RENACER
Digamos que solo fue una coincidencia. Una casualidad que no se repite dos veces en la vida de uno. Una
oportunidad que te permite cambiar tu forma de vivir, de sentir y de amar. Todo eso combinado y quizá
todavía más. Esa es mi historia que estoy por contarles. Habrá sido en agosto, no estoy seguro. Llovía
con fuerza y el viento soplaba con una ferocidad nunca antes vista, estaba presenciando un huracán. Era
uno de esos días en los que a uno todo le sale mal, podía darme cuenta porque, en ese momento, a mi
esposa se le rompió la bolsa luego de nueve largos meses.
Como era de esperarse, el teléfono estaba muerto y nuestros celulares no encontraban señal alguna. Los
rayos empeoraban o eso me parecía a mí. Las ventanas no aguantaron más y se abrieron estrepitosamente
dejando entrar toda el agua que habían intentado detener. Estaba desesperado, desconsolado y asustado,
lo perdería todo, sin embargo tome la decisión más acertada que me pareció y quizá la más peligrosa.
Ayudé lentamente a mi mujer, que inhalaba y exhalaba rápidamente sin descanso, la acompañé a la
puerta y tomé un paraguas. Velozmente salí de la casa cerrando la puerta detrás de mí y dejando a mi
esposa dentro. Me dirigí al auto, subí y lo encendí. Mis manos temblaban pero no de frío. Puse el auto
frente a la casa y entré. Mi esposa estaba apoyada en la pared con las manos en su vientre. Enseguida
comprendí lo estúpido que había sido. Había dejado a mi esposa embarazada a punto de dar a luz parada
para que me esperase y así hacer todo más rápidamente. Entre lamentos y plegarias salimos los dos y con
mucha dificultad logró sentarse en el auto. Arranqué y manejé con la cabeza repleta de pensamientos
ilógicos, cuando, a no más de dos kilómetros, el auto se detuvo. Le faltaba gasolina. Maldije con gritos y
golpeando el volante lo cual asustó a mi mujer. Comencé a llorar. Recuerdo que oré y oré hasta no poder
más y, sin darme cuenta, el agua comenzó a entrar por todos lados inundando el auto. Había puesto a mi
familia en peligro. Abrir la puerta sería una locura ya que dejaría entrar el agua más rápido. Entonces
nuestras caras se iluminaron. Las luces de otro auto se habían detenido frene al nuestro y un hombre
movía frenéticamente su brazo como si estuviera diciendo “Tranquilos, aquí estoy”. Se bajó y se dirigió
hacia nosotros contra toda probabilidad. En unos segundos ya estaba en mi ventana gritándome lo que yo
ya había supuesto que decía. Le señalé el asiento trasero donde estaba mi esposa. Al instante comprendió
el asunto y volvió a su auto. Mi corazón se detuvo. ¿Acaso existe ese tipo de personas que sean así de
egoístas? Puso en marcha el motor, pero en lugar de marcharse, situó su auto al lado del nuestro. El agua
ya me llegaba por las rodillas y un poco más.
- ¡Voy a abrir la puerta de mi auto y vamos a alzar juntos a tu esposa con cuidado hacia adentro! –
grito con todas sus fuerzas.
Asentí sin pensarlo dos veces. Abrí la puerta, salí y la cerré para que no entrara más agua, todo en tres
segundos. Di la vuelta al auto del hombre, que me esperaba con la mano en la manija de la puerta donde
estaba mi esposa. Levanto tres dedos y gritó:
- ¡A las tres! – esperé al conteo - ¡Uno, dos, tres!
El abrió la puerta y puso el brazo de mi mujer alrededor de su cuello, yo hice lo mismo. La tomamos por
la cintura y la sacamos del auto con cuidado a pesar del persistente viento que nos abatía continuamente
sin descanso. Con mucha dificultad logramos ponerla en el asiento trasero. Entré con rapidez al mismo
tiempo que el hombre. Su auto, al ser más alto, no tenía tanta agua como en el nuestro, y así logramos
continuar con facilidad. Al parecer se sabía el camino de memoria porque, en muy poco tiempo,
estábamos frente al hospital sin un rasguño ni esfuerzo adicional. Por fortuna guardias de seguridad que
estaban allí nos vieron y ayudaron a llevarla dentro. Ella gritaba y podía verle las lágrimas en sus ojos
pero la conocía bien y sabía que era una luchadora.
Deben haber sido tan solo minutos que parecieron horas, para luego convertirse en horas que simularon
días, sin embargo, para mí fue una eternidad. Cuando uno está preocupado por la persona que ama no
puede evitar sentir que el tiempo se detiene a su alrededor. Entonces, salió el doctor con esa mirada
lúgubre, esa mirada que me quitó toda esperanza pero que a la vez era mi único consuelo. Comencé a
rezar. El pasillo que transitaba nunca pareció más largo ni tampoco más triste. Unos pocos pasos más y
llegaría a lo que sería la respuesta definitiva. Tomé una gran bocanada de aire y entré. En la camilla
estaba mi mujer con los ojos cerrados, inmóvil y, junto a ella, un doctor con el bebé en brazos, pero no
me alegré. Este no respiraba tampoco. Derrotado y despojado de toda esperanza, felicidad o realidad caí
rendido de rodillas junto a la camilla. Lloré hasta que mis ojos no aguantaron más y entonces me lamenté
en silencio. Los médicos no hacían nada, sólo intentaban no hacer contacto visual conmigo porque sería
incómodo y no sabrían que decirme. Entonces levanté la cabeza. Un hombre estaba parado frente a mí,
pero no cualquier hombre, era el mismo que nos había rescatado a mi mujer y a mí. Me dirigió una
mirada compasiva, llena de amor y tranquilidad, totalmente abstracta en contaste a la situación, pero no
la apartó ni por un segundo. Mire a mí alrededor. Nadie parecía verlo.
- Vos sos de los buenos, cuídala. – dijo por fin, y puso una mano en la frente de mi mujer y de mi hijo.
Al instante el pecho de mi esposa se infló de aire y mi bebe comenzó a llorar más fuerte que ningún
otro.
Así que, si, puedes decir que creo en los milagros, que creo en lo imposible y en lo invisible a los ojos
pero, ¿no es eso, después de todo, la fe que nos mantiene unidos? Pueden pensar lo que quieran pero eso
no cambia el hecho de que haya recuperado a mi familia y tenga una segunda oportunidad. Esa es mi
historia. Gracias.

Renacer

  • 1.
    RENACER Digamos que solofue una coincidencia. Una casualidad que no se repite dos veces en la vida de uno. Una oportunidad que te permite cambiar tu forma de vivir, de sentir y de amar. Todo eso combinado y quizá todavía más. Esa es mi historia que estoy por contarles. Habrá sido en agosto, no estoy seguro. Llovía con fuerza y el viento soplaba con una ferocidad nunca antes vista, estaba presenciando un huracán. Era uno de esos días en los que a uno todo le sale mal, podía darme cuenta porque, en ese momento, a mi esposa se le rompió la bolsa luego de nueve largos meses. Como era de esperarse, el teléfono estaba muerto y nuestros celulares no encontraban señal alguna. Los rayos empeoraban o eso me parecía a mí. Las ventanas no aguantaron más y se abrieron estrepitosamente dejando entrar toda el agua que habían intentado detener. Estaba desesperado, desconsolado y asustado, lo perdería todo, sin embargo tome la decisión más acertada que me pareció y quizá la más peligrosa. Ayudé lentamente a mi mujer, que inhalaba y exhalaba rápidamente sin descanso, la acompañé a la puerta y tomé un paraguas. Velozmente salí de la casa cerrando la puerta detrás de mí y dejando a mi esposa dentro. Me dirigí al auto, subí y lo encendí. Mis manos temblaban pero no de frío. Puse el auto frente a la casa y entré. Mi esposa estaba apoyada en la pared con las manos en su vientre. Enseguida comprendí lo estúpido que había sido. Había dejado a mi esposa embarazada a punto de dar a luz parada para que me esperase y así hacer todo más rápidamente. Entre lamentos y plegarias salimos los dos y con mucha dificultad logró sentarse en el auto. Arranqué y manejé con la cabeza repleta de pensamientos ilógicos, cuando, a no más de dos kilómetros, el auto se detuvo. Le faltaba gasolina. Maldije con gritos y golpeando el volante lo cual asustó a mi mujer. Comencé a llorar. Recuerdo que oré y oré hasta no poder más y, sin darme cuenta, el agua comenzó a entrar por todos lados inundando el auto. Había puesto a mi familia en peligro. Abrir la puerta sería una locura ya que dejaría entrar el agua más rápido. Entonces nuestras caras se iluminaron. Las luces de otro auto se habían detenido frene al nuestro y un hombre movía frenéticamente su brazo como si estuviera diciendo “Tranquilos, aquí estoy”. Se bajó y se dirigió hacia nosotros contra toda probabilidad. En unos segundos ya estaba en mi ventana gritándome lo que yo ya había supuesto que decía. Le señalé el asiento trasero donde estaba mi esposa. Al instante comprendió el asunto y volvió a su auto. Mi corazón se detuvo. ¿Acaso existe ese tipo de personas que sean así de egoístas? Puso en marcha el motor, pero en lugar de marcharse, situó su auto al lado del nuestro. El agua ya me llegaba por las rodillas y un poco más. - ¡Voy a abrir la puerta de mi auto y vamos a alzar juntos a tu esposa con cuidado hacia adentro! – grito con todas sus fuerzas. Asentí sin pensarlo dos veces. Abrí la puerta, salí y la cerré para que no entrara más agua, todo en tres segundos. Di la vuelta al auto del hombre, que me esperaba con la mano en la manija de la puerta donde estaba mi esposa. Levanto tres dedos y gritó: - ¡A las tres! – esperé al conteo - ¡Uno, dos, tres! El abrió la puerta y puso el brazo de mi mujer alrededor de su cuello, yo hice lo mismo. La tomamos por la cintura y la sacamos del auto con cuidado a pesar del persistente viento que nos abatía continuamente sin descanso. Con mucha dificultad logramos ponerla en el asiento trasero. Entré con rapidez al mismo tiempo que el hombre. Su auto, al ser más alto, no tenía tanta agua como en el nuestro, y así logramos continuar con facilidad. Al parecer se sabía el camino de memoria porque, en muy poco tiempo, estábamos frente al hospital sin un rasguño ni esfuerzo adicional. Por fortuna guardias de seguridad que
  • 2.
    estaban allí nosvieron y ayudaron a llevarla dentro. Ella gritaba y podía verle las lágrimas en sus ojos pero la conocía bien y sabía que era una luchadora. Deben haber sido tan solo minutos que parecieron horas, para luego convertirse en horas que simularon días, sin embargo, para mí fue una eternidad. Cuando uno está preocupado por la persona que ama no puede evitar sentir que el tiempo se detiene a su alrededor. Entonces, salió el doctor con esa mirada lúgubre, esa mirada que me quitó toda esperanza pero que a la vez era mi único consuelo. Comencé a rezar. El pasillo que transitaba nunca pareció más largo ni tampoco más triste. Unos pocos pasos más y llegaría a lo que sería la respuesta definitiva. Tomé una gran bocanada de aire y entré. En la camilla estaba mi mujer con los ojos cerrados, inmóvil y, junto a ella, un doctor con el bebé en brazos, pero no me alegré. Este no respiraba tampoco. Derrotado y despojado de toda esperanza, felicidad o realidad caí rendido de rodillas junto a la camilla. Lloré hasta que mis ojos no aguantaron más y entonces me lamenté en silencio. Los médicos no hacían nada, sólo intentaban no hacer contacto visual conmigo porque sería incómodo y no sabrían que decirme. Entonces levanté la cabeza. Un hombre estaba parado frente a mí, pero no cualquier hombre, era el mismo que nos había rescatado a mi mujer y a mí. Me dirigió una mirada compasiva, llena de amor y tranquilidad, totalmente abstracta en contaste a la situación, pero no la apartó ni por un segundo. Mire a mí alrededor. Nadie parecía verlo. - Vos sos de los buenos, cuídala. – dijo por fin, y puso una mano en la frente de mi mujer y de mi hijo. Al instante el pecho de mi esposa se infló de aire y mi bebe comenzó a llorar más fuerte que ningún otro. Así que, si, puedes decir que creo en los milagros, que creo en lo imposible y en lo invisible a los ojos pero, ¿no es eso, después de todo, la fe que nos mantiene unidos? Pueden pensar lo que quieran pero eso no cambia el hecho de que haya recuperado a mi familia y tenga una segunda oportunidad. Esa es mi historia. Gracias.