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Hace exactamente 90 años que Julio Cortázar nació en Bruselas. Yo lo conocí justo allí cuando él tenía 60, en enero del ’75. Era miembro del Tribunal Russell, que era el único tribunal de los pueblos que se había creado para entonces y ya gozaba de un gran prestigio, sobre todo a raíz de las contundentes denuncias sobre las atrocidades cometidas en Vietnam y por lo que estaba sucediendo en América Latina. Además, se lo identificaba con el nombre de su fundador, el célebre filósofo y matemático británico y Premio Nobel de la paz Bertrand Russell. Pocos días antes yo había llegado a París como exiliado. Allí recibí el apoyo de un grupo de intelectuales y artistas latinoamericanos –entre los cuales recuerdo a Julio Le Parc, Antonio Seguí, Ricardo Carpani, Graciela Martínez, Jorge Perié–, quienes de inmediato me propusieron que presentase mi testimonio ante el Tribunal. Habían formado un comité de solidaridad con la Argentina y antes habían combatido duramente las dictaduras de Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse. Cuando los vi por primera vez se estaban organizado para denunciar la campaña de intimidación y los crímenes de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina que dirigía José López Rega. Yo había sido víctima de un atentado suyo. Cortázar me recibió con afecto, junto con Gabriel García Márquez, logró que el presidente del tribunal, Lelio Basso, incluyera a la Argentina en el temario. Cuando terminé mi relato, Cortázar se levantó de su banca de juez, descendió de la tribuna y desde el micrófono destinado a las preguntas del público dijo, compungido, que hacía suyo el testimonio que acababa de escuchar. Después lanzó una dramática advertencia a la opinión pública internacional, “frente a las tétricas perspectivas que ensombrecían el futuro inmediato de mi patria”. Cortázar era entonces uno de los escritores latinoamericanos más famosos. Nos encandilaba su prosa urbana. Rayuela envolvía la íntima ceremonia de nuestros encuentros amorosos. Su compromiso como hombre, sumado a esa peculiar expresión de eterna juventud que traducía su semblante, lo transformaban en una personalidad sumamente atractiva para la prensa internacional. Por esta razón mi testimonio tuvo un impacto superior al esperado, al extremo de que el jurado pidió su ampliación para el día siguiente. Ello posibilitó un mayor acercamiento a Julio que, junto a las intérpretes del Tribunal, cubrieron mis gastos de alojamiento. Cortázar sentía por Argentina un afecto inmenso, sólo comparable a la nostalgia que le provocaban sus largos años de exilio, voluntario al comienzo, forzado después. Recuerdo la pena con que contaba el frustrado intento de encontrarse con su madre en Brasil y las amenazas que lo obligaron a abandonar ese país pocas horas después de su llegada. Le encantaba hablar con sus compatriotas, pedía que le contaran cómo estaba Banfield, A
