, porque no los pronunciaremos. No nos hará falta. Me he dado cuenta: no importa que no hablemos. No es preciso. Las palabras solo ocupan un espacio que ni siquiera está vacío. Alzo la mirada hacia él y, sintiendo mi llamada, Marcus desciende la suya. El golpe ya no es golpe. Sigue teniendo fuerza, pero nos hemos acostumbrado. Ahora nuestros ojos se dejan atraer, nuestras almas no tienen miedo de asomar. La mano que se posaba sobre su hombro se alza. Repaso su mejilla con la punta de dos dedos y siento que él ladea el rostro hacia su toque. ¿Cuánto tiempo habrá pasado sin que le prodiguen una caricia así? —Gracias.
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    259 Él abre laboca, quizá para preguntar, pero yo no lo dejo. Le suelto la mano y le siento tragar saliva. Pero, aunque sé que lo ha temido durante un segundo, no me separo. En cambio solo lo rodeo firmemente con los brazos, escondiéndome en su pecho, aspirando su olor a té y tinta, a la magia de mil mundos. Volveré. No lo digo quizá porque temo que si la luna lo escucha no me lo permitirá. Es una promesa hacia mí misma. Da lo mismo lo cruel que sea este mundo, no importa que no sea bien recibida. Las miradas de todos esos desconocidos me parecen de pronto un precio ridículo a pagar por un momento como éste. Incluso la soledad momentánea o el sentimiento de desplazamiento. El desamparo, la sensación de estar fuera de lugar. Todo es absurdo porque él también me abraza, también me mantiene contra su cuerpo. Roza mi espalda en caricias que me estremecen y enreda sus dedos en mis cabellos. Da lo mismo lo demás. Volveré porque entre sus brazos he encontrado un hogar.
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    260 Marcus Hallazgo. Han pasado dossemanas desde el cumpleaños de Charlotte. La noche del baile queda ya lejos, como el recuerdo de una vida pasada. Una reminiscencia llena de pétalos, estrellas y deseos. De danzas en el aire y su cálido cuerpo abrazando el mío. De mi corazón latiendo desbocado. Es curioso cómo a veces me encuentro pensando en esos momentos. Siempre sucede cuando menos me lo espero, con las excusas más insospechadas. No es la primera vez que me encuentro mirando al jardín vacío desde la mesa del balcón, por encima de mi periódico, suspirando al ver florecer los brotes más tardíos. A veces simplemente no puedo evitar atender a su figura al otro lado de la mesa, mientras trabajamos y ella lee sentada en su silla, tan concentrada que ríe y llora espontáneamente, metida por completo en las historias que siguen llegando a la mansión. De vez en cuando lo recordamos al mismo tiempo, mientras caminamos de noche por las calles desiertas, y ella apoya su mejilla contra la manga de mi chaqueta en un intento de sentirme más cerca. En otras palabras, Ilyria Blackwood se ha hecho un sitio imborrable en mi corazón. Estoy seguro de que la casa se sentiría más vacía ahora sin ella, sin sus comidas especiales y las tardes en las que las notas del piano vuelan escaleras arriba y llenan mi despacho pese a la distancia. A veces son sus canciones, nuevas y refrescantes como los días de primavera que se suceden tras el cristal. En otras ocasiones, algo torpe, Lottie la imita con más o menos éxito pero siempre con el mismo incansable interés del primer día. Su profesora, orgullosa, explica que avanza muy rápido. No obstante, también hay otras cosas que no me agradan tanto de su presencia. Las preguntas aún se suceden día tras día. Ahora ha decidido concentrarse en el pasado de Charlotte. Le he dicho lo que he podido: que la encontré y la cuidé hasta que se puso
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    261 bien. Que notenía recuerdos, y por lo tanto fue como si empezase de cero conmigo, como si yo fuese realmente su padres. Después de eso ya no pude pensar en separarme de ella. Cuando insiste en seguir interrogándome, sin embargo, siempre encuentro una excusa y me escabullo. Al fin y al cabo, hay cosas del pasado que es mejor no remover. ¿Es que no se puede quedar simplemente con el aquí y el ahora? —No vas a poder seguir dándome largas toda la vida —me ha reprochado más de una vez. «Lo sé», quiero responderle. «Pero por el momento será mejor dejar las cosas como están». Quizá pronto encuentre su libro, de todas formas, y sus incógnitas pasen a un segundo plano. Al menos ella no pierde la esperanza. Yo, por mi parte, hago todo lo posible para ayudarla. Me he recorrido cada biblioteca pública e incluso alguna que otra privada. Incluso le he traído a casa algunos tomos más o menos parecidos a lo que buscamos, pero ella nunca los identifica como el suyo. Finalmente, una tarde, después de que haya terminado con las lecciones de Lottie, le muestro el periódico. Le señalo un recuadro en una de las páginas. Es un anuncio. Ella me observa con curiosidad y se deja caer de nuevo sobre el banco, delante del teclado. Lo lee con avidez, como si fuera una historia más que hay que juzgar, pese a que hemos elegido las palabras entre los dos. —¿Y crees que responderán? Yo me encojo de hombros y acerco una silla, dejándole su espacio. No me gusta la idea de sentarme ante el instrumento, como si de nuevo intentase aprender el único par de canciones que me sé. —Bueno, si no lo hacen por simple solidaridad, he añadido que ofrecemos una recompensa. Alguien tiene que haber visto ese libro. No puede simplemente no existir.
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    262 Ella no respondeenseguida. La veo rozar las teclas del piano con la punta de los dedos, aunque sin llegar a presionarlas. Fue idea mía mandar publicar en el periódico las señas de su libro. Aún así, ahora Ilyria no parece muy convencida. Quizá empiece a pensar que es una fantasía, que no puede haber realmente un portal que la lleve a su preciosa librería como si nada hubiera pasado. Me mira de reojo y suspira. —Empiezo a sentirme culpable, ¿sabes? —Murmura—. Estás gastando una fortuna en mí. Yo alzo las cejas, sorprendido de que le preocupe algo tan insustancial. Para mí el dinero nunca ha sido realmente importante. Sé que no me faltará y, de todas formas, no es como si estuviese dilapidando mi herencia. Mientras use todos mis medios para ayudarla a ella o a cualquier otra persona sabré que estoy haciendo lo correcto. —La felicidad no tiene un precio, Ilyria. Haré lo que esté en mi mano para que puedas volver a tu mundo sana y salva. Si simplemente esperase de brazos cruzados no podría dormir por las noches. No le menciono que más de una vez he tenido que levantarme en la madrugada para asegurarme de que no ha desaparecido. No le confieso que, en realidad, lo que quiero es que se quede aquí, conmigo y con mi hija, comiendo en nuestra mesa, tocando nuestro piano y sentándose a contarle cuentos a Charlotte bajo los árboles en flor. De hecho soy consciente de que, no tan secretamente como yo, la niña reza todos los días para que eso se cumpla. Ella se queda callada, quieta, mirándome entre las largas pestañas, que dejan caer sus sombras sobre la piel dorada al atardecer. Aunque duda un segundo no tarda en inclinarse hacia mí y besar mi mejilla. Sus labios se sienten cálidos en comparación con la brisa helada que entra por la ventana. —Gracias, Marcus.
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    263 Cuando se separa,enderezándose, sonríe con tranquilidad. Parece más segura de que todo va a salir bien. De que nada va a poder evitar que se cumpla su deseo. Yo bajo la vista, llevándome los dedos enguantados a la mejilla. En esos momentos es cuando me siento el más ruin de los seres humanos por quererla solo para mí. *** Cuando le dije a Ilyria que iba a ver a un dramaturgo, su primera pregunta fue si William Shakespeare había venido a parar aquí. Por supuesto, le contesté que eso era una locura. Su interés se evaporó entonces un poco. Le he prometido que algún día, quizá en un futuro no muy lejano, siempre y cuando prometa no separarse de mí, podríamos ir al teatro. Ante la idea sus ojos se han iluminado y por un segundo me ha parecido más niña que nunca, con la cara sonrojada por la emoción y la promesa grabándose con fuerza en su corazón. Después de eso le he dado un beso a Charlotte en la mejilla y me he marchado a caballo. Cuando llego, Fred me espera en su despacho: un santuario lleno de orden y austeridad, con las cortinas cerradas para que el sol no se atreva a estropear su preciada colección de libros. A pesar de que es perfectamente capaz de pagarse él mismo la publicación de sus poemarios y sus obras de teatro, cuando lo apadriné por primera vez se forjó un vínculo de amistad que fue más allá del trabajo. Además, a pesar de que sus trabajos son un éxito, su familia sigue mirando con malos ojos que sea un simple escritor y no piense tanto en dedicar su tiempo a sus tierras y su casa. Frederich Wright es un hombre nervioso. Es el hijo más joven y el único varón entre tres hermanas solteras y se espera de él, por tanto, que las mantenga. Su padre murió cuando él era pequeño y eso solo trajo más responsabilidades sobre su cabeza. A pesar
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    264 de que todosesperaban que fuera obediente y no se entretuviese con fantasías, lo cierto es que, lo quieran aceptar o no, su aire soñador es el que lo ha llevado a ser uno de los escritores más importantes. Y, además, uno de los mejores amigos que tengo porque, al contrario que otra gente de nuestro círculo, él no pierde el tiempo con frivolidades o hipocresías. Fred no está hecho para la sociedad, para los bailes llenos de gente y las largas conversaciones, en parte por su tartamudeo, que tantas burlas le causó entre los niños de su edad cuando era pequeño. Me recibe dejando la pluma en el tintero y levantándose para tenderme la mano con una sonrisa que siempre parece tímida y algo falta de confianza. —Marcus… Gracias por venir. Aunque habla lentamente, tratando de pronunciar cada palabra correctamente, a veces se traba en alguna sílaba y le resulta difícil simplemente seguir adelante. Baja la vista, avergonzado, pero a mí no me importa su manera de hablar. Saberlo le hace sentir un poco más cómodo conmigo. Hace un ademán hacia un sillón y yo me siento tras agradecérselo. Miro alrededor. Ha sido él el que me ha llamado, a pesar de que normalmente suele pasarse por la mansión. —He oído que tienes una muchacha viviendo en tu casa… Supongo que no me ha pedido que viniera por eso. Con un suspiro decido que no ha sido la manera con más tacto de empezar nuestra conversación. Aún así, intento no enfadarme. No fueron pocos en la fiesta los que me vieron volviendo del jardín con la “muchacha”. A estas alturas todo el mundo da por hecho que tenemos algún tipo de relación no tan secreta. No me importa. La verdad se quedará dentro de la mansión Abberlain, ya que nadie más parece querer escuchar que no hay nada entre nosotros. De hecho, ahora hasta Yinn nos mira suspicaz cuando nos encuentra solos en un cuarto, como si estuviese planeando cometer un delito y ella fuera mi cómplice.
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    265 —La señorita Blackwoodno puede volver a su mundo por el momento —le explico a Fred—. Al menos no hasta que encontremos su libro. Él asiente y saca el periódico del día anterior de un cajón. Las hojas están dobladas para que el anuncio que yo mismo mandé poner quede bien a la vista. —Así que tú también lo has visto. Fred vuelve a asentir. Sus ojos claros, en contraste con su piel oscura, me taladran. —¿Has encontrado ya alguna pista? Me encojo de hombros. Alguna gente ha pasado por casa insistiendo en que tenían pruebas, pero ninguno ha sabido aclararme nada. Lo más probable es que solo fueran curiosos o intentaran conseguir la recompensa que promete la nota en blanco y negro. No, lo cierto es que no tengo ni la más mínima idea, aunque no se pueda decir que no lo haya intentado de todas las formas posibles. ¿Qué vamos a hacer, si fracasamos incluso así? Por un lado no deseo nada más aparte de que Ilyria decida quedarse. Que se convierta finalmente en un miembro más de mi familia. Pero, por otra parte, ¿cómo puedo pensar en enjaularla? Creo que languidecería y moriría de pena, prisionera en un mundo que no es el suyo. En una sociedad que no le gusta por su hipocresía y su falsedad. —Nadie puede decirme nada a ciencia cierta. De alguna manera creo que… ella está empezando a perder la esperanza. Pero yo no me atrevo a darme por vencido. No puedo hacerlo. No quiero imaginarme siquiera el momento en el que le diga que voy a dejar de luchar. Sé que ese día escucharé su corazón rompiéndose. Así que aún aguardo que pase algo. Ese libro no puede simplemente no estar. Fred titubea. Lo veo morderse el labio e inclinarse hacia delante en la mesa, mirando de un lado a otro como si temiera que un espía saliese de detrás de uno de los tapices que se reparten por la sala.
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    266 —En realidad, tehe pedido que vinieras por eso. Por el libro. Me sorprendió leer tu nombre firmado y ofreciendo una recompensa a negociar. Me ruborizo un poco. Dicho así suena a que estoy realmente desesperado por tener en mis manos ese volumen. Aunque se supone que lo estoy… ¿verdad? —¿Qué quieres decirme, Fred? ¿Sabes quién puede tener el libro? Él asiente enérgicamente. No se me escapa que enseña los dientes blancos en una brillante sonrisa. —De hecho, pienso que podrías conseguirlo hoy mismo. Sus palabras me golpean y me quitan la respiración. ¿Es eso cierto? Me humedezco los labios y me inclino hacia delante, dispuesto a recibir de él el secreto. Casi me puedo anticipar a la sonrisa de Ilyria, a su expresión de incredulidad y sorpresa, a su risa espontánea resonando en mis oídos. ¿Me besará la mejilla como hace siempre últimamente? ¿O me abrazará cálidamente como pasó el día del baile? Puedo vernos danzar alrededor de la habitación, eufóricos, mientras ella mueve los labios en palabras que no oigo pero que, después de todo, sé que son de agradecimiento. ¿Las guardaré ansioso para mí o las rechazaré con suavidad, insistiendo en que he hecho lo que cualquier caballero haría? Fred se levanta ante mi atónita mirada y camina con tranquilidad por el cuarto, hasta que parece encontrar lo que busca encerrado en una cómoda, con llave, como si creyese que podría salir volando si le daban la oportunidad. El libro. Sorprendido, lo recorro con la mirada, ávidamente. Sé que es ese, a pesar de no haberlo visto nunca antes con anterioridad. Sé que éste es el milagro que llevará a mi protegida de vuelva a su casa, con sus padres y sus amigos. Se trata de un tomo bastante grande, más alto que la media y también algo más ancho y gordo. Es bonito, con ese encanto de lo antiguo, de lo único en su especie. En sus
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    267 tapas doradas, gastadaspor el uso pero aún brillantes, echo en falta un autor al que dar las gracias por saber crear vida de las palabras o un título con el que llamar a la obra. Es exactamente igual que el libro que Ilyria ha descrito en mil ocasiones. Pronto está entre mis brazos. Como el más preciado de los tesoros, como un bebé, lo acuno con suavidad y lo pego contra mi pecho. Sí, ya puedo sentir la alegría de Ilyria, su abrazo a mi alrededor. Y, al mismo tiempo, como una nube oscura, también me doy cuenta de otras cosas. De lo triste que se pondrá Charlotte. De lo vacía y silenciosa que volverá a estar la gran mansión. Ya no podré escuchar el piano resonando claro, de nuevo vivo, por toda la casa. Ya no habrá más picnics ni más bailes bajo las estrellas, enredados en deseos que no se pueden pronunciar. Ya no nos podremos quedar despiertos hasta que salga el sol, descubriendo la ciudad mientras todos duermen o leyendo hasta que ella se quede dormida con los papeles aún en la mano y yo tenga que llevarla en brazos hasta su cama. Incluso se acabarán las preguntas, por mucho que me desagraden. Nadie volverá a pasear en camisón por el pasillo como una niña recién levantada, sin recordar cómo llegó la noche anterior hasta su dormitorio. Mientras observo el libro, muerto entre mis manos, me pregunto si debo llevarlo conmigo o simplemente destruirlo aquí y ahora. Si lo hiciera podríamos ser felices juntos. Podríamos… —Es… perfecto —murmuro sin ser realmente consciente de lo que digo—. La señorita Blackwood se va a poner tan contenta… ¿Cómo…? ¿Dónde…? Fred sonríe. Creo que piensa que me he quedado sin palabras de pura felicidad. Yo, en cambio, no estoy muy seguro de por qué no puedo hablar con fluidez. Me obligo a coger aire.
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    268 —Siempre ha estadoen mi estantería. No sé de dónde ha salido, pero parece ser muy antiguo. ¿No crees que es una auténtica coincidencia? Supongo que ha estado esperando su momento, todo este tiempo. Por supuesto, puedes quedártelo. En un acto reflejo palpo mi chaqueta en busca de la cartera. Él ríe suavemente y niega, algo azorado por las implicaciones de mi gesto. —Marcus, no me podría llamar tu amigo si te pidiera algo a cambio por él. En esta casa no tiene ninguna utilidad. Es tuyo ahora. —Eres muy amable. Gracias. Ese ha sido un comentario no sentido. No estoy agradecido de verdad. Ahora ella nos abandonará. Si se lo doy, si le digo que lo he conseguido, aunque ella podría volver, como al parecer le prometió a Lottie, ¿qué garantías tengo? Quizá vuelva a su mundo, a su librería, y decida que todo ha sido un sueño. Que no le ha gustado la experiencia y que no quiere repetirla. A lo mejor solo recuerda los malos momentos y se da cuenta de que no merece la pena regresar a nuestro lado. ¿Por qué habría de hacerlo, después de todo? No sé si pesa más el gran volumen o la angustia que se ha sentado sobre mi corazón.
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    269 Ilyria Descubrimiento. Han sido unassemanas extrañas. El pensamiento me sobreviene mientras observo el jardín por la ventana de la sala de música. Apoyo la cabeza en una mano, el codo hincado en la tapa bajada. Lottie se ha ido hace tan solo cinco minutos a jugar con Angela y sus muñecas de porcelana. Aunque me ha invitado a acompañarla yo he decidido quedarme aquí. Desde la ventana puedo ver mi pequeño pedacito de Paraíso en ese jardín. El árbol, inconfundible, deja brotes de nuevos deseos en sus ramas. No sé si soy realmente consciente de los sucesos acontecidos después de la fiesta de Charlotte. No. No después de la fiesta de Charlotte… sino del baile con Marcus. Suspiro hondamente, cruzando los brazos sobre la tapa oscura y apoyando la mejilla entre ellos. Desde ese momento los días han pasado para mí como borrones difusos. Son solo recuerdos ligeramente alterados en los que no puedo terminar de concentrarme. Porque todos me llevan a él… y él me lleva aquella noche. Cierro los ojos. Aún me parece sentir su sonrisa tan cerca de mi oído, su respiración rozándome la piel. Sus brazos en mi cintura. Los corazones juntos, tocando para nosotros. Desde entonces Marcus y yo apenas sí hemos vuelto a discutir. Cuando lo hacemos (porque no hacerlo del todo sería, para mí, inconcebible) nos descubrimos reconciliándonos sin pedirnos perdón en la mayoría de las ocasiones. A veces simplemente nos miramos, orgullosos… y terminamos sonriendo, aunque disimulamos. No hemos hablado de aquella noche, pese a que sabemos que los dos la recordamos constantemente. Cuando Charlotte pregunta cómo fue no damos detalles. De todos modos a ella parece serle suficiente saber que finalmente nos concedimos un baile en su cumpleaños. Le encanta, de hecho, saber que danzamos entre deseos. Probablemente se
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    270 ha creado laimagen ella sola, en su cabeza, de lo que pasó o no. Desde que se enteró a veces me llama “mamá”, aunque no puedo dejar de pensar en lo irónico que es un apelativo así. Apenas le saco en realidad más de seis años. Siete, teniendo en cuenta que pronto cumpliré diecinueve. Su padre no parece muy de acuerdo con el título, pero yo no me pronuncio. Ella alega que si tiene que tener una madre no quiere que sea otra sino yo. Me relata, tratando de llamar mi atención muy poco sutilmente hacia su padre, cómo Marcus se apresuró siguiéndome la pista en cuanto se dio cuenta de que me había ido. Lo cuenta como si él fuera el héroe de alguna aventura. El príncipe que corre tras la princesa. A veces, con una infantil gracia, imita el gesto de indignación de Abbigail Crossbow. Al saberlo no siempre puedo contener mi sonrisa de satisfacción. Otros días, en privado, me dice que si el conde salió en aquel momento tras de mí, dejando a “la bruja” plantada es porque le importo más que cualquier otra mujer. Más que nadie en este mundo… Aunque la idea me seduce de una manera que no quiero admitir sé que solo dice ese tipo de cosas para defender la supuesta relación familiar que espera que tengamos. Yo no la contradigo. Me hace feliz que me trate como si fuera tan fundamental en su vida. Una parte tan necesaria. Suspiro hondamente, mirando al techo de la sala de música. Marcus ha seguido, pese a todo, buscando el libro. A veces, cuando siento que me mira, me parece ver en sus ojos que no quiere que me vaya. Lottie es más cruel en sus deseos. Me ha insinuado con delicadeza que los extranjeros nunca tardan tanto en encontrar su libro si lo tienen. Sé que es su manera de convencerme de que me olvide de mi mundo, pero yo no puedo hacerlo. ¿Cómo podría, si allí está todo lo que alguna vez he conocido? Cuando ella hace ese tipo de comentarios yo acaricio sus cabellos, beso su frente y le juro que voy a volver. Que la quiero, que no voy a separarme para siempre. Charlotte entonces sonríe y
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    271 parece creerme. Yotambién sonrío, abrazándola, porque ahora sé que no le digo ninguna mentira. No se lo he dicho claramente a Marcus todavía. ¿Se alegraría al conocer la noticia? Sé que hasta que no lo haga, aunque parece enterado de la promesa que le he hecho a la pequeña, no la creerá. No obstante él parece tener a veces más interés que yo misma en recuperar ese tomo. No es que yo no desee volver por encima de todas las cosas, pero en ocasiones se me ocurre que quizá no todo es tan diferente como quiero pensar. Puede que él siga teniendo miedo de que me marche para no volver nunca más. Puede que me prefiera lejos de su vida, donde no pueda alterar su tranquilidad. Quizá quiere volver a su paz, donde la gente no hablaba de él ni se metía en su intimidad… Sacudo la cabeza, apartando el pensamiento rápidamente de la mente. No. Aunque a veces pueda parecer eso, sé que solo intenta hacerme feliz. Ayudarme. Se esfuerza tanto por que esté de nuevo en mi hogar… Me cuida de una manera que no recuerdo que me haya cuidado nunca nadie. Me gustaría poder hacer algo por él, pero no tengo manera de ayudarle como agradecimiento. A veces me cuelo en su despacho y le adelanto todo el trabajo que puedo, devorando manuscritos para que él esté más tiempo con su hija. Y conmigo. Sería ridículo no aceptar que me gusta cuando puede pasar las tardes jugando con nosotras. En estas dos semanas que parecen alejadas del transcurso del tiempo también he tenido oportunidad de conocer más a la maestra. He podido ver que realmente no tiene nada que ver con las demás nobles, como Marcus me sugirió en su momento. Vive sola, es cierto, pero no es lo que más me interesa a mí. Es la única que todavía no me ha mirado como si me juzgase. Me habla, de hecho, como si fuera una Abberlain más. Es una joven agradable, pese a que no es de muchas palabras. El conde me ha dicho que su comportamiento se debe a que perdió a alguien importante, pero no me ha querido dar
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    272 más datos. Cuandole pregunté pareció triste. Sus labios chocando contra mis cabellos me apartaron de mi curiosidad. Con ese gesto parecía querer librarme del mal que en su día acechó a la profesora de los extranjeros. Con la primera visita de Lil Travers también pude conocer un poco más a Marcus. El martes tocaron a la puerta. La maestra traía consigo a un hada que nada tenía que ver con Sabine. La criatura en esta ocasión no ocupaba más espacio que mi dedo meñique y tampoco era mucho más alta. En sus manos, Lil traía un libro. Aunque al principio el conde se mostró reticente, finalmente me enseñó cómo funciona su poder. Es sencillo: ha de abrir el libro del extranjero por la mitad y obligar al viajante a pisar. Al principio no me pareció bien, cuando lo escuché, porque pensé que estropearía el ejemplar; pero es que el pisotón, en realidad, nunca llega. Antes de que eso suceda surge su voz. Nace de tal manera que no parece una sola. Es hermosa, como una letanía lejana que habla de todas las historias del mundo. El hada desapareció con un centelleo y yo no pude más que observar el libro, de pronto cerrado, con embelese. Después volví a alzar la vista hacia Marcus. Él no pareció demasiado cómodo con mi escrutinio mientras recogía el tomo del suelo. Lo guardó distraídamente en una de las cristaleras del inmenso despacho, entre todas los demás publicaciones, entre todos los demás mundos. Recuerdo haber titubeado, mirándolo desde mi asiento en la silla, el mismo que tomo para trabajar normalmente. —¿Te quedarás también con mi libro cuando lo encuentres? Sé que la pregunta lo cogió por sorpresa. Me observó de reojo, cerrando con suavidad la cristalera. Cogió aire y luego miró su reflejo en el cristal. —Sí.
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    273 Yo sonreí, encantadacon la idea de que él pudiera cuidar mi portal, tenerlo cerca. Si los dos durmiésemos con nuestra pequeña conexión al lado de la cama quizá los sueños traspasasen las páginas y pudiéramos encontrarnos en nuestras fantasías. —No puedes dejar que le pase nada —le hice jurar. Él me miró algo sorprendido. Durante un segundo vi algo extraño en su mirada. De haberlo creído posible habría jurado que era dolor. Se frotó la mano enguantada y asintió. Cuando volvió a clavar sus ojos en los míos se me antojó solemne. —No. No permitiré que sufra ningún daño. Como cuando me cuenta sus pequeños cuentos de pétalos y estrellas, yo lo creí ciegamente. Miro al reloj. Marcus ha salido hace ya un buen rato, pero supongo que tardará en volver, puesto que ha cogido el caballo. ¿Cómo será ese magnífico dramaturgo del que ha hablado? Al parecer es uno de los escritores de los que más orgulloso se siente. No recuerdo haber leído ningún manuscrito suyo, entre todos los sobres que llegan a la mansión día a día. Suspiro. Será mejor que vaya a hacer algo, en vez de quedarme aquí parada todo el día. Adelantaré un poco de trabajo y así cuando el sol caiga podremos salir fuera. He aprendido a apreciar más la ciudad de noche, con su quietud y su sencillez. No hay personas, entonces, que puedan juzgarme. Juzgarnos. Soy consciente de que la gente, tras el baile, ha empezado a hablar. Suponen una relación que, por más que le gustase a Charlotte, no hay. Y, definitivamente, la idea no ha parecido encantar. Lo sé porque Yinn me cuenta la verdad cuando le pregunto en secreto, aunque sé que a Marcus no le gusta que lo haga. Al mayordomo al principio le cuesta, pero al final siempre confiesa porque sabe que tengo derecho. No me importa ya no salir de día, por mucha pena que me cause no poder ver el mundo más allá del jardín del conde. De hecho, en toda la semana no lo he vuelto a pedir, aunque Marcus a veces se ha mostrado
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    274 francamente sorprendido alrespecto. Sé que pasear de su brazo como hacemos cuando solo la luna puede vernos le acarrearía problemas. No quiero causárselos. Ahora me es suficiente con poder respirar el aire fresco de la noche y caminar a su lado. A veces simplemente callamos y disimulamos que nuestras manos se rozan al azar al principio, para acabar entrelazadas. Otras, cuando mi curiosidad se revuelve, hablamos hasta que él no quiere contar más. No he vuelto a preguntar por sus guantes. Aunque sigo esperando que algún día me muestre sus manos desnudas y con ellas su secreto, le temo a esa cuestión. Tengo miedo de que un día simplemente el abismo de aquella noche vuelva a abrirse entre nosotros. Sé que ahora no podría soportarlo. Si él volviese a decirme alguna de aquellas palabras caería herida de muerte. De modo que he decidido preguntar lo justo sobre él. Me he centrado en Charlotte. Pensé que Marcus no tendría ninguna reserva en contestar a mis interrogantes sobre la niña… pero no ha sido así. Al principio respondió, aunque no con mucha seguridad. La encontró agazapada en un rincón en sombras. Estaba enferma y no recordaba. Efectivamente, los recuerdos de Lottie empiezan el día que conoció a Marcus, como he podido comprobar con ella misma. A la pequeña no parece importarle. Es feliz ahora y no echa de menos saber ningún pasado. Cuando yo le pregunté a su padre sobre éste, él me respondió que no podía saberlo, pero sé que no es verdad. Para bien o para mal, mentirnos nos resulta a los dos cada vez más complicado. He aprendido a conocerle. A él y a su mirada, a sus gestos. Soy capaz de intuir el alma en sus ojos. Y lo sabe. Por eso cada vez que quiere ocultarme algo evita mirarme, concentrándose en cualquier pequeñez, o cambia directamente de tema. He visto que hay cosas extrañas en lo que a Lottie se refiere. Sabe detalles de ella que ni siquiera la muchacha sabía. Por ejemplo, sin ir más lejos, la fecha de su cumpleaños. De nuevo lancé esa pregunta al aire y de
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    275 nuevo me encontrécon que se encogió de hombros, dándome a entender que la había inventado. No es cierto. Ya no me puede engañar. Pero cuando miente o me oculta cosas, aunque se lo reprocho, no busco ya la discusión. Por una parte porque me preocupa que se canse de mi curiosidad. Que se canse de mí y se acaben las noches paseando de su brazo. Que un día me diga que saldrá solo y yo no puedo acompañarle. Tengo miedo de que cuando tenga mi libro entre mis brazos me diga que no quiere que vuelva. Me decido a no pensar más. Dejaré que las olas de algún mar de palabras me cubran y me empapen con sus historias. Con esa idea subo las escaleras y entro en el despacho, que ahora está desierto. A veces se me hace extraño entrar sabiendo que él no va a estar allí, sentado en su silla. Cuando es así aprovecho y me acomodo en su lugar. Me parece que huele a él y eso me gusta. Me hundo en su asiento y sonrío sin poder evitarlo. Cojo un sobre y un papel en blanco. Me gusta tomar notas sobre los libros. Cosas de argumento que luego discuto con Marcus o, en ocasiones, críticas mordaces. Solo es una excusa más para quedarme hablando con él. Miro alrededor. Al hacerme con la tinta y la pluma me doy cuenta de que el tarro está vacío, a excepción de un par de gotas. No sé dónde guarda él el recambio o si tiene, pero si hay debe estar en uno de los tantos cajones del escritorio. Dejo el sobre y me inclino para ponerme a buscar. Me doy cuenta entonces de que el último tiene una llave en la pequeña cerradura. Ladeo la cabeza, con curiosidad. Es un poco torpe dejar una llave en el lugar supuestamente cerrado con ella. Titubeo, pero la giro. Se escucha el clic de la cerradura al ceder. No he visto que los demás cajones tengan cierre, así que debe haber algo importante. Como suponía allí no hay papeles ni instrumentos de escritura. No hay archivos sobre tierras ni cartas. No hay nada de lo que podría haber en los demás compartimentos…
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    276 pero sí algode lo que esa estancia está plagado: un libro. Frunzo el ceño y miro alrededor. ¿Por qué tener un volumen ahí, cuando todos los demás dormitan tras las vidrieras? Me humedezco los labios. Es, definitivamente, algo extraño. Lo cojo con cuidado, como si temiera que me fuera a comer. Unas tapas tan negras como la propia oscuridad me saludan. No soy capaz de ver bien el título o el autor, pues el libro está roído por el tiempo. Las esquinas están desgastadas y las páginas asemejan amarillentas. Se parece un poco al que me trajo aquí, con ese encanto antiguo y desgastado. Suspiro, pasando los dedos por la cubierta. No es el mismo, naturalmente. Si Marcus encontrase mi libro me lo daría en el momento. De hecho, precisamente porque estoy segura de ello, no he vuelto a preguntarle cuando me informa de que va en su busca. Algún día, cuando lo halle al fin, vendrá con él en brazos y me lo tenderá, con los ojos alegres por verme feliz. Lo abrazaré entonces hasta que se me agoten las fuerzas en los brazos, hasta que me haya llevado su olor en mi cuerpo. Después le prometeré regresar. A él, solo a él. Lo obligaré a mirarme para que vea que no miento, que por las tardes me escaparé entre las páginas de este libro para volver a verlos a todos. ¿Se pondrá feliz entonces? ¿Me rodeará la cintura con la seguridad con la que lo hizo mientras bailábamos? Quizá sus labios… Sacudo la cabeza. Una vez más mi mente ha volado a la imagen de él y yo juntos, sin necesidad de separarnos, y me impide pensar con claridad. Suspiro y vuelvo a bajar la mirada al libro. Intento abrirlo, pero repentinamente me doy cuenta de que no solo el cajón que lo escondía guarda su interior con celo: hay un candado que une las tapas… uno que no muestra ningún instrumento para abrirlo. Está firmemente cerrado. Frunzo el ceño e intento encajar la llave que había en el mueble en esa cerradura. No funciona. No es la misma.
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    277 Me humedezco loslabios, repentinamente intrigada. Ese libro guarda un secreto. No me cabe ninguna duda, así como tampoco duda mi propia curiosidad. ¿Por qué si no iba a tenerlo Marcus apartado de los demás? ¿Por qué cerrado con tanta seguridad, de modo que no se pueda leer? La puerta del despacho se abre y yo me tenso. El conde se enfadará si me ve curioseando entre sus cosas. Alzo la mirada, ligeramente pálida. Allí, por suerte, solo está Charlotte, asomada. —¿Ily? Dejo escapar un suspiro hondo y me destenso contra el sillón. —Lottie… Dime. ¿Pasa algo? Ella sonríe inocente y entra. En sus brazos hay una pequeña muñeca de porcelana vestida de blanco. Los cabellos rubios y brillantes parecen de verdad, así como los ojos azules que guarda en sus cuencas. Es bonita, como todo lo que parece rodear a Charlotte. —¡Ven a jugar! No te pongas a trabajar ahora —pide con un puchero, adelantándose hasta el escritorio—. Papá siempre tiene que trabajar y por eso no juega conmigo, pero tú no puedes hacer lo mismo. Se me escapa una sonrisa inevitablemente. —Eres una pequeña manipuladora, Charlotte Abberlain. Ella sonríe cándidamente y utiliza como arma su encantador parpadeo. —No sé de qué me hablas, mamá. —Se me escapa una sonrisa al escucharla llamarme así, como siempre que lo hace. Sacudo la cabeza y entonces ella parece caer en lo que sostengo entre las manos—. ¿Ah? ¿Has encontrado el libro especial de papá? Doy un respingo y la miro. Entorno los ojos y me echo un poco hacia delante, con curiosidad. Me humedezco los labios, francamente interesada.
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    278 —¿El… libro especial,dices? Ella se sienta en lo que suele ser mi sitio al otro lado del escritorio. Asiente con un golpe firme de su cabeza, colocando la muñeca en su regazo. —Papá siempre lo ha guardado ahí —comenta—. Para él parece muy importante. No le gusta que curiosee y nunca lo abre —continúa señalando la cerradura—. Al menos yo nunca lo he visto abierto. Siento mucha curiosidad, ¿tú no? ¡Para que sea tan importante para él, la historia que cuente ha de ser apasionante! Entrecierro los párpados y miro al libro. Él me responde callado, quieto. Una idea ha empezado a formarse en mi cabeza a medida que Lottie ha estado hablando. De pronto le veo una explicación a su obstinación de cubrirse las manos con los guantes. Siempre he sabido que tenía algo que esconder. Ahora, además, se me ocurre qué puede ser. ¿Y si ese libro y él estuvieran más ligados de lo que pudiera parecer? ¿Y si bajo sus prendas impolutas intentase esconder una marca como la que sigue adornando mi hombro? ¿Y si no fuese tan noble como se supone que es? Un extranjero, como yo… No obstante, sé que no le puedo preguntar a él. No ahora. No directamente. —Yo que tú no le diría que lo has visto. Papá se enfadará. Miro a la niña y luego de nuevo el tomo. Asiento un poco. —Te haré caso. Que sea nuestro secreto. Con eso, vuelvo a meter el libro en el cajón, escondiéndolo de ojos indiscretos. Encajo de nuevo la llave donde estaba, dándole la vuelta que tenía cuando lo abrí. Lottie parece casi divertida, expectante y curiosa. —¿Por qué crees que es tan importante? Yo sonrío y me encojo de hombros, sin decirle lo que de verdad pienso. Si me equivocara en mis suposiciones y las enunciara en alto, sobre todo a Charlotte, Marcus no me lo perdonaría.
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    279 —No lo sé.Dejémoslo. Me levanto y así lo hace también ella, aunque observa el escritorio durante un segundo más. Yo, para distraerla, le rodeo los hombros con un brazo. —Vamos a jugar. La niña sonríe y asiente. Echa a correr, perdiéndose por el pasillo. Yo miro de reojo a la mesa, como si pudiera ver el libro aún a través de la madera. Sonrío. Estoy más cerca de saber quién es Marcus Abberlain en realidad.
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    280 Marcus Pecado. Nada más llegara casa me dirijo al despacho. El libro descansa pesadamente entre mis brazos. Creo que nadie me ha visto entrar. Aprieto los labios y me quedo observando el tomo, que ahora yace quieto sobre la mesa. Se me han entumecido las manos de llevarlo, aunque no sé si ha sido por apretarlo demasiado entre mis dedos o porque la culpa se ha materializado en un peso que no puedo soportar. La mentira ya me corroe por dentro y ni siquiera he visto a Ilyria aún. ¿Qué pasará si lo escondo? Nunca más podré volver a mirarla a los ojos, volver a mostrarle mi alma sin pudor, sin pecados que confesar. Tendré que ocultarme de nuevo bajo la máscara, dejar de ser Marcus para convertirme una vez más en el noble y frío conde Abberlain. Y cuando lo descubra, si algún día lo hace, ¿acaso no me odiará? Palidezco. No soportaría sus ojos duros sobre mi rostro, su mueca despectiva y… dolida. Sí. Por encima de todo no podría llevar sobre mis hombros ser el origen de su dolor. Sería un crimen apartarla de ese mundo que conoce pero, después de todo, ¿no sería también delito abandonarnos ahora? Con el corazón en un puño acaricio las tapas desgastadas del volumen. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué puedo hacer? Las dos opciones parecen llevarme al final hacia dos corredores sin salida. Puedo mentirle y así retenerla. Puedo decirle la verdad y que se marche para siempre. Me cubro la cara con las manos. Siempre pierdo lo que más me importa. Haga el bien o el mal, la desgracia siempre me atrapa y se lleva sin pensar aquello por lo que he luchado. Ahora el Destino amenaza con quitarme también a Ilyria, sin consideración. Con ella se alejarían también los mil deseos de nuestro baile, las noches que pasamos caminando sin un rumbo fijo. Las promesas de juegos y palabras. Con ella se iría una parte de mi corazón. No puedo negar por más tiempo lo evidente: cada vez que estoy
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    281 con ella unaparte de mí sueña con más bailes, con más abrazos, con su mejilla contra mi pecho. Puede que no sepa ni el cómo ni el por qué, pero no me cabe duda de que algo cambió en el mismo instante en que empezamos a danzar bajo la atenta mirada de las estrellas. De hecho, a veces me da la sensación de que aún doy vueltas con ella, de que mi cabeza vuela y nada más que su risa importa. ¿Sentirá ella lo mismo? Me muerdo el labio y vuelvo a tomar el tomo entre mis manos, inquieto. Si se marchara, el espacio de mil mundos nos separaría. Podría ir a verla yo mismo, pero… ¿Ella querría que lo hiciese? Probablemente cuando recupere su vida no me quiera allí, en su mundo desconocido, fuera de mi lugar y asaltando el suyo. En ocasiones, cuando me quedo despierto en la madrugada, me siento incapaz de dormir, a pesar de que sé que solo está al otro lado del pasillo. Es una distancia tan corta que podría atravesarla en tan solo un par de segundos. Y, sin embargo, duele. Me doy cuenta, incluso, de que resulta enfermizo. ¿Por qué esta necesidad imperiosa de tenerla cerca? ¿Por qué este hambre de su presencia, de su sonrisa y su conversación inteligente? Dejo el libro en el cajón y me aseguro que habrá un momento adecuado para dárselo, aunque una parte de mí sabe que no es así. Me lo voy a quedar. Intentaré olvidarlo y los días se pasarán. Primero quizá lo hagan lentamente, con la tortura de quien guarda un secreto, pero después todo volverá a la normalidad. Su presencia en esta casa será algo cotidiano y no habrá más remordimientos. Olvidado en un rincón, como ese otro mundo, no tendré que volver a pensar en él. La puerta se abre y yo casi palidezco, culpable, enderezándome y cerrando el cajón con el pie. Cojo aire. Ilyria está bajo el marco de la puerta, tan sorprendida como yo
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    282 pero mucho másinocente. El corazón me late en las sienes. Me apresuro a bajar la vista antes de que pueda ver en mí la mancha negra que deja el engaño. —Marcus, ¿cuándo has vuelto? Me concentro en poner orden sobre la mesa, aunque no es necesario hacerlo. Me froto la nuca. «No levantes la vista. No te atrevas a mirarla a los ojos. Te descubrirá. Te odiará». Estoy tan nervioso que me cuesta encontrar las palabras. Aprieto los párpados un segundo y me concentro en recuperar mi entereza. —Ahora mismo. Ella se acerca. Se deja caer en su silla de siempre y da un largo suspiro, como si estuviera agotada. Charlotte debe haberla hecho correr por toda la casa en uno de sus juegos. La miro por entre las pestañas. Ella se da cuenta y me sonríe inocente, ajena a mi debate interior. Se echa hacia delante y apoya los codos, con la cara entre las manos, sobre la mesa. —¿Cómo ha ido con el dramaturgo? —Pregunta tranquilamente—. ¿Tiene alguna obra nueva? Porque si necesita una actriz, yo me ofrezco voluntaria —ríe—. Es mi profesión frustrada, ¿sabes? Casi suspiro de puro alivio al entender que no ha notado nada raro. Me paso la mano por el pelo, pero sigo negándome a alzar la vista y encararla. —No, pero me ha dicho que está escribiendo una. Aunque eso lleva mucho tiempo. Es probable que para cuando se estrene, tú ya no estés aquí. El corazón se me parte cuando no lo niega. Aunque me mira y titubea, pronto sacude la cabeza. No hay rotundas negaciones o promesas de volver a buscarnos una vez se asegure de que todo en su mundo sigue donde debería.
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    283 —Solo bromeaba —measegura sin reparar en la expresión que intento ocultar al mantener la cabeza gacha—. Realmente ser actriz en este mundo sería lo último que se me ocurriría. Creo que los nobles me mirarían mal incluso interpretando un papel. Deja los ojos en blanco, pero yo no digo nada. No podría hacerlo. Me siento súbitamente desengañado. Observo de reojo el cajón cerrado y me pregunto si será suficiente con darle una vuelta a la llave o tendré que quitarla de la cerradura. Nadie debe verlo, aunque sé que Charlotte no diría nada, ansiosa como está por que Ilyria permanezca junto a nosotros. —¿Te pasa algo, Marcus? Estás raro. Trago saliva y niego suavemente. —Estoy… Estoy cansado. Nada más. Ella sonríe con dulzura. Su gesto es un bálsamo y, al mismo tiempo, una tortura. —Trabajas demasiado. Quizá sea mejor que esta noche te vayas a dormir. Me humedezco los labios. Sé que no dormiré. No podré volver a cerrar los ojos sin observar en mi mente el objeto de mi delito. —Quizá sí sería bueno tomarme el resto del día libre —acepto—. Pero saldremos. Sé de sobra lo feliz que la hacen esas caminatas bajo la luna. Soy consciente de que es el único momento del día en el que puedo llevarla lejos del jardín. Como fantasmas de la misma textura que la niebla, navegamos por las calles y gobernamos el mundo sin que nadie se dé cuenta. Es la única manera en la que puedo asegurarme de que no es mi prisionera, que es un ser humano libre que simplemente está bajo mi protección. Hoy más que nunca quiero convencerme de que no soy su carcelero. *** —¿Thaýr? —Yinn se asoma a la salita y yo alzo la vista de mi periódico—. Tu hermano está aquí.
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    284 Yo asiento, indicándoleque puede pasar, y miro hacia fuera, a las puertas cerradas que dan al balcón. Fuera la lluvia cae sin descanso, como lleva haciendo durante los dos últimos días: las dos jornadas que han pasado tras el descubrimiento del libro. Quizá el cielo me culpe por no decírselo y siga llorando hasta que ponga fin a mi crueldad. Pero, ¿qué puedo hacer yo? Escondido en el cajón de mi escritorio ese tomo no hace daño a nadie. Ilyria, de hecho, no me ha vuelto a preguntar por él. Todos en la casa callamos ahora, en un acuerdo taciturno de que las cosas están como deben, ni más ni menos. Rowan entra en la sala de estar, completamente seco. Probablemente ha venido en un coche que lo ha dejado directamente delante de mi puerta. Me levanto para recibirlo y me vuelvo a sentar casi de inmediato, tras indicarle que puede hacer lo mismo. Me doy cuenta de que mira alrededor con ojo crítico, como si estuviera buscando las pruebas de un delito. Yo frunzo el ceño. —¿Qué te trae por aquí? —No oculto mi extrañeza o mi reproche, que queda implícito en las palabras. De alguna manera lo hago culpable de arrastrarme a la pista contra mi voluntad la noche del baile. Él ignora mi pregunta durante un buen rato. Se sirve té en una taza vacía y se toma la libertad de coger un par de mis pastas, aunque yo no le he ofrecido nada en ningún momento. Sé que le gusta colmar mi paciencia, desafiar los límites a los que puede llegar mi saber estar. Aprieto los labios y dejo a un lado mi lectura para centrarme por completo en él. Incluso a la luz tenue del día nublado sus ropas blancas brillan impolutas. —¿Sigue por aquí esa muchacha? No entiendo a dónde quiere llegar, pero asiento. Debe estar en el piso de arriba, quizá jugando con Lottie o leyendo en su habitación. Le he dicho que podía sacar cualquier libro de mis estanterías, siempre y cuando no me desordenase nada.
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    285 —Entonces aún noha recuperado su libro. Me tenso. No es posible que él sepa que lo he conseguido y no se lo he dado. Aún así, en mi cabeza saltan todas las alarmas. —No. Pienso que, en realidad, mi mentira no es tal. Ella no lo ha recuperado. Sigue en mis manos, esperando el momento… Oculto de la luz, de sus ojos, de su alcance. Los remordimientos vuelven a morderme por dentro con violencia, recordándome lo despreciable que soy por engañarla. —He venido a hablarte sobre ella. Cojo aire y frunzo el ceño. Sabía que su visita no era una cuestión de pura cortesía. Me paso una mano por la cara y me acomodo, haciéndole un ademán. Que diga lo que tenga que decir. Cuanto antes terminemos antes podrá irse. Cuando salga por la puerta haré que nunca ha estado aquí. —No voy a volver a preguntarte si es tu amante. Sé que no me contestarás — razona—. Pero lo sea o no, deberías marcarla. Entorno los ojos. No creo que sea de su incumbencia. —Me parece denigrante tener que hacerlo. No es ninguna posesión. No es ningún animal al que haya que poner el collar con el nombre de su dueño. No se va a perder — replico—. De todas formas no estoy obligado a hacerlo porque no sale de esta casa. Él me sonríe por encima de su taza. Es un gesto que brilla en sus ojos, cargado de esa astucia que casi se torna maldad. Con esa mirada me explica que no puedo engañarlo. Que no es un desconocido, una persona que no sepa ver al Marcus bajo la máscara. —Sé que salís de noche a pasear. Y tal vez lo sepa más gente. ¿Qué pasaría si alguien decide que ella no es para ti? Oh, Marcus, eres tan ingenuo… ¿La defenderías entonces? Enrojezco. Hay una amenaza velada en su voz.
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    286 —Sí, la defendería. Mihermano me mira con tanta fijeza que me hace sentir repentinamente incómodo. Paladea, como si el sabor del té le resultase desagradable, y estudia mi rostro. —Esa muchacha te va a llevar a la ruina. ¿Qué es lo que no entiendes? La noche del cumpleaños de Lottie le pusiste un vestido bonito y la paseaste por la sala como si reclamaras una posición para ella entre nosotros. Pero no te das cuenta, ¿verdad? Ella no es de los nuestros. No importa lo que haga, seguirá siendo una extranjera. —Es un ser humano —le explico, aunque sé que para él es poco más que un objeto. —Un ser humano que está por debajo de nosotros. No sé por qué eres incapaz de verlo. En el mundo animal es tan sencillo que se ha convertido en la ley de la vida: el fuerte sobrevive y el débil es destruido si no aprende a someterse. Lo mismo ocurre aquí. Nosotros, los hijos de Albion, somos los fuertes. Los que no son de esta tierra, los que llegaron después, están destinados a servirnos. Su razonamiento me enferma. Me levanto de mi asiento movido por un resorte invisible y camino por la sala sin rumbo fijo. Me doy cuenta de que la puerta de la sala de música está entreabierta, así que la cierro simplemente por hacer algo. No digo nada. Si abro la boca es presumible que acabaremos discutiendo. Él sabe de sobra que no comparto sus ideas. —Los extranjeros deben ser marcados —continúa—. Deben saber quiénes son sus amos. ¿Por qué vas a dejarla marchar? Entra en razón: es bonita y tiene utilidad en esta casa. Me detengo. “¿Por qué vas a dejarla marchar?”. Me pregunto si es en esto en lo que me estoy convirtiendo al guardarme su libro. Si estoy siendo como Rowan, egoísta, buscando las razones no más lógicas, sino las que más me convienen. Trago saliva. No. No lo hago por mi propio beneficio. Charlotte también la quiere aquí. Ilyria misma está
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    287 cómoda en estacasa, ¿no es cierto? Y aún así, la duda me araña por dentro sin darme tregua. —Estás equivocado. Yo no soy su amo. Ella está aquí porque quiere. No es una criada ni mi amante… Está aquí, ahora, como mi protegida. Como la amiga de Charlotte. ¿Qué es lo que te molesta en realidad, Rowan? ¿Por qué tanto interés en Ilyria? Él sacude la cabeza, negando. —No es por ella. Es por ti, Marcus. Tú, en tu mansión, en tu pequeño reino, ni siquiera te das cuenta. Pero la gente habla. Murmuran. Saben que el conde Abberlain se pasea por las noches con una extranjera de su brazo y que parece disfrutar haciéndolo. Está bien si es tu amante. Todos hemos tenido nuestros deslices: somos hombres, al fin y al cabo. Puedes regalarle un par de cosas bonitas y dejar que le dé clase de piano a tu hija. Pero no puedes ni debes involucrarte con ella más allá de eso. Entorno los ojos, encarándole. ¿Qué puede saber él? ¿Qué puede saber la gente que me juzga desde fuera? —No me conoces, Rowan, aunque seas mi hermano. No me pongas a tu nivel. Te lo he dicho y te lo repito por última vez: no es mi amante. Es una muchacha a la que respeto y por la que mi hija siente un gran cariño. No todas las extranjeras son como tú las pintas. Estás lleno de prejuicios por todo aquel que no descienda de pura sangre noble, ¿no es cierto? Si tan solo supiera… Si tan solo fuera consciente de lo equivocado que está, de a dónde pueden llevarle esas ideas suyas… Casi es irónico que él me esté diciendo esto, que esté atentando de esta forma contra la vida de personas que, en ocasiones, valen incluso más que nosotros. En cambio, ahí está, sentado con la barbilla alzada con
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    288 orgullo y losojos entornados. No voy a convencerle. Diga lo que diga, haga lo que haga, él ya ha tomado su decisión. —¿Te has enamorado de ella, Marcus? Enrojezco, esta vez de vergüenza. De pronto me vuelvo a sentir un adolescente con la cabeza baja y las mejillas encendidas. “Oh, Marcus, ¿te has enamorado de ella?”. Aquella vez asentí ante la mirada incrédula de mi madre. Su palidez era casi mortal. Su abrazo, sin embargo, me consoló. Esta vez no hay comprensión en la pregunta, solo frialdad censuradora. Casi me siento como un criminal, pero no hay delito alguno por el que me puedan encarcelar. No hay nada de malo en regalarle los latidos de tu corazón a alguien. No me es necesario contestar porque a él tampoco le interesa mi respuesta. Ya la sabría incluso sin necesidad de hacerme la pregunta. —Todos los extranjeros deben ser marcados y pertenecer a alguien. No hacerlo es ir contra nuestras costumbres y, por extensión, nuestra tierra. —Rowan se levanta. Yo no me muevo, como si no me hubiera dado cuenta—. Los extranjeros sin marcar pueden ser reclamados por cualquiera. Aprieto los dientes. —Nadie se atreverá a venir a buscarla aquí. Así que deja de preocuparte por lo que haga o deje de hacer mientras estoy en mi propiedad. Su rostro está tan serio que un escalofrío trepa por mi espalda. Sus ojos dispares dejan escapar un destello malicioso. —Ésta, Marcus, también es mi casa. La realidad de sus palabras me golpea con tanta fuerza que me arrebata la respiración. Él no podría… no se atrevería…
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    289 —A propósito, Abbyme ha dicho que te recuerde lo decepcionada que está contigo. Fue de muy mal gusto dejarla abandonada en medio del baile. Y tiene motivos para estar enfadada. Al fin y al cabo, ni siquiera tenías una razón de verdad. Deberías poner en orden tus prioridades o un día de estos te llevarás un disgusto. Gracias por el té. Él mismo va hasta la salida, cerrando la puerta de la salita una vez fuera. Me dejo caer en un sillón pesadamente y boqueo. Fuera, en el jardín, la lluvia acuchilla los pétalos que nos vieron bailar.
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    290 Ilyria Nosotros. Las palabras deRowan aún me taladran los oídos. Las siento palpitar contra mis sienes. Llenan mi cabeza para marearme. Tiemblo. ¿Dónde está ahora el muchacho amable y libre de prejuicios que se supone que era? Aunque al principio no quise escuchar, concentrada en la composición de una partitura nueva, su discurso se colaba por la puerta entreabierta y al final ha resultado inevitable. Desearía no haber oído nada. Duele. De pronto vuelvo a sentirme como en la noche del baile. De hecho, se me antoja que esta sensación es incluso peor. Al menos, en el cumpleaños de Charlotte no había nauseas, como ahora. Entonces me sentí terriblemente sola. Desplazada. Había miedo, desasosiego. En este momento, sin embargo, me encuentro incluso mareada. Cierro los ojos en un intento de que el mundo vuelva a ser el que debe. Solo pido que deje de girar tan rápido, de esa manera casi vertiginosa. Es la segunda vez en demasiado poco tiempo que todo lo que conozco se viene abajo. El suelo bajo mis pies se me antoja algo más inestable. El desengaño hace que tenga que apoyarme contra la puerta para no caer. Mis piernas amenazan con no soportar todo mi peso. Aunque regrese, aunque esté en esta casa, nunca seré más que una extranjera. Una esclava. El pensamiento me arranca un escalofrío y me hace estremecer. Aunque Marcus lo ha negado tan fervientemente, entiendo que nunca formaré verdadera parte de esta familia. Da igual lo mucho que me esfuerce, da lo mismo lo que hagamos. No importan las tardes en el piano con Charlotte o las noches del brazo de Marcus. Tampoco los juegos o los secretos de nuestras caricias fingidamente casuales. Nadie va a pensar en los pétalos que sintamos sobre nuestros corazones... Éste no puede ser mi hogar.
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    291 Aprieto los párpadoscon fuerza, intentando coger aire. Al hacerlo, el corsé parece burlarse de mí y apretarse más firmemente contra mi pecho. Igual lo hace angustia que se ha instalado sin miramientos en mi corazón. Rowan ha sido terriblemente cruel en su juicio. Hablaba de los que son como yo como si no tuviéramos derecho a pensar. A sentir. A vivir… Como si ni siquiera pudiéramos considerarnos humanos. Sin embargo, entiendo repentinamente que lo que más me importa no es no ser tratada más que como una sirviente. Sé quién soy. Sé qué soy. No soy solo una esclava. No soy solo alguien con una utilidad en esta casa. No… Lo que duele de verdad, lo que ni siquiera me deja respirar, es el verdadero mensaje oculto tras esas palabras. No lo ha dicho en alto y yo siento que las verbas no pronunciadas abren un abismo bajo mis pies. “No podéis estar juntos”. Si el único problema fuera esa estúpida marca nada importaría. Puedo convencer a Marcus. Rowan lo ha puesto, en realidad, muy fácil, con sus amenazas encubiertas. El conde me cuidará. No dejará que nada me pase. No permitirá que nadie me haga daño… Pero no es así. El verdadero conflicto no es estar o no marcada. No se trata de que Marcus pueda considerarse o no mi “amo” o de que yo me convierta en poco más que una pertenencia. El problema es lo que soy. Lo que somos. Contrarios. Antagonistas. Él es el noble al que todos respetan. Yo solo soy una muchacha que no debería estar aquí. Una extraña en su mundo. Una intrusa en su hogar. Alguien que no lo merece. Alguien que no puede, de ninguna manera, estar con él o con su hija. Lo último que yo podría desear es hacerle daño. Meterle en problemas como ha sugerido su hermano. Que él o Charlotte vieran truncada su felicidad y la tranquilidad que tenían hasta mi llegada sería algo que no podría perdonarme. No lo soportaría. De pronto tengo la seguridad de que si me acerco más de lo debido, de que si me dejo llevar por mis propios deseos egoístas, lo haré. Su pequeño mundo caerá hecho trizas por mi
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    292 causa. Por misimple presencia. Me estremezco. Cuando me humedezco los labios y reconozco en ellos un sabor salado es cuando me doy cuenta de que estoy llorando. «Por favor. Por favor, no me separéis de ellos. No ahora. No me separéis de Lottie. No me separéis de él...» La mera idea de que me aparten de su lado, de que destrocen nuestras noches juntos o saber juzgadas nuestras manos entrelazadas, me hace temblar. ¿Cómo voy a soportarlo cuando él me hace tanta falta? Más de lo que puedo y quiero admitir. Vivir sin poder tocar su alma nunca más se me antoja ya inconcebible. Pero es lo correcto. Eso es precisamente lo que más daño me hace. Si no supiera que es lo mejor para él y su hija daría lo mismo: puedo aprender a vivir con miradas censuradoras; puedo sobreponerme a los pensamientos de gente que, en realidad, no me conoce. Que no sabe quién o cómo soy. Me creo perfectamente capaz de estar por encima de esos prejuicios o de desafiar a la sociedad entera si con eso pudiera estar a su lado. Pero no puedo hacerlo sabiendo que algo así les pondría en un aprieto. He entendido la amenaza sutil de Rowan: “Siente y todo tu mundo, toda tu paz, desaparecerá como un soplo de viento”. Permitirlo sería para mí tan egoísta… Tan injusto. El Destino es cruel. Los ha puesto en mi camino solo para obligarme a poner distancia con ellos. ¿Cómo voy a hacerlo cuando lo que más quiero es seguir a su lado? Cuando todos mis deseos se reducen a bailes bajo la luna o canciones de piano que cuenten nuestra historia… Me cubro el rostro con las manos en un intento de borrar las lágrimas, de que mis sollozos no escapen de mis labios. Los dedos están temblorosos. ¿Qué voy a hacer? Ni siquiera puedo marcharme sin mi libro. Que Marcus me marcase me ataría irremediablemente a él y yo no podría alejarme. Entre la neblina de mis ojos empañados solo soy capaz de ver una solución que me mantenga cerca y a la vez convenientemente
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    293 lejos. Si Rowanme reclamase para sí mismo podría seguir viéndoles. Puedo llegar a un trato. Uno conveniente en el que acceda a sus restricciones y él tenga que aceptar no separarme del todo de ellos. No habrá más noches del brazo del conde ni más tardes chocando nuestros dedos al trabajar. Nos alejaremos lo suficiente para que nadie pueda pensar en apartarnos del todo… En hacerles daño. En destruir su mundo de pétalos y estrellas. Me parece una buena recompensa por mi libertad. He de hablar con él. Rowan Abberlain tiene que saber que no me interpondré más y debe ver las pruebas que estoy dispuesta a darle. No hay ruido ya en la salita. Los dos hermanos han debido marcharse. Si me apresuro quizá le encuentre no muy lejos de los límites de la mansión todavía. Si no es así tendré que esperar a que vuelva a visitarnos. No creo que él pagase por mí como hizo su hermano. No le soy tan preciada. Me seco las mejillas y tomando aire abro la puerta para apresurarme a salir. Pero me he equivocado. Rowan se ha ido… Él no. Me quedo congelada, igual que hace Marcus cuando levanta la mirada al escucharme. Nos miramos quietos, tan callados. Sin poder evitarlo nuestros ojos chocan con ese golpe que nos deja a los dos tambaleantes. Yo me apresuro a bajar la vista. Aspiro entrecortadamente. Sé que ese instante ha sido suficiente para que el conde note el llanto tras mis pupilas. «No. No puede verme…». Pero sé que ya es demasiado tarde. Lo veo tragar saliva y observarme en silencio durante unos segundos. —Ilyria… Después su mirada corre a la puerta contigua de la sala de música y de nuevo vuelve a mí. Hay un brillo de comprensión en sus ojos. Como un fogonazo sé que entiende que lo he oído absolutamente todo. Me parece verlo palidecer, pero la humedad bajo mis pestañas no me deja estar segura.
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    294 No puedo estaraquí. No respondo, sino que mis pasos vuelven a sonar sobre el suelo. Necesito salir de ahí. Por eso casi corro para pasar por su lado. Él reacciona y es más rápido que yo. Se levanta en su asiento y sus guantes llenos de secretos se aprietan contra mi muñeca. Yo intento desasirme, removiéndome, pero su agarre es firme. —Ilyria, espera. —¡Suéltame! —Le exijo con voz rota. —¡No! ¡No quiero! —Exclama, perdiendo más la calma de lo que nunca le he visto. Tira de mí lo justo para obligarme a ver sus ojos brillantes. Me observan con la intensidad que debe tener la magia misma. De nuevo traga saliva y aprieta los labios suavemente, bajando la voz—. Por favor, no te vayas… Yo no escucho. No quiero oírle. No quiero verle, por eso aprieto los párpados. Si vuelvo a mirar en sus pupilas no querré separarme nunca más de él. No podré. —Déjame —le suplico—. Por favor, ¡por favor! Suéltame… Puedo arreglar todo esto. Por favor… Él no atiende. De hecho, con una caricia, sus dedos terminan entrelazados a los míos. Lo hacen con la misma suavidad que por las noches. Es como siempre. Ni siquiera parece un gesto calculado. Es casi casual, como cuando disimulamos no necesitar sentir palma contra palma. Como si nuestras manos vieran natural estar unidas y nosotros no pudiéramos hacer nada para no cumplirles el capricho. No me deja soltarme, en cualquier caso. Su guante se pega contra mi piel en un apretón firme. —Ilyria… Ilyria, escúchame. Siento los dedos libres rozando mi mejilla con su tacto de tela. Eso me hace abrir los ojos, sobresaltada. Es la primera vez que acaricia mi rostro, que se atreve a ahuecar su
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    295 palma contra mipómulo. «No te acerques», quiero decirle. «No puedes tocarme. No ahora». Él, si entiende el mensaje impreso en mis ojos, mi súplica callada, decide no atender. —No hay nada que arreglar —continúa en un susurro. Su dedo pulgar guarda en su guante el rastro de una lágrima—. No hay nada que temer. Yo me encargaré de todo. No hay por qué preocuparse… Ese es el único cuento que no puedo creer de sus labios. —¡Lo he oído! Lo he oído todo, Marcus. Y no voy a consentirlo. Dejar que yo esté aquí os… afecte, os… —De nuevo cojo una bocanada urgente. El oxígeno me es insuficiente para cubrir mis pulmones. El corazón late en una carrera precipitada, asustado—. No. No… Puedo convencer a Rowan, ¿entiendes? Si hablo con él, si… si llegamos a un trato… Él me mira abriendo un poco más los ojos. Sus dedos se aprietan contra los míos con firmeza, con la seguridad de retenerme. En mi rostro su caricia se hace más palpable, extendiendo la mano sobre mi piel, enmarcando mi cara. —¿Trato? —Cuestiona casi sin voz—. ¿De qué hablas, Ilyria? Soy consciente de que, en realidad, lo sabe. Lo supone, al menos. Lo veo en sus ojos. Por eso no me deja marchar. Aún así aprieto los labios para darle la respuesta que en realidad sé que no quiere oír. —Si es él quien me marca… Él inspira por la nariz con algo de brusquedad. Sus labios se fruncen algo más. Sus párpados excesivamente separados me indican que no esperaban un trato con un precio tan alto por mi parte.
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    296 —No —se apresuraa decir antes de que yo pueda continuar. Es una negativa firme que no admite réplica—. No voy a dejar que lo hagas. ¿Se te ha olvidado? Tendrás que obedecerle. Trago saliva. Siento que los ojos me escuecen, así que tengo que parpadear un par de veces. —Lo sé. Pero podré veros… A ti y a Lottie… No pasará nada así, ¿verdad? Estaré lo suficientemente lejos para que os dejen en paz, pero no tendré que alejarme del todo. Así se olvidarán de esto. De vosotros. No os harán nada. No van a destruir la paz que teníais hasta que llegué… Yo… Lo siento tanto. —Aunque intento evitarlo a toda costa se me escapa un sollozo. Con otro parpadeo cae una lágrima. Lo miro entrecerrando los párpados. Las pestañas humedecidas me dificultan la visión. Me muerdo el labio para retener el llanto que amenaza con romperme la voz—. No tenía que haberme acercado. Si hubiera respetado tus barreras… No teníamos que salir por las noches como si las calles fueran nuestras. No tenías que haber corrido tras de mí en aquel baile. Si tan solo me hubiera quedado quieta, aceptando mi lugar, esto no… Marcus no me deja acabar. Su mano tira de mi muñeca con seguridad para cortar cualquier distancia, dejándome claro que no me va a dejar marchar. No va a permitir que me convierta en el objeto de nadie, ni siquiera si es por su propio bien. Durante un segundo creo que me abrazará y sencillamente no me permitirá salir de la cárcel en la que se convertirán sus brazos por mucho que yo me revuelva. Mi corazón no está preparado para su beso. Llega como la tormenta que suena fuera. De improviso, sin avisar. Cae sobre mi boca como si fuera un relámpago que ilumina el cielo en medio de la oscuridad. Sus labios tiernos se presionan contra los míos con la seguridad con la que la luna se hace dueña
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    297 del firmamento porlas noches. Es un golpe frontal que acaba con todo lo que soy o lo que he sido alguna vez. Me quedo congelada, quieta. El mundo mismo, a mi alrededor, ha quedado estancado. Ya no lo siento girar en esa carrera precipitada. De pronto todo ese movimiento se ha detenido. Durante un segundo creo que mi propio pulso se para y yo dudo de la realidad misma. Sus labios tienen la delicadeza que deben tener las hadas para dejar pétalos sobre los corazones. Me roban los latidos como la luna roba los deseos pronunciados. Hay una suave fricción cuando mi propia boca se entreabre, sorprendida, incrédula, contra la de él. Una lágrima da a su caricia el sabor del mar. Si es un sueño no puedo permitirme despertar. Mis párpados ceden. Caen porque los sueños visitan solo a los que duermen. Si he de fingir que así es para que sus labios no se aparten de los míos, lo haré. De pronto, su beso, real o no, se lo lleva todo. Es como los primeros rayos de sol de la mañana cuando limpian el cielo de estrellas. Es como la primavera cuando extiende sus dedos para apartar la nieve del invierno. El miedo cae rendido ante el toque tierno de su boca. Es solo una presión y sin embargo es suficiente para que me parezca que antes de ese beso no ha habido ninguno. Solo existe su sabor a magia, a té. Cuando su brazo se aprieta entorno a mi cintura y mi cuerpo se pega al de él me doy cuenta de que sí tengo pulso. Mi corazón late justo contra el suyo. Es de nuevo aquella melodía armonizada. Es, como cuando bailamos, la canción más bella del mundo. Cuando su boca se aparta apenas la distancia de un suspiro, yo sé que mis labios nunca van a volver a sentir calor si no es bajo los suyos. Cuando me mira, con los ojos más brillantes que nunca, sé que mi alma no va a admirar jamás nada que no sea la suya asomando a su mirada. Soy consciente de que gritamos lo que callamos. De que en ese
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    298 momento, yo conel llanto bajo las pestañas y él con toda la magia del mundo tras sus pupilas, decimos todo sin necesidad de decir nada. Nuestros labios casi se tocan de nuevo cuando él habla. La caricia de su guante se siente todavía en mi mejilla, tan dulce que me parece que es solo el roce trémulo de un pétalo tocando mi piel. Su aliento, tan suave, tan cercano, se me antoja el aleteo imperceptible de una mariposa. —Tu lugar está conmigo. Se me escapa un jadeo. Pese a que lo intento me es imposible retener un sollozo. No obstante, esta vez no hay tristeza. No hay angustia. No hay miedo. Cuando extiendo mis brazos y rodeo su cuello, la lágrima que empapa nuestro beso es de felicidad. En su aliento encuentro mi hogar.
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    299 Marcus Al descubierto. Nuestro besoaún vibra entre mis labios, como una melodía, como una canción que solo yo puedo escuchar. Nuestro beso ha detenido el tiempo, lo ha congelado y lo ha condensado en la caricia tierna que nos hemos regalado, hasta que las horas se han convertido en años. Hasta que el ahora se transforma en siempre. Nuestro beso se ha perdido en el espacio, en la nada, pues ya nada importa. Nuestro beso me envuelve todavía. Me quema y me consume. Me tortura. Nuestro beso me ha acelerado el corazón hasta que ha latido el resto de mi vida. Hasta que lo ha detenido y, agotado, ha dejado este mundo para renacer. Nuestro beso lo ha sido todo. Ahora simplemente la observo, con la respiración afectada por el robo de mi cordura, perdiéndome en sus ojos. Su mirada me habla sin palabras y yo acepto cada uno de los susurros que llegan hasta mi alma. Es fácil estar así, simplemente con los brazos alrededor de su cintura, sintiendo su calidez, su olor a lavanda, esa cercanía que nadie podrá arrebatarme ya. ¿Cuánto tiempo llevo imaginando este momento? Resulta difícil hablar de un instante preciso en el que me aventuré a fantasear con mis labios sobre los suyos. Pero una parte de mí, el ferviente soñador que aún cree en cuentos de hadas y en finales felices, estaba seguro de que pasaría. Me inclinaría levemente y nuestras bocas se encontrarían de forma natural, como si estuvieran moldeadas para encajar. Idealizando la imagen en mi mente, una miríada de mariposas escaparía de su cárcel y revolotearían en mi estómago, mientras todo mi aire, toda mi vida, sería intercambiado por el de ella. Atraídos como imanes, una chispa desencadenaría un fuego, que a su vez se transformaría en incendio y arrasaría con todo a su paso: pasado, presente o futuro.
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    300 Mis expectativas nohan sido defraudadas. De hecho, incluso hay más de lo que esperaba, porque en mi ensueño no contaba con esta ola de certeza que me llena por dentro y pone patas arriba mi existencia. Es como una pulsación, como un mensaje que se repite una y otra vez. «Es ella. Es ella. Siempre ha sido ella. Siempre lo será». Ilyria se abre paso en mi mente y mi corazón hasta ocuparlo todo y vaciarme de cualquier otro pensamiento, de cualquier otro significado. La persona adecuada. La que es solo para mí. El alma del que fui separado al nacer pero que aún reconozco. “¿Te has enamorado de ella, Marcus?”. No. No es eso. Es mucho más. Siempre la he amado. Siempre ha sido mía, aún sin saberlo. Aún en los brazos de otra, yo también he sido todo el tiempo solo suyo. La amo. Y si ha existido otra vida, si en el futuro estamos destinados a reencarnarnos, aún reviviendo eternamente en mundos separados, estamos destinados a encontrarnos. —Ilyria… Su nombre se desliza en un suspiro fuera de mi boca. Nace en el corazón y se arrastra lánguidamente entre mi lengua y el paladar. Los sonidos se vuelven materias y, como tal, así se posan sobre mis labios y alzan el vuelo hasta llenar todo el cuarto. Hasta que crece y esa palabra sola nos acerca, ocupando el espacio libre, desplazando al silencio, que ya no es tal. Ella sonríe sin apartar los ojos, buscando en mí, cuando mi palma se posa contra su mejilla. Mi ser entero va en ese gesto. ¿No es ésta la que ha hablado, al fin y al cabo? Yo no soy el causante de esa petición, de esa afirmación de que su lugar está aquí, conmigo. Entre mis brazos. Ha sido mi alma, hasta ahora oculta y callada, la que ha convertido en palabras mi deseo más profundo. Quisiera sentir su piel bajo mi mano, abandonar todos mis secretos, desnudarlos, y presentarme ante ella tal y como soy. ¿Me aceptaría? En sus ojos veo que no soy el único que siente. El único que ama con locura.
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    301 El único quedesea que el Sol no siga su curso, que el mundo no continúe girando. Que aguarden los relojes, porque este momento es solo nuestro y quiero saborearlo. —Ilyria —murmuro de nuevo, disfrutando de la textura de cada sílaba—. Prométeme que no te alejarás de mí. Su mano se alza hasta la mía. Su palma tierna, cálida, cubre el dorso de mi diestra. Ojalá pudiera sentir algo más que la textura de la tela. Al girar el rostro su boca choca contra mi guante en un beso que intenta traspasar la última defensa que me queda. ¿Qué puedo hacer yo aparte de dejarla entrar? Aparte de darle vía libre al descubrimiento de todo lo que me rodea, de todo lo que alguna vez he sido o seré. La escucho tomar aire y entorna los ojos. Se humedece los labios. Asiente. Su voz es un susurro apenas más alto que la lluvia. —Te lo prometo… No necesito nada más. De pronto sé qué es lo correcto. Si Ilyria confía en mí ciegamente, como me indica su mirada, ¿por qué no voy a hacerlo yo? Trago saliva y deslizo mi mano por su rostro, llevándome la suya conmigo. Le muestro la zurda y, al dejarla en el aire delante de ella, me mira interrogante. —No más secretos. La chica da un respingo, sorprendida, abriendo los ojos hasta que dos orbes castaños quedan a la deriva en un mar blanco. No se me escapa el brillo curioso que dejan escapar un segundo antes de desaparecer, ya que baja la vista. Lo hace por consideración, yo lo sé, a pesar de que soy consciente de que no hay nada más que desee, aparte de despojarme de los guantes y descubrir cada uno de mis misterios. Cada uno de mis silencios y mis secretos. Se mordisquea el labio. —No es… No es necesario.
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    302 Yo sé quelo es. Sé que es lo que debo hacer. Que esta relación no puede durar si no respondo a cada una de las incógnitas que me ha planteado. Poco a poco ella empezaría a desconfiar de mí. Guiado por esa idea la obligo a tocarme. Insegura al principio, con un aire casi inocente, de niña descubriendo un secreto, toma la tela y tira suavemente de ella. El tejido se desliza sin dificultad, dejándome al descubierto lentamente. Primero la muñeca, siguiendo un camino descendente, hasta que el dorso lleno de venas se deja ver. Las líneas azules se dibujan como caminos hacia ninguna parte, pues desaparecen bajo la manga de mi chaqueta. Los nudillos, los dedos, las uñas… Ilyria casi parece decepcionada al no ver nada, ninguna señal que me haga especial entre los demás miembros de esta sociedad. —Ahora la otra. Le tiendo la diestra y una punzada en el pecho se anticipa al posible dolor, a la huella que su mueca de asco puede dejar. A la herida mortal si me rechaza. Trago saliva e intento mantener a raya el temblor de la mano mientras ella la alcanza. De nuevo retira mi guante con una lentitud de caricia, de hada dejando atrás su carga de pétalos y deseos. Las cicatrices empiezan a ser visibles a partir de la mitad de la mano, a la altura a la que nace el dedo pulgar. Al principio parecen poco más que manchas algo más oscuras que la piel misma. Ella frunce el ceño, sorprendida, y su gesto, un poco más rápido, delata su impaciencia. Las marcas envuelven la carne, la arrugan, la mancillan. Ilyria separa los labios, con los ojos bien abiertos, y desecha el guante a un lado. La mira incrédula. No está asustada ni parece que le repugne la visión, pero está confusa. Con un titubeo, toma mis dedos entre los suyos. Quisiera decirle que no noto nada, que no me duele, que no tiene que tratar mi mano como si fuera de porcelana. De hecho, apenas
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    303 soy capaz desentir, por mucho que intuya el cuidado con el que me prodiga caricias superficiales. Me mira. Esta vez estoy preparado para el choque, para sus ojos llenos de interrogantes, para su ansiedad. Entrecierra los párpados. —¿Qué...? —Calla durante un segundo más. Mientras busca las palabras adecuadas roza mi piel con delicadeza. Me doy cuenta de que hay pena en su expresión, mientras se muerde el labio, indecisa—. ¿Por qué está... quemada? Cojo aire, sin saber por dónde empezar. Este secreto se enlaza en una cadena con muchos más. Este misterio, en realidad, explica toda mi existencia. En vez de responderle, giro mi mano entre las suyas, hasta que la palma queda expuesta. Mágicamente, las cicatrices no han tocado el libro que se marca sobre la carne, como un tatuaje que me ha acompañado durante toda la vida. La clave de mi poder. No es como la señal en su hombro, aunque sé que ve la similitud: en mi caso no hay estrella dentro del tomo abierto. Solo una historia de fuego y dolor que rodea mi vida. Al principio sus ojos brillan casi con comprensión, pero después, al notar la diferencia, hace un mohín que evidencia que sigue tan perdida como al principio. —Intentaba… salvar un libro —le confieso, aunque sé que esa no es toda la verdad— . Lo único que conseguí, sin embargo, fue destrozarme los dedos. —La sonrisa amarga en mis labios trae a sus ojos un brillo piadoso—. No pasa nada. Fue ya hace varios años. Durante un segundo temo que no me esté escuchando, porque se queda mirando la marca fijamente, como si pudiera ver algo que yo no, más allá de la carne y la piel y las quemaduras que aún parecen arder como el primer día. No es sufrimiento exactamente, sino una especie de hormigueo que quizá tenga algo que ver con el tacto de ella. —¿Tan importante era para ti ese libro? Para... hacerte esto...
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    304 Asiento distraídamente. Memuevo hasta el sofá y la hago sentarse a mi lado, aunque ella se niega a soltarme la mano, como si tener mis heridas entre sus dedos la hiciera sentirse más unida a mí. —Era muy importante —le confieso en voz baja. Temo que alguien nos oiga. Temo que la lluvia, al otro lado del cristal, abra los ojos y contemple mi secreto—. Era el libro de mi madre. Ilyria da un respingo. Sé que está sorprendida. Me mira entre las pestañas para luego entornar los ojos. No parece entenderlo, como si algún detalle se escapase de su comprensión. Sé que hay muchas piezas sin poner en este rompecabezas que le ofrezco, aunque ella aún no sea consciente del todo. De nuevo observa la palma, como si en ella pudiera leer no solo nuestro futuro, sino también todo mi pasado. —¿Ella se fue allí cuando os abandonó? Cojo aire y lo suelto con lentitud, asintiendo suavemente. No se despidió. Sin embargo, después de todo, yo nunca he sido capaz de juzgarla. Quizá fuera una huida egoísta, pero yo también soy egoísta ahora, porque le oculto a la persona que amo la única forma de volver a su hogar. Supongo que se puede querer con tanta fuerza que incluso hacemos daño al intentar preservar nuestra quebradiza felicidad. —Mi padre se volvió loco de dolor. —Los ojos morados de Aloys Abberlain me miran brillantes desde el pasado, como si yo fuese una extensión del pecado que cometió mi madre—. Dijo que la mataría. Que nadie nunca volvería a pisar ese mundo si él podía evitarlo, porque las palabras solo habían engendrado víboras. Una noche entré en el despacho y nada más verlo supe lo que pretendía. Creo que esperaba que lo viese. Me sonrió y leyó del libro. Cuando me quise dar cuenta el mundo de mi madre ardía en la chimenea y mi padre había desaparecido entre las páginas utilizando su
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    305 poder. Yo… nopude hacer nada. Sé que fue una locura meter la mano en el fuego, pero no pude evitarlo. Era lo único que me quedaba… y tampoco eso supe proteger. Su expresión es de tristeza cuando aprieta los labios. —Me dijiste que tu padre había muerto… Esbozo una sonrisa de disculpa por la mentira. —Para mí, al menos, lo está. Y realmente nadie me asegura que esté completamente entero en las páginas de ese libro. Nunca se le ha ocurrido volver, así que supongo que lo más amable es pensar que sencillamente no ha… vivido para poder regresar. Ilyria parece genuinamente apenada por algo que, en realidad, ya ha pasado. «No hay nada que podamos hacer», quisiera decirle. «No hay forma de recuperar la salud de mi mano o a mi madre». Pero no estoy seguro de que ella quisiera escucharme, si empezase a hablarle así. Un suspiro sale de sus labios, como un barco a la deriva que naufraga en este silencio que se ha posado sobre nosotros. —Marcus… —dice solamente, como si mi nombre fuera un hechizo que alejara toda la pena. Nuestras manos están unidas y es precisamente esta unión la que alza hasta su rostro. Me besa. No en la boca, sino en las heridas. Al dejar caer los párpados su expresión adquiere la belleza del durmiente, aunque sé que no descansa, sino que sueña con que cada gesto es una cura para una cicatriz en la carne y en el alma. Dedo por dedo, suavemente, sus labios lavan mi piel. Aunque no lo siento, verlo es suficiente para saber que no le importan mis defectos, internos o externos. Que no le importa nada, en realidad, más allá de este momento que compartimos. Yo mismo siento que no podría pedir nada más. Cuando termina se apoya contra mi pecho, con su oído atendiendo al paso rítmico de mi corazón. Suspira, con los ojos entornados, pero no suelta mi mano. Su brazo libre me
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    306 rodea con cuidadoy yo hago otro tanto de lo mismo, atrayéndola hacia mí. Me gusta sentirla tan cerca, envolverla en mi abrazo hasta que compartimos el mismo aura. —¿Tú… naciste allí? Por eso llevas la marca en la mano… Yo niego suavemente. Dejo caer un beso sobre sus cabellos, sin pensar, como dejan caer los árboles sus hojas en otoño. —Ésta solo es la marca de mi poder. Mi padre tenía la misma en su mano. Ilyria alza la vista a mi rostro, sin dejarse engañar, aunque sé que la información la ha sorprendido. Hay una sonrisa casi satisfecha en sus labios, como si se sintiese orgullosa de sí misma. —No has dicho nada sobre tu nacimiento, Marcus. —Se muerde el labio, intrigada—. ¿Eres extranjero? Si tu madre lo era… Nunca he estado muy seguro de la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, intento aclararle el enigma de mi existencia. —Nací aquí, pero fui engendrado en otro mundo. Ella se mordisquea el labio. —¿Nadie puso pegas a que tu madre fuese…? Hago un mohín, adivinando el rumbo de sus pensamientos. Aunque creí que con nuestro beso la conversación con Rowan sencillamente había quedado atrás, no es así. —Nadie lo supo nunca. Su marca no estaba en un lugar visible, mi padre la trajo del mundo en que la conoció y la hizo pasar por una noble que había conocido en la costa. Nadie se atrevió a poner en tela de juicio al ilustre conde Abberlain. Ilyria se endereza entre mis brazos, hasta que nuestros rostros quedan tan juntos que parece que me vaya a volver a besar. Durante unos largos instantes me pierdo en sus ojos, mientras ella intenta descubrir el misterio sin ni siquiera formular una pregunta
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    307 que pueda responder.Parece querer saber si mi alma se lo puede decir todo sin palabras. Pronto descarta la idea, sin embargo. —¿No tienes una marca como la mía, entonces? Supongo que busca un punto en común. Una excusa para no sentirme lejano. Si algo pudiera hacerle pensar que no soy un noble creo que se sentiría más feliz. No habría entonces nada ni nadie que pudiera argumentar contra nuestro amor, contra que nos queramos. No habría entonces más obstáculos que nos impidieran ser felices. —Tengo una marca, sí, pero no es exactamente como la tuya. Toda ella parece refulgir con curiosidad. —¿Dónde…? Tomo su mano y le hago ponerla sobre mi pecho. Ahí, justo donde late mi corazón. Sus dedos arrugan suavemente mi ropa cuando intenta cerrarlos alrededor del símbolo que descansa oculto. Sé que desea verlo, pero ella no preguntará y yo no lo creo necesario. El tiempo ha ido pasando y me doy cuenta de que pronto será la hora de la cena. Tomo los guantes e intento vestir mis manos de nuevo, pero ella protesta enérgicamente y no descansa hasta que me convence para hacer ella la tarea. Mientras la contemplo poner toda su atención en ello no puedo evitar pensar lo alegre que estoy por que no me rechace. Hacía tiempo que no era tan feliz, que no me descubría confesándome y simplemente dejándome llevar. Y aún así, hay algo que me atormenta. Desde el piso superior, escondido en el cajón del escritorio, la presencia del libro de Ilyria me produce sentimientos encontrados: sé que tengo que decírselo, que debo hacerlo. No puedo cometer el mismo error que mi padre. Él trajo a este mundo a mi madre y no le permitió volver. La encerró en una torre, una bonita casa en la costa, y la
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    308 encadenó usándome amí y a mi hermano de grilletes. No soy capaz de hacerle algo así a ella. No soy capaz de confinarla a una mazmorra, a una gran mansión, y atarla de pies y manos diciéndole que Lottie y yo la echaremos mucho de menos si se marcha. No sería justo. El antiguo conde Abberlain perdió así a la única mujer que decía amar. Yo no estoy dispuesto a cargar con la misma maldición. No quiero perderla, es cierto. Si le entrego el libro es posible que lo haga. Pero, por encima de eso, no quiero que me odie. Si lo hace sé que estaría condenado. —¿Ilyria? Ella alza la mirada tras acabar su labor. Mis dedos vuelven a estar cubiertos de tela blanca. Me he desnudado y ella me ha recibido con los brazos abiertos, admirando al desconocido que se ha presentado ante ella. Sé que puedo confiar. No va a pasar nada. Me quiere. Sus besos me lo han dicho. Su calidez. Su alma misma, asomada tras sus ojos castaños. —¿Qué ocurre? La puerta se abre y Yinn se asoma. Hay un incómodo silencio que dura unos segundos. Luego, al ver nuestras manos aún entrelazadas, al comprobar que realmente estamos sentados con nuestras piernas tocándose, sonríe. Es la sonrisa de quien conoce el futuro por adelantado, de quien simplemente se sienta a esperar a que lleguen las cosas que ya sabe que ocurrirán. Me ruborizo y aparto los dedos de los de ella casi sin pensar. Ilyria hace otro tanto, enrojeciendo a un tiempo. —¿Interrumpo? Ignoro la insubordinación y carraspeo, poniéndome en pie. —No. ¿Qué ocurre? —La cena está servida, thaýr.
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    309 Todos los pensamientossobre el libro vuelan de mi mente. Hay otros momentos. Quizá después de cenar. Tal vez mañana, incluso. No hay prisa. Que sea una sorpresa. Solo estoy buscando el instante adecuado. Ilyria se pondrá muy contenta.
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    310 Pétalos Cuando se pronuncianlos deseos. Quisiera no tener que admitirlo, pero me he enamorado de él. He intentado fervientemente no volver a mirarlo en el resto de la cena. Sé que Yinn ya nos ha descubierto. Que en el momento en que nos interrumpió en la salita, vio en nuestras manos entrelazadas lo que todavía no hemos dicho en alto. Lo que me ha mostrado su beso. Sus ojos. Su respiración convertida en la mía… Al mirar a Charlotte sentada en la mesa me he sentido repentinamente avergonzada. Sé que ha captado un par de miradas furtivas. El encuentro de nuestros ojos son caricias que la distancia física no puede impedir. Son besos, suspiros y palabras que interpretamos a placer. La idea de sentirme descubierta me ha puesto nerviosa. Por eso me he excusado y he informado a Marcus de que lo esperaba en el despacho. No hemos trabajado en todo el día, apenas leímos un par de manuscritos por la mañana. Por otra parte, esta será mi oportunidad para terminar de preguntarle lo que no acabo de comprender. Tendré que disculparme con él por haber curioseado entre sus cajones y descubrir ese libro de tapas negras mientras él estaba fuera. Lo entenderá. O quiero creer que lo entenderá. Ni siquiera fue algo hecho a propósito. De todos modos ahora las suposiciones que yo había formado en mi cabeza se han convertido en neblina. Me alegro de no haber hecho preguntas antes a ningún miembro de la casa y no haber confesado mis pensamientos. Al encontrar ese libro pensé que sería el de Marcus. Que de alguna manera él había venido a parar aquí mediante él y por eso lo guardaba con tanto recelo. Eso daría explicación también a su afán de no descubrirse las manos. En mi cabeza había tenido sentido la idea de que él escondiese la marca que yo luzco en el hombro bajo la tela de sus guantes. Quizá por eso no me ha sorprendido encontrar ese dibujo, aunque diferente, sobre la piel.
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    311 Ahora sé, sinembargo, que el secreto que guarda es más doloroso. Me hace feliz que se haya descubierto sin necesidad de más preguntas. «Él también me quiere». Suspiro, sin poder evitar una sonrisa. Entro en el despacho, dejando la puerta entornada tras de mí, pues Marcus no tardará en subir. No estaba muy equivocada. Al menos sus raíces son las mismas que las mías: su madre es una extranjera, igual que lo soy yo. Ha confesado guardar una marca al menos parecida en su pecho, en su corazón. Cómo me gustaría poder descubrirla y abandonar un beso contra sus latidos… Sacudo la cabeza. Que su madre y por tanto él vinieran de otro libro ya destruido deja un interrogante al aire. ¿Qué es ese tomo? El que esconde con tanto ahínco, del que Charlotte habla como si fuera lo más preciado que tiene el conde. Una idea pasa lúcida por mi cabeza y siento un cosquilleo en mi estómago. Celos. Inevitables e incomprensibles. ¿Y si ese volumen es el de la mujer que le hizo tanto daño? ¿Y si aquel amor del pasado no era noble, sino una extranjera? Soy consciente de cómo se aferra a su recuerdo, de cómo parece martirizarle todo aquello que pasó. «Yo borraré su memoria», me aseguro. «Como con sus manos, lo besaré hasta que sanen todas sus heridas». Tomo aire, asintiendo para mí misma. En cualquier caso quizá me esté aventurando. Miro a la puerta y luego al escritorio. Le diré que he descubierto el libro. No creo que le moleste que lo coja. Quizá si lo tomo entre mis brazos él acceda a abrirlo para que yo conozca la historia que guarda. Me humedezco los labios. Si es el mundo de esa mujer no quiero descubrirlo. Quiero, de hecho, que lo olvide. ¿Se enfadará conmigo si le pido que se libre de ese tomo? ¿Que deje atrás el pasado? La curiosidad me corroe por dentro. Puede que yo misma encuentre alguna pista en ese cajón sobre la verdadera naturaleza del libro. No soy capaz de relacionarlo con nada
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    312 más que conaquella que se atrevió a jugar tan cruelmente con su amor. Eso me pone enferma. Me araña sin piedad el corazón. Convenciéndome de que Marcus no se enfadará, me inclino. No obstante, me doy cuenta repentinamente de que ha debido abrir el cajón últimamente: allí no está la llave encajada en la cerradura. ¿La ha escondido? ¿Se ha dado cuenta de que sé que guarda un secreto? Frunzo el ceño y miro alrededor. Finalmente, tras un par de minutos en los que remuevo los cajones sin cerrar, la encuentro envuelta en un pañuelo, entre un montón de papeles de tierras y posesiones. Me mordisqueo el labio, inquieta, llena de un mal presentimiento. Cuando me arrodillo para volver a abrir el cajón, me percato de nuevo de que Marcus ha accedido al cajón: aunque la otra vez solo tuve quedar una vuelta para que el mueble me descubriese su secreto, esta vez el cierre aún pide un par de giros más. Cuando lo abro me quedo helada. La primavera retrocede y cae el invierno. Todos los pétalos del mundo se marchitan en un segundo. Cuando la veo marchar no puedo evitar morderme el labio. Me esperará en el despacho. Quizá ese sea el momento para decirle todo sobre el libro. Le explicaré que espero que vuelva. Le confesaré lo que ya le han dicho mis ojos sin necesidad de palabras: Que estoy enamorado de ella. Que aquí tiene un hogar. Que me tiene a mí siempre que me necesite y una hija que la quiere con locura, aunque no las una la sangre. —Yinn me ha dicho que tito Rowan ha estado aquí y ni siquiera me ha venido a ver. Salgo de mi ensimismamiento y contemplo a Lottie. La sonrisa se me borra del rostro al pensar en mi hermano. Al verlo de nuevo ante mí con amenazas encubiertas, intentando explicarme las leyes de un mundo que, a pesar de los años, sigo sin comprender. Me asusta que realmente pueda entrar en la casa y reclamar a Ilyria. Esa
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    313 es una delas razones por las que no me atrevo a seguir negándole la entrada a su mundo. Puedo fingir que ya no está, delante de él. Todos guardaremos el secreto. Como amantes furtivos, nuestro amor quedará entre las cuatro paredes de esta casa, así como nuestra esperanza. No necesitamos testigos. —Tenía prisa —miento intentando ahorrarle el dolor. No tiene por qué saber que lo que tanto anhela ella, vernos a su "mamá" y a mí juntos, es censurado por el resto de la sociedad—. Vino a darme un recado y enseguida se fue. Pero me pidió que te diera un beso de su parte. Charlotte ríe, radiante, y se señala la mejilla, donde poso mis labios un segundo. ¿Cómo se tomará ella la marcha de Ilyria? Me aparto y bebo un sorbo de mi copa, mirándola. —¿Lottie? Ella alza la vista de su plato con una sonrisa inocente que hace que me revuelva en el sitio. Los ojos verdes brillan curiosos. Me pregunto si se habrá dado cuenta del cambio en mí, de los besos posados en mis labios, de los latidos renacidos. —¿Tú quieres que Ilyria recupere su libro? Su ceño se frunce casi de inmediato. Durante un segundo me parece más adulta, más severa. La idea no parece hacerle gracia. Intento comprenderla: esa muchacha es lo más parecido que recuerda haber tenido nunca como madre. Será un duro golpe. Pero no puede ser egoísta. No debemos serlo. Nos llevará en su corazón del mismo modo que nosotros la llevamos en el nuestro y volverá a vernos. Ya no nos podemos imaginar la vida sin los otros en ella. —No —responde sin pizca de remordimiento. Es, al fin y al cabo, una niña mimada a la que no le he permitido probar la agridulce experiencia que es decir "hasta la
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    314 vista"—. Aunque silo recupera me ha dicho que volverá, yo prefiero que se quede a vivir con nosotros. Se supone que los padres viven juntos. Me muerdo el labio. —Hay padres que no lo hacen, porque no pueden. Eso no significa que no quieran a sus hijos o no vayan a visitarles —intento razonar. Pero ella es inflexible. Niega con la cabeza y se levanta, muy digna, de su asiento. —Si Ily me quiere se quedará con nosotros. Sé que resulta inútil discutir con ella. Por eso me levanto y, dándole las buenas noches, me voy. Es él. Sus tapas doradas descubiertas de título y autor. Sus dibujos intrincados en suaves relieves. Su color brillante y su aspecto antiguo. Es el libro. Mi libro. El mundo se para. No lo hace para darme una tregua como pasó en la noche del baile. No lo hace de una manera natural como cuando Marcus ha posado sus labios sobre los míos. No. Se detiene de una manera cruel, repentina, que podría hacerme tropezar. Es él. Me encantaría poder dudarlo. Una voz en mi cabeza me exige que lo haga. Que niegue lo que mis propios ojos ven. Lo que mis dedos tocan. Cualquier excusa es buena para no creer en la evidencia. El tacto no parece el mismo. El color es un poco más desvaído. El número de páginas asemeja menor. Mentiras. El libro realmente está ahí. Justo en frente. Como si me amenazara. Como si se burlara de mí. Siempre pensé que me alegraría de verlo. Que lo estrecharía con fuerza entre mis brazos y buscaría entre sus páginas para descubrir qué historia me cuenta. El
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    315 alivio de sabermearraigada de nuevo a mi mundo me llenaría por dentro y convertiría toda angustia en solo un recuerdo lejano. No es así. Desde la mesa, donde lo he soltado como si me quemara entre las manos, me parece escuchar la voz que cuenta su historia. «Estoy aquí, ¿no me ves? ¿No es lo que querías? Estoy aquí». ¿Por qué? Extiendo los dedos, tocándolo de nuevo. La mano me tiembla. Apenas me atrevo a rozar realmente las tapas. Temo que se abran de pronto y me arrastren hacia dentro como hicieron una vez. Me parecen siglos desde entonces. «¿Por qué estás aquí?», quiero preguntarle. «¿Qué haces en el cajón de Marcus? ¿Por qué en ese cajón? El otro día no estabas ahí. No puedes estar ahí. La llave estaba echada. No puedes haber aparecido ahí sin más. Solo podrías estar si…» Se me escapa un jadeo entrecortado. Marcus. Me parece escuchar a mi corazón suplicar en su agónica carrera. No puede ser. Él no. No haría eso. No sería capaz. No es capaz. Me quiere. Me quiere de verdad. ¿No ha dicho eso su beso? Está enamorado de mí. ¿Es que acaso no he visto el alma en su mirada? No me retendría. Él siempre ha intentado ayudarme. Nunca me haría esto. No escondería el libro. No me lo escondería, negándome la vuelta a casa. No me encerraría… La puerta se abre y Marcus alza la mirada hacia mí. Su sonrisa se queda helada en sus labios al verme. Me llevo una mano a la boca. Lo ha hecho.
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    316 La puerta estáentornada. Supongo que Ilyria se encontrará dentro, despreocupadamente sentada en su asiento, con un sobre en el regazo y un mundo entre las manos. Me oirá entrar y alzará la vista. Imagino que se ruborizará, porque ambos recordaremos el beso en ese momento. No en vano, aún me parece sentirlo en los labios. Sus brazos aún parecen rodear mi cuello. Su cuerpo aún parece encajar con el mío. Con esa idea en la cabeza, sonrío. Esperará a que cierre la puerta y vendrá hasta mí. Quizá se siente en mi regazo y leeremos esta noche los libros más hermosos al ritmo de mi corazón. Empujo la puerta. Un latido. Dos. La sonrisa se queda congelada en mis labios. Ilyria está ahí, sí, pero se ha dejado caer sobre mi asiento. Su expresión herida me revuelve el estómago y me hace sentir culpable. Mis ojos, sin poder evitarlo, corren a posarse sobre el libro que descansa sobre la mesa. Su libro. Mi perdición. Abro la boca, pero las palabras se niegan a salir. Ella, de todas formas, no parece quererlas. Diría que me mira acusadoramente, que culpa. No hay explicación posible. Y aún así, tengo que intentarlo. —Escucha, no es lo que tú crees... Traicionada evita mi mirada. No quiere saber nada. No quiere escuchar más mentiras. Secretos. Me he quitado la máscara, pero no es suficiente. La voy a perder. La estoy perdiendo. Me falta el aire. La muchacha niega con la cabeza. No le importa lo que tenga que decir. No es suficiente. No importa cuánto me esfuerce. Estaba condenado. Tenía que pasar. No soy, después de todo, mejor que mi padre. Soy exactamente como él, entendiendo el amor como algo equivocado, como una posesión. Como una princesa prisionera custodiada
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    317 por un dragón.Debí haberle entregado el libro en cuanto tuve oportunidad. Ella se lo merecía. Tenía que haberme separado, que haber reforzado mi defensa para que no pudiera llegar hasta mí. Dejarla volver a su casa hubiera sido lo más sabio. Devolverla a su pequeña librería. A su mundo real, sin hadas con deseos y pétalos danzando entre las estrellas. Ni siquiera ha hecho falta que Rowan viniera a reclamarla. No hacen falta nobles ni leyes ni esta tonta sociedad. Yo solo me he buscado este final. Por no confiar. Por no ser yo mismo. Por encariñarme hasta el borde de la locura. Pero aunque la historia se repita, yo no soy como mi padre, ¿verdad? No quemaré su libro. No clamaré por venganza. En lugar de eso, dejaré mi alma desangrándose en un rincón y seguiré adelante sin ella. Incluso cuando sé que nada volverá a ser lo mismo. Incluso cuando estoy seguro de que, después de todo, ella era la adecuada. Mi amor verdadero. Sin palabras de consuelo la voy perdiendo. Él calla y así evidencia su culpa. Ha intentado negarlo, pero sabe que no puede hacerlo. Eso es lo que más duele. Duele más que las miradas de otros posadas sobre mí. Más que las palabras de Rowan clavándose sobre mi pecho. Duele más de lo que nada me ha dolido en mi vida. No puedo entenderlo. ¿Por qué? Su beso me había convencido de que todo lo que había tenido en esta vida me había llevado a él. Su aliento me había prometido un hogar. Sus manos descubiertas me habían jurado una vida sin secretos. Duele. Sangra. —Mentiroso.
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    318 Aprieto los dientes.Los párpados caen firmemente. Un repiqueteo de cristal al romperse. Mi corazón. Nunca lo he sentido tan rápido y a la vez tan lento. Parece querer escapar de la muerte que sabe que le acecha. —Mentiroso —repito. Mi voz me traiciona, rota. Cuando me levanto clavo mis ojos en los suyos. Hay golpe, pero ya no hay alma. Él no dice nada. No va a decir nada. Porque lo sabe. Sabe lo que ha hecho. No es mejor que su hermano. No es mejor que ninguno de los nobles que me han juzgado desde que llegué. No es mejor que toda esta sociedad hipócrita. No es mejor que el padre al que censura. Es igual que él. ¿Por cuánto tiempo? ¿En qué puedo confiar ahora? ¿Qué ha sido verdad? Ya no quiero creer sus cuentos. De pronto ni siquiera puedo creer en sus miradas. No puedo creer en sus caricias. No puedo creer en su beso. No puedo creer en él. —¿Desde cuándo, Marcus? —Trago saliva. Retengo las lágrimas. No me verá derramarlas. No dejaré que lo haga. Mi corazón llorará sangre dentro de mi cuerpo—. ¿Desde cuándo lo tienes? ¿Desde cuándo me mantienes prisionera? ¿Desde cuándo has decidido arrebatarme mi libertad? ¿Desde cuándo me has convertido en tu pertenencia? No me has marcado, pero me has convertido en un objeto de igual manera. Algo de decoración en tu preciosa casa. Yo… Yo… —De nuevo aprieto los párpados. «No llores. No puedes llorar»— pensé que era diferente. ¡Que éramos diferentes! Mentiroso… Mentiroso. No eres mejor que todos ellos. Eres el más injusto. No me has hecho ese maldito tatuaje solo para no sentirte peor contigo mismo, ¿no es cierto? ¡¡Si iba a ser tu esclava, si no iba a ser nada, no tenías que haber fingido lo contrario, Marcus Abberlain!!
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    319 Aprieto los dientes.Sé que puede ver la tormenta que amenaza tras mi mirada. O quizá eso tampoco sea cierto. Quizá no conozcamos nuestras almas. Quizá nada haya sido verdad. Él aprieta los puños. Puedo imaginar sus nudillos blancos bajo la tela de su guante por la fuerza que hace. Sus ojos me rehúyen. Su alma escapa. Intenta disfrazar su culpa. Sé que procura, en vano, que no vea que todo lo descubierto es aterradoramente cierto. Que ahora que yo lo sé los remordimientos llaman a su puerta. Eso estará bien. Cuando la distancia de mil mundos nos separe no seré yo la única que tenga algo que lamentar. Mi ánima no será la única que no sea capaz de soportar su propio peso. —No es verdad... —comienza a balbucear en balde. Sus palabras no me tienen real sentido. No pueden tenerlo. Si me ha engañado de esta manera, si ha conseguido que me mienta su alma, ¿por qué he de fiarme de lo que digan sus labios?—. No es lo que parece... Solo estaba esperando el momento... —Incluso su voz le traiciona. Ella misma tampoco puede creerle. ¿Cómo va a hacerlo, cuando ha habido tanta mentira? Así, su discurso parece romperse. No tiene aire. No tiene con qué continuar—. Ilyria, por favor, entiéndeme... Tenía miedo... Abro mucho los ojos, que sé brillantes. Las lágrimas no pueden aguardar tras mis pupilas y las primeras se desprenden de la cárcel que procuran ser mis pestañas. Me queman en la piel. Llegan a mis labios con el sabor del desengaño. Bordeo la mesa para acercarme, aunque a nuestros cuerpos los separan todavía una distancia de varios pasos. Nada en comparación con el abismo que se ha abierto entre nuestras almas. Nada en comparación con la brecha que abrirán las páginas de mi libro cuando me marche y desaparezca. Para siempre.
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    320 —Miedo —repito—. ¡¡Miedo!!¿Quién eres tú para hablarme de miedo? ¡A mí! ¡A mí, que he terminado por algún macabro deseo del Destino en esta casa, en este mundo! ¡A mí, que me han apartado de todo lo que conozco! ¿Quién eres para considerar que tus propios temores estaban por encima de mi libertad? ¡De mí misma! —Jadeo. Sollozo. Un latido menos en mi pecho. El corazón disminuye su marcha porque sabe que no puede escapar a la muerte. Mis propias palabras son su verdugo—. Sabías que deseaba volver a casa. Que, desde el principio, no he querido otra cosa. Que todos los días esperaba aquí, ansiosa por verte. Por que llegaras con ese libro y pudiera abrazarte y darte las gracias. ¿Sabes? Decidí que entonces te juraría volver. Lo iba a hacer. ¿Por qué no hacerlo, si se me ha olvidado lo que es vivir sin estar a tu lado? Un paso más cerca. Un mundo más lejos. Mi barbilla se alza y mis ojos se clavan en los suyos. Aprietos los dientes. Tomo aire. No importa que no me mire. No me importa que tiemble. No me importa que sea incapaz de moverse. —Me alegro de no haberlo hecho. ¿Es eso lo que pretendías antes? ¿Era todo? ¿Eso esperabas cuando me pediste que te prometiera que no te dejaría? Eso aliviaría tu culpa, porque eres demasiado humano para no sentirla. “No me dejará”, pensaste. “No tengo por qué darle el libro, entonces”, pensaste. Aquí y ahora retiro lo que dije. Mi promesa se la hice a alguien que pensé que me… Trago saliva. No soy capaz. No puedo decirlo. No ha sido verdad. Enunciarlo en alto, admitir mis propias ilusiones estúpidas, sería un acto suicida. —No voy a volver —aseguro—. Nunca. Un minuto de silencio por la muerte de mil sueños. Tomo aire y cierro los ojos. No puede ver mi alma ahora. —Te odio, Marcus Abberlain.
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    321 Mi mentira sentenciael último latido de mi corazón. Es el final. No va a volver. Me odia. "Mentiroso". Sus palabras se clavan como estacas, como esquirlas de hielo directas al corazón. Cada golpe duele como si fuera el último, aunque yo sé que la agonía se prolongará hasta la muerte. Mi alma empieza a sangrar. Me odia. Intento hablar, pero me falta el aire. Las costillas me aprietan los pulmones y restringen sus movimientos. No me cabe duda de que esto es también efecto de sus acusaciones, que llenan el aire y lo envician. Que emborronan mi realidad y la tornan pesadilla. No va a volver. Sí, la he querido retener. Sí, he sido egoísta. Debo ser el más rastrero de los humanos. Iba a regresar. Iba a darme su promesa. Su palabra de que volvería. Ni siquiera mil mundos podrían habernos separado. Y ahora, sin embargo... "Mentiroso". Quisiera decirle que no he mentido en nada. Todo era real. Cada uno de los versos que le transmitieron mis ojos fueron susurros dedicados solo a ella. Cada una de las caricias que le prodigó mi alma fueron pensando en ella y solo en ella. Un beso de amor no se finge. Todo era cierto. Tiene que creerme. Una parte de su ánima, al menos, está segura de que lo que digo es cierto. Aún puede confiar en mí... ¿Puede? No era mi prisionera. Nunca lo ha sido. No era mi esclava. Jamás le di órdenes. Jamás le pedí que hiciera nada. No soy como ellos. No soy como Rowan o mi padre. Doy un paso hacia atrás. Qué terrible es la vista del barranco desde mi posición. Qué terrible es el silencio y la oscuridad que se adivinan en el fondo. Si mientras bailábamos pudimos volar sin miedo, ahora es diferente. Me han cortado las alas. Me
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    322 han arrebatado todolo que necesitaba y ahora me enfrento solo y desnudo al precipicio que se ha abierto entre nosotros. La brisa ya no sopla más pétalos. Me doy cuenta, sin embargo, que aún hay una posibilidad. En alguna parte tiene que haber un puente invisible con todas las respuestas. Algo que aún nos una, que llame a su sentido común. No soy el hombre horrible que piensa. Aún puedo encontrar la manera de arreglar mi error. —Ilyria... Ilyria, te quiero. Ella da un respingo. Sus labios se entreabren como los pétalos de una flor, tiernos y rojos como la amapola. Sé que no se lo esperaba, que no creía que fuese tan osado. Y realmente no sé por qué lo digo. No quiero que se quede por pena pero tampoco quiero que se vaya con una idea equivocada de mí. Sí, la amo. La amo como solo se puede amar la luz del sol y el aire fresco, elementos primarios para la vida en cualquier mundo. La necesito. Sin ella, sin su luz y su calor, estoy condenado a un invierno eterno. Al hielo y la nieve. Y es escarcha lo que queda cuando mis palabras se disuelven. Aunque por un momento sé que me cree, que todo ha vuelto a la normalidad y no imagina un mundo sin mis brazos, es solo un instante. Aprieta los dientes con rabia contenida y sus ojos destellan, dolidos. Su tono es el del amargo desengaño. —No te creo. Los príncipes no encierran a las princesas. —¡No quería encerrarte! Pero ella sacude la cabeza. No puede verlo. Es incapaz ya de desengañarse. Le he hecho un daño irreparable. ¿Y qué voy a decir? De pronto las excusas sobran. No puedo separar los labios. Un zumbido en mi cabeza anuncia el final, extendiéndose como un dolor sordo que se instala también en el pecho, al lado del corazón. No me quedan fuerzas para replicar. La niebla toma mi mirada y me obliga a pasarme la
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    323 mano por elrostro para arrancarme las lágrimas que no voy a derramar, como me arranco los sentimientos. Cierro los ojos y me preparo para el cadalso. —Llévame a casa. No quiero estar aquí ni un minuto más. El golpe es certero y mortal. El corazón se me para y todos los sueños ruedan por mi mejilla. «Quédate. No puedes marcharte ahora. Te quiere. Lo sabes. No miente. Lo quieres. Lo amas más de lo que has amado nunca nada. A nadie. Ni siquiera sabías lo que era querer de verdad hasta ahora. Por eso te duele tanto. Por eso no hay pulso. Por eso intentas hacerle el mismo daño. ¿No lo ves? Sufre. Acaba con esto. Deja que el sufrimiento se sane con un beso». No. Esta vez no escucharé esa voz. No voy a escuchar al corazón que intenta en vano volver a vivir. Solo es una esperanza desesperada de resurgir, de recuperar la fuerza que adquirió con su beso. La que ha perdido ahora. Por eso aparto la mirada. «Está llorando. ¿No lo ves? Llora como tú. No puedes hacer esto. No quieres hacer esto». Silencio. Sé que él me mira. Que me suplica que cambie de opinión. Que reconsidere mis palabras. Que, al menos, si tengo que irme, prometa volver. No. Nunca. No quiero pensar ya en deseos. Todas las hadas del mundo han caído con la repentina seguridad de que no existen. No hay seres tan crueles. No pueden haberse reído tanto de mí como para plantarle a él en mi corazón y ahora obligarme a arrancarle sin piedad. “Te quiero”.
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    324 No es cierto. Cuandoyo no lo miro, cuando no hablo, le escucho coger aire. «Tu corazón no es el único que ha dejado de latir». No quiero saberlo. Le doy la espalda. Vuelvo al escritorio. De nuevo se me antoja que ese tomo que la primera vez me pareció hermoso, ahora se ríe de mí. Es cruel. «¿Para esto has aparecido en mi vida? ¿Para enseñarme hasta qué punto se puede querer y cómo puede doler hacerlo?». Casi escucho su carcajada burlándose de mí. La risa del Destino su une para ridiculizar a mi pequeño corazón. Clavándome los relieves en la piel, cojo el libro entre mis brazos. «No lo hagas. Míralo una última vez. No es verdad que no haya alma. No es cierto que no haya corazón. Tenía miedo. No quería perderte. ¿Es que no habrías hecho tú lo mismo? ¿Es que no te asustaba de una manera irracional no volver a sentir el calor de sus abrazos? ¿No has estado dispuesta a dar, precisamente, tu libertad para poder estar a su lado?». ¡¡Silencio!! Dejo caer el tomo en cuanto lo abro por la mitad. El objeto se escurre por el suelo solo un par de centímetros. No voy a mirarle. No puedo permitirme ver su alma ahora. Si ésta me dice que me ama, ¿cómo podré marcharme? ¿Cómo podré hacer caso a la herida que sangra sin cesar? —Hazlo. No lo miro. En cambio, solo me adelanto hacia el libro. Un paso más cerca de mi mundo. Un universo más lejos de mi verdadero hogar. Cuando su voz de plata nace y yo piso las páginas, no puedo evitarlo y levanto la mirada.
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    325 Al ver susojos cargados de llanto me rompo por dentro. No hay tiempo para más. Es como caer. Es como tropezar y sentir que pierdes el equilibrio. Es como caminar entre las nubes y, de pronto, perder pie. Es como un vértigo. Como un mareo. Lo es todo en la nada. Escuchar su voz es sentir que nunca he estado completa antes. Que nunca volveré a estarlo. Sentir que la oscuridad se convierte en plata, que el silencio se ondula y se quiebra. Y entonces solo existe su hechizo. Solo existen sus palabras, que no alcanzo a comprender, pero que me hablan. Que me llaman desde algún otro lugar lejano. Que me queman y me arrastran. Se convierten en cadenas que me atan a la magia. Al sueño. A él. Solamente dura un segundo. Olvidarlo será imposible.
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    326 Marcus Cenizas. La última mirada.Nuestros ojos se encuentran y solo hay vacío. Solo hay lágrimas. Miedo. Incertidumbre. “No voy a volver. Nunca”. Me quedo sin aire. Muero. La luz se apaga con su desaparición y todo queda sumido en la noche. La lluvia, fuera, repiquetea contra el cristal como si pidiese entrar. El libro yace en el suelo, abierto. Veo borroso. Me doy cuenta de que una lágrima me ha traicionado, así que me apresuro a limpiarme la mejilla con el guante. Aún así, la niebla es perpetua en el cuarto. Marchita todo lo que toca. Lo convierte en hielo. «¿Y ahora qué?». Quizá Morfeo sea compasivo si me echo a sus brazos. Dormir parece lo más adecuado. Cien años, tal vez, como en el cuento, hasta que la mansión quede cubierta de espinos y nadie se acuerde ya de mi nombre. Hasta caer en el olvido. Quizá así pueda dejar de pensar en ella. Quizá así todo quede atrás. Un día despertaré y no recordaré nada de esto. No sabré quién soy tampoco, ni los pecados que he cometido. Tal vez esa sea la única manera de evitar repetir los mismos errores una y otra vez. Tal vez esa sea la única manera de conservar aquello que de verdad me importa. Me giro, dispuesto a salir del cuarto. Charlotte está bajo el umbral con su bonita cara de niña descompuesta por una mueca de adulta. No me mira. No se atreve a hacerlo. Solo tiene ojos para el libro abierto. Los labios se le han puesto blancos de tanto apretarlos, aunque creo que no es consciente de ello. Las mejillas, por lo normal teñidas de rosa, han empalidecido. Parece al borde del llanto. Quizá yo también me vea así. ¿Cuánto lleva ahí? ¿Qué ha escuchado? Le diré que volverá. Será una mentira piadosa, un caramelo para que no pruebe la amarga verdad. —Se ha ido —murmura con voz rota.
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    327 Cuando trago saliva,es como si tomara pedazos de cristal. Me arañan la garganta por dentro y me impiden hablar. Me escuecen los ojos, pero no voy a llorar. Tengo que recomponerme. No pasa nada. Ella no es el fin del mundo. No va a volver. ¿No quise, durante tanto tiempo, su marcha? Pues ya está hecho. No volverá. No tendré que preocuparme de sus preguntas o de sus malos modos. No tendré que preocuparme de que sea una mala influencia, olvidando su corsé o caminando por el pasillo en camisón. La vida no se acaba. Solo hay que limpiar su cuarto y hacer que nada de esto ha ocurrido. Guardaré el libro en lo más profundo de mi estantería. —Se ha ido —repite Charlotte. Me acerco a ella, pero no parece darse cuenta de mi gesto, porque pasa por mi lado a la carrera y se deja caer al suelo de rodillas. Qué pequeña parece de pronto. Coge el tomo que la marcha de Ilyria ha dejado atrás y lo mueve bruscamente en el aire, como si quisiera obligarle a devolverle lo que se ha llevado. Como si esperase que lloviesen de él escenas y palabras. Al no conseguir nada, frustrada, lo golpea contra el suelo. Parece la rabieta de un bebé, más que de una casi adolescente. Me fascina y, a la vez, me asusta. Sus ojos se cruzan con los míos y me doy cuenta de que está llorando. —Tráela —me ordena más que pide. Yo me quedo allí de pie, cabizbajo, rehuyendo su mirada, consciente de que lo ha oído todo. «No va a volver y no puedo hacer nada para evitarlo», pienso. Ni siquiera convoco el habla. Como una estatua, aguardo. La escucho levantarse con un susurro de seda. Tiene el volumen fuertemente abrazado, sujetándolo contra su pecho como si fuera una parte de sí misma. Se acerca un par de pasos, casi amenazante. —Tráela —repite, sin entender que mi silencio es lo único que conseguirá de mí—. ¡Tienes que traerla de nuevo!
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    328 Sacudo la cabezay aprieto los párpados. Aunque pensé que no podría sentir más dolor, el sollozo que se le escapa es un latigazo. El golpe es tan fuerte que creo que podría empezar a sangrar en cualquier momento. Intento abrazarla. Quizá así se calme. Sin embargo, ella golpea mi brazo sin contemplación, con la mano abierta, y se aleja. —¡Es tu culpa! —Me grita fuera de sí. Yo ni siquiera puedo negarlo—. ¿Por qué no destruiste el libro? ¡Así ella se hubiera quedado con nosotros! Entreabro los labios. No hubiera imaginado esa respuesta, casi cruel, de sus labios. Su llanto es ahora claro, sin inhibiciones. Deja que las lágrimas se deslicen por sus mejillas redondeadas y se unan en su barbilla, de donde se precipitan hacia abajo. Las tapas del libro pronto quedan cubiertas por pequeñas manchas de humedad. —Lottie… Intento razonar con ella. No podía quedarse, de cualquier manera. No quería hacerlo. Quizá viniese de vez en cuando. Sin embargo, poco a poco se iría distanciando. Éste no era su lugar. Su hogar. Encontraría a alguien en su mundo. Formaría una familia. Se olvidaría de mí. De Charlotte. Y cuando nos quisiéramos dar cuenta el dolor sería mayor. Ahora, en cambio, apenas nos habíamos acostumbrado a ella. La niña se niega a escucharme. —¡Es todo tu culpa! —Insiste. Se intenta convencer a sí misma y, de ese modo, también yo caigo presa del hechizo de sus palabras—. ¡Debiste haberlo evitado! ¡Pudiste haberlo hecho! Pero ahora nunca más volverá. Aprieto los puños. Todo lo que me echa en cara es cierto. Y cada palabra se clava como una flecha dando en el blanco. Me odia. No va a regresar jamás. “Mentiroso”. Aunque la quiero, eso no cambiará nada. Y ahora es demasiado tarde. Habrá quemado ya su libro. La imagino levantándose entre estanterías, con los ojos llenos de lágrimas, con la máscara del desengaño puesta. El fuego lo arrasará todo. Purificará y borrará
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    329 nuestra presencia. Serácomo si nunca nos hubiéramos conocido más que en un lejano sueño. El tiempo se encargará de borrar mi rostro de su memoria. Otros labios alejarán el sabor de mi beso. —Ella no nos pertenecía, Charlotte. No podíamos retenerla. Hubiera sido injusto. No era parte de este lugar. Su llanto ha atraído a Yinn y Angela. Oigo sus pasos acercarse por el pasillo, pero no llegan a entrar en el despacho. Quizá intuyan lo que ha pasado. Aguardan, callados, más allá del dintel, y observan la escena con rostros tristes. —A veces la gente simplemente se va —le explico. Esta vez sí deja que me acerque, aunque no la toco. Está temblando—. Pero no importa los que se alejen, Lottie. Yo siempre voy a estar a su lado… Ilyria tiene su propia familia y… —¡Éramos una familia todos juntos! ¡Y tú lo has estropeado! ¡Yo la quería! ¡Y ella me quería a mí! Pero ahora, por tu culpa, ya no está —la veo apretar los párpados y encogerse sobre sí misma. Sus gritos se hacen eco en mi cabeza, destrozándolo todo a su paso—. ¡Te odio! ¡Ojalá no fueras mi padre! Me tambaleo, empalideciendo. El abismo se ha abierto bajo mis pies definitivamente y caigo. La oscuridad me traga y un segundo después ya no hay nada más de mí en ese cuarto que mi presencia física. Bajo la vista. Charlotte corre junto a Angela y se refugia en su falda, llorando. Yo no me muevo. —Marchaos. Nadie cuestiona la orden. —Lo odio. Lo odio… —repite mi hija como en un salmo. La puerta se cierra. De pronto me rodea el silencio. Es un efecto artificial, creado por mi propia mente, que se niega a aceptar los sonidos a mi alrededor. Ya no hay sollozos. Ya no hay gritos. Ya no hay reproches. Me apoyo contra la madera y deslizo la espalda
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    330 por ella, hastaquedar sentado en el suelo. Me llevo las manos a la cara y cierro los ojos. La oscuridad me envuelve cuando me prohíbo pensar. Ya no hay mentiras. Ya no hay deseos ni hadas ni luz de luna. Ya no hay corazones a la carrera. Ya no hay besos. Ella se ha ido. Ya no hay nada. *** La oscuridad aún es absoluta cuando despierto. Las mantas están desperdigadas por la cama, pero no es el frío lo que me ha sacado de un sueño en el que solo estaba ella. Su risa. Sus palabras. Su mejilla contra mi corazón. Era una fantasía hermosa, un pedazo de tranquilidad entre los días que, desde su marcha, son tormentosos y llenos de discordia. Hace ya tres semanas que no está, pero su huella aún persiste. Charlotte no ha vuelto a hablar conmigo como antes, a tomarme de la mano o interrumpirme mientras trabajo. Creo que aún espera que ella vuelva, pues siempre lleva el libro a todas partes, abrazada a él como si fuera su pequeño tesoro. Una parte de mí también lo desea, aunque me ato a la realidad y sé que ya no quedan posibilidades de que eso suceda. De vez en cuando me sorprendo a mí mismo mirando la silla enfrente de mi escritorio como si alguien la ocupase o abriendo la sala de música para pasar horas muertas sentado delante del piano, aunque nunca me atrevo a tocar las teclas. Supongo que aún tienen algo de ella y no quiero borrar su presencia. Lottie, de todas formas, no ha vuelto a practicar. Yinn y Angela son testigos de nuestro dolor, pero guardan luto con su silencio y con miradas de entendimiento y tristeza. Ellos también la habían tomado cariño. Yinn ya no tiene nadie con quien reír y hablar sin inhibiciones en la cocina, así como Angela ya no tiene quien le hable con palabras dulces y se embelese con sus alas. Saben tan bien como yo que no hay esperanza.
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    331 Me giro enla cama y observo la penumbra. Los contornos de los muebles están definidos entre las sombras, pero me doy cuenta que hay luz en el pasillo, colándose por la puerta entreabierta con timidez. Con el ceño fruncido, me levanto del lecho y voy a tientas hasta el corredor. La iluminación nace en el despacho. Durante un segundo, el olor acre del humo llega a mi nariz. Una alarma se enciende en mi cabeza y empujo la entrada a mi estancia de trabajo con tanta fuerza que la madera gira sobre los goznes y se golpea contra la pared. Un suspiro de alivio sale de mis labios cuando compruebo que no hay incendio. Que el trabajo de una vida fuese devorado por el fuego sería lo último que podría soportar. ¿De qué serviría entonces vivir, sin familia en la que apoyarme y con la casa destruida? La luz viene de la chimenea. Charlotte está allí delante, arrodillada, con el atizador en la mano. La falda del camisón blanco se extiende por el suelo, a su alrededor, como una flor abierta. De nuevo se me antoja frágil, quizá algo menos niña, pálida y con borrones de sombra bajo sus ojos. Observo con curiosidad mientras mueve los troncos. Sobre su regazo, abandonado, está el libro abierto. Casi parece que lo hubiera estado leyendo, aunque sé que no es posible. Las páginas, cuando lo vi por primera vez, habían sido borradas por el tiempo. Solo quedan pedazos de letras sobre ese papel grueso que se ha amarilleado en las esquinas. —Deberías estar durmiendo. Aunque no lo pretendo, mi voz es algo más dura de lo acostumbrado. Las heridas de su indiferencia, del vacío que se ha empeñado en hacerme, están demasiado frescas todavía. —No va a volver… Me acerco. Ella me mira. Sus ojos están secos, como si todas las lágrimas que la he visto derramar se hubieran terminado. Sé lo que se siente. Solo queda un gran hueco
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    332 dentro, sin sentimientos.Ni siquiera puedes odiar. Ni siquiera puedes tener lástima por ti mismo. —Lo lamento, Charlotte. Me siento a su lado. Ella vuelve la vista al fuego, contemplándolo como hipnotizada. Hay algo en el vaivén de las llamas, efectivamente, que es imposible ignorar. Las piezas de madera se van consumiendo lentamente. Una chispa salta y se apaga, juntándose con sus hermanas de nuevo. —No me quiere. —No digas eso —le paso un brazo por los hombros y ella se deja apoyar mansamente contra mí. De pronto vuelve a ser mi niña, mi ángel. Mi sustento para salir de las tinieblas. Me abraza, a su vez, y la noche parece clarear un poco—. Ha sido todo por mi culpa. Me porté mal. Ella oculta el rostro contra mi pecho y yo acaricio sus cabellos en un intento de reconfortarla. Sé, sin embargo, que no hay nada que yo pueda hacer. Solo el tiempo lo podrá curar. Suspiro y dejo un beso sobre su cabeza. —Es hora de acostarte —le recuerdo esta vez con más suavidad. Charlotte no se mueve. —¿Dejará de doler? Eso me pregunto yo todas las noches. Esas cosas, en realidad, nunca sanan del todo. Lo único que puedes es rezar para que se escondan en algún lugar lejano y no tengas que volver a pensar en ellas nunca más. Asiento suavemente. —Tardará. Pero sé que pasará. —¿No puedo simplemente olvidarla? Como hice con mi vida pasada… —Me temo que no funciona así.
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    333 Durante unos instantesnos quedamos abrazados, sin palabras. No son necesarias. Sin ellas me ha perdido perdón y sin ellas la he disculpado. —Si no va a volver, no lo necesitamos —dice al fin. Yo no entiendo a lo que se refiere. Se separa y su vista vuela al libro. Su mano es más rápida que mi entendimiento. En un gesto que parece casi casual, lo toma entre sus dedos y lo lanza. El volumen choca contra la piedra, cayendo pesadamente en el suelo de la chimenea. Con un siseo de agonía, prende. Entreabro los labios. Las tapas se curvan ligeramente, crujen y se amoldan a la caricia de las llamas. Como dos amantes destinados a abrazarse, uno de los dos tiene que sucumbir. Y el beso de las ascuas es la perdición del papel. De las letras. De un mundo entero que grita y se retuerce. «Otra vez no». Quizá grito algo. No estoy seguro. Mi mente se cierra, preparándose para el dolor, y todos los sentidos callan a un mismo tiempo. Me quedo mudo, sordo y ciego en un solo instante. De alguna manera, vuelvo a ser tres años más joven y arriesgo mi mano por recuperar algo que amo más que mi propia vida. Alcanzo el maltrecho tomo y lo arrastro fuera, con un jadeo. Las páginas se deshacen y en el suelo solo quedan cenizas. Es como perderla de nuevo. El mundo vuelve a la vida sin avisar, ajeno a lo que guardo por dentro. El grito de horror de Charlotte desgarra la noche.
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    334 Ilyria Retorno. He intentado destruirel libro. No puedo. Desde que volví da lo mismo las veces que haya querido deshacerme de él. No soy capaz. Al principio juré que lo cogería y lo quemaría. Sería fácil. Acabaría con todo: no más recuerdos, no más seguridad de que lo que pasó fue real. Nada con lo que asegurarme de que no fue un vívido sueño. Borraría incluso las dos semanas perdidas del calendario, puesto que en mi mundo solo ha pasado ese breve lapso de tiempo. No habría nada que no pudiera convencerme de que lo que viví solo fue una quimera que terminó convirtiéndose en pesadilla. Pero no he podido hacerlo. ¿Cómo? ¿Con qué fuerzas? Cada vez que lo cojo para eliminarlo, el libro absorbe mi energía. Me siento cansada. Mi cuerpo entero parece pesar más cuando llevo conmigo ese tomo. Aún así me he encontrado a punto de quemarlo. O de tirarlo. A veces de empezar a romper sus páginas sin más. He querido apartarlo por completo de mí. Olvidarlo. Desecharlo. Perderlo. No hay manera. Cada vez que estoy solo a un paso de terminar con esta locura para siempre, me encuentro con que en realidad no quiero hacerlo. No. No es que no quiera. Es que soy incapaz. He podido librarme de las ropas que traía cuando aparecí en este mundo relegándolas a lo más profundo del sótano, pero no puedo hacer lo mismo con el volumen dorado. Acabar con el libro sería lo más fácil: el tiempo obraría su milagro después. O quizá no. Nada podrá hacer ya que los olvide: se pueden borrar los recuerdos clavados en la memoria, el tiempo al final pasa por ellos y los vuelve insustanciales. Pero el corazón no olvida.
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    335 Sigue ahí sumirada como el primer día. Siguen ahí sus palabras. Todas. Es como si cada frase se hubiese guardado en algún lugar especial donde estar a salvo de la pérdida. Están las que me hicieron daño y las que me salvaron de caer al abismo. "Te quiero". Están los gestos que se clavaron sin piedad y los que sanaron todas mis heridas. Su beso. «¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué quisiste retenerme? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Desde cuándo? ¿Hasta cuándo...?» En las pesadillas que me sobrevienen desde entonces le hago todas esas preguntas y él solo me mira. Lo hace con los ojos llenos de lágrimas que vi antes de marchar. Con la mirada que deben tener los sueños rotos. Con la desesperación de quien sabe que algo muere antes de nacer. "Ilyria, te quiero". Y mil preguntas que nunca encontrarán su respuesta. «Si tan solo te hubieras quedado un segundo más», me dice la molesta voz en mi cabeza. En mi corazón. La voz que todos los días al despertar me culpa de homicidio. ¿No mataron mis palabras dos corazones que al menos durante un segundo latieron unidos? «Si tan solo lo hubieras besado una vez más...» No podía ser. Era imposible. Me equivoqué: no era la persona correcta. No era él. No era él... Lo que más duele es saber que siempre ha sido él. *** Noche. Sueño. Pesadilla.
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    336 A veces enmis delirios también aparece ella. Charlotte me mira en mis ilusiones con los ojos de quien no reconoce a alguien, de quien tampoco desea saber quién es. Otras veces llora y se resguarda en brazos de un padre que no es capaz de mirarme. En todos esos sueños ella solo repite una frase. "Me abandonaste". Intentar capturarla es en vano. Su cuerpo pequeño, su risa de campanillas, sus ojos de ensueño... Todo se difumina y se pierde. Es uno de esos sueños en los que corres contrarreloj y nunca consigues alcanzar lo que persigues. Como siempre despierto cubierta en sudor. Las lágrimas me queman en los ojos. Como cada noche solo me recibe el silencio de una casa vacía. Como cada noche, me echo a llorar. En este mundo no hay guantes que se queden con la historia de mi llanto. *** Dos semanas desde que se rompió el sueño. Mil horas más desde que se rompió el corazón. No hay hogar. No hay paz. En mi librería el silencio oprime. En mi pequeño mundo la soledad acecha. No está él. Su nombre no ha vuelto a salir de mis labios. Mi boca, pese a que el tiempo corre, sigue ahogada en su aliento. «Vuelve. Ellos te esperan. Tú llevas esperándoles toda una vida». No puedo volver. Nunca. Jamás. Silencio. Nada es igual en mi mundo. Nada es igual en mí misma. Las horas pasan lentas. No hay satisfacción. No hay alegría. La gente a mi alrededor se mueve y continúa con sus
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    337 vidas. Me miransin saber verme realmente. Sin saber verme como me veía él. Todo se ha detenido. Se ha vuelto pesado. Tedioso. Mi librería ya no me parece un sueño alcanzado hace mucho tiempo, porque he aprendido la verdadera esencia de los deseos. No hay magia. Los días entre las estanterías, entre conversaciones insustanciales con gente que no conozco y que no me conoce, se alargan hasta lo inimaginable. He aprendido a apreciar mis pesadillas porque son el único lugar en el que puedo verles. El único momento en que el daño no es tal, porque al abrir los ojos estoy segura de que es fantasía. Mi mirada vuela entonces a la mesita, donde en un acto puramente masoquista he dejado abandonado el libro que empezó y terminó con todo. ¿Lo guardará él también cerca? ¿Habrá sido más valiente y habrá cortado el único lazo que nos mantenía unidos? “¿Te quedarás con mi libro cuando lo encuentres?”. “Sí”. “No puedes dejar que le pase nada”. “No permitiré que sufra ningún daño”. ¿Puedo creerle? ¿Sería algo de todo eso verdad? De todo lo que vivimos… ¿Dormirá con él cerca, como yo? ¿Apareceré en sus sueños igual que lo hace él todas las noches en los míos? Aunque no de la forma en la que yo imaginaba. Cuando fantaseaba con volver y que nuestros cuerpos se encontrasen más allá de un mundo onírico, soñaba que nos abrazaríamos, reiríamos y contaríamos el tiempo para volver a vernos. Haríamos planes. A veces simplemente callaríamos y nos dejaríamos estar. Otras veces sus labios… Cuando el dolor es demasiado insoportable vuelvo a cogerlo y lo tiro. Quizá así se rompa. A veces encuentro un mechero y siento la tentación de lanzarlo encima de sus páginas. «Desaparece», quiero decirle. Pero como el primer día del fin de mi vida, sus tapas parecen sonreírme con sorna y reírse de mí. «Me querías de vuelta y yo volví»,
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    338 parecen responderme. «Estuvecerca de ti incluso antes de que me encontraras», me recuerda con crudeza. «Porque él te engañó». ¿Por qué? ¿Por qué…? Buscaré una contestación todas las noches. Nunca encontraré la respuesta. *** Una semana más. Mil sueños más convertidos en lágrimas sobre mi almohada. El tiempo sigue pasando, aunque para mí esté detenido en el segundo que volví. Sigue siendo cruel. Sigue sin hacer su efecto. “Ilyria, te quiero”. «Desaparece. Deja que continúe con mi vida. Deja que te olvide. Desaparece de mi cabeza. Desaparece de mi corazón. No quiero recordar tus cuentos. No quiero recordar tu alma. No quiero recordar tu mundo. No quiero recordar tus palabras. No quiero recordar… Quiero olvidar. Olvidarlo. Olvidarte». Y al mismo tiempo esa voz que siempre tiene la razón, la que debería haberle respondido en su momento: «No sabes cuánto te quiero yo. No sabes cómo quema tu beso todavía en mis labios. No sabes cómo desearía que mi aire fuese tu aliento. No sabes lo frías que se sienten mis manos sin las tuyas. No sabes lo ajenos que me parecen los demás mundos si no es leyendo a tu lado». La gente a mi alrededor empieza a darse cuenta de la verdad tras mis sonrisas fingidas. Las personas que me conocen comienzan a percatarse y atan cabos. Esas dos semanas borradas del calendario en las que desaparecí para ellos sin dar cuentas a nadie. ¿Cómo voy a explicarlo? No lo entenderán. No podrán entenderlo. A sus ojos solo he escapado de viaje. El día que llegué devolví las llamadas pertinentes y conté mi verdad
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    339 a medias. Habíaestado lejos, muy lejos. No importa dónde. Necesitaba escapar. Necesitaba ese tiempo para mí. Nunca más volvería irme así. A mis padres no les importó. A mi padre, al menos, no. Me amonestó mi comportamiento caprichoso y por primera vez acepté la reprimenda sin contestaciones enfurecidas o malas discusiones. No se mostró en absoluto preocupado pero, bien pensado, ¿por qué iba a hacerlo? Solo hay indiferencia. Vacío. Distancia. No hay familia de verdad. No hay nada. Mi madre insistió más, pero lo dejó correr cuando la tranquilicé. Un abrazo y un par de besos, algunos detalles inventados sobre mi estancia en un pueblo a las afueras. Ella se sintió culpable. Achacaron mi huída a la conversación aquel día en el restaurante. “Vuelve a casa”, me habían dicho. “Aún puedes hacerlo. Puedes abandonar esa estúpida librería y dejar que te cuidemos como la niña que aún eres”. Recuerdo la manera en que salí corriendo. Cómo escapé a mi pequeño Paraíso. El libro… Pero ahora todos parecen darse cuenta de que algo pasó en mi extraño viaje. Lo sienten aunque yo me esfuerzo por fingir que todo está bien a mi alrededor. Las lágrimas saben que no deben caer más que por las noches, cuando estoy al amparo de mi cuarto silencioso y mi apartamento sin vida. Otras veces ni siquiera caen así, sencillamente porque los ojos se han quedado secos. Las amigas que me han preguntado han desistido ante mis comentarios falsamente inocentes o mis cambios de tema. Alice, mi mejor amiga, sin embargo, no lo ha dejado correr. —Quiero que me cuentes qué pasó en donde sea que estuvieses —me exige un día, apoyada en el mostrador de la librería. La obvio, concentrada en colocar bien unos libros. Parezco tranquila, como he aprendido a fingir en estas tres semanas desde mi vuelta. Leo por lo bajo un par de títulos y busco alrededor con la mirada, para encontrar el sitio al que pertenecen.
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    340 Alice, no obstante,es incansable, porque frunce profundamente el ceño y lanza directamente: —¿Ha habido alguien, Ilyria? De espaldas a ella, dejando los tomos en la estantería, me quedo helada. Los dedos rozan apenas la madera. Mis ojos se quedan clavados en los lomos de las pequeñas joyas que llenan el mueble. Un segundo. Un latido. —¿Cómo dices? —Susurro bajito. —Vaya, reaccionas. De modo que ha habido alguien —ya no hay duda. Su frase es una afirmación en toda regla. Trago saliva. «No sé de qué hablas», quiero decirle. «Sé por dónde vas, pero no ha habido ningún chico». No sería del todo mentira, porque él ha sido mucho más que eso. No obstante, no consigo que me salga la voz. Callo, entonces, y me concentro en terminar de colocar los libros. —Y ha sido importante —continúa ella incansable. Me estremezco. Sigo sin mirarla. «No sabes cuánto». —Ilyria, cuéntamelo. No puedo ayudarte si no lo sé. Respeto tu silencio pero… te duele, ¿verdad? ¿Dónde está él? Solo estuviste fuera dos semanas, no me digas que te has… No quiero escucharle terminar esa frase, no quiero admitirme que sigo queriendo a un carcelero. De modo que, para evitarlo, respondo bajito, porque no tiene sentido negar lo que ella sola ha descubierto. Aunque le mintiera y le jurase que no ha habido nada así, Alice ya no me creería. Me conoce lo suficiente como para saber no fiarse de mis palabras y leer mejor en mi mirada y en mis gestos. —Está donde debe estar. En su… —titubeo— ciudad.
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    341 —¿Y por quéno estás tú con él, si tanto te duele estar lejos? Tomo aire. Apoyo la cabeza contra la estantería. Siento la presencia de mi amiga acercándose. Sus ojos se me clavan en la espalda por mucho que me gustaría que no me mirase. Al menos no puede verme el rostro. No puede ser consciente del daño que me hace obligando a recordar. La discusión. La rabia. El desengaño. Sus labios. “Ilyria, te quiero”. Aprieto más los párpados. “No te creo”. Terminar así con todos los pétalos que las hadas habían ido dejando cada noche en nuestros corazones. —No podía —digo aún así, a media voz. Me cuesta encontrar las palabras. Me cuesta siquiera separar los labios—. Estaría muy… lejos de aquí. —¿Realmente ese es el problema? Porque podías haber vuelto y de nuevo marcharte. Él podría venir a visitarte también, ¿no? ¿Dónde vive? No nos has querido decir a ninguno un lugar exacto. Sencillamente “estuviste fuera”. «En un mundo al otro lado de un libro». No puedo responderle eso. —Yo… —trago saliva—. Lo iba a hacer. Iba a… volver… —sacudo la cabeza—. No puedo. Él me… engañó. —¿Con otra? —Alice parece francamente escandalizada. La imagino fruncir el ceño y apretar los labios con rabia. Por el rabillo del ojo la veo abrir la boca para dedicar una retahíla de insultos que no quiero escuchar. —No —me apresuro a interrumpirla—. No… —Miro al suelo de nuevo—. Él nunca habría hecho algo así.
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    342 Él esperaba poralguien. Siempre ha esperado por alguien. «Eres tú. Todo lo que siempre ha esperado eres tú. Todo lo que siempre has esperado es él. ¿No te lo dijo su beso? ¿No te lo dijo su alma?». Obligo a callar al corazón. Mi amiga se humedece los labios. Sabe que está en terreno pantanoso. Que solo responderé estrictamente a lo que pregunte. Debe elegir sus palabras, porque yo aprovecharé cualquier desliz para evadir el tema y concentrarme en otra cosa. Entonces nunca más podrá saber, porque nunca más dejaré que pregunte. —¿Qué te hizo, Ilyria? Entorno los ojos. Siento otra vez ese ardor en las pupilas. Parpadeo firmemente. «Aquí no». —Quiso obligarme a quedarme con él. —¿Obligarte? ¿Cómo puedo explicarlo? Es más complicado de lo que ella supone. No es solo un viaje en coche hasta algún lado. Ni siquiera en tren o en avión. Me humedezco los labios y dejo caer los párpados. El encuentro del libro me choca en la cabeza. El silencio culpable de Marcus aún me martillea por dentro. Su confesión. Lo único que fue capaz de decirme sin temblar. Como si fuera verdad. Mi corazón desesperado por creerle y olvidar. —Retuvo consigo algo que necesitaba para volver. —¿Algo que necesitabas para volver? Parece que hables en clave, Ilyria. Es mi oportunidad para escapar. Me separo de la estantería y me acerco al perchero, cerca de la puerta de la librería. Cojo mi paraguas rosa, que me recuerda a la sombrilla blanca de Lottie. Pinchazo. Me pongo el abrigo. Fuera llueve, porque aquí se acerca el
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    343 invierno. El fríocala los huesos, pero yo no puedo sentirlo. Mi alma se ha acostumbrado a la helada. —No tienes que entenderlo. Vámonos. Ya es hora de cerrar. Alice sabe de pronto que se ha acabado su turno de preguntas. Sabe que la información que no ha conseguido ahora no la conseguirá nunca. Yo clavo la mirada en el suelo para evitar sus ojos inquisidores. Finalmente escucho su suspiro de rendición. —No lo conozco. No sé hasta qué punto crees que es grave lo que hizo. No me dejas entenderlo. Pero está bien. —Gracias —susurro, porque sé que no insistirá. Las dos tenemos un pacto de respeto por el silencio cuando preferimos callar. Nos tenemos y normalmente nos es suficiente. —Pero —continúa ella para mi sorpresa. Alzo la mirada, para observarla entre las pestañas. Mi amiga me mira con las cejas alzadas, con ese rostro adulto y serio que adquiere cuando sabe que las cosas no funcionan como deberían— sé que no estás bien. Sé que te duele. Que sigues pensando en él. Y no lo conozco, pero quizá él también piense en ti. Sé todo lo que aprecias tu libertad, sé que no soportarías sentirte encerrada. Pero pasó algo, ¿verdad? Estás terriblemente enamorada de él. De esa manera en la que tú siempre has deseado querer a alguien. Lo veo en tu mirada. No puedes engañarme. Me brillan los ojos. Ella se da cuenta, porque repentinamente está abrazándome. Siento sus brazos a mi alrededor aunque yo no correspondo a su agarre. Aprieto los párpados con fuerza. «No llores. No llores». —No lo defiendo. Nunca defendería a alguien que te hace daño. Pero sé que tú tampoco te enamorarías como lo has hecho de una persona que no lo mereciera. Tomo aire. Escondo la cara en su cuello. Aprieto los labios con tanta fuerza que sé que se tornan blancos por la presión.
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    344 —Él no escomo nadie que hayas conocido nunca, Alice. No es como nadie que podamos conocer. Él… es tan diferente. Es tan… mágico. Te juro que su beso borra todos los demás besos del mundo. Los vuelve niebla en la memoria. No soy capaz de recordar ningunos otros labios que no sean los suyos. Y su mirada… Sus palabras. Sus cuentos. Su voz diciéndome que me quería… No sabes cómo lo echo de menos — confieso con la voz rota—. No sabes cómo me gustaría olvidar y correr de nuevo hasta él. Abrazarlo como siempre hasta que no hubiera fuerza en mis brazos. Besarlo como la primera vez, como la única vez. Dejar que pase… —Hazlo. Alzo la mirada, sorprendida. Mi amiga me mira con ternura. Me pasa las manos por las mejillas, aunque he contenido el llanto que amenaza con desbordarme. Su boca se siente dulce contra mi pómulo cuando abandona un beso allí, con cariño. —Vuelve con él. —No puedo, yo… Él me mintió. No me dijo que podía volver a casa, no me… «No me dio el libro». Callo y Alice frunce el ceño, consciente de que hay algo que le oculto, pero sacude la cabeza, decidiendo que esos detalles son lo menos importante. —Solo temía perderte. «Lo sé». —Está muy lejos, ¿verdad? Quizá tuvo miedo de que nunca regresaras. «Lo sé». —Te lo habría dicho más tarde o más temprano. Te habría dado la opción de marchar si tú lo hubieses querido. «Lo sé». —Que intentara retenerte de una manera tan desesperada… Solo puede significar una cosa.
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    345 “Ilyria, te quiero”. Seme escapa un sollozo. —Te debe querer mucho. Me abrazo a ella firmemente. —Lo sé. *** Alice me ha prometido encargarse de todo mientras no esté. Al llegar a casa el libro me recibe desde su sitio. Con cada paso que me acerco a él se me cierra más el corazón. No quiero hacer esto. ¿Cómo voy a poder mirarles a la cara? A Charlotte. Le prometí que volvería y sin embargo me marché y he estado tres semanas en mi mundo. En el mío. ¿Cuánto habrá pasado en el de ellos? Allí parece ser más rápido, pues cuando llegué aquí solo habían transcurrido siete días desde que me marché. ¿Qué pasará cuando lo vea a él? No, no quiero pensarlo. Me detengo. No, no quiero hacerlo. Tengo que olvidarlo. Es una idea ridícula. No puedo sencillamente dejarme llevar por una conversación con alguien que ni siquiera conoce todos los datos. Dejarme arrastrar por el corazón que parece recomponer fuerzas contra mi pecho no es lo adecuado. No es lo que tengo que hacer ahora. Me hará más daño. Si vuelvo, ¿qué puede asegurarme que todo vaya a salir bien? Puede ser el comienzo del desastre. Puede que cuando nos miremos a los ojos descubramos cuánto nos odiamos. Prefiero amarle, incluso en la distancia, a tener que odiarle. «O puede que cuando os miréis, todo se olvide. Todo parezca poco. Todo se convierta en nada. Puede que cuando os miréis no haya odio. Puede que cuando os miréis podáis
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    346 ver cuánto osqueréis en realidad. Más allá de las mentiras. Más allá del miedo. Más allá de todo». Trago saliva. No sé qué voy a hacer. Con una bocanada de aire extiendo mis dedos hacia el tomo. Las tapas me hacen cosquillas con sus dibujos bajo las yemas. Me estremezco. ¿Estarán esperándome? ¿O habrán perdido toda esperanza? «Te esperan. Te han esperado siempre, como tú a ellos». Sería tan fácil creerlo… «Lee». El corazón ya no sugiere. Ya no deja sitio a la razón. Quiere volver a vivir y no consiente que nadie se ponga en su camino. Lo siento aletear contra mi pecho, anticipándose a lo que sea que vaya a suceder. Abro el libro. «¿Me esperas?», quiero preguntar a través de las páginas. De las letras que no me atrevo a afrontar. Entiendo que no es esa la pregunta que mis labios quieren formular en realidad. —¿Me quieres? —Susurro quedamente. Mis dedos tocan el papel. No es necesario leer. Como si el libro me trajese su respuesta, me siento caer. La realidad se quiebra bajo mis pies. Esta vez no importa. Al otro lado sé que está él.
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    347 Pétalos Deseo concedido. —Hacía muchoque no te veía sin guantes. Alzo la mirada. Rowan está de pie bajo el dintel de la puerta, observándome. Durante un segundo me parece ver pena en sus ojos. Me encojo de hombros y le hago un ademán para que entre, ya que ha venido hasta aquí. Se sentirá complacido de verme derrotado. Además, la causa de todas sus preocupaciones ya no volverá. Aparto el periódico y me acomodo en el sillón. Hago una breve mueca cuando muevo el brazo. A veces siento el corazón latiéndome en la punta de los dedos, lanzando olas de dolor como corrientes eléctricas. Ha pasado una semana, pero yo no siento que mi condición mejore. Mi hermano se sienta en el amplio sofá. Esta vez no se sirve el té por su cuenta. Yo tampoco se lo ofrezco. —¿Ha sido muy grave? Es obvio que bastante. La diestra está cubierta de vendas, escondiendo las heridas de la vista. Es mejor así. —El médico ha dicho que tendré que llevar el vendaje una buena temporada. Tomo la taza con la zurda y bebo. Solo me queda el consuelo de ser lo suficientemente hábil con la mano sana. —¿Cómo te lo hiciste, exactamente? Nadie parece saberlo. Suspiro. Él me sondea el rostro, como si calculase la gravedad de mi expresión. No se lo he dicho a nadie. Ni siquiera al doctor. Todo lo que la gente debe saber es que el conde Abberlain no saldrá de casa hasta que se encuentre mejor. No estoy dispuesto a soportar las miradas de los nobles juzgando e inventando. Probablemente no necesitan verme para hacer tal cosa.
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    348 —Es una largahistoria. La chimenea estaba encendida y… —Sacudo la cabeza—. Quise sacar algo del fuego. Fue un acto reflejo. Rowan alza una ceja, como si no pudiera creerme. No lo culpo. Suena a locura. —¿Por qué no usaste el atizador? Me encojo de hombros. Hay cosas que se hacen sin pensar. Sin tener en cuenta las consecuencias. Otras, en cambio, las piensas tanto que pierden todo el sentido. Solo así se me ocurre que fuera capaz de tomar una decisión tan errónea en lo que al libro de Ilyria concierne. Miro a las amplias puertas de cristal, al día claro, como si quisiera olvidar la pregunta de mi acompañante. De alguna parte del jardín me llega la voz de Lottie, sentada bajo el manzano con Angela. Durante esta larga semana ha pasado más tiempo del acostumbrado a mi lado. Sé que se siente culpable, aunque no hizo nada malo. Ella ni siquiera fue la desencadenante de su marcha… Sacudo la cabeza. Rowan me mira con el ceño fruncido, como si pudiera leer mi mente. Hasta él parece darse cuenta de que falta algo. Mira alrededor como si esperase verla junto a mí. Yo no sueño con otra cosa. —No está —le aviso antes de que su pregunta me pueda hacer daño—. Se ha ido. Volvió a su mundo, de hecho, hace un mes. Hay júbilo en su rostro. Parece ser el único en esta casa al que le gusta la idea. El único que no la echará de menos. Y mientras, yo guardo en la mano las heridas del corazón que no se pueden ver. —Es mejor así, Marcus. Le diré a Abbigail que venga a verte. Seguro que un poco de distracción te hace sentir mejor. Hay otras mujeres más adecuadas. No malgastes tu tiempo pensando en esa pobre diabla. De todas formas, no podía ofrecerte nada. No tiene razón. Sé que hay otras mujeres más adecuadas. Más refinadas. Más recatadas. Pero yo no quiero a otra mujer. La quiero a ella. El problema es que ahora ya
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    349 no importa loque desee. Ella se ha ido y no queda nada en esta casa que evidencie, siquiera, que alguna vez estuvo aquí. Ha pasado como un fantasma y, solo como un espíritu puede hacerlo, su paso ha dejado huella en mi interior. Lo único que ha quedado atrás desde su marcha es un deseo sobre mi corazón que la luna ha raptado. Todo es igual que la primera vez. Absolutamente todo. Las imágenes de aquella noche se arremolinan en mi cabeza cuando caigo exactamente en el mismo lugar. Miro alrededor. De nuevo el mismo callejón, las mismas casas. Esta vez es de día todavía, aunque por la posición del sol no debe faltar mucho para que la tarde muera. Emito un gemido leve. Esperaba aparecer en el despacho, donde se quedó mi libro. Esperaba, quizá, aparecer en el mismo lugar en el que estuviera Marcus. Necesito verle. Quiero verle. Volver a este mundo hace que me arrastre una terrible seguridad: tengo que pedirle perdón. Perdón por todas las mentiras que nos hicieron daño a los dos. Perdón por marcharme. Perdón por no escucharle. Perdón por no entenderle. Perdón por tardar tanto en volver. Tengo que decirle que lo quiero. Me levanto como puedo. Me he hecho daño pero no me importa. Tengo que encontrar el camino de vuelta a casa. Sé que sabré hallarlo: solo tengo que seguir el río y llegaré a la mansión. Llegaré a él. Agradezco no llevar mil faldas que me impidan correr. No puedo detenerme. No puedo dejar que me vean. La ropa de mi mundo grita mi procedencia. Marcus no me salvará esta vez, si dejo que me cojan. El barrio de los extranjeros me recibe. Sé que estoy allí no porque pueda recordar específicamente los acontecimientos de mi primera noche en aquel mundo. Son neblina en mi memoria, de hecho. Sé dónde me encuentro solo porque mil seres de todas las
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    350 especies se repartenpor las calles y no se concentran en mí. Siguen sus vidas. No les importa. Son libres en su esclavitud. Viven ajenos a los demás. Ajenos a lo que no sea su propia felicidad. Además, sus ropas pobres, sus andares despreocupados, delatan su condición. No tardo en avistar el puente que me llevará al otro lado. Que me llevará a él. ¿Se alegrará de verme? ¿Podrá mirarme? ¿Podré mirarlo yo a él? Y la pequeña Charlotte… Tengo que apresurarme. Ya he tardado mucho tiempo en hacer caso a lo que realmente quiero. Traspaso el puente y es como volver a cambiar de mundo. Donde el barrio de los extranjeros es pacífico y despreocupado, aquí todo se vuelve tensión e hipocresía. Siento las miradas de todos los nobles que pasean con sus engalanadas ropas cuando paso veloz por su lado. Por primera vez tengo la seguridad de que no me importan. «Miradme todo lo que queráis. No merecéis mi atención. No podéis separarme de él. No podéis apartarme de esa familia. Si no lo ha conseguido mi libro, no lo conseguiréis vosotros». Los murmullos nacen a mi alrededor, aunque solo reconozco silbidos en mi carrera. Ya estoy más cerca. «¿Puedes sentirme, Marcus? Lo siento. Siento haber tardado tanto. Ya he vuelto». Cayendo en una sensación de deja vu, choco con alguien. Esta vez no hay ropas pobres, solo un impoluto traje blanco. No tropiezo. Con una disculpa suave, sin siquiera mirar al viandante que he aplacado, me aparto para seguir mi camino. Unos dedos enguantados toman mi mano antes de que pueda retomar mi marcha. Doy un respingo al sentir la textura de la tela. Alzo la mirada rápidamente y el sol me ciega un segundo, dejándome ver solo un destello cobrizo en unos cabellos. Marcus. —Ilyria.
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    351 Me cubro dela luz y entorno los ojos, pero no me hace falta verlo para saber inmediatamente que me he confundido. Cuando Marcus dice mi nombre hay cariño en él. En esta ocasión solo hay frialdad. Frunzo los labios. Rowan me observa con sus ojos dispares y sus elegantes cejas alzadas. Sonríe simpático, pero a mí no me engañará más. El tiempo ha pasado pero la conversación que escuché sin ser vista todavía persiste en mi cabeza. —Rowan —saludo. Miro mi mano de soslayo y luego lo miro a él. Intento soltarme. Él, no obstante, aprieta algo más los dedos contra mi piel. Sabe que desconfío y por eso no va a dejarme marchar—. ¿Me sueltas, por favor? No lo hará. Sabe que si lo hace echaré a correr y no habrá manera de que me encuentre. Aprieto los dientes. —Qué agradable sorpresa —comenta. Es un mentiroso nato. El tono de su voz me parecería creíble si no supiera que en realidad no hay nada de agradable para él en verme—. Pensé que te habías ido… Me humedezco los labios. Marcus ha debido decírselo. O quizá él haya vuelto en estos días a comprobar que he desaparecido para siempre, como debe ser. De nuevo tiro de mi mano y miro alrededor. Si tanto teme los escándalos quizá debería crear uno. Quizá así me deje marchar sin que ninguno de los dos tengamos que lamentar nada. Si se acerca un paso más, atentaré contra toda su posible descendencia. —Lo había hecho. Pero he vuelto. Marcus y Lottie me están esperando así que… —No te esperan. Me sobresalto. Sé que he palidecido un poco. Aprieto los labios y lo miro fijamente, alzando la barbilla. —Eso no es cierto.
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    352 —No te esperan.—En sus ojos me parece ver un brillo triunfal. Tomo aire—. Creen que te has ido para siempre. Que nunca vas a volver. No te esperan. —Entonces tengo que ir a decirles que se equivocan. —Algo más desesperada de lo que pretendo estar, tiro fuerte para soltarme de él. Sus dedos me hacen daño cuando se aprietan con más firmeza contra mi muñeca. Me cortan la circulación—. ¡¡Suéltame!! —Exclamo. Algunas personas se quedan mirando. Eso está bien. Rowan no es aquel bruto que intentó cogerme una vez. Él tiene una reputación que mantener. Un porte. La gente lo conoce. Si hiciera algo ahora mismo podría lamentarlo toda su vida. El hermano de Marcus parece entenderlo. Entorna los ojos y durante un segundo creo que me soltará. Mis esperanzas se vienen a pique cuando tira de mí y se inclina sobre mi oído. Su aliento me acaricia la oreja. Dejo escapar un jadeo. Me remuevo. Él quiere impedir que vaya con Marcus. Que vuelva a su vida. Que ocupe el lugar que está reservado para mí, cerca de su corazón. —Ilyria, querida, me pensaría un par de veces lo que vas a hacer. —Abro la boca, pero él se adelanta a lo que yo pueda decir—. No hay lugar para ti en esa casa, muchacha. Ellos ya han rehecho su vida como si tú nunca hubieras llegado a ella. No eres tan importante. Entorno los ojos. No puede engañarme. No va a conseguirlo. —Eso no es cierto. Charlotte me quiere. Marcus… Marcus me quiere. Siento sus dientes rechinar. Dejo escapar una sonrisa. Esa noticia debe ser terrible para él. Sabe que no podrá conseguir nada con eso. Que no conseguirá hacerme caer en sus mentiras. Sé que Marcus sigue esperando. Que me esperaría hasta el fin de su vida si fuera preciso. “Ilyria, te quiero”. «Lo sé, mi deseo. Lo sé». —¿Es que quieres destrozar sus vidas, Ilyria?
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    353 Doy un respingo.De pronto toda mi seguridad cae y yo me encuentro sin camino que pisar. Tomo aire con algo de dificultad. —¿Cómo dices? Rowan sonríe. Sabe que ha captado mi atención. Aprieto los labios, mirándolo con fijeza. Él no tiene reparos en devolverme la mirada. —Les meterás en problemas, Ilyria. Ya has empezado a hacerlo. Desde la noche del baile la gente habla. Todos saben que el conde Abberlain tiene una criada que le hace favores más allá de lo meramente doméstico. Enrojezco más de rabia que de vergüenza. —Eso no es… —¿Crees que a la gente le importa, Ilyria? La verdad es subjetiva. No importa. Lo que se mantiene es lo que la gente cree. Los hechos son los que la mayoría dictamina. De todos modos, aunque no fueras su amante… ¿Crees que realmente él puede ser para ti? Tú solo eres una extraña en este mundo. Alguien que no lo merece. Que no está a su altura. Mírate. Mira como vistes ahora. No eres nada de lo que Marcus puede tener. Inconscientemente bajo mi vista a mi propio cuerpo. La falda corta, las medias tupidas cubriendo mis piernas. Incluso llevo cuello vuelto y manga larga. No hay piel al descubierto más allá de las manos y la cara, pero soy consciente de que eso solo es porque en mi mundo hace demasiado frío. Aún así incluso eso parece ser inadecuado. Tiene razón: no soy la dama que a él le hubiera gustado. Soy solo esa chica descarada que camina en camisón por su pasillo. Pero él me quiere así. —A él no le importa eso. Y a mí solo debe importarme lo que él crea porque… —No funciona así —me interrumpe Rowan. Mira alrededor por el rabillo del ojo. La gente nos mira al pasar, aunque no pueden escuchar nuestra conversación—. No
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    354 podéis estar juntos.Será terrible para Marcus. Para Lottie. Estar contigo implica perder todo lo que siempre han tenido. Su mundo, el único que conocen, se vendrá sobre ellos. No tendrán paz, Ilyria. Allá donde vayan esas miradas que tan poco parecen gustarte a ti se clavarán en sus espaldas. Allá donde vayan los murmullos les acompañarán. A ti misma. Nunca serás para nadie más que una fulana. Nunca podréis ser una familia normal. Esta vez sus palabras me rompen y él lo sabe. Empieza a ganar. Sé que no me miente. Lo sé porque después de todo no son palabras que no haya escuchado antes. La conversación que tuvo con Marcus viene para martirizarme. Aprieto firmemente los labios, cerrando las manos en puños. —Y tú no quieres que eso pase, ¿no es cierto, Ilyria? Lo miro. Mis ojos chispean con rabia y a él parece divertirle que así sea. Niego, aún así, pese a que sé que no hace falta que lo haga. —Quizá —considera— podríamos alcanzar una solución satisfactoria a este problema. Soy consciente de que me engaña. Hay trampa en sus palabras. No quiero, sin embargo, no hacer nada al respecto. No podría soportar que Marcus y Charlotte se vieran envueltos en discordia por mi causa sin yo haber intentado solucionarlo. Sin haber puesto nada de mi parte para que eso no sea así. —Habla. —Aquí no, querida —sonríe, pero yo ya no creo sus sonrisas—. Ven conmigo. Él no me da tiempo a dudar. Tira de mi mano y echa a andar. Siento las miradas sobre nosotros mientras lo sigo. Mis ojos vuelan al camino hacia la mansión Abberlain. Me muerdo el labio. «Estaremos juntos».
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    355 Es una promesahacia mí misma. Pase lo que pase encontraré la manera de que así sea. —Puedes pasar, Angela. La aludida da un respingo y se ruboriza, pillada en falta. Lleva un minuto entero bajo el marco de la puerta, sin saber si entrar, temiendo molestarme. Con un rápido vistazo hacia el pasillo pasa finalmente y entorna la puerta. Su mirada está obstinadamente puesta en el suelo, como si tuviera miedo de resultar descortés. Mi sonrisa, algo forzada, intenta ser invitadora. A pesar de que lleva más de un año y medio a mi servicio aún le cuesta hablar en mi presencia. Cierra los puños alrededor de su impoluto mandil blanco y se acerca otro paso, hasta quedar justo delante de mi mesa. Ladeo la cabeza. —Señor, siento molestarle —murmura, atreviéndose a mirarme solo entre las pestañas. Nunca he conseguido que deje de tratarme con ese respecto del sirviente que teme ser castigado—. Pero he salido un momento y he escuchado un rumor algo… desconcertante. Dejo los ojos en blanco. Los cotilleos nunca me han parecido algo de provecho. Me llevo la zurda a las vendas que aún cubren mi mano herida. La noticia de mi accidente se ha expandido por la ciudad, a falta, probablemente, de mejores temas que tratar. Lo más seguro es que habrán inflado el acontecimiento con detalles inventados, de modo que todo habrá tomado la textura de lo increíble. —¿Ya han declarado mi defunción? Angela palidece ante la idea. Por lo general, las notas irónicas o las bromas se le escapan. Sacudo la cabeza. —No importa. ¿De verdad es tan urgente? —Sé que no me molestaría a menos que lo fuese—. ¿De qué se trata?
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    356 Le hago unademán hacia una de las dos sillas que hay ante mi escritorio. Ella no ocupa el asiento predilecto de Ilyria. También es muy observadora. Cada vez que alguien se acomoda allí sé que un brillo de tristeza pasa por mis ojos. No puedo evitarlo. Es como si trataran de borrar esa presencia que, un mes después de su marcha, me sigue rondando como un espíritu malévolo y, a la vez, ya familiar. —No sé todos los detalles, señor. Su hermano Rowan ha tomado bajo su protección a una extranjera, al parecer. Se me escapa una sonrisa. “Bajo su protección” suena a la expresión equivocada. Él nunca haría eso. —Lo dudo mucho. La habrá obligado, más bien —frunzo el ceño—. Pero todo eso suena muy extraño. ¿Por qué iba Rowan a hacer algo así? Angela titubea. La veo morderse el labio. Se remueve hasta quedar sentada en el borde de la silla y se inclina suavemente hacia delante, sobre la mesa. —Dicen que la muchacha que recogió se negó a ir con él al principio, como… como si lo conociera. De pronto, sin embargo, accedió. Y fue cerca de aquí, señor. Pensé que quizá… Que cabe la posibilidad de que… Calla. Yo tampoco necesito seguir escuchando más. Soy consciente de lo que intenta decirme. Pero no puede ser… Observo la chimenea, apagada y limpia, tan brillante como si alguien hubiera intentado borrar las huellas de un asesinato. No, claro que no puede ser. Ella juró que no volvería. “Mentiroso”. Me odia. Y aún así hay algo que me inquieta. Un presentimiento. Me llevo la mano sana al pecho, al corazón, al lugar donde mis latidos se perdían contra su mejilla. ¿Por qué Rowan iba a querer coger a cualquier extranjera? No… Él solo desearía a una. A la única que podría hacerme feliz. Me levanto movido por un resorte. —¿Señor?
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    357 —Dile a Yinnque ensille mi caballo. Angela parece alarmada. Quizá ha visto la determinación en mis ojos. Quizá ha intuido la rabia. El miedo. La incertidumbre. Hay demasiados sentimientos mezclados en mi cabeza como para decantarme por uno solo. —No debería… Su mano… Sacudo la cabeza, ignorando sus protestas. Cuando hablo, mi tono es tan seco, tan severo, que ella no puede hacer otra cosa más que aceptar mi mandato. —Obedece. El palacio es tan pretencioso como los nobles que lo habitan. Es la estructura más gigantesca que haya podido ver en mi vida. Más que un palacio, parece una ciudad en sí mismo. Hay más gente paseando de arriba abajo por el recibidor y las escaleras principales que la que podría juntarse en un baile. Todos visten de blanco, tan impolutos como mi propio acompañante. Rowan, acostumbrado, no mira alrededor. De hecho, no deja que yo me maraville (o escandalice, según se mire) con todo lo que me rodea. No debe querer que me vean con él, porque sus pasos son rápidos. Me obliga a subir las escaleras a buen paso, pero yo no replico. Lo que sea por terminar cuanto antes con esto. El camino es largo y pronto anochecerá. Quiero ver a Charlotte antes de que se vaya a dormir. Necesito hablar con Marcus, aunque sé que en su caso dará lo mismo la hora a la que llegue. Estará despierto, con sus gafas de lectura puestas, sentado en su sitio de siempre. No consigo imaginar su rostro cuando me vea. ¿Sonreirá o sencillamente me mirará con desprecio y me ordenará volver a marcharme? Si fuera lo último yo moriría en el acto. Sigo a Rowan. El chico agacha la cabeza en inclinaciones cordiales a la gente que lo saluda, pero nunca se para a hablar. Sonrío. Debe avergonzarse de mí. Aún así, camina con ese orgullo altanero que he aprendido a descifrar en su barbilla alzada. Me sigue
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    358 haciendo daño enla muñeca, aunque yo ya no me quejo. Que esto termine pronto es lo único que pido. Enfilando el pasillo llegamos a una puerta. En ese momento alguien sale de ella. Es otro chico. Nada más verlo ya me hace arrugar la nariz. Hay algo en su porte erguido que me hace pensar que Rowan no es nada irritable en comparación con él. Parece exigir respeto. Sé que es un presuntuoso solo por la manera de caminar. Cuando sus ojos chocan con nosotros descubro en su color verde el frío del invierno. No hay interés, solo helada indiferencia. O… superioridad. Como si creyese que es mejor que cualquiera. Nos observa arqueando una elegante ceja rubia, igual que sus cabellos. Viste del mismo color blanco que el propio Rowan, con una rosa roja en la solapa de la chaqueta. —Rowan —saluda. A mí solo me dedica una mirada de soslayo antes de volver a mirarlo a él—. ¿Es ella? El hermano de Marcus asiente. Yo los miro frunciendo el ceño. Algo en ese breve intercambio de gestos y palabras no me gusta. Me remuevo por primera vez. Al coger distraído a Rowan consigo que suelte mi muñeca. Le lanzo una mirada iracunda, frotándome el lugar en el que todavía siento la tela de sus guantes. Incluso su prenda me parece más rugosa en comparación con la suavidad de los de Marcus. Los dos hombres se me quedan mirando. Los ojos dispares de mi principal acompañante me taladran. Yo alzo la barbilla. —No he venido hasta aquí para nada. Tengo prisa, por si se te olvida. Rowan abre la boca dispuesto a responderme, pero es el rubio quien se adelanta. —Esa no es manera de dirigirse a un caballero de Albion, extranjera.
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    359 Alzo las cejasy lo miro, todavía frotándome la piel. También Rowan lo hace y adivino en sus labios una sonrisa de orgullo. De plena satisfacción. Frunzo el ceño y clavo mis ojos en los iris verdes del otro. —A ti nadie te ha dado vela en este entierro. Por otro lado, cuando vea un caballero me dirigiré a él como se merece. Pero no hay ninguno presente, me temo. Su rostro afilado parece contorsionarse en una mueca de advertencia. Sus párpados se entrecierran y sus pupilas se clavan en las mías con algo más de frialdad. —Yo no hablaría así, extranjera. Ahora no tienes a tu protector para guardarte las espaldas. La idea de que alguien piense que necesito resguardarme bajo la protección de cualquier otra persona me hace enrojecer. No de vergüenza. Es puro enfado. —¿Me estás amenazando? —Siseo—. No necesito a nadie que me proteja. Ni de ti ni de ninguna otra persona. —Déjala, Laurent —interviene Rowan. Lo miro, ligeramente molesta por que se atreva a interrumpir como si necesitase de su colaboración—. Pronto dejará ser un problema. Abro la boca, pero no me deja protestar ni preguntar qué se supone que significa eso. No me lo permite porque sus dedos vuelven a tomarme y, con una inclinación de cabeza, abre la puerta y me arrastra consigo una vez más. Me duele la mano. Cada trote del caballo lanza un estremecimiento por todo mi cuerpo que se convierte en tensión y sufrimiento. Pero puedo soportarlo. No es nada, en realidad, en comparación con la incertidumbre. ¿Estará ella allí? Quizá llegue junto a Rowan y lo encuentre solo. No parece tan descabellado. Es difícil creer que Ilyria simplemente... ¿Y si hubiera vuelto, que es improbable, qué negocio se le ha perdido con mi hermano?
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    360 Ella volvería conmigo.Vendría a la mansión. Abrazaría a Lottie. Sus risas resonarían en la estancia otra vez, llenando la casa de vida. Y si eso fuera así yo... la besaría. La tomaría entre mis brazos y le repetiría cuánto la quiero hasta que no hubiera nada dentro de su cabeza o su corazón que no fueran mis propias palabras. Pero no puede ser cierto. Quizá irrumpa en el cuarto y descubra que otra muchacha está allí. La vergüenza cubriría entonces mi rostro y tendría que bajar la mirada. Me disculparía, pero a ojos del mundo parecería que me he vuelto loco. ¿Y no lo he hecho, al fin y al cabo? Loco de amor por una extranjera que se ha marchado y que ya nunca volverá. Su libro está destruido. Y aunque eso no es razón suficiente como para evitar su vuelta, ¿cómo podría regresar después a su casa? No suele haber dos copias del mismo libro, a menos que éste haya sido escrito por alguien de Albion. Dudo que en su caso haya ocurrido eso. En la copia de este mundo, como en el que la trajo aquí, no había autor ni título y con la información que tenemos resultaría imposible encontrar otro igual, en el caso de que lo hubiera. El anuncio en el periódico solo trajo la respuesta de Fred. Suspiro. Los enormes troncos de las altas secuoyas son apenas borrones hasta que doy el alto, tirando de las riendas con la mano sana. Aún no puedo mover la diestra, tanto por el vendaje como por el malestar. Desciendo del caballo, que resopla cansado, y le tiendo las bridas a uno de los criados que están en la puerta. Cuando entro en el recibidor el zumbido confuso de las palabras, los pasos y la vida confunde mis sentidos. El encanto que pueda tener la corte, con sus mil nobles y sus sirvientes de impoluto blanco, a mí me parece el colmo de la ostentación. Aún así, lo dejo estar y me abro paso escaleras arriba. —¡Conde Abberlain!
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    361 La voz deAbbigail llega algo apagada por las otras conversaciones que se suceden a mi alrededor. Finjo no haberla escuchado. Es creíble. —¡Marcus! —Exclama esta vez más cerca. Su mano se agarra con suavidad a mi chaqueta, aunque sin llegar a ser descortés, simplemente como si hubiera tropezado y hubiera tenido que apoyarse en mí. Frunzo el ceño y aprieto los párpados un segundo. Cuando la miro sé que no hay entendimiento ni amistad en mi rostro. Ella, sin embargo, no parece darse cuenta. —Me he enterado de tu accidente. Tu mano... Cuánto lo siento. No quiero escucharla. No puedo hacerlo. Mi mente siempre vuelve a la misma persona, al mismo punto de partida. Me suelto con una brusquedad impropia de mí. Solo pienso en ella. «Ilyria, ¿estás ahí?» «Marcus, ya estoy aquí». En lo único que soy capaz de pensar es en llegar a casa y decirle esas palabras. «Lo siento, Marcus. Siento haberme ido. Siento haberte dicho que te odiaba. Te quiero». Suspiro hondamente y alzo la mirada. Rowan cierra la puerta de su cuarto en ese momento. Cruzo los brazos sobre el pecho. Cuanto antes termine de hablar mejor para todos. Me mantengo convenientemente apartada de él. ¿Qué ha querido decir a ese tal Laurent? —Habla. Podrás ahora que no nos ve nadie, ¿no? Los ojos dispares del hijo menor de la familia Abberlain se fijan en mí. Repentinamente siento un estremecimiento. No tenía que haber venido. Me parece que no es hablar lo único que quiere hacer. Cuando su sonrisa se extiende paulatinamente por sus labios sé que hará cualquier cosa para tenerme en sus manos. “No será más un problema”. Aprieto los dientes.
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    362 —Sabes tan biencomo yo, Ilyria, cuál es la única solución aquí, ¿verdad? Se acerca. Yo retrocedo. No quiero que me toque. No quiero que vuelva a ponerme ni un solo dedo encima. No obstante, él no se detiene. Yo choco contra una cómoda y él se planta justo delante de mí. —Podemos llegar a un acuerdo, extranjera. —No hay acuerdo —me adelanto—. Voy a volver con Marcus. Ya. Intento evadirle y pasar sin más por su lado. Su cuerpo, para mi más profundo disgusto, me corta el paso. —No vas a hacer tal cosa. Piensa en las consecuencias. ¿O es que nuestro paseo las ha borrado de tu cabeza? Cojo aire. No. No he olvidado. Ni por lo que he venido ni la conversación que supuestamente no debería haber escuchado. Aparto la vista, humedeciéndome los labios. Trago saliva. —Está bien —lo miro fijamente—. ¿Qué puedo hacer? Él sonríe, consciente de cómo manipularme. No me gusta su sonrisa. Donde algún día vi un gesto simpático y amable ahora solo veo una satisfacción casi cínica. Cruel. —Primeramente, olvidarte de él. Se casará con una dama y formará una familia como debe ser. Pero siempre te quedará el consuelo de verlo desde una distancia prudencial. Aprieto los dientes. —No voy a olvidarme de él. No quiere eso. Me quiere en su vida, Rowan. Te guste o te disguste. Si eres su hermano y tanto te preocupas por él deberías respetar eso. —Si tanto lo quieres —responde él sin dudar— deberías comprender que no eres la persona adecuada para estar a su lado. Cojo aire con algo de precipitación. Lo miro y el chico me sostiene la mirada.
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    363 —¿Tan… terrible seríapara él y su familia que estuviéramos… juntos? Rowan se encoge de hombros ante mi pregunta. —Se convertiría en una especie de… desecho social. Un paria. La mayoría de los que siempre han sido sus amigos dejarían de serlo. Nadie se junta con un traidor a la sangre de Albion. Son las reglas de este mundo. Quien las desafía no suele durar mucho. La sociedad es así, Ilyria, querida: debes adaptarte a ella si quieres vivir en paz. Trago saliva. Bajo la vista y aprieto los puños firmemente. Casi siento los huesos protestar y quejarse. Me remuevo incómoda. A Marcus no le gusta demasiado la sociedad, lo sé. No le gustan sus mentiras o sus falsos modales; pero también tiene un negocio del que depende. Los nobles leen y envían los libros que él promueve. Por otro lado, a Charlotte sí le gustan todas esas cosas. Las fiestas y los bailes. Puede que cuando conozca realmente a la gente decida que no es lo que quiere para ella, pero no ahora. Verse apartada de todo le dolería. Probablemente también a su padre, aunque no lo admitiera. No en vano, defendió en la fiesta a Abbigail Crossbow por ser su amiga. Es curioso: todos terminamos sucumbiendo a la sociedad, como dice Rowan. Todos nos adaptamos a ella aunque no nos guste. Desafiar lo impuesto, lo correcto, lo “normal” es un atrevimiento que ni siquiera yo llevo a cabo. No en vano, ¿no terminé aceptando no salir de casa? ¿No me he adaptado yo misma, no he agachado la cabeza humildemente? No soy tan rebelde como pensaba, aunque mis ideas sean reivindicativas. Aunque crea que todos somos libres, yo misma quiero que me marquen y así ocupar el lugar que me ha sido impuesto en este mundo sin preguntar, solo por ser una extranjera. Me siento ligeramente turbada al darme cuenta de que los seres humanos vivimos en una cárcel impuesta por nosotros mismos, por nuestro propio conformismo.
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    364 Intento no pensaren eso y concentrarme en Rowan. Aquí estoy, sucumbiendo de alguna manera, aunque lo haga por otros. Podría luchar y revolverme, podría plantar cara, podría salir ahí fuera y proclamar que nadie tiene derecho sobre mí, sobre Marcus, sobre cualquiera de los extranjeros mortificados o esclavizados a manos de sus supuestos gobernantes, de gente que sencillamente ha tenido la suerte de nacer aquí y no fuera. Pero, por mucho que me intente engañar, sé que no lo haré. No tengo el valor suficiente para arriesgarlo todo, para arriesgarme a mí misma y a ellos. Su paz. Sus vidas. No soy ninguna heroína: no voy a liberar a un pueblo subyugado. Solo me intereso por mí misma y por aquellos a los que quiero. —Podría… seguir viéndolos todos los días, ¿no? Rowan cabecea pensativamente. Su silencio se alarga durante un par de segundos más antes de romperlo. —No veo por qué no. —¿No podría seguir viviendo en su casa? Lo miro entre las pestañas. Nuestro romance no tendría por qué salir de esas cuatro paredes. Solo nosotros lo sabríamos. Lo mantendríamos oculto de los ojos del mundo. Ni siquiera Charlotte o Yinn y Angela tendrían que saberlo. Se quedaría en nuestras noches trabajando. En nuestros bailes bajo el manzano. En nuestras canciones de piano… —No, por supuesto que no. Aparto la vista al suelo. —¿Qué sería de mí entonces? No tengo otro sitio donde quedarme mientras esté en este mundo… Rowan parece paladear algo. Su sonrisa se curva en un gesto de deleite que hace de sus labios algo aún más despreciable.
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    365 —Te quedarás conmigo. Frunzoel ceño. Sé lo que quiere decir. A eso achaco el estremecimiento que me corre por la espalda. Me remuevo de nuevo. Es exactamente el trato que aquel día, tras oír sus palabras, quise proponerle yo a él. Ahora, sin embargo, ya no me parece tan buena idea. Intento buscar otra solución pero nada se me ocurre. ¿Es que la única manera de estar con la gente que amo en ese mundo es venderme a mí misma? Tomo aire. —Como tu sirvienta —determino. —Es el cometido de los extranjeros. La única razón por la que estáis aquí. Servirnos a nosotros, los verdaderos hijos de Albion —su discurso me da ganas de vomitar. Aprieto los labios y lo observo con rabia en los ojos. Abro la boca para responderle pero él se adelanta a mis protestas—. Por supuesto, puedes negarte. Pero estarías condenándolo, Ilyria. Y tú lo quieres, ¿no? O dices quererlo… No deseas que eso le pase. Ni a él ni a la pequeña Charlotte. Ella todavía es inocente. Ya les has provocado a los dos mucho sufrimiento con tu marcha. ¿Por qué quieres hacerles más daño? Me encojo sobre mí misma. Bajo la vista. ¿Han sufrido? La Charlotte de mis sueños viene para detener mi pulso. “Nos has abandonado”. Y su llanto. Los ojos de Marcus cuando me fui, las lágrimas que hacían brillar sus iris morados… Me estremezco. Aprieto los párpados y asiento. —Podré volver a mi mundo cuando lo desee. Él deja los ojos en blanco. —De acuerdo. Aún me cuesta un par de segundos más encontrar las palabras que firman mi rendición. Finalmente dejo caer la cabeza. Me rindo. Sucumbo. Acepto el papel que han elegido para mí. —Está bien. Acepto.
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    366 Rowan sonríe. Elchico me aparta a un lado para abrir un cajón de la cómoda. Entre sus manos coge una pequeña caja alargada. Una aguja más grande y punzante de lo normal se descubre de su escondrijo. Trago saliva cuando se vuelve hacia mí con el extraño instrumento en la mano. Alzo la barbilla para que no vea el miedo en mis pupilas. “Tendrás que obedecerle”, me recuerda la voz de Marcus en mi cabeza. Es como si estuviera cerca. Como si quisiera evitar lo que voy a hacer a toda costa. Cierro los ojos como si eso pudiera acallarlo. Rowan me hace sentar en la cama y coge mi mano, alzando la manga de mi jersey. Esto es lo correcto. Esto no está bien. Me estremezco, como si hubiera tenido un mal presentimiento. Me detengo. Me falta el aire, pero no estoy seguro de que sea todo consecuencia de la carrera. Aunque he subido las escaleras sin tiempo para tomarme un descanso, con todas esas miradas sorprendidas y censuradoras siguiéndome, lo cierto es que no estoy cansado. Quizá por eso no tardo en reconocer el pasillo de inmediato y colarme dentro. Mis pasos resuenan sobre el mármol pulido como si todo un ejército caminase a mis espaldas. Como si lo considerase un mal augurio, no me atrevo a darme la vuelta. Ante la puerta de Rowan, titubeo. No sé qué hacer. Si llamo, él me abrirá y, si está solo, yo no tendré excusa para explicarle por qué he venido hasta aquí. Solo podría decirle la verdad y eso es lo último que quiero hacer. Si no está con ella, si la que ocupa su lugar en la realidad es otra, me pondré en ridículo. Notará lo desesperado que estoy. Lo perdidamente enamorado que me encuentro de Ilyria. Trago saliva. Y si es ella... Sacudo la cabeza con fuerza, descartando todas las posibilidades que no son más que fantasía, y giro el pomo con suavidad.
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    367 —Está bien. Acepto. Suvoz se cuela por la rendija que deja la puerta entreabierta. Aún sin necesidad de verla sé que se trata de mi deseo. La reconocería en cualquier parte. Es como un hechizo. Como si la oscuridad no pudiese resistir su presencia y se quebrase, cegada con su luz de ensueño. Quizá ese sea el poder del amor verdadero. Sea como sea, mi cuerpo parece reaccionar ante su cercanía: la mano deja de dolerme, mi mente recupera su rostro como si lo tuviera ante mí, mis ojos mismos se regodean en la inminente contemplación. Empujo la madera hasta que la entrada queda despejada. La imagen que tengo ante mí me congela la sonrisa en los labios. Ilyria está allí, sí, sentada en el borde de la cama. Su rostro se alza rápidamente, habiendo escuchado mis pasos. Sus ojos buscan los míos, aunque yo no le presto atención. El momento de reencuentro con el que había estado fantaseando, donde nos abrazaríamos y todo quedaría atrás gracias a la calidez de su cuerpo, no llega. Solo puedo fijarme en la aguja que Rowan sujeta, muy cerca de su propio dedo. La realidad cae sobre mí con la contundencia de un caldero de agua fría. La intenta marcar. “Acepto”. Y ella lo consiente. Ha accedido. ¿Por qué? ¿Qué es lo que está pasando aquí? Quiero echarle la culpa a las malas artes de Rowan, pero lo cierto es que no se me ocurre qué podría haberle dicho para engañarla de semejante manera, para que su voz sonara tan resoluta tras haber tomado una decisión así. —¿Qué está pasando aquí? Mi hermano, que no se había dado cuenta de mi llegada, se sobresalta. Titubea, pero no hay forma de que esconda la aguja y me dé una explicación diferente a la que intuyo. Intentaba hacerla suya. ¿Tanto me odias? ¿Tanto me envidias, como para querer arrebatármela incluso a ella? Sé que su intención era la de hacerme sufrir. La llevaría
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    368 consigo a todaspartes y le daría órdenes que no tendría más remedio que obedecer. Es esclavitud o muerte. Y cada una de las palabras que él dijese, cada uno de sus mandatos, se me clavarían en el corazón como si fueran dirigidos a mí. Por eso no puedo permitirlo. Lo tomo del brazo y lo hago levantar, pese a sus protestas. Mi mano sana se aprieta sin piedad contra su carne y lo empujo. Cualquier cosa para alejarlo de ella. Cualquier cosa por mantenerla intacta. Si alguien tiene que marcarla, que dejar el beso de su sangre sobre su cuerpo, voy a ser yo. Es entonces cuando todo lo que queda en la habitación es Ilyria. Como siempre, el choque de nuestras miradas me asombra. Me embiste como una ola. De una pasada borra todos los silencios vacíos sin su risa. Todas las tardes sin su música. Todas las noches sin su presencia al otro lado del escritorio. Aún consciente de cuánto la echaba de menos, la soledad se duplica ahora, como si no hubiera sabido en realidad lo aislado que me sentía de los demás seres humanos. Pero ella está aquí ahora. Me mira y nuestras almas hablan sin necesidad de palabras. "Perdóname". "Lo siento". "Te eché de menos". "Siempre estaremos juntos". "¿Lo prometes?" "Siempre". Sonreímos. Lo hacemos a la vez, casi con alivio. Borramos todas las mentiras, todos los sentimientos de despecho y desengaño, y nos decidimos a empezar de nuevo. —Ilyria... Su abrazo me hace callar. Es fuerte y llega sin previo aviso. Es cálido y me envuelve como lo hacen sus brazos.
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    369 Es como volvera casa. «Bienvenida». —Lo siento… No soy capaz de decir nada más. No sé siquiera por qué me disculpo. Si por haber estado a punto de cometer esa locura o por todo lo demás: Por las mentiras. Por la distancia. Por todo el dolor que nos hemos hecho sin quererlo. Me encojo un poco sobre mí misma y en respuesta a mi lamento los brazos de Marcus me estrechan con fuerza. Siguen siendo los mismos. Tan tiernos, tan firmes… Siguen cuidándome por encima de todo y todos. Siguen siendo el hogar que siempre he querido. Repentinamente ya no estamos en una habitación. Estamos de nuevo en el jardín, junto a nuestro árbol. Acabamos de bailar… Porque su abrazo es igual que aquella vez. Que aquel día. Todas las semanas echándolo de menos desaparecen con su suspiro cerca de mi oído. No responde porque sabe que no hace falta. Estoy perdonada. Sabe que él también lo está. No hay resentimiento. No hay odio. Solo estamos los dos, sinceros, el uno contra el otro. Dos corazones que laten pecho contra pecho… como siempre han tenido que hacer. «Te quiero». Entiendo que no puedo hacer lo que pretendía antes de que él llegara. ¿Ser de otra persona? ¿Darle mi libertad? ¿Mi voluntad? Si todo eso ha de ser de alguien, será de él. De Marcus. Del único que puede merecerlo. El único que cuidaría de todo lo que me concierne como si fuera un pequeño tesoro. ¿No le pertenezco ya, después de todo? Con esa marca o sin ella mi corazón es suyo. Lo ha sido siempre, desde el principio. Desde antes siquiera de que nos conociésemos. Desde que nací mis latidos solo han seguido su curso para que yo pudiera encontrarlo. Por eso desde que me aparté de él se detuvieron. Ya no había ninguna misión para ellos. Nada por lo que acelerarse. Nada
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    370 por lo quevivir. Ahora aletea de nuevo, con energías renovadas, porque reconoce el pulso de Marcus saltando cerca. Cojo aire y no me separo. Solo alzo la cabeza. Mis ojos abandonan cualquier sentimiento de arrepentimiento o culpa cuando miro a Rowan. Él nos observa con los dientes apretados, rojo de rabia. Censura nuestro abrazo igual que censura nuestras almas unidas. Pero eso no importa. Nunca ha importado en realidad. Con la seguridad de sus brazos me sobreviene la certeza de que los demás son insustanciales. Sus palabras, sus miradas, todo lo que vayan a hacer… No pueden separarnos. No importa cuánto lo intenten. Cuánto nos odien. Seguiremos juntos. Para siempre. —No hay trato. Rowan está fuera de sí. No recuerdo haberlo visto nunca más enfadado. Mientras abrazo a Ilyria, sus ojos dispares no se apartan de nosotros, como si nuestra mera presencia en su cuarto fuera una aberración. Mis brazos se cierran en torno a ella en un ademán protector. No voy a dejar que la toque, aunque algo en su cuerpo me dice que está a punto de saltar sobre nosotros. Su mano está firmemente apretada en un puño alrededor de la aguja. No hay sangre en sus manos. He llegado justo a tiempo. —Nunca creí que llegarías tan lejos, Rowan —le reprocho con los labios fruncidos. Ella también lo mira. Hay odio en sus ojos. Él entrecierra los párpados. Cuando da un paso hacia delante me doy cuenta de lo amenazador que parece de pronto. La diestra vuela a la empuñadura de su espada que, aunque es parte de su uniforme, casi nunca se ha visto en la obligación de utilizar. Me doy cuenta de que no he traído mi bastón. Estaba tan concentrado en la esperanza de verla, en encontrarla en cualquier momento, que no he reparado en mi seguridad.
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    371 —Recapacita, Marcus. Recuerdanuestra conversación. ¿Quieres traer la desgracia a nuestra familia? Eso es lo que conseguirás si sigues codeándote con extranjeros. ¡Estás jugando con fuego! Lo único que vas a lograr con esta actitud es desprestigiar nuestro apellido. ¿Y el daño que te hará? Porque no espero que seas tan ingenuo como para creer que si le das libertad te va a preferir a ti antes que a su mundo… Ella no se altera. Sabe que está a salvo entre mis brazos. Sabe que yo sé la verdad: ha vuelto, a pesar de nuestra pelea. Y volverá siempre que sea necesario. Estamos destinados. Nuestras almas son una. No va a encontrar lugar más cómodo que el hueco entre mis brazos. —He vuelto, Rowan. Aunque podría no haberlo hecho, aunque podría haberme quedado en mi mundo, donde no tengo que lidiar con gente que me mira por encima del hombro, aquí estoy. ¿No te dice eso nada? —Me dice que mi hermano es un hombre rico e importante. Y quizá tú quieras aprovecharte de él. Me siento disgustado con esas palabras. ¿Quién se cree que es para juzgar así a la mujer que quiero? Tiro suavemente de ella. Solo deseo salir de aquí cuanto antes y volver juntos a casa. Charlotte se pondrá tan contenta de verla… Ahora ya no se volverá a marchar. Una punzada de dolor me pellizca el corazón. ¿Qué va a pasar con Ilyria, cuando no puede volver a casa? Por mucho que me alegre de que sea parte de mi familia, de poder disfrutar de su compañía todos los días, lo cierto es que no puedo evitar sentir pena al saber que nunca más volverá a ver su mundo. Es tan difícil simplemente olvidar… La chica clava los pies en el suelo, decidida a no moverse, aunque me sigue sujetando con fuerza, como si temiera que él la arrancase de entre mis brazos. No está dispuesta a
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    372 que insinúen quese está aprovechando de mí. Sin embargo, no tiene nada que explicar. Yo sé perfectamente que no está aquí por eso. —Marcus podría ser el más pobre de los hombres —indica con resolución—. Podría no tener ni mansión ni propiedad alguna. Podría no tener ningún estúpido ni vacío título... y yo seguiría a su lado. Sois vosotros mismos, los nobles, los que creéis que no valéis más que lo que dicta lo que la sociedad os ha marcado. Que nadie puede quereros por lo que sois, sino por lo que tenéis. —No gastes saliva —murmuro contra su oído—. Él no lo entiende. No lo entenderá nunca, hasta que encuentre a la persona adecuada. Marchémonos de aquí. Mi hermano es más rápido que yo. Su cuerpo pronto bloquea la única salida. —Rowan —le advierto. —Ella no va a ir a ninguna parte. La reclamo como mía. Tú la has tenido en tu casa durante semanas y no la has marcado, así que es tu falta. Todos me darán la razón. ¿Quieres que llevemos este asunto ante la reina? Trago saliva, algo inquieto. Lo que dice es cierto. De acuerdo con las leyes, Su Majestad tendría que conceder que Rowan tiene el legítimo derecho sobre Ilyria. Pero la idea de rebajarla a un simple objeto, a una posesión que se pueda pasar de uno a otro me da nauseas. Tal vez por eso la aprieto más firmemente contra mi pecho. —Apártate. Esta pelea no tiene sentido. Es justo que ella pueda elegir. Él niega. No lo ve igual que yo. No cree en los derechos de las personas. No cree que nadie merezca vivir, aparte de los nobles hijos de Albion. Los demás son solo escoria. Sin previo aviso lo veo desenvainar. El sonido del metal despertando inunda la habitación y se hace eco en mis oídos. —Tienes razón. No tiene sentido. Acabemos con esto.
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    373 Ilyria palidece alentender sus intenciones, pero frunce el ceño. Mira alrededor al tiempo que parece paladear algo. Separándose un poco del refugio de mi cuerpo, coge mi mano y tira suavemente de mí, obligándome a retroceder. Su intención parece ser acercarse a la mesilla de noche, aunque no sé qué es lo que pretende. —Si lo haces lo sabrá todo el mundo —razona, aunque yo intuyo de antemano lo inútil que es su conversación, excepto para ganar tiempo—. Tu reputación se vendrá abajo. ¿Estás dispuesto a arriesgarlo todo por una extranjera? Rowan sonríe. Hay algo siniestro en la forma en que lo hace. —Nadie me culpará por hacerlo, en realidad. ¿Sabes? No es un delito matar a un siervo desobediente. La muchacha apoya la mano sutilmente sobre el mueble. Las puntas de sus dedos rozan el pie de un candelabro dorado. No sé si estoy de acuerdo en que se enfrente a él, aunque podría ser lo que necesitamos para distraerlo. Una vez podamos salir de aquí, él no se atreverá a seguirnos abiertamente. Lo mira entre las pestañas, como si estuviera sopesando las probabilidades de éxito. —Con la excepción de que yo no estoy marcada y por tanto no soy sierva de nadie. De lo contrario no te haría falta ese arma, ¿no es cierto? Ya estaría muerta por no obedecer tus mandatos... Rebelarme ante ti sería algo así como... pecado capital. —Las únicas vidas que realmente valen son las de los nobles. Tú, sin marcar, eres menos aún de lo que serías como esclava. Ella sonríe, de pronto, casi triunfante. La expresión de mi hermano pierde seguridad. Casi le noto aflojar la mano entorno a la empuñadura de la espada. —Y aún sin marcar, sin valor alguno, puedo darte una lección, ¡oh, gran caballero de Albion! —Su tono de burla casi me hace sonreír—. Nunca te dejes distraer por el enemigo.
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    374 Antes de quepueda preguntarme cuáles son sus intenciones, el candelabro, con sus velas apagadas, sale disparado en dirección a mi hermano. No parece ir con ninguna dirección concreta, sino sencillamente a su cuerpo, pero eso es más que suficiente, porque él no se lo espera. Escucho a Rowan lanzar una exclamación sorprendida. Alza el brazo en un movimiento inconsciente, para cubrirse y evitar así que el arma arrojadiza choque contra su cabeza, al tiempo que retrocede un paso y se encoge ligeramente sobre sí mismo. No sé si Ilyria solo pensaba en distraerle o si pretendía lo que sucede a continuación: el arma choca justamente contra la mano de mi hermano que sostiene el arma. Es inevitable que su espada caiga, ante la fuerza con la que ha sido lanzado el objeto, y la chica recoge el arma rápidamente. Al principio parece algo titubeante, demostrando que nunca ha tenido un objeto semejante entre sus dedos, pero finalmente apunta a Rowan mientras se humedece los labios y recompone una sonrisa orgullosa. —¡Ah, qué rápido han cambiado las tornas! Verlo en esta situación me sorprende. Me siento aliviado. Quizá esto le enseñe un poco de humildad. La tomo de nuevo de la mano y la arrastro conmigo. Esta vez viene sin rechistar, aunque no deja nunca de apuntarle con el arma. —Esto no quedará así —nos advierte Rowan con un gruñido. No me atrevo a contradecirle. Sé que ésta no será la última noticia que tendremos de él. La puerta se cierra a nuestras espaldas una vez en el pasillo. Ilyria continúa en posesión del acero, como si fuera un trofeo que mostrar al mundo. Con una risa feliz, con la emoción del reencuentro, echa a correr, obligándome a hacer lo mismo. Sé que esto no solo ha sido un desafío hacia mi hermano, sino que lo ha sido contra el mundo entero. Contra los nobles que piensan que están por encima de los demás, contra todos aquellos que no saben que puedes enamorarte sin que te afecte lo que el mundo piense.
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    375 No me importa.Ella está a mi lado.
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    376 Ilyria Cárcel. El corazón todavíame late como loco cuando traspasamos la verja de la mansión. El edificio me recibe como siempre. Tan majestuoso y casi brillante. La noche ha caído, pero no puedo tener miedo de la oscuridad… porque él está a mi lado. Aún siento su mano apretando firmemente la mía. Sonrío. Los dos intentamos en vano recuperar el aire perdido cuando entramos en casa. Mi espalda choca contra la puerta al principio. Al sentirme resguardada al fin, me dejo caer contra él. Apoyo la frente contra su pecho y suspiro hondamente. Dejo caer la espada de Rowan entre mis dedos. Escucho un tintineo lejano cuando ésta topa con el suelo. Me parece el sonido de mi propia rendición, porque aquí no necesito armas. No tengo nada de lo que protegerme además de mi corazón, que amenaza con salírseme por la boca. Marcus sonríe. Me abraza en silencio, dándome un segundo de tregua. —Siento todo lo que te dije —susurro suavemente—. Siento haber tardado… Siento… Un dedo se posa sobre mis labios. Lo miro y luego alzo la mirada hacia sus ojos. Ahora que al fin estamos solos, que nada ni nadie va a censurar nuestra cercanía, puedo observarlo detenidamente. Allí su alma, iluminando su mirada mágica. Allí su boca, prometiendo el Paraíso que ya probé una vez. Suspiro, dejando un beso sobre la tela de su guante. —Está bien —susurra él—. Ahora todo está bien. Un beso toca mi frente y su aliento barre mi piel durante un segundo. Su mano roza mi mejilla con delicadeza, extendiendo los dedos para rozar mi cara. Trago saliva. Él se separa lo justo para poder mirarme. El silencio nos rodea mientras volvemos a
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    377 reconocer nuestras ánimas.Mientras volvemos a amarnos. Alzo el rostro, él entorna los ojos. El corazón se dispara. A un segundo del cielo, suspiro. —¿Papá? Los dos abrimos los ojos de pronto y nos separamos. Alzamos la mirada al tiempo. Nuestros cuerpos se rehúyen y de nuevo hay distancia. Marcus enrojece, pero yo no puedo siquiera pensar en eso. Allí, en lo alto de las escaleras, está Charlotte. Cuando nos miramos, la niña entreabre los labios. Viste el camisón, probablemente porque ya la han obligado a meterse en cama. La imagino protestando porque su padre no estaba para darle las buenas noches. Ella no podría dormir sabiendo que Marcus no está en casa. Contengo el aire. Las cosas con ella se vuelven más complicadas, o al menos a mí me parece que así es. ¿Qué puedo decirle? ¿Cómo excusarme por haber roto nuestra promesa? Por haberla mentido de esa manera… Trago saliva. Sé que mi rostro ha palidecido. Me encuentro sin aire. Ella también se queda muy quieta. Me mira con los párpados un poco más separados. Veo sus ojos verdes brillar durante un segundo que se me hace eterno. —¿Ilyria? —Susurra lo suficientemente alto para que pueda oírla. Aprieto los labios. —Lottie… Pero no me da tiempo a hablar. De pronto, el pequeño terremoto de la casa baja las escaleras en lo que parece solo un instante. Al siguiente, está entre mis brazos. Se tira sobre mí con tanta fuerza que durante un momento me tambaleo. Abro mucho los ojos, quieta, sin saber qué hacer o qué decir. La miro separando los labios, pero no me salen las palabras. Entonces, como una triste canción, escucho su llanto.
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    378 Me hace reaccionar.Rápidamente la rodeo con firmeza. Correspondo a su abrazo para guardar su pequeño cuerpo cerca de mi corazón. Mi niña. Mi pequeña. Mi dulce Lottie. Aprieto los párpados y sé que tras ellos también se esconden lágrimas, pero no sé si son de pena por escuchar sus sollozos o de alivio por tenerla de nuevo conmigo. —Chst… No llores. No llores… La niña no atiende a mi petición. Se agarra a mi ropa con más firmeza. Con más seguridad. Deja escapar un sollozo y se aprieta contra mi pecho en un intento de que no vea sus lágrimas. Cada gota de su llanto es una estaca en mi corazón. —¡Prométeme que no te volverás a ir! —Exige con la voz rota. Yo me encojo sobre mí misma. Aprieto los labios, bajando la vista, culpable—. ¡No puedes volver a dejarnos solos! Sé que no tiene esa intención, pero duele. La culpa vuelve para arrastrarme sin piedad y echarme en cara todo lo que he hecho mal. Tenía que haber vuelto antes. Solo por ella. Solo por cumplir mi promesa. Tenía que haber vuelto y explicarle por qué no podía estar aquí. No tenía que haberles simplemente abandonado… —Lo siento. Lo siento, Lottie, lo siento… —en un intento de consolarla con mi presencia, de hacerle sentir que ya no estoy lejos sino exactamente a su lado, la abrazo con más fuerza. —¡Promételo! Trago saliva. Sé que si lo hago tendré que romperla. No puedo no regresar a mi mundo sin más. Aunque Alice se quedó encargada de todo allí, sería tan complicado… —Volveré. Aunque me marche volveré todos los días, ¿me oyes? No os voy a dejar. Aunque vuelva a mi mundo... —No puedes —me interrumpe ella de pronto. Frunzo los labios.
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    379 —Charlotte, hay cosasque me atan allí. Cosas que no puedo… —No puedes —repite ella. Se separa apenas para mirarme con unos ojos llenos de llanto que me desarman. No hay culpa en ellos cuando confiesa la noticia que es capaz de detenerme el corazón: —Quemé tu libro. Pensé que no volverías así que no hacía falta. Que nos habías abandonado para siempre. Pero está bien, ¿verdad? —De nuevo se abraza a mí, aunque yo me he quedado congelada en el sitio—. Nosotros somos tu familia. No tienes que volver. Ahora podrás estar solo con nosotros. No me veo con la capacidad de responder. Me quedo muy quieta, callada, dejando una mano en su cabeza. Ella poco a poco se va tranquilizando. Sabe que no hace falta mi promesa. Según sus palabras, yo ya no tengo opción. Me humedezco los labios. No puede ser realmente cierto. Alzo la mirada repentinamente y busco la verdad en los ojos de Marcus, que ha seguido mirándonos. Cuando él me rehúye sé que no hay mentiras. —¿Marcus? —Intento, aún así, escuchar lo que quiero oír de su boca. Sus labios se fruncen. No se atreve a mirarme. —Iba a decírtelo en cuanto pudiésemos estar tranquilos. Cojo aire. De esa manera toda la paz se hace añicos. Miro a Charlotte y luego a Marcus. La niña se aferra directamente a mí. No va a soltarme. No dejará que vuelva a apartarme. Trago saliva. Ahora entiendo lo que es estar realmente encerrada. Ahora, después de todo, sí que lo estoy. *** Doy un sorbo a mi taza de té, mirando sin ver la chimenea del despacho. Ahí debió arder la única llave que podía llevarme a casa. Ahí se han consumido todas mis posibilidades de viajar entre dos mundos. Ahí se ha echado a perder toda mi vida. El líquido caliente me baja por la garganta para llenar mi estómago. La infusión me relaja un poco. Marcus se ha ido a acostar a Charlotte. Yo no he vuelto a hablar. No
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    380 puedo odiarla perotampoco consigo reaccionar. El conde me ha pedido que aguarde aquí, pero yo sé que nada de lo que pueda explicar solucionará lo que ha pasado. Quizá intente darme esperanzas. Me dirá que puede haber copias o que puedo volver a casa por otros medios. Lo cierto es que yo ya sé la verdad. Si ningún libro apareció cuando yo estuve aquí por primera vez, no lo hará ahora. Si no encontró otro modo de volver para mí antes, cuando los dos queríamos que yo no estuviera aquí, en esta ocasión pasará lo mismo. Bajo la vista. Ahora sí lo he perdido todo y en realidad nadie tiene culpa de verdad. Es mi falta. Si no me hubiera marchado jurando no volver jamás, esto no habría sucedido. Me he buscado yo sola las consecuencias en las que ahora me veo envuelta. Otro sorbo que intenta tranquilizar mi alma. La puerta se abre y el conde entra. Suspira, cerrando tras de sí. Lo miro y él me mira. Silencio. Se alarga y nos cubre como si nos estuviera condenando. Dejo la taza sobre el platito encima de la mesa. Al verlo todo parece relajarse alrededor. La idea de no volver a mi mundo no parece tan dantesca. No me da miedo. Echaré de menos, soy consciente de ello. Probablemente me termine atemorizando la idea de desligarme de todo lo que conozco. Pero cuando lo tengo delante me parece que el Destino ha hecho lo que tenía que hacer. Éste es mi hogar. Él es mi hogar. Aprieto los labios y extiendo los brazos hacia el chico. Marcus parece sorprendido, porque sus párpados se separan algo más. Quizá esperase mil reproches de mi parte, pero no los habrá. En un par de zancadas se presenta ante mí y se inclina para poder abrazarme con fuerza. Yo me levanto de mi asiento para esconderme en su pecho. Solo quiero escuchar latir su corazón. —No me dejes sola —le suplico a media voz.
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    381 Él es loúnico que tengo. Lo único por lo que todo merece la pena: estar lejos de lo que he sido alguna vez, verme apartada de cuanto conozco. Lejos de todos los que siempre he querido, de todo lo que algún día tuve… Todo cobra sentido si puedo estar entre sus brazos. Si él me dejase ahora sería apagar cualquier luz en mi camino. Yo volvería a ser a una niña pequeña con miedo a la oscuridad. Entonces sí lo perdería todo. A la larga me perdería a mí misma. —Nunca lo haré. —A mis labios acude una sonrisa ligeramente temblorosa cuando su boca choca contra mis cabellos en un gesto tierno. Cierro los ojos. Su corazón contra mi oído. De nuevo ese pulso perfecto para todas mis canciones—. Solo si tú me lo pides. —Suspira—. No te preocupes. Buscaré la manera de solucionar esto. Tiene que haber una. Sonrío. Sabía que lo haría. Que, pese a todo, intentaría darme esperanzas por todos los medios. Lo miro entre las pestañas. El gesto en mi boca es de simple resignación. —No es verdad. No hay manera. Marcus frunce los labios. La verdad parece resistírsele más a él que a mí misma. Acaricia mi mejilla con la mano enguantada. —Eso no podemos saberlo. No tenemos que perder la esperanza, Ilyria. No es posible que simplemente te hayas quedado… Calla. Imagino que después de todos mis reproches en nuestra despedida la palabra debe atrancársele en la garganta. Yo, sin embargo, no tengo reparos en completar la amenaza que vibra en el aire. —Encerrada. Marcus traga saliva. Se humedece los labios y abre la boca para protestar. Intentará convencerme de que no es así, de que podré marcharme en algún momento. Jurará remover cielo y tierra para encontrar la solución que pueda llevarme de regreso a casa.
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    382 Yo sé queno pasará tal cosa. Por eso dejo un dedo sobre su boca, como él hizo en la entrada, como ya le obligué a callar en nuestro baile. Él me mira, accediendo a guardar silencio. —Bésame —susurro bajito. Dejo caer la mano y él parpadea sorprendido. Yo solo lo observo en silencio, para suplicar también con mi mirada. Necesito sentir sus labios contra los míos. Volver a sentir el tiempo detenerse y a nosotros bailar sobre las varillas del reloj. Sin segundos. Sin espacio. Solo nuestras almas corriendo a abrazarse en nuestro aliento mezclado. Llevo necesitándolo desde que lo vi en palacio, desde que me abrazó y pude volver a sentir su calidez. Se me hiela la boca si no la cubre la suya. Solo hay un segundo de duda. Después, la nada. Porque cuando sus labios se chocan con los míos el mundo desaparece. Dejo caer los párpados y suspiro. Mi espíritu corre en esa exhalación. Se cuela en su paladar, se confunde en su lengua, se convierte en parte de su aire. Su aliento, con ese sabor a repostería y té, se hace con todos y cada uno de mis sentidos. Mis brazos se alzan hasta su cuello y lo rodean. Su mano enguantada se convierte en presión sobre mi cintura. Siento su tacto más cerca de lo que lo he sentido nunca, porque ahora no nos separan muchas capas y mil dudas de por medio. Solo está la simple tela de mi jersey y su caricia suave subiendo por mi espalda. En ese instante estoy segura de que da lo mismo en qué mundo esté. Es lo que menos importa. He vuelto al único sitio en el que, por primera vez en mucho tiempo, sé que debo estar. Porque estoy cerca de su piel, anclada a su boca, y eso es todo lo que yo podría desear. El beso nos deja a los dos suspirantes y aún abrazados. Apoyo la cabeza en su hombro y los dedos que tocaban mi espalda se alzan para acariciar mis cabellos. Lo abrazo fuerte. Algo confundida me doy cuenta de que solo siento una mano tocando mi
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    383 cuerpo. Entorno losojos y me separo un poco. Él parece protestar, porque baja la vista hacia mí con el ceño levemente fruncido. Se me escapa una sonrisa leve y dejo otra caricia sobre sus labios. Una que le sabe a poco, porque intenta recuperarlos de nuevo con un roce. Entorno los párpados y durante un segundo más me rindo y dejo que los capture, que los sentencie y los haga suyos a su gusto. No he sido realmente consciente hasta ahora de cómo añoraba el toque mágico de su boca, su sabor a deseos. El gesto se alarga por extensión de unos instantes más, hasta que vuelvo a darme cuenta de que cuando me aprieta contra su cuerpo lo hace solo con su mano izquierda. Me aparto entonces y él toma aire, mirándome entre las pestañas. No me dejo caer en el hechizo de su mirada, en el conjuro de su aliento rozando mi boca, que me insta a quedarme a vivir en su beso. En cambio, aparto la cara y bajo la vista hacia la otra mano. Él da un respingo y se percata. Se delata. Ha pasado algo con su otra extremidad, porque se apresura a esconder el brazo tras la espalda. Alzo la mirada hacia él, sorprendida por su rápido gesto. —¿Marcus? El aludido se humedece los labios. Consciente de mi debilidad, se inclina para volver a presionar su boca contra la mía. Yo giro el rostro para que su beso no alcance más que mi mejilla. Entrecierro los ojos, suspicaz. Un suspiro choca contra mi piel. —¿Qué te pasa en la mano derecha, Marcus? El conde carraspea y se separa lo justo para poder responder. Lo observo alzando las cejas. —Nada. ¿De qué hablas? —Ese truco lo utiliza tu hija. Y no le suele servir.
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    384 Hay un parde segundos de silencio. Yo lo suelto definitivamente, abandonando su abrazo. Él no parece muy de acuerdo con ello pero tampoco protesta. —Me duele un poco. Creo que va a cambiar el tiempo. —¿No dijimos que nada de secretos? —Me apresuro a contestarle. Sé que he acertado ahora. Marcus aprieta los labios al principio y suspira después. Es consciente de a dónde nos ha llevado ocultarnos cosas y ninguno de los dos queremos que vuelva a pasar. Finalmente, tras un titubeo, alza el otro brazo, para mostrarme la mano que quiero ver. Una mano que, me doy cuenta, está cubierta con vendas en vez de con el impoluto guante de siempre. Dejo escapar una exclamación, abriendo un poco más los ojos. ¿Cómo he podido no darme cuenta antes? Soy consciente de que no he tenido demasiado tiempo. Primero con Rowan y después Lottie no he podido fijarme realmente en él. Lo miro frunciendo el ceño. Abro la boca, pero me doy cuenta de que no me hace falta preguntar. Sé perfectamente lo que ha pasado. —Mi libro… Lo observo con los ojos muy abiertos y después miro hacia su mano. Trago saliva, palideciendo. Charlotte lo tiró y él intentó recuperarlo. Como aquella vez. Como hizo con el libro de su madre. Esta vez soy yo la culpable de las quemaduras que deben resguardarse bajo las gasas. No me atrevo a coger su mano. Debe dolerle. Probablemente no pasara hace mucho, si todavía no lleva puestos sus guantes. Vuelvo a alzar la vista hacia él, casi con reproche en la mirada. —¿Por qué lo hiciste? Él mismo parece no saberlo. O no querer decírmelo. Finalmente suspira, encontrando las palabras.
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    385 —Prometí que cuidaríade tu libro. —Oh, Marcus… —Bajo la vista, sintiéndome como una delincuente. Como si yo misma hubiera puesto su mano en las llamas de la chimenea—. Después de todo lo que te dije… —Supongo que, después de todo, una parte de mí esperaba que volvieras en cualquier momento. No respondo. Mientras que mis heridas solo han ido por dentro, él tendrá algo que le recordará eternamente lo que ha pasado. Observo su mano con lástima, triste. No tenía que hacerle daño. Él no lo merece. Ojalá pudiera sanar todas mis faltas, todo su dolor… Marcus me obliga a alzar la mirada, posando un par de dedos buenos bajo mi mentón. —No te preocupes más. —No volveré a irme nunca —susurro en respuesta. Él sonríe. Un gesto que hace centellar sus ojos durante un instante. Besa mi frente como si quisiera prodigar un montón de sueños con esa caricia. —Ahora sanará más rápido. Porque tú estás aquí. Es todo lo que hace falta. Nos miramos. A mi pesar, sonrío. Cuando su boca se posa de nuevo sobre la mía me decido a curar todas sus heridas con mis besos.
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    386 Marcus La marca. —Márcame. Doy unrespingo y la miro. Sus ojos están fijos en mi rostro. Llevamos un buen rato en silencio, perdidos en la alegría del reencuentro. Me he sentado en mi silla e Ilyria está acomodada sobre mi regazo, plácidamente. A pesar de que la tensión se había alejado como si las últimas semanas no hubieran existido, esa simple palabra ha hecho que la ansiedad regrese. De hecho, niego suavemente y rehúyo su expresión suplicante. —¿Qué estás diciendo? Sé que no voy a poder convencerla. Está resuelta a conseguir lo que desea. Yo mismo sé que eso sería lo mejor. Si le pongo el sello de la familia no tendrá que volver a esconderse de la luz del día. A ojos de los demás, aunque yo le dé toda la libertad que pueda, será de mi propiedad. La abrazo un poco más contra mí. Su cuerpo busca mi calor y su mejilla vuelve pronto a estar sobre mi pecho, escuchando los calmados latidos de mi corazón. Quiere ser la primera en oír los cambios que pueda haber en su monótono canto. —Sabes que no puedes evitarlo —suspira—. No digo que no me gusten nuestros paseos a la luz de la luna o que no podamos seguir haciéndolos, de hecho —sus dedos acarician mi torso por encima de la ropa, posando la palma contra mi hombro—. Pero eres tan consciente como yo de que tu hermano volverá a por mí a menos que hagamos algo al respecto. Eso, si tenemos suerte y no viene alguien más. Lo sé. Quisiera dejar de pensarlo, pero es verdad. Aún así, duele que tu propio hermano intente destruir la felicidad que tratas de crear con la persona que realmente quieres. Suspiro y asiento quedamente. —Necesito tiempo.
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    387 Ella niega consuavidad. Creo que en el fondo también siente un poco de morbosa curiosidad. Querrá saber cómo es el proceso. Solo hay decisión en su rostro, sin dudas de ninguna clase. ¿Soy yo el único de los dos que está asustado? —¿Cuál es la diferencia entre hoy y mañana? El problema va a seguir ahí dentro de un mes, si no hacemos algo por solucionarlo. «Lo sé. Lo sé». Cierro los ojos. ¿Tan difícil es para ella entender que no puedo pensar realmente en esclavizarla? Que me parece el peor de los destinos, incluso cuando sé que no abusaré nunca de mi poder sobre su voluntad. Y, aún así, no hay tristeza cuando la miro. Juraría, incluso, que es feliz. Que no le importa, quizá porque su corazón ya es mío. Eso susurra su beso, al menos, cuando alza la cara para posar sus labios sobre los míos. Aunque es un gesto sencillo, falto de compromiso, eso no evita que el corazón me dé un vuelco en el pecho. Aunque la marque, me doy cuenta, será ella la que me tenga en sus manos. Como ahora. Estaremos en igualdad de condiciones. Nada cambiará. Yo me comprometo a respetarla y ella se compromete a aceptar mi protección y mis cuidados. Es tan sencillo como eso. Me rindo. De nuevo, ella gana. —De acuerdo. Una rápida sonrisa se posa en su boca. Otro beso efímero, que sabe a poco. La hago levantar y la tomo de la mano. De reojo, en un intento de no llamar demasiado mi atención, mira hacia mis dedos quemados, escondidos bajo el vendaje. Finjo no darme cuenta. Sé que se culpa, aunque no hay nada que pueda decir que me vaya a hacer pensar que ella es la causa del accidente. Pasó lo que tenía que pasar. Desde luego no me arrepiento del sacrificio, aunque lamento profundamente que no sirviera de nada. No le he enseñado los restos del libro, pero los he guardado. Cenizas negras y grises escondidas en una caja de nácar en lo más profundo de mi armario. Como si fuera un
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    388 tesoro, lo heconservado con la idea en mente de que ella no volvería nunca y solo me quedaría eso para mantener vivo su recuerdo. Ahora todo parece tan lejano… Ilyria ha vuelto a casa y yo me siento completo de nuevo. La conduzco hasta mi dormitorio. Cierro la puerta tras nuestra entrada, para darnos algo más de intimidad, y enciendo un par de velas. La habitación queda pronto sumida en la niebla dorada que adorna los sueños. La penumbra se escurre por las paredes y las sombras, bailando al vaivén de las llamas, acaban siempre por esconderse en los rincones que ni la luz puede penetrar. Ella, que solo había estado aquí en una ocasión demasiado fugaz, se maravilla con lo que ve. Sus ojos castaños destellan cuando se topan con el fresco pintado en el techo. Tomo un candelabro y lo alzo para espantar la oscuridad. Dos rostros nos observan desde un cielo artificial. Sol y Luna, personificados, caminan de la mano por un campo lleno de estrellas. No resulta difícil creer que son amantes, que en ese momento entre el día y la noche se escapan juntos para probar el dulce fruto del amor. —Es hermoso… —Susurra llena de admiración. Yo asiento distraídamente y vuelvo a dejar que las sombras se traguen el techo. Me dirijo hacia el armario y lo abro. Ilyria me observa con curiosidad mientras forcejeo con una tabla suelta y descubro un preciado hueco. En él guardo mis tesoros, las cosas demasiado importantes como para esconder en mi despacho o tras un compartimento con cerradura. No, estos son objetos de los que nadie sabe. Cosas con un valor que va más allá del dinero para mí. Ahí está la caja de nácar con las cenizas de su libro. Allí una carpeta con todos esos poemas secretos y las cartas que ella me escribió. Le parecía divertido escucharme recitar mientras sus manos inquietas se enredaban en mis cabellos y su risa sonaba en la habitación para hechizarme de nuevo. Pero de eso hace ya mucho tiempo. No sé por qué no he destruido todas las pruebas de su existencia.
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    389 Mis dedos, sinembargo, se cierran alrededor de un pequeño saquito de terciopelo. Supongo que para ella es extraño verme con él cuando me giro. Lo abro sin ceremonias y saco de él una aguja plateada que dejo sobre la mesilla, bien a la vista. —¿Estás segura de que esto es lo que quieres? Me doy cuenta de que ella se ha distraído con el compartimento en el armario. —¿Qué es esto? —Inquiere cogiendo la carpeta. La abre con curiosidad. Yo me ruborizo al instante y su sonrisa, entonces, es casi malévola—. ¿Es que también escribes? En dos zancadas he vuelto junto a ella y le arrebato todos los papeles. —Esto no tiene nada que ver con lo que íbamos a hacer, te recuerdo. Con un suspiro accede sin protestar. Probablemente piense que podrá volver más adelante sobre el tema y torturarme así a su gusto. No dudo que sea capaz. Dejo los ojos en blanco, haciendo un ademán hacia la cama. Ella, tranquila, se deja caer encima del colchón con una risita, al tiempo que rebota sobre la superficie mullida. —¿Qué tengo que hacer? Yo niego con la cabeza. En realidad solo tiene que estarse quieta. Lo que, conociéndola, será una tarea de titanes. —Nada —le explico—. Solo dime dónde quieres que te haga la marca y yo me ocuparé de todo. Ni siquiera se lo piensa. Es como si lo hubiera tenido en mente de antemano. —En el pecho. Encima del corazón. Doy un respingo, sorprendido, y me ruborizo. Encima del corazón. Ese es el lugar donde le dije que tenía mi estrella. Aunque aquel día me había dicho que le gustaría tener el sello debajo del ombligo, ha cambiado de idea. Y no puedo evitar sentirme secretamente orgulloso de ser el directo causante de esa decisión. Sonrío.
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    390 —¿Estás segura? Ella semuerde el labio. Sin apartar la vista, toma mi zurda y me obliga a posarla allí donde se escuchan sus latidos. Me parece que se aceleran, pero la sensación de ser capaz de percibirlos contra la piel es de por sí demasiado embriagadora. Parece un tambor o quizá los pasos de alguien que nunca llega a su destino. —No hay nada ahí que no sea tuyo ya, aún sin marcas. Su voz ha parecido resonar dentro de su cuerpo, contra mis dedos. Sonrío y asiento. No puedo evitar inclinarme de nuevo hacia ella y besarla con las mejillas suavemente coloreadas. Hay algo indescriptible, una magia más fuerte que la que jamás he conocido, que se desata cuando nuestras bocas se encuentran. Por eso intento sumergirme lentamente en ella, sin sobresaltos. —Ahí será, entonces. Ella sonríe. Cuando se alza el borde de la prenda que lleva puesta, hay un atisbo de piel dorada. Me sonrojo y miro hacia otro lado. —¿Qué haces? Ilyria alza las cejas como si no comprendiera la razón de mi actitud. —¿No tiene que quedar la zona al descubierto? Titubeo. —Sí —acepto—. ¡Pero eso no significa que tengas que ser tan descarada al quitarte la ropa! —Añado rápidamente a modo de protesta. Ella no parece entenderlo. Quizá debería haber buscado otro lugar para tener la señal. Una mano o un brazo. Incluso el empeine del pie. Cualquier otro rincón de su cuerpo en el que no fuera necesario dejar tanta piel al descubierto para cumplirle el capricho. Durante un segundo parece confusa. Un minuto después, en cambio, hay una sonrisa en
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    391 sus labios quese adelanta a una maldad que pasa rápida por su mente. Acerca su boca a mi oído. —¿Prefieres quitármela tú? —Ronronea junto a mi oreja. Yo me alejo de ella todo lo que puedo, poniendo distancia entre nosotros. Me llego a levantar de la cama y a negar con la cabeza, como si creyese que no está bien. Y no lo está. No solo es el hecho de que se burla de mí, sino que yo no puedo… No debo… —No tiene gracia. El súbito movimiento parece haberla desconcertado, porque me mira con un parpadeo incrédulo. Después, baja la vista hacia sí misma. Me da la sensación de que piensa que hay algo mal con ella, aunque sé que no es verdad. Es preciosa, con su carita de muñequita y su quizá demasiado delgado cuerpo. Entorna los ojos. Probablemente sea ya una cuestión de orgullo: si no me fijo en ella, quizá piense que no me gusta. Lo cual, ya que estamos, es una falacia. —¿Y si no es una broma? —Es un comentario completamente fuera de lugar —insisto—. Los caballeros no deben ver sin ropa a una mujer, sobre todo si la marca se puede poner en otra parte. Bajo la vista a mi regazo, rechazando la idea de volverla hacia ella. Sé que tiene el ceño fruncido. De hecho, parece descontenta con mi argumento. De pronto olvida lo que nos ha traído aquí y se echa hacia atrás, negando con la cabeza. —Espera, espera, espera… —Murmura—. No serás uno de esos que hasta el matrimonio no… Porque si lo eres tenemos un problema serio en ese asunto. ¡Yo no estoy de acuerdo! Y, de hecho, pensé que esos hombres ni siquiera existían realmente. Me arden las mejillas de la vergüenza. ¿Cómo puede pensar en algo así ahora? —No creo que sea el mejor momento para tratar este tema.
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    392 Aunque parece pensativaunos segundos, mirándome con fijeza, mi intervención no tiene el efecto deseado. —¿Lo estás evadiendo? ¿Lo eres? —Pregunta sin darme tiempo a responder. La oigo emitir un sonido de disgusto—. ¡Yo tenía razón al principio! ¡Realmente no has sacado las manos de los guantes en tu vida para nada! Una parte de mí se siente profundamente avergonzada. Esa es la parte que me hace encogerme sobre mí mismo. La otra mitad, en cambio, se siente un poco ofendida. No sabe nada. ¿Qué pasaría si se lo dijera? Si le contase la verdad… Supongo que así se callaría. De hecho, probablemente, se quedaría con la boca abierta. Yo tampoco puedo creerlo cuando miro en el espejo al pulcro conde Abberlain. —No es cierto… Yo no… Ella alza una ceja. —La Virgen María a tu lado era un desecho de depravación. Lo dejo estar. Que piense lo que quiera. No tengo por qué darle explicaciones, ¿verdad? Además, es un tema poco adecuado para hablar. Así que simplemente cambio el rumbo de la conversación. —Súbete la manga. Te haré la marca en el brazo. Ilyria se echa hacia atrás ante mis palabras, hasta que su espalda queda contra el cabecero de la cama. Parece indignada, aunque al menos así he conseguido evadir la charla por el momento. Se cruza de brazos y niega. —¡No quiero la quiero en ninguna otra parte! ¡Tiene que ser en el corazón! Sus ojos se clavan en los míos, desafiantes. La veo apretar un poco los labios. No sabía que fuera tan importante para ella. Supongo que, después de todo, no es un capricho irracional. Quiere sentirse más cerca de mí. Y yo quiero que lo haga, también. Por eso me rindo, dejando caer los hombros. Suspiro y le hago un ademán.
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    393 —De acuerdo. Ella parecevictoriosa cuando sonríe. Sin pudor, se saca la prenda de lana que lleva. Su piel dorada reluce a la luz de las velas. Si la hubiera imaginado, así es como debería haber sido. Solo hay una tira de tela con asas alrededor del pecho, la cual me parece insuficiente en comparación con la ropa interior de este mundo. No oculta sus formas, sino que parece realzarlas. Trago saliva. En realidad, la ropa de su universo nunca ha ocultado nada: ni sus piernas largas ni su forma natural, con la cintura estrechando ligeramente su torso, sin marcarse exageradamente por la influencia del corsé. Intento que no se note mi embelese y me quito el guante de la mano sana. Con la aguja, pincho la piel hasta que una gota temblorosa de sangre asoma. Ella hace un mohín, como si le hubiera dolido también. No puedo evitar sonreír. —Ahora, estate quieta. Ella, obediente, aguanta la respiración, mirándome con ojos grandes para no perder detalle del proceso. No le dolerá. Con la punta del dedo, dibujo un torpe esbozo del escudo de los Abberlain: una A con el águila, el pájaro protector de la familia. Su pecho se presiona suavemente contra mi toque cuando coge aire. Aparto mi mano con una última caricia y observo la señal que la sangre ha dejado sobre la carne. —¿Ya está…? —Pregunta. Yo niego con la cabeza. Sin palabras, le ofrezco mi dedo, donde una gota se escurre en un camino silencioso hasta la palma. Ella entiende. Con las suyas, toma mi mano y se lleva la yema a la boca, rescatando con la lengua la sangre derramada. Que la pruebe es suficiente y más de lo que yo puedo soportar. Quizá por eso me apresuro a apartarme, aunque ella parece contrariada por el rápido movimiento. Puede que piense que estoy escapando y no sería del todo mentira.
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    394 Espero. Apenas tardaunos segundos en ocurrir. Mi torpe interpretación del escudo brilla con una luz propia que nada tiene que ver con las velas. Las líneas parecen cobrar vida cuando se ordenan pulcramente. Sé que ella solo siente calor contra la piel, pero no hay dolor. Un instante después, como trazos de tinta negra, la marca se seca sobre su carne como si en vez de simple sangre fuera una cicatriz ahora imborrable. Para siempre. Suspiro, no muy contento. Aunque sé que era lo que debía hacer, la idea de tenerla atada a mí incluso contra su voluntad me provoca sentimientos encontrados. —Hemos terminado. Ilyria me mira fijamente durante unos momentos. Yo no me atrevo a apartar la vista. Después, mientras se muerde el labio, baja sus ojos hacia la marca. Sus dedos la rozan suavemente, como si tuviera miedo de borrarla, aunque yo ya sé que eso es imposible. Coge aire y la veo titubear. —¿Es... el escudo de la familia? Yo asiento con suavidad. —De la familia Abberlain. A la que tú ahora perteneces, de alguna manera. Esboza una sonrisita, aunque se remueve un poco. Sea lo que sea que esté pensando, sin embargo, se guarda las palabras. Yo ladeo la cabeza. No más secretos. ¿No es eso lo que dijo? Entiendo su incomodidad con el hecho de ser parte de algo sin haberle dado demasiadas opciones. —Lo lamento —me disculpo—. Siento no haber podido hacer más por ti. Siento que las cosas hayan tenido que terminar con… esto. Ella da un respingo y vuelve la vista hacia mí de nuevo. —No es eso —sacude la cabeza—. Me hace muy feliz ser parte de tu familia.
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    395 En un gestorápido, que no puedo impedir, se echa hacia delante y se abraza a mí. Su calidez me desarma. Su oído contra mi pecho me hace sonreír, muy a mi pesar. A mí también me hace feliz que sea parte de esta casa. Ya lo era, incluso sin el sello. —¿Cuál es el problema, entonces? La oigo tragar saliva, pero niega con la cabeza. Su rostro se alza. Un segundo después llega su beso, dulce, suave. Aunque ella deja caer los párpados, yo entorno los ojos. —No hay problema. Cuando vuelve a acercar sus labios yo la rehúyo. No va a ser tan sencillo que me olvide del tema. Yo mismo utilicé ese truco para que no descubriera mi mano herida. —No más secretos —le recuerdo. Y me aparto un poco, tendiéndole su ropa. Ella no se pone la prenda, aunque la aprieta entre sus dedos. A pesar de que voy a protestar, implorándole que se cubra, parece repentinamente triste, o acaso preocupada, y eso me hace callar. No se da cuenta. Aprieta los labios, pero finalmente suspira, evitando encontrarse con los ojos que no se apartan de su rostro. Su voz es apenas un susurro, una corriente de palabras que parecen a punto de romperse. —¿A quién sirvo, Marcus? ¿A ti... o a tu familia? No respondo. No puedo hacerlo. Sé lo que está pensando. Ahora es una Abberlain. Yo la he marcado, pero realmente no me sirve solo a mí. Siempre dentro de unos límites, si Rowan le da una orden que no contradiga a una mía, se verá obligada a obedecerla. No se lo digo. Al menos, no con palabras. Mi abrazo es suficiente como para que entienda. La cercanía de mi cuerpo es todo lo que necesita para comprender que no tiene nada de lo que preocuparse. —Yo te protegeré. «Siempre».
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    396 Ilyria Sueños del pasado. Despertara su lado es todo lo que podría desear para el resto de mi vida. El sol acuchilla mis ojos cuando se cuela por la ventana sin piedad. Me acobijo contra su pecho en un intento de huir de los rayos del astro. Desde el techo, la figura que personifica a mi enemigo sonríe. Quizá se ría de mí o quizá solo se sienta feliz de alumbrarnos a los dos sobre la misma cama. Juntos. Por fin. Suspiro. Alzo la mirada. El rostro dormido de Marcus me saluda suavemente iluminado por la luz de la mañana. Se me escapa una sonrisa. Nunca lo había visto dormir. Lo mío me costó, anoche, convencerlo para poder quedarme a descansar con él. Hasta que no me puse de nuevo mi jersey no me dejó acostarme, en cualquier caso. Ahora, por tanto, entre la tela tan gruesa, las sábanas y su abrazo, yo siento que puedo morir de calor. Estoy sudando, de hecho. Aún así, no me separo de él. Estoy cómoda. Sus brazos me rodean incluso ahora que su alma no está en este mundo. ¿Con qué soñará? A sus labios ha acudido una sonrisa. ¿Cuántas veces he fantaseado, en mi mundo, con abrir los ojos y encontrarlo a mi lado? Como en este momento. Por un segundo temo que todo siga siendo un sueño. Que yo realmente siga en mi apartamento y en cualquier momento su figura se difuminará borrada por los dedos del astro rey. En un intento desesperado de que eso no pase me aferro algo más fuerte a él. No hay protesta. No se marcha. El conde, en respuesta, solo suspira mi nombre. Durante unos minutos simplemente me quedo así. Necesito calma. Paz. Al menos durante un instante. Cierro los ojos y dejo que el corazón de Marcus, con su palpitar firme e ininterrumpido me arrulle.
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    397 El calor finalmenteme resulta sofocante. Siento el cuerpo pegajoso. Aquí, después de todo, el tiempo es diferente. Me humedezco los labios y miro alrededor: la puerta del baño parece una secreta invitación. Miro a mi acompañante de nuevo y después de nuevo a la entrada. No quiero alejarme mucho de él; antes de que se despierte volveré a estar entre sus brazos. Me separo con cuidado de no despertarlo. Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el suelo así que no tengo nada de lo que preocuparme. Con cuidado abro la puerta del baño y me asomo. La bañera está preparada. Cuando la toco descubro que el agua está fría, pero no me importa. Probablemente Yinn la llenara anoche con agua caliente para que Marcus se diera un baño al llegar, pero con todos los acontecimientos de después y yo quedándome a dormir en su cuarto es natural que no pudiera o no quisiera hacerlo. Cierro la puerta con suavidad. Nunca me ha gustado el agua fría, pero de momento estará bien. Al menos se me pasará el calor. Me desvisto con un suspiro y me sumerjo. Un escalofrío corre por mi cuerpo. Tampoco está tan mal. Aún así, soy consciente de que voy a echar en falta la ducha de mi mundo. Mi mundo. Miro al techo, frotándome con la pastilla de jabón distraídamente. Ahora que el conde no está cerca (aunque soy consciente de que simplemente aguarda en sueños, al otro lado de la puerta) puedo concentrarme en eso. Anoche la realidad todavía no caía sobre mí. Ahora no puedo pensar en otra cosa. Aprieto los labios. «Nunca volveré», me digo inevitablemente. Y nunca es demasiado tiempo. Achaco un escalofrío por mi espalda a la temperatura del agua. No tengo miedo. Es lo correcto. No pasa nada. Estaré con Marcus y Charlotte. ¿No son ellos por lo que he vuelto? ¿Por lo que he estado arriesgando mi propia realidad desde el principio? Ahora podré estar para siempre a su lado. Aunque eso signifique cambiar de mundo. De época.
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    398 Perder un montónde avances que aquí están muy lejos de poder probar. Y no solo avances... Me hundo un poco en mi asiento. Es cierto que mi relación con mis padres nunca ha sido la mejor; que siempre hemos estado enfrentados. Pero… son mi familia, después de todo. Mi padre y mi madre. A ella la echaré de menos. Quizá de él me alegre librarme a la larga. Ahora no puedo evitar sentir un peso en mi corazón. Mis amigos. Mi librería. Alice. También voy a añorarla a ella. Sé que se encargará de todo. Le advertí que si tardaba en volver es porque estaba con él. No di datos. No dije dónde podía buscarme. Aunque insistió no le di ninguna pista. Es mejor que así sea. Si ella se colase en mi libro también se quedaría encerrada. Por mucho bien que me hiciera una amiga ahora no le deseo esta suerte a nadie. Otro suspiro. Cuando el jabón roza mi pecho mi mirada sigue la pastilla. Allí está la marca. La froto un poco más, pero esta se muestra inmutable. No se borrará. Es un tatuaje perfectamente impreso en la piel, eterno. Sigo con un dedo su forma: la A, la cabeza del águila. Aún me parece sentir la caricia de Marcus palpitando sobre la piel. El sabor de su sangre llenando mis labios. Cojo aire. No me pasó desapercibida su manera de cambiar de tema. Su promesa de protegerme sonó solemne, pero sé que solo lo hizo para no tener que decir claramente la verdad. Si Rowan quisiera también podría mandar sobre mí. Pero no lo hará, ¿no es cierto? Si tanto respeto parece tener por el derecho personal de cada uno hacia los extranjeros, no se atreverá a darme orden alguna. Por otra parte, mientras no sepa que su hermano ha accedido finalmente a ponerme el escudo de la familia, no se le ocurrirá hacerlo. Mi seguridad es suficiente para relajarme un poco. «Todo estará bien», me repito. Además, si he sido capaz de engañarle una vez, volveré hacerlo. No necesito a nadie
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    399 que me cubralas espaldas. La idea de que Marcus se enfrente por mí a su propio hermano no me hace gracia tampoco. Soy consciente de que la verdadera familia va más allá de los simples lazos de sangre, pero aún así la propia Lottie adora a Rowan. Sería como desestabilizar la familia, el orden que se había impuesto antes de que yo llegase. El chasquido de la puerta al abrirse me arranca rápidamente de mis pensamientos. Al principio me quedo helada. Después, no obstante, alzo la mirada. En un acto reflejo mis brazos cubren mi pecho y entreabro los labios. Sin poder evitarlo el rubor corre a mis mejillas. Marcus está ahí. Los dos nos miramos durante unos momentos en los que se detiene el tiempo. No estoy segura de si es porque no reaccionamos o porque no sabemos qué hacer. Sus ojos vuelan por mi figura durante un segundo en lo que me parece un acto inconsciente. Veo su nuez subir y bajar cuando traga saliva y de nuevo su mirada vuelve a la mía. El choque me hace dar un respingo y enrojecer algo más. Reacción. Los dos la tenemos a un tiempo. Yo me hundo algo más en un intento de que el agua y la espuma creada por el jabón cubran mi cuerpo. Él se sobresalta y enrojece a tal punto que me resulta complicado distinguir su cara de sus cabellos. —¡Perdón! —Se apresura a disculparse. Torpemente se da la vuelta y sale del baño. Mi rubor es capaz de calentar el agua fría. Me quedo en silencio durante un par de segundos que pasan sobre mí sin hacer ruido. Aprieto los labios, llevándome una mano a la boca. No sé si echarme a reír, avergonzarme u ofenderme. Estaba tan gracioso, tan rojo… Aunque la idea de que me haya visto en la bañera cubra mis mejillas de azoro, me resulta divertida. A la vez, no obstante, me hace fruncir el ceño. Apenas sí me ha mirado un instante. ¿No le gustaré? Es igual que anoche, cuando ni siquiera se dignó a contemplar mi vientre o mis hombros descubiertos. En todo el tiempo no le vi lanzar ni
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    400 un vistazo ami escote. Soy consciente de que no tengo mucho pecho, pero tampoco es para tanto… Me miro, repentinamente preocupada. Puede que para él no tenga ninguna importancia. Puede que efectivamente sea tan virgen que podría ser cura. Pero yo soy una muchacha recién salida de la adolescencia con una serie de necesidades que… «¿En qué estoy pensando?». Me ruborizo algo más y sacudo la cabeza. No. Esos pensamientos no. Malos. A la basura. Será mejor que salga de la bañera. El agua fría empieza a pedir a mi mente que se caliente, o algo así. Con un chapoteo me levanto. Me envuelvo en una toalla y recojo mi ropa. No puedo ponérmela. Está sudada y da demasiado calor. Aunque realmente creo que prefiero el calor de mis prendas al de las de éste mundo. Con todas las capas que llevan dan el mismo o más. Quizá pueda hacerme con una camisa de Marcus para andar por casa… Con esa idea me asomo a la habitación. El dueño del cuarto se tensa. Él mismo está cambiándose, abrochándose el chaleco de espaldas a mí. No habla. ¿Es que piensa evadirme el resto del día por el pequeño incidente? No puede ser. Realmente no puede ser. Es mayor que yo. No puede ser tan pipiolo ni tan vergonzoso. —¿Marcus? —Te buscaré un vestido —se apresura a responder él. Sus movimientos se vuelven un poco más rápidos, más nerviosos—. Creo, de hecho, que si vas a quedarte debería comprarte algunos de tu talla, para que puedas andar con ellos… Entreabro los labios. —¿No vas a mirarme? Un segundo de silencio. —¿Estás vestida? Alzo las cejas, incrédula. Me miro. Vestida estoy. Con una toalla, pero vestida.
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    401 —Sí. Él se gira,aunque lo justo para poder mirarme de reojo. Se sobresalta al intuir lo que él debe considerar una mentira y enrojece de nuevo. Una vez más yo no sé si reír u ofenderme. Parece realmente escandalizado cuando vuelve a darme la espalda. —No lo estás. Eso no es ropa en absoluto, Ilyria. Iré a buscar tu vestido azul. Abro la boca, pero él no me da tiempo a réplicas. Con un portazo huye de la habitación. Parpadeo. No me lo puedo creer: realmente no parece querer saber nada de mi cuerpo. Me miro. ¿Tan mal está? No tiene muchas curvas, es cierto, pero tampoco creo que sea para rechazar mirarlo siquiera. A una parte de mí le gusta que lo respete; otra parece determinar que esta relación va a ser muy larga, si él va a huir cada vez que enseñe un tobillo. «Estúpida sociedad victoriana», mascullo en mis pensamientos. No obstante, ahora que me ha dejado en su habitación me veo libre de poder coger una de sus camisas sin más miramientos. Abro el armario y me la pongo junto con mi ropa interior. Iré a mi cuarto y me cambiaré. Recuperaré mis pantalones del día que llegué y me los pondré por debajo. Intuyo que si dejara mis piernas al descubierto él me haría ponerme siete telas más de las obligatorias como castigo. Definitivamente no estoy dispuesta. Voy a cerrar el armario cuando me acuerdo del cajón secreto abandonado bajo un tablón falso. Miro alrededor. Marcus tardará aún un poco en relajarse y traerme el vestido. ¿No dijimos que no más secretos? No debería enfadarse por que curiosee un rato. Convenciéndome a mí misma me siento en el suelo, cruzada de piernas como un indio. Allí escondidos hay varios objetos: una pequeña caja de nácar, una carpeta, un
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    402 pañuelo pulcramente dobladoy un cofre con una llave. También reconozco el saquito donde guarda la aguja que tuvo que utilizar el día anterior. Lo primero que cojo es la carpeta. Me la arrebató anoche de los brazos y llevó el tema hacia derroteros en los que se sentía más cómodo. Cuando la abro, no sin expectación, un montón de versos me reciben. Allí abandonados residen los que deben ser los poemas más bellos del mundo, porque los ha escrito él. Entreabro los labios. Ávidamente empiezo a leer. Todos hablan de amor. Hablan de ella. Hablan de una belleza que no es la mía. De una risa que no suena como mis carcajadas. De unos ojos que no son de mi color. Cuentan los pálpitos de un corazón que late por alguien que no soy yo. Son palabras hermosas, sentidas y dulces… y no son para mí. Enrojezco al reconocer el pinchazo de los celos justo en el corazón. Se me encoge un poco el estómago. En sus líneas habla también de deseo. De ansias de acariciar y besar un cuerpo que no es el mío. A mí, en cambio, ni siquiera se atreve a mirarme de verdad. Aprieto los labios. «Te estás celando sin razón, Ilyria». Intento convencerme porque sé que es verdad. Él no quiere a esa de la que hablan sus líneas. La quiso, quizá. La amó hasta la locura, por lo que dicen sus palabras sobre los papeles. Pero no ahora. Le hizo daño. Ella ya no es más que pasado. El presente soy yo… ¿verdad? Entonces, ¿por qué sigue guardando celosamente todos aquellos escritos que alguna vez creó pensando en ella? Sacudo la cabeza. No puedo pensar en eso. No es justo para él. Apartar los celos del corazón, no obstante, es tarea más complicada. Yo también quiero sus palabras. Yo también quiero sus versos. Quiero las caricias de las que hablan sus poemas. Quiero sentir que tengo su corazón como un día lo tuvo ella. Aparto la carpeta como si así pudiera apartar también el incómodo cosquilleo que roe en mi estómago ahora.
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    403 Cojo el pañuelo.Al abrirlo me reciben un montón de pétalos. No obstante, no son los pétalos hermosos y vivos que una vez nos miraron bailar. Allí reposan muertos un millar de deseos marchitos. La puerta se abre y entonces los sueños se me escurren entre las manos. Las flores caen a mi alrededor y yo alzo la mirada. Me ruborizo de inmediato al sentirme descubierta. Marcus aún tarda un segundo en darse cuenta de lo que hago. No importa de pronto que le haya robado la camisa o las innumerables capas de ropa que lleva en sus brazos. Deja todo en la cama y en un par de zancadas está ante mí, apresurándose a recoger. —Lo siento, yo… Callo y trago saliva. Su desesperación por salvar y ocultar todo lo que he descubierto me encoge el corazón. Aprieto los labios, mirando los pétalos. Extiendo los dedos para ayudarle a recoger también. —¿Por qué guardas pétalos…? —Musito. Él se encoge de hombros, volviendo a juntarlos sobre el pañuelo, doblándolo. Su voz es apenas un susurro cuando responde. —Pensé que si los guardaba se cumplirían. Son mis deseos. Mis sueños. Quizá así la luna no podría llevárselos… Aprieto los labios. Los miro y lo detengo antes de que los pueda guardar de nuevo en el cajón. Antes de que pueda seguir martirizándose a sí mismo. —Están marchitos. Él me mira sin comprender cuando le arrebato el pañuelo y me levanto. Me sigue con la vista. Él mismo se pone en pie cuando ve que me acerco a la ventana de la habitación. La abro sin pesar y Marcus separa mucho los párpados. —Ilyria, ¿qué…?
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    404 No le doytiempo a terminar. Dejo que el pañuelo se despliegue y un soplo de viento se lleve en sus manos un montón de sueños rotos. El aire se pinta con sus colores muertos. Trago saliva y alzo la mirada hacia él. El conde se ha quedado quieto, mirándome con los labios entreabiertos. Debe ver algo que se me escapa, porque parece no poder moverse, simplemente. Cojo aire y dejo caer el brazo cuando en el paño no queda más que el olor contenido a flores. Mis ojos, sin embargo, solo pueden mirarlo a él. Debería sentirme mal por echar a perder algo que Marcus ha conservado durante tanto tiempo, pero no es así. ¿Se enfadará? —Están marchitos —susurro de nuevo—. Rotos. No se van a cumplir por mucho que los guardes —me acerco a él. Mis pies casi chocan con los suyos. Me observa sin interrumpirme, entrecerrando los párpados—. Por eso ahora tienes que recoger pétalos nuevos. Conmigo. Crearemos deseos juntos. Y juntos… haremos que se cumplan. Él toma aire. Su pecho roza el mío gracias a la cercanía. Casi me parece escuchar su corazón. No se atreve a apartar la mirada. —No… No están marchitos. Ya no. Se han cumplido cuando han tomado forma. Supongo… que tú eres todos esos deseos. Entreabro los labios. Siento un cosquilleo en mis mejillas cuando me ruborizo, pero no puedo evitar sonreír. Cojo aire. Él roza mi pómulo con sus dedos enguantados, cuidadosamente, y yo ladeo la cabeza hacia su toque. Un segundo después nuestros labios se han abandonado al sabor de un beso tierno. Se acarician y se abrazan, reconociéndose. No hacen falta más pétalos. Él es todo lo que yo siempre he pedido. —¿Marcus? —murmuro contra su boca. Ni siquiera abre los ojos. Su suspiro se rinde contra mi aliento y yo me estremezco. Dejo caer los párpados de nuevo.
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    405 —Te quiero. Nuestro besosabe a la esencia de los sueños.
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    406 Marcus Teatro. —¿Ilyria? Ella no levantala vista de las hojas que está leyendo al otro lado de la mesa, pero me hace un ademán. Sé que me está escuchando. Yo he dejado a un lado mi trabajo para observarla. Llevo ya un par de días dándole vueltas a la idea, pero no me he atrevido a decírselo hasta ahora. No sé si es vergüenza o simplemente que he estado esperando la ocasión adecuada. Quería que fuese algo especial. —¿Te gustaría que saliésemos mañana? Ahora sí, alza la vista. No parece especialmente curiosa. Se encoge de hombros. No es la primera vez que sale a la calle desde su vuelta y por eso no se extraña. Ya lleva aquí más de una semana y el día después de su llegada, sin ir más lejos, la llevé de compras. Necesitaba ropa propia, de su talla. No estaba dispuesto a permitir que fuera por ahí con las prendas de su mundo o con los vestidos prestados por Angela, que le quedan demasiado flojos y le arrastran, por no hablar de que siempre muestran la mitad de su espalda. —¿Por qué no? ¿A dónde quieres ir? Abro el cajón y saco mi sorpresa, que dejo sobre la mesa. Ella me mira con curiosidad y luego baja los ojos a las entradas que descansan sobre la madera. Las toma entre sus dedos y lee la información. Su mandíbula cae abierta. Un brillo de deleite destella durante un segundo en sus ojos. —¿Son…? —Para el teatro —asiento—. No es el estreno, pero creo que estará bien. Fred me ha regalado un par de entradas. Siempre voy con Charlotte. Ahora que estás aquí, y ya que no tengo más, he pensado…
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    407 Me froto lamejilla, intentando borrar el suave rubor que ha aterrizado sobre mi piel. Ella se da cuenta y ríe bajito. En los últimos días he aprendido que parece encontrar un secreto placer al verme poner colorado. Supongo que es la misma emoción que siento yo cuando la veo a ella demostrar que también puede sentir vergüenza. —¿Me estás pidiendo una cita, conde? Carraspeo e intento ignorar su tono de burla. Uno de sus pasatiempos favoritos parece ser meterse conmigo, aunque siempre termina por hacerse perdonar con sus besos. Yo, de todas formas, soy consciente de lo débil que soy: no podría enfadarme con ella de verdad ni aunque quisiera. —Supongo que puedes llamarlo así, si quieres… ¿Te apetece? Parece dudar. Se muerde el labio, pero no puede evitar esbozar esa sonrisa suya de anticipación. —¿No se enfadará Charlotte si no la llevas? Yo niego. —He hablado con ella. Dice que si eres tú no le importa. Ella ríe. Se levanta de su asiento con un susurro de su vestido y viene junto a mí. Se acomoda en mi regazo con naturalidad y me rodea el cuello con los brazos. Es fácil acostumbrarse a su presencia, a su cuerpo cálido contra el mío, tan cerca que a veces parece como si compartiéramos el mismo aliento. —Entonces, iré. Yo sello sus palabras con un beso. *** El Teatro Real de Albion se alza en el medio de la ciudad de Amyas como si coronase el barrio de los nobles con su presencia. Es un edificio grande y hermoso, con ángeles
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    408 con máscaras talladosen la fachada y las almenas de un palacio completamente fuera de lugar entre las pequeñas y refinadas tiendas que lo rodean. Ilyria parece extasiada con su visión, con esa mirada brillante y curiosa que tanto me he acostumbrado a ver en su rostro. Se coge de mi brazo como si temiera que pudieran separarla de mi lado. Ataviada con un vestido nuevo que esconde su marca de extranjera y el cabello recogido, asemeja una verdadera dama. Por supuesto, presentó quejas a la hora de arreglarse, tan desacostumbrada y contraria a las formas correctas como de costumbre, pero Charlotte terminó convenciéndola esgrimiendo el convincente argumento de que no podía estropear “nuestra primera cita”. Sorprendentemente, Ilyria se ha dejado manipular y ha aceptado sumisa tanto vestido como peinado. Cuando entramos, el interior le parece aún más sorprendente. Las paredes de cristal, así como el techo, provocan el efecto óptico de que hay muchísima más gente de la que está allí en realidad. Deja escapar una exclamación cuando casi choca contra el espejo, como le pasó a Charlotte la primera vez que la traje, y yo dejo escapar una suave risa. Todo es deslumbrante aquí: desde los vestidos y las joyas de las mujeres hasta la gran lámpara de araña que, con sus mil lágrimas de vidrio, se refleja blanca y dorada sobre nosotros. No puedo evitar pensar que en realidad todo es demasiado brillante y ostentoso, como si tuviéramos que vivir rodeados de lujo y de nuestras propias figuras danzantes devolviéndonos la mirada. El calor en el recibidor es casi palpable. La gente se apresura, sin embargo, a abandonarlo. La mayoría ya suben por las escaleras hacia el corredor que da a los palcos. Los que continúan quietos están esperando por sus amigos o familias o bien hablan en pequeños grupos. Sé que algunos, más o menos descarados, observan con atención a la muchacha que se cuelga de mi brazo. Soy consciente de que la mayoría la
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    409 han apodado como“la amante” o “la querida”. Aunque me molesta, no me importa realmente: es suficiente con que ella y yo sepamos la verdad. Y la verdad es que nos queremos, le pese a quien le pese. Ilyria da un paso en falso y se pisa el bajo del vestido. Para no caerse y llevarme al suelo con ella se apoya en la espalda de un hombre rubio. Ella recupera la compostura rápidamente, aunque se ha ruborizado, y yo sonrío. El hombre se gira. —¡Lo siento! —Se apresura a disculparse mi acompañante. No me pasa desapercibido que se lo queda mirando. Él, en cambio, tiene su atención puesta en mí. Sus ojos grises, normalmente fríos, relampaguean al reconocerme. Hacía mucho tiempo que no teníamos la oportunidad de encontrarnos cara a cara. Extiendo mi mano y él la aprieta suavemente. —Marcus —murmura sin formalidades, sin importarle quién pueda estar mirando o escuchando—. ¿Cómo estás? Mi protegida nos mira con curiosidad. Dejo ir la mano del caballero. —No sabía que habías vuelto a la ciudad —le digo con tranquilidad. Hago un ademán hacia nuestra atenta observadora—. Esta es la señorita Blackwood. —Me vuelvo hacia ella—. Este es William Thanet. Un primo lejano. Ella da un respingo y sonríe encantadora. Al ver que William hace una reverencia, ella misma lo imita con una inclinación de cabeza. Le he pedido que sea todo lo educada que pueda, para no tener problemas. Para la muchacha, sin embargo, ser amable con los nobles significa no decir nada, para que su lengua afilada no la traicione y la haga soltar algún despropósito. —Por supuesto. Todo el mundo ha oído hablar de la señorita Blackwood en esta ciudad.
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    410 A mi lado,Ilyria se tensa. Siento como si estuviera preparada para saltarle encima, en caso de que tuviera que defenderse contra alguna acusación sin fundamento. Por supuesto, William destaca por hablar con demasiada claridad. Sé que es un hombre de humor cambiante, poco constante y que se aburre con facilidad de todo, ya sean personas o temas de conversación. —Espero que no creas ni una sola palabra. Él simplemente se encoge de hombros. —Desde luego, no suena a ti. Pero no te voy a crucificar por ello. Si tienes una amante, mejor para ti. Aprovecha y no te cases con ella. Puede que luego te dé muchos disgustos. Dejo los ojos en blanco, pero no puedo evitar reír cuando veo su mueca de exasperación. William lleva cerca de medio año casado. No sé los detalles, aparte de que la boda fue un asunto íntimo al que no pude ir por culpa de la salud de Lottie. Un matrimonio de conveniencia, al parecer, aunque sé que él no se casaría con cualquier mujer. Lo que no me atrevo a imaginar es la actitud o las maneras de esa muchacha que ha conseguido llamar su atención lo suficiente. Miro alrededor. Ni siquiera parece haberle acompañado, porque está solo. A mi lado, Ilyria entorna los ojos y gruñe. Esa es, precisamente, la actitud que debía evitar. Suspiro. —No soy su amante... —Explica. Y luego, en una voz más baja que sin embargo no es suficiente para que no la oigamos, masculla: —Al próximo que sugiera delante de mis narices que solo me abro de piernas le clavo el tacón en la espinilla. Yo me llevo una mano a la cara, avergonzado por sus palabras. William, en cambio, opta por echarse a reír espontáneamente. Supongo que en su comentario ha comprobado que no es realmente lo que los rumores dicen de ella. La aludida alza las cejas, pero una
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    411 sonrisa acude asus labios sin poder evitarlo. Supongo que le gusta ver que no todos los nobles son estatuas de piedra, sino que los hay más amables. Después de la idea equivocada que se formó en su cabeza durante los primeros encuentros con mi hermano, saber que también él entraba dentro del grupo que no aceptaba su presencia en mi casa fue un duro golpe. Solo Lil, de hecho, parece complacida de verme feliz, fuera de la familia. A pesar de que quizá por eso Ilyria no muestra mucho interés en relacionarse, a mí me gustaría demostrarle que no todas las personas de este mundo son crueles. Y si va a quedarse entre nosotros hasta que encontremos una solución, creo que necesitará amigos en los que confiar. No puede quedarse todo el rato en casa o seguirme a todas partes. A largo plazo, eso genera dependencia… o aburrimiento. Carraspeo, haciéndome notar. —¿No has venido con tu encantadora esposa, William? Esperaba conocerla algún día. Mi primo esboza una media sonrisa que no llega a su mirada. Es un gesto de burla, más que otra cosa. —Aún no la has visto, ¿cómo sabes que es encantadora? —Dejo los ojos en blanco— . La señora Thanet ha ido a buscar su abanico. Se lo ha olvidado en el carruaje. Me temo que es un poco despistada. Sé que no es una persona que demuestre el afecto que siente por alguien, así que supongo que esa es su manera de decir que, en realidad, le importa. Pronto le veo alzar una mano y señalar hacia la entrada. Tanto Ilyria como yo nos damos la vuelta. Una muchacha se acerca apresurada, sin establecer contacto visual con nadie. El cabello moreno está pulcramente recogido en un moño adornado con una redecilla, aunque algunos mechones ondulados se han escapado del peinado. Viste de violeta, dejando ver sus hombros pálidos, y se alza la falda delicadamente con una mano enguantada en blanco para no tropezar. Hay algo elegante en sus movimientos, que
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    412 quizá no songráciles pero sí delicados. Recatada, al alzar la vista y reconocernos junto a su esposo, se acerca casi con timidez. Jamás me hubiera imaginado que William tomase como mujer a alguien así. Juraría que es el tipo de chica a la que le han enseñado a ser la perfecta señorita, con sus modales impecables, su sonrisa agradable y su charla poco comprometedora. Observo de reojo la reacción de mi primo. Nada ha cambiado en su rostro, excepto por un destello de emoción en sus ojos. ¿Es que la quiere de verdad? ¿Por eso la ha elegido, a pesar de ser tan diferente a lo que probablemente esperaba? —Ésta debe ser la señora Thanet. Sus iris oscuros se fijan en mí. Hay unos bucles pequeños, naturales, enmarcando su frente. Pronto aparta la mirada, sin embargo, con un aletear de sus pestañas negras, al darse cuenta de que me está contemplando con demasiada fijeza. Con demasiada curiosidad. Parece que es una cualidad que abunda mucho en estos días. Descubierta, un suave rubor acude a sus mejillas. —Efectivamente. Alyse Thanet. —William hace un ademán volviéndose hacia ella, que parece sumamente interesada en el abanico que sostiene—. El conde Abberlain y su acompañante, la señorita Blackwood. Cohibida, la muchacha hace una inclinación de cabeza. Yo le dedico una reverencia. —¿Cómo están ustedes? —Murmura suavemente por compromiso. Me doy cuenta de que no es especialmente bonita. No destaca, al menos, sino que es una belleza que pasa desapercibida a primera vista, quizá por modestia. Tiene los rasgos redondeados y asemeja ser más joven que su marido. —Alyse —murmura Ilyria a mi lado—. Mi mejor amiga se llamaba casi igual. La recién llegada se tensa y empalidece, preocupada, al reconocer la tristeza en los ojos y la sonrisa de mi compañera. Yo aprieto suavemente su brazo en un intento de consolarla.
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    413 —¿Se llamaba…? Cuántolo lamento… Quiero decirle que no ha fallecido, pues es lo que parece pensar. Sin embargo, mi acompañante se adelanta tras dar un respingo. —No murió, por Dios. Era de mi mundo. Se sigue llamando así, pero en su dimensión. La señora Thanet casi parece aliviada. Al menos, durante el momento que tarda en ponerse colorada, avergonzada por su error. Me doy cuenta de que parece algo confusa. Aunque toda la ciudad haya escuchado hablar de la amante del conde Abberlain, parece que aún hay alguna mente inocente que se convierte en la excepción que confirma la regla. Lo noto en la forma de tratar a Ilyria, como si fuera una noble más, sin distinción. —¡Qué vergüenza! —Exclama sin pensar—. Lo siento mucho, señorita Blackwood. Debe pensar que soy una tonta. Yo… Calla abochornada, aunque en realidad juraría que mi protegida casi parece divertida con su actitud. Abre la boca, pero William la interrumpe. —Será mejor que nos vayamos. La obra está a punto de empezar. Miro alrededor, para darme cuenta de que es cierto. En la entrada solo quedan ya algunos rezagados. La pareja se despide cordialmente de nosotros y los vemos marchar. Ni siquiera se cogen del brazo, sino que guardan entre ellos una distancia que resulta artificial. Es casi como si un abismo los separara. Sonrío a mi acompañante y tiro suavemente de ella. Nosotros sí que vamos juntos, con las manos entrelazadas. La conduzco hasta nuestros asientos por un largo pasillo en el que, una vez más, todo brilla. Cuando estamos ante la puerta saco las llaves del bolsillo y despejo la entrada. Ella pasa primero tras apartar las cortinas, cerradas para ahogar el ruido del corredor. Es un palco amplio, con una docena de asientos divididos en dos hileras. Desde el balcón el
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    414 escenario se veclaramente, así como la oscuridad que rodea los demás lugares privilegiados. Abajo, en el patio de butacas, los nobles que no tienen un sitio mejor hablan en voz baja. Las palabras se pierden entre los susurros de tela y las risas. Ilyria y yo nos acomodamos. Nuestras manos siguen unidas. Nadie nos ve. Aunque estamos rodeados de los que a la luz del día nos censuran, ahora no pueden decirnos nada. En la penumbra de la sala, todos somos iguales, con o sin marcas. Lo único que se puede distinguir es el sonido de los corazones latiendo a la carrera cuando le robamos un minuto al tiempo para besarnos. El telón se abre.
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    415 Ilyria Alyse Thanet. El telóncae. Yo estallo en aplausos, soltando la mano de Marcus, y me levanto. Los nobles, ahí abajo, tan pequeños, también aplauden. Las suyas son palmadas elegantes, tranquilas, acompañadas solo de comentarios de aprobación o desaprobación leves. Yo, en cambio, no quepo en mí de gozo. No veo por qué contenerme como lo hacen ellos. En mi mundo había ido mil veces al teatro, puesto que desde pequeña me ha gustado. De hecho, siempre estaba apuntada a las obras escolares o en grupos de interpretación cercanos a la zona en la que vivía cuando estaba en casa de mis padres. Suspiro extasiada y miro a Marcus, sonriendo ampliamente. Él no ha dejado de observarme en todo el rato, escondiendo su sonrisa tras su mano. La derecha ya parece mejorar, poco a poco, por eso hoy se ha puesto los guantes. Yo me ruborizo al ser consciente de su contemplación, pero decido que no importa y lo abrazo fuerte. Dejo un beso en su boca del que solo nosotros podemos ser conscientes. —Gracias, gracias, gracias —digo entre risas y besos. Él toca mi cintura con la punta de los dedos, como hace siempre. Ríe contra mi boca y deja otro beso sobre la piel que me hace suspirar. —Intuyo que te ha gustado. —Mucho —afirmo con una amplia sonrisa. Apoyo mi frente contra la de él y Marcus me mira, mordiéndose suavemente el labio—. ¿Podemos volver pronto? Solos tú y yo, como ahora… ¿Sí? ¿Por favor? Él se echa a reír. Yo me ruborizo. Soy consciente de que a veces me identifica como una niña. Como si fuera en realidad su propia hija. Es en esos momentos cuando,
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    416 enternecido, besa mimejilla y me abraza firmemente, de una manera que es capaz de alejar todos los miedos del mundo. Exactamente como hace ahora. —Cuando tú quieras. Esbozo una sonrisa encantada, rodeándolo en respuesta con mis brazos. Nos quedamos acurrucados mientras el revuelo del teatro siendo abandonado por sus espectadores nos rodea. No escuchamos. Yo, al menos, no me siento capaz de hacerlo. No me importan los demás. He aprendido a que me resulten indiferentes. Sus miradas recelosas y sus comentarios hirientes no pueden causarnos daño. No pueden apartarnos. Cuanto más censuren nuestras manos unidas, más fuerte entrelazaré nuestros dedos. —Deberíamos pensar en marcharnos. Emito un quejido de clara disconformidad y Marcus vuelve a reír con ese sonido de piano. —En casa podrás abrazarme todo lo que quieras. —¿Dormiremos juntos también hoy? Marcus se ruboriza un poco. Pese a mi insistencia a veces le cuesta simplemente dejarme meterme en su cama. Y eso que llevo ese horrible camisón largo con el que es imposible que me vea nada. Sé, sin embargo, que no le gusta la idea de abrazarme sin más tela de por medio que esa fina prenda de seda. A veces ha insistido en que las damas tienen corsés para dormir. ¡Corsés para dormir! Es una locura. Estoy segura de que puedes correr el riesgo de convertir el sueño en eterno. Otras, cuando descubre que por la mañana el camisón se me enreda a las piernas y deja que asome la piel, me reprende que durmiendo con él no lleve nada que cubra mi carne por debajo. Entonces frunzo el ceño y me pregunto qué voy a hacer con él. Otros días, como hoy, él no parece mostrarse muy disconforme. Por eso asiente suavemente, aunque mira hacia otro lado.
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    417 —Si tú quieres… Sonríoampliamente. ¿Es que lo duda? Despertar a su lado es la mejor manera que puedo concebir de enfrentarme a un nuevo día en ese mundo. Me recuerda la verdadera razón de que esté ahí y no donde debería, aunque a veces sea inevitable estar triste y echar de menos. Su rostro calmado, sumido en fantasías, es lo que me hace pensar que da lo mismo lo que aquí pueda suceder. Todo merece la pena si es por él. —Claro que quiero. Con un beso más terminamos por levantarnos. El pasillo ya está casi vacío cuando salimos. Aunque me hubiera gustado no pasa lo mismo con el recibidor. Está, de hecho, concurrido a más no poder. Mientras Marcus intenta abrirse paso con disculpas y buenos modales (cuando en mi caso me pondría a pisotear disimuladamente con menos clase) yo miro alrededor, intentando buscar algún hueco libre. En cambio, me encuentro con otra desagradable visión. La bruja, como Charlotte y yo hemos aprendido a denominarla, está allí. Lleva esas horteras rosas rojas de siempre sobre el cabello, destacando contra el color impoluto de su vestido blanco y la negrura de sus cabellos. Abbigail Crossbow, para mi más profundo disgusto, también se fija en mí. En mí y en Marcus, he de destacar. De igual modo también sus ojos dorados miran con asco nuestras manos firmemente entrelazadas. El brillo de desprecio y celos que le cruza la mirada es suficiente para arrancarme una sonrisa de satisfacción que no puedo contener. Está acompañada por otra muchacha a la que le susurra algo, probablemente indignada. La chica también me mira y frunce el ceño. Yo sonrío en respuesta. «Me da absolutamente igual lo que digáis, malcriadas pomposas», quiero decirles. Sin embargo, sé que un enfrentamiento público estropearía la noche y haría que Marcus me regañase. Por hoy quiero tener la cita en paz.
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    418 Las veo acercarse.Alzo las cejas y miro a Marcus. El conde no ha llegado a darse cuenta de su presencia, demasiado ocupado en disculparse y en intercambiar algún que otro comentario cordial. Se me escapa una sonrisa. Están solo a unos pasos cuando yo reconozco una vía de escape. Sin dejar a Marcus despedirse, tiro de él. Abbigail y su amiga se detienen porque el salón no está lo suficiente aireado como para apresurarse. Y, de todos modos… las damas no corren. Con una risita encantada giro la cabeza y les echo la lengua, tirando más firmemente de mi acompañante. Él, sin embargo, ha conseguido ver mi último gesto. Para cuando mira hacia atrás ya hay gente cubriendo a las dos señoritas. —¿Qué ha sido eso? —No sé de qué me hablas, mi amor. —Ilyria… Sonrío cándida. Si Abbigail no es una repelente chivata no tendrá por qué enterarse de mi infantil comportamiento. Yo, por mi parte, siento una no muy secreta satisfacción. Abro la boca, pero alguien se me adelanta. Un hombre mayor que no consigo ver del todo detiene a mi acompañante llamándole por su título y su apellido. El conde se para con un suspiro de cansancio. En esos momentos es cuando yo más que nada quiero tirar de él y hacerle correr como aquel día en el palacio. Me gustaría librarlo de toda esa responsabilidad burocrática que carga a sus espaldas. Es demasiado correcto para ver eso con buenos ojos, sin embargo, aunque sé que una parte de él me suplica tras su mirada que lo haga. Marcus no suelta mi mano, pero yo ya he soportado por hoy todas las miradas que pudieran echarme y el hombre no parece interesado en mí ni en mi nombre. Como todos, ya sabrá quién soy. O creerá saberlo. Pensará que cada noche el conde me mete en su alcoba y yo compenso su soledad con largas horas de compañía… Compañía sin ropa, cabe decir. Algo que, ya que estamos, no creo que pase nunca, tal y
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    419 como es él.El día que se atreva a quitarme una sola cinta del corsé deberé dar gracias a Dios. Me suelto suavemente. Mi compañero me mira alarmado. En un susurro cuidadoso, para que su interlocutor no escuche, le informo de que le espero a la salida. Antes de que pueda protestar me confundo entre el mar de gente. El aire me recibe para llenarme los pulmones. Aspiro con devoción. Marcus me ha obligado a ponerme el corsé para salir, aunque algunos días deja que lleve uno de los dos conjuntos de ropa interior de mi mundo que tengo en casa. Lo mismo pasa con los dichosos pololos y las mil faldas de ropa interior. He accedido solo porque veníamos al teatro. Otros días, no obstante, mi ropa es tema de discusión durante horas. Algunos obedezco. Pocos, porque siempre decido que mi sujetador y mis braguitas son mil veces más cómodos. Al mirar alrededor descubro a un montón de parejas e innumerables coches que esperan en fila para llevar a los nobles a sus casas. Ninguno de ellos llama mi atención. Lo que realmente lo hace es la muchacha sola que aguarda apoyada contra el edificio. Mira al cielo con aire ausente, apacible. Alyse Thanet parece en otro mundo muy lejos de aquí. Aunque al principio dudo si acercarme finalmente lo hago. Ha sido la única, además de Lil Travers, que no me ha mirado como si fuera un objeto o acaso un desecho social. Algo vacilante me presento ante ella. Intento recopilar las pocas normas de protocolo que he accedido a aprender de Marcus. “Señora” y no “señorita” para las mujeres casadas, añadiendo después el apellido del esposo. —¿Señora Thanet? Cierro un ojo, como si esperara escuchar que he dicho algo mal. Con lo fácil que es llamar a la gente por su nombre, que para algo se da uno al nacer… Para mi alivio la
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    420 susodicha solo salede su ensimismamiento y me mira. Parpadea como si no se hubiera dado cuenta de en qué momento me he acercado. Rápidamente, como antes, se ruboriza y baja la vista, agachando la cabeza. —Señorita… —titubea, intentando recordar mi apellido. Yo sonrío algo más tranquila al saber que no soy la única a la que le cuesta memorizar ese tipo de cosas— Blackwood —concreta al final—. ¿Cómo está usted? ¿Ha disfrutado de la obra? Frunzo el ceño, pues son preguntas formuladas desde los buenos modales y el compromiso. —En realidad no le interesa, ¿a que no? —Digo sin pensar. Rápidamente me doy cuenta de mi error. Primera lección de la sociedad: disfraza siempre lo que pienses. Alyse Thanet entreabre los labios, sorprendida, y baja la vista, culpable, como pillada en falta. Abro la boca. Probablemente ahora piense que me cae mal, o algo. —Disculpe… —Susurra bajito. La veo sinceramente arrepentida y es por mi culpa. Emito una risita nerviosa. —No. Perdóname… Perdóneme —me corrijo con un mohín— usted. Habrá notado que en realidad no estoy muy acostumbrada a mezclarme con la sociedad… Lo lamento, he sido desagradable. Ella me mira tímidamente, mordiéndose el labio. —Está bien —me disculpa—. Yo tampoco estoy muy acostumbrada en realidad. El señor Thanet no es muy sociable, así que no salgo mucho. La idea de tener al menos eso en común me anima un poco. —La verdad, y si me guarda el secreto, para escuchar a cada estirado de los que hay por ahí prefiero no mezclarme mucho —le confieso guiñándole un ojo.
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    421 Una sonrisa seme instala en la boca cuando la escucho reír. Es un sonido hermoso, dulce y pacífico. —Usted ni siquiera tiene que sonreírles. A veces es muy complicado ser amable, puede creerme. —Lo hago —afirmo con un golpe de cabeza—. Si tuviera que ser amable con todos creo que terminaría volviéndome loca —dejo los ojos en blanco—. Sobre todo con algunos. Por eso prefiero pasar de ellos. Es mucho más satisfactorio. No evitas que te miren pero por lo menos no tienes que soportar su insulsa conversación. —Oh, eso estaría muy bien —sonríe ella—. Lamentablemente si yo hiciera eso, el señor Thanet nunca me lo perdonaría. No se me pasa por alto que ni siquiera trata a su esposo por su nombre, pero me parece demasiada indiscreción incluso para mí preguntarle al respecto. Al menos ahora que la acabo de conocer. —Marcus tampoco se muestra muy contento —le confío—. Pero como sabe que es lo mejor para todos, se calla. Eso o que sabe que discutir conmigo con respecto a algunos temas no tiene mucho futuro. —¿Marcus…? —Pregunta ella extrañada durante un segundo. Ladea la cabeza—. ¿Se refiere al conde Abberlain? —Cuando yo asiento, Alyse se remueve. Parece incómoda por algo. Duda durante un instante pero finalmente me observa—. ¿Sería mucha indiscreción preguntar por su relación? Yo sonrío, sinceramente agradada por la cuestión. —No. De hecho, es encantador por su parte preguntar, ya que nadie lo ha hecho hasta ahora. Todos han tenido a bien inventar lo que han creído adecuado. —Me encojo de hombros, resignada. Finalmente recompongo la sonrisa—. Marcus y yo estamos juntos.
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    422 Como pareja, quierodecir. O sea… —De pronto me doy cuenta de que no he dicho la palabra en alto hasta ahora, en realidad. Me ruborizo— como… novios, supongo. Para mi sorpresa, a Alyse Thanet le cambia el rostro, pero no para mal. No hay en su expresión desprecio o censura. En cambio, deja de ser toda una señorita para rejuvenecer un par de años y convertirse en una niña pequeña emocionada por algún cuento. Sonríe en un gesto completamente sincero y a sus ojos escapa un centelleo emocionado. Yo me ruborizo algo más. —¿Os queréis? —Inquiere ilusionada—. ¿Os habéis enamorado, como en las novelas? Enrojezco algo más. Definitivamente me ha cogido desprevenida. Enredo las manos en la falda, pero esbozo una sonrisita y asiento. —Sí —susurro en respuesta—. Nos queremos mucho. No imagino ya mi vida sin estar a su lado, ¿sabe? Incluso aunque no estoy en mi mundo… Ella deja escapar un suspiro de enamorada que me arranca una carcajada. —Ah, qué romántico… Abro la boca, pero la voz inconfundible de Marcus me llama en ese momento. Alzo la mirada. Está algo más apartado, dejándome mi espacio, y espera por mí. En sus ojos reconozco algo de curiosidad. Me giro hacia Alyse y sonrío. —Tengo que irme. Pero… Mm… ¿Podemos volver a vernos? No tengo… mucha gente con quien hablar tranquilamente aquí. Si quisiera… Ella se muerde el labio, conteniendo una sonrisa. En sus ojos veo un destello leve de emoción. —Sí… Si usted quisiera, me encantaría. ¿Por qué no viene a tomar el té mañana? Estoy segura de que el conde Abberlain sabrá dónde se encuentra nuestra casa. No puedo evitar evidenciar mi felicidad.
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    423 —Ilyria —le digo,mirándola entre las pestañas—. Llámeme Ilyria. No espero respuesta. Velozmente voy al encuentro del conde. El chico me sonríe, mirando por encima de mi hombro a la muchacha. Aunque Yinn nos ha traído le hemos dicho que no espere, pues nos sigue gustando pasear por la noche. Echamos a andar. —Se te ve feliz —comenta él casualmente. Yo río, pletórica, pegando mi mejilla contra su brazo como hago siempre. —Creo que he hecho una amiga. Marcus amplía el gesto en sus labios y yo dejo un beso en su brazo, por encima de la chaqueta. Este mundo, a veces, puede ser amable. *** La cita con Alyse Thanet llegó y pasó. Conseguimos tutearnos mutuamente, aunque ella se mostró algo reticente al principio, y pasamos el día hablando de banalidades. Es una muchacha bastante más femenina que yo y notablemente más educada en protocolo y modales, pero no es una de esas damas sin ideas ni pensamiento propio. Tampoco es solo una cara bonita: he podido comprobar que tiene carácter. El suficiente, al menos, para plantarle cara a su marido cuando lo ve preciso, mientras que cualquier otra de esas chicas habría agachado la cabeza ante lo que su esposo determinase. Es mucho más apasionada de lo que hace notar con su manía de mostrarse correcta. No la culpo. Supongo que es para lo que la han instruido y no puede terminar de rebelarse contra todas las normas impuestas que le han enseñado a lo largo de tanto tiempo. Aunque me saca cuatro años no llego a notar la diferencia realmente. Es adorable y en ocasiones tiene cierto encanto infantil, casi soñador, que hace que parezca mucho más joven de lo que es. Es el mismo aire de Charlotte, propio de las niñas que aún creen en príncipes y en finales felices. Me parece pura, alejada de los prejuicios de la sociedad pero viéndose
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    424 a la vezirremediablemente sometida a ellos. Sea como sea, nos hemos hecho amigas y la idea de tener alguien en quien confiar y con quien hablar me tranquiliza. Hemos quedado alguna tarde más y siempre intercambiamos algún libro, pues compartimos sobre todo el afán literario. Aún guardo en mi habitación el último que me prestó, ayer mismo: Una historia secreta, firmado por un tal Bryan Kendall. Me lo dio en respuesta a mis mil preguntas sobre Albion y los propios extranjeros. Durante unos momentos dudó, pero después me lo dio bajo la advertencia de que, aunque era una historia entretenida, no podía creer todo lo que allí se había escrito si no quería volverme loca. Las primeras páginas, las únicas que he leído, rozan ciertamente lo surrealista, hablando de todo un mundo nacido a partir de un solo libro. No sé ni siquiera por qué me sorprendo: a estas alturas, cuando la palabra “realidad” ha perdido todo su significado, toda ficción debería parecerme plausible. Por otra parte, he comprobado que Alyse Thanet es inocente en muchos sentidos: no se pueden hablar de ciertos temas con ella sin que adquiera el color de la grana, lo cual lo hace bastante divertido. Han pasado cinco días desde que la conocí, acompañados de cuatro frías noches. He dormido con Marcus todas ellas, cada vez con menos protestas por su parte. Al menos a la hora de acostarnos, porque al despertar se niega a mirarme hasta que no me he adecentado completamente. El otro día una de las cintas del camisón se desató mientras descansaba y dejó mi hombro y parte de mi escote al aire. Me dio la espalda con tanta obcecación que llegué a pensar que nunca más volvería a darse la vuelta. —Creo que no me encuentra nada deseable —le confío a Yinn, sentada en la mesa de la cocina. El genio se echa a reír. Me pasa un tarro de cristal con bombones de chocolate dentro. ¿Es una indirecta? Porque el chocolate es sustituto de lo que intuyo que me va a faltar
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    425 en mucho tiempo.A lo mejor quiere que me vaya concienciando. Aún así no le hago ascos a uno y me lo llevo a la boca, masticando distraídamente. —Dale tiempo. Desde que yo estoy aquí no lo he visto nunca con ninguna mujer. Debe ser… extraño, para él. Eres una chica bonita. —Lo miro de reojo, no muy segura—. Sería estúpido si no se diese cuenta. Además no pareces como esas señoritas de ahí fuera, de las que no pueden ni concebir ningún acto… impúdico —deja los ojos en blanco, francamente divertido— más allá de la virtuosa unión del matrimonio. Me echo a reír. Es fácil hablar con Yinn. Siempre se burla del protocolo y las normas. De la supuesta decencia social. Desde que llegué me reúno con él para charlar a menudo. Es el que más libertad tiene para tratar temas de todo tipo. Supongo que me recuerda un poco a la espontaneidad sin vergüenza ni censura que tenían los chicos de mi mundo. Sé que Marcus se pone celoso a veces, porque puedo pasarme tardes enteras en la cocina charlando con el mayordomo, jugando con Charlotte y él o ayudándolo con la cena. Con un beso suele pasársele, sin embargo. A cambio no me deja marchar de sus brazos durante un buen rato y yo acepto complacida el pequeño castigo. —No lo soy —admito. —Lo había adivinado. Como sé que no te ofenderás, intuyo que de doncella, en toda la extensión de la palabra, tienes poco. No me ofendo, efectivamente, sino que solo me encojo de hombros. —Ya sabes: no todo es igual aquí que como era allí, en mi… —titubeo, pero finalmente dejo la frase en el aire. A pesar del tiempo sigo sin ser capaz de hablar de mi mundo abiertamente, sin apenarme—. Incluso ese tipo de cosas. Pero si él lo sabe (porque tiene que saberlo), ¿por qué tanto afán en ni mirarme? En serio, voy a empezar a pensar que tengo algún defecto físico importante, o algo así. De nuevo ríe, divertido.
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    426 —Estás francamente preocupada,¿verdad? Cuando lo miro adopto una expresión sufridora, casi lastimera. —No te burles. A ti Sabine te mantiene muy contento, ¿no es cierto? Yinn sonríe de medio lado, pícaramente. Como siempre que hablamos de ella hay un brillo de emoción en sus ojos oscuros. —Me tiene muy complacido, sí. —¡No se habla de comida delante del hambriento! —Exclamo indignada. Otra carcajada. No puedo evitar sonreír contagiada, llevándome otro bombón a los labios. —El dicho no es exactamente así. —Da lo mismo, estoy segura de que lo has entendido. Yinn sonríe. —¿Tan grave es? —Yinn, me ha visto en sujetador y… —¿Esa tira tan graciosa que me haces lavar a veces? ¿Para qué sirve exactamente? Lo miro, ladeando la cabeza. Me fijo en mi pecho y luego en él. Ante mi gesto, el genio arquea las cejas. —¿Solo lleváis eso para cubriros…? —Solo. —¿Y la otra prenda que lavo…? —Adivina. Su mirada desciende por mi cuerpo. Me ruborizo un poco ante su intensivo examen, que lleva a cabo con los ojos entornados. Durante un segundo estoy segura de que puede mirar debajo de las cinco faldas que tengo puestas. —¿En serio? ¿Sin… más?
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    427 —Sin más. Se quedapensativo un par de segundos. Apoya la cara en una mano, tamborileando con los dedos con la otra. Se humedece los labios, mirándome fijamente. Yo le tiro un bombón a la cabeza, roja, al intuir lo que puede estar imaginando. Él ríe, evitándolo. —Interesante… ¿Crees que podrías hacerte con uno para Sabine? Se me escapa una carcajada y él sonríe a su vez. Por eso es fácil hablar con él. Con Marcus ni se me ocurriría mencionar mi ropa interior. Menos aún, por supuesto, con Charlotte, que es tan pequeña e inocente, o Angela, que es tan tímida. —Si encuentro alguna modista que consiga hacerme ese tipo de prendas en este mundo, te avisaré. —Perfecto —asiente él—. ¿Decías? Te he interrumpido en tus lamentos. —Que me ha visto en sujetador. El otro día me vio sin querer en la bañera. Desde que llegué hemos dormido juntos y abrazados todos los días. Te juro por lo que más quieras que no me ha tocado más que la cintura. Bajar de ahí debe ser para él una tarea de titanes, ¿entiendes? ¡Y lo que más me frustra no es que no me toque, sino que no muestre el más mínimo interés en hacerlo! Cada vez que ve el más mínimo resquicio de piel al descubierto le falta santiguarse. Se muestra realmente escandalizado y no creo que sea posible para un ser humano normal ponerse más rojo. Yinn frunce un poco el ceño. Sé que a él también le resulta un poco incomprensible. Supongo que es porque viene del desierto. Lleva el calor en las venas. Definitivamente parece tener toda la pasión que a Marcus le falta. Finalmente sacude la cabeza y sonríe. —Debe estar esperando a que se cure completamente su mano —me confía en un susurro—. Para poder emplearse al máximo, ¿entiendes? Yo contengo una risa, escondiendo la sonrisa contra mi palma. Asiento enérgicamente, divertida con la razón que él me brinda.
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    428 —Si no eseso… siempre puedes decirle que estás histérica. Ladeo la cabeza, parpadeando sin entender. —No estoy tan necesitada como para considerarme histérica. Como te he dicho lo que me molesta es más la falta de interés en… —No, no —me interrumpe. Baja la voz, mirando alrededor, y me sonríe con esa picardía propia de él. Me inclino, curiosa—. ¿No sabes lo que dicen de la histeria femenina y de los métodos de curación? Frunzo el ceño, sin saber a donde quiere llegar. Finalmente, niego un poco con la cabeza. Él deja escapar una risa de niño travieso que me hace entornar los ojos. —Dicen que los médicos le hacen a las mujeres un… —Paladea un segundo, buscando las palabras adecuadas—. Juego de manos. —¿Juego de…? —Doy un respingo, mirándolo. Bajo mi vista a mi propia falda y él asiente. Los dos nos echamos a reír al instante—. ¿Quieres decir…? —Justo lo que estás pensando. El mejor tratamiento es un buen… La aldaba chocando contra la puerta nos hace dar a los dos un buen salto en el sitio. Levantamos la mirada al tiempo y reímos, porque incluso las coincidencias en ese mundo parecen censurar las palabras improcedentes. Nos ponemos en pie a la vez y Yinn va a ver quién es. Yo lo sigo. Cuando la puerta se abre agradezco el tiempo de diversión con el mayordomo. Sé que se me ha acabado. Rowan Abberlain y Abbigail Crossbow están allí.
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    429 Marcus Por ella. La llamadaa la puerta me desconcentra. Frunzo el ceño y miro la hora en mi reloj de bolsillo. Aunque es ya media tarde, no esperaba visitas. Quizá sea Lottie, que vuelve con Angela de su paseo, pero me extraña no escucharla corretear por la casa en busca de Ilyria para engancharse a su falda como una niña pidiendo un cuento. Me pregunto entonces quién podrá ser, mientras me levanto y dejo a un lado mi trabajo. Me asalta un mal presentimiento, sin previo aviso, y tengo la irracional necesidad de salir del despacho y apresurarme hasta lo alto de las escaleras. Es peor de lo que esperaba: Rowan y Abbigail están en la puerta. Mi hermano ha cogido a Ilyria del brazo, ante la mirada horrorizada de Yinn. —¿Qué crees que estás haciendo? Todos alzan la mirada a un mismo tiempo. Sus ojos se concentran en mí. Mi protegida consigue liberarse, aprovechando el segundo de distracción de mi familiar. Con un revoloteo de faldas viene hacia mí, que bajo los escalones de dos en dos. No pienso permitir que nadie entre en mi casa y amenace a mi familia, incluso si el acosador es un miembro de ésta. No me he esforzado tanto por ellos para nada. Sin embargo, aunque espero que sea él el que dé la cara, una vez Ilyria se ha cogido de mi brazo, es la señorita Crossbow la que se adelanta. —Marcus, por favor. Recapacita. Entorno los ojos. Nunca habría pensado que ella, precisamente, fuera a ponerse de parte de Rowan. Por el cariño que siempre me tuvo di por hecho que se alegraría de verme feliz. Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba. Después de todo parece que Ilyria y Lottie tenían razón al estar preocupadas. —No sé sobre qué debería recapacitar. No creo haber hecho nada malo.
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    430 Ella aprieta losfinos labios hasta que se tornan blancos. Mira a mi acompañante de reojo y sus mejillas se encienden. ¿Es tan increíble creer que me haya enamorado? Nadie parece sentirse feliz por la noticia. Nadie parece tener en cuenta cuáles son mis verdaderos sentimientos. A veces me pregunto qué hago yo en esta sociedad: sería mucho más fácil vivir en un lugar en el que nadie me pidiese cuentas por cada decisión que tomo. Un mundo donde amar fuese una acción libre y no condicionada por los ojos y las creencias de los demás. —Esa muchacha no te conviene. Ilyria abre la boca para contestar, pero yo la detengo. —¿Quién me conviene, según tú? —Entorno los ojos, intentando ocultar la rabia—. Según vosotros, debería decir. No se lo piensa. Es como si hubiera estado esperando la pregunta por años. Me sonríe cándida y su mano intenta cazar la mía, aunque sin éxito. No quiero que me toque. —La adecuada sería una muchacha que supiera llevar la casa. A la que los criados obedecieran. Alguien con clase a quien hubieran enseñado todas las artes que una dama debe dominar. Reconócelo: eso es justo lo que necesitas. Una buena madre para Charlotte y para tus futuros hijos. Por el rabillo del ojo compruebo que Ilyria no lo soporta más. Tiene los párpados muy separados, incrédula. Aunque estaba agarrada con fuerza a mi brazo, temerosa de que hubieran venido a separarnos para siempre, lo cierto es que no tiene ningún reparo en soltarme y plantarse delante de una Abbigail que de pronto frunce el ceño, molesta por la intromisión. Sé que preferiría que estuviéramos solos en mi despacho, donde podría hablar con sinceridad sin tener que enfrentarse al principio de todos sus problemas en lo que a mí se refiere.
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    431 —En primer lugar,si intentas venderte a ti misma eres irritablemente evidente. En segundo lugar, Marcus no se iría contigo ni aunque se volviera completamente loco. Y para continuar, tú no eres madre para nadie. ¡Dudo que sepas lo que eso significa, cuando incluso tener hijos debe ser un negocio para ti! Las que ofrecen su cariño por dinero y posición en mi mundo se llaman pu... Abro la boca para protestar antes de que acabe la frase. Rowan, más rápido, se me adelanta. —¿Y en qué se diferencian esas mujeres de ti? Porque todo Amyas sabe ya que tus servicios hacia el conde van más allá del deber. Me doy cuenta de que no ha podido elegir palabras más distantes para conmigo. Ha dicho “el conde” y no “mi hermano” o “Marcus”. Duele. ¿Ya me he convertido en “el otro”? ¿En el marginado? Parece sorprendente que haya tardado tan poco en olvidar todos los recuerdos, en borrar todos los lazos de sangre que lo atan a mí. Ilyria entorna los ojos. La veo apretar los puños, pero pronto se destensa. Al menos, abre la mano y la levanta. El golpe que deja en su mejilla hace que mi hermano gire la cara. Resuena por el recibidor como un latigazo. Hasta a mí me da la sensación de que me alcanza el dolor, aunque sé que nadie me ha tocado. Sorprendido por su acción, la veo acercarse otro paso más a él, sin miedo, desafiante. Es en estos momentos cuando veo la luchadora que hay en ella, que no se deja amilanar por nadie. Se humedece los labios. —Estoy cansada de que todos supongan una relación que no hay —murmura molesta, apretando los dientes—. ¿Sabes qué? Creo que debes tener por costumbre visitar a ese tipo de... compañías. Probablemente no sepas cómo conseguir una mujer por tus propios medios —hace un ademán al aire con una sonrisa burlona, casi cruel, asomando a sus labios. En un segundo plano, Abbigail parece profundamente ofendida por la
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    432 insinuación, como siella misma se sintiera insultada—. ¿Cómo se explica que las conozcas tan bien si no porque eres un asiduo seguidor de ese tipo de negocios? Después de todo parece que las espadas, sean del tipo que sean, no son lo tuyo. Rowan la mira lleno de rabia, con el rostro rojo por el golpe y por el enfado. Parece que él mismo vaya a levantar la mano contra ella, que la vaya a abofetear por la simple razón de defenderse. Llevado por esa idea, la cojo por la cintura y la atraigo hacia mí. Ella se resiste un poco, pero yo pronto la tengo entre mis brazos, entre los que se deja estar. Con un suspiro se abraza a mí, sin perder detalle de los otros dos. Yo casi espero que la pareja gire sobre sus talones y se marche. No es así. —Ilyria Blackwood —murmura mi hermano en un tono solemne. No me gusta la manera en que lo dice, con una sonrisa en sus labios que lanza escalofríos por mi columna—. Te ordeno que vengas aquí. Ilyria palidece de pronto. Todo el color vuela de sus mejillas cuando deja escapar un gemido y se lleva una mano al pecho. Sé que duele. Nadie puede evitar cumplir una orden directa de esa manera. La miro con los ojos muy abiertos. Podría ordenarle que no lo hiciera, pero eso no serviría de nada: una orden directa no puede contradecir otra anterior. Sin embargo, ella solo se abraza con más fuerza a mí. No va a dejar que nada ni nadie nos separe. Aunque me siento conmovido por su gesto, no puedo evitar pensar lo mucho que debe estar sufriendo. Jadea, pero aprieta los dientes y lo mira, desafiante. —Antes muerta. Rowan entorna los ojos, poco dispuesto a rendirse. —Si es necesario, que así sea. —Y de nuevo, con más autoridad, las palabras que definitivamente la alejan de mí: —Ven aquí.
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    433 Esta vez nose puede resistir. Como un hechizo, su mandato la atrapa y la obliga a moverse. Hay un brillo en sus ojos que evidencia cuánto le cuesta tener que hacerlo. Se resiste con toda su alma y, aún así, no es suficiente. La voluntad no escucha cuando el precio es la muerte. Sabía que no debía haberla marcado. A mí mismo me duele verla, o quizá lo que más me duela sea la impotencia de saber que no puedo hacer nada para evitarle ese sufrimiento. A pesar de que solo les separaban un par de pasos, el esfuerzo de Ilyria, su lucha interna, le hace perder por completo el ritmo de la respiración. —No tienes ningún derecho sobre mí. No importa las órdenes que me des. Él le hace agachar la cabeza al poner su mano sobre ella. Siento que la sangre me hierve en las venas. —Hará cualquier cosa que le pida. ¿Lo ves, Marcus? No te puedes fiar de los extranjeros: son criaturas volubles que responden al poder. Yinn, aún en la puerta, paralizado, enrojece al escuchar a mi hermano. Su puño se cierra en el aire, aunque sé que lo que más quiere es estrellarlo contra el estómago de Rowan. Sin que los demás se den cuenta, le hago un ademán. —Déjala ahora mismo —le advierto a mi familiar—. Este es su hogar y nosotros somos su familia. ¿Por qué te empeñas en odiarla? ¿Por qué no puedes aceptarla? —Porque te ha lavado el cerebro. ¿No ves lo que pretende? Quedarse con todo lo que tienes. Esta mujer no es como tú la ves. Tienes una visión distorsionada. Tienes que dejar que te abramos los ojos. Sigo sin entenderlo, por lo que sacudo la cabeza. ¿Cómo puede haber personas que se empeñen en hacer infelices a las demás, cueste lo que cueste? El bastón llega por el aire y yo lo cojo al vuelo, apenas sin mirarlo, con mi mano sana. Yinn ha hecho un buen lanzamiento. Activo el resorte y desenvaino el florete que dormía escondido en la oscuridad. Abbigail deja escapar una exclamación de sorpresa.
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    434 —¿Vas también aluchar contra tu propio hermano por ella? ¿No te das cuenta de que a este paso acabarás alejándote de la vida que conoces por una… extranjera? Asiento, pero no hay pena en mi rostro. Solo resolución corriendo por mis venas. No voy a dejar que nos separen. Se lo prometí. Le juré que la protegería, que no iba a dejarla ir nunca, hasta que ella me lo pidiese. Y sé que en este momento me necesita más que nunca. Por eso estoy dispuesto a todo, incluso a desafiar los lazos de sangre. Hay cosas más importantes. Estoy convencido de que esto es lo que debo hacer. —Al menos sé que esto es por lo que quiero luchar. Es un buen motivo. Rowan empuja a Ilyria y desenvaina a su vez. Supongo que le han dado un arma nueva para sustituir el trofeo que mi protegida aún guarda con celo en su cuarto como un tesoro, incluso cuando ahora ya apenas entra allí para observarla con orgullo. Ella cae al suelo con el golpe de mi hermano. Apenas sí soy consciente de que abre los ojos todo lo que puede, entre el asombro y la voluntad de quien no quiere perder detalle. Mientras intenta recuperar el aire perdido y el ritmo normal de las pulsaciones, un destello aparece en sus ojos, aunque ella no se deja llevar por la emoción. Por supuesto, Ilyria Blackwood nunca llora ante nadie. Rowan arremete contra mí y yo solo puedo olvidarme de todo y concentrarme en la lucha. No estoy seguro de poder vencer. Al menos, no cuando una de mis manos ni siquiera puede ser usada. Abbigail se echa hacia detrás, intentando ofrecernos un espacio en el que enfrentarnos. Solo puedo pensar en resistir hasta el límite. «No por mí», me digo, «sino por ella». Me necesita. Y yo la necesito también. Volver a perderla es un Infierno al que no quiero regresar. Por eso me esfuerzo, aún luchando con la zurda. Me defiendo y desvío sus ataques, aprovechando mi rapidez en el deporte para confundirlo y jugar con
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    435 él. Con cadagolpe que esquivo él se pone más furioso y más agresivo, evidenciando así su poca experiencia real en el noble arte de la espada. Yo, por el contrario, puedo presumir un poco de ello: muchas veces, en el mundo de mi madre, jugaba a ser un caballero de brillante armadura. Allí, sin embargo, no había prácticas que valiesen. Todo era real. Aún así parece que no voy a salir ileso. Sus golpes son de una contundencia que me hace tambalearme y sus estocadas son precisas, hechas para hacer daño de verdad. De hecho, me alcanza en la pierna cuando bajo la guardia. Dejo escapar una exclamación de sorpresa e impotencia. —Aún estás a tiempo de rendirte —me advierte mientras comprueba que la herida sangra abundantemente. Probablemente sea solo un corte superficial, pero ha hecho estragos en mi ropa y en la piel. Abbigail deja escapar un gritito asustado, como si estuviera siendo testigo de mi muerte. Ilyria está pálida también, pero mira alrededor y decide que no puede estarse quieta. Por eso, sin que nadie se fije en ella, se pone en pie, algo tambaleante, y coge la sombrilla de Charlotte. Probablemente sepa lo que se esconde en su interior. Efectivamente, la veo buscar por un resorte y desenvainar el florete. Es una ironía que el arma que el mismo Rowan encargó para la defensa de su sobrina vaya ahora a ser el filo contra el que tenga que luchar. Me pongo de nuevo en guardia, dándole tiempo para que decida su modo de actuar. Aún no he perdido. Y prometí que la protegería de personas, precisamente, como él. —No tienes ningún derecho sobre ella. Ni sobre ninguna persona. No importa si eres un caballero de Albion o el propio rey. Nuestros aceros resuenan de nuevo cuando se encuentran. Es un sonido escalofriante, que parece llamar a la sangre y a la Muerte, reverberando en nuestros cuerpos como si
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    436 fuéramos prolongaciones denuestras espadas. Ilyria se acerca por detrás a él. Sin miramientos, quizá en venganza por mi herida, el florete de ella le araña la espalda, provocando un grito ahogado por parte de mi hermano y un quejido de su ropa al ser cortada. Yo aprovecho ese momento para ponerle la punta de mi arma sobre el corazón. La rosa que lleva en la solapa de la chaqueta cae al suelo, anunciando su rendición. Le sigue su orgullo. —Márchate de esta casa. Ya no eres bien recibido aquí. Rowan palidece como el guerrero al que le es anunciado el exilio inminente. No volverá a pisar esta mansión mientras yo pueda evitarlo. No, al menos, mientras quiera hacernos daño a mí o a cualquier otro miembro de mi familia. Supongo que era inevitable. La paz que teníamos, después de todo, era una calma artificial. —Marcus… La voz de Abbigail lo interrumpe. —¡Marcus! ¿De verdad crees que esto es lo correcto? —Tiene falsas lágrimas de llanto en los ojos, que le dan un aspecto delicado. En su mano aprieta un pañuelo de encaje—. Por favor, dedica un solo pensamiento a esta situación. Mírala. A mi pesar, lo hago. Observo a Ilyria, justo detrás de mi hermano, con los ojos encendidos de furia y las mejillas enrojecidas. Ella también tiene lágrimas en los ojos, pero en su caso son de frustración. Ahora entiende que no puede hacer nada contra las órdenes, incluso si no quiere recibirlas. «¿Qué tengo que ver?», me pregunto mientras la observo. Sí, es verdad: no es la muchacha de mis sueños. No es la mujer casta, modesta y silenciosa que se supone que representa la cima de los buenos modales y el saber estar… pero no puedo evitar quererla. No es algo que yo eligiera, no es algo que pudiera pensar con la cabeza fría. Simplemente sucedió. Cuando la miro a los ojos solo soy
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    437 capaz de verque el Destino me ha unido a ella. Yo no tengo elección. Sé que es la persona correcta. —Mírala —repite la señorita Crossbow. Tiene su mano en mi brazo, tras haberse acercado, y aprieta los dedos suavemente alrededor de mi chaqueta—. ¿Qué es lo que tiene ella? ¿Qué es lo que tiene que no tenga yo, que soy una perfecta dama? Suspiro y aparto su mano, con toda la delicadeza que soy capaz de reunir. —Mi corazón, Abbigail. Algo que nadie más podrá tener nunca. Nuestras miradas se encuentran. La expresión de Ilyria se suaviza. —Por favor, marchaos ahora. No queremos que este sinsentido continúe, ¿verdad? Nadie dice nada. Rowan envaina al ver que no tiene otro remedio y recoge su rosa roja del suelo. Sé que esto no es el final. Sé que volverá y no parará hasta que pueda restaurar el honor de la familia que él piensa perdido por este arrebato. No lo culpo, exactamente. Nos han educado así. Pero mientras que yo reconozco que no somos el único mundo ni los únicos nobles sobre la faz del universo, él cree que la ley suprema es la de Albion. Indignado, herido en su orgullo, pasa junto a Ilyria sin verla, aunque lo oigo murmurar algo. Mi protegida frunce el ceño, habiéndolo entendido, y se aparta. Durante un segundo la veo palidecer, así que sé que es más grave que un simple insulto. Temo que sea otra orden, pero nada pasa. Abbigail sigue a Rowan con los ojos anegados de lágrimas en la perfecta estampa de la señorita sufridora. Yinn se apresura a cerrar la puerta tras ellos una vez están fuera. Me dejo caer en el suelo, jadeante, llevándome una mano a la pierna. Aún sigue sangrando. Ilyria suelta su arma y corre hacia mí, preocupada. —Todo esto es por mi culpa… —Aprieta los dientes—. A veces pienso que es mejor que no hubiera vuelto… Puedo soportar que me llamen todo lo que me llaman, que me
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    438 empujen y mehagan daño, si eso les hace sentir mejor. Pero no puedo aguantar que te hieran. No lo entiendo… No entiendo este mundo. ¿Por qué lo hace? ¡Es tu hermano! ¿Tan horrible es que estemos juntos? ¿Tan mal está? Aprieto los labios y la atraigo hacia mí, obligándola a apoyar la cabeza en mi hombro. Beso su sien con adoración y niego. —Nadie los ha desafiado con la suficiente fuerza. Nadie les ha plantado cara tan abiertamente. Claro que no está mal, pero ellos no lo saben todavía. No entienden. Mi hermano no es, después de todo, más que otro descerebrado que no se plantea lo que está haciendo. No hay nada más peligroso que alguien que no cuestiona su propia ideología —suspiro—. ¿Qué te ha dicho? Ilyria niega y se fija en mi pierna. Yinn ya ha ido a buscar vendas. Me ayuda a levantar, no sin cierto esfuerzo. —Nada que pueda repetir en voz alta sin que me laves la boca con jabón. Su respuesta me arranca una sonrisa muy a mi pesar. Beso su mejilla, con ternura, y la sigo escaleras arriba. Intento ignorar que, en realidad, no ha contestado.
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    439 Ilyria La Hermandad dela Rosa Inmortal “Acabas de firmar tu sentencia de muerte”. Las palabras de Rowan aún me palpitan en las sienes y lanzan estremecimientos por la piel. Tiemblo, tragando saliva, mientras miro sin ver realmente el techo de la habitación. Mi habitación. Se me antoja extraña después de tantos días sin venir aquí, pero he decidido que hoy es lo mejor para ambos: Marcus tiene que descansar y esta noche lo hará mejor solo; yo necesito relajarme y pensar. El conde, en cualquier caso, no me ha dejado entrar en su habitación para curarlo, evidenciando que la herida era en la pierna y eso implicaba enseñar una piel que no estaba dispuesto a mostrar. Ni siquiera he sido capaz de molestarme por eso, preocupada como estaba. Aunque he insistido, Yinn ha terminado convenciéndome de que lo mejor sería que yo también me fuese a dormir. Aunque él es como yo, no creo que sepa lo que se siente al desobedecer. No en vano, Marcus nunca le daría una orden directa del modo en que Rowan me la ha dado a mí. Debe adivinar, sin embargo, lo que puede llegar a desatarse dentro de uno: la presión en el pecho; el silbido en la cabeza; la dificultad de respirar. En parte por mí y en parte por que Marcus no se preocupara más, he accedido a retirarme a mi cuarto. Yinn me ha confesado en un susurro, en un intento de destensar el ambiente, que no tiene nada que ver la piel descubierta en el afán del conde porque abandonara la habitación. Solo no quiere que me preocupe por él. Lo que no saben ninguno de los dos es que guardo más razones para preocuparme de las que piensan.
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    440 De nuevo, laamenaza directa de Rowan Abberlain me obliga a cerrar los ojos con fuerza. Cojo aire con dificultad. Aún me cuesta. Repito la operación incluso cinco veces, tomándolo y soltándolo en largos suspiros. Siento el corazón palpitando todavía no con mucha seguridad, mi estómago encogido. No puedo evitar estar un poco mareada y temblorosa, pero eso último no tiene nada que ver con el simple hecho de haberme negado a una orden de un Abberlain. También es por el libro. He tenido que dejar de leer, pero Una historia secreta, de Bryan Kendall, todavía me mira desde su relegado espacio en la mesita. Me humedezco los labios y miro el tomo de soslayo. Inmediatamente me estremezco. Aunque cogí la lectura prestada por Alyse para distraerme, no he podido estar más errada en mi decisión. Esa es la única historia que no debería habérseme mostrado. Ni en este momento ni en ninguno. Pensé que se trataba simplemente de una narración fantástica sobre la creación de Albion. Así empieza y eso es todo lo que había leído, al menos. Cuenta que, al principio, donde ahora se alza una ciudad majestuosa, antes solo había desierto. Todo era tierra yerma, nada podía crecer allí. Solo existía una isla y un océano sin límites en el horizonte. Era todo. Sin embargo, una especie de Demiurgo, de Dios creador, dejó abandonado un libro. Y de ese libro… nació todo. Salió el sol, la luna, las estrellas. Salieron los meses y los días. Y también, de ese mismo libro, salieron los primeros habitantes de Albion. Éstos fundaron la ciudad de Amyas y desde ahí empezaron a poblar toda la isla. Crearon el mundo tal y como ahora se conoce, haciéndose hueco e inventando su propio mapa, su propia geografía. Entre todos aquellos primeros habitantes había una muchacha llamada Victoria. Todos estuvieron de acuerdo, pese a que ella era la más joven, de que debía ser
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    441 la reina. Noen vano, en sus ojos también descubrieron que era no solo la más bella y no solo la más sabia, sino también la más mágica. Los descendientes de todos los que tomaron como suya la tierra de Albion son los que ahora son llamados nobles. Es entonces cuando Kendall trata a los extranjeros. Algo me hace pensar que quizá él se enamoró de una, tal y como Marcus lo ha hecho de mí, porque sus palabras para ellos son amables, pese a que toda la historia está teñida de un tono crítico y un carácter mordaz. Especialmente usa un lenguaje hiriente para hablar de la aristocracia. Sea como sea, el libro narra que los habitantes de Albion empezaron a escribir sus propias historias, pues en todo mundo debe haber escritores que alumbren nuevos Universos. De esas palabras creadas por ellos mismos, empezaron a salir más personas. Personas que, sin embargo, eran diferentes. Estaban, como lo estoy yo misma, marcados. Algunos de esos personajes traían más libros, y de esos salían también otros marcados. Y así se sucedió su existencia. Ahí empezó el principio del fin. No se percataron los nobles de que alguna vez ellos mismos salieron también de un libro y llegaron a otro mundo ajeno. No se dieron cuenta de que los que llamaban extraños a su tierra no eran tan diferentes a sí mismos. En cambio, motivados por la distinción de la piel marcada, decidieron proclamarse superiores. Creyeron que aquellos que aparecían estaban destinados a ser inferiores y servirles. De ese modo, los propios extranjeros empezaron a agachar la cabeza ante aquella ridícula imposición. ¿Cómo no hacerlo cuando tenían tanto miedo, al estar encerrados en un mundo que no era el suyo? ¿Cómo no hacerlo, cuando era lo “normal”? Hasta ahí la historia está bien. Es correcta y, aunque fantasiosa, se parece a un cuento. Las palabras de Rowan mientras leía se iban perdiendo lentamente en la memoria, entre imágenes de nobles altaneros y prejuiciosos y extranjeros que, a pesar de todo,
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    442 conseguían ser felices.Suponía que Alyse me había dado el tomo para ayudarme a sentir que antes que yo había habido otros muchos. Ahora, todos esos que al principio fueron infelices viven sus vidas al otro lado del barrio, con la paz y la alegría que he visto en algunos paseos por allí. Al seguir leyendo entendí que no era así. El libro, aunque mi amiga me indicó que no debía obsesionarme con lo que allí se contaba, es toda una advertencia. Cuenta que empezaron a surgir relaciones. Personas que se enamoraron pese a la distinción de clases. Personas que, por encima de la raza o del nacimiento, se quisieron hasta el punto de la locura. Personas a las que no dejaron estar juntas. Es entonces cuando Bryan Kendall, con más amargura que nunca, habla de una facción radical que no estaba de acuerdo con esas uniones. Para ellos, la sangre de los nobles era pura y no debía ser manchada. Bajo esa ideología nació La Hermandad de la Rosa Inmortal… Una hermandad que eliminaba a la gente como yo. “Acabas de firmar tu sentencia de muerte”. De nuevo las palabras son como una bofetada. Me escondo bajo las sábanas y cierro firmemente los ojos. Solo suplico a Morfeo que los sueños se lleven el miedo. *** —¿Vas a estar mucho tiempo más sin contármelo, Ilyria? Doy un respingo y alzo la mirada. Aunque llevamos un buen rato en silencio, caminando por las calles vacías, me doy cuenta de que Marcus no me ha quitado la mirada de encima en todo el rato. A veces creo que me conoce mucho más de lo que a
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    443 mí me gustaríaadmitir. Puedo presumir de lo mismo, pero no sé si me termina de agradar que sepa ver tan bien en mi alma. Me humedezco los labios y lo miro, aparentemente sin entender, entre las pestañas. —Lo que te inquieta —se adelanta él a mi pregunta—. Incluso Charlotte se ha dado cuenta. Está preocupada por ti. Dice que le cuentas menos cuentos e incluso que pareces apagada cuando tocas el piano. Desde que Rowan vino has estado ausente. Ida. Ya hace dos noches que ni siquiera duermes en mi cuarto, aunque siempre eras tú la que insistía… Trago saliva. He tenido pesadillas estos días. Temo que si vuelvo a dormir en su habitación él las descubra. Soy consciente de que hablo y me muevo en sueños. Por la mañana, no en vano, despierto cubierta en sudor. En ese mundo onírico no me dejan olvidar. Rowan y Abbigail siempre sonríen cuando yo caigo. Aunque llamo por Marcus él nunca llega a tiempo… Después solo hay sangre. Aunque titubeo un segundo recompongo una sonrisa burlona, pícara. Rodeo con firmeza el brazo de Marcus, apretando la mejilla contra la chaqueta como siempre. —¿Me echas de menos en tu cama? —Ronroneo suavemente. Hacerlo avergonzar normalmente suele ser suficiente para que pierda los papeles y el sentido de la conversación. Esta vez, sin embargo y para mi sorpresa, no se ruboriza. De hecho me mira serio y en sus ojos soy capaz de percibir lo preocupado que está. —Te echo de menos a ti. Quiero que vuelva la Ilyria de siempre. Entreabro los labios. Trago saliva y aparto la mirada durante un instante. Al siguiente río y me apoyo contra él. —Vale, vale. Si tanta insistencia tienes no me importa volver a dormir abrazadita a ti…
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    444 Lo miro dereojo, rezando por que mis palabras sean suficiente. —Sabes que no es eso —responde para mi decepción. Aprieto los labios y bajo la mirada al suelo—. Me gustaría que confiaras en mí, Ilyria. Quiero saber qué te ronda por la cabeza. Me humedezco los labios. ¿Cómo voy a huir ahora de esta situación? Dejo que el silencio nos envuelva durante un largo momento. Él aprieta algo más mi mano. Poco a poco la derecha recupera su movimiento, aunque dudo que tenga sensibilidad alguna, por eso siempre intenta tomar mis dedos con la zurda, para poder sentir piel contra piel. Yo, sin embargo, ahora que se ha quitado ya las vendas y ha vuelto a ponerse sus guantes, beso de vez en cuando sus dedos heridos, aunque sé que no puede notar la caricia por competo. —Ilyria… —He estado pensando —lo interrumpo. Él parece tensarse, mirándome atento. Cree que está a punto de descubrir todos mis secretos. Yo, en realidad, solo haré que se le olviden esas cosas—. Que aún guardas algunos misterios debajo de los guantes. Marcus entreabre los labios. Traga saliva y aparta la mirada. Ahora sí he acertado. Me siento un poco mal por recriminarle indirectamente tener secretos conmigo. Yo misma le oculto mucho más de lo que debería. —No has vuelto a decirme nada de Charlotte. Y sabes que tu teoría de cómo llegó a casa tiene muchas fisuras. —La encontré. Estaba enferma. La cuidé hasta que se recompuso. Se quedó conmigo. No veo fisuras por ninguna parte. —Y por eso sabes su nombre, su edad y su fecha de cumpleaños. Ciencia infusa, he de suponer. —¿Tan difícil de creer es que me los inventé?
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    445 —Mucho. El silencio sealarga durante unos instantes más. Lo miro de soslayo, sin hablar. Se ha desconcentrado. Realmente debe pensar que es eso lo que me preocupa: la idea de que él siga teniendo secretos para mí. Siento una punzada de culpabilidad en el pecho, pero la evito. Es mejor esto a que descubra la verdad. He imaginado sus reacciones si se lo contara. La primera sería preocuparse. La segunda, pensar que me he vuelto loca por creer las historias de un escritor amarillista. —¿Por qué es difícil? —Susurra—. Igual que he aprendido a inventar cuentos para ella… —Marcus, es difícil porque nunca me miras a los ojos cuando lo dices. Ahora sí se ruboriza. Con un pequeño brinco agacha la cabeza como un niño que ha sido pillado en falta. Sé que esta batalla la gano yo antes siquiera de que me responda. Al principio su contestación es solo un balbuceo, después se convierte en un suspiro de rendición. —Supongo que a ti no te puedo engañar, ¿no? «Al contrario que yo a ti», pienso, por muy cruel que sea. Aún así, lo único que hago es negar suavemente con la cabeza, mirándolo de reojo, en silencio. Él, por su parte, se toma su tiempo, como si pensara. De hecho, deja de mirarme para poder atender al firmamento. Quizá busque en las estrellas la historia que me esconde. —Yo... ya conocía a Lottie de antes —no digo nada. Lo esperaba. Era la única razón realmente lógica. Le atiendo en silencio—. Es cierto: no es causalidad que sepa su nombre, su edad o su cumpleaños. No me los inventé. Quizá te hayas preguntado... por qué nadie la ha reclamado. Todo el mundo piensa que es noble, hija de alguna mujer que perdió su honra o de alguna familia que tuvo un terrible final, sin ningún familiar. Pero... lo cierto es que Charlotte ni siquiera es de Albion.
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    446 Entreabro los labiosy lo miro, abriendo mucho los ojos. Parpadeo. Eso tampoco me lo esperaba yo. Pensaba lo mismo que todos los demás: que la pequeña era alguna aristócrata abandonada o recogida de algún lamentable accidente que explicaría su pérdida de memoria. Trago saliva y entonces la ficha que me faltaba en el rompecabezas parece encajar a la perfección. —El libro negro. El libro de tu despacho es de ella. Él toma aire y asiente. —Ese libro… va a dar al mundo de mi madre. Parpadeo de nuevo. Bajo la mirada al suelo. Al menos la historia me servirá para olvidar mis propios problemas. —¿Por qué no… la devolviste, como a los demás? Si tenías su libro… Marcus frunce el ceño y aparta la mirada. —No tiene a nadie —afirma con seguridad. Me pregunto si es cierto o solo procura convencerse a sí mismo—. Al menos, nadie que la quiera como lo hago yo. Callo. De eso último no tengo ninguna duda: nunca un padre quiso más a una hija. Da lo mismo que ella ni siquiera sea del mismo mundo. Realmente Lottie es una de las cosas que Marcus ama por encima de todo. —¿De…? ¿De qué la conocías? Marcus se humedece los labios. No me mira. Se pasa la mano por el pelo. Por las noches no pasea con su siempre impecable sombrero de copa, de modo que la brisa se siente con total libertad de revolverle los cabellos. Hay algo que no quiere decir, lo siento, pero aún así finalmente habla: —¿Te acuerdas la mujer de la que te hablé? ¿De la que me enamoré? Frunzo firmemente el ceño. «Oh, claro que me acuerdo». Por mucho que quisiera no hacerlo no puedo evitar pensar a veces en los poemas con su nombre que él guarda en
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    447 su armario. Carraspeo,no muy cómoda con ese tema, porque siempre que aparece en la conversación los celos me asaltan, incansables. Además, no consigo entender qué relación puede tener ella con lo que estábamos hablando. —Sí —refunfuño. Un segundo de silencio. Marcus vuelve a tomar aire. —Charlotte es su hija. Mi primera reacción es asentir pensativamente. Pura inercia. Después, cuando realmente soy consciente de lo que ha dicho, la voz me sale dos tonos más aguda. Lo miro abriendo mucho los ojos. —¿Qué? —Casi grito—. ¡O sea que también es la tuya! Marcus enrojece y me mira, sorprendido. —¡Por supuesto que no! Tengo veinticinco años. Es prácticamente imposible. Abro y cierro la boca, balbuceando. —El… El tiempo puede pasar de manera distinta en los demás mundos, tú me lo explicaste… En el mío… —Cierto —me concede él, asintiendo—. Pero… No es mi hija. Al menos, no mi hija biológica, aunque la sienta como tal. Trago saliva, observándolo. Me muerdo el labio y reconstruyo mis ideas en mi cabeza, una por una. —¿Y el padre de Charlotte? ¿Muerto? ¿Ella era madre soltera, o algo así? Marcus me mira. Vacila durante un par de segundos, pero ante mis ojos inquisitivos finalmente suspira y se rinde. —Ilyria… Estaba casada. Y seguía casada mientras tuvimos nuestra… relación. Me quedo congelada, abriendo la boca hasta que siento que se me desencaja la mandíbula. ¿Casada? ¿Y él…? Me ruborizo, separando mucho los párpados. Lo miro de
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    448 arriba abajo, incrédula.¿Él? ¿Viéndose con una mujer casada? ¿El muchacho tímido y vergonzoso? ¿El caballero que no soporta ver ni un asomo de mi empeine, siquiera? ¿Ese Marcus? —Casada —repito. Él asiente cuidadosamente, mirándome entre las pestañas. Lo veo profundamente avergonzado, pero no por ello aparta la mirada. Quizá esté evaluando mi reacción… que no es la mejor de todas, admito, porque todavía me encuentro en un ligero estado de shock. —Y… estabais juntos. Mientras ella estaba… casada. Se ruboriza, pero como respuesta otro asentimiento. —Como… amantes —concluyo, entornando los ojos. De nuevo asiente, tragando saliva. —Ella era mayor que yo, ya te lo dije. Y… bueno… nosotros… ella… Calla, porque en realidad no sabe qué decir. Yo, en cambio, soy capaz de simplificárselo muy fácilmente: —Ella no estaba contenta con la manera en que la complacía el marido y decidió que era mucho más fácil buscarse un jovencito que le diera un par de alegrías. A eso en mi mundo se le llama ser una zo… —¡Sé cómo se llama en tu mundo, Ilyria! Lo miro, frunciendo el ceño. Está rojo y se ha llevado una mano a la cara, cubriendo su rubor de la luz de la luna. —Tenemos que hacer algo con tu vocabulario… —¡Pero es que lo fue! ¡Que encima luego se buscó otro amante más! ¡Dos amantes y el marido! ¡O sea, metía a tres tíos en su cama! ¡Un poco más y os citaba a cada uno un día de la semana!
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    449 Marcus frunce elceño y sé que eso le ha hecho daño. Aprieta los labios y baja la vista. Me acuerdo de que él realmente la quiso, incluso si para ella solo fue un juguete que manejar bajo las sábanas y entre las sombras. Respiro hondo un par de veces e intento tranquilizarme, porque no quiero reabrir sus heridas. Aprieto su mano. Intento llevar el tema hacia derroteros más amables. O destensar la conversación, al menos, que es lo mínimo que puedo hacer: —No tienes mucha pinta de amante de mujer casada. Más bien diría que ninguna… Mi acompañante me mira de reojo. —¿Gracias? —Inquiere, no muy seguro de que sea un halago. —Depende de cómo lo mires. Si es lo que pretendes, de nada. Si no… yo me ofendería. Ya sabes. Pensé que eras completamente inocente… En respuesta el conde se ruboriza. —Yo no dije en ningún momento que lo fuera. —Pero lo pareces —arqueo las cejas—. A mí ni me miras… —Me quedo callada un momento. Mi idea realmente gana consistencia ahora que sé lo que sé. Los amantes de mujeres casadas tienen que ser por ley apasionados. En cambio, conmigo él no da señales de ningún tipo de pasión. Y eso solo puede ser, definitivamente, culpa mía. Se me cae el mundo encima—. No soy deseable, ¿verdad? Marcus me mira repentinamente sorprendido, como si hubiera esperado cualquier cosa menos eso. Parpadea al principio para después dejar los ojos en blanco. —Oh, cielos, Ilyria. No seas tonta. Lo miro abriendo mucho la boca… porque no ha negado nada, diga lo que diga. —Dios mío, realmente no lo soy… Me miro, consternada. Nunca lo había pensado fríamente. No es que en mi mundo fuese especialmente popular entre los chicos, pero nunca ninguno se me había quejado.
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    450 Pero Marcus… Élno piensa tocarme más allá de lo que ya me ha tocado. Si lo analizo, es incluso natural: con mi cuerpo de niña debo estar muy por debajo de la que alguna vez quiso. Ella, sin duda, al ser más adulta que él mismo, tendría las curvas con las que yo no puedo más que soñar. Sabría exactamente cómo ganarse todos sus suspiros. Yo, en cambio, solo puedo aspirar a sus instintos de protección, casi de una manera paternal. Me toco la cara. ¿Cómo voy a tentarlo, después de todo, si parezco una cría? —Ilyria… Claro que eres deseable. Eres una mujer preciosa. No te preocupes por algo así. «Porque si te preocupas vas a tener mucho por lo que hacerlo y durante bastante tiempo», completo yo en mi cabeza. Aprieto los labios y decido obviarlo. Ya ha dejado todo muy claro, en realidad. Pues bien: a mí, por el momento, que no me vuelva a pedir dormir en su cuarto. Una no es de piedra. Y cuando por la mañana despertamos con las piernas entrelazadas y los rostros cercanos, se me ocurren muchas cosas que a él probablemente ni se le pasen por la cabeza conmigo. ¡No es justo! Sacudo la cabeza, firmemente. «No pienses en eso», me digo. «Siempre puedes hacerte pasar por histérica, como dice Yinn». ¿En qué estoy pensando? Será mejor que vuelva a la historia de Charlotte antes de que mi cabeza vuele de nuevo. Aún hay interrogantes que resolver. —¿Cómo perdió la memoria? —Murmuro. No voy a preguntarle por aquella mujer. Es natural pensar que no debía tener mucho aprecio a su hija, dado que se pasaba el día tan ocupada en la cama. Probablemente por eso diga Marcus que no tenía a nadie que la quisiera más que él mismo. Marcus, precisamente, se muestra triste ante la pregunta. Sus pupilas durante un segundo brillan parece que con molestia.
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    451 —Cuando llegó aquítenía heridas y golpes. Probablemente uno de ellos fue lo suficientemente fuerte como para provocarle la amnesia. Eso dictaminó el médico, al menos, cuando la atendió. Estaba muy grave. Frunzo el ceño al pensar que eso no suena demasiado bien. —¿Heridas y golpes? ¿Cómo se los había hecho? A Marcus se le atragantan las palabras en la garganta. —Le… pegaron. Doy un respingo, sorprendida. —¿Pegarle? ¿Quién? ¿Por qué? ¡Solo era una niña! Tendría… nueve años, entonces. Lo veo apretar el puño libre. No me mira. Atiende al suelo fijamente, concentrado en los adoquines de la calle. El silencio se alarga por un par de segundos. Entorno los ojos. Puedo ver que en su mirada hay un brillo indescifrable. No sé reconocer si es odio o algo más. —El marido terminó por enterarse de las infidelidades. No de la mía, pero sí de la que cometía con aquel otro hombre. Charlotte no se… parecía demasiado a él. A su mujer la mató. Acabó con su vida con sus propias manos, como si nunca le hubiese importado en realidad. Supongo que pretendía hacer lo mismo con la niña. Quizá Lottie supiera el secreto del libro y quiso huir. Quizá… solo tuvo suerte. Cuando la encontré había perdido la consciencia. Durante días estuvo sin despertar y atacada por una fiebre intensa provocada por las heridas. Pensé que nunca llegaría a abrir los ojos. Sé que hay algo que se calla, porque no me ha mirado y de manera inconsciente aprieta mi mano todavía con más fuerza. Frunzo los labios, apenada. Qué injusto. No lo siento por la madre, pero sí por la pequeña. Por mi niña. No tuvo que pagar por los pecados que su progenitora cometiese. No obstante, sé que ahora está bien. Está en el sitio que debe estar.
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    452 —¿Ella… lo sabe? Marcusniega firmemente con la cabeza y yo no lo culpo por no contárselo. Debe tener miedo de perderla. Miedo de que se vuelva a ese mundo igual que hizo su madre. Igual que se fue su padre. En ese universo se ha quedado todo lo que alguna vez ha querido o apreciado. Me muerdo el labio. —¿Por qué no vas, Marcus? —Susurro bajito—. ¿Por qué no… vuelves una última vez a ese libro? Sé que no ha regresado. Que por eso guarda el tomo de Charlotte y lo esconde celosamente. Quizá esa sea la razón por la que le ha puesto un candado también: para convencerse a sí mismo de que no puede hacerlo. Me mira. Parece algo contrariado, a la par que sorprendido. Yo lo observo en silencio. —No… —Sacude la cabeza—. No. ¿Por qué iba a hacerlo? No queda nada allí para mí, Ilyria. —Tus padres… —Suspiro—. Y lo echas de menos, ¿no? Por eso… —Bajo la vista hacia su mano herida—. Por eso no quisiste que el libro de tu madre se echara a perder. Tú querías ese mundo también. Yo… —Me mordisqueo el labio inferior, no muy convencida—. Si tú quisieras yo podría ir contigo. Te acompañaría… Marcus parece repentinamente alarmado. Me mira abriendo mucho los ojos y se apresura a negar. —No. No podrías. Ese mundo no es como este. Es peligroso. Frunzo el ceño, pensando en la ironía que suponen esas palabras. «Allí nadie intentará matarme motivado por ideologías fascistas». Siento ganas de decírselo, pero me muerdo la lengua. Eso conllevaría una serie de explicaciones que sigo sin estar dispuesta a darle. Sacudo la cabeza y miro a la noche que nos rodea.
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    453 —Volvamos a casa—le sugiero suavemente—. Ya es tarde. Él solo asiente. Mi proposición está hecha y mi secreto a salvo.
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    454 Marcus Ecos del pasado. Doyotra vuelta en el colchón y suspiro. No soy capaz de dormir. La conversación con Ilyria mientras caminábamos me ha dejado en un estado de inquietud que no puedo borrar. Contestar a sus preguntas ha sido más fácil de lo que pensaba: las palabras han acudido a mi boca con facilidad, encontrando en todo momento la respuesta que necesitaba. Pero también ha vuelto el dolor, que carga ahora contra mi corazón y le impide latir con libertad, oprimiéndolo entre sus manos invisibles. Me doy cuenta de que desenterrar los recuerdos no es fácil, como tampoco lo es enfrentarse cara a cara con los miedos. Con esas pesadillas que, sin importar lo que haga, siguen viniendo cada noche a desvelarme. Durante los últimos días la presencia de Ilyria en mi cuarto, en mi lecho, había conseguido espantar todas las sombras; hoy que no está, como no lo ha estado por un par de noches ya, se han vuelto a agazapar junto a mi cama y a susurrarme maldades al oído. Eso hace que la eche aún más de menos, aunque soy consciente de que está al otro lado del pasillo. ¿Por qué se ha negado a volver? Al principio reconozco que tenía sus razones en mi pierna herida, que al final no resultó ser más que un rasguño que parecía mucho más aparatoso de lo que era en realidad. Sin embargo ahora ya no hay excusa. ¿Es porque dice que no la encuentro deseable? Si ella supiera cuánto anhelo tenerla entre mis brazos, cálida y protegida, aspirando su aroma y despertando a su lado con cada nuevo rayo de sol… pero no me cree. No acepta que piense que es hermosa, que la respeto. Que espero por el momento más adecuado para dormir contra su pecho, piel contra piel, sin telas ni secretos. Que precisamente porque sé que ha habido otros, quiero dejar una marca en su cuerpo que sea aún más duradera que la de la señal que late sobre su corazón.
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    455 Me levanto, dándomepor vencido, y reniego del sueño. Las horas que preceden al amanecer corren por el cuarto y remueven la calma artificial en la que se ha sumido la oscuridad. Sin necesidad de luces, aparte de la claridad de la luna y las estrellas que se cuelan por las cortinas entreabiertas, me deshago de la ropa de cama y me visto. El armario abierto parece una gran boca dispuesta a devorarme, aunque yo ignoro su secreta amenaza y me arrodillo delante, retirando las tablas que guardan mis secretos en el falso fondo. Mis ojos vuelan por el hueco y mi mano se sumerge en la negrura y palpa la carpeta que se esconde entre los demás objetos. Las letras pesan como piedras cuando las alzo y me las llevo conmigo. Bajo a la salita, donde me aseguro que no puedo despertar a nadie, y cierro la puerta. Una suave brisa con olor a flores se cuela desde el jardín por la ventana abierta. Las cortinas blancas se mueven como fantasmas al son de la melodía que Ilyria y yo bailamos la noche del cumpleaños de Lottie, hace lo que parece ya una eternidad. Me acomodo y enciendo un candelabro. Todo adquiere entonces un tinte de misterio, de terror primitivo, de secretos y rostros de antaño. Dejo la luz sobre una mesita auxiliar y abro la carpeta. Los poemas me echan su aliento a perfume de mujer. Ella los tocó, hace mucho tiempo. Los besó y rió con ellos. De alguna manera, los siento como pedazos de su felicidad. Una felicidad que yo mismo me encargué de destrozar con mis celos y mentiras. Desde ese momento no he vuelto a tomar la pluma entre mis dedos. No me he considerado digno de escribir estrofas ni ninguna otra cosa. Me hago con el primero de los papeles, pero no lo llego a leer. Lo conozco de memoria. Recuerdo cada verso escrito como si los hubiera acuchillado en mi corazón, como si los hubiera redactado con mi sangre y todo mi amor. Así creía, al menos, que era.
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    456 “Será que elinvierno ha llegado, o acaso tu cuerpo se ha ido”. Suspiro. Las imágenes navegan desde lejos, desde una vida pasada, así como mi propia voz deslizándose por los confines del tiempo, en una cama blanca, para recitar en su oído. “Y la nieve en mi memoria ha borrado, los besos de ese sueño perdido”. Su risa. Puede que fuera burlona, que se divirtiese a costa de aquel joven y loco enamorado sin medida. Pero yo la quería y ni siquiera podía enfadarme con ella, mientras la mujer repetía mis versos con un brillo de sorna en sus ojos, sacándole punta a cada palabra hasta que conseguía que se me clavara en la piel. “¿No me traes un poema hoy?”, murmuraba divertida cuando la abrazaba con la única idea de fundirme en sus brazos y renacer en su respiración agitada. Todos los días le llevaba algo nuevo, a veces solo un par de líneas, pero ella no siempre estaba de humor para oírlo. Cuando era así, yo simplemente callaba mientras se perdía en mi cuerpo. Aunque Odelle no lo supiera, ella era mi musa. Mi obsesión. A veces me recibía sin palabras, con los ojos lascivos y la boca rápida a encontrar la mía. En secreto, siempre mientras su marido estaba lejos, manteníamos encuentros furtivos esperando que ni siquiera los rayos del sol conocieran nuestra relación. Después, como un ladrón condenado a las sombras, me retiraba rápidamente, dejando tras de mí la invisible prueba de un rastro de besos en su espalda. En otras ocasiones, sin embargo, recuerdo la silueta blanca de su cuerpo desnudo sentado en el tocador, observándome de reojo, provocándome con su larga cascada de cabellos negros cubriendo su piel descubierta de manera insinuante.
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    457 Hay un platosobre la mesa de té. Titubeo un segundo, pero tomo el primero de los poemas y acerco una esquina a las llamas del candelabro. Dejo que se consuma apenas en mi mano y luego lo abandono sobre el plato, observando cómo el papel se encoge y desaparece envuelto en luz dorada, hasta que no queda sobre la porcelana nada más que cenizas y el último aliento de un recuerdo. Hago lo mismo con el siguiente. Y el siguiente. Planto fuego a reminiscencias hasta que no queda nada de lo que lamentarse. Hasta que no queda más que un vacío lleno de vestigios que se marchan con la brisa. Después, cuando he acabado, tiro los restos al jardín y apago el candelabro. De puntillas, subo las escaleras y me encierro en el despacho. Allí, tomo papel y pluma y escribo. Lanzo palabras al aire y recojo versos en mis brazos que luego transcribo en tinta. He vaciado la carpeta, pero ahora crearé nuevos poemas para esta vida que he alcanzado. Odelle ya no es mi musa, sino que lo es Ilyria. Hablo de pétalos y deseos. De bailes y estrellas. Hablo de lo que nos une y de mi boca sobre la suya. Me confieso, sin hablar, de todos mis pecados y todas mis lacras. Y cuando termino con mi trabajo empiezo otro y luego otro más, hasta que la vida ya no parece tan vacía y yo sé que he encontrado el fin de mis largos años de silencio. Guardo mis nuevas creaciones en el cajón de mi escritorio y no en el armario. Me gustaría que ella los descubriera. Que los leyera por casualidad y comprendiese que he tirado los viejos escritos. Ilyria es ahora todo lo que necesito. Me gustaría tanto que lo entendiese… Mis dedos chocan contra el libro negro que guardo en lo más profundo de su escondite, aún esperando una señal para abrirlo. Lo saco de la mesa y lo dejo sobre la madera. No he podido quitarme de la cabeza la insistencia de la muchacha sobre que debería volver, aunque siempre con ella a mi lado. «¿Qué me espera allí, para que tenga que ir?», me pregunto. No hay respuesta, ni siquiera en mi mente. Solo la lejana sensación de que algo malo pasaría si decidiese que debo estar allí y no aquí, con mi
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    458 familia de verdad.Es cierto que quiero saber qué fue de mi madre y de mi padre, qué fue de todo lo que alguna vez conoció Charlotte, sin ir mucho más lejos. Pero no puedo hacerlo. Este es mi lugar… ¿verdad? Sacudo la cabeza y me aseguro que así es. Este es mi mundo. Mi hogar. Y también es el de Lottie. El sitio en el que debemos estar los dos. Aún recuerdo mi paseo sin rumbo por la ciudad cuando la encontré, aquella noche. Todavía siento el frío cruel de aquel invierno en mis huesos, arañándome las mejillas y congelando las palabras mientras me perdía entre las sombras, buscando el descanso que ya no era capaz de encontrar en la cama. Aún me consideraba culpable de lo que había pasado con Odelle e incluso con la desaparición de mi madre, que ni siquiera me había dicho adiós. La imagen de mi padre huyendo en el interior del libro me perseguía todavía como si aún pudiera ver su sonrisa demente. Cuando la vi por primera vez, no le dediqué un segundo pensamiento. Me pareció un pedazo más de noche que se había separado del firmamento y caído a la tierra. Sin embargo, a medida que me iba acercando, comprendí que era una niña. Me sobresalté. No podía entender cómo habían podido abandonar a una criatura tan pequeña e indefensa. Estaba demasiado delgada y respiraba con dificultad y, aunque no lloraba, inconsciente, había marcas de lágrimas en sus mejillas sucias. Así que la llevé a casa y mandé llamar al médico. La espera fue lo peor de todo. Cuando el doctor salió del cuarto me explicó en privado lo que yo ya había supuesto al ver su cuerpo quebrado como el de una muñeca. La habían pegado. Probablemente la habrían matado, de haber esperado unos minutos más, pues esa parecía la intención de su agresor. Me dijo que yo la había salvado al actuar tan rápidamente y me sentí orgulloso de mí mismo. Había hecho algo por
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    459 alguien. ¿Me sonreiríala niña cuando despertase? ¿Me agradecería mi acción? Me preguntaron qué iba a ser de ella. Habría que llevarla a un orfanato o entregarla a una familia para su cuidado. Yo no quise aceptarlo. Me haría cargo. De alguna manera ya la sentía un poco mía. La entendía como un regalo, como una segunda oportunidad de hacer feliz a alguien en el mundo. Sin embargo, cuando entré de nuevo en el cuarto, después de que la enfermera la hubiera lavado y arreglado, fue cuando la reconocí. Su carita blanca había estado sucia pero ahora comprendí lo cruel que podía ser el destino, imprimiendo en la pequeña los rasgos inconfundibles de su madre. La misma mujer que yo había condenado. Que había matado, aunque no fuera con mis propias manos. ¿Cómo iba a enfrentarme a la niña ahora, con los mismos ojos verdes grandes y brillantes de Odelle, con sus cabellos negros y largos y su risa de cristal? ¿Cómo iba a desear su sonrisa, cuando era tan parecida a la suya, rápida y fácil? Pero aún sabiendo de quién era hija y de dónde venía, ¿cómo abandonarla? Sabiendo que su padre —no podía haber sido otro— le había hecho algo tan atroz, pegándola hasta que había sangrado. Hasta que su piel fina y sin mácula había estado cubierta de moretones como flores abiertas, ¿cómo podía devolvérsela? Así que no lo hice. Guardé el secreto solo para mí y decidí adoptarla como Charlotte Abberlain al día siguiente. Mientras dormía plácidamente, en un mundo sin sueños ni dolor, dejé mi marca en su nuca y, junto con la señal de los extranjeros, que aún yace en el hueco entre sus omoplatos sin ella saberlo, la terminé de atar a mi familia. Con rumores que yo mismo me encargué de extender, la historia de la niña noble del conde Abberlain llegó hasta los oídos de todos aquellos que pudieran estar interesados. Cuando despertó y descubrí que no recordaba nada, en vez de sentir pena me sobrevino la alegría. A ella no pareció importarle lo que hubiera ocurrido antes. Solo le
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    460 interesaba saber quiénera yo, cuál era ese lugar en el que estaba. Su interés por el mundo era casi contagioso y yo me dejé llevar por la felicidad que suponía tenerla en la casa, corriendo, riendo, jugando… queriéndome. Por las tardes venía a mi despacho y se sentaba en mi regazo. A veces me pedía que fuéramos a jugar o pasear, pero otras simplemente se dejaba arrullar por el susurro de las páginas al pasarse y se adormecía con su oído sobre mi corazón. Aún me siento responsable de que haya acabado aquí. Aún me siento culpable, aunque eso ni siquiera he podido confesárselo a Ilyria. Yo le dije al marido de Odelle que su mujer tenía un amante. Estaba despechado. Descubrí que se estaba viendo con otro hombre que no era yo y no pude soportarlo. ¿Es que no era suficiente? ¿Es que no la quería yo más que a nada en el mundo? Supongo que todo había sido mentira, que ella en realidad no me amaba. Ni siquiera me tenía cariño, o no habría hecho algo que me causó tanto dolor. Así que tomé la decisión equivocada: llevado por los celos, decidí que si no era mía no iba a ser de nadie. Escribí una carta a su esposo, en la que no me identificaba, y le conté el momento del día en que ella se marchaba de casa a pasear. La caminata por el bosque no era más que una excusa: una vez en uno de los claros, el hombre con el que mantenía esa relación secreta salía de entre los árboles y la abrazaba y besaba como tantas veces había hecho yo. Fui a ver lo que creí que sería el momento de su ejecución. Con la sonrisa nerviosa de quien no sabe si hace lo correcto, seguí al esposo a una distancia prudencial y me escondí entre unos arbustos para observar. Él también escogió un escondite y se encargó de permanecer quieto y silencioso. Primero llegó ella. Parecía una diosa bajada a la tierra, con su vestido blanco y el cinto dorado alrededor de su cintura. Con sus ojos
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    461 verdes de ninfay sus cabellos largos, se sentó en la hierba. Cualquiera que la hubiera visto se hubiera quedado prendado de esa luz que desprendía, de ese encanto innato al que nadie se podía resistir. Era como un hada o una criatura del bosque, indomable y hermosa como la naturaleza misma. Después llegó él. Parecía mayor que yo. Menos refinado, con ropas pobres, quizá fuera un campesino que se creía el más afortunado del mundo por poder disfrutar de la compañía de una dama de alta cuna. Tal vez era solo una víctima. Fuera como fuera, se acercó a ella y se sentó a su lado. No hubo palabras. Al instante siguiente se estaban besando y, un poco después, la ropa se deslizaba por sus cuerpos con el suave quejido de una caricia. Contra todo pronóstico, nadie los interrumpió. Pensé que el marido entraría en cólera, pero no apareció. Yo, asustado de ser descubierto, aguanté la respiración y me quedé quieto, sin querer ver pero sin poder dejar de oír sus suspiros. Cuando el encuentro de los amantes terminó, yo continué allí sentado. Me sorprendió ver al marido de Odelle salir de su escondite cuando ya no quedaba nadie. Miró con odio profundo al lugar donde los amantes habían yacido y se marchó. Volví a seguirlo. Quería saber a dónde iba a desembocar su actitud. ¿Por qué no cogió al hombre, cuando estaba a su alcance, y le dio su merecido? ¿Por qué dejarlo escapar impune con el pecado de tomar la piel de ella entre sus dedos, con el delito de besar sus labios hasta que su boca solo supiese a su dulce aliento? Sin saber a dónde podía querer llegar aquel esposo que debería haber estado tan despechado como yo, pronto me encontré en la casa. Sin hacerme notar, la rodeé y me asomé a la ventana que daba al salón: Charlotte, la pequeña hija de Odelle, jugaba con una muñeca de trapo. Ajena al drama que yo estaba viviendo, me pareció dulce e inocente en comparación con su madre. Nadie la había ensuciado, no había en su mente pensamientos impuros. Supongo
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    462 que tuve ganasde protegerla desde ese mismo momento. La mujer de mis sueños estaba con ella, sentada en uno de las sillas delante de la chimenea, aunque sin hacerle mucho caso a la pequeña. Eran dos entidades independientes que apenas sí se conocían. Mientras Odelle pensaba en la maternidad como un mal necesario para que su marido la dejara tranquila, la niña crecía sin el amor de una madre ni un padre. Me dio pena. Entonces llegó él. No hubo palabras falsas por su parte. Le dijo a la cara lo que pensaba, acusándola de lo peor que se le podría decir a una mujer. Ni siquiera se contuvo, aunque Lottie estaba delante, mirando a sus mayores con miedo en los ojos. No sabía por qué alzaban la voz de aquella manera. No hubo piedad para la mujer que había engañado a su esposo. Él saltó sobre ella y la derribó. En el suelo, aunque lucharon, ella estaba destinada a perder. Los lloros de Charlotte me acuchillaban los oídos. Odelle pataleó y luchó, pero el hombre era más fuerte. Sus manos se cerraron entorno a su cuello pálido y largo. A pesar de los jadeos que llenaron la habitación, de los gritos y sollozos de la chiquilla, nadie acudió en su ayuda. Probablemente no había ya sirvientes en la casa. Él había estado pensando en su venganza toda la tarde. Yo no podía reaccionar. Con una última convulsión que me dio nauseas, mi amante cayó muerta. Aunque no había apretado mis dedos para estrangularla me sentía incluso más culpable. Me fui de allí para no volver jamás. Unos días más tarde el libro de mi madre se calcinaba en la chimenea y mis manos quedaban marcadas en el intento de salvarlo, como no había podido hacer con Odelle. Suspiro. Tiro un poco de la tapa del volumen negro, como si intentara abrirlo, pero la cerradura se niega a ceder ante mis dedos. Supongo que es mejor así. Ni una sola vez me he atrevido a hojear las páginas, incapaz de imaginarme la clase de destino que me
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    463 espera si lohago. ¿Me tragarán las palabras, lanzándome a un universo vacío, en el que nada es como insisten mis memorias? ¿Se negará ese mundo a aceptarme de nuevo, consciente de mis delitos? Ilyria tiene razón en parte: ¿por qué no vuelvo una última vez? Sacudo la cabeza. Dejo el libro en el cajón, donde estaba, con la carpeta de poemas debajo. «Este es mi lugar… ¿verdad?».
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    464 Ilyria Víctimas. —¿Has descubierto yadónde vive? Alyse Thanet frunce el ceño y se humedece los labios. La noto nerviosa, mirando alrededor como si temiese que su esposo o acaso las paredes pudieran escucharla. No le gustan los secretos y yo la estoy obligando a sostener uno. Da un par de vueltas al líquido de su té con la cucharilla y yo me echo hacia delante. En estos días he aprendido a conocer sus gestos: sé que cuando se siente incómoda es porque tiene algo que contar. Desgraciadamente para ella el arte del engaño no es lo suyo. Al menos, no delante de mí. Ante su marido adquiere una maravillosa profesionalidad y casi parece que se le dé bien mentir. William, si se percata de sus artimañas, no lo hace notar, al menos. —¿Alyse? —Esto no está bien, Ilyria —susurra ella muy bajito—. Nos vamos a meter en un lío. Frunzo el ceño. No la contradigo. Lo que nos traemos entre manos no es poca cosa. Marcus, si se enterara, me mataría. Probablemente lo mismo pasaría con mi amiga si su marido supiera algo de nuestros planes. Aunque Alyse lo niega fervientemente, sé que Will la aprecia y se preocupa por ella. La chica dice que no, que él es solo un pretencioso que se preocupa por sí mismo. Lo que yo veo es muy diferente. Si no se esforzaran tanto en negarlo juraría que, en el fondo, se quieren, por mucho que su orgullo se empeñe en mantenerlos separados. —Ya te dije que tú no tienes por qué venir —le recuerdo—. Puedo hacerlo sola. Pero necesito encontrar a ese hombre, Alyse. Necesito saber si lo que escribió es solo un cuento sensacionalista o si hay alguien ahí fuera que realmente puede querer hacerme daño.
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    465 —¡No te puedodejar ir sola! —Se defiende Alyse. Tarde tras tarde desde que me decidí a pedirle ayuda para encontrar a Bryan Kendall hace dos días, nos encontramos ante la misma disputa—. Es peligroso. Deberías dejarlo estar. Puede que no sea nada. —¿Sabes de lo que me he enterado? —Le recrimino. Me levanto. Con algo de nerviosismo empiezo a caminar por la pequeña terraza en la que nos han servido el té. Cada vez hace más calor y yo siento que podría ahogarme con este maldito corsé que todavía no me acostumbro a llevar—. Lil Travers es viuda. Aly parpadea. Ladea la cabeza con inocencia. Sonríe algo apenada, aunque sé que está confundida por el cambio de conversación. Sin embargo, sigue el tema porque probablemente piense que es un cotilleo social y eso le parezca más amable que hablar de intrigas por los rincones. —Ah, ¿sí? —Sí. ¿Sabes? Su apellido de soltera es Hawley. Tiene una hermana en la corte de la reina. La mejor amiga de esa insufrible de Crossbow. Charlotte me lo dijo anoche, mientras cenábamos. —¿En la corte de la reina…? Pero para eso debería ser… —Noble —concluyo yo. La miro y asiento con un golpe firme de cabeza—. Lo es. Mi amiga parece genuinamente sorprendida, tal y como lo estuve yo en su momento. Frunce el ceño porque no alcanza a comprender. —Pero es la maestra de la escuela de los extranjeros. Eso es… —No es imposible. Ella me mira. Sabe que le voy a contar algo interesante, porque se acomoda en su asiento. No es simple curiosidad social, como pudiera tener cualquier otra dama. Aunque gusta de cotillear de vez en cuando, a la muchacha rebelde que no muestra muy a menudo le agradan los misterios. Quizá por eso tenía el libro de Kendall en su
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    466 biblioteca personal… Quizápor eso me lo dio a mí, consciente de que así podría averiguar cuánta verdad residía en esas palabras. —La señora Travers se escapó de casa… porque sus padres no aceptaban su amor con uno de sus sirvientes. Lil, querida amiga, se enamoró de un extranjero. Marcus nunca quiso decírmelo, quizá por respeto o por miedo a que relacionase su situación con la nuestra, pero ayer le obligué a hablar. Alyse abre la boca para seguir hablando, probablemente para halagar lo romántico del asunto, pero yo me adelanto: —Lil es viuda, Alyse —le recuerdo de nuevo, para que entienda la relación del asunto—. Su marido extranjero murió. En extrañas circunstancias, cabe decir. Ahora sí, mi compañera palidece al entender lo que le sugiero. Traga saliva y me observa abriendo mucho los ojos. —¿Quieres decir que…? —Lil, según Marcus, siempre pensó que le habían asesinado. No hubo pruebas ni investigación, pero siempre lo sospechó. Mi conde, por supuesto, no cree que algo así pueda ser cierto. Aunque aprecia a la Maestra cree que solo se aferra a la única explicación que tiene que lo apartaran de su lado. Yo creo que es mucha casualidad. La Hermandad lo mató. Alyse se encoge sobre sí misma, mirándome con los labios muy apretados. Toma aire y se remueve en su asiento, inquieta. —Ni siquiera sabemos si esa Hermandad existe realmente, Ilyria… Puede que estés obsesionándote. —Por eso necesito encontrar a Bryan Kendall. Nadie escribiría algo así si no lo puede fundamentar con algo. Ese libro es una acusación en toda regla. Y muy grave.
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    467 La chica sehumedece la boca. La veo mirar a todos lados y enredar las manos en su falda. Cogiendo la taza de té en un intento de tranquilizarse, murmura bajito: —A Bryan Kendall va a resultar difícil encontrarlo… Frunzo el ceño. Vuelvo a acercarme a ella, posando las manos sobre la mesa, para escuchar mejor. —¿Cómo dices? Alyse aún titubea un segundo más. —No puedes encontrarle… Está muerto. Abro la boca. Todas las esperanzas de aferrarme a alguna seguridad con respecto al tema vuelan tan rápido como llegaron el día que se me ocurrió empezar a investigar el problema de los extranjeros y la mezcla de sangre. Me dejo caer en la silla. ¿Así que lo único que puedo hacer es temer una realidad que ni siquiera sé si es cierta? ¿Mantenerme quieta esperando que algo pase? Mi paciencia no está de acuerdo, pero menos aún lo está mi propio instinto de supervivencia. El día que pase algo, después de todo, puede ser demasiado tarde. El día que pase algo puede ser el día que me maten. La señorita que tengo frente a mí aprieta los labios. Sé, por su gesto, que hay algo más. Entorno los ojos. —¿Pero? —La insto. Suspira hondamente, sabedora de que no dejaré el tema en paz hasta que sepa todo lo que tiene que decirme. Aunque le cueste, una parte de ella también quiere compartir su información conmigo. Sé que le asusta que pueda hacer algo temerario y de ahí vienen sus reservas. —Pero tiene un hijo. Angus Kendall. Mis párpados se separan algo más. Me echo hacia delante y sonrío, anticipándome. —Y has averiguado dónde vive.
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    468 Ella emite unquejidito de protesta, pero cuando deja caer la cabeza se evidencia a sí misma. —Sí —afirma aunque ya no hacía falta. Acto seguido me mira, no muy contenta—. ¡Pero es una zona peligrosa! Es muy conflictiva y… A mí casi se me escapa una carcajada. —¡Conflictiva! ¡A quién le importa que sea una mala zona! Ese hombre va a darme todas las respuestas que a mí me faltan. Voy a ir. Alyse se rinde. Sabe que nada tiene que hacer contra mi obcecación. —Deberías decírselo al conde… —No hay discusión en ese punto. —Me levanto con renovadas energías—. ¿Vienes? Sabes que no tienes por qué hacerlo. Si crees que va a ser peligroso, de hecho, no lo hagas. Ella sacude la cabeza. Para bien o para mal, nos hemos hecho uña y carne. Si a mí me pasara algo no podría perdonárselo nunca. La sensación es recíproca. —Voy. *** La parte baja del barrio de los extranjeros no parece un sitio del que fiarse. Allí, en contraposición a la zona de viviendas al otro lado del río, todo es negro. Incluso aunque es de día cuando llegamos y la noche aún está lejos de caer, parece haber oscuridad en el ambiente. Quizá sea el silencio que ha acallado las risas que se oían hasta hace poco. Quizá las calles vacías o las casas casi derruidas. El viento sopla y solo se oye su silbido fino. El día parece aún más nublado en este lugar. Todo asemeja más apagado, como si los colores del mundo hubieran huido de la zona. Alyse a mi lado se agarra firmemente a mi brazo con una mano. La otra sostiene su sombrilla, que se ha negado a no traer consigo, aunque dudo mucho que le vaya a servir
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    469 de algo seruna señorita aquí. De hecho, no más que para llamar la atención, con su falda de color morado y su elegancia de noble aparentemente desamparada. Por mucha sed de aventuras que tenga, habiendo estado encerrada toda su vida bajo los buenos modales y las órdenes de un padre exigente, no creo que pudiera hacer más que paralizarse si algo pasara. Yo también he traído mi sombrilla conmigo, aunque por razones muy distintas. Desde el incidente con Rowan le pido a Charlotte su parasol siempre que voy a salir. Ella se muestra encantada de prestármelo, creyendo inocentemente que es un afán por mostrarme como una dama. La cruda realidad es que la cojo solo porque el estoque que guarda dentro a menudo me hace sentir más segura, pese a que no tenga conocimientos sobre cómo usarla. Siempre es mejor que nada. Marcus no emite protestas al respecto en ningún momento. Para él y su deseo de protección es mejor que yo tenga con qué defenderme si algo sucede. —¿Estás segura de que era por aquí, Alyse? Mi amiga asiente con fuerza. La miro de reojo. Me está haciendo daño, clavándome las uñas en la piel. Alzo las cejas. —Sí. Es un poco más adelante. —¿Cómo te has enterado de todo esto? Ella sonríe orgullosa. Parece tranquilizarse un punto, como si la satisfacción del trabajo bien hecho no le dejara pensar en mucho más. —De algo me tenía que servir tanta dichosa influencia y todos esos inservibles contactos, ¿no crees? Dejo escapar una carcajada y asiento. Miro alrededor. Juraría que, desde algún sitio, nos observan. No lo digo en alto. Si mi compañera lo supiera se pondría aún más nerviosa y no quiero que eso suceda. Aún así, tengo que admitir que estoy deseando
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    470 salir de aquí.Desde dentro de una de las casas casi destruidas veo la tela de una cortina moverse y una sombra esconderse dentro. Me estremezco y sacudo la cabeza. —Es esa. Alzo la mirada, siguiendo la dirección del dedo enguantado de la señora Thanet. Si esperaba encontrar una edificación mínimamente adecentada en comparación a las demás, no puedo estar más equivocada. Es poco más que una chabola, como todas las demás casas. El jardín, que algún día tuvo que tener la gracia de un montón de flores abiertas, es ahora solo un terreno yermo y gris, lleno de rastrojos y malas hierbas. No muy seguras, nos adelantamos. —¿Realmente puede vivir alguien aquí? —Murmura Alyse absolutamente desacostumbrada. A mí no me resulta tan increíble. He visto viviendas en condiciones mucho peores en mi mundo. La pobreza causa estragos. Supongo que la delicadeza noble de mi acompañante no es consciente de que hay personas que, en ocasiones, no tienen mucho más que un cartón sobre el que acostarse. Al menos este barrio, marginal o no, da techos a los que viven en él. No respondo, en cualquier caso, y me adelanto. Cuando toco, la puerta se abre por el simple empuje. Hay un chirrido que nos pone a mí y a mi amiga la piel de gallina. Alyse deja escapar un gemidito, mientras que yo frunzo el ceño. Las dos cerramos nuestras sombrillas, aunque yo clavo la palma contra el borde de la cabeza del águila. Con cuidado, acciono la apertura y con un susurro desenvaino apenas. —¿Hola? Entramos mirando alrededor. Solo nos recibe una oscuridad asfixiante y el silencio que lo es más aún. Cojo aire. —¿Hay alguien ahí? Hemos venido a ver…
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    471 Un silbido cortael silencio. El filo de un cuchillo se va a clavar contra la puerta y Alyse grita sin reparos. Yo, que lo he sentido pasar justo a mi lado, ni siquiera soy capaz de encontrar la voz para hacerlo. El corazón empieza una precipitada carrera contra mi pecho, mientras toda la sangre huye de mi rostro. —¡Fuera de mi propiedad! Mi acompañante parece muy dispuesta a obedecer. Tira de mí con fuerza, de hecho, pero yo clavo los pies en el suelo. Trago saliva, algo más insegura. Desenvaino por completo el arma por si acaso. —¿Es usted el señor Kendall? ¿El hijo de Bryan Kendall? Hay un farfullo que llena la estancia. No consigo ver nada más que sombras, pues todas las cortinas están echadas y la casa se mantiene en penumbra. —No concedo entrevistas —dice la misma voz que nos ha exigido marcharnos. Es una voz ronca, rasposa. —No venimos a entrevistarle, señor Kendall. Al menos no en el estricto sentido de la palabra. He venido a hablar con usted. Necesito su ayuda. —¿Mi ayuda? Yo ya no puedo ayudar a nadie, muchacha. Igual que nadie puede ayudarme a mí. ¿Quién eres tú? Alyse niega enérgicamente con la cabeza cuando yo me acerco a la voz que sigue hablando con ese tono de enfado permanente. Naturalmente la obvio, aunque camino un par de pasos con cuidado. —Me llamo Ilyria Blackwood —respondo en tanto—. Soy… extranjera. Kendall parece escupir algo, aunque no puedo verlo. —No sé qué odio más, si a los nobles o a los extranjeros. Alzo las cejas, casi incrédula, pero las palabras hirientes en el libro de Kendall padre hacia los nobles me dan una opción para salvar la conversación.
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    472 —Su padre parecíadespreciar más a los nobles. —Mi padre era noble. Y, de todos modos, yo no soy él. Reconozco, al fin, la sombra de donde viene la voz. Está recostada sobre un camastro descuidadamente colocado. Me acerco, bajo mi propio riesgo, hasta ponerme al lado. —Ya lo sé —comento casualmente—. No he venido a hablar exactamente de su padre, en realidad. Ni de usted mismo. Pero… Bryan Kendall escribió en vida algo que me interesa. Me… inquieta, podríamos decir. Quizá al ser solo su hijo no sepa las motivaciones que lo llevaron a tratar el tema del que hablo… Pero tenía que venir a intentarlo. Hay un silencio de duda. Miro hacia atrás de reojo. Alyse me ha seguido y se remueve, incómoda, agarrándose a mi vestido. —¿De qué se trata? Cojo aire. —Quiero saber cuánta verdad hay en la existencia de La Hermandad de la Rosa Inmortal. Tras un instante más en el que la quietud lo llena todo, nacen las risas. Tanto yo como la señora Thanet nos sobresaltamos. Nos miramos con los ojos muy abiertos. Las carcajadas parecen las de un loco. Siento que todo el viaje y todas las preocupaciones han sido en vano. Aprieto los labios, no muy dispuesta a tirar la toalla de momento. —¿Es que son delirios de su padre, señor Kendall? —¡Delirios, dices! —Ríe él. En su tono hay burla, una burla irónica y mordaz que me hace estremecer—. ¡Trae una vela, muchacha! ¡A tu izquierda, sobre la mesilla! Las cerillas están justo al lado. Te enseñaré la verdad que quieres saber, porque te aseguro que un delirio no podría hacer lo que esos bastardos me hicieron a mí.
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    473 Alyse y yotomamos aire, volviendo a observarnos durante un segundo. A tientas, me acerco al mueble y reconozco la silueta de una vela. La enciendo después de un par de intentos y la levanto. Tanto yo como mi amiga nos quedamos sin aliento cuando el fuego ilumina lo que él pretende enseñarnos. De nuevo se me va la voz. Veo a Alyse llevándose una mano a la boca y yo tengo que sostener con más firmeza la vela para que no se me caiga. Allí, marcando un rostro ya adulto, maltrecho por la edad y la desnutrición, hay una cicatriz. No es una cualquiera. El rastro de algún filo va desde una sien a otra, pasando por encima de los ojos y el puente de la nariz. Un par de ojos abiertos, completamente blancos, sin iris, nos miran sin ver en la penumbra. Inconscientemente doy un paso atrás, tragando saliva con algo de dificultad. Una sonrisa siniestra curva unos labios que ya no guardan felicidad. —¿Por qué…? —Murmuro muy bajito. Me falta el aire—. ¿Por qué le hicieron eso? Si… Si su padre era noble, ¿por qué…? ¿Es que su madre era extranjera, acaso? —¡Mi madre era noble! —Ruge él. En su cama, se incorpora a tientas. Coge mi brazo, el que no sostiene la vela, curvando los dedos alrededor de la piel. Lo hace con tanta fuerza que el estoque que guardaba entre mis dedos cae al suelo con un tintineo. Yo ni siquiera consigo moverme, horrorizada, aunque Alyse tira un poco de mí—. ¡Pero mi padre fue tan estúpido de enamorarse! ¡De enamorarse de una como tú! ¡Una extranjera! Una chica joven, seguro que bonita. La deseaba hasta la locura. Mi madre se enteró y se largó. No sé por qué me quedé aquí. Más me hubiera valido tirarme al río que quedarme con mi padre y su desgraciada ramera. Aprieto los dientes. ¿Es que eso somos todas? ¿Nada más? ¿Es que acaso piensan que no tenemos sentimientos, que no podemos amar? No hablo porque sé que no es momento para mi indignación. No he venido aquí para eso. No puedo enfrentarme
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    474 también a él.Aunque quisiera y tuviera tiempo, de hecho, no lo haría. Él es tan víctima como lo puedo ser yo. —¿Qué pasó…? —¿Con ella? —Se adelanta él. Ríe en una carcajada que me hiela la sangre en el cuerpo. Frunzo los labios—. ¿Qué iba a pasar? Si mi padre aún la hubiera mantenido en su cama, como suelen hacer los nobles con las chicas como tú… ¡Pero no! ¡Tenía que exhibirla! ¡Mostrarla ante el mundo! ¡Tenía que descubrir lo enamorados que supuestamente estaban! Se atrevió a pedir permiso para casarse con ella… —Veo cómo la punta de su dedo se acaricia el pescuezo de lado a lado y siento mis ojos arder con lágrimas de horror—. Le cortaron el cuello mientras dormía. Mi padre ni siquiera se enteró, aunque descansaban juntos y pegados. Aún le clavaron el cuchillo en su marca, por si no había entendido el mensaje. Escucho a Alyse dejar escapar un sollozo. Yo ni siquiera puedo llorar, aunque mi mirada se nubla. En mi mente, mis pesadillas vuelven a atacarme. Marcus, tan lejos. Yo, rendida. Las risas. La sangre. —Mi padre se volvió loco —continúa Angus Kendall. Más parece que le divierta, con ese tono demente que adquiere al hablar. De vez en cuando deja escapar risitas nerviosas que me ponen el vello de punta—. Lo hizo el mismo día que encontró el cuerpo de esa fulana mutilado en la cama. Justo a su lado. Sangre. Sangre por todas partes… —Otra risa. Una lágrima corre por mi mejilla, muriendo en mis labios—. Se culpó. Se culpó como un necio. Y aún tuvo tiempo de hacer su mayor locura: escribió ese libro. Ese maldito libro que nos condenó a los dos. ¡Maldito sea Aloys Abberlain, que lo publicó!
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    475 Abro mucho losojos y me tambaleo. Abberlain. Alyse me sostiene como puede, aunque ella misma ha dejado escapar una exclamación. Jadeo y aprieto su mano con fuerza. —Él lo sabía. Ese malnacido conde sabía lo que había pasado. ¡Y aún así lo publicó! ¡Dejó que la locura de mi padre y todo ese afán por descubrir la verdad salieran a la luz! Sabía que ese libro le haría retozarse en oro. Las ventas se dispararon. El rumor cubrió la ciudad. Muy pocos lo creyeron, pero aún así no fue suficiente. Vinieron. Vinieron a por nosotros. La voz apenas sí me sale de la garganta. —Lo mataron… —Comprendo. De nuevo su risa, tan cínica, tan cruel. Tan enferma. —Empezaron por las manos, chiquilla. —Sus dedos se aprietan tan firmemente contra mi muñeca que me arrancan un gemido de dolor al sentir sus uñas clavándose sobre la piel. Alyse intenta apartarme, angustiada—. Después, la cabeza, como habían hecho con aquella mujerzuela. ¡¡El condenado que acabó con él parecía disfrutarlo!! A mí me obligaron a verlo todo, para que supiera lo que me pasaría si hablaba. Sus gritos llenaron la casa, que naturalmente no era ésta. Nadie lo oyó ni lo supo nunca. A mí me trajeron aquí después. Me hicieron esto, para que yo no pudiera volver. Para que no supiera cómo hacerlo. Todo el mundo piensa que me retiré aquí por la pena. Porque yo también me había vuelto loco. Oh, no. Claro que no. La verdad es que a mi modo he estado encerrado en este lugar todo este tiempo. Sin poder decir mi verdad a nadie. Pero no importa, no importa… Ya no importa. —De nuevo ríe, mientras yo lloro—. No estoy loco… pero no importa… —¿Quiénes…? ¿Quiénes son…? Podríamos hacer algo, si supiéramos… No pueden ser simplemente sombras. No pueden… no existir…
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    476 —Son sombras, niña—ríe divertido—. Son sombras. —¡Pero tu padre hablaba de un grupo radical de nobles! —Grito fuera de mí. Me paso inmediatamente la mano por la cara para limpiar el rastro de mis lágrimas—. No puede ser que no sospechase de nadie… De algo… —Los nobles… Los conoces, ¿verdad? Sí… Sí, seguro que si has venido aquí con estas preguntas es porque tienes un idilio con alguno. Te crees que tu amor superará el mundo entero si es preciso, que eres capaz de luchar contra lo que sea por estar a su lado. ¡Eso creía mi padre, y mira cómo acabó! Lo mismo conseguiréis tú y tu amado, sea quien sea… ¡Pero no es lo que importa! Eso es cosa tuya. Los nobles, niña tonta, no se manchan las manos. Contratan gente, aunque ellos estén detrás. Sus trajes son demasiado blancos para que les salpique la sangre. Mi amiga traga saliva. Ni siquiera se atreve a negarlo. Ni siquiera se atreve a defender su posición. Tiembla igual que lo hago yo, aunque intento mantenerme entera. Sin embargo, ahí siguen las escenas de mis sueños. Ahí sigue Rowan. Sigue su espada, manchada. Sigue la sangre. Mi sangre. —Yo… Quisiera ayudarlo… —¡¡No!! —Ruge él de nuevo. Alyse se abraza con fuerza a mí y yo escondo mi cara contra sus cabellos—. No puedes ayudarme. Ni lo sugieras. Márchate. ¡Márchate! Ellos lo sabrán. Sabrán que lo he contado. Al menos, podré terminar mis días en paz. Yo me niego a creerlo. Eso significaría que, con mi visita, nosotras lo habríamos condenado. —Señor Kendall… —¡¡Marchaos!!
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    477 Mi compañera tiracon fuerza de mí. Solo me da tiempo de recoger el estoque y la sombrilla del suelo. Atrás quedan mis dudas. En mi corazón persiste la angustia.
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    478 Pétalos Deseo. La noche hacaído como un manto que calla al mundo. Oscura, casi siniestra, golpea con sus manos de niebla la ventana y deja la casa sumida en la nada, impenetrable. Parece casi como si flotáramos en el vacío, aislados del mundo, alejados de él. Apago la vela y me quedo a oscuras un momento. Las estrellas brillan hoy lejanas, asomando entre las nubes como diamantes contra la medianoche. Empiezo a contarlas, pero pronto desisto. La luna parece haber desaparecido del cielo. Quizá esté escondida, durmiendo ya. Puede que espíe a los amantes como solo ella puede hacer. Que recoja los deseos que se confiesan en voz alta y se los ceda a los astros. Tal vez vele por los sueños de los que descansan a estas horas. Yo mismo debería estar en la cama, pero me veo una noche más incapaz de cerrar los ojos. Guardo a tientas la carpeta llena de poemas con palabras que acaban de nacer. Al esconderlos, demasiado cobarde para dejar que vean la luz, mis dedos enguantados acarician el libro que sigue allí, quieto y callado, como si esperase su momento. «No hay lugar para él en esta casa», me he repetido durante los últimos días, después de aquella noche donde el insomnio me hizo recordar detalles de otra vida. Sin embargo, su presencia me sigue atormentando. Me veo incapaz de destruirlo, por lo que ahí deberá seguir hasta que reúna el valor necesario. La noche es inusualmente fría en comparación con los días pasados. Quizá se avecine un cambio de tiempo. Me levanto de mi asiento y recorro la estancia sin necesidad de usar mis sentidos. Llevo demasiado tiempo en esta casa como para dejar que la forma de los muebles o un tablón chirriante en el suelo me sorprendan. Una vez en el pasillo, aunque mi primer instinto es encerrarme en mi cuarto, dudo. Ilyria se ha estado comportando de una forma muy extraña desde la visita de Rowan,
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    479 pero hoy suconducta ha sido aún más sorprendente si cabe. Ha llegado de casa de los Thanet más tarde de lo acostumbrado y, tras apenas tomar bocado, se ha excusado alegando cansancio. Me ha dado un tímido beso en los labios y se ha marchado. Puede que esté durmiendo, pero a mí me resulta difícil de creer. Me lo dice la forma en la que sus ojos rehúyen los míos, la manera en la que las líneas negras bajo éstos parecen crecer y oscurecerse más cada día. Por mucho que le pregunto, de todas formas, ella insiste en que son imaginaciones mías. Ríe y le echa la culpa a un guisante bajo su colchón. Yo, para evitar la inminente discusión, callo. No puedo decir que no me pase lo mismo. Desde que ella no duerme a mi lado el sueño se niega a visitarme. Las últimas noches he imaginado de mil maneras distintas el momento en el que ella entraría por la puerta con el rostro velado por las sombras y, sin pronunciar una palabra, se acostaría a mi lado. Es una fantasía inocente, en la que ella pone su oído en mi corazón y ambos nos quedamos dormidos contando los latidos. Acunado por sus suspiros, en mis sueños siempre caigo rendido, aunque a veces no puedo evitar dejar los ojos abiertos hasta que la oscuridad no es más frontera y contemplo su rostro sin necesidad de iluminación. Suspiro. Mi mano, sin permiso de mi mente, se cierra alrededor del pomo de la puerta de mi protegida. Solo un vistazo. Solo asegurarme de que está bien. Un beso en la frente para alejar las pesadillas y plantar sobre su corazón los deseos más hermosos. Quiero saber si las hadas la visitan y dejan pétalos que se derriten sobre su pecho con el primer rayo de sol. En el más quedo de los silencios, abro su puerta. Es imposible que consiga dormir. Cada vez que cierro los ojos está él: Angus Kendall, con su risa demente, viene para martirizar mis intentos de sumirme en sueños tranquilos.
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    480 Me ha costadoconvencer a Marcus, cuando he llegado, de que nada había pasado en mi supuesta visita a los Thanet. Sé que no me cree. Sé que desde hace días sospecha que algo me ronda por la cabeza. Ha debido de notar las considerables ojeras bajo mis pestañas y mis cambios de conversación, o incluso las horas que ya no paso con él en un intento de rehuir su preocupación. Si yo le dejara ver en mis ojos no le costaría percibir el miedo que me acecha, hoy más que nunca. He evitado mirarlo desde que entré por la puerta, cuando ya casi anochecía. En la cena me he concentrado en mi comida y después me he encerrado obstinadamente en mi habitación con un simple beso de buenas noches. No le he dado tiempo a protestar. Si lo hiciera, si empezara a hacer preguntas, yo terminaría dando mi brazo a torcer y confesando todo lo que me atemoriza. Aunque me he apresurado a cambiarme y meterme en cama, de nada ha servido. Hace ya dos horas que me acobijo sin resultado, enredada en las sábanas y con la mejilla pegada a la almohada. Apenas sí me atrevo a moverme. Como una niña pequeña me encuentro temiendo que las sombras puedan saltar en cualquier momento sobre mí. En el silencio parece seguir naciendo la historia de Kendall. Mi imaginación llena la noche de gritos del pasado, de carcajadas burlonas. Cada vez que permito que mis párpados caigan veo a Rowan. “Has firmado tu sentencia de muerte”. “Le cortaron el cuello mientras dormía”. La expresión inventada de aquella víctima viene para torturarme. La sangre en su pescuezo. Después los alaridos de Bryan Kendall. “Empezaron por las manos. Después, la cabeza, como habían hecho con esa mujerzuela”. Entonces su rostro se convierte en el de Marcus. Los ojos heridos de su hijo se convierten en los de Charlotte. Sangre. Es más de lo que puedo soportar.
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    481 Me incorporo, jadeante,apretando los dientes. La oscuridad se mantiene quieta y callada, burlándose de mis miedos. Esperando el momento propicio para saltar sobre mí. Cierro los párpados con fuerza. Solo pido un poco de paz. Solo pido poder conciliar el sueño sin que me asalten las pesadillas. Esta noche, más que nunca, me gustaría no estar sola. Sé, no obstante, que es lo correcto. Marcus descubrirá en mis sueños inquietos todos los demonios que me acechan. Y al mismo tiempo… ¿No alejaría su calor cualquier mal? Si tan solo pudiera acurrucarme contra su pecho, la melodía calmada de su corazón haría desaparecer todo lo que alguna vez me ha asustado. Lo añoro. Por las mañanas hace frío en mi cama, pese a que mi cuerpo siempre despierta cubierto por las sábanas. No está él. No está su presencia ni su aliento suave cerca de mi cuello. No están sus besos dulces al despertar. No están sus piernas enredadas a las mías ni sus brazos acunándome incluso cuando él aún duerme. Trago saliva. No. No puedo pensar en eso. Si lo hiciera finalmente mi necesidad de verlo, de dormir a su lado y compartir sueños, me traicionaría. Y eso sería un error terrible. Se enfadará si descubre todo lo que le oculto. Se preocupará después, más que cualquier otra cosa, cuando sepa lo que significa. La idea de mantenerlo engañado no me gusta, pero sé que es lo que tengo que hacer. El chasquido de la puerta al abrirse bloquea mi mente. No vendrían a por mí. No aquí, a la mansión… “Le cortaron el cuello mientras dormía”. La puerta se abre. Mi corazón se para. Todos los miedos, presentes y pasados, vuelan de mi lecho cuando nuestras miradas chocan.
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    482 —Marcus… Durante un segundocasi me parece que está asustada, pero al ver en sus ojos descubro el alivio inmediato. La oigo suspirar. La tenue luz de las estrellas se cuela por las amplias y desnudas ventanas, pues ni siquiera ha corrido las cortinas antes de acostarse. —Lo siento. ¿Te he asustado? Ella permanece quieta, como si necesitase tiempo para ordenar sus ideas y pedirle a su corazón que cese su loca carrera. Sobre su piel duermen las sombras, que contrastan claramente con la tela inmaculada de su camisón. Ni siquiera está acostada, sino que permanece sentada entre las sábanas, como si acabara de despertar de la más horrenda de las pesadillas. ¿Le asusta esta oscuridad? ¿Por qué no viene entonces conmigo, a mi dormitorio, donde nada malo puede pasarle? Yo la protegería de todos los malos sueños, del mismo modo que traté de salvarla cuando Rowan vino. Pero supongo, después de todo, que ella es completamente capaz de cuidar de sí misma. En cualquier caso es demasiado orgullosa para pedir socorro, incluso si lo necesita. O para admitir que tiene miedo. Que es vulnerable. Por eso niega, mirando las mantas con fijeza, y recoge las piernas para rodeárselas con los brazos en un gesto que me transmite desasosiego. —Qué tontería —murmura, aunque en realidad no suena todo lo convencida que esperaba—. Claro que no. Cierro la puerta a mis espaldas y me acerco hasta el lecho. Sin palabras, ella se aparta un poco. Yo tomo asiento en el borde del colchón, mirando su silueta dibujarse en la noche. —¿Qué haces despierta a estas horas? Es obvio que no me mira, por cómo agacha la cabeza con insistencia. Sus manos se mueven sobre la ropa de cama como si tratase de alisarla a pesar de no poder verla con
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    483 claridad. Se delatacon esos movimientos. Sé que hay algo que no quiere decirme. Algo importante que me oculta. ¿No habíamos dicho que no habría más secretos? ¿O es que eso solo se aplica a mí? Frunzo el ceño, esperando una respuesta. —Eso mismo podría preguntarte yo a ti. «Pero al contrario que tú yo no tengo nada que esconder». Abro la boca con la intención de hablar claro. Algo me detiene. No puedo decírselo. No me atrevo a confesarle que todas las noches escribo poemas pensando en ella. Historias que nunca verán la luz. Que imagino sus labios en los míos y le susurro palabras de amor al oído. Simplemente no puedo hacerlo. Ni siquiera sabe que he quemado todas las poesías y cartas que el Marcus adolescente había redactado entre suspiros. —He estado trabajando hasta ahora —invento en cambio, con los labios apretados. Si ella se da cuenta de mi mentira no lo hace ver. —Si me lo hubieras dicho te habría ayudado... —Aún en la penumbra siento sus ojos clavados en mi rostro—. Tampoco tú duermes bien estos días, ¿no es cierto? Me humedezco los labios. Dudo un segundo. —No. Te… Te echo demasiado de menos. Ella parece sorprendida, pues da un respingo. Coge aire, respirando noche y silencio, y me doy cuenta de que ha tomado un mechón de cabello entre sus dedos y lo retuerce nerviosamente. Parece insegura. —Nunca estabas demasiado convencido de que estuviese bien dormir juntos. Sonrío algo amargamente. No es eso. Su presencia me distraía, lo cual es diferente. Es difícil simplemente aceptar que la persona que amas está abrazada a ti. Es difícil enfrentarse a que eso sea cierto, después de tanto tiempo de soledad. Es como recuperar una vieja costumbre o enfrentarte a un desafío que ya has superado antes. Acostumbrado a las largas y frías noches en una cama demasiado grande y un cuarto
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    484 demasiado vacío, enesos primeros días me encontré arropado por sus brazos, escuchando el vaivén de una respiración que no era la mía y a la que me obligaba, a veces en vano, a acompasarme. —Y aún así, ya no puedo imaginarme que sea de otra manera. Sé que quiero despertar con ella a mi lado durante el resto de mi vida. Me cuesta concentrarme. No quiero mirarlo, pero sus palabras y su simple presencia me instan a hacerlo. «¿Por qué no has venido antes, si así es? ¿Por qué has dejado que me alejara estas noches? ¿Por qué no me has dicho que no podías dormir y me echabas de menos?». Son preguntas que nunca formularé, porque sé que la culpa es mía. Yo he impuesto esa distancia por miedo a descubrirme. Él lo sabe. Sabe que hay secretos. Que he roto nuestra promesa no pronunciada. ¿Espera que le confiese todo lo que me hace temblar? ¿Querrá que le cuente todas mis pesadillas? No puedo hacerlo. Solo por una noche me gustaría no tener que pensar. Solo por una noche me gustaría olvidar y reinventar mis sueños entre sus brazos. Sería tan fácil abandonar todos los pensamientos entre las sábanas… —Puedes… dormir aquí esta noche, si quieres… Lo miro apenas de reojo. Todavía tengo miedo de que haga preguntas. De que exija saber qué sucede. ¿No estaría, acaso, en su derecho? A mí me ha descubierto todos sus secretos, mientras que yo hago cosas a sus espaldas y le miento. Pero es por su bien, ¿no es cierto? Él ya tiene suficiente con todo lo que ha tenido que sufrir. Este es mi problema. Y si algo pasa, finalmente, solo yo estaré implicada. Marcus, aún sentado a mi lado, no parece muy seguro. —No quiero que te sientas obligada a… —No es obligación —lo interrumpo yo rápidamente.
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    485 Me ruborizo porquelo veo sobresaltarse, claramente sorprendido por la velocidad de mi respuesta. Me mordisqueo el labio. «Abrázame», quiero decirle. Con eso se acabarían todos los problemas. El miedo se marcharía de mi cuarto. Pero no soy capaz de pedirlo. A cambio, me encojo un poco sobre mí misma, rodeándome las piernas con algo más de seguridad. Eso no consigue espantar el frío que me atenaza. —Por favor, duerme conmigo… Él no responde. No se acuesta y por un momento tengo miedo de que simplemente vaya a levantarse y marcharse, haciendo caso omiso de mi petición. Entonces, cuando menos lo espero, me abraza. Sus brazos me rodean arrancándome una exclamación sorprendida. ¿Es que acaso ha podido escuchar mi verdadero deseo, más allá de las palabras? Eso parece decir su presión, al menos, cuando me apoya con seguridad contra su pecho. Sus latidos me saludan con la misma melodía de siempre. Me hablan de paz y de cuentos con finales felices. Mi agarre entorno a mis propias piernas se deshace. Durante un segundo no me veo capaz siquiera de moverme, mirando sin ver a ninguna parte. Mis manos caen muertas hasta rozar la sábana. Parecen rendirse. Es como si me dijeran que ya no tienen fuerzas para afrontar el miedo ellas solas, igual que no las tengo yo misma. Finalmente se alzan. Saben qué necesitan para alejar todas las dudas, todo el horror. A él. Solo a él. Mis dedos adivinan sus vértebras por encima de la camisa y yo me apoyo con más seguridad contra su cuerpo. Al sentirse correspondido, noto como el propio abrazo se afianza entorno a mí. No va a dejar que me pase nada porque tengo que vivir en esos brazos, contra ese corazón. Cuando nos separamos apenas, yo entiendo que no puedo soportar la distancia. Que lo necesito cerca. Necesito su pecho pegado al mío. Escuchar su respiración y sus suspiros. Necesito sus besos como si fueran ellos los que me dieran la vida. Sin ellos, estoy segura, podría morir.
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    486 Por eso, trasmirarnos, mis labios vuelan a cubrir la sonrisa apacible y pequeña que se ha apoderado de los suyos. Su aliento borrará todo el dolor. Todo desaparece. Su beso es un hechizo que se lleva cada objeto de esta habitación. Cada sombra y cada estrella. Cada pétalo y deseo. De pronto solo existe ella. Ilyria. Sus labios. Su aliento. Su pecho contra el mío y el corazón latiendo a flor de piel, al unísono. Su calidez. Su suspiro, que ahora es mío. Su olor a lavanda. Su melodía. Mi mano busca la suya. Nuestros dedos se entrelazan. No puedo más que maravillarme por cómo encajan los suyos entre los huecos de los míos. Es casi magia. La prueba irrefutable de que estamos hechos el uno para el otro. Las dos almas que se conocían antes de nacer. Por eso quizá consigo hablarle sin palabras, mientras mis párpados ceden y la nada en la que nos encontramos parece llenarse solo de nuestras respiraciones y nuestras ropas rozándose. «Te quiero», le digo, sin separar mi boca de la suya, que me lo roba todo. Aliento y alma y voluntad. No necesita de ninguna marca sobre mi cuerpo para tenerme a sus pies. A sus órdenes. Cumpliré cada capricho que me pida. «Te quiero». Mi mano en su cintura. Su camisón y mi guante son lo único que impide que nuestras pieles se toquen. Suspiro. Aún así siento su calidez. Es un calor agradable que se cuela por debajo de mi ropa. Que cosquillea contra mi cuerpo. Esta no es la primera vez que me siento así. Que la abrazo y me recorren los escalofríos y esa magia inexplicable con la fuerza de mil mariposas aleteando al mismo tiempo. A veces siento que es como si la conociera de antes. ¿Existirán las vidas pasadas? Si lo hacen, nosotros debimos estar unidos en algún momento. Antes de que esta locura en la que no somos libres para amarnos empezara. Pero no importa. Cuando
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    487 la siento así,entre mis brazos, sé que lucharé por ella contra viento y marea. Contra cada uno que intente destruir lo que pretendo crear: esta vida a su lado. Ilyria se pega más a mi cuerpo y yo la recibo apretando mi abrazo. Mis dedos descansan en el hueco de su espalda. También ahí parecen encajar. Como dos piezas perfectas, hechas para completarnos el uno al otro. Su brazo se tensa con algo más de fuerza alrededor de mi cuello. Su mano aprieta la mía, quizá inconscientemente, pero se queja al no sentirlo suficiente. Su palma descubierta solo saborea la tela del guante. Quizá por eso se separa. Mis labios quedan fríos, huérfanos, cuando lo hace. Quiero protestar, pero para cuando pienso en hacerlo ella ya está concentrada en mi diestra, que me obliga a alzar. De nuevo la descubre como tantas otras veces, con esa lentitud exasperante que me hace suspirar. Es casi como si estuviera desnudando mi alma. Todos mis secretos. Todos mis anhelos. Una vez más siento tristeza al no poder percibir su roce en la punta de mis dedos. Apenas en el dorso, cuando me acaricia con el bálsamo de su tacto. Solo mi palma puede saborear la efímera sensación de su contacto. Luego, centímetro por centímetro, sus labios se detienen en besar las cicatrices. Es como si el fuego volviese, pero esta vez no quema. Es amable, gentil. No hace daño. No es dolor. Es ternura. Después, con la misma parsimonia, toma la zurda. De nuevo sus caricias. Su fuego amable. Sus suspiros contra mi piel, donde se derriten y mueren, mezclándose entonces con mi propia esencia. Si pudiera, guardaría cada aliento entre las líneas que cruzan mi palma, haciéndole el sitio que se merece en mi futuro. La miro. Sus ojos se sellan en los míos. La interrogo por sus miedos, aunque no vaya a recibir respuesta. Por cada pensamiento. La amo en silencio, con palabras que solo ella puede descifrar. Su mirada me ata con la misma fuerza con la que lo hacen sus brazos.
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    488 Me pide respuestasy lo sé, pero yo no quiero pensar en ellas. No quiero recordar. Otro beso. Suspiro. Mi nombre. Su nombre. Me gustaría besarlo hasta que sus labios sobre los míos fueran lo único que pudiera ocupar mi pensamiento. Nuestros párpados ceden casi por instinto. Nuestras palmas chocan, piel contra piel, cuando vuelven a entrelazarse nuestros dedos. Con la mano libre me pierdo en sus cabellos, acaricio su nuca. De nuevo se acercan los cuerpos y se rinden los suspiros. Siento una vez más la ligera presión en mi cintura, tocando el hueco de la espalda. Se mantiene ahí, quieta. Cálida. Me parece que su toque es capaz de traspasar la tela del camisón y escribir versos sobre mi piel. «No te separes de mí». No se lo digo, pero sé que lo entiende con mis besos. Como antes, como si fuera capaz de leer todos y cada uno de mis pensamientos, parece acercarse más. Pierdo el sentido. Su aliento me embriaga y me marea. Si ahora se alejase, si sus labios abandonasen los míos, yo no podría hacer más que echarme a temblar. Mi nombre acaricia mi mejilla cuando lo dice, quizá en un intento de mantenerse atado a una cordura de la que nos alejamos sin remedio. Creo que se apartará, pero un beso toca la línea de mi mandíbula. Y de nuevo su boca. De nuevo suspiros. Suspiro su nombre. Desciendo. Mi caricia toca su cuello y baja. Siente su pulso y lo prueba, presionando los dedos contra él. Su melodía. Sus palabras sin hablar. Las mías propias. ¿Escuchará él también el palpitar desenfrenado contra mi pecho? No me cabe duda de que entenderá todos y cada uno de sus latidos. «Te quiero. Te quiero. Te quiero». Por cada pálpito, una confesión. Ya no hay pensamientos. Ya no hay miedos. Las pesadillas se esconden bajo la cama, siendo ellas ahora quienes están asustadas. Temen salir y que él las venza. Saben que si están sus besos, no pueden acabar conmigo. Con nosotros.
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    489 Su pecho. Bajomis dedos, aún por encima de su camisa, lo siento subir y bajar cuando se separa para tomar aire. Mirada. Otro beso. La nada, porque nada existe aparte de su sabor en mi lengua. Lento, muy lento. Sin prisa. El tiempo es nuestro. La noche nos acunará como si fuéramos sus hijos. Como si fuéramos dos estrellas destinadas a encontrarse en la tierra. Mi toque alcanza su corazón. La marca que no nos hace tan diferentes debe aguardar allí, sin que nadie nunca la haya visto. Quiero descubrirla. Quiero verla y suspirar contra ella. Darle las gracias a su corazón, deshacerme en besos sobre la piel de esa zona. Temo que me aparte cuando deshago el agarre de los botones, pero no lo hace. Su mano se aprieta más contra la mía, sus labios tocan mi mejilla hasta adorarla. Una estrella se descubre en su pecho cuando me separo para verla en la penumbra. Cojo aire. No hay libro. Solo está ese pequeño pedazo de cielo, allí impreso, haciéndose eco de todos y cada uno de los pasos de su pulso. Lo veo separar los labios, pero no hay voz. Al inclinarme sobre la marca, la beso y suspiro. A su estrella le pido todos mis deseos. Estoy convencido de que esto tiene que ser un sueño. Ella misma tiene que serlo. Se lo confieso sin apartar la vista. Hablándole sin hablar. Sin abrir la boca, a pesar de que murmuro mil palabras que sé que irán a posarse directamente sobre su corazón. Le cuento mis temores. Que tengo miedo de sentir que la fantasía se tornaría pesadilla si la pierdo al despertar. Nada importaría, si así sucediese. Si cuando el sol ilumine el lecho ella no estuviera allí. Entre mis brazos. Mi luz. Mi estrella. Mi deseo. Moriría si no pudiera contemplar su rubor. Si no estuviera a mi alcance la visión cálida de su sonrisa. Si nunca más se me permitiese volver a perderme en su mirada, como ahora. Vagar en su alma. Vivir en sus ojos. Sus labios. Sus besos.
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    490 Sus manos, queahora acarician mi rostro, tras haber bebido directamente de los latidos de mi corazón. No hace ruido. Se acomoda y sus dedos rozan mis mejillas. Sus ojos se enlazan a los míos. Sin palabras, me habla. Su mirada. Su alma misma. Me asegura que no pasará. Que no permitirá que nadie nos aleje. Que no puede hacerlo. Que no puede simplemente desaparecer y dejar de ser una parte de mí. Perder mis caricias. Mi risa. Mis ojos, tan intensos, donde está destinada a morir. A renacer. Ella también cree que la vida perdería su sentido real si nos alejásemos. Sufriría. Languidecería como en esos cuentos de antaño en los que las damas enamoradas se convierten en piedra esperando. Su corazón mismo enmudecería, como el mío. ¿Cómo latir cuando ya no quedan razones para hacerlo? ¿Por qué vivir si no es por ella? Con ella… En ella. Le sonrío. Aunque tímidamente, el gesto en mis labios es sincero. No sé si puede verlo, pero tampoco importa realmente. Estoy feliz. Una ola de calidez me recorre por dentro. Me siento vivo. Porque por fin, después de tanto tiempo, he encontrado a mi amor verdadero. No tengo dudas. Después de una vida… todo parece efímero. Todos los sufrimientos, todas las dudas, carecen de pronto de importancia. Porque tengo la recompensa entre mis brazos. Mi pago es poder verla. Despertar a su lado. Tomarla de la mano. Pasear como reyes de la noche por las calles desiertas. Bailar bajo las ramas del manzano en flor mientras llueven pétalos y deseos sobre nosotros. Abrazarla. Besarla… Por eso me inclino hacia delante. Por eso mi sonrisa sella otro beso. Uno dulce, lento, que sabe a final feliz. A principio inesperado. Que sabe a dicha. A abandono. Y, sobre todo, a anhelo. Anhelo de su boca. De su cuerpo. Mi mano izquierda presiona un poco más su espalda, atrayéndola hacia mí. Todo lo cercano es poco. La diestra está sobre su hombro. Casi siento el latido de la estrella bajo mi palma,
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    491 como si estuvieraviva. Ella también puede sentirlo. Busca con sus dedos mi propia marca, en mi pecho. Y todo desaparece. Una vez más solo ella existe. Ella y sus labios. Me aparto. El frío llena mi boca. El alma se agita, sabiéndose abandonada. Tan vacía. Pero su sabor impregna mi lengua, es parte de mí, ahora. Hago rodar mis labios por su rostro. Beso su frente, como tantas veces, intentando vislumbrar sus pensamientos. Sus párpados, a los que quisiera arrancar todos los sueños, todos los recuerdos. Sus mejillas, cálidas, tiernas, en las que casi puedo sentir florecer su rubor, aunque ahora están apagadas. Sus labios, las comisuras de sus labios. La línea de su mandíbula. Su cuello… Mi respiración contra su hombro, sobre su marca, al apartar la tela del camisón. Suspiros. Dejo que mi aliento llegue hasta su corazón. «Gracias. Gracias por salvarme. Por ahuyentar la soledad. Gracias por ser mi deseo». Me separa, captura mis labios. Me prende fuego. Siento que algo arde en mi boca. En mi corazón. Bajo mi piel. Sus dedos me rozan, me acarician. Y sus besos que bajan. Decenas, cientos. En mi pómulo, en mi mentón, en mi garganta. Es una procesión lenta, pero no por ello exasperante. Mi respiración se pierde, sin tiempo de que el aire vea la luz. Aunque la miro, ella no lo hace. Contemplo cómo se inclina de nuevo. Cómo su alma alcanza la mía. La estrella en mi pecho palpita y ella adora cada uno de sus latidos. Cierra los ojos y muere contra ella, cálida. Insufla un pedazo uno de sus sueños en mi cuerpo. Otro beso. Otro deseo. Me estremezco. Cada roce es una razón más por la que vivir. Por la que seguir soñando. Me pierdo en cada roce. Muero con cada latido. Dejo caer mis párpados. Mi marca se incendia con su toque y la magia que corre por mis venas se convierte en llamas. Me concentro en su
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    492 gesto. En ella.En la caricia más delicada que me han prodigado jamás. Porque, al fin y al cabo, ella es la primera que conoce mis secretos. Que conoce mis anhelos. Mi alma misma, que ahora descansará entre sus brazos para siempre. Es la primera persona que suspira contra mi corazón. La primera y la única que está destinada a hacerlo. Le pido que se aparte de mi marca sin necesidad de hablarlo. Le ruego con mis labios que no se mueva. Yo también quiero besarla. Me deslizo hasta su pecho y me poso sobre las líneas negras. Sobre el escudo de armas. La A. La cabeza del águila. «Me gustaría quedarme aquí para siempre. En tu corazón. En esta cama. En esta casa. En este momento. En tu cuerpo… Aquí, donde el alma anhela decir que eres mía… pero no puede hacerlo. Debo silenciarla, porque tengo miedo de que este sueño se rompa en mil pedazos». Pero aquí, ahora, nada puede separarnos. Esta es la prueba. La única que necesitamos. La única que este mundo marchito jamás podrá entender. Pues ella es ahora mía… Yo siempre he sido suyo. Caemos. La noche nos coge en su seno y nos vela. Solo la luna será consciente de nuestras caricias, que se quedarán bajo el silencio de su sonrisa brillante. Las estrellas murmurarán sobre besos capaces de estremecer el firmamento; nuestras palabras ni siquiera ellas las sabrán. Mueren en nuestros suspiros. En nuestras respiraciones perdidas. En nuestros latidos. Rechazan palpitar contra la piel para hacerse eternas en nuestra mirada. Caemos… Aprendo a vivir en su cuerpo. Volamos.
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    493 El día aúnestá lejano y rezamos por que no llegue. El sol no puede ver cómo me abandono en ella, callado, aunque mi alma grite palabras de amor. Nadie debe saber que las sombras nos ocultan, que nos cubren. El susurro de la piel contra la piel es lo único que llena el cuarto. Nuestros besos. El aliento que abandono en su boca y en cada centímetro de su ser. Yo mismo me pierdo entre las caricias hasta ser poseído y convertirme en su esclavo. Volamos... Cada latido a su lado es nacer de nuevo. Como en una batalla me rindo ante él. En esta batalla me hace prisionero. —Te amo. La noche se disuelve en nuestras caricias. —Te amo. La mañana nos encontrará enredados en el cuerpo del otro.
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    494 Ilyria Cenicienta a medianoche. Despertara su lado es ver cumplidos todos mis deseos. Su cuerpo. Su calidez. Aún me arropa. No hay frío esta mañana. Nada nos cubre excepto el otro y eso es suficiente. La brisa del amanecer no nos sorprende. Los primeros rayos del sol no duelen en los ojos. Nos protegemos refugiándonos. Abrir los ojos y encontrarnos es todo lo que me hace falta para entender que no necesito más. Mis miedos se vuelven arena entre mis dedos; se escurren por mi piel y se pierden en sus besos. Arriesgaría mi vida entera por mil amaneceres en sus brazos, pactaría con el Diablo la venta de mi alma si eso me asegurara despertar cada mañana con sus caricias. Todo lo que soy sería poco si con entregarlo me prometiesen la eternidad a su lado. No hay vergüenza. Los buenos días se dan entre risas y suspiros. Nuestras manos recuperan todos los roces que por la noche dejaron abandonados sobre nuestros cuerpos. Nuestros labios se hacen cargo de devolverse cada uno de los besos. El rubor es un precio ridículo por los minutos de intimidad. Rodar por la cama, enredarnos entre las sábanas. Reír y robarnos las risas directamente de la boca. Provocarnos los suspiros y quedarnos allí, muy quietos. No hay ya silencio en mi cuarto. Nada asfixia. Su respiración bate contra mi oído y su corazón aletea para embriagarme con la música que adoro. —¿Ilyria? No abro los ojos. El tiempo ha pasado con los dedos de Marcus sobre mis cabellos. Su otra mano lanza caricias que me estremecen, tocando apenas la espalda. —¿Duermes? —Susurra al no recibir respuesta. Sonrío encantada por ese cuidado casi infantil. Me muevo y me pego más contra él para que entienda que no lo hago. Siento un beso caer sobre mi cabeza y su extremidad
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    495 abrasada repasa elcontorno de mi mejilla. Giro el rostro para besar con adoración cada una de sus yemas. Sé que apenas puede sentir mis caricias pero que le gusta entender que no juzgo esas marcas. Que lo quiero con todos los defectos que pueda tener. —¿Qué ocurre? —Respondo contra su palma. Contra el símbolo de su poder, que me parece que palpita bajo mi boca. Sus labios tocan mi frente. Separo los párpados y lo observo en silencio. No puedo ver el color mágico de sus iris, el mar púrpura en el que siempre deseo perderme. Tiene los ojos cerrados, quizá para concentrarse en sentir todas las caricias que pueda obsequiarle. —Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? Pase lo que pase… Para siempre. Casi me echo a reír de simple felicidad. Me tiro encima de él, pletórica, como si acaso fuera la primera vez que lo oyese. Nunca me cansaré de escucharlo. Me lo repetirá todas las mañanas y yo sencillamente desearé volver a oírlo un millar de veces más. —Te quiero. Lo sé. Para siempre. Los besos sellan las sonrisas. *** No ha vuelto a haber pesadillas. Las noches a su lado las borran como si nunca hubiesen estado presentes en cada fantasía. Los rostros y la sangre se pierden en la memoria para no salir más a flote. Es como si la paz nunca se hubiera marchado. Se había quedado viviendo bajo la almohada de su cuarto, al que he regresado. Si volviera a mi habitación, a enfrentarme a la oscuridad sola, de nuevo vendría el miedo a visitarme. Pero sé que mientras él esté junto a mí no tengo nada que temer. Así, desde aquella noche de besos derrochados, me encuentro cada día en sus brazos. A veces simplemente nos quedamos dormidos
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    496 escuchando los latidoso leyendo cuentos en el firmamento. Otras la ropa abandona los cuerpos y solo estamos nosotros para abrigarnos, piel contra piel. Han pasado cinco días. Alyse vino ayer por la tarde a preguntarme si todo estaba bien. Se había extrañado al no recibir noticias mías. Le he dicho que deje de preocuparse. No creo en esa Hermandad. Quizá no quiera creer en ella, simplemente, pues hay pruebas más que sobradas de que existe, pero mientras no deje claro que su objetivo es venir hasta a mí, ¿por qué debería inquietarme? Haberlo hecho solo había abierto distancia con Marcus y sé que no quiero que eso pase. Si es que acaso estar a su lado me condena, quiero disfrutar de cualquier ínfimo segundo de su presencia. A veces, sin embargo, cuando estoy en el despacho con él, siento que sigue habiendo una brecha que nos aparta. Un pequeño precipicio difícil de saltar. Sé que tengo que contárselo pero, ¿cómo evitar que se preocupe? —¿Marcus? —susurro esa tarde. El conde se tensa durante un segundo y después baja la mirada hacia mí, parpadeando algo sorprendido. En ocasiones es como si él mismo estuviera lejos, pero sé que ya no me oculta nada. Soy yo la que se empeña en guardar secretos… o eso creo. —¿Sí? Sus dedos acarician mi mejilla y rozan mi mentón con suavidad. He abandonado mi sitio al otro lado de la mesa para poder leer arrullada por el sonido de su corazón. Frunzo un poco el ceño ante su toque distraído. El conde aprieta los párpados como si necesitase sacar algo de su cabeza. El gesto me desliga de mis pensamientos. —¿Ocurre algo? —No —se apresura a responder él—. Estoy algo cansado, nada más… Se me escapa una sonrisa divertida. —Qué poco aguante, conde.
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    497 Inmediatamente se ruboriza.Con suavidad me da un golpe en la cabeza. Yo me echo a reír, escondiéndome contra su camisa. Él deja uno de los manuscritos sobre la mesa para poder abrazarme. Como siempre que lo hago avergonzar, su respuesta parece algo cohibida. —No parecías tener queja alguna anoche. Enrojezco un poco, como una niña pillada en falta. En respuesta al atrevimiento le doy con la palma en el pecho. Él emite un quejido bajo, pero los dos sonreímos. Abandona un beso en mi cabeza y yo cierro los ojos. —¿Qué ibas a decirme? —No, no era nada… Después de tanto tiempo buscando paz no estoy dispuesta a ser yo quien la rompa. *** —¿Y qué pasó entonces? —Reclama saber Charlotte con los ojos muy abiertos. Sonrío ante su inocencia infantil. Me sorprende que con todos los libros que llegan a este mundo no conozca ciertos cuentos que son tan comunes en el mío. O quizá sí sepa todas esas historias de príncipes y princesas pero no le importe volver a escucharlos una y otra vez. —Las malvadas hermanastras —le cuento confidente, inclinándome sobre ella. La niña no pierde detalle de mi rostro, abrazada a mi cuerpo con sus pequeños brazos— le rompieron el vestido a la pobre Cenicienta para que no pudiera ir al baile. Lottie se muestra verdaderamente escandalizada al saberlo. —¡Qué malas! —Exclama ella frunciendo el ceño—. ¡Pero si Ceni había hecho todas las tareas, como la madrastra había ordenado!
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    498 —¡Muy malas! —Ledoy la razón—. Sin embargo, nuestra querida Cenicienta, incluso aunque ella no lo sabía, tenía un hada madrina: una persona que cumpliría sus deseos. —Si cumplía deseos debía ser un genio como Yinn pero en chica. Me echo a reír, asintiendo. —Así es, aunque las hadas madrinas no cumplen solo tres deseos. Esta hada madrina le hizo en un segundo el vestido más bonito con el que pudiera una muchacha soñar. Cogió una calabaza del huerto y la convirtió con palabras mágicas en un magnífico carruaje blanco y brillante. No te miento si te digo que tanto su vestido como el coche que había de llevarla a la fiesta brillaban con la propia luz de las estrellas. Con su inocencia intachable Charlotte abre mucho los ojos, creyendo por completo todas y cada una de mis palabras. —¡Yo también quiero un hada madrina! ¿Entonces Cenicienta asistió al baile? —Como la más hermosa de las jóvenes, allí fue. Cuando entró, todo el mundo se quedó embelesado por su belleza. ¡Ella misma parecía un trocito de cielo arrancado al firmamento! El príncipe, que allí estaba, no pudo más que maravillarse por su sonrisa dulce, su aspecto despistado y sus ojos curiosos y emocionados por la fiesta que presenciaba. Así, olvidándose de todos los demás invitados, el muchacho se presentó ante la joven Cenicienta y le pidió bailar. La pequeña sonríe ampliamente. Para mi sorpresa su abrazo se deshace entorno a mi cuerpo y ella se levanta. La sigo con la vista, parpadeando. Cuando da una vuelta sobre sí misma me parece más que nunca un pequeño ángel que ha ido a caer en mi regazo. Sonrío inevitablemente al ver su falda susurrarle al viento. —¡Seguro que bailaron a la luz de la luna! Que encontraron su propio Árbol de los Deseos y se enamoraron bajo los pétalos como os enamorasteis tú y papá.
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    499 Entreabro los labiosy me ruborizo. Sonrío enternecida y avergonzada a la par. A veces Lottie saca a relucir la noche de su cumpleaños, asegurando que en aquel momento las hadas, aunque no las viésemos, bailaban a nuestro alrededor. Los pétalos que el viento arrancaba los iban dejando caer los pequeños seres, porque en el momento en que empezamos a danzar supieron que debíamos estar juntos. Para siempre. Sacudo la cabeza, frotándome la mejilla. Supongo que nuestra propia historia sí se parece al cuento de Cenicienta. El príncipe y la sirvienta. Después de todo, los cuentos pueden existir y hacerse realidad. Puedo creer en finales felices. —Sí, seguro que sí —respondo en un susurro. Charlotte vuelve a sentarse a mi vera. Se apoya contra mi pecho de nuevo y yo la rodeo con mis brazos. Me exige contarle el resto del cuento y yo sin protestas acepto, entretenida en acariciar sus cabellos. Marcus me ha dicho después de comer que tenía asuntos de conde que atender. Todas esas cosas de economía y terrenos que yo no puedo ni mirar. ¿Nos observará como hace siempre desde la ventana del despacho? Al alzar la mirada no lo veo. Supongo que ha de estar muy ocupado. Desde que llegué no lo he visto cuidar mucho ese tipo de deberes. Por mucho que me gustaría, soy consciente de que Charlotte y yo no podemos acapararlo. Mientras él trabaja en esos asuntos yo cuido de la niña, que agradece que juegue con ella. Supongo que antes no tenía mucho que hacer cuando su padre tenía asuntos que tratar. Cuando el cuento acaba, Yinn se asoma para anunciarnos que la merienda está lista. Anticipándose y adivinando un montón de dulces, la niña tira rápidamente de mí. —¡Yinn! ¡Eres nuestro hada madrina! —Dice Lottie en cuanto ve la bandeja con galletas de chocolate y el té preparado.
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    500 Tanto el geniocomo yo parpadeamos. El aludido me mira como si yo fuese la culpable de esa idea y finalmente nos echamos a reír. —Bueno, un hada tiene. Pero no me lo imagino con alas de mariposa, Charlotte. —Sería un hada guapísima, que lo sepas —interviene él. Dejo los ojos en blanco y me siento también. El muchacho también se acomoda con nosotras. Angela no tarda en venir. Nos hemos acostumbrado a reunirnos allí a esa hora. Poco a poco la muchacha de impolutas alas blancas parece ganar confianza conmigo, aunque sigue siendo tímida y silenciosa. Poco a poco, se disipan todas mis dudas sobre cuál es mi verdadero hogar. Pese a la insistencia de Marcus, yo no he vuelto a preocuparme de volver. Intento, de hecho, no pensar en mi mundo, aunque siempre se hace irremediable. Echo en falta las tardes en la librería, a Alice o a mi madre. Todavía recuerdo lo preocupada y culpable que sonaba al teléfono cuando le expliqué mi falsa ausencia. Cuando es así y lo echo todo de menos, miro alrededor. Me doy cuenta, entonces, de que nunca he tenido lo que tengo ahora, pese al alto precio que tengo que pagar por ello. De que allí nunca lo tendré. Aún así, si tan solo pudiera volver una última vez, para despedirme como debo… para decir claramente y sin pesar: “me marcho”. Tras una charla liviana, Lottie se lleva a Angela a jugar con sus muñecas, contándole el cuento de la Cenicienta. Sacudo la cabeza, ayudando a recoger a Yinn. —¿Por qué no ha bajado hoy el thaýr? Miro al muchacho mientras le ayudo a limpiar un par de platos, humedeciéndolos. —Está ocupado. Me sugirió amablemente que no lo molestara, porque así acabaría antes. Cuando me ha dicho que no quería trabajar esta noche para compensarme, me he visto en la obligación de aceptar todo lo que diga —le comento guiñándole un ojo. El genio se echa a reír, divertido, secando la bandeja que le paso.
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    501 —Parece que elthaýr ha espabilado. Hago un ademán teatral de abanicarme y los dos reímos. Nos sentamos de nuevo a la mesa, como cada tarde, para hablar como dos viejos amigos que se conocen de toda la vida. —¿Cómo van las cosas con Sabine? Yinn da un respingo. Se ruboriza de pronto y empieza a balbucear. Parece muy concentrado en repasar una imperfección de la mesa. Alzo las cejas, pero no hago caso. Si quiere decir algo finalmente lo hará. —Pues lo cierto es que… No sé cómo decir esto… Ella… Yo… Lo miro sin hablar, pero pronto atiendo alrededor. Cuando se atranca de esa manera, mejor darle su tiempo para organizarse las ideas y las palabras. Si es consciente de que estás pendiente de su respuesta se aturulla aún más y amenaza con sufrir un colapso. Encuentro la aparente distracción que necesito en el periódico abandonado sobre la encimera de la cocina. Me levanto y lo cojo, aparentemente interesada, para volver a sentarme después a su lado. Lo miro de reojo, inquisitiva. —Había pensado en… —se humedece los labios, ansioso—. Ya llevamos mucho tiempo juntos y creo que sería adecuado que… Mmm… Dejo los ojos en blanco, bajando la mirada al periódico que sostengo entre mis manos. Las palabras de Yinn desaparecen. El mundo entero se calla. El silencio sobreviene con el titular. La sangre huye de mi rostro. Mis labios se entreabren y solo soy capaz de percibir un pitido lejano. No hay más. Todo se detiene, incluido mi corazón. Una frase es suficiente para que vuelvan todos mis miedos. «Angus Kendall aparece muerto».
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    502 Me levanto. Elmayordomo, que en realidad había seguido hablando, se silencia. Me observa con los ojos muy abiertos mientras yo retrocedo. Quiero huir de las palabras impresas. Quizá si aprieto los párpados muy fuerte se recoloquen o simplemente desaparezcan. Puede que allí encuentre el nombre de cualquier otro. Mi mente me ha traicionado. No es él. No puede ser él. “Ellos lo sabrán”, me repite la voz enferma de aquel hombre. “Sabrán que lo he contado”. No puede ser cierto. —¿Ilyria? Alzo la mirada. Yinn me observa con los labios apretados. Se levanta también, claramente preocupado. Sus ojos se fijan en mí y luego mira al periódico. —¿Qué ocurre? “Al menos podré vivir mis últimos días en paz”. —¿Qué pone ahí? —Le exijo saber. No es una pregunta, no es una petición. Casi me parece que grito. Mi dedo señala al papel sin ser capaz siquiera de mantenerse firme. El muchacho no parece comprender. Se acerca, inseguro, al diario. Al leer el titular frunce el ceño. Me mira de reojo, sin responder. —¡Qué nombre pone ahí, Yinn! Le sobresalto. Me mira casi asustado por mi repentino humor. Yo siento que me quitan el aire. Me tengo que apoyar contra la encimera para no caer. No es posible. Sencillamente no puede ser. Eso significaría que… —Angus Kendall —susurra Yinn. Me llevo una mano a la boca. De pronto siento nauseas. Las ganas de vomitar me suben por la garganta y el mareo se hace con mi cabeza. El suelo desaparece bajo mis
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    503 pies. Cuando metambaleo, el mayordomo se apresura a sostenerme y yo me apoyo contra él con un jadeo. —¡Ilyria! Ilyria, ¿qué pasa? ¿Conoces a ese hombre? No hay respuesta. Lo he condenado. “Ellos lo sabrán”. Con mi visita, Angus Kendall aceptó su muerte sin ningún tipo de reparo. Su risa de loco se hace eco en mi cabeza, atravesándola sin piedad. Lo averiguaron. Han sabido que admitió todos los secretos celosamente guardados durante años. Él no hizo caso a la advertencia que dejaron sobre su cara cuando mataron a su padre y ahora ha pagado por descubrirse, tal y como Bryan Kendall pagó en su día. Siento que yo misma lo he matado. Me abrazo a Yinn, que no sabe qué hacer. Sus brazos me rodean y yo me encojo contra su pecho. Mi respiración me traiciona. El peso en el alma se hace tan inaguantable que no me deja moverme; clava mis pies en el suelo y me obliga a respirar con fuerza. Lo han matado. Lo he matado. —Ilyria, ¿qué sucede? ¡Por favor! Me estás asustando. ¿Qué pasa con ese hombre? Miro el periódico de soslayo, sin contestar. Con manos temblorosas lo cojo. Allí, bajo el titular, lo explican. Su cuerpo sin vida apareció en la madrugada, en el río. Ahogado. ¿Cuántos días podía llevar muerto, si lo han encontrado hoy entre las aguas? Los sollozos me traicionan y me veo en la obligación de soltar el noticiero, que me quema entre los dedos. Es una advertencia. Si simplemente quisieran haberlo matado sin levantar sospechas lo habrían hecho. Habría pasado por una muerte natural si ellos lo hubieran deseado. Quizá lo habrían asesinado sin más en su casa y nadie lo hubiera descubierto nunca. Pero al mostrarlo al mundo entero se aseguran de que su mensaje llegue claro a mí: saben que conozco la verdad. La siguiente soy yo.
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    504 Tengo que decírseloa Marcus. Me separo de Yinn aún tambaleante. El chico me mira sin entender. Abre la boca pero yo niego enérgicamente con la cabeza. No es capaz de detenerme cuando me apresuro a salir. Miedo. La sangre vuelve a mi cabeza. Casi siento el agua inundándome los pulmones. Las lágrimas escapan de mis pestañas sin piedad. Yo lo he matado. Ha muerto por mi causa. Casi siento que mis manos han sido las que han acabado con su vida. Me imagino a mí misma apretando su cuello hasta escucharle dejar de respirar. Su risa se hace con mis pensamientos. De nuevo la espada de Rowan me atraviesa sin piedad. Todo da vueltas. Sangre. Marcus. Él lo entenderá. Él me cuidará. No dejará que nada me pase. Tenemos que estar juntos. Juntos. Para siempre. Al abrir la puerta del despacho la realidad me golpea con una bofetada. Él no está allí. Me quedo helada, quieta. Me dijo que trabajaría toda la tarde, que estaría en su despacho. Me prometió que a la hora de la cena bajaría y que por la noche, cuando ni siquiera la luna escuchase, me enseñaría algo que había preparado para mí. Pero Marcus no está en su sitio. Me aparto una lágrima del rostro, mirando alrededor. ¿Habrá ido al cuarto? Si hubiera salido habría bajado a ver cómo estábamos, como siempre que se toma cinco minutos en medio del trabajo. Aprovecha cada pequeño descanso para lanzarnos algún vistazo, para robarme un beso y abrazar a su hija. Pero no ha hecho nada de eso. —¿Marcus…?
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    505 Achaco el malpresentimiento que acecha mi pecho a la noticia de la muerte de Kendall. Al miedo. No pasa nada. «Todo está bien», me digo mientras me adelanto por el despacho. Marcus entrará en cualquier momento por la puerta y me abrazará al verme tan inquieta. Se acabará lo de ocultarle cosas. Dejaré que me cuide y la preocupación se hará menor si estamos juntos. Encontraremos una solución. Nada nos separará. Dijimos “para siempre”. Nada puede romper nuestra promesa. ¿Verdad? Los minutos pasan y aunque me siento en mi silla nadie traspasa la puerta abierta. El silencio ha cundido o quizá yo ya no soy capaz de escuchar nada más. «Marcus, ¿dónde estás? ¿Dónde has ido? ¡Vuelve ya! Te estoy esperando. Te necesito. Te necesito ahora. No tardes». Pero tarda. No vuelve. No están sus pasos acercándose a mí. Aprieto los párpados. Intento sentir que me rodea con sus brazos y la melodía que tanto adoro late cerca de mi corazón. Imagino. Sueño. Dos minutos. En dos minutos estará de vuelta. Me tomará el rostro y me besará. Me jurará que nada malo puede pasarme y yo lo creeré como creo todos sus cuentos. No regresa y yo tengo que abrir los ojos. De pronto tengo un pinchazo en el corazón. Me levanto. Con la misma seguridad que puede tener alguien que camina entre nubes, siempre con miedo a caer, rodeo la mesa. No quiero hacerlo en realidad. Una parte de mí ha comprendido. Las palabras de él en los últimos días se reinterpretan. Su dificultad por dormir. “Te quiero. Pase lo que pase”. Cuando descubro en el suelo lo que temía encontrar, entiendo en esa frase una despedida encubierta. A medias oculto debajo del escritorio, el libro de Charlotte se mantiene abierto. Me llevo una mano a la boca, conteniendo un jadeo. Se ha ido. Sin mí. ¿Por qué ha hecho eso? Intento tranquilizarme. ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Por qué si ya lo
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    506 había pensado durantetodo este tiempo no me lo confesó? ¿Qué necesidad tenía de esconderlo? ¿Es que acaso…? ¿Es que acaso ha decidido no volver? Me dejo caer. No puede ser cierto. Él no nos abandonaría. Ni a mí ni a Charlotte. Somos su familia. Somos su hogar. Este es su sitio. Tiene que vivir contra mi corazón, igual que yo he aprendido a dejarlo todo por acomodarme en su pecho. “Para siempre”. ¿Por qué, entonces, se ha ido? Tomo aire. No. No nos dejará. No hará como su padre. Prometió pasar esta noche conmigo. Me mostraría una sorpresa. Parecía tímido cuando lo dijo, pero también emocionado. Como si hubiera tomado una resolución y llevase mucho tiempo esperando para llevarla a cabo. ¿Por qué, entonces, no está? Cojo aire. Tengo que tranquilizarme. Los nervios me traicionan. Tomo el libro con dedos temblorosos y lo dejo sobre la mesa, rozando las páginas. Las letras me reciben contando una historia que ni siquiera me veo capaz de leer. Siento los ojos húmedos. Esperaré. La noche caerá y él saldrá de sus páginas. Ni siquiera me veré capaz de discutir. Un vistazo a la pena que he sentido durante un momento y él mismo se disculpará con su abrazo. Con sus besos. Quizá sea algo que tenía que afrontar solo. Quizá, como yo, no quería preocuparme. Por eso no me ha dicho nada. ¿No puedo entender esas razones? Durante días he estado escondiéndole cosas aún más graves que un simple viaje durante unas horas. Él tiene derecho. Eso es. Regresará y sus dedos apartarán el miedo con sus caricias. Abrazo el libro como si eso pudiera reemplazarle por el momento. Las horas pasan y el tiempo cae. El sol deja de calentarme la espalda. El día muere con el color sangriento del atardecer, que parece hoy más rojo que nunca. No me
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    507 muevo. Ahora élaparecerá. Dentro de poco. Muy poco. Ya queda menos. La luna se alza. Está completamente llena, como un gran ojo que espera atento ver también su llegada. Las estrellas tiemblan. Cada vez menos tiempo. Él está a punto de aparecer. Contaré los minutos como si así pudiese contar a las hijas del firmamento. Uno. Dos. Tres. Solo un par más. A medianoche tocarán las campanas, como la historia de la pobre Cenicienta. Entonces, desafiando al cuento, será cuando nos encontremos, en vez de separarnos. El reloj toca. Cenicienta abre los ojos. La soledad es la única que llega. —Marcus… —Casi gimo. Duele. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene? ¿Qué es capaz de retenerle? Aquí estoy yo. Está Charlotte. Su familia. Sus deseos cumplidos—. Marcus, aparece. Ya han tocado las doce. Es la hora de la magia. Tienes que aparecer. No puedes romper tu promesa. Tenemos que estar juntos. Hay algo que tengo que contarte. Dijiste juntos. Dijiste para siempre. Dijiste que me querías. Y te quiero. Por favor, aparece… Silencio. Una lágrima cae sobre las páginas del libro. La luz que nace. La oscuridad que llena. La sensación de desaparecer. Apenas soy capaz de gritar. El libro me reclama y yo solo me siento caer. Cenicienta ni siquiera deja su zapato atrás.
  • 508.
    508 Agradecimientos a doblevoz. La página de “agradecimientos” resulta la más complicada de esta novela, quizá porque hay mucho que decir y muy poco espacio; o quizá porque nunca se sabe muy bien cómo empezar o qué decir: es como dar un discurso ante un montón de gente, y esta vez no puedes esconderte tras los rostros de los personajes. Nos vamos a esconder la una en la otra: esta carta está escrita por las dos aunque sea una (no os diremos quién, aunque algunos podréis adivinarlo) la que la haya tecleado entre el nerviosismo de no saber qué poner. En primer lugar, gracias a ti, que has llegado hasta esta página. Puede que solo llegues tú, puede que haya llegado mucha gente, puede que no llegue nadie. Pero gracias a aquel que lee estas líneas. Gracias a ti, por leer. Tienes derecho a un deseo. Coge un pétalo y sopla: mandaremos el recado a las hadas para que lo cumplan. En segundo lugar, todos los que vamos a mencionar son parte de Pétalos de papel. Nosotras solo hemos plasmado una historia en palabras: vosotros la habéis completado con vuestra ilusión, vuestro trabajo, vuestro cariño y vuestro apoyo. Estos pétalos nacieron en base a una ilusión que ya nos parece muy lejana (ganar un concurso) y a día de hoy ni siquiera conseguimos creernos en todo lo que se ha convertido. Pétalos de papel significa mucho para las dos autoras que os escriben, así que gracias por formar parte de este pequeño sueño victoriano lleno de hadas y deseos por cumplir. Gracias por saltar a estas páginas. Gracias a nuestras familias, por estar, por mantenernos con los pies en la tierra cuando hacía falta pero también dejarnos volar para alcanzar un sueño. Gracias a Hugo Gil, porque ese pequeñajo siempre ha creído en nosotras y en este libro. Gracias a todos aquellos que sois familia aun sin tener nuestra misma sangre: Mónica, Alejandra (nuestra Alice), Bressend, Álvaro, Yolanda, Esther, Mary… A esos que
  • 509.
    509 siempre leen, comentan,critican, ríen y lloran con nuestras palabras. A ellos por ser sencillamente ellos. Por creer y estar ahí, en el día a día, con su cariño y todo su apoyo. Especialmente gracias a alguien que ha colaborado tanto que se nos han desgastado los agradecimientos para ella: a ti, Barb Hernández, por tu ilusión y tu trabajo, por tu magnífica portada, por todos los ánimos, todos los gritos de frustración y todas las risas. Ah, y por tu maravillosa identificación de personajes y ser nuestra Lottie. A Lop-chan, Anna, sin la cual este proyecto alocado nunca habría comenzado. Ella es la culpable directa, aunque probablemente ni siquiera lo sepa. Por haber creído siempre en nosotras, desde hace ya más de seis años, por haber estado en aquel foro donde empezó todo. Por eso, gracias. De igual modo, gracias a todos aquellos que nos han leído alguna vez y han creído que esto era lo nuestro: escribir. A Irene Hernández, Sere, porque siempre nos ha inspirado a trabajar y a luchar por lo que queremos; a Juaners Maners, por ser inspiración en sí mismo; a Manuel Fdez Bueno por todos los consejos de autor, sus recomendaciones y su alegría; a Pati Blasco por ser excepcional y por hacernos pensar que estos pétalos también son excepcionales; a Medusa Dollmaker, por ser guerrera y animar en los momentos que menos guerreras nos sentíamos nosotras; a Carmen Cabello porque siempre se ha acordado de nuestros pétalos y nos ha hecho seguir; al varego Alberto Morán, un “Rey Trasgo” que hace soñar y reír; a Javier Charro, porque fue quien nos animó a mostrarnos en la red; a Jesús Vilches porque fue de los primeros en creer en este proyecto; a Carolina Bensler por dejarse las manos en una preciosa ilustración de nuestros dos protagonistas; a Josema Beza por su ánimo siempre optimista y la difusión que nos ha prestado. Un grandísimo GRACIAS a todos los bloggers que nos han ayudado a dar a conocer estos pétalos de papel. Mencionarlos a todos sería imposible, pues han sido muchos los que han colaborado antes o después con nosotras, algo que no podremos dejar de
  • 510.
    510 agradecer nunca. Especialmentegracias en este apartado a todos aquellos que han reseñado Pétalos de papel, que sin conocernos de nada se han atrevido a saltar las páginas a pesar de no tener ningún apoyo editorial a nuestras espaldas, y nos han dado sus opiniones y todo su apoyo. Coral Black, Natalia, Alice, Anuca, Ylenia, Lornian, Susana, Alkiio... etc, pensamos en vosotros. A todos los seguidores tanto del blog como de la página de facebook, también gracias. Habéis convertido este pequeño sueño, este pétalo al aire, en algo muchísimo más grande de lo que nunca habríamos imaginado. Y podríamos seguir y seguir, y agotarnos de decir nombres y razones, porque ha habido más, mucho más. No nos olvidamos de nadie: a todos los que alguna vez habéis leído Pétalos de papel, todos los que nos habéis ayudado, aconsejado, o incluso a aquellos que no daban un duro por nosotras: gracias, porque por vosotros estamos aquí hoy, orgullosas de lo que hemos hecho y con ganas de seguir creciendo. Con ganas de llegar a este mundo y a mil mundos, con ganas de traspasar páginas y crear otras historias a las que poder saltar. Vosotros sois nuestros pétalos: vosotros sois nuestros deseos cumplidos. Iria G. Parente y Selene M. Pascual.