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LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS
LARGOS
UN COMENTARIO NACIONALSOCIALISTA
PRESENTACIîN
En los colegios la historia del III Reich es circunscrita a unos pocos acontecimientos
hist—ricos que han sido deliberadamente promocionados. B‡sicamente lo que se ense–a a los
estudiantes es: Que los nazis incendiaron el Reichstag como excusa para prohibir el partido
comunista.
Que el instinto asesino se demostr— en Òla noche de los cuchillos largos" cuando Hitler hizo
asesinar fr’amente a sus amigos.
Que la primera acci—n contra los jud’os se manifest— en la Noche de los Cristales Rotos.
Que Hitler fue el iniciador de la II Guerra Mundial.
Que Hitler fue el primero en bombardear, a la poblaci—n civil por medio de la aviaci—n.
Que Hitler atac— a Rusia sin motivo.
Que existi— un Holocausto -b‡sicamente de jud’os pues casi nunca se mencionan otras
v’ctimas-.
Y que, aunque ya con una importancia menor, la anexi—n de Checoslovaquia era la
demostraci—n del imperialismo de Hitler
A los estudiantes no se les habla ni de ideolog’a, ni de programas, ni de realizaciones ni de
nada de nada. Por ello es importante tener claras las ideas sobre estos temas.
Sobre el primero de ellos, el Incendio del Reichstag, ya publicamos en la p‡gina 3.299, un
estudio definitivo sobre el tema. Sobre la "Noche de los Cuchillos Largos" nos ocuparemos
en el presente trabajo de nuestro colaborador A. V., autor asimismo del trabajo sobre el
incendio del Reichstag.
Aunque en este caso las conclusiones no sean tan concluyentes por indiscutibles como en el
caso del incendio del Reichstag, el tema queda suficientemente claro. Lamentablemente la
mayor parte de la documentaci—n a la que hemos tenido acceso ha sido del "Otro bando".
Sobre "la Noche de los Cristales Rotos" nos intentaremos ocupar m‡s adelante, Sirva como
simple demostraci—n de la poca actividad antisemita en el III Reich, que este caso, que no
puede disculparse de ninguna manera pero del que hay que conocer los pormenores con
detalle, se conoce con nombre propio, dada la rareza de este tipo de actos violentos.
Sobre la responsabilidad o no de la guerra mundial por parte de Alemania, remitimos a los
interesados a los libros de J. Bochaca "La Historia de los Vencidos" y "Los Cr’menes de los
Buenos". Igualmente en estos libros pueden encontrarse las respuestas a los responsables de
los bombardeos sobre ciudades, de todas formas tambiŽn remitimos a nuestros lectores a las
p‡ginas 992, 993 y .994, donde se reproducen los textos y razonamientos al respecto del
mayor general inglŽs Fuller y del tambiŽn inglŽs, capit‡n B. H. Liddell Hart, comentarista
militar. Sus argumentos son concluyentes.
En cuanto al ataque a Rusia, ahora que se han podido consultar algunos archivos de la Uni—n
SoviŽtica, han aparecido nuevos datos que parecen confirmar, irrefutablemente, la intenci—n
agresiva de Stalin. Aunque en la p‡gina 2.716 ya publicamos un extenso comentario del
libro de Werner Maser, "Stalin und der Zweite WeItkrieg", los documentos siguen
apareciendo y para m‡s adelante intentaremos ocuparnos del tema en profundidad.
Sobre las "c‡maras de gas" est‡n ya suficientemente informados nuestros lectores y les
remitimos a la literatura que ya conocen. En cuanto al œltimo punto, la ocupaci—n de
Checoslovaquia, aunque puede ser considerado realmente un error de Hitler, no hay que
olvidar que si bien pasaron a jurisdicci—n alemana territorios que nunca antes lo hab’an sido,
no es menos cierto que todas las naciones fronterizas con Alemania hab’an sido
"gratificadas" con territorios que tampoco nunca les pertenecieron y nadie le dio gran
importancia al asunto. De todas maneras recordemos que Alemania no se qued—
Checoslovaquia sino una peque–a parte y que adem‡s era un evidente peligro geopol’tico
como puede verse consultando cualquier mapa. Este tema nos parece poco importante como
para abordarlo en estas p‡ginas con m‡s detenimiento. TambiŽn a "La Historia de los
Vencidos" remitimos a los interesados donde podr‡n hacerse una idea de la realidad
geopol’tica de los a–os posteriores a la Primera Guerra Mundial. Otro tema que no hemos
mencionado antes y que tambiŽn ha sido explotado espectacularmente por la propaganda y
que se halla invariablemente en los libros de texto de todos los colegios del mundo, es la
famosa quema de libros. Al respecto es muy f‡cil replicar diciendo que los libros que en
1996 est‡n secuestrando las democracias van a parar igualmente al fuego -o a la bala de
papel reciclable -, con lo cual la œnica diferencia es que unos lo hicieron simb—licamente en
pœblico y los otros lo hacen en privado vendiendo a traperos los libros y obteniendo todav’a
un beneficio.
As’ pues dejamos como pendientes de an‡lisis la guerra con Rusia y la "Noche de los
Cristales Rotos" En este œltimo caso evidentemente hay que contabilizar un grave error, uno
de los pocos, en la pol’tica del III Reich. Pero al menos ser‡ interesante conocer la verdad,
sin exageraciones y sin tergiversaciones.
Recordemos que en todo caso la revoluci—n nacionalsocialista fue francamente pac’fica. No
hace falta compararla con la Revoluci—n Francesa o la comunista, sino ya con guerras
din‡sticas, la guerra de secesi—n americana, la civil espa–ola, etc. etc. El nœmero de muertos
nacionalsocialistas -sin contar entre ellos los de la noche de los cuchillos largos -, causados
por comunistas y dem‡s ralea, fue muy superior a los causados por la revoluci—n hitleriana,
que se deben limitar pr‡cticamente a la suma de los muertos en el putsch de Ršhm y a las
v’ctimas de la Noche de los Cristales Rotos. En la lucha por el poder cayeron asesinados 200
nacionalsocialistas (170 de la SA, 17 de la SS, 6 de la HJ, 7 miembros del Partido) y hubo
20.319 heridos.
Aunque nuestro colaborador A. V considera suficientemente preparados a nuestros lectores
como para que cada cual saque sus propias conclusiones, no hemos podido resistirnos a
intercalar un considerable nœmero de notas a pie de p‡gina, que son obra de la redacci—n y
no del autor
LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS
Por A.V.
MUY TENEBROSO, ciertamente. El encontrar lemas cortos y expeditivos parece ser una de
las habilidades de los buenos pol’ticos o, quiz‡s mejor dicho, de sus asesores de imagen.
ÀQuŽ no habr‡ o’do uno contar sobre esa terrible noche de esos horribles cuchillos largos?
Largos cuchillos que seguramente revientan vientres y destrozan -despiezan- corazones. El
lobo ataca con fieros dientes afilados al inocente cordero y lo destripa.
Bueno. ÀSabemos realmente lo que ocurri— aquellos d’as de fines de junio de 1934? Yo
estimo que no, que no lo conocemos. Y me parece que tampoco voy a conseguir esclarecerlo
aqu’. Pero quiz‡ s’ que podemos acercarnos a la realidad hist—rica por medio de una somera
visi—n de algunos de los reportajes, ensayos, investigaciones y estudios que se hicieron al
respecto y, una vez compulsados, comparar, meditar e intentar sacar alguna conclusi—n,
As’ pues, como es costumbre, reproducirŽ, traducidos en su caso, p‡rrafos de obras que
traten sobre el tema. No todas, s—lo muy pocas. Quiz‡ sirva de aliciente para que otros
continœen la labor y traigan m‡s p‡rrafos a colaci—n. Del caos que se produzca, puede surgir
el orden. Y si no, vŽase la f’sica ca—tica -o del caos -.
Del autor Denis Sefton Delmer, periodista y colaborador del servicio secreto brit‡nico MI 5
a quien ya hemos presentado en otra ocasi—n (vŽase "Escritos Pol’ticos", el art’culo "El
incendio del Reichstag", tomo 17, p‡g. 3305), tomamos del libro "Los alemanes y yo", Luis
de Caralt Editor, Barcelona 1967; t’tulo original de la obra: "Die Deutschen und ich" (1).
P‡g. 97 y sigs.:
ÇAœn no hab’a terminado el episodio que habla comenzado cuando George Bell me dio el
consejo de invitar a comer a Ernst Ršhm [ ... ]. Mi negativa a poner las cartas sobre la mesa,
como lo llam— Bell dio como resultado que Žste regresara a Munich y participara a Ršhm
que habr’a de ser Žl mismo quien se dirigiera a m’, ya que yo era demasiado precavido para
hablar a travŽs de intermediarios.
ÇConsecuencia de toda esta insensatez fue que durante los dos a–os siguientes, viera a
menudo al peque–o y jovial jefe de Estado Mayor y a los j—venes ayudantes con los que se
rodeaba. Y cuanto m‡s tercamente rechazaba yo cualquier relaci—n con el servicio secreto
inglŽs, tanto m‡s convencido estaba Ršhm de que yo era el gran XYZ, en persona.
ÇCasi cada vez que desde su cuartel general de Munich ven’a a Berl’n, com’amos y
beb’amos juntos. Estos encuentros eran de enorme utilidad para m’. A travŽs de Ršhm que
como antiguo oficial de la Reichswehr era el hombre de enlace de Hitler con los generales,
pude enterarme de algunos asuntos internos, y seguir las huellas de muchas jugadas e
intrigas que eran esenciales en la lucha de Hitler por el poder.
ÇRšhm estaba en contacto con el general Kurt von Schleicher, aquel oficial dado a
politiquear, que hab’a dirigido todas las ocultas conjuras del ejŽrcito alem‡n desde el pacto
con los jefes de la socialdemocracia en noviembre de 1918 y el tratado con el EjŽrcito Rojo,
hasta las negociaciones con los nacionalsocialistas de entonces. Schleicher quer’a terminar
en Alemania con la ineficaz democracia parlamentaria y reemplazarla por un gobierno
autoritario apoyado en la Reichswehr, mientras Žl desempe–ar’a el papel de hombre fuerte
en la penumbra. De los nacionalsocialistas quer’a servirse de dos maneras: Hitler y su
partido pol’tico representar’an la m‡quina propagandista que en las m‡s amplias esferas del
pueblo incrementar’a la adhesi—n a su gobierno; en tanto Ršhm y su SA constituir’an una
milicia de reserva que, en un momento dado, podr’a completar los cuadros de la Reichswehr.
ÇHitler, naturalmente, no estaba dispuesto bajo ningœn concepto a convertirse en un
polichinela de Schleicher, y Ršhm proyectaba llegar a ocupar el mando supremo de la
Reichswehr nacionalsocialista. Pero la meta m‡s pr—xima de Schleicher era tambiŽn la de
aquellos: la destituci—n del canciller BrŸning y de su gobierno de coalici—n. Debido a esto
aceptaban encantados el apoyo pol’tico y el dinero de Schleicher. Si hemos de creer en el
testimonio del jefe de brigada de la SS, Walter Schellenberg, director general de seguridad
del III Reich, Schleicher pag— del fondo secreto de la Reichswehr la imponente suma de
cuarenta y dos millones de marcos a la caja de la SA nacionalsocialista, cuyos hombres m‡s
tarde habr’an de asesinarle. (W. Schellenberg, Memorias, p‡g. 45).
ÇPara m’ las entrevistas con Ršhm eran, como he dicho, inestimables; m‡s valiosas aœn que
mis encuentros con Hitler. Pues mientras Žste pronunciaba constantes discursos de
propaganda, Ršhm y su gente siempre me explicaban el œltimo chisme. Ršhm era en su
conversaci—n tan indiscreto como desenfrenado en sus perversos excesos.
ÇPero ÀquŽ le hab’a inducido a enviar a Bell por delante para luego dirigirse Žl mismo al
supuesto agente secreto Delmer? PasŽ mucho tiempo antes de descubrirlo. Pues Ršhm que
conmigo mostraba la m‡s incre’ble sinceridad incluso respecto a sus preparativos de un
golpe de Estado, callaba como un muerto en lo referente al misterioso asunto en el que
quer’a hacerme intervenir en combinaci—n con el Secret Service.
ÇCuando entraba en mi oficina acompa–ado de su joven y pecoso ayudante, conde Spreti,
hac’a primeramente algunas jocosas observaciones y fuego ven’a la inevitable pregunta:
- Por cierto, Àme ha preparado usted la entrevista con los ingleses? ÀPodr’a hablar con
alguien del Secret Service?
ÇY cuando le explicaba:
- Lo siento, pero no conozco a nadie del Secret Service. El servicio secreto tambiŽn es un
secreto para m’.
ÇRšhm, incrŽdulo, se re’a con todas sus fuerzas y me daba golpes en la espalda como si yo
hubiese dicho un chiste estupendo.
- Vaya, vaya; y ÀquŽ pasa con sus diplom‡ticos? -continuaba, desarrollando el
interrogatorio.
- Me he informado en la Embajada a travŽs de algunos amigos. Por algœn motivo
imperceptible que quiz‡s estŽ relacionado con el protocolo o la etiqueta, parece ser que
tienen cierto miedo de encontrarse con usted. Dado que son diplom‡ticos, es probable que
no deseen ser vistos manteniendo un di‡logo con uno de los jefes de la oposici—n. Temen
que pudiera reproch‡rseles que intrigan contra el gobierno.
- ÁPues s’ que es una guarrada tonta! -replic— el peque–o jefe de Estado Mayor en su grosero
estilo b‡varo -. Hace poco he hablado con Fran•ois-Poncet, y al fin y al cabo es el
embajador de Francia. No tiene ningœn miedo de tratarme y hablar conmigo. CuŽnteselo
usted a sus amigos.
ÇA lo que yo promet’a volver a probar de nuevo.
ÇUn buen d’a, Ršhm se present— en mi casa sin acompa–amiento.
- ÀQuŽ dir’a usted si nos fuŽramos los dos de bureo? -pregunt—-. Primero comemos en algœn
sitio y luego nos vamos de juerga y me ense–a usted un poco la vida nocturna de Berl’n.
- ÁEstupendo! -exclamŽ, con fingido entusiasmo -. Nada har’a con mayor gusto.
ÇAs’ pues, salimos los dos juntos dejando a Ronny Panton, mi nuevo ayudante, encargado
de la oficina.
ÇEn mi fuero interno, sin embargo, no me hacia ninguna gracia la perspectiva de una juerga
nocturna entre dos, con el peque–o comandante ‡vido de sexualidad. Para atrapar una
"Story" siempre estaba dispuesto a enfrentarme en una lucha callejera con las pistolas
autom‡ticas de la polic’a, o a dar la mano a un asesino. Pero hab’a ciertas incomodidades
que ni siquiera por Lord Beaverbrook quer’a soportar. Por eso considerŽ el plan de aquella
noche con determinada inquietud. Ya empez‡bamos por formar una pareja en verdad
curiosa: el peque–o y rechoncho jefe de Estado Mayor cargado de energ’as, en cuya redonda
cara, llena de surcos, brillaban sus ojos de alegre ilusi—n, y el alto y delgado Delmer que
intentaba ocultar su nerviosismo bajo una m‡scara de indolente calma oxfordiana.
ÇComimos en "Peltzer", un local excelente situado en la Wilhelmstrasse. [...] DespuŽs
fuimos al ÒEldorado", un cabaret algo trist—n, que ol’a a humo de cigarrillos, a jab—n y a
sudor. Todas las animadoras, muy empolvadas y pintadas, eran hombres j—venes que
valiŽndose de pelucas, postizos de goma y escotados trajes de noche, se hab’an disfrazado de
mujeres.
ÇMe sorprendi— bastante que una de aquellas "chicas", un mocet—n con una nuez de Ad‡n
prominente y una barbilla negra - azulada que se adivinaba a travŽs de la capa de polvos, se
sentara sin ser invitada a nuestra mesa y empezara a hablar con Ršhm de una fiesta, por lo
visto muy divertida, que hab’an tenido juntos pocos d’as antes.
- Ya lo ve usted, se–or jefe mayor - dije, tan pronto "ella" nos hubo dejado -. Ninguna
ramera femenina se hubiera acercado a un antiguo cliente a hablar en presencia de un
extra–o de una noche pasada con Žl.
ÇRšhm que generalmente era muy abierto y sin gazmo–er’a alguna en cuanto a sus
conocimientos casuales, e incluso le divert’an las bromas sobre sus "debilidades", al instante
mostr—se reticente.
- No soy su cliente -dijo con toda seriedad -. Soy su comandante. Es uno de mis hombres
SA.
ÇCuando despuŽs fuimos al "Silhouette", un local nocturno concurrido por homosexuales de
ambos sexos, donde tomamos cafŽ y cognac en un palco, Ršhm decidi—se por fin a revelar
su gran secreto.
- Mi querido Delmer, ha de prometerme que no dar‡ publicidad a lo que ahora voy a
contarle. El asunto no tiene nada que ver con sus actividades de reportero.
ÇLo promet’.
- El proyecto sobre el cual he hablado con Fran•ois-Poncet, y sobre el que me gustar’a
hablar con algœn se–or de su Embajada o mejor aœn con alguien del Secret Service, es el
siguiente. El general von Schleicher desear’a incorporar necesariamente 250.000
hombres-SA y 50.000 cascos de acero en la Reichswehr. A mi manera de ver es una idea
excelente. Su realizaci—n tendr’a como consecuencia que Alemania en lugar de un ejŽrcito
profesional de 100.000 hombres, con su limitado esp’ritu de casta, pasar’a a disponer de un
ejŽrcito civil de 400.000 hombres, entre los que se hallar’an las mejores secciones de la SA.
Con ello quedar’a resuelto de una vez para siempre el problema de los ejŽrcitos privados,
que segœn parece ha provocado en Par’s y en Londres tan serios temores. Prescindiendo de
esto, una medida semejante nos ayudar’a a solventar el paro obrero.
- Desde luego -asent’-, pero para una ampliaci—n de este tipo de la Reichswehr necesitar’an,
como es natural, la conformidad de los aliados.
- Sin duda alguna. Precisamente por ello desear’a hablar con algunas de las personas
competentes entre ustedes. Siempre estoy dispuesto a emprender un corto viaje a Londres.
- Y aparte de la incorporaci—n de los parados y de la gente SA, ÀquŽ funci—n cumplir’a este
nuevo gran ejŽrcito alem‡n?
- Primeramente, nos es preciso un convenio militar con Inglaterra e Italia, como dice el
FŸhrer, y en caso de que los franceses quisieran tomar parte, tambiŽn con Francia. Por lo que
me dijo Fran•oisPoncet, he sacado la impresi—n de que estar’an de acuerdo. Si los rusos
bolcheviques pretenden llevar adelante su desatino, podr’amos terminar en un santiamŽn con
esa peste bolchevique. Lo que ahora le explico es naturalmente s—lo una indicaci—n general
del plan. Puede usted seguir deduciendo directrices m‡s precisas. ÀC—mo reaccionar‡n ante
esto, segœn su opini—n?
- Pero si Schleicher est‡ interesado en este asunto, ser’a Žl la persona m‡s indicada para
hacer las gestiones para lograrlo -dije yo, haciendo ver que no hab’a o’do la œltima pregunta.
- Ah’ est‡ la cuesti—n -replic— Ršhm, airado -. Estoy decidido a ocuparme yo mismo del
asunto. Fuera de m’ no hay nadie que con plenos poderes pueda hablar en nombre de la SA.
ÇTodo el plan se me antoj— un tanto fant‡stico. Pero quedŽ muy descansado al saber que Žste
era el motivo de nuestra juerga nocturna y no algo de orden personal. Ršhm hab’a querido
hablar conmigo sin testigos, porque esperaba que as’ el agente secreto Delmer se dar’a a
conocer y algo dejar’a entrever de la posici—n que adoptar’a Inglaterra ante su proposici—n.
ÇA la ma–ana siguiente, transmit’ la informaci—n de Ršhm a Gerry Young, (2) que entonces
era mi primer hombre de enlace con la embajada brit‡nica. Pero no pudo convencer al
embajador de que levantase el veto contra cualquier contacto entre el personal de la
embajada y Ršhm.
ÇConsegu’ una entrevista entre el jefe del Estado Mayor y nuestros diplom‡ticos, cuando
Hitler lleg— al poder y Ršhm fue aceptado como una personalidad casi presentable. ÁPero se
produjo un contratiempo! Cuando al final tuvo lugar el encuentro para el pobre Ršhm
transcurri— de muy diversa manera a como Žl lo hab’a imaginado; pues bebi— demasiado
vodka, se qued— dormido apoyado en la mesa donde com’amos y empez— a emitir ronquidos
por su chata y cicatrizada nariz.
ÇComo supuesto agente secreto fui en verdad una gran decepci—n para Ršhm. Mayor
decepci—n fue aœn George Bell pues se descubri— que este fornido b‡varo a pesar de su
vigoroso apret—n de manos y de la expresi—n de nobleza con que miraba a los ojos, era un
agente doble barato, y un traidor m‡s barato aœn.
ÇÀBarato? A Ršhm le cost— caro. En oto–o de 1932, Bell, como muchos otros, estaba
convencido de que las probabilidades de Hitler de alcanzar el poder se iban esfumando poco
a poco. Por ello traicion— a Ršhm a la "ReichsbannerÓ (3) republicana, y vendi— a la
oposici—n socialdem—crata una serie de apasionadas cartas de amor que Ršhm, segœn parece,
hab’a escrito a un miembro de la SA.
- ÁTodo burda falsificaci—n! -exclam— Rohm indignado, cuando le interrogaron acerca de
estas cartas.
ÇPero yo creo que en el fondo estaba aœn m‡s irritado por el vituperio que Bell le hab’a
hecho sufrir ante la Reichsbanner.
ÇEs una majader’a pasmosa la historia, cuyas principales causas no he podido aclarar hasta
ahora, de que el propio Karl Mayr que como capit‡n de Estado Mayor de la Reichswehr
b‡vara vigil— los primeros pasos propagand’sticos de Hitler y dio el benepl‡cito a las
furiosas manifestaciones antijud’as de su cabo, se hubiera pasado a los socialdem—cratas.
Entonces, en el a–o 1932, actuaba de consejero militar de la Reichsbanner republicana, una
milicia que representaba la contrapartida socialdem—crata de la SA. Por a–adidura, era
redactor jefe del semanario "Das ReichsbannerÓ.
ÇRšhm hab’a apreciado mucho a Mayr en los pasados d’as de Munich. A no dudarlo, Bell se
aprovech— de esta circunstancia para convencer a Ršhm de que Mayr quer’a colaborar con Žl
- Estaba dispuesto, segœn aseguraba Bell a pasarse con los cien mil hombres que formaban
la milicia de la Reichsbanner a las —rdenes de Ršhm y a incorporarse en el so–ado gran
ejŽrcito del pueblo.
ÇPero cuando Ršhm fue a Magdeburgo para sostener una entrevista secreta con Mayr, hubo
de comprobar que todo no era m‡s que una trampa y un chasco. Aparatos fotogr‡ficos
sacaron vistas de Mayr riŽndose y burl‡ndose del defraudado Ršhm. Hitler se sinti—
despechado de su jefe de Estado Mayor al enterarse de c—mo se hab’a dejado tomar el pelo.
Mas despechado todav’a estaba Ršhm de Bell.
ÇUnas semanas m‡s tarde, al alcanzar Hitler el poder, el antiguo superesp’a y monedero
falso de la Reichswehr consider— aconsejable trasladar su importante persona, con gab‡n y
corbata escocesa, a travŽs de la frontera germano-austriaca y retirarse a un lugar apartado
junto a Kufstein, en el Tirol, llamado Durchholzen. Pero este desplazamiento no era lo
bastante lejano, ni lo bastante prudente. En la noche del 3 de abril de 1933 dos pesados
coches ocupados por bribones de la guardia personal de Ršhm atravesaron raudos la frontera
y se internaron en Austria. Uno de los coches era un Mercedes, con distintivo y matr’cula de
la polic’a de Munich; el otro, un DKW perteneciente a una cervecer’a muniquesa. A los
veinte minutos se detuvieron ante la guarida de Bell Este sali— para ver lo que quer’an.
Como siempre, llevaba un rev—lver cargado en una funda al hombro. Pero no lo sac—.
- Tenemos a su madre y a su hermana en nuestro poder, se–or Bell -dijo el canoso director
de la partida, jefe de grupo SA, Schrieidhuber -. Est‡n prisioneras, como rehenes, en
Munich. No les pasar‡ nada si regresa usted a Munich al instante y se presenta en el cuartel
general. El jefe de Estado Mayor quisiera hablar con usted sin dilaci—n.
- A la orden -exclam— Bell-, voy con ustedes. DŽjenme empaquetar un par de cosas.
ÇDio la vuelta para subir a su dormitorio, y tres pistolas autom‡ticas hicieron fuego al
mismo tiempo sobre Žl.
- ÁTraidor inmundo! -rugi— Schneidhuber, mientras le escup’a en la cara.
ÇUn cuarto de hora despuŽs, los dos coches pasaban zumbando la frontera, en viaje de
regreso a Alemania.
ÇDudo de que los acontecimientos que siguieron pudieran significar un consuelo para la
madre y la hermana de Bell. En todo caso, s—lo catorce meses despuŽs, exactamente en la
noche del 30 de junio de 1934, fueron muertos a tiros Schneidhuber y los cuatro hŽroes
armados que le hab’an acompa–ado en aquella excursi—n; en la misma noche en que la SS de
Hitler atac— tambiŽn a Ršhm como Ršhm hab’a atacado a Bell. En lo concerniente a Mayr,
Žste fue detenido; y no por Ršhm sino por decisi—n de su antiguo esbirro y hombre-vengador
nœmero 17. Muri— en 1945 en el campo de concentraci—n de BuchenwaldÈ. (4)
Delmer, corresponsal del "Daily Express", nos sigue explicando sus vivencias previas al
acontecimiento y que pueden ser de interŽs para conocer el contexto pol’tico en que se
desenvuelve. Al final, desde la perspectiva de m‡s de 30 a–os transcurridos, nos explicar‡ de
que manera vivi— el crucial suceso del 30 de junio de 1934.
P‡gina 132 y sigs.:
ÇMi vuelta aŽrea con Hitler y las horas que hab’a pasado con Ršhm en los locales nocturnos
de Berl’n, tuvieron un resultado inesperado. En el drama de intrigas y contraintrigas, de
fanfarronadas y contrafanf‡rronadas que, en el a–o 1932 se representaba en Berl’n durante
los œltimos esfuerzos de Hitler por alcanzar el poder, tambiŽn a m’ me toc— un papel.
Aunque muy peque–o, y en gran parte sin yo saberlo, no dej— de ser un papel.
ÇAlgunas altas personalidades hab’an observado que el joven que Lord Beaverbrook ten’a
en Berl’n, manten’a relaciones personales con dirigentes del NSDAP, a los que normalmente
no llegaban m‡s que otros nacionalsocialistas, pol’ticos de derechas o grandes industriales.
As’ pues empezaron a utilizarme; una veces con mi consentimiento, otras sin tener yo
conocimiento de ello y en ocasiones, solamente hablando de m’. Yo no ten’a nada que
oponer, pues para un reportero era un buen sistema de cosechar novedades.
ÇYa a los pocos d’as de mi regreso de aquel primer viaje electoral con Hitler, me fue
impartido mi nuevo papel. A pesar de que el FŸhrer hab’a cruzado el pa’s como un c—mico
ambulante y no obstante el considerable aumento de votos con que fue premiado este
esfuerzo, el mariscal von Hindenburg, a sus ochenta y cuatro a–os de edad, fue reelegido
presidente del Reich por una mayor’a de tres millones de votos. Entonces, el canciller
BrŸning y sus aliados socialdem—cratas de Prusia y del Partido Centro que imperaba en
Baviera quisieron aprovechar esta victoria y los amplios poderes del anciano, para descartar
a Hitler, asest‡ndole un golpe definitivo. Pero se hallaban ante un dif’cil dilema, ÀQuerr’a
tomar parte el Mariscal?
ÇA Hindenburg no le agradaba Hitler y desconfiaba de Žl. Mas, para tristeza suya, durante la
campa–a electoral, hab’a podido comprobar que el FŸhrer estaba apoyado precisamente por
aquellos hombres a los que Žl, Paul von Beneckendorff und Hindenburg, siempre hab’a
apreciado como defensores del pensamiento alem‡n patrio, mientras Žl mismo se ve’a
sustentado por los representantes de las izquierdas, a los que aborrec’a por considerarlos
liberales dŽbiles, y aœn peor, traidores. No quer’a dar lugar a una guerra civil en la que
estar’a obligado a luchar contra sus propios amigos.
ÇY en este punto del juego, yo fui arrastrado a intervenir. Ocurri— a primeras horas de la
tarde del 12 de abril, dos d’as despuŽs de la victoria electoral de Hindenburg. Son— mi
telŽfono. Al aparato estaba Robert Weismann, el secretario de Estado socialdem—crata del
ministerio del Interior, con quien hab’a trabado amistad en casa del financiero Hugo von
Lustig.
- ÀPodr’a venir un momento a verme? -me pregunt— Weismann -. Tengo algo para usted.
ÇOcho minutos m‡s tarde, estaba yo junto a Žl. Alto y moreno, con cierto aire de apostura
meridional, Weismann parec’a m‡s un banquero que un hombre de Estado. Me invit— a
tomar asiento en un sill—n de cuero situado cara a la ventana, de la que pod’a contemplar la
WilheImstrasse, me ofreci— un cigarro y atac— enseguida el tema.
- Queremos deshacer la SA con una acci—n r‡pida -empez— a decir -; se ha preparado un
decreto presidencial, que el Mariscal no tiene m‡s que firmar. Ser‡ hecho pœblico esta noche
o ma–ana. Todo lo que sea propiedad de la SA: armas, aviones y cualquier otra clase de
material, ser‡ confiscado. Sus oficinas y cuarteles ser‡n registrados por la polic’a y
clausurados. De una vez para siempre.
ÇHizo una pausa para ver si yo estaba debidamente impresionado. Lo estaba.
- Bien. Esto es una noticia que s—lo y œnicamente le transmito a usted. Ningœn otro
reportero, ni alem‡n ni extranjero, tiene la menor sospecha de ello.
ÇLanz— una bocanada de humo, y me volvi— a observar atentamente.
- Pero, a cambio, me ha de hacer un favor.
ÇBajŽ la cabeza, asintiendo.
- Usted conoce a Hitler. Tiene acceso a Žl. ÀPuede averiguar c—mo encajar‡ el golpe? ÀSi
opondr‡ resistencia, y si desafiar‡ la disposici—n o la acatar‡? De la contestaci—n a estas
preguntas dependen muchas cosas. Personalmente, soy de la opini—n que Hitler no
emprender‡ ninguna acci—n. No puede, de ninguna manera. Pero otras personas piensan de
diferente manera, y entre ellas el propio Presidente. A su juicio, Hitler luchar‡, y
Hindenburg no desea ningœn derramamiento de sangre.
ÇRegresŽ r‡pidamente a mi oficina invadido por el excitante sentimiento de felicidad que
experimenta un reportero cuando cree estar en posesi—n exclusiva de una noticia importante.
Como primera disposici—n, llamŽ a Ršhm a Munich, para saber si ten’a alguna idea de la
medida proyectada. ÀUna idea? El alegre y peque–o jefe de Estado Mayor no s—lo conoc’a la
disposici—n a grandes rasgos, sino que sus esp’as le hab’an transmitido, incluso, el texto de
la misma que, hasta entonces, parec’a guardado con tan riguroso secreto.
- Le paso a un ayudante, para que le lea el texto -me dijo, riendo -. Pero puedo asegurarle
una cosa: no estamos perdiendo el tiempo; antes bien, nos preparamos para ese registro
polic’aco. Cuando esos c‡ndidos se–ores, vestidos de azul, vengan a visitarnos, no
encontrar‡n gran cosa.
ÇSeguidamente a–adi—:
- îigame. El FŸhrer vuela en estos momentos a Berl’n, para tomar el asunto de su mano.
ÀPor quŽ no va a verle y habla con Žl? Puede decirle que yo se lo he indicado.
ÇFui, en efecto, a ver a Hitler, y lo hallŽ en su dormitorio del hotel Kaiserhof.
ÇSe estaba cambiando de camisa cuando Putzi HanfstŠngl me hizo pasar. (5) Pero esto no le
impidi— escuchar lo que yo ten’a que notificarle. A continuaci—n me expuso sus puntos de
vista. Pronto me convenc’ de que no opondr’a la menor resistencia. Lanzar’a amenazas de
extorsi—n, pero no har’a ningœn intento de llevar su SA a la lucha, como tem’a el Mariscal.
- Si el gobierno disuelve la SA -manifest— Hitler, mientras cog’a la negra y larga corbata que
pend’a a los pies de su cama met‡lica -, dejarŽ de ser responsable de lo que le ocurra a esa
gente. Imag’nese: cuatrocientos mil hombres de la SA, sin que nadie se preocupe de
imponerles una disciplina ni de tenerlos sujetos a la rienda. Y adem‡s Átrescientos mil de
ellos est‡n parados! No es peque–o el problema que buscan los se–ores del gobierno. Pero a
m’ no podr‡n hacerme responsable, si algo sale mal.
ÇSu voz se fue elevando por momentos.
- Ya pueden disolver tranquilamente mi SA y declararla ilegal. ÁA mis hombres no podr‡n
cortarles la cabeza ni arrancarles el coraz—n del pecho; y mientras mi gente tenga coraz—n y
cabeza me seguir‡n siendo fieles!
ÇEstaba claro que Hitler se hallaba dispuesto a comenzar un gran discurso. Pero yo ya hab’a
o’do lo que me interesaba o’r. As’ pues, me excusŽ con el pretexto de que ten’a que
comunicar con Londres, cosa que por otra parte, era verdad. Tan pronto transmit’ mi
informe, corr’ a casa de Weismann. Mi narraci—n le produjo tanta alegr’a como sorpresa.
Alegr’a por la postura de pasividad de Hitler frente a la medida gubernativa; sorpresa, ante el
hecho de que el texto de la disposici—n, mantenido en tan riguroso secreto, hubiera podido
ser descubierto.
ÇSin embargo, Weismann no ten’a por quŽ maravillarse tanto. Yo hubiera podido citarle, al
instante, dos posibles fuentes de informaci—n de Ršhm y a no dudarlo, exist’an otras m‡s. La
primera era Rudolf Diels, el joven consejero ministerial, diestro y sociable, que a las —rdenes
de Weismann, estaba al frente del negociado pol’tico. Todos los partes interesantes que
ca’an en su cestilla de correspondencia los pasaba a Gšring, el cual, una vez en el poder, lo
recompens— con el nombramiento de primer jefe de la reciŽn fundada "Gestapo". (6)
ÇLa otra fuente era el tambiŽn comunicativo pero infinitamente m‡s peligroso general Kurt
von Schleicher, la "eminencia gris", como le llamaban, el cual lo arriesgaba todo por
derribar a BrŸning, y a su propio jefe, el ministro de Defensa, general Groener, para poder
llegar a ser el hombre fuerte de una Alemania autoritaria.
ÇSchleicher hab’a empezado su intriga, simulando ante Groener que Žl era por completo
partidario de la disoluci—n de la SA. Aconsejaba a su ministro que arremetiera sin demora.
Pero al propio tiempo, utiliz— el decreto para socavar la confianza de Hindenburg en
Groener y en BrŸning. Con extrema habilidad, aliment— en Hindenburg el temor y la duda
de hacerse "patri—ticamente responsable" de tal medida.
- La SA es una tropa de gran utilidad militar -le dec’a al anciano -, son gente poco pulida,
pero recia y valiente. Y tiene un acendrado sentimiento nacional. Si la Entente desea estar
conforme con un incremento de la Reichswehr, lo cual es muy posible, la SA nos vendr’a
muy bien. La posibilidad de su incorporaci—n, despuŽs de haber sido degradada por un
decreto de disoluci—n, es algo que se me antoja muy problem‡tico.
ÇYo hab’a o’do alusiones sobre las intrigas de Schleicher; por un lado, de Ršhm el cual
estaba tan interesado como el propio Schleicher en los planes militares; por otro, de Werner
von Alvensleben, ()7 antiguo oficial, divertido y aventurero, descendiente de una familia
noble de la parte oriental del Elba, que hac’a de mediador entre Schleicher y Ršhm Cuando
Hindenburg se decidi—, al fin, en contra de sus ’ntimos sentimientos, a firmar el decreto,
principalmente por lo que me asegur— Weismann, porque mi noticia sobre la posici—n de
Hitler le hab’a tranquilizado, el resultado, con efecto de "bumerang" sobre Groener y
BrŸning, no me sorprendi—, como a algunos de mis colegas.
ÇEn todo caso, el precoz conocimiento del texto de la disposici—n por parte de los dirigentes
del NSDAP, y las largas negociaciones anteriores a la firma del decreto, hicieron ilusoria la
posibilidad de llevar a cabo una acci—n realmente eficaz. Cuando por œltimo, el d’a 13 de
Abril, fue radiada, a las expectantes unidades de polic’a, la palabra clave "GreifÓ (ÒPresaÓ),
(este nombre, incluso, me lo hab’a participado el sonriente Ršhm no hab’a ya nada que
"prender". Picantes nubes de gas lacrim—geno envolvieron a los polic’as, cuando
valerosamente hundieron las puertas de los abandonados cuarteles generales de la SA y la
SS.
ÇCuando, aquella tarde, me presentŽ en el hotel Kaiserhof, encontrŽ a Hitler m‡s
esperanzado que nunca. Por Ršhm hab’a sido informado de los planes de Schleicher, y no
dudaba de su Žxito.
- La prohibici—n de la SA -me dijo-, no puede ser m‡s que una medida transitoria. Pronto
volverŽ a tener a mi gente. Y cuando se levante la prohibici—n, cuando renazca mi SA, se
demostrar‡ que los cuatrocientos mil hombres que ahora han "muerto" por orden oficial, en
el intervalo habr‡n aumentado, por lo menos, a seiscientos mil.
ÇEn este pron—stico tuvo m‡s que raz—n. Cuando diez d’as m‡s tarde acud’ en Wesbaden a
una nueva asamblea electoral de Hitler, observŽ que, como siempre, iba acompa–ado de su
guardia de corps de la SS. La œnica diferencia estribaba en que los guardias en lugar de
llevar pantalones y botas de montar, vest’an a la manera de obreros ajustadores.
- Cre’ que os hab’an disuelto -dije a Sepp Dietrich.
- Y lo estamos -respondi—, riendo sarc‡sticamente, Dietrich -; ahora no somos m‡s que
simples miembros del partido.
ÇY al propio tiempo se–al— el distintivo del partido que en vez del anterior correspondiente a
la SS, luc’a sobre el pecho.
ÇEn esta asamblea tampoco faltaba la gente de la SA. Estaban, como siempre presentes:
largas filas de hombres j—venes, vigilaban las calles por las que ten’a que pasar Hitler
camino del lugar donde deb’a efectuarse la reuni—n. S—lo que en esta ocasi—n no llevaban
camisas marrones, sino blancos brazaletes, en los que con letras negras se le’a la
tranquilizadora palabra "ORDENADOR". La polic’a no puso objeciones. El decreto de
disoluci—n, que como medida contra la SA o contra Hitler se revel— totalmente ineficaz, tuvo
muy pronto los resultados previstos por Schleicher y Ršhm Schleicher asegur— al abrumado
Hindenburg, que BrŸning y Groener, quienes le hab’an inducido a firmar el decreto,
descargaban sobre su anciana cabeza la responsabilidad de la pŽrdida de alemanes de "hondo
sentir nacional". Y, efectivamente, se elev— un verdadero coro de imprecaciones en los
diarios de derechas que el anciano acostumbraba a leer cada ma–ana. El golpe m‡s duro para
Hindenburg, el cual, incluso en su puesto de Presidente, se consideraba aœn sœbdito fiel de la
Casa de Hoherzollern, lo constituy— el hecho de que este coro estaba dirigido por el propio
ex-Kronprinz, Guillermo, desde su castillo de Oels en Silesia, envi— al Mariscal un
telegrama de protesta, que al mismo tiempo, hizo publicar en la prensa.
ÇGroener fue el primero en verse obligado a marcharse. DespuŽs de una borrascosa sesi—n
del Reichstag, en la que durante el debate casi perdi— la vida un delegado de los miembros
del NSDAP, a causa del alboroto que se arm—, apareci— Schleicher ante Groener.
- Mi general -manifest— a su antiguo superior, a quien gracias a su influencia y ayuda, deb’a
la carrera -, siento poner en conocimiento de Vuestra Excelencia que ya no posee la
confianza del ejŽrcito.
ÇEra la f—rmula cl‡sica que el propio Groener hab’a empleado, en noviembre de 1918, al
obligar al K‡iser a abdicar.
ÇEl canciller BrŸning sigui— a Groener al cabo de pocas semanas. El domingo, 29 de Mayo,
estaba dando cuenta a Hindenburg de la situaci—n pol’tica, cuando, de repente, el anciano,
que apenas le escuchaba, le cort— la palabra.
- Mi querido canciller -exclam—, altisonante -, esto no puede continuar. Las œltimas
elecciones en Prusia y otras regiones demuestran que el pueblo no est‡ ya con usted.
Necesitamos otros hombres en el gobierno.
ÇBrŸning se levant—.
- En este caso, no me queda otro curso que retirarme, se–or presidente -repl’c— -, pero debo
advertirle que la mayor’a del pueblo alem‡n que hace siete semanas, le eligi— a usted, porque
cre’a que apoyar’a mi gobierno, juzgar‡ esta retirada un tanto... prematura.
ÇAs’ se desarrollaron los acontecimientos. Sin duda, las cosas no se hubieran producido de
otro modo, en el caso que yo no hubiera hecho a Weismann confidencia sobre la actitud de
Hitler, que posteriormente, decidi— a H’nderiburg a firmar el desacertado decreto de
disoluci—n. La SA no esper— una revocaci—n oficial del mismo. Aœn antes de que la noticia
de la ca’da de BrŸning fuera hecha pœblica, las columnas marcharon nuevamente por las
calles, gritando sus "esl—ganes" racistas:
- ÁDespierta, Alemania! ÁMuere, Jud‡!
ÇCasi frente a mi casa, un grupo entusiasmados hombres SA, vestidos de uniforme, quer’an
unirse a una secci—n de mariner’a para marchar al palacio presidencial de Hindenburg, donde
la marina deb’a celebrar el aniversario del combate de Skagerrak, la "gran victoria sobre la
flota inglesa" del a–o 1916. Pero esto fue demasiado para la polic’a. Al ver que la gente de la
SA no atend’a la orden de diseminarse, la polic’a abri— fuego, y los de la SA replicaron
disparando tambiŽn. Cuando termin— el tiroteo, vi a dos mujeres, gravemente heridas,
tendidas sobre el pavimento. El contenido de sus cestas de ir a la compra, se hallaba
desparramado por el asfalto.
ÇÁQuŽ d’a, para los nacionalsocialistas! Personas completamente desconocidas entre s’, se
saludaban por la calle con exclamaciones jubilosas, brazo en alto y gritando: "Heil Hitler!".
Y en los balcones ondeaban banderas, como en los tiempos del imperio; no las banderas de
la repœblica, sino la ense–a con la cruz gamada de Hitler. Ahora, todos quer’an unirse al
carro triunfal del FŸhrer. Pues dado que Schleicher era ministro del EjŽrcito, y el polichinela
de Schleicher el casi desconocido antiguo diplom‡tico y oficial de estado mayor, Franz von
Papen, ocupaba el puesto de canciller, se cre’a que en el peor de los casos, œnicamente
faltar’an dos semanas para que el propio Hitler se adue–ase del poder.
ÇTodos as’ lo creyeron, empezando por Hitler mismo, Gšring y Ršhm [...]
ÇEn aquellos c‡lidos d’as de Agosto, me ocurri— otra aventura, precisamente en el momento
en que Hitler, que entretanto hab’a conseguido en las elecciones generales un nœmero mayor
de votos, ped’a a Hindenburg, a ra’z de aquella victoria electoral, que le confiara el puesto
de canciller. Con sorprendente sinceridad y sin rodeos Ršhm me manifest— que se estaban
preparando para adue–arse del poder mediante un golpe de Estado, en caso de que el anciano
mariscal no hiciera "lo debido".
- Coja su coche, mi querido Delmer -me dijo, mir‡ndome con sus peque–os y vivos ojos
entornados -, y dŽse una vuelta por los barrios exteriores de Berl’n. Abra bien los ojos y ver‡
como nuestra SA est‡ movilizada y s—lo aguarda la se–al.
ÇPara el 12 de Agosto, d’a en que Ršhm y Hitler visitar’an a Hindenburg, el primero me
prepar— un almuerzo con el comandante Joachim von Arnim, afuera, en el castillo de
Monchoix junto a Harnekop, al Nordeste de Berl’n; una especie de escuela de oficiales para
dirigentes de la SA. Al llegar yo all’, un grupo de jefes de la SA corr’a por una pista
especialmente instalada para ataques de escalo, mientras otros se dedicaban a ejercicios de
campa–a. J—venes musculosos, entrenadores de la Reichswehr, por lo que o’, dirig’an la
instrucci—n. Como para completar el cuadro, por encima de nuestras cabezas atron— el aire
una escuadrilla de caza de la SA, formada de ligeros aviones de pruebas. Teniendo en cuenta
lo que Ršhm me hab’a contado de sus preparativos, todo aquello me pareci— altamente
amenazador. Pero no fue nada en comparaci—n con lo que o’ de boca de Arnim, cuando
dieron fin los ejercicios.
- Es muy posible -dijo dirigiŽndose a los oficiales y jefes de la SA que se hab’an congregado
ante Žl -, que en las pr—ximas horas se‡is llamados a llevar a cabo en serio estos ejercicios
sobre el duro asfalto de Berl’n. En tal caso, la orden que os doy es la siguiente: Si en algœn
lugar encontr‡is algœn obst‡culo serio, no ataquŽis, sino rodead el edificio de que se trate.
No os deteng‡is. Llevad a buen tŽrmino vuestra misi—n.
ÇA continuaci—n, sigui— dando otros consejos referentes a la manera de tomar una ciudad, y
luego a–adi—:
- No creo que se llegue a la lucha. Pero si el viejo se pone testarudo y no hace entrega al
FŸhrer del poder que le corresponde, entonces actuaremos nosotros. Todo est‡ preparado. El
FŸhrer no tiene m‡s que apretar un bot—n y la m‡quina correr‡ por s’ sola.
- La œnica resistencia grave -sigui— diciendo Arnim -, pudiera proceder de la Reichswehr; de
aquellos viejos oficiales anquilosados que sent’an envidia del joven ejŽrcito del pueblo, de la
SA.
- Probablemente, no disparar‡n. Pero si lo hicieran, nos lanzaremos a travŽs de ellos, y
alcanzaremos nuestros objetivos a pesar de todo. Por ello debemos contar con que se
produzcan algunas bajas. (8)
ÇEra el mismo tipo de arenga que, en el a–o 1923, se escuch— en Munich antes del golpe de
Estado de Hitler. TambiŽn entonces los nacionalsocialistas hab’an calculado que la
Reichswehr se negar’a a disparar contra antiguos soldados alemanes ÇPero constitu’a una
incre’ble ligereza pronunciar semejantes palabras ante oficiales de la Reichswehr y ante el
reportero de un diario extranjero.
ÇRegresŽ raudo a mi despacho y en un estado de febril expectaci—n frente a lo que pudiera
acontecer. Hindenburg, segœn me enterŽ enseguida, hab’a vuelto a rechazar a Hitler y a
Ršhm. Y en aquellos momentos, estaban celebrando un consejo de guerra en la residencia
del peque–o Dr. Goebbels, en la plaza de la Canciller’a. LlamŽ varias veces para saber c—mo
andaban las cosas. Finalmente, a las diez y media de la noche, Ršhm se puso personalmente
al aparato.
- Una amarga decepci—n para m’ -me dijo, en su escueto alem‡n militar -, pero el FŸhrer se
ha negado a apretar el bot—n. Seguimos adoptando la postura legal. Para volverse loco.
ÁV‡yase a dormir!
ÇEl siguiente actor de este drama de 1932, que quer’a involucrarme, esta vez con mi m‡s
completo desconocimiento -, fue Franz von Papen, el conservador cat—lico, viscoso como
una anguila, que tras la ca’da de BrŸning, se val’a de Schleicher como t’tere testaferro.
Cuando Papen reclam— mis servicios, est‡bamos ya en Diciembre, y Žl ya no era canciller.
ÇKurt von Schleicher, que ya hab’a enga–ado y torpedeado a tres de sus superiores de la
Reichswehr para alcanzar el poder, entretanto hab’a apartado a un lado tambiŽn a Papen y
hab’a logrado convertirse en canciller.
ÇPero en este cargo no se hallaba muy seguro. Un hombre fuerte, incluso siendo general,
debe poder apoyarse en determinadas capas del pueblo, cosa que a Schleicher no le era
factible. El joven Hans Zehrer (9), un activo periodista de derechas, que con sus amigos del
"Tat-Kreis"(10), dirig para el general-canciller una especie "Brains Trust", hab’a pensado
una soluci—n muy del gusto de Schleicher.
ÇSi funcionaba, originar’a una reacci—n en cadena, un castillo de fuegos artficiales de
intrigas y astillamiento de partidos. La idea de Zehrer consist’a en formar tras Schleicher, un
nuevo frente nacional que se apoyar’a en los sindicatos y los dirigentes y que se extender’a
desde el socialdem—crata Theodor Leipart hasta Gregor Strasser y sus nacionalsocialistas del
norte de Alemania. El fornido y espaldudo Gregor Strasser hab’a sido desde siempre el rival
de Hitler en la lucha en favor de las masas. Adem‡s era uno de los mejores organizadores
del Partido, y como "Gauleiter" de Hitler gobernaba la regi—n del Ruhr. Schleicher estaba
dispuesto a ofrecer a Strasser el cargo de vicecanciller, si Žste daba su conformidad a que
Leipart ocupara en el mismo gabinete un puesto clave. Y ahora ven’a la gran novedad:
parec’a que Strasser hab’a picado. Estaba de acuerdo en ir a hablar con Schleicher.
ÇPapen, durante la primera guerra mundial, hab’a sido agregado militar alem‡n en
Washington. Su estancia all’ no hab’a sido presidida por una estrella demasiado favorable,
pero le hab’a servido para aprender algo del juego de intrigas pol’tico. Ahora, tras esta
intriga Leipart-Strasser, se comportaba como el hur—n que olfatea un gazapo. Mientras
todav’a era canciller, hab’a rechazado el proyecto del frente Strasser-Leipart como imposible
y ahora no quer’a dejar que Schleicher lo llevara a cabo, Ánada menos que ese Schleicher que
le hab’a arrebatado su puesto! Y sab’a exactamente por d—nde hab’a de empezar. Hitler ten’a
que enterarse de lo que Schleicher y Strasser se propon’an y destruirles el plan. Luego Hitler
arremeter’a contra Strasser. Pero el FŸhrer no deb’a saber que las noticias dimanaban de von
Papen.
ÇY as’ fue c—mo aquella tarde del 3 de diciembre de 1932, mientras Strasser se encontraba
con Schleicher en casa de este œltimo en la Alsenstrasse, apareci— en mi oficina un tal
Walter Bolchow.
ÇBolchow trabajaba en la secretar’a pol’tica de Papen. Yo ya hab’a podido comprobar con
frecuencia que estaba perfecta y atinadamente informado.
- En estos instantes, Gregor Strasser se halla negociando con Schleicher -me refiri—-.
Quisiera saber si el T’o Adolfo (11) autoriza tal encuentro, o si Strasser actœa por su cuenta.
De todas maneras, la cosa me huele a chamusquina.
ÇSin suponer que estaba haciendo precisamente lo que Bolchow quer’a cog’ enseguida el
auricular telef—nico y llamŽ a Putzi HaffistŠngl a la Casa Parda de Munich.
- Hempstalk -dije, jugando a nuestro juego predilecto, consistente en traducir nombres
alemanes al inglŽs- (12) nuestro viejo amigo Gregory Streeter (13) mantiene en este instante
una peque–a charla con el Creeper (14) en su domicilio privado de la calle Alson. ÀSabe
usted, por casualidad, si esta entrevista tiene lugar con conocimiento y por voluntad de su
jefe o si quiz‡ Gregory se permite emprender, por decisi—n propia una peque–a excursi—n?
ÀEst‡ acaso comineando algo para que entrŽis todos en el gabinete de Creeper? o ÀquŽ es lo
que en realidad pasa?
ÇHanfstŠngl declar— bastante excitado, que aquella noticia era por completo nueva para Žl.
Indagar’a lo que estaba ocurriendo, y me volver’a a llamar.
ÇPapen estaba pues en lo cierto al sospechar que Hitler no sab’a del asunto. Pero HanfstŠngl
no volvi— a llamar para darme la anhelada informaci—n. S—lo me lleg— un mensaje, algo
misterioso, a travŽs de uno de sus subalternos,
- Tengo el encargo -me dijo el hombre-, de darle las gracias de parte del FŸhrer.
ÇGoebbels, al tratar del encuentro entre Strasser y Schleicher, escribe en su libro referente a
aquella Žpoca: (Joseph Goebbels, ÒVom Kaiserhof zur ReichskanzleiÓ)
Ç"Por azar, nos enteramos del motivo verdadero de la pol’tica de sabotaje de Strasser: el
domingo, al anochecer tuvo una entrevista, en el curso de la cual el general le ofreci— el
puesto de vicecanciller.
ÇPero no fue recibido el informe tan Òpor azar", como cre’a Goebbels. Papen y Bolchow lo
hab’an planeado cuidadosamente. A m’ personalmente, m‡s que el agradecimiento de Hitler
o de Papen, lo que me importaba era una Story, y as’, la ayuda de Bolchow me sirvi— para
transmitir a Londres una cr—nica de apasionante interŽs.
ÇEl plan de Strasser y Schleicher, acab— pues en una explosi—n fallida, coincidiendo as’ con
la intenci—n de Papen. Hitler, que hab’a aparecido en escena, a ra’z de mi llamada, dej— caer
todo el peso de su personalidad dram‡tica de actor sobre Strasser. Convoc— una sesi—n
extraordinaria de jefes del NSDAP, y les pidi— que escogieran entre Strasser y Žl.
ÇSe decidieron por Hitler, y a consecuencia de ello, Strasser sali— del partido, exactamente
como hab’a esperado Schleicher. Pero sali— solo. Nadie le sigui—.
ÇEl 28 de enero de 1933, Schleicher, que no ten’a ya nadie tras Žl, hubo de darse por vencido
y retirarseÈ.
Hasta aqu’ hemos visto unos proleg—menos de los sucesos del 30 de junio de 1934 tal como
dice Delmer que los vivi— y en los que particip—. Creo que son interesantes para el lector
para hacerse una idea general de la situaci—n interna. A partir de la p‡gina 189 del libro que
se reproduce, entra en la inmediata cuesti—n de la que este informe trae causa. Es a finales de
junio de 1934:
ÇIndependientemente de sus temores en cuanto a las ambiciones austr’acas de Hitler, que de
realizarse, le deparar’an en su frontera del Norte un vecino poderoso, en lugar de uno dŽbil,
Mussolini no estaba, por lo visto, seguro, si Hitler, como aliado representar’a para Žl un
factor activo. Y los rumores sobre ciertos sucesos de Alemania, que durante aquellos d’as y
de diversas fuentes alemanas me llegaron a m’ tambiŽn, me parecieron justificar las dudas de
Mussolini en cuanto a la estabilidad del Estado hitleriano. Todo esto era tan grave y
apasionante, que decid’ no regresar a mi oficina de Par’s, y dirigirme por avi—n a Londres
(Delmer estaba en Italia) para hablar con mi redactor jefe.
ÇLa noticia principal dec’a que Ernst Ršhm el jefe de la SA, a la saz—n de una fuerza de tres
millones de individuos, hab’a roto con Hitler. Se dec’a que iracundo y defraudado, cual
Aquiles en su tienda, se consum’a de rencor. El siempre inquieto Werner von Alvensleben
se hallaba metido en un plan de uni—n entre Ršhm y el ca’do general von Schleicher, que
deb’a llevar a ambos al poder.
ÇArthur Christiansen, que desde hac’a un a–o ocupaba el puesto de redactor jefe, en lugar de
Baxter, se mostr— muy interesado ante lo que le expuse.
- Creo que lo mejor ser‡ que vayas a ver al viejo, y le informes de todo esto -me dijo,
cuando hube terminado-. Seguro que tiene formada su propia opini—n de ello.
ÇUna hora m‡s tarde, era introducido en "Stornoway House", en una gran estancia de color
gris paloma. En el medio hab’a un sof‡, en el que se hallaba sentado Lord Beaverbrook. El
suelo, a su alrededor, se encontraba cubierto de papeles y peri—dicos. Beaverbrook se
levant—, extendi— r’gidamente el brazo hacia m’, y me indic— que tomara asiento.
- Me alegra de verle, Tom -me dijo-. Tengo entendido que quiere usted ir a Alemania y ver
lo que all’ sucede. ÀPor quŽ?
ÇLe refer’ lo que hab’a o’do en Venecia.
- Yo propondr’a, se–or, hacer una especie de viaje de permiso a Alemania -a–ad’-. Tengo
todav’a mi bote de remos e Berl’n, en el cual me agradar’a regresar remando, a Par’s. A mi
llegada, podr’a, primeramente, tantear la situaci—n. Si no hay nada de particular, prosigo el
permiso. Si descubro una "Story" que valga la pena me pongo de nuevo en plan de trabajo.
- Me parece una buena idea -dijo Lod Beaverbrook-. Pero esto es cosa de Christiansen.
Hable usted con Žl.
ÇSe puso en pie y se apoy— en la chimenea. Era un hombre peque–o, de cabeza grande y
ojos vivos que me traspasaba con la mirada.
- Ahora le contarŽ un gran secreto Tom. No debe usted decir ni una palabra a nadie.
Absolutamente a nadie, Àme comprende?
ÇPromet’ callar.
- El Dr. BrŸning, el antiguo canciller del Reich alem‡n, ha estado en Londres en visita
secreta -empez— a decir Beaverbrook-. Afirma que pronto se llevar‡ a cabo un intento para
desembarazarse de Hitler e instaurar, en su lugar, un gobierno conservador que se apoye en
la Reichswehr.
- ÀQuiere la Reichswehr organizar una revuelta, se–or?
- Es posible. Pero no le puedo decir nada sobre este asunto. En sus informes, parta s—lo de
aquellos hechos que usted descubra por propia investigaci—n, o a base de sus relaciones
personales. No debe creer que la noticia que acabo de comunicarle es exacta. CompruŽbela a
fondo. Y h‡galo sin que nadie se dŽ cuenta de lo que usted est‡ enterado. ÀPuede hacerlo?
S’, se–or.
- Pues entonces, Ámucha suerte! Conf’o en usted.
ÇDe ah’ vino, que en una Žpoca en que hubiera debido estar como corresponsal en Par’s,
partiera en vuelo hacia Berl’n, donde vivir’a uno de los principales momentos cr’ticos de la
historia alemana: el fracaso del œltimo intento serio de los conservadores para destruir el
poder de Hitler, y la org’a sangrienta del 30 de junio de 1934. Y pude asistir, en esta
ocasi—n, con una noticia bomba en exclusiva.
ÇPues el 29 de junio public— mi peri—dico en la portada, un informe en el que se anunciaba
la inminente crisis. En grandes titulares llevaba como ep’grafe: "La dictadura de Hitler en
peligro..." Era exactamente el momento oportuno de llamar la atenci—n del mundo sobre la
crisis que conducir’a al r’o de sangre del 30 de junio,
ÇCuando lleguŽ a Berl’n, hab’a pasado casi un a–o desde que de aqu’ me trasladŽ a Par’s.
Aparte de mi corta escala en Munich, con motivo de mi viaje a Venecia, durante todo ese
tiempo no hab’a puesto pie en tierra alemana. No ser’a f‡cil volver a tomar los hilos de los
acontecimientos. Philip Pembroke Stevens, mi sucesor en Berl’n, ya no estaba para
ayudarme. Primeramente, hab’a sido detenido y luego expulsado, porque, para gusto de
Gšring, hab’a penetrado demasiado en los secretos del rearme.
ÇPutzi HanfstŠngl se encontraba en los Estados Unidos, tomando parte en un curso en la
Universidad de Harvard. Ršhm no estaba en Berl’n y Werner von Alvensleben tampoco.
Hugo von Lustig hab’a huido a Checoslovaquia. Y mis amigos de izquierdas se hallaban
todos en la c‡rcel. Uno, sin embargo, estaba en Berl’n: Walter Bolchow, mi hombre de
enlace con Papen. Cuando, por fin, lo encontrŽ, estaba tan lleno de novedades que sudaba de
excitaci—n.
- ÒThe situation is absolute dynamite" -dijo, en el excelente inglŽs que hab’a aprendido
estando en Malaya de plantador de caucho (15). Como a muchos alemanes, le agradaba
hablar inglŽs, sobre todo cuando, si era necesario, pod’a pasarse al alem‡n, sabiendo que su
interlocutor le iba a comprender-.
ÇPero si usted informa sobre lo que le cuento y ellos descubren que ha obtenido las
informaciones por m’, me hace usted polvo.
- ÀQuiŽnes son "ellos"?
- Pues la pandilla Himmler-Gšring, naturalmente. Sin duda sabr‡ que ambos se han
hermanado recientemente. Y que Gšring ha traspasado su Gestapo a Himmler.
ÇAsent’.
- No s—lo tiene sus esp’as en nuestra oficina, sino que fuera, en la calle, permanecen agentes
de la Gestapo con c‡maras cinematogr‡ficas, dedicados a impresionar en pel’cula a todo el
que entra y sale.
ÇMe echŽ a re’r.
- Puedo asegurarle que no es cuesti—n de risa. Ahora todos llevamos rev—lver. ÁVea por s’
mismo! -Y sac— un rev—lver de una funda, dispuesta bajo el brazo.
ÇPareci— como si de repente le hubiese asaltado la idea de que en mi instalaci—n telef—nica
pudieran ocultarse micr—fonos de la Gestapo, y se empe–— en ir conmigo al cercano
Tiergarten.
ÇY all’, donde los jardineros regaban el cŽsped de suave aroma, y los ni–os hac’an rodar sus
aros por los senderos, mientras pase‡bamos bajo los olmos y las hayas, Bolchow me estuvo
contando sobre los œltimos pasos que hab’a dado su jefe Papen, pasos, cuya finalidad era
derribar a Hitler, con la ayuda de Hindenburg y de la Reichswehr, y volver a poner en el
trono de Alemania a los Hoherzollern.
ÇEl anciano Mariscal se hallaba, como me notific— Bolchow, a las puertas de la muerte.
Hac’a s—lo un d’a que el profesor Sauerbruch, de la "CharitŽ" berlinesa, hab’a sido llamado a
Neudeck, la propiedad de Hindenburg, en Prusia Oriental. Los mŽdicos le hab’an dicho a
Papen que el anciano se–or vivir’a, a lo sumo, algunos meses m‡s.
- Y ahora ya nos vemos metidos en la guerra de sucesi—n Hindenburguesa.
ÇBolchow sonri— de su propia expresi—n de libro de texto de historia.
- Por un lado, Hitler quiere ocupar el puesto del anciano y erigirse en dictador absoluto de
Alemania. Por otro, Papen y sus amigos conservadores del gabinete se afanan en parar a
Hitler. Creen que ha llegado el momento en que el Kronprinz intervenga en una especie de
regencia, que ser’a el primer paso para la reinstalaci—n de la monarqu’a. El presidente del
Reich le apoya en este proyecto, lo cual ha dado un potente empuje al diligente agitador que
es mi jefe.
ÇBolchow sonri— con c’nico desprecio. No ten’a a Papen en muy buen concepto, aun cuando
trabajaba para Žl.
- Papen est‡ convencido de que la situaci—n le es m‡s favorable que nunca. S—lo por esa
pelea de titanes entre Hitler y Ršhm. Usted debe conocer a Tschirschky, el primer ayudante
de Papen, Àno es as!? Bien, pues el 4 de junio, cuando Hitler le ech— la gran reprimenda a
Ršhm se encontraba en la oficina del canciller. Tschirschky cont— a Papen que, desde la
antesala, pudo o’r c—mo se gritaban uno a otro.
- Y Àpor quŽ motivo?
- ÁOh! La cuesti—n de siempre. Ršhm est‡ furioso porque no ha llegado a general como
Gšring. Y tambiŽn, porque s—lo es ministro sin cartera. En el fondo, lo que quiere es que sus
tres millones de individuos de la SA sean incorporados a la Reichswehr bajo su mando y el
de sus muchachos. Los generales no est‡n dispuestos a permitirlo a ningœn precio. Hitler
sabe, sin embargo, que s—lo tiene probabilidades de convertirse en el sucesor de Hindenburg,
si est‡ respaldado por la Reichswehr. A esto se debe que haya ordenado a Ršhm que licencie
a la SA. Y Ršhm lo ha hecho.
- ÀCu‡ndo lo ha hecho?
- Justo despuŽs del largo "tŽte-a-tŽte" o’do por Tschirschky. Pero, mi querido amigo
-prosigui— Bolchow-, no crea usted que Ršhm se haya avenido a ello tan pac’ficamente.
Antes de licenciar a sus tipos, ha dado a conocer una proclamaci—n en la que promete que en
Agosto, en cuanto termine dicha licencia, son sus propias palabras, "los enemigos de la SA
recibir‡n la debida respuesta, en el momento y la forma que sea m‡s conveniente". Y
adem‡s ha exhortado a sus hombres a estar preparados para nuevas tareas. Todo el mundo
cree, como es natural, que Ršhm con estas Ònuevas tareas", se refiere a la "segunda
revoluci—n", instada por Žl y por Goebbels. Esta "segunda revoluci—n" es el tema principal
en la lista de discusiones de Papen y sus aliados, para la gran liquidaci—n de cuentas.
ÇLa gran liquidaci—n de cuentas, segœn manifest— Bolchow, tendr’a lugar en la pr—xima
sesi—n del gabinete, fijada para el martes 3 de julio. Papen se har’a fuerte en la petici—n de
que Hitler deb’a tomar inmediatas y eficaces medidas encaminadas a reprimir, de una vez
para siempre, la anarqu’a terrorista de los g‡ngsters de la SA, y desprenderse de sus
radicales que clamaban por una "segunda revoluci—n". Si Hitler se negaba o se mostraba
indeciso, Papen y sus amigos se retirar’an en bloque. El presidente del Reich hab’a
prometido que en ese caso, destituir’a a Hitler, y pondr’a el poder ejecutivo en manos de la
Reichswehr.
- Salga lo que salga- dijo, riendo, Bolchow-, mi jefe est‡ convencido de que tiene a Hitler
entre la espada y la pared. Si Hitler acepta la demanda, pierde su fuerza; si se niega, entra la
Reichswehr. Yo espero que se niegue. Incluso si ello significara la guerra civil.
ÇComo explic— Bolchow, Papen estaba seguro del apoyo del pueblo alem‡n. Este optimismo
se basaba en la incontable cantidad de escritos de adhesi—n recibidos, a ra’z de su discurso
pronunciado diez d’as atr‡s, el 17 de junio, ante los estudiantes y catedr‡ticos de la
Universidad de Marburgo, En este discurso, el se–or von Papen, a pesar de ser vicecanciller
en el gabinete de Hitler, hab’a arremetido contra el rŽgimen nacionalsocialista con osad’a y
franqueza sorprendentes. Goebbels prohibi— inmediatamente a todos los peri—dicos y
revistas que publicaran el discurso; aquellos que ya lo hab’an hecho fueron incautados. No
obstante, corrieron copias de mano en mano. Por todas partes, en Alemania, la gente empez—
a saludarse, diciendo "ÁHeil Marburg!", en vez de "ÁHeil Hitler!".
ÇTambiŽn Himmler reaccion— ante la provocaci—n de Papen. Hac’a tres d’as que hab’a
mandado prender al Dr. Edgar Jung, un destacado y joven escritor cat—lico que
proporcionaba ideas a Papen.
- Parece que la Gestapo ha logrado descubrir, de alguna forma, que fue Jung quien redact— el
discurso del jefe -dijo Bolchow-. Todos los intentos de Papen para liberar a Jung han
fracasado. As’ pues, ha insertado tambiŽn en el programa de debate de la pr—xima sesi—n del
gabinete, la detenci—n de Jung. Casi no puedo aguantar m‡s la espera del martes.
ÇPero no tuvo necesidad de seguir aguardando la liquidaci—n de cuentas. Pues Bolchow no
me hab’a relatado una cosa, y es muy posible que ni siquiera la supiese. Y era que una
semana antes Hitler se hab’a trasladado a Neudeck, para informar al anciano presidente del
Reich sobre sus conversaciones con Mussolini. Pero no pudo pronunciar ni la palabra
Venecia. Antes de que pudiera abrir la boca, von Hindenburg ce–udo y hostil, comenz— a
sermonear a su antiguo cabo. Si alguna vez existi— una encarnaci—n de la ira, fue aquel viejo
se–or, cuyos blancos cabellos y bigotes, y su p‡lido y cadavŽrico rostro, formaban un
contraste espectral con el color negro de su levita.
ÇHindenburg puso al espantado Hitler casi el mismo ultim‡tum que Papen y sus barones
hab’an preparado para la siguiente sesi—n del gabinete. Y no perdi— nada de su fuerza por el
hecho de que estuviera presente el ministro de Defensa del gabinete de Hitler, general von
Blomberg, amigo de los nacionalsocialistas. Pues, esta vez, Blomberg no fue el amable
cortesano, al que se pod’a manejar tan f‡cilmente, que Hitler hab’a bautizado con el nombre
de "Le—n de goma". En esta ocasi—n, Blomberg se revel— decidido y agresivo.
- O se desprende usted de Ršhm y hace a su SA razonable, o se retira -manifest—
Hindenburg-. No estoy dispuesto a tolerar un partido estatal dentro del Estado, ni un ejŽrcito
privado junto a la Reichswehr.
ÇAs’ rezaba el ultim‡tum de Hindenburg, ante el que Hitler inmediatamente se inclin—. Y lo
hizo de buena gana, por cuanto ya hab’a llegado a un acuerdo con los jefes de la Reichswehr
y de la marina de guerra, Blomberg, Fritsch, y Raeder, segœn el cual eliminar’a a Ršhm y a
la SA, y har’a de la Reichswehr la œnica fuerza armada. Por ello, los otros copart’cipes del
acuerdo, le reconocer’an como sucesor de Hindenburg. En los momentos en que Bolchow y
yo pase‡bamos en el Tiergarten entre los cochecitos de ni–o y las ni–eras, Hitler se dedicaba
a ultimar los preparativos para el golpe contra Ršhm.
ÇYo pasŽ las primeras horas de la ma–ana del 30 de junio en uno de los lagos Havel,
remando en mi bote y entren‡ndome para mi proyectado viaje de Berl’n a Par’s. Ten’a
intenci—n de remar hasta el Saal, luego transportar por tierra el bote hasta el Main, y de all’
proseguir el viaje, remando. Era una preciosa ma–ana soleada; ni un soplo de viento r’zaba
las aguas, y yo estaba satisfecho de comprobar que todav’a me hallaba bastante en forma, a
pesar de no haber remado desde hac’a m‡s de un a–o. Pero cada vez que descansaba, me
atormentaba una punzante preocupaci—n, que no ten’a nada que ver con mi bote ni con mi
manera de remar.
Ç"Ya me he metido en un buen l’o con mi art’culo "La dictadura de Hitler en peligro", me
dec’a a m’ mismo. "ÀQuŽ pasar‡, ahora, si no pasa nada?" Pero cuando abandonŽ la casa de
botes y regresŽ a la oficina, se disiparon mis cuitas. Algo "hab’a" pasado.
ÇEn la plaza de Skagerrak, mi taxi se vio detenido por una barrera de polic’as. Y no era
precisamente la acostumbrada "Schupo" (Schutzpolizei) de uniformes azules lo que ve’a
ante m’, sino la verde "polic’a de campa–a" de Gšring, con cascos de acero, fusiles y
pistolas ametralladoras.
- Esperemos que no haya alborotos -exclam— el conductor, volviŽndose nerviosamente de un
lado a otro.
- ÀC—mo? ÀAlborotos en el pac’fico Berl’n de Hitler? -preguntŽ.
ÇCon ello quer’a provocarle a continuar la conversaci—n, pero no tuve Žxito. Por lo visto, no
consideraba que el Berl’n de Hitler fuera, en modo alguno, pac’fico. Y en verdad que
aquellos d’as no lo era en absoluto.
ÇConstatŽ que la verde polic’a de campa–a hab’a cercado el cuartel general de Ršhm en
Berl’n que estaba instalado en una antigua villa de millonarios en una esquina de la calle del
Tiergarten. Los miembros de la SA, tanto simples hombres-SA como altos cargos que all’
encontraron, fueron detenidos y llevados a otra parte. En aquel instante, cargaban camiones
con material aprehendido, actas, armas, municiones. La gente de la calle contaba que en el
tejado del edificio hab’an encontrado lanzaminas, colocados en direcci—n al cercano
ministerio de la Reichswehr. Y algunos aseguraban que la polic’a hab’a atrapado en
Hamburgo todo un cargamento de armas y municiones antes de que pudiera llegar a manos
de la gente de Ršhm.
ÇPaulatinamente se fueron filtrando las noticias de los sucesos, hasta que, a œltima hora de la
tarde, se hizo pœblico un detallado comunicado oficial. Este dec’a que Ernst Ršhm, con otros
jefes de la SA, hab’a planeado un levantamiento para derrocar el poder. Hitler y Gšring
hab’an descubierto la conjura a tiempo, deshaciŽndola. Ršhm y los otros dirigentes de la
rebeli—n hab’an sido ejecutados. Entre los nombres de los muertos se contaba tambiŽn el del
general Kurt von Schleicher, cuya pretendida conjuraci—n con Ršhm hab’a sido el motivo
inicial de mi viaje a Berl’n. Una secci—n de la SS de Himmler hab’a irrumpido en la casa del
general, situada en un arrabal de Berl’n, y le hab’an dado muerte a tiros, as’ como a su
esposa, en su propio sal—n.
ÇÀC—mo recibi— el pœblico alem‡n la noticia de este asesinato? Reaccion— con sa–uda
satisfacci—n. Nadie amaba a Ršhm ni a los advenedizos que le rodeaban: camareros,
conserjes de hotel, aprendices de planchista, los cuales frente al pueblo, se comportaban con
m‡s altivez que un oficial de la guardia en tiempos del imperio. El hombre de la calle tem’a
y odiaba a esa gente y a sus elegantes coches œltimo modelo, en los que pasaban a toda
velocidad, sin miramiento alguno. En voz baja circulaban historias sobre su libertinaje, sus
desenfrenadas fiestas y banquetes, su corrupci—n. Hitler, que se lanzaba en contra de esa
gente como un ‡ngel vengador, se convert’a as’ en el hŽroe del burguŽs medio. E incluso
m‡s tarde, cuando se conocieron repugnantes pormenores sobre ciegos e indistintos
asesinatos de muchos inocentes que hab’an muerto v’ctimas de enemistades y venganzas
personales, la adhesi—n con que las masas premiaban la acci—n de Hitler no se vio
conturbada.
ÇEn el extranjero se conceptuaba a Hitler como, un g‡ngster que aplastaba a otros g‡ngsters,
sus rivales. En Alemania, era un nuevo Sigfrido que mataba al temido y odiado drag—n.
ÇEl presidente del Reich, von Hindenburg, envi— a Hitler un efusivo telegrama de
felicitaci—n. La Reichswehr estaba fuera de s’ de gozo. Y a pesar de que el cuerpo de
oficiales protest— por la muerte de Schleicher y del general von Bredow, primer ayudante de
aquŽl, los ‡nimos se apaciguaron de buena gana, cuando Hitler, en una reuni—n limitada de
un estrecho c’rculo, se disculp—, calificando el fusilamiento de aquellos oficiales como un
error lamentable. Pues, finalmente, el FŸhrer hab’a conseguido su acuerdo con los generales.
A su m‡s antiguo amigo y aliado Ernst Ršhm œnico jefe nacionalsocialista con el que se
tuteaba, lo hab’a liquidado, y hab’a eliminado a la SA por ser rival de la Reichswehr. Ahora
los generales, por su parte, estaban dispuestos a aceptar a Hitler como sucesor de
Hindenburg, y pasar a cuchillo a Papen y a sus amigos mon‡rquicos.
ÇPapen pudo notarlo enseguida. En la misma ma–ana del 30 de junio, fue puesto bajo
"arresto domiciliario", y una tropa de hombres SS irrumpi— en su oficina, dando muerte a
von Bose, el inmediato superior de Bolchow. Tschirschky, el ayudante de Papen, fue
recluido en un campo de concentraci—n. Edgar Jung fue asesinado. Y cuando, por fin, se
lleg— a la sesi—n del gabinete del martes, el tan valiente se–or Papen, que de nuevo gozaba
de completa libertad, hab’a perdido todo su aplomo y no expres— la menor palabra de
protesta contra el asesinato de sus m‡s pr—ximos colaboradores.
ÇPara m’, la noticia del fin de Ršhm signific— un doble golpe. Por un lado sent’a afecto por
el gracioso y expansivo peque–o agitador, a pesar de los actos de violencia por Žl
autorizados, y a pesar de su disipada vida privada. Por otro lado, yo mismo me hab’a salvado
por un pelo de correr una suerte semejante. Me hab’a propuesto visitar a Ršhm y preguntarle
sobre la situaci—n y sus opiniones. Afortunadamente, hab’a estado tan ocupado, que no llamŽ
a Munich hasta aquella misma ma–ana, cuando ya era demasiado tarde. Si lo hubiera hecho
enseguida, despuŽs de mi llegada, seguramente me hubiera pedido que fuera a Baviera a
visitarle. En este caso, es muy posible que hubiese perecido con los dem‡s. Ya que con toda
probabilidad hubiera encajado muy bien en la idea de Hitler hacerme servir de ÒtestimonioÓ
de una confabulaci—n, de Ršhm con una potencia extranjera, y fusilarme inadvertidamente".
ÇMe acordŽ entonces de lo que me dijo el hombre que se puso al aparato en la oficina de
Ršhm en Munich: "El jefe de Estado Mayor no se halla en este momento en su despacho.
Tampoco se espera que hoy vuelva." Era el non plus ultra de la discreci—n.
ÇEn aquel œltimo d’a de junio, y durante la primera semana de julio, se produjeron en toda
Alemania fusilamientos y asesinatos, pues, apelando a la "necesidad nacional", el asesinato
estaba temporalmente permitido.
ÇEn Berl’n, Gšring mand— fusilar jefes de la SA en el patio del cuartel de la escuela de
cadetes Lichterfelde, en la que Žl mismo hab’a sido tambiŽn cadete. Agentes de la Gestapo
se presentaron en el despacho del doctor Klausener, director de "Acci—n cat—lica", y le
dieron muerte a tiros. Igual fin hall— Gregor Strasser, a manos de los asesinos de la SS, los
cuales, de este modo, tomaron una venganza tard’a por la intriga que aquŽl hab’a urdido, dos
a–os antes, en uni—n de Schleicher. El pr’ncipe Augusto Guillermo, el hijo nacionalsocialista
del antiguo K‡iser, fue puesto en prisi—n preventiva en su propio castillo.
ÇEn Alemania, la gente hu’a por doquier. Entre ellos, Walter Bolchow. Todos mis esfuerzos
para ponerme en contacto con Žl hab’an fallado, y empezaba a temer que hubiera corrido la
misma suerte que los dem‡s miembros de la oficina de Papen. Sin embargo, el 2 de julio me
llam—, de improviso, por telŽfono. [...] Bolchow logr— llegar sano y salvo a Austria. (Cuando
le encontrŽ, cuatro a–os m‡s tarde en Viena, era miembro del partido nacionalsocialista y
trabajaba en la oficina de propaganda de Papen. Este, en sus memorias, lo califica de esp’a
de la Gestapo. Esto no es m‡s que una sospecha. Yo, sin embargo, estoy tan seguro como
humanamente es posible, de que Bolchow, en junio y julio de 1934, no era ningœn agente de
Himmler.).
ÇTambiŽn yo me vi en una situaci—n cr’tica. D’a tras d’a, Hitler y el ministerio de
Propaganda promet’an publicar una lista de las personas que hab’an perdido la vida durante
la Òlimpieza". Pero la lista no aparec’a. En consecuencia, el 6 de julio decid’ ahorrarle dicho
trabajo a Hitler. En una informaci—n, que fue insertada en la portada de mi peri—dico,
anunciŽ: "Dado que el canciller del Reich, Hitler, no quiere publicar su lista... he hecho lo
que he podido para componer una lista provisional de los muertos. Cuarenta y seis personas
fueron liquidadas, como ya se dio a conocer oficialmente. Por lo que he o’do, la autŽntica
cifra se eleva actualmente a ciento ocho." Y a continuaci—n ven’a relacionada la lista.
ÇEsto fue el final de mi cordial amistad con Hitler. Dos d’as despuŽs de la publicaci—n de la
"lista de muertos de DelmerÓ, apareci— un joven alto y rubio, vestido de tweed gris, en mi
despacho.
- ÀEl se–or Denis Sefton Delmer? -pregunt— en tono inquisitivo.
- Yo soy -contestŽ-. ÀEn quŽ puedo servirle?
- ÁPolic’a secreta del Estado! Comisario Butzburg (As’, m‡s o menos, o’ el nombre. No sŽ si
lo entend’ bien.) -dijo, present‡ndose, el joven; dio un taconazo, se inclin— y al propio
tiempo extrajo del bolsillo del pantal—n una chapa de metal que colgaba de una cadena de
plata-. Vengo a transmitirle la orden de que abandone el territorio del Reich en el plazo de
cuarenta y ocho horas, ya que sus actividades ponen en peligro las amistosas relaciones entre
el Reich alem‡n y el Reino Unido. Por favor, tenga usted la amabilidad de firmar este acuse
de recibo.
ÇEra la primera vez que se me expulsaba de un pa’s. Desde entonces, he sido expulsado de
tantos Estados por haber informado la verdad, que ya no me he tomado la molestia de dar a
conocer cada caso en mi peri—dico; menos aœn he llevado diario de ello. Pero la primera
expulsi—n, en mi carrera de reportero, me enoj— considerablemente. (16) [...]
ÇÀY mi bote? ÀY mi proyecto de remar desde Berl’n a Par’s? Part’, en efecto, del lago Havel,
despuŽs de haber informado fielmente sobre el fallecimiento de Hindenburg, y de c—mo
Hitler, de esta manera, se convert’a en cabeza suprema del Estado, a–adiendo a sus cargos ya
existentes, los plenos poderes del difunto. Pero no lleguŽ m‡s que a la aldea de Schšnebeck,
en el Elba. All’, mi bote choc— con un obst‡culo bajo el agua, y se hundi—.
ÇNadando, lo empujŽ hasta una peque–a instalaci—n de ba–os, en donde me prometieron que
mandar’an repararlo. No sŽ si lo hicieron, pues no volv’ para recogerlo. Y en la actualidad,
Schšnebeck se encuentra tras el tel—n de acero.
ÇEntre los objetos que perd’ en este naufragio, se hallaba un ejemplar de la rara primera
edici—n, sin reducir ni censurar, de las memorias de Ršhm que Žste me hab’a regalado.
"Historia de un traidor" rezaba el t’tulo del libro. En la p‡gina del pr—logo, Ršhm hab’a
escrito la siguiente dedicatoria: "A Sefton Delmer, con la esperanza de que relatar‡
comprensivamente nuestro movimiento".
ÇCreo haberlo hecho.È
Aqu’ terminamos con los recuerdos vividos por el reportero, los que nos ha relatado una vez
transcurridos alrededor de treinta a–os desde que sucedieron los hechos.
Otra persona que fue testigo de los acontecimientos tambiŽn nos ha dejado su experiencia.
Se llama Rudolf Jordan. Fue, como le acusar’a Gšring tras los sucesos del 30 de junio, un
antiguo amigo de Gregor Strasser, a quien ya se ha citado y se volver‡ a citar. Segœn la
autobiograf’a, Rudolf Jordan naci— en el a–o 1902. Como joven profesor de Universidad
popular ingresa en el NSDAP en 1925. Con 28 a–os de edad, como activo militante del
partido en la oposici—n nacionalsocialista a la Repœblica de Weimar. En 1929 se le aparta
del servicio por propaganda nacionalsocialista y ocupa un puesto de diputado en el
legislativo parlamentario como representante provincial del NSDAP en las provincias de
Hessen-Nassau y Sachsen. A partir de 1931 es "gauleiter en el "Gau" de Halle-Merseburg.
En el oto–o de 1933 se convierte en miembro del Reichstag (Parlamento) alem‡n. En el
mismo a–o es nombrado Consejero de Estado de Prusia. En 1934 es, a t’tulo honor’fico,
"GruppenfŸhrer" de la SA. Sirve en otros varios cargos m‡s tarde y durante la guerra. Al
finalizar la II Guerra Mundial, Jordan cae prisionero de los ingleses, cuyo Servicio Secreto
intenta sin Žxito incriminarle. Se le entrega a los americanos, cuyo CIC tampoco encuentra
base para una acusaci—n a pesar de los numerosos interrogatorios. Entonces se le pone en
manos del EjŽrcito rojo (URSS) del cual, naturalmente, se espera una r‡pida condena a
muerte. Durante a–os y continuos interrogatorios, se busca un fundamento acusatorio.
Finalmente, el 10 de diciembre de 1950 se dicta una sentencia -sin juicio- por lejano
Tribunal central del OSSO. Fallo: 25 a–os de privaci—n de libertad. Tras numerosas etapas a
travŽs de toda Siberia, se le encuentra lugar bien seguro de encierro en la poblaci—n de
Wadimir, 170 Kms. al norte de Moscœ. Se le libera el 13-10-1955 en raz—n de las
negociaciones de Adenauer en Moscœ sobre la repatriaci—n de unos 7.000 prisioneros
alemanes.
Su opœsculo de memorias sobre los sucesos que tratamos se titula "Der 30. Juni 1934 - Die
sogenannte "Ršhm-Revolte" und ihre Folgen" publicado por Faksimile-Verlag Wieland
Soyka, Bremen 1984. Comienza el primer cap’tulo en la p‡g. 5 con el encabezamiento de
"Entre Revoluci—n y Evoluci—n" y Jordan se explica as’:
ÇM‡s que en otra cualquier importante fecha del calendario nacionalsocialista, es en los
acontecimientos del decisivo d’a del 30 de junio de 1934, donde se pone de manifiesto con
mayor claridad el definitivo cambio de direcci—n que va a experimentar la revoluci—n
nacionalsocialista en su decadente desarrollo posterior.
ÇTambiŽn cuando los antiguos nacionalsocialistas contemplan con mirada cr’tica
retrospectiva ese negro d’a, cobra siempre con mayor fuerza un sentido de punto de
inflexi—n desastroso en el decurso del acontecer revolucionario.
ÇCualquier investigador contempor‡neo que quiera analizar el problema de Hitler y su
tiempo, no podr‡ pasar por alto los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de este
suceso que fue mucho m‡s que un acontecimiento de pol’tica interna.
ÇLos antecedentes del sangriento drama del 30 de junio de 1934 se remontan mucho m‡s
all‡ de la Žpoca anterior a la accesi—n al poder de Hitler. Toman cuerpo por primera vez con
ocasi—n del d’a en que Hitler hizo regresar de Bolivia, a donde hab’a ido tras el fracasado
putsch de 1923 y donde ocupaba el cargo de instructor militar, al capit‡n de Estado Mayor
Ernst Ršhm para encomendarle como jefe de Estado Mayor la jefatura de la SA. Esta
llamada tuvo lugar despuŽs del gran triunfo electoral del NSDAP de septiembre de 1930.
ÇYa en 1923, como en 1925, la SA se hab’a dado a conocer como organizaci—n militante del
Partido bajo la influencia de antiguos oficiales, algo que segœn la voluntad de Hitler no
deb’a ocurrir. Aunque en esos a–os ya se hab’a transformado en el "brazo fuerte" del
movimiento nacionalsocialista, con un organigrama castrense y una disciplina militar, bajo
la jefatura de su nuevo jefe de E.M. Ršhm -un sobresaliente organizador militar-
experiment— un considerable auge convirtiŽndose en un factor de poder interno cada vez
m‡s insistente. Aunque la SA no representaba en s’ una organizaci—n armada de lucha, su
crecimiento imbuido en el esp’ritu de un ejŽrcito pol’tico -anclado en el ideal de la milicia -
pero en absoluta oposici—n al Estado existente, deb’a conducir con el tiempo
inexorablemente a una rivalidad con la Reichswehr (Fuerzas Armadas). Y ello con mayor
raz—n cuanto que ya en el a–o 1931 ocupaba el puesto de jefe del Departamento ministerial
de la Reichswehr el general von Schleicher.
ÇTanto Ršhm como von Schleicher ten’an un marcado car‡cter de personalidad voluntariosa
y obstinada.
ÇSchleicher era un experto tanto en intrigas pol’ticas como militares y adem‡s un decidido
enemigo de Hitler y de su joven y exitoso movimiento. Su meta interna y subrepticia era -y
ello, por de pronto, con el asentimiento de Hindenburg- el rechazar el advenimiento del
poder pol’tico de Hitler. Apreciaba como el camino m‡s exitoso para alcanzar este fin el de
aplicar la divisa de divide et impera abriendo una escisi—n entre el poder ideol—gico y el
poder organizativo del NSDAP. Bajo esta perspectiva mantuvo con Par’s y Londres una
correspondencia altamente secreta.
ÇEn sus informes, enviados tanto a Daladier como al Foreign Office, describ’a la situaci—n
de la pol’tica interior de Alemania haciendo Žnfasis en la amenaza peligrosa de Hitler.
ÇEn sus despachos propon’a enfrentarse a esta inminente amenaza por medio de la
"absorci—n" del ejŽrcito privado de Hitler. Este plan encontraba un favorable eco en su
amigo Fran•ois Poncet y un apoyo interno en Žl puesto que encajaba en su concepci—n
pol’tica. A la vista del hecho de que el propio jefe alem‡n del Departamento Ministerial de
la Reichswehr hab’a asumido la figura de un portavoz contra el inc—modo poder ascendiente
de Hitler, Londres y Par’s dieron su aprobaci—n a un refuerzo numŽrico de la Reichswehr de
acuerdo con las sugerencias de Schleicher.
ÇLa problem‡tica de aquellos d’as se agudizaba aœn m‡s puesto que Ršhm sabiendo de su
poder en la pol’tica interna, segu’a unos parecidos planes, pero contrarios a los de la
Reichswehr, es decir, pretend’a hacer de la SA la cŽlula de una nueva instituci—n de poder
militar. Ršhm se serv’a para conseguir su proyecto de la propia persona de Hitler, cuando en
el oto–o de 1931 consigui— anudar una reuni—n entre Hitler y Schleicher.
ÇEntretanto Hitler se hab’a convertido en el a–o 1932 en el factor pol’tico m‡s poderoso de
Alemania, con un electorado de 13,7 millones, con un partido de m‡s de un mill—n de
miembros y una SA compuesta por 400.000 hombres. Con 230 diputados el NSDAP y 89 el
KPD (Partido Comunista) en el Reichstag, ambos dispon’an, en su calidad de partidos de la
oposici—n, de m‡s del 50% de todos los mandatos parlamentarios en el Parlamento central
del Reich.
ÇHoy se da por probado que tanto Daladier como el Foreign Office, a la vista de la situaci—n
de Schleicher, presionaban en aquellos d’as para que la Reichswehr se transformara en un
gran ejŽrcito miliciano y as’, con esa tipo de organizaci—n, vencer a Hitler en una guerra
civil.
ÇPor esas mismas fechas se celebra un encuentro entre Schleicher y von Papen cuyo
contenido no ha podido todav’a ser aclarado, y en el mismo d’a, el 13 de agosto de 1932, se
celebra la hist—rica reuni—n de Hindenburg con Adolf Hitler en la que Hindenburg le ofrece
el puesto de vicecanciller, que es rechazado por Hitler. Hitler justific— pœblicamente su
rechazo por el hecho de que -como jefe del partido mayoritario- ten’a derecho a ser el jefe de
la locomotora en el tren alem‡n y no solamente el fogonero, como socarronamente se le
hab’a ofrecido.
ÇEl 19 de noviembre tuvo lugar la segunda entrevista entre Hindenburg y Hitler que se
continu—, tambiŽn sin resultados, el 21.
ÇIncluso no se puede desligar de los intrigantes planes de Schleicher el brusco cese -o bien,
expulsi—n- de Gregor Strasser como personaje m‡s influyente en el NSDAP despuŽs de
Hitler.
ÇSchleicher se hab’a acercado furtivamente tanto al Ministro del Interior del Reich, Dr.
Frick, como a Gregor Strasser. El general sugiri— en aquellos d’as a Strasser que ingresara en
el gabinete ministerial como vicecanciller. A la vista de que Hitler hab’a rehusado ocupar tal
cargo y de que la situaci—n pol’tica se agudizaba cada vez m‡s, Strasser estaba a punto de
aceptar la oferta. Tras la renuncia formal, Hitler le desposey— de todos sus cargos pol’ticos y
as’ qued— apartado.
ÇJunto con su oferta a Strasser, von Schle’cher se hab’a manifestado dispuesto a abonar las
deudas del NSDAP y del ÒVšlkischer Beobachter", —rgano central del NSDAP, a cargo de la
caja de la Re’chswehr. Pero esta œltima oferta cay— en saco roto. Tras su discurso sobre
econom’a que Hitler hab’a sostenido ante los industriales en DŸsseldorf, hab’a conseguido
obtener el asenso de tales industriales y con ello su ayuda para superar las dificultades
financieras en que se hallaba el partido. DespuŽs de que Schleicher consiguiera llevar a cabo
el reforzamiento de la Reichswehr con el consentimiento de Londres y Par’s agitando el
argumento del peligro que representaba Hitler, ayud— a arrojar a von Papen de la canciller’a
especulando que si Hitler no quer’a sustituirle en el cargo se estar’a obligado a confiarlo a un
general acaparando todo el poder ejecutivo. Con ello, se habr’a llegado al momento crucial
de la proyectada dictadura militar bajo Schleicher como canciller. Una soluci—n
parlamentaria sin Hitler, o contra Žl, no era realista. En consecuencia, s—lo cab’a otra œnica
alternativa transitoria, que era la de un gabinete de Schleicher como fase previa a la
dictadura militar en preparaci—n y que era considerada como imprescindible.
ÇSin embargo, Schleicher s—lo ocup— la canciller’a del 3-12-1932 hasta el 28-1-1933. El
proyecto de dictadura militar ya no pod’a ser puesto en pr‡ctica. El poder de Hitler era
demasiado grande y su aplazado nombramiento como canciller del Reich ya no pod’a ser
evitado segœn las leyes democr‡ticas.
ÇCuando el general -totalmente fracasado- se despidi— formalmente el 28 de enero de 1933
de su corto interregno como canciller, le mov’an ya futuros planes sobre los que se
manifest— as’ en su alocuci—n: "Si Hitler instaura la dictadura, la Reichswehr ser‡ la
dictadura en la dictadura." El hecho de que tanto von Schle’cher como el jefe superior del
EjŽrcito, von Hammerstein Equord, intentaran ya el 29-1-1933 ocupar los puestos claves de
las Fuerzas Armadas en el nuevo gabinete de Hitler, demuestra hasta que punto estaba
Schleicher dispuesto a realizar sus planes incluso bajo un canciller llamado Hitler. Para su
desgracia, sin Žxito.
ÇSu capacidad pol’tica no alcanzaba a comprender que un gabinete Hitler era una cosa muy
distinta a un consejo de ministros normal y corriente.
ÇA pesar de su derrota pol’tica, von Schleicher no abandon— sus intrigas pol’ticas ni siquiera
despuŽs del 30 de enero de 1933. Y ahora encuentra inesperadamente -y esto pertenece
quiz‡, visto superficialmente, a una de las paradojas no tan extra–as en la vida pol’tica- a un
aliado en Ršhm el jefe de E.M. de la SA, cuerpo Žste que dentro de la novedosa situaci—n en
que se encontraba, viv’a en un momento de transici—n entre el pensamiento y la acci—n
revolucionarias y la actitud evolucionista.
ÇComo organizaci—n de lucha del Partido, la SA ten’a el deber, no solamente de luchar por
algo, sino tambiŽn de luchar contra algo. Las palabras de Hitler "el terror s—lo se puede,
extirpar con el contraterrorÓ le hab’an concedido una sanci—n pol’tica para acreditarse en la
lucha contra el enemigo. [ ... ]
ÇDesde su creaci—n, la SA se hab’a impuesto como norma principal el combatir a nuestros
enemigos de la pol’tica interior. El lema blandido por los antifascistas: "Golpea a los
fascistas all’ donde los encuentres" fue el primer desaf’o masivo para una defensa activa ante
esa provocadora llamada a la lucha.
ÇEl lema de Hitler sobre el "antiterror" hab’a activado a la SA, la hab’a reforzado y hecho
m‡s combatiente. Sin la SA, Hitler no hubiera alcanzado el poder. La confesi—n de fe de
Hitler expresada en la hist—rica alocuci—n al partido en NŸrnberg fue: "Lo que sois, lo sois
por m’ -y lo que yo soy, lo soy por vosotros"-.
ÇCuando Hitler llega a la canciller’a, la lucha de la SA en la pol’tica interior debe someterse
a la misi—n prioritaria de la edificaci—n del nuevo Estado y por tanto, de alguna manera,
hab’a perdido su honda raz—n de existir. DespuŽs del 1933, los trabajadores ex-marxistas
hab’an moderado su antagonismo e incluso, a la vista de los Žxitos nacionaIsocialistas, se
hab’an callado y otros muchos marchaban enardecidos tras las banderas de la revoluci—n
nacionalsocialista. Para la SA, como organizaci—n militante, ya s—lo quedaban muy pocas, o
incluso ninguna, misi—n a cumplir.
ÇY precisamente cuando la SA llegaba a los 3 millones de hombres, se iba haciendo m‡s
patente su inutilidad hasta convertirse en un sentimiento de vac’o. Segœn las disposiciones
del dictado de Versalles la Reichswehr s—lo alcanzaba poco m‡s de los 100.000 hombres.
Esto hac’a que los negros nubarrones que se cern’an se fueran transformando en tormenta.
ÇY justo ahora -primavera de 1933 - Hitler nos llam— a los "gauleiters" a una reuni—n en la
Canciller’a del Reich para debatir, con sus huestes revolucionarias, el tema de la revoluci—n.
El sentido de su alocuci—n fue el de que tras la revoluci—n consumada, deb’a sucederse
inmediatamente una evoluci—n. Advirti— que una locomotora revolucionaria lanzada a toda
marcha y que a la m‡xima velocidad, sin freno, se aventure por un desfiladero, acabar’a
despe–ada". Inequ’vocamente remarcaba adem‡s que una vez llevada a tŽrmino la
revoluci—n Žsta se hab’a concluido y que a partir de ese momento deb’a producirse una
evoluci—n normal. El cumplimiento de este proceso hist—rico deb’a ser nuestro destino
hist—rico.
ÇA los "gauleiters" no nos convenci— Hitler con facilidad - y era muy dif’cil hacerlo dada la
situaci—n del Partido y del Estado pero nos convencimos de que en nuestro trabajo diario
dentro del partido deb’amos someternos disciplinadamente a esta doctrina adquirida con
tantas reticencias, e incluso est‡bamos obligados a ello en interŽs de una tranquila
reconstrucci—n de la vida partidista y la de la Naci—n. El problema de la evoluci—n que se
exig’a incid’a de manera negativa en la raz—n de ser de una SA que quedaba desprovista de
misiones a cumplir.
ÇA la vista de una Reichswehr que aparec’a cada vez m‡s fuerte y prepotente, se hac’a cada
vez m‡s evidente la rivalidad entre la SA y la Reichswehr, entre el colectivo de los pardos y
el de los grises. El sue–o de muchos altos mandos de la SA, que en gran parte eran antiguos
oficiales, era el de servir colectivamente como de cŽlula germinal para crear unas nuevas
fuerzas armadas nacionalsocialistas, cosa que evidentemente no pod’a convertirse en
realidad. Blomberg, el nuevo Ministro de Defensa, se opon’a tajantemente a una admisi—n
colectiva en la Reichswehr de mandos de la SA y ello a pesar de las numerosas presiones
ejercidas por Ršhm y tambiŽn por Gšring. Seguramente Hitler sinti— profundamente en su
interior esta problem‡tica de su SA a la que deb’a, en no peque–a proporci—n, su poder
pol’tico, cuando en diciembre de 1933 nombr— a Ršhm ministro sin cartera del Reich. Pero
se puede suponer que en esta designaci—n de Ršhm como ministro, este motivo sentimental
no fue el œnico que le movi— a ello. TambiŽn debi— haber influido el deseo de Hitler de hacer
a Ršhm part’cipe de un mayor compromiso y responsabilidad hacia el Estado.
ÇCuando Hindenburg le nombra Canciller, Hitler le hab’a dado su palabra de que
mantendr’a intacta la Reichswehr frente a todos los intentos de efectuar una transformaci—n
pol’tica partidista en la misma. Se sent’a, pues, obligado por su promesa. A ello se un’a el
que la Reichswehr no estaba bajo la competencia del canciller sino directamente
subordinada al Presidente del Reich. Se vislumbraba ya el desarrollo de un principio de
enemistad entre la SA y la Reichswehr, entre la SA y la SS y entre la SA y los dirigentes
pol’ticos.
ÇRšhm no hac’a caso de la situaci—n. Una proclama suya emitida ya en el verano de 1933
contradec’a la decisi—n de Hitler de no prolongar la permanencia de la Revoluci—n
nacionalsocialista. Muchas frases de esta proclama se pod’an entender como una respuesta
rebelde a la inequ’voca voluntad que hab’a enunciado Hitler.
ÇM‡s papista que el Papa, Ršhm proclamaba -aparte de posicionamientos particulares
dentro de la SA- cosas como:
Ç"Hemos alcanzado una gigantesca victoria, no solamente una sencilla victoria. La
evoluci—n de los acontecimientos desde el 30 de enero al 31 de marzo de 1913 no responde
al sentido y contenido de la revoluci—n nacionalsocialista.
Ç"Que se vaya a su casa aquel que s—lo quiera ser compa–ero en los desfiles de llameantes
antorchas y grandiosas paradas entre el golpear de tambores y los amenazadores toques de
timbal entre retumbante fanfarria bajo ondeantes estandartes y banderas, aquel que habiendo
participado en todo esto cree que ya ha ayudado a hacer la revoluci—n alemana; est‡
confundiendo el "alzamiento nacional" con la Revoluci—n alemana.
ÇPor esta raz—n debemos decir fr’a y serenamente lo que sigue a aquellos "camaradas del
Partido o similares" que diligente y prestamente se han apoltronado en los sillones de la
nueva Alemania, y a aquellos que ya de antes permanecen est‡ticos en sus puestos creyendo
que todo est‡ en el mejor orden y que ya hay que licenciar de una vez a la Revoluci—n: Falta
todav’a mucho para alcanzar esta meta y mientras la verdadera Alemania nacionalsocialista
siga aguardando culminarla no cejar‡ la encarnizada y apasionada lucha de la SA y la SS.
Por esta raz—n, la SA y la SS no consienten que se adormezca la revoluci—n alemana o que
sea traicionada por los no combatientes en medio de su caminar. No por voluntad propia,
sino por la voluntad de Alemania. Ya que el ejŽrcito pardo es el œltimo recurso de la Naci—n,
el œltimo basti—n contra el comunismo. Si algunos colegas aburguesados opinan que es
suficiente haberle conferido otra apariencia al aparato del Estado, o que la Revoluci—n
nacional ya dura demasiado, podr’amos decir que excepcionalmente estamos de acuerdo en
lo œltimo; de hecho es ya el momento de que deba finalizar la revoluci—n nacional y se
transforme en Revoluci—n nacionalsocialista. Les guste o no les guste, seguiremos nuestro
combate. Cuando por fin puedan entender de quŽ va el asunto iremos junto a ellos, si no
quieren, sin ellos, y si fuese necesario, contra ellos".
ÇYa entonces, en los c’rculos dirigentes de la SA circulaba de boca en boca el lema de la
"segunda revoluci—n". Esto estaba en contradicci—n con las palabras de Hitler, que el 6 de
julio de 1933 nos hab’a dicho: "La revoluci—n no es una situaci—n permanente, no debe
llegar a ser un sistema de duraci—n indefinida, si no que debe propiciar que el torrente
liberado por la revoluci—n pase al seguro lecho de la evoluci—n. Para este fin la educaci—n de
la gente es lo principal... El ideario del programa nos obliga a no comportarnos como
alocados para derribarlo todo, sino llevar a tŽrmino con Žxito, sabia y prudentemente,
nuestra doctrina".
ÇEl fin de la revoluci—n, anunciado por Hitler, se confirm— en un acto oficial cuando el Dr.
Frick, como Ministro del Interior del Reich, proclam— en su circular el 11 de julio de 1933:
EI Sr. Canciller del Reich ha confirmado claramente que se ha concluido la revoluci—n
alemana".
ÇEn el ‡mbito del Partido, Rudolf Hess, como lugarteniente del FŸhrer, manten’a con
claridad el mismo punto de vista cuando escrib’a: "La revoluci—n judeo-liberal francesa se
aneg— con la sangre de la guillotina... la revoluci—n judeo-bolchevique (rusa) resuena bajo
los millones de alaridos que surgen de las c‡maras sangrientas de las chekas. Ninguna
revoluci—n ha hecho su camino tan disciplinadamente como la nacionalsocialista. Nada
fastidia m‡s a nuestros adversarios que este hecho".
ÇA pesar de todo, Ršhm manten’a una actitud que no coincid’a con la de Hitler.
ÇYa el 18 de abril de 1934 ante el cuerpo diplom‡tico y la prensa extranjera, repet’a Ršhm
en Berl’n su alegato en favor de la continuidad de la revoluci—n con las siguientes palabras:
"ÁNosotros no hemos efectuado una revoluci—n nacional, sino una revoluci—n
nacionalsocialista, en la que pretendemos poner Žnfasis en la palabra "socialista"! All’ donde
entretanto esas fuerzas puramente nacionales hayan aprendido a introducir en su ideario
nacional el sentido socialista y lo apliquen en la pr‡ctica, all’ pueden seguir marchando a
nuestro lado. Pero se equivocan tremendamente all’ donde crean que por raz—n de nuestra
amistad hacia ellos vamos a ceder ni un ‡pice en nuestra componente socialista. Reacci—n y
revoluci—n son enemigos mortales por naturaleza. No existen puentes que conduzcan a uno u
otro lado, porque uno excluye al otro. El nuevo rŽgimen alem‡n, con impensada suavidad, al
ocupar el poder no ha expulsado con determinaci—n a los mandatarios y sostenedores del
viejo y del viej’simo sistema. (17) Hoy se sientan en poltronas de funcionarios, gentes que ni
siquiera tienen la m‡s m’nima idea sobre la revoluci—n nacionalsocialista. No les
recriminamos que sostengan una convicci—n que con el transcurso del tiempo ha quedado
desfasada, aunque no consideramos acertado que en lugar de aplic‡rseles la exclusi—n, se les
aplique la igualaci—n. Pero seguro que les romperemos despiadadamente la cerviz en caso de
que quieran poner en pr‡ctica sus opiniones reaccionar’as".
ÇEstas palabras eran meridianamente claras y produjeron una siempre seria y creciente
preocupaci—n. Poco despuŽs de abandonar Alemania la Sociedad de Naciones (septiembre
1933) el general Beck, jefe del E.M. del EjŽrcito, ante la posibilidad de una reacci—n dura de
car‡cter militar por parte de Francia, dio a la SA el encargo de alistar a todos los hombres
aptos para empu–ar las armas de la zona izquierda del Rhin y en caso de un avance francŽs
transportarlas hac’a el Este, a la orilla occidental del Rhin, -todo ello en coordinaci—n con la
inspecci—n de la Polic’a Territorial prusiana del Oeste- para crear unas cabezas de puente en
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Anonimo la noche de los cuchillos largos

  • 1.
  • 2. LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS UN COMENTARIO NACIONALSOCIALISTA PRESENTACIîN En los colegios la historia del III Reich es circunscrita a unos pocos acontecimientos hist—ricos que han sido deliberadamente promocionados. B‡sicamente lo que se ense–a a los estudiantes es: Que los nazis incendiaron el Reichstag como excusa para prohibir el partido comunista. Que el instinto asesino se demostr— en Òla noche de los cuchillos largos" cuando Hitler hizo asesinar fr’amente a sus amigos. Que la primera acci—n contra los jud’os se manifest— en la Noche de los Cristales Rotos. Que Hitler fue el iniciador de la II Guerra Mundial. Que Hitler fue el primero en bombardear, a la poblaci—n civil por medio de la aviaci—n. Que Hitler atac— a Rusia sin motivo. Que existi— un Holocausto -b‡sicamente de jud’os pues casi nunca se mencionan otras v’ctimas-. Y que, aunque ya con una importancia menor, la anexi—n de Checoslovaquia era la demostraci—n del imperialismo de Hitler A los estudiantes no se les habla ni de ideolog’a, ni de programas, ni de realizaciones ni de nada de nada. Por ello es importante tener claras las ideas sobre estos temas. Sobre el primero de ellos, el Incendio del Reichstag, ya publicamos en la p‡gina 3.299, un estudio definitivo sobre el tema. Sobre la "Noche de los Cuchillos Largos" nos ocuparemos en el presente trabajo de nuestro colaborador A. V., autor asimismo del trabajo sobre el incendio del Reichstag. Aunque en este caso las conclusiones no sean tan concluyentes por indiscutibles como en el caso del incendio del Reichstag, el tema queda suficientemente claro. Lamentablemente la mayor parte de la documentaci—n a la que hemos tenido acceso ha sido del "Otro bando". Sobre "la Noche de los Cristales Rotos" nos intentaremos ocupar m‡s adelante, Sirva como simple demostraci—n de la poca actividad antisemita en el III Reich, que este caso, que no puede disculparse de ninguna manera pero del que hay que conocer los pormenores con detalle, se conoce con nombre propio, dada la rareza de este tipo de actos violentos. Sobre la responsabilidad o no de la guerra mundial por parte de Alemania, remitimos a los interesados a los libros de J. Bochaca "La Historia de los Vencidos" y "Los Cr’menes de los Buenos". Igualmente en estos libros pueden encontrarse las respuestas a los responsables de los bombardeos sobre ciudades, de todas formas tambiŽn remitimos a nuestros lectores a las p‡ginas 992, 993 y .994, donde se reproducen los textos y razonamientos al respecto del mayor general inglŽs Fuller y del tambiŽn inglŽs, capit‡n B. H. Liddell Hart, comentarista militar. Sus argumentos son concluyentes. En cuanto al ataque a Rusia, ahora que se han podido consultar algunos archivos de la Uni—n SoviŽtica, han aparecido nuevos datos que parecen confirmar, irrefutablemente, la intenci—n agresiva de Stalin. Aunque en la p‡gina 2.716 ya publicamos un extenso comentario del libro de Werner Maser, "Stalin und der Zweite WeItkrieg", los documentos siguen apareciendo y para m‡s adelante intentaremos ocuparnos del tema en profundidad.
  • 3. Sobre las "c‡maras de gas" est‡n ya suficientemente informados nuestros lectores y les remitimos a la literatura que ya conocen. En cuanto al œltimo punto, la ocupaci—n de Checoslovaquia, aunque puede ser considerado realmente un error de Hitler, no hay que olvidar que si bien pasaron a jurisdicci—n alemana territorios que nunca antes lo hab’an sido, no es menos cierto que todas las naciones fronterizas con Alemania hab’an sido "gratificadas" con territorios que tampoco nunca les pertenecieron y nadie le dio gran importancia al asunto. De todas maneras recordemos que Alemania no se qued— Checoslovaquia sino una peque–a parte y que adem‡s era un evidente peligro geopol’tico como puede verse consultando cualquier mapa. Este tema nos parece poco importante como para abordarlo en estas p‡ginas con m‡s detenimiento. TambiŽn a "La Historia de los Vencidos" remitimos a los interesados donde podr‡n hacerse una idea de la realidad geopol’tica de los a–os posteriores a la Primera Guerra Mundial. Otro tema que no hemos mencionado antes y que tambiŽn ha sido explotado espectacularmente por la propaganda y que se halla invariablemente en los libros de texto de todos los colegios del mundo, es la famosa quema de libros. Al respecto es muy f‡cil replicar diciendo que los libros que en 1996 est‡n secuestrando las democracias van a parar igualmente al fuego -o a la bala de papel reciclable -, con lo cual la œnica diferencia es que unos lo hicieron simb—licamente en pœblico y los otros lo hacen en privado vendiendo a traperos los libros y obteniendo todav’a un beneficio. As’ pues dejamos como pendientes de an‡lisis la guerra con Rusia y la "Noche de los Cristales Rotos" En este œltimo caso evidentemente hay que contabilizar un grave error, uno de los pocos, en la pol’tica del III Reich. Pero al menos ser‡ interesante conocer la verdad, sin exageraciones y sin tergiversaciones. Recordemos que en todo caso la revoluci—n nacionalsocialista fue francamente pac’fica. No hace falta compararla con la Revoluci—n Francesa o la comunista, sino ya con guerras din‡sticas, la guerra de secesi—n americana, la civil espa–ola, etc. etc. El nœmero de muertos nacionalsocialistas -sin contar entre ellos los de la noche de los cuchillos largos -, causados por comunistas y dem‡s ralea, fue muy superior a los causados por la revoluci—n hitleriana, que se deben limitar pr‡cticamente a la suma de los muertos en el putsch de Ršhm y a las v’ctimas de la Noche de los Cristales Rotos. En la lucha por el poder cayeron asesinados 200 nacionalsocialistas (170 de la SA, 17 de la SS, 6 de la HJ, 7 miembros del Partido) y hubo 20.319 heridos. Aunque nuestro colaborador A. V considera suficientemente preparados a nuestros lectores como para que cada cual saque sus propias conclusiones, no hemos podido resistirnos a intercalar un considerable nœmero de notas a pie de p‡gina, que son obra de la redacci—n y no del autor
  • 4. LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS Por A.V. MUY TENEBROSO, ciertamente. El encontrar lemas cortos y expeditivos parece ser una de las habilidades de los buenos pol’ticos o, quiz‡s mejor dicho, de sus asesores de imagen. ÀQuŽ no habr‡ o’do uno contar sobre esa terrible noche de esos horribles cuchillos largos? Largos cuchillos que seguramente revientan vientres y destrozan -despiezan- corazones. El lobo ataca con fieros dientes afilados al inocente cordero y lo destripa. Bueno. ÀSabemos realmente lo que ocurri— aquellos d’as de fines de junio de 1934? Yo estimo que no, que no lo conocemos. Y me parece que tampoco voy a conseguir esclarecerlo aqu’. Pero quiz‡ s’ que podemos acercarnos a la realidad hist—rica por medio de una somera visi—n de algunos de los reportajes, ensayos, investigaciones y estudios que se hicieron al respecto y, una vez compulsados, comparar, meditar e intentar sacar alguna conclusi—n, As’ pues, como es costumbre, reproducirŽ, traducidos en su caso, p‡rrafos de obras que traten sobre el tema. No todas, s—lo muy pocas. Quiz‡ sirva de aliciente para que otros continœen la labor y traigan m‡s p‡rrafos a colaci—n. Del caos que se produzca, puede surgir el orden. Y si no, vŽase la f’sica ca—tica -o del caos -. Del autor Denis Sefton Delmer, periodista y colaborador del servicio secreto brit‡nico MI 5 a quien ya hemos presentado en otra ocasi—n (vŽase "Escritos Pol’ticos", el art’culo "El incendio del Reichstag", tomo 17, p‡g. 3305), tomamos del libro "Los alemanes y yo", Luis de Caralt Editor, Barcelona 1967; t’tulo original de la obra: "Die Deutschen und ich" (1). P‡g. 97 y sigs.: ÇAœn no hab’a terminado el episodio que habla comenzado cuando George Bell me dio el consejo de invitar a comer a Ernst Ršhm [ ... ]. Mi negativa a poner las cartas sobre la mesa, como lo llam— Bell dio como resultado que Žste regresara a Munich y participara a Ršhm que habr’a de ser Žl mismo quien se dirigiera a m’, ya que yo era demasiado precavido para hablar a travŽs de intermediarios. ÇConsecuencia de toda esta insensatez fue que durante los dos a–os siguientes, viera a menudo al peque–o y jovial jefe de Estado Mayor y a los j—venes ayudantes con los que se rodeaba. Y cuanto m‡s tercamente rechazaba yo cualquier relaci—n con el servicio secreto inglŽs, tanto m‡s convencido estaba Ršhm de que yo era el gran XYZ, en persona. ÇCasi cada vez que desde su cuartel general de Munich ven’a a Berl’n, com’amos y beb’amos juntos. Estos encuentros eran de enorme utilidad para m’. A travŽs de Ršhm que como antiguo oficial de la Reichswehr era el hombre de enlace de Hitler con los generales, pude enterarme de algunos asuntos internos, y seguir las huellas de muchas jugadas e intrigas que eran esenciales en la lucha de Hitler por el poder. ÇRšhm estaba en contacto con el general Kurt von Schleicher, aquel oficial dado a politiquear, que hab’a dirigido todas las ocultas conjuras del ejŽrcito alem‡n desde el pacto con los jefes de la socialdemocracia en noviembre de 1918 y el tratado con el EjŽrcito Rojo, hasta las negociaciones con los nacionalsocialistas de entonces. Schleicher quer’a terminar en Alemania con la ineficaz democracia parlamentaria y reemplazarla por un gobierno autoritario apoyado en la Reichswehr, mientras Žl desempe–ar’a el papel de hombre fuerte en la penumbra. De los nacionalsocialistas quer’a servirse de dos maneras: Hitler y su partido pol’tico representar’an la m‡quina propagandista que en las m‡s amplias esferas del pueblo incrementar’a la adhesi—n a su gobierno; en tanto Ršhm y su SA constituir’an una milicia de reserva que, en un momento dado, podr’a completar los cuadros de la Reichswehr.
  • 5. ÇHitler, naturalmente, no estaba dispuesto bajo ningœn concepto a convertirse en un polichinela de Schleicher, y Ršhm proyectaba llegar a ocupar el mando supremo de la Reichswehr nacionalsocialista. Pero la meta m‡s pr—xima de Schleicher era tambiŽn la de aquellos: la destituci—n del canciller BrŸning y de su gobierno de coalici—n. Debido a esto aceptaban encantados el apoyo pol’tico y el dinero de Schleicher. Si hemos de creer en el testimonio del jefe de brigada de la SS, Walter Schellenberg, director general de seguridad del III Reich, Schleicher pag— del fondo secreto de la Reichswehr la imponente suma de cuarenta y dos millones de marcos a la caja de la SA nacionalsocialista, cuyos hombres m‡s tarde habr’an de asesinarle. (W. Schellenberg, Memorias, p‡g. 45). ÇPara m’ las entrevistas con Ršhm eran, como he dicho, inestimables; m‡s valiosas aœn que mis encuentros con Hitler. Pues mientras Žste pronunciaba constantes discursos de propaganda, Ršhm y su gente siempre me explicaban el œltimo chisme. Ršhm era en su conversaci—n tan indiscreto como desenfrenado en sus perversos excesos. ÇPero ÀquŽ le hab’a inducido a enviar a Bell por delante para luego dirigirse Žl mismo al supuesto agente secreto Delmer? PasŽ mucho tiempo antes de descubrirlo. Pues Ršhm que conmigo mostraba la m‡s incre’ble sinceridad incluso respecto a sus preparativos de un golpe de Estado, callaba como un muerto en lo referente al misterioso asunto en el que quer’a hacerme intervenir en combinaci—n con el Secret Service. ÇCuando entraba en mi oficina acompa–ado de su joven y pecoso ayudante, conde Spreti, hac’a primeramente algunas jocosas observaciones y fuego ven’a la inevitable pregunta: - Por cierto, Àme ha preparado usted la entrevista con los ingleses? ÀPodr’a hablar con alguien del Secret Service? ÇY cuando le explicaba: - Lo siento, pero no conozco a nadie del Secret Service. El servicio secreto tambiŽn es un secreto para m’. ÇRšhm, incrŽdulo, se re’a con todas sus fuerzas y me daba golpes en la espalda como si yo hubiese dicho un chiste estupendo. - Vaya, vaya; y ÀquŽ pasa con sus diplom‡ticos? -continuaba, desarrollando el interrogatorio. - Me he informado en la Embajada a travŽs de algunos amigos. Por algœn motivo imperceptible que quiz‡s estŽ relacionado con el protocolo o la etiqueta, parece ser que tienen cierto miedo de encontrarse con usted. Dado que son diplom‡ticos, es probable que no deseen ser vistos manteniendo un di‡logo con uno de los jefes de la oposici—n. Temen que pudiera reproch‡rseles que intrigan contra el gobierno. - ÁPues s’ que es una guarrada tonta! -replic— el peque–o jefe de Estado Mayor en su grosero estilo b‡varo -. Hace poco he hablado con Fran•ois-Poncet, y al fin y al cabo es el embajador de Francia. No tiene ningœn miedo de tratarme y hablar conmigo. CuŽnteselo usted a sus amigos. ÇA lo que yo promet’a volver a probar de nuevo. ÇUn buen d’a, Ršhm se present— en mi casa sin acompa–amiento. - ÀQuŽ dir’a usted si nos fuŽramos los dos de bureo? -pregunt—-. Primero comemos en algœn sitio y luego nos vamos de juerga y me ense–a usted un poco la vida nocturna de Berl’n. - ÁEstupendo! -exclamŽ, con fingido entusiasmo -. Nada har’a con mayor gusto. ÇAs’ pues, salimos los dos juntos dejando a Ronny Panton, mi nuevo ayudante, encargado de la oficina. ÇEn mi fuero interno, sin embargo, no me hacia ninguna gracia la perspectiva de una juerga nocturna entre dos, con el peque–o comandante ‡vido de sexualidad. Para atrapar una "Story" siempre estaba dispuesto a enfrentarme en una lucha callejera con las pistolas
  • 6. autom‡ticas de la polic’a, o a dar la mano a un asesino. Pero hab’a ciertas incomodidades que ni siquiera por Lord Beaverbrook quer’a soportar. Por eso considerŽ el plan de aquella noche con determinada inquietud. Ya empez‡bamos por formar una pareja en verdad curiosa: el peque–o y rechoncho jefe de Estado Mayor cargado de energ’as, en cuya redonda cara, llena de surcos, brillaban sus ojos de alegre ilusi—n, y el alto y delgado Delmer que intentaba ocultar su nerviosismo bajo una m‡scara de indolente calma oxfordiana. ÇComimos en "Peltzer", un local excelente situado en la Wilhelmstrasse. [...] DespuŽs fuimos al ÒEldorado", un cabaret algo trist—n, que ol’a a humo de cigarrillos, a jab—n y a sudor. Todas las animadoras, muy empolvadas y pintadas, eran hombres j—venes que valiŽndose de pelucas, postizos de goma y escotados trajes de noche, se hab’an disfrazado de mujeres. ÇMe sorprendi— bastante que una de aquellas "chicas", un mocet—n con una nuez de Ad‡n prominente y una barbilla negra - azulada que se adivinaba a travŽs de la capa de polvos, se sentara sin ser invitada a nuestra mesa y empezara a hablar con Ršhm de una fiesta, por lo visto muy divertida, que hab’an tenido juntos pocos d’as antes. - Ya lo ve usted, se–or jefe mayor - dije, tan pronto "ella" nos hubo dejado -. Ninguna ramera femenina se hubiera acercado a un antiguo cliente a hablar en presencia de un extra–o de una noche pasada con Žl. ÇRšhm que generalmente era muy abierto y sin gazmo–er’a alguna en cuanto a sus conocimientos casuales, e incluso le divert’an las bromas sobre sus "debilidades", al instante mostr—se reticente. - No soy su cliente -dijo con toda seriedad -. Soy su comandante. Es uno de mis hombres SA. ÇCuando despuŽs fuimos al "Silhouette", un local nocturno concurrido por homosexuales de ambos sexos, donde tomamos cafŽ y cognac en un palco, Ršhm decidi—se por fin a revelar su gran secreto. - Mi querido Delmer, ha de prometerme que no dar‡ publicidad a lo que ahora voy a contarle. El asunto no tiene nada que ver con sus actividades de reportero. ÇLo promet’. - El proyecto sobre el cual he hablado con Fran•ois-Poncet, y sobre el que me gustar’a hablar con algœn se–or de su Embajada o mejor aœn con alguien del Secret Service, es el siguiente. El general von Schleicher desear’a incorporar necesariamente 250.000 hombres-SA y 50.000 cascos de acero en la Reichswehr. A mi manera de ver es una idea excelente. Su realizaci—n tendr’a como consecuencia que Alemania en lugar de un ejŽrcito profesional de 100.000 hombres, con su limitado esp’ritu de casta, pasar’a a disponer de un ejŽrcito civil de 400.000 hombres, entre los que se hallar’an las mejores secciones de la SA. Con ello quedar’a resuelto de una vez para siempre el problema de los ejŽrcitos privados, que segœn parece ha provocado en Par’s y en Londres tan serios temores. Prescindiendo de esto, una medida semejante nos ayudar’a a solventar el paro obrero. - Desde luego -asent’-, pero para una ampliaci—n de este tipo de la Reichswehr necesitar’an, como es natural, la conformidad de los aliados. - Sin duda alguna. Precisamente por ello desear’a hablar con algunas de las personas competentes entre ustedes. Siempre estoy dispuesto a emprender un corto viaje a Londres. - Y aparte de la incorporaci—n de los parados y de la gente SA, ÀquŽ funci—n cumplir’a este nuevo gran ejŽrcito alem‡n? - Primeramente, nos es preciso un convenio militar con Inglaterra e Italia, como dice el FŸhrer, y en caso de que los franceses quisieran tomar parte, tambiŽn con Francia. Por lo que me dijo Fran•oisPoncet, he sacado la impresi—n de que estar’an de acuerdo. Si los rusos
  • 7. bolcheviques pretenden llevar adelante su desatino, podr’amos terminar en un santiamŽn con esa peste bolchevique. Lo que ahora le explico es naturalmente s—lo una indicaci—n general del plan. Puede usted seguir deduciendo directrices m‡s precisas. ÀC—mo reaccionar‡n ante esto, segœn su opini—n? - Pero si Schleicher est‡ interesado en este asunto, ser’a Žl la persona m‡s indicada para hacer las gestiones para lograrlo -dije yo, haciendo ver que no hab’a o’do la œltima pregunta. - Ah’ est‡ la cuesti—n -replic— Ršhm, airado -. Estoy decidido a ocuparme yo mismo del asunto. Fuera de m’ no hay nadie que con plenos poderes pueda hablar en nombre de la SA. ÇTodo el plan se me antoj— un tanto fant‡stico. Pero quedŽ muy descansado al saber que Žste era el motivo de nuestra juerga nocturna y no algo de orden personal. Ršhm hab’a querido hablar conmigo sin testigos, porque esperaba que as’ el agente secreto Delmer se dar’a a conocer y algo dejar’a entrever de la posici—n que adoptar’a Inglaterra ante su proposici—n. ÇA la ma–ana siguiente, transmit’ la informaci—n de Ršhm a Gerry Young, (2) que entonces era mi primer hombre de enlace con la embajada brit‡nica. Pero no pudo convencer al embajador de que levantase el veto contra cualquier contacto entre el personal de la embajada y Ršhm. ÇConsegu’ una entrevista entre el jefe del Estado Mayor y nuestros diplom‡ticos, cuando Hitler lleg— al poder y Ršhm fue aceptado como una personalidad casi presentable. ÁPero se produjo un contratiempo! Cuando al final tuvo lugar el encuentro para el pobre Ršhm transcurri— de muy diversa manera a como Žl lo hab’a imaginado; pues bebi— demasiado vodka, se qued— dormido apoyado en la mesa donde com’amos y empez— a emitir ronquidos por su chata y cicatrizada nariz. ÇComo supuesto agente secreto fui en verdad una gran decepci—n para Ršhm. Mayor decepci—n fue aœn George Bell pues se descubri— que este fornido b‡varo a pesar de su vigoroso apret—n de manos y de la expresi—n de nobleza con que miraba a los ojos, era un agente doble barato, y un traidor m‡s barato aœn. ÇÀBarato? A Ršhm le cost— caro. En oto–o de 1932, Bell, como muchos otros, estaba convencido de que las probabilidades de Hitler de alcanzar el poder se iban esfumando poco a poco. Por ello traicion— a Ršhm a la "ReichsbannerÓ (3) republicana, y vendi— a la oposici—n socialdem—crata una serie de apasionadas cartas de amor que Ršhm, segœn parece, hab’a escrito a un miembro de la SA. - ÁTodo burda falsificaci—n! -exclam— Rohm indignado, cuando le interrogaron acerca de estas cartas. ÇPero yo creo que en el fondo estaba aœn m‡s irritado por el vituperio que Bell le hab’a hecho sufrir ante la Reichsbanner. ÇEs una majader’a pasmosa la historia, cuyas principales causas no he podido aclarar hasta ahora, de que el propio Karl Mayr que como capit‡n de Estado Mayor de la Reichswehr b‡vara vigil— los primeros pasos propagand’sticos de Hitler y dio el benepl‡cito a las furiosas manifestaciones antijud’as de su cabo, se hubiera pasado a los socialdem—cratas. Entonces, en el a–o 1932, actuaba de consejero militar de la Reichsbanner republicana, una milicia que representaba la contrapartida socialdem—crata de la SA. Por a–adidura, era redactor jefe del semanario "Das ReichsbannerÓ. ÇRšhm hab’a apreciado mucho a Mayr en los pasados d’as de Munich. A no dudarlo, Bell se aprovech— de esta circunstancia para convencer a Ršhm de que Mayr quer’a colaborar con Žl - Estaba dispuesto, segœn aseguraba Bell a pasarse con los cien mil hombres que formaban la milicia de la Reichsbanner a las —rdenes de Ršhm y a incorporarse en el so–ado gran ejŽrcito del pueblo.
  • 8. ÇPero cuando Ršhm fue a Magdeburgo para sostener una entrevista secreta con Mayr, hubo de comprobar que todo no era m‡s que una trampa y un chasco. Aparatos fotogr‡ficos sacaron vistas de Mayr riŽndose y burl‡ndose del defraudado Ršhm. Hitler se sinti— despechado de su jefe de Estado Mayor al enterarse de c—mo se hab’a dejado tomar el pelo. Mas despechado todav’a estaba Ršhm de Bell. ÇUnas semanas m‡s tarde, al alcanzar Hitler el poder, el antiguo superesp’a y monedero falso de la Reichswehr consider— aconsejable trasladar su importante persona, con gab‡n y corbata escocesa, a travŽs de la frontera germano-austriaca y retirarse a un lugar apartado junto a Kufstein, en el Tirol, llamado Durchholzen. Pero este desplazamiento no era lo bastante lejano, ni lo bastante prudente. En la noche del 3 de abril de 1933 dos pesados coches ocupados por bribones de la guardia personal de Ršhm atravesaron raudos la frontera y se internaron en Austria. Uno de los coches era un Mercedes, con distintivo y matr’cula de la polic’a de Munich; el otro, un DKW perteneciente a una cervecer’a muniquesa. A los veinte minutos se detuvieron ante la guarida de Bell Este sali— para ver lo que quer’an. Como siempre, llevaba un rev—lver cargado en una funda al hombro. Pero no lo sac—. - Tenemos a su madre y a su hermana en nuestro poder, se–or Bell -dijo el canoso director de la partida, jefe de grupo SA, Schrieidhuber -. Est‡n prisioneras, como rehenes, en Munich. No les pasar‡ nada si regresa usted a Munich al instante y se presenta en el cuartel general. El jefe de Estado Mayor quisiera hablar con usted sin dilaci—n. - A la orden -exclam— Bell-, voy con ustedes. DŽjenme empaquetar un par de cosas. ÇDio la vuelta para subir a su dormitorio, y tres pistolas autom‡ticas hicieron fuego al mismo tiempo sobre Žl. - ÁTraidor inmundo! -rugi— Schneidhuber, mientras le escup’a en la cara. ÇUn cuarto de hora despuŽs, los dos coches pasaban zumbando la frontera, en viaje de regreso a Alemania. ÇDudo de que los acontecimientos que siguieron pudieran significar un consuelo para la madre y la hermana de Bell. En todo caso, s—lo catorce meses despuŽs, exactamente en la noche del 30 de junio de 1934, fueron muertos a tiros Schneidhuber y los cuatro hŽroes armados que le hab’an acompa–ado en aquella excursi—n; en la misma noche en que la SS de Hitler atac— tambiŽn a Ršhm como Ršhm hab’a atacado a Bell. En lo concerniente a Mayr, Žste fue detenido; y no por Ršhm sino por decisi—n de su antiguo esbirro y hombre-vengador nœmero 17. Muri— en 1945 en el campo de concentraci—n de BuchenwaldÈ. (4) Delmer, corresponsal del "Daily Express", nos sigue explicando sus vivencias previas al acontecimiento y que pueden ser de interŽs para conocer el contexto pol’tico en que se desenvuelve. Al final, desde la perspectiva de m‡s de 30 a–os transcurridos, nos explicar‡ de que manera vivi— el crucial suceso del 30 de junio de 1934. P‡gina 132 y sigs.: ÇMi vuelta aŽrea con Hitler y las horas que hab’a pasado con Ršhm en los locales nocturnos de Berl’n, tuvieron un resultado inesperado. En el drama de intrigas y contraintrigas, de fanfarronadas y contrafanf‡rronadas que, en el a–o 1932 se representaba en Berl’n durante los œltimos esfuerzos de Hitler por alcanzar el poder, tambiŽn a m’ me toc— un papel. Aunque muy peque–o, y en gran parte sin yo saberlo, no dej— de ser un papel. ÇAlgunas altas personalidades hab’an observado que el joven que Lord Beaverbrook ten’a en Berl’n, manten’a relaciones personales con dirigentes del NSDAP, a los que normalmente no llegaban m‡s que otros nacionalsocialistas, pol’ticos de derechas o grandes industriales. As’ pues empezaron a utilizarme; una veces con mi consentimiento, otras sin tener yo conocimiento de ello y en ocasiones, solamente hablando de m’. Yo no ten’a nada que oponer, pues para un reportero era un buen sistema de cosechar novedades.
  • 9. ÇYa a los pocos d’as de mi regreso de aquel primer viaje electoral con Hitler, me fue impartido mi nuevo papel. A pesar de que el FŸhrer hab’a cruzado el pa’s como un c—mico ambulante y no obstante el considerable aumento de votos con que fue premiado este esfuerzo, el mariscal von Hindenburg, a sus ochenta y cuatro a–os de edad, fue reelegido presidente del Reich por una mayor’a de tres millones de votos. Entonces, el canciller BrŸning y sus aliados socialdem—cratas de Prusia y del Partido Centro que imperaba en Baviera quisieron aprovechar esta victoria y los amplios poderes del anciano, para descartar a Hitler, asest‡ndole un golpe definitivo. Pero se hallaban ante un dif’cil dilema, ÀQuerr’a tomar parte el Mariscal? ÇA Hindenburg no le agradaba Hitler y desconfiaba de Žl. Mas, para tristeza suya, durante la campa–a electoral, hab’a podido comprobar que el FŸhrer estaba apoyado precisamente por aquellos hombres a los que Žl, Paul von Beneckendorff und Hindenburg, siempre hab’a apreciado como defensores del pensamiento alem‡n patrio, mientras Žl mismo se ve’a sustentado por los representantes de las izquierdas, a los que aborrec’a por considerarlos liberales dŽbiles, y aœn peor, traidores. No quer’a dar lugar a una guerra civil en la que estar’a obligado a luchar contra sus propios amigos. ÇY en este punto del juego, yo fui arrastrado a intervenir. Ocurri— a primeras horas de la tarde del 12 de abril, dos d’as despuŽs de la victoria electoral de Hindenburg. Son— mi telŽfono. Al aparato estaba Robert Weismann, el secretario de Estado socialdem—crata del ministerio del Interior, con quien hab’a trabado amistad en casa del financiero Hugo von Lustig. - ÀPodr’a venir un momento a verme? -me pregunt— Weismann -. Tengo algo para usted. ÇOcho minutos m‡s tarde, estaba yo junto a Žl. Alto y moreno, con cierto aire de apostura meridional, Weismann parec’a m‡s un banquero que un hombre de Estado. Me invit— a tomar asiento en un sill—n de cuero situado cara a la ventana, de la que pod’a contemplar la WilheImstrasse, me ofreci— un cigarro y atac— enseguida el tema. - Queremos deshacer la SA con una acci—n r‡pida -empez— a decir -; se ha preparado un decreto presidencial, que el Mariscal no tiene m‡s que firmar. Ser‡ hecho pœblico esta noche o ma–ana. Todo lo que sea propiedad de la SA: armas, aviones y cualquier otra clase de material, ser‡ confiscado. Sus oficinas y cuarteles ser‡n registrados por la polic’a y clausurados. De una vez para siempre. ÇHizo una pausa para ver si yo estaba debidamente impresionado. Lo estaba. - Bien. Esto es una noticia que s—lo y œnicamente le transmito a usted. Ningœn otro reportero, ni alem‡n ni extranjero, tiene la menor sospecha de ello. ÇLanz— una bocanada de humo, y me volvi— a observar atentamente. - Pero, a cambio, me ha de hacer un favor. ÇBajŽ la cabeza, asintiendo. - Usted conoce a Hitler. Tiene acceso a Žl. ÀPuede averiguar c—mo encajar‡ el golpe? ÀSi opondr‡ resistencia, y si desafiar‡ la disposici—n o la acatar‡? De la contestaci—n a estas preguntas dependen muchas cosas. Personalmente, soy de la opini—n que Hitler no emprender‡ ninguna acci—n. No puede, de ninguna manera. Pero otras personas piensan de diferente manera, y entre ellas el propio Presidente. A su juicio, Hitler luchar‡, y Hindenburg no desea ningœn derramamiento de sangre. ÇRegresŽ r‡pidamente a mi oficina invadido por el excitante sentimiento de felicidad que experimenta un reportero cuando cree estar en posesi—n exclusiva de una noticia importante. Como primera disposici—n, llamŽ a Ršhm a Munich, para saber si ten’a alguna idea de la medida proyectada. ÀUna idea? El alegre y peque–o jefe de Estado Mayor no s—lo conoc’a la
  • 10. disposici—n a grandes rasgos, sino que sus esp’as le hab’an transmitido, incluso, el texto de la misma que, hasta entonces, parec’a guardado con tan riguroso secreto. - Le paso a un ayudante, para que le lea el texto -me dijo, riendo -. Pero puedo asegurarle una cosa: no estamos perdiendo el tiempo; antes bien, nos preparamos para ese registro polic’aco. Cuando esos c‡ndidos se–ores, vestidos de azul, vengan a visitarnos, no encontrar‡n gran cosa. ÇSeguidamente a–adi—: - îigame. El FŸhrer vuela en estos momentos a Berl’n, para tomar el asunto de su mano. ÀPor quŽ no va a verle y habla con Žl? Puede decirle que yo se lo he indicado. ÇFui, en efecto, a ver a Hitler, y lo hallŽ en su dormitorio del hotel Kaiserhof. ÇSe estaba cambiando de camisa cuando Putzi HanfstŠngl me hizo pasar. (5) Pero esto no le impidi— escuchar lo que yo ten’a que notificarle. A continuaci—n me expuso sus puntos de vista. Pronto me convenc’ de que no opondr’a la menor resistencia. Lanzar’a amenazas de extorsi—n, pero no har’a ningœn intento de llevar su SA a la lucha, como tem’a el Mariscal. - Si el gobierno disuelve la SA -manifest— Hitler, mientras cog’a la negra y larga corbata que pend’a a los pies de su cama met‡lica -, dejarŽ de ser responsable de lo que le ocurra a esa gente. Imag’nese: cuatrocientos mil hombres de la SA, sin que nadie se preocupe de imponerles una disciplina ni de tenerlos sujetos a la rienda. Y adem‡s Átrescientos mil de ellos est‡n parados! No es peque–o el problema que buscan los se–ores del gobierno. Pero a m’ no podr‡n hacerme responsable, si algo sale mal. ÇSu voz se fue elevando por momentos. - Ya pueden disolver tranquilamente mi SA y declararla ilegal. ÁA mis hombres no podr‡n cortarles la cabeza ni arrancarles el coraz—n del pecho; y mientras mi gente tenga coraz—n y cabeza me seguir‡n siendo fieles! ÇEstaba claro que Hitler se hallaba dispuesto a comenzar un gran discurso. Pero yo ya hab’a o’do lo que me interesaba o’r. As’ pues, me excusŽ con el pretexto de que ten’a que comunicar con Londres, cosa que por otra parte, era verdad. Tan pronto transmit’ mi informe, corr’ a casa de Weismann. Mi narraci—n le produjo tanta alegr’a como sorpresa. Alegr’a por la postura de pasividad de Hitler frente a la medida gubernativa; sorpresa, ante el hecho de que el texto de la disposici—n, mantenido en tan riguroso secreto, hubiera podido ser descubierto. ÇSin embargo, Weismann no ten’a por quŽ maravillarse tanto. Yo hubiera podido citarle, al instante, dos posibles fuentes de informaci—n de Ršhm y a no dudarlo, exist’an otras m‡s. La primera era Rudolf Diels, el joven consejero ministerial, diestro y sociable, que a las —rdenes de Weismann, estaba al frente del negociado pol’tico. Todos los partes interesantes que ca’an en su cestilla de correspondencia los pasaba a Gšring, el cual, una vez en el poder, lo recompens— con el nombramiento de primer jefe de la reciŽn fundada "Gestapo". (6) ÇLa otra fuente era el tambiŽn comunicativo pero infinitamente m‡s peligroso general Kurt von Schleicher, la "eminencia gris", como le llamaban, el cual lo arriesgaba todo por derribar a BrŸning, y a su propio jefe, el ministro de Defensa, general Groener, para poder llegar a ser el hombre fuerte de una Alemania autoritaria. ÇSchleicher hab’a empezado su intriga, simulando ante Groener que Žl era por completo partidario de la disoluci—n de la SA. Aconsejaba a su ministro que arremetiera sin demora. Pero al propio tiempo, utiliz— el decreto para socavar la confianza de Hindenburg en Groener y en BrŸning. Con extrema habilidad, aliment— en Hindenburg el temor y la duda de hacerse "patri—ticamente responsable" de tal medida. - La SA es una tropa de gran utilidad militar -le dec’a al anciano -, son gente poco pulida, pero recia y valiente. Y tiene un acendrado sentimiento nacional. Si la Entente desea estar
  • 11. conforme con un incremento de la Reichswehr, lo cual es muy posible, la SA nos vendr’a muy bien. La posibilidad de su incorporaci—n, despuŽs de haber sido degradada por un decreto de disoluci—n, es algo que se me antoja muy problem‡tico. ÇYo hab’a o’do alusiones sobre las intrigas de Schleicher; por un lado, de Ršhm el cual estaba tan interesado como el propio Schleicher en los planes militares; por otro, de Werner von Alvensleben, ()7 antiguo oficial, divertido y aventurero, descendiente de una familia noble de la parte oriental del Elba, que hac’a de mediador entre Schleicher y Ršhm Cuando Hindenburg se decidi—, al fin, en contra de sus ’ntimos sentimientos, a firmar el decreto, principalmente por lo que me asegur— Weismann, porque mi noticia sobre la posici—n de Hitler le hab’a tranquilizado, el resultado, con efecto de "bumerang" sobre Groener y BrŸning, no me sorprendi—, como a algunos de mis colegas. ÇEn todo caso, el precoz conocimiento del texto de la disposici—n por parte de los dirigentes del NSDAP, y las largas negociaciones anteriores a la firma del decreto, hicieron ilusoria la posibilidad de llevar a cabo una acci—n realmente eficaz. Cuando por œltimo, el d’a 13 de Abril, fue radiada, a las expectantes unidades de polic’a, la palabra clave "GreifÓ (ÒPresaÓ), (este nombre, incluso, me lo hab’a participado el sonriente Ršhm no hab’a ya nada que "prender". Picantes nubes de gas lacrim—geno envolvieron a los polic’as, cuando valerosamente hundieron las puertas de los abandonados cuarteles generales de la SA y la SS. ÇCuando, aquella tarde, me presentŽ en el hotel Kaiserhof, encontrŽ a Hitler m‡s esperanzado que nunca. Por Ršhm hab’a sido informado de los planes de Schleicher, y no dudaba de su Žxito. - La prohibici—n de la SA -me dijo-, no puede ser m‡s que una medida transitoria. Pronto volverŽ a tener a mi gente. Y cuando se levante la prohibici—n, cuando renazca mi SA, se demostrar‡ que los cuatrocientos mil hombres que ahora han "muerto" por orden oficial, en el intervalo habr‡n aumentado, por lo menos, a seiscientos mil. ÇEn este pron—stico tuvo m‡s que raz—n. Cuando diez d’as m‡s tarde acud’ en Wesbaden a una nueva asamblea electoral de Hitler, observŽ que, como siempre, iba acompa–ado de su guardia de corps de la SS. La œnica diferencia estribaba en que los guardias en lugar de llevar pantalones y botas de montar, vest’an a la manera de obreros ajustadores. - Cre’ que os hab’an disuelto -dije a Sepp Dietrich. - Y lo estamos -respondi—, riendo sarc‡sticamente, Dietrich -; ahora no somos m‡s que simples miembros del partido. ÇY al propio tiempo se–al— el distintivo del partido que en vez del anterior correspondiente a la SS, luc’a sobre el pecho. ÇEn esta asamblea tampoco faltaba la gente de la SA. Estaban, como siempre presentes: largas filas de hombres j—venes, vigilaban las calles por las que ten’a que pasar Hitler camino del lugar donde deb’a efectuarse la reuni—n. S—lo que en esta ocasi—n no llevaban camisas marrones, sino blancos brazaletes, en los que con letras negras se le’a la tranquilizadora palabra "ORDENADOR". La polic’a no puso objeciones. El decreto de disoluci—n, que como medida contra la SA o contra Hitler se revel— totalmente ineficaz, tuvo muy pronto los resultados previstos por Schleicher y Ršhm Schleicher asegur— al abrumado Hindenburg, que BrŸning y Groener, quienes le hab’an inducido a firmar el decreto, descargaban sobre su anciana cabeza la responsabilidad de la pŽrdida de alemanes de "hondo sentir nacional". Y, efectivamente, se elev— un verdadero coro de imprecaciones en los diarios de derechas que el anciano acostumbraba a leer cada ma–ana. El golpe m‡s duro para Hindenburg, el cual, incluso en su puesto de Presidente, se consideraba aœn sœbdito fiel de la Casa de Hoherzollern, lo constituy— el hecho de que este coro estaba dirigido por el propio
  • 12. ex-Kronprinz, Guillermo, desde su castillo de Oels en Silesia, envi— al Mariscal un telegrama de protesta, que al mismo tiempo, hizo publicar en la prensa. ÇGroener fue el primero en verse obligado a marcharse. DespuŽs de una borrascosa sesi—n del Reichstag, en la que durante el debate casi perdi— la vida un delegado de los miembros del NSDAP, a causa del alboroto que se arm—, apareci— Schleicher ante Groener. - Mi general -manifest— a su antiguo superior, a quien gracias a su influencia y ayuda, deb’a la carrera -, siento poner en conocimiento de Vuestra Excelencia que ya no posee la confianza del ejŽrcito. ÇEra la f—rmula cl‡sica que el propio Groener hab’a empleado, en noviembre de 1918, al obligar al K‡iser a abdicar. ÇEl canciller BrŸning sigui— a Groener al cabo de pocas semanas. El domingo, 29 de Mayo, estaba dando cuenta a Hindenburg de la situaci—n pol’tica, cuando, de repente, el anciano, que apenas le escuchaba, le cort— la palabra. - Mi querido canciller -exclam—, altisonante -, esto no puede continuar. Las œltimas elecciones en Prusia y otras regiones demuestran que el pueblo no est‡ ya con usted. Necesitamos otros hombres en el gobierno. ÇBrŸning se levant—. - En este caso, no me queda otro curso que retirarme, se–or presidente -repl’c— -, pero debo advertirle que la mayor’a del pueblo alem‡n que hace siete semanas, le eligi— a usted, porque cre’a que apoyar’a mi gobierno, juzgar‡ esta retirada un tanto... prematura. ÇAs’ se desarrollaron los acontecimientos. Sin duda, las cosas no se hubieran producido de otro modo, en el caso que yo no hubiera hecho a Weismann confidencia sobre la actitud de Hitler, que posteriormente, decidi— a H’nderiburg a firmar el desacertado decreto de disoluci—n. La SA no esper— una revocaci—n oficial del mismo. Aœn antes de que la noticia de la ca’da de BrŸning fuera hecha pœblica, las columnas marcharon nuevamente por las calles, gritando sus "esl—ganes" racistas: - ÁDespierta, Alemania! ÁMuere, Jud‡! ÇCasi frente a mi casa, un grupo entusiasmados hombres SA, vestidos de uniforme, quer’an unirse a una secci—n de mariner’a para marchar al palacio presidencial de Hindenburg, donde la marina deb’a celebrar el aniversario del combate de Skagerrak, la "gran victoria sobre la flota inglesa" del a–o 1916. Pero esto fue demasiado para la polic’a. Al ver que la gente de la SA no atend’a la orden de diseminarse, la polic’a abri— fuego, y los de la SA replicaron disparando tambiŽn. Cuando termin— el tiroteo, vi a dos mujeres, gravemente heridas, tendidas sobre el pavimento. El contenido de sus cestas de ir a la compra, se hallaba desparramado por el asfalto. ÇÁQuŽ d’a, para los nacionalsocialistas! Personas completamente desconocidas entre s’, se saludaban por la calle con exclamaciones jubilosas, brazo en alto y gritando: "Heil Hitler!". Y en los balcones ondeaban banderas, como en los tiempos del imperio; no las banderas de la repœblica, sino la ense–a con la cruz gamada de Hitler. Ahora, todos quer’an unirse al carro triunfal del FŸhrer. Pues dado que Schleicher era ministro del EjŽrcito, y el polichinela de Schleicher el casi desconocido antiguo diplom‡tico y oficial de estado mayor, Franz von Papen, ocupaba el puesto de canciller, se cre’a que en el peor de los casos, œnicamente faltar’an dos semanas para que el propio Hitler se adue–ase del poder. ÇTodos as’ lo creyeron, empezando por Hitler mismo, Gšring y Ršhm [...] ÇEn aquellos c‡lidos d’as de Agosto, me ocurri— otra aventura, precisamente en el momento en que Hitler, que entretanto hab’a conseguido en las elecciones generales un nœmero mayor de votos, ped’a a Hindenburg, a ra’z de aquella victoria electoral, que le confiara el puesto de canciller. Con sorprendente sinceridad y sin rodeos Ršhm me manifest— que se estaban
  • 13. preparando para adue–arse del poder mediante un golpe de Estado, en caso de que el anciano mariscal no hiciera "lo debido". - Coja su coche, mi querido Delmer -me dijo, mir‡ndome con sus peque–os y vivos ojos entornados -, y dŽse una vuelta por los barrios exteriores de Berl’n. Abra bien los ojos y ver‡ como nuestra SA est‡ movilizada y s—lo aguarda la se–al. ÇPara el 12 de Agosto, d’a en que Ršhm y Hitler visitar’an a Hindenburg, el primero me prepar— un almuerzo con el comandante Joachim von Arnim, afuera, en el castillo de Monchoix junto a Harnekop, al Nordeste de Berl’n; una especie de escuela de oficiales para dirigentes de la SA. Al llegar yo all’, un grupo de jefes de la SA corr’a por una pista especialmente instalada para ataques de escalo, mientras otros se dedicaban a ejercicios de campa–a. J—venes musculosos, entrenadores de la Reichswehr, por lo que o’, dirig’an la instrucci—n. Como para completar el cuadro, por encima de nuestras cabezas atron— el aire una escuadrilla de caza de la SA, formada de ligeros aviones de pruebas. Teniendo en cuenta lo que Ršhm me hab’a contado de sus preparativos, todo aquello me pareci— altamente amenazador. Pero no fue nada en comparaci—n con lo que o’ de boca de Arnim, cuando dieron fin los ejercicios. - Es muy posible -dijo dirigiŽndose a los oficiales y jefes de la SA que se hab’an congregado ante Žl -, que en las pr—ximas horas se‡is llamados a llevar a cabo en serio estos ejercicios sobre el duro asfalto de Berl’n. En tal caso, la orden que os doy es la siguiente: Si en algœn lugar encontr‡is algœn obst‡culo serio, no ataquŽis, sino rodead el edificio de que se trate. No os deteng‡is. Llevad a buen tŽrmino vuestra misi—n. ÇA continuaci—n, sigui— dando otros consejos referentes a la manera de tomar una ciudad, y luego a–adi—: - No creo que se llegue a la lucha. Pero si el viejo se pone testarudo y no hace entrega al FŸhrer del poder que le corresponde, entonces actuaremos nosotros. Todo est‡ preparado. El FŸhrer no tiene m‡s que apretar un bot—n y la m‡quina correr‡ por s’ sola. - La œnica resistencia grave -sigui— diciendo Arnim -, pudiera proceder de la Reichswehr; de aquellos viejos oficiales anquilosados que sent’an envidia del joven ejŽrcito del pueblo, de la SA. - Probablemente, no disparar‡n. Pero si lo hicieran, nos lanzaremos a travŽs de ellos, y alcanzaremos nuestros objetivos a pesar de todo. Por ello debemos contar con que se produzcan algunas bajas. (8) ÇEra el mismo tipo de arenga que, en el a–o 1923, se escuch— en Munich antes del golpe de Estado de Hitler. TambiŽn entonces los nacionalsocialistas hab’an calculado que la Reichswehr se negar’a a disparar contra antiguos soldados alemanes ÇPero constitu’a una incre’ble ligereza pronunciar semejantes palabras ante oficiales de la Reichswehr y ante el reportero de un diario extranjero. ÇRegresŽ raudo a mi despacho y en un estado de febril expectaci—n frente a lo que pudiera acontecer. Hindenburg, segœn me enterŽ enseguida, hab’a vuelto a rechazar a Hitler y a Ršhm. Y en aquellos momentos, estaban celebrando un consejo de guerra en la residencia del peque–o Dr. Goebbels, en la plaza de la Canciller’a. LlamŽ varias veces para saber c—mo andaban las cosas. Finalmente, a las diez y media de la noche, Ršhm se puso personalmente al aparato. - Una amarga decepci—n para m’ -me dijo, en su escueto alem‡n militar -, pero el FŸhrer se ha negado a apretar el bot—n. Seguimos adoptando la postura legal. Para volverse loco. ÁV‡yase a dormir! ÇEl siguiente actor de este drama de 1932, que quer’a involucrarme, esta vez con mi m‡s completo desconocimiento -, fue Franz von Papen, el conservador cat—lico, viscoso como
  • 14. una anguila, que tras la ca’da de BrŸning, se val’a de Schleicher como t’tere testaferro. Cuando Papen reclam— mis servicios, est‡bamos ya en Diciembre, y Žl ya no era canciller. ÇKurt von Schleicher, que ya hab’a enga–ado y torpedeado a tres de sus superiores de la Reichswehr para alcanzar el poder, entretanto hab’a apartado a un lado tambiŽn a Papen y hab’a logrado convertirse en canciller. ÇPero en este cargo no se hallaba muy seguro. Un hombre fuerte, incluso siendo general, debe poder apoyarse en determinadas capas del pueblo, cosa que a Schleicher no le era factible. El joven Hans Zehrer (9), un activo periodista de derechas, que con sus amigos del "Tat-Kreis"(10), dirig para el general-canciller una especie "Brains Trust", hab’a pensado una soluci—n muy del gusto de Schleicher. ÇSi funcionaba, originar’a una reacci—n en cadena, un castillo de fuegos artficiales de intrigas y astillamiento de partidos. La idea de Zehrer consist’a en formar tras Schleicher, un nuevo frente nacional que se apoyar’a en los sindicatos y los dirigentes y que se extender’a desde el socialdem—crata Theodor Leipart hasta Gregor Strasser y sus nacionalsocialistas del norte de Alemania. El fornido y espaldudo Gregor Strasser hab’a sido desde siempre el rival de Hitler en la lucha en favor de las masas. Adem‡s era uno de los mejores organizadores del Partido, y como "Gauleiter" de Hitler gobernaba la regi—n del Ruhr. Schleicher estaba dispuesto a ofrecer a Strasser el cargo de vicecanciller, si Žste daba su conformidad a que Leipart ocupara en el mismo gabinete un puesto clave. Y ahora ven’a la gran novedad: parec’a que Strasser hab’a picado. Estaba de acuerdo en ir a hablar con Schleicher. ÇPapen, durante la primera guerra mundial, hab’a sido agregado militar alem‡n en Washington. Su estancia all’ no hab’a sido presidida por una estrella demasiado favorable, pero le hab’a servido para aprender algo del juego de intrigas pol’tico. Ahora, tras esta intriga Leipart-Strasser, se comportaba como el hur—n que olfatea un gazapo. Mientras todav’a era canciller, hab’a rechazado el proyecto del frente Strasser-Leipart como imposible y ahora no quer’a dejar que Schleicher lo llevara a cabo, Ánada menos que ese Schleicher que le hab’a arrebatado su puesto! Y sab’a exactamente por d—nde hab’a de empezar. Hitler ten’a que enterarse de lo que Schleicher y Strasser se propon’an y destruirles el plan. Luego Hitler arremeter’a contra Strasser. Pero el FŸhrer no deb’a saber que las noticias dimanaban de von Papen. ÇY as’ fue c—mo aquella tarde del 3 de diciembre de 1932, mientras Strasser se encontraba con Schleicher en casa de este œltimo en la Alsenstrasse, apareci— en mi oficina un tal Walter Bolchow. ÇBolchow trabajaba en la secretar’a pol’tica de Papen. Yo ya hab’a podido comprobar con frecuencia que estaba perfecta y atinadamente informado. - En estos instantes, Gregor Strasser se halla negociando con Schleicher -me refiri—-. Quisiera saber si el T’o Adolfo (11) autoriza tal encuentro, o si Strasser actœa por su cuenta. De todas maneras, la cosa me huele a chamusquina. ÇSin suponer que estaba haciendo precisamente lo que Bolchow quer’a cog’ enseguida el auricular telef—nico y llamŽ a Putzi HaffistŠngl a la Casa Parda de Munich. - Hempstalk -dije, jugando a nuestro juego predilecto, consistente en traducir nombres alemanes al inglŽs- (12) nuestro viejo amigo Gregory Streeter (13) mantiene en este instante una peque–a charla con el Creeper (14) en su domicilio privado de la calle Alson. ÀSabe usted, por casualidad, si esta entrevista tiene lugar con conocimiento y por voluntad de su jefe o si quiz‡ Gregory se permite emprender, por decisi—n propia una peque–a excursi—n? ÀEst‡ acaso comineando algo para que entrŽis todos en el gabinete de Creeper? o ÀquŽ es lo que en realidad pasa?
  • 15. ÇHanfstŠngl declar— bastante excitado, que aquella noticia era por completo nueva para Žl. Indagar’a lo que estaba ocurriendo, y me volver’a a llamar. ÇPapen estaba pues en lo cierto al sospechar que Hitler no sab’a del asunto. Pero HanfstŠngl no volvi— a llamar para darme la anhelada informaci—n. S—lo me lleg— un mensaje, algo misterioso, a travŽs de uno de sus subalternos, - Tengo el encargo -me dijo el hombre-, de darle las gracias de parte del FŸhrer. ÇGoebbels, al tratar del encuentro entre Strasser y Schleicher, escribe en su libro referente a aquella Žpoca: (Joseph Goebbels, ÒVom Kaiserhof zur ReichskanzleiÓ) Ç"Por azar, nos enteramos del motivo verdadero de la pol’tica de sabotaje de Strasser: el domingo, al anochecer tuvo una entrevista, en el curso de la cual el general le ofreci— el puesto de vicecanciller. ÇPero no fue recibido el informe tan Òpor azar", como cre’a Goebbels. Papen y Bolchow lo hab’an planeado cuidadosamente. A m’ personalmente, m‡s que el agradecimiento de Hitler o de Papen, lo que me importaba era una Story, y as’, la ayuda de Bolchow me sirvi— para transmitir a Londres una cr—nica de apasionante interŽs. ÇEl plan de Strasser y Schleicher, acab— pues en una explosi—n fallida, coincidiendo as’ con la intenci—n de Papen. Hitler, que hab’a aparecido en escena, a ra’z de mi llamada, dej— caer todo el peso de su personalidad dram‡tica de actor sobre Strasser. Convoc— una sesi—n extraordinaria de jefes del NSDAP, y les pidi— que escogieran entre Strasser y Žl. ÇSe decidieron por Hitler, y a consecuencia de ello, Strasser sali— del partido, exactamente como hab’a esperado Schleicher. Pero sali— solo. Nadie le sigui—. ÇEl 28 de enero de 1933, Schleicher, que no ten’a ya nadie tras Žl, hubo de darse por vencido y retirarseÈ. Hasta aqu’ hemos visto unos proleg—menos de los sucesos del 30 de junio de 1934 tal como dice Delmer que los vivi— y en los que particip—. Creo que son interesantes para el lector para hacerse una idea general de la situaci—n interna. A partir de la p‡gina 189 del libro que se reproduce, entra en la inmediata cuesti—n de la que este informe trae causa. Es a finales de junio de 1934: ÇIndependientemente de sus temores en cuanto a las ambiciones austr’acas de Hitler, que de realizarse, le deparar’an en su frontera del Norte un vecino poderoso, en lugar de uno dŽbil, Mussolini no estaba, por lo visto, seguro, si Hitler, como aliado representar’a para Žl un factor activo. Y los rumores sobre ciertos sucesos de Alemania, que durante aquellos d’as y de diversas fuentes alemanas me llegaron a m’ tambiŽn, me parecieron justificar las dudas de Mussolini en cuanto a la estabilidad del Estado hitleriano. Todo esto era tan grave y apasionante, que decid’ no regresar a mi oficina de Par’s, y dirigirme por avi—n a Londres (Delmer estaba en Italia) para hablar con mi redactor jefe. ÇLa noticia principal dec’a que Ernst Ršhm el jefe de la SA, a la saz—n de una fuerza de tres millones de individuos, hab’a roto con Hitler. Se dec’a que iracundo y defraudado, cual Aquiles en su tienda, se consum’a de rencor. El siempre inquieto Werner von Alvensleben se hallaba metido en un plan de uni—n entre Ršhm y el ca’do general von Schleicher, que deb’a llevar a ambos al poder. ÇArthur Christiansen, que desde hac’a un a–o ocupaba el puesto de redactor jefe, en lugar de Baxter, se mostr— muy interesado ante lo que le expuse. - Creo que lo mejor ser‡ que vayas a ver al viejo, y le informes de todo esto -me dijo, cuando hube terminado-. Seguro que tiene formada su propia opini—n de ello. ÇUna hora m‡s tarde, era introducido en "Stornoway House", en una gran estancia de color gris paloma. En el medio hab’a un sof‡, en el que se hallaba sentado Lord Beaverbrook. El
  • 16. suelo, a su alrededor, se encontraba cubierto de papeles y peri—dicos. Beaverbrook se levant—, extendi— r’gidamente el brazo hacia m’, y me indic— que tomara asiento. - Me alegra de verle, Tom -me dijo-. Tengo entendido que quiere usted ir a Alemania y ver lo que all’ sucede. ÀPor quŽ? ÇLe refer’ lo que hab’a o’do en Venecia. - Yo propondr’a, se–or, hacer una especie de viaje de permiso a Alemania -a–ad’-. Tengo todav’a mi bote de remos e Berl’n, en el cual me agradar’a regresar remando, a Par’s. A mi llegada, podr’a, primeramente, tantear la situaci—n. Si no hay nada de particular, prosigo el permiso. Si descubro una "Story" que valga la pena me pongo de nuevo en plan de trabajo. - Me parece una buena idea -dijo Lod Beaverbrook-. Pero esto es cosa de Christiansen. Hable usted con Žl. ÇSe puso en pie y se apoy— en la chimenea. Era un hombre peque–o, de cabeza grande y ojos vivos que me traspasaba con la mirada. - Ahora le contarŽ un gran secreto Tom. No debe usted decir ni una palabra a nadie. Absolutamente a nadie, Àme comprende? ÇPromet’ callar. - El Dr. BrŸning, el antiguo canciller del Reich alem‡n, ha estado en Londres en visita secreta -empez— a decir Beaverbrook-. Afirma que pronto se llevar‡ a cabo un intento para desembarazarse de Hitler e instaurar, en su lugar, un gobierno conservador que se apoye en la Reichswehr. - ÀQuiere la Reichswehr organizar una revuelta, se–or? - Es posible. Pero no le puedo decir nada sobre este asunto. En sus informes, parta s—lo de aquellos hechos que usted descubra por propia investigaci—n, o a base de sus relaciones personales. No debe creer que la noticia que acabo de comunicarle es exacta. CompruŽbela a fondo. Y h‡galo sin que nadie se dŽ cuenta de lo que usted est‡ enterado. ÀPuede hacerlo? S’, se–or. - Pues entonces, Ámucha suerte! Conf’o en usted. ÇDe ah’ vino, que en una Žpoca en que hubiera debido estar como corresponsal en Par’s, partiera en vuelo hacia Berl’n, donde vivir’a uno de los principales momentos cr’ticos de la historia alemana: el fracaso del œltimo intento serio de los conservadores para destruir el poder de Hitler, y la org’a sangrienta del 30 de junio de 1934. Y pude asistir, en esta ocasi—n, con una noticia bomba en exclusiva. ÇPues el 29 de junio public— mi peri—dico en la portada, un informe en el que se anunciaba la inminente crisis. En grandes titulares llevaba como ep’grafe: "La dictadura de Hitler en peligro..." Era exactamente el momento oportuno de llamar la atenci—n del mundo sobre la crisis que conducir’a al r’o de sangre del 30 de junio, ÇCuando lleguŽ a Berl’n, hab’a pasado casi un a–o desde que de aqu’ me trasladŽ a Par’s. Aparte de mi corta escala en Munich, con motivo de mi viaje a Venecia, durante todo ese tiempo no hab’a puesto pie en tierra alemana. No ser’a f‡cil volver a tomar los hilos de los acontecimientos. Philip Pembroke Stevens, mi sucesor en Berl’n, ya no estaba para ayudarme. Primeramente, hab’a sido detenido y luego expulsado, porque, para gusto de Gšring, hab’a penetrado demasiado en los secretos del rearme. ÇPutzi HanfstŠngl se encontraba en los Estados Unidos, tomando parte en un curso en la Universidad de Harvard. Ršhm no estaba en Berl’n y Werner von Alvensleben tampoco. Hugo von Lustig hab’a huido a Checoslovaquia. Y mis amigos de izquierdas se hallaban todos en la c‡rcel. Uno, sin embargo, estaba en Berl’n: Walter Bolchow, mi hombre de enlace con Papen. Cuando, por fin, lo encontrŽ, estaba tan lleno de novedades que sudaba de excitaci—n.
  • 17. - ÒThe situation is absolute dynamite" -dijo, en el excelente inglŽs que hab’a aprendido estando en Malaya de plantador de caucho (15). Como a muchos alemanes, le agradaba hablar inglŽs, sobre todo cuando, si era necesario, pod’a pasarse al alem‡n, sabiendo que su interlocutor le iba a comprender-. ÇPero si usted informa sobre lo que le cuento y ellos descubren que ha obtenido las informaciones por m’, me hace usted polvo. - ÀQuiŽnes son "ellos"? - Pues la pandilla Himmler-Gšring, naturalmente. Sin duda sabr‡ que ambos se han hermanado recientemente. Y que Gšring ha traspasado su Gestapo a Himmler. ÇAsent’. - No s—lo tiene sus esp’as en nuestra oficina, sino que fuera, en la calle, permanecen agentes de la Gestapo con c‡maras cinematogr‡ficas, dedicados a impresionar en pel’cula a todo el que entra y sale. ÇMe echŽ a re’r. - Puedo asegurarle que no es cuesti—n de risa. Ahora todos llevamos rev—lver. ÁVea por s’ mismo! -Y sac— un rev—lver de una funda, dispuesta bajo el brazo. ÇPareci— como si de repente le hubiese asaltado la idea de que en mi instalaci—n telef—nica pudieran ocultarse micr—fonos de la Gestapo, y se empe–— en ir conmigo al cercano Tiergarten. ÇY all’, donde los jardineros regaban el cŽsped de suave aroma, y los ni–os hac’an rodar sus aros por los senderos, mientras pase‡bamos bajo los olmos y las hayas, Bolchow me estuvo contando sobre los œltimos pasos que hab’a dado su jefe Papen, pasos, cuya finalidad era derribar a Hitler, con la ayuda de Hindenburg y de la Reichswehr, y volver a poner en el trono de Alemania a los Hoherzollern. ÇEl anciano Mariscal se hallaba, como me notific— Bolchow, a las puertas de la muerte. Hac’a s—lo un d’a que el profesor Sauerbruch, de la "CharitŽ" berlinesa, hab’a sido llamado a Neudeck, la propiedad de Hindenburg, en Prusia Oriental. Los mŽdicos le hab’an dicho a Papen que el anciano se–or vivir’a, a lo sumo, algunos meses m‡s. - Y ahora ya nos vemos metidos en la guerra de sucesi—n Hindenburguesa. ÇBolchow sonri— de su propia expresi—n de libro de texto de historia. - Por un lado, Hitler quiere ocupar el puesto del anciano y erigirse en dictador absoluto de Alemania. Por otro, Papen y sus amigos conservadores del gabinete se afanan en parar a Hitler. Creen que ha llegado el momento en que el Kronprinz intervenga en una especie de regencia, que ser’a el primer paso para la reinstalaci—n de la monarqu’a. El presidente del Reich le apoya en este proyecto, lo cual ha dado un potente empuje al diligente agitador que es mi jefe. ÇBolchow sonri— con c’nico desprecio. No ten’a a Papen en muy buen concepto, aun cuando trabajaba para Žl. - Papen est‡ convencido de que la situaci—n le es m‡s favorable que nunca. S—lo por esa pelea de titanes entre Hitler y Ršhm. Usted debe conocer a Tschirschky, el primer ayudante de Papen, Àno es as!? Bien, pues el 4 de junio, cuando Hitler le ech— la gran reprimenda a Ršhm se encontraba en la oficina del canciller. Tschirschky cont— a Papen que, desde la antesala, pudo o’r c—mo se gritaban uno a otro. - Y Àpor quŽ motivo? - ÁOh! La cuesti—n de siempre. Ršhm est‡ furioso porque no ha llegado a general como Gšring. Y tambiŽn, porque s—lo es ministro sin cartera. En el fondo, lo que quiere es que sus tres millones de individuos de la SA sean incorporados a la Reichswehr bajo su mando y el de sus muchachos. Los generales no est‡n dispuestos a permitirlo a ningœn precio. Hitler
  • 18. sabe, sin embargo, que s—lo tiene probabilidades de convertirse en el sucesor de Hindenburg, si est‡ respaldado por la Reichswehr. A esto se debe que haya ordenado a Ršhm que licencie a la SA. Y Ršhm lo ha hecho. - ÀCu‡ndo lo ha hecho? - Justo despuŽs del largo "tŽte-a-tŽte" o’do por Tschirschky. Pero, mi querido amigo -prosigui— Bolchow-, no crea usted que Ršhm se haya avenido a ello tan pac’ficamente. Antes de licenciar a sus tipos, ha dado a conocer una proclamaci—n en la que promete que en Agosto, en cuanto termine dicha licencia, son sus propias palabras, "los enemigos de la SA recibir‡n la debida respuesta, en el momento y la forma que sea m‡s conveniente". Y adem‡s ha exhortado a sus hombres a estar preparados para nuevas tareas. Todo el mundo cree, como es natural, que Ršhm con estas Ònuevas tareas", se refiere a la "segunda revoluci—n", instada por Žl y por Goebbels. Esta "segunda revoluci—n" es el tema principal en la lista de discusiones de Papen y sus aliados, para la gran liquidaci—n de cuentas. ÇLa gran liquidaci—n de cuentas, segœn manifest— Bolchow, tendr’a lugar en la pr—xima sesi—n del gabinete, fijada para el martes 3 de julio. Papen se har’a fuerte en la petici—n de que Hitler deb’a tomar inmediatas y eficaces medidas encaminadas a reprimir, de una vez para siempre, la anarqu’a terrorista de los g‡ngsters de la SA, y desprenderse de sus radicales que clamaban por una "segunda revoluci—n". Si Hitler se negaba o se mostraba indeciso, Papen y sus amigos se retirar’an en bloque. El presidente del Reich hab’a prometido que en ese caso, destituir’a a Hitler, y pondr’a el poder ejecutivo en manos de la Reichswehr. - Salga lo que salga- dijo, riendo, Bolchow-, mi jefe est‡ convencido de que tiene a Hitler entre la espada y la pared. Si Hitler acepta la demanda, pierde su fuerza; si se niega, entra la Reichswehr. Yo espero que se niegue. Incluso si ello significara la guerra civil. ÇComo explic— Bolchow, Papen estaba seguro del apoyo del pueblo alem‡n. Este optimismo se basaba en la incontable cantidad de escritos de adhesi—n recibidos, a ra’z de su discurso pronunciado diez d’as atr‡s, el 17 de junio, ante los estudiantes y catedr‡ticos de la Universidad de Marburgo, En este discurso, el se–or von Papen, a pesar de ser vicecanciller en el gabinete de Hitler, hab’a arremetido contra el rŽgimen nacionalsocialista con osad’a y franqueza sorprendentes. Goebbels prohibi— inmediatamente a todos los peri—dicos y revistas que publicaran el discurso; aquellos que ya lo hab’an hecho fueron incautados. No obstante, corrieron copias de mano en mano. Por todas partes, en Alemania, la gente empez— a saludarse, diciendo "ÁHeil Marburg!", en vez de "ÁHeil Hitler!". ÇTambiŽn Himmler reaccion— ante la provocaci—n de Papen. Hac’a tres d’as que hab’a mandado prender al Dr. Edgar Jung, un destacado y joven escritor cat—lico que proporcionaba ideas a Papen. - Parece que la Gestapo ha logrado descubrir, de alguna forma, que fue Jung quien redact— el discurso del jefe -dijo Bolchow-. Todos los intentos de Papen para liberar a Jung han fracasado. As’ pues, ha insertado tambiŽn en el programa de debate de la pr—xima sesi—n del gabinete, la detenci—n de Jung. Casi no puedo aguantar m‡s la espera del martes. ÇPero no tuvo necesidad de seguir aguardando la liquidaci—n de cuentas. Pues Bolchow no me hab’a relatado una cosa, y es muy posible que ni siquiera la supiese. Y era que una semana antes Hitler se hab’a trasladado a Neudeck, para informar al anciano presidente del Reich sobre sus conversaciones con Mussolini. Pero no pudo pronunciar ni la palabra Venecia. Antes de que pudiera abrir la boca, von Hindenburg ce–udo y hostil, comenz— a sermonear a su antiguo cabo. Si alguna vez existi— una encarnaci—n de la ira, fue aquel viejo se–or, cuyos blancos cabellos y bigotes, y su p‡lido y cadavŽrico rostro, formaban un contraste espectral con el color negro de su levita.
  • 19. ÇHindenburg puso al espantado Hitler casi el mismo ultim‡tum que Papen y sus barones hab’an preparado para la siguiente sesi—n del gabinete. Y no perdi— nada de su fuerza por el hecho de que estuviera presente el ministro de Defensa del gabinete de Hitler, general von Blomberg, amigo de los nacionalsocialistas. Pues, esta vez, Blomberg no fue el amable cortesano, al que se pod’a manejar tan f‡cilmente, que Hitler hab’a bautizado con el nombre de "Le—n de goma". En esta ocasi—n, Blomberg se revel— decidido y agresivo. - O se desprende usted de Ršhm y hace a su SA razonable, o se retira -manifest— Hindenburg-. No estoy dispuesto a tolerar un partido estatal dentro del Estado, ni un ejŽrcito privado junto a la Reichswehr. ÇAs’ rezaba el ultim‡tum de Hindenburg, ante el que Hitler inmediatamente se inclin—. Y lo hizo de buena gana, por cuanto ya hab’a llegado a un acuerdo con los jefes de la Reichswehr y de la marina de guerra, Blomberg, Fritsch, y Raeder, segœn el cual eliminar’a a Ršhm y a la SA, y har’a de la Reichswehr la œnica fuerza armada. Por ello, los otros copart’cipes del acuerdo, le reconocer’an como sucesor de Hindenburg. En los momentos en que Bolchow y yo pase‡bamos en el Tiergarten entre los cochecitos de ni–o y las ni–eras, Hitler se dedicaba a ultimar los preparativos para el golpe contra Ršhm. ÇYo pasŽ las primeras horas de la ma–ana del 30 de junio en uno de los lagos Havel, remando en mi bote y entren‡ndome para mi proyectado viaje de Berl’n a Par’s. Ten’a intenci—n de remar hasta el Saal, luego transportar por tierra el bote hasta el Main, y de all’ proseguir el viaje, remando. Era una preciosa ma–ana soleada; ni un soplo de viento r’zaba las aguas, y yo estaba satisfecho de comprobar que todav’a me hallaba bastante en forma, a pesar de no haber remado desde hac’a m‡s de un a–o. Pero cada vez que descansaba, me atormentaba una punzante preocupaci—n, que no ten’a nada que ver con mi bote ni con mi manera de remar. Ç"Ya me he metido en un buen l’o con mi art’culo "La dictadura de Hitler en peligro", me dec’a a m’ mismo. "ÀQuŽ pasar‡, ahora, si no pasa nada?" Pero cuando abandonŽ la casa de botes y regresŽ a la oficina, se disiparon mis cuitas. Algo "hab’a" pasado. ÇEn la plaza de Skagerrak, mi taxi se vio detenido por una barrera de polic’as. Y no era precisamente la acostumbrada "Schupo" (Schutzpolizei) de uniformes azules lo que ve’a ante m’, sino la verde "polic’a de campa–a" de Gšring, con cascos de acero, fusiles y pistolas ametralladoras. - Esperemos que no haya alborotos -exclam— el conductor, volviŽndose nerviosamente de un lado a otro. - ÀC—mo? ÀAlborotos en el pac’fico Berl’n de Hitler? -preguntŽ. ÇCon ello quer’a provocarle a continuar la conversaci—n, pero no tuve Žxito. Por lo visto, no consideraba que el Berl’n de Hitler fuera, en modo alguno, pac’fico. Y en verdad que aquellos d’as no lo era en absoluto. ÇConstatŽ que la verde polic’a de campa–a hab’a cercado el cuartel general de Ršhm en Berl’n que estaba instalado en una antigua villa de millonarios en una esquina de la calle del Tiergarten. Los miembros de la SA, tanto simples hombres-SA como altos cargos que all’ encontraron, fueron detenidos y llevados a otra parte. En aquel instante, cargaban camiones con material aprehendido, actas, armas, municiones. La gente de la calle contaba que en el tejado del edificio hab’an encontrado lanzaminas, colocados en direcci—n al cercano ministerio de la Reichswehr. Y algunos aseguraban que la polic’a hab’a atrapado en Hamburgo todo un cargamento de armas y municiones antes de que pudiera llegar a manos de la gente de Ršhm. ÇPaulatinamente se fueron filtrando las noticias de los sucesos, hasta que, a œltima hora de la tarde, se hizo pœblico un detallado comunicado oficial. Este dec’a que Ernst Ršhm, con otros
  • 20. jefes de la SA, hab’a planeado un levantamiento para derrocar el poder. Hitler y Gšring hab’an descubierto la conjura a tiempo, deshaciŽndola. Ršhm y los otros dirigentes de la rebeli—n hab’an sido ejecutados. Entre los nombres de los muertos se contaba tambiŽn el del general Kurt von Schleicher, cuya pretendida conjuraci—n con Ršhm hab’a sido el motivo inicial de mi viaje a Berl’n. Una secci—n de la SS de Himmler hab’a irrumpido en la casa del general, situada en un arrabal de Berl’n, y le hab’an dado muerte a tiros, as’ como a su esposa, en su propio sal—n. ÇÀC—mo recibi— el pœblico alem‡n la noticia de este asesinato? Reaccion— con sa–uda satisfacci—n. Nadie amaba a Ršhm ni a los advenedizos que le rodeaban: camareros, conserjes de hotel, aprendices de planchista, los cuales frente al pueblo, se comportaban con m‡s altivez que un oficial de la guardia en tiempos del imperio. El hombre de la calle tem’a y odiaba a esa gente y a sus elegantes coches œltimo modelo, en los que pasaban a toda velocidad, sin miramiento alguno. En voz baja circulaban historias sobre su libertinaje, sus desenfrenadas fiestas y banquetes, su corrupci—n. Hitler, que se lanzaba en contra de esa gente como un ‡ngel vengador, se convert’a as’ en el hŽroe del burguŽs medio. E incluso m‡s tarde, cuando se conocieron repugnantes pormenores sobre ciegos e indistintos asesinatos de muchos inocentes que hab’an muerto v’ctimas de enemistades y venganzas personales, la adhesi—n con que las masas premiaban la acci—n de Hitler no se vio conturbada. ÇEn el extranjero se conceptuaba a Hitler como, un g‡ngster que aplastaba a otros g‡ngsters, sus rivales. En Alemania, era un nuevo Sigfrido que mataba al temido y odiado drag—n. ÇEl presidente del Reich, von Hindenburg, envi— a Hitler un efusivo telegrama de felicitaci—n. La Reichswehr estaba fuera de s’ de gozo. Y a pesar de que el cuerpo de oficiales protest— por la muerte de Schleicher y del general von Bredow, primer ayudante de aquŽl, los ‡nimos se apaciguaron de buena gana, cuando Hitler, en una reuni—n limitada de un estrecho c’rculo, se disculp—, calificando el fusilamiento de aquellos oficiales como un error lamentable. Pues, finalmente, el FŸhrer hab’a conseguido su acuerdo con los generales. A su m‡s antiguo amigo y aliado Ernst Ršhm œnico jefe nacionalsocialista con el que se tuteaba, lo hab’a liquidado, y hab’a eliminado a la SA por ser rival de la Reichswehr. Ahora los generales, por su parte, estaban dispuestos a aceptar a Hitler como sucesor de Hindenburg, y pasar a cuchillo a Papen y a sus amigos mon‡rquicos. ÇPapen pudo notarlo enseguida. En la misma ma–ana del 30 de junio, fue puesto bajo "arresto domiciliario", y una tropa de hombres SS irrumpi— en su oficina, dando muerte a von Bose, el inmediato superior de Bolchow. Tschirschky, el ayudante de Papen, fue recluido en un campo de concentraci—n. Edgar Jung fue asesinado. Y cuando, por fin, se lleg— a la sesi—n del gabinete del martes, el tan valiente se–or Papen, que de nuevo gozaba de completa libertad, hab’a perdido todo su aplomo y no expres— la menor palabra de protesta contra el asesinato de sus m‡s pr—ximos colaboradores. ÇPara m’, la noticia del fin de Ršhm signific— un doble golpe. Por un lado sent’a afecto por el gracioso y expansivo peque–o agitador, a pesar de los actos de violencia por Žl autorizados, y a pesar de su disipada vida privada. Por otro lado, yo mismo me hab’a salvado por un pelo de correr una suerte semejante. Me hab’a propuesto visitar a Ršhm y preguntarle sobre la situaci—n y sus opiniones. Afortunadamente, hab’a estado tan ocupado, que no llamŽ a Munich hasta aquella misma ma–ana, cuando ya era demasiado tarde. Si lo hubiera hecho enseguida, despuŽs de mi llegada, seguramente me hubiera pedido que fuera a Baviera a visitarle. En este caso, es muy posible que hubiese perecido con los dem‡s. Ya que con toda probabilidad hubiera encajado muy bien en la idea de Hitler hacerme servir de ÒtestimonioÓ de una confabulaci—n, de Ršhm con una potencia extranjera, y fusilarme inadvertidamente".
  • 21. ÇMe acordŽ entonces de lo que me dijo el hombre que se puso al aparato en la oficina de Ršhm en Munich: "El jefe de Estado Mayor no se halla en este momento en su despacho. Tampoco se espera que hoy vuelva." Era el non plus ultra de la discreci—n. ÇEn aquel œltimo d’a de junio, y durante la primera semana de julio, se produjeron en toda Alemania fusilamientos y asesinatos, pues, apelando a la "necesidad nacional", el asesinato estaba temporalmente permitido. ÇEn Berl’n, Gšring mand— fusilar jefes de la SA en el patio del cuartel de la escuela de cadetes Lichterfelde, en la que Žl mismo hab’a sido tambiŽn cadete. Agentes de la Gestapo se presentaron en el despacho del doctor Klausener, director de "Acci—n cat—lica", y le dieron muerte a tiros. Igual fin hall— Gregor Strasser, a manos de los asesinos de la SS, los cuales, de este modo, tomaron una venganza tard’a por la intriga que aquŽl hab’a urdido, dos a–os antes, en uni—n de Schleicher. El pr’ncipe Augusto Guillermo, el hijo nacionalsocialista del antiguo K‡iser, fue puesto en prisi—n preventiva en su propio castillo. ÇEn Alemania, la gente hu’a por doquier. Entre ellos, Walter Bolchow. Todos mis esfuerzos para ponerme en contacto con Žl hab’an fallado, y empezaba a temer que hubiera corrido la misma suerte que los dem‡s miembros de la oficina de Papen. Sin embargo, el 2 de julio me llam—, de improviso, por telŽfono. [...] Bolchow logr— llegar sano y salvo a Austria. (Cuando le encontrŽ, cuatro a–os m‡s tarde en Viena, era miembro del partido nacionalsocialista y trabajaba en la oficina de propaganda de Papen. Este, en sus memorias, lo califica de esp’a de la Gestapo. Esto no es m‡s que una sospecha. Yo, sin embargo, estoy tan seguro como humanamente es posible, de que Bolchow, en junio y julio de 1934, no era ningœn agente de Himmler.). ÇTambiŽn yo me vi en una situaci—n cr’tica. D’a tras d’a, Hitler y el ministerio de Propaganda promet’an publicar una lista de las personas que hab’an perdido la vida durante la Òlimpieza". Pero la lista no aparec’a. En consecuencia, el 6 de julio decid’ ahorrarle dicho trabajo a Hitler. En una informaci—n, que fue insertada en la portada de mi peri—dico, anunciŽ: "Dado que el canciller del Reich, Hitler, no quiere publicar su lista... he hecho lo que he podido para componer una lista provisional de los muertos. Cuarenta y seis personas fueron liquidadas, como ya se dio a conocer oficialmente. Por lo que he o’do, la autŽntica cifra se eleva actualmente a ciento ocho." Y a continuaci—n ven’a relacionada la lista. ÇEsto fue el final de mi cordial amistad con Hitler. Dos d’as despuŽs de la publicaci—n de la "lista de muertos de DelmerÓ, apareci— un joven alto y rubio, vestido de tweed gris, en mi despacho. - ÀEl se–or Denis Sefton Delmer? -pregunt— en tono inquisitivo. - Yo soy -contestŽ-. ÀEn quŽ puedo servirle? - ÁPolic’a secreta del Estado! Comisario Butzburg (As’, m‡s o menos, o’ el nombre. No sŽ si lo entend’ bien.) -dijo, present‡ndose, el joven; dio un taconazo, se inclin— y al propio tiempo extrajo del bolsillo del pantal—n una chapa de metal que colgaba de una cadena de plata-. Vengo a transmitirle la orden de que abandone el territorio del Reich en el plazo de cuarenta y ocho horas, ya que sus actividades ponen en peligro las amistosas relaciones entre el Reich alem‡n y el Reino Unido. Por favor, tenga usted la amabilidad de firmar este acuse de recibo. ÇEra la primera vez que se me expulsaba de un pa’s. Desde entonces, he sido expulsado de tantos Estados por haber informado la verdad, que ya no me he tomado la molestia de dar a conocer cada caso en mi peri—dico; menos aœn he llevado diario de ello. Pero la primera expulsi—n, en mi carrera de reportero, me enoj— considerablemente. (16) [...] ÇÀY mi bote? ÀY mi proyecto de remar desde Berl’n a Par’s? Part’, en efecto, del lago Havel, despuŽs de haber informado fielmente sobre el fallecimiento de Hindenburg, y de c—mo
  • 22. Hitler, de esta manera, se convert’a en cabeza suprema del Estado, a–adiendo a sus cargos ya existentes, los plenos poderes del difunto. Pero no lleguŽ m‡s que a la aldea de Schšnebeck, en el Elba. All’, mi bote choc— con un obst‡culo bajo el agua, y se hundi—. ÇNadando, lo empujŽ hasta una peque–a instalaci—n de ba–os, en donde me prometieron que mandar’an repararlo. No sŽ si lo hicieron, pues no volv’ para recogerlo. Y en la actualidad, Schšnebeck se encuentra tras el tel—n de acero. ÇEntre los objetos que perd’ en este naufragio, se hallaba un ejemplar de la rara primera edici—n, sin reducir ni censurar, de las memorias de Ršhm que Žste me hab’a regalado. "Historia de un traidor" rezaba el t’tulo del libro. En la p‡gina del pr—logo, Ršhm hab’a escrito la siguiente dedicatoria: "A Sefton Delmer, con la esperanza de que relatar‡ comprensivamente nuestro movimiento". ÇCreo haberlo hecho.È Aqu’ terminamos con los recuerdos vividos por el reportero, los que nos ha relatado una vez transcurridos alrededor de treinta a–os desde que sucedieron los hechos. Otra persona que fue testigo de los acontecimientos tambiŽn nos ha dejado su experiencia. Se llama Rudolf Jordan. Fue, como le acusar’a Gšring tras los sucesos del 30 de junio, un antiguo amigo de Gregor Strasser, a quien ya se ha citado y se volver‡ a citar. Segœn la autobiograf’a, Rudolf Jordan naci— en el a–o 1902. Como joven profesor de Universidad popular ingresa en el NSDAP en 1925. Con 28 a–os de edad, como activo militante del partido en la oposici—n nacionalsocialista a la Repœblica de Weimar. En 1929 se le aparta del servicio por propaganda nacionalsocialista y ocupa un puesto de diputado en el legislativo parlamentario como representante provincial del NSDAP en las provincias de Hessen-Nassau y Sachsen. A partir de 1931 es "gauleiter en el "Gau" de Halle-Merseburg. En el oto–o de 1933 se convierte en miembro del Reichstag (Parlamento) alem‡n. En el mismo a–o es nombrado Consejero de Estado de Prusia. En 1934 es, a t’tulo honor’fico, "GruppenfŸhrer" de la SA. Sirve en otros varios cargos m‡s tarde y durante la guerra. Al finalizar la II Guerra Mundial, Jordan cae prisionero de los ingleses, cuyo Servicio Secreto intenta sin Žxito incriminarle. Se le entrega a los americanos, cuyo CIC tampoco encuentra base para una acusaci—n a pesar de los numerosos interrogatorios. Entonces se le pone en manos del EjŽrcito rojo (URSS) del cual, naturalmente, se espera una r‡pida condena a muerte. Durante a–os y continuos interrogatorios, se busca un fundamento acusatorio. Finalmente, el 10 de diciembre de 1950 se dicta una sentencia -sin juicio- por lejano Tribunal central del OSSO. Fallo: 25 a–os de privaci—n de libertad. Tras numerosas etapas a travŽs de toda Siberia, se le encuentra lugar bien seguro de encierro en la poblaci—n de Wadimir, 170 Kms. al norte de Moscœ. Se le libera el 13-10-1955 en raz—n de las negociaciones de Adenauer en Moscœ sobre la repatriaci—n de unos 7.000 prisioneros alemanes. Su opœsculo de memorias sobre los sucesos que tratamos se titula "Der 30. Juni 1934 - Die sogenannte "Ršhm-Revolte" und ihre Folgen" publicado por Faksimile-Verlag Wieland Soyka, Bremen 1984. Comienza el primer cap’tulo en la p‡g. 5 con el encabezamiento de "Entre Revoluci—n y Evoluci—n" y Jordan se explica as’: ÇM‡s que en otra cualquier importante fecha del calendario nacionalsocialista, es en los acontecimientos del decisivo d’a del 30 de junio de 1934, donde se pone de manifiesto con mayor claridad el definitivo cambio de direcci—n que va a experimentar la revoluci—n nacionalsocialista en su decadente desarrollo posterior. ÇTambiŽn cuando los antiguos nacionalsocialistas contemplan con mirada cr’tica retrospectiva ese negro d’a, cobra siempre con mayor fuerza un sentido de punto de inflexi—n desastroso en el decurso del acontecer revolucionario.
  • 23. ÇCualquier investigador contempor‡neo que quiera analizar el problema de Hitler y su tiempo, no podr‡ pasar por alto los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de este suceso que fue mucho m‡s que un acontecimiento de pol’tica interna. ÇLos antecedentes del sangriento drama del 30 de junio de 1934 se remontan mucho m‡s all‡ de la Žpoca anterior a la accesi—n al poder de Hitler. Toman cuerpo por primera vez con ocasi—n del d’a en que Hitler hizo regresar de Bolivia, a donde hab’a ido tras el fracasado putsch de 1923 y donde ocupaba el cargo de instructor militar, al capit‡n de Estado Mayor Ernst Ršhm para encomendarle como jefe de Estado Mayor la jefatura de la SA. Esta llamada tuvo lugar despuŽs del gran triunfo electoral del NSDAP de septiembre de 1930. ÇYa en 1923, como en 1925, la SA se hab’a dado a conocer como organizaci—n militante del Partido bajo la influencia de antiguos oficiales, algo que segœn la voluntad de Hitler no deb’a ocurrir. Aunque en esos a–os ya se hab’a transformado en el "brazo fuerte" del movimiento nacionalsocialista, con un organigrama castrense y una disciplina militar, bajo la jefatura de su nuevo jefe de E.M. Ršhm -un sobresaliente organizador militar- experiment— un considerable auge convirtiŽndose en un factor de poder interno cada vez m‡s insistente. Aunque la SA no representaba en s’ una organizaci—n armada de lucha, su crecimiento imbuido en el esp’ritu de un ejŽrcito pol’tico -anclado en el ideal de la milicia - pero en absoluta oposici—n al Estado existente, deb’a conducir con el tiempo inexorablemente a una rivalidad con la Reichswehr (Fuerzas Armadas). Y ello con mayor raz—n cuanto que ya en el a–o 1931 ocupaba el puesto de jefe del Departamento ministerial de la Reichswehr el general von Schleicher. ÇTanto Ršhm como von Schleicher ten’an un marcado car‡cter de personalidad voluntariosa y obstinada. ÇSchleicher era un experto tanto en intrigas pol’ticas como militares y adem‡s un decidido enemigo de Hitler y de su joven y exitoso movimiento. Su meta interna y subrepticia era -y ello, por de pronto, con el asentimiento de Hindenburg- el rechazar el advenimiento del poder pol’tico de Hitler. Apreciaba como el camino m‡s exitoso para alcanzar este fin el de aplicar la divisa de divide et impera abriendo una escisi—n entre el poder ideol—gico y el poder organizativo del NSDAP. Bajo esta perspectiva mantuvo con Par’s y Londres una correspondencia altamente secreta. ÇEn sus informes, enviados tanto a Daladier como al Foreign Office, describ’a la situaci—n de la pol’tica interior de Alemania haciendo Žnfasis en la amenaza peligrosa de Hitler. ÇEn sus despachos propon’a enfrentarse a esta inminente amenaza por medio de la "absorci—n" del ejŽrcito privado de Hitler. Este plan encontraba un favorable eco en su amigo Fran•ois Poncet y un apoyo interno en Žl puesto que encajaba en su concepci—n pol’tica. A la vista del hecho de que el propio jefe alem‡n del Departamento Ministerial de la Reichswehr hab’a asumido la figura de un portavoz contra el inc—modo poder ascendiente de Hitler, Londres y Par’s dieron su aprobaci—n a un refuerzo numŽrico de la Reichswehr de acuerdo con las sugerencias de Schleicher. ÇLa problem‡tica de aquellos d’as se agudizaba aœn m‡s puesto que Ršhm sabiendo de su poder en la pol’tica interna, segu’a unos parecidos planes, pero contrarios a los de la Reichswehr, es decir, pretend’a hacer de la SA la cŽlula de una nueva instituci—n de poder militar. Ršhm se serv’a para conseguir su proyecto de la propia persona de Hitler, cuando en el oto–o de 1931 consigui— anudar una reuni—n entre Hitler y Schleicher. ÇEntretanto Hitler se hab’a convertido en el a–o 1932 en el factor pol’tico m‡s poderoso de Alemania, con un electorado de 13,7 millones, con un partido de m‡s de un mill—n de miembros y una SA compuesta por 400.000 hombres. Con 230 diputados el NSDAP y 89 el KPD (Partido Comunista) en el Reichstag, ambos dispon’an, en su calidad de partidos de la
  • 24. oposici—n, de m‡s del 50% de todos los mandatos parlamentarios en el Parlamento central del Reich. ÇHoy se da por probado que tanto Daladier como el Foreign Office, a la vista de la situaci—n de Schleicher, presionaban en aquellos d’as para que la Reichswehr se transformara en un gran ejŽrcito miliciano y as’, con esa tipo de organizaci—n, vencer a Hitler en una guerra civil. ÇPor esas mismas fechas se celebra un encuentro entre Schleicher y von Papen cuyo contenido no ha podido todav’a ser aclarado, y en el mismo d’a, el 13 de agosto de 1932, se celebra la hist—rica reuni—n de Hindenburg con Adolf Hitler en la que Hindenburg le ofrece el puesto de vicecanciller, que es rechazado por Hitler. Hitler justific— pœblicamente su rechazo por el hecho de que -como jefe del partido mayoritario- ten’a derecho a ser el jefe de la locomotora en el tren alem‡n y no solamente el fogonero, como socarronamente se le hab’a ofrecido. ÇEl 19 de noviembre tuvo lugar la segunda entrevista entre Hindenburg y Hitler que se continu—, tambiŽn sin resultados, el 21. ÇIncluso no se puede desligar de los intrigantes planes de Schleicher el brusco cese -o bien, expulsi—n- de Gregor Strasser como personaje m‡s influyente en el NSDAP despuŽs de Hitler. ÇSchleicher se hab’a acercado furtivamente tanto al Ministro del Interior del Reich, Dr. Frick, como a Gregor Strasser. El general sugiri— en aquellos d’as a Strasser que ingresara en el gabinete ministerial como vicecanciller. A la vista de que Hitler hab’a rehusado ocupar tal cargo y de que la situaci—n pol’tica se agudizaba cada vez m‡s, Strasser estaba a punto de aceptar la oferta. Tras la renuncia formal, Hitler le desposey— de todos sus cargos pol’ticos y as’ qued— apartado. ÇJunto con su oferta a Strasser, von Schle’cher se hab’a manifestado dispuesto a abonar las deudas del NSDAP y del ÒVšlkischer Beobachter", —rgano central del NSDAP, a cargo de la caja de la Re’chswehr. Pero esta œltima oferta cay— en saco roto. Tras su discurso sobre econom’a que Hitler hab’a sostenido ante los industriales en DŸsseldorf, hab’a conseguido obtener el asenso de tales industriales y con ello su ayuda para superar las dificultades financieras en que se hallaba el partido. DespuŽs de que Schleicher consiguiera llevar a cabo el reforzamiento de la Reichswehr con el consentimiento de Londres y Par’s agitando el argumento del peligro que representaba Hitler, ayud— a arrojar a von Papen de la canciller’a especulando que si Hitler no quer’a sustituirle en el cargo se estar’a obligado a confiarlo a un general acaparando todo el poder ejecutivo. Con ello, se habr’a llegado al momento crucial de la proyectada dictadura militar bajo Schleicher como canciller. Una soluci—n parlamentaria sin Hitler, o contra Žl, no era realista. En consecuencia, s—lo cab’a otra œnica alternativa transitoria, que era la de un gabinete de Schleicher como fase previa a la dictadura militar en preparaci—n y que era considerada como imprescindible. ÇSin embargo, Schleicher s—lo ocup— la canciller’a del 3-12-1932 hasta el 28-1-1933. El proyecto de dictadura militar ya no pod’a ser puesto en pr‡ctica. El poder de Hitler era demasiado grande y su aplazado nombramiento como canciller del Reich ya no pod’a ser evitado segœn las leyes democr‡ticas. ÇCuando el general -totalmente fracasado- se despidi— formalmente el 28 de enero de 1933 de su corto interregno como canciller, le mov’an ya futuros planes sobre los que se manifest— as’ en su alocuci—n: "Si Hitler instaura la dictadura, la Reichswehr ser‡ la dictadura en la dictadura." El hecho de que tanto von Schle’cher como el jefe superior del EjŽrcito, von Hammerstein Equord, intentaran ya el 29-1-1933 ocupar los puestos claves de las Fuerzas Armadas en el nuevo gabinete de Hitler, demuestra hasta que punto estaba
  • 25. Schleicher dispuesto a realizar sus planes incluso bajo un canciller llamado Hitler. Para su desgracia, sin Žxito. ÇSu capacidad pol’tica no alcanzaba a comprender que un gabinete Hitler era una cosa muy distinta a un consejo de ministros normal y corriente. ÇA pesar de su derrota pol’tica, von Schleicher no abandon— sus intrigas pol’ticas ni siquiera despuŽs del 30 de enero de 1933. Y ahora encuentra inesperadamente -y esto pertenece quiz‡, visto superficialmente, a una de las paradojas no tan extra–as en la vida pol’tica- a un aliado en Ršhm el jefe de E.M. de la SA, cuerpo Žste que dentro de la novedosa situaci—n en que se encontraba, viv’a en un momento de transici—n entre el pensamiento y la acci—n revolucionarias y la actitud evolucionista. ÇComo organizaci—n de lucha del Partido, la SA ten’a el deber, no solamente de luchar por algo, sino tambiŽn de luchar contra algo. Las palabras de Hitler "el terror s—lo se puede, extirpar con el contraterrorÓ le hab’an concedido una sanci—n pol’tica para acreditarse en la lucha contra el enemigo. [ ... ] ÇDesde su creaci—n, la SA se hab’a impuesto como norma principal el combatir a nuestros enemigos de la pol’tica interior. El lema blandido por los antifascistas: "Golpea a los fascistas all’ donde los encuentres" fue el primer desaf’o masivo para una defensa activa ante esa provocadora llamada a la lucha. ÇEl lema de Hitler sobre el "antiterror" hab’a activado a la SA, la hab’a reforzado y hecho m‡s combatiente. Sin la SA, Hitler no hubiera alcanzado el poder. La confesi—n de fe de Hitler expresada en la hist—rica alocuci—n al partido en NŸrnberg fue: "Lo que sois, lo sois por m’ -y lo que yo soy, lo soy por vosotros"-. ÇCuando Hitler llega a la canciller’a, la lucha de la SA en la pol’tica interior debe someterse a la misi—n prioritaria de la edificaci—n del nuevo Estado y por tanto, de alguna manera, hab’a perdido su honda raz—n de existir. DespuŽs del 1933, los trabajadores ex-marxistas hab’an moderado su antagonismo e incluso, a la vista de los Žxitos nacionaIsocialistas, se hab’an callado y otros muchos marchaban enardecidos tras las banderas de la revoluci—n nacionalsocialista. Para la SA, como organizaci—n militante, ya s—lo quedaban muy pocas, o incluso ninguna, misi—n a cumplir. ÇY precisamente cuando la SA llegaba a los 3 millones de hombres, se iba haciendo m‡s patente su inutilidad hasta convertirse en un sentimiento de vac’o. Segœn las disposiciones del dictado de Versalles la Reichswehr s—lo alcanzaba poco m‡s de los 100.000 hombres. Esto hac’a que los negros nubarrones que se cern’an se fueran transformando en tormenta. ÇY justo ahora -primavera de 1933 - Hitler nos llam— a los "gauleiters" a una reuni—n en la Canciller’a del Reich para debatir, con sus huestes revolucionarias, el tema de la revoluci—n. El sentido de su alocuci—n fue el de que tras la revoluci—n consumada, deb’a sucederse inmediatamente una evoluci—n. Advirti— que una locomotora revolucionaria lanzada a toda marcha y que a la m‡xima velocidad, sin freno, se aventure por un desfiladero, acabar’a despe–ada". Inequ’vocamente remarcaba adem‡s que una vez llevada a tŽrmino la revoluci—n Žsta se hab’a concluido y que a partir de ese momento deb’a producirse una evoluci—n normal. El cumplimiento de este proceso hist—rico deb’a ser nuestro destino hist—rico. ÇA los "gauleiters" no nos convenci— Hitler con facilidad - y era muy dif’cil hacerlo dada la situaci—n del Partido y del Estado pero nos convencimos de que en nuestro trabajo diario dentro del partido deb’amos someternos disciplinadamente a esta doctrina adquirida con tantas reticencias, e incluso est‡bamos obligados a ello en interŽs de una tranquila reconstrucci—n de la vida partidista y la de la Naci—n. El problema de la evoluci—n que se
  • 26. exig’a incid’a de manera negativa en la raz—n de ser de una SA que quedaba desprovista de misiones a cumplir. ÇA la vista de una Reichswehr que aparec’a cada vez m‡s fuerte y prepotente, se hac’a cada vez m‡s evidente la rivalidad entre la SA y la Reichswehr, entre el colectivo de los pardos y el de los grises. El sue–o de muchos altos mandos de la SA, que en gran parte eran antiguos oficiales, era el de servir colectivamente como de cŽlula germinal para crear unas nuevas fuerzas armadas nacionalsocialistas, cosa que evidentemente no pod’a convertirse en realidad. Blomberg, el nuevo Ministro de Defensa, se opon’a tajantemente a una admisi—n colectiva en la Reichswehr de mandos de la SA y ello a pesar de las numerosas presiones ejercidas por Ršhm y tambiŽn por Gšring. Seguramente Hitler sinti— profundamente en su interior esta problem‡tica de su SA a la que deb’a, en no peque–a proporci—n, su poder pol’tico, cuando en diciembre de 1933 nombr— a Ršhm ministro sin cartera del Reich. Pero se puede suponer que en esta designaci—n de Ršhm como ministro, este motivo sentimental no fue el œnico que le movi— a ello. TambiŽn debi— haber influido el deseo de Hitler de hacer a Ršhm part’cipe de un mayor compromiso y responsabilidad hacia el Estado. ÇCuando Hindenburg le nombra Canciller, Hitler le hab’a dado su palabra de que mantendr’a intacta la Reichswehr frente a todos los intentos de efectuar una transformaci—n pol’tica partidista en la misma. Se sent’a, pues, obligado por su promesa. A ello se un’a el que la Reichswehr no estaba bajo la competencia del canciller sino directamente subordinada al Presidente del Reich. Se vislumbraba ya el desarrollo de un principio de enemistad entre la SA y la Reichswehr, entre la SA y la SS y entre la SA y los dirigentes pol’ticos. ÇRšhm no hac’a caso de la situaci—n. Una proclama suya emitida ya en el verano de 1933 contradec’a la decisi—n de Hitler de no prolongar la permanencia de la Revoluci—n nacionalsocialista. Muchas frases de esta proclama se pod’an entender como una respuesta rebelde a la inequ’voca voluntad que hab’a enunciado Hitler. ÇM‡s papista que el Papa, Ršhm proclamaba -aparte de posicionamientos particulares dentro de la SA- cosas como: Ç"Hemos alcanzado una gigantesca victoria, no solamente una sencilla victoria. La evoluci—n de los acontecimientos desde el 30 de enero al 31 de marzo de 1913 no responde al sentido y contenido de la revoluci—n nacionalsocialista. Ç"Que se vaya a su casa aquel que s—lo quiera ser compa–ero en los desfiles de llameantes antorchas y grandiosas paradas entre el golpear de tambores y los amenazadores toques de timbal entre retumbante fanfarria bajo ondeantes estandartes y banderas, aquel que habiendo participado en todo esto cree que ya ha ayudado a hacer la revoluci—n alemana; est‡ confundiendo el "alzamiento nacional" con la Revoluci—n alemana. ÇPor esta raz—n debemos decir fr’a y serenamente lo que sigue a aquellos "camaradas del Partido o similares" que diligente y prestamente se han apoltronado en los sillones de la nueva Alemania, y a aquellos que ya de antes permanecen est‡ticos en sus puestos creyendo que todo est‡ en el mejor orden y que ya hay que licenciar de una vez a la Revoluci—n: Falta todav’a mucho para alcanzar esta meta y mientras la verdadera Alemania nacionalsocialista siga aguardando culminarla no cejar‡ la encarnizada y apasionada lucha de la SA y la SS. Por esta raz—n, la SA y la SS no consienten que se adormezca la revoluci—n alemana o que sea traicionada por los no combatientes en medio de su caminar. No por voluntad propia, sino por la voluntad de Alemania. Ya que el ejŽrcito pardo es el œltimo recurso de la Naci—n, el œltimo basti—n contra el comunismo. Si algunos colegas aburguesados opinan que es suficiente haberle conferido otra apariencia al aparato del Estado, o que la Revoluci—n nacional ya dura demasiado, podr’amos decir que excepcionalmente estamos de acuerdo en
  • 27. lo œltimo; de hecho es ya el momento de que deba finalizar la revoluci—n nacional y se transforme en Revoluci—n nacionalsocialista. Les guste o no les guste, seguiremos nuestro combate. Cuando por fin puedan entender de quŽ va el asunto iremos junto a ellos, si no quieren, sin ellos, y si fuese necesario, contra ellos". ÇYa entonces, en los c’rculos dirigentes de la SA circulaba de boca en boca el lema de la "segunda revoluci—n". Esto estaba en contradicci—n con las palabras de Hitler, que el 6 de julio de 1933 nos hab’a dicho: "La revoluci—n no es una situaci—n permanente, no debe llegar a ser un sistema de duraci—n indefinida, si no que debe propiciar que el torrente liberado por la revoluci—n pase al seguro lecho de la evoluci—n. Para este fin la educaci—n de la gente es lo principal... El ideario del programa nos obliga a no comportarnos como alocados para derribarlo todo, sino llevar a tŽrmino con Žxito, sabia y prudentemente, nuestra doctrina". ÇEl fin de la revoluci—n, anunciado por Hitler, se confirm— en un acto oficial cuando el Dr. Frick, como Ministro del Interior del Reich, proclam— en su circular el 11 de julio de 1933: EI Sr. Canciller del Reich ha confirmado claramente que se ha concluido la revoluci—n alemana". ÇEn el ‡mbito del Partido, Rudolf Hess, como lugarteniente del FŸhrer, manten’a con claridad el mismo punto de vista cuando escrib’a: "La revoluci—n judeo-liberal francesa se aneg— con la sangre de la guillotina... la revoluci—n judeo-bolchevique (rusa) resuena bajo los millones de alaridos que surgen de las c‡maras sangrientas de las chekas. Ninguna revoluci—n ha hecho su camino tan disciplinadamente como la nacionalsocialista. Nada fastidia m‡s a nuestros adversarios que este hecho". ÇA pesar de todo, Ršhm manten’a una actitud que no coincid’a con la de Hitler. ÇYa el 18 de abril de 1934 ante el cuerpo diplom‡tico y la prensa extranjera, repet’a Ršhm en Berl’n su alegato en favor de la continuidad de la revoluci—n con las siguientes palabras: "ÁNosotros no hemos efectuado una revoluci—n nacional, sino una revoluci—n nacionalsocialista, en la que pretendemos poner Žnfasis en la palabra "socialista"! All’ donde entretanto esas fuerzas puramente nacionales hayan aprendido a introducir en su ideario nacional el sentido socialista y lo apliquen en la pr‡ctica, all’ pueden seguir marchando a nuestro lado. Pero se equivocan tremendamente all’ donde crean que por raz—n de nuestra amistad hacia ellos vamos a ceder ni un ‡pice en nuestra componente socialista. Reacci—n y revoluci—n son enemigos mortales por naturaleza. No existen puentes que conduzcan a uno u otro lado, porque uno excluye al otro. El nuevo rŽgimen alem‡n, con impensada suavidad, al ocupar el poder no ha expulsado con determinaci—n a los mandatarios y sostenedores del viejo y del viej’simo sistema. (17) Hoy se sientan en poltronas de funcionarios, gentes que ni siquiera tienen la m‡s m’nima idea sobre la revoluci—n nacionalsocialista. No les recriminamos que sostengan una convicci—n que con el transcurso del tiempo ha quedado desfasada, aunque no consideramos acertado que en lugar de aplic‡rseles la exclusi—n, se les aplique la igualaci—n. Pero seguro que les romperemos despiadadamente la cerviz en caso de que quieran poner en pr‡ctica sus opiniones reaccionar’as". ÇEstas palabras eran meridianamente claras y produjeron una siempre seria y creciente preocupaci—n. Poco despuŽs de abandonar Alemania la Sociedad de Naciones (septiembre 1933) el general Beck, jefe del E.M. del EjŽrcito, ante la posibilidad de una reacci—n dura de car‡cter militar por parte de Francia, dio a la SA el encargo de alistar a todos los hombres aptos para empu–ar las armas de la zona izquierda del Rhin y en caso de un avance francŽs transportarlas hac’a el Este, a la orilla occidental del Rhin, -todo ello en coordinaci—n con la inspecci—n de la Polic’a Territorial prusiana del Oeste- para crear unas cabezas de puente en