Jesús les dice a sus discípulos que son la sal de la tierra y la luz del mundo, y que deben dejar que su luz brille ante los hombres a través de sus buenas obras para que den gloria a Dios. El texto enfatiza que los discípulos deben purificar y dar sabor a lo que hacen, e iluminar allí donde estén para hacer presente la bondad de Dios.