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POR QUÉ
AMAMOS
HELEN FIS
lau rus
H E L E N F I S H E R
P O R QUÉ AMAMOS
NATURALEZA Y QUÍMICA DEL AMOR
ROMÁNTICO
Traducción de Victoria E. Gordo del Rey
TAURUS
PENSAMIENTO
Título original: Why We I A V * . The Nature and Chemistry of Roimtntic Ijome
© Helen Fisher, 2004
© De esta edición:
Santitlana Ediciones Generales, S. L„ 2004
Torrelaguna, 60. 28043 Madrid
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cultura L i b r e
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(arts. 870 y sgts. Código Penal).
ÍNDICE
A l lector 1 1
1. « E S E SALVAJE F R E N E S Í » . Estar enamorado 1 7
2 . M A G N E T I S M O A N I M A L . El amor entre los animales 4 3
3 . L A Q U Í M I C A D E L A M O R . Escanear el cerebro "enamorado» 6 9
4 . L A T E L A R A Ñ A D E L A M O R . Deseo, romance y apego 9 7
5 . « E S E P R I M E R E M B E L E S O D E S P R E O C U P A D O Y M A R A V I L L O S O » .
A quién elegimos 1 1 9
6. P O R Q U É A M A M O S . La evoluáón del amor romántico 1 4 7
7. E L A M O R PERDIDO. Rechazo, desesperación y furia 1 7 5
8. C O N T R O L A R L A PASIÓN. Cómo conseguir que el amor dure . . . . 2 0 5
9. « L A L O C U R A D E L O S D I O S E S » . El triunfo del amor 2 3 5
A P É N D I C E 2 4 7
N O T A S 2 6 5
B I B L I O G R A F Í A 2 9 1
A G R A D E C I M I E N T O S 3 2 9
Í N D I C E A N A L Í T I C O 3 3 1
Para Lorna, Ray, Audrey
y el resto de mi familia
(No hables, acércate, escucha lo que te estoy d i c i e n d o al oído,
Te quiero, me posees p o r entero,
O h , h u i r tú y yo de los demás, irnos de u n a vez, libres y sin ley,
Dos gavilanes en el aire, dos peces en el mar, no son más libres
que nosotros),
La furiosa t o r m e n t a atravesándome, yo t e m b l a n d o de pasión,
El j u r a m e n t o de ser inseparables y de estar juntos, de la mujer
que me a m a y a q u i e n yo a m o más que a mi vida, atándome
a ese j u r a m e n t o , ¡Oh, todo lo arriesgo p o r t i !
W A L T W H I T M A N
«De dolientes ríos enajenados»
A L LECTOR
«¿Qué es el amor?», se preguntaba Shakespeare. Pero el ilustre
bardo no fue el p r i m e r o en hacerlo. Sospecho que hace un millón
de años nuestros antepasados ya reflexionaban sobre esta cuestión,
cuando se sentaban alrededor de las hogueras o se tumbaban a con-
templar las estrellas:
En este libro he tratado de responder a esta pregunta aparente-
mente sin respuesta. Varios motivos me h a n llevado a hacerlo. He
amado y ganado, y he amado y perdido; he experimentado la ale-
gría y el sufrimiento del a m o r romántico. P o r otra parte, tengo el
convencimiento de que esta pasión es u n a de las piedras angulares
de la vida social h u m a n a ; la certeza de que todo ser h u m a n o de
cualquier época ha sentido el frenesí y la desesperación del a m o r ro-
mántico; y, lo que quizas sea más importante, la seguridad de que
u n a mejor comprensión de este torbellino puede ayudar a encon-
trar y a mantener esta gloriosa pasión.
Así que, en 1996, comencé u n a investigación compuesta de va-
rias partes dirigida a desentrañar ese misterio de los misterios, la
experiencia de «estar enamorado». Por qué amamos. Por qué elegi-
mos a las personas que elegimos. C ó m o varían los sentimientos ro-
mánticos entre hombres y mujeres. El amor a primera vista. El amor
y el deseo. El a m o r y el m a t r i m o n i o . El a m o r a n i m a l . C ó m o ha evo-
lucionado el amor. El a m o r y el odio. El cerebro enamorado. Estos
temas se convirtieron en el objeto principal de este libro. También
esperaba llegar a comprender mejor c ó m o podríamos controlar este
impredecible y a m e n u d o peligroso fuego del corazón.
1 1
P O R Q U É AMAMOS
El a m o r romántico es, en mi opinión, u n a de las tres redes cere-
brales primigenias que evolucionaron para dirigir el apareamiento y
la reproducción. El deseo, el ansia de satisfacción sexual, nació para
motivar a nuestros antepasados a encontrar la unión sexual con casi
cualquier pareja. El amor romántico, la euforia y la obsesión de «estar
enamorado» les permitía concentrar sus esfuerzos en el cortejo de
un solo individuo cada vez, ahorrando así un tiempo y u n a energía
de inestimable valor para el apareamiento. El cariño, el sentimien-
to de calma, paz y seguridad que sentimos a m e n u d o hacia u n a pare-
ja duradera, evolucionó para motivar a nuestros antepasados a amar
a su pareja el tiempo suficiente para criar juntos a sus hijos.
En resumen, el a m o r romántico está profundamente enraizado
en la arquitectura y la química del cerebro h u m a n o .
Pero, ¿qué es lo que realmente produce esta cosa llamada amor?
Para investigarlo, decidí utilizar la tecnología más avanzada de
escáner cerebral, la imagen por resonancia magnética f u n c i o n a l
(IMRf), c o n el fin de tratar de registrar la actividad cerebral de los
hombres y mujeres que acaban de enamorarse perdidamente.
P a r a esta importante parte de mi investigación, tuve la suerte de
contar c o n la colaboración de dos colegas excepcionalmente pre-
parados, la doctora L u c y L. B r o w n , neuróloga del A b e r t Einstein
College of M e d i c i n e , y el doctor A r t h u r A r o n , psicólogo de investi-
gación de la State University of N e w York ( S U N Y ) de Stony B r o o k .
D e b r a Mashek, p o r entonces estudiante de doctorado en psicolo-
gía, G r e g Strong, otro estudiante de posgrado, y el doctor H a i f a n g
L i , radiólogo —todos ellos de la S U N Y de Stony B r o o k y personas
de gran talento—, desempeñaron también un papel fundamental.
Durante seis años, he escaneado los cerebros de más cuarenta h o m -
bres y mujeres locamente enamorados, recogiendo a p r o x i m a d a -
mente ciento cuarenta y cuatro imágenes de la actividad cerebral
de cada uno. La m i t a d de nuestros participantes eran hombres y
mujeres cuyo a m o r era correspondido; el resto habían sido recien-
temente rechazados p o r la persona que adoraban. Queríamos estu-
diar toda la gama de los diversos sentimientos asociados a «estar
enamorado».
Los resultados fueron sorprendentes. E n c o n t r a m o s diferencias
de género que podrían explicar p o r qué los hombres responden
12
H E Í Í N F l S H E K
tan apasionadamente a los estímulos visuales y p o r qué las mujeres
pueden recordar los detalles de u n a relación. Descubrimos las for-
mas en las que el cerebro e n a m o r a d o va cambiando c o n el tiempo.
D e t e r m i n a m o s algunas de las regiones cerebrales que se activan
cuando se experimenta el éxtasis romántico, información que su-
giere nuevas maneras de mantener vivo el romance en las parejas
de larga duración. Llegué a la conclusión de que los animales sien-
ten cierta f o r m a de atracción romántica entre sí. Nuestros descu-
brimientos arrojaron nueva luz sobre las conductas de acoso y
otros crímenes pasionales. A h o r a sé algo más sobre lo que hace
que nos sintamos tan deprimidos y enfadados cuando nos recha-
zan e incluso sobre algunas formas de estimular el cerebro para ali-
viar la angustia.
Y lo que es aún más importante: nuestros resultados cambiaron
mi m a n e r a de pensar acerca de la verdadera esencia del a m o r ro-
mántico. Alcancé a ver esta pasión c o m o un impulso h u m a n o f u n -
damental. Al igual que el ansia de alimento o de agua y el instinto
maternal, se trata de u n a necesidad fisiológica, un i m p u l s o p r o f u n -
do, un instinto que consiste en cortejar y conseguir a un determi-
nado compañero para aparearse.
Este impulso de enamorarse ha inspirado algunas de las óperas,
obras de teatro y novelas más fascinantes creadas p o r el ser h u m a -
no, nuestros poemas más conmovedores y las melodías más evoca-
doras, las esculturas y cuadros más bellos, nuestros festivales, mitos
y leyendas más atractivos. El a m o r romántico ha embellecido el
m u n d o y ha llenado a muchos de u n a tremenda alegría. Pero cuan-
do el a m o r es desairado, puede causar u n a terrible pena. El acoso,
el homicidio, el suicidio, la depresión p r o f u n d a provocados p o r el
rechazo amoroso, así c o m o las altas tasas de divorcios y adulterios
son frecuentes en las sociedades de todo el m u n d o . Ha llegado
el m o m e n t o de plantearse la pregunta de Shakespeare: «¿Qué es el
amor?»
Espero que este libro sea tan útil al lector como ha sido para mí
escribirlo, en nuestra m u t u a y eterna danza con esta fuerza desco-
m u n a l : el instinto de enamorarse.
13
P O R Q U É A M A M O S
1
«ESE SALVAJE FRENESÍ»
Estar enamorado
El mundo, para mí, y todo lo que abarca,
lo rodean tus brazos; para mí, allí se encuentra,
dentro de las luces y las sombras de tus ojos,
la única belleza que nunca envejece.
J A M E S W E L D O N J O H N S O N
«Beauty That Is Never Oíd»
E l fuego m e recorre e l c u e r p o — e l d o l o r d e amarte. E l d o l o r m e
recorre el cuerpo c o n las llamas d e l a m o r que siento p o r ti. La en-
fermedad d e l a m o r p o r ti me i n u n d a el cuerpo. El d o l o r es c o m o
un furúnculo a punto de explotar de mi a m o r p o r ti. C o n s u m i d o
por el fuego de mi a m o r p o r ti. Recuerdo lo que me dijiste. Pienso
en tu a m o r por mí. Me desgarra tu a m o r p o r mí. D o l o r y más dolor.
¿Dónde te vas c o n mi amor? Me dicen que te irás de aquí. Me d i c e n
que me abandonarás. Mi cuerpo está entumecido de dolor. Re-
cuerda lo que te he dicho, mi amor. Adiós, mi amor, adiós1
. Así se
expresaba un i n d i o k w a k i u t l d e l sur de A l a s k a en este desolador
poema traducido de su lengua m a t e r n a en 1896.
¿Cómo se h a n amado hombres y mujeres de todas las épocas?
¿Cuántos de sus sueños se h a n cumplido? ¿Cuántas de sus pasiones
se han malgastado? A m e n u d o , mientras camino o me siento a m e d i -
tar, me pregunto p o r todos los conmovedores romances aconteci-
dos en este planeta. A f o r t u n a d a m e n t e , los h o m b r e s y mujeres de
el m u n d o entero nos h a n dejado gran cantidad de pruebas de sus
vidas románticas.
Desde U r u k , en la antigua Sumeria, nos h a n llegado poemas en
tablillas cuneiformes que celebran la pasión de Inanna, R e i n a de Su-
meria, p o r D u m u z i , un joven pastor. «Mi amado, la delicia de mis
ojos», gemía I n a n n a hace más de cuatro m i l años2
.
17
P O R QUÉ AMAMOS
Los védicos y otros textos de la India, de los cuales los más anti-
guos están datados entre 1000 y 700 a. de C, cuentan que Shiva, el
mítico Dios del Universo, estaba encaprichado de Sati, u n a joven
india: Se vio a él mismo c o n Sati sobre la c u m b r e de u n a montaña /
enlazados por el a m o r 3
.
P a r a algunos, la f e l i c i d a d no llegó n u n c a . T a l fue el caso de
Qais, el hijo d e l jefe de u n a t r i b u de la antigua A r a b i a . Según u n a
leyenda árabe que se r e m o n t a al siglo v i l , Qais era un j o v e n her-
moso e inteligente hasta que c o n o c i ó a L a i l a , n o m b r e que signifi-
ca «noche» y que respondía a su cabello negro azabache4
. H a s t a
tal p u n t o se sentía Qais o b n u b i l a d o p o r ella, que un día en la es-
cuela se levantó de su silla y salió c o r r i e n d o a gritar su n o m b r e
p o r las calles, p o r lo que en adelante se íe c o n o c i ó c o m o M a j n u n ,
o sea, loco. AI p o c o M a j n u n c o m e n z ó a vagar p o r las arenas d e l
desierto, viviendo en cuevas c o n los animales y recitando versos a
su a m a d a , mientras que L a i l a , e n c e r r a d a en la tienda de su p a -
dre, se escapaba p o r la noche p a r a lanzar al viento sus mensajes
de amor. L o s compasivos transeúntes que p o r allí pasaban lleva-
b a n sus llamamientos al j o v e n poeta de m e l e n a salvaje y cuerpo
casi desnudo. Su m u t u a pasión conduciría finalmente a u n a gue-
r r a entre sus tribus y a la m u e r t e de los amantes. Sólo q u e d a esta
leyenda.
También M e i l a n vivía en plena agonía. Según la fábula c h i n a
del siglo xn titulada La diosa dejade, M e i l a n , de quince años, era la
hija m i m a d a de un alto oficial de K a i f e n g hasta que se enamoró de
C h a n g Po, un joven vivaz, de dedos largos y finos y c o n un talento es-
pecial para tallar el jade. U n a mañana, en el jardín familiar, C h a n g
Po se declaró a M e i l a n diciéndole: «Desde que se crearon el cielo y
la tierra, tú y yo fuimos hechos el u n o para el otro y no te dejaré
marchar»5
. S i n embargo, los amantes pertenecían a clases distintas
dentro del rígido y jerárquico o r d e n social chino. Desesperados, se
fugaron, aunque p r o n t o fueron descubiertos. Él escapó. A ella la
enterraron viva en el jardín de su padre. P e r o la leyenda de M e i l a n
sigue presente en el corazón de muchos chinos.
R o m e o y j u l i e t a , Paris y H e l e n a , O r f e o y Eurídice, A b e l a r d o y
Eloisa, Troilo y Crésida, Tristán e Isolda: miles de poemas, canciones
e historias románticas nos h a n llegado durante siglos desde la vieja
18
H E L E N FISHER
Europa, Oriente Próximo, Japón, C h i n a , India y todas las socieda-
des de las que h a n quedado testimonios escritos.
Incluso d o n d e no se cuenta c o n documentos escritos, h a n que-
dado rastros de esta pasión. En efecto, en un estudio sobre c i e n -
to sesenta y seis culturas diferentes, los antropólogos e n c o n t r a -
ron vestigios de a m o r romántico en ciento cuarenta y siete, casi
el noventa p o r ciento de ellas6
. En las diecinueve restantes, este
aspecto de la v i d a de las personas s i m p l e m e n t e no fue analizado
por los científicos. P e r o desde Siberia hasta el i n t e r i o r de A u s t r a -
lia y el A m a z o n a s , la gente canta canciones de amor, c o m p o n e
poemas de a m o r o n a r r a mitos y leyendas de a m o r romántico.
M u c h o s practican la m a g i a a m o r o s a llevando amuletos y reali-
zando hechizos, o utilizando condimentos o pócimas p a r a estimu-
lar la pasión romántica. M u c h o s se fugan c o n su pareja. M u c h o s
sufren intensamente p o r u n a m o r n o c o r r e s p o n d i d o . A l g u n o s
matan a sus amantes. O t r o s se m a t a n a sí mismos. M u c h o s acaban
sumidos en u n a p e n a tan p r o f u n d a que apenas p u e d e n c o m e r o
dormir.
A partir de la lectura de poemas, canciones e historias proce-
dentes del m u n d o entero, he llegado al convencimiento de que la
capacidad de a m o r romántico se encuentra firmemente enraizada
en el tejido d e l cerebro h u m a n o . El a m o r romántico es u n a expe-
riencia h u m a n a universal.
¿En qué consiste este sentimiento volátil y a m e n u d o incontrola-
ble que nos absorbe la mente, trayéndonos la felicidad en un mo-
mento y la desesperación al siguiente?7
.
E L E S T U D I O D E L A M O R
« O h , cuéntame la v e r d a d sobre el a m o r » , e x c l a m a b a el p o e t a
W . H . A u d e n . P a r a c o m p r e n d e r l o que esta p r o f u n d a experiencia
h u m a n a conlleva en realidad, revisé la literatura psicológica sobre
el amor romántico, seleccionando las características, síntomas o
condiciones que se mencionaban repetidamente. C o m o es lógico,
este potente sentimiento se c o m p o n e de muchas características es-
pecíficas8
.
19
P O R Q U É AMAMOS
Así pues, para asegurarme de que estas características de la pa-
sión romántica son universales, las utilicé c o m o base p a r a elaborar
u n cuestionario basado e n e l a m o r romántico. Y c o n l a ayuda d e
Michelle Cristiani, entonces estudiante de posgrado en la Rutgers
Universidad, y de los doctores M a r i k o Hasagawa y Toshikazu Hasa-
gawa de la U n i v e r s i d a d de T o k i o , lo distribuí entre los h o m b r e s y
mujeres tanto de la Rutgers U n i v e r s i d a d de N u e v a Jersey c o m o de
la Universidad de Tokio.
La encuesta c o m e n z a b a así: «Este cuestionario trata sobre "estar
enamorado", los sentimientos de sentirse encaprichado, apasiona-
do o fuertemente atraído en un sentido romántico p o r alguien. Si
en este m o m e n t o no está " e n a m o r a d o " de nadie, pero ha sentido
u n a intensa pasión p o r alguien en el pasado, responda a las pre-
guntas teniendo a dicha persona en mente». Después se realizaban va-
rias preguntas de tipo demográfico a los participantes, en relación
c o n su e d a d , situación e c o n ó m i c a , religión, p e r t e n e n c i a étnica,
orientación sexual y estado civil. También se f o r m u l a b a n p r e g u n -
tas sobre sus relaciones amorosas, p o r ejemplo: «¿Cuánto tiempo
ha estado enamorado?». «¿Qué porcentaje a p r o x i m a d o de un día
n o r m a l se le viene esa persona al pensamiento?». Y, «¿A veces se
siente incapaz de controlar sus sentimientos?».
A continuación venía el c u e r p o d e l cuestionario (ver Apéndi-
ce) . Contenía c i n c u e n t a y cuatro cuestiones, d e l tipo: «Tengo más
energía c u a n d o estoy c o n ». «Se me desboca el corazón c u a n -
do oigo la voz de al teléfono». Y «Cuando estoy en c l a s e / e n
el trabajo me viene a la m e n t e ». Elaboré estas preguntas
con la intención de reflejar las características más c o m ú n m e n t e
asociadas c o n el a m o r romántico. Se pedía a los encuestados que
i n d i c a r a n en qué m e d i d a aceptaban cada cuestión siguiendo u n a
escala de siete p u n t o s desde «muy en desacuerdo» a «muy de
acuerdo». El cuestionario fue contestado p o r un total de cuatro-
cientos treinta y siete estadounidenses y cuatrocientos dos j a p o n e -
ses. Después, los profesionales de la estadística M a c G r e g o r S u z u k i
y Tony O l i v a r e u n i e r o n todos los datos y realizaron el análisis esta-
dístico.
L o s resultados fueron sorprendentes: la edad, el género, la orien-
tación sexual, la afiliación religiosa, el g r u p o étnico... N i n g u n a de
2 0
H E L E N FISHER
estas variables humanas marcaba prácticamente diferencia alguna
en las respuestas.
P o r ejemplo, las respuestas de personas pertenecientes a dife-
rentes grupos de edad no presentaron diferencias significativas en
el 82 p o r ciento de las preguntas. En el 87 p o r ciento de ellas, los
hombres y las mujeres estadounidenses respondieron práctica-
mente igual: no h u b o apenas diferencias relacionadas c o n el géne-
ro. L o s «blancos» y «otros» estadounidenses respondieron de for-
ma similar al 82 p o r ciento: la raza no representó apenas n i n g u n a
diferencia en cuanto al fervor romántico. Los católicos y los protes-
tantes no mostraron variaciones significativas en el 89 p o r ciento
de las cuestiones: la afiliación religiosa tampoco constituyó un factor
diferenciados Y c u a n d o estos grupos sí mostraban en sus respues-
tas diferencias «estadísticamente significativas», generalmente se de-
bía a que u n o de ellos era ligeramente más apasionado que el otro.
Las mayores diferencias se producían entre estadounidenses y
japoneses. En la mayoría de las cuarenta y tres cuestiones en las que
se detectaron variaciones estadísticamente significativas, era senci-
llamente p o r q u e u n a nacionalidad expresaba un grado algo supe-
rior de pasión romántica. Y e n las doce cuestiones en las que se m a -
nifestaron diferencias claramente significativas, el hecho parecía
deberse en todos los casos a razones culturales obvias. P o r ejemplo,
sólo el 24 p o r ciento de los estadounidenses se mostraba de acuer-
do c o n la afirmación: «Cuando hablo c o n , a m e n u d o tengo
miedo de decir algo incorrecto», mientras que un aplastante 65
por ciento de los japoneses estaba de acuerdo c o n ella. Sospecho
que esta variación específica se produjo porque las relaciones c o n el
sexo opuesto son menores en número y revisten un carácter más
formal en el caso de los jóvenes japoneses que en el de los estadou-
nidenses. P o r tanto, teniendo todo esto en cuenta, los hombres y
las mujeres de estas sociedades tan diferentes tenían sentimientos
de pasión romántica m u y similares.
E l a m o r romántico. E l a m o r obsesivo. E l a m o r apasionado. E l
encaprichamiento. C u a l q u i e r a que sea el n o m b r e que le demos,
los hombres y las mujeres de cada época y de cada cultura h a n sido
«seducidos, perturbados y desconcertados» p o r este poder irresisti-
ble. Estar enamorado eíalgo c o m ú n a toda la h u m a n i d a d . Es parte
21
P U R Q U É AMAMOS
de la naturaleza h u m a n a 9
. P o r otra parte, esta magia se presenta
ante cada uno de nosotros de f o r m a m u y similar.
S I G N I F I C A D O ESPECIAL
U n a de las primeras cosas que ocurre c u a n d o nos enamoramos
es que experimentamos un cambio brusco en nuestra conciencia:
el «objeto de nuestro amor» cobra lo que los psicólogos l l a m a n un
«significado especial». La persona a m a d a se convierte en algo nue-
vo, único y sumamente importante. C o m o u n a vez dijo un h o m b r e
enamorado: «Todo mi m u n d o había cambiado. Tenía un nuevo
centro, y ese centro era Marilyn»1 0
. El R o m e o de Shakespeare ex-
presó el mismo sentimiento de f o r m a mas sucinta al decir de su
adorada: «Julieta es el sol».
Antes de que la relación se convierta en un a m o r romántico, po-
demos sentirnos atraídos por diferentes individuos, dirigiendo nues-
tra atención p r i m e r o a uno, luego a otro. Pero finalmente acabamos
por concentrar nuestra pasión en uno de ellos. E m i l y D i c k i n s o n lla-
maba a este m u n d o privado «el reino de ti».
Este f e n ó m e n o está r e l a c i o n a d o c o n la i n c a p a c i d a d h u m a n a
para sentir pasión romántica p o r más de u n a persona a la vez. En
mi estudio, el 79 p o r ciento de los hombres y el 87 p o r ciento de las
mujeres decían que en caso de que su amado no estuviera disponi-
ble, no buscarían un encuentro romántico c o n otra persona
(Apéndice, nB
19).
A T E N C I Ó N C O N C E N T R A D A
La persona poseída p o r el a m o r centra casi toda su atención en
el amado, c o n frecuencia en d e t r i m e n t o de c u a l q u i e r otra cosa
o persona que le rodee, i n c l u y e n d o el trabajo, la f a m i l i a y los a m i -
gos. O r t e g a y Gasset, el filósofo español, se refería a ello c o m o «un
estado a n o r m a l de atención que se produce en un h o m b r e nor-
mal». Esta atención c o n c e n t r a d a es un aspecto clave d e l a m o r
romántico.
22
H E L E N FISHER
Los hombres y las mujeres que sienten este e n c a p r i c h a m i e n t o
también se concentran en todos los hechos, canciones y otras pe-
queñas cosas que h a n llegado a asociar c o n el ser a m a d o . El m o -
mento en el que, paseando p o r el parque, él se detuvo a enseñarle
a ella un nuevo brote de la primavera; la n o c h e en que ella le l a n -
zó unos limones mientras él preparaba las bebidas: para los atra-
pados p o r el amor, estos m o m e n t o s intrascendentes c o b r a n vida
propia. El 73 p o r ciento de los h o m b r e s y el 85 p o r ciento de las
mujeres de mi estudio r e c o r d a b a n cosas triviales q u e su a m a d o
había d i c h o o h e c h o (Apéndice, ne
46). Y el 83 p o r ciento de los
hombres y el 90 p o r ciento de las mujeres reproducían en su mente
estos preciosos episodios cuando pensaban en su ser amado (Apén-
dice, n a
52).
Miles de millones de amantes probablemente se h a n sentido i n -
vadidos p o r u n a repentina ternura c u a n d o pensaban en los m o -
mentos pasados c o n su enamorado. Un conmovedor ejemplo de
ello es un p o e m a c h i n o del siglo I X , La estera de bambú de Y u a n
C h e n . G h e n se lamentaba: «No soy capaz de guardar / la estera de
bambú: / desde que a q u e l l a n o c h e en q u e te llevé a tu casa, / vi
c ó m o la extendías»1 1
. Para C h e n , un objeto cotidiano había adqui-
rido u n a dimensión simbólica.
El r o m a n c e Lancelot, escrito en el siglo xn p o r Chréüen de T r o -
yes, ilustra este m i s m o aspecto de la pasión romántica. En esta epo-
peya, Lancelot encuentra el peine de la reina G i n e b r a tirado en el
camino después de que ella y su séquito h u b i e r a n pasado p o r allí.
Algunos de sus rubios cabellos habían quedado enganchados en
las púas. C o m o escribió de Troyes: «Comenzó a adorar sus cabellos;
cientos de miles de veces se tocaba c o n ellos los ojos, la boca, la
frente, las mejillas»1 2
.
E N G R A N D E R A L SER A M A D O
La persona que se e n a m o r a también empieza a engrandecer, i n -
cluso a magnificar pequeños aspectos de su amado. Si se les insiste,
casi todos los amantes p u e d e n e n u m e r a r las cosas que no les gus-
tan de su amor. Pero no d a n i m p o r t a n c i a a estas percepciones o se
23
P O R Q U É AMAMOS
convencen a sí mismos de que constituyen defectos únicos y encan-
tadores. «Así, los amantes consiguen, a causa de su pasión / amar a
sus damas incluso p o r sus defectos», reflexionaba M o l i e r e . Así es.
Algunos llegan incluso a adorar a sus amados p o r sus defectos.
Y los amantes veneran las cualidades positivas de sus enamora-
dos, ignorando de f o r m a flagrante la r e a l i d a d 1 3
. Es la vida vista de
color de rosa, lo que los psicólogos l l a m a n el «efecto de las lentes
rosas». V i r g i n i a W o o l f describía esta visión miope m u y graficamen-
te; decía: «Pero el amor... es sólo u n a ilusión. U n a historia que u n o
construye en su mente sobre otra persona. Y u n o es consciente
todo el tiempo de que no es verdad. P o r supuesto que lo sabe; p o r
eso siempre tiene cuidado de no destruir la ilusión».
Nuestra muestra de encuestados estadounidenses y japoneses
ilustra perfectamente este efecto de las lentes rosas. A l r e d e d o r de
un 65 p o r ciento de los hombres y un 55 p o r ciento de las mujeres
del estudio se mostraban de acuerdo c o n la afirmación: « tie-
ne algunos defectos, pero en realidad no me molestan» (Apéndice,
n2
3). Y e l 64 p o r ciento de los h o m b r e s y el 61 p o r ciento de las
mujeres estaban de acuerdo c o n la frase «Me gusta todo de »
(Apéndice, n a
1 0 ) .
Cómo nos engañamos a nosotros mismos cuando amamos. C h a u -
cer tenía razón: «El a m o r es ciego».
« P E N S A M I E N T O I N T R U S I V O »
U n o de los principales síntomas del a m o r romántico es la m e d i -
tación obsesiva sobre la persona amada. Es lo que los psicólogos lla-
m a n el «pensamiento intrusivo». Sencillamente, no puedes quitar-
te a tu amado de la cabeza.
Los ejemplos acerca d e l pensamiento intrusivo a b u n d a n en la l i -
teratura de todo el m u n d o . Un poeta c h i n o del siglo rv, T z u Yeh, es-
cribió: « C ó m o n o pensar e n t i — » 1 4
. U n poetajaponés anónimo d e l
siglo V I H se lamentaba: «Mi anhelo de ti no cesa nunca». G i r a u t de
B o r n e i l , un trovador francés del siglo x i i , cantaba: «Porque te a m o
demasiado... tan terriblemente mis pensamientos me a t o r m e n -
tan»1 5
. Y un nativo maorí de N u e v a Zelanda expresaba su sufri-
24
H E I - E N F l S H E R
miento c o n estas palabras: «Paso despierto la noche entera, / para
que el a m o r se alimente de mí en secreto».
Quizas el ejemplo más evidente de pensamiento intrusivo se en-
cuentre, sin embargo, en u n a obra maestra de la E d a d M e d i a , Parsi-
fal, de Wolfram von Eschenbach. En esta historia, Parsifal iba cabal-
gando en su corcel c u a n d o vio tres gotas de sangre en la nieve del
invierno, derramadas p o r un pato salvaje que había sido cazado
por un halcón. Esto le recordó la tez de porcelana y carmesí de su
esposa, Condwiramour. Paralizado, Parsifal se detuvo, ensimisma-
do, helándose sobre sus estribos. «Y así estuvo meditando, p e r d i d o
en sus pensamientos, hasta que sus sentidos / le abandonaron. El
poderoso a m o r le tenía subyugado»1 6
.
Desafortunadamente, Parsifal mantenía su lanza erecta, u n a se-
ñal caballeresca de desafío. Al poco, dos caballeros, que acampa-
ban en un prado cercano c o n el rey A r t u r o , le vieron y se acercaron
al galope para enfrentarse a él en u n a justa. Pero hasta que u n o de
los perseguidores de Parsifal no dejó caer u n a bufanda amarilla so-
bre las gotas de sangre, Parsifal no salió de su e n s i m i s m a m i e n t o
amoroso, bajando su a r m a y evitando un combate a muerte.
El a m o r es poderoso. No sorprende que el 79 por ciento de los
hombres y el 78 por ciento de las mujeres de mi estudio manifiesten
que cuando estaban en clase o en el trabajo su mente se volvía conti-
nuamente hacia su amado (Apéndice, na
24). Y e l 47 p o r ciento de
los hombres y el 50 por ciento de las mujeres estuvieron de acuerdo
en que «por cualquier motivo, mi mente parece acabar pensando
siempre en (Apéndice, nc
36). Otros estudios arrojan resulta-
dos similares. Los encuestados afirman pensar en su «objeto amado»
durante el 85 por ciento del tiempo que pasan despiertos1 7
.
Qué acertadas las palabras de M i l t o n en El paraíso perdido, cuan-
do Eva le dice a Adán, «Conversando contigo, pierdo la noción del
tiempo».
F U E G O E M O C I O N A L
De los ochocientos treinta y nueve estadounidenses y japoneses
que f o r m a n la muestra de mi estudio sobre el a m o r romántico, el
25
P O R Q U É AMAMOS
80 por ciento de los hombres y el 79 p o r ciento de las mujeres dije-
r o n estar de acuerdo c o n la afirmación «Cuando estoy seguro de
que siente pasión hacia mí, me siento más ligero que el aire»
(Apéndice, nB
32).
Ningún aspecto de «estar e n a m o r a d o » resulta tan f a m i l i a r al
amante como el torrente de intensas emociones que corre p o r su
mente. Algunos se vuelven increíblemente tímidos o torpes en pre-
sencia de la persona amada. Otros palidecen, tiemblan, tartamude-
an, sudan, sienten que se les d o b l a n las rodillas, n o t a n mareos o
«mariposas en el estómago». Otros dicen que se les acelera la respi-
ración. Y muchos dicen sentir fuego en el corazón.
Catulo, el poeta latino, se vio totalmente arrastrado. En u n a car-
ta a su amada, decía: «pues tan p r o n t o c o m o te he visto, Lesbia,
nada queda en mí. Mi lengua enmudece; u n a leve llama se aviva bajo
mis miembros»1 8
*. O n o N o K o m a c h i , u n a poetisa japonesa del si-
glo ix, escribió: «Yago despierta, ardiendo / c o n el fuego creciente
de la pasión / explotando, resplandeciendo en mi corazón»1 9
. La es-
posa del Cantar de los Cantares, el p o e m a de a m o r hebreo compues-
to entre el 900 y 300 a. de C, se lamentaba: «Desfallezco de amor»2 0
.
Y e l poeta estadounidense Walt W h i t m a n describió perfectamente
este torbellino e m o c i o n a l , diciendo: «la furiosa t o r m e n t a atrave-
sándome, yo temblando de a m o r » 2 1
.
Los amantes hacen volar u n a cometa de euforia tan desboca-
da que muchos apenas p u e d e n comer o dormir.
E N E R G Í A I N T E N S A
La pérdida de apetito o el i n s o m n i o están directamente relacio-
nados c o n otra de las abrumadoras sensaciones del amor: u n a tre-
m e n d a energía. C o m o un joven de la isla M a n g a i a del Pacífico Sur
le dijo a un antropólogo, c u a n d o pensaba en su amada, «se sentía
capaz de tocar el cielo»2 2
. El 64 por ciento de los hombres y el 68
por ciento de las mujeres de nuestro estudio también afirmaban
* Catulo, Poemas, Gredos, Madrid, 2001, ( N . de laT.)
2 6
H K L E N FISHER
que su corazón se aceleraba cuando escuchaban la voz de la perso-
na amada al teléfono (Apéndice, nc
9). Y el 77 p o r ciento de los
hombres y el 76 p o r ciento de las mujeres manifestaron sentir u n a
oleada de energía cuando estaban con su amado (Apéndice, ne
17).
Bardos, juglares, poetas, dramaturgos, novelistas: hombres y
mujeres h a n glosado durante siglos esta química energizante, así
como el torpe tartamudeo y el nerviosismo, los fuertes latidos del
corazón y la dificultad al respirar que pueden acompañar al amor
romántico. Pero de todos los que h a n comentado este pandemó-
n i u m físico y psíquico, n i n g u n o ha sido tan gráfico c o m o Andreas
Capellanus, o Andrés el Capellán, un erudito francés de la década
de 1180 que frecuentó los ambientes cortesanos más distinguidos y
escribió De arte honesti amandi o Tratado sobre el amor, un clásico de la
literatura de la época.
Durante este siglo fue c u a n d o nació la tradición d e l a m o r cortés
en Francia. Este código c o n v e n c i o n a l prescribía la c o n d u c t a d e l
amante hacia la amada. El amante era c o n frecuencia un trovador,
esto es, un poeta, músico y cantante de gran erudición, que a me-
n u d o tenía el rango de caballero. Su amada era, en muchos casos,
una mujer casada c o n el señor de u n a distinguida casa europea. Es-
tos trovadores componían y luego cantaban versos llenos de ro-
manticismo para homenajear y agradar a la señora de la casa.
S i n embargo, estos «romances» debían ser castos y tenían que
observar estrictamente los complejos códigos de la conducta caba-
lleresca. Así, en este l i b r o , Capellanus codificaba las normas d e l
amor cortés. S i n saberlo, estaba e n u m e r a n d o también muchas de
las principales características d e l a m o r romántico, entre ellas, la
turbulencia interior del amante. C o m o él supo expresar c o n gran
acierto: «Cuando de repente alcanza a ver a su amada, el corazón
del amante empieza a palpitar». «Por lo general, todos los amantes
palidecen en presencia de su amada»2 3
. Y «Un h o m b r e atormenta-
do p o r el pensamiento del a m o r come y d u e r m e m u y p o c o » 2 4
.
Este cultivado clérigo se refería también al «pensamiento i n t r u -
sivo» que experimentan los amantes, diciendo: «Todo lo que hace
un amante desemboca en pensar en la amada». Y «Un verdadero
amante está obsesionado continua e i n i n t e r r u m p i d a m e n t e p o r la
imagen de su amada». También reconocía que el amante centra
27
P O R QUÉ AMAMOS
toda su atención en u n a sola persona cuando ama, al decir: «Nadie
puede amar a dos personas al m i s m o tiempo » 2 5
.
Casi m i l años después, los aspectos fundamentales del a m o r ro-
mántico no h a n cambiado.
C A M B I O S D E H U M O R : D E L ÉXTASIS A L A D E S E S P E R A C I Ó N
«Navega a la deriva p o r el agua azul / bajo la clara l u n a , / reco-
giendo lirios blancos en el L a g o del Sur. / C a d a flor de loto / le ha-
blará de a m o r / hasta que su corazón se rompa». P a r a el poeta c h i -
no del siglo Víll Li Po, el r o m a n c e era d o l o r o s o 2 6
.
Los sentimientos amorosos se elevan a lo más alto y caen en p i -
cado. Si el amado cubre de atenciones a su amante, si l l a m a regu-
larmente, escribe correos electrónicos afectuosos o q u e d a c o n su
enamorado para c o m e r y divertirse u n a tarde o u n a noche, el m u n -
do se i l u m i n a . Pero si su adorado muestra indiferencia, llega tarde
o no llega, no responde a los correos electrónicos, llamadas telefó-
nicas o cartas, o envía alguna otra señal negativa, el amante c o m i e n -
za a desesperarse. Apáticos, deprimidos, estos pretendientes que-
dan abatidos hasta que puedan encontrar u n a explicación para el
comportamiento de la persona amada, aliviar su corazón pisoteado
y reanudar la persecución.
L a pasión romántica p u e d e p r o d u c i r u n a g r a n v a r i e d a d d e
vertiginosos cambios de h u m o r que van desde la euforia cuando
recuperan a su amor, hasta la ansiedad, la desesperación e incluso
la ira c u a n d o su ardor romántico es ignorado o rechazado. En pala-
bras del escritor suizo H e n r i Frederic A m i e l , «Cuanto más a m a un
hombre, más sufre». L o s pueblos tamiles del sur de la I n d i a tienen
incluso un n o m b r e para este malestar. L l a m a n a este estado de su-
frimiento romántico «mayakkam», que significa embriaguez, m a -
reo y delirio.
P o r tanto, no me resultó sorprendente que el 72 p o r ciento de
los hombres y el 77 p o r ciento de las mujeres de mi estudio no estu-
viera de acuerdo c o n la afirmación de que «El comportamiento de
n o afecta a m i bienestar emocional» (Apéndice, n Q
41). Y u n
68 p o r ciento de los hombres y un 56 p o r ciento de las mujeres se
28
H E L E N FISHER
mostraron de acuerdo c o n «Mi estado e m o c i o n a l depende de los
sentimientos de hacia mí» (Apéndice, nB
37)'.
E L A N H E L O D E L A U N I Ó N E M O C I O N A L
«Ven cuando duerma, y de día / otra vez me sentiré bien. / Porque
entonces la noche pagará / todo el desesperado anhelo del día»2 7
*.
Los amantes ansian la unión emocional c o n el ser amado, como b i e n
sabía el poeta Matthew A r n o l d 2 8
. Sin esta conexión c o n su amor, se
sienten extremadamente incompletos o vacíos, c o m o si les faltara
una parte esencial de ellos mismos.
Esta a b r u m a d o r a necesidad de unión e m o c i o n a l tan caracterís-
tica del amante se expresa de f o r m a memorable en El Banquete, la
narración que hace Platón de u n a cena celebrada en Atenas en el
año 416 a. de C. En d i c h a celebración se r e u n i e r o n a cenar algu-
nas de las mentes más sobresalientes de la G r e c i a clásica en casa de
Agatón. Mientras se disponían a reclinarse en sus divanes, u n o de
los invitados propuso que podían entretenerse debatiendo disten-
didamente sobre un tema: cada u n o debía describir y ensalzar al
dios del A m o r p o r turnos.
Todos estuvieron de acuerdo. La j o v e n encargada de tocar la
flauta fue enviada a su casa. L u e g o , u n o p o r u n o fueron elogiando
al dios del A m o r . A l g u n o s describieron a esta figura sobrenatural
como el más «antiguo», el más «respetado» o el más tolerante de to-
dos los dioses. Otros mantenían que el dios d e l A m o r era «joven»,
«sensible», «poderoso» o «bueno». M e n o s Sócrates, q u i e n comen-
zó su homenaje reproduciendo su conversación c o n D i o t i m a , u n a
sabia mujer de M a n t i n e a . Al hablar del dios del A m o r , ésta le había
dicho a Sócrates: «Siempre vive en un estado de necesidad»2 9
.
«Un estado de necesidad». Quizás n i n g u n a frase de la literatura
capte c o n tanta claridad la esencia del a m o r romántico apasiona-
do: necesidad. En mi estudio, el 86 p o r ciento de los h o m b r e s y el
84 p o r ciento de las mujeres estuvieron de acuerdo c o n la frase,
* Matthew Arnold, Antología, Visor, Madrid, 1976. (N. de laT.)
2 9
POR Q U É AMAMOS
«Espero sinceramente que se sienta tan atraído/a hacia mí
como yo me siento hacia él/ella» (Apéndice, nQ
30).
Este ansia por fundirse con la persona amada está presente en
toda la literatura universal.
El poeta latino del siglo vi Paulus Silentarius dejó escrito: «Y allí
yacen los amantes, unidos p o r sus labios / delirantes, i n f i n i t a m e n -
te sedientos, / cada u n o q u e r i e n d o entrar completamente en el
otro»5 0
; Yvor Winters, poeta estadounidense del siglo x x , escribió:
«Que nuestros herederos depositen nuestras cenizas en u n a sola
urna, / un único espíritu que n u n c a volverá»3 1
, y M i l t o n lo expre-
só perfectamente en El paraíso perdido c u a n d o Adán le dice a Eva:
«Nosotros somos u n a sola carne; / Y perderte es lo m i s m o que
perderme».
El filósofo Robert S o l o m o n cree que este intenso deseo es la ra-
zón principal p o r la que el amante dice «te quiero». No es ésta u n a
declaración de hechos, sino u n a solicitud de confirmación. El a m a n -
te ansia escuchar estas potentes palabras: «yo también te quiero»3 2
.
La necesidad de unión e m o c i o n a l c o n el amado es tan intensa que
los psicólogos creen que la percepción que el amante tiene de sí
mismo se desdibuja. C o m o decía F r e u d : «En su punto más álgido,
el estado del enamoramiento amenaza c o n b o r r a r las barreras e n -
tre el yo y el objeto».
La novelistaJoyce C a r o l Oates captó vividamente este sentimien-
to de feliz fusión al escribir: «Si de repente se vuelven hacia nosotros,
retrocedemos / l a p i e l s e humedece c o n u n estremecimiento, deli-
cadamente / ¿seremos desgarrados en dos personas?».
E N B U S C A D E PISTAS
Sin embargo, cuando los amantes no saben si su a m o r es apre-
ciado y correspondido, se vuelven hipersensibles a las pistas proce-
dentes del ser amado. En palabras de Robert Graves: «Pendiente de
oír u n a llamada a la puerta, esperando u n a señal». En mi estudio,
el 79 por ciento de los hombres y el 83 p o r ciento de las mujeres de-
cían que cuando se sentían fuertemente atraídos p o r alguien, d i -
seccionaban las acciones de esta persona en busca de pistas sobre
3 0
H E I .EN FISHER
sus sentimientos hacia ellos (Apéndice, nB
22). Y e l 62 p o r ciento de
los hombres y el 51 p o r ciento de las mujeres decían que a m e n u d o
trataban de encontrar significados alternativos en las palabras y
gestos de la persona amada (Apéndice, nB
28).
C A M B I O D E P R I O R I D A D E S
M u c h a s personas, al sentirse enamoradas, c a m b i a n su estilo de
vestir, sus maneras, sus costumbres, a veces incluso sus valores, para
conseguir a su amado. Un nuevo interés por el golf, las clases de
tango, coleccionismo de antigüedades, nuevos peinados, M o z a r t en
lugar de música country, e incluso la m u d a n z a a u n a nueva ciudad o
el inicio de u n a nueva carrera; los hombres y mujeres tocados por el
amor adoptan toda clase de nuevos intereses, creencias y estilos de
vida a fin de agradar al ser amado.
El campeón del amor cortés del siglo x i i , Andreas Capellanus, re-
sumía este impulso c o n estas palabras: «El a m o r no puede negarle
nada al amor»3 3
. Un rendido enamorado estadounidense lo dijo sin
rodeos: «Todo lo que le gustaba a ella me gustaba a m í » 3 4
. U n o de
tantos. El 79 p o r ciento de los hombres estadounidenses de nues-
tro estudio se mostró de acuerdo c o n la afirmación «Me gusta m a n -
tener la agenda abierta para que si está libre nos podamos
ver» (Apéndice, nH
47).
L o s amantes r e o r d e n a n su v i d a p a r a a c o m o d a r a la p e r s o n a
amada.
D E P E N D E N C I A E M O C I O N A L
Los amantes también se vuelven dependientes de la relación, m u y
dependientes. C o m o el A n t o n i o de Shakespeare le decía a Cleopa¬
tra: «Mi corazón estaba atado a las cuerdas de tu timón». Un poema
de un antiguo jeroglífico egipcio describía esa m i s m a d e p e n d e n -
cia de este modo: «Mi corazón sería un esclavo / si ella me acogie-
ra»3 5
. El trovador del siglo XII A r n a u t D a n i e l , escribió «Soy suyo de
los pies a la cabeza»3 6
. Pero Keats fue el más apasionado, al decir:
31
P O R Q U É AMAMOS
«callado, callado para oír su tierno respirar / y así vivir siempre o,
de lo contrario, precipitarme hacia la muerte»*.
Porque los amantes d e p e n d e n tanto d e l a m a d o que sufren u n a
terrible «ansiedad de separación» c u a n d o no están en contacto
con él. Un poemajaponés anónimo, escrito en el siglo x, lanza este
desesperado lamento: «El albor de la mañana resplandece / en el
débil brillo / de la p r i m e r a luz. S u m i d o en la tristeza, / te ayudo a
vestirte»3 7
.
L o s amantes son marionetas que cuelgan de las cuerdas d e l co-
razón de otro.
E M P A T Ì A
En consecuencia, los amantes a m e n u d o sienten u n a t r e m e n d a
empatia p o r el amado. En mi estudio, el 64 p o r ciento de los h o m -
bres y el 76 p o r ciento de las.mujeres estuvieron de acuerdo c o n la
afirmación «Me siento feliz c u a n d o es feliz y triste c u a n d o é l /
ella está triste» (Apéndice, nB
11 ).
El poeta e.e. c u m m i n g s lo describió de u n a f o r m a encantadora:
«ella le reía la felicidad y le llorábala pena». M u c h o s amantes están
dispuestos incluso a sacrificarse a sí mismos p o r el ser amado. Q u i -
zá el sacrificio de Adán p o r Eva sea el ejemplo más dramático de la
literatura occidental. En la descripción de M i l t o n , al descubrir que
Eva había c o m i d o de la m a n z a n a p r o h i b i d a , Adán decide c o m e r l a
él también, sabiendo que eso le conducirá a ser expulsado c o n ella
del Jardín del Edén y a la muerte. Adán dice: «yo he u n i d o / Mi suer-
te con la tuya, y me dispongo / A sufrir igual sentencia»3 8
.
LA ADVERSIDAD INTENSIFICA LA PASIÓN
La adversidad a m e n u d o alimenta la llama. Yo llamo a este curio-
so fenómeno «frustración-atracción», pero es más conocido c o m o
*john Keats, Obra completa en poesía, Ediciones 29, Barcelona, 1980. (N. de laT,)
32
H E I Í N FISHER
el «efecto R o m e o yjulieta». Las barreras sociales o físicas encien-
den la pasión romántica3 9
. Nos p e r m i t e n prescindir de los hechos y
centrarnos en las maravillosas cualidades del otro. Incluso las dis-
cusiones o las rupturas temporales p u e d e n resultar estimulantes.
U n o de los ejemplos literarios más divertidos de c ó m o la adver-
sidad acrecienta la pasión es el de El oso, la o b r a en un acto de
Chéjov4 0
.
En esta obra dramática, un terrateniente m a l h u m o r a d o , Grigory
Stepanovich Smirnov, aparece en casa de u n a joven viuda para co-
brar el dinero que el difunto marido de ésta le debe. La mujer se nie-
ga a pagar un solo kopek. Está de luto, explica, y le grita bruscamen-
te: «no tengo h u m o r para pensar en asuntos de dinero». Esto hace
que S m i r n o v inicie u n a diatriba contra todas las mujeres, llamán-
dolas hipócritas, farsantes, cotillas, chismosas, rencorosas, calumnia-
doras, mentirosas, mezquinas, quisquillosas, despiadadas e ilógi-
cas. «¡Brrr!», farfulla, «¡Qué furioso estoy!». Este ataque furibundo
desencadena la cólera de ella y ambos empiezan a insultarse el u n o
al otro. Pronto él le reta a un duelo. Deseosa de pegarle un tiro en
la cabeza, la viuda va a coger las pistolas de su difunto m a r i d o y a m -
bos toman sus posiciones.
Pero a m e d i d a que crece el rencor, también lo hace el respeto y
la atracción entre ambos. De repente, S m i r n o v exclama: «¡Es toda
una mujer! ¡Eso!... ¡Una verdadera mujer! ...¡No es u n a llorona!
...¡Es fuego, pólvora, cohete! ...¡Hasta me da lástima matarla!». Un
momento después, le declara a m o r eterno y le pide que se case c o n
él. C u a n d o los criados entran corriendo en la sala para defender a
su señora armados c o n hachas, rastrillos y horcas, se encuentran
con los amantes fundidos en un apasionado abrazo.
Esta extraña relación entre la adversidad y el ardor romántico
puede verse en todos los amantes desventurados que h a n protago-
nizado las más famosas leyendas del m u n d o . Creciéndose ante
todo tipo de dificultades, que sólo h a n servido p a r a que se a m e n
más aún.
En Occidente, la más conocida de estas historias es sin d u d a la
tragedia Romeo y Julieta, de Shakespeare. Estos jóvenes amantes de
la Verona del siglo x v i sufren las amargas consecuencias de un en-
conado odio entre dos poderosas familias, los Montesco y los C a p u -
3 3
P O R QUÉ AMAMOS
leto. Sin embargo, R o m e o se enamora de J u l i e t a en el m o m e n t o en
que la ve en u n a fiesta familiar, y exclama: * Hasta las antorchas, de
ella, aprenden a brillar. / Corazón, ¿amé yo antes de ahora? ¡Ojos,
negadlo! / N u n c a hasta ahora conocí la belleza. N u n c a antes » 4 1
* .
Julieta sucumbe también a las flechas de C u p i d o . C u a n d o R o m e o
se marcha del banquete, le pide a su nodriza: «Ve y pregunta su n o m -
bre, y, si ya está casado, / conviértase la tumba en mi lecho n u p -
cial»4 2
**. La obra se desarrolla c o n u n a serie de obstáculos y confu-
siones que sólo intensifican su pasión.
El 65 p o r ciento de los hombres y el 73 p o r ciento de las mujeres
de mi estudio se mostraron de acuerdo c o n la afirmación «Nunca
dejo de amar a , incluso aunque las cosas no vayan bien» (Apén-
dice, nB
26). Y el 75 p o r ciento de los hombres y el 77 p o r ciento de
las mujeres también estuvieron de acuerdo en que «Cuando la rela-
ción con sufre algún revés, lo que hago es intentar aún con
más fuerza que las cosas vuelvan a ir bien» (Apéndice, ns
6),
U n o de los resultados inesperados de mi estudio es casi c o n toda
certeza atribuible al papel de la adversidad en el amor. L o s encues-
tados homosexuales, tanto gays c o m o lesbianas, expresaron u n a
mayor confusión emocional que los heterosexuales. Estas personas
se veían más afectados por el insomnio, la pérdida de apetito y el an-
helo de unión emocional c o n el ser amado. Creo que este sufrimien-
to psíquico se debe, al menos en parte, a las barreras sociales que
muchos amantes homosexuales tienen que superar.
Aquellos que r e s p o n d i e r o n a mi cuestionario pensando en un
amante anterior también parecieron ser más frágiles e m o c i o n a l -
mente. A ellos también les resultaba más difícil c o m e r y d o r m i r .
E r a n más tímidos y retraídos hacia su antiguo enamorado. El «pen-
samiento intrusivo» y los cambios de h u m o r les afectaban más.
Y manifestaban c o n mayor frecuencia que los demás que el cora-
zón se les aceleraba c u a n d o pensaban en aquella antigua l l a m a .
Sospecho que m u c h o s de estos encuestados habían sido rechaza-
dos por la persona amada y esta adversidad acrecentaba su a r d o r
romántico.
* William Shakespeare, Romeo y Julieta, Cátedra, Madrid, 2001. (N. de la T.)
**Ibídem. (N. de laT.)
34
H E L E N FISHER
C o m o barcas en medio de un m a r embravecido, los hombres y
las mujeres se enfrentan al oleaje de angustia y euforia del a m o r ro-
mántico. Y las barreras intensifican estas emociones. Si el enamora-
do está casado c o n otra persona, si vive al otro lado d e l océano, si
habla un i d i o m a distinto al nuestro, si pertenece a otro grupo étnico
o si simplemente vive en otra parte de la ciudad, este obstáculo pue-
de acrecentar la pasión romántica. Dickens se refería a ello dicien-
do: «El amor a m e n u d o alcanza su cota máxima c o n la separación y
en circunstancias de extrema dificultad». P o r desgracia, así es.
E S P E R A N Z A
«Dime que p u e d o vivir c o n la esperanza», suplica el rey P i r r o a
Andrómaca en la obra de Racine sobre el a m o r y la muerte. ¿Por
qué siguen esperando los amantes, i n c l u s o c u a n d o el destino se
vuelve implacable en su contra? La mayoría continúan esperando
que la relación vuelva a resurgir, incluso años después de que ésta
haya terminado infelizmente. La esperanza es otro rasgo p r e d o m i -
nante del a m o r romántico.
U n delicioso p o e m a del siglo x v i escrito p o r M i c h a e l D r a y t o n
expresa este optimismo. C o m i e n z a así: «Ya que no hay solución,
vamos, ¡besémonos y marchemos! / Basta, he terminado, ya no ten-
drás más de mí; / Y me alegro, sí, me alegro c o n toda mi alma, /
de poder así liberarme de ti tan limpiamente. / Estrechemos nues-
tras manos p o r última vez, borremos todos nuestros juramentos; /
Y c u a n d o alguna vez volvamos a encontrarnos, / que nuestro sem-
blante no deje ver que conservamos ni un ápice de nuestro anti-
guo amor». C o n estas palabras Drayton declara, c o n aparente
confianza, que la relación ha t e r m i n a d o de f o r m a fácil y definiti-
va. Sin embargo, al final del poema, cambia repentinamente de opi-
nión. E m b a r g a d o p o r la esperanza, defiende que el «Amor» toda-
vía puede salvarse: «Ahora, si tú quisieras, c u a n d o todos lo hayan
dado p o r p e r d i d o , / de la muerte a la vida tú podrías aún resuci-
tarlo»4 3
.
C r e o que esta tendencia a la esperanza quedó implantada en el
cerebro h u m a n o hace miles de millones de años para que nuestros
P O R Q U É AMAMOS
antepasados persiguieran c o n tenacidad a las posibles parejas hasta
agotar cualquier sombra de posibilidad.
U N A C O N E X I Ó N S E X U A L
«Preferiría m o r i r cien veces a no poder tener tu amor. Te a m o .
Te a m o desesperadamente. Te quiero c o m o a mi propia vida»4 4
. Así
se declaraba Psique a su m a r i d o , Eros, en El asno de oro, u n a novela
de Apuleyo escrita en el siglo II. «Ardiendo de pasión», conünúa la
historia, «ella se inclinó y le besó impulsiva, impetuosamente, u n a
vez tras otra, temerosa de que él se despertara antes de que hubiera
terminado » 4 5
.
La poesía de todos los lugares d e l m u n d o p o n e de manifiesto el
intenso anhelo de u n a unión sexual c o n la persona amada, otra ca-
racterística básica d e l a m o r romántico.
En el Cantar de los Cantares, la esposa exclama: «Levántate A q u i -
lón, / Austro, ven; / soplad en mi j a r d í n / y exhale sus aromas. / ¡En-
tre mi amado en su vergel / y c o m a sus frutos exquisitosl » 4 6
. Inanna,
reina de la antigua Sumeria, es cautivada por la sexualidad de D u -
m u z i y lo expresa así: «|Oh, D u m u z i ! ¡Tu p l e n i t u d es mi dicha!»4 7
.
Pero el que mejor suena a mis oídos es un antiguo p o e m a inglés
cuyo autor anónimo se lamenta: «Viento d e l oeste, ¿cuando sopla-
rás? / La fina lluvia puede caer,— / ¡Dios mío, si mi a m o r estuviera
en mis brazos / y yo de nuevo en mi cama!».
F r e u d , así c o m o muchos eruditos y también profanos, mantenía
que el deseo sexual es el c o m p o n e n t e clave d e l a m o r romántico4 8
.
U n a idea no muy nueva. L o s que estudian el Kamasutra, el m a n u a l
amoroso de la India d e l siglo v, saben que la palabra lave procede
del sánscrito lubh, que significa «desear».
En efecto, tiene sentido que los sentimientos d e l a m o r románti-
co se entremezclen c o n el deseo sexual. Después de todo, si la pa-
sión romántica evolucionó entre nuestros antepasados c o n el fin de
motivarles a concentrar su energía para el apareamiento en un i n -
dividuo «especial» al menos hasta que la inseminación se hubiera comple-
tado (como mantendré en capítulos posteriores), entonces, la pa-
sión romántica debe ligarse al deseo sexual.
3 6
H E I J . N FISHER
Los resultados de mi estudio apoyan esta hipótesis. Un destaca-
do 73 p o r ciento de los hombres y un 65 p o r ciento de las mujeres
soñaban despiertos c o n disfrutar del sexo c o n la persona amada
(Apéndice, n a
34).
E X C L U S I V I D A D S E X U A L
Los amantes también anhelan la exclusividad sexual. No desean
que su «sagrada» relación sea mancillada p o r otras personas. C u a n d o
alguien se mete en la cama c o n quien es «sólo un amigo», no suele
importarle m u c h o si ese compañero de cama mantiene relaciones
con otra persona. P e r o cuando un h o m b r e o u n a mujer se enamo-
ran y empiezan a anhelar u n a unión emocional c o n su enamorado,
desean profundamente que esta pareja les permanezca fiel sexual-
mente.
M u c h a s de las historias de a m o r que en el m u n d o h a n sido refle-
jan este deseo de posesión sexual, así c o m o el deseo del amante de
mantener su fidelidad sexual, P o r ejemplo, durante su separación
de la bella Isolda, Tristán se casa c o n otra mujer c o n un n o m b r e si-
milar, Isolda, la de las bellas manos, debido en gran parte a que el
nombre de esta mujer era m u y parecido al de su amada. Pero Tris-
tán no consigue consumar el m a t r i m o n i o . C u a n d o , según la leyen-
da árabe, L a i l a es p r o m e t i d a en m a t r i m o n i o a otro h o m b r e que no
es su amado M a j n u n , ella también evita el lecho m a t r i m o n i a l . Y u n
80 por ciento de los hombres y un 88 p o r ciento de las mujeres de
mi estudio se manifestaron de acuerdo c o n la afirmación «Ser se-
xualmente fiel es importante c u a n d o estás enamorado» (Apéndi-
ce, n a
42).
De todas las características del a m o r romántico, este deseo de
exclusividad sexual es para mí el más interesante. Probablemente
evolucionó p o r dos motivos esenciales: para evitar que nuestros an-
tepasados varones fueran infieles y criaran a otros hijos, y evitar que
nuestras antepasadas perdieran a su potencial marido y padre de
sus hijos ante u n a rival. Este ansia de exclusividad sexual permitió a
nuestros ancestros proteger su precioso A D N , al reservar casi todo
su tiempo y energía para el cortejo de la persona amada.
37
P O R QUÉ AMAMOS
Pero este deseo de garantizar la fidelidad sexual durante el cor-
tejo venía acompañado de un rasgo menos atractivo d e l a m o r ro-
mántico al que Shakespeare d e n o m i n ó «el m o n s t r u o de los ojos
verdes», los celos.
L O S C E L O S : L A « N O D R I Z A D E L A M O R »
En su libro sobre las reglas d e l amor cortés, Capellanus escribió:
«El que no siente celos no es capaz de a m a r ». Llamó a los celos la
«nodriza» d e l amor, p o r q u e creía que a l i m e n t a b a n el fuego ro-
mántico4 9
.
Este perspicaz clérigo, c o m o siempre, tenía razón. En todas las
sociedades en las que los antropólogos h a n estudiado la pasión ro-
mántica, h a n llegado a la conclusión de que ambos sexos son celo-
sos, muy celosos5 0
. C o m o se advertía en / Ching, el l i b r o c h i n o de
la sabiduría escrito hace más de tres m i l años, «La relación íntima
sólo es posible entre dos personas; d o n d e se j u n t a n tres nacen los
celos » 5 1
.
L A U N I Ó N E M O C I O N A L C A N A A I A U N I Ó N S E X U A L
Pero incluso el deseo de relaciones sexuales y el anhelo de fideli-
dad sexual son menos importantes p a r a el amante que el deseo de
u n a unión e m o c i o n a l con el ser amado. El h o m b r e o la mujer ena-
morados q u i e r e n que la persona a m a d a llame y diga «Te adoro»,
que traiga flores o algún otro regalo simbólico, que le invite a ver
un partido de béisbol o al teatro, que le haga reír y abrace y cubra
de atenciones. El amante se duele si su a m o r no es correspondido.
Este anhelo de unión e m o c i o n a l supera con m u c h o el deseo de un
mero desahogo sexual.
El 75 por ciento de los h o m b r e s y el 83 p o r ciento de las muje-
res de mi estudio se mostraron de acuerdo c o n la frase «Saber que
está enamorado de mí es más importante que practicar el
sexo con él/ella» (Apéndice, na
50).
3 8
H t L E N F l S H E R
A M O R I N V O L U N T A R I O , I N C O N T R O L A B L E
«He aquí a u n a deidad más fuerte que yo, q u i e n , c o n su llegada,
regirá mi ser de ahora en adelante. El a m o r gobernaba mi alma»5 2
.
Dante escribió estas palabras e n el siglo XIII para describir el mo-
mento en que vio p o r p r i m e r a vez a Beatriz. El conocía la fuerza
d o m i n a d o r a del a m o r romántico. De hecho, en el núcleo de esta
obsesión radica su poder: el a m o r romántico a m e n u d o es imprevi-
sible, involuntario y aparentemente incontrolable.
¿Cuántos amantes h a n sentido esta fuerza magnética? Probable-
mente, miles de millones.
La diosa deJade, el romance c h i n o del siglo XII, dice de C h a n g Po
y M e i l a n : «Cuánto más intentaban r e p r i m i r el a m o r que en ellos se
había despertado, más se sentían presos de su poder»5 3
. Y e n la F r a n -
cia del siglo x n , Chrétien de Troyes se refería a G i n e b r a en Lancelot
diciendo: «Se vio obligada a amar a pesar de sí misma»5 4
.
No obstante, la percepción de esta naturaleza irresistible de la
atracción romántica no se circunscribe sólo a la imaginación litera-
ria. Un ejecutivo estadounidense de unos cincuenta años escribió a
un colega de la oficina: «Estoy llegando a la conclusión de que esta
atracción p o r E m i l y es un tipo de atracción biológica, instintiva. No
está bajo un c o n t r o l voluntario o lógico. Me dirige. Yo intento de-
sesperadamente rebatirla, limitar su influencia, canalizarla, ne-
garla, disfrutarla, y sí, maldita sea, ¡hacer que ella responda! In-
cluso aunque sé que E m i l y y yo no tenemos absolutamente n i n g u n a
posibilidad de construir u n a vida juntos, pensar en ella es u n a ob-
sesión»5 5
.
Incluso el sobrio Padre de la Patria estadounidense, George
Washington, c o n o c i ó la fuerza d e l a m o r romántico. En 1795 escri-
bió u n a carta a su nietastra aconsejándola que tuviera cuidado para
que el a m o r romántico no se convirtiera en «una pasión i n v o l u n -
taria»5 6
.
L o s hombres y las mujeres de hoy en día también sienten la i m -
potencia que acompaña a esta experiencia. El 60 p o r ciento de los
hombres y el 70 p o r ciento de las mujeres de mi estudio manifesta-
r o n estar de acuerdo c o n la afirmación «Enamorarme no fue en
3 9
P O R QUÉ AMAMOS
realidad u n a elección; es algo que me ocurrió de repente» (Apén-
dice, n a
49).
U N E S T A D O T R A N S I T O R I O
Pero así c o m o el a m o r llega espontáneamente, también puede
desvanecerse de repente. C o m o canta Violeta en la ópera trágica de
Verdi La Traviata, «Vivamos sólo para el placer, ya que el amor, como
las flores, rápidamente se marchita».
Platón conocía este aspecto d e l dios del A m o r , como revelan sus
palabras: «Por su naturaleza no es m o r t a l ni i n m o r t a l , sino que en
u n mismo día a ratos florece y vive, [...], a ratos m u e r e y de nuevo
vuelve a revivir»5 7
. El a m o r es voluble, inconstante; puede expirar,
reavivarse y volver a apagarse.
¿Cuánto d u r a la magia d e l amor?
N a d i e lo sabe. Un equipo de neurólogos concluyó recientemen-
te que el a m o r romántico d u r a n o r m a l m e n t e entre doce y diecio-
cho meses5 8
. C o m o veremos en el capítulo tres, nuestro estudio del
cerebro sugiere que el a m o r puede durar al menos diecisiete me-
ses. Pero yo apostaría a que la duración del a m o r varía drástica-
mente dependiendo de quiénes son los personajes implicados. La
mayoría de las personas h a n sentido un encaprichamiento pasaje-
ro que sólo ha durado unos cuantos días o semanas. Y, c o m o sabe-
mos, cuando existen barreras en la relación, esta l l a m a puede per-
manecer encendida muchos años. La adversidad estimula el a m o r
romántico5 9
.
Pero este fuego en el corazón tiende a d i s m i n u i r cuando la pare-
ja se acostumbra a los placeres cotidianos de la unión, siendo a me-
n u d o sustituido p o r otro elegante circuito del cerebro: el apego,
los sentimientos de serenidad y unión c o n el ser amado.
L A S M U C H A S F O R M A S D E L A M O R
P o r supuesto, el a m o r romántico puede adoptar muchas for-
mas. Puedes despertarte solo en m i t a d de la noche c o n sentimien-
4 0
H E L E N FISHER
tos de a b a n d o n o y desesperación. Después, p o r la mañana, recibes
u n a llamada o un mensaje de correo electrónico de tu amante y tus
esperanzas empiezan a renacer. L u e g o quedas c o n tu e n a m o r a d o a
cenar y hablas y te ríes con él y ese éxtasis que sentías se convierte
en u n a sensación de seguridad y de paz. Después de la cena te vas a
la cama y os ponéis a leer j u n t o s y de repente te invade el deseo se-
xual. Entonces por la mañana tu amado se va corriendo, se olvida de
decirte adiós o incluso anula u n a cita posterior o te llama por otro
n o m b r e y vuelves a caer en el abatimiento.
«¿Yesa loca carrera? ¿Quién l u c h a p o r huir? ¿Qué son esas zam-
ponas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?»*. J o h n Keats sabía
perfectamente que el a m o r romántico consiste en un tumulto de
motivaciones y emociones claramente distintas que se mezclan for-
m a n d o miríadas de estados mentales. La compasión, el frenesí, el
deseo, el m i e d o , los celos, la d u d a , la torpeza, la vergüenza: en cual-
quier m o m e n t o este caleidoscopio de sentimientos puede cambiar
y volver a cambiar.
«Las pasiones b i e n podrían compararse c o n las riadas y los to-
rrentes», escribió sir Walter R a l e i g h 6 0
. Nosotros n a d a m o s en estas
mareas. Pero los psicólogos suelen distinguir entre dos tipos bási-
cos de a m o r romántico: eí a m o r recíproco (asociado con la c u l m i n a -
ción y el éxtasis) y el a m o r no correspondido (asociado c o n el vacío,
la ansiedad y la tristeza)6 1
. Casi todos nosotros conocemos tanto la
agonía c o m o la euforia d e l a m o r romántico.
No estamos solos. En su libro La expresión de las emociones en los
animales y en el hombre, Charles D a r w i n formulaba la hipótesis de que
los seres h u m a n o s compartían muchos de sus sentimientos c o n ani-
males de rango «más bajo»6 2
. En efecto, muchos de los seres pelu-
dos o c o n plumas c o n los que c o m p a r t i m o s este planeta parecen
sentir cierta m o d a l i d a d de pasión romántica.
*John Keats, Obra completa en poesía, Ediciones 29, Barcelona, 1980. (N. de laT.)
41
2
MAGNETISMO ANIMAL
El amor entre los animales
Aún sin cansancio, amante con amante,
Se mueven en las frías
Yamables corrientes o suben en el aire.
Sus corazones no han envejecido.
Vagan por donde quieren, o pasión o conquista
Aún los solicita.
WlLLIAM BUTLER YEATS
«Los cisnes silvestres de Coole»*
C u a n d o c o n la nieve del invierno las ventiscas de febrero azotan
las praderas de H o k k a i d o , en Japón, un z o r r o rojo empieza a fijarse
en u n a h e m b r a , mirándola c o n insistencia y siguiéndola de f o r m a
obsesiva. Deteniéndose cuando ella descansa, se inclina para lamer-
le y mordisquearle la cara; luego juguetea a su lado mientras ella
vuelve a trotar suavemente. La o r i n a del zorro sobre la nieve emite
su característica fragancia. Es la época del celo. Y c u a n d o este olor
almizclado e m p i e z a a llegar a través del aire helado, la pareja se
corteja y copula u n a y otra vez durante dos semanas. L u e g o marcan
su territorio a través de bosques y campos y excavan varias guaridas
en las que criar a su descendencia.
¿Aman los zorros?
El exceso de energía, la atención concentrada en u n a pareja, la
obstinada persecución y todos los dulces lametones y mordisqueos
que los zorros se dedican entre sí, recuerdan sin d u d a al a m o r ro-
mántico de los humanos. Y los zorros son sólo u n a de las muchas
especies que muestran aspectos románticos.
Al comienzo de la época de cría o de un escarceo amoroso, m u -
chos eligen u n a pareja específica, centran su atención en este i n d i -
viduo «especial» y le siguen c o n devoción, excluyendo en muchos
* Witliam B. Yeats, Antología poética, Espasa-Calpe, Madrid, 1984. (N. de laT.)
4 3
P O R Q U É AMAMOS
casos a todos los demás. Se acarician, besan, m o r d i s q u e a n , se fro-
tan c o n el hocico, se d a n palmaditas, golpecitos, lametones, t i r o n -
citos, o persiguen, juguetones, al elegido. A l g u n o s cantan. A l g u n o s
d a n pequeños relinchos. O t r o s c h i l l a n , g r a z n a n o l a d r a n . A l g u -
nos bailan. Otros caminan pavoneándose. A l g u n o s se acicalan,
otros se persiguen. La mayo ría j u e g a n . En las praderas d e l Serenge-
ti africano, en la selva del Amazonas o en la tundra ártica, criaturas
de todos los tamaños muestran un exceso de energía c u a n d o se
cortejan. La adversidad estimula su búsqueda, al igual que las ba-
rreras intensifican la pasión romántica en las personas. Y m u c h a s
se vuelven posesivas, apartando celosamente a su pareja de otros
pretendientes hasta que la época de la cría ha pasado.
Estas características d e l cortejo son similares a algunas caracte-
rísticas de la pasión romántica en los humanos. P o r eso creo que los
animales aman. La mayoría de las criaturas h a n sentido probable-
mente este magnetismo durante sólo unos segundos; otras parecen
sentirlo durante horas, días o semanas. P e r o los animales sienten
algún u p o de atracción hacia otros sujetos «especiales». M u c h o s i n -
cluso se e n a m o r a n a p r i m e r a vista. De esta «atracción animal» es de
d o n d e creo que finalmente surgió el a m o r romántico.
A T R A C C I Ó N A N I M A L .
«Se trataba evidentemente de un caso de amor a primera vista,
porque ella nadó hacia el recién llegado dulcemente... con insinua-
ciones de afecto»1
. Charles D a r w i n estaba describiendo a u n a h e m -
bra de pato real que se había quedado p r e n d a d a de un pato rabudo,
o sea, de u n a especie distinta a la suya. Todos cometemos errores.
D a r w i n creía que los animales se sentían atraídos unos p o r otros.
U n m i r l o m a c h o , u n tordo h e m b r a , u n urogallo negro, u n faisán...
éstos y muchos otros pájaros, sostenía, «se enamoran unos de otros»2
*
De hecho, D a r w i n mantenía que los animales de especies superio-
res c o m p a r t e n «pasiones, afectos y emociones similares, incluso las
más complejas, tales c o m o los celos, la sospecha, la emulación, la
gratitud y la magnanimidad». Incluso «tienen cierto sentido d e l
h u m o r ; capacidad de admiración y curiosidad».
4 4
H E U . N FLSHKR
D a r w i n es u n o de los escasos científicos que h a n defendido que
los animales sienten a m o r unos p o r otros. Frecuentemente, los na-
turalistas describen el enfado y el m i e d o en otras criaturas. V e n a n i -
males jugueteando y creen que están sintiendo alegría. Describen
expresiones de sorpresa, timidez, curiosidad y desagrado. Incluso
se refieren a momentos de empatia y de celos. S i n embargo, rara
vez los científicos dicen que los animales amen, aun cuando las des-
cripciones d e l cortejo animal están plagadas de referencias a con-
ductas similares a la pasión romántica de los humanos.
L o s elefantes africanos son un buen ejemplo. La h e m b r a d e l ele-
fante africano tiene su ciclo estral (el celo) durante cinco días con-
secutivos en cualquier momento del año. Si concibe durante el juego
del apareamiento, su sexualidad queda anulada durante los veinti-
dós meses de embarazo y los siguientes dos años de cría. La mayoría
no vuelve a aparearse en cuatro años. Así que estas hembras son exi-
gentes c o n respecto a sus parejas. Prefieren a unos y rechazan a
otros, Y las hembras de elefante tienen muchos admiradores entre
los que elegir. Los elefantes africanos machos abandonan su m a n a -
da natal matriarcal poco después de la pubertad (que tiene lugar e n -
tre los diez y los doce años) para deambular con otros compañeros
en pequeñas comunidades integradas exclusivamente por sementa-
les. Pero hasta la edad de treinta años el macho no se pone en celo.
El celo masculino es un claro a n u n c i o de la sexualidad. Q u i e n
crea que las mujeres c o n minifaldas ajustadas, blusas c o n escote o
zapatos de tacón alto están haciendo ostentación de su deseo eróti-
co, debería ver a los elefantes macho. C u a n d o un macho se pone en
celo, periodo que d u r a unos dos o tres meses al año, empieza a ex-
cretar un fluido viscoso p o r las glándulas temporales, situadas entre
los ojos y los oídos; va goteando o r i n a y la f u n d a del pene se recu-
bre de u n a gruesa capa de suciedad. Emite un olor tan acre que las
hembras p u e d e n olerle antes de tenerle a la vista. Y c u a n d o se apro-
x i m a a u n a manada de hembras empieza a pavonearse para iniciar
el cortejo, los «andares del celo». C o n la cabeza alta, la barbilla meti-
da, las orejas moviéndose tensamente, el tronco erguido, emite un
ruido sordo de confianza c u a n d o pasa a su lado.
Las hembras de elefante encuentran este goteo, este perfume a
macho y estos andares típicos del celo extraordinariamente atracti-
45
P O R QUÉ AMAMOS
vos. Las que están en su ciclo estral se c o m p o r t a n c o m o las jovenci-
tas c o n las estrellas d e l rock. C o m o hace T i a . D u r a n t e los m u c h o s
años que la naturista Cynthia Moss siguió al g r u p o matriarcal de
elefantes africanos de T i a a través d e l Parque N a c i o n a l de A m b o s e -
l i , en K e n i a , vio a muchas hembras elegir a sus machos de la m i s m a
f o r m a que lo hizo T i a .
T i a no mostraba interés p o r n i n g u n o de los jóvenes machos que
c o m e n z a r o n a r o d e a r l a c u a n d o su ciclo estral se hizo evidente. Se
iba trotando mientras la perseguían p o r la hierba. D a d o que el ta-
maño de las hembras de elefante es aproximadamente la m i t a d
que e l d e los m a c h o s , u n a h e m b r a e x p e r i m e n t a d a p u e d e c o r r e r
más que ellos y esquivar a cualquier m a c h o al que desee evitar. T i a
lo hacía así. P e r o c u a n d o vio a B a d B u l l , un m a c h o d o m i n a n t e y de
más edad, en p l e n o celo, su opinión de elefanta cambió.
T i a deseó a B a d B u l l desde el m i s m o m o m e n t o en que él empe-
zó a pavonearse ante ella, c o n ese líquido viscoso cayéndole a a m -
bos lados de la cara, la o r i n a goteando p o r sus piernas y u n a espe-
cie d e e s p u m a saliéndole d e l a f u n d a d e l pene. E l m e r o o l o r d e l
semental hizo que los machos más jóvenes se alejaran. P e r o no así
Tia. T i a miró a B a d B u l l , con sus orejas en posición estral. E n t o n -
ces, ella también empezó a alejarse. P e r o a diferencia de c ó m o se
comportaba con los pretendientes más jóvenes, T i a miró p o r enci-
ma de su h o m b r o al marcharse, volviéndose repetidas veces para
ver si B a d B u l l la seguía. Y así era. Entonces T i a empezó a correr
mientras era seguida por B a d B u l l .
De esta manera empezó la eterna danza de la naturaleza. C u a n -
do B a d B u l l alcanzó a T i a , su pene de algo más de un metro salió de
su f u n d a larga y gris. Entonces él colocó delicadamente su tronco
sobre la espalda de ella. E l l a se detuvo; se quedó quieta; luego se re-
costó hacia él, ofreciéndosele, inmóvil, c o n las patas separadas. El
la montó enérgicamente y, utilizando los versátiles músculos de su
pene para d i r i g i r la embestida, introdujo su órgano en la vulva de
T i a . Estuvieron así, juntos, durante unos cuarenta y cinco segun-
dos, antes de que B a d B u l l la desmontara. Retirándose, vertió el se-
m e n restante sobre la tierra. T i a se volvió y siguió a su lado, emitien-
do varias veces largos ruidos sordos; luego frotó la cabeza contra el
h o m b r o de B a d B u l l .
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H E I .EN FISHER
T i a y B a d B u l l no se separaron u n o del otro durante los tres días
siguientes, dándose golpecitos y acariciándose constantemente e n -
tre cópula y cópula. Pero cuando el ciclo estral de T i a desapareció,
B a d B u l l se marchó en busca de otras hembras fértiles. C o m o escri-
bió Moss en su maravilloso libro Los elefantes: «Personalmente, no
puedo imaginar p o r qué T i a quería aparearse c o n B a d B u l l , pero
puede que ella viera en él algo que yo no veía»3
.
¿Sería amor? ¿Un e n a m o r a m i e n t o temporal? ¿Encaprichamien-
to? T i a y B a d B u l l centraron su atención p o r completo el u n o en el
otro. A m b o s desplegaron u n a intensa energía. N i n g u n o comía ni
dormía como lo suelen hacer los elefantes. Y se tocaban y «habla-
ban» en voz baja, emitiendo esos sonidos sordos y largos que caracte-
rizan la conversación de los elefantes. T i a parecía sentir u n a verda-
dera atracción, a u n q u e fuera temporal, p o r este orgulloso, fuerte y
viril semental.
La vida amorosa de los castores es menos visible. Pero estas cria-
turas también muestran síntomas de intensa atracción durante el
cortejo y el apareamiento. T o m e m o s el ejemplo de Skipper. Skip¬
per se crió en el Lago de los Lirios (Lily P o n d ) un estanque del Par-
que Natural de H a r r i m a n , en Nueva York, bajo la tutela de su pa-
dre, el «Inspector General», y de su madre, «Lily».
Los castores viven en pequeños grupos familiares. Trabajan y re-
tozan p o r la noche. Yías crías p e r m a n e c e n c o n sus padres d u r a n -
te unos dos años, hasta que u n a n o c h e de primavera se van, c o n
sus andares de pato, en busca de u n a pareja para construir su p r o -
pio hogar. Así lo hizo Skipper. Se marchó c o n su h e r m a n a L a u r e l
u n a noche de l u n a del mes de a b r i l . La e n d o g a m i a es frecuente
entre los castores y aquella n o c h e los dos h e r m a n o s se m u d a r o n a
un valle cercano para construir u n a presa y un estanque. P r o n t o
empezó a brotar el agua. C o m e n z a r o n a nacer insectos, que atra-
j e r o n a las ranas, los ampelis y papamoscas. L o s peces comenzaron
a desovar, despertando el apetito de los hambrientos* soTftbrgujos.
En las orillas florecían los sauces, alisos e iris amarillos. Skipper y
L a u r e l se asentaron allí. P e r o , p o r desgracia, u n a n o c h e L a u r e l no
volvió de su habitual paseo en busca de c o m i d a entre los arces, ro-
bles y coniferas que p o b l a b a n el valle; yacía m u e r t a en u n a carre-
tera cercana.
P O R QUÉ AMAMOS
A la noche siguiente, Skipper volvió a L i l y P o n d . Pasó todo el ve-
rano dedicado a ayudar a sus padres a reforzar la presa, dragar ca-
nales, recoger lirios y a jugar c o n sus nuevas crías, H u c k l e b e r r y y
Buttercup. Pero cuando las hojas empezaron a volverse rojas y ama-
rillas, Skipper volvió a marcharse, regresando a su estanque aban-
donado. C o n cuidado, reconstruyó la desvencijada presa. Metódi-
camente fue apartando el barro hacia la orilla, luego le fue dando
forma de pirámides, roció los montículos c o n el oloroso aceite de
ricino de sus glándulas anales y el castóreo de su apertura genital.
C o n estas olorosas señales, características de los castores, esperaba
atraer a u n a «esposa».
La naturaleza hizo su trabajo. Algunas noches más tarde, la na-
turalista H o p e R y d e n vio a Skipper a la luz de la luna. Salía del agua
seguido de u n a pequeña h e m b r a de color marrón. A m b o s j u n t a -
ban sus hocicos, nadaban juntos y recogían palos para construir el
dique. C o m o la mayoría de los castores, Skipper y su h e m b r a de co-
lor pardo se habían prometido furtivamente a altas horas de la no-
che, iniciando u n a relación para toda la vida meses antes de que
ella comenzara su ciclo estral.
¿Estaban «enamorados»? En El estanque de Lily, Ryden escribe: «El
emparejamiento entre castores se basa en u n a atracción tan miste-
riosa c o m o poderosa, u n a atracción que no está relacionada c o n la
necesidad inmediata de copular»4
. El comentario de R y d e n es i m -
portante: entre los castores, los sentimientos de atracción y afecto
son independientes de los sexuales.
Sin embargo, u n a noche de a b r i l , la pareja consumó su m a t r i -
m o n i o de castores. Skipper y su pequeña h e m b r a e m e r g i e r o n d e l
estanque i l u m i n a d o p o r la l u n a sujetando el m i s m o palo entre sus
dientes. Se revolcaron u n a y otra vez c o n tal entusiasmo que Ryden
pensó que estaban disfrutando de los prolegómenos de un encuen-
tro sexual. Buceaban, chapoteaban y charlaban juntos en un tono
tan dulce que parecía casi h u m a n o . E r a n inseparables. Y d e b i e r o n
de aparearse bajo el agua, ya que a principios de agosto, la pequeña
compañera de Skipper parió dos hermosas crías.
C o m o los elefantes, estos castores d e r r o c h a r o n unas enormes
energías durante el cortejo. Al igual que aquéllos, centraron toda
esta energía del cortejo en un sujeto «especial». También como ellos,
4 8
H E L L N flSHSR
Skipper y su m e n u d a pareja se acariciaban afectuosamente y jugue-
teaban c o n coquetería, de un m o d o tierno que yo me atrevería a
calificar de «amoroso».
« L o c o D E P L A C E R »
Existen tantas descripciones de la atracción entre los animales
que es imposible recogerlas todas. He leído acerca de la vida amo-
rosa de unas cien especies diferentes y, en todas las sociedades a n i -
males, los machos y las hembras muestran durante el cortejo ciertos
rasgos que constituyen los componentes clave del a m o r romántico
h u m a n o .
Para empezar, desarrollan u n a e n o r m e energía. La marta ame-
ricana y su h e m b r a se persiguen de f o r m a enloquecida, escabullén-
dose, saltando, correteando y enredándose, expresando lo que pare-
ce un gran regocijo. Las comadrejas se persiguen tan vigorosamente
que los naturalistas lo l l a m a n «el juego de la lucha». El m a c h o corre
por el c a m p o «emitiendo gorjeos de excitación» mientras su pareja
«salta j u g u e t o n a a su alrededor»5
. De hecho, la h e m b r a sigue sal-
tando alrededor d e l m a c h o m u c h o después de haber consumado
la cópula y de que él haya caído en un p r o f u n d o sueño. L o s gatos
salvajes se persiguen vigorosamente durante el apareamiento. El
murciélago m a c h o de raya blanca sacude enérgicamente sus alas
delante de la h e m b r a antes d e l coito. El tejón en celo golpea el sue-
lo c o n las patas mientras r o n r o n e a . C u a n d o u n a rata h e m b r a que
está en celo huele a un macho, da saltos, corre disparada y vuelve a
saltar un poco más mientras mueve las orejas y m i r a p o r e n c i m a del
h o m b r o en u n a actitud que sólo cabría calificar de insinuante.
L o s animales de más tamaño también d e r r o c h a n energía d u -
rante el celo. C u a n d o la h e m b r a del chimpancé «común» entra en
el ciclo estral, los machos e m p i e z a n a congregarse a su alrededor.
El macho que la corteja «se exhibe» vigorosamente, irguiéndose so-
bre sus patas traseras c o n el pene erecto, contoneándose ante ella
dando patadas al suelo, balanceándose de un lado a otro, sacudien-
do las ramas de los árboles y m i r a n d o fijamente a su futura pareja.
Las hembras y los machos del oso pardo avanzan y retroceden unos
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P O R QUÉ AMAMOS
frente a otros, a u n a d e t e r m i n a d a distancia, con perfecta sincronía
y balanceando sus corpulentos cuerpos de un lado a otro. Las hie-
nas dan vueltas unas alrededor de otras mientras emiten un tipo de
vocalización parecida a un c h i r r i d o que se conoce c o m o su «risa».
Las ballenas misticetas salen del m a r y mueven sus aletas c o n tal ra-
pidez que parece que vibran. L o s delfines nariz de botella saltan
del agua y luego se z a m b u l l e n y n a d a n frenéticamente en todas d i -
recciones, a m e n u d o boca abajo. Pero quizá la más encantadora de
todas estas entusiastas demostraciones de energía sea la descrip-
ción que hace el naturalista M a l c o l m Penny del rinoceronte negro.
El rinoceronte negro da vueltas alrededor de la h e m b r a en perio-
do estral, d a n d o brincos a un lado y a otro con las patas rígidas, re-
soplando, soltando o r i n a , haciendo girar la cola, h a c i e n d o trizas
los arbustos cercanos c o n su cuerno, lanzando el follaje al aire y
dando pasitos de f o r m a que, en palabras de Penny, «parece total-
mente que estuviera bailando»6
.
«Sólo u n a montaña ha vivido lo suficiente para escuchar objeti-
vamente el a u l l i d o de un l o b o » , se ha d i c h o 7
. S i n embargo, en la
actualidad podemos decir muchas cosas sobre el lobo. Un rasgo
sobresaliente de esta magnífica criatura es que, al igual que los seres
humanos, el macho y la h e m b r a f o r m a n u n a unión estable para criar
a su descendencia. Y su cortejo es intenso. George R a b b lo describe
así: «El macho empieza a bailar alrededor de la hembra, flexionando
sus patas delanteras como un perro juguetón y meneando el rabo»8
.
Incluso los anfibios y los peces bailan enérgicamente durante el
cortejo. L o s machos de la rana terrestre d i u r n a bailan «de p u n t i -
llas» , saltando arriba y abajo frente a la hembra para exhibirse. Y Dar¬
w i n escribió que cuando un macho de pez espinoso ve a u n a hembra,
«se lanza a nadar a su alrededor como u n a flecha, en todas direccio-
nes... loco de placer»9
. Locos de placer: así es exactamente c o m o se
sienten los h o m b r e s y l a s mujeres cuando se enamoran.
N E R V I O S I S M O
D u r a n t e el cortejo, los animales también se muestran nerviosos
e inquietos. Si los adolescentes están inquietos c u a n d o tienen u n a
5 0
HEL.EN FISHER
cita, lo mismo les ocurre a los babuinos de la sabana, c o m o ha de-
mostrado la primatóloga Barb Smuts. Smuts pasó varios años siguien-
do a estas criaturas en sus rutas diarias p o r las praderas de K e n i a y
ha escrito u n a enternecedora descripción del cortejo entre T h a l i a
y Alexander.
Todo comenzó cuando T h a l i a , que era adolescente, alcanzó
el punto álgido del ciclo estral. Llevaba meses evitando a A l e x a n -
der, otro adolescente que se había u n i d o al g r u p o de los babuinos
pocos meses antes. Pero aquel atardecer, T h a l i a y A l e x a n d e r se ha-
llaban sentados a unos dos metros de distancia el u n o del otro so-
bre los acantilados d o n d e los miembros del grupo solían congre-
garse para dormir. Estas fueron las observaciones de Smuts:
Alexander estaba mirando hacia el oeste, con su hocico puntiagudo
señalando al sol que se ocultaba, observando cómo el resto del grupo
iba subiendo hacia los acantilados. Thalia se cepillaba con actitud indi-
ferente, sin prestarle atención. Cada pocos segundos, miraba a Alexan-
der por el rabillo del ojo sin volver la cabeza. Sus miradas fueron hacién-
dose cada vez más largas y su cepillado cada vez más descuidado, hasta
que se quedó mirando fijamente el perfil de Alexander durante largo
rato. Entonces, cuando Alexander se movió y giró la cabeza hacia Tha-
lia, ella bajó inmediatamente la cabeza, contemplándose un pie fija-
mente. Alexander la miró y luego desvió la mirada. Thalia volvió a
mirarle a hurtadillas, pero cuando él la atisbo una vez más, ella se con-
centró de nuevo en su pie... Esta farsa se alargó durante un tiempo. E n -
tonces, sin mirarla, Alexander fue acercándose lentamente a Thalia...
Thalia se quedó helada y miró a Alexander a los ojos durante un segun-
do. Luego, cuando él ya estaba llegando a su lado, ella se puso de pie, le
ofreció su trasero y volviendo la cabeza por encima del hombro, empe-
zó a lanzarle miradas nerviosas1 0
.
T h a l i a y A l e x a n d e r estuvieron juntos hasta el amanecer.
M u c h o s de los cortejadores de la Naturaleza se p o n e n nervio-
sos. Al describir a u n a pareja de avocetas europeas, especie perte-
neciente a la familia de las aves zancudas, N i k o T i n b e r g e n escribe:
«Tanto el m a c h o c o m o la h e m b r a se p o n e n a acicalarse las plumas
de f o r m a apresurada y nerviosa»1 1
. La jirafa, u n a de las criaturas
51
P O R Q O Í AMAMOS
más elegantes d e l m u n d o , empieza a «andar sin parar de un lado
para otro» cuando la cortejan1 2
. Y el naturalista George Schaller
describe a la reina de la selva diciendo: «Una leona en p l e n o celo
está inquieta, cambia de postura a m e n u d o y frota sinuosamente su
cuerpo contra el del m a c h o » 1 3
.
PÉRDIDA DE APETITO
M u c h o s animales pierden el apetito durante el cortejo, otra ca-
racterística más del a m o r romántico de los humanos. P o r ejemplo,
cuando un elefante en p l e n o celo encuentra a u n a h e m b r a en el
punto álgido de su ciclo estral, prescinde casi p o r completo de la
comida; se concentra únicamente en la cópula y en que otros m a -
chos no se a c e r q u e n a su t r o f e o 1 4
. De h e c h o , c u a n d o un elefante
m a c h o se aparea, se q u e d a tan delgado y cansado que prácticamen-
te finaliza su celo. Entonces debe volver c o n su m a n a d a de solteros,
donde se recuperará comiendo y descansando durante varios meses.
El elefante m a r i n o septentrional pierde casi la m i t a d de su peso.
C u a n d o se acerca su periodo de celo, que d u r a tres meses, los m a -
chos aparecen p o r la costa de C a l i f o r n i a reclamando cada u n o su
parte de playa. L u c h a n enconadamente p o r conseguir su objetivo
e incluso a veces las olas llegan a la orilla c o n manchas de sangre.
¿A qué se debe tanto revuelo? A que las hembras llegarán p r o n t o
para dar a luz a sus crías y al poco volverán a entrar en celo. L o s m a -
chos que consigan las mejores parcelas de playa tendrán acceso se-
xual a los harenes más numerosos. Por eso los machos no están dis-
puestos a dejar su territorio desprotegido ni siquiera durante u n a
h o r a . Aspectos básicos c o m o la c o m i d a o el sueño sencillamente
pierden interés.
Los orangutanes también pierden sus hábitos alimenticios. Es-
tos desgarbados parientes nuestros, de pelaje anaranjado, viven en
lo alto de las ramas de los árboles de las selvas de B o r n e o y de S u -
matra, a unos dieciocho metros de altura. C u a n d o el m a c h o desa-
rrolla las enormes bolsas de las mejillas que a n u n c i a n su madurez,
comienza a marcar y a defender un extenso territorio de árboles
frutales. Varias hembras establecen sus hogares dentro de este te-
52
H E L E N FISHER
rritorio. C a d a mañana el orangután despierta al vecindario c o n un
variado repertorio de gruñidos seguido de un sonoro b r a m i d o para
anunciar su paradero y su disponibilidad sexual. Entonces, cuando
u n a de las hembras en t r a e n celo, él empieza a seguir obstinadamen-
te su rastro entre la vegetación. La h e m b r a sólo permanece fértil
unos cinco días. Y si queda preñada durante el apareamiento, no
volverá a estar en celo hasta dentro de siete años. Así que, mientras
ella está receptiva, el macho no debe separarse de ella ni un sólo
m o m e n t o y además debe vencer a sus rivales. Para empeorar las co-
sas, los orangutanes machos tienen dos veces el tamaño de las h e m -
bras; se mueven m u c h o más despacio y también c o m e n m u c h o
más. Por tanto, el pretendiente ha de saltarse algunas comidas para
poder seguir a su ágil y m e n u d a compañera.
Estas exigencias del cortejo no constituyeron un p r o b l e m a para
T h r o a t p o u c h , un orangután salvaje que vivía en la reserva de T a n -
j u n g Putting, en B o r n e o . A este lugar llegó en la década de 1970 la
primatóloga B i m t e Galdikas para estudiar a estos animales de pelo
anaranjado. T P , c o m o ella llamaba a T h r o a t p o u c h , era un orangu-
tán de mediana edad, cascarrabias, irascible, de ojos redondos y b r i -
llantes y enorme tamaño. «Sin embargo, según los parámetros de
los orangutanes, TP era probablemente un tipo bastante apuesto».
Galdikas continúa explicando: «El objeto del a m o r de TP era Pris¬
cilla. C u a n d o vi a Priscilla c o n T h r o a t p o u c h , ella era aún menos
atractiva de lo que yo recordaba. Pensé que TP elegiría a u n a h e m -
bra más hermosa. Pero p o r la f o r m a en que T h r o a t p o u c h la perse-
guía, Priscilla andaba sobrada de atractivo sexual. TP estaba loco
por ella. No podía dejar de mirarla. Ni siquiera le importaba comer,
de lo cautivado que se sentía p o r sus despeluchados encantos»1 5
. In-
cluso cuando T h r o a t p o u c h tenía tiempo para comer, comenta G a l -
dika, adoptaba u n a actitud caballerosa: las mujeres primero.
Durante el cortejo de los leones, los machos d a n incluso la poca
c o m i d a que consiguen a sus amadas. George Schaller lo describió
con m u c h a gracia. Parece ser que un macho en periodo de cortejo
se encontró a u n a gacela j u n t o a u n a charca. Así que interrumpió
el cortejo para conseguir el trofeo. Luego llevó el delicioso regalo a
la h e m b r a y se sentó cerca de ella a contemplar c o m o ella se lo co-
mía todo. «Un detalle conmovedor y sorprendente si tenemos en
5 3
P O R OUÉ AMAMOS
cuenta que estaba hambriento»1 6
. Sospecho que la química cere-
bral de la atracción se i m p u s o a la necesidad de comer d e l macho.
P E R S I S T E N C I A
L o s animales también son tenaces. M u c h o s tienen pocas ocasio-
nes en su vida de triunfar sobre sus rivales, los machos disponibles
para el cortejo, y reproducirse.
U n a j i r a f a m a c h o sigue durante horas a la h e m b r a hasta que ella
accede a sus insinuaciones sexuales. La leona r o n r o n e a j u n t o al m a -
cho, se revuelca insinuante p o r el suelo ante sus ojos, le da manota-
zos c o n coquetería y luego se aparta rauda, sin dejar que él la to-
que. Sólo los cortejadores mas pacientes consiguen p o r fin m o n t a r
a su e n o r m e gatita. El tigre m a c h o es igualmente persistente. N u n -
ca quita la vista de e n c i m a a su compañera, «incluso el mas ligero
movimiento de su cola capta su atención»1 7
. El tigre sigue a la h e m -
bra en celo sin descanso, jugueteando detrás de ella c o n la nariz pe-
gada a su trasero1 8
.
D a r w i n percibió esta obstinada determinación incluso entre las
mariposas, «Su cortejo se parece a un romance prolongado», escri-
bió, «ya que c o n frecuencia he observado a u n o o más machos ha-
ciendo piruetas alrededor de u n a h e m b r a hasta que me he cansa-
do de mirar, sin llegar a ver el final del cortejo»1 9
.
Esta persistencia que se observa en tantas criaturas, desde las m a -
riposas a los rinocerontes, es otro rasgo distintivo d e l a m o r román-
tico de los humanos.
A F E C T O
Durante el cortejo, la mayoría de los animales ofrecen muestras
de ternura, el aspecto más encantador del romance entre humanos,
Al escribir sobre el cortejo de u n a pareja de castores, el biólogo
Lars Wilsson dijo: «Durante el día d u e r m e n acurrucados u n o j u n t o
al otro y p o r la noche se buscan cada cierto tiempo para cepillarse
mutuamente, o simplemente se sientan m u y juntos y «hablan» un
H l i L E N FlSHEft
rato usando sonidos de contacto especiales, cuyos tonos y matices
sólo pueden ser expresión, desde un p u n t o de vista h u m a n o , de i n -
t i m i d a d y afecto»2 0
.
El macho del oso pardo a r r i m a su hocico a los costados de la
h e m b r a y resopla en su oreja, i m p l o r a n d o su aceptación. La jirafa
m a c h o frota su cabeza contra el cuello y el tronco de la h e m b r a . La
tigresa mordisquea a su macho, mordiéndole suavemente en el cue-
llo y en la cara mientras restriega su cuerpo contra el de él. Las pa-
rejas de marsopas en celo n a d a n juntas, a veces u n a encima, otras
debajo, pero siempre f o r m a n d o un tándem, mientras se acarician,
frotan, «besan» o mueven los labios. L o s chimpancés se abrazan, se
dan palmaditas y besos en los muslos o la tripa. Incluso se besan «a
la francesa», introduciendo suavemente la lengua en la boca de su
pareja. Los murciélagos se acarician entre sí c o n las membranas de
sus aterciopeladas alas. Hasta la h u m i l d e cucaracha acaricia las an-
tenas de su pareja c o n las suyas.
A M O R E N T R E P E R R O S
En su original libro La vida oculta de los perros, Elizabeth M a r s h a l l
Thomas mantiene que los perros d a n muestras de u n a gran pasión
romántica. Llegó a esta conclusión momentos después de presen-
tar a M i s h a , un hermoso husky siberiano, a María, la perrita de su
hija, un joven y bello ejemplar de la m i s m a raza. T h o m a s había ac-
cedido a quedarse c o n M i s h a en su casa mientras sus amos realiza-
ban un largo viaje p o r E u r o p a .
Y llegó el día. L o s amos de M i s h a llevaron este espléndido m a -
cho a casa de Thomas. M i s h a entró pavoneándose en la sala de estar
a echar un vistazo, fijando rápidamente su m i r a d a en la bella María.
En un instante fue saltando hacia ella y se paró de golpe a su lado. E n -
seguida, escribe T h o m a s , María «dobló las patas invitándole a j u -
gar. Persigúeme, le decía c o n su gesto. M i s h a y María se q u e d a r o n
tan prendados u n o d e l otro que no se daban cuenta de nada. M i s -
ha ni siquiera se enteró de que sus dueños se habían marchado»2 1
.
Estos dos alegres perros se h i c i e r o n inmediatamente insepara-
bles. Juntos dormían, comían y paseaban; juntos tuvieron cuatro
5 5
P O R Q U É AMAMOS
hermosos cachorros; juntos los criaron hasta el desdichado día en
que los propietarios de Misha regalaron el perro a unas personas que
vivían en el campo. D u r a n t e semanas, María se q u e d ó sentada j u n -
to a la ventana de la casa de los T h o m a s , el m i s m o lugar desde d o n -
de vio c ó m o obligaban a su amado M i s h a a entrar en un coche. Allí
languidecía de pena. Finalmente, dejó de esperar su regreso. Pero
«María n u n c a se recuperó de su pérdida», escribe Thomas. «Per-
dió su esplendor... y no mostró interés en establecer u n a relación
permanente c o n otro macho, y eso que, c o n los años, pasaron p o r
casa varios posibles candidatos»2 2
.
LOS ANIMALES SON EXIGENTES
Exceso de energía; atención concentrada en un i n d i v i d u o c o n -
creto; motivación para perseguir a este compañero «especial»; pér-
dida de apetito; persistencia; dulces caricias, besos, lametones;
acurrucarse a su lado y j u g a r c o n coquetería: todos ellos son ras-
gos destacados del a m o r romántico de los seres humanos. Sea cual
sea el n o m b r e que le queramos dar, muchas criaturas parecen sen-
tirse atraídas unas hacia otras.
Pero los animales son exigentes.
De todas las características d e l a m o r romántico h u m a n o que
muestran otras criaturas, quizá la más reveladora sea esta exigen-
cia. Al igual que usted o yo no nos iríamos a la cama c o n cualquiera
que nos guiñara el ojo, n i n g u n a otra criatura de este planeta perde-
ría su valioso tiempo y energía en aparearse indiscriminadamente.
Rechazan a unos y eligen a otros.
Este es el caso de la h e m b r a del murciélago africano de cabeza
de martillo. D u r a n t e la estación seca, los machos se congregan re-
gularmente enunfefto z o n a de apareamiento específica situada en
las frondosas orillas del río Ivindo, en Gabón, África. L o s machos
llegan al atardecer c o n el fin de ocupar sus posiciones para la no-
che. U n a vez situados, emiten unos fuertes graznidos metálicos y
guturales mientras sacuden sus alas a m e d i o abrir a un ritmo el do-
ble de rápido que el de su canto, c o n el objetivo de atraer la aten-
ción hacia sí. P r o n t o llegan las hembras y se p o n e n a volar entre sus
5 6
H E L E N FISHER
congéneres, deteniéndose a inspeccionar a unos y otros. Mientras
la h e m b r a e x a m i n a a un m a c h o determinado, éste intensifica su ac-
tividad, aleteando a toda velocidad y elevando el v o l u m e n de su
canto hasta convertirlo en un z u m b i d o stacatto. En m e d i o de tanta
cacofonía, la h e m b r a realiza su elección definitiva, se posa j u n t o a
un m a c h o d e t e r m i n a d o y copula c o n él2 3
.
Entre los chimpancés «comunes» que la primatóloga J a n e G o o -
dall lleva estudiando más de cuarenta años en Tanzania, F i o era la
más popular. C u a n d o entró en celo en 1983, Fio no podía ir a n i n -
gún sitio sin que la siguieran hasta catorce machos adultos, muchos
de los cuales estaban dispuestos incluso a ir directamente al c a m -
pamento de G o o d a l l c o n tal de acercarse a su pareja preferida
para el apareamiento. Fifí, la hija de F i o , también estaba m u y soli-
citada, m u c h o más que su amiga P o m . L o s chimpancés tienen sus
preferencias.
Podría pensarse que la atracción de estos animales se debe sen-
cillamente al ciclo h o r m o n a l ; que la fisiología d e l ciclo estral lleva
a los machos a elegir a unas hembras en lugar de otras. P e r o G o o -
dall, la afamada científica, no estaría de acuerdo. E l l a sostiene que
«las preferencias p o r u n a pareja, independientes de las i n f l u e n -
cias hormonales, alcanzan u n a gran i m p o r t a n c i a en el caso de los
chimpancés»2 4
. De hecho, a f i r m a que los machos de muchas es-
pecies de primates «muestran u n a preferencia claramente defini-
da p o r unas hembras concretas, que p u e d e n ser independientes
del m o m e n t o del ciclo»2 5
. El conductista F r a n k B e a c h realizó esta
misma observación en 1976: «El h e c h o de que se p r o d u z c a o no la
copulación d e p e n d e tanto de afinidades y aversiones i n d i v i d u a -
les c o m o de la presencia o ausencia de h o r m o n a s sexuales en la
hembra»2 6
.
Así c o m o los machos prefieren a determinadas hembras c o n
i n d e p e n d e n c i a de su condición sexual, las hembras se sienten
atraídas p o r determinados machos aunque estos tengan un rango
o categoría inferior al suyo, c o m o observó D a r w i n hace más de
cien años. En El origen del hombre, D a r w i n escribió que incluso en el
caso de las especies más agresivas, las hembras en celo no se sien-
ten necesariamente atraídas p o r los machos más fuertes, más va-
lientes o incluso más victoriosos. P o r el contrario, «es más p r o b a -
5 7
P O R QUÉ AMAMOS
ble que se sientan excitadas p o r determinados machos, tanto an-
tes c o m o después d e l celo, y p o r tanto que los prefieran de m o d o
inconsciente»2 7
.
Los leones, los babuinos, los lobos, los murciélagos, incluso pro-
bablemente las mariposas, hacen distinciones entre sus pretendien-
tes, evitando resueltamente aparearse c o n algunos y concentrando
insistentemente sus energías en el cortejo de otros.
Por supuesto, los animales de diferentes especies se sienten atraí-
dos por distintos tipos de compañeros. Las hembras de muchas es-
pecies (incluidas las mujeres) a m e n u d o se sienten atraídas p o r
machos de rango superior. Algunas prefieren a los que viven en los
mejores i n m u e b l e s 2 8
. Otras prefieren al macho c o n las plumas de
la cola más simétricas o la cara más roja. P o r otra parte, los machos
a veces son sensibles a la edad de las hembras, así c o m o a su salud,
tamaño o forma. Pero, c o m o G o o d a l l escribe acerca de los p r i m a -
tes, la «personalidad» también es m u y significativa2 9
.
Todos los animales son exigentes. En efecto, estas preferencias
son tan comunes en la naturaleza que la literatura sobre animales
utiliza con frecuencia varios términos para describirlas, incluyen-
do, «preferencia p o r u n a pareja», «proceptividad selectiva», «pre-
ferencia individual», «favoritismo», «elección sexual» y «elección
de compañero».
Y aunque son exigentes, la mayoría de los animales expresan sus
preferencias c o n gran rapidez.
A M O R A P R I M E R A VISTA
«Le adoró desde el p r i m e r m o m e n t o en que fijó su vista en él.
Sólo quería estar a su lado, prodigarle muestras de afecto; le seguía a
todas partes. En cuanto oía su voz se ponía a ladrar. » 3 0
. Violeta, el
doguillo nervioso que vivía en casa de Elizabeth M a r s h a l l Thomas,
en Cambridge, Massachusetts, estaba enamorada de B i n g o , el otro
doguillo que tenían.
V i o l e t a manifestaba todos los síntomas d e l a m o r a p r i m e r a vis-
ta. Y su conducta es frecuente en la naturaleza p o r u n a razón i m -
portante: la mayoría de las criaturas femeninas tienen u n a época
5 8
H E L E N FISHER
de cría u otros períodos cíclicos cuando están fisiológicamente m a -
duras. Sólo cuentan con unos minutos, horas, días o semanas, para
reproducirse, concebir y prodigar sus genes. No p u e d e n permitirse
pasar meses repasando el c u r r i c u l u m de cada pretendiente. A d e -
más, el cortejo puede ser peligroso. El coito le pone a u n o en u n a
situación comprometida: otros predadores o competidores pue-
den adelantarse. Así que la atracción instantánea permite a los m a -
chos y hembras de muchas especies centrar sus preciosas energías
en el cortejo de ciertos individuos e iniciar el proceso reproductor
rápidamente.
Quizá los h u m a n o s hayamos heredado este fenómeno, dado que
el a m o r a p r i m e r a vista es común a hombres y mujeres. En un estu-
dio reciente realizado c o n cien parejas estadounidenses, el 11 p o r
ciento de los encuestados se habían enamorado en el m o m e n t o en
que fijaron la vista en su pareja; y en un estudio c o n seiscientos se-
tenta y nueve hombres y mujeres realizado en la década de 1960,
aproximadamente un 30 p o r ciento de los encuestados manifestó
haberse enamorado c o n la p r i m e r a m i r a d a 3 1
.
Esta atracción instantánea también fue experimentada p o r el
presidente de los Estados U n i d o s , ThomasJefferson. La historiado-
ra Fawn B r o d i e escribe: «Lo que le h u b i e r a n contado a Jefferson
acerca de María Cosway es irrelevante, ya que si ha h a b i d o un h o m -
bre que se haya enamorado en u n a sola tarde, ha sido é l » 3 2
. A l g o si-
milar le ocurrió a u n a mujer que en esa m i s m a época vivía en C a -
r u a r u , u n a ciudad al noreste de Brasil, según u n a confidencia que
le hizo a un antropólogo: «Nunca había visto a este hombre. Y c u a n -
do nos vimos el u n o al otro, no sé lo que ocurrió, si fue a m o r a p r i -
mera vista o qué fue. U n a semana más tarde me fugué c o n é l » 3 3
.
U n a mujer de M a n g a i a , u n a de las islas d e l Pacífico Sur, expresaba
el m i s m o sentimiento: «Cuando vi a este h o m b r e , deseé que fuera
mi esposo y este sentimiento fue u n a sorpresa porque era la prime-
ra vez que le veía en mi vida»3 4
. Se casó c o n él. Años más tarde refle-
xionaba sobre la experiencia y decía que el encuentro había sido
«obra de la naturaleza».
El a m o r a p r i m e r a vista es obra de la naturaleza.
5 9
P O R Q U É AMAMOS
¿ A M O R A L P R I M E R O L O R ?
Algunas personas me h a n preguntado si el olor de alguien pue-
de despertar esta atracción instantánea. Es cierto que m u c h o s a n i -
males se sienten inmediatamente atraídos p o r los olores de deter-
minadas parejas. P e r o d u d o q u e el a m o r al p r i m e r o l o r sea algo
habitual en las personas, p o r u n a razón de o r d e n evolutivo.
Nuestros antepasados, los primates, vivieron en las copas de los
árboles durante al menos treinta millones de años. P a r a evitar caer
al suelo y también para seleccionar las mejores frutas, necesitan
u n a visión m u y desarrollada, más que un olfato fino. Consecuente-
mente, los m o n o s y los simios tienen un sentido del olfato reducido
en comparación c o n otras grandes regiones del cerebro encarga-
das de la percepción de estímulos visuales. L o s h u m a n o s hemos
heredado estas facultades. Yestas estructuras visuales están perfec-
tamente conectadas c o n el resto de los sentidos y c o n nuestros p e n -
samientos y sentimientos. En efecto, c o m o primates, el 80 p o r cien-
to de nuestro conocimiento del m u n d o que nos rodea procede de
la vista. Esta es sin d u d a la razón p o r la q u e muchos romances a tra-
vés de Internet t e r m i n a n cuando los m i e m b r o s de la pareja se e n -
cuentran cara a cara. Los estímulos visuales son importantes para el
amor.
Así que d u d o que m u c h o s h u m a n o s se e n a m o r e n al detectar el
olor de un pretendiente durante u n a fiesta. Pero sí creo que u n a vez
que nos familiarizamos y encariñamos c o n u n a pareja, su olor puede
convertirse en u n a especie de afrodisíaco. P o r ejemplo, he conocido
a varias mujeres a las que les gusta ponerse la camiseta o el suéter de
su enamorado para d o r m i r porque les gusta notar su olor. Y la litera-
tura occidental está llena de personajes masculinos que se sienten
estimulados p o r la fragancia del pañuelo o el guante de su amada.
Pero sea lo que sea lo que desencadena la atracción, el magnetis-
mo puede ser instantáneo. C u a n d o los seres h u m a n o s y otras cria-
turas están psicológicay físicamente preparadas y aparece ante ellos
u n a pareja relativamente adecuada, el más sencillo intercambio pue-
de disparar la atracción.
Entonces la mayoría de los animales se vuelven extremadamen-
te posesivos c o n su trofeo.
6 0
HE1.EN FISHER
P O S E S I Ó N
«Dame p o r compasión todo de t i — t u a l m a — / No me niegues
ni un átomo de átomo o moriré». Keats quería poseer cada peque-
ña parte de su amada. M u c h a s otras criaturas comparten este senti-
miento. A l g u n o s pájaros y mamíferos lucharán casi hasta la muerte
para poseer a un amante de m a n e r a exclusiva.
Por ejemplo, durante la época del celo del mes de j u n i o , el m a -
cho de oso pardo vigila a su h e m b r a d u r a n t e varios días e incluso
semanas, aunque al poco se marchará si e n c u e n t r a otras o p o r t u -
nidades de aparearse. O b s e r v a n d o a un veterano oso p a r d o d e l
Parque N a c i o n a l de Yellowstone, el naturalista T h o m a s M c N a m e e
escribe: «Se tendía en el n i d o de hojas y ramas que era su cama
d i u r n a , pasando u n a garra protectora y posesiva p o r el h o m b r o de
ella. C u a n d o otros osos pardos se acercaban... un solo gruñido so-
lía bastar para que el competidor se alejara»3 5
.
Un desdichado ejemplo de esta posesión es el que observó el
zoólogo D a v i d Barash en el pájaro azulejo de montaña3 6
. La épo-
ca del celo había comenzado, y un m a c h o y u n a h e m b r a de azule-
jos habían construido su n i d o y se habían establecido en él. S i n
embargo, mientras el m a c h o estaba fuera buscando c o m i d a , B a -
rash colocó un m a c h o de azulejo disecado en u n a r a m a d e l árbol
que estaba cercana al nido. C u a n d o el «marido» volvió y vio al i n -
truso, atacó cruel y repetidamente al muñeco. L u e g o se volvió a su
pareja y también la atacó brutalmente, rompiéndole dos de las
plumas que son más necesarias p a r a el vuelo. E l l a huyó. El m a c h o
no tardó m u c h o en aparecer c o n u n a nueva h e m b r a c o n la que
crió u n a n i d a d a .
Mientras que la posesión empuja a algunas criaturas a la violen-
cia, los celos sumergen a otros en la depresión. ¿Recuerdan a V i o l e -
ta, la doguilla que estaba enamorada de Bingo? V i o l e t a adoraba a
su «marido». E r a n u n a pareja. «Al igual que si fueran un m a t r i m o -
nio, tenían sus acuerdos privados», escribe Elizabeth M a r s h a l l T h o -
mas, incluso sobre « c ó m o les gustaba dormir». L o s problemas de
Violeta comenzaron el día en que l a j o v e n y hermosa husky, María,
61
P O R QUÉ AMAMOS
se vino a vivir a casa de los M a r s h a l l . T h o m a s dice sobre los celos de
Violeta: «Lo que más le molestaba a Violeta de María era que a Bin¬
go le gustara tanto. Ignorando a V i o l e t a , B i n g o se dedicaba cada
día a intentar conquistar a María, paseándose a su lado c o n las ore-
jas gachas, u n a expresión dulce en su cara y m o v i e n d o la cola lige-
ramente. A m e n u d o V i o l e t a intentaba impedírselo». No h u b o suer-
te. Al final V i o l e t a «se retiró a u n a esquina lejana, se sentó allí,
resignada, y se deprimió»3 7
.
Nuestros parientes cercanos, los chimpancés «comunes» y los
bonobos, también p u e d e n ser m u y posesivos, incluso aunque sean
promiscuos p o r naturaleza. E n e l p u n t o álgido d e l celo, l a h e m b r a
visita a m e n u d o a un m a c h o y luego a otro, llegando en ocasiones a
copular c o n u n a d o c e n a d e pretendientes e n u n solo día. L a mayo-
ría de ellos esperan pacientemente su turno. Pero algunos c h i m p a n -
cés machos se vuelven posesivos. Ya m e d i d a que aumenta su pasión,
van intentando establecer u n a relación exclusiva c o n u n a h e m b r a
determinada.
Así ocurrió c o n Satán, un chimpancé que vivía en la reserva de
G o m b e , en Tanzania. J a n e G o o d a l l describió la incipiente relación
entre Satán y Miff. M i f f acababa de entrar en celo y todos los m a -
chos lo sabían. La mañana había comenzado m o v i d a y ella había
ido pasando de un m a c h o a otro, ofreciéndoles sus nalgas y c o p u -
lando c o n cada u n o . El día fue avanzando y, u n o p o r u n o , los m a -
chos frieron desapareciendo entre los arbustos para c o m e r o des-
cansar. Satán esperó a que se m a r c h a r a el último de los restantes
admiradores. Entonces, cuando M i f f se disponía a seguirlos, Satán
d i o un salto y se i n t e r p u s o en su c a m i n o , c o m e n z a n d o a a n d a r
c o m o si n a d a en u n a dirección diferente a la que habían t o m a d o el
resto de los machos. Continuamente iba m i r a n d o por encima del
h o m b r o para ver si ella le seguía. Yasí era.
M e d i a h o r a después, M i f f oyó a los demás machos llamarla des-
de el follaje. D u r a n t e un m o m e n t o miró en la dirección de d o n d e
venían las voces y luego directamente a Satán, que estaba m o v i e n -
do las ramas impacientemente para distraerla. E l l a se paró c o m o si
estuviera sopesando las alternativas. Después siguió a Satán p o r la
cresta de la montaña hasta llegar a un valle cercano, lejos d e l resto
de los m a c h o s 3 8
.
62
H E L E N FISHER
C o n frecuencia, cuando los chimpancés h e m b r a están en celo, se
quedan en la c o m u n i d a d para copular c o n casi todos los machos.
Sin embargo, si se sienten atraídas por u n o de sus admiradores, pue-
den acompañar a este individuo «especial» hasta la periferia del te-
rritorio donde vive y quedarse c o n él desde tres días hasta casi tres
meses. G o o d a l l l l a m a a estas uniones temporales «irse de safari».
L A V I G I L A N C I A D E L A PAREJA
D a d o que el afán posesivo es tan habitual en la naturaleza, los
estudiosos del c o m p o r t a m i e n t o a n i m a l le h a n d a d o un n o m b r e :
«vigilancia de la pareja»3 9
. Se refiere a este gusto p o r la exclusivi-
dad sexual c o m o un aspecto fundamental del cortejo en muchas
especies. Generalmente es el m a c h o el que vigila a la h e m b r a , para
evitar que le sea arrebatada o le abandone. Existen sólidas razones
de carácter evolutivo. Si un m a c h o puede secuestrar a la h e m b r a
durante su ovulación, ella podrá parir a sus crías y transmitir sus ge-
nes hasta la eternidad.
Los machos pertenecientes a especies que establecen u n a rela-
ción de pareja para criar a su descendencia, tienen u n a segunda m o -
tivación, de carácter darwiniano, para ser posesivos desde el punto
de vista sexual. Desde el punto de vista de la adaptación, a un m a -
cho, no le conviene derrochar su tiempo y sus energías vitales en
construir un n i d o , proteger a la h e m b r a , luchar contra los intrusos,
e incluso alimentar a sus crías, a menos que dichas crías sean porta-
doras de su A D N . Si su h e m b r a se pone a retozar c o n otro macho,
él se arriesga a que le pongan los cuernos. P o r tanto, en las especies
socialmente monógamas, los machos que cortejan a u n a h e m b r a o
se «casan» c o n ella tienden a ser extremadamente sensibles ante
los intrusos. A l g u n o s monos machos m u e r d e n el cuello de la h e m -
bra si se aleja o la hacen volver c o n golpecitos o empujones; en c a m -
bio, los machos de muchas otras especies defienden agresivamente
el territorio donde vive su compañera.
L o s h o m b r e s y mujeres que participaron en mi estudio (expli-
cado en el capítulo uno) mostraron también esta tendencia a la vi-
gilancia de la pareja, especialmente los hombres. Éstos discreparon
6 3
P O R Q U É AMAMOS
m u c h o más que las mujeres ante la afirmación «Es b u e n o no tener
contacto c o n durante unos cuantos días para volver a a l i -
mentar las expectativas» (Apéndice, na
4). El h e c h o podría deber-
se a que las mujeres tienen, p o r lo general, más amigos, más cone-
xiones, más lazos familiares y más responsabilidades f u e r a de su
relación amorosa. P e r o probablemente los h o m b r e s se sienten
también obligados de f o r m a inconsciente a conservar el recipiente
de su semilla.
Y t i e n e n buenas razones para ello. En u n a encuesta reciente rea-
lizada a hombres y mujeres estadounidenses, el 60 p o r ciento de los
hombres y el 53 p o r ciento de las mujeres a d m i t i e r o n haber practi-
cado la «caza furtiva»; es decir, habían intentado atraer al amante
de otra persona para comprometerse c o n él en u n a relación nue-
v a 4 0
. En efecto, un estudio de treinta culturas demostró lo c o m ú n
que es la caza furtiva de parejas en todo el m u n d o 4 1
. Al igual que el
azulejo de montaña, los h u m a n o s son posesivos.
La tendencia h u m a n a a perseguir e incluso a asesinar a un a m a n -
te descarriado procede probablemente de esta tendencia a n i m a l a
vigilar a la pareja.
U N A P R O P U E S T A I N D E C E N T E
Todos estos datos me h a n llevado a creer que los animales gran-
des y pequeños se sienten impulsados biológicamente a preferir,
perseguir y poseer unas parejas determinadas; existe u n a química
de la atracción a n i m a l . Yesta química debe de haber sido la precur-
sora d e l amor romántico h u m a n o .
Pero, ¿qué sustancias químicas d e l cerebro están implicadas?
Existen dos estimulantes naturales d e l cerebro de los mamífe-
ros, estrechamente relacionados entre sí, que p a r e c e n desempe-
ñar un p a p e l c r u c i a l ; la d o p a m i n a y la n o r e p i n e f r i n a . T o d o s los
pájaros y mamíferos están dotados de formas similares de d o p a -
m i n a y n o r e p i n e f r i n a , así c o m o de estructuras cerebrales pareci-
das p a r a p r o d u c i r y r e s p o n d e r a estas «anfetaminas» naturales,
a u n q u e las estructuras y circuitos cerebrales varíen de u n a espe-
cie a otra.
6 4
H E L E N FISHER
Pero hay algo aún más importante; la d o p a m i n a y la n o r e p i n e -
frina desempeñan un papel clave en la excitación sexual y en la i n -
tensificación de la motivación en pájaros y mamíferos4 2
. P o r ejem-
plo, las ratas h e m b r a de l a b o r a t o r i o expresan sus i n t e n c i o n e s
amorosas saltando y c o r r i e n d o de un lado a otro, conductas aso-
ciadas c o n el a u m e n t o de los niveles de d o p a m i n a 4 3
. Y e n los rato-
nes de pradera, esas pequeñas criaturas tan parecidas a los ratones
de campo, los niveles elevados de d o p a m i n a en el cerebro están
directamente asociados c o n la preferencia p o r u n a pareja en par-
ticular4 4
.
Fijémonos en el ratón de pradera (microtus orchrogaster). Estos pe-
queños animales viven en un laberinto de túneles y madrigueras en
las praderas del M e d i o Oeste de Estados Unidos. Los ratones esta-
blecen un vínculo de pareja para criar a sus pequeños. El macho
deja el hogar poco después de la pubertad para buscar u n a «espo-
sa». C u a n d o ve a u n a candidata adecuada, empieza a cortejarla ávi-
damente, olisqueándola, lamiéndola, mordisqueándola, montándo-
la: u n a pareja de ratones copula más de cincuenta veces en apenas
dos días. Tras este maratón sexual, el macho empieza a comportarse
como un marido recién casado: construye un nido para sus futuros
hijos, protege ferozmente a su pareja de otros machos rivales y de-
fiende el hogar donde ambos viven. Aproximadamente un 90 p o r
ciento de los ratones de pradera pasan toda su vida c o n la m i s m a
pareja .
P e r o los ratones de pradera son exigentes, c o m o demuestra este
estudio. L o s científicos emparejaron a u n a h e m b r a en celo c o n un
macho. C u a n d o la h e m b r a copuló c o n este pretendiente, desarro-
lló u n a parcialidad especial hacia él, un favoritismo que fue acom-
pañado de un aumento del 50 p o r ciento de la d o p a m i n a en el nú-
cleo accumbens, u n a parte del cerebro de los mamíferos que en las
personas está asociada c o n la ansiedad y la adicción4 6
.
En este mismo sentido, cuando los científicos inyectaron u n a sus-
tancia que reducía la d o p a m i n a en u n a región específica del cerebro
de la h e m b r a de ratón de pradera, ésta dejó de preferir a su c o m p a -
ñero frente los demás. Y c u a n d o en cambio a la h e m b r a le inyecta-
r o n compuestos que aumentaban los niveles de d o p a m i n a en el ce-
rebro empezó a preferir al compañero que estaba presente en el
6 5
P O R QUÉ AMAMOS
m o m e n t o de la inyección, aunque n u n c a se hubiera apareado c o n
este i n d i v i d u o 4 7
.
La d o p a m i n a parece, pues, desempeñar u n a función clave en la
atracción animal.
La norepinefrina puede contribuir a este magnetismo. C u a n d o
los científicos p o n e n u n a gota de o r i n a del macho en el labio supe-
rior de u n a hembra de ratón de pradera, los niveles de norepinefrina
en el cerebro se elevan. Esto contribuye a la liberación de estróge-
nos y estimula la conducta de apareamiento4 8
. ¿Se siente la h e m b r a
del ratón de pradera «atraída» p o r este olor?
L o s niveles de norepinefrina (y dopamina) se disparan también
cuando u n a oveja en celo ve imágenes de u n a oveja m a c h o 4 9
. Pue-
de que estas ovejas se sientan temporalmente encaprichadas de los
carneros.
La norepinefrina está ligada incluso a u n a determinada postura
de los mamíferos durante el cortejo: la lordosis, el hábito de la h e m -
b r a de agacharse, arquear la espalda y levantar las nalgas hacia su
pretendiente para expresar su disponibilidad s e x u a l 5 0
. Las mujeres
también lo hacen. La mujer m i r a c o n coquetería p o r e n c i m a de su
h o m b r o al varón mientras arquea su espalda graciosamente y eleva
sus nalgas en la m i s m a dirección.
Estos datos me i n c l i n a n a sospechar que la d o p a m i n a y / o la no-
repinefrina desempeñan u n a función clave en la atracción animal.
S i n d u d a hay más sustancias químicas cerebrales i m p l i c a d a s .
C u a n d o los elefantes, zorros, ardillas y muchos otros animales hacen
la criba de sus oportunidades de apareamiento, deben distinguir
colores, formas y tamaños, estar atentos para detectar los tonos más
seductores, recordar hechos y desastres pasados, y olisquear, tocar y
paladear para r e u n i r la información referente a los potenciales
consortes. S o n muchos los sistemas químicos que i n d u d a b l e m e n -
te coordinan de algún m o d o la reacción en cadena que da lugar a
los sentimientos de atracción a n i m a l .
Pero los animales aman. Tia, B a d B u l l , Skipper, M i s h a , María,
Violeta, T h a l i a , Alexander, Miff, Satán y cualquier otro mamífero o
ave de este planeta probablemente se h a n sentido atraídos p o r unos
sujetos específicos. C u a n d o estos amantes temporalmente hechiza-
dos graznan, ladran, aletean, trinan, se pavonean, m i r a n fijamente,
6 6
H E I , E N FISHER
mordisquean, acarician, copulan y adoran a la pareja elegida para el
apareamiento, entran en contacto c o n un latido universal.
En qué m o m e n t o c o m e n z ó la evolución de la química d e l cere-
bro relacionada c o n la atracción a n i m a l es algo que nadie sabe. Yo
sospecho que cuando los primeros mamíferos primitivos corretea-
ban entre los dinosaurios, estos velludos parientes de la raza h u m a -
na sólo habían desarrollado u n a estructura cerebral sencilla para
motivarles a distinguir entre varios pretendientes y preferir a unos
determinados. C o n estos rudimentos fueron multiplicándose des-
de entonces, expandiendo esta química a miríadas de seres que na-
daban, volaban, reptaban, saltaban, brincaban o trotaban, incluyen-
do a los antepasados de los simios y de los humanos.
L o s hombres y las mujeres de la antigua I n d i a llamaban al a m o r
romántico «la eterna danza del universo»5 1
. Y estaban en lo cierto.
No obstante, el tiempo durante el cual u n a ardilla listada, u n a cebra
o u n a ballena se sienten verdaderamente atraídas p o r u n a pareja
determinada obviamente depende de los entornos naturales. Éstos
varían necesariamente. Y l a s especies también. En las ratas, proba-
blemente la atracción sólo d u r a unos segundos. L o s elefantes pare-
cen sentirse «enamorados» unos tres días. L o s perros a m e n u d o
muestran esta atracción durante meses y el cariño durante muchos
años. A l g u n o s científicos se cuestionan hasta qué punto estas cria-
turas son «conscientes» de sus emociones5 2
. N a d i e lo sabe. P e r o los
animales expresan un aumento de la energía, u n a concentración de
atención, euforia, ansia, persistencia, afán posesivo y afecto: atrac-
ción a n i m a l . Y l o s datos sugieren que esta atracción está relaciona-
da con dos sustancias químicas habituales en el cerebro: la dopami-
na y la norepinefrina.
¿Podrían desempeñar dichas sustancias a l g u n a función en el
a m o r romántico h u m a n o ? Para c o m p r e n d e r la química de esta
«danza eterna», decidí adentrarme en el cerebro h u m a n o .
67
3
L A QUÍMICA DEL AMOR
Escanear el cerebro «enamorado»
... porque es fuerte el amor
como la muerte,
tenaz, como el sol, la celosía.
Flechas de fuego son sus flechas,
Sus llamas, llamas de Yavé
El Cantar de los Cantares
(h. 900-300 a. de C.)
« A I I Í estaba e l calor d e l A m o r , l a a p r e m i a n t e pulsión d e l D e -
seo, el susurro d e l a m a n t e , la irresistible m a g i a que al h o m b r e
más c u e r d o vuelve l o c o » 1
. Esta m a g i a que H o m e r o canta en la
Ilíada ha d a d o lugar a guerras, e n g e n d r a d o dinastías, d e r r i b a d o
reinos e i n s p i r a d o algunas de las más bellas obras literarias y ar-
tísticas. Las personas cantan al amor, trabajan p o r amor, m a t a n
p o r amor, viven p o r a m o r y m u e r e n p o r amor. ¿Qué es lo que
provoca este hechizo?
C o m o ya he dicho, he llegado a la conclusión de que el a m o r ro-
mántico es un sentimiento h u m a n o universal, p r o d u c i d o p o r sus-
tancias químicas y estructuras específicas que existen en el cerebro.
Pero, ¿cuáles exactamente? P a r a arrojar a l g u n a luz sobre esta
magia que puede hacer que el más cuerdo se vuelva loco, en 1996
puse en m a r c h a un proyecto compuesto de varias fases, c o n el obje-
tivo de recoger datos científicos sobre la química y los circuitos ce-
rebrales del a m o r romántico.
Si b i e n suponía que e r a n muchas las sustancias químicas que
intervenían de u n a f o r m a u otra, centré mi investigación en la
d o p a m i n a y en la n o r e p i n e f r i n a , así c o m o en otra sustancia cere-
bral relacionada c o n ellas, la serotonina. Las razones que me lle-
varon a estudiar la naturaleza de estas sustancias f u e r o n dos: la
6 9
P O R QUÉ AMAMOS
atracción que sienten los animales p o r determinadas parejas está
relacionada c o n altos niveles de d o p a m i n a y / o n o r e p i n e f r i n a en
el cerebro; y lo que es más i m p o r t a n t e , estas tres sustancias quí-
micas p r o d u c e n muchas de las sensaciones de la pasión románti-
ca h u m a n a .
D U L C E D O P A M I N A , N O PARES D E B A I L A R
Veamos el caso de la d o p a m i n a . U n o s niveles elevados de dopa-
m i n a en el cerebro p r o d u c e n u n a gran concentración de la aten-
ción2
, así como u n a motivación inquebrantable y u n a conducta
orientada a un objetivo3
. Estas características son clave para el a m o r
romántico. Los amantes se concentran intensamente en el amado,
excluyendo a m e n u d o todo lo que les rodea. De hecho, se concen-
tran de tal m o d o en las cualidades del ser amado que pasan p o r
alto fácilmente sus características negativas4
, adorando incluso las
experiencias y los objetos específicos que h a n compartido c o n la
persona amada.
Por otra parte, las personas locamente enamoradas consideran
al amado como algo novedoso y único. Y la d o p a m i n a ha sido aso-
ciada con el aprendizaje de los estímulos novedosos5
.
A l g o que resulta clave en el a m o r romántico es la p r e f e r e n c i a
del amante por el ser amado. C o m o se afirmaba en el capítulo se-
gundo, entre los ratones de campo esta predilección está asociada
c o n niveles elevados de d o p a m i n a en unas regiones específicas del
cerebro. No resulta ilógico, p o r tanto, sugerir que si la d o p a m i n a
está asociada c o n la preferencia por u n a pareja en los ratones de
campo, es m u y posible que también desempeñe u n a función en la
parcialidad de las personas. Sabemos que todos los mamíferos tie-
n e n básicamente la m i s m a m a q u i n a r i a cerebral, aunque el tama-
ño, la f o r m a y la situación de las partes que c o m p o n e n el cerebro
varíen notablemente entre unos y otros6
.
El éxtasis es otra característica destacada de los amantes, algo
que parece también estar asociado c o n la d o p a m i n a . Las concen-
traciones elevadas de d o p a m i n a en el cerebro p r o d u c e n euforia,
así como otros muchos sentimientos que dicen sentir los enamora-
70
H E L E N FISHER
dos, c o m o un a u m e n t o de energía, hiperactividad, i n s o m n i o , pér-
d i d a de apetito, temblores, u n a aceleración de los latidos del cora-
zón y de la respiración y, a veces, obsesión, ansiedad o miedo7
.
La intervención de la d o p a m i n a puede incluso explicar p o r qué
los hombres y mujeres enamorados se vuelven tan dependientes
de su relación romántica y p o r qué ansian la unión e m o c i o n a l c o n
su amado. La dependencia y el ansia son síntomas de adicción, y
todas las adicciones importantes están asociadas c o n altos niveles
de d o p a m i n a 8
. ¿Es el a m o r romántico u n a adicción? Sí, creo que sí
lo es; u n a feliz d e p e n d e n c i a c u a n d o el a m o r es correspondido y
u n a ansiedad dolorosa, triste y a m e n u d o destructiva c u a n d o se ve
rechazado.
En efecto, la d o p a m i n a puede ser el combustible que alimenta
los denodados esfuerzos del amante cuando éste siente que su rela-
ción amorosa está en peligro. C u a n d o la recompensa se demora, las
células que p r o d u c e n la d o p a m i n a en el cerebro aumentan su tra-
bajo, b o m b e a n d o mayores cantidades de este estimulante natural
para proveer de energía al cerebro, centrar la atención e impulsar
al afectado a luchar más aún p o r alcanzar su p r e m i o : en este caso,
ganarse el corazón de la persona objeto de su a m o r 9
. D o p a m i n a , tu
n o m b r e es perseverancia.
Incluso el anhelo de tener u n a relación sexual c o n el amado pue-
de estar indirectamente relacionado c o n unos niveles altos de do-
pamina. C u a n d o la d o p a m i n a en el cerebro aumenta, se p r o d u c e n
c o n frecuencia mayores niveles de testosterona, la h o r m o n a del de-
seo sexual.
E L « C O L O C Ó N » D E L A N O R E P I N E F R I N A
La norepinefrina, u n a sustancia química derivada de la d o p a m i -
na, puede también contribuir al «colocón» del amante. L o s efectos
de la norepinefrina son variados, dependiendo de la parte del cere-
bro que se active. S i n embargo, el aumento de los niveles de este es-
timulante produce p o r lo general euforia, energía excesiva, insom-
n i o y pérdida de apetito, algunas de las características básicas d e l
a m o r romántico.
71
P O R Q U É AMAMOS
El aumento de los niveles de norepinefrina también podría con-
tribuir a explicar p o r qué el amante puede recordar los detalles
mas nimios acerca del comportamiento de su ser amado y de los
preciados momentos que pasó j u n t o a él, pues esta sustancia está
asociada c o n un aumento de la capacidad de recordar estímulos
nuevos1 0
.
Pero en este «irresistible» sentimiento mágico d e l que hablaba
H o m e r o puede intervenir también u n a tercera sustancia química:
la serotonina.
L A S E R O T O N I N A
Un destacado síntoma del a m o r romántico es pensar continua-
mente en el amado. L o s amantes no p u e d e n desconectar de sus
atropellados pensamientos. De hecho, este aspecto del a m o r es tan
intenso que yo lo utilizo c o m o la p r u e b a decisiva de la pasión ro-
mántica. Lo p r i m e r o que p r e g u n t o a c u a l q u i e r a que me diga que
está enamorado es: «¿Qué porcentaje del tiempo que pasas des-
pierto lo dedicas a pensar en la persona de la que estas enamorado? »
M u c h o s responden que «Más del 90 p o r ciento». Otros a d m i t e n
algo avergonzados que n u n c a dejan de pensar en «él» o en «ella».
Los amantes son obsesivos. Y l o s médicos que tratan a pacientes
c o n todo tipo de transtornos obsesivo-compulsivos recetan i n h i b i -
dores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) como el
Prozac o el Zoloft, sustancias que elevan los niveles de serotonina en
el cerebro1 1
. Ésta es la razón que me ha llevado a sospechar que las
cavilaciones continuas, involuntarias e irresistibles del amante sobre
la persona de la que está enamorado podrían asociarse c o n unos
niveles bajos de alguna de las formas (existen al menos catorce ti-
pos) que adopta este compuesto químico1 2
.
Mi razonamiento no carece de base. En 1999, unos científicos
italianos estudiaron a sesenta individuos: veinte eran hombres y m u -
jeres que habían estado enamorados en los seis meses anteriores;
otros veinte sufrían trastornos obsesivo-compulsivos ( T O C ) no tra-
tados y otros veinte eran individuos normales y sanos que no esta-
ban enamorados y que se utilizaron c o m o g r u p o de control. Tanto
72
HEI-EN FISHER
los participantes enamorados c o m o los que sufrían T O C presenta-
r o n niveles significativamente menores de serotonina que los del
grupo de c o n t r o l 1 3
.
Estos científicos e x a m i n a r o n los niveles de serotonina en algu-
nos componentes de la sangre pero no en el cerebro. Hasta que los
científicos no p u e d a n documentar la actividad de la serotonina en
unas regiones determinadas del cerebro, no podremos estar segu-
ros de la función que desempeña la serotonina en el a m o r románti-
co. No obstante, este experimento ha determinado, p o r vez prime-
ra, que existe u n a posible conexión entre el a m o r romántico y unos
niveles bajos de serotonina orgánica.
Así pues, todas las incontables horas durante las que nuestra
mente da vueltas y más vueltas, c o m o un ratón que hace girar u n a
rueda, pueden estar asociadas c o n niveles reducidos de serotonina
en los circuitos del cerebro.
Y c u a n d o u n a relación amorosa se intensifica, este pensamiento
obsesivo e irresistible puede incrementarse debido a u n a relación
negativa entre la serotonina y sus parientes, la d o p a m i n a y la nore-
pinefrina. El aumento de los niveles de d o p a m i n a y n o r e p i n e f r i n a
puede provocar un descenso en picado de los niveles de serotoni-
n a 1 4
. Esto podría explicar por qué el creciente éxtasis romántico del
e n a m o r a d o intensifica de h e c h o la compulsión a soñar despierto,
fantasear, meditar, reflexionar y obsesionarse p o r el objeto de su
amor.
U N A HIPÓTESIS D E T R A B A J O
Dadas las propiedades que estas tres sustancias químicas relacio-
nadas entre sí, la d o p a m i n a , la norepinefrina y la serotonina, pre-
sentan en el cerebro, empecé a sospechar que todas ellas desempe-
ñaban un papel fundamental en la pasión romántica h u m a n a .
Los sentimientos de euforia, i n s o m n i o y pérdida de apetito, así
c o m o la energía excesiva, atención concentrada, intensificación de
la motivación y conductas orientadas a un objetivo que caracteri-
zan a la persona enamorada, j u n t o c o n su tendencia a considerar al
amado como algo novedoso y único, y el aumento de la pasión cuan-
73
P O R QUÉ AMAMOS
do se enfrenta a la adversidad, pueden ser originadas en parte p o r
un incremento de los niveles de d o p a m i n a y norepinefrina en el
cerebro. Y l a cavilación obsesiva del amante sobre el ser amado po-
dría deberse a la disminución de los niveles de ciertos tipos de s e r o
tonina en el cerebro.
Hagamos ahora las salvedades. La teoría se complica p o r n u m e -
rosos hechos: diferentes dosis de estas sustancias químicas pueden
producir diferentes efectos; a su vez, las sustancias p r o d u c e n distin-
tos efectos en distintas partes del cerebro; cada u n a interactúa c o n
las demás de distinta manera en circunstancias diferentes, y cada
u n a se relaciona c o n otros muchos sistemas fisiológicos y circuitos
cerebrales, dando lugar a complejas reacciones en cadena. P o r otra
parte, el a m o r romántico apasionado a d o p t a diversas formas en
cuanto a su diferente gradación, desde la p u r a euforia cuando el
amor es correspondido hasta los sentimientos de vacío, desespera-
ción y a m e n u d o rabia, cuando es rechazado. Estas sustancias quí-
micas, indudablemente, varían en cuanto a su concentración y com-
binación según la relación avance o retroceda.
No obstante, la diferente correlación entre las numerosas ca-
racterísticas del a m o r romántico, así c o m o los efectos de estas tres
sustancias en el cerebro, me h a n llevado a elaborar la hipótesis si-
guiente: este fuego en la mente es provocado p o r unos niveles ele-
vados de dopamina o de norepinefrina, o de ambas a la vez, así como
p o r la disminución de los niveles de serotonina. Tales sustancias
químicas f o r m a n el eje central del a m o r obsesivo, apasionado, ro-
mántico.
E S C A N E A R E L C E R E B R O E N A M O R A D O
Así pues, lo siguiente era encontrar las regiones del cerebro i m -
plicadas en «la apremiante pulsión del Deseo» de H o m e r o . Sabía
que la d o p a m i n a , la norepinefrina y la serotonina estaban m u c h o
más presentes en unas regiones cerebrales que en otras. Si pudiera
establecer qué regiones d e l cerebro se activan c u a n d o alguien se
encuentra inmerso en el éxtasis romántico, esto podría confirmar
qué sustancias químicas principales están implicadas. Había Uega-
74
H E L E N FISHER
do el m o m e n t o de embarcarse en el proyecto de escanear los cere-
bros de varios hombres y mujeres enamorados.
Así que desarrollé un p l a n c o n el neurólogo G r e g S i m p s o n ,
que trabajaba p o r entonces en el A l b e r t Einstein College of M e d i -
cine. Recogeríamos datos sobre la actividad cerebral mientras los
sujetos perdidamente enamorados realizaban dos tareas distintas:
m i r a r u n a foto de su amado o a m a d a y m i r a r u n a fotografía «neu-
tra» de un conocido que no generara sentimientos románticos po-
sitivos ni negativos. Además utilizaríamos un aparato de imagen
por resonancia magnética f u n c i o n a l (IMRf) para sacar fotos del
cerebro.
El aparato de I M R f registra el flujo sanguíneo del cerebro. Se
basa, en parte, en un p r i n c i p i o sencillo: las células cerebrales que
están activas c h u p a n más sangre que las partes del cerebro que están
inactivas, ya que tienen que obtener el oxígeno necesario para rea-
lizar su trabajo. Esta máquina no haría necesario inyectar a los suje-
tos de mi experimento ningún contraste de color ni introducírselo
en el cuerpo de n i n g u n a otra manera. S i n dolor. Esa idea me gus-
taba. Después, para analizar nuestros datos, compararíamos la acti-
vidad cerebral p r o d u c i d a mientras nuestros sujetos m i r a b a n la foto
de su a m o r c o n la actividad cerebral registrada mientras miraban la
imagen neutra.
Pensamos que era un buen comienzo. En 1996 escaneamos a cua-
tro sujetos, dos hombres y dos mujeres, todos ellos jóvenes. Todos es-
taban locamente enamorados. Los resultados fueron m u y esperan-
zadores. Pero mi colega tuvo que abandonar el experimento debido
a otros compromisos profesionales. Afortunadamente yo ya había
invitado a Lucy B r o w n , u n a destacada neuróloga del Albert Einstein
College of M e d i c i n e , a interpretar los resultados del escáner, u n a
labor técnicamente compleja y de gran exigencia intelectual que
exige m u c h o tiempo. Más adelante se nos u n i e r o n A r t A r o n , un
psicólogo de gran talento dedicado a la investigación en la State
University of N e w York de Stony B r o o k , y D e b Mashek, en aquel
m o m e n t o u n a estudiante de posgrado del departamento de psico-
logía de la S U N Y d e Stony B r o o k .
Había algo que me preocupaba acerca del diseño del experi-
mento. C o m o comentábamos anteriormente, a los amantes les re-
75
P O R OUÉ AMAMOS
sulta difícil no pensar en la persona amada. Mi temor consistía en
que los pensamientos apasionados y románticos del amante, gene-
rados al contemplar la foto de su amor, contaminaran su pensa-
miento pasivo al m i r a r la foto neutra. C u a n d o se lo comenté a A r t y
a Deb, A r t sugirió la conveniencia de asignarles u n a «tarea de dis-
tracción», un procedimiento habitual utilizado en psicología para
mantener el cerebro libre de emociones. Establecimos u n a «tarea
de distracción» específica que todavía hoy me sirve de entreteni-
miento.
Entre el m o m e n t o en que miraban la foto de la persona a m a d a
que actuaba de estímulo positivo y la foto neutra de algún conoci-
do sin interés, a los sujetos d e l experimento se les mostraba un nú-
m e r o de varias cifras (por ejemplo, 8.421) en u n a pantalla y se les
pedía que fueran contando hacia atrás de siete en siete a partir de
d i c h o número. El objetivo era despejar la mente de sentimientos
fuertes entre la exposición al objeto de su a m o r y la exposición al
estímulo neutro. Pruebe a hacerlo la próxima vez que se sienta dis-
gustado, m u y disgustado. Coja un número de varias cifras y empiece
a contar hacia atrás de siete en siete. Resulta agotador, pero funcio-
na. Al menos durante unos momentos, los sentimientos se desvane-
cen sin más mientras nos esforzamos p o r llevar la cuenta sin equi-
vocarnos.
Sin embargo, antes de seguir escaneando más cerebros de h o m -
bres y mujeres enamorados teníamos que estar seguros de u n a cosa:
que la fotografía de la persona amada estimularía los sentimientos
de amor romántico de f o r m a más efectiva que un olor, u n a can-
ción, u n a carta de amor, un recuerdo o cualquier otro objeto o fe-
nómeno asociado al amado.
L o s poetas y los artistas siempre h a n sido conscientes d e l poder
de las imágenes visuales. C o m o escribió W i l l i a m Butler Yeats, «El
vino entra p o r la boca / y el a m o r entra p o r los o j o s » 1 5
. La mayoría
de los psicólogos creen también que las imágenes visuales desen-
cadenan u n a mayor pasión romántica. Nosotros estamos convenci-
dos de ello. Pero antes de comenzar a generar sentimientos de éx-
tasis romántico p o r m e d i o de u n a fotografía, A r t , D e b y yo
quisimos estar seguros de que el a m o r «entra p o r los ojos» c o n m a -
yor intensidad que a través de cualquier otro sentido.
7 6
H Et JEN FISHER
Para descubrirlo, pusimos en m a r c h a un ingenioso experimen-
to c o n un aparato al que bautizamos c o m o el amorómetro.
E L « A M O R Ó M E T R O »
E n u n tablón informativo situado e n e l campus d e l a S U N Y d e
Stony Brook, A r t y D e b pusieron un anuncio solicitando hombres y
mujeres enamorados. El a n u n c i o comenzaba c o n estas palabras en
negrita: «¿Acaba de enamorarse locamente?» «Acaba» y «locamen-
te» eran las palabras operativas. Buscábamos candidatos que estu-
vieran tan intensamente enamorados que apenas p u d i e r a n comer
o dormir.
M u c h o s voluntarios l l a m a r o n al departamento de psicología
de Stony B r o o k para ponerse en contacto c o n D e b y luego se pre-
sentaron en persona. D e b seleccionó a aquellos que parecían es-
tar verdaderamente enamorados y d i o a cada u n o varios cuestio-
narios diseñados para conocer su personalidad, sus sentimientos
hacia la persona amada y la duración, intensidad y el m o m e n t o
que vivía su relación amorosa. Les pidió que volvieran u n a sema-
na después al laboratorio llevando consigo objetos que les h i c i e -
ran sentir u n a intensa pasión romántica h a c i a el ser a m a d o . L o s
estudiantes volvieron c o n fotografías, cartas, mensajes de correo
electrónico, tarjetas de cumpleaños, grabaciones de música, colo-
nias, recuerdos escritos en hojas de papel y anotaciones sobre he-
chos futuros que imaginaban. L o s llevaban c o m o si fueran flores
de cristal.
Luego preparamos a cada sujeto para el experimento. P r i m e r o ,
D e b les colocaba tres electrodos en diferentes regiones del cuero
cabelludo, conectando de esta manera al participante c o n un elec-
troencefalógrafo ( E E G ) . Decía a cada u n o que estos cables regis-
trarían sus ondas cerebrales durante el experimento. En realidad,
no era cierto; la máquina no estaba conectada. Pero esperábamos
que este engaño estimularía la sinceridad de los voluntarios. Des-
pués, el participante se sentaba enfrente de u n a pantalla de orde-
nador d o n d e se mostraba un icono que parecía un termómetro
vertical y se le daba u n a esfera rotativa m a n u a l que iba de los cero a
77
P O R QUÉ AMAMOS
los treinta grados. G i r a n d o este d i a l accionado p o r muelles, el suje-
to podía elevar el «mercurio» d e l termómetro. C u a n d o él o ella lo
soltaban, volvía a cero. A este aparato de respuesta p o r o r d e n a d o r
lo llamábamos de b r o m a «amorómetro».
El experimentó comenzó. En p r i m e r lugar mostrábamos al suje-
to la foto de su amado o a m a d a y después u n a foto neutra de otra
persona d e l mismo sexo o de un paisaje de la naturaleza. A continua-
ción, cada participante leía u n a carta de amor de su amado y luego
un párrafo de un libro de estadística. En tercer lugar, cada u n o de
los sujetos olía un perfume que le recordaba a la persona a m a d a y
luego agua con alcohol de desinfectar. En cuarto lugar, se pedía al
sujeto que «recordara» algún m o m e n t o maravilloso pasado en com-
pañía de la persona amada y luego que se acordara de algún hecho
intrascendente, como, p o r ejemplo, la última vez que se había lava-
do el pelo. En quinto lugar, cada u n o escuchaba u n a canción asocia-
da con su amado o a m a d a y luego otra cantada por los personajes
d e l p r o g r a m a de televisión B a r r i o Sésamo. P o r último, se pedía a
cada participante que i m a g i n a r a un hecho futuro maravilloso j u n -
to a la persona amada y luego un hecho cotidiano c o m o lavarse los
dientes. Y e n t r e u n o y otro cometido se intercalaba nuestra tarea de
distracción: contar hacia atrás de siete en siete, comenzando c o n al-
guno de los números de u n a secuencia de varias cifras.
La labor d e l sujeto experimental consistía en responder a cada
estímulo haciendo girar el dial del amorómetro para reflejar la i n -
tensidad de sus sentimientos de pasión romántica. Los participantes
fueron once mujeres y tres hombres cuya m e d i a de edad se situaba
en t o r n o a los dieciocho años y m e d i o . C u a n d o se registraron sus
respuestas y se analizaron estadísticamente, los resultados fueron
reveladores: los sentimientos de intenso a m o r romántico se desen-
cadenaban casi p o r igual p o r m e d i o de fotografías, canciones o re-
cuerdos d e l ser a m a d o 1 6
.
L A S F O T O G R A F Í A S E S T I M U L A N E L A M O R
No me sorprendió que las fotografías provocaran la pasión ro-
mántica. Después de todo, la mayoría de nosotros tenemos u n a foto
78
H E L E N FISHER
de nuestro verdadero a m o r encima de nuestra mesa de trabajo. A d e -
más, c o m o recordarán, esta reacción visceral ante las imágenes vi-
suales tiene u n a explicación antropológica. L o s humanos evolucio-
naron a partir de unos antepasados que vivían en los árboles y que
necesitaban u n a magnífica vista para sobrevivir a esa altura sobre el
suelo. L o s que tenían mala vista seguramente calculaban m a l d o n -
de estaban los frutos y las flores y, al no acertar al saltar de u n a r a m a
a otra, se caían y se rompían la crisma. C o m o consecuencia, todos
los primates superiores tienen grandes regiones cerebrales dedica-
das a la percepción y la integración de los estímulos visuales. Efecti-
vamente, los psicólogos h a n insistido durante décadas en la fun-
ción tan importante que desempeñan las manifestaciones visuales
a la hora de estimular los sentimientos de la atracción romántica1 7
.
Este e x p e r i m e n t o nos confirmó que las fotografías de la perso-
na amada provocan ciertamente la felicidad romántica. Nuestro
diseño e x p e r i m e n t a l era sólido. Podíamos empezar a pasar a los
amantes p o r el escáner cerebral en busca de los circuitos d e l éxta-
sis romántico.
E L E X P E R I M E N T O
«¿Acabas de enamorarte locamente?» Utilizamos de nuevo esta
frase en otro cartel que colocamos en el tablón de anuncios de Psi-
cología del campus de la S U N Y d e Stony B r o o k . Pero esta vez re-
queríamos hombres y mujeres dispuestos a tumbarse dentro de
u n a máquina, un espacio rectangular, oscuro y estrecho, para que
escaneáramos sus cerebros. U n a vez más buscábamos sólo a perso-
nas que se hubieran enamorado locamente en los últimos meses o
semanas y cuyos sentimientos románticos fueran recientes, vividos,
incontrolables y apasionados.
No fue difícil encontrarlas. En palabras de J o h n D o n n e , «El
amor, igual a sí m i s m o , no sabe de estaciones, ni de c l i m a , ni de
horas, días o meses, esos harapos del tiempo»1 8
. El a m o r florece en
todas partes, en cualquier época. Inmediatamente empezaron a
llamar estudiantes al laboratorio de psicología de A r t para presen-
tarse voluntarios. D e b descartó a los que llevaban algo de metal en
79
P O R QUÉ AMAMOS
la cabeza (en los labios, la lengua, la nariz, piercings de cualquier
tipo o aparatos dentales), ya que esto podría afectar al imán de la
máquina de I M R f , También excluyó a los que sufrían claustrofobia,
los que estaban t o m a n d o algún tipo de fármaco antidepresivo que
pudiera afectar a la fisiología cerebral y a los hombres y mujeres
zurdos. La organización cerebral puede variar según la lateralidad
y teníamos que estandarizar la muestra lo más posible.
Llegado este punto, entrevisté a cada candidato, a veces hasta d u -
rante dos horas. Mi primera pregunta siempre era la misma: «¿Cuán-
to tiempo llevas enamorado?». Pero la segunda era la más i m p o r -
tante: «¿Qué porcentaje del día y de la noche piensas en la persona
de la que estás enamorado?». D a d o que el pensamiento obsesivo es
un ingrediente básico de la pasión romántica, buscaba participan-
tes que pensaran en la persona amada durante casi todo el tiempo
que pasaban despiertos. Buscaba también hombres y mujeres que
r i e r a n y suspiraran más de lo h a b i t u a l d u r a n t e la entrevista, que
pudieran recordar cualquier pequeño detalle de su enamorado y
que parecieran sentir un verdadero anhelo o incluso ansia p o r su
enamorado.
Si un sujeto potencial mostraba éstos y otros síntomas de pasión
romántica, le invitaba a participar. El sujeto debía proporcionarnos
dos fotografías: u n a de su ser amado y otra de un i n d i v i d u o emocio-
nalmente neutro para él. El segundo solía ser alguien que habían
conocido casualmente en el instituto o en la universidad. L u e g o fi-
jábamos u n a cita para practicarles el escáner cerebral.
E L P R O C E D I M I E N T O D E L E S C Á N E R C E R E B R A L
P o r supuesto, el escáner no se practicaba sin explicar antes dete-
nidamente lo que les ocurriría dentro de la máquina que realizaba
el escáner I M R f del cerebro. C o m e n z a b a p o r contar a cada partici-
pante que yo m i s m a me había sometido al experimento tres veces,
lo cual era cierto. Les explicaba que yo tenía un poco de claustrofo-
bia, pero que prefería experimentar este proceso antes de invitar a
otros a que lo hicieran. Les describía lo que pasaba en la máquina
m i n u t o a minuto. Y l e s aseguraba a cada u n o de ellos que no habría
8 0
H E L E N FISHER
sorpresas. Necesitaba que estos hombres y mujeres confiaran en
mí; sin esa confianza, podíamos acabar m i d i e n d o sentimientos de
sospecha o de pánico en lugar de a m o r romántico.
C u a n d o parecían estar listos, fijábamos u n a fecha p a r a el escá-
ner. Qué alegría, qué ansiedad, qué curiosidad sentía yo c u a n d o fi-
jábamos aquella cita.
E l p r o c e d i m i e n t o era sencillo, aunque n o fácil. E n p r i m e r lugar,
D e b y yo tratábamos de acomodar lo mejor posible al participante
dentro d e l escáner, un tubo de plástico largo, horizontal, c i l i n d r i -
co, de color crema, abierto en ambos extremos, que abarca desde
más arriba de la cabeza hasta la cintura. El sujeto se recostaba sobre
u n a camilla dentro de esta máquina tubular, en la semioscuridad,
quedando treinta o sesenta centímetros de espacio de separación
por e n c i m a y a los lados de su cuerpo, d e p e n d i e n d o d e l tamaño de
la persona. Poníamos unos cojines bajo sus rodillas p a r a relajar la
espalda, les tapábamos c o n u n a manta, hacíamos reposar su cabeza
sobre u n a a l m o h a d a rígida p a r a ayudarles a permanecer inmóviles
durante el experimento y colocábamos un espejo ligeramente i n -
clinado sobre sus ojos. De esta m a n e r a el sujeto podía ver reflejada
u n a pantalla en la que nosotros íbamos mostrando sucesivamente
cada foto, así c o m o el número de varias cifras c o n que realizarían la
tarea de distracción.
Tras realizar los escáneres preliminares para establecer la anato-
mía básica d e l cerebro, c o m e n z a b a el e x p e r i m e n t o de doce m i n u -
tos. P r i m e r o , el sujeto m i r a b a la fotografía de la persona a m a d a en
la pantalla durante treinta segundos mientras el escáner registraba
el flujo sanguíneo en distintas regiones cerebrales.
A continuación, el sujeto veía un número, p o r ejemplo el 4.673.
Estos números cambiaban c o n cada nueva presentación, p e r o la ta-
rea de distracción siempre era la m i s m a . D u r a n t e cuarenta segun-
dos, el sujeto debía contar mentalmente hacia atrás de siete en siete.
Luego, el participante miraba la fotografía neutra durante treinta
segundos, mientras se le volvía a escanear el cerebro. P o r último, el
sujeto veía otro número, esta vez durante veinte segundos, y conta-
ba mentalmente hacia atrás de siete en siete.
Este ciclo (o su inverso), se repetía seis veces, lo que nos p e r m i -
tía captar unos ciento cuarenta y cuatro escáneres o imágenes de d i -
81
P O R QUÉ AMAMOS
ferentes regiones cerebrales de cada participante durante estas cua-
tro fases a las que era sometido. U n a vez terminado el e x p e r i m e n -
to, volvía a entrevistar a cada sujeto experimental, preguntándole
c ó m o se encontraba y qué había estado pensando durante todas las
fases del test. Y para expresar nuestra gratitud, entregábamos a
cada u n o cincuenta dólares y u n a foto de su cerebro.
Escaneamos el cerebro de veinte hombres y mujeres p r o f u n d a y
felizmente enamorados. Después escaneamos veinte más, pero de
un tipo distinto, el de los individuos a los que habían dejado planta-
dos, los que habían sufrido el rechazo del amor. Al estudiar el re-
chazo romántico, un aspecto devastador del amor que casi todo el
mundo experimentamos en un m o m e n t o u otro de nuestras vidas1 9
,
esperábamos poder identificar todas las regiones cerebrales asocia-
das con la pasión romántica. ( E n el capítulo séptimo se abordará el
tema del a m o r no correspondido).
L A E S C A L A D E L A M O R A P A S I O N A D O
El experimento constaba de u n a fase más. Antes de que nues-
tros sujetos se sometieran al escáner cerebral, pedíamos a cada u n o
que rellenara varios cuestionarios, incluyendo el que mis otros co-
legas y yo habíamos entregado a ochocientos treinta y nueve esta-
dounidenses y japoneses durante un estudio m u y similar diseñado
por los psicólogos E l a i n e Hatfíeld y Susan Sprecher, llamado «la es-
cala d e l a m o r apasionado»2 0
.
La escala del amor apasionado constaba de quince preguntas so-
bre el a m o r romántico. La mayoría eran m u y parecidas a las de mi
cuestionario. Éstas eran algunas de ellas: «Me sentiría desesperado
si me dejara», o «A veces noto que no puedo controlar mis
pensamientos; se dirigen obsesivamente a ». El sujeto debía
responder a cada afirmación, calificando su reacción mediante
u n a escala de nueve puntos, desde «completamente incierto» a «ab-
solutamente cierto».
Queríamos comparar la actividad cerebral d e l sujeto c o n lo
que había e x p r e s a d o en los cuestionarios p a r a ver si los q u e h a -
bían conseguido grandes puntuaciones en estos estudios sobre el
82
H E L E N FÍSHER
a m o r también m o s t r a b a n u n a mayor actividad cerebral. De este
m o d o esperábamos p o d e r responder a la p r e g u n t a que tiene c o n -
fundidos desde hace t i e m p o a los expertos: ¿La persona que res-
p o n d e a un cuestionario refleja c o n exactitud lo que está pasando
en su cerebro?
E n aquel m o m e n t o n o l o sabíamos, pero l a escala d e l a m o r apa-
sionado demostraría tener un g r a n valor informativo sobre el cere-
bro enamorado.
F E L I Z M E N T E E N A M O R A D O
Conservo un recuerdo claro de cada u n o de los hombres y m u -
jeres que fueron escaneados, p o r un motivo especial en cada caso *.
U n o de ellos era B j o r n , un j o v e n escandinavo que estaba estu-
d i a n d o en N u e v a York. Se había e n a m o r a d o de Isabel, u n a mujer
de origen brasileño que trabajaba en L o n d r e s . Me contó que todos
los días hablaban por teléfono y que se veían en vacaciones. Lleva-
b a n «saliendo» menos de un año y tenían intención de casarse.
M e n c i o n o a B j o r n p o r q u e aprendí algo valioso de él. Se trababa de
u n h o m b r e reservado, d e abundante pelo r u b i o , c o n u n a sonrisa
cálida, un encanto sosegado, u n a inteligencia sobresaliente y un
agudo sentido d e l h u m o r . Me cayó b i e n desde el p r i m e r m o m e n t o .
Pero c u a n d o le pedí que describiera a su amada, se calló, se q u e d ó
completamente m u d o . P o r un m o m e n t o pensé que se había corta-
do la línea telefónica. R e c u e r d o que le dije, a p u n t o de perder la
paciencia: «Bueno, habrá algo que te guste de Isabel». Su respuesta
fue: «Smi».
¡Tuve que engatusar a B j o r n para que me dijera algo de su ama-
da! Al final me reveló tímidamente que se pasaba el día soñando c o n
Isabel, que la amaba apasionadamente y que pensaba en ella un 95
por ciento d e l día. Pero B j o r n no expresó n u n c a ese entusiasmo i n -
contenible tan característico d e l enamorado. Así que me quedé ató-
nita al ver después los resultados d e l escáner cerebral. C u a n d o este
* Los nombres de todos los participantes en el experimento han sido cambiados.
(Nota de la autora.)
8 3
P O R QUÉ AMAMOÜ
hombre tan reservado miraba la foto de su amor, su cerebro se i l u m i -
naba como con fuegos artificiales. ¿Ysi las apariencias engañan?
B j o r n me dejó desconcertada. Su adusta reserva enmascaraba la
pasión que experimentaba en su interior. No creo que estuviera i n -
tentando engañarme conscientemente; más b i e n o p i n o que se co-
m u n i c a b a i n f l u i d o por su biología, su educación, su cultura. S i n
embargo, sus expresiones externas no reflejaban su m u n d o inte-
rior. Esto dio lugar a que me planteara u n a pregunta importante:
¿ C ó m o i b a a elegir a los candidatos adecuados?
Reflexioné m u c h o sobre ello. Al final, alcancé a vislumbrar c o n
claridad lo que era obvio: no tenía elección. Sencillamente, tenía
que hacer el mayor número de preguntas posible a los participan-
tes, escucharles atentamente y captar c u a l q u i e r señal de e u f o r i a ,
energía, atención concentrada, afán posesivo o pensamiento obse-
sivo. Y rezaría p a r a que mis aptitudes sociales fueran lo bastante
buenas p a r a escoger a personas que estuvieran verdaderamente
enamoradas.
El sujeto más representativo fue Bárbara, u n a chica de unos vein-
te años, alta, de tez muy blanca, guapa, pelirroja y extraordinaria-
mente comunicativa. Había conocido a M i c h a e l en la playa de N u e -
va Jersey hacía cinco meses. Estaba tan e n a m o r a d a que incluso
tenía problemas para dormir. Su mente iba a m i l p o r hora. Se vol-
vía tímida c u a n d o estaba c o n él. A veces el corazón se le salía d e l
pecho c u a n d o hablaban p o r teléfono. R e c o r d a b a obsesivamente
los m o m e n t o s que habían pasado juntos. H a b l a b a de la «electrici-
dad» que sentía. Decía que se «volvía loca» si él no llamaba. T a m -
bién era extraordinariamente celosa. Según parece, él tenía un m o n -
tón de amigas y a ella no le gustaba ni siquiera que h a b l a r a por
teléfono c o n ellas. C u a n d o le pregunté si podría llegar a tener u n a
segunda relación romántica «paralela», se q u e d ó pasmada. C o m o
es característico en casi todos los amantes, Bárbara no podía ni
imaginarse perdiendo el tiempo con alguien que no fuera M i c h a e l .
Y c u a n d o le pregunté qué era lo que más le gustaba de él, me c o n -
testó: «Es p u r a química». E r a la p r i m e r a vez que Bárbara se enamo-
raba. Yestaba resplandeciente.
La respuesta más fascinante de todas las de nuestros felices
amantes fue l a d e W i l l i a m . W i l l i a m era u n chico con u n a c o m -
84
H E L E N FISHER
prensión m u y rápida, m u y listo, amigable, deseoso de participar,
que mostraba curiosidad p o r la máquina y parecía interesado en
mis teorías sobre el a m o r romántico. H a b l a m o s m u c h o antes del
experimento. E c h a b a terriblemente de menos a su novia, que se
había ido a vivir a Oregón. Y aunque estaban m u y enamorados y
tenían contacto c o n frecuencia, él sufría m u c h o p o r su ausencia.
Esto era u n a b u e n a señal; yo sospechaba que esta adversidad ha-
bría aumentado su pasión. P e r o lo que más me impresionó fue
algo que dijo W i l l i a m durante la entrevista posterior al escáner.
C u a n d o salió de la máquina, le pregunté c ó m o se encontraba. Su
respuesta fue: «incompleto».
Incompleto. P a r a mí no hay otra palabra que describa mejor a
los hombres y mujeres enamorados. A u n q u e Aristófanes lo decía
en tono de b r o m a , él ya d i o en el clavo de esta verdad fundamental
hace unos dos m i l quinientos años. En El banquetead Platón, el d r a -
maturgo ateniense sostenía que originariamente todos los seres
h u m a n o s eran seres hermafroditas de f o r m a r e d o n d a , c o n cuatro
manos y cuatro piernas, u n a cabeza c o n dos caras, cuatro orejas y
dos aparatos genitales. Estos seres humanos primigenios «eran te-
rribles por su vigor y fuerza»2 1
. Un día u n o de estos monstruos i n -
tentó superar a los dioses. Así que Zeus dividió a cada h u m a n o en
dos partes, el h o m b r e y la mujer. «Desde tan remota época, pues, el
a m o r de los unos a los otros es connatural a los hombres », explica-
ba Aristófanes. «De ahí que busque siempre cada u n o a su p r o p i a
contraseña»2 2
. Al igual que W i l l i a m , la mayoría de los amantes se
sienten incompletos hasta que alcanzan la unión e m o c i o n a l c o n
otra persona.
B j o r n , Bárbara, W i l l i a m y el resto de los participantes me conta-
r o n muchas cosas de su vida personal; a todos les estoy m u y agrade-
cida. Pero sus cerebros nos contaron muchas más cosas sobre esta
pasión p r i m o r d i a l , el a m o r romántico.
E L C E R E B R O E N A M O R A D O
«En la composición d e l armazón h u m a n o existe u n a g r a n can-
tidad de materia inflamable, que puede p e r m a n e c e r latente d u -
8 5
P O R QUÉ AMAMOS
rante un tiempo, pero que arde en llamas c u a n d o se le acerca u n a
antorcha»2 3
. En 1795, el presidente G e o r g e Washington escribió
estas líneas en u n a carta c o n la intención de aconsejar a su j o v e n
nietastra. N o s o t r o s h e m o s e m p e z a d o a c o m p r e n d e r m e j o r este
ardor.
Sin embargo, antes de p o d e r interpretar los resultados de los
escáneres, tuvimos que llevar a cabo un análisis detallado de las imá-
genes cerebrales. M i s colegas realizaron en este sentido un traba-
jo ímprobo. E r a n literalmente cientos los complicados pasos que
había que dar en este proceso. Y d a d o que la tecnología d e l escá-
ner cerebral es tan nueva y compleja, muchas veces las cosas no
salían b i e n y había que repetir el análisis. P e r o , c o n el tiempo,
G r e g Strong, otro estudiante de posgrado de psicología de la S U N Y
de Stony B r o o k dotado de un gran talento, que se había u n i d o a
nuestro equipo, consiguió p o n e r los datos en el o r d e n adecuado;
L u c y estudió los escáneres cerebrales y determinó las áreas que
estaban activas; A r t llevó a cabo numerosos análisis estadísticos,
y A r t y L u c y r e a l i z a r o n ingeniosas c o m p a r a c i o n e s entre distintos
sectores d e l material. T o d o ello exigió u n a e n o r m e c a n t i d a d de
tiempo, dedicación, c o n o c i m i e n t o , creatividad, perspicacia y h a -
b i l i d a d .
F i n a l m e n t e p u d i m o s ver los resultados: unas preciosas imáge-
nes del cerebro enamorado. C u a n d o miré p o r p r i m e r a vez estos
escáneres c o n las regiones activas i l u m i n a d a s de color amarillo
brillante y naranja intenso, sentí lo m i s m o que las noches de vera-
no en las que me pongo a c o n t e m p l a r el deslumbrante universo:
u n a admiración sobrecogedora. Pero, para c o m p r e n d e r lo que yo
entonces tuve ocasión de ver, es necesario c o n o c e r mínimamen-
te c ó m o tenemos a m u e b l a d o el cerebro.
El cerebro se c o m p o n e de muchas partes o regiones: cada u n a
tiene unas funciones determinadas y cada u n a se c o m u n i c a c o n
las otras p o r m e d i o de unas células nerviosas llamadas neuronas,
de las que existen u n o s cien m i l millones en el cerebro. Estas cé-
lulas nerviosas p r o d u c e n , a l m a c e n a n y distribuyen neurotrans-
misores de diferentes tipos; algunos, p o r ejemplo, sintetizan la
d o p a m i n a , l a n o r e p i n e f r i n a y / o l a serotonina. C u a n d o u n a n e u -
rona recibe el estímulo eléctrico de otra que tiene a su lado, este
8 6
H E L E N FISHER
impulso a m e n u d o hace que los neurotransmisores salgan de u n a
célula nerviosa, naveguen a través de un p e q u e ñ o espacio que
hay entre las células l l a m a d o sinapsis y atraquen en los «recepto-
res» de la siguiente célula nerviosa. De esta m a n e r a , los n e u r o -
transmisores envían un i m p u l s o eléctrico que va pasando de u n a
célula a otra.
C a d a célula nerviosa tiene aproximadamente m i l conexiones si-
nápticas; y existen unos diez billones de sinapsis entre las células
nerviosas del cerebro humano. ¡Menuda máquina! C a d a célula ner-
viosa se c o m u n i c a sólo c o n otras células específicas, p r o d u c i e n d o
sin embargo unas redes nerviosas que conectan determinadas par-
tes del cerebro y que integran nuestros pensamientos, recuerdos,
sensaciones, emociones y motivaciones. L o s científicos l l a m a n a
estas redes de neuronas y partes del cerebro «circuitos», «sistemas»
o «módulos».
La máquina de I M R f que utilizábamos muestra sólo la actividad
del flujo sanguíneo en unas regiones cerebrales concretas. P e r o ,
dado que los científicos conocen qué tipo de nervios son los que
conectan las distintas regiones cerebrales, p u e d e n suponer cuáles
son las sustancias químicas que están activas cuando unas regiones
cerebrales determinadas empiezan a brillar debido a un aumento
de la actividad.
E r a n muchas las partes del cerebro que se activaban en los ena-
morados que integraron nuestro experimento2 4
. S i n embargo, pa-
rece que hay dos regiones que revisten u n a i m p o r t a n c i a especial
en la sublime experiencia de estar enamorado.
E L S I S T E M A D E R E C O M P E N S A D E L C E R E B R O
Quizá nuestro descubrimiento más importante fue la actividad
del núcleo caudado. Se trata de u n a región extensa, en f o r m a de C,
que se encuentra m u y cerca del centro de nuestro cerebro (véase
el diagrama de la página x x ) . Es primitiva; f o r m a parte de lo que se
l l a m a el cerebro de los reptiles o complejo R, debido a que esta re-
gión del cerebro evolucionó m u c h o antes de la proliferación de los
mamíferos, hace unos sesenta y cinco millones de años. L o s escáne-
87
P O R QUÉ AMAMOS
res de nuestro cerebro mostraban que había partes del cuerpo y de
la cola del núcleo caudado que se volvían especialmente activas
cuando un amante m i r a b a la foto de su e n a m o r a d o 2 5
.
Me quedé atónita. L o s científicos sabían hace m u c h o tiempo
que esta región cerebral dirige el m o v i m i e n t o corporal. P e r o has-
ta hace poco no h a n descubierto que este e n o r m e m o t o r f o r m a
parte del «sistema de recompensa» d e l cerebro, la r e d m e n t a l que
controla la excitación sexual, las sensaciones de placer y la motiva-
ción para conseguir recompensas2 6
. El caudado nos ayuda a detec-
tar y percibir u n a recompensa, d i s c r i m i n a r entre varias y esperar
una d e ellas. G e n e r a l a motivación p a r a c o n s e g u i r u n a r e c o m -
pensa y p l a n i f i c a los m o v i m i e n t o s específicos p a r a conseguirla.
El c a u d a d o también está asociado al acto de prestar atención y al
aprendizaje2 7
.
Nuestros sujetos no sólo presentaban actividad en el caudado,
sino que cuánto más apasionados eran, más activo se mostraba éste.
Lo descubrimos de u n a f o r m a curiosa. ¿Recuerdan la escala del
amor apasionado que nuestros sujetos habían rellenado antes de
entrar en la máquina? C u a n d o comparamos las respuestas de cada
sujeto a este cuestionario c o n la actividad reflejada en sus cerebros,
encontramos u n a correlación positiva; los que habían obtenido
mayores puntuaciones en la escala d e l a m o r apasionado mostra-
ban también mayor actividad en u n a región específica del núcleo
caudado al m i r a r la foto de su enamorado.
Qué interesante. L o s científicos y los empresarios llevan m u c h o
tiempo preguntándose si los cuestionarios que rellena la gente re-
flejan realmente sus sentimientos. En este caso, la respuesta era
afirmativa. Nuestro e q u i p o fue u n o de los primeros en demostrar
u n a relación directa entre las respuestas a un cuestionario de inves-
tigación y un m o d e l o específico de activación cerebral.
También encontramos actividad en otras regiones del sistema
de recompensa, incluidas las áreas del septum y u n a región cerebral
que se activa cuando la gente come chocolate2 8
. El chocolate puede
ser adictivo. En el capítulo o c h o mantengo que el a m o r romántico
también lo es.
88
septum
corteza insular ^
8 9
POR QUÉ AMAMOS
L A V E T A M A D R E D E L A D O P A M I N A
O t r o resultado sorprendente de nuestro experimento c o n I M R f
fue la actividad del área ventral tegmental ( A V T ) , u n a parte clave
del sistema de recompensa d e l c e r e b r o 2 9
.
Este era el resultado que estaba buscando. Recordemos que yo
sostenía la hipótesis de que el a m o r romántico está asociado c o n n i -
veles elevados de d o p a m i n a y / o n o r e p i n e f r i n a 3 0
. El A V T es la veta
madre de las células que generan la d o p a m i n a . C o n sus axones en
f o r m a de tentáculos, estas células nerviosas distribuyen la d o p a m i -
na a numerosas regiones cerebrales, i n c l u i d o el núcleo caudado
(veáse el d i a g r a m a ) 3 1
. Y c u a n d o este sistema de riego p o r asper-
sión envía d o p a m i n a a muchas regiones cerebrales, produce u n a
atención c o n c e n t r a d a 3 2
además de u n a energía intensa, u n a m o t i -
vación centrada en conseguir u n a recompensa y sentimientos de
euforia e incluso manía3 3
, es decir, los sentimientos básicos del a m o r
romántico.
No es de extrañar que los amantes pasen toda u n a noche ha-
blando o estén paseando hasta el amanecer, escriban poemas estra-
falarios y mensajes de correo electrónico m u y reveladores, crucen
continentes u océanos para abrazarse durante un fin de semana,
cambien de trabajo o de estilos de vida e incluso m u e r a n el u n o p o r
el otro. Anegados por sustancias químicas desencadenantes de la
concentración, la energía y el vigor, los enamorados sucumben al
impulso hercúleo del cortejo.
Esta «materia inflamable» de la que hablaba el Padre de la P a -
tria George Washington es, al menos en parte, la d o p a m i n a que cir-
cula por el núcleo caudado y otras zonas del sistema de recompensa
del cerebro, u n a r e d cerebral p r i m o r d i a l que hace al amante cen-
trar su atención en el p r e m i o más importante de su vida, u n a pare-
j a que transmita s u A D N para toda l a eternidad.
CÓMO CAMBIA EL A M O R
Durante nuestro experimento también descubrimos u n a de las
formas en que el a m o r cambia c o n el tiempo. Esta conclusión se
90
H E L E N FISHER
debió a u n a curiosa coincidencia. D u r a n t e el año 2000, mientras
nos encontrábamos a mitad de nuestro proyecto, unos científicos
del University College de L o n d r e s h i c i e r o n público que habían lle-
vado a cabo un experimento s i m i l a r 3 4
. U t i l i z a n d o un aparato I M R f
de escáner cerebral, Andreas Bartels y Semir Zeki e x a m i n a r o n la
actividad cerebral de diecisiete sujetos que se manifestaban «pro-
funda, verdadera y locamente enamorados». O n c e de ellos eran
mujeres de entre veintiuno y treinta y siete años; y todas ellas ob-
servaron u n a fotografía de su amado y las fotos de tres amigos cuya
edad, sexo y duración de la relación amistosa fueran similares a las
de aquél.
El experimento de L o n d r e s constituyó un éxito notable. Bartels
y Zeki encontraron varias regiones cerebrales que se activaban m i e n -
tras los sujetos experimentales m i r a b a n las fotografías de las perso-
nas de las que estaban enamorados. De especial importancia resulta
que encontraran actividad en u n a de las mismas regiones del nú-
cleo caudado. Qué alegría. Dos equipos de investigación de dos con-
tinentes distintos, c o n sujetos experimentales pertenecientes a g r u -
pos étnicos diferentes y de distintas edades, en experimentos hasta
cierto punto también distintos, habían encontrado actividad en la
misma estructura cerebral. El núcleo caudado, c o n su sobrecarga
de d o p a m i n a , debe de ser el h o r n o d o n d e se cuece el a m o r román-
t i c o h u m a n o .
S i n embargo, los datos de L o n d r e s también nos decían algo
acerca de c ó m o evoluciona el a m o r a lo largo del tiempo. Nosotros
no habíamos previsto investigar c ó m o cambia el amor. Pero los su-
jetos del estudio de L o n d r e s llevaban enamorados u n a m e d i a de
2,3 años, mientras que la m e d i a de tiempo que llevaban enamora-
dos nuestros sujetos experimentales era de siete meses. Y l o s h o m -
bres y mujeres de dicho estudio mostraban actividad en dos regio-
nes, la corteza cingulada anterior y la corteza insular, en las que los
nuestros no mostraban n i n g u n a (véase el diagrama de la página x x ) .
Estas diferencias nos a n i m a r o n a comparar a los sujetos de nuestro
estudio c o n los d e l otro.
C o m o cabía esperar, aquellos de nuestros sujetos con u n a relación
más larga mostraron también actividad en la corteza cingulada ante-
rior y en la corteza insular, al igual que los del estudio de Londres.
91
P O R QUÉ AMAMOS
No sabemos qué es lo que esto significa exactamente. La c i r c u n -
volución cingulada anterior es u n a región en la que interactúan las
emociones, la atención y la m e m o r i a relacionada c o n el trabajo3 5
.
Algunas partes están asociadas c o n estados de felicidad; otras c o n
la p r o p i a conciencia d e l estado e m o c i o n a l de cada u n o y la capaci-
dad de evaluar los sentimientos de otras personas durante la inte-
racción social; algunas se asocian c o n las reacciones emocionales
instantáneas ante el éxito o el fracaso, lo que las relaciona p o r tanto
con la valoración de la r e c o m p e n s a 3 6
. La corteza insular recoge los
datos procedentes d e l c u e r p o referentes al tacto y la t e m p e r a t u r a
externos, así c o m o los dolores internos y actividad d e l estómago,
los intestinos u otras visceras. C o n esta parte d e l cerebro registra-
mos las «mariposas» en el estómago, la aceleración d e l latido cardía-
co y muchas otras reacciones d e l cuerpo. Algunas partes de la corte-
za insular también procesan las emociones.
Así que llegamos a la conclusión de que a m e d i d a que u n a rela-
ción se alarga, las regiones cerebrales asociadas con las emociones,
la m e m o r i a y la atención e m p i e z a n a responder de f o r m a diferen-
te. Qué es lo que están haciendo esas partes d e l cerebro es algo que
nadie sabe. ¿Está el cerebro estableciendo y consolidando los recuer-
dos e m o c i o n a l e s de la relación a m o r o s a ? 3 7
- ¿Estamos u t i l i z a n d o
nuestras emociones p a r a analizar la relación? Todos sabemos que
el a m o r cambia c o n el paso d e l tiempo; c u a n d o lleguemos a c o m -
p r e n d e r estos resultados, quizá sepamos c ó m o y p o r qué.
Nuestro e q u i p o de N u e v a York encontró también algunas dife-
rencias de género en la pasión romántica. Pero estas conclusiones y
sus implicaciones las expondré más adelante, en el capítulo quinto.
E L I M P U L S O D E A M A R
Todos estos datos causaron un efecto definitivo en mí: cambia-
r o n m i comprensión d e l a m o r romántico. D u r a n t e m u c h o s años
había considerado esta maravillosa experiencia c o m o u n a conste-
lación de emociones relacionadas entre sí, que abarcaban desde la
euforia hasta la desesperación. Pero los psicólogos distinguen e n -
tre las emociones y las motivaciones, definiendo éstas últimas c o m o
9 2
H E L E N FLSHER
sistemas cerebrales orientados a la planificación y la persecución
de u n a necesidad o un deseo específicos. Ynuestro colega, A r t A r o n ,
estaba entusiasmado c o n la idea de que el a m o r romántico no fue-
ra u n a emoción, sino un sistema de motivación diseñado para per-
mitir a los pretendientes construir y mantener u n a relación íntima
con u n a pareja determinada que prefiere sobre las demás3 8
.
De hecho, el interés que mostraba A r t por esta idea fue el motivo
de que iniciáramos nuestro proyecto d e l escáner cerebral partien-
do de dos hipótesis: la mía de que el a m o r romántico está asociado a
la dopamina y / u otros neirrotransmisores cerebrales estrechamente
relacionados c o n ella, y la teoría de A r t de que el a m o r romántico,
más que u n a emoción, es principalmente un sistema de motivación,
Al final, nuestros resultados sugieren que ambas hipótesis son
correctas. El a m o r romántico parece estar asociado c o n la d o p a m i -
na. Y d a d o que la pasión e m a n a del núcleo caudado, la motivación
y las conductas orientadas a un objetivo resultan implicadas.
En efecto, estos resultados me llevaron a u n a consideración aún
más amplia: llegué a la conclusión de que el a m o r romántico es un
sistema de motivación fundamental del cerebro, en resumen, un
impulso básico del emparejamiento h u m a n o .
El neurólogo D o n Pfaff define el impulso como un estado neural
que activa y dirige u n a conducta c o n el fin de satisfacer u n a necesi-
dad biológica determinada de sobrevivir o reproducirse3 9
. Existen
m u c h o s impulsos que f o r m a n parte de un continuum. A l g u n o s ,
c o m o la sed o la necesidad de calentarse, no cesan hasta que no se
satisfacen. El i m p u l s o sexual, el h a m b r e y el instinto m a t e r n a l , sin
embargo, a m e n u d o p u e d e n reorientarse e incluso acallarse c o n
tiempo y esfuerzo. C r e o que la experiencia de enamorarse se en-
cuentra en algún p u n t o de este continuum.
En p r i m e r lugar, la atracción romántica es tenaz, c o m o todos los
impulsos, y resulta m u y difícil hacerla desaparecer. Las emociones,
sin embargo, vienen y van: puedes estar feliz p o r la mañana y enfa-
dado p o r la tarde.
También al igual que los impulsos, el a m o r romántico se centra
en u n a recompensa específica: el ser amado, de la m i s m a m a n e r a
que el h a m b r e se centra en la c o m i d a . Las emociones, c o m o p o r
ejemplo el asco, van unidas a u n a inmensa diversidad de objetos e
9 3
P O R QUÉ AMAMOS
ideas. De hecho, el amor romántico se asocia c o n muchas emocio-
nes distintas dependiendo de que estas necesidades se vean satisfe-
chas o frustradas,
Y c o m o ocurre c o n los impulsos, el a m o r romántico no se asocia
a n i n g u n a expresión facial concreta. Todas las emociones p r i m a -
rias, como, p o r ejemplo, el enfado, el miedo, la alegría, la sorpresa y
el asco, presentan unas expresiones faciales específicas. A s i m i s m o ,
al igual que otros impulsos, el amor romántico es extraordinaria-
mente difícil de controlar: es más difícil controlar la sed, p o r ejem-
plo, que controlar u n a emoción c o m o el enfado. Y a l g o m u y i m p o r -
tante: todos los impulsos básicos están asociados c o n unos niveles
elevados de d o p a m i n a c e n t r a l 4 0
: exactamente lo m i s m o que ocurre
con el a m o r romántico.
Por último, al igual que el resto de los impulsos, el a m o r román-
tico constituye u n a necesidad, un ansia. Necesitamos c o m i d a . N e -
cesitamos agua. Necesitamos calor. Y el amante siente que necesita
al ser amado. Platón tenía razón hace más de dos m i l años cuando
decía que el dios del A m o r «vive en un estado de necesidad»4 1
.
LA COMPLICADA QUÍMICA DEL A M O R
No hay d u d a de que muchos otros sistemas cerebrales c o n t r i b u -
yen a esta «apremiante pulsión del Deseo», utilizando la definición
de H o m e r o 4 2
. C o m o recordarán, al principio planteé la hipótesis de
que la n o r e p i n e f r i n a p u d i e r a estar i m p l i c a d a debido a que está es-
trechamente relacionada c o n la d o p a m i n a y p r o d u c e muchos de
los mismos sentimientos y conductas. Sigo sospechando que la no-
repinefrina contribuye a la pasión del romance; pero todavía no he-
mos diseñado el e x p e r i m e n t o adecuado para demostrarlo.
Los niveles bajos de serotonina desencadenan el pensamiento
obsesivo, un componente central del amor romántico. P o r eso, creo
que algún día podremos descubrir que también esta sustancia quí-
m i c a contribuye al ardor romántico.
La corteza prefrontal debe de estar asimismo implicada. Esta con-
junción de regiones cerebrales situadas detrás de la frente recibe el
n o m b r e de «junta directiva», porque recoge los datos de nuestros
9 4
H E U L N FISHER
sentidos, los sopesa, integra los pensamientos c o n los sentimientos,
realiza elecciones y controla nuestros impulsos básicos (veáse el
diagrama de la página x x ) . Aquí es d o n d e razonamos, deliberamos
y decidimos. También mediante varias regiones de la corteza pre-
frontal controlamos las recompensas, siendo así que varías de estas
partes tienen u n a conexión directa c o n el núcleo caudado4 3
. Algún
día alguien identificará estas regiones de la corteza prefrontal que
ayudan a orquestar el a m o r romántico.
Pero ya estamos empezando a c o m p r e n d e r el impulso de amar.
Y qué diseño más elegante. Esta pasión e m a n a del motor de la
mente, el núcleo caudado, cuyo combustible es u n o de los estimu-
lantes más poderosos de la naturaleza, la d o p a m i n a . C u a n d o la pa-
sión que sentimos es correspondida, el cerebro le añade emociones
positivas, como la euforia o la esperanza. En cambio, cuando el a m o r
es desdeñado o rechazado, el cerebro relaciona esta motivación
con sentimientos negativos como la desesperación o la rabia. Y m i e n -
tras tanto, las regiones de la corteza prefrontal controlan la búsque-
da, planean las tácticas, calculan las pérdidas y las ganancias y regis-
tran el avance hacia el objetivo: la unión emocional, física e incluso
espiritual c o n el ser amado.
«El cerebro es más a m p l i o que el cielo», escribió E m i l y D i c k i n -
son4 4
*. En efecto, esta masa de aproximadamente 1,3 kg de peso
puede generar u n a necesidad tan intensa que el m u n d o entero la
ha ensalzado: el a m o r romántico. Y para complicar aún más nues-
tras vidas, la pasión romántica está inrrincadamente enmarañada
c o n otros dos impulsos básicos para el emparejamiento, el impulso
sexual y la necesidad de construir u n a relación p r o f u n d a c o n la pa-
reja. Ay, qué telaraña ésta del amor. C ó m o alimentan estas fuerzas
la llama de la vida...
* Emity Dickinson, Poemas, Tusquets, Barcelona, 1985. (N. de la T.)
9 5
4
L A TELARAÑA D E L AMOR
Deseo, romance y apego
El amor es esquivo
Nadie es lo bastante sabio
Para descubrir todo lo que guarda
Porque estaría pensando en el amor
Hasta que las estrellas desaparecieran
Y las sombras se comieran a la luna.
A h , penique, penique marrón, penique marrón,
Nunca es demasiado pronto para empezar.
WlLLIAM B U T L E R Y E A T S
«Brown Penny»
El a m o r es «dulce y musical / C o m o el brillante laúd de A p o l o ,
encordado c o n sus cabellos. / Y c u a n d o el A m o r habla, voces de to-
dos los dioses, / al cielo adormece c o n su armonía»1
. El a m o r es ar-
monía, c o m o escribió Shakespeare, a veces incluso cacofonía de
sensaciones. Exuberancia, ternura, compasión, afán de posesión,
éxtasis, adoración, añoranza, desesperación: el romance es un ca-
leidoscopio de necesidades y sentimientos cambiantes aferrados a
un ser celestial cuya más mínima palabra o sonrisa nos tiene en vilo
y nos vuelve locos de esperanza, alegría y anhelo. C o m p l e j i d a d , tu
nombre es amor.
Sin embargo, c o n el tiempo y las circunstancias, la naturaleza ha
ido i n c o r p o r a n d o algunos acordes a esta sinfonía. El a m o r román-
tico está estrechamente ligado a otros dos impulsos del empareja-
m i e n t o : el deseo, es decir, la necesidad de satisfacción sexual, y el
apego, los sentimientos de calma, seguridad y unión c o n u n a pareja
de larga duración2
.
C a d a u n o de estos impulsos del emparejamiento viaja p o r dife-
rentes caminos del cerebro; cada u n o da lugar a conductas, espe-
ranzas y sueños distintos y cada u n o está asociado c o n diferentes
sustancias químicas cerebrales. El deseo está asociado sobre todo
9 7
POR LJUÉ AMAMOS
con la testosterona, tanto en hombres como en mujeres. El a m o r
romántico está ligado al estimulante natural de la d o p a m i n a y tal
vez a la norepinefrina y la serotonina. Y los sentimientos de apego
entre el macho y la h e m b r a están producidos principalmente p o r
dos hormonas: la oxitocina y la vasopresina.
Por otra parte, cada u n o de estos sistemas cerebrales evolucionó
hacia un aspecto diferente de la reproducción. El deseo evolucio-
nó para motivar a los individuos a buscar la unión sexual c o n casi
cualquier pareja más o menos adecuada. El a m o r romántico nació
para impulsar a los hombres y las mujeres a centrar su atención en
la pareja c o n un individuo preferido sobre los demás, conservando
de este m o d o un tiempo y unas energías de valor inestimable para
el cortejo. Y los circuitos cerebrales del apego entre el macho y la
h e m b r a se desarrollaron para p e r m i t i r que nuestros antepasados
vivieran con su pareja al menos lo suficiente para criar juntos a un
hijo durante su infancia3
.
Estas tres redes cerebrales, el deseo, la atracción romántica y el
apego, son sistemas multifuncionales. Además de su propósito re-
productivo, el impulso sexual sirve para hacer y mantener amigos,
proporcionar placer y aventura, tonificar los músculos y relajar la
mente. El a m o r romántico puede estimularnos a mantener u n a re-
lación amorosa o impulsarnos a que nos enamoremos de otra per-
sona e iniciemos los trámites de divorcio. Ylos sentimientos de apego
nos permiten expresar un verdadero afecto también p o r los niños,
la familia y los amigos, además de p o r el ser amado.
La naturaleza es conservadora. C u a n d o un diseño le funcio-
na, se aferra a él, a m p l i a n d o sus funciones c o n el fin de adaptarlo
a múltiples situaciones. P e r o el propósito f u n d a m e n t a l de estos
impulsos interrelacionados es motivarnos a seleccionar u n a serie
de compañeros sexuales, elegir u n o en el que volcarnos y p e r m a -
necer e m o c i o n a l m e n t e u n i d o s a él durante el t i e m p o suficiente
para criar j u n t o s a un hijo: los fundamentos d e l j u e g o d e l empare-
j a m i e n t o .
Para entender de qué manera afecta la pasión romántica al i m -
pulso sexual y a los sentimientos de apego a largo plazo, me embar-
qué en un proyecto de investigación c o n Jonathan Stíeglitz, en aquel
m o m e n t o estudiante de la Universidad de Rutgers. Nos sumergi-
9 8
H E I .EN FISHER
mos en M e d L i n e , P u b M e d , y otros motores de búsqueda de Inter-
net en pos de artículos académicos que ilustraran c ó m o la química
de estos impulsos d e l emparejamiento, el deseo, la atracción r o -
mántica y el apego, se influían entre sí.
En efecto, el a m o r romántico se abre paso a través de estas otras
redes cerebrales y lo hace a través de formas que e n r i q u e c e n y des-
garran al m i s m o tiempo el tejido de nuestras vidas.
S O B R E E L D E S E O
«¡Qué brazos y hombros toqué y vi, / qué dispuestos estaban sus
senos a mis caricias, / qué suave el vientre que vi bajo su cintura, /
qué larga su pierna, qué lozano su muslo! / Baste con decir que todo
era más que de mi agrado; / Me abracé a su cuerpo desnudo, y ella
se dejó caer: / J u z g u e n el resto, cansado quedé de que me p i d i e r a
besos; / ¡Oh, Júpiter, envíame más tardes c o m o ésta!»4
. O v i d i o , el
poeta latino, fue u n o más entre los innumerables millones de per-
sonas que h a n saboreado el deseo.
El deseo es un sentimiento h u m a n o fundamental. También es i m -
predecible. El ansia de satisfacción sexual puede despertarse en nues-
tra mente mientras vamos conduciendo un coche, vemos u n a pelícu-
la en televisión, leemos en la oficina o soñamos despiertos en la playa.
Yesta necesidad es muy diferente del sentimiento d e l amor románti-
co. De hecho, pocas personas en la sociedad occidental confunden la
euforia del romance con el anhelo de desahogo sexual5
.
También las personas de otras culturas distinguen fácilmente es-
tos sentimientos6
. En la isla polinesia de Mangaia, «el amor verda-
dero» recibe el n o m b r e de inauguro kino, un estado de pasión r o -
mántica bastante diferente al d e l deseo sexual. En su l e n g u a nativa,
los taita, en K e n i a , llaman al deseo ashiki mientras que al amor lo
llaman pende?. Y e n C a r u a r u , u n a c i u d a d situada al norte de Brasil,
sus habitantes d i c e n que «Amores c u a n d o sientes el deseo de estar
siempre con ella, respirarla, comerla, bebería, pensar continuamen-
te en ella, c u a n d o no consigues vivir sin ella». En cambio, paixao8
es
«estar sexualmente excitado» y tesao «sentir u n a fuerte atracción se-
xual hacia alguien»9
.
9 9
P O R QUÉ AMAMOS
Estas personas t i e n e n razón al considerar estos sentimientos
como diferentes entre sí. L o s científicos h a n establecido reciente-
mente que el deseo y el a m o r romántico están asociados c o n distin-
tas constelaciones de regiones cerebrales1 0
. En u n o de estos estudios
los investigadores escanearon los cerebros de un grupo de hombres
jóvenes heterosexuales utilizando el escáner cerebral IMRf. A estos
hombres se les mostraron tres tipos de vídeos: algunos eran eróti-
cos, otros relajantes y otros estaban relacionados c o n el d e p o r t e 1 1
.
C a d a voluntario llevaba puesto alrededor de su pene u n a especie
de tensiómetro fabricado especialmente para el experimento c o n
el fin de registrar su rigidez. El patrón de la actividad cerebral resul-
tó bastante diferente al que presentaban los sujetos enamorados de
nuestro proyecto de escáner cerebral.
El deseo y el a m o r romántico no son lo mismo.
Y a l igual que gente de todo el m u n d o ha preparado pócimas de
a m o r para hacer nacer un romance, también se h a n inventado bre-
bajes de todo tipo para despertar el deseo, al que un proverbio ita-
liano d e n o m i n a «el león más viejo de todos».
LA HORMONA DEL DESEO
«Los bombones son más galantes, pero el licor es más rápido»,
bromeaba O g d e n N a s h . En todos los lugares del m u n d o el ser h u -
m a n o ha utilizado lo que esperaba que fuera un afrodisíaco para
despertar el deseo. C u a n d o el tomate llegó a E u r o p a procedente de
las Américas, los europeos pensaron que este jugoso fruto rojo esti-
mularía el apetito sexual; lo l l a m a r o n «la m a n z a n a d e l amor». Las
aletas de tiburón, la sopa de n i d o de pájaro, el polvo de cuerno de
rinoceronte, el curry, el chutney*, la raíz de mandragora, el chocola-
te, los ojos de hiena, el caviar, las almejas, las ostras, la langosta, los se-
sos de paloma, la lengua de ganso, las manzanas, los plátanos, las
cerezas, los dátiles, los higos, los melocotones, los pomelos, los es-
párragos, el ajo, la cerveza, el sudor: un asombroso repertorio de
* Conserva agridulce a base de finitas o vegetales que se come con carnes, queso etcé-
tera. (N.delaT,)
100
H E I J . N FISHER
aromas, sabores y ungüentos utilizados para hechizar a parejas re-
nuentes c o n el fin de llevárselas a la cama.
D u r a n t e el reinado de Isabel I de Inglaterra, en los burdeles se
servían ciruelas gratis p o r q u e estaban convencidos de que desper-
taban el deseo. En siglos pasados los árabes intentaban atraerse a
las mujeres haciéndoles probar un poco de j o r o b a de camello para
encender su deseo sexual. P l i n i o escribió que los hocicos de hipo-
pótamo hacían maravillas. L o s aztecas veían magia sexual en partes
de la cabra y el conejo porque estos animales se reproducían c o n
rapidez. Las babosas de mar captaron las fantasías de los chinos, en
gran parte porque estos extraños animales se alargaban cuando se
les tocaba. Ytradicionalmente los europeos pulverizaban cierto tipo
de cucaracha del sur de E u r o p a para despertar el deseo sexual; le
llamaban la mosca española1 2
.
C o m e r a u m e n t a la presión sanguínea y el pulso, eleva la tempe-
ratura del cuerpo y a veces nos hace sudar; cambios fisiológicos que
también se p r o d u c e n c o n el sexo. Quizá sea ésta la razón p o r la que
hombres y mujeres llevan tanto tiempo asociando distintas c o m i -
das c o n la excitación sexual. Pero la naturaleza sólo ha creado u n a
sustancia capaz de estimular el deseo sexual en hombres y mujeres:
la testosterona; y, en un grado menor, sus parientes, el resto de hor-
monas sexuales masculinas.
El hecho está b i e n demostrado. Los hombres y mujeres c o n a l -
tos niveles de testosterona en circulación tienden a desarrollar u n a
mayor actividad sexual1 3
. Los atletas masculinos que se inyectan tes-
tosterona para aumentar su fuerza y su resistencia tienen más p e n -
samientos relacionados c o n el sexo, más erecciones matutinas, más
encuentros sexuales y más orgasmos. Y l a s mujeres maduras que to-
m a n testosterona ven aumentar su deseo sexual. La libido masculina
alcanza su punto álgido a los veintipocos años, cuando los niveles de
testosterona son más altos. Y muchas mujeres sienten un m a y o r
deseo sexual en t o r n o a los días de la ovulación, c u a n d o los nive-
les de testosterona a u m e n t a n 1 4
.
Así c o m o un elevado nivel de testosterona estimula el impulso
sexual, el descenso de dicho nivel hace que disminuya. A m b o s sexos
tienen menos fantasías sexuales, se masturban c o n m e n o r frecuen-
cia y tienen menos relaciones sexuales a m e d i d a que su edad va au-
101
P O R QUÉ AMAMOS
mentando1 5
. La mala salud, la infelicidad, el exceso de trabajo, la fal-
ta de oportunidades, la pereza y el aburrimiento contribuyen sin
duda a esta disminución del deseo. Pero c o n la edad los niveles de
testosterona descienden, reduciendo a m e n u d o el deseo sexual.
Sin embargo, aproximadamente dos tercios de las mujeres de
mediana edad no experimentan ningún descenso de la l i b i d o 1 6
. Esto
también puede deberse a la testosterona. A m e d i d a que los estróge-
nos van disminuyendo c o n la menopausia, los niveles de testostero-
na y otros andrógenos empiezan a quedar al descubierto: estas po-
tentes hormonas pueden p o r fin expresarse más abiertamente. De
hecho, lo hacen. En un estudio realizado c o n mujeres de m e d i a n a
edad, casi el 40 p o r ciento se quejaba de no practicar el sexo lo sufi-
ciente1 7
.
En cuanto al grado de deseo sexual, las personas muestran varia-
ciones, en parte debido a que los niveles de testosterona se here-
dan genéticamente1 8
, aunque esos niveles también fluctúan depen-
diendo del día, la semana, el año y el ciclo vital. P o r otra parte, el
equilibrio entre testosterona, estrógeno y otros ingredientes fisio-
lógicos, así como las circunstancias sociales y un gran número de
otros factores, tienen también m u c h o que ver en cuánto al m o m e n -
to, el lugar y la frecuencia del deseo1 9
. No obstante, la testosterona
es clave para este apetito. Y esta sustancia química p r i m o r d i a l pue-
de inundar el cerebro. C o m o decía el poeta Tony H o a g l a n d : «Mien-
tras exista el deseo, no estamos a salvo»2 0
.
Es frecuente que hombres y mujeres se sientan sexualmente es-
timulados p o r cosas diferentes. A los hombres les gusta mirar. Se
excitan sexualmente c o n los estímulos visuales. Incluso cuando
fantasean, recrean imágenes vividas de partes d e l cuerpo y de la co-
pulación2 1
. Esta contemplación lasciva probablemente eleva los n i -
veles de testosterona. C u a n d o los monos m a c h o ven a u n a h e m b r a
sexualmente receptiva o m i r a n a un compañero copular c o n u n a
hembra, sus niveles de testosterona se d i s p a r a n 2 2
. P o r eso, cuando
los hombres van a salas de stripteaseo ven revistas «de chicas» proba-
blemente están elevando sus niveles de testosterona y provocando
en sí mismos el deseo.
Las mujeres se sienten generalmente más estimuladas p o r las
palabras, imágenes, películas y narraciones románticas. Las fanta-
102
H a . E N FISHER
sías sexuales de las mujeres i n c l u y e n también un mayor nivel de
afecto, c o m p r o m i s o y sexo c o n parejas a las que c o n o c e 2 3
. Ya las
mujeres les gusta tener que ceder. A p r o x i m a d a m e n t e un 70 p o r
ciento de los hombres y mujeres de Estados U n i d o s fantasean
mientras hacen el a m o r 2 4
. Pero así c o m o en el caso de los hombres
la conquista es el argumento p r i n c i p a l de la mayoría de estas fanta-
sías, en las ensoñaciones sexuales de las mujeres p r e d o m i n a la r e n -
dición activa2 5
.
Este gusto p o r la conquista y la rendición no tiene nada que ver
con la violación. M e n o s del 0,5 por ciento de los hombres disfrutan
forzando a u n a mujer a realizar el coito, y constituyen también me-
nos de un 0,5 por ciento las mujeres a las que les gusta que las obli-
guen a copular2
**. Sin embargo, las mujeres estadounidenses refle-
j a n u n a probabilidad un 50 por ciento mayor que la de los hombres
de fantasear activamente sobre que «se lo hagan» en lugar de «ha-
cerlo»2 7
.
El peligro, la novedad, determinados olores y sonidos, las cartas
de amor, los dulces, las conversaciones tiernas, la ropa sexy, la músi-
ca suave, las cenas elegantes: son muchos los desencadenantes que
pueden despertar esa «sed eterna», c o m o el poeta Pablo N e r u d a lla-
maba al impulso sexual. ¿De qué manera afectan los sentimientos de
amor romántico a este circuito cerebral fundamental del deseo?
E L A M O R D E S E N C A D E N A E L D E S E O
Seguramente h a n observado que c u a n d o se e n a m o r a n , su ardor
estimula el impulso sexual. Novelistas, dramaturgos, poetas y c o m -
positores de canciones h a n celebrado esta necesidad de besar,
abrazar y hacer el a m o r c o n el ser amado.
¿Por qué experimentamos el deseo sexual cuando nos enamora-
mos? Porque la d o p a m i n a , el elixir del a m o r romántico, puede esti-
m u l a r la liberación de testosterona, la h o r m o n a sexual del deseo2 8
.
Esta correlación entre los niveles elevados de d o p a m i n a y la ex-
citación sexual, la frecuencia de las relaciones sexuales y la función
sexual positiva es frecuente en los animales2 9
. P o r ejemplo, c u a n d o
se inyecta d o p a m i n a en el flujo sanguíneo de u n a rata macho, se es-
103
P O R QUÉ AMAMOS
timulan sus conductas copulatorias . P o r otra parte, cuando se co-
loca u n a rata macho de laboratorio en u n a j a u l a desde d o n d e pue-
de ver u oler a u n a h e m b r a en celo, la rata macho se excita sexual-
mente, aumentando también sus niveles de d o p a m i n a 3 1
. Y c u a n d o
se retira la barrera y se le permite copular, los niveles de d o p a m i -
na se elevan todavía más3 2
.
La d o p a m i n a también puede estimular el deseo sexual en los h u -
m a n o s 3 3
. C u a n d o los hombres y mujeres afectados p o r u n a depre-
sión toman u n a medicación que eleva los niveles de d o p a m i n a en
el cerebro, su impulso sexual p o r lo general m e j o r a 3 4
.
U n a amiga mía que está en la treintena me contó u n a historia que
viene m u y al caso. Llevaba varios años c o n u n a ligera depresión,
por lo que había empezado a tomar u n o de los nuevos antidepresi-
vos (uno que no tiene efectos sexuales secundarios negativos) que
elevan los niveles de dopamina en el cerebro. Un mes después de em-
pezar a tomar este fármaco, notó que no sólo pensaba más en el sexo,
sino que empezaba a tener orgasmos múltiples c o n su novio. Sos-
pecho que este cambio repentino en el deseo y la función sexual se
debieron a que la p i l d o r a que tomaba diariamente para aumentar
la d o p a m i n a provocaba también la liberación de testosterona.
Esta relación positiva entre la d o p a m i n a y la testosterona puede
asimismo explicar p o r qué las personas se sienten tan sexualmente
atractivas cuando se van de vacaciones, p r u e b a n algún truco nuevo
en la cama o hacen el a m o r c o n u n a nueva pareja. Las experiencias
novedosas elevan los niveles de d o p a m i n a en el cerebro, de ahí que
también sea posible que activen la química cerebral del deseo.
La norepinefrina, otro estimulante que probablemente desem-
peñe u n a función importante en el a m o r romántico, también de-
sencadena el deseo sexual. L o s adictos a las anfetaminas, llamadas
«anfetas» o speed, d i c e n que su impulso sexual puede mantenerse
constante. Este deseo sexual probablemente sea resultado de la
misma ecuación biológica: las anfetaminas elevan en alto grado la
norepinefrina (y también la d o p a m i n a ) . Y la norepinefrina puede
estimular la producción de testosterona3 5
.
Hagamos de nuevo algunas salvedades: la dosificación de estas
sustancias químicas, así c o m o el m o m e n t o en el que son liberadas
en el cerebro, constituyen también otro factor que hay que tener en
104
H E L E N FISHER
cuenta. N i n g u n a de estas interacciones son directas o simples. Pero,
hablando en general, la d o p a m i n a y la norepinefrina despiertan el
deseo s e x u a l 3 6
, muy probablemente p o r q u e elevan los niveles de
testosterona. No es de extrañar que los amantes pasen toda la no-
che acariciándose. La química del a m o r enciende el deseo más po-
deroso de la naturaleza: el impulso de copular.
Esta conexión química entre el a m o r romántico y el deseo tiene
sentido desde el p u n t o de vista evolutivo. Después de todo, si el
amor romántico ha evolucionado para estimular el emparejamien-
to c o n otro individuo «especial», debería estimular también el i m -
pulso de practicar el sexo c o n esta persona amada.
¿ D E S E N C A D E N A E L D E S E O E L A M O R ?
¿ E S cierto lo contrario? ¿Puede el deseo estimular el amor? ¿Pue-
de u n o acostarse c o n «sólo un amigo» o incluso un extraño y ena-
morarse de repente de él o de ella?
O v i d i o , un h o m b r e que posiblemente vivió muchos romances,
creía que u n a fuerte atracción sexual a m e n u d o podía hacer que
u n a persona se e n a m o r a r a 3 7
. Pero el deseo sexual no siempre de-
sencadena el ardor romántico, c o m o muchos saben. La mayoría de
los adultos sexualmente liberados de hoy en día h a n practicado el
sexo con alguien de q u i e n no estaban enamorados. M u c h o s i n c l u -
so h a n copulado c o n este «amigo» de f o r m a regular. Pero, desgra-
ciadamente, n u n c a h a n sentido la euforia de la pasión romántica
c o n este compañero de cama. El deseo no conduce necesariamen-
te a la pasión y la obsesión d e l a m o r romántico.
Efectivamente, son muchos los datos que apoyan lo contrario.
Los atletas que se inyectan andrógenos sintéticos para aumentar su
musculatura no se enamoran cuando toman estos fármacos. C u a n -
do los h o m b r e s y mujeres de m e d i a n a e d a d se inyectan testoste-
r o n a o se aplican testosterona en c r e m a en diversas partes de su
cuerpo p a r a estimular su i m p u l s o sexual, sus pensamientos y fan-
tasías sexuales a u m e n t a n 3 8
, pero tampoco se e n a m o r a n . L o s cir-
cuitos cerebrales del deseo no e n c i e n d e n necesariamente el fue-
go del amor.
105
P O R Q U É AMAMOS
Esto no quiere decir que el deseo sexual n u n c a desencadene el
amor romántico. Puede hacerlo. U n a amiga mía de m e d i a n a edad
es un buen ejemplo de ello. Había estado manteniendo relaciones
sexuales con «sólo un amigo» durante casi tres años. Me decía que se
trataba de encuentros esporádicos; su amigo y ella no tenían rela-
ciones sexuales más de dos o tres veces al año. Entonces, u n a maña-
na de verano, unos cinco minutos después de haber copulado c o n
él, se sintió profundamente enamorada. En aquel m o m e n t o entra-
r o n en acción el pensamiento obsesivo, el anhelo de estar c o n él y
el éxtasis. Durante las semanas y meses que siguieron, me contaba,
pasaba la noche entera despierta pensando constantemente en él,
esperaba que sonara el teléfono para oír su voz, se vestía de f o r m a
atractiva para conquistarle y fantaseaba c o n pasar su vida juntos.
Afortunadamente, él también la amaba.
«Nasopasyo, maya basyo». Las mujeres del occidente r u r a l de
N e p a l utilizan este dicho, un poco subido de tono, para expresar
el mismo fenómeno. Significa que «cuando el pene entró, el a m o r
llegó»3 9
.
C r e o que la biología contribuye a este a m o r espontáneo p o r un
compañero sexual. La actividad sexual puede aumentar los niveles
de d o p a m i n a y norepinefrina en el cerebro de las ratas m a c h o 4 0
.
Incluso sin actividad sexual, el aumento de los niveles de testostero-
na puede elevar los niveles de d o p a m i n a 4 1
y de n o r e p i n e f r i n a 4 2
y
reducir al mismo tiempo los de serotonina4 3
. En resumen, la hor-
m o n a del deseo sexual puede desencadenar la liberación de los eli-
xires cerebrales de la pasión romántica. C r e o que mientras mi a m i -
ga se abrazaba y copulaba c o n «sólo un amigo», su circuito cerebral
para el romance se puso en m a r c h a y se enamoró.
Esta «vieja magia negra» es u n a fuerza inconstante. La química
del a m o r romántico puede desencadenar la química del deseo se-
xual y el combustible que alimenta el deseo sexual puede a su vez
generar el combustible del romance. Esta es la razón p o r la que es
peligroso copular c o n alguien con q u i e n no quieres comprometer-
te. A u n q u e tu intención sea practicar el sexo esporádicamente, pue-
de que al final te enamores.
P o r otra parte, la pasión romántica tiene también u n a relación
especial c o n los sentimientos de apego.
106
H K L E N FISHEK
S O B R E E L A P E G O
«¿Quién dispuso que este fuego de ansias / debiera enfriarse tan
pronto como se inflama?»4 4
*. El poeta Matthew A r n o l d lloraba el fi-
nal de su a m o r romántico.
El a m o r cambia c o n el paso del tiempo. Se hace más profundo,
más calmado. Las parejas ya no pasan todo el día hablando, ni bai-
lan hasta el amanecer. La pasión desaforada, el éxtasis, el anhelo, el
pensamiento obsesivo, la energía intensificada: todo se disuelve.
Pero si u n o tiene suerte, esa magia se transforma a sí m i s m a en
nuevos sentimientos de seguridad, comodidad, calma y unión c o n
la pareja. La psicóloga Elaine Hatfield l l a m a a este sentimiento el
«amor compañero», u n a sensación de feliz unión c o n u n a persona
cuya vida está estrechamente entrelazada c o n la tuya4 5
. Yo llamo a
esta compleja amalgama «apego».
Y a l igual que los hombres y mujeres distinguen de f o r m a intuiti-
va entre la sensación de a m o r romántico y la de deseo sexual, tam-
bién distinguen fácilmente entre los sentimientos del romance y
los del apego.
Nisa, u n a bosquimana K u n g del desierto de K a l a h a r i de Botswa-
na, explicó sucintamente este sentimiento de apego entre h o m b r e
y mujer a la antropóloga Marjorie Shostak. «Cuando dos personas
están juntas p o r p r i m e r a vez», decía Nisa, «sus corazones arden y la
pasión es m u y grande. Después de un tiempo, el fuego se enfría y se
mantiene así. Siguen amándose el u n o al otro, pero de u n a f o r m a
distinta, más cálida y confiada»4 6
.
L o s taita de K e n i a estarían de acuerdo. Ellos dicen que el a m o r
adopta dos formas, un anhelo irresistible, u n a «especie de enfer-
medad» , y un afecto perdurable y p r o f u n d o p o r el o t r o 4 7
. L o s brasi-
leños tienen un proverbio poético que distingue entre estos dos sen-
timientos; dice así: «El a m o r nace de u n a m i r a d a y m a d u r a en un
sonrisa»4 8
. Y p a r a los coreanos, «sarang» es u n a palabra similar al con-
* Matthew Amold, Antologa, Visor, Madrid, 1976. ( N . de laT.)
107
P O R QUÉ AMAMOS
cepto occidental d e l a m o r romántico, mientas que «chong» se pa-
rece más al sentimiento de apego perdurable. Pero quizás A b i g a i l
Adams, la esposa del segundo presidente de Estados U n i d o s , lo ex-
presó mejor en u n a carta dirigida a J o h n en 1793: «Los años consi-
guen domeñar el ardor de la pasión, pero en su lugar subsiste u n a
amistad y un afecto de raíces profundas, que desafía a los estragos
del tiempo, mientras la llama vital existe»4 9
.
LA QUÍMICA DEL APEGO
Los científicos comenzaron a examinar este sistema cerebral del
apego hace décadas, cuando el psiquiatra británico J o h n Bowlby
formuló que los humanos h a n desarrollado un sistema innato del
apego que está integrado p o r unas conductas y unas respuestas fi-
siológicas específicas5 0
. Pero hasta hace poco los científicos no h a n
empezado a c o m p r e n d e r qué sustancias químicas cerebrales pro-
ducen este sentimiento de fusión con u n a pareja de larga duración.
Actualmente la mayoría creen que la vasopresina y la oxitocina,
hormonas estrechamente relacionadas entre sí y fabricadas p r i n c i -
palmente en el hipotálamo y en las gónadas, p r o d u c e n muchas de
las conductas asociadas c o n el apego.
Pero para comprender c ó m o estas h o r m o n a s generan la sensa-
ción de unión c o n el ser amado, debo volver a referirme a unos ha-
bitantes del M e d i o Oeste de Estados U n i d o s de los que ya he había-
do antes: los ratones de campo. C o m o recordarán, estos roedores de
color gris pardo establecen vínculos de pareja para criar a sus pe-
queños; aproximadamente un 90 p o r ciento de ellos se emparejan
con un solo compañero para toda su vida. H a c e unos pocos años, los
neurólogos Sue Cárter, T o m Insel y varios más, d e t e r m i n a r o n la
causa de este apego en los machos. C u a n d o el ratón de campo m a -
cho eyacula, los niveles de vasopresina en el cerebro aumentan, d a n -
do origen a este celo conyugal y p a t e r n a l 5 1
.
¿Es la vasopresina el cóctel de la naturaleza que despierta el ape-
go del macho?
Para investigar esta hipótesis, los científicos inyectaron vasopre-
sina en el cerebro de ratones de campo vírgenes criados en laborato-
108
H E L E N FISHER
rio. Estos machos c o m e n z a r o n inmediatamente a defender el espa-
cio que les rodeaba frente a otros machos, un aspecto que caracte-
riza la formación de la pareja en los ratones de campo. Y cuando
cada u n o de ellos fue presentado a u n a hembra, se volvió i n m e d i a -
tamente posesivo c o n respecto a e l l a 5 2
. P o r el contrario, cuando es-
tos mismos científicos bloquearon la producción de vasopresina en
el cerebro, los ratones de c a m p o machos empezaron en cambio a
portarse c o m o canallas, c o p u l a n d o c o n u n a h e m b r a y abandonán-
dola a la p r i m e r a ocasión de aparearse c o n otra.
La naturaleza, pues, ha dotado a los mamíferos de u n a sustancia
química para que desarrollen el instinto paternal: la vasopresina.
L A O X I T O C I N A : ¿ O T R O C Ó C T E L PARA E L A F E C T O ?
«...así crecimos juntos / c o m o u n a doble g u i n d a que parece se-
parada, / pero que guarda u n i d a d en su división: / dos hermosos f r u -
tos moldeados sobre un tallo»5 3
'1
'. S o n pocos los poetas que escri-
b e n sobre el sentimiento perdurable del apego, quizás porque este
impulso rara vez nos obliga a c o m p o n e r apasionados versos a altas
horas de la noche. Estos versos de Shakespeare son u n a excepción.
Sin embargo, el sentimiento del apego debe de ser u n a sensación
común a todas las aves y mamíferos, porque está asociado no sólo a
la vasopresina, sino también a la oxitocina, u n a h o r m o n a emparen-
tada y omnipresente en la n a t u r a l e z a 5 4
.
Al igual que la vasopresina, la oxitocina se fabrica en el hipotála-
m o , así c o m o en los ovarios y en los testículos. A diferencia de la va-
sopresina, la oxitocina se libera en todas las hembras de los mamí-
feros (incluidas las mujeres) durante el proceso del p a r t o 5 5
, d a n d o
lugar a las contracciones del útero y estimulando las glándulas m a -
marias p a r a p r o d u c i r leche. P e r o en la actualidad, los científicos
h a n d e t e r m i n a d o que la oxitocina estimula también la unión entre
la m a d r e y su hijo.
* William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000.
(N.delaT.)
109
P O R QUÉ AMAMOS
Y l o que es aún más importante, en la actualidad muchos creen
que la oxitocina está asimismo relacionada c o n los sentimientos de
apego entre el macho y la h e m b r a adultos5 6
.
Indudablemente, todos hemos sentido el poder de estas dos
«hormonas de la satisfacción», c o m o se d e n o m i n a a veces a la vaso-
presina y la oxitocina. Las segregamos en dos momentos clave de la
relación sexual: durante la estimulación de los genitales o los pezo-
n e s 5 7
y durante el orgasmo. Durante el orgasmo, los niveles de vaso-
presina aumentan de forma espectacular en los hombres y los de la
oxitocina se elevan en las mujeres5 8
. Estas «sustancias químicas del
abrazo» contribuyen sin duda a esa sensación de fusión, de cercanía y
de apego que se siente después de haber disfrutado de un agrada-
ble encuentro sexual c o n el ser amado.
¿De qué manera afecta la química del apego a los sentimientos
del deseo sexual y del a m o r romántico?
¿ E L D E S E O DISMINUYE E L A P E G O ?
L o s componentes químicos del apego tienen efectos complejos
sobre el impulso sexual y los sentimientos de la pasión romántica.
En algunas circunstancias, la testosterona puede elevar los n i -
veles de vasopresina5 9
y de o x i t o c i n a 6 0
en los animales, aumentando
las conductas propias del apego como el cepillado mutuo, la señaliza-
ción del territorio por el olor y la defensa de un lugar para a n i d a r 6 1
.
Lo contrario también puede ocurrir: la oxitocina y la vasopresina
pueden aumentar la producción de testosterona en determinadas
condiciones6 2
. En resumen, la química d e l apego puede desenca-
denar el deseo y la química del deseo puede desencadenar expre-
siones de apego.
Pero todas estas hormonas también p u e d e n tener efectos nega-
tivos entre sí. El aumento de los niveles de testosterona puede redu-
cirlos niveles de vasopresina (y de oxitocina), y los niveles elevados
de vasopresina p u e d e n disminuir los niveles de testosterona6 3
. Esta
relación inversa entre el deseo y el apego «depende de las dosis»;
varía en función de la cantidad, el m o m e n t o y las interacciones en-
tre las diversas h o r m o n a s 6 4
. Y existen numerosas pruebas de que
110
H E L E N FISHER
esto sucede regularmente en las personas, a veces c o n consecuen-
cias desastrosas.
L o s h o m b r e s c o n altos niveles básicos de testosterona elevados
se casan con menos frecuencia, tienen más relaciones adúlteras, co-
meten más abusos conyugales y se divorcian más a m e n u d o . C u a n d o
el m a t r i m o n i o de un h o m b r e pierde estabilidad, sus niveles de tes-
tosterona aumentan. C o n el divorcio, estos niveles de testosterona
aumentan aún más. Y los hombres solteros tienden a tener niveles
de testosterona más altos que los casados6 5
.
También es posible lo contrario: que cuando el apego d e l h o m -
bre hacia su familia va creciendo cada vez más, los niveles de testos-
terona desciendan. De hecho, de cara al nacimiento de un hijo, los
futuros padres e x p e r i m e n t a n un declive significativo de los niveles
de testosterona6 6
. Incluso cuando un h o m b r e tiene a un bebé en
brazos disminuyen los niveles de testosterona.
Esta relación negativa entre la testosterona y el apego también se
observa en otras criaturas. Los cardenales macho y los arrendajos
azules pasan de u n a h e m b r a a otra; n u n c a se quedan para criar a sus
polluelos. Estos padres descastados tienen niveles altos de testostero-
na, En cambio, los machos de las especies que f o r m a n parejas m o n ó -
gamas y permanecen j u n t o a su pareja para ejercer de padres c o n
sus crías tienen niveles de testosterona m u c h o más bajos durante la
fase parental de la época de cría6 7
. Y c u a n d o los científicos introdu-
j e r o n quirúrgicamente varías dosis de testosterona en u n a serie de
gorriones monógamos macho, estos atentos padres abandonaron
sus nidos, a sus crías y a sus «esposas» para cortejar a otras hembras6 8
.
C o m o ya he dicho, las interacciones entre estos sistemas quími-
cos del deseo y del apego son complejas y variables. Pero hay datos
que sugieren que a m e d i d a que las personas crecen como «dos ado-
rables cerezas que brotan de un m i s m o tallo», la química del apego
puede d i s m i n u i r el deseo. Ésta es probablemente la razón p o r la
que los hombres y mujeres que f o r m a n matrimonios estables pasan
menos tiempo en su habitación haciendo el amor.
Pero, ¿qué hay del amor? ¿Cómo afecta la d o p a m i n a , el combus-
tible del a m o r romántico, a los niveles de vasopresina y oxitocina,
las drogas cerebrales del apego? L o s sentimientos de unión y ape-
go, ¿mejoran o r e p r i m e n la pasión romántica?
111
P O R QUÉ AMAMOS
¿AMOR Y APEGO?
La naturaleza no es ordenada. Le gustan las opciones. Y n o exis-
te u n a relación deñnida entre los neurotransmisores del a m o r y las
h o r m o n a s del apego, sino que, c o m o ocurre siempre en el caso de
estas interacciones químicas, «depende».
En algunos casos, la d o p a m i n a y la norepinefrina p u e d e n esti-
m u l a r la liberación de oxitocina y vasopresina6 9
y contribuir de este
m o d o a aumentar nuestro sentimiento de apego. Pero el aumento
de los niveles de oxitocina (tanto en hombres c o m o en mujeres)
puede interferir también en la actividad de la d o p a m i n a y la nore-
pinefrina en el cerebro, disminuyendo el impacto de estas sustancias
excitantes7 0
. De ahí que la química del apego p u e d a sofocar la quí-
m i c a del amor.
Existen numerosas pruebas de carácter anecdótico que sirven de
apoyo a esta relación química relativa entre el apego y el amor ro-
mántico. Personas de todas partes del m u n d o dicen que la euforia
del amor va decayendo a medida que su matrimonio o relación de
pareja se hace más estable, c ó m o d a y segura. Algunos incluso acuden
al psiquiatra o al consejero matrimonial para intentar renovar la pa-
sión romántica c o n su pareja; otros, en cambio, van en busca del ro-
mance extramatrimonial; unos se divorcian, y muchos se acostum-
bran a u n a relación duradera desprovista del goce del romanticismo.
M i s sentimientos acerca de este destino que la naturaleza ha de-
cretado son encontrados. En primer lugar, muchos de nosotros mo-
riríamos de agotamiento si el amor romántico floreciera eternamen-
te en u n a relación. No podríamos llegar n u n c a puntuales al trabajo
ni concentrarnos en nada que no fuera «él» o «ella». P o r otra parte,
a medida que va madurando, el amor romántico a m e n u d o se ex-
pande, convirtiéndose en cientos de complejos y gratificantes senti-
mientos de apego que dan lugar a u n a unión enormemente i n t r i n -
cada, interesante y emocionalmente satisfactoria c o n otra persona.
Al m i s m o tiempo, creo, c o m o expondré en el capítulo octavo,
que en u n a relación duradera y agradable es posible mantener viva
la llama primigenia del éxtasis romántico.
112
H E L E N FISHER
No obstante, para mantener esta magia tenemos que hacer algu-
nas trampas a nuestro cerebro. ¿Por qué? Porque el amor romántico
no se ha desarrollado para ayudarnos a mantener u n a relación de
pareja estable y duradera. Su evolución se ha debido a unos fines
diferentes: impulsar a nuestros ancestros a preferir, elegir e ir en bus-
ca de parejas específicas, iniciar después el proceso de empareja-
miento y permanecer sexualmente fieles a nuestra pareja el tiem-
po suficiente para concebir un hijo. S i n embargo, u n a vez que el
hijo ha nacido, los padres necesitan un nuevo conjunto de sustan-
cias químicas y redes cerebrales para criar a este hijo en equipo; en
esto consiste la química del apego. En consecuencia, los sentimien-
tos de apego a m e n u d o disminuyen el éxtasis del romance, sustitu-
yéndolo por un sentimiento profundo de unión c o n la pareja.
L A T R A M A D E L A M O R
A pesar de esta trayectoria evolutiva del amor, en la que la pasión
romántica se transforma gradualmente en unos sentimientos de
apego profundo, estos tres circuitos cerebrales, el deseo, el a m o r ro-
mántico y el apego, p u e d e n combinarse de maneras muy diversas.
La f o r m a en que n o r m a l m e n t e transcurren las cosas en la so-
ciedad occidental tradicional es la siguiente: te encuentras con un
hombre o u n a mujer, hablas, te ríes y empiezas a «salir» c o n él. L u e -
go, de f o r m a rápida o gradual te enamoras. A m e d i d a que la cama-
radería va convirtiéndose en felicidad, tu impulso sexual entra en
acción. Entonces, después de unos meses o años de haber pasado
juntos muchos momentos felices, el ardor de la pasión romántica y
el deseo sexual p r i m i g e n i o empiezan a declinar, siendo sustituidos
p o r lo que T h e o d o r Reik l l a m a b a ese cálido «rescoldo»7 1
que es el
apego. Así que, según este escenario, el a m o r romántico es el de-
sencadenante d e l deseo; y luego, c o n el tiempo, estos sentimientos
primigenios de pasión y deseo se asientan en un pilar de c o m p r o -
miso y unión emocional: el apego.
No obstante, el deseo, el a m o r y el apego p u e d e n visitarnos si-
guiendo otra secuencia. Podemos iniciar u n a relación c o n alguien
p o r q u i e n sólo sentimos un deseo sexual. Durante unos meses prac-
113
P O R Q U É AMAMOS
ticaremos el sexo de f o r m a irregular. Luego, un b u e n día, empeza-
mos a ponernos posesivos. Al poco nos enamoramos de esa perso-
na. Y c o n el tiempo nos sentiremos emocionalmente unidos. En
este caso, el deseo ha precedido al romance, que a su vez ha c o n d u -
cido al apego.
También hay parejas que inician su relación c o n un sentimiento
de apego. Rápidamente consiguen la unión emocional en el d o r m i -
torio de la residencia universitaria, la oficina o su círculo social. Se
hacen íntimos amigos. C o n el tiempo, este apego se transforma en
pasión románticay al final ésta desencadena el deseo.
Por desgracia, muchos de nosotros también pasamos en nuestra
vida p o r periodos en los que estos tres impulsos del emparejamien-
to, el deseo, el a m o r romántico y el apego no se concentran en la
misma persona. Parece estar en el destino de la h u m a n i d a d que se-
amos neurológicamente capaces de amar a más de u n a persona a la
vez. U n o puede sentir un profundo apego p o r el que hace tiempo
es su cónyuge, y sentir u n a pasión romántica p o r alguien de la ofici-
na o de su círculo social, y al mismo tiempo experimentar un deseo
sexual mientras lee un libro, ve u n a película o hace cualquier otra
cosa en la que n i n g u n a de estas personas tiene nada que ver. Puede
que incluso se vaya pasando de un sentimiento a otro.
En efecto, mientras p o r la noche u n o está tumbado en la cama,
a oscuras, puede verse envuelto p o r sentimientos de apego hacia su
cónyuge; unos segundos más tarde siente u n a loca pasión romántica
por alguien a q u i e n acaba de conocer; luego nota un deseo sexual
cuando de repente u n a imagen que nada tiene que ver c o n lo ante-
rior se le viene a la cabeza. Mientras estos tres circuitos cerebrales
actúan interactiva pero independientemente, a u n o le parece que
en su cabeza se está celebrando la reunión de un comité.
«El a m o r es salvaje», c o m o dice la canción. El deseo, el a m o r ro-
mántico y el apego profundo pueden visitarnos formando unas com-
binaciones tan distintas e inesperadas que muchas personas h a n
llegado a pensar que la mezcla de sensaciones que nos empujan ha-
cia otra persona es misteriosa, incomprensible, quizás incluso que
aparece c o m o caída del cielo. Pero u n a vez que empiezas a consi-
derar el deseo, el a m o r romántico y el apego como tres impulsos es-
pecíficos del emparejamiento, cada u n o de los cuales produce m u -
U 4
H E L E N FISHER
chas diferentes gradaciones de sentimientos que se combinan y vuel-
ven a combinar eternamente de innumerables maneras, el a m o r
adquiere tangibilidad. Incluso los elaborados esquemas de los clási-
cos griegos adquieren sentido.
T I P O S D E A M O R
L o s antiguos griegos f u e r o n los expertos más consumados del
m u n d o en el arte de diferenciar las diversas clases de amor: tenían
más de diez palabras para designar sus diversos tipos. El psicólogo
J o h n A l a n Lee redujo estas categorías superpuestas a seis7 2
. Pero, en
mi opinión, cada u n a de ellas parece u n a variante distinta de u n o
de los tres circuitos básicos d e l cerebro: el deseo, el a m o r románti-
co y el apego.
La más celebrada es eros, el a m o r apasionado, sexual, erótico, fe-
liz, que d e r r o c h a energía para u n a pareja m u y especial. C r e o que
eros es u n a combinación del deseo y del a m o r romántico.
La manta es el a m o r obsesivo, celoso, irracional, posesivo y de-
pendiente. La mayoría de las personas son excesivamente obsesivas,
ilógicas y posesivas c u a n d o están enamoradas apasionadamente.
Ludus es un término latino que significa juego. Éste es el a m o r
juguetón, despreocupado, sin compromisos, sin ataduras. Estos
amantes pueden amar a más de u n a persona a la vez sin que supon-
ga un problema. Para ellos, el a m o r es teatro, u n a f o r m a de arte. El
ludus parece ser u n a variante de un deseo liviano combinado c o n la
diversión y la frivolidad.
Storgé es un tipo de a m o r compañero, fraternal, amistoso, un
sentimiento de amistad p r o f u n d a y especial que carece de m a -
nifestaciones de emoción. Estas personas prefieren hablar de sus
intereses más que de sus sentimientos. Éste es un «amor sin fiebre
ni locura», c o m o dijo P r o u d h o n . P a r a mí, storgé es u n a f o r m a de
apego.
Ágape es un a m o r gentil, desinteresado, consciente de sus debe-
res, generoso, altruista, a m e n u d o espiritual; otra f o r m a de apego.
Estos amantes consideran sus sentimientos c o m o un deber, no u n a
pasión. A l g u n o s están incluso dispuestos a dejar la relación cuando
115
P O R QtJf AMAMOS
esto es lo mejor para el ser amado; de ahí que se r i n d a n de b u e n gra-
do ante un rival.
La última categoría es pragma, el a m o r basado en la c o m p a t i b i l i -
dad y el sentido común: el a m o r pragmático. Es el a m o r de la «lista
de la compra». L o s amantes pragmáticos llevan la cuenta: tienen
muy presentes tanto las ventajas c o m o los inconvenientes de la re-
lación. Estos h o m b r e s y mujeres no son dados al sacrificio o a la
emoción excesiva. Para ellos la amistad es la esencia de la relación.
Yo no considero que este pragma sea a m o r en absoluto.
Existe u n a gran cantidad de literatura de carácter psicológico
sobre los tipos de amor, así c o m o sobre los diversos componentes
del a m o r y los estilos de a m a r 7 3
. U n a conceptualización d e l a m o r
que es bastante p o p u l a r entre los científicos sociales de la actuali-
dad es la d e l psicólogo Robert Sternberg.
Sternberg divide el a m o r en tres ingredientes básicos: la pasión,
que incluye el amor, la atracción física y el deseo sexual; la i n t i m i -
dad, todos los sentimientos de calidez, cercanía, conexión y unión;
y la decisión/compromiso, esto es, la decisión de amar a alguien y
el compromiso de mantener dicho a m o r 7 4
. Para él, el encaprichamíen-
to se c o m p o n e sólo de pasión. El amor romántico es la pasión más la
i n t i m i d a d . El amor consumado es pasión, i n t i m i d a d y c o m p r o m i s o .
El amor compañero incluye la i n t i m i d a d y el c o m p r o m i s o , pero care-
ce de pasión. El amor vacío es sólo c o m p r o m i s o ; adopta las actitudes
del a m o r pero sólo alberga sentimientos de c o m p r o m i s o p a r a m a n -
tener la relación. El afecto se basa en la i n t i m i d a d ; no se siente pa-
sión ni compromiso. Y e l amorfatuoz m e n u d o está l l e n o de pasión y
c o m p r o m i s o pero carece de i n t i m i d a d .
L A L O C A SINFONÍA D E L A M O R
«El a m o r c o m p o n e tal tejido de paradojas y existe en tal variedad
de formas y tonalidades, que se puede decir casi cualquier cosa so-
bre sobre él con probabilidad de acertar». Esta afirmación corres-
ponde al estudioso de la conducta de la época de la R e i n a Victoria,
sir H e n r y F i n c k 7 5
. El amor romántico presenta sin duda sutiles varia-
ciones, así c o m o complejas y diversas relaciones c o n los impulsos re-
116
H E L E N FISHER
productivos con los que está emparentado: el deseo y el apego. El
amor es u n a sinfonía de sentimientos plagada de notas y acordes.
P a r a complicar aún más las cosas, la r e d cerebral d e l a m o r ro-
mántico se mezcla c o n numerosos sistemas cerebrales, que i n c l u -
yen circuitos para otros impulsos básicos, así c o m o emociones, re-
cuerdos y pensamientos. Todos estos ingredientes añaden u n a
maravillosa profundidad, variedad de matices y condimentos a los
sentimientos del romance.
Por supuesto, nuestras emociones contribuyen a la pasión ro-
mántica. Las emociones humanas se distribuyen a lo largo de un
continuum que va desde las que son tan básicas que es casi imposible
esconderlas (como el asco) a otras que, c o m o la envidia, resultan
más fáciles de ocultar. Las emociones básicas son universales, here-
dadas, involuntarias, se expresan rápidamente y se manifiestan en
todas partes c o n los mismos gestos faciales; son difíciles de disimu-
lar y a m e n u d o difíciles de controlar7 6
. Entre ellas están el miedo, la
ira, la alegría, la tristeza, el asco y la sorpresa.
No hay d u d a de que el impulso de amar se apropia de todas las
emociones básicas en un momento u otro. C u a n d o sentimos la nece-
sidad irresistible de llamar p o r teléfono a «él» o a «ella», podemos
sentirnos asaltados p o r el miedo a que se haya i d o con un rival; al mo-
mento, embargados p o r la alegría cuando contesta al teléfono y nos
dice «te quiero»; y más tarde, golpeados por la sorpresay la desilusión
cuando este ser celestial anula la cita que habíamos planeado juntos.
El a m o r romántico también está relacionado c o n otro gran nú-
m e r o de sentimientos más complejos: el respeto, la admiración, la
lealtad, la gratitud, la compasión, el temor, la timidez, la nostalgia,
el r e m o r d i m i e n t o e incluso el sentido de la justicia. El filósofo Dy¬
lan Evans llamaba a estos sentimientos «emociones cognitivas supe-
riores»7 7
, dado que no se manifiestan claramente ni están asocia-
das a gestos faciales específicos; las personas de distintas sociedades
las expresan de m a n e r a y en momentos diferentes; y los hombres y
las mujeres a m e n u d o son capaces de ocultarlas y fingirlas. C u a n d o
estamos inmersos en el a m o r romántico, podemos experimentar
además docenas de estas complejas emociones.
La calma, la tensión, la satisfacción, la ansiedad, un ligero dolor,
un ligero placer y otros estados generales del cuerpo contribuyen
117
P O R QUÉ AMAMOS
también a los sentimientos del a m o r romántico. En palabras del
neurólogo A n t o n i o Damasio, estas «emociones de fondo» son c o m o
eí paisaje del cuerpo, el estado de ánimo persistente que nos acom-
paña en los vaivenes y las crecidas de las emociones y motivacio-
nes7 8
. Sólo en determinadas ocasiones afluyen a la mente conscien-
te estos estados de fondo. Pero dichas corrientes subterráneas y
continuas de ansiedad, dolor y placer, colorean sin d u d a nuestros
sentimientos hacia el ser amado.
Y lo que resulta aún más fascinante, esta trama de emociones y
motivaciones está ordenado jerárquicamente en el cerebro. El mie-
do puede vencer a la alegría, p o r ejemplo. Los celos p u e d e n aho-
gar la ternura. Las yuxtaposiciones son múltiples. Pero en esta je-
rarquía de emociones básicas y complejas, de sentimientos de fondo
e impulsos poderosos, el a m o r romántico ocupa un lugar especial
cercano al cénit, a la cumbre, a lo más alto. El a m o r romántico pue-
de d o m i n a r el impulso de c o m e r y dormir. Puede contener el mie-
do, el enfado o el asco. Puede anteponerse al sentido del deber ha-
cia la familia o los amigos. Puede incluso triunfar sobre la voluntad
de vivir. C o m o decía Keats, «podría m o r i r por ti».
«¿Cómo te amo? Déjame contar de cuántas formas», escribió Eli¬
zabeth Barrett Browning. Existen muchas maneras. C o m o el acorde
de un piano, el sentimiento de la pasión romántica a r m o n i z a c o n
miríadas de otros sentimientos, impulsos y pensamientos para cre-
ar melodías distintas en claves diferentes. P o r otra parte, cada u n o
de nosotros tiene unas conexiones ligeramente distintas. A l g u n o s
están más predispuestos a la felicidad; otros a la calma, la ansiedad,
el m i e d o o el enfado; algunos son insaciablemente curiosos; otros
maravillosamente divertidos. Los científicos dicen que aproxima-
damente un 50 p o r ciento de nuestro temperamento es heredado;
el resto es moldeado p o r nuestra educación y nuestro entorno.
Pero todos compartimos esta cosa maravillosa y diabólica llamada
amor romántico.
¿Cómo pescamos las personas en el m a r de los diferentes seres
humanos para encontrar a ese otro ser «especial»? ¿Qué nos lleva a
elegirle a «él» o a «ella»?
118
5
«ESE P R I M E R E M B E L E S O
D E S P R E O C U P A D O Y M A R A V I L L O S O »
A quién elegimos
En algún lugar de este mundo nuestro esperan
un alma sola, otra alma solitaria—
persiguiéndose la una a la otra en el tedio de las horas—
y encontrándose extrañamente en un destino inesperado;
Entonces se unen, como las hojas verdes con las flores doradas,
formando un todo bello y perfecto—
y la larga noche de la vida termina, y el camino
queda abierto hacia la eternidad.
SIR E D W I N A R N O L D
« Somewhere »]
« J _ j r a tan extraordinariamente bella que casi me eché a reir. E l l a
[era] el hambre, el fuego, la destrucción y la peste... la única verdad
encarnada. Sus pechos eran apocalípticos, hubieran podido coronar
imperios antes de marchitarse... su cuerpo era un milagro de cons-
trucción... E r a incuestionablemente preciosa. E r a espléndida. De
u n a generosidad oscura e inflexible. En resumen, era demasiado,
qué cojones... Aquellos ojos enormes de color violeta... tenían un
destello inexplicable... Mientras aquellos faros cósmicos examina-
b a n mi defectuosa personalidad, pasaron eones, nacieron y se des-
m o r o n a r o n civilizaciones enteras... C a d a pequeña cicatriz de mi
cara se convirtió en un cráter de la luna».
Eso pensó R i c h a r d B u r t o n cuando vio p o r p r i m e r a vez a Eliza¬
beth Taylor: ella tenía diecinueve años. ¿Por qué entra un h o m b r e
en u n a sala llena de mujeres atractivas, habla c o n varias de las que
más le gustan y cae rendido de amor por una? ¿Por qué u n a mujer
que tiene varios pretendientes ve a un h o m b r e y de repente todos
sus circuitos cerebrales se encienden de pasión romántica? ¿Por qué
u n a persona nos activa estos circuitos cerebrales y sin embargo otro
ser h u m a n o , absolutamente adorable, no nos i m p r e s i o n a lo más
mínimo? ¿Por qué ¿/?¿Por qué ella?
119
P O R QUÉ AMAMOS
O P O R T U N I D A D
«¿Cómo cUstmguir el bailarín del baile?», se preguntaba Yeats.
Quizá alguna vez nos hemos sentido arrastrados p o r alguien en
u n a fiesta, en la oficina o en la playa; luego nos hemos preguntado
si no se ha debido al entusiasmo del m o m e n t o , N u e s t r a ansia de
amar y ser amado ha podido alterar nuestra visión, transformando a
u n a rana en un príncipe o princesa. H e m o s c o n f u n d i d o al bailarín
con el baile.
El a m o r puede despertarse cuando menos lo esperamos, p o r
p u r a casualidad. La pareja perfecta puede estar sentada justo a nues-
tro lado en u n a fiesta, y es posible que no reparemos en ella si tene-
mos muchas preocupaciones en la oficina o en el colegio, si estamos
inmersos en otra relación o intranquilos p o r cualquier otro asunto
de carácter emocional.
Pero si acabamos de entrar en la universidad o de m u d a r n o s a
otra ciudad; si estamos recién recuperados de u n a historia de a m o r
fracasada o empezamos a ganar d i n e r o suficiente para mantener a
u n a familia; si estamos pasando por u n a experiencia difícil o tene-
mos demasiado tiempo libre, entonces se d a n las circunstancias más
proclives para e n a m o r a r n o s 2
. En efecto, las personas que están
emocionalmente intranquilas, ya sea p o r alegría, tristeza, ansiedad,
miedo, curiosidad o cualquier otro sentimiento, tienen más proba-
bilidades de resultar vulnerables a la pasión3
.
Sospecho que esto se debe a que todos los estados de agitación
mental están asociados c o n unos mecanismos de excitación cere-
bral, así c o m o c o n unos niveles elevados de h o r m o n a s del estrés.
A m b o s sistemas elevan los niveles de d o p a m i n a , generando así la
química de la pasión romántica.
P R O X I M I D A D
«Ah, yo he encontrado la magia estando cerca de ella», escribió
el poeta E z r a P o u n d . M u y cierto; la p r o x i m i d a d también puede de-
120
H E I £ N FISHER
«encadenar este éxtasis. Tendemos a elegir a los que se encuentran a
nuestro alrededor4
. La situación fue elegantemente expresada p o r
Terry, un canadiense que recientemente me escribió el siguiente
mensaje de correo electrónico:
Estimada Dra. Fisher,
Cuando estaba en la edad de «salir», tenía ciertas expectativas so-
bre la mujer con la que me casaría. Tenía que ser, así, asá y qué sé yo.
Y, mientras, estaba ignorando a una mujer bella, cariñosa y generosa,
con unos objetivos vitales maravillosos ¡que vivía literalmente en el pa-
tio de atrás de mi casa! Ella no cumplía ninguna de mis «expectativas»
pero empezamos a salir, vivimos juntos, nos enamoramos y nos casa-
mos un año más tarde. De eso hace quince años y nuestra relación ha
crecido tremendamente y sigue creciendo cada día. Creo que lo que
quiero decir es que tenemos que pararnos y mirar a nuestro alrededor.
No analizar cada detalle. Puede que nuestra alma gemela esté más cer-
ca de lo que pensamos:)
H a y muchas otras fuerzas ocultas que juegan un papel i m p o r t a n -
te a la h o r a de elegir a u n a persona. Entre ellas, el misterio.
M I S T E R I O
A m b o s sexos se sienten a m e n u d o atraídos p o r alguien a q u i e n
encuentran misterioso. C o m o escribió Baudelaire, «amamos a las
mujeres en la m e d i d a en que nos resultan extrañas». La sensación
de dar por p u r a suerte c o n un tesoro escurridizo e improbable pue-
de desencadenar la pasión romántica.
Lo contrario también es cierto. La familiaridad puede amortiguar
los pensamientos del a m o r romántico, c o m o muestra la vida en un
kibutz israelí. Allí los niños crecían juntos en u n a casa c o m ú n en la
que vivían, dormían y se bañaban juntos, c o n otros jóvenes de to-
das las edades. Los chicos y chicas se tocaban y se tumbaban juntos
alegremente. Sin embargo, alrededor de los doce años, empeza-
ban a estar tensos unos c o n otros. C u a n d o llegaban a la adolescen-
cia, desarrollaban unos fuertes lazos fraternales entre hermanos y
121
P O R Q U É AMAMOS
hermanas. Pero n i n g u n o de los que habían vivido su infancia en
esta c u n a común se casaba c o n un compañero de kibutz'. Así pues,
los científicos creen que hay u n a edad crítica de la niñez, quizá e n -
tre los tres y los seis años, en la que los chicos y chicas que viven en
estrecha p r o x i m i d a d y llegan a conocerse a fondo, p i e r d e n la capa-
cidad de enamorarse unos de otros.
Esta repugnancia por aparearse c o n conocidos es común a to-
dos los mamíferos. Casi todos los individuos de todas las especies de
las que tenemos datos, sienten u n a aversión sexual p o r otros seres
cercanos; prefieren aparearse c o n extraños. Si un joven m a c h o per-
manece en su c o m u n i d a d natal, c o m o ocurre c o n los macacos rhe¬
sus, a m e n u d o se c o m p o r t a c o n su e n a m o r a d a c o m o un niño c o n
su madre, acurrucándose en sus brazos en lugar de cortejarla y co-
pular c o n ella. Y e n u n o de los casos de los que tenemos constancia
de u n a tentativa de incesto entre chimpancés, la h e r m a n a rechazó
con violencia al h e r m a n o , gritando, dándole patadas y mordiéndo-
le momentos antes de escabullirse y salir huyendo.
Nosotros hemos heredado esta repulsión a copular c o n m i e m -
bros cercanos de la familia y otros individuos a los que conocemos
bien, u n a aversión que indudablemente se desarrolló para evitar la
endogamia, el acto destructivo de mezclar el A D N p r o p i o c o n el de
un pariente cercano. En consecuencia, somos más proclives a sen-
tirnos atraídos p o r alguien ajeno a la familia o al g r u p o en el que
hemos crecido, alguien c o n un toque de misterio.
La naturaleza nos ha p r o p o r c i o n a d o incluso el cableado cere-
bral para que los extraños nos parezcan interesantes. La gente c o n
misterio nos resulta novedosa. Y l o novedoso se asocia c o n altos n i -
veles de d o p a m i n a , el neurotransmisor del romance.
¿Los O P U E S T O S SE A T R A E N ?
S i n embargo, «ese p r i m e r embeleso maravilloso», c o m o Ro¬
bert B r o w n i n g d e n o m i n a b a al a m o r romántico, se dirige p o r lo ge-
neral hacia alguien muy parecido a nosotros. La mayoría de las per-
sonas del m u n d o p r o d u c e u n a reacción química, amorosa ante
individuos del m i s m o entorno étnico, social, religioso, educativo y
122
H E L E N FISHER
económico, que tienen un grado de atractivo físico similar al suyo,
u n a inteligencia comparable y unas actitudes, expectativas, valores,
intereses y habilidades sociales y comunicativas parecidas6
.
De hecho, en un reciente estudio sobre la selección de pareja re-
alizado en Estados U n i d o s , los biólogos evolutivos Peter Buston y
Stephen E m l e n concluyeron que los jóvenes de ambos sexos se con-
sideran a sí mismos c o m o unos futuros cónyuges especiales y eligen
a personas c o n las mismas características, que van desde su patri-
m o n i o financiero o cualidades físicas hasta los aspectos más c o m -
plejos de su personalidad7
. Si u n a mujer tiene la suerte de ser titu-
lar de un fondo fiduciario, buscará a otra persona de clase alta. L o s
hombres guapos buscan mujeres guapas. Y l o s que valoran la fideli-
d a d familiar y sexual, eligen a alguien que sea poseedor de los mis-
mos atributos. El espejo habla. H o m b r e s y mujeres generalmente
se sienten atraídos p o r amantes que comparten su sentido del h u -
mor, c o n valores sociales y políticos similares, y p o r individuos que
comparten sus mismas creencias sobre la vida en general8
.
Curiosamente, los científicos h a n demostrado que muchas de
estas características, incluidos los intereses profesionales, lo que ha-
cemos en nuestro tiempo de ocio, muchas de nuestras actitudes so-
ciales e incluso la fuerza de nuestra fe en Dios, se ven influidas p o r
nuestros genes9
. P o r tanto, los tipos genéticos se atraen unos a otros;
tendemos a ser atraídos por personas como nosotros.
L o s antropólogos llaman a esta propensión h u m a n a a sentirnos
atraídos p o r personas parecidas a nosotros mismos «emparejamien-
to por concordancia positiva» o «emparejamiento p o r adecuación».
El tipo específico de persona que en realidad elegimos, sin embar-
go, ha ido cambiando un poco. P o r ejemplo, en el m u n d o se pro-
d u c e n cada vez más matrimonios interraciales. En Estados U n i d o s
estas bodas h a n aumentado alrededor de un 800 p o r ciento desde
19601 0
. Pero incluso en esta época de la aldea global, es más proba-
ble que el fuego de la mente se p r e n d a cuando nos encontramos
c o n u n a persona desconocida que sea bastante similar a nosotros
desde el punto de vista étnico, social e intelectual.
Al igual que ocurre c o n la atracción p o r los desconocidos, esta
preferencia p o r parejas similares a nosotros probablemente consti-
tuya u n a herencia evolutiva. ¿Por qué? Porque un feto y su madre
123
POR Q U É AMAMOS
son extraños entre sí. Si ambos comparten u n a base química simi-
lar, a la madre le será más fácil gestarlo en su vientre. En efecto, las
parejas que son genéticamente similares experimentan menos abor-
tos espontáneos y d a n a luz más bebésy más sanos1 1
.
Sin embargo, ser demasiado parecidos no es u n a ventaja. Y los
humanos parecen haber desarrollado como mínimo un mecanismo
mental para asegurarse de que eligen a un compañero ligeramente
distinto, al menos desde el p u n t o de vista químico. Este descubri-
miento se deriva de lo que se ha dado en llamar el experimento de
la «camiseta sudada». C u a n d o se pidió a varias mujeres que olieran
las camisetas sudadas de un g r u p o de hombres y dijeran qué olor
les parecía el más «sexy», eligieron las camisetas de los hombres cu-
yos sistemas inmunitarios eran diferentes al suyo pero compatibles
con él1 2
. Inconscientemente, estas mujeres se sentían atraídas p o r i n -
dividuos que potencialmente les podían ayudar a p r o d u c i r u n a
descendencia genéticamente más variada.
P o r tanto, los opuestos se atraen, dentro de los límites de la pro-
pia esfera étnica, social e intelectual.
LA SIMETRÍA; EL «PUNTO MEDIO»
O t r a preferencia biológica que hemos heredado del r e i n o ani-
m a l es nuestra tendencia a elegir a parejas bien proporcionadas. La
simetría c o r p o r a l puede c o n t r i b u i r a desencadenar un a m o r ro-
mántico, c o m o teorizaban los antiguos griegos. H a c e casi dos m i l
quinientos años, Aristóteles sostenía que existían varios patrones
universales de belleza física. U n o de ellos era, en su opinión, u n a
proporción corporal equilibrada, i n c l u i d a la simetría. E l l o se co-
rrespondía c o n el gran respeto que sentía p o r lo que él llamó el
punto medio, o la moderación entre los extremos.
La ciencia m o d e r n a apoya la idea de Aristóteles. La simetría es
bella para los insectos, las aves, los mamíferos, todos los primates y
las personas de todo el m u n d o 1 3
. La mosca escorpión h e m b r a bus-
ca u n a pareja que tenga las alas uniformes. Las golondrinas prefie-
r e n parejas que tengan la cola b i e n proporcionada. Los monos se
decantan por consortes que tengan los dientes simétricos. Si visita-
124
H E I .EN FISHER
mos u n a aldea de N u e v a G u i n e a y sentados alrededor del fuego del
campamento señalamos al hombre o la mujer que nos parecen más
guapos, los nativos estarán de acuerdo c o n nosotros1 4
. Y c u a n d o los
investigadores utilizaron ordenadores para f u n d i r muchas caras en
u n a cara «promedio» compuesta de todas ellas, tanto a los hombres
como a las mujeres les gustó más la cara «promedio» que cualquie-
ra de las caras individuales de las que estaba f o r m a d a 1 5
. E r a más
equilibrada. Incluso los bebés de dos meses fijan más tiempo su m i -
rada en las carasque son más simétricas1 6
.
«La belleza es verdad, la verdad belleza», escribió Keats en su Oda
a una urna griega. Estas palabras de Keats pueden haber sorprendido
a muchos. Pero, al final, la belleza de la simetría en realidad transmi-
te u n a verdad básica. Las criaturas c o n orejas, ojos, dientes y mandí-
bulas equilibradas y bien proporcionadas, c o n codos, rodillas y pe-
chos simétricos, h a n sido capaces de repeler las bacterias, virus y
otros diminutos depredadores que p u e d e n causar irregularidades
corporales. C o n su simetría, los animales a n u n c i a n u n a capacidad
genética superior para combatir las enfermedades1 7
.
Por tanto, la atracción h u m a n a hacia los pretendientes simétri-
cos es un primitivo mecanismo a n i m a l diseñado para orientarnos a
seleccionar unos compañeros de apareamiento genéticamente ro-
bustos1 8
.
Y l a naturaleza no corre riesgos; el cerebro responde de f o r m a na-
tural a u n a cara bonita. C u a n d o los científicos registraron la actividad
cerebral de un grupo de hombres heterosexuales de edades com-
prendidas entre los veintiunoy los treintay cinco años mientras mira-
ban a mujeres con caras bonitas, el área ventral tegmental (AVT) «se
iluminaba»1 9
. En nuestro estudio con el escáner ocurrió algo pareci-
do: los sujetos que miraban fotos de parejas más atractivas mostraban
más actividad en el A V T . Y en el A V T abunda la dopamina, el neuro-
transmisor que proporciona la energía, la euforia, la atención con-
centrada y la motivación necesarias para conseguir u n a recompensa.
No es sorprendente que los hombres y mujeres simétricos tengan
a m e n u d o más pretendientes entre los que elegir. A consecuencia de
ello, las mujeres de u n a exquisita belleza tienden a casarse c o n h o m -
bres de un estatus más alto2 0
, siendo Jacqueline K e n n e d y Onassis un
espléndido ejemplo de este proceso de emparejamiento.
125
P O R QUÉ AMAMOS
Los hombres muy simétricos también tienen ventajas de tipo re-
productivo. E m p i e z a n a practicar el sexo unos cuatro años antes
que los que tienen la cara más asimétrica; tienen más parejas sexua-
les y también más relaciones adúlteras2 1
. Las mujeres también a l -
canzan más orgasmos c o n los hombres simétricos2 2
, incluso aunque
la relación no sea emocionalmente satisfactoria para ellas. Y c u a n -
d o u n a mujer t i e n e u n orgasmo c o n u n h o m b r e b i e n proporciona-
do, sus contracciones orgásmicas absorben mayor cantidad de su
esperma2 3
.
Sospecho que estas respuestas sexuales se producen porque cuan-
do la mujer m i r a a su amante simétrico, el área ventral tegmental
de su cerebro produce d o p a m i n a , la cual (mediante u n a serie de
interacciones) activa la testosterona y mejora la respuesta sexual.
D a d o que la simetría mejora las posibilidades que u n o tiene en
el juego del apareamiento, las mujeres llegan a extremos increíbles
para conseguirla o al menos acercarse a ella. M a q u i l l a n su cara con
polvos para que los dos lados sean más similares. C o n el lápiz de
ojos y la máscara de pestañas, hacen que sus ojos se parezcan más
entre sí. C o n la barra de labios igualan un labio al otro. Y con c i r u -
gía plástica, ejercicio, cinturones, sujetadores y vaqueros y camisas
ajustadas m o l d e a n sus formas para crear las proporciones simétri-
cas que gustan a los hombres.
La naturaleza ayuda. Los científicos h a n descubierto que las m a -
nos y las orejas de las mujeres son más simétricas durante la ovula-
ción mensual, el momento en que es más importante desde el punto
de vista reproductivo atraer a un h o m b r e 2 4
. Los pechos de las muje-
res también se vuelven más simétricos durante la ovulación2 5
. P o r
otra parte, los hombres y las mujeres jóvenes suelen ser bastante si-
métricos; la asimetría va aumentando a m e d i d a que envejecemos.
L A P R O P O R C I Ó N « C I N T U R A - C A D E R A »
El p u n t o medio del equilibrio también se aplica a otras propor-
ciones corporales.
La psicóloga Devendrá Singh mostró a un g r u p o de hombres es-
tadounidenses u n a serie de dibujos de mujeres jóvenes y les pre-
126
H E L E N FISHER
guntó qué tipo de cuerpos les parecían más atractivos2 6
. La mayo-
ría eligieron a mujeres cuya circunferencia de la cintura equivalía
aproximadamente al 70 p o r ciento de sus caderas. Este e x p e r i m e n -
to se repitió en G r a n Bretaña, A l e m a n i a , Australia, I n d i a , U g a n d a
y otros países. Las respuestas variaron, pero muchos encuestados
mostraron su preferencia p o r esta m i s m a proporción entre c i n t u r a
y caderas.
C u a n d o Singh midió la proporción cintura-cadera de doscien-
tas ochenta y seis esculturas antiguas de varias tribus africanas, así
c o m o la de otras de la antigua India, Egipto, G r e c i a y R o m a , descu-
brió que todas tendían a que la proporción fuera más pequeña en
las mujeres que en los hombres. Y e n un estudio de trescientas treinta
obras de arte de E u r o p a , Asia, América del N o r t e y del S u r y Africa,
algunas de las cuales databan de hace treinta y dos m i l años, los
científicos encontraron que la mayoría de las mujeres eran repre-
sentadas c o n u n a proporción cintura-cadera q u e respondía en ge-
neral a estas mismas medidas2 7
. Resulta interesante comprobar que
las páginas centrales del Playboy muestran también estas mismas
proporciones, al igual que las «supermodelos» estadounidenses.
Incluso «Twiggy», la escuálida supermodelo de los años 60, tenía
u n a proporción cintura-cadera de exactamente el 70 p o r ciento.
La proporción cintura-cadera de u n a mujer es en gran parte he-
redada; responde a sus genes. P o r otra parte, aunque evidentemen-
te varía de u n a mujer a otra, durante la ovulación esta proporción
se ajusta, acercándose más al 70 p o r ciento. ¿Por qué la naturale-
za se ha tomado tantos trabajos para p r o d u c i r mujeres curvilíneas?
¿Y por qué los hombres de todo el m u n d o prefieren en las mujeres
esta proporción cintura-cadera en particular?
M u y probablemente p o r u n a razón evolutiva.
Las mujeres c o n u n a proporción cintura-cadera de alrededor
del 70 p o r ciento tienen más probabilidades de tener descenden-
cia, según i n f o r m a Singh. Poseen la cantidad de grasa adecuada en
los lugares adecuados, debido a unos niveles altos de estrógeno en
relación c o n los de testosterona. Las mujeres que se alejan sustan-
cialmente de estas proporciones tienen más dificultades para que-
darse embarazadas, conciben más tarde y tienen un mayor número
de abortos espontáneos. Las mujeres c o n cuerpos más oviformes,
127
P O R QUÉ AMAMOS
periformes o rectos sufren c o n mayor frecuencia enfermedades
crónicas c o m o la diabetes, la hipertensión, trastornos cardíacos,
ciertos tipos de cáncer y problemas circulatorios. También mues-
tran u n a mayor tendencia a sufrir trastornos de personalidad2 8
.
Por esta razón, Singh mantiene la teoría de que la atracción del
macho por u n a proporción cintura-cadera específica en las mujeres
se debe a u n a preferencia natural p o r parejas sanas y fértiles. Efecti-
vamente, debido a que esta preferencia está p r o f u n d a m e n t e e n -
raizada en la psique masculina, los hombres de todas las edades
expresan este mismo gusto, incluso aunque no tengan interés en
convertirse en padres o estén cortejando a mujeres que h a n supe-
rado la edad de la reproducción.
Por supuesto, los hombres también prefieren otras cosas en las
mujeres.
A QUIÉN ELIGEN LOS HOMBRES
En un estudio clásico realizado c o n diez m i l personas de treinta
y siete sociedades distintas, los científicos p i d i e r o n a hombres y m u -
jeres que hicieran u n a lista de dieciocho características, ordenadas
en función de su i m p o r t a n c i a para elegir u n a esposa2 9
. A m b o s se-
xos situaron en primer lugar el a m o r o la atracción mutua. Q u e fue-
ra f o r m a l era la siguiente, seguida de la estabilidad y la m a d u r e z
emocional y de un carácter agradable. Tanto hombres c o m o muje-
res dijeron también que elegirían a alguien amable, inteligente,
educado, sociable, sano e interesado en el hogar y la familia.
Pero este estudio también puso de manifiesto u n a diferencia de
género en los gustos románticos. C u a n d o h u b o que evaluar a las
potenciales parejas románticas, los hombres manifestaron u n a m a -
yor tendencia a elegir a mujeres que ofrecían signos visuales de j u -
ventud y belleza.
Estas predilecciones masculinas están documentadas a lo largo
de milenios en diversas c u l t u r a s 3 0
. Osiris, el legendario dios del
Egipto predinástico, se quedó sobrecogido ante la belleza física de
su amada esposa, Isis. C o m o escribió hace cuatro m i l años: «Isis ha
tendido su r e d , /y me ha atrapado / c o n el lazo de su pelo / Estoy
128
H E L E N FISHER
preso de sus ojos / atado p o r su collar / encarcelado por el perfu-
me de su piel»3 1
.
Un m i e m b r o de la t r i b u Tiv, en N i g e r i a , escribió al verse arras-
trado por las proporcionadas formas de u n a mujer: «Cuando la vi
bailar, ella me robó la vida y supe que tenía que seguirla»3 2
.
La probabilidad de que los hombres estadounidenses que po-
nen anuncios en periódicos y revistas buscando pareja m e n c i o n e n
la belleza entre sus exigencias es tres veces mayor que en el caso de
las mujeres3 3
.
Y, c o m o p r o m e d i o , los hombres de todo el m u n d o se casan c o n
mujeres tres años mas jóvenes que ellos3 4
. En Estados U n i d o s , los
hombres que se vuelven a casar generalmente eligen u n a mujer que
sea unos cinco años mas joven; si se casan u n a tercera vez, a m e n u -
do toman por esposa a u n a mujer ocho años más j o v e n 3 5
.
C u a n d o preguntaban a Aristóteles p o r qué las personas desea-
ban la belleza física, respondía: «Nadie que no sea ciego puede ha-
cer esa pregunta». Incuestionablemente, los h o m b r e s e n c u e n t r a n
estéticamente agradable mirar a mujeres guapas. También les gus-
ta impresionar a los amigos y a los colegas c o n sus impresionantes
novias o c o n esposas que enseñan c o m o trofeos. De hecho, la gente
tiende en generala considerar alas mujeres guapas (y a los hombres
guapos) personas caudas, inteligentes, fuertes, generosas, sociables,
educadas, atractivas, interesantes, seguras desde el punto de vista
financiero y socialmente populares3 6
.
Pero los psicólogos evolutivos creen en la actualidad que los h o m -
bres subconscientemente también prefieren la j u v e n t u d y la belle-
za porque tiene ventajas reproductivas37
. Las mujeres jóvenes de
piel suave, dientes blancos c o m o la nieve, ojos brillantes, pelo res-
plandeciente, músculos firmes, un cuerpo ágil y u n a personalidad
atractiva tienen u n a probabilidad mayor de ser sanas y enérgicas,
cualidades m u y importantes para dar a luz y criar a la descenden-
cia. U n a piel clara y suave y unos rasgos faciales infantiles también
i n d i c a n niveles elevados de estrógenos que p u e d e n contribuir a la
reproducción.
P o r tanto, estos científicos mantienen la teoría de que durante
nuestro pasado c o m o cazadores-recolectores, los machos que ele-
gían a hembras jóvenes, sanas y exuberantes tenían más hijos. Estos
129
P O R Q U É AMAMOS
robustos niños vivieron y transmitieron a los hombres contemporá-
neos esta preferencia masculina por las mujeres jóvenes y bellas3 8
.
E L C E R E B R O M A S C U L I N O E N A M O R A D O
«¿Por qué es más importante que la mujer sea bella a que sea i n -
teligente?»
«Porque los hombres ven mejor que piensan.»
Es un chiste m u y viejo; conozco a muchos hombres que piensan
m u y bien. Pero esta acida observación condene u n ápice de ver-
dad. Digo esto porque el estudio que realizamos aplicando la ima-
gen por resonancia magnética funcional a los circuitos cerebrales
de personas enamoradas produjo resultados inesperados: encontra-
mos ciertas diferencias de g é n e r o 3 9
. Estos hallazgos fueron comple-
jos y variados. No es que los hombres encajaran claramente en u n a
categoría y las mujeres en otra: al igual que ocurre con todas las d i -
ferencias de género, ambos sexos presentaban u n a a m p l i a g a m a de
respuestas a las fotos de sus enamorados; algunas incluso se super-
ponían. P o r otra parte, estas variaciones p u e d e n no ser comunes a
todos los hombres o mujeres. Pero sí se produjeron diferencias es-
tadísticamente significativas entre ambos sexos. N a d i e sabe exacta-
mente qué significan estas diferencias. Pero p o r el m o m e n t o espe-
cularé sobre los hombres y más tarde elaboraré mi teoría sobre el
caso de las mujeres.
En nuestra muestra, los hombres tendían a mostrar más activi-
dad que las mujeres en regiones cerebrales asociadas c o n el proce-
samiento visual, especialmente en la cara.
¿Puede que esto haya evolucionado en los hombres para mejo-
rar su capacidad de enamorarse cuando veían a u n a mujer joven,
simétrica y u n a b u e n a apuesta reproductiva? Puede ser. Esta activi-
dad cerebral también podría ayudar a explicar por qué los hombres
generalmente se e n a m o r a n más rápido que las mujeres4 0
. C u a n d o ,
llegado el m o m e n t o , un h o m b r e ve a u n a mujer atractiva, está ana-
tómicamente equipado para asociar rápidamente los rasgos visua-
les con los sentimientos de pasión romántica. Un mecanismo su-
mamente efectivo para el cortejo.
130
H E L E N FISHER
Además encontramos otra diferencia de género que podría ha-
ber evolucionado para ayudar a los hombres de antaño a que su cor-
tejo fuera eficaz. C u a n d o nuestros sujetos miraban las fotos de sus
amadas, tendían a mostrar mayor actividad positiva en u n a región
cerebral asociada c o n la erección del pene. Esto tiene sentido des-
de el p u n t o de vista darwiniano. El verdadero propósito del a m o r
romántico es estimular el apareamiento c o n otra persona «espe-
cial». Esta respuesta masculina enlaza directamente la pasión román-
tica con u n a región cerebral asociada c o n la excitación sexual.
A u n q u e pueda parecer inverosímil, esta respuesta cerebral mas-
culina puede también arrojar luz sobre p o r qué los hombres son
consumidores ávidos del negocio m u n d i a l de la pornografía visual;
por qué las mujeres muestran u n a tendencia mayor que los h o m -
bres a considerar su apariencia personal c o m o un componente i m -
portante de su autoestima4 1
, y p o r qué las mujeres se esfuerzan tanto
por anunciar visualmente su atractivo con su forma de vestir, ma-
quillarse y adornarse. «Si no puedes convencerlos, confúndelos»,
mantenía el presidente de Estados U n i d o s , H a r r y T r u m a n . Las m u -
jeres piensan lo mismo; se aprovechan sin piedad de la afición de
los hombres p o r los estímulos visuales y la respuesta de su cerebro
ante ellos.
E L « E S F U E R Z O M A S C U L I N O P O R E L E M P A R E J A M I E N T O »
Existe otra predilección masculina que me interesa, porque p i e n -
so que también está directamente enraizada en la historia más anti-
gua. L o s psicólogos d i c e n que los hombres q u i e r e n ayudar a las
mujeres a resolver sus problemas, ser útiles haciendo a l g o 4 2
. L o s
h o m b r e s se sienten varoniles c u a n d o rescatan a u n a d a m i s e l a en
apuros.
No hay d u d a de que millones de años protegiendo y abaste-
ciendo a las mujeres ha desarrollado en el cerebro masculino esta
tendencia a elegir mujeres a las que creen que tienen que salvar.
De hecho, el cerebro masculino está bien configurado para ayu-
dar a las mujeres. L o s hombres, p o r lo general, son más h a b i l i d o -
sos que las mujeres en todo tipo de tareas mecánicas y espaciales.
131
POR QUÉ AMAMOS
Los hombres son «solucionadores» de problemas4 3
. Y muchas de
las habilidades especiales de los hombres se generan en el seno m a -
terno mediante altos niveles de testosterona. Quizas la evolución
de esta maquinaria biológica en los hombres tenga la finalidad, al
menos en parte, de atraer, ayudar y salvar a las mujeres.
Los hombres también son más decididos que las mujeres cuan-
do se enamoran. Sólo el 40 p o r ciento de las jóvenes de mi estudio
estuvieron de acuerdo c o n la afirmación «Tener u n a b u e n a rela-
ción c o n es más importante que tener u n a b u e n a relación
c o n mi familia», mientras que un r o t u n d o 60 p o r ciento de losjóve-
nes de sexo masculino dijeron que la relación c o n su pareja era lo
primero. Por otra parte, aunque la mayoría de la gente cree que son
las mujeres las que esperan al lado del teléfono, las que cambian
sus horarios y las que d e a m b u l a n p o r la oficina o el gimnasio para
estar disponibles para su amado, mi cuestionario demostró que los
hombres estadounidenses reorganizan sus actividades c o n más fre-
cuencia que las mujeres.
Esta disponibilidad de los hombres está lejos de ser algo nuevo.
Incluso Dante, el gran poeta del renacimiento florentino, se pasea-
ba durante horas p o r un puente sobre el río A r n o con la esperanza
de hablar c o n su amada Beatriz.
Esta predilección masculina puede deberse al h e c h o de que los
hombres tienen muchas menos conexiones c o n sus familias y a m i -
gos que las mujeres. Pero probablemente contribuyan profundas
fuerzas evolutivas. Las mujeres custodian el huevo, un b i e n m u y va-
lioso. Y las mujeres pasan m u c h o más tiempo criando a los bebés y
a los niños pequeños, un trabajo vital. D u r a n t e millones de años los
hombres h a n necesitado estar a disposición de sus potenciales pa-
rejas de apareamiento, incluso arriesgar sus vidas para salvar a estos
preciosos vehículos reproductores.
Los hombres todavía están obligados a hacer un mayor «esfuer-
zo de emparejamiento» a fin de ganar en el j u e g o del cortejo. De
hecho, los esfuerzos de los hombres en este sentido fueron clara-
mente visibles en sus respuestas a varias cuestiones de mi estudio.
Por ejemplo, a los hombres les preocupaba decir algo inconvenien-
te durante u n a «cita». No estaban muy confiados en cuanto a elegir
bien las palabras. Esto es comprensible. Por lo general, las mujeres
132
H E L E N FISHER
de todo el m u n d o son más hábiles c o n los matices del lenguaje,
una capacidad ligada a la h o r m o n a femenina, el estrógeno4 4
. Pero
las mujeres de mi estudio mostraron también u n a mayor tendencia
a guardar las tarjetas y las cartas enviadas p o r sus amantes. C o n ello,
las mujeres no sólo saboreaban las palabras expresadas p o r su ena-
morado; inconscientemente también estaban guardando un regis-
tro del esfuerzo realizado p o r él para el emparejamiento.
E L C E R E B R O F E M E N I N O E N A M O R A D O
G r a n parte de la literatura psicológica nos dice que ambos se-
xos sienten la pasión del a m o r romántico prácticamente c o n la
misma i n t e n s i d a d 4 5
. Sospecho que esto es cierto; sus respuestas sólo
difieren ligeramente. P o r ejemplo, mi cuestionario sobre esta pa-
sión (comentado en el capítulo uno) mostró que el número de m u -
jeres estadounidenses y japonesas que decían sentirse «más ligeras
que el aire» c u a n d o estaban seguras de la pasión de su e n a m o r a -
do p o r ellas era superior al de los hombres. Las mujeres e x p e r i m e n -
taban también un pensamiento ligeramente más obsesivo sobre
su amado.
Nuestro experimento c o n I M R f mostró también varios aspectos
en los que nuestros sujetos femeninos respondieron de f o r m a dis-
tinta a los participantes masculinos. C u a n d o las mujeres m i r a b a n la
foto de su amado, tendían a mostrar más actividad en el cuerpo del
núcleo caudado y el septum, regiones cerebrales asociadas c o n la
motivación y la atención. Algunas partes del septum están también
asociadas c o n el procesamiento de la emoción. Las mujeres mos-
traron asimismo actividad en algunas otras regiones cerebrales, i n -
cluyendo u n a asociada a la recuperación y la evocación de recuer-
dos y otras asociadas a la atención y la e m o c i ó n 4 6
.
De nuevo, nadie sabe lo que significan estos resultados. P e r o
cuando evocamos recuerdos y registramos emociones, estamos i n -
formándonos a nosotros mismos de nuestros sentimientos4 7
y orde-
nando la información de acuerdo c o n unas pautas; ambas activida-
des nos ayudan a tomar decisiones. Y d u r a n t e millones de años, las
mujeres tenían que tomar decisiones correctas sobre u n a potencial
133
P O R Q U Í AMAMOS
pareja c o n la que aparearse. Si u n a mujer de la época de nuestros
ancestros se quedaba embarazada mientras mantenía un romance,
estaba obligada a incubar el embrión durante nueve meses y luego
parir a su hijo. Estas tareas eran (y siguen siendo) metabólicamen-
te costosas, requerían m u c h o tiempo, y no sólo resultaban incómo-
das sino también físicamente peligrosas. P o r otra parte, la mujer te-
nía que criar a su criatura indefensa durante el largo periodo de la
niñez y la adolescencia.
Mientras que un hombre puede ver muchas de las cualidades de
la mujer para parir y criar a sus bebés, la mujer no puede ver el «valor
como pareja reproductora» del hombre sólo con mirarlo. E l l a tiene
que procesar la capacidad de protección y abastecimiento de su com-
pañero. Yestas diferencias de género sugieren que cuando u n a m u -
jer m i r a a su enamorado, la selección natural le ha proporcionado
unas respuestas cerebrales específicas que le permiten recordar los
detalles y las emociones que necesita para evaluar a su hombre.
«La herencia genética no es otra cosa que el e n t o r n o almacena-
do», escribió el gran botánico L u t h e r B u r b a n k . Las vicisitudes de
criar a unos bebés indefensos en el hostil e n t o r n o de nuestros an-
cestros h a n generado incuestionablemente en las mujeres otros
mecanismos para elegir a su pareja.
A QUIÉN ELIGEN LAS MUJERES
En un estudio realizado c o n ochocientos anuncios personales
publicados en periódicos y revistas, el número de mujeres estado-
unidenses que buscaban parejas que les ofrecieran seguridad fi-
nanciera duplicaba al de los h o m b r e s 4 8
. M u c h a s doctoras, aboga-
das y mujeres m u y ricas están interesadas en hombres cuyo nivel
económico y estatus social sea incluso superior al suyo4 9
. En efecto,
mujeres de todas partes del m u n d o se sienten más atraídas p o r pa-
rejas que tengan educación, ambición, riqueza, respeto, estatus y
posición, el tipo de cualidades que sus antecesoras de la prehistoria
necesitaban encontrar en su pareja reproductora. L o s científicos lo
resumen así: los hombres buscan objetos sexuales y las mujeres ob-
jetos c o n éxito.
134
H E L E N FISHER
Las mujeres también se sienten atraídas p o r los hombres altos,
quizas porque los hombres de gran estatura tienen más probabili-
dades de adquirir prestigio en los negocios y en la política, y pue-
den proporcionar u n a mejor defensa p e r s o n a l 5 0
. A las mujeres les
gustan los hombres c o n u n a posición desahogada — u n signo de
d o m i n i o — y que tengan además confianza y seguridad en sí mis-
mos. Las mujeres se muestran más proclives que los hombres a ele-
gir para u n a relación duradera a un compañero que sea inteligen-
te5 1
. Ylas mujeres prefieren a los hombres con b u e n a coordinación,
fuertes y valientes, c o m o se muestra en la literatura y las leyendas
de todo el m u n d o .
Inanna, reina de la antigua S u m e r i a , l l a m a b a a su amado «mi
audaz / mi resplandeciente a m a d o » 5 2
. En el Cantar de los Cantares
del A n t i g u o Testamento, escrito entre el 900 y el 300 a. de C, la es-
posa cantaba con voz suave: «Mi amado es fresco y rubio, / distingui-
do entre millares. / Sus brazos, barras de oro, / sus piernas, c o l u m -
nas de alabastro»5 3
. Y en un p o e m a d e l siglo X I X escrito p o r u n a
mujer anónima de Somalia, ésta proclamaba; «Eres fuerte como el
hierro forjado./ H e c h o del oro de N a i r o b i , de la p r i m e r a luz del
alba, del sol resplandeciente».
No es de extrañar que el respeto que siente un h o m b r e p o r sí
mismo esté más íntimamente ligado c o n su estatus laboral y social
dentro de la c o m u n i d a d 5 4
. No es de extrañar que los hombres tam-
bién muestren u n a mayor tendencia a sacrificar su salud, su seguri-
d a d y su tiempo libre para adquirir categoría. Los hombres saben
de f o r m a intuitiva que para atraer a mujeres jóvenes, sanas y enér-
gicas deben intentar mostrarse intrépidos, fuertes c o m o el hierro
forjado y poderosos c o m o el sol resplandeciente.
Las mujeres también prefieren a los hombres c o n pómulos
marcados y mandíbula fuerte, p o r otra razón de carácter incons-
ciente. L o s pómulos y la mandíbula de los hombres son rasgos de-
pendientes de la testosterona, y la testosterona i n h i b e el sistema
inmunológico. Sólo los adolescentes c o n u n a magnífica salud
p u e d e n tolerar los efectos derivados de ello y desarrollar un ros-
tro de facciones tan m a r c a d a s 5 5
. No es de extrañar que alrededor
del m o m e n t o de la ovulación mensual las mujeres se sientan aún
más atraídas p o r los hombres que presentan estos signos asocia-
135
P O R QUÉ AMAMOS
dos a la testosterona. Es c u a n d o p u e d e n quedarse embarazadas,
p o r lo que, inconscientemente, buscan parejas masculinas c o n ge-
nes superiores.
Curiosamente, las mujeres en estado fértil también se sienten
más atraídas p o r hombres c o n un g r a n sentido del h u m o r , quizás
porque el i n g e n i o está asociado c o n u n a inteligencia general su-
perior.
El biólogo Randy T h o r n h i l l cree que las mujeres expresan dos
preferencias básicas. A l r e d e d o r del m o m e n t o de la ovulación bus-
can hombres dotados de buenos genes, u n a reminiscencia del ciclo
estral característico de todos los mamíferos. En otros m o m e n t o s
del ciclo, prefieren a los hombres que manifiestan signos de com-
promiso. De hecho, cuando se pidió a un grupo de mujeres británi-
cas y a otro de japonesas que revisaran en un ordenador imágenes
de rostros masculinos hasta seleccionar la más atractiva, ambos g r u -
pos prefirieron los rostros más masculinos durante el periodo en
torno a la ovulación y otros más suaves y femeninos en otros m o -
mentos del ciclo m e n s t r u a l 5 6
. Existen nuevos datos que sugieren,
sin embargo, que las mujeres que no tienen pareja buscan de todos
modos signos de c o m p r o m i s o durante la ovulación.
En general, las mujeres se sienten en todo momento atraídas p o r
hombres deseosos de compartir c o n ellas su categoría, su d i n e r o y
su posición. Efectivamente, las mujeres son más pragmáticas y rea-
listas cuando están enamoradas, mientras que los hombres tienden
a mostrarse o bien más cínicos, o más idealistas y altruistas5 7
. Q u i -
zás este pragmatismo f e m e n i n o explique p o r qué las mujeres se
enamoran más lentamente que los hombres.
P A S I Ó N PASAJERA
A m b o s sexos se muestran más flexibles en sus preferencias ro-
mánticas cuando van en busca de un a m o r pasajero, como ocurre
cuando se encuentran de vacaciones o q u i e r e n hallar u n a relación
temporal mientras están centrados en otros intereses.
Históricamente, las mujeres que buscaban un romance pasajero
elegían a hombres generosos y c o n recursos, que les proporciona-
136
H E L E N FISHER
ran regalos, vacaciones de lujo, cenas elegantes e importantes con-
tactos sociales o políticos5 8
. La frugalidad no era aceptable cuando
u n a mujer tenía u n a aventura amorosa. P e r o las mujeres de hoy en
día tienen más d i n e r o y son más independientes que las del pasa-
do, y las que van en busca de u n a pasión fugaz se muestran algo
más inclinadas a elegir a hombres altos y simétricos, c o n pómulos
bien cincelados y mandíbulas marcadas, hombres dotados proba-
blemente de unos genes más robustos5 9
.
Algunas de estas mujeres están c o m p r o b a n d o su p r o p i o valor
c o m o pareja, viendo qué tipo de h o m b r e son capaces de a t r a e r 6 0
.
Otras utilizan esta relación i n f o r m a l c o m o u n a especie de póliza de
seguro; buscan un respaldo en caso de que su p r o p i a pareja se dete-
riore o enferme y m u e r a . Pero muchas mujeres utilizan también
este tipo de relación sexual temporal para «poner a prueba» a u n a
persona determinada de cara a u n a relación más larga.
Los psicólogos lo saben, porque las mujeres son menos partida-
rias que los hombres de mantener relaciones de u n a sola noche
c o n un h o m b r e casado o que mantenga otra relación. No sólo por-
que este amante no esté disponible, sino porque sus recursos están
enfocados en otra dirección. Y a l igual que está engañando a su pa-
reja formal, también puede serle infiel a ella. La mayoría de las m u -
jeres tampoco reducen su nivel de exigencia cuando tienen breves
aventuras amorosas. Siguen buscando a un compañero sano, esta-
ble, divertido, amable y generoso. Para las mujeres el sexo pasajero
a m e n u d o no es tan pasajero c o m o para los h o m b r e s 6 1
.
C u a n d o los hombres buscan un a m o r de corta duración, tien-
d e n a pasar p o r alto la falta de inteligencia p o r parte de la m u j e r 6 2
.
También eligen a mujeres menos atléticas, c o n m e n o r formación
académica, menos fieles, menos estables, c o n menos sentido del
h u m o r y de un rango de edades más a m p l i o 6 3
. Y, a diferencia de las
mujeres, p u e d e n sentirse atraídos incluso p o r u n a mujer c o n repu-
tación de promiscua. C o m o M a e West expresó c o n tanto acierto, «a
los hombres les gustan las mujeres c o n un pasado porque esperan
que la historia se repita».
S i n embargo, cuando los hombres quieren comprometerse c o n
u n a pareja a largo plazo, se vuelven m u y exigentes c o n algunas vir-
tudes básicas. C u a n d o se trata de casarse, la atracción de ambos se-
137
P O R QUÉ AMAMOS
xos hacia u n a pareja se basa en razones derivadas en parte de su ne-
cesidad p r i m o r d i a l (y a m e n u d o inconsciente) de reproducirse.
«¿Dónde nace, decid, la fantasía: / en la cabeza o en el corazón?
/ ¿Cómo sale a la luz, c ó m o se cría? / D a d m e u n a explicación»*6 4
.
Podemos responder en gran m e d i d a a la pregunta de Shakespeare.
El gusto p o r la simetría; la afición de los hombres a lajuventud, a la
belleza y a la necesidad de ayudar a mujeres en apuros; la atracción
p o r parte de las mujeres hacia hombres ricos y de b u e n a posición:
estas predilecciones biológicas p u e d e n poner en m a r c h a los circui-
tos cerebrales del a m o r romántico. El componente del misterio,
los entornos similares, la educación, las creencias, también guían
nuestros gustos. La ocasión, la o p o r t u n i d a d y la p r o x i m i d a d de-
sempeñan asimismo un papel importante a la h o r a de elegir a u n a
persona.
Pero de estas tres fuerzas que guían la selección de la pareja,
creo que la más importante es el historial personal, las múltiples ex-
periencias infantiles, adolescentes y adultas que conforman y m o d i -
fican nuestras preferencias y aversiones a lo largo de nuestra vida.
Todo ello se conjuga para crear un m a p a psicológico en gran medi-
da inconsciente denominado «el m a p a del amor».
L O S MAPAS DEL AMOR
Crecemos en un m a r de momentos que van esculpiendo lenta-
mente nuestras preferencias amorosas. El ingenio y la facilidad de
palabra de nuestra madre; el entusiasmo de nuestro padre p o r la
política y el tenis; la afición de nuestro tío p o r los barcos y las excur-
siones; el interés de nuestra h e r m a n a p o r adiestrar perros; la for-
ma en que las personas de nuestra familia utilizaban el silencio o
expresaban la i n t i m i d a d y el enfado; su f o r m a de administrar el d i -
nero; la abundancia de risas a la h o r a de la cena; lo que nuestro her-
m a n o mayor encontraba interesante; nuestra educación religiosa y
nuestros intereses intelectuales; los pasatiempos de los compañe-
*William Shakespeare, El mercader de Venecia, Planeta, Barcelona, 1991. (N.delaT.)
138
H E L E N FISHER
ros de colegio; lo que nuestra abuela consideraba educado; c ó m o
valoraba la c o m u n i d a d en la que vivíamos el h o n o r , la justicia, la
lealtad, la gratitud y la amabilidad; lo que los profesores a d m i r a b a n
y deploraban; lo que veíamos en la televisión o en el cine: éstas y otras
mil fuerzas sutiles construyen nuestros intereses individuales, valo-
res y creencias. Así que, a la edad de la adolescencia, cada u n o de
nosotros ha elaborado ya un catálogo de cualidades y actitudes que
buscamos en u n a pareja.
Este m a p a es único. Incluso los gemelos idénticos, que tienen
intereses y estilos de vida similares, así c o m o parecidos valores reli-
giosos, políticos y sociales, tienden a desarrollar diferentes estilos
de amar y a elegir un tipo de pareja diferente6 5
. Las sutiles diferen-
cias de sus experiencias h a n conformado sus gustos románticos.
El m a p a psicológico de la personalidad es también e n o r m e m e n -
te complejo. U n o s buscan u n a pareja que esté de acuerdo c o n lo
que ellos dicen; otros prefieren un a n i m a d o debate. A unos les en-
cantan las travesuras; a otros lo predecible, el orden o la extravagan-
cia. H a y q u i e n pretende que le diviertan; otros quieren u n a persona
que sea interesante desde el p u n t o de vista intelectual. M u c h o s ne-
cesitan u n a pareja que apoye sus causas, acalle sus miedos o c o m -
parta sus objetivos. Yotros eligen a u n a pareja adecuada al estilo de
vida que desean llevar. Sóren Kierkegaard, el filósofo danés, pensaba
que el a m o r debía ser desinteresado, rebosante de entrega hacia el
ser amado. Pero algunos no se sienten c ó m o d o s c o n u n a pareja e n -
tregada. En cambio, prefieren a alguien que les estimule a crecer
intelectual o espiritualmente.
Los mapas del a m o r son sutiles y difíciles de interpretar. Un b u e n
ejemplo es el de u n a amiga mía que creció al lado de un padre alco-
hólico. Se aclimató a la impredicibilidad de su hogar. Pero decidió
que nunca se casaría con un hombre como su querido papá. De he-
cho, no lo hizo. Se casó c o n un artista impredecible y caótico, u n a op-
ción que encajaba en gran parte c o n su m a p a inconsciente del amor.
«El a m o r ve c o n la mente, no c o n la vista; / p o r eso a C u p i d o cie-
go lo pintan»*, escribió Shakespeare6 6
. Ésta es probablemente la r a -
* William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000.
(N.delaT.)
139
P O R Q U É AMAMOS
zón por la que resulta tan difícil presentar a dos amigos que están
solteros y p o r lo que los servicios de citas de Internet fallan a m e n u -
do: los que emparejan no conocen los entresijos de los patrones
amorosos de sus clientes. C o n frecuencia hombres y mujeres tam-
poco conocen su p r o p i o m a p a del amor.
L A P S I Q U E D E L A M O R
Cientos de psicólogos h a n intentado entender la dinámica en-
tre las parejas románticas y muchos ofrecen ideas interesantes so-
bre p o r qué elegimos a u n a pareja en lugar de otra. Repasaré sólo
unas cuantas.
Los psicólogos Elaine Hatfield y R i c h a r d Rapson creen que exis-
ten seis clases de «relación de a p e g o » 6 7
en las personas adultas. L o s
hombres y mujeres c o n un tipo de apego «firme» tienden a elegir
un amante al que puedan sentirse unidos; también hacen amigos
con facilidad. Las personas «volubles» se aburren enseguida. Si con-
siguen un amante, empiezan a impacientarse; si la pareja les deja,
la persiguen. Otros se «afierran» a ella; prefieren a parejas c o n q u i e n
p u e d e n mantener un constante contacto. L o s tipos «veleidosos» se
sienten presionados y agobiados c o n facilidad; les gusta su inde-
pendencia y huyen de la i n t i m i d a d y de las relaciones profundas.
Los amantes «ocasionales» no quieren invertir demasiado tiempo
o energía en el amor. Les gusta salir c o n la pareja, pero la lectura,
los viajes o el trabajo tienen p r i o r i d a d sobre el compromiso c o n
u n a relación romántica. Ya un escaso número de hombres y muje-
res no les interesa el amor; no hacen ningún esfuerzo para atraer o
retener a u n a pareja.
Según la psicóloga Ayala Pines, elegimos u n a pareja similar al
progenitor c o n q u i e n tuvimos conflictos durante la infancia que si-
guen sin resolver; inconscientemente, intentamos resolver esta re-
lación de la infancia en la edad a d u l t a 6 8
. H a r v i l l e H e n d r i x m a n -
tiene que elegimos a parejas que hayan sufrido traumas similares a
los nuestros durante la infancia y que estén estancados en esta mis-
ma fase de desarrollo6 9
. M u r r a y Bowen cree que elegimos parejas
que muestren el m i s m o nivel de «diferenciación» o independencia
140
H E L E N FISHER
de identidad que nosotros m i s m o s 7 0
. Buscamos parejas c o n u n a ca-
pacidad de afrontar la ansiedad compatible c o n la nuestra. Y los
psicólogos C i n d y H a z a n y P h i l i p Shaver7 1
se basan en las teorías de
J o h n B o w l b y 7 2
y M a r y A i n s w o r t h 7 3
, al p r o p o n e r que nos enamora-
mos y establecemos unas relaciones de apego que reflejan el tipo
de relación que en la infancia establecimos c o n nuestra madre, ya
fuera «de seguridad», «ansiosa-ambivalente» o de evitación.
Elliot A r o n s o n 7 4
estaría de acuerdo c o n el sentir del poeta Theo¬
dore Roethke de que «el a m o r engendra a m o r » 7 5
. M a n t i e n e que
algunas personas eligen a q u i e n ellas creen que les aman; esta creen-
cia genera u n a cascada de experiencias placenteras que c o n d u c e n
al altar. La Beatriz y el Benedicto de Shakespeare son buenos ejem-
plos de ello; ambos se e n a m o r a n u n o del otro al enterarse d e l ar-
dor romántico que le profesa la otra persona. T h e o d o r e Reik creía
que hombres y mujeres eligen parejas que satisfagan u n a necesi-
dad importante en ellos, incluyendo las cualidades de las que care-
cen. En palabras de Reik, «Dime a q u i e n amas y te diré quién eres y,
sobre todo, quién quieres ser»7 6
.
Es indudable que hay algo de cierto en todas estas ideas. Pero to-
das ellas se derivan de un planteamiento fundamental: cada u n o
de nosotros tenemos u n a personalidad única, basada en nuestras
experiencias infantiles y nuestra biología particular. Yesta estructu-
ra psíquica, en gran m e d i d a inconsciente, nos guía a la h o r a de
enamorarnos de u n a persona y no de otra.
L o s «mapas del amor» individuales probablemente empiezan a
desarrollarse en la infancia, mientras nos adaptamos a las i n n u -
merables fuerzas medioambientales que influyen en nuestros sen-
timientos e ideas. C o m o sabiamente advertía Maurice Sendak, la i n -
fancia es «un asunto realmente serio». Luego, cuando empezamos a
ir al colegio y hacemos nuevos amigos, empezamos a vivir los p r i -
meros encaprichamientos que más adelante moldearán nuestros
gustos y nuestras aversiones. Ya m e d i d a que vamos e x p e r i m e n t a n -
do relaciones algo más duraderas en la adolescencia, continuamos
a m p l i a n d o este m a p a psicológico personal. Más adelante, según
vamos sorteando los avatares de la vida y e x p e r i m e n t a n d o los p r i -
meros desastres amorosos, perfilamos y enriquecemos esta planti-
lla m e n t a l
141
P O R QUÉ AMAMOS
Así que, cuando entramos en u n a habitación llena de potencia-
les parejas, llevamos en nuestro cerebro u n a extraordinaria canti-
d a d de preferencias infinitesimales, la mayoría de ellas biológicas,
culturales e inconscientes, que p u e d e n despertar o anular la pa-
sión romántica.
P a r a c o m p l i c a r aún más las cosas, nuestros pretendientes son
a su vez e n o r m e m e n t e variados. ¿Alguien conoce a dos personas
iguales? Yo no. La variedad de personalidades humanas es extra-
ordinaria. A l g u n o s son magníficos músicos; otros p u e d e n escribir
u n p o e m a conmovedor, c o n s t r u i r u n puente, conseguir e l golpe
perfecto en el golf, interpretar personajes de Shakespeare de
m e m o r i a , lanzar discursos llenos de i n g e n i o a miles de personas
desde el quiosco de un parque, filosofar c o n c o h e r e n c i a sobre el
universo, p r e d i c a r c o n eficacia sobre Dios o el deber, p r e d e c i r
modelos económicos o guiar diestramente a los soldados h a c i a
l a batalla. Y e s o e s sólo e l p r i n c i p i o . L a naturaleza nos h a provis-
to de u n a variedad aparentemente i n f i n i t a de i n d i v i d u o s entre
los que elegir, incluso d e n t r o de nuestro e n t o r n o social, e c o n ó -
m i c o e intelectual.
Y ése es el núcleo central de este capítulo. Mi opinión es que la
evolución de la extraordinaria diversidad de la h u m a n i d a d vino
acompañada del mecanismo fundamental mediante el cual elegi-
mos a u n a pareja, es decir, los circuitos cerebrales del a m o r román-
tico h u m a n o .
L A M E N T A U D A D D E L E M P A R E J A M I E N T O
¿Por qué somos tan distintos unos de otros?
Mi opinión a este respecto se deriva de la fascinante idea de C h a r -
les D a r w i n sobre la selección sexual.
A D a r w i n le fastidiaban todos los ornamentos que veía en la na-
turaleza7 7
. Los collares carmesí, los penes azules, los pechos colgan-
tes, las danzas giratorias, los trinos melodiosos, y, sobre todo, las p l u -
mas tan poco prácticas de la cola del pavo real: pensaba que todas
estas decoraciones aparentemente superfluas desacreditaban su
teoría de que el desarrollo de cualquier característica obedece a un
142
H E L E N FISHER
propósito. Él lo expresaba así: «La contemplación de u n a p l u m a en
la cola de un pavo real me saca de quicio»7 8
.
Pero c o n el tiempo, D a r w i n llegó al convencimiento de que to-
dos estos deslumbrantes adornos se habían desarrollado c o n un
propósito m u y importante: atraer a la pareja. L o s que contaban
con mejores recursos para el cortejo, dedujo, atraían a más y mejo-
res parejas; estos presumidos se reprodujeron desproporcionada-
mente y transmitieron a sus descendientes sus aparentemente inú-
tiles adornos. A este proceso lo denominó selección sexual.
En un libro sumamente original titulado The Mating Mind (La
mentalidad del emparejamiento), el psicólogo Geofffey M i l l e r amplía la
teoría de la selección sexual de D a r w i n . Propone que los seres h u m a -
nos también han desarrollado unos rasgos llamativos para i m p r e -
sionar a sus potenciales parejas.
Según el razonamiento de Miller, nuestra inteligencia, talento
lingüístico y capacidad musical, nuestro impulso creador de artes
plásticas, de historias, mitos, comedias y dramas, nuestra afición a
todo tipo de deportes, nuestra curiosidad, nuestra capacidad para
resolver problemas matemáticos complejos, nuestra v i r t u d moral,
fervor religioso e impulso caritativo, nuestras convicciones políti-
cas, sentido del h u m o r , necesidad de cotillear, creatividad e incluso
nuestro valor, belicosidad, perseverancia y amabilidad son dema-
siado ornamentales y metabólicamente costosos para haberse desa-
rrollado con el solo objetivo de sobrevivir un día más7 9
. Si nuestros
antepasados hubieran necesitado desarrollar estas aptitudes senci-
llamente para vivir, los chimpancés también las habrían desarrolla-
do. Pero no lo hicieron.
M i l l e r cree, p o r tanto, que todas estas maravillosas capacidades
humanas se desarrollaron para ganar en el juego del apareamiento.
Somos «máquinas del cortejo», escribe M i l l e r 8 0
. A q u e l l o s de nues-
tros antepasados capaces de expresarse poéticamente, dibujar
c o n h a b i l i d a d , bailar c o n soltura o p r o n u n c i a r acalorados discur-
sos morales, e r a n considerados más atractivos. Estos h o m b r e s y
mujeres de talento tenían más bebés. Y poco a poco estas capaci-
dades humanas f u e r o n q u e d a n d o registradas en nuestro código
genético. P o r otra parte, para distinguirse a sí mismos, nuestros
antepasados fueron especializándose, d a n d o lugar así a la t r e m e n -
143
POR QUÉ AMAMOS
da variedad de personalidades humanas que podemos observar
hoy en día.
M i l l e r reconoce que en su versión más sencilla, muchas de estas
características fueron también útiles para sobrevivir en la sabana
del África primitiva; estos talentos tenían muchos propósitos. Pero
estas aptitudes, en su opinión, se fueron haciendo más complejas
porque al otro sexo le gustaban y prefería emparejarse c o n h o m -
bres y mujeres dotados de un talento verbal, musical o de cualquier
otro tipo. Yconcluye: «La mente evolucionó a la luz de la luna»8 1
.
Estoy de acuerdo c o n la tesis de Miller. Tomemos p o r ejemplo el
lenguaje. Nuestros antepasados sólo necesitaban unos pocos miles
de palabras y construcciones gramaticales simples para decir «aquí
llega el león» y «pásame los cacahuetes». Pero nuestros floridos ver-
sos, nuestra brillantez musical y muchas otras de nuestras comple-
jas habilidades humanas probablemente h a n i d o evolucionando,
al menos en parte, a m e d i d a que los hombres y mujeres exhibían i n -
definidamente sus cualidades como pareja.
Pero, ¿cómo llegaron a preferir estos hombres y mujeres que
nos antecedieron dichos rasgos extraordinarios en sus pretendien-
tes? Algún mecanismo cerebral debe de haberse desarrollado si-
multáneamente, c o n objeto de que los seleccionadores de caracte-
rísticas se sintieran atraídos p o r las rimas brillantes, las melodías
líricas y otros rasgos atractivos que los exhibidores de característi-
cas mostraban ante ellos.
Los comentarios de D a r w i n apenas estudiaron la m a n e r a en
que las criaturas respondían en realidad a estas exhibiciones desti-
nadas al cortejo y el motivo de elegir a u n a pareja en lugar de otra.
Creía que este proceso de selección estaba relacionado de alguna
manera c o n u n a apreciación de la belleza. Las hembras de todas las
especies, escribió, se sentían atraídas p o r los machos que mostra-
ban su encanto. Pero D a r w i n no p u d o explicar de qué m a n e r a f u n -
cionaba esta atracción femenina en el cerebro a n i m a l , y en este
sentido reflexionaba: «Sin embargo, es difícil obtener evidencias
directas de su capacidad para apreciar la belleza»8 2
.
M i l l e r también repara en este dilema. Además de la evolución
de unas características p o r parte del h u m a n o e x h i b i d o r de rasgos,
deben existir unos mecanismos cerebrales correspondientes en el
144
HbL-KN FlSHER
seleccionador de rasgos que le p e r m i t a n discriminar entre estas se-
ñales d e l cortejo, preferir algunas y escoger a u n a pareja específica.
P o r tanto, sugiere que simultáneamente a la evolución de nues-
tras capacidades humanas superiores físicas y mentales, surgió la
«maquinaria mental» o el «equipamiento de elección sexual» p a r a
discriminar entre estas estratagemas d e l cortejo. De ahí que nues-
tros antecesores desarrollaran un gusto p o r el talento lingüístico,
los dibujos artísticos en la arena, la oratoria carismática, la fortaleza
moral y muchas otras cualidades h u m a n a s en auge, así c o m o unas
aptitudes para discriminar, recordar y evaluar estas invitaciones al
cortejo.
Pero M i l l e r no sugiere n a d a en concreto sobre qué es lo que re-
almente permite al seleccionador de rasgos preferir u n a táctica de
cortejo en lugar de otra, limitándose a explicar que se trata de algo
parecido a un «gran m e d i d o r de placer» en el cerebro, y que las en-
dorfínas (los analgésicos naturales d e l cerebro) podrían estar i m -
plicadas.
Mi hipótesis es que este m e d i d o r d e l placer son los circuitos ce-
rebrales d e l a m o r romántico, orquestados en gran m e d i d a p o r las
redes de d o p a m i n a a través d e l núcleo caudado y otras rutas de re-
compensa d e l cerebro. A m e d i d a que nuestros antecesores, h o m -
bres y mujeres, iban discriminando entre las diversas oportunida-
des de apareamiento, los circuitos cerebrales más importantes para
la atracción a n i m a l i b a n e v o l u c i o n a n d o hacia el a m o r romántico
con el objeto de ayudar al seleccionador a elegir a u n a d e t e r m i n a -
da pareja, perseguir a este ser amado ávidamente y dedicar todo su
tiempo y energía al cortejo de este trofeo reproductivo.
¿Cuándo y d ó n d e c o m e n z a r o n nuestros antepasados a necesitar
unas aptitudes lingüísticas complejas y u n a i n f i n i d a d de otros talen-
tos asombrosos p a r a conseguir pareja? Los chimpancés no necesi-
tan la poesía o la música de u n a guitarra p a r a llevarse a la cama a
u n a pareja. ¿Qué fue lo que desencadenó la evolución de esta miría-
da de talentos h u m a n o s especiales y los circuitos cerebrales para
sentirse atraídos irresistiblemente p o r unos y no p o r otros? ¿El
a m o r romántico?
T o d o empezó, c o m o decía D r y d e n , «cuando el noble salvaje co-
rría libre p o r la selva».
145
6
P O R QUÉ AMAMOS
La evolución del amor romántico
Las fuentes se unen con el río,
y el río con el océano;
Los vientos del cielo se mezclan siempre,
con dulce emoción;
Nada en el mundo es único;
Todas las cosas, por una ley divina,
se funden con otro ser:
¿Por qué no yo contigo?
PERCYBYSSHE S H E U E Y
«Love's Philosophy»
«M e parece haberte amado de i n n u m e r a b l e s formas, i n n u m e -
rables veces, u n a vida tras otra, u n a era tras o t r a . . . / H o y todo ello
se a m o n t o n a a tus pies, ha encontrado su fin / en ti. / El a m o r de
todos los días pasados y futuros d e l hombre». El poeta i n d i o Ra-
b i n d r a n a t h Tagore sentía que su pasión p o r u n a mujer había lle-
gado hasta él, a través de los eones, desde u n a mente c o n f o r m a d a
hacía m u c h o tiempo. En efecto, en nuestros cerebros llevamos i n -
crustada toda la historia de nuestra especie, todos los circuitos que
nuestros antecesores fueron g e n e r a n d o mientras cantaban, bai-
laban y compartían su sabiduría y su c o m i d a p a r a i m p r e s i o n a r a
sus amantes y a sus amigos y se enamoraban apasionadamente d e l
ser amado.
¿Cómo llegamos a cortejarnos y a amar c o m o lo hacemos hoy?
B a d B u l l no recitó poemas a T i a para demostrarle que era el rey de
los elefantes. Skipper se encontró u n a mañana de primavera c o n su
pequeña h e m b r a de castor; no tuvo que interpretar p r i m e r o can-
ciones de rock ' n ' r o l l ante miles de hembras de castor para i m p r e -
sionarlas. M i s h a se enamoró de María en el m o m e n t o en que ésta
empezó a mover el rabo y le invitó a jugar. Todos los animales tie-
n e n preferencias a la hora de emparejarse. Y la mayoría h a n desa-
147
P O R Q U É AMAMOS
rrollado un tipo u otro de plumaje para impresionar a sus futuros
amantes. Pero n i n g u n a criatura, aparte del ser h u m a n o , hace alar-
de de habilidades tan asombrosas c o m o c o m p o n e r sonetos o tirar-
se en paracaídas.
C o m o sostiene el psicólogo Geoffrey Miller, muchos de nuestros
rasgos humanos característicos, c o m o unas aptitudes lingüísticas
sobresalientes, la afición a todo tipo de deportes, el fervor religioso,
el h u m o r y la virtud m o r a l , son demasiado elaborados, demasiado
costosos metabólicamente y demasiado inútiles en la lucha p o r la
existencia c o m o para haberse desarrollado c o n el único fin de so-
brevivir un día más. El motivo de su aparición, al menos en parte,
parece ser el servirnos de ayuda en el juego del cortejo y el aparea-
miento.
P o r otra parte, mi hipótesis es que, j u n t o c o n los adornos para el
cortejo que exhibimos c o n el fin de persuadir a las futuras parejas,
h o m b r e s y mujeres h a n desarrollado también u n a r e d cerebral
específica para responder a estas características: los circuitos del
a m o r romántico. Esta pasión, u n a f o r m a evolucionada de atracción
animal, apareció para ayudarnos a cada u n o de nosotros a elegir e n -
tre las miríadas de exhibiciones del cortejo, preferir a un individuo
determinado y comenzar la p r i m o r d i a l danza del cortejo exclusiva-
mente con él.
Pero M i l l e r no nos dice en ningún m o m e n t o cuándo, dónde o
por qué los seres humanos h a n desarrollado estos talentos especia-
les. Y y o no he explicado c ó m o las criaturas de nuestra especie pasa-
r o n de sentir u n a atracción temporal p o r un individuo «especial» a
convertirse en hombres y mujeres dispuestos a m o r i r p o r la perso-
na amada. A l g o debió de o c u r r i r hace m u c h o tiempo que desenca-
denó el impulso h u m a n o de amar.
A M O R E N L O S Á R B O L E S
Palmeras, higueras, perales, caobas, árboles de hoja perenne, ár-
boles, árboles y más árboles alfombraban el este de África hace ocho
millones de años. Aquí vivieron los últimos de nuestros ancestros
que habitaron en la selva. Los antropólogos h a n encontrado pocos
148
H E L K N FISHER
vestigios directos de su vida diaria. Pero nuestros primeros antepa-
sados probablemente vivieron de f o r m a m u y parecida a c o m o lo
hacen los chimpancés hoy en día. C o m p a r t i m o s el 98 p o r ciento de
nuestro A D N c o n estas criaturas. L o s chimpancés «comunes» y sus
menudos parientes, los bonobos, siguen viviendo todavía en lo que
queda de nuestro p r i m i g e n i o entorno africano. Y los chimpancés
muestran muchos rasgos que m u y probablemente compartían nues-
tros antepasados.
Al igual que los chimpancés comunes y los bonobos, nuestros p r i -
meros ancestros posiblemente vivían en comunidades compuestas
por un número de machos y hembras que podía variar entre diecio-
cho y cien. Dormían en lo alto de los árboles de la selva, se levanta-
ban después del amanecer y bajaban al suelo para recorrer los trilla-
dos senderos de su territorio compartido. L o s miembros debían de
encontrarse y mezclarse de u n o en u n o o formando pequeños g r u -
pos, comiendo y socializándose intensamente. Estos ancestros h u m a -
nos sabían diferenciar entre familiares, amigos y enemigos. Y c h a r l a -
ban unos c o n otros utilizando al menos cincuenta tipos de silbidos y
aullidos, así como unos treinta gestos distintos.
Probablemente usaron martillos de p i e d r a para r o m p e r la cas-
cara de los frutos secos, ramitas a m o d o de palillos de dientes y ser-
villetas hechas de puñados de hierba c o m o hacen los chimpancés
de la actualidad. Y al igual que ellos, es muy posible que lanzaran
piedras y palos en sus enfrentamientos p o r conseguir el d o m i n i o , y
que cazaran monos, compartieran la carne y lucharan c o n sus veci-
nos, los chimpancés, para arrebatarles sus tierras. A l g u n o s eran re-
voltosos, otros líderes; unos valientes, otros mentirosos, curiosos o
agresivos. Y m u c h o s hacían amigos y enemigos, se regalaban r a -
mitas, defendían a sus compañeros en las peleas y se quedaban cer-
ca de sus seres queridos cuando estaban moribundos.
También hacían el amor. L o s chimpancés y los bonobos de hoy
se encuentran entre los animales sexualmente más activos d e l pla-
neta. Se besan (aveces c o n profundos besos «a la francesa»), se pa-
sean d e l brazo, se abrazan, se acarician, se d a n palmaditas, se pei-
n a n , se hacen reverencias y a m e n u d o copulan durante casi todo
(si no todo) el tiempo que d u r a el ciclo estral que tienen las h e m -
bras mensualmente. A diferencia de los seres humanos, los últimos
149
POR Q U Í AMAMOS
de nuestros antepasados que habitaron en los árboles eran tremen-
damente promiscuos, c o m o lo son los chimpancés y los bonobos.
En el climax del ciclo estral, puede que u n a de aquellas antepa-
sadas nuestras se u n i e r a a un solo m a c h o y abandonara la c o m u n i -
dad para copular c o n él en privado. Pero este vínculo era temporal;
la mayoría n u n c a formaban pareja durante más de unos pocos días
o semanas.
Ni tampoco se enamoraban. Indudablemente nuestros prime-
ros precursores tenían «favoritos» como el resto de las criaturas. Pero
estos parientes lejanos no mostraban la concentración obsesiva en
u n a sola pareja tan característica de la pasión romántica h u m a n a . Y
probablemente n u n c a formaban u n a sociedad para criar a sus h i -
jos. U n a madre no necesitaba a su pareja para abastecerse a sí mis-
ma y a sus hijos: c o m o en el caso de los chimpancés, las madres los
criaban solas.
Sin embargo, algunos de nuestros ancestros que habitaban en
los árboles debieron de sentir más atracción p o r u n a pareja que p o r
otras y u n a afinidad que acabaría desembocando en el a m o r ro-
mántico. Cuándo, dónde y p o r qué la h u m a n i d a d comenzó a amar
con renovada energía es algo que nadie sabe. Pero creo que este
viaje empezó poco después de que nuestros antepasados empeza-
ran a descender de los árboles del este de A f r i c a para construir un
nuevo m u n d o en el peligroso suelo.
L A Z A N C A D A H U M A N A
Los primeros fósiles de homínidos proceden del norte de C h a d .
En 2002, los antropólogos c o m u n i c a r o n el descubrimiento en este
país centroafricano de un cráneo h u m a n o casi completo y de varias
mandíbulas y dientes1
.
Algunos de nuestros antepasados vivieron allí, cerca de un lago
profundo de agua fresca, hace unos seis o siete millones de años. Pue-
de que pasaran la mayor parte de sus días en los árboles que se agol-
paban j u n t o a las orillas, y que algunos se aventuraran a recorrer las
extensas planicies, sin separarse m u c h o de los jirones de bosque
que salpicaban las verdes praderas. Quizás siguieran a los buitres
150
H E L E N FISHER
para encontrar los cadáveres m e d i o consumidos de algún antílope
o algún ñu. Es posible, incluso, que los más valientes lanzaran palos
y piedras a los leones mientras comían para quitarles su comida. A l -
gunos debieron de adentrarse en las pantanosas aguas procurando
mantenerse lejos de los hipopótamos para cazar alguna tortuga o
arrinconar a u n a gacela que se acercara a beber.
Es muy poco lo que sabemos de estos parientes. Sus huesos ni si-
quiera nos dicen si caminaban sobre dos pies o a cuatro patas. Pero
«Toumai», c o m o los habitantes locales llaman al cráneo de C h a d ,
formó parte de nuestro linaje h u m a n o . Ciertamente, su cerebro no
era más grande que el de un chimpancé. Pero tenía u n a cara más
plana, u n a mandíbula más h u m a n a y unos dientes también más
humanos. Y él y sus familiares sin d u d a se cortejaban, copulaban y
se reproducían.
Sus hijos y los hijos de sus hijos también se reprodujeron, pues
hace tres millones y m e d i o de años numerosos homínidos vagaban
ya por los claros de la selva y los bosques y sabanas que se extendían
por el este de Africa, Los antropólogos h a n encontrado cientos de
fósiles de sus huesos y dientes. Esta raza había cambiado. Sus pies,
piernas, caderas y cráneos demuestran que estos hombres y muje-
res caminaban erectos sobre dos pies.
L a zancada h u m a n a m e parece admirable. C u a n d o inclinamos
nuestro cuello y nuestra espina dorsal p o r delante de la cadera, ex-
tendemos la p i e r n a , doblamos la rodilla, tocamos el suelo c o n el ta-
lón y luego dejamos que el pie vaya apoyándose en la parte delante-
ra de la planta y se impulse c o n el dedo gordo, nos desplazamos
hacia delante prácticamente sin esfuerzo.
Esta sencilla innovación cambiaría gran parte de la vida sobre la
T i e r r a . Al caminar, nuestros antepasados ya podían llevar piedras
para lanzárselas a los leopardos o los leones que les acechaban en
la oscuridad. Al caminar, podían llevar palos c o n los que escarbar
el suelo en busca de raíces y tubérculos. Al caminar, podían arrojar
piedras a los animales pequeños que descansaban entre la hierba.
El bipedismo también dejó libres las manos para que pudieran ha-
cer gestos, y la boca para emitir palabras. Al empezar a caminar, re-
coger y transportar, nuestros antepasados i n i c i a r o n su imprevisible
andadura hacia la m o d e r n i d a d .
151
P O R QUÉ AMAMOS
Todo esto son hechos. Vayamos ahora a la teoría. Yo creo que el
bipedismo h u m a n o ocasionó un p r o b l e m a a las hembras, que se
vieron obligadas a transportar a sus bebés en brazos en lugar de a
sus espaldas. C u a n d o vivían en los árboles, sus antepasados cuadrú-
pedos parecidos a los chimpancés transportaban a sus hijos sobre
la espalda. En aquel frondoso universo, las manos de la madre que-
daban libres para recoger frutas y vegetales. Ypodía escapar de sus
predadores a lugares seguros situados a gran altura del suelo. P e r o
cuando nuestros antepasados comenzaron a caminar sobre el sue-
lo, bajo los árboles, atravesando las abiertas llanuras, y a llevar palos
y piedras para conseguir la cena, creo que las mujeres se sobrecar-
garon de trabajo.
¿Cómo podía u n a joven madre escarbar en busca de raíces y ca-
zar pequeños animales c o n un brazo mientras c o n el otro llevaba a
un bebé de diez kilos que no paraba de moverse? ¿Cómo podía sa-
lir corriendo para h u i r de los leones hambrientos, que se relamían
sólo con verles, si llevaba los brazos cargados de bultos? C r e o que
aquellas primeras mujeres c o m e n z a r o n entonces a necesitar un
compañero que las ayudara a alimentarse y las protegiera, al me-
nos mientras llevaban y criaban a un bebé.
A m e d i d a que formar u n a pareja fue convirtiéndose en algo
esencial para las mujeres, resultó adecuado también para los h o m -
bres. ¿Cómo podía proteger y abastecer el h o m b r e a un harén?
A u n q u e consiguiera atraer a un grupo de mujeres, otros machos se
unirían al g r u p o para cortejarlas y quizá incluso le robaran u n a o
más de ellas. Pero un h o m b r e sí podía abastecer y salvaguardar a
u n a sola mujer y a su pequeño lactante.
Así que, cuando nuestros antepasados empezaron vivir sobre el
peligroso suelo, formar pareja se convirtió en algo imperativo para
las mujeres y práctico para los hombres. Y de esta m a n e r a se desa-
rrolló la m o n o g a m i a , es decir, el hábito de formar pareja c o n un i n -
dividuo cada vez2
.
Existen pruebas de que la monogamia se desarrolló hace m u c h o
tiempo. Recientemente se h a n vuelto a m e d i r los huesos de unos
hombres y mujeres que vivieron hace 3,5 millones de años, conoci-
dos como Australopithecus afarensis, para hallar el tamaño de su esque-
leto. Según parece, los hombres eran algo más altos que las mujeres;
152
H E L E N FISHER
de hecho esta diferencia entre ambos sexos era básicamente la mis-
ma que existe entre los hombres y mujeres de hoy en día. L o s antro-
pólogos utilizan habitualmente las diferencias entre ambos sexos de
una misma especie para determinar qué tipo de sociedad formaban.
Y esta diferencia de tamaño sugiere que aquellos lejanos parientes
nuestros vivieron formando el mismo tipo de u n i d a d social que exis-
te hoy en día, es decir, eran «fundamentalmente monógamos»3
.
Los científicos h a n encontrado incluso pruebas genéticas de la
m o n o g a m i a ancestral. Recordemos a los ratones de pradera (micro
tus orchrogaster), esas criaturas que f o r m a n pareja poco después de
la pubertad y comparten toda su vida en la madriguera c o n u n a
misma esposa. El neurólogo T o m Insel y sus colegas descubrieron
que estos animales tenían un fragmento de A D N extra en el gen que
controla la distribución de los receptores de vasopresina en el cere-
bro, un fragmento de A D N que no está presente en sus promiscuos
y asocíales vecinos, los ratones de montaña (microtus montanus). Es-
tos científicos t o m a r o n esta pequeña porción de A D N de los rato-
nes de p r a d e r a y la insertaron en algunos roedores m a c h o suma-
mente promiscuos. C o m o cabía esperar, estos ratones comenzaron a
establecer relaciones monógamas c o n unas hembras determinadas4
.
Los humanos tienen un gen similar que codifica las actividades de
la vasopresina. Y a l g u n o s , aunque no todos, son portadores de este
mismo fragmento extra de A D N en este g e n 5
. Algún día conocere-
mos exactamente cuál es la función de esta región genéticay p o r qué
unas personas la tienen y otras no. Por el momento, lo que podemos
decir es que hace mucho, m u c h o tiempo, la h u m a n i d a d debió de ne-
cesitar emparejarse para criar a sus pequeños, ya que en nuestro
A D N existe al menos un gen que codifica las conductas monógamas.
«Dos mejor que uno», dice la B i b l i a 6
. C r e o que nuestros antepa-
sados c o m p r e n d i e r o n este aforismo hace más de 3,5 millones de
años.
L A E V O L U C I Ó N D E L D I V O R C I O
Lo que no alcanzo a entender es p o r qué estos primigenios vín-
culos de pareja tenían que ser permanentes. En todas las partes del
P O R QUÉ AMAMOS
m u n d o donde se permite a las personas que se divorcien (cuando
también pueden permitírselo económicamente), muchos lo ha-
cen. Si les preguntáramos p o r qué se ha roto su unión, cada u n o
dará u n a razón distinta. S i n embargo, la r u p t u r a entre los h u m a -
nos responde a ciertos patrones, y algunos de estos esquemas pare-
cen haberse desarrollado en los albores de la h u m a n i d a d .
Llegué a esta conclusión mientras recopilaba datos sobre el d i -
vorcio en cincuenta y ocho sociedades humanas registradas en los
A n u a r i o s Demográficos de las Naciones U n i d a s 7
. Encontré patro-
nes sorprendentes sobre la separación entre humanos, comunes al
m u n d o entero. Existen muchas excepciones, p o r supuesto. Pero,
en general, todas las parejas divorciadas del m u n d o tendían a r o m -
per su unión durante o alrededor del cuarto año de m a t r i m o n i o , su
edad se situaba en torno a los veinticinco años y / o tenían un solo
hijo a su cargo.
Al principio, estos patrones no revestían ningún significado para
mí. Pero a m e d i d a que empecé a i n f o r m a r m e sobre los hábitos de
emparejamiento de otras criaturas, fui encontrando unos paralelis-
mos sorprendentes.
Sólo el tres p o r ciento de los mamíferos se emparejan para criar
a sus hijos, porcentaje en el que se incluyen los h u m a n o s ; pero este
hábito sólo se produce bajo determinadas circunstancias. U n a de
ellas es que las hembras de estos mamíferos f o r m a n pareja cuando
no pueden criar a sus hijos p o r sí solas.
Así ocurre c o n los zorros. El zorro y su h e m b r a se emparejan a
mediados de febrero, construyen varias guaridas y crían juntos a
sus cachorros. Lo hacen de esta m a n e r a porque la h e m b r a llega a
parir hasta cinco cachorros completamente indefensos; nacen cie-
gos y sordos. Y l a leche de la h e m b r a está tan d i l u i d a que debe per-
manecer casi constantemente en la guarida para alimentarlos. Si
nadie la alimentara a ella, se moriría de hambre. Así que ella y su
amigo «especial» f o r m a n u n a pareja para criar juntos a sus cacho-
rros. S i n embargo, cuando éstos empiezan a alejarse de la guarida a
mitad del verano, los padres se m a r c h a n cada u n o p o r su lado. Ya
han hecho su trabajo. Puede que al año siguiente la pareja vuelva a
reunirse, pero lo más probable es que cada u n o se u n a a u n a pareja
distinta.
154
H F . I Í N FISHER
La monogamia sucesiva es común entre nuestras amigas las aves.
Los ruiseñores que a d o r n a n nuestros parques cada primavera se
emparejan durante la época de cría. Ellos también deben repartir-
se las tareas. U n o de los dos debe incubar los huevos y mas tarde
proteger a los polluelos mientras ei otro ha de e n c o n t r a r c o m i d a
para alimentar a la familia. Las parejas c o n éxito sacan adelanta va-
rias crías. Pero cuando el último de los polluelos abandona el n i d o ,
los padres se van. Al año siguiente muchos se unirán a otras parejas.
Así pues, en aquellas especies que se emparejan para criar a sus
bebés, muchas sólo permanecen juntas el tiempo suficiente para
cuidar de los pequeños durante su infancia.
Este p r i n c i p i o también parece aplicarse a los humanos. En las
sociedades tradicionales, el estilo de vida marcado p o r el ejercicio
habitual, u n a dieta ligera y un peso escaso, u n i d o al hábito de ama-
mantar a los bebés durante un periodo de tiempo largo, inhibe la
ovulación regular durante varios años después de dar a luz. E n t r e
estas sociedades se encuentran los bosquimanos ! k u n g d e l sur de
Africa, los aborígenes australianos, los gainj de N u e v a G u i n e a , los
yan ornamos de la A m a z o n i a y los esquimales netsilik. Las mujeres de
estas culturas tienden a parir un hijo cada cuatro años aproximada-
mente. P o r ello, los antropólogos creen que el intervalo de cuatro
años entre un parto y el siguiente era el patrón de tiempo habitual
que marcaba la frecuencia del nacimiento de los hijos en los h u m a -
nos durante nuestra larga prehistoria8
.
P o r tanto, la duración del intervalo entre un nacimiento y otro
en los humanos es similar a la duración típica de los matrimonios
que acaban en divorcio en todo el m u n d o .
Mi teoría, pues, es la siguiente: quizás al igual que los ruiseñores,
los zorros y muchas otras criaturas caracterizadas p o r la monoga-
m i a sucesiva, los antiguos humanos que vivieron hace 3,5 millones
de años se emparejaban sólo durante el tiempo necesario para criar a un
hijo durante su infancia, esto es, unos cuatro años9
. C u a n d o u n a madre
ya no necesitaba alimentar o llevar a un bebé en sus brazos constan-
temente y podía dejarlo c o n su abuela o sus tías, hermanas, primas
o a cargo de sus hijos mayores, ya no necesitaba u n a pareja a tiem-
po completo para garantizar la supervivencia de su hijo. Efectiva-
mente, podía «divorciarse» de su compañero si encontraba otro que
POR QUÉ AMAMOS
le gustara más. El divorcio primitivo tuvo incluso compensaciones
genéticas: los hombres y las mujeres que «volvían a casarse» podían
tener más hijos c o n otra pareja, d a n d o lugar a u n a beneficiosa va-
riedad en su descendencia.
«Los problemas no son más que oportunidades vestidas c o n ropa
de faena», escribió el industrial H e n r y J . Kaiser. A m e d i d a que la mo-
nogamia fue evolucionando durante innumerables generaciones,
creo que esta práctica h u m a n a habitual fue seleccionada p o r los
circuitos cerebrales para el apego a corto plazo. J u n t o c o n esta des-
tacada innovación, llegaron los conceptos de «padre», «marido» y
familia nuclear, nuestra tendencia a impacientarnos cuando las re-
laciones son largas y nuestra afición a finalizar u n a relación y volver
a emparejarnos, es decir, la m o n o g a m i a sucesiva.
P e r o , ¿fue esta tendencia primitiva a establecer relaciones de
pareja a corto plazo lo que desencadenó el desarrollo del a m o r ro-
mántico?
Puede ser. Quizás la atracción que sienten los chimpancés y otras
criaturas p o r u n a pareja «especial» se fuera haciendo más intensa y
resistente a m e d i d a que los hombres y mujeres primitivos empeza-
r o n a emparejarse y a criar a sus hijos en equipo. Luego, según esta
atracción iba perdiendo fuerza poco a poco, irían aumentando a
su vez los sentimientos de un apego intenso. Sin embargo, cuando
su hijo empezara a ir dejando atrás la infancia, creo que muchas pa-
rejas comenzarían a buscar un nuevo amor. Algunos padres puede
que siguieran juntos para tener más hijos; pero muchos otros bus-
caron nuevos romances, siguiendo el impulso inconsciente de te-
ner u n a descendencia más variada.
Seguramente, el proceso del cortejo debía de ser m u c h o más sen-
cillo hace 3,5 millones de años. Digo esto porque los australopitecos
tenían u n a capacidad craneal de 420 centímetros cúbicos, sólo un
poco mayor que la capacidad craneal m e d i a de los chimpancés. Ylas
huellas dejadas p o r el tejido cerebral en estos cráneos fósiles i n d i c a n
que las regiones cerebrales del lenguaje no habían empezado a de-
sarrollarse, es decir, no hablaban como los humanos. Además, estos
antepasados nuestros no dejaron dibujos en las paredes de las cue-
vas, ni flautas ni tambores de factura casera. Ni siquiera fabricaban
cuchillos de sílex o algún otro tipo de herramienta hecha de piedra
156
H E L E N FISHER
para cazar, lo que constituye el sello distintivo de la h u m a n i d a d .
Nuestros antepasados no tenían aún el talento lingüístico ni las de-
más aptitudes para el cortejo de que los humanos acabarían hacien-
do alarde.Yyo creo que el a m o r romántico h u m a n o floreció en con-
junción c o n estos magníficos talentos para el cortejo.
Seguramente, estos antepasados australopitecos dependían para
el cortejo de su estatus en el grupo, su ingenio y su atractivo, simila-
res a los de los chimpancés. Es probable que se sintieran profunda-
mente atraídos p o r u n a pareja e incluso que permanecieran unidos
a ella durante unos cuantos años, Pero luego muchos reiniciaban
el cortejo y la relación amorosa c o n otra persona.
«UN ESPLÉNDIDO M U N D O NUEVO»
El nuevo y espléndido m u n d o h u m a n o ante el que se maravilla-
ba M i r a n d a en la obra de Shakespeare titulada La tempestad, co-
menzó a surgir hace unos dos millones de años cuando unos nuevos
seres c o m e n z a r o n a recorrer las extensas llanuras de lo que hoy es
K e n i a y Tanzania: el homo habilis u h o m b r e habilidoso.
L o s arqueólogos h a n encontrado numerosas herramientas de
piedra inacabadas en las llanuras de África del E s t e 1 0
. Generación
tras generación, el homo habilis debió de acercarse a estas canteras
para fabricar martillos de piedra, cuchillos, yunques y otras h e r r a -
mientas, dejando a su paso fragmentos de sílex y trozos de lava,
obsidiana, cuarcita y p i e d r a caliza. No tenía u n a técnica m u y desa-
rrollada. Se limitaba a aporrear a golpes u n a o dos caras de u n a pie-
d r a para crear un borde o p u n t a afilados. Pero eran unos utensilios
m u y superiores a los que fabricaban el resto de las criaturas de
aquel m o m e n t o .
Nuestros antepasados también se reunían en torno a lo que pare-
cían lugares destinados al tratamiento de la carne. Hasta allí arrastra-
ban enormes pedazos de carne de las piezas de caza que se cobraban
y luego se sentaban, arrancaban los huesos, extraían el tuétano y la
grasa, lo repartían y se lo comían. En estos antiguos vertederos de ba-
sura se h a n encontrado unas dos m i l quinientas herramientas y hue-
sos de animales. También resulta evidente que estos ancestros nues-
157
P O R Q U É AMAMÍ>S
tros cazaban u n a considerable variedad de animales de gran tama-
ño. Las primitivas cebras, caballos, cerdos, monos, gacelas y muchos
otros tipos de antílopes eran su presa. Y dado que estos animales
eran demasiado grandes para comérselos u n o solo, nuestros parien-
tes debieron de compartir su botín según unas normas sociales.
También dejaron lo que podrían llamarse pruebas de a m o r
romántico.
A l g u n o s de estos cazadores dejaron docenas de herramientas
de piedra alrededor de un elefante postrado. Permanecen todos sus
huesos excepto sus colmillos y uñas. ¿Les quitaban estos apéndices
para utilizarlos c o m o amuletos que les dieran suerte en la caza o en
el amor? ¿O utilizaban estos cazadores sus trofeos como regalo para
impresionar a sus «chicas especiales»?
Sugiero estas posibilidades porque aquellas gentes iban siendo
cada vez más listas. Un individuo perteneciente a la especie del homo
habilis que vivió hace 1,8 millones de años en lo que ahora es la zona
desértica de K o o b i F o r a , en K e n i a , tenía u n a capacidad craneal de
unos 775 centímetros cúbicos. Sus amigos y vecinos tenían u n a ca-
pacidad craneal de unos 630 centímetros cúbicos. Resulta igual-
mente sorprendente que un cráneo de hace 1,8 millones de años
tuviera u n a h e n d i d u r a en su parte interior para alojar la región ce-
rebral que actualmente llamamos el área de Broca. L o s seres h u m a -
nos utilizan esta región cerebral para formar palabras y producir
los sonidos del lenguaje h u m a n o .
Hablar. Se han formulado tantas teorías distintas sobre la evolu-
ción del lenguaje h u m a n o que ya en 1866 la Sociedad Lingüística de
París anunció que no aceptaría más artículos sobre este tema. Esta
declaración, sin embargo, no ha logrado disuadir a casi nadie. Yo no
voy a presentar otra nueva teoría. No obstante, dado que el área de
Broca comenzó a tomar forma h u m a n a hace 1,8 millones de años,
parece razonable creer que algunos de nuestros antepasados estaban
comenzando a hablar en algún tipo de lenguaje h u m a n o primitivo.
Ciertamente, es posible apreciar en el uso del lenguaje objetivos
m u y variados. Al organizar y reorganizar sonidos carentes de sentí-
do para formar palabras y al encadenar las palabras gramaticalmen-
te para componer frases, los hombres y mujeres de la época del homo
habilis podían entablar discusiones, llegar a acuerdos, apoyar a sus
158
H E I .EN FISHER
líderes, engañar a sus enemigos, enseñar técnicas, regañar a los men-
tirosos, c o m u n i c a r noticias, establecer normas, detener las lágri-
mas, definir a sus parientes, aplacar a los dioses y recordar hechos
sucedidos hace años.
Las primeras conversaciones humanas probablemente versaron
sobre la climatología. Digo esto p o r q u e me l l a m a constantemente
la atención el entusiasmo y la frecuencia con que la gente conversa
sobre esta materia. No cabe d u d a de que nuestros antepasados dis-
cutirían también sobre la dirección que habían tomado las cebras,
sobre los acantilados d o n d e se congregaban los babuinos al atarde-
cer, los melones maduros que había cerca del borde del cañón o
por qué el bebé de M a r a lloraba p o r las noches. Probablemente ex-
presaban cientos de otros pensamientos y sentimientos sobre el
hoy, el ayer y el mañana.
Pero c o n las palabras también podían cortejar. Los hombres y
mujeres podían contarse historias ingeniosas, entonar canciones p i -
caras y persuadir a los futuros amantes con pensamientos llenos de
perspicacia. También podían cotillear, r e m e m o r a r y susurrar cosas
al oído del ser amado. C u a n d o el lenguaje primitivo del ser h u m a -
no comenzó a formarse gradualmente, nuestros antepasados de-
bieron de empezar nuestra interminable conversación sobre la per-
sona amada y con «él» o «ella».
En este m o m e n t o genérico de la evolución h u m a n a es, en mi
opinión, cuando los circuitos cerebrales de la atracción animal evo-
lucionaron y adquirieron su f o r m a h u m a n a : el a m o r romántico. Mi
hipótesis se basa en u n a serie de razones relacionadas entre sí.
E L M U C H A C H O D E T U R K A N A
Un chico murió. Sus huesos q u e d a r o n hundidos hace unos 1,6
millones de años en el barro de un pantano situado en lo que hoy
es K e n i a . En 1984, los paleoantropólogos recuperaron casi la totali-
d a d de sus restos fosilizados1 1
. C u a n d o recompusieron sus huesos y
sus dientes, lo que se encontraron fue un m u c h a c h o de u n a edad
c o m p r e n d i d a entre los ocho y los doce años. Asombrosamente pa-
recido a nosotros.
159
P O R Q U É AMAMOS
El m u c h a c h o de T u r k a n a , como llaman los antropólogos a este
extraordinario hallazgo fósil, h u b i e r a llegado a m e d i r unos 1,80
metros si hubiera alcanzado la edad adulta. Sus manos, brazos, ca-
deras y piernas eran similares a los nuestros. En efecto, si se le h u -
biera puesto un disfraz podría haber caminado a nuestro lado p o r
cualquier calle sin que lo notáramos. A h o r a b i e n , si le hubiéramos
quitado el sombrero, nos habríamos quedado boquiabiertos. El
muchacho de T u r k a n a tenía los huesos de las cejas m u y p r o m i n e n -
tes. Su frente era achatada e inclinada. La cara sobresalía. Los d i e n -
tes eran grandes. Y n o tenía barbilla.
Sin embargo, él y sus familiares pertenecientes al homo erectas ha-
bían evolucionado en muchos aspectos. Estas personas fabricaban ya
utensilios elaborados, como hachas de mano, denominadas achelen-
ses. Algunas tenían u n a forma almendrada, otras más bien de pera o
de lágrima; algunas medían cuarenta y tres centímetros desde el filo
de la punta hasta el extremo redondeado; y todas tenían u n a forma
bastante regular y simétrica. Estas gentes empleaban unas técnicas es-
tablecidas para fabricar sus utensilios y armas. Y dejaron cientos de
sus estilizadas hachas de mano, así como u n a gran variedad de cuchi-
llas de carnicero, picos y cuchillos esparcidos por las ciénagas, panta-
nos, lagos, arroyos y ríos del este de Africa. E r a n cazadores.
También cazaban animales grandes. Se h a n encontrado cientos
de utensilios esparcidos alrededor de esqueletos de hipopótamos,
elefantes, búfalos y cebras. P a r a perseguir, rodear y matar a estas
bestias, necesitaban u n a capacidad espacial evolucionada; para re-
partirse el botín, necesitaban conocer sus obligaciones y tener u n a
aptitud lingüística desarrollada; para apaciguar, impresionar, coor-
dinarse y cooperar como un g r u p o debieron de necesitar el h u -
mor, la compasión y muchas otras virtudes sociales. L o s hombres y
mujeres de la época del homo erectus se estaban haciendo humanos.
El m u c h a c h o de T u r k a n a y sus parientes también utilizaban el
fuego.
N i e l ordenador, n i l a i m p r e n t a , n i l a máquina d e vapor, n i l a
r u e d a transformarían posteriormente la h u m a n i d a d como lo hizo
este avance tecnológico fundamental: controlar el fuego.
C o n el fuego podían endurecer las puntas de sus lanzas, conse-
guían sacar a los pequeños mamíferos de sus madrigueras llenán-
160
H E L E N FISHER
dolas de h u m o , c o n d u c i r a los elefantes hasta las ciénagas, robar la
cena a un león, y sacar a todo tipo de criaturas de sus cuevas y trasla-
darse a vivir en ellas. Los enfermos, los jóvenes y los viejos podían
quedarse en el hogar. E r a n capaces de mantener un asentamiento.
Y también podían hacer que el día fuera mas largo, hablar alrede-
dor de la fogata y d o r m i r j u n t o a su luz protectora. Liberados de los
ritmos circadianos del resto de los animales, estos antecesores nues-
tros tenían tiempo para cantar y bailar, invocar a fuerzas desconoci-
das, reflexionar sobre el ayer, decidir sobre el mañana y explorar
mas allá d e l horizonte, en dirección al norte.
Y vaya si e x p l o r a r o n . Pertrechado c o n sus brasas encendidas,
nuestro antepasado el homo erectus salió de Africa para explorar cli-
mas más frescos, en parte p o r q u e ello le fue posible. H a c e 1,8 m i -
llones de años, la temperatura de la T i e r r a descendió bruscamen-
te, lo que d i o o r i g e n a los periodos glaciales. Periódicamente las
montañas de hielo absorbían las aguas del océano y el nivel del m a r
descendió en todo el m u n d o más de 90 metros, dejando al descu-
bierto grandes rutas terrestres que posibilitaron la salida de A f r i -
ca. Manadas de animales de gran tamaño se fueron m a r c h a n d o
en dirección al norte, en busca de pastos nuevos y más frescos. Las
familias de homo erectus les siguieron, dejando sus huesos y sus u t e n -
silios esparcidos p o r E u r o p a , C h i n a y Java, hace más de un millón
de años.
L A F U E R Z A D E L C E R E B R O
De todos los beneficios derivados del fuego, quizá el más i m p o r -
tante fue la nueva capacidad del ser h u m a n o de cocinar la comida.
C r e o que esta innovación contribuyó considerablemente a la evo-
lución del a m o r romántico en los humanos,
Al cocinar la carne se acelera la liberación de los aminoácidos
que ayudan a la digestión1 2
; al cocinar los vegetales se e l i m i n a n las
toxinas, y al cocinar cualquier alimento se destruyen los microorga-
nismos que p u e d e n instalarse en nuestros intestinos y producirnos
la muerte. El hecho de cocinar ayudó al m u c h a c h o de T u r k a n a y a
sus parientes a sobrevivir y prosperar.
161
P O R Q U É AMAMOS
Pero la cocina aceleró además la evolución del cerebro h u m a -
no, debido a u n a interesante razón. Los animales gastan u n a gran
cantidad de energía metabólica en construir y mantener su cora-
zón, hígado, ríñones, estómago e intestinos. E m p l e a n aun más ener-
gía en construir y alimentar su cerebro. Así que los animales tienen
que administrar b i e n sus recursos. Y d a d o que las criaturas que se
alimentan fundamentalmente de hojas deben destinar u n a enor-
me cantidad de energía a sus órganos digestivos, no p u e d e n p e r m i -
tirse tener también un cerebro c o m p l e j o 1 3
. S i n embargo, los que
comen carne cuentan c o n u n a energía adicional cuyo destino es
aumentar la capacidad de su cerebro.
Y e s o es exactamente lo que hizo el homo erectus. El m u c h a c h o de
T u r k a n a tenía u n a capacidad craneal de aproximadamente 880
centímetros cúbicos. Y algunos de sus parientes alcanzaban un volu-
m e n cerebral de incluso 1.000 centímetros cúbicos, lo que no q u e d a
demasiado lejos de la capacidad craneal h u m a n a en la actualidad, de
aproximadamente 1.325 centímetros cúbicos.
M e n u d a inversión. A u n q u e el cerebro h u m a n o sólo representa
un 2 p o r ciento de nuestro peso corporal, consume el 25 p o r ciento
de la energía metabólica y el 40 p o r ciento de nuestra glucosa en
sangre. M i l e s de genes, hasta un tercio de nuestro genoma, d i r i g e n
su desarrollo. Durante su p r i m e r año de vida, los niños invierten el
50 por ciento de su energía metabólica sólo en construir y perfec-
cionar los mecanismos cerebrales1 4
. P o r otra parte, el más ligero
error en estos procesos puede dañar gravemente el f u n c i o n a m i e n -
to cerebral. Así pues, la evolución d e l cerebro del homo erectus resul-
tó extraordinariamente costosa, además de altamente vulnerable a
mutaciones y deficiencias.
Este magnífico órgano debe de haber servido a unos propósitos
cruciales: entre ellos quizá estuviera el de impresionar a las poten-
ciales parejas c o n nuevas dotes lingüísticas, artísticas, morales u
otras formas de talento igualmente seductoras.
Sin embargo, este aumento del tamaño del cerebro ocasionó
problemas a las mujeres; un d i l e m a obstétrico que en mi opinión
favoreció la evolución d e l a m o r romántico.
162
H E L E N FISHER
E L D I L E M A O B S T É T R I C O
¿Cómo pudieron las mujeres pertenecientes a la especie del h o m o
erectus dar a luz a sus bebés a través de su estrecho canal d e l parto?
El tamaño de la pelvis h u m a n a tenía que conservar su f o r m a origi-
nal para permitir la m a r c h a en posición erecta. P o r tanto, dado que
la cabeza de los bebés había aumentado su tamaño, nuestras ante-
pasadas se vieron obligadas a parir a sus hijos en un estadio más pre-
maturo del desarrollo. L o s antropólogos creen que este «dilema
obstétrico» comenzó a producirse en el m o m e n t o en que la capaci-
dad craneal h u m a n a alcanzó unos 800 centímetros cúbicos, en los
tiempos del h o m o erectus.
D e b i e r o n de ser muchas las mujeres que m u r i e r o n c u a n d o i n -
tentaban dar a luz a sus pequeños cabezones. P e r o a la naturaleza
le gusta la variedad y algunas afortunadas fueron capaces de dar a
luz a sus hijos en un estadio prematuro de crecimiento. Estos bebés
sobrevivían. Yenseguida evolucionó en nuestros antepasados u n o de
los rasgos distintivos de nuestra especie: unos bebés extremada-
mente indefensos y poco desarrollados.
Pero c o n este destacable avance evolutivo, las mujeres de la es-
pecie del homo erectus tuvieron que sentirse abrumadas p o r la tarea
de criar a los hijos.
Para p o n e r las cosas más difíciles a las madres, el periodo de la
infancia casi se duplicó. L o s chimpancés completan la fase de la p u -
bertad alrededor de los diez años; los humanos no completamos
nuestro crecimiento hasta los dieciocho. Ya diferencia de los c h i m -
pancés, que empiezan a alimentarse solos a los cuatro años aproxi-
madamente, los niños d e p e n d e n de los adultos hasta los últimos
años de la adolescencia. Este fenómeno es conocido c o m o «madu-
ración retrasada» y los antropólogos creen que empezó a desarro-
llarse en la época d e l homo erectus15
.
Y n o es poca carga la de los pequeños, débiles y necesitados crios
que c o n frecuencia siguen mostrándose bulliciosos, testarudos, tor-
pes y hambrientos hasta casi los veinte años.
C o n la aparición de la caza mayor, los utensilios y armas elabora-
das, el uso del fuego, el cerebro de mayor tamaño, los bebés indefen-
sos, la larga adolescencia y la salida de Africa hacia otros fríos y peli-
163
P O R Q U É AMAMOS
grosos horizontes más al norte, nuestros ancestros debieron de sen-
tirse muy presionados para encontrar parejas con las que vivir duran-
te periodos más largos de tiempo. La crianza de los hijos se había con-
vertido en u n a carga excesiva para u n o solo.
Mi opinión es que c o n estos avances el cortejo se intensificó. L o s
individuos necesitaban poder diferenciarse de los demás de f o r m a
nueva y especial para atraer a u n a pareja c o n la que fueran verda-
deramente compatibles. L o s hombres y las mujeres empezaron a
desarrollar u n a mínima capacidad verbal, u n a vena artística, el h u -
mor, la inventiva, el valor y muchos otros dones humanos para so-
brevivir en las llanuras desprotegidas, así c o m o los circuitos cere-
brales necesarios para apreciar estas habilidades en los demás.
A h o r a los pretendientes utilizaban cada vez más estos talentos para
mostrar su utilidad y sus valiosos genes ante los potenciales a m a n -
tes. Aquellos que eran cortejados respondían de acuerdo c o n sus
preferencias p o r estas habilidades1 5
.
C r e o que esta mayor necesidad de buscar y elegir a u n a pareja
duradera d i o lugar a los circuitos cerebrales del a m o r romántico.
L A E V O L U C I Ó N D E L A M O R R O M Á N T I C O
El proceso fue probablemente bastante simple. H a c e un millón
de años, algunos de nuestros antepasados sobresalían p o r sus inteli-
gentes observaciones o por su retórica carismáticaj otros destacaban
por sus proezas deportivas. L o s precursores de los periodistas de hoy
en día realizaban un seguimiento de lo que pasaba en el grupo e i m -
presionaban a sus potenciales parejas con noticias y cotilleos. Los
primeros poetas encandilaban a sus admiradores c o n el ritmo de sus
narraciones. Los ancestros de R e m b r a n d t y Matisse realizaban los
mejores dibujos en la arena. Y los precursores de nuestras estrellas
del rock y divos de la ópera atraían a sus posibles amantes c o n cánti-
cos sobre los mitos de la tribu. U n o s curaban a los enfermos. Otros
estaban en íntima comunión c o n los espíritus del viento y de la no-
che. U n o s eran audaces; otros extraordinariamente generosos o ca-
paces de hacer reír a sus personas amadas. «Cuando un h o m b r e
hace reír a u n a mujer, ésta se siente protegida», escribió U g o Betti.
164
H E L E N FISHER
Las mujeres del homo erectus debieron de adorar a los compañeros i n -
geniosos y unirse a ellos entre los arbustos en las tardes de ocio.
En aquellos difíciles días de antaño, nuestros antepasados lle-
garon a necesitar cada vez más aptitudes para persuadir a las po-
tenciales parejas de f o r m a r c o n ellos u n a relación d u r a d e r a . L o s
que destacaban en aspectos complejos del lenguaje, el arte o el can-
to, sobrevivían y se reproducían, haciendo llegar éstos y otros m u -
chos exquisitos talentos humanos hasta nosotros. Pero cada hombre
y mujer se p r o m o c i o n a b a dentro de los límites de «su presupues-
to», dado que cada u n o tenía también u n a cantidad l i m i t a d a de
energía metabólica y de circuitos cerebrales para gastar1 7
. L o s pre-
tendientes, p o r tanto, fueron especializándose y mostrando sus sin-
gulares dotes para conseguir a u n a pareja determinada.
Este proceso del cortejo continúa. Einstein declaró en u n a oca-
sión que «si a los treinta años u n a persona no ha hecho su gran apor-
tación a la ciencia, ya no la hará nunca». A u n q u e todos nosotros po-
demos enumerar u n a lista de hombres y mujeres que h a n triunfado
en la vida más tarde, el doctor Satoshi Kanazawa de la L o n d o n
School of E c o n o m i c s ha confirmado recientemente la afirmación
de Einstein y ha encontrado para ella u n a explicación darwiniana.
Tras estudiar a doscientos ochenta importantes científicos masculi-
nos, confirmó que el 65 p o r ciento de ellos realizaron sus descubri-
mientos más notables antes de los treinta y cinco años. También
señaló que la mayoría de ellos perdió su impulso creativo tras los p r i -
meros años de matrimonio. Kanazawa concluye que estos jóvenes
genios «buscaban impresionar a las mujeres con su virtuosismo»1 8
.
Yo creo que los jóvenes hombres (y mujeres) de la especie homo
erectus trataban de impresionar a sus potenciales parejas c o n su vir-
tuosismo hace más de un millón de años.
Y lo que es más importante para nuestra historia: a m e d i d a que
los pretendientes mostraban sus diversos y singulares talentos, aque-
llos q u e contemplaban estas estratagemas de cortejo e m p e z a r o n a
necesitar un cierto razonamiento, criterio, percepción, m e m o r i a ,
conocimiento, conciencia, autoconciencia y m u c h o s otros meca-
nismos cerebrales para distinguir entre los cortejadores.
También precisaban los circuitos cerebrales para valorar estas
exhibiciones del cortejo. Necesitaban confiar en la m o r a l i d a d , ad-
165
P O R QUÉ AMAMOS
mirar el fervor religioso, conceder gran valor a las novedades, apre-
ciar los poemas ingeniosos y los ritmos pegadizos, disfrutar de u n a
buena conversación, valorar la honestidad, aplaudir la determina-
ción y apreciar otras innumerables aptitudes. Tuvieron que desa-
rrollar su capacidad cerebral para detectar a los impostores. Y s e g u -
ramente necesitaron desarrollar mecanismos cerebrales para
descifrar lo que pensaban los potenciales amantes. Esta a p t i t u d
— d e n o m i n a d a «teoría de la mente»— para c o m p r e n d e r los esta-
dos mentales de los demás, sus deseos e intenciones1 9
, está particu-
larmente bien desarrollada en los humanos. H a c e un millón de
años, los hombres y mujeres de la especie homo erectus precisaron la
maquinaria mental que les permitiera evaluar la personalidad y los
logros de sus pretendientes a fin de apreciarlos y valorarlos.
También necesitaron un i m p u l s o biológico que les llevara a
concentrar su energía p a r a el cortejo en u n a pareja específica,
un i m p u l s o tan poderoso que les h i c i e r a querer establecer un
c o m p r o m i s o d u r a d e r o c o n este i n d i v i d u o especial, e incluso m o -
rir p o r él.
«Lo que no me destruye, me hace más fuerte», escribió Friedrich
Nietzsche. Entre las gentes de la época del homo erectus, las vicisitudes
del parto y la maduración retrasada fomentaron la necesidad de es-
tablecer relaciones de pareja duraderas y u n a mayor creatividad
para el cortejo. Yesta presión del cortejo dio lugar a unas aptitudes
humanas extraordinariamente elaboradas, a u n a m a q u i n a r i a m e n -
tal para apreciar estos talentos y a unos circuitos cerebrales del a m o r
romántico, la pasión que impulsa al «cortejador» y al «cortejado» a
establecer un compromiso profundo para criar juntos a sus hijos
durante años y años.
«Oh, de b u e n a gana lo arriesgaría todo p o r ti», declaró Walt
W h i t m a n . H o m b r e s y mujeres sintieron la necesidad de decir estas
palabras hace más de un millón de años.
L A MENTE E V O L U C I O N Ó A L A L U Z D E L DÍA
P o r supuesto, nuestros antepasados de la especie homo erectus te-
nían otras razones vitales para desarrollar capacidades exclusiva-
166
H E L E N FISHER
mente humanas. El m u c h a c h o de T u r k a n a y sus parientes tuvieron
que sentir empatia c o n u n camarada h e r i d o , paciencia c o n u n
niño caprichoso, comprensión hacia un quinceañero contrariado,
y debieron desarrollar las cualidades sociales necesarias p a r a llevar-
se bien c o n los miembros más escandalosos o presuntuosos del g r u -
po. F o r m a b a n u n a banda. Tenían que caminar juntos entre la hier-
ba, un lugar mortalmente peligroso debido a los predadores. Así
que, los capaces de percibir los peligros, recordar desastres pasa-
dos, diseñar estrategias, articular opciones, tomar decisiones, j u z -
gar las distancias, prever los obstáculos y persuadir a sus camaradas
con opiniones convincentes y palabras animosas, sobrevivían en
u n a proporción m u c h o mayor. La mente h u m a n a evolucionó a la
luz del día.
Pero al llegar la oscuridad, debían reunirse alrededor de la foga-
ta para asar la carne, afilar las lanzas, arrullar a sus bebés e imitar al
avestruz, el cerdo o la pantera mientras los más viejos dormían. Se-
guramente cantaban al coraje, la fortaleza y la conquista, saltaban y
luchaban para mostrar su resistencia, lloraban para mostrar c o m -
pasión y hacían el payaso para resultar ocurrentes. M u c h o s también
se escabullían para hacerse arrumacos. A la luz de la luna, nuestras
aptitudes más sobresalientes también adoptaron entonces f o r m a
humana.
L A M A R C H A H A C I A L A M O D E R N I D A D
A m e d i d a que fue pasando el tiempo, nuestros antepasados i b a n
dejando vestigios de su vida amorosa. H a c e 500,000 años, alguien
que habitaba en lo que ahora es Etiopía, tenía un v o l u m e n cerebral
de aproximadamente 1.300 centímetros cúbicos, lo que está den-
tro de los parámetros humanos actuales. El o ella tenía sin d u d a un
cerebro complejo y u n a mente capaz de sentir un a m o r romántico
apasionado.
H a c e 250.000 años, un h o m b r e que vivía en lo que hoy cono-
cemos c o m o Inglaterra, talló meticulosamente un hacha simétri-
ca alrededor de un fósil de c o n c h a que había encontrado incrus-
tado en un trozo de sílex. Quizá fue un regalo para su ser amado o
167
P O R QUÉ AMAMOS
u n a manera de mostrar a su amante su h a b i l i d a d fabricando uten-
silios. Efectivamente, los científicos m a n t i e n e n en la actualidad
que las enormes hachas de m a n o de cuarenta y tres centímetros
talladas hace un millón de años eran demasiado grandes p a r a ser-
vir para la caza o p a r a recoger vegetales o raíces. D a d o que m u -
chas de ellas eran difíciles de m a n e j a r y sin e m b a r g o habían sido
talladas meticulosamente, b i e n p u d i e r o n utilizarse p a r a i m p r e -
sionar y cortejar al a m a n t e 2 0
.
H a c e sesenta m i l años, los habitantes de las montañas de Zagros,
al noreste de Irak, enterraron a u n a peregrina un día de j u n i o en
u n a tumba poco p r o f u n d a y cubrieron el cadáver c o n malvarrosa,
jacintos, azulejo y h i e r b a cana de flor amarilla. Quizás u n o de ellos
anhelaba volver a encontrarse c o n la persona que amaba en la otra
vida. En aquella m i s m a época, un habitante de F r a n c i a raspó frag-
mentos de hematita y manganeso para conseguir polvos de color
rojo y color gris claro. C o n ellos, alguna mujer debió adornar sus
caderas y pechos para algún baile de verano.
H a c e treinta m i l años, las gentes del C r o - M a g n o n tenían cráneos
completamente modernos y también cerebros iguales a los nues-
tros. Decoraban absolutamente todo lo que cayera en sus manos.
Estos habilidosos artistas descendían a unas profundas cavernas si-
tuadas en el subsuelo, entre F r a n c i a y España, para dibujar magní-
ficos toros, renos, ibices, rinocerontes, leones, osos y animales má-
gicos sobre las frías y húmedas paredes de la cueva. Estas criaturas
negras, rojas y amarillas laten en aquellas grutas c o n tal vigor que
casi parecen vivas. Para r o m p e r el absoluto silencio de estas bóve-
das, los músicos tocaban flautas y tambores. Cientos de ellos estam-
paron las huellas de sus manos en las rugosas paredes. L o s esculto-
res nos dejaron pequeños bisontes de arcilla cocida. Ylas huellas de
pisadas en algunas cavernas nos hablan de bailes a la luz parpade-
ante de unas lámparas de aceite.
Desde E u r o p a hasta Siberia h a n quedado también símbolos anó-
nimos de la fertilidad femenina, representada en figuras de pechos
de tamaño exagerado talladas en piedra, así como figuras realistas de
mujeres que debían de ser conocidas para el autor. L o s cazadores
grababan elegantes caballos en los mangos de utensilios hechos de
marfil. Y h o m b r e s y mujeres se engalanaban c o n abalorios, brazale-
168
H E L E N FISHER
tes y probablemente tatuajes, así c o m o gorros, cintas para el pelo y
sayos. Las pinturas de las paredes sugieren incluso que las mujeres
componían peinados c o n sus cabellos.
H a c e aproximadamente cuatro m i l años, alguien que vivía en la
antigua S u m e r i a escribió la p r i m e r a carta de a m o r de la que tene-
mos noticia: u n a inscripción en escritura cuneiforme realizada en
un trozo de arcilla del tamaño de un puño. Esta postal llegada del
pasado se encuentra en la actualidad en el M u s e o d e l A n t i g u o
Oriente de Estambul, en Turquía. Q u i e n la escribió, amó. Él o ella
sintieron el m i s m o éxtasis que habían sentido los amantes un m i -
llón de años antes.
L A C A P A C I D A D H U M A N A D E A M A R
Antes creía que Skipper, María, T i a y el resto de los animales que
se habían enamorado de sus parejas experimentaban las mismas sen-
saciones que nosotros cuando nos enamoramos. Llegué a la con-
clusión de que conforme nuestros ancestros f u e r o n creciendo en
inteligencia, la h u m a n i d a d simplemente adornó este magnetismo
a n i m a l c o n u n a serie de tradiciones y creencias culturales. Sin e m -
bargo he cambiado de opinión. Lo que me convenció de que la ex-
periencia h u m a n a del a m o r romántico es m u c h o más compleja, y
más intensa, es la impresionante arquitectura cerebral que sustenta
nuestro intelecto y nuestros sentimientos.
«El cerebro es mi segundo órgano favorito», se dice que en a l -
g u n a ocasión h a b r o m e a d o W b o d y A l i e n . S i W o o d y h u b i e r a p e n -
sado detenidamente en las capacidades d e l cerebro h u m a n o , lo
habría colocado en p r i m e r lugar. Hasta tal p u n t o somos m u c h o
más listos, divertidos, hábiles mecánicamente, artísticos, espiri-
tuales, creativos, altruistas y sexualmente atractivos que cualquier
otro a n i m a l , que a u n q u e p u d i e r a n combinarse de alguna f o r m a
todas las capacidades mentales de todas las criaturas no humanas,
no igualarían la capacidad de un niño de siete años.
C r e o que el equipamiento mental que p r o p o r c i o n a n estas apti-
tudes a los seres h u m a n o s es también el que posibilita u n a mayores.-
pacidad de éstos para el a m o r romántico.
169
P O R Q U É AMAMOS
Para empezar, los primates superiores tienen cerebros mas gran-
des que la mayoría de los mamíferos en relación c o n el tamaño de
su cuerpo. La corteza cerebral h u m a n a (la capa exterior c o n la que
pensamos y reconocemos nuestros sentimientos) es casi tres veces
mayor que la de los simios (gorilas, chimpancés y orangutanes)2 1
.
El cerebro h u m a n o también pesa más. El del chimpancé pesa apro-
ximadamente 450 gramos, mientras que el h u m a n o pesa unos 1.360
gramos2 2
. Y el tamaño también cuenta. P a u l M. T h o m p s o n , de la
Universidad de C a l i f o r n i a en Los Angeles, ha demostrado que el
número de células grises de los lóbulos frontales está significativa-
mente relacionado c o n la i n t e l i g e n c i a 2 3
.
El cerebro h u m a n o también es más complejo. El número de
conexiones nerviosas entre regiones específicas del cerebro ha
aumentado e n o r m e m e n t e p o r e n c i m a del de los s i m i o s 2 4
. Incluso
tenemos más genes para construir y mantener el cerebro. Los h u -
manos tienen en torno a treinta y tres m i l genes. A p r o x i m a d a m e n -
te un tercio de ellos construyen y activan funciones cerebrales. Y
aunque no tenemos m u c h o s más genes que los simios, unos pocos
centenares más p u e d e n marcar u n a diferencia cualitativa en la for-
ma de funcionar del cerebro, ya que los genes interactúan, a u m e n -
tando así de f o r m a exponencial el número de combinaciones posi-
bles. Esto se conoce c o m o la «explosión combinatoria»; en un
determinado m o m e n t o nuestros antepasados adquirieron unos
cuantos genes más y c o n ellos u n a m a q u i n a r i a cerebral mucho m a -
yor para construir y hacer funcionar un cerebro elaborado. A l g u -
nos de nuestros genes trabajan incluso más rápido que los de nues-
tros parientes animales más cercanos2 5
.
El cerebro h u m a n o no sólo es mayor y más complejo en gene-
ral, sino que casi todas sus regiones específicas se h a n expandido.
Por ejemplo, la corteza prefrontal, el conjunto de partes cerebra-
les simadas directamente detrás de la frente, es dos veces más grande
que la de otros primates (ver el diagrama de la página 8o
-)2 6
. También
es más compleja2 7
, ya que tiene un pliegue cortical que proporciona
espacio adicional para pensar. Estas regiones son clave para la «inteli-
gencia general»2 8
. Es aquí donde relacionamos los hechos, razona-
mos, sopesamos las opciones, ejercitamos la previsión, generamos
ideas, tomamos decisiones, resolvemos problemas, aprendemos de la
170
H E L E N FISHER
experiencia y planificamos sobre el futuro. También añadimos signi-
ficado y valor emocional a nuestros pensamientos, evaluamos los ries-
gos y supervisamos la adquisición de recompensas.
C o n esta extraordinaria región cerebral, la corteza prefrontal,
los humanos disponemos de u n a capacidad infinitamente mayor
para /wniarsobre el ser amado.
Nuestro cerebro h u m a n o también nos p e r m i t e sentir i n t e n -
samente. Francamente, llevo m u c h o tiempo convencida de que la
naturaleza fue demasiado lejos en lo que se refiere a las emociones
humanas. «Sentimos» demasiado. A h o r a sé p o r qué. El tamaño de
la amígdala h u m a n a , u n a región de f o r m a almendrada situada en
un lado de la cabeza, p o r debajo de la corteza, es el doble que el de
la amígdala de los simios2 9
. Esta región cerebral desempeña un pa-
pel fundamental en la generación del miedo, la rabia, la aversión y
la agresión; algunas de sus partes también p r o d u c e n placer. C o n
esta capacidad cerebral para generar emociones fuertes y a m e n u -
do violentas, los h u m a n o s podemos u n i r nuestro impulso de amar
con un enorme repertorio de sentimientos.
También estamos dotados de f o r m a excepcional para recordara.
la persona amada. «De todos los poderes de la mente, la m e m o r i a
es el más delicado y frágil», escribió B e n J o n s o n . Es verdad. C o m o
prueba, basta c o n intentar memorizar un p o e m a largo o intentar
recordar lo que hicimos hace u n a semana. Para ayudarnos a recor-
dar, sin embargo, la naturaleza inventó el hipocampo, la región d e l
cerebro que utilizamos para producir y almacenar recuerdos, cuyo
tamaño es casi el doble que el de esta m i s m a región en los grandes
simios3 0
. Esta región también recuerda a la perfección los sentimien-
tos asociados a los recuerdos. C o n esta extraordinaria fábrica y alma-
cén que es el hipocampo, los humanos podemos recordar los más pe-
queños detalles sobre la persona amada.
Pero de todas las partes cerebrales que evolucionaron c o n el fin
de intensificar la experiencia del romance, sin d u d a la más i m p o r -
tante es el núcleo caudado humano. Recordemos que el núcleo cau-
dado se activaba cuando nuestros sujetos aquejados de a m o r m i r a -
ban las fotos de sus enamorados. Esta región cerebral está asociada
con la atención concentrada y u n a motivación intensa hacia la ob-
tención de recompensas. Es el doble de grande que la de nuestros
171
P O R Q U É AMAMOS
parientes animales más cercanos3 1
. C u a n d o el núcleo caudado au-
mentó de tamaño en el homo erectus, es posible que se intensificara
el deseo de buscar y conseguir a u n a persona amada.
A la pregunta de cuándo ocurrió exactamente que u n a f o r m a
de magnetismo a n i m a l pasara a convertirse en el a m o r romántico
h u m a n o , c o n todos sus complejos pensamientos y sentimientos,
nadie conoce la respuesta. Pero muchos científicos creen hoy que
todas las partes del cerebro h u m a n o (excepto el cerebelo) se ex-
p a n d i e r o n al unísono3 2
. Sabemos cuándo comenzó a ocurrir: hace
aproximadamente dos millones de años. H a c e un millón de años,
las gentes de la especie homo erectus tenían cerebros considerable-
mente más grandes. H a c e aproximadamente 250.000 años, algunos
de nuestros antepasados homo sapiens tenían cerebros tan grandes
como el nuestro. Y h a c e 35.000 años, su cerebro había adoptado la
f o r m a que tiene en la actualidad.
La h u m a n i d a d había emergido de su crisol de la selva. Algún día
puede que abandone para siempre la T i e r r a y vuele hacia las estre-
llas. Estos viajeros llevarán en sus cabezas u n a m a q u i n a r i a mental
exquisita que nació en m e d i o de la hierba del África primitiva hace
un millón de años. E n t r e los talentos especiales se incluirá nuestro
ingenio, nuestro d o n para la poesía, el arte y el teatro, un espíritu
generoso y muchos otros rasgos cortejadores, i n c l u i d a la asombro-
sa capacidad h u m a n a para enamorarse perdidamente.
A M O R C A P R I C H O S O
«Pero estoy atado a ti / p o r cada u n o de mis pensamientos; / sólo
quiero ver tu cara, / sólo tu corazón ansio»3 3
. A mediados d e l si-
glo xvii, Sir Charles Sedley expresó c o n viveza este impulso intenso
de amar a otra persona. Pero, p o r desgracia, este sentimiento no
siempre es feliz.
C o m o sabemos, el a m o r romántico no va necesariamente de la
m a n o del deseo de unirse a u n a pareja durante un largo periodo.
Podemos enamorarnos de alguien que tenga un estilo de vida m u y
diferente, c o n q u i e n n u n c a desearíamos casarnos. Y podemos de-
sarrollar u n a pasión romántica p o r u n a persona mientras nos senti-
172
H E I X N FISHER
mos estrechamente unidos a otra, generalmente nuestro cónyuge.
Ademas, podemos practicar el sexo c o n alguien p o r q u i e n no senti-
mos un a m o r romántico o incluso sentir u n a pasión romántica p o r
un individuo mientras copulamos c o n otro. Qué locura, emparejar-
se social o sexualmente c o n u n a persona y estar perdidamente ena-
morados de otra.
¿Por qué los circuitos cerebrales del a m o r romántico se separa-
r o n de los sentimientos de deseo sexual y apego duradero?
C r e o que la volubilidad del a m o r es parte del plan de la natura-
leza. Si un varón homo erecíus tenía mujer y dos hijos, y se enamoraba
de u n a mujer de u n a tribu diferente y concebía con ella en secreto
otros dos hijos, conseguía duplicar el número de sus descendien-
tes. D e l mismo m o d o , u n a de nuestras antepasadas que estuviera
casada c o n un h o m b r e y sin embargo se quedara embarazada de
otro, podía parir el hijo de su amante y además obtener c o m i d a y
protección extra para los hijos que ya tenía. En resumen, los volu-
bles circuitos del a m o r romántico son caprichosos porque así lo
prefiere la naturaleza. Esto permitió a nuestros ancestros seguir dos
estrategias reproductivas complementarias a la vez. El m u c h a c h o de T u r -
kana y sus parientes podían mantener u n a relación c o n su pareja
que contara c o n la aprobación social; c o n el amante clandestino, po-
dían engendrar más hijos y además adquirir recursos adicionales.
H o y en día muchos hombres y mujeres siguen aplicando esta
doble estrategia reproductiva. Las estadísticas más recientes sobre
el adulterio en Estados U n i d o s proceden de un estudio realizado
en 1994 en el N a t i o n a l Opinión Research Center de Chicago (Cen-
tro N a c i o n a l de Investigación de Opinión). L o s científicos realiza-
r o n u n a encuesta a tres m i l cuatrocientos treinta y dos estadouni-
denses de edades comprendidas entre los dieciocho y los cincuenta
y nueve años, en la que se les preguntaba acerca de muchos aspec-
tos de su sexualidad3 4
. U n a cuarta parte de esos hombres y el 15 p o r
ciento de las mujeres respondieron que habían tenido alguna aven-
tura amorosa durante su matrimonio. Puede que varios m i n t i e r a n ,
porque muchos científicos piensan que esta cifra es demasiado baja3 5
.
Los maridos y esposas infieles incluso tienen hijos c o n su pareja
clandestina. En un p r o g r a m a de 1998 para detectar enfermedades
genéticas, los científicos se q u e d a r o n atónitos al descubrir que el
173
P O R Q U É AMAMOS
10 p o r ciento de los niños sometidos a las pruebas no eran los vasta-
gos de sus padres legales3 6
.
Estas personas adúlteras no constituyen casos excepcionales. La
infidelidad es común a todas las sociedades h u m a n a s conocidas3 7
.
El «engaño» es frecuente incluso entre otras criaturas «socialmen¬
te monógamas»3 8
. En un estudio realizado c o n ciento ochenta es-
pecies de aves cantoras, aproximadamente un 90 p o r ciento de las
hembras parían varias crías que no tenían n i n g u n a relación genéti-
ca c o n el «padre» que las a l i m e n t a b a 3 9
. De h e c h o , se ha dicho que
la única criatura verdaderamente monógama del estado de Califor-
n i a es u n a d e t e r m i n a d a clase de roedor.
H e m o s sido hechos para a m a r y volver a amar. Qué alegría nos
produce esta pasión cuando estamos solteros y empezando nuestra
vida, cuando estamos divorciados en nuestros años de madurez o
cuando nos quedamos solos al ir envejeciendo. Qué confusión, qué
p e n a puede generar esta química cuando estamos casados c o n al-
guien a q u i e n admiramos y nos enamoramos de otra persona.
La i n d e p e n d e n c i a de estos sistemas emocionales (el deseo se-
x u a l , la atracción romántica y el apego) evolucionó en nuestros an-
cestros para p e r m i t i r que hombres y mujeres mantuvieran varias
relaciones a la vez. P e r o estos circuitos cerebrales h a n creado hoy
en día u n a tremenda confusión, contribuyendo a los patrones m u n -
dialmente extendidos del adulterio y d e l divorcio, a la alta i n c i d e n -
cia de los celos, el acoso, el maltrato conyugal y a la generalización
de los homicidios, suicidios y depresiones clínicas asociadas c o n la
pasión desdeñada.
E l a m o r perdido. Casi todo e l m u n d o conoce l a angustia d e l re-
chazo. ¿Por qué nos h u n d i m o s en la desesperación cuando perde-
mos a la persona que adoramos?
174
7
E L AMOR PERDIDO
Rechazo, desesperación y furia
Yace inmóvil, yace inmóvil mi corazón roto;
Mi corazón mudo, yace inmóvil y solo:
La vida, y el mundo, y mi propio ser, han cambiado
por culpa de un sueño.
CHRISTINA ROSSETTI
«Mirage»1
« C a m i n o tierra adentro, tierra adentro, tierra adentro, / camino
tierra adentro. / N a d i e me ama, y ella menos que nadie, p o r eso ca-
m i n o t i e r r a adentro»2
. U n anónimo esquimal d e l A r t i c o recitó este
triste p o e m a en la década de 1890.
Casi todo el m u n d o siente la angustia del rechazo amoroso en a l -
gún m o m e n t o de su vida. Yo sólo he encontrado a tres personas que
dicen no haber sido «plantadas» n u n c a p o r la persona que adora-
ban. Dos de ellas eran hombres y la otra mujer. L o s hombres eran
guapos, sanos, ricos y tenían g r a n éxito en su profesión. La mujer
era u n a joven estrella de la televisión. Estas personas no a b u n d a n .
Entre los estudiantes universitarios de Case Western Reserve, el 93
p o r ciento de ambos sexos dijeron haber sido rechazados p o r al-
g u i e n a q u i e n amaban apasionadamente. El 99 p o r ciento dijo tam-
bién haber rechazado a alguien que estaba profundamente ena-
m o r a d o de ellos3
. Casi nadie en el m u n d o escapa a los sentimientos
de vacío, desesperanza, m i e d o y f u r i a que puede generar el recha-
zo4
. C o m o dijo E m i l y D i c k i n s o n , «La separación es todo lo que ne-
cesitamos saber d e l infierno».
D a d o que mis colegas d e l experimento c o n el escáner y yo que-
ríamos c o m p r e n d e r toda la diversidad de sentimientos románticos,
nos embarcamos en un segundo proyecto: escanear los cerebros de
personas que recientemente se h u b i e r a n visto rechazadas p o r sus
parejas románticas. Encontramos muchos voluntarios; todos sufrían
175
P O R QUÉ AMAMOS
un dolor psicológico insoportable. A pesar de su pena, o quizas de-
b i d o a ella, estaban deseando pasar p o r la p r u e b a de I M R f . En el
m o m e n t o en que escribo estas líneas, el e x p e r i m e n t o está en p l e n o
desarrollo, pero los participantes ya me h a n contado muchas cosas
sobre esta angustia y las fases de la desesperación p o r las que debe
pasar el amante rechazado.
El poeta D o n a l d Yates escribió en cierta ocasión: «Las personas
sensatas en cuanto al a m o r son incapaces de sentirlo»5
. C o m o vere-
mos, pocos de nosotros somos sensatos cuando se trata de u n a pa-
sión romántica rechazada. No estamos preparados para ello.
L O S AMANTES RECHAZADOS
«¿Acabas de sufrir un rechazo amoroso? ¿Y no puedes superar-
lo?» M i s colegas y yo colgamos u n a nota en el tablón de anuncios
de psicología del campus de Stony B r o o k de la State University of
N e w York que comenzaba con esas palabras. Estábamos decididos a
escanear los cerebros de hombres y mujeres cuyo a m o r h u b i e r a
sido desdeñado. Buscábamos sólo a personas que estuvieran sufrien-
do realmente.
L o s amantes rechazados f u e r o n rápidos en responder. Al igual
que en nuestro experimento anterior, excluimos a las personas zur-
das, que llevaran algo de metal en la cabeza (por ejemplo, aparatos
dentales), a los que estaban t o m a n d o medicamentos antidepresi-
vos o a los que sufrían claustrofobia. L u e g o llamé a los voluntarios y
mantuve u n a larga conversación c o n ellos, c o m e n t a n d o los deta-
lles de sus desdichadas historias amorosas y explicándoles p o r m e -
norizadamente lo que ocurriría c u a n d o se les realizara el escáner
cerebral.
El p r o c e d i m i e n t o que les describí fue el m i s m o que el que ha-
bíamos utilizado c o n los sujetos felizmente enamorados. C a d a par-
ticipante tenía que m i r a r alternativamente la foto de la persona
amada, que en este caso les había rechazado, y otra neutra que no
generara sentimientos positivos ni negativos; entre ambas tareas el
sujeto tendría que llevar a cabo el proceso de l i m p i e z a m e n t a l con-
sistente en contar hacia atrás de siete en siete a partir de un núme-
176
H E L E N FISHER
ro de varias cifras. Mientras, la máquina de I M R f iría registrando su
actividad cerebral.
Las entrevistas previas me resultaron difíciles. Me sentía conmovi-
da por las historias que me contaban. Me parecía que todos estos
hombres y mujeres a los que les habían roto el corazón se hallaban
profundamente deprimidos. Esto ya lo esperaba. Pero muchos tam-
bién estaban enfadados, y fue este aspecto imprevisto d e l rechazo
amoroso el que me hizo c o m p r e n d e r el terrible poder de la pasión.
La p r i m e r a vez que advertí este escalofriante «amor-odio», c o m o
lo d e n o m i n ó el dramaturgo A u g u s t Strindberg, fue a raíz de mi se-
sión de escáner cerebral c o n Bárbara.
A M O R - O D I O
Habíamos escaneado el cerebro de Bárbara c u a n d o estaba feliz
y locamente e n a m o r a d a de M i c h a e l . C o m o pasó c o n todos los de-
más sujetos d e l e x p e r i m e n t o que estaban felizmente enamorados,
Bárbara había salido resplandeciente d e l p r i m e r experimento. Le
brillaban los ojos. Se reía suavemente. Se levantó de la c a m i l l a d e l
aparato de I M R f con alegría, llena de entusiasmo y optimismo. Y c o -
mentó lo feliz que se había sentido durante el rato que había esta-
do m i r a n d o la fotografía de M i c h a e l , repasando sus recuerdos de
los m o m e n t o s vividos juntos. P e r o esta euforia no le duraría m u -
cho. C i n c o meses más tarde, M i c h a e l la dejó.
Lo supe u n a mañana, al entrar en el laboratorio de Psicología de
Stony B r o o k y encontrarla sollozando sobre u n a gran mesa de reu-
niones. Me entristeció m u c h o ver a esta encantadorajoven tan abati-
da. Tenía el pelo enmarañado. Había p e r d i d o peso. Su cara estaba
pálida, surcada p o r las lágrimas. Parecía que los brazos le pesaran;
apenas se movía. Me dijo que estaba «muy deprimida»; que «su auto-
estima se había venido abajo». «Mis pensamientos», decía, «vuelven
hacia M i c h a e l u n a y otra vez... Siento un n u d o de p e n a en el pecho».
De hecho, se había pasado la mañana sentada en la cama, c o n la
mirada perdida.
Me quedé tan c o n m o v i d a p o r su tristeza que tuve que abando-
nar la sala. Pero c u a n d o me encontraba en un despacho cercano
177
P O R QUÉ AMAMOS
tratando de reponerme, me di cuenta de que Bárbara podía ofrecer
u n a información de un increíble valor científico: podía mostrarnos
lo que ocurría en el cerebro c u a n d o alguien ha sufrido u n a p r o f u n -
da desilusión amorosa.
Así que, disculpándome, le pregunté a Bárbara si estaría dispues-
ta a someterse de nuevo al escáner, esta vez c o m o sujeto e x p e r i m e n -
tal d e l rechazo amoroso. Le advertí que el h e c h o de pensar en su
relación mientras se encontraba en el escáner podía desatar senti-
mientos m u y poderosos, y le garanticé que hablaría con ella después
de la sesión p a r a tranquilizarla (si era necesario) y que la llamaría a
su casa varios días después de aplicar el procedimiento p a r a asegu-
rarme de que el experimento no había a u m e n t a d o su desespera-
ción. Sin embargo, le expliqué, esta sesión de escáner podría ayu-
dar a otras personas que estuvieran sufriendo lo mismo que ella. Le
propuse c o n cierta vacilación que hiciéramos el experimento en el
mismo día.
L a amable j o v e n aceptó.
Mientras íbamos hacia el laboratorio d e l escáner, Bárbara c a m i -
naba arrastrando los pies; parecía que el sufrimiento la ahogaba.
Esto sólo fue el p r i n c i p i o . A u n q u e yo ya imaginaba que Bárbara
estaría m u y triste, lo que ocurrió justo al t e r m i n a r el experimentó
me dejó estupefacta. Bárbara se levantó de golpe de la camilla d e l
escáner y salió d a n d o un portazo, marchándose enseguida d e l edi-
ficio. No me dio tiempo a hablar c o n ella, ni tampoco esperó a co-
brar los cincuenta dólares acordados c o m o compensación p o r par-
ticipar en el proyecto. Me quedé aún más s o r p r e n d i d a c u a n d o a la
media h o r a volvió a recoger el dinero. Estaba completamente des-
trozada. Le rogué que se sentara c o n m i g o en la sala de espera. Lo
hizo. Entonces comenzó a hablar.
Me dijo que mientras m i r a b a la foto de M i c h a e l durante el expe-
rimento se había acordado de todas sus peleas. «Nunca conseguiré
superarlo», soltó de repente; y luego empezó a llorar. Mientras so-
llozaba, descubrí que a Bárbara le pasaba algo más: estaba furiosa
conmigo. Me miraba entre las lágrimas. De repente gritó: «¿Por qué
quieres estudiar esto?». Siguió despotricando mientras yo la m i r a b a
sin pestañear, demasiado asombrada para poder hablar. Poco a
poco me fui dando cuenta de algo importante: la experiencia h a -
178
H E L E N FISHER
bía provocado en Bárbara lo que el psicólogo Reíd M e l o y d e n o m i -
na «la furia d e l abandono»6
. Bárbara no estaba furiosa c o n m i g o ;
estaba furiosa c o n M i c h a e l . Me atacó a mí porque era a q u i e n tenía
a m a n o .
¿Estaban de alguna m a n e r a conectados los circuitos d e l a m o r
romántico, me preguntaba, c o n las redes cerebrales de lo que los
psicólogos llaman odio/furia?
D u r a n t e m u c h o tiempo había creído que lo contrario al a m o r
no era el odio, sino la indiferencia. En aquel m o m e n t o empecé a
sospechar que el a m o r y el o d i o / f u r i a podían estar sutilmente co-
nectados en el cerebro h u m a n o , y que la indiferencia podía ir apa-
rejada con un circuito completamente distinto. P o r otra parte, quizá
esta relación cerebral entre el a m o r y el o d i o / f u r i a podía explicar
por qué los sucesos pasionales, c o m o el acoso, el h o m i c i d i o o el sui-
cidio, son tan frecuentes en el m u n d o : cuando u n a relación se r o m -
pe y el i m p u l s o de amar se ve frustrado, el cerebro puede convertir
fácilmente esta fuerza poderosa en furia.
L A P A R A N O I A D E L A B A N D O N O
«Sin d u d a es m e j o r así. S i n d u d a , c o n el t i e m p o aprendería / a
odiarte c o m o al resto / a las que u n a vez amé»7
. El poeta W. D. S n o d -
grass sabía c ó m o se sentía Bárbara. De hecho, vi esta m i s m a furia
amarga en otros sujetos que habían sido víctimas d e l a b a n d o n o de
su pareja, c u a n d o salían de la máquina d e l escáner cerebral.
También observé esta p a r a n o i a en u n a b e l l a j o v e n l l a m a d a Ka¬
ren. El novio de K a r e n , T i m , la había dejado hacía tres meses. L l e -
vaban casi dos años saliendo y tenían pensado casarse. Ya habían
ñjado u n a fechay habían elegido el anillo de bodas. Así que, cuando
él la dejó p o r u n a c h i c a de su oficina, e l l a no podía creerlo. «Perdí
casi siete kilos en dos semanas», se lamentaba K a r e n . «Pienso en él
constantemente», m e dijo. « T o d o m e p o n e triste. N o m e i m p o r t a
m i aspecto n i c o n q u i e n estoy. N o m e i m p o r t a nada. E s terrible;
m u y doloroso». Había guardado todas las fotos de T i m en u n a
caja y la había escondido en el a r m a r i o . Y estaba pensando en to-
m a r antidepresivos.
179
P O R QUÉ AMAMOS
Mi día c o n K a r e n resultó m u y raro. Parecía m u y abatida c u a n d o
me reuní con ella en la estación G r a n d Central, en N u e v a York, la
mañana del escáner. Pero se mostró sociable, incluso simpática, d u -
rante las dos horas del trayecto en tren hasta Stony Brook. Sin em-
bargo, c u a n d o llegamos al l a b o r a t o r i o de Psicología, pasó de la
locuacidad al desánimo. C u a n d o íbamos a comer, tenía los ojos llo-
rosos. N o p u d o p r o b a r n i u n trozo d e s u pizza n i s u refresco, n o
comió ni bebió nada. Y c a m i n a b a rezagada mientras íbamos hacia
el laboratorio. Empezó a pensar que no debía haberse presentado
voluntaria, que odiaba a T i m , que no quería acordarse de él. «Todo
esto es un gran error», se decía.
Sin embargo, K a r e n no me comentó n a d a de esto antes de la se-
sión de escáner. Escaneamos su cerebro sin que se produjera n i n -
gún incidente. Pero c u a n d o salió de la máquina estaba m u y nervio-
sa. Yahí empezó todo: se volvió hacia el sorprendido radiólogo y le
acusó de haber p r o g r a m a d o el n o m b r e de «Tim» en los sonidos de
la máquina. «Tim; T i m ; T i m ; Tim.» N o s dijo que había escuchado
repetidamente el n o m b r e de T i m mientras m i r a b a su foto. Yo le
aseguré u n a y otra vez que no la habíamos engañado; que ni a pro-
pósito hubiéramos p o d i d o m a n i p u l a r aquella compleja máquina
que valía varios millones de dólares, y que ni p o r asomo habría tra-
tado n u n c a d e atormentarla i n t r o d u c i e n d o e l n o m b r e d e T i m e n
los sonidos d e l escáner.
No pareció creerme hasta que volvimos al tren, después de dos
horas y varias cervezas. Al final, c u a n d o pensé que había recupe-
rado su confianza, le pregunté c o n cautela si alguien de su f a m i l i a
era paranoico. «Sí», contestó. «Mi madre». No alargué más la c o n -
versación.
Entrevisté a cada participante inmediatamente después de que
salieran de la máquina de I M R . Quería saber c ó m o se sentían c u a n -
do m i r a b a n la fotografía de la persona amada, qué pasaba p o r su
mente c u a n d o m i r a b a n la fotografía n e u t r a y sus sensaciones m i e n -
tras realizaban la tarea de la cuenta atrás. Aparentemente, mientras
K a r e n miraba la fotografía de T i m , su melancolía y su decepción se
habían convertido en furia. Este enojo debió de provocar la para-
noia, porque, según me dijo más tarde, fue después de sentir esa furia
cuando creyó oír que se repetía constantemente el n o m b r e de T i m .
180
H E L E N FISHER
F u r i a , paranoia; estas reacciones no las había previsto más que
vagamente. Pero sí estaba convencida de que nuestros sujetos re-
chazados saldrían de la máquina d e l escáner sintiéndose infelices.
Yacerté. U n a mujer j o v e n lloró tanto durante el experimento que
mojó la a l m o h a d a que utilizábamos p a r a apoyar la cabeza d e l suje-
to. De hecho, p u d e ver esta angustia en casi todos las personas que
habían sufrido el desdén d e l amor. Y durante cada encuentro c o n
ellos no p u d e dejar de pensar en los innumerables hombres y m u -
jeres que en cualquier rincón d e l m u n d o habían padecido la mis-
ma desesperación.
A M O R - D E S E S P E R A C I Ó N
«Madre, no p u e d o seguir al telar; / Me d u e l e n los dedos, tengo
secos los labios; / ¡Oh, si tú sintieras el d o l o r que yo siento! / Pero,
¿quién lo ha sentido c o m o yo?»3
. He aquí u n a respuesta a la deses-
perada pregunta que Safo formuló hace más de dos m i l quinientos
años: millones de personas h a n sentido la pena del rechazo amoroso.
Desde las Américas hasta Siberia, miles de personas h a n dejado
constancia lírica de este sufrimiento. Un i n d i o azteca dejó escritas
estas melancólicas palabras en el siglo x v i : «Ahora sé / p o r qué mi
padre / salía / y lloraba / bajo la lluvia»9
. «Miro la m a n o que tú co-
gías, y apenas p u e d o soportar el dolor», escribió un poeta j a p o n é s 1 0
.
Y E d n a St. V i n c e n t M i l l a y escribió estos desgarradores versos: «Dul-
ce amor, dulce espina, c u a n d o suavemente dejé que te clavaras en
mi corazón, me provocaste la m u e r t e / y yago d e s p e i n a d a sobre
la hierba, / c o m o un objeto mojado, e m p a p a d o p o r las lágrimas y la
lluvia»1 1
.
L o s antropólogos también h a n encontrado pruebas de este do-
lor. U n a mujer j a p o n e s a a b a n d o n a d a confesaba: «No p u e d o sopor-
tar la vida. T o d o lo que me interesaba ha desaparecido»1 2
. « M e sen-
tía sola y realmente triste; y lloraba. Dejé de comer y no dormía bien;
no podía concentrarme en mi trabajo», se lamentaba u n a mujer re-
chazada de P o l i n e s i a 1 3
. Cerca del nacimiento d e l río Sepik, en
N u e v a G u i n e a , los hombres rechazados c o m p o n e n trágicas cancio-
nes de a m o r a las que l l a m a n «namai», canciones sobre m a t r i m o -
181
P O R QUÉ AMAMOS
nios que «podrían haber sido»1 4
. Y e n India, varios hombres y m u -
jeres con el corazón destrozado h a n formado un club: la Sociedad
para el Estudio de los Corazones Rotos. El tres de mayo de cada
año celebran el Día N a c i o n a l de los Corazones Rotos, intercam-
biando sus historias y consolándose m u t u a m e n t e 1 5
.
El rechazo de la persona amada h u n d e al amante no correspon-
dido en u n o de los sufrimientos emocionales más profundos y per-
turbadores que puede soportar un ser h u m a n o . La pena, la furia y
muchos otros sentimientos p u e d e n invadir el cerebro c o n tal vigor
que la persona apenas consiga comer o dormir. L o s grados y mati-
ces de este intenso malestar varían en la misma m e d i d a que lo ha-
cen las personas entre sí. S i n embargo, los psiquiatras y neurocien-
tíficos dividen el rechazo romántico en dos fases principales: la
«protesta» y la «resignación/desesperación»1 6
.
D u r a n t e la fase de la protesta, los amantes abandonados i n t e n -
tan obsesivamente recuperar a su ser amado. C u a n d o la resigna-
ción se asienta en ellos, se rinden p o r completo y desembocan en la
desesperación.
F A S E P. P R O T E S T A
C u a n d o las personas empiezan a darse cuenta de que el ser ama-
do está pensando en terminar la relación, generalmente entran en
un estado de intensa i n q u i e t u d . Invadidos por la añoranza y la nos-
talgia, dedican casi todo su tiempo, su energía y su atención a la pa-
reja que está a punto de abandonarles. Su obsesión es el reencuen-
tro c o n su amante.
M u c h o s de los sujetos que se sometieron al escáner tenían difi-
cultades para dormir. Varios de ellos habían perdido peso. A l g u n o s
temblaban. Otros suspiraban mientras me hablaban de su ser ama-
do en la entrevista previa al escáner. Todos hacían m e m o r i a inten-
tando concentrarse en los m o m e n t o s problemáticos, buscando
repetidamente pistas acerca de qué era lo que había fallado y eva-
l u a n d o c ó m o se podría evitar el d e s m o r o n a m i e n t o de la relación.
Y todos me decían que n u n c a dejaban de pensar en el otro; pasa-
ban el día entero pensando en «él» o en «ella».
182
H E L E N FISHER
Los amantes rechazados también toman medidas extraordinarias
para reencontrarse c o n su pareja, volviendo a visitar los sitios que
solían frecuentar, telefoneando día y noche, escribiendo cartas o
enviando constantemente correos electrónicos. Suplican. H a c e n
espectaculares entradas en la casa o el lugar de trabajo de su ser
amado, se m a r c h a n furiosos, para al poco volver y renovar su llama-
miento a la reconciliación. La mayoría están tan obsesionados p o r
la pareja p e r d i d a q u e todo les r e c u e r d a a ella. En palabras d e l
poeta K e n n e t h Fearing, «esta noche estás en mi pelo y en mis ojos,
/ y cada farola j u n t o a la que pasa nuestro taxi te muestra, / a ti otra
vez, todavía a ti»17
.
Las personas rechazadas anhelan el reencuentro sobre todas las
cosas. P o r eso protestan, tratando denodadamente de encontrar el
más pequeño resquicio de esperanza.
L A A T R A C C I Ó N D E L A F R U S T R A C I Ó N
«El a m o r es u n a enfermedad plagada de aflicciones / que recha-
za todos los r e m e d i o s ; / u n a planta que crece cuanto más la cortas,
/ que se vuelve más estéril cuanto más la c u i d a s / ¿Por qué?» El poe-
ta Samuel D a n i e l describió e n el siglo XVII esta p e c u l i a r i d a d d e l
amor romántico: a m e d i d a que se intensifica la adversidad, lo hace
también la pasión romántica. Este f e n ó m e n o es tan c o m ú n en la
literatura y en la vida que he acuñado un término para definirlo:
«la atracción de la frustración». Y sospecho que la atracción de la
frustración está relacionada c o n la química del cerebro.
C o m o sabemos, la d o p a m i n a se produce en unas fábricas situa-
das en el «sótano» del cerebro; de allí se b o m b e a n hacia el núcleo
caudado y otras regiones cerebrales donde se genera la motivación
para alcanzar unas determinadas recompensas. S i n embargo, si la
recompensa esperada tarda en llegar, estas neuronas productoras
de d o p a m i n a prolongan su actividad, aumentando los niveles cere-
brales de este estimulante n a t u r a l 1 8
. Y l o s niveles altos de d o p a m i n a
están asociados c o n u n a motivación intensa y unas conductas d i r i -
gidas a unos objetivos, así c o m o c o n la ansiedad y el m i e d o 1 9
. El
dramaturgo latino Terencio resumió, sin saberlo, esta química de
183
P O R Q U É AMAMOS
la atracción de la frustración al decir que «Cuanto m e n o r es mi es-
peranza, mas ardiente es mi amor».
Los psiquiatras T h o m a s Lewis, Fari A m i n i y R i c h a r d L a n n o n sos-
tienen que esta respuesta de protesta es un mecanismo básico de
los mamíferos que se activa cuando se r o m p e cualquier tipo de re-
lación social2 0
. U t i l i z a n el ejemplo de un perro. C u a n d o se separa a
un cachorro de su madre y se le deja solo en la cocina, éste empieza
a ir de un lado para otro. Se pone a rastrear el suelo frenética e infa-
tigablemente, araña la puerta, b r i n c a p o r las paredes, ladra y gimo-
tea a m o d o de protesta. Las crías de rata que son separadas de su
madre apenas p u e d e n d o r m i r debido a la intensa excitación de su
cerebro2 1
.
Estos psiquiatras creen, al igual que yo, que esta reacción de pro-
testa está asociada c o n unos niveles elevados de d o p a m i n a y de no-
repinefrina. El aumento de los niveles de d o p a m i n a y norepmefrina,
según dicen, incrementa el estado de alerta y estimula al i n d i v i d u o
abandonado a buscar y reclamar ayuda.
Efectivamente, la protesta puede ser m u y eficaz en las relaciones
amorosas. L o s que a b a n d o n a n a su pareja a m e n u d o se sienten pro-
fundamente culpables de ser los causantes de la r u p t u r a 2 2
. Así que,
cuanto más protesta la persona rechazada, más probable es que la
persona que provoca la r u p t u r a reconsidere su actitud y reanude
la relación. M u c h o s lo hacen, al menos temporalmente. La protes-
ta funciona.
Pero no siempre. Aveces la ruptura de la relación romántica pue-
de i n d u c i r al pánico a la pareja abandonada.
L A A N S I E D A D D E L A S E P A R A C I Ó N
Al igual que el impulso de protestar, esta respuesta de pánico es
también frecuente en la naturaleza; se l l a m a «ansiedad de separa-
c i ó n » 2 3
. C u a n d o u n a madre a b a n d o n a a su polluelo o a su cacho-
rro, estas pequeñas criaturas se quedan profundamente trastorna-
das. Su i n q u i e t u d empieza p o r mostrarse en su latido cardiaco. La
cría llora y hace gestos de succión. Estas «llamadas de angustia» son
frenéticas y frecuentes. L o s cachorros de perro y de n u t r i a g i m e n e
184
H E L E N FISHER
incluso sollozan. L o s pollitos pían. L o s bebés del macaco rhesus
ululan tristemente. C u a n d o las crías de rata son separadas de sus
madres, emiten gemidos ultrasónicos incesantemente2 4
. El neu-
rólogo Jaak Panksepp cree que la ansiedad de separación la gene-
ra en el cerebro el sistema del pánico, u n a compleja r e d cerebral
que hace que nos sintamos débiles, asustados y nos falte la respira-
c i ó n 2 5
.
También entra en acción otro sistema cerebral relacionado c o n
el del pánico: el sistema del estrés. El estrés comienza en el hipotá-
lamo, d o n d e se produce la h o r m o n a que libera la corticotrofina
( C R H ) , siendo enviada hacia la pituitaria, próxima a él; aquí se i n i -
cia la emisión de A C T H , la h o r m o n a de la adrenocortícotrofina.
Esta a su vez viaja p o r el flujo sanguíneo hasta la glándula suprarre-
nal (situada e n c i m a d e l riñon) y o r d e n a a la corteza adrenal que
sintetice y libere cortisol, «la h o r m o n a del estrés». Entonces el cor¬
tisol activa u n a miríada de sistemas cerebrales y corporales para
contrarrestar el estrés. E n t r e ellos, el sistema i n m u n i t a r i o , que se
acelera para luchar contra la e n f e r m e d a d 2 6
. A pesar de esta b u e n a
predisposición del cuerpo, los amantes decepcionados t i e n d e n a
sufrir dolor de garganta y resfriados. El estrés pasajero también ac-
tiva la producción de d o p a m i n a y norepinefrina, y suprime la acti-
vidad de la s e r o t o n i n a 2 7
, la combinación de elixires asociados al
amor romántico.
Resulta irónico: cuando el ser adorado se nos escapa, las mismas
sustancias químicas que contribuyen al sentimiento d e l a m o r co-
bran todavía más fuerza, intensificando el a r d o r de la pasión, el
miedo y la ansiedad, e impulsándonos a protestar y procurar c o n to-
das nuestras fuerzas retener nuestra recompensa: el ser amado que
nos abandona.
L A F U R I A D E L A B A N D O N O
El intento de recuperar a nuestro ser amado, la necesidad de él,
la ansiedad de la separación y el pánico p o r la i n m i n e n t e pérdida
son todas reacciones, todas ellas, que tienen sentido para mí. Pero,
¿qué es lo que hace que las personas rechazadas se p o n g a n tan fu-
185
P O R QUÉ AMAMOS
riosas? Incluso cuando el amante que nos abandona asume sus res-
ponsabilidades c o m o amigo (y a m e n u d o coprogenitor) y pone fin
a la relación de f o r m a compasiva y sincera, muchas personas recha-
zadas pasan bruscamente de sentir pena a sentir u n a ira inconteni-
ble. El poeta inglés J o h n Lyly comentó m u y atinadamente este fenó-
m e n o en 1579: «Así c o m o el mejor vino se convierte en el vinagre
más agrio, el a m o r más p r o f u n d o se t o r n a en el odio más mortal».
¿Porqué?
Porque el a m o r y el odio están estrechamente ligados en el cere-
b r o h u m a n o . L o s circuitos primarios del o d i o / f u r i a atraviesan las
regiones de la amígdala y llegan hasta el hipo tálamo, prolongándo-
se hacia otras áreas del cerebro c o m o la materia gris del periacue-
ducto, u n a región situada en el mesencéfalo2 8
. Otras áreas cere-
brales intervienen también en la furia que sentimos, entre ellas la
ínsula, u n a parte de la corteza que recoge datos procedentes de
la fisiología corporal i n t e r n a y de los sentidos2 9
. P e r o aquí está la
clave: la r e d cerebral básica para la furia está estrechamente conec-
tada c o n los centros de la corteza prefrontal d o n d e se procesa la
evaluación y la esperanza de la recompensa3 0
. Y c u a n d o las personas
u otros animales comienzan a darse cuenta de que u n a r e c o m p e n -
sa esperada está en peligro o es incluso inaccesible, estos centros de
la corteza prefrontal envían señales a la amígdala y desencade-
nan la f u r i a 3 1
.
C o n o c i d a entre los psicólogos como la «hipótesis de la frustra-
ción-agresión», esta respuesta airada ante las expectativas no c u m -
plidas, es b i e n c o n o c i d a en los animales. P o r ejemplo, c u a n d o los
circuitos cerebrales de r e c o m p e n s a de un gato se estimulan artifi-
cialmente, éste siente un intenso placer. Si el estímulo se retira, el
gato se enfada. D e l mismo m o d o , los amantes desdeñados se po-
n e n más y más furiosos. «Todo nuestro raciocinio t e r m i n a p o r r e n -
dirse ante los sentimientos», escribió Blaise Pascal. Pascal sabía per-
fectamente hasta qué p u n t o podemos convertirnos en víctimas de
nuestras emociones.
Sin embargo, la furia no tiene p o r qué dirigirse siempre hacia la
recompensa p e r d i d a 3 2
. Un m o n o enfurecido desahogará su ira so-
bre u n o de sus subordinados en lugar de atacar a un superior. De la
misma manera, un amante rechazado puede dar u n a patada a u n a
186
H E L E N FISHER
silla, estrellar un vaso o enfadarse c o n un amigo o colega en lugar
de golpear al amante infiel.
P o r tanto, el a m o r romántico y la furia d e l abandono se encuen-
tran íntimamente conectados en el cerebro. Y, si nos paramos a p e n -
sarlo, estas dos pasiones tienen m u c h o en común. Ambas están aso-
ciadas con la excitación corporal y mental; ambas p r o d u c e n u n a
energía excesiva; ambas nos llevan a centrar obsesivamente nuestra
atención en el ser amado; ambas generan conductas dirigidas a unos
objetivos y ambas p r o d u c e n un intenso anhelo, ya sea de unión c o n
la persona amada o de venganza hacia el amante que nos abandona.
No es de extrañar que Bárbara, nuestra participante en el expe-
rimento d e l escáner, se volviera c o n t r a mí. Bárbara debió de sentir
un intenso amor romántico hacia M i c h a e l cuando miraba su foto-
grafía; luego, su pasión rechazada se convirtió en frustración, lo
que a su vez desencadenó su odio y su furia. Yo no fui más que un
blanco fácil.
« U n o de los vestigios d e l h o m b r e primitivo es el h o m b r e actual»,
escribió el psiquiatra D a v i d H a m b u r g . ¿Por qué nuestros ancestros
desarrollaron unas conexiones cerebrales que nos p e r m i t e n odiar
a la persona que adoramos?
E L P R O P Ó S I T O D E L A F U R I A D E L A B A N D O N O
La furia es excesivamente cara desde el p u n t o de vista metabóli-
co. Estresa el corazón, eleva la presión sanguínea y a n u l a el sistema
i n m u n i t a r i o 3 3
. P o r tanto, esta conexión entre el a m o r romántico y
la furia d e l a b a n d o n o probablemente se desarrolló p a r a solucionar
un p r o b l e m a importante relacionado c o n el apareamiento y la re-
producción.
Al p r i n c i p i o creí que este cableado d e l cerebro podría deberse a
un propósito d e l cortejo completamente diferente: el de luchar c o n -
tra los rivales.
«La estación d e l a m o r es también la de la lucha», escribió D a r -
w i n 3 4
. En efecto, durante la época d e l apareamiento, los machos de
muchas especies animales hacen dos cosas a la vez: el cortejo y la l u -
c h a c o n sus competidores. L o s carneros, las focas m a c h o y los m a -
187
P O R Q U É AMAMOS
chos de muchas otras especies deben luchar unos c o n otros p a r a
ganarse el derecho al cortejo. Así que supuse que quizás la atrac-
ción y el o d i o / f u r i a estaban estrechamente conectadas en el cere-
bro de los mamíferos c o n el fin de p e r m i t i r que los pretendientes
pasaran fácilmente de sentirse atraídos p o r u n a posible pareja a e n -
furecerse ante un rival y viceversa. Pero esta teoría no se sostuvo tras
un estudio más detallado.
L o s combativos pretendientes masculinos se pavonean, posan
y se atacan c o m o si fueran gladiadores enfrentándose a un duelo
p o r su a m o r y su honor. Y c u a n d o el combate ha t e r m i n a d o , el ga-
n a d o r suele manifestar sentimientos de triunfo mientras que el
perdedor se escabulle cubierto de i g n o m i n i a . P e r o n i n g u n o de los
dos parece estar furioso. Existen sólidas pruebas biológicas de que
el sistema neurológico de la competición entre machos durante el
cortejo es independiente del sistema cerebral de la furia. Esta rivali-
d a d en cambio está asociada c o n altos niveles de testosterona y va-
sopresina3 5
. P o r tanto, el a m o r h u m a n o no se desarrolló a partir de
los sistemas de emoción/motivación que los mamíferos utilizan para
combatir c o n sus rivales.
Entonces, ¿por qué el cerebro h u m a n o ha capacitado al amante
abandonado para odiar tan fácilmente a la persona que adora?
El psiquiatra J o h n Bowlby defendía en la década de 1960 que la
ira que acompaña la pérdida de un ser amado es parte d e l diseño
biológico de la naturaleza para recuperar el objeto de apego per-
d i d o 3 6
. P e r o esta furia no es u n a característica agradable; no puedo
creer que sirva c o n frecuencia para persuadir al amante de que
vuelva a u n a relación en proceso de desintegración.
P o r tanto, mi opinión actual es que la furia d e l abandono se de-
sarrolló c o n otro propósito: el de impulsar a los amantes decepcio-
nados a desprenderse de uniones sin futuro, a curar sus heridas y a
reanudar su búsqueda en pos del a m o r en otros pastos más verdes.
P o r otra parte, si la persona rechazada ha tenido hijos durante
la existencia de esta sociedad a h o r a en quiebra, la furia del abando-
no puede proporcionarle energía para luchar p o r el bienestar de
ellos. Ciertamente, podemos observar esta conducta en los trámi-
tes de divorcio actuales. H o m b r e s y mujeres equilibrados se vuel-
ven despiadados c o n el fin de conseguir recursos para sus hijos aban-
188
H E I Í N FISHER
donados. De hecho, un juez estadounidense que preside habitual-
mente juicios contra criminales violentos afirma que le preocupa
m u c h o más su integridad física durante las vistas de los divorcios,
especialmente cuando se tiene que d i r i m i r la custodia de los hijos.
Él y otros jueces h a n instalado incluso timbres de alarma en sus des-
pachos para recibir ayuda en caso de que los cónyuges en disputa
se c o m p o r t e n de f o r m a v i o l e n t a 3 7
.
No me sorprende que la furia del abandono desemboque en
ocasiones en violencia. L o s hombres y mujeres abandonados h a n
desperdiciado un tiempo y u n a energía m u y valiosos en u n a pareja
que ahora les abandona. D e b e n comenzar de nuevo el cortejo. Por
otra parte, su futuro reproductivo ha sido puesto en peligro, así
c o m o sus vínculos sociales, f e l i c i d a d p e r s o n a l y reputación. La
autoestima se ve gravemente dañada. Y e l tiempo no deja de trans-
currir. La naturaleza, pues, nos p r o p o r c i o n a un mecanismo catárti-
co para ayudarnos a dejar a u n a pareja que nos rechaza y seguir vi-
viendo: la furia.
A u n q u e , p o r desgracia, esta furia no consigue siempre contra-
rrestar el a m o r que sentimos, la añoranza o el deseo sexual hacia la
pareja que nos abandona.
En un interesante estudio realizado c o n ciento veinticuatro pa-
rejas, los psicólogos B r u c e Ellis y N e i l M a l a m u t h descubrieron que
el a m o r romántico y lo que ellos l l a m a n «enfado/disgusto» respon-
d e n a diferentes tipos de «información»3 8
. El grado de enfado/dis-
gusto fluctúa d e p e n d i e n d o de los hechos que socaven nuestros ob-
jetivos, como la infidelidad o la falta de compromiso emocional p o r
parte de la pareja. En cambio, los sentimientos del a m o r romántico
fluctúan d e p e n d i e n d o de los hechos que p r o m u e v e n nuestros ob-
jetivos, c o m o p o r ejemplo el apoyo social o los buenos ratos q u e
pasamos juntos en la cama. P o r tanto, el a m o r y el enfado/disgus-
to, aunque están estrechamente ligados entre sí, son sistemas inde-
pendientes que p u e d e n funcionar simultáneamente. En resumen,
puedes estar tremendamente furioso y no obstante seguir m u y ena-
morado. C o m o le pasó a Bárbara.
Al final, sin embargo, todos estos sentimientos se desvanecen.
La atención concentrada en la relación fracasada, el impulso de re-
cuperar al ser amado, los enfrentamientos, la ansiedad de separa-
189
POR LJUÉ AMAMOS
ción, el pánico, incluso la furia: todo se disipa c o n el tiempo. E n t o n -
ces la persona rechazada debe convivir c o n dos formas nuevas de
tortura: la resignación y la desesperación.
F A S E I I : R E S I G N A C I Ó N
«Estoy exhausto p o r la añoranza», escribió el poeta c h i n o del si-
glo V I H L i Po. A l final, e l amante decepcionado s e r i n d e . S u amado
se ha ido para siempre y está agotado. M u c h o s se h u n d e n en la de-
sesperanza. Se tumban en la cama y lloran. Bajo los potentes efectos
del ücor de la tristeza, algunos se sientan y m i r a n inexpresivamente
al vacío. Apenas consiguen trabajar o dormir. Puede que a veces
tengan la necesidad p u n t u a l de renovar la búsqueda de su a m o r
perdido o un ramalazo de enfado pasajero. Generalmente, lo que
sienten es u n a p r o f u n d a melancolía. N a d a consigue sacarles de su
angustia, salvo el tiempo.
La pérdida de u n a persona amada provoca generalmente u n a
p r o f u n d a tristeza y depresión en el a n i m a l h u m a n o , lo que los psi-
cólogos conocen c o m o la «respuesta de la desesperación»3 9
. En mi
estudio sobre el amor, expuesto en el capítulo p r i m e r o , el 61 p o r
ciento de los hombres y el 46 p o r ciento de las mujeres dijeron que
pasaban p o r periodos de desesperación cuando pensaban que q u i -
zá su ser amado no les correspondía (Apéndice, n f i
53). Y e n un es-
tudio realizado con ciento catorce hombres y mujeres que habían
sido rechazados p o r su pareja en las últimas ocho semanas, más del
40 p o r ciento estaba experimentando u n a «depresión c o n sintoma-
tología clínica»; aproximadamente un 12 p o r ciento de ellos m a n i -
festaban u n a depresión entre moderada y grave4 0
. También hay
personas que llegan a m o r i r a causa de este sufrimiento amoroso.
Su fallecimiento se debe a infartos o derrames cerebrales causados
p o r su depresión4 1
.
H o m b r e s y mujeres tienden a sobrellevar esta tristeza del a m o r
de f o r m a diferente.
L o s hombres suelen depender más de sus parejas románticas4 2
,
probablemente porque ellos, p o r lo general, m a n t i e n e n menos la-
zos con parientes y amigos. Quizá p o r ello, los hombres muestran
190
H E L E N FISHER
u n a mayor tendencia a r e c u r r i r al alcohol, las drogas o la c o n d u c -
ción i m p r u d e n t e y no a sus familiares o amigos c u a n d o p i e r d e n la
esperanza de recuperar a la pareja que les ha r e c h a z a d o 4 3
. P o r
otro lado, los hombres tienden menos a revelar su dolor, no de-
j a n d o que su tristeza rebase los límites de su m e n t e 4 4
. Tanto es así
que algunos puntúan bajo en la escala de la depresión debido a q u e
enmascaran c o n gran eficacia su sufrimiento, incluso ante ellos
m i s m o s 4 5
.
A u n q u e m u c h o s consigan ocultar su tristeza, las entrevistas rea-
lizadas a hombres rechazados y la observación de su rendimiento
laboral, sus hábitos diarios y sus interacciones c o n los amigos, reve-
lan que c o n frecuencia están enfermos psicológica y físicamente4 6
.
L o s hombres también muestran su p e n a de la f o r m a más dramática
posible: su probabilidad de cometer suicidio cuando la relación
amorosa se desintegra es tres o cuatro veces superior a la de las m u -
jeres4 7
. En palabras d e l poeta J o h n D r y d e n , «Morir es un placer, /
cuando vivir es un d o l o r » 4 8
.
Las mujeres a m e n u d o sufren de f o r m a diferente. En muchas
culturas, la probabilidad de que las mujeres padezcan u n a depre-
sión grave es el doble que la de los h o m b r e s 4 9
. P o r supuesto, se de-
p r i m e n p o r muchas razones, pero u n a m u y común es el abandono
p o r parte de su amante. Y e n los estudios sobre el rechazo amoroso,
las mujeres manifiestan unos sentimientos de depresión más graves,
especialmente la desesperanza5 0
.
Las mujeres rechazadas l l o r a n , p i e r d e n peso, d u e r m e n dema-
siado o nada, p i e r d e n el interés p o r el sexo, no se p u e d e n concen-
trar, tienen problemas para recordar las cosas cotidianas, se retraen
socialmente y consideran la p o s i b i l i d a d d e l suicidio. Encerradas
en u n a m a z m o r r a de abatimiento, apenas logran hacerse cargo
de las tareas básicas de la vida. A l g u n a s desahogan p o r escrito su
pesar. Y muchas pasan horas al teléfono c o m p a r t i e n d o sus penas
c o n un o í d o compasivo, volviendo a contarlo todo. A u n q u e esta
charla produce cierto alivio a las mujeres, la rememoración de las
ilusiones hechas añicos a m e n u d o resulta contraproducente. C u a n -
do u n a m u j e r se instala en u n a relación ya m u e r t a , está a l i m e n -
tando el fantasma y, c o n frecuencia, volviendo a infligirse el daño
a sí m i s m a 5 1
.
191
P O R QUÉ AMAMOS
Esta segunda fase del rechazo, la resignación c o m b i n a d a c o n la
desesperación, está b i e n d o c u m e n t a d a en otras especies. L o s ca-
chorros de los mamíferos sufren terriblemente cuando se les sepa-
ra de sus madres. Recordemos el caso del perrito. C u a n d o le dejas
solo en la cocina, al p r i n c i p i o protesta. Sin embargo, al final se va a
un rincón y se queda hecho un ovillo de tristeza. L a s crías de c h i m -
pancé se c h u p a n un dedo de la m a n o o del pie y con frecuencia se
acurrucan en posición fetal y se a c u n a n 5 2
.
El sentimiento de desesperación ha sido asociado c o n diversas
redes del cerebro de los mamíferos (incluido el de los h u m a n o s ) 5 3
.
U n a de ellas es el sistema de recompensa del cerebro y su combusti-
ble, la d o p a m i n a . C u a n d o la pareja a b a n d o n a d a se va d a n d o cuen-
ta gradualmente de que la recompensa no llegará a obtenerse n u n -
ca, las células productoras de d o p a m i n a del mesencéfalo (que se
vuelven tan activas durante la fase de protesta) d i s m i n u y e n ahora
su actividad5 4
. Y l a disminución de los niveles de d o p a m i n a está aso-
ciada c o n el letargo, el abatimiento y la depresión5 5
. El sistema del
estrés también interviene. Recordemos que el estrés pasajero activa
la producción de d o p a m i n a y n o r e p i n e f r i n a y suprime la serotoni¬
na. Pero a m e d i d a que el estrés del abandono se prolonga, los nive-
les de todas estas poderosas sustancias caen p o r debajo de lo nor-
m a l , causando u n a depresión p r o f u n d a 5 6
.
Shakespeare definió el cerebro c o m o «el frágil lugar d o n d e
habita el alma». También es el frágil lugar d o n d e habita el a m o r ro-
mántico.
¿ L A D E P R E S I Ó N C O M O A D A P T A C I Ó N ?
Al igual que la furia del abandono, la respuesta de la desespera-
ción puede parecer contraproducente. ¿Qué sentido tiene sentir
este dolor y esta aflicción cuando perdemos al ser amado? ¿No es
mejor recuperar la energía que malgastarla llorando?
En la actualidad m u c h o s científicos creen que existen buenas
razones para la depresión, tan buenas que estos complejos circuitos
cerebrales se desarrollaron c o m o mecanismo de defensa hace m i -
llones de años5 7
. A l g u n o s sostienen que su finalidad o r i g i n a l era
192
H E L E N FISHER
permitir a las crías abandonadas de los mamíferos conservar la ener-
gía, evitando que deambularan perdidas hasta el regreso de su ma-
dre y mantenerse tranquilas y, p o r tanto, a salvo de los depredado-
res. La depresión permitió p o r tanto a los animales conservar su
energía en momentos de estrés. La depresión también p u d o i m p u l -
sar a nuestros antepasados humanos a abandonar empresas sin fu-
turo y adoptar estrategias mas eficaces para alcanzar sus objetivos,
especialmente objetivos reproductivos c o m o el de casarse5 8
.
La desesperación es u n a experiencia tan debilitadora que tuvo
que haberse desarrollado debido a numerosas y muyjustificadas ra-
zones. U n a de las finalidades que a mí particularmente más me gus-
tan es la que p r o p o n e n el antropólogo E d w a r d H a g e n , el biólogo
P a u l Watson y el psiquiatra A n d y T h o m s o n . Estos científicos creen
que el altísimo coste metabólico y social de la depresión es en reali-
dad su beneficio: la depresión es u n a señal sincera y creíble ante los
demás de que algo va terriblemente mal. De aquí que la depresión se
desarrollara, dicen, para permitir que nuestros antepasados aque-
jados p o r el estrés acusaran sus síntomas ante los demás y así poder
encontrar apoyo social en momentos de intensa necesidad5 9
, espe-
cialmente cuando se sentían incapaces de convencer p o r m e d i o de
palabras o de la fuerza a sus amigos y familiares para que apoyaran
su causa.
Un ejemplo de ello p u d i e r a ser el de u n a j o v e n que viviera hace
un millón de años y cuyo m a r i d o buscara y copulara abiertamente
con otra mujer del asentamiento. Al principio, la joven esposa p r o -
testaría amargamente, sufriría ataques de celos e intentaría c o n -
vencer a su m a r i d o de que a b a n d o n a r a a la intrusa. Furiosa, recu-
rriría también a su padre y a otros familiares para que apoyaran su
petición. P e r o al verse incapaz de i n f l u i r en su m a r i d o o sus f a m i -
liares c o n sus palabras o sus berrinches, pasaría a sentirse p r o f u n -
damente d e p r i m i d a . Esta aflicción perturbaría la vida del campa-
mento, además de i m p e d i r l e recoger hortalizas y c u i d a r de sus
hijos y otros familiares. Así que, finalmente, su desolación haría
reaccionar a sus parientes, de f o r m a que expulsaran al m a r i d o i n -
fiel y la consolaran hasta que p u d i e r a recuperar su vitalidad, en-
contrar a otro h o m b r e y aportar más alimentos, cuidados infanti-
les y alegría al grupo.
193
POR QUÉ AMAMOS
Esquilo, el dramaturgo griego que vivió en el siglo v antes de
Cristo, observó otra ventaja en la depresión. C o m o p r o c l a m a b a
en Agamenón, «Para a p r e n d e r hay que sufrir. E incluso en sueños,
el dolor que no puede olvidar cae gota a gota sobre nuestro cora-
zón, y en plena desesperación, contra nuestra voluntad, la sabidu-
ría llega hasta nosotros p o r la poderosa gracia de dios». La depre-
sión, en resumen, puede aportarnos lucidez. Y l o s científicos están
a h o r a en condiciones de explicar el porqué. Las personas ligera-
mente deprimidas hacen valoraciones mas claras de sí mismas y
de los demás6 0
. En palabras del psicólogoJeffrey Zeig, «Sufren un
fallo del mecanismo de la negación». Incluso la depresión grave y
p r o l o n g a d a puede empujar a u n a persona a aceptar hechos des-
graciados, tomar decisiones y resolver conflictos, lo que en última
instancia contribuirá a su supervivencia y su capacidad de repro-
ducirse»6 1
.
Así que, al igual que la reacción de protesta, la desesperación del
rechazo probablemente evolucionó p o r varias razones. E n t r e ellas,
que los amantes deprimidos fueran capaces de reunir a su alrede-
d o r a los amigos y parientes más cercanos, cariñosos, pacientes y
compasivos, y utilizar su acrecentada agudeza mental para evaluar-
se a sí mismos y la relación amorosa fracasada, fijarse nuevos objeti-
vos, repasar sus tácticas de cortejo y volver a probar suerte, quizá i n -
cluso c o n u n a pareja más adecuada. El dolor soportado p o r los
hombres y mujeres rechazados probablemente les sirvió incluso
para no volver a realizar elecciones tan poco acertadas en el futuro.
A la hora de estudiar el valor evolutivo de la desesperación, de-
bemos distinguir sin d u d a entre la p e n a del rechazo amoroso y la
depresión que puede acompañar a un trastorno mental interno gra-
ve y crónico, como la depresión bipolar. Lo que aquí nos preocupa
es el p r o f u n d o dolor que hombres y mujeres n o r m a l m e n t e equili-
brados sienten durante un determinado periodo de tiempo cuan-
do sufren el rechazo del ser que adoran.
Evidentemente, n o todo e l m u n d o sufre e n l a m i s m a medida. E l
m o d o de reaccionar ante el rechazo depende de muchos factores,
i n c l u i d a nuestra educación. Algunas personas desarrollan u n a es-
tabilidad e m o c i o n a l cuando son niños y cuentan c o n la autoestima
y el aguante necesarios para superar un revés amoroso c o n relativa
194
H E L E N FISHER
rapidez. Otras crecen en hogares desprovistos de a m o r y habitados
en cambio p o r las tensiones, el caos o el rechazo, lo que puede con-
vertirles en personas m u y dependientes o indefensas en otros as-
pectos6 2
. A m e d i d a que nos aventuramos en la vida, desarrollamos
nuevos sentimientos de competencia o incompetencia, diferentes
tipos de expectativas románticas y diferentes mecanismos de defen-
sa que influyen en la m a n e r a en que nos enfrentamos a la pérdida
del a m o r 6 3
. H a y q u i e n tiene más oportunidades de emparejarse y
sustituye fácilmente a la pareja que le ha rechazado c o n distraccio-
nes amorosas que mitigan sus sentimientos de protesta y desespera-
ción. C a d a persona tiene, en suma, un cableado diferente; algunas,
simplemente, se enfadan menos, se d e p r i m e n c o n menos facilidad,
tienen más confianza en sí mismas y reaccionan c o n más tranquili-
dad ante las desgracias de la vida en general y ante el rechazo amo-
roso en particular.
En todo caso, los seres humanos estamos dotados de unas cone-
xiones muy complejas que hacen que suframos cuando la persona
amada nos rechaza. En cualquier lugar del m u n d o , hombres y muje-
res recuerdan los amargos detalles de su sufrimiento incluso muchos
años después de haber superado la crisis6 4
. Existe u n a poderosa ra-
zón evolutiva. Los que aman son quienes se aparean, se reproduceny
transmiten sus genes a la posteridad, mientras que los que pierden
en el amor, el sexo y la reproducción finalmente se extinguen.
Todos estamos diseñados para sufrir cuando fracasa el amor.
P o r desgracia, los sentimientos que acompañan al rechazo pue-
d e n empujar a algunos hombres y mujeres a cometer acciones que
llevan impreso el sello m o r t a l de Caín.
C R Í M E N E S PASIONALES: L O S C E L O S
«Debemos, entre lágrimas, / deshacer un amor tejido durante
muchos años. / C o n este ultimo beso, en este momento te entrego, /
te devuelvo a ti misma. Así quedas de nuevo libre»6 5
. El poeta H e n r y
K i n g sabía dejar marchar a u n a amante cuando le abandonaba.
H a y personas que son incapaces de hacerlo. Antes incluso de
que su pareja abandone realmente la relación, existen hombres y
195
P O R Q U É AMAMOS
mujeres que p u e d e n mostrarse extremadamente posesivos c o n el
otro. Los celos son m o n e d a común en todo el m u n d o 6 6
. De hecho,
como comentábamos en el capítulo segundo, este afán posesivo es
tan común en toda la naturaleza que los científicos lo l l a m a n la «vi-
gilancia de la pareja».
C u a n d o u n a relación se ve amenazada p o r un pretendiente r i -
val, ciertas personas celosas se p o n e n de m a l humor. Otras, m o n o -
polizan el tiempo libre de su pareja, ocultan al ser amado no lleván-
dole a n i n g u n a fiesta o incluso le regañan si le ven relacionándose
en el transcurso de algún acto social. H a y q u i e n , a su vez, intenta
poner celoso a su enamorado. M u c h o s tratan de parecer más i m -
portantes, sexualmente más atractivos, más ricos o más listos que un
potencial competidor, y mostrarse irresistibles. U n o s cubren a su ser
amado de regalos y de afecto para acaparar toda su atención. Y o t r o s
amenazan con matarse si su pareja les deja.
Hombres y mujeres suelen ponerse celosos por las mismas cosas.
C u a n d o ambos sexos ven que su pareja flirtea c o n otros, se vuelven
fieramente posesivos. E n c o n t r a r a su pareja besando, acariciando
o copulando con otro causa un grave trastorno a la mayoría de las
personas6 7
. En diferentes momentos de la vida y en diferentes so-
ciedades, hombres y mujeres son distintos en cuanto al motivo de
sus celos6 8
. Pero entre los hombres y las mujeres jóvenes aparecen
algunas diferencias constantes respecto a lo que provoca los senti-
mientos de rechazo y a la f o r m a de manejar un corazón celoso.
Los hombres se enfurecen ante la idea de u n a infidelidad sexual
real o i m a g i n a r i a 6 9
. Esta tendencia masculina tiene un origen evolu-
tivo. El hombre corre un riesgo considerable si le engañan: podría
estar malgastando u n a cantidad ingente de tiempo y energía en cui-
dar el A D N de otro hombre. Y l o s hombres muestran u n a mayor ten-
dencia a desafiar a un rival, atacándole con palabras desagradables o
puñetazos. En muchas sociedades los hombres tienen también u n a
probabilidad mayor que las mujeres de divorciarse de u n a esposa a
la que creen sexualmente infiel, lo que bien podría ser un reflejo de
la tendencia masculina a h u i r de la infidelidad.
Si los hombres temen que les sean infieles, las mujeres temen
que las abandonen, e m o c i o n a l y financieramente7 0
. P o r eso, cuan-
do la relación empieza a naufragar, toman medidas para superar
196
HEIJÍN FISHER
los obstáculos. Ellas muestran u n a tendencia mayor que los h o m -
bres a pasar p o r alto «una cana al aire» o u n a aventura pasajera c o n
una rival. Pero si la mujer piensa que su compañero está estable-
ciendo u n a relación emocional seria c o n otra mujer o derrochando
un tiempo y un dinero valiosos c o n ella, puede ponerse extremada-
mente celosa.
Semejante conducta también tiene sentido desde el punto de
vista darwiniano. Durante millones de años, las mujeres de nuestros
ancestros necesitaron a sus parejas para ayudarles a criar a sus hijos.
De ahí que las mujeres hayan desarrollado mecanismos cerebrales
para hacerlas extremadamente posesivas cuando su pareja amena-
za c o n privarla de recursos económicos o apoyo emocional, o c o n
abandonar su relación p o r otra mujer.
«El a m o r es c o m o u n a antorcha, y, si se protege de las ráfagas
de viento, / arderá más débilmente pero durará más./ Si en cambio
se expone a las tormentas de los celos y las dudas, / su llama alcanza
mayor tamaño, pero se apaga antes». Así se expresaba el poeta Wi¬
lliam W a l s h 7 1
. A p r i m e r a vista, los celos parecen representar u n a
sentencia de muerte para la relación amorosa. Pero los psicólogos
creen que p u e d e n servir de estímulo a la pareja c o n el fin de tran-
quilizar al compañero desconfiado c o n declaraciones de fidelidad
y afecto. Efectivamente, estas palabras tranquilizadoras p u e d e n
contribuir a la d u r a b i l i d a d de la relación7 2
.
Sin embargo, los celos p u e d e n socavar u n a relación amorosa, y
esta respuesta puede ser también adaptativa. Los hombres y las m u -
jeres celosos a m e n u d o captan señales genuinas de que la relación
está fallando. Y c a d a día que p e r m a n e c e n ligados a parejas no c o m -
prometidas p i e r d e n la o p o r t u n i d a d de encontrar otras más ade-
cuadas, además de arriesgarse a contraer enfermedades de trans-
misión sexual.
Así que los celos tienen ventajas reproductivas. P u e d e n fortale-
cer la relación o destruirla. De cualquier manera, los celos son útiles.
En consecuencia, este rasgo desagradable ha llegado a estar estre-
chamente e n r e d a d o e n l a m a d e j a d e l a m o r romántico h u m a n o ,
f o r m a n d o parte de un conjunto de sentimientos poderosos que
fueron necesarios para que nuestros antepasados d e l A f r i c a p r i m i -
tiva salieran victoriosos d e l j u e g o del cortejo.
197
P O R Q U E AMAMOS
No obstante, c u a n d o un amante nos deja definitivamente, los
celos, el impulso de protesta, los sentimientos de depresión y todos
los demás factores negativos que acompañan al a m o r perdido pue-
den conducir a la violencia y a la tragedia.
A C O S O , PALIZAS Y MUERTE
L o s h o m b r e s acechan. Persiguen obsesivamente y a m e n u d o
amenazan o acosan a la amante que les ha a b a n d o n a d o 7 3
. A l g u n o s
no paran de enviarle mensajes infames o suplicantes; otros le roban
objetos de valor o m u y personales, c o m o p o r ejemplo su ropa inte-
rior, la siguen en su coche, o m e r o d e a n alrededor de su casa o su
lugar de trabajo para insultarla o implorarle. En un estudio realiza-
do con estudiantes universitarios estadounidenses, el 34 p o r ciento
de las mujeres afirmaron haber sido seguidas o acosadas p o r un
h o m b r e al que habían rechazado7 4
. Y u n a de cada doce mujeres es-
tadounidenses reconoce haber sufrido el acecho de un h o m b r e en
algún m o m e n t o de su vida, generalmente un amante o m a r i d o an-
terior. Efectivamente, el departamento de Justicia de Estados U n i -
dos i n f o r m a de que cada año más de un millón de mujeres de ese
país sufren acoso (la mayoría de edades comprendidas entre los die-
ciocho y los treinta y nueve años); el 59 por ciento de ellas son acosa-
das por sus novios, maridos, ex-maridos o parejas con las que vivían7 5
.
U n a de cada cuatro fue también golpeada, abofeteada, empujada o
maltratada físicamente de algún m o d o p o r su perseguidor7 6
. De
hecho, cinco investigadores independientes de tres continentes dis-
tintos i n f o r m a n de que en un porcentaje de casos comprendido en-
tre un 55 y un 89 por ciento, los perseguidores, hombres la mayoría
de ellos, ejercen violencia contra sus anteriores parejas sexuales7 7
.
Los hombres también d a n palizas. Un tercio de las mujeres esta-
dounidenses que solicitan atención médica urgente, u n a de cada
cuatro mujeres que intentan suicidarse y aproximadamente un 20
p o r ciento de las mujeres embarazadas que necesitan asistencia
prenatal h a n sufrido palizas p o r parte de un compañero sentimen-
t a l 7 8
. Y en un estudio realizado c o n treinta y u n a mujeres estadou-
nidenses que habían sido víctimas de palizas, veintinueve dijeron
198
H E L E N FISHEH
que los celos de su pareja eran un motivo frecuente del m a l t r a t o 7 9
.
Estas estadísticas no son sorprendentes. La causa más habitual de
las agresiones a mujeres en todas las partes del m u n d o es el senti-
miento posesivo del varón8 0
.
Y los hombres también matan. A p r o x i m a d a m e n t e un 32 p o r
ciento de todas las mujeres víctimas de asesinato h a n muerto a m a -
nos de sus maridos, ex-maridos, novios y ex-novios; no obstante, los
expertos creen que las cifras reales deben alcanzar entre un 50 y un
70 p o r c i e n t o 8 1
. Más d e l 50 p o r ciento de estos asesinos h a n acosa-
do p r i m e r o a sus a m a n t e s 8 2
. L o s h o m b r e s protagonizan u n a gran
mayoría de los h o m i c i d i o s conyugales también en el resto de los
países0 3
.
La obra clásica más representativa del asesinato p o r celos es Ote-
lo, de Shakespeare. Vaya lío. Otelo, un m o r o de tez oscura, había al-
canzado el rango de general gracias a su valor, demostrado en las
guerras venecianas c o n t r a los turcos. De vuelta en Venecia, se e n -
cuentra c o n Desdémona, la bella hija de un senador. El m o r o y la
doncella se e n a m o r a n casi i n m e d i a t a m e n t e y se casan en secreto.
Pero Otelo ha utilizado a un intermediario, Casio, para que le ayu-
de a cortejar a la b e l l a Desdémona. Y p a r a recompensar al j o v e n
soldado, le asciende, convirtiéndole en su lugarteniente.
Yago, u n o de los villanos más despreciables de toda la literatura
occidental, c o d i c i a b a d i c h o rango. Su oculto o d i o p o r Casio y el
m o r o le come p o r dentro y j u r a vengarse. Hábilmente, Yago co-
mienza a verter ante Otelo falsas insinuaciones sobre la infidelidad
sexual de Desdémona c o n Casio. El m o r o es un h o m b r e ingenuo,
c o n un t e m p e r a m e n t o autoritario y presto a la acción. L o s celos
pronto empiezan a reconcomerle y exclama enfurecido, «Mejor
quisiera ser un sapo, / y vivir de la h u m e d a d de un calabozo, / que
guardar para usos ajenos un ápice de aquello que me pertenece»8 4
.
Al final, loco de celos, O t e l o ahoga a su amante y fiel esposa.
Históricamente, muchas sociedades h a n fomentado esta ten-
dencia masculina a mantener vigilada a la pareja, tratando de evi-
tar tanto los cazadores furtivos c o m o el abandono. El derecho con-
suetudinario inglés consideraba el asesinato de u n a mujer adúltera
como algo comprensible e incluso justificado, si se producía en un
momento de arrebato pasional8 5
. La tradición legal en E u r o p a , Asia,
199
P O R QUÉ AMAMOS
África, Melanesia y entre los indios nativos de Norteamérica ha jus-
tificado o disculpado a lo largo de la historia el asesinato cometi-
do p o r un m a r i d o celoso8 6
. Y h a s t a la década de 1970, en varios es-
tados de Estados U n i d o s se consideraba legal matar a u n a mujer
adúltera8 7
.
En la base de toda esta violencia o c u p a un lugar fundamental el
afán masculino de protegerse de la infidelidad y aferrarse a la que
puede ser la portadora de su A D N . No es de extrañar que las muje-
res estadounidenses de cualquier g r u p o étnico y nivel económico
tengan u n a probabilidad seis veces mayor que los hombres de con-
vertirse en víctimas de crímenes pasionales a manos de sus parejas8 8
.
VENGANZA FEMENINA
Las mujeres son m u c h o menos dadas a lesionar o asesinar a sus
compañeros c u a n d o están celosas de u n a rival o temen ser aban-
donadas. T i e n d e n a reprocharse a sí mismas sus propios defectos,
y suelen más b i e n a intentar atraer y seducir c o n la esperanza de
recobrar el afecto de su pareja y reconstruir la relación8 9
. También
se muestran más propicias a tratar de c o m p r e n d e r los problemas
y hablar las cosas. P e r o c u a n d o todo esto falla, algunas mujeres
también r e c u r r e n al acoso. U n o s trescientos setenta m i l h o m b r e s
de Estados U n i d o s a f i r m a r o n en 1997 haber sufrido este acoso; la
mayoría tenían edades c o m p r e n d i d a s entre los dieciocho y los
treinta y nueve años, es decir, se trataba de hombres en e d a d re-
p r o d u c t i v a 9 0
.
A diferencia de los hombres, muchas mujeres acosadoras pade-
cen otros problemas mentales. S i n embargo, al igual que los h o m -
bres, envían mensajes de correo electrónico o cartas, telefonean sin
cesar o persiguen obsesivamente y se presentan de repente ante el
compañero que les ha abandonado. C o n o z c o a u n a mujer que so-
lía d o r m i r j u n t o a la puerta de su ex enamorado.
También las mujeres p u e d e n llegar a matar a los amantes que
las rechazan. Pero pocas llegan a dar un paso tan drástico. En 1998,
sólo el 4 p o r ciento de los hombres que f u e r o n víctimas de h o m i c i -
dio m u r i e r o n a manos de su anterior o actual compañera9 1
.
200
H E L E N FISHER
De todas las leyendas sobre delitos de agresiones protagoniza-
dos por mujeres, la más impactante para mí es la de M e d e a , la p r i n -
cesa de la antigua Cólquide. Según contaba el dramaturgo griego
Eurípides en el siglo v antes de Cristo, M e d e a estaba «loca de a m o r
por Jasón», un griego9 2
. Para ayudarle en su intento de recuperar
el vellocino de oro, M e d e a traicionó a su padre, enfrentó a sus her-
manas contra su h e r m a n o haciendo que le dieran muerte y aban-
donó su tierra natal. Entonces M e d e a viajó c o n Jasón hasta C o r i n t o
para establecerse allí j u n t o a él y sus dos hijos. Por desgracia, el am-
bicioso Jasón la abandonó para casarse c o n la hija de Creonte, rey
de C o r i n t o . C o m o dice de M e d e a la niñera de sus hijos, «Yace ella
sin probar bocado, a b a n d o n a n d o su cuerpo a los dolores, consu-
miéndose en lágrimas todo el tiempo»9 3
*. Finalmente, la a t o r m e n -
tada M e d e a envía a la nueva esposa de Jasón un regalo de boda, un
vestido emponzoñado que se enciende en llamas provocando la
muerte a la princesa corintia y a su padre, el rey. Pero M e d e a toda-
vía no ha terminado c o n Jasón, pues también mata a sus dos hijos.
En realidad, M e d e a estaba asesinando a los genes vivos de Jasón y
destruyendo su futuro reproductivo.
Al igual que el amor, el odio es ciego; para algunos, n i n g u n a for-
ma de violencia es demasiado extrema. Y esta violencia es genera-
da, al menos en parte, p o r la química del cerebro. Recordemos que
cuando los amantes sufren p o r p r i m e r a vez el rechazo, al p r i n c i p i o
protestan, u n a reacción que va acompañada de unos niveles eleva-
dos de d o p a m i n a y norepinefrina. Estos altos niveles de estimulan-
tes naturales probablemente facilitan al acosador, al maltratador o
al asesino u n a atención concentrada y u n a energía desmedida. Por
otra parte, el aumento de los niveles de d o p a m i n a a m e n u d o r e d u -
ce los niveles de serotonina en el cerebro. Y los bajos niveles de se¬
rotonina están asociados c o n u n a violencia impulsiva hacia otras
personas9 4
.
P o r supuesto, los acosadores y los asesinos son responsables de
sus crímenes pasionales. No en vano hemos desarrollado unos me-
canismos cerebrales m u y sofisticados para controlar nuestros i m -
* Eurípides, Alcestis, Medea, Hipólito, Alianza, Madrid, 1999. (N. de la T.)
201
P O R QUÉ AMAMOS
pulsos violentos. S i n embargo, llevamos dentro de nosotros un «re-
flejo fatal», c o m o llamaba el psicólogo W i l l i a m James a la ferocidad
h u m a n a . Yalgunos hombres y mujeres, p o r desgracia, no lo contro-
lan y asesinan a la persona amada.
Otros se suicidan.
EL SUICIDIO POR AMOR
Los seres h u m a n o s son las únicas criaturas de la tierra que co-
meten un elevado número de suicidios.
Es difícil obtener información exacta de por qué gente que goza
de b u e n a salud se suicida; carecemos de u n a estadísticas sólidas. La
pérdida de d i n e r o , poder, estatus o respeto, o el h e c h o de darse
cuenta de que n u n c a alcanzaremos un objetivo largamente preten-
dido, pueden llevar a u n a persona a quitarse la vida. Pero la mayoría
de hombres y mujeres no tienen m u c h o dinero, poder, prestigio, ni
tampoco pueden alcanzar las metas que se proponen. S i n embargo,
sí se enamoran perdidamente. Y e l a m o r romántico, como sabemos,
está asociado con altos niveles de d o p a m i n a y probablemente de no-
repinefrina, unas sustancias cerebrales que con frecuencia reducen
los niveles de serotonina. No creo que sea u n a coincidencia que los
niveles bajos de serotonina estén asociados c o n el suicidio9 5
.
En resumen, cuando u n a relación amorosa se malogra, el cere-
bro h u m a n o está preparado químicamente para la depresión, y u n a
posible aniquilación. Sospecho que m u c h o s de los hombres y m u -
jeres de todo el m u n d o que se suicidan lo hacen p o r haber perdido
un amor. D u r a n t e siglos, los japoneses incluso h a n ensalzado este
acto, considerando el «suicidio p o r amor», como ellos lo l l a m a n ,
u n a declaración honrosa de afecto9 6
.
El intento de suicidio p o r a m o r puede haber tenido incluso un
origen adaptativo en épocas ancestrales9 7
. M u c h o s suicidas, espe-
cialmente las mujeres, en realidad no consiguen acabar c o n su vida.
Y los psiquiatras creen en la actualidad que estos casos son estrate-
gias extremas que utilizan las mujeres rechazadas para m a n i p u l a r a
un amante c o n el fin de que se reanude la relación. P o r desgracia,
muchas no calculan bien sus tácticas y se matan p o r error. El suici-
2 0 2
H E L E N FISHER
dio es incuestionablemente u n a inadaptación. S i n embargo, está
presente en todas partes, especialmente entre los hombres. Para
estas desdichadas personas, el i m p u l s o p r i m o r d i a l d e l a m o r se i m -
pone sobre su voluntad de vivir.
«Qué c r u e l , dices. Pero, ¿no te lo advertí? ¿Quieres que enume-
re para ti los caminos d e l amor? El temor, los celos, la venganza, el
dolor. T o d o ello f o r m a parte d e l inocente j u e g o del amor». Estas
palabras nos llegan de siglos atrás, de la leyenda celta de Tristán e
Isolda. ¿ C ó m o se puede sofocar esta pasión p o r un compañero que
nos ha abandonado? ¿ C ó m o podemos i n d u c i r sentimientos ro-
mánticos en alguien a q u i e n encontramos atractivo, e incluso z a m -
bullirnos nosotros mismos en este éxtasis romántico? Y tal vez más
importante, ¿cómo mantener la euforia del amor en u n a relación a
largo plazo?
C r e o que podemos controlar esta pasión. Pero tenemos que en-
gañar al cerebro.
20:i
8
CONTROLAR LA PASIÓN
Cómo conseguir que el amor dure
¿Qué dices tú? ¡Dejemos hoy de lado
Todo el pudor del alma,
Mientras se da la tierra, desnuda, a la alta gloria!
¿Cómo podemos decidir nosotros
Amar o no amar, oh mi paloma?
R O B E R T B R O W N I N G
«Dos en la Campagna»*
^ Ou carácter pareció cambiar c u a n d o cambió su suerte. Olvidó
sus penas, su estado d e p r i m i d o y asumió toda la sencillez y la vivaci-
d a d de u n a mente joven... Se volvió j u g u e t o n a , l l e n a de confianza,
a m a b i l i d a d y compasión. L o s ojos mostraban un nuevo brillo y las
mejillas un color y u n a suavidad también nuevas. Su voz se hizo ale-
gre; su carácter rebosaba u n a b o n d a d universal; y u n a cautivadora
sonrisa llena de ternura iluminaba día tras día su semblante». M a r y
Wollstonecraft, la bella y elegante escritora de cabello caoba, f u n -
dadora del movimiento feminista británico a finales del siglo xvin,
se había e n a m o r a d o 1
.
«El clima del amor es tan agradable», escribió W i l l i a m Cavendish2
.
En efecto, cuando estamos enamorados, resplandecemos. También
sentimos la angustia de la agonía y de la espera. La mayoría de no-
sotros estamos anhelantes; deseamos ver, tocar, reír, amar y ser ama-
dos a cambio. A l i m e n t a d o s p o r u n a de las sustancias químicas más
estimulantes de la naturaleza, activamos nuestra energía, concentra-
mos nuestra atención y vamos en busca d e l p r e m i o . El a m o r ro-
mántico e s u n ímpetu, u n deseo, u n a necesidad, u n i m p u l s o p r i m i -
genio d e l apareamiento que a veces puede ser más poderoso que
el hambre.
* Robert Browning, Poemas escogidos, Endymión, Madrid, 1989. {N. de laT.)
2 0 5
l*OR QUÉ AMAMOS
ADICTOS AL AMOR
De hecho, la poesía y la literatura m u n d i a l se refieren a la pasión
amorosa c o m o u n a f o r m a de h a m b r e . En el Cantar de los Cantares,
el antiguo p o e m a hebreo, la esposa exclama: «Muero de h a m b r e
por su amor»3
. En la fábula c h i n a «La diosa d e j a d e » , C h a n g Po le
dice a su a m a d a M e i l a n : «Tengo ansia de verte»4
. En la leyenda ára-
be, M a j n u n gritaba: «Mi amada, envíame un saludo, un mensaje,
u n a palabra. Tengo hambre de u n a señal, un gesto tuyo»5
. Y R i c h a r d
D e Fournival, en su libro Bestiario de amor, escrito en el siglo XIII, de-
cía de esta magia: «El amor es un fuego inextinguible, un h a m b r e
insaciable».
D e b i d o a que el a m o r romántico provoca tal euforia, a que es
u n a pasión tan extraordinariamente difícil de controlar y a que pro-
duce ansia, obsesión, compulsión, distorsión de la realidad, d e p e n -
dencia emocional y física, cambio de personalidad y pérdida del au-
tocontrol, muchos psicólogos consideran el a m o r romántico c o m o
u n a adicción, u n a adicción positiva c u a n d o es correspondido y u n a
fijación tremendamente negativa c u a n d o es rechazado y no pode-
mos deshacernos de él6
.
Nuestro e x p e r i m e n t o de I M R f c o n personas enamoradas re-
fuerza esta hipótesis: el a m o r romántico es u n a d r o g a adictiva.
Directa o indirectamente, casi todas las drogas afectan a un mis-
mo r e c o r r i d o cerebral, el sistema de recompensa mesolímbico, ac-
tivado p o r la d o p a m i n a 7
. El amor romántico estimula partes de este
recorrido c o n la m i s m a sustancia. De hecho, c u a n d o los neurólo-
gos A n d r e a s Bartels y S e m i r Z e k i c o m p a r a r o n los escáneres cere-
brales de sus sujetos enamorados c o n los de hombres y mujeres que
habían c o n s u m i d o cocaína u opiáceos, c o m p r o b a r o n que se activa-
ban muchas de las mismas regiones cerebrales, i n c l u i d a la corteza
insular, la corteza a n g u l a d a anterior, el caudado y el p u t a m e n 8
.
P o r otra parte, el amante que está bajo este influjo muestra los
tres síntomas clásicos de la adicción: tolerancia, abstinencia y r e i n -
cidencia. Al p r i n c i p i o , el amante se c o n f o r m a c o n ver a su ser ama-
do de vez en cuando. Pero a m e d i d a que la adicción aumenta, nece-
2 0 6
H E L E N FISHER
sita cada vez más dosis de «droga». C o n el tiempo se e n c u e n t r a d i -
ciendo «tengo ansia de ti», «nunca me canso de ti» e incluso «no
puedo vivir sin ti». C u a n d o el amante no puede hablar c o n la perso-
na amada, aunque sólo sea durante unas horas, anhela volver a ha-
cerlo. C a d a llamada telefónica que no es de su amado supone un
motivo de desilusión.
Y si la persona amada r o m p e la relación, el amante muestra to-
dos los síntomas característicos de la abstinencia de las drogas, i n -
cluyendo la depresión, accesos de llanto, ansiedad, insomnio, pér-
dida de apetito (o atracones de comida), irritabilidad y aislamiento
crónico. Al igual que todos los adictos, el amante está dispuesto a
pasar p o r todo tipo de experiencias n a d a saludables, humillantes e
incluso físicamente peligrosas para conseguir su narcótico.
Los amantes también reinciden, c o m o los drogadictos. M u c h o
después de haber t e r m i n a d o la relación, hechos tan simples c o m o
escuchar u n a determinada canción o volver a visitar alguno de los
lugares que solían frecuentar juntos, p u e d e n provocar el ansia del
amante y desencadenar de nuevo la necesidad de llamarle o escribir-
le compulsivamente para conseguir otro «colocón»: un m o m e n t o
romántico con el ser amado. Racine tenía razón cuando calificó al
amante de «esclavo de la pasión».
¿Cómo podemos e m p r e n d e r el c a m i n o de vuelta a la c o r d u r a y
la liberación cuando nuestro a m o r ha sido rechazado? ¿Cómo ha-
cer saltar la chispa de un nuevo r o m a n c e en otra persona o en no-
sotros mismos? ¿Y c ó m o hacer que esta pasión dure?
ENFERMOS DE AMOR: LA RECUPERACIÓN
«Nada puede controlar el curso del cariño, / o detener la furia
desatada de su celeridad». Shakespeare pensaba que la pasión ro-
mántica era incontrolable. Yo creo que podemos d o m i n a r esta pa-
sión: tan sólo requiere determinación y tiempo. También puede ser
de utilidad conocer un poco el f u n c i o n a m i e n t o del cerebro y de la
naturaleza h u m a n a .
Para empezar, debemos e l i m i n a r cualquier rastro de la sustancia
adictiva: el ser amado. T i r a r las tarjetas y las cartas o guardarlas en
207
P O R QUÉ AMAMOS
un caja y ponerla fuera de nuestro alcance; no llamarle ni escribirle
en ningún caso, y alejarnos inmediatamente si nos lo encontramos
en la oficina o p o r la calle. ¿Por qué? P o r q u e c o m o decía Charles
Dickens, «El amor... prosperará durante un tiempo considerable
a u n q u e su a l i m e n t o sea m u y ligero y escaso». Incluso el contacto
más breve c o n «él» o «ella» puede encender los circuitos cerebrales
de la pasión romántica. Si deseamos recuperarnos, debemos hacer
desaparecer cualquier señal d e l ladrón que nos r o b ó el corazón.
Meditar. Inventar unos cuantos mantras y repetirlos en silencio.
Preferiblemente, algo positivo sobre u n o m i s m o o nuestro futuro,
aunque no sea cierto todavía. A l g o parecido a «Me encanta ser yo
m i s m o c o n u n a l m a gemela que m e comprende». Escojamos algo
que aumente nuestra autoestima y proyecte nuestra mente lejos de
la relación fallida y la dirija hacia otra que tendrá éxito. Y c u a n d o
no logremos dejar de pensar en la persona amada, pensemos en
sus rasgos negativos. Escribamos sus defectos y llevemos la lista en el
bolso o en el bolsillo. También p o d e m o s intentar fantasear. Imagi-
némonos paseando d e l brazo c o n alguien que nos adore y a q u i e n
nosotros queramos m u c h o , con la pareja perfecta. Inventémonos-
lo. Y hagámoslo bien. Hay alguien que está instalado en .nuestra m e n -
te; tenemos que expulsar de ella al m u y sinvergüenza.
Los fulbé d e l norte de Camerún hacen eso exactamente. El a m a n -
te doliente contrata a un chamán p a r a que celebre unos rituales
c o n el fin de sacarse de la mente a la persona que le ha rechazado9
.
Los antiguos aztecas utilizaban en cambio un hechizo. Parte de u n o
se ha conservado: «Acércate, T l a z o p i l l i Centeotí, calmarás el cora-
zón amarillo, la verde furia, la furia amarilla saldrá de ti. Yo la haré
salir. La perseguiré, yo, el Espíritu hecho C a r n e , yo, el H e c h i c e r o ,
cambiaré este corazón c o n esta bebida, m e d i c i n a d e l espíritu»1 0
.
Es m u y importante mantenerse o c u p a d o 1 1
. Resulta difícil hacer
planes c u a n d o se está demasiado d e p r i m i d o p a r a levantarse de la
cama, pero hay que hacer el esfuerzo. C o m o dice la B i b l i a , «Leván-
tate y anda». Hagámoslo. Debemos distraernos, llamar a los a m i -
gos, visitar a los vecinos, ir a algún sitio a rezar, j u g a r a las cartas u
otros pasatiempos, m e m o r i z a r poemas o hechos históricos, apren-
der a dibujar o a tocar la guitarra, escuchar música, bailar, cantar,
hacer crucigramas, c o m p r a r un p e r r o , un gato o un pájaro, tomar-
2 0 8
H E I .EN FISHER
nos las vacaciones que siempre hemos soñado, escribir nuestros pla-
nes para el futuro, utilizar técnicas de respiración profunda u otros
métodos de relajación; en definitiva, hacer cualquier cosa para con-
centrar nuestra atención, especialmente cosas que se nos d e n bien.
¿Por qué? Porque la desesperación del a m o r no correspondido
está casi siempre asociada c o n u n a caída en picado de los niveles de
dopamina, y c u a n d o concentramos nuestra atención y hacemos co-
sas nuevas, elevamos los niveles de esta sustancia que nos hace sen-
tirnos bien, estimulando nuestra energía y nuestra esperanza.
El ejercicio es especialmente recomendable para los amantes re-
chazados. C a d a vez que nos d e r r u m b a m o s sobre u n a silla, nos sen-
tamos al lado del teléfono o nos quedamos m i r a n d o p o r la ventana,
estamos dando ocasión al amante que nos ha dejado para que avive
las ascuas en nuestro corazón dolorido. El ejercicio puede sofocar
este fuego. C u a l q u i e r clase de esfuerzo físico elevará nuestro áni-
m o 1 2
. Es sabido que correr, montar en bicicleta y otras formas de ac-
tividad física intensa elevan los niveles de d o p a m i n a en el núcleo
accumbens d e l cerebro, g e n e r a n d o sentimientos de e u f o r i a 1 3
. El
ejercicio también eleva los niveles de serotonina y de algunas en¬
dorfinas, sustancias todas ellas tranquilizantes. Además, a u m e n t a
el B D N F (brain-derived neurotropic factor, o factor neurotrópico deri-
vado del cerebro) en el h i p o c a m p o , el centro de la m e m o r i a que
protege y fabrica nuevas células nerviosas. En efecto, algunos psi-
quiatras creen que este ejercicio (sea aeróbico o anaeróbico) pue-
de ser tan eficaz para el tratamiento de la depresión c o m o la psico-
terapia o los fármacos antidepresivos1 4
.
La luz del sol es otro tónico para los amantes d e p r i m i d o s 1 5
. Esti-
m u l a la glándula p i n e a l del cerebro, que regula los ritmos corpora-
les para que a m e n u d o eleven el estado de ánimo. Así que es conve-
niente elegir u n a actividad diaria que p u e d a practicarse bajo la luz
del sol, preferiblemente al aire libre.
A riesgo de parecer B e n j a m i n F r a n k l i n en su Almanaque del Buen'
Ricardo*, añadiré estas reflexiones dirigidas al amante d e p r i m i d o :
* Almanaque de saberes prácticos y sencillos publicado por Benjamin Franklin en
1732 bajo el pseudónimo de Richard Saunders, que gozó de gran popularidad e in-
fluencia en su época. (N.de laT.)
2 0 9
P O R QUÉ AMAMOS
evitar los dulces o las sustancias que p u e d a n estresar nuestro cuer-
po o nuestra mente; fijarnos en las cosas buenas que tenemos, dado
que el optimismo es curativo; caminar, ejecutar esa ancestral zanca-
da h u m a n a (como se comentó en el capítulo sexto), tan elegante y
fácil de realizar para nuestros músculos y probablemente para
nuestro cerebro; y sonreír, p o n e r b u e n a cara aunque estemos llo-
r a n d o por dentro. L o s nervios de estos músculos faciales activan los
circuitos nerviosos del cerebro que nos pueden proporcionar sen-
timientos de p l a c e r 1 6
. El solo hecho de imaginar que somos felices
puede estimular la actividad cerebral del placer.
«Consoladme con pasteles de uvas, / reanimadme c o n manza-
nas, / porque de a m o r languidezco», se lamentaba la esposa en el
Cantar de los Cantares. Sospecho que los amantes desolados ya bus-
caban las distracciones y la luz del sol, inventaban máximas que les
confortaran, tomaban remedios medicinales, hacían ejercicio y
sonreían para aliviar el m a l de amores hace un millón de años.
EL SISTEMA DE LOS «DOCE PASOS»: LOS ADICTOS AL AMOR
U n a m a n e r a de conocer gente nueva, aprender nuevos meca-
nismos de defensa y a d q u i r i r u n a perspectiva renovada de la vida y
del a m o r es apuntarse a un p r o g r a m a de «doce pasos». Este innova¬
dor movimiento se inició en la década de 1930, cuando dos esta-
dounidenses, «Bill W.» y «Dr. Bob», se pusieron de acuerdo para
vencer su adicción al alcohol hablando el u n o c o n el otro en cual-
quier m o m e n t o del día o de la noche en el que sintieran la necesi-
dad de beber. A partir de este intercambio, crearon los principios y
los rituales de Alcohólicos Anónimos. H o y en día, esta acertada fór-
m u l a para superar la adicción se ha extendido a cientos de grupos
similares, desde los Jugadores Anónimos a los C o m e d o r e s C o m p u l -
sivos Anónimos, pasando p o r los Adictos Anónimos al Sexo y al
A m o r . Todos estos grupos siguen el m i s m o protocolo de «los doce
pasos para vivir», un ingenioso conjunto de consignas, principios y
prácticas que h a n ayudado a adictos de todo el m u n d o a recuperarse.
El p r i n c i p i o de que «Cada día tiene su afán» es básico. P a r a los
miembros de Alcohólicos Anónimos, es poco realista, p o r no decir
2 1 0
HEI.F.N FISHER
imposible, plantearse la abstinencia del alcohol para el resto de la
vida, pero sí se puede resistir al d e m o n i o h o r a tras hora. «Sólo p o r
hoy, no beberé», se dicen. En este m i s m o sentido, el adicto al cho-
colate decide que hoy no tocará u n a tableta. L o s jugadores deciden
que hoy no apostarán. Y el amante rechazado puede decidir que
hoy no intentará contactar c o n la persona amada.
«Si no quieres resbalar, no pises suelos resbaladizos» es otro eslo-
gan de los doce pasos. Si lo aplicamos al adicto al amor, significa
que nos mantengamos alejados de los restaurantes donde cenába-
mos c o n la persona amada. Q u e vayamos a otros sitios a c o m p r a r o
a hacer ejercicio. Q u e no pongamos las canciones que solíamos escu-
char juntos. Q u e evitemos las «personas, lugares y cosas» que des-
pierten en nosotros el deseo de estar c o n el amante díscolo.
O t r a máxima es: «El p r i m e r trago es el que te emborracha». E x -
plicado brevemente, quiere decir que los adictos saben que si to-
m a n el p r i m e r m a r t i n i o el p r i m e r d o n u t de chocolate, seguramen-
te tomarán un segundo y un tercero. D e l m i s m o m o d o , no se debe
realizar la p r i m e r a llamada telefónica, escribir el p r i m e r mensaje
de correo electrónico ni pasar p o r delante de su casa esa p r i m e r a
vez. Un solo contacto con el amante que nos ha rechazado c o n d u -
cirá inevitablemente a más contactos y, p o r tanto, a un mayor sufri-
miento.
Quizá el eslogan más enigmático sea el de «Piensa en el des-
pués». Para los m i e m b r o s de Alcohólicos Anónimos, esto significa
que c u a n d o asistimos c o m o invitados a la elegante celebración de
u n a b o d a y vemos a un montón de gente b i e n vestida bebiendo
sus copas de champán, pasemos mentalmente de este m o m e n t o
encantador a su posible final: u n a cogorza cuyos devastadores
efectos p u e d e n d u r a r meses. A s i m i s m o , el amante rechazado tien-
de a envolver en r o m a n t i c i s m o sus días felices. Así que, coge el te-
léfono y se pone en contacto c o n esa persona amada que ya no le
quiere, t e n i e n d o en mente esos recuerdos maravillosos. Pasemos
de pensar en esos m o m e n t o s felices a pensar en a q u e l h o r r i b l e
f i n de semana en el que nuestro «amor verdadero» no nos llamó.
«Con u n a r e d pretendo atrapar el viento», escribió el poeta ita-
liano Petrarca1 7
. Petrarca sabía lo imposible que resulta recuperar
al amante ausente. Es mejor dejar la droga y reconstruir nuestra
211
P O R Q U É AMAMOS
vida. Y r e c o r d e m o s que nuestro ex amante no nos ayudará. Se sien-
te moralmente inocente y, sin embargo, culpable p o r habernos he-
rido1 8
. No sabe c ó m o aliviar nuestra pena ni afrontar sus propios
sentimientos hacia esta relación fracasada1 9
. P o r tanto, aunque pue-
dan mostrarse cordiales si les llamamos, casi todos se sentirán per-
plejos, incómodos e incluso enfadados por el hecho de que nos h a -
yamos inmiscuido en su nueva vida.
TOMAR ANTI DEPRESIVOS
«Te echo de mi casa / deseo i n q u i l i n o / que no pagas alquiler
/ Te echo de mi casa / tienes mis mejores habitaciones / el cerebro
y el corazón / Márchate/ Te echo de mi casa / A p a g a las luces /
A r r o j a agua sobre el fuego / Te echo de mi casa / Terco d e s e o » 2 0
.
A l a i n Chartier, un poeta francés del siglo X V , sabía que los senti-
mientos del a m o r romántico p u e d e n alojarse obstinadamente en
nuestra mente. Y c u a n d o todo se t o r n a a m a r g u r a , debemos echar-
los de allí.
La m e d i c i n a m o d e r n a puede sernos de ayuda.
Existen distintos tipos de depresión. La mujer que sufre la de-
presión posparto no e x p e r i m e n t a exactamente lo m i s m o que el
h o m b r e al que acaban de despedir del trabajo. El a m o r rechazado
puede provocar a su vez otro tipo de depresión, c o n u n a i m p r o n t a
específica en nuestro cerebro. P o r otra parte, las personas que es-
tán pasando por la «fase de protesta» inicial del a m o r rechazado pa-
decen síntomas distintos a los que ya h a n perdido completamente la
esperanza.
S i n embargo, todas las formas de depresión «clínica» parecen
manifestarse a través de cuatro síntomas básicos. L o s trastornos
cognitivos incluyen la falta de concentración en las tareas habitua-
les; la incapacidad p a r a recordar hechos u obligaciones cotidianas;
el pensamiento obsesivo en nuestros problemas y tristezas, y otras
anomalías del pensamiento. El estado de ánimo se altera; los h o m -
bres y las mujeres d e p r i m i d o s se enfrentan a la desesperación, la
ansiedad, el miedo, la irritación y otros estados de ánimo que les i n -
capacitan. A p a r e c e n problemas de tipo fisiológico; las personas de-
2 1 2
H E L E N FISHER
primicias tienen dificultades para comer, d o r m i r o practicar el
sexo. Y m u c h a s de ellas contemplan la posibilidad del suicidio.
L o s hombres y mujeres rechazados a m e n u d o presentan todos
estos síntomas de la depresión grave. Al ser incapaces de superar-
los, muchos r e c u r r e n a los antidepresivos para aliviar su angustia.
Los más populares son las pildoras que de u n a f o r m a u otra au-
mentan los niveles de serotonina en el cerebro: los inhibidores se-
lectivos de la recaptación de serotonina, o ISRS. En la actualidad,
la industria de los fármacos destinados a mejorar la serotonina re-
cauda unos ingresos de doce m i l millones de dólares sólo en Esta-
dos U n i d o s . U n o s 7,1 millones de estadounidenses t o m a n algún
tipo de estimulador de la serotonina para combatir la depresión,
el estrés, el sentimiento de pérdida o la desesperación del a m o r
trágico2 1
.
C u a n d o la medicación surte efecto, el sufrimiento físico y psí-
quico producido p o r esta absoluta tristeza comienza a disiparse. Se
empieza a pasar menos tiempo m i r a n d o a la pared en lo que los psi-
quiatras d e n o m i n a n un «estado vegetativo». Se empieza a poder
d o r m i r p o r la noche, a desayunar, comer y cenar, y a llevar el traba-
jo de f o r m a más adecuada y eficaz. F i n a l m e n t e , la reflexión ince-
sante disminuye. El impulso de contactar c o n la persona amada ya
no es tan fuerte. Y los sentimientos de furia, desesperación y nos-
talgia i r r u m p e n cada vez menos en nuestro pensamiento. Estos fár-
macos mejoran incluso los daños físicos ocurridos. Estimulan el
crecimiento de las células nerviosas del hipocampo, el núcleo de la
m e m o r i a cerebral, combatiendo de esta m a n e r a el daño que c o n
frecuencia produce el estrés p r o l o n g a d o 2 2
.
Pero estos fármacos estimuladores de la serotonina a m e n u d o
tienen efectos secundarios. Algunas personas ganan peso. A l r e d e d o r
de un 70 p o r ciento de los pacientes que t o m a n esta medicación
padece u n a disminución de la libido, u n a demora en la excitación se-
xual y / o u n a incapacidad para alcanzar la erección, la eyaculación
o el orgasmo2 3
. Y, frecuentemente, estos medicamentos p u e d e n i n -
ducir a la apatía, o lo que los psiquiatras d e n o m i n a n «embotamien-
to afectivo».
Por supuesto, merece la p e n a sobrellevar todos estos efectos se-
cundarios si el paciente tiene deseos de suicidarse o de matar a otra
2 1 3
P O R QUÉ AMAMOS
persona. Sin embargo, sería conveniente volver a evaluar periódi-
camente su estado y considerar la posibilidad de complementar la
medicación antidepresiva c o n otra que eleve los niveles de dopami-
na, e incluso cambiar a un estimulador de la d o p a m i n a . Existen va-
rios en el mercado. Todas estas sustancias que elevan la d o p a m i n a
no son tan predecibles a la h o r a de mejorar la depresión c o n ten-
dencias suicidas, pero sientan b i e n a numerosos pacientes2 4
. Ya dife-
rencia de los fármacos estimuladores de la serotonina, no producen
un aumento de peso ni disminuyen el deseo sexual. De hecho, m u -
chos pacientes manifiestan habitualmente que su capacidad sexual
a u m e n t a 2 5
.
Y, lo que es más importante para nuestra historia, cuando los
amantes rechazados toman un antidepresivo que eleva los niveles
de d o p a m i n a en el cerebro, están reponiendo la sustancia cuya ca-
rencia m u y probablemente produce su síndrome de abstinencia.
El estradiol (un estrógeno) tiene efectos antidepresivos, al igual
que la testosterona y la h o r m o n a de la tiroides2 6
. La sustancia P pa-
rece actuar como un antidepresivo. Sospecho que un antagonista
de los opiáceos podría aliviar en cierta medida la ansiedad del a m o r
romántico. P o r otra parte, los fármacos que bloquean la h o r m o n a
que libera la corticotrofina ( C R H ) , es decir, la h o r m o n a cerebral que
se libera en los momentos de estrés, p u e d e n salir pronto al merca-
do para aliviar la tristeza crónica. Estos medicamentos y otros nue-
vos prometen aliviar la melancolía.
Por supuesto, no hay n i n g u n a medicación antidepresiva que ali-
vie a todos los pacientes. Los usuarios deben colaborar c o n sus médi-
cos para encontrar lo más adecuado para su caso. P o r otro lado,
n i n g u n o de estos fármacos e l i m i n a p o r completo la angustia del
amor perdido. Ytodos ellos tienen efectos secundarios de u n o u otro
tipo. Pero, aunque ninguno pueda considerarse la panacea para to-
dos los casos, estos productos químicos constituyen u n a alternativa
mucho mejor que la de perseguir a nuestro ex amante en el coche,
llorar desconsoladamente a oscuras o sentarse estupefacto delante
del televisor i n u n d a d o p o r la pena y la furia. Y c u a l q u i e r cosa es me-
j o r que el suicidio.
214
H E L E N FISHER
LA TERAPIA DE HABÍ AR
«La costumbre es capaz de borrar la impresión m i s m a de la na-
turaleza», escribió Shakespeare en Hamkt. Qué gran verdad. H a -
blar de nuestros problemas con un terapeuta y modificar de este
modo nuestra f o r m a de pensar y de actuar, puede cambiar nuestra
actividad cerebral. L o s estudios demuestran que la psicoterapia pue-
de p r o d u c i r en gran m e d i d a los mismos cambios que p r o d u c e n los
medicamentos antidepresivos en el funcionamiento c e r e b r a l 2 7
. En
efecto, algunas veces la «terapia de hablar» puede ser igual de efi-
caz para aliviar la depresión grave2 8
.
En un estudio m u y revelador, los científicos c o m p a r a r o n veinti-
cuatro adultos que sufrían la apatía, melancolía y desesperanza de
u n a depresión grave y que no estaban siendo tratados, c o n dieciséis
adultos sin problemas psiquiátricos. En p r i m e r lugar, se escaneó el
cerebro de cada u n o de ellos utilizando u n a máquina de IMRf. L o s
hombres y mujeres deprimidos mostraban un aumento a n o r m a l
de la actividad en algunas partes de la corteza prefrontal, el cauda-
do y el tálamo (una estación repetidora del cerebro); los sujetos del
grupo de control, no. Después se administró paroxetina, un anti-
depresivo que eleva los niveles de serotonina, a diez de los afecta-
dos por la depresión. El resto de los pacientes c o n depresión acu-
dió a doce sesiones de psicoterapia. A continuación se volvieron a
escanear los cerebros de todos los pacientes c o n depresión. Tanto
u n a como otra f o r m a de tratamiento habían conseguido reducir la
actividad en aquellas regiones cerebrales que mostraban u n a acti-
vación a n o r m a l 2 9
.
Es interesante constatar que aquellos que se sometieron a psico-
terapia obtuvieron además u n a ventaja adicional. Estos hombres y
mujeres registraron u n a actividad nueva en áreas de la ínsula que
pueden i n h i b i r los sentimientos de depresión3 0
.
En lugar de comparar los méritos de la «terapia de hablar» c o n
el uso de fármacos antidepresivos, hoy en día m u c h o s psiquiatras
piensan que la combinación de ambos tratamientos es más eficaz
que cualquiera de ellos p o r sí solos.
215
P O R Q U É AMAMOS
E L TIEMPO CURA
«Todo fluye; n a d a permanece», escribió Heráclito, el filósofo
griego. Si eliminamos los estímulos que alimentaban nuestro ar-
dor, nos armamos de u n a batería de consignas, adquirimos nuevos
hábitos diarios, conocemos a personas nuevas, adoptamos nue-
vos intereses y, quizás, encontramos la medicación antidepresiva
y / o el terapeuta o el asesoramiento adecuados, nuestra adicción al
que habían sido nuestro amante terminará amainando. Acabamos
curándonos. Aveces lleva unas cuantas semanas. N o r m a l m e n t e , me-
ses. A m e n u d o se requieren más de dos años de separación. Pero
u n a gloriosa mañana nos claremos cuenta de que llevamos u n a se-
m a n a sin sufrir el tormento de pensar en nuestra ex pareja. El ene-
migo ya no está instalado en nuestra m e n t e 3 1
.
Evidentemente, las personas n u n c a olvidamos un a m o r verda-
dero. A pesar de la devoción que sentía p o r su esposa M a r t h a , Ge¬
orge Washington mantuvo durante toda su vida u n a pasión p o r la
mujer de otro h o m b r e , Sally Fairfax. L o s historiadores creen que el
p r i m e r presidente de los Estados U n i d o s n u n c a besó a Sally ni
h u b o de ser rechazado p o r ella. F u e r o n amigos. P e r o Washington
la adoraba. Le seguía escribiendo veinticinco años después de su
último encuentro, contándole que n i n g u n o de los grandes t r i u n -
fos de su carrera, «ni siquiera todos ellos j u n t o s , h a n conseguido
erradicar de mi mente aquellos felices momentos, los más felices
de mi vida, en los que disfruté de tu compañía»3 2
.
En este mismo sentido, Su T u n g - P o , un poeta c h i n o del siglo x i ,
escribió: «Un año tras otro / recuerdo esa noche de l u n a / que pa-
samosjuntos / entre colinas de pequeños pinos»3 3
.
«Sólo llegamos a conocer bien aquello de lo que se nos priva»,
escribió el autor francés Francois Mauriac. N a d i e consigue olvidar.
Sin embargo, incluso los más brutalmente afectados empiezan a
dejar atrás sus sentimientos de angustia, a m a r g u r a y desilusión.
P o d e m o s acelerar nuestra recuperación; pero requiere determina-
ción, a veces medicación y / o terapia, y lo que Shakespeare llamó
«el paso inaudible y callado del tiempo»3 4
.
No obstante, de todas las posibles curas para el a m o r fallido, sin
d u d a la más eficaz es encontrar un nuevo amante que ocupe nuestro
2 1 6
H E L E N FISHER
corazón. «Un nuevo a m o r hace salir al viejo». N a d a ha cambiado
desde que Andreas Capellanus escribiera estas palabras. La ciencia
m o d e r n a lo corrobora. C u a n d o nos volvemos a enamorar elevamos
los niveles de d o p a m i n a y otras sustancias cerebrales que nos hacen
sentir bien.
¿PODEMOS INVOCAR AL AMOR?
Querida Helen, acabo de cumplir setenta añosy me he enamorado
de un hombre maravilloso que me admira muchísimo, pero que con-
fiesa no amarme. Lo pasamos estupendamente cuando tenemos tiem-
po de estar juntos (él todavía trabaja). Mi pregunta es si tú crees que
es posible que alguien se enamore de ti después de salir juntos un año.
El piensa de mí que soy maravillosa y muchas cosas buenas más, pero
sufrió tanto cuando se rompió su matrimonio anterior que dice que
no sabe si podrá enamorarse de nuevo. Mi opinión es que no queda
otro remedio. Me encantaría saber lo que piensas, porque tengo el co-
razón destrozado y no sé qué hacer. J. C.
Recibí este correo electrónico de u n a mujer de Canadá. Le res-
pondí d i c i e n d o que podía conseguir el a m o r de ese h o m b r e , c o n
un poco de esfuerzo.
¿Cómo despertar u n a irresistible pasión romántica en otra per-
sona?
Haciendo cosas nuevas juntos.
Los experimentos de laboratorio h a n confirmado que las expe-
riencias emocionantes p u e d e n mejorar los sentimientos de atrac-
ción. Un estudio clásico sobre este tema es el realizado p o r los psicó-
logos D o n a l d D u t t o n y A r t A r o n , conocido c o m o «el experimento
del puente peligroso»3 5
.
En el norte de Vancouver hay dos puentes peatonales que c r u -
zan el cañón de C a p i l a n o ; u n o es un puente colgante de estructura
ligera, que tiene unos noventa centímetros de ancho y se mece y se
tambalea a unos setecientos metros de altura, sobre las escarpadas
rocas y los rápidos de un río. Mas a r r i b a se encuentra un puente só-
lido, ancho, de baja altura. D u t t o n y A r o n p i d i e r o n a docenas de
217
P O R Q U Í AMAMOS
hombres que cruzaran un puente o el otro. En el centro de cada u n o
de estos puentes se sitúo u n a atractiva j o v e n ( m i e m b r o d e l e q u i -
po de investigación) que iba p i d i e n d o a cada u n o de los hombres
que pasaban p o r allí que rellenara un cuestionario. C u a n d o el i n d i -
viduo había contestado a las preguntas, ella le decía, c o m o de pasa-
da, que si tenía alguna d u d a acerca del estudio, la llamara a su casa.
A todos les daba su número de teléfono. N i n g u n o sabía que la m u -
j e r formaba parte del experimento.
Nueve de los treinta y dos hombres que cruzaron el puente es-
trecho que se bamboleaba a gran altura, se sintieron lo bastante atraí-
dos para llamar a la mujer a su casa. Sólo dos de los que se la encon-
traron en el puente seguro se pusieron en contacto c o n ella.
Esta atracción espontánea está probablemente relacionada con
u n a característica física del peligro: el peligro activa la producción
de adrenalina, un estimulante fisiológico estrechamente relaciona-
do c o n la d o p a m i n a y la norepinefrina. C o m o suponía la psicóloga
Elaine Hatfield, «la adrenalina intensifica los sentimientos del cora-
z ó n » 3 6
. Yo añadiría que a la mayoría de nosotros el peligro nos resul-
ta novedoso. Y, c o m o ya he mencionado, la novedad eleva los niveles
de dopamina, la sustancia química asociada al amor romántico. Los
hombres que pasaron p o r el puente alto y peligroso p u d i e r o n expe-
rimentar u n a concentración elevada de este estimulante.
Varios estudios demuestran que las parejas que realizan juntas
actividades emocionantes sienten u n a mayor satisfacción en su re-
lación3 7
. Pero otro e x p e r i m e n t o realizado p o r A r t A r o n y otra co-
lega suya, C h r i s t i n a N o r m a n , demostró que las actividades emo-
cionantes de h e c h o estimulan también el a m o r romántico. Este
experimento consistía en pedir a veintiocho parejas que salían j u n -
tas o estaban casadas, que rellenaran varios cuestionarios, realiza-
r a n juntas u n a actividad y luego rellenaran más cuestionarios. U n a
de las actividades propuestas era emocionante; la otra, aburrida. El
experimento llevaba aproximadamente u n a h o r a c o n cada pareja.
Es interesante observar que las respuestas i n d i c a r o n que las parejas
que realizaron la actividad emocionante (a diferencia de las que h i -
cieron la tarea aburrida) experimentaron un aumento de los senti-
mientos satisfactorios sobre su relación y unos sentimientos más i n -
tensos de a m o r romántico3 8
.
2 1 8
H t L L N FLSHL'K
Quizá la amiga de Canadá que me envió el mensaje y otras muje-
res y hombres enamorados que quieren despertar el a m o r román-
tico en u n a pareja, deberían invitar a su «indeciso» amante a viajar
a alguna ciudad extranjera o caminar p o r un sendero de montaña
peligroso para despertar su pasión romántica. H a c e poco vi a un
hombre y u n a mujer que hacían «puenting» juntos tirarse desde el
saliente de u n a grúa situada a sesenta metros de altura. C u a n d o lle-
garon al suelo, se estrecharon en un fuerte abrazo. No lo recomien-
do. Pero, por ejemplo, podemos probar un nuevo restaurante en
otra parte de la ciudad, comprar entradas en el último m i n u t o para
asistir al teatro o a algún evento deportivo, salir c o r r i e n d o para ver
un desfile o nadar después del anochecer. C u a l q u i e r cosa que re-
sulte emocionante y poco habitual, y que p u e d a despertar el a m o r
romántico.
Incluso las discusiones pueden resultar emocionantes y poten-
cialmente románticas. No es que esté a favor de que riñamos c o n
nuestros amados del alma. Pero algunas parejas dicen que las discu-
siones avivan la relación. Inanna, reina de la antigua Sumeria, se ena-
moró de D u m u z i durante u n a riña. C o m o se dice en un p o e m a de
la m i s m a época, «del inicio de la pelea / nació el deseo de los aman-
tes3 9
». C o n las riñas se airean los motivos de queja y a m e n u d o se
solventan; después, los amantes deben emplear cierta creatividad
para volver a anudar el lazo. Lo que es más importante, el enojo
acelera la mente y el cuerpo, desencadenando la emisión de adre-
nalina y otros estimulantes asociados con la pasión romántica.
«El a m o r es un lienzo que la naturaleza p r o p o r c i o n a y la imagi-
nación decora», escribió Voltaire. A d o r n e m o s la vida con novedades
y aventuras. Quizá así consigamos a nuestro amor.
I N T I M I D A D S E X U A L
El sexo también puede despertar el ardor romántico.
El sexo nos sienta b i e n si estamos c o n alguien a q u i e n quere-
mos, el m o m e n t o es adecuado y nos gusta esta f o r m a de ejercicio y
expresión. Las caricias y los masajes desencadenan la producción
de la oxitocina y las endorfinas, unas sustancias cerebrales que pue-
2 1 9
P O R Q U É AMAMOS
den tener efectos relajantes y p r o d u c i r sentimientos de apego4 0
. El
sexo mejora el tono de nuestra piel, músculos y otros tejidos corpo-
rales. Ofrece la posibilidad de crear cosas nuevas y p r o d u c e excita-
ción. Y c o n el orgasmo, el cerebro libera oxitocina en las mujeresy
vasopresina en los hombres, unas sustancias químicas asociadas a
los sentimientos de apego. P e r o el sexo no sólo es bueno para la re-
lajación, el tono muscular y para dar y obtener placer; a m e n u d o
está asociado c o n altos niveles de testosterona. Y la testosterona
puede estimular la producción de d o p a m i n a , el elixir que alimenta
el romance.
Curiosamente, incluso el fluido seminal puede potencialmente
contribuir a la pasión romántica. El psicólogo G o r d o n G a l l u p y sus
colaboradores informan de que esta secreción que transporta los es-
permatozoides contiene d o p a m i n a y norepinefrina, además de tiro-
sina, un aminoácido que necesita el cerebro para fabricar la dopami-
n a 4 1
. La eyaculación también contiene testosterona, que puede
aumentar el impulso sexual, varios estrógenos, que contribuyen a la
excitación sexual y al orgasmo femenino, y oxitocina y vasopresina,
que intensifican los sentimientos de unión c o n la pareja. E incluso
deposita en el canal vaginal la h o r m o n a estimuladora del folículo y
la h o r m o n a luteinizante, sustancias ambas que regulan el ciclo mens-
trual femenino. No todas estas sustancias pueden pasar directamen-
te del flujo sanguíneo al tejido cerebral; algunas no logran atravesar
la barrera entre la sangre y el cerebro. Sin embargo, todas pueden
contribuir de u n a forma u otra a los sentimientos románticos.
G a l l u p y sus alumnos Rebeca B u r c h y Steven Platek h a n deter-
m i n a d o que el fluido seminal también alivia los síntomas de depre-
sión en las mujeres4 2
. Esto podría deberse a varias razones. El flui-
do seminal contiene beta-endorfinas, sustancias que p u e d e n llegar
directamente al cerebro y calmar la mente y el cuerpo. Pero, como
hemos observado, el fluido seminal masculino también contiene
los ingredientes esenciales para cada u n o de los tres impulsos bási-
cos del emparejamiento que hemos comentado en este libro: el de-
seo, el a m o r romántico y el apego entre h o m b r e y mujer. No es de
extrañar que las mujeres se sientan menos deprimidas cuando ha-
cen el a m o r y reciben este fluido; p u e d e n incluso hacerse más re-
ceptivas al romance.
2 2 0
H E I . E N FLSHER
«La exuberancia es belleza», escribió W i l l i a m Blake. A m b o s se-
xos se sienten atraídos p o r las personas felices. Esto puede deberse
a que, de f o r m a natural, imitamos a los que nos rodean. C u a n d o el
otro sonríe, nosotros inconscientemente también sonreímos, aun-
que sea fugazmente. Y l a sonrisa pone en movimiento determinados
músculos de la cara, que envían al cerebro unas señales nerviosas es-
timuladoras de las redes cerebrales del p l a c e r 4 3
. Así que, mientras
planeamos actividades novedosas, aventureras o sexualmente emo-
cionantes c o n alguien con q u i e n nos gustaría tener u n a relación
romántica, pongamos buena cara. De este m o d o tal vez despertemos
sentimientos de placer en nuestro amante y encendamos esa p r i -
m e r a l l a m a del amor.
REEVALUAR LA MEDICACIÓN ANTI DEPRESIVA
Antes de empezar de verdad el cortejo, deberíamos reevaluar la
eficacia de cualquier mediación antidepresiva que podamos estar
tomando, especialmente si estamos experimentando efectos secun-
darios de carácter sexual o insensibilidad emocional.
D i g o esto p o r u n a razón importante: c o m o sabemos, las redes
cerebrales del deseo, el amor romántico y el apego interactúan de
f o r m a compleja. Así, mi colega A n d y T h o m s o n y yo creemos que
el hecho de elevar la actividad de la serotonina artificialmente pue-
de p o n e r en peligro nuestra capacidad de enamorarnos. C o m o ya
sabemos, el a m o r romántico está asociado a niveles elevados de
d o p a m i n a y posiblemente de n o r e p i n e f r i n a . Estos n e u r o t r a n s m i -
sores m a n t i e n e n generalmente u n a relación negativa c o n la sero-
tonina. Así que, c u a n d o elevamos artificialmente los niveles de se-
r o t o n i n a c o n pastillas, estamos i n h i b i e n d o potencialmente la
producción, distribución y / o expresión de la d o p a m i n a y la nore-
p i n e f r i n a , y p o n i e n d o p o r tanto en peligro nuestra capacidad de
e n a m o r a r n o s 4 4
.
A n d y señala que los niveles de serotonina elevados artificialmen-
te p u e d e n c o m p r o m e t e r nuestra capacidad de evaluar a los preten-
dientes, elegir a las parejas adecuadas y también la de establecer y
mantener relaciones estables4 5
.
221
P O R Q U É AMAMOS
Por ejemplo, la mayor parte de estos fármacos produce u n a i n -
sensibilidad ante las emociones. C u a n d o estamos terriblemente
deprimidos por un romance fracasado, buscamos este efecto. Pero
cuando continuamos utilizando antidepresivos m u c h o después
de que la relación amorosa haya terminado, éstos pueden bloquear
nuestra capacidad para responder cuando aparece u n a nueva pa-
reja perfecta. Estamos demasiado apagados emocionalmente para
que capte nuestra atención.
La p r i m e r a evidencia directa de esta «insensibilidad ante el cor-
tejo» acaba de descubrirse. La psicóloga M a r y a n n e Fisher pidió a
mujeres que tomaban ISRS y a otras que no tomaban n i n g u n a me-
dicación que puntuaran el atractivo de unos rostros masculinos que
se les mostraban en fotografía. C o m o era de esperar, las mujeres
que estaban tomando estimuladores de la serotonina encontraron
estas caras masculinas menos atractivas que el otro grupo de muje-
res; las mujeres c o n medicación también miraban y valoraban las
fotografías durante menos t i e m p o 4 6
.
Los estimuladores de la serotonina también reducen el impulso
sexual e i n h i b e n la respuesta al mismo (incluida la eyaculación) en
muchos de sus consumidores4 7
. A consecuencia de ello, las perso-
nas que toman estas pastillas rehuyen c o n frecuencia posibles rela-
ciones románticas, ya que tienen miedo de no dar la talla en la cama.
De ahí que r e n u n c i e n a las caricias, los besos y los encuentros se-
xuales que p u e d e n desencadenar e l a m o r romántico. C o n ello
pierden el torrente de oxitocina y vasopresina que puede generar
sentimientos de apego. Y los hombres que no consiguen eyacular
dejan de depositar las sustancias químicas de su fluido seminal que
podrían influir en el ánimo de su pareja.
Estos fármacos que elevan la serotonina tienen todavía más efec-
tos negativos ocultos. El orgasmo femenino se desarrolló, en efecto,
para c u m p l i r varios propósitos. P e r o los científicos vienen p e n -
sando desde hace m u c h o tiempo que el motivo de su existencia
consistía en distinguir al h o m b r e adecuado d e l h o m b r e equivoca-
do. Esta «voluble» respuesta orgásmica ayudaba a nuestras ante-
pasadas a reconocer a los amantes que estaban dispuestos a entre-
garles un t i e m p o y u n a energía m u y valiosos p a r a complacerlas.
Y sigue siendo así. P o r eso, las mujeres que t o m a n fármacos esti-
2 2 2
H E L E N FISHER
mulantes de la serotonina p o n e n en peligro su capacidad de eva-
luar el c o m p r o m i s o e m o c i o n a l de u n a pareja. Y l o que quizás sea
peor, muchas personas q u e t o m a n esta medicación e m i t e n unas
señales defectuosas de i n e p t i t u d y falta de interés sexual q u e p u e -
d e n repeler a la posible pareja. También es probable que lleguen
a la conclusión errónea de que ellas, p o r sí mismas, no son c o m -
patibles c o n su pareja. P e r o lo que pasa, simplemente, es que es-
tán medicadas.
Las personas que toman antidepresivos basados en estimulantes
de la serotonina pueden p o n e r en peligro su capacidad de evaluar
a la pareja, desencadenar el romance e iniciar relaciones, alteran-
do de este m o d o su vida amorosa y el futuro de sus genes.
INTIMIDAD MASCULINA; INTIMIDAD FEMENINA
«Observé en donde caía el dardo de C u p i d o : / cayó sobre u n a
florecilla de Occidente, / antes blanca ahora púrpura p o r la h e r i d a
/ del amor. Las muchachas la l l a m a n 'suspiro'. / Tráeme esa flor:
u n a vez te la enseñé. / Si se aplica sujugo sobre párpados dormidos,
/ el h o m b r e o la mujer se e n a m o r a n locamente / del p r i m e r ser
vivo al que encuentran»*. Oberón, el Rey de las Hadas en El sueño
de una noche de verano de Shakespeare, habla de u n a flor m u y pode-
rosa que hace nacer el amor.
¿Cuántos millones de hombres y mujeres h a n anhelado a lo lar-
go de la evolución h u m a n a encontrar u n a flor así? Lamentable-
mente no existe. Incluso los medicamentos (o las drogas c o m o la
cocaína o las anfetaminas) que elevan los niveles de d o p a m i n a en
el cerebro podrán lograr que alguien se enamore de nosotros si d i -
c h a persona no quiere o está buscando u n a pareja c o m p l e t a m e n -
te distinta. Pero si un potencial pretendiente expresa interés p o r
nosotros, existen otras formas de estimular su acercamiento y su
corazón utilizando lo que se conoce como las diferencias de género
de nuestro cerebro.
* William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000.
{N.de laT.)
2 2 3
P O R o u t AMAMOS
La i n t i m i d a d es m u y popular hoy en día. M u c h a s personas, no
sólo en Estados U n i d o s , sino también en sociedades tan dispares
como México, India y C h i n a , consideran que este sentimiento de
cercanía y de comunión es fundamental para el a m o r romántico4 8
.
Pero los hombres y las mujeres a m e n u d o definen y expresan esta
cercanía de f o r m a diferente.
A m b o s sexos piensan que compartir secretos personales y activi-
dades felices resulta íntimo4 9
. Pero, c o n frecuencia, las mujeres
consideran que la intimidad consiste en hablar sinceramente, m i e n -
tras que los hombres tienden a sentir cercanía e m o c i o n a l cuando
trabajan, juegan o hablan al lado de otra p e r s o n a 5 0
. Efectivamente,
los hombres a m e n u d o se sienten ligeramente amenazados o de-
safiados cuando m i r a n directamente a los ojos de otro. P o r eso se
sientan al lado del compañero, evitando mirarle directamente a los
ojos5 1
. Esta respuesta se deriva probablemente de sus ancestros. D u -
rante muchos milenios los hombres se enfrentaron cara a cara a sus
enemigos, y en cambio se sentaban o caminaban al lado de sus a m i -
gos cuando iban de caza.
Las mujeres inteligentes captan esta diferencia de género. P a r a
fomentar la intimidad con su compañero, hacen cosas a su lado,
como pasear p o r los bosques o los centros comerciales, conducir,
sentarse en el cine o acurrucarse j u n t o a él para ver la tele.
La mayoría de los hombres obtiene u n a sensación de i n t i m i d a d
practicando o viendo practicar deportes. Tantos millones de años
persiguiendo, acorralando y abatiendo animales h a n hecho que
los hombres tengan, en general, u n a mejor capacidad espacial que
las mujeres, u n a f o r m a de inteligencia asociada a la h o r m o n a mas-
culina de la testosterona5 2
. P o r tanto, cuando u n a mujer va c o n un
hombre a esquiar, a escalar montañas, a jugar al ajedrez o a presen-
ciar un partido de tenis o de fútbol, él puede sentirse especialmente
atraído por e l l a 5 3
.
Las mujeres obtienen u n a gran sensación de i n t i m i d a d hablan-
do cara a c a r a 5 4
. Se sientan más cerca que los hombres y m i r a n d i -
rectamente a los ojos del otro c o n lo que la lingüista D e b o r a h
T a n n e n d e n o m i n a «la m i r a d a de anclaje»5 5
. Esta preferencia pro-
bablemente se remonta a antaño, cuando nuestras antepasadas sos-
tenían a los niños frente a sí, enseñando, tranquilizando y entrete-
224
H E L E N FISHER
niéndoles c o n sus palabras. Así que, si un h o m b r e es listo y se en-
cuentra sentado en un banco d e l parque c o n u n a mujer que está
girando los pies, las rodillas, la cadera, el pecho, los hombros, el
cuello y la cara para mirarle de frente, deberá girarse p o r completo
y m i r a r l a directamente cuando hable. Si le m i r a directamente a la
cara pero evita sus ojos, ella creerá que trata de esquivarla. Si res-
ponde a su m i r a d a de anclaje, el h o m b r e le estará transmitiendo el
valiosísimo regalo femenino de la i n t i m i d a d . De este m o d o tam-
bién podrá despertar el deseo romántico.
E L L E N G U A J E D E L C O R T E J O
Si a los hombres les gustan los eventos deportivos y otras activida-
des que p o n e n de relieve sus aptitudes espaciales, a las mujeres les
gustan las palabras. Las niñas hablan antes que los niños, c o n un m a -
yor d o m i n i o gramatical y empleando un mayor número de palabras
en cada u n a de sus observaciones. En las sociedades de todo el m u n -
do las mujeres están, p o r lo general, más dotadas lingüísticamente
que los hombres, probablemente porque las palabras h a n sido las
herramientas de las mujeres para educar a sus hijos durante al me-
nos un millón de años5 6
. De hecho, la capacidad verbal de las muje-
res está relacionada incluso c o n la h o r m o n a femenina, el estrógeno.
Así que los hombres inteligentes utilizan las palabras para el cor-
tejo, ya sea p o r teléfono, durante u n a cita o en la cama. U n a amiga
mía me contaba recientemente que se enamoró locamente de su
actual marido c u a n d o él comenzó a enviarle sus (espantosas) poe-
sías. Los hombres no necesitan talento lingüístico; sólo ser valien-
tes y usar las palabras.
En general, las mujeres y los hombres alcanzan la i n t i m i d a d ha-
blando de temas distintos. A muchos hombres les gusta hablar de
deportes, política, asuntos internacionales o negocios. Estos m u n -
dos se articulan en torno a ganar o perder, fuertes y débiles, estatus
y jerarquía, palabras que los hombres conocen b i e n porque siem-
pre h a n tenido que competir p o r el estatus para conseguir sus pare-
jas5 7
. Las mujeres en cambio se sienten más atraídas p o r el lado sen-
timental, la charla íntima acerca de temas personales, propios o de
2 2 5
P O R QUÉ AMAMOS
otras personas5 8
, probablemente porque se h a n desarrollado en un
entorno ancestral cuyas conexiones sociales eran cruciales para su
supervivencia.
L o s hombres y las mujeres van pareciéndose más c u a n d o alcan-
zan la e d a d m a d u r a 5 9
, lo que probablemente se debe en parte a
que d i s m i n u y e n los niveles de estrógeno en la m u j e r y los de tes-
tosterona en el h o m b r e 6 0
. Pero, c o n i n d e p e n d e n c i a de la edad, los
pretendientes más observadores se esfuerzan diligentemente por
mantener conversaciones c o n las que seducir a su amante, en la
esperanza de fomentar u n a cercanía que podría encender el a m o r
romántico.
EL SEXO COMO INTIMIDAD
También el sexo puede conducir a la i n t i m i d a d y desencadenar
potencialmente el éxtasis del romance. L o s hombres muestran u n a
probabilidad cuatro veces mayor que las mujeres de equiparar la ac-
tividad sexual c o n la cercanía e m o c i o n a l 6 1
. Esta perspectiva masculi-
na responde a u n a cierta lógica darwiniana. El coito es el billete de
un h o m b r e hacia la posteridad; si su pareja se queda embarazada,
ésta enviará su A D N al futuro. P o r eso, aunque a m e n u d o los h o m -
bres no tienen un interés consciente en tener hijos, su recompensa
evolutiva parece haber e n g e n d r a d o en la psique m a s c u l i n a u n a
tendencia inconsciente a considerar el intercambio sexual como la
esencia de la i n t i m i d a d , el afecto y el compañerismo.
Las mujeres confiesan sentir mayor i n t i m i d a d c o n su pareja
cuando conversan juntos justo antes de hacer el a m o r 6 2
. Probable-
mente obtengan un sentimiento de i n t i m i d a d de la charla precoi-
tal, p o r q u e c o n ella su amante demuestra que p u e d e escuchar, ser
paciente y comprensivo, y contener su deseo sexual, todos ellos
atributos que nuestras antepasadas necesitaban encontrar en su
pareja.
Se m i r e como se m i r e , el sexo es sumamente memorable y satis-
factorio cuando las cosas van bien. Y a q u e l l o s que manejan c o n ha-
b i l i d a d los aspectos sexuales de u n a relación cuentan c o n u n a baza
importante para estimular el a m o r romántico.
2 2 6
H E L E N FISHER
GANAR TIEMPO
Todos sabemos que las mujeres se sienten atraídas p o r hombres
con recursos, que c o m p a r t e n generosamente su d i n e r o , tiempo,
contactos y estatus c o n su pareja. P o r eso, cosas c o m o las flores, los
bombones y las entradas para el teatro p u e d e n efectivamente con-
seguir que caigan rendidas de amor. Recordemos que los hombres
se sienten bastante atraídos p o r las mujeres que ellos creen que ne-
cesitan que las salven6 3
. P o r esta razón, y a m e n u d o inconsciente-
mente, las mujeres dicen y hacen cosas para mostrar su vulnerabili-
dad, lo que yo d e n o m i n o la estrategia «del ala rota». En efecto, este
desvalimiento a m e n u d o desencadena la galantería y el a m o r en los
hombres.
La vulnerabilidad es lo último que a los hombres les gusta mos-
t r a r 6 4
. ¿Por qué mostrar tus debilidades cuando puedes hacer osten-
tación de tus puntos fuertes y tus logros? Eso es lo q u e h a c e n los
hombres: presumir. Ylas mujeres les escuchan. A u n q u e muchas ve-
ces estas descaradas muestras de engreimiento les h o r r o r i c e n , tam-
bién les i m p r e s i o n a n . Así que, c o m o o c u r r e c o n las exhibiciones
de desvalimiento femeninas, la fanfarronería masculina también
puede c o n t r i b u i r a encender el fuego en el corazón de las mujeres.
Oscar W i l d e escribió u n a vez: «La incertidumbre es la esencia
del amor». Es u n a observación m u y inteligente. Durante el cortejo
caminamos p o r un sendero m u y estrecho. Si nos mostramos dema-
siado ansiosos, el pretendiente indeciso puede salir huyendo. P r o -
bablemente la biología tenga algo que ver c o n esta conducta. La
p r o n t a adquisición de la recompensa reduce la duración y la inten-
sidad de la actividad de la d o p a m i n a en el cerebro, mientras que la
d e m o r a en su consecución la e s t i m u l a 6 5
. A consecuencia de ello,
las personas «difíciles de conseguir» tienden a resultar más intere-
santes para el pretendiente. H a c e muchos años, Andreas Capella-
nus ya era consciente de esto, y recordaba a los trovadores de la
Francia del siglo XII que «el a m o r que se obtiene fácilmente es de
poco valor; la dificultad en conseguirlo lo convierte en un bien pre-
cioso»6 6
. P o r tanto, los que q u i e r e n despertar el a m o r en un posi-
2 2 7
P O R QUÉ AMAMOS
ble amante, deberían dar lugar, c o n astucia, a cierto misterio, obs-
táculos e incertidumbre en la relación.
Sé que todo esto parece un juego. P e r o es que el a m o r lo es; es el
único juego de la naturaleza. Casi todas las criaturas de este planeta
lo practican, c o n la intención inconsciente de transmitir su A D N
hacia el futuro. L o s puntos se cuentan p o r el número de hijos.
CÓMO CONSEGUIR ENAMORARSE
¿Qué hubiera o c u r r i d o si el Oberón de Shakespeare h u b i e r a ro-
ciado el j u g o de aquella «florecilla de Occidente» sobre sus p r o -
pios ojos? La mayoría de nosotros hemos c o n o c i d o a alguien a
quien poder admirar y c o n q u i e n pasarlo b i e n . U n a persona ama-
ble, generosa, sincera, feliz, ambiciosa, c o n sentido del h u m o r , tra-
bajadora, atractiva, interesante y apasionada, conforme a nuestros
gustos. Y sin embargo no hemos podido conjurar en nosotros ese
mágico sentimiento hacia d i c h a persona. ¿Podemos enamorarnos
voluntariamente?
B u e n o , lo que es indudable es que lo podemos intentar. E n c o n -
trar cosas que realmente nos guste hacer c o n nuestro admirador.
Hacerlas novedosas y emocionantes. Rechazar las distracciones
—especialmente a otros amantes— y abrirnos de verdad a su f o r m a
de pensar, de sentir y de hacer el amor. C o n ello es posible que con-
sigamos estimularnos los circuitos cerebrales del a m o r romántico.
El psicólogo R o b e r t E p s t e i n está i n t e n t a n d o hacer eso justa-
mente. Epstein, director editorial de Psichobgy Today y autor de
once libros y docenas de artículos especializados, ha publicado re-
cientemente un artículo editorial en d i c h a revista solicitando u n a
mujer que quisiera salir c o n él c o n la exclusiva intención de ena-
morarse locamente. Esperaba que el proceso durara entre seis me-
ses y un año, y acabara en m a t r i m o n i o 5 7
. Establecía varias condicio-
nes. Entre ellas, que ambos se aconsejarían mutuamente de forma
habitual; que leerían numerosas novelas y libros de no ficción que
versaran sobre el amor; que mantendrían un diario y realizarían u n a
serie de ejercicios (como la respiración sincronizada); y que ambos
se esforzarían activamente en conocerse a fondo el u n o al otro.
2 2 8
H E L E N FISHER
Epstein cree que podemos aprender a enamorarnos. M u c h o s de
los que aceptan contraer m a t r i m o n i o s de conveniencia o solicitan
novias p o r correo también parecen creer en que podemos desen-
cadenar voluntariamente en nosotros esta magia. Yo también lo creo.
Si escogemos a u n a persona dispuesta a enamorarse que se adecué
a nuestro m a p a del amor, le abrimos nuestro corazón y hacemos
cosas nuevas juntos, podemos activar la r e d cerebral de la pasión
romántica.
El j u g o de la «florecilla de Occidente» de C u p i d o consiste en la
creatividad y la determinación.
POR QUÉ LA PASIÓN DISMINUYE CON EL TIEMPO
«Habita dentro de la l l a m a del a m o r / u n a m e c h a que la destru-
ye al fin», decía Shakespeare. El a m o r romántico a m e n u d o dismi-
nuye c o n el tiempo.
Al p r i n c i p i o , durante el cortejo, pasamos semanas o meses escri-
biéndonos largos mensajes de correo electrónico, m a n t e n i e n d o
conversaciones íntimas, compartiendo aventuras c o m o ir a restau-
rantes, conciertos, fiestas y eventos deportivos, o d i s f r u t a n d o de
agradables momentos en la cama. No paramos de intentar i m p r e -
sionar y seducir a nuestro amado. A veces estamos tan entusiasma-
dos que ni podemos dormir. Luego, cuando los meses se convierten
en años, este éxtasis romántico empieza a m a d u r a r en u n a relación
más profunda: el cariño duradero. El fervor romántico también se
mantiene en algunas relaciones largas6 8
. Yesta pasión puede conti-
nuar siendo intensa durante los periodos de vacaciones u otros m o -
mentos de novedad y aventura. P e r o el éxtasis salvaje, la energía i n -
contenible y el pensamiento obsesivo generalmente disminuyen,
d a n d o paso a sentimientos de seguridad y bienestar.
No sabemos exactamente de qué m a n e r a calma el cerebro esta
tormenta p r i m e r a de la pasión romántica. Puede o c u r r i r u n a de es-
tas tres cosas: las regiones cerebrales que p r o d u c e n y transportan la
d o p a m i n a (y probablemente la norepinefrina) empiezan a distri-
buir u n a cantidad m e n o r de su estimulante. O que los puntos recep-
tores de estas sustancias que se encuentran en los terminales ner-
2 2 9
P O R Q U É AMAMOS
viosos vayan insensibilizándose g r a d u a l m e n t e 6 9
. O que otras sus-
tancias cerebrales c o m i e n c e n a enmascarar o contrarrestar la quí-
mica de la pasión. Pero, sea cual sea la causa biológica, el cuerpo va
calmándose progresivamente.
Este declive del a m o r romántico es sin d u d a producto de la evo-
lución. La pasión romántica intensa consume un tiempo y u n a ener-
gía enormes. Y sería decididamente perjudicial para la tranquili-
d a d mental y las actividades diarias (incluida la crianza de los hijos)
que pasáramos años volcados en la adoración obsesiva de un aman-
te. Este proceso cerebral evolucionó principalmente c o n un propó-
sito: hacer que nuestros antepasados buscaran y encontraran u n a
pareja especial y copularan exclusivamente c o n ella hasta que la
concepción estuviera garantizada. Llegado este punto, las parejas
formadas p o r nuestros ancestros debían i n t e r r u m p i r esta m u t u a
concentración obsesiva para empezar a construir un e n t o r n o social
seguro en el que criarjuntos a sus preciosas criaturas. La naturaleza
nos proporcionó la pasión y luego la tranquilidad. Hasta que volve-
mos a enamorarnos.
HACER QUE EL AMOR DURE
S i n embargo, algunas personas están apasionadamente enamo-
radas durante toda la v i d a 7 0
, y parejas que llevan casadas más de
veinte años dicen seguir todavía enamoradas7 1
. En efecto, en un i m -
portante estudio, los hombres y mujeres que llevaban más de veinte
años casados puntuaron más alto en la pasión romántica que sentían
unos por otros que los que llevaban casados sólo cinco años7 2
. Sus
puntuaciones se parecían m u c h o a las de los estudiantes de los últi-
mos años de bachillerato7 3
.
H a c e poco me encontré c o n u n a pareja así. Fue en u n a cena de
negocios; estaba sentada al lado de un h o m b r e de m e d i a n a edad,
guapo, inteligente y afable, que era el presidente de u n a organiza-
ción sin ánimo de lucro estadounidense. C u a n d o supo que estaba
escribiendo un libro sobre el a m o r romántico, me dijo que él se-
guía aún enamorado de su mujer; llevaban casados veintiséis años.
Al mes siguiente tuve la suerte de encontrarme c o n su esposa, u n a
2 3 0
H F J . E N FíSHER
mujer elegante y culta. Ignorante de mi conversación c o n su m a r i -
do, declaró sentirse m u y enamorada de su pareja. Así que, cuando
su marido se nos unió, me tomé la libertad de preguntarles a am-
bos c ó m o habían conseguido m a n tener viva su pasión.
E l l a dijo: «Sentido del humor»;él contestó: «Sexo».
No me sorprendió n i n g u n a de las dos respuestas. El h u m o r se
basa en la novedad, en lo inesperado, dos cosas que elevan los nive-
les de d o p a m i n a en el cerebro. Y e l sexo está asociado c o n elevados
niveles de testosterona, lo que, debido a u n a reacción en cadena,
puede a u m e n t a r también la d o p a m i n a . P e r o sospecho que esta
afortunada pareja también había mantenido vivo su amor por otros
medios. A m b o s tenían profesiones excepcionalmente interesantes
y hacían juntos muchas cosas poco habituales. C r e o que su estilo de
vida estimulaba los niveles de d o p a m i n a y mantenía la pasión ro-
mántica.
«No es habitual amar lo que u n o tiene», escribió Anatole Fran¬
ce. Para contrarrestar este m o d o de pensar convencional, los tera-
peutas aconsejan seguir varias prácticas establecidas: C o m p r o m e -
terse. Escuchar «activamente» a nuestra pareja. H a c e r preguntas.
Dar respuestas. Valorar. Permanecer atractivo. Seguir creciendo i n -
telectualmente. Contar c o n ella. Dejarle i n t i m i d a d a él. Ser sincero
y digno de confianza. C o n t a r a nuestra pareja lo que necesitamos.
Aceptar sus defectos. C u i d a r los modales. Practicar el sentido del
humor. Respetarle. Llegar a acuerdos. Discutir constructivamente.
No amenazar n u n c a c o n abandonarle. Olvidar el pasado. D e c i r
«no» al adulterio. No dar p o r h e c h o que la relación durará para
siempre; vivir cada día. Y n o rendirse n u n c a .
Estos y muchos otros hábitos recomendables p u e d e n ser la base
de unos sentimientos de apego duraderos. P e r o probablemente
n i n g u n o de ellos eleva los niveles de d o p a m i n a o mantiene la pa-
sión romántica. S i n embargo, hay otras tácticas que p u e d e n hacer
que esta l l a m a siga ardiendo.
«Dejad que haya espacios en vuestra unión», aconsejaba Khalil G i -
bran. Aunque el poeta libanes probablemente no lo sabía, éste era un
buen consejo para sustentar la biología asociada con el amor románti-
co. Como ya he mencionado, el retraso en la obtención de la recom-
231
P O R Q U É AMAMOS
pensa, la demora en su consecución, prolonga la actividad de las célu-
las de la dopamina, acelerando la llegada de este estimulante natural a
los centros de recompensa del cerebro7 4
. Aunque los hombres valoran
la privacidad y la autonomía mas que las mujeres, para ambos sexos el
«espacio» contribuye probablemente a mantener ía pasión romántica.
Dado lo que sabemos del amor, no hay duda de que sería también
recomendable poner en práctica lo que los terapeutas llaman una
«temporalización del noviazgo». Establecer una selección de intereses
comunes y proponerse hacer cosas nuevas y emocionantes juntos7 5
,
Variedad, variedad y variedad: la variedad estimula los centros de pla-
cer del cerebro7 6
, manteniendo el clima del romance.
PASIÓN v RAZÓN
Desde los timepos de los griegos, los poetas, filósofos y dramatur-
gos h a n considerado la pasión y la razón fenómenos i n d e p e n d i e n -
tes, diferenciados e incluso opuestos. Platón resumía esta dicoto-
mía d i c i e n d o que los deseos e r a n c o m o caballos desbocados y el
intelecto era el «auriga» que debía controlar y d i r i g i r estas ansias7 7
.
La creencia de que se debe utilizar la razón para imponerse a los
impulsos más básicos ha seguido transmitiéndose durante siglos.
Los primeros teólogos cristianos cementaron este precepto en el
pensamiento occidental: las emociones y los deseos e r a n tentacio-
nes, pecados que debían doblegarse mediante la razón y la fuerza
de voluntad.
S i n embargo, en la actualidad los neurólogos creen que la razón
y la pasión están inexorablemente unidas en el cerebro. Y y o pienso
que estas conexiones tienen m u c h o que decir a la h o r a de contro-
lar el a m o r romántico.
Recordemos que la corteza prefrontal d e l cerebro está justo de-
trás de la frente; su tamaño se expandió e n o r m e m e n t e durante la
prehistoria h u m a n a y su función es la de procesar información. Es
c o m o el centro de negocios de la mente. C o n la corteza prefrontal
(y sus conexiones) recogemos y o r d e n a m o s los datos a d q u i r i d o s a
través de los sentidos, analizamos y sopesamos los detalles, razona-
mos, planificamos y tomamos decisiones. P e r o la corteza prefrontal
2 3 2
H E L E N FISHER
tiene conexiones directas c o n muchas regiones subcorticales, i n -
cluido un centro de las emociones, la amígdala, y un centro de la
motivación, el caudado, ademas de otros. P o r eso el pensamiento,
los sentimientos, la m e m o r i a y la motivación están estrechamente
relacionados7 8
. La razón y la pasión se hallan unidas de f o r m a inse-
parable.
En efecto, rara vez tenemos u n a idea que no vaya acompañada
de un sentimiento y un deseo; y rara vez sentimos o queremos algo
sin que ello vaya acompañado de u n a idea. Según el neurólogo A n -
tonio Damasio, esto se debe a un motivo muyjustificado. S i n emo-
ciones y sin deseos no podemos asignar diferentes valores a las d i -
ferentes opciones. Nuestro pensamiento, nuestro razonamiento,
nuestras decisiones no tendrían interés, serían indiferentes si ca-
recieran de los vitales componentes emocionales necesarios para
sopesar las variables y efectuar elecciones7 9
. Seríamos «almas de
hielo»8 0
.
El neurólogo Joseph L e D o u x ha descubierto incluso que el ce-
rebro tiene dos grandes autopistas para integrar las emociones y la
razón: la «vía de arriba» y la «vía de abajo»8 1
. Y a m b a s están conec-
tadas c o n el sistema de recompensa del cerebro, c o n sus deseos y
sus impulsos. C u a n d o la amígdala recibe señales directamente de la
corteza prefrontal, nos controlamos a nosotros mismos. Pensa-
mos antes de sentir y actuar. Esta es la «vía de arriba». Pero la amíg-
dala también recibe datos directamente de regiones sensoriales de
la corteza que sortean la corteza prefrontal, la parte racional del
cerebro. Esta es la «vía de abajo»; es i r r a c i o n a l , intensamente
emocional, m u c h o más ancha que la «vía de arriba» y m u y difícil
de controlar. Esta «vía de abajo» permite al amante e x p e r i m e n t a r
ese e n o r m e éxtasis y a n h e l o c u a n d o ve a su e n a m o r a d o , antes i n -
cluso de pensar r a c i o n a l m e n t e en «él» o «ella». P e r o la «vía de
abajo» puede s u m i r al amante desilusionado en u n a f u r i a irrefle-
xiva y fuera de c o n t r o l que le incita a gritar e incluso a asesinar al
ser amado.
Semejante cableado cerebral tiene un aspecto positivo. L o s se-
res humanos podemos tomar la «vía de arriba». La corteza prefron-
tal puede, y a m e n u d o lo hace, ejercer de h e c h o el control sobre la
amígdala y el resto de los sistemas evolutivamente más primitivos
2 3 3
POR QUÉ AMAMOS
que generan nuestras emociones y deseos8 2
. C o m o dijo el filósofo
J o h n Dewey, «la mente es sobre todo un verbo». Estoy de acuerdo.
La corteza prefrontal h u m a n a , el mayor logro de la vida sobre la
tierra, está configurada para hacer cosas: conectar datos de f o r m a
única, razonar, tomar decisiones y superar nuestros impulsos bási-
cos. En palabras de Aristóteles, «el cerebro templa el ardor y la ra-
bia del corazón».
Podemos controlar el impulso de amar.
¿Cómo funcionará esta fuerza poderosa, m e r c u r i a l y p r i m i g e n i a
e n nuestro m u n d o moderno?
2 3 4
9
« L A LOCURA DE LOS DIOSES»
El triunfo del amor
A m o r —eres profundo—
yo no puedo atravesarte—
si fuéramos dos en vez de uno—
remero y lancha —en un soberano verano—
quién sabe—¿llegaríamos al sol?
E M I L Y DICKINSON
«Amor eres alto»
^.Actualmente nada es imposible en este m u n d o . U n a persona
puede hacer cualquier cosa. Mi oración a Shree Pashupatibaba es
para rogarle hoy que este amor que crece en nosotros cada vez mas,
siga haciéndolo en el futuro, floreciendo u n a y otra vez». Vajra Ba¬
h a d u r escribió estas palabras a S h i l a en un pueblo de N e p a l , en la
década de 1990. Es u n a de las centenares de cartas de a m o r que la
antropóloga L a u r a A h e a r n p u d o reunir mientras vivía en esta co-
m u n i d a d situada a unos ciento sesenta kilómetros al suroeste de
Katmandú1
.
Durante siglos, los padres nepaleses h a n acordado los matrimo-
nios de sus hijos siguiendo unas complejas normas basadas en el
parentesco y la casta. A m e n u d o , la p r i m e r a vez que la novia y el no-
vio hablaban era el día de su boda. Pero j u n t o c o n la electricidad,
las películas de a m o r autóctonas, la enseñanza y la alfabetización,
ha llegado u n a nueva tradición: las cartas de amor. Y d e s d e 1993, el
noventa p o r ciento de las personas que se casan lo hacen fugándo-
se c o n la persona a la que adoran.
A m e d i d a que el comercio, la industria, la comunicación y la edu-
cación se h a n ido expandiendo p o r el m u n d o , muchas personas
h a n abandonado esta costumbre de los matrimonios acordados y
eligen a las parejas que a m a n 2
. Recordemos que en un estudio re-
ciente realizado en treinta y siete sociedades, desde Brasil hasta N i -
2 3 5
P O R Q U É AMAMOS
geria o Indonesia, los hombres y mujeres situaban el amor, o la
atracción m u t u a , c o m o el p r i m e r criterio para elegir a su cónyuge3
.
Sólo en India, Pakistán y algunos países musulmanes, zonas del
África subsah a n a n a y otros lugares d o n d e a b u n d a la pobreza y las
familias numerosas son imprescindibles para la supervivencia, más
del 50 p o r ciento de los jóvenes se siguen casando c u m p l i e n d o la
voluntad de sus padres4
. E incluso en estos países, los prometidos
en matrimonio se ven antes del día de la boda para aceptar o recha-
zar la unión5
.
No en todos estos matrimonios concertados está ausente el amor.
P o r el contrario, la gente de la I n d i a suele decir: «Primero nos casa-
mos, y luego nos enamoramos»6
. Pero, en su mayoría, los hombres
y las mujeres del m u n d o entero eligen a sus parejas p o r sí mismos,
lo que los chinos l l a m a n «amor libre».
EL RESURGIMIENTO DEL AMOR ROMÁNTICO
La aparición del a m o r romántico dentro del m a t r i m o n i o , la ce-
lebración universal de esta pasión en películas, obras de teatro, poe-
mas, canciones y libros, la riada de debates sobre el amor que i n u n d a
los programas de televisión y radio en todo el m u n d o , y la creencia
de que el a m o r romántico es la p i e d r a angular de las relaciones en-
tre h o m b r e y mujer son fruto de numerosas tendencias sociales, al-
gunas de especial importancia. P o r ejemplo, la creciente autono-
mía individual y el fenómeno concomitante de la irrupción de la
mujer en el mercado de trabajo.
Durante millones de años, nuestros antepasados vivieron for-
m a n d o pequeños grupos dedicados a la caza y la recolección. A m -
bos sexos trabajaban. M i e n t r a s los h o m b r e s salían a cazar diaria-
mente, las mujeres se i b a n , a veces m u y lejos, a recoger verduras y
frutas, aportando entre el 60 y el 80 p o r ciento del sustento diario.
Los hombres más carismáticos, y probablemente algunas mujeres
mayores c o n m u c h o carácter, lideraban el g r u p o . Y l a tradición les
mantenía a todos ligados mediante miles de n o r m a s sociales. Pero
hombres y mujeres eran libres de tomar la mayoría de sus decisio-
nes personales; los individuos eran relativamente autónomos.
2 3 6
H E L E N FISHER
La vida en las sociedades cazadoras/recolectoras que existen en
la actualidad sugiere que, en la época de nuestros ancestros, los pa-
dres a m e n u d o elegían al p r i m e r m a r i d o de su hija (con el fin de
servir a sus objetivos sociales)7
. S i n embargo, u n a vez cumplidas sus
obligaciones, no insistían a sus hijos para que mantuvieran el enla-
ce. La mayoría de estos compromisos matrimoniales fracasaban.
Entonces, los divorciados escogían p o r sí mismos a u n a segunda y a
m e n u d o a u n a tercera pareja, ya que podían hacerlo. Las mujeres
eran poderosas desde el p u n t o de vista económico, sexual y social.
Y c u a n d o los cónyuges descubrían que no podían vivir juntos en ar-
monía, ambos podían afrontar económicamente la separación.
Durante millones de años nuestros antepasados se casaron funda-
mentalmente p o r amor.
H a c e unos diez m i l años, la vida h u m a n a cambió drásticamen-
te. A m e d i d a que nuestros ancestros f u e r o n haciéndose sedenta-
rios para dedicarse a la agricultura, la autonomía i n d i v i d u a l y el
equilibrio económico entre ambos sexos desapareció gradualmen-
te, al tiempo que surgían las primeras jerarquías políticas y socia-
les. Y c u a n d o en Inglaterra o en C h i n a los h o m b r e s e m p e z a r o n a
desbrozar y cultivar los campos, a practicar el trueque y a llevar sus
productos a los mercados locales, pronto se convirtieron en los
propietarios de la tierra, el ganado y casi todos los bienes familia-
res. Las mujeres, privadas de la posibilidad de salir a ganarse el jor-
nal, relegadas a trabajos domésticosy de jardinería de segunda clase,
carentes de bienes propios y del acceso a la educación, p e r d i e r o n
su estatus anterior en las culturas d e l m u n d o entero8
. P o r otra par-
te, el m a t r i m o n i o se convirtió en u n a operación comercial, un i n -
tercambio de propiedades, alianzas políticas y vínculos sociales9
.
Ningún chico o chica se podía casar ya p o r amor.
S i n embargo, nada de eso p u d o acabar c o n el amor. L o s ricos
adquirían concubinas o segundas esposas; los pobres, que no te-
nían tierras, se seguían casando por a m o r 1 0
. Y, sin lugar a dudas, los
hombres y mujeres cuyos m a t r i m o n i o s habían sido acordados se
enamoraban con el tiempo unos de otros. La gente seguía celebran-
do el a m o r en mitos y leyendas, representaciones teatrales, can-
ciones, poemas y pinturas, aunque los antiguos egipcios, griegos,
romanos, primeros cristianos, musulmanes, indios, chinos, japone-
237
P O R Q U É AMAMOS
ses y otros muchos pueblos de la historia se casaban generalmente
por obligación, p o r conseguir dinero o alianzas y no p o r amor. De
hecho, en gran parte de Asia y algunos lugares de Africa, el amor
romántico era objeto de temor. Esta fuerza mercurial podía c o n d u -
cir al suicidio o al h o m i c i d i o ; o, aún peor, podía desbaratar la deli-
cada r e d de las relaciones sociales.
C o n el crecimiento del comercio y de las ciudades y más tarde
c o n la Revolución Industrial, cada vez más europeos y norteameri-
canos fueron abandonando la vida agrícola. Desvinculados de las
redes locales primigenias del parentesco consanguíneo, cada vez
eran más y más los que vivían p o r su c u e n t a 1 1
. Y e n el siglo x i x , m u -
chos hombres y mujeres empezaron a casarse p o r amor, siempre
que sus padres se mostraran de acuerdo c o n el enlace1 2
. «El infla-
mado dardo de Cupido», c o m o llamaba Shakespeare al a m o r ro-
mántico, había perforado el corazón de Occidente.
La incorporación constante de la mujer al m u n d o laboral d u r a n -
te el siglo XX y estos comienzos del x x i ha extendido p o r todas partes
el deseo de casarse p o r amor. El aumento de los puestos de trabajo
administrativos, el florecimiento de las profesiones relacionadas con
el m u n d o del derecho, el crecimiento de los sectores de la atención
sanitaria, el auge de la economía de servicios globales, la aparición de
las organizaciones sin ánimo de lucro y el b o o m de la era de las co-
municaciones h a n atraído al mercado de t r a b a j o 1 3
a las mujeres,
que, a consecuencia de ello, están r e c u p e r a n d o gradualmente su
poder económico, salud y educación en casi todo el m u n d o 1 4
. Y a
medida que se van haciendo más autónomas económicamente, es-
tas mujeres quieren vivir c o n parejas a las que aman.
«Sí, quiero». En un estudio realizado en Estados U n i d o s en 1991,
el 86 p o r ciento de los hombres y el 91 p o r ciento de las mujeres
manifestaron que no pronunciarían estas palabras ante alguien a
q u i e n no a m a r a n , incluso a u n q u e d i c h a persona tuviera todas las
cualidades que buscaban en u n a pareja1 5
. L o s chinos de H o n g K o n g
también c o m p a r t e n esta determinación de casarse p o r amor. En
un estudio realizado en la década de 1990, sólo el 5,8 p o r ciento
afirmaron que se casarían c o n alguien de q u i e n no estuvieran ena-
m o r a d o s 1 6
. Y lo que resulta aún más sorprendente, en la actuali-
d a d , a p r o x i m a d a m e n t e un 50 p o r ciento de los hombres y muje-
2 3 8
H E L E N FISHER
res de Estados U n i d o s creen tener derecho a divorciarse si la pa-
sión romántica desaparece1 7
.
Las mujeres también están rechazando las u n i o n e s polígamas.
A p r o x i m a d a m e n t e un 84 p o r ciento de las sociedades de todo el
m u n d o p e r m i t e n que un h o m b r e tenga más de u n a esposa a la vez.
Tradicionalmente, sólo entre un 5 y un 20 p o r ciento de los h o m -
bres adquirían en realidad la riqueza y el estatus social suficiente para
atraer a múltiples esposas. Sin embargo, las mujeres se adaptaban a
estas uniones: a m e n u d o era mejor ser la segunda esposa de un h o m -
bre rico que la p r i m e r a de u n o pobre. P e r o a m e d i d a que la mujer
ha ido recuperando en décadas recientes su poder económico, cada
vez son menos las que están dispuestas a soportar el favoritismo, los
celos y las discusiones que acarrea el hecho de compartir un marido.
En palabras de F a r i m a Sanati, u n a j o v e n iraní de dieciocho años que
vive en Teherán: «una mujer no debe tolerar estas cosas»1 8
.
La h u m a n i d a d no sólo está recobrando la autonomía personal y
la igualdad social, política y sexual; también tenemos más tiempo.
TIEMPO PARA AMAR
L o s hombres y las mujeres viven más tiempo. L o s antropólogos
creen que la duración natural de la vida h u m a n a no ha cambiado
en al menos un millón de años. Pero hoy en día son muchas más las
personas que sobreviven al parto, al período de la p r i m e r a infancia,
a las enfermedades infecciosas infantiles, los accidentes y la v i o l e n -
cia entre individuos d e l género masculino; es decir, son m u c h o s
más los que llegan a viejos. En 1900, sólo el 4 p o r ciento de los esta-
dounidenses superaban la e d a d de sesenta y cinco años; hoy es un
11 por ciento el que supera esta edad. En el año 2030, un 20 p o r
ciento de la población estadounidense tendrá más de 65 años; y en
2050, se espera que entre el 15 y el 19 p o r ciento de la población
m u n d i a l rebase la e d a d de los sesenta y cinco años1 9
.
Además, numerosas personas mayores viven hoy en día solas, en
lugar de c o n sus hijos. Y gozan de b u e n a salud. De hecho, algunos
demógrafos d i c e n que deberíamos empezar a pensar que la media-
na e d a d se está e x t e n d i e n d o hasta los ochenta y cinco años, debi-
2 3 9
P O R Q U É AMAMOS
do, en g r a n parte, a que el 40 por ciento de los h o m b r e s y las muje-
res de esta edad se encuentran perfectamente2 0
. La h u m a n i d a d
está ganando tiempo para amar.
Y l a tecnología colabora. En la actualidad, las cremas y los parches
de testosterona mantienen activo el impulso sexual. La viagra y otros
medicamentos permiten a las personas mayores, principalmente a
los varones, c u m p l i r en la cama. La terapia sustitutiva del estrógeno
mantiene en funcionamiento el mecanismo de excitación de las m u -
jeres. Ygracias a otras numerosas innovaciones, que van desde la c i r u -
gía plástica y los cosméticos hasta las ropas de todos los tejidos, for-
mas y estilos imaginables, hombres y mujeres p u e d e n expresar su
sexualidad y enamorarse prácticamente hasta que mueren.
También empezamos antes. En las sociedades cazadoras/recolec-
toras, los niños a m e n u d o empiezan a jugar con el sexo y el a m o r a
edades tan tempranas como los cinco o seis años. Pero dado que las
niñas son delgadas y hacen m u c h o ejercicio, generalmente alcanzan
la pubertad en torno a los dieciséis o diecisiete años, y tienen su p r i -
mer hijo alrededor de los veinte. Los niños del m u n d o de hoy tam-
bién juegan a «las casitas» y a «los médicos» a u n a edad temprana. La
diferencia radica en que, debido a nuestro estilo de vida sedentario y
a u n a dieta rica en grasas, las niñas de las sociedades industrializadas
actualmente alcanzan la pubertad en torno a los doce años y medio.
C a d a vez son más las que se quedan embarazadas p o c o después, ini-
ciando el ciclo del amor adulto m u c h o antes de lo previsto.
AMOR SIN EDAD
La naturaleza fomenta la o p o r t u n i d a d . De hecho, estamos he-
chos para a m a r a cualquier edad.
L o s niños se e n a m o r a n . En un interesante estudio sobre el a m o r
infantil, el número de encuestados de cinco años que decían estar
enamorados era igual al de los de d i e c i o c h o 2 1
. Yo m i s m a he p o d i d o
observarlo. Recientemente escuché a un niño de o c h o años descri-
b i r perfectamente los síntomas del a m o r romántico mientras me
hablaba de u n a niña de o c h o años a la que adoraba. No podía dejar
de pensar en ella. Recordaba cada detalle de sus gestos y de los ra-
2 4 0
H E L E N FISHER
tos que habían pasado juntos. Y s e ponía eufórico c u a n d o ella le ha-
blaba en el colegio.
Los hombres y mujeres de setenta, ochenta e incluso noventa
años también viven la magia del a m o r 2 2
. Un amigo mío se enamoró
con noventa y dos años. Su esposa había muerto diez años antes de
que él se sintiera cautivado p o r u n a vieja amiga de la familia. Su
única preocupación consistía en que ella era más joven que él: te-
nía setenta y seis años. Es interesante señalar que en un estudio rea-
lizado c o n doscientos cincuenta y cinco adolescentes, adultos jóve-
nes, hombres y mujeres de m e d i a n a e d a d y personas de la tercera
edad, los científicos no encontraron diferencias de conjunto en la
intensidad de la pasión romántica; hombres y mujeres amaban c o n
la misma fuerza a los dieciséis años que a los sesenta2 3
. Las personas
mayores hacen cosas más variadas e imaginativas c u a n d o están j u n -
tas2 4
. Pero la edad no representa n i n g u n a diferencia en los senti-
mientos d e l amor.
POR QUÉ AMAMOS
L o s antiguos griegos d e n o m i n a b a n al a m o r romántico la «locu-
ra de los dioses». ¿Por qué puede despertarse esta pasión a cualquier
edad?
Porque el impulso de amar es un mecanismo c o n múltiples pro-
pósitos.
C u a n d o los niños se enamoran, están practicando tácticas de cor-
tejo, explorando c ó m o y dónde flirtear. L o s niños y las niñas pue-
d e n aprender qué atrae y no atrae a u n a pareja, c ó m o decir que sí y
que no, y el sentimiento de ser rechazado. Se están preparando para
el acto más importante de la vida: formar u n a pareja que merezca
la pena.
Los adolescentes se enfrentan a u n a tarea más difícil. Se les ave-
cina el m o m e n t o del cortejo. Están a d q u i r i e n d o las formas p r i m i -
genias del escarceo amoroso. Mientras van tamizando torpemente
sus oportunidades de salir c o n alguien, obtienen un conocimiento
sobre ellos mismos y sobre los demás, y van desarrollando sus aver-
siones y sus preferencias2 5
.
241
P O R QUÉ AMAMOS
La mayoría de los hombres y mujeres d e l m u n d o se casa a los
veintitantos años2 6
. El a m o r romántico c u m p l e en este m o m e n t o el
propósito de descartar a los pretendientes inadecuados y centrar la
atención en u n a persona «especial», formar un vínculo de pareja
socialmente reconocido c o n el ser amado y permanecerle fiel al
menos el tiempo suficiente para concebir juntos un hijo. En algu-
nas parejas, la pasión destruye luego su relación cuando u n o de los
cónyuges se e n a m o r a de otra persona y f o r m a un nuevo vínculo de
pareja para (inconscientemente) p r o d u c i r u n a descendencia más
variada. En otras, el a m o r romántico sirve para mantener juntos a
los cónyuges, c u i d a n d o de este m o d o de su descendencia m u t u a
durante m u c h o s años.
Estas uniones duraderas se conocen como «matrimonios de com-
pañeros» o «matrimonios entre pares», es decir, matrimonios entre
iguales, en los que ambos cónyuges trabajan y comparten su i n t i m i -
d a d y los deberes domésticos2 7
. D a d o que las mujeres están rein-
corporándose al m u n d o laboral, los sociólogos predicen que los
matrimonios entre pares serán la m o d a l i d a d más común de matri-
m o n i o durante el siglo x x i 2 8
. Y dado que la población está enveje-
ciendo, los índices de divorcio pueden mantenerse razonablemente
constantes durante los próximos años2 9
. Encontrar la proporción co-
rrecta entre autonomía y cercanía puede que sea el aspecto clave
de estas uniones de compañeros.
¿Por qué se enamoran las personas mayores? El romance entre
ciertas personas de edad también tuvo probablemente unas funcio-
nes adaptativas en tiempos remotos. Esta pasión proporcionaba a los
hombres y mujeres más ancianos u n a mayor energía, encuentros se-
xuales que mantenían su cuerpo ágil, u n a razón para seguir forman-
do parte de la c o m u n i d a d como miembros llenos de vida y un com-
pañero que les ofrecía apoyo físico y emocional. El enamoramiento
en las personas mayores cumple estos objetivos intemporales.
Hasta hace poco, sin embargo, en todas partes del m u n d o los
hombres mayores buscaban mujeres más jóvenes. P o r eso, m u c h a
gente supone que las mujeres de edad tienen menos suerte en el
amor. P e r o esta preferencia masculina ha ido cambiando, en parte
debido al gasto que supone criar a un bebé. H o y en día, u n a familia
estadounidense de la clase trabajadora gasta como mínimo 213.000
242
H E L E N FISHER
dólares en un hijo antes de que c u m p l a los dieciocho años; u n a fa-
m i l i a de clase m e d i a gasta más, antes de tener que pagarle la u n i -
versidad3 0
. P o r eso los hombres mayores empiezan a recelar de las
mujeres que quieren darles descendencia3 1
.
L o s gays y las lesbianas de todas las culturas también sienten la
pasión romántica. C o m o observábamos en el capítulo p r i m e r o , mi
cuestionario demostraba que los homosexuales experimentan más
«el síndrome de las manos sudorosas» que otros encuestados. Estoy
segura de que la mente de estos h o m b r e s y mujeres tiene exacta-
mente el m i s m o cableado h u m a n o y la m i s m a química del a m o r
romántico que el resto de las personas. S i n embargo, durante su
desarrollo en el vientre materno o durante su infancia, su pasión
adquirió un enfoque diferente.
EL IMPULSO DE AMAR
Saludemos el despertar del amor romántico, con todos sus sueños
y sus tristezas. Esta pasión se ha desatado en nuestro m u n d o de hoy.
Y millones de personas andan en su busca. En Estados U n i d o s hay
unos cuarenta y seis millones de solteras y unos treinta y ocho m i l l o -
nes de solteros mayores de dieciocho años3 2
. El 25 p o r ciento de
ellos se ha apuntado a u n a agencia m a t r i m o n i a l para encontrar a
su verdadero amor; m u c h o s más leen detenidamente los anuncios
de contactos en periódicos y revistas3 3
. En 2002, el negocio de las
empresas matrimoniales estadounidenses, tanto tradicionales c o m o
ontine, alcanzó los novecientos diecisiete millones de dólares3 4
.
Pero, para mí, de todas las formas posibles de encontrar el a m o r
romántico, u n a de las más interesantes es el «poliamor», es decir,
el tener m u c h o s amores. L o s hombres y mujeres que practican el
«poliamor» f o r m a n pareja con más de u n a persona a la vez. C r e e n
que u n a sola persona no puede c u b r i r todas sus necesidades; sin
embargo, tampoco desean desplazar al m a t r i m o n i o duradero, sóli-
do y satisfactorio. P o r tanto, los cónyuges acuerdan ser sinceros el
u n o c o n el otro, establecer ciertas normas de discreción e iniciar u n a
historia de a m o r simultánea. De esta m a n e r a , explican, ambos pue-
d e n disfrutar de los sentimientos de apego p o r u n a pareja y mante-
2 4 3
P O R QUÉ AMAMOS
ner un romance c o n o t r a 3 5
. S i n d u d a , el n o m b r e de su revista mas
conocida, LovingMore ( A m a r más), resulta m u y adecuado.
El «poliamor» es utópico y poco viable. C o m o sabemos, el a m o r
romántico está interconectado c o n m u c h o s otros circuitos cerebra-
les de motivación/emoción, incluidos los otros dos principales i m -
pulsos del emparejamiento: el deseo y el apego hombre-mujer. Ya
he comentado anteriormente que lo habitual es que estos tres sis-
temas cerebrales interactúen, pero p u e d e n f u n c i o n a r i n d e p e n -
dientemente. D e hecho, p o d e m o s sentir u n p r o f u n d o apego p o r
u n a pareja de larga duración al m i s m o tiempo que sentimos un
a m o r romántico p o r otra persona y también sentir un impulso se-
x u a l mientras leemos un libro, vemos u n a película o evocamos u n a
imagen sexual en nuestra mente. Este cableado probablemente se
desarrolló, en parte, para p e r m i t i r a nuestros ancestros d e l sexo
masculino y f e m e n i n o m a n t e n e r u n a relación de pareja d u r a d e r a
mientras aprovechaban unas oportunidades de apareamiento adi-
cionales (y a m e n u d o clandestinas). L o s hombres y mujeres que
practican el «poliamor» pretenden hacerlo abiertamente.
P e r o l a raza h u m a n a n o comparte e l a m o r gustosamente. E n pa-
labras de un aborigen australiano, «Somos gente celosa». No es de
extrañar por tanto que las parejas que practican el «poliamor» pa-
sen muchas horas a la semana tratando de superar sus sentimientos
de posesión y de celos.
La i n d e p e n d e n c i a de estos tres impulsos del emparejamiento
nos produce a todos cierta confusión en algún m o m e n t o de nues-
tra vida. Los altos índices de adulterio y de divorcio, la existencia del
acoso y la violencia conyugal, así c o m o la omnipresencia de los ho-
micidios, suicidios y depresiones clínicas relacionados c o n el amor,
son consecuencia de nuestro impulso de amar u n a y otra vez.
S i n embargo, a pesar de todas las lágrimas y los berrinches oca-
sionados p o r el desengaño romántico, la mayoría de nosotros nos
recobramos y reanudamos el cortejo. El a m o r romántico ha propor-
cionado a la h u m a n i d a d grandes alegrías. También ha contribuido
e n o r m e m e n t e a la sociedad en general. L o s conceptos de m a r i d o ,
mujer, padre y familia nuclear; nuestros ritos del cortejo y del m a -
trimonio; el argumento de nuestras grandes óperas, novelas, obras
de teatro, películas, canciones y poemas; nuestros cuadros y escul-
244
H E L E N FISHER
turas; muchas de nuestra tradiciones e incluso algunos de nuestros
días festivos: billones de productos culturales h a n tenido su o r i -
gen, al menos en parte, en este inveterado impulso de amar.
No obstante, todavía sabemos m u y poco sobre esta locura de los
dioses. P o r ejemplo, algunos procesos cerebrales aún sin identifi-
car deben p r o d u c i r el sentimiento de unión c o n el ser amado que
siente el amante. L o s científicos están empezando a precisar las re-
giones cerebrales que se activan cuando se siente la unión c o n u n a
«fuerza superior», como, p o r ejemplo, D i o s 3 6
. Quizás esta región ce-
rebral también esté i m p l i c a d a en el amor. T a m p o c o sabemos qué
es lo que genera el deseo de exclusividad sexual d e l amante, pero
también esto debe de ir acompañado de u n a anatomía y unas f u n -
ciones cerebrales.
La investigación sobre los circuitos cerebrales del a m o r románti-
co genera interrogantes más amplios. ¿Deberían medicar los doc-
tores a los acosadores y maltratadores conyugales c o n fármacos que
alteren el funcionamiento cerebral? ¿Deberían los abogados, j u e -
ces y legisladores considerar químicamente incapacitados a los que
cometen crímenes pasionales? ¿Deberían las leyes del divorcio adap-
tarse a nuestra tendencia h u m a n a a abandonar las uniones insatis-
factorias? C r e o que cuanto más sepamos sobre la biología d e l ro-
mance (así c o m o del deseo sexual y d e l apego), más llegaremos a
apreciar el papel de la cultura y la experiencia a la h o r a de contro-
lar la conducta h u m a n a , y más necesitaremos abordar estos y otros
muchos aspectos complejos relacionados c o n la ética y la responsa-
bilidad.
Pero hay algo de lo que estoy convencida: c o n independencia de
lo b i e n que los científicos lleguen a dibujar el m a p a del cerebro y a
descubrir la biología d e l a m o r romántico, n u n c a destruirán el mis-
terio o el éxtasis de esta pasión. Lo digo p o r experiencia propia.
La gente me pregunta si mi conocimiento del a m o r romántico
ha afectado a mi vida personal. Pues b i e n : estoy más i n f o r m a d a y,
p o r razones que no podría explicar, me siento también más segura.
Sé más acerca de p o r qué siento las cosas que siento. P u e d o prever
algunas conductas de los que me rodean, y también cuento c o n a l -
gunas herramientas útiles para mí y para los demás. Pero mi cono-
cimiento de esta materia no ha cambiado eñ absoluto mi m a n e r a
2 4 5
P O R QUÉ AMAMOS
de sentir. A u n q u e conozcamos de m e m o r i a cada nota de la N o v e n a
Sinfonía de Beethoven, no dejamos de estremecernos de emoción
cada vez que la escuchamos. Y aunque sepamos perfectamente
cómo Rembrandt mezclaba y aplicaba la pintura, seguiremos sin-
tiendo u n a sobrecogedora empatia c o n la h u m a n i d a d cada vez que
contemplemos alguno de los retratos que pintó. Al margen del co-
nocimiento que tengamos de este tema, todos vivimos su magia.
La h u m a n i d a d está cerrando el círculo, acercándose a los patro-
nes del a m o r romántico y del m a t r i m o n i o que nuestros antepasa-
dos expresaron hace un millón de años. Las ilusiones infantiles, los
sucesivos romances adolescentes, el m a t r i m o n i o a los veintitantos,
algún que otro escaceo o b o d a en la edad m a d u r a y el a m o r en los
años dorados de la vejez. El a m o r romántico está profundamente
enraizado en nuestro espíritu h u m a n o . Si la h u m a n i d a d sobrevive
un millón de años más sobre el planeta, esta fuerza p r i m i g e n i a del
emparejamiento sin d u d a seguirá existiendo.
2 4 6
APÉNDICE
«ESTAR ENAMORADO»: U N CUESTIONARIO
Introducción
Este cuestionario trata sobre «estar enamorado»; sobre la sensa-
ción de estar encaprichado, apasionado o fuertemente atraído p o r
un sentimiento romántico hacia alguien.
Si actualmente no está «enamorado» de nadie, pero sintió u n a
intensa pasión romántica p o r alguien en el pasado, responda a las
preguntas teniendo a dicha persona en mente.
No es necesario haber entablado u n a relación c o n la persona
por la que siente o sintió esta pasión.
No i m p o r t a si d i c h a persona es de su mismo sexo o del contrario.
No hay respuestas «correctas» a las siguientes preguntas.
Rodee c o n un círculo sólo una respuesta a cada pregunta.
Sus respuestas se mantendrán en el más absoluto anonimato.
Así que, por favor, sea sincero en sus respuestas.
Preguntas previas: responda a todas las preguntas aplicables a su caso.
Fecha de nacimiento:
Sexo: M a s c u l i n o 1 F e m e n i n o 2
247
P O R Q U É AMAMOS
51. ¿Ha estado e n a m o r a d o / a alguna vez?
Sí 1 N o 2
52. ¿Está «enamorado/a» en este m o m e n t o o está respondiendo a
este cuestionario basándose en lo que sintió p o r alguien en el
pasado?
E n a m o r a m i e n t o actual 1
E n a m o r a m i e n t o pasado 2
53. C u a n d o está e n a m o r a d o / a de alguien, ¿qué porcentaje de
tiempo piensa en esa persona durante un día normal?
p o r ciento
54. C u a n d o está e n a m o r a d o / a , ¿le parece que a veces sus senti-
mientos escapan a su control?
C r e o que controlo mis sentimientos 1
C r e o que no controlo mis sentimientos 2
55. Si está e n a m o r a d o / a en este m o m e n t o , ¿cuánto tiempo lleva
e n a m o r a d o / a ?
años meses días
56. ¿Le ha declarado su a m o r a esa persona?
Sí 1
N o 2
57. ¿Le ha h e c h o saber esa persona si está e n a m o r a d a de Ud.?
Sí, me lo ha d i c h o 1
Sí, aunque de un m o d o indirecto 2
N o 3
2 4 8
H E L E N FISHER
S8. ¿Cree que la persona de la q u e está/estaba e n a m o r a d o / a sien-
t e / sentía la m i s m a pasión p o r Ud.?
Más pasión 1
La m i s m a pasión 2
M e n o s pasión 3
No conozco sus sentimientos 4
S9. ¿Está actualmente e n a m o r a d o / a de más de u n a persona?
Sí 1
N o 2
S10. ¿Está c a s a d o / a o «vive c o n » u n a pareja?
C a s a d o / a 1
Vive con u n a pareja 2
N i n g u n a de las anteriores 3
SI 1. Si está casado/a, ¿hace cuánto que lo está?
años meses días
S12. Si «vive c o n » u n a pareja, ¿hace cuánto que vive c o n d i c h a per-
sona?
años meses _ _ _ _ _ días
SI 3. Si está/estaba c a s a d o / a o vive/vivía c o n alguien en el m o m e n -
to de estar e n a m o r a d o / a ¿el objeto de su a m o r e s / e r a su pare-
ja u otra persona distinta?
Su pareja 1
O t r a persona 2
2 4 9
P O R QUÉ AMAMOS
ESTAR ENAMORADO: CUESTIONARIO PRINCIPAL
Piense en la persona hacia la que se sintió apasionadamente atraí-
do y rodee c o n un círculo sólo u n a de las respuestas a cada pregunta.
1. C u a n d o estoy e n a m o r a d o / a me cuesta m u c h o d o r m i r p o r q u e
estoy pensando en .
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n M u y
desacuerdo de acuerdo
2. C u a n d o alguien me cuenta algo divertido, quiero compartirlo
c o n
1
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
tiene algunos defectos, p e r o en realidad no me molestan.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n M u y
desacuerdo de acuerdo
4. Es b u e n o no tener contacto c o n durante unos cuantos
días para volver a aumentar las expectativas.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n M u y
desacuerdo de acuerdo
2 5 0
H E I ^ N FISHER
tiene u n a voz inconfundible.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
6. C u a n d o la relación c o n sufre algún revés, lo que hago es i n -
tentar aún c o n más fuerza que las cosas vuelvan a ir bien.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
7. Intento tener el mejor aspecto posible para
1 2 3 4 5 6
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
8. C u a n d o estoy c o n , me vienen a la mente otros amantes
que he tenido.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
9. El corazón se me acelera c u a n d o escucho la voz d e .
fono.
al telé-
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
251
P O R QUÉ AMAMOS
10. Me gusta todo de .
1 2 3 4 5 6
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
11. Me siento feliz cuando
triste.
. es feliz y triste cuando él/ella está
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
12. Me obsesionan mis sentimientos p o r ,
1 2 3 4 5 6
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
13. C u a n d o hablo c o n .
incorrecto.
a m e n u d o tengo m i e d o de decir algo
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
14. La úldma persona en q u i e n pienso cada día antes de d o r m i r m e
es
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
252
H E L E N FISHER
15. El sexo es la parte más importante de mi relación c o n
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n M u y
desacuerdo de acuerdo
16. Me enfado c u a n d o no recibe el trato que merece.
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
17. Tengo más energía cuando estoy c o n .
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
18. No me i m p o r t a demasiado que tenga un m a l día.
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
19. En caso de que no esté disponible, me gusta mantener
encuentros románticos c o n otras personas.
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
2 5 3
P O R QUÉ AMAMOS
20. La persona de la que estoy e n a m o r a d o / a es el centro de mi vida.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
21. C u a n d o me siento fuertemente atraído/a p o r alguien, inter-
preto sus comportamientos en busca de pistas para saber cuáles
son sus sentimientos hacia mí.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
22. A veces mis sentimientos hacia son eclipsados p o r los senti-
mientos románticos hacia otra persona.
1 3
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
23. N u n c a olvidaré nuestro p r i m e r beso.
1 2 3 4 5
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
24. C u a n d o estoy en clase/en el trabajo, se me va la mente hacia
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
254
H E L E N F l S H E R
25. Lo mejor del a m o r es el sexo.
1 2 3 4 5
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
26. N u n c a dejo de amar a , incluso aunque las cosas no vayan
bien.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
27. A m e n u d o me pregunto si
que yo siento p o r él/ella.
1 3
siente p o r mí la m i s m a pasión
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
28. A veces busco significados alternativos a las palabras y los gestos
de
1 3
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
29. A veces me siento torpe, tímido/a y c o h i b i d o / a cuando estoy
c o n .
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
P O R Q U É AMAMOS
30. Espero c o n toda mi aima que
mí c o m o yo p o r él/ella.
1
se sienta tan atraído/a por
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
31. C u a n d o estoy e n a m o r a d o / a , c o m o mas.
1 2 3 4 5 6
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
32. C u a n d o estoy s e g u r o / a de que,
siento más l i g e r o / a que el aire.
siente pasión hacia mí, me
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
33. Tener u n a b u e n a relación c o n es para mi mas importante
que tener u n a b u e n a relación c o n mi familia.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
34. C u a n d o sueño d e s p i e r t o / a c o n , me imagino teniendo un
contacto sexual/amoroso c o n él/ella.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
2 5 6
H E I . E N F l S H E *
35. Me siento m u y s e g u r o / a de mí m i s m o / a cuando estoy c o n
1
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
36. A u n q u e esté pensando en cualquier otra cosa, siempre t e r m i n a
viniéndome a la mente .
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n M u y
desacuerdo de acuerdo
37. Mi estado emocional depende de lo que siente p o r mí.
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
38. M i s relaciones c o n mis mejores amigos/as son más importantes
para mí que la relación con .
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
39. huele de u n a f o r m a especial que reconocería en cualquier
parte.
1 2 3 4 5 6 7
M u y en M u y
desacuerdo de acuerdo
2 5 7
P O R QUÉ AMAMOS
40. G u a r d o las tarjetas y las cartas que me m a n d a .
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
41. El c o m p o r t a m i e n t o de no afecta a mi bienestar emocio-
nal.
1 2
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
42. Ser fiel en el plano sexual es importante cuando estás enamora-
d o / a .
1 2
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
43. C u a n d o a le van b i e n las cosas me siento feliz p o r él/ella.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
44. Estar e n a m o r a d o / a me ayuda a concentrarme en mi trabajo.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
2 5 8
H E L E N FISHER
45. C u a n d o pienso en me siento t r a n q u i l o / a y s e r e n o / a .
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
46. Recuerdo pequeñas cosas que dice y hace.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
47, Me gusta mantener la agenda abierta para que si
bre nos podamos ver.
está l i -
1 2 3 4 5
M u y e n
desacuerdo
48. Los ojos de son m u y comunes.
1 2 3 4 5
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
M u y
de acuerdo
49. No he decidido e n a m o r a r m e ; simplemente me ha pasado.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
2 5 9
P O R Q U É AMAMOS
50. Saber que está «enamorado/a» de mí es más importante
para mí que practicar el sexo c o n él/ella.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
51. Mi pasión p o r puede superar cualquier obstáculo.
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
52. Me gusta pensar en los pequeños momentos que he pasado j u n -
to a
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
53. Atravieso períodos de desesperación cuando pienso que tal vez
n o m e ame.
1
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
54. Paso horas i m a g i n a n d o episodios románticos c o n
1 2 3 4 5 6 7
M u y e n
desacuerdo
M u y
de acuerdo
2 6 0
H E L E N FISHER
55. Describa brevemente la relación que tiene actualmente o solía
tener c o n esta persona: ¿ha sido dolorosa o placentera? ¿Qué otros
detalles de su e n a m o r a m i e n t o son importantes y deberíamos tener
en cuenta?
Gracias. Por favor, responda ahora a unas
preguntas referentes a usted.
514. ¿Cuál es su ocupación?
Estudiante:
Otros:
515. Si es estudiante:
¿Qué cifra se acerca más al salario anual de la familia en la que
usted se crió?
S16. Si no es estudiante:
¿Qué cifra se acerca más al salario anual total de los adultos de
su familia?
M e n o s de 15.000$ 1
2
3
4
5
Entre 15.000$ y 34.000$
Entre 35.000$ y 54.000$
Entre 55.000 $ y 74.000 $
75.000 $ o más
M e n o s de 15.000$ 1
2
3
4
5
Entre 15.000$ y 34.000$
Entre 35.000 $ y 54.000 $
Entre 55.000 $ y 74.000 $
75.000$ o más
261
P O R QUÉ AMAMOS
SI 7. ¿Nació usted en Estados Unidos?
Sí 1 N o 2
SI 8. Si no ha nacido en Estados U n i d o s , ¿cuál es su país de origen?
S19. ¿Dónde nacieron sus padres?
M a d r e Padre
S20. ¿Dónde nacieron sus abuelos?
A b u e l a materna A b u e l o materno.
A b u e l a paterna A b u e l o paterno_
522. Religión:
Protestante 1
Católica 2
Judía 3
M u s u l m a n a 4
Otras
523. R a z a / E t n i a :
Blanca 1
Negra 2
O r i e n t a l 3
L a t i n o / H i s p a n o 4
Mulürracial 5
Otras
2 6 2
H E L E N FISHER
S24. Rodee c o n un círculo el número que mejor refleje su orienta-
ción sexual:
1 2 3 4 5 6 7 8 9
1 0 0 % 1 0 0 %
homosexual heterosexual
Fecha: / /
(día) (mes) (año)
2 6 3
NOTAS
I
« E S E SALVAJE FRENESÍ»
Los números de las citas de cada capítulo se refieren a determinadas
fuentes, series de fuentes o notas textuales que aparecen en las notas fi-
nales. Para encontrar la referencia bibliográfica completa de cualquiera
de las fuentes, se ha de consultar la bibliografía.
1
Hamill 1996.
2
Woiksteinl991,p. 51.
s
W o l k s t e i n l 9 9 1 , p . 84.
*Wolkstein 1991, p. 150.
5
Yutangl954, p. 73.
6
Jankowiak y Fischer 1992.
7
Los neurocirujanos hacen una distinción técnica entre la «emoción»
y el «sentimiento». Consideran las emociones como sistemas neuronales
específicos que producen conductas que contribuyen a la superviven-
cia. Los sentimientos, en su opinión, son la percepción consciente de di-
chas emociones (Damasio 1999; LeDoux 1996, p. 125). No obstante, yo
utilizaré ambos términos indistintamente.
8
Tennov 1979, Hatfield y Sprecher 1986b; Harris 1995; H. E. Fisher
1998; F e h r l 9 8 8 .
9
Jankowiak y Fischer 1992; Goode 1959.
1 0
Tennov 1979, p. 18.
" H a m i l l 1996, p.51.
i a
H o p k i n s l 9 9 4 , p . 4 1 .
265
POR Q U É AMAMOS
1 3
TesseryReardon 1981; Murray y Holmes 1997; Vieder man 1988.
1 4
Hamiíll996, p. 34.
1 5
Hopkins 1994, p. 26.
1 6
Ibid., p. 40.
1 7
BeachyTesser 1988; Hatfield y Walster 1978.
1 8
H a m i l l l 9 9 6 , p. 25.
1 9
Ibid., p. 61.
2 0
Wolkstein 1991.
2 1
LahryTabori, 1982, p. 110.
2 2
Harris 1995, p. 113.
2 3
Hopkins 1994, pp. i-ii.
2 4
I b i d . , p . 2 1 .
2 5
Ibid., p. i.
2 6
H a m i l l l 9 9 6 i p . 4 4 .
2 7
Matthew Arnold, Antología, Visor, Madrid, 1976.
2 8
Hatfield y Rapson 1996, p. 44; Tennov 1979; Beach y Tesser 1998.
^Platón 1999, p. 40.
^ H a m i l l 1996, p. 38.
3 1
W h i t t i e r l 9 8 8 , p. 46.
3 2
Solomon 1990.
3 3
Hopkins 1994, p. 42.
3 4
Tennov 1979, p. 31.
3 5
Fowler 1994.
^ H o p k i n s 1994, p. 22.
3 7
H a m i l l l 9 9 6 , p. 59.
3 8
Milton 1949.
3 9
Tesser y Reardon 1981.
4 0
Rocamora 1998, pp. 84,87,94.
41
Shakespeare, Romeo y Julieta (acto I, escena IV, líneas 41-50), Cáte-
dra, Madrid, 2001.
4 2
Ibíd, acto I, escena V.
4 3
Whittíerl998, p. 30.
^Wolkstein 1991.
4 5
Ibíd.,p. 129.
4 6
Ibíd., p. 101.
4 7
Ibíd.,p. 48.
4 8
Harris 1995, p. 110.
2 6 6
H E L E N FISHER
4 9
Hopkins 1994, p. 87.
5 0
Buss 1994; B u u n k y Hupka 1987.
5 1
Collins y Gregor 1995.
5 2
Cancianl987.
s 3
Yutang 1954, p. 73.
5 4
Hopkins 1994, p. 18.
5 5
T e n n o v l 9 7 9 .
5 6
F l e x n o r l 9 6 5 .
5 7
Piatön 1999, p. 40.
5 8
Marazziti etal. 1999.
5 9
Tesser y Reardon 1981.
6 0
Random House Treasury, p. 321.
6 1
HatfieldyWalsterl978.
6 2
Darwin 1872/1965.
2
M A G N E T I S M O A N I M A L
1
Darwin 1871/sin fecha, p. 745.
2
Ibid., p. 744.
3
Moss 1988, p. 118.
4
Ryden 1989, p. 147.
5
King 1990, p. 127.
6
Penny 1988, p. 28.
7
Harrington y Paquet, 1982, p. v.
8
M e c h 1970, p. 112.
9
Darwin 1871/ sin fecha, p. 674.
1 0
Smuts 1985, pp. 4-5.
1 1
Tinbergen 1959, p. 29.
1 2
DaggyFosterl976, p. 129.
1 3
Schauer 1973, p. 78.
1 4
M o s s l 9 8 8 , p.115.
1 5
Galdikas 1995, pp. 144-145.
1 6
Schaller, 1973, p. 79.
1 7
Sankhala 1977, p. 67.
1 8
Churchfield 1991, p. 27.
267
P O R QUÉ AMAMOS
1 9
Darwin 1871/sin fecha, p. 653.
w
R y d e n l 9 8 9 , p.51.
2 1
T h o m a s l 9 9 3 , pp. 54-55.
2 2
T h o m a s l 9 9 3 , p. 72.
2 3
H i l l y S m i t h , 1984.
2 4
G o o d a l l l 9 8 6 , p. 446.
2 S
Ibíd.
2 6
B e a c h l 9 7 6 , p. 131.
2 7
Darwin 1871/sin fecha, p. 704.
2 8
W i l s o n y D a l y l 9 9 2 .
^ G o o d a l l i g s e , p. 446.
3 ü
T h o m a s l 9 9 3 , p. 46.
3 1
Pines 1999; Kanin et al. 1970.
3 2
B r o d i e 1998, p. 257.
3 3
R e b h u n 1995, p. 245.
3 4
H a r r i s 1995, p. 122.
3 5
M c N a m e e l 9 8 4 , p. 19.
3 6
Barash y Lipton 2001.
3 7
T h o m a s l 9 9 3 , p.49.
3 8
G o o d a l l 1986, p. 459.
3 9
W i l s o n y D a l y l 9 9 2 .
^SchmittyBuss 2001.
4 1
Schmitt2001.
4 2
Melis y Argiolas 1995; Dluzen et al. 1981; Herbert 1996; Etgen et al.
1999; Etgen y Morales 2002.
4 3
Herbert 1996.
4 4
Gingrich et al. 2000; Young et al. 1998.
4 5
InselyCarter 1995.
4 6
Wang et al. 1999; Gingrich et al. 2000.
4 7
Gingrich etal. 2000.
4 8
Dluzen etal. 1981.
4 9
Fabre-Nys et al. 1997.
5 0
Etgen etal. 1999.
5 1
Wolksteinl991,p. 79.
5 2
Varios científicos creen que los animales carecen de ciertas regiones
de la corteza cerebral más evolucionadas y de otros sistemas cerebrales
que hacen posible el conocimiento consciente y la conciencia de la pro-
2 6 8
H E L E N FISHER
pia identidad, es decir, de los mecanismos necesarios para darse cuenta de
las propias emociones. Otros creen que los mamíferos más desarrollados
perciben sus emociones (Humphrey 2002, De Waal 1996). Yo sospecho
que el conocimiento consciente de uno mismo, de los propios sentimien-
tos y del mundo exterior van desde la mera conciencia del «aquí» y del
«ahora» a una conciencia más amplia del pasado y del futuro lejanos (Da¬
masio 1994). Los mamíferos se distribuyen a lo largo de este continuum:
muchos son conscientes de sus emociones, incluida la atracción hacia
otros individuos específicos. Pero no realizan un análisis detallado de es-
tos sentimientos.
3
L A Q U Í M I C A D E L A M O R
H o m e r o 1990, p. 376.
2
Hortvitz et al. 1997; Schultz et al. 1997; Shultz 2000.
3
Kiyatkin 1995; Salamone 1996; Robbins y Everitt 1996; Wise 1996;
Luciana et al. 1998.
4
Murray y Holmes 1997.
5
Hortvitz et al. 1997; Schultz etal. 1997; Schultz 2000.
6
Pfaffl999; Panksepp 1998.
7
Wise 1998; ColleyWise 1988; Post, Weiss y Pert 1998; K r u k y Pycock
1991;Volkowetal. 1997.
0
Abbot 2002; Schultz et al. 1997; Wise 1989, 1996, 1998; Robbins y
Everitt 1996.
9
Schultz 2000; Martin-Soelch et al. 2001
1 0
Griffin y Taylor 1995.
1 1
Flamentetal. 1985; Hollanderetal. 1988; Thoren etal. 1980.
1 2
H. Fisher 1998.
1 3
Marazziti et al. 1999.
1 4
Luciana, Collins y Depue 1998.
1 5
Whittier 1988.
1 6
Mashek, Aron y Fisher 2000.
1 7
Hatfield y Sprecher 1986a; Berscheid y Reis 1998; Walster et al.
1966.
1 8
Whittier 1998, «The Sun Rising», p. 25.
2 6 9
P O R QUÉ AMAMOS
i 9
A r o n , A r o n y A l l e n 1998.
2 0
Hatfield y Sprecherl986a.
2 1
Platón 1999, p. 23.
2 2
Ibíd., p. 24.
2 S
Flexnorl965,p.200,
2 4
H. Fisher et al. 2003; Aron et al. (en preparación).
2 5
El cerebro consta de dos mitades o hemisferios. De ahí que existan
dos núcleos caudados, uno en el hemisferio derecho y otro en el izquier-
do. En nuestro experimento, encontramos actividad sólo en la cola y el
cuerpo del caudado derecho, así como en la región ventral tegmental. En
la actualidad muchos neurólogos creen que las emociones positivas ema-
nan en gran parte de las estructuras cerebrales de la izquierda mientras
que las negativas se generan principalmente en las estructuras cerebrales
de la derecha. Pero existen varios experimentos que contradicen esta gene-
ralización, ya que han registrado emociones positivas procedentes de re-
giones cerebrales del lado derecho. No sabemos por qué los sujetos ena-
morados que participaron en nuestro experimento mostraban actividad
en el caudado y V T A de la derecha, en lugar de en el caudado izquierdo,
o bilateralmente. Mi teoría es que la primera etapa del amor romántico
está asociada a unos sentimientos latentes de ansiedad e impaciencia, es-
tados incómodos de ía mente.
2 6
Schultz 2000; Delgado et al. 2000; Elliott et al. 2003; Gold 2003.
2 7
Saint-Cyr 2003; Knowlton et al. 1996.
2 8
S m a l l e t a l . 2001.
2 9
Wise 1996; Volkow et al. 1997; Schultz, Dayan y Montague 1997;
Schultz 2000; Fiorillo, Tobler y Schultz 2003; Martin-Soelch et al. 2001;
Breiter et al. 2001.
3 0
H. Fisher 1998; H. Fisher et al. 2002a; H. Fisher et al. 2002b.
S 1
Schultz 2000.
3 2
Horvitz et al. 1997; Wickelgren 1997.
3 3
Damasio 1994.
3 4
Bartels y Zeki 2000.
3 5
Damasio 1994.
3 6
Bartels y Zeki 200Ö; Gehring y Willoughby 2002; L u u y Posner 2003;
Richmond et al. 2003.
3 7
Brown, comunicación personal.
3 8
Aron y Aron 1991; Aron et al. 1995; Aron y Aron 1996.
270
H E L E N FISHER
3 9
EI neurólogo Donald Pfaff sostiene (Pfaff 1999) que todos los im-
pulsos tienen dos componentes: (a) Un sistema de excitación general
en el cerebro que produce la energía y la motivación para cubrir todas
las necesidades biológicas, (b) Una constelación específica de sistemas ce-
rebrales que produce los sentimientos, pensamientos y conductas aso-
ciadas a cada necesidad biológica concreta. Pfaff afirma que el compo-
nente de la excitación general de todos los impulsos está asociado con la
acción de la dopamina, la norepinefrina, la serotonina, la acetilcolina,
las histaminas, la orexina, la prostaglandína D sin tasa y puede que otras
sustancias químicas cerebrales. La constelación específica de regiones
cerebrales y sistemas asociados con cada impulso determinado varía con-
siderablemente. Nuestro estudio mediante I M R f parece dejar al descu-
bierto el componente de excitación general del amor romántico, asocia-
do al área ventral tegmental y a la distribución de la dopamina central.
Sin embargo, también encontramos activación en el cuerpo y la cola del
caudado, el septum, la materia blanca del cingulado posterior y otras
áreas, así como desactivaciones en varias regiones cerebrales (H. Fisher
et al. 2003; A r o n et al., en preparación). Todo ello puede constituir par-
te del sistema específico de la primera e intensa fase del amor románti-
co. Probablemente sea necesario un protocolo diferente y / o una tecno-
logía más sofisticada para establecer la totalidad de correlaciones
neurales asociadas al impulso de amar. No obstante, los sentimientos,
pensamientos, motivaciones y conductas asociadas con la pasión román-
tica pueden ser tan variados según los individuos que quizá sea imposi-
ble registrar mediante el análisis de grupos la totalidad de los sistemas
básicos implicados,
4 0
Pfaff 1999.
4 1
Platón 1999, p. 40.
[vO] Ver cita traducida.
4 a
El núcleo caudado tiene numerosos receptores para la norepine-
frina y la serotonina (Afifi y Bergman 1998). No obstante es necesario
establecer si éstas u otras regiones se activan con la pasión romántica.
4 3
Algunas regiones de la corteza prefrontal están asociadas al con-
trol de las recompensas. La corteza orbitofrontal está específicamente
relacionada con la detección, percepción y esperanza de la recompensa
(Schultz 2000), así como con la discriminación entre varias recompen-
sas y la preferencia de unas sobre otras (Schultz 2000; Martin-Soelch et
271
P O R QUÉ AMAMOS
al. 2001; Rolls 2000). C o n la cercana corteza prefrontal medial experi-
mentamos las emociones, dotamos de significado a nuestras percepcio-
nes (Cárter 1998; Teasdale et al. 1999), dirigimos las conductas relacio-
nadas con las recompensas (Óngur y Price 2000), generamos nuestro
estado de ánimo (Ongur y Price 2000, p. 216) y nuestras preferencias
(Óngur y Price 2000, p. 215). El núcleo caudado tiene largos cables ner-
viosos que se proyectan directamente desde y hacia las cortezas orbito-
frontal y prefrontal medial (Óngur y Price 2000). Estas regiones cere-
brales se activaron en algunos de nuestros sujetos, pero no en todos.
Esta variación puede deberse a las dificultades de la tecnología I M R f o a
que los sujetos estaban experimentando estados de ánimo ligeramente
distintos, que a su vez activaban regiones cerebrales ligeramente distin-
tas. Los análisis de grupo que llevamos a cabo no revelaron estas sutiles
variaciones individuales.
4 4
D i c k i n s o n l 9 9 5 , nf l
632.
4
L A T E L A R A Ñ A D E L A M O R
1
Shakespeare 1936, Love's Labors Lost,acto IV, escena III, línea 341.
2
H. Fisher 1998; H. Fisher et al. 2002a; H. Fisher et al. 2002b.
3
H. Fisher 1989,1992,1998,1999.
4
H a m i l l 1996, p. 32.
5
Tennovl979;HatfieldyRapson 1996.
6
Jankowiak 1995.
7
Bell 1995.
8
R e b h u n l 9 9 5 , p . 2 5 3 .
9
R e b h u n l 9 9 5 , p. 254.
1 0
Los estudios con animales indican que algunas estructuras cerebra-
les están asociadas con el impulso y la expresión sexual, incluyendo la
amígdala media, el área preóptica medial, el núcleo paraventricular y la
sustancia gris periacueductal (Heaton, 2000). Utilizando IMRf, Arnow y
otros colegas concluyeron que cuando los sujetos masculinos visionaban
imágenes eróticas, mostraban fuertes activaciones en la región subinsular
derecha, incluyendo el antemuro, el caudado izquierdo y el putamen, las
circunvoluciones occipital media derecha y temporal media, la circunvo-
2 7 2
H E L E N FISHER
lución c in guiada bilateral y las regiones premotora y sensitivomotora de-
recha, mientras que en el hipotálamo derecho se producía una activa-
ción menor (Arnow et al., 2002). Beauregard y otros colegas midieron
también la activación del cerebro (utilizando IMRf) en hombres que vi-
sionaban fragmentos de películas eróticas (Beauregard et al., 2001). Las
activaciones se producían en las estructuras límbicas y paralímbicas, in-
cluida la amígdala derecha, el polo temporal anterior derecho y el hipo-
tálamo. Utilizando IMRf, Karama y otros colegas registraron la actividad
cerebral mientras hombres y mujeres visionaban extractos de películas
eróticas (Karama y otros, 2002). La señal del nivel de oxígeno en sangre
aumentaba en la corteza cingulada anterior, la corteza prefrontal me-
dial, la corteza órbitofrontal, las cortezas insular y occipitotemporal, así
como en la amígdala y el estriado ventral. Los hombres también mostra-
ron una activación del tálamo y el hipotálamo significativamente mayor
que la de las mujeres, especialmente en un área sexualmente dimórfíca
asociada con la excitación y la conducta sexual. En otro experimento,
los investigadores midieron la actividad cerebral de ocho hombres
mientras estos sujetos experimentaban el orgasmo. El flujo sanguíneo
disminuía en todas las regiones de la corteza cerebral excepto en una de
la corteza prefrontal, en la que aumentaba extraordinariamente (Tiiho-
nen et al., 1994). Quizá este descenso de la actividad explique por qué
durante el orgasmo la persona pierde casi por completo la conciencia
del mundo en general.
1 1
Arnow et al., 2002.
1 2
F a r b l 9 8 S .
1 3
Edwards and Booth 1994; Sherwin 1994.
1 4
Van Goozen et al., 1997.
1 5
Edwards y Booth 1994.
1 6
HállstrómySamuelsson 1990.
1 7
TavrisySaddl977.
1 8
Meikle « a l . , 1988.
l 9
N y b o r g l 9 9 4 .
^ H o a g l a n d ^ g S .
2 1
EllisySymonsl990.
2 2
Blum 1997.
2 3
EllisySymonsl990.
2 4
Reinisch y Beasley 1990, p. 92.
2 7 3
POR Q U É AMAMOS
2 5
Laumann et al., 1994; Ellisy Symons 1990. Dado que esta diferencia
de género también existe en Japón y en Gran Bretaña (Barash y Lipton
1997, Wilson y Land 1981), algunos científicos opinan que estas variacio-
nes pueden ser heredadas. Esto sería lógico. Las hembras de las aves y de
los mamíferos deben permanecer quietas y en actitud cooperativa para
que se produzca el coito. Ylos machos deben mostrar cierta seguridad en
sí mismos para aparearse con éxito. Por tanto, las muestras de rendición
por parte de la hembra en conjunción con las actitudes de dominación
por parte del macho constituyen señales importantes para el apareamien-
to (Eibl-Eibesfeldt 1989). De hecho, el etólogo Ireneus Eibl-Eibesfeldt
propone que estas constantes de la sexualidad humana, la dominación
del macho y la rendición de la hembra, evolucionaron a partir de regio-
nes primitivas del cerebro con el fin de garantizar el éxito del aparea-
miento en todos los reptiles, aves y mamíferos.
2 6
Laumann et al., 1994.
2 7
EHis y Symons 1990; Barash y Lipton 1997.
2 8
Hull et al., 1995; H u l l et al., 1997; Kawashima y Takagi 1994.
2 9
L i u et al., 1998; Herbert 1996.
3 0
Ferrari y Giuliani 1995.
3 1
H u l l et al., 1995; Wenkstern etal., 1993; West et al., 1992.
3 2
H u l l et al.,1995.
3 3
Clayton et al., 2000; Walker et al., 1993; Heaton 2000.
3 4
WalkeretaL, 1993; Coleman etal., 1999; Ascher etal., 1995.
3 5
Mayerhofer et al., 1992; Fernández et a l , 1975; Cardinali et al,,
1975.
^Fabre-NysiggS.
3 7
H o p k i n s l 9 9 4 , p . 14.
3 8
Sherwin et al., 1985 Sherwin y Gelfand 1987.
3 9
A h e a r n 1998.
4 0
Damsma et al., 1992; Pleim et al., 1990; Yang et al., 1996.
4 1
Hull etal., 1999.
4 2
T.J.Jonesetal., 1998.
4 3
Netter et al., 1998; Sundblad y Eriksson 1997; González et al., 1994.
^MatthewArnold, «To Marguerite». En Quiller-Couch 1919.
4 5
H a t n e l d l 9 8 8 , p. 191.
4 6
Shostak 1981, p. 268.
4 7
Bell 1995, p. 158.
274
H E L E N FISHER
4 8
R e b h u n 1995, p. 252.
4 9
McCullough 2001.
M
Bowlby 1969,1973,1980.
5 1
Carter et al., 1997; Young, Wang e Insel 1998; Young et a l , 1999;
Wang, Ferris y DeVries 1994; Pitkow et al., 2001.
5 2
Wang, Ferris y DeVries 1994.
5s
Shakespeare 1936, El sueño de una noche de verano, acto III, escena III,
líneas217-220.
5 4
Pedersen et al., 1992; Carter, DeVries y Getz 1995.
5 5
Pedersen etal., 1992.
5 6
Young, Wang e Insel 1998; Williams etal., 1994.
5 7
Damasiol994, p. 122.
5 8
Young, Wang, Insel 1998; Charmichael et al., 1987.
5 9
Villalba, Auger y DeVries 1999; Delville, Mansour y Ferris 1996;
WangyDeVries 1995; Wang etal., 1994.
^ArsenijevicyTribollet 1998;Johnson etal., 1991.
6 1
Winslowe Insel 1991a. Winslow e Insel 1991b.
f i 2
Sirotkin y Nitray 1992; Homeiday Khalafalla 1990. Cuando un ratón
de campo macho cohabita con una hembra, los niveles de vasopresina y
testosterona aumentan (Wang et al., 1994). La vasopresina parece gene-
rar expresiones de apego, la señalización por el olor y conductas de cepi-
llado (Winslow e Insel 1991b) mientras que la testosterona probablemen-
te desencadena la defensa agresiva del nido frente a los intrusos.
m
Thomas, K i m y A m i c o 1996a; Thomas, K i m y A m i c o 1996b.
6 4
Delville y Ferris 1995.
6 5
Booth and Dabas 1993.
6 6
Berg y Wynne-Edwards 2001.
6 7
De Ridder, Pinxten y Eens 2000; Raouf et al., 1997.
6 8
Wingfieldl994.
6 9
Galfi et al., 2001; Ginsberg et al., 1994.
7 0
Kovacs etal., 1990; Schwarzberg et al., 1981; Van de Kar et al., 1998.
7 1
Reik 1964.
7 2
Lee 1973,1988.
7 3
Fehr 1998; Aron y Westbay 1996; Hatfield y Sprecher 1986a; Critelli,
Myers y Loos 1986; Hendrick y Hendrick 1986a; Hendrick y Hendrick
1986b; Zick 1970; Hazan y Shaver 1987.
7 4
Sternberg 1986.
2 7 5
POR QUÉ AMAMOS
7 5
F i n c k l 8 9 1 , p . 224.
7 6
Ekman 2003.
7 7
Evans 2001.
7 8
Damasio 1994, p. 152.
5
«ESE PRIMER EMBELESO DESPREOCUPADO Y MARAVILLOSO»
1
Random House Treasury
2
Hatfield 1998, p. 204
3
Walster y Berscheid 1971; Dutton y Aron 1974; Hatfield y Sprecher
1986b; Axon etal. 1989.
4
Pines 1999.
5
Shepherl971.
6
Galton 1884; Rushton 1989; Laumann et al. 1994; Pines 1999.
7
Buston y Emlen 2003.
8
Byrne, Clore y Smeaton 1986. Cappella y Palmer 1990.
9
WaUeryShaverl994.
1 0
Laumann et al. 1994.
n
L a m p e r t l 9 9 7 .
1 2
Wedekind etal. 1995.
1 3
GangestadyThornhill 1997.
1 4
Gangestad, Thornhill y Yeo 1994; Jones y H i l l 1993.
1 5
Langloisy Roggman 1990,
1 0
Langlois et al. 1987.
1 7
Hamilton y Zuk 1982; Thornhill y Gangestad 1993.
1 8
GangestadyThornhill 1997.
1 9
A h a r o n etal. 2001.
2 0
Buss 1994.
2 1
GangestadyThornhill 1997.
^ T h o r n h i l l , Gangestad y Comer 1995.
2 3
Ibid.
2 4
Manning y Scutt 1996.
2 5
Manning et al. 1996,
2 6
Singh 1993.
2 7
Singh 2002.
2 7 6
H E i £ N FISHER
2 8
Singh 1993,2002.
2 9
Buss et al. 1990.
^ F o r d y B e a c h 1951; Ellis 1992.
3 1
Wolksteinl991,pp. 6-7.
3 2
Jankowiakl995,p. 10.
3 3
Harrison y Saeed 1977.
3 4
Buss 1994.
3 5
Guttentagy Secord 1983; Low 1991.
5 6
Dion, Berscheid y Walster 1972.
3 7
Johnston 1999.
3 8
Buss 1994.
3 9
H. Fisher et al. 2003; Aron et al., en preparación.
4 0
Kanin, Davidson y Scheck 1970; Dion y Dion 1985; Peplau y Gordon
1985.
4 1
Berscheid et al. 1971 ; Lerner y Karabenick 1974.
4 2
T a n n e n 1990;Tavris 1992.
4 3
Baron-Cohen 2003.
4 4
H.Fisher 1999.
4 5
Hatfield y Rapson 1996; Tennov 1979.
4 6
H. Fisher et al. 2003; Aron et al., en preparación.
4 7
Damasio 1999.
4 8
Harrison y Saeed 1977.
4 9
Ellis 1992; Buss 1994.
5 0
Ellis 1992; Buss 1994.
5 1
Kenrick et al. 1990.
5 2
Wolkstein 1991, p. 52.
5 3
Ibid. p. 103.
5 4
Lerner y Karabenick 1974.
5 5
Buss 2003, p. 242.
5 6
Johnston 1999.
5 7
Dion y Dion 1988; Hendrick y Hendrick 1986b; Sprecher et al. 1994.
5 8
Buss 1994.
5 9
Buss y Schmitt 1993; Kenrick et aL 1993; Gangestad y Thornhill
1997.
6 0
Buss 2003; Cristiani 2003.
0 1
Buss 2003.
6 2
Kenrick et al. 1990
277
POR QUÉ AMAMOS
6 3
B u s s l 9 9 4 .
64
Shakespeare, El mercader de Venecia, acto III, escena II, línea 63.
6 5
WalleryShaverl994.
66
Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto I, escena I, líneas
241-242.
6 7
HatfieldyRapson 1996.
^ P i n e s ^ ^ .
6 9
Hendrix 1992,1988.
7 ü
B o w e n 1978.
7 1
HazanyShaverl987.
7 2
Bowlbyl969.
7 3
Ainsworth etal. 1978.
7 4
A r o n s o n 1998.
7 5
Roethke, «The Motion».
7 6
R e i k l 9 6 4 .
7 7
D a r w i n (1859/1978, 187l/sin fecha). Darwín (1871/sin fecha) dis-
tinguía entre dos tipos de selección sexual: la selección tnír<asexual, me-
diante la cual los miembros de un sexo desarrollan características que les
permiten competir directamente entre sí para conseguir oportunidades
de emparejarse, y la selección tnfcrsexual, o «elección de la pareja», me-
diante la que los individuos de un sexo desarrollan unas determinadas ca-
racterísticas porque el sexo opuesto las prefiere. La cornamenta del alce
macho es un buen ejemplo del primer principio de Darwin. Este apéndi-
ce se desarrolló para permitir a su portador intimidar a otros machos du-
rante la época del celo. La segunda forma de selección sexual de Darwin
es la que atañe directamente a este libro: la elección de la pareja. Los pe-
chos de las hembras humanas son un buen ejemplo. A diferencia de las
tetillas de las hembras en los animales, estos apéndices carnosos se desa-
rrollaron principalmente porque a nuestros ancestros masculinos les gus-
taban. De hecho, los científicos llaman actualmente a estos adornos desa-
rrollados para la elección de pareja «indicadores de apütud física»,
precisamente porque son extremos, impresionantes, metabólicamente
costosos, difíciles de falsificar e inútiles en la lucha diaria por la supervi-
vencia (Fisher 1915; Zahavi 1975; Miller 2000). Debido a que estas carac-
terísticas son «obstáculos», sólo los más aptos pueden desarrollarlas y
mantenerlas (Zahavi 1975). Por esta razón, tales características llaman la
atención.
2 7 8
H E L E N FISHER
7 8
Miller 2000, p. 35.
7 9
Miller 2000.
8 0
Ibid. pp. 3, 29.
8 1
Ibid. p. 7.
M Darwin 1871 / s i n fecha, p. 743.
6
P O R Q U É A M A M O S
' B r u n e r e t a l . 2002.
2
H. Fisher 1989,1992,1999.
3
Reno et al. 2003.
4
Young, Wang e Insel 1998; Young et al. 1999, p. 768; Insel 2000.
3
Rosenthal 2002, p. 280.
6
Eclesiastés 1:9-12.
7
H. Fisher 1992.
8
Lancaster y Lancaster 1983.
9
H. Fisher 1992.
1 0
Pottsl988.
1 1
Walker y Leakey 1993.
l a
A l l m a n 1999.
1 3
Ibíd.
1 4
Ibíd.
1 5
Los antropólogos propusieron hace tiempo que la maduración
retrasada se desarrolló con el fin de proporcionar a los jóvenes el tiem-
po suficiente para aprender las capacidades que necesitarían en la
edad adulta. Ultimamente han aparecido algunas nuevas teorías. Algu-
nos sostienen que la larga infancia de los humanos evolucionó parale-
lamente al desarrollo de nuestro gran cerebro, debido a que la com-
plejidad cerebral necesita tiempo para desarrollarse. Otros defienden
que los genes que determinan la larga duración de la infancia surgie-
ron a la vez que los que marcan un periodo adulto también más largo:
nuestros antepasados mantenían su relación de dependencia durante
unos dieciocho años para conservar la energía mientras sus familiares
de mediana edad cazaban y recolectaban; así, a medida que los jóvenes
iban madurando, podían ocuparse de sus parientes de más edad. Lo
2 7 9
P O R QUÉ AMAMOS
contrario también podría haber ocurrido: los padres desarrollaron
una capacidad genética para vivir más tiempo a fin de poder cuidar de
niños que maduraban lentamente. Otro punto de vista es el de que las
especies con una esperanza de vida más larga tienden a posponer la re-
producción con el fin de mejorar la calidad de su descendencia. Como
todos los cambios evolutivos importantes, el retraso de la maduración
probablemente obedeció a muchas razones. Yo añadiré otra. Quizá
este rasgo biológico se desarrolló en parte para dar más tiempo a los
niños de nuestros ancestros a adquirir una mayor experiencia emocio-
nal sobre el sexo y el amor.
i 6
R y a n l 9 9 8 .
1 7
Miller2000.
1 8
Hendenson 2003.
1 9
Povinelliay Preussc 1995.
2 ü
K o h n 2000.
2 1
Falk 2000; Rilling e Insel 199b; Stephan, Barón y Frahm 1988; Dea¬
con 1988.
2 2
Stephan, Frahm y Barón 1981.
2 3
W a d e 2001.
2 4
Rilling e Insel 1999a; Rilling e Insel 1999b.
2 5
Bower 2002.
2 6
Turner 2000; Stephan 1983; Deacon 1988.
2 7
Rilling e Insel 1999b.
2 8
Duncan et al. 2000. Tenemos muchos tipos de inteligencia. La «in-
teligencia general» se refiere a un grupo numeroso de aptitudes relacio-
nadas entre sí, incluyendo nuestra capacidad para relacionar hechos, ra-
zonar, valorar opciones, utilizar previsiones, producir ideas, tomar
decisiones, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender
ideas complejas, asimilar con rapidez, aprender de la experiencia y pla-
nificar sobre el futuro (Spearman 1904; Carroll 1997). La creatividad y
el pragmatismo son formas de inteligencia humana (Sternberg 1985).
Hombres y mujeres también tienen muchas aptitudes específicas, entre
ellas el talento musical, la inteligencia espacial y la articulación básica,
consistiendo esta úlrima en la capacidad de encontrar la palabra adecua-
da rápidamente (Gardner 1983). La «inteligencia emocional», la capaci-
dad de ser consciente de uno mismo, controlar los propios impulsos y
actuar con destreza en circunstancias sociales difíciles es un talento hu-
280
H E L E N FISHER
mano (Goleman 1995). Yo creo que el «sentido del humor» es una for-
ma de inteligencia. Y he acuñado el término «inteligencia sexual» para
describir la capacidad de ser sensible a las necesidades de la pareja, ex-
presar los propios deseos con habilidad y actuar adecuadamente al ha-
cer el amor.
2 9
Stephan, Frahm y Barón 1981.
"Ibíd.
3 1
Ibíd.
3 2
Semendeferi et al. 1997; Finlay y Darlington 1995.
^WhittieriggS.
3 4
Laumann et al. 1994.
3 5
DeLamater 1995; Cherlin 1995.
3 6
Moreíl 1998.
3 7
Daly, Wilson y Weghorst 1982; Wilson y Daly 1992.
3 8
Black 1996; Mocky Fujioka 1990.
" M o r e l l 1998.
7
E L AMOR PERDIDO
1
Stalhvorthy 1973, p. 293.
2
H a m i l l 1996, p. 133.
3
Baumeister, Wotman y Stillwell 1993.
4
Baumeister y Dhavale 2001.
5
Evans 2001, p. 52.
6
M e l o y l 9 9 8 .
7
Stallworthy 1973, p. 297.
8
Ibid., p. 275.
9
Alarcönl992, p. 110.
1 0
Stallworthy 1973, p. 260.
u
M i I l a y l 9 8 8 , p . 86.
1 2
Jankowiak 1995, p. 179.
1 3
Harris 1995, p. 113.
] 4
H a r r i s o n l 9 8 6 .
1 5
Jankowiak 1995.
1 6
Bowlby 1973; Panksepp 1998; Lewis, Amini y Lannon 2000.
281
P O R Q U É AMAMOS
1 7
W h i t t i e r l 9 8 8 , p. 82.
1 8
Schultz 2000.
) 9
Panksepp 1998.
^ L e w i S t A m i n i y L a n n o n 2000; Panksepp 1998.
2 1
Panksepp 1998.
2 2
Baumeister y Dhavale 2001.
2 3
Bowlby 1973; Panksepp 1998.
2 4
Lewis, Amini y Lannon 2000.
2 5
El pánico afecta a una región del mesencéfalo, la materia gris del pe-
riacueducto, una región situada cerca de las que generan el dolor físico.
La materia gris del periacueducto envía señales a muchas otras partes del
sistema del pánico. Nadie sabe exactamente qué sustancias químicas del
cerebro producen los sentimientos de la ansiedad de separación y el páni-
co (Panksepp 1998). El glutamato, el neurotransmisor con mayor poder
de excitación, es probablemente uno de ellos; interviene en todo lo que
hacemos. Cuando este neurotransmisor aumenta, los animales empiezan
a emitir llamadas de angustia relacionadas específicamente con el aban-
dono. Los científicos saben mucho más sobre lo que mitiga la ansiedad y
el pánico que de dichos estados en sí mismos. Los opiáceos como la mor-
fina reducen rápidamente las llamadas de angustia de los animales aban-
donados. La oxitocina, la hormona asociada con el apego y los vínculos
sociales, también disminuye la angustia provocada por la separación. Esta
es probablemente la razón por la que los animales tienden a dejar de llo-
rar cuando se les acaricia; el masaje activa la oxitocina y los receptores de
los opiáceos.
2 8
Smith y Hoklund 1998; Campbell, Sedikides y Bossom 1994.
2 7
Kapit, Maceyy Meisami 2000; Nemeroff 1998,
2 8
Panksepp 1998.
2 9
Los científicos todavía no saben exactamente qué sustancias quí-
micas del cerebro están relacionadas con esta furia, pero probable-
mente son varias las que participan. (Panksepp 1998). La sustancia P,
un neuromodulador, puede producir el enfado. El glutamato y la ace-
tilcolina promueven la furia. Los niveles altos de norepinefrina y los
niveles bajos de serotonina pueden generar también enfado. Y l o s ni-
veles bajos de serotonina contribuyen asimismo a la impulsividad que
generalmente acompaña a la furia (Panksepp 1998; Tiihonen et al.
1997).
2 8 2
H E L E N FISHER
3 0
Panksepp 1998.
3 1
Ibid.
3 2
Ibid., p. 196.
3 3
Dozier 2002.
3 4
Darwin 1871/sin fecha, p. 703.
3 5
Panksepp 1998.
3 6
Bowlby 1973; Shaver, Hazan y Bradshaw 1988.
3 7
Dozier 2002.
^ E l l i s y M a l a m u t h 2000.
3 9
Bowlby 1960,1973; Panksepp 1998.
w
M e a r n s l 9 9 1 .
4 1
Rosenthal 2002; Nemeroff 1998.
4 2
Baumeister, Wotman y Stillwell 1993; Buss 1994.
4 3
Hatfield y Rapson 1996.
4 4
Taffei 1990.
4 5
Tavris 1992.
4 6
Hatfield y Rapson 1996.
4 7
Ibid.
^WhittierigSS.
4 9
Ustun y Sartorius 1995.
5 0
Mearas 1991.
5 1
Hatfield y Rapson 1996.
5 2
Harlow, Harlow y Suomi 1971.
5 3
Panksepp 1998.
5 4
Schultz 2000.
5 5
Panksepp 1998.
5 f i
Kapit, Macey y Meisami 2000; Panksepp 1998; Nemeroffl998.
5 7
Beck 1996; Niculescu y Akiskal 2001; Price et al. 1994; Nesse 1990,
1991; Panksepp 1998; McGuire y Troisi 1998.
5 8
Troisi y McGuire 2002; McGuire y Troisi 1998.
5 9
Hagen, Watson y Thomson, en preparación.
6 0
Watson y Andrews 2002.
f i l
Nesse 1991; Hagen, Watson y Thomson, en preparación,
6 2
Bowlby 1969; Amsworth et al. 1978; Hazan y Shaver 1987; Chisholm
1995.
6 3
Leary2001.
0 4
Baumeister y Dhavale 2001.
283
POR Q U É AMAMOS
6 5
Stallworthy 1973, p. 266.
6 6
Buss 1994; Buunk y Hupka 1987.
6 7
B u u n k y H u p k a 1987.
«VoracekSOOl.
6 9
Buss 2000.
7 0
Ibíd.
7 1
Stallworthy 1973, p. 282.
7 2
Sheets et al. 1997; Mathes 1986.
7 3
Meloy y Gothard 1995.
7 4
Fremouwetal. 1997.
7 5
Gugliotta 1997; Meloy 1998.
7 8
Gugliotta 1997; Meloy 1998; Jason et al. 1984; H a l l 1998.
7 7
Meloy, en imprenta.
7 8
Dozier 2002.
7 9
Ibíd.
8 0
Buss 1994; United Natíons Development Programme 1995a; Wilson
y Daly 1992.
8 1
E. Goode 2000.
8 2
Ibíd.
8 3
Wilson y Daly 1992; United Natíons Development Programme
1995a.
8 4
Shakespeare, Otelo, acto III, escena III, líneas 304-307.
8 5
Wilson y Daly 1992.
^ D a l y y W i l s o n 1988.
8 7
W i l s o n y D a l y l 9 9 2 .
8 8
Dozier 2002.
8 9
Nadler y Dotan 1992; Shettel-Neuber, Bryson y Young 1978.
9 0
Gugliotta 1997.
9 1
E. Goode 2000.
9 2
Eurípides 1963, p. 17.
9 3
Ibíd.
9 4
Tiihonen et al. 1997; Panksepp 1998.
9 5
íbid.
^ M a c e y M a c e ^ S O .
9 7
Hagen, Watson y Thomson, en preparación.
284
H E L E N FISHER
8
C O N T R O L A R L A PASIÓN
I
Holmes 1997.
2
Whittierl998, p. 41.
3
H a m i l l l 9 9 6 , p. 13.
4
Yutangl954, p. 72.
5
Wolksteinl991,p,153.
6
Peele 1975, 1988; Carnes 1983; Halpern 1982; Tennov 1979; Hunter
et al. 1981; Uebowitz 1983; Mellody et al. 1992; Griffin-Shelley 1991;
Schaef 1989; Findling 1999. Dado que los científicos informan de que
muchos aspectos de la personalidad tienen una base genética, sospecho
que los sentimientos del amor romántico también tienen una impronta
genética; dicho brevemente: diferentes personas sienten esta pasión en
diferentes grados, con diferente intensidad y duración. En apoyo de esta
hipótesis, existen siete formas de trastorno amoroso. Algunas personas
son incapaces de enamorarse {Tennov 1979). Se casan y construyen una
relación feliz y duradera pero dicen que nunca han sentido la pasión del
amor romántico. Otros son «yonquis del amor». Son tan adictos a esta ex-
citación que no pueden mantener una relación a largo plazo; cuando la
pasión va desapareciendo, van en busca del siguiente «colocón» románti-
co (Liebowitz 1983). De hecho el psiquiatra Donald Klein identificó una
forma de depresión recurrente que sufren algunos de estos yonquis: la
disforia histeroide. Cuando esta desastrosa relación amorosa empieza a
desarrollarse, el amante sufre unos acusados cambios de humor (Liebo-
witz 1983). Otros padecen lo que los psicólogos llaman el síndrome Cle-
rambault-Kandinsky (CKS) o erotomanía. En este caso, el amante obsesio-
nado ni siquiera conoce al amado (a menudo se trata de alguna persona
famosa) y sin embargo delira pensando que dicha persona está enamora-
da de él (Zona et al. 1993; Rosenthal 2002).
7
Leshner 1997; Rosenthal 2002.
s
BartelsyZeki 2000.
9
Regisl995.
1 0
AIarcon 1992, p. 85.
I I
Thayer 1996; Rosenthal 2002.
1 2
Rosenthal 2002.
l s
K o l a t a 2002.
2 8 5
POR QUÉ AMAMOS
1 4
Rosenthal 2002. Existen nuevos datos que indican que cuando a los
ratones no se les permite practicar su rutina diaria de correr, se activan las
regiones cerebrales asociadas con el ansia de alimento, sexo o drogas nar-
cóticas.
1 5
Rosenthal 2002.
1 6
Carter 1998.
1 7
Stallworthyl973, p. 279.
1 6
Baumeister, Wotman y Stillwell 1993.
1 0
Baumeister y Dhavale 2001.
2 0
Stallworthy 1973, p. 253.
2 1
E. Goode, Petersen y Pollack 2002.
2 2
E. Goode, Petersen y Pollack 2002; Stahl 2000.
2 3
Fröhlich y Meston 2000; Rosenthal 2002.
2 4
Rosenthal 2002.
2 5
Ashton y Rosen 1998; Labatte el al. 1997; Walker et al. 1993; Clayton
et al. 2000; Gitlan et al. 2000; Ascher et al. 1995; Rosenthal 2002.
2 6
Rosen thai 2002.
2 7
Brody et al. 2001; Goleman 1996,
2 8
Brodyetal. 2001; Goleman 1996; Rosenthal 2002.
^Brodyetal^OOl.
3 0
Ibid.
3 1
Un magnífico libro sobre cómo curar la depresión es The Emotional
Revolution, del psiquiatra Norman Rosenthal (Rosenthal 2002).
3 2
Flexnorl965, p. 294.
3 3
Hamilll996, p. 70.
34
Shakespeare, A buen fin no hay mal principio, acto V, escena III.
3 5
Dutton y Aron 1974.
3 0
Hatfield 1988, p. 204.
3 7
Dutton y Aron 1974; Berscheid y Walster 1974; Aron y Aron 1986;
Reissman et al. 1993; A r o n y A r o n 1996; Aron et al. 2000.
3 8
Norman y Aron 1995; Aron y Aron 1996; Aron et al. 2000.
3 9
Wolkstein 1991, p. 44.
4 0
Panksepp 1998.
4 1
Gallup 2003, comunicación personal.
4 2
Gallup et al. 2002.
4 3
Carter 1998.
4 4
H. Fisher y j . A. Thomson, en preparación.
2 8 6
H E L E N FISHER
4 5
Ibid.
4 6
M. Fisher, en preparación.
4 7
Ashton y Rosen 1998; Labbate et al. 1997; Walker et al. 1993; Gitlan
etal. 2000.
4 8
Sternberg 1986; Cancian 1987; Hatfield y Rapson 1996.
4 9
Helgeson, Shaver y Dyer 1987.
5 0
Brod 1987; Fowlkes 1994; Tavris 1992.
5 1
Tannen 1990.
5 2
Fisher 1999.
3 3
Hatfield y Rapson 1996.
5 4
Brod 1987; Fowlkes 1994; Tavris 1992.
5 5
Tannen 1994.
5 6
H. Fisher 1999.
5 7
Ibid.
5 8
Rubin et al. 1980; Cancian 1987; Tavris 1992.
5 9
Tornstaml992.
6 0
Fisher 1999.
6 1
Buss 1988.
6 2
Cancian 1987; Tavris 1992.
6 3
Rubin etal. 1980; Tavris 1992.
B 4
Gottman 1994.
6 5
Schultz 2000.
f i f i
Hopkins 1994, p. 55.
6 7
Epstein 2002.
6 8
Tucker y Aron 1993; Traupmann y Hatfield 1981; Mathes y Wise
1983.
6 9
Liebowitz 1983
7 0
Tucker y Aron 1993; Mathes y Wise 1983; Schnarch 1997.
7 1
Tucker y Aron 1993.
7 2
Knox 1970.
7 3
Ibid.
7 4
Schultz etal. 2000.
7 5
N o r m a n y A r o n 1995; Aron y Aron 1996.
7 6
Schultz etal. 2000.
7 7
L e D o u x l 9 9 6
7 8
Damasio 1994; LeDoux 1996.
7 9
Damasio 1994.
287
P O R QUÉ AMAMOS
8 0
L e D o u x l 9 9 6 .
8 1
Ibíd.
8 2
Ibíd.
9
«LA L O C U R A DE LOS DIOSES»
1
Ahearn 2001.
2
Hatfield yRapson 1996.
3
Buss 1994.
* Rosenblat ty Anderson 1981; Broude y Green 1983; Prakasa y Rao
1979.
5
Rosenblatt y Anderson 1981; Prakasa y Rao 1979.
e
Mace y Mace 1980.
7
F r i e d l l 9 7 5 .
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H. Fisher 1992; H. Fisher 1999.
9
W . J . Goode 1959; Frayser 1985.
1 0
H. Fisher 1999,1992; Stone 1988.
1 1
Bruce et al. 1995; W . J . Goode 1982.
1 3
Stone 1998; Stone 1990; W.J. Goode 1982.
1 3
H.Fisher 1999.
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Hatfield yRapson 1996.
l 7
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l s
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Wattenbergl997.
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2 1
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Wang y Nguyen 1995; Hatfield y Rapson 1987; Buder et al. 1995.
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B u k r o f t y O ' C o n n e r - R o d e n 1986.
2 5
Cristiani2003.
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H. Fisher 1992.
2 7
Stone 1990; Furstenburg 1996; Posner 1992.
2 8
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2 8 8
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2 9
Holmes 1996; H. Fisher 1999.
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3 3
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3 2 7
AGRADECIMIENTOS
Gracias, Ray C a r r o l l , por tu sabiduría, tu h u m o r y tu verdadero
apoyo. Gracias, A m a n d a U r b a n , mi agente literaria, por tu dedica-
ción a este proyecto. Muchas gracias, D e b Brody y j e n n i f e r B a r t h ,
mis editores, por vuestros sabios consejos, Daniel R e i d p o r tu valiosa
ayuda, J o h n Sterling y todos el equipo de H e n r y H o l t p o r vuestro en-
tusiasmo p o r este libro. Me siento especialmente agradecida a mis
colaboradores Lucy B r o w n , A r t A r o n , D e b Mashek, G r e g Strong y
Haifang L i , por la enorme cantidad de tiempo, inteligencia y dedica-
ción vertidos en nuestro proyecto del escáner I M R f , así como a las
mujeres y hombres que se prestaron voluntariamente a nuestros ex-
perimentos. Agradezco a M i c h e l l e Cristiani, M a r i k o Hasegawa y
Toshikazu Hasegawa su ayuda en la recogida de datos d e l cuestio-
nario sobre el amor romántico en Estados U n i d o s y Japón, y a Mac¬
Gregor Suzuki y Tony Oliva su análisis estadístico de este material.
Agradezco ajennifer L e C l a i r y j o n a t h a n Stieglitz que me hayan ayu-
dado en parte de la investigación. Me siento en deuda con muchos
colegas y amigos p o r sus valiosos consejos o comentarios sobre par-
tes del manuscrito, entre ellosJudy Andrews, Sydney Barrows, L a u -
ra Betzig, M i c h a e l Bretón, A r n o l d B r o w n , Ray C a r r o l l , H i l l a r y D e l -
Prete, P e r r y F a i t h o r n , Fletcher Hodges, B r e n d a n Perreault, D o n
Praff, Michelle Press, Carolyn Reynolds, B r e n d a Sexton, G r e g Simp¬
son, Edward E. Smith, Barb Smuts, F r e d Suffet, L i o n e l Tiger, A n d y
T h o m s o n , Janel Tortorice, Edie Weiner y Jeff Zeig. Agradezco su
apoyo a j a c k H a r r i s y al resto de mis colegas de la Rutgers University
y en especial a F. H. por su perspicacia, ingenio, apoyo y compañeris-
mo. Todos los errores de este manuscrito son míos.
329
INDICE ANALÍTICO
abandono, 41, 191, 198, 199:
furia del, 179, 185-188, 190
paranoia del, 179-181
propósito de, 187-190
temor al, 196, 200
Abelardo y Eloísa, 18
acoso, 13, 64, 174, 179, 198-202,
214, 244, 245;
conyugal, 174, 244
por parte de mujeres, 200-202
ACTH, 185
Adams, Abigail, 108
Adán y Eva, 32
adaptación, depresión como, 192-195
adicción:
amor romántico como, 71, 88, 90,
206-208, 210-212
dopaminay, 71, 90
Adictos Anónimos al Sexo y al Amor,
210
ADN, 122, 149, 153, 196, 200, 226:
bebés portadores, 63
protección, 37
transmisión, 90, 228
adolescentes, 135, 241, 246
adrenalina, 218, 219
adrenocorticotrofina, hormona de la;
wtoíACTH
adulterio, 13, 173, 174, 244
adversidad:
y amor tomántico, 40, 183
y pasión, 32-35,44, 73, 74
afecto en los animales, 54, 55, 67
Africa, 161, 172, 197, 238
Africa del Este, 148, 150, 157
afrodisíacos, 100, 101
Agamenón (Esquilo), 194
ágape, 115
Ahearn, Laura, 235
Ainsworth, Mary, 141
Alcohólicos Anónimos, 210, 211
Alien, Woody, 169
Almanaque del buen Ricardo (Franklin),
209
amados, 22-24, 74, 93
amantes:
psique, 140-142
Amiel, Henry Frederic, 28
amígdala, 171, 186, 233
Amini, Fari, 184
331
P O R Q U É AMAMOS
amor, II, 12, 113-115, 174:
adversidad en el, 34, 35
entre animales, 43-67
aventuras del, 137, 138, 141, 142,
246
cambios con el tiempo, 91, 92,
107, 108
caprichoso, 172-174
cartas de, 169,235,236
y cerebro femenino, 133-135
y cerebro masculino, 130, 131
conjurar al, 217-220
a corto plazo, 136-138
sin edad, 241
en la elección del cónyuge, 128
y enfado/disgusto, 189, 190
formas de, 40, 41
frustrado, 74, 95
futuro, 235-246
involuntario e incontrolable, 39
mal de, 207-210
mapas de, 138-140, 141,229
a mas de una persona a la vez, 114
momento de, 239, 240
y odio, 186
perdido, 174-203
por qué el, 147-174, 241-243
al primer olor, 60
a primera vista, 58
química del, 69-95
tipos de, 115, 116
véase también amor romántico
amor, investigación sobre el, 19-22,
23, 25, 27-30, 37, 133, 190:
la adversidad acrecienta la pasión,
33-35
en busca de pistas, 30, 31
cambio de prioridades, 31
cambios de ánimo, 28, 29
deseo sexual, 36, 37
engrandecimiento del ser amado, 24
fuego emocional, 25
guarda de la pareja, 63, 64
intensa energía, 26-28
modelo de activación cerebral, 82,
83,88
necesidad de unión emocional, 29
pensamiento intrusivo, 25
significado especial, 22
unión emocional, 38
amor apasionado, escala del, 83, 88
amor compañero, 107, 116
amor consumado, 116
amor correspondido, 41
amor cortés, 27, 37
amor fatuo, 116
amor no correspondido, 19, 41, 82
amor pragmático, 116
amor romántico, 11-13, 19, 28,212,
220, 221,245:
actividades que lo estimulan, 218, 219
como adicción, 71, 88, 206-208,
210-213
animales y el, 44, 45
apego y, 112-115
atracción que se convierte en, 150,
158
aumento del, 243, 244
características del, 19, 20, 27, 35,
36, 56
características en los animales, 49,
50
celos, 197, 198
componentes del, 116, 117
3 3 2
H E L E N FISHER
componentes químicos del apego, 112
entre contrarios, 122-124
deseo sexual en el, 36, 37, 103-106,
113-115
disminuye con el tiempo, 101, 102,
107
dopamina en el, 69-75, 90, 91, 93¬
95,98, 122, 145, 220, 221,
231,232
duración del, 40
edad y, 240-243
estimulado por las fotografías, 78,79
evolución del, 147-174
exclusividad sexual en el, 37, 38
experiencia humana universal, 19,
20, 69
formas de, 40, 41, 74
furia del abandono y, 187-190
gays y lesbianas, 243
homo habilis, 157, 158
independiente del impulso sexual, 100
misterio del, 121, 122
persistencia del, 54
entre personas mayores, 242, 243
propósito del, 131, 242
red cerebral del, 221, 222
relaciones de pareja a corto plazo y,
156, 157
resurgimiento del, 236-239
sentimientos básicos del, 88, 90
sexo y, 226
simetría corporal en el, 124-126
sistema de motivación primaria del
cerebro y, 92-94
sustancias químicas del, 64-67, 69¬
74, 98, 106, 121,185,201,202
tendencias sociales y, 235-239
tipos de, 115, 116
variaciones del, 116-118
amor-odio, 177-179
am oró metro, 77, 78
ancestros, 164:
depresión en, 193
que habitaban en los árboles, 148-150
suicidio, 202
vínculos de pareja, 113, 155,244
véase también antepasados
anfetaminas, 104
angustia, llamadas de, 184
animales:
amor entre, 43-67, 169
conducta de apego, 110
depresión en, 192, 193
dopaminaen, 103, 104
exigentes, 56-58
llamadas de angustia, 184, 185
pasión romántica, 41
preferencias para emparejarse, 147
respuesta de protesta, 184
simetría, 124, 125
animales hembras:
época de cría, 58, 59
exigentes, 57, 58
animales macho:
en la época del celo, 187, 188
preferencias, 57, 58
ansiedad, 28, 67, 117, 118, 120, 141:
dopamina y, 183
antepasados, 143, 147:
autonomía individual, 236, 237
capacidades humanas, 166
cortejo, 156, 157
especializados, 143, 144
romance y matrimonio, 246
333
POR QUÉ AMAMOS
antidepresivos, 104, 212-215:
reevaluación, 221-223
Antonio y Cleopatra, 31
apareamiento, 12, 126, 143, 187,205:
con otro «especial», 131
apareamiento, características humanas
del, 143, 148
apatía, 213, 215
apego, 12, 40, 97, 98, 107, 108, 220,
222:
amor romántico y, 98, 99, 112-U5,
117
animales y, 48
biología del, 245
clases de, 140
a corto plazo, 156
deseo y, 110-114
impulso de emparejamiento, 98, 99
independencia del, 174, 243, 244
infancia, 140, 141
intenso, 156
red cerebral del, 221
sustancias químicas del, 108-113, 220
tipos de amor y, 115
apego duradero, 172, 173, 229, 231:
circuitos cerebrales, 172-174
apetito, pérdida del, 26, 34, 52-54, 71
Apuleyo, 36
ardillas, 66
área de Broca, 158
área ventral tegmental (AVT), 89, 90,
125
Aristófanes, 85
Aristóteles, 124, 129, 234
Arnold, Matthew, 29, 107
Aron, Arthur, 12, 75-77, 79, 86, 93,
217,218
Aronson, Elliot, 141
arte y artistas, 13, 115, 165, 168
Asno de oro, El (Apuleyo), 36
atención concentrada, 22, 23, 56, 84,
187, 189, 201,205,209:
en animales, 43, 44, 47, 67
dopamina en, 70, 90
el tiempo suficiente para criar juntos
a los hijos, 98, 99
núcleo caudado, 171
sobre un otro «especial», 242
sustancias químicas, 73
atracción, 56, 98, 99, 105:
ancestros y, 150
instantánea, 60
odio/furia y, 188
pareja «especial», 156, 157
química cerebral de la, 54
romántica, 174
attacción animal, 13, 44-49, 66, 67,
70:
circuitos cerebrales de la, 144, 148,
159,169,171, 172
química de la, 64-67
Anden, W.H., 19
australianos, aborígenes, 155
Australopithecus afarensis, 152
autonomía individual, 236, 238, 239,
242
aves, 51, 61, 124:
afán posesivo, 61
engaño, 174
monogamia sucesiva, 155
simetría, 124
sustancias químicas, 64, 65
testosterona y apego, 110
aves zancudas, 51
3 3 4
H E L E N FISHER
babuinos, 51, 58
Bahadur, Vajra, 235
ballenas, 50, 67
Bamboo Mat, The (Yuan Chen), 23
Banquete, El (Platón), 29, 85
Barash, David, 61
Barréis, Andreas, 91, 206
Baudelaire, Charles Pierre, 121
BDNF, 209
Beach, Frank, 57
bebés:
cabezones, 163
crianza, 242, 243
Beethoven, 246
belleza:
apreciación, 144
elección del cónyuge y la, 128, 129
respuesta cerebral, 125
Bestiario de Amor (De Fournival), 206
beta-endorfinas, 220
Betd, Ugo, 164
Biblia, la, 153
biología del amor romántico, 231,
245
bipedismo, 150-153
Blake,William, 221
bonobos, 62, 149, 150
BorneÜ, Giraut de, 24
bosquimanos !kung, 155
Bowen, Murray, 140
Bowlbyjohn, 108, 141, 188
Brodie, Fawn, 59
Brown, Lucy L„ 12, 75, 86
Browning, Elizabeth Barrea, 118
Browning, Robert, 122
Burbank, Luther, 134
Burch, Rebecca, 220
Burton, Richard, 119
Buston, Peter, 123
cambio por la persona amada, 31
Cantar délos Cantares, 26, 135, 206,
210
capacidad craneal, 158, 162, 167
Capellanus, Andreas, 27, 31, 38, 217,
227
Cárter, Sue, 108
castores, 47-49, 54
Catulo, 26
Cavendish, William, 205
caza furtiva de la pareja, 64
celo, el, 45, 46
celos, 37, 38, 118, 174, 195-200,244:
adaptativos, 197
en animales, 61, 62
en las mujeres, 200
cerebro, 12, 35:
actividad del, 12, 13, 82, 83;
datos, 74-77
hombres, 130-133
capacidad para el amor romántico, 19
circuitos cerebrales, 113, 114, 117,
147;.
del apego a corto plazo, 156
de la atracción animal, 159
de la depresión, 192
del encendido, 119
de las personas enamoradas, 130
para valorar las exhibiciones del
cortejo, 165
circuitos cerebrales del amor
romántico, 80, 98, 142, 145, 148,
164, 166, 169, 229, 244, 245;
335
POR QUÉ AMAMOS
y puesta en marcha, 138
y recles cerebrales del odio/furia, 179
separados del deseo sexual y del
apego duradero, 172-174
declive del amor romántico, 230
diferencias de género, 224
enamorado, 169-172;
escáner, 69-95
imágenes del, 85-87
escáneres cerebrales, 12, 13,69-95,
206, 215;
análisis, 85-87
hipótesis, 93
parejas rechazadas, 176-183, 186,
187
participantes, 83-85
procedimiento, 80-83
evolución, 162
impulsos del emparejamiento, 97, 98
mecanismos cerebrales, 165;
para controlar la violencia, 201
en la selección de pareja, 144, 145
mecanismos de excitación, 120
redes cerebrales, 12, 67, 90, 98;
en el amor romántico, 69, 117
en el deseo, el amor romántico
y el apego, 221-223
en la desesperación, 192
en el odio/futía, 179, 186
regiones cerebrales, 74-77,82,87,245;
actividad, 88, 91, 92, 206
actividad en las mujeres, 133
en el deseo y el amor romántico,
100
expansión, 170
en la furia, 185-187
respuesta a una cara bonita, 125
sentimientos, 171
sistemas asociados con el amor
romántico, 94, 95
sistemas asociados a la
reproducción, 98
sistema del pánico, 185
sistema de recompensa, 87, 88, 90,
145, 192, 233
sustancias químicas cerebrales, 87,
217, 229,230;
en el amor romántico, 69-71
del apego, 108, 109, 219, 220
de la atracción, 54
para la atracción animal, 67
y atracción de la frustración, 183
hipótesis de trabajo, 74
precursora del amor romántico,
64-67
en la violencia, 200-202
Chad, 150, 151
Chartier, Alain, 212
Chaucer, Geoffrey, 24
Chejov, Antón, 33
Chen, Yuan, 23
chimpancés, 122, 143, 145, 149, 150,
156, 157:
afán posesivo, 62
afecto, 55
conducta de apareamiento, 49, 62,
63
preferencias, 57
pubertad, 163
tamaño del cerebro, 170
Chrétien de Troyes, 23, 39
ciclo estral, 45, 46, 57, 62, 136, 149
ciclo hormonal, 57
ciclo menstrual, 135, 136, 220
336
H E L E N FISHER
cintura-cadera, proporción, 126-128
circunvolución cingulada anterior, 91,
92
cocina, 161, 162
comadrejas, 49
conductas dirigidas a objetivos, 70,
73, 183, 187
contrarios, 123, 124
copulación, 106, 230:
en los ancestros, 149, 150
en animales, 57, 63
con miembros de la familia, 22
cortejo, 130, 131, 164, 187-189, 197:
ancestros humanos y, 157
en animales, 44
insensibilidad ante el, 222
práctica del, 241
pruebas del, 166
cortejo, charla del, 165, 166, 225, 226,
244
corteza cerebral, 170, 171
corteza cingulada anterior, 206
corteza insular, 89, 91, 92
corteza prefrontal, 89, 94, 95, 170,
171, 186,215,232-234
corticotrofina, 185, 214
cortisol, 185
crímenes pasionales, 13, 179, 195-198,
201,202, 244
Cristian i, Michelle, 20
cromagnon, 168
cucarachas, 55
cuerpos, 117, 118:
tipos de, 126, 127
cultura, 21, 245:
productos, 245
Cummings, E. E., 32
Damasio, Antonio, 118, 233
Daniel, Arnaut, 31
Daniel, Samuel, 183
Dante, 39, 132
Darwin, Charles, 41, 44, 50, 54, 57,
142-144, 187
decisión/compromiso, 116
dejar marchar, 196, 207-210
delfines nariz de botella, 50
dependencia, 31, 71
depresión, 174, 192, 193, 210, 244:
adaptación, 192-195
en animales, 62
evolución de, 193
en el rechazo, 13, 177, 190, 191
síntomas, 213
«terapia de hablar», 215
deseo, 232, 233:
hormona del, 100-103
deseo sexual, 12,41, 98-100,220, 221:
amor romántico y, 103-106, 113-117
apego y, 110-115
biología del, 245
circuitos cerebrales independientes
del, 172-174
disminución con la edad, 101, 102
independencia del, 174, 243, 244
redes cerebrales del, 221, 222
tipos de amor en el, 114, 115
desesperación, 28, 74, 95, 174, 191,
192,209:
en el deseo, 181, 182
evolución del valor de, 194
sentimientos de, 40, 41
valor evolutivo de la, 193
desesperanza, 190, 191
337
P O R QUÉ AMAMOS
Dewey, John, 234
Dickens, Charles, 35, 208
Dickinson, Emily, 22, 95, 175
diferenciación, 140, 141
dilema obstétrico, 163, 164
dios del Amor, 29,40, 94
Diosa de jade, La, 18, 39, 206
discusiones, 219
distracción, tarea de, 76, 81, 177, 180
divorcio, 13, 98, 111, 174, 188, 196,
237, 242, 243:
derecho al, 239
evolución del, 153-157
divorcio primitivo, ventajas genéticas
del, 156
Donne, John, 79
dopamina, 73, 86, 106, 120, 126,
214,217,218, 223, 227, 229:
amor romántico y, 69-71, 73, 74, 90,
92-95, 98,122,145, 220,221, 232
atracción animal y la, 65-67
desesperación y, 192, 209
estimulantes de la, 214
estrés y, 185
impulsos y, 94
motivación intensa y, 183
novedad y, 122,218, 231
rechazo y, 201
regiones cerebrales, 74
respuesta sexual y, 103-105
y vasopresina y oxitocina, 111, 112
Drayton, Michael, 35
Drydenjohn, 145, 191
Dutton, Donald, 217
edad, 20, 21:
amor romántico y, 240-243
e impulso sexual, 101, 102
«efecto de las lentes rosas», 24
efecto Romeo y Julieta, 33
Einstein, Albert, 165
ejercicio, 209
elección de una pareja, 58, 113, 118¬
145, 148:
en los hombres y, 128-130
mecanismo fundamental de, 142
en las mujeres y; 134-136
elefante marino, 52
elefantes, 45-47, 52, 67
Elefantes, Los (Moss), 47
Ellis, Bruce, 189
Emlen, Stephen, 123
emoción, 25, 26, 93, 94, 133, 171,
186, 2 3 3 :
en el amot, 95
y amor romántico, 40, 41, 92, 93,
117, 118
cognitiva superior, 117
dependencia de la, 31, 32
de fondo, 117, 118
regiones cerebrales asociadas con la,
92
sistemas de la, 174
unión y, 29, 30, 34,38,71
emparejamiento, 97-99, 220:
por adecuación, 123
amor romántico es, 93, 94
características humanas del, 142-145
por concordancia positiva, 123
esfuerzo masculino de, 131-133
hábitos de, 154-157
independencia del, 244
juego del, 98, 99, 125, 144
mentalidad del, 142-145
3 3 8
H E L E N FISHER
empatia, 32, 166, 167
enamorado, estar, 11-13, 17-41
cuestionario, 247-262
experiencia humana universal, 21, 22
enamorarse, 13, 113, 114, 120, 169,
202,240, 241:
capacidad de, 172, 173, 221
conseguirlo, 229
en los hombres, 130
en las mujeres, 136
de una persona en lugar de otra, 141
encaprichamiento, 116, 141
endorfinas, 145, 209, 219
energía, 70, 71, 84, 205, 229, 230:
en los animales, 47, 49, 50, 67
exceso de, 43, 44, 56, 71, 187
intensa, 26-28, 48, 73, 90
metabólica, 162, 165
enfado, 118, 189:
por la pérdida del ser amado, 188
por el rechazo, 177, 179, 180-182,
186, 190
Epstein, Robert, 228
eros, 115
Eschenbach, Wolfram von, 25
esperanza, 35, 36, 95:
de vida, 239
esposa (concepto), 244
Esquilo, 194
esquimales netsilik, 155
estados de ánimo, 118, 212:
cambios de, 28, 29
Estanque de Lily, E (Ryden), 48
estímulos visuales, 60:
respuesta de los hombres a los, 12,
13,102,130, 131
estradiol, 214
estrategia «del ala rota», 227
estrés, 185, 213:
hormonas del, 120, 185
sistema del, 185, 192
estrógeno, 66, 102, 127, 214, 220:
disminución del, 102, 226
y lenguaje, 133
terapia sustituriva del, 240
euforia, 74, 84, 90, 95
Eurípides, 201
Evans, Dylan, 117
evolución, 144, 145:
del amor romántico, 12, 36, 98,
105, 113,147-174
del amor romántico humano, 164¬
166
de las características para atraer a la
pareja, 143
del cerebro humano, 162
del declive del amor romántico, 230
del deseo, 97, 98
del divorcio, 153-157
de la exclusividad sexual, 37
de la furia del abandono, 188, 189
del lenguaje, 159
de la maquinaria biológica en los
hombres, 132
de la mente, 63
de la monogamia, 152, 153
de la preferencia por una pareja
parecida a nosotros, 123, 124
de la proporción cintura-cadera, 128
de la química cerebral para la
atracción animal, 67
del sistema del apego, 108
del talento humano, 145, 156
de la variedad humana, 142
3 3 9
P O R QUÉ AMAMOS
experimento «de la camiseta sudada»,
124
experimento «del puente peligroso»,
217-219
explosión combinatoria, 170
Expresión de las emociones en los
animales y en el hombre. La
{Darwin), 41
éxtasis, 70, 229, 245
eyaculación, 222
factor neurotrópico derivado del
cerebro; véase BDNF
familia nuclear (concepto), 156, 244
familiaridad, 121, 122
fantasías, 208
favoritismo, 58, 65, 70
Fearing, Kenneth, 183
figuras, 168
Finck, sir Henry, 116
Fisher, Maryanne, 222
Flournival, Richard de, 206
folículo, hormona estimuladora del, 220
fotografías:
estimulan el amor, 78, 79
neutras, 75,76,78,80, 81,176,180
del ser amado, 75-78, 80-82, 91,
133, 176, 180, 187
France, Anatole, 231
Franklin, Benjamín, 209 •
Freud, Sigmund, 30, 36
frustración-agresión, 186, 187
frustración-atracción, 32-35, 183, 184
fuego, dominio del, 160, 161
furia, 28, 74, 185-190:
del rechazo, 180
véase también odio/furia
gainj, los, 155
Galdikas, Birute, 53
Gallup, Gordon, 220
gatos, 186
gatos salvajes, 49
gays y lesbianas, 243
género, 20
género, diferencias de, 21:
en el amor romántico, 91, 92
en ios celos, 197
en el cerebro, 13, 131, 224, 225
preferencias románticas, 128, 129
en la tristeza de amor, 190, 191
genes, 63, 170:
tipos, 123
Gibran, Khalil, 231
glándula pineal, 209
Goodall, Jane, 57, 58, 62, 63
gorilas, 170
Graves, Robert, 30
griegos, antiguos, 115, 124, 241
guarda de la pareja, 63, 64, 196, 199
habilidades espaciales, 160, 224, 225
hachas de mano, 160, 167, 168
Hagen, Edward, 193
Hamburg, David, 187
Hasagawa, Mariko, 20
Hasagawa, Toshikazu, 20
Hatfield, Elaine, 82, 107, 140, 218
Hazan, Cindy, 141
hembras, 223-225:
problemas originados por la zancada
humana, 151
Hendrix, Harviíle, 140
Heráclito, 216
340
H E L E N FISHER
herramientas, 156-158, 160, 161
hienas, 50
hijos:
bienestar de los, 188, 189
enamorarse, 240, 241
juego sexual, 240
hipocampo, 171,209, 213
hipotilamo, 108, 109, 185, 186
Hoagland, Tony, 102
hombres:
actividad cerebral cuando están
enamorados, 130, 131
amor pasajero, 137, 138
características de la elección del
cónyuge, 128-130
casarse con mujeres más jóvenes,
129
celos, 196, 197
charla del cortejo, 225, 226
control de la riqueza, 236, 237
esfuerzo de emparejamiento, 131¬
133
estimulación sexual, 101, 102
múltiples esposas, 238, 239
preferencias de las mujeres en
cuanto a los, 134-136
presumir, 227
respuesta a estímulos visuales, 13,
129-131
simetría, 124-126
suicidio, 202, 203
testosterona, 101, 102, 110, 111
tristeza de amor, 190-192
violencia por parte de los, 198-200
Homero, 69, 74, 94
homicidio, 13,174, 179, 238, 244
homínidos, 149, 150
homo erectas, 160-162, 165, 166, 172,
173:
capacidad craneal, 162
mujeres, 163, 165
núcleo caudado, 172
tamaño del cerebro, 172
homo habilis, 157, 158
homo sapiens, 172
homosexuales, 34, 243
hormona luteinizante, 220
I Ching (libro chino), 38
Iliada (Homero), 69
imagen por resonancia magnética
funcional; véase IMRF
imágenes, 102:
poder de las, 76
reacción visceral a las, 79
impulso de amar, 92-95, 117, 148,
241,243-246:
control del, 234
impulsos, 93, 94, 98, 99, 114:
de comer y dormir, 118
de copular, 105, 106
definidos, 92, 93
de enamorarse, 13
química de los, 99
de recuperar al amado, 189
IMRF, 12, 75, 80, 87, 90, 91, 100,
130, 133, 176, 177, 206,215
Inanna, reina de Sumeria, 17, 36,
135,219
indiferencia, 179
infancia, 140, 141, 163, 246
infidelidad, 63, 196, 199
inhibidores selectivos de la recaptación
de sero tonina; véase ISRS
341
P O R QUÉ AMAMOS
Insel.Tom, 108, 153
insomnio, 26, 34, 71, 73, 182
ínsula, 215
inteligencia general, 170
intimidad, 116, 223-225
ISRS, 72,213, 222
James, William, 202
Jefferson, Thomas, 59
jirafas, 51,52, 54, 55
Jonson, Ben, 171
Kaiser, HenryJ., 156
Kamasutra, 36
Kanazawa, Satoshi, 165
Keats,John,31,41,61, 118, 125
Kierkegaard, Soren, 139
King, Henry, 195
Lancelot (Chrétien de Troyes), 23,
39
Lannon, Richard, 184
Layla y Majnun, 37
LeDoux, Joseph, 233
Lee, John Alan, 115
lenguaje, 144, 145, 156, 160, 165:
estrógeno y, 133
evolución del, 159
leones, 52, 53, 58
Lewis, Thomas, 184
Li, Haifang, 12
LiPo, 28, 190
literatuta, 13, 29
lobos, 50, 58
lordosis, 66
ludus, 95
machos:
guarda de la pareja, 63-65
intimidad de los, 223-225
testosterona, 111, 112
maduración retrasada, 163, 166
Malamurh, Neil, 189
maltrato, 174, 198-200, 244
mamíferos, 87, 88, 109, 110, 170:
afán posesivo, 61-63
emparejamiento para criar a los
hijos, 154
y familiaridad, 121, 122
lucha con rivales, 187, 188
química cerebral, 64-67, 70
separación, 189-192
simetría, 124, 125
manía, 70, 90, 115
marido (concepto), 156, 244
mariposas, 54, 58
marsopas, 55
Mashek, Debra, 12, 75-77, 79, 81
materia gris periacueductal, 186
MatingMind, The (Miller), 143
matrimonio, 241-246:
acordado, 2 3 5 - 2 3 8
por amor, 235-238
interracial, 122, 123
como operación comercial, 236-238
entre pares, 242, 243
Mauriac, Francois, 216
McNamee, Thomas, 61
melancolía, 190,214,215
Meloy, Reid, 179
memoria, 91, 92, 171, 232, 233
mente:
y emparejamiento, 142-145
estados agitados de la, 119-121
3 4 2
H E L E N FISHER
evolución de la, 166, 167
maquinaria de la, 167-169, 172
teoría de la, 166
mercado laboral, mujeres en el, 236,
238, 242
miedo, 71, 118, 120, 183
Millay, Edna St. Vincent, 181
Miller, Geoffrey, 143-145, 148
Milton, John, 25, 30, 32
mirada de anclaje, 225
misterio, 121, 122, 137, 138, 227,
245
modernidad, 150, 167-169
Moliere, 24
monogamia, 63, 152, 153, 173, 174:
sucesiva, 154-157
monos, 60, 102, 122, 124, 185
Moss, Cynthia, 46, 47
motivación, 92, 93:
dopamina en la, 70, 90
para obtener tecompensas, 171,
183, 184
para perseguir a una pareja especial,
56
región cerebral asociada con la, 133
sustancias químicas en la, 65, 73, 74
muerte, 198-200;
véase también homicidio
mujeres, 13, 63, 64:
celos, 197
cerebro enamorado, 134
charla del cortejo, 225, 226
decisiones sobre el emparejamiento,
133,134
dilema obstétrico, 163, 164
elegir pareja, 134-136
estimulación sexual, 101, 102
exhibición de sus atractivos, 130,
131
mercado laboral y, 236, 238, 242
poder y estatus de las, 236-239
simetría, 126
testosterona, 101,102
tristeza de amor, 190, 191
venganza, 200-202
vulnerabilidad, 227
mu rciélagos, 49, 55-58
nacimiento de los hijos, 163, 166:
frecuencia del, 155
Nash, Ogden, 100
naturaleza, 97, 98, 126, 142, 172:
ornamentos en la, 142, 143, 148
necesidad biológica, 166
Nepal, 235
Neruda, Pablo, 103
nerviosismo en los animales, 50-52
neurotransmisores, 86, 87, 93
Nietzsche, Friedrich, 166
niños, 134, 163, 164;
véase también bebés
norepinefrina, 73, 74, 86, 106, 218,
220, 229:
amor romántico y, 69-75,90, 94,98,
221
atracción animal y, 64-67
estrés y, 185, 192
impulso sexual y, 105
techazo y, 201
regiones cerebrales, 74
en la respuesta de protesta, 184
vasopresina y oxitocina, 111, 112
Norman, Christina, 218
novedad, 209, 218, 219, 228:
3 4 3
P O R Q U É AMAMOS
amor romántico y, 231
deseo sexual y, 104, 105
dopamina y, 70, 122
noviazgo, temporalización del, 232
núcleo aecumbens, 65, 209
núcleo caudado, 88-91, 93, 95, 145,
171, 172, 183, 206,215, 233
Nueva Guinea, 125, 181
nuevo amor, descubrimiento del, 216,
217
Oates, Joyce Carol, 30
Oda a una urna griega (Keats), 125
odio/furia, 186-188, 200, 201:
atracción y, 188
redes cerebrales del, 179, 186
Oliva, Tony, 20
Onassis, Jacqueline Kennedy, 125
Ono No Komachi, 26
opiáceos, antagonista de los, 214
oportunidad, 120, 138
orangutanes, 52, 53, 170
Orfeo y Eurídice, 18
orgasmos, 101, 109, 110, 126, 220:
evolución de los, 222, 223
Ortega y Gasset, J., 22
Oso, El (Chejov), 33
osos, 49, 55, 61
Otelo (Shakespeare), 199
ovejas, 66
Ovidio, 99, 105
ovulación, 101, 126, 136, 155
oxitocina, 110-113, 220:
en el apego, 108-110,219, 220
padre (concepto), 156, 244
padres, 111:
relaciones con los, 140, 141
pánico, 183-185, 190
Panksepp, Jaak, 185
Paraíso perdido, El (Milton), 25, 30
paranoia, 179-181
pareja:
dejar marchar a la que nos rechaza,
188,189
necesidad para la cría de los hijos,
112, 150,152-157, 166, 196,
230
pareja, relaciones y vínculos de, 152,
154-156, 241;
en los animales, 62, 63, 65, 66, 108,
109, 154, 155
en nuestros antepasados, hombres y
mujeres, 243, 244
dinámica de las, 140-142
duraderas, 165, 166
temporales, 156, 157
pareja, selección de, 123, 124:
historial, 137-139
mecanismos cerebrales para la, 144,
145
Paris y Helena, 18
paroxetina, 215
Parsiral (Eschenbach), 25
Pascal, Blaise, 186
pasión, 116, 117:
acrecentada por la adversidad, 32-35
control de la, 205-234
y razón, 233, 234
pasión pasajera, 136-138, 140, 141
peces, 50
peligro, 218
pena, 181, 182,214
pene, erección del, 131
3 4 4
H E U V N FISHER
Penny, Malcolm, 50
pensamiento intrusivo, 24, 25, 27,
34
pensamiento obsesivo y concentrado,
80, 84, 150, 229:
serotonina en el, 72, 73, 94
pérdida de apetito, 26, 34, 52-54, 56,
71,73
periodos glaciales, 161
perros, 55, 56, 58,67, 184:
afán posesivo, 61, 62
respuesta de protesta, 184
separación, 192
persistencia, 56, 71, 72:
en animales, 54, 67
personalidad:
en la selección de pareja, 137-140
única, 140-142
variedad de, 141, 142
Petrarca, 211
Pfaff, Don, 93
Pines, Ayala, 140
pinturas rupestres, 168
pistas, en busca de, 30, 31
Platek, Steven, 220
Platón, 29, 40, 85, 94, 232
Plinio, 101
poemas, 17-19, 35, 36
pollitos, 184, 185
«polyamory», 244
pornografía visual, 131
posesión, afán de, 37, 60-63, 84, 113,
114, 195-197, 244, 245:
en los animales, 43, 44, 67
posición estral, 46
Pound, Ezra, 120
pragma, 116
preferencia, 58, 142:
en los animales, 66, 67
dopamina en la, 65, 66, 70
hacia parejas parecidas a uno mismo,
123, 124
preferencias:
en los animales, 56-58, 65
primates, 58, 60, 79, 124, 170
programa de «doce pasos», 210-213
promiscuidad, 137, 138, 150
protesta, respuesta de, 194
Proudhon, Píerre Joseph, 115
proximidad, 120, 121, 137, 138
psicoterapia, 214-216
psique del amor, 140-142
pubertad, 163, 240
punto medio, 124-127
química:
del amor, 69-95
del apego, 108-110
Rabb, George, 50
Racine, Jean Baptiste, 35, 207
Raieigh, sir Walter, 41
Rapson, Richard, 140
ratas, 49, 65, 67, 103, 104, 184, 185
ratones, 153:
decampo, 65, 66, 70, 108, 109, 153
de montaña, 153
razón, pasión y, 232-234
rechazo, 13, 28, 34, 82, 174-181,
207,212,213:
aprendizaje de los niños, 241
fases del, 182-195, 201,212,213
reacción ante el, 194, 195
valor evolutivo, 195
345
P O R QUÉ AMAMOS
recompensa, 186, 227:
amor romántico centrado en la, 93
corteza prefrontal y, 95, 186
demora de la, 71, 231, 232
inalcanzable, 186
recompensa del cerebro, sistema de,
88,90, 145, 192, 233
recompensa mesolímbico, sistema de,
206
reflejo fatal, 202
Reik, Theodor, 113, 141
relación duradera, 13, 112:
amor romántico en, 203
necesidad de, 164, 165
Rembrandt, 246
reproducción:
estrategias de, 173
furia del abandono y, 186-189
sistemas cerebrales en la, 12, 97,
98
reproducción, ventajas de la:
de los celos, 197, 198
en la preferencia por la juventud
y la belleza, 129, 130
reptiles, cerebro de los:
complejo R, 87
resignación (fase), 190-195
Revolución Industrial, 238
rinoceronte negro, 50
rivalidad:
de los pretendientes, 187, 188, 195,
196
Roethke, Theodore, 141
romance, 97-118:
hacer que dure, 205-234
sinfonía de sentimientos, 116-119
Romeo y Julieta, 18, 34
Romeo y Julieta (Shakespeare), 33
Ryden, Hope, 48
Safo, 181
Schaller, George, 52, 53
Sedley, sir Charles, 150
semen, flujo de, 220, 222
Sendak, Maurice, 141
sentimiento, 171,233
separación, ansiedad de, 32, 184-186,
189, 190
septum, 88, 89, 133
seres humanos, 167, 245, 246:
características para atraer a las
parejas, 143, 144
serotonina, 86, 106, 215:
en el amor romántico, 69, 73, 74,
94, 98, 222, 223
para la depresión, 213, 214
ejercicio y, 209
estrés y, 185, 192
fármacos estimulantes de la, 223
en el rechazo, 201
regiones cerebrales, 74
sexo, 137, 226, 231
sexualidad:
conexión sexual, 36, 37
deseo sexual, 36, 37, 113, 114;
sustancias químicas en el, 104¬
106
testosterona y, 102
excitación sexual, 64, 65, 131
exclusividad sexual, 37, 38, 241,
245;
en animales, 63
fantasías sexuales, 101-103
hormonas sexuales, 100-103
346
H E L E N FISHER
impulso sexual, 92, 93, 95, 97-99,
113-115,214,219, 220, 222;
componentes químicos del apego
e, 110-112
do pam in a en el, 103-105
testosterona en el, 101, 102
infidelidad sexual, 196, 197
orientación sexual, 20, 21
selección sexual, 143, 144
unión sexual, 38, 98
Shakespeare, William, I I , 13, 22, 31,
33, 38, 97, 109, 138, 139, 141,
157, 192, 199, 207, 215, 216, 223,
228, 229, 238
Shaver, Philip, 141
Shostak, Marjorie, 107
significado especial, 22
Silentarius, Paulus, 30
simetría, 124-126, 138
simios, 60, 170, 171
Simpson, Greg, 75
Singh, Devendrá, 126-128
sistema inmunitario, 185
Smuts, Barb, 51
Snodgrass, W. D„ 179
Sociedad para el Estudio de los
Corazones Rotos, 182
sociedades cazadoras y recolectoras,
236, 237, 240
sociedades tradicionales, 155
Sócrates, 29
Solomon, Robert, 30
Sprecher, Susan, 82
Sternberg, Robert, 116
Stieglitz, Jonathan, 98
Stony Brook, 12, 77, 86, 176, 177
Strong, Greg, 12, 82
SuTung-Po, 216
Sueño de una noche de verano, El
(Shakespeare), 223
suicidio, 13, 174, 179, 202, 213, 214,
238,244:
en los hombres, 191
inadaptativo, 202, 203
Sumeria, 169
sustancia P, 214
Suzuki, MacGregor, 20
Tagore, Rabindranath, 147
taita, los, 99, 107
talento, 143-145, 162, 165, 172:
evolución del, 157
exhibición del, 164, 166
tamaño entre sexos, diferencias de,
152, 153
tamiles, los, 28
Tannen, Deborah, 224
Taylor, Elizabeth, 119
tejón, 49
telaraña del amor, 95, 97-118
Tempestad, La (Shakespeare), 157
terapia de hablar, 215
Terencio, 183
ternura, 54, 118
testosterona, 71, 104-106, 110, 111,
126, 127, 135, 136, 188, 224:
apego y, 111
cremas y parches de, 240
deseo sexual y, 97, 98, 102
disminución de la, 226
dopaminay, 104, 105
efecto ano depresivo, 214
en el impulso sexual, 101
sexo y, 220, 231
3 4 7
P O R QUÉ AMAMOS
Thomas, Eiizabeth Marshall, 55, 56,
58,61,62
Thompson, Andy, 193, 221
Thompson, Paul M . , 170
Thornhill, Randy, 136
tigres, 54, 55
Tinbergen, Niko, 51
tiroides, hormona de la, 214
tirosina, 220
Traviata, La (Verdi), 40
Trisrán e Isolda, 18, 37, 203
tristeza, 117, 120, 191
Troilo y Crésida, 18
trovadores, 27, 227
Truman, Harry, 131
Turkana, muchacho de, 159-161,
166, 173
TzuYeh, 24
uniones polígamas, 239
vacío, sentimientos de, 116
vasopresina, 109-112, 153, 188, 220,
222:
en el apego, 98, 108
venganza, femenina, 200-202
Verdi, Giuseppe, 40
viagra, 240
Vida oculta de los perros, La (Thomas),
55, 56
vida social, 11, 153, 184, 236-238
violencia, 189, 198, 201
Voltaire, 219
Walsh, William, 197
Washington, George, 39, 86, 90,
216
Watson, Paul, 193
West, Mae, 137
Whitman, Walt, 26, 166
Wilde, Oscar, 227
Wilson, Lars, 54
Winters, Yvor, 30
Wölls tonecraft, Mary, 205
Woolf, Virginia, 24
yanomamo, los, 155
Yates, Donald, 176
Yeats, William Buder, 76, 119
zancada humana, 150-153
Zeig, Jeffrey, 194
Zeki, Semir, 91, 206
zorros, 43, 66, 154
348

por-que-amamos-helen-fisher.pdf

  • 1.
  • 2.
    H E LE N F I S H E R P O R QUÉ AMAMOS NATURALEZA Y QUÍMICA DEL AMOR ROMÁNTICO Traducción de Victoria E. Gordo del Rey TAURUS PENSAMIENTO
  • 3.
    Título original: WhyWe I A V * . The Nature and Chemistry of Roimtntic Ijome © Helen Fisher, 2004 © De esta edición: Santitlana Ediciones Generales, S. L„ 2004 Torrelaguna, 60. 28043 Madrid Teléfono 91 744 90 60 Telefax 01 744 92 24 www. taurus. san tillan a.es • Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A. Beazley 3860. 1437 Buenos Aires • Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A. de C. V. Avda. Universidad, 767, Col- del Valle, México, D.F. C. P. 03100 • Distribuidora y Editora Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A. Calle 80, n . ° 10-23 Teléfono: 635 12 00 Santafé de Bogotá, Colombia Diseño de cubierta; Fep Garrió, Sonia Sánchez y Paco Lacasta cultura L i b r e ISBN: 84-30&O552-5 Dep. Legal: M-18.887-2004 Printed in Spain - Imprest) en Espana Queda prohibida, salvo excepción prevista en ta ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de Los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 870 y sgts. Código Penal).
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    ÍNDICE A l lector1 1 1. « E S E SALVAJE F R E N E S Í » . Estar enamorado 1 7 2 . M A G N E T I S M O A N I M A L . El amor entre los animales 4 3 3 . L A Q U Í M I C A D E L A M O R . Escanear el cerebro "enamorado» 6 9 4 . L A T E L A R A Ñ A D E L A M O R . Deseo, romance y apego 9 7 5 . « E S E P R I M E R E M B E L E S O D E S P R E O C U P A D O Y M A R A V I L L O S O » . A quién elegimos 1 1 9 6. P O R Q U É A M A M O S . La evoluáón del amor romántico 1 4 7 7. E L A M O R PERDIDO. Rechazo, desesperación y furia 1 7 5 8. C O N T R O L A R L A PASIÓN. Cómo conseguir que el amor dure . . . . 2 0 5 9. « L A L O C U R A D E L O S D I O S E S » . El triunfo del amor 2 3 5 A P É N D I C E 2 4 7 N O T A S 2 6 5 B I B L I O G R A F Í A 2 9 1 A G R A D E C I M I E N T O S 3 2 9 Í N D I C E A N A L Í T I C O 3 3 1
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    Para Lorna, Ray,Audrey y el resto de mi familia
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    (No hables, acércate,escucha lo que te estoy d i c i e n d o al oído, Te quiero, me posees p o r entero, O h , h u i r tú y yo de los demás, irnos de u n a vez, libres y sin ley, Dos gavilanes en el aire, dos peces en el mar, no son más libres que nosotros), La furiosa t o r m e n t a atravesándome, yo t e m b l a n d o de pasión, El j u r a m e n t o de ser inseparables y de estar juntos, de la mujer que me a m a y a q u i e n yo a m o más que a mi vida, atándome a ese j u r a m e n t o , ¡Oh, todo lo arriesgo p o r t i ! W A L T W H I T M A N «De dolientes ríos enajenados»
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    A L LECTOR «¿Quées el amor?», se preguntaba Shakespeare. Pero el ilustre bardo no fue el p r i m e r o en hacerlo. Sospecho que hace un millón de años nuestros antepasados ya reflexionaban sobre esta cuestión, cuando se sentaban alrededor de las hogueras o se tumbaban a con- templar las estrellas: En este libro he tratado de responder a esta pregunta aparente- mente sin respuesta. Varios motivos me h a n llevado a hacerlo. He amado y ganado, y he amado y perdido; he experimentado la ale- gría y el sufrimiento del a m o r romántico. P o r otra parte, tengo el convencimiento de que esta pasión es u n a de las piedras angulares de la vida social h u m a n a ; la certeza de que todo ser h u m a n o de cualquier época ha sentido el frenesí y la desesperación del a m o r ro- mántico; y, lo que quizas sea más importante, la seguridad de que u n a mejor comprensión de este torbellino puede ayudar a encon- trar y a mantener esta gloriosa pasión. Así que, en 1996, comencé u n a investigación compuesta de va- rias partes dirigida a desentrañar ese misterio de los misterios, la experiencia de «estar enamorado». Por qué amamos. Por qué elegi- mos a las personas que elegimos. C ó m o varían los sentimientos ro- mánticos entre hombres y mujeres. El amor a primera vista. El amor y el deseo. El a m o r y el m a t r i m o n i o . El a m o r a n i m a l . C ó m o ha evo- lucionado el amor. El a m o r y el odio. El cerebro enamorado. Estos temas se convirtieron en el objeto principal de este libro. También esperaba llegar a comprender mejor c ó m o podríamos controlar este impredecible y a m e n u d o peligroso fuego del corazón. 1 1
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    P O RQ U É AMAMOS El a m o r romántico es, en mi opinión, u n a de las tres redes cere- brales primigenias que evolucionaron para dirigir el apareamiento y la reproducción. El deseo, el ansia de satisfacción sexual, nació para motivar a nuestros antepasados a encontrar la unión sexual con casi cualquier pareja. El amor romántico, la euforia y la obsesión de «estar enamorado» les permitía concentrar sus esfuerzos en el cortejo de un solo individuo cada vez, ahorrando así un tiempo y u n a energía de inestimable valor para el apareamiento. El cariño, el sentimien- to de calma, paz y seguridad que sentimos a m e n u d o hacia u n a pare- ja duradera, evolucionó para motivar a nuestros antepasados a amar a su pareja el tiempo suficiente para criar juntos a sus hijos. En resumen, el a m o r romántico está profundamente enraizado en la arquitectura y la química del cerebro h u m a n o . Pero, ¿qué es lo que realmente produce esta cosa llamada amor? Para investigarlo, decidí utilizar la tecnología más avanzada de escáner cerebral, la imagen por resonancia magnética f u n c i o n a l (IMRf), c o n el fin de tratar de registrar la actividad cerebral de los hombres y mujeres que acaban de enamorarse perdidamente. P a r a esta importante parte de mi investigación, tuve la suerte de contar c o n la colaboración de dos colegas excepcionalmente pre- parados, la doctora L u c y L. B r o w n , neuróloga del A b e r t Einstein College of M e d i c i n e , y el doctor A r t h u r A r o n , psicólogo de investi- gación de la State University of N e w York ( S U N Y ) de Stony B r o o k . D e b r a Mashek, p o r entonces estudiante de doctorado en psicolo- gía, G r e g Strong, otro estudiante de posgrado, y el doctor H a i f a n g L i , radiólogo —todos ellos de la S U N Y de Stony B r o o k y personas de gran talento—, desempeñaron también un papel fundamental. Durante seis años, he escaneado los cerebros de más cuarenta h o m - bres y mujeres locamente enamorados, recogiendo a p r o x i m a d a - mente ciento cuarenta y cuatro imágenes de la actividad cerebral de cada uno. La m i t a d de nuestros participantes eran hombres y mujeres cuyo a m o r era correspondido; el resto habían sido recien- temente rechazados p o r la persona que adoraban. Queríamos estu- diar toda la gama de los diversos sentimientos asociados a «estar enamorado». Los resultados fueron sorprendentes. E n c o n t r a m o s diferencias de género que podrían explicar p o r qué los hombres responden 12
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    H E ÍÍ N F l S H E K tan apasionadamente a los estímulos visuales y p o r qué las mujeres pueden recordar los detalles de u n a relación. Descubrimos las for- mas en las que el cerebro e n a m o r a d o va cambiando c o n el tiempo. D e t e r m i n a m o s algunas de las regiones cerebrales que se activan cuando se experimenta el éxtasis romántico, información que su- giere nuevas maneras de mantener vivo el romance en las parejas de larga duración. Llegué a la conclusión de que los animales sien- ten cierta f o r m a de atracción romántica entre sí. Nuestros descu- brimientos arrojaron nueva luz sobre las conductas de acoso y otros crímenes pasionales. A h o r a sé algo más sobre lo que hace que nos sintamos tan deprimidos y enfadados cuando nos recha- zan e incluso sobre algunas formas de estimular el cerebro para ali- viar la angustia. Y lo que es aún más importante: nuestros resultados cambiaron mi m a n e r a de pensar acerca de la verdadera esencia del a m o r ro- mántico. Alcancé a ver esta pasión c o m o un impulso h u m a n o f u n - damental. Al igual que el ansia de alimento o de agua y el instinto maternal, se trata de u n a necesidad fisiológica, un i m p u l s o p r o f u n - do, un instinto que consiste en cortejar y conseguir a un determi- nado compañero para aparearse. Este impulso de enamorarse ha inspirado algunas de las óperas, obras de teatro y novelas más fascinantes creadas p o r el ser h u m a - no, nuestros poemas más conmovedores y las melodías más evoca- doras, las esculturas y cuadros más bellos, nuestros festivales, mitos y leyendas más atractivos. El a m o r romántico ha embellecido el m u n d o y ha llenado a muchos de u n a tremenda alegría. Pero cuan- do el a m o r es desairado, puede causar u n a terrible pena. El acoso, el homicidio, el suicidio, la depresión p r o f u n d a provocados p o r el rechazo amoroso, así c o m o las altas tasas de divorcios y adulterios son frecuentes en las sociedades de todo el m u n d o . Ha llegado el m o m e n t o de plantearse la pregunta de Shakespeare: «¿Qué es el amor?» Espero que este libro sea tan útil al lector como ha sido para mí escribirlo, en nuestra m u t u a y eterna danza con esta fuerza desco- m u n a l : el instinto de enamorarse. 13
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    P O RQ U É A M A M O S
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    1 «ESE SALVAJE FRENESÍ» Estarenamorado El mundo, para mí, y todo lo que abarca, lo rodean tus brazos; para mí, allí se encuentra, dentro de las luces y las sombras de tus ojos, la única belleza que nunca envejece. J A M E S W E L D O N J O H N S O N «Beauty That Is Never Oíd» E l fuego m e recorre e l c u e r p o — e l d o l o r d e amarte. E l d o l o r m e recorre el cuerpo c o n las llamas d e l a m o r que siento p o r ti. La en- fermedad d e l a m o r p o r ti me i n u n d a el cuerpo. El d o l o r es c o m o un furúnculo a punto de explotar de mi a m o r p o r ti. C o n s u m i d o por el fuego de mi a m o r p o r ti. Recuerdo lo que me dijiste. Pienso en tu a m o r por mí. Me desgarra tu a m o r p o r mí. D o l o r y más dolor. ¿Dónde te vas c o n mi amor? Me dicen que te irás de aquí. Me d i c e n que me abandonarás. Mi cuerpo está entumecido de dolor. Re- cuerda lo que te he dicho, mi amor. Adiós, mi amor, adiós1 . Así se expresaba un i n d i o k w a k i u t l d e l sur de A l a s k a en este desolador poema traducido de su lengua m a t e r n a en 1896. ¿Cómo se h a n amado hombres y mujeres de todas las épocas? ¿Cuántos de sus sueños se h a n cumplido? ¿Cuántas de sus pasiones se han malgastado? A m e n u d o , mientras camino o me siento a m e d i - tar, me pregunto p o r todos los conmovedores romances aconteci- dos en este planeta. A f o r t u n a d a m e n t e , los h o m b r e s y mujeres de el m u n d o entero nos h a n dejado gran cantidad de pruebas de sus vidas románticas. Desde U r u k , en la antigua Sumeria, nos h a n llegado poemas en tablillas cuneiformes que celebran la pasión de Inanna, R e i n a de Su- meria, p o r D u m u z i , un joven pastor. «Mi amado, la delicia de mis ojos», gemía I n a n n a hace más de cuatro m i l años2 . 17
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    P O RQUÉ AMAMOS Los védicos y otros textos de la India, de los cuales los más anti- guos están datados entre 1000 y 700 a. de C, cuentan que Shiva, el mítico Dios del Universo, estaba encaprichado de Sati, u n a joven india: Se vio a él mismo c o n Sati sobre la c u m b r e de u n a montaña / enlazados por el a m o r 3 . P a r a algunos, la f e l i c i d a d no llegó n u n c a . T a l fue el caso de Qais, el hijo d e l jefe de u n a t r i b u de la antigua A r a b i a . Según u n a leyenda árabe que se r e m o n t a al siglo v i l , Qais era un j o v e n her- moso e inteligente hasta que c o n o c i ó a L a i l a , n o m b r e que signifi- ca «noche» y que respondía a su cabello negro azabache4 . H a s t a tal p u n t o se sentía Qais o b n u b i l a d o p o r ella, que un día en la es- cuela se levantó de su silla y salió c o r r i e n d o a gritar su n o m b r e p o r las calles, p o r lo que en adelante se íe c o n o c i ó c o m o M a j n u n , o sea, loco. AI p o c o M a j n u n c o m e n z ó a vagar p o r las arenas d e l desierto, viviendo en cuevas c o n los animales y recitando versos a su a m a d a , mientras que L a i l a , e n c e r r a d a en la tienda de su p a - dre, se escapaba p o r la noche p a r a lanzar al viento sus mensajes de amor. L o s compasivos transeúntes que p o r allí pasaban lleva- b a n sus llamamientos al j o v e n poeta de m e l e n a salvaje y cuerpo casi desnudo. Su m u t u a pasión conduciría finalmente a u n a gue- r r a entre sus tribus y a la m u e r t e de los amantes. Sólo q u e d a esta leyenda. También M e i l a n vivía en plena agonía. Según la fábula c h i n a del siglo xn titulada La diosa dejade, M e i l a n , de quince años, era la hija m i m a d a de un alto oficial de K a i f e n g hasta que se enamoró de C h a n g Po, un joven vivaz, de dedos largos y finos y c o n un talento es- pecial para tallar el jade. U n a mañana, en el jardín familiar, C h a n g Po se declaró a M e i l a n diciéndole: «Desde que se crearon el cielo y la tierra, tú y yo fuimos hechos el u n o para el otro y no te dejaré marchar»5 . S i n embargo, los amantes pertenecían a clases distintas dentro del rígido y jerárquico o r d e n social chino. Desesperados, se fugaron, aunque p r o n t o fueron descubiertos. Él escapó. A ella la enterraron viva en el jardín de su padre. P e r o la leyenda de M e i l a n sigue presente en el corazón de muchos chinos. R o m e o y j u l i e t a , Paris y H e l e n a , O r f e o y Eurídice, A b e l a r d o y Eloisa, Troilo y Crésida, Tristán e Isolda: miles de poemas, canciones e historias románticas nos h a n llegado durante siglos desde la vieja 18
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    H E LE N FISHER Europa, Oriente Próximo, Japón, C h i n a , India y todas las socieda- des de las que h a n quedado testimonios escritos. Incluso d o n d e no se cuenta c o n documentos escritos, h a n que- dado rastros de esta pasión. En efecto, en un estudio sobre c i e n - to sesenta y seis culturas diferentes, los antropólogos e n c o n t r a - ron vestigios de a m o r romántico en ciento cuarenta y siete, casi el noventa p o r ciento de ellas6 . En las diecinueve restantes, este aspecto de la v i d a de las personas s i m p l e m e n t e no fue analizado por los científicos. P e r o desde Siberia hasta el i n t e r i o r de A u s t r a - lia y el A m a z o n a s , la gente canta canciones de amor, c o m p o n e poemas de a m o r o n a r r a mitos y leyendas de a m o r romántico. M u c h o s practican la m a g i a a m o r o s a llevando amuletos y reali- zando hechizos, o utilizando condimentos o pócimas p a r a estimu- lar la pasión romántica. M u c h o s se fugan c o n su pareja. M u c h o s sufren intensamente p o r u n a m o r n o c o r r e s p o n d i d o . A l g u n o s matan a sus amantes. O t r o s se m a t a n a sí mismos. M u c h o s acaban sumidos en u n a p e n a tan p r o f u n d a que apenas p u e d e n c o m e r o dormir. A partir de la lectura de poemas, canciones e historias proce- dentes del m u n d o entero, he llegado al convencimiento de que la capacidad de a m o r romántico se encuentra firmemente enraizada en el tejido d e l cerebro h u m a n o . El a m o r romántico es u n a expe- riencia h u m a n a universal. ¿En qué consiste este sentimiento volátil y a m e n u d o incontrola- ble que nos absorbe la mente, trayéndonos la felicidad en un mo- mento y la desesperación al siguiente?7 . E L E S T U D I O D E L A M O R « O h , cuéntame la v e r d a d sobre el a m o r » , e x c l a m a b a el p o e t a W . H . A u d e n . P a r a c o m p r e n d e r l o que esta p r o f u n d a experiencia h u m a n a conlleva en realidad, revisé la literatura psicológica sobre el amor romántico, seleccionando las características, síntomas o condiciones que se mencionaban repetidamente. C o m o es lógico, este potente sentimiento se c o m p o n e de muchas características es- pecíficas8 . 19
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    P O RQ U É AMAMOS Así pues, para asegurarme de que estas características de la pa- sión romántica son universales, las utilicé c o m o base p a r a elaborar u n cuestionario basado e n e l a m o r romántico. Y c o n l a ayuda d e Michelle Cristiani, entonces estudiante de posgrado en la Rutgers Universidad, y de los doctores M a r i k o Hasagawa y Toshikazu Hasa- gawa de la U n i v e r s i d a d de T o k i o , lo distribuí entre los h o m b r e s y mujeres tanto de la Rutgers U n i v e r s i d a d de N u e v a Jersey c o m o de la Universidad de Tokio. La encuesta c o m e n z a b a así: «Este cuestionario trata sobre "estar enamorado", los sentimientos de sentirse encaprichado, apasiona- do o fuertemente atraído en un sentido romántico p o r alguien. Si en este m o m e n t o no está " e n a m o r a d o " de nadie, pero ha sentido u n a intensa pasión p o r alguien en el pasado, responda a las pre- guntas teniendo a dicha persona en mente». Después se realizaban va- rias preguntas de tipo demográfico a los participantes, en relación c o n su e d a d , situación e c o n ó m i c a , religión, p e r t e n e n c i a étnica, orientación sexual y estado civil. También se f o r m u l a b a n p r e g u n - tas sobre sus relaciones amorosas, p o r ejemplo: «¿Cuánto tiempo ha estado enamorado?». «¿Qué porcentaje a p r o x i m a d o de un día n o r m a l se le viene esa persona al pensamiento?». Y, «¿A veces se siente incapaz de controlar sus sentimientos?». A continuación venía el c u e r p o d e l cuestionario (ver Apéndi- ce) . Contenía c i n c u e n t a y cuatro cuestiones, d e l tipo: «Tengo más energía c u a n d o estoy c o n ». «Se me desboca el corazón c u a n - do oigo la voz de al teléfono». Y «Cuando estoy en c l a s e / e n el trabajo me viene a la m e n t e ». Elaboré estas preguntas con la intención de reflejar las características más c o m ú n m e n t e asociadas c o n el a m o r romántico. Se pedía a los encuestados que i n d i c a r a n en qué m e d i d a aceptaban cada cuestión siguiendo u n a escala de siete p u n t o s desde «muy en desacuerdo» a «muy de acuerdo». El cuestionario fue contestado p o r un total de cuatro- cientos treinta y siete estadounidenses y cuatrocientos dos j a p o n e - ses. Después, los profesionales de la estadística M a c G r e g o r S u z u k i y Tony O l i v a r e u n i e r o n todos los datos y realizaron el análisis esta- dístico. L o s resultados fueron sorprendentes: la edad, el género, la orien- tación sexual, la afiliación religiosa, el g r u p o étnico... N i n g u n a de 2 0
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    H E LE N FISHER estas variables humanas marcaba prácticamente diferencia alguna en las respuestas. P o r ejemplo, las respuestas de personas pertenecientes a dife- rentes grupos de edad no presentaron diferencias significativas en el 82 p o r ciento de las preguntas. En el 87 p o r ciento de ellas, los hombres y las mujeres estadounidenses respondieron práctica- mente igual: no h u b o apenas diferencias relacionadas c o n el géne- ro. L o s «blancos» y «otros» estadounidenses respondieron de for- ma similar al 82 p o r ciento: la raza no representó apenas n i n g u n a diferencia en cuanto al fervor romántico. Los católicos y los protes- tantes no mostraron variaciones significativas en el 89 p o r ciento de las cuestiones: la afiliación religiosa tampoco constituyó un factor diferenciados Y c u a n d o estos grupos sí mostraban en sus respues- tas diferencias «estadísticamente significativas», generalmente se de- bía a que u n o de ellos era ligeramente más apasionado que el otro. Las mayores diferencias se producían entre estadounidenses y japoneses. En la mayoría de las cuarenta y tres cuestiones en las que se detectaron variaciones estadísticamente significativas, era senci- llamente p o r q u e u n a nacionalidad expresaba un grado algo supe- rior de pasión romántica. Y e n las doce cuestiones en las que se m a - nifestaron diferencias claramente significativas, el hecho parecía deberse en todos los casos a razones culturales obvias. P o r ejemplo, sólo el 24 p o r ciento de los estadounidenses se mostraba de acuer- do c o n la afirmación: «Cuando hablo c o n , a m e n u d o tengo miedo de decir algo incorrecto», mientras que un aplastante 65 por ciento de los japoneses estaba de acuerdo c o n ella. Sospecho que esta variación específica se produjo porque las relaciones c o n el sexo opuesto son menores en número y revisten un carácter más formal en el caso de los jóvenes japoneses que en el de los estadou- nidenses. P o r tanto, teniendo todo esto en cuenta, los hombres y las mujeres de estas sociedades tan diferentes tenían sentimientos de pasión romántica m u y similares. E l a m o r romántico. E l a m o r obsesivo. E l a m o r apasionado. E l encaprichamiento. C u a l q u i e r a que sea el n o m b r e que le demos, los hombres y las mujeres de cada época y de cada cultura h a n sido «seducidos, perturbados y desconcertados» p o r este poder irresisti- ble. Estar enamorado eíalgo c o m ú n a toda la h u m a n i d a d . Es parte 21
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    P U RQ U É AMAMOS de la naturaleza h u m a n a 9 . P o r otra parte, esta magia se presenta ante cada uno de nosotros de f o r m a m u y similar. S I G N I F I C A D O ESPECIAL U n a de las primeras cosas que ocurre c u a n d o nos enamoramos es que experimentamos un cambio brusco en nuestra conciencia: el «objeto de nuestro amor» cobra lo que los psicólogos l l a m a n un «significado especial». La persona a m a d a se convierte en algo nue- vo, único y sumamente importante. C o m o u n a vez dijo un h o m b r e enamorado: «Todo mi m u n d o había cambiado. Tenía un nuevo centro, y ese centro era Marilyn»1 0 . El R o m e o de Shakespeare ex- presó el mismo sentimiento de f o r m a mas sucinta al decir de su adorada: «Julieta es el sol». Antes de que la relación se convierta en un a m o r romántico, po- demos sentirnos atraídos por diferentes individuos, dirigiendo nues- tra atención p r i m e r o a uno, luego a otro. Pero finalmente acabamos por concentrar nuestra pasión en uno de ellos. E m i l y D i c k i n s o n lla- maba a este m u n d o privado «el reino de ti». Este f e n ó m e n o está r e l a c i o n a d o c o n la i n c a p a c i d a d h u m a n a para sentir pasión romántica p o r más de u n a persona a la vez. En mi estudio, el 79 p o r ciento de los hombres y el 87 p o r ciento de las mujeres decían que en caso de que su amado no estuviera disponi- ble, no buscarían un encuentro romántico c o n otra persona (Apéndice, nB 19). A T E N C I Ó N C O N C E N T R A D A La persona poseída p o r el a m o r centra casi toda su atención en el amado, c o n frecuencia en d e t r i m e n t o de c u a l q u i e r otra cosa o persona que le rodee, i n c l u y e n d o el trabajo, la f a m i l i a y los a m i - gos. O r t e g a y Gasset, el filósofo español, se refería a ello c o m o «un estado a n o r m a l de atención que se produce en un h o m b r e nor- mal». Esta atención c o n c e n t r a d a es un aspecto clave d e l a m o r romántico. 22
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    H E LE N FISHER Los hombres y las mujeres que sienten este e n c a p r i c h a m i e n t o también se concentran en todos los hechos, canciones y otras pe- queñas cosas que h a n llegado a asociar c o n el ser a m a d o . El m o - mento en el que, paseando p o r el parque, él se detuvo a enseñarle a ella un nuevo brote de la primavera; la n o c h e en que ella le l a n - zó unos limones mientras él preparaba las bebidas: para los atra- pados p o r el amor, estos m o m e n t o s intrascendentes c o b r a n vida propia. El 73 p o r ciento de los h o m b r e s y el 85 p o r ciento de las mujeres de mi estudio r e c o r d a b a n cosas triviales q u e su a m a d o había d i c h o o h e c h o (Apéndice, ne 46). Y el 83 p o r ciento de los hombres y el 90 p o r ciento de las mujeres reproducían en su mente estos preciosos episodios cuando pensaban en su ser amado (Apén- dice, n a 52). Miles de millones de amantes probablemente se h a n sentido i n - vadidos p o r u n a repentina ternura c u a n d o pensaban en los m o - mentos pasados c o n su enamorado. Un conmovedor ejemplo de ello es un p o e m a c h i n o del siglo I X , La estera de bambú de Y u a n C h e n . G h e n se lamentaba: «No soy capaz de guardar / la estera de bambú: / desde que a q u e l l a n o c h e en q u e te llevé a tu casa, / vi c ó m o la extendías»1 1 . Para C h e n , un objeto cotidiano había adqui- rido u n a dimensión simbólica. El r o m a n c e Lancelot, escrito en el siglo xn p o r Chréüen de T r o - yes, ilustra este m i s m o aspecto de la pasión romántica. En esta epo- peya, Lancelot encuentra el peine de la reina G i n e b r a tirado en el camino después de que ella y su séquito h u b i e r a n pasado p o r allí. Algunos de sus rubios cabellos habían quedado enganchados en las púas. C o m o escribió de Troyes: «Comenzó a adorar sus cabellos; cientos de miles de veces se tocaba c o n ellos los ojos, la boca, la frente, las mejillas»1 2 . E N G R A N D E R A L SER A M A D O La persona que se e n a m o r a también empieza a engrandecer, i n - cluso a magnificar pequeños aspectos de su amado. Si se les insiste, casi todos los amantes p u e d e n e n u m e r a r las cosas que no les gus- tan de su amor. Pero no d a n i m p o r t a n c i a a estas percepciones o se 23
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    P O RQ U É AMAMOS convencen a sí mismos de que constituyen defectos únicos y encan- tadores. «Así, los amantes consiguen, a causa de su pasión / amar a sus damas incluso p o r sus defectos», reflexionaba M o l i e r e . Así es. Algunos llegan incluso a adorar a sus amados p o r sus defectos. Y los amantes veneran las cualidades positivas de sus enamora- dos, ignorando de f o r m a flagrante la r e a l i d a d 1 3 . Es la vida vista de color de rosa, lo que los psicólogos l l a m a n el «efecto de las lentes rosas». V i r g i n i a W o o l f describía esta visión miope m u y graficamen- te; decía: «Pero el amor... es sólo u n a ilusión. U n a historia que u n o construye en su mente sobre otra persona. Y u n o es consciente todo el tiempo de que no es verdad. P o r supuesto que lo sabe; p o r eso siempre tiene cuidado de no destruir la ilusión». Nuestra muestra de encuestados estadounidenses y japoneses ilustra perfectamente este efecto de las lentes rosas. A l r e d e d o r de un 65 p o r ciento de los hombres y un 55 p o r ciento de las mujeres del estudio se mostraban de acuerdo c o n la afirmación: « tie- ne algunos defectos, pero en realidad no me molestan» (Apéndice, n2 3). Y e l 64 p o r ciento de los h o m b r e s y el 61 p o r ciento de las mujeres estaban de acuerdo c o n la frase «Me gusta todo de » (Apéndice, n a 1 0 ) . Cómo nos engañamos a nosotros mismos cuando amamos. C h a u - cer tenía razón: «El a m o r es ciego». « P E N S A M I E N T O I N T R U S I V O » U n o de los principales síntomas del a m o r romántico es la m e d i - tación obsesiva sobre la persona amada. Es lo que los psicólogos lla- m a n el «pensamiento intrusivo». Sencillamente, no puedes quitar- te a tu amado de la cabeza. Los ejemplos acerca d e l pensamiento intrusivo a b u n d a n en la l i - teratura de todo el m u n d o . Un poeta c h i n o del siglo rv, T z u Yeh, es- cribió: « C ó m o n o pensar e n t i — » 1 4 . U n poetajaponés anónimo d e l siglo V I H se lamentaba: «Mi anhelo de ti no cesa nunca». G i r a u t de B o r n e i l , un trovador francés del siglo x i i , cantaba: «Porque te a m o demasiado... tan terriblemente mis pensamientos me a t o r m e n - tan»1 5 . Y un nativo maorí de N u e v a Zelanda expresaba su sufri- 24
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    H E I- E N F l S H E R miento c o n estas palabras: «Paso despierto la noche entera, / para que el a m o r se alimente de mí en secreto». Quizas el ejemplo más evidente de pensamiento intrusivo se en- cuentre, sin embargo, en u n a obra maestra de la E d a d M e d i a , Parsi- fal, de Wolfram von Eschenbach. En esta historia, Parsifal iba cabal- gando en su corcel c u a n d o vio tres gotas de sangre en la nieve del invierno, derramadas p o r un pato salvaje que había sido cazado por un halcón. Esto le recordó la tez de porcelana y carmesí de su esposa, Condwiramour. Paralizado, Parsifal se detuvo, ensimisma- do, helándose sobre sus estribos. «Y así estuvo meditando, p e r d i d o en sus pensamientos, hasta que sus sentidos / le abandonaron. El poderoso a m o r le tenía subyugado»1 6 . Desafortunadamente, Parsifal mantenía su lanza erecta, u n a se- ñal caballeresca de desafío. Al poco, dos caballeros, que acampa- ban en un prado cercano c o n el rey A r t u r o , le vieron y se acercaron al galope para enfrentarse a él en u n a justa. Pero hasta que u n o de los perseguidores de Parsifal no dejó caer u n a bufanda amarilla so- bre las gotas de sangre, Parsifal no salió de su e n s i m i s m a m i e n t o amoroso, bajando su a r m a y evitando un combate a muerte. El a m o r es poderoso. No sorprende que el 79 por ciento de los hombres y el 78 por ciento de las mujeres de mi estudio manifiesten que cuando estaban en clase o en el trabajo su mente se volvía conti- nuamente hacia su amado (Apéndice, na 24). Y e l 47 p o r ciento de los hombres y el 50 por ciento de las mujeres estuvieron de acuerdo en que «por cualquier motivo, mi mente parece acabar pensando siempre en (Apéndice, nc 36). Otros estudios arrojan resulta- dos similares. Los encuestados afirman pensar en su «objeto amado» durante el 85 por ciento del tiempo que pasan despiertos1 7 . Qué acertadas las palabras de M i l t o n en El paraíso perdido, cuan- do Eva le dice a Adán, «Conversando contigo, pierdo la noción del tiempo». F U E G O E M O C I O N A L De los ochocientos treinta y nueve estadounidenses y japoneses que f o r m a n la muestra de mi estudio sobre el a m o r romántico, el 25
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    P O RQ U É AMAMOS 80 por ciento de los hombres y el 79 p o r ciento de las mujeres dije- r o n estar de acuerdo c o n la afirmación «Cuando estoy seguro de que siente pasión hacia mí, me siento más ligero que el aire» (Apéndice, nB 32). Ningún aspecto de «estar e n a m o r a d o » resulta tan f a m i l i a r al amante como el torrente de intensas emociones que corre p o r su mente. Algunos se vuelven increíblemente tímidos o torpes en pre- sencia de la persona amada. Otros palidecen, tiemblan, tartamude- an, sudan, sienten que se les d o b l a n las rodillas, n o t a n mareos o «mariposas en el estómago». Otros dicen que se les acelera la respi- ración. Y muchos dicen sentir fuego en el corazón. Catulo, el poeta latino, se vio totalmente arrastrado. En u n a car- ta a su amada, decía: «pues tan p r o n t o c o m o te he visto, Lesbia, nada queda en mí. Mi lengua enmudece; u n a leve llama se aviva bajo mis miembros»1 8 *. O n o N o K o m a c h i , u n a poetisa japonesa del si- glo ix, escribió: «Yago despierta, ardiendo / c o n el fuego creciente de la pasión / explotando, resplandeciendo en mi corazón»1 9 . La es- posa del Cantar de los Cantares, el p o e m a de a m o r hebreo compues- to entre el 900 y 300 a. de C, se lamentaba: «Desfallezco de amor»2 0 . Y e l poeta estadounidense Walt W h i t m a n describió perfectamente este torbellino e m o c i o n a l , diciendo: «la furiosa t o r m e n t a atrave- sándome, yo temblando de a m o r » 2 1 . Los amantes hacen volar u n a cometa de euforia tan desboca- da que muchos apenas p u e d e n comer o dormir. E N E R G Í A I N T E N S A La pérdida de apetito o el i n s o m n i o están directamente relacio- nados c o n otra de las abrumadoras sensaciones del amor: u n a tre- m e n d a energía. C o m o un joven de la isla M a n g a i a del Pacífico Sur le dijo a un antropólogo, c u a n d o pensaba en su amada, «se sentía capaz de tocar el cielo»2 2 . El 64 por ciento de los hombres y el 68 por ciento de las mujeres de nuestro estudio también afirmaban * Catulo, Poemas, Gredos, Madrid, 2001, ( N . de laT.) 2 6
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    H K LE N FISHER que su corazón se aceleraba cuando escuchaban la voz de la perso- na amada al teléfono (Apéndice, nc 9). Y el 77 p o r ciento de los hombres y el 76 p o r ciento de las mujeres manifestaron sentir u n a oleada de energía cuando estaban con su amado (Apéndice, ne 17). Bardos, juglares, poetas, dramaturgos, novelistas: hombres y mujeres h a n glosado durante siglos esta química energizante, así como el torpe tartamudeo y el nerviosismo, los fuertes latidos del corazón y la dificultad al respirar que pueden acompañar al amor romántico. Pero de todos los que h a n comentado este pandemó- n i u m físico y psíquico, n i n g u n o ha sido tan gráfico c o m o Andreas Capellanus, o Andrés el Capellán, un erudito francés de la década de 1180 que frecuentó los ambientes cortesanos más distinguidos y escribió De arte honesti amandi o Tratado sobre el amor, un clásico de la literatura de la época. Durante este siglo fue c u a n d o nació la tradición d e l a m o r cortés en Francia. Este código c o n v e n c i o n a l prescribía la c o n d u c t a d e l amante hacia la amada. El amante era c o n frecuencia un trovador, esto es, un poeta, músico y cantante de gran erudición, que a me- n u d o tenía el rango de caballero. Su amada era, en muchos casos, una mujer casada c o n el señor de u n a distinguida casa europea. Es- tos trovadores componían y luego cantaban versos llenos de ro- manticismo para homenajear y agradar a la señora de la casa. S i n embargo, estos «romances» debían ser castos y tenían que observar estrictamente los complejos códigos de la conducta caba- lleresca. Así, en este l i b r o , Capellanus codificaba las normas d e l amor cortés. S i n saberlo, estaba e n u m e r a n d o también muchas de las principales características d e l a m o r romántico, entre ellas, la turbulencia interior del amante. C o m o él supo expresar c o n gran acierto: «Cuando de repente alcanza a ver a su amada, el corazón del amante empieza a palpitar». «Por lo general, todos los amantes palidecen en presencia de su amada»2 3 . Y «Un h o m b r e atormenta- do p o r el pensamiento del a m o r come y d u e r m e m u y p o c o » 2 4 . Este cultivado clérigo se refería también al «pensamiento i n t r u - sivo» que experimentan los amantes, diciendo: «Todo lo que hace un amante desemboca en pensar en la amada». Y «Un verdadero amante está obsesionado continua e i n i n t e r r u m p i d a m e n t e p o r la imagen de su amada». También reconocía que el amante centra 27
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    P O RQUÉ AMAMOS toda su atención en u n a sola persona cuando ama, al decir: «Nadie puede amar a dos personas al m i s m o tiempo » 2 5 . Casi m i l años después, los aspectos fundamentales del a m o r ro- mántico no h a n cambiado. C A M B I O S D E H U M O R : D E L ÉXTASIS A L A D E S E S P E R A C I Ó N «Navega a la deriva p o r el agua azul / bajo la clara l u n a , / reco- giendo lirios blancos en el L a g o del Sur. / C a d a flor de loto / le ha- blará de a m o r / hasta que su corazón se rompa». P a r a el poeta c h i - no del siglo Víll Li Po, el r o m a n c e era d o l o r o s o 2 6 . Los sentimientos amorosos se elevan a lo más alto y caen en p i - cado. Si el amado cubre de atenciones a su amante, si l l a m a regu- larmente, escribe correos electrónicos afectuosos o q u e d a c o n su enamorado para c o m e r y divertirse u n a tarde o u n a noche, el m u n - do se i l u m i n a . Pero si su adorado muestra indiferencia, llega tarde o no llega, no responde a los correos electrónicos, llamadas telefó- nicas o cartas, o envía alguna otra señal negativa, el amante c o m i e n - za a desesperarse. Apáticos, deprimidos, estos pretendientes que- dan abatidos hasta que puedan encontrar u n a explicación para el comportamiento de la persona amada, aliviar su corazón pisoteado y reanudar la persecución. L a pasión romántica p u e d e p r o d u c i r u n a g r a n v a r i e d a d d e vertiginosos cambios de h u m o r que van desde la euforia cuando recuperan a su amor, hasta la ansiedad, la desesperación e incluso la ira c u a n d o su ardor romántico es ignorado o rechazado. En pala- bras del escritor suizo H e n r i Frederic A m i e l , «Cuanto más a m a un hombre, más sufre». L o s pueblos tamiles del sur de la I n d i a tienen incluso un n o m b r e para este malestar. L l a m a n a este estado de su- frimiento romántico «mayakkam», que significa embriaguez, m a - reo y delirio. P o r tanto, no me resultó sorprendente que el 72 p o r ciento de los hombres y el 77 p o r ciento de las mujeres de mi estudio no estu- viera de acuerdo c o n la afirmación de que «El comportamiento de n o afecta a m i bienestar emocional» (Apéndice, n Q 41). Y u n 68 p o r ciento de los hombres y un 56 p o r ciento de las mujeres se 28
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    H E LE N FISHER mostraron de acuerdo c o n «Mi estado e m o c i o n a l depende de los sentimientos de hacia mí» (Apéndice, nB 37)'. E L A N H E L O D E L A U N I Ó N E M O C I O N A L «Ven cuando duerma, y de día / otra vez me sentiré bien. / Porque entonces la noche pagará / todo el desesperado anhelo del día»2 7 *. Los amantes ansian la unión emocional c o n el ser amado, como b i e n sabía el poeta Matthew A r n o l d 2 8 . Sin esta conexión c o n su amor, se sienten extremadamente incompletos o vacíos, c o m o si les faltara una parte esencial de ellos mismos. Esta a b r u m a d o r a necesidad de unión e m o c i o n a l tan caracterís- tica del amante se expresa de f o r m a memorable en El Banquete, la narración que hace Platón de u n a cena celebrada en Atenas en el año 416 a. de C. En d i c h a celebración se r e u n i e r o n a cenar algu- nas de las mentes más sobresalientes de la G r e c i a clásica en casa de Agatón. Mientras se disponían a reclinarse en sus divanes, u n o de los invitados propuso que podían entretenerse debatiendo disten- didamente sobre un tema: cada u n o debía describir y ensalzar al dios del A m o r p o r turnos. Todos estuvieron de acuerdo. La j o v e n encargada de tocar la flauta fue enviada a su casa. L u e g o , u n o p o r u n o fueron elogiando al dios del A m o r . A l g u n o s describieron a esta figura sobrenatural como el más «antiguo», el más «respetado» o el más tolerante de to- dos los dioses. Otros mantenían que el dios d e l A m o r era «joven», «sensible», «poderoso» o «bueno». M e n o s Sócrates, q u i e n comen- zó su homenaje reproduciendo su conversación c o n D i o t i m a , u n a sabia mujer de M a n t i n e a . Al hablar del dios del A m o r , ésta le había dicho a Sócrates: «Siempre vive en un estado de necesidad»2 9 . «Un estado de necesidad». Quizás n i n g u n a frase de la literatura capte c o n tanta claridad la esencia del a m o r romántico apasiona- do: necesidad. En mi estudio, el 86 p o r ciento de los h o m b r e s y el 84 p o r ciento de las mujeres estuvieron de acuerdo c o n la frase, * Matthew Arnold, Antología, Visor, Madrid, 1976. (N. de laT.) 2 9
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    POR Q UÉ AMAMOS «Espero sinceramente que se sienta tan atraído/a hacia mí como yo me siento hacia él/ella» (Apéndice, nQ 30). Este ansia por fundirse con la persona amada está presente en toda la literatura universal. El poeta latino del siglo vi Paulus Silentarius dejó escrito: «Y allí yacen los amantes, unidos p o r sus labios / delirantes, i n f i n i t a m e n - te sedientos, / cada u n o q u e r i e n d o entrar completamente en el otro»5 0 ; Yvor Winters, poeta estadounidense del siglo x x , escribió: «Que nuestros herederos depositen nuestras cenizas en u n a sola urna, / un único espíritu que n u n c a volverá»3 1 , y M i l t o n lo expre- só perfectamente en El paraíso perdido c u a n d o Adán le dice a Eva: «Nosotros somos u n a sola carne; / Y perderte es lo m i s m o que perderme». El filósofo Robert S o l o m o n cree que este intenso deseo es la ra- zón principal p o r la que el amante dice «te quiero». No es ésta u n a declaración de hechos, sino u n a solicitud de confirmación. El a m a n - te ansia escuchar estas potentes palabras: «yo también te quiero»3 2 . La necesidad de unión e m o c i o n a l c o n el amado es tan intensa que los psicólogos creen que la percepción que el amante tiene de sí mismo se desdibuja. C o m o decía F r e u d : «En su punto más álgido, el estado del enamoramiento amenaza c o n b o r r a r las barreras e n - tre el yo y el objeto». La novelistaJoyce C a r o l Oates captó vividamente este sentimien- to de feliz fusión al escribir: «Si de repente se vuelven hacia nosotros, retrocedemos / l a p i e l s e humedece c o n u n estremecimiento, deli- cadamente / ¿seremos desgarrados en dos personas?». E N B U S C A D E PISTAS Sin embargo, cuando los amantes no saben si su a m o r es apre- ciado y correspondido, se vuelven hipersensibles a las pistas proce- dentes del ser amado. En palabras de Robert Graves: «Pendiente de oír u n a llamada a la puerta, esperando u n a señal». En mi estudio, el 79 por ciento de los hombres y el 83 p o r ciento de las mujeres de- cían que cuando se sentían fuertemente atraídos p o r alguien, d i - seccionaban las acciones de esta persona en busca de pistas sobre 3 0
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    H E I.EN FISHER sus sentimientos hacia ellos (Apéndice, nB 22). Y e l 62 p o r ciento de los hombres y el 51 p o r ciento de las mujeres decían que a m e n u d o trataban de encontrar significados alternativos en las palabras y gestos de la persona amada (Apéndice, nB 28). C A M B I O D E P R I O R I D A D E S M u c h a s personas, al sentirse enamoradas, c a m b i a n su estilo de vestir, sus maneras, sus costumbres, a veces incluso sus valores, para conseguir a su amado. Un nuevo interés por el golf, las clases de tango, coleccionismo de antigüedades, nuevos peinados, M o z a r t en lugar de música country, e incluso la m u d a n z a a u n a nueva ciudad o el inicio de u n a nueva carrera; los hombres y mujeres tocados por el amor adoptan toda clase de nuevos intereses, creencias y estilos de vida a fin de agradar al ser amado. El campeón del amor cortés del siglo x i i , Andreas Capellanus, re- sumía este impulso c o n estas palabras: «El a m o r no puede negarle nada al amor»3 3 . Un rendido enamorado estadounidense lo dijo sin rodeos: «Todo lo que le gustaba a ella me gustaba a m í » 3 4 . U n o de tantos. El 79 p o r ciento de los hombres estadounidenses de nues- tro estudio se mostró de acuerdo c o n la afirmación «Me gusta m a n - tener la agenda abierta para que si está libre nos podamos ver» (Apéndice, nH 47). L o s amantes r e o r d e n a n su v i d a p a r a a c o m o d a r a la p e r s o n a amada. D E P E N D E N C I A E M O C I O N A L Los amantes también se vuelven dependientes de la relación, m u y dependientes. C o m o el A n t o n i o de Shakespeare le decía a Cleopa¬ tra: «Mi corazón estaba atado a las cuerdas de tu timón». Un poema de un antiguo jeroglífico egipcio describía esa m i s m a d e p e n d e n - cia de este modo: «Mi corazón sería un esclavo / si ella me acogie- ra»3 5 . El trovador del siglo XII A r n a u t D a n i e l , escribió «Soy suyo de los pies a la cabeza»3 6 . Pero Keats fue el más apasionado, al decir: 31
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    P O RQ U É AMAMOS «callado, callado para oír su tierno respirar / y así vivir siempre o, de lo contrario, precipitarme hacia la muerte»*. Porque los amantes d e p e n d e n tanto d e l a m a d o que sufren u n a terrible «ansiedad de separación» c u a n d o no están en contacto con él. Un poemajaponés anónimo, escrito en el siglo x, lanza este desesperado lamento: «El albor de la mañana resplandece / en el débil brillo / de la p r i m e r a luz. S u m i d o en la tristeza, / te ayudo a vestirte»3 7 . L o s amantes son marionetas que cuelgan de las cuerdas d e l co- razón de otro. E M P A T Ì A En consecuencia, los amantes a m e n u d o sienten u n a t r e m e n d a empatia p o r el amado. En mi estudio, el 64 p o r ciento de los h o m - bres y el 76 p o r ciento de las.mujeres estuvieron de acuerdo c o n la afirmación «Me siento feliz c u a n d o es feliz y triste c u a n d o é l / ella está triste» (Apéndice, nB 11 ). El poeta e.e. c u m m i n g s lo describió de u n a f o r m a encantadora: «ella le reía la felicidad y le llorábala pena». M u c h o s amantes están dispuestos incluso a sacrificarse a sí mismos p o r el ser amado. Q u i - zá el sacrificio de Adán p o r Eva sea el ejemplo más dramático de la literatura occidental. En la descripción de M i l t o n , al descubrir que Eva había c o m i d o de la m a n z a n a p r o h i b i d a , Adán decide c o m e r l a él también, sabiendo que eso le conducirá a ser expulsado c o n ella del Jardín del Edén y a la muerte. Adán dice: «yo he u n i d o / Mi suer- te con la tuya, y me dispongo / A sufrir igual sentencia»3 8 . LA ADVERSIDAD INTENSIFICA LA PASIÓN La adversidad a m e n u d o alimenta la llama. Yo llamo a este curio- so fenómeno «frustración-atracción», pero es más conocido c o m o *john Keats, Obra completa en poesía, Ediciones 29, Barcelona, 1980. (N. de laT,) 32
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    H E IÍ N FISHER el «efecto R o m e o yjulieta». Las barreras sociales o físicas encien- den la pasión romántica3 9 . Nos p e r m i t e n prescindir de los hechos y centrarnos en las maravillosas cualidades del otro. Incluso las dis- cusiones o las rupturas temporales p u e d e n resultar estimulantes. U n o de los ejemplos literarios más divertidos de c ó m o la adver- sidad acrecienta la pasión es el de El oso, la o b r a en un acto de Chéjov4 0 . En esta obra dramática, un terrateniente m a l h u m o r a d o , Grigory Stepanovich Smirnov, aparece en casa de u n a joven viuda para co- brar el dinero que el difunto marido de ésta le debe. La mujer se nie- ga a pagar un solo kopek. Está de luto, explica, y le grita bruscamen- te: «no tengo h u m o r para pensar en asuntos de dinero». Esto hace que S m i r n o v inicie u n a diatriba contra todas las mujeres, llamán- dolas hipócritas, farsantes, cotillas, chismosas, rencorosas, calumnia- doras, mentirosas, mezquinas, quisquillosas, despiadadas e ilógi- cas. «¡Brrr!», farfulla, «¡Qué furioso estoy!». Este ataque furibundo desencadena la cólera de ella y ambos empiezan a insultarse el u n o al otro. Pronto él le reta a un duelo. Deseosa de pegarle un tiro en la cabeza, la viuda va a coger las pistolas de su difunto m a r i d o y a m - bos toman sus posiciones. Pero a m e d i d a que crece el rencor, también lo hace el respeto y la atracción entre ambos. De repente, S m i r n o v exclama: «¡Es toda una mujer! ¡Eso!... ¡Una verdadera mujer! ...¡No es u n a llorona! ...¡Es fuego, pólvora, cohete! ...¡Hasta me da lástima matarla!». Un momento después, le declara a m o r eterno y le pide que se case c o n él. C u a n d o los criados entran corriendo en la sala para defender a su señora armados c o n hachas, rastrillos y horcas, se encuentran con los amantes fundidos en un apasionado abrazo. Esta extraña relación entre la adversidad y el ardor romántico puede verse en todos los amantes desventurados que h a n protago- nizado las más famosas leyendas del m u n d o . Creciéndose ante todo tipo de dificultades, que sólo h a n servido p a r a que se a m e n más aún. En Occidente, la más conocida de estas historias es sin d u d a la tragedia Romeo y Julieta, de Shakespeare. Estos jóvenes amantes de la Verona del siglo x v i sufren las amargas consecuencias de un en- conado odio entre dos poderosas familias, los Montesco y los C a p u - 3 3
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    P O RQUÉ AMAMOS leto. Sin embargo, R o m e o se enamora de J u l i e t a en el m o m e n t o en que la ve en u n a fiesta familiar, y exclama: * Hasta las antorchas, de ella, aprenden a brillar. / Corazón, ¿amé yo antes de ahora? ¡Ojos, negadlo! / N u n c a hasta ahora conocí la belleza. N u n c a antes » 4 1 * . Julieta sucumbe también a las flechas de C u p i d o . C u a n d o R o m e o se marcha del banquete, le pide a su nodriza: «Ve y pregunta su n o m - bre, y, si ya está casado, / conviértase la tumba en mi lecho n u p - cial»4 2 **. La obra se desarrolla c o n u n a serie de obstáculos y confu- siones que sólo intensifican su pasión. El 65 p o r ciento de los hombres y el 73 p o r ciento de las mujeres de mi estudio se mostraron de acuerdo c o n la afirmación «Nunca dejo de amar a , incluso aunque las cosas no vayan bien» (Apén- dice, nB 26). Y el 75 p o r ciento de los hombres y el 77 p o r ciento de las mujeres también estuvieron de acuerdo en que «Cuando la rela- ción con sufre algún revés, lo que hago es intentar aún con más fuerza que las cosas vuelvan a ir bien» (Apéndice, ns 6), U n o de los resultados inesperados de mi estudio es casi c o n toda certeza atribuible al papel de la adversidad en el amor. L o s encues- tados homosexuales, tanto gays c o m o lesbianas, expresaron u n a mayor confusión emocional que los heterosexuales. Estas personas se veían más afectados por el insomnio, la pérdida de apetito y el an- helo de unión emocional c o n el ser amado. Creo que este sufrimien- to psíquico se debe, al menos en parte, a las barreras sociales que muchos amantes homosexuales tienen que superar. Aquellos que r e s p o n d i e r o n a mi cuestionario pensando en un amante anterior también parecieron ser más frágiles e m o c i o n a l - mente. A ellos también les resultaba más difícil c o m e r y d o r m i r . E r a n más tímidos y retraídos hacia su antiguo enamorado. El «pen- samiento intrusivo» y los cambios de h u m o r les afectaban más. Y manifestaban c o n mayor frecuencia que los demás que el cora- zón se les aceleraba c u a n d o pensaban en aquella antigua l l a m a . Sospecho que m u c h o s de estos encuestados habían sido rechaza- dos por la persona amada y esta adversidad acrecentaba su a r d o r romántico. * William Shakespeare, Romeo y Julieta, Cátedra, Madrid, 2001. (N. de la T.) **Ibídem. (N. de laT.) 34
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    H E LE N FISHER C o m o barcas en medio de un m a r embravecido, los hombres y las mujeres se enfrentan al oleaje de angustia y euforia del a m o r ro- mántico. Y las barreras intensifican estas emociones. Si el enamora- do está casado c o n otra persona, si vive al otro lado d e l océano, si habla un i d i o m a distinto al nuestro, si pertenece a otro grupo étnico o si simplemente vive en otra parte de la ciudad, este obstáculo pue- de acrecentar la pasión romántica. Dickens se refería a ello dicien- do: «El amor a m e n u d o alcanza su cota máxima c o n la separación y en circunstancias de extrema dificultad». P o r desgracia, así es. E S P E R A N Z A «Dime que p u e d o vivir c o n la esperanza», suplica el rey P i r r o a Andrómaca en la obra de Racine sobre el a m o r y la muerte. ¿Por qué siguen esperando los amantes, i n c l u s o c u a n d o el destino se vuelve implacable en su contra? La mayoría continúan esperando que la relación vuelva a resurgir, incluso años después de que ésta haya terminado infelizmente. La esperanza es otro rasgo p r e d o m i - nante del a m o r romántico. U n delicioso p o e m a del siglo x v i escrito p o r M i c h a e l D r a y t o n expresa este optimismo. C o m i e n z a así: «Ya que no hay solución, vamos, ¡besémonos y marchemos! / Basta, he terminado, ya no ten- drás más de mí; / Y me alegro, sí, me alegro c o n toda mi alma, / de poder así liberarme de ti tan limpiamente. / Estrechemos nues- tras manos p o r última vez, borremos todos nuestros juramentos; / Y c u a n d o alguna vez volvamos a encontrarnos, / que nuestro sem- blante no deje ver que conservamos ni un ápice de nuestro anti- guo amor». C o n estas palabras Drayton declara, c o n aparente confianza, que la relación ha t e r m i n a d o de f o r m a fácil y definiti- va. Sin embargo, al final del poema, cambia repentinamente de opi- nión. E m b a r g a d o p o r la esperanza, defiende que el «Amor» toda- vía puede salvarse: «Ahora, si tú quisieras, c u a n d o todos lo hayan dado p o r p e r d i d o , / de la muerte a la vida tú podrías aún resuci- tarlo»4 3 . C r e o que esta tendencia a la esperanza quedó implantada en el cerebro h u m a n o hace miles de millones de años para que nuestros
  • 30.
    P O RQ U É AMAMOS antepasados persiguieran c o n tenacidad a las posibles parejas hasta agotar cualquier sombra de posibilidad. U N A C O N E X I Ó N S E X U A L «Preferiría m o r i r cien veces a no poder tener tu amor. Te a m o . Te a m o desesperadamente. Te quiero c o m o a mi propia vida»4 4 . Así se declaraba Psique a su m a r i d o , Eros, en El asno de oro, u n a novela de Apuleyo escrita en el siglo II. «Ardiendo de pasión», conünúa la historia, «ella se inclinó y le besó impulsiva, impetuosamente, u n a vez tras otra, temerosa de que él se despertara antes de que hubiera terminado » 4 5 . La poesía de todos los lugares d e l m u n d o p o n e de manifiesto el intenso anhelo de u n a unión sexual c o n la persona amada, otra ca- racterística básica d e l a m o r romántico. En el Cantar de los Cantares, la esposa exclama: «Levántate A q u i - lón, / Austro, ven; / soplad en mi j a r d í n / y exhale sus aromas. / ¡En- tre mi amado en su vergel / y c o m a sus frutos exquisitosl » 4 6 . Inanna, reina de la antigua Sumeria, es cautivada por la sexualidad de D u - m u z i y lo expresa así: «|Oh, D u m u z i ! ¡Tu p l e n i t u d es mi dicha!»4 7 . Pero el que mejor suena a mis oídos es un antiguo p o e m a inglés cuyo autor anónimo se lamenta: «Viento d e l oeste, ¿cuando sopla- rás? / La fina lluvia puede caer,— / ¡Dios mío, si mi a m o r estuviera en mis brazos / y yo de nuevo en mi cama!». F r e u d , así c o m o muchos eruditos y también profanos, mantenía que el deseo sexual es el c o m p o n e n t e clave d e l a m o r romántico4 8 . U n a idea no muy nueva. L o s que estudian el Kamasutra, el m a n u a l amoroso de la India d e l siglo v, saben que la palabra lave procede del sánscrito lubh, que significa «desear». En efecto, tiene sentido que los sentimientos d e l a m o r románti- co se entremezclen c o n el deseo sexual. Después de todo, si la pa- sión romántica evolucionó entre nuestros antepasados c o n el fin de motivarles a concentrar su energía para el apareamiento en un i n - dividuo «especial» al menos hasta que la inseminación se hubiera comple- tado (como mantendré en capítulos posteriores), entonces, la pa- sión romántica debe ligarse al deseo sexual. 3 6
  • 31.
    H E IJ . N FISHER Los resultados de mi estudio apoyan esta hipótesis. Un destaca- do 73 p o r ciento de los hombres y un 65 p o r ciento de las mujeres soñaban despiertos c o n disfrutar del sexo c o n la persona amada (Apéndice, n a 34). E X C L U S I V I D A D S E X U A L Los amantes también anhelan la exclusividad sexual. No desean que su «sagrada» relación sea mancillada p o r otras personas. C u a n d o alguien se mete en la cama c o n quien es «sólo un amigo», no suele importarle m u c h o si ese compañero de cama mantiene relaciones con otra persona. P e r o cuando un h o m b r e o u n a mujer se enamo- ran y empiezan a anhelar u n a unión emocional c o n su enamorado, desean profundamente que esta pareja les permanezca fiel sexual- mente. M u c h a s de las historias de a m o r que en el m u n d o h a n sido refle- jan este deseo de posesión sexual, así c o m o el deseo del amante de mantener su fidelidad sexual, P o r ejemplo, durante su separación de la bella Isolda, Tristán se casa c o n otra mujer c o n un n o m b r e si- milar, Isolda, la de las bellas manos, debido en gran parte a que el nombre de esta mujer era m u y parecido al de su amada. Pero Tris- tán no consigue consumar el m a t r i m o n i o . C u a n d o , según la leyen- da árabe, L a i l a es p r o m e t i d a en m a t r i m o n i o a otro h o m b r e que no es su amado M a j n u n , ella también evita el lecho m a t r i m o n i a l . Y u n 80 por ciento de los hombres y un 88 p o r ciento de las mujeres de mi estudio se manifestaron de acuerdo c o n la afirmación «Ser se- xualmente fiel es importante c u a n d o estás enamorado» (Apéndi- ce, n a 42). De todas las características del a m o r romántico, este deseo de exclusividad sexual es para mí el más interesante. Probablemente evolucionó p o r dos motivos esenciales: para evitar que nuestros an- tepasados varones fueran infieles y criaran a otros hijos, y evitar que nuestras antepasadas perdieran a su potencial marido y padre de sus hijos ante u n a rival. Este ansia de exclusividad sexual permitió a nuestros ancestros proteger su precioso A D N , al reservar casi todo su tiempo y energía para el cortejo de la persona amada. 37
  • 32.
    P O RQUÉ AMAMOS Pero este deseo de garantizar la fidelidad sexual durante el cor- tejo venía acompañado de un rasgo menos atractivo d e l a m o r ro- mántico al que Shakespeare d e n o m i n ó «el m o n s t r u o de los ojos verdes», los celos. L O S C E L O S : L A « N O D R I Z A D E L A M O R » En su libro sobre las reglas d e l amor cortés, Capellanus escribió: «El que no siente celos no es capaz de a m a r ». Llamó a los celos la «nodriza» d e l amor, p o r q u e creía que a l i m e n t a b a n el fuego ro- mántico4 9 . Este perspicaz clérigo, c o m o siempre, tenía razón. En todas las sociedades en las que los antropólogos h a n estudiado la pasión ro- mántica, h a n llegado a la conclusión de que ambos sexos son celo- sos, muy celosos5 0 . C o m o se advertía en / Ching, el l i b r o c h i n o de la sabiduría escrito hace más de tres m i l años, «La relación íntima sólo es posible entre dos personas; d o n d e se j u n t a n tres nacen los celos » 5 1 . L A U N I Ó N E M O C I O N A L C A N A A I A U N I Ó N S E X U A L Pero incluso el deseo de relaciones sexuales y el anhelo de fideli- dad sexual son menos importantes p a r a el amante que el deseo de u n a unión e m o c i o n a l con el ser amado. El h o m b r e o la mujer ena- morados q u i e r e n que la persona a m a d a llame y diga «Te adoro», que traiga flores o algún otro regalo simbólico, que le invite a ver un partido de béisbol o al teatro, que le haga reír y abrace y cubra de atenciones. El amante se duele si su a m o r no es correspondido. Este anhelo de unión e m o c i o n a l supera con m u c h o el deseo de un mero desahogo sexual. El 75 por ciento de los h o m b r e s y el 83 p o r ciento de las muje- res de mi estudio se mostraron de acuerdo c o n la frase «Saber que está enamorado de mí es más importante que practicar el sexo con él/ella» (Apéndice, na 50). 3 8
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    H t LE N F l S H E R A M O R I N V O L U N T A R I O , I N C O N T R O L A B L E «He aquí a u n a deidad más fuerte que yo, q u i e n , c o n su llegada, regirá mi ser de ahora en adelante. El a m o r gobernaba mi alma»5 2 . Dante escribió estas palabras e n el siglo XIII para describir el mo- mento en que vio p o r p r i m e r a vez a Beatriz. El conocía la fuerza d o m i n a d o r a del a m o r romántico. De hecho, en el núcleo de esta obsesión radica su poder: el a m o r romántico a m e n u d o es imprevi- sible, involuntario y aparentemente incontrolable. ¿Cuántos amantes h a n sentido esta fuerza magnética? Probable- mente, miles de millones. La diosa deJade, el romance c h i n o del siglo XII, dice de C h a n g Po y M e i l a n : «Cuánto más intentaban r e p r i m i r el a m o r que en ellos se había despertado, más se sentían presos de su poder»5 3 . Y e n la F r a n - cia del siglo x n , Chrétien de Troyes se refería a G i n e b r a en Lancelot diciendo: «Se vio obligada a amar a pesar de sí misma»5 4 . No obstante, la percepción de esta naturaleza irresistible de la atracción romántica no se circunscribe sólo a la imaginación litera- ria. Un ejecutivo estadounidense de unos cincuenta años escribió a un colega de la oficina: «Estoy llegando a la conclusión de que esta atracción p o r E m i l y es un tipo de atracción biológica, instintiva. No está bajo un c o n t r o l voluntario o lógico. Me dirige. Yo intento de- sesperadamente rebatirla, limitar su influencia, canalizarla, ne- garla, disfrutarla, y sí, maldita sea, ¡hacer que ella responda! In- cluso aunque sé que E m i l y y yo no tenemos absolutamente n i n g u n a posibilidad de construir u n a vida juntos, pensar en ella es u n a ob- sesión»5 5 . Incluso el sobrio Padre de la Patria estadounidense, George Washington, c o n o c i ó la fuerza d e l a m o r romántico. En 1795 escri- bió u n a carta a su nietastra aconsejándola que tuviera cuidado para que el a m o r romántico no se convirtiera en «una pasión i n v o l u n - taria»5 6 . L o s hombres y las mujeres de hoy en día también sienten la i m - potencia que acompaña a esta experiencia. El 60 p o r ciento de los hombres y el 70 p o r ciento de las mujeres de mi estudio manifesta- r o n estar de acuerdo c o n la afirmación «Enamorarme no fue en 3 9
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    P O RQUÉ AMAMOS realidad u n a elección; es algo que me ocurrió de repente» (Apén- dice, n a 49). U N E S T A D O T R A N S I T O R I O Pero así c o m o el a m o r llega espontáneamente, también puede desvanecerse de repente. C o m o canta Violeta en la ópera trágica de Verdi La Traviata, «Vivamos sólo para el placer, ya que el amor, como las flores, rápidamente se marchita». Platón conocía este aspecto d e l dios del A m o r , como revelan sus palabras: «Por su naturaleza no es m o r t a l ni i n m o r t a l , sino que en u n mismo día a ratos florece y vive, [...], a ratos m u e r e y de nuevo vuelve a revivir»5 7 . El a m o r es voluble, inconstante; puede expirar, reavivarse y volver a apagarse. ¿Cuánto d u r a la magia d e l amor? N a d i e lo sabe. Un equipo de neurólogos concluyó recientemen- te que el a m o r romántico d u r a n o r m a l m e n t e entre doce y diecio- cho meses5 8 . C o m o veremos en el capítulo tres, nuestro estudio del cerebro sugiere que el a m o r puede durar al menos diecisiete me- ses. Pero yo apostaría a que la duración del a m o r varía drástica- mente dependiendo de quiénes son los personajes implicados. La mayoría de las personas h a n sentido un encaprichamiento pasaje- ro que sólo ha durado unos cuantos días o semanas. Y, c o m o sabe- mos, cuando existen barreras en la relación, esta l l a m a puede per- manecer encendida muchos años. La adversidad estimula el a m o r romántico5 9 . Pero este fuego en el corazón tiende a d i s m i n u i r cuando la pare- ja se acostumbra a los placeres cotidianos de la unión, siendo a me- n u d o sustituido p o r otro elegante circuito del cerebro: el apego, los sentimientos de serenidad y unión c o n el ser amado. L A S M U C H A S F O R M A S D E L A M O R P o r supuesto, el a m o r romántico puede adoptar muchas for- mas. Puedes despertarte solo en m i t a d de la noche c o n sentimien- 4 0
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    H E LE N FISHER tos de a b a n d o n o y desesperación. Después, p o r la mañana, recibes u n a llamada o un mensaje de correo electrónico de tu amante y tus esperanzas empiezan a renacer. L u e g o quedas c o n tu e n a m o r a d o a cenar y hablas y te ríes con él y ese éxtasis que sentías se convierte en u n a sensación de seguridad y de paz. Después de la cena te vas a la cama y os ponéis a leer j u n t o s y de repente te invade el deseo se- xual. Entonces por la mañana tu amado se va corriendo, se olvida de decirte adiós o incluso anula u n a cita posterior o te llama por otro n o m b r e y vuelves a caer en el abatimiento. «¿Yesa loca carrera? ¿Quién l u c h a p o r huir? ¿Qué son esas zam- ponas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?»*. J o h n Keats sabía perfectamente que el a m o r romántico consiste en un tumulto de motivaciones y emociones claramente distintas que se mezclan for- m a n d o miríadas de estados mentales. La compasión, el frenesí, el deseo, el m i e d o , los celos, la d u d a , la torpeza, la vergüenza: en cual- quier m o m e n t o este caleidoscopio de sentimientos puede cambiar y volver a cambiar. «Las pasiones b i e n podrían compararse c o n las riadas y los to- rrentes», escribió sir Walter R a l e i g h 6 0 . Nosotros n a d a m o s en estas mareas. Pero los psicólogos suelen distinguir entre dos tipos bási- cos de a m o r romántico: eí a m o r recíproco (asociado con la c u l m i n a - ción y el éxtasis) y el a m o r no correspondido (asociado c o n el vacío, la ansiedad y la tristeza)6 1 . Casi todos nosotros conocemos tanto la agonía c o m o la euforia d e l a m o r romántico. No estamos solos. En su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, Charles D a r w i n formulaba la hipótesis de que los seres h u m a n o s compartían muchos de sus sentimientos c o n ani- males de rango «más bajo»6 2 . En efecto, muchos de los seres pelu- dos o c o n plumas c o n los que c o m p a r t i m o s este planeta parecen sentir cierta m o d a l i d a d de pasión romántica. *John Keats, Obra completa en poesía, Ediciones 29, Barcelona, 1980. (N. de laT.) 41
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    2 MAGNETISMO ANIMAL El amorentre los animales Aún sin cansancio, amante con amante, Se mueven en las frías Yamables corrientes o suben en el aire. Sus corazones no han envejecido. Vagan por donde quieren, o pasión o conquista Aún los solicita. WlLLIAM BUTLER YEATS «Los cisnes silvestres de Coole»* C u a n d o c o n la nieve del invierno las ventiscas de febrero azotan las praderas de H o k k a i d o , en Japón, un z o r r o rojo empieza a fijarse en u n a h e m b r a , mirándola c o n insistencia y siguiéndola de f o r m a obsesiva. Deteniéndose cuando ella descansa, se inclina para lamer- le y mordisquearle la cara; luego juguetea a su lado mientras ella vuelve a trotar suavemente. La o r i n a del zorro sobre la nieve emite su característica fragancia. Es la época del celo. Y c u a n d o este olor almizclado e m p i e z a a llegar a través del aire helado, la pareja se corteja y copula u n a y otra vez durante dos semanas. L u e g o marcan su territorio a través de bosques y campos y excavan varias guaridas en las que criar a su descendencia. ¿Aman los zorros? El exceso de energía, la atención concentrada en u n a pareja, la obstinada persecución y todos los dulces lametones y mordisqueos que los zorros se dedican entre sí, recuerdan sin d u d a al a m o r ro- mántico de los humanos. Y los zorros son sólo u n a de las muchas especies que muestran aspectos románticos. Al comienzo de la época de cría o de un escarceo amoroso, m u - chos eligen u n a pareja específica, centran su atención en este i n d i - viduo «especial» y le siguen c o n devoción, excluyendo en muchos * Witliam B. Yeats, Antología poética, Espasa-Calpe, Madrid, 1984. (N. de laT.) 4 3
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    P O RQ U É AMAMOS casos a todos los demás. Se acarician, besan, m o r d i s q u e a n , se fro- tan c o n el hocico, se d a n palmaditas, golpecitos, lametones, t i r o n - citos, o persiguen, juguetones, al elegido. A l g u n o s cantan. A l g u n o s d a n pequeños relinchos. O t r o s c h i l l a n , g r a z n a n o l a d r a n . A l g u - nos bailan. Otros caminan pavoneándose. A l g u n o s se acicalan, otros se persiguen. La mayo ría j u e g a n . En las praderas d e l Serenge- ti africano, en la selva del Amazonas o en la tundra ártica, criaturas de todos los tamaños muestran un exceso de energía c u a n d o se cortejan. La adversidad estimula su búsqueda, al igual que las ba- rreras intensifican la pasión romántica en las personas. Y m u c h a s se vuelven posesivas, apartando celosamente a su pareja de otros pretendientes hasta que la época de la cría ha pasado. Estas características d e l cortejo son similares a algunas caracte- rísticas de la pasión romántica en los humanos. P o r eso creo que los animales aman. La mayoría de las criaturas h a n sentido probable- mente este magnetismo durante sólo unos segundos; otras parecen sentirlo durante horas, días o semanas. P e r o los animales sienten algún u p o de atracción hacia otros sujetos «especiales». M u c h o s i n - cluso se e n a m o r a n a p r i m e r a vista. De esta «atracción animal» es de d o n d e creo que finalmente surgió el a m o r romántico. A T R A C C I Ó N A N I M A L . «Se trataba evidentemente de un caso de amor a primera vista, porque ella nadó hacia el recién llegado dulcemente... con insinua- ciones de afecto»1 . Charles D a r w i n estaba describiendo a u n a h e m - bra de pato real que se había quedado p r e n d a d a de un pato rabudo, o sea, de u n a especie distinta a la suya. Todos cometemos errores. D a r w i n creía que los animales se sentían atraídos unos p o r otros. U n m i r l o m a c h o , u n tordo h e m b r a , u n urogallo negro, u n faisán... éstos y muchos otros pájaros, sostenía, «se enamoran unos de otros»2 * De hecho, D a r w i n mantenía que los animales de especies superio- res c o m p a r t e n «pasiones, afectos y emociones similares, incluso las más complejas, tales c o m o los celos, la sospecha, la emulación, la gratitud y la magnanimidad». Incluso «tienen cierto sentido d e l h u m o r ; capacidad de admiración y curiosidad». 4 4
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    H E U. N FLSHKR D a r w i n es u n o de los escasos científicos que h a n defendido que los animales sienten a m o r unos p o r otros. Frecuentemente, los na- turalistas describen el enfado y el m i e d o en otras criaturas. V e n a n i - males jugueteando y creen que están sintiendo alegría. Describen expresiones de sorpresa, timidez, curiosidad y desagrado. Incluso se refieren a momentos de empatia y de celos. S i n embargo, rara vez los científicos dicen que los animales amen, aun cuando las des- cripciones d e l cortejo animal están plagadas de referencias a con- ductas similares a la pasión romántica de los humanos. L o s elefantes africanos son un buen ejemplo. La h e m b r a d e l ele- fante africano tiene su ciclo estral (el celo) durante cinco días con- secutivos en cualquier momento del año. Si concibe durante el juego del apareamiento, su sexualidad queda anulada durante los veinti- dós meses de embarazo y los siguientes dos años de cría. La mayoría no vuelve a aparearse en cuatro años. Así que estas hembras son exi- gentes c o n respecto a sus parejas. Prefieren a unos y rechazan a otros, Y las hembras de elefante tienen muchos admiradores entre los que elegir. Los elefantes africanos machos abandonan su m a n a - da natal matriarcal poco después de la pubertad (que tiene lugar e n - tre los diez y los doce años) para deambular con otros compañeros en pequeñas comunidades integradas exclusivamente por sementa- les. Pero hasta la edad de treinta años el macho no se pone en celo. El celo masculino es un claro a n u n c i o de la sexualidad. Q u i e n crea que las mujeres c o n minifaldas ajustadas, blusas c o n escote o zapatos de tacón alto están haciendo ostentación de su deseo eróti- co, debería ver a los elefantes macho. C u a n d o un macho se pone en celo, periodo que d u r a unos dos o tres meses al año, empieza a ex- cretar un fluido viscoso p o r las glándulas temporales, situadas entre los ojos y los oídos; va goteando o r i n a y la f u n d a del pene se recu- bre de u n a gruesa capa de suciedad. Emite un olor tan acre que las hembras p u e d e n olerle antes de tenerle a la vista. Y c u a n d o se apro- x i m a a u n a manada de hembras empieza a pavonearse para iniciar el cortejo, los «andares del celo». C o n la cabeza alta, la barbilla meti- da, las orejas moviéndose tensamente, el tronco erguido, emite un ruido sordo de confianza c u a n d o pasa a su lado. Las hembras de elefante encuentran este goteo, este perfume a macho y estos andares típicos del celo extraordinariamente atracti- 45
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    P O RQUÉ AMAMOS vos. Las que están en su ciclo estral se c o m p o r t a n c o m o las jovenci- tas c o n las estrellas d e l rock. C o m o hace T i a . D u r a n t e los m u c h o s años que la naturista Cynthia Moss siguió al g r u p o matriarcal de elefantes africanos de T i a a través d e l Parque N a c i o n a l de A m b o s e - l i , en K e n i a , vio a muchas hembras elegir a sus machos de la m i s m a f o r m a que lo hizo T i a . T i a no mostraba interés p o r n i n g u n o de los jóvenes machos que c o m e n z a r o n a r o d e a r l a c u a n d o su ciclo estral se hizo evidente. Se iba trotando mientras la perseguían p o r la hierba. D a d o que el ta- maño de las hembras de elefante es aproximadamente la m i t a d que e l d e los m a c h o s , u n a h e m b r a e x p e r i m e n t a d a p u e d e c o r r e r más que ellos y esquivar a cualquier m a c h o al que desee evitar. T i a lo hacía así. P e r o c u a n d o vio a B a d B u l l , un m a c h o d o m i n a n t e y de más edad, en p l e n o celo, su opinión de elefanta cambió. T i a deseó a B a d B u l l desde el m i s m o m o m e n t o en que él empe- zó a pavonearse ante ella, c o n ese líquido viscoso cayéndole a a m - bos lados de la cara, la o r i n a goteando p o r sus piernas y u n a espe- cie d e e s p u m a saliéndole d e l a f u n d a d e l pene. E l m e r o o l o r d e l semental hizo que los machos más jóvenes se alejaran. P e r o no así Tia. T i a miró a B a d B u l l , con sus orejas en posición estral. E n t o n - ces, ella también empezó a alejarse. P e r o a diferencia de c ó m o se comportaba con los pretendientes más jóvenes, T i a miró p o r enci- ma de su h o m b r o al marcharse, volviéndose repetidas veces para ver si B a d B u l l la seguía. Y así era. Entonces T i a empezó a correr mientras era seguida por B a d B u l l . De esta manera empezó la eterna danza de la naturaleza. C u a n - do B a d B u l l alcanzó a T i a , su pene de algo más de un metro salió de su f u n d a larga y gris. Entonces él colocó delicadamente su tronco sobre la espalda de ella. E l l a se detuvo; se quedó quieta; luego se re- costó hacia él, ofreciéndosele, inmóvil, c o n las patas separadas. El la montó enérgicamente y, utilizando los versátiles músculos de su pene para d i r i g i r la embestida, introdujo su órgano en la vulva de T i a . Estuvieron así, juntos, durante unos cuarenta y cinco segun- dos, antes de que B a d B u l l la desmontara. Retirándose, vertió el se- m e n restante sobre la tierra. T i a se volvió y siguió a su lado, emitien- do varias veces largos ruidos sordos; luego frotó la cabeza contra el h o m b r o de B a d B u l l . 46
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    H E I.EN FISHER T i a y B a d B u l l no se separaron u n o del otro durante los tres días siguientes, dándose golpecitos y acariciándose constantemente e n - tre cópula y cópula. Pero cuando el ciclo estral de T i a desapareció, B a d B u l l se marchó en busca de otras hembras fértiles. C o m o escri- bió Moss en su maravilloso libro Los elefantes: «Personalmente, no puedo imaginar p o r qué T i a quería aparearse c o n B a d B u l l , pero puede que ella viera en él algo que yo no veía»3 . ¿Sería amor? ¿Un e n a m o r a m i e n t o temporal? ¿Encaprichamien- to? T i a y B a d B u l l centraron su atención p o r completo el u n o en el otro. A m b o s desplegaron u n a intensa energía. N i n g u n o comía ni dormía como lo suelen hacer los elefantes. Y se tocaban y «habla- ban» en voz baja, emitiendo esos sonidos sordos y largos que caracte- rizan la conversación de los elefantes. T i a parecía sentir u n a verda- dera atracción, a u n q u e fuera temporal, p o r este orgulloso, fuerte y viril semental. La vida amorosa de los castores es menos visible. Pero estas cria- turas también muestran síntomas de intensa atracción durante el cortejo y el apareamiento. T o m e m o s el ejemplo de Skipper. Skip¬ per se crió en el Lago de los Lirios (Lily P o n d ) un estanque del Par- que Natural de H a r r i m a n , en Nueva York, bajo la tutela de su pa- dre, el «Inspector General», y de su madre, «Lily». Los castores viven en pequeños grupos familiares. Trabajan y re- tozan p o r la noche. Yías crías p e r m a n e c e n c o n sus padres d u r a n - te unos dos años, hasta que u n a n o c h e de primavera se van, c o n sus andares de pato, en busca de u n a pareja para construir su p r o - pio hogar. Así lo hizo Skipper. Se marchó c o n su h e r m a n a L a u r e l u n a noche de l u n a del mes de a b r i l . La e n d o g a m i a es frecuente entre los castores y aquella n o c h e los dos h e r m a n o s se m u d a r o n a un valle cercano para construir u n a presa y un estanque. P r o n t o empezó a brotar el agua. C o m e n z a r o n a nacer insectos, que atra- j e r o n a las ranas, los ampelis y papamoscas. L o s peces comenzaron a desovar, despertando el apetito de los hambrientos* soTftbrgujos. En las orillas florecían los sauces, alisos e iris amarillos. Skipper y L a u r e l se asentaron allí. P e r o , p o r desgracia, u n a n o c h e L a u r e l no volvió de su habitual paseo en busca de c o m i d a entre los arces, ro- bles y coniferas que p o b l a b a n el valle; yacía m u e r t a en u n a carre- tera cercana.
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    P O RQUÉ AMAMOS A la noche siguiente, Skipper volvió a L i l y P o n d . Pasó todo el ve- rano dedicado a ayudar a sus padres a reforzar la presa, dragar ca- nales, recoger lirios y a jugar c o n sus nuevas crías, H u c k l e b e r r y y Buttercup. Pero cuando las hojas empezaron a volverse rojas y ama- rillas, Skipper volvió a marcharse, regresando a su estanque aban- donado. C o n cuidado, reconstruyó la desvencijada presa. Metódi- camente fue apartando el barro hacia la orilla, luego le fue dando forma de pirámides, roció los montículos c o n el oloroso aceite de ricino de sus glándulas anales y el castóreo de su apertura genital. C o n estas olorosas señales, características de los castores, esperaba atraer a u n a «esposa». La naturaleza hizo su trabajo. Algunas noches más tarde, la na- turalista H o p e R y d e n vio a Skipper a la luz de la luna. Salía del agua seguido de u n a pequeña h e m b r a de color marrón. A m b o s j u n t a - ban sus hocicos, nadaban juntos y recogían palos para construir el dique. C o m o la mayoría de los castores, Skipper y su h e m b r a de co- lor pardo se habían prometido furtivamente a altas horas de la no- che, iniciando u n a relación para toda la vida meses antes de que ella comenzara su ciclo estral. ¿Estaban «enamorados»? En El estanque de Lily, Ryden escribe: «El emparejamiento entre castores se basa en u n a atracción tan miste- riosa c o m o poderosa, u n a atracción que no está relacionada c o n la necesidad inmediata de copular»4 . El comentario de R y d e n es i m - portante: entre los castores, los sentimientos de atracción y afecto son independientes de los sexuales. Sin embargo, u n a noche de a b r i l , la pareja consumó su m a t r i - m o n i o de castores. Skipper y su pequeña h e m b r a e m e r g i e r o n d e l estanque i l u m i n a d o p o r la l u n a sujetando el m i s m o palo entre sus dientes. Se revolcaron u n a y otra vez c o n tal entusiasmo que Ryden pensó que estaban disfrutando de los prolegómenos de un encuen- tro sexual. Buceaban, chapoteaban y charlaban juntos en un tono tan dulce que parecía casi h u m a n o . E r a n inseparables. Y d e b i e r o n de aparearse bajo el agua, ya que a principios de agosto, la pequeña compañera de Skipper parió dos hermosas crías. C o m o los elefantes, estos castores d e r r o c h a r o n unas enormes energías durante el cortejo. Al igual que aquéllos, centraron toda esta energía del cortejo en un sujeto «especial». También como ellos, 4 8
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    H E LL N flSHSR Skipper y su m e n u d a pareja se acariciaban afectuosamente y jugue- teaban c o n coquetería, de un m o d o tierno que yo me atrevería a calificar de «amoroso». « L o c o D E P L A C E R » Existen tantas descripciones de la atracción entre los animales que es imposible recogerlas todas. He leído acerca de la vida amo- rosa de unas cien especies diferentes y, en todas las sociedades a n i - males, los machos y las hembras muestran durante el cortejo ciertos rasgos que constituyen los componentes clave del a m o r romántico h u m a n o . Para empezar, desarrollan u n a e n o r m e energía. La marta ame- ricana y su h e m b r a se persiguen de f o r m a enloquecida, escabullén- dose, saltando, correteando y enredándose, expresando lo que pare- ce un gran regocijo. Las comadrejas se persiguen tan vigorosamente que los naturalistas lo l l a m a n «el juego de la lucha». El m a c h o corre por el c a m p o «emitiendo gorjeos de excitación» mientras su pareja «salta j u g u e t o n a a su alrededor»5 . De hecho, la h e m b r a sigue sal- tando alrededor d e l m a c h o m u c h o después de haber consumado la cópula y de que él haya caído en un p r o f u n d o sueño. L o s gatos salvajes se persiguen vigorosamente durante el apareamiento. El murciélago m a c h o de raya blanca sacude enérgicamente sus alas delante de la h e m b r a antes d e l coito. El tejón en celo golpea el sue- lo c o n las patas mientras r o n r o n e a . C u a n d o u n a rata h e m b r a que está en celo huele a un macho, da saltos, corre disparada y vuelve a saltar un poco más mientras mueve las orejas y m i r a p o r e n c i m a del h o m b r o en u n a actitud que sólo cabría calificar de insinuante. L o s animales de más tamaño también d e r r o c h a n energía d u - rante el celo. C u a n d o la h e m b r a del chimpancé «común» entra en el ciclo estral, los machos e m p i e z a n a congregarse a su alrededor. El macho que la corteja «se exhibe» vigorosamente, irguiéndose so- bre sus patas traseras c o n el pene erecto, contoneándose ante ella dando patadas al suelo, balanceándose de un lado a otro, sacudien- do las ramas de los árboles y m i r a n d o fijamente a su futura pareja. Las hembras y los machos del oso pardo avanzan y retroceden unos 4 9
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    P O RQUÉ AMAMOS frente a otros, a u n a d e t e r m i n a d a distancia, con perfecta sincronía y balanceando sus corpulentos cuerpos de un lado a otro. Las hie- nas dan vueltas unas alrededor de otras mientras emiten un tipo de vocalización parecida a un c h i r r i d o que se conoce c o m o su «risa». Las ballenas misticetas salen del m a r y mueven sus aletas c o n tal ra- pidez que parece que vibran. L o s delfines nariz de botella saltan del agua y luego se z a m b u l l e n y n a d a n frenéticamente en todas d i - recciones, a m e n u d o boca abajo. Pero quizá la más encantadora de todas estas entusiastas demostraciones de energía sea la descrip- ción que hace el naturalista M a l c o l m Penny del rinoceronte negro. El rinoceronte negro da vueltas alrededor de la h e m b r a en perio- do estral, d a n d o brincos a un lado y a otro con las patas rígidas, re- soplando, soltando o r i n a , haciendo girar la cola, h a c i e n d o trizas los arbustos cercanos c o n su cuerno, lanzando el follaje al aire y dando pasitos de f o r m a que, en palabras de Penny, «parece total- mente que estuviera bailando»6 . «Sólo u n a montaña ha vivido lo suficiente para escuchar objeti- vamente el a u l l i d o de un l o b o » , se ha d i c h o 7 . S i n embargo, en la actualidad podemos decir muchas cosas sobre el lobo. Un rasgo sobresaliente de esta magnífica criatura es que, al igual que los seres humanos, el macho y la h e m b r a f o r m a n u n a unión estable para criar a su descendencia. Y su cortejo es intenso. George R a b b lo describe así: «El macho empieza a bailar alrededor de la hembra, flexionando sus patas delanteras como un perro juguetón y meneando el rabo»8 . Incluso los anfibios y los peces bailan enérgicamente durante el cortejo. L o s machos de la rana terrestre d i u r n a bailan «de p u n t i - llas» , saltando arriba y abajo frente a la hembra para exhibirse. Y Dar¬ w i n escribió que cuando un macho de pez espinoso ve a u n a hembra, «se lanza a nadar a su alrededor como u n a flecha, en todas direccio- nes... loco de placer»9 . Locos de placer: así es exactamente c o m o se sienten los h o m b r e s y l a s mujeres cuando se enamoran. N E R V I O S I S M O D u r a n t e el cortejo, los animales también se muestran nerviosos e inquietos. Si los adolescentes están inquietos c u a n d o tienen u n a 5 0
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    HEL.EN FISHER cita, lomismo les ocurre a los babuinos de la sabana, c o m o ha de- mostrado la primatóloga Barb Smuts. Smuts pasó varios años siguien- do a estas criaturas en sus rutas diarias p o r las praderas de K e n i a y ha escrito u n a enternecedora descripción del cortejo entre T h a l i a y Alexander. Todo comenzó cuando T h a l i a , que era adolescente, alcanzó el punto álgido del ciclo estral. Llevaba meses evitando a A l e x a n - der, otro adolescente que se había u n i d o al g r u p o de los babuinos pocos meses antes. Pero aquel atardecer, T h a l i a y A l e x a n d e r se ha- llaban sentados a unos dos metros de distancia el u n o del otro so- bre los acantilados d o n d e los miembros del grupo solían congre- garse para dormir. Estas fueron las observaciones de Smuts: Alexander estaba mirando hacia el oeste, con su hocico puntiagudo señalando al sol que se ocultaba, observando cómo el resto del grupo iba subiendo hacia los acantilados. Thalia se cepillaba con actitud indi- ferente, sin prestarle atención. Cada pocos segundos, miraba a Alexan- der por el rabillo del ojo sin volver la cabeza. Sus miradas fueron hacién- dose cada vez más largas y su cepillado cada vez más descuidado, hasta que se quedó mirando fijamente el perfil de Alexander durante largo rato. Entonces, cuando Alexander se movió y giró la cabeza hacia Tha- lia, ella bajó inmediatamente la cabeza, contemplándose un pie fija- mente. Alexander la miró y luego desvió la mirada. Thalia volvió a mirarle a hurtadillas, pero cuando él la atisbo una vez más, ella se con- centró de nuevo en su pie... Esta farsa se alargó durante un tiempo. E n - tonces, sin mirarla, Alexander fue acercándose lentamente a Thalia... Thalia se quedó helada y miró a Alexander a los ojos durante un segun- do. Luego, cuando él ya estaba llegando a su lado, ella se puso de pie, le ofreció su trasero y volviendo la cabeza por encima del hombro, empe- zó a lanzarle miradas nerviosas1 0 . T h a l i a y A l e x a n d e r estuvieron juntos hasta el amanecer. M u c h o s de los cortejadores de la Naturaleza se p o n e n nervio- sos. Al describir a u n a pareja de avocetas europeas, especie perte- neciente a la familia de las aves zancudas, N i k o T i n b e r g e n escribe: «Tanto el m a c h o c o m o la h e m b r a se p o n e n a acicalarse las plumas de f o r m a apresurada y nerviosa»1 1 . La jirafa, u n a de las criaturas 51
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    P O RQ O Í AMAMOS más elegantes d e l m u n d o , empieza a «andar sin parar de un lado para otro» cuando la cortejan1 2 . Y el naturalista George Schaller describe a la reina de la selva diciendo: «Una leona en p l e n o celo está inquieta, cambia de postura a m e n u d o y frota sinuosamente su cuerpo contra el del m a c h o » 1 3 . PÉRDIDA DE APETITO M u c h o s animales pierden el apetito durante el cortejo, otra ca- racterística más del a m o r romántico de los humanos. P o r ejemplo, cuando un elefante en p l e n o celo encuentra a u n a h e m b r a en el punto álgido de su ciclo estral, prescinde casi p o r completo de la comida; se concentra únicamente en la cópula y en que otros m a - chos no se a c e r q u e n a su t r o f e o 1 4 . De h e c h o , c u a n d o un elefante m a c h o se aparea, se q u e d a tan delgado y cansado que prácticamen- te finaliza su celo. Entonces debe volver c o n su m a n a d a de solteros, donde se recuperará comiendo y descansando durante varios meses. El elefante m a r i n o septentrional pierde casi la m i t a d de su peso. C u a n d o se acerca su periodo de celo, que d u r a tres meses, los m a - chos aparecen p o r la costa de C a l i f o r n i a reclamando cada u n o su parte de playa. L u c h a n enconadamente p o r conseguir su objetivo e incluso a veces las olas llegan a la orilla c o n manchas de sangre. ¿A qué se debe tanto revuelo? A que las hembras llegarán p r o n t o para dar a luz a sus crías y al poco volverán a entrar en celo. L o s m a - chos que consigan las mejores parcelas de playa tendrán acceso se- xual a los harenes más numerosos. Por eso los machos no están dis- puestos a dejar su territorio desprotegido ni siquiera durante u n a h o r a . Aspectos básicos c o m o la c o m i d a o el sueño sencillamente pierden interés. Los orangutanes también pierden sus hábitos alimenticios. Es- tos desgarbados parientes nuestros, de pelaje anaranjado, viven en lo alto de las ramas de los árboles de las selvas de B o r n e o y de S u - matra, a unos dieciocho metros de altura. C u a n d o el m a c h o desa- rrolla las enormes bolsas de las mejillas que a n u n c i a n su madurez, comienza a marcar y a defender un extenso territorio de árboles frutales. Varias hembras establecen sus hogares dentro de este te- 52
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    H E LE N FISHER rritorio. C a d a mañana el orangután despierta al vecindario c o n un variado repertorio de gruñidos seguido de un sonoro b r a m i d o para anunciar su paradero y su disponibilidad sexual. Entonces, cuando u n a de las hembras en t r a e n celo, él empieza a seguir obstinadamen- te su rastro entre la vegetación. La h e m b r a sólo permanece fértil unos cinco días. Y si queda preñada durante el apareamiento, no volverá a estar en celo hasta dentro de siete años. Así que, mientras ella está receptiva, el macho no debe separarse de ella ni un sólo m o m e n t o y además debe vencer a sus rivales. Para empeorar las co- sas, los orangutanes machos tienen dos veces el tamaño de las h e m - bras; se mueven m u c h o más despacio y también c o m e n m u c h o más. Por tanto, el pretendiente ha de saltarse algunas comidas para poder seguir a su ágil y m e n u d a compañera. Estas exigencias del cortejo no constituyeron un p r o b l e m a para T h r o a t p o u c h , un orangután salvaje que vivía en la reserva de T a n - j u n g Putting, en B o r n e o . A este lugar llegó en la década de 1970 la primatóloga B i m t e Galdikas para estudiar a estos animales de pelo anaranjado. T P , c o m o ella llamaba a T h r o a t p o u c h , era un orangu- tán de mediana edad, cascarrabias, irascible, de ojos redondos y b r i - llantes y enorme tamaño. «Sin embargo, según los parámetros de los orangutanes, TP era probablemente un tipo bastante apuesto». Galdikas continúa explicando: «El objeto del a m o r de TP era Pris¬ cilla. C u a n d o vi a Priscilla c o n T h r o a t p o u c h , ella era aún menos atractiva de lo que yo recordaba. Pensé que TP elegiría a u n a h e m - bra más hermosa. Pero p o r la f o r m a en que T h r o a t p o u c h la perse- guía, Priscilla andaba sobrada de atractivo sexual. TP estaba loco por ella. No podía dejar de mirarla. Ni siquiera le importaba comer, de lo cautivado que se sentía p o r sus despeluchados encantos»1 5 . In- cluso cuando T h r o a t p o u c h tenía tiempo para comer, comenta G a l - dika, adoptaba u n a actitud caballerosa: las mujeres primero. Durante el cortejo de los leones, los machos d a n incluso la poca c o m i d a que consiguen a sus amadas. George Schaller lo describió con m u c h a gracia. Parece ser que un macho en periodo de cortejo se encontró a u n a gacela j u n t o a u n a charca. Así que interrumpió el cortejo para conseguir el trofeo. Luego llevó el delicioso regalo a la h e m b r a y se sentó cerca de ella a contemplar c o m o ella se lo co- mía todo. «Un detalle conmovedor y sorprendente si tenemos en 5 3
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    P O ROUÉ AMAMOS cuenta que estaba hambriento»1 6 . Sospecho que la química cere- bral de la atracción se i m p u s o a la necesidad de comer d e l macho. P E R S I S T E N C I A L o s animales también son tenaces. M u c h o s tienen pocas ocasio- nes en su vida de triunfar sobre sus rivales, los machos disponibles para el cortejo, y reproducirse. U n a j i r a f a m a c h o sigue durante horas a la h e m b r a hasta que ella accede a sus insinuaciones sexuales. La leona r o n r o n e a j u n t o al m a - cho, se revuelca insinuante p o r el suelo ante sus ojos, le da manota- zos c o n coquetería y luego se aparta rauda, sin dejar que él la to- que. Sólo los cortejadores mas pacientes consiguen p o r fin m o n t a r a su e n o r m e gatita. El tigre m a c h o es igualmente persistente. N u n - ca quita la vista de e n c i m a a su compañera, «incluso el mas ligero movimiento de su cola capta su atención»1 7 . El tigre sigue a la h e m - bra en celo sin descanso, jugueteando detrás de ella c o n la nariz pe- gada a su trasero1 8 . D a r w i n percibió esta obstinada determinación incluso entre las mariposas, «Su cortejo se parece a un romance prolongado», escri- bió, «ya que c o n frecuencia he observado a u n o o más machos ha- ciendo piruetas alrededor de u n a h e m b r a hasta que me he cansa- do de mirar, sin llegar a ver el final del cortejo»1 9 . Esta persistencia que se observa en tantas criaturas, desde las m a - riposas a los rinocerontes, es otro rasgo distintivo d e l a m o r román- tico de los humanos. A F E C T O Durante el cortejo, la mayoría de los animales ofrecen muestras de ternura, el aspecto más encantador del romance entre humanos, Al escribir sobre el cortejo de u n a pareja de castores, el biólogo Lars Wilsson dijo: «Durante el día d u e r m e n acurrucados u n o j u n t o al otro y p o r la noche se buscan cada cierto tiempo para cepillarse mutuamente, o simplemente se sientan m u y juntos y «hablan» un
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    H l iL E N FlSHEft rato usando sonidos de contacto especiales, cuyos tonos y matices sólo pueden ser expresión, desde un p u n t o de vista h u m a n o , de i n - t i m i d a d y afecto»2 0 . El macho del oso pardo a r r i m a su hocico a los costados de la h e m b r a y resopla en su oreja, i m p l o r a n d o su aceptación. La jirafa m a c h o frota su cabeza contra el cuello y el tronco de la h e m b r a . La tigresa mordisquea a su macho, mordiéndole suavemente en el cue- llo y en la cara mientras restriega su cuerpo contra el de él. Las pa- rejas de marsopas en celo n a d a n juntas, a veces u n a encima, otras debajo, pero siempre f o r m a n d o un tándem, mientras se acarician, frotan, «besan» o mueven los labios. L o s chimpancés se abrazan, se dan palmaditas y besos en los muslos o la tripa. Incluso se besan «a la francesa», introduciendo suavemente la lengua en la boca de su pareja. Los murciélagos se acarician entre sí c o n las membranas de sus aterciopeladas alas. Hasta la h u m i l d e cucaracha acaricia las an- tenas de su pareja c o n las suyas. A M O R E N T R E P E R R O S En su original libro La vida oculta de los perros, Elizabeth M a r s h a l l Thomas mantiene que los perros d a n muestras de u n a gran pasión romántica. Llegó a esta conclusión momentos después de presen- tar a M i s h a , un hermoso husky siberiano, a María, la perrita de su hija, un joven y bello ejemplar de la m i s m a raza. T h o m a s había ac- cedido a quedarse c o n M i s h a en su casa mientras sus amos realiza- ban un largo viaje p o r E u r o p a . Y llegó el día. L o s amos de M i s h a llevaron este espléndido m a - cho a casa de Thomas. M i s h a entró pavoneándose en la sala de estar a echar un vistazo, fijando rápidamente su m i r a d a en la bella María. En un instante fue saltando hacia ella y se paró de golpe a su lado. E n - seguida, escribe T h o m a s , María «dobló las patas invitándole a j u - gar. Persigúeme, le decía c o n su gesto. M i s h a y María se q u e d a r o n tan prendados u n o d e l otro que no se daban cuenta de nada. M i s - ha ni siquiera se enteró de que sus dueños se habían marchado»2 1 . Estos dos alegres perros se h i c i e r o n inmediatamente insepara- bles. Juntos dormían, comían y paseaban; juntos tuvieron cuatro 5 5
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    P O RQ U É AMAMOS hermosos cachorros; juntos los criaron hasta el desdichado día en que los propietarios de Misha regalaron el perro a unas personas que vivían en el campo. D u r a n t e semanas, María se q u e d ó sentada j u n - to a la ventana de la casa de los T h o m a s , el m i s m o lugar desde d o n - de vio c ó m o obligaban a su amado M i s h a a entrar en un coche. Allí languidecía de pena. Finalmente, dejó de esperar su regreso. Pero «María n u n c a se recuperó de su pérdida», escribe Thomas. «Per- dió su esplendor... y no mostró interés en establecer u n a relación permanente c o n otro macho, y eso que, c o n los años, pasaron p o r casa varios posibles candidatos»2 2 . LOS ANIMALES SON EXIGENTES Exceso de energía; atención concentrada en un i n d i v i d u o c o n - creto; motivación para perseguir a este compañero «especial»; pér- dida de apetito; persistencia; dulces caricias, besos, lametones; acurrucarse a su lado y j u g a r c o n coquetería: todos ellos son ras- gos destacados del a m o r romántico de los seres humanos. Sea cual sea el n o m b r e que le queramos dar, muchas criaturas parecen sen- tirse atraídas unas hacia otras. Pero los animales son exigentes. De todas las características d e l a m o r romántico h u m a n o que muestran otras criaturas, quizá la más reveladora sea esta exigen- cia. Al igual que usted o yo no nos iríamos a la cama c o n cualquiera que nos guiñara el ojo, n i n g u n a otra criatura de este planeta perde- ría su valioso tiempo y energía en aparearse indiscriminadamente. Rechazan a unos y eligen a otros. Este es el caso de la h e m b r a del murciélago africano de cabeza de martillo. D u r a n t e la estación seca, los machos se congregan re- gularmente enunfefto z o n a de apareamiento específica situada en las frondosas orillas del río Ivindo, en Gabón, África. L o s machos llegan al atardecer c o n el fin de ocupar sus posiciones para la no- che. U n a vez situados, emiten unos fuertes graznidos metálicos y guturales mientras sacuden sus alas a m e d i o abrir a un ritmo el do- ble de rápido que el de su canto, c o n el objetivo de atraer la aten- ción hacia sí. P r o n t o llegan las hembras y se p o n e n a volar entre sus 5 6
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    H E LE N FISHER congéneres, deteniéndose a inspeccionar a unos y otros. Mientras la h e m b r a e x a m i n a a un m a c h o determinado, éste intensifica su ac- tividad, aleteando a toda velocidad y elevando el v o l u m e n de su canto hasta convertirlo en un z u m b i d o stacatto. En m e d i o de tanta cacofonía, la h e m b r a realiza su elección definitiva, se posa j u n t o a un m a c h o d e t e r m i n a d o y copula c o n él2 3 . Entre los chimpancés «comunes» que la primatóloga J a n e G o o - dall lleva estudiando más de cuarenta años en Tanzania, F i o era la más popular. C u a n d o entró en celo en 1983, Fio no podía ir a n i n - gún sitio sin que la siguieran hasta catorce machos adultos, muchos de los cuales estaban dispuestos incluso a ir directamente al c a m - pamento de G o o d a l l c o n tal de acercarse a su pareja preferida para el apareamiento. Fifí, la hija de F i o , también estaba m u y soli- citada, m u c h o más que su amiga P o m . L o s chimpancés tienen sus preferencias. Podría pensarse que la atracción de estos animales se debe sen- cillamente al ciclo h o r m o n a l ; que la fisiología d e l ciclo estral lleva a los machos a elegir a unas hembras en lugar de otras. P e r o G o o - dall, la afamada científica, no estaría de acuerdo. E l l a sostiene que «las preferencias p o r u n a pareja, independientes de las i n f l u e n - cias hormonales, alcanzan u n a gran i m p o r t a n c i a en el caso de los chimpancés»2 4 . De hecho, a f i r m a que los machos de muchas es- pecies de primates «muestran u n a preferencia claramente defini- da p o r unas hembras concretas, que p u e d e n ser independientes del m o m e n t o del ciclo»2 5 . El conductista F r a n k B e a c h realizó esta misma observación en 1976: «El h e c h o de que se p r o d u z c a o no la copulación d e p e n d e tanto de afinidades y aversiones i n d i v i d u a - les c o m o de la presencia o ausencia de h o r m o n a s sexuales en la hembra»2 6 . Así c o m o los machos prefieren a determinadas hembras c o n i n d e p e n d e n c i a de su condición sexual, las hembras se sienten atraídas p o r determinados machos aunque estos tengan un rango o categoría inferior al suyo, c o m o observó D a r w i n hace más de cien años. En El origen del hombre, D a r w i n escribió que incluso en el caso de las especies más agresivas, las hembras en celo no se sien- ten necesariamente atraídas p o r los machos más fuertes, más va- lientes o incluso más victoriosos. P o r el contrario, «es más p r o b a - 5 7
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    P O RQUÉ AMAMOS ble que se sientan excitadas p o r determinados machos, tanto an- tes c o m o después d e l celo, y p o r tanto que los prefieran de m o d o inconsciente»2 7 . Los leones, los babuinos, los lobos, los murciélagos, incluso pro- bablemente las mariposas, hacen distinciones entre sus pretendien- tes, evitando resueltamente aparearse c o n algunos y concentrando insistentemente sus energías en el cortejo de otros. Por supuesto, los animales de diferentes especies se sienten atraí- dos por distintos tipos de compañeros. Las hembras de muchas es- pecies (incluidas las mujeres) a m e n u d o se sienten atraídas p o r machos de rango superior. Algunas prefieren a los que viven en los mejores i n m u e b l e s 2 8 . Otras prefieren al macho c o n las plumas de la cola más simétricas o la cara más roja. P o r otra parte, los machos a veces son sensibles a la edad de las hembras, así c o m o a su salud, tamaño o forma. Pero, c o m o G o o d a l l escribe acerca de los p r i m a - tes, la «personalidad» también es m u y significativa2 9 . Todos los animales son exigentes. En efecto, estas preferencias son tan comunes en la naturaleza que la literatura sobre animales utiliza con frecuencia varios términos para describirlas, incluyen- do, «preferencia p o r u n a pareja», «proceptividad selectiva», «pre- ferencia individual», «favoritismo», «elección sexual» y «elección de compañero». Y aunque son exigentes, la mayoría de los animales expresan sus preferencias c o n gran rapidez. A M O R A P R I M E R A VISTA «Le adoró desde el p r i m e r m o m e n t o en que fijó su vista en él. Sólo quería estar a su lado, prodigarle muestras de afecto; le seguía a todas partes. En cuanto oía su voz se ponía a ladrar. » 3 0 . Violeta, el doguillo nervioso que vivía en casa de Elizabeth M a r s h a l l Thomas, en Cambridge, Massachusetts, estaba enamorada de B i n g o , el otro doguillo que tenían. V i o l e t a manifestaba todos los síntomas d e l a m o r a p r i m e r a vis- ta. Y su conducta es frecuente en la naturaleza p o r u n a razón i m - portante: la mayoría de las criaturas femeninas tienen u n a época 5 8
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    H E LE N FISHER de cría u otros períodos cíclicos cuando están fisiológicamente m a - duras. Sólo cuentan con unos minutos, horas, días o semanas, para reproducirse, concebir y prodigar sus genes. No p u e d e n permitirse pasar meses repasando el c u r r i c u l u m de cada pretendiente. A d e - más, el cortejo puede ser peligroso. El coito le pone a u n o en u n a situación comprometida: otros predadores o competidores pue- den adelantarse. Así que la atracción instantánea permite a los m a - chos y hembras de muchas especies centrar sus preciosas energías en el cortejo de ciertos individuos e iniciar el proceso reproductor rápidamente. Quizá los h u m a n o s hayamos heredado este fenómeno, dado que el a m o r a p r i m e r a vista es común a hombres y mujeres. En un estu- dio reciente realizado c o n cien parejas estadounidenses, el 11 p o r ciento de los encuestados se habían enamorado en el m o m e n t o en que fijaron la vista en su pareja; y en un estudio c o n seiscientos se- tenta y nueve hombres y mujeres realizado en la década de 1960, aproximadamente un 30 p o r ciento de los encuestados manifestó haberse enamorado c o n la p r i m e r a m i r a d a 3 1 . Esta atracción instantánea también fue experimentada p o r el presidente de los Estados U n i d o s , ThomasJefferson. La historiado- ra Fawn B r o d i e escribe: «Lo que le h u b i e r a n contado a Jefferson acerca de María Cosway es irrelevante, ya que si ha h a b i d o un h o m - bre que se haya enamorado en u n a sola tarde, ha sido é l » 3 2 . A l g o si- milar le ocurrió a u n a mujer que en esa m i s m a época vivía en C a - r u a r u , u n a ciudad al noreste de Brasil, según u n a confidencia que le hizo a un antropólogo: «Nunca había visto a este hombre. Y c u a n - do nos vimos el u n o al otro, no sé lo que ocurrió, si fue a m o r a p r i - mera vista o qué fue. U n a semana más tarde me fugué c o n é l » 3 3 . U n a mujer de M a n g a i a , u n a de las islas d e l Pacífico Sur, expresaba el m i s m o sentimiento: «Cuando vi a este h o m b r e , deseé que fuera mi esposo y este sentimiento fue u n a sorpresa porque era la prime- ra vez que le veía en mi vida»3 4 . Se casó c o n él. Años más tarde refle- xionaba sobre la experiencia y decía que el encuentro había sido «obra de la naturaleza». El a m o r a p r i m e r a vista es obra de la naturaleza. 5 9
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    P O RQ U É AMAMOS ¿ A M O R A L P R I M E R O L O R ? Algunas personas me h a n preguntado si el olor de alguien pue- de despertar esta atracción instantánea. Es cierto que m u c h o s a n i - males se sienten inmediatamente atraídos p o r los olores de deter- minadas parejas. P e r o d u d o q u e el a m o r al p r i m e r o l o r sea algo habitual en las personas, p o r u n a razón de o r d e n evolutivo. Nuestros antepasados, los primates, vivieron en las copas de los árboles durante al menos treinta millones de años. P a r a evitar caer al suelo y también para seleccionar las mejores frutas, necesitan u n a visión m u y desarrollada, más que un olfato fino. Consecuente- mente, los m o n o s y los simios tienen un sentido del olfato reducido en comparación c o n otras grandes regiones del cerebro encarga- das de la percepción de estímulos visuales. L o s h u m a n o s hemos heredado estas facultades. Yestas estructuras visuales están perfec- tamente conectadas c o n el resto de los sentidos y c o n nuestros p e n - samientos y sentimientos. En efecto, c o m o primates, el 80 p o r cien- to de nuestro conocimiento del m u n d o que nos rodea procede de la vista. Esta es sin d u d a la razón p o r la q u e muchos romances a tra- vés de Internet t e r m i n a n cuando los m i e m b r o s de la pareja se e n - cuentran cara a cara. Los estímulos visuales son importantes para el amor. Así que d u d o que m u c h o s h u m a n o s se e n a m o r e n al detectar el olor de un pretendiente durante u n a fiesta. Pero sí creo que u n a vez que nos familiarizamos y encariñamos c o n u n a pareja, su olor puede convertirse en u n a especie de afrodisíaco. P o r ejemplo, he conocido a varias mujeres a las que les gusta ponerse la camiseta o el suéter de su enamorado para d o r m i r porque les gusta notar su olor. Y la litera- tura occidental está llena de personajes masculinos que se sienten estimulados p o r la fragancia del pañuelo o el guante de su amada. Pero sea lo que sea lo que desencadena la atracción, el magnetis- mo puede ser instantáneo. C u a n d o los seres h u m a n o s y otras cria- turas están psicológicay físicamente preparadas y aparece ante ellos u n a pareja relativamente adecuada, el más sencillo intercambio pue- de disparar la atracción. Entonces la mayoría de los animales se vuelven extremadamen- te posesivos c o n su trofeo. 6 0
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    HE1.EN FISHER P OS E S I Ó N «Dame p o r compasión todo de t i — t u a l m a — / No me niegues ni un átomo de átomo o moriré». Keats quería poseer cada peque- ña parte de su amada. M u c h a s otras criaturas comparten este senti- miento. A l g u n o s pájaros y mamíferos lucharán casi hasta la muerte para poseer a un amante de m a n e r a exclusiva. Por ejemplo, durante la época del celo del mes de j u n i o , el m a - cho de oso pardo vigila a su h e m b r a d u r a n t e varios días e incluso semanas, aunque al poco se marchará si e n c u e n t r a otras o p o r t u - nidades de aparearse. O b s e r v a n d o a un veterano oso p a r d o d e l Parque N a c i o n a l de Yellowstone, el naturalista T h o m a s M c N a m e e escribe: «Se tendía en el n i d o de hojas y ramas que era su cama d i u r n a , pasando u n a garra protectora y posesiva p o r el h o m b r o de ella. C u a n d o otros osos pardos se acercaban... un solo gruñido so- lía bastar para que el competidor se alejara»3 5 . Un desdichado ejemplo de esta posesión es el que observó el zoólogo D a v i d Barash en el pájaro azulejo de montaña3 6 . La épo- ca del celo había comenzado, y un m a c h o y u n a h e m b r a de azule- jos habían construido su n i d o y se habían establecido en él. S i n embargo, mientras el m a c h o estaba fuera buscando c o m i d a , B a - rash colocó un m a c h o de azulejo disecado en u n a r a m a d e l árbol que estaba cercana al nido. C u a n d o el «marido» volvió y vio al i n - truso, atacó cruel y repetidamente al muñeco. L u e g o se volvió a su pareja y también la atacó brutalmente, rompiéndole dos de las plumas que son más necesarias p a r a el vuelo. E l l a huyó. El m a c h o no tardó m u c h o en aparecer c o n u n a nueva h e m b r a c o n la que crió u n a n i d a d a . Mientras que la posesión empuja a algunas criaturas a la violen- cia, los celos sumergen a otros en la depresión. ¿Recuerdan a V i o l e - ta, la doguilla que estaba enamorada de Bingo? V i o l e t a adoraba a su «marido». E r a n u n a pareja. «Al igual que si fueran un m a t r i m o - nio, tenían sus acuerdos privados», escribe Elizabeth M a r s h a l l T h o - mas, incluso sobre « c ó m o les gustaba dormir». L o s problemas de Violeta comenzaron el día en que l a j o v e n y hermosa husky, María, 61
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    P O RQUÉ AMAMOS se vino a vivir a casa de los M a r s h a l l . T h o m a s dice sobre los celos de Violeta: «Lo que más le molestaba a Violeta de María era que a Bin¬ go le gustara tanto. Ignorando a V i o l e t a , B i n g o se dedicaba cada día a intentar conquistar a María, paseándose a su lado c o n las ore- jas gachas, u n a expresión dulce en su cara y m o v i e n d o la cola lige- ramente. A m e n u d o V i o l e t a intentaba impedírselo». No h u b o suer- te. Al final V i o l e t a «se retiró a u n a esquina lejana, se sentó allí, resignada, y se deprimió»3 7 . Nuestros parientes cercanos, los chimpancés «comunes» y los bonobos, también p u e d e n ser m u y posesivos, incluso aunque sean promiscuos p o r naturaleza. E n e l p u n t o álgido d e l celo, l a h e m b r a visita a m e n u d o a un m a c h o y luego a otro, llegando en ocasiones a copular c o n u n a d o c e n a d e pretendientes e n u n solo día. L a mayo- ría de ellos esperan pacientemente su turno. Pero algunos c h i m p a n - cés machos se vuelven posesivos. Ya m e d i d a que aumenta su pasión, van intentando establecer u n a relación exclusiva c o n u n a h e m b r a determinada. Así ocurrió c o n Satán, un chimpancé que vivía en la reserva de G o m b e , en Tanzania. J a n e G o o d a l l describió la incipiente relación entre Satán y Miff. M i f f acababa de entrar en celo y todos los m a - chos lo sabían. La mañana había comenzado m o v i d a y ella había ido pasando de un m a c h o a otro, ofreciéndoles sus nalgas y c o p u - lando c o n cada u n o . El día fue avanzando y, u n o p o r u n o , los m a - chos frieron desapareciendo entre los arbustos para c o m e r o des- cansar. Satán esperó a que se m a r c h a r a el último de los restantes admiradores. Entonces, cuando M i f f se disponía a seguirlos, Satán d i o un salto y se i n t e r p u s o en su c a m i n o , c o m e n z a n d o a a n d a r c o m o si n a d a en u n a dirección diferente a la que habían t o m a d o el resto de los machos. Continuamente iba m i r a n d o por encima del h o m b r o para ver si ella le seguía. Yasí era. M e d i a h o r a después, M i f f oyó a los demás machos llamarla des- de el follaje. D u r a n t e un m o m e n t o miró en la dirección de d o n d e venían las voces y luego directamente a Satán, que estaba m o v i e n - do las ramas impacientemente para distraerla. E l l a se paró c o m o si estuviera sopesando las alternativas. Después siguió a Satán p o r la cresta de la montaña hasta llegar a un valle cercano, lejos d e l resto de los m a c h o s 3 8 . 62
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    H E LE N FISHER C o n frecuencia, cuando los chimpancés h e m b r a están en celo, se quedan en la c o m u n i d a d para copular c o n casi todos los machos. Sin embargo, si se sienten atraídas por u n o de sus admiradores, pue- den acompañar a este individuo «especial» hasta la periferia del te- rritorio donde vive y quedarse c o n él desde tres días hasta casi tres meses. G o o d a l l l l a m a a estas uniones temporales «irse de safari». L A V I G I L A N C I A D E L A PAREJA D a d o que el afán posesivo es tan habitual en la naturaleza, los estudiosos del c o m p o r t a m i e n t o a n i m a l le h a n d a d o un n o m b r e : «vigilancia de la pareja»3 9 . Se refiere a este gusto p o r la exclusivi- dad sexual c o m o un aspecto fundamental del cortejo en muchas especies. Generalmente es el m a c h o el que vigila a la h e m b r a , para evitar que le sea arrebatada o le abandone. Existen sólidas razones de carácter evolutivo. Si un m a c h o puede secuestrar a la h e m b r a durante su ovulación, ella podrá parir a sus crías y transmitir sus ge- nes hasta la eternidad. Los machos pertenecientes a especies que establecen u n a rela- ción de pareja para criar a su descendencia, tienen u n a segunda m o - tivación, de carácter darwiniano, para ser posesivos desde el punto de vista sexual. Desde el punto de vista de la adaptación, a un m a - cho, no le conviene derrochar su tiempo y sus energías vitales en construir un n i d o , proteger a la h e m b r a , luchar contra los intrusos, e incluso alimentar a sus crías, a menos que dichas crías sean porta- doras de su A D N . Si su h e m b r a se pone a retozar c o n otro macho, él se arriesga a que le pongan los cuernos. P o r tanto, en las especies socialmente monógamas, los machos que cortejan a u n a h e m b r a o se «casan» c o n ella tienden a ser extremadamente sensibles ante los intrusos. A l g u n o s monos machos m u e r d e n el cuello de la h e m - bra si se aleja o la hacen volver c o n golpecitos o empujones; en c a m - bio, los machos de muchas otras especies defienden agresivamente el territorio donde vive su compañera. L o s h o m b r e s y mujeres que participaron en mi estudio (expli- cado en el capítulo uno) mostraron también esta tendencia a la vi- gilancia de la pareja, especialmente los hombres. Éstos discreparon 6 3
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    P O RQ U É AMAMOS m u c h o más que las mujeres ante la afirmación «Es b u e n o no tener contacto c o n durante unos cuantos días para volver a a l i - mentar las expectativas» (Apéndice, na 4). El h e c h o podría deber- se a que las mujeres tienen, p o r lo general, más amigos, más cone- xiones, más lazos familiares y más responsabilidades f u e r a de su relación amorosa. P e r o probablemente los h o m b r e s se sienten también obligados de f o r m a inconsciente a conservar el recipiente de su semilla. Y t i e n e n buenas razones para ello. En u n a encuesta reciente rea- lizada a hombres y mujeres estadounidenses, el 60 p o r ciento de los hombres y el 53 p o r ciento de las mujeres a d m i t i e r o n haber practi- cado la «caza furtiva»; es decir, habían intentado atraer al amante de otra persona para comprometerse c o n él en u n a relación nue- v a 4 0 . En efecto, un estudio de treinta culturas demostró lo c o m ú n que es la caza furtiva de parejas en todo el m u n d o 4 1 . Al igual que el azulejo de montaña, los h u m a n o s son posesivos. La tendencia h u m a n a a perseguir e incluso a asesinar a un a m a n - te descarriado procede probablemente de esta tendencia a n i m a l a vigilar a la pareja. U N A P R O P U E S T A I N D E C E N T E Todos estos datos me h a n llevado a creer que los animales gran- des y pequeños se sienten impulsados biológicamente a preferir, perseguir y poseer unas parejas determinadas; existe u n a química de la atracción a n i m a l . Yesta química debe de haber sido la precur- sora d e l amor romántico h u m a n o . Pero, ¿qué sustancias químicas d e l cerebro están implicadas? Existen dos estimulantes naturales d e l cerebro de los mamífe- ros, estrechamente relacionados entre sí, que p a r e c e n desempe- ñar un p a p e l c r u c i a l ; la d o p a m i n a y la n o r e p i n e f r i n a . T o d o s los pájaros y mamíferos están dotados de formas similares de d o p a - m i n a y n o r e p i n e f r i n a , así c o m o de estructuras cerebrales pareci- das p a r a p r o d u c i r y r e s p o n d e r a estas «anfetaminas» naturales, a u n q u e las estructuras y circuitos cerebrales varíen de u n a espe- cie a otra. 6 4
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    H E LE N FISHER Pero hay algo aún más importante; la d o p a m i n a y la n o r e p i n e - frina desempeñan un papel clave en la excitación sexual y en la i n - tensificación de la motivación en pájaros y mamíferos4 2 . P o r ejem- plo, las ratas h e m b r a de l a b o r a t o r i o expresan sus i n t e n c i o n e s amorosas saltando y c o r r i e n d o de un lado a otro, conductas aso- ciadas c o n el a u m e n t o de los niveles de d o p a m i n a 4 3 . Y e n los rato- nes de pradera, esas pequeñas criaturas tan parecidas a los ratones de campo, los niveles elevados de d o p a m i n a en el cerebro están directamente asociados c o n la preferencia p o r u n a pareja en par- ticular4 4 . Fijémonos en el ratón de pradera (microtus orchrogaster). Estos pe- queños animales viven en un laberinto de túneles y madrigueras en las praderas del M e d i o Oeste de Estados Unidos. Los ratones esta- blecen un vínculo de pareja para criar a sus pequeños. El macho deja el hogar poco después de la pubertad para buscar u n a «espo- sa». C u a n d o ve a u n a candidata adecuada, empieza a cortejarla ávi- damente, olisqueándola, lamiéndola, mordisqueándola, montándo- la: u n a pareja de ratones copula más de cincuenta veces en apenas dos días. Tras este maratón sexual, el macho empieza a comportarse como un marido recién casado: construye un nido para sus futuros hijos, protege ferozmente a su pareja de otros machos rivales y de- fiende el hogar donde ambos viven. Aproximadamente un 90 p o r ciento de los ratones de pradera pasan toda su vida c o n la m i s m a pareja . P e r o los ratones de pradera son exigentes, c o m o demuestra este estudio. L o s científicos emparejaron a u n a h e m b r a en celo c o n un macho. C u a n d o la h e m b r a copuló c o n este pretendiente, desarro- lló u n a parcialidad especial hacia él, un favoritismo que fue acom- pañado de un aumento del 50 p o r ciento de la d o p a m i n a en el nú- cleo accumbens, u n a parte del cerebro de los mamíferos que en las personas está asociada c o n la ansiedad y la adicción4 6 . En este mismo sentido, cuando los científicos inyectaron u n a sus- tancia que reducía la d o p a m i n a en u n a región específica del cerebro de la h e m b r a de ratón de pradera, ésta dejó de preferir a su c o m p a - ñero frente los demás. Y c u a n d o en cambio a la h e m b r a le inyecta- r o n compuestos que aumentaban los niveles de d o p a m i n a en el ce- rebro empezó a preferir al compañero que estaba presente en el 6 5
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    P O RQUÉ AMAMOS m o m e n t o de la inyección, aunque n u n c a se hubiera apareado c o n este i n d i v i d u o 4 7 . La d o p a m i n a parece, pues, desempeñar u n a función clave en la atracción animal. La norepinefrina puede contribuir a este magnetismo. C u a n d o los científicos p o n e n u n a gota de o r i n a del macho en el labio supe- rior de u n a hembra de ratón de pradera, los niveles de norepinefrina en el cerebro se elevan. Esto contribuye a la liberación de estróge- nos y estimula la conducta de apareamiento4 8 . ¿Se siente la h e m b r a del ratón de pradera «atraída» p o r este olor? L o s niveles de norepinefrina (y dopamina) se disparan también cuando u n a oveja en celo ve imágenes de u n a oveja m a c h o 4 9 . Pue- de que estas ovejas se sientan temporalmente encaprichadas de los carneros. La norepinefrina está ligada incluso a u n a determinada postura de los mamíferos durante el cortejo: la lordosis, el hábito de la h e m - b r a de agacharse, arquear la espalda y levantar las nalgas hacia su pretendiente para expresar su disponibilidad s e x u a l 5 0 . Las mujeres también lo hacen. La mujer m i r a c o n coquetería p o r e n c i m a de su h o m b r o al varón mientras arquea su espalda graciosamente y eleva sus nalgas en la m i s m a dirección. Estos datos me i n c l i n a n a sospechar que la d o p a m i n a y / o la no- repinefrina desempeñan u n a función clave en la atracción animal. S i n d u d a hay más sustancias químicas cerebrales i m p l i c a d a s . C u a n d o los elefantes, zorros, ardillas y muchos otros animales hacen la criba de sus oportunidades de apareamiento, deben distinguir colores, formas y tamaños, estar atentos para detectar los tonos más seductores, recordar hechos y desastres pasados, y olisquear, tocar y paladear para r e u n i r la información referente a los potenciales consortes. S o n muchos los sistemas químicos que i n d u d a b l e m e n - te coordinan de algún m o d o la reacción en cadena que da lugar a los sentimientos de atracción a n i m a l . Pero los animales aman. Tia, B a d B u l l , Skipper, M i s h a , María, Violeta, T h a l i a , Alexander, Miff, Satán y cualquier otro mamífero o ave de este planeta probablemente se h a n sentido atraídos p o r unos sujetos específicos. C u a n d o estos amantes temporalmente hechiza- dos graznan, ladran, aletean, trinan, se pavonean, m i r a n fijamente, 6 6
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    H E I, E N FISHER mordisquean, acarician, copulan y adoran a la pareja elegida para el apareamiento, entran en contacto c o n un latido universal. En qué m o m e n t o c o m e n z ó la evolución de la química d e l cere- bro relacionada c o n la atracción a n i m a l es algo que nadie sabe. Yo sospecho que cuando los primeros mamíferos primitivos corretea- ban entre los dinosaurios, estos velludos parientes de la raza h u m a - na sólo habían desarrollado u n a estructura cerebral sencilla para motivarles a distinguir entre varios pretendientes y preferir a unos determinados. C o n estos rudimentos fueron multiplicándose des- de entonces, expandiendo esta química a miríadas de seres que na- daban, volaban, reptaban, saltaban, brincaban o trotaban, incluyen- do a los antepasados de los simios y de los humanos. L o s hombres y las mujeres de la antigua I n d i a llamaban al a m o r romántico «la eterna danza del universo»5 1 . Y estaban en lo cierto. No obstante, el tiempo durante el cual u n a ardilla listada, u n a cebra o u n a ballena se sienten verdaderamente atraídas p o r u n a pareja determinada obviamente depende de los entornos naturales. Éstos varían necesariamente. Y l a s especies también. En las ratas, proba- blemente la atracción sólo d u r a unos segundos. L o s elefantes pare- cen sentirse «enamorados» unos tres días. L o s perros a m e n u d o muestran esta atracción durante meses y el cariño durante muchos años. A l g u n o s científicos se cuestionan hasta qué punto estas cria- turas son «conscientes» de sus emociones5 2 . N a d i e lo sabe. P e r o los animales expresan un aumento de la energía, u n a concentración de atención, euforia, ansia, persistencia, afán posesivo y afecto: atrac- ción a n i m a l . Y l o s datos sugieren que esta atracción está relaciona- da con dos sustancias químicas habituales en el cerebro: la dopami- na y la norepinefrina. ¿Podrían desempeñar dichas sustancias a l g u n a función en el a m o r romántico h u m a n o ? Para c o m p r e n d e r la química de esta «danza eterna», decidí adentrarme en el cerebro h u m a n o . 67
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    3 L A QUÍMICADEL AMOR Escanear el cerebro «enamorado» ... porque es fuerte el amor como la muerte, tenaz, como el sol, la celosía. Flechas de fuego son sus flechas, Sus llamas, llamas de Yavé El Cantar de los Cantares (h. 900-300 a. de C.) « A I I Í estaba e l calor d e l A m o r , l a a p r e m i a n t e pulsión d e l D e - seo, el susurro d e l a m a n t e , la irresistible m a g i a que al h o m b r e más c u e r d o vuelve l o c o » 1 . Esta m a g i a que H o m e r o canta en la Ilíada ha d a d o lugar a guerras, e n g e n d r a d o dinastías, d e r r i b a d o reinos e i n s p i r a d o algunas de las más bellas obras literarias y ar- tísticas. Las personas cantan al amor, trabajan p o r amor, m a t a n p o r amor, viven p o r a m o r y m u e r e n p o r amor. ¿Qué es lo que provoca este hechizo? C o m o ya he dicho, he llegado a la conclusión de que el a m o r ro- mántico es un sentimiento h u m a n o universal, p r o d u c i d o p o r sus- tancias químicas y estructuras específicas que existen en el cerebro. Pero, ¿cuáles exactamente? P a r a arrojar a l g u n a luz sobre esta magia que puede hacer que el más cuerdo se vuelva loco, en 1996 puse en m a r c h a un proyecto compuesto de varias fases, c o n el obje- tivo de recoger datos científicos sobre la química y los circuitos ce- rebrales del a m o r romántico. Si b i e n suponía que e r a n muchas las sustancias químicas que intervenían de u n a f o r m a u otra, centré mi investigación en la d o p a m i n a y en la n o r e p i n e f r i n a , así c o m o en otra sustancia cere- bral relacionada c o n ellas, la serotonina. Las razones que me lle- varon a estudiar la naturaleza de estas sustancias f u e r o n dos: la 6 9
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    P O RQUÉ AMAMOS atracción que sienten los animales p o r determinadas parejas está relacionada c o n altos niveles de d o p a m i n a y / o n o r e p i n e f r i n a en el cerebro; y lo que es más i m p o r t a n t e , estas tres sustancias quí- micas p r o d u c e n muchas de las sensaciones de la pasión románti- ca h u m a n a . D U L C E D O P A M I N A , N O PARES D E B A I L A R Veamos el caso de la d o p a m i n a . U n o s niveles elevados de dopa- m i n a en el cerebro p r o d u c e n u n a gran concentración de la aten- ción2 , así como u n a motivación inquebrantable y u n a conducta orientada a un objetivo3 . Estas características son clave para el a m o r romántico. Los amantes se concentran intensamente en el amado, excluyendo a m e n u d o todo lo que les rodea. De hecho, se concen- tran de tal m o d o en las cualidades del ser amado que pasan p o r alto fácilmente sus características negativas4 , adorando incluso las experiencias y los objetos específicos que h a n compartido c o n la persona amada. Por otra parte, las personas locamente enamoradas consideran al amado como algo novedoso y único. Y la d o p a m i n a ha sido aso- ciada con el aprendizaje de los estímulos novedosos5 . A l g o que resulta clave en el a m o r romántico es la p r e f e r e n c i a del amante por el ser amado. C o m o se afirmaba en el capítulo se- gundo, entre los ratones de campo esta predilección está asociada c o n niveles elevados de d o p a m i n a en unas regiones específicas del cerebro. No resulta ilógico, p o r tanto, sugerir que si la d o p a m i n a está asociada c o n la preferencia por u n a pareja en los ratones de campo, es m u y posible que también desempeñe u n a función en la parcialidad de las personas. Sabemos que todos los mamíferos tie- n e n básicamente la m i s m a m a q u i n a r i a cerebral, aunque el tama- ño, la f o r m a y la situación de las partes que c o m p o n e n el cerebro varíen notablemente entre unos y otros6 . El éxtasis es otra característica destacada de los amantes, algo que parece también estar asociado c o n la d o p a m i n a . Las concen- traciones elevadas de d o p a m i n a en el cerebro p r o d u c e n euforia, así como otros muchos sentimientos que dicen sentir los enamora- 70
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    H E LE N FISHER dos, c o m o un a u m e n t o de energía, hiperactividad, i n s o m n i o , pér- d i d a de apetito, temblores, u n a aceleración de los latidos del cora- zón y de la respiración y, a veces, obsesión, ansiedad o miedo7 . La intervención de la d o p a m i n a puede incluso explicar p o r qué los hombres y mujeres enamorados se vuelven tan dependientes de su relación romántica y p o r qué ansian la unión e m o c i o n a l c o n su amado. La dependencia y el ansia son síntomas de adicción, y todas las adicciones importantes están asociadas c o n altos niveles de d o p a m i n a 8 . ¿Es el a m o r romántico u n a adicción? Sí, creo que sí lo es; u n a feliz d e p e n d e n c i a c u a n d o el a m o r es correspondido y u n a ansiedad dolorosa, triste y a m e n u d o destructiva c u a n d o se ve rechazado. En efecto, la d o p a m i n a puede ser el combustible que alimenta los denodados esfuerzos del amante cuando éste siente que su rela- ción amorosa está en peligro. C u a n d o la recompensa se demora, las células que p r o d u c e n la d o p a m i n a en el cerebro aumentan su tra- bajo, b o m b e a n d o mayores cantidades de este estimulante natural para proveer de energía al cerebro, centrar la atención e impulsar al afectado a luchar más aún p o r alcanzar su p r e m i o : en este caso, ganarse el corazón de la persona objeto de su a m o r 9 . D o p a m i n a , tu n o m b r e es perseverancia. Incluso el anhelo de tener u n a relación sexual c o n el amado pue- de estar indirectamente relacionado c o n unos niveles altos de do- pamina. C u a n d o la d o p a m i n a en el cerebro aumenta, se p r o d u c e n c o n frecuencia mayores niveles de testosterona, la h o r m o n a del de- seo sexual. E L « C O L O C Ó N » D E L A N O R E P I N E F R I N A La norepinefrina, u n a sustancia química derivada de la d o p a m i - na, puede también contribuir al «colocón» del amante. L o s efectos de la norepinefrina son variados, dependiendo de la parte del cere- bro que se active. S i n embargo, el aumento de los niveles de este es- timulante produce p o r lo general euforia, energía excesiva, insom- n i o y pérdida de apetito, algunas de las características básicas d e l a m o r romántico. 71
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    P O RQ U É AMAMOS El aumento de los niveles de norepinefrina también podría con- tribuir a explicar p o r qué el amante puede recordar los detalles mas nimios acerca del comportamiento de su ser amado y de los preciados momentos que pasó j u n t o a él, pues esta sustancia está asociada c o n un aumento de la capacidad de recordar estímulos nuevos1 0 . Pero en este «irresistible» sentimiento mágico d e l que hablaba H o m e r o puede intervenir también u n a tercera sustancia química: la serotonina. L A S E R O T O N I N A Un destacado síntoma del a m o r romántico es pensar continua- mente en el amado. L o s amantes no p u e d e n desconectar de sus atropellados pensamientos. De hecho, este aspecto del a m o r es tan intenso que yo lo utilizo c o m o la p r u e b a decisiva de la pasión ro- mántica. Lo p r i m e r o que p r e g u n t o a c u a l q u i e r a que me diga que está enamorado es: «¿Qué porcentaje del tiempo que pasas des- pierto lo dedicas a pensar en la persona de la que estas enamorado? » M u c h o s responden que «Más del 90 p o r ciento». Otros a d m i t e n algo avergonzados que n u n c a dejan de pensar en «él» o en «ella». Los amantes son obsesivos. Y l o s médicos que tratan a pacientes c o n todo tipo de transtornos obsesivo-compulsivos recetan i n h i b i - dores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) como el Prozac o el Zoloft, sustancias que elevan los niveles de serotonina en el cerebro1 1 . Ésta es la razón que me ha llevado a sospechar que las cavilaciones continuas, involuntarias e irresistibles del amante sobre la persona de la que está enamorado podrían asociarse c o n unos niveles bajos de alguna de las formas (existen al menos catorce ti- pos) que adopta este compuesto químico1 2 . Mi razonamiento no carece de base. En 1999, unos científicos italianos estudiaron a sesenta individuos: veinte eran hombres y m u - jeres que habían estado enamorados en los seis meses anteriores; otros veinte sufrían trastornos obsesivo-compulsivos ( T O C ) no tra- tados y otros veinte eran individuos normales y sanos que no esta- ban enamorados y que se utilizaron c o m o g r u p o de control. Tanto 72
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    HEI-EN FISHER los participantesenamorados c o m o los que sufrían T O C presenta- r o n niveles significativamente menores de serotonina que los del grupo de c o n t r o l 1 3 . Estos científicos e x a m i n a r o n los niveles de serotonina en algu- nos componentes de la sangre pero no en el cerebro. Hasta que los científicos no p u e d a n documentar la actividad de la serotonina en unas regiones determinadas del cerebro, no podremos estar segu- ros de la función que desempeña la serotonina en el a m o r románti- co. No obstante, este experimento ha determinado, p o r vez prime- ra, que existe u n a posible conexión entre el a m o r romántico y unos niveles bajos de serotonina orgánica. Así pues, todas las incontables horas durante las que nuestra mente da vueltas y más vueltas, c o m o un ratón que hace girar u n a rueda, pueden estar asociadas c o n niveles reducidos de serotonina en los circuitos del cerebro. Y c u a n d o u n a relación amorosa se intensifica, este pensamiento obsesivo e irresistible puede incrementarse debido a u n a relación negativa entre la serotonina y sus parientes, la d o p a m i n a y la nore- pinefrina. El aumento de los niveles de d o p a m i n a y n o r e p i n e f r i n a puede provocar un descenso en picado de los niveles de serotoni- n a 1 4 . Esto podría explicar por qué el creciente éxtasis romántico del e n a m o r a d o intensifica de h e c h o la compulsión a soñar despierto, fantasear, meditar, reflexionar y obsesionarse p o r el objeto de su amor. U N A HIPÓTESIS D E T R A B A J O Dadas las propiedades que estas tres sustancias químicas relacio- nadas entre sí, la d o p a m i n a , la norepinefrina y la serotonina, pre- sentan en el cerebro, empecé a sospechar que todas ellas desempe- ñaban un papel fundamental en la pasión romántica h u m a n a . Los sentimientos de euforia, i n s o m n i o y pérdida de apetito, así c o m o la energía excesiva, atención concentrada, intensificación de la motivación y conductas orientadas a un objetivo que caracteri- zan a la persona enamorada, j u n t o c o n su tendencia a considerar al amado como algo novedoso y único, y el aumento de la pasión cuan- 73
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    P O RQUÉ AMAMOS do se enfrenta a la adversidad, pueden ser originadas en parte p o r un incremento de los niveles de d o p a m i n a y norepinefrina en el cerebro. Y l a cavilación obsesiva del amante sobre el ser amado po- dría deberse a la disminución de los niveles de ciertos tipos de s e r o tonina en el cerebro. Hagamos ahora las salvedades. La teoría se complica p o r n u m e - rosos hechos: diferentes dosis de estas sustancias químicas pueden producir diferentes efectos; a su vez, las sustancias p r o d u c e n distin- tos efectos en distintas partes del cerebro; cada u n a interactúa c o n las demás de distinta manera en circunstancias diferentes, y cada u n a se relaciona c o n otros muchos sistemas fisiológicos y circuitos cerebrales, dando lugar a complejas reacciones en cadena. P o r otra parte, el a m o r romántico apasionado a d o p t a diversas formas en cuanto a su diferente gradación, desde la p u r a euforia cuando el amor es correspondido hasta los sentimientos de vacío, desespera- ción y a m e n u d o rabia, cuando es rechazado. Estas sustancias quí- micas, indudablemente, varían en cuanto a su concentración y com- binación según la relación avance o retroceda. No obstante, la diferente correlación entre las numerosas ca- racterísticas del a m o r romántico, así c o m o los efectos de estas tres sustancias en el cerebro, me h a n llevado a elaborar la hipótesis si- guiente: este fuego en la mente es provocado p o r unos niveles ele- vados de dopamina o de norepinefrina, o de ambas a la vez, así como p o r la disminución de los niveles de serotonina. Tales sustancias químicas f o r m a n el eje central del a m o r obsesivo, apasionado, ro- mántico. E S C A N E A R E L C E R E B R O E N A M O R A D O Así pues, lo siguiente era encontrar las regiones del cerebro i m - plicadas en «la apremiante pulsión del Deseo» de H o m e r o . Sabía que la d o p a m i n a , la norepinefrina y la serotonina estaban m u c h o más presentes en unas regiones cerebrales que en otras. Si pudiera establecer qué regiones d e l cerebro se activan c u a n d o alguien se encuentra inmerso en el éxtasis romántico, esto podría confirmar qué sustancias químicas principales están implicadas. Había Uega- 74
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    H E LE N FISHER do el m o m e n t o de embarcarse en el proyecto de escanear los cere- bros de varios hombres y mujeres enamorados. Así que desarrollé un p l a n c o n el neurólogo G r e g S i m p s o n , que trabajaba p o r entonces en el A l b e r t Einstein College of M e d i - cine. Recogeríamos datos sobre la actividad cerebral mientras los sujetos perdidamente enamorados realizaban dos tareas distintas: m i r a r u n a foto de su amado o a m a d a y m i r a r u n a fotografía «neu- tra» de un conocido que no generara sentimientos románticos po- sitivos ni negativos. Además utilizaríamos un aparato de imagen por resonancia magnética f u n c i o n a l (IMRf) para sacar fotos del cerebro. El aparato de I M R f registra el flujo sanguíneo del cerebro. Se basa, en parte, en un p r i n c i p i o sencillo: las células cerebrales que están activas c h u p a n más sangre que las partes del cerebro que están inactivas, ya que tienen que obtener el oxígeno necesario para rea- lizar su trabajo. Esta máquina no haría necesario inyectar a los suje- tos de mi experimento ningún contraste de color ni introducírselo en el cuerpo de n i n g u n a otra manera. S i n dolor. Esa idea me gus- taba. Después, para analizar nuestros datos, compararíamos la acti- vidad cerebral p r o d u c i d a mientras nuestros sujetos m i r a b a n la foto de su a m o r c o n la actividad cerebral registrada mientras miraban la imagen neutra. Pensamos que era un buen comienzo. En 1996 escaneamos a cua- tro sujetos, dos hombres y dos mujeres, todos ellos jóvenes. Todos es- taban locamente enamorados. Los resultados fueron m u y esperan- zadores. Pero mi colega tuvo que abandonar el experimento debido a otros compromisos profesionales. Afortunadamente yo ya había invitado a Lucy B r o w n , u n a destacada neuróloga del Albert Einstein College of M e d i c i n e , a interpretar los resultados del escáner, u n a labor técnicamente compleja y de gran exigencia intelectual que exige m u c h o tiempo. Más adelante se nos u n i e r o n A r t A r o n , un psicólogo de gran talento dedicado a la investigación en la State University of N e w York de Stony B r o o k , y D e b Mashek, en aquel m o m e n t o u n a estudiante de posgrado del departamento de psico- logía de la S U N Y d e Stony B r o o k . Había algo que me preocupaba acerca del diseño del experi- mento. C o m o comentábamos anteriormente, a los amantes les re- 75
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    P O ROUÉ AMAMOS sulta difícil no pensar en la persona amada. Mi temor consistía en que los pensamientos apasionados y románticos del amante, gene- rados al contemplar la foto de su amor, contaminaran su pensa- miento pasivo al m i r a r la foto neutra. C u a n d o se lo comenté a A r t y a Deb, A r t sugirió la conveniencia de asignarles u n a «tarea de dis- tracción», un procedimiento habitual utilizado en psicología para mantener el cerebro libre de emociones. Establecimos u n a «tarea de distracción» específica que todavía hoy me sirve de entreteni- miento. Entre el m o m e n t o en que miraban la foto de la persona a m a d a que actuaba de estímulo positivo y la foto neutra de algún conoci- do sin interés, a los sujetos d e l experimento se les mostraba un nú- m e r o de varias cifras (por ejemplo, 8.421) en u n a pantalla y se les pedía que fueran contando hacia atrás de siete en siete a partir de d i c h o número. El objetivo era despejar la mente de sentimientos fuertes entre la exposición al objeto de su a m o r y la exposición al estímulo neutro. Pruebe a hacerlo la próxima vez que se sienta dis- gustado, m u y disgustado. Coja un número de varias cifras y empiece a contar hacia atrás de siete en siete. Resulta agotador, pero funcio- na. Al menos durante unos momentos, los sentimientos se desvane- cen sin más mientras nos esforzamos p o r llevar la cuenta sin equi- vocarnos. Sin embargo, antes de seguir escaneando más cerebros de h o m - bres y mujeres enamorados teníamos que estar seguros de u n a cosa: que la fotografía de la persona amada estimularía los sentimientos de amor romántico de f o r m a más efectiva que un olor, u n a can- ción, u n a carta de amor, un recuerdo o cualquier otro objeto o fe- nómeno asociado al amado. L o s poetas y los artistas siempre h a n sido conscientes d e l poder de las imágenes visuales. C o m o escribió W i l l i a m Butler Yeats, «El vino entra p o r la boca / y el a m o r entra p o r los o j o s » 1 5 . La mayoría de los psicólogos creen también que las imágenes visuales desen- cadenan u n a mayor pasión romántica. Nosotros estamos convenci- dos de ello. Pero antes de comenzar a generar sentimientos de éx- tasis romántico p o r m e d i o de u n a fotografía, A r t , D e b y yo quisimos estar seguros de que el a m o r «entra p o r los ojos» c o n m a - yor intensidad que a través de cualquier otro sentido. 7 6
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    H Et JENFISHER Para descubrirlo, pusimos en m a r c h a un ingenioso experimen- to c o n un aparato al que bautizamos c o m o el amorómetro. E L « A M O R Ó M E T R O » E n u n tablón informativo situado e n e l campus d e l a S U N Y d e Stony Brook, A r t y D e b pusieron un anuncio solicitando hombres y mujeres enamorados. El a n u n c i o comenzaba c o n estas palabras en negrita: «¿Acaba de enamorarse locamente?» «Acaba» y «locamen- te» eran las palabras operativas. Buscábamos candidatos que estu- vieran tan intensamente enamorados que apenas p u d i e r a n comer o dormir. M u c h o s voluntarios l l a m a r o n al departamento de psicología de Stony B r o o k para ponerse en contacto c o n D e b y luego se pre- sentaron en persona. D e b seleccionó a aquellos que parecían es- tar verdaderamente enamorados y d i o a cada u n o varios cuestio- narios diseñados para conocer su personalidad, sus sentimientos hacia la persona amada y la duración, intensidad y el m o m e n t o que vivía su relación amorosa. Les pidió que volvieran u n a sema- na después al laboratorio llevando consigo objetos que les h i c i e - ran sentir u n a intensa pasión romántica h a c i a el ser a m a d o . L o s estudiantes volvieron c o n fotografías, cartas, mensajes de correo electrónico, tarjetas de cumpleaños, grabaciones de música, colo- nias, recuerdos escritos en hojas de papel y anotaciones sobre he- chos futuros que imaginaban. L o s llevaban c o m o si fueran flores de cristal. Luego preparamos a cada sujeto para el experimento. P r i m e r o , D e b les colocaba tres electrodos en diferentes regiones del cuero cabelludo, conectando de esta manera al participante c o n un elec- troencefalógrafo ( E E G ) . Decía a cada u n o que estos cables regis- trarían sus ondas cerebrales durante el experimento. En realidad, no era cierto; la máquina no estaba conectada. Pero esperábamos que este engaño estimularía la sinceridad de los voluntarios. Des- pués, el participante se sentaba enfrente de u n a pantalla de orde- nador d o n d e se mostraba un icono que parecía un termómetro vertical y se le daba u n a esfera rotativa m a n u a l que iba de los cero a 77
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    P O RQUÉ AMAMOS los treinta grados. G i r a n d o este d i a l accionado p o r muelles, el suje- to podía elevar el «mercurio» d e l termómetro. C u a n d o él o ella lo soltaban, volvía a cero. A este aparato de respuesta p o r o r d e n a d o r lo llamábamos de b r o m a «amorómetro». El experimentó comenzó. En p r i m e r lugar mostrábamos al suje- to la foto de su amado o a m a d a y después u n a foto neutra de otra persona d e l mismo sexo o de un paisaje de la naturaleza. A continua- ción, cada participante leía u n a carta de amor de su amado y luego un párrafo de un libro de estadística. En tercer lugar, cada u n o de los sujetos olía un perfume que le recordaba a la persona a m a d a y luego agua con alcohol de desinfectar. En cuarto lugar, se pedía al sujeto que «recordara» algún m o m e n t o maravilloso pasado en com- pañía de la persona amada y luego que se acordara de algún hecho intrascendente, como, p o r ejemplo, la última vez que se había lava- do el pelo. En quinto lugar, cada u n o escuchaba u n a canción asocia- da con su amado o a m a d a y luego otra cantada por los personajes d e l p r o g r a m a de televisión B a r r i o Sésamo. P o r último, se pedía a cada participante que i m a g i n a r a un hecho futuro maravilloso j u n - to a la persona amada y luego un hecho cotidiano c o m o lavarse los dientes. Y e n t r e u n o y otro cometido se intercalaba nuestra tarea de distracción: contar hacia atrás de siete en siete, comenzando c o n al- guno de los números de u n a secuencia de varias cifras. La labor d e l sujeto experimental consistía en responder a cada estímulo haciendo girar el dial del amorómetro para reflejar la i n - tensidad de sus sentimientos de pasión romántica. Los participantes fueron once mujeres y tres hombres cuya m e d i a de edad se situaba en t o r n o a los dieciocho años y m e d i o . C u a n d o se registraron sus respuestas y se analizaron estadísticamente, los resultados fueron reveladores: los sentimientos de intenso a m o r romántico se desen- cadenaban casi p o r igual p o r m e d i o de fotografías, canciones o re- cuerdos d e l ser a m a d o 1 6 . L A S F O T O G R A F Í A S E S T I M U L A N E L A M O R No me sorprendió que las fotografías provocaran la pasión ro- mántica. Después de todo, la mayoría de nosotros tenemos u n a foto 78
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    H E LE N FISHER de nuestro verdadero a m o r encima de nuestra mesa de trabajo. A d e - más, c o m o recordarán, esta reacción visceral ante las imágenes vi- suales tiene u n a explicación antropológica. L o s humanos evolucio- naron a partir de unos antepasados que vivían en los árboles y que necesitaban u n a magnífica vista para sobrevivir a esa altura sobre el suelo. L o s que tenían mala vista seguramente calculaban m a l d o n - de estaban los frutos y las flores y, al no acertar al saltar de u n a r a m a a otra, se caían y se rompían la crisma. C o m o consecuencia, todos los primates superiores tienen grandes regiones cerebrales dedica- das a la percepción y la integración de los estímulos visuales. Efecti- vamente, los psicólogos h a n insistido durante décadas en la fun- ción tan importante que desempeñan las manifestaciones visuales a la hora de estimular los sentimientos de la atracción romántica1 7 . Este e x p e r i m e n t o nos confirmó que las fotografías de la perso- na amada provocan ciertamente la felicidad romántica. Nuestro diseño e x p e r i m e n t a l era sólido. Podíamos empezar a pasar a los amantes p o r el escáner cerebral en busca de los circuitos d e l éxta- sis romántico. E L E X P E R I M E N T O «¿Acabas de enamorarte locamente?» Utilizamos de nuevo esta frase en otro cartel que colocamos en el tablón de anuncios de Psi- cología del campus de la S U N Y d e Stony B r o o k . Pero esta vez re- queríamos hombres y mujeres dispuestos a tumbarse dentro de u n a máquina, un espacio rectangular, oscuro y estrecho, para que escaneáramos sus cerebros. U n a vez más buscábamos sólo a perso- nas que se hubieran enamorado locamente en los últimos meses o semanas y cuyos sentimientos románticos fueran recientes, vividos, incontrolables y apasionados. No fue difícil encontrarlas. En palabras de J o h n D o n n e , «El amor, igual a sí m i s m o , no sabe de estaciones, ni de c l i m a , ni de horas, días o meses, esos harapos del tiempo»1 8 . El a m o r florece en todas partes, en cualquier época. Inmediatamente empezaron a llamar estudiantes al laboratorio de psicología de A r t para presen- tarse voluntarios. D e b descartó a los que llevaban algo de metal en 79
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    P O RQUÉ AMAMOS la cabeza (en los labios, la lengua, la nariz, piercings de cualquier tipo o aparatos dentales), ya que esto podría afectar al imán de la máquina de I M R f , También excluyó a los que sufrían claustrofobia, los que estaban t o m a n d o algún tipo de fármaco antidepresivo que pudiera afectar a la fisiología cerebral y a los hombres y mujeres zurdos. La organización cerebral puede variar según la lateralidad y teníamos que estandarizar la muestra lo más posible. Llegado este punto, entrevisté a cada candidato, a veces hasta d u - rante dos horas. Mi primera pregunta siempre era la misma: «¿Cuán- to tiempo llevas enamorado?». Pero la segunda era la más i m p o r - tante: «¿Qué porcentaje del día y de la noche piensas en la persona de la que estás enamorado?». D a d o que el pensamiento obsesivo es un ingrediente básico de la pasión romántica, buscaba participan- tes que pensaran en la persona amada durante casi todo el tiempo que pasaban despiertos. Buscaba también hombres y mujeres que r i e r a n y suspiraran más de lo h a b i t u a l d u r a n t e la entrevista, que pudieran recordar cualquier pequeño detalle de su enamorado y que parecieran sentir un verdadero anhelo o incluso ansia p o r su enamorado. Si un sujeto potencial mostraba éstos y otros síntomas de pasión romántica, le invitaba a participar. El sujeto debía proporcionarnos dos fotografías: u n a de su ser amado y otra de un i n d i v i d u o emocio- nalmente neutro para él. El segundo solía ser alguien que habían conocido casualmente en el instituto o en la universidad. L u e g o fi- jábamos u n a cita para practicarles el escáner cerebral. E L P R O C E D I M I E N T O D E L E S C Á N E R C E R E B R A L P o r supuesto, el escáner no se practicaba sin explicar antes dete- nidamente lo que les ocurriría dentro de la máquina que realizaba el escáner I M R f del cerebro. C o m e n z a b a p o r contar a cada partici- pante que yo m i s m a me había sometido al experimento tres veces, lo cual era cierto. Les explicaba que yo tenía un poco de claustrofo- bia, pero que prefería experimentar este proceso antes de invitar a otros a que lo hicieran. Les describía lo que pasaba en la máquina m i n u t o a minuto. Y l e s aseguraba a cada u n o de ellos que no habría 8 0
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    H E LE N FISHER sorpresas. Necesitaba que estos hombres y mujeres confiaran en mí; sin esa confianza, podíamos acabar m i d i e n d o sentimientos de sospecha o de pánico en lugar de a m o r romántico. C u a n d o parecían estar listos, fijábamos u n a fecha p a r a el escá- ner. Qué alegría, qué ansiedad, qué curiosidad sentía yo c u a n d o fi- jábamos aquella cita. E l p r o c e d i m i e n t o era sencillo, aunque n o fácil. E n p r i m e r lugar, D e b y yo tratábamos de acomodar lo mejor posible al participante dentro d e l escáner, un tubo de plástico largo, horizontal, c i l i n d r i - co, de color crema, abierto en ambos extremos, que abarca desde más arriba de la cabeza hasta la cintura. El sujeto se recostaba sobre u n a camilla dentro de esta máquina tubular, en la semioscuridad, quedando treinta o sesenta centímetros de espacio de separación por e n c i m a y a los lados de su cuerpo, d e p e n d i e n d o d e l tamaño de la persona. Poníamos unos cojines bajo sus rodillas p a r a relajar la espalda, les tapábamos c o n u n a manta, hacíamos reposar su cabeza sobre u n a a l m o h a d a rígida p a r a ayudarles a permanecer inmóviles durante el experimento y colocábamos un espejo ligeramente i n - clinado sobre sus ojos. De esta m a n e r a el sujeto podía ver reflejada u n a pantalla en la que nosotros íbamos mostrando sucesivamente cada foto, así c o m o el número de varias cifras c o n que realizarían la tarea de distracción. Tras realizar los escáneres preliminares para establecer la anato- mía básica d e l cerebro, c o m e n z a b a el e x p e r i m e n t o de doce m i n u - tos. P r i m e r o , el sujeto m i r a b a la fotografía de la persona a m a d a en la pantalla durante treinta segundos mientras el escáner registraba el flujo sanguíneo en distintas regiones cerebrales. A continuación, el sujeto veía un número, p o r ejemplo el 4.673. Estos números cambiaban c o n cada nueva presentación, p e r o la ta- rea de distracción siempre era la m i s m a . D u r a n t e cuarenta segun- dos, el sujeto debía contar mentalmente hacia atrás de siete en siete. Luego, el participante miraba la fotografía neutra durante treinta segundos, mientras se le volvía a escanear el cerebro. P o r último, el sujeto veía otro número, esta vez durante veinte segundos, y conta- ba mentalmente hacia atrás de siete en siete. Este ciclo (o su inverso), se repetía seis veces, lo que nos p e r m i - tía captar unos ciento cuarenta y cuatro escáneres o imágenes de d i - 81
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    P O RQUÉ AMAMOS ferentes regiones cerebrales de cada participante durante estas cua- tro fases a las que era sometido. U n a vez terminado el e x p e r i m e n - to, volvía a entrevistar a cada sujeto experimental, preguntándole c ó m o se encontraba y qué había estado pensando durante todas las fases del test. Y para expresar nuestra gratitud, entregábamos a cada u n o cincuenta dólares y u n a foto de su cerebro. Escaneamos el cerebro de veinte hombres y mujeres p r o f u n d a y felizmente enamorados. Después escaneamos veinte más, pero de un tipo distinto, el de los individuos a los que habían dejado planta- dos, los que habían sufrido el rechazo del amor. Al estudiar el re- chazo romántico, un aspecto devastador del amor que casi todo el mundo experimentamos en un m o m e n t o u otro de nuestras vidas1 9 , esperábamos poder identificar todas las regiones cerebrales asocia- das con la pasión romántica. ( E n el capítulo séptimo se abordará el tema del a m o r no correspondido). L A E S C A L A D E L A M O R A P A S I O N A D O El experimento constaba de u n a fase más. Antes de que nues- tros sujetos se sometieran al escáner cerebral, pedíamos a cada u n o que rellenara varios cuestionarios, incluyendo el que mis otros co- legas y yo habíamos entregado a ochocientos treinta y nueve esta- dounidenses y japoneses durante un estudio m u y similar diseñado por los psicólogos E l a i n e Hatfíeld y Susan Sprecher, llamado «la es- cala d e l a m o r apasionado»2 0 . La escala del amor apasionado constaba de quince preguntas so- bre el a m o r romántico. La mayoría eran m u y parecidas a las de mi cuestionario. Éstas eran algunas de ellas: «Me sentiría desesperado si me dejara», o «A veces noto que no puedo controlar mis pensamientos; se dirigen obsesivamente a ». El sujeto debía responder a cada afirmación, calificando su reacción mediante u n a escala de nueve puntos, desde «completamente incierto» a «ab- solutamente cierto». Queríamos comparar la actividad cerebral d e l sujeto c o n lo que había e x p r e s a d o en los cuestionarios p a r a ver si los q u e h a - bían conseguido grandes puntuaciones en estos estudios sobre el 82
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    H E LE N FÍSHER a m o r también m o s t r a b a n u n a mayor actividad cerebral. De este m o d o esperábamos p o d e r responder a la p r e g u n t a que tiene c o n - fundidos desde hace t i e m p o a los expertos: ¿La persona que res- p o n d e a un cuestionario refleja c o n exactitud lo que está pasando en su cerebro? E n aquel m o m e n t o n o l o sabíamos, pero l a escala d e l a m o r apa- sionado demostraría tener un g r a n valor informativo sobre el cere- bro enamorado. F E L I Z M E N T E E N A M O R A D O Conservo un recuerdo claro de cada u n o de los hombres y m u - jeres que fueron escaneados, p o r un motivo especial en cada caso *. U n o de ellos era B j o r n , un j o v e n escandinavo que estaba estu- d i a n d o en N u e v a York. Se había e n a m o r a d o de Isabel, u n a mujer de origen brasileño que trabajaba en L o n d r e s . Me contó que todos los días hablaban por teléfono y que se veían en vacaciones. Lleva- b a n «saliendo» menos de un año y tenían intención de casarse. M e n c i o n o a B j o r n p o r q u e aprendí algo valioso de él. Se trababa de u n h o m b r e reservado, d e abundante pelo r u b i o , c o n u n a sonrisa cálida, un encanto sosegado, u n a inteligencia sobresaliente y un agudo sentido d e l h u m o r . Me cayó b i e n desde el p r i m e r m o m e n t o . Pero c u a n d o le pedí que describiera a su amada, se calló, se q u e d ó completamente m u d o . P o r un m o m e n t o pensé que se había corta- do la línea telefónica. R e c u e r d o que le dije, a p u n t o de perder la paciencia: «Bueno, habrá algo que te guste de Isabel». Su respuesta fue: «Smi». ¡Tuve que engatusar a B j o r n para que me dijera algo de su ama- da! Al final me reveló tímidamente que se pasaba el día soñando c o n Isabel, que la amaba apasionadamente y que pensaba en ella un 95 por ciento d e l día. Pero B j o r n no expresó n u n c a ese entusiasmo i n - contenible tan característico d e l enamorado. Así que me quedé ató- nita al ver después los resultados d e l escáner cerebral. C u a n d o este * Los nombres de todos los participantes en el experimento han sido cambiados. (Nota de la autora.) 8 3
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    P O RQUÉ AMAMOÜ hombre tan reservado miraba la foto de su amor, su cerebro se i l u m i - naba como con fuegos artificiales. ¿Ysi las apariencias engañan? B j o r n me dejó desconcertada. Su adusta reserva enmascaraba la pasión que experimentaba en su interior. No creo que estuviera i n - tentando engañarme conscientemente; más b i e n o p i n o que se co- m u n i c a b a i n f l u i d o por su biología, su educación, su cultura. S i n embargo, sus expresiones externas no reflejaban su m u n d o inte- rior. Esto dio lugar a que me planteara u n a pregunta importante: ¿ C ó m o i b a a elegir a los candidatos adecuados? Reflexioné m u c h o sobre ello. Al final, alcancé a vislumbrar c o n claridad lo que era obvio: no tenía elección. Sencillamente, tenía que hacer el mayor número de preguntas posible a los participan- tes, escucharles atentamente y captar c u a l q u i e r señal de e u f o r i a , energía, atención concentrada, afán posesivo o pensamiento obse- sivo. Y rezaría p a r a que mis aptitudes sociales fueran lo bastante buenas p a r a escoger a personas que estuvieran verdaderamente enamoradas. El sujeto más representativo fue Bárbara, u n a chica de unos vein- te años, alta, de tez muy blanca, guapa, pelirroja y extraordinaria- mente comunicativa. Había conocido a M i c h a e l en la playa de N u e - va Jersey hacía cinco meses. Estaba tan e n a m o r a d a que incluso tenía problemas para dormir. Su mente iba a m i l p o r hora. Se vol- vía tímida c u a n d o estaba c o n él. A veces el corazón se le salía d e l pecho c u a n d o hablaban p o r teléfono. R e c o r d a b a obsesivamente los m o m e n t o s que habían pasado juntos. H a b l a b a de la «electrici- dad» que sentía. Decía que se «volvía loca» si él no llamaba. T a m - bién era extraordinariamente celosa. Según parece, él tenía un m o n - tón de amigas y a ella no le gustaba ni siquiera que h a b l a r a por teléfono c o n ellas. C u a n d o le pregunté si podría llegar a tener u n a segunda relación romántica «paralela», se q u e d ó pasmada. C o m o es característico en casi todos los amantes, Bárbara no podía ni imaginarse perdiendo el tiempo con alguien que no fuera M i c h a e l . Y c u a n d o le pregunté qué era lo que más le gustaba de él, me c o n - testó: «Es p u r a química». E r a la p r i m e r a vez que Bárbara se enamo- raba. Yestaba resplandeciente. La respuesta más fascinante de todas las de nuestros felices amantes fue l a d e W i l l i a m . W i l l i a m era u n chico con u n a c o m - 84
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    H E LE N FISHER prensión m u y rápida, m u y listo, amigable, deseoso de participar, que mostraba curiosidad p o r la máquina y parecía interesado en mis teorías sobre el a m o r romántico. H a b l a m o s m u c h o antes del experimento. E c h a b a terriblemente de menos a su novia, que se había ido a vivir a Oregón. Y aunque estaban m u y enamorados y tenían contacto c o n frecuencia, él sufría m u c h o p o r su ausencia. Esto era u n a b u e n a señal; yo sospechaba que esta adversidad ha- bría aumentado su pasión. P e r o lo que más me impresionó fue algo que dijo W i l l i a m durante la entrevista posterior al escáner. C u a n d o salió de la máquina, le pregunté c ó m o se encontraba. Su respuesta fue: «incompleto». Incompleto. P a r a mí no hay otra palabra que describa mejor a los hombres y mujeres enamorados. A u n q u e Aristófanes lo decía en tono de b r o m a , él ya d i o en el clavo de esta verdad fundamental hace unos dos m i l quinientos años. En El banquetead Platón, el d r a - maturgo ateniense sostenía que originariamente todos los seres h u m a n o s eran seres hermafroditas de f o r m a r e d o n d a , c o n cuatro manos y cuatro piernas, u n a cabeza c o n dos caras, cuatro orejas y dos aparatos genitales. Estos seres humanos primigenios «eran te- rribles por su vigor y fuerza»2 1 . Un día u n o de estos monstruos i n - tentó superar a los dioses. Así que Zeus dividió a cada h u m a n o en dos partes, el h o m b r e y la mujer. «Desde tan remota época, pues, el a m o r de los unos a los otros es connatural a los hombres », explica- ba Aristófanes. «De ahí que busque siempre cada u n o a su p r o p i a contraseña»2 2 . Al igual que W i l l i a m , la mayoría de los amantes se sienten incompletos hasta que alcanzan la unión e m o c i o n a l c o n otra persona. B j o r n , Bárbara, W i l l i a m y el resto de los participantes me conta- r o n muchas cosas de su vida personal; a todos les estoy m u y agrade- cida. Pero sus cerebros nos contaron muchas más cosas sobre esta pasión p r i m o r d i a l , el a m o r romántico. E L C E R E B R O E N A M O R A D O «En la composición d e l armazón h u m a n o existe u n a g r a n can- tidad de materia inflamable, que puede p e r m a n e c e r latente d u - 8 5
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    P O RQUÉ AMAMOS rante un tiempo, pero que arde en llamas c u a n d o se le acerca u n a antorcha»2 3 . En 1795, el presidente G e o r g e Washington escribió estas líneas en u n a carta c o n la intención de aconsejar a su j o v e n nietastra. N o s o t r o s h e m o s e m p e z a d o a c o m p r e n d e r m e j o r este ardor. Sin embargo, antes de p o d e r interpretar los resultados de los escáneres, tuvimos que llevar a cabo un análisis detallado de las imá- genes cerebrales. M i s colegas realizaron en este sentido un traba- jo ímprobo. E r a n literalmente cientos los complicados pasos que había que dar en este proceso. Y d a d o que la tecnología d e l escá- ner cerebral es tan nueva y compleja, muchas veces las cosas no salían b i e n y había que repetir el análisis. P e r o , c o n el tiempo, G r e g Strong, otro estudiante de posgrado de psicología de la S U N Y de Stony B r o o k dotado de un gran talento, que se había u n i d o a nuestro equipo, consiguió p o n e r los datos en el o r d e n adecuado; L u c y estudió los escáneres cerebrales y determinó las áreas que estaban activas; A r t llevó a cabo numerosos análisis estadísticos, y A r t y L u c y r e a l i z a r o n ingeniosas c o m p a r a c i o n e s entre distintos sectores d e l material. T o d o ello exigió u n a e n o r m e c a n t i d a d de tiempo, dedicación, c o n o c i m i e n t o , creatividad, perspicacia y h a - b i l i d a d . F i n a l m e n t e p u d i m o s ver los resultados: unas preciosas imáge- nes del cerebro enamorado. C u a n d o miré p o r p r i m e r a vez estos escáneres c o n las regiones activas i l u m i n a d a s de color amarillo brillante y naranja intenso, sentí lo m i s m o que las noches de vera- no en las que me pongo a c o n t e m p l a r el deslumbrante universo: u n a admiración sobrecogedora. Pero, para c o m p r e n d e r lo que yo entonces tuve ocasión de ver, es necesario c o n o c e r mínimamen- te c ó m o tenemos a m u e b l a d o el cerebro. El cerebro se c o m p o n e de muchas partes o regiones: cada u n a tiene unas funciones determinadas y cada u n a se c o m u n i c a c o n las otras p o r m e d i o de unas células nerviosas llamadas neuronas, de las que existen u n o s cien m i l millones en el cerebro. Estas cé- lulas nerviosas p r o d u c e n , a l m a c e n a n y distribuyen neurotrans- misores de diferentes tipos; algunos, p o r ejemplo, sintetizan la d o p a m i n a , l a n o r e p i n e f r i n a y / o l a serotonina. C u a n d o u n a n e u - rona recibe el estímulo eléctrico de otra que tiene a su lado, este 8 6
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    H E LE N FISHER impulso a m e n u d o hace que los neurotransmisores salgan de u n a célula nerviosa, naveguen a través de un p e q u e ñ o espacio que hay entre las células l l a m a d o sinapsis y atraquen en los «recepto- res» de la siguiente célula nerviosa. De esta m a n e r a , los n e u r o - transmisores envían un i m p u l s o eléctrico que va pasando de u n a célula a otra. C a d a célula nerviosa tiene aproximadamente m i l conexiones si- nápticas; y existen unos diez billones de sinapsis entre las células nerviosas del cerebro humano. ¡Menuda máquina! C a d a célula ner- viosa se c o m u n i c a sólo c o n otras células específicas, p r o d u c i e n d o sin embargo unas redes nerviosas que conectan determinadas par- tes del cerebro y que integran nuestros pensamientos, recuerdos, sensaciones, emociones y motivaciones. L o s científicos l l a m a n a estas redes de neuronas y partes del cerebro «circuitos», «sistemas» o «módulos». La máquina de I M R f que utilizábamos muestra sólo la actividad del flujo sanguíneo en unas regiones cerebrales concretas. P e r o , dado que los científicos conocen qué tipo de nervios son los que conectan las distintas regiones cerebrales, p u e d e n suponer cuáles son las sustancias químicas que están activas cuando unas regiones cerebrales determinadas empiezan a brillar debido a un aumento de la actividad. E r a n muchas las partes del cerebro que se activaban en los ena- morados que integraron nuestro experimento2 4 . S i n embargo, pa- rece que hay dos regiones que revisten u n a i m p o r t a n c i a especial en la sublime experiencia de estar enamorado. E L S I S T E M A D E R E C O M P E N S A D E L C E R E B R O Quizá nuestro descubrimiento más importante fue la actividad del núcleo caudado. Se trata de u n a región extensa, en f o r m a de C, que se encuentra m u y cerca del centro de nuestro cerebro (véase el diagrama de la página x x ) . Es primitiva; f o r m a parte de lo que se l l a m a el cerebro de los reptiles o complejo R, debido a que esta re- gión del cerebro evolucionó m u c h o antes de la proliferación de los mamíferos, hace unos sesenta y cinco millones de años. L o s escáne- 87
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    P O RQUÉ AMAMOS res de nuestro cerebro mostraban que había partes del cuerpo y de la cola del núcleo caudado que se volvían especialmente activas cuando un amante m i r a b a la foto de su e n a m o r a d o 2 5 . Me quedé atónita. L o s científicos sabían hace m u c h o tiempo que esta región cerebral dirige el m o v i m i e n t o corporal. P e r o has- ta hace poco no h a n descubierto que este e n o r m e m o t o r f o r m a parte del «sistema de recompensa» d e l cerebro, la r e d m e n t a l que controla la excitación sexual, las sensaciones de placer y la motiva- ción para conseguir recompensas2 6 . El caudado nos ayuda a detec- tar y percibir u n a recompensa, d i s c r i m i n a r entre varias y esperar una d e ellas. G e n e r a l a motivación p a r a c o n s e g u i r u n a r e c o m - pensa y p l a n i f i c a los m o v i m i e n t o s específicos p a r a conseguirla. El c a u d a d o también está asociado al acto de prestar atención y al aprendizaje2 7 . Nuestros sujetos no sólo presentaban actividad en el caudado, sino que cuánto más apasionados eran, más activo se mostraba éste. Lo descubrimos de u n a f o r m a curiosa. ¿Recuerdan la escala del amor apasionado que nuestros sujetos habían rellenado antes de entrar en la máquina? C u a n d o comparamos las respuestas de cada sujeto a este cuestionario c o n la actividad reflejada en sus cerebros, encontramos u n a correlación positiva; los que habían obtenido mayores puntuaciones en la escala d e l a m o r apasionado mostra- ban también mayor actividad en u n a región específica del núcleo caudado al m i r a r la foto de su enamorado. Qué interesante. L o s científicos y los empresarios llevan m u c h o tiempo preguntándose si los cuestionarios que rellena la gente re- flejan realmente sus sentimientos. En este caso, la respuesta era afirmativa. Nuestro e q u i p o fue u n o de los primeros en demostrar u n a relación directa entre las respuestas a un cuestionario de inves- tigación y un m o d e l o específico de activación cerebral. También encontramos actividad en otras regiones del sistema de recompensa, incluidas las áreas del septum y u n a región cerebral que se activa cuando la gente come chocolate2 8 . El chocolate puede ser adictivo. En el capítulo o c h o mantengo que el a m o r romántico también lo es. 88
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    POR QUÉ AMAMOS LA V E T A M A D R E D E L A D O P A M I N A O t r o resultado sorprendente de nuestro experimento c o n I M R f fue la actividad del área ventral tegmental ( A V T ) , u n a parte clave del sistema de recompensa d e l c e r e b r o 2 9 . Este era el resultado que estaba buscando. Recordemos que yo sostenía la hipótesis de que el a m o r romántico está asociado c o n n i - veles elevados de d o p a m i n a y / o n o r e p i n e f r i n a 3 0 . El A V T es la veta madre de las células que generan la d o p a m i n a . C o n sus axones en f o r m a de tentáculos, estas células nerviosas distribuyen la d o p a m i - na a numerosas regiones cerebrales, i n c l u i d o el núcleo caudado (veáse el d i a g r a m a ) 3 1 . Y c u a n d o este sistema de riego p o r asper- sión envía d o p a m i n a a muchas regiones cerebrales, produce u n a atención c o n c e n t r a d a 3 2 además de u n a energía intensa, u n a m o t i - vación centrada en conseguir u n a recompensa y sentimientos de euforia e incluso manía3 3 , es decir, los sentimientos básicos del a m o r romántico. No es de extrañar que los amantes pasen toda u n a noche ha- blando o estén paseando hasta el amanecer, escriban poemas estra- falarios y mensajes de correo electrónico m u y reveladores, crucen continentes u océanos para abrazarse durante un fin de semana, cambien de trabajo o de estilos de vida e incluso m u e r a n el u n o p o r el otro. Anegados por sustancias químicas desencadenantes de la concentración, la energía y el vigor, los enamorados sucumben al impulso hercúleo del cortejo. Esta «materia inflamable» de la que hablaba el Padre de la P a - tria George Washington es, al menos en parte, la d o p a m i n a que cir- cula por el núcleo caudado y otras zonas del sistema de recompensa del cerebro, u n a r e d cerebral p r i m o r d i a l que hace al amante cen- trar su atención en el p r e m i o más importante de su vida, u n a pare- j a que transmita s u A D N para toda l a eternidad. CÓMO CAMBIA EL A M O R Durante nuestro experimento también descubrimos u n a de las formas en que el a m o r cambia c o n el tiempo. Esta conclusión se 90
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    H E LE N FISHER debió a u n a curiosa coincidencia. D u r a n t e el año 2000, mientras nos encontrábamos a mitad de nuestro proyecto, unos científicos del University College de L o n d r e s h i c i e r o n público que habían lle- vado a cabo un experimento s i m i l a r 3 4 . U t i l i z a n d o un aparato I M R f de escáner cerebral, Andreas Bartels y Semir Zeki e x a m i n a r o n la actividad cerebral de diecisiete sujetos que se manifestaban «pro- funda, verdadera y locamente enamorados». O n c e de ellos eran mujeres de entre veintiuno y treinta y siete años; y todas ellas ob- servaron u n a fotografía de su amado y las fotos de tres amigos cuya edad, sexo y duración de la relación amistosa fueran similares a las de aquél. El experimento de L o n d r e s constituyó un éxito notable. Bartels y Zeki encontraron varias regiones cerebrales que se activaban m i e n - tras los sujetos experimentales m i r a b a n las fotografías de las perso- nas de las que estaban enamorados. De especial importancia resulta que encontraran actividad en u n a de las mismas regiones del nú- cleo caudado. Qué alegría. Dos equipos de investigación de dos con- tinentes distintos, c o n sujetos experimentales pertenecientes a g r u - pos étnicos diferentes y de distintas edades, en experimentos hasta cierto punto también distintos, habían encontrado actividad en la misma estructura cerebral. El núcleo caudado, c o n su sobrecarga de d o p a m i n a , debe de ser el h o r n o d o n d e se cuece el a m o r román- t i c o h u m a n o . S i n embargo, los datos de L o n d r e s también nos decían algo acerca de c ó m o evoluciona el a m o r a lo largo del tiempo. Nosotros no habíamos previsto investigar c ó m o cambia el amor. Pero los su- jetos del estudio de L o n d r e s llevaban enamorados u n a m e d i a de 2,3 años, mientras que la m e d i a de tiempo que llevaban enamora- dos nuestros sujetos experimentales era de siete meses. Y l o s h o m - bres y mujeres de dicho estudio mostraban actividad en dos regio- nes, la corteza cingulada anterior y la corteza insular, en las que los nuestros no mostraban n i n g u n a (véase el diagrama de la página x x ) . Estas diferencias nos a n i m a r o n a comparar a los sujetos de nuestro estudio c o n los d e l otro. C o m o cabía esperar, aquellos de nuestros sujetos con u n a relación más larga mostraron también actividad en la corteza cingulada ante- rior y en la corteza insular, al igual que los del estudio de Londres. 91
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    P O RQUÉ AMAMOS No sabemos qué es lo que esto significa exactamente. La c i r c u n - volución cingulada anterior es u n a región en la que interactúan las emociones, la atención y la m e m o r i a relacionada c o n el trabajo3 5 . Algunas partes están asociadas c o n estados de felicidad; otras c o n la p r o p i a conciencia d e l estado e m o c i o n a l de cada u n o y la capaci- dad de evaluar los sentimientos de otras personas durante la inte- racción social; algunas se asocian c o n las reacciones emocionales instantáneas ante el éxito o el fracaso, lo que las relaciona p o r tanto con la valoración de la r e c o m p e n s a 3 6 . La corteza insular recoge los datos procedentes d e l c u e r p o referentes al tacto y la t e m p e r a t u r a externos, así c o m o los dolores internos y actividad d e l estómago, los intestinos u otras visceras. C o n esta parte d e l cerebro registra- mos las «mariposas» en el estómago, la aceleración d e l latido cardía- co y muchas otras reacciones d e l cuerpo. Algunas partes de la corte- za insular también procesan las emociones. Así que llegamos a la conclusión de que a m e d i d a que u n a rela- ción se alarga, las regiones cerebrales asociadas con las emociones, la m e m o r i a y la atención e m p i e z a n a responder de f o r m a diferen- te. Qué es lo que están haciendo esas partes d e l cerebro es algo que nadie sabe. ¿Está el cerebro estableciendo y consolidando los recuer- dos e m o c i o n a l e s de la relación a m o r o s a ? 3 7 - ¿Estamos u t i l i z a n d o nuestras emociones p a r a analizar la relación? Todos sabemos que el a m o r cambia c o n el paso d e l tiempo; c u a n d o lleguemos a c o m - p r e n d e r estos resultados, quizá sepamos c ó m o y p o r qué. Nuestro e q u i p o de N u e v a York encontró también algunas dife- rencias de género en la pasión romántica. Pero estas conclusiones y sus implicaciones las expondré más adelante, en el capítulo quinto. E L I M P U L S O D E A M A R Todos estos datos causaron un efecto definitivo en mí: cambia- r o n m i comprensión d e l a m o r romántico. D u r a n t e m u c h o s años había considerado esta maravillosa experiencia c o m o u n a conste- lación de emociones relacionadas entre sí, que abarcaban desde la euforia hasta la desesperación. Pero los psicólogos distinguen e n - tre las emociones y las motivaciones, definiendo éstas últimas c o m o 9 2
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    H E LE N FLSHER sistemas cerebrales orientados a la planificación y la persecución de u n a necesidad o un deseo específicos. Ynuestro colega, A r t A r o n , estaba entusiasmado c o n la idea de que el a m o r romántico no fue- ra u n a emoción, sino un sistema de motivación diseñado para per- mitir a los pretendientes construir y mantener u n a relación íntima con u n a pareja determinada que prefiere sobre las demás3 8 . De hecho, el interés que mostraba A r t por esta idea fue el motivo de que iniciáramos nuestro proyecto d e l escáner cerebral partien- do de dos hipótesis: la mía de que el a m o r romántico está asociado a la dopamina y / u otros neirrotransmisores cerebrales estrechamente relacionados c o n ella, y la teoría de A r t de que el a m o r romántico, más que u n a emoción, es principalmente un sistema de motivación, Al final, nuestros resultados sugieren que ambas hipótesis son correctas. El a m o r romántico parece estar asociado c o n la d o p a m i - na. Y d a d o que la pasión e m a n a del núcleo caudado, la motivación y las conductas orientadas a un objetivo resultan implicadas. En efecto, estos resultados me llevaron a u n a consideración aún más amplia: llegué a la conclusión de que el a m o r romántico es un sistema de motivación fundamental del cerebro, en resumen, un impulso básico del emparejamiento h u m a n o . El neurólogo D o n Pfaff define el impulso como un estado neural que activa y dirige u n a conducta c o n el fin de satisfacer u n a necesi- dad biológica determinada de sobrevivir o reproducirse3 9 . Existen m u c h o s impulsos que f o r m a n parte de un continuum. A l g u n o s , c o m o la sed o la necesidad de calentarse, no cesan hasta que no se satisfacen. El i m p u l s o sexual, el h a m b r e y el instinto m a t e r n a l , sin embargo, a m e n u d o p u e d e n reorientarse e incluso acallarse c o n tiempo y esfuerzo. C r e o que la experiencia de enamorarse se en- cuentra en algún p u n t o de este continuum. En p r i m e r lugar, la atracción romántica es tenaz, c o m o todos los impulsos, y resulta m u y difícil hacerla desaparecer. Las emociones, sin embargo, vienen y van: puedes estar feliz p o r la mañana y enfa- dado p o r la tarde. También al igual que los impulsos, el a m o r romántico se centra en u n a recompensa específica: el ser amado, de la m i s m a m a n e r a que el h a m b r e se centra en la c o m i d a . Las emociones, c o m o p o r ejemplo el asco, van unidas a u n a inmensa diversidad de objetos e 9 3
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    P O RQUÉ AMAMOS ideas. De hecho, el amor romántico se asocia c o n muchas emocio- nes distintas dependiendo de que estas necesidades se vean satisfe- chas o frustradas, Y c o m o ocurre c o n los impulsos, el a m o r romántico no se asocia a n i n g u n a expresión facial concreta. Todas las emociones p r i m a - rias, como, p o r ejemplo, el enfado, el miedo, la alegría, la sorpresa y el asco, presentan unas expresiones faciales específicas. A s i m i s m o , al igual que otros impulsos, el amor romántico es extraordinaria- mente difícil de controlar: es más difícil controlar la sed, p o r ejem- plo, que controlar u n a emoción c o m o el enfado. Y a l g o m u y i m p o r - tante: todos los impulsos básicos están asociados c o n unos niveles elevados de d o p a m i n a c e n t r a l 4 0 : exactamente lo m i s m o que ocurre con el a m o r romántico. Por último, al igual que el resto de los impulsos, el a m o r román- tico constituye u n a necesidad, un ansia. Necesitamos c o m i d a . N e - cesitamos agua. Necesitamos calor. Y el amante siente que necesita al ser amado. Platón tenía razón hace más de dos m i l años cuando decía que el dios del A m o r «vive en un estado de necesidad»4 1 . LA COMPLICADA QUÍMICA DEL A M O R No hay d u d a de que muchos otros sistemas cerebrales c o n t r i b u - yen a esta «apremiante pulsión del Deseo», utilizando la definición de H o m e r o 4 2 . C o m o recordarán, al principio planteé la hipótesis de que la n o r e p i n e f r i n a p u d i e r a estar i m p l i c a d a debido a que está es- trechamente relacionada c o n la d o p a m i n a y p r o d u c e muchos de los mismos sentimientos y conductas. Sigo sospechando que la no- repinefrina contribuye a la pasión del romance; pero todavía no he- mos diseñado el e x p e r i m e n t o adecuado para demostrarlo. Los niveles bajos de serotonina desencadenan el pensamiento obsesivo, un componente central del amor romántico. P o r eso, creo que algún día podremos descubrir que también esta sustancia quí- m i c a contribuye al ardor romántico. La corteza prefrontal debe de estar asimismo implicada. Esta con- junción de regiones cerebrales situadas detrás de la frente recibe el n o m b r e de «junta directiva», porque recoge los datos de nuestros 9 4
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    H E UL N FISHER sentidos, los sopesa, integra los pensamientos c o n los sentimientos, realiza elecciones y controla nuestros impulsos básicos (veáse el diagrama de la página x x ) . Aquí es d o n d e razonamos, deliberamos y decidimos. También mediante varias regiones de la corteza pre- frontal controlamos las recompensas, siendo así que varías de estas partes tienen u n a conexión directa c o n el núcleo caudado4 3 . Algún día alguien identificará estas regiones de la corteza prefrontal que ayudan a orquestar el a m o r romántico. Pero ya estamos empezando a c o m p r e n d e r el impulso de amar. Y qué diseño más elegante. Esta pasión e m a n a del motor de la mente, el núcleo caudado, cuyo combustible es u n o de los estimu- lantes más poderosos de la naturaleza, la d o p a m i n a . C u a n d o la pa- sión que sentimos es correspondida, el cerebro le añade emociones positivas, como la euforia o la esperanza. En cambio, cuando el a m o r es desdeñado o rechazado, el cerebro relaciona esta motivación con sentimientos negativos como la desesperación o la rabia. Y m i e n - tras tanto, las regiones de la corteza prefrontal controlan la búsque- da, planean las tácticas, calculan las pérdidas y las ganancias y regis- tran el avance hacia el objetivo: la unión emocional, física e incluso espiritual c o n el ser amado. «El cerebro es más a m p l i o que el cielo», escribió E m i l y D i c k i n - son4 4 *. En efecto, esta masa de aproximadamente 1,3 kg de peso puede generar u n a necesidad tan intensa que el m u n d o entero la ha ensalzado: el a m o r romántico. Y para complicar aún más nues- tras vidas, la pasión romántica está inrrincadamente enmarañada c o n otros dos impulsos básicos para el emparejamiento, el impulso sexual y la necesidad de construir u n a relación p r o f u n d a c o n la pa- reja. Ay, qué telaraña ésta del amor. C ó m o alimentan estas fuerzas la llama de la vida... * Emity Dickinson, Poemas, Tusquets, Barcelona, 1985. (N. de la T.) 9 5
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    4 L A TELARAÑAD E L AMOR Deseo, romance y apego El amor es esquivo Nadie es lo bastante sabio Para descubrir todo lo que guarda Porque estaría pensando en el amor Hasta que las estrellas desaparecieran Y las sombras se comieran a la luna. A h , penique, penique marrón, penique marrón, Nunca es demasiado pronto para empezar. WlLLIAM B U T L E R Y E A T S «Brown Penny» El a m o r es «dulce y musical / C o m o el brillante laúd de A p o l o , encordado c o n sus cabellos. / Y c u a n d o el A m o r habla, voces de to- dos los dioses, / al cielo adormece c o n su armonía»1 . El a m o r es ar- monía, c o m o escribió Shakespeare, a veces incluso cacofonía de sensaciones. Exuberancia, ternura, compasión, afán de posesión, éxtasis, adoración, añoranza, desesperación: el romance es un ca- leidoscopio de necesidades y sentimientos cambiantes aferrados a un ser celestial cuya más mínima palabra o sonrisa nos tiene en vilo y nos vuelve locos de esperanza, alegría y anhelo. C o m p l e j i d a d , tu nombre es amor. Sin embargo, c o n el tiempo y las circunstancias, la naturaleza ha ido i n c o r p o r a n d o algunos acordes a esta sinfonía. El a m o r román- tico está estrechamente ligado a otros dos impulsos del empareja- m i e n t o : el deseo, es decir, la necesidad de satisfacción sexual, y el apego, los sentimientos de calma, seguridad y unión c o n u n a pareja de larga duración2 . C a d a u n o de estos impulsos del emparejamiento viaja p o r dife- rentes caminos del cerebro; cada u n o da lugar a conductas, espe- ranzas y sueños distintos y cada u n o está asociado c o n diferentes sustancias químicas cerebrales. El deseo está asociado sobre todo 9 7
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    POR LJUÉ AMAMOS conla testosterona, tanto en hombres como en mujeres. El a m o r romántico está ligado al estimulante natural de la d o p a m i n a y tal vez a la norepinefrina y la serotonina. Y los sentimientos de apego entre el macho y la h e m b r a están producidos principalmente p o r dos hormonas: la oxitocina y la vasopresina. Por otra parte, cada u n o de estos sistemas cerebrales evolucionó hacia un aspecto diferente de la reproducción. El deseo evolucio- nó para motivar a los individuos a buscar la unión sexual c o n casi cualquier pareja más o menos adecuada. El a m o r romántico nació para impulsar a los hombres y las mujeres a centrar su atención en la pareja c o n un individuo preferido sobre los demás, conservando de este m o d o un tiempo y unas energías de valor inestimable para el cortejo. Y los circuitos cerebrales del apego entre el macho y la h e m b r a se desarrollaron para p e r m i t i r que nuestros antepasados vivieran con su pareja al menos lo suficiente para criar juntos a un hijo durante su infancia3 . Estas tres redes cerebrales, el deseo, la atracción romántica y el apego, son sistemas multifuncionales. Además de su propósito re- productivo, el impulso sexual sirve para hacer y mantener amigos, proporcionar placer y aventura, tonificar los músculos y relajar la mente. El a m o r romántico puede estimularnos a mantener u n a re- lación amorosa o impulsarnos a que nos enamoremos de otra per- sona e iniciemos los trámites de divorcio. Ylos sentimientos de apego nos permiten expresar un verdadero afecto también p o r los niños, la familia y los amigos, además de p o r el ser amado. La naturaleza es conservadora. C u a n d o un diseño le funcio- na, se aferra a él, a m p l i a n d o sus funciones c o n el fin de adaptarlo a múltiples situaciones. P e r o el propósito f u n d a m e n t a l de estos impulsos interrelacionados es motivarnos a seleccionar u n a serie de compañeros sexuales, elegir u n o en el que volcarnos y p e r m a - necer e m o c i o n a l m e n t e u n i d o s a él durante el t i e m p o suficiente para criar j u n t o s a un hijo: los fundamentos d e l j u e g o d e l empare- j a m i e n t o . Para entender de qué manera afecta la pasión romántica al i m - pulso sexual y a los sentimientos de apego a largo plazo, me embar- qué en un proyecto de investigación c o n Jonathan Stíeglitz, en aquel m o m e n t o estudiante de la Universidad de Rutgers. Nos sumergi- 9 8
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    H E I.EN FISHER mos en M e d L i n e , P u b M e d , y otros motores de búsqueda de Inter- net en pos de artículos académicos que ilustraran c ó m o la química de estos impulsos d e l emparejamiento, el deseo, la atracción r o - mántica y el apego, se influían entre sí. En efecto, el a m o r romántico se abre paso a través de estas otras redes cerebrales y lo hace a través de formas que e n r i q u e c e n y des- garran al m i s m o tiempo el tejido de nuestras vidas. S O B R E E L D E S E O «¡Qué brazos y hombros toqué y vi, / qué dispuestos estaban sus senos a mis caricias, / qué suave el vientre que vi bajo su cintura, / qué larga su pierna, qué lozano su muslo! / Baste con decir que todo era más que de mi agrado; / Me abracé a su cuerpo desnudo, y ella se dejó caer: / J u z g u e n el resto, cansado quedé de que me p i d i e r a besos; / ¡Oh, Júpiter, envíame más tardes c o m o ésta!»4 . O v i d i o , el poeta latino, fue u n o más entre los innumerables millones de per- sonas que h a n saboreado el deseo. El deseo es un sentimiento h u m a n o fundamental. También es i m - predecible. El ansia de satisfacción sexual puede despertarse en nues- tra mente mientras vamos conduciendo un coche, vemos u n a pelícu- la en televisión, leemos en la oficina o soñamos despiertos en la playa. Yesta necesidad es muy diferente del sentimiento d e l amor románti- co. De hecho, pocas personas en la sociedad occidental confunden la euforia del romance con el anhelo de desahogo sexual5 . También las personas de otras culturas distinguen fácilmente es- tos sentimientos6 . En la isla polinesia de Mangaia, «el amor verda- dero» recibe el n o m b r e de inauguro kino, un estado de pasión r o - mántica bastante diferente al d e l deseo sexual. En su l e n g u a nativa, los taita, en K e n i a , llaman al deseo ashiki mientras que al amor lo llaman pende?. Y e n C a r u a r u , u n a c i u d a d situada al norte de Brasil, sus habitantes d i c e n que «Amores c u a n d o sientes el deseo de estar siempre con ella, respirarla, comerla, bebería, pensar continuamen- te en ella, c u a n d o no consigues vivir sin ella». En cambio, paixao8 es «estar sexualmente excitado» y tesao «sentir u n a fuerte atracción se- xual hacia alguien»9 . 9 9
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    P O RQUÉ AMAMOS Estas personas t i e n e n razón al considerar estos sentimientos como diferentes entre sí. L o s científicos h a n establecido reciente- mente que el deseo y el a m o r romántico están asociados c o n distin- tas constelaciones de regiones cerebrales1 0 . En u n o de estos estudios los investigadores escanearon los cerebros de un grupo de hombres jóvenes heterosexuales utilizando el escáner cerebral IMRf. A estos hombres se les mostraron tres tipos de vídeos: algunos eran eróti- cos, otros relajantes y otros estaban relacionados c o n el d e p o r t e 1 1 . C a d a voluntario llevaba puesto alrededor de su pene u n a especie de tensiómetro fabricado especialmente para el experimento c o n el fin de registrar su rigidez. El patrón de la actividad cerebral resul- tó bastante diferente al que presentaban los sujetos enamorados de nuestro proyecto de escáner cerebral. El deseo y el a m o r romántico no son lo mismo. Y a l igual que gente de todo el m u n d o ha preparado pócimas de a m o r para hacer nacer un romance, también se h a n inventado bre- bajes de todo tipo para despertar el deseo, al que un proverbio ita- liano d e n o m i n a «el león más viejo de todos». LA HORMONA DEL DESEO «Los bombones son más galantes, pero el licor es más rápido», bromeaba O g d e n N a s h . En todos los lugares del m u n d o el ser h u - m a n o ha utilizado lo que esperaba que fuera un afrodisíaco para despertar el deseo. C u a n d o el tomate llegó a E u r o p a procedente de las Américas, los europeos pensaron que este jugoso fruto rojo esti- mularía el apetito sexual; lo l l a m a r o n «la m a n z a n a d e l amor». Las aletas de tiburón, la sopa de n i d o de pájaro, el polvo de cuerno de rinoceronte, el curry, el chutney*, la raíz de mandragora, el chocola- te, los ojos de hiena, el caviar, las almejas, las ostras, la langosta, los se- sos de paloma, la lengua de ganso, las manzanas, los plátanos, las cerezas, los dátiles, los higos, los melocotones, los pomelos, los es- párragos, el ajo, la cerveza, el sudor: un asombroso repertorio de * Conserva agridulce a base de finitas o vegetales que se come con carnes, queso etcé- tera. (N.delaT,) 100
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    H E IJ . N FISHER aromas, sabores y ungüentos utilizados para hechizar a parejas re- nuentes c o n el fin de llevárselas a la cama. D u r a n t e el reinado de Isabel I de Inglaterra, en los burdeles se servían ciruelas gratis p o r q u e estaban convencidos de que desper- taban el deseo. En siglos pasados los árabes intentaban atraerse a las mujeres haciéndoles probar un poco de j o r o b a de camello para encender su deseo sexual. P l i n i o escribió que los hocicos de hipo- pótamo hacían maravillas. L o s aztecas veían magia sexual en partes de la cabra y el conejo porque estos animales se reproducían c o n rapidez. Las babosas de mar captaron las fantasías de los chinos, en gran parte porque estos extraños animales se alargaban cuando se les tocaba. Ytradicionalmente los europeos pulverizaban cierto tipo de cucaracha del sur de E u r o p a para despertar el deseo sexual; le llamaban la mosca española1 2 . C o m e r a u m e n t a la presión sanguínea y el pulso, eleva la tempe- ratura del cuerpo y a veces nos hace sudar; cambios fisiológicos que también se p r o d u c e n c o n el sexo. Quizá sea ésta la razón p o r la que hombres y mujeres llevan tanto tiempo asociando distintas c o m i - das c o n la excitación sexual. Pero la naturaleza sólo ha creado u n a sustancia capaz de estimular el deseo sexual en hombres y mujeres: la testosterona; y, en un grado menor, sus parientes, el resto de hor- monas sexuales masculinas. El hecho está b i e n demostrado. Los hombres y mujeres c o n a l - tos niveles de testosterona en circulación tienden a desarrollar u n a mayor actividad sexual1 3 . Los atletas masculinos que se inyectan tes- tosterona para aumentar su fuerza y su resistencia tienen más p e n - samientos relacionados c o n el sexo, más erecciones matutinas, más encuentros sexuales y más orgasmos. Y l a s mujeres maduras que to- m a n testosterona ven aumentar su deseo sexual. La libido masculina alcanza su punto álgido a los veintipocos años, cuando los niveles de testosterona son más altos. Y muchas mujeres sienten un m a y o r deseo sexual en t o r n o a los días de la ovulación, c u a n d o los nive- les de testosterona a u m e n t a n 1 4 . Así c o m o un elevado nivel de testosterona estimula el impulso sexual, el descenso de dicho nivel hace que disminuya. A m b o s sexos tienen menos fantasías sexuales, se masturban c o n m e n o r frecuen- cia y tienen menos relaciones sexuales a m e d i d a que su edad va au- 101
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    P O RQUÉ AMAMOS mentando1 5 . La mala salud, la infelicidad, el exceso de trabajo, la fal- ta de oportunidades, la pereza y el aburrimiento contribuyen sin duda a esta disminución del deseo. Pero c o n la edad los niveles de testosterona descienden, reduciendo a m e n u d o el deseo sexual. Sin embargo, aproximadamente dos tercios de las mujeres de mediana edad no experimentan ningún descenso de la l i b i d o 1 6 . Esto también puede deberse a la testosterona. A m e d i d a que los estróge- nos van disminuyendo c o n la menopausia, los niveles de testostero- na y otros andrógenos empiezan a quedar al descubierto: estas po- tentes hormonas pueden p o r fin expresarse más abiertamente. De hecho, lo hacen. En un estudio realizado c o n mujeres de m e d i a n a edad, casi el 40 p o r ciento se quejaba de no practicar el sexo lo sufi- ciente1 7 . En cuanto al grado de deseo sexual, las personas muestran varia- ciones, en parte debido a que los niveles de testosterona se here- dan genéticamente1 8 , aunque esos niveles también fluctúan depen- diendo del día, la semana, el año y el ciclo vital. P o r otra parte, el equilibrio entre testosterona, estrógeno y otros ingredientes fisio- lógicos, así como las circunstancias sociales y un gran número de otros factores, tienen también m u c h o que ver en cuánto al m o m e n - to, el lugar y la frecuencia del deseo1 9 . No obstante, la testosterona es clave para este apetito. Y esta sustancia química p r i m o r d i a l pue- de inundar el cerebro. C o m o decía el poeta Tony H o a g l a n d : «Mien- tras exista el deseo, no estamos a salvo»2 0 . Es frecuente que hombres y mujeres se sientan sexualmente es- timulados p o r cosas diferentes. A los hombres les gusta mirar. Se excitan sexualmente c o n los estímulos visuales. Incluso cuando fantasean, recrean imágenes vividas de partes d e l cuerpo y de la co- pulación2 1 . Esta contemplación lasciva probablemente eleva los n i - veles de testosterona. C u a n d o los monos m a c h o ven a u n a h e m b r a sexualmente receptiva o m i r a n a un compañero copular c o n u n a hembra, sus niveles de testosterona se d i s p a r a n 2 2 . P o r eso, cuando los hombres van a salas de stripteaseo ven revistas «de chicas» proba- blemente están elevando sus niveles de testosterona y provocando en sí mismos el deseo. Las mujeres se sienten generalmente más estimuladas p o r las palabras, imágenes, películas y narraciones románticas. Las fanta- 102
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    H a .E N FISHER sías sexuales de las mujeres i n c l u y e n también un mayor nivel de afecto, c o m p r o m i s o y sexo c o n parejas a las que c o n o c e 2 3 . Ya las mujeres les gusta tener que ceder. A p r o x i m a d a m e n t e un 70 p o r ciento de los hombres y mujeres de Estados U n i d o s fantasean mientras hacen el a m o r 2 4 . Pero así c o m o en el caso de los hombres la conquista es el argumento p r i n c i p a l de la mayoría de estas fanta- sías, en las ensoñaciones sexuales de las mujeres p r e d o m i n a la r e n - dición activa2 5 . Este gusto p o r la conquista y la rendición no tiene nada que ver con la violación. M e n o s del 0,5 por ciento de los hombres disfrutan forzando a u n a mujer a realizar el coito, y constituyen también me- nos de un 0,5 por ciento las mujeres a las que les gusta que las obli- guen a copular2 **. Sin embargo, las mujeres estadounidenses refle- j a n u n a probabilidad un 50 por ciento mayor que la de los hombres de fantasear activamente sobre que «se lo hagan» en lugar de «ha- cerlo»2 7 . El peligro, la novedad, determinados olores y sonidos, las cartas de amor, los dulces, las conversaciones tiernas, la ropa sexy, la músi- ca suave, las cenas elegantes: son muchos los desencadenantes que pueden despertar esa «sed eterna», c o m o el poeta Pablo N e r u d a lla- maba al impulso sexual. ¿De qué manera afectan los sentimientos de amor romántico a este circuito cerebral fundamental del deseo? E L A M O R D E S E N C A D E N A E L D E S E O Seguramente h a n observado que c u a n d o se e n a m o r a n , su ardor estimula el impulso sexual. Novelistas, dramaturgos, poetas y c o m - positores de canciones h a n celebrado esta necesidad de besar, abrazar y hacer el a m o r c o n el ser amado. ¿Por qué experimentamos el deseo sexual cuando nos enamora- mos? Porque la d o p a m i n a , el elixir del a m o r romántico, puede esti- m u l a r la liberación de testosterona, la h o r m o n a sexual del deseo2 8 . Esta correlación entre los niveles elevados de d o p a m i n a y la ex- citación sexual, la frecuencia de las relaciones sexuales y la función sexual positiva es frecuente en los animales2 9 . P o r ejemplo, c u a n d o se inyecta d o p a m i n a en el flujo sanguíneo de u n a rata macho, se es- 103
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    P O RQUÉ AMAMOS timulan sus conductas copulatorias . P o r otra parte, cuando se co- loca u n a rata macho de laboratorio en u n a j a u l a desde d o n d e pue- de ver u oler a u n a h e m b r a en celo, la rata macho se excita sexual- mente, aumentando también sus niveles de d o p a m i n a 3 1 . Y c u a n d o se retira la barrera y se le permite copular, los niveles de d o p a m i - na se elevan todavía más3 2 . La d o p a m i n a también puede estimular el deseo sexual en los h u - m a n o s 3 3 . C u a n d o los hombres y mujeres afectados p o r u n a depre- sión toman u n a medicación que eleva los niveles de d o p a m i n a en el cerebro, su impulso sexual p o r lo general m e j o r a 3 4 . U n a amiga mía que está en la treintena me contó u n a historia que viene m u y al caso. Llevaba varios años c o n u n a ligera depresión, por lo que había empezado a tomar u n o de los nuevos antidepresi- vos (uno que no tiene efectos sexuales secundarios negativos) que elevan los niveles de dopamina en el cerebro. Un mes después de em- pezar a tomar este fármaco, notó que no sólo pensaba más en el sexo, sino que empezaba a tener orgasmos múltiples c o n su novio. Sos- pecho que este cambio repentino en el deseo y la función sexual se debieron a que la p i l d o r a que tomaba diariamente para aumentar la d o p a m i n a provocaba también la liberación de testosterona. Esta relación positiva entre la d o p a m i n a y la testosterona puede asimismo explicar p o r qué las personas se sienten tan sexualmente atractivas cuando se van de vacaciones, p r u e b a n algún truco nuevo en la cama o hacen el a m o r c o n u n a nueva pareja. Las experiencias novedosas elevan los niveles de d o p a m i n a en el cerebro, de ahí que también sea posible que activen la química cerebral del deseo. La norepinefrina, otro estimulante que probablemente desem- peñe u n a función importante en el a m o r romántico, también de- sencadena el deseo sexual. L o s adictos a las anfetaminas, llamadas «anfetas» o speed, d i c e n que su impulso sexual puede mantenerse constante. Este deseo sexual probablemente sea resultado de la misma ecuación biológica: las anfetaminas elevan en alto grado la norepinefrina (y también la d o p a m i n a ) . Y la norepinefrina puede estimular la producción de testosterona3 5 . Hagamos de nuevo algunas salvedades: la dosificación de estas sustancias químicas, así c o m o el m o m e n t o en el que son liberadas en el cerebro, constituyen también otro factor que hay que tener en 104
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    H E LE N FISHER cuenta. N i n g u n a de estas interacciones son directas o simples. Pero, hablando en general, la d o p a m i n a y la norepinefrina despiertan el deseo s e x u a l 3 6 , muy probablemente p o r q u e elevan los niveles de testosterona. No es de extrañar que los amantes pasen toda la no- che acariciándose. La química del a m o r enciende el deseo más po- deroso de la naturaleza: el impulso de copular. Esta conexión química entre el a m o r romántico y el deseo tiene sentido desde el p u n t o de vista evolutivo. Después de todo, si el amor romántico ha evolucionado para estimular el emparejamien- to c o n otro individuo «especial», debería estimular también el i m - pulso de practicar el sexo c o n esta persona amada. ¿ D E S E N C A D E N A E L D E S E O E L A M O R ? ¿ E S cierto lo contrario? ¿Puede el deseo estimular el amor? ¿Pue- de u n o acostarse c o n «sólo un amigo» o incluso un extraño y ena- morarse de repente de él o de ella? O v i d i o , un h o m b r e que posiblemente vivió muchos romances, creía que u n a fuerte atracción sexual a m e n u d o podía hacer que u n a persona se e n a m o r a r a 3 7 . Pero el deseo sexual no siempre de- sencadena el ardor romántico, c o m o muchos saben. La mayoría de los adultos sexualmente liberados de hoy en día h a n practicado el sexo con alguien de q u i e n no estaban enamorados. M u c h o s i n c l u - so h a n copulado c o n este «amigo» de f o r m a regular. Pero, desgra- ciadamente, n u n c a h a n sentido la euforia de la pasión romántica c o n este compañero de cama. El deseo no conduce necesariamen- te a la pasión y la obsesión d e l a m o r romántico. Efectivamente, son muchos los datos que apoyan lo contrario. Los atletas que se inyectan andrógenos sintéticos para aumentar su musculatura no se enamoran cuando toman estos fármacos. C u a n - do los h o m b r e s y mujeres de m e d i a n a e d a d se inyectan testoste- r o n a o se aplican testosterona en c r e m a en diversas partes de su cuerpo p a r a estimular su i m p u l s o sexual, sus pensamientos y fan- tasías sexuales a u m e n t a n 3 8 , pero tampoco se e n a m o r a n . L o s cir- cuitos cerebrales del deseo no e n c i e n d e n necesariamente el fue- go del amor. 105
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    P O RQ U É AMAMOS Esto no quiere decir que el deseo sexual n u n c a desencadene el amor romántico. Puede hacerlo. U n a amiga mía de m e d i a n a edad es un buen ejemplo de ello. Había estado manteniendo relaciones sexuales con «sólo un amigo» durante casi tres años. Me decía que se trataba de encuentros esporádicos; su amigo y ella no tenían rela- ciones sexuales más de dos o tres veces al año. Entonces, u n a maña- na de verano, unos cinco minutos después de haber copulado c o n él, se sintió profundamente enamorada. En aquel m o m e n t o entra- r o n en acción el pensamiento obsesivo, el anhelo de estar c o n él y el éxtasis. Durante las semanas y meses que siguieron, me contaba, pasaba la noche entera despierta pensando constantemente en él, esperaba que sonara el teléfono para oír su voz, se vestía de f o r m a atractiva para conquistarle y fantaseaba c o n pasar su vida juntos. Afortunadamente, él también la amaba. «Nasopasyo, maya basyo». Las mujeres del occidente r u r a l de N e p a l utilizan este dicho, un poco subido de tono, para expresar el mismo fenómeno. Significa que «cuando el pene entró, el a m o r llegó»3 9 . C r e o que la biología contribuye a este a m o r espontáneo p o r un compañero sexual. La actividad sexual puede aumentar los niveles de d o p a m i n a y norepinefrina en el cerebro de las ratas m a c h o 4 0 . Incluso sin actividad sexual, el aumento de los niveles de testostero- na puede elevar los niveles de d o p a m i n a 4 1 y de n o r e p i n e f r i n a 4 2 y reducir al mismo tiempo los de serotonina4 3 . En resumen, la hor- m o n a del deseo sexual puede desencadenar la liberación de los eli- xires cerebrales de la pasión romántica. C r e o que mientras mi a m i - ga se abrazaba y copulaba c o n «sólo un amigo», su circuito cerebral para el romance se puso en m a r c h a y se enamoró. Esta «vieja magia negra» es u n a fuerza inconstante. La química del a m o r romántico puede desencadenar la química del deseo se- xual y el combustible que alimenta el deseo sexual puede a su vez generar el combustible del romance. Esta es la razón p o r la que es peligroso copular c o n alguien con q u i e n no quieres comprometer- te. A u n q u e tu intención sea practicar el sexo esporádicamente, pue- de que al final te enamores. P o r otra parte, la pasión romántica tiene también u n a relación especial c o n los sentimientos de apego. 106
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    H K LE N FISHEK S O B R E E L A P E G O «¿Quién dispuso que este fuego de ansias / debiera enfriarse tan pronto como se inflama?»4 4 *. El poeta Matthew A r n o l d lloraba el fi- nal de su a m o r romántico. El a m o r cambia c o n el paso del tiempo. Se hace más profundo, más calmado. Las parejas ya no pasan todo el día hablando, ni bai- lan hasta el amanecer. La pasión desaforada, el éxtasis, el anhelo, el pensamiento obsesivo, la energía intensificada: todo se disuelve. Pero si u n o tiene suerte, esa magia se transforma a sí m i s m a en nuevos sentimientos de seguridad, comodidad, calma y unión c o n la pareja. La psicóloga Elaine Hatfield l l a m a a este sentimiento el «amor compañero», u n a sensación de feliz unión c o n u n a persona cuya vida está estrechamente entrelazada c o n la tuya4 5 . Yo llamo a esta compleja amalgama «apego». Y a l igual que los hombres y mujeres distinguen de f o r m a intuiti- va entre la sensación de a m o r romántico y la de deseo sexual, tam- bién distinguen fácilmente entre los sentimientos del romance y los del apego. Nisa, u n a bosquimana K u n g del desierto de K a l a h a r i de Botswa- na, explicó sucintamente este sentimiento de apego entre h o m b r e y mujer a la antropóloga Marjorie Shostak. «Cuando dos personas están juntas p o r p r i m e r a vez», decía Nisa, «sus corazones arden y la pasión es m u y grande. Después de un tiempo, el fuego se enfría y se mantiene así. Siguen amándose el u n o al otro, pero de u n a f o r m a distinta, más cálida y confiada»4 6 . L o s taita de K e n i a estarían de acuerdo. Ellos dicen que el a m o r adopta dos formas, un anhelo irresistible, u n a «especie de enfer- medad» , y un afecto perdurable y p r o f u n d o p o r el o t r o 4 7 . L o s brasi- leños tienen un proverbio poético que distingue entre estos dos sen- timientos; dice así: «El a m o r nace de u n a m i r a d a y m a d u r a en un sonrisa»4 8 . Y p a r a los coreanos, «sarang» es u n a palabra similar al con- * Matthew Amold, Antologa, Visor, Madrid, 1976. ( N . de laT.) 107
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    P O RQUÉ AMAMOS cepto occidental d e l a m o r romántico, mientas que «chong» se pa- rece más al sentimiento de apego perdurable. Pero quizás A b i g a i l Adams, la esposa del segundo presidente de Estados U n i d o s , lo ex- presó mejor en u n a carta dirigida a J o h n en 1793: «Los años consi- guen domeñar el ardor de la pasión, pero en su lugar subsiste u n a amistad y un afecto de raíces profundas, que desafía a los estragos del tiempo, mientras la llama vital existe»4 9 . LA QUÍMICA DEL APEGO Los científicos comenzaron a examinar este sistema cerebral del apego hace décadas, cuando el psiquiatra británico J o h n Bowlby formuló que los humanos h a n desarrollado un sistema innato del apego que está integrado p o r unas conductas y unas respuestas fi- siológicas específicas5 0 . Pero hasta hace poco los científicos no h a n empezado a c o m p r e n d e r qué sustancias químicas cerebrales pro- ducen este sentimiento de fusión con u n a pareja de larga duración. Actualmente la mayoría creen que la vasopresina y la oxitocina, hormonas estrechamente relacionadas entre sí y fabricadas p r i n c i - palmente en el hipotálamo y en las gónadas, p r o d u c e n muchas de las conductas asociadas c o n el apego. Pero para comprender c ó m o estas h o r m o n a s generan la sensa- ción de unión c o n el ser amado, debo volver a referirme a unos ha- bitantes del M e d i o Oeste de Estados U n i d o s de los que ya he había- do antes: los ratones de campo. C o m o recordarán, estos roedores de color gris pardo establecen vínculos de pareja para criar a sus pe- queños; aproximadamente un 90 p o r ciento de ellos se emparejan con un solo compañero para toda su vida. H a c e unos pocos años, los neurólogos Sue Cárter, T o m Insel y varios más, d e t e r m i n a r o n la causa de este apego en los machos. C u a n d o el ratón de campo m a - cho eyacula, los niveles de vasopresina en el cerebro aumentan, d a n - do origen a este celo conyugal y p a t e r n a l 5 1 . ¿Es la vasopresina el cóctel de la naturaleza que despierta el ape- go del macho? Para investigar esta hipótesis, los científicos inyectaron vasopre- sina en el cerebro de ratones de campo vírgenes criados en laborato- 108
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    H E LE N FISHER rio. Estos machos c o m e n z a r o n inmediatamente a defender el espa- cio que les rodeaba frente a otros machos, un aspecto que caracte- riza la formación de la pareja en los ratones de campo. Y cuando cada u n o de ellos fue presentado a u n a hembra, se volvió i n m e d i a - tamente posesivo c o n respecto a e l l a 5 2 . P o r el contrario, cuando es- tos mismos científicos bloquearon la producción de vasopresina en el cerebro, los ratones de c a m p o machos empezaron en cambio a portarse c o m o canallas, c o p u l a n d o c o n u n a h e m b r a y abandonán- dola a la p r i m e r a ocasión de aparearse c o n otra. La naturaleza, pues, ha dotado a los mamíferos de u n a sustancia química para que desarrollen el instinto paternal: la vasopresina. L A O X I T O C I N A : ¿ O T R O C Ó C T E L PARA E L A F E C T O ? «...así crecimos juntos / c o m o u n a doble g u i n d a que parece se- parada, / pero que guarda u n i d a d en su división: / dos hermosos f r u - tos moldeados sobre un tallo»5 3 '1 '. S o n pocos los poetas que escri- b e n sobre el sentimiento perdurable del apego, quizás porque este impulso rara vez nos obliga a c o m p o n e r apasionados versos a altas horas de la noche. Estos versos de Shakespeare son u n a excepción. Sin embargo, el sentimiento del apego debe de ser u n a sensación común a todas las aves y mamíferos, porque está asociado no sólo a la vasopresina, sino también a la oxitocina, u n a h o r m o n a emparen- tada y omnipresente en la n a t u r a l e z a 5 4 . Al igual que la vasopresina, la oxitocina se fabrica en el hipotála- m o , así c o m o en los ovarios y en los testículos. A diferencia de la va- sopresina, la oxitocina se libera en todas las hembras de los mamí- feros (incluidas las mujeres) durante el proceso del p a r t o 5 5 , d a n d o lugar a las contracciones del útero y estimulando las glándulas m a - marias p a r a p r o d u c i r leche. P e r o en la actualidad, los científicos h a n d e t e r m i n a d o que la oxitocina estimula también la unión entre la m a d r e y su hijo. * William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000. (N.delaT.) 109
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    P O RQUÉ AMAMOS Y l o que es aún más importante, en la actualidad muchos creen que la oxitocina está asimismo relacionada c o n los sentimientos de apego entre el macho y la h e m b r a adultos5 6 . Indudablemente, todos hemos sentido el poder de estas dos «hormonas de la satisfacción», c o m o se d e n o m i n a a veces a la vaso- presina y la oxitocina. Las segregamos en dos momentos clave de la relación sexual: durante la estimulación de los genitales o los pezo- n e s 5 7 y durante el orgasmo. Durante el orgasmo, los niveles de vaso- presina aumentan de forma espectacular en los hombres y los de la oxitocina se elevan en las mujeres5 8 . Estas «sustancias químicas del abrazo» contribuyen sin duda a esa sensación de fusión, de cercanía y de apego que se siente después de haber disfrutado de un agrada- ble encuentro sexual c o n el ser amado. ¿De qué manera afecta la química del apego a los sentimientos del deseo sexual y del a m o r romántico? ¿ E L D E S E O DISMINUYE E L A P E G O ? L o s componentes químicos del apego tienen efectos complejos sobre el impulso sexual y los sentimientos de la pasión romántica. En algunas circunstancias, la testosterona puede elevar los n i - veles de vasopresina5 9 y de o x i t o c i n a 6 0 en los animales, aumentando las conductas propias del apego como el cepillado mutuo, la señaliza- ción del territorio por el olor y la defensa de un lugar para a n i d a r 6 1 . Lo contrario también puede ocurrir: la oxitocina y la vasopresina pueden aumentar la producción de testosterona en determinadas condiciones6 2 . En resumen, la química d e l apego puede desenca- denar el deseo y la química del deseo puede desencadenar expre- siones de apego. Pero todas estas hormonas también p u e d e n tener efectos nega- tivos entre sí. El aumento de los niveles de testosterona puede redu- cirlos niveles de vasopresina (y de oxitocina), y los niveles elevados de vasopresina p u e d e n disminuir los niveles de testosterona6 3 . Esta relación inversa entre el deseo y el apego «depende de las dosis»; varía en función de la cantidad, el m o m e n t o y las interacciones en- tre las diversas h o r m o n a s 6 4 . Y existen numerosas pruebas de que 110
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    H E LE N FISHER esto sucede regularmente en las personas, a veces c o n consecuen- cias desastrosas. L o s h o m b r e s c o n altos niveles básicos de testosterona elevados se casan con menos frecuencia, tienen más relaciones adúlteras, co- meten más abusos conyugales y se divorcian más a m e n u d o . C u a n d o el m a t r i m o n i o de un h o m b r e pierde estabilidad, sus niveles de tes- tosterona aumentan. C o n el divorcio, estos niveles de testosterona aumentan aún más. Y los hombres solteros tienden a tener niveles de testosterona más altos que los casados6 5 . También es posible lo contrario: que cuando el apego d e l h o m - bre hacia su familia va creciendo cada vez más, los niveles de testos- terona desciendan. De hecho, de cara al nacimiento de un hijo, los futuros padres e x p e r i m e n t a n un declive significativo de los niveles de testosterona6 6 . Incluso cuando un h o m b r e tiene a un bebé en brazos disminuyen los niveles de testosterona. Esta relación negativa entre la testosterona y el apego también se observa en otras criaturas. Los cardenales macho y los arrendajos azules pasan de u n a h e m b r a a otra; n u n c a se quedan para criar a sus polluelos. Estos padres descastados tienen niveles altos de testostero- na, En cambio, los machos de las especies que f o r m a n parejas m o n ó - gamas y permanecen j u n t o a su pareja para ejercer de padres c o n sus crías tienen niveles de testosterona m u c h o más bajos durante la fase parental de la época de cría6 7 . Y c u a n d o los científicos introdu- j e r o n quirúrgicamente varías dosis de testosterona en u n a serie de gorriones monógamos macho, estos atentos padres abandonaron sus nidos, a sus crías y a sus «esposas» para cortejar a otras hembras6 8 . C o m o ya he dicho, las interacciones entre estos sistemas quími- cos del deseo y del apego son complejas y variables. Pero hay datos que sugieren que a m e d i d a que las personas crecen como «dos ado- rables cerezas que brotan de un m i s m o tallo», la química del apego puede d i s m i n u i r el deseo. Ésta es probablemente la razón p o r la que los hombres y mujeres que f o r m a n matrimonios estables pasan menos tiempo en su habitación haciendo el amor. Pero, ¿qué hay del amor? ¿Cómo afecta la d o p a m i n a , el combus- tible del a m o r romántico, a los niveles de vasopresina y oxitocina, las drogas cerebrales del apego? L o s sentimientos de unión y ape- go, ¿mejoran o r e p r i m e n la pasión romántica? 111
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    P O RQUÉ AMAMOS ¿AMOR Y APEGO? La naturaleza no es ordenada. Le gustan las opciones. Y n o exis- te u n a relación deñnida entre los neurotransmisores del a m o r y las h o r m o n a s del apego, sino que, c o m o ocurre siempre en el caso de estas interacciones químicas, «depende». En algunos casos, la d o p a m i n a y la norepinefrina p u e d e n esti- m u l a r la liberación de oxitocina y vasopresina6 9 y contribuir de este m o d o a aumentar nuestro sentimiento de apego. Pero el aumento de los niveles de oxitocina (tanto en hombres c o m o en mujeres) puede interferir también en la actividad de la d o p a m i n a y la nore- pinefrina en el cerebro, disminuyendo el impacto de estas sustancias excitantes7 0 . De ahí que la química del apego p u e d a sofocar la quí- m i c a del amor. Existen numerosas pruebas de carácter anecdótico que sirven de apoyo a esta relación química relativa entre el apego y el amor ro- mántico. Personas de todas partes del m u n d o dicen que la euforia del amor va decayendo a medida que su matrimonio o relación de pareja se hace más estable, c ó m o d a y segura. Algunos incluso acuden al psiquiatra o al consejero matrimonial para intentar renovar la pa- sión romántica c o n su pareja; otros, en cambio, van en busca del ro- mance extramatrimonial; unos se divorcian, y muchos se acostum- bran a u n a relación duradera desprovista del goce del romanticismo. M i s sentimientos acerca de este destino que la naturaleza ha de- cretado son encontrados. En primer lugar, muchos de nosotros mo- riríamos de agotamiento si el amor romántico floreciera eternamen- te en u n a relación. No podríamos llegar n u n c a puntuales al trabajo ni concentrarnos en nada que no fuera «él» o «ella». P o r otra parte, a medida que va madurando, el amor romántico a m e n u d o se ex- pande, convirtiéndose en cientos de complejos y gratificantes senti- mientos de apego que dan lugar a u n a unión enormemente i n t r i n - cada, interesante y emocionalmente satisfactoria c o n otra persona. Al m i s m o tiempo, creo, c o m o expondré en el capítulo octavo, que en u n a relación duradera y agradable es posible mantener viva la llama primigenia del éxtasis romántico. 112
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    H E LE N FISHER No obstante, para mantener esta magia tenemos que hacer algu- nas trampas a nuestro cerebro. ¿Por qué? Porque el amor romántico no se ha desarrollado para ayudarnos a mantener u n a relación de pareja estable y duradera. Su evolución se ha debido a unos fines diferentes: impulsar a nuestros ancestros a preferir, elegir e ir en bus- ca de parejas específicas, iniciar después el proceso de empareja- miento y permanecer sexualmente fieles a nuestra pareja el tiem- po suficiente para concebir un hijo. S i n embargo, u n a vez que el hijo ha nacido, los padres necesitan un nuevo conjunto de sustan- cias químicas y redes cerebrales para criar a este hijo en equipo; en esto consiste la química del apego. En consecuencia, los sentimien- tos de apego a m e n u d o disminuyen el éxtasis del romance, sustitu- yéndolo por un sentimiento profundo de unión c o n la pareja. L A T R A M A D E L A M O R A pesar de esta trayectoria evolutiva del amor, en la que la pasión romántica se transforma gradualmente en unos sentimientos de apego profundo, estos tres circuitos cerebrales, el deseo, el a m o r ro- mántico y el apego, p u e d e n combinarse de maneras muy diversas. La f o r m a en que n o r m a l m e n t e transcurren las cosas en la so- ciedad occidental tradicional es la siguiente: te encuentras con un hombre o u n a mujer, hablas, te ríes y empiezas a «salir» c o n él. L u e - go, de f o r m a rápida o gradual te enamoras. A m e d i d a que la cama- radería va convirtiéndose en felicidad, tu impulso sexual entra en acción. Entonces, después de unos meses o años de haber pasado juntos muchos momentos felices, el ardor de la pasión romántica y el deseo sexual p r i m i g e n i o empiezan a declinar, siendo sustituidos p o r lo que T h e o d o r Reik l l a m a b a ese cálido «rescoldo»7 1 que es el apego. Así que, según este escenario, el a m o r romántico es el de- sencadenante d e l deseo; y luego, c o n el tiempo, estos sentimientos primigenios de pasión y deseo se asientan en un pilar de c o m p r o - miso y unión emocional: el apego. No obstante, el deseo, el a m o r y el apego p u e d e n visitarnos si- guiendo otra secuencia. Podemos iniciar u n a relación c o n alguien p o r q u i e n sólo sentimos un deseo sexual. Durante unos meses prac- 113
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    P O RQ U É AMAMOS ticaremos el sexo de f o r m a irregular. Luego, un b u e n día, empeza- mos a ponernos posesivos. Al poco nos enamoramos de esa perso- na. Y c o n el tiempo nos sentiremos emocionalmente unidos. En este caso, el deseo ha precedido al romance, que a su vez ha c o n d u - cido al apego. También hay parejas que inician su relación c o n un sentimiento de apego. Rápidamente consiguen la unión emocional en el d o r m i - torio de la residencia universitaria, la oficina o su círculo social. Se hacen íntimos amigos. C o n el tiempo, este apego se transforma en pasión románticay al final ésta desencadena el deseo. Por desgracia, muchos de nosotros también pasamos en nuestra vida p o r periodos en los que estos tres impulsos del emparejamien- to, el deseo, el a m o r romántico y el apego no se concentran en la misma persona. Parece estar en el destino de la h u m a n i d a d que se- amos neurológicamente capaces de amar a más de u n a persona a la vez. U n o puede sentir un profundo apego p o r el que hace tiempo es su cónyuge, y sentir u n a pasión romántica p o r alguien de la ofici- na o de su círculo social, y al mismo tiempo experimentar un deseo sexual mientras lee un libro, ve u n a película o hace cualquier otra cosa en la que n i n g u n a de estas personas tiene nada que ver. Puede que incluso se vaya pasando de un sentimiento a otro. En efecto, mientras p o r la noche u n o está tumbado en la cama, a oscuras, puede verse envuelto p o r sentimientos de apego hacia su cónyuge; unos segundos más tarde siente u n a loca pasión romántica por alguien a q u i e n acaba de conocer; luego nota un deseo sexual cuando de repente u n a imagen que nada tiene que ver c o n lo ante- rior se le viene a la cabeza. Mientras estos tres circuitos cerebrales actúan interactiva pero independientemente, a u n o le parece que en su cabeza se está celebrando la reunión de un comité. «El a m o r es salvaje», c o m o dice la canción. El deseo, el a m o r ro- mántico y el apego profundo pueden visitarnos formando unas com- binaciones tan distintas e inesperadas que muchas personas h a n llegado a pensar que la mezcla de sensaciones que nos empujan ha- cia otra persona es misteriosa, incomprensible, quizás incluso que aparece c o m o caída del cielo. Pero u n a vez que empiezas a consi- derar el deseo, el a m o r romántico y el apego como tres impulsos es- pecíficos del emparejamiento, cada u n o de los cuales produce m u - U 4
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    H E LE N FISHER chas diferentes gradaciones de sentimientos que se combinan y vuel- ven a combinar eternamente de innumerables maneras, el a m o r adquiere tangibilidad. Incluso los elaborados esquemas de los clási- cos griegos adquieren sentido. T I P O S D E A M O R L o s antiguos griegos f u e r o n los expertos más consumados del m u n d o en el arte de diferenciar las diversas clases de amor: tenían más de diez palabras para designar sus diversos tipos. El psicólogo J o h n A l a n Lee redujo estas categorías superpuestas a seis7 2 . Pero, en mi opinión, cada u n a de ellas parece u n a variante distinta de u n o de los tres circuitos básicos d e l cerebro: el deseo, el a m o r románti- co y el apego. La más celebrada es eros, el a m o r apasionado, sexual, erótico, fe- liz, que d e r r o c h a energía para u n a pareja m u y especial. C r e o que eros es u n a combinación del deseo y del a m o r romántico. La manta es el a m o r obsesivo, celoso, irracional, posesivo y de- pendiente. La mayoría de las personas son excesivamente obsesivas, ilógicas y posesivas c u a n d o están enamoradas apasionadamente. Ludus es un término latino que significa juego. Éste es el a m o r juguetón, despreocupado, sin compromisos, sin ataduras. Estos amantes pueden amar a más de u n a persona a la vez sin que supon- ga un problema. Para ellos, el a m o r es teatro, u n a f o r m a de arte. El ludus parece ser u n a variante de un deseo liviano combinado c o n la diversión y la frivolidad. Storgé es un tipo de a m o r compañero, fraternal, amistoso, un sentimiento de amistad p r o f u n d a y especial que carece de m a - nifestaciones de emoción. Estas personas prefieren hablar de sus intereses más que de sus sentimientos. Éste es un «amor sin fiebre ni locura», c o m o dijo P r o u d h o n . P a r a mí, storgé es u n a f o r m a de apego. Ágape es un a m o r gentil, desinteresado, consciente de sus debe- res, generoso, altruista, a m e n u d o espiritual; otra f o r m a de apego. Estos amantes consideran sus sentimientos c o m o un deber, no u n a pasión. A l g u n o s están incluso dispuestos a dejar la relación cuando 115
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    P O RQtJf AMAMOS esto es lo mejor para el ser amado; de ahí que se r i n d a n de b u e n gra- do ante un rival. La última categoría es pragma, el a m o r basado en la c o m p a t i b i l i - dad y el sentido común: el a m o r pragmático. Es el a m o r de la «lista de la compra». L o s amantes pragmáticos llevan la cuenta: tienen muy presentes tanto las ventajas c o m o los inconvenientes de la re- lación. Estos h o m b r e s y mujeres no son dados al sacrificio o a la emoción excesiva. Para ellos la amistad es la esencia de la relación. Yo no considero que este pragma sea a m o r en absoluto. Existe u n a gran cantidad de literatura de carácter psicológico sobre los tipos de amor, así c o m o sobre los diversos componentes del a m o r y los estilos de a m a r 7 3 . U n a conceptualización d e l a m o r que es bastante p o p u l a r entre los científicos sociales de la actuali- dad es la d e l psicólogo Robert Sternberg. Sternberg divide el a m o r en tres ingredientes básicos: la pasión, que incluye el amor, la atracción física y el deseo sexual; la i n t i m i - dad, todos los sentimientos de calidez, cercanía, conexión y unión; y la decisión/compromiso, esto es, la decisión de amar a alguien y el compromiso de mantener dicho a m o r 7 4 . Para él, el encaprichamíen- to se c o m p o n e sólo de pasión. El amor romántico es la pasión más la i n t i m i d a d . El amor consumado es pasión, i n t i m i d a d y c o m p r o m i s o . El amor compañero incluye la i n t i m i d a d y el c o m p r o m i s o , pero care- ce de pasión. El amor vacío es sólo c o m p r o m i s o ; adopta las actitudes del a m o r pero sólo alberga sentimientos de c o m p r o m i s o p a r a m a n - tener la relación. El afecto se basa en la i n t i m i d a d ; no se siente pa- sión ni compromiso. Y e l amorfatuoz m e n u d o está l l e n o de pasión y c o m p r o m i s o pero carece de i n t i m i d a d . L A L O C A SINFONÍA D E L A M O R «El a m o r c o m p o n e tal tejido de paradojas y existe en tal variedad de formas y tonalidades, que se puede decir casi cualquier cosa so- bre sobre él con probabilidad de acertar». Esta afirmación corres- ponde al estudioso de la conducta de la época de la R e i n a Victoria, sir H e n r y F i n c k 7 5 . El amor romántico presenta sin duda sutiles varia- ciones, así c o m o complejas y diversas relaciones c o n los impulsos re- 116
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    H E LE N FISHER productivos con los que está emparentado: el deseo y el apego. El amor es u n a sinfonía de sentimientos plagada de notas y acordes. P a r a complicar aún más las cosas, la r e d cerebral d e l a m o r ro- mántico se mezcla c o n numerosos sistemas cerebrales, que i n c l u - yen circuitos para otros impulsos básicos, así c o m o emociones, re- cuerdos y pensamientos. Todos estos ingredientes añaden u n a maravillosa profundidad, variedad de matices y condimentos a los sentimientos del romance. Por supuesto, nuestras emociones contribuyen a la pasión ro- mántica. Las emociones humanas se distribuyen a lo largo de un continuum que va desde las que son tan básicas que es casi imposible esconderlas (como el asco) a otras que, c o m o la envidia, resultan más fáciles de ocultar. Las emociones básicas son universales, here- dadas, involuntarias, se expresan rápidamente y se manifiestan en todas partes c o n los mismos gestos faciales; son difíciles de disimu- lar y a m e n u d o difíciles de controlar7 6 . Entre ellas están el miedo, la ira, la alegría, la tristeza, el asco y la sorpresa. No hay d u d a de que el impulso de amar se apropia de todas las emociones básicas en un momento u otro. C u a n d o sentimos la nece- sidad irresistible de llamar p o r teléfono a «él» o a «ella», podemos sentirnos asaltados p o r el miedo a que se haya i d o con un rival; al mo- mento, embargados p o r la alegría cuando contesta al teléfono y nos dice «te quiero»; y más tarde, golpeados por la sorpresay la desilusión cuando este ser celestial anula la cita que habíamos planeado juntos. El a m o r romántico también está relacionado c o n otro gran nú- m e r o de sentimientos más complejos: el respeto, la admiración, la lealtad, la gratitud, la compasión, el temor, la timidez, la nostalgia, el r e m o r d i m i e n t o e incluso el sentido de la justicia. El filósofo Dy¬ lan Evans llamaba a estos sentimientos «emociones cognitivas supe- riores»7 7 , dado que no se manifiestan claramente ni están asocia- das a gestos faciales específicos; las personas de distintas sociedades las expresan de m a n e r a y en momentos diferentes; y los hombres y las mujeres a m e n u d o son capaces de ocultarlas y fingirlas. C u a n d o estamos inmersos en el a m o r romántico, podemos experimentar además docenas de estas complejas emociones. La calma, la tensión, la satisfacción, la ansiedad, un ligero dolor, un ligero placer y otros estados generales del cuerpo contribuyen 117
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    P O RQUÉ AMAMOS también a los sentimientos del a m o r romántico. En palabras del neurólogo A n t o n i o Damasio, estas «emociones de fondo» son c o m o eí paisaje del cuerpo, el estado de ánimo persistente que nos acom- paña en los vaivenes y las crecidas de las emociones y motivacio- nes7 8 . Sólo en determinadas ocasiones afluyen a la mente conscien- te estos estados de fondo. Pero dichas corrientes subterráneas y continuas de ansiedad, dolor y placer, colorean sin d u d a nuestros sentimientos hacia el ser amado. Y lo que resulta aún más fascinante, esta trama de emociones y motivaciones está ordenado jerárquicamente en el cerebro. El mie- do puede vencer a la alegría, p o r ejemplo. Los celos p u e d e n aho- gar la ternura. Las yuxtaposiciones son múltiples. Pero en esta je- rarquía de emociones básicas y complejas, de sentimientos de fondo e impulsos poderosos, el a m o r romántico ocupa un lugar especial cercano al cénit, a la cumbre, a lo más alto. El a m o r romántico pue- de d o m i n a r el impulso de c o m e r y dormir. Puede contener el mie- do, el enfado o el asco. Puede anteponerse al sentido del deber ha- cia la familia o los amigos. Puede incluso triunfar sobre la voluntad de vivir. C o m o decía Keats, «podría m o r i r por ti». «¿Cómo te amo? Déjame contar de cuántas formas», escribió Eli¬ zabeth Barrett Browning. Existen muchas maneras. C o m o el acorde de un piano, el sentimiento de la pasión romántica a r m o n i z a c o n miríadas de otros sentimientos, impulsos y pensamientos para cre- ar melodías distintas en claves diferentes. P o r otra parte, cada u n o de nosotros tiene unas conexiones ligeramente distintas. A l g u n o s están más predispuestos a la felicidad; otros a la calma, la ansiedad, el m i e d o o el enfado; algunos son insaciablemente curiosos; otros maravillosamente divertidos. Los científicos dicen que aproxima- damente un 50 p o r ciento de nuestro temperamento es heredado; el resto es moldeado p o r nuestra educación y nuestro entorno. Pero todos compartimos esta cosa maravillosa y diabólica llamada amor romántico. ¿Cómo pescamos las personas en el m a r de los diferentes seres humanos para encontrar a ese otro ser «especial»? ¿Qué nos lleva a elegirle a «él» o a «ella»? 118
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    5 «ESE P RI M E R E M B E L E S O D E S P R E O C U P A D O Y M A R A V I L L O S O » A quién elegimos En algún lugar de este mundo nuestro esperan un alma sola, otra alma solitaria— persiguiéndose la una a la otra en el tedio de las horas— y encontrándose extrañamente en un destino inesperado; Entonces se unen, como las hojas verdes con las flores doradas, formando un todo bello y perfecto— y la larga noche de la vida termina, y el camino queda abierto hacia la eternidad. SIR E D W I N A R N O L D « Somewhere »] « J _ j r a tan extraordinariamente bella que casi me eché a reir. E l l a [era] el hambre, el fuego, la destrucción y la peste... la única verdad encarnada. Sus pechos eran apocalípticos, hubieran podido coronar imperios antes de marchitarse... su cuerpo era un milagro de cons- trucción... E r a incuestionablemente preciosa. E r a espléndida. De u n a generosidad oscura e inflexible. En resumen, era demasiado, qué cojones... Aquellos ojos enormes de color violeta... tenían un destello inexplicable... Mientras aquellos faros cósmicos examina- b a n mi defectuosa personalidad, pasaron eones, nacieron y se des- m o r o n a r o n civilizaciones enteras... C a d a pequeña cicatriz de mi cara se convirtió en un cráter de la luna». Eso pensó R i c h a r d B u r t o n cuando vio p o r p r i m e r a vez a Eliza¬ beth Taylor: ella tenía diecinueve años. ¿Por qué entra un h o m b r e en u n a sala llena de mujeres atractivas, habla c o n varias de las que más le gustan y cae rendido de amor por una? ¿Por qué u n a mujer que tiene varios pretendientes ve a un h o m b r e y de repente todos sus circuitos cerebrales se encienden de pasión romántica? ¿Por qué u n a persona nos activa estos circuitos cerebrales y sin embargo otro ser h u m a n o , absolutamente adorable, no nos i m p r e s i o n a lo más mínimo? ¿Por qué ¿/?¿Por qué ella? 119
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    P O RQUÉ AMAMOS O P O R T U N I D A D «¿Cómo cUstmguir el bailarín del baile?», se preguntaba Yeats. Quizá alguna vez nos hemos sentido arrastrados p o r alguien en u n a fiesta, en la oficina o en la playa; luego nos hemos preguntado si no se ha debido al entusiasmo del m o m e n t o , N u e s t r a ansia de amar y ser amado ha podido alterar nuestra visión, transformando a u n a rana en un príncipe o princesa. H e m o s c o n f u n d i d o al bailarín con el baile. El a m o r puede despertarse cuando menos lo esperamos, p o r p u r a casualidad. La pareja perfecta puede estar sentada justo a nues- tro lado en u n a fiesta, y es posible que no reparemos en ella si tene- mos muchas preocupaciones en la oficina o en el colegio, si estamos inmersos en otra relación o intranquilos p o r cualquier otro asunto de carácter emocional. Pero si acabamos de entrar en la universidad o de m u d a r n o s a otra ciudad; si estamos recién recuperados de u n a historia de a m o r fracasada o empezamos a ganar d i n e r o suficiente para mantener a u n a familia; si estamos pasando por u n a experiencia difícil o tene- mos demasiado tiempo libre, entonces se d a n las circunstancias más proclives para e n a m o r a r n o s 2 . En efecto, las personas que están emocionalmente intranquilas, ya sea p o r alegría, tristeza, ansiedad, miedo, curiosidad o cualquier otro sentimiento, tienen más proba- bilidades de resultar vulnerables a la pasión3 . Sospecho que esto se debe a que todos los estados de agitación mental están asociados c o n unos mecanismos de excitación cere- bral, así c o m o c o n unos niveles elevados de h o r m o n a s del estrés. A m b o s sistemas elevan los niveles de d o p a m i n a , generando así la química de la pasión romántica. P R O X I M I D A D «Ah, yo he encontrado la magia estando cerca de ella», escribió el poeta E z r a P o u n d . M u y cierto; la p r o x i m i d a d también puede de- 120
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    H E I£ N FISHER «encadenar este éxtasis. Tendemos a elegir a los que se encuentran a nuestro alrededor4 . La situación fue elegantemente expresada p o r Terry, un canadiense que recientemente me escribió el siguiente mensaje de correo electrónico: Estimada Dra. Fisher, Cuando estaba en la edad de «salir», tenía ciertas expectativas so- bre la mujer con la que me casaría. Tenía que ser, así, asá y qué sé yo. Y, mientras, estaba ignorando a una mujer bella, cariñosa y generosa, con unos objetivos vitales maravillosos ¡que vivía literalmente en el pa- tio de atrás de mi casa! Ella no cumplía ninguna de mis «expectativas» pero empezamos a salir, vivimos juntos, nos enamoramos y nos casa- mos un año más tarde. De eso hace quince años y nuestra relación ha crecido tremendamente y sigue creciendo cada día. Creo que lo que quiero decir es que tenemos que pararnos y mirar a nuestro alrededor. No analizar cada detalle. Puede que nuestra alma gemela esté más cer- ca de lo que pensamos:) H a y muchas otras fuerzas ocultas que juegan un papel i m p o r t a n - te a la h o r a de elegir a u n a persona. Entre ellas, el misterio. M I S T E R I O A m b o s sexos se sienten a m e n u d o atraídos p o r alguien a q u i e n encuentran misterioso. C o m o escribió Baudelaire, «amamos a las mujeres en la m e d i d a en que nos resultan extrañas». La sensación de dar por p u r a suerte c o n un tesoro escurridizo e improbable pue- de desencadenar la pasión romántica. Lo contrario también es cierto. La familiaridad puede amortiguar los pensamientos del a m o r romántico, c o m o muestra la vida en un kibutz israelí. Allí los niños crecían juntos en u n a casa c o m ú n en la que vivían, dormían y se bañaban juntos, c o n otros jóvenes de to- das las edades. Los chicos y chicas se tocaban y se tumbaban juntos alegremente. Sin embargo, alrededor de los doce años, empeza- ban a estar tensos unos c o n otros. C u a n d o llegaban a la adolescen- cia, desarrollaban unos fuertes lazos fraternales entre hermanos y 121
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    P O RQ U É AMAMOS hermanas. Pero n i n g u n o de los que habían vivido su infancia en esta c u n a común se casaba c o n un compañero de kibutz'. Así pues, los científicos creen que hay u n a edad crítica de la niñez, quizá e n - tre los tres y los seis años, en la que los chicos y chicas que viven en estrecha p r o x i m i d a d y llegan a conocerse a fondo, p i e r d e n la capa- cidad de enamorarse unos de otros. Esta repugnancia por aparearse c o n conocidos es común a to- dos los mamíferos. Casi todos los individuos de todas las especies de las que tenemos datos, sienten u n a aversión sexual p o r otros seres cercanos; prefieren aparearse c o n extraños. Si un joven m a c h o per- manece en su c o m u n i d a d natal, c o m o ocurre c o n los macacos rhe¬ sus, a m e n u d o se c o m p o r t a c o n su e n a m o r a d a c o m o un niño c o n su madre, acurrucándose en sus brazos en lugar de cortejarla y co- pular c o n ella. Y e n u n o de los casos de los que tenemos constancia de u n a tentativa de incesto entre chimpancés, la h e r m a n a rechazó con violencia al h e r m a n o , gritando, dándole patadas y mordiéndo- le momentos antes de escabullirse y salir huyendo. Nosotros hemos heredado esta repulsión a copular c o n m i e m - bros cercanos de la familia y otros individuos a los que conocemos bien, u n a aversión que indudablemente se desarrolló para evitar la endogamia, el acto destructivo de mezclar el A D N p r o p i o c o n el de un pariente cercano. En consecuencia, somos más proclives a sen- tirnos atraídos p o r alguien ajeno a la familia o al g r u p o en el que hemos crecido, alguien c o n un toque de misterio. La naturaleza nos ha p r o p o r c i o n a d o incluso el cableado cere- bral para que los extraños nos parezcan interesantes. La gente c o n misterio nos resulta novedosa. Y l o novedoso se asocia c o n altos n i - veles de d o p a m i n a , el neurotransmisor del romance. ¿Los O P U E S T O S SE A T R A E N ? S i n embargo, «ese p r i m e r embeleso maravilloso», c o m o Ro¬ bert B r o w n i n g d e n o m i n a b a al a m o r romántico, se dirige p o r lo ge- neral hacia alguien muy parecido a nosotros. La mayoría de las per- sonas del m u n d o p r o d u c e u n a reacción química, amorosa ante individuos del m i s m o entorno étnico, social, religioso, educativo y 122
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    H E LE N FISHER económico, que tienen un grado de atractivo físico similar al suyo, u n a inteligencia comparable y unas actitudes, expectativas, valores, intereses y habilidades sociales y comunicativas parecidas6 . De hecho, en un reciente estudio sobre la selección de pareja re- alizado en Estados U n i d o s , los biólogos evolutivos Peter Buston y Stephen E m l e n concluyeron que los jóvenes de ambos sexos se con- sideran a sí mismos c o m o unos futuros cónyuges especiales y eligen a personas c o n las mismas características, que van desde su patri- m o n i o financiero o cualidades físicas hasta los aspectos más c o m - plejos de su personalidad7 . Si u n a mujer tiene la suerte de ser titu- lar de un fondo fiduciario, buscará a otra persona de clase alta. L o s hombres guapos buscan mujeres guapas. Y l o s que valoran la fideli- d a d familiar y sexual, eligen a alguien que sea poseedor de los mis- mos atributos. El espejo habla. H o m b r e s y mujeres generalmente se sienten atraídos p o r amantes que comparten su sentido del h u - mor, c o n valores sociales y políticos similares, y p o r individuos que comparten sus mismas creencias sobre la vida en general8 . Curiosamente, los científicos h a n demostrado que muchas de estas características, incluidos los intereses profesionales, lo que ha- cemos en nuestro tiempo de ocio, muchas de nuestras actitudes so- ciales e incluso la fuerza de nuestra fe en Dios, se ven influidas p o r nuestros genes9 . P o r tanto, los tipos genéticos se atraen unos a otros; tendemos a ser atraídos por personas como nosotros. L o s antropólogos llaman a esta propensión h u m a n a a sentirnos atraídos p o r personas parecidas a nosotros mismos «emparejamien- to por concordancia positiva» o «emparejamiento p o r adecuación». El tipo específico de persona que en realidad elegimos, sin embar- go, ha ido cambiando un poco. P o r ejemplo, en el m u n d o se pro- d u c e n cada vez más matrimonios interraciales. En Estados U n i d o s estas bodas h a n aumentado alrededor de un 800 p o r ciento desde 19601 0 . Pero incluso en esta época de la aldea global, es más proba- ble que el fuego de la mente se p r e n d a cuando nos encontramos c o n u n a persona desconocida que sea bastante similar a nosotros desde el punto de vista étnico, social e intelectual. Al igual que ocurre c o n la atracción p o r los desconocidos, esta preferencia p o r parejas similares a nosotros probablemente consti- tuya u n a herencia evolutiva. ¿Por qué? Porque un feto y su madre 123
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    POR Q UÉ AMAMOS son extraños entre sí. Si ambos comparten u n a base química simi- lar, a la madre le será más fácil gestarlo en su vientre. En efecto, las parejas que son genéticamente similares experimentan menos abor- tos espontáneos y d a n a luz más bebésy más sanos1 1 . Sin embargo, ser demasiado parecidos no es u n a ventaja. Y los humanos parecen haber desarrollado como mínimo un mecanismo mental para asegurarse de que eligen a un compañero ligeramente distinto, al menos desde el p u n t o de vista químico. Este descubri- miento se deriva de lo que se ha dado en llamar el experimento de la «camiseta sudada». C u a n d o se pidió a varias mujeres que olieran las camisetas sudadas de un g r u p o de hombres y dijeran qué olor les parecía el más «sexy», eligieron las camisetas de los hombres cu- yos sistemas inmunitarios eran diferentes al suyo pero compatibles con él1 2 . Inconscientemente, estas mujeres se sentían atraídas p o r i n - dividuos que potencialmente les podían ayudar a p r o d u c i r u n a descendencia genéticamente más variada. P o r tanto, los opuestos se atraen, dentro de los límites de la pro- pia esfera étnica, social e intelectual. LA SIMETRÍA; EL «PUNTO MEDIO» O t r a preferencia biológica que hemos heredado del r e i n o ani- m a l es nuestra tendencia a elegir a parejas bien proporcionadas. La simetría c o r p o r a l puede c o n t r i b u i r a desencadenar un a m o r ro- mántico, c o m o teorizaban los antiguos griegos. H a c e casi dos m i l quinientos años, Aristóteles sostenía que existían varios patrones universales de belleza física. U n o de ellos era, en su opinión, u n a proporción corporal equilibrada, i n c l u i d a la simetría. E l l o se co- rrespondía c o n el gran respeto que sentía p o r lo que él llamó el punto medio, o la moderación entre los extremos. La ciencia m o d e r n a apoya la idea de Aristóteles. La simetría es bella para los insectos, las aves, los mamíferos, todos los primates y las personas de todo el m u n d o 1 3 . La mosca escorpión h e m b r a bus- ca u n a pareja que tenga las alas uniformes. Las golondrinas prefie- r e n parejas que tengan la cola b i e n proporcionada. Los monos se decantan por consortes que tengan los dientes simétricos. Si visita- 124
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    H E I.EN FISHER mos u n a aldea de N u e v a G u i n e a y sentados alrededor del fuego del campamento señalamos al hombre o la mujer que nos parecen más guapos, los nativos estarán de acuerdo c o n nosotros1 4 . Y c u a n d o los investigadores utilizaron ordenadores para f u n d i r muchas caras en u n a cara «promedio» compuesta de todas ellas, tanto a los hombres como a las mujeres les gustó más la cara «promedio» que cualquie- ra de las caras individuales de las que estaba f o r m a d a 1 5 . E r a más equilibrada. Incluso los bebés de dos meses fijan más tiempo su m i - rada en las carasque son más simétricas1 6 . «La belleza es verdad, la verdad belleza», escribió Keats en su Oda a una urna griega. Estas palabras de Keats pueden haber sorprendido a muchos. Pero, al final, la belleza de la simetría en realidad transmi- te u n a verdad básica. Las criaturas c o n orejas, ojos, dientes y mandí- bulas equilibradas y bien proporcionadas, c o n codos, rodillas y pe- chos simétricos, h a n sido capaces de repeler las bacterias, virus y otros diminutos depredadores que p u e d e n causar irregularidades corporales. C o n su simetría, los animales a n u n c i a n u n a capacidad genética superior para combatir las enfermedades1 7 . Por tanto, la atracción h u m a n a hacia los pretendientes simétri- cos es un primitivo mecanismo a n i m a l diseñado para orientarnos a seleccionar unos compañeros de apareamiento genéticamente ro- bustos1 8 . Y l a naturaleza no corre riesgos; el cerebro responde de f o r m a na- tural a u n a cara bonita. C u a n d o los científicos registraron la actividad cerebral de un grupo de hombres heterosexuales de edades com- prendidas entre los veintiunoy los treintay cinco años mientras mira- ban a mujeres con caras bonitas, el área ventral tegmental (AVT) «se iluminaba»1 9 . En nuestro estudio con el escáner ocurrió algo pareci- do: los sujetos que miraban fotos de parejas más atractivas mostraban más actividad en el A V T . Y en el A V T abunda la dopamina, el neuro- transmisor que proporciona la energía, la euforia, la atención con- centrada y la motivación necesarias para conseguir u n a recompensa. No es sorprendente que los hombres y mujeres simétricos tengan a m e n u d o más pretendientes entre los que elegir. A consecuencia de ello, las mujeres de u n a exquisita belleza tienden a casarse c o n h o m - bres de un estatus más alto2 0 , siendo Jacqueline K e n n e d y Onassis un espléndido ejemplo de este proceso de emparejamiento. 125
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    P O RQUÉ AMAMOS Los hombres muy simétricos también tienen ventajas de tipo re- productivo. E m p i e z a n a practicar el sexo unos cuatro años antes que los que tienen la cara más asimétrica; tienen más parejas sexua- les y también más relaciones adúlteras2 1 . Las mujeres también a l - canzan más orgasmos c o n los hombres simétricos2 2 , incluso aunque la relación no sea emocionalmente satisfactoria para ellas. Y c u a n - d o u n a mujer t i e n e u n orgasmo c o n u n h o m b r e b i e n proporciona- do, sus contracciones orgásmicas absorben mayor cantidad de su esperma2 3 . Sospecho que estas respuestas sexuales se producen porque cuan- do la mujer m i r a a su amante simétrico, el área ventral tegmental de su cerebro produce d o p a m i n a , la cual (mediante u n a serie de interacciones) activa la testosterona y mejora la respuesta sexual. D a d o que la simetría mejora las posibilidades que u n o tiene en el juego del apareamiento, las mujeres llegan a extremos increíbles para conseguirla o al menos acercarse a ella. M a q u i l l a n su cara con polvos para que los dos lados sean más similares. C o n el lápiz de ojos y la máscara de pestañas, hacen que sus ojos se parezcan más entre sí. C o n la barra de labios igualan un labio al otro. Y con c i r u - gía plástica, ejercicio, cinturones, sujetadores y vaqueros y camisas ajustadas m o l d e a n sus formas para crear las proporciones simétri- cas que gustan a los hombres. La naturaleza ayuda. Los científicos h a n descubierto que las m a - nos y las orejas de las mujeres son más simétricas durante la ovula- ción mensual, el momento en que es más importante desde el punto de vista reproductivo atraer a un h o m b r e 2 4 . Los pechos de las muje- res también se vuelven más simétricos durante la ovulación2 5 . P o r otra parte, los hombres y las mujeres jóvenes suelen ser bastante si- métricos; la asimetría va aumentando a m e d i d a que envejecemos. L A P R O P O R C I Ó N « C I N T U R A - C A D E R A » El p u n t o medio del equilibrio también se aplica a otras propor- ciones corporales. La psicóloga Devendrá Singh mostró a un g r u p o de hombres es- tadounidenses u n a serie de dibujos de mujeres jóvenes y les pre- 126
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    H E LE N FISHER guntó qué tipo de cuerpos les parecían más atractivos2 6 . La mayo- ría eligieron a mujeres cuya circunferencia de la cintura equivalía aproximadamente al 70 p o r ciento de sus caderas. Este e x p e r i m e n - to se repitió en G r a n Bretaña, A l e m a n i a , Australia, I n d i a , U g a n d a y otros países. Las respuestas variaron, pero muchos encuestados mostraron su preferencia p o r esta m i s m a proporción entre c i n t u r a y caderas. C u a n d o Singh midió la proporción cintura-cadera de doscien- tas ochenta y seis esculturas antiguas de varias tribus africanas, así c o m o la de otras de la antigua India, Egipto, G r e c i a y R o m a , descu- brió que todas tendían a que la proporción fuera más pequeña en las mujeres que en los hombres. Y e n un estudio de trescientas treinta obras de arte de E u r o p a , Asia, América del N o r t e y del S u r y Africa, algunas de las cuales databan de hace treinta y dos m i l años, los científicos encontraron que la mayoría de las mujeres eran repre- sentadas c o n u n a proporción cintura-cadera q u e respondía en ge- neral a estas mismas medidas2 7 . Resulta interesante comprobar que las páginas centrales del Playboy muestran también estas mismas proporciones, al igual que las «supermodelos» estadounidenses. Incluso «Twiggy», la escuálida supermodelo de los años 60, tenía u n a proporción cintura-cadera de exactamente el 70 p o r ciento. La proporción cintura-cadera de u n a mujer es en gran parte he- redada; responde a sus genes. P o r otra parte, aunque evidentemen- te varía de u n a mujer a otra, durante la ovulación esta proporción se ajusta, acercándose más al 70 p o r ciento. ¿Por qué la naturale- za se ha tomado tantos trabajos para p r o d u c i r mujeres curvilíneas? ¿Y por qué los hombres de todo el m u n d o prefieren en las mujeres esta proporción cintura-cadera en particular? M u y probablemente p o r u n a razón evolutiva. Las mujeres c o n u n a proporción cintura-cadera de alrededor del 70 p o r ciento tienen más probabilidades de tener descenden- cia, según i n f o r m a Singh. Poseen la cantidad de grasa adecuada en los lugares adecuados, debido a unos niveles altos de estrógeno en relación c o n los de testosterona. Las mujeres que se alejan sustan- cialmente de estas proporciones tienen más dificultades para que- darse embarazadas, conciben más tarde y tienen un mayor número de abortos espontáneos. Las mujeres c o n cuerpos más oviformes, 127
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    P O RQUÉ AMAMOS periformes o rectos sufren c o n mayor frecuencia enfermedades crónicas c o m o la diabetes, la hipertensión, trastornos cardíacos, ciertos tipos de cáncer y problemas circulatorios. También mues- tran u n a mayor tendencia a sufrir trastornos de personalidad2 8 . Por esta razón, Singh mantiene la teoría de que la atracción del macho por u n a proporción cintura-cadera específica en las mujeres se debe a u n a preferencia natural p o r parejas sanas y fértiles. Efecti- vamente, debido a que esta preferencia está p r o f u n d a m e n t e e n - raizada en la psique masculina, los hombres de todas las edades expresan este mismo gusto, incluso aunque no tengan interés en convertirse en padres o estén cortejando a mujeres que h a n supe- rado la edad de la reproducción. Por supuesto, los hombres también prefieren otras cosas en las mujeres. A QUIÉN ELIGEN LOS HOMBRES En un estudio clásico realizado c o n diez m i l personas de treinta y siete sociedades distintas, los científicos p i d i e r o n a hombres y m u - jeres que hicieran u n a lista de dieciocho características, ordenadas en función de su i m p o r t a n c i a para elegir u n a esposa2 9 . A m b o s se- xos situaron en primer lugar el a m o r o la atracción mutua. Q u e fue- ra f o r m a l era la siguiente, seguida de la estabilidad y la m a d u r e z emocional y de un carácter agradable. Tanto hombres c o m o muje- res dijeron también que elegirían a alguien amable, inteligente, educado, sociable, sano e interesado en el hogar y la familia. Pero este estudio también puso de manifiesto u n a diferencia de género en los gustos románticos. C u a n d o h u b o que evaluar a las potenciales parejas románticas, los hombres manifestaron u n a m a - yor tendencia a elegir a mujeres que ofrecían signos visuales de j u - ventud y belleza. Estas predilecciones masculinas están documentadas a lo largo de milenios en diversas c u l t u r a s 3 0 . Osiris, el legendario dios del Egipto predinástico, se quedó sobrecogido ante la belleza física de su amada esposa, Isis. C o m o escribió hace cuatro m i l años: «Isis ha tendido su r e d , /y me ha atrapado / c o n el lazo de su pelo / Estoy 128
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    H E LE N FISHER preso de sus ojos / atado p o r su collar / encarcelado por el perfu- me de su piel»3 1 . Un m i e m b r o de la t r i b u Tiv, en N i g e r i a , escribió al verse arras- trado por las proporcionadas formas de u n a mujer: «Cuando la vi bailar, ella me robó la vida y supe que tenía que seguirla»3 2 . La probabilidad de que los hombres estadounidenses que po- nen anuncios en periódicos y revistas buscando pareja m e n c i o n e n la belleza entre sus exigencias es tres veces mayor que en el caso de las mujeres3 3 . Y, c o m o p r o m e d i o , los hombres de todo el m u n d o se casan c o n mujeres tres años mas jóvenes que ellos3 4 . En Estados U n i d o s , los hombres que se vuelven a casar generalmente eligen u n a mujer que sea unos cinco años mas joven; si se casan u n a tercera vez, a m e n u - do toman por esposa a u n a mujer ocho años más j o v e n 3 5 . C u a n d o preguntaban a Aristóteles p o r qué las personas desea- ban la belleza física, respondía: «Nadie que no sea ciego puede ha- cer esa pregunta». Incuestionablemente, los h o m b r e s e n c u e n t r a n estéticamente agradable mirar a mujeres guapas. También les gus- ta impresionar a los amigos y a los colegas c o n sus impresionantes novias o c o n esposas que enseñan c o m o trofeos. De hecho, la gente tiende en generala considerar alas mujeres guapas (y a los hombres guapos) personas caudas, inteligentes, fuertes, generosas, sociables, educadas, atractivas, interesantes, seguras desde el punto de vista financiero y socialmente populares3 6 . Pero los psicólogos evolutivos creen en la actualidad que los h o m - bres subconscientemente también prefieren la j u v e n t u d y la belle- za porque tiene ventajas reproductivas37 . Las mujeres jóvenes de piel suave, dientes blancos c o m o la nieve, ojos brillantes, pelo res- plandeciente, músculos firmes, un cuerpo ágil y u n a personalidad atractiva tienen u n a probabilidad mayor de ser sanas y enérgicas, cualidades m u y importantes para dar a luz y criar a la descenden- cia. U n a piel clara y suave y unos rasgos faciales infantiles también i n d i c a n niveles elevados de estrógenos que p u e d e n contribuir a la reproducción. P o r tanto, estos científicos mantienen la teoría de que durante nuestro pasado c o m o cazadores-recolectores, los machos que ele- gían a hembras jóvenes, sanas y exuberantes tenían más hijos. Estos 129
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    P O RQ U É AMAMOS robustos niños vivieron y transmitieron a los hombres contemporá- neos esta preferencia masculina por las mujeres jóvenes y bellas3 8 . E L C E R E B R O M A S C U L I N O E N A M O R A D O «¿Por qué es más importante que la mujer sea bella a que sea i n - teligente?» «Porque los hombres ven mejor que piensan.» Es un chiste m u y viejo; conozco a muchos hombres que piensan m u y bien. Pero esta acida observación condene u n ápice de ver- dad. Digo esto porque el estudio que realizamos aplicando la ima- gen por resonancia magnética funcional a los circuitos cerebrales de personas enamoradas produjo resultados inesperados: encontra- mos ciertas diferencias de g é n e r o 3 9 . Estos hallazgos fueron comple- jos y variados. No es que los hombres encajaran claramente en u n a categoría y las mujeres en otra: al igual que ocurre con todas las d i - ferencias de género, ambos sexos presentaban u n a a m p l i a g a m a de respuestas a las fotos de sus enamorados; algunas incluso se super- ponían. P o r otra parte, estas variaciones p u e d e n no ser comunes a todos los hombres o mujeres. Pero sí se produjeron diferencias es- tadísticamente significativas entre ambos sexos. N a d i e sabe exacta- mente qué significan estas diferencias. Pero p o r el m o m e n t o espe- cularé sobre los hombres y más tarde elaboraré mi teoría sobre el caso de las mujeres. En nuestra muestra, los hombres tendían a mostrar más activi- dad que las mujeres en regiones cerebrales asociadas c o n el proce- samiento visual, especialmente en la cara. ¿Puede que esto haya evolucionado en los hombres para mejo- rar su capacidad de enamorarse cuando veían a u n a mujer joven, simétrica y u n a b u e n a apuesta reproductiva? Puede ser. Esta activi- dad cerebral también podría ayudar a explicar por qué los hombres generalmente se e n a m o r a n más rápido que las mujeres4 0 . C u a n d o , llegado el m o m e n t o , un h o m b r e ve a u n a mujer atractiva, está ana- tómicamente equipado para asociar rápidamente los rasgos visua- les con los sentimientos de pasión romántica. Un mecanismo su- mamente efectivo para el cortejo. 130
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    H E LE N FISHER Además encontramos otra diferencia de género que podría ha- ber evolucionado para ayudar a los hombres de antaño a que su cor- tejo fuera eficaz. C u a n d o nuestros sujetos miraban las fotos de sus amadas, tendían a mostrar mayor actividad positiva en u n a región cerebral asociada c o n la erección del pene. Esto tiene sentido des- de el p u n t o de vista darwiniano. El verdadero propósito del a m o r romántico es estimular el apareamiento c o n otra persona «espe- cial». Esta respuesta masculina enlaza directamente la pasión román- tica con u n a región cerebral asociada c o n la excitación sexual. A u n q u e pueda parecer inverosímil, esta respuesta cerebral mas- culina puede también arrojar luz sobre p o r qué los hombres son consumidores ávidos del negocio m u n d i a l de la pornografía visual; por qué las mujeres muestran u n a tendencia mayor que los h o m - bres a considerar su apariencia personal c o m o un componente i m - portante de su autoestima4 1 , y p o r qué las mujeres se esfuerzan tanto por anunciar visualmente su atractivo con su forma de vestir, ma- quillarse y adornarse. «Si no puedes convencerlos, confúndelos», mantenía el presidente de Estados U n i d o s , H a r r y T r u m a n . Las m u - jeres piensan lo mismo; se aprovechan sin piedad de la afición de los hombres p o r los estímulos visuales y la respuesta de su cerebro ante ellos. E L « E S F U E R Z O M A S C U L I N O P O R E L E M P A R E J A M I E N T O » Existe otra predilección masculina que me interesa, porque p i e n - so que también está directamente enraizada en la historia más anti- gua. L o s psicólogos d i c e n que los hombres q u i e r e n ayudar a las mujeres a resolver sus problemas, ser útiles haciendo a l g o 4 2 . L o s h o m b r e s se sienten varoniles c u a n d o rescatan a u n a d a m i s e l a en apuros. No hay d u d a de que millones de años protegiendo y abaste- ciendo a las mujeres ha desarrollado en el cerebro masculino esta tendencia a elegir mujeres a las que creen que tienen que salvar. De hecho, el cerebro masculino está bien configurado para ayu- dar a las mujeres. L o s hombres, p o r lo general, son más h a b i l i d o - sos que las mujeres en todo tipo de tareas mecánicas y espaciales. 131
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    POR QUÉ AMAMOS Loshombres son «solucionadores» de problemas4 3 . Y muchas de las habilidades especiales de los hombres se generan en el seno m a - terno mediante altos niveles de testosterona. Quizas la evolución de esta maquinaria biológica en los hombres tenga la finalidad, al menos en parte, de atraer, ayudar y salvar a las mujeres. Los hombres también son más decididos que las mujeres cuan- do se enamoran. Sólo el 40 p o r ciento de las jóvenes de mi estudio estuvieron de acuerdo c o n la afirmación «Tener u n a b u e n a rela- ción c o n es más importante que tener u n a b u e n a relación c o n mi familia», mientras que un r o t u n d o 60 p o r ciento de losjóve- nes de sexo masculino dijeron que la relación c o n su pareja era lo primero. Por otra parte, aunque la mayoría de la gente cree que son las mujeres las que esperan al lado del teléfono, las que cambian sus horarios y las que d e a m b u l a n p o r la oficina o el gimnasio para estar disponibles para su amado, mi cuestionario demostró que los hombres estadounidenses reorganizan sus actividades c o n más fre- cuencia que las mujeres. Esta disponibilidad de los hombres está lejos de ser algo nuevo. Incluso Dante, el gran poeta del renacimiento florentino, se pasea- ba durante horas p o r un puente sobre el río A r n o con la esperanza de hablar c o n su amada Beatriz. Esta predilección masculina puede deberse al h e c h o de que los hombres tienen muchas menos conexiones c o n sus familias y a m i - gos que las mujeres. Pero probablemente contribuyan profundas fuerzas evolutivas. Las mujeres custodian el huevo, un b i e n m u y va- lioso. Y las mujeres pasan m u c h o más tiempo criando a los bebés y a los niños pequeños, un trabajo vital. D u r a n t e millones de años los hombres h a n necesitado estar a disposición de sus potenciales pa- rejas de apareamiento, incluso arriesgar sus vidas para salvar a estos preciosos vehículos reproductores. Los hombres todavía están obligados a hacer un mayor «esfuer- zo de emparejamiento» a fin de ganar en el j u e g o del cortejo. De hecho, los esfuerzos de los hombres en este sentido fueron clara- mente visibles en sus respuestas a varias cuestiones de mi estudio. Por ejemplo, a los hombres les preocupaba decir algo inconvenien- te durante u n a «cita». No estaban muy confiados en cuanto a elegir bien las palabras. Esto es comprensible. Por lo general, las mujeres 132
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    H E LE N FISHER de todo el m u n d o son más hábiles c o n los matices del lenguaje, una capacidad ligada a la h o r m o n a femenina, el estrógeno4 4 . Pero las mujeres de mi estudio mostraron también u n a mayor tendencia a guardar las tarjetas y las cartas enviadas p o r sus amantes. C o n ello, las mujeres no sólo saboreaban las palabras expresadas p o r su ena- morado; inconscientemente también estaban guardando un regis- tro del esfuerzo realizado p o r él para el emparejamiento. E L C E R E B R O F E M E N I N O E N A M O R A D O G r a n parte de la literatura psicológica nos dice que ambos se- xos sienten la pasión del a m o r romántico prácticamente c o n la misma i n t e n s i d a d 4 5 . Sospecho que esto es cierto; sus respuestas sólo difieren ligeramente. P o r ejemplo, mi cuestionario sobre esta pa- sión (comentado en el capítulo uno) mostró que el número de m u - jeres estadounidenses y japonesas que decían sentirse «más ligeras que el aire» c u a n d o estaban seguras de la pasión de su e n a m o r a - do p o r ellas era superior al de los hombres. Las mujeres e x p e r i m e n - taban también un pensamiento ligeramente más obsesivo sobre su amado. Nuestro experimento c o n I M R f mostró también varios aspectos en los que nuestros sujetos femeninos respondieron de f o r m a dis- tinta a los participantes masculinos. C u a n d o las mujeres m i r a b a n la foto de su amado, tendían a mostrar más actividad en el cuerpo del núcleo caudado y el septum, regiones cerebrales asociadas c o n la motivación y la atención. Algunas partes del septum están también asociadas c o n el procesamiento de la emoción. Las mujeres mos- traron asimismo actividad en algunas otras regiones cerebrales, i n - cluyendo u n a asociada a la recuperación y la evocación de recuer- dos y otras asociadas a la atención y la e m o c i ó n 4 6 . De nuevo, nadie sabe lo que significan estos resultados. P e r o cuando evocamos recuerdos y registramos emociones, estamos i n - formándonos a nosotros mismos de nuestros sentimientos4 7 y orde- nando la información de acuerdo c o n unas pautas; ambas activida- des nos ayudan a tomar decisiones. Y d u r a n t e millones de años, las mujeres tenían que tomar decisiones correctas sobre u n a potencial 133
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    P O RQ U Í AMAMOS pareja c o n la que aparearse. Si u n a mujer de la época de nuestros ancestros se quedaba embarazada mientras mantenía un romance, estaba obligada a incubar el embrión durante nueve meses y luego parir a su hijo. Estas tareas eran (y siguen siendo) metabólicamen- te costosas, requerían m u c h o tiempo, y no sólo resultaban incómo- das sino también físicamente peligrosas. P o r otra parte, la mujer te- nía que criar a su criatura indefensa durante el largo periodo de la niñez y la adolescencia. Mientras que un hombre puede ver muchas de las cualidades de la mujer para parir y criar a sus bebés, la mujer no puede ver el «valor como pareja reproductora» del hombre sólo con mirarlo. E l l a tiene que procesar la capacidad de protección y abastecimiento de su com- pañero. Yestas diferencias de género sugieren que cuando u n a m u - jer m i r a a su enamorado, la selección natural le ha proporcionado unas respuestas cerebrales específicas que le permiten recordar los detalles y las emociones que necesita para evaluar a su hombre. «La herencia genética no es otra cosa que el e n t o r n o almacena- do», escribió el gran botánico L u t h e r B u r b a n k . Las vicisitudes de criar a unos bebés indefensos en el hostil e n t o r n o de nuestros an- cestros h a n generado incuestionablemente en las mujeres otros mecanismos para elegir a su pareja. A QUIÉN ELIGEN LAS MUJERES En un estudio realizado c o n ochocientos anuncios personales publicados en periódicos y revistas, el número de mujeres estado- unidenses que buscaban parejas que les ofrecieran seguridad fi- nanciera duplicaba al de los h o m b r e s 4 8 . M u c h a s doctoras, aboga- das y mujeres m u y ricas están interesadas en hombres cuyo nivel económico y estatus social sea incluso superior al suyo4 9 . En efecto, mujeres de todas partes del m u n d o se sienten más atraídas p o r pa- rejas que tengan educación, ambición, riqueza, respeto, estatus y posición, el tipo de cualidades que sus antecesoras de la prehistoria necesitaban encontrar en su pareja reproductora. L o s científicos lo resumen así: los hombres buscan objetos sexuales y las mujeres ob- jetos c o n éxito. 134
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    H E LE N FISHER Las mujeres también se sienten atraídas p o r los hombres altos, quizas porque los hombres de gran estatura tienen más probabili- dades de adquirir prestigio en los negocios y en la política, y pue- den proporcionar u n a mejor defensa p e r s o n a l 5 0 . A las mujeres les gustan los hombres c o n u n a posición desahogada — u n signo de d o m i n i o — y que tengan además confianza y seguridad en sí mis- mos. Las mujeres se muestran más proclives que los hombres a ele- gir para u n a relación duradera a un compañero que sea inteligen- te5 1 . Ylas mujeres prefieren a los hombres con b u e n a coordinación, fuertes y valientes, c o m o se muestra en la literatura y las leyendas de todo el m u n d o . Inanna, reina de la antigua S u m e r i a , l l a m a b a a su amado «mi audaz / mi resplandeciente a m a d o » 5 2 . En el Cantar de los Cantares del A n t i g u o Testamento, escrito entre el 900 y el 300 a. de C, la es- posa cantaba con voz suave: «Mi amado es fresco y rubio, / distingui- do entre millares. / Sus brazos, barras de oro, / sus piernas, c o l u m - nas de alabastro»5 3 . Y en un p o e m a d e l siglo X I X escrito p o r u n a mujer anónima de Somalia, ésta proclamaba; «Eres fuerte como el hierro forjado./ H e c h o del oro de N a i r o b i , de la p r i m e r a luz del alba, del sol resplandeciente». No es de extrañar que el respeto que siente un h o m b r e p o r sí mismo esté más íntimamente ligado c o n su estatus laboral y social dentro de la c o m u n i d a d 5 4 . No es de extrañar que los hombres tam- bién muestren u n a mayor tendencia a sacrificar su salud, su seguri- d a d y su tiempo libre para adquirir categoría. Los hombres saben de f o r m a intuitiva que para atraer a mujeres jóvenes, sanas y enér- gicas deben intentar mostrarse intrépidos, fuertes c o m o el hierro forjado y poderosos c o m o el sol resplandeciente. Las mujeres también prefieren a los hombres c o n pómulos marcados y mandíbula fuerte, p o r otra razón de carácter incons- ciente. L o s pómulos y la mandíbula de los hombres son rasgos de- pendientes de la testosterona, y la testosterona i n h i b e el sistema inmunológico. Sólo los adolescentes c o n u n a magnífica salud p u e d e n tolerar los efectos derivados de ello y desarrollar un ros- tro de facciones tan m a r c a d a s 5 5 . No es de extrañar que alrededor del m o m e n t o de la ovulación mensual las mujeres se sientan aún más atraídas p o r los hombres que presentan estos signos asocia- 135
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    P O RQUÉ AMAMOS dos a la testosterona. Es c u a n d o p u e d e n quedarse embarazadas, p o r lo que, inconscientemente, buscan parejas masculinas c o n ge- nes superiores. Curiosamente, las mujeres en estado fértil también se sienten más atraídas p o r hombres c o n un g r a n sentido del h u m o r , quizás porque el i n g e n i o está asociado c o n u n a inteligencia general su- perior. El biólogo Randy T h o r n h i l l cree que las mujeres expresan dos preferencias básicas. A l r e d e d o r del m o m e n t o de la ovulación bus- can hombres dotados de buenos genes, u n a reminiscencia del ciclo estral característico de todos los mamíferos. En otros m o m e n t o s del ciclo, prefieren a los hombres que manifiestan signos de com- promiso. De hecho, cuando se pidió a un grupo de mujeres británi- cas y a otro de japonesas que revisaran en un ordenador imágenes de rostros masculinos hasta seleccionar la más atractiva, ambos g r u - pos prefirieron los rostros más masculinos durante el periodo en torno a la ovulación y otros más suaves y femeninos en otros m o - mentos del ciclo m e n s t r u a l 5 6 . Existen nuevos datos que sugieren, sin embargo, que las mujeres que no tienen pareja buscan de todos modos signos de c o m p r o m i s o durante la ovulación. En general, las mujeres se sienten en todo momento atraídas p o r hombres deseosos de compartir c o n ellas su categoría, su d i n e r o y su posición. Efectivamente, las mujeres son más pragmáticas y rea- listas cuando están enamoradas, mientras que los hombres tienden a mostrarse o bien más cínicos, o más idealistas y altruistas5 7 . Q u i - zás este pragmatismo f e m e n i n o explique p o r qué las mujeres se enamoran más lentamente que los hombres. P A S I Ó N PASAJERA A m b o s sexos se muestran más flexibles en sus preferencias ro- mánticas cuando van en busca de un a m o r pasajero, como ocurre cuando se encuentran de vacaciones o q u i e r e n hallar u n a relación temporal mientras están centrados en otros intereses. Históricamente, las mujeres que buscaban un romance pasajero elegían a hombres generosos y c o n recursos, que les proporciona- 136
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    H E LE N FISHER ran regalos, vacaciones de lujo, cenas elegantes e importantes con- tactos sociales o políticos5 8 . La frugalidad no era aceptable cuando u n a mujer tenía u n a aventura amorosa. P e r o las mujeres de hoy en día tienen más d i n e r o y son más independientes que las del pasa- do, y las que van en busca de u n a pasión fugaz se muestran algo más inclinadas a elegir a hombres altos y simétricos, c o n pómulos bien cincelados y mandíbulas marcadas, hombres dotados proba- blemente de unos genes más robustos5 9 . Algunas de estas mujeres están c o m p r o b a n d o su p r o p i o valor c o m o pareja, viendo qué tipo de h o m b r e son capaces de a t r a e r 6 0 . Otras utilizan esta relación i n f o r m a l c o m o u n a especie de póliza de seguro; buscan un respaldo en caso de que su p r o p i a pareja se dete- riore o enferme y m u e r a . Pero muchas mujeres utilizan también este tipo de relación sexual temporal para «poner a prueba» a u n a persona determinada de cara a u n a relación más larga. Los psicólogos lo saben, porque las mujeres son menos partida- rias que los hombres de mantener relaciones de u n a sola noche c o n un h o m b r e casado o que mantenga otra relación. No sólo por- que este amante no esté disponible, sino porque sus recursos están enfocados en otra dirección. Y a l igual que está engañando a su pa- reja formal, también puede serle infiel a ella. La mayoría de las m u - jeres tampoco reducen su nivel de exigencia cuando tienen breves aventuras amorosas. Siguen buscando a un compañero sano, esta- ble, divertido, amable y generoso. Para las mujeres el sexo pasajero a m e n u d o no es tan pasajero c o m o para los h o m b r e s 6 1 . C u a n d o los hombres buscan un a m o r de corta duración, tien- d e n a pasar p o r alto la falta de inteligencia p o r parte de la m u j e r 6 2 . También eligen a mujeres menos atléticas, c o n m e n o r formación académica, menos fieles, menos estables, c o n menos sentido del h u m o r y de un rango de edades más a m p l i o 6 3 . Y, a diferencia de las mujeres, p u e d e n sentirse atraídos incluso p o r u n a mujer c o n repu- tación de promiscua. C o m o M a e West expresó c o n tanto acierto, «a los hombres les gustan las mujeres c o n un pasado porque esperan que la historia se repita». S i n embargo, cuando los hombres quieren comprometerse c o n u n a pareja a largo plazo, se vuelven m u y exigentes c o n algunas vir- tudes básicas. C u a n d o se trata de casarse, la atracción de ambos se- 137
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    P O RQUÉ AMAMOS xos hacia u n a pareja se basa en razones derivadas en parte de su ne- cesidad p r i m o r d i a l (y a m e n u d o inconsciente) de reproducirse. «¿Dónde nace, decid, la fantasía: / en la cabeza o en el corazón? / ¿Cómo sale a la luz, c ó m o se cría? / D a d m e u n a explicación»*6 4 . Podemos responder en gran m e d i d a a la pregunta de Shakespeare. El gusto p o r la simetría; la afición de los hombres a lajuventud, a la belleza y a la necesidad de ayudar a mujeres en apuros; la atracción p o r parte de las mujeres hacia hombres ricos y de b u e n a posición: estas predilecciones biológicas p u e d e n poner en m a r c h a los circui- tos cerebrales del a m o r romántico. El componente del misterio, los entornos similares, la educación, las creencias, también guían nuestros gustos. La ocasión, la o p o r t u n i d a d y la p r o x i m i d a d de- sempeñan asimismo un papel importante a la h o r a de elegir a u n a persona. Pero de estas tres fuerzas que guían la selección de la pareja, creo que la más importante es el historial personal, las múltiples ex- periencias infantiles, adolescentes y adultas que conforman y m o d i - fican nuestras preferencias y aversiones a lo largo de nuestra vida. Todo ello se conjuga para crear un m a p a psicológico en gran medi- da inconsciente denominado «el m a p a del amor». L O S MAPAS DEL AMOR Crecemos en un m a r de momentos que van esculpiendo lenta- mente nuestras preferencias amorosas. El ingenio y la facilidad de palabra de nuestra madre; el entusiasmo de nuestro padre p o r la política y el tenis; la afición de nuestro tío p o r los barcos y las excur- siones; el interés de nuestra h e r m a n a p o r adiestrar perros; la for- ma en que las personas de nuestra familia utilizaban el silencio o expresaban la i n t i m i d a d y el enfado; su f o r m a de administrar el d i - nero; la abundancia de risas a la h o r a de la cena; lo que nuestro her- m a n o mayor encontraba interesante; nuestra educación religiosa y nuestros intereses intelectuales; los pasatiempos de los compañe- *William Shakespeare, El mercader de Venecia, Planeta, Barcelona, 1991. (N.delaT.) 138
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    H E LE N FISHER ros de colegio; lo que nuestra abuela consideraba educado; c ó m o valoraba la c o m u n i d a d en la que vivíamos el h o n o r , la justicia, la lealtad, la gratitud y la amabilidad; lo que los profesores a d m i r a b a n y deploraban; lo que veíamos en la televisión o en el cine: éstas y otras mil fuerzas sutiles construyen nuestros intereses individuales, valo- res y creencias. Así que, a la edad de la adolescencia, cada u n o de nosotros ha elaborado ya un catálogo de cualidades y actitudes que buscamos en u n a pareja. Este m a p a es único. Incluso los gemelos idénticos, que tienen intereses y estilos de vida similares, así c o m o parecidos valores reli- giosos, políticos y sociales, tienden a desarrollar diferentes estilos de amar y a elegir un tipo de pareja diferente6 5 . Las sutiles diferen- cias de sus experiencias h a n conformado sus gustos románticos. El m a p a psicológico de la personalidad es también e n o r m e m e n - te complejo. U n o s buscan u n a pareja que esté de acuerdo c o n lo que ellos dicen; otros prefieren un a n i m a d o debate. A unos les en- cantan las travesuras; a otros lo predecible, el orden o la extravagan- cia. H a y q u i e n pretende que le diviertan; otros quieren u n a persona que sea interesante desde el p u n t o de vista intelectual. M u c h o s ne- cesitan u n a pareja que apoye sus causas, acalle sus miedos o c o m - parta sus objetivos. Yotros eligen a u n a pareja adecuada al estilo de vida que desean llevar. Sóren Kierkegaard, el filósofo danés, pensaba que el a m o r debía ser desinteresado, rebosante de entrega hacia el ser amado. Pero algunos no se sienten c ó m o d o s c o n u n a pareja e n - tregada. En cambio, prefieren a alguien que les estimule a crecer intelectual o espiritualmente. Los mapas del a m o r son sutiles y difíciles de interpretar. Un b u e n ejemplo es el de u n a amiga mía que creció al lado de un padre alco- hólico. Se aclimató a la impredicibilidad de su hogar. Pero decidió que nunca se casaría con un hombre como su querido papá. De he- cho, no lo hizo. Se casó c o n un artista impredecible y caótico, u n a op- ción que encajaba en gran parte c o n su m a p a inconsciente del amor. «El a m o r ve c o n la mente, no c o n la vista; / p o r eso a C u p i d o cie- go lo pintan»*, escribió Shakespeare6 6 . Ésta es probablemente la r a - * William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000. (N.delaT.) 139
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    P O RQ U É AMAMOS zón por la que resulta tan difícil presentar a dos amigos que están solteros y p o r lo que los servicios de citas de Internet fallan a m e n u - do: los que emparejan no conocen los entresijos de los patrones amorosos de sus clientes. C o n frecuencia hombres y mujeres tam- poco conocen su p r o p i o m a p a del amor. L A P S I Q U E D E L A M O R Cientos de psicólogos h a n intentado entender la dinámica en- tre las parejas románticas y muchos ofrecen ideas interesantes so- bre p o r qué elegimos a u n a pareja en lugar de otra. Repasaré sólo unas cuantas. Los psicólogos Elaine Hatfield y R i c h a r d Rapson creen que exis- ten seis clases de «relación de a p e g o » 6 7 en las personas adultas. L o s hombres y mujeres c o n un tipo de apego «firme» tienden a elegir un amante al que puedan sentirse unidos; también hacen amigos con facilidad. Las personas «volubles» se aburren enseguida. Si con- siguen un amante, empiezan a impacientarse; si la pareja les deja, la persiguen. Otros se «afierran» a ella; prefieren a parejas c o n q u i e n p u e d e n mantener un constante contacto. L o s tipos «veleidosos» se sienten presionados y agobiados c o n facilidad; les gusta su inde- pendencia y huyen de la i n t i m i d a d y de las relaciones profundas. Los amantes «ocasionales» no quieren invertir demasiado tiempo o energía en el amor. Les gusta salir c o n la pareja, pero la lectura, los viajes o el trabajo tienen p r i o r i d a d sobre el compromiso c o n u n a relación romántica. Ya un escaso número de hombres y muje- res no les interesa el amor; no hacen ningún esfuerzo para atraer o retener a u n a pareja. Según la psicóloga Ayala Pines, elegimos u n a pareja similar al progenitor c o n q u i e n tuvimos conflictos durante la infancia que si- guen sin resolver; inconscientemente, intentamos resolver esta re- lación de la infancia en la edad a d u l t a 6 8 . H a r v i l l e H e n d r i x m a n - tiene que elegimos a parejas que hayan sufrido traumas similares a los nuestros durante la infancia y que estén estancados en esta mis- ma fase de desarrollo6 9 . M u r r a y Bowen cree que elegimos parejas que muestren el m i s m o nivel de «diferenciación» o independencia 140
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    H E LE N FISHER de identidad que nosotros m i s m o s 7 0 . Buscamos parejas c o n u n a ca- pacidad de afrontar la ansiedad compatible c o n la nuestra. Y los psicólogos C i n d y H a z a n y P h i l i p Shaver7 1 se basan en las teorías de J o h n B o w l b y 7 2 y M a r y A i n s w o r t h 7 3 , al p r o p o n e r que nos enamora- mos y establecemos unas relaciones de apego que reflejan el tipo de relación que en la infancia establecimos c o n nuestra madre, ya fuera «de seguridad», «ansiosa-ambivalente» o de evitación. Elliot A r o n s o n 7 4 estaría de acuerdo c o n el sentir del poeta Theo¬ dore Roethke de que «el a m o r engendra a m o r » 7 5 . M a n t i e n e que algunas personas eligen a q u i e n ellas creen que les aman; esta creen- cia genera u n a cascada de experiencias placenteras que c o n d u c e n al altar. La Beatriz y el Benedicto de Shakespeare son buenos ejem- plos de ello; ambos se e n a m o r a n u n o del otro al enterarse d e l ar- dor romántico que le profesa la otra persona. T h e o d o r e Reik creía que hombres y mujeres eligen parejas que satisfagan u n a necesi- dad importante en ellos, incluyendo las cualidades de las que care- cen. En palabras de Reik, «Dime a q u i e n amas y te diré quién eres y, sobre todo, quién quieres ser»7 6 . Es indudable que hay algo de cierto en todas estas ideas. Pero to- das ellas se derivan de un planteamiento fundamental: cada u n o de nosotros tenemos u n a personalidad única, basada en nuestras experiencias infantiles y nuestra biología particular. Yesta estructu- ra psíquica, en gran m e d i d a inconsciente, nos guía a la h o r a de enamorarnos de u n a persona y no de otra. L o s «mapas del amor» individuales probablemente empiezan a desarrollarse en la infancia, mientras nos adaptamos a las i n n u - merables fuerzas medioambientales que influyen en nuestros sen- timientos e ideas. C o m o sabiamente advertía Maurice Sendak, la i n - fancia es «un asunto realmente serio». Luego, cuando empezamos a ir al colegio y hacemos nuevos amigos, empezamos a vivir los p r i - meros encaprichamientos que más adelante moldearán nuestros gustos y nuestras aversiones. Ya m e d i d a que vamos e x p e r i m e n t a n - do relaciones algo más duraderas en la adolescencia, continuamos a m p l i a n d o este m a p a psicológico personal. Más adelante, según vamos sorteando los avatares de la vida y e x p e r i m e n t a n d o los p r i - meros desastres amorosos, perfilamos y enriquecemos esta planti- lla m e n t a l 141
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    P O RQUÉ AMAMOS Así que, cuando entramos en u n a habitación llena de potencia- les parejas, llevamos en nuestro cerebro u n a extraordinaria canti- d a d de preferencias infinitesimales, la mayoría de ellas biológicas, culturales e inconscientes, que p u e d e n despertar o anular la pa- sión romántica. P a r a c o m p l i c a r aún más las cosas, nuestros pretendientes son a su vez e n o r m e m e n t e variados. ¿Alguien conoce a dos personas iguales? Yo no. La variedad de personalidades humanas es extra- ordinaria. A l g u n o s son magníficos músicos; otros p u e d e n escribir u n p o e m a conmovedor, c o n s t r u i r u n puente, conseguir e l golpe perfecto en el golf, interpretar personajes de Shakespeare de m e m o r i a , lanzar discursos llenos de i n g e n i o a miles de personas desde el quiosco de un parque, filosofar c o n c o h e r e n c i a sobre el universo, p r e d i c a r c o n eficacia sobre Dios o el deber, p r e d e c i r modelos económicos o guiar diestramente a los soldados h a c i a l a batalla. Y e s o e s sólo e l p r i n c i p i o . L a naturaleza nos h a provis- to de u n a variedad aparentemente i n f i n i t a de i n d i v i d u o s entre los que elegir, incluso d e n t r o de nuestro e n t o r n o social, e c o n ó - m i c o e intelectual. Y ése es el núcleo central de este capítulo. Mi opinión es que la evolución de la extraordinaria diversidad de la h u m a n i d a d vino acompañada del mecanismo fundamental mediante el cual elegi- mos a u n a pareja, es decir, los circuitos cerebrales del a m o r román- tico h u m a n o . L A M E N T A U D A D D E L E M P A R E J A M I E N T O ¿Por qué somos tan distintos unos de otros? Mi opinión a este respecto se deriva de la fascinante idea de C h a r - les D a r w i n sobre la selección sexual. A D a r w i n le fastidiaban todos los ornamentos que veía en la na- turaleza7 7 . Los collares carmesí, los penes azules, los pechos colgan- tes, las danzas giratorias, los trinos melodiosos, y, sobre todo, las p l u - mas tan poco prácticas de la cola del pavo real: pensaba que todas estas decoraciones aparentemente superfluas desacreditaban su teoría de que el desarrollo de cualquier característica obedece a un 142
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    H E LE N FISHER propósito. Él lo expresaba así: «La contemplación de u n a p l u m a en la cola de un pavo real me saca de quicio»7 8 . Pero c o n el tiempo, D a r w i n llegó al convencimiento de que to- dos estos deslumbrantes adornos se habían desarrollado c o n un propósito m u y importante: atraer a la pareja. L o s que contaban con mejores recursos para el cortejo, dedujo, atraían a más y mejo- res parejas; estos presumidos se reprodujeron desproporcionada- mente y transmitieron a sus descendientes sus aparentemente inú- tiles adornos. A este proceso lo denominó selección sexual. En un libro sumamente original titulado The Mating Mind (La mentalidad del emparejamiento), el psicólogo Geofffey M i l l e r amplía la teoría de la selección sexual de D a r w i n . Propone que los seres h u m a - nos también han desarrollado unos rasgos llamativos para i m p r e - sionar a sus potenciales parejas. Según el razonamiento de Miller, nuestra inteligencia, talento lingüístico y capacidad musical, nuestro impulso creador de artes plásticas, de historias, mitos, comedias y dramas, nuestra afición a todo tipo de deportes, nuestra curiosidad, nuestra capacidad para resolver problemas matemáticos complejos, nuestra v i r t u d moral, fervor religioso e impulso caritativo, nuestras convicciones políti- cas, sentido del h u m o r , necesidad de cotillear, creatividad e incluso nuestro valor, belicosidad, perseverancia y amabilidad son dema- siado ornamentales y metabólicamente costosos para haberse desa- rrollado con el solo objetivo de sobrevivir un día más7 9 . Si nuestros antepasados hubieran necesitado desarrollar estas aptitudes senci- llamente para vivir, los chimpancés también las habrían desarrolla- do. Pero no lo hicieron. M i l l e r cree, p o r tanto, que todas estas maravillosas capacidades humanas se desarrollaron para ganar en el juego del apareamiento. Somos «máquinas del cortejo», escribe M i l l e r 8 0 . A q u e l l o s de nues- tros antepasados capaces de expresarse poéticamente, dibujar c o n h a b i l i d a d , bailar c o n soltura o p r o n u n c i a r acalorados discur- sos morales, e r a n considerados más atractivos. Estos h o m b r e s y mujeres de talento tenían más bebés. Y poco a poco estas capaci- dades humanas f u e r o n q u e d a n d o registradas en nuestro código genético. P o r otra parte, para distinguirse a sí mismos, nuestros antepasados fueron especializándose, d a n d o lugar así a la t r e m e n - 143
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    POR QUÉ AMAMOS davariedad de personalidades humanas que podemos observar hoy en día. M i l l e r reconoce que en su versión más sencilla, muchas de estas características fueron también útiles para sobrevivir en la sabana del África primitiva; estos talentos tenían muchos propósitos. Pero estas aptitudes, en su opinión, se fueron haciendo más complejas porque al otro sexo le gustaban y prefería emparejarse c o n h o m - bres y mujeres dotados de un talento verbal, musical o de cualquier otro tipo. Yconcluye: «La mente evolucionó a la luz de la luna»8 1 . Estoy de acuerdo c o n la tesis de Miller. Tomemos p o r ejemplo el lenguaje. Nuestros antepasados sólo necesitaban unos pocos miles de palabras y construcciones gramaticales simples para decir «aquí llega el león» y «pásame los cacahuetes». Pero nuestros floridos ver- sos, nuestra brillantez musical y muchas otras de nuestras comple- jas habilidades humanas probablemente h a n i d o evolucionando, al menos en parte, a m e d i d a que los hombres y mujeres exhibían i n - definidamente sus cualidades como pareja. Pero, ¿cómo llegaron a preferir estos hombres y mujeres que nos antecedieron dichos rasgos extraordinarios en sus pretendien- tes? Algún mecanismo cerebral debe de haberse desarrollado si- multáneamente, c o n objeto de que los seleccionadores de caracte- rísticas se sintieran atraídos p o r las rimas brillantes, las melodías líricas y otros rasgos atractivos que los exhibidores de característi- cas mostraban ante ellos. Los comentarios de D a r w i n apenas estudiaron la m a n e r a en que las criaturas respondían en realidad a estas exhibiciones desti- nadas al cortejo y el motivo de elegir a u n a pareja en lugar de otra. Creía que este proceso de selección estaba relacionado de alguna manera c o n u n a apreciación de la belleza. Las hembras de todas las especies, escribió, se sentían atraídas p o r los machos que mostra- ban su encanto. Pero D a r w i n no p u d o explicar de qué m a n e r a f u n - cionaba esta atracción femenina en el cerebro a n i m a l , y en este sentido reflexionaba: «Sin embargo, es difícil obtener evidencias directas de su capacidad para apreciar la belleza»8 2 . M i l l e r también repara en este dilema. Además de la evolución de unas características p o r parte del h u m a n o e x h i b i d o r de rasgos, deben existir unos mecanismos cerebrales correspondientes en el 144
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    HbL-KN FlSHER seleccionador derasgos que le p e r m i t a n discriminar entre estas se- ñales d e l cortejo, preferir algunas y escoger a u n a pareja específica. P o r tanto, sugiere que simultáneamente a la evolución de nues- tras capacidades humanas superiores físicas y mentales, surgió la «maquinaria mental» o el «equipamiento de elección sexual» p a r a discriminar entre estas estratagemas d e l cortejo. De ahí que nues- tros antecesores desarrollaran un gusto p o r el talento lingüístico, los dibujos artísticos en la arena, la oratoria carismática, la fortaleza moral y muchas otras cualidades h u m a n a s en auge, así c o m o unas aptitudes para discriminar, recordar y evaluar estas invitaciones al cortejo. Pero M i l l e r no sugiere n a d a en concreto sobre qué es lo que re- almente permite al seleccionador de rasgos preferir u n a táctica de cortejo en lugar de otra, limitándose a explicar que se trata de algo parecido a un «gran m e d i d o r de placer» en el cerebro, y que las en- dorfínas (los analgésicos naturales d e l cerebro) podrían estar i m - plicadas. Mi hipótesis es que este m e d i d o r d e l placer son los circuitos ce- rebrales d e l a m o r romántico, orquestados en gran m e d i d a p o r las redes de d o p a m i n a a través d e l núcleo caudado y otras rutas de re- compensa d e l cerebro. A m e d i d a que nuestros antecesores, h o m - bres y mujeres, iban discriminando entre las diversas oportunida- des de apareamiento, los circuitos cerebrales más importantes para la atracción a n i m a l i b a n e v o l u c i o n a n d o hacia el a m o r romántico con el objeto de ayudar al seleccionador a elegir a u n a d e t e r m i n a - da pareja, perseguir a este ser amado ávidamente y dedicar todo su tiempo y energía al cortejo de este trofeo reproductivo. ¿Cuándo y d ó n d e c o m e n z a r o n nuestros antepasados a necesitar unas aptitudes lingüísticas complejas y u n a i n f i n i d a d de otros talen- tos asombrosos p a r a conseguir pareja? Los chimpancés no necesi- tan la poesía o la música de u n a guitarra p a r a llevarse a la cama a u n a pareja. ¿Qué fue lo que desencadenó la evolución de esta miría- da de talentos h u m a n o s especiales y los circuitos cerebrales para sentirse atraídos irresistiblemente p o r unos y no p o r otros? ¿El a m o r romántico? T o d o empezó, c o m o decía D r y d e n , «cuando el noble salvaje co- rría libre p o r la selva». 145
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    6 P O RQUÉ AMAMOS La evolución del amor romántico Las fuentes se unen con el río, y el río con el océano; Los vientos del cielo se mezclan siempre, con dulce emoción; Nada en el mundo es único; Todas las cosas, por una ley divina, se funden con otro ser: ¿Por qué no yo contigo? PERCYBYSSHE S H E U E Y «Love's Philosophy» «M e parece haberte amado de i n n u m e r a b l e s formas, i n n u m e - rables veces, u n a vida tras otra, u n a era tras o t r a . . . / H o y todo ello se a m o n t o n a a tus pies, ha encontrado su fin / en ti. / El a m o r de todos los días pasados y futuros d e l hombre». El poeta i n d i o Ra- b i n d r a n a t h Tagore sentía que su pasión p o r u n a mujer había lle- gado hasta él, a través de los eones, desde u n a mente c o n f o r m a d a hacía m u c h o tiempo. En efecto, en nuestros cerebros llevamos i n - crustada toda la historia de nuestra especie, todos los circuitos que nuestros antecesores fueron g e n e r a n d o mientras cantaban, bai- laban y compartían su sabiduría y su c o m i d a p a r a i m p r e s i o n a r a sus amantes y a sus amigos y se enamoraban apasionadamente d e l ser amado. ¿Cómo llegamos a cortejarnos y a amar c o m o lo hacemos hoy? B a d B u l l no recitó poemas a T i a para demostrarle que era el rey de los elefantes. Skipper se encontró u n a mañana de primavera c o n su pequeña h e m b r a de castor; no tuvo que interpretar p r i m e r o can- ciones de rock ' n ' r o l l ante miles de hembras de castor para i m p r e - sionarlas. M i s h a se enamoró de María en el m o m e n t o en que ésta empezó a mover el rabo y le invitó a jugar. Todos los animales tie- n e n preferencias a la hora de emparejarse. Y la mayoría h a n desa- 147
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    P O RQ U É AMAMOS rrollado un tipo u otro de plumaje para impresionar a sus futuros amantes. Pero n i n g u n a criatura, aparte del ser h u m a n o , hace alar- de de habilidades tan asombrosas c o m o c o m p o n e r sonetos o tirar- se en paracaídas. C o m o sostiene el psicólogo Geoffrey Miller, muchos de nuestros rasgos humanos característicos, c o m o unas aptitudes lingüísticas sobresalientes, la afición a todo tipo de deportes, el fervor religioso, el h u m o r y la virtud m o r a l , son demasiado elaborados, demasiado costosos metabólicamente y demasiado inútiles en la lucha p o r la existencia c o m o para haberse desarrollado c o n el único fin de so- brevivir un día más. El motivo de su aparición, al menos en parte, parece ser el servirnos de ayuda en el juego del cortejo y el aparea- miento. P o r otra parte, mi hipótesis es que, j u n t o c o n los adornos para el cortejo que exhibimos c o n el fin de persuadir a las futuras parejas, h o m b r e s y mujeres h a n desarrollado también u n a r e d cerebral específica para responder a estas características: los circuitos del a m o r romántico. Esta pasión, u n a f o r m a evolucionada de atracción animal, apareció para ayudarnos a cada u n o de nosotros a elegir e n - tre las miríadas de exhibiciones del cortejo, preferir a un individuo determinado y comenzar la p r i m o r d i a l danza del cortejo exclusiva- mente con él. Pero M i l l e r no nos dice en ningún m o m e n t o cuándo, dónde o por qué los seres humanos h a n desarrollado estos talentos especia- les. Y y o no he explicado c ó m o las criaturas de nuestra especie pasa- r o n de sentir u n a atracción temporal p o r un individuo «especial» a convertirse en hombres y mujeres dispuestos a m o r i r p o r la perso- na amada. A l g o debió de o c u r r i r hace m u c h o tiempo que desenca- denó el impulso h u m a n o de amar. A M O R E N L O S Á R B O L E S Palmeras, higueras, perales, caobas, árboles de hoja perenne, ár- boles, árboles y más árboles alfombraban el este de África hace ocho millones de años. Aquí vivieron los últimos de nuestros ancestros que habitaron en la selva. Los antropólogos h a n encontrado pocos 148
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    H E LK N FISHER vestigios directos de su vida diaria. Pero nuestros primeros antepa- sados probablemente vivieron de f o r m a m u y parecida a c o m o lo hacen los chimpancés hoy en día. C o m p a r t i m o s el 98 p o r ciento de nuestro A D N c o n estas criaturas. L o s chimpancés «comunes» y sus menudos parientes, los bonobos, siguen viviendo todavía en lo que queda de nuestro p r i m i g e n i o entorno africano. Y los chimpancés muestran muchos rasgos que m u y probablemente compartían nues- tros antepasados. Al igual que los chimpancés comunes y los bonobos, nuestros p r i - meros ancestros posiblemente vivían en comunidades compuestas por un número de machos y hembras que podía variar entre diecio- cho y cien. Dormían en lo alto de los árboles de la selva, se levanta- ban después del amanecer y bajaban al suelo para recorrer los trilla- dos senderos de su territorio compartido. L o s miembros debían de encontrarse y mezclarse de u n o en u n o o formando pequeños g r u - pos, comiendo y socializándose intensamente. Estos ancestros h u m a - nos sabían diferenciar entre familiares, amigos y enemigos. Y c h a r l a - ban unos c o n otros utilizando al menos cincuenta tipos de silbidos y aullidos, así como unos treinta gestos distintos. Probablemente usaron martillos de p i e d r a para r o m p e r la cas- cara de los frutos secos, ramitas a m o d o de palillos de dientes y ser- villetas hechas de puñados de hierba c o m o hacen los chimpancés de la actualidad. Y al igual que ellos, es muy posible que lanzaran piedras y palos en sus enfrentamientos p o r conseguir el d o m i n i o , y que cazaran monos, compartieran la carne y lucharan c o n sus veci- nos, los chimpancés, para arrebatarles sus tierras. A l g u n o s eran re- voltosos, otros líderes; unos valientes, otros mentirosos, curiosos o agresivos. Y m u c h o s hacían amigos y enemigos, se regalaban r a - mitas, defendían a sus compañeros en las peleas y se quedaban cer- ca de sus seres queridos cuando estaban moribundos. También hacían el amor. L o s chimpancés y los bonobos de hoy se encuentran entre los animales sexualmente más activos d e l pla- neta. Se besan (aveces c o n profundos besos «a la francesa»), se pa- sean d e l brazo, se abrazan, se acarician, se d a n palmaditas, se pei- n a n , se hacen reverencias y a m e n u d o copulan durante casi todo (si no todo) el tiempo que d u r a el ciclo estral que tienen las h e m - bras mensualmente. A diferencia de los seres humanos, los últimos 149
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    POR Q UÍ AMAMOS de nuestros antepasados que habitaron en los árboles eran tremen- damente promiscuos, c o m o lo son los chimpancés y los bonobos. En el climax del ciclo estral, puede que u n a de aquellas antepa- sadas nuestras se u n i e r a a un solo m a c h o y abandonara la c o m u n i - dad para copular c o n él en privado. Pero este vínculo era temporal; la mayoría n u n c a formaban pareja durante más de unos pocos días o semanas. Ni tampoco se enamoraban. Indudablemente nuestros prime- ros precursores tenían «favoritos» como el resto de las criaturas. Pero estos parientes lejanos no mostraban la concentración obsesiva en u n a sola pareja tan característica de la pasión romántica h u m a n a . Y probablemente n u n c a formaban u n a sociedad para criar a sus h i - jos. U n a madre no necesitaba a su pareja para abastecerse a sí mis- ma y a sus hijos: c o m o en el caso de los chimpancés, las madres los criaban solas. Sin embargo, algunos de nuestros ancestros que habitaban en los árboles debieron de sentir más atracción p o r u n a pareja que p o r otras y u n a afinidad que acabaría desembocando en el a m o r ro- mántico. Cuándo, dónde y p o r qué la h u m a n i d a d comenzó a amar con renovada energía es algo que nadie sabe. Pero creo que este viaje empezó poco después de que nuestros antepasados empeza- ran a descender de los árboles del este de A f r i c a para construir un nuevo m u n d o en el peligroso suelo. L A Z A N C A D A H U M A N A Los primeros fósiles de homínidos proceden del norte de C h a d . En 2002, los antropólogos c o m u n i c a r o n el descubrimiento en este país centroafricano de un cráneo h u m a n o casi completo y de varias mandíbulas y dientes1 . Algunos de nuestros antepasados vivieron allí, cerca de un lago profundo de agua fresca, hace unos seis o siete millones de años. Pue- de que pasaran la mayor parte de sus días en los árboles que se agol- paban j u n t o a las orillas, y que algunos se aventuraran a recorrer las extensas planicies, sin separarse m u c h o de los jirones de bosque que salpicaban las verdes praderas. Quizás siguieran a los buitres 150
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    H E LE N FISHER para encontrar los cadáveres m e d i o consumidos de algún antílope o algún ñu. Es posible, incluso, que los más valientes lanzaran palos y piedras a los leones mientras comían para quitarles su comida. A l - gunos debieron de adentrarse en las pantanosas aguas procurando mantenerse lejos de los hipopótamos para cazar alguna tortuga o arrinconar a u n a gacela que se acercara a beber. Es muy poco lo que sabemos de estos parientes. Sus huesos ni si- quiera nos dicen si caminaban sobre dos pies o a cuatro patas. Pero «Toumai», c o m o los habitantes locales llaman al cráneo de C h a d , formó parte de nuestro linaje h u m a n o . Ciertamente, su cerebro no era más grande que el de un chimpancé. Pero tenía u n a cara más plana, u n a mandíbula más h u m a n a y unos dientes también más humanos. Y él y sus familiares sin d u d a se cortejaban, copulaban y se reproducían. Sus hijos y los hijos de sus hijos también se reprodujeron, pues hace tres millones y m e d i o de años numerosos homínidos vagaban ya por los claros de la selva y los bosques y sabanas que se extendían por el este de Africa, Los antropólogos h a n encontrado cientos de fósiles de sus huesos y dientes. Esta raza había cambiado. Sus pies, piernas, caderas y cráneos demuestran que estos hombres y muje- res caminaban erectos sobre dos pies. L a zancada h u m a n a m e parece admirable. C u a n d o inclinamos nuestro cuello y nuestra espina dorsal p o r delante de la cadera, ex- tendemos la p i e r n a , doblamos la rodilla, tocamos el suelo c o n el ta- lón y luego dejamos que el pie vaya apoyándose en la parte delante- ra de la planta y se impulse c o n el dedo gordo, nos desplazamos hacia delante prácticamente sin esfuerzo. Esta sencilla innovación cambiaría gran parte de la vida sobre la T i e r r a . Al caminar, nuestros antepasados ya podían llevar piedras para lanzárselas a los leopardos o los leones que les acechaban en la oscuridad. Al caminar, podían llevar palos c o n los que escarbar el suelo en busca de raíces y tubérculos. Al caminar, podían arrojar piedras a los animales pequeños que descansaban entre la hierba. El bipedismo también dejó libres las manos para que pudieran ha- cer gestos, y la boca para emitir palabras. Al empezar a caminar, re- coger y transportar, nuestros antepasados i n i c i a r o n su imprevisible andadura hacia la m o d e r n i d a d . 151
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    P O RQUÉ AMAMOS Todo esto son hechos. Vayamos ahora a la teoría. Yo creo que el bipedismo h u m a n o ocasionó un p r o b l e m a a las hembras, que se vieron obligadas a transportar a sus bebés en brazos en lugar de a sus espaldas. C u a n d o vivían en los árboles, sus antepasados cuadrú- pedos parecidos a los chimpancés transportaban a sus hijos sobre la espalda. En aquel frondoso universo, las manos de la madre que- daban libres para recoger frutas y vegetales. Ypodía escapar de sus predadores a lugares seguros situados a gran altura del suelo. P e r o cuando nuestros antepasados comenzaron a caminar sobre el sue- lo, bajo los árboles, atravesando las abiertas llanuras, y a llevar palos y piedras para conseguir la cena, creo que las mujeres se sobrecar- garon de trabajo. ¿Cómo podía u n a joven madre escarbar en busca de raíces y ca- zar pequeños animales c o n un brazo mientras c o n el otro llevaba a un bebé de diez kilos que no paraba de moverse? ¿Cómo podía sa- lir corriendo para h u i r de los leones hambrientos, que se relamían sólo con verles, si llevaba los brazos cargados de bultos? C r e o que aquellas primeras mujeres c o m e n z a r o n entonces a necesitar un compañero que las ayudara a alimentarse y las protegiera, al me- nos mientras llevaban y criaban a un bebé. A m e d i d a que formar u n a pareja fue convirtiéndose en algo esencial para las mujeres, resultó adecuado también para los h o m - bres. ¿Cómo podía proteger y abastecer el h o m b r e a un harén? A u n q u e consiguiera atraer a un grupo de mujeres, otros machos se unirían al g r u p o para cortejarlas y quizá incluso le robaran u n a o más de ellas. Pero un h o m b r e sí podía abastecer y salvaguardar a u n a sola mujer y a su pequeño lactante. Así que, cuando nuestros antepasados empezaron vivir sobre el peligroso suelo, formar pareja se convirtió en algo imperativo para las mujeres y práctico para los hombres. Y de esta m a n e r a se desa- rrolló la m o n o g a m i a , es decir, el hábito de formar pareja c o n un i n - dividuo cada vez2 . Existen pruebas de que la monogamia se desarrolló hace m u c h o tiempo. Recientemente se h a n vuelto a m e d i r los huesos de unos hombres y mujeres que vivieron hace 3,5 millones de años, conoci- dos como Australopithecus afarensis, para hallar el tamaño de su esque- leto. Según parece, los hombres eran algo más altos que las mujeres; 152
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    H E LE N FISHER de hecho esta diferencia entre ambos sexos era básicamente la mis- ma que existe entre los hombres y mujeres de hoy en día. L o s antro- pólogos utilizan habitualmente las diferencias entre ambos sexos de una misma especie para determinar qué tipo de sociedad formaban. Y esta diferencia de tamaño sugiere que aquellos lejanos parientes nuestros vivieron formando el mismo tipo de u n i d a d social que exis- te hoy en día, es decir, eran «fundamentalmente monógamos»3 . Los científicos h a n encontrado incluso pruebas genéticas de la m o n o g a m i a ancestral. Recordemos a los ratones de pradera (micro tus orchrogaster), esas criaturas que f o r m a n pareja poco después de la pubertad y comparten toda su vida en la madriguera c o n u n a misma esposa. El neurólogo T o m Insel y sus colegas descubrieron que estos animales tenían un fragmento de A D N extra en el gen que controla la distribución de los receptores de vasopresina en el cere- bro, un fragmento de A D N que no está presente en sus promiscuos y asocíales vecinos, los ratones de montaña (microtus montanus). Es- tos científicos t o m a r o n esta pequeña porción de A D N de los rato- nes de p r a d e r a y la insertaron en algunos roedores m a c h o suma- mente promiscuos. C o m o cabía esperar, estos ratones comenzaron a establecer relaciones monógamas c o n unas hembras determinadas4 . Los humanos tienen un gen similar que codifica las actividades de la vasopresina. Y a l g u n o s , aunque no todos, son portadores de este mismo fragmento extra de A D N en este g e n 5 . Algún día conocere- mos exactamente cuál es la función de esta región genéticay p o r qué unas personas la tienen y otras no. Por el momento, lo que podemos decir es que hace mucho, m u c h o tiempo, la h u m a n i d a d debió de ne- cesitar emparejarse para criar a sus pequeños, ya que en nuestro A D N existe al menos un gen que codifica las conductas monógamas. «Dos mejor que uno», dice la B i b l i a 6 . C r e o que nuestros antepa- sados c o m p r e n d i e r o n este aforismo hace más de 3,5 millones de años. L A E V O L U C I Ó N D E L D I V O R C I O Lo que no alcanzo a entender es p o r qué estos primigenios vín- culos de pareja tenían que ser permanentes. En todas las partes del
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    P O RQUÉ AMAMOS m u n d o donde se permite a las personas que se divorcien (cuando también pueden permitírselo económicamente), muchos lo ha- cen. Si les preguntáramos p o r qué se ha roto su unión, cada u n o dará u n a razón distinta. S i n embargo, la r u p t u r a entre los h u m a - nos responde a ciertos patrones, y algunos de estos esquemas pare- cen haberse desarrollado en los albores de la h u m a n i d a d . Llegué a esta conclusión mientras recopilaba datos sobre el d i - vorcio en cincuenta y ocho sociedades humanas registradas en los A n u a r i o s Demográficos de las Naciones U n i d a s 7 . Encontré patro- nes sorprendentes sobre la separación entre humanos, comunes al m u n d o entero. Existen muchas excepciones, p o r supuesto. Pero, en general, todas las parejas divorciadas del m u n d o tendían a r o m - per su unión durante o alrededor del cuarto año de m a t r i m o n i o , su edad se situaba en torno a los veinticinco años y / o tenían un solo hijo a su cargo. Al principio, estos patrones no revestían ningún significado para mí. Pero a m e d i d a que empecé a i n f o r m a r m e sobre los hábitos de emparejamiento de otras criaturas, fui encontrando unos paralelis- mos sorprendentes. Sólo el tres p o r ciento de los mamíferos se emparejan para criar a sus hijos, porcentaje en el que se incluyen los h u m a n o s ; pero este hábito sólo se produce bajo determinadas circunstancias. U n a de ellas es que las hembras de estos mamíferos f o r m a n pareja cuando no pueden criar a sus hijos p o r sí solas. Así ocurre c o n los zorros. El zorro y su h e m b r a se emparejan a mediados de febrero, construyen varias guaridas y crían juntos a sus cachorros. Lo hacen de esta m a n e r a porque la h e m b r a llega a parir hasta cinco cachorros completamente indefensos; nacen cie- gos y sordos. Y l a leche de la h e m b r a está tan d i l u i d a que debe per- manecer casi constantemente en la guarida para alimentarlos. Si nadie la alimentara a ella, se moriría de hambre. Así que ella y su amigo «especial» f o r m a n u n a pareja para criar juntos a sus cacho- rros. S i n embargo, cuando éstos empiezan a alejarse de la guarida a mitad del verano, los padres se m a r c h a n cada u n o p o r su lado. Ya han hecho su trabajo. Puede que al año siguiente la pareja vuelva a reunirse, pero lo más probable es que cada u n o se u n a a u n a pareja distinta. 154
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    H F .I Í N FISHER La monogamia sucesiva es común entre nuestras amigas las aves. Los ruiseñores que a d o r n a n nuestros parques cada primavera se emparejan durante la época de cría. Ellos también deben repartir- se las tareas. U n o de los dos debe incubar los huevos y mas tarde proteger a los polluelos mientras ei otro ha de e n c o n t r a r c o m i d a para alimentar a la familia. Las parejas c o n éxito sacan adelanta va- rias crías. Pero cuando el último de los polluelos abandona el n i d o , los padres se van. Al año siguiente muchos se unirán a otras parejas. Así pues, en aquellas especies que se emparejan para criar a sus bebés, muchas sólo permanecen juntas el tiempo suficiente para cuidar de los pequeños durante su infancia. Este p r i n c i p i o también parece aplicarse a los humanos. En las sociedades tradicionales, el estilo de vida marcado p o r el ejercicio habitual, u n a dieta ligera y un peso escaso, u n i d o al hábito de ama- mantar a los bebés durante un periodo de tiempo largo, inhibe la ovulación regular durante varios años después de dar a luz. E n t r e estas sociedades se encuentran los bosquimanos ! k u n g d e l sur de Africa, los aborígenes australianos, los gainj de N u e v a G u i n e a , los yan ornamos de la A m a z o n i a y los esquimales netsilik. Las mujeres de estas culturas tienden a parir un hijo cada cuatro años aproximada- mente. P o r ello, los antropólogos creen que el intervalo de cuatro años entre un parto y el siguiente era el patrón de tiempo habitual que marcaba la frecuencia del nacimiento de los hijos en los h u m a - nos durante nuestra larga prehistoria8 . P o r tanto, la duración del intervalo entre un nacimiento y otro en los humanos es similar a la duración típica de los matrimonios que acaban en divorcio en todo el m u n d o . Mi teoría, pues, es la siguiente: quizás al igual que los ruiseñores, los zorros y muchas otras criaturas caracterizadas p o r la monoga- m i a sucesiva, los antiguos humanos que vivieron hace 3,5 millones de años se emparejaban sólo durante el tiempo necesario para criar a un hijo durante su infancia, esto es, unos cuatro años9 . C u a n d o u n a madre ya no necesitaba alimentar o llevar a un bebé en sus brazos constan- temente y podía dejarlo c o n su abuela o sus tías, hermanas, primas o a cargo de sus hijos mayores, ya no necesitaba u n a pareja a tiem- po completo para garantizar la supervivencia de su hijo. Efectiva- mente, podía «divorciarse» de su compañero si encontraba otro que
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    POR QUÉ AMAMOS legustara más. El divorcio primitivo tuvo incluso compensaciones genéticas: los hombres y las mujeres que «volvían a casarse» podían tener más hijos c o n otra pareja, d a n d o lugar a u n a beneficiosa va- riedad en su descendencia. «Los problemas no son más que oportunidades vestidas c o n ropa de faena», escribió el industrial H e n r y J . Kaiser. A m e d i d a que la mo- nogamia fue evolucionando durante innumerables generaciones, creo que esta práctica h u m a n a habitual fue seleccionada p o r los circuitos cerebrales para el apego a corto plazo. J u n t o c o n esta des- tacada innovación, llegaron los conceptos de «padre», «marido» y familia nuclear, nuestra tendencia a impacientarnos cuando las re- laciones son largas y nuestra afición a finalizar u n a relación y volver a emparejarnos, es decir, la m o n o g a m i a sucesiva. P e r o , ¿fue esta tendencia primitiva a establecer relaciones de pareja a corto plazo lo que desencadenó el desarrollo del a m o r ro- mántico? Puede ser. Quizás la atracción que sienten los chimpancés y otras criaturas p o r u n a pareja «especial» se fuera haciendo más intensa y resistente a m e d i d a que los hombres y mujeres primitivos empeza- r o n a emparejarse y a criar a sus hijos en equipo. Luego, según esta atracción iba perdiendo fuerza poco a poco, irían aumentando a su vez los sentimientos de un apego intenso. Sin embargo, cuando su hijo empezara a ir dejando atrás la infancia, creo que muchas pa- rejas comenzarían a buscar un nuevo amor. Algunos padres puede que siguieran juntos para tener más hijos; pero muchos otros bus- caron nuevos romances, siguiendo el impulso inconsciente de te- ner u n a descendencia más variada. Seguramente, el proceso del cortejo debía de ser m u c h o más sen- cillo hace 3,5 millones de años. Digo esto porque los australopitecos tenían u n a capacidad craneal de 420 centímetros cúbicos, sólo un poco mayor que la capacidad craneal m e d i a de los chimpancés. Ylas huellas dejadas p o r el tejido cerebral en estos cráneos fósiles i n d i c a n que las regiones cerebrales del lenguaje no habían empezado a de- sarrollarse, es decir, no hablaban como los humanos. Además, estos antepasados nuestros no dejaron dibujos en las paredes de las cue- vas, ni flautas ni tambores de factura casera. Ni siquiera fabricaban cuchillos de sílex o algún otro tipo de herramienta hecha de piedra 156
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    H E LE N FISHER para cazar, lo que constituye el sello distintivo de la h u m a n i d a d . Nuestros antepasados no tenían aún el talento lingüístico ni las de- más aptitudes para el cortejo de que los humanos acabarían hacien- do alarde.Yyo creo que el a m o r romántico h u m a n o floreció en con- junción c o n estos magníficos talentos para el cortejo. Seguramente, estos antepasados australopitecos dependían para el cortejo de su estatus en el grupo, su ingenio y su atractivo, simila- res a los de los chimpancés. Es probable que se sintieran profunda- mente atraídos p o r u n a pareja e incluso que permanecieran unidos a ella durante unos cuantos años, Pero luego muchos reiniciaban el cortejo y la relación amorosa c o n otra persona. «UN ESPLÉNDIDO M U N D O NUEVO» El nuevo y espléndido m u n d o h u m a n o ante el que se maravilla- ba M i r a n d a en la obra de Shakespeare titulada La tempestad, co- menzó a surgir hace unos dos millones de años cuando unos nuevos seres c o m e n z a r o n a recorrer las extensas llanuras de lo que hoy es K e n i a y Tanzania: el homo habilis u h o m b r e habilidoso. L o s arqueólogos h a n encontrado numerosas herramientas de piedra inacabadas en las llanuras de África del E s t e 1 0 . Generación tras generación, el homo habilis debió de acercarse a estas canteras para fabricar martillos de piedra, cuchillos, yunques y otras h e r r a - mientas, dejando a su paso fragmentos de sílex y trozos de lava, obsidiana, cuarcita y p i e d r a caliza. No tenía u n a técnica m u y desa- rrollada. Se limitaba a aporrear a golpes u n a o dos caras de u n a pie- d r a para crear un borde o p u n t a afilados. Pero eran unos utensilios m u y superiores a los que fabricaban el resto de las criaturas de aquel m o m e n t o . Nuestros antepasados también se reunían en torno a lo que pare- cían lugares destinados al tratamiento de la carne. Hasta allí arrastra- ban enormes pedazos de carne de las piezas de caza que se cobraban y luego se sentaban, arrancaban los huesos, extraían el tuétano y la grasa, lo repartían y se lo comían. En estos antiguos vertederos de ba- sura se h a n encontrado unas dos m i l quinientas herramientas y hue- sos de animales. También resulta evidente que estos ancestros nues- 157
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    P O RQ U É AMAMÍ>S tros cazaban u n a considerable variedad de animales de gran tama- ño. Las primitivas cebras, caballos, cerdos, monos, gacelas y muchos otros tipos de antílopes eran su presa. Y dado que estos animales eran demasiado grandes para comérselos u n o solo, nuestros parien- tes debieron de compartir su botín según unas normas sociales. También dejaron lo que podrían llamarse pruebas de a m o r romántico. A l g u n o s de estos cazadores dejaron docenas de herramientas de piedra alrededor de un elefante postrado. Permanecen todos sus huesos excepto sus colmillos y uñas. ¿Les quitaban estos apéndices para utilizarlos c o m o amuletos que les dieran suerte en la caza o en el amor? ¿O utilizaban estos cazadores sus trofeos como regalo para impresionar a sus «chicas especiales»? Sugiero estas posibilidades porque aquellas gentes iban siendo cada vez más listas. Un individuo perteneciente a la especie del homo habilis que vivió hace 1,8 millones de años en lo que ahora es la zona desértica de K o o b i F o r a , en K e n i a , tenía u n a capacidad craneal de unos 775 centímetros cúbicos. Sus amigos y vecinos tenían u n a ca- pacidad craneal de unos 630 centímetros cúbicos. Resulta igual- mente sorprendente que un cráneo de hace 1,8 millones de años tuviera u n a h e n d i d u r a en su parte interior para alojar la región ce- rebral que actualmente llamamos el área de Broca. L o s seres h u m a - nos utilizan esta región cerebral para formar palabras y producir los sonidos del lenguaje h u m a n o . Hablar. Se han formulado tantas teorías distintas sobre la evolu- ción del lenguaje h u m a n o que ya en 1866 la Sociedad Lingüística de París anunció que no aceptaría más artículos sobre este tema. Esta declaración, sin embargo, no ha logrado disuadir a casi nadie. Yo no voy a presentar otra nueva teoría. No obstante, dado que el área de Broca comenzó a tomar forma h u m a n a hace 1,8 millones de años, parece razonable creer que algunos de nuestros antepasados estaban comenzando a hablar en algún tipo de lenguaje h u m a n o primitivo. Ciertamente, es posible apreciar en el uso del lenguaje objetivos m u y variados. Al organizar y reorganizar sonidos carentes de sentí- do para formar palabras y al encadenar las palabras gramaticalmen- te para componer frases, los hombres y mujeres de la época del homo habilis podían entablar discusiones, llegar a acuerdos, apoyar a sus 158
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    H E I.EN FISHER líderes, engañar a sus enemigos, enseñar técnicas, regañar a los men- tirosos, c o m u n i c a r noticias, establecer normas, detener las lágri- mas, definir a sus parientes, aplacar a los dioses y recordar hechos sucedidos hace años. Las primeras conversaciones humanas probablemente versaron sobre la climatología. Digo esto p o r q u e me l l a m a constantemente la atención el entusiasmo y la frecuencia con que la gente conversa sobre esta materia. No cabe d u d a de que nuestros antepasados dis- cutirían también sobre la dirección que habían tomado las cebras, sobre los acantilados d o n d e se congregaban los babuinos al atarde- cer, los melones maduros que había cerca del borde del cañón o por qué el bebé de M a r a lloraba p o r las noches. Probablemente ex- presaban cientos de otros pensamientos y sentimientos sobre el hoy, el ayer y el mañana. Pero c o n las palabras también podían cortejar. Los hombres y mujeres podían contarse historias ingeniosas, entonar canciones p i - caras y persuadir a los futuros amantes con pensamientos llenos de perspicacia. También podían cotillear, r e m e m o r a r y susurrar cosas al oído del ser amado. C u a n d o el lenguaje primitivo del ser h u m a - no comenzó a formarse gradualmente, nuestros antepasados de- bieron de empezar nuestra interminable conversación sobre la per- sona amada y con «él» o «ella». En este m o m e n t o genérico de la evolución h u m a n a es, en mi opinión, cuando los circuitos cerebrales de la atracción animal evo- lucionaron y adquirieron su f o r m a h u m a n a : el a m o r romántico. Mi hipótesis se basa en u n a serie de razones relacionadas entre sí. E L M U C H A C H O D E T U R K A N A Un chico murió. Sus huesos q u e d a r o n hundidos hace unos 1,6 millones de años en el barro de un pantano situado en lo que hoy es K e n i a . En 1984, los paleoantropólogos recuperaron casi la totali- d a d de sus restos fosilizados1 1 . C u a n d o recompusieron sus huesos y sus dientes, lo que se encontraron fue un m u c h a c h o de u n a edad c o m p r e n d i d a entre los ocho y los doce años. Asombrosamente pa- recido a nosotros. 159
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    P O RQ U É AMAMOS El m u c h a c h o de T u r k a n a , como llaman los antropólogos a este extraordinario hallazgo fósil, h u b i e r a llegado a m e d i r unos 1,80 metros si hubiera alcanzado la edad adulta. Sus manos, brazos, ca- deras y piernas eran similares a los nuestros. En efecto, si se le h u - biera puesto un disfraz podría haber caminado a nuestro lado p o r cualquier calle sin que lo notáramos. A h o r a b i e n , si le hubiéramos quitado el sombrero, nos habríamos quedado boquiabiertos. El muchacho de T u r k a n a tenía los huesos de las cejas m u y p r o m i n e n - tes. Su frente era achatada e inclinada. La cara sobresalía. Los d i e n - tes eran grandes. Y n o tenía barbilla. Sin embargo, él y sus familiares pertenecientes al homo erectas ha- bían evolucionado en muchos aspectos. Estas personas fabricaban ya utensilios elaborados, como hachas de mano, denominadas achelen- ses. Algunas tenían u n a forma almendrada, otras más bien de pera o de lágrima; algunas medían cuarenta y tres centímetros desde el filo de la punta hasta el extremo redondeado; y todas tenían u n a forma bastante regular y simétrica. Estas gentes empleaban unas técnicas es- tablecidas para fabricar sus utensilios y armas. Y dejaron cientos de sus estilizadas hachas de mano, así como u n a gran variedad de cuchi- llas de carnicero, picos y cuchillos esparcidos por las ciénagas, panta- nos, lagos, arroyos y ríos del este de Africa. E r a n cazadores. También cazaban animales grandes. Se h a n encontrado cientos de utensilios esparcidos alrededor de esqueletos de hipopótamos, elefantes, búfalos y cebras. P a r a perseguir, rodear y matar a estas bestias, necesitaban u n a capacidad espacial evolucionada; para re- partirse el botín, necesitaban conocer sus obligaciones y tener u n a aptitud lingüística desarrollada; para apaciguar, impresionar, coor- dinarse y cooperar como un g r u p o debieron de necesitar el h u - mor, la compasión y muchas otras virtudes sociales. L o s hombres y mujeres de la época del homo erectus se estaban haciendo humanos. El m u c h a c h o de T u r k a n a y sus parientes también utilizaban el fuego. N i e l ordenador, n i l a i m p r e n t a , n i l a máquina d e vapor, n i l a r u e d a transformarían posteriormente la h u m a n i d a d como lo hizo este avance tecnológico fundamental: controlar el fuego. C o n el fuego podían endurecer las puntas de sus lanzas, conse- guían sacar a los pequeños mamíferos de sus madrigueras llenán- 160
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    H E LE N FISHER dolas de h u m o , c o n d u c i r a los elefantes hasta las ciénagas, robar la cena a un león, y sacar a todo tipo de criaturas de sus cuevas y trasla- darse a vivir en ellas. Los enfermos, los jóvenes y los viejos podían quedarse en el hogar. E r a n capaces de mantener un asentamiento. Y también podían hacer que el día fuera mas largo, hablar alrede- dor de la fogata y d o r m i r j u n t o a su luz protectora. Liberados de los ritmos circadianos del resto de los animales, estos antecesores nues- tros tenían tiempo para cantar y bailar, invocar a fuerzas desconoci- das, reflexionar sobre el ayer, decidir sobre el mañana y explorar mas allá d e l horizonte, en dirección al norte. Y vaya si e x p l o r a r o n . Pertrechado c o n sus brasas encendidas, nuestro antepasado el homo erectus salió de Africa para explorar cli- mas más frescos, en parte p o r q u e ello le fue posible. H a c e 1,8 m i - llones de años, la temperatura de la T i e r r a descendió bruscamen- te, lo que d i o o r i g e n a los periodos glaciales. Periódicamente las montañas de hielo absorbían las aguas del océano y el nivel del m a r descendió en todo el m u n d o más de 90 metros, dejando al descu- bierto grandes rutas terrestres que posibilitaron la salida de A f r i - ca. Manadas de animales de gran tamaño se fueron m a r c h a n d o en dirección al norte, en busca de pastos nuevos y más frescos. Las familias de homo erectus les siguieron, dejando sus huesos y sus u t e n - silios esparcidos p o r E u r o p a , C h i n a y Java, hace más de un millón de años. L A F U E R Z A D E L C E R E B R O De todos los beneficios derivados del fuego, quizá el más i m p o r - tante fue la nueva capacidad del ser h u m a n o de cocinar la comida. C r e o que esta innovación contribuyó considerablemente a la evo- lución del a m o r romántico en los humanos, Al cocinar la carne se acelera la liberación de los aminoácidos que ayudan a la digestión1 2 ; al cocinar los vegetales se e l i m i n a n las toxinas, y al cocinar cualquier alimento se destruyen los microorga- nismos que p u e d e n instalarse en nuestros intestinos y producirnos la muerte. El hecho de cocinar ayudó al m u c h a c h o de T u r k a n a y a sus parientes a sobrevivir y prosperar. 161
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    P O RQ U É AMAMOS Pero la cocina aceleró además la evolución del cerebro h u m a - no, debido a u n a interesante razón. Los animales gastan u n a gran cantidad de energía metabólica en construir y mantener su cora- zón, hígado, ríñones, estómago e intestinos. E m p l e a n aun más ener- gía en construir y alimentar su cerebro. Así que los animales tienen que administrar b i e n sus recursos. Y d a d o que las criaturas que se alimentan fundamentalmente de hojas deben destinar u n a enor- me cantidad de energía a sus órganos digestivos, no p u e d e n p e r m i - tirse tener también un cerebro c o m p l e j o 1 3 . S i n embargo, los que comen carne cuentan c o n u n a energía adicional cuyo destino es aumentar la capacidad de su cerebro. Y e s o es exactamente lo que hizo el homo erectus. El m u c h a c h o de T u r k a n a tenía u n a capacidad craneal de aproximadamente 880 centímetros cúbicos. Y algunos de sus parientes alcanzaban un volu- m e n cerebral de incluso 1.000 centímetros cúbicos, lo que no q u e d a demasiado lejos de la capacidad craneal h u m a n a en la actualidad, de aproximadamente 1.325 centímetros cúbicos. M e n u d a inversión. A u n q u e el cerebro h u m a n o sólo representa un 2 p o r ciento de nuestro peso corporal, consume el 25 p o r ciento de la energía metabólica y el 40 p o r ciento de nuestra glucosa en sangre. M i l e s de genes, hasta un tercio de nuestro genoma, d i r i g e n su desarrollo. Durante su p r i m e r año de vida, los niños invierten el 50 por ciento de su energía metabólica sólo en construir y perfec- cionar los mecanismos cerebrales1 4 . P o r otra parte, el más ligero error en estos procesos puede dañar gravemente el f u n c i o n a m i e n - to cerebral. Así pues, la evolución d e l cerebro del homo erectus resul- tó extraordinariamente costosa, además de altamente vulnerable a mutaciones y deficiencias. Este magnífico órgano debe de haber servido a unos propósitos cruciales: entre ellos quizá estuviera el de impresionar a las poten- ciales parejas c o n nuevas dotes lingüísticas, artísticas, morales u otras formas de talento igualmente seductoras. Sin embargo, este aumento del tamaño del cerebro ocasionó problemas a las mujeres; un d i l e m a obstétrico que en mi opinión favoreció la evolución d e l a m o r romántico. 162
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    H E LE N FISHER E L D I L E M A O B S T É T R I C O ¿Cómo pudieron las mujeres pertenecientes a la especie del h o m o erectus dar a luz a sus bebés a través de su estrecho canal d e l parto? El tamaño de la pelvis h u m a n a tenía que conservar su f o r m a origi- nal para permitir la m a r c h a en posición erecta. P o r tanto, dado que la cabeza de los bebés había aumentado su tamaño, nuestras ante- pasadas se vieron obligadas a parir a sus hijos en un estadio más pre- maturo del desarrollo. L o s antropólogos creen que este «dilema obstétrico» comenzó a producirse en el m o m e n t o en que la capaci- dad craneal h u m a n a alcanzó unos 800 centímetros cúbicos, en los tiempos del h o m o erectus. D e b i e r o n de ser muchas las mujeres que m u r i e r o n c u a n d o i n - tentaban dar a luz a sus pequeños cabezones. P e r o a la naturaleza le gusta la variedad y algunas afortunadas fueron capaces de dar a luz a sus hijos en un estadio prematuro de crecimiento. Estos bebés sobrevivían. Yenseguida evolucionó en nuestros antepasados u n o de los rasgos distintivos de nuestra especie: unos bebés extremada- mente indefensos y poco desarrollados. Pero c o n este destacable avance evolutivo, las mujeres de la es- pecie del homo erectus tuvieron que sentirse abrumadas p o r la tarea de criar a los hijos. Para p o n e r las cosas más difíciles a las madres, el periodo de la infancia casi se duplicó. L o s chimpancés completan la fase de la p u - bertad alrededor de los diez años; los humanos no completamos nuestro crecimiento hasta los dieciocho. Ya diferencia de los c h i m - pancés, que empiezan a alimentarse solos a los cuatro años aproxi- madamente, los niños d e p e n d e n de los adultos hasta los últimos años de la adolescencia. Este fenómeno es conocido c o m o «madu- ración retrasada» y los antropólogos creen que empezó a desarro- llarse en la época d e l homo erectus15 . Y n o es poca carga la de los pequeños, débiles y necesitados crios que c o n frecuencia siguen mostrándose bulliciosos, testarudos, tor- pes y hambrientos hasta casi los veinte años. C o n la aparición de la caza mayor, los utensilios y armas elabora- das, el uso del fuego, el cerebro de mayor tamaño, los bebés indefen- sos, la larga adolescencia y la salida de Africa hacia otros fríos y peli- 163
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    P O RQ U É AMAMOS grosos horizontes más al norte, nuestros ancestros debieron de sen- tirse muy presionados para encontrar parejas con las que vivir duran- te periodos más largos de tiempo. La crianza de los hijos se había con- vertido en u n a carga excesiva para u n o solo. Mi opinión es que c o n estos avances el cortejo se intensificó. L o s individuos necesitaban poder diferenciarse de los demás de f o r m a nueva y especial para atraer a u n a pareja c o n la que fueran verda- deramente compatibles. L o s hombres y las mujeres empezaron a desarrollar u n a mínima capacidad verbal, u n a vena artística, el h u - mor, la inventiva, el valor y muchos otros dones humanos para so- brevivir en las llanuras desprotegidas, así c o m o los circuitos cere- brales necesarios para apreciar estas habilidades en los demás. A h o r a los pretendientes utilizaban cada vez más estos talentos para mostrar su utilidad y sus valiosos genes ante los potenciales a m a n - tes. Aquellos que eran cortejados respondían de acuerdo c o n sus preferencias p o r estas habilidades1 5 . C r e o que esta mayor necesidad de buscar y elegir a u n a pareja duradera d i o lugar a los circuitos cerebrales del a m o r romántico. L A E V O L U C I Ó N D E L A M O R R O M Á N T I C O El proceso fue probablemente bastante simple. H a c e un millón de años, algunos de nuestros antepasados sobresalían p o r sus inteli- gentes observaciones o por su retórica carismáticaj otros destacaban por sus proezas deportivas. L o s precursores de los periodistas de hoy en día realizaban un seguimiento de lo que pasaba en el grupo e i m - presionaban a sus potenciales parejas con noticias y cotilleos. Los primeros poetas encandilaban a sus admiradores c o n el ritmo de sus narraciones. Los ancestros de R e m b r a n d t y Matisse realizaban los mejores dibujos en la arena. Y los precursores de nuestras estrellas del rock y divos de la ópera atraían a sus posibles amantes c o n cánti- cos sobre los mitos de la tribu. U n o s curaban a los enfermos. Otros estaban en íntima comunión c o n los espíritus del viento y de la no- che. U n o s eran audaces; otros extraordinariamente generosos o ca- paces de hacer reír a sus personas amadas. «Cuando un h o m b r e hace reír a u n a mujer, ésta se siente protegida», escribió U g o Betti. 164
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    H E LE N FISHER Las mujeres del homo erectus debieron de adorar a los compañeros i n - geniosos y unirse a ellos entre los arbustos en las tardes de ocio. En aquellos difíciles días de antaño, nuestros antepasados lle- garon a necesitar cada vez más aptitudes para persuadir a las po- tenciales parejas de f o r m a r c o n ellos u n a relación d u r a d e r a . L o s que destacaban en aspectos complejos del lenguaje, el arte o el can- to, sobrevivían y se reproducían, haciendo llegar éstos y otros m u - chos exquisitos talentos humanos hasta nosotros. Pero cada hombre y mujer se p r o m o c i o n a b a dentro de los límites de «su presupues- to», dado que cada u n o tenía también u n a cantidad l i m i t a d a de energía metabólica y de circuitos cerebrales para gastar1 7 . L o s pre- tendientes, p o r tanto, fueron especializándose y mostrando sus sin- gulares dotes para conseguir a u n a pareja determinada. Este proceso del cortejo continúa. Einstein declaró en u n a oca- sión que «si a los treinta años u n a persona no ha hecho su gran apor- tación a la ciencia, ya no la hará nunca». A u n q u e todos nosotros po- demos enumerar u n a lista de hombres y mujeres que h a n triunfado en la vida más tarde, el doctor Satoshi Kanazawa de la L o n d o n School of E c o n o m i c s ha confirmado recientemente la afirmación de Einstein y ha encontrado para ella u n a explicación darwiniana. Tras estudiar a doscientos ochenta importantes científicos masculi- nos, confirmó que el 65 p o r ciento de ellos realizaron sus descubri- mientos más notables antes de los treinta y cinco años. También señaló que la mayoría de ellos perdió su impulso creativo tras los p r i - meros años de matrimonio. Kanazawa concluye que estos jóvenes genios «buscaban impresionar a las mujeres con su virtuosismo»1 8 . Yo creo que los jóvenes hombres (y mujeres) de la especie homo erectus trataban de impresionar a sus potenciales parejas c o n su vir- tuosismo hace más de un millón de años. Y lo que es más importante para nuestra historia: a m e d i d a que los pretendientes mostraban sus diversos y singulares talentos, aque- llos q u e contemplaban estas estratagemas de cortejo e m p e z a r o n a necesitar un cierto razonamiento, criterio, percepción, m e m o r i a , conocimiento, conciencia, autoconciencia y m u c h o s otros meca- nismos cerebrales para distinguir entre los cortejadores. También precisaban los circuitos cerebrales para valorar estas exhibiciones del cortejo. Necesitaban confiar en la m o r a l i d a d , ad- 165
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    P O RQUÉ AMAMOS mirar el fervor religioso, conceder gran valor a las novedades, apre- ciar los poemas ingeniosos y los ritmos pegadizos, disfrutar de u n a buena conversación, valorar la honestidad, aplaudir la determina- ción y apreciar otras innumerables aptitudes. Tuvieron que desa- rrollar su capacidad cerebral para detectar a los impostores. Y s e g u - ramente necesitaron desarrollar mecanismos cerebrales para descifrar lo que pensaban los potenciales amantes. Esta a p t i t u d — d e n o m i n a d a «teoría de la mente»— para c o m p r e n d e r los esta- dos mentales de los demás, sus deseos e intenciones1 9 , está particu- larmente bien desarrollada en los humanos. H a c e un millón de años, los hombres y mujeres de la especie homo erectus precisaron la maquinaria mental que les permitiera evaluar la personalidad y los logros de sus pretendientes a fin de apreciarlos y valorarlos. También necesitaron un i m p u l s o biológico que les llevara a concentrar su energía p a r a el cortejo en u n a pareja específica, un i m p u l s o tan poderoso que les h i c i e r a querer establecer un c o m p r o m i s o d u r a d e r o c o n este i n d i v i d u o especial, e incluso m o - rir p o r él. «Lo que no me destruye, me hace más fuerte», escribió Friedrich Nietzsche. Entre las gentes de la época del homo erectus, las vicisitudes del parto y la maduración retrasada fomentaron la necesidad de es- tablecer relaciones de pareja duraderas y u n a mayor creatividad para el cortejo. Yesta presión del cortejo dio lugar a unas aptitudes humanas extraordinariamente elaboradas, a u n a m a q u i n a r i a m e n - tal para apreciar estos talentos y a unos circuitos cerebrales del a m o r romántico, la pasión que impulsa al «cortejador» y al «cortejado» a establecer un compromiso profundo para criar juntos a sus hijos durante años y años. «Oh, de b u e n a gana lo arriesgaría todo p o r ti», declaró Walt W h i t m a n . H o m b r e s y mujeres sintieron la necesidad de decir estas palabras hace más de un millón de años. L A MENTE E V O L U C I O N Ó A L A L U Z D E L DÍA P o r supuesto, nuestros antepasados de la especie homo erectus te- nían otras razones vitales para desarrollar capacidades exclusiva- 166
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    H E LE N FISHER mente humanas. El m u c h a c h o de T u r k a n a y sus parientes tuvieron que sentir empatia c o n u n camarada h e r i d o , paciencia c o n u n niño caprichoso, comprensión hacia un quinceañero contrariado, y debieron desarrollar las cualidades sociales necesarias p a r a llevar- se bien c o n los miembros más escandalosos o presuntuosos del g r u - po. F o r m a b a n u n a banda. Tenían que caminar juntos entre la hier- ba, un lugar mortalmente peligroso debido a los predadores. Así que, los capaces de percibir los peligros, recordar desastres pasa- dos, diseñar estrategias, articular opciones, tomar decisiones, j u z - gar las distancias, prever los obstáculos y persuadir a sus camaradas con opiniones convincentes y palabras animosas, sobrevivían en u n a proporción m u c h o mayor. La mente h u m a n a evolucionó a la luz del día. Pero al llegar la oscuridad, debían reunirse alrededor de la foga- ta para asar la carne, afilar las lanzas, arrullar a sus bebés e imitar al avestruz, el cerdo o la pantera mientras los más viejos dormían. Se- guramente cantaban al coraje, la fortaleza y la conquista, saltaban y luchaban para mostrar su resistencia, lloraban para mostrar c o m - pasión y hacían el payaso para resultar ocurrentes. M u c h o s también se escabullían para hacerse arrumacos. A la luz de la luna, nuestras aptitudes más sobresalientes también adoptaron entonces f o r m a humana. L A M A R C H A H A C I A L A M O D E R N I D A D A m e d i d a que fue pasando el tiempo, nuestros antepasados i b a n dejando vestigios de su vida amorosa. H a c e 500,000 años, alguien que habitaba en lo que ahora es Etiopía, tenía un v o l u m e n cerebral de aproximadamente 1.300 centímetros cúbicos, lo que está den- tro de los parámetros humanos actuales. El o ella tenía sin d u d a un cerebro complejo y u n a mente capaz de sentir un a m o r romántico apasionado. H a c e 250.000 años, un h o m b r e que vivía en lo que hoy cono- cemos c o m o Inglaterra, talló meticulosamente un hacha simétri- ca alrededor de un fósil de c o n c h a que había encontrado incrus- tado en un trozo de sílex. Quizá fue un regalo para su ser amado o 167
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    P O RQUÉ AMAMOS u n a manera de mostrar a su amante su h a b i l i d a d fabricando uten- silios. Efectivamente, los científicos m a n t i e n e n en la actualidad que las enormes hachas de m a n o de cuarenta y tres centímetros talladas hace un millón de años eran demasiado grandes p a r a ser- vir para la caza o p a r a recoger vegetales o raíces. D a d o que m u - chas de ellas eran difíciles de m a n e j a r y sin e m b a r g o habían sido talladas meticulosamente, b i e n p u d i e r o n utilizarse p a r a i m p r e - sionar y cortejar al a m a n t e 2 0 . H a c e sesenta m i l años, los habitantes de las montañas de Zagros, al noreste de Irak, enterraron a u n a peregrina un día de j u n i o en u n a tumba poco p r o f u n d a y cubrieron el cadáver c o n malvarrosa, jacintos, azulejo y h i e r b a cana de flor amarilla. Quizás u n o de ellos anhelaba volver a encontrarse c o n la persona que amaba en la otra vida. En aquella m i s m a época, un habitante de F r a n c i a raspó frag- mentos de hematita y manganeso para conseguir polvos de color rojo y color gris claro. C o n ellos, alguna mujer debió adornar sus caderas y pechos para algún baile de verano. H a c e treinta m i l años, las gentes del C r o - M a g n o n tenían cráneos completamente modernos y también cerebros iguales a los nues- tros. Decoraban absolutamente todo lo que cayera en sus manos. Estos habilidosos artistas descendían a unas profundas cavernas si- tuadas en el subsuelo, entre F r a n c i a y España, para dibujar magní- ficos toros, renos, ibices, rinocerontes, leones, osos y animales má- gicos sobre las frías y húmedas paredes de la cueva. Estas criaturas negras, rojas y amarillas laten en aquellas grutas c o n tal vigor que casi parecen vivas. Para r o m p e r el absoluto silencio de estas bóve- das, los músicos tocaban flautas y tambores. Cientos de ellos estam- paron las huellas de sus manos en las rugosas paredes. L o s esculto- res nos dejaron pequeños bisontes de arcilla cocida. Ylas huellas de pisadas en algunas cavernas nos hablan de bailes a la luz parpade- ante de unas lámparas de aceite. Desde E u r o p a hasta Siberia h a n quedado también símbolos anó- nimos de la fertilidad femenina, representada en figuras de pechos de tamaño exagerado talladas en piedra, así como figuras realistas de mujeres que debían de ser conocidas para el autor. L o s cazadores grababan elegantes caballos en los mangos de utensilios hechos de marfil. Y h o m b r e s y mujeres se engalanaban c o n abalorios, brazale- 168
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    H E LE N FISHER tes y probablemente tatuajes, así c o m o gorros, cintas para el pelo y sayos. Las pinturas de las paredes sugieren incluso que las mujeres componían peinados c o n sus cabellos. H a c e aproximadamente cuatro m i l años, alguien que vivía en la antigua S u m e r i a escribió la p r i m e r a carta de a m o r de la que tene- mos noticia: u n a inscripción en escritura cuneiforme realizada en un trozo de arcilla del tamaño de un puño. Esta postal llegada del pasado se encuentra en la actualidad en el M u s e o d e l A n t i g u o Oriente de Estambul, en Turquía. Q u i e n la escribió, amó. Él o ella sintieron el m i s m o éxtasis que habían sentido los amantes un m i - llón de años antes. L A C A P A C I D A D H U M A N A D E A M A R Antes creía que Skipper, María, T i a y el resto de los animales que se habían enamorado de sus parejas experimentaban las mismas sen- saciones que nosotros cuando nos enamoramos. Llegué a la con- clusión de que conforme nuestros ancestros f u e r o n creciendo en inteligencia, la h u m a n i d a d simplemente adornó este magnetismo a n i m a l c o n u n a serie de tradiciones y creencias culturales. Sin e m - bargo he cambiado de opinión. Lo que me convenció de que la ex- periencia h u m a n a del a m o r romántico es m u c h o más compleja, y más intensa, es la impresionante arquitectura cerebral que sustenta nuestro intelecto y nuestros sentimientos. «El cerebro es mi segundo órgano favorito», se dice que en a l - g u n a ocasión h a b r o m e a d o W b o d y A l i e n . S i W o o d y h u b i e r a p e n - sado detenidamente en las capacidades d e l cerebro h u m a n o , lo habría colocado en p r i m e r lugar. Hasta tal p u n t o somos m u c h o más listos, divertidos, hábiles mecánicamente, artísticos, espiri- tuales, creativos, altruistas y sexualmente atractivos que cualquier otro a n i m a l , que a u n q u e p u d i e r a n combinarse de alguna f o r m a todas las capacidades mentales de todas las criaturas no humanas, no igualarían la capacidad de un niño de siete años. C r e o que el equipamiento mental que p r o p o r c i o n a n estas apti- tudes a los seres h u m a n o s es también el que posibilita u n a mayores.- pacidad de éstos para el a m o r romántico. 169
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    P O RQ U É AMAMOS Para empezar, los primates superiores tienen cerebros mas gran- des que la mayoría de los mamíferos en relación c o n el tamaño de su cuerpo. La corteza cerebral h u m a n a (la capa exterior c o n la que pensamos y reconocemos nuestros sentimientos) es casi tres veces mayor que la de los simios (gorilas, chimpancés y orangutanes)2 1 . El cerebro h u m a n o también pesa más. El del chimpancé pesa apro- ximadamente 450 gramos, mientras que el h u m a n o pesa unos 1.360 gramos2 2 . Y el tamaño también cuenta. P a u l M. T h o m p s o n , de la Universidad de C a l i f o r n i a en Los Angeles, ha demostrado que el número de células grises de los lóbulos frontales está significativa- mente relacionado c o n la i n t e l i g e n c i a 2 3 . El cerebro h u m a n o también es más complejo. El número de conexiones nerviosas entre regiones específicas del cerebro ha aumentado e n o r m e m e n t e p o r e n c i m a del de los s i m i o s 2 4 . Incluso tenemos más genes para construir y mantener el cerebro. Los h u - manos tienen en torno a treinta y tres m i l genes. A p r o x i m a d a m e n - te un tercio de ellos construyen y activan funciones cerebrales. Y aunque no tenemos m u c h o s más genes que los simios, unos pocos centenares más p u e d e n marcar u n a diferencia cualitativa en la for- ma de funcionar del cerebro, ya que los genes interactúan, a u m e n - tando así de f o r m a exponencial el número de combinaciones posi- bles. Esto se conoce c o m o la «explosión combinatoria»; en un determinado m o m e n t o nuestros antepasados adquirieron unos cuantos genes más y c o n ellos u n a m a q u i n a r i a cerebral mucho m a - yor para construir y hacer funcionar un cerebro elaborado. A l g u - nos de nuestros genes trabajan incluso más rápido que los de nues- tros parientes animales más cercanos2 5 . El cerebro h u m a n o no sólo es mayor y más complejo en gene- ral, sino que casi todas sus regiones específicas se h a n expandido. Por ejemplo, la corteza prefrontal, el conjunto de partes cerebra- les simadas directamente detrás de la frente, es dos veces más grande que la de otros primates (ver el diagrama de la página 8o -)2 6 . También es más compleja2 7 , ya que tiene un pliegue cortical que proporciona espacio adicional para pensar. Estas regiones son clave para la «inteli- gencia general»2 8 . Es aquí donde relacionamos los hechos, razona- mos, sopesamos las opciones, ejercitamos la previsión, generamos ideas, tomamos decisiones, resolvemos problemas, aprendemos de la 170
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    H E LE N FISHER experiencia y planificamos sobre el futuro. También añadimos signi- ficado y valor emocional a nuestros pensamientos, evaluamos los ries- gos y supervisamos la adquisición de recompensas. C o n esta extraordinaria región cerebral, la corteza prefrontal, los humanos disponemos de u n a capacidad infinitamente mayor para /wniarsobre el ser amado. Nuestro cerebro h u m a n o también nos p e r m i t e sentir i n t e n - samente. Francamente, llevo m u c h o tiempo convencida de que la naturaleza fue demasiado lejos en lo que se refiere a las emociones humanas. «Sentimos» demasiado. A h o r a sé p o r qué. El tamaño de la amígdala h u m a n a , u n a región de f o r m a almendrada situada en un lado de la cabeza, p o r debajo de la corteza, es el doble que el de la amígdala de los simios2 9 . Esta región cerebral desempeña un pa- pel fundamental en la generación del miedo, la rabia, la aversión y la agresión; algunas de sus partes también p r o d u c e n placer. C o n esta capacidad cerebral para generar emociones fuertes y a m e n u - do violentas, los h u m a n o s podemos u n i r nuestro impulso de amar con un enorme repertorio de sentimientos. También estamos dotados de f o r m a excepcional para recordara. la persona amada. «De todos los poderes de la mente, la m e m o r i a es el más delicado y frágil», escribió B e n J o n s o n . Es verdad. C o m o prueba, basta c o n intentar memorizar un p o e m a largo o intentar recordar lo que hicimos hace u n a semana. Para ayudarnos a recor- dar, sin embargo, la naturaleza inventó el hipocampo, la región d e l cerebro que utilizamos para producir y almacenar recuerdos, cuyo tamaño es casi el doble que el de esta m i s m a región en los grandes simios3 0 . Esta región también recuerda a la perfección los sentimien- tos asociados a los recuerdos. C o n esta extraordinaria fábrica y alma- cén que es el hipocampo, los humanos podemos recordar los más pe- queños detalles sobre la persona amada. Pero de todas las partes cerebrales que evolucionaron c o n el fin de intensificar la experiencia del romance, sin d u d a la más i m p o r - tante es el núcleo caudado humano. Recordemos que el núcleo cau- dado se activaba cuando nuestros sujetos aquejados de a m o r m i r a - ban las fotos de sus enamorados. Esta región cerebral está asociada con la atención concentrada y u n a motivación intensa hacia la ob- tención de recompensas. Es el doble de grande que la de nuestros 171
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    P O RQ U É AMAMOS parientes animales más cercanos3 1 . C u a n d o el núcleo caudado au- mentó de tamaño en el homo erectus, es posible que se intensificara el deseo de buscar y conseguir a u n a persona amada. A la pregunta de cuándo ocurrió exactamente que u n a f o r m a de magnetismo a n i m a l pasara a convertirse en el a m o r romántico h u m a n o , c o n todos sus complejos pensamientos y sentimientos, nadie conoce la respuesta. Pero muchos científicos creen hoy que todas las partes del cerebro h u m a n o (excepto el cerebelo) se ex- p a n d i e r o n al unísono3 2 . Sabemos cuándo comenzó a ocurrir: hace aproximadamente dos millones de años. H a c e un millón de años, las gentes de la especie homo erectus tenían cerebros considerable- mente más grandes. H a c e aproximadamente 250.000 años, algunos de nuestros antepasados homo sapiens tenían cerebros tan grandes como el nuestro. Y h a c e 35.000 años, su cerebro había adoptado la f o r m a que tiene en la actualidad. La h u m a n i d a d había emergido de su crisol de la selva. Algún día puede que abandone para siempre la T i e r r a y vuele hacia las estre- llas. Estos viajeros llevarán en sus cabezas u n a m a q u i n a r i a mental exquisita que nació en m e d i o de la hierba del África primitiva hace un millón de años. E n t r e los talentos especiales se incluirá nuestro ingenio, nuestro d o n para la poesía, el arte y el teatro, un espíritu generoso y muchos otros rasgos cortejadores, i n c l u i d a la asombro- sa capacidad h u m a n a para enamorarse perdidamente. A M O R C A P R I C H O S O «Pero estoy atado a ti / p o r cada u n o de mis pensamientos; / sólo quiero ver tu cara, / sólo tu corazón ansio»3 3 . A mediados d e l si- glo xvii, Sir Charles Sedley expresó c o n viveza este impulso intenso de amar a otra persona. Pero, p o r desgracia, este sentimiento no siempre es feliz. C o m o sabemos, el a m o r romántico no va necesariamente de la m a n o del deseo de unirse a u n a pareja durante un largo periodo. Podemos enamorarnos de alguien que tenga un estilo de vida m u y diferente, c o n q u i e n n u n c a desearíamos casarnos. Y podemos de- sarrollar u n a pasión romántica p o r u n a persona mientras nos senti- 172
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    H E IX N FISHER mos estrechamente unidos a otra, generalmente nuestro cónyuge. Ademas, podemos practicar el sexo c o n alguien p o r q u i e n no senti- mos un a m o r romántico o incluso sentir u n a pasión romántica p o r un individuo mientras copulamos c o n otro. Qué locura, emparejar- se social o sexualmente c o n u n a persona y estar perdidamente ena- morados de otra. ¿Por qué los circuitos cerebrales del a m o r romántico se separa- r o n de los sentimientos de deseo sexual y apego duradero? C r e o que la volubilidad del a m o r es parte del plan de la natura- leza. Si un varón homo erecíus tenía mujer y dos hijos, y se enamoraba de u n a mujer de u n a tribu diferente y concebía con ella en secreto otros dos hijos, conseguía duplicar el número de sus descendien- tes. D e l mismo m o d o , u n a de nuestras antepasadas que estuviera casada c o n un h o m b r e y sin embargo se quedara embarazada de otro, podía parir el hijo de su amante y además obtener c o m i d a y protección extra para los hijos que ya tenía. En resumen, los volu- bles circuitos del a m o r romántico son caprichosos porque así lo prefiere la naturaleza. Esto permitió a nuestros ancestros seguir dos estrategias reproductivas complementarias a la vez. El m u c h a c h o de T u r - kana y sus parientes podían mantener u n a relación c o n su pareja que contara c o n la aprobación social; c o n el amante clandestino, po- dían engendrar más hijos y además adquirir recursos adicionales. H o y en día muchos hombres y mujeres siguen aplicando esta doble estrategia reproductiva. Las estadísticas más recientes sobre el adulterio en Estados U n i d o s proceden de un estudio realizado en 1994 en el N a t i o n a l Opinión Research Center de Chicago (Cen- tro N a c i o n a l de Investigación de Opinión). L o s científicos realiza- r o n u n a encuesta a tres m i l cuatrocientos treinta y dos estadouni- denses de edades comprendidas entre los dieciocho y los cincuenta y nueve años, en la que se les preguntaba acerca de muchos aspec- tos de su sexualidad3 4 . U n a cuarta parte de esos hombres y el 15 p o r ciento de las mujeres respondieron que habían tenido alguna aven- tura amorosa durante su matrimonio. Puede que varios m i n t i e r a n , porque muchos científicos piensan que esta cifra es demasiado baja3 5 . Los maridos y esposas infieles incluso tienen hijos c o n su pareja clandestina. En un p r o g r a m a de 1998 para detectar enfermedades genéticas, los científicos se q u e d a r o n atónitos al descubrir que el 173
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    P O RQ U É AMAMOS 10 p o r ciento de los niños sometidos a las pruebas no eran los vasta- gos de sus padres legales3 6 . Estas personas adúlteras no constituyen casos excepcionales. La infidelidad es común a todas las sociedades h u m a n a s conocidas3 7 . El «engaño» es frecuente incluso entre otras criaturas «socialmen¬ te monógamas»3 8 . En un estudio realizado c o n ciento ochenta es- pecies de aves cantoras, aproximadamente un 90 p o r ciento de las hembras parían varias crías que no tenían n i n g u n a relación genéti- ca c o n el «padre» que las a l i m e n t a b a 3 9 . De h e c h o , se ha dicho que la única criatura verdaderamente monógama del estado de Califor- n i a es u n a d e t e r m i n a d a clase de roedor. H e m o s sido hechos para a m a r y volver a amar. Qué alegría nos produce esta pasión cuando estamos solteros y empezando nuestra vida, cuando estamos divorciados en nuestros años de madurez o cuando nos quedamos solos al ir envejeciendo. Qué confusión, qué p e n a puede generar esta química cuando estamos casados c o n al- guien a q u i e n admiramos y nos enamoramos de otra persona. La i n d e p e n d e n c i a de estos sistemas emocionales (el deseo se- x u a l , la atracción romántica y el apego) evolucionó en nuestros an- cestros para p e r m i t i r que hombres y mujeres mantuvieran varias relaciones a la vez. P e r o estos circuitos cerebrales h a n creado hoy en día u n a tremenda confusión, contribuyendo a los patrones m u n - dialmente extendidos del adulterio y d e l divorcio, a la alta i n c i d e n - cia de los celos, el acoso, el maltrato conyugal y a la generalización de los homicidios, suicidios y depresiones clínicas asociadas c o n la pasión desdeñada. E l a m o r perdido. Casi todo e l m u n d o conoce l a angustia d e l re- chazo. ¿Por qué nos h u n d i m o s en la desesperación cuando perde- mos a la persona que adoramos? 174
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    7 E L AMORPERDIDO Rechazo, desesperación y furia Yace inmóvil, yace inmóvil mi corazón roto; Mi corazón mudo, yace inmóvil y solo: La vida, y el mundo, y mi propio ser, han cambiado por culpa de un sueño. CHRISTINA ROSSETTI «Mirage»1 « C a m i n o tierra adentro, tierra adentro, tierra adentro, / camino tierra adentro. / N a d i e me ama, y ella menos que nadie, p o r eso ca- m i n o t i e r r a adentro»2 . U n anónimo esquimal d e l A r t i c o recitó este triste p o e m a en la década de 1890. Casi todo el m u n d o siente la angustia del rechazo amoroso en a l - gún m o m e n t o de su vida. Yo sólo he encontrado a tres personas que dicen no haber sido «plantadas» n u n c a p o r la persona que adora- ban. Dos de ellas eran hombres y la otra mujer. L o s hombres eran guapos, sanos, ricos y tenían g r a n éxito en su profesión. La mujer era u n a joven estrella de la televisión. Estas personas no a b u n d a n . Entre los estudiantes universitarios de Case Western Reserve, el 93 p o r ciento de ambos sexos dijeron haber sido rechazados p o r al- g u i e n a q u i e n amaban apasionadamente. El 99 p o r ciento dijo tam- bién haber rechazado a alguien que estaba profundamente ena- m o r a d o de ellos3 . Casi nadie en el m u n d o escapa a los sentimientos de vacío, desesperanza, m i e d o y f u r i a que puede generar el recha- zo4 . C o m o dijo E m i l y D i c k i n s o n , «La separación es todo lo que ne- cesitamos saber d e l infierno». D a d o que mis colegas d e l experimento c o n el escáner y yo que- ríamos c o m p r e n d e r toda la diversidad de sentimientos románticos, nos embarcamos en un segundo proyecto: escanear los cerebros de personas que recientemente se h u b i e r a n visto rechazadas p o r sus parejas románticas. Encontramos muchos voluntarios; todos sufrían 175
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    P O RQUÉ AMAMOS un dolor psicológico insoportable. A pesar de su pena, o quizas de- b i d o a ella, estaban deseando pasar p o r la p r u e b a de I M R f . En el m o m e n t o en que escribo estas líneas, el e x p e r i m e n t o está en p l e n o desarrollo, pero los participantes ya me h a n contado muchas cosas sobre esta angustia y las fases de la desesperación p o r las que debe pasar el amante rechazado. El poeta D o n a l d Yates escribió en cierta ocasión: «Las personas sensatas en cuanto al a m o r son incapaces de sentirlo»5 . C o m o vere- mos, pocos de nosotros somos sensatos cuando se trata de u n a pa- sión romántica rechazada. No estamos preparados para ello. L O S AMANTES RECHAZADOS «¿Acabas de sufrir un rechazo amoroso? ¿Y no puedes superar- lo?» M i s colegas y yo colgamos u n a nota en el tablón de anuncios de psicología del campus de Stony B r o o k de la State University of N e w York que comenzaba con esas palabras. Estábamos decididos a escanear los cerebros de hombres y mujeres cuyo a m o r h u b i e r a sido desdeñado. Buscábamos sólo a personas que estuvieran sufrien- do realmente. L o s amantes rechazados f u e r o n rápidos en responder. Al igual que en nuestro experimento anterior, excluimos a las personas zur- das, que llevaran algo de metal en la cabeza (por ejemplo, aparatos dentales), a los que estaban t o m a n d o medicamentos antidepresi- vos o a los que sufrían claustrofobia. L u e g o llamé a los voluntarios y mantuve u n a larga conversación c o n ellos, c o m e n t a n d o los deta- lles de sus desdichadas historias amorosas y explicándoles p o r m e - norizadamente lo que ocurriría c u a n d o se les realizara el escáner cerebral. El p r o c e d i m i e n t o que les describí fue el m i s m o que el que ha- bíamos utilizado c o n los sujetos felizmente enamorados. C a d a par- ticipante tenía que m i r a r alternativamente la foto de la persona amada, que en este caso les había rechazado, y otra neutra que no generara sentimientos positivos ni negativos; entre ambas tareas el sujeto tendría que llevar a cabo el proceso de l i m p i e z a m e n t a l con- sistente en contar hacia atrás de siete en siete a partir de un núme- 176
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    H E LE N FISHER ro de varias cifras. Mientras, la máquina de I M R f iría registrando su actividad cerebral. Las entrevistas previas me resultaron difíciles. Me sentía conmovi- da por las historias que me contaban. Me parecía que todos estos hombres y mujeres a los que les habían roto el corazón se hallaban profundamente deprimidos. Esto ya lo esperaba. Pero muchos tam- bién estaban enfadados, y fue este aspecto imprevisto d e l rechazo amoroso el que me hizo c o m p r e n d e r el terrible poder de la pasión. La p r i m e r a vez que advertí este escalofriante «amor-odio», c o m o lo d e n o m i n ó el dramaturgo A u g u s t Strindberg, fue a raíz de mi se- sión de escáner cerebral c o n Bárbara. A M O R - O D I O Habíamos escaneado el cerebro de Bárbara c u a n d o estaba feliz y locamente e n a m o r a d a de M i c h a e l . C o m o pasó c o n todos los de- más sujetos d e l e x p e r i m e n t o que estaban felizmente enamorados, Bárbara había salido resplandeciente d e l p r i m e r experimento. Le brillaban los ojos. Se reía suavemente. Se levantó de la c a m i l l a d e l aparato de I M R f con alegría, llena de entusiasmo y optimismo. Y c o - mentó lo feliz que se había sentido durante el rato que había esta- do m i r a n d o la fotografía de M i c h a e l , repasando sus recuerdos de los m o m e n t o s vividos juntos. P e r o esta euforia no le duraría m u - cho. C i n c o meses más tarde, M i c h a e l la dejó. Lo supe u n a mañana, al entrar en el laboratorio de Psicología de Stony B r o o k y encontrarla sollozando sobre u n a gran mesa de reu- niones. Me entristeció m u c h o ver a esta encantadorajoven tan abati- da. Tenía el pelo enmarañado. Había p e r d i d o peso. Su cara estaba pálida, surcada p o r las lágrimas. Parecía que los brazos le pesaran; apenas se movía. Me dijo que estaba «muy deprimida»; que «su auto- estima se había venido abajo». «Mis pensamientos», decía, «vuelven hacia M i c h a e l u n a y otra vez... Siento un n u d o de p e n a en el pecho». De hecho, se había pasado la mañana sentada en la cama, c o n la mirada perdida. Me quedé tan c o n m o v i d a p o r su tristeza que tuve que abando- nar la sala. Pero c u a n d o me encontraba en un despacho cercano 177
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    P O RQUÉ AMAMOS tratando de reponerme, me di cuenta de que Bárbara podía ofrecer u n a información de un increíble valor científico: podía mostrarnos lo que ocurría en el cerebro c u a n d o alguien ha sufrido u n a p r o f u n - da desilusión amorosa. Así que, disculpándome, le pregunté a Bárbara si estaría dispues- ta a someterse de nuevo al escáner, esta vez c o m o sujeto e x p e r i m e n - tal d e l rechazo amoroso. Le advertí que el h e c h o de pensar en su relación mientras se encontraba en el escáner podía desatar senti- mientos m u y poderosos, y le garanticé que hablaría con ella después de la sesión p a r a tranquilizarla (si era necesario) y que la llamaría a su casa varios días después de aplicar el procedimiento p a r a asegu- rarme de que el experimento no había a u m e n t a d o su desespera- ción. Sin embargo, le expliqué, esta sesión de escáner podría ayu- dar a otras personas que estuvieran sufriendo lo mismo que ella. Le propuse c o n cierta vacilación que hiciéramos el experimento en el mismo día. L a amable j o v e n aceptó. Mientras íbamos hacia el laboratorio d e l escáner, Bárbara c a m i - naba arrastrando los pies; parecía que el sufrimiento la ahogaba. Esto sólo fue el p r i n c i p i o . A u n q u e yo ya imaginaba que Bárbara estaría m u y triste, lo que ocurrió justo al t e r m i n a r el experimentó me dejó estupefacta. Bárbara se levantó de golpe de la camilla d e l escáner y salió d a n d o un portazo, marchándose enseguida d e l edi- ficio. No me dio tiempo a hablar c o n ella, ni tampoco esperó a co- brar los cincuenta dólares acordados c o m o compensación p o r par- ticipar en el proyecto. Me quedé aún más s o r p r e n d i d a c u a n d o a la media h o r a volvió a recoger el dinero. Estaba completamente des- trozada. Le rogué que se sentara c o n m i g o en la sala de espera. Lo hizo. Entonces comenzó a hablar. Me dijo que mientras m i r a b a la foto de M i c h a e l durante el expe- rimento se había acordado de todas sus peleas. «Nunca conseguiré superarlo», soltó de repente; y luego empezó a llorar. Mientras so- llozaba, descubrí que a Bárbara le pasaba algo más: estaba furiosa conmigo. Me miraba entre las lágrimas. De repente gritó: «¿Por qué quieres estudiar esto?». Siguió despotricando mientras yo la m i r a b a sin pestañear, demasiado asombrada para poder hablar. Poco a poco me fui dando cuenta de algo importante: la experiencia h a - 178
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    H E LE N FISHER bía provocado en Bárbara lo que el psicólogo Reíd M e l o y d e n o m i - na «la furia d e l abandono»6 . Bárbara no estaba furiosa c o n m i g o ; estaba furiosa c o n M i c h a e l . Me atacó a mí porque era a q u i e n tenía a m a n o . ¿Estaban de alguna m a n e r a conectados los circuitos d e l a m o r romántico, me preguntaba, c o n las redes cerebrales de lo que los psicólogos llaman odio/furia? D u r a n t e m u c h o tiempo había creído que lo contrario al a m o r no era el odio, sino la indiferencia. En aquel m o m e n t o empecé a sospechar que el a m o r y el o d i o / f u r i a podían estar sutilmente co- nectados en el cerebro h u m a n o , y que la indiferencia podía ir apa- rejada con un circuito completamente distinto. P o r otra parte, quizá esta relación cerebral entre el a m o r y el o d i o / f u r i a podía explicar por qué los sucesos pasionales, c o m o el acoso, el h o m i c i d i o o el sui- cidio, son tan frecuentes en el m u n d o : cuando u n a relación se r o m - pe y el i m p u l s o de amar se ve frustrado, el cerebro puede convertir fácilmente esta fuerza poderosa en furia. L A P A R A N O I A D E L A B A N D O N O «Sin d u d a es m e j o r así. S i n d u d a , c o n el t i e m p o aprendería / a odiarte c o m o al resto / a las que u n a vez amé»7 . El poeta W. D. S n o d - grass sabía c ó m o se sentía Bárbara. De hecho, vi esta m i s m a furia amarga en otros sujetos que habían sido víctimas d e l a b a n d o n o de su pareja, c u a n d o salían de la máquina d e l escáner cerebral. También observé esta p a r a n o i a en u n a b e l l a j o v e n l l a m a d a Ka¬ ren. El novio de K a r e n , T i m , la había dejado hacía tres meses. L l e - vaban casi dos años saliendo y tenían pensado casarse. Ya habían ñjado u n a fechay habían elegido el anillo de bodas. Así que, cuando él la dejó p o r u n a c h i c a de su oficina, e l l a no podía creerlo. «Perdí casi siete kilos en dos semanas», se lamentaba K a r e n . «Pienso en él constantemente», m e dijo. « T o d o m e p o n e triste. N o m e i m p o r t a m i aspecto n i c o n q u i e n estoy. N o m e i m p o r t a nada. E s terrible; m u y doloroso». Había guardado todas las fotos de T i m en u n a caja y la había escondido en el a r m a r i o . Y estaba pensando en to- m a r antidepresivos. 179
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    P O RQUÉ AMAMOS Mi día c o n K a r e n resultó m u y raro. Parecía m u y abatida c u a n d o me reuní con ella en la estación G r a n d Central, en N u e v a York, la mañana del escáner. Pero se mostró sociable, incluso simpática, d u - rante las dos horas del trayecto en tren hasta Stony Brook. Sin em- bargo, c u a n d o llegamos al l a b o r a t o r i o de Psicología, pasó de la locuacidad al desánimo. C u a n d o íbamos a comer, tenía los ojos llo- rosos. N o p u d o p r o b a r n i u n trozo d e s u pizza n i s u refresco, n o comió ni bebió nada. Y c a m i n a b a rezagada mientras íbamos hacia el laboratorio. Empezó a pensar que no debía haberse presentado voluntaria, que odiaba a T i m , que no quería acordarse de él. «Todo esto es un gran error», se decía. Sin embargo, K a r e n no me comentó n a d a de esto antes de la se- sión de escáner. Escaneamos su cerebro sin que se produjera n i n - gún incidente. Pero c u a n d o salió de la máquina estaba m u y nervio- sa. Yahí empezó todo: se volvió hacia el sorprendido radiólogo y le acusó de haber p r o g r a m a d o el n o m b r e de «Tim» en los sonidos de la máquina. «Tim; T i m ; T i m ; Tim.» N o s dijo que había escuchado repetidamente el n o m b r e de T i m mientras m i r a b a su foto. Yo le aseguré u n a y otra vez que no la habíamos engañado; que ni a pro- pósito hubiéramos p o d i d o m a n i p u l a r aquella compleja máquina que valía varios millones de dólares, y que ni p o r asomo habría tra- tado n u n c a d e atormentarla i n t r o d u c i e n d o e l n o m b r e d e T i m e n los sonidos d e l escáner. No pareció creerme hasta que volvimos al tren, después de dos horas y varias cervezas. Al final, c u a n d o pensé que había recupe- rado su confianza, le pregunté c o n cautela si alguien de su f a m i l i a era paranoico. «Sí», contestó. «Mi madre». No alargué más la c o n - versación. Entrevisté a cada participante inmediatamente después de que salieran de la máquina de I M R . Quería saber c ó m o se sentían c u a n - do m i r a b a n la fotografía de la persona amada, qué pasaba p o r su mente c u a n d o m i r a b a n la fotografía n e u t r a y sus sensaciones m i e n - tras realizaban la tarea de la cuenta atrás. Aparentemente, mientras K a r e n miraba la fotografía de T i m , su melancolía y su decepción se habían convertido en furia. Este enojo debió de provocar la para- noia, porque, según me dijo más tarde, fue después de sentir esa furia cuando creyó oír que se repetía constantemente el n o m b r e de T i m . 180
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    H E LE N FISHER F u r i a , paranoia; estas reacciones no las había previsto más que vagamente. Pero sí estaba convencida de que nuestros sujetos re- chazados saldrían de la máquina d e l escáner sintiéndose infelices. Yacerté. U n a mujer j o v e n lloró tanto durante el experimento que mojó la a l m o h a d a que utilizábamos p a r a apoyar la cabeza d e l suje- to. De hecho, p u d e ver esta angustia en casi todos las personas que habían sufrido el desdén d e l amor. Y durante cada encuentro c o n ellos no p u d e dejar de pensar en los innumerables hombres y m u - jeres que en cualquier rincón d e l m u n d o habían padecido la mis- ma desesperación. A M O R - D E S E S P E R A C I Ó N «Madre, no p u e d o seguir al telar; / Me d u e l e n los dedos, tengo secos los labios; / ¡Oh, si tú sintieras el d o l o r que yo siento! / Pero, ¿quién lo ha sentido c o m o yo?»3 . He aquí u n a respuesta a la deses- perada pregunta que Safo formuló hace más de dos m i l quinientos años: millones de personas h a n sentido la pena del rechazo amoroso. Desde las Américas hasta Siberia, miles de personas h a n dejado constancia lírica de este sufrimiento. Un i n d i o azteca dejó escritas estas melancólicas palabras en el siglo x v i : «Ahora sé / p o r qué mi padre / salía / y lloraba / bajo la lluvia»9 . «Miro la m a n o que tú co- gías, y apenas p u e d o soportar el dolor», escribió un poeta j a p o n é s 1 0 . Y E d n a St. V i n c e n t M i l l a y escribió estos desgarradores versos: «Dul- ce amor, dulce espina, c u a n d o suavemente dejé que te clavaras en mi corazón, me provocaste la m u e r t e / y yago d e s p e i n a d a sobre la hierba, / c o m o un objeto mojado, e m p a p a d o p o r las lágrimas y la lluvia»1 1 . L o s antropólogos también h a n encontrado pruebas de este do- lor. U n a mujer j a p o n e s a a b a n d o n a d a confesaba: «No p u e d o sopor- tar la vida. T o d o lo que me interesaba ha desaparecido»1 2 . « M e sen- tía sola y realmente triste; y lloraba. Dejé de comer y no dormía bien; no podía concentrarme en mi trabajo», se lamentaba u n a mujer re- chazada de P o l i n e s i a 1 3 . Cerca del nacimiento d e l río Sepik, en N u e v a G u i n e a , los hombres rechazados c o m p o n e n trágicas cancio- nes de a m o r a las que l l a m a n «namai», canciones sobre m a t r i m o - 181
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    P O RQUÉ AMAMOS nios que «podrían haber sido»1 4 . Y e n India, varios hombres y m u - jeres con el corazón destrozado h a n formado un club: la Sociedad para el Estudio de los Corazones Rotos. El tres de mayo de cada año celebran el Día N a c i o n a l de los Corazones Rotos, intercam- biando sus historias y consolándose m u t u a m e n t e 1 5 . El rechazo de la persona amada h u n d e al amante no correspon- dido en u n o de los sufrimientos emocionales más profundos y per- turbadores que puede soportar un ser h u m a n o . La pena, la furia y muchos otros sentimientos p u e d e n invadir el cerebro c o n tal vigor que la persona apenas consiga comer o dormir. L o s grados y mati- ces de este intenso malestar varían en la misma m e d i d a que lo ha- cen las personas entre sí. S i n embargo, los psiquiatras y neurocien- tíficos dividen el rechazo romántico en dos fases principales: la «protesta» y la «resignación/desesperación»1 6 . D u r a n t e la fase de la protesta, los amantes abandonados i n t e n - tan obsesivamente recuperar a su ser amado. C u a n d o la resigna- ción se asienta en ellos, se rinden p o r completo y desembocan en la desesperación. F A S E P. P R O T E S T A C u a n d o las personas empiezan a darse cuenta de que el ser ama- do está pensando en terminar la relación, generalmente entran en un estado de intensa i n q u i e t u d . Invadidos por la añoranza y la nos- talgia, dedican casi todo su tiempo, su energía y su atención a la pa- reja que está a punto de abandonarles. Su obsesión es el reencuen- tro c o n su amante. M u c h o s de los sujetos que se sometieron al escáner tenían difi- cultades para dormir. Varios de ellos habían perdido peso. A l g u n o s temblaban. Otros suspiraban mientras me hablaban de su ser ama- do en la entrevista previa al escáner. Todos hacían m e m o r i a inten- tando concentrarse en los m o m e n t o s problemáticos, buscando repetidamente pistas acerca de qué era lo que había fallado y eva- l u a n d o c ó m o se podría evitar el d e s m o r o n a m i e n t o de la relación. Y todos me decían que n u n c a dejaban de pensar en el otro; pasa- ban el día entero pensando en «él» o en «ella». 182
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    H E LE N FISHER Los amantes rechazados también toman medidas extraordinarias para reencontrarse c o n su pareja, volviendo a visitar los sitios que solían frecuentar, telefoneando día y noche, escribiendo cartas o enviando constantemente correos electrónicos. Suplican. H a c e n espectaculares entradas en la casa o el lugar de trabajo de su ser amado, se m a r c h a n furiosos, para al poco volver y renovar su llama- miento a la reconciliación. La mayoría están tan obsesionados p o r la pareja p e r d i d a q u e todo les r e c u e r d a a ella. En palabras d e l poeta K e n n e t h Fearing, «esta noche estás en mi pelo y en mis ojos, / y cada farola j u n t o a la que pasa nuestro taxi te muestra, / a ti otra vez, todavía a ti»17 . Las personas rechazadas anhelan el reencuentro sobre todas las cosas. P o r eso protestan, tratando denodadamente de encontrar el más pequeño resquicio de esperanza. L A A T R A C C I Ó N D E L A F R U S T R A C I Ó N «El a m o r es u n a enfermedad plagada de aflicciones / que recha- za todos los r e m e d i o s ; / u n a planta que crece cuanto más la cortas, / que se vuelve más estéril cuanto más la c u i d a s / ¿Por qué?» El poe- ta Samuel D a n i e l describió e n el siglo XVII esta p e c u l i a r i d a d d e l amor romántico: a m e d i d a que se intensifica la adversidad, lo hace también la pasión romántica. Este f e n ó m e n o es tan c o m ú n en la literatura y en la vida que he acuñado un término para definirlo: «la atracción de la frustración». Y sospecho que la atracción de la frustración está relacionada c o n la química del cerebro. C o m o sabemos, la d o p a m i n a se produce en unas fábricas situa- das en el «sótano» del cerebro; de allí se b o m b e a n hacia el núcleo caudado y otras regiones cerebrales donde se genera la motivación para alcanzar unas determinadas recompensas. S i n embargo, si la recompensa esperada tarda en llegar, estas neuronas productoras de d o p a m i n a prolongan su actividad, aumentando los niveles cere- brales de este estimulante n a t u r a l 1 8 . Y l o s niveles altos de d o p a m i n a están asociados c o n u n a motivación intensa y unas conductas d i r i - gidas a unos objetivos, así c o m o c o n la ansiedad y el m i e d o 1 9 . El dramaturgo latino Terencio resumió, sin saberlo, esta química de 183
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    P O RQ U É AMAMOS la atracción de la frustración al decir que «Cuanto m e n o r es mi es- peranza, mas ardiente es mi amor». Los psiquiatras T h o m a s Lewis, Fari A m i n i y R i c h a r d L a n n o n sos- tienen que esta respuesta de protesta es un mecanismo básico de los mamíferos que se activa cuando se r o m p e cualquier tipo de re- lación social2 0 . U t i l i z a n el ejemplo de un perro. C u a n d o se separa a un cachorro de su madre y se le deja solo en la cocina, éste empieza a ir de un lado para otro. Se pone a rastrear el suelo frenética e infa- tigablemente, araña la puerta, b r i n c a p o r las paredes, ladra y gimo- tea a m o d o de protesta. Las crías de rata que son separadas de su madre apenas p u e d e n d o r m i r debido a la intensa excitación de su cerebro2 1 . Estos psiquiatras creen, al igual que yo, que esta reacción de pro- testa está asociada c o n unos niveles elevados de d o p a m i n a y de no- repinefrina. El aumento de los niveles de d o p a m i n a y norepmefrina, según dicen, incrementa el estado de alerta y estimula al i n d i v i d u o abandonado a buscar y reclamar ayuda. Efectivamente, la protesta puede ser m u y eficaz en las relaciones amorosas. L o s que a b a n d o n a n a su pareja a m e n u d o se sienten pro- fundamente culpables de ser los causantes de la r u p t u r a 2 2 . Así que, cuanto más protesta la persona rechazada, más probable es que la persona que provoca la r u p t u r a reconsidere su actitud y reanude la relación. M u c h o s lo hacen, al menos temporalmente. La protes- ta funciona. Pero no siempre. Aveces la ruptura de la relación romántica pue- de i n d u c i r al pánico a la pareja abandonada. L A A N S I E D A D D E L A S E P A R A C I Ó N Al igual que el impulso de protestar, esta respuesta de pánico es también frecuente en la naturaleza; se l l a m a «ansiedad de separa- c i ó n » 2 3 . C u a n d o u n a madre a b a n d o n a a su polluelo o a su cacho- rro, estas pequeñas criaturas se quedan profundamente trastorna- das. Su i n q u i e t u d empieza p o r mostrarse en su latido cardiaco. La cría llora y hace gestos de succión. Estas «llamadas de angustia» son frenéticas y frecuentes. L o s cachorros de perro y de n u t r i a g i m e n e 184
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    H E LE N FISHER incluso sollozan. L o s pollitos pían. L o s bebés del macaco rhesus ululan tristemente. C u a n d o las crías de rata son separadas de sus madres, emiten gemidos ultrasónicos incesantemente2 4 . El neu- rólogo Jaak Panksepp cree que la ansiedad de separación la gene- ra en el cerebro el sistema del pánico, u n a compleja r e d cerebral que hace que nos sintamos débiles, asustados y nos falte la respira- c i ó n 2 5 . También entra en acción otro sistema cerebral relacionado c o n el del pánico: el sistema del estrés. El estrés comienza en el hipotá- lamo, d o n d e se produce la h o r m o n a que libera la corticotrofina ( C R H ) , siendo enviada hacia la pituitaria, próxima a él; aquí se i n i - cia la emisión de A C T H , la h o r m o n a de la adrenocortícotrofina. Esta a su vez viaja p o r el flujo sanguíneo hasta la glándula suprarre- nal (situada e n c i m a d e l riñon) y o r d e n a a la corteza adrenal que sintetice y libere cortisol, «la h o r m o n a del estrés». Entonces el cor¬ tisol activa u n a miríada de sistemas cerebrales y corporales para contrarrestar el estrés. E n t r e ellos, el sistema i n m u n i t a r i o , que se acelera para luchar contra la e n f e r m e d a d 2 6 . A pesar de esta b u e n a predisposición del cuerpo, los amantes decepcionados t i e n d e n a sufrir dolor de garganta y resfriados. El estrés pasajero también ac- tiva la producción de d o p a m i n a y norepinefrina, y suprime la acti- vidad de la s e r o t o n i n a 2 7 , la combinación de elixires asociados al amor romántico. Resulta irónico: cuando el ser adorado se nos escapa, las mismas sustancias químicas que contribuyen al sentimiento d e l a m o r co- bran todavía más fuerza, intensificando el a r d o r de la pasión, el miedo y la ansiedad, e impulsándonos a protestar y procurar c o n to- das nuestras fuerzas retener nuestra recompensa: el ser amado que nos abandona. L A F U R I A D E L A B A N D O N O El intento de recuperar a nuestro ser amado, la necesidad de él, la ansiedad de la separación y el pánico p o r la i n m i n e n t e pérdida son todas reacciones, todas ellas, que tienen sentido para mí. Pero, ¿qué es lo que hace que las personas rechazadas se p o n g a n tan fu- 185
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    P O RQUÉ AMAMOS riosas? Incluso cuando el amante que nos abandona asume sus res- ponsabilidades c o m o amigo (y a m e n u d o coprogenitor) y pone fin a la relación de f o r m a compasiva y sincera, muchas personas recha- zadas pasan bruscamente de sentir pena a sentir u n a ira inconteni- ble. El poeta inglés J o h n Lyly comentó m u y atinadamente este fenó- m e n o en 1579: «Así c o m o el mejor vino se convierte en el vinagre más agrio, el a m o r más p r o f u n d o se t o r n a en el odio más mortal». ¿Porqué? Porque el a m o r y el odio están estrechamente ligados en el cere- b r o h u m a n o . L o s circuitos primarios del o d i o / f u r i a atraviesan las regiones de la amígdala y llegan hasta el hipo tálamo, prolongándo- se hacia otras áreas del cerebro c o m o la materia gris del periacue- ducto, u n a región situada en el mesencéfalo2 8 . Otras áreas cere- brales intervienen también en la furia que sentimos, entre ellas la ínsula, u n a parte de la corteza que recoge datos procedentes de la fisiología corporal i n t e r n a y de los sentidos2 9 . P e r o aquí está la clave: la r e d cerebral básica para la furia está estrechamente conec- tada c o n los centros de la corteza prefrontal d o n d e se procesa la evaluación y la esperanza de la recompensa3 0 . Y c u a n d o las personas u otros animales comienzan a darse cuenta de que u n a r e c o m p e n - sa esperada está en peligro o es incluso inaccesible, estos centros de la corteza prefrontal envían señales a la amígdala y desencade- nan la f u r i a 3 1 . C o n o c i d a entre los psicólogos como la «hipótesis de la frustra- ción-agresión», esta respuesta airada ante las expectativas no c u m - plidas, es b i e n c o n o c i d a en los animales. P o r ejemplo, c u a n d o los circuitos cerebrales de r e c o m p e n s a de un gato se estimulan artifi- cialmente, éste siente un intenso placer. Si el estímulo se retira, el gato se enfada. D e l mismo m o d o , los amantes desdeñados se po- n e n más y más furiosos. «Todo nuestro raciocinio t e r m i n a p o r r e n - dirse ante los sentimientos», escribió Blaise Pascal. Pascal sabía per- fectamente hasta qué p u n t o podemos convertirnos en víctimas de nuestras emociones. Sin embargo, la furia no tiene p o r qué dirigirse siempre hacia la recompensa p e r d i d a 3 2 . Un m o n o enfurecido desahogará su ira so- bre u n o de sus subordinados en lugar de atacar a un superior. De la misma manera, un amante rechazado puede dar u n a patada a u n a 186
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    H E LE N FISHER silla, estrellar un vaso o enfadarse c o n un amigo o colega en lugar de golpear al amante infiel. P o r tanto, el a m o r romántico y la furia d e l abandono se encuen- tran íntimamente conectados en el cerebro. Y, si nos paramos a p e n - sarlo, estas dos pasiones tienen m u c h o en común. Ambas están aso- ciadas con la excitación corporal y mental; ambas p r o d u c e n u n a energía excesiva; ambas nos llevan a centrar obsesivamente nuestra atención en el ser amado; ambas generan conductas dirigidas a unos objetivos y ambas p r o d u c e n un intenso anhelo, ya sea de unión c o n la persona amada o de venganza hacia el amante que nos abandona. No es de extrañar que Bárbara, nuestra participante en el expe- rimento d e l escáner, se volviera c o n t r a mí. Bárbara debió de sentir un intenso amor romántico hacia M i c h a e l cuando miraba su foto- grafía; luego, su pasión rechazada se convirtió en frustración, lo que a su vez desencadenó su odio y su furia. Yo no fui más que un blanco fácil. « U n o de los vestigios d e l h o m b r e primitivo es el h o m b r e actual», escribió el psiquiatra D a v i d H a m b u r g . ¿Por qué nuestros ancestros desarrollaron unas conexiones cerebrales que nos p e r m i t e n odiar a la persona que adoramos? E L P R O P Ó S I T O D E L A F U R I A D E L A B A N D O N O La furia es excesivamente cara desde el p u n t o de vista metabóli- co. Estresa el corazón, eleva la presión sanguínea y a n u l a el sistema i n m u n i t a r i o 3 3 . P o r tanto, esta conexión entre el a m o r romántico y la furia d e l a b a n d o n o probablemente se desarrolló p a r a solucionar un p r o b l e m a importante relacionado c o n el apareamiento y la re- producción. Al p r i n c i p i o creí que este cableado d e l cerebro podría deberse a un propósito d e l cortejo completamente diferente: el de luchar c o n - tra los rivales. «La estación d e l a m o r es también la de la lucha», escribió D a r - w i n 3 4 . En efecto, durante la época d e l apareamiento, los machos de muchas especies animales hacen dos cosas a la vez: el cortejo y la l u - c h a c o n sus competidores. L o s carneros, las focas m a c h o y los m a - 187
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    P O RQ U É AMAMOS chos de muchas otras especies deben luchar unos c o n otros p a r a ganarse el derecho al cortejo. Así que supuse que quizás la atrac- ción y el o d i o / f u r i a estaban estrechamente conectadas en el cere- bro de los mamíferos c o n el fin de p e r m i t i r que los pretendientes pasaran fácilmente de sentirse atraídos p o r u n a posible pareja a e n - furecerse ante un rival y viceversa. Pero esta teoría no se sostuvo tras un estudio más detallado. L o s combativos pretendientes masculinos se pavonean, posan y se atacan c o m o si fueran gladiadores enfrentándose a un duelo p o r su a m o r y su honor. Y c u a n d o el combate ha t e r m i n a d o , el ga- n a d o r suele manifestar sentimientos de triunfo mientras que el perdedor se escabulle cubierto de i g n o m i n i a . P e r o n i n g u n o de los dos parece estar furioso. Existen sólidas pruebas biológicas de que el sistema neurológico de la competición entre machos durante el cortejo es independiente del sistema cerebral de la furia. Esta rivali- d a d en cambio está asociada c o n altos niveles de testosterona y va- sopresina3 5 . P o r tanto, el a m o r h u m a n o no se desarrolló a partir de los sistemas de emoción/motivación que los mamíferos utilizan para combatir c o n sus rivales. Entonces, ¿por qué el cerebro h u m a n o ha capacitado al amante abandonado para odiar tan fácilmente a la persona que adora? El psiquiatra J o h n Bowlby defendía en la década de 1960 que la ira que acompaña la pérdida de un ser amado es parte d e l diseño biológico de la naturaleza para recuperar el objeto de apego per- d i d o 3 6 . P e r o esta furia no es u n a característica agradable; no puedo creer que sirva c o n frecuencia para persuadir al amante de que vuelva a u n a relación en proceso de desintegración. P o r tanto, mi opinión actual es que la furia d e l abandono se de- sarrolló c o n otro propósito: el de impulsar a los amantes decepcio- nados a desprenderse de uniones sin futuro, a curar sus heridas y a reanudar su búsqueda en pos del a m o r en otros pastos más verdes. P o r otra parte, si la persona rechazada ha tenido hijos durante la existencia de esta sociedad a h o r a en quiebra, la furia del abando- no puede proporcionarle energía para luchar p o r el bienestar de ellos. Ciertamente, podemos observar esta conducta en los trámi- tes de divorcio actuales. H o m b r e s y mujeres equilibrados se vuel- ven despiadados c o n el fin de conseguir recursos para sus hijos aban- 188
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    H E IÍ N FISHER donados. De hecho, un juez estadounidense que preside habitual- mente juicios contra criminales violentos afirma que le preocupa m u c h o más su integridad física durante las vistas de los divorcios, especialmente cuando se tiene que d i r i m i r la custodia de los hijos. Él y otros jueces h a n instalado incluso timbres de alarma en sus des- pachos para recibir ayuda en caso de que los cónyuges en disputa se c o m p o r t e n de f o r m a v i o l e n t a 3 7 . No me sorprende que la furia del abandono desemboque en ocasiones en violencia. L o s hombres y mujeres abandonados h a n desperdiciado un tiempo y u n a energía m u y valiosos en u n a pareja que ahora les abandona. D e b e n comenzar de nuevo el cortejo. Por otra parte, su futuro reproductivo ha sido puesto en peligro, así c o m o sus vínculos sociales, f e l i c i d a d p e r s o n a l y reputación. La autoestima se ve gravemente dañada. Y e l tiempo no deja de trans- currir. La naturaleza, pues, nos p r o p o r c i o n a un mecanismo catárti- co para ayudarnos a dejar a u n a pareja que nos rechaza y seguir vi- viendo: la furia. A u n q u e , p o r desgracia, esta furia no consigue siempre contra- rrestar el a m o r que sentimos, la añoranza o el deseo sexual hacia la pareja que nos abandona. En un interesante estudio realizado c o n ciento veinticuatro pa- rejas, los psicólogos B r u c e Ellis y N e i l M a l a m u t h descubrieron que el a m o r romántico y lo que ellos l l a m a n «enfado/disgusto» respon- d e n a diferentes tipos de «información»3 8 . El grado de enfado/dis- gusto fluctúa d e p e n d i e n d o de los hechos que socaven nuestros ob- jetivos, como la infidelidad o la falta de compromiso emocional p o r parte de la pareja. En cambio, los sentimientos del a m o r romántico fluctúan d e p e n d i e n d o de los hechos que p r o m u e v e n nuestros ob- jetivos, c o m o p o r ejemplo el apoyo social o los buenos ratos q u e pasamos juntos en la cama. P o r tanto, el a m o r y el enfado/disgus- to, aunque están estrechamente ligados entre sí, son sistemas inde- pendientes que p u e d e n funcionar simultáneamente. En resumen, puedes estar tremendamente furioso y no obstante seguir m u y ena- morado. C o m o le pasó a Bárbara. Al final, sin embargo, todos estos sentimientos se desvanecen. La atención concentrada en la relación fracasada, el impulso de re- cuperar al ser amado, los enfrentamientos, la ansiedad de separa- 189
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    POR LJUÉ AMAMOS ción,el pánico, incluso la furia: todo se disipa c o n el tiempo. E n t o n - ces la persona rechazada debe convivir c o n dos formas nuevas de tortura: la resignación y la desesperación. F A S E I I : R E S I G N A C I Ó N «Estoy exhausto p o r la añoranza», escribió el poeta c h i n o del si- glo V I H L i Po. A l final, e l amante decepcionado s e r i n d e . S u amado se ha ido para siempre y está agotado. M u c h o s se h u n d e n en la de- sesperanza. Se tumban en la cama y lloran. Bajo los potentes efectos del ücor de la tristeza, algunos se sientan y m i r a n inexpresivamente al vacío. Apenas consiguen trabajar o dormir. Puede que a veces tengan la necesidad p u n t u a l de renovar la búsqueda de su a m o r perdido o un ramalazo de enfado pasajero. Generalmente, lo que sienten es u n a p r o f u n d a melancolía. N a d a consigue sacarles de su angustia, salvo el tiempo. La pérdida de u n a persona amada provoca generalmente u n a p r o f u n d a tristeza y depresión en el a n i m a l h u m a n o , lo que los psi- cólogos conocen c o m o la «respuesta de la desesperación»3 9 . En mi estudio sobre el amor, expuesto en el capítulo p r i m e r o , el 61 p o r ciento de los hombres y el 46 p o r ciento de las mujeres dijeron que pasaban p o r periodos de desesperación cuando pensaban que q u i - zá su ser amado no les correspondía (Apéndice, n f i 53). Y e n un es- tudio realizado con ciento catorce hombres y mujeres que habían sido rechazados p o r su pareja en las últimas ocho semanas, más del 40 p o r ciento estaba experimentando u n a «depresión c o n sintoma- tología clínica»; aproximadamente un 12 p o r ciento de ellos m a n i - festaban u n a depresión entre moderada y grave4 0 . También hay personas que llegan a m o r i r a causa de este sufrimiento amoroso. Su fallecimiento se debe a infartos o derrames cerebrales causados p o r su depresión4 1 . H o m b r e s y mujeres tienden a sobrellevar esta tristeza del a m o r de f o r m a diferente. L o s hombres suelen depender más de sus parejas románticas4 2 , probablemente porque ellos, p o r lo general, m a n t i e n e n menos la- zos con parientes y amigos. Quizá p o r ello, los hombres muestran 190
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    H E LE N FISHER u n a mayor tendencia a r e c u r r i r al alcohol, las drogas o la c o n d u c - ción i m p r u d e n t e y no a sus familiares o amigos c u a n d o p i e r d e n la esperanza de recuperar a la pareja que les ha r e c h a z a d o 4 3 . P o r otro lado, los hombres tienden menos a revelar su dolor, no de- j a n d o que su tristeza rebase los límites de su m e n t e 4 4 . Tanto es así que algunos puntúan bajo en la escala de la depresión debido a q u e enmascaran c o n gran eficacia su sufrimiento, incluso ante ellos m i s m o s 4 5 . A u n q u e m u c h o s consigan ocultar su tristeza, las entrevistas rea- lizadas a hombres rechazados y la observación de su rendimiento laboral, sus hábitos diarios y sus interacciones c o n los amigos, reve- lan que c o n frecuencia están enfermos psicológica y físicamente4 6 . L o s hombres también muestran su p e n a de la f o r m a más dramática posible: su probabilidad de cometer suicidio cuando la relación amorosa se desintegra es tres o cuatro veces superior a la de las m u - jeres4 7 . En palabras d e l poeta J o h n D r y d e n , «Morir es un placer, / cuando vivir es un d o l o r » 4 8 . Las mujeres a m e n u d o sufren de f o r m a diferente. En muchas culturas, la probabilidad de que las mujeres padezcan u n a depre- sión grave es el doble que la de los h o m b r e s 4 9 . P o r supuesto, se de- p r i m e n p o r muchas razones, pero u n a m u y común es el abandono p o r parte de su amante. Y e n los estudios sobre el rechazo amoroso, las mujeres manifiestan unos sentimientos de depresión más graves, especialmente la desesperanza5 0 . Las mujeres rechazadas l l o r a n , p i e r d e n peso, d u e r m e n dema- siado o nada, p i e r d e n el interés p o r el sexo, no se p u e d e n concen- trar, tienen problemas para recordar las cosas cotidianas, se retraen socialmente y consideran la p o s i b i l i d a d d e l suicidio. Encerradas en u n a m a z m o r r a de abatimiento, apenas logran hacerse cargo de las tareas básicas de la vida. A l g u n a s desahogan p o r escrito su pesar. Y muchas pasan horas al teléfono c o m p a r t i e n d o sus penas c o n un o í d o compasivo, volviendo a contarlo todo. A u n q u e esta charla produce cierto alivio a las mujeres, la rememoración de las ilusiones hechas añicos a m e n u d o resulta contraproducente. C u a n - do u n a m u j e r se instala en u n a relación ya m u e r t a , está a l i m e n - tando el fantasma y, c o n frecuencia, volviendo a infligirse el daño a sí m i s m a 5 1 . 191
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    P O RQUÉ AMAMOS Esta segunda fase del rechazo, la resignación c o m b i n a d a c o n la desesperación, está b i e n d o c u m e n t a d a en otras especies. L o s ca- chorros de los mamíferos sufren terriblemente cuando se les sepa- ra de sus madres. Recordemos el caso del perrito. C u a n d o le dejas solo en la cocina, al p r i n c i p i o protesta. Sin embargo, al final se va a un rincón y se queda hecho un ovillo de tristeza. L a s crías de c h i m - pancé se c h u p a n un dedo de la m a n o o del pie y con frecuencia se acurrucan en posición fetal y se a c u n a n 5 2 . El sentimiento de desesperación ha sido asociado c o n diversas redes del cerebro de los mamíferos (incluido el de los h u m a n o s ) 5 3 . U n a de ellas es el sistema de recompensa del cerebro y su combusti- ble, la d o p a m i n a . C u a n d o la pareja a b a n d o n a d a se va d a n d o cuen- ta gradualmente de que la recompensa no llegará a obtenerse n u n - ca, las células productoras de d o p a m i n a del mesencéfalo (que se vuelven tan activas durante la fase de protesta) d i s m i n u y e n ahora su actividad5 4 . Y l a disminución de los niveles de d o p a m i n a está aso- ciada c o n el letargo, el abatimiento y la depresión5 5 . El sistema del estrés también interviene. Recordemos que el estrés pasajero activa la producción de d o p a m i n a y n o r e p i n e f r i n a y suprime la serotoni¬ na. Pero a m e d i d a que el estrés del abandono se prolonga, los nive- les de todas estas poderosas sustancias caen p o r debajo de lo nor- m a l , causando u n a depresión p r o f u n d a 5 6 . Shakespeare definió el cerebro c o m o «el frágil lugar d o n d e habita el alma». También es el frágil lugar d o n d e habita el a m o r ro- mántico. ¿ L A D E P R E S I Ó N C O M O A D A P T A C I Ó N ? Al igual que la furia del abandono, la respuesta de la desespera- ción puede parecer contraproducente. ¿Qué sentido tiene sentir este dolor y esta aflicción cuando perdemos al ser amado? ¿No es mejor recuperar la energía que malgastarla llorando? En la actualidad m u c h o s científicos creen que existen buenas razones para la depresión, tan buenas que estos complejos circuitos cerebrales se desarrollaron c o m o mecanismo de defensa hace m i - llones de años5 7 . A l g u n o s sostienen que su finalidad o r i g i n a l era 192
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    H E LE N FISHER permitir a las crías abandonadas de los mamíferos conservar la ener- gía, evitando que deambularan perdidas hasta el regreso de su ma- dre y mantenerse tranquilas y, p o r tanto, a salvo de los depredado- res. La depresión permitió p o r tanto a los animales conservar su energía en momentos de estrés. La depresión también p u d o i m p u l - sar a nuestros antepasados humanos a abandonar empresas sin fu- turo y adoptar estrategias mas eficaces para alcanzar sus objetivos, especialmente objetivos reproductivos c o m o el de casarse5 8 . La desesperación es u n a experiencia tan debilitadora que tuvo que haberse desarrollado debido a numerosas y muyjustificadas ra- zones. U n a de las finalidades que a mí particularmente más me gus- tan es la que p r o p o n e n el antropólogo E d w a r d H a g e n , el biólogo P a u l Watson y el psiquiatra A n d y T h o m s o n . Estos científicos creen que el altísimo coste metabólico y social de la depresión es en reali- dad su beneficio: la depresión es u n a señal sincera y creíble ante los demás de que algo va terriblemente mal. De aquí que la depresión se desarrollara, dicen, para permitir que nuestros antepasados aque- jados p o r el estrés acusaran sus síntomas ante los demás y así poder encontrar apoyo social en momentos de intensa necesidad5 9 , espe- cialmente cuando se sentían incapaces de convencer p o r m e d i o de palabras o de la fuerza a sus amigos y familiares para que apoyaran su causa. Un ejemplo de ello p u d i e r a ser el de u n a j o v e n que viviera hace un millón de años y cuyo m a r i d o buscara y copulara abiertamente con otra mujer del asentamiento. Al principio, la joven esposa p r o - testaría amargamente, sufriría ataques de celos e intentaría c o n - vencer a su m a r i d o de que a b a n d o n a r a a la intrusa. Furiosa, recu- rriría también a su padre y a otros familiares para que apoyaran su petición. P e r o al verse incapaz de i n f l u i r en su m a r i d o o sus f a m i - liares c o n sus palabras o sus berrinches, pasaría a sentirse p r o f u n - damente d e p r i m i d a . Esta aflicción perturbaría la vida del campa- mento, además de i m p e d i r l e recoger hortalizas y c u i d a r de sus hijos y otros familiares. Así que, finalmente, su desolación haría reaccionar a sus parientes, de f o r m a que expulsaran al m a r i d o i n - fiel y la consolaran hasta que p u d i e r a recuperar su vitalidad, en- contrar a otro h o m b r e y aportar más alimentos, cuidados infanti- les y alegría al grupo. 193
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    POR QUÉ AMAMOS Esquilo,el dramaturgo griego que vivió en el siglo v antes de Cristo, observó otra ventaja en la depresión. C o m o p r o c l a m a b a en Agamenón, «Para a p r e n d e r hay que sufrir. E incluso en sueños, el dolor que no puede olvidar cae gota a gota sobre nuestro cora- zón, y en plena desesperación, contra nuestra voluntad, la sabidu- ría llega hasta nosotros p o r la poderosa gracia de dios». La depre- sión, en resumen, puede aportarnos lucidez. Y l o s científicos están a h o r a en condiciones de explicar el porqué. Las personas ligera- mente deprimidas hacen valoraciones mas claras de sí mismas y de los demás6 0 . En palabras del psicólogoJeffrey Zeig, «Sufren un fallo del mecanismo de la negación». Incluso la depresión grave y p r o l o n g a d a puede empujar a u n a persona a aceptar hechos des- graciados, tomar decisiones y resolver conflictos, lo que en última instancia contribuirá a su supervivencia y su capacidad de repro- ducirse»6 1 . Así que, al igual que la reacción de protesta, la desesperación del rechazo probablemente evolucionó p o r varias razones. E n t r e ellas, que los amantes deprimidos fueran capaces de reunir a su alrede- d o r a los amigos y parientes más cercanos, cariñosos, pacientes y compasivos, y utilizar su acrecentada agudeza mental para evaluar- se a sí mismos y la relación amorosa fracasada, fijarse nuevos objeti- vos, repasar sus tácticas de cortejo y volver a probar suerte, quizá i n - cluso c o n u n a pareja más adecuada. El dolor soportado p o r los hombres y mujeres rechazados probablemente les sirvió incluso para no volver a realizar elecciones tan poco acertadas en el futuro. A la hora de estudiar el valor evolutivo de la desesperación, de- bemos distinguir sin d u d a entre la p e n a del rechazo amoroso y la depresión que puede acompañar a un trastorno mental interno gra- ve y crónico, como la depresión bipolar. Lo que aquí nos preocupa es el p r o f u n d o dolor que hombres y mujeres n o r m a l m e n t e equili- brados sienten durante un determinado periodo de tiempo cuan- do sufren el rechazo del ser que adoran. Evidentemente, n o todo e l m u n d o sufre e n l a m i s m a medida. E l m o d o de reaccionar ante el rechazo depende de muchos factores, i n c l u i d a nuestra educación. Algunas personas desarrollan u n a es- tabilidad e m o c i o n a l cuando son niños y cuentan c o n la autoestima y el aguante necesarios para superar un revés amoroso c o n relativa 194
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    H E LE N FISHER rapidez. Otras crecen en hogares desprovistos de a m o r y habitados en cambio p o r las tensiones, el caos o el rechazo, lo que puede con- vertirles en personas m u y dependientes o indefensas en otros as- pectos6 2 . A m e d i d a que nos aventuramos en la vida, desarrollamos nuevos sentimientos de competencia o incompetencia, diferentes tipos de expectativas románticas y diferentes mecanismos de defen- sa que influyen en la m a n e r a en que nos enfrentamos a la pérdida del a m o r 6 3 . H a y q u i e n tiene más oportunidades de emparejarse y sustituye fácilmente a la pareja que le ha rechazado c o n distraccio- nes amorosas que mitigan sus sentimientos de protesta y desespera- ción. C a d a persona tiene, en suma, un cableado diferente; algunas, simplemente, se enfadan menos, se d e p r i m e n c o n menos facilidad, tienen más confianza en sí mismas y reaccionan c o n más tranquili- dad ante las desgracias de la vida en general y ante el rechazo amo- roso en particular. En todo caso, los seres humanos estamos dotados de unas cone- xiones muy complejas que hacen que suframos cuando la persona amada nos rechaza. En cualquier lugar del m u n d o , hombres y muje- res recuerdan los amargos detalles de su sufrimiento incluso muchos años después de haber superado la crisis6 4 . Existe u n a poderosa ra- zón evolutiva. Los que aman son quienes se aparean, se reproduceny transmiten sus genes a la posteridad, mientras que los que pierden en el amor, el sexo y la reproducción finalmente se extinguen. Todos estamos diseñados para sufrir cuando fracasa el amor. P o r desgracia, los sentimientos que acompañan al rechazo pue- d e n empujar a algunos hombres y mujeres a cometer acciones que llevan impreso el sello m o r t a l de Caín. C R Í M E N E S PASIONALES: L O S C E L O S «Debemos, entre lágrimas, / deshacer un amor tejido durante muchos años. / C o n este ultimo beso, en este momento te entrego, / te devuelvo a ti misma. Así quedas de nuevo libre»6 5 . El poeta H e n r y K i n g sabía dejar marchar a u n a amante cuando le abandonaba. H a y personas que son incapaces de hacerlo. Antes incluso de que su pareja abandone realmente la relación, existen hombres y 195
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    P O RQ U É AMAMOS mujeres que p u e d e n mostrarse extremadamente posesivos c o n el otro. Los celos son m o n e d a común en todo el m u n d o 6 6 . De hecho, como comentábamos en el capítulo segundo, este afán posesivo es tan común en toda la naturaleza que los científicos lo l l a m a n la «vi- gilancia de la pareja». C u a n d o u n a relación se ve amenazada p o r un pretendiente r i - val, ciertas personas celosas se p o n e n de m a l humor. Otras, m o n o - polizan el tiempo libre de su pareja, ocultan al ser amado no lleván- dole a n i n g u n a fiesta o incluso le regañan si le ven relacionándose en el transcurso de algún acto social. H a y q u i e n , a su vez, intenta poner celoso a su enamorado. M u c h o s tratan de parecer más i m - portantes, sexualmente más atractivos, más ricos o más listos que un potencial competidor, y mostrarse irresistibles. U n o s cubren a su ser amado de regalos y de afecto para acaparar toda su atención. Y o t r o s amenazan con matarse si su pareja les deja. Hombres y mujeres suelen ponerse celosos por las mismas cosas. C u a n d o ambos sexos ven que su pareja flirtea c o n otros, se vuelven fieramente posesivos. E n c o n t r a r a su pareja besando, acariciando o copulando con otro causa un grave trastorno a la mayoría de las personas6 7 . En diferentes momentos de la vida y en diferentes so- ciedades, hombres y mujeres son distintos en cuanto al motivo de sus celos6 8 . Pero entre los hombres y las mujeres jóvenes aparecen algunas diferencias constantes respecto a lo que provoca los senti- mientos de rechazo y a la f o r m a de manejar un corazón celoso. Los hombres se enfurecen ante la idea de u n a infidelidad sexual real o i m a g i n a r i a 6 9 . Esta tendencia masculina tiene un origen evolu- tivo. El hombre corre un riesgo considerable si le engañan: podría estar malgastando u n a cantidad ingente de tiempo y energía en cui- dar el A D N de otro hombre. Y l o s hombres muestran u n a mayor ten- dencia a desafiar a un rival, atacándole con palabras desagradables o puñetazos. En muchas sociedades los hombres tienen también u n a probabilidad mayor que las mujeres de divorciarse de u n a esposa a la que creen sexualmente infiel, lo que bien podría ser un reflejo de la tendencia masculina a h u i r de la infidelidad. Si los hombres temen que les sean infieles, las mujeres temen que las abandonen, e m o c i o n a l y financieramente7 0 . P o r eso, cuan- do la relación empieza a naufragar, toman medidas para superar 196
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    HEIJÍN FISHER los obstáculos.Ellas muestran u n a tendencia mayor que los h o m - bres a pasar p o r alto «una cana al aire» o u n a aventura pasajera c o n una rival. Pero si la mujer piensa que su compañero está estable- ciendo u n a relación emocional seria c o n otra mujer o derrochando un tiempo y un dinero valiosos c o n ella, puede ponerse extremada- mente celosa. Semejante conducta también tiene sentido desde el punto de vista darwiniano. Durante millones de años, las mujeres de nuestros ancestros necesitaron a sus parejas para ayudarles a criar a sus hijos. De ahí que las mujeres hayan desarrollado mecanismos cerebrales para hacerlas extremadamente posesivas cuando su pareja amena- za c o n privarla de recursos económicos o apoyo emocional, o c o n abandonar su relación p o r otra mujer. «El a m o r es c o m o u n a antorcha, y, si se protege de las ráfagas de viento, / arderá más débilmente pero durará más./ Si en cambio se expone a las tormentas de los celos y las dudas, / su llama alcanza mayor tamaño, pero se apaga antes». Así se expresaba el poeta Wi¬ lliam W a l s h 7 1 . A p r i m e r a vista, los celos parecen representar u n a sentencia de muerte para la relación amorosa. Pero los psicólogos creen que p u e d e n servir de estímulo a la pareja c o n el fin de tran- quilizar al compañero desconfiado c o n declaraciones de fidelidad y afecto. Efectivamente, estas palabras tranquilizadoras p u e d e n contribuir a la d u r a b i l i d a d de la relación7 2 . Sin embargo, los celos p u e d e n socavar u n a relación amorosa, y esta respuesta puede ser también adaptativa. Los hombres y las m u - jeres celosos a m e n u d o captan señales genuinas de que la relación está fallando. Y c a d a día que p e r m a n e c e n ligados a parejas no c o m - prometidas p i e r d e n la o p o r t u n i d a d de encontrar otras más ade- cuadas, además de arriesgarse a contraer enfermedades de trans- misión sexual. Así que los celos tienen ventajas reproductivas. P u e d e n fortale- cer la relación o destruirla. De cualquier manera, los celos son útiles. En consecuencia, este rasgo desagradable ha llegado a estar estre- chamente e n r e d a d o e n l a m a d e j a d e l a m o r romántico h u m a n o , f o r m a n d o parte de un conjunto de sentimientos poderosos que fueron necesarios para que nuestros antepasados d e l A f r i c a p r i m i - tiva salieran victoriosos d e l j u e g o del cortejo. 197
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    P O RQ U E AMAMOS No obstante, c u a n d o un amante nos deja definitivamente, los celos, el impulso de protesta, los sentimientos de depresión y todos los demás factores negativos que acompañan al a m o r perdido pue- den conducir a la violencia y a la tragedia. A C O S O , PALIZAS Y MUERTE L o s h o m b r e s acechan. Persiguen obsesivamente y a m e n u d o amenazan o acosan a la amante que les ha a b a n d o n a d o 7 3 . A l g u n o s no paran de enviarle mensajes infames o suplicantes; otros le roban objetos de valor o m u y personales, c o m o p o r ejemplo su ropa inte- rior, la siguen en su coche, o m e r o d e a n alrededor de su casa o su lugar de trabajo para insultarla o implorarle. En un estudio realiza- do con estudiantes universitarios estadounidenses, el 34 p o r ciento de las mujeres afirmaron haber sido seguidas o acosadas p o r un h o m b r e al que habían rechazado7 4 . Y u n a de cada doce mujeres es- tadounidenses reconoce haber sufrido el acecho de un h o m b r e en algún m o m e n t o de su vida, generalmente un amante o m a r i d o an- terior. Efectivamente, el departamento de Justicia de Estados U n i - dos i n f o r m a de que cada año más de un millón de mujeres de ese país sufren acoso (la mayoría de edades comprendidas entre los die- ciocho y los treinta y nueve años); el 59 por ciento de ellas son acosa- das por sus novios, maridos, ex-maridos o parejas con las que vivían7 5 . U n a de cada cuatro fue también golpeada, abofeteada, empujada o maltratada físicamente de algún m o d o p o r su perseguidor7 6 . De hecho, cinco investigadores independientes de tres continentes dis- tintos i n f o r m a n de que en un porcentaje de casos comprendido en- tre un 55 y un 89 por ciento, los perseguidores, hombres la mayoría de ellos, ejercen violencia contra sus anteriores parejas sexuales7 7 . Los hombres también d a n palizas. Un tercio de las mujeres esta- dounidenses que solicitan atención médica urgente, u n a de cada cuatro mujeres que intentan suicidarse y aproximadamente un 20 p o r ciento de las mujeres embarazadas que necesitan asistencia prenatal h a n sufrido palizas p o r parte de un compañero sentimen- t a l 7 8 . Y en un estudio realizado c o n treinta y u n a mujeres estadou- nidenses que habían sido víctimas de palizas, veintinueve dijeron 198
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    H E LE N FISHEH que los celos de su pareja eran un motivo frecuente del m a l t r a t o 7 9 . Estas estadísticas no son sorprendentes. La causa más habitual de las agresiones a mujeres en todas las partes del m u n d o es el senti- miento posesivo del varón8 0 . Y los hombres también matan. A p r o x i m a d a m e n t e un 32 p o r ciento de todas las mujeres víctimas de asesinato h a n muerto a m a - nos de sus maridos, ex-maridos, novios y ex-novios; no obstante, los expertos creen que las cifras reales deben alcanzar entre un 50 y un 70 p o r c i e n t o 8 1 . Más d e l 50 p o r ciento de estos asesinos h a n acosa- do p r i m e r o a sus a m a n t e s 8 2 . L o s h o m b r e s protagonizan u n a gran mayoría de los h o m i c i d i o s conyugales también en el resto de los países0 3 . La obra clásica más representativa del asesinato p o r celos es Ote- lo, de Shakespeare. Vaya lío. Otelo, un m o r o de tez oscura, había al- canzado el rango de general gracias a su valor, demostrado en las guerras venecianas c o n t r a los turcos. De vuelta en Venecia, se e n - cuentra c o n Desdémona, la bella hija de un senador. El m o r o y la doncella se e n a m o r a n casi i n m e d i a t a m e n t e y se casan en secreto. Pero Otelo ha utilizado a un intermediario, Casio, para que le ayu- de a cortejar a la b e l l a Desdémona. Y p a r a recompensar al j o v e n soldado, le asciende, convirtiéndole en su lugarteniente. Yago, u n o de los villanos más despreciables de toda la literatura occidental, c o d i c i a b a d i c h o rango. Su oculto o d i o p o r Casio y el m o r o le come p o r dentro y j u r a vengarse. Hábilmente, Yago co- mienza a verter ante Otelo falsas insinuaciones sobre la infidelidad sexual de Desdémona c o n Casio. El m o r o es un h o m b r e ingenuo, c o n un t e m p e r a m e n t o autoritario y presto a la acción. L o s celos pronto empiezan a reconcomerle y exclama enfurecido, «Mejor quisiera ser un sapo, / y vivir de la h u m e d a d de un calabozo, / que guardar para usos ajenos un ápice de aquello que me pertenece»8 4 . Al final, loco de celos, O t e l o ahoga a su amante y fiel esposa. Históricamente, muchas sociedades h a n fomentado esta ten- dencia masculina a mantener vigilada a la pareja, tratando de evi- tar tanto los cazadores furtivos c o m o el abandono. El derecho con- suetudinario inglés consideraba el asesinato de u n a mujer adúltera como algo comprensible e incluso justificado, si se producía en un momento de arrebato pasional8 5 . La tradición legal en E u r o p a , Asia, 199
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    P O RQUÉ AMAMOS África, Melanesia y entre los indios nativos de Norteamérica ha jus- tificado o disculpado a lo largo de la historia el asesinato cometi- do p o r un m a r i d o celoso8 6 . Y h a s t a la década de 1970, en varios es- tados de Estados U n i d o s se consideraba legal matar a u n a mujer adúltera8 7 . En la base de toda esta violencia o c u p a un lugar fundamental el afán masculino de protegerse de la infidelidad y aferrarse a la que puede ser la portadora de su A D N . No es de extrañar que las muje- res estadounidenses de cualquier g r u p o étnico y nivel económico tengan u n a probabilidad seis veces mayor que los hombres de con- vertirse en víctimas de crímenes pasionales a manos de sus parejas8 8 . VENGANZA FEMENINA Las mujeres son m u c h o menos dadas a lesionar o asesinar a sus compañeros c u a n d o están celosas de u n a rival o temen ser aban- donadas. T i e n d e n a reprocharse a sí mismas sus propios defectos, y suelen más b i e n a intentar atraer y seducir c o n la esperanza de recobrar el afecto de su pareja y reconstruir la relación8 9 . También se muestran más propicias a tratar de c o m p r e n d e r los problemas y hablar las cosas. P e r o c u a n d o todo esto falla, algunas mujeres también r e c u r r e n al acoso. U n o s trescientos setenta m i l h o m b r e s de Estados U n i d o s a f i r m a r o n en 1997 haber sufrido este acoso; la mayoría tenían edades c o m p r e n d i d a s entre los dieciocho y los treinta y nueve años, es decir, se trataba de hombres en e d a d re- p r o d u c t i v a 9 0 . A diferencia de los hombres, muchas mujeres acosadoras pade- cen otros problemas mentales. S i n embargo, al igual que los h o m - bres, envían mensajes de correo electrónico o cartas, telefonean sin cesar o persiguen obsesivamente y se presentan de repente ante el compañero que les ha abandonado. C o n o z c o a u n a mujer que so- lía d o r m i r j u n t o a la puerta de su ex enamorado. También las mujeres p u e d e n llegar a matar a los amantes que las rechazan. Pero pocas llegan a dar un paso tan drástico. En 1998, sólo el 4 p o r ciento de los hombres que f u e r o n víctimas de h o m i c i - dio m u r i e r o n a manos de su anterior o actual compañera9 1 . 200
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    H E LE N FISHER De todas las leyendas sobre delitos de agresiones protagoniza- dos por mujeres, la más impactante para mí es la de M e d e a , la p r i n - cesa de la antigua Cólquide. Según contaba el dramaturgo griego Eurípides en el siglo v antes de Cristo, M e d e a estaba «loca de a m o r por Jasón», un griego9 2 . Para ayudarle en su intento de recuperar el vellocino de oro, M e d e a traicionó a su padre, enfrentó a sus her- manas contra su h e r m a n o haciendo que le dieran muerte y aban- donó su tierra natal. Entonces M e d e a viajó c o n Jasón hasta C o r i n t o para establecerse allí j u n t o a él y sus dos hijos. Por desgracia, el am- bicioso Jasón la abandonó para casarse c o n la hija de Creonte, rey de C o r i n t o . C o m o dice de M e d e a la niñera de sus hijos, «Yace ella sin probar bocado, a b a n d o n a n d o su cuerpo a los dolores, consu- miéndose en lágrimas todo el tiempo»9 3 *. Finalmente, la a t o r m e n - tada M e d e a envía a la nueva esposa de Jasón un regalo de boda, un vestido emponzoñado que se enciende en llamas provocando la muerte a la princesa corintia y a su padre, el rey. Pero M e d e a toda- vía no ha terminado c o n Jasón, pues también mata a sus dos hijos. En realidad, M e d e a estaba asesinando a los genes vivos de Jasón y destruyendo su futuro reproductivo. Al igual que el amor, el odio es ciego; para algunos, n i n g u n a for- ma de violencia es demasiado extrema. Y esta violencia es genera- da, al menos en parte, p o r la química del cerebro. Recordemos que cuando los amantes sufren p o r p r i m e r a vez el rechazo, al p r i n c i p i o protestan, u n a reacción que va acompañada de unos niveles eleva- dos de d o p a m i n a y norepinefrina. Estos altos niveles de estimulan- tes naturales probablemente facilitan al acosador, al maltratador o al asesino u n a atención concentrada y u n a energía desmedida. Por otra parte, el aumento de los niveles de d o p a m i n a a m e n u d o r e d u - ce los niveles de serotonina en el cerebro. Y los bajos niveles de se¬ rotonina están asociados c o n u n a violencia impulsiva hacia otras personas9 4 . P o r supuesto, los acosadores y los asesinos son responsables de sus crímenes pasionales. No en vano hemos desarrollado unos me- canismos cerebrales m u y sofisticados para controlar nuestros i m - * Eurípides, Alcestis, Medea, Hipólito, Alianza, Madrid, 1999. (N. de la T.) 201
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    P O RQUÉ AMAMOS pulsos violentos. S i n embargo, llevamos dentro de nosotros un «re- flejo fatal», c o m o llamaba el psicólogo W i l l i a m James a la ferocidad h u m a n a . Yalgunos hombres y mujeres, p o r desgracia, no lo contro- lan y asesinan a la persona amada. Otros se suicidan. EL SUICIDIO POR AMOR Los seres h u m a n o s son las únicas criaturas de la tierra que co- meten un elevado número de suicidios. Es difícil obtener información exacta de por qué gente que goza de b u e n a salud se suicida; carecemos de u n a estadísticas sólidas. La pérdida de d i n e r o , poder, estatus o respeto, o el h e c h o de darse cuenta de que n u n c a alcanzaremos un objetivo largamente preten- dido, pueden llevar a u n a persona a quitarse la vida. Pero la mayoría de hombres y mujeres no tienen m u c h o dinero, poder, prestigio, ni tampoco pueden alcanzar las metas que se proponen. S i n embargo, sí se enamoran perdidamente. Y e l a m o r romántico, como sabemos, está asociado con altos niveles de d o p a m i n a y probablemente de no- repinefrina, unas sustancias cerebrales que con frecuencia reducen los niveles de serotonina. No creo que sea u n a coincidencia que los niveles bajos de serotonina estén asociados c o n el suicidio9 5 . En resumen, cuando u n a relación amorosa se malogra, el cere- bro h u m a n o está preparado químicamente para la depresión, y u n a posible aniquilación. Sospecho que m u c h o s de los hombres y m u - jeres de todo el m u n d o que se suicidan lo hacen p o r haber perdido un amor. D u r a n t e siglos, los japoneses incluso h a n ensalzado este acto, considerando el «suicidio p o r amor», como ellos lo l l a m a n , u n a declaración honrosa de afecto9 6 . El intento de suicidio p o r a m o r puede haber tenido incluso un origen adaptativo en épocas ancestrales9 7 . M u c h o s suicidas, espe- cialmente las mujeres, en realidad no consiguen acabar c o n su vida. Y los psiquiatras creen en la actualidad que estos casos son estrate- gias extremas que utilizan las mujeres rechazadas para m a n i p u l a r a un amante c o n el fin de que se reanude la relación. P o r desgracia, muchas no calculan bien sus tácticas y se matan p o r error. El suici- 2 0 2
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    H E LE N FISHER dio es incuestionablemente u n a inadaptación. S i n embargo, está presente en todas partes, especialmente entre los hombres. Para estas desdichadas personas, el i m p u l s o p r i m o r d i a l d e l a m o r se i m - pone sobre su voluntad de vivir. «Qué c r u e l , dices. Pero, ¿no te lo advertí? ¿Quieres que enume- re para ti los caminos d e l amor? El temor, los celos, la venganza, el dolor. T o d o ello f o r m a parte d e l inocente j u e g o del amor». Estas palabras nos llegan de siglos atrás, de la leyenda celta de Tristán e Isolda. ¿ C ó m o se puede sofocar esta pasión p o r un compañero que nos ha abandonado? ¿ C ó m o podemos i n d u c i r sentimientos ro- mánticos en alguien a q u i e n encontramos atractivo, e incluso z a m - bullirnos nosotros mismos en este éxtasis romántico? Y tal vez más importante, ¿cómo mantener la euforia del amor en u n a relación a largo plazo? C r e o que podemos controlar esta pasión. Pero tenemos que en- gañar al cerebro. 20:i
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    8 CONTROLAR LA PASIÓN Cómoconseguir que el amor dure ¿Qué dices tú? ¡Dejemos hoy de lado Todo el pudor del alma, Mientras se da la tierra, desnuda, a la alta gloria! ¿Cómo podemos decidir nosotros Amar o no amar, oh mi paloma? R O B E R T B R O W N I N G «Dos en la Campagna»* ^ Ou carácter pareció cambiar c u a n d o cambió su suerte. Olvidó sus penas, su estado d e p r i m i d o y asumió toda la sencillez y la vivaci- d a d de u n a mente joven... Se volvió j u g u e t o n a , l l e n a de confianza, a m a b i l i d a d y compasión. L o s ojos mostraban un nuevo brillo y las mejillas un color y u n a suavidad también nuevas. Su voz se hizo ale- gre; su carácter rebosaba u n a b o n d a d universal; y u n a cautivadora sonrisa llena de ternura iluminaba día tras día su semblante». M a r y Wollstonecraft, la bella y elegante escritora de cabello caoba, f u n - dadora del movimiento feminista británico a finales del siglo xvin, se había e n a m o r a d o 1 . «El clima del amor es tan agradable», escribió W i l l i a m Cavendish2 . En efecto, cuando estamos enamorados, resplandecemos. También sentimos la angustia de la agonía y de la espera. La mayoría de no- sotros estamos anhelantes; deseamos ver, tocar, reír, amar y ser ama- dos a cambio. A l i m e n t a d o s p o r u n a de las sustancias químicas más estimulantes de la naturaleza, activamos nuestra energía, concentra- mos nuestra atención y vamos en busca d e l p r e m i o . El a m o r ro- mántico e s u n ímpetu, u n deseo, u n a necesidad, u n i m p u l s o p r i m i - genio d e l apareamiento que a veces puede ser más poderoso que el hambre. * Robert Browning, Poemas escogidos, Endymión, Madrid, 1989. {N. de laT.) 2 0 5
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    l*OR QUÉ AMAMOS ADICTOSAL AMOR De hecho, la poesía y la literatura m u n d i a l se refieren a la pasión amorosa c o m o u n a f o r m a de h a m b r e . En el Cantar de los Cantares, el antiguo p o e m a hebreo, la esposa exclama: «Muero de h a m b r e por su amor»3 . En la fábula c h i n a «La diosa d e j a d e » , C h a n g Po le dice a su a m a d a M e i l a n : «Tengo ansia de verte»4 . En la leyenda ára- be, M a j n u n gritaba: «Mi amada, envíame un saludo, un mensaje, u n a palabra. Tengo hambre de u n a señal, un gesto tuyo»5 . Y R i c h a r d D e Fournival, en su libro Bestiario de amor, escrito en el siglo XIII, de- cía de esta magia: «El amor es un fuego inextinguible, un h a m b r e insaciable». D e b i d o a que el a m o r romántico provoca tal euforia, a que es u n a pasión tan extraordinariamente difícil de controlar y a que pro- duce ansia, obsesión, compulsión, distorsión de la realidad, d e p e n - dencia emocional y física, cambio de personalidad y pérdida del au- tocontrol, muchos psicólogos consideran el a m o r romántico c o m o u n a adicción, u n a adicción positiva c u a n d o es correspondido y u n a fijación tremendamente negativa c u a n d o es rechazado y no pode- mos deshacernos de él6 . Nuestro e x p e r i m e n t o de I M R f c o n personas enamoradas re- fuerza esta hipótesis: el a m o r romántico es u n a d r o g a adictiva. Directa o indirectamente, casi todas las drogas afectan a un mis- mo r e c o r r i d o cerebral, el sistema de recompensa mesolímbico, ac- tivado p o r la d o p a m i n a 7 . El amor romántico estimula partes de este recorrido c o n la m i s m a sustancia. De hecho, c u a n d o los neurólo- gos A n d r e a s Bartels y S e m i r Z e k i c o m p a r a r o n los escáneres cere- brales de sus sujetos enamorados c o n los de hombres y mujeres que habían c o n s u m i d o cocaína u opiáceos, c o m p r o b a r o n que se activa- ban muchas de las mismas regiones cerebrales, i n c l u i d a la corteza insular, la corteza a n g u l a d a anterior, el caudado y el p u t a m e n 8 . P o r otra parte, el amante que está bajo este influjo muestra los tres síntomas clásicos de la adicción: tolerancia, abstinencia y r e i n - cidencia. Al p r i n c i p i o , el amante se c o n f o r m a c o n ver a su ser ama- do de vez en cuando. Pero a m e d i d a que la adicción aumenta, nece- 2 0 6
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    H E LE N FISHER sita cada vez más dosis de «droga». C o n el tiempo se e n c u e n t r a d i - ciendo «tengo ansia de ti», «nunca me canso de ti» e incluso «no puedo vivir sin ti». C u a n d o el amante no puede hablar c o n la perso- na amada, aunque sólo sea durante unas horas, anhela volver a ha- cerlo. C a d a llamada telefónica que no es de su amado supone un motivo de desilusión. Y si la persona amada r o m p e la relación, el amante muestra to- dos los síntomas característicos de la abstinencia de las drogas, i n - cluyendo la depresión, accesos de llanto, ansiedad, insomnio, pér- dida de apetito (o atracones de comida), irritabilidad y aislamiento crónico. Al igual que todos los adictos, el amante está dispuesto a pasar p o r todo tipo de experiencias n a d a saludables, humillantes e incluso físicamente peligrosas para conseguir su narcótico. Los amantes también reinciden, c o m o los drogadictos. M u c h o después de haber t e r m i n a d o la relación, hechos tan simples c o m o escuchar u n a determinada canción o volver a visitar alguno de los lugares que solían frecuentar juntos, p u e d e n provocar el ansia del amante y desencadenar de nuevo la necesidad de llamarle o escribir- le compulsivamente para conseguir otro «colocón»: un m o m e n t o romántico con el ser amado. Racine tenía razón cuando calificó al amante de «esclavo de la pasión». ¿Cómo podemos e m p r e n d e r el c a m i n o de vuelta a la c o r d u r a y la liberación cuando nuestro a m o r ha sido rechazado? ¿Cómo ha- cer saltar la chispa de un nuevo r o m a n c e en otra persona o en no- sotros mismos? ¿Y c ó m o hacer que esta pasión dure? ENFERMOS DE AMOR: LA RECUPERACIÓN «Nada puede controlar el curso del cariño, / o detener la furia desatada de su celeridad». Shakespeare pensaba que la pasión ro- mántica era incontrolable. Yo creo que podemos d o m i n a r esta pa- sión: tan sólo requiere determinación y tiempo. También puede ser de utilidad conocer un poco el f u n c i o n a m i e n t o del cerebro y de la naturaleza h u m a n a . Para empezar, debemos e l i m i n a r cualquier rastro de la sustancia adictiva: el ser amado. T i r a r las tarjetas y las cartas o guardarlas en 207
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    P O RQUÉ AMAMOS un caja y ponerla fuera de nuestro alcance; no llamarle ni escribirle en ningún caso, y alejarnos inmediatamente si nos lo encontramos en la oficina o p o r la calle. ¿Por qué? P o r q u e c o m o decía Charles Dickens, «El amor... prosperará durante un tiempo considerable a u n q u e su a l i m e n t o sea m u y ligero y escaso». Incluso el contacto más breve c o n «él» o «ella» puede encender los circuitos cerebrales de la pasión romántica. Si deseamos recuperarnos, debemos hacer desaparecer cualquier señal d e l ladrón que nos r o b ó el corazón. Meditar. Inventar unos cuantos mantras y repetirlos en silencio. Preferiblemente, algo positivo sobre u n o m i s m o o nuestro futuro, aunque no sea cierto todavía. A l g o parecido a «Me encanta ser yo m i s m o c o n u n a l m a gemela que m e comprende». Escojamos algo que aumente nuestra autoestima y proyecte nuestra mente lejos de la relación fallida y la dirija hacia otra que tendrá éxito. Y c u a n d o no logremos dejar de pensar en la persona amada, pensemos en sus rasgos negativos. Escribamos sus defectos y llevemos la lista en el bolso o en el bolsillo. También p o d e m o s intentar fantasear. Imagi- némonos paseando d e l brazo c o n alguien que nos adore y a q u i e n nosotros queramos m u c h o , con la pareja perfecta. Inventémonos- lo. Y hagámoslo bien. Hay alguien que está instalado en .nuestra m e n - te; tenemos que expulsar de ella al m u y sinvergüenza. Los fulbé d e l norte de Camerún hacen eso exactamente. El a m a n - te doliente contrata a un chamán p a r a que celebre unos rituales c o n el fin de sacarse de la mente a la persona que le ha rechazado9 . Los antiguos aztecas utilizaban en cambio un hechizo. Parte de u n o se ha conservado: «Acércate, T l a z o p i l l i Centeotí, calmarás el cora- zón amarillo, la verde furia, la furia amarilla saldrá de ti. Yo la haré salir. La perseguiré, yo, el Espíritu hecho C a r n e , yo, el H e c h i c e r o , cambiaré este corazón c o n esta bebida, m e d i c i n a d e l espíritu»1 0 . Es m u y importante mantenerse o c u p a d o 1 1 . Resulta difícil hacer planes c u a n d o se está demasiado d e p r i m i d o p a r a levantarse de la cama, pero hay que hacer el esfuerzo. C o m o dice la B i b l i a , «Leván- tate y anda». Hagámoslo. Debemos distraernos, llamar a los a m i - gos, visitar a los vecinos, ir a algún sitio a rezar, j u g a r a las cartas u otros pasatiempos, m e m o r i z a r poemas o hechos históricos, apren- der a dibujar o a tocar la guitarra, escuchar música, bailar, cantar, hacer crucigramas, c o m p r a r un p e r r o , un gato o un pájaro, tomar- 2 0 8
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    H E I.EN FISHER nos las vacaciones que siempre hemos soñado, escribir nuestros pla- nes para el futuro, utilizar técnicas de respiración profunda u otros métodos de relajación; en definitiva, hacer cualquier cosa para con- centrar nuestra atención, especialmente cosas que se nos d e n bien. ¿Por qué? Porque la desesperación del a m o r no correspondido está casi siempre asociada c o n u n a caída en picado de los niveles de dopamina, y c u a n d o concentramos nuestra atención y hacemos co- sas nuevas, elevamos los niveles de esta sustancia que nos hace sen- tirnos bien, estimulando nuestra energía y nuestra esperanza. El ejercicio es especialmente recomendable para los amantes re- chazados. C a d a vez que nos d e r r u m b a m o s sobre u n a silla, nos sen- tamos al lado del teléfono o nos quedamos m i r a n d o p o r la ventana, estamos dando ocasión al amante que nos ha dejado para que avive las ascuas en nuestro corazón dolorido. El ejercicio puede sofocar este fuego. C u a l q u i e r clase de esfuerzo físico elevará nuestro áni- m o 1 2 . Es sabido que correr, montar en bicicleta y otras formas de ac- tividad física intensa elevan los niveles de d o p a m i n a en el núcleo accumbens d e l cerebro, g e n e r a n d o sentimientos de e u f o r i a 1 3 . El ejercicio también eleva los niveles de serotonina y de algunas en¬ dorfinas, sustancias todas ellas tranquilizantes. Además, a u m e n t a el B D N F (brain-derived neurotropic factor, o factor neurotrópico deri- vado del cerebro) en el h i p o c a m p o , el centro de la m e m o r i a que protege y fabrica nuevas células nerviosas. En efecto, algunos psi- quiatras creen que este ejercicio (sea aeróbico o anaeróbico) pue- de ser tan eficaz para el tratamiento de la depresión c o m o la psico- terapia o los fármacos antidepresivos1 4 . La luz del sol es otro tónico para los amantes d e p r i m i d o s 1 5 . Esti- m u l a la glándula p i n e a l del cerebro, que regula los ritmos corpora- les para que a m e n u d o eleven el estado de ánimo. Así que es conve- niente elegir u n a actividad diaria que p u e d a practicarse bajo la luz del sol, preferiblemente al aire libre. A riesgo de parecer B e n j a m i n F r a n k l i n en su Almanaque del Buen' Ricardo*, añadiré estas reflexiones dirigidas al amante d e p r i m i d o : * Almanaque de saberes prácticos y sencillos publicado por Benjamin Franklin en 1732 bajo el pseudónimo de Richard Saunders, que gozó de gran popularidad e in- fluencia en su época. (N.de laT.) 2 0 9
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    P O RQUÉ AMAMOS evitar los dulces o las sustancias que p u e d a n estresar nuestro cuer- po o nuestra mente; fijarnos en las cosas buenas que tenemos, dado que el optimismo es curativo; caminar, ejecutar esa ancestral zanca- da h u m a n a (como se comentó en el capítulo sexto), tan elegante y fácil de realizar para nuestros músculos y probablemente para nuestro cerebro; y sonreír, p o n e r b u e n a cara aunque estemos llo- r a n d o por dentro. L o s nervios de estos músculos faciales activan los circuitos nerviosos del cerebro que nos pueden proporcionar sen- timientos de p l a c e r 1 6 . El solo hecho de imaginar que somos felices puede estimular la actividad cerebral del placer. «Consoladme con pasteles de uvas, / reanimadme c o n manza- nas, / porque de a m o r languidezco», se lamentaba la esposa en el Cantar de los Cantares. Sospecho que los amantes desolados ya bus- caban las distracciones y la luz del sol, inventaban máximas que les confortaran, tomaban remedios medicinales, hacían ejercicio y sonreían para aliviar el m a l de amores hace un millón de años. EL SISTEMA DE LOS «DOCE PASOS»: LOS ADICTOS AL AMOR U n a m a n e r a de conocer gente nueva, aprender nuevos meca- nismos de defensa y a d q u i r i r u n a perspectiva renovada de la vida y del a m o r es apuntarse a un p r o g r a m a de «doce pasos». Este innova¬ dor movimiento se inició en la década de 1930, cuando dos esta- dounidenses, «Bill W.» y «Dr. Bob», se pusieron de acuerdo para vencer su adicción al alcohol hablando el u n o c o n el otro en cual- quier m o m e n t o del día o de la noche en el que sintieran la necesi- dad de beber. A partir de este intercambio, crearon los principios y los rituales de Alcohólicos Anónimos. H o y en día, esta acertada fór- m u l a para superar la adicción se ha extendido a cientos de grupos similares, desde los Jugadores Anónimos a los C o m e d o r e s C o m p u l - sivos Anónimos, pasando p o r los Adictos Anónimos al Sexo y al A m o r . Todos estos grupos siguen el m i s m o protocolo de «los doce pasos para vivir», un ingenioso conjunto de consignas, principios y prácticas que h a n ayudado a adictos de todo el m u n d o a recuperarse. El p r i n c i p i o de que «Cada día tiene su afán» es básico. P a r a los miembros de Alcohólicos Anónimos, es poco realista, p o r no decir 2 1 0
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    HEI.F.N FISHER imposible, plantearsela abstinencia del alcohol para el resto de la vida, pero sí se puede resistir al d e m o n i o h o r a tras hora. «Sólo p o r hoy, no beberé», se dicen. En este m i s m o sentido, el adicto al cho- colate decide que hoy no tocará u n a tableta. L o s jugadores deciden que hoy no apostarán. Y el amante rechazado puede decidir que hoy no intentará contactar c o n la persona amada. «Si no quieres resbalar, no pises suelos resbaladizos» es otro eslo- gan de los doce pasos. Si lo aplicamos al adicto al amor, significa que nos mantengamos alejados de los restaurantes donde cenába- mos c o n la persona amada. Q u e vayamos a otros sitios a c o m p r a r o a hacer ejercicio. Q u e no pongamos las canciones que solíamos escu- char juntos. Q u e evitemos las «personas, lugares y cosas» que des- pierten en nosotros el deseo de estar c o n el amante díscolo. O t r a máxima es: «El p r i m e r trago es el que te emborracha». E x - plicado brevemente, quiere decir que los adictos saben que si to- m a n el p r i m e r m a r t i n i o el p r i m e r d o n u t de chocolate, seguramen- te tomarán un segundo y un tercero. D e l m i s m o m o d o , no se debe realizar la p r i m e r a llamada telefónica, escribir el p r i m e r mensaje de correo electrónico ni pasar p o r delante de su casa esa p r i m e r a vez. Un solo contacto con el amante que nos ha rechazado c o n d u - cirá inevitablemente a más contactos y, p o r tanto, a un mayor sufri- miento. Quizá el eslogan más enigmático sea el de «Piensa en el des- pués». Para los m i e m b r o s de Alcohólicos Anónimos, esto significa que c u a n d o asistimos c o m o invitados a la elegante celebración de u n a b o d a y vemos a un montón de gente b i e n vestida bebiendo sus copas de champán, pasemos mentalmente de este m o m e n t o encantador a su posible final: u n a cogorza cuyos devastadores efectos p u e d e n d u r a r meses. A s i m i s m o , el amante rechazado tien- de a envolver en r o m a n t i c i s m o sus días felices. Así que, coge el te- léfono y se pone en contacto c o n esa persona amada que ya no le quiere, t e n i e n d o en mente esos recuerdos maravillosos. Pasemos de pensar en esos m o m e n t o s felices a pensar en a q u e l h o r r i b l e f i n de semana en el que nuestro «amor verdadero» no nos llamó. «Con u n a r e d pretendo atrapar el viento», escribió el poeta ita- liano Petrarca1 7 . Petrarca sabía lo imposible que resulta recuperar al amante ausente. Es mejor dejar la droga y reconstruir nuestra 211
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    P O RQ U É AMAMOS vida. Y r e c o r d e m o s que nuestro ex amante no nos ayudará. Se sien- te moralmente inocente y, sin embargo, culpable p o r habernos he- rido1 8 . No sabe c ó m o aliviar nuestra pena ni afrontar sus propios sentimientos hacia esta relación fracasada1 9 . P o r tanto, aunque pue- dan mostrarse cordiales si les llamamos, casi todos se sentirán per- plejos, incómodos e incluso enfadados por el hecho de que nos h a - yamos inmiscuido en su nueva vida. TOMAR ANTI DEPRESIVOS «Te echo de mi casa / deseo i n q u i l i n o / que no pagas alquiler / Te echo de mi casa / tienes mis mejores habitaciones / el cerebro y el corazón / Márchate/ Te echo de mi casa / A p a g a las luces / A r r o j a agua sobre el fuego / Te echo de mi casa / Terco d e s e o » 2 0 . A l a i n Chartier, un poeta francés del siglo X V , sabía que los senti- mientos del a m o r romántico p u e d e n alojarse obstinadamente en nuestra mente. Y c u a n d o todo se t o r n a a m a r g u r a , debemos echar- los de allí. La m e d i c i n a m o d e r n a puede sernos de ayuda. Existen distintos tipos de depresión. La mujer que sufre la de- presión posparto no e x p e r i m e n t a exactamente lo m i s m o que el h o m b r e al que acaban de despedir del trabajo. El a m o r rechazado puede provocar a su vez otro tipo de depresión, c o n u n a i m p r o n t a específica en nuestro cerebro. P o r otra parte, las personas que es- tán pasando por la «fase de protesta» inicial del a m o r rechazado pa- decen síntomas distintos a los que ya h a n perdido completamente la esperanza. S i n embargo, todas las formas de depresión «clínica» parecen manifestarse a través de cuatro síntomas básicos. L o s trastornos cognitivos incluyen la falta de concentración en las tareas habitua- les; la incapacidad p a r a recordar hechos u obligaciones cotidianas; el pensamiento obsesivo en nuestros problemas y tristezas, y otras anomalías del pensamiento. El estado de ánimo se altera; los h o m - bres y las mujeres d e p r i m i d o s se enfrentan a la desesperación, la ansiedad, el miedo, la irritación y otros estados de ánimo que les i n - capacitan. A p a r e c e n problemas de tipo fisiológico; las personas de- 2 1 2
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    H E LE N FISHER primicias tienen dificultades para comer, d o r m i r o practicar el sexo. Y m u c h a s de ellas contemplan la posibilidad del suicidio. L o s hombres y mujeres rechazados a m e n u d o presentan todos estos síntomas de la depresión grave. Al ser incapaces de superar- los, muchos r e c u r r e n a los antidepresivos para aliviar su angustia. Los más populares son las pildoras que de u n a f o r m a u otra au- mentan los niveles de serotonina en el cerebro: los inhibidores se- lectivos de la recaptación de serotonina, o ISRS. En la actualidad, la industria de los fármacos destinados a mejorar la serotonina re- cauda unos ingresos de doce m i l millones de dólares sólo en Esta- dos U n i d o s . U n o s 7,1 millones de estadounidenses t o m a n algún tipo de estimulador de la serotonina para combatir la depresión, el estrés, el sentimiento de pérdida o la desesperación del a m o r trágico2 1 . C u a n d o la medicación surte efecto, el sufrimiento físico y psí- quico producido p o r esta absoluta tristeza comienza a disiparse. Se empieza a pasar menos tiempo m i r a n d o a la pared en lo que los psi- quiatras d e n o m i n a n un «estado vegetativo». Se empieza a poder d o r m i r p o r la noche, a desayunar, comer y cenar, y a llevar el traba- jo de f o r m a más adecuada y eficaz. F i n a l m e n t e , la reflexión ince- sante disminuye. El impulso de contactar c o n la persona amada ya no es tan fuerte. Y los sentimientos de furia, desesperación y nos- talgia i r r u m p e n cada vez menos en nuestro pensamiento. Estos fár- macos mejoran incluso los daños físicos ocurridos. Estimulan el crecimiento de las células nerviosas del hipocampo, el núcleo de la m e m o r i a cerebral, combatiendo de esta m a n e r a el daño que c o n frecuencia produce el estrés p r o l o n g a d o 2 2 . Pero estos fármacos estimuladores de la serotonina a m e n u d o tienen efectos secundarios. Algunas personas ganan peso. A l r e d e d o r de un 70 p o r ciento de los pacientes que t o m a n esta medicación padece u n a disminución de la libido, u n a demora en la excitación se- xual y / o u n a incapacidad para alcanzar la erección, la eyaculación o el orgasmo2 3 . Y, frecuentemente, estos medicamentos p u e d e n i n - ducir a la apatía, o lo que los psiquiatras d e n o m i n a n «embotamien- to afectivo». Por supuesto, merece la p e n a sobrellevar todos estos efectos se- cundarios si el paciente tiene deseos de suicidarse o de matar a otra 2 1 3
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    P O RQUÉ AMAMOS persona. Sin embargo, sería conveniente volver a evaluar periódi- camente su estado y considerar la posibilidad de complementar la medicación antidepresiva c o n otra que eleve los niveles de dopami- na, e incluso cambiar a un estimulador de la d o p a m i n a . Existen va- rios en el mercado. Todas estas sustancias que elevan la d o p a m i n a no son tan predecibles a la h o r a de mejorar la depresión c o n ten- dencias suicidas, pero sientan b i e n a numerosos pacientes2 4 . Ya dife- rencia de los fármacos estimuladores de la serotonina, no producen un aumento de peso ni disminuyen el deseo sexual. De hecho, m u - chos pacientes manifiestan habitualmente que su capacidad sexual a u m e n t a 2 5 . Y, lo que es más importante para nuestra historia, cuando los amantes rechazados toman un antidepresivo que eleva los niveles de d o p a m i n a en el cerebro, están reponiendo la sustancia cuya ca- rencia m u y probablemente produce su síndrome de abstinencia. El estradiol (un estrógeno) tiene efectos antidepresivos, al igual que la testosterona y la h o r m o n a de la tiroides2 6 . La sustancia P pa- rece actuar como un antidepresivo. Sospecho que un antagonista de los opiáceos podría aliviar en cierta medida la ansiedad del a m o r romántico. P o r otra parte, los fármacos que bloquean la h o r m o n a que libera la corticotrofina ( C R H ) , es decir, la h o r m o n a cerebral que se libera en los momentos de estrés, p u e d e n salir pronto al merca- do para aliviar la tristeza crónica. Estos medicamentos y otros nue- vos prometen aliviar la melancolía. Por supuesto, no hay n i n g u n a medicación antidepresiva que ali- vie a todos los pacientes. Los usuarios deben colaborar c o n sus médi- cos para encontrar lo más adecuado para su caso. P o r otro lado, n i n g u n o de estos fármacos e l i m i n a p o r completo la angustia del amor perdido. Ytodos ellos tienen efectos secundarios de u n o u otro tipo. Pero, aunque ninguno pueda considerarse la panacea para to- dos los casos, estos productos químicos constituyen u n a alternativa mucho mejor que la de perseguir a nuestro ex amante en el coche, llorar desconsoladamente a oscuras o sentarse estupefacto delante del televisor i n u n d a d o p o r la pena y la furia. Y c u a l q u i e r cosa es me- j o r que el suicidio. 214
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    H E LE N FISHER LA TERAPIA DE HABÍ AR «La costumbre es capaz de borrar la impresión m i s m a de la na- turaleza», escribió Shakespeare en Hamkt. Qué gran verdad. H a - blar de nuestros problemas con un terapeuta y modificar de este modo nuestra f o r m a de pensar y de actuar, puede cambiar nuestra actividad cerebral. L o s estudios demuestran que la psicoterapia pue- de p r o d u c i r en gran m e d i d a los mismos cambios que p r o d u c e n los medicamentos antidepresivos en el funcionamiento c e r e b r a l 2 7 . En efecto, algunas veces la «terapia de hablar» puede ser igual de efi- caz para aliviar la depresión grave2 8 . En un estudio m u y revelador, los científicos c o m p a r a r o n veinti- cuatro adultos que sufrían la apatía, melancolía y desesperanza de u n a depresión grave y que no estaban siendo tratados, c o n dieciséis adultos sin problemas psiquiátricos. En p r i m e r lugar, se escaneó el cerebro de cada u n o de ellos utilizando u n a máquina de IMRf. L o s hombres y mujeres deprimidos mostraban un aumento a n o r m a l de la actividad en algunas partes de la corteza prefrontal, el cauda- do y el tálamo (una estación repetidora del cerebro); los sujetos del grupo de control, no. Después se administró paroxetina, un anti- depresivo que eleva los niveles de serotonina, a diez de los afecta- dos por la depresión. El resto de los pacientes c o n depresión acu- dió a doce sesiones de psicoterapia. A continuación se volvieron a escanear los cerebros de todos los pacientes c o n depresión. Tanto u n a como otra f o r m a de tratamiento habían conseguido reducir la actividad en aquellas regiones cerebrales que mostraban u n a acti- vación a n o r m a l 2 9 . Es interesante constatar que aquellos que se sometieron a psico- terapia obtuvieron además u n a ventaja adicional. Estos hombres y mujeres registraron u n a actividad nueva en áreas de la ínsula que pueden i n h i b i r los sentimientos de depresión3 0 . En lugar de comparar los méritos de la «terapia de hablar» c o n el uso de fármacos antidepresivos, hoy en día m u c h o s psiquiatras piensan que la combinación de ambos tratamientos es más eficaz que cualquiera de ellos p o r sí solos. 215
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    P O RQ U É AMAMOS E L TIEMPO CURA «Todo fluye; n a d a permanece», escribió Heráclito, el filósofo griego. Si eliminamos los estímulos que alimentaban nuestro ar- dor, nos armamos de u n a batería de consignas, adquirimos nuevos hábitos diarios, conocemos a personas nuevas, adoptamos nue- vos intereses y, quizás, encontramos la medicación antidepresiva y / o el terapeuta o el asesoramiento adecuados, nuestra adicción al que habían sido nuestro amante terminará amainando. Acabamos curándonos. Aveces lleva unas cuantas semanas. N o r m a l m e n t e , me- ses. A m e n u d o se requieren más de dos años de separación. Pero u n a gloriosa mañana nos claremos cuenta de que llevamos u n a se- m a n a sin sufrir el tormento de pensar en nuestra ex pareja. El ene- migo ya no está instalado en nuestra m e n t e 3 1 . Evidentemente, las personas n u n c a olvidamos un a m o r verda- dero. A pesar de la devoción que sentía p o r su esposa M a r t h a , Ge¬ orge Washington mantuvo durante toda su vida u n a pasión p o r la mujer de otro h o m b r e , Sally Fairfax. L o s historiadores creen que el p r i m e r presidente de los Estados U n i d o s n u n c a besó a Sally ni h u b o de ser rechazado p o r ella. F u e r o n amigos. P e r o Washington la adoraba. Le seguía escribiendo veinticinco años después de su último encuentro, contándole que n i n g u n o de los grandes t r i u n - fos de su carrera, «ni siquiera todos ellos j u n t o s , h a n conseguido erradicar de mi mente aquellos felices momentos, los más felices de mi vida, en los que disfruté de tu compañía»3 2 . En este mismo sentido, Su T u n g - P o , un poeta c h i n o del siglo x i , escribió: «Un año tras otro / recuerdo esa noche de l u n a / que pa- samosjuntos / entre colinas de pequeños pinos»3 3 . «Sólo llegamos a conocer bien aquello de lo que se nos priva», escribió el autor francés Francois Mauriac. N a d i e consigue olvidar. Sin embargo, incluso los más brutalmente afectados empiezan a dejar atrás sus sentimientos de angustia, a m a r g u r a y desilusión. P o d e m o s acelerar nuestra recuperación; pero requiere determina- ción, a veces medicación y / o terapia, y lo que Shakespeare llamó «el paso inaudible y callado del tiempo»3 4 . No obstante, de todas las posibles curas para el a m o r fallido, sin d u d a la más eficaz es encontrar un nuevo amante que ocupe nuestro 2 1 6
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    H E LE N FISHER corazón. «Un nuevo a m o r hace salir al viejo». N a d a ha cambiado desde que Andreas Capellanus escribiera estas palabras. La ciencia m o d e r n a lo corrobora. C u a n d o nos volvemos a enamorar elevamos los niveles de d o p a m i n a y otras sustancias cerebrales que nos hacen sentir bien. ¿PODEMOS INVOCAR AL AMOR? Querida Helen, acabo de cumplir setenta añosy me he enamorado de un hombre maravilloso que me admira muchísimo, pero que con- fiesa no amarme. Lo pasamos estupendamente cuando tenemos tiem- po de estar juntos (él todavía trabaja). Mi pregunta es si tú crees que es posible que alguien se enamore de ti después de salir juntos un año. El piensa de mí que soy maravillosa y muchas cosas buenas más, pero sufrió tanto cuando se rompió su matrimonio anterior que dice que no sabe si podrá enamorarse de nuevo. Mi opinión es que no queda otro remedio. Me encantaría saber lo que piensas, porque tengo el co- razón destrozado y no sé qué hacer. J. C. Recibí este correo electrónico de u n a mujer de Canadá. Le res- pondí d i c i e n d o que podía conseguir el a m o r de ese h o m b r e , c o n un poco de esfuerzo. ¿Cómo despertar u n a irresistible pasión romántica en otra per- sona? Haciendo cosas nuevas juntos. Los experimentos de laboratorio h a n confirmado que las expe- riencias emocionantes p u e d e n mejorar los sentimientos de atrac- ción. Un estudio clásico sobre este tema es el realizado p o r los psicó- logos D o n a l d D u t t o n y A r t A r o n , conocido c o m o «el experimento del puente peligroso»3 5 . En el norte de Vancouver hay dos puentes peatonales que c r u - zan el cañón de C a p i l a n o ; u n o es un puente colgante de estructura ligera, que tiene unos noventa centímetros de ancho y se mece y se tambalea a unos setecientos metros de altura, sobre las escarpadas rocas y los rápidos de un río. Mas a r r i b a se encuentra un puente só- lido, ancho, de baja altura. D u t t o n y A r o n p i d i e r o n a docenas de 217
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    P O RQ U Í AMAMOS hombres que cruzaran un puente o el otro. En el centro de cada u n o de estos puentes se sitúo u n a atractiva j o v e n ( m i e m b r o d e l e q u i - po de investigación) que iba p i d i e n d o a cada u n o de los hombres que pasaban p o r allí que rellenara un cuestionario. C u a n d o el i n d i - viduo había contestado a las preguntas, ella le decía, c o m o de pasa- da, que si tenía alguna d u d a acerca del estudio, la llamara a su casa. A todos les daba su número de teléfono. N i n g u n o sabía que la m u - j e r formaba parte del experimento. Nueve de los treinta y dos hombres que cruzaron el puente es- trecho que se bamboleaba a gran altura, se sintieron lo bastante atraí- dos para llamar a la mujer a su casa. Sólo dos de los que se la encon- traron en el puente seguro se pusieron en contacto c o n ella. Esta atracción espontánea está probablemente relacionada con u n a característica física del peligro: el peligro activa la producción de adrenalina, un estimulante fisiológico estrechamente relaciona- do c o n la d o p a m i n a y la norepinefrina. C o m o suponía la psicóloga Elaine Hatfield, «la adrenalina intensifica los sentimientos del cora- z ó n » 3 6 . Yo añadiría que a la mayoría de nosotros el peligro nos resul- ta novedoso. Y, c o m o ya he mencionado, la novedad eleva los niveles de dopamina, la sustancia química asociada al amor romántico. Los hombres que pasaron p o r el puente alto y peligroso p u d i e r o n expe- rimentar u n a concentración elevada de este estimulante. Varios estudios demuestran que las parejas que realizan juntas actividades emocionantes sienten u n a mayor satisfacción en su re- lación3 7 . Pero otro e x p e r i m e n t o realizado p o r A r t A r o n y otra co- lega suya, C h r i s t i n a N o r m a n , demostró que las actividades emo- cionantes de h e c h o estimulan también el a m o r romántico. Este experimento consistía en pedir a veintiocho parejas que salían j u n - tas o estaban casadas, que rellenaran varios cuestionarios, realiza- r a n juntas u n a actividad y luego rellenaran más cuestionarios. U n a de las actividades propuestas era emocionante; la otra, aburrida. El experimento llevaba aproximadamente u n a h o r a c o n cada pareja. Es interesante observar que las respuestas i n d i c a r o n que las parejas que realizaron la actividad emocionante (a diferencia de las que h i - cieron la tarea aburrida) experimentaron un aumento de los senti- mientos satisfactorios sobre su relación y unos sentimientos más i n - tensos de a m o r romántico3 8 . 2 1 8
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    H t LL N FLSHL'K Quizá la amiga de Canadá que me envió el mensaje y otras muje- res y hombres enamorados que quieren despertar el a m o r román- tico en u n a pareja, deberían invitar a su «indeciso» amante a viajar a alguna ciudad extranjera o caminar p o r un sendero de montaña peligroso para despertar su pasión romántica. H a c e poco vi a un hombre y u n a mujer que hacían «puenting» juntos tirarse desde el saliente de u n a grúa situada a sesenta metros de altura. C u a n d o lle- garon al suelo, se estrecharon en un fuerte abrazo. No lo recomien- do. Pero, por ejemplo, podemos probar un nuevo restaurante en otra parte de la ciudad, comprar entradas en el último m i n u t o para asistir al teatro o a algún evento deportivo, salir c o r r i e n d o para ver un desfile o nadar después del anochecer. C u a l q u i e r cosa que re- sulte emocionante y poco habitual, y que p u e d a despertar el a m o r romántico. Incluso las discusiones pueden resultar emocionantes y poten- cialmente románticas. No es que esté a favor de que riñamos c o n nuestros amados del alma. Pero algunas parejas dicen que las discu- siones avivan la relación. Inanna, reina de la antigua Sumeria, se ena- moró de D u m u z i durante u n a riña. C o m o se dice en un p o e m a de la m i s m a época, «del inicio de la pelea / nació el deseo de los aman- tes3 9 ». C o n las riñas se airean los motivos de queja y a m e n u d o se solventan; después, los amantes deben emplear cierta creatividad para volver a anudar el lazo. Lo que es más importante, el enojo acelera la mente y el cuerpo, desencadenando la emisión de adre- nalina y otros estimulantes asociados con la pasión romántica. «El a m o r es un lienzo que la naturaleza p r o p o r c i o n a y la imagi- nación decora», escribió Voltaire. A d o r n e m o s la vida con novedades y aventuras. Quizá así consigamos a nuestro amor. I N T I M I D A D S E X U A L El sexo también puede despertar el ardor romántico. El sexo nos sienta b i e n si estamos c o n alguien a q u i e n quere- mos, el m o m e n t o es adecuado y nos gusta esta f o r m a de ejercicio y expresión. Las caricias y los masajes desencadenan la producción de la oxitocina y las endorfinas, unas sustancias cerebrales que pue- 2 1 9
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    P O RQ U É AMAMOS den tener efectos relajantes y p r o d u c i r sentimientos de apego4 0 . El sexo mejora el tono de nuestra piel, músculos y otros tejidos corpo- rales. Ofrece la posibilidad de crear cosas nuevas y p r o d u c e excita- ción. Y c o n el orgasmo, el cerebro libera oxitocina en las mujeresy vasopresina en los hombres, unas sustancias químicas asociadas a los sentimientos de apego. P e r o el sexo no sólo es bueno para la re- lajación, el tono muscular y para dar y obtener placer; a m e n u d o está asociado c o n altos niveles de testosterona. Y la testosterona puede estimular la producción de d o p a m i n a , el elixir que alimenta el romance. Curiosamente, incluso el fluido seminal puede potencialmente contribuir a la pasión romántica. El psicólogo G o r d o n G a l l u p y sus colaboradores informan de que esta secreción que transporta los es- permatozoides contiene d o p a m i n a y norepinefrina, además de tiro- sina, un aminoácido que necesita el cerebro para fabricar la dopami- n a 4 1 . La eyaculación también contiene testosterona, que puede aumentar el impulso sexual, varios estrógenos, que contribuyen a la excitación sexual y al orgasmo femenino, y oxitocina y vasopresina, que intensifican los sentimientos de unión c o n la pareja. E incluso deposita en el canal vaginal la h o r m o n a estimuladora del folículo y la h o r m o n a luteinizante, sustancias ambas que regulan el ciclo mens- trual femenino. No todas estas sustancias pueden pasar directamen- te del flujo sanguíneo al tejido cerebral; algunas no logran atravesar la barrera entre la sangre y el cerebro. Sin embargo, todas pueden contribuir de u n a forma u otra a los sentimientos románticos. G a l l u p y sus alumnos Rebeca B u r c h y Steven Platek h a n deter- m i n a d o que el fluido seminal también alivia los síntomas de depre- sión en las mujeres4 2 . Esto podría deberse a varias razones. El flui- do seminal contiene beta-endorfinas, sustancias que p u e d e n llegar directamente al cerebro y calmar la mente y el cuerpo. Pero, como hemos observado, el fluido seminal masculino también contiene los ingredientes esenciales para cada u n o de los tres impulsos bási- cos del emparejamiento que hemos comentado en este libro: el de- seo, el a m o r romántico y el apego entre h o m b r e y mujer. No es de extrañar que las mujeres se sientan menos deprimidas cuando ha- cen el a m o r y reciben este fluido; p u e d e n incluso hacerse más re- ceptivas al romance. 2 2 0
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    H E I. E N FLSHER «La exuberancia es belleza», escribió W i l l i a m Blake. A m b o s se- xos se sienten atraídos p o r las personas felices. Esto puede deberse a que, de f o r m a natural, imitamos a los que nos rodean. C u a n d o el otro sonríe, nosotros inconscientemente también sonreímos, aun- que sea fugazmente. Y l a sonrisa pone en movimiento determinados músculos de la cara, que envían al cerebro unas señales nerviosas es- timuladoras de las redes cerebrales del p l a c e r 4 3 . Así que, mientras planeamos actividades novedosas, aventureras o sexualmente emo- cionantes c o n alguien con q u i e n nos gustaría tener u n a relación romántica, pongamos buena cara. De este m o d o tal vez despertemos sentimientos de placer en nuestro amante y encendamos esa p r i - m e r a l l a m a del amor. REEVALUAR LA MEDICACIÓN ANTI DEPRESIVA Antes de empezar de verdad el cortejo, deberíamos reevaluar la eficacia de cualquier mediación antidepresiva que podamos estar tomando, especialmente si estamos experimentando efectos secun- darios de carácter sexual o insensibilidad emocional. D i g o esto p o r u n a razón importante: c o m o sabemos, las redes cerebrales del deseo, el amor romántico y el apego interactúan de f o r m a compleja. Así, mi colega A n d y T h o m s o n y yo creemos que el hecho de elevar la actividad de la serotonina artificialmente pue- de p o n e r en peligro nuestra capacidad de enamorarnos. C o m o ya sabemos, el a m o r romántico está asociado a niveles elevados de d o p a m i n a y posiblemente de n o r e p i n e f r i n a . Estos n e u r o t r a n s m i - sores m a n t i e n e n generalmente u n a relación negativa c o n la sero- tonina. Así que, c u a n d o elevamos artificialmente los niveles de se- r o t o n i n a c o n pastillas, estamos i n h i b i e n d o potencialmente la producción, distribución y / o expresión de la d o p a m i n a y la nore- p i n e f r i n a , y p o n i e n d o p o r tanto en peligro nuestra capacidad de e n a m o r a r n o s 4 4 . A n d y señala que los niveles de serotonina elevados artificialmen- te p u e d e n c o m p r o m e t e r nuestra capacidad de evaluar a los preten- dientes, elegir a las parejas adecuadas y también la de establecer y mantener relaciones estables4 5 . 221
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    P O RQ U É AMAMOS Por ejemplo, la mayor parte de estos fármacos produce u n a i n - sensibilidad ante las emociones. C u a n d o estamos terriblemente deprimidos por un romance fracasado, buscamos este efecto. Pero cuando continuamos utilizando antidepresivos m u c h o después de que la relación amorosa haya terminado, éstos pueden bloquear nuestra capacidad para responder cuando aparece u n a nueva pa- reja perfecta. Estamos demasiado apagados emocionalmente para que capte nuestra atención. La p r i m e r a evidencia directa de esta «insensibilidad ante el cor- tejo» acaba de descubrirse. La psicóloga M a r y a n n e Fisher pidió a mujeres que tomaban ISRS y a otras que no tomaban n i n g u n a me- dicación que puntuaran el atractivo de unos rostros masculinos que se les mostraban en fotografía. C o m o era de esperar, las mujeres que estaban tomando estimuladores de la serotonina encontraron estas caras masculinas menos atractivas que el otro grupo de muje- res; las mujeres c o n medicación también miraban y valoraban las fotografías durante menos t i e m p o 4 6 . Los estimuladores de la serotonina también reducen el impulso sexual e i n h i b e n la respuesta al mismo (incluida la eyaculación) en muchos de sus consumidores4 7 . A consecuencia de ello, las perso- nas que toman estas pastillas rehuyen c o n frecuencia posibles rela- ciones románticas, ya que tienen miedo de no dar la talla en la cama. De ahí que r e n u n c i e n a las caricias, los besos y los encuentros se- xuales que p u e d e n desencadenar e l a m o r romántico. C o n ello pierden el torrente de oxitocina y vasopresina que puede generar sentimientos de apego. Y los hombres que no consiguen eyacular dejan de depositar las sustancias químicas de su fluido seminal que podrían influir en el ánimo de su pareja. Estos fármacos que elevan la serotonina tienen todavía más efec- tos negativos ocultos. El orgasmo femenino se desarrolló, en efecto, para c u m p l i r varios propósitos. P e r o los científicos vienen p e n - sando desde hace m u c h o tiempo que el motivo de su existencia consistía en distinguir al h o m b r e adecuado d e l h o m b r e equivoca- do. Esta «voluble» respuesta orgásmica ayudaba a nuestras ante- pasadas a reconocer a los amantes que estaban dispuestos a entre- garles un t i e m p o y u n a energía m u y valiosos p a r a complacerlas. Y sigue siendo así. P o r eso, las mujeres que t o m a n fármacos esti- 2 2 2
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    H E LE N FISHER mulantes de la serotonina p o n e n en peligro su capacidad de eva- luar el c o m p r o m i s o e m o c i o n a l de u n a pareja. Y l o que quizás sea peor, muchas personas q u e t o m a n esta medicación e m i t e n unas señales defectuosas de i n e p t i t u d y falta de interés sexual q u e p u e - d e n repeler a la posible pareja. También es probable que lleguen a la conclusión errónea de que ellas, p o r sí mismas, no son c o m - patibles c o n su pareja. P e r o lo que pasa, simplemente, es que es- tán medicadas. Las personas que toman antidepresivos basados en estimulantes de la serotonina pueden p o n e r en peligro su capacidad de evaluar a la pareja, desencadenar el romance e iniciar relaciones, alteran- do de este m o d o su vida amorosa y el futuro de sus genes. INTIMIDAD MASCULINA; INTIMIDAD FEMENINA «Observé en donde caía el dardo de C u p i d o : / cayó sobre u n a florecilla de Occidente, / antes blanca ahora púrpura p o r la h e r i d a / del amor. Las muchachas la l l a m a n 'suspiro'. / Tráeme esa flor: u n a vez te la enseñé. / Si se aplica sujugo sobre párpados dormidos, / el h o m b r e o la mujer se e n a m o r a n locamente / del p r i m e r ser vivo al que encuentran»*. Oberón, el Rey de las Hadas en El sueño de una noche de verano de Shakespeare, habla de u n a flor m u y pode- rosa que hace nacer el amor. ¿Cuántos millones de hombres y mujeres h a n anhelado a lo lar- go de la evolución h u m a n a encontrar u n a flor así? Lamentable- mente no existe. Incluso los medicamentos (o las drogas c o m o la cocaína o las anfetaminas) que elevan los niveles de d o p a m i n a en el cerebro podrán lograr que alguien se enamore de nosotros si d i - c h a persona no quiere o está buscando u n a pareja c o m p l e t a m e n - te distinta. Pero si un potencial pretendiente expresa interés p o r nosotros, existen otras formas de estimular su acercamiento y su corazón utilizando lo que se conoce como las diferencias de género de nuestro cerebro. * William Shakespeare, El sueño de una noche de verano, Espasa-Calpe, Madrid, 2000. {N.de laT.) 2 2 3
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    P O Ro u t AMAMOS La i n t i m i d a d es m u y popular hoy en día. M u c h a s personas, no sólo en Estados U n i d o s , sino también en sociedades tan dispares como México, India y C h i n a , consideran que este sentimiento de cercanía y de comunión es fundamental para el a m o r romántico4 8 . Pero los hombres y las mujeres a m e n u d o definen y expresan esta cercanía de f o r m a diferente. A m b o s sexos piensan que compartir secretos personales y activi- dades felices resulta íntimo4 9 . Pero, c o n frecuencia, las mujeres consideran que la intimidad consiste en hablar sinceramente, m i e n - tras que los hombres tienden a sentir cercanía e m o c i o n a l cuando trabajan, juegan o hablan al lado de otra p e r s o n a 5 0 . Efectivamente, los hombres a m e n u d o se sienten ligeramente amenazados o de- safiados cuando m i r a n directamente a los ojos de otro. P o r eso se sientan al lado del compañero, evitando mirarle directamente a los ojos5 1 . Esta respuesta se deriva probablemente de sus ancestros. D u - rante muchos milenios los hombres se enfrentaron cara a cara a sus enemigos, y en cambio se sentaban o caminaban al lado de sus a m i - gos cuando iban de caza. Las mujeres inteligentes captan esta diferencia de género. P a r a fomentar la intimidad con su compañero, hacen cosas a su lado, como pasear p o r los bosques o los centros comerciales, conducir, sentarse en el cine o acurrucarse j u n t o a él para ver la tele. La mayoría de los hombres obtiene u n a sensación de i n t i m i d a d practicando o viendo practicar deportes. Tantos millones de años persiguiendo, acorralando y abatiendo animales h a n hecho que los hombres tengan, en general, u n a mejor capacidad espacial que las mujeres, u n a f o r m a de inteligencia asociada a la h o r m o n a mas- culina de la testosterona5 2 . P o r tanto, cuando u n a mujer va c o n un hombre a esquiar, a escalar montañas, a jugar al ajedrez o a presen- ciar un partido de tenis o de fútbol, él puede sentirse especialmente atraído por e l l a 5 3 . Las mujeres obtienen u n a gran sensación de i n t i m i d a d hablan- do cara a c a r a 5 4 . Se sientan más cerca que los hombres y m i r a n d i - rectamente a los ojos del otro c o n lo que la lingüista D e b o r a h T a n n e n d e n o m i n a «la m i r a d a de anclaje»5 5 . Esta preferencia pro- bablemente se remonta a antaño, cuando nuestras antepasadas sos- tenían a los niños frente a sí, enseñando, tranquilizando y entrete- 224
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    H E LE N FISHER niéndoles c o n sus palabras. Así que, si un h o m b r e es listo y se en- cuentra sentado en un banco d e l parque c o n u n a mujer que está girando los pies, las rodillas, la cadera, el pecho, los hombros, el cuello y la cara para mirarle de frente, deberá girarse p o r completo y m i r a r l a directamente cuando hable. Si le m i r a directamente a la cara pero evita sus ojos, ella creerá que trata de esquivarla. Si res- ponde a su m i r a d a de anclaje, el h o m b r e le estará transmitiendo el valiosísimo regalo femenino de la i n t i m i d a d . De este m o d o tam- bién podrá despertar el deseo romántico. E L L E N G U A J E D E L C O R T E J O Si a los hombres les gustan los eventos deportivos y otras activida- des que p o n e n de relieve sus aptitudes espaciales, a las mujeres les gustan las palabras. Las niñas hablan antes que los niños, c o n un m a - yor d o m i n i o gramatical y empleando un mayor número de palabras en cada u n a de sus observaciones. En las sociedades de todo el m u n - do las mujeres están, p o r lo general, más dotadas lingüísticamente que los hombres, probablemente porque las palabras h a n sido las herramientas de las mujeres para educar a sus hijos durante al me- nos un millón de años5 6 . De hecho, la capacidad verbal de las muje- res está relacionada incluso c o n la h o r m o n a femenina, el estrógeno. Así que los hombres inteligentes utilizan las palabras para el cor- tejo, ya sea p o r teléfono, durante u n a cita o en la cama. U n a amiga mía me contaba recientemente que se enamoró locamente de su actual marido c u a n d o él comenzó a enviarle sus (espantosas) poe- sías. Los hombres no necesitan talento lingüístico; sólo ser valien- tes y usar las palabras. En general, las mujeres y los hombres alcanzan la i n t i m i d a d ha- blando de temas distintos. A muchos hombres les gusta hablar de deportes, política, asuntos internacionales o negocios. Estos m u n - dos se articulan en torno a ganar o perder, fuertes y débiles, estatus y jerarquía, palabras que los hombres conocen b i e n porque siem- pre h a n tenido que competir p o r el estatus para conseguir sus pare- jas5 7 . Las mujeres en cambio se sienten más atraídas p o r el lado sen- timental, la charla íntima acerca de temas personales, propios o de 2 2 5
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    P O RQUÉ AMAMOS otras personas5 8 , probablemente porque se h a n desarrollado en un entorno ancestral cuyas conexiones sociales eran cruciales para su supervivencia. L o s hombres y las mujeres van pareciéndose más c u a n d o alcan- zan la e d a d m a d u r a 5 9 , lo que probablemente se debe en parte a que d i s m i n u y e n los niveles de estrógeno en la m u j e r y los de tes- tosterona en el h o m b r e 6 0 . Pero, c o n i n d e p e n d e n c i a de la edad, los pretendientes más observadores se esfuerzan diligentemente por mantener conversaciones c o n las que seducir a su amante, en la esperanza de fomentar u n a cercanía que podría encender el a m o r romántico. EL SEXO COMO INTIMIDAD También el sexo puede conducir a la i n t i m i d a d y desencadenar potencialmente el éxtasis del romance. L o s hombres muestran u n a probabilidad cuatro veces mayor que las mujeres de equiparar la ac- tividad sexual c o n la cercanía e m o c i o n a l 6 1 . Esta perspectiva masculi- na responde a u n a cierta lógica darwiniana. El coito es el billete de un h o m b r e hacia la posteridad; si su pareja se queda embarazada, ésta enviará su A D N al futuro. P o r eso, aunque a m e n u d o los h o m - bres no tienen un interés consciente en tener hijos, su recompensa evolutiva parece haber e n g e n d r a d o en la psique m a s c u l i n a u n a tendencia inconsciente a considerar el intercambio sexual como la esencia de la i n t i m i d a d , el afecto y el compañerismo. Las mujeres confiesan sentir mayor i n t i m i d a d c o n su pareja cuando conversan juntos justo antes de hacer el a m o r 6 2 . Probable- mente obtengan un sentimiento de i n t i m i d a d de la charla precoi- tal, p o r q u e c o n ella su amante demuestra que p u e d e escuchar, ser paciente y comprensivo, y contener su deseo sexual, todos ellos atributos que nuestras antepasadas necesitaban encontrar en su pareja. Se m i r e como se m i r e , el sexo es sumamente memorable y satis- factorio cuando las cosas van bien. Y a q u e l l o s que manejan c o n ha- b i l i d a d los aspectos sexuales de u n a relación cuentan c o n u n a baza importante para estimular el a m o r romántico. 2 2 6
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    H E LE N FISHER GANAR TIEMPO Todos sabemos que las mujeres se sienten atraídas p o r hombres con recursos, que c o m p a r t e n generosamente su d i n e r o , tiempo, contactos y estatus c o n su pareja. P o r eso, cosas c o m o las flores, los bombones y las entradas para el teatro p u e d e n efectivamente con- seguir que caigan rendidas de amor. Recordemos que los hombres se sienten bastante atraídos p o r las mujeres que ellos creen que ne- cesitan que las salven6 3 . P o r esta razón, y a m e n u d o inconsciente- mente, las mujeres dicen y hacen cosas para mostrar su vulnerabili- dad, lo que yo d e n o m i n o la estrategia «del ala rota». En efecto, este desvalimiento a m e n u d o desencadena la galantería y el a m o r en los hombres. La vulnerabilidad es lo último que a los hombres les gusta mos- t r a r 6 4 . ¿Por qué mostrar tus debilidades cuando puedes hacer osten- tación de tus puntos fuertes y tus logros? Eso es lo q u e h a c e n los hombres: presumir. Ylas mujeres les escuchan. A u n q u e muchas ve- ces estas descaradas muestras de engreimiento les h o r r o r i c e n , tam- bién les i m p r e s i o n a n . Así que, c o m o o c u r r e c o n las exhibiciones de desvalimiento femeninas, la fanfarronería masculina también puede c o n t r i b u i r a encender el fuego en el corazón de las mujeres. Oscar W i l d e escribió u n a vez: «La incertidumbre es la esencia del amor». Es u n a observación m u y inteligente. Durante el cortejo caminamos p o r un sendero m u y estrecho. Si nos mostramos dema- siado ansiosos, el pretendiente indeciso puede salir huyendo. P r o - bablemente la biología tenga algo que ver c o n esta conducta. La p r o n t a adquisición de la recompensa reduce la duración y la inten- sidad de la actividad de la d o p a m i n a en el cerebro, mientras que la d e m o r a en su consecución la e s t i m u l a 6 5 . A consecuencia de ello, las personas «difíciles de conseguir» tienden a resultar más intere- santes para el pretendiente. H a c e muchos años, Andreas Capella- nus ya era consciente de esto, y recordaba a los trovadores de la Francia del siglo XII que «el a m o r que se obtiene fácilmente es de poco valor; la dificultad en conseguirlo lo convierte en un bien pre- cioso»6 6 . P o r tanto, los que q u i e r e n despertar el a m o r en un posi- 2 2 7
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    P O RQUÉ AMAMOS ble amante, deberían dar lugar, c o n astucia, a cierto misterio, obs- táculos e incertidumbre en la relación. Sé que todo esto parece un juego. P e r o es que el a m o r lo es; es el único juego de la naturaleza. Casi todas las criaturas de este planeta lo practican, c o n la intención inconsciente de transmitir su A D N hacia el futuro. L o s puntos se cuentan p o r el número de hijos. CÓMO CONSEGUIR ENAMORARSE ¿Qué hubiera o c u r r i d o si el Oberón de Shakespeare h u b i e r a ro- ciado el j u g o de aquella «florecilla de Occidente» sobre sus p r o - pios ojos? La mayoría de nosotros hemos c o n o c i d o a alguien a quien poder admirar y c o n q u i e n pasarlo b i e n . U n a persona ama- ble, generosa, sincera, feliz, ambiciosa, c o n sentido del h u m o r , tra- bajadora, atractiva, interesante y apasionada, conforme a nuestros gustos. Y sin embargo no hemos podido conjurar en nosotros ese mágico sentimiento hacia d i c h a persona. ¿Podemos enamorarnos voluntariamente? B u e n o , lo que es indudable es que lo podemos intentar. E n c o n - trar cosas que realmente nos guste hacer c o n nuestro admirador. Hacerlas novedosas y emocionantes. Rechazar las distracciones —especialmente a otros amantes— y abrirnos de verdad a su f o r m a de pensar, de sentir y de hacer el amor. C o n ello es posible que con- sigamos estimularnos los circuitos cerebrales del a m o r romántico. El psicólogo R o b e r t E p s t e i n está i n t e n t a n d o hacer eso justa- mente. Epstein, director editorial de Psichobgy Today y autor de once libros y docenas de artículos especializados, ha publicado re- cientemente un artículo editorial en d i c h a revista solicitando u n a mujer que quisiera salir c o n él c o n la exclusiva intención de ena- morarse locamente. Esperaba que el proceso durara entre seis me- ses y un año, y acabara en m a t r i m o n i o 5 7 . Establecía varias condicio- nes. Entre ellas, que ambos se aconsejarían mutuamente de forma habitual; que leerían numerosas novelas y libros de no ficción que versaran sobre el amor; que mantendrían un diario y realizarían u n a serie de ejercicios (como la respiración sincronizada); y que ambos se esforzarían activamente en conocerse a fondo el u n o al otro. 2 2 8
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    H E LE N FISHER Epstein cree que podemos aprender a enamorarnos. M u c h o s de los que aceptan contraer m a t r i m o n i o s de conveniencia o solicitan novias p o r correo también parecen creer en que podemos desen- cadenar voluntariamente en nosotros esta magia. Yo también lo creo. Si escogemos a u n a persona dispuesta a enamorarse que se adecué a nuestro m a p a del amor, le abrimos nuestro corazón y hacemos cosas nuevas juntos, podemos activar la r e d cerebral de la pasión romántica. El j u g o de la «florecilla de Occidente» de C u p i d o consiste en la creatividad y la determinación. POR QUÉ LA PASIÓN DISMINUYE CON EL TIEMPO «Habita dentro de la l l a m a del a m o r / u n a m e c h a que la destru- ye al fin», decía Shakespeare. El a m o r romántico a m e n u d o dismi- nuye c o n el tiempo. Al p r i n c i p i o , durante el cortejo, pasamos semanas o meses escri- biéndonos largos mensajes de correo electrónico, m a n t e n i e n d o conversaciones íntimas, compartiendo aventuras c o m o ir a restau- rantes, conciertos, fiestas y eventos deportivos, o d i s f r u t a n d o de agradables momentos en la cama. No paramos de intentar i m p r e - sionar y seducir a nuestro amado. A veces estamos tan entusiasma- dos que ni podemos dormir. Luego, cuando los meses se convierten en años, este éxtasis romántico empieza a m a d u r a r en u n a relación más profunda: el cariño duradero. El fervor romántico también se mantiene en algunas relaciones largas6 8 . Yesta pasión puede conti- nuar siendo intensa durante los periodos de vacaciones u otros m o - mentos de novedad y aventura. P e r o el éxtasis salvaje, la energía i n - contenible y el pensamiento obsesivo generalmente disminuyen, d a n d o paso a sentimientos de seguridad y bienestar. No sabemos exactamente de qué m a n e r a calma el cerebro esta tormenta p r i m e r a de la pasión romántica. Puede o c u r r i r u n a de es- tas tres cosas: las regiones cerebrales que p r o d u c e n y transportan la d o p a m i n a (y probablemente la norepinefrina) empiezan a distri- buir u n a cantidad m e n o r de su estimulante. O que los puntos recep- tores de estas sustancias que se encuentran en los terminales ner- 2 2 9
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    P O RQ U É AMAMOS viosos vayan insensibilizándose g r a d u a l m e n t e 6 9 . O que otras sus- tancias cerebrales c o m i e n c e n a enmascarar o contrarrestar la quí- mica de la pasión. Pero, sea cual sea la causa biológica, el cuerpo va calmándose progresivamente. Este declive del a m o r romántico es sin d u d a producto de la evo- lución. La pasión romántica intensa consume un tiempo y u n a ener- gía enormes. Y sería decididamente perjudicial para la tranquili- d a d mental y las actividades diarias (incluida la crianza de los hijos) que pasáramos años volcados en la adoración obsesiva de un aman- te. Este proceso cerebral evolucionó principalmente c o n un propó- sito: hacer que nuestros antepasados buscaran y encontraran u n a pareja especial y copularan exclusivamente c o n ella hasta que la concepción estuviera garantizada. Llegado este punto, las parejas formadas p o r nuestros ancestros debían i n t e r r u m p i r esta m u t u a concentración obsesiva para empezar a construir un e n t o r n o social seguro en el que criarjuntos a sus preciosas criaturas. La naturaleza nos proporcionó la pasión y luego la tranquilidad. Hasta que volve- mos a enamorarnos. HACER QUE EL AMOR DURE S i n embargo, algunas personas están apasionadamente enamo- radas durante toda la v i d a 7 0 , y parejas que llevan casadas más de veinte años dicen seguir todavía enamoradas7 1 . En efecto, en un i m - portante estudio, los hombres y mujeres que llevaban más de veinte años casados puntuaron más alto en la pasión romántica que sentían unos por otros que los que llevaban casados sólo cinco años7 2 . Sus puntuaciones se parecían m u c h o a las de los estudiantes de los últi- mos años de bachillerato7 3 . H a c e poco me encontré c o n u n a pareja así. Fue en u n a cena de negocios; estaba sentada al lado de un h o m b r e de m e d i a n a edad, guapo, inteligente y afable, que era el presidente de u n a organiza- ción sin ánimo de lucro estadounidense. C u a n d o supo que estaba escribiendo un libro sobre el a m o r romántico, me dijo que él se- guía aún enamorado de su mujer; llevaban casados veintiséis años. Al mes siguiente tuve la suerte de encontrarme c o n su esposa, u n a 2 3 0
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    H F J. E N FíSHER mujer elegante y culta. Ignorante de mi conversación c o n su m a r i - do, declaró sentirse m u y enamorada de su pareja. Así que, cuando su marido se nos unió, me tomé la libertad de preguntarles a am- bos c ó m o habían conseguido m a n tener viva su pasión. E l l a dijo: «Sentido del humor»;él contestó: «Sexo». No me sorprendió n i n g u n a de las dos respuestas. El h u m o r se basa en la novedad, en lo inesperado, dos cosas que elevan los nive- les de d o p a m i n a en el cerebro. Y e l sexo está asociado c o n elevados niveles de testosterona, lo que, debido a u n a reacción en cadena, puede a u m e n t a r también la d o p a m i n a . P e r o sospecho que esta afortunada pareja también había mantenido vivo su amor por otros medios. A m b o s tenían profesiones excepcionalmente interesantes y hacían juntos muchas cosas poco habituales. C r e o que su estilo de vida estimulaba los niveles de d o p a m i n a y mantenía la pasión ro- mántica. «No es habitual amar lo que u n o tiene», escribió Anatole Fran¬ ce. Para contrarrestar este m o d o de pensar convencional, los tera- peutas aconsejan seguir varias prácticas establecidas: C o m p r o m e - terse. Escuchar «activamente» a nuestra pareja. H a c e r preguntas. Dar respuestas. Valorar. Permanecer atractivo. Seguir creciendo i n - telectualmente. Contar c o n ella. Dejarle i n t i m i d a d a él. Ser sincero y digno de confianza. C o n t a r a nuestra pareja lo que necesitamos. Aceptar sus defectos. C u i d a r los modales. Practicar el sentido del humor. Respetarle. Llegar a acuerdos. Discutir constructivamente. No amenazar n u n c a c o n abandonarle. Olvidar el pasado. D e c i r «no» al adulterio. No dar p o r h e c h o que la relación durará para siempre; vivir cada día. Y n o rendirse n u n c a . Estos y muchos otros hábitos recomendables p u e d e n ser la base de unos sentimientos de apego duraderos. P e r o probablemente n i n g u n o de ellos eleva los niveles de d o p a m i n a o mantiene la pa- sión romántica. S i n embargo, hay otras tácticas que p u e d e n hacer que esta l l a m a siga ardiendo. «Dejad que haya espacios en vuestra unión», aconsejaba Khalil G i - bran. Aunque el poeta libanes probablemente no lo sabía, éste era un buen consejo para sustentar la biología asociada con el amor románti- co. Como ya he mencionado, el retraso en la obtención de la recom- 231
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    P O RQ U É AMAMOS pensa, la demora en su consecución, prolonga la actividad de las célu- las de la dopamina, acelerando la llegada de este estimulante natural a los centros de recompensa del cerebro7 4 . Aunque los hombres valoran la privacidad y la autonomía mas que las mujeres, para ambos sexos el «espacio» contribuye probablemente a mantener ía pasión romántica. Dado lo que sabemos del amor, no hay duda de que sería también recomendable poner en práctica lo que los terapeutas llaman una «temporalización del noviazgo». Establecer una selección de intereses comunes y proponerse hacer cosas nuevas y emocionantes juntos7 5 , Variedad, variedad y variedad: la variedad estimula los centros de pla- cer del cerebro7 6 , manteniendo el clima del romance. PASIÓN v RAZÓN Desde los timepos de los griegos, los poetas, filósofos y dramatur- gos h a n considerado la pasión y la razón fenómenos i n d e p e n d i e n - tes, diferenciados e incluso opuestos. Platón resumía esta dicoto- mía d i c i e n d o que los deseos e r a n c o m o caballos desbocados y el intelecto era el «auriga» que debía controlar y d i r i g i r estas ansias7 7 . La creencia de que se debe utilizar la razón para imponerse a los impulsos más básicos ha seguido transmitiéndose durante siglos. Los primeros teólogos cristianos cementaron este precepto en el pensamiento occidental: las emociones y los deseos e r a n tentacio- nes, pecados que debían doblegarse mediante la razón y la fuerza de voluntad. S i n embargo, en la actualidad los neurólogos creen que la razón y la pasión están inexorablemente unidas en el cerebro. Y y o pienso que estas conexiones tienen m u c h o que decir a la h o r a de contro- lar el a m o r romántico. Recordemos que la corteza prefrontal d e l cerebro está justo de- trás de la frente; su tamaño se expandió e n o r m e m e n t e durante la prehistoria h u m a n a y su función es la de procesar información. Es c o m o el centro de negocios de la mente. C o n la corteza prefrontal (y sus conexiones) recogemos y o r d e n a m o s los datos a d q u i r i d o s a través de los sentidos, analizamos y sopesamos los detalles, razona- mos, planificamos y tomamos decisiones. P e r o la corteza prefrontal 2 3 2
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    H E LE N FISHER tiene conexiones directas c o n muchas regiones subcorticales, i n - cluido un centro de las emociones, la amígdala, y un centro de la motivación, el caudado, ademas de otros. P o r eso el pensamiento, los sentimientos, la m e m o r i a y la motivación están estrechamente relacionados7 8 . La razón y la pasión se hallan unidas de f o r m a inse- parable. En efecto, rara vez tenemos u n a idea que no vaya acompañada de un sentimiento y un deseo; y rara vez sentimos o queremos algo sin que ello vaya acompañado de u n a idea. Según el neurólogo A n - tonio Damasio, esto se debe a un motivo muyjustificado. S i n emo- ciones y sin deseos no podemos asignar diferentes valores a las d i - ferentes opciones. Nuestro pensamiento, nuestro razonamiento, nuestras decisiones no tendrían interés, serían indiferentes si ca- recieran de los vitales componentes emocionales necesarios para sopesar las variables y efectuar elecciones7 9 . Seríamos «almas de hielo»8 0 . El neurólogo Joseph L e D o u x ha descubierto incluso que el ce- rebro tiene dos grandes autopistas para integrar las emociones y la razón: la «vía de arriba» y la «vía de abajo»8 1 . Y a m b a s están conec- tadas c o n el sistema de recompensa del cerebro, c o n sus deseos y sus impulsos. C u a n d o la amígdala recibe señales directamente de la corteza prefrontal, nos controlamos a nosotros mismos. Pensa- mos antes de sentir y actuar. Esta es la «vía de arriba». Pero la amíg- dala también recibe datos directamente de regiones sensoriales de la corteza que sortean la corteza prefrontal, la parte racional del cerebro. Esta es la «vía de abajo»; es i r r a c i o n a l , intensamente emocional, m u c h o más ancha que la «vía de arriba» y m u y difícil de controlar. Esta «vía de abajo» permite al amante e x p e r i m e n t a r ese e n o r m e éxtasis y a n h e l o c u a n d o ve a su e n a m o r a d o , antes i n - cluso de pensar r a c i o n a l m e n t e en «él» o «ella». P e r o la «vía de abajo» puede s u m i r al amante desilusionado en u n a f u r i a irrefle- xiva y fuera de c o n t r o l que le incita a gritar e incluso a asesinar al ser amado. Semejante cableado cerebral tiene un aspecto positivo. L o s se- res humanos podemos tomar la «vía de arriba». La corteza prefron- tal puede, y a m e n u d o lo hace, ejercer de h e c h o el control sobre la amígdala y el resto de los sistemas evolutivamente más primitivos 2 3 3
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    POR QUÉ AMAMOS quegeneran nuestras emociones y deseos8 2 . C o m o dijo el filósofo J o h n Dewey, «la mente es sobre todo un verbo». Estoy de acuerdo. La corteza prefrontal h u m a n a , el mayor logro de la vida sobre la tierra, está configurada para hacer cosas: conectar datos de f o r m a única, razonar, tomar decisiones y superar nuestros impulsos bási- cos. En palabras de Aristóteles, «el cerebro templa el ardor y la ra- bia del corazón». Podemos controlar el impulso de amar. ¿Cómo funcionará esta fuerza poderosa, m e r c u r i a l y p r i m i g e n i a e n nuestro m u n d o moderno? 2 3 4
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    9 « L ALOCURA DE LOS DIOSES» El triunfo del amor A m o r —eres profundo— yo no puedo atravesarte— si fuéramos dos en vez de uno— remero y lancha —en un soberano verano— quién sabe—¿llegaríamos al sol? E M I L Y DICKINSON «Amor eres alto» ^.Actualmente nada es imposible en este m u n d o . U n a persona puede hacer cualquier cosa. Mi oración a Shree Pashupatibaba es para rogarle hoy que este amor que crece en nosotros cada vez mas, siga haciéndolo en el futuro, floreciendo u n a y otra vez». Vajra Ba¬ h a d u r escribió estas palabras a S h i l a en un pueblo de N e p a l , en la década de 1990. Es u n a de las centenares de cartas de a m o r que la antropóloga L a u r a A h e a r n p u d o reunir mientras vivía en esta co- m u n i d a d situada a unos ciento sesenta kilómetros al suroeste de Katmandú1 . Durante siglos, los padres nepaleses h a n acordado los matrimo- nios de sus hijos siguiendo unas complejas normas basadas en el parentesco y la casta. A m e n u d o , la p r i m e r a vez que la novia y el no- vio hablaban era el día de su boda. Pero j u n t o c o n la electricidad, las películas de a m o r autóctonas, la enseñanza y la alfabetización, ha llegado u n a nueva tradición: las cartas de amor. Y d e s d e 1993, el noventa p o r ciento de las personas que se casan lo hacen fugándo- se c o n la persona a la que adoran. A m e d i d a que el comercio, la industria, la comunicación y la edu- cación se h a n ido expandiendo p o r el m u n d o , muchas personas h a n abandonado esta costumbre de los matrimonios acordados y eligen a las parejas que a m a n 2 . Recordemos que en un estudio re- ciente realizado en treinta y siete sociedades, desde Brasil hasta N i - 2 3 5
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    P O RQ U É AMAMOS geria o Indonesia, los hombres y mujeres situaban el amor, o la atracción m u t u a , c o m o el p r i m e r criterio para elegir a su cónyuge3 . Sólo en India, Pakistán y algunos países musulmanes, zonas del África subsah a n a n a y otros lugares d o n d e a b u n d a la pobreza y las familias numerosas son imprescindibles para la supervivencia, más del 50 p o r ciento de los jóvenes se siguen casando c u m p l i e n d o la voluntad de sus padres4 . E incluso en estos países, los prometidos en matrimonio se ven antes del día de la boda para aceptar o recha- zar la unión5 . No en todos estos matrimonios concertados está ausente el amor. P o r el contrario, la gente de la I n d i a suele decir: «Primero nos casa- mos, y luego nos enamoramos»6 . Pero, en su mayoría, los hombres y las mujeres del m u n d o entero eligen a sus parejas p o r sí mismos, lo que los chinos l l a m a n «amor libre». EL RESURGIMIENTO DEL AMOR ROMÁNTICO La aparición del a m o r romántico dentro del m a t r i m o n i o , la ce- lebración universal de esta pasión en películas, obras de teatro, poe- mas, canciones y libros, la riada de debates sobre el amor que i n u n d a los programas de televisión y radio en todo el m u n d o , y la creencia de que el a m o r romántico es la p i e d r a angular de las relaciones en- tre h o m b r e y mujer son fruto de numerosas tendencias sociales, al- gunas de especial importancia. P o r ejemplo, la creciente autono- mía individual y el fenómeno concomitante de la irrupción de la mujer en el mercado de trabajo. Durante millones de años, nuestros antepasados vivieron for- m a n d o pequeños grupos dedicados a la caza y la recolección. A m - bos sexos trabajaban. M i e n t r a s los h o m b r e s salían a cazar diaria- mente, las mujeres se i b a n , a veces m u y lejos, a recoger verduras y frutas, aportando entre el 60 y el 80 p o r ciento del sustento diario. Los hombres más carismáticos, y probablemente algunas mujeres mayores c o n m u c h o carácter, lideraban el g r u p o . Y l a tradición les mantenía a todos ligados mediante miles de n o r m a s sociales. Pero hombres y mujeres eran libres de tomar la mayoría de sus decisio- nes personales; los individuos eran relativamente autónomos. 2 3 6
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    H E LE N FISHER La vida en las sociedades cazadoras/recolectoras que existen en la actualidad sugiere que, en la época de nuestros ancestros, los pa- dres a m e n u d o elegían al p r i m e r m a r i d o de su hija (con el fin de servir a sus objetivos sociales)7 . S i n embargo, u n a vez cumplidas sus obligaciones, no insistían a sus hijos para que mantuvieran el enla- ce. La mayoría de estos compromisos matrimoniales fracasaban. Entonces, los divorciados escogían p o r sí mismos a u n a segunda y a m e n u d o a u n a tercera pareja, ya que podían hacerlo. Las mujeres eran poderosas desde el p u n t o de vista económico, sexual y social. Y c u a n d o los cónyuges descubrían que no podían vivir juntos en ar- monía, ambos podían afrontar económicamente la separación. Durante millones de años nuestros antepasados se casaron funda- mentalmente p o r amor. H a c e unos diez m i l años, la vida h u m a n a cambió drásticamen- te. A m e d i d a que nuestros ancestros f u e r o n haciéndose sedenta- rios para dedicarse a la agricultura, la autonomía i n d i v i d u a l y el equilibrio económico entre ambos sexos desapareció gradualmen- te, al tiempo que surgían las primeras jerarquías políticas y socia- les. Y c u a n d o en Inglaterra o en C h i n a los h o m b r e s e m p e z a r o n a desbrozar y cultivar los campos, a practicar el trueque y a llevar sus productos a los mercados locales, pronto se convirtieron en los propietarios de la tierra, el ganado y casi todos los bienes familia- res. Las mujeres, privadas de la posibilidad de salir a ganarse el jor- nal, relegadas a trabajos domésticosy de jardinería de segunda clase, carentes de bienes propios y del acceso a la educación, p e r d i e r o n su estatus anterior en las culturas d e l m u n d o entero8 . P o r otra par- te, el m a t r i m o n i o se convirtió en u n a operación comercial, un i n - tercambio de propiedades, alianzas políticas y vínculos sociales9 . Ningún chico o chica se podía casar ya p o r amor. S i n embargo, nada de eso p u d o acabar c o n el amor. L o s ricos adquirían concubinas o segundas esposas; los pobres, que no te- nían tierras, se seguían casando por a m o r 1 0 . Y, sin lugar a dudas, los hombres y mujeres cuyos m a t r i m o n i o s habían sido acordados se enamoraban con el tiempo unos de otros. La gente seguía celebran- do el a m o r en mitos y leyendas, representaciones teatrales, can- ciones, poemas y pinturas, aunque los antiguos egipcios, griegos, romanos, primeros cristianos, musulmanes, indios, chinos, japone- 237
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    P O RQ U É AMAMOS ses y otros muchos pueblos de la historia se casaban generalmente por obligación, p o r conseguir dinero o alianzas y no p o r amor. De hecho, en gran parte de Asia y algunos lugares de Africa, el amor romántico era objeto de temor. Esta fuerza mercurial podía c o n d u - cir al suicidio o al h o m i c i d i o ; o, aún peor, podía desbaratar la deli- cada r e d de las relaciones sociales. C o n el crecimiento del comercio y de las ciudades y más tarde c o n la Revolución Industrial, cada vez más europeos y norteameri- canos fueron abandonando la vida agrícola. Desvinculados de las redes locales primigenias del parentesco consanguíneo, cada vez eran más y más los que vivían p o r su c u e n t a 1 1 . Y e n el siglo x i x , m u - chos hombres y mujeres empezaron a casarse p o r amor, siempre que sus padres se mostraran de acuerdo c o n el enlace1 2 . «El infla- mado dardo de Cupido», c o m o llamaba Shakespeare al a m o r ro- mántico, había perforado el corazón de Occidente. La incorporación constante de la mujer al m u n d o laboral d u r a n - te el siglo XX y estos comienzos del x x i ha extendido p o r todas partes el deseo de casarse p o r amor. El aumento de los puestos de trabajo administrativos, el florecimiento de las profesiones relacionadas con el m u n d o del derecho, el crecimiento de los sectores de la atención sanitaria, el auge de la economía de servicios globales, la aparición de las organizaciones sin ánimo de lucro y el b o o m de la era de las co- municaciones h a n atraído al mercado de t r a b a j o 1 3 a las mujeres, que, a consecuencia de ello, están r e c u p e r a n d o gradualmente su poder económico, salud y educación en casi todo el m u n d o 1 4 . Y a medida que se van haciendo más autónomas económicamente, es- tas mujeres quieren vivir c o n parejas a las que aman. «Sí, quiero». En un estudio realizado en Estados U n i d o s en 1991, el 86 p o r ciento de los hombres y el 91 p o r ciento de las mujeres manifestaron que no pronunciarían estas palabras ante alguien a q u i e n no a m a r a n , incluso a u n q u e d i c h a persona tuviera todas las cualidades que buscaban en u n a pareja1 5 . L o s chinos de H o n g K o n g también c o m p a r t e n esta determinación de casarse p o r amor. En un estudio realizado en la década de 1990, sólo el 5,8 p o r ciento afirmaron que se casarían c o n alguien de q u i e n no estuvieran ena- m o r a d o s 1 6 . Y lo que resulta aún más sorprendente, en la actuali- d a d , a p r o x i m a d a m e n t e un 50 p o r ciento de los hombres y muje- 2 3 8
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    H E LE N FISHER res de Estados U n i d o s creen tener derecho a divorciarse si la pa- sión romántica desaparece1 7 . Las mujeres también están rechazando las u n i o n e s polígamas. A p r o x i m a d a m e n t e un 84 p o r ciento de las sociedades de todo el m u n d o p e r m i t e n que un h o m b r e tenga más de u n a esposa a la vez. Tradicionalmente, sólo entre un 5 y un 20 p o r ciento de los h o m - bres adquirían en realidad la riqueza y el estatus social suficiente para atraer a múltiples esposas. Sin embargo, las mujeres se adaptaban a estas uniones: a m e n u d o era mejor ser la segunda esposa de un h o m - bre rico que la p r i m e r a de u n o pobre. P e r o a m e d i d a que la mujer ha ido recuperando en décadas recientes su poder económico, cada vez son menos las que están dispuestas a soportar el favoritismo, los celos y las discusiones que acarrea el hecho de compartir un marido. En palabras de F a r i m a Sanati, u n a j o v e n iraní de dieciocho años que vive en Teherán: «una mujer no debe tolerar estas cosas»1 8 . La h u m a n i d a d no sólo está recobrando la autonomía personal y la igualdad social, política y sexual; también tenemos más tiempo. TIEMPO PARA AMAR L o s hombres y las mujeres viven más tiempo. L o s antropólogos creen que la duración natural de la vida h u m a n a no ha cambiado en al menos un millón de años. Pero hoy en día son muchas más las personas que sobreviven al parto, al período de la p r i m e r a infancia, a las enfermedades infecciosas infantiles, los accidentes y la v i o l e n - cia entre individuos d e l género masculino; es decir, son m u c h o s más los que llegan a viejos. En 1900, sólo el 4 p o r ciento de los esta- dounidenses superaban la e d a d de sesenta y cinco años; hoy es un 11 por ciento el que supera esta edad. En el año 2030, un 20 p o r ciento de la población estadounidense tendrá más de 65 años; y en 2050, se espera que entre el 15 y el 19 p o r ciento de la población m u n d i a l rebase la e d a d de los sesenta y cinco años1 9 . Además, numerosas personas mayores viven hoy en día solas, en lugar de c o n sus hijos. Y gozan de b u e n a salud. De hecho, algunos demógrafos d i c e n que deberíamos empezar a pensar que la media- na e d a d se está e x t e n d i e n d o hasta los ochenta y cinco años, debi- 2 3 9
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    P O RQ U É AMAMOS do, en g r a n parte, a que el 40 por ciento de los h o m b r e s y las muje- res de esta edad se encuentran perfectamente2 0 . La h u m a n i d a d está ganando tiempo para amar. Y l a tecnología colabora. En la actualidad, las cremas y los parches de testosterona mantienen activo el impulso sexual. La viagra y otros medicamentos permiten a las personas mayores, principalmente a los varones, c u m p l i r en la cama. La terapia sustitutiva del estrógeno mantiene en funcionamiento el mecanismo de excitación de las m u - jeres. Ygracias a otras numerosas innovaciones, que van desde la c i r u - gía plástica y los cosméticos hasta las ropas de todos los tejidos, for- mas y estilos imaginables, hombres y mujeres p u e d e n expresar su sexualidad y enamorarse prácticamente hasta que mueren. También empezamos antes. En las sociedades cazadoras/recolec- toras, los niños a m e n u d o empiezan a jugar con el sexo y el a m o r a edades tan tempranas como los cinco o seis años. Pero dado que las niñas son delgadas y hacen m u c h o ejercicio, generalmente alcanzan la pubertad en torno a los dieciséis o diecisiete años, y tienen su p r i - mer hijo alrededor de los veinte. Los niños del m u n d o de hoy tam- bién juegan a «las casitas» y a «los médicos» a u n a edad temprana. La diferencia radica en que, debido a nuestro estilo de vida sedentario y a u n a dieta rica en grasas, las niñas de las sociedades industrializadas actualmente alcanzan la pubertad en torno a los doce años y medio. C a d a vez son más las que se quedan embarazadas p o c o después, ini- ciando el ciclo del amor adulto m u c h o antes de lo previsto. AMOR SIN EDAD La naturaleza fomenta la o p o r t u n i d a d . De hecho, estamos he- chos para a m a r a cualquier edad. L o s niños se e n a m o r a n . En un interesante estudio sobre el a m o r infantil, el número de encuestados de cinco años que decían estar enamorados era igual al de los de d i e c i o c h o 2 1 . Yo m i s m a he p o d i d o observarlo. Recientemente escuché a un niño de o c h o años descri- b i r perfectamente los síntomas del a m o r romántico mientras me hablaba de u n a niña de o c h o años a la que adoraba. No podía dejar de pensar en ella. Recordaba cada detalle de sus gestos y de los ra- 2 4 0
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    H E LE N FISHER tos que habían pasado juntos. Y s e ponía eufórico c u a n d o ella le ha- blaba en el colegio. Los hombres y mujeres de setenta, ochenta e incluso noventa años también viven la magia del a m o r 2 2 . Un amigo mío se enamoró con noventa y dos años. Su esposa había muerto diez años antes de que él se sintiera cautivado p o r u n a vieja amiga de la familia. Su única preocupación consistía en que ella era más joven que él: te- nía setenta y seis años. Es interesante señalar que en un estudio rea- lizado c o n doscientos cincuenta y cinco adolescentes, adultos jóve- nes, hombres y mujeres de m e d i a n a e d a d y personas de la tercera edad, los científicos no encontraron diferencias de conjunto en la intensidad de la pasión romántica; hombres y mujeres amaban c o n la misma fuerza a los dieciséis años que a los sesenta2 3 . Las personas mayores hacen cosas más variadas e imaginativas c u a n d o están j u n - tas2 4 . Pero la edad no representa n i n g u n a diferencia en los senti- mientos d e l amor. POR QUÉ AMAMOS L o s antiguos griegos d e n o m i n a b a n al a m o r romántico la «locu- ra de los dioses». ¿Por qué puede despertarse esta pasión a cualquier edad? Porque el impulso de amar es un mecanismo c o n múltiples pro- pósitos. C u a n d o los niños se enamoran, están practicando tácticas de cor- tejo, explorando c ó m o y dónde flirtear. L o s niños y las niñas pue- d e n aprender qué atrae y no atrae a u n a pareja, c ó m o decir que sí y que no, y el sentimiento de ser rechazado. Se están preparando para el acto más importante de la vida: formar u n a pareja que merezca la pena. Los adolescentes se enfrentan a u n a tarea más difícil. Se les ave- cina el m o m e n t o del cortejo. Están a d q u i r i e n d o las formas p r i m i - genias del escarceo amoroso. Mientras van tamizando torpemente sus oportunidades de salir c o n alguien, obtienen un conocimiento sobre ellos mismos y sobre los demás, y van desarrollando sus aver- siones y sus preferencias2 5 . 241
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    P O RQUÉ AMAMOS La mayoría de los hombres y mujeres d e l m u n d o se casa a los veintitantos años2 6 . El a m o r romántico c u m p l e en este m o m e n t o el propósito de descartar a los pretendientes inadecuados y centrar la atención en u n a persona «especial», formar un vínculo de pareja socialmente reconocido c o n el ser amado y permanecerle fiel al menos el tiempo suficiente para concebir juntos un hijo. En algu- nas parejas, la pasión destruye luego su relación cuando u n o de los cónyuges se e n a m o r a de otra persona y f o r m a un nuevo vínculo de pareja para (inconscientemente) p r o d u c i r u n a descendencia más variada. En otras, el a m o r romántico sirve para mantener juntos a los cónyuges, c u i d a n d o de este m o d o de su descendencia m u t u a durante m u c h o s años. Estas uniones duraderas se conocen como «matrimonios de com- pañeros» o «matrimonios entre pares», es decir, matrimonios entre iguales, en los que ambos cónyuges trabajan y comparten su i n t i m i - d a d y los deberes domésticos2 7 . D a d o que las mujeres están rein- corporándose al m u n d o laboral, los sociólogos predicen que los matrimonios entre pares serán la m o d a l i d a d más común de matri- m o n i o durante el siglo x x i 2 8 . Y dado que la población está enveje- ciendo, los índices de divorcio pueden mantenerse razonablemente constantes durante los próximos años2 9 . Encontrar la proporción co- rrecta entre autonomía y cercanía puede que sea el aspecto clave de estas uniones de compañeros. ¿Por qué se enamoran las personas mayores? El romance entre ciertas personas de edad también tuvo probablemente unas funcio- nes adaptativas en tiempos remotos. Esta pasión proporcionaba a los hombres y mujeres más ancianos u n a mayor energía, encuentros se- xuales que mantenían su cuerpo ágil, u n a razón para seguir forman- do parte de la c o m u n i d a d como miembros llenos de vida y un com- pañero que les ofrecía apoyo físico y emocional. El enamoramiento en las personas mayores cumple estos objetivos intemporales. Hasta hace poco, sin embargo, en todas partes del m u n d o los hombres mayores buscaban mujeres más jóvenes. P o r eso, m u c h a gente supone que las mujeres de edad tienen menos suerte en el amor. P e r o esta preferencia masculina ha ido cambiando, en parte debido al gasto que supone criar a un bebé. H o y en día, u n a familia estadounidense de la clase trabajadora gasta como mínimo 213.000 242
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    H E LE N FISHER dólares en un hijo antes de que c u m p l a los dieciocho años; u n a fa- m i l i a de clase m e d i a gasta más, antes de tener que pagarle la u n i - versidad3 0 . P o r eso los hombres mayores empiezan a recelar de las mujeres que quieren darles descendencia3 1 . L o s gays y las lesbianas de todas las culturas también sienten la pasión romántica. C o m o observábamos en el capítulo p r i m e r o , mi cuestionario demostraba que los homosexuales experimentan más «el síndrome de las manos sudorosas» que otros encuestados. Estoy segura de que la mente de estos h o m b r e s y mujeres tiene exacta- mente el m i s m o cableado h u m a n o y la m i s m a química del a m o r romántico que el resto de las personas. S i n embargo, durante su desarrollo en el vientre materno o durante su infancia, su pasión adquirió un enfoque diferente. EL IMPULSO DE AMAR Saludemos el despertar del amor romántico, con todos sus sueños y sus tristezas. Esta pasión se ha desatado en nuestro m u n d o de hoy. Y millones de personas andan en su busca. En Estados U n i d o s hay unos cuarenta y seis millones de solteras y unos treinta y ocho m i l l o - nes de solteros mayores de dieciocho años3 2 . El 25 p o r ciento de ellos se ha apuntado a u n a agencia m a t r i m o n i a l para encontrar a su verdadero amor; m u c h o s más leen detenidamente los anuncios de contactos en periódicos y revistas3 3 . En 2002, el negocio de las empresas matrimoniales estadounidenses, tanto tradicionales c o m o ontine, alcanzó los novecientos diecisiete millones de dólares3 4 . Pero, para mí, de todas las formas posibles de encontrar el a m o r romántico, u n a de las más interesantes es el «poliamor», es decir, el tener m u c h o s amores. L o s hombres y mujeres que practican el «poliamor» f o r m a n pareja con más de u n a persona a la vez. C r e e n que u n a sola persona no puede c u b r i r todas sus necesidades; sin embargo, tampoco desean desplazar al m a t r i m o n i o duradero, sóli- do y satisfactorio. P o r tanto, los cónyuges acuerdan ser sinceros el u n o c o n el otro, establecer ciertas normas de discreción e iniciar u n a historia de a m o r simultánea. De esta m a n e r a , explican, ambos pue- d e n disfrutar de los sentimientos de apego p o r u n a pareja y mante- 2 4 3
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    P O RQUÉ AMAMOS ner un romance c o n o t r a 3 5 . S i n d u d a , el n o m b r e de su revista mas conocida, LovingMore ( A m a r más), resulta m u y adecuado. El «poliamor» es utópico y poco viable. C o m o sabemos, el a m o r romántico está interconectado c o n m u c h o s otros circuitos cerebra- les de motivación/emoción, incluidos los otros dos principales i m - pulsos del emparejamiento: el deseo y el apego hombre-mujer. Ya he comentado anteriormente que lo habitual es que estos tres sis- temas cerebrales interactúen, pero p u e d e n f u n c i o n a r i n d e p e n - dientemente. D e hecho, p o d e m o s sentir u n p r o f u n d o apego p o r u n a pareja de larga duración al m i s m o tiempo que sentimos un a m o r romántico p o r otra persona y también sentir un impulso se- x u a l mientras leemos un libro, vemos u n a película o evocamos u n a imagen sexual en nuestra mente. Este cableado probablemente se desarrolló, en parte, para p e r m i t i r a nuestros ancestros d e l sexo masculino y f e m e n i n o m a n t e n e r u n a relación de pareja d u r a d e r a mientras aprovechaban unas oportunidades de apareamiento adi- cionales (y a m e n u d o clandestinas). L o s hombres y mujeres que practican el «poliamor» pretenden hacerlo abiertamente. P e r o l a raza h u m a n a n o comparte e l a m o r gustosamente. E n pa- labras de un aborigen australiano, «Somos gente celosa». No es de extrañar por tanto que las parejas que practican el «poliamor» pa- sen muchas horas a la semana tratando de superar sus sentimientos de posesión y de celos. La i n d e p e n d e n c i a de estos tres impulsos del emparejamiento nos produce a todos cierta confusión en algún m o m e n t o de nues- tra vida. Los altos índices de adulterio y de divorcio, la existencia del acoso y la violencia conyugal, así c o m o la omnipresencia de los ho- micidios, suicidios y depresiones clínicas relacionados c o n el amor, son consecuencia de nuestro impulso de amar u n a y otra vez. S i n embargo, a pesar de todas las lágrimas y los berrinches oca- sionados p o r el desengaño romántico, la mayoría de nosotros nos recobramos y reanudamos el cortejo. El a m o r romántico ha propor- cionado a la h u m a n i d a d grandes alegrías. También ha contribuido e n o r m e m e n t e a la sociedad en general. L o s conceptos de m a r i d o , mujer, padre y familia nuclear; nuestros ritos del cortejo y del m a - trimonio; el argumento de nuestras grandes óperas, novelas, obras de teatro, películas, canciones y poemas; nuestros cuadros y escul- 244
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    H E LE N FISHER turas; muchas de nuestra tradiciones e incluso algunos de nuestros días festivos: billones de productos culturales h a n tenido su o r i - gen, al menos en parte, en este inveterado impulso de amar. No obstante, todavía sabemos m u y poco sobre esta locura de los dioses. P o r ejemplo, algunos procesos cerebrales aún sin identifi- car deben p r o d u c i r el sentimiento de unión c o n el ser amado que siente el amante. L o s científicos están empezando a precisar las re- giones cerebrales que se activan cuando se siente la unión c o n u n a «fuerza superior», como, p o r ejemplo, D i o s 3 6 . Quizás esta región ce- rebral también esté i m p l i c a d a en el amor. T a m p o c o sabemos qué es lo que genera el deseo de exclusividad sexual d e l amante, pero también esto debe de ir acompañado de u n a anatomía y unas f u n - ciones cerebrales. La investigación sobre los circuitos cerebrales del a m o r románti- co genera interrogantes más amplios. ¿Deberían medicar los doc- tores a los acosadores y maltratadores conyugales c o n fármacos que alteren el funcionamiento cerebral? ¿Deberían los abogados, j u e - ces y legisladores considerar químicamente incapacitados a los que cometen crímenes pasionales? ¿Deberían las leyes del divorcio adap- tarse a nuestra tendencia h u m a n a a abandonar las uniones insatis- factorias? C r e o que cuanto más sepamos sobre la biología d e l ro- mance (así c o m o del deseo sexual y d e l apego), más llegaremos a apreciar el papel de la cultura y la experiencia a la h o r a de contro- lar la conducta h u m a n a , y más necesitaremos abordar estos y otros muchos aspectos complejos relacionados c o n la ética y la responsa- bilidad. Pero hay algo de lo que estoy convencida: c o n independencia de lo b i e n que los científicos lleguen a dibujar el m a p a del cerebro y a descubrir la biología d e l a m o r romántico, n u n c a destruirán el mis- terio o el éxtasis de esta pasión. Lo digo p o r experiencia propia. La gente me pregunta si mi conocimiento del a m o r romántico ha afectado a mi vida personal. Pues b i e n : estoy más i n f o r m a d a y, p o r razones que no podría explicar, me siento también más segura. Sé más acerca de p o r qué siento las cosas que siento. P u e d o prever algunas conductas de los que me rodean, y también cuento c o n a l - gunas herramientas útiles para mí y para los demás. Pero mi cono- cimiento de esta materia no ha cambiado eñ absoluto mi m a n e r a 2 4 5
  • 235.
    P O RQUÉ AMAMOS de sentir. A u n q u e conozcamos de m e m o r i a cada nota de la N o v e n a Sinfonía de Beethoven, no dejamos de estremecernos de emoción cada vez que la escuchamos. Y aunque sepamos perfectamente cómo Rembrandt mezclaba y aplicaba la pintura, seguiremos sin- tiendo u n a sobrecogedora empatia c o n la h u m a n i d a d cada vez que contemplemos alguno de los retratos que pintó. Al margen del co- nocimiento que tengamos de este tema, todos vivimos su magia. La h u m a n i d a d está cerrando el círculo, acercándose a los patro- nes del a m o r romántico y del m a t r i m o n i o que nuestros antepasa- dos expresaron hace un millón de años. Las ilusiones infantiles, los sucesivos romances adolescentes, el m a t r i m o n i o a los veintitantos, algún que otro escaceo o b o d a en la edad m a d u r a y el a m o r en los años dorados de la vejez. El a m o r romántico está profundamente enraizado en nuestro espíritu h u m a n o . Si la h u m a n i d a d sobrevive un millón de años más sobre el planeta, esta fuerza p r i m i g e n i a del emparejamiento sin d u d a seguirá existiendo. 2 4 6
  • 236.
    APÉNDICE «ESTAR ENAMORADO»: UN CUESTIONARIO Introducción Este cuestionario trata sobre «estar enamorado»; sobre la sensa- ción de estar encaprichado, apasionado o fuertemente atraído p o r un sentimiento romántico hacia alguien. Si actualmente no está «enamorado» de nadie, pero sintió u n a intensa pasión romántica p o r alguien en el pasado, responda a las preguntas teniendo a dicha persona en mente. No es necesario haber entablado u n a relación c o n la persona por la que siente o sintió esta pasión. No i m p o r t a si d i c h a persona es de su mismo sexo o del contrario. No hay respuestas «correctas» a las siguientes preguntas. Rodee c o n un círculo sólo una respuesta a cada pregunta. Sus respuestas se mantendrán en el más absoluto anonimato. Así que, por favor, sea sincero en sus respuestas. Preguntas previas: responda a todas las preguntas aplicables a su caso. Fecha de nacimiento: Sexo: M a s c u l i n o 1 F e m e n i n o 2 247
  • 237.
    P O RQ U É AMAMOS 51. ¿Ha estado e n a m o r a d o / a alguna vez? Sí 1 N o 2 52. ¿Está «enamorado/a» en este m o m e n t o o está respondiendo a este cuestionario basándose en lo que sintió p o r alguien en el pasado? E n a m o r a m i e n t o actual 1 E n a m o r a m i e n t o pasado 2 53. C u a n d o está e n a m o r a d o / a de alguien, ¿qué porcentaje de tiempo piensa en esa persona durante un día normal? p o r ciento 54. C u a n d o está e n a m o r a d o / a , ¿le parece que a veces sus senti- mientos escapan a su control? C r e o que controlo mis sentimientos 1 C r e o que no controlo mis sentimientos 2 55. Si está e n a m o r a d o / a en este m o m e n t o , ¿cuánto tiempo lleva e n a m o r a d o / a ? años meses días 56. ¿Le ha declarado su a m o r a esa persona? Sí 1 N o 2 57. ¿Le ha h e c h o saber esa persona si está e n a m o r a d a de Ud.? Sí, me lo ha d i c h o 1 Sí, aunque de un m o d o indirecto 2 N o 3 2 4 8
  • 238.
    H E LE N FISHER S8. ¿Cree que la persona de la q u e está/estaba e n a m o r a d o / a sien- t e / sentía la m i s m a pasión p o r Ud.? Más pasión 1 La m i s m a pasión 2 M e n o s pasión 3 No conozco sus sentimientos 4 S9. ¿Está actualmente e n a m o r a d o / a de más de u n a persona? Sí 1 N o 2 S10. ¿Está c a s a d o / a o «vive c o n » u n a pareja? C a s a d o / a 1 Vive con u n a pareja 2 N i n g u n a de las anteriores 3 SI 1. Si está casado/a, ¿hace cuánto que lo está? años meses días S12. Si «vive c o n » u n a pareja, ¿hace cuánto que vive c o n d i c h a per- sona? años meses _ _ _ _ _ días SI 3. Si está/estaba c a s a d o / a o vive/vivía c o n alguien en el m o m e n - to de estar e n a m o r a d o / a ¿el objeto de su a m o r e s / e r a su pare- ja u otra persona distinta? Su pareja 1 O t r a persona 2 2 4 9
  • 239.
    P O RQUÉ AMAMOS ESTAR ENAMORADO: CUESTIONARIO PRINCIPAL Piense en la persona hacia la que se sintió apasionadamente atraí- do y rodee c o n un círculo sólo u n a de las respuestas a cada pregunta. 1. C u a n d o estoy e n a m o r a d o / a me cuesta m u c h o d o r m i r p o r q u e estoy pensando en . 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n M u y desacuerdo de acuerdo 2. C u a n d o alguien me cuenta algo divertido, quiero compartirlo c o n 1 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo tiene algunos defectos, p e r o en realidad no me molestan. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n M u y desacuerdo de acuerdo 4. Es b u e n o no tener contacto c o n durante unos cuantos días para volver a aumentar las expectativas. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n M u y desacuerdo de acuerdo 2 5 0
  • 240.
    H E I^ N FISHER tiene u n a voz inconfundible. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 6. C u a n d o la relación c o n sufre algún revés, lo que hago es i n - tentar aún c o n más fuerza que las cosas vuelvan a ir bien. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 7. Intento tener el mejor aspecto posible para 1 2 3 4 5 6 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 8. C u a n d o estoy c o n , me vienen a la mente otros amantes que he tenido. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 9. El corazón se me acelera c u a n d o escucho la voz d e . fono. al telé- 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 251
  • 241.
    P O RQUÉ AMAMOS 10. Me gusta todo de . 1 2 3 4 5 6 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 11. Me siento feliz cuando triste. . es feliz y triste cuando él/ella está 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 12. Me obsesionan mis sentimientos p o r , 1 2 3 4 5 6 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 13. C u a n d o hablo c o n . incorrecto. a m e n u d o tengo m i e d o de decir algo 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 14. La úldma persona en q u i e n pienso cada día antes de d o r m i r m e es 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 252
  • 242.
    H E LE N FISHER 15. El sexo es la parte más importante de mi relación c o n 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n M u y desacuerdo de acuerdo 16. Me enfado c u a n d o no recibe el trato que merece. 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 17. Tengo más energía cuando estoy c o n . 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 18. No me i m p o r t a demasiado que tenga un m a l día. 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 19. En caso de que no esté disponible, me gusta mantener encuentros románticos c o n otras personas. 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 2 5 3
  • 243.
    P O RQUÉ AMAMOS 20. La persona de la que estoy e n a m o r a d o / a es el centro de mi vida. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 21. C u a n d o me siento fuertemente atraído/a p o r alguien, inter- preto sus comportamientos en busca de pistas para saber cuáles son sus sentimientos hacia mí. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 22. A veces mis sentimientos hacia son eclipsados p o r los senti- mientos románticos hacia otra persona. 1 3 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 23. N u n c a olvidaré nuestro p r i m e r beso. 1 2 3 4 5 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 24. C u a n d o estoy en clase/en el trabajo, se me va la mente hacia 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 254
  • 244.
    H E LE N F l S H E R 25. Lo mejor del a m o r es el sexo. 1 2 3 4 5 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 26. N u n c a dejo de amar a , incluso aunque las cosas no vayan bien. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 27. A m e n u d o me pregunto si que yo siento p o r él/ella. 1 3 siente p o r mí la m i s m a pasión M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 28. A veces busco significados alternativos a las palabras y los gestos de 1 3 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 29. A veces me siento torpe, tímido/a y c o h i b i d o / a cuando estoy c o n . 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo
  • 245.
    P O RQ U É AMAMOS 30. Espero c o n toda mi aima que mí c o m o yo p o r él/ella. 1 se sienta tan atraído/a por M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 31. C u a n d o estoy e n a m o r a d o / a , c o m o mas. 1 2 3 4 5 6 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 32. C u a n d o estoy s e g u r o / a de que, siento más l i g e r o / a que el aire. siente pasión hacia mí, me 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 33. Tener u n a b u e n a relación c o n es para mi mas importante que tener u n a b u e n a relación c o n mi familia. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 34. C u a n d o sueño d e s p i e r t o / a c o n , me imagino teniendo un contacto sexual/amoroso c o n él/ella. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 2 5 6
  • 246.
    H E I. E N F l S H E * 35. Me siento m u y s e g u r o / a de mí m i s m o / a cuando estoy c o n 1 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 36. A u n q u e esté pensando en cualquier otra cosa, siempre t e r m i n a viniéndome a la mente . 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n M u y desacuerdo de acuerdo 37. Mi estado emocional depende de lo que siente p o r mí. 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 38. M i s relaciones c o n mis mejores amigos/as son más importantes para mí que la relación con . 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 39. huele de u n a f o r m a especial que reconocería en cualquier parte. 1 2 3 4 5 6 7 M u y en M u y desacuerdo de acuerdo 2 5 7
  • 247.
    P O RQUÉ AMAMOS 40. G u a r d o las tarjetas y las cartas que me m a n d a . 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 41. El c o m p o r t a m i e n t o de no afecta a mi bienestar emocio- nal. 1 2 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 42. Ser fiel en el plano sexual es importante cuando estás enamora- d o / a . 1 2 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 43. C u a n d o a le van b i e n las cosas me siento feliz p o r él/ella. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 44. Estar e n a m o r a d o / a me ayuda a concentrarme en mi trabajo. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 2 5 8
  • 248.
    H E LE N FISHER 45. C u a n d o pienso en me siento t r a n q u i l o / a y s e r e n o / a . 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 46. Recuerdo pequeñas cosas que dice y hace. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 47, Me gusta mantener la agenda abierta para que si bre nos podamos ver. está l i - 1 2 3 4 5 M u y e n desacuerdo 48. Los ojos de son m u y comunes. 1 2 3 4 5 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo M u y de acuerdo 49. No he decidido e n a m o r a r m e ; simplemente me ha pasado. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 2 5 9
  • 249.
    P O RQ U É AMAMOS 50. Saber que está «enamorado/a» de mí es más importante para mí que practicar el sexo c o n él/ella. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 51. Mi pasión p o r puede superar cualquier obstáculo. 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 52. Me gusta pensar en los pequeños momentos que he pasado j u n - to a 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 53. Atravieso períodos de desesperación cuando pienso que tal vez n o m e ame. 1 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 54. Paso horas i m a g i n a n d o episodios románticos c o n 1 2 3 4 5 6 7 M u y e n desacuerdo M u y de acuerdo 2 6 0
  • 250.
    H E LE N FISHER 55. Describa brevemente la relación que tiene actualmente o solía tener c o n esta persona: ¿ha sido dolorosa o placentera? ¿Qué otros detalles de su e n a m o r a m i e n t o son importantes y deberíamos tener en cuenta? Gracias. Por favor, responda ahora a unas preguntas referentes a usted. 514. ¿Cuál es su ocupación? Estudiante: Otros: 515. Si es estudiante: ¿Qué cifra se acerca más al salario anual de la familia en la que usted se crió? S16. Si no es estudiante: ¿Qué cifra se acerca más al salario anual total de los adultos de su familia? M e n o s de 15.000$ 1 2 3 4 5 Entre 15.000$ y 34.000$ Entre 35.000$ y 54.000$ Entre 55.000 $ y 74.000 $ 75.000 $ o más M e n o s de 15.000$ 1 2 3 4 5 Entre 15.000$ y 34.000$ Entre 35.000 $ y 54.000 $ Entre 55.000 $ y 74.000 $ 75.000$ o más 261
  • 251.
    P O RQUÉ AMAMOS SI 7. ¿Nació usted en Estados Unidos? Sí 1 N o 2 SI 8. Si no ha nacido en Estados U n i d o s , ¿cuál es su país de origen? S19. ¿Dónde nacieron sus padres? M a d r e Padre S20. ¿Dónde nacieron sus abuelos? A b u e l a materna A b u e l o materno. A b u e l a paterna A b u e l o paterno_ 522. Religión: Protestante 1 Católica 2 Judía 3 M u s u l m a n a 4 Otras 523. R a z a / E t n i a : Blanca 1 Negra 2 O r i e n t a l 3 L a t i n o / H i s p a n o 4 Mulürracial 5 Otras 2 6 2
  • 252.
    H E LE N FISHER S24. Rodee c o n un círculo el número que mejor refleje su orienta- ción sexual: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 1 0 0 % 1 0 0 % homosexual heterosexual Fecha: / / (día) (mes) (año) 2 6 3
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    NOTAS I « E SE SALVAJE FRENESÍ» Los números de las citas de cada capítulo se refieren a determinadas fuentes, series de fuentes o notas textuales que aparecen en las notas fi- nales. Para encontrar la referencia bibliográfica completa de cualquiera de las fuentes, se ha de consultar la bibliografía. 1 Hamill 1996. 2 Woiksteinl991,p. 51. s W o l k s t e i n l 9 9 1 , p . 84. *Wolkstein 1991, p. 150. 5 Yutangl954, p. 73. 6 Jankowiak y Fischer 1992. 7 Los neurocirujanos hacen una distinción técnica entre la «emoción» y el «sentimiento». Consideran las emociones como sistemas neuronales específicos que producen conductas que contribuyen a la superviven- cia. Los sentimientos, en su opinión, son la percepción consciente de di- chas emociones (Damasio 1999; LeDoux 1996, p. 125). No obstante, yo utilizaré ambos términos indistintamente. 8 Tennov 1979, Hatfield y Sprecher 1986b; Harris 1995; H. E. Fisher 1998; F e h r l 9 8 8 . 9 Jankowiak y Fischer 1992; Goode 1959. 1 0 Tennov 1979, p. 18. " H a m i l l 1996, p.51. i a H o p k i n s l 9 9 4 , p . 4 1 . 265
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    POR Q UÉ AMAMOS 1 3 TesseryReardon 1981; Murray y Holmes 1997; Vieder man 1988. 1 4 Hamiíll996, p. 34. 1 5 Hopkins 1994, p. 26. 1 6 Ibid., p. 40. 1 7 BeachyTesser 1988; Hatfield y Walster 1978. 1 8 H a m i l l l 9 9 6 , p. 25. 1 9 Ibid., p. 61. 2 0 Wolkstein 1991. 2 1 LahryTabori, 1982, p. 110. 2 2 Harris 1995, p. 113. 2 3 Hopkins 1994, pp. i-ii. 2 4 I b i d . , p . 2 1 . 2 5 Ibid., p. i. 2 6 H a m i l l l 9 9 6 i p . 4 4 . 2 7 Matthew Arnold, Antología, Visor, Madrid, 1976. 2 8 Hatfield y Rapson 1996, p. 44; Tennov 1979; Beach y Tesser 1998. ^Platón 1999, p. 40. ^ H a m i l l 1996, p. 38. 3 1 W h i t t i e r l 9 8 8 , p. 46. 3 2 Solomon 1990. 3 3 Hopkins 1994, p. 42. 3 4 Tennov 1979, p. 31. 3 5 Fowler 1994. ^ H o p k i n s 1994, p. 22. 3 7 H a m i l l l 9 9 6 , p. 59. 3 8 Milton 1949. 3 9 Tesser y Reardon 1981. 4 0 Rocamora 1998, pp. 84,87,94. 41 Shakespeare, Romeo y Julieta (acto I, escena IV, líneas 41-50), Cáte- dra, Madrid, 2001. 4 2 Ibíd, acto I, escena V. 4 3 Whittíerl998, p. 30. ^Wolkstein 1991. 4 5 Ibíd.,p. 129. 4 6 Ibíd., p. 101. 4 7 Ibíd.,p. 48. 4 8 Harris 1995, p. 110. 2 6 6
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    H E LE N FISHER 4 9 Hopkins 1994, p. 87. 5 0 Buss 1994; B u u n k y Hupka 1987. 5 1 Collins y Gregor 1995. 5 2 Cancianl987. s 3 Yutang 1954, p. 73. 5 4 Hopkins 1994, p. 18. 5 5 T e n n o v l 9 7 9 . 5 6 F l e x n o r l 9 6 5 . 5 7 Piatön 1999, p. 40. 5 8 Marazziti etal. 1999. 5 9 Tesser y Reardon 1981. 6 0 Random House Treasury, p. 321. 6 1 HatfieldyWalsterl978. 6 2 Darwin 1872/1965. 2 M A G N E T I S M O A N I M A L 1 Darwin 1871/sin fecha, p. 745. 2 Ibid., p. 744. 3 Moss 1988, p. 118. 4 Ryden 1989, p. 147. 5 King 1990, p. 127. 6 Penny 1988, p. 28. 7 Harrington y Paquet, 1982, p. v. 8 M e c h 1970, p. 112. 9 Darwin 1871/ sin fecha, p. 674. 1 0 Smuts 1985, pp. 4-5. 1 1 Tinbergen 1959, p. 29. 1 2 DaggyFosterl976, p. 129. 1 3 Schauer 1973, p. 78. 1 4 M o s s l 9 8 8 , p.115. 1 5 Galdikas 1995, pp. 144-145. 1 6 Schaller, 1973, p. 79. 1 7 Sankhala 1977, p. 67. 1 8 Churchfield 1991, p. 27. 267
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    P O RQUÉ AMAMOS 1 9 Darwin 1871/sin fecha, p. 653. w R y d e n l 9 8 9 , p.51. 2 1 T h o m a s l 9 9 3 , pp. 54-55. 2 2 T h o m a s l 9 9 3 , p. 72. 2 3 H i l l y S m i t h , 1984. 2 4 G o o d a l l l 9 8 6 , p. 446. 2 S Ibíd. 2 6 B e a c h l 9 7 6 , p. 131. 2 7 Darwin 1871/sin fecha, p. 704. 2 8 W i l s o n y D a l y l 9 9 2 . ^ G o o d a l l i g s e , p. 446. 3 ü T h o m a s l 9 9 3 , p. 46. 3 1 Pines 1999; Kanin et al. 1970. 3 2 B r o d i e 1998, p. 257. 3 3 R e b h u n 1995, p. 245. 3 4 H a r r i s 1995, p. 122. 3 5 M c N a m e e l 9 8 4 , p. 19. 3 6 Barash y Lipton 2001. 3 7 T h o m a s l 9 9 3 , p.49. 3 8 G o o d a l l 1986, p. 459. 3 9 W i l s o n y D a l y l 9 9 2 . ^SchmittyBuss 2001. 4 1 Schmitt2001. 4 2 Melis y Argiolas 1995; Dluzen et al. 1981; Herbert 1996; Etgen et al. 1999; Etgen y Morales 2002. 4 3 Herbert 1996. 4 4 Gingrich et al. 2000; Young et al. 1998. 4 5 InselyCarter 1995. 4 6 Wang et al. 1999; Gingrich et al. 2000. 4 7 Gingrich etal. 2000. 4 8 Dluzen etal. 1981. 4 9 Fabre-Nys et al. 1997. 5 0 Etgen etal. 1999. 5 1 Wolksteinl991,p. 79. 5 2 Varios científicos creen que los animales carecen de ciertas regiones de la corteza cerebral más evolucionadas y de otros sistemas cerebrales que hacen posible el conocimiento consciente y la conciencia de la pro- 2 6 8
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    H E LE N FISHER pia identidad, es decir, de los mecanismos necesarios para darse cuenta de las propias emociones. Otros creen que los mamíferos más desarrollados perciben sus emociones (Humphrey 2002, De Waal 1996). Yo sospecho que el conocimiento consciente de uno mismo, de los propios sentimien- tos y del mundo exterior van desde la mera conciencia del «aquí» y del «ahora» a una conciencia más amplia del pasado y del futuro lejanos (Da¬ masio 1994). Los mamíferos se distribuyen a lo largo de este continuum: muchos son conscientes de sus emociones, incluida la atracción hacia otros individuos específicos. Pero no realizan un análisis detallado de es- tos sentimientos. 3 L A Q U Í M I C A D E L A M O R H o m e r o 1990, p. 376. 2 Hortvitz et al. 1997; Schultz et al. 1997; Shultz 2000. 3 Kiyatkin 1995; Salamone 1996; Robbins y Everitt 1996; Wise 1996; Luciana et al. 1998. 4 Murray y Holmes 1997. 5 Hortvitz et al. 1997; Schultz etal. 1997; Schultz 2000. 6 Pfaffl999; Panksepp 1998. 7 Wise 1998; ColleyWise 1988; Post, Weiss y Pert 1998; K r u k y Pycock 1991;Volkowetal. 1997. 0 Abbot 2002; Schultz et al. 1997; Wise 1989, 1996, 1998; Robbins y Everitt 1996. 9 Schultz 2000; Martin-Soelch et al. 2001 1 0 Griffin y Taylor 1995. 1 1 Flamentetal. 1985; Hollanderetal. 1988; Thoren etal. 1980. 1 2 H. Fisher 1998. 1 3 Marazziti et al. 1999. 1 4 Luciana, Collins y Depue 1998. 1 5 Whittier 1988. 1 6 Mashek, Aron y Fisher 2000. 1 7 Hatfield y Sprecher 1986a; Berscheid y Reis 1998; Walster et al. 1966. 1 8 Whittier 1998, «The Sun Rising», p. 25. 2 6 9
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    P O RQUÉ AMAMOS i 9 A r o n , A r o n y A l l e n 1998. 2 0 Hatfield y Sprecherl986a. 2 1 Platón 1999, p. 23. 2 2 Ibíd., p. 24. 2 S Flexnorl965,p.200, 2 4 H. Fisher et al. 2003; Aron et al. (en preparación). 2 5 El cerebro consta de dos mitades o hemisferios. De ahí que existan dos núcleos caudados, uno en el hemisferio derecho y otro en el izquier- do. En nuestro experimento, encontramos actividad sólo en la cola y el cuerpo del caudado derecho, así como en la región ventral tegmental. En la actualidad muchos neurólogos creen que las emociones positivas ema- nan en gran parte de las estructuras cerebrales de la izquierda mientras que las negativas se generan principalmente en las estructuras cerebrales de la derecha. Pero existen varios experimentos que contradicen esta gene- ralización, ya que han registrado emociones positivas procedentes de re- giones cerebrales del lado derecho. No sabemos por qué los sujetos ena- morados que participaron en nuestro experimento mostraban actividad en el caudado y V T A de la derecha, en lugar de en el caudado izquierdo, o bilateralmente. Mi teoría es que la primera etapa del amor romántico está asociada a unos sentimientos latentes de ansiedad e impaciencia, es- tados incómodos de ía mente. 2 6 Schultz 2000; Delgado et al. 2000; Elliott et al. 2003; Gold 2003. 2 7 Saint-Cyr 2003; Knowlton et al. 1996. 2 8 S m a l l e t a l . 2001. 2 9 Wise 1996; Volkow et al. 1997; Schultz, Dayan y Montague 1997; Schultz 2000; Fiorillo, Tobler y Schultz 2003; Martin-Soelch et al. 2001; Breiter et al. 2001. 3 0 H. Fisher 1998; H. Fisher et al. 2002a; H. Fisher et al. 2002b. S 1 Schultz 2000. 3 2 Horvitz et al. 1997; Wickelgren 1997. 3 3 Damasio 1994. 3 4 Bartels y Zeki 2000. 3 5 Damasio 1994. 3 6 Bartels y Zeki 200Ö; Gehring y Willoughby 2002; L u u y Posner 2003; Richmond et al. 2003. 3 7 Brown, comunicación personal. 3 8 Aron y Aron 1991; Aron et al. 1995; Aron y Aron 1996. 270
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    H E LE N FISHER 3 9 EI neurólogo Donald Pfaff sostiene (Pfaff 1999) que todos los im- pulsos tienen dos componentes: (a) Un sistema de excitación general en el cerebro que produce la energía y la motivación para cubrir todas las necesidades biológicas, (b) Una constelación específica de sistemas ce- rebrales que produce los sentimientos, pensamientos y conductas aso- ciadas a cada necesidad biológica concreta. Pfaff afirma que el compo- nente de la excitación general de todos los impulsos está asociado con la acción de la dopamina, la norepinefrina, la serotonina, la acetilcolina, las histaminas, la orexina, la prostaglandína D sin tasa y puede que otras sustancias químicas cerebrales. La constelación específica de regiones cerebrales y sistemas asociados con cada impulso determinado varía con- siderablemente. Nuestro estudio mediante I M R f parece dejar al descu- bierto el componente de excitación general del amor romántico, asocia- do al área ventral tegmental y a la distribución de la dopamina central. Sin embargo, también encontramos activación en el cuerpo y la cola del caudado, el septum, la materia blanca del cingulado posterior y otras áreas, así como desactivaciones en varias regiones cerebrales (H. Fisher et al. 2003; A r o n et al., en preparación). Todo ello puede constituir par- te del sistema específico de la primera e intensa fase del amor románti- co. Probablemente sea necesario un protocolo diferente y / o una tecno- logía más sofisticada para establecer la totalidad de correlaciones neurales asociadas al impulso de amar. No obstante, los sentimientos, pensamientos, motivaciones y conductas asociadas con la pasión román- tica pueden ser tan variados según los individuos que quizá sea imposi- ble registrar mediante el análisis de grupos la totalidad de los sistemas básicos implicados, 4 0 Pfaff 1999. 4 1 Platón 1999, p. 40. [vO] Ver cita traducida. 4 a El núcleo caudado tiene numerosos receptores para la norepine- frina y la serotonina (Afifi y Bergman 1998). No obstante es necesario establecer si éstas u otras regiones se activan con la pasión romántica. 4 3 Algunas regiones de la corteza prefrontal están asociadas al con- trol de las recompensas. La corteza orbitofrontal está específicamente relacionada con la detección, percepción y esperanza de la recompensa (Schultz 2000), así como con la discriminación entre varias recompen- sas y la preferencia de unas sobre otras (Schultz 2000; Martin-Soelch et 271
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    P O RQUÉ AMAMOS al. 2001; Rolls 2000). C o n la cercana corteza prefrontal medial experi- mentamos las emociones, dotamos de significado a nuestras percepcio- nes (Cárter 1998; Teasdale et al. 1999), dirigimos las conductas relacio- nadas con las recompensas (Óngur y Price 2000), generamos nuestro estado de ánimo (Ongur y Price 2000, p. 216) y nuestras preferencias (Óngur y Price 2000, p. 215). El núcleo caudado tiene largos cables ner- viosos que se proyectan directamente desde y hacia las cortezas orbito- frontal y prefrontal medial (Óngur y Price 2000). Estas regiones cere- brales se activaron en algunos de nuestros sujetos, pero no en todos. Esta variación puede deberse a las dificultades de la tecnología I M R f o a que los sujetos estaban experimentando estados de ánimo ligeramente distintos, que a su vez activaban regiones cerebrales ligeramente distin- tas. Los análisis de grupo que llevamos a cabo no revelaron estas sutiles variaciones individuales. 4 4 D i c k i n s o n l 9 9 5 , nf l 632. 4 L A T E L A R A Ñ A D E L A M O R 1 Shakespeare 1936, Love's Labors Lost,acto IV, escena III, línea 341. 2 H. Fisher 1998; H. Fisher et al. 2002a; H. Fisher et al. 2002b. 3 H. Fisher 1989,1992,1998,1999. 4 H a m i l l 1996, p. 32. 5 Tennovl979;HatfieldyRapson 1996. 6 Jankowiak 1995. 7 Bell 1995. 8 R e b h u n l 9 9 5 , p . 2 5 3 . 9 R e b h u n l 9 9 5 , p. 254. 1 0 Los estudios con animales indican que algunas estructuras cerebra- les están asociadas con el impulso y la expresión sexual, incluyendo la amígdala media, el área preóptica medial, el núcleo paraventricular y la sustancia gris periacueductal (Heaton, 2000). Utilizando IMRf, Arnow y otros colegas concluyeron que cuando los sujetos masculinos visionaban imágenes eróticas, mostraban fuertes activaciones en la región subinsular derecha, incluyendo el antemuro, el caudado izquierdo y el putamen, las circunvoluciones occipital media derecha y temporal media, la circunvo- 2 7 2
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    H E LE N FISHER lución c in guiada bilateral y las regiones premotora y sensitivomotora de- recha, mientras que en el hipotálamo derecho se producía una activa- ción menor (Arnow et al., 2002). Beauregard y otros colegas midieron también la activación del cerebro (utilizando IMRf) en hombres que vi- sionaban fragmentos de películas eróticas (Beauregard et al., 2001). Las activaciones se producían en las estructuras límbicas y paralímbicas, in- cluida la amígdala derecha, el polo temporal anterior derecho y el hipo- tálamo. Utilizando IMRf, Karama y otros colegas registraron la actividad cerebral mientras hombres y mujeres visionaban extractos de películas eróticas (Karama y otros, 2002). La señal del nivel de oxígeno en sangre aumentaba en la corteza cingulada anterior, la corteza prefrontal me- dial, la corteza órbitofrontal, las cortezas insular y occipitotemporal, así como en la amígdala y el estriado ventral. Los hombres también mostra- ron una activación del tálamo y el hipotálamo significativamente mayor que la de las mujeres, especialmente en un área sexualmente dimórfíca asociada con la excitación y la conducta sexual. En otro experimento, los investigadores midieron la actividad cerebral de ocho hombres mientras estos sujetos experimentaban el orgasmo. El flujo sanguíneo disminuía en todas las regiones de la corteza cerebral excepto en una de la corteza prefrontal, en la que aumentaba extraordinariamente (Tiiho- nen et al., 1994). Quizá este descenso de la actividad explique por qué durante el orgasmo la persona pierde casi por completo la conciencia del mundo en general. 1 1 Arnow et al., 2002. 1 2 F a r b l 9 8 S . 1 3 Edwards and Booth 1994; Sherwin 1994. 1 4 Van Goozen et al., 1997. 1 5 Edwards y Booth 1994. 1 6 HállstrómySamuelsson 1990. 1 7 TavrisySaddl977. 1 8 Meikle « a l . , 1988. l 9 N y b o r g l 9 9 4 . ^ H o a g l a n d ^ g S . 2 1 EllisySymonsl990. 2 2 Blum 1997. 2 3 EllisySymonsl990. 2 4 Reinisch y Beasley 1990, p. 92. 2 7 3
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    POR Q UÉ AMAMOS 2 5 Laumann et al., 1994; Ellisy Symons 1990. Dado que esta diferencia de género también existe en Japón y en Gran Bretaña (Barash y Lipton 1997, Wilson y Land 1981), algunos científicos opinan que estas variacio- nes pueden ser heredadas. Esto sería lógico. Las hembras de las aves y de los mamíferos deben permanecer quietas y en actitud cooperativa para que se produzca el coito. Ylos machos deben mostrar cierta seguridad en sí mismos para aparearse con éxito. Por tanto, las muestras de rendición por parte de la hembra en conjunción con las actitudes de dominación por parte del macho constituyen señales importantes para el apareamien- to (Eibl-Eibesfeldt 1989). De hecho, el etólogo Ireneus Eibl-Eibesfeldt propone que estas constantes de la sexualidad humana, la dominación del macho y la rendición de la hembra, evolucionaron a partir de regio- nes primitivas del cerebro con el fin de garantizar el éxito del aparea- miento en todos los reptiles, aves y mamíferos. 2 6 Laumann et al., 1994. 2 7 EHis y Symons 1990; Barash y Lipton 1997. 2 8 Hull et al., 1995; H u l l et al., 1997; Kawashima y Takagi 1994. 2 9 L i u et al., 1998; Herbert 1996. 3 0 Ferrari y Giuliani 1995. 3 1 H u l l et al., 1995; Wenkstern etal., 1993; West et al., 1992. 3 2 H u l l et al.,1995. 3 3 Clayton et al., 2000; Walker et al., 1993; Heaton 2000. 3 4 WalkeretaL, 1993; Coleman etal., 1999; Ascher etal., 1995. 3 5 Mayerhofer et al., 1992; Fernández et a l , 1975; Cardinali et al,, 1975. ^Fabre-NysiggS. 3 7 H o p k i n s l 9 9 4 , p . 14. 3 8 Sherwin et al., 1985 Sherwin y Gelfand 1987. 3 9 A h e a r n 1998. 4 0 Damsma et al., 1992; Pleim et al., 1990; Yang et al., 1996. 4 1 Hull etal., 1999. 4 2 T.J.Jonesetal., 1998. 4 3 Netter et al., 1998; Sundblad y Eriksson 1997; González et al., 1994. ^MatthewArnold, «To Marguerite». En Quiller-Couch 1919. 4 5 H a t n e l d l 9 8 8 , p. 191. 4 6 Shostak 1981, p. 268. 4 7 Bell 1995, p. 158. 274
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    H E LE N FISHER 4 8 R e b h u n 1995, p. 252. 4 9 McCullough 2001. M Bowlby 1969,1973,1980. 5 1 Carter et al., 1997; Young, Wang e Insel 1998; Young et a l , 1999; Wang, Ferris y DeVries 1994; Pitkow et al., 2001. 5 2 Wang, Ferris y DeVries 1994. 5s Shakespeare 1936, El sueño de una noche de verano, acto III, escena III, líneas217-220. 5 4 Pedersen et al., 1992; Carter, DeVries y Getz 1995. 5 5 Pedersen etal., 1992. 5 6 Young, Wang e Insel 1998; Williams etal., 1994. 5 7 Damasiol994, p. 122. 5 8 Young, Wang, Insel 1998; Charmichael et al., 1987. 5 9 Villalba, Auger y DeVries 1999; Delville, Mansour y Ferris 1996; WangyDeVries 1995; Wang etal., 1994. ^ArsenijevicyTribollet 1998;Johnson etal., 1991. 6 1 Winslowe Insel 1991a. Winslow e Insel 1991b. f i 2 Sirotkin y Nitray 1992; Homeiday Khalafalla 1990. Cuando un ratón de campo macho cohabita con una hembra, los niveles de vasopresina y testosterona aumentan (Wang et al., 1994). La vasopresina parece gene- rar expresiones de apego, la señalización por el olor y conductas de cepi- llado (Winslow e Insel 1991b) mientras que la testosterona probablemen- te desencadena la defensa agresiva del nido frente a los intrusos. m Thomas, K i m y A m i c o 1996a; Thomas, K i m y A m i c o 1996b. 6 4 Delville y Ferris 1995. 6 5 Booth and Dabas 1993. 6 6 Berg y Wynne-Edwards 2001. 6 7 De Ridder, Pinxten y Eens 2000; Raouf et al., 1997. 6 8 Wingfieldl994. 6 9 Galfi et al., 2001; Ginsberg et al., 1994. 7 0 Kovacs etal., 1990; Schwarzberg et al., 1981; Van de Kar et al., 1998. 7 1 Reik 1964. 7 2 Lee 1973,1988. 7 3 Fehr 1998; Aron y Westbay 1996; Hatfield y Sprecher 1986a; Critelli, Myers y Loos 1986; Hendrick y Hendrick 1986a; Hendrick y Hendrick 1986b; Zick 1970; Hazan y Shaver 1987. 7 4 Sternberg 1986. 2 7 5
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    POR QUÉ AMAMOS 75 F i n c k l 8 9 1 , p . 224. 7 6 Ekman 2003. 7 7 Evans 2001. 7 8 Damasio 1994, p. 152. 5 «ESE PRIMER EMBELESO DESPREOCUPADO Y MARAVILLOSO» 1 Random House Treasury 2 Hatfield 1998, p. 204 3 Walster y Berscheid 1971; Dutton y Aron 1974; Hatfield y Sprecher 1986b; Axon etal. 1989. 4 Pines 1999. 5 Shepherl971. 6 Galton 1884; Rushton 1989; Laumann et al. 1994; Pines 1999. 7 Buston y Emlen 2003. 8 Byrne, Clore y Smeaton 1986. Cappella y Palmer 1990. 9 WaUeryShaverl994. 1 0 Laumann et al. 1994. n L a m p e r t l 9 9 7 . 1 2 Wedekind etal. 1995. 1 3 GangestadyThornhill 1997. 1 4 Gangestad, Thornhill y Yeo 1994; Jones y H i l l 1993. 1 5 Langloisy Roggman 1990, 1 0 Langlois et al. 1987. 1 7 Hamilton y Zuk 1982; Thornhill y Gangestad 1993. 1 8 GangestadyThornhill 1997. 1 9 A h a r o n etal. 2001. 2 0 Buss 1994. 2 1 GangestadyThornhill 1997. ^ T h o r n h i l l , Gangestad y Comer 1995. 2 3 Ibid. 2 4 Manning y Scutt 1996. 2 5 Manning et al. 1996, 2 6 Singh 1993. 2 7 Singh 2002. 2 7 6
  • 265.
    H E i£ N FISHER 2 8 Singh 1993,2002. 2 9 Buss et al. 1990. ^ F o r d y B e a c h 1951; Ellis 1992. 3 1 Wolksteinl991,pp. 6-7. 3 2 Jankowiakl995,p. 10. 3 3 Harrison y Saeed 1977. 3 4 Buss 1994. 3 5 Guttentagy Secord 1983; Low 1991. 5 6 Dion, Berscheid y Walster 1972. 3 7 Johnston 1999. 3 8 Buss 1994. 3 9 H. Fisher et al. 2003; Aron et al., en preparación. 4 0 Kanin, Davidson y Scheck 1970; Dion y Dion 1985; Peplau y Gordon 1985. 4 1 Berscheid et al. 1971 ; Lerner y Karabenick 1974. 4 2 T a n n e n 1990;Tavris 1992. 4 3 Baron-Cohen 2003. 4 4 H.Fisher 1999. 4 5 Hatfield y Rapson 1996; Tennov 1979. 4 6 H. Fisher et al. 2003; Aron et al., en preparación. 4 7 Damasio 1999. 4 8 Harrison y Saeed 1977. 4 9 Ellis 1992; Buss 1994. 5 0 Ellis 1992; Buss 1994. 5 1 Kenrick et al. 1990. 5 2 Wolkstein 1991, p. 52. 5 3 Ibid. p. 103. 5 4 Lerner y Karabenick 1974. 5 5 Buss 2003, p. 242. 5 6 Johnston 1999. 5 7 Dion y Dion 1988; Hendrick y Hendrick 1986b; Sprecher et al. 1994. 5 8 Buss 1994. 5 9 Buss y Schmitt 1993; Kenrick et aL 1993; Gangestad y Thornhill 1997. 6 0 Buss 2003; Cristiani 2003. 0 1 Buss 2003. 6 2 Kenrick et al. 1990 277
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    POR QUÉ AMAMOS 63 B u s s l 9 9 4 . 64 Shakespeare, El mercader de Venecia, acto III, escena II, línea 63. 6 5 WalleryShaverl994. 66 Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto I, escena I, líneas 241-242. 6 7 HatfieldyRapson 1996. ^ P i n e s ^ ^ . 6 9 Hendrix 1992,1988. 7 ü B o w e n 1978. 7 1 HazanyShaverl987. 7 2 Bowlbyl969. 7 3 Ainsworth etal. 1978. 7 4 A r o n s o n 1998. 7 5 Roethke, «The Motion». 7 6 R e i k l 9 6 4 . 7 7 D a r w i n (1859/1978, 187l/sin fecha). Darwín (1871/sin fecha) dis- tinguía entre dos tipos de selección sexual: la selección tnír<asexual, me- diante la cual los miembros de un sexo desarrollan características que les permiten competir directamente entre sí para conseguir oportunidades de emparejarse, y la selección tnfcrsexual, o «elección de la pareja», me- diante la que los individuos de un sexo desarrollan unas determinadas ca- racterísticas porque el sexo opuesto las prefiere. La cornamenta del alce macho es un buen ejemplo del primer principio de Darwin. Este apéndi- ce se desarrolló para permitir a su portador intimidar a otros machos du- rante la época del celo. La segunda forma de selección sexual de Darwin es la que atañe directamente a este libro: la elección de la pareja. Los pe- chos de las hembras humanas son un buen ejemplo. A diferencia de las tetillas de las hembras en los animales, estos apéndices carnosos se desa- rrollaron principalmente porque a nuestros ancestros masculinos les gus- taban. De hecho, los científicos llaman actualmente a estos adornos desa- rrollados para la elección de pareja «indicadores de apütud física», precisamente porque son extremos, impresionantes, metabólicamente costosos, difíciles de falsificar e inútiles en la lucha diaria por la supervi- vencia (Fisher 1915; Zahavi 1975; Miller 2000). Debido a que estas carac- terísticas son «obstáculos», sólo los más aptos pueden desarrollarlas y mantenerlas (Zahavi 1975). Por esta razón, tales características llaman la atención. 2 7 8
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    H E LE N FISHER 7 8 Miller 2000, p. 35. 7 9 Miller 2000. 8 0 Ibid. pp. 3, 29. 8 1 Ibid. p. 7. M Darwin 1871 / s i n fecha, p. 743. 6 P O R Q U É A M A M O S ' B r u n e r e t a l . 2002. 2 H. Fisher 1989,1992,1999. 3 Reno et al. 2003. 4 Young, Wang e Insel 1998; Young et al. 1999, p. 768; Insel 2000. 3 Rosenthal 2002, p. 280. 6 Eclesiastés 1:9-12. 7 H. Fisher 1992. 8 Lancaster y Lancaster 1983. 9 H. Fisher 1992. 1 0 Pottsl988. 1 1 Walker y Leakey 1993. l a A l l m a n 1999. 1 3 Ibíd. 1 4 Ibíd. 1 5 Los antropólogos propusieron hace tiempo que la maduración retrasada se desarrolló con el fin de proporcionar a los jóvenes el tiem- po suficiente para aprender las capacidades que necesitarían en la edad adulta. Ultimamente han aparecido algunas nuevas teorías. Algu- nos sostienen que la larga infancia de los humanos evolucionó parale- lamente al desarrollo de nuestro gran cerebro, debido a que la com- plejidad cerebral necesita tiempo para desarrollarse. Otros defienden que los genes que determinan la larga duración de la infancia surgie- ron a la vez que los que marcan un periodo adulto también más largo: nuestros antepasados mantenían su relación de dependencia durante unos dieciocho años para conservar la energía mientras sus familiares de mediana edad cazaban y recolectaban; así, a medida que los jóvenes iban madurando, podían ocuparse de sus parientes de más edad. Lo 2 7 9
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    P O RQUÉ AMAMOS contrario también podría haber ocurrido: los padres desarrollaron una capacidad genética para vivir más tiempo a fin de poder cuidar de niños que maduraban lentamente. Otro punto de vista es el de que las especies con una esperanza de vida más larga tienden a posponer la re- producción con el fin de mejorar la calidad de su descendencia. Como todos los cambios evolutivos importantes, el retraso de la maduración probablemente obedeció a muchas razones. Yo añadiré otra. Quizá este rasgo biológico se desarrolló en parte para dar más tiempo a los niños de nuestros ancestros a adquirir una mayor experiencia emocio- nal sobre el sexo y el amor. i 6 R y a n l 9 9 8 . 1 7 Miller2000. 1 8 Hendenson 2003. 1 9 Povinelliay Preussc 1995. 2 ü K o h n 2000. 2 1 Falk 2000; Rilling e Insel 199b; Stephan, Barón y Frahm 1988; Dea¬ con 1988. 2 2 Stephan, Frahm y Barón 1981. 2 3 W a d e 2001. 2 4 Rilling e Insel 1999a; Rilling e Insel 1999b. 2 5 Bower 2002. 2 6 Turner 2000; Stephan 1983; Deacon 1988. 2 7 Rilling e Insel 1999b. 2 8 Duncan et al. 2000. Tenemos muchos tipos de inteligencia. La «in- teligencia general» se refiere a un grupo numeroso de aptitudes relacio- nadas entre sí, incluyendo nuestra capacidad para relacionar hechos, ra- zonar, valorar opciones, utilizar previsiones, producir ideas, tomar decisiones, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas, asimilar con rapidez, aprender de la experiencia y pla- nificar sobre el futuro (Spearman 1904; Carroll 1997). La creatividad y el pragmatismo son formas de inteligencia humana (Sternberg 1985). Hombres y mujeres también tienen muchas aptitudes específicas, entre ellas el talento musical, la inteligencia espacial y la articulación básica, consistiendo esta úlrima en la capacidad de encontrar la palabra adecua- da rápidamente (Gardner 1983). La «inteligencia emocional», la capaci- dad de ser consciente de uno mismo, controlar los propios impulsos y actuar con destreza en circunstancias sociales difíciles es un talento hu- 280
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    H E LE N FISHER mano (Goleman 1995). Yo creo que el «sentido del humor» es una for- ma de inteligencia. Y he acuñado el término «inteligencia sexual» para describir la capacidad de ser sensible a las necesidades de la pareja, ex- presar los propios deseos con habilidad y actuar adecuadamente al ha- cer el amor. 2 9 Stephan, Frahm y Barón 1981. "Ibíd. 3 1 Ibíd. 3 2 Semendeferi et al. 1997; Finlay y Darlington 1995. ^WhittieriggS. 3 4 Laumann et al. 1994. 3 5 DeLamater 1995; Cherlin 1995. 3 6 Moreíl 1998. 3 7 Daly, Wilson y Weghorst 1982; Wilson y Daly 1992. 3 8 Black 1996; Mocky Fujioka 1990. " M o r e l l 1998. 7 E L AMOR PERDIDO 1 Stalhvorthy 1973, p. 293. 2 H a m i l l 1996, p. 133. 3 Baumeister, Wotman y Stillwell 1993. 4 Baumeister y Dhavale 2001. 5 Evans 2001, p. 52. 6 M e l o y l 9 9 8 . 7 Stallworthy 1973, p. 297. 8 Ibid., p. 275. 9 Alarcönl992, p. 110. 1 0 Stallworthy 1973, p. 260. u M i I l a y l 9 8 8 , p . 86. 1 2 Jankowiak 1995, p. 179. 1 3 Harris 1995, p. 113. ] 4 H a r r i s o n l 9 8 6 . 1 5 Jankowiak 1995. 1 6 Bowlby 1973; Panksepp 1998; Lewis, Amini y Lannon 2000. 281
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    P O RQ U É AMAMOS 1 7 W h i t t i e r l 9 8 8 , p. 82. 1 8 Schultz 2000. ) 9 Panksepp 1998. ^ L e w i S t A m i n i y L a n n o n 2000; Panksepp 1998. 2 1 Panksepp 1998. 2 2 Baumeister y Dhavale 2001. 2 3 Bowlby 1973; Panksepp 1998. 2 4 Lewis, Amini y Lannon 2000. 2 5 El pánico afecta a una región del mesencéfalo, la materia gris del pe- riacueducto, una región situada cerca de las que generan el dolor físico. La materia gris del periacueducto envía señales a muchas otras partes del sistema del pánico. Nadie sabe exactamente qué sustancias químicas del cerebro producen los sentimientos de la ansiedad de separación y el páni- co (Panksepp 1998). El glutamato, el neurotransmisor con mayor poder de excitación, es probablemente uno de ellos; interviene en todo lo que hacemos. Cuando este neurotransmisor aumenta, los animales empiezan a emitir llamadas de angustia relacionadas específicamente con el aban- dono. Los científicos saben mucho más sobre lo que mitiga la ansiedad y el pánico que de dichos estados en sí mismos. Los opiáceos como la mor- fina reducen rápidamente las llamadas de angustia de los animales aban- donados. La oxitocina, la hormona asociada con el apego y los vínculos sociales, también disminuye la angustia provocada por la separación. Esta es probablemente la razón por la que los animales tienden a dejar de llo- rar cuando se les acaricia; el masaje activa la oxitocina y los receptores de los opiáceos. 2 8 Smith y Hoklund 1998; Campbell, Sedikides y Bossom 1994. 2 7 Kapit, Maceyy Meisami 2000; Nemeroff 1998, 2 8 Panksepp 1998. 2 9 Los científicos todavía no saben exactamente qué sustancias quí- micas del cerebro están relacionadas con esta furia, pero probable- mente son varias las que participan. (Panksepp 1998). La sustancia P, un neuromodulador, puede producir el enfado. El glutamato y la ace- tilcolina promueven la furia. Los niveles altos de norepinefrina y los niveles bajos de serotonina pueden generar también enfado. Y l o s ni- veles bajos de serotonina contribuyen asimismo a la impulsividad que generalmente acompaña a la furia (Panksepp 1998; Tiihonen et al. 1997). 2 8 2
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    H E LE N FISHER 3 0 Panksepp 1998. 3 1 Ibid. 3 2 Ibid., p. 196. 3 3 Dozier 2002. 3 4 Darwin 1871/sin fecha, p. 703. 3 5 Panksepp 1998. 3 6 Bowlby 1973; Shaver, Hazan y Bradshaw 1988. 3 7 Dozier 2002. ^ E l l i s y M a l a m u t h 2000. 3 9 Bowlby 1960,1973; Panksepp 1998. w M e a r n s l 9 9 1 . 4 1 Rosenthal 2002; Nemeroff 1998. 4 2 Baumeister, Wotman y Stillwell 1993; Buss 1994. 4 3 Hatfield y Rapson 1996. 4 4 Taffei 1990. 4 5 Tavris 1992. 4 6 Hatfield y Rapson 1996. 4 7 Ibid. ^WhittierigSS. 4 9 Ustun y Sartorius 1995. 5 0 Mearas 1991. 5 1 Hatfield y Rapson 1996. 5 2 Harlow, Harlow y Suomi 1971. 5 3 Panksepp 1998. 5 4 Schultz 2000. 5 5 Panksepp 1998. 5 f i Kapit, Macey y Meisami 2000; Panksepp 1998; Nemeroffl998. 5 7 Beck 1996; Niculescu y Akiskal 2001; Price et al. 1994; Nesse 1990, 1991; Panksepp 1998; McGuire y Troisi 1998. 5 8 Troisi y McGuire 2002; McGuire y Troisi 1998. 5 9 Hagen, Watson y Thomson, en preparación. 6 0 Watson y Andrews 2002. f i l Nesse 1991; Hagen, Watson y Thomson, en preparación, 6 2 Bowlby 1969; Amsworth et al. 1978; Hazan y Shaver 1987; Chisholm 1995. 6 3 Leary2001. 0 4 Baumeister y Dhavale 2001. 283
  • 272.
    POR Q UÉ AMAMOS 6 5 Stallworthy 1973, p. 266. 6 6 Buss 1994; Buunk y Hupka 1987. 6 7 B u u n k y H u p k a 1987. «VoracekSOOl. 6 9 Buss 2000. 7 0 Ibíd. 7 1 Stallworthy 1973, p. 282. 7 2 Sheets et al. 1997; Mathes 1986. 7 3 Meloy y Gothard 1995. 7 4 Fremouwetal. 1997. 7 5 Gugliotta 1997; Meloy 1998. 7 8 Gugliotta 1997; Meloy 1998; Jason et al. 1984; H a l l 1998. 7 7 Meloy, en imprenta. 7 8 Dozier 2002. 7 9 Ibíd. 8 0 Buss 1994; United Natíons Development Programme 1995a; Wilson y Daly 1992. 8 1 E. Goode 2000. 8 2 Ibíd. 8 3 Wilson y Daly 1992; United Natíons Development Programme 1995a. 8 4 Shakespeare, Otelo, acto III, escena III, líneas 304-307. 8 5 Wilson y Daly 1992. ^ D a l y y W i l s o n 1988. 8 7 W i l s o n y D a l y l 9 9 2 . 8 8 Dozier 2002. 8 9 Nadler y Dotan 1992; Shettel-Neuber, Bryson y Young 1978. 9 0 Gugliotta 1997. 9 1 E. Goode 2000. 9 2 Eurípides 1963, p. 17. 9 3 Ibíd. 9 4 Tiihonen et al. 1997; Panksepp 1998. 9 5 íbid. ^ M a c e y M a c e ^ S O . 9 7 Hagen, Watson y Thomson, en preparación. 284
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    H E LE N FISHER 8 C O N T R O L A R L A PASIÓN I Holmes 1997. 2 Whittierl998, p. 41. 3 H a m i l l l 9 9 6 , p. 13. 4 Yutangl954, p. 72. 5 Wolksteinl991,p,153. 6 Peele 1975, 1988; Carnes 1983; Halpern 1982; Tennov 1979; Hunter et al. 1981; Uebowitz 1983; Mellody et al. 1992; Griffin-Shelley 1991; Schaef 1989; Findling 1999. Dado que los científicos informan de que muchos aspectos de la personalidad tienen una base genética, sospecho que los sentimientos del amor romántico también tienen una impronta genética; dicho brevemente: diferentes personas sienten esta pasión en diferentes grados, con diferente intensidad y duración. En apoyo de esta hipótesis, existen siete formas de trastorno amoroso. Algunas personas son incapaces de enamorarse {Tennov 1979). Se casan y construyen una relación feliz y duradera pero dicen que nunca han sentido la pasión del amor romántico. Otros son «yonquis del amor». Son tan adictos a esta ex- citación que no pueden mantener una relación a largo plazo; cuando la pasión va desapareciendo, van en busca del siguiente «colocón» románti- co (Liebowitz 1983). De hecho el psiquiatra Donald Klein identificó una forma de depresión recurrente que sufren algunos de estos yonquis: la disforia histeroide. Cuando esta desastrosa relación amorosa empieza a desarrollarse, el amante sufre unos acusados cambios de humor (Liebo- witz 1983). Otros padecen lo que los psicólogos llaman el síndrome Cle- rambault-Kandinsky (CKS) o erotomanía. En este caso, el amante obsesio- nado ni siquiera conoce al amado (a menudo se trata de alguna persona famosa) y sin embargo delira pensando que dicha persona está enamora- da de él (Zona et al. 1993; Rosenthal 2002). 7 Leshner 1997; Rosenthal 2002. s BartelsyZeki 2000. 9 Regisl995. 1 0 AIarcon 1992, p. 85. I I Thayer 1996; Rosenthal 2002. 1 2 Rosenthal 2002. l s K o l a t a 2002. 2 8 5
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    POR QUÉ AMAMOS 14 Rosenthal 2002. Existen nuevos datos que indican que cuando a los ratones no se les permite practicar su rutina diaria de correr, se activan las regiones cerebrales asociadas con el ansia de alimento, sexo o drogas nar- cóticas. 1 5 Rosenthal 2002. 1 6 Carter 1998. 1 7 Stallworthyl973, p. 279. 1 6 Baumeister, Wotman y Stillwell 1993. 1 0 Baumeister y Dhavale 2001. 2 0 Stallworthy 1973, p. 253. 2 1 E. Goode, Petersen y Pollack 2002. 2 2 E. Goode, Petersen y Pollack 2002; Stahl 2000. 2 3 Fröhlich y Meston 2000; Rosenthal 2002. 2 4 Rosenthal 2002. 2 5 Ashton y Rosen 1998; Labatte el al. 1997; Walker et al. 1993; Clayton et al. 2000; Gitlan et al. 2000; Ascher et al. 1995; Rosenthal 2002. 2 6 Rosen thai 2002. 2 7 Brody et al. 2001; Goleman 1996, 2 8 Brodyetal. 2001; Goleman 1996; Rosenthal 2002. ^Brodyetal^OOl. 3 0 Ibid. 3 1 Un magnífico libro sobre cómo curar la depresión es The Emotional Revolution, del psiquiatra Norman Rosenthal (Rosenthal 2002). 3 2 Flexnorl965, p. 294. 3 3 Hamilll996, p. 70. 34 Shakespeare, A buen fin no hay mal principio, acto V, escena III. 3 5 Dutton y Aron 1974. 3 0 Hatfield 1988, p. 204. 3 7 Dutton y Aron 1974; Berscheid y Walster 1974; Aron y Aron 1986; Reissman et al. 1993; A r o n y A r o n 1996; Aron et al. 2000. 3 8 Norman y Aron 1995; Aron y Aron 1996; Aron et al. 2000. 3 9 Wolkstein 1991, p. 44. 4 0 Panksepp 1998. 4 1 Gallup 2003, comunicación personal. 4 2 Gallup et al. 2002. 4 3 Carter 1998. 4 4 H. Fisher y j . A. Thomson, en preparación. 2 8 6
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    H E LE N FISHER 4 5 Ibid. 4 6 M. Fisher, en preparación. 4 7 Ashton y Rosen 1998; Labbate et al. 1997; Walker et al. 1993; Gitlan etal. 2000. 4 8 Sternberg 1986; Cancian 1987; Hatfield y Rapson 1996. 4 9 Helgeson, Shaver y Dyer 1987. 5 0 Brod 1987; Fowlkes 1994; Tavris 1992. 5 1 Tannen 1990. 5 2 Fisher 1999. 3 3 Hatfield y Rapson 1996. 5 4 Brod 1987; Fowlkes 1994; Tavris 1992. 5 5 Tannen 1994. 5 6 H. Fisher 1999. 5 7 Ibid. 5 8 Rubin et al. 1980; Cancian 1987; Tavris 1992. 5 9 Tornstaml992. 6 0 Fisher 1999. 6 1 Buss 1988. 6 2 Cancian 1987; Tavris 1992. 6 3 Rubin etal. 1980; Tavris 1992. B 4 Gottman 1994. 6 5 Schultz 2000. f i f i Hopkins 1994, p. 55. 6 7 Epstein 2002. 6 8 Tucker y Aron 1993; Traupmann y Hatfield 1981; Mathes y Wise 1983. 6 9 Liebowitz 1983 7 0 Tucker y Aron 1993; Mathes y Wise 1983; Schnarch 1997. 7 1 Tucker y Aron 1993. 7 2 Knox 1970. 7 3 Ibid. 7 4 Schultz etal. 2000. 7 5 N o r m a n y A r o n 1995; Aron y Aron 1996. 7 6 Schultz etal. 2000. 7 7 L e D o u x l 9 9 6 7 8 Damasio 1994; LeDoux 1996. 7 9 Damasio 1994. 287
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    P O RQUÉ AMAMOS 8 0 L e D o u x l 9 9 6 . 8 1 Ibíd. 8 2 Ibíd. 9 «LA L O C U R A DE LOS DIOSES» 1 Ahearn 2001. 2 Hatfield yRapson 1996. 3 Buss 1994. * Rosenblat ty Anderson 1981; Broude y Green 1983; Prakasa y Rao 1979. 5 Rosenblatt y Anderson 1981; Prakasa y Rao 1979. e Mace y Mace 1980. 7 F r i e d l l 9 7 5 . 8 H. Fisher 1992; H. Fisher 1999. 9 W . J . Goode 1959; Frayser 1985. 1 0 H. Fisher 1999,1992; Stone 1988. 1 1 Bruce et al. 1995; W . J . Goode 1982. 1 3 Stone 1998; Stone 1990; W.J. Goode 1982. 1 3 H.Fisher 1999. 1 4 United Nations 1995b; United Nations 1995c. 1 5 Allgeiery Wiederman 1991; Hatfield y Rapson 1996. 1 6 Hatfield yRapson 1996. l 7 C a n c i a n l 9 8 7 . l s J e h l l 9 9 7 , p.A4. 1 9 Wattenbergl997. ^ R o w e ^ ? . 2 1 Hatfield y Rapson 1987. 2 2 P u r d y l 9 9 5 . 2 3 Wang y Nguyen 1995; Hatfield y Rapson 1987; Buder et al. 1995. 2 4 B u k r o f t y O ' C o n n e r - R o d e n 1986. 2 5 Cristiani2003. 2 6 H. Fisher 1992. 2 7 Stone 1990; Furstenburg 1996; Posner 1992. 2 8 I b i d . 2 8 8
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  • 315.
    AGRADECIMIENTOS Gracias, Ray Ca r r o l l , por tu sabiduría, tu h u m o r y tu verdadero apoyo. Gracias, A m a n d a U r b a n , mi agente literaria, por tu dedica- ción a este proyecto. Muchas gracias, D e b Brody y j e n n i f e r B a r t h , mis editores, por vuestros sabios consejos, Daniel R e i d p o r tu valiosa ayuda, J o h n Sterling y todos el equipo de H e n r y H o l t p o r vuestro en- tusiasmo p o r este libro. Me siento especialmente agradecida a mis colaboradores Lucy B r o w n , A r t A r o n , D e b Mashek, G r e g Strong y Haifang L i , por la enorme cantidad de tiempo, inteligencia y dedica- ción vertidos en nuestro proyecto del escáner I M R f , así como a las mujeres y hombres que se prestaron voluntariamente a nuestros ex- perimentos. Agradezco a M i c h e l l e Cristiani, M a r i k o Hasegawa y Toshikazu Hasegawa su ayuda en la recogida de datos d e l cuestio- nario sobre el amor romántico en Estados U n i d o s y Japón, y a Mac¬ Gregor Suzuki y Tony Oliva su análisis estadístico de este material. Agradezco ajennifer L e C l a i r y j o n a t h a n Stieglitz que me hayan ayu- dado en parte de la investigación. Me siento en deuda con muchos colegas y amigos p o r sus valiosos consejos o comentarios sobre par- tes del manuscrito, entre ellosJudy Andrews, Sydney Barrows, L a u - ra Betzig, M i c h a e l Bretón, A r n o l d B r o w n , Ray C a r r o l l , H i l l a r y D e l - Prete, P e r r y F a i t h o r n , Fletcher Hodges, B r e n d a n Perreault, D o n Praff, Michelle Press, Carolyn Reynolds, B r e n d a Sexton, G r e g Simp¬ son, Edward E. Smith, Barb Smuts, F r e d Suffet, L i o n e l Tiger, A n d y T h o m s o n , Janel Tortorice, Edie Weiner y Jeff Zeig. Agradezco su apoyo a j a c k H a r r i s y al resto de mis colegas de la Rutgers University y en especial a F. H. por su perspicacia, ingenio, apoyo y compañeris- mo. Todos los errores de este manuscrito son míos. 329
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    INDICE ANALÍTICO abandono, 41,191, 198, 199: furia del, 179, 185-188, 190 paranoia del, 179-181 propósito de, 187-190 temor al, 196, 200 Abelardo y Eloísa, 18 acoso, 13, 64, 174, 179, 198-202, 214, 244, 245; conyugal, 174, 244 por parte de mujeres, 200-202 ACTH, 185 Adams, Abigail, 108 Adán y Eva, 32 adaptación, depresión como, 192-195 adicción: amor romántico como, 71, 88, 90, 206-208, 210-212 dopaminay, 71, 90 Adictos Anónimos al Sexo y al Amor, 210 ADN, 122, 149, 153, 196, 200, 226: bebés portadores, 63 protección, 37 transmisión, 90, 228 adolescentes, 135, 241, 246 adrenalina, 218, 219 adrenocorticotrofina, hormona de la; wtoíACTH adulterio, 13, 173, 174, 244 adversidad: y amor tomántico, 40, 183 y pasión, 32-35,44, 73, 74 afecto en los animales, 54, 55, 67 Africa, 161, 172, 197, 238 Africa del Este, 148, 150, 157 afrodisíacos, 100, 101 Agamenón (Esquilo), 194 ágape, 115 Ahearn, Laura, 235 Ainsworth, Mary, 141 Alcohólicos Anónimos, 210, 211 Alien, Woody, 169 Almanaque del buen Ricardo (Franklin), 209 amados, 22-24, 74, 93 amantes: psique, 140-142 Amiel, Henry Frederic, 28 amígdala, 171, 186, 233 Amini, Fari, 184 331
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    P O RQ U É AMAMOS amor, II, 12, 113-115, 174: adversidad en el, 34, 35 entre animales, 43-67 aventuras del, 137, 138, 141, 142, 246 cambios con el tiempo, 91, 92, 107, 108 caprichoso, 172-174 cartas de, 169,235,236 y cerebro femenino, 133-135 y cerebro masculino, 130, 131 conjurar al, 217-220 a corto plazo, 136-138 sin edad, 241 en la elección del cónyuge, 128 y enfado/disgusto, 189, 190 formas de, 40, 41 frustrado, 74, 95 futuro, 235-246 involuntario e incontrolable, 39 mal de, 207-210 mapas de, 138-140, 141,229 a mas de una persona a la vez, 114 momento de, 239, 240 y odio, 186 perdido, 174-203 por qué el, 147-174, 241-243 al primer olor, 60 a primera vista, 58 química del, 69-95 tipos de, 115, 116 véase también amor romántico amor, investigación sobre el, 19-22, 23, 25, 27-30, 37, 133, 190: la adversidad acrecienta la pasión, 33-35 en busca de pistas, 30, 31 cambio de prioridades, 31 cambios de ánimo, 28, 29 deseo sexual, 36, 37 engrandecimiento del ser amado, 24 fuego emocional, 25 guarda de la pareja, 63, 64 intensa energía, 26-28 modelo de activación cerebral, 82, 83,88 necesidad de unión emocional, 29 pensamiento intrusivo, 25 significado especial, 22 unión emocional, 38 amor apasionado, escala del, 83, 88 amor compañero, 107, 116 amor consumado, 116 amor correspondido, 41 amor cortés, 27, 37 amor fatuo, 116 amor no correspondido, 19, 41, 82 amor pragmático, 116 amor romántico, 11-13, 19, 28,212, 220, 221,245: actividades que lo estimulan, 218, 219 como adicción, 71, 88, 206-208, 210-213 animales y el, 44, 45 apego y, 112-115 atracción que se convierte en, 150, 158 aumento del, 243, 244 características del, 19, 20, 27, 35, 36, 56 características en los animales, 49, 50 celos, 197, 198 componentes del, 116, 117 3 3 2
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    H E LE N FISHER componentes químicos del apego, 112 entre contrarios, 122-124 deseo sexual en el, 36, 37, 103-106, 113-115 disminuye con el tiempo, 101, 102, 107 dopamina en el, 69-75, 90, 91, 93¬ 95,98, 122, 145, 220, 221, 231,232 duración del, 40 edad y, 240-243 estimulado por las fotografías, 78,79 evolución del, 147-174 exclusividad sexual en el, 37, 38 experiencia humana universal, 19, 20, 69 formas de, 40, 41, 74 furia del abandono y, 187-190 gays y lesbianas, 243 homo habilis, 157, 158 independiente del impulso sexual, 100 misterio del, 121, 122 persistencia del, 54 entre personas mayores, 242, 243 propósito del, 131, 242 red cerebral del, 221, 222 relaciones de pareja a corto plazo y, 156, 157 resurgimiento del, 236-239 sentimientos básicos del, 88, 90 sexo y, 226 simetría corporal en el, 124-126 sistema de motivación primaria del cerebro y, 92-94 sustancias químicas del, 64-67, 69¬ 74, 98, 106, 121,185,201,202 tendencias sociales y, 235-239 tipos de, 115, 116 variaciones del, 116-118 amor-odio, 177-179 am oró metro, 77, 78 ancestros, 164: depresión en, 193 que habitaban en los árboles, 148-150 suicidio, 202 vínculos de pareja, 113, 155,244 véase también antepasados anfetaminas, 104 angustia, llamadas de, 184 animales: amor entre, 43-67, 169 conducta de apego, 110 depresión en, 192, 193 dopaminaen, 103, 104 exigentes, 56-58 llamadas de angustia, 184, 185 pasión romántica, 41 preferencias para emparejarse, 147 respuesta de protesta, 184 simetría, 124, 125 animales hembras: época de cría, 58, 59 exigentes, 57, 58 animales macho: en la época del celo, 187, 188 preferencias, 57, 58 ansiedad, 28, 67, 117, 118, 120, 141: dopamina y, 183 antepasados, 143, 147: autonomía individual, 236, 237 capacidades humanas, 166 cortejo, 156, 157 especializados, 143, 144 romance y matrimonio, 246 333
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    POR QUÉ AMAMOS antidepresivos,104, 212-215: reevaluación, 221-223 Antonio y Cleopatra, 31 apareamiento, 12, 126, 143, 187,205: con otro «especial», 131 apareamiento, características humanas del, 143, 148 apatía, 213, 215 apego, 12, 40, 97, 98, 107, 108, 220, 222: amor romántico y, 98, 99, 112-U5, 117 animales y, 48 biología del, 245 clases de, 140 a corto plazo, 156 deseo y, 110-114 impulso de emparejamiento, 98, 99 independencia del, 174, 243, 244 infancia, 140, 141 intenso, 156 red cerebral del, 221 sustancias químicas del, 108-113, 220 tipos de amor y, 115 apego duradero, 172, 173, 229, 231: circuitos cerebrales, 172-174 apetito, pérdida del, 26, 34, 52-54, 71 Apuleyo, 36 ardillas, 66 área de Broca, 158 área ventral tegmental (AVT), 89, 90, 125 Aristófanes, 85 Aristóteles, 124, 129, 234 Arnold, Matthew, 29, 107 Aron, Arthur, 12, 75-77, 79, 86, 93, 217,218 Aronson, Elliot, 141 arte y artistas, 13, 115, 165, 168 Asno de oro, El (Apuleyo), 36 atención concentrada, 22, 23, 56, 84, 187, 189, 201,205,209: en animales, 43, 44, 47, 67 dopamina en, 70, 90 el tiempo suficiente para criar juntos a los hijos, 98, 99 núcleo caudado, 171 sobre un otro «especial», 242 sustancias químicas, 73 atracción, 56, 98, 99, 105: ancestros y, 150 instantánea, 60 odio/furia y, 188 pareja «especial», 156, 157 química cerebral de la, 54 romántica, 174 attacción animal, 13, 44-49, 66, 67, 70: circuitos cerebrales de la, 144, 148, 159,169,171, 172 química de la, 64-67 Anden, W.H., 19 australianos, aborígenes, 155 Australopithecus afarensis, 152 autonomía individual, 236, 238, 239, 242 aves, 51, 61, 124: afán posesivo, 61 engaño, 174 monogamia sucesiva, 155 simetría, 124 sustancias químicas, 64, 65 testosterona y apego, 110 aves zancudas, 51 3 3 4
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    H E LE N FISHER babuinos, 51, 58 Bahadur, Vajra, 235 ballenas, 50, 67 Bamboo Mat, The (Yuan Chen), 23 Banquete, El (Platón), 29, 85 Barash, David, 61 Barréis, Andreas, 91, 206 Baudelaire, Charles Pierre, 121 BDNF, 209 Beach, Frank, 57 bebés: cabezones, 163 crianza, 242, 243 Beethoven, 246 belleza: apreciación, 144 elección del cónyuge y la, 128, 129 respuesta cerebral, 125 Bestiario de Amor (De Fournival), 206 beta-endorfinas, 220 Betd, Ugo, 164 Biblia, la, 153 biología del amor romántico, 231, 245 bipedismo, 150-153 Blake,William, 221 bonobos, 62, 149, 150 BorneÜ, Giraut de, 24 bosquimanos !kung, 155 Bowen, Murray, 140 Bowlbyjohn, 108, 141, 188 Brodie, Fawn, 59 Brown, Lucy L„ 12, 75, 86 Browning, Elizabeth Barrea, 118 Browning, Robert, 122 Burbank, Luther, 134 Burch, Rebecca, 220 Burton, Richard, 119 Buston, Peter, 123 cambio por la persona amada, 31 Cantar délos Cantares, 26, 135, 206, 210 capacidad craneal, 158, 162, 167 Capellanus, Andreas, 27, 31, 38, 217, 227 Cárter, Sue, 108 castores, 47-49, 54 Catulo, 26 Cavendish, William, 205 caza furtiva de la pareja, 64 celo, el, 45, 46 celos, 37, 38, 118, 174, 195-200,244: adaptativos, 197 en animales, 61, 62 en las mujeres, 200 cerebro, 12, 35: actividad del, 12, 13, 82, 83; datos, 74-77 hombres, 130-133 capacidad para el amor romántico, 19 circuitos cerebrales, 113, 114, 117, 147;. del apego a corto plazo, 156 de la atracción animal, 159 de la depresión, 192 del encendido, 119 de las personas enamoradas, 130 para valorar las exhibiciones del cortejo, 165 circuitos cerebrales del amor romántico, 80, 98, 142, 145, 148, 164, 166, 169, 229, 244, 245; 335
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    POR QUÉ AMAMOS ypuesta en marcha, 138 y recles cerebrales del odio/furia, 179 separados del deseo sexual y del apego duradero, 172-174 declive del amor romántico, 230 diferencias de género, 224 enamorado, 169-172; escáner, 69-95 imágenes del, 85-87 escáneres cerebrales, 12, 13,69-95, 206, 215; análisis, 85-87 hipótesis, 93 parejas rechazadas, 176-183, 186, 187 participantes, 83-85 procedimiento, 80-83 evolución, 162 impulsos del emparejamiento, 97, 98 mecanismos cerebrales, 165; para controlar la violencia, 201 en la selección de pareja, 144, 145 mecanismos de excitación, 120 redes cerebrales, 12, 67, 90, 98; en el amor romántico, 69, 117 en el deseo, el amor romántico y el apego, 221-223 en la desesperación, 192 en el odio/futía, 179, 186 regiones cerebrales, 74-77,82,87,245; actividad, 88, 91, 92, 206 actividad en las mujeres, 133 en el deseo y el amor romántico, 100 expansión, 170 en la furia, 185-187 respuesta a una cara bonita, 125 sentimientos, 171 sistemas asociados con el amor romántico, 94, 95 sistemas asociados a la reproducción, 98 sistema del pánico, 185 sistema de recompensa, 87, 88, 90, 145, 192, 233 sustancias químicas cerebrales, 87, 217, 229,230; en el amor romántico, 69-71 del apego, 108, 109, 219, 220 de la atracción, 54 para la atracción animal, 67 y atracción de la frustración, 183 hipótesis de trabajo, 74 precursora del amor romántico, 64-67 en la violencia, 200-202 Chad, 150, 151 Chartier, Alain, 212 Chaucer, Geoffrey, 24 Chejov, Antón, 33 Chen, Yuan, 23 chimpancés, 122, 143, 145, 149, 150, 156, 157: afán posesivo, 62 afecto, 55 conducta de apareamiento, 49, 62, 63 preferencias, 57 pubertad, 163 tamaño del cerebro, 170 Chrétien de Troyes, 23, 39 ciclo estral, 45, 46, 57, 62, 136, 149 ciclo hormonal, 57 ciclo menstrual, 135, 136, 220 336
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    H E LE N FISHER cintura-cadera, proporción, 126-128 circunvolución cingulada anterior, 91, 92 cocina, 161, 162 comadrejas, 49 conductas dirigidas a objetivos, 70, 73, 183, 187 contrarios, 123, 124 copulación, 106, 230: en los ancestros, 149, 150 en animales, 57, 63 con miembros de la familia, 22 cortejo, 130, 131, 164, 187-189, 197: ancestros humanos y, 157 en animales, 44 insensibilidad ante el, 222 práctica del, 241 pruebas del, 166 cortejo, charla del, 165, 166, 225, 226, 244 corteza cerebral, 170, 171 corteza cingulada anterior, 206 corteza insular, 89, 91, 92 corteza prefrontal, 89, 94, 95, 170, 171, 186,215,232-234 corticotrofina, 185, 214 cortisol, 185 crímenes pasionales, 13, 179, 195-198, 201,202, 244 Cristian i, Michelle, 20 cromagnon, 168 cucarachas, 55 cuerpos, 117, 118: tipos de, 126, 127 cultura, 21, 245: productos, 245 Cummings, E. E., 32 Damasio, Antonio, 118, 233 Daniel, Arnaut, 31 Daniel, Samuel, 183 Dante, 39, 132 Darwin, Charles, 41, 44, 50, 54, 57, 142-144, 187 decisión/compromiso, 116 dejar marchar, 196, 207-210 delfines nariz de botella, 50 dependencia, 31, 71 depresión, 174, 192, 193, 210, 244: adaptación, 192-195 en animales, 62 evolución de, 193 en el rechazo, 13, 177, 190, 191 síntomas, 213 «terapia de hablar», 215 deseo, 232, 233: hormona del, 100-103 deseo sexual, 12,41, 98-100,220, 221: amor romántico y, 103-106, 113-117 apego y, 110-115 biología del, 245 circuitos cerebrales independientes del, 172-174 disminución con la edad, 101, 102 independencia del, 174, 243, 244 redes cerebrales del, 221, 222 tipos de amor en el, 114, 115 desesperación, 28, 74, 95, 174, 191, 192,209: en el deseo, 181, 182 evolución del valor de, 194 sentimientos de, 40, 41 valor evolutivo de la, 193 desesperanza, 190, 191 337
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    P O RQUÉ AMAMOS Dewey, John, 234 Dickens, Charles, 35, 208 Dickinson, Emily, 22, 95, 175 diferenciación, 140, 141 dilema obstétrico, 163, 164 dios del Amor, 29,40, 94 Diosa de jade, La, 18, 39, 206 discusiones, 219 distracción, tarea de, 76, 81, 177, 180 divorcio, 13, 98, 111, 174, 188, 196, 237, 242, 243: derecho al, 239 evolución del, 153-157 divorcio primitivo, ventajas genéticas del, 156 Donne, John, 79 dopamina, 73, 86, 106, 120, 126, 214,217,218, 223, 227, 229: amor romántico y, 69-71, 73, 74, 90, 92-95, 98,122,145, 220,221, 232 atracción animal y la, 65-67 desesperación y, 192, 209 estimulantes de la, 214 estrés y, 185 impulsos y, 94 motivación intensa y, 183 novedad y, 122,218, 231 rechazo y, 201 regiones cerebrales, 74 respuesta sexual y, 103-105 y vasopresina y oxitocina, 111, 112 Drayton, Michael, 35 Drydenjohn, 145, 191 Dutton, Donald, 217 edad, 20, 21: amor romántico y, 240-243 e impulso sexual, 101, 102 «efecto de las lentes rosas», 24 efecto Romeo y Julieta, 33 Einstein, Albert, 165 ejercicio, 209 elección de una pareja, 58, 113, 118¬ 145, 148: en los hombres y, 128-130 mecanismo fundamental de, 142 en las mujeres y; 134-136 elefante marino, 52 elefantes, 45-47, 52, 67 Elefantes, Los (Moss), 47 Ellis, Bruce, 189 Emlen, Stephen, 123 emoción, 25, 26, 93, 94, 133, 171, 186, 2 3 3 : en el amot, 95 y amor romántico, 40, 41, 92, 93, 117, 118 cognitiva superior, 117 dependencia de la, 31, 32 de fondo, 117, 118 regiones cerebrales asociadas con la, 92 sistemas de la, 174 unión y, 29, 30, 34,38,71 emparejamiento, 97-99, 220: por adecuación, 123 amor romántico es, 93, 94 características humanas del, 142-145 por concordancia positiva, 123 esfuerzo masculino de, 131-133 hábitos de, 154-157 independencia del, 244 juego del, 98, 99, 125, 144 mentalidad del, 142-145 3 3 8
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    H E LE N FISHER empatia, 32, 166, 167 enamorado, estar, 11-13, 17-41 cuestionario, 247-262 experiencia humana universal, 21, 22 enamorarse, 13, 113, 114, 120, 169, 202,240, 241: capacidad de, 172, 173, 221 conseguirlo, 229 en los hombres, 130 en las mujeres, 136 de una persona en lugar de otra, 141 encaprichamiento, 116, 141 endorfinas, 145, 209, 219 energía, 70, 71, 84, 205, 229, 230: en los animales, 47, 49, 50, 67 exceso de, 43, 44, 56, 71, 187 intensa, 26-28, 48, 73, 90 metabólica, 162, 165 enfado, 118, 189: por la pérdida del ser amado, 188 por el rechazo, 177, 179, 180-182, 186, 190 Epstein, Robert, 228 eros, 115 Eschenbach, Wolfram von, 25 esperanza, 35, 36, 95: de vida, 239 esposa (concepto), 244 Esquilo, 194 esquimales netsilik, 155 estados de ánimo, 118, 212: cambios de, 28, 29 Estanque de Lily, E (Ryden), 48 estímulos visuales, 60: respuesta de los hombres a los, 12, 13,102,130, 131 estradiol, 214 estrategia «del ala rota», 227 estrés, 185, 213: hormonas del, 120, 185 sistema del, 185, 192 estrógeno, 66, 102, 127, 214, 220: disminución del, 102, 226 y lenguaje, 133 terapia sustituriva del, 240 euforia, 74, 84, 90, 95 Eurípides, 201 Evans, Dylan, 117 evolución, 144, 145: del amor romántico, 12, 36, 98, 105, 113,147-174 del amor romántico humano, 164¬ 166 de las características para atraer a la pareja, 143 del cerebro humano, 162 del declive del amor romántico, 230 del deseo, 97, 98 del divorcio, 153-157 de la exclusividad sexual, 37 de la furia del abandono, 188, 189 del lenguaje, 159 de la maquinaria biológica en los hombres, 132 de la mente, 63 de la monogamia, 152, 153 de la preferencia por una pareja parecida a nosotros, 123, 124 de la proporción cintura-cadera, 128 de la química cerebral para la atracción animal, 67 del sistema del apego, 108 del talento humano, 145, 156 de la variedad humana, 142 3 3 9
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    P O RQUÉ AMAMOS experimento «de la camiseta sudada», 124 experimento «del puente peligroso», 217-219 explosión combinatoria, 170 Expresión de las emociones en los animales y en el hombre. La {Darwin), 41 éxtasis, 70, 229, 245 eyaculación, 222 factor neurotrópico derivado del cerebro; véase BDNF familia nuclear (concepto), 156, 244 familiaridad, 121, 122 fantasías, 208 favoritismo, 58, 65, 70 Fearing, Kenneth, 183 figuras, 168 Finck, sir Henry, 116 Fisher, Maryanne, 222 Flournival, Richard de, 206 folículo, hormona estimuladora del, 220 fotografías: estimulan el amor, 78, 79 neutras, 75,76,78,80, 81,176,180 del ser amado, 75-78, 80-82, 91, 133, 176, 180, 187 France, Anatole, 231 Franklin, Benjamín, 209 • Freud, Sigmund, 30, 36 frustración-agresión, 186, 187 frustración-atracción, 32-35, 183, 184 fuego, dominio del, 160, 161 furia, 28, 74, 185-190: del rechazo, 180 véase también odio/furia gainj, los, 155 Galdikas, Birute, 53 Gallup, Gordon, 220 gatos, 186 gatos salvajes, 49 gays y lesbianas, 243 género, 20 género, diferencias de, 21: en el amor romántico, 91, 92 en ios celos, 197 en el cerebro, 13, 131, 224, 225 preferencias románticas, 128, 129 en la tristeza de amor, 190, 191 genes, 63, 170: tipos, 123 Gibran, Khalil, 231 glándula pineal, 209 Goodall, Jane, 57, 58, 62, 63 gorilas, 170 Graves, Robert, 30 griegos, antiguos, 115, 124, 241 guarda de la pareja, 63, 64, 196, 199 habilidades espaciales, 160, 224, 225 hachas de mano, 160, 167, 168 Hagen, Edward, 193 Hamburg, David, 187 Hasagawa, Mariko, 20 Hasagawa, Toshikazu, 20 Hatfield, Elaine, 82, 107, 140, 218 Hazan, Cindy, 141 hembras, 223-225: problemas originados por la zancada humana, 151 Hendrix, Harviíle, 140 Heráclito, 216 340
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    H E LE N FISHER herramientas, 156-158, 160, 161 hienas, 50 hijos: bienestar de los, 188, 189 enamorarse, 240, 241 juego sexual, 240 hipocampo, 171,209, 213 hipotilamo, 108, 109, 185, 186 Hoagland, Tony, 102 hombres: actividad cerebral cuando están enamorados, 130, 131 amor pasajero, 137, 138 características de la elección del cónyuge, 128-130 casarse con mujeres más jóvenes, 129 celos, 196, 197 charla del cortejo, 225, 226 control de la riqueza, 236, 237 esfuerzo de emparejamiento, 131¬ 133 estimulación sexual, 101, 102 múltiples esposas, 238, 239 preferencias de las mujeres en cuanto a los, 134-136 presumir, 227 respuesta a estímulos visuales, 13, 129-131 simetría, 124-126 suicidio, 202, 203 testosterona, 101, 102, 110, 111 tristeza de amor, 190-192 violencia por parte de los, 198-200 Homero, 69, 74, 94 homicidio, 13,174, 179, 238, 244 homínidos, 149, 150 homo erectas, 160-162, 165, 166, 172, 173: capacidad craneal, 162 mujeres, 163, 165 núcleo caudado, 172 tamaño del cerebro, 172 homo habilis, 157, 158 homo sapiens, 172 homosexuales, 34, 243 hormona luteinizante, 220 I Ching (libro chino), 38 Iliada (Homero), 69 imagen por resonancia magnética funcional; véase IMRF imágenes, 102: poder de las, 76 reacción visceral a las, 79 impulso de amar, 92-95, 117, 148, 241,243-246: control del, 234 impulsos, 93, 94, 98, 99, 114: de comer y dormir, 118 de copular, 105, 106 definidos, 92, 93 de enamorarse, 13 química de los, 99 de recuperar al amado, 189 IMRF, 12, 75, 80, 87, 90, 91, 100, 130, 133, 176, 177, 206,215 Inanna, reina de Sumeria, 17, 36, 135,219 indiferencia, 179 infancia, 140, 141, 163, 246 infidelidad, 63, 196, 199 inhibidores selectivos de la recaptación de sero tonina; véase ISRS 341
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    P O RQUÉ AMAMOS Insel.Tom, 108, 153 insomnio, 26, 34, 71, 73, 182 ínsula, 215 inteligencia general, 170 intimidad, 116, 223-225 ISRS, 72,213, 222 James, William, 202 Jefferson, Thomas, 59 jirafas, 51,52, 54, 55 Jonson, Ben, 171 Kaiser, HenryJ., 156 Kamasutra, 36 Kanazawa, Satoshi, 165 Keats,John,31,41,61, 118, 125 Kierkegaard, Soren, 139 King, Henry, 195 Lancelot (Chrétien de Troyes), 23, 39 Lannon, Richard, 184 Layla y Majnun, 37 LeDoux, Joseph, 233 Lee, John Alan, 115 lenguaje, 144, 145, 156, 160, 165: estrógeno y, 133 evolución del, 159 leones, 52, 53, 58 Lewis, Thomas, 184 Li, Haifang, 12 LiPo, 28, 190 literatuta, 13, 29 lobos, 50, 58 lordosis, 66 ludus, 95 machos: guarda de la pareja, 63-65 intimidad de los, 223-225 testosterona, 111, 112 maduración retrasada, 163, 166 Malamurh, Neil, 189 maltrato, 174, 198-200, 244 mamíferos, 87, 88, 109, 110, 170: afán posesivo, 61-63 emparejamiento para criar a los hijos, 154 y familiaridad, 121, 122 lucha con rivales, 187, 188 química cerebral, 64-67, 70 separación, 189-192 simetría, 124, 125 manía, 70, 90, 115 marido (concepto), 156, 244 mariposas, 54, 58 marsopas, 55 Mashek, Debra, 12, 75-77, 79, 81 materia gris periacueductal, 186 MatingMind, The (Miller), 143 matrimonio, 241-246: acordado, 2 3 5 - 2 3 8 por amor, 235-238 interracial, 122, 123 como operación comercial, 236-238 entre pares, 242, 243 Mauriac, Francois, 216 McNamee, Thomas, 61 melancolía, 190,214,215 Meloy, Reid, 179 memoria, 91, 92, 171, 232, 233 mente: y emparejamiento, 142-145 estados agitados de la, 119-121 3 4 2
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    H E LE N FISHER evolución de la, 166, 167 maquinaria de la, 167-169, 172 teoría de la, 166 mercado laboral, mujeres en el, 236, 238, 242 miedo, 71, 118, 120, 183 Millay, Edna St. Vincent, 181 Miller, Geoffrey, 143-145, 148 Milton, John, 25, 30, 32 mirada de anclaje, 225 misterio, 121, 122, 137, 138, 227, 245 modernidad, 150, 167-169 Moliere, 24 monogamia, 63, 152, 153, 173, 174: sucesiva, 154-157 monos, 60, 102, 122, 124, 185 Moss, Cynthia, 46, 47 motivación, 92, 93: dopamina en la, 70, 90 para obtener tecompensas, 171, 183, 184 para perseguir a una pareja especial, 56 región cerebral asociada con la, 133 sustancias químicas en la, 65, 73, 74 muerte, 198-200; véase también homicidio mujeres, 13, 63, 64: celos, 197 cerebro enamorado, 134 charla del cortejo, 225, 226 decisiones sobre el emparejamiento, 133,134 dilema obstétrico, 163, 164 elegir pareja, 134-136 estimulación sexual, 101, 102 exhibición de sus atractivos, 130, 131 mercado laboral y, 236, 238, 242 poder y estatus de las, 236-239 simetría, 126 testosterona, 101,102 tristeza de amor, 190, 191 venganza, 200-202 vulnerabilidad, 227 mu rciélagos, 49, 55-58 nacimiento de los hijos, 163, 166: frecuencia del, 155 Nash, Ogden, 100 naturaleza, 97, 98, 126, 142, 172: ornamentos en la, 142, 143, 148 necesidad biológica, 166 Nepal, 235 Neruda, Pablo, 103 nerviosismo en los animales, 50-52 neurotransmisores, 86, 87, 93 Nietzsche, Friedrich, 166 niños, 134, 163, 164; véase también bebés norepinefrina, 73, 74, 86, 106, 218, 220, 229: amor romántico y, 69-75,90, 94,98, 221 atracción animal y, 64-67 estrés y, 185, 192 impulso sexual y, 105 techazo y, 201 regiones cerebrales, 74 en la respuesta de protesta, 184 vasopresina y oxitocina, 111, 112 Norman, Christina, 218 novedad, 209, 218, 219, 228: 3 4 3
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    P O RQ U É AMAMOS amor romántico y, 231 deseo sexual y, 104, 105 dopamina y, 70, 122 noviazgo, temporalización del, 232 núcleo aecumbens, 65, 209 núcleo caudado, 88-91, 93, 95, 145, 171, 172, 183, 206,215, 233 Nueva Guinea, 125, 181 nuevo amor, descubrimiento del, 216, 217 Oates, Joyce Carol, 30 Oda a una urna griega (Keats), 125 odio/furia, 186-188, 200, 201: atracción y, 188 redes cerebrales del, 179, 186 Oliva, Tony, 20 Onassis, Jacqueline Kennedy, 125 Ono No Komachi, 26 opiáceos, antagonista de los, 214 oportunidad, 120, 138 orangutanes, 52, 53, 170 Orfeo y Eurídice, 18 orgasmos, 101, 109, 110, 126, 220: evolución de los, 222, 223 Ortega y Gasset, J., 22 Oso, El (Chejov), 33 osos, 49, 55, 61 Otelo (Shakespeare), 199 ovejas, 66 Ovidio, 99, 105 ovulación, 101, 126, 136, 155 oxitocina, 110-113, 220: en el apego, 108-110,219, 220 padre (concepto), 156, 244 padres, 111: relaciones con los, 140, 141 pánico, 183-185, 190 Panksepp, Jaak, 185 Paraíso perdido, El (Milton), 25, 30 paranoia, 179-181 pareja: dejar marchar a la que nos rechaza, 188,189 necesidad para la cría de los hijos, 112, 150,152-157, 166, 196, 230 pareja, relaciones y vínculos de, 152, 154-156, 241; en los animales, 62, 63, 65, 66, 108, 109, 154, 155 en nuestros antepasados, hombres y mujeres, 243, 244 dinámica de las, 140-142 duraderas, 165, 166 temporales, 156, 157 pareja, selección de, 123, 124: historial, 137-139 mecanismos cerebrales para la, 144, 145 Paris y Helena, 18 paroxetina, 215 Parsiral (Eschenbach), 25 Pascal, Blaise, 186 pasión, 116, 117: acrecentada por la adversidad, 32-35 control de la, 205-234 y razón, 233, 234 pasión pasajera, 136-138, 140, 141 peces, 50 peligro, 218 pena, 181, 182,214 pene, erección del, 131 3 4 4
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    H E UV N FISHER Penny, Malcolm, 50 pensamiento intrusivo, 24, 25, 27, 34 pensamiento obsesivo y concentrado, 80, 84, 150, 229: serotonina en el, 72, 73, 94 pérdida de apetito, 26, 34, 52-54, 56, 71,73 periodos glaciales, 161 perros, 55, 56, 58,67, 184: afán posesivo, 61, 62 respuesta de protesta, 184 separación, 192 persistencia, 56, 71, 72: en animales, 54, 67 personalidad: en la selección de pareja, 137-140 única, 140-142 variedad de, 141, 142 Petrarca, 211 Pfaff, Don, 93 Pines, Ayala, 140 pinturas rupestres, 168 pistas, en busca de, 30, 31 Platek, Steven, 220 Platón, 29, 40, 85, 94, 232 Plinio, 101 poemas, 17-19, 35, 36 pollitos, 184, 185 «polyamory», 244 pornografía visual, 131 posesión, afán de, 37, 60-63, 84, 113, 114, 195-197, 244, 245: en los animales, 43, 44, 67 posición estral, 46 Pound, Ezra, 120 pragma, 116 preferencia, 58, 142: en los animales, 66, 67 dopamina en la, 65, 66, 70 hacia parejas parecidas a uno mismo, 123, 124 preferencias: en los animales, 56-58, 65 primates, 58, 60, 79, 124, 170 programa de «doce pasos», 210-213 promiscuidad, 137, 138, 150 protesta, respuesta de, 194 Proudhon, Píerre Joseph, 115 proximidad, 120, 121, 137, 138 psicoterapia, 214-216 psique del amor, 140-142 pubertad, 163, 240 punto medio, 124-127 química: del amor, 69-95 del apego, 108-110 Rabb, George, 50 Racine, Jean Baptiste, 35, 207 Raieigh, sir Walter, 41 Rapson, Richard, 140 ratas, 49, 65, 67, 103, 104, 184, 185 ratones, 153: decampo, 65, 66, 70, 108, 109, 153 de montaña, 153 razón, pasión y, 232-234 rechazo, 13, 28, 34, 82, 174-181, 207,212,213: aprendizaje de los niños, 241 fases del, 182-195, 201,212,213 reacción ante el, 194, 195 valor evolutivo, 195 345
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    P O RQUÉ AMAMOS recompensa, 186, 227: amor romántico centrado en la, 93 corteza prefrontal y, 95, 186 demora de la, 71, 231, 232 inalcanzable, 186 recompensa del cerebro, sistema de, 88,90, 145, 192, 233 recompensa mesolímbico, sistema de, 206 reflejo fatal, 202 Reik, Theodor, 113, 141 relación duradera, 13, 112: amor romántico en, 203 necesidad de, 164, 165 Rembrandt, 246 reproducción: estrategias de, 173 furia del abandono y, 186-189 sistemas cerebrales en la, 12, 97, 98 reproducción, ventajas de la: de los celos, 197, 198 en la preferencia por la juventud y la belleza, 129, 130 reptiles, cerebro de los: complejo R, 87 resignación (fase), 190-195 Revolución Industrial, 238 rinoceronte negro, 50 rivalidad: de los pretendientes, 187, 188, 195, 196 Roethke, Theodore, 141 romance, 97-118: hacer que dure, 205-234 sinfonía de sentimientos, 116-119 Romeo y Julieta, 18, 34 Romeo y Julieta (Shakespeare), 33 Ryden, Hope, 48 Safo, 181 Schaller, George, 52, 53 Sedley, sir Charles, 150 semen, flujo de, 220, 222 Sendak, Maurice, 141 sentimiento, 171,233 separación, ansiedad de, 32, 184-186, 189, 190 septum, 88, 89, 133 seres humanos, 167, 245, 246: características para atraer a las parejas, 143, 144 serotonina, 86, 106, 215: en el amor romántico, 69, 73, 74, 94, 98, 222, 223 para la depresión, 213, 214 ejercicio y, 209 estrés y, 185, 192 fármacos estimulantes de la, 223 en el rechazo, 201 regiones cerebrales, 74 sexo, 137, 226, 231 sexualidad: conexión sexual, 36, 37 deseo sexual, 36, 37, 113, 114; sustancias químicas en el, 104¬ 106 testosterona y, 102 excitación sexual, 64, 65, 131 exclusividad sexual, 37, 38, 241, 245; en animales, 63 fantasías sexuales, 101-103 hormonas sexuales, 100-103 346
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    H E LE N FISHER impulso sexual, 92, 93, 95, 97-99, 113-115,214,219, 220, 222; componentes químicos del apego e, 110-112 do pam in a en el, 103-105 testosterona en el, 101, 102 infidelidad sexual, 196, 197 orientación sexual, 20, 21 selección sexual, 143, 144 unión sexual, 38, 98 Shakespeare, William, I I , 13, 22, 31, 33, 38, 97, 109, 138, 139, 141, 157, 192, 199, 207, 215, 216, 223, 228, 229, 238 Shaver, Philip, 141 Shostak, Marjorie, 107 significado especial, 22 Silentarius, Paulus, 30 simetría, 124-126, 138 simios, 60, 170, 171 Simpson, Greg, 75 Singh, Devendrá, 126-128 sistema inmunitario, 185 Smuts, Barb, 51 Snodgrass, W. D„ 179 Sociedad para el Estudio de los Corazones Rotos, 182 sociedades cazadoras y recolectoras, 236, 237, 240 sociedades tradicionales, 155 Sócrates, 29 Solomon, Robert, 30 Sprecher, Susan, 82 Sternberg, Robert, 116 Stieglitz, Jonathan, 98 Stony Brook, 12, 77, 86, 176, 177 Strong, Greg, 12, 82 SuTung-Po, 216 Sueño de una noche de verano, El (Shakespeare), 223 suicidio, 13, 174, 179, 202, 213, 214, 238,244: en los hombres, 191 inadaptativo, 202, 203 Sumeria, 169 sustancia P, 214 Suzuki, MacGregor, 20 Tagore, Rabindranath, 147 taita, los, 99, 107 talento, 143-145, 162, 165, 172: evolución del, 157 exhibición del, 164, 166 tamaño entre sexos, diferencias de, 152, 153 tamiles, los, 28 Tannen, Deborah, 224 Taylor, Elizabeth, 119 tejón, 49 telaraña del amor, 95, 97-118 Tempestad, La (Shakespeare), 157 terapia de hablar, 215 Terencio, 183 ternura, 54, 118 testosterona, 71, 104-106, 110, 111, 126, 127, 135, 136, 188, 224: apego y, 111 cremas y parches de, 240 deseo sexual y, 97, 98, 102 disminución de la, 226 dopaminay, 104, 105 efecto ano depresivo, 214 en el impulso sexual, 101 sexo y, 220, 231 3 4 7
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    P O RQUÉ AMAMOS Thomas, Eiizabeth Marshall, 55, 56, 58,61,62 Thompson, Andy, 193, 221 Thompson, Paul M . , 170 Thornhill, Randy, 136 tigres, 54, 55 Tinbergen, Niko, 51 tiroides, hormona de la, 214 tirosina, 220 Traviata, La (Verdi), 40 Trisrán e Isolda, 18, 37, 203 tristeza, 117, 120, 191 Troilo y Crésida, 18 trovadores, 27, 227 Truman, Harry, 131 Turkana, muchacho de, 159-161, 166, 173 TzuYeh, 24 uniones polígamas, 239 vacío, sentimientos de, 116 vasopresina, 109-112, 153, 188, 220, 222: en el apego, 98, 108 venganza, femenina, 200-202 Verdi, Giuseppe, 40 viagra, 240 Vida oculta de los perros, La (Thomas), 55, 56 vida social, 11, 153, 184, 236-238 violencia, 189, 198, 201 Voltaire, 219 Walsh, William, 197 Washington, George, 39, 86, 90, 216 Watson, Paul, 193 West, Mae, 137 Whitman, Walt, 26, 166 Wilde, Oscar, 227 Wilson, Lars, 54 Winters, Yvor, 30 Wölls tonecraft, Mary, 205 Woolf, Virginia, 24 yanomamo, los, 155 Yates, Donald, 176 Yeats, William Buder, 76, 119 zancada humana, 150-153 Zeig, Jeffrey, 194 Zeki, Semir, 91, 206 zorros, 43, 66, 154 348