CUANDO LA LLUVIA NO MOJA
(Novela)
SINOPSIS
Durante el periodo de la Incivil Guerra Española y su posterior desenlace,
este se salda con el feliz producto del cultivo colaboracionista con el régimen
de Franco. Un producto que se traduce en la adjudicación de tierras y ayudas
a fondo perdido para muchas de aquellas personas que fueron leales a la
Falange. Tal es el caso de la familia de la Torre la cual se vio favorecida con
la entrega de unas propiedades en la provincia de Alicante y a donde se
trasladaría para levantar unas fábricas textiles e imponer la ley del protegido.
Así es como nace el todopoderoso señor de la Torre que tras contraer
matrimonio ve como el núcleo familiar crece con la llegada de un vástago
que habría de ser el terror de aquella zona tan castigada por el conflicto
bélico.
Hipólito o el señorito como le llaman normalmente al llegar a la
adolescencia se convierte en un muchacho belicoso, dominante y
avasallador de todo cuanto encuentra a su paso por encontrarse bajo la más
absoluta de las protecciones, la de su padre, por lo que aprovechándose de
esta circunstancia llega a la brutal agresión y violación de una de las jóvenes
del pueblo; hecho este que quedaría impune, y creando un odio cerebral por
parte de la población hacia la familia de la Torre; un pueblo que calla
irremisiblemente por temor a las represalias.
Dada esta condición, su trayectoria estará plagada de desmanes y
tropelías hasta que cierto día engaña a una Actriz de cine la cual se enamora
de él, y que aún a pesar de descubrir su estado de hombre casado abandona
su carrera y se van a vivir juntos.
La relación en calidad de amantes durará veinte años hasta que ella
cansada de infidelidades lo abandona.
A partir de entonces, la locura de Hipólito llega a extremos tan
insospechados que le hace cometer despropósitos de tal calibre, y de los que
tanto: sus víctimas como el tiempo y la Justicia pondrán las cosas en su sitio.
CUANDO LA LLUVIA NO MOJA
(Novela)
La más cruel de las agresiones o
violaciones
no son señal de fuerza
sino de debilidad y desequilibrio mental.
s. m. m.
Santiago Martín Moreno
Registro 1090-2015
Sevilla T/B.L.
PRÓLOGO
Hace algún tiempo, el autor de esta Novela CUANDO LA LLUVIA NO
MOJA, me propuso por amistad que la prologase, cosa que en un principio
no lo tenía muy claro, por no creerme apto para ello; pero conforme la iba
leyendo, me enganché de tal modo que me propuse contar las aventuras y
desventuras de esta apasionante novela, que su autor, ha sabido construir
dotándola de todos los juegos de su rica imaginación.
Podemos comentar que toda esta novela representativa, es un
muestrario de los personajes de la sociedad así como aquellos lugares en
que se produjo; desde el “señorito” lascivo, Hipólito de la Torre, avasallador y
despiadado hasta el extremo de llegar a violar cruelmente a la jovencísima y
bella Matildita; o en sus posteriores y engañosos escarceos amorosos con la
Actriz Marina, amantes durante más de veinte años, pasando por aquellos
personajes en un tiempo cercanos a ella, o con los problemas con Felipe
Menéndez, empleado de la fábrica e hijo de aquel Miliciano que durante la
Guerra Civil fuera traicionado en una emboscada junto con sus compañeros,
los cuales fueron fusilados a la salida del pueblo, y cuyo delator sería don
Daniel, el padre de Hipólito.
Secuestro, violaciones, homicidios y asesinatos, juegan junto a sus
actores: abogados, policías, médicos y demás personajes de los que se
cuentan por docenas, hacen que la narración y sus bien cuidados diálogos,
el encaje para que todo ello y de forma exhaustiva cree una obra plena de
enigmas donde todo confluye en un justo y bien elaborado final de lo más
inesperado e interesante.
Tales son a grandes rasgos los argumentos que aporta esta novela,
que debemos recomendarla al lector.
UNO
Está anocheciendo y hace un poco de frío. No es mucho pero es muy
húmedo. Y esta casa de corte regional y antigua, con esas paredes de piedra,
obligan a que en este tiempo otoñal comiencen a funcionar los hogares, que
aquí son conocidos como chimeneas.
Hoy, definitivamente, he tomado la decisión de abandonarla después
de haber sido amante de su propietario durante ya no me acuerdo cuántos
años. Muchos, sin duda. Mañana vendrá Tomás -el taxista- a recogerme para
llevarme a la estación y dejar este pueblo de una vez para siempre.
Ya ha encendido Rosa la chimenea. Ella es la hija de María Engracia,
la mujer que ha estado conmigo desde el principio de llegar a la casa. Es
viuda. Su marido murió durante la guerra civil. Fue fusilado por las huestes
nacionales, cuando enteradas -algún chivatazo, sin duda- que en el pueblo
existía una facción de la milicia republicana, no pararon hasta conseguir
emboscar a la más de una docena de hombres que la componían, y que a su
vez advertidos esperaban la oscuridad de la noche para escapar a los
montes de la sierra de Mariola, por cuyos escarpados lugares tenían
montados pequeños campamentos, en los que aguardaban el resto de los
camaradas, ya que su bajada al pueblo aquella desgraciada mañana sólo
pretendía dar un abrazo a las familias, ver a los hijos , recoger los víveres
que pudieran y alguna que otra carta para el resto de los que se quedaron
arriba. No llegaron a conseguirlo, por lo que justo a la salida del pueblo
fueron sorprendidos y pasados por las armas de forma inmisericorde allí
mismo. Entre ellos se encontraba también su cuñado Diego, el cual,
afortunadamente, fue dado por muerto, y más tarde gravemente herido y sin
fuerzas, pudo arrastrarse hasta la casa de su cuñada a la cual le daría la
noticia mientras le curaba las heridas tras haberlo escondido en una
buhardilla de la que no saldría hasta que terminó la guerra. Las mujeres de
los caídos, a recomendación de Diego, aún tuvieron que esperar unas horas
antes de salir a encontrarse con aquél montón de cadáveres, ya que la
Guardia Civil destinada en el pueblo, aún a pesar de conocer a las familias, a
éstas las dejaron retirar los cuerpos en el más temeroso y amargo de los
silencios. Hoy, aunque cojeando, es el que nos suministra el carbón y la leña
de encina para la chimenea.
Diego Menéndez, a ratos, contaba que había estado trabajando en una
de las industrias textiles que, con motivo de la reindustrialización de la zona,
se construyeron en la comarca al terminar la guerra. Conocía al señorito
Hipólito; el señorito, como le llamaban todos. Un elemento de mucho cuidado,
taimado, y mandón hasta el extremo de pisotear todo aquello que no
estuviera de acuerdo con sus deseos donde los hubiese, y que le daba sopa
con ondas a todos los jóvenes del pueblo sin que ni siquiera su padre
pensara en preocuparse por conducir aquel comportamiento. El joven,
contaba Diego, traía de cabeza a más de algún que otro padre ante las
quejas de sus hijas a las que el descarado Hipólito no sólo atosigaba sino
que, en ocasiones, les hablaba de forma obscena, llegando hasta el extremo
de propasarse con ellas.
Y eso fue lo que ocurrió cierta tarde en la que encontrándose don
Daniel haciendo la siesta, como era su costumbre, Hipólito se adueñó de
las llaves de su automóvil, un Chrysler plateado que era la admiración de la
gente del pueblo, y en especial de Matildita, una joven de tan sólo dieciséis
años e hija de Álvaro, el propietario del Estanco, al tiempo que el encargado
de la pequeña Estafeta de correos la cual también administraba en una
dependencia de su misma casa. La joven era una chiquilla preciosa; bien
formada, de hermosa melena del color del Bronce y ojos verdes-azulados, en
definitiva, un conjunto que era la delicia de todos cuando ayudando a su
padre se dedicaba por las mañanas al reparto del correo. Por donde quiera
que pasara, con su característica forma de andar en la que daba muestras
de una incipiente y desarrollada feminidad, ya fuera la plaza donde se
encontraba el Casino o el mercado y sus aledaños, los hombres no podían
evitar el seguirla en una disimulada observación pero, en la que a todas
luces, se podía apreciar un inevitable deseo.
Uno de aquellos tantos, aunque más echado hacia delante que el resto,
era Hipólito. Para aquél muchacho de poco más de veinte años, para el
señorito, Matildita era algo así como una asignatura pendiente en lo que se
refería a la constante persecución de las jóvenes, ya que a ella y de forma
enmascarada le daba un trato diferente. Si Matildita iba a misa, él se hacía el
encontradizo porque para ello disfrutaba de los favores de Juana, la sirvienta
que atendía la vivienda de Álvaro, dado que tanto él como su mujer estaban
todo el día entre el Estanco y la Estafeta; por lo que de esta forma se
encontraba al corriente de todo, hasta el extremo de que teniendo
conocimiento de la intención de estudiar idioma ante la noticia de que había
llegado al pueblo un profesor nuevo, y que se había brindado a dar clases
particulares, se dio la circunstancia de que ambos se encontraran, sin
saberlo de antemano, aquella tarde en la puerta de la casa particular del
Maestro. Para Matildita estos encuentros “casuales” nunca los ponía en tela
de juicio ya que para ella no eran más que eso, encuentros propios de la
casualidad.
Cuando Hipólito se metió en el coche y lo puso en marcha, ya tenía
preconcebida una idea: acercarse tantas veces como fuera posible por su
calle hasta que la viera, ya que sobre esa hora el padre abría el Estanco
todas las tardes. ¡Qué suerte! -pensó-. Cuando apenas había dado la vuelta
a la esquina se encontró con la muchacha que salía del establecimiento para
realizar una gestión para su padre: acercarse a la casa del Cosario, el cual
tenía la misión de traerle los encargos llegados en el tren de la mañana.
Hipólito se detuvo al lado del bordillo al contemplar cómo los ojos de la
muchacha brillaban ante la imagen de aquel precioso y extraordinario coche
tan plateado como impoluto. Ante la sorpresa observada en ella, extendió el
brazo y le abrió la portezuela, indicándole a continuación, dando unas
palmaditas sobre el asiento en evidente señal de que la invitaba a subir, y
asegurándole que sólo era un paseo.
Tras unos momentos en los que las dudas la tuvieron un tanto confusa
al final, la muchacha terminó de abrir la puerta y subió. Ya cómodamente
sentada, y entretenida pasando la mano por la tapicería al tiempo que se
extasiaba con su suavidad, no pudo apreciar la maldad que cual sonrisa de
satisfacción diabólica se dibujaba en el rostro de Hipólito, y en el que se veía
a todas luces el cambio repentino de cordero en lobo; un lobo que, aunque
joven, ya se le hacía la boca agua sólo de pensar que la presa al fin había
caído en sus redes, y que muy pronto estaría entre sus fauces sedientas de
aquel cuerpo que tanto ansiaba. Cuando el coche arrancó suavemente con si
de un muy diestro conductor se tratara, y tomando la dirección de la salida
del pueblo hacia el Oeste donde comenzaba una cadena montañosa,
Matildita preguntó un tanto cohibida:
- ¿A dónde vamos, Hipólito? Me dijiste que sólo sería un paseo.
- Y un paseo será Mati -a veces la llamaban así en el pueblo-. Voy a
enseñarte mi rincón preferido, y al que vengo muchas tardes. Vas a ver la
panorámica tan maravillosa que hay del pantano desde lo alto; allí en el
Eucaliptal.
DOS
Había llegado a la cima, y una vez acabado el camino de tierra Hipólito
dejó el coche entre unos aromáticos eucaliptos, apresurándose a dar la
vuelta y abrirle la puerta a la muchacha; la ayudó a bajar y le indicó el
estrecho sendero que a través de unos riscos llevaba hasta el borde desde
donde se apreciaba la magnífica vista que le había prometido Matildita
trastabilló con unas piedras sueltas y ocultas por las hojas por lo que estuvo
a punto de perder el equilibrio. Cuando se volvió hacia Hipólito y se encontró
rodeada por unos jóvenes aunque ya musculosos brazos, se dio cuenta, sólo
con ver la lasciva mirada que parecía atravesarla, que había caído
estúpidamente en su trampa, por lo que en una fracción de segundo pensó:
“Pero, ¿cómo he podido ser tan imbécil. Acaso no lo conocía de sobra?”
Sabía perfectamente del comportamiento de él en el pueblo, ya que todas
sus amigas habían sufrido alguna que otra vez sus acosos malintencionados
en mayor o menor medida, y esto lo habían comentado entre ellas infinidad
de veces, pero, aun así...
En estos trágicos pensamientos se encontraba cuando de pronto sintió
cómo era desplazada bruscamente hacía un lado del camino donde la hierba
alta amortiguó la caída. No le dio tiempo a incorporarse porque un segundo
después ya Hipólito se encontraba encima de ella. Boca arriba por la forma
de la caída, notó sus muslos fuertemente presionados por los de él, mientras
que a su vez la tenía aprisionada por las muñecas al tiempo que su boca
buscaba con desesperado y violento afán los labios de ella sin poderlo
conseguir. Matildita con un movimiento de auténtico y controlado esfuerzo,
movía su cabeza de un lado a otro haciendo imposible el alcance deseado,
pero sin poder evitar el que aquel esfuerzo y el deseo incontenible le fuera
llenando de babas y sudores su rostro y el cuello.
Cansado de tanto batallar sin poderlo conseguir y ya atravesada la
frontera de la paciencia viendo que se le agotaban las fuerzas y aunque ello
extrañamente, al parecer, le excitaba más aún, se desembarazó de unos de
los agarres a que tenía sometido uno de los brazos, y soltando un fortísimo
puñetazo sobre el mentón de la muchacha, ésta dejó caer la cabeza hacia
atrás quedando en la más absoluta inconsciencia.
Sin el más mínimo de los escrúpulos, la procacidad más evidente y la
obscenidad haciendo manar de su boca el flujo de sus bajos instintos, se
dedicó a desvestirla con toda la parsimonia de que fue posible, mientras en
su cerebro, y a la vista según se sucedían los pasos de cada detalle, iba
desarrollándose cada vez más el sádico disfrute de su, hasta hora,
inalcanzable logro. Tan solo un minuto estuvo contemplando aquel juvenil y
delicioso cuerpo desnudo e inerte, por lo que sin poder contenerse ya, se
abalanzó sobre él cubriéndolo de ansiosos y repulsivos manoseos. En
absoluto le importaba si aquel cuerpo tenía animación o no; en absoluto le
importaba si aquellos pechos a los que se aferraba con embrutecida codicia,
mostraban la turgencia propia de un sentimiento amoroso que los estuvieran
haciendo vibrar y sentirse amados; en absoluto le importaba que aquellos
labios no le devolvieran todos y cada uno de cuantos besos, con el más
descontrolado frenesí, él, y de forma frenética, su sedienta y pegajosa boca
dejaba arrastrar sobre ellos; en absoluto le importaba si aquél cuerpo tenía
vida o no cuando tras penetrarla una y otra vez, ni tan siquiera reparaba en
que el ir y venir de su locura no hallaba la más mínima respuesta.
Al final y tras el abandono de tan aberrante asedio, comenzó a
recomponer su maltrecha vestimenta sin dejar de mirar aquél cuerpo aun
inconsciente, y sin que una sonrisa de maléfica satisfacción se borrara de
sus labios ahora resecos.
Ya al parecer, debidamente compuesto, se dirigió hacia el coche y se
instaló cómodamente en su interior. Miró por el retrovisor y contempló el perfil
desnudo sobre aquel trozo del sendero semioculto por la maleza. Bajó del
coche, se dirigió a él y lo cubrió con el vestido y la camisa echándole las
prendas por encima. De nuevo en el interior del coche abrió la guantera y
extrajo una libretita que el padre siempre guardaba ahí y que le servía para
tomar algún que otro apunte sobre la marcha. Tomó el bolígrafo y escribió
una nota: “Si le cuentas a alguien que he sido yo, te rajaré la cara”. Arrancó
el papel, se dirigió de nuevo a donde estaba la muchacha, y abriéndole la
mano le puso la hojilla entre los dedos.
Volvió al coche, lo puso en marcha y tras una maniobra se alejó
sendero abajo camino del pueblo; llegado a él y entrando por la parte trasera
de su casa, dejó el coche justo en el lugar donde su padre acostumbraba a
estacionarlo durante el día, ya que por la noche lo encerraba en la cochera
de la casa a escasos metros del lugar. Entró en la vivienda y dejó las llaves
colgadas en el cuadrito de llaves del recibidor. Seguidamente, y sin haberse
cruzado con ningún miembro de la familia o la servidumbre, subió la escalera
que conducía a la primera planta donde tenía su dormitorio, y una vez en él
se echó sobre la cama. Aún sus labios mantenían aquella sonrisa sádica
cuando mirando hacia el techo veía reflejado en él el cuerpo tan desnudo
como maltratado de la joven Matildita.
Su bestial lascivia aún perduraba en la urdimbre monstruosa de su
mente, creando imágenes cual predadores malditos alrededor de almas
predeterminadas a sufrir los horrores de los leviatanes aquellos que, al
parecer, tan sólo fueron engendrados para crear ese horror desconcertante
de quienes pudiendo cercenar las cabezas de hidras capaces de
regenerarse de una en cien, fueron incapaces de enfrentarse a las
represalias. Sin lugar a dudas, una mente joven aún, pero que con el tiempo
iba ya desarrollando en lo más profundo de su venenoso interior lo que
habría de llegar a ser en el futuro.
Aunque de forma inconsciente y ajeno a que su vestimenta no estaba
en el estado en el que se encontraba cuando salió de su casa, siguió con los
ojos muy abiertos. No quería su calentura que los momentos vividos se
fueran con el sueño de una siesta y se borraran de sus retinas, por lo que
pasado un tiempo decidió darse un baño ya que no podía obviar el olor que
despedía su cuerpo sudoroso.
Tuvo la fortuna de al salir de su dormitorio no encontrarse con nadie,
por lo que raudo se metió en el Cuarto de baño y se desnudó, mal limpió
como pudo el pantalón y la camisa depositando ambas prendas en el cesto
de la ropa sucia. Ya argumentaría algún juego con el que justificar aquella,
ahora, más leve suciedad.
Fue en el momento de introducirse en la bañera cuando se vio en el
gran espejo. Inmediatamente le volvió la visión del cuerpo de la muchacha y
comenzó a sufrir tal erección que sin quitar la vista de su propia imagen
reflejada en el cristal, y sin poderse reprimir comenzó a masturbarse
frenéticamente hasta que alcanzado el orgasmo, se dejó caer en el agua sin
tan siquiera darse cuenta de que no había controlado la temperatura, pero no
importaba, tan sólo alcanzó a notar una debilidad que le devolvió de nuevo.
TRES
La noche se ha cerrado como boca de lobo. Desde la ventana no se
puede ver apenas nada. Una espesa niebla se está levantando como tantas
noches.
Me he sentado al lado de la chimenea decidida a escribir a Poli. No
tengo que pensar mucho en cuanto he de decirle y el porqué de mi marcha
sin verle. De haber estado en el pueblo seguro se habría enterado de ella
pues aquí las noticias vuelan, y eso que el pueblo no es pequeño sin
embargo; lo cierto es que él ya sabría de ello, pues hace tres días vinieron a
recoger de la agencia de transporte maletas y algún que otro pequeño
mueble para llevarlo a mi nueva y provisional dirección. Con un ruego al
encargado: que no dé a conocer la dirección del envío. Una casita de una
sola planta en una urbanización a las afueras de Sevilla, en la cornisa del
Aljarafe, y desde cuya terraza, aunque no puedo ver el mar porque no hay, sí
puedo ver una hermosa parte del discurrir del río Guadalquivir.
Allí, en un lugar tan bello y acogedor, como tranquilo a la vez que
cercano a una ciudad donde la aglomeración está haciendo estragos entre
sus moradores, ya que las noticias que he estado recabando me indican que
Sevilla se está convirtiendo en una gran Metrópoli, que está creciendo de tal
manera que hasta aquellas casitas bajas de las que presumiera el barrio de
Triana a este lado del río está desapareciendo, y dando paso a una multitud
de grandes bloques de viviendas de los que en Alicante están siendo
conocidos como colmenas.
Es seguro que aquella zona de San Juan de Aznalfarache pronto irá
creciendo a medida que la clase media tome la decisión de aprovechar estos,
parajes ahora medio salvajes, para instalar sus residencias alejadas de los
agobios de la ciudad.
Este que estoy segura será rápido crecimiento, no cabe la menor duda
que también creará necesidades, y es por ello que según tengo entendido
por los periódicos, se van a proyectar, de hecho ya están con proyección de
futuro, puestos manos a la obra pensando en colegios, dispensarios y quizás
más adelante debido a que muchos de sus nuevos habitantes habrán de
desplazarse a la ciudad para trabajar, se construyan nuevas carreteras y tal
vez algún medio de locomoción mas moderno que el autobús de línea, como
pudiera ser un metro al igual que el que funciona en Madrid.
A veces me da miedo el pensar que cuando sea mayor aquello se haya
convertido en otra metrópoli, pero, lo tengo bien decidido. En principio allí
acabaré mis días, aunque como decía mi madre siempre: “No digas nunca
de esta agua no beberé”.
Este detalle estoy segura le va a doler, sin duda. Pensará de inmediato
de donde habré sacado el dinero para hacerme de la vivienda a la que me
habré trasladado sin consultarle, y mucho menos pedirle nada. Lo cierto es
que todo cuanto gané con el cine lo dejé invertido en Madrid, por lo que al
cabo de tantos años sin haberlo tocado, la renta ha sido más que fructífera
gracias a los buenos consejos de un amigo. Un amigo con el que no he
dejado de estar en contacto a lo largo de este tiempo, y que no solo me ha
tenido al corriente de cuanto sucedía en mi ex entorno cinematográfico, sino
de mi acierto financiero al confiar en él. ¡Si Hipólito se enterara de todo esto,
que mal le sentaría aún a sabiendas de que ello no encerraba nada que a él
le pudiera perjudicar!
Pero la semana pasada viví un episodio del que siempre pensé:
“¡Nunca sucederá nada, cuando después de tantos años en el pueblo, nada
ha sucedido!”. Sobre todo por ser tan conocida mi relación con Hipólito, pues
no escatimaba el más mínimo de los decoros o miramientos a la hora de
visitarme. Todo el mundo sabía que yo era su amante, como sin lugar a
dudas lo conocía doña Clara. Pero claro, tan distinguida y refinada, no podía
dar a entender abiertamente que era conocedora de ello por razones obvias.
Siempre estuvo más en los labios de la gente como una pobre víctima, aun a
pesar de su condición, que como una mujer de la que se hicieran los típicos
chascarrillos, ya que su comportamiento en el ámbito familiar, social o
religioso era impoluto.
Sin embargo, el rato más amargo que he pasado a lo largo de estos
años, fue el que se produjo aquí, en la casa, aquella mañana en la que sin
previo aviso, se presentó acompañada de su hermana Angélica, y tras
increparme e insultarme tan severa como rudamente, me soltó una bofetada
que me hizo perder el equilibrio y rodar por los suelos. Aún me duele como
me duele su comportamiento, y por eso me voy. Esta es la gota que colmó el
vaso de mi paciencia.
Tras estos elucubrados pensamientos, arrimé a la chimenea mi
pequeño escritorio y comencé mi carta de despedida en la seguridad de que
los prolegómenos de la misma, a él no le cogerían de sorpresa, ya que tanto
por la calle como en su casa era seguro serían por él conocidos.
Posiblemente ya estuviera enterado, aunque ni por esas vino a verme en
aquellos días, a excepción de aquella extraña vuelta de Alicante.
Alicante, Valencia, Madrid, cuánto me acordaba de mi madre cuando
me decía: “No me fío ni un pelo de este hombre, me da la impresión de ser
de los que no pueden parar de estar picando”.
Últimamente, cuando llegaba de algún viaje, del que cuando me
hablaba iba a realizar ya sabía yo más o menos que debía traerse entre
manos por su forma de exponerlo, y no sólo por el tiempo que llevábamos
juntos, sino por sus gestos y expresiones difíciles de ocultar ante su más que
manifiesto nerviosismo, como unos de los últimos que hiciera a Valencia, y
sobre por el que le pregunté el motivo. De entrada me dijo que tenía en
proyecto montar en Orihuela unos almacenes con talleres para fabricar
alfombras al igual que hacía su antiguo compañero de armas como era aquél
que yo conocía, un tal Anselmo pero, éste no tenía su negocio en Valencia,
como me dijo, sino en Crevillente. Por supuesto que no le iba a discutir nada,
eso de discutirle a Hipólito la cosa más nimia, hacía que se volviera como
una fiera que está defendiendo sus dominios a toda ultranza. Aquellos
prontos que yo ya conocí desde el principio y que nunca abandonó tal vez
porque desde entonces fue consciente de que yo se los fui aceptando sin
más.
Pues de regreso de aquel viaje, y después de haber pasado por su
casa, en la que no sé si cenaría, vino a verme y cenamos juntos. Más tarde,
en la cama hicimos el amor. Al finalizar se sentó y encendió un cigarrillo
como era su costumbre, y fue el momento en que por primera vez comenzó a
relatarme el viaje el cual aunque ciertamente que me hablaba de Valencia,
no tenía nada que ver con lo que me comentara antes de marcharse. No me
habló de Anselmo, ni del negocio que tenía proyectado acerca de las
alfombras que se fabricarían en unos grandes telares. Nada le cuadraba,
pero yo le seguía la corriente: A estas alturas, -me decía a mi misma-, qué le
puedo exigir ya.
CUATRO
Querido Poli:
Como es seguro que ya conoces, hace unos días vino a verme tu mujer
acompañada por su hermana, y lo que más me sorprende y a la vez me
extraña es que doña Clara haya tardado tanto en reaccionar, porque no me
cabe la menor duda de que mi existencia la conoce desde hace años. Esa
mujer viene sufriendo, entre comillas, tragando contigo carros y carretas, y si
al final se ha decidido a actuar contra mí ha tenido que ser por alguna razón
poderosa, y en la que, bien lo sabe Dios, no tengo ya ningún interés en
conocer.
El orgullo debió doblegarlo hace ya mucho tiempo. De lo contrario, se
hubiera separado de ti a poco de casarse, y eso no se le pasó nunca siquiera
por la cabeza. Ella sabe que el matrimonio conlleva ciertas renuncias y
servidumbres, máxime cuando una se casa con el acaudalado y propietario
de varias empresas, pero también implica un estatus, además de unas
obligaciones religiosas. Y, por otra parte, separarse de ti habría supuesto la
peor de sus derrotas.
En cuanto a su sentido de la dignidad, me parece que ella lo mantiene
dentro del marco de otros aspectos de la vida, haciendo en apariencia oídos
sordos y cerrando los ojos ante lo que todo el mundo sabe. Estoy segura de
que conoce muchas de tus traiciones y desmanes, y tampoco ignora tus
escapadas periódicas a Barcelona, Valencia en busca de placeres nuevos.
Pero sospecho que entiende este tipo de acciones como una prerrogativa
más de los hombres -o por lo menos de los que tenéis un alto nivel social y
económico-, consecuencia lógica del matrimonio y desahogo necesario para
alguien que, de no hacerlo así, reventaría por no poder dar rienda suelta a
sus excesos de energía, a su poder de macho.
Es probable que durante años haya ido acumulando rencor por tanta
ignominia y que hoy haya vomitado conmigo todo su dolor y su vergüenza.
Pero me atrevo a apostar que no ha tenido nada que ver la pasión de su
entorno. Doña Clara ha estado siempre por encima de dimes y diretes y, a
pesar de saberse manchada por tus continuas vilezas, infiel desde casi el
mismo día en que os casasteis, su estricta educación le ha proporcionado en
todo momento los recursos necesarios para justificar la situación y aceptarla
con despreocupación y aparente ligereza, incluso a sabiendas de no ser
comprendida por amigas, parientes o servidumbres.
Hagas lo que hagas, tú eres su marido y el padre de sus hijos, y ella tu
mujer y la dueña de tu casa, aunque sólo sea en el mantenimiento del orden
doméstico. Los prejuicios morales se quedan para ella misma, su Director
Espiritual y Dios. Por ello, nadie podrá decir que haya escuchado de sus
labios queja alguna, un reproche, y mucho menos censurar o afear tu
conducta. En público jamás ha permitido que se toquen ciertos temas, y a la
larga ha preferido siempre sacrificar su propio sentido de la decencia antes
que sembrar o dejar crecer alguna duda sobre su propia estabilidad conyugal.
Ella es una mujer de las que se llaman de otra época: Estricta, educada
y rigurosa. Capaz de vivir en un mundo de apariencias sin rendirse a lo
evidente si supone algún tipo de menoscabo por su sistema de valores, sus
principios morales y religiosos o su posición social, aún a pesar de que por
dentro se sienta desgarrada, lastimada y acumule frustración, odio y
melancolía, que no permite dar a conocer ni a sus más íntimos: siempre la
máscara enfundada y la sonrisa en sus labios presta para hacerla florecer.
Han sido demasiados años aguantando, tragando bilis, para que a
estas alturas de su vida, ya prácticamente metida en la vejez, pierda los
nervios y se presente en mi casa, que nunca dejó de ser la tuya, para a
agredirme como lo ha hecho y arriesgándose a un escándalo de semejante
magnitud.
Tal vez me haya llegado a dar a entender como una amenaza excesiva
por estable y duradera. “La polichinela”, creo que me llama, refiriéndose a mí
con toda la arrogancia que le confiere su posición social, y ser ella la esposa
de don Hipólito de la Torre. Principio en el que radica todo su altivo
comportamiento y su fuerza, aún cuando de esposa tuya no tenga más que
el nombre desde el día en que te casaste con ella.
Que durante todo este tiempo ha sabido perfectamente de mi
existencia lo prueba el que, según me consta, en más de una ocasión y
espoleada por la curiosidad y los celos, ha pedido indirectamente informes a
algunas de mis vecinas, quienes, prudentes, han callado más de lo que han
dado a informar. Con todo y con ello, ella sabe leer muy bien entre líneas y
conoce mejor las razones de por qué pasas tantas horas a mi lado.
A aquellos que me conocieron cuando actuaba como segunda actriz en
las películas del gran director de cine Javier Mendizabal, tal vez les
sorprendería hoy mi depreciada belleza, pero, es que más de veinte años de
estar poco menos que encerrada acaban con cualquiera, por muy bien
atendida que se esté, y como dice la letra de cierta canción: “Aunque la jaula
sea de oro, no deja de ser prisión”. No es mi caso, pues nunca me sentí
prisionera o secuestrada. Ya sabes que estuve contigo por mi voluntad
absoluta. Soy una mujer alegre y comunicativa, que aprendió desde casi niña
a desenvolverse en el duro y difícil mundo del cine, con todo lo que aquello
supone de riesgo y madurez añadidos, y todo este tiempo limitada a esperar
tu venida, con el sólo entretenimiento de mis clases de declamación y
memoria, en calidad de prácticas, mis libros, y la única compañía de mi
asistenta Rosa con la que acudo a misa, que, como bien sabes, son
ocasiones contadas y las únicas en que, por decirlo de alguna manera, doy
un paseo por la calle por lo que todo ello unido en esta forma de vida ha sido
el motivo que me ha llevado a ir perdiendo poco a poco aquella hermosura
que siempre destacara en mí... ¿la recuerdas?
Marina la Sol, ese era mi nombre para el mundo del cine. Y puedo decir
con toda modestia, pero también con todo el orgullo que proporciona el estar
segura de lo que se afirma que, de no haber abandonado mi carrera cuando
estaba a punto de alcanzar la gran fama, hoy habría dejado de representar
papeles secundarios para disfrutar del más importante: el de protagonista.
Y no era una invención mía cuando te dije uno de aquellos días que
fuimos a ver aquella comedia, y sobre la que tú mismo me comentaste que el
papel de aquella protagonista bien podía hacerlo yo. Y era cierto, no andabas
muy descaminado ya que tú ignorabas el que días antes de conocerte había
tenido más de una charla con dos agentes, ante el interés que mostraron
ambos de forma independiente por hacerse con mi representación. Y lo más
curioso era que los dos me ofrecían la posibilidad de contratos en exclusiva
durante varios años en diferentes países. En aquella ocasión, en lo que se
refería a ti, me alegré de no haber aceptado, hoy en cambio me arrepiento.
El tranvía dicen los latino americanos hay que aprovechar su paso y tomarlos
en marcha, por eso ahora sé que en aquella ocasión se me fue la posibilidad
de alcanzar la máxima meta de una actriz, el estrellato, la fama y sobre todo
la seguridad de que a lo largo de tu vida y hasta la definitiva retirada estaría
haciendo lo que realmente me gustaba pero, llegaste tú y todo lo tiré por la
borda.
CINCO
Tú sabes que no vengo de una gran familia, aunque la vida y mis
esfuerzos por aprender de todo y de todos, por llegar, gracias a Rafa, a
aprender dos idiomas, por crecer a tu lado para que nunca sintieras
vergüenza hayan hecho de mí una mujer más sabia, con la madurez
suficiente y la serenidad que da la soledad impuesta cuando consigues no
ahogarte en ella. Sólo aspiraba a que tú te enorgullecieras de algo más que
mi belleza, y, que modestia aparte, creo haberlo conseguido. Es más: me
consta que si no hubiera sido así, no me habrías tenido a tu lado tantos años.
No obstante, y aún a pesar de salir de una clase media, se entroncaron
en mí los más fundamentales principios, los cuales aún hoy me sostienen y
de los que hago destacar la fidelidad y la lealtad, aunque a veces me
reprocho el haberle fallado a mi profesión. Sin ellos, sin repetírmelos cada
día, cada noche, a lo largo de estos más de veinte años, no hubiera podido
estar a tu lado, o al menos, no sin destruirme.
Puede parecer una paradoja que hable de virtudes semejantes alguien
que lleva viviendo en el pecado la mitad de su vida. No te equivoques.
También aprendí de ellos que cuando el amor es verdadero, lo demás pierde
toda su importancia. Sólo cabe entregarse al otro en cuerpo y alma, sin dejar
lugar a la reservas. Y yo te he querido, Hipólito, tú bien lo sabes. Y aún creo
que te quiero, aunque esta circunstancia no vaya a variar mi decisión de
abandonarte, que es definitiva. Estoy demasiado cansada. Me siento sola.
Soy consciente de tu situación, y está comenzando en mi interior a sonar una
campanilla que no sólo me hace recordar aquel colegio de las monjas, sino
que me llama al deseo de volver a mi tierra y con mis gentes, las cuales no
sé como me recibirán después de tantos años.
Corrían años en los que a decir verdad, las cosas no estaban como
para andar con fiestas. Gracias a mi padre no lo pasábamos tan mal ya que
él como actor de una compañía de teatro que afortunadamente salía de gira
varios meses al año, no dejaba un sólo mes de enviar dinero a casa. Aún a
pesar de no ser una primera figura, dominaba cualquier tipo de personaje,
por lo que era muy apreciado dentro del mundillo teatral. Era capaz de
asombrar con su arte a propios y extraños. Y, lo que es más importante, sin
vanagloriarse por ello. Incluso en sus últimas actuaciones, cuando en una de
ellas se fracturó la rodilla, llegó a terminar la función, que sería la de su
involuntaria despedida, ya que en aquella época y tras la operación sufrida,
se vio relegado al uso de una muleta obligándose a dejar los escenarios.
Su suerte cambió cuando alguien del gremio le propuso formar en
sociedad un negocio para tratar de atraer artistas noveles que desearan
comenzar a trabajar desde abajo. Ahí empezaron a cuajar toda una serie de
proyectos en los que un día en el que parecía radiar la felicidad, vino al pelo,
y le dije tanto a mi padre como a su socio que estaba cansada de estar
llevándole el papeleo de aquella pequeña oficina, y que a mí también me
gustaría participar en algunas de aquellas selecciones con el fin de obtener
algún que otro papel, aunque fuera de extra, en alguna película.
Con el tiempo volví a insistir y en esta ocasión al igual que en la
anterior, mi padre también se negó, aunque al final terminó convenciéndose y
aceptó gracias a los consejos y los argumentos tan convincentes que su
socio le estuvo durante más de hora poniéndole sobre la mesa.
Nunca olvidaré aquellos días de extra en mi primera película; se rodó
íntegramente en Málaga, menos mal porque de lo contrario mi padre no me
habría dejado participar. Esa fue la primera condición que me puso: que no
saldría fuera. Afortunadamente aquel rodaje se hizo todo en la costa. Se
llamaba “Unas horas de tren”. Recuerdo mi papel; se redujo a ser una de las
trabajadoras de la estación cuando este descarriló antes de entrar en ella y
debido, según se comentaba en los habituales mentideros propios de la
época, a un supuesto atentado de los naturales inconformistas.
Aún recuerdo las veces que tuve que cambiarme de vestuario junto con
otras compañeras para pasar, en nuestros diferentes papeles ya que al
parecer el elenco de los extras estaba cortito debido al apretado presupuesto
del personal de la RENFE a enfermeras de la Cruz Roja en las diferentes
escenas. Lo pasamos muy bien con aquel barullo de juventud entre los
vestidos, las pelucas y sobre todo las carreras a las que nos veíamos
sometidas por aquello de aprovechar la luz del día. Más tarde, aquello ya no
me cogía de sorpresa; los presupuestos y las dotaciones, así como el
personal, disfrutaban de más cantidad y por supuesto de más calidad. Era
una época en que se comenzaba a valorar al Actor o la Actriz secundaria.
A raíz de aquellas pobres, aunque interesantes y no menos llenas de
experiencias e importantes, intervenciones, me llegaría la oportunidad de
subir un peldaño en la difícil escalera de la fama cinematográfica gracias a
un ayudante de Dirección que, comentando mi desenvoltura ante una
cámara por la que hasta entonces había pasado poco menos que de
puntillas, hizo hincapié ante él, y teniendo más tarde una pequeña entrevista,
me insinuó la posibilidad de sustituir a una Actriz secundaria que se había
puesto indispuesta. No es que fuera grave, pero aquellas escenas no podían
esperar ya que habrían de trasladarse a otro lugar de la costa con el fin de
acabar unos exteriores el caso es que yo acepté de inmediato.
Una nueva ventana se abría ante mí dado que aquellas escenas me
reportarían un buen caudal de conocimiento acerca del medio, ya que
durante un par de días me estuve moviendo entre lo mejor, y lo más granado
de lo poco que conocía hasta entonces.
Sin embargo, no todo el monte sería, como se suele decir, orégano.
Dos días más tarde comencé a notar cómo el ayudante de Dirección no me
quitaba ojo de encima. A todas horas estaba pendiente de todos mis
movimientos, incluidas mis idas y venidas a los vestuarios o a maquillaje,
hasta que un un día al atardecer se me ofreció a acompañarme a la playa.
Había oído en el vestuario que esa tarde tras la larga y dura jornada me iba a
dar un baño y así relajarme. Aquellos dos días en mi nuevo cometido habían
hecho mella en mí debido a la inexperiencia y me había creado un estado de
ansiedad, debido siempre a la duda de si sabría realizar bien el papel
encomendado aún a pesar de haber pasado casi toda la noche memorizando
los, aunque no muy largos, sí complicados diálogos.
No le sentó muy bien, por entenderla vaga, aquella excusa para que no
me acompañara. Con todo y con eso no cejaba en su empeño de estar
pendiente de mí, y llegada la hora se acercó cuando estaba preparándome
para ir a la playa, diciéndome que no podía dejar que me fuera sola, que
temía porque me pudiera pasar algo.
Con la llegada de uno de los técnicos de iluminación que estaba
oliéndose lo que sucedía pues para él no era desconocido el comportamiento
del ayudante, ni de las intenciones que había a lo largo de varios rodajes
juntos en la forma de ser del hombre que, tomando cartas en el asunto, me
dijo que sería mejor que lo dejara para otro día que estaba el mar un poco
picado y que no sería buena idea bañarse de noche.
De momento, vi mis deseos truncados de mala gana, no obstante,
aduje que era una buena nadadora y que no tendría problemas ya que yo
conocía aquello como la palma de la mano por lo que decididamente tomé la
toalla, momento éste en el que él provechó para cogerme del brazo y de
forma enérgica y brutal, como si se tratara de algo de su propiedad, me dijo
que no iría a ninguna parte sin él.
Como quiera que no me soltaba, y que se notaba a todas luces que no
estaba por la labor de dejarme en paz, le dije abierta y directamente que si lo
que pretendía de mí era algún roce, estaba equivocado, por lo que soltando
unos improperios me apretó el brazo aun más fuerte, y justo en el momento
que pasaba el Director yo le propinaba una buena bofetada que lo dejó de
momento un tanto aturdido, por lo que seriamente avergonzado se retiró al
haberse dado cuenta de que su jefe lo había presenciado.
Aquel altercado pasó de no deseable a interesante. El Director, Diego
Aguirre, se acercó a mi y me preguntó qué tal estaba. Le comenté que bien
ahora que había llegado él y se había marchado el pesado de Arturo, cosa
que le agradecí. Y fue entonces tras citar el incidente y comentar que con
aquella bofetada había demostrado tener madera de rebelde, que me habló
de un guión que le habían ofrecido para su estudio, y en el que pensó que
con mi actitud no sólo había despertado en él una simpatía sino que había
visto con una claridad meridiana que no estaría demás hacerme unas
pruebas con el fin de que fuera la Actriz secundaria de aquel futuro
largometraje, y en el que un papel de segunda era casi tan importante como
el de la protagonista, ya que era la vida de una mujer hacendada e
inmensamente rica a la vez que déspota y amargada pero que casi todo el
peso del melodrama lo llevaba su hermana, una mujer de armas tomar,
rebelde e inconformista.
Ciertamente que aquel incidente me había traído una nueva marea que
me hizo subir varios peldaños al mismo tiempo, ya que una vez finalizado el
rodaje y terminado el contrato, mientras me liquidaban se acercó el señor
Aguirre, y tras invitarme a tomar una copa a modo de despedida temporal,
me dijo que estaríamos en contacto, que pronto me llamaría al objeto de
hablar de condiciones, una vez expuestos todos los pros y los contras en lo
que adonde se produciría la película, las condiciones y, sobre todo, la
cantidad que se haría figurar en el contrato, además de algo muy importante
como fue el comentar que muy posiblemente éste fuera un contrato en
exclusiva ya que, al parecer, según le comentó la Productora se trataría de
un súper-largometraje que se dividiría en varias partes aún sin decidir en
cuantas.
Pero de todo esto ya tenías tú conocimiento por habértelo relatado en
más de una ocasión, sobre todo aquellas noches en que tumbados y
acurrucados sobre unos cojines hablábamos de mi pasado mientras
crepitaba el fuego en la chimenea.
SEIS
Aún recuerdo aquella tarde en la que tras haber regresado de Buenos
Aires en donde estuve rodando junto a Julio de Dios la película “En la
Frontera”, comenzamos a realizar, ya en Madrid, los primeros planos de
prueba para aquella superproducción Hispano Italiana y que protagonizaría
Iliria Mendigar. Fue entonces cuando te vi por primera vez.
Te encontrabas sentado cómodamente en un sillón semejante al
utilizado por el director -por cierto gran amigo tuyo de juergas y correrías-, y
de lo que tuve conocimiento días más tarde te encontrabas en apariencia
solo. Elegantemente vestido: -como si al final de la sesión hubierais quedado
para hacer alguna ronda nocturna. No pude evitar el fijarme en cómo me
mirabas con aquellos ojos clavados en mi cuerpo, un cuerpo que debido al
vestuario que tocaba en aquella escena me haría más subyugante, pienso, y
que tú sin tan siquiera un pestañeo, daba la impresión de que intentabas
devorar con tu mirar escrutador. He de reconocer que fuiste mi atracción
principal aquella tarde de finales de Septiembre. Tu aire de ese refinado
indiscutible del típico señorito rico de pueblo y que anda rondando los
cuarenta; acostumbrado a saber apreciar y paladear con soltura los placeres
de la vida que le dejaron en bandeja sus mayores, y ese toque, un tanto
entre travieso y canalla del perfilado bigotito que de forma graciosa adornaba
tu labio superior, encendieron en mi interior todas las alarmas.
Desde que rodara aquella última película en Argentina, ya traía un buen
bagaje de pretendientes de todo tipo, recordando de ellos cómo tuve grandes
ofertas, proposiciones de toda índole tanto decentes como indecentes. No
obstante las enseñanzas familiares y mi alto sentido del pudor y la decencia,
hasta entonces me había mantenido íntegra pues siempre soñaba con aquél
príncipe azul y del que estábamos enamoradas en aquella época, imagino,
todas las adolescentes y menos adolescentes, aunque como decía mi abuela,
ya en edad de merecer.
Todo ello fue lo que me mantuvo en guardia cuando aquél Jules Lamart,
un francés ya maduro en los negocios del cine, y que había tomado la
nacionalidad argentina huyendo de la quema que se había estado
produciendo en Francia cuando a ella llegaron los alemanes nazis, me pidió
que me fuera con él. Que estaba locamente enamorado de mi y que quería
casarse en su tierra una vez de vuelta a ella. Que poseía unas grandes
bodegas y tierras de vides en la región de Alsacia, que le habían estado
cuidando sus hermanos llegando a conseguir unos vinos muy especiales aún
a pesar de las influencias germánicas de que disfrutaban aquellos caldos en
toda la zona.
El caso es que en una de las ocasiones que hubo debido a un parón de
diez días en el rodaje por la necesidad de cambiar unos exteriores, que
ignoro el porqué no era del gusto ni del guionista ni del productor, cuando
aquel lugar, a mi juicio, era ideal para el fin que nos había llevado allí, me
rogó que lo acompañara, que tenía previsto en esos días visitar su casa en
Francia y que quería que fuera con él, asegurándome que una vez visto
aquello, cambiaría de opinión. Insistía una y otra vez, hasta que llegada la
noche y durante la cena, al terminar salimos a la calle, nos sentamos sobre
el muro que dividía la terraza ya que esta se encontraba en uno de los
lugares más altos del pueblo, y desde donde se podía contemplar toda la
campiña. Incansable él, y yo cansada, no sé con qué ánimo lo dije, pero el
caso es que accedí. Le prometí que lo acompañaría, pero que no se hiciera
ilusiones. Tan sólo me dijo que ya vería cómo al menos se lo pensaría una
vez que estuviera entre aquellas viñas y su gente.
Al día siguiente volamos a Francia, y bien sabe Dios lo bien que me
sentó aquel vuelo. En mi vida había conseguido dormir tantas horas seguidas
y eso que Jules me despertaba de vez en cuando diciéndome si no pensaba
comer nada, pero, yo lo que quería era dormir, y además es que me quedaba
dormida tranquilamente en cuanto cerraba los ojos. Me desperté por mí
misma y le pregunté cuánto llevaba durmiendo; me comentó que muchas
horas y que se veía que lo necesitaba, ya que una de las azafatas me trajo
una almohada pequeña que Jules me colocó, y sobre lo que ni me enteré
siquiera.
Cuando aterrizamos y salimos de la terminal con el poco equipaje que
llevábamos, nos dirigimos a la Cafetería en la que tomando un café esperé a
que Jules se hiciera con un coche de alquiler. Quería haber llamado a uno de
sus hermanos y que nos viniera a recoger, pero estaba deseando de
mostrarme aquellas tierras ahora bañadas por el sol y llenas de un verde
colorido donde las grandes lanzadas de vides no parecían tener fin; ello me
recordaba a los extensos olivares de Andalucía.
Una hora después entrábamos por un gran arco de piedra hacia un
camino muy bien cuidado, destacándose al final una serie de casas que
daban cobijo a una casa grande en cuyo porche estaban sentadas varias
personas. Éstas se levantaron apenas el vehículo se acerco a la escalinata y
se dieron cuenta de quien era el visitante.
Las presentaciones de rigor fueron tan de corte familiar que uno de los
hermanos, el más pequeño llamado Gerard, me tomó de la mano diciéndole
a los demás que me llevaba a ver las cuadras. Esto no le sentó muy bien a
Jules, pero no dijo nada y se quedó charlando con sus padres y su otro
hermano.
Al día siguiente, al igual que el resto de los días que pasamos juntos,
monótonos en todos los sentidos desde ver una y otra vez las grandes
extensiones de viñedos, paseando sobre hermosos caballos, las charlas de
sobre mesa y las de después de la cena, unas veces en el porche y otras
dentro jugando a las cartas, eso sí, bebiendo siempre sus deliciosos vinos,
sin olvidar los agobiantes momentos, la infinidad de asfixiantes instantes en
los que no dejaba de insistir buscando la ocasión de un abrazo, de un juego
amoroso cada vez que nos encontrábamos sentados sobre el almohadillado
verdor de aquellos altozanos contemplando las plantaciones, sin poder
conseguir ni lo uno ni lo otro. Claro que para ello yo había estado
preparándome concienzudamente. Con aquel comportamiento, Jules había
puesto todas sus cartas boca arriba, y en ellas sólo se veía el intento de no
desaprovechar la más mínima oportunidad, pero se equivocó, no se
esperaba tan férrea negativa, por lo que ambos ya estábamos deseando
volver.
De nuevo en el rodaje, el comportamiento de Jules cambió por
completo y no es que me ignorara, no obstante, aquellos pesados, pegajosos
y atosigantes acercamientos desaparecieron. La película llegó a su final y
con ello la vuelta a Madrid. La despedida con Jules no fue, precisamente,
muy cariñosa, sin embargo, no puedo negar que al menos fue cortés pues
aquella noche me invitó a cenar. Durante la cena me anunció que se retiraba
del mundo del cine, que se iba a dedicar por entero a su negocio y que me
felicitaba por haber sido elegida para la siguiente película que se iba a rodar
en un muy corto espacio de tiempo, ya que tenía conocimiento de que me
habían citado para el día siguiente hacer unas pruebas
SIETE
Con la última toma de las diferentes pruebas, la voz del Director
diciendo aquello de: “Corten, a positivar y basta por hoy”, dejé de mirarte y
me dirigí a mi camerino. Allí recibí la nota de que querías verme. No puedo
negarlo, los nervios invadieron hasta el último rincón de mi persona. Aunque
la nota no estaba firmada, quiero pensar que no te pasó por la imaginación el
que yo dudara de quién sería. Y ciertamente, lo supe desde el primer
momento.
Un nerviosismo absolutamente desconocido se apoderó de todos mis
sentidos, y mi madre que desde que llegué a España quiso estar siempre a
mi lado, fue la primera en darse cuenta de que lo que me estaba ocurriendo,
y aquellos paseos, aún en bata, no eran normales en su muchacha, como
ella me llamaba. La miré y adivinó lo que intentaba decirle sin palabras. Fue
a la salida cuando decidí dejarme ver por la cafetería, donde sin duda tú y tu
experiencia de conquistador te había dicho muy bajito que pasaría por allí.
Mi madre no se negó, aunque me dejó claro que tuviera mucho cuidado
pues me insistía en que tan de repente no debería mostrar tanto interés por
el desconocido; que el mundillo del cine estaba repleto de “caza-jóvenes”, a
lo que yo le repetía que sabía cuidarme, y que más tarde o más temprano
habría de llegar el momento en que conocería a alguien del que me
enamoraría perdidamente y, creo que aquel fue el momento que, en cierta
medida, estaba deseando que llegara. Mamá -le dije un tanto melosa-, voy a
cumplir veintidós años y aún no sé siquiera lo que es tener novio. Es muy
guapo, ya lo verás, y cuando estaba en el plató me miraba de una manera y
con unos ojazos que casi me hacen tropezar con uno de los ventiladores de
pie que ayudaban a que mi melena suelta flotara al viento. Por favor, déjame
al menos conocerlo, y ten por seguro que si noto algo fuera de lo normal lo
dejaré estar y me olvidaré de su existencia.
Como es de suponer, ni yo misma me creía lo que estaba saliendo de
mi boca. Mi madre dio su consentimiento, pues conociéndome como me
conocía, ya sabía que cuando algo se me metía entre ceja y ceja no iba a
claudicar tan fácilmente. Y ante la promesa de que sería sólo un momento,
me dejó sola. La realidad es que no hizo falta más.
Todo fue el encontrarnos frente a frente en aquella cafetería y los dos
supimos lo que habría de venir: estábamos hechos el uno para el otro aún
sabiendo que no nos conocíamos de nada, pero ya daba igual, al menos
para mí.
Te encontrabas apoyado sobre la barra. Discretamente, al final de la
misma; con una copa en la mano izquierda y un cigarrillo en la derecha.
Estabas sólo. Expectante, y todo fue verme aparecer, dejando copa, y
aplastando el cigarrillo en el cenicero, te lanzaste hacia mí como las olas de
un mar bravío se lanzan contra los rompientes de una tierra virgen que tras
besarla, hacen el camino de vuelta con el estigma de un momento de
privilegio.
Con la más seductora de tus sonrisas, y siendo fiel a cada paso a la
estrategia que, sin duda, habrías estado diseñando mentalmente ante la
seguridad del encuentro, te plantaste ante mí y mirándome a los ojos me
dijiste: “Disculpe el atrevimiento pero, es que jamás había visto en un plató ni
en parte alguna tanta hermosura”. Y tomando mi mano, a modo de saludo, la
rozaste con tus labios dejando en ella un calor que aun hoy, a pesar de los
años, no he conseguido olvidar. Y sabes muy bien que no podría olvidarlo
porque en ello nunca puse empeño alguno. Aún lo recuerdo como si hubiese
sucedido ayer mismo. ¿Tú lo recuerdas? Creo que los años te han cambiado
algo; a mi, no. Aún guardo en los archivos de mi memoria el momento, y de
cómo te acercaste justo cuando creía que se me salía el corazón del pecho o
que allí mismo me iba dar una taquicardia; las piernas me temblaban y me
daba la impresión de que de un momento a otro me caería en redondo
produciendo tal escándalo que mi madre, al acecho, vendría inmediatamente
en mi socorro y sabe Dios la que podría haber formado.
- Mi nombre es Hipólito de la Torre, Poli para los amigos, de Alicante,
aunque mi familia reside en Madrid. En Alcoy es donde tengo mi vida laboral,
y mis empresas, ya que me dedico a la Industria Textil. ¿Me haría el honor de
tomar una copa conmigo? Me gustaría celebrar este maravilloso encuentro.
Si no me considera Vd. muy osado, lo celebraría más aún si aceptase cenar
conmigo esta noche.
Tras unos largos minutos de conversación sobre el cine como tema
central, acepté, anticipándote que mi madre estaba conmigo y que ella me
acompañaba a todas partes. Tú no pusiste ningún inconveniente. Muy al
contrario, me preguntaste si estaba allí y que la llamara ya que le gustaría
conocerla y saludarla. Así lo hice y, tras besar su mano, te deshiciste en
halagos hacia ella, manifestando que sería un gran honor para ti el que mi
madre nos acompañara a cenar. Sin embargo, mi madre no dejaba de
lanzarme raras miradas que yo no conseguía interpretar, aunque más tarde,
y ya a solas me dejaría caer lo que quería decirme: ¡Que no lo tenía muy
claro!.
Mi madre me pidió que nos retiráramos pronto al tiempo que te decía
que agradecía la invitación y que posiblemente esta sería en otra ocasión. Yo
siempre obediente a los consejos y recomendaciones de ella me dejé llevar y
te pedí disculpas por haberme adelantado a los acontecimientos. Tú cediste
amablemente, y tuviste que escuchar el que mi madre te hablara tan dura y
directamente cuando te dijo: - No se le ocurra jugar con mi hija. A ella la
tengo bien protegida de algunos que no buscan más que el “lío” Vd. ya me
entiende. Marina está en un momento de su carrera tan complicado como
prometedor y no voy a consentir que nadie se la eche a perder. Por cierto,
¿está Vd. casado? Tu serenidad, al no conocerte, ni me sorprendió ni dejó de
sorprenderme cuando le contestaste: - No, no estoy casado. Fue aquella tu
primera y más trascendental de las mentiras que te conocí a lo largo de los
años. A partir de ese momento las cartas ya estaban repartidas, la suerte
echada y la partida comenzada.
- Está Vd. siendo muy dura conmigo -dijiste muy serio-. Poco dura fue
realmente para lo que hubieras merecido si mi madre se llega a imaginar por
un momento el curso que tomarían enseguida los acontecimientos.
- No pretendo nada ilícito con respecto a su hija. Sólo estoy
deslumbrado por su hermosura y esos ojos que me tienen turbado y de los
que me parece que me he enamorado como un chiquillo; ¡para qué voy a
engañarla! Pero le pido por favor, es más se lo ruego, no me haga culpable
de ello. Sea generosa y comprensiva. Piense que es difícil permanecer
impasible ante tanta belleza. Por eso nada más verla en el plató sentí deseos
extremos de conocerla, y si Vd. lo autorizara aprovecharía los días que
vayan a estar en Madrid para tratándolas un poco más conocerlas y, quizás
por qué no, hacerles de guía turístico. Puedo mostrarles muchos de los
encantos que posee la capital de España.
OCHO
Sería en Madrid y su provincia, porque a partir de aquellos momentos
te convertiste en nuestra sombra. Aún me cuesta entenderlo: llevando como
llevaba varios años sin pasar una semana completa en Madrid, con mi madre
y a veces mi hermana, de pronto me descubrí buscándole excusas a su
presencia para dedicarme solo y exclusivamente a ti, en calidad de
ofrecimiento desinteresado. No sé qué explicaciones le habrías dado a tu
mujer o que tipo de excusas barajaste para estar tanto tiempo fuera de tu
casa y tu familia, sobre todo porque en aquel tiempo no se celebraba
ninguna feria dedicada a la Industria Textil o similar, pero, recuerdo cómo a lo
largo de las seis semanas siguientes estuviste asistiendo a todos aquellos
rodajes en los que yo participaba, tanto dentro como cuando la película
requería de escenas en el campo o la playa, sobre todo en la playa y sobre
cuya arena y al atardecer dábamos largos paseos. En todo este tiempo
parecías desenvolverte como pez entre aquellas nacaradas espumas.
Moviéndote con toda soltura y comodidad, y siempre gracias a las facilidades
de tu amigo, que no ponía ni el más mínimo impedimento para que
estuvieras presente donde quiera que fuésemos a rodar.
Es curioso cómo a estas alturas te habías ganado el respeto de mi
madre ante el trato observado, y la confianza de ella y la mía también,
mediante una hábil estrategia sabiamente estudiada al milímetro y que acabó
de forma fructífera aquella noche inolvidable de mediados de Octubre. El
equipo hubo de desplazarse hasta la costa malagueña donde habría de rodar,
si el tiempo no lo impedía, durante un periodo de aproximadamente tres o
cuatro días. Mi madre quiso aprovechar estos días para dar una escapada a
casa. No le hizo mucha gracia el dejarme sola aquel día, pero viendo tu
comportamiento a lo largo de estas semanas donde nos veíamos casi a
diario pensó que podía confiar en ti; y ayudada, lógicamente, por mi
insistencia en que fuera tranquila, aquella seguridad demostrada por mí
misma, dio su fruto.
-¡Al fin, tú y yo solos!
En cierta medida me abrazó el pánico, pero también a la vez una más
que extraordinaria expectación sensual se apoderó de mi, manteniéndome
toda la tarde y la noche de tal forma excitada que más parecía miedo que
deseo. Aquella fue mi primera cita a solas con un hombre, un hombre que,
probablemente, no dejaría pasar la oportunidad tan esperada de forma tan
entregada aduladora y sobre todo paciente. Verdaderamente había tenido
mucha gente a mi alrededor, de la que destacaba normalmente algún que
otro moscardón con el sólo deseo de picar donde yo no podía permitir que
eso sucediera. Es verdad que me llenaban de obsequios caros y regalos
convertidos en hermosísimos centros de flores, pero aquello era distinto de lo
que me estaba ocurriendo aquella tarde. Y yo no sabía exactamente si lo que
quería realmente era ser víctima o cómplice, aunque a decir verdad, sí quería
con locura, es más, lo deseaba con toda mi alma, y que no estaba dispuesta
a obstaculizar aquellos deseos que leía en tus ojos.
Aquella tarde te mostraste exactamente como siempre fuiste, y con la
habilidad del maestro que llevabas dentro tomaste las cartas que te ofrecí y
las jugaste a la perfección. Primero me llevaste a un Restaurante a cenar.
Restaurante por cierto, al que según tú, no habías ido nunca. Era todo de un
lujo soberbio y en cuya piso superior existían unos saloncitos reservados
para gente de empresa. Imagino que este detalle ya que no conocías el lugar
se debió a tu vasta experiencia demostrada a lo largo de los años. Lo cierto
es que la cena fue magnífica y yo me encontraba en la gloria. Y por si a la
cena le faltaba algo además de los postres, cuando llegaron estos, el que
habías pedido para mi venía adornado con una rosa azul y cuyo conjunto,
según tú, hacía juego con la miel de mi cabello y el color de mis ojos. En
realidad no sabía si tomar aquel postre o guardarlo como recuerdo. Me
levanté y me dirigí al baño. Cuando estuve de regreso y volví a sentarme, me
cogiste la mano y con la otra levantando mi servilleta me mostraste un
estuche preciosamente decorado y de un rojo intenso que me dejó un tanto
perpleja...
- Pero, ¿qué es esto, Poli? -Ya te llamaba Poli.
Dadas las circunstancias, la ingenuidad de la pregunta me sorprendió.
No me imaginaba, o sí, su contenido. El caso fue que me costó algún
esfuerzo el no correr para abrirlo sin esperar cualquier tipo de explicación, a
la vez que deseosa de dar la vuelta a la mesa y echarme como una colegiala
en tus brazos.
- Nada que tú no te merezcas.
Antes de conseguir abrir la cajita se me escurrió de entre unos dedos,
que a decir verdad habían perdido casi por completo todo tipo de sensibilidad,
hasta que por fin y accionando el broche quedó al descubierto una bellísima
gargantilla que entendí sería de platino u oro blanco y la cual tenía
engarzada una delicada hilera de pequeños brillantitos cuyo fulgor no había
visto en mi vida.
- ¡Es una preciosidad, Poli! -Te dije con un calor en el rostro y del que
me daba la impresión se me habría puesto de un rojo tan encendido como
la imaginaria sangre que brota de la herida producida por la flecha de Cupido.
Pero, ¿tú has visto que maravilla?
- Justo como ese brillo que ahora tienen tus ojos.
A veces pensaba que eras un maestro de la cursilería, pero qué
quieres que te diga: a mi me gustaba, y aquella forma de decirlo me sonaba
a música celestial.
- ¿Quieres ponérmelo? -te pedí con una voz que apenas era un susurro.
- ¿Aquí mismo?
Posiblemente pensaras que el lugar idóneo sería otro más, digamos,
adecuado, más íntimo; un lugar y momento en el que yo ya un tanto
debilitada cayera de la forma más inocente.
- ¡Por supuesto! Me muero de las ganas de bajar porque cuando lo
haga todos me verán lucirla. No tenemos nada que ocultar. -Al menos eso
era lo que yo pensaba; la realidad era bien distinta.
Con una sonrisa pícara, te levantaste -creo que jamás me has
parecido más alto, ni más apuesto-. Tomaste con delicadeza la joya y
colocándote a mi espalda me la pusiste tiernamente en el cuello. Creo que el
roce de tus labios en el mismo aparte de intencionado, me pareció de lo más
exquisito, al tiempo que manteniendo tus manos sobre mis hombros,
acariciadoras y ardientes, te inclinaste ligeramente susurrándome algo al
oído.
- ¿Sabes que te quiero con locura?
Era la primera vez que me lo decías, y el escalofrío que me produjo tu
aliento en la nuca se extendió como un reguero de pólvora, como un
relámpago por todo mi cuerpo, poniéndome la carne de gallina. Me volví,
tomé tus manos y con el consiguiente nerviosismo te dí a entender que yo
también estaba loca por ti aunque, creo que eso ya te lo habían dicho mis
ojos. Comprendiste el mensaje sin que mediara palabra alguna.
No sé como nos dimos tanta prisa en terminar la cena, y poco antes de
las doce te pedí me regresaras al hotel como si temiera que, al igual que el
cuento, perdiese mi zapato de cristal y mi carroza se convirtiera en calabaza .
NUEVE
Como hicieras tantas veces me acompañaste a la habitación, y
entonces tuve claro que aquella noche no ibas a quedarte en la puerta para
después: una despedida más y marcharte. Esa noche, no. Y no hizo falta que
tú lo pidieras, aunque esa noche, más que nunca, lo estabas deseando; te
veía como a punto de estallar ante lo que hubiera sido otra negativa por mi
parte. En el arrebato de una más que cuestionable decencia, fui yo la que te
invitó a pasar, y a quedarte. Por el camino había estado madurando la idea
de que aquella noche yo saldría de mi letargo, de aquella especie tonta de
clausura que me había impuesto en atención no sólo a mis creencias, sino a
las tantas y tantas recomendaciones morales y éticas por parte de mi madre.
Había decidido que esa noche me entregaría a ti sin tan siquiera intuir
que aquella entrega me estaba convirtiendo no sólo en tu esclava favorita,
sino que también sufriría, al igual que tu mujer, de tus largas ausencias con
el paso del tiempo, aunque el resto hasta el día de hoy es ya de un agua más
que pasada. Pero aquella noche se intercambiaron los papeles: el cordero se
convirtió en lobo, y aquella mansa cordera, debido a la fiebre que le hacía
estremecer tan sólo de pensar en que por primera vez en su vida iba a dar
rienda suelta a toda aquella amante y calenturienta fogosidad dormida, se
abrió a ti como se abre la flor apenas recibe las primeras gotas de un rocío
de madrugadas eternas. Es cierto que si en un principio sentí algún temor,
este se esfumó enseguida al notar tu cuerpo fundido con el mio sin el más
rudo roce. Todo eran arrumacos. Caricias que yo disfrutaba al sentir tus
manos recorrer todo mi cuerpo. Me besabas el cuello una y otra vez, hasta
que tu boca sedienta la uniste a la mía, sintiendo como me abrasaban tus
labios a la vez que mordías los míos con fruición.
A partir de ese día, pero con mi ayuda, te ganaste bien a mi madre para
que nos dejara salir solos más a menudo, aunque ya no me esperabas en
los platós sino que quedábamos en la cafetería más cercana al lugar en el
que estuviera rodando. Entendía que al estar durante tantos días sin visitar
tus empresas, deberías estar en contacto mediante llamadas telefónicas. El
Telégrafo también era tu menú diario. Iniciaríamos entonces una relación que
se iría estrechando poco a poco y con una relatividad convencional en sus
primeros pasos.
Entre cine, salas de fiesta y restaurantes pasamos una buena
temporada. Era un relación aparentemente seria, que lo fue de dependencia
total por mi parte casi desde el primer momento: física y afectiva, maravillosa.
Ello no impidió cualquier capacidad de reacción cuando, ¡por fin! me hiciste
saber, aunque con cierto teatrismo, que estabas casado. ¡Casado! -farfullé-.
Casi me da un síncope. El dolor desgarró mi interior como un cuchillada;
agravado, si cabe, por la humillación de sentirme engañada, traicionada
vilmente, de haberme entregado, dócil y confiadamente a un hombre que
resultó estar muy alejado del príncipe azul que yo imaginé un día. Pero si
algo tuve claro también desde el primer momento -incluso con los latidos del
pecho desbocados, sumida en lo peor de la crisis-, fue que no te dejaría.
¿Cómo pude llegar a pensar que en el fondo se trataba de una simple
cuestión de orgullo? Mi dignidad había quedado pisoteada, perdida para
siempre, diría mejor y, puesto que esto había sucedido así, no estaba
dispuesta a perderte por un sentido demasiado estricto de la moral o de las
buenas costumbres. Soy de las que piensan que el amor de verdad sólo
llama una vez a nuestra puerta. ¿Cuántos mueren, de hecho, sin conocerlo
jamás? Y yo había tenido la fortuna de haberlo encontrado apenas
empezando a vivir. Sería tu esclava si tú lo deseabas, y llegando hasta el
extremo de abandonar mi carrera, si tú me lo pedías.
Y me lo pediste. Mi respuesta fue tajante, afirmativa, por mucho que me
cueste entenderla con la perspectiva que dan los años y toda una vida a tu
lado, me supongo el distanciamiento de mi familia -que sólo recuperaría en
parte después de años de suplicar su perdón- pero, sobre todo, lo que más
me duele aún fue el definitivo alejamiento de mi madre, cuando ella se había
opuesto con todas sus fuerzas a que lo abandonara todo y me marchara con
un hombre casado, tirando por tierra tanto esfuerzo, y una carrera como
Actriz que tanto prometía a decir de los entendidos.
– ¡Tú estás loca, chiquilla! ¿Cómo no eres capaz de darte cuenta de que
el indeseable ése te quiere sólo como segundo plato, como carne fresca con
la que aliviar la dieta demasiado estricta que le sirven en su casa? ¿Cómo
vas a ser capaz de vivir en un pueblo después de haber conocido el lujo y el
éxito en los lugares más hermosos? ¿Cómo piensas que puede ser tu día a
día, pendiente siempre de los caprichos de un hombre que en ningún
momento va a abandonar su vida de señorito vividor por ti ni por nadie, y
mucho menos a su mujer? Nunca lo hubiera esperado de ti, Marina. A mí se
me parte el corazón, pero tú te estás condenando a la peor de las desdichas.
Todo esto y mucho más no dejabas de decirme mi madre con los ojos
anegados de lágrimas.
Hoy sé que mi madre llevaba razón en todas y cada una de sus
advertencias y recomendaciones. Qué ciega debía de estar entonces para no
comprenderlo. Los ímpetus de la juventud, la falta de experiencia, y aquel
encelamiento puramente animal, se me impusieron a sus generosos
consejos y me vine contigo. Ni siquiera me despedí de aquellos compañeros
del cine con los que tantas horas viví feliz y contenta de hacer lo que me
gustaba.
En fin, como decía mi abuela: Nunca es tarde... Pero yo sigo
preguntándome aún: ¿Cómo he podido tardar tanto tiempo en tomar esta
decisión? Sin embargo la tomé. Me he ido de tu lado y de la que siempre fue
tu otra casa, aquella en la que tantos años pasamos juntos, y que
últimamente no ha servido más que, por tus años, para escuchar tus quejas,
tus malos humores y sobre todo, el que ya no eres el hombre aquél que me
llenaba de tiernas caricias y mimos asegurándome de que jamás te
separarías de mi.
Has de saber que cuando he recibido últimamente la visita de don
Serafín, el médico del pueblo, para tratarme algún que otro catarro, no se
resistió a comentarme que tenías algún problema, del que no quiso hacerme
partícipe, asegurándome, con cierto titubeo, que no era nada importante.
Por último sólo te ruego que no hagas por buscarme. La decisión de
romper definitivamente con esta relación la he meditado en profundidad y, he
pensado que tanto para ti como para mí, es lo mejor. Espero que mi madre
me haya perdonado -como a ti tu mujer tras el conocimiento de mi marcha-,
que mi familia me acepte, y pueda comenzar una nueva vida en la que, no te
quepa la menor duda, los recuerdos estarán siempre presente pues nunca
dejaré de pensar en ti como el hombre que me despertó no sólo a la vida,
que me hizo mujer, con el que descubrí el amor y todo aquello que en un
tiempo me hizo tan feliz.
Adiós Poli.
Marina.
DIEZ
Antes de plegar aquellos folios que entre sollozo y sollozo fui
rellenando hasta bien entrada la madrugada, aún se me ocurrió que podía
aclararle algo, aunque en ello no puso nunca el más mínimo interés, no
obstante quise dejárselo dicho en una postdata:
Poli, el nombre que figura en el certificado de mi nacimiento es el de
Irene Parra lo de Marina la Sol fue un acuerdo entre mi primer representante,
mi primer director y mi madre. Te explico: lo de Marina vino por haber nacido
en la costa malagueña. Este dato sí que ya lo conocías, aunque ignoraras el
motivo exacto. Lo de Sol me vino dado porque una noche que acudí al
espectáculo en el que trabajaba mi padre, un señor me preguntó que si me
interesaba trabajar como extra en una película que iba a rodar en Málaga. Mi
padre dio su consentimiento. Haría un pequeñísimo papel como relleno en un
grupo de gitanos. A su director de fotografía, al parecer, no le pasó por alto
mi belleza sureña, el cual pidió hacerme unas pruebas. Y de ahí lo de Sol.
Decía que no había nada más deslumbrante que el sol de Málaga, ni los
rasgos que había visto en mi.
¡Las dos de la madrugada, qué tarde!
Rosa se había quedado dormida al amor de la lumbre cuyos leños
comenzaban a declinar. El día anterior le había pedido que se quedara esa
noche conmigo con el fin de ayudarme a la mañana siguiente. Lo hizo de
buen grado.
Procedí a cerrar el sobre tras haber escrito la dirección de Hipólito. En
el remite escribí: Parra y Claramunt Textiles del Mediterráneo. Ello me daba
casi la plena seguridad de que la familia no abriría la correspondencia de
Hipólito hasta que él no regresara. Aunque ya nada me importaba.
- ¡Señorita, señorita, son casi las ocho!
Me llevé un buen susto, pues yo también me había quedado dormida
toda la noche en el sillón orejero que un día Poli me regalara con motivo de
una torcedura que sufrí lastimándome un tobillo por lo que hube de guardar
reposo durante bastantes días.
Me di cuenta de que aún estaba con el camisón puesto.
Inconscientemente y debido a haber sentido frío, me habría echado por
encima una manta de viaje, y no se porqué en ese momento me vino a la
mente cómo en aquel duermevelas había estado reviviendo la última noche
que pasamos juntos.
Poli acababa de llegar de Orihuela. Serían sobre las diez. Le pregunté
si quería comer algo y me contestó dulcemente que a mí. Me pidió que
dejara lo que estaba haciendo y que lo acompañara al dormitorio.
Ya en él me sentó sobre el borde de la cama y comenzó a desvestirme,
sin prisas, como disfrutando del momento; disfrute que yo compartía pues
notaba cómo mi cuerpo iba variando por momentos. Él también se ayudaba
ha hacer lo mismo. Cuando me echó hacia atrás sobre la cama, colocó mis
muslos sobre sus anchos hombros y comenzó a besármelos. Su boca de
forma tan cariñosa como lasciva y pausada, buscaba entre el bosque
púbico, hozando sin respirar casi, hallando su entrada y saboreando el
preciado manjar que, según él, era algo así como el culmen de la ambrosía.
Al mismo tiempo sus manos se alargaban hasta el infinito o al menos
eso me parecía a mí, ya que alcanzando la firmeza de mis pechos los
masajeaba con la delicia que produce la caricia de unas manos poco suaves,
pero que me ponían los pezones como si quisieran salirse de sus propias
agujas y eso, hacía que mi cuerpo se estremeciera de tal manera que
agarrándole la cabeza con ambas manos lo atraje hacia mí, al tiempo que
colocando los pies sobre el borde de la cama, y él ya perfectamente
acoplado, formando ambos un solo cuerpo en frenético desenfreno,
alcanzamos un éxtasis que no olvidaré jamás.
Aquella noche sería el resultado de una de las caras de una misma
moneda. La cara enamorada y concupiscente. Ya vestidos de nuevo me pidió
que ahora sí se le había despertado el apetito, por lo que mientras se tomaba
una copa de vino le preparé algo de comer. Cenamos juntos, y al finalizar
deslizó una mano sobre el mantel que yo pensé que buscaba la mía, y al
alargarla noté como depositaba en ella una cajita de terciopelo azul claro.
Nerviosa la abrí y pude contemplar un juego de pendientes tan brillantes
cómo hermosos los cuales me recordaron al momento que hacía juego con
un colgante que ya anteriormente me había traído en uno de su viajes a
Alicante.
Al día siguiente abrí el estuche con idea de ponerme los pendientes y
que me los viera cuando llegara al mediodía, cosa que no era costumbre en
él, pero lo había dicho y yo lo creí. No apareció, por lo que decidí quitármelos,
y fue entonces cuando al devolverlos al estuche observé un piquito de papel
blanco asomando por una de las esquinas del asiento donde se encajaban
las dos piezas. Levanté el revestimiento el cual estaba suelto y extraje el
papelito doblado. Al desplegarlo pude leer: “Este no será el único, Alicia. La
mujer más hermosa del mundo se merece esto y mucho más. Te amo más
que a nadie.” Esa otra cara de la moneda fue la que me hizo pensar en tomar
la decisión...
- ¡Hay que darse prisa, Rosa o perderé el tren!
- Esté tranquila, Señorita Marina, tiene tiempo y la estación no queda
muy lejos. Acuérdese de lo que dijo Tomás: “Con que esté a recogerla a las
nueve es suficiente”.
- Sí, pero a mi me gusta hacer las cosas tranquilamente.
Ya estaba arreglada y la maleta cerrada cuando, pensando de nuevo
en el sueño, en el recuerdo, de nuevo oí la voz de Rosa.
- Señorita, ahí está Tomás.
- Bien. Coge la maleta y el maletín ese y llévalo al coche. Yo voy
enseguida.
Ya en el taxi, un Seat Versalles 1400, tan reluciente como su propietario,
nos dirigimos a una estación recién reformada y la cual distaba unos cuatro
kilómetros del barrio de las Flores.
- Rosa, aquí tienes una pequeña indemnización con mi agradecimiento.
Te ruego que cuando vuelvas a la casa cubras todos los muebles con
sábanas. Cuando acabes cierra la casa y haz por ver a don Hipólito y le
entregas la llave.
- Tomás, tenga la bondad de pararse un momento cuando pasemos
ante la estafeta de correos.
- Muy bien señorita, pero no tarde.
- No se preocupe, será sólo un momento.
Ya ante el mostrador, saqué el abultado sobre del bolso, y este quedó
ridículamente adornado en su esquina superior con un sello de dos pesetas
ilustrado con la regordeta efigie de un Franco semisonriente.
Tras la tierna despedida de Rosa en el andén, la cual me ayudó a
acomodarme en el departamento y apearse después de un par de besos, la
máquina tosió varias veces, largó una buena rociada de carbonilla y
comenzó a deslizarse tan suave como lentamente sobre aquellas dos varillas
metálicas.
Me asomé a la ventanilla, viendo cómo la estación se quedaba cada
vez más pequeña, ignorante de que dos pares de ojos en cuyas retinas
estaban reflejadas unas buenas dosis de malicia acumulada durante años, y
que no dejaron de contemplar con cierta satisfacción el punto oscuro que se
apreciaba ya del vagón de cola hasta que este se perdió completamente en
la lejanía.
Ya acomodada en el departamento saqué un librito que llevaba con
idea de entretenerme durante el viaje, cuando reparé por casualidad en una
frase que me resultó no sólo bastante elocuente, sino que me hizo caer en
una especie de reflexión en la que me puse a meditar enseguida: “No sería
mala idea escribir algunas de mis memorias y los recuerdos que guardo
sobre estos años pasados”. Todo fue pensar en ello y, dejando de lado el
libro, abrí el bolso y saqué mi cuadernillo; me lo coloqué sobre las rodillas y
comencé a darle vueltas al tema, pues no tenía muy claro de por donde
habría de comenzar. Así que, acordándome principalmente de la carta y
cuanto había derramado en ella, comencé a escribir... pero, no había
rellenado una cuartilla cuando sin darme cuenta estaba jugando con el lápiz
entre los labios y mirando al techo del vagón mientras mi mente me decía:
“Tendrás que buscarte a alguien que te ponga en orden todo esto que llevas
dentro”. Sin quererlo, y debido a lo poco que había dormido la noche anterior,
me quedé tras un duermevelas al que siguió un sueño profundo y del que me
desperté sobresaltada una hora después, motivado por los pitidos que emitió
la locomotora cuando al acercarse a un paso a nivel sin barreras, alguien, de
forma irresponsable, cruzaba las vías en aquel momento. Me dirigí al cuartito
de aseo y me refresqué con idea de espabilarme...
ONCE
Mostrando la agresividad que le caracterizaba cuando algo no era de
su agrado, y un amargor interior, producto de la enfermedad que le corroía,
aquella mañana, pasadas las once, don Hipólito se presentó de improvisto en
la humilde casa de la señora María Engracia: vivienda esta que era
compartida con su hija Rosa y el resto de su familia.
- ¿Está aquí Rosa? -preguntó sin tan siquiera saludar-.
- No señor, no está. ¿Se le ofrece algo?
- Lo que yo necesito no me lo puede facilitar Vd. Solo dígame dónde
está Rosa.
- Rosa está en la compra, y Vd. no tiene ningún derecho sobre ella y
mucho menos venir a esta casa con esta falta de respeto. ¿Qué se ha creído?
Rosa ya no trabaja ni para Vd. ni para nadie. Lo que tenga que decirle a mi
hija también es de mi incumbencia, por lo que le pido que se marche, y
cuando ella regrese ya le mandaré aviso, si es que ella accediera.
- ¡Accederá, no le quepa la menor duda! Y a Vd. también por la cuenta
que le trae, y no podrán decir ninguno en esta casa que no me conoce, ni
sabe cómo se las ha gastado siempre un de la Torre. -dijo don Hipólito
soltando un bufido, al tiempo que, dando un portazo salía de la casa-.
Gracias al grosor de los muros con que se construyeron aquellas casas
centenarias, don Hipólito no pudo oír como María Engracia decía tras la
salida de éste: -Sí, sí que lo sabemos hijo de puta, de sobra lo sabemos.
Pero algún día alguien dará cuenta de ti, Fascista Cabrón.
Unas horas después don Hipólito se presentó en su casa con cara de
pocos amigos. Su mujer, Clara, con una sonrisa que él no supo descifrar lo
recibió ayudándolo a quitarse el abrigo y colgarlo en el perchero que se
encontraba a la entrada. En este detalle tampoco cayó, ya que jamás ella lo
había hecho. Sin mediar palabra alguna y poco menos que ignorando su
presencia, con un paso que se adivinaba quejumbroso, se dirigió a su
despacho. Ya en él, se sentó en el sillón tras su escritorio y se puso a revisar
unas escrituras de forma mecánica, aunque era más que evidente que sus
pensamientos, a todas luces, se encontraban en otra parte.
Doña Clara, exultante de una felicidad a medias manifestada, le siguió
los pasos con el vivo y oculto interés de disfrutar del momento, pues estaba
segura de que ya estaba al corriente de la huida de su amante, la Polichinela,
como ella le llamaba cuando hablaba con su hermana Angélica o con sus
más allegadas amigas, aunque este detalle era harto conocido por todo el
pueblo. Sin poderse contener y con cierto regodeo hábilmente disimulado, le
preguntó sentándose en el sillón que, normalmente, estaba dispuesto para
las visitas:
- Te noto un poco alterado, Hipólito, ¿ha ocurrido algo en la fábrica?
¿algún problema con el personal tras la huelga de hace unos días? El
periódico no dice gran cosa, y tú ya sabes que las noticias vuelan que es una
barbaridad. Parece que la cosa se está tranquilizando.
- No, ningún problema; todo marcha de nuevo como siempre, -dijo sin
apartar la vista de unos sobres a los que seguro ni siquiera le estaba
prestando atención-.
- ¿Quieres que te prepare una copa?
- No, gracias; ya me la pondré yo. Ahora, si no te importa, lo que
necesito es estar sólo un rato; ya me avisarás para la cena, pues he de
resolver unos asuntos pendientes y hacer algunas llamadas.
“Sí, sí, solventa esos asuntos pendientes” -pensaba socarronamente
doña Clara levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, la cual cerró a su
espalda al tiempo que una sonrisa de satisfacción afloraba en un rostro ya de
por sí diabólico-.
“Anda que te quedan unos pocos de días en los que vas a saber lo que
es sufrir por alguien que te hace sentir no sólo abandonado, sino poco
menos que despreciado. Espero que al final te des cuenta del daño que me
has hecho a mí a lo largo de tantos años, además de haber consentido el
tenerme en boca de todos”.
A pesar de todo, doña Clara amaba a su marido, por lo que debido a
los nervios del momento, o a un posible, aunque leve estado de ansiedad,
subió a su dormitorio, y echada sobre la cama comenzó a llorar.
Don Hipólito dejó sin abrir los sobres sobre la mesa, y descolgando el
teléfono marcó un número. Tras oír un par de tonos de llamada, una voz de
mujer se oyó al otro lado de la línea.
- ¡Dígame!
- ¿Es la casa de Tomás, el taxista? -preguntó en la forma en que en él
era habitual-.
- Sí, ¿Quién le llama? -respondió la voz subiendo el tono con la clara
idea de dar a entender que no había muestras de cortesía alguna-.
- Soy don Hipólito de la Torre. ¿Está Tomás? Necesito hablar con él.
La dureza de las palabras y la sequedad de la comunicación, hizo
dudar a la señora, por ende, la mujer de Tomás, de si decir que sí o poner
una excusa cualquiera con el fin de que volviera a llamar, si es que tenía
tanto interés en hacerlo con su marido. No obstante dijo: -Espere un
momento.
Al cabo de unos minutos, tiempo empleado a petición de su mujer, la
cual aprovechó para decirle de quién se trataba, Tomás, haciéndose de
nuevas, tomó el teléfono.
-¡Sí, dígame!
- Tomás, soy don Hipólito.
- Sé quien es Vd. ¿Que se le ofrece? -correspondiendo en el mismo
tono-.
- Verá Vd., Tomás. Esta mañana llevó a la señorita Marina a la estación.
¿Puede Vd. decirme a dónde iba? ¿En qué tren se marchó? -ahora se le
notaba la voz un tanto nerviosa a la vez que angustiada ante la posibilidad de
encontrarse con una negativa.
- ¿Qué quiere que le diga? El tren era el de las nueve treinta que viene
de Barcelona y va para Madrid. -le dijo con cierto enfado.
- Pero, ¡por Dios! Eso ya lo sé. Lo que necesito saber es a dónde iba,
para dónde había sacado el billete -insistió ya exasperado y más nervioso.
- ¡Vamos a ver, don Hipólito! ¿Yo cómo voy a saber eso? Ella cogió el
tren y ya está. El tren que va para Madrid no sólo hace muchas paradas, sino
que además enlaza con los que van para Extremadura y Andalucía -dijo en
un tono que daba a entender el deseo de cortar aquella conversación.
- Y el equipaje, ¿llevaba alguna etiqueta? ¿alguna dirección? -insistió.
- Don Hipólito, creo que se está Vd. pasando conmigo. ¿Por quién me
toma? Le he dicho cuanto ha oído, no hay más; bueno sí, le diré que ella no
llevaba más que una maleta y un maletín. Y ahora si me disculpa tengo que
atender a un cliente. Buenas noches.
En la penumbra ya del despacho, don Hipólito se llevó un buen rato
con el teléfono en la mano sin colgarlo; parecía no saber que hacer con él,
mientras por su cabeza rondaban una y mil preguntas acerca de cómo poder
seguir con sus averiguaciones. Más de pronto se le ocurrió: “Si ha enviado el
resto del equipaje por transporte, lo habrá hecho desde la agencia de
Marcial...”
Con un brillo maléfico en sus ojos, encendió la lámpara de sobremesa,
descolgó el teléfono y marcó de nuevo...
- Buenas tardes, ¿Transportes Marcial? -dijo ahora de forma más
amable y pausada-.
- Sí, dígame, buenas tardes.
- ¿Eres tú, Marcial? Soy don Hipólito de la Torre, -siguió guardando una
cierta compostura ante el recuerdo de lo que había ocurrido con el taxista y
su mujer-.
- Sí, soy Marcial. ¿Qué desea don Hipólito? -ya Marcial barruntaba el
motivo de la llamada.
- ¿Podrías facilitarme la dirección a dónde has enviado los bultos de la
señorita Marina? Es que se ha olvidado en la casa un mueblecito al que le
tenía mucho cariño y quisiera enviárselo -dijo utilizando un acento que en
absoluto iba con él, y que para el transportista no pasó desapercibido.
- No hay ningún problema. Envíemelo que se lo embalaré y se lo haré
llegar a la señorita Marina -dijo Marcial, aunque ello sabía que no iba a dar
resultado. Como así fue.
- No se moleste Marcial. Dígame tan sólo la dirección y yo se lo enviaré
perfectamente embalado y etiquetado -dijo ahora ya un poco molesto.
- Lo siento, don Hipólito, pero es que me dejó muy claro que no le
refiriera su nueva dirección absolutamente a nadie. Ya sabe Vd. de mi
discreción.
- Le irían bien cien duros, amigo Marcial, ya sabe lo que quiero decir.
- Sé muy bien lo que quiere decir, y quiero olvidar lo que acabo de oír.
Si no se le ofrece otra cosa, disculpe, tengo mucho trabajo. -Seguidamente
colgó.
Cuando oyó el último clic, señal de que se había cortado la
comunicación, se puso tan furioso que golpeó de tal forma la base del
teléfono que estuvo a punto de romperla.
DOCE
Había transcurrido un año desde que Irene había abandonado a
Hipólito, y se hallaba inmersa en la recuperación de su antigua profesión de
Actriz. A requerimiento de su buen amigo y director Javier Mendizábal, el
cual le había propuesto para desempeñar un papel secundario en una nueva
película, se vio en la necesidad de desplazarse a Madrid de forma
continuada; viajes estos que aprovechaba para encontrarse con su amigo
Carlos el cual le ponía al corriente de cómo iban sus inversiones, al tiempo
que le asesoraba acerca de la aceptación de las condiciones de su contrato
como hiciera con anterioridad.
El primer día en que se encontraron en la estación de Atocha, Carlos
no pudo por menos que reprimir un silbido. Hacía años que no se veían y se
sorprendió del estado en que a Irene se mantenía.
Aún a pesar de la edad, Irene conservaba una belleza extraordinaria,
pues sus rasgos habían adquirido una más que singular particularidad. Todo
en ella parecía tener la medida justa de una hermosa mujer que aún no
había cumplido los cincuenta años. Su pelo, ahora de un tono color miel de
sol, caía en corta melena enmarcando una cara de facciones
primorosamente cuidadas y definidas; su nariz; su boca; sus piernas, y
aquellos pies que eran perfectos. La gracia de su figura sureña bien hubiera
hecho despertar la envidia de la mismísima Rita, a la que desde siempre
veneró como diosa del cine. La simetría de sus formas puras parecían
sacadas de los bocetos más brillantes que tan celosamente guardaban los
estudios más modernos de la arquitectura vanguardista.
Tan sólo algo destacaba en desproporción entre tan armónico equilibrio,
pues las imperfecciones, a veces, son dadas por Dios como sello indeleble
de la persona. Incluso en ocasiones, éstas podrían llegar a ser tan
insultantes, que más bien pudieran ser tomadas como naturalidad que como
defecto. Así eran los ojos de Irene, irreales, verdes a la vez que
extrañamente hermosos, desproporcionados, porque no era posible ver ojos
tan grandes y bellos; y dentro de ellos un color de olivares cuando el sol de
una amanecida en la que se puede observar el fulgor de un día
presentidamente diamantino. Y así era su mirada, una mirada llena de una
luz que pudiera haber sido la de aquellas abandonadas estrellas, y que
parecían habitar en los más profundo del mar, porque sus ojos eran los ojos
de Andalucía.
Aquella mañana, cuando Irene se apeaba del tren, buscó con la mirada
a lo largo del andén, pues el día anterior había avisado a Carlos de su
llegada, y él le dijo que iría esperarla.
Tras un, como siempre, caluroso abrazo, Carlos le preguntó del por qué
de este nuevo viaje.
- Venga desembucha, a qué viene tanto misterio que ni siquiera
quisiste decirme por teléfono la razón de esta venida a Madrid, cuando tan
sólo hace tres semanas que terminaste la película de Mendizabal para la TV.
Chilena -dijo mostrando unos ojos sonrientes por encima de unas gafas de
redondos cristales que más que de abogado y financiero le daban un aire de
maestro de escuela.
- Bueno, pues es que quería estar contigo. Te recuerdo que cuando
terminé la película, tú no estabas en Madrid; te habías ido a Galicia para
preparar, según me dijiste, un congreso sobre no sé qué de economía. -dijo
ella de una forma tan sensual que Carlos al advertirlo noto arder sus mejillas-.
- Y es cierto. No sabes cómo me sentó de mal cuando me dijeron la
fecha. La verdad es que todo fue tan precipitado que sólo me dio tiempo a
decírtelo por teléfono, pero, en fin ya pasó. Y ahora: cuéntame cómo terminó
el rodaje, y que tal la despedida, porque, conociendo como conozco a Javier,
supongo que habría una gran fiesta.
- Y no te equivocas. Hubo una celebración por todo lo alto en la que a
ser sincera, te eché mucho de menos. Pero, dime, tú, ¿cómo estas?
- Estoy muy bien. Trabajando mucho para este nuevo grupo de
empresas, -aquí hizo un largo paréntesis para decir-: y pensando todos los
días en ti.
- ¡No será para tanto! -dijo haciendo un coqueto gesto con su nariz-.
- Es cierto, y tú lo sabes. Desde que llegaste has despertado en mi
solitaria vida las ganas de vivir momentos diferentes a los que me tiene
acostumbrado el monótono trabajo del despacho. En Galicia me hice el firme
propósito de llamarte una y otra vez, pero preferí dejarlo, y como sabía que
te encontrarías en tu casa de Sevilla, pensé en darte una sorpresa. Cosa que
no ha podido ser posible ya que cuando llegué a Madrid, no acababa de
dejar las cosas en casa cuando recibí tu llamada diciendo que venías.
- ¿Te arrepientes?
-¿De qué, de no haberte podido dar la sorpresa? No, en absoluto.
Teniéndote aquí ha dejado de importarme el resto del mundo.
Irene, más ducha que él en estos temas, debido a la cantidad de
escenas falsas trabajadas, una y otra vez, en la película que acababa de
rodar, lo tomó por las solapas atrayéndolo hacia ella, y haciendo que se
fundieran en un nuevo y aún más caluroso abrazo, en el que no faltó el que
ella, aupándose un poco pues no en vano era un poquito más baja, le pasara
una de sus manos por detrás de la cabeza acariciándole la nuca. No le pasó
por alto el que aquél corpachón vibrara cuando lo tuvo pegado a su pecho.
Carlos, que aún sediento de que momentos así le hicieran conferir
esperanzas respecto a Irene, pues hacía mucho tiempo que no tenían
relaciones cercanas de ningún tipo, a excepción de las puramente amistosas,
y en cierta medida comerciales, sintió en lo más profundo de su ser que
aquel espontaneo abrazo encerraba algo más, por lo que lleno de una
felicidad inesperada, notó como por su espalda corría un sudorcillo nunca
hasta ese momento sentido.
Deshecho el abrazo, y quedados frente a frente, Irene reparó en la
mirada de él. Una mirada nunca vista ya que, clavada en sus ojos, esta
desprendía el fulgor propio del deseo incontenible de volver al abrazo. Nunca
había reparado en la profundidad de aquellos ojos de un color marrón que
siempre se encontraban protegidos por unos lentes de corte antiguo. No,
nunca se había fijado realmente en el hombre que tenía enfrente, aunque
frente a él no era la primer vez que se encontraba; sin embargo, ahora era
distinto, y sabía por qué. Se lo dijo su corazón, cuando hasta entonces no
había sido así. Pensó que ya no había vuelta atrás, y es por eso que, durante
unos segundos, se recreó observando el mechón de cabello castaño cual
reflejo otoñal, que, en dibujado remolino, le caía sobre un lado de una frente
perfectamente modelada; las mejillas, generosas y sonrosadas como sus
labios hacían llamada a un apasionado deseo.
- Tengo el coche en el aparcamiento, -le dijo tomando su maleta. -
¿Vamos?
TRECE
Habían pasado dos días desde que Marina (Irene) se fue del pueblo,
cuando aquella tarde, al llegar a su casa tras una inspección en la fábrica,
don Hipólito se dio de bruces con su mujer que salía en ese mismo instante a,
según ella, realizar unas compras; no se detuvo más que al saludo de rigor,
al observar la cara descompuesta que éste no sólo aparentaba, sino que lo
pudo comprobar cuando ya una vez en la calle se oyó un portazo terrible, por
lo que se dijo para sí “suerte que me llamó mi amiga Adela, pues esta tarde
la casa va a ser una Olla a presión y no seré yo quien la destape”. Y así fue...
Don Hipólito, ya puesta su bata de estar en casa, se dirigió hacia el
mueble Bar del salón y se sirvió una buena dosis de coñac la cual se bebió
de un trago -algo debía ir realmente mal en la visita a Orihuela, en la
Comarca de la Vega Baja del Segura, donde tenía unos negocios. La
empresa, una manufacturera relacionada también con la Industria Textil
aunque de carácter accesorio y en la que siendo propietario de una
importante participación, hacía tiempo que no visitaba por lo que ignoraba el
que se encontraran todos los obreros de huelga desde hacía dos días a
causa, no sólo de la baja rentabilidad dada la crisis, sino que esta, en parte,
era causada por el nefasto rendimiento de un personal mal dirigido. Una
dirección con la que él no estaba muy de acuerdo, y que le había aceptado a
su socio el haber permitido un tiempo de adaptación.
Fue aquella misma mañana en la que Marina abandonaba el pueblo; la
misma en la que él salía urgentemente para Orihuela después de oír el
informe que mediante la llamada telefónica que le fuera realizada desde la
fábrica, y que a priori, no sólo le puso los bellos como escarpias, sino que
además barruntaba que aquello se lo iba a encontrar en un estado
deplorable. Como así fue.
Durante el viaje no hacía más que pensar en cuánto llevaba invertido
en un negocio que, por cierto, a él no le gustaba y con el cual seguía en
atención a que fuera su padre el que lo iniciara hacía más de cincuenta años.
No acertaba a comprender cómo seguía con aquello. Y no era la primera vez
que le causaba serios problemas, por lo que pensó: “Esto, definitivamente,
se va a acabar hasta aquí hemos llegado; me encuentre lo que me encuentre
voy a dejarme de paternalismos y liquidar mi participación, ¡ya está bien!”.
Tras una hora, aproximadamente, de camino y antes de llegar a
Orihuela, se detuvo en Crevillente con idea de abastecer de gasolina el
soberbio automóvil que poseía para los viajes largos y aprovechar para
tomar un café: “así me relajo un poco -se dijo, y continuó-: No vaya a ser que
el problema sea más grave aún de lo que imagino y acabe perjudicando una
salud que no es muy boyante”.
De nuevo en marcha y tras otros, aproximadamente, treinta minutos, se
detenía ante el gran portalón que daba acceso al recinto. Este se encontraba
cerrado aunque se oía un gran vocerío desde la calle, por lo que procedió a
tocar el claxon en repetidas ocasiones hasta que en una de ellas salió
Fermín, el Portero...
- ¡Disculpe Vd. señorito! Pero es que el personal está reunido en el
patio, y conociendo el sonido de la bocina de su coche, no me dejaban abrir
aún a pesar de las protestas del Jefe de Personal -dijo el hombre quitándose
la gorra y excusándose al tiempo que no podía evitar el visible nerviosismo-.
- ¡Gracias, Fermín! Voy directamente a mi despacho, y dígale a don
Casimiro que se reúna allí conmigo, ah, y que les acompañe el Jefe de
Personal y el Encargado General. Ya sé que don Marcelo se encuentra en la
Feria Textil de Barcelona -dijo arrancando de nuevo, entrando en el recinto y
dirigiéndose sin mirar a los obreros, hacia la puerta principal de las oficinas.
Una vez saludado tanto por el Director como por el Jefe de Personal y
el Encargado General, don Hipólito les preguntó:
- ¿Se puede saber qué es lo que ocurre en realidad? Porque la verdad
sea dicha don Casimiro, es que por teléfono los nervios no lo dejaban
aclararse; suerte que me pilló en un momento en el que estaba libre de todo
compromiso -dijo de una forma tan inusual, que a ninguno de los presentes
les pasó por alto la frivolidad del comentario, conociéndole como le
conocían...
- Pues verá Vd., don Hipólito: en esta ocasión se trata de la revisión del
Convenio Laboral que, como Vd. y don Marcelo saben, debería haberse
resuelto ya hace tres meses, por lo que el personal está poco menos que de
brazos caídos a la espera de la reunión prometida hace dos semanas. Ya se
lo comenté a su socio antes de marcharse, prometiendo que se resolvería a
la vuelta, pero que mientras tanto dejaría arreglado, al menos en parte, el
tema de los atrasos, cosa que no ha hecho, ya que cuando llegué a la
mañana siguiente a la oficina de Administración no había dejado más que
una nota en la que decía que si ocurría algo anormal que lo llamara a Vd.
- ¿Cómo que me llamara a mí...? -dijo don Hipólito completamente
fuera de sí.
- Eso es lo que pone la nota; aquí la tiene Vd. -dijo el Director
mostrándole el papel.
- ¿Y qué se supone que debo hacer yo? -dijo arrancándole la nota de la
mano.
- Yo creo, don Hipólito, si me lo permite, que lo mejor que podría hacer
Vd. es hablar con los obreros; ellos están ahí y esperan una respuesta que
les valga, de lo contrario aseguran que seguirán en la misma tesitura, y no es
que hayan dejado de trabajar, que cumplir, están cumpliendo aunque a
regañadientes, cumpliendo pero, comprenda Vd. que se encuentran en una
situación extrema ya que no cobran desde hace varios meses y su casa lo
necesita -dijo don Casimiro mostrando una capacidad de dominio en la
defensa de aquellos hombres que a don Hipólito le sorprendió, al tiempo que
lo miraba como no queriendo creer lo que estaba escuchando de su propio
Director al que suponía que debería estar luchando a su lado, pero sin caer
en cuenta de que, posiblemente, él estuviera también sufriendo parte de las
mismas consecuencias, por lo que se limitó a decir:
- ¡Está bien! Voy a hablar con ellos...
- Don Hipólito, antes de ello, me gustaría mantener una pequeña charla
con Vd. en su despacho -dijo el Director al tiempo que dirigiéndose al Jefe de
Personal y al Encargado General, les hacía una indicación para que les
esperaran fuera.
Ya una vez en el interior del despacho y cómodamente instalados, el
Director tuvo la intención, desafortunada, de querer saber de la familia, pero,
don Hipólito lo cortó desairadamente, poco menos que escupiéndole las
palabras...
- ¡Al grano, don Casimiro, al grano!
- ¡Muy bien, don Hipólito! El motivo de haberle pedido este tiempo es porque
deseaba tenerle informado acerca de un tema especial que estimo debería
Vd. conocer en profundidad y el cual es la base sobre la que se apoya todo
este problema que viene sufriendo la Fábrica últimamente, y que no es la
primera vez que, al parecer, lo ha sufrido digo esto, porque para mí es la
primera, pero es que resulta de que tenemos a un elemento que es el que
trae de cabeza a toda la plantilla -dijo esto tan seriamente, que don Hipólito
que había sacado una tabaquera con idea de sacar un puro, abortó
completamente el movimiento con el fin de poner toda su atención acerca de
lo que estaba a punto de oír.
- ¡Me dirá Vd. alguna vez de qué o de quién se trata! ¿O tendré que
adivinarlo? Porque mire que le da Vd. vueltas a las cosas -dijo cada vez con
el rostro más desencajado.
- ¡Es que no es tan fácil, don Hipólito, pero claro que lo haré, le pondré
en antecedentes de inmediato: como Vd. bien sabe, a mediados de año hubo,
por la necesidad de sacar unos excedentes, que contratar mano de obra,
pero, como para recibir la compensación o subvención como se le quiera
llamar, teníamos que hacer contratos por un periodo no inferior a un año,
entre los seis nuevos que ocuparían los puestos de almacenamiento, se
encontraba, y aún se encuentra, dado que su contrato continua en vigor, un
tal Felipe Menéndez. Pues bien, éste individuo, natural de Alcoy, parece que
no ha venido a otra cosa más que a soliviantar a toda la plantilla con sus
ideas que, aunque él asegura que son renovadoras, no son más que
intentos de que esta empresa: o mejora con mucho la situación laboral en lo
que a salarios, horarios y turnos se refiere, cosa que no me creo, o asegura
no parará hasta que si ello no se consigue, no tendrán sus prosélitos,
inconveniente en seguirle en la seguridad de que en Barcelona encontrarán
puestos de trabajo seguro en el rico tejido de la Industria Textil cada vez más
floreciente. Créame don Hipólito, ése elemento es muy peligroso y, no sé por
qué, no sólo me da mala espina, sino que tengo la impresión de que está
tramando algo contra Vd.
- ¿Pertenece a algún Sindicato? -preguntó don Hipólito sin dejar de
darle vueltas al cigarro puro y que aun no había encendido-.
- Si pertenece, no nos lo dio a conocer cuando en su alta le rellenamos
la ficha en el Departamento de Personal.
- Le estoy escuchando y no hago más que darle vueltas a ese apellido.
Dice Vd. que es Menéndez, y además que vino de Alcoy con alguno más.
- Sí señor, y la única referencia laboral que podríamos decir que aportó
fue la de que había trabajado en unos telares existentes en la localidad de
Banyeres de Mariola, donde él vivía temporadas separado de la familia por
asuntos de trabajo.
Al oír el nombre de este pueblo tan cercano al suyo, la sangre se le
coaguló en el cerebro hasta dejarlo temporalmente incapaz de reacción
alguna, por lo que el Director se vio obligado a preguntarle si se encontraba
bien, ignorante de lo que en ese momento pudiera pasar por la cabeza de
uno de sus jefes. -No obstante cambió el interrogatorio e insistió: ¿Acaso le
suena el apellido? Al no oír respuesta alguna, cambió de táctica y guardó
silencio. don Hipólito seguía mirando hacia ninguna parte; la vista perdida, el
puro sin dejar de bailar entre los dedos, y su rostro, aquél rostro duro y
grosero parecía una caricatura de la que se desprendía una sonrisa tan difícil
de analizar como de llegar a poder obtenerse un resultado. Tan sólo se le oía
susurrar: Menéndez, Menéndez...
CATORCE
La mañana se había presentado soleada. Irene desperezándose, echó
los pies fuera de la cama, se calzó unas zapatillas con ribetes dorados y se
asomó a la ventana: un sol esplendente entraba a raudales aún a pesar de
tener los visillos corridos. Los descorrió y se puso a contemplar la ajetreada
calle Moratín donde estaba ubicado el Hotel Radisson Blu en el que se
encontraba hospedada. Dejó la ventana y se asomó al balcón que poseía el
pequeño saloncito. Desde allí no alcanzaba a poder ver los hermosos
jardines del Paseo del Prado, por lo que qué pensó: “Lástima no estar más
cerca, la vista sería maravillosa”.
Descolgó el teléfono y pidió el desayuno. Mientras llegaba la camarera
con el servicio, sacó de su bolsa un bote de aceite con esencias del Naranjo.
Tenía necesidad de un baño relajante. Fue a abrir el grifo de la bañera justo
en el momento que llamaban a la puerta; abrió e hizo pasar a la camarera
que portaba una bandeja. Le pidió la dejara sobre la mesita, y una vez sola
se dedicó a dar cuenta de aquel magnífico desayuno que se había hecho
pedir. Comió con fruición al tiempo que se quedaba sorprendida por el
apetito que tenía, sobre todo después de recordar la pesadilla de la pasada
noche.
Tras haber engullido el segundo Croissant, se quedó con el tenedor
haciéndole de flauta sobre los labios e intentando no pensar en lo sucedido.
Pero entendió que era demasiado fuerte: “El piso del sendero montañoso
repleto de hojarasca estaba flanqueado por dos hileras de álamos blancos,
tan juntos entre sí que se le antojaban como paredes de troncos, ya que
hasta unos metros de altura todos carecían de ramas bajas. Por él se
encontraba paseando cuando aquella espantosa tormenta descargó
inmisericorde; no pudo preverla porque aquel soleado atardecer no
presagiaba lo que se le había venido encima en cuestión de segundos. ¿De
donde llegó?
Intentó guarecerse pero no encontró el lugar adecuado, no lo había y
además le daban pánico las tormentas, los rayos y sobre todo los truenos,
pero, no habían, sólo el aguacero. Las gotas eran tan gruesas que ya le dolía
la cabeza; unas gotas que se asemejaban a guijarros y que impulsadas por
el viento racheado le iban agujereando el vestido, ora por delante ora por
detrás, hasta que de aquellos jirones sólo le quedaba ya la ropa interior. Sin
embargo, observaba como aquel viento que a ella le azotaba, extrañamente
no tenía la más mínima repercusión sobre la partes más alta de los árboles;
las ramas así como sus copas se encontraban completamente aquietadas.
Fue entonces cuando le cundió el pánico, se veía desnuda en medio de
aquel torrente de agua, en medio de aquel sendero, y se preguntaba una otra
vez ¡Dios mío! ¿Cómo vuelvo a la casa?
De pronto la tormenta cesó como si alguien la hubiera cortado con un
cuchillo, y fue entonces cuando lo vio; le pareció que se filtraba por entre las
rendijas de aquella tupida urdimbre cuyas cortezas ahora se desgajaban de
sus troncos como si quisieran solidarizarse con ella al contemplarla en su
casi desnudez. Se quedó paralizada al verlo. No comprendía de dónde había
salido, y sobre todo, qué hacía allí, tan compuesto, tan limpio, inmaculado
¿Acaso a él no le había afectado la tormenta? Con el sombrero de fiesta
perfectamente ajustado a su cabeza dio un paso adelante, sólo uno, pero
esto hizo que ella lo diera atrás: Si da otro -pensó- no podré retroceder, estoy
pegada a los troncos y me estoy clavando sus recias cortezas. Miró hacia
uno y otro lado del camino más no veía a nadie. Tenía la esperanza de que a
esa hora volviera la gente del campo, pero nada. El terror se iba apoderando
de ella ante el temor de que él, Hipólito, su Poli de otros tiempos se le echara
encima. Sabía de sus modos y sus genios; por eso no hacía más que pensar
en qué le haría allí mismo tras haberse enterado de su abandono sin su
consentimiento. ¿Qué le haría?
Con los ojos anegados de lágrimas, y aquella recién comenzada niebla
cada vez más espesa, a duras penas pudo distinguir los de él inyectados en
sangre cuando a grandes zancadas se acercaba cada vez más hasta que,
llegando, de un salto se plantó ante ella atenazándola por los hombros, y sin
dejar de zarandearla convulsivamente, la rociaba de pegajosas salivas que
salían de su boca, mientras la llenaba de improperios e insultos. Sin dejar de
darle empellones intentando llevarla hasta los troncos y sin soltarla en ningún
momento, notó cómo la dureza de su mano le apretaba la garganta; ya no
podía apenas respirar y las piernas se le negaban a mantenerla en equilibrio
por lo que reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la rodilla y
dándole entre las piernas, el dolor hizo que su cuerpo se arqueara un
momento, un mínimo tiempo que ella aprovechó para empujarlo hacia atrás y
liberarse de aquella fuerte opresión.
Al sentirse libre intentó saltar hacia el centro del sendero con idea de
escapar de allí, salir corriendo hacia la casa la cual no distaba mucho desde
donde se encontraba, pero qué estaba ocurriendo: daba pasos y más pasos,
sin embargo, no ganaba terreno. ¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? Deben de ser
estos zapatos de tacón alto que al pisar el alfombrado suelo repleto de hojas
secas, y que ahora convertido en un barrizal no me permiten avanzar -
pensó- al tiempo que encorvándose, en cuestión de segundos se quitó los
zapatos mientras que al mirar de reojo hacia atrás, se dio cuenta de cómo
Hipólito ya recuperada su verticalidad, intentaba de nuevo darle alcance.
Intentó correr de nuevo más no avanzaba, miraba hacia atrás y, sorprendida,
comprendió porqué no conseguía cogerla de nuevo aún a pesar de
reconocer que sus zancadas debían ser más largas y poderosas. El motivo
era que él cada vez que alargaba los brazos, se resbalaba, como si se
deslizara sobre aquella manta de hojas en las que se convertía el fangal una
vez que ella adelantaba sus lentos pasos...”
El timbre del teléfono sonando sobre la mesita de noche, la sacó de su
abstracción devolviéndola a la realidad. Descolgó el auricular y aliviada oyó
con inmensa alegría la voz de Carlos.
- ¡Buenos días! ¿Cómo estás? ¿Qué tal la noche?
- Bien, bueno regular, ya te contaré. Imagino que te encuentras en el
Hall del Hotel.
- Sí, aquí estoy.
- Vale, pues me doy una ducha y en media hora estoy contigo. ¿Sabes?
Tengo ganas de verte -dijo con el ánimo ahora muy cambiado.
- Yo también tengo ganas de verte. Te espero abajo en la Cafetería.
QUINCE
Declinaba el sol mezclándose entre los encajes de las crestas
boscosas cuando a punto de cerrar Álvaro el Estanco, le preguntó a su
esposa:
- ¿Ha llegado la niña?
- En casa no está, ¿por qué? ¿La enviaste a algún recado?
- Poco después de abrir le pedí que fuera a recoger al Cosario unas
cajas de puros que me habían encargado. El transportista puede haberse
quedado a comer en la estación para hacer algunas gestiones por la tarde,
pero mira la hora que es...
- Puede que si no le dijeras que te corría prisa, igual se ha pasado por
casa de alguna amiga, ya sabes cómo es tu hija.
Álvaro ya había cerrado, y ambos, él y su esposa se habían internado
en la vivienda comentando la tardanza de la hija, cuando sonaron unos
golpes en la puerta...
- ¡Vamos a ver quién se ha olvidado de comprar tabaco!
La sorpresa del Estanquero fue mayúscula cuando al abrir la puerta se
encontró ante ella a una pareja de la Guardia Civil, amigos suyos y clientes
asiduos del establecimiento.
- ¡No me digáis nada! Estáis de guardia esta noche y os habéis
quedado sin tabaco. -dijo Álvaro mostrando una hilera de dientes blancos
casi perfectos-.
- ¡No señor! En esta ocasión te has equivocado. -le dijo el Cabo con
una mirada en la que el Estanquero leyó cierta pesadumbre-.
- ¿Qué pasa pues?
- Se trata de tu hija Matilde.
- No me asustéis, pero, ¿qué pasa con mi Matildita? -dijo el padre,
ahora ya bastante asustado, pues nunca había tenido una visita semejante-.
- ¡Tranquilízate! Tu hija está bien dentro de lo que cabe. Ahora mismo
está en la Casa de Socorro y está siendo atendida. El señor Juez también
está allí ya que lo ha avisado el Sargento dada la gravedad del caso.
- Pero, ¡Por Dios! Dionisio, ¿quieres explicarme de una vez que es todo
esto que me estás contando a medias?
Al oír aquella conversación tan alterada que se estaba produciendo en
el zaguán, Berta, la mujer de Álvaro, salió descompuesta preguntando que
qué pasaba, por lo que puesta, en cierta medida, al corriente de cuanto los
guardias podían contarles, el Cabo les pidió que los acompañaran hasta el
Dispensario, y que allí el Sargento les pondría al corriente aunque, no
obstante, los detalles más significativos se los darían ellos, principalmente,
porque eran los que estuvieron esa tarde de patrulla por aquella zona.
Una vez llegados a la Casa de Socorro, tras ser saludado el
matrimonio tanto por el Juez, el Sargento y el Médico, fueron introducidos en
el despacho de éste, y una vez tomado asiento, el Sargento a petición del
Juez tomó la palabra; sin embargo, antes de continuar, Berta se levantó
diciendo que lo primero que quería era ver a su hija. El Médico accedió al
tiempo que le garantizaba que se encontraba bien aunque en ese momento
estaba sedada en razón del estado de ansiedad que había sufrido en las
últimas horas.
Ambos padres, al estar junto a su hija la cual estaba sobre una camilla
descansando, ya más tranquilos accedieron a seguir con las informaciones
que estaban a punto de facilitarles unos y otros.
- Pues bien, como les había comenzado a decir, su hija Matilde ha sido
víctima de una brutal agresión, aunque sobre los daños corporales causados,
quien mejor les puede informar es el Doctor tras el preliminar reconocimiento
realizado.
- Cuando la pareja llegó trayendo a Matilde sobre uno de los caballos -
comenzó diciendo el Médico-, apenas podía responder a lo que yo le
preguntaba. Tras entrarla en la sala y acomodarla sobre la camilla, procedí a
administrarle un calmante. Se encontraba no sólo asustada y confusa sino
muy indecisa, parecía como si no quisiera decir lo que le podía haber
ocurrido. Intenté examinarla, pero no consentía que la tocara, por
lo que hasta que no le hizo efecto el sedante que posteriormente le
administré, no pude ver una serie de hematomas por todo el cuerpo, aunque
sin duda alguna, el que más resalta, debido, posiblemente, a la fuerza del
impacto, y del que deduzco fue producido por un puñetazo en sus intentos
resistentes con el fin de parar a la bestia que la estaba violentando, es el que
presenta en el mentón. Las manchas de sangre seca que han podido
observar son el producto de un brutal y agresivo desgarro vaginal producido
por las repetidas violaciones, y que tras el profundo examen al que será
sometida en el Departamento de Ginecología del Hospital Comarcal, esta
misma noche tendrán la más exhaustiva información acerca de los
resultados obtenidos.
- Pero, ¿Quién ha podido hacerle esto a mi niña? ¡Por Dios! -dijo la
madre que no paraba de llorar mientras escuchaba en silencio al Médico-.
- Sobre ello aún no sabemos nada, señora Berta. Pero no se preocupe
porque vamos a encontrar al causante o causantes de este criminal atropello,
de eso no le quepa la menor duda. Mañana temprano nos desplazaremos al
lugar junto con los especialistas del Departamento de Criminología de
Alicante, a los que hemos dado aviso para estar presente en el rastreo e
investigación del lugar. Ahora no se puede hacer nada porque, aunque
llevemos linternas, lo único que haríamos sería destrozar alguna prueba
evidente que nos pudiera llevar a posibles y seguras pistas -dijo el Sargento
al tiempo que dirigiéndose al Juez:
- ¿Le parece a Vd. señor Juez que la pareja le cuente cómo fue hallada
Matilde por ellos a la vuelta de la ronda que se suele hacer diariamente por
el pantano? Más que nada por su tranquilidad.
- No hay inconveniente, siempre y cuando lo que ellos relaten no salga
de este despacho, ¿conforme? -dijo el Juez no muy convencido, por cierto,
de hacer público, aunque sólo fuera a los padres, de lo que más tarde
pertenecería al secreto del sumario que él mismo habría de expedientar.
- ¡Adelante, caballeros! -dijo el Juez muy solemne tras un breve silencio.
-Pues verán Vds., comenzó a decir el Cabo: “Apenas habíamos
alcanzado la loma enriscada de aquella parte de la sierra, y en llegando
hasta lo alto, donde se encuentra el Eucaliptal, fue mi caballo el primero que
me dio una especie de aviso al ver cómo levantaba las orejas, por lo que
puse especial atención, ya que estos animales se comportan de esta manera
cuando observan algo extraño. En ese preciso momento avisé al compañero
diciéndole: Me ha parecido que algo se movía detrás de uno de los troncos
más gruesos de los eucaliptos allí existentes. Dejamos las monturas, y,
fusiles en ristre nos dirigimos hacia el lugar, pensando que pudiera tratarse
de algún venado de los muchos que hay por la zona, y más aun a esa hora
de la tarde, o bien, que pudiera tratarse de algún miliciano de los muchos
que también no nos faltan por la sierra. El caso es, señores que, cuando nos
acercamos, lo que pudimos comprobar fue que se trataba de una muchacha,
una joven que, semidesnuda, ya que la ropa no se la observaba en muy
buenas condiciones, estaba intentando esconderse a nuestra vista o paso.
Cuando nos acercamos ella se encontraba muy asustada y con una gran
piedra en la mano. Intentamos calmarla, asegurándole que no íbamos a
hacerle ningún daño, al contrario, que íbamos a ayudarla. La pobre estaba
deshecha, muy aturdida y sin capacidad de reacción hasta que se dio cuenta
de nuestros uniformes, -pienso yo- porque sólo entonces salió de detrás del
árbol y dejándose ver, aunque tapándose cuanto pudo, dejó que nos
acercáramos a ella. Preguntada por lo que le podría haber sucedido no quiso
decir nada. No obstante se dejó llevar por nuestra ayuda cuando le echamos
uno de nuestros capotes a modo de abrigo, y subiéndola a uno de los
caballos pudimos traerla hasta el Dispensario y dejándola en manos del
médico. Y eso es cuanto le podemos decir, al menos yo, si mi compañero
quiere aportar algo que a mí se me haya escapado...”
No hay más, señores, el Cabo ha relatado todo cuando vimos e
hicimos -dijo el número asintiendo con la cabeza.
DIECISEIS
Pasadas las tres la tarde y agotado ante las muchas discusiones
sostenidas con los empleados, sin llegar a ningún acuerdo, aunque con la
promesa dejada de que todo se arreglaría en unos días, Hipólito salía de la
Fábrica sin tan siquiera haber almorzado, por lo que llegado a una de las
ventas de Crevillente decidió hacer una parada y comer un plato de arroz y
mondongo, tras el cual y después de deleitarse con alguno de los típico
dulces de la comarca, se entretuvo en visitar a un buen colega; en este caso
se trataba de Anselmo, antiguo amigo con el que de vez en cuando hacía
algún negocio dado que éste se dedicaba a la manufactura y venta de
alfombras, además de su exportación fuera de la península.
Anselmo tenía tienda y almacén al público en Crevillente, en el barrio
de la Estación. Cuando llegó ya estaba abierta la gran exposición y tienda
con todo tipo de alfombras. Entró y de inmediato le dijeron dónde se
encontraba su amigo, pues todos conocían de la amistad y los negocios que
ambos se traían de vez en cuando entre manos. Ambos se saludaron
efusivamente al tiempo que Anselmo lo hacía pasar a su despacho desde
donde, y a través de un interfono pidió que les trajeran café.
Entre un cigarrillo y otro, se pusieron al corriente de los problemas que
venían acuciando a ambos empresarios por culpa de unas estratagemas de
fabricación, más que comerciales, según Hipólito, y que se estaban
gestando a gran escala por las textiles catalanas.
Una vez más, Anselmo recibía las gracias por parte de su amigo acerca
de cuando en cierta ocasión lo salvó de haber tenido que pasar mucho
tiempo en prisión, gracias a que él lo encubrió chantajeando a uno de los
mandos, del que tenía conocimiento de cierta tendencia sexual, cuando en
una de sus muchas ausencias del cuartel y en una reyerta nocturna había
estado a punto de matar al novio de una de las camareras que trabajaban en
el bar donde habitualmente iba todos los fines de semana, y que aquel en el
que ocurrió el percance él no apareció en varios días.
Anselmo lo había tenido escondido durante unos días en una casona
que su familia poseía en Algars, ya que no sólo era buscado por el ejército
ante su ausencia aquel fin de semana en el que no regresó al cuartel como
era normalmente su costumbre, sino que también lo buscaba el novio de
Antonia que así se llamaba la camarera.
Ramonet, como era conocido, se dedicaba a la pesca en Valencia y en
la que empleaba periodos de tiempo en los que cuando se ausentaba,
Hipólito aprovechaba para, sin perder un minuto, esperarla a la salida. Ella
que también se dejaba querer dadas las circunstancias, en razón de los
regalos que habitualmente recibía, no se dio cuenta esa noche de que, tras
el soplo recibido por uno de los parroquianos amigo suyo, Ramonet los
estaba esperando a la salida del Bar, por lo que al contemplar los arrumacos
de la pareja optó por acercarse de forma tal que, cuando Hipólito se dio
cuenta tenía el filo de una navaja albaceteña pegada a su cuello mientras
que con la otra mano lo atenazaba por el brazo impidiéndole cualquier
movimiento. Lo que no esperaba Ramonet es que ante la sorpresa, Antonia
debido al sobresalto hizo que Hipólito pudiera soltarse al tiempo que al otro
se le caía de la mano la navaja, momento este que aprovechó Hipólito para
sacar su pistola, disparándole un tiro.
La semioscuridad de la noche, cómplice de la cantidad de alcohol
ingerido, hizo que no hiciera el blanco deseado por lo que Ramonet tan sólo
sufrió un rasguño en el costado. Al oír la detonación, parte de la clientela aun
en el bar a esa hora salió, y viendo a Antonia inclinada y abrazada a
Ramonet, se pensó lo peor, por lo que en la camioneta de uno de ellos lo
trasladaron al Hospital donde pudo encubrir el rasguño ante el facultativo de
guardia aludiendo que se había enganchado con unos alambres. Tanto el
acompañante como Antonia no dijeron nada en contra por lo que una vez
curado volvió sobre sus pasos, y en esa ceguera venganza comenzó a
buscar a Hipólito el cual, como era natural, ya no se encontraba en el lugar
de los hechos. Tras el incidente, se había dirigido a la casa de Anselmo
donde lo encontró, ya que él no era amigo de pasar fuera el fin de semana.
Así que cuando lo vio y escuchó cuanto le relató diciéndole además que
habían algunos testigos, el amigo moviendo la cabeza, dando a entender que
aquel era un feo asunto, tomó la determinación de que no saliera de su casa
hasta que él, no sólo moviera unos hilos sino que diera una vuelta por el bar
a ver cómo estaban los ánimos.
Afortunadamente para el Alférez aquello quedó solucionado gracias a
la intervención de su amigo Anselmo. Ambos, con el transcurrir del tiempo no
dejaron de estar unidos, primero por el ejército y más tarde por los negocios,
aunque a decir verdad, Hipólito jamás conseguiría que Anselmo lo
acompañara a alguna de sus juergas: siempre prefirió quedarse en el hotel
cuando asistía a la Feria Textil o bien a cualquiera de las muchas reuniones
de empresarios a las que solían asistir siempre juntos.
Anselmo, un año más que él, y Cabo Primero cuando Hipólito era
Alférez por la Milicia Universitaria, no paraba de darle consejos acerca de
sus peligrosas correrías, a las que asistía llevando consigo siempre aquella
pistola Astra del nueve corto y que su padre le habría regalado.
Tras tratar todos los temas que pudieron ocurrírseles a ambos ya que
hacía algún tiempo que no se veían, Hipólito miro el reloj, y levantándose le
dio un abrazo a Anselmo el cual salió a despedirlo no sin antes recordarle
que tenían pendiente el viaje a Barcelona con motivo de la Feria Textil del
próximo mes. Hipólito asintió con la cabeza quedando en hablarse en la
víspera con objeto de ir juntos.
Ya en el coche, arrancó y tomó el camino de vuelta hacia su casa.
Aunque recordaba cada momento del buen y agradable rato pasado con su
amigo Anselmo, no dejaba de darle vueltas a algo que le martilleaba la
memoria de forma continua: Menéndez, Menéndez... Caía el sol cuando
dejaba el coche en el interior de la cochera.
DIECISIETE
Ya había puesto la llave en la cerradura cuando se abrió la puerta.
- ¡Hola! Te he oído llegar. Qué tarde, ¿no? Imagino que habrás tenido
muchos problemas en Orihuela. ¿Me equivoco? -dijo doña Clara que había
salido a recibirlo, y en cuyo rostro aun se veían claramente restos de una
sonrisa llena de esa ironía que, al parecer, iba a tardar mucho tiempo en que
la fuera a dejar marchar.
- Lo cierto es que sí; problemas y graves, pero de ellos ya hablaremos
mañana; ahora estoy muy cansado, sólo deseo darme una ducha y bajar un
rato al despacho que aún tengo pendiente el correo de ayer y el de hoy.
- Te preparo una copa y te la subo -dijo la mujer, cuya amabilidad a
Hipólito no le paso desapercibida ya que este detalle en ella lo consideraba
un tanto extraño -pensó- en años dos veces ha deseado prepararme una
copa...
Cuando bajó lo hizo con su bata de casa, cosa que a doña Clara le
cogió de sorpresa pues siempre se vestía para cenar, y en ese momento ella
le decía que dejara el despacho para más tarde, ya que se había entretenido
mucho y era la hora de la cena. El entretenimiento estaba meridianamente
claro, no acababa de quitarse de la cabeza aquél apellido...Menéndez,
Menéndez.
Terminada la cena se metió en su despacho. Se acercó al mueble en el
cual tenía las bebidas y se preparó un Whisky. Ya sentado tras un hermosa
mesa de Caoba labrada y que fuera de su padre, tomó la cajita cigarrera y
encendió un cigarrillo. Al pie de la lámpara verde de estilo inglés que daba
luz al escritorio tenía una bandejita para uso exclusivo del correo pendiente
de abrir. Cogió el abultado número de cartas y fue examinando los
remitentes uno a uno. Al reparar en uno de ellos pensó: ¡Qué extraño!
¿Quién será esta gente? “Parra y Claramunt Textiles del Mediterráneo”.
Abrió el sobre con el abrecartas; sacó varios folios y comenzó a leer...
Cuando terminó de leer solo: ¡Querido Poli!, tanto se llenó de asombro que el
cigarrillo que tenía entre los dedos de la mano derecha se le cayó sobre la
bata con lo que el sobresalto hacia atrás se podría decir que fue por partida
doble. No obstante, ya recuperado siguió leyendo hasta que, cuando llegó al
final... ¡La mare que la parí...! ¡Per ma mare que te trobaré! No pudo evitar
que esta expresión le saliera en el más puro Valenciano como si ello diera
más fuerza aún a la misma; lengua ésta que aunque hablaba perfectamente,
debido a sus relaciones comerciales con sus congéneres del gremio, prefería
siempre hacerlo en castellano por la mucha variedad de empresas textiles y
talleres auxiliares con las que trataba por toda España.
¡La madre que la parió! -dijo ahora en su lengua materna, por segunda
vez echando los folios sobre la mesa y encendiendo un nuevo cigarrillo al
tiempo que de un trago se tomaba todo el Whisky que se había puesto. No
fue suficiente, pues inmediatamente se levantó y de nuevo se sirvió otra
buena dosis, la cual volvió a apurarla. De nuevo se sentó. Contempló los
folios, y mascullando algo entre dientes descolgó el auricular y marcó un
número. Mientras se sucedían los primeros tonos pensó: “Aunque es tarde
es muy posible que David aún se encuentre en su despacho; creo recordar
que es la hora en que junto con su socio comentan acerca de las
investigaciones llevadas a cabo durante la jornada, y analizar resultados”.
A la quinta señal de llamada una voz masculinamente grave, aunque
joven y nítida se dejó oír...
- ¡Dígame!
- ¿David? -preguntó ante la duda de que pudiera haber descolgado el
teléfono el socio ya que ambos, a través de la línea, se dejaban sentir con el
mismo timbre de voz, y con la experiencia vivida de que en una ocasión ya
se confundió, no se fió-.
- Sí, ¿Quién es?
- Soy Hipólito, David, Hipólito de la Torre, -dijo ahora dando una larga y
profunda calada al cigarrillo en señal de tranquilidad, y encontrando en ella,
al parecer, la tranquilidad que necesitaba de hablar con su amigo el
Detective-.
- ¡Caramba, Hipólito! Ya hacía tiempo que no hablábamos ¿Y cómo
estáis? -preguntó el Detective mostrando el afectuoso saludo de dos amigos
que mantienen buenas relaciones amistosas desde hace años.
- Bien, todos estamos bien, a Dios Gracias. Y tú, ¿cómo estás?
- Bien, muy bien y con mucho trabajo. En estos tiempos que corren ya
te puedes imaginar, estamos haciendo un poco de todo, pero chico, que
remedio, hay que adaptarse a las necesidades del día a día; a veces lo que
les fastidia a la sociedad en general a nosotros nos suele favorecer, tú ya me
entiendes.
- Ya lo creo que te entiendo, aún me acuerdo del último trabajo que
hicisteis para la empresa cuando os encargamos la vigilancia de aquél
Contable que nos estuvo, por decirlo de alguna forma, sisando todos los
fines de mes, cantidades que, si bien se demostró eran insignificantes, nunca
supimos cuanto tiempo estuvo haciendo el juego de números y materiales
del más común de los usos en la Fábrica. Al final aquello resultó hasta
anecdótico.
- Me acuerdo, y en más de una ocasión lo hemos comentado, entre
risas, cuando nos ha surgido algún que otro trabajito semejante. No vayas a
creerte que el tuyo fue el único en la historia de la Investigación, que esto
suele suceder muy a menudo. Hay gente muy lista que en lugar de desfalcar
grandes cantidades, son como hormiguitas; pequeñeces que a veces son
como la gota de agua, duran años y nadie se da cuenta por la importancia de
las cantidades. Pero bueno, ¿a qué debo el honor de esta llamada? porque
supongo que no me habrás llamado para felicitarnos por las navidades, aún
falta...
- No, no se trata de eso. Se trata de hacerte un nuevo encarguito, pero
para ponerte al corriente necesito mejor hacerlo personalmente; dime cuándo
estarás disponible un día: voy a Madrid, nos vemos, almorzamos juntos y te
cuento de qué va todo ello, ¿te parece? Es que es un tema que no quisiera
tratar por teléfono, hay una pequeña historia, por decirlo de alguna forma, un
tanto delicada.
- ¡Conforme, Hipólito! Dame unos días y te llamo, ¿cómo lo ves?
- Bien, de acuerdo, David, espero tu llamada. Adiós, hasta entonces.
Buenas noches y gracias.
DIECIOCHO
Tras colgar el auricular, y ya más tranquilo, encendió un nuevo cigarrillo
y paseó la mirada nuevamente por aquellos folios. Ciertamente estaba mejor,
no obstante, volvió a releerlos y acomodado se dijo: “A ver si David me llama
pronto y me da buenas noticias, aunque pensándolo bien, también yo haré
algunas averiguaciones por mi cuenta; no sé, igual de momento lo dejo todo
en sus manos, es un buen Detective”. “Aún recuerdo la noche en que lo
conocí. Me sorprendió enormemente cómo sin saber quién era yo, me echó
una mano que de no haber sido por él, me atrevería a decir que le hubiera
ocasionado un gran disgusto a la familia, ya que no hacía un mes que me
había casado cuando el primer viaje por asunto de negocios que hice a
Toledo, y después de visitar a los abuelos en Madrid, al salir de aquella sala
de fiestas ya bien entrada la madrugada me encontré en la puerta con Pilar,
porque se llamaba Pilar, aunque curiosamente no era Maña: tampoco todas
las mañas tienen porqué llamarse como su Patrona. Lo cierto es que ella,
una profesional del alterne, y en la que aún hoy me pregunto cómo en todo el
tiempo que estuve viendo el espectáculo no reparé en ella, estaba allí, al
igual que yo, esperando un taxi. No puedo negar que me encontraba un
poquito colocado, pero yo he aguantado más de lo normal según me dijeron
siempre aquellos que me conocieron. Aquella noche lo llevaba bien, y es por
eso que cuando llegó el taxi, al explicarle que yo también lo esperaba y que a
esa hora ya no quedarían muchos servicios disponibles, le ofrecí compartirlo.
Al principio me dio la impresión de una cierta teatralidad al mostrarse
un tanto remisa, detalle este que me confundió en cierta medida, pues había
que ser poco de la noche para no darse cuenta de la historia que podría
haber detrás de aquel exuberante cuerpo, aquellos turgentes pechos que
parecían querer escaparse por el bondadoso y bronceado escote, aquel
perfume, aquella forma de moverse, aun encontrándose parada allí en la
acera, y además su estudiada expresión verbal, no obstante aceptó y ya en
el coche le pregunté dónde quería que la dejara. Mi sorpresa, porque nunca
dejarán de sorprenderme las mujeres, fue el que me dijera que porqué no en
su domicilio donde, si me apetecía, podría tomar la penúltima copa, o
desayunar con ella por la mañana. No lo dudé un momento por lo que le dije
que le diera la dirección al taxista, a lo que ella misma me contesto que no
hacía falta: él sabía perfectamente donde vivía.
Ya en el Paseo Merchán, el conductor detuvo el taxi, y una vez fuera de
él, atravesamos la calle y entramos en un edificio de dos plantas y estilo
Regionalista bastante lujoso en cuyo Hall había un Conserje el cual saludó
a la mujer respetuosamente. Subimos, y tras recorrer un pequeño pero
delicioso y alfombrado pasillo, que me hizo reparar en los dibujos ya que
eran muy semejantes a los que trabajaba mi amigo Anselmo, entramos en un
magnífico Apartamento que, bien se podría decir, por fuera no era lo que por
dentro. Ella me indicó el lugar en el que se encontraba el bar, el cual disponía
no sólo de un pequeño frigorífico empotrado, sino de una barra con varios
taburetes altos perfectamente tapizados y decorados con motivos florales.
Estaba abriendo el armario de cristales biselados y color nieve donde
se guardaban las bebidas cuando de repente la oí gritar. Aquel grito, más
que grito alarido, hizo que me volviera sobresaltado hacia el pasillo por
donde ella llegaba hasta el minibar con la cara totalmente descompuesta, y
señalándome la puerta por donde acababa de salir. Histérica y fuera de sí me
agarró por el brazo y tiró de mí con idea de que me acercara. No paraba de
gritar enloquecida y llorar de forma estruendosa. Cuando me acerqué y me
asomé a la estancia, que era al parecer, su dormitorio, un individuo,
completamente desnudo, se hallaba tendido boca abajo sobre un charco de
sangre seca que abarcaba casi la total superficie de la cama. Aquél hombre
tenía varias manchas de sangre ya coaguladas en la espalda, de lo cual
extraje la conclusión de que se trataba de varias cuchilladas asestadas con
saña, a diferencia de una de ellas en la que se encontraba aún un cuchillo
clavado casi hasta el mango, de lo que pude deducir que no era de grandes
dimensiones, aunque sí de un tipo de hoja bastante ancha.
Me quedé unos momentos mirándolo, sin saber qué explicación podría
tener aquella situación en la que me encontraba. La mujer sentada en un
rincón de la habitación y, tanto la cabeza como la cara metida entre las
rodillas, no paraba de decir entrecortadamente entre por los nervios y los
temblores que a simple vista se le notaban: -esto tenía que suceder algún día,
esto tenía que suceder algún día.
No lo dudé un sólo instante. Me dirijí hacia la puerta con idea de
escapar de allí antes de verme comprometido en semejante situación, la cual
no me convenía llegara a conocimiento de mi familia de ninguna de las
maneras. Como loco bajé la escalera, al igual que el pasillo, lujosamente
alfombrada, pero allí ya no me detuve a contemplarla, todo mi afán estaba en
alcanzar la puerta de la calle. No pude llegar porque justo en ese momento
era abierta, en razón de que el Conserje había apretado el interruptor de
apertura al reconocer la llegada de la policía a la que él previamente habría
avisado tras oír los gritos provenientes de uno de los apartamentos.
Dos hombres vistiendo ropa informal, aunque uno de ellos llevaba una
gabardina de color marrón claro, entraron en el momento en el que intentaba
alcanzar la puerta. El de la gabardina me sujetó por el brazo al tiempo que el
otro me instaba a que me sentara en el sofá de cuero moteado que había en
la parte derecha del Hall, y justo enfrente de donde el Conserje tenía su
pequeño mostrador.
De complexión fuerte y mentón cuadrado aun a pesar de que se le veía
joven, el policía lo primero que preguntó fue la razón de aquella carrera para
salir del edificio. Tras una respuesta sincera ya que otra no cabía, el otro
policía le preguntaba al Conserje, éste no llegó a dar respuesta ya que don
Hipólito los conminó a que lo acompañaran al apartamento.
La puerta aún seguía abierta cuando llegaron por lo que no hubo
necesidad de llamar. La mujer, Pilar estaba aún en la misma postura cuando
los dos policías entraron en el dormitorio. Lo primero que el de la gabardina,
de nombre David, preguntó, tanto a la mujer como a él, fue que a que hora
habían llegado y descubierto el cadáver. No llegaron a contestar ya que por
ellos lo hizo el mismo Conserje que también, abandonando su puesto en
razón de la hora y sabedor de que todos los propietarios estaban en sus
apartamentos, los había seguido escaleras arriba, con idea de estar al
corriente de lo que allí podía haber sucedido: esto como es natural, ha sido
siempre propio de conserjes y porteros o porteras.
Tras esta espontánea declaración, el policía de la gabardina, dada su
experiencia y conociendo lo que allí se podría haber cocido, una vez
comprobado el estado de la sangre con relación a la hora en que, según el
Conserje habían llegado, dirigiéndose a don Hipólito le recomendó que se
marchara. No obstante, le sugirió que le dejara una dirección o número de
teléfono con el fin de ponerse en contacto con él llegado el caso, aunque le
aseguró de que, posiblemente, no haría falta,. Aunque nunca se sabe -dijo
con un tono de amistad que nunca llegué a entender-: Años más tarde, quizá
sí.
Pasados treinta minutos, con la llegada del Equipo de la Policía
Científica, y tras realizados todos los trámites habidos y por haber, el cadáver
era trasladado al Hospital Tavera, donde le realizarían la correspondiente
autopsia”.
DIECINUEVE
Aquella noche, en una fiesta en el Wellington a la que habían sido
invitados por la Comisión organizadora de un Certamen Cinematográfico
Internacional, en la cual se daría a conocer el mejor guión para la película
que patrocinarían diferentes cadenas de la TV. , Carlos le insinuó algo al
oído, e Irene lanzó una pequeña carcajada que a él le pareció tan deliciosa
como cristalina...
- Oh, déjame reflexionar. Eres un devoto convencido de tu propio poder
de persuasión -dijo Irene con cierto aire enigmático.
Nunca le habían sonado aquellas palabras mejor en su vida; incluso en
ese momento decidió que estaba dispuesto a creer en ello, si era ella quien
se lo decía.
Aquella, para él nueva Irene, tenía una particular forma de hablar, pues
arrastraba las i griegas y las jotas de manera singular; además poseía un
fuerte acento del sur que trataba de, por estar en Madrid, enmascarar, lo que
la hacía dar a las frases una seductora entonación.
- Sin duda lo sería si me lo pidieras. -contestó él.
De nuevo Irene rió con lo hiciera anteriormente.
- Eres galante, pero te advierto que no soy dada al proselitismo -dijo
ella con un leve susurro propio del momento en que ya se han tomado
algunas copas de Champán-.
- Podrías hacer algo mejor; declara abierta y directamente esa
persuasión y tendrás cuantos seguidores te propongas, pero recuerda que yo
siempre seré el primero, y espero que único.
- Ah, está claro que después de tanto tiempo aún recuerdas mis
debilidades -dijo Irene guiñando un ojo.
- Puedes estar segura, si no, el que no hubiera podido olvidar habría
sido yo.
Ahora fue Irene la que se detuvo para prestarle más atención y
mirándolo con calculado disimulo, gesto este que a ella le encantaba pues
dejaba un soplo de misterio en ello.
- Y sin embargo recuerdas mi nombre, cuando durante tantos años sólo
fui conocida y tratada por ti en nuestras conversaciones telefónicas como
Marina. No sabes cómo me halagas con cada una de tus frases.
- Marina, ¡Qué nombre más hermoso!
- Carlos. Qué nombre más singular y, sin embargo, cuánto me gusta. -
dijo de una forma que manifestaba coquetería.
Al oír su nombre una vez más en sus labios, le pareció que nadie lo
había pronunciado igual en su vida. Así debería sonar en labios de una diosa
que lo esperara con los brazos abiertos al visitar el Paraíso -Pensó.
- Es de origen sureño; de Andalucía. Tú también eres del Sur, ¿Verdad?
- ¿Qué te hace pensar eso? -contestó ella enterneciendo algo el
semblante.
- Tu acento. Ante los demás casi consigues enmascararlo, pero yo lo
noto; al fin y al cabo también soy de allá abajo.
- Yo no soy de ninguna parte y soy un poco de todas -replicó ella
mostrándose ciertamente enigmática.
- No lo dije con ánimo de molestarte. Creo que el acento del Sur de
España es el más bonito de todos; además no recuerdo exactamente el
nombre de aquél que dijo que el Andaluz era la lengua más completa y mejor
hablada del país; y además es el mío qué caramba.
- Tú, desde luego, no tratas de disimularlo.
- ¿Para qué? La gente con la que normalmente trato no le da
importancia al hecho.
- ¿Y cómo es ésa gente con la que tratas? -preguntó ella divertida-.
- Con la que nunca viene a fiestas como esta.
- ¿Y, entonces tú porque has venido?
- Creí que te había dejado claro que si acudía a este tipo de fiestas era
sólo y exclusivamente por ti; ya sabes que ni tan siquiera sé bailar.
- Pues yo ya sabes que he comenzado a frecuentarlas de nuevo
después de tantos años ausente de ellas. A ellas suelen acudir gentes que,
dentro de la profesión, son muy interesantes para mi; gente muy influyente,
ya sabes...
- Lo entiendo perfectamente.
- Seguro que sí.
- Te equivocas. Conozco lo tortuoso que son los caminos. Pero debo
reconocer que el acompañarte ha sido una experiencia de lo más adorable.
Irene lo miró un instante, muy fijamente, a los ojos, con una expresión
picarona que Carlos no pudo determinar, pero que le hizo sentirse
inmensamente feliz.
- Estas fiestas al principio resultan muy interesantes, como ya
comprenderás, pero al final terminas por cansarte de ellas; a veces son
aburridas porque siempre acude casi la misma gente. La alta sociedad de
Madrid se apunta a todo por lucirse, Y en ellas te encuentras dos tipos de
sociedades: esa que te he comentado y la de la gente que pertenece al
espectáculo, por lo que en el primer grupo están los pertenecientes a un
círculo muy cerrado, siempre o casi siempre restringido para todos los que
no comulgan con ellos. El de la gente de mi profesión, principalmente, es el
que suele darle una movida alegre.
- Pero tú siempre eres muy bien recibida, y mucho más aún en esta
que es muy especial, pues no en vano esta relacionada con el cine.
- En el fondo son como la gente que tú conoces. Ellas envidian cómo
conservo mi belleza, y ellos se vuelven locos por disfrutar viéndome, y eso lo
observo en la forma en que me miran, pero yo no pertenezco a más círculo
que al mío, y les utilizo en mi provecho y en el de más de alguna que otra de
mis compañeras y compañeros de profesión.
- Hablas hoy de una forma muy misteriosa, como si tu corazón fuera
tan extraño que es imposible de acceder a él -dijo Carlos un tanto
preocupado.
Irene rió de nuevo, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos.
- ¿Corazón? Yo creo que lo dejé en el camino hace muchos años. Me
lo quemaron de tal forma que nunca más creí volver a sentirlo; por eso dejé
de pensar en hacer y hacerme promesas e ilusiones. Desde hace un año
aproximadamente venía pensando en que el que quisiera conocerme debería
estar dispuesto a darme cuanto le exigiera -dijo regalándole la más
acariciadora de las sonrisas que Carlos había recibida nunca-: Déjame tus
manos -dijo ahora mirándolo, y con una voz tan dulce que Carlos sintió un
estremecimiento.
Carlos se las ofreció en un gesto de sumisión. Irene las tomó entre las
suyas acariciándolas con una suavidad que lo sobrecogió. Carlos recordó al
instante lo que le dijera hace una semana su compañero y también abogado
Julio Muñoz: “El día menos pensado esa mujer te va a dar la sorpresa de tu
vida; acuérdate de mí cuando llegue el momento; te va a ganar: no hay más
que ver cómo te mira”. Se dejó llevar mirándola a los ojos, y lo que vio en
ellos hizo que su corazón se pusiera a galopar como un potro desbocado
pues hubo un momento en el que creyó que acabaría saliéndosele del pecho.
- Tus manos... ¿Tiemblas, Carlos? -le dijo comprometiéndolo de tal
forma que él no acertaba a encontrar la respuesta adecuada. Un río de
sangre caliente le corría por las venas como si fuera un caudal de lava
volcánica imposible de detener en ese momento.
- Tiemblo, Irene. Esto que me está ocurriendo no lo he experimentado
en mi vida, y no quiero pensar en que esta noche no sea más que una
escena de las muchas que a lo largo de tu carrera has rodado para alguna
película, y que pasado el momento alguien dirá: ¡Corten! Y todo se esfume.
Pero ya me conoces, mi profesión como Abogado hasta en esta ocasión me
ayuda diciéndome: ¡Carlos, has de ser paciente, aunque te cueste!
La experiencia le decía a Irene que lo que estaba oyendo, nacía de lo
más profundo de aquél hombre con el que había tenido tanta relación en la
distancia, y que ahora junto a ella le hacía sentir con más fuerza lo que venía
arrastrando desde algunos meses atrás, por lo que se preguntaba: “¿Acaso
no se da cuenta de que mis manos tiemblan como las suyas?”
VEINTE
Con la llegada de la Ambulancia, Matildita fue trasladada al hospital en
el que tras un exhaustivo reconocimiento, pasó a observación aquella misma
noche. Al día siguiente y a la vista de los preliminares estudios radiográficos
y analíticos, se procedería a la intervención Quirúrgica que requería el
desgarro. Y así fue, la muchacha fue intervenida con éxito según le
comunicaron a sus padres los tres componentes del equipo de Cirugía,
informándoles seguidamente de que si bien era verdad que el daño había
sido bastante grave, dada su edad no le quedarían secuelas, con lo que en
un plazo no muy largo podría reanudar su vida normal.
Con la permanente compañía de sus padres, Mati estuvo ingresada
varios días en los que diariamente fue asistida por una Médico Psicóloga, la
cual la encontró desde el primer momento sufriendo un episodio de Ansiedad
como no había tratado otro igual a lo largo de su vida. Debido a ello se volcó
con ella, y mediante la Terapia y fármacos adecuados, consiguió estabilizar
el equilibrio mental deseado al cabo de dos semanas.
El Doctor que la estuvo tratando durante todo ese tiempo recibía
diariamente la visita de la Policía Científica, al objeto de interrogar a la
muchacha con el fin de poder obtener las primeras pistas con las cuales
comenzar a trabajar en la investigación del caso, ya que a la mañana
siguiente del suceso y aunque acordonada la zona en un perímetro de
cincuenta metros, no pudieron hallar el más mínimo indicio acerca de quién
realmente pudo ser el causante o los causantes de tan cruel agresión.
A la mañana siguiente y tras una nueva visita de los dos inspectores, el
Doctor los hizo pasar a su despacho, al tiempo que por el sistema de
comunicación interior del Hospital se ponía al habla con la Doctora Celia
rogándole que se reuniera con él.
Después de más de una hora de deliberación acerca de la necesidad
de que Matilde les contara algo, acordaron que, sin excederse en demasía y
con ella presente, por supuesto, podían verla al día siguiente por la tarde ya
que estimaba era la hora en la que mejor se encontraba.
Sobre las seis de la tarde y acompañados por la Psicóloga, los dos
inspectores entraron en la habitación. Le rogaron a los padres que los
dejaran solos con el fin de que la muchacha no se sintiera cohibida a la hora
de narrar un hecho que de por sí, la Facultativa advirtió en sus charlas
diarias, aún le hacía encontrarse en una violenta situación. Los padres
pusieron cierto reparo, aunque confiando en cuanto le decía el que, al
parecer, era el Inspector Jefe, convencidos marcharon hacia la sala de
espera al aguardo de noticias.
Una vez solos y junto a la cama en la que se encontraba Matilde, la
Psicóloga le informó del motivo de la visita, así como de quiénes eran
aquellos señores que deseaban hablar con ella. Seguidamente tomó la
palabra el Inspector, el cual al notarla en exceso nerviosa, mirando a la
Psicóloga y ésta asintiendo con la cabeza, continuó.
- ¡Hola, Matilde! ¿Cómo te encuentras? -dijo mostrando una sonrisa
encantadora en la cual se podía apreciar cierta familiaridad, pero que no hizo
efecto alguno en la muchacha, la cual no contestó, limitándose a mirar hacia
la ventana.
- Nos ha dicho la Doctora que ya estás mucho mejor, -y continuó
insistiendo: aunque nos gustaría que eso nos lo dijeras tú, ya sabes, los
médicos, muchas veces, lo ven a uno de una manera cuando no es así, no
obstante yo, particularmente, te veo muy bien. ¿No es así?
La joven continuaba mirando a la ventana aunque de vez en cuando
reparaba, fugazmente, en ambos hombres. Tanto los dos como la misma
Doctora, no fueron ajenos a una lágrima que rodaba sin control por la mejilla
de Matildita, por lo que ambos agentes se miraron, y haciéndose una seña
propia del oficio, continuaron insistiendo, seguros de que al parecer, la
chiquilla era absolutamente consciente de que aquella situación en la que se
encontraba era una situación a la que tendría que enfrentarse tarde o
temprano y de la que no tenía la menor duda que no podría escapar es por
ello que los dos inspectores sabían que habrían de seguir insistiendo ya que
estaban a punto de poder comenzar con el tan necesitado interrogatorio.
- ¿Quién o quienes te hicieron tanto daño, Matilde?
- No lo sé -dijo sin dejar de mirar hacia la ventana, eludiendo la mirada
inquisidoramente familiar del Inspector.
- ¿Acaso no lo recuerdas? ¿Es eso lo que quieres decir? Nos gustaría
saber, al menos, si fue un hombre sólo o había más de uno.
- Le repito que no lo sé... Quizás fuera uno sólo que me golpeó en la
cabeza y perdí el conocimiento.
- ¿En la cabeza dices que te golpearon? Según el Médico que te
atendió la primera vez, así como la exploración posterior en el Hospital, no
dice nada de ningún hematoma en la cabeza.
- Me daría con algo que no dejara señal.
- Matilde, la cabeza es muy delicada cuando recibe un impacto que a la
persona le hace perder el conocimiento, por lo que es muy difícil hallar un
objeto que cumpla las dos funciones.
- ¡Pues yo no lo sé! -dijo ahora en un tono ciertamente enfadado.
- Bueno no te enfades, aquí estamos intentando averiguar qué fue lo
que te pasó. Debes de comprender que todo esto es necesario. Sólo lo
hacemos con el fin de poder ayudarte. Tan sólo sabemos cuándo fue, pero
del resto no sabemos absolutamente nada. ¿Te parece bien qué nos dijeras
que hacías allí a esa hora y si estabas sola? -insistió de nuevo sin abandonar
la sonrisa con el fin de que, al mostrarle confianza, la muchacha se abriera.
- No recuerdo haber ido allá- dijo manteniendo firme la mirada.
- ¿Es posible que hayas perdido la memoria? Mira, podíamos empezar
a recuperarla si nos dijeras qué pasó después de salir del Estanco, ya que,
según nos ha podido contar tu padre, éste te envió a un recado, el cual tan
sólo podría llevarte aproximadamente poco menos de una hora, y sin
embargo...
- Sí -asintió de una forma inconsciente, y de la que cuando se dio
cuenta quiso rectificar-. Bueno no recuerdo bien si tenía que hacer algún
recado.
- Matilde, estás intentando encubrir a alguien, ¿Verdad?
La Doctora al ver que la muchacha comenzaba a tener un cuadro de
ansiedad acompañado de pequeñas convulsiones, le rogó al Inspector que
ya estaba bien por aquel día y que le llamaría de nuevo al número que en
una tarjeta de visita le había apuntado el Inspector, cuando ella considerara
un mejor y nuevo momento. No obstante, y ya en el pasillo le dijo que, por su
cuenta y con el fin de colaborar, intentaría sonsacarle cuanto pudiera. Y que
sería muy posible que a ella se le abriera, si no al cien por cien, sí al menos
con la suficiente información como para que en su próxima visita encauzar el
interrogatorio de forma más positiva.
VEINTIUNO
Sin tan siquiera darse cuenta, poco a poco se habían ido alejando del
bullicioso campo de voces y música para adentrarse, bajados unos
escalones, en el frescor de una pequeña glorieta que, rodeada de rosales de
diferentes especies, aromas y colores, se asomaba a un precioso y bien
cuidado jardín a través de una balaustrada de piedra artificial.
Carlos, acercándose un poco más a ella, le quito suavemente la copa
de las manos, y junto con la suya las depositó sobre una de las redondas y
bajas mesitas de mismo material allí existentes. Justo en el momento en el
que él la atraía hacia sí, y ya casi rozando sus labios sobre los de ella, ahora
entreabiertos y dispuesta para recibirlos, se oyó por la suave megafonía que
llegaba desde el interior del gran salón: “Y ahora, señoras y señores, vamos
a dar a conocer el veredicto de la Comisión encargada de asesorar a
Hispana Film, S.L., la cual realizará la nueva película, sobre la decisión
tomada acerca de los guiones que desde diferentes países fueron llegando
dentro del plazo establecido, y el cual se cumplió ayer a las doce horas del
mediodía. Esta película que será una Coproducción Hispano-Italiana, se
rodará, de común acuerdo, íntegramente en España”.
- Irene, frustrando el embrujo de aquel acercamiento, -dijo con un leve
susurro a la vez que mostraba una sonrisa que lo dejó en cierta medida
tranquilo-: Entremos, pues tengo mucho interés en saber a quién le han
concedido el guión de esta película.
Una vez unidos a la multitud que, distinguida, llenaba expectante el
salón, se volvió a oír, cómo la voz anterior y haciendo un poco de
introducción al acontecimiento, el cual iba acompañado de un cierto, como
en estas situaciones, aire de misterio, dijo abriendo el sobre que portaba en
su mano: “El nombre del autor del guión escogido es Irene Parra, conocida
en el mundo del cine como Marina la Sol, y a la cual le debemos nuestro más
sincero agradecimiento por su regreso al cine ahora en calidad, no sólo de
Guionista, sino que será la Protagonista de su propio Guión, ya que así ha
sido aceptado por la Comisión organizadora en razón de unas exigencias
manifestadas por la propia actriz caso de que su libreto fuera aceptado.
Sobre dichos condicionantes perfectamente definidos, estamos autorizados a
informar que la Señorita Marina, pide se respete el título de la película
elegido por ella y el cual será: 20 AÑOS NO ES NADA, y que rodará junto al
actor Italiano de fama internacional Marcello Mastroianni, con el que al
parecer, ya estaba de acuerdo caso de que su ingreso en el mundo del
Guión su historia saliera adelante.
Pero aun hay más, señoras y señores: -el salón sonaba como si de la
hermosísima araña de cristal que colgaba en el centro, y que llenaba de
esplendor toda aquella ostentación y parafernalia de lujos y modelos, a veces,
de lo más estrafalario, se hubiese descargado todo un enjambre de
laboriosas abejas-. La Señorita Irene Parra, así como el Sr. Mastroianni van a
donar cuantos beneficios le puedan reportar este Film, tanto como Guionista
como Protagonistas a la AA.RR., que como Vds. ya saben es la Asociación
que fuera creada hace unos años para ayudar a los artistas que quedaron en
una situación precaria. Qué duda cabe que esta petición le honra, y que las
anteriormente citadas se las ha ganado a pulso debido, según la Comisión, a
la calidad del Guión.
Por todo ello, es justo que recibamos con un fortísimo aplauso a
Marina la Sol, aunque en el caso presente entiendo no deberíamos tratarla
por su nombre artístico, sino por su nombre real, el cual tengo el gusto de
anunciar para los que, por una razón u otra, lo desconozcan, se trata, como
ya dije anteriormente, de la Señorita Irene Parra”.
Después de la presentación, los saludos, agradecimientos propios de
semejante acontecimiento, y haber atendido de forma exquisita a cuantos
medios de información se encontraban, como siempre, a la caza de las
últimas noticias acerca del mundo del cine, Irene abandonó el centro de
atención desplazándose hacia aquel apartado lugar en el que se encontraba
Carlos, no sin, a su paso, recibir una multitud de saludos y felicitaciones.
- ¡Pero, bueno, esto sí que no me lo esperaba yo! -le dijo Carlos al oído,
al tiempo que le cambiaba la copa de Champán vacía que tenía en la mano
por una nueva tomada de la bandeja del Camarero que en ese momento
pasaba por su lado-.
- Créeme que yo tampoco, aunque si he de ser sincera, cuando
comencé a escribir esta historia, ya pensaba en cuál habría de ser su destino,
aunque a decir verdad no esperaba que fuera elegida, y más con los
condicionantes impuestos. Ya sabes cómo somos los seres humanos cuando
de entrada hay quien te intenta controlar, pero la verdad sea dicha, creo que
estas condiciones van a ayudar a muchos compañeros y compañeras que,
por aquellos azares o circunstancias del destino, se encuentran en
dificultades tan diferentes como extremas.
- En ese sentido no puedo por menos que felicitar tu decisión y
augurarle a la Película un rotundo éxito. Creo que va a ser un triunfo, sobre
todo porque tú serás la Protagonista, y eso ya va a pesar mucho cuando
llegue ese día del estreno que ya estoy deseando.
- Y yo también, no te creas. La que me espera, por lo mucho que todos
esperan de mí, va resultarme menuda, pero voy a trabajarla como si de la
primera vez que pisara terrenos de platós o exteriores se tratara.
- ¡Eso me gusta!, pero no vayas a olvidarte de mí porque estoy
dispuesto a estar a tu lado en todo momento, como en aquellos principios
tuyos y sobre los que me contaste en una ocasión hacía tu madre.
- De eso no tienes que preocuparte, y mucho menos aún esta noche
que deseo pasarla contigo para que me estés mimando y diciéndome a cada
momento lo bien que me va a salir todo. Si te apetece claro -dijo mostrándole
una de sus sonrisas más cautivadoras y que el paso del tiempo no había
conseguido borrar.
- ¿Qué si me apetece? Pero si no pienso en otra cosa, y aunque te lo
puedas imaginar, ¡no sabes cuánto lo deseo!
VEINTIDOS
Estaba a punto de salir a la calle cuando doña Clara le dijo a su
hermana Angélica que lo avisara, ya que al teléfono tenía a un tal David que
preguntaba por él y que llamaba desde Madrid. Sin pérdida de tiempo,
Hipólito se dirigió hacia su despacho, tan fuera de control según su mujer,
que estuvo a punto de arrollar a su cuñada.
- Sí, ¿David?
– Sí, soy yo, Hipólito. ¿Cómo estás?
– ¿Dispuesto a darte un paseíto hasta Madrid?
- Chico, a Madrid siempre, y en este momento más que nunca.
- Bueno, pues si te parece bien te espero el Jueves sobre las dos en mi
oficina; almorzamos y me pones al corriente de todo esto que te traes entre
manos, y que al parecer te preocupa tanto, por lo que te pude notar el otro
día cuando hablamos. Así puedes tomar el tren de la tarde, o si lo prefieres
nos vemos a las siete, te quedas aquí esa noche y tomas el de por la
mañana; en fin, eso ya lo dejo a tu elección: de todas formas voy a estar
disponible todo el día. Cuando llegues me llamas y voy a recogerte, si te
parece.
- Conforme, te llamo en cuanto llegue. Hasta entonces y gracias.
- No hay porque darlas, hombre; ya espero tu llamada. Adiós.
Aunque no habían dado las diez y media de la mañana, se levantó del
sillón , que para las visitas tenía ubicado al otro lado de su mesa-escritorio, y
se dirigió al mueblecito donde tenía las bebidas. Cogió una botella de Brandy
Cardenal Mendoza y se sirvió una copa; se sentó ahora en su sillón, y
abriendo la tabaquera extrajo un cigarrillo que tras encenderlo, y poniendo
cara de estar ya concibiendo la estrategia que habría de plantearle a su
amigo el Detective, exhaló una extensa bocanada de humo que, cual volutas
rizadas, ascendieron hasta el techo como si desde allí quisiera recrearse en
aquella media sonrisa que aun queriendo escapar, no podía porque su dueño
la tenía bien sujeta a las comisuras de una boca, ora con un gesto ora con
otro, aunque en cualquiera de ellos, aquellos rizos grises que jugaban en el
ambiente no veían más que la maldad dibujada con diferentes lenguajes.
Disfrutando de aquella buena noticia, y haciendo cómplice de ella a su
buen Brandy y su cigarrillo, debido a su ensimismamiento no se percató, ni
por un momento de que con la premura no había cerrado la puerta del
despacho, por lo que al quedar entornada y dada la curiosidad, en este caso
propia, tanto de doña Clara como de su hermana, cuando ésta le insistió: que
qué era aquello de Madrid, tras hacerse la nueva entró en el despacho y
preguntó:
- ¿Quién es ése señor David que te ha llamado desde Madrid? ¿Lo
conozco yo? -dijo con un tono en el que intentaba hacer desapercibida una
más que falsa indiferencia.
- Sí, sí que lo conoces, lo que ocurre es que desde aquel día en que te
lo presenté ya ha pasado mucho tiempo. Ya tuve tratos con él hace tiempo.
Se trata del Detective que contratamos, cuando hace unos años
conseguimos desenmascarar, gracias a su intervención, a aquél listillo de
Contable que nos estuvo robando durante un tiempo, y que al final fue su
avaricia la que nos llevó a poderlo pillar. Ahí David estuvo muy habilidoso al
ponerle aquella trampa en la que cayó como un auténtico novato. Según él,
podría haber estado haciendo lo mismo hasta que se hubiera jubilado y no
nos habríamos dado cuenta; pero, como dice el refrán “La avaricia rompe el
saco”, y la suya lo rompió.
- Ahora que mencionas aquel caso, creo recordarle, pero, perdona
Hipólito, sin querer me ha parecido oír que vas de nuevo a Madrid, para verle.
¿Por qué, sucede algo nuevo? ¿Algún nuevo contratiempo relacionado con
el viaje que el otro día hiciste a la Fábrica de Orihuela? -dijo ahora
esbozando una procaz sonrisa interior, y que la estaba haciendo disfrutar
ante los gestos de descontento que observaba en el marido, el cual no sabía
como disimular, pues se estaba dando cuenta de que hasta que no le diera
una razón satisfactoria no lo iba a dejar en paz; y él tenía necesidad de salir.
- Sí, por desgracia se trata de algo relacionado con la Fábrica de
Orihuela, y que para mi tranquilidad voy a hablar con David y su socio que es
experto en temas laborables. Yo ya no tengo ganas de andar con pleitos de
acá para allá, así que he pensado que es mejor que ellos se encarguen -
insistió no muy convencido de que el argumento diera su fruto.
- Pues Chico, pensando de esa forma: ¿no sería mejor que los invitaras
a almorzar un día, les expones el problema y te ahorras el tener que
desplazarte tú? ¡Qué ya el coche te cansa, Hipólito, y un viaje tan largo...! -
dijo doña Clara, luciendo una sonrisa un tanto maternal, y añadiendo: Si te
vas en el coche yo te acompaño-.
Aquella insinuación le produjo tal choque que estuvo a punto de
hacerle saltar por encima de la mesa. Estaba claro que la relación de pareja
seguía estando en un estado de tirantez a todas luces manifiesto. Y ambos lo
sabían por lo que no se fiaban el uno del otro, ya que por mucho disimular se
daban cuenta de que los dos, no es que lo pareciera, es que había que estar
ciego para no darse cuenta de que los dardos que continuamente se
lanzaban eran dardos envenenados. No tuvo más remedio que echar mano
de su retorcida mente y añadir: “No te preocupes: me voy en el tren ya que el
tiempo que voy a estar con ellos va a ser cuestión de horas. Volveré al día
siguiente, aunque es posible que me vaya por la mañana, almuerce con ellos
y regrese por la noche”.
-Sí, sí, -pensaba doña Clara, recordando la cantidad de veces que a lo
largo de su vida matrimonial le había oído aquellas mismas palabras, para al
final aparecer una semana después argumentando una serie de problemas
surgidos a consecuencia de los muchos papeleos que hay que mover en la
capital-. Bueno, está bien, pues no se hable más, -dijo ahora viendo que,
independientemente, de que no conseguiría nada insistiendo, estaba
notando como momento a momento se le iban contrayendo las venas del
cuello, y ella ya sabía por experiencia que cuando a él le ocurría eso, el
despacho se podría convertir en un campo de batalla, y en el que por las
circunstancias tantas veces vividas, sabía que ella era la que tendría todas
las de perder.
VEINTITRÉS
Aquella tarde sobre la mesa del despacho que ocupaba el Inspector
Soriano junto con su compañero el Sargento Vilches, el cual estaba protegido
tan sólo por una cristalera y una persiana Veneciana en bastante mal estado
y desde la que cuando estaba alzada, sino se estaba procediendo en su
interior a algún interrogatorio de rutina, se veía todo un trasiego de policías,
tanto uniformados que llevaban presuntos delincuentes detenidos hacia los
departamentos correspondientes, como detectives que, de paisano, atendían
personas en razón de denuncias de variada índole, saltó el negro teléfono
con su sonido habitual, indicando que alguien requería la atención de uno de
los dos inspectores, y que se encontraban allí en ese momento...
- Sargento Vilches, dígame.
- ¡Buenas tardes! Soy la Doctora Celia, del Hospital.
- Ah, buenas tardes, Doctora. La estábamos esperando. No se retire ,
por favor, le paso con el Inspector Soriano.
- Muchas gracias, Inspector.
- Agradezco la deferencia, pero aún solo soy Sargento, aunque si he de
ser sincero, me halaga enormemente el que haya sido Vd. la que me haya
ascendido.
- Entonces no me lamento del fallo por el desconocimiento de vuestras
jerarquías -dijo la mujer emitiendo una leve aunque agradable risita.
- ¡Doctora Celia! Un placer saludarla, y dígame: ¿Qué noticias tenemos?
Espero que buenas pues esto ya se nos está alargando, aunque en realidad
no tenemos prisa dado el estado en que va encontrándose Matilde.
- La verdad es que sí, pero las noticias que he de darle son una buena
y otra no tan buena.
- Pues comience por la buena y así el dulzor hará que la menos buena
también nos sepa menos amarga.
- La buena es que Matilde se encuentra mucho más estabilizada
emocionalmente, por lo que no creo que les vaya a causar un nuevo
trastorno como el manifestado en su última visita. Si le parece bien mañana
sobre la misma hora del último encuentro, creo que sería el mejor momento.
En cuanto a la segunda noticia, es, simplemente, que no he podido
sonsacarle absolutamente nada; en cuanto se da cuenta de que le toco el
tema se cierra en su caparazón y ya no hay forma de que vuelva a hablar.
- Ya esperaba algo así -dijo el Inspector restándole importancia al
asunto al notar un tanto desilusionada la voz de la Doctora, y a la que le dijo
seguidamente: -“Es verdad, Doctora, que esperaba algo más: Más adelante
le haré una confidencia con el fin de ponerla al corriente de cuanto me asiste
para decirle esto. No se preocupe. El caso está difícil, pero como yo digo
siempre, y ya son muchos años metido en estas cuestiones, no todo resulta
imposible. Hablaremos más adelante en agradecimiento, principalmente, por
la colaboración que nos está prestando en un caso que si bien es verdad no
debería de presentar grandes problemas, por su simpleza, dentro del campo
de la Criminología; sí que existen unas fichas en el rompecabezas que hasta
que no cuadre al menos una par de ellas, nos va a doler la cabeza completar
el cuadro.
- Lamento que en esta ocasión no les haya podido ser todo lo útil que
yo, en principio, presumía poder ser. Me tranquilizan sus palabras ya que me
ayudan a comprender que para estas cuestiones, como Vd. bien dice, hay
que tener no sólo la experiencia, sino además una especial habilidad. Esta
mañana cuando pensaba en que les llamaría, discurría en cómo disponiendo
de muy parecidos elementos de trabajo, al mismo tiempo son tan dispares
los suyos y los míos, aunque al fin y al cabo ambas profesiones intentan
extraer de la mente humana todo aquello que les pueda favorecer,
evidentemente cada uno en lo que a cada cual concierne -dijo un tanto dolida.
- Creo Doctora Celia que Vd. no habría sido una mal Detective, y aun
más en estos tiempo que corren y en los que la mujer no acaba de integrarse
a un cuerpo que, si justo es reconocer es peligroso, también en justicia hay
que decir que alegrarían con su sutil sexto sentido, y porqué no, no sólo la
plantilla sino también dar vida, al menos a esta Comisaría llena de hombres;
bueno miento, hay una Detective que se encuentra como pez en el agua, ya
que se da cuenta de cómo la mima todo el personal, y es curioso porque en
cuanto oímos algo de que la van a trasladar, no se puede imaginar la que
organizamos. En fin, Doctora, no quiero entretenerla más. Nos veremos
mañana, y no se preocupe: al final daremos con el sentido que tiene esa
pieza que falta.
- Hasta mañana, pues -se despidió la mujer, en la que se notaba un
cierto aire de tranquila comodidad.
Toda la conversación celebrada entre el Inspector y la Doctora Celia,
como era la costumbre, en los muchos casos que llevaba el departamento,
fue escuchada con total atención por el Sargento Vilches.
- Parece que la Doctora tenía ganas de hablar. Y menos mal que no le
has contado el motivo que impulsó a Eugenia a ingresar en la Academia de
Policía, y lo que trabajó y peleó hasta conseguir hacerse: primero con el
grado de Ayudante de Detective, y luego tras un examen de lo más riguroso
conseguir el de Detective. Por otra parte estuve pensando en que le ibas a
decir que de ella es la única maceta que hay en toda la Comisaría, jajaja.
- Pues no te vayas a creer que me faltaron ganas. Si no hubiese sido
porque la conversación era telefónica, le hubiera gustado saber algo más
acerca de Eugenia; sobre todo el que, además de su trabajo policial, está
realizando los estudios de Medicina con el fin de obtener el título de
Psicología Forense. Aún recuerdo aquella noche en la que nos fuimos los
tres a celebrar el haber resuelto el caso del secuestro, por parte de sus
padres, de la niña de la Calle del Pintor Murillo en Alcobendas. La verdad es
que cuando me comunicaron que una mujer iba a actuar de Mediadora, no
me lo podía creer. Sin embargo, al final, Eugenia lo resolvió de forma
magistral, tan especial que aun recuerdo con claridad todo lo acontecido. Sus
palabras, su forma de enfocar un tema tan delicado cuando hay un familiar
por medio, en fin...
VEINTICUATRO
- ¡Uf, qué alivio! Por fin he podido desembarazarme de esta mujer mía,
tan pesada como... -pensaba Hipólito al tiempo que, saliendo del despacho,
de nuevo volvía a encontrarse con doña Clara, la cual estaba a punto de
subir al piso superior acompañada de su hermana Angélica. Una hermana
que estaba deseando de quedarse a solas con ella para poder ponerse al
corriente de todo cuanto hubo acontecido en el despacho.
Decidido, salió a la calle dispuesto a acercarse, mediante un corto
paseo a pie, al Casino en el que desde hacía tiempo trabajaba como
Camarero Poncio, el hermano de Rosa. Una vez dentro se dirigió a su mesa
preferida al tiempo que cruzándose con él, le pedía una copa de Brandy, sin
el más mínimo atisbo de cortesía. Este dato no le pasó por alto a Poncio, el
cual tras la descortés petición y una vez observada la mueca que se leía en
la cara de don Hipólito, dedujo que aquella no habría de ser una mañana
apacible. Las diferencias existentes entre ambos hombres eran evidentes
después de lo que su madre le había contado sobre la visita que aquella
mañana le realizara Hipólito, interesándose de malas maneras por el
paradero de su hermana Rosa.
Cuando Poncio llegó con la bandeja y tras depositar la copa sobre la
mesa, intentó retirarse. No pudo porque don Hipólito reteniéndolo por un
brazo, le increpó:
- Espera un poco, hombre, ¿a qué tanta prisa? -del modo que lo dijo, a
Poncio no le gustó nada aquella actitud, por lo que soltándose de golpe y
echándole en cara que aquello no eran modales, se separó de la mesa.
- ¡Pero, que se habrá creído el niñato éste, que a mí, a don Hipólito de
la Torre, lo va a torear! -saltó bruscamente poniéndose de pie e intentando
atraer la atención de los pocos clientes que habían a esa hora.
- Yo a Vd. no tengo porque torearlo como dice; ni tengo intención
alguna de hablar, y mucho menos con personas que carecen del más
absoluto respeto por nadie, por lo que le ruego me disculpe pues tengo que
atender a otros clientes, al fin y al cabo para eso estoy trabajando aquí.
El Encargado, al corriente de cuanto estaba sucediendo y viendo el feo
carisma que estaba tomando el asunto, llamó a Poncio al darse cuenta,
mirando a don Hipólito el cual mostraba un semblante cada vez más rojo por
la ira que le corroía interiormente, al caer en la cuenta de que ante aquellos
parroquianos su prurito no estaba quedando a muy buena altura desde el
momento en el que se percataron de cómo un simple camarero se le había
subido a las barbas, aunque más de uno sabría a ciencia cierta los motivos
de aquellos bruscos desaires. Cuando lo tuvo a su altura, y con un gesto que
mostraba aires: tanto de complacencia como deseos de que aquella
situación se calmara, le dijo:
- Atiende a don Hipólito como es debido: ahora es un cliente y los
problemas que tengas con él los solucionas fuera de las horas de trabajo, así
que andando...
- Que le quede claro que lo hago por Vd., al que le debo mucho, porque
si no fuera por eso ahora mismo soltaba el mandil y me marchaba a casa -
aseveró Poncio con un elocuente gesto de rabia que le desdibujaba el
entrecejo al tiempo que se le formaban extraños surcos en la ancha frente.
La no mucha amplitud del local hizo posible el que esta conversación
no fuera ajena a los oídos de don Hipólito, porque una vez sentado ofrecía
ahora una sonrisa henchida de placer a la espera que de nuevo se le
acercara Poncio, el cual mostrando una farsa sumisión dijo:
- ¿Qué se le ofrece, Señor?
- ¡Hombre, eso de Señor, me ha gustado! Y es así como debes dirigirte
a mií siempre, o acaso, ¿has olvidado quién soy? Además te voy a decir una
cosa: si tienes alguna duda de con quién estás hablando, no tienes más que
preguntarle a tu madre. Ya se lo dije una vez a ella, y ahora que ella te repita
a ti como nos las gastamos los de la Torre. Pórtate bien porque como no sea
así, ni aquí ni en ningún otro lugar vas a encontrar trabajo. ¿Te ha quedado
claro? ¡Contesta! -esto último lo dijo mirando de soslayo al Encargado, el
cual se limitó a mirar para otro lado, detalle este que lo congratuló de tal
manera que le dio aire para seguir con su insistente y grosera forma de
dirigirse a Poncio-.
- ¡Le he entendido perfectamente, Señor! Lo que no acabo de entender
es lo que un Señor como Vd., desea de un simple Camarero como yo -dijo
ahora Poncio mostrando un cierto aire envalentonado, el cual demostró no
haber socavado en absoluto el arrogante porte de don Hipólito, el cual con
cierto desprecio apuró la copa de un trago y demandándole otra, añadió
seguidamente que no había terminado de hablarle-.
Servida la segunda copa, y ante el inconsciente, aunque premeditado
intento de retirarse, la voz de don Hipólito tronó en todo el local.
- ¡Te he dicho que aún no he terminado: es más ni siquiera he
comenzado, así que estate tranquilo!
El Encargado del Casino no se atrevía a rechistar aun a pesar de que
tan solo disponía de un Camarero; no le convenía ponerse a malas con el
que además de ser cliente, a su vez era el Propietario del edificio, y
Presidente de aquella entidad Mercantil e Industrial, y en la que se
celebraban todos los actos propios del Empresariado de Alcoy.
- Tengo entendido que tu hermana Rosa ha cogido el traspaso de un
puesto en el Mercado, y ya que tu madre se negó el otro día a atender, de
mala manera por cierto, mi demanda acerca de obtener información acerca
del paradero de Marina, menester será acercarse a verla a ver si puedo
sonsacarle algo. -Esto lo dijo mostrando en su semblante un cierto aire de
amenaza que a Poncio no le pasó por alto, por lo que la respuesta de éste
fue tajante-.
- A mi hermana Rosa no tiene Vd. porque molestarla para nada. Tanto
ella como yo y mi madre estamos cansados de sus atropellos y groserías
que no non más que el producto de sus malas artes. Así que le
agradeceríamos que se olvidara de nosotros de una vez para siempre, al fin
y al cabo como Vd. siempre ha dejado claro, no somos personas ni de su
clase ni de su altura. Y si quiere averiguar algo acerca de esa Señora, le
aconsejo que se busque otros medios de información, porque lo que es de
nosotros le garantizo que no va a conseguir nada. -dijo ahora Poncio
absolutamente envalentonado al observar en algunos de los parroquianos
cómo asentían con la cabeza en señal de que estaban de acuerdo con él, ya
que el pueblo estaba un tanto dividido con respecto de las artimañas y
tejemanejes de la familia de la Torre-.
- ¡Hijo! No sé de dónde has sacado ese galleo, pero te aseguro que
esto te va a pesar, como le va a pesar a tu hermana el negarse a darme
información acerca de lo que tengo que saber... Y te juro que no sé como me
estoy conteniendo, y no te muelo a golpes aquí mismo por tanta insolencia.
VEINTICINCO
La noche hacía bastante rato que había echado su negro manto sobre
los campos de Orihuela; sin embargo, una gran parte de aquel espacio se
encontraba extraordinariamente iluminado. La enorme Fábrica Textil lucía
quejumbrosa y chirriante entre enormes llamaradas que, abrazándose entre
ellas, cubrían las amplias zonas no sólo de los monumentales almacenes,
sino que sus bífidas lenguas se lanzaban como flechas hacia las partes más
delicadas y deseables por el incontrolado fuego, alcanzando los muelles de
descarga del algodón que aún en los camiones, se encontraban pendientes
de ser estibados por la mañana, cosa que ya no ocurriría porque ellos
mismos eran pasto de las llamas.
Palas excavadoras utilizadas para la recogida y desplazamiento de la
materia prima, cintas transportadoras y hasta todo cuanto de caucho existía
no sólo en aquellas máquinas, como también los grandes neumáticos o las
ruedas de las desmotadoras; incluso todo lo apilado como material de
repuesto conseguían crear una inmensa y vasta columna de humo que hacía
la atmósfera absolutamente irrespirable.
Fue todo en un abrir y cerrar de ojos. No podía ser de otra manera
dado el material de que se trataba; sobre todo si se atacó por diferentes
frentes. El objetivo perseguido se había conseguido. Al Portero y Guarda de
noche ni tan siquiera le había dado tiempo a llegar a la oficina al objeto de
pedir el correspondiente auxilio, ya que esta al encontrarse cerca de la
báscula, uno de los camiones allí anclado y pendiente del proceso de pesado,
había saltado por los aires una vez alcanzado el depósito de combustible.
Y entonces fue cuando lo vio enredado en aquella maraña de alambres
de espinos cual si se tratara de un campo de prisioneros de los que el
fascismo tuvo instalado durante la guerra.
Circulaba en su moto Sanglas 400 recién estrenada. Se trataba de
Gerardo que regresaba a casa después de una dura jornada de trabajo y en
cuyo rostro se podía leer perfectamente que aquello que estaban viendo sus
ojos no eran más que el anticipo de una deuda que aún tenía pendiente de
cobrar.
Había conseguido salvar la valla de cemento en cuya parte superior y
cogidas con mortero existía, a lo largo de ella, toda una batería de trozos de
cristales de todos los tamaños y formas que imposibilitaban un acceso
cómodo por encima de ella. Y esto lo sabía Felipe Menéndez, pero, era tanto
el odio, tanta la rabia acumulada, ya no sólo a lo largo de los años esperando
la mejor y más segura de las oportunidades, sino a raíz del comunicado que
aquella misma mañana le pasara don Casimiro anunciándole que quedaba
despedido, argumentando que su afán de instigar a los obreros a una nueva
huelga le había puesto también a él en una difícil situación. En realidad -se le
había sincerado el Director- fue don Hipólito el que le había llamado
diciéndole que utilizara los medios que fueran necesarios, pero que no lo
quería allí.
Viendo los esfuerzos que hacía Felipe por liberarse de aquella
urdimbre, el aspecto del hombre, la hora, el lugar y aquel pavoroso incendio,
no le cupo la menor duda de que detrás de aquella huida estaba la respuesta
a cuanto pudiera preguntarse acerca de lo que ocurría al otro lado del recinto
vallado.
Al llegar a su altura, detuvo la moto y apoyándola sobre un grueso
poste del servicio eléctrico, atravesó, no sin dificultad, la acequia que
separaba la carretera de tierra de la alambrada y comenzó a desenmarañar
aquella, poco menos que inquebrantable tela metálica, dejándolo libre no sin
un rosario de sangrientos jirones, algunos bastante respetables, producidos
por la rapidez con la que hubo de saltar la tapia, ya que las llamas estuvieron
a punto de alcanzarlo a él también. La prueba es que Gerardo al
contemplarlo de cerca ya sobre la carretera le dijo a modo de saludo:
- ¡Chico, sí que estabas bien enredado!
- La verdad es que sí, y lo curioso es que aunque conozco toda la
Fábrica, nunca había reparado en la dichosa alambrada esta. Malditos
espinos. Casi tenía dominado el salto por encima de los cristales, pero me
pinché con uno pequeño perdiendo el equilibrio, y como desconocía lo de la
alambrada, lo primero que pensé fue dejarme caer sobre el matorral.
- Y no me extraña. La hija de puta ha sido tan bien camuflada entre
tanta hierba alta que hasta que no estás encima, y nunca mejor dicho, no la
sientes -dijo Gerardo quitándole un poco de hierro al momento-. ¿Y tú, qué
hacías ahí dentro? Si no es mucho preguntar, claro. Por cierto me llamo
Gerardo, de Albatera, cerca de Crevillente, aunque ahora trabajo como
Mecánico de Mantenimiento en Orihuela, en un taller en Los Huertos.
- Encantado, y muchas gracias por detenerte y ayudarme. Yo me llamo
Felipe, Felipe Menéndez, y soy del mismo Alcoy. Allí tengo la única familia
que me queda y que se reduce a mi padre, su cuñada y unos primos.
Gerardo, dirigiéndose a su moto, la puso en marcha e invitó a subir en
ella a Felipe, diciéndole: “¡Venga, sube! Iremos a mi casa y allí te curaremos
esas heridas, porque lo que está claro es que no vas a ir por ahí con esa
facha. Sabes: estoy recién casado y aunque mi mujer es también de Alcoy,
nos tuvimos que venir a vivir a una casita que tenemos en mi pueblo. Te
aseguro que es un encanto de mujer y tendrá mucho gusto en que te
curemos. Ya tendremos tiempo de hablar”.
VEINTISÉIS
Pasadas las cinco de la tarde unos golpes en la puerta sacaron de su
abstracción a la Doctora Celia la cual estaba imbuida en un unos informes
que acababa de recibir.
- ¡Pase! Ah, son ustedes, les ruego que me disculpen, pero ¡es que
llevo una tarde! ¡Lo siento, se me había ido el santo al cielo! Veo que en esta
ocasión traen refuerzos.
- Sí. Ella es la Detective Eugenia González y futura Psicóloga Forense
de la Dirección General de Seguridad, y por el momento adscrita a nuestro
Departamento en Alicante, y del que esperamos no se la lleven
La Doctora Celia saliendo de detrás de la mesa de su despacho se
acercó al trío al que saludó efusivamente, si bien en quien más se detuvo fue
en Eugenia, a la que sin más dilación, tras un afectuoso saludo, le preguntó
en que Facultad realizaba sus estudios de Psicología. Ante la pregunta, los
pensamientos que volaron por las mentes de los dos hombres al mirarse el
uno al otro, fue: “¡Los típicos celillos femeninos!” No obstante, la agente le
dejó una definición grosso modo de cuanta labor realizaba en la Policía.
- ¿Y es Vd. la única mujer del Departamento?
- Como Detective sí, aunque hay en marcha una nueva hornada que
está a punto de caer, y de entre la que vamos a contar con dos nuevas
ayudantes de Detective; ahora son policías que desempeñan sólo y
exclusivamente labor en el Servicio de Información que, por cierto, es una
tarea bastante ingrata. Pero, así es la cadena. Además, buena parte de la
Secretaría del Estado dependiente del Ministerio del Interior, no está mucho
por la labor de que hayan mujeres con acceso a algunos de los
departamentos especiales de la policía, y aún menos de la Guardia Civil,
aunque tengo la esperanza de que más pronto que tarde se darán cuenta de
que cuando amplíen el número de candidatos a las listas de acceso a la
Academia y vean que se encuentran con candidatas con la suficiente
preparación para determinados cometidos dentro del Cuerpo, seguro que no
tendrán más remedio que reconocer que, si han llegado hasta ahí, merecen,
al menos, una oportunidad. No pueden estar siempre haciendo oídos sordos
a muchas de las altas instancias que solicitan que para atender tanto a
detenidas, en las comisarías, o aduanas, como a mujeres ya encarceladas,
consideran necesario crear un Cuerpo Especial Femenino también para
prisiones.
- Eugenia. ¿Puedo llamarla Eugenia? -le dijo Celia sonriendo.
- ¡Naturalmente!
- Es que no sé si será por deformación profesional, pero, el caso es
que ha despertado en mí una necesidad de conocer algo más de Vd., de su
labor policial y detectivesca; de cómo fue el dedicarse a una profesión tan, a
mi juicio, peligrosa; en fin, ya me comprende: estas historias son las que
ayudan a la Psicología a alcanzar un grado de evolución dentro de ese
marco en el que está encerrado todo ese conjunto de pensamientos que
llamamos mente.
- Cuando Vd. quiera me llama, quedamos y le cuento todo eso que
desea saber sobre mí, evidentemente hasta donde pueda llegar. No sé por
qué, pero me da la impresión de que está pendiente de una Tesis. ¿Me
equivoco? Quiere sacarse el Doctorado, ¿no es cierto?
La Doctora Celia, tan asombrada como sorprendida, no tuvo más
remedio que claudicar y manifestar que era absolutamente cierto: estaba
preparándose para el Doctorado por la Universidad de Valencia. Añadiendo
seguidamente su felicitación por tan espontánea deducción tras haber
cruzado apenas un saludo.
-¡Señoras! Lamento cortar tan interesante conversación, pero
convendría que fuéramos a ver a Matilde, ¿no les parece? -dijo el inspector
Soriano mostrando un cierto aire de autoridad-.
- Desde luego Inspector, y disculpe. Subamos, -dijo tomando por el
brazo a Eugenia, y, entrando delante de los dos hombres en el ascensor,
añadió: -Como le dije con anterioridad me fue del todo imposible sonsacarle
absolutamente nada, pues se cerraba en una especie de mutismo imposible
de volver a abrirlo ni tan siquiera para despedirse cuando abandonaba la
sala. Espero que ahora con la ayuda de Eugenia como mujer que es, al verla
se abra un poco y tome en consideración un cierto ámbito familiar.
- Disculpe Doctora -se adelantó Eugenia- pero yo sólo estoy aquí en
calidad de observadora; el que pueda o no opinar acerca de cuanto vea u
oiga solo va a depender del Inspector Soriano. Más tarde, cuando él lo
estime oportuno, podremos tener una reunión y hablar acerca de la evolución
del caso, pero no se preocupe que él sabe hacer muy bien su trabajo.
- Perdónenme Vds., pero comprendan mi postura. Matilde es mi
responsabilidad y debo velar por ella. No quiero que en ningún momento lo
que llevo conseguido se me vaya en cuestión de segundos. Vd. Eugenia,
cómo futura Psicóloga y además Forense sabe de que le estoy hablando.
Dejo por supuesto sentado que con ello no pretendo poner en tela de juicio
los conocimientos de los que, no me cabe la menor duda, disponen tanto el
Inspector como el Sargento.
- No se preocupe; como ha dicho Eugenia estamos preparados, ya son
unos cuantos años de experiencia los que llevamos a nuestras espaldas.
Cuando quiera podemos pasar y a ver qué podemos sacar en claro hoy, -dijo
el Inspector quitándole importancia al comentario.
Afortunadamente, a Matilde la habían pasado a una habitación en la
que solo se encontraba ella, por lo que el primer comentario del Inspector fue
el de que así tendrían mayor intimidad, y la muchacha se sentiría menos
avergonzada caso de que decidiera contarles lo sucedido aquella tarde, así
de que por fin les revelase la identidad de quien o quienes habían sido los
autores.
Cuando todos entraron en la habitación, rodeando la cama en la que se
encontraba Matilde, a ésta, aun sabiendo que recibiría tal visita, le cambió el
semblante, detalle este que no pasó desapercibido, principalmente, para
Eugenia, aunque acerca de ello no hizo comentario alguno.
¡Hola, Matilde! ¿Cómo te encuentras? -le dijo el Inspector Soriano
mostrándole una amistosa mirada.
- Bien, un poco cansada, pero bien. Y Vds., ¿Cómo están? ¿Y quién es
esta señorita? -dijo mirando a Eugenia sin el menor reparo, al tiempo que su
mente corría intentando adivinar de quién podría tratarse, y el motivo de estar
allí, ya que al verla vestida de paisano e ignorante de que hubiesen mujeres
policías, le hacía perderse en una serie de elucubraciones de cuya
abstracción le sacó la Doctora Celia llamando su atención y diciéndole:
- Matilde, todos estamos bien, como puedes comprobar. En cuanto a
esta Señorita: ella es la Detective Eugenia González; compañera de los dos
inspectores y que viene sólo acompañándolos, aunque está dispuesta a
poderte ayudar a recordar, si te parece bien, ya que ella también es
Psicóloga, aunque no del Hospital sino de la Policía como te acabo de
mencionar, y al decir de sus compañeros, muy buena en su cometido.
- Bien, ¿te parece que comencemos a hablar sobre lo que te ocurrió
aquella tarde? Porque imagino que ya habrás puesto en orden tus ideas y
algo recordarás, ¿no? -le inquirió el Inspector Soriano sin abandonar aquella
sonrisa que le era tan característica cuando quería mostrarse amable.
Viendo que la muchacha paseaba su mirada por cada una de las
personas que tenía alrededor de la cama, sin atreverse a hablar, y , al
parecer, sin la menor intención de hacerlo, deducción esta a la que llegó la
Doctora Celia, le increpó directamente: “Matilde, debes de ayudar a la Policía
de lo contrario todo el daño que te hicieron va a quedar impune. ¿Acaso no
te importa que ése o esos individuos se salgan con la suyas? No entiendo
porque no quieres contar lo que te ocurrió”.
- Matilde -intervino de nuevo el Inspector-. La Doctora Celia tiene toda
la razón, aunque nosotros si comprendemos ese silencio tuyo, y te voy a
decir por qué ya que no podemos seguir esperando, y al parecer tú no tienes
intención de ayudarnos. Según el informe que nos pasó la Guardia Civil,
cuando la pareja te encontró y te llevó al Dispensario, era tal tu estado de
ansiedad que hasta que el Médico no te dejó completamente sedada, no
pudo abrirte la mano para extraer de ella un papel que tú aprisionabas entre
tus dedos. ¿Quieres que te lo muestre?
- Haga lo que quiera, pero le aseguro de que no sé de que me está Vd.
hablando; yo no recuerdo haber tenido ningún papel, ni haber estado en ese
sitio que dicen que estuve.
- No recuerdas, o, ¿es que no quieres recordar? Porque lo que sí está
claro es que la Guardia Civil te encontró allí, agazapada, con múltiples
heridas y a juzgar por lo que ellos manifestaron, muerta de miedo; y eso tú
no lo puedes cambiar -intervino ahora el Sargento Vilches, el cual hasta
entonces había guardado silencio, mirándola inquisitivamente.
- Esta es la nota que tenías en la mano...
Cuando se la acercó a la muchacha, y ésta con un gesto que, en
principio, mostraba cierta indiferencia, con lo cual dejaba claro qué no sabía
de que podría ir lo que allí pudiera haber escrito, y sin mucho aparente
interés la leyó, la cara se le tornó tan blanca que se podría asegurar que era
una continuación de la sábana que la tapaba hasta el cuello. Dejó caer sobre
la cama el papel al tiempo que sus ojos cómplices de un alarido y un
desbordar de lágrimas imposibles de detener durante largo tiempo, le dieron
pie al Inspector para cuando se calmó un poco entre ahogados suspiros
volver a preguntarle, aunque en esta ocasión dándole a entender que él
sabía de quién podría tratarse sin que ella se lo dijera. Levantó la mano con
el fin de detener a la Doctora Celia, la cual intentaba parar de nuevo aquel
interrogatorio; ésta intentó quejarse, pero al ver que el Inspector se ponía un
dedo sobre sus labios en señal de súplica para que lo dejara seguir, le
preguntó a Matilde:
- No tenías necesidad de haber visto ese papel ¿verdad? Aunque
imagino que ahora cuanto dice la nota habrá hecho que tus labios se queden
cerrados para siempre por la amenaza que ella encierra. Y no creas que ha
sido un error el habértela enseñado, es simplemente haberte dado la
oportunidad de que entiendas cuanta necesidad tienes, y tenemos de
detener a ese individuo para que, precisamente, esa amenaza jamás la
pueda cumplir; porqué es uno solo, ¿verdad?
Como quiera que la joven no acababa de confesar, ni según
concretaron entre ellos, tenía intención de hacerlo, conclusión ésta a la que
al final habían llegado, el Inspector Soriano dirigiéndose de nuevo a Matilde
le dijo con una crudeza tal que no dejaba lugar a dudas.
- Lo sentimos; sentimos que al final tengamos que, aunque por el
momento, archivar este caso, pues aunque tenemos la sospecha de quién se
trata, sin tu denuncia ni testigos no podemos hacer nada. Y es una mala
decisión por tu parte ya que le estás dando pie a que esto que ha hecho
contigo vuelva a repetirlo, de eso no te quepa la menor duda, sino aquí, en
otro lugar, pero seguro que lo volverá a hacer. Tan solo espero que si se
repitiera, al menos tenga la misma suerte que tú, porque podría ser que no
viviera para contarlo. En fin, ya no podemos hacer nada más, solo decirte
que ya sabes a donde dirigirte si en alguna ocasión deseas contactar con
nosotros.
VEINTISIETE
La Doctora Celia, viendo que aquella determinación por parte del
Inspector no era ni con mucho una especie de simulacro con el fin de si la
muchacha caía en la celada que, al parecer, le estaba tendiendo, abrió la
puerta y le franqueó el paso a los padres de Matilde que esperaban ansiosos
en la salita de estar contigua a la espera de que los pusieran al corriente de
lo allí hablado y de la posible conclusión a la que podrían haber llegado.
- Don Álvaro, doña Berta, sentimos comunicarle que no podemos
pasarle el caso al Fiscal dado que Matilde se niega a darnos a conocer la
identidad del agresor. Como Vds. saben, y espero comprendan, todo
depende de ella. Si Matilde no lo denuncia, la Policía no puede hacer nada. A
nosotros, aunque nos duele saber que hay un malhechor rondando, la Ley
nos tiene las manos atadas.
Ambos inspectores, tras la despedida, abandonaron la habitación
mientras las dos mujeres se quedaron rezagadas.
- Ahora os alcanzo -se oyó decir a Eugenia cuando ya los dos hombres
iban por el pasillo.
- ¡Conforme! -respondió el Inspector Soriano-. Abajo te esperamos;
estamos en la Cafetería.
- ¿Os encontráis muchos casos semejantes a este? -preguntó Celia un
tanto compungida y mostrando la pesadumbre de no haber podido ayudar en
la medida que, según ella, hubiese deseado.
- Hay de todo, Celia. Vivimos unos tiempos en los que existen gran
cantidad de individuos que bien sea por su dinero, su poder etc., abusan de
ello, y al sentirse protegidos, son muchos los casos en los que no podemos
hacer nada. Ya has podido comprobar el resultado del presente, y en el que
hasta tú te has visto involucrada en ese altruista deseo tuyo de colaborar.
Créeme, hay mucho amiguismo. No puedes imaginarte cómo se protegen
unos a otros ante flagrantes y descarados casos de abusos de autoridad,
cuando no es la misma autoridad la que protege a quien carece de ella, pero
de la que depende para tapar otros asuntos que nada tienen, a veces, que
ver con el cargo que pudieran llegar a ostentar. Y esto, chica, está a la orden
del día. Pero, qué quieres que diga, sólo vivo con la esperanza de que
alguno de esos días todo esto cambie, y nos traiga una nueva forma de
pensar, aunque creo que además de no ser fácil, va a tardar. Hoy por hoy
predomina la soberbia y la altanería, y ambas van de la mano de un poder
ganado a base de dejar el corazón en el cajón, y convirtiendo el sentimiento
y el respeto hacia los demás en ese odio que, sin razón, poco a poco va
minando a los hombres.
- ¡Me has dejado con la boca abierta! -dijo Celia que había estado
guardando el más profundo silencio, ante las manifestaciones de Eugenia-.
- La verdad es que me he dejado llevar por el sentimiento que ha
despertado en mi el resultado de este caso, y del que yo esperaba que
Matilde lo dejara resuelto con tan sólo dar un nombre. Nombre, por cierto, y
esto te lo digo confidencialmente, el Departamento lo tiene señalado, hasta el
extremo de que desde hace unos días está habiendo un seguimiento de los
llamados, por nosotros, en las sombras, ya que estamos casi seguros de
quién se trata, y sólo estamos a la espera de que cobre confianza gracias a
la inmunidad de que disfruta, y de la que te he hecho una referencia
anteriormente, y entonces es seguro que va caer como un pajarillo. Pero
bueno, ¿no querías datos para enriquecer tu Tesis de ingreso a la
Especialidad...?
- Claro que sí, pero, es que me has hablado, y enfatizado de tal manera
cuanto me has contado que aún tengo el corazón algo así como encogido.
Ten en cuenta que gran parte de mi vida desde, digamos, dejé la
adolescencia, la tengo dedicada al problema de mis pacientes, y estos ya
sabes que no son otros que problemas clínicos, problemas mentales, y con
ellos conozco poco acerca de la realidad de la calle. Sí, ya sé que tenemos
los periódicos, pero, ¿qué se puede leer en ellos? Todos dicen lo mismo. Te
estoy hablando, y al mismo tiempo pensando en la petición que te hice sobre
si podríamos vernos, ya sabes: contarme cosas de tu vida, y sobre todo
acerca de una cuestión que no deja de rondarme la cabeza como si tuviera
dentro un avispero...
- Y no creas que cayó en saco roto. Te lo prometí y lo voy a cumplir.
Pasado mañana es Domingo, y este y el Lunes los voy a tener libres. Si no
trabajas en el Hospital nos podemos ver por la mañana y luego almorzar
juntas. Después tengo un compromiso ineludible. Voy a casa de mi hermana
que vive en Alicante. Yo también vivo allí, pero por orden de mis superiores
no puedo volver hasta que este caso no quede definitivamente cerrado en lo
que a mi intervención se refiere, y sobre el que calculo aun habré de esperar
unos días. Voy a ver a mi hijo.
- ¿Tienes un hijo? -le preguntó Celia abriendo la boca ante la
inesperada sorpresa.
- Sí, tengo un hijo de catorce meses, que se lo quedan mi hermana y
mi cuñado, que a su vez también tienen otro niño aunque ya un poquito más
mayor. Ellos se brindaron a cuidármelo mientras yo trabajo, y créeme están
encantados con él ya que no da guerra ninguna a decir de ellos. Así que me
quedaré en Alicante el Domingo por la noche y estaré de regreso el Lunes a
última hora de la tarde.
- ¡Qué bien! Tienes un hijo y, supongo que también un marido -esto lo
dijo Celia al tiempo que, mordiéndose los labios, pedía perdón al entender
que podría haber cometido una indiscreción.
- ¡Tranquila, Celia! No hay nada que perdonar; en cierta medida se
puede entender como lógica tu pregunta, pero no, no tengo marido, aunque
estuve casada. Mi estado actual es el de una Viuda joven, pero Viuda. Ya
hablaremos de esos sentimientos matrimoniales los cuales a ti como una
Psicóloga Soltera te vendrán bien -esto último lo dijo sin poder evitar echar
una discreta risa.
- Pero tengo un pretendiente, no te creas que no estoy solicitada; la
verdad es que no mucho, pero mira, con uno que me cuaje ya me iría bien la
cosa. -Con este comentario, Celia no pudo por menos que seguirle el juego,
y acabaron las dos riendo discretamente ya que se acercaban a la puerta de
la Cafetería. En su interior ambos Inspectores charlaban animadamente.
Cuando de nuevo se encontraron los cuatro, el Inspector Soriano las
invitó a tomar algo. Ninguna de las dos aceptó la invitación por no
apetecerles beber nada. Seguidamente el Sargento abonó lo que ambos
hombres habían consumido, y todos se dirigieron hacia la salida. Mientras se
producía la despedida, Eugenia acercándose a Celia le dijo en un susurro:
“Te llamaré mañana para quedar, y no te olvides de hacer una lista de todo lo
que quieras saber y yo te pueda contestar, y, sobre todo, no te olvides de esa
cuestión que, según tú, te ronda por la cabeza como si fuera un avispero”.
Ambas mujeres se sonrieron al tiempo que les oían decir al Sargento: “¡Para
que luego digan que las mujeres no hacen amistad con facilidad!” Tras el
comentario y una nueva despedida, Celia volvía a su Despacho mientras que
los tres policías entraban en el automóvil que los esperaba en la puerta del
Hospital.
VEINTIOCHO
Decidido a obtener la información que deseaba, don Hipólito salió del
Casino dirigiendo sus pasos hacia el mercado en el que, sin que Poncio se
diera cuenta, éste le había confirmado que su hermana Rosa había
conseguido allí un puesto que había quedado vacante, y con cuyo traspaso
pudo quedarse gracias a los muy buenos dineros que, en calidad de
indemnización y agradecimiento, le habría regalado Marina la misma mañana
en que se marchó del pueblo. Para Rosa fue toda una sorpresa, pues si
Marina le había entregado un sobre diciéndole lo que contenía, lo cierto es
que no se esperaba que en su interior hubiera una cantidad tan espléndida,
aun a pesar de que al dárselo le suplicara encarecidamente que no dijera
absolutamente a nadie sobre la dirección que tomaba; dirección que, en
confidencia, tan sólo a ella le dejaba por si en algún momento hubieran de
ponerse en contacto. “¡Cuida bien esta dirección Rosa!” Con estas últimas
palabras, un cariñoso beso en cada una de las mejillas, y una despedida en
la que se podía apreciar el amargor de una lánguida sonrisa, Marina dejaba
atrás veinte años de vivencias.
Caminaba absorto en sus oscuros pensamientos. La mente creándole
la escena de la obra que muy pronto iba a representar y que, sobre la
marcha, él iba escribiendo, al tiempo que su rostro mostraba todo el sadismo
de un decorado demoníaco a modo de complemento. Y todo ese conjunto se
podía apreciar perfectamente, no sólo en la contracción del entrecejo, sino
en unos ojos encendidos que muy bien pudieran llegar a quemarle las
pestañas.
Ese estado de guerra que le rompía el pecho recordando el momento
en el que Poncio, sin el más mínimo asomo de arredramiento ni temor ante
con quien estaba hablando, hizo el no darse cuenta de que por el mismo
acerado y a punto de cruzarse con él marchaba María Engracia, en cuyo
cuadril apoyaba un canasto con verduras, y la cual hubo de bajarse a la
calzada ante la posibilidad de verse atropellada por Hipólito el cual al
reconocerla, ni tan siquiera tuvo la cortesía de cederle el paso. Muy al
contrario. Se detuvo frente a ella y la increpó de tal manera que su intento de
marcharse fue imposible ya que él, de la forma más grosera reteniéndola por
un brazo, la empujó contra la pared sin preocuparse de que todos los que
pasaban por allí en aquel momento, se detenían con idea de saber acerca de
tan extraña situación, aunque lo cierto es que a nadie le extrañaba el
comportamiento del hombre, ya que de todos eran conocidas sus rudas
maneras y sus soeces modales.
- ¡Vaya, vaya! Miren Vds. con quién he ido a toparme precisamente.
Voy en busca de la hija y me encuentro con la madre; a esto le llamo yo
tener suerte -dijo en voz alta, y obviando cuantos comentarios oía
provenientes del personal allí detenido.
Uno de los hombres, ya de cierta edad, allí congregados, al hilo de lo
que acababa de decir una mujer acerca de la forma de actuar de Hipólito,
dijo sin el más mínimo temor: “Pero qué se puede esperar de este mal nacido,
toda su vida será el hijo de puta que se tenía que haber muerto antes de que
lo trajeran de Alicante, y que no se acaba de enterar de que la guerra ya
terminó, pero claro, gracias a sus amigachos todavía se cree que está en el
derecho se seguir avasallando cuando le da la gana”.
Al oír tan directa como envenenada arenga, y observando que el grupo
estaba dividido entre asentimientos y chanzas en las que estaban incluida
toda su familia, haciendo destacar de una tan vulgar, como acertada
manera a doña Clara, no sólo por la aceptada y vivida situación con respecto
de la amante, más que conocida por todo el pueblo, sino por el trato que de
continuo daba de forma altanera y soberbia, soltó el brazo de María Engracia,
y dirigiéndose, profiriendo toda una serie de insultos hacia el que había
hablado, se le plantó delante, más al ver que se trataba de uno del grupo
que aquellos días reparaba los aledaños del Mercado y en cuya mano
derecha acariciaba el mango de una pala, sin dejar de proferir improperios y
amenazas hacia el hombre al que le aseguraba que aquello no iba a quedar
así, y que ya tendría su momento, dirigiéndose a la veintena de personas allí
congregadas, comenzó ahora con menos bríos, incitando a que se
marcharan aludiendo que cuanto acontecía no iba con ellos.
Ante la sorpresa tanto de la gente como del mismo Hipólito, María
Engracia había soltado el canasto en el suelo al tiempo que le decía a sus
convecinos: “Tranquilos, no pasa nada, podéis iros, no pasa nada, de verdad.
Aquí y ahora voy a dejar de una puñetera vez zanjado el asunto que según
don Hipólito tiene pendiente conmigo”.
- Pero ten cuidado María Engracia, no te fíes ni un pelo, éste será un
perro toda su vida que se cree que el pueblo ha olvidado lo que fue y lo que
hizo. Algún día se lo van a recordar -dijo una mujer mayor la cual estaba
cogida del brazo de otra que, del más riguroso luto, portaba un bastón el cual,
envalentonada por las circunstancias, enarbolaba airadamente
- ¡Pierda Vd. cuidado, señora Dionisia!
Se trataba de Dionisia, su hermana, amiga íntima y comadre de María
Engracia ya que ambos maridos eran compadres por ser los padrinos de
Rosa. El marido de Dionisia fue uno de los que cayeron en la más trágica
redada que sufrieran los hombres de Alcoy, y de la que al pueblo nunca le
cupo la menor duda que fue a consecuencia de la cobarde traición de un
miembro de la familia de la Torre. El pueblo sabía de sobra de quién se
trataba, como sabía también de las represalias que habría de sufrir si a
alguien se le hubiera ocurrido hablar acerca de ello. La familia de la Torre
había emparentado muy bien con otra cuyo cabeza de familia, adepto al
régimen, pertenecía a uno de los grupos con mayor poder dentro del marco
de la Falange, y cuyos privilegios comenzaron a dar fruto tras la muerte, en
dudosas circunstancias, de José Antonio Primo de Rivera. Habría sido el
Señor de la Torre, padre de Hipólito, el que mandara realizar aquella bandera
con la que fue cubierto el féretro que transportó el cuerpo del líder, y cuyo
acto fue altamente reconocido. Sería a raíz de entonces que le comenzaron
una serie de favores, entre los cuales se encontraba la cesión de unos
terrenos en Alicante, ciudad a donde, sin dudarlo, se trasladó parte de la
familia.
- ¡Pierda cuidado Ramona! Que esto se va a quedar arreglado ahora
mismo, por cierto, si pasan Vds. por el puesto de mi hija, díganle que
enseguida estoy con ella, que ya he avisado al Carpintero. -Este favor, a
modo de recado, no tenía ninguna necesidad de pedirlo, tan sólo pretendía
con ello aparentar una sensación de tranquilidad ante el presagio de la
desagradable conversación que le esperaba.
No acababa de marcharse el personal. Aún quedaban algunos que se
hacían los remolones como si estuvieran tratando de otras cuestiones,
cuando a todas luces se notaba que lo único que hacían era estar a la
espera de lo que, al parecer, ellos auguraban para sí que habría de suceder.
Sin saber el porqué, María Engracia observaba a don Hipólito, y no
acertaba a comprender aquella actitud hacía unos momentos de fiera, y
ahora en cambio, aunque rojo de ira, se encontraba quieto, parado allí sobre
el acerado y mirándola sin dar muestras evidentes acerca de saber qué
hacer o qué decir. Lapsus o como se le quiera llamar al momento, el caso es
que María Engracia ante aquella muestra de bloqueo, físico o mental, con un
descarado manotazo sobre el hombro de Hipólito le dijo abiertamente:
-Bueno, y ahora, ¿se puede saber a qué está esperando para
demandar todo aquello que, según Vd., tiene pendiente con mi familia?
Porque si es lo que me imagino, y pretende volver a las andadas, ya le
anticipo que va listo.
La sorpresa de María Engracia sería mayúscula, cuando ignorándola
absolutamente don Hipólito, tras un momento de vacilación en el que parecía
que habría sufrido alguna especie de extraña catarsis momentánea, desde
luego, se daba la vuelta abandonando el lugar sin hacer el más mínimo gesto.
VEINTINUEVE
Era bien entrada la madrugada cuando Irene y Carlos se despedían de
los muchos asistentes que aún quedaban en aquella Gala Cinematográfica, y
de la que tan buena impresión había sacado todo el mundo, tanto por un lado
como por otro. A la Organización se le notaba altamente satisfecha y esto se
lo hicieron saber tantas veces que, Marina en su papel de Actriz al tiempo
que Irene en el nuevo suyo como Guionista, esa noche no habría tenido
necesidad de maquillarse, ya que la habían estado ruborizando hasta la
saciedad, detalle éste, por cierto, y así se lo hacía saber a Carlos cada dos
por tres, no le disgustaba en absoluto. Irene se sentía henchida de placer, y
esto se le notaba en la mirada; era una mirada tan límpida, tan plena de
felicidad que en ningún momento a Carlos se le pasaba por alto el brillo de
aquellos ojos que, cuando fijos en los suyos, jugaban el doble papel del
espejo frente al espejo.
- Esta noche he disfrutado como aquel muchacho que estrena pantalón
largo por primera vez en su vida, y se da cuenta de que ha pasado la frontera
hacia la adolescencia encontrándose que tiene ante sí un horizonte capaz de
alcanzarlo apenas estire el brazo. ¿Nos vamos, vanidosilla? -Esto lo dijo en
un leve susurro al tiempo que la tomaba por la cintura atrayéndolo hacia él-.
- ¡Nos vamos! -Le correspondió Irene asiéndolo de la misma forma,
con lo cual ambos salían estrechamente agarrados momentos después a
una Avenida madrileña a esa hora tan bella y cálidamente iluminada
mediante un acierto de triples faroles de corte Fernandino, que invitaba
gracias a una temperatura de lo más agradable a pasear por su ancha acera.
- ¿Cómo fue que te dio por escribir un Guión Cinematográfico? Te lo
pregunto porque las pocas veces que hablamos por teléfono mientras
estabas en Alcoy nunca tuve el presentimiento de que volverías al cine, y
mucho menos con la idea de escribir para él, al menos es lo que pensé
cuando escuchaba durante el acto de esta noche todo aquello de que había
sido elegido un Guión tuyo para la realización de una Película. La verdad es
que me sorprendió. Aún recuerdo tus palabras, cuando recién llegada de
hacer la Película con Mendizábal por tierras de Chile, que dijiste, y lo
recuerdo perfectamente: “La próxima Película si no consigo el papel de la
Protagonista, me retiraré definitivamente”. Es como si te estuviera oyendo
entonces.
¡Cómo voy a olvidarlo! Es un proyecto que siempre me ha traído por la
calle de la Amargura, ya que todos los papeles que me ofrecían eran
secundarios, que, por cierto, tampoco estaban mal, pero, yo no quería
acabar mis días sin haber realizado, al menos, una; un Film con el que se me
relacionara en calidad de primera Actriz. Y te repito que no es que esté
descontenta con haber realizado siempre papeles secundarios. Sin ir más
lejos, en Chile me fue concedido un Galardón por la Escuela de Cine Chilena.
Sin embargo, tuve que dejar colgados, y no me arrepiento de ello, varios
ofrecimientos que sin lugar a dudas, no dejaban de ser importantes, pero no
para mí. Yo quería y quiero algo más. Ya tengo una edad, Carlos... -dijo
poniendo una carita como de niña a la que le han negado su muñeca
preferida-.
- ¿Dónde está esa edad? Porque yo no la veo. Lo único que veo es
una preciosidad de mujer, que a mí me trae de cabeza. Aún recuerdo cada
vez que buscaba en el periódico llamado, El Diario de la Marina, que de vez
en cuando trae Pericón el Kiosquero, junto con el resto de la Prensa
extranjera, noticias de Hispano-América relacionadas con el cine, a ver si
decían algo sobre ti, cuando un día de buenas a primeras me encuentro una
en la que se comentaba que se había estrenado con gran éxito vuestra
Película en el Cine Mundo de Santiago. Aquello fue el gozo de una
satisfacción y un orgullo que no cabía en mí. Sin embargo, cuando seguí
leyendo me puse de mal humor, ya que se anunciaban tus dudas acerca de
volver a España tras las diferentes ofertas, pero sobre todo, la que te habían
hecho para trabajar en La Argentina junto a al famoso Lautaro; al parecer
había sido él el interesado en que te hicieran aquel ofrecimiento. Aquella
noticia me puso de lo nervios... -dijo apretándole la mano ahora con más
fuerza-.
- ¡Pues sí que estabas al corriente de mi trabajo en Chile! Y es verdad.
Recuerdo una oferta para hacer una Película en Buenos Aires, en Avellaneda
concretamente. Pero no me arrepiento, y eso que Lautaro Murúa es un
grandísimo Actor y todo un personaje para los argentinos. Realmente fue una
oportunidad, pero yo estaba deseando volver; lamento que aquel día los
periodistas no estuvieran muy acertados y te dieran el disgusto; pero, bueno,
ya estoy aquí, contigo.
Le rodeó el cuello con su brazo atrayéndola hacia él y la besó
apasionadamente; beso que ella devolvió con todo el ardor que, desde hacía
tiempo. venía anidando en su interior, y deteniéndose a la luz del farol dejar
ambos cuerpos enfrentados, hasta el extremo de que ambos sentían los
locos latidos de sus corazones, y así buscando su boca con avidez y
enredándose en sus brazos hacer interminable el momento. La pasión se
había apoderado de ellos con tal fuerza, que durante aquellos momentos en
que se abandonaron al anhelante sentimiento del amor, ya no les importaba
nada de cuanto les rodeaba. Colgada del brazo de Carlos y apoyada su
cabeza sobre su hombro siguieron caminando. Ya no les importaba ni tan
siquiera la distancia. No obstante, en aquel momento pasaba un taxi, y
Carlos levantando la mano en señal de aviso hizo que el coche de detuviera.
El conductor, bajando la ventanilla, les dijo que lo sentía pero, que iba
de recogida tras haber terminado su turno, a lo que Carlos le respondió
sonriendo: -Más lo siento yo, amigo, su turno habrá terminado pero, el
nuestro acaba de comenzar; justo en el momento en que su taxi doblaba la
esquina, acababa de pedirle a esta mujer que se casara conmigo,
¿comprende mi necesidad de no hacerla caminar y perder un tiempo tan
precioso...?
- ¡Estas cosas sólo me pasan a mí! Ahora le ruego que sea Vd. el que
comprenda que a mi también me están esperando, y después de tantas
horas de trabajo... En fin. ¿Hacia dónde se dirigen Vds.? -dijo guiñándole un
ojo de forma picaresca.
Carlos le dio la dirección del Hotel en el que Marina solía hospedarse
cuando venía a Madrid. El taxista le dijo que habría de desviarse bastante.
No obstante, Irene, acercándose a la ventanilla le dijo: ¿Y Arganzuela, que
tal?
- Mejor, mucho mejor, sin problemas. Entonces: ¿adónde les dejo?
-A medio Paseo de Yeserías -le dijo absolutamente resuelta y dejando
a Carlos con la boca abierta, al tiempo que ambos mantenían una
estrechísima y seductora conversación sin mediar palabra alguna. La
dirección era la del Apartamento de Carlos.
Ya en el interior, Irene se acurrucó aún colgada del brazo de Carlos, y
volvió a descansar su cabeza sobre su hombro, al tiempo que el taxi
arrancaba de nuevo, y su conductor se sonreía tan traviesa como
maliciosamente al ver aquellos deliciosos arrumacos a través de su espejo
retrovisor...
TREINTA
Cuando se oyeron unos golpes en la puerta de cristalera de la oficina
que compartía con su socio, ya David sabía quién era el visitante. Hacía
media hora que Hipólito lo había llamado desde la estación diciéndole que no
se preocupara de ir a recogerlo, que él tomaría un taxi.
- ¡Adelante, está abierto! -dijo David al tiempo que se levantaba y se
dirigía a la puerta, a cuya entrada del despacho se encontraron los dos
hombres procediendo ambos al típico saludo de bienvenida-.
- ¿Qué tal el viaje? -se interesó David ofreciéndole un sillón mientras él
se acomodaba tras su mesa-.
- Bien, muy bien, y sobre todo cómodo -respondió Hipólito sacando una
pitillera y ofreciéndosela a su interlocutor, el cual extrajo de ella un cigarrillo
que encendió a continuación.
- ¡Cuéntame! ¿Qué es eso que te preocupa, y en qué medida puedo
ayudarte?
- Nos conocemos desde hace tiempo y me has demostrado que no
puedo dudar de tu valía como Detective, por eso quiero primero que leas
esto; creo que ello se explica por sí sólo, y las deducciones que extraigas
serán mejores que las que puedas sacar si soy yo el que te haga el relato. Yo
no tengo ningún inconveniente en que seas participe de pleno en esta
historia -estaba dando estas explicaciones al tiempo que, del bolsillo de su
chaqueta, sacaba un sobre el cual, alargando el brazo, se lo entregó a David.
Éste lo recibió; una vez abierto el sobre extrajo los folios y, mirando a
Hipólito, comenzó a leer...
Hipólito no le quitaba la vista de encima intentando captar cualquier tipo
de reacción que le diera a entender que su amigo el Detective, y anterior
Criminólogo e inspector de Policía, le sería de gran utilidad. “Es un buen
Detective -pensaba-, y recordaba, mientras David seguía con su lectura,
cuando le contó el por qué abandonó el Cuerpo para montar su propia
Empresa. Aún después de los años, le costaba hacerse a la idea de como
pudo abandonar un trabajo que hoy le podría estar reportando buenos
ingresos en razón de sus diferentes subidas en los escalafones superiores. Y
con más motivo tras haber resuelto casos tan importantes y laboriosos cómo
el popularmente conocido “Caso del Juez asesino”, y en el que después de
muchos meses de duro trabajo y tener a un detenido y confeso (forzado por
la guardia civil), uno de los motivos por los que abandonó, y cuyo resultado a
medio Juicio sería el de que descubrió que el cabecilla de la trama, y en
realidad asesino de la camarera, habría sido el mismo Juez”.
- “Aquel fue un caso sonado -me contaba durante un almuerzo en el
que lo estuvimos contratando para un asunto relacionado con la Empresa a
raíz de haber ciertos indicios de sospechas acerca de unos, a nuestro juicio,
delictivos movimientos contables, y sobre los que no sabíamos por dónde
comenzar a organizar una celada a fin de que, sin darse cuenta, cayera en
ella y poder presentar una denuncia en toda regla. Y él, David, lo consiguió”.
- “Se celebraba en la capital de España un Congreso patrocinado por la
Judicatura de la Nación, y durante el cual serían, además, elegidos varios
nuevos magistrados para diferentes provincias. El día de la Clausura y unas
horas antes de la cena de despedida, M. Mallorga, uno de los ya nombrados
nuevos magistrados en unión de otros colegas, decidieron pasar por el hotel
en el que se encontraban todos hospedados con el fin de descansar y tomar
una ducha . Según constaba en el expediente policial emitido por el Equipo
de Investigación a cuyo frente se encontraba David, El Juez Mallorga,
después de un relajado descanso, decidió tomarse esa tan celebrada ducha
tras un último día con muchas horas de trabajo. Tras entrar en el Cuarto de
Baño y una vez desnudo observar la ausencia de toalla, se colocó de nuevo
el albornoz dirigiéndose hacia el teléfono y pidiendo le subieran una
argumentando que carecía de ella. Desde la Recepción le contestaron que la
Camarera de su planta estaba justo en la habitación de al lado por lo que le
sería más cómodo asomarse al pasillo y pedírsela a ella. Tras dar su
conformidad, no sin antes elevar una queja ante tal negligencia, colgó el
teléfono, y de no muy buen humor salió al pasillo, en el cual y proveniente
de una de las habitaciones oyó unas voces...”
- ¿Qué te pasa? -preguntaba la Camarera de turno al Empleado de
Mantenimiento que se encontraba reparando la grifería del lavabo de la
habitación contigua-.
- Que no consigo quitar la dichosa tuerca; está demasiado herrumbrosa,
por lo que voy a tener que bajar al almacén por otra llave y poder hacer
contratuerca, a ver si soy capaz de quitarla sin dañar el tubo.
- Ya podrías dejarlo para mañana, al fin y al cabo esta habitación no se
va a ocupar hoy.
- Sí, ya lo sé, pero me interesa dejarla lista esta noche. Mañana me
espera una avería que se presenta bastante complicada en la Lavandería.
- Está bien, como quieras. Yo sigo arreglando la habitación y así la dejo
lista para cuando termines.
- Vale, voy a bajar por la llave, aunque es posible que aproveche y
cene antes de volver a subir.
- Me parece muy bien, yo también debería bajar a cenar y luego
terminar con esta habitación. Bueno, si cuando regreses no estoy aquí, estoy
en la tres quince.
- ¡Conforme! Hasta luego -dijo saliendo de la habitación.
Ya bajaba el Empleado por la escalera de servicio, cuando el Juez
Mallorga llamaba a la puerta abierta de la habitación en la que se encontraba
la Camarera...
- ¿Qué se te ha olvidado ahora? -Dijo ésta en voz alta pensando que se
trataba del compañero.
- ¡Disculpe! -Dijo el Juez a modo de respuesta.
Ante la inesperada visita, la Camarera se sobresaltó, y saliendo a la
puerta preguntó qué deseaba el señor, a lo que él respondió que no tenía
toalla de baño. Tras pedir la correspondiente disculpa aludiendo que se le
había pasado, salió al pasillo y, tomando una del carro de servicio,
inclinándose un poco, se la alargó repitiéndole una vez más que lo
lamentaba. El Juez estiró el brazo, pero sin acabar de asir la prenda, ya que
se quedó un momento extasiado mirando descaradamente la turgencia de
unos pechos que parecían querer escapar por entre los ribetes y encajes del
escote de un vestido negro que los hacía aún más atrayentes, al tiempo que
lo suficientemente ajustado al resto del cuerpo, el cual no pasó desapercibido
tampoco, como tampoco se le escapó a la mujer la mirada lasciva que
brotaba de unos ojos que sólo veían una dirección.
- ¡Señor, su toalla! -Dijo la mujer respetuosamente, pero dejando claro
su incomodidad ante tal abuso-.
- ¡Ah, sí, gracias! -Dijo emitiendo cierto balbuceo.
TREINTA Y UNO
De regreso a su habitación, el Juez, y dada su mediana edad, pues
rondaba los cincuenta años, no hacía más que recordar aquel cuerpo dando
vida a unos pechos que a él en su excitado pensamiento hacía que la boca
se le hiciera agua. La calentura que lo embargaba en esos momentos hizo
que no lo pensara dos veces. Tiró la toalla sobre su cama y salió de nuevo
al pasillo entrando sin llamar en la habitación en la que aún seguía la
Camarera. Al no verla, se asomó al Cuarto de baño, y al encontrarla de
espaldas, inclinada en la tarea de la limpieza de la placa de ducha, se
abalanzó sobre ella atenazándola y dejándola bloqueada entre ambas
puertas correderas al tiempo que, cogiendo un destornillador que el
empleado de mantenimiento habría dejado sobre el lavabo, se lo puso en el
cuello amenazándola con clavárselo si emitía el más mínimo grito.
Levantado el vestido con la más absoluta violencia y desgarrada la
ropa interior, el Juez consiguió consumar su propósito, mas en el momento
de su éxtasis no advirtió cómo la mujer levantaba su brazo hacia atrás, en
cuya mano portaba una pequeña tijera que momentos antes colgaba de su
cuello, y que siempre llevaba para el servicio ocasional, pero que ahora se
encontraba enfilando el rostro del Juez, el cual al ver venir aquella punta
brillante hacia uno de sus ojos, intuitivamente, y dado el nerviosismo
contraído en aquel endiablado segundo, no se dio cuenta de que había
apretado con todas sus fuerzas el destornillador clavándolo hasta el mango
en el cuello de la mujer, a la que, soltándola de inmediato, dejó caer en el
interior de la placa de ducha donde comenzó a desangrarse como
consecuencia de haberle seccionado la yugular.
Dada su personal experiencia en razón de que antes de subir a la
Magistratura había desempeñado el cargo de Fiscal Jefe, en menos de un
minuto había limpiado sus posibles aunque escasas huellas, y ya se
encontraba en la puerta de su habitación no sin haber mirado previamente
hacia un lado y a otro. Una vez dentro, se limitó a lavarse la cara al único
objeto de secarse el sudor que le estuvo corriendo durante unos minutos. Se
dirigió a su maleta y sacando una caja contenedora de fármacos extrajo de
un blister una cápsula tranquilizante la cual se tomó con un poco de agua de
la botella que el día anterior le habrían subido desde la Cafetería del Hotel.
Perfectamente arreglado y en apariencia tranquilo, salió al pasillo, tomó
el ascensor y bajó a la Cafetería donde había quedado con los demás en
reunirse para juntos marchar hacia el lugar donde habría de celebrarse la
cena de despedida. Cuando llegó, ninguno había llegado aún por lo que esto
le vino muy bien a la estrategia que desde hacía rato venía poniendo en
estudio su diabólica mente.
Acababa de pedir una Ginebra con Tónica y una rodaja de limón
cuando vio abrirse las puertas del ascensor y salir de él a sus colegas. De la
forma más estudiada y que pareciese natural, saludó a sus compañeros y
les invitó a que le acompañaran argumentando que aún era temprano. Los
demás aceptaron, aunque no pidieron lo mismo, detalle este que le sirvió
para, entre broma y broma, ir manteniendo en pie un equilibrio que
interiormente no acaba de conseguir en la medida que él deseaba. Bebió con
avidez y demostrando cierta fruición con el solo motivo de que los demás le
siguieran, al único objeto de salir ya lo antes posible y abandonar el Hotel,
pues sabía que de un momento a otro habría de volver el empleado de
mantenimiento, y daría la consiguiente alarma al encontrarse con la escena
que él había dejado.
El frescor de la noche madrileña, el haber conseguido salir del Hotel sin
novedad alguna, y el efecto que estaba, en esos momentos, haciendo la
Ginebra, hizo que todo su ser se relajara. Estaba seguro -pensaba- de que
cuando volviera al Hotel, pasada tal vez la media noche, se habría de
encontrar con la novedad, perfectamente conocida de él, en la cual él,
precisamente, no tendrían porque verlo involucrado.
-¿Habéis descansado? -Preguntó con cierta sorna el coordinador del
acontecimiento-.
- Lo cierto es que a mí me ha dado tiempo hasta de dar, sin darme
cuenta desde luego, una corta cabezada -respondió uno de los
acompañantes del Juez Mallorga, y el cual tenía la habitación en la misma
planta que él-. Los demás rieron al tiempo que manifestaban sus deseos de
que el acontecimiento debía volver a repetirse lo antes posible.
Entre charlas parceladas, tertulias de unos pocos, comentarios
escogidos para escogidos comensales y un unánime deseo de que un
Congreso así debería repetirse más a menudo, iba transcurriendo la cena.
A los postres y tras un brindis por un Congreso tan bien organizado así
por cuanto de positivo salió del mismo, y las agradecidas y expresivas
palabras por parte del Presidente a todos los asistentes, se dio por
clausurado el acontecimiento. Ahora y formándose diferentes grupos, propios
de las amistades ya concebidas con anterioridad como consecuencia de
otras reuniones semejantes, de forma independiente se organizaron
diferentes visitas a clubes nocturnos al objeto de como se suele decir, “echar
una canita al aire”.
Con motivo de que una joven promesa recién llegada a la profesión, y
dada su más que reconocida alta destreza en el desempeño de su labor
como Abogado y Asesor del Colegio en tan escaso margen de tiempo, había
obtenido una de las plazas codiciadas, éste sintiéndose halagado ante tal
cúmulo de felicitaciones, decidió llevarlos en calidad de invitados a la Sala
Horizonte dado que su cercanía con el hotel donde todos se hospedaban no
tendrían necesidad de tomar medio alguno para regresar caso que alguno
hubiera de madrugar para regresar a hora temprana a su punto de origen.
Ocupada una mesa cercana a la pista de baile así como al pequeño
escenario sobre cuyas luminosas y decoradas tablas unas jóvenes
deleitaban al personal, obviamente masculino, con su escasísimo vestuario
así como sus sensuales y a veces eróticos movimientos, el pequeño grupo
en el que se encontraba el Juez Mallorga no se demoró en su demanda a
una de las camareras que, ligerita de ropa, acudió presta a la llamada del
espontáneo anfitrión.
De vuelta, y portando una bandeja con diferentes botellas de las cuales
fue escanciando en copas y vasos las bebidas apetecidas cuyos servicios iba
colocando sobre la mesa a la vez que dejaba junto con la sonrisa habitual
una fuente con frutos secos variados, la muchacha con un guiño picarón
preguntó si necesitaban algo más. El gesto fue perfectamente entendido por
todos y cada uno ya que al unísono asintieron con un movimiento de cabeza
dándole a entender que ya la llamarían.
- ¿Qué hacemos? -Preguntó el Juez Manuel Mallorga de una forma
aparentemente infantil-, y continuó: porque yo estoy lanzado...
Esto no lo había estudiado, sin embargo, le vino al pelo para poder
enmascarar el que horas antes había saciado, aunque sólo fuera en parte,
esa necesidad que algunos concupiscentes tienen de estar continuamente
practicando el sexo con desmesurado apetito a veces tan desordenado como
deshonesto.
Y ese, concretamente, era el caso del Juez Mallorga. No podía resistir
la tentación aun sabiendo que en cualquier momento aquella lascivia le
podría acarrear serios y graves problemas. Como así sucedió...
De vuelta en el hotel y ante la exposición de algunos de los
congresistas de que tendrían que madrugar para regresar a sus
correspondientes orígenes, al final todos decidieron recogerse. Sin embargo
no sería así, ya que a la entrada fueron interceptados por la Brigada de
Investigación Criminal la cual habría sido avisada tras el descubrimiento del
cadáver de la camarera cuando con el cambio de turno de noche, en las
plantas, la Gobernanta recibió el aviso de que la compañera que habría de
ser relevada no aparecía por ningún lado, por lo que se procedió a su
búsqueda dado lo extraño de la situación, y al final siendo descubierta bajo
un inmenso charco de sangre en el cuarto de baño donde la dejara el Juez
Mallorga
Uno por uno, todos los congresistas fueron identificados e interrogados
brevemente aunque sujetos a posibles y más exhaustivos interrogatorios
más adelante.
Como era de esperar y por aquello de que el Juez Mallorga era el que
ocupaba la habitación más cercana a aquella en la que se sucedieron los
hechos, el por entonces Detective David, el cual se encontraba al mando del
caso, tal vez por intuición natural, tal vez debido a su fino olfato policial, pues
no en vano habría alcanzado durante su promoción el número uno, comenzó
dedicándole un especial interés a la persona del juez Mallorga. No estuvo
muy desacertado en la elección ya que en el segundo y más amplio
interrogatorio, éste acabaría derrumbándose ante lo dubitativo de las
respuestas así como de las controversias expuestas en unas declaraciones
que no requerían de grandes esfuerzos ni planteamientos estudiados, ya que
el Detective no le dio tiempo a preparar nada. Al final el hilo conductor para
su detección y acusación llegaría de la mano del camarero que atendía la
barra y que fue el que dio testimonio de su bajada a la Cafetería la tarde del
suceso.
La rapidez con que resolvió el caso; dado, a su juicio, la simplicidad del
mismo y la colaboración aunque involuntaria del Juez, haría que a David le
valiera un reconocimiento especial. No obstante, y tras haberlo aceptado,
presentó su dimisión en el Cuerpo argumentando que no tuvieron en cuenta
sus opiniones cuando procedieron a la detección de un hombre acusado del
mismo crimen y que se trataba de un proveedor que diariamente llevaba
productos de huerta para el restaurante del hotel.
TREINTA Y DOS
El Departamento de investigación Criminal había perdido a uno de sus
mejores elementos, pues no en vano tal pulcritud y olfato en cada uno de los
casos tratados, le venía de familia, ya que David Gómez había sido educado
en una familia dedicada por entero a la causa de la Justicia, la ley y el orden.
Manuel, su abuelo paterno, llamado así por otro poeta Gallego, emigró a
Madrid desde Vigo a principios de siglo. Pocas horas después de haber
llegado a la capital de España, se dirigió directamente a Móstoles para
reunirse con un primo suyo que trabajaba en el departamento de policía.
Durante aquella época de la Primera Guerra, Manuel Gómez formó
parte del pequeño grupo de policías que se negaron a aceptar sobornos de
los extorsionadores y contrabandistas de bebidas Alcohólicas y tabacos.
Como consecuencia de ello no consiguió ascender más que hasta Brigada.
Pero Manuel hizo que su mujer Manuela le pariera cinco hijos con un nivel
religioso bastante alto y solo renunció a continuar cuando un sacerdote local
le dijo que la voluntad de Dios, al parecer, era que él y Manuela no recibieran
la bendición de tener una hija. Su esposa se sintió muy agradecida por las
acertadas y tranquilizadoras palabras del padre Rafael, pues resultaba muy
difícil sacar adelante a cinco robustos varones con el salario de Brigada.
Aunque si Manuel le hubiera entregado una sola peseta de más de lo que
ella recibía de su paga mensual, Manuela habría querido saber con todo
detalle de dónde procedía el dinero.
Al término de sus estudios en la escuela superior, tres de ellos ingresaron en
el departamento de policía de Móstoles, donde pronto obtuvieron los
ascensos que en otro tiempo, tan rápidamente, se habría merecido su padre.
Otro de ellos se hizo misionero, lo cual complació a la madre, y el más joven,
el padre de David, estudió Justicia Criminal en la escuela de la Policía
metropolitana, aprovechando las facilidades otorgadas por la ley de acceso a
la universidad para los recién licenciados . Después de graduarse ingresó en
el Cuerpo Especial de Información. Época aquella en la que se casó con
Soledad Gutiérrez, una joven que vivía a dos calles más abajo. Sólo tuvieron
un hijo al que bautizaron con el nombre de David.
David nació tan sano como fuerte y despierto, y ya antes de que tuviera
edad para ir a la escuela estaba claro que iba a ser un bien dotado jugador
de Baloncesto dada su altura y elasticidad. El padre de David se sintió
encantado cuando el muchacho se convirtió en el Capitán del equipo de la
Escuela Superior en la que ingresó al objeto de cursar estudios superiores y
poder acceder a la Universidad con el fin de estudiar Sociología, pero su
madre se encargó de seguir haciéndole trabajar hasta bien entrada la noche
para estar segura de que siempre terminara sus deberes.
- No puedes jugar al baloncesto durante el resto de tus días -le
recordaba de forma continuada.
La combinación de un padre que se levantaba cada vez que una mujer
entraba en la habitación donde él estuviera, y de una madre que era icono de
la bondad, hicieron que David resultara ser un chico tímido en presencia de
las mujeres, a pesar de toda su potencia física. Fueron varias las jóvenes de
la Escuela Superior que dejaron bien claro lo que ellas sentían por él, pero el
muchacho no perdió su virginidad hasta que conoció a Pepita, durante su
último año en la escuela. Poco después de que condujera al equipo a otra
victoria importante, en una tarde de Otoño, Pepita lo pilló de improviso y lo
sedujo. Habría sido la primera vez que él hubiese visto a una mujer desnuda,
si ella se hubiera quitado la ropa.
Aproximadamente un mes más tarde, Pepita le preguntó de forma
sorpresiva si no le gustaría probar con dos chicas a la vez.
- Nunca he tenido dos chicas, y mucho menos a la vez -contestó él
poniéndose ostensiblemente colorado.
Pepita no pareció quedar impresionada por su contestación y sus
gestos, y siguió su camino.
Cuando David obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Superior,
no aceptó ninguna de las numerosas ofertas con las que habitualmente se
encontraban todos los miembros del equipo de baloncesto.
Sus compañeros de equipo parecían enorgullecerse de grabar los
nombres de las chicas que habían sucumbido a sus encantos, en el interior
de las puertas de sus taquillas. Juan Díaz, el que se distinguía por ser el
especialista en triples, tenía diecisiete nombres en su taquilla; ya a finales del
primer semestre la regla, según informó a David, era que solo contaba el
haber consumado la relación.
Al parecer, las puertas de las taquillas, según él, no eran lo bastante
grandes como para poder incluir los nombres de todas con las que había
tonteado casi hasta el final.
A finales de su primer año, Pepita seguía siendo el único nombre que
David tenía grabado ya que era con la única chica que había salido. Una
noche, después de un entrenamiento, comprobó las puertas de los demás
compañeros de equipo y descubrió que el nombre de Pepita aparecía en casi
todas ellas, ocasionalmente acompañado por el nombre de alguna otra chica
entre paréntesis. El resto del equipo se lo habría hecho pasar bastante mal
por su baja puntuación si no hubiera sido el mejor Pívot de primer año con
que había contado el centro desde hacía cerca de veinte años.
Fue durante los primeros días de su segundo año de estudios cuando
todo cambió.
Al acudir a su sesión en el club de baile, ella se estaba poniendo los
zapatos aunque no pudo verle la cara, pero eso no le importó mucho porque
no pudo apartar la mirada de aquellas piernas largas y delgadas. Como
héroe del equipo de Baloncesto ya estaba acostumbrado a que las chicas le
mirasen a él más que a los demás, pero ahora resultaba que la única chica a
la que deseaba impresionar ni siquiera se daba cuenta de su existencia. Y
para empeorar las cosas, cuando ella salió a la pista de baile, se emparejó
con Bernardo Romero, que no tenía rival como bailarín. Los dos mantenían
las espaldas rígidamente rectas, y movían los pies con una destreza que
David sólo había visto en muy raras ocasiones.
Al terminar el baile David seguía sin saber el nombre de aquella joven.
Lo peor de todo, sin embargo, fue que ella y Bernardo se marcharon antes
de que él pudiera encontrar una forma de que alguien les presentara.
Desesperado, decidió seguirlos hasta los dormitorios femeninos de la
residencia, caminando unos metros por detrás de ellos, y permaneciendo
siempre en las sombras, tal como le había enseñado a hacer su padre. Una
mueca apareció en su rostro al observar cómo los dos se tomaban de las
manos y charlaban felizmente. Al llegar a un pasillo de entrada que hacía de
antesala a varias habitaciones, ella besó a Bernardo en la mejilla y
desapareció en el interior de uno de los dormitorios de la residencia. -“¡¿Por
qué no se habría concentrado más en el baile y algo menos en el
Baloncesto?!” -se preguntó.
Después de que Bernardo se alejara en dirección de los dormitorios de
los hombres, David empezó a recorrer de un lado a otro la acera situada por
debajo de las ventanas de los dormitorios de las chicas preguntándose qué
podía hacer. Finalmente, la vio de manera fugaz, vestida con un batín
cuando cerraba la cortina del cuarto, y él todavía permaneció unos pocos
minutos más por allí antes de regresar de mala gana a su propio cuarto. Se
sentó en el borde de la cama y empezó a escribirle una carta a su madre
contándole que acababa de ver a la mujer con la que se iba a casar, aunque
en realidad aún no había hablado con ella, y ahora que lo pensaba, ni tan
siquiera conocía su nombre. Al cerrar el sobre intentó convencerse de que
Bernardo no era más que su compañero de baile.
Durante el resto de la semana intentó descubrir todo lo que pudo sobre
ella, pero lo único que pudo saber era que se llamaba Ángela Medina, que
había conseguido una beca para el centro, y que aquel era su primer año de
estudio sobre la Historia del Arte. Maldijo el hecho de no haber entrado en su
vida en una galería de arte; de hecho, lo máximo que se había acercado a la
pintura fue cuando su padre le pidió que alcanzara con la brocha la parte alta
de la verja que rodeaba el pequeño patio trasero de su casa. Resultó que
Bernardo llevaba saliendo con Ángela desde el último año en la Escuela
Superior de ella y no solo era el mejor bailarín del club, sino que también se
le consideraba como el Matemático más brillante de la Universidad anexa a
la Escuela Superior. Otras instituciones le habían ofrecido ya becas para
realizar estudio de posgrado, incluso antes de que se conocieran los
resultados de sus exámenes finales. David solo podía confiar en que a
Bernardo le ofrecieran lo más pronto posible un puesto al que no se pudiera
negar en algún lugar alejado de Madrid.
Al jueves siguiente, David fue el primero en acudir al club de baile, y
cuando Ángela salió del vestuario, con su blusa de algodón Verde pistacho y
una falda Azul corta, la única duda que se le planeó a él fue si mirar
fijamente aquellos ojos verdes o sus largas y esbeltas piernas. Una vez más,
Ángela se emparejó con Bernardo durante toda la velada, mientras David
permanecía en silencio sentado en un banco fingiendo que no se daba
cuenta de su presencia. Después del número final, los dos, al igual que había
visto la vez anterior, se marcharon y David los siguió de nuevo hasta el
pequeño recibidor, aunque en esta ocasión observó que ella no tomaba la
mano de Bernardo.
Después de una larga charla y otro beso en la mejilla, Bernardo
desapareció en dirección a los dormitorios de los hombres. David se sentó en
una banco frente a su ventana y se quedó mirando fijamente a la ventana del
dormitorio de las chicas como ya hiciera anteriormente. Decidió esperar
hasta que la viera cerrar las cortinas, pero para cuando ella apareció en la
ventana, él se había quedado dormido sobre el respaldo del banco.
Su primer recuerdo fue que despertaba de un profundo sueño en el que
soñaba que Ángela se encontraba delante de él, vestida con pijama y un
batín.
Se despertó con un sobresalto, la miró con expresión de incredulidad al
encontrársela frente a él, y levantándose de un salto al darse cuenta de la
situación, extendió la mano.
- Hola, soy David Gómez -dijo de una forma un tanto incoherente.
- Lo sé -asintió ella al estrecharle la mano-. Soy Ángela Medina.
- Lo sé -fue todo lo que se le ocurrió decir a él.
- ¿Queda algo de sitio en ese banco? -pregunto ella.
Y, a partir de ese momento, David ya no miró a ninguna otra mujer.
Al Sábado siguiente, Ángela acudió al partido de Baloncesto por
primera vez en su vida y lo vio salir bien librado de una serie de jugadas
notables delante de lo que para él era una cancha atestada pero con una
sola persona: ella.
Pasadas dos semanas, el Jueves siguiente, Ángela y David bailaron
durante toda la velada mientras Bernardo permanecía desconsoladamente
sentado en un rincón. Todavía parecía sentirse más desolado cuando los dos
se marcharon juntos, cogido de la mano. Al llegar al recibidor David la besó,
e inmediatamente se puso de rodillas y le pidió que se casara con el. Ángela
se echó a reír, se ruborizó y entró corriendo en el dormitorio. Camino de
regreso hacia el dormitorio de los varones, David también se echó a reír,
pero eso fue después de que distinguiera a Bernardo escondido detrás de un
árbol, por lo que a su mente acudió un pensamiento un tanto perverso:
“¡ahora te toca a ti!”.
A partir de entonces David y Ángela pasaron juntos todos sus ratos
libres. Ella aprendió el significado de expresiones como “tapona” “encesta”,
mientras que él aprendió cosas sobre Miguel Ángel, o Leonardo. Durante los
tres años siguientes David hincaba una rodilla en tierra cada Jueves por la
noche y le pedía que se casara con él. Cada vez que sus compañeros de
equipo le preguntaban por qué no había grabado su nombre en el interior de
la puerta de su taquilla, él se limitaba a contestar:
- ¡Porque voy a casarme con ella!
Al final del último año de estudios de David, y ya preparado para su
ingreso en la Universidad, Ángela consintió finalmente en ser su esposa...
después que ella terminara sus estudios pues aún le quedaba un año para
su licenciatura.
Desgraciadamente no se consumarían aquellos tan esperados y
fervientes deseos.
La mañana del día anterior a la recogida del resultado de los exámenes
finales, y viendo las demás compañeras que Ángela no acudía tras el
desayuno, acudieron al dormitorio y se la encontraron caída en el suelo,
sobre un lado, y con un extenso charco de sangre casi seca alrededor de su
cuello. Había sido degollada..
No se encontraron indicios o pruebas que pudieran determinar el
causante ni el móvil de tan atroz asesinato, por lo que el caso aunque sin
cerrar, hizo que David, entre el dolor y la incertidumbre, decidiera cambiar de
actitud y determinarse por conseguir el título de Criminología Social en la
Facultad de Madrid.
TREINTA Y TRES
Aún se encontraba Hipólito absorto en aquellos recuerdos cuando la
voz de David lo saco de su abstracción para preguntarle:
- Bien, ahora supongo que tendrás que decirme en qué te puedo
ayudar, o mejor sería preguntar: ¿Qué es lo que deseas que haga?
- Sencillamente, dijo Hipólito muy circunspecto: ¡Que la busques! Que
encuentres a Irene, necesito verla, hablar con ella y aclarar unas cuantas
cosas. Si hay alguien que pueda encontrarla ése eres tú, ya me lo has
demostrado sobradamente... ¿Qué me dices? ¿Aceptas el caso?
- Sabes bien que no voy a negarte mi ayuda. Por supuesto que me
pondré a ello en cuanto solucione un par de casos que tenemos entre manos
y de los que creo recordar que ya te hablé. No creo que me vaya a llevar
más de una o dos semanas a lo sumo. No obstante, mientras tanto iré
haciendo algunas gestiones... También quería decirte, aprovechando la
amistad y la confianza puesta siempre en mi trabajo y que creo me permite
darte algún consejo, este no sería otro que el sugerirte, una vez leído todo
este historial que me has traído: ¿Por qué no lo dejas correr y te olvidas de
ella como supongo ella habrá querido olvidarse de ti? Y discúlpame si he
sido demasiado vehemente o claro, pero, te repito que después de haber
leído esto, no sé qué decirte...
- No me molesta en absoluto esa sugerencia tuya, pero, es que
necesito que me dé una explicación para que hiciera las cosas de aquella
manera, y tuviera ese comportamiento que no acepto de ningún modo sin al
menos podérselo decir a la cara. Ha jugado conmigo, y, con Hipólito no se
juega, y mucho menos ella, así que encuéntrala; el resto déjalo de mi cuenta.
Y no te preocupes que no va a llegar la sangre al río.
- Bien, entonces quedamos en que en cuanto averigüe algo y lo tenga
bien atado, me pongo en contacto contigo y te vienes por aquí. Imagino que
tus pretensiones serán también el que, en conjunto, desees desarrollar un
plan a tenor del informe que te facilite.
- Mira, no había pensado en ello, pero no es mala idea -dijo don
Hipólito en el que se observaba ahora un rictus de disimulada intención
demoníaca ya que su pensamiento volaba por los aires a la búsqueda de un
plan paralelo para, contando con quedarse unos días en la capital, realizar
por cuenta propia y a espaldas de su amigo algunas indagaciones,
aprovechando que, por la prensa, tendría la seguridad de averiguar los
lugares preferidos a los que Irene y de forma regular acudiría diariamente.
- Me parece bien, David. Me quedaré hoy en Madrid, en el Hotel Atocha
que por ende, está cerca de una de las casas de la familia, pues tengo la
intención de visitarlos, y mañana en la tarde regresaré a Alicante. Aunque
deberé realizar algunas visitas a Alcoy, estaré pendiente de tu llamada -dijo
de forma que pareciera lo más convincente posible.
No era esa su intención, ya que la idea que tenía preconcebida era la
de dedicar un par de las noches madrileñas a deambular por la movida
rueda de aquellos lugares a donde posiblemente, las figuras artísticas del
momento solían desprenderse un poco del estrés producido por los muchos
acontecimientos sociales y laborales que saturaban las diferentes formas de
la cultura evolutiva en la capital del España.
Tras tomar un taxi pidió al conductor lo llevara a dar una vuelta por el
céntrico barrio conocido como Malasaña. Hizo que el taxista detuviera el
vehículo en la esquina de Tudor, y con paso tranquilo se dirigió al centro
dando un paseo. La Pasarela, era la segunda sala en la que entraba.
Pasaban las doce de la noche. Aun a pesar de estar bastante concurridas
tanto las zonas de barra como la oblonga pista de baile, consiguió una mesa
en un discreto rincón desde el que podía observar sin que nadie,
relativamente, reparara en él, gracias a la buena propina que le dio al
camarero, justo cuando entraba, y éste se cruzaba con él cediéndole
cortésmente el paso aun a pesar de que portaba una bandeja repleta de
diferentes bebidas, y de que había que tener mucha habilidad para moverse
entre aquella multitud, y luchando por mantener el equilibrio.
Pasados unos minutos, el mismo camarero con aspecto de acumular a
esa hora cierto cansancio, se acercó a don Hipólito en demanda de qué
podría servirle. Tomada la nota de un bourbon Jefferson´s doble sin hielo, del
que era un adepto cuando estaba en Madrid, por su sabor aromático y
acaramelado, dejó sobre la mesa una pequeña fuente con diferentes frutos
secos.
Servida la bebida en un vaso bajo y ancho, bellamente grabado a fuego
con el anagrama exclusivo de la casa, tras el primer sorbo, encendió un
cigarrillo al tiempo que paseaba la vista por el local.
Pasada media hora, la visita a aquella sala no había tenido éxito, por lo
que pensó: “hubiera sido demasiada casualidad”. Sin embargo, sí había
reparado en la que aunque no jovencita pero sí hermosa mujer se
encontraba sentada en la esquina de la barra, próxima al lugar donde él se
hallaba, y la cual con las piernas, sin una intención premeditada,
entrecruzadas, le estaba ofreciendo una imagen a la que no pudo resistirse.
Tras observarla durante unos minutos sin que ella repara en él, cuando en
uno de aquellos brevísimos momentos en que se cruzaron sus miradas, y
ninguno batirse en retirada, llamó al camarero, y entregándole una tarjeta, ya
que esa era su ostentosa forma de presentarse, le dio indicaciones de que se
la llevara a la joven al tiempo que le ordenaba le dijera si le apetecía tomar
una copa con él.
Distraídamente, el camarero, ante un caso que, visto de aquella forma,
se le había antojado inusual, no pudo evitar el mirar de soslayo la tarjeta, lo
que hizo que al tiempo que entregándosela a la joven y haciendo que ésta
se fijara bien en él, observó cómo el camarero le hacia un guiño a la vez que
un gesto cómplice con la cabeza en dirección a la mesa. La mujer que ya
intuía lo que acontecería a continuación dada su condición de observadora,
asintió con la cabeza al tiempo que se dirigía hacia la mesa que ocupaba don
Hipólito, el cual se levantó cortésmente ofreciéndole la silla que se
encontraba a su izquierda.
Don Hipólito retuvo un momento al camarero el tiempo suficiente para
pedir unas bebidas que en el caso de él fue repetir, mientras la mujer pedía
un cóctel de champaña.
- Buenas noches, Sr. de la Torre -dijo la mujer tomando asiento al
tiempo que sobre un extremo de la mesa dejaba su bolso.
- Buenas noches, Señorita...
- Berta, Berta San Juan.
- Y a Berta San Juan, ¿la han dejado plantada esta noche? porque la
he estado observando y me parecía que se encontraba en un estado
bastante, por decirlo de alguna manera, aburrido.
- Y no se equivoca Vd., aunque quiero dejarle clara una cosa que
considero fundamental: No soy la clase de mujer en la que es muy posible
estuviera pensando -dijo de forma muy abierta y mirando fijamente al hombre,
justo en el momento en que el camarero hacía de nuevo acto de presencia y
depositaba sobre la mesa las bebidas demandadas-: Lamento si le he podido
causar esa impresión pero, no, no es cierto que me estuviera aburriendo,
sólo estaba un tanto pensativa, intranquila debido a que me sienta mal el que
me dejen colgada... Había quedado con una amiga y compañera con el fin de
comentar acerca de unos asuntillos de trabajo y no sé qué habrá podido
pasarle.
- En ese caso le ruego me disculpe, pero, es que al verla tan sola no he
podido evitar la tentación de ofrecerle, por decirlo de una forma cordial, la
compañía.
- Detalle este que he de agradecerle sinceramente, pues visto desde
una perspectiva racional me ayuda a soportar esta que parece va a ser larga
espera, por lo que no tiene que disculparse.
- Y, ¿sería una indiscreción, por mi parte, preguntarle a qué se dedican
Vds.? Lo digo por aquello de haberle oído comentar el que había quedado
para tratar alguna cuestión de trabajo.
- En absoluto. No tiene mayor importancia. Ambas somos casi médicos.
Ana, que así se llama mi amiga, es al igual que yo estudiante de Medicina de
último curso, en prácticas y trabajamos en el hospital del Niño Jesús aquí en
Madrid. Ana terminará este año su especialidad, porque aunque ya es
Médico Ginecóloga, ahora pasará a ser Cirujano. Yo en cambio terminaré
como Médico Anestesista. Las dos residimos en la capital y aunque somos
de fuera, compartimos un apartamento cerca de la ciudad Universitaria. Ella
es de Ciudad Real, de Calzada de Calatrava, concretamente, ya sabe, de
donde es Pedro Almodóvar, en cambio yo soy de un pueblo de la provincia
de Alicante llamado Alcoy, no sé si lo conocerá...
- ¡Pero, bueno! ¿Acaso no se ha fijado en mi tarjeta? -dijo con una
sonrisa en la que se leía el intento de causar una abrumadora sensación de
cercanía.
- ¡Lo siento, pero solo he leído el nombre que figura en ella! ¿Por qué
me lo pregunta?
- Pues porque da la dichosa casualidad de que yo, aunque soy natural
de aquí, vivo entre Alcoy y Alicante, aunque la mayor parte de mi vida la paso
en Alcoy donde tengo casa y unas fábricas de textiles, de las cuales es muy
posible que haya oído hablar alguna vez.
- Disculpe mi brusquedad, pero, es que acabo de ver entrar a mi amiga
y he observado que trae cierto sofoco. Lamento dejar en el aire el resto de
tan amena conversación. Permítame que le agradezca una vez más su
atención. Ha sido un placer conocerle, y es muy posible que nos volvamos a
ver, hasta entonces, repito, muchas gracias y buenas noches.
- Así lo espero, y buenas noches, para mi también ha sido un
verdadero placer encontrarme con una medio paisana.
Tras tan rápida despedida, Berta recogió su bolso dirigiéndose
apresuradamente hacia la entrada mientras que a la velocidad del rayo, por
su mente había pasado un pensamiento: “Ya lo creo que me suena, y mucho,
medio paisano hijo de puta”
TREINTA Y CUATRO
Pasaban las diez de la noche cuando Gerardo y Felipe tomaban el
camino de Albatera hacia la casa del primero. Una sencilla vivienda de una
sola planta que en el extrarradio del pueblo, los padres de Matilde, Álvaro y
Berta les habían comprado como regalo de bodas.
Gerardo había pretendido a Matilde tras haberla conocido un día en el
Estanco cuando al quedarse sin tabaco entró a por un paquete de picadura.
Ella estaba tras el mostrador, organizando unos cartones de tabaco en
una de las estanterías mientras que su padre atendía la Estafeta, y aunque la
cara de Gerardo no le era del todo desconocida, se saludaron en un tono de
cierto amiguismo, por lo que Matilde le preguntó:
- Te he visto últimamente por aquí, aunque me consta que no eres del
pueblo -dijo a modo de intento de pegar la hebra ya que ese día al parecer,
no había mucha clientela.
- No, es cierto, soy de Albatera, un poco más abajo de Crevillente.
- No había oído hablar de tu pueblo, aunque sí de Crevillente. ¿Está
muy lejos de aquí, de Alcoy? -continuó mostrando cierto interés.
- Desde mi pueblo, algo más de ochenta kilómetros, ¿por qué, es que
te gustaría conocerlo?
- La verdad es que no me importaría con tal de salir de aquí alguna vez.
No te puedes imaginar cómo me aburro, aunque con la responsabilidad de
una cría, ya te puedes imaginar...
- ¿De verdad tienes una niña? Por cierto, me llamo Gerardo. Disculpa
que no te lo haya dicho antes, aunque igual tú ya lo sabías, de oídas o algún
comentario de tus clientes -dijo poniendo cara como de esperar una
respuesta favorable.
- No, no lo sabía -dijo dejándosele entrever un parpadeo en el que se
podía leer que sí, que conocía como se llamaba. Marcial, el transportista, le
había comentado días antes que había tenido que traer desde Alicante unas
piezas para una de las maquinarias que estaban trabajando en las nuevas
obras del Silo, y que fue él, Gerardo, el que le ayudó a descargarlas del
camión. - Y sí, tengo una niña, por cierto me llamo Matilde aunque todos me
llaman cariñosamente Mati, tú también me puedes llamar así, si quieres.
- Gracias por partida doble, pero yo sí conocía tu nombre, y no te
acuerdas de mí, posiblemente, porque el primer día que entré en el Estanco,
no sólo había varias personas, sino que además me había dejado la barba.
- De todas formas, dudo que no te reconociera, ya que tienes una cara
muy agraciada, vamos, difícil de no reparar en ella, y no, precisamente, de
las que se ven en los muchachos del campo que son los que más hay por
esta zona de huertas, y que la mayoría las tienen abrasadas por el sol y el
aire.
Ciertamente que mejor no podía haberlo dibujado, ya que Gerardo
además de un muy bien cuidado cabello castaño, poseía un rostro de perfil
recto como su nariz sobre la cual se apoyaban unos pómulos en cuyo relieve
se asomaban unos ojos marrones que daban vida de continuo a una no
forzada sonrisa que hacía juego con el gesto de unos labios finos, y que a su
vez maridaba con un bigotito travieso que parecía querer florecer lo antes
posible con el fin de aparentar una dimensión de la que aún por su
insipiencia le quedaba un tiempo de maduración.
De fuerte complexión y anchos hombros, propios del trabajo que
realizaba como mecánico Agrícola, Gerardo podía presumir de unos
ademanes que quedaban impresos en la elasticidad de unos movimientos
corporales propios de quien practica el deporte.
- Tiene gracia que tú me digas a mí eso -dijo él sonriendo-: cuando
precisamente, hoy he venido al Estanco solo y exclusivamente por verte ya
que de los dos paquetes que me llevé el otro día aún me queda bastante; la
verdad es que fumo muy poco. Eres muy bonita y si quisieras, cosa que me
encantaría, podríamos dar un paseo alguna tarde. Te extrañará que te pida
esto, pero es que ya le pregunté al encargado de las obras del silo, que
según me dijo es primo de tu madre, y el cual me comentó acerca de que no
estás casada aun a pesar de tener a la cría.
Realmente Matilde era muy bonita, más que antes de aquella fatal
tragedia sufrida tiempo atrás y de cuya abominable violación había dado a
luz una hermosa criatura aun a pesar de que le ofrecieron la posibilidad de
deshacerse de ella. Pero no, ella quiso tenerla, y ahora desde la perspectiva
materna se la veía más mujer. Una mujer cuya melena del color de las
campanas al atardecer, que derramada sobre unos delicados y bien
torneados hombros, daban soporte a una cabeza que más bien parecía
decorada no sólo por el brillo de unos ojos avellanados de un color Verde-
azulado y que anidado entre largas pestañas eran gloria el contemplar cómo
se desenvolvían en su, tal vez sin intención, coqueto parpadeo.
De labios no muy carnosos, que parecían pedir a gritos un sensual
roce, y que quedaban guardados entre un delicado pero firme mentón y una
naricilla que, aunque mediana, resultaba respingona según el lado desde
donde se la mirase. Ciertamente que a aquella Matildita le había, poco a
poco, con el paso del tiempo, variado el semblante, el semblante y el busto,
pues no en vano ahora se apreciaba, tras la fina tela de un guardapolvo que
aunque sin escote pero ajustado, la exuberancia de unos pechos bien
redondeados y que se dejaban notar con más firmeza cuando Matilde se
apoyaba sobre el mostrador al objeto de encontrarse más cerca del
muchacho, detalle este que a Gerardo ni por asomo dejaba de pasársele por
alto, aunque sabía muy bien practicar el disimulo con aquella mirada que
intentaba parecer perdida, pero que a todas luces se veía perfectamente
hacia donde se dirigían sus destellos.
Sin lugar a dudas aquella Matildita había desaparecido de la escena de
Alcoy para reaparecer en la vida del pueblo como con una imagen muy
distinta de cuando hacía los mandados para su padre o iba al Instituto.
Aunque la construcción del nuevo Silo duró más de un año, Gerardo y
Matilde llegaron a estrechar lazos de tal forma que un mes antes de la
conclusión de la obra, y ya determinada la relación sobre la que ambos
habían estado de acuerdo en que lo suyo podría tener un feliz término,
decidieron que era el momento de que los padres de Mati dieran conformidad
al noviazgo, como así fue, ya que el muchacho fue del total agrado de ellos
Un mes más tarde fue Matilde en unión de Gerardo la que lo acompañó
a su casa de Albatera donde conoció a sus padres los cuales ya de cierta
edad quedaron encantados ante la idea de que siendo Gerardo el único hijo
que tenían, les llenaba la bendición de una nieta sobre la que derramaron
toda una batería de halagos y caricias, y en cuya visita quedó
definitivamente acordada la fecha de la boda, acontecimiento éste que se
celebraría en la preciosa ermita de San Antonio Abad, y que fuera construida
con un estilo tradicional en el siglo XVIII, y a cuyo santo Matilde le tenía
cierta devoción.
TREINTA Y CINCO
- ¡Al final llegaremos tarde! -dijo Carlos el cual estaba sentado en un
silloncito al lado del balcón del que disfrutaba su apartamento, frente al futuro
parque, ahora en construcción en el Paseo de Yeserías, y en que por primera
vez habían pasado la noche juntos
- Ya voy, pesado. Cómo se nota que tú no tienes que ponerte tanto
mejunje -dijo Irene asomando media cara por la puerta del Cuarto de Baño.
- Sí, ya sé que todo ello requiere tiempo, pero es que para ir de viaje
tampoco hay que perifollarse tanto, vamos, digo yo -dijo mostrándose un
tanto enérgico aunque sin perder el tono simpático que siempre le
caracterizaba aun estando serio.
- Ya casi estoy. Solo me falta meter las zapatillas en la maleta, me
pongo los zapatos y nos vamos -dijo pasando al salón y sentándose
graciosamente sobre las rodillas de Carlos al tiempo que le ofrecía sus labios,
y que éste no tardó ni un sólo segundo en atraerlos hacia los suyos en un
apasionado beso, durante el que se olvidaron completamente de que tenían
el tiempo justo para, subir al taxi que desde hacía rato les esperaba en la
puerta, y que habría de llevarlos ahora a todo correr hacia el aeropuerto con
el fin de coger el vuelo de Aviaco que les llevaría a Sevilla.
Una vez en la Terminal del aeropuerto de San Pablo, y como quiera
que estarían varios días, decidieron alquilar un coche con el que se
desplazaron hacia el centro, hacia el Hotel Colón, donde días antes habían
reservado una habitación, no sin antes haber llegado a la conclusión de que
de esta forma ya comenzaban a pensar en ahorrar viendo que la relación
tomaba un cuerpo con la base suficiente como para ir pensando en un futuro
más comprometido.
Carlos mantenía la idea de que ahora tras haber conseguido pasar a
ser socio del bufete para el que trabajaba desde hacía cinco años en calidad
de colaborador habría de esforzarse al máximo al objeto de ganar puestos en
el escalafón profesional dentro de la Empresa; el último caso defendido en
Galicia le había reportado a él unos buenos por cientos en prestigio ante el
Consejo de Administración, al igual que a este le habría reportado otros
tantos pero en pesetas.
La mañana en Sevilla lucía espléndida, por lo que apenas estuvieron
en la habitación el tiempo de haciéndose eco de la comodidad que les
rodeaba, y sin hacer nada por remediarlo, estrecharse mutuamente, primero
con un cálido beso que un segundo después pasaría a convertirse en una
más apasionada de la entregas al notar Carlos cómo los pezones de Irene
queriendo salvar la frontera de la fina blusa asalmonada que llevaba, se
estrellaban impetuosamente contra su pecho.
Cuando se separaron, se quedaron mirando hacia la puerta del
dormitorio, y sonriéndose dijo Carlos: -¡Llegaremos tarde!
- Entonces vamos, no hagamos esperar más a tu socio en tu primera
visita -dijo Irene con una mirada llena de picardía.
Una vez en la calle torcieron hacia la izquierda ya que a escasos
cincuenta metros se encontraba el Restaurante El Burladero, donde Carlos
había quedado con Félix, su socio y compañero del bufete madrileño y que
por razones de comodidad era uno de los abogados que estaban repartidos
de forma residente en las más notables capitales de España.
Una vez dentro del local, Carlos divisó a Félix justo en el momento en
que éste se llevaba a los labios una copa de vino que acababan de servirle,
de lo que dedujo Carlos que no hacía mucho que habría llegado. No obstante,
prenguntó:
-¿Hace mucho que esperas?
-No, hace unos minutos, el tiempo de pedir este Alfonso que cada vez
que lo tomo aquí me parece más delicioso que en cualquier otro lugar.
- ¿Ya tienes Secretaria? -dijo Félix mirando directamente a Irene, y
mostrando una sonrisa que daba brillantez a una hilera de dientes blancos y
perfectos.
Carlos, acompañando a Félix con una sonrisa similar y mirando a Irene,
le contestó:
- Chico, no sé que decirte. No había pensado en ello; igual a Irene le
gusta la idea de acompañarme a todas partes y ser a ratos mi Secretaria,
aunque yo prefiero mejor presentártela como mi futura esposa. Lo otro a lo
mejor viene después, aunque eso de acompañarme a todas partes no
pudiera ser posible ya que ella tiene también su trabajo y que no es poco en
lo que a viajes se refiere.
- Hombre, pues eso está bien. Otro más a ayudar a llevar la cruz -dijo
Félix riéndose, al tiempo que alargándole la mano a Irene le dijo que estaba
encantado por partida doble: porque era una mujer maravillosa, y porque en
un futuro no muy lejano los vería a los dos camino del altar, y al que
esperaba ser invitado.
Carlos le presentó a Félix, haciendo alardes sobre la capacidad y el
conocimiento que tenía ante casos complicados.
- Carlos ha dicho antes que tienes tu trabajo. ¿Y puedo saber, si no es
indiscreción, qué clase de trabajo es? -dijo dejando caer la pregunta de
forma un tanto relajada.
- Soy Actriz, aunque ahora estoy comenzando a pisar el terreno de los
guionistas; la verdad que con respecto al cine he realizado varias películas,
en cuanto al Guión, este que vengo a ofrecerle a Cesáreo González y a su
Empresa Suevia Fimls, será el segundo, veremos qué tal; espero que les
guste ya que es muy del estilo de ellos.
- Pues si tienes algún problema, avísame. El último caso que traté en
Galicia, precisamente, fue relacionado con el gremio del espectáculo, y en
aquellas reuniones se habló mucho de este Empresario que por cierto es
gallego -dijo Félix a modo de cariñoso acercamiento.
- Sí, y esa es otra de mis preocupaciones ya que tengo entendido que
como se suele decir en Sevilla, de la Hermandad del puño.
- Claro, como buen gallego, pero, ya sabes que también tienen su lado
contrario y es que como le caigas en gracia y le guste el guión, contigo a por
todas...
- Pedimos el almuerzo -dijo Carlos apurando su copa y viendo que se
estaba quedando un poco al margen de todo, por lo que metiendo baza
apuntó:
- Irene, no creas que esta información es baladí, que éste sabe más de
lo que le han enseñado; figúrate que al principio de entrar yo a colaborar en
el bufete, hará ya unos cuatro años, lo acompañé a una vista aquí en Sevilla
en la sala de lo Contencioso, si no recuerdo mal, ya me corregirás tú, Félix,
pero el caso es que a media vista puso al fiscal tan nervioso que al final, ya
no sabía si él tenía que acusar o defender, pues protestó en dos ocasiones a
sendas preguntas de Félix, y que haciéndolas partícipe de una estrategia que
parecía favorecer a la empresa acusada no se dio cuenta, por lo que el Juez
terminó por sobreseer el caso.
- Carlos, creo que ya tenemos Padrino para la boda. No te parece que
a Félix le gustaría la idea -Preguntó Irene echándose un risita que a los dos
hombres le pareció encantadora, y sobre cuya idea, los dos a un tiempo, y
haciendo una escenita, se levantaron y riéndose se dieron la mano a modo
de contrato verbal.
TREINTA Y SEIS
Sentada a una mesa de la Cafetería del Hotel Europa esquina a la
Puerta del Sol, Eugenia daba un refresco a su hijo mientras ella se tomaba
una caña de cerveza. Hacía un rato que acababa de salir del Dentista al que
había ido a visitar y pedir cita para el empaste de una muela que le había
estado dando guerra durante varios días, y que aún a pesar de ser Policía
ahora ya con prácticas de lucha y tiro por imposición del Cuerpo, le tenía
más pánico al dentista que a cualquier delincuente que se le presentara.
De forma distraída miraba hacia la esquina de la plaza cuando al
contraluz se dio cuenta de que una figura le tapaba el sol, y por ello no pudo
precisar de quién se trataba hasta que la tuvo encima...
- ¡Pero bueno, qué sorpresa! Cuánto tiempo sin tener noticias la una de
la otra -dijo Eugenia, dirigiéndose a Celia, pues ella era la persona recién
llegada.
- Verdaderamente, chica, sí que ha pasado el tiempo después de la
última vez que nos vimos -dijo Celia fundiéndose en un cariñoso abrazo.
- Bueno, ¿y este muchachito tan requeteguapo?
- Este es mi hijo Darío. Tú no lo conocías ya que aquel día que nos
encontramos él estaba con mi hermana. Por cierto, tenemos que hablar
acerca de cómo salió tu tesis, imagino que “cum laude”, vamos que ahora sí
que debes de ser una Doctora de verdad -dijo Eugenia sin poder evitar una
sonrisa que contagió a Celia.
- No te puedes imaginar cómo me ayudaron todos aquellos datos que
me aportaste junto con los casos que me fuiste contando. Algunos de ellos,
por cierto, fueron muy comentados, hasta el extremo de que al final más de
un Académico me preguntó si ya había tenido alguna experiencia con
respecto de aquellas exposiciones. Disculpa, pero es que me estoy fijando
en tu hijo, y no le encuentro mucho parecido a ti -dijo Celia en la que Eugenia
pudo apreciar cierto rubor, no obstante, le comentó:
- Sí, es cierto, salvo el color de los ojos que los tiene marrones igual
que yo, si hubieras conocido al padre te habrías dado cuenta de que sus
rasgos y esa cosilla que hace cuando sonríe es clavado a él.
- Vale, pero, háblame de tí, cómo fue aquello, y lo más importante,
¿qué haces ahora? -dijo Eugenia desviando el tema.
- Bueno, hay una pequeña historia por medio -dijo Celia utilizando un
tono un tanto enigmático, y continuó: -Después de aquel día en que no solo
almorzamos si no que un poco más terminamos hasta las tantas y casi
llegamos a la cena, una tarde de regreso a mi casa terminada mi última
clase de prácticas, gracias a Dios, recibí la llamada de un compañero que
también estaba en la tarea de preparar su tesis...
- Buenas noches. ¿Hablo con la Srta. Celia, Celia Guzmán? -dijo la voz
al otro lado del hilo telefónico, y que para nada le era familiar a Celia, por lo
que se limitó a contestar:
- Sí, soy yo ¿Quién es Vd.? Y dígame, ¿qué desea?
- Le ruego me disculpe. Soy Alfredo Contreras. Igual por el nombre no
me conoce aunque, estoy seguro de que si me ve posiblemente me
recordará de haberme visto alguna vez de pasada. Me refiero al haberme
visto en la Cafetería de la Facultad, aunque ya se sabe: allí normalmente
estamos con la cabeza agachada viendo o apuntando datos.
- Muy bien Sr. Contreras, pero, aún no me ha dicho el motivo de su
llamada -dijo Celia en la que se notaba un cierto enojo.
- Le vuelvo a pedir disculpas, pero, el caso es que esta tarde al salir Vd.
de la Biblioteca y al entrar en la clase de prácticas, al parecer, se le cayó una
libretita de apuntes. Momentos después, la libreta la recogió Joaquina la
ordenanza, justo en el momento en el que yo pasaba por su lado, y al
preguntarme si conocía a su propietaria ya que su nombre figuraba en la
portada, y respondiéndole que sí, me la entregó pidiéndome el favor de que
se la hiciera llegar. Como quiera que yo también tenía prácticas a esa misma
hora, y a la salida no poder coincidir, ni encontrarla aunque, créame que la
busqué, decidí de regreso a mi casa, ya que yo vivo a una manzana de la
suya, llamarla por teléfono; me pareció mejor que no hacerlo directamente en
su domicilio. Y este es el motivo -dijo ahora con una voz a la que parecía le
faltaba el resuello, y no es que estuviera nervioso, que podría ser, ya que en
Celia había reparado más de una vez, es más, en ocasiones había tratado
de coincidir con ella en la Cafetería aunque nunca se decidió hacerse el
encontradizo buscando la oportunidad de presentarse.
Con el auricular colocado sobre el hombro y sujeto con el antebrazo,
Celia, alargando la otra mano tomó las dos carpetas que había dejado sobre
la amplia mesita en la que tenía el teléfono, y una vez abierta una de ellas,
pudo comprobar que efectivamente faltaba la libretita azul que contenía toda
una serie de apuntes imprescindible para el trabajo que estaba desarrollando
con vistas a la tesis y entre los que se encontraban todos aquellos datos que
un día le fuera facilitados, armada de paciencia, la ya su amiga Eugenia, y
que por nada del mundo estaba dispuesta a que se perdieran. Por ello, y
volviendo a la conversación, dijo:
- Efectivamente, Sr. Contreras, me falta la libreta, y, dígame ¿cuándo
me la puede devolver, si es tan amable? - dijo esto echando, ahora, mano de
un tono menos autoritario.
- Cuando a Vd. le parezca bien: mañana, o si lo desea y le viene bien,
se la puedo acercar ahora mismo a su casa. Creo recordar que le dije antes
que vivía a tan sólo una manzana de su casa. Para mí no es ninguna
molestia.
- Pues si es así, le espero...
No habían transcurrido diez minutos cuando sonó el timbre del portero
eléctrico en el piso de Celia...
- Soy yo, Alfredo.
- Le abro. -Y Celia accionó el pulsador del telefonillo, al tiempo que
preguntaba: ¿ha abierto...?
-Buenas noches, Alfredo, -le dijo Celia entre la incertidumbre o dudas
de si invitarlo a pasar.
- Buenas noches, Celia. Aquí tiene su libreta, y celebro haberle sido útil
-dijo el muchacho mirando hacia el interior de reojo.
Como a Celia aquella disimulada inspección no le pasó desapercibida,
le comentó el que la disculpara si no le invitaba a pasar ya que vivía sola, y
aunque era consciente de que pecaba de descortés, esperaba comprendiera
su situación. No obstante, le agradecía la atención y esperaba verle al día
siguiente en la Cafetería de la Facultad y así poderle compensar, aunque
fuera con un café.
- No hay nada que agradecer, entre compañeros: hoy por ti, mañana
por mí, y ojalá a mí me ocurra algo parecido ya que ello me daría la
oportunidad de volver a verla fuera de horarios lectivos -dijo de un tirón, no
sin que Celia notara en el manifiesto un cierto grado de rubor.
- Bueno, pues lo dicho, mañana nos vemos en la Cafetería y muchas
gracias -dijo la muchacha la cual se trastabilló con la alfombrilla de la puerta
cuando se volvió para cerrarla.
- Buenas noches, Celia, y hasta mañana.
- ¿Y ya está? ¿Ahí quedó todo? ¡Ah, no, aquí falta algo, vamos cuenta,
cuenta! -dijo Eugenia la cual estaba que solo quería escuchar de labios de su
amiga un final feliz.
TREINTA Y SIETE
Tras las decepciones sufridas aquella noche, primero al no conseguir
localizar a Irene, y segundo por el fracaso ante lo que parecía que iba a ser
una noche de compensaciones, don Hipólito salió a la calle, se dirigió hacia
la esquina de Luisa Fernanda y tomó un taxi, a cuyo conductor le dijo que lo
llevara al paseo Infanta Isabel, pero que antes se detuviera un momento en
Lola´s, un local a donde generalmente solía acudir gente del teatro.
Cuando el taxi arrancó renqueante dejando atrás un densa capa de
humo negro debido al resultado de un motor diesel con bastantes años,
nadie pudo ver como a bordo de una moto de no mucha cilindrada, un
hombre de mediana edad lo seguía a una más que prudencial distancia.
Aquel hombre era Felipe Menéndez. El mismo camarero que esa
noche había atendido en la sala de fiestas La Pasarela a don Hipólito. El
mismo que distraídamente había visto de soslayo la tarjeta que le fuera
entregada para llevársela a la señorita de la barra y, aunque ya le parecía
que su cara le sonaba bastante, esto quedó confirmado cuando vio el
nombre y de dónde procedía. El mismo hombre que también conocía,
aunque no muy bien, a aquella señorita.
El mismo hombre que tras haber trabajado en manufacturas de
Banyeres de Mariola, cuando cumplió su contrato fue aceptado de igual
forma en la Fábrica de textiles de don Hipólito en Orihuela, que fue
despedido de mala manera, y que pasado un tiempo y por recomendación de
su padre, decidió hacer la maleta y trasladarse a Madrid donde, al parecer, le
asegurara que podría encontrar un buen trabajo y salir adelante.
El mismo hombre que aun a pesar de ser las dos y media de la
madrugada, y después de haber terminado su jornada un poco antes a tenor
de que veía que don Hipólito estaba a punto de marcharse del local, había
decidido seguirle los pasos y averiguar, al menos, donde se hospedaba.
El mismo hombre, el hijo de aquél Diego, cuñado de María Engracia, y
al que ésta recogió cuando tras el fusilamiento de un grupo de maquis, por
las huestes franquistas, y siendo dado por muerto, consiguió curarse de
aquellas gravísimas heridas, y, escondido, pudo sobrevivir a los últimos
tiempos de la incivil guerra.
Aquél inquebrantable Diego que, junto a su grupo de rebeldes, había
pasado dos años malviviendo por la sierra de Mariola, en la cual y utilizando
una ermita medio derruida, día tras día hacían frente a las patrullas de la
Guardia Civil sin apenas comida y lo que es peor sin agua, ya que de bajar a
por ella a la laguna quedarían ostensiblemente al descubierto.
Una ermita cuya pequeña espadaña con sus blancos, ocres y amarillos,
fue un primor en tiempos pretéritos y qué ahora hasta sus azulejos estaban
imposibles de poder desentrañar que imágenes habían estado
representándose en ellos. Aún por los aledaños se podían contemplar
algunos trozos de aquel campanil en los que se veía a la perfección el
agujero realizado producto de alguna bala que afortunadamente no encontró
su destino como fuera el cuerpo de alguno de aquellos hombres que tan
brava y duramente luchaban defendiendo sus pisoteados ideales.
Aquellos miembros de la Benemérita, llegado el atardecer y a la
búsqueda de un posible indicio de fogata con la que los milicianos calentaran
sus ya debilitados huesos, ascendían laderas arriba entre el cantar de los
grillos, el clamoreo de pájaros a la búsqueda de su nidal donde pasar la
noche sobre, en la no muy lejana distancia, el blancor del caserío.
Arriba entre riscales, montaba la guardia siempre en el intento de no
ser sorprendido y agudizando los oídos ante el más mínimo ruido producido
por el pisar de las gruesas botas de los guardias, mientras que ellos apenas
sí llevaban los pies envueltos entre trapos; aquellos trapos que lo mismo
servían para este menester, que en cualquier momento para, a modo de
apósito, taponarse la herida producida por un disparo casi certero.
Desde la altura, contaba Diego algunas noches, cómo sólo podían
contemplar allá abajo en la cercana campiña a los hortelanos trasegando en
los campos a la vez que les llegaban los sonidos de las órdenes dadas a los
animales de tiro en tiempos de desbrozar el terreno para una nueva siembra.
La llegada de la época de la recolección, los hombres arriba entre las peñas,
hambrientos, cansados y algunos enfermos, caían en una fuerte depresión
fruto de no poder bajar libremente a ver a sus madres, esposas o novias que
en la tarea de la recolección o la trilla aún les quedaban ganas de cantar con
la sola intención de manifestar una falsa alegría y contento que no tenían.
Gracias a estas bien disimuladas intenciones, las patrullas bajaban la
guardia y cada noche algún aguerrido familiar o amigo, entre las sombras, la
precaución y el miedo, buscaba aquellos vericuetos poco o nada transitados,
y entre zarzales y altos matorrales poder llegar hasta uno de los huecos de
aquel montón de escombros que entre caídas paredes eran guarda de
malvas, jaramagos y borrajas.
Felipe circulaba a una velocidad pareja a la del taxi, cuando se dio
cuenta de que éste estaba a punto de detenerse ante el llamativo letrero
luminoso de la sala de fiestas Lola´s, y que no era desconocido por él,
debido a que hacía unos meses había estado hablando con un tal Nacho que
lo regentaba, y que le había dicho que sentía no poder darle trabajo ya que
tenía la plantilla cubierta.
Mientras colocaba la moto sobre el posapié, observó cómo don Hipólito
se introducía en el local. Se detuvo unos segundos pensando si entrar él
también. Pasados unos minutos, decididamente se dirigió hacia la puerta.
Justo en el momento de pasar al interior se dio de bruces con el hombre que
salía; éste, al ver a Felipe y asiéndolo por el hombro, se interesó:
- ¡Hombre, pero si es mi amigo el servicial Camarero! -dijo utilizando un
tono tan chistoso como un poco achispado. -¡No me digas que también
trabajas aquí!
- No, no señor, es que hoy he terminado un poco antes por haber
quedado con un colega que trabaja aquí, también de Camarero, y habíamos
pensado marchar juntos de regreso a casa ya que vivimos en el mismo
bloque; él fue el que me buscó el trabajo en la sala La Pasarela. -¿Y Vd.
cómo sigue por aquí? Imagino que echando la espuela como se suele decir
por Andalucía, al menos recuerdo haberlo oído en un tabanco, una vez que
estuve en Jerez -dijo haciendo un gesto con el que pretendía mostrar cierta
indiferencia.
- No, no, He entrado sólo un momento para ver si encontraba a un
amigo que suele venir por aquí con cierta asiduidad -dijo encogiéndose de
hombros. -Y sin soltar a Felipe, se lo llevó hacia el interior del local
argumentando:
- Amigo mío, no era mi intención, pero ahora sí vamos a tomar esa
¿cómo dijiste que dicen en Andalucía? ¿una espuela? Pues vamos a tomar
una espuela, por cierto, aguarda un segundo, pídeme un Jefferson´s, bueno
tú ya sabes, que salgo un momento y despido el taxi, ya encontraré otro
luego.
Ya de vuelta y junto a Felipe, lo invitó a sentarse ante una mesa.
- Bueno hombre, bueno, así que te viniste a Madrid para hacer fortuna,
por cierto cual es tu nombre, si no te importa porque cuando uno se echa un
amigo lo menos es saber con quién se trata.
- Yo me llamo Ángel -dijo siguiéndole la corriente. Y no mentía ya que
era su segundo nombre.
- Y bien, Ángel, y... ¿desde dónde te viniste a Madrid? -dijo tomando el
primer sorbo del vaso que le acababan de servir, y haciendo la mueca propia
de quien había tomado varias copas.
- Desde la mismísima Huelva. Y es que allí hay mucho pescado y yo no
tengo alma de marinero -dijo de forma socarrona y con la que hizo reír a don
Hipólito, el cual dijo:
- ¡Hombre! Eso me suena a poesía o relacionado con alguna canción
relacionada con la pesca.
- Y Vd. ¿cómo se llama? Así estaremos los dos empatados -requirió
Felipe mirando directamente a los ojos de don Hipólito.
- Yo me llamo Hipólito, Poli, para los amigos, y además soy de aquí, de
Madrid, donde tengo algunos familiares, aunque yo vivo, principalmente, en
Alcoy dónde tengo mis empresas de textiles -dijo levantando el mentón, al
tiempo que Felipe, entre dientes y murmurando se decía: “Sé cómo te llamas,
cuáles son tus empresas y dónde las tienes, hijo de puta”.
TREINTA Y OCHO
Cuando Matilde abrió la puerta de la casa y se encontró de lleno con
Gerardo y la camisa manchada de sangre, al tiempo que asía por la cintura
al hombre, no pudo evitar la sorpresa, ni el grito ahogado que sin querer
escapaba de su pecho acompañado de diferentes ayes, y que no pararon
hasta que Gerardo aun teniendo cogido a Felipe, le daba un beso y le decía
que no pasaba nada grave, que estuviera tranquila y que calentara agua, que
enseguida le explicaría todo lo ocurrido.
- ¡Estate tranquila, mujer, que ahora te pongo al corriente de todo lo
sucedido! - le insistió a su mujer, ayudando a un tiempo a Felipe a tenderse
sobre un sofá en el que previamente Matilde había extendido una toalla de
baño con el fin de evitar que la tapicería se manchara de sangre.
Cuando entrambos se dedicaron a quitarle lo poco que quedaba de la
cazadora y la camisa debido a los jirones producidos por la alambrada de
espinos, y los trozos de cristal clavados sobre el lomo de la tapia, Matilde
reparó en el rostro del muchacho, el cual parecía con el conocimiento
perdido a causa, posiblemente, de alguna costilla rota producto de la brutal
caída que desde lo alto de la tapia habría sufrido en la necesidad de huir de
aquellas incontroladas llamas que también lo amenazaban a él. Matilde no
pudo evitar un sobresalto cuando realmente se dio cuenta de quién se
trataba...
- ¡Pero, si este hombre es... es el hijo de Diego, el cuñado de María
Engracia! Claro que tú no conoces a esta familia ya que ellos son también de
Alcoy -dijo Matilde a modo de aclaración.
- Eso me dijo cuando nos presentamos después de ayudarle a salir de
aquel infierno y subirlo a la moto para traerlo a casa, que se llamaba Felipe y
que era de Alcoy.
- Pues no le veía desde... hace ya mucho tiempo. En fin, cuando se
reponga ya me contará que ha sido de su vida durante todos estos años.
Pero que mal trecho está. Pierde el conocimiento a ratos. ¿No crees tú,
Gerardo, que deberíamos llamar al médico? -dijo ahora Matilde un tanto
compungida ante los gestos de dolor que manifestaba Felipe.
- De momento creo que no es buena idea, te cuento: -Cuando
regresaba con la moto camino de casa, vi cómo un hombre intentaba saltar
la tapia de la fábrica de textiles que hay a la salida del pueblo. Aquello estaba
envuelto en llamas, sería por eso que en el intento, al cortarse con los
cristales, cayó sobre una alambrada de espinos que, bien oculta, se
encontraba entre los matorrales que rodean el recinto. Ni lo dudé chica, paré
la moto, me acerqué y lo encontré medio deshecho tras haberse golpeado
con un trozo de bloque de piedra que anteriormente fuera quitado tras la
reforma. Por eso te digo que debe tener alguna costilla luxada o rota. Le
pondré un vendaje fuerte y esperaremos hasta mañana. Esperemos que no
tenga fiebre. Mientras tanto vamos a curarle todas estas magulladuras y
cortes, que algunos son de bastante cuidado.
- Menos mal que siempre tengo en casa avíos para estos casos. Yo
creo que después de haber lavado todas estas heridas con yodo, y estos
apósitos -dijo señalando una caja con material de primeros auxilios quedará
bien-: Mañana ya veremos cómo resulta. Ahora será mejor que lo dejemos
descansar, pero mira, ya vuelve en sí otra vez y parece que quiere decirnos
algo. Mira a ver qué te quiere decir. Mientras tanto, ahora que está despierto
voy a apartarle un poco de caldo del puchero que tengo a calentar y a ver si
se lo quiere tomar y después le doy un par de calmantes para que pase la
noche tranquilo.
- ¿Cómo lo llevas, compañero? -le dijo Gerardo cariñosamente.
- Regular. Me duele el costado cuando intento moverme.
- Pues no te muevas, ahora te voy a vendar el pecho, Matilde te va a
dar algo de caldo para que te reanimes y te vas a quedar esta noche aquí, y
mañana ya veremos a ver cómo amaneces.
- Gracias, Gerardo, no sé como agradecerte el haberme sacado de allí,
y sobre todo lo que estáis haciendo -dijo sin poder evitar el que por su mejilla
una lágrima delatara su estado de ánimo.
Una vez tomado el caldo y una par de calmantes, Felipe cerró los ojos
y se quedó profundamente dormido.
- Bueno, Gerardo, cuéntame que es toda esta historia - insistió de
nuevo Matilde porque entreveo que aquí hay algo más que una caída.
- Mati, yo no quisiera hacerte volver a recordar aquellos tiempos, ya
que tú, mejor que nadie, sabe a quién pertenece esa fábrica -le dijo en un
tono que se antojaba tan lacónico como lleno de una pesadumbre que se
respiraba por todo el saloncito.
- No me importa, Gerardo, quiero salir de la duda que me está
corroyendo por dentro, intuyo lo que ha podido ocurrir y es mi deseo saberlo
todo aunque el recuerdo haga que me desangre por dentro una vez más -dijo
la mujer, sin dejar de mostrar en aquellos ojos verde-azulados y en los que
se apreciaba la más tierna de las súplicas.
- Lo siento, amor mío, pero solo sé lo que te he contado, no puedo
decirte más. Habremos de esperar a mañana. Espero que él nos haga
partícipe de cuanto aconteció anoche antes de que yo le viera, así como de
los motivos que le impulsaron a realizar semejante barbaridad en la que
estuvo de un tris de perder la vida, pues no te puedes imaginar cómo tras él
había un fuego que parecía el infierno.
- ¿Seguro que no me ocultas nada? -dijo Matilde mostrando poca
aquiescencia.
- Seguro, cariño. ¡Anda, vamos a comer algo, luego te acuestas que yo
me quedaré está noche aquí en la butaca por si se despertara, y al no
reconocer dónde se encuentra, ya sabes...
Ya estaban cenando cuando Matilde le requirió: Gerardo, una cosa
solamente. Imagino que lo bomberos llegarían tarde por venir de tan lejos...
Con algunos vecinos de los que tienen camiones con depósitos para los
riegos y otros apaños para los campos, y que habrían acudido de inmediato,
os habrán visto ¿no? -dijo sin apartar la vista del plato mientras con la mano
movía el cubierto señalando un lugar indefinido.
- No, porque por el lugar que él cayó, no había nadie y además aunque
vi llegar gente por la parte de arriba, por la carretera, yo tomé el camino de
abajo y que antes de llegar al desvío de las huertas sube de nuevo a la
carretera, aparte de que los bomberos habrían de llegar por la otra carretera
que es donde la fábrica tiene la entrada, aunque dudo que por allí al igual
que por cualquier sitio pudieran entrar. Un infierno, ya te digo.
- Bueno, ya mañana Felipe nos contará el resto -dijo la mujer emitiendo
un suspiro que rasgó el aire
- Sí, tú, vete a la cama, mañana será otro día -dijo Felipe recogiendo él
mismo la mesa.
Para Felipe, la noche transcurrió tan espesa, debido a las molestias
que sufría, como nerviosa fue para el matrimonio ya que ambos a ratos,
entre darle vueltas al muchacho con el fin de ver su estado, y no dejar de
hablar del tema, la claridad que entraba por una de las ventanas hizo que
fuera Matilde la primera en levantarse.
- Buenos días, Felipe -dijo la mujer que ya se encontraba a su lado.
Había hecho café, y portando una bandejita con una humeante taza, unas
magdalenas y un calmante, se lo ofrecía sentada en un pico del sofá en el
que descansaba Felipe.
- Buenos días dijo Felipe, y añadió: ¡Humm, eso huele bien!
- Pues a ver si te puedes incorporar un poquito, y a reponer fuerzas
que falta te hace, y luego si te duele el lado aquí te traigo un calmante.
- Gracias Mati, no sé qué habría sido de mí anoche si no os llego a
encontrar, primero a tu marido y luego a ti. Una deuda que no sé como os
podre pagar.
- ¡Tate, tate! En eso no tienes ni que pensar, para qu están los amigos y
sobre todo los amigos desde hace mucho tiempo.
- Ya lo creo; ya ha llovido desde entonces.
- Buenos días -dijo Gerardo haciéndose presente en el saloncito y
sentándose en una silla al lado de su mujer.
- Y bien, ¿qué tal has pasado la noche? -preguntó Gerardo, justo en el
momento de que era esa la intención de su mujer, por lo que los dos se
miraron y se sonrieron, detalle que no escapó a Felipe quien también se
sonrió al observar la armonía que se respiraba en aquella casa.
- Bien, bastante bien, me duele un poco el lado, pero estoy seguro de
que podré levantarme. He de volver a casa ya que mi padre estará un tanto
preocupado al no haberme visto aparecer anoche -dijo haciendo intento de
incorporarse al tiempo que gimiendo por el dolor, exclamaba: ¡maldita sea!
Matilde saliendo al quite, dijo:
-¡Tú te quedas aquí, al menos hasta el mediodía, y después de comer
ya veremos cómo lo arreglamos!
Estaba claro que no lo iba a dejar ir sin que le explicara toda aquella
trama, por lo que soltó de sopetón:
- Bueno, ahora háblanos de qué fue lo que te impulsó a tomar la
decisión de prender fuego a la fábrica del mal nacido de don Hipólito...
Felipe relató toda una serie de circunstancias en su contra por parte de
la dirección de la fábrica, y que lo perjudicaron de forma notoria tanto a él
como a otros compañeros con los que había estado trabajando en otros
lugares, aparte, dijo abiertamente, que aquello que le pasó a ella, su amiga,
juró que el cabrón lo pagaría, y que el castigo que le tenía reservado, no
sabía cómo lo iba a llevar a cabo, pero que no les cupiera la menor duda de
que aún no le había llegado su hora... ¡cuestión de tiempo!
TREINTA Y NUEVE
Pasadas las tres de la mañana, don Hipólito acompañado de Felipe, y
entre las incoherencias del primero, producto del alcohol ingerido y las
gracias que acomodándose a sus tácticas le iba riendo el segundo, salían de
Lola´s sin la más mínima preocupación de si tomar un taxi o subirse a la
moto que Felipe le dijo tenía aparcada a la puerta del local.
En ese estado ya no le preocupaba si el muchacho pudiera saber en el
Hotel en el que a veces acostumbraba a hospedarse, y todo porque se
encontraba al lado de la Estación de Atocha.
Al final, la decisión fue la de tomar el taxi y despedirse de Felipe con el
que aseguraba había contraído una gran amistad, y que le prometía que,
como no iba a tardar en volver a Madrid, se pasaría por la Pasarela al objeto
de tomar unas copas y al final de la velada repetir juntos la visita a la sala
Lola´s que tanto le había agradado.
Minutos después acertó a pasar por allí un taxi y decidió tomarlo; a él
subió don Hipólito y, despidiéndose de Felipe, cerró la portezuela dando al
taxista la orden de que lo llevara al hotel. El taxista no puso reparo alguno y
puso el vehículo en marcha. Lo mismo hizo momentos después Felipe a
bordo de su motocicleta, hasta que de una esquina a otra observó como el
taxi se detenía ante la puerta del hotel de Atocha. Felipe hizo lo mismo, y
acercándose lentamente por la acera entró en el Hall sin que el Conserje de
noche le hiciera el más mínimo caso cuando frente al ascensor, Felipe vio
cómo la aguja del antigua marcador de plantas se detenía en el piso cuarto...
A la mañana siguiente don Hipólito se levantó temprano y con una
resaca de mil diablos. Bajó al comedor, desayunó y tras abonar la cuenta,
pidió le tuvieran en custodia el maletín aludiendo que más tarde volvería a
recogerlo, y que por favor tuvieran cuidado con él ya que guardaba
documentos importantes que le serían de suma utilidad de regreso a
Alicante en donde tendría que ultimar las operaciones complementarias.
Salió a la calle y, después de realizar las delicadas gestiones
mercantiles que tenía pendiente, tomó un aperitivo en una terraza ajardinada
para a continuación almorzar en su restaurante de siempre donde era harto
conocido por asistir en más de una ocasión al mismo, tanto con la familia de
Madrid como con doña Clara.
Sobre las cuatro y media de la tarde se dirigió a la casa de sus
parientes, a los cuales visitó de forma relajada ya que hasta las seis y media
no salía su tren. Con tiempo suficiente, abandonó la casa, se paró a tomar
una infusión de manzanilla, y se dirigió a la Estación. Ya en el interior de
vagón, pidió a uno de los empleados tuviera la amabilidad de avisarle con
tiempo antes de llegar a Alicante, cerró la puerta del departamento y se
tendió en la litera, donde a causa de no haber podido conciliar el sueño
apenas esa noche, se quedó profundamente dormido...
“La, desde un tiempo atrás, eterna pesadilla de don Hipólito comienza
casi siempre de idéntica manera: en el instante en el que se da cuenta de
que aquél caballo va a cocear aplastando a su hermano. Sin embargo, y por
desconocidas razones, esa noche algo ha cambiado.
Esta vez el señorito, el conocido como el terrateniente duro y cruel, el
monstruo, no está sobre su caballo sino que camina por aquel polvoriento
sendero, a pie. Está de hinojos, totalmente agachado sobre su hermano, el
cual, y tendido sobre el duro suelo, lo llama de forma desesperada. Pero
no puede gritar. Nadie, al parecer, puede gritar en sueños, al menos que se
trate de una pesadilla en la que no está la garganta atenazada, y menos aún
si tiene como en este caso una cuchillo sobre la yugular.
Cuando don Hipólito, lleno de pavor, corre hacia el cuerpo tendido en
el suelo se da cuenta de que no es su hermano, sino que se trata de él
mismo. En ese momento de aturdimiento, intenta zafarse, pero ahora cae en
la cuenta de que sus pequeños y enclenques brazos son demasiado débiles
para la inmensa fuerza del monstruo que lo tiene asido cual poderosa garra.
De pronto, don Hipólito abre los ojos con desmesura y observa que ya
no está soñando, aunque nota con gravedad que sigue atrapado. El
supuesto monstruo se ha hecho carne, se ha materializado, ahora con los
ojos muy abiertos ve cómo aquel espectro ha desaparecido para contemplar
en su lugar un cuerpo de anchos hombros inclinado sobre él. La firmeza de
una férrea mano lo empuja contra un colchón; la punta del cuchillo continua
apoyada en su cuello. El momento es tan aterrador, tan lleno de
desesperación como el sudoroso ambiente que rodea a ambos hombres, por
lo que don Hipólito no deja de preguntarse simplemente si no habrá
descendido un nuevo escalón en sus pesadillas, cual pasaje preñado de
lamentos de aquel horrible dédalo que relatara Virgilio, o si es que el mundo
del sueño que le atormenta una y otra vez, habrá regresado con él a la
realidad.
En un momento, dejados atrás esos segundo de abstracción, mira al
hombre directamente a los ojos. La extraña luz mortecina, cerúlea y que no
acierta a comprender de dónde viene, si del crepúsculo o de los rescoldos
asfixiantes de una chimenea, arranca destellos cárdenos de esa mirada. Es
un momento de incongruente intimidad; están cercanos como dos amantes
en plena ebullición pasional. El uno se reconoce en los ojos del otro, y da
lugar al descomunal encuentro de dos ejemplares de un mismo animal que
se encuentran encerrados en la misma jaula.
- ¡Sería tan sencillo quitaros la vida en este momento! -susurra el
hombre de anchos hombros. “O, acaso, piensa don Hipólito, que se trata del
monstruo...”
- Una simple presión hacia abajo, -insiste con voz queda. Un deslizar
del cuchillo, y os desangraríais aquí mismo. Me sería tan sencillo, como te
fue a ti organizar aquella matanza para tú beneficiarte de los privilegios
propios de los que disfrutan los traidores, y la gente que causa el terror
enmascarado en unos golpes de pecho que nadie se cree, pero que todos
callan por temor a las represalias.
Ahora, entre lo febril de su estado y el miedo ancestral al
desconocimiento de cuanto al final pudiera sucederle, don Hipólito intenta
recordar con total fidelidad al zagalón aquél, el cual aprovechando el tumulto
generado por una reyerta concertada de antemano le robó la cartera de piel,
la cual portaba importantes documentos para una transacción de
manufacturas textiles, dicho sea de paso, poco legal a la vista de las
autoridades, aunque no era capaz de asociarlo con esta figura oscura y
poderosa que lo amenazaba de muerte.
- Pero no voy a hacerlo -le manifiesta con una voz tan clara que a don
Hipólito lo deja inmerso entre temblores y una sudoración, ambos
incontrolables.
- En lugar de ello os aniquilaré por otros procedimientos, sufriréis la
más dura de las crueldades, la padeceréis delante de todo el pueblo. Os
convertiré en un harapiento mendigo, enfermo y desahuciado de cuantas
amistades disfrutáis en este momento. Eso sí que será Justicia. ¡Cuánto os
haré padecer, para que durante ese periodo de tiempo y hasta que por
razones de necesidad os veáis abocados al encierro en una miserable celda,
y en la cual dejaréis al final vuestra podrida alma junto con vuestro miserable
corazón!
Con temblores en el labio inferior, apenas imperceptible dada la
arrogancia y soberbia de don Hipólito, éste intenta decir algo, tal vez rogar
por su vida, pero, al instante, el orgullo le atenaza y hace que su rostro se
contraiga y aparezca en él un manifiesto desafío.
Ahora el monstruo tras esbozar una sonrisa desaparece en la
penumbra...
Don Hipólito mira a ambos lados; vence el miedo, se yergue y se dirige
hasta la ventana abierta. Es muy alta, piensa, por lo que no hay modo de
trepar hasta allí.
Con la luz del día caerá en la cuenta de que quién quiera que fuese se
habría descolgado desde el tejado, ya que unas hebras de cuerda adheridas
en el alféizar de la ventana y otras que cuelgan del dintel, le indicarán que
aquél ser no era más que un hombre, y que como tal puede, poniendo todo
su empeño, dinero y amistades, conseguir averiguar de quien se trata e
intentar acabar con él antes de que aquél cumpla con lo prometido en
circunstancias tan contrarias a sus planes.
El amanecer le traería las ganas de organizar una batalla sin cuartel.
No obstante, y sin haber digerido del todo aún los momentos vividos, don
Hipólito se ha sentado en un rincón de la estancia y abrazado a sus rodillas
no tiene más que pensamientos para aquellas pobres criaturas y a las que a
lo largo de su vida les hiciera tanto daño, más como es natural en su natural
forma de ser, la mueca preñada de sarcasmo no abandonará su boca...”
Tra unos discretos golpes en la puerta, los cuales fueron acompañados
por el aviso del Revisor diciéndole que faltaban veinte minutos para llegar,
hicieron posible el que don Hipólito saliera de aquella pesadilla que, con el
brusco despertar, habría hecho el que la boca se le antojara como una
esponja tan agria como amarga.
Cuando se apeó del tren entró directamente al bar de la estación. Pidió
un café y una aspirina. Momentos después y a bordo de un taxi se dirigía a la
calle Espronceda...
CUARENTA
Si enorme era el revuelo que se había formado en Orihuela con el
incendio debido a la gran cantidad de personal del pueblo que trabaja en la
fábrica textil, aquello no era nada comparado con los demonios que se
habían desatado en el seno de la familia de la Torre
Por su condición de especialista cuando hizo la mili en la compañía de
artificieros del cuerpo de Artillería en Cartagena, el primer detenido para ser
interrogado fue Manet, más conocido, además, como “El Estopa”; gran amigo
de Felipe y uno de los que durante algún tiempo estuvo trabajando en la
fábrica Textil cuando la huelga que dio lugar a los diferentes despidos de la
Empresa. En la detención influyó el que más tarde, una vez licenciado,
trabajara en las minas en calidad de dinamitero.
Manuel Comas, no era un artificiero cualquiera ya que durante su
Servicio Militar había adquirido el grado de Cabo y le había sido concedida la
medalla al valor por haber conseguido desarmar una espoleta que
encontrándose a punto de estallar, cuya manipulación la estaban realizando
alumnos de la escuela de artificieros, fue él el que evitó el desastre, ya que,
al parecer, la estaban manipulando de forma errónea. Al no ser éstos de su
compañía, ésta que por un Brigada quedó entendida, a su parecer, como una
intromisión aun a pesar del feliz final, las rencillas hicieron el que tuviera que
licenciarse al dejar el Ejercito, cosa que le produjo un cierto desánimo ya que
su interés era poder reengancharse dada las penurias por las que el tema
laboral estaba atravesando en aquella época de posguerra.
Ya una vez licenciado y dueño de un limpio expediente militar, a la vez
de ser poseedor de un certificado que le acreditaba para el trabajo civil como
especialista en temas relacionado con los explosivos, no hubo ningún
inconveniente para que en una de las minas a cielo abierto existente en la
Sierra Minera de Cartagena-La Unión, fuera aceptado para trabajar como
Dinamitero.
- Espero de ti trabajo y una labor bien hecha, a mí eso de las medallas
me la trae floja, y otra cosa nada de ir por ahí soliviantando y presumiendo
de valor. Aquí se hacen las cosas medidas y bajo las órdenes concretas del
Ingeniero Jefe. Nosotros no estamos aquí para tomar decisiones en razón de
ver o no ver algo que no nos cuadre -dijo ásperamente el capataz a modo de
recibimiento, a lo que Manuel asintiendo le respondió que por su parte no
había motivo para semejante sermón ya que jamás había tenido problemas
con nadie, y que diera por descontado que en la mina cuando estuviera en
su turno tampoco los habría.
No habría pasado un mes cuando, encontrándose en los vestuarios y
acabado su turno, fue llamado a través de la megafonía de las instalaciones
para que se presentara en la oficina del Encargado General.
- Manuel, tenemos un problema: no sabemos cómo en la segunda
terraza norte un barreño ha abierto una especia de poza con
aproximadamente veinte metros de profundidad y un metro de ancho.
Cuando Vicente, el murciano, se ha acercado al hoyo, ha pisado mal el borde
y tras resbalarse ha ido a parar al fondo; él dice que se encuentra bien, pero
que tiene miedo porque en la mochila llevaba el resto de la carga explosiva y
que estaba destinada a la siguiente explosión -le dijo el Encargado en el que
se leía una cierta congoja.
- Y dígame, don Leonardo, qué puedo hacer yo -dijo temiéndose de
antemano lo que intuía que le estaban a punto de pedir.
- Me duele decir esto, pero es que nadie se atreve a bajar. Las dos
cargas están conectadas entre sí, los hilos están enganchados, y Vicente no
sabe cómo desconectarlos, ya que su trabajo es sólo poner las cargas; éstas
ya se las facilitan montadas. ¡Tienes que bajar, Manuel! -dijo el Encargado
mostrando una cierta súplica.
- Don Leonardo, Vd. sabe muy bien que he hecho mi turno además de
la guardia, estoy reventado, dijo sentándose en una silla sin que el
Encargado se la hubiera ofrecido.
- Si no fuera por lo delicado del asunto y porque, la verdad sea dicha,
eres el mejor, no te lo pediría, pero te lo estoy pidiendo: sé que contigo no va
a haber ningún problema. Todo va a salir bien y yo te voy a dar una semana
de permiso más una gratificación ¿hace?
- En fin, vamos para allá ¿qué hay preparado? -dijo Manuel con cierto
desparpajo y haciéndose ya dueño de la situación.
- He mandado instalar un trípode con un juego de poleas y un soporte
de enganche al pie ya que aquí no tenemos canasta, y además sería difícil
que entrara por un hueco tan estrecho.
Pertrechado y con las herramientas propias de su labor en la mina,
Manuel se acercó al pozo y llamó a Vicente, el cual le respondió al instante: -
Sácame de aquí, Estopa, que tú puedes.
- ¿Hay agua ahí abajo? -preguntó Manuel.
- No, ni gota, esto está muy seco, yo diría que demasiado seco...
- Antes que nada, Vicente, escucha esto que te digo: ¿tienes alicates
con que cortar un cable?
- No, aquí no tengo ninguna herramienta.
- Bueno no importa, te echo una cuerda con un cortafríos y corta el
cable negro que une los dos bloques, y no te preocupes, lo único que hará
será desconectar los fulminantes entre sí. Me pongo el arnés y bajo ahora
mismo por ti. Tranquilo colega que no pasa nada.
Manuel pidió una lámpara, y el Encargado tuvo que mandar a uno de
los allí presente para que se acercara al almacén, ya que el uso de lámparas
en este tipo de minas a cielo abierto no era normal.
Colocado el arnés y portando la lámpara con el fin de poder ver las
paredes y el fondo, y así tener conocimiento de si existiera alguna veta de
Plata u otro mineral de alto interés, según le comunicó al Ingeniero que
acababa de llegar, Manuel se deslizó hasta el fondo donde encontró a
Vicente con la pierna izquierda rota producto de la brutal caída y de la
postura al llegar al suelo, ya que se quiso apoyar en los pies para amortiguar
el golpe.
Una vez comunicada la noticia, mediante unos gritos, del estado en
que se encontraba Vicente, con idea de que los servicios sanitarios
estuvieran listos cuando subiera, Manuel lo ajustó bien al enganche del arnés,
al tiempo que gritaba que ya podían subirlo. Una vez fuera y debidamente
atendido, dejaron caer de nuevo el arnés al cual se afianzó Manuel haciendo,
mientras era izado, una inspección ocular de las paredes. Ya fuera del pozo
fue felicitado tanto por el Ingeniero Jefe como por el Encargado y sus
compañeros, todos ahora dándole palmaditas en la espalda, y en los que
pudo ver en sus rostros que si bien estaban contentos, no era menos cierto
que presentaban cierto bochorno.
El Encargado General cumplió su palabra y tras recibir fuera de lo
normal la gratificación prometida, la cual le hizo efectiva el Cajero, comenzó
desde el día siguiente la semana de permiso.
Pasados unos días se presentó en casa de Manuel una pareja de la
Guardia Civil, la cual le pidió que los acompañara al Cuartelillo en cuyas
dependencias esperaban dos miembros de la policía Científica, que en
compañía de don Enrique, el Socio, y don Casimiro, Director éste de la
Empresa Textil, los cuales habrían recibido aviso de don Hipólito tras haber
sido informado acerca del incendio para que junto a él estuvieran presente
en la reunión que se celebraría una vez trasladados todos a Orihuela, una
localidad que si bien era más pequeña que Alcoy sí se ubicaba en ella la
Jefatura Superior de la Policía de la Comarca.
Ya en las dependencias de la Jefatura, en el despacho y ante el
Comisario Jefe, Manuel se atrevió a preguntar:
- Bien, Sres. Me gustaría saber porqué me han traído aquí, y si es que
tienen algo contra mí, porque la verdad sea dicha es que me tienen entre
ascuas ya que me encuentro disfrutando de una semana de permiso que me
han concedido en el trabajo -dijo sin mostrar el más mínimo nerviosismo o
sentimiento de culpabilidad.
- De momento, nada, tan sólo hacerle unas preguntas de las que, por
supuesto, en principio no tiene porqué preocuparse -dijo el Comisario
mirándolo a los ojos e intentando averiguar algo en sus gestos o su mirada.
- Disculpe Sr. Comisario, pero es que nunca me había visto en una
situación semejante -dijo Manuel sosteniendo la la mirada al Comisario-: Bien,
pues en ese caso pueden preguntarme lo que quieran y así saldré de dudas.
- Manuel, ¿está Vd. al corriente del incendio que se produjo en la
Fábrica Textil de don Hipólito de la Torre aquí en Orihuela?
- No puedo negar que tengo algún conocimiento de ello ya que aquí
tengo alguna familia; ellos fueron los que me comentaron acerca del incendio
diciendo que debió ser enorme ya que el pueblo entero se vio inundado por
una humareda que estuvo a punto de asfixiar a más de uno. Aunque no sé
que tiene que ver todo ello conmigo.
Ante aquella respuesta tomó la palabra uno de los policías de paisano,
el cual requirió de Manuel. -Manuel, tengo entendido que Vd. es especialista
Dinamitero en la mina, de lo que se puede entresacar que también conoce
todos los pormenores acerca de la producción y del cómo se elabora un
incendio, que podríamos llamar... digamos intencionado.
- Lamento lo ocurrido, como lamento el que puedan estar sospechando
de mi participación en semejante crimen -dijo Manuel muy serio mirándolos a
todos directamente. Y añadió: difícilmente podría haber cometido tal barbarie
encontrándome a poco más de cien kilómetros de distancia.
- Bien, de momento eso es todo. Ya haremos la investigación oportuna
con el fin de dejar clara su coartada. Lamentamos haberle hecho venir hasta
aquí, pero comprenderá que era necesario. Por el momento puede Vd.
marcharse, eso sí, le agradeceríamos que estuviera diligente para cualquier
otro momento en el que necesitáramos de su testimonio.
- Ningún problema Sr. Comisario. Me tiene Vd. a su entera disposición -
dijo levantándose y dirigiéndose hacia la salida, pero antes de llegar a cruzar
la puerta se dirigió a la pareja de la Guardia Civil, y le dijo: Señores, ¿puedo
volver con Vds.?
- Por supuesto -respondió el Cabo.
CUARENTA Y UNO
Aquella mañana las dos amigas, Eugenia y Celia habían quedado para
almorzar, ya que por una coincidencia ambas libraban ese día. Eugenia era
la que habría puesto mayor interés pues se encontraba sobre ascuas acerca
de cómo quedó aquel asuntillo de Celia a causa del extravío de la libreta y la
posterior visita de su compañero Alfredo.
Sentada en uno de los bancos que el Ayuntamiento instaló en el
cercano parquecito junto a la calle Menéndez Pelayo, Celia estaba
entretenida leyendo una revista de modas cuando vio acercarse a toda una
sonriente Eugenia.
- Hola, Celia ¿qué, mirando trapitos? -dijo al tiempo que ambas se
fundían en un tiernos abrazo y se repartían besos.
- Más bien pasando el rato, acuérdate que te dije que pasaría por el
taller de costura para aquel encargo del que te hablé, y cuando llegué me
dijo una de las ayudantas que la Jefa había tenido que salir a comprar un
juego de botones para forrarlos luego. Quedé en que le dijeran que volvería
mañana por la tarde, así que he llegado muy pronto; ahí en el kiosco he
comprado esta revista y aquí estaba entretenida. Y tú, que puntual, ¿no?
- Pues sí, eso de la puntualidad lo aprendí de mi padre que era muy
severo, Catedrático de Filología Griega, y que sobre la integración de la
Retórica y la Poética, pero sobre todo su pasión por el Humanismo en el
estudio de la composición del origen de los textos, me daba una que para
qué contarte. Yo como soy hija única, pues de pequeña hacía que lo
acompañara cada vez que lo llamaban para algún trabajo fuera de la
Universidad, cosa por la que le estaré siempre agradecida ya que él fue el
que poco a poco me fue metiendo en el cuerpo el gusanillo del estudio y el
deseo de crearme una carrera, pero, como te iba diciendo, era tan puntilloso
con eso de no llegar ni un minuto antes y uno después que a veces me
sacaba de mis casilla, pero ya ves tan jovencilla que podía decir, pues nada,
a aguantar el tirón, pero bueno, que le estoy muy agradecida.
- A mí también me encanta la puntualidad -dijo Celia dejando la revista
sobre el banco e invitando a su amiga a que se sentara.
- Parece que se va superando lo de la epidemia ésta de gripe -dijo
Eugenia al tiempo que extraía del paquete de cigarrillos que llevaba en el
bolso, y que ofreciéndole uno a Celia, ambas se pusieron a fumar mostrando
un aspecto envidiable de tranquilidad.
- La verdad es que sí, afortunadamente ya está saliendo; ayer durante
mi guardia apenas llegó gente con el malestar propio de la dichosa gripe.
Gracias a ello puedo disfrutar de descanso hoy porque vaya semanita -dijo
Celia haciendo con el humo unas volutas en el aire.
- Vale, pero, ¿cuándo vas a empezar a contarme lo que quiero saber?
¡eh! Venga ya que me tienes sobre ascuas. Venga, cuenta, cuenta, ¿qué
pasó? -arremetió Eugenia arrastrando las palabras y acompañándolas con
una sonrisas un tanto pícara.
- Pero si no pasó nada, mujer, ya estás otra vez con la historia. Hay
que ver la que me diste el otro día por teléfono, como que yo no sé para que
te llamaría conociéndote como te conozco -dijo Celia siguiéndole la corriente
a modo de broma.
- Venga. Larga ya, Celia. Si estás deseando, te lo estoy leyendo en los
ojos.
- Pero que ojos ni que ocho cuartos -le dijo Celia haciéndose la
interesante.
- No lo puedes negar, estás deseando de darme rabia y no lo vas a
conseguir, porque yo también tengo mis cosillas y te va a costar sacármelas
al paso que vas. No te lo puedes imaginar. ¡Ya verás, ya verás! -dijo Eugenia
echándose hacia atrás sobre el respaldar del banco y mirando hacia el cielo
con aires distraídos.
Celia, mirando a Eugenia con aires misteriosos, y echándole un brazo
sobre el hombro comenzó a acariciarle el cuello dándole coba, al tiempo que
le decía: - No creo que tengas nada escondido, pero si así fuera no te
preocupes, es que estoy intentando poner en pie toda la historia vivida aquel
día.
- No, si yo no digo nada. Lo único que digo es que la estás vendiendo
demasiado cara, y luego te va a pesar lo que te costará la mía. Porque la mía
sí que es de órdago -dijo ahora Eugenia, quitando la mano de Celia de su
cuello y diciéndole: ¡Anda ya, so trápala!
- Vale, vale. Me has convencido, pero no creas que no te vas a llevar
una sorpresa, ya que al fin y al cabo tampoco es como para tirar cohetes.
Resulta que aquella noche, cuando le dije a Alfredo que comprendiera el por
qué no podía invitarle a pasar, y que al día siguiente, en la Cafetería, nos
veríamos para tomar un café, aunque a todas luces se veía que sus
intenciones eran las de entrar, lo pensaría mejor porque seguidamente, y no
sin cierta ofuscación, por supuesto, disimulada, pero que yo me di perfecta
cuenta, cosa que, aunque esté mal visto, por otra parte a mí, particularmente,
me llenó ya que me sentí una mujer deseada, pero que en ningún momento
iba a consentir que nadie pisara mi terreno sin yo habérselo permitido, se
echó hacia atrás diciéndome que lo disculpara, pero que no podía
imaginarme lo mucho que le gustaba y cómo no podía quitarme la vista de
encima cada vez que me veía en la Cafetería o en la Biblioteca, sobre todo,
lo mucho que se preguntaba, que le faltaba a él para que yo nunca, cuando
él me estaba mirando no se encontraran nuestras miradas, y cuan
insignificante se sentía por este motivo.
Bueno, pues visto la hora que era, y tras agradecer la lisonja que me
estaba regalando, accedió a despedirse, cosa que pretendió hacer
intentando besarme en la mejilla, a lo que yo le dije que no era el momento,
término este del que me arrepentí más parte porque me dio la impresión de
que con él le había dejado una puerta abierta; el caso es que le alargue la
mano, y él, estrechándola, eso sí, con un calor que nunca había sentido, me
dio de forma que parecía que nos conocíamos de toda la vida, las buenas
noches, las gracias por haber escuchado en silencio lo que su corazón le
había hecho decir, y seguidamente bajó los primeros escalones; de nuevo
cometí otro error, ya que en lugar de cerrar la puerta, me quedé como una
tonta viéndolo girar en el primer rellano, justo en el momento en el que él
volvía su cabeza hacia arriba y me decía adiós, una vez más con la mano.
- Chica, pues sí que el hombre estaba colado -la interrumpió Eugenia,
diciendo seguidamente: Pero no pares, sigue, sigue.
-Pues sí, pero cállate, que al día siguiente, yo me pensaba que nos
veríamos en la Cafetería como le había prometido. ¡De eso nada! A las ocho
de la mañana estaba en la puerta del bloque esperándome. No te puedes
imaginar el susto que me llevé. Tan temprano, y justo en el momento que me
daba la vuelta tras cerrar la puerta del portal, oigo: “Buenos días, Celia”, y yo
cómo no estoy acostumbrada a que nadie me de los buenos días al salir tan
tempano, ¡Jesús!, dije al tiempo que esgrimía una sonrisa medio forzada, eso
sí, medio forzada. Total, que me saludó al tiempo que me preguntaba si no
me importaba me acompañara hasta la Facultad. ¿Y qué le iba a decir, si
tomábamos el mismo autobús? En fin, llegamos a la parada, subimos al
autobús, y ya en la Facultad, nos despedimos pues ambos,
circunstancialmente, teníamos clase a la misma hora, así que ya en el pasillo
nos despedimos hasta la hora del recreo, como yo le llamo a entre clase y
clase que en este tramo de la carrera suele ser más elástico.
Pasaban cinco minutos de las once de la mañana, cuando, ¿quién te
crees que me estaba esperando en la Cafetería? -Aquí Celia hizo una
especie de alto como para tomar aliento, lapsus que Eugenia aprovechó para
decir de broma: -Tu madre... -¡Tu padre en calzones! -dijo Celia riéndose. Lo
más gracioso del caso es que tenía cogida una mesa, cosa que a esa hora
es muy difícil ya que es hora temprana y hay cantidad de gente que no ha
desayunado aún como me pasaba a mí, ¡que tenía un hambre!; pero allí
estaba Alfredo, y, ¿qué crees que tenía sobre la mesa? ¡Agárrate que vienen
curvas! Su desayuno, y el mío...
- ¿Cómo que su desayuno y el tuyo? -dijo Eugenia, ahora con la boca
abierta.
- Su desayuno y el mío, vamos, que no le faltaba ni un detalle: mi vaso
de Cola-cao tapado para que no se enfriara, la tostada recién hecha, y con
sus dos tarrinas: la de mantequilla y la de paté a las finas hierbas que es
como me gusta.
- Así que todo ese tiempo había estado tan pendiente de ti, que se
había preocupado de saber hasta lo que te ponías en el pan. Pues sí que
estuvo rondándote cerca y tú sin enterarte. Empollona, ahora me explico
cómo sacaste los últimos exámenes con unas notas tan altas – dijo Eugenia
dando un largo suspiro, y continuó: Y ¿qué hiciste entonces?
- Pues nada. Me fui hacia él, lo saludé, me saludó y me ofreció la silla
para que me sentara, todo un caballero. ¡Qué distinto de la noche anterior!
Me senté, desayunamos juntos, y cuando terminamos me preguntó si sería
muy atrevido proponiéndome ir al cine esa tarde, ya que no ignoraba, por
haberlo visto en el panel de horarios, que esa media jornada no teníamos
clases ninguno de los dos. Como no encontraba la forma de zafarme y
además me agradaba la idea...
- A ti lo que te estaba agradando era tanto mimo y tanta dedicación.
Debe ser todo un personaje...
- La verdad es que sí. Un poco más alto que yo. Es muy moreno de piel
y de cabello, propio de la gente del Sur, con los ojos marrones oscuros y
unas pestañas que para mí las quisiera. No es muy atlético, pero sí muy
elástico y sobre todo muy elegante en sus ademanes y movimientos, cosa
que a mí me encanta en un hombre, y lo que considero más importante en
las personas: su limpieza y vestir conjuntado , y no me olvido, que sé que te
faltan los detalles que más esperas de una varón: Alfredo posee el perfil más
hermoso que he visto en mi vida, claro que no son muchos, pero, mira, entre
una nariz recta y una barbilla partida, unos labios que están diciendo
cómeme...
- ¡Pero chica! ¿Estoy oyendo lo que estoy oyendo? ¡pellízcame,
pellízcame, porque no sé quién me está hablando, tú no eres mi Celia, tu me
tenías engañada, so lagartona, tú sabes más de lo que te han enseñado!
¡Madre mía, eso no es un hombre, eso es una joya! - dijo Eugenia dándose
pellizquitos en los brazos al tiempo que atraía a Celia hacia ella y
depositando en sus mejillas sendos besos.
Justo en el momento en que Celia recibía de forma agradable los
besos que le daba Eugenia, ésta, por encima del hombro de Celia vio, aun a
pesar de la distancia, que el que venía hacia ellas por la misma acera: era
David.
CUARENTA Y DOS
Tras pasar la noche en el Hotel Alacant y resueltos los asuntos que
tenía ya acordado esa mañana, don Hipólito se dirigió a la estación con el fin
de tomar el tren de las tres y cuarto hacia Alcoy. Almorzó en el Restaurante
de la Estación, y estaba terminando cuando a través de la Megafonía oyó
cómo una locutora anunciaba que la salida del tren se realizaría en quince
minutos.
Una vez abonada la cuenta se dirigió hacia su vagón y se acomodó,
como tantas veces hiciera en sus viajes de negocios, en primera clase. Abrió
el periódico que acababa de comprar y se dedicó a hojearlo en el momento
en que se escucharon los primeros silbidos de la máquina locomotora y ésta
comenzaba a salir por la bocana de la estación adquiriendo cada vez más
velocidad.
Pasada la localidad de Castalla, a medio camino entre Alicante y Alcoy,
se puso a pensar acerca de los resultados de uno de los negocios realizados.
No pudo centrar en ello porque a la mente se le venía de continuo la
imagen de Marina. Estaba deseando de llegar con el fin de preguntar si
había recibido alguna llamada desde Madrid. Comprendía que aún era
demasiado pronto, pero tenía la seguridad de que la ayuda que le prestaría
David, a cambio de sus honorarios, naturalmente, sería inconmensurable.
“David, es muy bueno” -se dijo.
Una de las veces que miró por la ventanilla, se detuvo a contemplar
aquellas huertas por las que atravesaba el convoy, le resultaban tan
familiares que le estaban diciendo que ya se encontraba a poco más de
veinte minutos de su destino.
Cuando llegó el tren a la estación, se apeó y salió de ella; se encontró
en la puerta con Tomás que fumaba apoyado sobre el guardabarros de su
taxi.
- Buenas tardes, Tomás -le dijo de forma muy seca pero nada
circunspecta.
- Buenas, don Hipólito -correspondió el taxista echando mano del
mismo talante.
- ¿Puede llevarme a mi casa, o está ocupado? -dijo don Hipólito
mirando hacia un lado y a otro, asegurándose de que, al parecer, nadie más
salido de la estación habría contratado con Tomás viaje alguno.
- Claro, don Hipólito, ahora mismo estoy libre; acabo de traer de su
casa a don Servando, ya sabe, el de la Sastrería.
- Sí, ya sé quién es. Bien, pues cuando Vd. quiera. Estoy deseando
coger mi sillón. Estoy hecho polvo.
- ¿Y qué tal por Madrid, mucho jaleo, sigue donde siempre? A mí
Madrid no me gusta -dijo Tomás mirándolo por el retrovisor del interior.
- Vengo de Alicante -dijo don Hipólito con un tanto de disimulo. ¿Cómo
sabe Vd. que he estado en Madrid?
- Hombre, don Hipólito, que esa pregunta me la haga un palurdo de
fuera, vale, pero que me la haga Vd. conociendo como conoce este pueblo...
Aquí a nadie se le escapa las idas y venidas de su gente -esto lo dijo con
cierto retintín que hizo encolerizar calladamente a su pasajero.
- Pues sí que lo tenemos claro. ¿Así que las idas y venidas del
personal están registradas desde que sale hasta que entran? -dijo intentando
devolver el sarcasmo.
- Vd. debería saberlo mejor que nadie ya que es el más asiduo del
Casino, su Casino por cierto, en el que todo lo que ocurre en Alcoy se
desmenuza hasta que no queda una pizca sin saber a qué grupo pertenece
ésta.
Don Hipólito se mordió la lengua. En su interior daba por descontado
que en aquel momento cogería a Tomás por el pescuezo y se lo retorcería
aun a pesar de estar expuesto a estrellarse con el taxi.
- ¿Entonces, viene Vd. de Alicante? -insistió Tomás, y redundó:
Disculpe que le pregunte si ha ido Vd. a tratar sobre el caso del incendio de
la Fábrica, y si se sabe ya algo. La verdad es que aquí estamos todos
preocupados con ese asunto.
- No, Tomás, he ido a cosas de negocios. Ya me gustaría a mí que este
tema se hubiese llevado en Alicante, aunque sigo teniendo esperanzas de
que algún día se aclare y podamos saber quién o quiénes cometieron
semejante fechoría, y no es que yo dude de la severidad y el celo con que en
la Jefatura de Orihuela se está investigando el caso, aunque me gustaría que
a la Guardia Civil le permitieran una colaboración más estrecha con la Policía
Científica.
- Imagino que algunas pruebas deben tener ya, y en razón de ello,
algún sospechoso.
- Hasta la presente nada. Muy bien debió de estar organizada la trama,
pero en fin, seguiremos esperando -dijo sin mostrar gran convencimiento.
Tomás que ya era perro viejo en el pueblo, y no sólo por haber nacido
allí, sino porque su trabajo de taxista le permitía desde hacía muchos años
estar al corriente de todo y de todos, con una risita callada que don Hipólito
no pudo apreciar por estar mirando hacia unas viviendas nuevas que se
estaban construyendo, se dijo para sus adentros: “Y ojalá nunca den con él,
cabrón, hijo de puta, ya te gustaría a ti echarle mano si supieras quién es y a
la familia que pertenece, ya te gustaría”
- Bueno, pues que haya suerte. Ahí tiene Vd. su casa -le dijo Tomás
arrimando el taxi a la acera e indicándole la casa color garbanzo que don
Hipólito poseía en Alcoy y a donde vivía largas temporadas al igual que en
Orihuela.
- No había metido la llave en la cerradura cuando doña Clara junto a su
hermana Angélica, le abría la puerta, y echándose a su cuello le depositó un
par de besos en las mejillas al tiempo que le preguntaba que qué tal había
ido todo por Madrid.
Tras recibir sendos besos también de la cuñada, se limitó a decir: -
Ahora os cuento todos los por menores, momento este en el que en una
fracción de segundo pensó: “sí, te vas a enterar, te va a dar el sol a ti y a tu
hermana si pretendéis que os cuente lo que he ido a hacer a Madrid”.
- Clara, ahora mismo lo único que quiero es sentarme un rato en mi
sillón, prepararme una copa y descansar: además de Madrid he estado en
Alicante donde he pasado la noche ya que para esta mañana me había
citado con don Rogelio con el fin de arreglar de una vez por todas el tema del
almacén que en régimen de alquiler le teníamos cedido para sus lonas y
carpas.
- ¿Quieres que te la prepare yo, cuñado? -preguntó Angélica tan
amable como sonriente.
- No te preocupes -la cortó doña Clara, a él le gusta preparársela; tiene
un punto de hielo y agua que muchas veces me pregunto qué es lo que
estará tomando porque, tan aguada, con ello lo único que hace es debilitar
hasta el sabor de la bebida, pero en fin, es su gusto.
- ¡Exactamente! -dijo don Hipólito es mi gusto.
- Bueno -dijo doña Clara. Ahora que ya estás bien acomodado y tienes
tu copa, dinos cómo ha ido todo; por cierto, ¿tuviste tiempo para poder visitar
a alguno de los parientes?
- Sí. Estuve en casa de los tíos Jorge y Laura, quienes me preguntaron
por vosotras y me dieron recuerdos, recordándome os dijera que cuándo
ibais a ir para hacerles una visita, que se encontraban muy lejos y muy solos,
ya que desde que se les casó la hija y vive en Barcelona se sienten muy
abandonados; sobre todo la tía Laura que ya está muy mayor, y con una
casa tan grande... menos mal, me dijo, que tienen una sirvienta que va todas
las mañanas. Yo les he dejado bien claro que lo que tenían que hacer era
vender la casa y comprarse un pisito de los nuevos que están haciendo al
lado del retiro donde podrían pasear todos los días.
- Supongo que te quedarías a comer con ellos -dijo Angélica.
- No, porque terminé tarde y ya sabes que ellos comen muy temprano;
además, no creo que me apeteciera lo que ya tan mayores andarán
comiendo: sopitas y verduritas, vamos, que no me llamaba la atención, pero
principalmente, porque acabé tarde. Lo que sí hice fue acercarme en la
sobremesa y tomar una manzanilla con ellos ya que ahora ni siquiera toman
café -dijo muy tranquilamente mirándolas a las dos y observando que
ninguna de ellas le pareció que se estaban creyendo aquel rollo, a medias.
- Y lo de ese señor David, creo que se llamaba, ¿también lo has
resuelto? -le inquirió doña Clara con una mirada ciertamente extraña y que él
no supo encontrarle qué se escondía tras ella.
-Sí, ha quedado en hacerse cargo de la situación. Además me ha dicho
que en cuanto tenga algún día en que pueda disponer de tiempo y tenga el
asunto resuelto, aceptará mi invitación de comer con nosotros aquí. Espero
que así sea.
- Hombre, pues eso estaría bien. Me gustaría verlo ya que tú dices que
lo conozco pero que no debo acordarme de él.
- Seguro que te acuerdas en cuanto lo veas. Estuvimos comiendo una
vez con él en el restaurante aquel que está en la misma calle donde tu
hermano Fidel tiene la oficina de viajes. Aquél que tenía en las paredes unos
frescos que representaban imágenes del fondo del mar en Grecia, con unas
plantas y una especie de Partenón medio destruido y cuyas columnas
parecían que estaban sosteniendo la pared.
- Pues la verdad es que me acuerdo algo del restaurante, pero de él,
vamos, es que no veo ni su cara mentalmente. En fin, bueno, te dejamos
para que descanses tranquilamente y si te apetece ahí tienes el correo por si
quieres echarle un vistazo -dijo doña Clara la cual tomando a su hermana por
el brazo y cerrando la puerta salieron del salón.
- “Joder, que pesadas, coño” -se dijo entre dientes mientras se
levantaba y se echaba ahora una copa sin más aditamento que la buena
dosis de ese color a madera que tiene el buen Brandy.
Tomado un buen sorbo y encendido un cigarrillo, se entretuvo en
revisar el correo. Iba echando a un lado una carta tras otra hasta que se
detuvo en una que, al parecer, le causó extrañeza, ya que en el remite se
leía: Ramón Iglesias Casado (R.I.P.). Tomó el abrecartas y rasgando el
sobre, sacó un folio que contenía tan sólo la palabra Prepárate, y
nuevamente las siglas del remitente R.I.P.
- ¡Me cago en la leche! Vamos, esto es lo único que me faltaba para
completar el día. ¿De dónde demonios habrá salido esto...?
Después de pensar durante un rato, estaba de nuevo ante el mueble
donde guardaba las bebidas con idea de tomarse un buen trago ante la
lectura de aquel anónimo, cuando se abrió la puerta y apareció doña Clara
para avisarle que la cena ya estaba lista. Le cogió tan de repente que gritó si
no había forma de que le dejaran tranquilo...
- ¡Chico, tampoco es para ponerse así, tan sólo venía a decirte que la
mesa se está poniendo! -dijo doña Clara esbozando una sonrisa con la que
intentaba calmar a su marido al tiempo que para ella le sirviera de
oportunidad de hacer quedar claro que también tenía algo que decir.
- Vale, vale, disculpa, me has cogido en un mal momento. Estaba
recordando unas palabras de don Rogelio que no me habían gustado nada.
Ya voy para allá.
Transcurrida la cena, don Hipólito se disculpó con la familia
argumentando que volvería un rato al Despacho con el fin de acabar de
cerrar un tema que tenía pendiente, y que no se preocuparan por él ya que
no tardaría en subir por encontrarse bastante cansado. Como así fue; ultimó
el asunto y subió al dormitorio tras el ritual paso por el Cuarto de Baño.
Por la mañana, el sonido del teléfono lo despertó.
- Diga, ¿Quién es? -preguntó mientras miraba la esfera del reloj
despertador, un modelo de campanillas, que tenía sobre la mesita.
- Huy, huy, creo que te he cogido dormido. Buenos días, Hipólito, soy
David. ¿Estás en condiciones de hablar?
- Sí, me pongo una bata y me voy al despacho. Aguárdame unos
minutos.
- Ya estoy aquí, y dime ¿qué noticias me tienes?
- Bien, te informo: Marina aún sigue en Madrid, pero se ha unido
sentimentalmente a un tal Carlos Balbuena, un buen Abogado al parecer, ya
que es miembro de un bufete importante de aquí. La semana que viene tiene
junto con uno de lo socios que vive en Sevilla una reunión para estudiar un
complicado caso que se les ha presentado. Marina lo va a acompañar. Creo
que con estos datos ya puedes organizar ese encuentro que deseas forzar.
Cuando vuelvas de nuevo por aquí, y que por ahora no te lo recomiendo ya
que prácticamente acabas de estar y tu mujer puede sospechar, te haré un
detallado informe de todos sus movimientos. Este trabajo se lo debemos al
bueno de mi socio que es un especialista en descubrir una presa y seguirla
hasta tener todos los cabos sueltos en un buen ovillo.
- Gracias, David, ya nos veremos por allí. Y gracias por haberte tomado
un interés especial, pues ya sabes que para mí es muy importante.
- Bueno, bueno ¿para que están los amigos? Únicamente te pido que
me tengas al corriente de tus movimientos por si pudiera ayudarte en
cualquier momento. Y ahora te dejo que, aunque es temprano, hoy va a se
un día de mucho ajetreo.
Cuando ambos hombres colgaron sus respectivos teléfonos, en la
mente de don Hipólito ya se estaba fraguando lo que habría de poner en pie
esa misma mañana. Los primeros hilos a mover sería llamar a su “amigo” de
Cádiz...
CUARENTA Y TRES
Tras la comida los dos amigos le comentaron a Irene que iban a
aprovechar la tarde para preparar la defensa del caso que había traído a
Carlos a Sevilla, ya que si bien es verdad que, Félix era un magnífico
Abogado, no así las tenía todas consigo en un tema que él no dominaba. Y
en cambio Carlos era un especialista en asuntos empresariales en lo que al
defalco realizado por el Gerente de una determinada empresa se trataba.
No hubo problema por parte de Irene que insistió en que no se
preocuparan por ella. -En Sevilla -dijo haciendo un gracioso gesto con el
cuerpo, hay un montón de tiendas en las que a una le gustaría pasar toda la
vida de escaparate en escaparate, y eso sin contar el tiempo que podría
estar en el interior de las tiendas de esos escaparates.
Los tres se echaron a reír tras el jocoso comentario de Félix, el cual
dándose unas palmaditas sobre el pecho por debajo del hombro dijo:
“¡Cuidado, cuidado, Carlos, que no sabes dónde te metes, y eso que aún no
has pasado por la vicaría!”
- Por ese lado, por el momento estoy tranquilo. Ahora Irene tirará de su
chequera. No obstante, habrá que ir pensando en organizar una caja común
hasta entonces. ¡No es mala la idea que has tenido!
- Sí, Félix, no es mala la idea, pero no te preocupes que yo también sé
de que forma se pueden cortar unas alas sin necesidad de tener unas
buenas tijeras -dijo Irene sin dejar de reírse.
Dicho esto, Félix pagó la cuenta, y cuando salían del restaurante aún
seguían riéndose a raíz de que espontáneamente éste mismo contara un
chiste acerca del tema de los gatos en la pareja, y en el que según narraba,
un amigo le decía a otro: “Si te robaron la cartera ¿por qué no has puesto la
denuncia? A lo que el otro amigo le contestó: Porque me he dado cuenta por
los extractos del banco que el ladrón gasta menos que mi mujer”. Más risas
hicieron que Irene sacara un fino pañuelito con el que se tocó el bien
dibujado rimel marrón de aquellos hermosos y luminosos ojos por los cuales
afloraban algunas lágrimas producto de la felicidad que la embargaba en
aquellos momentos.
Caminaban los tres juntos hacia la Plaza de la Magdalena, cuando al
llegar a ella, Carlos tomando a Irene por el brazo, la besó en la mejilla y le
dio la dirección del Bufete de Félix, que ella, extrayendo de su bolso una
libretita, dejó apuntada.
- Bien, luego, ¿cómo quedamos? -preguntó Irene que no sabía andar
muy bien por Sevilla.
- Nosotros estaremos en el despacho hasta que tú llegues. Aquí en
Sevilla los comercios suelen cerrar tarde, ahí mismo tienes los grandes
almacenes de Galerías Preciados, y si te metes por esa calle peatonal que
es la calle Murillo sales a la famosa, por su Semana Santa, Plaza de La
Campana, y a su izquierda te encontrarás con más almacenes entre la calle
Alfonso XII y la Plaza del Duque de la Victoria; y si tuvieras necesidad de
alejarte por la Plaza Nueva, pasando por delante de la Catedral, hacia la
Puerta de Jerez, pues tomas un taxi y te vienes; ya te digo, estaremos
trabajando hasta que tú llegues, luego nos iremos al hotel, nos daremos una
buena ducha y atenderemos a éste buen hombre que se ha ofrecido a
llevarnos a cenar a un sitio especial y que, al parecer, según él nos va a
sorprender: a ver qué se le la ocurrido.
Dicho esto y tras la separación, ambos hombres tomaban el camino de
la calle Reyes Católicos, para cruzando el puente de Triana, adentrarse hacia
mediados de la calle San Jacinto donde Félix tenía el bufete.
Irene no tuvo que caminar tanto, ya que tan solo cruzó la Plaza y entró
en los almacenes. Tras realizar algunas compras, dejó pagada la cuenta y la
dirección del hotel para que aquellas voluminosas cajas se las fueran
servidas lo antes posible.
No bien hubo salido a la calle, fue discretamente abordada por dos
individuos, los cuales uno a cada lado la conminaron a que subiera al
vehículo Seat 1400 Versalles el cual se encontraba detenido a la misma
puerta de Galerías Preciados.
Irene no ofreció la más mínima resistencia ya que notaba cómo el
individuo que se encontraba a su derecha, y que la cogía amistosamente por
el brazo, con una mano oculta por una prenda de vestir y portando una
pistola se la estaba clavando continuamente en el costado.
Ya en el interior del vehículo la sentaron entre los dos hombres, los
cuales no se preocuparon en absoluto de ocultar sus rostros, eso sí tenían la
barba de varios días así como protuberantes mejillas, tal vez realizadas con
algún preparado a base de látex, y unas gafas de gruesos cristales,
elementos estos que les podrían hacer irreconocibles en cualquier momento.
Uno de ellos le cogió los brazos a Irene, se los puso detrás y le colocó
unas correillas a modo de esposas, mientras que el otro extraía de un bolsillo
de su chaqueta unas gafas de sol las cuales había sido pintadas de negro en
su interior con lo que desde fuera parecía unas gafas absolutamente
normales, mientras que Irene no podía ver absolutamente nada: ello hacía el
poder llamar la atención caso de haber recurrido a la capucha; no querían
que supiera hacia dónde se dirigía el automóvil.
Cuando el coche abandonó tan discreta como lentamente la Plaza de
la Magdalena, tomó la de O´donnell para por la Plaza de La Campana
perderse por Amor de Dios buscando la Macarena, por lo que ya en ella, y
tras varias vueltas alrededor de la capital por la Ronda, acabar entrando por
el puente de San Telmo, para detenerse ante una casa de una sola planta a
mediados de la calle Pagés del Corro. Imposible para Irene el haber podido
saber o apreciar hacía donde la habían conducido.
- Vamos, fuera -dijo el hombre de la derecha ahora tan sólo tomándola
de un brazo, por lo que sin presión alguna la ayudaron a introducirse en un
portal, y por una no muy ancha escalera subirla a la que sería única planta
superior en cuyo uno de los cuartos con la persiana echada hasta abajo en
el balcón, provisto de una cama, y una mesa con dos sillas la acomodaron
diciéndole que no tenía nada que temer y que estuviera tranquila.
- Y puedo saber qué buscáis -se dirigió Irene a aquellos hombres por
primera vez.
- Por ahora no tiene que saber nada -respondió el de la voz más grave
y al cual le olía bastante el aliento, detalle este que no le había pasado por
alto a Irene ya que cada vez que se le acercaba a la cara apreciaba el
inconfundible olor a alcohol barato.
- Bueno, pero es de suponer que algo perseguís con este secuestro,
porque esto es un secuestro en toda regla, y me parece que Vds. sabrán
quién les manda, pero ignoran quién soy, ¿no es cierto? -dijo utilizando un
tono nada amenazador pero que dejaba claro que no la amedrentaban.
- Déjese de palabrerías porque no nos va sacar nada; en cuanto a si
sabemos quién es Vd. o lo qué es, no nos importa. Aquí lo único que nos
interesa es que esto acabe bien y lo antes posible. En cuanto el patrón
solucione este asunto, nosotros recibiremos nuestro dinero y la orden de
soltarla aquí mismo. Ya Vd. se las apañará como sea -dijo el hombre de la
voz gruesa de malas maneras.
- ¿Y quién es ese patrón si puede saberse? -insistió Irene con la
intención de ver si caían en la trampa.
- Nos está Vd. resultando graciosilla y preguntona, y no pregunte más
ya le diremos lo que sea llegado el momento.
- Tú, quítale la correílla y ponle las esposas estas sujetas al barrote de
la cama, sólo una muñeca, que se pueda mover, y Vd. si quiere puede
quitarse esas gafas, a nosotros no nos preocupa que nos vea la cara.
Mañana no nos reconocería ni nuestra propia madre.
- Vigila bien el campo, yo voy a bajar a la Centralita del teléfono. Voy a
llamar al Jefe para decirle que la primera parte está cumplida y que
esperamos instrucciones cuando lo vuelva a llamar por la mañana. De
camino compraré algo de comer para todos, y a ver como pasamos la
noche...
CUARENTA Y CUATRO
En ese momento, y ante la impresión nerviosa que Celia notó en su
amiga, se volvió hacia donde miraba ella, y también se dio cuenta de que
hacia ellas caminaba un hombre alto con una gabardina de color azul.
Eugenia, desembarazándose de su amiga, dio unos pasos acortando la
distancia que le separaba ya del hombre. Ambos se dieron un leve abrazo a
la par que sendos besos en las mejillas. Ahora volviéndose hacia su amiga y
con David de la mano se lo presentó: Celia, este es David , mi novio, -el cual
dijo: -David Gómez para servirla, señorita... -Celia, Celia Guzmán, es un
placer, señor Gómez.
- Pero qué señor Gómez ni gaitas, éste, para ti, es David, hasta ahí
podía llegar la seriedad con mi mejor amiga, vamos lo que me faltaba. Los
tres se echaron a reír tras la salida de Eugenia.
- Y bien, ¿qué hacen dos bellezas esta soleada mañana y aquí solas? -
preguntó David sin perder la sonrisa.
- Aquí charlando, aprovechando que ambas tenemos el día libre -
respondió Eugenia. Y tú ¿dónde caminas por aquí, tan lejos?
- Vengo de hacer una gestión para un cliente al que le han estafado en
un negocio de vinos que tiene aquí cerca, y en el que ya llevo trabajando
varios días. Por cierto, no me habías dicho que hoy librabas, sino hubiera
aparcado algunas cosas y habríamos pasado el día juntos -Comentó David.
- Y yo no te dije nada porque no sabía si tu podrías tomarte hoy el día
libre, y porque le había prometido a Celia que si coincidíamos pasaríamos la
mañana juntas.
- ¿Celia es alguna nueva compañera de las que iban a venir a Madrid?
-requirió David, mirando a la muchacha la cual pareció ruborizarse.
- No, ella es Médico Psicólogo. Creí que te había hablado ya de ella lo
suficiente como para haberte quedado con el nombre, pero da igual; Celia y
yo nos conocemos desde hace ya bastantes años.
- Pudiera ser, disculpa si no me acuerdo, pero, ya estamos aquí y te
conozco personalmente. Así que Médico Psicólogo, o sea, que eres una
Psicóloga. De esas que le pone a uno la cabeza en su sitio o de las que,
como uno se descuide, se la quita -dijo a modo de chanza haciendo que los
tres se echaran a reír.
- Más bien de lo primero, al menos eso intento, no hay nada mejor que
una mente sana y equilibrada.
- Di que sí Celia, y no lo que les pasa algunos, que con tantas cosas y
tan complicadas en la cabeza a veces no sé si está conmigo o sabe Dios con
quién está, ya que ni los domingos para -dijo ahora Eugenia sin terminar de
reír.
- ¿Y eso por qué? - se interesó Celia.
- Porque aquí el señor, que era Policía de la que va de paisano, ya
sabes, dejó el cuerpo y se hizo Detective privado, eso sí, a decir de todas las
gentes que conozco y que también conocen a David, todos dicen que es muy
bueno y con muy buenos amigos en el Cuerpo desde jefes hasta policías sin
graduación, que una se entera de todo -dijo Eugenia mostrando cierto orgullo,
contestando por él.
- Claro, como para no enterarte estando metida en el saco -volvieron
las risas.
- Entonces, ¿conocerás a un tal Inspector Soriano? -preguntó Celia
buscando en la mirada de David un posible asentimiento.
- ¿Soriano? Así de momento no me suena.
- Aunque era natural de un pueblo de Madrid, estuvo trabajando en la
Jefatura Superior de Alicante, aunque no sé si seguirá allí. La verdad es que
no lo he vuelto a ver, pero era un tipo que me caía muy bien. -¿Tú, sí que te
acordarás de él, no, Eugenia? Porque si mal no recuerdo en aquel año fue
cuando llegaste allí destinada que era un sitio donde también se impartían
los estudios para conseguir hacerte Psicóloga Forense.
- Ya lo creo que me acuerdo. De él y del bueno del Sargento Vilches.
- ¿Se puede saber de qué habláis?
- Pues se puede decir que estamos hablando de aquellos nuestros
primeros pasos en la especialidad de la Psicología -dijo Celia-. Y continuó:
Yo trabajaba en Alicante, y cuando tomé la determinación de hacerme con el
Doctorado, pedí me trasladaran al que más tarde, ya reformado sería el
Hospital Comarcal de Alcoy.
David, como era consciente de que no debía revelar nada acerca de
los trabajos de investigación que los diferentes clientes le encargaban ya que
estos eran, evidentemente, confidenciales, ante las dos mujeres,
sobradamente serias, a su juicio, tan allegadas a él ya, al menos Eugenia,
miembro del Cuerpo al que él perteneciera no hacía mucho tiempo, y sobre
todo Policía Forense en la actualidad, no se abstuvo de hablar a grandes
rasgos del caso que se traía entre manos y el cual guardaba alguna relación
al menos con la referencia que acababa de hacer Celia sobre un Hospital,
precisamente, de Alcoy, por lo que antes de comentar nada acerca del
mismo, le preguntó a Celia:
- ¿Y qué recuerdos son esos a los que os estáis refiriendo, y teniendo
por medio a ése Inspector Soriano? -dijo con el ánimo de hacer hablar a las
dos mujeres.
- Pues, precisamente, -dijo Eugenia-, un caso en el que una chiquilla de
allí de Alcoy fue violada, no sin acontecerle un maltrato físico y psicológico
que la hizo ir a parar al Hospital donde trabajaba ya Celia como Médico
Psicólogo, aunque en aquellas fechas aún no había obtenido el Doctorado.
La muchacha, una jovencita de dieciséis años que sufrió tal trauma que
Celia la estuvo tratando algún tiempo después de que aquel energúmeno le
hubiera inferido heridas, algunas de ellas de una considerable gravedad.
Fue entonces cuando al ser descubierta en el monte por una patrulla a
caballo de la Guardia Civil, que el Médico de Guardia, el primero que la
atendió, puso el hecho a través del Cuartelillo en conocimiento de la Jefatura
Superior de Alicante, que el Comandante envió a dos inspectores. A Soriano
y al Sargento Vilches, los cuales le estuvieron dedicando durante semanas
momentos de interrogatorio, para mí inolvidables, ya que yo también estuve
presente en calidad de Psicóloga observadora, y de los que no se pudo
sacar nada en claro ya que la chiquilla aterrada se cerró en banda por temor
a las represalias que, en un papel que el Médico le extrajo de su mano
crispada, decía que si le contaba aquello a alguien le rajaría la cara.
- ¿Y que pasó al final, se consiguió averiguar algo? -preguntó David
con la intriga propia de la profesión.
- Pues que el caso se archivó, no obstante, Soriano me dijo que
aunque se archivara en cualquier momento podrían sacarse los informes de
la caja en cuanto se presentara algún indicio relacionado con el asunto -dijo
Eugenia mirando a Celia, la cual se veía un tanto angustiada al tiempo que,
conforme Eugenia hablaba, ella asentía una y otra vez con la cabeza.
- ¡Y tú, ¡porqué me da la impresión de que es como si tuvieras también
algún recuerdo acerca de ese pueblo! -comentó de nuevo Eugenia mirando
ahora a David, el cual parecía, en ese momento, encontrarse flotando en una
extraña nube, a juicio de la mirada escrutadora de su novia.
Celia que había estado pendiente de la conversación habida entre la
pareja, y que más bien parecía una comunicación entre agentes de la
autoridad, a la búsqueda disimuladamente de algo que les pudiera llevar a
solucionar un caso hipotético, quiso intervenir y le preguntó.
- ¿Has estado alguna vez por allí, David, me refiero por aquella zona
de Alcoy, Orihuela?
No, y es curioso porque en dos o tres ocasiones me han invitado a ir a
comer con una familia que reside allí, bueno entre los dos pueblos ya que en
los dos tienen casa, y sin embargo, aún no he realizado ese viaje, aunque es
muy posible que lo haga y no creo que tarde mucho ya que me han vuelto a
insistir. Ellos son los dueños de una Fábrica Textil que hay en Orihuela o lo
que queda de ella ya que no hace mucho sufrió un pavoroso incendio, al
parecer intencionado, aunque para este caso en concreto no se han
requerido mis servicios, aunque, no descarto que más adelante cuando
termine el trabajo que para su dueño tengo entre manos, es muy posible que
me pidan investigue por mi cuenta, aunque sé positivamente que la Policía
de allí también está haciendo su trabajo. De hecho parecía que tenían un
sospechoso pero resultó ser una falsa alarma a juicio de los interrogadores.
El muchacho tengo entendido que tenía una muy buena coartada.
- ¿Y eso que te traes entre manos ahora? - dijo Celia poniendo cara de
no haber roto un plato en su vida.
- No debería, pero supongo que en vuestra discreción puedo confiar.
¿Puedo? -dijo sonriente y mostrándole a ambas mujeres una hilera de
dientes blancos y bien cuidados.
- Claro que puedes confiar, so tonto, ¿con quiénes te crees que estás
hablando? Somos dos personas muy responsables, adultas y sobre todo
serias -dijo Eugenia mirando a Celia, la cual asintió, mostrándole a David un
cierto gesto de aceptación.
- ¿Supongo que habréis oído hablar de Marina la Sol?
- Claro que sí, yo al menos sí -dijo Celia. -¿Y tú, Eugenia? -No mucho,
pero sí he oído hablar de ella. Es una Actriz que ha vuelto a hacer películas
después de muchos años retirada del mundo del cine. ¿No es así?
- Sí - dijo David. Pues bien, esta dama del Celuloide mantuvo
relaciones extramatrimoniales con el dueño de esa empresa que mencioné
antes, vamos, que era su amante. Parece ser que se enamoró tan locamente
de él que llegó a abandonar hasta su carrera que en aquella época era
brillante. Desconozco los motivos por los cuales después de veinte años
aproximadamente, ella lo abandonó de la noche a la mañana, y nunca mejor
dicho, ya que una mañana desapareció de Alcoy sin que nadie, en apariencia,
sepa adonde se fue. Entonces, a través de la amistad que nos une, y de
haberle resuelto algunos asuntos anteriormente, me pidió que intentara
averiguar su paradero. Quiere saber donde está porque, al parecer, quiere
pedirle explicaciones del porqué lo abandonó después de tantos años. Y eso
es todo... Y ahora, ¿qué os parece si os invito a las dos a almorzar?
- Pues qué nos va a parecer, estupendo -dijo Eugenia mostrando su
contento y añadió: ¿en Rosendo?
- Oye, oye, que no soy más que un Detective privado...
CUARENTA Y CINCO
A la mañana siguiente, a las diez en punto tal como estaba acordado,
uno de los secuestradores de Irene y encargado de la tarea de la
comunicación, llamó a su jefe. Él había recibido de manos de un sujeto que
no se identificó nunca, un sobre en el que contenía una importante suma de
dinero así como dos números de teléfonos sin nombre ni dirección alguna. La
nota definía todo lo concerniente al trabajo, cómo habría de realizarse, así
cómo que en el caso de no estar en uno de los números se llamara al otro.
Cuando entró en la sala de la Centralita Telefónica y en la que habían
tres cabinas, pidió a la encargada del teléfono que le pusiera con el número
que tenía apuntado en un papel.
La mujer volvió, al igual que el día anterior, a fijarse en su rostro así
como en su aspecto. No le causaba buena impresión, pero a ella no debía
importarle, era una persona puesta allí por orden del Gobierno y mientras
que los usuarios pagaran religiosamente, no molestaran y sobre todo no
produjeran ningún destrozo en el inmueble, lo demás debería traerle sin
cuidado.
Tras recibir la petición, la mujer, una señora ya mayor aunque no
mucho, bastante agraciada y dispuesta, tomó el papelito y le indicó al
hombre que se sentara en el banco allí instalado para servicio de los
usuarios ya que por norma, a menos que el número fuera del interior de la
capital, sería una conferencia y estas, a veces, tardaban horas.
Pasada media hora, se acercó a la ventanilla y preguntó:
- Señora, ¿puede decirme si tiene mucha demora? -requirió solícito
empleando un modismo que a todas luces se veía que era forzado.
- Creo que aún tardará al menos unos treinta minutos. Ya le avisaré.
- De nuevo sentado en el banco, el hombre extrajo del bolsillo una
bolsa de tabaco picado y un librito de papel del cual sacó uno y tras depositar
en él una cantidad lo lió y se lo colocó en los labios, lo encendió y se
entretuvo en hacer volutas de humo tratando de pasar el tiempo lo más
distraído posible.
No había pasado el tiempo que le dijera la Telefonista, cuando oyó su
voz que decía: -Oiga, vaya a la cabina número dos.
Cuando entró en ella, descolgó el teléfono y se volvió a oír la voz de la
mujer que decía: -Ya puede hablar.
- Oiga.
- Sí, le oigo, y Vd. atienda a lo que le voy a decir, sólo se lo diré una
vez, no quiero alargar la conversación. ¿Me ha oído?
- Sí, sí señor, le escucho.
Tras unas breves indicaciones, el hombre que atendió la llamada colgó
satisfecho de que su esbirro había anotado mentalmente todo cuanto le
ordenara, y que lo llamara de nuevo a las seis de la tarde al mismo número.
Una vez fuera de la cabina se acercó a la ventanilla y preguntó cuánto
era. La mujer le dio una nota y él puso sobre el pequeño mostrador un billete
de cincuenta pesetas.
- Son diecisiete pesetas, ¿no tiene Vd. suelto?
- No, señora, no lo tengo.
- María, ven. Llamó la mujer girando su cabeza hacia el interior de la
casa ya que la Centralita ocupaba una habitación, la más cercana a la calle.
- Cuando apareció la chiquilla, una muchachita de largas trenzas, le dijo
la madre: -Toma este billete, ve, cámbialo en la caja y me traes dinero suelto.
Al poco rato volvió la chiquilla dejando en una cestilla sobre la mesa
tras el mostrador el cambio en monedas diversas.
- Aquí tiene su vuelta, caballero.
El hombre recogió el cambio, dio las gracias y salió al exterior en
dirección a un bar cercano en el que pidió una jarrita con varios cafés con
leche y azúcar, unas magdalenas, y con cuyas vituallas se dirigió de nuevo a
la casa. Abrió la puerta con la llave, subió la escalera y llamó a la única
puerta que había en el rellano dando unos golpes acordados, aunque ambos
sabían que no había necesidad de contraseñas.
Cuando el compinche abrió la puerta, le preguntó:
- ¿Alguna novedad?
- No, ninguna. La Señora sigue tranquila, parece como si esto no fuera
con ella. O está fingiendo toda esa tranquilidad o yo no la entiendo.
- Tú no la entiendes, ni falta que te hace, no te pagan para que
entiendas nada, solo para que hagas lo que yo te diga, y te pagan bien ¡eh!
- Sí, sí, no te enfades, ya sé lo que tengo que hacer, pero también
puedo hacer algún comentario, ¿no?
- Señora, aquí tiene su desayuno, porque imagino que tendrá hambre:
café y unas magdalenas. No sé si Vd. toma café o no, pero es lo que había -
dijo esto con el mayor esmero, colocándolo todo, incluidas unas servilletas
de papel sobre la mesita al lado de la cama. Luego, como es seguro que
querrá, puede pasar al cuarto de baño. No la molestaremos durante el
tiempo que precise. Estará libre, aunque si pasara por su cabeza el escapar
por la ventana, le recuerdo que estás casas son muy altas, así que le
recomiendo lo piense antes de saltar por ella.
- No se preocupen, no tengo intención de escapar y mucho menos
saltando por una ventana. Son Vds. los que deberían pensar en lo que están
haciendo. Les aseguro que por su forma tan chapucera de actuar, esto no
durará mucho. Por cierto, ¿Quién les manda a hacer esto?
- Ha cogido Vd. la perra con eso de saber quién nos manda. Ni siquiera
nosotros lo sabemos. Ni el hombre lo ha dicho, ni nosotros queremos saberlo,
así que ya no insista más, y es verdad eso que acaba de decir de que esto
durará poco, porque eso es lo que queremos que dure, poco, porque así
habremos ganado en poco tiempo y menos trabajo más dinero que en toda
nuestra vida, verdad...
- Shiiss. Nada de nombres. ¿No dices tú que hay que mantener la
incógnita, compañero? -dijo éste como queriendo tomarse la revancha por lo
de antes.
- Y tienes razón, no hay que dar ni una sola pista.
- Bueno, ¿ahora qué hacemos?
- Lo primero esperar a que la Señora termine de desayunar, entre al
Cuarto de Baño, y cuando termine, si no necesita nada, te voy a pedir que te
quedes con ella, bien pendiente. Yo voy a salir, compraré unos periódicos y
revistas para ella y a la vuelta veré qué puedo traer para almorzar.
- ¿Y no puedo salir yo esta vez?
- No, y no creas que lo hago por fastidiarte o porque sea a mí al que
pusieron al cargo del asunto, sino porque, como tú comprenderás, alguien
podría reconocerte y ponerte en un aprieto, ya sabes cómo es la gente de
aquí, en cambio a mí no me conoce nadie.
Aunque no de muy buen grado, el compinche aceptó -aunque entre
dientes mascullaba: “Tú lo que tienes es mucha cara, y eso también es muy
propio de la gente de aquí y de la de tu tierra, aunque lo disimuléis muy bien,
será posible”.
A su regreso, el hombre traía unos periódicos y las revistas que
comentara. Al entrar vio a Irene de nuevo con la esposa colocada en su
muñeca izquierda, y sentada en la cama con la mirada perdida.
- Señora, ¿le ocurre algo?
- ¿Vd. que cree, desalmado? -dijo mostrando su indignación.
- Yo no me creo nada, señora, y a estas alturas, menos. Si le he dicho
eso es porque la he visto un tanto preocupada.
- Verdaderamente, tiene gracia. ¿Y cómo se supone que yo debería
estar? Igual piensa Vd. que debería estar siguiéndole la corriente, o mejor,
bailando sevillanas con ése -dijo ahora señalando al otro hombre.
- Bueno. Mejor será dejarlo. Al fin y al cabo, tiene Vd. razón.
Desconozco los motivos por los cuales se encuentra en esta situación, pero
ahora mismo eso es lo que hay. He traído de una casa de comidas que hay
al final de la calle, y que me ha parecido bastante limpia, unas raciones de
carne en salsa, unos albures en adobo y unas naranjas. También he
comprado una botella de vino tinto. No será a lo que está Vd. acostumbrada,
imagino, pero tampoco quiero que pase hambre.
- Hombre, gracias, muy amable por, encima, de cuidar de mí. ¿Cuida
Vd. de mí o de su dinero? -dijo Irene a modo de chanza que molestó al
hombre.
- Bueno, basta de cháchara. ¿Qué le apetece? -dijo el hombre
ofreciéndole a Irene ambas fuentes.
- Visto esas fuentes, y el hambre que tengo, no le haré ascos ni a una
ni a otra, así que póngame un poco de los dos. Esto lo dijo arrimando la
mesita al borde de la cama, al tiempo que decía:
- ¿Le importaría soltarme el brazo? Créame no tengo ninguna intención
de escapar. Lo están haciendo tan mal que no creo que esto dure mucho
tiempo -dijo mirando con descaro y abrumadoras miradas tanto a uno como a
otro.
- ¿No se cansa Vd. de decir siempre lo mismo? -dijo el malhechor
mientras le apartaba en un plato un poco de ambas fuentes, y continuó:
disculpe, pero la naranja se la mondaré yo. No quiero que se vaya a cortar
con la navaja, ya sabe, nosotros, normalmente, la llevamos muy afilada.
- Muchas gracias. No, si al final tendré que estarle agradecida por tanta
deferencia.
Cuando todos terminaron de comer, los hombres fregaron los cubiertos
después de haber colocado las esposas en la muñeca de Irene, la cual se
echó sobre la cama. Ellos aprovecharon para sentarse al lado del balcón y,
dejando una de las hojas abiertas, se pusieron a fumar.
Acabados los cigarrillos, dijo el que hacía de ayudante:
- Oye, Casey...
- ¡Nada de nombres, estúpido! - dijo el tal Casey sin elevar la voz.
- No te preocupes, mírala, está completamente dormida, se ha
quedado frita, se nota que le ha caído bien la carne en salsa, pues se la ha
comido toda.
- De todas formas, toda precaución es poca -dijo requiriendo-: ¿qué
ibas a decirme antes?
- Solo que quería preguntarte, ¿cómo tú, un americano, está aquí en
Sevilla y metido en este fregao?
- No es la primera vez que me contratan para hacer un trabajito igual.
Ya en Cádiz hice otro bastante parecido.
- Pero, lo que me intriga es cómo llegaste aquí qué pasó en Cádiz, ¿te
cogieron o te echaron? -dijo riéndose.
- Ni lo uno ni lo otro. Allí fue donde le dieron referencias mías al jefe,
pero yo ya estaba en Sevilla. Tú eres de aquí, pero yo llegué en un barco
cargado de grano, desde la Argentina, ¿sabes? Todo aquel cargamento se
descargó en el Muelle de la Sal, ahí enfrente, pero, que te voy a contar a ti
acerca de ese Muelle... ¡Cuántos sacos habrás descargado en ese Muelle!
- Sí, ¿pero cómo llegaste a la Argentina, si todo el mundo quiere irse a
América buscando un mejor vivir, vaya, el paraíso?
- No te creas, aquello no es ningún paraíso, no tienes más que ver a
los que como yo que estuvimos en Vietnam. Cuando terminó todo aquello y
me licenciaron en los Marines, ya ves, lo único que el Gobierno Americano
me concedió fue esta pierna ortopédica, como tú ya sabes que tengo, y una
paga de mierda con la que no tienes nada cubierto.
- Allí las pasarías canutas...
- Allí las pasé aun peor de lo que te puedes imaginar. Mi Compañía fue
descubierta. Los mataron a todos en unos cañaverales y los que nos
rendimos fuimos enjaulados durante mucho tiempo. Algunos hicimos
repetidos intentos de fuga. Lo cierto es que ya estaban sobre aviso, y en uno
de esos intentos individuales, cuando ya creía que estaba al otro lado del río,
me destrozó la pierna una puta mina de la que no me di cuenta por culpa de
los nervios y los deseos de escapar.
CUARENTA Y SEIS
Intrigados ante la tardanza, Carlos y Félix no dejaban de preguntarse
que podría haberle pasado a Irene. Eran ya las diez y media pasadas, y ni se
había hecho presente para recogerlos, pasar por el hotel a darse una buena
ducha e ir los tres a cenar tal cual habían acordado, y sin embargo, ni tan
siquiera les había llamado por teléfono anunciado un retraso por tal o cual
motivo...
Los dos hombres se encontraban bastante apurados. -Irene es una
adulta que sabe muy bien lo que hace le comentaba Carlos a Félix, al tiempo
que se excusaba diciendo: ¡Pero qué majadería estoy diciendo, por Dios, que
estoy preocupado!
- Tranquilicémonos -decía ahora Félix-. Seguro que hay una explicación
para todo esto, y continuó exponiendo: ¡Imagínate que haya hecho una
compra de las que a las mujeres les gusta de forma extraordinaria con el fin
de darle una sorpresa a su hombre, y está en una nube de la habitación del
hotel, ante el espejo, probándose esas prendas -dijo Félix guiñándole un ojo
a su amigo y colega, e intentando hacerle pasar el rato lo mejor posible en
razón de lo que acontecía, por lo que dijo dirigiéndose al teléfono de su
mesa de trabajo pues aún estaban en el despacho, y alargándoselo a
Carlos...
- Carlos, ¿por qué no llamas al Hotel y preguntas si Irene ha llegado?
Creo que no sería mala idea, y así vamos descartando posibles interrogantes.
No cabía la menor duda de que ambos hombres normalmente
hablaban en términos propios de su profesión, por lo que acto seguido y
siguiendo su consejo, Carlos tomó el teléfono y marcó...
-Buenas noches, Hotel Colón, dígame -le respondió a la llamada una
Telefonista.
- Si, buenas noches, soy Carlos Balbuena. ¿Tiene la bondad de
ponerme con la habitación de la señorita Parra, por favor? Es el número
trescientos doce -dijo de una forma en la que Félix, en calidad de compañero
y único testigo, apreciaba un cierto nerviosismo no acostumbrado sabiendo
de su seguridad y estoicismo ante los tribunales a los que se enfrentaba
regularmente.
- Disculpe la espera, señor Balbuena, pero es que he realizado dos
llamadas pensando que la señorita Parra pudiera estar ocupada, empero
sigue sin responder -dijo la voz de forma correcta.
- Páseme con la Conserjería, por favor.
- Aquí la Conserjería. ¿En qué le puedo servir, señor?
- Soy Carlos Balbuena, de la habitación 311. ¿Quiere decirme si la
señorita Parra está en el Hotel? O mejor: ¿dígame si su llave está en el
casillero?
- Sí, señor Balbuena, aquí está. ¿Quiere que envíe a un botones a ver
si estuviera en el Bar?
- Sí, por favor -dijo Carlos no muy convencido. No obstante, en esa
fracción de segundo pasó por su cabeza: “Es muy posible que me
interpretara mal, y estuviera en el bar esperándonos, como le dije que antes
de cenar pasaríamos por el hotel a darnos una ducha, hummm...”
- Lo siento, señor, pero me comenta el botones que no se encuentra allí,
e incluso ha mirado en la tienda de modas que hay en el pasillo antes de
llegar al bar y tampoco está.
Carlos miraba a Félix y Félix miraba a Carlos, ya que podía imaginarse
toda la conversación por lo que le había estado oyendo a su amigo.
- Carlos, no quiero ser alarmista, pero no estaría demás llamar a los
hospitales a ver si hubieran tenido durante estas horas algún ingreso de
urgencia debido a un posible accidente -dijo Félix convencido de que por ahí
debían de comenzar la búsqueda antes de dar el paso de poner el asunto en
conocimiento de la Policía.
- Creo que sí, Félix. Creo que ese debe ser nuestro primer paso. Tú
que tienes más relación con esta ciudad, ¿cuántos hospitales hay?
- La verdad es que no sé el número de ellos, pero lo que sí sé es que
para la densidad que tiene Sevilla en estos momentos, está bien atendida.
Mira, empezaremos por la Residencia García Morato que hace poco que la
han inaugurado. Luego tenemos la Cruz Roja de Triana, la de Capuchinos,
hospitales más pequeños y clínicas a las que también podrían haberla
llevado, en fin que vamos a tener donde buscar...
- Residencia García Morato, buenas noches, Servicio de Urgencias,
dígame -contestó una telefonista muy amable al otro lado del hilo telefónico.
- Buenas noches, señorita, ¿puede darme información acerca de si
hubiera ingresado de urgencia en ese centro una señora llamada Irene Parra?
- Aguarde un segundo que miro el registro. No, no señor, nadie ha
ingresado hasta hora con ese nombre.
- De acuerdo, muchas gracias y buenas noches.
Eran las dos y media de la madrugada cuando ambos hombres
cansados por la incertidumbre y echados sobre el respaldo de sendos
sillones, continuaban preguntándose qué podría haberle sucedido a Irene.
Carlos recordaba una ocasión en la que ya había vivido con ella un
caso semejante. Irene no apareció hasta el día siguiente. Pensaba en ello
cuando lo descartó pues aquel incidente lo catalogó como una rabieta, una
chiquillada producto de un enfado que se podría considerar de infantil. El
caso es que quedaron por la noche para acudir a una cita, pero a la que
Irene no acudió. Aquella estúpida discusión de la tarde debió tener la culpa, y
todo porque ninguno de los dos quería ceder. Ambos se habían emperrado
en llevar la razón en los motivos que los empujaban a rebatir la opinión del
otro en cuanto llegar a un acuerdo en si cada uno debía o no dar su brazo a
torcer sobre un asunto que más tarde comprendería, echándose a reír, que
no revestía la mayor importancia dado que ninguno de los dos estaba en
condiciones de hacerle frente a semejante embrollo, un embrollo del que
sacaron en claro aquel dicho ya antiguo de que después de la tempestad
viene la calma, porque eso fue, al final, lo que verdaderamente sucedió: se
encontraron más unidos y ello gracias a ese acercamiento que les hizo ganar
más enteros del uno para el otro y una confianza que tomaría fuerza con el
transcurrir del tiempo. Fue Félix el que lo sacó de su abstracción cuando
echando mano de su intelecto jurídico dijo:
- Carlos, yo creo que sería prudente poner el caso en conocimiento de
la Policía, nada perdemos con ello. Ganaríamos mucho tratándose de una
persona que está en Sevilla de visita. Y si nos presentamos ambos en la
Comisaría a dar cuenta, viendo nuestra profesión creo que se tomaría el
asunto con mayor atención y celo.
- Sí, yo también creo que sería lo más acertado. No obstante, tú al igual
que yo, sabes que es muy posible que no acepten el poner todo ello en
trámite ya que según las normas policiales, están obligados a esperar
veinticuatro horas antes de hacer nada.
Una vez puestos de acuerdo en el siguiente paso a seguir, salieron a la
calle dirigiéndose hacia la Comisaría de Policía de Triana, ubicada en la
misma calle.
- Buenas noches, saludaron al unísono los dos al Policía que se
encontraba más cercano a la puerta de la calle.
- Buenas noches, correspondió el Agente, y el cual preguntó a
continuación qué se les ofrecía.
Informado el Policía grosso modo del asunto que hasta allí les había
llevado a ambos hombres, éste les hizo pasar a una antesala,
desapareciendo seguidamente por una de las tres puertas allí existentes, y
de la que salió transcurridos unos minutos para anunciarles que el señor
Comisario los recibiría en cuanto terminara de atender la visita que tenía en
su despacho.
Tras diez minutos de espera, salió un Agente y les invitó a entrar en el
despacho del Comisario. Cuando les franquearon la entrada, se encontraron
en una dependencia que, convertida en despacho, reunía todo cuánto un
Jefe de Policía podría envidiar en cualquier otro sitio de los muchos que
ambos conocían.
Aunque la austeridad era bandera en aquel lugar, no era menos cierto
que todo el mobiliario, de gran calidad, estaba distribuido con el mejor
aprovechamiento y gusto posible, sobre todo tratándose de un barrio; claro
que tratándose de Triana, tampoco se podía decir que fuera un barrio
cualquiera, ya que esta Comisaría atendía a un núcleo poblacional de no
menos de sesenta mil habitantes.
Una vez realizado el correspondiente protocolo de saludos, fueron
invitados a tomar asiento. Ya acomodados y a petición del señor Comisario,
entre Carlos y Félix lo pusieron al corriente de todo lo acontecido desde que
llegaron al Hotel.
Con cierto aire pensativo, el Comisario les adelantó que, como quiera
que el hecho se había producido en el centro, les correspondía haber puesto
la denuncia en la Jefatura Superior de Policía, pero que, no obstante, se
haría cargo del asunto en principio a menos que sus superiores ordenaran
algo en contra o pusieran algún impedimento. A continuación, fue llamado un
Policía Administrativo el cual portando una máquina de escribir, recogió todo
el atestado incluyendo los datos de ambos hombres, los cuales fueron
informados por el Comisario de que cualquier cosa que surgiera la pondría
en su conocimiento, y en el teléfono o dirección que Félix le había
proporcionado y en el que debían aguardar por si en cualquier momento
alguien se pusiera en contacto con ellos.
Este comentario hizo que Carlos se revolviera inquieto en su silla,
gesto que fue advertido por el Comisario, el cual adelantándose a lo que
posiblemente preveía iba a hacer Carlos, dijo: -No tiene porqué inquietarse
ya que nada es descartable, no obstante, un posible secuestro, tampoco, por
lo que no debemos de dejar de tenerlo en cuenta. Desconozco si su novia,
siendo como Vd. dice, y disculpe pero es que yo no soy muy amante del cine,
es una Actriz bastante conocida, y que ha venido a Sevilla aprovechando el
viaje con Vd. señor Balbuena, para ofrecerle a don Cesáreo, buen amigo mío,
por cierto, un nuevo guión cinematográfico, bien podría haber sido víctima de
una mala jugada por parte de alguien. Le repito, esto no debe de
intranquilizarlo, sin embargo, Vds. como abogados deben saber que hay que
tenerlo en cuenta. De todas maneras, como les he dicho antes, estaremos en
contacto. ¡Ah! una cosa más: cómo vamos a tener dos direcciones, la del
Bufete de don Félix y la del Hotel Colón, le agradecería que en el Hotel
dejara el número del señor de la Fuente por si le necesitásemos allí y se
encontrara ausente, ellos ya nos derivarían al otro número.
- Conforme, Señor Comisario, y muchas gracias por todo, sabemos que
no es normal el que nos haya atendido ates de las veinticuatro horas que
dice el reglamento, cosa por la que le estaré eternamente agradecido. Irene -
dijo con familiaridad, es la persona más importante de mi vida y mi futura
esposa, por lo que le reitero mi agradecimiento. Buenas noches y que tengan
una buena guardia.
- Buenas noches, señores -se despidió el Comisario levantándose por
un momento e indicándole al Policía que los acompañara hasta la puerta.
CUARENTA Y SIETE
La noche había sido larga para los empleados de la sala Pasarela.
Demasiado larga aunque según los propietarios, fructífera, ya que desde
hacía tiempo un grueso grupo de amigos la tenían contratada para una
despedida de soltero con espectáculo de variedades y estriptis femenina
incluida. Pero no había parado ahí el negocio porque unas copas más de la
cuenta hicieron que muchos, al final, terminaran invitando a algunas de las
bailarinas, consumiciones éstas que no estaban contratadas por lo que todos
o casi todos hubieron de rascarse el bolsillo antes de marcharse, mas como
las bebidas aún se encontraban a medias a la hora designada para el cierre,
recurriendo a una suculenta propina, y de acuerdo todos, la fiesta se
prolongó hasta altas horas de la madrugada.
En el piso que Felipe tenía a medias con un compañero y que era
natural de Albacete, se hallaban los dos pasadas las doce del mediodía
tomando unos huevos revueltos, cuando sonó el teléfono...
- ¿Felipe?
- Un momento, por favor.
-Sí, ¿Quién es?
- Hola Felipe, soy yo, Berta ¿Te cojo en buen momento? -dijo con cierto
titubeo al saber que él no estaba solo.
- Hola Berta, sí, no hay ningún problema, lo único es que ayer se alargó
demasiado la jornada, y aunque ya estoy bastante recuperado porque me
acabo de levantar, aún me siento cansado y medio dormido, pero bien, chica,
qué paliza nos dan cuando hay despedida de solteros o solteras que para el
caso son iguales, aunque yo casi te podría asegurar que con esto del striptis,
las mujeres sois peores, y, según el dueño hasta para el negocio, ya que las
consumisiones bajan considerablemente, ellas son más precavidas. Pero
dime...
- Lo tengo decidido, y todo planeado al milímetro, creo -dijo poniendo
cierto énfasis en el comentario.
- Celebro que te hayas decidido. Bien, ¿cuándo nos vemos y dónde,
porque estoy deseando escucharte y que tú escuches lo que yo también
tengo pensado?
- ¿Conoces la calle de Almagro, al lado, bueno muy cerquita del
Hospital Universitario?
- Me suena, pero no la conozco. No te preocupes, yo la encontraré.
¿Por qué me lo preguntas, hay allí algo que nos pudiera interesar? -dijo
utilizando un dejillo medianamente castizo y semejante a los de la capital...
- Sí, escucha: En la esquina hay una Freiduría que es la accesoria de
un bar, no recuerdo ahora mismo el nombre, pero no te preocupes, es el
único que hay en la calle. Bien, pues en el bar de esa Freiduría, la mayoría
de la gente que trabaja por allí va a comprar su cartucho de pescado frito,
compra también una pieza de pan, pasan por la puerta del fondo al bar,
buscan una mesa, piden una bebida y almuerzo resuelto. Y eso será lo que
hagamos nosotros, nos haremos pasar por personal que trabaja en
cualquiera de las oficinas cercanas, e inadvertidos en una mesa discreta
podremos hablar de nuestras cosas sin que nadie nos moleste o repare en
nosotros. ¿Qué te parece?
- Muy bien. ¿Cuándo nos vemos? -dijo Felipe aparentando no estar
nervioso al escuchar a Berta tan decidida y sin trastabillarse.
- Te volveré a llamar en cuanto disponga de una mañana libre. Contigo
no tengo problemas ya que por la mañana no trabajas.
- Conforme.
- De acuerdo, quedamos en eso. Hasta entonces, y cuídate.
- Lástima que si me pongo malito no puedo ir a que tu me cures -dijo
Felipe sin poder evitar hacer un chiste.
- Hombre, ahora no conviene que nos pongamos malitos ninguno de
los dos, por cierto, no sé si te habrás enterado de que entraron a robar en la
casa de María Engracia, la cuñada de tu padre...
- No sabía nada. Y mi padre no me ha llamado, y él seguro que estará
al corriente -dijo con la voz una tanto circunspecta.
- No habrá querido intranquilizarte.
- Pues allí poco habría de llevarse los ladrones.
- El caso es según me contó mi madre, que no se llevaron nada, ahora
sí, todos los cajones estaban derramados por el suelo cuando llegó Dionisia,
su hermana, y se la encontró tendida en el suelo, sin moverse por el ataque
de ansiedad que tenía tras despertarse del golpe que le había dado.
- ¿Y quién fue? ¿Quién fue el ladrón?
- La Guardia Civil que estuvo allí, al parecer una pareja de esos
especialistas, no consiguió encontrar nada. Ellos decían que, a su juicio, y
por la experiencia que tenían en estos casos, que aunque era un casa
humilde en la que poco podrían llevarse, para ellos que lo único que
buscaban era papeles, aunque no podrían decir de que clase de documentos.
Yo he llegado a suponer que esto ha debido de ser obra del Hipólito y que lo
único que quería era averiguar si María Engracia, en alguno de sus cajones,
guardaba la dirección de la Señorita Marina para la que ella trabajaba. Ya
sabes tú la perra que cogió y no acaba de soltar desde que ésta lo abandonó.
- Ya lo creo que me acuerdo de todo aquello, y, sabes, creo que no
andas muy descaminada con ese pensamiento -dijo Felipe al que se le
notaba la voz un poco apagada, y continuó: aunque lo siento también por mi
padre ya que él quería mucho a esa familia, y no sólo porque era la mujer de
su hermano sino por lo que padecieron en vida y después de muerto por
culpa del cabrón ése. Ahora, que se vaya preparando porque llegará un
momento en el que las va a pagar todas juntas como que de una manera o
de otra, no te quepa la menor duda de que existe la Justicia, de un tipo o de
otro por eso te juro que no se va a librar...
- ¡Qué ganas tengo de que llegue ese momento! ¡Cómo voy a disfrutar,
vamos, que ya estoy viendo el momento...! en fin, pero, prudencia, no
precipitemos los acontecimientos, pero tengo unas ganas que no me dejan
vivir, y hasta que esto no termine no voy a descansar -dijo ahora Berta, y de
la que a Felipe le pareció que hasta por el auricular salían todos aquellos
sapos y culebras que aunque con el pensamiento, estaba largando de forma
incontrolada y con tanta vehemencia, que tuvo que decirle:
- Tranquila, Berta, a ver si va a resultar que la que se va a poner mala
eres tú, y entonces no sé que voy ha hacer sin ti.
- Tienes razón, pero, es que me comen los nervios sabiendo que voy a
hacer algo muy bueno.
- Mi madre estuvo en Alcoy cuando se enteró. Aprovechó para ver a
sus padres al tiempo que las dos fueron a visitar a María Engracia la cual les
puso al corriente de todo lo acontecido y sabes qué, que tanto Rosa como
Poncio, su hermano, aseguraban que no se podían quitar de la cabeza el
que aquel ladrón o ladrones, porque tampoco se sabía si se trataba de uno o
más sujetos, habrían sido enviados por don Hipólito. Y no dejo de pensar en
esta hipótesis ya que lo podría haber montado aprovechando que él ese día
se había desplazado a Alicante, detalle éste que bien estudiado, hasta cierto
punto a la Guardia Civil le quedaba claro que quedaba libre de sospechas,
así que la investigación se quedó en un puro trámite por lo que la única
recomendación que le quedaba a María Engracia era ir al Cuartelillo y poner
la correspondiente denuncia por si más adelante surgía algo que pudiera
estar relacionado con el robo...¿tú te crees?
- Ya lo creo, que me lo creo, pues no he de creérmelo, y es más, estoy
casi seguro de que ellos saben de quién o quiénes pudiera tratarse, vamos
Berta, que aquello es un pueblo y todo el mundo sabe cómo es cada uno,
sus tendencias, sus gracias y hasta la mala uva -dijo Felipe en el que se
notaba el enfado.
- Y estoy de acuerdo contigo, y con los pensamientos de los hijos de
María Engracia -dijo Berta-: es más, si no fuera porque se asegura que don
Hipólito estaba fuera ese día, quién no te dice a ti que éste montó el numerito
de marcharse, se volvió, hizo la faena y se marchó de nuevo para hacerse
visible y tener su coartada, que ya lo conocemos, y que favor que pida a ya
sabes tú quién, testigos no le van a faltar, además, si hubiera mandado a
alguien, esa gente se hubiera dedicado a buscar lo que le habrían encargado
que buscara, pero de eso a atacar a una mujer contra la que, supuestamente,
no tenían nada... Casi me atrevería a decir que esto es obra de ese cabrón,
mal nacido. Al final la ceguera estúpida le impedía reflexionar sobre quién en
realidad podría tener la dirección de la señorita Marina. Si tan siquiera cayó
en la cuenta de que en los últimos años quien estuvo atendiéndola fue Rosa
la hija de María Engracia. A su casa podrían haber ido y encontrarse con el
marido y sus noventa kilos de puro músculo.
Total, que al final no quedó en nada, eso sí una denuncia que ya me
dirás para qué servía; aún recuerdo el día que mi abuelo le hizo a Bernardo,
el del algodón, el favor de llevarle a su casa una libra de picadura porque el
hombre se había caído del tractor y se había roto una pierna pasando un
montón de días encamado, y cuando llegó a su casa, el perro que no se
habían dado cuenta de que estaba suelto le mordió. ¿Y sabes que pasó con
la denuncia? pues nada. El caso es que a mi padre le tuvieron que echar
varios puntos en la pierna y nada más, ni siquiera le compraron unos
pantalones, que digo, ni siquiera le recogieron el perro para ver si tenía algún
problema, y sabes por qué de este comportamiento por parte de la Guardia,
porque Bernardo era amigo de Hipólito, un buen proveedor y estrecho
colaborador del régimen, y como don Hipólito era para ellos todo un
personaje, pues así acaban todas las cosas relacionada con este elemento.
En fin. Bueno, te dejo que se me ha agotado la media hora de
descanso que tenía, y esta mañana tengo dos operaciones -dijo Berta a
modo de despedida.
- Conforme, quedo pendiente de tu llamada. Hasta pronto Berta, y tras
colgar el auricular aún se quedó un rato en la misma postura pensando sobre
todo lo que habían hablado... ¡Qué cabronazo!
CUARENTA Y OCHO
Al llegar a la puerta y ya con la llave en la cerradura, no se percató de
los dos individuos que le habían estado siguiendo y que ahora los tenía a su
lado.
Uno de ellos se abrió la solapa de la chaqueta y le mostró una insignia,
al tiempo que le solicitaba le mostrara su documentación.
- No la llevo encima -se disculpó Casey, demostrando una serenidad de
sobra estudiada.
- ¿Y dónde la tiene? - preguntó ahora el otro Policía, pues ambos eran
miembros de la BRIC (Brigada de Investigación Criminal).
- Tal vez la tenga arriba en su casa y ha debido olvidarla al salir -
insinuó el primero. Sin embargo en la Centralita de teléfonos ha sacado Vd.
su cartera para abonar la llamada realizada... ¿Cómo es que en ella no lleva
la documentación? -intervino de nuevo el otro Policía, y ahora si le
apreciaron al sujeto cierto nerviosismo.
- Comprenderán que no la lleve, ya que yo soy americano y lo que
tengo es pasaporte y éste no cabe en la cartera -dijo confundiendo un poco a
los agentes, ya que el argumento podía ser válido. No obstante, el otro
Policía insistió:
- ¿Vive Vd. aquí, esta es su casa?
- No, esta es la casa de un amigo, también americano. Él está
embarcado y me la tiene cedida hasta que vuelva -dijo pensando que con
este argumento ya le dejarían tranquilo, pero, se equivocó, ya que el primer
Policía volvió de nuevo a solicitarle. Bueno, no hay ningún problema.
Subimos y arriba nos muestra ese pasaporte, ¿le parece?
- No, no Señor. Conozco muy bien mis derechos y Vds. no tienen
ninguno a obligarme, y mucho menos a entrar en mi casa si yo no lo
consiento -ahora, Casey, aunque sereno mostraba cierto titubeo que se leía
en el temblor de sus labios.
- Muy bien. Vd. conoce sus derechos. Como nosotros también
conocemos los nuestros, le rogamos que nos acompañe a la Comisaría. Allí
es probable que cambie de opinión. Ya sabe que un Juez puede cancelar
esos derechos, y lo único, si no tiene nada que ocultar, que va a conseguir
son molestias. A nosotros nos da igual. Lo mismo nos da realizar un trabajo
que otro, así que andando.
Un absurdo intento de escapar, hizo que el Policía que estaba más
cerca lo agarrara por el brazo mientras que el otro sacaba unas esposas, y
llevándole las manos hacia atrás se las colocó al tiempo que repitió:
¡Andando!
Una vez en la Comisaría fue introducido en la sala de interrogatorios en
la que el Comisario ya los esperaba. Éste, que ya había sido informado de
los prolegómenos de la detención, ofreciéndole una silla de respaldo bajo,
procedió a preguntarle quién era y qué hacía en Sevilla, a lo que Casey se
negó a contestar.
-Bien, bien, esto no le favorece en nada y Vd. lo sabe, sabe
perfectamente que con la Policía no se juega. Haga el favor de vaciarse los
bolsillos y deje todo lo que lleve encima de la mesa.
- Así que tenemos aquí una cartera bien abastecida, unas pocas de
monedas, tabaco, unas llaves, un sobre -comentó el Comisario tomando la
cartera, y abriéndola extrajo de ella unos pocos billetes de banco de
cincuenta y cien pesetas. ¿Le importaría decirme cómo una persona como
Vd. puede llevar encima tanto dinero?
- Son mis ahorros de muchos años, siempre estuve embarcado.
- A pesar de ello considero que es mucho dinero. Y ese sobre, ¿qué
contiene? -quiso saber el Comisario tomando el sobre y agitándolo un poco.
- No lo sé, lo encontré viniendo de la Centralita.
- Entonces no le importará que lo abra, ¿verdad? -dijo el Comisario con
cierto sarcasmo.
- En absoluto. Ya le he dicho que no es mío, lo encontré.
Cuando el Comisario abrió el sobre y dejó caer el contenido sobre la
mesa aparecieron varios billetes de cien pesetas que uno de los policías
contó y que fueron treinta.
- Vaya, vaya – dijo el Comisario con sorna. Los hay con suerte. Mi
sueldo no llega a esta cantidad y Vd. se encuentra todo este dinero así como
así.
- Así es, sí señor.
- Creo que voy a echar mano de Ramírez, y ya veremos si nos dice
algo que pueda ser creíble. De lo contrario, me parece que va Vd. a pasar
mucho tiempo aquí con nosotros. No sé si conocerá Ranilla, pero le aseguro
que allí se va a arrepentir de este comportamiento que a nada favorable le
está conduciendo.
Dicho esto salió el Comisario junto con los agentes que lo habían
traído, y dejando a Casey con las manos atrás esposadas y sujetas al bajo
respaldo de la silla la cual se encontraba anclada al suelo.
- Julio, llama al Juez y mira si puede recibirte. Si así fuera dile que vas
a ir a verle para que te extienda, en razón de lo que le cuentes, una orden de
registro para la dirección en cuestión – dijo el Comisario alargándole al
Policía de paisano una nota de su puño y letra. Que te acompañe Francisco,
ya que juntos habéis levantado esta Liebre que me da la impresión de que
más que liebre va a resultar ser Jabalí, y uno con buenos colmillos. Cualquier
cosa me llamáis desde el coche.
Una vez que se hubieron marchado los dos miembros de la secreta, el
Comisario, sentado ante su mesa, meditaba mientras jugaba con los billetes
salidos del sobre.
- ¿Qué se traerá entre manos este sujeto para tener encima tanto
dinero y además otro paquete con una cantidad redonda? Esta es la que me
tiene más escamado -le dijo al Policía que hacía las veces de administrativo
para la redacción de las denuncias y atestados.
Pasadas las diez de la noche, se presentaron los dos secretas con un
sobre conteniendo la orden de registro.
Con el documento en la mano, el Comisario se dirigió a la sala de
interrogatorios en la que a Casey le estaban refrescando la memoria.
Cuando entró se encontró a un hombre que aún entero se veía a las claras
que no lo habían tratado muy bien. Con ello quedaba demostrado cómo con
habilidad se puede hacer mucho daño sin que se note lo más mínimo. Así
que se acercó a Casey, y mostrándole la orden de registro, le preguntó una
vez más: -Vamos a ir a registrar la casa de tu amigo, claro que si nos dices lo
que queremos saber...
- Es que no sé que les puedo decir. No sé lo que quieren de mí, ni lo
que buscan -dijo sin darse cuenta de que había dicho algo que al Comisario
le hizo pensar.
- ¿Y que le hace a Vd. suponer que buscamos algo al haberle detenido
a Vd.?
- No lo sé, eso Vds. lo sabrán.
- Muy bien, pues pronto lo vamos a saber -dijo el Comisario,
ordenándole a Ramírez que metiera en una celda al detenido.
- El Comisario, los miembros de la Secreta así como dos policía
armadas más en sus respectivos vehículos policiales, abandonaban la
Comisaría dirigiéndose hacía la casa en cuya puerta fue detenido Casey. Al
llegar se apearon todos de los dos vehículos, siendo el Comisario el que
portando las llaves de Casey y cumpliendo con la Ley, el que llamó con
sendos golpes sobre la puerta ya que el portal carecía de timbre.
Los golpazos dados sobre la madera sobresaltaron al secuestrador que
estaba con Irene, ya que no era costumbre recibir aquellos porrazos, además
de que ya estaba bastante preocupado por tratarse de la hora que era sin
que su compañero hubiera regresado. Hizo un amago de asomarse entre la
persiana, pero fue visto por uno de los policías armados, el cual gritó:
“¡Sabemos que hay alguien ahí, así que abra la puerta y salga con las manos
en alto!”
Posiblemente en un vano e infantil intento de amedrentar a los de abajo,
el secuestrador hizo un disparo sin ánimo de alcanzar al Policía, sin embargo,
éste sacó su arma reglamentaria disparando al bulto observado tras la
persiana. Se oyó un ruido sordo y un alarido que el Comisario distinguió
como un aterrador grito de mujer, lo cual hizo que se abalanzaran sobre la
puerta, abriendo con la llave y con la precaución debida, subir al primer piso
cuya puerta en esta ocasión se encontraba encajada por la confianza de que
allí no vendría nadie a importunar.
Cuando entraron, vieron al secuestrador mortalmente herido. El disparo
le había alcanzado en el pecho. Mientras unos intentaban socorrerlo al
tiempo que por el balcón avisaban al que se había quedado en la puerta y le
decían que pidiera refuerzos y una ambulancia, el comisario se acercó a
Irene preguntándole su nombre. Cuando ella le dijo que se llamaba Irene
Parra, el comisario sólo pudo articular: ¡Bendito sea Dios!
- ¿Cómo se encuentra, señora? -se interesó el Comisario echando
mano de la llave de las esposas que se encontraba sobre la repisa y
abriéndolas. El cuarto fue registrado a fondo sin encontrar nada excepto otro
paquete parecido al que según Casey se había encontrado, y las dos pistolas,
una la del herido cuya arma estaba a sus pies y otra que, sobre la repisa,
supusieron se trataba de la de Casey.
- Bien, muy bien, pero ¿Quién es Vd., y estos señores?
-Soy el Comisario Enrique Pulido y ellos son miembros de la Policía
Secreta de Sevilla y adscritos a la Comisaría de Triana -le dijo el Comisario
respondiendo a la pregunta.
- Y, señor Comisario, ¿puede decirme dónde estoy, pues me trajeron
con unas gafas de sol pintadas de negro a través de las que no podía ver
absolutamente nada, y al parecer me dieron tantas vueltas que no sabía si
me llevaron fuera de la ciudad -dijo Irene con bastante nerviosismo.
- Está en Triana, un barrio de Sevilla, al otro lado del río, y está en
buenas manos. Si necesita atención médica, que veo que no, le pido una
ambulancia al objeto de que le hagan un reconocimiento.
- No, no es necesario. Lo que sí me gustaría es poder marchar a mi
Hotel y reunirme con mi novio, el señor don Carlos Balbuena -dijo ahora
mostrándose más serena.
- Ahora la dejaremos en el Hotel. Por el camino llamaremos a los
señores Balbuena y de la Fuente, que es muy posible que se encuentren en
él. Esta noticia la están esperando como agua de Mayo según don Carlos, su
futuro esposo ya que me hizo partícipe de que pronto se casarían.
- Así es, y no se puede imaginar cómo deseo verlo y llevarle
tranquilidad, también a Félix, imagino que estarán destrozados por culpa de
estos malnacidos -dijo mirando hacia el cadáver que se veía ahora tapado
con una de las mantas que usaron para dormir sobre los sillones.
- Bueno, éste está muerto pero el otro lo tenemos encerrado en una
celda hasta que el Juez dictamine qué hacer con él. Pero, ahora no se
preocupe, ya cuando se restablezca pasaremos un buen rato en la
Comisaría donde hablaremos de todo ello, aclararemos algunos puntos y si
puedo responderé a cuántas preguntas me quieran hacer.
Tras dar las órdenes oportunas para el traslado del cadáver al Instituto
Anatómico Forense, y precintada la puerta del piso así como la de la calle, el
Comisario acompañó a Irene hasta el Hotel, dejándola a la puerta de la
habitación donde la esperaban impacientes Carlos y Felix tras recibir la
llamada del Comisario. La intención de Carlos era recibirla en el Hall de
entrada, pero la Dirección del Hotel no lo permitió argumentando algún
posible revuelo. Cuando Carlos y Félix desearon saber acerca del
descubrimiento de la trama, el Comisario les dijo lo que anteriormente a Irene:
“Cuando ella se restablezca ya pasarán Vds. por la Comisaría donde nos
pondremos al corriente de todo ello. Seguidamente les dio las buenas
noches acompañando sus palabras con un: “Celebro que todo haya salido
bien.”
- Hasta pronto, Señor Comisario, y muchísimas gracias.
Al día siguiente, alrededor de la una del mediodía, Carlos llamó al
Comisario Pulido: su intención era invitarlo a almorzar en el Hotel. Se excusó
éste aludiendo que tenía un asunto pendiente que no podía esperar, por lo
que le sugirió que si no había inconveniente se pasaría por el Hotel sobre las
cinco de la tarde y así poder tomar café con ellos. -Ningún problema don
Enrique, nos sentiremos muy honrados. -Hasta la tarde pues -se despidió el
Comisario.
Irene, Carlos y Félix, ya estaban los tres en la Cafetería del Hotel
cuando llegó el Comisario y después de saludarlos a todos, y preguntarle en
particular a Irene qué tal se encontraba, tomó asiento.
- La verdad es que estoy tan bien como agradecida por la labor que Vd.
y sus hombres han desarrollado en mi favor y, sobre todo, en tan poco
tiempo. Le consta que le estaré agradecida eternamente -dijo sin disimular
que un sentimiento especial manaba de su mirada envuelta en su sonrisa
más natural.
- Pues no sabe cuánto lo celebro, teniendo en cuenta lo que imagino
habrá pasado -le dijo devolviéndole la sonrisa.
Una vez pedido el correspondiente servicio, Carlos que ya no podía
esperar más, pues se encontraba sobre ascuas, le preguntó al Comisario: -
¿Y cómo fue el haber dado tan pronto con esas ratas?
- Si le digo la verdad, una casualidad, y cómo no, la colaboración
ciudadana que es fundamental. Verán, la Telefonista fue la que nos dio el
aviso por teléfono. Nos contó que a su Centralita acudía todos los días,
mañana y tarde, a la misma hora, un sujeto que no le causaba buena
impresión, pero sobre todo porque le pagaba siempre con billetes grandes,
cosa inusual, por lo que se dedicó a prestarle más atención que a cualquiera
de los muchos usuarios que acuden allí.
En una de estas peticiones de conferencia, y contraviniendo la ética de
la comunicación entre clientes, estuvo escuchando el inicio de una
conversación. Le llamó la atención el desarrollo de la misma por lo que dejó
de escuchar, salió del Locutorio y se acercó con un paño y un producto de
limpieza disimulando limpiar el cristal de una de la cabinas, momento éste en
que, efectivamente, el hombre metía la mano por debajo del pequeño
mostrador de la Cabina y desprendía un sobre; esto y lo escuchado acerca
de que a la mujer le quedaba poco tiempo de estar allí, y que no dejara de
tratarla bien, fue lo que la impulso a ponernos sobre aviso. Acto seguido y
para cerciorarme, envié a dos miembros adscritos a mi Comisaría y
pertenecientes al Cuerpo de la BRIC, la Policía Secreta; éstos lo siguieron y
el resto ya lo conocen Vds.
- ¿Y al que detuvieron...? -se interesó Irene.
- Al tal Casey, al parecer el encargado del secuestro, no hemos podido
sacarle ni una sola palabra. No obstante, ya ha pasado a disposición judicial,
donde el Juez le ha tomado declaración, por lo que una vez comprobadas
sus huellas en el arma encontrada en la casa, y viendo las evidencias, y que
todos los indicios lo llevan a dejar clara su participación, ha pasado este
mediodía a la cárcel de Ranilla.
- ¿Y el organizador de todo esto, se sabe quién es? -preguntó Carlos.
- No, hemos recabado de la Telefónica ambos números y ninguno se
corresponde con abonados particulares, los dos son de centralitas
telefónicas. Una en Cádiz y la otra en Sevilla, de lo que podemos deducir a
priori que se tratan de otros dos cómplices, y que hacían de enlaces al objeto
de que el organizador principal nunca pudiera dar a conocer su ubicación
real. No obstante, no dejamos de indagar, por lo que es de esperar que algún
cabo suelto ande por ahí y que tomando la punta podamos llegar a la madeja.
CUARENTA Y NUEVE
Habían transcurrido tres semanas desde que Berta llamó a Felipe al
piso donde él vivía en Madrid, cuando sintió la necesidad de hablar de nuevo
con él por lo que aprovechando que ese día lo tenía libre descolgó el teléfono
y marcó el número de apartamento. Aunque para él era demasiado temprano
porque continuaban terminando muy tarde en la sala de fiestas, ese día y a
esa hora ya estaba levantado y es que había quedado con un compañero de
otra sala con el fin de visitar un concesionario y ver de comprarse un
pequeño utilitario.
Cuando sonó el teléfono, descolgó y preguntó:
-¿Quién es?
- Soy yo, Berta -dijo la muchacha al otro lado del hilo telefónico.
- Ah, eres tú. ¿Qué hay? ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
- Recuerda que te dije que te llamaría...
- Sí, pero no esta semana – dijo mostrando seguridad.
- Sí, lo sé, demasiado bien que lo sé, pero es que tengo el día libre y
me he preguntado si te apetecería que comiéramos juntos; hace mucho que
no lo hacemos -dijo con un tono casi suplicante.
- Sí, es verdad, pero, es que hoy ya tenía un plan trazado.
- ¿Y qué es eso que no se puede dejar? ¿Se puede saber?
- Claro, claro que sí. Es que he quedado con un compañero para ir a un
concesionario en el que me ha dicho que tienen varios utilitarios de segunda
mano en muy buen estado y a buen precio, y he decidido comprarme uno.
- Ah, pues sí eso está muy bien -comentó Berta-. Bueno pues hacemos
una cosa si te parece: te recojo o si quieres os recojo, voy contigo a verlo y
así varios ojos ven más que dos. Luego podemos irnos a almorzar o a tomar
unos pinchos al kiosco que está al lado del parque.
- Mira, pues no es mala idea. Habíamos quedado a las doce y media
aquí en mi casa, así que te espero.
- Conforme, a esa hora estoy ahí. Hasta luego, Felipe -se despidió.
- Hasta luego, Berta -y colgó.
Comenzó a pensar en Berta. La muchacha aunque más joven que él,
le gustaba y mucho, sin embargo, nunca le había pasado por la cabeza el
tener una relación con ella que no fuera de amistad. Se apreciaban mucho al
igual que sus respectivas familias. Ambos habían nacido en Alcoy; él, casi
diez años antes que ella aunque esto no le preocupaba ya que haciendo
memoria su padre le llevaba a su madre trece años. La figura de su madre se
le vino inmediatamente a la cabeza. Su madre, una mujerona que murió
cuando él sólo tenía dieciocho años. Un año en el que él se había
presentado voluntario para la Marina, pues no había visto nunca el mar aun a
pesar de no tenerlo muy lejos, tan sólo a poco menos de noventa kilómetros.
Lo habían aceptado, realizado el examen médico y tallado ya, pero le
dijeron que hasta pasada las navidades no se incorporarían los voluntarios
con el nuevo reemplazo. Afortunadamente para Felipe fueron buenas noticias,
ya que su madre fallecería, precisamente, aquella Nochebuena.
Durante mucho tiempo no pudo quitársela de la cabeza; tan sólo con
ver sufrir a su padre, él ya lloraba desconsoladamente, pues Jacintilla, como
era conocida en el pueblo, era una pedazo de pan al decir de sus vecinas y
amigas. Recordaba cuando comían todos juntos, sus tíos José y Maruja con
sus tres hijos. Siempre estaba deseando de que llegaran las fiestas del
Patrón porque ellos venían desde Calpe y le daban una con el mar y con la
playa, pero que, curiosamente, nunca lo habían invitado a pasar allí una
temporada. La verdad es que tampoco podía ir ya que sus padres tenían un
huertecillo bastante apañado, y por las mañanas él era el que atendía el
puesto que tenían en el mercado. No es que fuera muy grande, pero si lo
suficiente para no poder dejarlo desatendido ni un sólo día: “Esto me pasa
por ser hijo único” -se decía muy a menudo
En estas divagaciones se encontraba cuando escuchó la bocina de un
coche en la calle. El apartamento tenía dos ventanas al exterior por lo que se
oía perfectamente el transitar de los vehículos que en Madrid, ya en esa
época, eran muchos.
Se asomó y le dijo a Berta que bajaba enseguida. Ella le hizo señas
con la mano en señal de que esperaba. En la puerta había recostado sobre
la pared un muchacho larguirucho de unos treinta años de edad y un cabello
rubio que aún brillaba más al tener el sol de frente y que Berta supuso sería
su amigo, pero como ella no lo conocía, no se atrevió a llamarle la atención
Felipe apareció en el portal y ambos hombres se saludaron; Felipe le
dijo algo al amigo, ya que éste inmediatamente se quedó mirando a Berta.
Cuando se acercaron los dos, tras las debidas presentaciones, entraron en el
coche, un Seiscientos Blanco con capota que era la envidia de más de un
dominguero cuando lo veían circular en verano como si fuera un deportivo.
Acabado de tratar el tema de la compra del utilitario, un Renault Cuatro
de color Rojo, y que le sería entregado pasados dos o tres días a lo sumo,
Felipe se despidió del amigo quedando para verse por la noche tras el
trabajo ya que Pedro, que así se llamaba, terminaba también de madrugada,
así que ambos se tomaban juntos una cerveza antes de separarse cada uno
para sus casas.
Cuando se quedaron solos dijo Berta: ¿Dejamos el coche aquí y vamos
dando un paseo?
- Si tienes ganas de andar, por mí no hay inconveniente – dijo sin saber
muy bien por qué lo había dicho, esto haría el que más tarde se arrepintiera,
sobre todo porque en su trabajo la base era el que no se podía sentar
durante las seis o siete horas que duraba su turno, ya que la sala se abría a
las ocho de la tarde y no cerraba hasta las dos o las tres de la mañana, a
veces eran las cuatro y todavía estaba sirviendo las últimas copas.
Habían salido de la zona del barrio cuando cruzaron la calle,
dirigiéndose al kiosco y sentándose a una mesa muy cerca del área de
servicio. Los kioscos en aquella época estaban muy de moda en Madrid ante
la precariedad de poder disponer de medios para poder montar un bar en
algún local que estuviera en régimen de alquiler
- ¿Te apetece una cerveza? – le ofreció Felipe.
- No, prefiero un vermut con una rodaja de limón -dijo Berta
acomodándose en el silloncito de mimbre.
- Eso está hecho -y riéndose dijo: Marchando una de vermout para la
señora.
- No sé cómo tienes ganas de usar ese término cuando luego en el
trabajo te tienes que hinchar de decir lo mismo.
- No, eso se dice en los kioscos o en los bares. En las salas de fiesta
este término, como tú lo has llamado, no se estila.
- ¿Qué se suele decir, entonces?
Ahora, Felipe, riéndose al tiempo que cogía una bandeja que se
encontraba encima del mostrador de servicio, y poniéndose un paño sobre el
brazo, se inclinó ante Berta y le dijo: “Mademoiselle, voici votre vemouth”.
Oída la exclamación la muchacha se partía de risa ante la salida airosa en lo
que al francés se refería.
- Seguro que eres capaz hasta de decírmelo en inglés...
- Y tan seguro, escucha: “Miss, here is your vermouth”.
- ¡Anda, calla, calla, que me da la risa otra vez!
- Pero chiquilla, si esto lo tengo que repetir como mínimo dos o tres
veces cada día. Al Pasarela acuden muchos extranjeros, como también
mucha gente del mundo del cine. No te puedes imaginar la cantidad de
artistas, sobre todo americanos que he conocido yo en esta sala.
- Yo solo estuve una vez ¿recuerdas? -dijo la muchacha frunciendo el
ceño; qué nochecita, aunque por otro lado no pudo ser más fructífera.
- Ya lo recuerdo, y no creas que no te reconocí. Lo que pasa es que no
quise hacer nada para que el mal nacido ese no tuviera oportunidad de
sospechar lo más mínimo, no nos habría convenido el que supiera que nos
conocíamos.
- Hiciste muy bien, tuviste buena vista. ¿Recuerdas como me quería
llevar al huerto a la chita callando el hijo de puta?
- Ya lo creo, como que cuando te sentaste a su mesa y pedisteis las
copas, no sé si te darías cuenta, pero la tuya estaba bastante aguada.
- ¡Anda ya! ¿de verdad? Cuestionó Berta mostrando extrañeza
- Te lo juro. No quería que se te fuera la cabeza, y yo estaba que me
subía por las paredes.
- ¿De verdad? ¿Y eso porqué? -le preguntó la muchacha poniendo
cara de como quien no quiere la cosa.
- Porque desde que te vi entrar y te reconocí, tonto de mí, no hacía
más que preguntarme si habrías venido al Pasarela por casualidad o acaso...
-ahí Felipe se quedó cortado, y ambos hicieron un largo silencio que rompió
Berta.
- Lo cierto es, y no me arrepiento de ninguna, que fueron tres
casualidades: que al Hipólito ése lo había visto entrar cuando yo había
quedado con mi amiga Ana en Antoni´s, ya sabes, la Cafetería que está en la
Avenida, y también porque aunque sabía que tú estabas por la zona,
ignoraba el que era allí donde trabajabas, y eso me vino muy bien porque
conociendo tus ideas de aquella vez que hablamos en el tren, ya estaba yo
madurando algo, y por supuesto contando contigo, por eso esperé a mi
amiga a que llegara y entonces me la traje para acá. He de decirte que la
tengo medio convencida, ya que la familia de ella ha pasado por un trance
semejante.
Ana tendría unos doce años, me contó, cuando Andrés Moreno, un tío
suyo hermano de su padre y soltero, abusó de ella durante los dos días en
los que éste, que era Alcalde de Alcorcón, se alojó en su casa, y como
quiera que sus padres trabajaban los dos llevando una Zapatería que tenían
en el barrio de Chamartín, pues una mañana que ella no tenía colegio la
aprovechó acosándola de tal manera y con la amenaza de matar a su padre,
al que no sólo quería con locura sino que pensaba que al quedarse sin él se
moriría, que no le hizo gran enfrentamiento si bien es verdad, me contó entre
lágrimas, que lo peleó con toda la energía que pudo aunque él,
evidentemente más fuerte, consiguió su propósito.
- ¿Y qué pasó después? -la interpeló Felipe intrigado.
- Como Ana tuvo la suerte de no quedar embarazada, y por otro lado al
tío no lo iban a denunciar por el temor al régimen, su hermano lo echó no sin
haberle propinado con la rabia tal puñetazo que le rompió la nariz, y así
sangrando salió de la casa. Aquello se quedó entre los tres, creo que es por
ello que Ana tomó la decisión de ser Médico Ginecóloga y más tarde Cirujano.
- Afortunadamente ahora y después de haberlo pasado muy mal, ya
tiene novio, un chico del que se enamoró cuando pensaba, según me dijo,
que jamás querría nada con ningún hombre. Jacinto es un muchacho
estupendo, y está loco por ella. Cuando veo cómo la mira me invade un
sentimiento especial.
- Vaya, parece que el azar nos ha convertido en algo así como los tres
mosqueteros -dijo Felipe apurando el café que estaban tomando tras haber
disfrutado de una buena ensalada y unos callos.
- Y tú, ¿qué vas a hacer ahora, te vas para casa? -dijo en un tono en el
que se notaba que quería seguir charlando, aunque lo que tenían que
acordar entre ellos ya estaba hablado: tan sólo quedaba algún que otro fleco
a concretar con Ana.
- No quisiera, pero, quiero echarme un rato antes de tirar para allá. Esta
noche tenemos fiesta. Con esto de la moda de las despedidas de solteros las
pasamos mal. Te acompaño hasta el coche y ya me dirás en qué habéis
quedado Ana y tú, conmigo no hay problema y mis pasos ya están más que
estudiados. Llámame -dijo tomándola por el brazo a lo que ella no se opuso;
muy al contrario...
- Conforme -dijo Berta, la cual estaba sintiendo un cierto calorcillo que
le pareció desprendía el cuerpo de Felipe.
Ya al lado del Seiscientos, ambos se estrecharon en un leve abrazo de
despedida al tiempo que se daban sendos besos en las mejillas.
Cuando el coche arrancó, Felipe aún estaba en el acerado observando
cómo Berta sacaba una mano por la ventanilla y la agitaba al templado aire
de la tarde.
CINCUENTA
Eran pasadas las cinco de la tarde y tras la amena sobremesa
disfrutada, cuando David dejaba a Eugenia y Celia argumentando que quería
hacer la visita que tenía programada.
Caminaba meditabundo hacia el aparcamiento de la Victoria donde
había dejado su coche al tiempo que no dejaba de pensar y darle vueltas a lo
que ambas mujeres le habían estado contando acerca de los sucedido años
atrás allá en Alcoy.
Pensaba sobre ello, y no dejaba además de darle vueltas intentando
recordar si tenía algún conocido por aquella zona.
El único que vivía allí era su amigo Hipólito, pero lo descartó de
inmediato ya que pensó que no era buena idea el preguntarle, precisamente
a él acerca de semejante atropello. No era buena idea, se dijo. Al fin y al
cabo lo veía desde otra perspectiva. No lo relacionaba con otros asuntos que
no fueran los puramente comerciales e industriales. Esas eran otras esferas
y él no se movía en ellas.
Arrancó el coche y se introdujo de lleno en el caos de la tarde
madrileña cuando la mayoría, ya fuera del trabajo, intentaba llegar a casa lo
antes posible.
Se encontraba detenido ante un semáforo cuando se le ocurrió la idea
de dirigirse a la Hemeroteca en cuanto terminara la visita programada para la
mañana siguiente.
A duras penas consiguió encontrar una plaza en el aparcamiento
subterráneo de Gonzalo Goyoaga, no sin haber estado a punto de tener un
accidente a la entrada con un motorista que, con uniforme de Guardia de
Seguridad gris, salía disparado por la rampa de acceso contraria, detalle éste
que no pudo evitar el que le llamara la atención.
Subió por el ascensor y al llegar a la puerta de la oficina se quedó
sorprendido al encontrársela abierta. Un montón de papeles por el suelo, los
cajones del mueble archivador sacados de su sitio y los dos teléfonos
descolgados y cuyos cables había sido arrancados de su cajillas
violentamente hicieron el que echara mano de su pistola reglamentaria y
entrara tomando todas las precauciones propias de aquello que se le había
presentado de repente. Había sido, o estaba siendo un robo, de eso no cabía
la menor duda. Siguió avanzando lentamente cuando al volver la vista hacia
la derecha, lugar en el que se encontraba el despacho del Gerente, vio a
éste, que supuso se trataría del Gerente ya que físicamente no lo conocía,
echado hacia atrás sobre el respaldo de su sillón y con sendas manchas de
sangre en el abdomen, prueba más que evidente de que le habían disparado
poco menos que a bocajarro.
Estaba claro que quien hubiera realizado aquello tendría que haber
usado un silenciador, ya que en las oficinas de al lado todavía quedaba gente
trabajando y que aún siendo divisiones distintas, todas pertenecían a la
misma Empresa y sin embargo, al parecer, nadie había oído ruido alguno, ni
se había percatado de nada. Y aunque hubieran pasado por allí antes de
cometerse el asesinato, las persianas venecianas estaban echadas, como
era la costumbre ya que siempre se trabajaba con la luz de las pantallas
fluorescentes por ser oficinas que en la zona central del edificio circular
daban sus ventana al interior. Así se lo había definido su cliente de nombre y
propietario de una empresa dedicada a la importación de vehículos de
segunda mano que traía desde Alemania, y que posteriormente vendía
generalmente en Madrid a buenos precios y mejores ganancias. Además el
aparcamiento de abajo era suyo así como un gran taller donde apenas
llegaban los vehículos, principalmente Mercedes y otras marcas de primera
línea que eran repasados, reparados y puestos casi como nuevos a
disposición del público de la época que no podía pagar un coche de esa
categoría, por lo que tan sólo en la capital y provincia se movían cantidad de
ellos con el pequeño logotipo de la empresa impreso en las nuevas
matrículas.
Se acercó al hombre sin tocar nada y le palpó la yugular aunque no
hacía falta, ya que su experiencia le estaba diciendo que aquel hombre fue
fiambre desde que recibió el primer disparo. ¿Se confirmarían las sospechas
que el hombre le manifestaba acerca de cierto peligro y que por ello iba a
visitarlo esa tarde en calidad de Detective?
Pasó al siguiente Despacho aunque éste de más reducidas
dimensiones, tal vez el de la Secretaria, pero no halló a nadie; posiblemente
ya se habría marchado pues eran más de las siete. Salió de la oficina y aún
con el arma en la mano, se asomó a la siguiente oficina donde fue
sorprendido por uno de los empleados que al ver al hombre con la pistola en
la mano, dio un respingo hacia atrás levantando las manos ostensiblemente,
al tiempo que manifestaba que en aquella oficina no encontraría nada de
valor. Ante el pequeño barullo que se formó salieron del interior de otros dos
despachos un hombre y una mujer, quienes al ver la situación se tiraron al
suelo con las manos sobre la cabeza.
- Señores, no tienen porqué alarmarse ni temer nada de mí. Soy el
Detective privado que contrató su Jefe hace unos días, el Señor..., abrió
David una libretita y leyó con voz clara, el Señor don Andrés Moreno,
Gerente de esta Empresa y sobre el que he de manifestarles que si no tienen
muchos escrúpulos pueden asomarse a su despacho, ya que al estar citado
con él para esta hora de la tarde y encontrármelo en el estado que pueden
Vds. mismos comprobar, no cabe la menor duda de que ha sido brutalmente
asesinado. Así que les recomendaría llamen a la Policía lo antes posible. No
toquen nada, ni tan siquiera una caja que está encima de su mesa y que al
parecer fue el motivo de que su jefe recibiera al mensajero que se la traía, y
que quiero pensar no era más que el señuelo para que le abriera la puerta y
le atendiera.
Seguidamente David guardó el arma y se dirigió de nuevo en compañía
de los demás empleados hasta el despacho del Gerente, el cual se
encontraba, lógicamente, en la misma postura.
Como quiera que observaba una cierta inquietud en los empleados, les
comunicó que él no se movería hasta la llegada del Servicio Secreto, pues al
fin y al cabo era, y esto le fastidiaba en extremo, ya que en muchos
momentos perdería su libertad de acción para su profesión, el principal
testigo pasivo del caso aunque no de la actuación que aconteciera allí hacía
tan poco tiempo.
Con la llegada de una pareja de inspectores de la Policía del Servicio
de Información, y a continuación y tras la correspondiente llamada por parte
de los dos agentes con el fin de tomar la mayor cantidad de pruebas que
ahora, a su juicio, estarían bien frescas, se presentaron el equipo de la
Policía Científica la cual procedió a marcar y extraer cada minúscula prueba
que ellos consideraron necesaria, llegando a la conclusión con respecto de la
caja, eje alrededor del cual giraba la visita de aquel asesino, que ésta habría
sido la trampa para poder contactar con la víctima.
Tras mostrarles a los agentes sus credenciales y ser reconocido por
uno de ellos, David solicitó permiso para retirarse no sin antes manifestarles
que se quedaba a la espera de su llamada caso de que de nuevo su
testimonio fuera necesario, como estaba seguro habría de suceder. Antes de
marcharse se dirigió al que lo había reconocido y saludándose cordialmente
le comentó: Cuando entraba en el aparcamiento, por la zona de entrada y a
toda mecha salía un individuo; al menos creo que era un individuo con un
gorro de lana en la cabeza y a toda pastilla, vamos, que casi nos damos de
frente, y, ¿sabes? llevaba un uniforme como de Guardia de Seguridad de
color gris, y no me des las gracias, truhán que aún recuerdo que me debes
una convidá de cuando aquél caso en el que fui yo el que acertó. Por cierto,
no me extrañaría nada el que esto estuviera relacionado con las violaciones
que se vienen sucediendo en esta zona.
Dicho esto ambos hombres se estrecharon las manos y David salió
hacia el ascensor. Ya en la puerta el Policía amigo lo llamó para decirle: “Te
llamaré mañana para que me cuentes qué demonios hacías tú aquí; a lo que
David le respondió con un “Te espero”, al tiempo que sostenía la puerta de
ascensor la cual comenzaba de nuevo a cerrarse.
Esa misma noche David fue a visitar a Eugenia a la Comisaría, ya que
ésta si bien el día lo había tenido libre, esa noche a partir de las diez la tenía
de guardia hasta el día siguiente a las ocho de la mañana.
Cuando llegó, Eugenia se sorprendió al verlo allí, pues nunca la
visitaba en la Comisaría...
- ¿Cómo tú por aquí? -le dijo soltando sobre la mesa unos expedientes
que llevaba a archivar.
- Pues ya ves. No tenía dónde ir y entretenerme un rato y me dije: voy
a darle un poco de tabarra que estará muy aburrida, pero veo que no; parece
que tienes trabajo -le dijo regalándole una de sus mejores sonrisas.
CINCUENTA Y UNO
De vuelta a Madrid donde ya habían pasado la noche, y totalmente
recuperada, Irene y Carlos que había conseguido salir airoso del pleito
pendiente celebrado unos días después del secuestro que sufriera, y del que
según el Comisario Pulido le había comentado que no conseguían hallar
indicio alguno o pruebas que le llevara a confiar en poder tener caliente el
caso, y que no se preocuparan, que él personalmente les tendría informado,
los dos se tomaron unos días de merecido descanso a juicio de Carlos, cosa
que Irene agradeció echándose sobre sus brazos y besándolo
apasionadamente; él la tomó por la cintura y le devolvía todos los besos
hasta que hubo un momento en que separándose, Carlos le dijo:
- Creo que deberíamos de ir pensando en casarnos, porque tú quieres
casarte conmigo ¿verdad?
- Sí, Carlos, una verdad como la Almudena. Por cierto, ¿te gustaría
casarte allí, en el romanticismo de ese templo?
- No te quepa la menor duda -respondió él volviéndola a abrazar.
- Pues aprovechemos estos días para ir preparando cosas -dijo Carlos-.
Ah, y esto lo tendrás que hacer tú sola, aunque yo te ayude, porque de ello
no tengo ni la menor idea.
- Como comprenderás, yo tampoco, pero no importa esto: las mujeres
lo llevamos en los genes -dijo devolviendo el abrazo-. Aunque no me gustaría
que hubiera mucha gente. Me gustaría una boda muy sencilla.
- Pues eso sí que me parece que no va a ser posible, porque estoy
pensando que el rodaje de la película lo tienes prácticamente en puerta, nos
casaríamos después del estreno y no te digo nada la que se puede formar
cuando se enteren que te casas. Yo creo que vamos a tener que necesitar
dos Almudena -dijo Carlos y los dos se echaron a reír-. Además te digo una
cosa ya más serio: Como la película sea un éxito y eso se verá en la prensa
del día siguiente, te garantizo que el mundo del espectáculo, después del
detalle de haber propuesto aquel día que todos los beneficios del guión iban
a ir a parar al Sindicato de Artistas Retirados, todos querrán regalarte lo que
les pidas, y no va ha haber nadie que ese día no quiera estar presente
aunque sólo sea para agradecerte lo que estás haciendo por ellos. Por cierto,
¿has visto la prensa de esta mañana?
- No, -contestó Irene sentándose a la mesa para desayunar pues
ambos no habían probado bocado desde que salieron de Sevilla la tarde
anterior.
- Pues mira lo que dice -dijo Carlos alargándole el diario y abriéndoselo
por la primera de las páginas dedicadas a los temas de sociedad: “Esta
mañana bien temprano regresaba de su desgraciado periplo la Actriz Marina
la Sol, la cual en unas brevísimas declaraciones manifestó que se
encontraba perfectamente y que más tarde nos ofrecería una rueda de
prensa en la que nos pondría al corriente del desgraciado accidente que
sufriera en Sevilla, y sobre el que aún no se tienen las más mínimas noticias
acerca de a qué pudo ser debido, y el más absoluto desconocimiento del
móvil. Además con la suerte de que gracias al fracaso no sufrió daño alguno
por parte de los secuestradores.”
- ¿Y para cuándo tienes previsto dar esa rueda de prensa, y dónde? -le
preguntó Carlos.
- Probablemente mañana a las doce en el salón Azul del Wellington. Se
lo comenté a Eduardo y quedó en que me llamaría antes de la una.
- Lástima que no pueda estar presente, pero es que a esa hora tengo
una reunión muy importante con un cliente que me ha endosado el Gerente
de la Sociedad y no puedo eludir esta responsabilidad, ya que al parecer
todas las esperanzas de ganar el pleito las han puesto en mí, pero no te
preocupes que una vez que esté con él igual le pongo una excusa, la retraso
personalmente un par de horas o mejor para por la tarde; en fin, ya veré
cómo lo hago, pues qué duda cabe, me gustaría estar a tu lado: hay mucho
buitre suelto que igual quieren sacarte lo que no hay, ya sabes...
- La verdad, cariño, es que me gustaría que estuvieras conmigo, y no
creas que no he pensado en esa gente que nada más quiere ver estos temas
desde la perspectiva más escabrosa, y sé que como haya alguien así lo voy
a pasar mal aun a pesar de que ya tengo fama de no dejar pasar ni una
fuera, no sólo de contexto sino que tan siquiera aquellas que no sean de mi
agrado -dijo Irene a modo de súplica con tintes zalameros.
- Bueno, bueno, tú estate tranquila que voy a hacer todo lo posible por
estar contigo mañana -dijo Carlos levantándose y acudiendo al teléfono el
cual sonaba con insistencia.
- ¿Señor Balbuena?
- Sí, soy yo. ¿Quién es?
- Ah, don Carlos, soy Pulido, el Comisario de aquí de Sevilla. Buenos
días.
- Buenos días, don Enrique. A que se debe esta, aunque esperada, tan
pronto inesperada llamada? ¿Algo nuevo y repentino?
- Sí, pero como dicen Vds. los abogados, tan de mucha relevancia. De
momento que la investigación sigue su curso y que hemos encontrado un
nuevo indicio. Se trata del secuestrador que conseguimos detener y sobre el
cual, según los datos que figuran en los registros generales y de los que
disponen todas las comisarías de la zona, ya estaba fichado por varios
delitos menores, por lo que le sacamos una fotografía; esta se la hemos
mostrado a algunas gentes, entre ellas a los de la casa de comidas y resulta
que se trata de un individuo que, aunque poco conocido por aquí sí lo
recuerdan como ocasional cargador en el Muelle de la sal, pero que al haber
encontrado mejores ingresos en el mundillo de la delincuencia, ahora se
dedicaba a buscar otro tipo de faena más productiva. Por contra el otro, el
que ha muerto si ha sido reconocido de sobra. Fue contratado por Casey
apenas llegado a Sevilla con el encargo ya que este sujeto trabajaba como
mercenario para lo que hubiera menester en los muelles de Cádiz.
- Disculpe que le interrumpa, don Enrique. ¿Encontraron algo que
llevara encima el que murió, y que sirviera para poder saber algo acerca de
quién los contrató?
- Nada, absolutamente nada -respondió el Comisario.
- Entonces ya el único que queda es Casey, y allí en Ranilla donde
según Vd. me dijo se encuentra ahora, no se andan con chiquitas.
- Ciertamente, pero aunque le han puesto una dieta muy severa, sigue
sin soltar prenda, aunque a duras penas algo le hemos podido sacar de no
mucha relevancia pero que nos ha abierto un poco la puerta de la esperanza.
Lo que no entendemos es porqué calla de forma tan férrea cuando el Juez
de Instrucción le adelantó que le podían caer de diez a doce años y tal vez
algunos más por retrasar la gestión de la Justicia aun a sabiendas de que si
colaboraba de forma estrecha con la fiscalía podía ahorrarse algunos años.
Así que en esas estamos. En cuanto tenga algo nuevo ya se lo haré saber, y
si tuvieran que ausentarse del país no deje de llamar aportando dónde
podríamos localizarlos, ya que el juez aunque aún no tiene fecha para el
Juicio, sí va a necesitar, evidentemente, a la señorita Irene, cuando éste se
celebre.
- Lo sé, don Enrique, y no se preocupe, llegado el caso nos pondremos
en contacto con Vd.
- Muy bien, don Carlos, pues nada, seguiremos hablando de este
escabroso tema en cuanto tengamos alguna cosa nueva. Ah, y dele
recuerdos a Irene, la cual espero se encuentre ya totalmente restablecida de
este desgraciado accidente y que ha tenido que sucederle aquí en Sevilla, y
más concretamente en Triana, mi tierra.
-De acuerdo, se lo daré de su parte y gracias por todo. Quedamos a la
espera de sus prontas y buenas noticias. Que Vd. siga bien. Adiós.
Cuando Carlos colgó el teléfono y se sentó de nuevo con idea de
seguir desayunando, Irene requirió de él todo tipo de información acerca de
la conversación mantenida. Temía sobre ello por lo que le había oído a
Carlos, pero quería profundizar acerca de lo que el Comisario Pulido le decía.
Una vez enterada y más tranquila, esbozó una sonrisa comentando: “¿Cómo
me gustaría saber quién o quiénes andan detrás de todo esto? Es que no me
puedo creer que me hayan elegido a mí, a mí, precisamente. Es que no
entiendo qué interés pueden esos rufianes tener en mi persona; al fin y al
cabo tampoco soy tan acaudalada como para pedir una fuerte suma de
dinero en calidad de rescate, y la verdad, cariño, es que no me pasa por la
cabeza. A veces me pongo a pensar y siempre termino con la misma
pregunta: ¿A quién le habré hecho tanto daño para este comportamiento?”
- Bueno, déjalo ya y deja que la naturaleza de los hechos y sus
posteriores resultados sigan su curso; por mucho que te maltrates
mentalmente no vas a conseguir nada, tan sólo ellos serán los que puedan
alcanzar la solución a este desagradable incidente -dijo Carlos llenándose de
nuevo la taza de café.
- Tienes razón, cariño, será mejor que lo deje porque si no es que me
voy a volver loca con tantas especulaciones de las que no voy a sacar nada
en claro.
- Haces muy bien. Y ahora después de desayunar qué planes tienes,
porque yo me voy para el despacho ya mismo: hoy tenemos reunión con el
fin de organizar unos nuevos casos que nos han ofrecido y de los cuales dos
son fuera de Madrid. Seguro que uno de ellos me va a tocar a mí, así que
estate preparada, Secretaria, porque si no tienes nada que hacer me gustaría
que me acompañaras, ah, eso sí, en esta ocasión no te dejo sola ni un solo
momento, aunque tenga que sentarte a mi lado, durante la vista, en el banco
de la defensa como un abogado más – diciendo esto, Carlos, ambos se
echaron a reír.
- No sería mala idea. Te garantizo que cuando el Juez me vea en el
banco seguro que falla a nuestro favor -y entre nuevas risas dijo Irene-: Vete
tranquilo que yo me quedaré aquí esta mañana, así pongo un poco de orden
a mis cosas y me entretengo en darle un vistazo al nuevo guión mientras
aguardo la llamada de Eduardo confirmando lo de la rueda de prensa de
mañana.
CINCUENTA Y DOS
Días más tarde aún no le habían requerido en la Comisaría, cuando
David, una soleada mañana, se presentó en ella. Al entrar saludó
efusivamente a uno de los policías que estuvo bajo sus órdenes antes de
retirarse del Cuerpo. En ese momento y por encima del hombro vio a
Eugenia, la cual dejando todo lo que estaba haciendo en ese momento, y
acercándose a ambos hombres le dio al suyo un beso en la mejilla, beso que
éste devolvió cariñosamente, al tiempo que le decía si tenía tiempo para
tomar un café. Ella se volvió hacia un Agente que se encontraba sentado tras
una mesa llena de cestillos con papeles de diferentes colores, y al que le dijo
que volvería enseguida.
Ya en la calle y aunque no hubo abrazo sí que ambos cuerpos
caminaban lo suficientemente juntos como para sentir el calor mutuo que
generaban ambos.
- ¿Cómo es eso que te has dejado caer hoy por aquí, algún asunto
pendiente por la zona? -preguntó Eugenia ofreciéndole una sonrisa llena de
cariñoso sarcasmo y esperando que la repuesta como siempre no le
cuadrara con la realidad, pues lo que daba a entender siempre era que se
dejaba entrever que no era verdad, que lo que sacaba a relucir no era más
que una excusa para poder verla aunque fuera un momento. La verdad es
que se había enamorado de ella desde el momento en que la vio saliendo un
día de la Academia a la que él fue a saludar a un antiguo profesor ya retirado.
- A la calle de la Montera voy. A ver a un cliente que me llamó para un
asuntillo matrimonial, y es que hay cada elemento... -dijo mirando
distraídamente hacia ninguna parte.
- Ya, dijo Eugenia. ¿Y en realidad es él o ella quien está saltándose
aquello de yo me entrego a ti para siempre: en la salud y en la enfermedad,
en las penas y las alegrías?
- Pues cuando me ha llamado él, supongo que será porque la mujer
anda trasteando por ahí a sus espaldas. Por cierto ¿cómo va el caso del
Importador de Mercedes? Imagino que algo habréis avanzado ya utilizando
aquellos datos que le facilité a tus compañeros.
- Poca cosa, David -dijo Eugenia poniendo cara de circunstancias. Lo
cierto es que se han pateado todas las agencias de seguridad, todas las
mensajerías, las agencias que se dedican a la recogida y entrega de dineros
en los bancos incluso en algunos grandes almacenes donde para el servicio
a sus clientes tienen personal uniformado, pero, ni una de ellas con un
uniforme de color gris y semejante al que tu ofreciste con todo detalle.
Sobre la moto, con sólo el detalle de que era negra y grande, a eso no
se le ha podido sacar prácticamente nada. Tampoco en la oficina ni en el
despacho se consiguió huella alguna, de lo que se desprende que el
individuo iba bien preparado y con el tema bien estudiado.
Ahora lo único que nos queda es conocer el resultado de balística y
que éste nos pueda llevar a algún descubrimiento acerca del tipo de arma
que fue utilizada, pero que como es de esperar, o bien es robada y no le han
borrado el número de serie con lo que a su propietario lo van a poner en un
compromiso, o vete tú a saber de quién puede ser si ésta carece del número
de serie; igual mañana te la encuentras en el rastro ofrecida a través de un
leve susurro como tantas veces. En fin, que ahí andamos aunque a decir
verdad lo que nos trae más de cabeza es el dichoso silenciador; tú mejor que
nadie sabes que no es una pieza de fácil negocio entre los bajos fondos.
- Pues me parece que os habéis olvidado de un detalle que considero
importante -observó David intentando poner cara y que ella al observarlo le
hizo fruncir el entrecejo, preguntando:
- Y, ¿qué es eso tan importante que se le ha podido pasar por alto a
todo un equipo que presume de hozar hasta lo insondable?
- Pues, fíjate que existe en Madrid una entidad que lleva el uniforme
gris, y que a menos que tú te lo hayas pasado por alto en tu relación, yo te lo
voy a decir ahora mismo, y sin ánimo de petulancia, pero, ¿es posible que no
hayáis reparado en que el Cuerpo de Correos tiene ese tipo de uniforme?
- Chico- dijo Eugenia un tanto sorprendida-, ¡sabes que a ninguno se le
ha ocurrido pensar en ello! Cómo se nota que dejaste el listón bien alto
cuando te marchaste. Ahora cuando vuelva y le comente este detalle a mi
Jefe pondrá el grito en el cielo, pues después de la famosa reunión en la que
ordenó que no se escapase ni un detalle. No quiero ni pensar en la bronca
que se puede armar. ¡Jesús! Dirá no poderse creer que se haya pasado por
alto semejante posibilidad de que el sujeto haya sustraído de alguna oficina
un uniforme, o lo que es peor, que se lo haya arrancado a cualquier
repartidor y esté el hombre ocultando este hecho temeroso de una represalia
o quizás avergonzado; de todas formas esto se habría sabido a raíz de la
prudencial denuncia, ¿no crees?
- Todo es posible Eugenia, todo es posible...
- A ver, dame un consejo: ¿cómo lo planteo? ¿digo que me lo has
comentado tú? ¿o mejor lo pongo sobre la mesa inocentemente como algo
que se me ha ocurrido a mí? Al fin y al cabo yo soy el último mono de la
cuadrilla ya que mi labor es observar y solo analizar psicológicamente las
pruebas o testificaciones relacionadas con el caso -dijo Eugenia
mostrándose lo más simple posible.
- Plantéalo como estimes más conveniente según el estado de ánimo
con que se encuentre el personal a la hora de hacerles el comentario.
Estaban acabando de tomar el café en una apartada mesa de la terraza
exterior, cuando la muchacha hizo intento de levantarse.
- Espera un minuto, Eugenia, -dijo David tomándole la mano. Quiero
decirte algo que considero importante para mí y que no hago más que darle
vueltas aun a pesar de esa fama que tengo de valiente, pero es que quisiera
pedirte... y sacando, un tanto nervioso, una cajita del bolsillo interior de su
chaqueta, la abrió y le enseñó su contenido a Eugenia, la cual se quedó un
tanto sorprendida, gratamente sorprendida al ver el fulgor que con la luz del
sol despedía un pequeño brillante que engarzado en un aro de oro blanco
hizo que se quedara con la boca abierta.
- David -dijo con voz trémula ¿esto significa..., vamos que esto quiere
decir...?
- Exactamente eso que estás pensando. Que quiero casarme contigo,
si no te importa tener por marido a este Detective pesado que no hace más
que suspirar por ese cuerpo tuyo que me trae de cabeza desde el día que te
vi en la Comisaría de Fuenlabrada, cuando tú y el Comisario ibais a analizar
al sujeto aquél que habría intentado matar a su madre para robarle, y que tus
compañeros habían conseguido detener a tiempo gracias al aviso de una de
las vecinas de la casa.
- Ahora mismo no me acuerdo de nada, David. Ahora mismo lo único
que tengo claro es que yo también te deseo y que te quiero, y que me caso
contigo en cuanto tú pongas la fecha que si puede ser mañana mejor que
hoy -dijo Eugenia, y ahora sí se levantó, y mirando a ambos lados se perdió
entre los brazos de su futuro que ya la estaba envolviendo y estrellando su
boca contra la suya sellando con ello el que, según ella, era el día más feliz
de su vida.
Cuando salieron del local en dirección a la cercana Jefatura, Eugenia
iba tan radiante que ni siquiera se paraba a pensar en que iba de uniforme, y
en lo que dirían sus compañeros si la vieran cogida de la mano del Detective
que hacía un rato había estado de bromas con ellos aunque de todos era
sobradamente conocidas las relaciones que habían entre los dos.
Llegados a la Jefatura, Eugenia hizo amago de despedirse de David
cuando vio que, apoyados sobre una de las mamparas de cristal que
separaban los cubículos de los diferentes detectives e inspectores, se
encontraban los inspectores Soriano y Vilches, sus inspectores favoritos al
decir de la muchacha a modo de saludo.
Y no había la menor duda visto el amistoso saludo entre ambos.
- Así que aquí tenéis la suerte de haberos traído a nuestra Psicóloga
favorita -dijo Soriano dándole un fraternal abrazo al igual que el ya ascendido
Vilches. Y añadió: ya lo dijimos, ¿te acuerdas, Manuel, de aquel día acerca
del asunto de la chiquilla de Alcoy, cuando presenté a Eugenia a la doctora
Celia, no me acuerdo del apellido, y a la familia en el Hospital donde había
sido ingresada después de haber sufrido aquel tan brutal como sádico
ataque que terminó en violación y que casi la mata?
- Ya lo creo que me acuerdo -dijo Vilches mirando a los ojos a Eugenia
al tiempo que sonreía y le recordaba cómo desde entonces se han echado
de menos un par de macetas en el Departamento. Dicho lo cual todos se
echaron a reír.
- Y dime Soriano, ¿aun seguís en Alicante? -dijo Eugenia con la más
suave familiaridad.
- Sí, así es y creo que allí me voy a jubilar. Lo cierto es que se está muy
bien. No tenemos grandes quebraderos de cabeza y ahora con los nuevos
refuerzos femeninos tanto la Jefatura como el departamento disfruta de una
camaradería estupenda -dijo Soriano, y apuntó: la presencia de la mujer en
el cuerpo, al menos en lo que a las inspecciones se refiere ha ganado mucho.
Ahora se ha creado allí un Departamento anexo al de los inspectores y
detectives con el fin de que las mujeres sean atendidas directamente por las
agentes, independientemente claro está, de que los interrogatorios los
seguimos llevando nosotros.
No había terminado de hacer este comentario cuando un Policía de
puerta le comentó al Capitán el cual se encontraba en la reunión pues en
tiempos de David en el cuerpo, era Teniente, que había llegado un señor con
la intención de poner una denuncia por robo a uno de sus empleados, y que
tratándose de algo que concernía al Departamento de Investigación creyó
oportuno comunicárselo personalmente.
- ¿De qué se trata, Ramírez? -preguntó el Jefe.
- Dice ser el Encargado de la Oficina de Correos, y asegura que al
empleado que le acompaña, hace unos días al acabar la jornada fue a su
taquilla a cambiarse y observó que le faltaba el uniforme que todos tienen
como repuesto -le comentó el Policía de puerta.
- Ramírez, acompañe a estos señores a la sala. -Cuando hablaban de
la sala se referían a la de interrogatorios propiamente dicha, no obstante, al
no estar en calidad de detenidos, el término interrogatorios no había
necesidad de ser utilizado al objeto de no incomodar a las personas.
Ya acomodados ambos hombres, el Policía les ofreció café indicándole
que aguardaran unos minutos. Inmediatamente se canceló la entretenida
reunión argumentando que se había presentado un posible testigo sobre el
caso del empresario asesinado en su despacho días atrás. Todos se
interesaron por el tema, asegurando que no se moverían de allí hasta que
terminara el informal interrogatorio, a lo que el Jefe accedió no sin antes
ponerles al corriente, groso modo, acerca de la información recibida, y
pedirle al inspector Ruiz y a Eugenia que ambos lo acompañaran. Antes de
entrar en la sala, Eugenia se volvió hacia David encogiéndose de hombros,
como dándole a entender que se le habían escapados los puntos que podría
haber ganado con la información que le soplara su novio.
- ¿Y dice Vd. que cuando acabó su jornada fue a cambiarse y se
encontró conque la taquilla estaba encajada, pero no cerrada como la dejara
por la mañana?
- Sí, señor -dijo el empleado-. No me cabe la menor duda de que yo la
dejé cerrada como siempre.
- ¿Y tiene Vd. alguna opinión al respecto? -insistió el Capitán. Quiero
decir, ¿notó algo que le pudiera inducir a pensar que algún compañero
tuviera necesidad de esas prendas y se las llevara dada la facilidad que
tienen al compartir el mismo vestuario?
- No, no señor, ninguna. Ahora que lo recuerdo, lo único que podría
decirles es que cuando terminé de cambiarme por la mañana para comenzar
mi reparto, había un individuo en una de las duchas, al parecer reparando
algo, más no le di importancia, ya que periódicamente envían a gente de
mantenimiento para que todo este en perfecto estado; es una especie de
protocolo que se lleva muy a rajatabla -dijo ahora mirando a su Encargado.
- ¿Y cree que podría hacernos una descripción de esa persona? -
intervino ahora el inspector Ruiz.
- Como les dije anteriormente, el hombre se encontraba de espaldas,
tenía un mono azul de trabajo, y nada más que yo recuerde. Bueno sí, me
llamó la atención su delgadez, pues era muy alto; vamos un larguirucho
como yo les llamo, por eso hubo un momento en el que pensé el parecido
que tenía conmigo, mi misma estatura aproximadamente, anchura de
hombros, y sobre todo lo que más rabia me dio fue el tener que hablar con mi
encargado acerca del robo, y que resulta de que si a alguno de los
uniformes que nos dan les ocurre algo de este tipo, nos los hacen pagar, y
créame que cuestan un dinero.
CINCUENTA Y TRES
Lo que no sabían ni Irene ni Carlos era que a esa misma hora había
alguien en Madrid leyendo también la noticia. Y ese alguien era don Hipólito
de la Torre que había llegado esa misma mañana a requerimiento de su
amigo David Gómez.
Ambos se encontraban en el despacho del Detective comentando
acerca de la noticia que, cual reguero de pólvora, había corrido por el mundo
del espectáculo a nivel nacional, por lo que, evidentemente, en Alcoy también
habría de ser conocida no sólo en los bares que recibían el periódico, sino,
principalmente, el casino el cual estaba suscrito a distintas agencias de
noticias y en cuyas páginas de sociedad don Hipólito intentaba averiguar,
según poco a poco le iba contando a David, miraba y remiraba con idea de
ver si sobre Marina se decía algo.
- ¿Entonces, no tenías noticias acerca de lo que le había sucedido
después de que yo te llamara para informarte de que ella en unión del
Abogado Carlos Balbuena, el novio que se había echado y que conocía en
calidad de amigo y asesor financiero desde hacía mucho tiempo, se
marchaban a Sevilla aprovechando el que él tenía que asistir a un Juicio,
para presentarle a don Cesáreo González el proyecto de su próximo guión
Cinematográfico, y en el que estaba dispuesta a invertir gran parte de su
dinero? -le preguntó David mirando distraídamente y de reojo la portada del
diario de la mañana que tenía sobre un lado de la mesa.
- No puedo negarte que sí, que estaba al corriente de ello -dijo sin
pestañear lo más mínimo aunque mirando muy circunspecto al Detective, el
cual observaba en su interlocutor una quietud y prudencia cuando siempre
mostraba una cierta excitación controlada que ahora se acentuaba aunque
para cualquier otra persona fuera imperceptible.
- Bien -dijo David-. ¿Y ahora qué piensas hacer? Tengo entendido que
Marina tiene previsto dar una rueda de prensa con el fin de dar a conocer a
su público en particular y al resto de la prensa en general, todo cuanto le
aconteció en Sevilla acerca del fracasado secuestro, aunque no por corto,
doloroso para quien ahora vive en libertad y felizmente unida a un hombre
que al parecer por las revistas que se ocupan de los dimes y diretes del
mundo del espectáculo, con el que se siente feliz, según sus propias
declaraciones, habría comenzado a vivir de nuevo.
Sí que controlaba bien don Hipólito su adrenalina, esa hormona
segregada principalmente por las glándulas suprarrenales, que no sólo
hacen que aumente la presión sanguínea, sino que hasta el ritmo cardíaco
se acelera de tal forma que es prácticamente imposible el que la persona que
esté al lado no lo advierta. Con todo con eso apenas se le notaba el fuego
que hervía en su interior ante las manifestaciones que, sin ánimo de
molestarle en absoluto, su amigo no dejaba de caer sobre un ambiente que
al hombre se le hacía cada vez más cargado.
- No lo sé, David. Ahora mismo estoy hecho un taco. Dedicaré el resto
del día a trazar algún plan en razón de lo que acabas de comentarme y de
cuanta información has estado recogiendo – dijo sacando del bolsillo de su
chaqueta un paquete de cigarrillos y ofreciéndole uno a David, el cual tomó
uno al tiempo que le ofrecía al amigo el encendedor que estaba sobre la
mesa.
- De todas formas, Hipólito, yo te aconsejaría, si me lo permites, claro
está, que dejaras ya correr este tema. Debes comprender que ya no tiene
vuelta atrás, y que lo que pueda venir a raíz de cualquier cosa que pretendas
organizar no va a ser más que engendrar más rencillas, odios y sufrimientos,
independientemente de que en cualquier momento sobrepases la peligrosa
línea de lo no deseado, y de lo que más tarde te pudieras arrepentir y hacer
caer sobre tu espalda un conflicto del que a posteriori te fuera difícil el poder
salir -dijo David, y amplió: Y esto quiero que lo tomes simplemente como el
consejo que te da un amigo por el que han pasado ya muchas experiencias
sino iguales, parecidas.
- Gracias David, aprecio tu consejo en lo que vale, pero no se me quita
de la cabeza no sólo lo que he pasado sino lo que estoy pasando. Te repito
lo que te dije aquel día: A Hipólito de la torre no se le hacen estas cosas y
mucho menos de esta manera tan despectiva. No sé lo que haré, pero lo que
no cabe la menor duda es de que algo tengo que hacer. David, mi hombría
está por encima de todo. Ya me ha costado lo que no hay en los escritos el
poder superar las chanzas de mi mujer y su queridísima hermana, a cuenta
de las noticias que leyeron en el periódico aquel día. Aquello fue demasiado
como para que encima me lo tome todo con indiferencia. Que no, David, que
yo no soy de aquellos de la otra mejilla, ¿me comprendes? -dijo abortando el
intento de dar un golpe sobre la mesa al tiempo que ahora sí, no sólo se
ahogaba en sus propias palabras, sino que el fuego parecía escapársele por
los ojos cual volcán a punto de la más mortífera erupción.
- No te creas que no te comprendo, Hipólito, que te entiendo
perfectamente, por ello sólo me resta decirte que aquí tienes, y tú lo sabes
perfectamente, un amigo incondicional, y si necesitas de mí cualquier cosa
en cualquier día y hora, sabes que no tienes más que venir o tomar el
teléfono llamarme.
- Amigo David, sabes muy bien que independientemente, de que como
cliente hago frente a tus honorarios, pues siempre he dicho que quien trabaja
debe cobrar; sé muy bien cuánto aprecio me tienes y por ello cuan
agradecido te he de estar siempre, que una cosa no está reñida con la otra.
- De eso no te quepa la menor duda, Hipólito -dijo esto levantándose y
dirigiéndose hacia un archivador en el que guardaba para ocasiones
especiales una botella de Bourbon Four Roses. Sacó un par de vasitos y
escanció en cada uno de ellos una buena dosis que don Hipólito agradeció
tanto como poco le duró, ya que se notaba que aquella copa la necesitaba a
rabiar. Aún David no se había mojado los labios cuando volvió a llenársela,
aunque en esta ocasión la dejó encima de la mesa.
- Y dime, Hipólito, ¿cuándo regresas a Alcoy? -preguntó David dando
un sorbo como quitándole importancia a la pregunta ya que ésta la hacía con
una más que segunda intención.
- Seguramente mañana por la tarde -apuntó don Hipólito, aunque no
tengo problemas, ya que nunca he tenido que reservar billete. Así que en
principio, mañana por la tarde, pero igual me quedo un par de días e
intentaré verla si hay suerte. Tendré que recordar aquellos tiempos en los
que con mi padre íbamos de cacería al aguardo, ya sabes: armarse de
paciencia y esperar a que la pieza salga confiada...
- Conozco muy bien la técnica del aguardo, ya que yo también de joven
hice mis pinitos allá por los montes donde mis abuelos tenían su casa y a la
que la familia iba a pasar el verano. Aún tengo en la memoria el recuerdo de
un año en el que fuimos de caza unos pocos, pues en aquellos tiempos en el
pueblo habían cuatro o cinco coches contando con el nuestro. Salimos
temprano en la época de la paloma. Cuando llegamos, nos apeamos y cada
uno se puso a preparar su arma, yo tenía una escopeta de dos cañones, una
Muguruza que, por cierto, aún se sigue fabricando. Lo cierto es que la
fatalidad se alió conmigo esa mañana, ya que al cerrar la escopeta después
de cargada, le falló el seguro disparándose fortuitamente uno de los
cartuchos cuya perdigonada fue a impactar entre dos de los que venían
conmigo. Desde aquel día se acabó para mí la caza. Lo primero que hice fue
deshacerme del arma, luego regalé todo el equipo. Y sin embargo, en cuanto
terminé la carrera, la cual no he practicado nunca, me entró el gusanillo de
las fuerzas del orden y solicité el ingreso en la academia de Policía donde
acabé con una nota muy alta gracias a la cual enseguida tuve destino aquí
en Madrid, y de aquí no me he movido. Ya el resto lo conoces tú.
- Bueno, amigo mío, te dejo; voy a ver si hago una visita esta mañana
al Director del banco con el que suelo operar allá en Alcoy, pues pronto me
da la impresión que voy a tener que pedirle sino una hipoteca sí un préstamo,
aunque con él nunca he tenido problemas, y es que ahora con la fábrica
parada y casi toda ella en reconstrucción ya me dirás si no es para estar
preocupado.
- Lo dicho, Hipólito, cualquier cosa que necesites, ya sabes -dijo David
abandonando su sillón y acompañándolo a la puerta, en la que tras un
abrazo se despidieron los dos hombres.
Ya en la calle don Hipólito paró un taxi dándole al taxista la dirección
del Banco de Bilbao ubicado en la céntrica calle de Alcalá y en el que el
Director, apenas anunciada su visita, salió a recibirlo e invitarlo a pasar a su
despacho situado en la primera planta.
Una hora después y tras conseguido su propósito se dirigió a uno de
los restaurantes en los que la pareja solían almorzar, según le informó David.
Como aún era temprano para la hora del almuerzo, caminó dando un
largo paseo, el cual le vino bien para relajarse de los momentos vividos en el
despacho de David, y, sobre todo, lo que hubo de escuchar como si fuera un
párvulo. Entró en una Cafetería y pidió una cerveza. Mirando hacia la calle a
través del ventanal estuvo un rato hasta que decidido pagó y salió.
No había recorrido un par de manzanas cuando se dio de frente con el
nombre del restaurante “El Rincón de Luis”. Aún estaba en la esquina, y fue
entonces cuando le entró la auténtica nerviosera, aquella de cuando no se
quiere lo que se está deseando, y es que la vio avanzar lentamente,
paseando del brazo de un hombre al que él no conocía y del que había de
reconocer que no era lo que cada vez que pensaba en ella fuera: tan apuesto
y elegante, tanto en sus andares como en el vestir, que no tuvo más remedio
que dar su brazo a torcer diciéndose que formaban una bonita pareja, y a
Marina, porque para él siempre sería Marina, la veía tan feliz como hermosa
la recordaba.
Cuando vio que entraban en el restaurante, se estiró el cuello de la
chaqueta, hizo lo mismo con las mangas y con paso seguro y un agresivo
rictus en los labios se dirigió hacia la entrada...
CINCUENTA Y CUATRO
El utilitario de Felipe runruneaba por las calles de Madrid buscando un
hueco por la zona de Atocha donde dejarlo aquella noche con el fin de
tenerlo disponible sin mayores quebraderos de cabeza a la hora de
encontrarlo.
Después de varios días de intensa espera, de llamadas al hotel y del
acecho al que tenía sometido a don Hipólito al aguardo de su llegada
nuevamente a Madrid, Felipe había conseguido por fin que en una de ellas
el Conserje le diera como respuesta: “Sí, señor, don Hipólito de la Torre ha
llegado esta mañana, aunque no se encuentra aquí en estos momentos”.
Se ponía en marcha todo un entramado de movimientos perfectamente
planeados de antemano con la más absoluta sincronización y rigurosidad
que, de no fallarles ni un eslabón, la cadena quedaría cerrada por el más
deseado de los broches que jamás nadie pudiera pensar en que un grupo de
gente sin la más mínima idea de organización estratégica pudieran llevar a
cabo con tan sólo el afán de hacer justicia, su justicia. La búsqueda de un
equilibrio que durante mucho tiempo se estuvo clamando al cielo, pero que
éste al no corresponder, como es natural, llegado fue el momento de tomar
una decisión, y ésta, ya tomada desde hacía varias semanas, tocaba a su fin
cuando en una de las consultas del Hospital del Niño Jesús, y en cuya
puerta se exhibía la placa de la Doctora Berta San Juan, sonaba el teléfono
con una insistencia tan inusitada que parecía más que saber el motivo.
Berta descolgó el auricular y preguntó un tanto nerviosa. En este
estado sobre tensionada se ponía cada vez que sonaba el teléfono.
- Consulta de Anestesia, ¿Dígame?
- ¿La Doctora San Juan, por favor? -demandó la voz de un hombre al
otro lado del teléfono.
- Sí, soy yo, ¿en qué le puedo servir? -preguntó atendiendo la llamada
como si de un paciente cualquiera se tratara, y el cual tras haber sido
atendido con anterioridad pudiera habérsele olvidado algo.
- Soy yo, Felipe.
- Si, ya te he conocido, pero es que este tema no quiero tratarlo por teléfono
sin asegurarme primero con quién voy a hablar.
- Y me parece muy bien -aprobó Felipe. ¿Qué te parece si quedamos
para almorzar? ¿Tienes tiempo?
- Para almorzar no tengo tiempo. Voy a comer algo ligero en la
Cafetería porque a las dos y media realizamos una operación de corazón a
un hombre que trajeron esta mañana y le están haciendo pruebas. Mejor lo
dejamos para esta noche, pues a veces estas operaciones se complican y
podemos tirarnos cuatro o cinco horas, sino más -dijo Berta sin acabar de
tranquilizarse, cosa ésta que Felipe notaba perfectamente a través del timbre
de su voz.
- De acuerdo. ¿Quieres que te vuelva a llamar sobre las seis, o
prefieres que nos veamos en el Kiosco sobre las nueve? -preguntó Felipe.
- Mejor quedamos en el Kiosco. A las seis termino mi turno caso que no
haya ninguna urgencia; sobre esa hora los quirófanos dejan de funcionar, tan
sólo queda uno por planta con el equipo al completo. Además, durante este
tiempo localizaré a Ana que tiene esta semana el mismo turno que yo
aunque en otra planta, le comentaré que has llamado y así nos reunimos los
tres juntos a esa hora. ¿te viene bien?
- Me parece perfecto. ¡Tengo ganas de verte! -dijo Felipe con un hilillo
de voz que denotaba un cierto grado de timidez en su forma de expresar ese
sentimiento, que reprimido desde hacía tiempo, al parecer, ahora había
encontrado el momento ideal utilizando el teléfono.
- Yo también -dijo Berta despidiéndose, ya que o lo hacía, o sabía que
allí se podría producir una conversación que a saber quién de los dos, al final,
iba a colgar el primero, por lo que solo dijo: Bueno, pues hasta luego. Y tras
esperar la despedida de Felipe, colgó.
Miró el reloj. Las doce y media. Dejó sobre la mesa la copia del
expediente que sobre el tratamiento anestésico había estado preparando
para su aplicación al paciente, y cerrando la puerta con llave salió al pasillo
dirigiéndose al control de Enfermería y en el cual le dijo a una de las
ayudantes: Voy a la segunda planta. Si viene alguien me llamas allí o que
espere un momento, no tardaré.
Cuando llegó a la planta fue directamente a la sala en la que
normalmente se reunía el personal de Cirugía para, a veces, descansar un
rato o bien para tratar de intervenciones ya realizadas o las que en breve
habrían de realizarse. Le dijeron que Ana acababa de terminar una operación
y tras cambiarse había bajado a la Cafetería.
- Hola, Ana. ¿Desayunando a estas horas? -preguntó Berta sentándose
en la silla que quedaba libre.
- Como que la operación se ha complicado de tal manera que
habíamos calculado que iba a durar un par de horas a lo sumo, y fíjate a la
hora que estoy tomando un bocado desde anoche. Teníamos previsto que
operando a las ocho de la mañana a las diez o algo así estaríamos listos,
pero aún no sé lo que ha pasado. No sé si habrán sido los nervios que me
han jugado una mala pasada, o yo que sé, el caso es que sino llega ser por
el doctor Soto que me ha servido de gran ayuda no sé lo que habría hecho
con el Catéter; te juro, chica, que es la primera vez que me pasa; hubo un
momento en el que me quedé tan en blanco... En fin, al final todo ha salido
bien, pero he dejado al equipo con mal sabor de boca, aunque me hayan
dicho que ello no tenía importancia y que no es la primera vez que ocurren
estas cosas, que el cansancio hace mucho, por lo que hemos aprovechado
para comentar que las guardias son muy largas sobre todo si se empalman
con un turno de día normal -dijo Ana tomando un sorbo de café y
preguntándole a su amiga si quería tomar algo, a lo que Berta respondió que
no.
- Ana, hace un rato me ha llamado Felipe -dijo a bocajarro, lo que hizo
que la mujer casi se atraganta con el café, y no es que no esperara la noticia
de un momento a otro, ya que ambas se pasaban el día pensando en lo
mismo y diciéndose que lo que iban a hacer era tan fuerte como peligroso,
pero que la rueda ya había comenzado a girar y que no estaban dispuestas a
que nadie la detuviera.
- ¿Y qué te ha dicho? -preguntó Ana mostrándose ahora tan
circunspecta como segura de sí misma.
- Hemos quedado en vernos esta noche sobre las nueve en el Kiosco,
ya sabes... No es que tengamos que ultimar nada porque todo está
perfectamente definido y decidido, pero me dijo que tenía ganas de verme -
dijo con un leve susurro dejando caer la últimas palabras.
- ¿Y tú a él, no?
- Creo que sí, pero es que aún no lo tengo muy claro, a veces cuando
pienso en las cosas que me dice lo veo como mucho hombre para mí,
aunque si he de ser sincera, me siento muy segura con él.
- Y guapo que es el jodío, y cuerpo no le falta que digamos, vamos, una
prenda; no como mi larguirucho, mi canijo como yo le digo algunas veces
cariñosamente, pero me quiere mucho y me mima, madre mía cómo me
mima y se pone de un empalago que al final termina haciéndome reír -dijo
Ana tomando a Berta por el brazo y saliendo de la Cafetería.
- Ana, si quieres esta noche te esperamos y charlamos un rato. Nos
vendrá bien relajarnos después de la jornada de hoy, pues yo también he
tenido mis pequeñas broncas con el personal y tomando unas copas la vida
se ve de otra manera. ¿Qué me dices?
- Conforme, pero no os estropearé la noche -dijo dejando caer las
palabras.
- Nada de eso, al contrario. Felipe está tan entregado... Figúrate que
lleva casi toda la semana al acecho desde el día que llamó al hotel y le dijo el
Conserje que tenía reserva para hoy, y ha llegado esta mañana -dijo Berta
con un brillo en los ojos que a la amiga no le pasó desapercibido.
- Eso quiere decir que mañana puede ser el gran día.
- Eso quiere decir que mañana será el gran día con su gran noche. Y
pasada esta, será como volver a vivir de nuevo sin pensar en otra cosa que
disfrutar de lo que tenemos por delante que es mucho, porque si todo sale
bien como estoy segura que va salir, no te quepa la menor duda, de que
nuestros caminos estarán a partir de mañana aún más unidos, será un
camino directo hacia la libertad más absoluta. Atrás quedarán recuerdos
dolorosos, pensamientos amargos y el olvido de una impotencia que por
razones obvias sufrimos, principalmente, las mujeres.
CINCUENTA Y CINCO
- ¿Berta?
- Hola, Ana. ¿Qué hay, chica?
- No, nada solo te llamaba para saber a qué hora vamos a quedar esta
noche, y qué te vas poner, porque, digo yo que habrá que ir, ya sabes, un
poco descarada ¿no?
- Sí, desde luego, pero sin pasarse, hay que dar la talla aunque no
tengamos ni idea, pero eso es lo que más le gusta a los hombres de esa
edad, supongo, aunque tampoco vayamos a presentarnos en plan colegialas
-dijo Berta riéndose al tiempo que pensaba en un vestido que se había
comprado hacía tiempo y que nunca se lo quiso poner por parecerle que
tenía un escote demasiado atrevido.
- Yo voy a ir un poquito agresiva. Tengo una blusa que me está un
poquitín estrecha, y con las tetas que tengo veremos a ver si a éste no se le
saltan los ojos, o a mí no se me saltan los botones cuando llegado el
momento tenga que aguantar la respiración -dijo volviendo a reír al tiempo
que oía reír también a su amiga al otro lado del teléfono.
- Bueno, el caso es que esto funcione desde el principio. Como
arranque bien, mejor va a terminar. ¿Te trajiste las cosas? -preguntó Berta.
- Sí, todo lo tengo preparado, no hay ningún problema. ¿Y tú tienes
preparado lo tuyo?
- Sí, esto no es complicado. Aquí la ventaja es que si algo sale mal no
pasa nada, ¿me entiendes? -dijo Berta de forma contundente.
- Bueno, pues si no quieres nada, te dejo, voy salir a comprar unas
cosas que tengo el frigorífico que se cae un ratón y se estrella. Ah, lo que te
pregunté antes, ¿cómo quedamos? -dijo Ana sacando las llaves del bolso
con intención de salir ya.
- Para estar allí en el Pasarela, las doce sería buena hora, ¿no?
- Sí, creo que es una buena hora.
- Además me comentó Felipe que era mejor llegar antes que don
Hipólito, y que no nos preocupemos, que lo tiene todo pensado. Vamos a
tomar un par de combinados de champán, pero lo siguiente será un
preparado a base de gaseosa con un colorante especial para los combinados
que él tiene ya en el frigo -dijo Berta con el fin de tranquilizar a la amiga.
- Espero que no le dé por cambiar de bebida y se dé cuenta -apuntó
Ana.
- Tranquila, porque según me comentó Felipe, éste es de los que se
gastan bien los cuartos en buenas y caras bebidas. Ah, se me olvidaba, nos
vamos en mi coche, así que te llamaré antes de salir; calculo que tardaré
unos diez minutos en llegar, a esa hora no suele haber mucho tráfico.
- Pues entonces hasta la noche, y colgó.
Tanto Berta como Ana se sentían pletóricas, fuertes, convencidas de
que el paso que iban a dar, sin dejar de ser arriesgado, entendían que estaba
más que justificado. Además se sentían seguras de triunfar por las tantas
veces que Felipe se lo había recordado.
Caminaba por la acera hacia el Supermercado cuando le apeteció
hacer un alto y tomarse un café. Entró en el bar y se sentó a una mesa
situada al lado de una de las ventanas. En la mesa de al lado había sentado
un hombre de mediana edad que leía el periódico mientras degustaba una
copa de vino oloroso. Cuando terminó la copa, se levantó y se marchó
dejando el diario sobre la mesa. Por curiosidad Ana lo cogió mientras le
servían el café y se puso a hojearlo aunque por la fecha vio que era del día
anterior. De repente de quedó absolutamente bloqueada, tanto que ni tan
siquiera era consciente de que el camarero le preguntaba si quería azúcar o
sacarina, por lo que le acabó preguntando:
- ¿Se encuentra Vd. bien, señorita?
- ¿Qué? Ah, sí, estoy bien, no se preocupe. ¿Me decía Vd.?
- Le preguntaba si que quería azúcar o sacarina -dijo el mozo sacando
del bolsillo del mandil dos sobrecitos.
- Azúcar, azúcar, por favor -dijo pidiéndole un vaso con agua.
Inmersa ahora en el titular que acababa de leer a grandes rasgos y
referidos a un asesinato reciente, vertió el azúcar en el café y al tiempo que
daba vueltas con la cucharilla siguió leyendo hasta que llegó a saber de
quién se trataba. Con la boca abierta y sin poder creer lo que aquello
significaba, leyó el nombre una y otra vez: Andrés Moreno, Andrés Moreno.
Siguió leyendo hasta el final donde el típico juicio mediático daba pelos y
señales de lo sucedido. No obstante, esto no la arredró, al contrario, se sintió
aliviada al notar cómo la adrenalina le proporcionaba un brío que la hizo
dudar de si verdaderamente era euforia o acaso el producto de un falso
decaimiento
Se tomó el café de un sorbo, pidió la cuenta y salió a la calle. Ya en ella
el aire de la mañana ya avanzada le dijo que ni una cosa ni otra. Se
encontraba bien. Con ánimos para seguir y que dejaría correr ese agua
ahora un tanto turbia hasta que una vez aclarada pudiera saber realmente no
sólo lo sucedido sino el porqué, y sobre todo, quién habría podido ser el
ejecutor de algo que sin el más mínimo titubeo, ella, personalmente, hubiera
sido capaz de realizar, aunque sobre esto último sabía que tenía sus dudas.
Con la bolsa de la compra en una mano y el diario de la mañana en la
otra, regresó a su casa con el pensamiento dividido: llamaba a Berta para
comentarle lo que acababa de leer, llamaba a Paco a la empresa con el
mismo fin... Sobre la primera pensó que no sería buena idea tocar este tema
por ahora, por lo que pensándolo mejor decidió dejarlo correr hasta el día
siguiente, o el otro; no quería alteraciones a estas alturas, más que nada por
Berta y por Felipe, quienes se encontraban ignorantes de lo que había
ocurrido en aquella empresa de importación de automóviles.
En el caso de Jacinto, su novio, tampoco era plan, -se dijo de llamarlo
para contarle lo que había leído en el periódico, ya que sería muy posible
que él estuviera enterado por esa prensa que la mayoría de los hombres
leen entre las líneas deportivas.
Decididamente lo dejaría correr. Se encontraba rara. Estaba en ese
estado en el que cuando a una persona le toca un premio y se siente triste, o
el caso contrario, de que acaeciéndole una desgracia se siente feliz, alegre.
Con una tranquilidad tan inusual como pasmosa abrió el armario al
objeto de sacar la blusa que de antemano tenía preparada, y acerca de la
cual le comentara a Berta. Con ella en la mano y viendo que estaba en
perfecto estado, tan solo a falta de plancha, se quitó la que tenía puesta y se
la probó: “¡Como tenga que aguantar la respiración mucho tiempo por las
razones que sean, estos botones se van a ir a hacer puñetas!” -se dijo entre
dientes y mirándose en el espejo: “Aunque la verdad, hija, es que te queda
para reventar y nunca mejor dicho”.
Dejó la blusa lista al igual que una falda a juego en el tono -aunque no
en el tejido ya que esta era de un fino ante-, sobre la cama, y al tiempo que
pensaba en que se iba a preparar una buena ensalada comenzó a
desvestirse con el propósito de darse un buen baño.
Ya desnuda y a punto de entrar en la bañera sonó el teléfono. Su
primer amago fue el de dejarlo sonar, ya se justificaría luego; pero, pensó ¿y
si es Berta, o Felipe...?
- ¿Dígame? -dijo muy resuelta descolgando el auricular.
- Hola, cielo, soy yo.
Al saber que se trataba de Jacinto, su novio, tal como estaba se sentó
en la descalzadora, y al tiempo que le preguntaba que a qué se debía la
llamada a una hora en la que aún estaría trabajando, se dedicó a mirarse en
la luna de la puerta del ropero que se la había dejado abierta. Jugando
distraídamente con diferentes posturas corporales y realizando gestos un
tanto eróticos, escuchaba la voz de su novio que rezumando melosas
palabras hicieron que se humedeciera de tal manera que el calor la obligó a
mediante una excusa cortar la conversación prometiéndole que lo llamaría
más tarde. Un segundo después se encontraba cubierta de sales y espumas
relajantes las cuales no consiguieron evitar el recordar las palabras utilizadas
por Jacinto para decirle que estaba deseando de verla.
Pasadas las cuatro de la tarde y conociendo el horario que su novio
tenía, lo llamó a su casa.
- ¿La señora María? -Soy Ana, María, la novia de su hijo Jacinto-. ¿Se
puede poner? Es que necesito hablar con él.
- Ah, hola, Ana, si hija ya hace un buen rato que ha llegado, ahora lo
llamo: Jacintooo -llamó la madre dando un grito, escuchándose éste en la
media distancia, seguido del ya voy.
- ¿Ana?
- ¡Oye! ¿¡Es que esperabas a alguien más!? -dijo Ana poniendo en su
voz la apariencia de un enfático enfado, sabiendo que con esa estrategia
tenía asegurada toda una retahíla de palabras susurrantes y tiernas que la
ponían a caer de un guindo.
- Sabes que no, mi amor -dijo comenzando un rosario de delicadas
frases típicas de Jacinto y que, al parecer, no podía remediar.
- Cállate un momento y escúchame. Hoy no podremos vernos, ya te lo
explicaré mañana, y no te preocupes que no pasa nada.
- De acuerdo, cielo, ya me había trazado un plan para esta tarde, pero
no importa, mañana será otro día. Yo también tengo que contarte algo de
sumo interés, no hay prisa, así que no te preocupes.
- Gracias, corazón, eres un sol. Hasta mañana entonces.
- Adiós, cariño, y ambos hicieron sonar el clásico clic de haber colgado.
CINCUENTA Y SEIS
No disfrutaba don Hipólito, aunque sí doña Clara, cuando Angélica le
enseñó el diario y las páginas de sociedad, por lo que una vez leídas las
diferentes reseñas y columnas, comentaban que vaya secuestradores de
poca monta. Oído el comentario, se levantó y dijo que se iba al Casino un
rato, pero pensándolo mejor habida cuenta de que en él estaría Pablo, el hijo
de doña Engracia y que nada más verlo ya comenzarían los guiños y las
indirectas, prefirió sacar el coche e ir a hacer el tiempo en una finca cercana
propiedad de un amigo de la infancia que cultivaba las únicas vides de la
zona.
De vuelta a la casa se encerró en su despacho hasta la hora del
almuerzo, el cual transcurrió en un ambiente más que electrizante y es que
doña Clara estaba deseando de la más mínima oportunidad para volver a
encender la chispa y ver de nuevo en los ojos de su marido aquellos fuegos
artificiales de los que tanto estaba disfrutando aquellos días.
- Mañana por la mañana me voy a Madrid, si queréis algo para los tíos,
me lo decís ahora, ya que el tren sale muy temprano -dijo soltando la
servilleta sobre la mesa y dirigiendo sus pasos de nuevo hacia el despacho.
Viendo el correo que tenía atrasado no se dio cuenta de que lo había
dejado sobre la mesa, y abriendo un cajón sacó una fotografía de Marina.
Verdaderamente seguía enamorado de ella y la deseaba más que nunca.
Sentada al volante de su Seiscientos, Berta esperaba a que Ana bajara.
Miró una vez más su reloj: las doce menos diez -se dijo. “Por Dios, qué larga
se me está haciendo la jornada, ni tres guardias seguidas”. No acababa de
cerrar este pensamiento cuando vio a Ana salir del portal de su casa.
- Hola, Berta. ¡Cuando quieras!
- Vamos allá -dijo Berta poniendo el motor en marcha y tras hacer un
par de maniobras salir de entre los dos vehículos que se encontraban
aparcados en cordón al igual que ella.
Cuando llegaron al Pasarela la suerte quiso que encontraran un
aparcamiento en la misma esquina con lo que solo tuvieron que caminar
unos cien metros.
Ya en el interior del local vieron cómo Felipe, que había estado toda la
noche pendiente de su llegada, les hizo una seña indicándoles una mesa que
tenía el cartelito de reservada al igual que la mesa de al lado, y que estaba
reservada evidentemente, para don Hipólito, por lo que en el momento en
que se sentaron las dos mujeres el cartelito fue retirado. No podía dejar al
azar el que se sospechara una ubicación tan estratégicamente estudiada.
A medida que pasaba el tiempo, tanto Berta como Ana se miraban la
una a la otra denotándose en sus miradas que el nerviosismo estaba
comenzando a hacer presa en ellas.
Estaban apurando el cóctel de champaña cuando el corazón de ambas
se aceleró de tal manera que lo primero que hizo Berta fue mirar la blusa de
Ana, pero no, aquello de momento aguantaba. Don Hipólito acababa de
entrar, y Felipe haciéndose el encontradizo lo saludó diciendo: ¿Vd. por aquí
de nuevo, don Hipólito? A lo que el hombre contestó: ¡A ver si esta noche hay
suerte!
Esta respuesta dejó a Felipe un tanto trastocado, ya que en ese
momento no cayó en la cuenta de a qué se podía referir. No obstante, no le
dio importancia al comentario, por lo que siguiendo el plan trazado le indicó
la mesa indicándole que estaba reservada, pero que ya no vendrían los
clientes y a él se le había pasado quitar el cartelito de reservada.
- Pues me ha venido muy bien -dijo don Hipólito mirando a las dos
mujeres de la mesa de al lado las cuales, tal cual estaba previsto, eran en
este caso Ana y Berta.
- Pero, que muy bien, y que agradable coincidencia -dijo acercándose a
Berta e inclinándose y pidiéndole la mano, gesto que ella tomó con cierta
indiferencia con el fin de darle más morbo al saludo.
A continuación hizo lo propio con Ana al tiempo que le preguntaba a
Berta si esta era la amiga que esperaba aquella noche en la que se
conocieron.
- Sí, ella es la amiga de la que le hablé aquella noche que nos
conocimos, y que por razones que no vienen al caso llegó tarde, y yo hube
de dejarlo de una forma incorrecta, pero a veces las cosas no salen como
una desearía, ¿verdad? -dijo Berta utilizando su mejor registro teatral.
- Bueno, pero aquello ya pasó, esta es una nueva noche que promete,
espero, diversión que es lo que se necesita tras duras jornadas de trabajo -
dijo don Hipólito al tiempo que preguntaba: -¿Entonces esta señorita tan bella
es su amiga Ana? Creo que así me dijo Vd. que se llamaba, ?verdad?
- Sí, en efecto, ella es Ana Villanueva -apuntó Berta con una sonrisa
bien ensayada; como todas las que se iban a poder contemplar en los rostros
de las dos mujeres aquella larga noche.
- Ana, éste es don Hipólito de la Torre. Ya te hablé aquella noche
acerca del caballero que tan amablemente me invitó a una copa al verme tan
aburrida mientras te esperaba.
- Mucho gusto, don Hipólito -dijo Ana con la misma sonrisa ensayada.
- ¡Pero qué pamplinas son esas de don Hipólito! Tratándose de una
amiga de mi querida paisana Berta, deseo que me llaméis Poli, así es como
me llaman mis amigos. Si no tenéis inconveniente, claro.
- Ninguno; Poli me parece como más familiar, más íntimo -dijo Ana,
dejando caer las palabras una tras otra.
- Eso está mejor. Pero veo vuestras copas vacías y yo necesito
celebrar este maravilloso nuevo encuentro, y ahora más completo, por todo
lo alto -dijo esto mirando hacia donde se encontraba Felipe haciéndole unas
señas con la mano con la intención de que se acercara.
- Felipe, mira qué dos hermosuras me he encontrado aquí esta noche.
¿Soy o no soy un tío con suerte? -dijo guiñándole un ojo.
- Está demostrado don Hipólito que el que vale, vale -dijo devolviéndole
el guiño al tiempo que su mente escribía con grandes y luminosas letras:
“Guiña, guiña, que te van a dejar en eso, en un guiño”.
- Sírveles a las señoritas lo que deseen, y a mí me pones un Bourbon,
ya sabes, y que sea doble. Hay veces en la vida que al mismo tiempo que se
ahogan las penas emergen a la superficie la solución a otros problemas.
- Huy, huy, pero si resulta que nos ha salido hasta Poeta -dijo Ana
sonriendo y mostrando una hileras de blancos y perfectos dientes.
- ¿Y qué problemas son esos, si puede saberse? -le requirió Berta
utilizando sus armas femeninas, al tiempo que le decía a Felipe que ellas
iban a repetir el cóctel de champaña.
- Algo que, haciéndole caso a un amigo, y después de conoceros a
vosotras, voy a dejar correr aunque sea por una noche.
Estaba claro que Berta sabía perfectamente a qué se refería don
Hipólito, pues todo el mundo en Alcoy sabía no sólo de sus andanzas, sino
que además lo tenían en el punto e mira desde hacía mucho tiempo; lo que
pasaba era que no se encontraba el modo de poder meterle mano dado el
poder que éste, aun a pesar del tiempo transcurrido, continuaba ostentando.
- Pues que así sea. Sea como Vd. quiera, y como dice aquí su paisana,
Berta, esta noche toca divertirse y dejar en el camino los problemas y todo lo
que pueda entorpecer una buena diversión -comentó Ana.
-Así se habla -dijo don Hipólito haciéndole nuevas señas a Felipe, ya
que el Bourbon se lo había echado al coleto de un solo trago.
CINCUENTA Y SIETE
Tras la llamada de Eduardo comunicándole que la Rueda de Prensa se
podía celebrar el día que a ella le interesaba por razones de publicidad,
recibió otra llamada desde Sevilla que le llenó tanto como para atreverse a
pedirle al Comisario Pulido, después de haberle dado alguna información
acerca de la evolución de la investigación, si podía desplazarse a Madrid
aunque tan sólo fuera por un día.
El Comisario, que hizo un comentario acerca de que le encantaba
Madrid, y de la forma en que se lo pidió Marina, al parecer, no encontró
motivo alguno para no acceder, por lo que ella se sintió tan encantada como
agradecida de que la acompañara, ya que le argumentó que bien podrían
haber respuestas a preguntas por parte de la Prensa, y a las que ella no
sabría cómo responder.
La rueda de prensa celebrada por Marina y a la que asistió Carlos con
lo que ella se sintió aún más segura sabiéndolo a su lado, fue un auténtico
éxito que hizo que al día siguiente los periódicos en sus páginas de
sociedad mostraran en esta ocasión más sensacionalismo que nunca. El
secuestro de una Actriz que volvía al mundo del cine y en las condiciones
como las que manifestó aquella noche de la fiesta del cine en el Wellington,
conmovió a todo el Madrid relacionado con el mundo del espectáculo.
Su versión de los hechos fue relatada de forma tan magistral,
pormenorizada y melodramática, que todos los periodistas allí presentes no
sólo se encontraban conmovidos ante tal narración sino que además estaban
maravillados ante la demostración de calidad que como guionista Marina
estaba demostrando en aquellos momentos.
Con aquel énfasis propio de los escritores ya consumados, Marina
daba vida a un acontecimiento que, sin dejar de ser ciertamente macabro,
ella conseguía que los periodistas asistentes al acto, mentalmente, mientras
escuchaban el relato ya se peleaban por hacer la primera pregunta, por lo
que de aquel enjambre que formaba el nutrido grupo de medios de
información, saltó la primera cuestión.
- Señorita Marina, ¿es cierto que su viaje a Sevilla ha sido, además de
acompañar a su prometido, presentarle el proyecto de su nuevo Guión a don
Cesáreo González?
- Sí, efectivamente, lo que no entiendo es cómo lo ha sabido Vd.
cuando yo no he hablado aún con nadie acerca de este proyecto, excepto
con mi correctora quien ha sido la única persona que lo conocía, ya que ella
misma fue la que lo mecanografió. Y en ella, créanme caballeros que ésta,
Marina, tiene puesta toda su confianza -dijo señalando a la joven que tenía a
su lado.
- Señorita Marina, ¿qué hay acerca de la película que tiene proyectada
junto a Mastroianni, producto de su primer guión y cuyos beneficios prometió,
aquella noche en el Wellintong, que iban a estar destinados a la AA.RR.?
- No ocurre absolutamente nada que no sea favorable a ese proyecto.
Únicamente estamos a la espera de acabar la selección de algunas figuras
secundarias y encontrar los lugares más apropiados con el fin de poder
comenzar el rodaje. Le anticipo que será muy pronto, ya que hemos
encontrado un grupo de aficionados que se han ofrecido a participar
gratuitamente al objeto de que ellos se vayan, de esta forma solidaria, dando
a conocer, lo cual es de agradecer en lo que vale su colaboración.
- ¿Qué se sabe acerca del estado en que se encuentra la investigación
sobre su secuestro? -preguntó un periodista que al parecer no era español.
- A esto creo que don Enrique Pulido, Comisario que se ha desplazado
desde Sevilla al objeto de darme alguna información y haber tenido la
amabilidad de estar presente en esta rueda de prensa, sería el más idóneo
para responder en la medida de lo posible a su pregunta.
- Gracias, Irene -dijo el Comisario acercándose al micrófono. -Sí,
efectivamente la investigación se está llevando a cabo a través de contactos
relacionados con los bajos fondos de Cádiz y Sevilla, ya que lo único que
sabemos hasta ahora es que el secuestrador que murió en el asalto para la
liberación de la señorita Marina era natural de Sevilla y trabajador en
tiempos como descargador en el Muelle de la Sal, donde parece ser que
conoció al americano que acababa de llegar de Cádiz y donde, al parecer,
tenía su, digamos, centro de trabajo.
- Desgraciadamente, a este sujeto, el tal Casey, no hay manera de
poderle soltar la lengua, aunque se le han aplicado todos los métodos que
nos permiten las leyes. No obstante, he de reconocer que en algunos
momentos hemos llegado a pensar en tomar medidas más contundentes, sin
embargo, a habido que descartarlo ya que este individuo nos ha demostrado
con absoluta rotundidad que hagamos lo que hagamos no va a mermar sus
facultades. Está muy bien aleccionado, muy bien pagado o nos ha resultado
ser un delincuente muy fiel a sus patronos.
- En definitiva así esta el proceso. El sumario al igual que la búsqueda
de posibles indicios tanto en Cádiz como en Sevilla sigue abierto hasta que
el Señor Juez dictamine lo contrario.
- Pero, ¿ya hay fecha para el Juicio? - insistió el periodista.
- No, y créanme que no será por ganas, es simplemente porque nos
falta lo principal: el móvil, algún testigo que pueda entrar en el campo de la
sospecha con relación al que organizó el secuestro, o alguna hipótesis que
más tarde se haga realidad con la unión de algunos, aunque justo es
reconocer, débiles cabos sueltos.
- Señorita Parra, tengo entendido que después de muchos años de
haber estado separada de su familia, al fin se han reconciliado. ¿Es cierto
que han venido desde Málaga para estar con Vd. en estos momentos?
- Sí, no puedo negar el que debido a la distancia y a ciertas
desavenencias no he tenido con ella, desgraciadamente, mucha o casi
podría decir ninguna relación, pero, ahora me siento feliz. Ya ha pasado todo
y ellos tras conocer la noticia a través de los medios, no lo han dudado un
momento, detalle éste por el que les estaré eternamente agradecida, sobre
todo a mi madre a la que, precisamente, le he hecho más daño. Pero como
acabo de decir ya todo ha pasado y volvemos a estar juntos.
- Pero, ¿por qué no le ha acompañado a Vd. en un momento como
éste? -insistió el periodista.
- Como diría mi prometido, que es Abogado, su pregunta es irrelevante,
creo, no obstante, le diré que a mi familia, sobre todo a mi madre, no le
gustan estos actos por los que en Málaga ya han intentado hacerla pasar. Ya
está un poco mayor, sufre mucho con ello y hay que entenderlo: de todas
formas lo importante es que ya estamos juntos otra vez y yo me siento
inmensamente feliz de tenerla a mi lado.
- Señorita Parra, volviendo al tema del ofrecimiento de su Guión a don
Cesáreo González en Sevilla: ¿Llegó Vd., a entrevistarse con él? Y otra
pregunta -si me lo permite-: Si hubo encuentro, ¿qué le pareció, y si llegaron
a algún acuerdo para producir la película?
- No, y con esta respuesta creo que resuelvo sus dos preguntas, ya que
Vds. comprenderán que después de lo sucedido no tenía ánimos para
realizar ninguna gestión acerca del tema. Lo único que pude hacer fue
llamarle por teléfono y anular la entrevista comentándole lo que me ocurrió.
Tras colgar el teléfono no tardó nada en presentarse en el hotel a interesarse
por mi estado, detalle que le agradecí profundamente, aprovechando para
pedirme le dejara el Guión con el fin de estudiarlo, y quedando en concertar
más adelante una nueva entrevista en la cual lo trataríamos con el tiempo
que requiere este tipo de obras.
- Señorita, Marina, nos gustaría saber -porque lo hemos comentado
antes de comenzar la rueda de prensa-: si le ha pasado por la cabeza la idea
de escribir un Guión teniendo como argumento la experiencia que ha vivido.
- No, en ningún momento. Este es un tema que prefiero no volver a
reencontrarme con él ni directa ni indirectamente.
- Bien, señores, creo que con esto ya es suficiente -dijo Carlos con la
intención de cerrar la rueda de prensa.
- Una última pregunta. Si me lo permite: ¿Volvería Vd. a Sevilla?
- Disculpe, pero eso no es una pregunta. Eso es una herejía... ¿Que si
volvería a Sevilla? Es la única ciudad en el mundo donde cualquier cosa que
ocurra, sea lo que sea, estará rodeada de embrujo. Vd. no la conoce, y si es
así vaya cuanto antes, aunque es muy posible que no vuelva a Madrid -esto
último lo dijo con tan deslumbrante sonrisa que todos se contagiaron de ella.
CINCUENTA Y OCHO
Tanto Berta como Ana habían hecho variados amagos de intento de dar
por terminada la sonada noche. Don Hipólito, entre lisonjas y el deseo lascivo
que veían en sus ojos cada vez que estos se cruzaban con los de ellas,
quería seguir cuando pasadas las dos y media de la madrugada, Berta
decidida dijo que se marchaban ya. De la forma que se expresó, el hombre
vio la oportunidad de acabar su fiesta poniéndole un dorado colofón a lo que
durante toda la velada bullía en sus turbios pensamientos, por lo que,
dejando caer la propuesta, insinuó:
- Siempre que vengo a Madrid me echo en la maleta una botella de
Moët & Chandón Brut Imperial. Os aseguro que nunca habéis probado una
cosa más exquisita.
- Pero estará caliente -dijo Ana abriendo las puertas de los hornos que
eran en esos momentos los ojos de don Hipólito, y el cual, mentalmente, ya
se frotaba las manos viendo a las dos mujeres metidas en su cama.
- No, porque en este hotel, al igual que en los de cierta categoría se ha
comenzado a implantar la colocación de una pequeña neverita que si bien no
tiene congelador sí que enfría y mucho. Ya lo tengo más que comprobado.
Por eso no os preocupéis. Vais a probar la bebida de los dioses.
Berta y Ana, a ojos de don Hipólito, cruzaron una mirada
aparentemente inocente y que a éste no le pasó por alto. La estrategia
funcionó, por lo que con la evidente aquiescencia de ambas, buscó a Felipe
al objeto de liquidar la cuenta. Al no verlo llamó al camarero más cercano y le
preguntó por él. Cuando le dijo que se había tenido que marchar antes, sin
darle mayor importancia pagó al tiempo que trastabillándose un poco se
levantó ofreciéndole ambos brazos a las dos mujeres con el fin de marchar.
Berta y Ana se pusieron cada una a un lado y tomándolo del brazo salieron a
la calle.
Ya en la calle, don Hipólito hizo intento de llamar un taxi. Berta lo
detuvo aludiendo que ella había dejado aparcado su coche en la esquina,
comentándole que si no era un automóvil de lujo sí que le tenía solucionado
el problema del transporte en Madrid, que tan difícil era encontrar sitios
donde dejarlo.
Entre lo pequeño del habitáculo del Seiscientos, el corpachón de don
Hipólito y el estado de embriaguez que ya estaba presentando los efectos de
los diferentes bourbon ingeridos y no sin ayuda de las que, en apariencia
según él, también estaban colocadas, consiguió entrar.
Una vez los tres dentro, y entre falsas y bien trabajadas risas por parte
de ambas, y el más absoluto y feliz convencimiento por parte del hombre de
que se lo iba a pasar en grande, el pequeño coche giró en la esquina y tomó
la dirección de Atocha.
Durante el trayecto, don Hipólito no paraba de hablar relatando
antiguas vivencias acerca de sus empresas, elogiando su buen hacer y lo
bien que le iban los negocios.
- Ahora tengo un proyecto nuevo, porque Berta, no sé si estarás
enterada de que la fábrica de textiles que tengo en Orihuela, unos
desalmados me la incendiaron no dejando ni siquiera un posible rastro
acerca de quién o quiénes pudieron hacer aquello; ahora le hablaba con la
familiaridad más descarada. La Policía Científica sigue sin darme noticias
acerca de un posible adelanto en la investigación, pero yo no cejo en el
empeño de que algún día se sepa del porqué de semejante ataque a una
persona que, como yo, no le he hecho daño a nadie, y es lo que yo digo, si
alguien tiene algún problema conmigo que venga, me lo cuente, dialogamos,
lo arreglamos y aquí paz y se acabó todo, pero no, prefirieron quemar lo que
con tanto trabajo me costó levantar... ¡Si yo le pusiera la mano encima! Pero
bueno, ya se está reconstruyendo y además ampliando, pues he conseguido
que la gente de la Cooperativa que está al lado y que dado el bajón de la
Agricultura en la zona ha cerrado un par de naves, me las vendan y las voy a
convertir en unos telares para los que ya tengo un socio con el que voy a
fabricar y exportar alfombras.
“¡Madre del Amor Hermoso!”-pensaban las dos mujeres oyéndolo sin
parar. Era incansable. Berta de vez en cuando intentaba sonsacarle algo
acerca de las vivencias de su adolescencia, unas veces, de sus orígenes
otras, sin poderlo conseguir, ya que él de forma inconsciente e ignorándola,
seguía con su retahíla.
Llegados al Hotel y una vez fuera del coche don Hipólito le dio la llave a
Berta recomendándole que, para no despertar sospechas, ella entrara sola y
se fuera para la habitación, y que subiera por la escalera al objeto de estar
en el Hall el menor tiempo posible con el fin de que el Conserje de noche,
aunque posiblemente estuviera dando una cabezada, no reparara en ella.
Berta asintió mostrando cierto aire enigmático, aunque en ese sentido
no tenía problema, ya que previamente, ambas amigas tenían previsto y muy
estudiado cada una su disfraz. Berta llevaba una peluca de abundante
melena muy negra azabache, cuando su color natural y corte era un cabello
muy corto y de color casi pelirrojo.
Por el contrario Ana, más bajita aun a pesar de los tacones, poseía una
hermosa melena rubia, y que ahora aparecía completamente cubierta con
una peluca de pelo recogido, y en la que parecía imposible hubiera podido
meter aquella mata de cabellos ondulados.
Tras esta recomendación, Berta entró con paso decido en el hotel y se
dirigió a la escalera bien visible desde la puerta giratoria. Sin mayor dilación y
casi sin reparar en ella el Conserje le dio las buenas noches y siguió sentado
tras el mostrador ojeando una revista. Sin duda pensaría que debía tratarse
de alguna clienta que hubiera llegado esa misma tarde, por lo que ni tan
siquiera le preguntó si tenía la llave: “Obviamente la tiene, de lo contrario la
habría pedido”.
Subir por la escalera también fue una buena estrategia, ya que de esta
forma cualquiera podría pensar en que su habitación estaría en el primer piso,
por lo que nadie la relacionaría, en todo caso, con un piso tan alto como el
cuarto. En ese caso hubiera tomado el ascensor, cosa que hizo cuando llegó
a la primera planta; en ella sí lo llamó y en él subió hasta arriba. Era mucha
altura para subir a pie -pensó.
Ya en el piso, Berta buscó la habitación cuatrocientos catorce
encontrándola en el segundo pasillo; abrió la puerta con la llave y entró.
Pasados un par de minutos llamó quedamente: Felipe, ¿estás ahí? Como la
habitación disponía de vestidor, Felipe salió de detrás de la puerta toda vez
que había visto entrar sola a Berta. El había entrado utilizando un
ganchillo.
- Chica, sí que habéis tardado, ya me estaba quedando dormido
sentado en el sillón y mirando ese pedazo de cama que parecía que me
estaba llamando a voces, y anda que no me hubiera echado encima un buen
rato, pero por miedo a quedarme dormido... Por cierto, ¿cómo va la cosa?
- A pedir de boca- dijo Berta-. Y no veas cómo bebe el cabrón, es una
esponja, y lo que le ha costado ¡qué barbaridad! Sí que sois caros ahí, eh,
así viene el hijo de puta, que no se tiene en pie, pero aguanta, ya lo creo que
está aguantando pensando en que lo van a llevar al paraíso, y no sabe que
tiene toda la razón.
- He estado mirando, y además de los dos vasos que hay en el Cuarto
de Baño, tiene otro en la mesita de noche. Suficiente para los tres. Hay uno
que nos viene al pelo.
- ¿Por qué dices eso? -pregunto Berta.
- Fíjate que el de la mesita es diferente. Así no os podéis confundir, y
para que no erréis caso de que sea él el que escancie el champaña que está
en la neverita y que, vaya lujo, ya que no va a hacer falta sacar la botella de
Four Roses que trae Ana en su bolso, cuando abra la botella haces como
que te tambaleas, te echas un poco encima de él y le dices que tú lo harás,
porque, riéndote, eres una experta. Por cierto, ¿para dormirlo qué te has
traído? porque imagino que habrá que distraerlo con el fin de ponerle las
gotas en el vaso cuando tenga el licor.
- No. Ya me he agenciado de un anestésico rápido y que, aunque de
corta duración, será suficiente para ponerle una buena dosis de anestesia.
De eso no tienes que preocuparte, además, este compuesto es un líquido
con el que se impregna el vaso por lo que no se trata de ponerle unas gotas.
Al ponerle las gotas habría que hacerlo de forma muy disimulada y él podría
no darnos las facilidades necesarias, mientras que estando el vaso ya
impregnado en su interior, al verter el licor, éste al entrar en el vaso
comenzaría junto con el anestésico a desarrollar su función mediante la
mezcla; en este caso el licor haría de catalizador -dijo Berta abriendo el bolso
y mostrándole un par de frasquitos etiquetados.
- Berta, no te vayas a confundir, por tu madre que si no, la liamos.
- Tú preocúpate de que no te vea, que este cabrón es un zorro y no
vaya a ser que se esté quedando con nosotras. El hijo puta se lo estaría
trabajando bien si fuera así, -dijo Berta cogiéndole la mano y apretándosela.
- Por cierto, Berta, te veo maravillosa con ese pelo. Te sienta muy bien.
Pasado el tiempo que don Hipólito pensó, con sus pocas luces, era
más que prudencial, ayudado por Ana salió del coche. Ella cerró las puertas
con la llave, y agarrándose del brazo del hombre, cosa que a él le hizo
estremecer aún a pesar del delicado cuerpo que se pegaba al suyo. Se
inclinó con el fin de alcanzar su boca y besarla pero ella se dejó caer hacia
un lado haciendo como la que tropezaba. Él la sujetó y volvió a intentarlo en
la puerta del hotel. Se refrenó, ya que justo en ese momento la puerta giraba
y salía una pareja muy amartelada por lo que pensó: “No me dais ninguna
envidia, imbéciles”
Pasado el momento ambos atravesaron la puerta giratoria y se
dirigieron como dos buenos camaradas hacia el ascensor, el cual se
encontraba afortunadamente detenido en la planta baja, por lo que sin hacer
el menor ruido entraron en él, cerraron la puerta y subieron.
Como la puerta de la habitación se encontraba medio abierta, pasaron
a dentro donde Ana -con aires de cansancio bien estudiado-, se dejó caer en
un sillón, mientras Berta cogía a don Hipólito y lo ayudaba a sentarse en el
borde de la cama. Él, pensando que eran los preliminares de lo que allí iba a
acontecer, asiendo a la mujer por la cintura se echó de espaldas sobre la
cama arrastrándola sobre su cuerpo. Entre su poca habilidad dado el estado
en que se encontraba y lo hábilmente que Berta esquivaba sus intentos de
besarla sin dar a entender que no lo deseara, Ana se dirigió al pequeño bar
de donde extrajo la botella, y se la pasó a don Hipólito con el fin de que fuera
él el que la abriera, cosa que hizo no sin esfuerzo, pero cobrando con ello
aún más confianza en las dos mujeres.
Una vez comenzadas a tomar vida las primeras y doradas espumas,
Berta le dio a Ana un vaso que previamente había traído del lavabo,
haciéndose ella con el otro. Sería el mismo don Hipólito el que alargando el
brazo y sin esperar, tomaría el que estaba en la mesilla de noche y ya
perfectamente preparado para cumplir con su cometido.
Entre risas, saludos y brindis, se dejaron las copas vacías por lo que al
único que de inmediato le hizo efecto fue a don Hipólito, el cual se sentó
violentamente en la cama cayendo de espaldas sin conocimiento.
CINCUENTA Y NUEVE
En el momento en que don Hipólito caía de espaldas, Felipe, que no
había perdido detalle pues todo lo estaba presenciando desde la ranura que
formaba la puerta de vestidor con el marco, se hizo presente en la estancia
preguntándole a las dos mujeres qué tenía que hacer él.
- Saca de mi bolso las dos toallas plastificadas que traigo -dijo Ana
alargándoselo, al tiempo que ella extraía un estuche que una vez abierto
mostró lo que podría llamarse un conjunto de instrumentos quirúrgico de
urgencia, los mismos que depositó sobre la mesa en perfecto orden.
Berta, con la velocidad de una centella y la habilidad que le
caracterizaba, le había puesto una inyección anestésica con la suficiente
cantidad como para que no despertara en varias horas. Ana -que había
reparado en la cantidad y el tipo-, le preguntó observando su gesto.
- ¿No te has pasado en la cantidad?
- No, está bien, con esta cantidad podrás trabajar tan tranquila como
puedas y tan despacio como quieras, además si le pasara algo, yo
particularmente no me iba a poner a llorar. Éste cabrón ya no va a poder
volver a las andadas ni de una manera ni de otra.
- Eso por descontado -éste va a quedar bien castrado, tan bien que
hasta su organismo se va a quedar con las ganas de producir las hormonas
que antes producía, gran cantidad de testosteronas y estrógenos se van a ir
de vacaciones perpetuas para siempre, incluso esa mínima cantidad que
produce la corteza suprarrenal no las va a volver a ver ni en pintura -dijo
Berta mostrando una muy alta seguridad en sí misma.
- Felipe, quita los dos cordones de la cortinas y amarra al mal nacido
este por las muñecas y los tobillos a las barras de la cama -le pidió Ana, la
cual se había colocado una bata de plástico al tiempo que le ofrecía la otra a
Berta.
- No le va ha hacer falta que lo amarre, con la dosis que le he puesto,
éste no se mueve en mucho tiempo -dijo Berta.
- No, si la idea de amarrarlo es para dejarlo así, y que cuando se
despierte no se pueda mover; ni mover ni hablar porque le vamos a dejar la
boca sellada con esta cinta. Mañana por la mañana cuando venga la
Camarera a hacer la habitación, pobre mujer, será la que se lo encuentre.
Cuando Felipe acabó de amarrarlo y colocarle la cinta adhesiva
tapándole la boca, le dijo a Ana: Bueno, pues esto ya está, así que cuando
Vds. quieran podéis comenzar; yo me quedaré aquí por si me necesitarais.
- Ana, ya me dirás en qué te puedo ir ayudando -se ofreció Berta.
- No te preocupes. Esto no es nada complicado. Lo que lo complica es
que tengo que intentar hacerlo de forma que no parezca que la operación la
haya realizado un profesional; vaya, que he de intentar que parezca una
chapuza. De esta forma nunca podrán relacionarla con alguien que practique
la Cirugía profesionalmente.
- Pues sí que has pensado en todo, chica -dijo Berta alargándole el
instrumental que su amiga le iba pidiendo.
- Como que si esta intervención la hago en el hospital, seguro que me
echan en ese mismo momento -comentó Ana riéndose.
Una vez con el pene de don Hipólito en la mano, cauterizada y cosida
la herida en la cual había dejado previamente una cánula flexible, Ana se lo
entregó a Felipe, el cual lo introdujo en un bote de cristal el cual contenía un
preparado de Formol al diez por ciento.
- Bien, ahora vamos a por los testículos. ¿No sé si extirpárselos los dos
o dejarle uno para su recreo? -dijo Ana mirando a Berta y a Felipe-. ¿Qué os
parece? Podríamos dejarle uno y así cuando se mire al espejo se preguntará
que para que le habrán dejado solo uno si ni con los dos podría hacer nada.
- Sí, déjale uno, así tendrá algo que lavarse ahí abajo -dijo Felipe
echándose unas risas que contagiaron a las dos mujeres.
- Conforme, le dejaremos uno, y haciendo el gesto de levantar su dedo
corazón hacia arriba, tomó el escroto en cuya bolsa se encuentran los
testículos ahora completamente relajados, por lo que mediante una nada
cuidada, aunque segura incisión, procedió a separar uno, y dejando al otro
absolutamente huérfano y quedando tan limpio como mal cosido, señal de
que aquello solo lo había realizado alguien que en su pueblo se dedicara a
capar cochinos; claro, que de este detalle tan sólo se daban cuenta ambas
mujeres, ya que Felipe aunque lo estaba observando, aquello le parecía,
según dijo, de lo más natural.
De nuevo, y una vez dadas unas puntadas sobre el escroto extraído,
Felipe abrió el bote en el que Ana lo depositó haciéndole compañía al pene.
La misma Ana con la ayuda de Berta que le preparaba apósitos y
vendas, dejaron aquella zona, vendada de tal manera que más bien parecía
que la habían realizado las más inexpertas manos que pudieran imaginarse.
Ante la imagen de ver que donde no hacía mucho tiempo existieron unos
genitales que otrora hicieran tantísimo daño, el dolor se vio reflejado en las
lágrimas que corrían no sólo por el rostro de Berta, sino por el de Ana y hasta
el de Felipe que no pudo inhibirse de aquel doloroso y crucial momento,
Acabado el proceso, entre los tres retiraron las toallas plastificadas y
echas un lío Ana las volvió a introducir en su bolso dentro de una bolsa de
plástico. La cama, con don Hipólito acostado boca arriba, amarrado por
ambas muñecas y los pies a las barras del barandal, presentaba el aspecto
de que sobre ella no se había hecho absolutamente nada.
Mientras Berta guardaba cuanto había traído en su bolso, y se
dedicaba a pasar un paño humedecido con un producto de limpieza sobre
todas aquellas partes en las que pensaba podrían haber dejado algunas
huellas antes de haberse colocado los guantes que sirvieron para la
intervención, Ana en el Cuarto de Baño limpiaba en el lavabo su instrumental
y una vez seco lo iba devolviendo a su estuche.
Ya con toda la habitación en el más perfecto orden, se sentaron los tres
en el sofá, y cada uno con su pañuelo cogían la botella de aquel,
verdaderamente, extraordinario Champaña y celebraban en la más íntima
camaradería el final de tan ansiado proyecto. Dejaron la botella sobre la
mesita de noche y Felipe miró su reloj. Las ocho menos cuarto -dijo mirando
a Berta y a Ana, las cuales no le quitaban ojo a aquella idea que sobre la
marcha y de forma espontánea se le había ocurrido a Ana, y la cual dejó
sobre el amplio y desnudo abdomen de don Hipólito.
Bien -dijo Berta si inmutarse lo más mínimo-. Felipe, tú y yo vamos a
bajar en el ascensor hasta la primera planta. Luego por la escalera bajamos
al Hall ya que la escalera está más alejada del mostrador de Conserjería, y
como a esta hora estarán viendo el movimiento de las entradas y salidas
para el registro del relevo, pues no se van a fijar mucho en una pareja que
sale temprano.
Cuando cruzaron el Hall de entrada en dirección a la puerta giratoria y
en amena charla con un plano en la mano, uno de los conserjes tan sólo se
volvió para darles los buenos días. Respondiendo al saludo con medio giro,
alcanzaron la puerta giratoria y salieron a la calle. Minutos después ambos
estaban acomodados dentro del Seiscientos.
Ana, a instancias de las recomendaciones de Felipe, bajó en el
ascensor y se fue directamente hacia la Cafetería del hotel, no sin al pasar
dar los buenos días a los conserjes que seguían con sus trámites. Ya en la
Cafetería, como quiera que observara a dos clientes desayunando, y viendo
que el camarero se encontraba ausente pues debía de estar ocupado en el
interior, salió a la calle por la puerta de la Cafetería.
Avanzando por la acera y con aire distraído, Ana giró en la esquina
dirigiendo sus pasos hacia donde recordaba que unas horas antes Berta
había dejado aparcado el coche. Al verla, Felipe y Berta se relajaron, y
cuando ésta entró, todos se volvieron preguntas con idea de saber cómo
había ido la salida del Hotel. Una vez enterados del episodio tanto de una
como de los otros, Berta puso el motor en marcha y se metieron en la
vorágine del tráfico que a aquella hora ya comenzaba a ser intenso.
- Tenemos el tiempo justo para llegar al Hospital. Esto de haber
coincidido ambas con turno de mañana, nos ha venido de maravillas: así
nadie podrá relacionarnos con lo acontecido esta madrugada -dijo Berta,
terminando con ello de tranquilizar a Ana que era la que mayor estado de
relativa ansiedad presentaba.
Berta, a indicaciones de Felipe, giró en una esquina, dio la vuelta a la
manzana y detuvo el coche.
- Yo me quedo aquí - dijo Felipe. Y sacando de debajo de la chaqueta
una especie de mochila plegada que llevaba sujeta con el cinturón del
pantalón pidió que le dieran las toallas utilizadas y las introdujo en la bolsa.
- ¿Y te vas a volver andando hasta tu coche? -preguntó Berta.
- Sí, un buen paseo con este fresquito me vendrá bien. Luego cuando
pase por la obra de las viviendas que están haciendo al final de Méndez
Álvaro, la echaré en el bidón donde los albañiles están siempre quemando
maderas viejas. A esta hora estarán en el tajo y nadie va a reparar en mí.
Estad tranquilas. Luego a la hora del almuerzo me dejaré caer por el Hospital
para ver cómo os encontráis.
Ya más tranquilas se pusieron de nuevo en marcha dejando a Felipe
estático sobre la acera y viendo cómo el pequeño utilitario desaparecía entre
una multitud de vehículos.
SESENTA
Pasadas las dos y media de la tarde, la camarera que atendía la cuarta
planta del Hotel Atocha viendo que se le acababa el turno y que la habitación
cuatrocientos catorce estaba por hacer aún, ya que había llamado en dos
ocasiones sin resultado, cogió su llave maestra y entró preguntando si había
alguien. Al no obtener respuesta avanzó hacia el interior encontrándose a
don Hipólito totalmente inconsciente después de tantas horas. Era evidente
que se encontraba, dado el tiempo transcurrido, y además, el haberle
anestesiado encontrándose en un grado de alta intoxicación etílica, en
estado de una gravedad comatosa que difícil sería de superar.
Con la boca abierta y sin poder gesticular palabra alguna, la camarera
retrocedió hacia la puerta sin dejar de observar a aquel cuerpo que, desnudo,
y, a su parecer, sin genitales aunque sus partes vendadas y unos cortes en el
tórax con los que se podía leer entre las tetillas: Timo 414 y más abajo, sobre
el vientre, la palabra Asesino, salió corriendo por el pasillo hacia el cuarto de
servicio desde cuyo teléfono interior se puso en comunicación con la
Conserjería.
Con la palidez propia de quien ha recibido la noticia más macabra que
pudiera haber imaginado, el Conserje entró sin llamar en el despacho del
Director del Hotel, el cual se encontraba atendiendo en ese momento a un
cliente que le estaba presentando unas quejas respecto de los
desagradables ruidos que durante casi toda la noche estuvo soportando y
que provenían de la habitación contigua a la suya.
- Pero... ¿qué diablos? ¿Qué modales son esos de entrar en mi
despacho, Gutiérrez, ¿Acaso no sabe llamar? ¿Cuántas veces le he dicho a
Vd. y a todo el personal que para eso está el teléfono, para llamar y
preguntar si estoy o no ocupado? -farfulló el Director mostrando una
conducta colérica que en modo alguno era en absoluto propia ante la
presencia de un cliente.
- Lo sé, señor Director, lo sé perfectamente por lo que le pido disculpas
a Vd. y también a Vd., señor. Pero verá Vd., señor Director -dijo el Conserje
de forma tan atropellada que no acababa de caer en la cuenta de que
semejante comentario no debería hacerlo estando aún el cliente delante, por
lo que en un momento de lucidez, dijo: ¡Necesito hablar con Vd. a solas,
urgentemente Señor Director!
Ahora sí, ahora en ese momento fue cuando el Director reparó en la
cara que tenía su empleado, por lo que pidiéndole disculpas al cliente y
exponiéndole que algo grave, al parecer, ocurría, le abrió la puerta rogándole
le esperase en la Cafetería donde con mucho gusto, le aseguró, sería para él
un honor invitarle a una copa mientras hablaban acerca de aquello que le
había estado incomodando.
- ¿A ver qué es eso que le tiene preso de pánico, diría yo? Y no se
atropelle Vd., Gutiérrez, que ya tiene muchos años de profesión para
alterarse de esa manera. Vamos cuénteme...
Puesto en antecedentes, el Director, dejando las órdenes oportunas
para en su ausencia, tomó el ascensor junto con el Conserje en dirección a la
habitación cuatrocientos catorce, en cuya puerta y apoyadas sobre la pared
de enfrente, se hallaban la camarera de la planta que estaba siendo
tranquilizada por las de las plantas tercera y quinta que habían acudido a la
llamada alarmante y horrorizada de ésta.
- ¡Dios del cielo! -en el momento fue lo único que se le ocurrió decir al
Director cuando entrando en la habitación contempló el dantesco
espectáculo. Se colocó frente a la cama y comentó: Esto es como si fuera
obra del diablo. Lo estoy viendo y no puedo creer lo que veo. ¿Cuánto
tiempo llevará este hombre en estas condiciones? ¿Y qué querrán decir esas
letras y esos números, porque lo que dice abajo está más claro que el agua,
pero porqué a éste hombre le habrán hecho esto?
- ¡Madre del Amor Hermoso! -dijo también el Conserje y en el que a
todas luces se podía notar el ataque de nervios que estaba sufriendo en ese
momento.
- Pero, ¿Quién habrá podido llevar a cabo esta barbarie y más en mí
hotel? ¡Por Dios! Ahora que comenzábamos a levantar cabeza, nos viene
esto y con lo que es la prensa... y lo malo es que esto no se puede ocultar de
ninguna de las maneras. Así que no toquen nada. Vd., Gutiérrez, cierre la
puerta y llamemos a la Policía, ella sabrá lo que hay que hacer. ¡Madre mía,
madre mía! -susurraba el Director una y otra vez-. ¡Con la cantidad de
hoteles que hay en Madrid y me ha tenido que tocar a mí!
- Señor Director, ¿Llamará Vd. o lo hago yo? -se ofreció el Conserje
viendo en el estado que se encontraba ahora su Jefe.
- Gracias, Gutiérrez, pero esto es cosa de Dirección, será a mí al que le
pidan cuánto necesiten saber acerca de este macabro caso. Por cierto, ese
Señor si mal no recuerdo era don Hipólito, ¿verdad?
- Sí, sí señor, y viejo cliente ya de unos años. Lo malo, señor Director,
es que aquí nadie sabe nada. Esta mañana cuando he relevado a
Domínguez, no me dicho que haya sucedido nada de extraordinario -
comentó el Conserje.
- Pues el huésped de la habitación cuatrocientos quince, las quejas
que me estaba dando cuando Vd. entró en mi despacho, era precisamente
acerca del ruido que procedía de la habitación de don Hipólito- le comentó el
Director al Conserje al tiempo que decía-: Haga el favor de decirle a Amalia
que llame a casa de Domínguez, y dígale que deseo hablar con él un
momento. Ah, y envíe a un botones, o mejor acérquese Vd. un momento a la
Cafetería y dígale a don Marcial que nos ha surgido un contratiempo que me
va a impedir de momento atenderle como él se merece, y que por favor que
me disculpe.
- Dígame, don Laureano.
- Domínguez, Vd. que conoce bien los hábitos nocturnos de don
Hipólito, por tener el turno de noche, ¿sabe si llegó con gente y tuvieron
juerga, ya sabe, de las disimuladas?
- Que yo hubiera advertido, no, señor. Ha habido ocasiones en las que
don Hipólito ha llegado de madrugada y bien puesto; no obstante, siempre se
ha parado aquí para charlar un rato, las cosas típicas de quien viene ebrio.
Luego sin más, ha dado las buenas noches, ha pedido que le llamaran a una
hora determinada y se ha marchado para arriba. Ya sabe que tiene por
costumbre tomar siempre la misma habitación, pues asegura que es la más
tranquila ya que es la última del pasillo interior.
Es curioso que no advirtiera la llegada de don Hipólito, ya que algunas
noches si me entra sueño que no es normal, doy una cabezada, pero las dos
puertas laterales están cerradas a partir de las diez o diez y media por lo que
sólo funciona la giratoria y a ésta sobre las dos, si doy la cabezada le pongo
el pestillo, por lo que cuando alguno llega tarde da unos golpes y enseguida
le abro, pero anoche estuvo la puerta abierta todo el tiempo y yo no lo vi
llegar, ni solo ni acompañado.
- ¿Es posible que en algún momento entrara en el cuarto de la
Conserjería a coger algo y en ese momento pasara sin que Vd. lo viera?
- Creo estar seguro de que así debió ser. Lo cierto es que yo no lo vi
entrar, y en el cuarto entramos muy a menudo, es nuestra pequeña oficina,
Vd. lo conoce muy bien.
- Bueno, Domínguez, váyase a descansar; si le necesitáramos ya le
llamaría. Es muy probable que la Policía quiera hablar con todo el personal, y
supongo que en especial con Vd.
- A mandar, don Laureano. Buenos días.
- Amalia, haga el favor de ponerme con la Policía -le pidió el Director a
la Telefonista.
SESENTA Y UNO
Acabada la Rueda de Prensa Irene en compañía de Carlos y don
Enrique se dirigieron a la casa donde aguardaba su madre. Aunque ya mayor,
nada más verla entrar se levantó y ambas, madre e hija, se fundieron una
vez más en un cariñoso abrazo. Irene besaba a su madre una y otra vez
pidiéndole perdón sin el más mínimo recato aún sabiendo que los dos
hombres estaban presentes.
- Ya pasó todo, hija. Y como dice el refrán: más vale tarde que nunca.
Pero al final has comprendido que... en fin, dejemos el asunto que ya no
conduce a nada, ¿no te parece? -dijo la madre separándose un poco de
Irene con tal de verla mejor.
- Gracias, mamá, no sé cómo pagarte esto que me estás diciendo y de
la forma que lo estás asimilando, porque aún no me acabo de creer que
estés aquí conmigo y como si nada hubiera pasado. Lo siento mamá, no soy
madre y por consiguiente no sé realmente cómo son tus sentimientos,
aunque debería de imaginármelos ¿verdad? - dijo dándole un nuevo abrazo.
- Estas cosas, Irene, seguro que cualquier mujer se las puede imaginar.
La cuestión es que quiera hacerlo -dijo la madre mirándola a los ojos y
viendo en ellos cómo las lágrimas se negaban a quedar en el fondo de
aquellas hermosas cuencas.
- Bueno, no sé si acertaré, pero creo que será el momento oportuno
para decirles a Vds. dos, señoras, que tengo hambre. Y si no me equivoco yo
diría que no soy yo solo, porque a esta hora imagino que todo el mundo debe
tener hambre, así que qué os parece si nos vamos a comer. Conozco un sitio
que os va a deleitar -dijo Carlos tomando a Irene por el brazo y ésta a su
madre la cual miraba a Carlos aún sin tenerlas todas consigo, y eso que en
su fuero interno reconocía que su pequeña Irene o Marina como siempre le
gustó llamarla ya no era, precisamente, una niña, sino que esta mujer que
tenía a su lado era eso, toda una mujer.
Cuando salieron a la calle Carlos hizo un intento de tirar del grupo, pero
no lo consiguió, ya que el Comisario adelantándose le dijo que mejor iban en
su coche que lo tenía aparcado cerca en razón de haberlo dejado junto a la
dirección que le facilitó Irene por teléfono.
Carlos no se opuso, y juntos se dirigieron hasta el vehículo, el cual dejó
sorprendidos a todos pues no se esperaban que don Enrique tuviera
semejante automóvil, un Dodge Dart de un color guinda tan brillante que
haría las delicias de todo aquél que tuviese la oportunidad de poseer uno.
Antes de subir a él, tanto Carlos como Irene le dieron la vuelta al
enorme automóvil, dando por descontado que la seguridad de conducir un
coche de aquellas características debía ser lo más para como se estaba
poniendo ya el tráfico, y la cantidad de gente nueva que ya se estaba
echando a rodar.
Don Enrique le abrió la puerta de atrás a la madre de Irene, quien se
acomodó sobre un asiento tapizado color crema, y cuyo tacto le sorprendió
cuando de forma inconsciente le pasó la mano notando la suavidad de la
piel.
Cuando Carlos fue a hacer lo propio con Irene en el lado contrario, el
Comisario le dijo que en aquel lugar se subiría él para ir junto a la madre.
- Creo, Carlos, que te gustaría conducir este coche -dijo el Comisario-.
Ya sé que tú tienes también un gran coche, pero, créeme, conduce éste y
verás lo que significa rodar sobre la más absoluta seguridad. Te va a
sorprender no sólo la comodidad sino la elasticidad de un chasis tan grande
y pesado. Cuando se conduce este coche por primera vez, y te lo digo por la
experiencia de algunos compañeros míos que lo ha probado, el comentario
ha sido siempre el largo morro que tiene, que si bien es lo que más
seguridad te da, a la vez te crea la dificultad de calcular las distancias con
aquellos que te preceden.
- Vale, vale, no insistas más, lo probaré -dijo Carlos con una sonrisa
que se veía un tanto forzada, ya que él no era partidario de conducir coches
ajenos, y no es que no le gustase, era simplemente una de sus muchas
pequeñas manías.
Ya camino del restaurante y hecho completamente a la maniobrabilidad
del coche, comentó lo cómodo y fácil que era de manejar aun a pesar de su
apariencia exterior de un exagerado volumen.
Cuando llegaron al restaurante, Carlos llevó el coche hasta una de las
plazas de aparcamiento a disposición de los clientes. La fatalidad o falta de
práctica por parte de Carlos en un vehículo tan voluminoso, hizo que al girar
para entrar en el hueco existente entre dos vehículos, el parachoques del
Dodge rozara una de las puertas del otro vehículo allí aparcado,
produciéndole un buen rasguño con el consiguiente chirrido.
Una vez aparcado y apeados todos del coche, don Enrique al igual que
Carlos se fue inmediata y directamente a contemplar el desperfecto. Éste al
ver un tanto alterado a Carlos, quien se deshacía en excusas, le comentó
que no se preocupara, que aquello le podía ocurrir a cualquiera y que no
revestía mayor importancia, ya que él tenía el seguro a todo riesgo, además,
le dijo, que tampoco era para tanto.
- Esto, la culpa la tienen las estrecheces -dijo don Enrique echándole la
mano por encima del hombro a Carlos en un intento de tranquilizarlo. Ahora
entraremos en el restaurante y le solicitaremos al Metre pregunte quién es el
propietario del Ford Orión de color negro que se encuentra en el
aparcamiento.
El Metre, conocedor de ello por ser de un cliente habitual y conocido,
les dijo que aguardaran un momento que iba, discretamente, a avisarle
enseguida.
Al momento se presentó el Metre acompañado de un hombre el cual se
identificó como el propietario, al tiempo que preguntaba porqué tenían interés
en su coche.
- Verá Vd., cuando hemos intentado aparcar nuestro coche entre el
suyo y el que está estacionado al lado, lo hemos rozado con el parachoques
produciéndole un rasguño que, aunque no es mucho, es bastante
desagradable a la vista en un coche que se aprecia que ha estado siempre
muy bien cuidado -dijo don Enrique haciéndose él cargo del alcance.
- Bueno, ya no tiene remedio, y Vds. imagino que habrán venido a
comer -dijo observando las caras de circunstancias que presentaban, sobre
todo, Marina y su madre. Así que vamos a comer y luego veremos ese
asunto y la forma de resolverlo.
- Es Vd. muy amable, lo cierto es que no habrá problemas, ya que esto
lo tengo cubierto con mi seguro; por cierto, mi nombre es Enrique Pulido,
Comisario de Policía actualmente en Sevilla, y ellos son don Carlos Balbuena,
Abogado de aquí de Madrid, la Señorita Irene Parra, su prometida, y doña
Antonia Benegas, su madre.
- Mucho gusto; mi nombre es David, David Gómez, Detective privado,
también de aquí de Madrid. Así que, Señorita Irene Parra. Disculpe, pero la
he reconocido en cuanto la he visto y aunque no soy muy cinéfilo o como se
suela llamar a los amantes del cine, la verdad es que la conozco bastante
bien, o mejor sería decir que conozco a la Actriz Marina, Marina la Sol -dijo
mirando a Irene descaradamente.
- Bien, pues hechas las debidas presentaciones y atendiendo su
amable sugerencia, vayamos a comer y más tarde con un café o una copa
como prefiera, atendemos el problema que nos ha llevado a conocernos, ¿le
parece? - dijo Carlos, el cual ya se encontraba perfectamente recuperado del
pequeño trance sufrido.
Acabado el almuerzo, David que en compañía de Eugenia había
terminado antes, se dirigió a la mesa de Irene participándoles que
aguardarían a que acabasen, retornando de nuevo a su mesa solicitando del
servicio les trajesen café.
Al cabo de un rato, Carlos se acercó a la mesa de la pareja
indicándoles que si no tenían inconveniente se unieran a ellos. Tanto David
como Eugenia accedieron encantados. Ya todos juntos, y tras la debida
presentación de Eugenia por parte de David y sobre la que comentó que
también pertenecía al Cuerpo General de la Policía en calidad de Psicóloga
Forense, detalle éste que no sólo fue muy comentado por el Comisario y
Carlos sino, sobre todo, por las dos mujeres. A continuación se sentaron, y
en amena charla trataron de varios temas, como el comentado por parte de
Eugenia de que si se encontraba en Madrid era porque le habían concedido
el traslado, ya que anteriormente había estado adscrita a la plantilla de la
Jefatura de Alicante. Una vez hecha la aclaración, el Detective le preguntó a
don Enrique cómo era eso de encontrarse tan lejos de Sevilla, además de
dejarla con la ciudad tan bonita que era.
Tanto don Enrique, como Carlos y la misma Irene pusieron a la pareja
al corriente de cuanto le había acontecido allí, y de cómo había salido todo
mejor de lo que se esperaban en un principio, incluido el que el señor
González cumplió su promesa de llamarla para decirle que aceptaba su
guión, por lo que en próximos días se desplazaría hasta Madrid a fin de
formalizar el contrato, ya que tenía mucho interés en comenzar a rodar lo
antes posible con vistas al certamen “La Concha de Oro” que en España se
celebraría a finales de Otoño.
David y Eugenia dejaron patente su satisfacción por el resultado
favorable del caso, por lo que tras tratar algunos temas de menor importancia,
decidieron abandonar el local y dirigirse al aparcamiento al objeto de ver
sobre el terreno lo producido por el pequeño accidente.
Una vez resuelto el tema mediante el apunte de los datos de ambos
propietarios con el fin de pasarlos a los diferentes seguros, se despidieron,
no sin antes, tanto David como Eugenia ofrecerse, para lo que pudieran
necesitar.
- Ha sido un verdadero placer -dijo Irene-, y agradeciéndoles a ambos
la deferencia con aquel ofrecimiento.
Cuando don Enrique sacaba su coche del aparcamiento, se
incorporaba al tráfico, y tomaba la dirección que Carlos le había indicado al
objeto de que los dejara en su casa, David y Eugenia hacían tres cuartos de
los mismo; no obstante, en aquellos momentos y cual vórtice imposible de
ser detenido, los pensamientos del Detective no hacían otra cosa que girar
alrededor de la figura de la Actriz relacionándola con la de aquel encargo que
tiempo atrás le hiciera don Hipólito.
SESENTA Y DOS
No había transcurrido ni quince minutos cuando dos inspectores,
puestos al corriente del relato que don Laureano hiciera por teléfono, se
personaban en el Hotel.
- Buenas tardes, -saludaron los dos agentes, mostrando sus placas al
llegar y preguntar por el Director.
- Buenas tardes, hagan el favor de seguirme, el Director se encuentra
en su despacho -los invitó el Conserje quien ante la puerta tocó un par de
veces con los nudillos.
Cuando desde el interior escuchó la voz del Director diciendo: “Pase”.
El Conserje abriendo la puerta le anunciaba la visita de la Policía.
- Pasen, señores, y tengan la bondad de tomar asiento -dijo en un tono
en el que se podía apreciar que se le acrecentaba el nerviosismo, detalle
éste que no escapó a ninguno de los dos inspectores.
- Bien, señor Director, sería tan amable de ponernos al corriente de lo
sucedido, ya que por lo que nos ha comentado el Capitán en la Jefatura
parece que la cosa no estaba muy clara -comenzó diciendo uno de ellos
sacando del bolsillo interior de su chaqueta una libretita y un bolígrafo con el
que, al parecer, habría de ir tomando las notas pertinentes.
Una vez oído el relato y tomado nota de cuanto el Director les narró,
ambos agentes se levantaron indicándole les acompañara a la habitación
con el fin de ver insitu cuanto éste les acaba de contar.
Ya en la habitación, los dos inspectores viendo el espectáculo que
tenían ante sus ojos, se miraron el uno al otro. Mientras uno pasaba al otro
lado de la cama, el otro, poniéndose unos guantes de látex, se dirigió al
teléfono, lo descolgó y marcó el número de la Jefatura.
- Es de suponer que no habrá entrado nadie en la habitación y mucho
menos que hayan tocado nada, pues de no ser así esperemos que no se
hayan podido estropear posibles huellas -dijo mirando a don Laureano el cual
no quiso negar la evidencia y le dijo que sí.
- Verá Inspector, la primera que entró fue la Camarera. Ella fue la que
lo descubrió cuando viendo que se le acababa el turno y aún no había hecho
la habitación recurrió, como es natural, a su llave maestra, y entró en la
habitación. Luego, en un estado de tremenda ansiedad, llamó al Conserje, el
cual subió a verificar lo que ésta le había contado, y a renglón seguido vino a
mi despacho a comunicarme lo que sucedía. De todos modos puede estar
tranquilo de que aquí no se ha tocado absolutamente nada; es más, la
habitación como Vds. pueden comprobar está totalmente alfombrada.
- Jefatura.
- Sí, Medina, soy el Inspector Robledo, páseme con el Capitán Rivera,
por favor -dijo sin dejar de mirar hacia la figura de don Hipólito que seguía en
el mismo estado de inconsciencia.
- Soy Rivera. Dígame, Robledo, qué se cuece por ahí -dijo utilizando,
como de costumbre, el argot propio.
- Debería venir, Capitán, y traerse además al Médico Forense; sería
muy interesante que también viniera el Juez, y por supuesto al equipo, a ver
si ellos pudieran encontrar alguna huella, aunque ya le digo, esto está más
limpio que una patena, ni siquiera hay el más mínimo indicio de que la botella
de Champaña que hay encima de la mesa, aún a pesar de estar vacía, nos
haya podido mostrar nada con la linterna de ultravioleta. Sin embargo, es
muy posible que algo quede por aquí, nunca se sabe; yo mientras tanto
interrogaré al personal, que por cierto, no es mucho.
- Bien, bien, Robledo, voy para allá, y vayan adelantando Vds. lo que
puedan con el personal- dijo el Capitán colgando el teléfono.
- ¿Y dice Vd., don Laureano, que la primera que lo descubrió fue la
Camarera?
- Sí, efectivamente. Fue Aurora la primera que entró en la habitación y
descubrió al pobre hombre en el mismo estado en el que se encuentra ahora.
- Llámela, por favor -le pidió el Inspector Robledo.
- ¿Quiere decirme señora que la impulsó a entrar en la habitación? -
preguntó el Inspector-. Estoy seguro de que esta pregunta le parecerá un
tanto extraña tratándose de que Vd. es la que arregla las habitaciones de
esta planta una vez que los clientes se han ausentado, pero créame hay
ocasiones en las que de una simple pregunta se puede sacar algo positivo.
Aurora, atacada de los nervios, y que no se tranquilizaba por mucho
que el Inspector le recomendara que no tenía nada que temer, relató
exactamente lo que ya le explicara al Director: “Mire, mi turno termina a las
tres. A esa hora ya tengo hechas todas las habitaciones de mí planta, pero
en este caso eran las dos y media y me faltaba esta. Estuve llamando varias
veces, pero como no me contestaban, pues hice lo de siempre, eché mano
de mi llave maestra y entré. Y tal cual lo está viendo Vd. así lo vi yo y salí
corriendo” -respondió la pobre mujer a punto de asfixiarse.
Una vez tomada la correspondiente nota en la libretita, el Inspector se
dirigió de nuevo a don Laureano solicitándole le dijera quién más había
estado en la habitación y visto el cuerpo en el primer momento.
- Aparte de mí, el Conserje de noche; no obstante, el señor Domínguez
aunque no entra de turno hasta la noche, no podrá decirle nada nuevo, ya
que su conocimiento acerca de todo esto es el mismo que el de Aurora y mío
-dijo don Laureano al cual se le veía ahora un poco molesto.
- Bien, don Laureano, sin embargo, esta noche pasaremos, si no tiene
Vd. ningún inconveniente, desde luego, con el fin de escuchar su versión -
observó el Inspector Ortiz quien había vuelto de su inspección ocular
alrededor de la cama.
- Ninguno, por supuesto – dijo el Director.
- ¿Alguien más que Vds. recuerden? -preguntó ahora el Inspector
Robledo dirigiéndose a todos en general.
- No había reparado en ello pensando que no sería relevante, pero, no
obstante, le diré que el huésped de la habitación contigua, la cuatrocientos
quince, me vino esta mañana a dar las quejas de que en la habitación de al
lado parecía que se había celebrado una pequeña fiesta, aunque comprenda
que no me gustaría que se le molestara. Ya sabe cómo corren estos casos
entre los viajeros -dijo el Director.
- No se preocupe. No creo que sea necesario molestarle, aunque sería
interesante saber si pudo oír algo anormal, con estos tabiques... De todas
formas llegado el momento, seremos lo más discreto posible -dijo ahora el
Inspector Ortiz. Y añadió: Bueno, aquí ahora mismo no es necesario que
estén por lo que pueden bajar y seguir con su rutina. El Inspector Robledo y
yo seguiremos buscando alguna posible huella mientras llega el equipo
Dactilar.
- Bien. Si necesitan algo y no desean usar el teléfono de la habitación,
pídanlo a través del aparato de interior que hay en cada una de las plantas,
al lado del servicio -dijo don Laureano.
Pasada media hora se detuvieron en la puerta de Hotel dos vehículos
sin el más mínimo distintivo, ni policial ni perteneciente al Cuerpo Médico
Forense de la Policía, y de los que se apearon varios hombres vistiendo ropa
de lo más normal, excepción hecha de los maletines que portaban dos de
ellos, uno el del Médico Forense y otro el del material buscador de huellas.
No obstante, lo que sí tenían todos en común era una placa oculta, y que los
identificaba como miembros del Departamento de la Policía Científica.
Una vez en el interior del Hotel, y previa identificación, subieron hasta
la habitación donde fueron saludados por los dos inspectores.
- ¿Qué tal chicos, que tenemos aquí? -dijo uno de los miembros del
equipo buscador de huellas, mientras que el otro se dedicaba con un aparato
provisto de una lámpara de luz negra a rastrear cada palmo de la habitación:
mobiliario, paredes. El tercero, cámara fotográfica en ristre sacaba
fotografías no sólo de don Hipólito sobre la cama y desde diferentes ángulos,
sino de cualquier lugar que le pareciera de interés para la investigación.
El Señor Juez, sin moverse del sitio que había ocupado al entrar en la
habitación, observaba al Médico Forense desarrollando éste la labor propia
de su profesión. Con sus guantes tocaba cada una de las partes, para él
significativas ya que había podido comprobar que el sujeto tenía pulso, por lo
que una vez auscultado le comunicó al Juez la necesidad de pedir una
ambulancia, soltarlo de sus ligaduras y trasladarlo al Hospital en donde se le
realizaría una exploración concienzuda.
- Llevarlo al Hospital es lo que procede en este momento -dijo el
Médico-. Este hombre se encuentra en un estado de coma profundo, por lo
que debido a ello hay que aplicarle un tratamiento especial hasta que
podamos averiguar qué le han administrado.
- Inspector Ortiz, haga el favor de llamar al Director y dígale que suba,
por favor -dijo el Juez firmando un papel que le entregó al Inspector Robledo-.
El Médico ya se queda al cargo de todo el traslado mientras que Vd.
continúa con la investigación. Si hubiera alguna novedad no quisiera
quedarme al margen de su conocimiento, pues tengo mucho interés en saber
qué significado tienen esas letras y números, así como del porqué le
grabaron la palabra “Asesino”. Esto ya, imagino, que lo podrá Vd. comprobar
con el fichero una vez tenga sobre la mesa algunas de las fotografías.
- Lo cierto, Juez, es que su cara no me suena de absolutamente nada.
Yo no recuerdo haber visto a este tipo en mi vida -dijo el Inspector Robledo,
mirando a don Hipólito a la cara y ahora de más cerca. Una cara bastante
pálida con relación a lo sonrosado de ella que siempre tenía.
- Lo curioso -dijo el Inspector Ortiz, acercándose, es que últimamente
no hemos tenido ningún caso de asesinato propiamente dicho.
- Pues está bien claro que quien se ha atrevido a realizar esta masacre,
si no ha sido por una venganza de alguien a quien este individuo lo ha
quitado de la circulación, o ya me dirán Vds. por donde se podría comenzar,
porque aquí por más que busco no encuentro absolutamente nada, nada de
nada, ni rastro de algo que nos pueda llevar a atar algún hilo por donde
comenzar, vamos que ni tan siquiera un cabello en las manos de este
hombre, ni una pizca de piel, con lo cual estamos ante un caso de la más
absoluta confianza entre él y el agresor o agresores, digo yo -el que había
hablado era el Perito encargado de encontrar posibles huellas. No obstante,
es posible que el Médico logre ver algo más.
- Quédese con la cartera, Capitán, pues de toda la documentación que
contiene algo podremos sacar, al menos tendremos su filiación completa,
cómo se llama, de dónde es, a qué se dedica... Por supuesto que por ahora
no vamos a comunicar nada hasta que realicemos algunas discretas
indagaciones acerca de estas direcciones. Es muy posible que se encuentre
en Madrid en viaje de negocios, o igual echando una canita al aire -dijo el
Juez con cierta ironía.
- Pues en ese caso la fiesta no le ha podido salir peor -comentó el
Inspector Ortiz, siguiéndole el comentario al Juez.
SESENTA Y TRES
Media hora más tarde una Ambulancia del Servicio Anatómico Forense,
sin distintivo alguno, entraba por la parte de atrás hacia el aparcamiento
privado del Hotel. Lo había pedido el Director al objeto de evitar el que
cualquier transeúnte se detuviera a curiosear lo que podría estar ocurriendo
caso de que a don Hipólito lo sacaran por la puerta principal.
Una vez en la Ambulancia, el Médico dio órdenes de que lo llevaran al
Hospital Clínico San Carlos, en el que sería atendido directamente por su
equipo.
Cuando la Ambulancia salía del aparcamiento, el Juez volvió a reunirse
en uno de los salones con el Capitán, los dos inspectores y el Director del
Hotel, momento éste que aprovechó el Juez para anunciar que todo quedaba
bajo el más estricto secreto sumarial, por lo que prohibía absolutamente la
más mínima divulgación del caso. -”Ojalá tengamos suerte y no se nos
escape alguna filtración, y mucho menos aun a la Prensa. No me gustaría
tenerle que meter un paquete y de los gordos al que se le escape un pedo
que huela a esto” -dijo el Juez dirigiendo una contundente mirada en
derredor y parándose bruscamente en uno de los inspectores.
- Señor Juez, no habrá ningún problema, somos pocos, bien avenidos y
el único que podría sacar algo de esto a la luz sería don Laureano, aquí
presente, pero, tal cual pidió acerca de que la ambulancia recogiera a su
cliente por el aparcamiento, está claro que no tiene ningún deseo de que
esto se haga público -dijo el Capitán, mirando ahora directamente al Director,
el cual se limitó a asentir con la cabeza y comentar: “Ni media palabra, por la
cuenta que me trae.”
- Bien. Pues pongámonos en marcha. Nos vamos a Jefatura y lo
primero que haremos será echar un vistazo a los archivos a ver si hay suerte.
- Bueno, pues yo os dejo. Me voy para el Juzgado y me quedo
pendiente de cualquier cosa que surja. Lucio, téngame al corriente, pues
desde que he visto a este sujeto, y en las condiciones que se encuentra
tengo un interés especial. No todos los días se encuentra uno con un caso
semejante. Aprovecharé, no obstante, para hablar con Damián, ya sabe, al
que llamamos el “Universitario”, a ver si él es capaz de descifrarnos estas
letras y estos números.
- No se preocupe, Juez, así lo haré -dijo el Capitán estrechándole la
mano y despidiéndolo con un estaremos en contacto.
Momentos después los tres policías se despedían de don Laureano,
requiriéndole tuviera cerrada la habitación y sin uso durante unos días. A lo
que el Director accedió sin poner una sola objeción.
De camino a la Jefatura el Inspector Robledo comentó, como quien
piensa en voz alta: -¿Qué querrá decir esa palabra Timo, y sobre todo esos
números? Porque lo que está claro es que no creo que se trate de un
apartado de correos; 414 o una caja...
- En cambio a mí lo más me confunde es que coincida con el número
de la habitación -le interrumpió el Inspector Ortiz.
Esperemos que el “Universitario” tenga un buen día y le de al Juez
alguna pista con la que poder trabajar porque lo que es hasta ahora, no hay
por dónde coger este toro.
- Pero, y lo de escribirle eso de Asesino, ¿a qué se deberá? ¿Será
posible que se trate de alguien que haya cometido un asesinato o un
homicidio y no tengamos ni idea de semejante caso ni de quién se trate?
- Pues habrá que sacar el plumero y quitarle el polvo a alguno de los
casos que están aún por resolverse -comentó el Capitán, al tiempo que le
decía al Inspector Robledo: Me está dando que pensar que vamos a tener
que movilizar a medio cuerpo. Tendremos que ponernos en contacto con la
gente de Alicante, de Orihuela, de Alcoy; que vayan haciendo algunas
gestiones a ver si averiguan algo acerca del porqué tiene tantos domicilios.
Entraban en la Jefatura cuando el Capitán le pidió al Inspector Robledo
que pasara a su despacho. Ya en él, le dijo: Mañana Vd. solo se va a
personar en las oficinas que la Federación de Empresarios del Ramos Textil
tiene aquí en Madrid. Hágalo como un civil más de los muchos que se
interesan por cuestiones particulares, ya sabe, pregunte acerca de los pasos
para montar un pequeño telar, comercializar productos del Levante; en fin,
cualquier cosa que se le pueda ocurrir y que sea la guía para, adentrándose
sin despertar sospechas, poco a poco, preguntar por la Industrias textiles de
don Hipólito de la Torre. Mientras tanto le diré a Ortíz que haga tres cuartos
de lo mismo en el Casino Mercantil e Industrial de Madrid. -¿Y quién se va a
encargar de los ficheros? -preguntó el Inspector Robledo mirando hacia el
interior de las dependencias.
- A ello pondré a Guillermo, que eso de revisar y contrastar datos le
encanta, a ver si tiene suerte, aunque no creo que a este sujeto lo tengamos
aquí. De todos modos tampoco podemos asegurar que sea un asesino,
aunque qué duda cabe que hay muchas formar de matar. En fin, por el
momento pásele esta fotografía a Morales y dígale que la envíe por teletipo a
todas las jefaturas provinciales y que ellos se encarguen de la distribución
por las comisarías a ver si entre todos podemos sacar algo en claro.
Con la llegada de la ambulancia al Departamento Anatómico Forense,
el equipo del Dr. Soler, siguiendo las instrucciones de éste, procedió a llevar
a don Hipólito a una sala especial dispuesta al efecto para un caso en el que
el individuo no sólo estaba sin fallecer aún, sino que además estaba
relacionado de alguna manera con un caso policial, por lo que el policía que
los acompañó llevaba la orden de no moverse de la puerta, ni dejara entrar a
nadie que no fuera personal del equipo Médico.
Al día siguiente, a la llegada del Dr. Soler, varios de los médicos que
habían estado examinando el cuerpo, formaron un revuelo alrededor del
Médico Jefe. Todos coincidían en sus resoluciones; sin embargo, cada uno,
por su cuenta intentaba dar su opinión acerca de las marcas.
- Tranquilidad, señores. Sí, ya sé que es un caso de lo más inusual que
nos ha llegado, y entiendo que sobre esas marcas tengan Vds. un montón de
preguntas, de las que al parecer, nos íbamos a quedar sin respuestas...
- ¿Nos íbamos, dice Vd. Dr.? -le interrumpió uno de los médicos.
- Sí, en principio no estaba claro, pero ahora, según el “Universitario”, a
él, al menos, no le ha costado un gran esfuerzo dar con la solución al enigma.
Se trata de una venganza que por la definición que me hace la considero
bastante directa con relación entre este hombre y sus agresores, y digo
agresores porque, como comprenderán, una sola persona no puede haber
llevado a cabo esta intervención, dejemos a un lado la chapuza que hicieron.
Creo que en eso estamos todos de acuerdo, pues uno por uno los dos
habéis estado examinando incisiones y costuras.
- Y entonces, ¿a qué se refieren esas marcas según Damián? -
preguntó algo impaciente el otro Médico.
- Me van a disculpar, pero de momento no puedo adelantarles nada.
Vds. continúen evaluando y controlando sus constantes vitales. Esta tarde he
de reunirme con el Capitán Rivera y el Juez, a los que Damián pondrá al
corriente de sus cábalas y conjeturas y de las que a él le parece que tiene
muy claro a qué se refiere.
Tras la llamada del Juez al despacho del Médico Jefe para decirle que
se reuniría con él, y que iba a acompañado por Damián, este llamó al
Capitán Rivera al objeto de que se reuniera con ellos...
- Y bien, Damián, sáquenos de este apuro, pues de ello depende el que
podamos comenzar a trazar algún plan, si es que con su información
podemos llegar a poner algo en claro -dijo el Capitán adelantándose al Juez
y una vez todos acomodados en el despacho del Médico Jefe.
- Muy bien, señores. Pues verán Vds.: al principio puse sobre la mesa
una serie de reseñas, todas relacionadas con la palabra Timo;8 Más tarde
hice tres cuartos de los mismo con otra serie de numerales entre los que se
encontraba el 414 desde el prisma del número de la habitación. Como
quiera que uniéndolas no había forma de encontrar una fórmula con cierta
coherencia, decidí separarlas...
- Le importaría ser más escueto, Damián -dijo el Capitán, nervioso.
- Sí, abrevie, Damián. Ya sabe que no tiene problemas, y sabemos de
lo importante que es su trabajo para nosotros y cómo lo realiza. Su vanidad
profesional le puede, además Vd. sabe que tiene asegurada la prima
prometida, pero no nos entretenga más y haga el favor de aligerar que nos
tiene a los tres sobre ascuas -dijo ahora el Juez siguiéndole el juego al
Capitán Lucio.
- Señores, por favor. ¿No creen Vds. que podrían calmarse un poco? -
se quejó el “Universitario” viendo que le estropeaban su momento de gloria-.
Y continuó: Pues bien, separados ambos no había manera, sin embargo, una
vez unidos de nuevo ante una, al parecer, “revelación Divina”, y nunca mejor
dicho, hice un descarte con Timo, desde una perspectiva de un fraude
propiamente dicho, y fue entonces cuando me dio por separar la cifra 414.
Primero la convertí en 41:4, más como no salía nada, volví sobre mis pasos y
ahora la convertí en 4:14. Y con qué nos encontramos. Pues nada más y
nada menos que con un capitulo bíblico: Timoteo 4:14. Y qué leemos en él.
Pues textualmente esto: “Alejandro, el Calderero, me hizo mucho daño; el
Señor le retribuirá conforme a sus hechos”. ¿Qué les parece? Existen más
de una docena de capítulos referidos a la Venganza en diferentes
epistolarios y libros, sin embargo, éste es el único que en su versículo 14
parece que para a algunos, le dejan una puerta abierta y que no sea el señor
el que se tome la venganza. Y eso es todo, señores. Nos encontramos pues,
o mejor sería decir: se encuentran Vds. ante un caso de venganza directa, y
sin esperar que ninguna Justicia Divina venga a ejecutar el castigo que
pudiera corresponderle a ese individuo.
Todos se quedaron pensando. Felicitaron y agradecieron a Damián tan
valiosa aportación, y despidiéndole, tanto el Capitán como el Inspector
Robledo, hicieron lo mismo argumentando que se iban para Jefatura con la
idea de poner al corriente al equipo, dar algunas órdenes y comenzar a
poner todo lo acontecido en orden de llegada. “Por esta razón y sin más
preámbulos, -dijo el Capitán-, lo primero será poner al corriente de ello a la
familia de este hombre, con idea de que se desplace hasta aquí y hagamos
un bis a bis con la esposa quien creo que nos abrirá muchas puertas.
Pudiéramos encontrar en sus explicaciones movimientos muy interesantes.”
SESENTA Y CUATRO
Ana, que acababa de realizar una intervención, se había cambiado de
ropa y bajado a la Cafetería, ya que esa mañana ni siquiera le dio tiempo a
desayunar.
- Pero bueno, chica, ¿qué horas son estas de tomar el desayuno?
porque imagino por la tostada que estoy viendo, eso es lo que estás
haciendo -dijo Berta que acababa de llegar para tomar algo, y mientras la
saludaba le comentaba que recién había terminado su guardia de todo el día
anterior y la noche.
- Hola, Berta. Pues sí, desayunando. Esta mañana teníamos
programada la operación para más tarde, pero se ha presentado un
problema que nos ha obligado a adelantarla. Y tú, ¿qué tal? Aunque no hace
falta que me lo digas, pues a pesar del cansancio que tendrás te veo algo así
como contenta.
- Imagino que no habrás visto aún la prensa -dijo Berta mostrándole un
periódico que había cogido de una de las salas de esperas al pasar, y que,
posiblemente, se habría dejado sobre uno de los asientos algún paciente que
fuera llamado a consulta.
- ¿Algo interesante? -preguntó Ana, mirando de reojo la página que
Berta le ofrecía mirar.
Cuando Ana comenzó a leer, dejó la media tostada sobre el plato y
exclamó: -¡Rayos y centellas! Este es nuestro asunto, y al parecer ocupando
un buen espacio de la información.
- Sí, pero todos los detalles que según relatan aquí, estarás de acuerdo
conmigo en que no pueden ser más disparatados -comentó Berta. Al parecer
creen que se trata de una venganza realizada por unos desesperados que le
han producido una carnicería, por lo que en absoluto lo relacionan con
profesionales.
- Pues muy bien. Que sigan así. La verdad es que ya podían haber
puesto una gráfica. Aunque no estuve muy de acuerdo en las marcas que le
hice, ahora me alegro. Seguramente que algún experto habrá llegado a
descifrar el enigma, pero les va acostar trabajo relacionarlo con una violación,
si es que lo consiguen, que lo dudo. Lo más probable es que nunca
entiendan que el quitarle la Virginidad a una jovencita no deja de ser un
asesinato -dijo Ana a la que le rodaban unas lágrimas por sus mejillas.
- Tienes razón, Ana. Y no te puedes imaginar cómo lloraría mi madre si
llegara a enterarse de lo que hemos llegado a hacer tu y yo. Aunque no te
quepa la menor duda de que acabará enterándose, y no muy tarde, de las
criminales andanzas del hijo de puta de don Hipólito. Y no te digo nada de las
cabronas de su mujer y su hermanita, que le han estado consintiendo tantas
fechorías con tal de no perder sus estatus sociales, porque a mí que no me
digan que ellas no están al corriente. Ya verás, ya verás cuando reciban el
paquetito, sobre todo ella, la doña Clara de los cojones, que ahora se va a
encontrar con una poya y un huevo para ella sola, y que los ponga en la
repisa de la chimenea a contemplarlo todos los días, porque eso es lo que le
queda ya de ahora en adelante -dijo Berta viendo la cara de sorpresa que
ponía la amiga al tiempo que apuraba el café.
- Pero, ¿es que le llegaste a enviar el bote? -preguntó Ana a media voz,
y continuo: creo que eso ha sido un error, Berta. Ahora sí es posible que nos
puedan identificar, al menos a ti como autora de la venganza.
- No te preocupes, y lee el final, que aún no lo has hecho y entérate de
lo que informa el Equipo Médico que atiende a ese cabrón, que por cierto no
lo llevaron a ningún Hospital sino al Departamento Anatómico Forense, por
orden del Juez, ya que si en principio lo dieron por muerto nada más verlo,
luego se dieron cuenta de que se encontraba en un estado de coma tan
profundo del que aún sigue, y del que al parecer tardará bastante en salir, si
es que sale, y que según asegura el Patólogo Forense, cuando salga no va
a poder conocer ni a su madre: eso si consiguen que hable de forma que se
le pueda entender. Chica, hiciste bien con aquel preparado anestésico luego
de haberse tragado medio litro de alcohol, de marca, eso sí -dijo Berta la cual
seguía con una cara de felicidad que si bien Ana la comprendía, ahora ella
también participaba abiertamente de cuanto su amiga le aclaraba.
- ¿Tienes más faena esta mañana? -le preguntó Berta mirando hacia
la puerta de la Cafetería.
-Hasta las tres de la tarde no, solo repasar un expediente acerca de
una paciente a la que habremos de tocarle un poco la espalda. ¿Por qué? Es
que piensas quedarte aquí hoy después de tu turno y una guardia -dijo Ana
sonriendo.
- No. Lo cierto es que estoy bastante cansada. Te lo he preguntado por
si dispones de un buen rato para una charla que se avecina.
- ¿Una charla que se avecina? ¿Pero de qué me hablas? -dijo Ana, que
de pronto se había puesto pálida.
- Ana. Debes encontrarte siempre fuerte, sin temor alguno. Te repito
que no hay ningún problema, y si te he comentado lo del tiempo disponible
es porque, vuélvete y observa quién bien hacia aquí -le dijo Berta dándole un
cariñoso pellizquito en la mejilla.
- ¡Hombre! Pero si es nuestro amigo Felipe. Pero bueno, ¿y esas
barbas tan bien recortadas? -dijo ahora Ana a la que se le notaba el haber
recuperado el color y hasta el ánimo.
- Porque anoche me llamaron la atención en el trabajo. Me dijeron que
no querían que las tuviese tan largas, así que me las he arreglado esta
mañana, ahora mismo lo que no necesito son problemas laborales. Aún
estoy un poco cogido con el tema, bueno, ya sabéis.
- Así estoy yo también. Menos mal que tengo aquí a mi brazo fuerte
que cada pellizquito me sabe a gloria, y eso que con ellos, aunque no me
duelen, me acuerdo siempre de las dichosas monjas -dijo Ana, devolviéndole
a Berta su famoso pellizquito y haciendo que los tres se echaran a reír
discretamente.
- ¿Habéis visto la prensa? -dijo Felipe muy serio y el cual traía bajo el
brazo un periódico de la mañana, aunque diferente al que tenía Berta, y que
sin darse cuenta había comenzado a desplegar con el fin de abrirlo por la
página a la que le había doblado una de las puntas.
- Sí. Además es la misma noticia. Se copian unos a otros, así que visto
un artículo en un diario, visto todos -dijo Berta muy segura de sí misma.
-Vale. Pero además hay alguna que otra noticia que no viene, de
momento, en los periódicos, aunque no creo que tarde mucho -dijo Felipe
mostrándose un tanto circunspecto.
- Bueno, pues suéltalo ya. ¿A ver qué es eso? -le requirió ahora Berta
absolutamente dueña de su ánimo.
- Hace un rato me llamó María Engracia. En ese momento pensé que
se trataría de mi padre que anda el pobre un poco malucho, cosas de la edad,
y la vida que le tocó vivir, pero en fin, a lo que iba. Se trataba de que esta
mañana temprano corrió por Alcoy la noticia del periódico. Según Rosa, la
hija que tiene el puesto en el mercado dice que aquello era un revuelo;
vamos, como si hubiera tocado el gordo. Vosotros porque no habéis estado
nunca tan al tanto del pueblo como yo, pero es que para más de medio esto
ha sido como un regalo para ellos. Más de uno y una querrían haber visto
muerto a ese bicho hace mucho tiempo. Allí todo o casi todo se sabe, lo que
pasa es que siempre ha habido mucho temor a las represalias.
- Y entonces, ¿qué noticias son esas aparte del revuelo? -lo interrumpió
Berta, temiendo que a su madre le hubiera llegado también, aunque se
quedó tranquila ya que ésta vive en otro pueblo.
- Pues que Francisca, la criada de doña Clara, asegura que sin querer,
queriendo, vosotros ya me entendéis, pues resulta que sin que las hermanas
se dieran cuenta de que no andaba muy lejos cuando recibieron el paquetito
y lo abrieron, Francisca también lo vio, y bien visto por lo que contaba con
todo detalle, y ella que no tendrá mucha cultura pero que sabe más que le
han enseñado, que la vida le ha hecho ser más lista que el hambre, y
sabiendo lo que sabe, pues lo primero que hizo fue sacar sus propias
conclusiones. ¿Y qué hacer con ellas? Pues compartirla con parientes y
amigos, aún a sabiendas de que, según las noticias llegadas, el caso no está
resuelto ni cree que se resuelva dado lo confuso del mismo. No obstante, se
puso a contar que a doña Clara, cuando tomó conciencia del contenido del
bote y leyó la etiqueta que llevaba pegada y que ponía “Adivina, adivinanza”,
le dio un síncope, se cayó, soltó el bote, y si no es por la hermana que lo
cogió al vuelo, los genitales de don Hipólito estarían desparramados por el
suelo.
- Pues sí que marcha esto rápido. Claro, ahora como ya casi todo el
mundo tiene teléfono -dijo Berta-. Además, tengo entendido que era
Francisca la alcahueta de la casa, en la que por cierto lleva muchos años, y
nunca bien mirada, por eso aprovechaba la más mínima oportunidad para
chismorrear lo que se trajo entre manos durante tanto tiempo el macho
cabrío con la artista, hasta que ésta ya cansada lo dejó.
SESENTA Y CINCO
Se encontraban ambas hermanas en el tren camino de Madrid y
envueltas en sendos ataques de nervios de los que no salían aun a pesar de
estar continuamente tomando tranquilizantes. La tarde anterior doña Clara
había recibido la llamada del Capitán Lucio Rivera, quien le había
comunicado la necesidad de que se desplazara a Madrid, hasta la Jefatura
de la Ronda de Atocha, y en la que sería puesta al corriente de un asunto
que le concernía, y el cual consideraba de cierta gravedad relacionado con
su marido el señor don Hipólito de la Torre.
Doña Clara, aún con la esperanza de que el recibo del bote no fuera
más que una broma macabra propia del odio que le tenían en el pueblo, y no
conforme con, para ella, una notificación que le causaba aún más extrañeza,
ya que le aseguró al Capitán que su marido estaba en viaje de negocios. Al
rato de colgar y tras una breve reflexión y cambio de impresiones con
Angélica, tomó de nuevo el teléfono y le pidió a la encargada de la Centralita
que le pusiera de nuevo con el número que le acababa de llamar. Como
quiera que la Compañía Telefónica seguía teniendo intermitentes problemas
con las nuevas, líneas, no cayó en la cuenta de que todo cuanto había
hablado, y volviera a hablar sería escuchado a su vez por la encargada de la
Centralita, y por consiguiente, más leña para el fuego que se había
encendido en el pueblo.
- Le pongo -oyó decir a la Telefonista.
- Jefatura de Atocha, dígame -escuchó la voz de un hombre al otro lado
del hilo telefónico.
- Buenas tardes. Soy la señora de la Torre. Deseo hablar con el
Capitán Rivera, por favor -dijo dejando caer un cierto tono autoritario.
- Buenas tardes, señora, aguarde un segundo que enseguida le paso.
-Al habla el Capitán Rivera.
-Ah, Capitán, buenas tardes. Le llamo porque no me he quedado
tranquila y desearía que me facilitara Vd. una más amplia información
acerca de eso que me asegura encierra un grado de tanta gravedad y que si
no he entendido mal está relacionado directamente con mi marido.
- Así es, señora, pero le ruego que esto lo dejemos para cuando Vd.
llegue, ya que no es tema para ser tratado por teléfono.
- Está bien, Capitán, si no hay más remedio, ahí estaré mañana por la
mañana. Me dijo Vd. la Jefatura de la Ronda de Atocha, ¿verdad?
- Sí, señora, pero no se preocupe; a la hora de la llegada del tren habrá
un coche del servicio esperándola, por eso no tiene que preocuparse.
- Está bien, Capitán, y muchas gracias -dijo doña Clara en la que ahora
se notaba el desanimo y un alto grado de ansiedad.
- Adiós y buenas tardes, señora -se despidió el Capitán.
- Hasta mañana pues -seguidamente escuchó perfectamente el clic de
que el Capitán había colgado el teléfono, y antes de colgar el suyo oyó el
típico clic de la desconexión, por lo que con los dientes apretados le dijo a su
hermana: No hay modo de evitar que la zorra ésta se entere de todo.
¿Cuándo llegará el día en que las líneas directas funcionen al cien por cien?
- Mientras que no acaben no van a eliminar la Centralita, pues si no
estaríamos sin teléfono sabe Dios cuántos días -se quejó Angélica.
A la salida de la estación, las dos hermanas fueron, dada la elegancia
con que vestían ambas, descubiertas por un joven Policía del Servicio de
Información el cual se acercó a ellas, y tras preguntar por la señora de la
Torre y presentarse a continuación, las invitó a subir a un automóvil sin
distintivo policial alguno.
Doña Clara, a través del Policía, quiso saber algo más acerca de
aquello que había hablado con el capitán, pero no consiguió que le dijera
nada argumentando que ese era un tema muy delicado y del que tan solo
estaba autorizado el equipo que lo llevaba, y el cual se encontraba al mando
del Capitán don Lucio Rivera.
Una vez dentro de la Jefatura, fue el mismo Capitán el que las recibió
invitándolas a pasar a su despacho. Doña Clara le presentó a su
acompañante diciéndole que era su hermana Angélica, por lo que a renglón
seguido y tomado asiento, el Capitán, ahora, no dudó en ponerlas al
corriente de todo cuanto había acontecido, según los datos facilitados por los
únicos testigos de que disponían.
Doña Clara hacía todo lo posible por mantenerse serena y poder
aguantar sin derrumbarse mientras escuchaba cuanto le estaba relatando el
Capitán, el cual no se dejó atrás ni un solo detalle desde aquella mañana en
que se presentaron en el Hotel los inspectores Robledo y Ortíz ante la
demanda de don Mariano, Director del Hotel, y a la que él mismo acudiría
más tarde acompañado del equipo de búsqueda de huellas.
- ¿Y dónde está ahora mi cuñado? ¿Está vivo? -preguntó Angélica,
viendo que su hermana se estaba desmoronando por momentos.
- Sí, señora, está vivo, aunque se encuentra aún en un estado de coma
profundo, pero de eso ya les informará más tarde el Médico Jefe del Instituto
Anatómico Forense.
- ¿Pero es que está allí? ¿En el Instituto? -dijo ahora doña Clara con la
voz entrecortada.
- No, no señora. Su marido fue trasladado a los dos días al Hospital
Carlos Tercero. Comprendo que le extrañe el que el caso de su marido lo
esté llevando un Médico Forense, pero, tratándose de un episodio en cierta
medida relacionado con la Justicia, el Juez ha decidido que mientras se
aclare todo ello esté bajo los cuidados de don Antonio Soler y su equipo de
patólogos -le explicó el Capitán a las dos hermanas.
- ¿Y es posible, don Lucio, que no haya ni la más mínima sospecha de
algo o de alguien? ¿Que nadie haya visto nada? -dijo Angélica.
- No, señora, absolutamente nada. La única esperanza que teníamos
era haber podido encontrar algún indicio en la habitación, pero nada, lo
habían dejado todo tan limpio que nos fue imposible encontrar algo en que
poder apoyarnos -dijo el Capitán escanciando un vaso con el agua que tenía
en una jarra sobre la mesa y pasándosela a doña Clara.
- ¿Y dice Vd. que ahora tendremos una reunión con el Médico y con el
Juez? -dijo Angélica.
- Sí, sí, señora. La tendremos directamente en el Hospital después de
que puedan ver a don Hipólito. Cuando se encuentre con ánimos, doña Clara,
podemos irnos.
Al llegar al Hospital y subir a la planta, pasaron directamente al
despacho que ocasionalmente habían dispuesto para el Médico Forense y su
equipo, el cual tras saludar al Capitán, éste procedió a las presentaciones
justo en el momento en que llegaba el Juez acompañado por los inspectores
Robledo y Ortiz que se habían encontrado a la entrada.
- Cuando Vd. lo ordene, señor Juez -dijo el Capitán.
- Si el Médico cree que las señoras se encuentran en condiciones, por
mí no hay ningún inconveniente -dijo el Juez.
Este comentario hizo que no solo doña Clara sintiera como una especie
de vahído, sino que también la hermana acusó la frialdad de ambos hombres
y se agarró a su brazo para quedar ambas sostenidas la una por la otra. No
obstante, fue doña Clara la primera que dio un paso al frente, y todos juntos
se dirigieron a la sala.
Cuando en la puerta el Policía de uniforme que la guardaba la abrió a
un gesto del Capitán y doña Clara reaccionó tomando nota mental de que la
sala en la que se encontraba ingresado su marido estaba vigilada por la
Policía, no pudo por menos que preguntar: -¿Pero esto qué es? ¿Acaso mi
marido está acusado de algo? ¿Ha cometido algún delito? Por que si no,
¿cómo es que está siendo custodiado por la Policía? No lo entiendo.
- Ahora pasen a verlo. Luego hablaremos acerca del caso; éste es un
poco más complejo de lo que Vds., señoras, se imaginan. Pero, pasen,
pasen -las invitó el Juez.
Desnudo íntegramente, aunque cubierto con una sábana impoluta, don
Hipólito se encontraba sumido en un profundo sueño. Con los ojos cerrados
y una respiración ayudada por ventilación mecánica, sobre la que Angélica
no dudó en preguntar, y a la que el Médico le dijo que se trataba de una
ventilación pulmonar asistida, en su caso, una especie de intercambio de
gases entre los pulmones y la atmósfera, con el fin de permitir la oxigenación
de la sangre, intentamos que no deje de captar oxigeno y así eliminar el
dióxido de carbono.
- Pero, a él, ¿qué le hicieron para encontrarse en este estado?
Preguntó ahora doña Clara.
- La primera analítica que le fue practicada arrojó un índice de alcohol
tan alto que ya de por sí le habría producido un coma etílico; no obstante, si
tenemos en cuenta que para la intervención, por decirlo de alguna forma, ya
que jamás había visto en mi vida una chapuza de tal calibre realizada, le
habría sido administrado una extraña y peligrosa combinación de
anestésicos, posiblemente para que no se pudiera saber el tipo, pues ello
hizo el que el coma ahora sea de tal magnitud, que me gustaría saber, si
despierta, en qué estado lo va a hacer, porque lo que está claro es que
muchas y graves secuelas le van a quedar -dijo el Médico con una
tranquilidad propia de quien trata estos temas a diario.
Mientras terminaba su pequeña alocución, el Médico retiró la sábana,
despacio, de arriba hacia abajo dejando ver primero el torso en el cual se
mostraban grabados “Timo 414” y más abajo la palabra “Asesino”. Doña
Clara quiso aguantar, pero, al parecer, no pudo y se desmayó. Ya el Médico
lo tenía previsto y por ello extrajo del bolsillo de su bata blanca un frasquito
con el que le dio a aspirar su contenido. Acto seguido se repuso, siendo
sentada en la única silla de que disponía la sala. Angélica, más entera no
paraba de mirarlo. Cuando el Médico vio que doña Clara se había
recuperado en parte, acabó de descubrir el cuerpo observando cómo en el
lugar de aquellos genitales que ella conocía, ahora y a través de unos
abultados apósitos, asomaba una pequeña cánula cumpliendo las funciones,
dadas las circunstancias, de una sonda Vesical.
- Ciertamente que la imagen que podemos observar desde un orden
natural, es bastante deprimente. Me gustaría conocer qué clase de persona o
personas han podido llegar a estos extremos y en razón de qué. Como
también saber qué han podido hacer con sus genitales una vez separados de
un cuerpo tan robusto -dijo el Médico buscando una mirada cómplice entre
los allí reunidos.
- El quién o quiénes y el porqué, no lo sé, pero en lo que se refiere a
sus genitales, aquí los tiene Vd. No sé qué clase de personas han podido
sufrir tanto daño por culpa de mi marido que les ha llevado a tomarse esta vil
venganza por su mano; realizar semejante fechoría, y luego haberme hecho
llegar el producto de su maldad en perfecto estado de conservación. Me
gustaría saber qué pretensión envuelve todo esto -dijo doña Clara abriendo
el bolso y extrayendo un bote que entregó al Médico, el cual, y al igual que
todos los presentes, cuando se percataron del contenido, se quedaron
atónitos.
- Capitán, permita que me quede con el bote. De él se hará cargo el
Fiscal que yo mismo nombre, y el cual abrirá las correspondientes diligencias
para en cuanto este hombre se recupere, pasarlo a disposición Judicial.
SESENTA Y SEIS
Después de haberse tomado un par de días de descanso, aquella
soleada mañana, David Gómez al igual que hiciera a diario, entró en su
oficina saludando de la forma que era habitual en él a su socio. Éste se
levantó al momento y le siguió hasta su despacho. Ya en él le mostró el diario
que acababa de llegar y al cual estaban suscritos por ser el más
independiente y completo.
David un poco extrañado por el afán que tenía su socio en que lo
abriera por las páginas de sociedad, lo hizo y se quedó un segundo tan fuera
de lugar que ni siquiera oyó como el socio le decía: “No es éste el tal don
Hipólito que ha venido a verte varias veces...”
- ¿Cómo? ¿Me decías...? -dijo David como si estuviera en otro lugar,
aunque sin dejar de leer lo extenso de la noticia.
Cuando terminó de leer por segunda vez y un tanto dubitativo, solo
acertó a comentar en un leve susurro: -¡Hay que joderse!
El socio que se dio la vuelta con idea de abandonar el despacho y
dejarlo solo, no había llegado a la puerta cuando oyó que David le pedía que
llamara a la Jefatura y preguntara por el Capitán Rivera.
- Con el Capitán Rivera, por favor.
- ¿De parte de quién?
- Dígale que el Detective David Gómez desea hablar con él.
- Un momento.
- ¡Hombre, David! ¡¿Cómo es eso de dejarte caer por aquí aunque sólo
sea por teléfono¿!
- No te hagas ilusiones, Lucio, que aún no te pago lo que te debo -dijo
David, escuchando unas risas a través del auricular. ¿Tienes un rato esta
mañana?
- Para ti, sí. ¿Es que hay algo que se traiga entre manos mi querido y
antiguo compañero de armas?
- Algo hay, pero lo cierto es que me gustaría tratarlo contigo
personalmente y en privado.
- Claro, no hay ningún problema. Te espero, nos tomamos un café, y en
mi despacho podremos tratar ese asunto.
- Ok. Pues voy para allá, hasta luego.
Tras dar un par de vueltas a la búsqueda de un aparcamiento, ya que
no le gustaba abusar de las plazas de que disponía el pequeño aparcamiento
de la Policía, David entró en el y dejó su coche en uno de los reservados
para los coches patrullas; aparcó su Ford Orión al lado del Seat 124
propiedad del Capitán. Cuando dio la vuelta al edificio y ya en la puerta se
encontró con la sorpresa de ver charlando animadamente a dos antiguos
compañeros.
- ¿Qué te parece a quién tenemos aquí? -dijo el más alto y que resultó
ser el Inspector Soriano, quien se encontraba acompañado de su inseparable
compañero Vilches.
- Y vosotros dos ¿qué hacéis tan lejos, tal vez la querencia? -dijo David
saludándolos efusivamente.
- Esa querencia a la que tú te refieres es la que nos ha hecho aceptar
el pasarnos aquí en Madrid cuatro días para realizar un cursillo sobre el
trabajo psicológico del negociador cuando existen rehenes. Y no creas que
nos seduce mucho, pero chico, unos días en el terruño no está pagado con
nada -dijo el Inspector Soriano empujando con el hombro a su compañero
Vilches el cual le devolvió cariñosamente el empellón recibido a modo de
complicidad, pues ambos eran de las afueras de Madrid, aunque desde
hacía muchos años estaban fijos en la plantilla de la Jefatura de Alicante, y
en donde residían con sus respectivas familias.
- ¿Y tú, qué, señor Detective privado? Por cierto, ¿qué tal te va? -
intervino ahora el recién ascendido a Teniente, el Inspector Vilches.
- Bien, bastante bien, al menos no me puedo quejar; por cierto, si os
parece quedamos esta tarde para tomar unas copas y charlar de tiempos
pasados y de los que dicen algunos que fueron mejores, pero que yo no sé
por qué, pero sigo sin creerlo del todo... es que esta mañana he quedado con
Lucio, y venía a verlo para tratar de un asuntillo.
- No hay problema, David, nos vemos esta tarde en casa de Raimundo
a las siete, ¿te cuadra? -dijo el Inspector Soriano.
- Sí, a esa hora me viene bien.
- Pues hala, no hagas esperar al mandamás; luego nos vemos.
- Buenos días, Juan -saludó David al Policía que se encontraba tras el
mostrador de atestados. He quedado con el Capitán.
- Pasa David, está en su despacho, y me alegro de verte por aquí, a
ver si vienes más a menudo.
- Lo intentaré. Yo también celebro verte, gracias.
- ¿Se puede, Capitán?
- Pasa David. A ver qué es eso que te traes entre manos y que
necesitas de tu antiguo compañero, y que de no haberte marchado del
Cuerpo ahora el Capitán serías tú -dijo don Lucio al tiempo que le alargaba la
mano y David se la estrechaba.
- Verás, Lucio, he estado fuera unos días, necesitaba descansar y
ahora es la época en que Guadarrama está más tranquilo. He visto que el
periódico de esta mañana trae una noticia acerca de un hombre que ha
aparecido en la habitación del Hotel donde se alojaba, amarrado a la cama
con una serie de cortes y los genitales seccionados de tal manera que,
según dicen, lo han dejado en un gravísimo estado de comas.
- Sí, ya anteriormente han habido más noticias, las que se filtran, ya
sabes. Y eso no es todo, amigo mío. Te voy a enseñar algo que te va a poner
los pelos de punta. Te lo dejo ver a ti por lo que has sido para la Comisaría, y
luego para esta Jefatura, además de lo que significas para mí dentro del
campo de la honradez profesional -dijo el Capitán abriendo un cajón,
extrayendo una carpetilla con un expediente de varias hojas, la cual le
entregó a David.
David leía el simple, y no muy extenso expediente mientras mental y
simultáneamente pensaba en don Hipólito. Veía aquellas fotografías y se
decía para sus adentros que aquello no podía ser. Le costaba creer lo que
estaba viendo. Sabía de su persecución a Marina, su amante de tantos años
y que luego lo abandonaría. A ella no le habría hecho ningún daño porque
hacía muy poco que la había visto, y tomado café con su prometido, su
madre y el Comisario Pulido que se había desplazado desde Sevilla para,
entre otros asuntos, colaborar en la Rueda de Prensa acerca del secuestro
que sufriera en Sevilla.
El Capitán que al mismo tiempo que David leía le iba informando
acerca de la reunión mantenida, lo observaba en silencio, y viendo ahora la
palidez de su amigo se atrevió a sacarlo de su abstracción para preguntarle: -
¿Te ocurre algo que yo desconozca y en lo que te pueda ayudar?
David, tomando conciencia de que sería interesante el que tratándose
del Capitán y encargado del caso, le hiciera partícipe del encargo que don
Hipólito le hiciera en su día acerca de la Actriz, le contó los diversos
encuentros tenidos con él, así como las informaciones que le fue facilitando a
medida que él iba averiguando movimientos y paraderos de ella. No se dejó
en su relato ni una sola coma, por lo que el Capitán pasándose la mano por
la rasurada barbilla, comentó: - Aunque conozco lo relativo al secuestro, lo
cierto es que no encuentro motivo para relacionarlo con tu cliente, por lo que
pienso qué, en ese sentido, no deberías de estar preocupado. Ahora lo que
nos ocupa a nosotros -siguió diciendo el Capitán – es averiguar qué es lo
que ha podido hacer este hombre para que se hayan ensañado con él de
esta manera.
- Te entiendo perfectamente, Lucio. En fin, eso era todo lo que quería
comentarte, y saber acerca de todo este embrollo. Ya sabes que si puedo en
alguna medida serte de ayuda, no tienes más que llamarme -se ofreció David
al tiempo que hacía el intento de levantarse para marchar, pero no llegó a
hacerlo a petición del Capitán, el cual le hizo una seña con la mano para que
siguiera sentado.
- Estaba pensando... Este tal Hipólito era de Alcoy, ¿verdad? -dijo el
Capitán tomando de nuevo la carpetilla que se encontraba sobre la mesa y
desdoblando una de las hojas del expediente.
- No, Lucio. Es cierto que vive en Alcoy, pero también lo hace en
Orihuela donde también tiene negocios, aunque su domicilio fiscal está en
Alicante, pero como te digo, toda la familia ha vivido desde siempre en Alcoy
aunque son oriundos de aquí de Madrid.
- Veamos. A ver si somos capaces de poner en pie este rompecabezas
con la pieza que se me acaba de ocurrir -dijo ahora el Capitán mostrándose
un tanto enigmático.
- ¿A qué te refieres? - le preguntó el Detective.
- No sé si conocerás a un Inspector de Alicante que se llama Soriano y
que ha venido a realizar un curso de varios días aquí en Madrid.
- Ya lo creo que lo conozco. A él y a su inseparable Sargento Vilches.
Los tres estuvimos haciendo prácticas hace ya mucho tiempo. ¿Por qué lo
preguntas? -dijo David, sin tener muy claro por dónde le iba a salir el Capitán.
- Ya sabes que la División de Soriano, que ahora es Capitán recién
ascendido al igual que Vilches que también ha sido ascendido a Teniente,
cubre desde Alicante una franja bastante amplia de la Comarca, en la que
están incluidos tanto Orihuela como Alcoy. El caso es que he pensado que
sería interesante que tuviéramos con ellos una reunión mañana por la tarde
porque la mañana la tienen cogida con el curso.
- ¿Quiénes estaríamos en esa reunión además de tú, Soriano, Vilches
y yo? -le interrumpió David.
- Robledo, al que ya conoces, y por supuesto a Ortiz, su compañero,
ambos son mis dos más estrechos colaboradores y pueden aportar ideas, ya
que ellos fueron los que primero acudieron a la habitación del Hotel cuando
nos dieron el aviso de lo que allí había ocurrido.
- Por mí no hay ningún inconveniente, es más, me gustaría que
estuviera presente también la Psicóloga Forense, Eugenia González -dijo
David mirando al Capitán con cierta sonrisita que delataba la intención, y que
no escapó a las dotes de observador de su amigo.
- ¿La quieres en la reunión por alguna razón especial, o es que estás
tan colado por ella como me han dicho? -le preguntó el Capitán.
- En verdad que eres un bicho, pero no, sí es cierto que nos hemos
prometido, pero no es ese mi interés. Te recuerdo que ahora ella está en la
Comisaría de Fuenlabrada; no obstante, su anterior destino fue precisamente
Alicante, donde acabó las prácticas alcanzando el grado de Psicóloga
Forense y Criminóloga -dijo, observando ahora cómo el Capitán mostraba un
cierto grado de interés ante el planteamiento.
- He de reconocer que tienes razón. No estaría demás tenerla en la
reunión; ese sexto sentido que posee una especialista en observación puede
venirnos muy bien -reconoció el Capitán levantándose.
- Bien. Pues no se hable más. Mañana a las cuatro te espero. Yo me
encargo de todo excepto de tu Psicóloga -dijo con cierto retintín el Capitán al
que se le veía feliz como si ya estuviera todo resuelto.
- No es mi Psicóloga. Ella es de la Policía.
- Sí, sí, de la Policía. Ya te pondrá en observación, desde el primer día -
dijo el Capitán dejando arrastrar las palabras y echándose a reír.
- Hasta mañana entonces, señor Capitán.
SESENTA Y SIETE
Celia y Alfredo tras haberse prometido después de haberse cumplido
cuanto se prometieron de no hablar de otra cosa que no fuera la terminación
del Doctorado, se encontraban preparando los distintos viajes que tenían
pensado, y los cuales trataban de las presentaciones de ambos a las
diferentes familias de cada uno.
En un momento de dudas entre sí llevar una u otra vestimenta de las
tres que había colocado sobre su cama, Celia reparó en un periódico que
Alfredo acababa de dejar sobre el silloncito del dormitorio. Aunque era del
día anterior fue a colocarlo en el revistero. No quedó colocado como hubiera
sido su deseo, dada su manía perfeccionista, cuando al segundo intento se
detuvo a leer el gran titular: “El Hombre de mediana edad que hace unos
días fue encontrado atado, y con grandes y graves signos de violencia en la
habitación del Hotel Atocha, aún continua sin salir del Coma”.
Dejó lo que estaba haciendo y se puso a leer el artículo cuando desde
el salón le oyó decir a Alfredo que se iba. Celia dejó el periódico encima de la
cama, salió a despedirlo y tras el acostumbrado beso, cerró la puerta no sin
antes quedar en saber a qué hora se verían al día siguiente.
Cuando volvió al dormitorio, se sentó de nuevo y comenzó a leer.
Acabada la lectura, se quedó un buen rato meditabunda. Un bulle, bulle no
dejaba de enredarse en ese conjunto de pensamientos y al que ella como
experta en materia mental llamaba mente, pues le parecía que no le era
desconocido el nombre de Hipólito de la Torre. Tras haber leído que el
hombre en cuestión a quien se refería el artículo era de Alcoy, a su mente
acudieron diferentes momentos y situaciones vividas de cuando estuvo en el
Hospital Comarcal, y como quiera que el caso más notable de aquella época
fue, precisamente, el de una jovencita que fuera cruelmente atacada y
violada por alguien del que nunca se consiguió averiguar quien fue aun a
pesar, según la Guardia Civil, y la Dirección General de Seguridad, de los
muchos intentos que durante años fueron realizados sin haber conseguido
aun nada positivo, tras haber puesto todo su empeño en intentar encontrar
un hilo del que tirar. Todos estos recuerdos que cada vez adquirían mayor
claridad, le estaban llevando por unos senderos sentimentales que hicieron
brotar de sus ojos amargos racimos de lágrimas.
Dándole vueltas tanto al periódico como a su cabeza, cual cofre que
encierra todos los actos que a nivel de memoria se vienen recogiendo desde
que se nace a la vida, Celia no dejaba de pensar en aquél de la chiquilla:
Matildita -se dijo de forma espontánea y plenamente convencida de que así
se llamaba. Matildita, repitió varias veces, hasta que cayó en la cuenta,
centrándose ahora de pleno en aquel caso que, aunque ya había
transcurrido bastante tiempo, parecía revivirlo con toda claridad,
seguramente -se dijo -, porque fue con el único caso que obtuvo una serie de
puntos de cierta relevancia para su carrera profesional.
Acto seguido y sin pensárselo dos veces, descolgó el teléfono y llamó a
Eugenia. Dejó que el teléfono sonara por si estuviera en la ducha, pero no,
no se encontraba en su casa, por lo que decidió llamar a la Comisaría:
estaba claro que no podía esperar. Estaba atacada de los nervios
recordando ahora con claridad meridiana las palabras que le dijera aquella
tarde: “Estamos casi seguros de quién se trata, y solo esperamos que
cometa un fallo...”
- Comisaría de Fuenlabrada, dígame -escuchó con el segundo tono.
- Buenas tardes, desearía hablar con la Agente Eugenia González.
- ¿Quién le digo que le llama?
- La Doctora Guzmán.
- Le paso...
- Hola, Celia. ¿Qué te trae a estas horas?
- Necesito hablar contigo, Eugenia.
- Chica. Cuánta seriedad. ¿Te ocurre algo, cariño?
- No. No es nada personal. Es solo que estoy un poco agobiada y
necesito hablar contigo y es que sobre el tema en cuestión eres la única con
la que puedo hacerlo. ¿Puedes? -insistió con una cierta vehemencia que hizo
que Eugenia comenzara a preocuparse, por lo que le dijo: -Escucha, ahora
mismo no puedo. Estoy acabando un informe sobre un detenido y aún
tardaré algo así como una hora. Luego si quieres, me acerco a tu casa.
- Bien. Aquí te espero -dijo Celia ahora ya más tranquila. Y colgó.
Aun a pesar de que Eugenia estaba al llegar, atendiendo al tiempo que
le había comentado que podría tardar, cuando sonó el zumbador del
telefonillo el cual se hizo notar con su estridente chicharreo, Celia dio un
respingo.
- Hola, amiga -dijo Eugenia poniéndole una cara de mohín.
- Pasa, Eugenia y perdona el desorden, pero es que voy a ir con
Alfredo a que lo conozcan mis padres, y estoy preparando un poco de ropa
por si nos quedáramos unos días.
- Pues no sabes cuánto me alegro de que ya os hayáis decidido. Y bien,
¿Qué es eso que te tiene agobiada? -dijo Eugenia mostrándose un tanto
matriarcal.
- ¿Te acuerdas de nuestra época en el Hospital Comarcal? -dijo Celia
en la que se veía la preocupación de que su amiga no se acordara.
- Sí, perfectamente. Es el único en el que he trabajado, aparte de
algunas colaboraciones con otros hospitales, y por supuesto atender en
prisión a algún que otro interno.
- ¿Y te acuerdas del aquel caso que yo estuve atendiendo, y que luego
viniste tú en compañía de dos inspectores para interrogar a una chiquilla de
Alcoy que había sido brutalmente atacada y violada, y del que hasta la
presente nada se ha sabido?
- Para, para criatura que te vas a ahogar. No es necesario que corras
tanto. Estoy aquí y te voy a escuchar hasta el final, aunque ya me temo por
dónde vas. -dijo Eugenia cogiéndole las manos.
- ¿Sabes a qué me refiero? -dijo ahora Celia nerviosa.
- Claro que sé a qué te refieres. Has estado leyendo las noticias en el
periódico acerca del hombre que fue encontrado en la habitación del Hotel
Atocha. ¿A que sí?
- Sí. Aquí tengo el periódico que ha dejado Alfredo. ¿Qué sabéis
acerca de todo esto? -preguntó Celia sin pensar.
- Sabemos -dijo Eugenia aportándole cierta tranquilidad a su amiga.
Sabemos todo lo que la Policía puede saber. Pero no puedo decirte nada, de
momento. Ya sé que tu, digamos preocupación, va en la dirección de aquella
chiquilla...
- Y de una cosa que tú me dijiste en aquella ocasión, y que la he
recordado como si fuera ayer: “Que intuíais de quién se trataba, pero que no
podíais hacer nada hasta que no estuvierais seguros y bien seguros” -la
interrumpió Celia.
- No recuerdo exactamente lo que te dije, pero no me extrañaría que
fuese como dices. ¡Qué memoria, chica!
- Es que no te puedes imaginar, Eugenia, lo nerviosa que me puse
cuando relacioné: Alcoy con la chiquilla, Matilde, ¿te acuerdas de Matilde? y
luego leí el nombre del hombre ése que se encontraron, y con las cosas que,
según dice el periódico, le han hecho.
- ¡Matilde! Ya lo creo que me acuerdo de aquella chiquilla. Y de las
veces que intentamos hacerla hablar sin soltar prenda. ¡Cuánto miedo debía
tener la pobre! Y sin embargo, con los años que han pasado y aún no ha
dicho esta boca es mía. Supongo que no querrá ahora volver a pasar por
aquellos días de sufrimiento. ¡Cómo se quedan algunas imágenes grabadas
en la mente! Ahora mismo que estoy recordando aquellos momentos, parece
que la estoy viendo con aquel hermosísimo pelo del color del bronce, y que
en algún momento se le desparramaba por la almohada. Créeme si te digo
que me daba una envidia aquella melena -dijo Eugenia exhalando un suspiro.
- Entonces aún no sabéis nada. Eugenia, me gustaría que me dijeras
cómo va el proceso conforme vaya evolucionando, es que tengo un
presentimiento que no me deja tranquila desde que leí el periódico.
- Aún no. Pero no quiero que te preocupes, mujer. Sé que eres una
buena profesional. Desde luego gracias a las enseñanzas que te di cuando
preparabas tu tesis, no, es broma. ¿Pero te acuerdas de ello? -dijo Eugenia
riéndose-. Y no te preocupes que en cuanto adelantemos algo te tendré
informada. Te lo prometo.
- ¿Me lo prometes de verdad? -dijo Celia poniendo cara de quien no ha
roto un plato en su vida.
- Te lo prometo. Es más, te adelanto que mañana vamos a tener una
reunión de alto calibre para tratar el caso, y en la que es posible que participe
hasta el Juez que por cierto, ya ha designado Fiscal, aún sin saber si sobre,
llamémosle la víctima, alguien tiene presentada alguna denuncia, por lo que
en consecuencia él tendría caso; sin embargo, hasta la presente sobre este
individuo no hay absolutamente nada de nada.
SESENTA Y OCHO
- Bien, señores. A ver si tenemos suerte y cuando nos levantemos será
porque tengamos algo con que empezar a trabajar porque lo que es hasta
ahora, ni siquiera podemos echar mano de la duda más razonable con el fin
de acusar a este hombre de algo. Por eso yo me pregunto y Vd. me
disculpará, señor Juez, ¿para qué queremos aún al Fiscal si no tenemos
culpable? -abrió la reunión el Capitán.
- Para que vaya tomando notas, Rivera, para que vaya tomando notas.
Que me da en la nariz que aquí hay algo más. Y si no me equivoco, benditos
los años que llevo en esto, alguien intenta engañar a alguien -respondió el
Juez utilizando el dejillo propio de los castizos.
- Aunque carentes de la más mínima huella, testigo ocular o un móvil
definido, lo cierto es que solo nos quedan las marcas...
- Y la operación. Que no se olvide -interrumpió el Juez.
- Por supuesto. Y la operación. Digna de los que en mi pueblo se
dedican a capar cochinos sin licencia -dijo el Inspector Robledo-. Y siguió:
Pero como Vd. conjeturó anteriormente, señor Juez, ¿Quién nos dice que no
fue un profesional el que realizara semejante carnicería con el fin de crear
una más que nada discutida confusión?
- Totalmente de acuerdo. Cuestión de ir tomando la correspondiente
nota, porque si fuera así, todo sería muy fácil. Con tan solo esperar a que la
víctima nos dé el nombre o los nombres de la persona o personas que
estuvo o estuvieron con él aquella noche, todo resuelto: no obstante y sin
olvidar el comentario del Médico Jefe acerca de que le gustaría saber en qué
estado abandonará el coma, ya me dirán Vds. -habló de nuevo el Capitán.
- ¿Qué se sabe acerca del asesino del Empresario Andrés Moreno? -El
que hizo el comentario fue el Inspector Soriano que se había puesto al
corriente de los casos más flagrantes que en Jefatura tenían en cartera, y al
que le correspondió David: -No, en lo que a mí concierne, pues fui el único
que vio al sospechoso: éste era muy alto y delgado. Nada comparable con el
sujeto que tratamos en cuestión-. Ya no lo trataba como don Hipólito.
- ¡Qué cabrón o cabrones! -comentó por lo bajini y entre dientes David,
pero que, sin lugar a dudas, todos se enteraron, aunque fue el Capitán el que
le dijo: -No nos prives de esas elucubraciones, David. ¿A ver qué te está
pasando por la cabeza?
- Me estaba acordando de las palabras que dijo antes el señor Juez, y
me estoy preguntando sobre la marca “Asesino”, concretamente, ya que la
de “Timo 414”, definitivamente está más que resuelta. Sin embargo, fíjense
en que, ¿por qué tenemos que creer, o intentan hacernos creer, que la
venganza es hacia un asesino? ¿Cuántas clases de asesinatos hay sin que
por ello haya que recurrir a quitarle la vida a alguien? -dijo David mirando a
su alrededor, y parándose un segundo para cruzar su directa mirada con la
de Eugenia.
Eugenia, tomando aquel guante de aire caliente que le acababa de
lanzar David en razón de que él, a través de ella, conocía cuanto había
luchado junto a los inspectores Soriano y Vilches en el caso de la joven
Matildita en el Hospital Comarcal, allá en Alcoy, salió a la palestra
exponiendo su punto de vista, aunque cuando iba a hacerlo se le adelantó el
Inspector Robledo.
- Partiendo de esa premisa también podríamos, en ese caso, situar a
este individuo en la escena de las violaciones de las dos hermanas de
Chamartín, porque si bien es verdad que tanto una como otra aseguraron
que no podían identificarlo en ninguna rueda lo cierto es que ello era debido
a que llevaba una careta muy bien trabajada, y este tipo de ataques en los
que las víctimas no sólo acababan siendo violadas, sino que como el caso de
una de ellas que resultó brutalmente acuchillada, y dejada medio muerta
mientras consumaba su objetivo con la otra -expuso, aunque añadiendo que
éste no era el caso por entender que el perfil no era coincidente con el
presente.
- Yo, particularmente, sí me identifico con el planteamiento expuesto
por David Gómez. No cabe la menor duda de que se puede asesinar a una
persona sin necesidad de quitarle la vida. Hace bastante años, en mis
comienzos, cuando aún no había obtenido el Doctorado como Psicóloga
Forense, pero que ya pertenecía a la División que por aquel entonces la
Dirección General de Seguridad tenía en la Jefatura de Alicante, y que el
ahora Capitán Inspector y el entonces Sargento Vilches recordarán, porque
para mí siempre los consideré como mis primeros maestros, se dio un caso
de cierta repercusión en aquel tiempo. Sucedió en el mismo Alcoy. La víctima
resultó ser una jovencita de tan solo dieciséis años. Sorprendida en el monte
con un engaño al más puro estilo del clásico psicópata, fue brutalmente
violada y abandonada a su suerte. Afortunadamente fue encontrada por una
patrulla de la Guardia Civil a caballo quien pudo socorrerla.
Tanto el Inspector Soriano como Vilches fueron los encargados del
caso. Ellos lo estuvieron siguiendo incluso hasta en el Hospital, y al cual me
invitaron en calidad de observadora, posiblemente con la intención de que yo
pudiera aportar alguna herramienta gracias a la cual pudieran sacarle a la
muchacha la información que buscaban, pero que no hubo manera de
poderla conseguir, ya que el miedo que la atenazaba era muy superior a
aquellos, estoy segura, deseos de haber confesado quién la forzó de aquella
manera arrancándole de su ser lo más preciado que una mujer trae a la vida
desde que nace. Su virginidad. Y ahora, díganme señores, fue o no fue un
asesinato -dijo Eugenia, la cual no pudo evitar que se le congestionaran las
palabras, y que unas lágrimas traicioneras superaran esa dureza de la que
se supone presumen todas las fuerzas de seguridad.
- Tranquilícese, Agente Beltrán -le recomendó el Juez. Siento que no
haya sido Vd. Abogado. Esto ha sido una especie de alegato digno del mejor
profesional; no obstante, y aunque estoy de acuerdo, hay que separar ambos
conceptos que, por supuesto, van de la mano.
- Van de la mano, señor Juez, y es por eso que, desde aquellos días,
sigo teniendo la sensación de que en aquel caso hubo algo que se nos
escapó, o no supimos enfocar correctamente, al menos yo, aun a pesar de
las horas que le echamos y los vanos intentos por hacer que la muchacha
hablara -dijo un tanto compungido el Inspector Soriano, y mirando ahora a
Eugenia con una sonrisa a flor de labios.
- Bien -dijo el Capitán. El otro caso más cercano y que tenemos aún sin
resolver, es el atraco y homicidio del Taxista de la Casa Campo con el fin de
robarle la recaudación.
- En este caso nos encontramos en el mismo callejón, ya que también
juega aquí el posible engaño con relación: primero a la venganza, que
debemos entender que no es el caso; segundo a que en este caso no hay
asesinato, sino “simplemente” un homicidio; y tercero, el móvil: ¿la
recaudación? -el que habló ahora fue el Inspector Ortiz.
- Bien -dijo el Capitán, y continuo -:Visto lo visto, y una vez descartados
todos los casos que hay pendiente, señores, creo que lo mejor es que cada
uno ponga manos a la obra e intente averiguar lo que se pueda, ya que en
razón de lo poco tratado aquí esta tarde, entre otras razones porque no
habían muchos hilos de dónde tirar por no decir ninguno, seguimos estando
igual que al principio.
Todos asintieron y se fueron levantando mientras cada uno no dejaba
de hacer comentarios sobre lo tratado, llegando a la misma conclusión. Fue
el Juez el único que se pronunciaría lastimeramente al comentar que había
esperado de la reunión algo positivo con respecto del caso, ya que él -
manifestaba-, que en tanto el Capitán no le pusiera sobre la mesa razones
concluyentes acerca de alguna posible prueba encontrada, debía quedarse
al margen.
Todos lamentaban esta decisión, no obstante como dijo el Inspector
Robledo, había que considerarla, ya que la postura del Juez era innegable el
que fuera acertada pues a la vista de como estaban las cosas y partiendo de
la premisa de que se reconocía el hecho de que sobre la persona de don
Hipólito nadie había presentado denuncia alguna, ni el Capitán tenía
potestad para mantenerlo detenido, y mucho menos con custodia policial a la
puerta de la sala en que se encontraba internado en el Hospital, aunque
propuso el que el Inspector Robledo se encargara de ordenar a algunos de
sus hombres y de la forma más discreta posible tanto dentro como fuera del
mismo, no dejaran de estar pendientes de alguna posible visita que recibiera
o merodeara cerca.
Ya una vez fuera de la sala y a punto de despedida, el Juez le
recomendó al Capitán Lucio que en modo alguno diera el caso por cerrado
en tanto en cuanto don Hipólito no saliera del coma, y lo hiciera en
condiciones de declarar. Hasta entonces -insistió- no debemos dejar dormir
el caso. Si la salida del coma fuera desfavorable, lo daríamos por cerrado
habida cuenta de que entonces ya no podríamos hacer nada, y me refiero a
cuando dijo el doctor Soler que entre las secuelas que le pudieran quedar,
las más graves serían la falta de movilidad tanto en extremidades como en el
habla, ya que el daño producido en el cerebro habría sido demasiado grande.
Todos se despidieron hasta una próxima ocasión, a excepción de los
Inspectores Soriano y Vilches que habían quedado para por la tarde tomar
unas copas con David y Eugenia al objeto de recordar con ella aquellos
viejos tiempos de su estancia en Alicante.
- ¿Qué haces ahora? -le preguntó David a Eugenia-. ¿Te vas a casa o
tienes que ir a la Comisaría?
- No, a esta hora ya me voy para casa, además mañana tengo guardia
larga y quiero descansar. Si te apetece me acompañas, y te invito a una
cerveza, pero, nada más, ¿entendido, Detective?
- Entendido, señorita Agente de la Autoridad. Vd. manda -dijo David, y
en el que Eugenia no pudo evitar observar cierta mirada tan maliciosa como
atrayente, según hubiera pensado más tarde, pero fue solo un instante ya
que apenas había cerrado la puerta, y David ya alcanzaba la planta baja,
cuando oyó la voz de Eugenia que decía: -¡anda, sube!
David subió los escalones de dos en dos. Intuía que tras aquella
llamada había algo apetecible como así fue. Apenas abrió la puerta, Eugenia
se le echó encima estrechándolo entre sus brazos y besándolo con una
pasión como él no había sentido nunca. Los impulsos se fundieron en uno
solo y como si de un solo cuerpo se tratara, David llevó a Eugenia en brazos
hacia la cama sobre la que apenas sin desvestirse hicieron el amor
desaforadamente hasta caer extenuados. No duró mucho aun a pesar de la
fogosidad. No podía durar aquel enfebrecido momento en el que Eugenia se
encontraba, y cuyo contagio llenó a David hasta el extremo de que al
unísono se preguntaron ambos que no podían esperar. Y no esperaron.
Habían transcurrido diez quince minutos, cuando ahora los dos con la vista
puesta el uno en el otro, y las manos cogidas, enfrentaron sus bocas una
vez más, y la unión amante de sus labios los volvió a llenar de calor...
Ya sola, y tras haberse marchado David después de haber quedado
para cenar al día siguiente al final de la guardia de Eugenia, ésta se cambió
de ropa, se puso una bata y descolgó el teléfono. Le había prometido a Celia
que la llamaría y eso era lo que se dispuso a hacer.
- Sí. ¿Quién es? -escuchó la voz de su amiga.
- Soy yo, Celia. ¿No querías que te llamara en cuanto se acabara la
reunión?
- Ay, sí, sí, claro. ¿Y qué, cómo ha ido todo, algo positivo? Dime algo
que estoy sobre ascuas.
- Para, para, muchacha, que te cuento. Vamos, que te cuento que no
ha habido posibilidad de llegar a ninguna parte. Todo sigue igual a excepción
de que el hombre sigue en coma; que el Juez le ha pedido al Capitán que no
cierre el caso mientras no recupere la conciencia, y podamos saber
definitivamente en que estado lo hará. Y eso es todo, no hay más, chica.
- ¡Una lástima, pero es que no dejo de acordarme de aquella Matildita! -
dijo Celia como muy afligida.
- Yo también -dijo Eugenia. Bueno, te dejo que tengo que descansar, y
dale recuerdos a Alfredo.
- De tu parte. Adiós y gracias, amiga.
Aún no había terminado de organizar una serie de expedientes que
quería poner en orden esa madrugada en que Eugenia estaba de Guardia en
la Comisaría, cuando le dijeron por el teléfono de interior que tenía una
llamada.
- “¿Quién será a estas horas?” -se dijo mirando el reloj y pulsando la
tecla que le comunicaba con el exterior.
- ¿Quién es? -preguntó Eugenia pensando en quién pudiera ser.
- ¿Buenas noches? Quisiera hablar con la Psicóloga Forense.
- Sí, yo soy -dijo Eugenia un tanto extrañada.
- ¿Es Vd., Eugenia Beltrán?
- Sí, soy yo. ¿Quién es Vd. que no sólo conoce mi nombre sino
también mi apellido? -dijo ahora Eugenia un tanto confusa.
- Disculpe que la moleste a estas horas, y la verdad es que no sé si se
acordará de mí, pero..., yo soy Matilde, Matilde San Juan, de Alcoy...
EPÍLOGO
A decir de algunos, por no decir de muchos, Alcoy estaba en fiestas
con el recibo de las últimas noticias: Hacía dos semanas que Celia había
telefoneado a su amigo el Dr. Cándido Guillén, ahora Director del Hospital
Comarcal y en la fecha en que fueron compañeros, solo Jefe de Psiquiatría.
Guardaba muchos y buenos recuerdos de cuánto la ayudó cuando el caso de
Matilde.
Tras un largo rato de amena charla le comentó que don Hipólito había
salido del coma aunque en un estado tan lamentable que, reunida la
Comisión Médica, para su evaluación, comunicaron a las autoridades que el
paciente se encontraba en una situación que requería ser internado, dado
que la familia se lo podía permitir, en un Centro de Salud especializado,
donde pudiera estar atendido en razón de un estado absolutamente
vegetativo ya que no daba la más mínima muestra de evidente conciencia de
sí, ni del ambiente que le rodeaba, incluidas las personas más allegadas.
Como era de esperar uno a uno comenzarían a cerrarse los eslabones
de aquella cadena, pues aquella misma tarde, y con motivo de visitar a su
hermano, el Dr. Guillén, como era rutina en él, pasaría por el Casino. Allí
entre otros saludados se encontraba Poncio, el cual al término de su jornada
y ya en su casa donde seguía viviendo con su madre, le contó a ésta toda la
conversación mantenida con el Médico, y en consecuencia cuantas noticias
conocía tras la llamada de Celia.
- Tenía que terminar así, el hijo de puta -dijo María Engracia sin poder
evitar el que se le saltaran las lágrimas. Es mucho daño el que ha hecho a la
gente de este pueblo.
- Bueno, pues parece como si la naturaleza le hubiera cobrado su
tributo a tanta villanía y mezquindad -comentó Poncio mirando a su madre, y
echándole su brazo por encima en un vano intento de consolarla, ya que en
ese momento le vino a la memoria cómo la familia de la Torre fue la culpable
de que le fusilaran al marido durante la guerra.
- Aquello ya pasó, madre -le dijo cariñosamente Poncio. Ahora, y
aunque no seamos personas vengativas, al menos nosotros, hemos de
alegrarnos de saber que don Casimiro y don Marcelo, el socio, se han
reunido con el Abogado y doña Clara, para, según me ha contado Francisca,
que se hagan cargo de ponerlo todo en venta. Lo tenían todo preparado para
que esta misma tarde, y después de haberles dejado el encargo de que el
Guardamuebles se lo embalara y enviara todo, viajar a Madrid y ocupar la
casa que desde hace años tenían vacía en Fuencarral. Allí vivirán las dos
solas hasta que se pudran, Y a él lo meterán, según me contó don Cándido,
en un Sanatorio o como se llame, y sin que la Policía haya conseguido
averiguar el motivo por el que le hicieron esas cosas en el cuerpo. ¿Te
imaginas la que están organizando, quien tú sabes, para despedir a las
hermanas en la estación...?
- Me lo puedo imaginar. Se la tienen jurada desde hace mucho tiempo,
sobre todo mi hermana, que seguramente será la que lo habrá preparado
todo. Estas dos pelanduscas no se van a ir de rositas. No te quepa la menor
duda de que se acordarán de ese momento toda su vida -dijo María Engracia
en la que se advertía un gesto de jocosidad manifiesta-. Por cierto, ¿Felipe
no estará al corriente de todo lo que pasa en el pueblo?
- Sí, sí que está al corriente porque he estado hablando con él antes
de salir del trabajo. Además me dijo que había llamado a Gerardo y que éste
le dijo que ya en Betera tenían conocimiento de todo lo que estaba
ocurriendo -le confirmó Poncio-. Además, ayer estuvo allí Berta que tenía un
par de días libres, y no pudo evitar el hablar discretamente del tema con ellos.
Ya te puedes imaginar lo que todo esto ha estado suponiendo, y supone aún
para Matilde.
- Mira, hablando del rey de Roma... -dijo Poncio a su madre mirando
hacia la puerta que acababa de abrirse y entrando en la casa Felipe
acompañado de Berta.
- ¿Y esta visita? -dijo María Engracia acercándose y besando tanto a
Berta como a Felipe.
- Pues ya ve, tía. Berta se vuelve para Madrid esta tarde y no quería
dejar de pasar por aquí a veros -dijo Felipe estrechándole la mano a Poncio,
al tiempo que preguntaba: -¿Y mi padre qué tal está?
- Bien. Él está muy bien. El pobre ya casi no se entera de nada. Ahora
está acostado. Por la tarde siempre se echa un rato -dijo María Engracia, ya
más tranquila-. ¿Quieres que lo despierte?
- No, déjalo dormir; además, yo me voy a quedar en el pueblo hasta
mañana, pues tengo que hacer un par de cosas, y también quiero ver a
Álvaro, el abuelo de Berta. Quiero hacerle un encargo para unos amigos
nuestros que se casan la semana que viene.
- ¿Quién se casa la semana que viene? -se oyó una voz de mujer
apenas se había abierto del todo la puerta de la calle que se había quedado
entornada.
- ¡Rosa! -dijo Berta corriendo a abrazar a su amiga que acababa de
entrar con unos paquetes que traía del mercado.
- Unos amigos nuestros, de Felipe y míos, además se da la
circunstancia de que Ana es compañera de profesión, aunque ella es
Cirujano. Y Felipe quiere encargarle a mi abuelo unas cajas de puros para
obsequiárselo a los invitados -dijo Berta sin dejar de abrazar a Rosa.
- ¿Vas a quedarte unos días? -le preguntó Rosa.
- No, que va. Me voy dentro de un rato. El tiempo de tomar el café que
está preparando tu madre. He estado casi dos días con mi madre y con
Gerardo, y mañana me espera un día bastante duro.
- Y, ¿cómo está tu madre? Hace ya tiempo que no la veo.
- Bien, se encuentra bastante bien. Allí la he dejado a la pobre toda
confusa y con un mar de pensamientos que me preocupan, así que la
llamaré en cuanto llegue. La próxima semana tengo también un par de días
libres que aprovecharé para volver a verla pues no me he quedado muy
tranquila, ya que ha estado todo el tiempo, como te digo, muy pensativa; de
todas formas tiene a Gerardo que la adora y está pendiente de ella a cada
momento -dijo Berta sin querer hacer más comentarios.
Tras tomar el café acompañado de unos pastelillos típicos del pueblo y
que había ido Poncio a buscar, todos se despidieron en la puerta, no sin
antes hacer elogios acerca del Seiscientos de Berta.
Bajo la Dirección de Samuel Martín y con el guión de Irene se había
comenzado a rodar en los preciosos exteriores de las afueras de Madrid, en
el Parque de la Cuenca del Manzanares, “Fuego en las entrañas”.
En uno de los largos descansos del rodaje para comer, Irene recibió la
visita de Carlos quien venía acompañado de su amigo y colega Félix.
- Pero bueno ¿y esta sorpresa, que digo sorpresa, fascinante sorpresa?
-dijo Irene levantándose, y antes que a Carlos darle un abrazo a Félix, para
después de besar a Carlos, preguntarle: -¿A qué se debe esta inesperada
visita?
- Pues que Félix acaba de llegar de Sevilla, y no viene de vacío, sino
que trae noticias -dijo Carlos mirándola ahora enigmáticamente mientras
Irene observaba a Félix el cual asentía con la cabeza.
- ¿Y cuáles son esas noticias...? ¿Buenas o malas? -preguntó Irene
poniendo cara en la que se podía observar cómo encogía sus ojos haciendo
bailar unas bonitas pestañas postizas.
- Son buenas, cariño, pero, de ello no podemos hablar aquí, ya que es
un poco más complicado de lo que parece -dijo Carlos forma queda.
- ¿Y qué sugerís? Porque hoy no puedo dejar el rodaje, y menos aún
en estos momentos.
- ¿Puedes tomarte libre el día de mañana? -insistió Carlos.
- Voy a ver -dijo Irene, apartándose un momento y dirigiéndose hacia
donde se encontraba Samuel, su Director, el cual y tras una breve
conversación con él, volvió para decir que no había ningún problema, ya que
él se encargaría de todo ese día.
- Bien. Pues entonces te dejamos comer tranquila, y que sigas con tu
faena que por lo que veo, aquí hay un barullo de cuidado, así que esta noche
hablaremos de lo que vamos a tratar mañana en mi despacho, y allí sí que
habrá sorpresas, pues te vas a encontrar con más conocidos -dijo Carlos
guiñándole un ojo.
- Pues ya estoy deseando de terminar por hoy, y que me cuentes algo
de eso que me parece, por lo que oigo, me hará feliz -dijo Irene
devolviéndole el guiño y después de besarse en las mejillas, despedirse
hasta la hora en que ella le había pedido que fuera a recogerla a aquel
efímero estudio instalado en las afueras de Madrid.
La poderosa curiosidad, y en este caso la necesidad femenina, se hizo
presente apenas Irene se introdujo en el coche de Carlos. Besos y
arrumacos de ella hicieron posible el que él comenzara a contarle lo que, en
principio y hasta la celebración de la reunión prevista para el día siguiente en
el despacho del Abogado, por razones de seguridad, solo podía adelantarle.
Informada grosso modo de hasta dónde podía contarle, en razón de lo
convenido, Irene se echó hacia atrás en el asiento, y con un mohín que
llenaba todo el habitáculo por la gracia que desprendía, le echó el brazo
sobre el hombro dando conformidad a su forma de actuar en la que, por
encima de todo, le había demostrado que era hombre de principios.
Irene mantuvo su muda promesa durante la cena. La hicieron solos ya
que Félix les había pedido que lo dispensaran esa noche por haber contraído
compromiso de cenar con unos parientes que aún le quedaban en Madrid.
No obstante, Carlos le comentó que la reunión se realizaría en su despacho
a las doce de la mañana, hora en la que esperaba que todos estuvieran ya
en disposición de acudir a una cita que habría de ser memorable tanto a nivel
policial como jurídico.
Llegada la hora y ya en el Despacho profesional de Carlos, Irene y
Félix esperaban a los que fueron congregados en razón de los argumentos
esgrimidos por ambos abogados.
Los primeros en comparecer fueron el Juez y el Capitán Rivera, el cual
venía en animada charla con el Comisario Pulido. A continuación hicieron
acto de presencia los inspectores Soriano y Vilches, acompañados de
Eugenia y David que se habían encontrado en la puerta, y a los cuales se les
había concedido permiso para ausentarse del curso.
Ya todos acomodados en la confortable sala de reuniones del Bufete, y
ante una humeante taza de café que cada uno se fue sirviendo de una
cafetera colocada al efecto sobre un mueble Archivador, el Juez fue el
primero en tomar la palabra para decir: -Espero que la influencia argumental
de dos letrados de renombre como son los Sres. Balbuena y Casal,
promotores de esta especie de Concilio a instancias de nuestro querido
amigo el Comisario Pulido, venido nada más y nada menos que desde
Sevilla, sea algo más fructífera que la pasada en la que acabamos sin tener
nada.
- Lo es, Sr. Juez, lo es -respondió el Capitán Rivera, mirando suplicante
al Comisario, el cual dándose por aludido comenzó exponiendo: -Cmo ya
sabrán Vds., y si alguno desconoce el dato ya que es muy reciente, paso a
informarles que el tal Casey, secuestrador de la Señorita Irene Parra, aquí
presente, se suicidó en su celda hace tan sólo dos días...
- ¿Se ha suicidado? -interrumpió Irene sin proponérselo.
- Disculpe, Señorita Irene, pero dejemos las preguntas para luego. Y Vd.
prosiga, Comisario -ordenó el Juez.
- Sí, señor. Pues como iba diciendo, efectivamente, se suicidó en su
celda, y no fue conocido el hecho hasta que a la mañana siguiente no salió
de ella a la hora en que los reclusos pasan al Comedor. Inmediatamente,
dado que el caso lo lleva mi Departamento directamente, fui puesto en
conocimiento de ello, personándome en Ranilla, donde me pusieron al
corriente de lo sucedido. Solicité cuantos objetos personales llevaba el
recluso encima, y me quedé estupefacto al ser informado de que al quitarle la
ropa para realizarle la autopsia, en el interior del pantalón y en un bolsillo
oculto escondía este sobre, y cuyo contenido, además de una buena
cantidad de dinero, guardaba un papel perfectamente doblado.
El Juez tomó el sobre que el Comisario había depositado sobre la
mesa a la vista de todos. Lo abrió, y efectivamente, contenía varios billetes
de mil pesetas, y muy bien doblado, tal cual dijo el Comisario, un papel en el
que se leía con letra manuscrita y muy clara, la orden de llamar cada día a
una determinada hora a los números en él escritos. Una vez revisados por el
Juez volvió a dejarlo sobre la mesa, rogándole al Comisario que prosiguiera.
- Pues bien. Las indagaciones pertinentes nos llevaron a través de la
Compañía Telefónica a la averiguación y posterior comprobación de que
ambos números se correspondían con sendas cabinas telefónicas públicas,
en periodo de pruebas e instaladas en la calle Oliver una, y la otra en el
extremo opuesto, en la calle de San Juan Bosco, y ambas en el pueblo de
Alcoy.
En ese momento se interrumpió la exposición que estaba haciendo el
Comisario, ya que Irene con la cara pálida pidió un poco de agua. Cuando
bebió, y ya algo más tranquila se echó a llorar. Eugenia acudió a su lado de
inmediato, cediéndole su asiento David, el cual, como es natural, se
encontraba también absolutamente consternado ante la confirmación a una
sospecha que hacía días ya venía dándole vueltas desde que Eugenia le
hablara sobre el caso de Matildita.
- Y sobre lo escrito en el papel, ¿han podido comprobar algo? -
preguntó el Juez, volviendo a echarle un vistazo al contenido.
- No, señor. No hemos podido contrastarlo.
- Pero sí se puede contrastar con estos papeles que don Hipólito
llevaba en su cartera, y que se refiere de forma manuscrita a ciertas
gestiones que habría o debía realizar en Madrid -dijo ahora el Capitán Rivera,
sacando unos papeles de una carpeta que a su vez contenía el expediente
que se habría abierto en su día acerca del caso.
- A ver. Déjeme ver -ordenó el Juez, ante la expectación de todos-. Yo
no soy un experto, evidentemente, pero, aseguraría que la letra es la misma:
¿Vds. que opinan?
El Juez le pasó ambos papeles al Capitán Rivera, el cual tras una
rauda comprobación, hizo lo mismo con los inspectores Soriano y Vilches
hasta que la rueda llegó a Irene. Cuando tomó ambos papeles, los miró,
dejándolos sobre la mesa sin poder evitar el que todos se dieran cuenta de
cómo le temblaban las manos.
- ¿Y bien? -interpeló el Juez generalizando.
Nadie puso objeción alguna. Todos asintieron estando de acuerdo en
que no hacía falta ningún Perito Calígrafo para darse cuenta de que estaban
ante el mismo tipo de escritura. Como ninguno de los presentes puso reparo
a cuando Marina, en un arrebato espontáneo, pronunció a media voz: ¡Qué
hijo de puta!
- Bien -dijo el Juez. Parece que algo estamos sacando en claro.
- Y aún hay más, señor Juez, pero acerca de ello le va a informar la
Psicóloga Forense, ya que ha sido a ella a quien se dirigió la víctima de la
que habla este expediente, y que se complementa con la Declaración Jurada
que le acompaña, y la cual le fue tomada personalmente a la señora doña
Matilde San Juan por el Funcionario Administrativo de la Comisaría de
Fuenlabrada, y en presencia del Detective don David Gómez, aquí presente,
y a la sazón testigo de tal declaración junto con el Inspector Robledo, el cual
no ha podido asistir a esta reunión debido a una indisposición repentina.
Dicho esto en la intervención del Capitán Rivera, y pasándole al Juez
tanto el antiguo Expediente como la Declaración Jurada, éste le solicitó a
Eugenia hiciera su exposición acerca de la instrucción llevada a cabo por ella
directamente.
Relatado con todo detalle cuanto aconteciera durante y posteriormente
a la brutal violación que sufriera la víctima, el Juez pudo comprobar, y así se
lo hizo saber al resto de los asistentes, que todo lo narrado por la Psicóloga
Forense, cuadraba perfectamente con el Expediente abierto, ya que al
tiempo que Eugenia hablaba, él iba leyendo los detalles manifestados en su
día, tanto por la Guardia Civil, como por los Inspectores llegados desde
Alicante, señores Soriano y Vilches, así como por la doctora Celia Guzmán y
ella misma en calidad de Observadora.
Cuando terminó su relato, Eugenia se dirigió al Juez: -Como su Señoría
podrá comprobar, entre el contenido del Expediente abierto en su día, y la
Declaración Jurada de la señora Doña Matilde San Juan, tan sólo hay un
detalle que no concuerda, y este no es otro que, ahora sí tenemos un
nombre: el de don Hipólito de la Torre, en aquel tiempo “Poli” para sus
amigos. Cuando por último le pregunté: ¿Por qué ahora la denuncia, Matilde?
Yo ya sabía la respuesta. Y esta no es otra que, a pesar de los años
transcurridos, hasta que no ha sabido en el estado en que se encuentra
actualmente su agresor, ha estado sufriendo en silencio el mayor de los
temores, el mayor de los miedos.
Ante la espera de que se pronunciara el Juez, un silencio expectante
recorrió la sala de reuniones, pero, en el interior de cada uno de los
asistentes, y en menor o mayor medida relacionados con los dos casos en
cuestión, bullía un sentimiento que no escapaba a las miradas cabizbajas de
unos y otros.
- ¿Y ahora, señor Juez, que se puede hacer? -interpeló el Capitán
Rivera paseando la vista en círculo y deteniéndose en la persona de máxima
autoridad allí presente, pues tan sólo el Juez tenía potestad para dar
respuesta a aquella demanda.
- Lamentablemente, y dado el mucho tiempo transcurrido en el caso de
tan cruel Violación, solo nos queda, según las leyes actuales, proceder a su
archivo. En cuanto al Secuestro, mediante la denuncia y acusación
pertinentes, dejar al sujeto en régimen de custodia en el Centro de Salud
donde se encuentra internado; pasarlo a disposición Judicial, procesarlo, y
dejar el caso sub júdice a continuación en vista de su estado. No obstante, el
Sumario siempre se podría reabrir si en algún momento se recuperara, cosa
que según la Comisión Médica, asegura sería casi imposible, no obstante, y
apoyándome en la docta opinión del Profesor de Patología don Juan Navarro,
al que invité tras consulta, pero que no ha podido venir por razones
familiares, cosa que lamento, y el cual me comentó que la referida
recuperación en un tanto por ciento bastante elevado sería posible, me
remito a lo dicho anteriormente: Dejemos pasar algunos meses antes de
tomar una decisión definitiva. Por cierto -se interesó el Juez: ¿Aquella
Violación dio lugar a consecuencias trascendentales...?
- Sí, señor Juez. Tuvo sus consecuencias, ya que de ellas, la por
entonces jovencísima Matildita quedó embarazada dando a luz una niña.
Dichas estas palabras, a ninguno de los demás asistentes les pasó por
alto cómo Irene le cogía la mano a Carlos, al igual que David hacía lo propio
con Eugenia. En las caras brillaron las sonrisas a excepción de la del Juez
en la que aún se podía leer un cierto inconformismo…

Cuando la lluvia no moja

  • 2.
    CUANDO LA LLUVIANO MOJA (Novela) SINOPSIS Durante el periodo de la Incivil Guerra Española y su posterior desenlace, este se salda con el feliz producto del cultivo colaboracionista con el régimen de Franco. Un producto que se traduce en la adjudicación de tierras y ayudas a fondo perdido para muchas de aquellas personas que fueron leales a la Falange. Tal es el caso de la familia de la Torre la cual se vio favorecida con la entrega de unas propiedades en la provincia de Alicante y a donde se trasladaría para levantar unas fábricas textiles e imponer la ley del protegido. Así es como nace el todopoderoso señor de la Torre que tras contraer matrimonio ve como el núcleo familiar crece con la llegada de un vástago que habría de ser el terror de aquella zona tan castigada por el conflicto bélico. Hipólito o el señorito como le llaman normalmente al llegar a la adolescencia se convierte en un muchacho belicoso, dominante y avasallador de todo cuanto encuentra a su paso por encontrarse bajo la más absoluta de las protecciones, la de su padre, por lo que aprovechándose de esta circunstancia llega a la brutal agresión y violación de una de las jóvenes del pueblo; hecho este que quedaría impune, y creando un odio cerebral por parte de la población hacia la familia de la Torre; un pueblo que calla irremisiblemente por temor a las represalias. Dada esta condición, su trayectoria estará plagada de desmanes y tropelías hasta que cierto día engaña a una Actriz de cine la cual se enamora de él, y que aún a pesar de descubrir su estado de hombre casado abandona su carrera y se van a vivir juntos. La relación en calidad de amantes durará veinte años hasta que ella cansada de infidelidades lo abandona. A partir de entonces, la locura de Hipólito llega a extremos tan insospechados que le hace cometer despropósitos de tal calibre, y de los que tanto: sus víctimas como el tiempo y la Justicia pondrán las cosas en su sitio.
  • 3.
    CUANDO LA LLUVIANO MOJA (Novela) La más cruel de las agresiones o violaciones no son señal de fuerza sino de debilidad y desequilibrio mental. s. m. m. Santiago Martín Moreno Registro 1090-2015 Sevilla T/B.L.
  • 4.
    PRÓLOGO Hace algún tiempo,el autor de esta Novela CUANDO LA LLUVIA NO MOJA, me propuso por amistad que la prologase, cosa que en un principio no lo tenía muy claro, por no creerme apto para ello; pero conforme la iba leyendo, me enganché de tal modo que me propuse contar las aventuras y desventuras de esta apasionante novela, que su autor, ha sabido construir dotándola de todos los juegos de su rica imaginación. Podemos comentar que toda esta novela representativa, es un muestrario de los personajes de la sociedad así como aquellos lugares en que se produjo; desde el “señorito” lascivo, Hipólito de la Torre, avasallador y despiadado hasta el extremo de llegar a violar cruelmente a la jovencísima y bella Matildita; o en sus posteriores y engañosos escarceos amorosos con la Actriz Marina, amantes durante más de veinte años, pasando por aquellos personajes en un tiempo cercanos a ella, o con los problemas con Felipe Menéndez, empleado de la fábrica e hijo de aquel Miliciano que durante la Guerra Civil fuera traicionado en una emboscada junto con sus compañeros, los cuales fueron fusilados a la salida del pueblo, y cuyo delator sería don Daniel, el padre de Hipólito. Secuestro, violaciones, homicidios y asesinatos, juegan junto a sus actores: abogados, policías, médicos y demás personajes de los que se cuentan por docenas, hacen que la narración y sus bien cuidados diálogos, el encaje para que todo ello y de forma exhaustiva cree una obra plena de enigmas donde todo confluye en un justo y bien elaborado final de lo más inesperado e interesante. Tales son a grandes rasgos los argumentos que aporta esta novela, que debemos recomendarla al lector.
  • 5.
    UNO Está anocheciendo yhace un poco de frío. No es mucho pero es muy húmedo. Y esta casa de corte regional y antigua, con esas paredes de piedra, obligan a que en este tiempo otoñal comiencen a funcionar los hogares, que aquí son conocidos como chimeneas. Hoy, definitivamente, he tomado la decisión de abandonarla después de haber sido amante de su propietario durante ya no me acuerdo cuántos años. Muchos, sin duda. Mañana vendrá Tomás -el taxista- a recogerme para llevarme a la estación y dejar este pueblo de una vez para siempre. Ya ha encendido Rosa la chimenea. Ella es la hija de María Engracia, la mujer que ha estado conmigo desde el principio de llegar a la casa. Es viuda. Su marido murió durante la guerra civil. Fue fusilado por las huestes nacionales, cuando enteradas -algún chivatazo, sin duda- que en el pueblo existía una facción de la milicia republicana, no pararon hasta conseguir emboscar a la más de una docena de hombres que la componían, y que a su vez advertidos esperaban la oscuridad de la noche para escapar a los montes de la sierra de Mariola, por cuyos escarpados lugares tenían montados pequeños campamentos, en los que aguardaban el resto de los camaradas, ya que su bajada al pueblo aquella desgraciada mañana sólo pretendía dar un abrazo a las familias, ver a los hijos , recoger los víveres que pudieran y alguna que otra carta para el resto de los que se quedaron arriba. No llegaron a conseguirlo, por lo que justo a la salida del pueblo fueron sorprendidos y pasados por las armas de forma inmisericorde allí mismo. Entre ellos se encontraba también su cuñado Diego, el cual, afortunadamente, fue dado por muerto, y más tarde gravemente herido y sin fuerzas, pudo arrastrarse hasta la casa de su cuñada a la cual le daría la noticia mientras le curaba las heridas tras haberlo escondido en una buhardilla de la que no saldría hasta que terminó la guerra. Las mujeres de los caídos, a recomendación de Diego, aún tuvieron que esperar unas horas antes de salir a encontrarse con aquél montón de cadáveres, ya que la Guardia Civil destinada en el pueblo, aún a pesar de conocer a las familias, a éstas las dejaron retirar los cuerpos en el más temeroso y amargo de los silencios. Hoy, aunque cojeando, es el que nos suministra el carbón y la leña de encina para la chimenea. Diego Menéndez, a ratos, contaba que había estado trabajando en una de las industrias textiles que, con motivo de la reindustrialización de la zona, se construyeron en la comarca al terminar la guerra. Conocía al señorito
  • 6.
    Hipólito; el señorito,como le llamaban todos. Un elemento de mucho cuidado, taimado, y mandón hasta el extremo de pisotear todo aquello que no estuviera de acuerdo con sus deseos donde los hubiese, y que le daba sopa con ondas a todos los jóvenes del pueblo sin que ni siquiera su padre pensara en preocuparse por conducir aquel comportamiento. El joven, contaba Diego, traía de cabeza a más de algún que otro padre ante las quejas de sus hijas a las que el descarado Hipólito no sólo atosigaba sino que, en ocasiones, les hablaba de forma obscena, llegando hasta el extremo de propasarse con ellas. Y eso fue lo que ocurrió cierta tarde en la que encontrándose don Daniel haciendo la siesta, como era su costumbre, Hipólito se adueñó de las llaves de su automóvil, un Chrysler plateado que era la admiración de la gente del pueblo, y en especial de Matildita, una joven de tan sólo dieciséis años e hija de Álvaro, el propietario del Estanco, al tiempo que el encargado de la pequeña Estafeta de correos la cual también administraba en una dependencia de su misma casa. La joven era una chiquilla preciosa; bien formada, de hermosa melena del color del Bronce y ojos verdes-azulados, en definitiva, un conjunto que era la delicia de todos cuando ayudando a su padre se dedicaba por las mañanas al reparto del correo. Por donde quiera que pasara, con su característica forma de andar en la que daba muestras de una incipiente y desarrollada feminidad, ya fuera la plaza donde se encontraba el Casino o el mercado y sus aledaños, los hombres no podían evitar el seguirla en una disimulada observación pero, en la que a todas luces, se podía apreciar un inevitable deseo. Uno de aquellos tantos, aunque más echado hacia delante que el resto, era Hipólito. Para aquél muchacho de poco más de veinte años, para el señorito, Matildita era algo así como una asignatura pendiente en lo que se refería a la constante persecución de las jóvenes, ya que a ella y de forma enmascarada le daba un trato diferente. Si Matildita iba a misa, él se hacía el encontradizo porque para ello disfrutaba de los favores de Juana, la sirvienta que atendía la vivienda de Álvaro, dado que tanto él como su mujer estaban todo el día entre el Estanco y la Estafeta; por lo que de esta forma se encontraba al corriente de todo, hasta el extremo de que teniendo conocimiento de la intención de estudiar idioma ante la noticia de que había llegado al pueblo un profesor nuevo, y que se había brindado a dar clases particulares, se dio la circunstancia de que ambos se encontraran, sin saberlo de antemano, aquella tarde en la puerta de la casa particular del Maestro. Para Matildita estos encuentros “casuales” nunca los ponía en tela de juicio ya que para ella no eran más que eso, encuentros propios de la casualidad. Cuando Hipólito se metió en el coche y lo puso en marcha, ya tenía preconcebida una idea: acercarse tantas veces como fuera posible por su calle hasta que la viera, ya que sobre esa hora el padre abría el Estanco todas las tardes. ¡Qué suerte! -pensó-. Cuando apenas había dado la vuelta a la esquina se encontró con la muchacha que salía del establecimiento para
  • 7.
    realizar una gestiónpara su padre: acercarse a la casa del Cosario, el cual tenía la misión de traerle los encargos llegados en el tren de la mañana. Hipólito se detuvo al lado del bordillo al contemplar cómo los ojos de la muchacha brillaban ante la imagen de aquel precioso y extraordinario coche tan plateado como impoluto. Ante la sorpresa observada en ella, extendió el brazo y le abrió la portezuela, indicándole a continuación, dando unas palmaditas sobre el asiento en evidente señal de que la invitaba a subir, y asegurándole que sólo era un paseo. Tras unos momentos en los que las dudas la tuvieron un tanto confusa al final, la muchacha terminó de abrir la puerta y subió. Ya cómodamente sentada, y entretenida pasando la mano por la tapicería al tiempo que se extasiaba con su suavidad, no pudo apreciar la maldad que cual sonrisa de satisfacción diabólica se dibujaba en el rostro de Hipólito, y en el que se veía a todas luces el cambio repentino de cordero en lobo; un lobo que, aunque joven, ya se le hacía la boca agua sólo de pensar que la presa al fin había caído en sus redes, y que muy pronto estaría entre sus fauces sedientas de aquel cuerpo que tanto ansiaba. Cuando el coche arrancó suavemente con si de un muy diestro conductor se tratara, y tomando la dirección de la salida del pueblo hacia el Oeste donde comenzaba una cadena montañosa, Matildita preguntó un tanto cohibida: - ¿A dónde vamos, Hipólito? Me dijiste que sólo sería un paseo. - Y un paseo será Mati -a veces la llamaban así en el pueblo-. Voy a enseñarte mi rincón preferido, y al que vengo muchas tardes. Vas a ver la panorámica tan maravillosa que hay del pantano desde lo alto; allí en el Eucaliptal.
  • 8.
    DOS Había llegado ala cima, y una vez acabado el camino de tierra Hipólito dejó el coche entre unos aromáticos eucaliptos, apresurándose a dar la vuelta y abrirle la puerta a la muchacha; la ayudó a bajar y le indicó el estrecho sendero que a través de unos riscos llevaba hasta el borde desde donde se apreciaba la magnífica vista que le había prometido Matildita trastabilló con unas piedras sueltas y ocultas por las hojas por lo que estuvo a punto de perder el equilibrio. Cuando se volvió hacia Hipólito y se encontró rodeada por unos jóvenes aunque ya musculosos brazos, se dio cuenta, sólo con ver la lasciva mirada que parecía atravesarla, que había caído estúpidamente en su trampa, por lo que en una fracción de segundo pensó: “Pero, ¿cómo he podido ser tan imbécil. Acaso no lo conocía de sobra?” Sabía perfectamente del comportamiento de él en el pueblo, ya que todas sus amigas habían sufrido alguna que otra vez sus acosos malintencionados en mayor o menor medida, y esto lo habían comentado entre ellas infinidad de veces, pero, aun así... En estos trágicos pensamientos se encontraba cuando de pronto sintió cómo era desplazada bruscamente hacía un lado del camino donde la hierba alta amortiguó la caída. No le dio tiempo a incorporarse porque un segundo después ya Hipólito se encontraba encima de ella. Boca arriba por la forma de la caída, notó sus muslos fuertemente presionados por los de él, mientras que a su vez la tenía aprisionada por las muñecas al tiempo que su boca buscaba con desesperado y violento afán los labios de ella sin poderlo conseguir. Matildita con un movimiento de auténtico y controlado esfuerzo, movía su cabeza de un lado a otro haciendo imposible el alcance deseado, pero sin poder evitar el que aquel esfuerzo y el deseo incontenible le fuera llenando de babas y sudores su rostro y el cuello. Cansado de tanto batallar sin poderlo conseguir y ya atravesada la frontera de la paciencia viendo que se le agotaban las fuerzas y aunque ello extrañamente, al parecer, le excitaba más aún, se desembarazó de unos de los agarres a que tenía sometido uno de los brazos, y soltando un fortísimo puñetazo sobre el mentón de la muchacha, ésta dejó caer la cabeza hacia atrás quedando en la más absoluta inconsciencia. Sin el más mínimo de los escrúpulos, la procacidad más evidente y la
  • 9.
    obscenidad haciendo manarde su boca el flujo de sus bajos instintos, se dedicó a desvestirla con toda la parsimonia de que fue posible, mientras en su cerebro, y a la vista según se sucedían los pasos de cada detalle, iba desarrollándose cada vez más el sádico disfrute de su, hasta hora, inalcanzable logro. Tan solo un minuto estuvo contemplando aquel juvenil y delicioso cuerpo desnudo e inerte, por lo que sin poder contenerse ya, se abalanzó sobre él cubriéndolo de ansiosos y repulsivos manoseos. En absoluto le importaba si aquel cuerpo tenía animación o no; en absoluto le importaba si aquellos pechos a los que se aferraba con embrutecida codicia, mostraban la turgencia propia de un sentimiento amoroso que los estuvieran haciendo vibrar y sentirse amados; en absoluto le importaba que aquellos labios no le devolvieran todos y cada uno de cuantos besos, con el más descontrolado frenesí, él, y de forma frenética, su sedienta y pegajosa boca dejaba arrastrar sobre ellos; en absoluto le importaba si aquél cuerpo tenía vida o no cuando tras penetrarla una y otra vez, ni tan siquiera reparaba en que el ir y venir de su locura no hallaba la más mínima respuesta. Al final y tras el abandono de tan aberrante asedio, comenzó a recomponer su maltrecha vestimenta sin dejar de mirar aquél cuerpo aun inconsciente, y sin que una sonrisa de maléfica satisfacción se borrara de sus labios ahora resecos. Ya al parecer, debidamente compuesto, se dirigió hacia el coche y se instaló cómodamente en su interior. Miró por el retrovisor y contempló el perfil desnudo sobre aquel trozo del sendero semioculto por la maleza. Bajó del coche, se dirigió a él y lo cubrió con el vestido y la camisa echándole las prendas por encima. De nuevo en el interior del coche abrió la guantera y extrajo una libretita que el padre siempre guardaba ahí y que le servía para tomar algún que otro apunte sobre la marcha. Tomó el bolígrafo y escribió una nota: “Si le cuentas a alguien que he sido yo, te rajaré la cara”. Arrancó el papel, se dirigió de nuevo a donde estaba la muchacha, y abriéndole la mano le puso la hojilla entre los dedos. Volvió al coche, lo puso en marcha y tras una maniobra se alejó sendero abajo camino del pueblo; llegado a él y entrando por la parte trasera de su casa, dejó el coche justo en el lugar donde su padre acostumbraba a estacionarlo durante el día, ya que por la noche lo encerraba en la cochera de la casa a escasos metros del lugar. Entró en la vivienda y dejó las llaves colgadas en el cuadrito de llaves del recibidor. Seguidamente, y sin haberse cruzado con ningún miembro de la familia o la servidumbre, subió la escalera que conducía a la primera planta donde tenía su dormitorio, y una vez en él se echó sobre la cama. Aún sus labios mantenían aquella sonrisa sádica cuando mirando hacia el techo veía reflejado en él el cuerpo tan desnudo como maltratado de la joven Matildita. Su bestial lascivia aún perduraba en la urdimbre monstruosa de su mente, creando imágenes cual predadores malditos alrededor de almas predeterminadas a sufrir los horrores de los leviatanes aquellos que, al parecer, tan sólo fueron engendrados para crear ese horror desconcertante
  • 10.
    de quienes pudiendocercenar las cabezas de hidras capaces de regenerarse de una en cien, fueron incapaces de enfrentarse a las represalias. Sin lugar a dudas, una mente joven aún, pero que con el tiempo iba ya desarrollando en lo más profundo de su venenoso interior lo que habría de llegar a ser en el futuro. Aunque de forma inconsciente y ajeno a que su vestimenta no estaba en el estado en el que se encontraba cuando salió de su casa, siguió con los ojos muy abiertos. No quería su calentura que los momentos vividos se fueran con el sueño de una siesta y se borraran de sus retinas, por lo que pasado un tiempo decidió darse un baño ya que no podía obviar el olor que despedía su cuerpo sudoroso. Tuvo la fortuna de al salir de su dormitorio no encontrarse con nadie, por lo que raudo se metió en el Cuarto de baño y se desnudó, mal limpió como pudo el pantalón y la camisa depositando ambas prendas en el cesto de la ropa sucia. Ya argumentaría algún juego con el que justificar aquella, ahora, más leve suciedad. Fue en el momento de introducirse en la bañera cuando se vio en el gran espejo. Inmediatamente le volvió la visión del cuerpo de la muchacha y comenzó a sufrir tal erección que sin quitar la vista de su propia imagen reflejada en el cristal, y sin poderse reprimir comenzó a masturbarse frenéticamente hasta que alcanzado el orgasmo, se dejó caer en el agua sin tan siquiera darse cuenta de que no había controlado la temperatura, pero no importaba, tan sólo alcanzó a notar una debilidad que le devolvió de nuevo.
  • 11.
    TRES La noche seha cerrado como boca de lobo. Desde la ventana no se puede ver apenas nada. Una espesa niebla se está levantando como tantas noches. Me he sentado al lado de la chimenea decidida a escribir a Poli. No tengo que pensar mucho en cuanto he de decirle y el porqué de mi marcha sin verle. De haber estado en el pueblo seguro se habría enterado de ella pues aquí las noticias vuelan, y eso que el pueblo no es pequeño sin embargo; lo cierto es que él ya sabría de ello, pues hace tres días vinieron a recoger de la agencia de transporte maletas y algún que otro pequeño mueble para llevarlo a mi nueva y provisional dirección. Con un ruego al encargado: que no dé a conocer la dirección del envío. Una casita de una sola planta en una urbanización a las afueras de Sevilla, en la cornisa del Aljarafe, y desde cuya terraza, aunque no puedo ver el mar porque no hay, sí puedo ver una hermosa parte del discurrir del río Guadalquivir. Allí, en un lugar tan bello y acogedor, como tranquilo a la vez que cercano a una ciudad donde la aglomeración está haciendo estragos entre sus moradores, ya que las noticias que he estado recabando me indican que Sevilla se está convirtiendo en una gran Metrópoli, que está creciendo de tal manera que hasta aquellas casitas bajas de las que presumiera el barrio de Triana a este lado del río está desapareciendo, y dando paso a una multitud de grandes bloques de viviendas de los que en Alicante están siendo conocidos como colmenas. Es seguro que aquella zona de San Juan de Aznalfarache pronto irá creciendo a medida que la clase media tome la decisión de aprovechar estos, parajes ahora medio salvajes, para instalar sus residencias alejadas de los agobios de la ciudad. Este que estoy segura será rápido crecimiento, no cabe la menor duda que también creará necesidades, y es por ello que según tengo entendido por los periódicos, se van a proyectar, de hecho ya están con proyección de futuro, puestos manos a la obra pensando en colegios, dispensarios y quizás más adelante debido a que muchos de sus nuevos habitantes habrán de desplazarse a la ciudad para trabajar, se construyan nuevas carreteras y tal vez algún medio de locomoción mas moderno que el autobús de línea, como
  • 12.
    pudiera ser unmetro al igual que el que funciona en Madrid. A veces me da miedo el pensar que cuando sea mayor aquello se haya convertido en otra metrópoli, pero, lo tengo bien decidido. En principio allí acabaré mis días, aunque como decía mi madre siempre: “No digas nunca de esta agua no beberé”. Este detalle estoy segura le va a doler, sin duda. Pensará de inmediato de donde habré sacado el dinero para hacerme de la vivienda a la que me habré trasladado sin consultarle, y mucho menos pedirle nada. Lo cierto es que todo cuanto gané con el cine lo dejé invertido en Madrid, por lo que al cabo de tantos años sin haberlo tocado, la renta ha sido más que fructífera gracias a los buenos consejos de un amigo. Un amigo con el que no he dejado de estar en contacto a lo largo de este tiempo, y que no solo me ha tenido al corriente de cuanto sucedía en mi ex entorno cinematográfico, sino de mi acierto financiero al confiar en él. ¡Si Hipólito se enterara de todo esto, que mal le sentaría aún a sabiendas de que ello no encerraba nada que a él le pudiera perjudicar! Pero la semana pasada viví un episodio del que siempre pensé: “¡Nunca sucederá nada, cuando después de tantos años en el pueblo, nada ha sucedido!”. Sobre todo por ser tan conocida mi relación con Hipólito, pues no escatimaba el más mínimo de los decoros o miramientos a la hora de visitarme. Todo el mundo sabía que yo era su amante, como sin lugar a dudas lo conocía doña Clara. Pero claro, tan distinguida y refinada, no podía dar a entender abiertamente que era conocedora de ello por razones obvias. Siempre estuvo más en los labios de la gente como una pobre víctima, aun a pesar de su condición, que como una mujer de la que se hicieran los típicos chascarrillos, ya que su comportamiento en el ámbito familiar, social o religioso era impoluto. Sin embargo, el rato más amargo que he pasado a lo largo de estos años, fue el que se produjo aquí, en la casa, aquella mañana en la que sin previo aviso, se presentó acompañada de su hermana Angélica, y tras increparme e insultarme tan severa como rudamente, me soltó una bofetada que me hizo perder el equilibrio y rodar por los suelos. Aún me duele como me duele su comportamiento, y por eso me voy. Esta es la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Tras estos elucubrados pensamientos, arrimé a la chimenea mi pequeño escritorio y comencé mi carta de despedida en la seguridad de que los prolegómenos de la misma, a él no le cogerían de sorpresa, ya que tanto por la calle como en su casa era seguro serían por él conocidos. Posiblemente ya estuviera enterado, aunque ni por esas vino a verme en aquellos días, a excepción de aquella extraña vuelta de Alicante. Alicante, Valencia, Madrid, cuánto me acordaba de mi madre cuando me decía: “No me fío ni un pelo de este hombre, me da la impresión de ser de los que no pueden parar de estar picando”. Últimamente, cuando llegaba de algún viaje, del que cuando me hablaba iba a realizar ya sabía yo más o menos que debía traerse entre
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    manos por suforma de exponerlo, y no sólo por el tiempo que llevábamos juntos, sino por sus gestos y expresiones difíciles de ocultar ante su más que manifiesto nerviosismo, como unos de los últimos que hiciera a Valencia, y sobre por el que le pregunté el motivo. De entrada me dijo que tenía en proyecto montar en Orihuela unos almacenes con talleres para fabricar alfombras al igual que hacía su antiguo compañero de armas como era aquél que yo conocía, un tal Anselmo pero, éste no tenía su negocio en Valencia, como me dijo, sino en Crevillente. Por supuesto que no le iba a discutir nada, eso de discutirle a Hipólito la cosa más nimia, hacía que se volviera como una fiera que está defendiendo sus dominios a toda ultranza. Aquellos prontos que yo ya conocí desde el principio y que nunca abandonó tal vez porque desde entonces fue consciente de que yo se los fui aceptando sin más. Pues de regreso de aquel viaje, y después de haber pasado por su casa, en la que no sé si cenaría, vino a verme y cenamos juntos. Más tarde, en la cama hicimos el amor. Al finalizar se sentó y encendió un cigarrillo como era su costumbre, y fue el momento en que por primera vez comenzó a relatarme el viaje el cual aunque ciertamente que me hablaba de Valencia, no tenía nada que ver con lo que me comentara antes de marcharse. No me habló de Anselmo, ni del negocio que tenía proyectado acerca de las alfombras que se fabricarían en unos grandes telares. Nada le cuadraba, pero yo le seguía la corriente: A estas alturas, -me decía a mi misma-, qué le puedo exigir ya.
  • 14.
    CUATRO Querido Poli: Como esseguro que ya conoces, hace unos días vino a verme tu mujer acompañada por su hermana, y lo que más me sorprende y a la vez me extraña es que doña Clara haya tardado tanto en reaccionar, porque no me cabe la menor duda de que mi existencia la conoce desde hace años. Esa mujer viene sufriendo, entre comillas, tragando contigo carros y carretas, y si al final se ha decidido a actuar contra mí ha tenido que ser por alguna razón poderosa, y en la que, bien lo sabe Dios, no tengo ya ningún interés en conocer. El orgullo debió doblegarlo hace ya mucho tiempo. De lo contrario, se hubiera separado de ti a poco de casarse, y eso no se le pasó nunca siquiera por la cabeza. Ella sabe que el matrimonio conlleva ciertas renuncias y servidumbres, máxime cuando una se casa con el acaudalado y propietario de varias empresas, pero también implica un estatus, además de unas obligaciones religiosas. Y, por otra parte, separarse de ti habría supuesto la peor de sus derrotas. En cuanto a su sentido de la dignidad, me parece que ella lo mantiene dentro del marco de otros aspectos de la vida, haciendo en apariencia oídos sordos y cerrando los ojos ante lo que todo el mundo sabe. Estoy segura de que conoce muchas de tus traiciones y desmanes, y tampoco ignora tus escapadas periódicas a Barcelona, Valencia en busca de placeres nuevos. Pero sospecho que entiende este tipo de acciones como una prerrogativa más de los hombres -o por lo menos de los que tenéis un alto nivel social y económico-, consecuencia lógica del matrimonio y desahogo necesario para alguien que, de no hacerlo así, reventaría por no poder dar rienda suelta a sus excesos de energía, a su poder de macho. Es probable que durante años haya ido acumulando rencor por tanta ignominia y que hoy haya vomitado conmigo todo su dolor y su vergüenza. Pero me atrevo a apostar que no ha tenido nada que ver la pasión de su entorno. Doña Clara ha estado siempre por encima de dimes y diretes y, a pesar de saberse manchada por tus continuas vilezas, infiel desde casi el mismo día en que os casasteis, su estricta educación le ha proporcionado en todo momento los recursos necesarios para justificar la situación y aceptarla
  • 15.
    con despreocupación yaparente ligereza, incluso a sabiendas de no ser comprendida por amigas, parientes o servidumbres. Hagas lo que hagas, tú eres su marido y el padre de sus hijos, y ella tu mujer y la dueña de tu casa, aunque sólo sea en el mantenimiento del orden doméstico. Los prejuicios morales se quedan para ella misma, su Director Espiritual y Dios. Por ello, nadie podrá decir que haya escuchado de sus labios queja alguna, un reproche, y mucho menos censurar o afear tu conducta. En público jamás ha permitido que se toquen ciertos temas, y a la larga ha preferido siempre sacrificar su propio sentido de la decencia antes que sembrar o dejar crecer alguna duda sobre su propia estabilidad conyugal. Ella es una mujer de las que se llaman de otra época: Estricta, educada y rigurosa. Capaz de vivir en un mundo de apariencias sin rendirse a lo evidente si supone algún tipo de menoscabo por su sistema de valores, sus principios morales y religiosos o su posición social, aún a pesar de que por dentro se sienta desgarrada, lastimada y acumule frustración, odio y melancolía, que no permite dar a conocer ni a sus más íntimos: siempre la máscara enfundada y la sonrisa en sus labios presta para hacerla florecer. Han sido demasiados años aguantando, tragando bilis, para que a estas alturas de su vida, ya prácticamente metida en la vejez, pierda los nervios y se presente en mi casa, que nunca dejó de ser la tuya, para a agredirme como lo ha hecho y arriesgándose a un escándalo de semejante magnitud. Tal vez me haya llegado a dar a entender como una amenaza excesiva por estable y duradera. “La polichinela”, creo que me llama, refiriéndose a mí con toda la arrogancia que le confiere su posición social, y ser ella la esposa de don Hipólito de la Torre. Principio en el que radica todo su altivo comportamiento y su fuerza, aún cuando de esposa tuya no tenga más que el nombre desde el día en que te casaste con ella. Que durante todo este tiempo ha sabido perfectamente de mi existencia lo prueba el que, según me consta, en más de una ocasión y espoleada por la curiosidad y los celos, ha pedido indirectamente informes a algunas de mis vecinas, quienes, prudentes, han callado más de lo que han dado a informar. Con todo y con ello, ella sabe leer muy bien entre líneas y conoce mejor las razones de por qué pasas tantas horas a mi lado. A aquellos que me conocieron cuando actuaba como segunda actriz en las películas del gran director de cine Javier Mendizabal, tal vez les sorprendería hoy mi depreciada belleza, pero, es que más de veinte años de estar poco menos que encerrada acaban con cualquiera, por muy bien atendida que se esté, y como dice la letra de cierta canción: “Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. No es mi caso, pues nunca me sentí prisionera o secuestrada. Ya sabes que estuve contigo por mi voluntad absoluta. Soy una mujer alegre y comunicativa, que aprendió desde casi niña a desenvolverse en el duro y difícil mundo del cine, con todo lo que aquello supone de riesgo y madurez añadidos, y todo este tiempo limitada a esperar tu venida, con el sólo entretenimiento de mis clases de declamación y
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    memoria, en calidadde prácticas, mis libros, y la única compañía de mi asistenta Rosa con la que acudo a misa, que, como bien sabes, son ocasiones contadas y las únicas en que, por decirlo de alguna manera, doy un paseo por la calle por lo que todo ello unido en esta forma de vida ha sido el motivo que me ha llevado a ir perdiendo poco a poco aquella hermosura que siempre destacara en mí... ¿la recuerdas? Marina la Sol, ese era mi nombre para el mundo del cine. Y puedo decir con toda modestia, pero también con todo el orgullo que proporciona el estar segura de lo que se afirma que, de no haber abandonado mi carrera cuando estaba a punto de alcanzar la gran fama, hoy habría dejado de representar papeles secundarios para disfrutar del más importante: el de protagonista. Y no era una invención mía cuando te dije uno de aquellos días que fuimos a ver aquella comedia, y sobre la que tú mismo me comentaste que el papel de aquella protagonista bien podía hacerlo yo. Y era cierto, no andabas muy descaminado ya que tú ignorabas el que días antes de conocerte había tenido más de una charla con dos agentes, ante el interés que mostraron ambos de forma independiente por hacerse con mi representación. Y lo más curioso era que los dos me ofrecían la posibilidad de contratos en exclusiva durante varios años en diferentes países. En aquella ocasión, en lo que se refería a ti, me alegré de no haber aceptado, hoy en cambio me arrepiento. El tranvía dicen los latino americanos hay que aprovechar su paso y tomarlos en marcha, por eso ahora sé que en aquella ocasión se me fue la posibilidad de alcanzar la máxima meta de una actriz, el estrellato, la fama y sobre todo la seguridad de que a lo largo de tu vida y hasta la definitiva retirada estaría haciendo lo que realmente me gustaba pero, llegaste tú y todo lo tiré por la borda.
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    CINCO Tú sabes queno vengo de una gran familia, aunque la vida y mis esfuerzos por aprender de todo y de todos, por llegar, gracias a Rafa, a aprender dos idiomas, por crecer a tu lado para que nunca sintieras vergüenza hayan hecho de mí una mujer más sabia, con la madurez suficiente y la serenidad que da la soledad impuesta cuando consigues no ahogarte en ella. Sólo aspiraba a que tú te enorgullecieras de algo más que mi belleza, y, que modestia aparte, creo haberlo conseguido. Es más: me consta que si no hubiera sido así, no me habrías tenido a tu lado tantos años. No obstante, y aún a pesar de salir de una clase media, se entroncaron en mí los más fundamentales principios, los cuales aún hoy me sostienen y de los que hago destacar la fidelidad y la lealtad, aunque a veces me reprocho el haberle fallado a mi profesión. Sin ellos, sin repetírmelos cada día, cada noche, a lo largo de estos más de veinte años, no hubiera podido estar a tu lado, o al menos, no sin destruirme. Puede parecer una paradoja que hable de virtudes semejantes alguien que lleva viviendo en el pecado la mitad de su vida. No te equivoques. También aprendí de ellos que cuando el amor es verdadero, lo demás pierde toda su importancia. Sólo cabe entregarse al otro en cuerpo y alma, sin dejar lugar a la reservas. Y yo te he querido, Hipólito, tú bien lo sabes. Y aún creo que te quiero, aunque esta circunstancia no vaya a variar mi decisión de abandonarte, que es definitiva. Estoy demasiado cansada. Me siento sola. Soy consciente de tu situación, y está comenzando en mi interior a sonar una campanilla que no sólo me hace recordar aquel colegio de las monjas, sino que me llama al deseo de volver a mi tierra y con mis gentes, las cuales no sé como me recibirán después de tantos años. Corrían años en los que a decir verdad, las cosas no estaban como para andar con fiestas. Gracias a mi padre no lo pasábamos tan mal ya que él como actor de una compañía de teatro que afortunadamente salía de gira varios meses al año, no dejaba un sólo mes de enviar dinero a casa. Aún a pesar de no ser una primera figura, dominaba cualquier tipo de personaje, por lo que era muy apreciado dentro del mundillo teatral. Era capaz de asombrar con su arte a propios y extraños. Y, lo que es más importante, sin vanagloriarse por ello. Incluso en sus últimas actuaciones, cuando en una de ellas se fracturó la rodilla, llegó a terminar la función, que sería la de su involuntaria despedida, ya que en aquella época y tras la operación sufrida,
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    se vio relegadoal uso de una muleta obligándose a dejar los escenarios. Su suerte cambió cuando alguien del gremio le propuso formar en sociedad un negocio para tratar de atraer artistas noveles que desearan comenzar a trabajar desde abajo. Ahí empezaron a cuajar toda una serie de proyectos en los que un día en el que parecía radiar la felicidad, vino al pelo, y le dije tanto a mi padre como a su socio que estaba cansada de estar llevándole el papeleo de aquella pequeña oficina, y que a mí también me gustaría participar en algunas de aquellas selecciones con el fin de obtener algún que otro papel, aunque fuera de extra, en alguna película. Con el tiempo volví a insistir y en esta ocasión al igual que en la anterior, mi padre también se negó, aunque al final terminó convenciéndose y aceptó gracias a los consejos y los argumentos tan convincentes que su socio le estuvo durante más de hora poniéndole sobre la mesa. Nunca olvidaré aquellos días de extra en mi primera película; se rodó íntegramente en Málaga, menos mal porque de lo contrario mi padre no me habría dejado participar. Esa fue la primera condición que me puso: que no saldría fuera. Afortunadamente aquel rodaje se hizo todo en la costa. Se llamaba “Unas horas de tren”. Recuerdo mi papel; se redujo a ser una de las trabajadoras de la estación cuando este descarriló antes de entrar en ella y debido, según se comentaba en los habituales mentideros propios de la época, a un supuesto atentado de los naturales inconformistas. Aún recuerdo las veces que tuve que cambiarme de vestuario junto con otras compañeras para pasar, en nuestros diferentes papeles ya que al parecer el elenco de los extras estaba cortito debido al apretado presupuesto del personal de la RENFE a enfermeras de la Cruz Roja en las diferentes escenas. Lo pasamos muy bien con aquel barullo de juventud entre los vestidos, las pelucas y sobre todo las carreras a las que nos veíamos sometidas por aquello de aprovechar la luz del día. Más tarde, aquello ya no me cogía de sorpresa; los presupuestos y las dotaciones, así como el personal, disfrutaban de más cantidad y por supuesto de más calidad. Era una época en que se comenzaba a valorar al Actor o la Actriz secundaria. A raíz de aquellas pobres, aunque interesantes y no menos llenas de experiencias e importantes, intervenciones, me llegaría la oportunidad de subir un peldaño en la difícil escalera de la fama cinematográfica gracias a un ayudante de Dirección que, comentando mi desenvoltura ante una cámara por la que hasta entonces había pasado poco menos que de puntillas, hizo hincapié ante él, y teniendo más tarde una pequeña entrevista, me insinuó la posibilidad de sustituir a una Actriz secundaria que se había puesto indispuesta. No es que fuera grave, pero aquellas escenas no podían esperar ya que habrían de trasladarse a otro lugar de la costa con el fin de acabar unos exteriores el caso es que yo acepté de inmediato. Una nueva ventana se abría ante mí dado que aquellas escenas me reportarían un buen caudal de conocimiento acerca del medio, ya que durante un par de días me estuve moviendo entre lo mejor, y lo más granado de lo poco que conocía hasta entonces.
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    Sin embargo, notodo el monte sería, como se suele decir, orégano. Dos días más tarde comencé a notar cómo el ayudante de Dirección no me quitaba ojo de encima. A todas horas estaba pendiente de todos mis movimientos, incluidas mis idas y venidas a los vestuarios o a maquillaje, hasta que un un día al atardecer se me ofreció a acompañarme a la playa. Había oído en el vestuario que esa tarde tras la larga y dura jornada me iba a dar un baño y así relajarme. Aquellos dos días en mi nuevo cometido habían hecho mella en mí debido a la inexperiencia y me había creado un estado de ansiedad, debido siempre a la duda de si sabría realizar bien el papel encomendado aún a pesar de haber pasado casi toda la noche memorizando los, aunque no muy largos, sí complicados diálogos. No le sentó muy bien, por entenderla vaga, aquella excusa para que no me acompañara. Con todo y con eso no cejaba en su empeño de estar pendiente de mí, y llegada la hora se acercó cuando estaba preparándome para ir a la playa, diciéndome que no podía dejar que me fuera sola, que temía porque me pudiera pasar algo. Con la llegada de uno de los técnicos de iluminación que estaba oliéndose lo que sucedía pues para él no era desconocido el comportamiento del ayudante, ni de las intenciones que había a lo largo de varios rodajes juntos en la forma de ser del hombre que, tomando cartas en el asunto, me dijo que sería mejor que lo dejara para otro día que estaba el mar un poco picado y que no sería buena idea bañarse de noche. De momento, vi mis deseos truncados de mala gana, no obstante, aduje que era una buena nadadora y que no tendría problemas ya que yo conocía aquello como la palma de la mano por lo que decididamente tomé la toalla, momento éste en el que él provechó para cogerme del brazo y de forma enérgica y brutal, como si se tratara de algo de su propiedad, me dijo que no iría a ninguna parte sin él. Como quiera que no me soltaba, y que se notaba a todas luces que no estaba por la labor de dejarme en paz, le dije abierta y directamente que si lo que pretendía de mí era algún roce, estaba equivocado, por lo que soltando unos improperios me apretó el brazo aun más fuerte, y justo en el momento que pasaba el Director yo le propinaba una buena bofetada que lo dejó de momento un tanto aturdido, por lo que seriamente avergonzado se retiró al haberse dado cuenta de que su jefe lo había presenciado. Aquel altercado pasó de no deseable a interesante. El Director, Diego Aguirre, se acercó a mi y me preguntó qué tal estaba. Le comenté que bien ahora que había llegado él y se había marchado el pesado de Arturo, cosa que le agradecí. Y fue entonces tras citar el incidente y comentar que con aquella bofetada había demostrado tener madera de rebelde, que me habló de un guión que le habían ofrecido para su estudio, y en el que pensó que con mi actitud no sólo había despertado en él una simpatía sino que había visto con una claridad meridiana que no estaría demás hacerme unas pruebas con el fin de que fuera la Actriz secundaria de aquel futuro largometraje, y en el que un papel de segunda era casi tan importante como
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    el de laprotagonista, ya que era la vida de una mujer hacendada e inmensamente rica a la vez que déspota y amargada pero que casi todo el peso del melodrama lo llevaba su hermana, una mujer de armas tomar, rebelde e inconformista. Ciertamente que aquel incidente me había traído una nueva marea que me hizo subir varios peldaños al mismo tiempo, ya que una vez finalizado el rodaje y terminado el contrato, mientras me liquidaban se acercó el señor Aguirre, y tras invitarme a tomar una copa a modo de despedida temporal, me dijo que estaríamos en contacto, que pronto me llamaría al objeto de hablar de condiciones, una vez expuestos todos los pros y los contras en lo que adonde se produciría la película, las condiciones y, sobre todo, la cantidad que se haría figurar en el contrato, además de algo muy importante como fue el comentar que muy posiblemente éste fuera un contrato en exclusiva ya que, al parecer, según le comentó la Productora se trataría de un súper-largometraje que se dividiría en varias partes aún sin decidir en cuantas. Pero de todo esto ya tenías tú conocimiento por habértelo relatado en más de una ocasión, sobre todo aquellas noches en que tumbados y acurrucados sobre unos cojines hablábamos de mi pasado mientras crepitaba el fuego en la chimenea.
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    SEIS Aún recuerdo aquellatarde en la que tras haber regresado de Buenos Aires en donde estuve rodando junto a Julio de Dios la película “En la Frontera”, comenzamos a realizar, ya en Madrid, los primeros planos de prueba para aquella superproducción Hispano Italiana y que protagonizaría Iliria Mendigar. Fue entonces cuando te vi por primera vez. Te encontrabas sentado cómodamente en un sillón semejante al utilizado por el director -por cierto gran amigo tuyo de juergas y correrías-, y de lo que tuve conocimiento días más tarde te encontrabas en apariencia solo. Elegantemente vestido: -como si al final de la sesión hubierais quedado para hacer alguna ronda nocturna. No pude evitar el fijarme en cómo me mirabas con aquellos ojos clavados en mi cuerpo, un cuerpo que debido al vestuario que tocaba en aquella escena me haría más subyugante, pienso, y que tú sin tan siquiera un pestañeo, daba la impresión de que intentabas devorar con tu mirar escrutador. He de reconocer que fuiste mi atracción principal aquella tarde de finales de Septiembre. Tu aire de ese refinado indiscutible del típico señorito rico de pueblo y que anda rondando los cuarenta; acostumbrado a saber apreciar y paladear con soltura los placeres de la vida que le dejaron en bandeja sus mayores, y ese toque, un tanto entre travieso y canalla del perfilado bigotito que de forma graciosa adornaba tu labio superior, encendieron en mi interior todas las alarmas. Desde que rodara aquella última película en Argentina, ya traía un buen bagaje de pretendientes de todo tipo, recordando de ellos cómo tuve grandes ofertas, proposiciones de toda índole tanto decentes como indecentes. No obstante las enseñanzas familiares y mi alto sentido del pudor y la decencia, hasta entonces me había mantenido íntegra pues siempre soñaba con aquél príncipe azul y del que estábamos enamoradas en aquella época, imagino, todas las adolescentes y menos adolescentes, aunque como decía mi abuela, ya en edad de merecer. Todo ello fue lo que me mantuvo en guardia cuando aquél Jules Lamart, un francés ya maduro en los negocios del cine, y que había tomado la nacionalidad argentina huyendo de la quema que se había estado produciendo en Francia cuando a ella llegaron los alemanes nazis, me pidió que me fuera con él. Que estaba locamente enamorado de mi y que quería casarse en su tierra una vez de vuelta a ella. Que poseía unas grandes bodegas y tierras de vides en la región de Alsacia, que le habían estado cuidando sus hermanos llegando a conseguir unos vinos muy especiales aún
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    a pesar delas influencias germánicas de que disfrutaban aquellos caldos en toda la zona. El caso es que en una de las ocasiones que hubo debido a un parón de diez días en el rodaje por la necesidad de cambiar unos exteriores, que ignoro el porqué no era del gusto ni del guionista ni del productor, cuando aquel lugar, a mi juicio, era ideal para el fin que nos había llevado allí, me rogó que lo acompañara, que tenía previsto en esos días visitar su casa en Francia y que quería que fuera con él, asegurándome que una vez visto aquello, cambiaría de opinión. Insistía una y otra vez, hasta que llegada la noche y durante la cena, al terminar salimos a la calle, nos sentamos sobre el muro que dividía la terraza ya que esta se encontraba en uno de los lugares más altos del pueblo, y desde donde se podía contemplar toda la campiña. Incansable él, y yo cansada, no sé con qué ánimo lo dije, pero el caso es que accedí. Le prometí que lo acompañaría, pero que no se hiciera ilusiones. Tan sólo me dijo que ya vería cómo al menos se lo pensaría una vez que estuviera entre aquellas viñas y su gente. Al día siguiente volamos a Francia, y bien sabe Dios lo bien que me sentó aquel vuelo. En mi vida había conseguido dormir tantas horas seguidas y eso que Jules me despertaba de vez en cuando diciéndome si no pensaba comer nada, pero, yo lo que quería era dormir, y además es que me quedaba dormida tranquilamente en cuanto cerraba los ojos. Me desperté por mí misma y le pregunté cuánto llevaba durmiendo; me comentó que muchas horas y que se veía que lo necesitaba, ya que una de las azafatas me trajo una almohada pequeña que Jules me colocó, y sobre lo que ni me enteré siquiera. Cuando aterrizamos y salimos de la terminal con el poco equipaje que llevábamos, nos dirigimos a la Cafetería en la que tomando un café esperé a que Jules se hiciera con un coche de alquiler. Quería haber llamado a uno de sus hermanos y que nos viniera a recoger, pero estaba deseando de mostrarme aquellas tierras ahora bañadas por el sol y llenas de un verde colorido donde las grandes lanzadas de vides no parecían tener fin; ello me recordaba a los extensos olivares de Andalucía. Una hora después entrábamos por un gran arco de piedra hacia un camino muy bien cuidado, destacándose al final una serie de casas que daban cobijo a una casa grande en cuyo porche estaban sentadas varias personas. Éstas se levantaron apenas el vehículo se acerco a la escalinata y se dieron cuenta de quien era el visitante. Las presentaciones de rigor fueron tan de corte familiar que uno de los hermanos, el más pequeño llamado Gerard, me tomó de la mano diciéndole a los demás que me llevaba a ver las cuadras. Esto no le sentó muy bien a Jules, pero no dijo nada y se quedó charlando con sus padres y su otro hermano. Al día siguiente, al igual que el resto de los días que pasamos juntos, monótonos en todos los sentidos desde ver una y otra vez las grandes extensiones de viñedos, paseando sobre hermosos caballos, las charlas de
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    sobre mesa ylas de después de la cena, unas veces en el porche y otras dentro jugando a las cartas, eso sí, bebiendo siempre sus deliciosos vinos, sin olvidar los agobiantes momentos, la infinidad de asfixiantes instantes en los que no dejaba de insistir buscando la ocasión de un abrazo, de un juego amoroso cada vez que nos encontrábamos sentados sobre el almohadillado verdor de aquellos altozanos contemplando las plantaciones, sin poder conseguir ni lo uno ni lo otro. Claro que para ello yo había estado preparándome concienzudamente. Con aquel comportamiento, Jules había puesto todas sus cartas boca arriba, y en ellas sólo se veía el intento de no desaprovechar la más mínima oportunidad, pero se equivocó, no se esperaba tan férrea negativa, por lo que ambos ya estábamos deseando volver. De nuevo en el rodaje, el comportamiento de Jules cambió por completo y no es que me ignorara, no obstante, aquellos pesados, pegajosos y atosigantes acercamientos desaparecieron. La película llegó a su final y con ello la vuelta a Madrid. La despedida con Jules no fue, precisamente, muy cariñosa, sin embargo, no puedo negar que al menos fue cortés pues aquella noche me invitó a cenar. Durante la cena me anunció que se retiraba del mundo del cine, que se iba a dedicar por entero a su negocio y que me felicitaba por haber sido elegida para la siguiente película que se iba a rodar en un muy corto espacio de tiempo, ya que tenía conocimiento de que me habían citado para el día siguiente hacer unas pruebas
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    SIETE Con la últimatoma de las diferentes pruebas, la voz del Director diciendo aquello de: “Corten, a positivar y basta por hoy”, dejé de mirarte y me dirigí a mi camerino. Allí recibí la nota de que querías verme. No puedo negarlo, los nervios invadieron hasta el último rincón de mi persona. Aunque la nota no estaba firmada, quiero pensar que no te pasó por la imaginación el que yo dudara de quién sería. Y ciertamente, lo supe desde el primer momento. Un nerviosismo absolutamente desconocido se apoderó de todos mis sentidos, y mi madre que desde que llegué a España quiso estar siempre a mi lado, fue la primera en darse cuenta de que lo que me estaba ocurriendo, y aquellos paseos, aún en bata, no eran normales en su muchacha, como ella me llamaba. La miré y adivinó lo que intentaba decirle sin palabras. Fue a la salida cuando decidí dejarme ver por la cafetería, donde sin duda tú y tu experiencia de conquistador te había dicho muy bajito que pasaría por allí. Mi madre no se negó, aunque me dejó claro que tuviera mucho cuidado pues me insistía en que tan de repente no debería mostrar tanto interés por el desconocido; que el mundillo del cine estaba repleto de “caza-jóvenes”, a lo que yo le repetía que sabía cuidarme, y que más tarde o más temprano habría de llegar el momento en que conocería a alguien del que me enamoraría perdidamente y, creo que aquel fue el momento que, en cierta medida, estaba deseando que llegara. Mamá -le dije un tanto melosa-, voy a cumplir veintidós años y aún no sé siquiera lo que es tener novio. Es muy guapo, ya lo verás, y cuando estaba en el plató me miraba de una manera y con unos ojazos que casi me hacen tropezar con uno de los ventiladores de pie que ayudaban a que mi melena suelta flotara al viento. Por favor, déjame al menos conocerlo, y ten por seguro que si noto algo fuera de lo normal lo dejaré estar y me olvidaré de su existencia. Como es de suponer, ni yo misma me creía lo que estaba saliendo de mi boca. Mi madre dio su consentimiento, pues conociéndome como me conocía, ya sabía que cuando algo se me metía entre ceja y ceja no iba a claudicar tan fácilmente. Y ante la promesa de que sería sólo un momento, me dejó sola. La realidad es que no hizo falta más. Todo fue el encontrarnos frente a frente en aquella cafetería y los dos supimos lo que habría de venir: estábamos hechos el uno para el otro aún sabiendo que no nos conocíamos de nada, pero ya daba igual, al menos para mí.
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    Te encontrabas apoyadosobre la barra. Discretamente, al final de la misma; con una copa en la mano izquierda y un cigarrillo en la derecha. Estabas sólo. Expectante, y todo fue verme aparecer, dejando copa, y aplastando el cigarrillo en el cenicero, te lanzaste hacia mí como las olas de un mar bravío se lanzan contra los rompientes de una tierra virgen que tras besarla, hacen el camino de vuelta con el estigma de un momento de privilegio. Con la más seductora de tus sonrisas, y siendo fiel a cada paso a la estrategia que, sin duda, habrías estado diseñando mentalmente ante la seguridad del encuentro, te plantaste ante mí y mirándome a los ojos me dijiste: “Disculpe el atrevimiento pero, es que jamás había visto en un plató ni en parte alguna tanta hermosura”. Y tomando mi mano, a modo de saludo, la rozaste con tus labios dejando en ella un calor que aun hoy, a pesar de los años, no he conseguido olvidar. Y sabes muy bien que no podría olvidarlo porque en ello nunca puse empeño alguno. Aún lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo. ¿Tú lo recuerdas? Creo que los años te han cambiado algo; a mi, no. Aún guardo en los archivos de mi memoria el momento, y de cómo te acercaste justo cuando creía que se me salía el corazón del pecho o que allí mismo me iba dar una taquicardia; las piernas me temblaban y me daba la impresión de que de un momento a otro me caería en redondo produciendo tal escándalo que mi madre, al acecho, vendría inmediatamente en mi socorro y sabe Dios la que podría haber formado. - Mi nombre es Hipólito de la Torre, Poli para los amigos, de Alicante, aunque mi familia reside en Madrid. En Alcoy es donde tengo mi vida laboral, y mis empresas, ya que me dedico a la Industria Textil. ¿Me haría el honor de tomar una copa conmigo? Me gustaría celebrar este maravilloso encuentro. Si no me considera Vd. muy osado, lo celebraría más aún si aceptase cenar conmigo esta noche. Tras unos largos minutos de conversación sobre el cine como tema central, acepté, anticipándote que mi madre estaba conmigo y que ella me acompañaba a todas partes. Tú no pusiste ningún inconveniente. Muy al contrario, me preguntaste si estaba allí y que la llamara ya que le gustaría conocerla y saludarla. Así lo hice y, tras besar su mano, te deshiciste en halagos hacia ella, manifestando que sería un gran honor para ti el que mi madre nos acompañara a cenar. Sin embargo, mi madre no dejaba de lanzarme raras miradas que yo no conseguía interpretar, aunque más tarde, y ya a solas me dejaría caer lo que quería decirme: ¡Que no lo tenía muy claro!. Mi madre me pidió que nos retiráramos pronto al tiempo que te decía que agradecía la invitación y que posiblemente esta sería en otra ocasión. Yo siempre obediente a los consejos y recomendaciones de ella me dejé llevar y te pedí disculpas por haberme adelantado a los acontecimientos. Tú cediste amablemente, y tuviste que escuchar el que mi madre te hablara tan dura y directamente cuando te dijo: - No se le ocurra jugar con mi hija. A ella la tengo bien protegida de algunos que no buscan más que el “lío” Vd. ya me
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    entiende. Marina estáen un momento de su carrera tan complicado como prometedor y no voy a consentir que nadie se la eche a perder. Por cierto, ¿está Vd. casado? Tu serenidad, al no conocerte, ni me sorprendió ni dejó de sorprenderme cuando le contestaste: - No, no estoy casado. Fue aquella tu primera y más trascendental de las mentiras que te conocí a lo largo de los años. A partir de ese momento las cartas ya estaban repartidas, la suerte echada y la partida comenzada. - Está Vd. siendo muy dura conmigo -dijiste muy serio-. Poco dura fue realmente para lo que hubieras merecido si mi madre se llega a imaginar por un momento el curso que tomarían enseguida los acontecimientos. - No pretendo nada ilícito con respecto a su hija. Sólo estoy deslumbrado por su hermosura y esos ojos que me tienen turbado y de los que me parece que me he enamorado como un chiquillo; ¡para qué voy a engañarla! Pero le pido por favor, es más se lo ruego, no me haga culpable de ello. Sea generosa y comprensiva. Piense que es difícil permanecer impasible ante tanta belleza. Por eso nada más verla en el plató sentí deseos extremos de conocerla, y si Vd. lo autorizara aprovecharía los días que vayan a estar en Madrid para tratándolas un poco más conocerlas y, quizás por qué no, hacerles de guía turístico. Puedo mostrarles muchos de los encantos que posee la capital de España.
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    OCHO Sería en Madridy su provincia, porque a partir de aquellos momentos te convertiste en nuestra sombra. Aún me cuesta entenderlo: llevando como llevaba varios años sin pasar una semana completa en Madrid, con mi madre y a veces mi hermana, de pronto me descubrí buscándole excusas a su presencia para dedicarme solo y exclusivamente a ti, en calidad de ofrecimiento desinteresado. No sé qué explicaciones le habrías dado a tu mujer o que tipo de excusas barajaste para estar tanto tiempo fuera de tu casa y tu familia, sobre todo porque en aquel tiempo no se celebraba ninguna feria dedicada a la Industria Textil o similar, pero, recuerdo cómo a lo largo de las seis semanas siguientes estuviste asistiendo a todos aquellos rodajes en los que yo participaba, tanto dentro como cuando la película requería de escenas en el campo o la playa, sobre todo en la playa y sobre cuya arena y al atardecer dábamos largos paseos. En todo este tiempo parecías desenvolverte como pez entre aquellas nacaradas espumas. Moviéndote con toda soltura y comodidad, y siempre gracias a las facilidades de tu amigo, que no ponía ni el más mínimo impedimento para que estuvieras presente donde quiera que fuésemos a rodar. Es curioso cómo a estas alturas te habías ganado el respeto de mi madre ante el trato observado, y la confianza de ella y la mía también, mediante una hábil estrategia sabiamente estudiada al milímetro y que acabó de forma fructífera aquella noche inolvidable de mediados de Octubre. El equipo hubo de desplazarse hasta la costa malagueña donde habría de rodar, si el tiempo no lo impedía, durante un periodo de aproximadamente tres o cuatro días. Mi madre quiso aprovechar estos días para dar una escapada a casa. No le hizo mucha gracia el dejarme sola aquel día, pero viendo tu comportamiento a lo largo de estas semanas donde nos veíamos casi a diario pensó que podía confiar en ti; y ayudada, lógicamente, por mi insistencia en que fuera tranquila, aquella seguridad demostrada por mí misma, dio su fruto. -¡Al fin, tú y yo solos! En cierta medida me abrazó el pánico, pero también a la vez una más que extraordinaria expectación sensual se apoderó de mi, manteniéndome toda la tarde y la noche de tal forma excitada que más parecía miedo que deseo. Aquella fue mi primera cita a solas con un hombre, un hombre que, probablemente, no dejaría pasar la oportunidad tan esperada de forma tan entregada aduladora y sobre todo paciente. Verdaderamente había tenido mucha gente a mi alrededor, de la que destacaba normalmente algún que
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    otro moscardón conel sólo deseo de picar donde yo no podía permitir que eso sucediera. Es verdad que me llenaban de obsequios caros y regalos convertidos en hermosísimos centros de flores, pero aquello era distinto de lo que me estaba ocurriendo aquella tarde. Y yo no sabía exactamente si lo que quería realmente era ser víctima o cómplice, aunque a decir verdad, sí quería con locura, es más, lo deseaba con toda mi alma, y que no estaba dispuesta a obstaculizar aquellos deseos que leía en tus ojos. Aquella tarde te mostraste exactamente como siempre fuiste, y con la habilidad del maestro que llevabas dentro tomaste las cartas que te ofrecí y las jugaste a la perfección. Primero me llevaste a un Restaurante a cenar. Restaurante por cierto, al que según tú, no habías ido nunca. Era todo de un lujo soberbio y en cuya piso superior existían unos saloncitos reservados para gente de empresa. Imagino que este detalle ya que no conocías el lugar se debió a tu vasta experiencia demostrada a lo largo de los años. Lo cierto es que la cena fue magnífica y yo me encontraba en la gloria. Y por si a la cena le faltaba algo además de los postres, cuando llegaron estos, el que habías pedido para mi venía adornado con una rosa azul y cuyo conjunto, según tú, hacía juego con la miel de mi cabello y el color de mis ojos. En realidad no sabía si tomar aquel postre o guardarlo como recuerdo. Me levanté y me dirigí al baño. Cuando estuve de regreso y volví a sentarme, me cogiste la mano y con la otra levantando mi servilleta me mostraste un estuche preciosamente decorado y de un rojo intenso que me dejó un tanto perpleja... - Pero, ¿qué es esto, Poli? -Ya te llamaba Poli. Dadas las circunstancias, la ingenuidad de la pregunta me sorprendió. No me imaginaba, o sí, su contenido. El caso fue que me costó algún esfuerzo el no correr para abrirlo sin esperar cualquier tipo de explicación, a la vez que deseosa de dar la vuelta a la mesa y echarme como una colegiala en tus brazos. - Nada que tú no te merezcas. Antes de conseguir abrir la cajita se me escurrió de entre unos dedos, que a decir verdad habían perdido casi por completo todo tipo de sensibilidad, hasta que por fin y accionando el broche quedó al descubierto una bellísima gargantilla que entendí sería de platino u oro blanco y la cual tenía engarzada una delicada hilera de pequeños brillantitos cuyo fulgor no había visto en mi vida. - ¡Es una preciosidad, Poli! -Te dije con un calor en el rostro y del que me daba la impresión se me habría puesto de un rojo tan encendido como la imaginaria sangre que brota de la herida producida por la flecha de Cupido. Pero, ¿tú has visto que maravilla? - Justo como ese brillo que ahora tienen tus ojos. A veces pensaba que eras un maestro de la cursilería, pero qué quieres que te diga: a mi me gustaba, y aquella forma de decirlo me sonaba a música celestial. - ¿Quieres ponérmelo? -te pedí con una voz que apenas era un susurro.
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    - ¿Aquí mismo? Posiblementepensaras que el lugar idóneo sería otro más, digamos, adecuado, más íntimo; un lugar y momento en el que yo ya un tanto debilitada cayera de la forma más inocente. - ¡Por supuesto! Me muero de las ganas de bajar porque cuando lo haga todos me verán lucirla. No tenemos nada que ocultar. -Al menos eso era lo que yo pensaba; la realidad era bien distinta. Con una sonrisa pícara, te levantaste -creo que jamás me has parecido más alto, ni más apuesto-. Tomaste con delicadeza la joya y colocándote a mi espalda me la pusiste tiernamente en el cuello. Creo que el roce de tus labios en el mismo aparte de intencionado, me pareció de lo más exquisito, al tiempo que manteniendo tus manos sobre mis hombros, acariciadoras y ardientes, te inclinaste ligeramente susurrándome algo al oído. - ¿Sabes que te quiero con locura? Era la primera vez que me lo decías, y el escalofrío que me produjo tu aliento en la nuca se extendió como un reguero de pólvora, como un relámpago por todo mi cuerpo, poniéndome la carne de gallina. Me volví, tomé tus manos y con el consiguiente nerviosismo te dí a entender que yo también estaba loca por ti aunque, creo que eso ya te lo habían dicho mis ojos. Comprendiste el mensaje sin que mediara palabra alguna. No sé como nos dimos tanta prisa en terminar la cena, y poco antes de las doce te pedí me regresaras al hotel como si temiera que, al igual que el cuento, perdiese mi zapato de cristal y mi carroza se convirtiera en calabaza .
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    NUEVE Como hicieras tantasveces me acompañaste a la habitación, y entonces tuve claro que aquella noche no ibas a quedarte en la puerta para después: una despedida más y marcharte. Esa noche, no. Y no hizo falta que tú lo pidieras, aunque esa noche, más que nunca, lo estabas deseando; te veía como a punto de estallar ante lo que hubiera sido otra negativa por mi parte. En el arrebato de una más que cuestionable decencia, fui yo la que te invitó a pasar, y a quedarte. Por el camino había estado madurando la idea de que aquella noche yo saldría de mi letargo, de aquella especie tonta de clausura que me había impuesto en atención no sólo a mis creencias, sino a las tantas y tantas recomendaciones morales y éticas por parte de mi madre. Había decidido que esa noche me entregaría a ti sin tan siquiera intuir que aquella entrega me estaba convirtiendo no sólo en tu esclava favorita, sino que también sufriría, al igual que tu mujer, de tus largas ausencias con el paso del tiempo, aunque el resto hasta el día de hoy es ya de un agua más que pasada. Pero aquella noche se intercambiaron los papeles: el cordero se convirtió en lobo, y aquella mansa cordera, debido a la fiebre que le hacía estremecer tan sólo de pensar en que por primera vez en su vida iba a dar rienda suelta a toda aquella amante y calenturienta fogosidad dormida, se abrió a ti como se abre la flor apenas recibe las primeras gotas de un rocío de madrugadas eternas. Es cierto que si en un principio sentí algún temor, este se esfumó enseguida al notar tu cuerpo fundido con el mio sin el más rudo roce. Todo eran arrumacos. Caricias que yo disfrutaba al sentir tus manos recorrer todo mi cuerpo. Me besabas el cuello una y otra vez, hasta que tu boca sedienta la uniste a la mía, sintiendo como me abrasaban tus labios a la vez que mordías los míos con fruición. A partir de ese día, pero con mi ayuda, te ganaste bien a mi madre para que nos dejara salir solos más a menudo, aunque ya no me esperabas en los platós sino que quedábamos en la cafetería más cercana al lugar en el que estuviera rodando. Entendía que al estar durante tantos días sin visitar tus empresas, deberías estar en contacto mediante llamadas telefónicas. El Telégrafo también era tu menú diario. Iniciaríamos entonces una relación que se iría estrechando poco a poco y con una relatividad convencional en sus primeros pasos. Entre cine, salas de fiesta y restaurantes pasamos una buena temporada. Era un relación aparentemente seria, que lo fue de dependencia total por mi parte casi desde el primer momento: física y afectiva, maravillosa. Ello no impidió cualquier capacidad de reacción cuando, ¡por fin! me hiciste saber, aunque con cierto teatrismo, que estabas casado. ¡Casado! -farfullé-. Casi me da un síncope. El dolor desgarró mi interior como un cuchillada;
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    agravado, si cabe,por la humillación de sentirme engañada, traicionada vilmente, de haberme entregado, dócil y confiadamente a un hombre que resultó estar muy alejado del príncipe azul que yo imaginé un día. Pero si algo tuve claro también desde el primer momento -incluso con los latidos del pecho desbocados, sumida en lo peor de la crisis-, fue que no te dejaría. ¿Cómo pude llegar a pensar que en el fondo se trataba de una simple cuestión de orgullo? Mi dignidad había quedado pisoteada, perdida para siempre, diría mejor y, puesto que esto había sucedido así, no estaba dispuesta a perderte por un sentido demasiado estricto de la moral o de las buenas costumbres. Soy de las que piensan que el amor de verdad sólo llama una vez a nuestra puerta. ¿Cuántos mueren, de hecho, sin conocerlo jamás? Y yo había tenido la fortuna de haberlo encontrado apenas empezando a vivir. Sería tu esclava si tú lo deseabas, y llegando hasta el extremo de abandonar mi carrera, si tú me lo pedías. Y me lo pediste. Mi respuesta fue tajante, afirmativa, por mucho que me cueste entenderla con la perspectiva que dan los años y toda una vida a tu lado, me supongo el distanciamiento de mi familia -que sólo recuperaría en parte después de años de suplicar su perdón- pero, sobre todo, lo que más me duele aún fue el definitivo alejamiento de mi madre, cuando ella se había opuesto con todas sus fuerzas a que lo abandonara todo y me marchara con un hombre casado, tirando por tierra tanto esfuerzo, y una carrera como Actriz que tanto prometía a decir de los entendidos. – ¡Tú estás loca, chiquilla! ¿Cómo no eres capaz de darte cuenta de que el indeseable ése te quiere sólo como segundo plato, como carne fresca con la que aliviar la dieta demasiado estricta que le sirven en su casa? ¿Cómo vas a ser capaz de vivir en un pueblo después de haber conocido el lujo y el éxito en los lugares más hermosos? ¿Cómo piensas que puede ser tu día a día, pendiente siempre de los caprichos de un hombre que en ningún momento va a abandonar su vida de señorito vividor por ti ni por nadie, y mucho menos a su mujer? Nunca lo hubiera esperado de ti, Marina. A mí se me parte el corazón, pero tú te estás condenando a la peor de las desdichas. Todo esto y mucho más no dejabas de decirme mi madre con los ojos anegados de lágrimas. Hoy sé que mi madre llevaba razón en todas y cada una de sus advertencias y recomendaciones. Qué ciega debía de estar entonces para no comprenderlo. Los ímpetus de la juventud, la falta de experiencia, y aquel encelamiento puramente animal, se me impusieron a sus generosos consejos y me vine contigo. Ni siquiera me despedí de aquellos compañeros del cine con los que tantas horas viví feliz y contenta de hacer lo que me gustaba. En fin, como decía mi abuela: Nunca es tarde... Pero yo sigo preguntándome aún: ¿Cómo he podido tardar tanto tiempo en tomar esta decisión? Sin embargo la tomé. Me he ido de tu lado y de la que siempre fue tu otra casa, aquella en la que tantos años pasamos juntos, y que últimamente no ha servido más que, por tus años, para escuchar tus quejas,
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    tus malos humoresy sobre todo, el que ya no eres el hombre aquél que me llenaba de tiernas caricias y mimos asegurándome de que jamás te separarías de mi. Has de saber que cuando he recibido últimamente la visita de don Serafín, el médico del pueblo, para tratarme algún que otro catarro, no se resistió a comentarme que tenías algún problema, del que no quiso hacerme partícipe, asegurándome, con cierto titubeo, que no era nada importante. Por último sólo te ruego que no hagas por buscarme. La decisión de romper definitivamente con esta relación la he meditado en profundidad y, he pensado que tanto para ti como para mí, es lo mejor. Espero que mi madre me haya perdonado -como a ti tu mujer tras el conocimiento de mi marcha-, que mi familia me acepte, y pueda comenzar una nueva vida en la que, no te quepa la menor duda, los recuerdos estarán siempre presente pues nunca dejaré de pensar en ti como el hombre que me despertó no sólo a la vida, que me hizo mujer, con el que descubrí el amor y todo aquello que en un tiempo me hizo tan feliz. Adiós Poli. Marina. DIEZ
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    Antes de plegaraquellos folios que entre sollozo y sollozo fui rellenando hasta bien entrada la madrugada, aún se me ocurrió que podía aclararle algo, aunque en ello no puso nunca el más mínimo interés, no obstante quise dejárselo dicho en una postdata: Poli, el nombre que figura en el certificado de mi nacimiento es el de Irene Parra lo de Marina la Sol fue un acuerdo entre mi primer representante, mi primer director y mi madre. Te explico: lo de Marina vino por haber nacido en la costa malagueña. Este dato sí que ya lo conocías, aunque ignoraras el motivo exacto. Lo de Sol me vino dado porque una noche que acudí al espectáculo en el que trabajaba mi padre, un señor me preguntó que si me interesaba trabajar como extra en una película que iba a rodar en Málaga. Mi padre dio su consentimiento. Haría un pequeñísimo papel como relleno en un grupo de gitanos. A su director de fotografía, al parecer, no le pasó por alto mi belleza sureña, el cual pidió hacerme unas pruebas. Y de ahí lo de Sol. Decía que no había nada más deslumbrante que el sol de Málaga, ni los rasgos que había visto en mi. ¡Las dos de la madrugada, qué tarde! Rosa se había quedado dormida al amor de la lumbre cuyos leños comenzaban a declinar. El día anterior le había pedido que se quedara esa noche conmigo con el fin de ayudarme a la mañana siguiente. Lo hizo de buen grado. Procedí a cerrar el sobre tras haber escrito la dirección de Hipólito. En el remite escribí: Parra y Claramunt Textiles del Mediterráneo. Ello me daba casi la plena seguridad de que la familia no abriría la correspondencia de Hipólito hasta que él no regresara. Aunque ya nada me importaba. - ¡Señorita, señorita, son casi las ocho! Me llevé un buen susto, pues yo también me había quedado dormida toda la noche en el sillón orejero que un día Poli me regalara con motivo de una torcedura que sufrí lastimándome un tobillo por lo que hube de guardar reposo durante bastantes días. Me di cuenta de que aún estaba con el camisón puesto. Inconscientemente y debido a haber sentido frío, me habría echado por encima una manta de viaje, y no se porqué en ese momento me vino a la mente cómo en aquel duermevelas había estado reviviendo la última noche que pasamos juntos. Poli acababa de llegar de Orihuela. Serían sobre las diez. Le pregunté si quería comer algo y me contestó dulcemente que a mí. Me pidió que dejara lo que estaba haciendo y que lo acompañara al dormitorio. Ya en él me sentó sobre el borde de la cama y comenzó a desvestirme, sin prisas, como disfrutando del momento; disfrute que yo compartía pues notaba cómo mi cuerpo iba variando por momentos. Él también se ayudaba
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    ha hacer lomismo. Cuando me echó hacia atrás sobre la cama, colocó mis muslos sobre sus anchos hombros y comenzó a besármelos. Su boca de forma tan cariñosa como lasciva y pausada, buscaba entre el bosque púbico, hozando sin respirar casi, hallando su entrada y saboreando el preciado manjar que, según él, era algo así como el culmen de la ambrosía. Al mismo tiempo sus manos se alargaban hasta el infinito o al menos eso me parecía a mí, ya que alcanzando la firmeza de mis pechos los masajeaba con la delicia que produce la caricia de unas manos poco suaves, pero que me ponían los pezones como si quisieran salirse de sus propias agujas y eso, hacía que mi cuerpo se estremeciera de tal manera que agarrándole la cabeza con ambas manos lo atraje hacia mí, al tiempo que colocando los pies sobre el borde de la cama, y él ya perfectamente acoplado, formando ambos un solo cuerpo en frenético desenfreno, alcanzamos un éxtasis que no olvidaré jamás. Aquella noche sería el resultado de una de las caras de una misma moneda. La cara enamorada y concupiscente. Ya vestidos de nuevo me pidió que ahora sí se le había despertado el apetito, por lo que mientras se tomaba una copa de vino le preparé algo de comer. Cenamos juntos, y al finalizar deslizó una mano sobre el mantel que yo pensé que buscaba la mía, y al alargarla noté como depositaba en ella una cajita de terciopelo azul claro. Nerviosa la abrí y pude contemplar un juego de pendientes tan brillantes cómo hermosos los cuales me recordaron al momento que hacía juego con un colgante que ya anteriormente me había traído en uno de su viajes a Alicante. Al día siguiente abrí el estuche con idea de ponerme los pendientes y que me los viera cuando llegara al mediodía, cosa que no era costumbre en él, pero lo había dicho y yo lo creí. No apareció, por lo que decidí quitármelos, y fue entonces cuando al devolverlos al estuche observé un piquito de papel blanco asomando por una de las esquinas del asiento donde se encajaban las dos piezas. Levanté el revestimiento el cual estaba suelto y extraje el papelito doblado. Al desplegarlo pude leer: “Este no será el único, Alicia. La mujer más hermosa del mundo se merece esto y mucho más. Te amo más que a nadie.” Esa otra cara de la moneda fue la que me hizo pensar en tomar la decisión... - ¡Hay que darse prisa, Rosa o perderé el tren! - Esté tranquila, Señorita Marina, tiene tiempo y la estación no queda muy lejos. Acuérdese de lo que dijo Tomás: “Con que esté a recogerla a las nueve es suficiente”. - Sí, pero a mi me gusta hacer las cosas tranquilamente. Ya estaba arreglada y la maleta cerrada cuando, pensando de nuevo en el sueño, en el recuerdo, de nuevo oí la voz de Rosa. - Señorita, ahí está Tomás. - Bien. Coge la maleta y el maletín ese y llévalo al coche. Yo voy enseguida. Ya en el taxi, un Seat Versalles 1400, tan reluciente como su propietario,
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    nos dirigimos auna estación recién reformada y la cual distaba unos cuatro kilómetros del barrio de las Flores. - Rosa, aquí tienes una pequeña indemnización con mi agradecimiento. Te ruego que cuando vuelvas a la casa cubras todos los muebles con sábanas. Cuando acabes cierra la casa y haz por ver a don Hipólito y le entregas la llave. - Tomás, tenga la bondad de pararse un momento cuando pasemos ante la estafeta de correos. - Muy bien señorita, pero no tarde. - No se preocupe, será sólo un momento. Ya ante el mostrador, saqué el abultado sobre del bolso, y este quedó ridículamente adornado en su esquina superior con un sello de dos pesetas ilustrado con la regordeta efigie de un Franco semisonriente. Tras la tierna despedida de Rosa en el andén, la cual me ayudó a acomodarme en el departamento y apearse después de un par de besos, la máquina tosió varias veces, largó una buena rociada de carbonilla y comenzó a deslizarse tan suave como lentamente sobre aquellas dos varillas metálicas. Me asomé a la ventanilla, viendo cómo la estación se quedaba cada vez más pequeña, ignorante de que dos pares de ojos en cuyas retinas estaban reflejadas unas buenas dosis de malicia acumulada durante años, y que no dejaron de contemplar con cierta satisfacción el punto oscuro que se apreciaba ya del vagón de cola hasta que este se perdió completamente en la lejanía. Ya acomodada en el departamento saqué un librito que llevaba con idea de entretenerme durante el viaje, cuando reparé por casualidad en una frase que me resultó no sólo bastante elocuente, sino que me hizo caer en una especie de reflexión en la que me puse a meditar enseguida: “No sería mala idea escribir algunas de mis memorias y los recuerdos que guardo sobre estos años pasados”. Todo fue pensar en ello y, dejando de lado el libro, abrí el bolso y saqué mi cuadernillo; me lo coloqué sobre las rodillas y comencé a darle vueltas al tema, pues no tenía muy claro de por donde habría de comenzar. Así que, acordándome principalmente de la carta y cuanto había derramado en ella, comencé a escribir... pero, no había rellenado una cuartilla cuando sin darme cuenta estaba jugando con el lápiz entre los labios y mirando al techo del vagón mientras mi mente me decía: “Tendrás que buscarte a alguien que te ponga en orden todo esto que llevas dentro”. Sin quererlo, y debido a lo poco que había dormido la noche anterior, me quedé tras un duermevelas al que siguió un sueño profundo y del que me desperté sobresaltada una hora después, motivado por los pitidos que emitió la locomotora cuando al acercarse a un paso a nivel sin barreras, alguien, de forma irresponsable, cruzaba las vías en aquel momento. Me dirigí al cuartito de aseo y me refresqué con idea de espabilarme...
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    Mostrando la agresividadque le caracterizaba cuando algo no era de su agrado, y un amargor interior, producto de la enfermedad que le corroía, aquella mañana, pasadas las once, don Hipólito se presentó de improvisto en la humilde casa de la señora María Engracia: vivienda esta que era compartida con su hija Rosa y el resto de su familia. - ¿Está aquí Rosa? -preguntó sin tan siquiera saludar-. - No señor, no está. ¿Se le ofrece algo? - Lo que yo necesito no me lo puede facilitar Vd. Solo dígame dónde está Rosa. - Rosa está en la compra, y Vd. no tiene ningún derecho sobre ella y mucho menos venir a esta casa con esta falta de respeto. ¿Qué se ha creído? Rosa ya no trabaja ni para Vd. ni para nadie. Lo que tenga que decirle a mi hija también es de mi incumbencia, por lo que le pido que se marche, y cuando ella regrese ya le mandaré aviso, si es que ella accediera. - ¡Accederá, no le quepa la menor duda! Y a Vd. también por la cuenta que le trae, y no podrán decir ninguno en esta casa que no me conoce, ni sabe cómo se las ha gastado siempre un de la Torre. -dijo don Hipólito soltando un bufido, al tiempo que, dando un portazo salía de la casa-. Gracias al grosor de los muros con que se construyeron aquellas casas centenarias, don Hipólito no pudo oír como María Engracia decía tras la salida de éste: -Sí, sí que lo sabemos hijo de puta, de sobra lo sabemos. Pero algún día alguien dará cuenta de ti, Fascista Cabrón. Unas horas después don Hipólito se presentó en su casa con cara de pocos amigos. Su mujer, Clara, con una sonrisa que él no supo descifrar lo recibió ayudándolo a quitarse el abrigo y colgarlo en el perchero que se encontraba a la entrada. En este detalle tampoco cayó, ya que jamás ella lo había hecho. Sin mediar palabra alguna y poco menos que ignorando su presencia, con un paso que se adivinaba quejumbroso, se dirigió a su despacho. Ya en él, se sentó en el sillón tras su escritorio y se puso a revisar unas escrituras de forma mecánica, aunque era más que evidente que sus pensamientos, a todas luces, se encontraban en otra parte. Doña Clara, exultante de una felicidad a medias manifestada, le siguió los pasos con el vivo y oculto interés de disfrutar del momento, pues estaba segura de que ya estaba al corriente de la huida de su amante, la Polichinela, como ella le llamaba cuando hablaba con su hermana Angélica o con sus más allegadas amigas, aunque este detalle era harto conocido por todo el pueblo. Sin poderse contener y con cierto regodeo hábilmente disimulado, le preguntó sentándose en el sillón que, normalmente, estaba dispuesto para las visitas: - Te noto un poco alterado, Hipólito, ¿ha ocurrido algo en la fábrica? ¿algún problema con el personal tras la huelga de hace unos días? El
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    periódico no dicegran cosa, y tú ya sabes que las noticias vuelan que es una barbaridad. Parece que la cosa se está tranquilizando. - No, ningún problema; todo marcha de nuevo como siempre, -dijo sin apartar la vista de unos sobres a los que seguro ni siquiera le estaba prestando atención-. - ¿Quieres que te prepare una copa? - No, gracias; ya me la pondré yo. Ahora, si no te importa, lo que necesito es estar sólo un rato; ya me avisarás para la cena, pues he de resolver unos asuntos pendientes y hacer algunas llamadas. “Sí, sí, solventa esos asuntos pendientes” -pensaba socarronamente doña Clara levantándose y dirigiéndose hacia la puerta, la cual cerró a su espalda al tiempo que una sonrisa de satisfacción afloraba en un rostro ya de por sí diabólico-. “Anda que te quedan unos pocos de días en los que vas a saber lo que es sufrir por alguien que te hace sentir no sólo abandonado, sino poco menos que despreciado. Espero que al final te des cuenta del daño que me has hecho a mí a lo largo de tantos años, además de haber consentido el tenerme en boca de todos”. A pesar de todo, doña Clara amaba a su marido, por lo que debido a los nervios del momento, o a un posible, aunque leve estado de ansiedad, subió a su dormitorio, y echada sobre la cama comenzó a llorar. Don Hipólito dejó sin abrir los sobres sobre la mesa, y descolgando el teléfono marcó un número. Tras oír un par de tonos de llamada, una voz de mujer se oyó al otro lado de la línea. - ¡Dígame! - ¿Es la casa de Tomás, el taxista? -preguntó en la forma en que en él era habitual-. - Sí, ¿Quién le llama? -respondió la voz subiendo el tono con la clara idea de dar a entender que no había muestras de cortesía alguna-. - Soy don Hipólito de la Torre. ¿Está Tomás? Necesito hablar con él. La dureza de las palabras y la sequedad de la comunicación, hizo dudar a la señora, por ende, la mujer de Tomás, de si decir que sí o poner una excusa cualquiera con el fin de que volviera a llamar, si es que tenía tanto interés en hacerlo con su marido. No obstante dijo: -Espere un momento. Al cabo de unos minutos, tiempo empleado a petición de su mujer, la cual aprovechó para decirle de quién se trataba, Tomás, haciéndose de nuevas, tomó el teléfono. -¡Sí, dígame! - Tomás, soy don Hipólito. - Sé quien es Vd. ¿Que se le ofrece? -correspondiendo en el mismo tono-. - Verá Vd., Tomás. Esta mañana llevó a la señorita Marina a la estación. ¿Puede Vd. decirme a dónde iba? ¿En qué tren se marchó? -ahora se le notaba la voz un tanto nerviosa a la vez que angustiada ante la posibilidad de
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    encontrarse con unanegativa. - ¿Qué quiere que le diga? El tren era el de las nueve treinta que viene de Barcelona y va para Madrid. -le dijo con cierto enfado. - Pero, ¡por Dios! Eso ya lo sé. Lo que necesito saber es a dónde iba, para dónde había sacado el billete -insistió ya exasperado y más nervioso. - ¡Vamos a ver, don Hipólito! ¿Yo cómo voy a saber eso? Ella cogió el tren y ya está. El tren que va para Madrid no sólo hace muchas paradas, sino que además enlaza con los que van para Extremadura y Andalucía -dijo en un tono que daba a entender el deseo de cortar aquella conversación. - Y el equipaje, ¿llevaba alguna etiqueta? ¿alguna dirección? -insistió. - Don Hipólito, creo que se está Vd. pasando conmigo. ¿Por quién me toma? Le he dicho cuanto ha oído, no hay más; bueno sí, le diré que ella no llevaba más que una maleta y un maletín. Y ahora si me disculpa tengo que atender a un cliente. Buenas noches. En la penumbra ya del despacho, don Hipólito se llevó un buen rato con el teléfono en la mano sin colgarlo; parecía no saber que hacer con él, mientras por su cabeza rondaban una y mil preguntas acerca de cómo poder seguir con sus averiguaciones. Más de pronto se le ocurrió: “Si ha enviado el resto del equipaje por transporte, lo habrá hecho desde la agencia de Marcial...” Con un brillo maléfico en sus ojos, encendió la lámpara de sobremesa, descolgó el teléfono y marcó de nuevo... - Buenas tardes, ¿Transportes Marcial? -dijo ahora de forma más amable y pausada-. - Sí, dígame, buenas tardes. - ¿Eres tú, Marcial? Soy don Hipólito de la Torre, -siguió guardando una cierta compostura ante el recuerdo de lo que había ocurrido con el taxista y su mujer-. - Sí, soy Marcial. ¿Qué desea don Hipólito? -ya Marcial barruntaba el motivo de la llamada. - ¿Podrías facilitarme la dirección a dónde has enviado los bultos de la señorita Marina? Es que se ha olvidado en la casa un mueblecito al que le tenía mucho cariño y quisiera enviárselo -dijo utilizando un acento que en absoluto iba con él, y que para el transportista no pasó desapercibido. - No hay ningún problema. Envíemelo que se lo embalaré y se lo haré llegar a la señorita Marina -dijo Marcial, aunque ello sabía que no iba a dar resultado. Como así fue. - No se moleste Marcial. Dígame tan sólo la dirección y yo se lo enviaré perfectamente embalado y etiquetado -dijo ahora ya un poco molesto. - Lo siento, don Hipólito, pero es que me dejó muy claro que no le refiriera su nueva dirección absolutamente a nadie. Ya sabe Vd. de mi discreción. - Le irían bien cien duros, amigo Marcial, ya sabe lo que quiero decir. - Sé muy bien lo que quiere decir, y quiero olvidar lo que acabo de oír. Si no se le ofrece otra cosa, disculpe, tengo mucho trabajo. -Seguidamente
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    colgó. Cuando oyó elúltimo clic, señal de que se había cortado la comunicación, se puso tan furioso que golpeó de tal forma la base del teléfono que estuvo a punto de romperla. DOCE
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    Había transcurrido unaño desde que Irene había abandonado a Hipólito, y se hallaba inmersa en la recuperación de su antigua profesión de Actriz. A requerimiento de su buen amigo y director Javier Mendizábal, el cual le había propuesto para desempeñar un papel secundario en una nueva película, se vio en la necesidad de desplazarse a Madrid de forma continuada; viajes estos que aprovechaba para encontrarse con su amigo Carlos el cual le ponía al corriente de cómo iban sus inversiones, al tiempo que le asesoraba acerca de la aceptación de las condiciones de su contrato como hiciera con anterioridad. El primer día en que se encontraron en la estación de Atocha, Carlos no pudo por menos que reprimir un silbido. Hacía años que no se veían y se sorprendió del estado en que a Irene se mantenía. Aún a pesar de la edad, Irene conservaba una belleza extraordinaria, pues sus rasgos habían adquirido una más que singular particularidad. Todo en ella parecía tener la medida justa de una hermosa mujer que aún no había cumplido los cincuenta años. Su pelo, ahora de un tono color miel de sol, caía en corta melena enmarcando una cara de facciones primorosamente cuidadas y definidas; su nariz; su boca; sus piernas, y aquellos pies que eran perfectos. La gracia de su figura sureña bien hubiera hecho despertar la envidia de la mismísima Rita, a la que desde siempre veneró como diosa del cine. La simetría de sus formas puras parecían sacadas de los bocetos más brillantes que tan celosamente guardaban los estudios más modernos de la arquitectura vanguardista. Tan sólo algo destacaba en desproporción entre tan armónico equilibrio, pues las imperfecciones, a veces, son dadas por Dios como sello indeleble de la persona. Incluso en ocasiones, éstas podrían llegar a ser tan insultantes, que más bien pudieran ser tomadas como naturalidad que como defecto. Así eran los ojos de Irene, irreales, verdes a la vez que extrañamente hermosos, desproporcionados, porque no era posible ver ojos tan grandes y bellos; y dentro de ellos un color de olivares cuando el sol de una amanecida en la que se puede observar el fulgor de un día presentidamente diamantino. Y así era su mirada, una mirada llena de una luz que pudiera haber sido la de aquellas abandonadas estrellas, y que parecían habitar en los más profundo del mar, porque sus ojos eran los ojos de Andalucía. Aquella mañana, cuando Irene se apeaba del tren, buscó con la mirada a lo largo del andén, pues el día anterior había avisado a Carlos de su llegada, y él le dijo que iría esperarla. Tras un, como siempre, caluroso abrazo, Carlos le preguntó del por qué de este nuevo viaje. - Venga desembucha, a qué viene tanto misterio que ni siquiera quisiste decirme por teléfono la razón de esta venida a Madrid, cuando tan
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    sólo hace tressemanas que terminaste la película de Mendizabal para la TV. Chilena -dijo mostrando unos ojos sonrientes por encima de unas gafas de redondos cristales que más que de abogado y financiero le daban un aire de maestro de escuela. - Bueno, pues es que quería estar contigo. Te recuerdo que cuando terminé la película, tú no estabas en Madrid; te habías ido a Galicia para preparar, según me dijiste, un congreso sobre no sé qué de economía. -dijo ella de una forma tan sensual que Carlos al advertirlo noto arder sus mejillas-. - Y es cierto. No sabes cómo me sentó de mal cuando me dijeron la fecha. La verdad es que todo fue tan precipitado que sólo me dio tiempo a decírtelo por teléfono, pero, en fin ya pasó. Y ahora: cuéntame cómo terminó el rodaje, y que tal la despedida, porque, conociendo como conozco a Javier, supongo que habría una gran fiesta. - Y no te equivocas. Hubo una celebración por todo lo alto en la que a ser sincera, te eché mucho de menos. Pero, dime, tú, ¿cómo estas? - Estoy muy bien. Trabajando mucho para este nuevo grupo de empresas, -aquí hizo un largo paréntesis para decir-: y pensando todos los días en ti. - ¡No será para tanto! -dijo haciendo un coqueto gesto con su nariz-. - Es cierto, y tú lo sabes. Desde que llegaste has despertado en mi solitaria vida las ganas de vivir momentos diferentes a los que me tiene acostumbrado el monótono trabajo del despacho. En Galicia me hice el firme propósito de llamarte una y otra vez, pero preferí dejarlo, y como sabía que te encontrarías en tu casa de Sevilla, pensé en darte una sorpresa. Cosa que no ha podido ser posible ya que cuando llegué a Madrid, no acababa de dejar las cosas en casa cuando recibí tu llamada diciendo que venías. - ¿Te arrepientes? -¿De qué, de no haberte podido dar la sorpresa? No, en absoluto. Teniéndote aquí ha dejado de importarme el resto del mundo. Irene, más ducha que él en estos temas, debido a la cantidad de escenas falsas trabajadas, una y otra vez, en la película que acababa de rodar, lo tomó por las solapas atrayéndolo hacia ella, y haciendo que se fundieran en un nuevo y aún más caluroso abrazo, en el que no faltó el que ella, aupándose un poco pues no en vano era un poquito más baja, le pasara una de sus manos por detrás de la cabeza acariciándole la nuca. No le pasó por alto el que aquél corpachón vibrara cuando lo tuvo pegado a su pecho. Carlos, que aún sediento de que momentos así le hicieran conferir esperanzas respecto a Irene, pues hacía mucho tiempo que no tenían relaciones cercanas de ningún tipo, a excepción de las puramente amistosas, y en cierta medida comerciales, sintió en lo más profundo de su ser que aquel espontaneo abrazo encerraba algo más, por lo que lleno de una felicidad inesperada, notó como por su espalda corría un sudorcillo nunca hasta ese momento sentido. Deshecho el abrazo, y quedados frente a frente, Irene reparó en la mirada de él. Una mirada nunca vista ya que, clavada en sus ojos, esta
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    desprendía el fulgorpropio del deseo incontenible de volver al abrazo. Nunca había reparado en la profundidad de aquellos ojos de un color marrón que siempre se encontraban protegidos por unos lentes de corte antiguo. No, nunca se había fijado realmente en el hombre que tenía enfrente, aunque frente a él no era la primer vez que se encontraba; sin embargo, ahora era distinto, y sabía por qué. Se lo dijo su corazón, cuando hasta entonces no había sido así. Pensó que ya no había vuelta atrás, y es por eso que, durante unos segundos, se recreó observando el mechón de cabello castaño cual reflejo otoñal, que, en dibujado remolino, le caía sobre un lado de una frente perfectamente modelada; las mejillas, generosas y sonrosadas como sus labios hacían llamada a un apasionado deseo. - Tengo el coche en el aparcamiento, -le dijo tomando su maleta. - ¿Vamos? TRECE
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    Habían pasado dosdías desde que Marina (Irene) se fue del pueblo, cuando aquella tarde, al llegar a su casa tras una inspección en la fábrica, don Hipólito se dio de bruces con su mujer que salía en ese mismo instante a, según ella, realizar unas compras; no se detuvo más que al saludo de rigor, al observar la cara descompuesta que éste no sólo aparentaba, sino que lo pudo comprobar cuando ya una vez en la calle se oyó un portazo terrible, por lo que se dijo para sí “suerte que me llamó mi amiga Adela, pues esta tarde la casa va a ser una Olla a presión y no seré yo quien la destape”. Y así fue... Don Hipólito, ya puesta su bata de estar en casa, se dirigió hacia el mueble Bar del salón y se sirvió una buena dosis de coñac la cual se bebió de un trago -algo debía ir realmente mal en la visita a Orihuela, en la Comarca de la Vega Baja del Segura, donde tenía unos negocios. La empresa, una manufacturera relacionada también con la Industria Textil aunque de carácter accesorio y en la que siendo propietario de una importante participación, hacía tiempo que no visitaba por lo que ignoraba el que se encontraran todos los obreros de huelga desde hacía dos días a causa, no sólo de la baja rentabilidad dada la crisis, sino que esta, en parte, era causada por el nefasto rendimiento de un personal mal dirigido. Una dirección con la que él no estaba muy de acuerdo, y que le había aceptado a su socio el haber permitido un tiempo de adaptación. Fue aquella misma mañana en la que Marina abandonaba el pueblo; la misma en la que él salía urgentemente para Orihuela después de oír el informe que mediante la llamada telefónica que le fuera realizada desde la fábrica, y que a priori, no sólo le puso los bellos como escarpias, sino que además barruntaba que aquello se lo iba a encontrar en un estado deplorable. Como así fue. Durante el viaje no hacía más que pensar en cuánto llevaba invertido en un negocio que, por cierto, a él no le gustaba y con el cual seguía en atención a que fuera su padre el que lo iniciara hacía más de cincuenta años. No acertaba a comprender cómo seguía con aquello. Y no era la primera vez que le causaba serios problemas, por lo que pensó: “Esto, definitivamente, se va a acabar hasta aquí hemos llegado; me encuentre lo que me encuentre voy a dejarme de paternalismos y liquidar mi participación, ¡ya está bien!”. Tras una hora, aproximadamente, de camino y antes de llegar a Orihuela, se detuvo en Crevillente con idea de abastecer de gasolina el soberbio automóvil que poseía para los viajes largos y aprovechar para tomar un café: “así me relajo un poco -se dijo, y continuó-: No vaya a ser que el problema sea más grave aún de lo que imagino y acabe perjudicando una salud que no es muy boyante”. De nuevo en marcha y tras otros, aproximadamente, treinta minutos, se detenía ante el gran portalón que daba acceso al recinto. Este se encontraba cerrado aunque se oía un gran vocerío desde la calle, por lo que procedió a tocar el claxon en repetidas ocasiones hasta que en una de ellas salió
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    Fermín, el Portero... -¡Disculpe Vd. señorito! Pero es que el personal está reunido en el patio, y conociendo el sonido de la bocina de su coche, no me dejaban abrir aún a pesar de las protestas del Jefe de Personal -dijo el hombre quitándose la gorra y excusándose al tiempo que no podía evitar el visible nerviosismo-. - ¡Gracias, Fermín! Voy directamente a mi despacho, y dígale a don Casimiro que se reúna allí conmigo, ah, y que les acompañe el Jefe de Personal y el Encargado General. Ya sé que don Marcelo se encuentra en la Feria Textil de Barcelona -dijo arrancando de nuevo, entrando en el recinto y dirigiéndose sin mirar a los obreros, hacia la puerta principal de las oficinas. Una vez saludado tanto por el Director como por el Jefe de Personal y el Encargado General, don Hipólito les preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que ocurre en realidad? Porque la verdad sea dicha don Casimiro, es que por teléfono los nervios no lo dejaban aclararse; suerte que me pilló en un momento en el que estaba libre de todo compromiso -dijo de una forma tan inusual, que a ninguno de los presentes les pasó por alto la frivolidad del comentario, conociéndole como le conocían... - Pues verá Vd., don Hipólito: en esta ocasión se trata de la revisión del Convenio Laboral que, como Vd. y don Marcelo saben, debería haberse resuelto ya hace tres meses, por lo que el personal está poco menos que de brazos caídos a la espera de la reunión prometida hace dos semanas. Ya se lo comenté a su socio antes de marcharse, prometiendo que se resolvería a la vuelta, pero que mientras tanto dejaría arreglado, al menos en parte, el tema de los atrasos, cosa que no ha hecho, ya que cuando llegué a la mañana siguiente a la oficina de Administración no había dejado más que una nota en la que decía que si ocurría algo anormal que lo llamara a Vd. - ¿Cómo que me llamara a mí...? -dijo don Hipólito completamente fuera de sí. - Eso es lo que pone la nota; aquí la tiene Vd. -dijo el Director mostrándole el papel. - ¿Y qué se supone que debo hacer yo? -dijo arrancándole la nota de la mano. - Yo creo, don Hipólito, si me lo permite, que lo mejor que podría hacer Vd. es hablar con los obreros; ellos están ahí y esperan una respuesta que les valga, de lo contrario aseguran que seguirán en la misma tesitura, y no es que hayan dejado de trabajar, que cumplir, están cumpliendo aunque a regañadientes, cumpliendo pero, comprenda Vd. que se encuentran en una situación extrema ya que no cobran desde hace varios meses y su casa lo necesita -dijo don Casimiro mostrando una capacidad de dominio en la defensa de aquellos hombres que a don Hipólito le sorprendió, al tiempo que lo miraba como no queriendo creer lo que estaba escuchando de su propio Director al que suponía que debería estar luchando a su lado, pero sin caer en cuenta de que, posiblemente, él estuviera también sufriendo parte de las mismas consecuencias, por lo que se limitó a decir:
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    - ¡Está bien!Voy a hablar con ellos... - Don Hipólito, antes de ello, me gustaría mantener una pequeña charla con Vd. en su despacho -dijo el Director al tiempo que dirigiéndose al Jefe de Personal y al Encargado General, les hacía una indicación para que les esperaran fuera. Ya una vez en el interior del despacho y cómodamente instalados, el Director tuvo la intención, desafortunada, de querer saber de la familia, pero, don Hipólito lo cortó desairadamente, poco menos que escupiéndole las palabras... - ¡Al grano, don Casimiro, al grano! - ¡Muy bien, don Hipólito! El motivo de haberle pedido este tiempo es porque deseaba tenerle informado acerca de un tema especial que estimo debería Vd. conocer en profundidad y el cual es la base sobre la que se apoya todo este problema que viene sufriendo la Fábrica últimamente, y que no es la primera vez que, al parecer, lo ha sufrido digo esto, porque para mí es la primera, pero es que resulta de que tenemos a un elemento que es el que trae de cabeza a toda la plantilla -dijo esto tan seriamente, que don Hipólito que había sacado una tabaquera con idea de sacar un puro, abortó completamente el movimiento con el fin de poner toda su atención acerca de lo que estaba a punto de oír. - ¡Me dirá Vd. alguna vez de qué o de quién se trata! ¿O tendré que adivinarlo? Porque mire que le da Vd. vueltas a las cosas -dijo cada vez con el rostro más desencajado. - ¡Es que no es tan fácil, don Hipólito, pero claro que lo haré, le pondré en antecedentes de inmediato: como Vd. bien sabe, a mediados de año hubo, por la necesidad de sacar unos excedentes, que contratar mano de obra, pero, como para recibir la compensación o subvención como se le quiera llamar, teníamos que hacer contratos por un periodo no inferior a un año, entre los seis nuevos que ocuparían los puestos de almacenamiento, se encontraba, y aún se encuentra, dado que su contrato continua en vigor, un tal Felipe Menéndez. Pues bien, éste individuo, natural de Alcoy, parece que no ha venido a otra cosa más que a soliviantar a toda la plantilla con sus ideas que, aunque él asegura que son renovadoras, no son más que intentos de que esta empresa: o mejora con mucho la situación laboral en lo que a salarios, horarios y turnos se refiere, cosa que no me creo, o asegura no parará hasta que si ello no se consigue, no tendrán sus prosélitos, inconveniente en seguirle en la seguridad de que en Barcelona encontrarán puestos de trabajo seguro en el rico tejido de la Industria Textil cada vez más floreciente. Créame don Hipólito, ése elemento es muy peligroso y, no sé por qué, no sólo me da mala espina, sino que tengo la impresión de que está tramando algo contra Vd. - ¿Pertenece a algún Sindicato? -preguntó don Hipólito sin dejar de darle vueltas al cigarro puro y que aun no había encendido-. - Si pertenece, no nos lo dio a conocer cuando en su alta le rellenamos la ficha en el Departamento de Personal.
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    - Le estoyescuchando y no hago más que darle vueltas a ese apellido. Dice Vd. que es Menéndez, y además que vino de Alcoy con alguno más. - Sí señor, y la única referencia laboral que podríamos decir que aportó fue la de que había trabajado en unos telares existentes en la localidad de Banyeres de Mariola, donde él vivía temporadas separado de la familia por asuntos de trabajo. Al oír el nombre de este pueblo tan cercano al suyo, la sangre se le coaguló en el cerebro hasta dejarlo temporalmente incapaz de reacción alguna, por lo que el Director se vio obligado a preguntarle si se encontraba bien, ignorante de lo que en ese momento pudiera pasar por la cabeza de uno de sus jefes. -No obstante cambió el interrogatorio e insistió: ¿Acaso le suena el apellido? Al no oír respuesta alguna, cambió de táctica y guardó silencio. don Hipólito seguía mirando hacia ninguna parte; la vista perdida, el puro sin dejar de bailar entre los dedos, y su rostro, aquél rostro duro y grosero parecía una caricatura de la que se desprendía una sonrisa tan difícil de analizar como de llegar a poder obtenerse un resultado. Tan sólo se le oía susurrar: Menéndez, Menéndez... CATORCE
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    La mañana sehabía presentado soleada. Irene desperezándose, echó los pies fuera de la cama, se calzó unas zapatillas con ribetes dorados y se asomó a la ventana: un sol esplendente entraba a raudales aún a pesar de tener los visillos corridos. Los descorrió y se puso a contemplar la ajetreada calle Moratín donde estaba ubicado el Hotel Radisson Blu en el que se encontraba hospedada. Dejó la ventana y se asomó al balcón que poseía el pequeño saloncito. Desde allí no alcanzaba a poder ver los hermosos jardines del Paseo del Prado, por lo que qué pensó: “Lástima no estar más cerca, la vista sería maravillosa”. Descolgó el teléfono y pidió el desayuno. Mientras llegaba la camarera con el servicio, sacó de su bolsa un bote de aceite con esencias del Naranjo. Tenía necesidad de un baño relajante. Fue a abrir el grifo de la bañera justo en el momento que llamaban a la puerta; abrió e hizo pasar a la camarera que portaba una bandeja. Le pidió la dejara sobre la mesita, y una vez sola se dedicó a dar cuenta de aquel magnífico desayuno que se había hecho pedir. Comió con fruición al tiempo que se quedaba sorprendida por el apetito que tenía, sobre todo después de recordar la pesadilla de la pasada noche. Tras haber engullido el segundo Croissant, se quedó con el tenedor haciéndole de flauta sobre los labios e intentando no pensar en lo sucedido. Pero entendió que era demasiado fuerte: “El piso del sendero montañoso repleto de hojarasca estaba flanqueado por dos hileras de álamos blancos, tan juntos entre sí que se le antojaban como paredes de troncos, ya que hasta unos metros de altura todos carecían de ramas bajas. Por él se encontraba paseando cuando aquella espantosa tormenta descargó inmisericorde; no pudo preverla porque aquel soleado atardecer no presagiaba lo que se le había venido encima en cuestión de segundos. ¿De donde llegó? Intentó guarecerse pero no encontró el lugar adecuado, no lo había y además le daban pánico las tormentas, los rayos y sobre todo los truenos, pero, no habían, sólo el aguacero. Las gotas eran tan gruesas que ya le dolía la cabeza; unas gotas que se asemejaban a guijarros y que impulsadas por el viento racheado le iban agujereando el vestido, ora por delante ora por detrás, hasta que de aquellos jirones sólo le quedaba ya la ropa interior. Sin embargo, observaba como aquel viento que a ella le azotaba, extrañamente no tenía la más mínima repercusión sobre la partes más alta de los árboles; las ramas así como sus copas se encontraban completamente aquietadas. Fue entonces cuando le cundió el pánico, se veía desnuda en medio de aquel torrente de agua, en medio de aquel sendero, y se preguntaba una otra vez ¡Dios mío! ¿Cómo vuelvo a la casa? De pronto la tormenta cesó como si alguien la hubiera cortado con un cuchillo, y fue entonces cuando lo vio; le pareció que se filtraba por entre las rendijas de aquella tupida urdimbre cuyas cortezas ahora se desgajaban de sus troncos como si quisieran solidarizarse con ella al contemplarla en su casi desnudez. Se quedó paralizada al verlo. No comprendía de dónde había
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    salido, y sobretodo, qué hacía allí, tan compuesto, tan limpio, inmaculado ¿Acaso a él no le había afectado la tormenta? Con el sombrero de fiesta perfectamente ajustado a su cabeza dio un paso adelante, sólo uno, pero esto hizo que ella lo diera atrás: Si da otro -pensó- no podré retroceder, estoy pegada a los troncos y me estoy clavando sus recias cortezas. Miró hacia uno y otro lado del camino más no veía a nadie. Tenía la esperanza de que a esa hora volviera la gente del campo, pero nada. El terror se iba apoderando de ella ante el temor de que él, Hipólito, su Poli de otros tiempos se le echara encima. Sabía de sus modos y sus genios; por eso no hacía más que pensar en qué le haría allí mismo tras haberse enterado de su abandono sin su consentimiento. ¿Qué le haría? Con los ojos anegados de lágrimas, y aquella recién comenzada niebla cada vez más espesa, a duras penas pudo distinguir los de él inyectados en sangre cuando a grandes zancadas se acercaba cada vez más hasta que, llegando, de un salto se plantó ante ella atenazándola por los hombros, y sin dejar de zarandearla convulsivamente, la rociaba de pegajosas salivas que salían de su boca, mientras la llenaba de improperios e insultos. Sin dejar de darle empellones intentando llevarla hasta los troncos y sin soltarla en ningún momento, notó cómo la dureza de su mano le apretaba la garganta; ya no podía apenas respirar y las piernas se le negaban a mantenerla en equilibrio por lo que reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la rodilla y dándole entre las piernas, el dolor hizo que su cuerpo se arqueara un momento, un mínimo tiempo que ella aprovechó para empujarlo hacia atrás y liberarse de aquella fuerte opresión. Al sentirse libre intentó saltar hacia el centro del sendero con idea de escapar de allí, salir corriendo hacia la casa la cual no distaba mucho desde donde se encontraba, pero qué estaba ocurriendo: daba pasos y más pasos, sin embargo, no ganaba terreno. ¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? Deben de ser estos zapatos de tacón alto que al pisar el alfombrado suelo repleto de hojas secas, y que ahora convertido en un barrizal no me permiten avanzar - pensó- al tiempo que encorvándose, en cuestión de segundos se quitó los zapatos mientras que al mirar de reojo hacia atrás, se dio cuenta de cómo Hipólito ya recuperada su verticalidad, intentaba de nuevo darle alcance. Intentó correr de nuevo más no avanzaba, miraba hacia atrás y, sorprendida, comprendió porqué no conseguía cogerla de nuevo aún a pesar de reconocer que sus zancadas debían ser más largas y poderosas. El motivo era que él cada vez que alargaba los brazos, se resbalaba, como si se deslizara sobre aquella manta de hojas en las que se convertía el fangal una vez que ella adelantaba sus lentos pasos...” El timbre del teléfono sonando sobre la mesita de noche, la sacó de su abstracción devolviéndola a la realidad. Descolgó el auricular y aliviada oyó con inmensa alegría la voz de Carlos. - ¡Buenos días! ¿Cómo estás? ¿Qué tal la noche? - Bien, bueno regular, ya te contaré. Imagino que te encuentras en el Hall del Hotel.
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    - Sí, aquíestoy. - Vale, pues me doy una ducha y en media hora estoy contigo. ¿Sabes? Tengo ganas de verte -dijo con el ánimo ahora muy cambiado. - Yo también tengo ganas de verte. Te espero abajo en la Cafetería. QUINCE
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    Declinaba el solmezclándose entre los encajes de las crestas boscosas cuando a punto de cerrar Álvaro el Estanco, le preguntó a su esposa: - ¿Ha llegado la niña? - En casa no está, ¿por qué? ¿La enviaste a algún recado? - Poco después de abrir le pedí que fuera a recoger al Cosario unas cajas de puros que me habían encargado. El transportista puede haberse quedado a comer en la estación para hacer algunas gestiones por la tarde, pero mira la hora que es... - Puede que si no le dijeras que te corría prisa, igual se ha pasado por casa de alguna amiga, ya sabes cómo es tu hija. Álvaro ya había cerrado, y ambos, él y su esposa se habían internado en la vivienda comentando la tardanza de la hija, cuando sonaron unos golpes en la puerta... - ¡Vamos a ver quién se ha olvidado de comprar tabaco! La sorpresa del Estanquero fue mayúscula cuando al abrir la puerta se encontró ante ella a una pareja de la Guardia Civil, amigos suyos y clientes asiduos del establecimiento. - ¡No me digáis nada! Estáis de guardia esta noche y os habéis quedado sin tabaco. -dijo Álvaro mostrando una hilera de dientes blancos casi perfectos-. - ¡No señor! En esta ocasión te has equivocado. -le dijo el Cabo con una mirada en la que el Estanquero leyó cierta pesadumbre-. - ¿Qué pasa pues? - Se trata de tu hija Matilde. - No me asustéis, pero, ¿qué pasa con mi Matildita? -dijo el padre, ahora ya bastante asustado, pues nunca había tenido una visita semejante-. - ¡Tranquilízate! Tu hija está bien dentro de lo que cabe. Ahora mismo está en la Casa de Socorro y está siendo atendida. El señor Juez también está allí ya que lo ha avisado el Sargento dada la gravedad del caso. - Pero, ¡Por Dios! Dionisio, ¿quieres explicarme de una vez que es todo esto que me estás contando a medias? Al oír aquella conversación tan alterada que se estaba produciendo en el zaguán, Berta, la mujer de Álvaro, salió descompuesta preguntando que qué pasaba, por lo que puesta, en cierta medida, al corriente de cuanto los guardias podían contarles, el Cabo les pidió que los acompañaran hasta el Dispensario, y que allí el Sargento les pondría al corriente aunque, no obstante, los detalles más significativos se los darían ellos, principalmente, porque eran los que estuvieron esa tarde de patrulla por aquella zona. Una vez llegados a la Casa de Socorro, tras ser saludado el matrimonio tanto por el Juez, el Sargento y el Médico, fueron introducidos en el despacho de éste, y una vez tomado asiento, el Sargento a petición del Juez tomó la palabra; sin embargo, antes de continuar, Berta se levantó diciendo que lo primero que quería era ver a su hija. El Médico accedió al
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    tiempo que legarantizaba que se encontraba bien aunque en ese momento estaba sedada en razón del estado de ansiedad que había sufrido en las últimas horas. Ambos padres, al estar junto a su hija la cual estaba sobre una camilla descansando, ya más tranquilos accedieron a seguir con las informaciones que estaban a punto de facilitarles unos y otros. - Pues bien, como les había comenzado a decir, su hija Matilde ha sido víctima de una brutal agresión, aunque sobre los daños corporales causados, quien mejor les puede informar es el Doctor tras el preliminar reconocimiento realizado. - Cuando la pareja llegó trayendo a Matilde sobre uno de los caballos - comenzó diciendo el Médico-, apenas podía responder a lo que yo le preguntaba. Tras entrarla en la sala y acomodarla sobre la camilla, procedí a administrarle un calmante. Se encontraba no sólo asustada y confusa sino muy indecisa, parecía como si no quisiera decir lo que le podía haber ocurrido. Intenté examinarla, pero no consentía que la tocara, por lo que hasta que no le hizo efecto el sedante que posteriormente le administré, no pude ver una serie de hematomas por todo el cuerpo, aunque sin duda alguna, el que más resalta, debido, posiblemente, a la fuerza del impacto, y del que deduzco fue producido por un puñetazo en sus intentos resistentes con el fin de parar a la bestia que la estaba violentando, es el que presenta en el mentón. Las manchas de sangre seca que han podido observar son el producto de un brutal y agresivo desgarro vaginal producido por las repetidas violaciones, y que tras el profundo examen al que será sometida en el Departamento de Ginecología del Hospital Comarcal, esta misma noche tendrán la más exhaustiva información acerca de los resultados obtenidos. - Pero, ¿Quién ha podido hacerle esto a mi niña? ¡Por Dios! -dijo la madre que no paraba de llorar mientras escuchaba en silencio al Médico-. - Sobre ello aún no sabemos nada, señora Berta. Pero no se preocupe porque vamos a encontrar al causante o causantes de este criminal atropello, de eso no le quepa la menor duda. Mañana temprano nos desplazaremos al lugar junto con los especialistas del Departamento de Criminología de Alicante, a los que hemos dado aviso para estar presente en el rastreo e investigación del lugar. Ahora no se puede hacer nada porque, aunque llevemos linternas, lo único que haríamos sería destrozar alguna prueba evidente que nos pudiera llevar a posibles y seguras pistas -dijo el Sargento al tiempo que dirigiéndose al Juez: - ¿Le parece a Vd. señor Juez que la pareja le cuente cómo fue hallada Matilde por ellos a la vuelta de la ronda que se suele hacer diariamente por el pantano? Más que nada por su tranquilidad. - No hay inconveniente, siempre y cuando lo que ellos relaten no salga de este despacho, ¿conforme? -dijo el Juez no muy convencido, por cierto, de hacer público, aunque sólo fuera a los padres, de lo que más tarde pertenecería al secreto del sumario que él mismo habría de expedientar.
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    - ¡Adelante, caballeros!-dijo el Juez muy solemne tras un breve silencio. -Pues verán Vds., comenzó a decir el Cabo: “Apenas habíamos alcanzado la loma enriscada de aquella parte de la sierra, y en llegando hasta lo alto, donde se encuentra el Eucaliptal, fue mi caballo el primero que me dio una especie de aviso al ver cómo levantaba las orejas, por lo que puse especial atención, ya que estos animales se comportan de esta manera cuando observan algo extraño. En ese preciso momento avisé al compañero diciéndole: Me ha parecido que algo se movía detrás de uno de los troncos más gruesos de los eucaliptos allí existentes. Dejamos las monturas, y, fusiles en ristre nos dirigimos hacia el lugar, pensando que pudiera tratarse de algún venado de los muchos que hay por la zona, y más aun a esa hora de la tarde, o bien, que pudiera tratarse de algún miliciano de los muchos que también no nos faltan por la sierra. El caso es, señores que, cuando nos acercamos, lo que pudimos comprobar fue que se trataba de una muchacha, una joven que, semidesnuda, ya que la ropa no se la observaba en muy buenas condiciones, estaba intentando esconderse a nuestra vista o paso. Cuando nos acercamos ella se encontraba muy asustada y con una gran piedra en la mano. Intentamos calmarla, asegurándole que no íbamos a hacerle ningún daño, al contrario, que íbamos a ayudarla. La pobre estaba deshecha, muy aturdida y sin capacidad de reacción hasta que se dio cuenta de nuestros uniformes, -pienso yo- porque sólo entonces salió de detrás del árbol y dejándose ver, aunque tapándose cuanto pudo, dejó que nos acercáramos a ella. Preguntada por lo que le podría haber sucedido no quiso decir nada. No obstante se dejó llevar por nuestra ayuda cuando le echamos uno de nuestros capotes a modo de abrigo, y subiéndola a uno de los caballos pudimos traerla hasta el Dispensario y dejándola en manos del médico. Y eso es cuanto le podemos decir, al menos yo, si mi compañero quiere aportar algo que a mí se me haya escapado...” No hay más, señores, el Cabo ha relatado todo cuando vimos e hicimos -dijo el número asintiendo con la cabeza. DIECISEIS
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    Pasadas las tresla tarde y agotado ante las muchas discusiones sostenidas con los empleados, sin llegar a ningún acuerdo, aunque con la promesa dejada de que todo se arreglaría en unos días, Hipólito salía de la Fábrica sin tan siquiera haber almorzado, por lo que llegado a una de las ventas de Crevillente decidió hacer una parada y comer un plato de arroz y mondongo, tras el cual y después de deleitarse con alguno de los típico dulces de la comarca, se entretuvo en visitar a un buen colega; en este caso se trataba de Anselmo, antiguo amigo con el que de vez en cuando hacía algún negocio dado que éste se dedicaba a la manufactura y venta de alfombras, además de su exportación fuera de la península. Anselmo tenía tienda y almacén al público en Crevillente, en el barrio de la Estación. Cuando llegó ya estaba abierta la gran exposición y tienda con todo tipo de alfombras. Entró y de inmediato le dijeron dónde se encontraba su amigo, pues todos conocían de la amistad y los negocios que ambos se traían de vez en cuando entre manos. Ambos se saludaron efusivamente al tiempo que Anselmo lo hacía pasar a su despacho desde donde, y a través de un interfono pidió que les trajeran café. Entre un cigarrillo y otro, se pusieron al corriente de los problemas que venían acuciando a ambos empresarios por culpa de unas estratagemas de fabricación, más que comerciales, según Hipólito, y que se estaban gestando a gran escala por las textiles catalanas. Una vez más, Anselmo recibía las gracias por parte de su amigo acerca de cuando en cierta ocasión lo salvó de haber tenido que pasar mucho tiempo en prisión, gracias a que él lo encubrió chantajeando a uno de los mandos, del que tenía conocimiento de cierta tendencia sexual, cuando en una de sus muchas ausencias del cuartel y en una reyerta nocturna había estado a punto de matar al novio de una de las camareras que trabajaban en el bar donde habitualmente iba todos los fines de semana, y que aquel en el que ocurrió el percance él no apareció en varios días. Anselmo lo había tenido escondido durante unos días en una casona que su familia poseía en Algars, ya que no sólo era buscado por el ejército ante su ausencia aquel fin de semana en el que no regresó al cuartel como era normalmente su costumbre, sino que también lo buscaba el novio de Antonia que así se llamaba la camarera. Ramonet, como era conocido, se dedicaba a la pesca en Valencia y en la que empleaba periodos de tiempo en los que cuando se ausentaba, Hipólito aprovechaba para, sin perder un minuto, esperarla a la salida. Ella que también se dejaba querer dadas las circunstancias, en razón de los regalos que habitualmente recibía, no se dio cuenta esa noche de que, tras el soplo recibido por uno de los parroquianos amigo suyo, Ramonet los estaba esperando a la salida del Bar, por lo que al contemplar los arrumacos de la pareja optó por acercarse de forma tal que, cuando Hipólito se dio cuenta tenía el filo de una navaja albaceteña pegada a su cuello mientras que con la otra mano lo atenazaba por el brazo impidiéndole cualquier movimiento. Lo que no esperaba Ramonet es que ante la sorpresa, Antonia
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    debido al sobresaltohizo que Hipólito pudiera soltarse al tiempo que al otro se le caía de la mano la navaja, momento este que aprovechó Hipólito para sacar su pistola, disparándole un tiro. La semioscuridad de la noche, cómplice de la cantidad de alcohol ingerido, hizo que no hiciera el blanco deseado por lo que Ramonet tan sólo sufrió un rasguño en el costado. Al oír la detonación, parte de la clientela aun en el bar a esa hora salió, y viendo a Antonia inclinada y abrazada a Ramonet, se pensó lo peor, por lo que en la camioneta de uno de ellos lo trasladaron al Hospital donde pudo encubrir el rasguño ante el facultativo de guardia aludiendo que se había enganchado con unos alambres. Tanto el acompañante como Antonia no dijeron nada en contra por lo que una vez curado volvió sobre sus pasos, y en esa ceguera venganza comenzó a buscar a Hipólito el cual, como era natural, ya no se encontraba en el lugar de los hechos. Tras el incidente, se había dirigido a la casa de Anselmo donde lo encontró, ya que él no era amigo de pasar fuera el fin de semana. Así que cuando lo vio y escuchó cuanto le relató diciéndole además que habían algunos testigos, el amigo moviendo la cabeza, dando a entender que aquel era un feo asunto, tomó la determinación de que no saliera de su casa hasta que él, no sólo moviera unos hilos sino que diera una vuelta por el bar a ver cómo estaban los ánimos. Afortunadamente para el Alférez aquello quedó solucionado gracias a la intervención de su amigo Anselmo. Ambos, con el transcurrir del tiempo no dejaron de estar unidos, primero por el ejército y más tarde por los negocios, aunque a decir verdad, Hipólito jamás conseguiría que Anselmo lo acompañara a alguna de sus juergas: siempre prefirió quedarse en el hotel cuando asistía a la Feria Textil o bien a cualquiera de las muchas reuniones de empresarios a las que solían asistir siempre juntos. Anselmo, un año más que él, y Cabo Primero cuando Hipólito era Alférez por la Milicia Universitaria, no paraba de darle consejos acerca de sus peligrosas correrías, a las que asistía llevando consigo siempre aquella pistola Astra del nueve corto y que su padre le habría regalado. Tras tratar todos los temas que pudieron ocurrírseles a ambos ya que hacía algún tiempo que no se veían, Hipólito miro el reloj, y levantándose le dio un abrazo a Anselmo el cual salió a despedirlo no sin antes recordarle que tenían pendiente el viaje a Barcelona con motivo de la Feria Textil del próximo mes. Hipólito asintió con la cabeza quedando en hablarse en la víspera con objeto de ir juntos. Ya en el coche, arrancó y tomó el camino de vuelta hacia su casa. Aunque recordaba cada momento del buen y agradable rato pasado con su amigo Anselmo, no dejaba de darle vueltas a algo que le martilleaba la memoria de forma continua: Menéndez, Menéndez... Caía el sol cuando dejaba el coche en el interior de la cochera.
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    Ya había puestola llave en la cerradura cuando se abrió la puerta. - ¡Hola! Te he oído llegar. Qué tarde, ¿no? Imagino que habrás tenido muchos problemas en Orihuela. ¿Me equivoco? -dijo doña Clara que había salido a recibirlo, y en cuyo rostro aun se veían claramente restos de una sonrisa llena de esa ironía que, al parecer, iba a tardar mucho tiempo en que la fuera a dejar marchar. - Lo cierto es que sí; problemas y graves, pero de ellos ya hablaremos mañana; ahora estoy muy cansado, sólo deseo darme una ducha y bajar un rato al despacho que aún tengo pendiente el correo de ayer y el de hoy. - Te preparo una copa y te la subo -dijo la mujer, cuya amabilidad a Hipólito no le paso desapercibida ya que este detalle en ella lo consideraba un tanto extraño -pensó- en años dos veces ha deseado prepararme una copa... Cuando bajó lo hizo con su bata de casa, cosa que a doña Clara le cogió de sorpresa pues siempre se vestía para cenar, y en ese momento ella le decía que dejara el despacho para más tarde, ya que se había entretenido mucho y era la hora de la cena. El entretenimiento estaba meridianamente claro, no acababa de quitarse de la cabeza aquél apellido...Menéndez, Menéndez. Terminada la cena se metió en su despacho. Se acercó al mueble en el cual tenía las bebidas y se preparó un Whisky. Ya sentado tras un hermosa mesa de Caoba labrada y que fuera de su padre, tomó la cajita cigarrera y encendió un cigarrillo. Al pie de la lámpara verde de estilo inglés que daba luz al escritorio tenía una bandejita para uso exclusivo del correo pendiente de abrir. Cogió el abultado número de cartas y fue examinando los remitentes uno a uno. Al reparar en uno de ellos pensó: ¡Qué extraño! ¿Quién será esta gente? “Parra y Claramunt Textiles del Mediterráneo”. Abrió el sobre con el abrecartas; sacó varios folios y comenzó a leer... Cuando terminó de leer solo: ¡Querido Poli!, tanto se llenó de asombro que el cigarrillo que tenía entre los dedos de la mano derecha se le cayó sobre la bata con lo que el sobresalto hacia atrás se podría decir que fue por partida doble. No obstante, ya recuperado siguió leyendo hasta que, cuando llegó al final... ¡La mare que la parí...! ¡Per ma mare que te trobaré! No pudo evitar que esta expresión le saliera en el más puro Valenciano como si ello diera más fuerza aún a la misma; lengua ésta que aunque hablaba perfectamente, debido a sus relaciones comerciales con sus congéneres del gremio, prefería siempre hacerlo en castellano por la mucha variedad de empresas textiles y talleres auxiliares con las que trataba por toda España. ¡La madre que la parió! -dijo ahora en su lengua materna, por segunda vez echando los folios sobre la mesa y encendiendo un nuevo cigarrillo al tiempo que de un trago se tomaba todo el Whisky que se había puesto. No fue suficiente, pues inmediatamente se levantó y de nuevo se sirvió otra buena dosis, la cual volvió a apurarla. De nuevo se sentó. Contempló los folios, y mascullando algo entre dientes descolgó el auricular y marcó un número. Mientras se sucedían los primeros tonos pensó: “Aunque es tarde
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    es muy posibleque David aún se encuentre en su despacho; creo recordar que es la hora en que junto con su socio comentan acerca de las investigaciones llevadas a cabo durante la jornada, y analizar resultados”. A la quinta señal de llamada una voz masculinamente grave, aunque joven y nítida se dejó oír... - ¡Dígame! - ¿David? -preguntó ante la duda de que pudiera haber descolgado el teléfono el socio ya que ambos, a través de la línea, se dejaban sentir con el mismo timbre de voz, y con la experiencia vivida de que en una ocasión ya se confundió, no se fió-. - Sí, ¿Quién es? - Soy Hipólito, David, Hipólito de la Torre, -dijo ahora dando una larga y profunda calada al cigarrillo en señal de tranquilidad, y encontrando en ella, al parecer, la tranquilidad que necesitaba de hablar con su amigo el Detective-. - ¡Caramba, Hipólito! Ya hacía tiempo que no hablábamos ¿Y cómo estáis? -preguntó el Detective mostrando el afectuoso saludo de dos amigos que mantienen buenas relaciones amistosas desde hace años. - Bien, todos estamos bien, a Dios Gracias. Y tú, ¿cómo estás? - Bien, muy bien y con mucho trabajo. En estos tiempos que corren ya te puedes imaginar, estamos haciendo un poco de todo, pero chico, que remedio, hay que adaptarse a las necesidades del día a día; a veces lo que les fastidia a la sociedad en general a nosotros nos suele favorecer, tú ya me entiendes. - Ya lo creo que te entiendo, aún me acuerdo del último trabajo que hicisteis para la empresa cuando os encargamos la vigilancia de aquél Contable que nos estuvo, por decirlo de alguna forma, sisando todos los fines de mes, cantidades que, si bien se demostró eran insignificantes, nunca supimos cuanto tiempo estuvo haciendo el juego de números y materiales del más común de los usos en la Fábrica. Al final aquello resultó hasta anecdótico. - Me acuerdo, y en más de una ocasión lo hemos comentado, entre risas, cuando nos ha surgido algún que otro trabajito semejante. No vayas a creerte que el tuyo fue el único en la historia de la Investigación, que esto suele suceder muy a menudo. Hay gente muy lista que en lugar de desfalcar grandes cantidades, son como hormiguitas; pequeñeces que a veces son como la gota de agua, duran años y nadie se da cuenta por la importancia de las cantidades. Pero bueno, ¿a qué debo el honor de esta llamada? porque supongo que no me habrás llamado para felicitarnos por las navidades, aún falta... - No, no se trata de eso. Se trata de hacerte un nuevo encarguito, pero para ponerte al corriente necesito mejor hacerlo personalmente; dime cuándo estarás disponible un día: voy a Madrid, nos vemos, almorzamos juntos y te cuento de qué va todo ello, ¿te parece? Es que es un tema que no quisiera tratar por teléfono, hay una pequeña historia, por decirlo de alguna forma, un
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    tanto delicada. - ¡Conforme,Hipólito! Dame unos días y te llamo, ¿cómo lo ves? - Bien, de acuerdo, David, espero tu llamada. Adiós, hasta entonces. Buenas noches y gracias. DIECIOCHO
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    Tras colgar elauricular, y ya más tranquilo, encendió un nuevo cigarrillo y paseó la mirada nuevamente por aquellos folios. Ciertamente estaba mejor, no obstante, volvió a releerlos y acomodado se dijo: “A ver si David me llama pronto y me da buenas noticias, aunque pensándolo bien, también yo haré algunas averiguaciones por mi cuenta; no sé, igual de momento lo dejo todo en sus manos, es un buen Detective”. “Aún recuerdo la noche en que lo conocí. Me sorprendió enormemente cómo sin saber quién era yo, me echó una mano que de no haber sido por él, me atrevería a decir que le hubiera ocasionado un gran disgusto a la familia, ya que no hacía un mes que me había casado cuando el primer viaje por asunto de negocios que hice a Toledo, y después de visitar a los abuelos en Madrid, al salir de aquella sala de fiestas ya bien entrada la madrugada me encontré en la puerta con Pilar, porque se llamaba Pilar, aunque curiosamente no era Maña: tampoco todas las mañas tienen porqué llamarse como su Patrona. Lo cierto es que ella, una profesional del alterne, y en la que aún hoy me pregunto cómo en todo el tiempo que estuve viendo el espectáculo no reparé en ella, estaba allí, al igual que yo, esperando un taxi. No puedo negar que me encontraba un poquito colocado, pero yo he aguantado más de lo normal según me dijeron siempre aquellos que me conocieron. Aquella noche lo llevaba bien, y es por eso que cuando llegó el taxi, al explicarle que yo también lo esperaba y que a esa hora ya no quedarían muchos servicios disponibles, le ofrecí compartirlo. Al principio me dio la impresión de una cierta teatralidad al mostrarse un tanto remisa, detalle este que me confundió en cierta medida, pues había que ser poco de la noche para no darse cuenta de la historia que podría haber detrás de aquel exuberante cuerpo, aquellos turgentes pechos que parecían querer escaparse por el bondadoso y bronceado escote, aquel perfume, aquella forma de moverse, aun encontrándose parada allí en la acera, y además su estudiada expresión verbal, no obstante aceptó y ya en el coche le pregunté dónde quería que la dejara. Mi sorpresa, porque nunca dejarán de sorprenderme las mujeres, fue el que me dijera que porqué no en su domicilio donde, si me apetecía, podría tomar la penúltima copa, o desayunar con ella por la mañana. No lo dudé un momento por lo que le dije que le diera la dirección al taxista, a lo que ella misma me contesto que no hacía falta: él sabía perfectamente donde vivía. Ya en el Paseo Merchán, el conductor detuvo el taxi, y una vez fuera de él, atravesamos la calle y entramos en un edificio de dos plantas y estilo Regionalista bastante lujoso en cuyo Hall había un Conserje el cual saludó a la mujer respetuosamente. Subimos, y tras recorrer un pequeño pero delicioso y alfombrado pasillo, que me hizo reparar en los dibujos ya que eran muy semejantes a los que trabajaba mi amigo Anselmo, entramos en un magnífico Apartamento que, bien se podría decir, por fuera no era lo que por dentro. Ella me indicó el lugar en el que se encontraba el bar, el cual disponía no sólo de un pequeño frigorífico empotrado, sino de una barra con varios taburetes altos perfectamente tapizados y decorados con motivos florales.
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    Estaba abriendo elarmario de cristales biselados y color nieve donde se guardaban las bebidas cuando de repente la oí gritar. Aquel grito, más que grito alarido, hizo que me volviera sobresaltado hacia el pasillo por donde ella llegaba hasta el minibar con la cara totalmente descompuesta, y señalándome la puerta por donde acababa de salir. Histérica y fuera de sí me agarró por el brazo y tiró de mí con idea de que me acercara. No paraba de gritar enloquecida y llorar de forma estruendosa. Cuando me acerqué y me asomé a la estancia, que era al parecer, su dormitorio, un individuo, completamente desnudo, se hallaba tendido boca abajo sobre un charco de sangre seca que abarcaba casi la total superficie de la cama. Aquél hombre tenía varias manchas de sangre ya coaguladas en la espalda, de lo cual extraje la conclusión de que se trataba de varias cuchilladas asestadas con saña, a diferencia de una de ellas en la que se encontraba aún un cuchillo clavado casi hasta el mango, de lo que pude deducir que no era de grandes dimensiones, aunque sí de un tipo de hoja bastante ancha. Me quedé unos momentos mirándolo, sin saber qué explicación podría tener aquella situación en la que me encontraba. La mujer sentada en un rincón de la habitación y, tanto la cabeza como la cara metida entre las rodillas, no paraba de decir entrecortadamente entre por los nervios y los temblores que a simple vista se le notaban: -esto tenía que suceder algún día, esto tenía que suceder algún día. No lo dudé un sólo instante. Me dirijí hacia la puerta con idea de escapar de allí antes de verme comprometido en semejante situación, la cual no me convenía llegara a conocimiento de mi familia de ninguna de las maneras. Como loco bajé la escalera, al igual que el pasillo, lujosamente alfombrada, pero allí ya no me detuve a contemplarla, todo mi afán estaba en alcanzar la puerta de la calle. No pude llegar porque justo en ese momento era abierta, en razón de que el Conserje había apretado el interruptor de apertura al reconocer la llegada de la policía a la que él previamente habría avisado tras oír los gritos provenientes de uno de los apartamentos. Dos hombres vistiendo ropa informal, aunque uno de ellos llevaba una gabardina de color marrón claro, entraron en el momento en el que intentaba alcanzar la puerta. El de la gabardina me sujetó por el brazo al tiempo que el otro me instaba a que me sentara en el sofá de cuero moteado que había en la parte derecha del Hall, y justo enfrente de donde el Conserje tenía su pequeño mostrador. De complexión fuerte y mentón cuadrado aun a pesar de que se le veía joven, el policía lo primero que preguntó fue la razón de aquella carrera para salir del edificio. Tras una respuesta sincera ya que otra no cabía, el otro policía le preguntaba al Conserje, éste no llegó a dar respuesta ya que don Hipólito los conminó a que lo acompañaran al apartamento. La puerta aún seguía abierta cuando llegaron por lo que no hubo necesidad de llamar. La mujer, Pilar estaba aún en la misma postura cuando los dos policías entraron en el dormitorio. Lo primero que el de la gabardina, de nombre David, preguntó, tanto a la mujer como a él, fue que a que hora
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    habían llegado ydescubierto el cadáver. No llegaron a contestar ya que por ellos lo hizo el mismo Conserje que también, abandonando su puesto en razón de la hora y sabedor de que todos los propietarios estaban en sus apartamentos, los había seguido escaleras arriba, con idea de estar al corriente de lo que allí podía haber sucedido: esto como es natural, ha sido siempre propio de conserjes y porteros o porteras. Tras esta espontánea declaración, el policía de la gabardina, dada su experiencia y conociendo lo que allí se podría haber cocido, una vez comprobado el estado de la sangre con relación a la hora en que, según el Conserje habían llegado, dirigiéndose a don Hipólito le recomendó que se marchara. No obstante, le sugirió que le dejara una dirección o número de teléfono con el fin de ponerse en contacto con él llegado el caso, aunque le aseguró de que, posiblemente, no haría falta,. Aunque nunca se sabe -dijo con un tono de amistad que nunca llegué a entender-: Años más tarde, quizá sí. Pasados treinta minutos, con la llegada del Equipo de la Policía Científica, y tras realizados todos los trámites habidos y por haber, el cadáver era trasladado al Hospital Tavera, donde le realizarían la correspondiente autopsia”. DIECINUEVE Aquella noche, en una fiesta en el Wellington a la que habían sido invitados por la Comisión organizadora de un Certamen Cinematográfico Internacional, en la cual se daría a conocer el mejor guión para la película que patrocinarían diferentes cadenas de la TV. , Carlos le insinuó algo al
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    oído, e Irenelanzó una pequeña carcajada que a él le pareció tan deliciosa como cristalina... - Oh, déjame reflexionar. Eres un devoto convencido de tu propio poder de persuasión -dijo Irene con cierto aire enigmático. Nunca le habían sonado aquellas palabras mejor en su vida; incluso en ese momento decidió que estaba dispuesto a creer en ello, si era ella quien se lo decía. Aquella, para él nueva Irene, tenía una particular forma de hablar, pues arrastraba las i griegas y las jotas de manera singular; además poseía un fuerte acento del sur que trataba de, por estar en Madrid, enmascarar, lo que la hacía dar a las frases una seductora entonación. - Sin duda lo sería si me lo pidieras. -contestó él. De nuevo Irene rió con lo hiciera anteriormente. - Eres galante, pero te advierto que no soy dada al proselitismo -dijo ella con un leve susurro propio del momento en que ya se han tomado algunas copas de Champán-. - Podrías hacer algo mejor; declara abierta y directamente esa persuasión y tendrás cuantos seguidores te propongas, pero recuerda que yo siempre seré el primero, y espero que único. - Ah, está claro que después de tanto tiempo aún recuerdas mis debilidades -dijo Irene guiñando un ojo. - Puedes estar segura, si no, el que no hubiera podido olvidar habría sido yo. Ahora fue Irene la que se detuvo para prestarle más atención y mirándolo con calculado disimulo, gesto este que a ella le encantaba pues dejaba un soplo de misterio en ello. - Y sin embargo recuerdas mi nombre, cuando durante tantos años sólo fui conocida y tratada por ti en nuestras conversaciones telefónicas como Marina. No sabes cómo me halagas con cada una de tus frases. - Marina, ¡Qué nombre más hermoso! - Carlos. Qué nombre más singular y, sin embargo, cuánto me gusta. - dijo de una forma que manifestaba coquetería. Al oír su nombre una vez más en sus labios, le pareció que nadie lo había pronunciado igual en su vida. Así debería sonar en labios de una diosa que lo esperara con los brazos abiertos al visitar el Paraíso -Pensó. - Es de origen sureño; de Andalucía. Tú también eres del Sur, ¿Verdad? - ¿Qué te hace pensar eso? -contestó ella enterneciendo algo el semblante. - Tu acento. Ante los demás casi consigues enmascararlo, pero yo lo noto; al fin y al cabo también soy de allá abajo. - Yo no soy de ninguna parte y soy un poco de todas -replicó ella mostrándose ciertamente enigmática. - No lo dije con ánimo de molestarte. Creo que el acento del Sur de España es el más bonito de todos; además no recuerdo exactamente el nombre de aquél que dijo que el Andaluz era la lengua más completa y mejor
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    hablada del país;y además es el mío qué caramba. - Tú, desde luego, no tratas de disimularlo. - ¿Para qué? La gente con la que normalmente trato no le da importancia al hecho. - ¿Y cómo es ésa gente con la que tratas? -preguntó ella divertida-. - Con la que nunca viene a fiestas como esta. - ¿Y, entonces tú porque has venido? - Creí que te había dejado claro que si acudía a este tipo de fiestas era sólo y exclusivamente por ti; ya sabes que ni tan siquiera sé bailar. - Pues yo ya sabes que he comenzado a frecuentarlas de nuevo después de tantos años ausente de ellas. A ellas suelen acudir gentes que, dentro de la profesión, son muy interesantes para mi; gente muy influyente, ya sabes... - Lo entiendo perfectamente. - Seguro que sí. - Te equivocas. Conozco lo tortuoso que son los caminos. Pero debo reconocer que el acompañarte ha sido una experiencia de lo más adorable. Irene lo miró un instante, muy fijamente, a los ojos, con una expresión picarona que Carlos no pudo determinar, pero que le hizo sentirse inmensamente feliz. - Estas fiestas al principio resultan muy interesantes, como ya comprenderás, pero al final terminas por cansarte de ellas; a veces son aburridas porque siempre acude casi la misma gente. La alta sociedad de Madrid se apunta a todo por lucirse, Y en ellas te encuentras dos tipos de sociedades: esa que te he comentado y la de la gente que pertenece al espectáculo, por lo que en el primer grupo están los pertenecientes a un círculo muy cerrado, siempre o casi siempre restringido para todos los que no comulgan con ellos. El de la gente de mi profesión, principalmente, es el que suele darle una movida alegre. - Pero tú siempre eres muy bien recibida, y mucho más aún en esta que es muy especial, pues no en vano esta relacionada con el cine. - En el fondo son como la gente que tú conoces. Ellas envidian cómo conservo mi belleza, y ellos se vuelven locos por disfrutar viéndome, y eso lo observo en la forma en que me miran, pero yo no pertenezco a más círculo que al mío, y les utilizo en mi provecho y en el de más de alguna que otra de mis compañeras y compañeros de profesión. - Hablas hoy de una forma muy misteriosa, como si tu corazón fuera tan extraño que es imposible de acceder a él -dijo Carlos un tanto preocupado. Irene rió de nuevo, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos. - ¿Corazón? Yo creo que lo dejé en el camino hace muchos años. Me lo quemaron de tal forma que nunca más creí volver a sentirlo; por eso dejé de pensar en hacer y hacerme promesas e ilusiones. Desde hace un año aproximadamente venía pensando en que el que quisiera conocerme debería estar dispuesto a darme cuanto le exigiera -dijo regalándole la más
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    acariciadora de lassonrisas que Carlos había recibida nunca-: Déjame tus manos -dijo ahora mirándolo, y con una voz tan dulce que Carlos sintió un estremecimiento. Carlos se las ofreció en un gesto de sumisión. Irene las tomó entre las suyas acariciándolas con una suavidad que lo sobrecogió. Carlos recordó al instante lo que le dijera hace una semana su compañero y también abogado Julio Muñoz: “El día menos pensado esa mujer te va a dar la sorpresa de tu vida; acuérdate de mí cuando llegue el momento; te va a ganar: no hay más que ver cómo te mira”. Se dejó llevar mirándola a los ojos, y lo que vio en ellos hizo que su corazón se pusiera a galopar como un potro desbocado pues hubo un momento en el que creyó que acabaría saliéndosele del pecho. - Tus manos... ¿Tiemblas, Carlos? -le dijo comprometiéndolo de tal forma que él no acertaba a encontrar la respuesta adecuada. Un río de sangre caliente le corría por las venas como si fuera un caudal de lava volcánica imposible de detener en ese momento. - Tiemblo, Irene. Esto que me está ocurriendo no lo he experimentado en mi vida, y no quiero pensar en que esta noche no sea más que una escena de las muchas que a lo largo de tu carrera has rodado para alguna película, y que pasado el momento alguien dirá: ¡Corten! Y todo se esfume. Pero ya me conoces, mi profesión como Abogado hasta en esta ocasión me ayuda diciéndome: ¡Carlos, has de ser paciente, aunque te cueste! La experiencia le decía a Irene que lo que estaba oyendo, nacía de lo más profundo de aquél hombre con el que había tenido tanta relación en la distancia, y que ahora junto a ella le hacía sentir con más fuerza lo que venía arrastrando desde algunos meses atrás, por lo que se preguntaba: “¿Acaso no se da cuenta de que mis manos tiemblan como las suyas?” VEINTE Con la llegada de la Ambulancia, Matildita fue trasladada al hospital en el que tras un exhaustivo reconocimiento, pasó a observación aquella misma noche. Al día siguiente y a la vista de los preliminares estudios radiográficos y analíticos, se procedería a la intervención Quirúrgica que requería el desgarro. Y así fue, la muchacha fue intervenida con éxito según le comunicaron a sus padres los tres componentes del equipo de Cirugía,
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    informándoles seguidamente deque si bien era verdad que el daño había sido bastante grave, dada su edad no le quedarían secuelas, con lo que en un plazo no muy largo podría reanudar su vida normal. Con la permanente compañía de sus padres, Mati estuvo ingresada varios días en los que diariamente fue asistida por una Médico Psicóloga, la cual la encontró desde el primer momento sufriendo un episodio de Ansiedad como no había tratado otro igual a lo largo de su vida. Debido a ello se volcó con ella, y mediante la Terapia y fármacos adecuados, consiguió estabilizar el equilibrio mental deseado al cabo de dos semanas. El Doctor que la estuvo tratando durante todo ese tiempo recibía diariamente la visita de la Policía Científica, al objeto de interrogar a la muchacha con el fin de poder obtener las primeras pistas con las cuales comenzar a trabajar en la investigación del caso, ya que a la mañana siguiente del suceso y aunque acordonada la zona en un perímetro de cincuenta metros, no pudieron hallar el más mínimo indicio acerca de quién realmente pudo ser el causante o los causantes de tan cruel agresión. A la mañana siguiente y tras una nueva visita de los dos inspectores, el Doctor los hizo pasar a su despacho, al tiempo que por el sistema de comunicación interior del Hospital se ponía al habla con la Doctora Celia rogándole que se reuniera con él. Después de más de una hora de deliberación acerca de la necesidad de que Matilde les contara algo, acordaron que, sin excederse en demasía y con ella presente, por supuesto, podían verla al día siguiente por la tarde ya que estimaba era la hora en la que mejor se encontraba. Sobre las seis de la tarde y acompañados por la Psicóloga, los dos inspectores entraron en la habitación. Le rogaron a los padres que los dejaran solos con el fin de que la muchacha no se sintiera cohibida a la hora de narrar un hecho que de por sí, la Facultativa advirtió en sus charlas diarias, aún le hacía encontrarse en una violenta situación. Los padres pusieron cierto reparo, aunque confiando en cuanto le decía el que, al parecer, era el Inspector Jefe, convencidos marcharon hacia la sala de espera al aguardo de noticias. Una vez solos y junto a la cama en la que se encontraba Matilde, la Psicóloga le informó del motivo de la visita, así como de quiénes eran aquellos señores que deseaban hablar con ella. Seguidamente tomó la palabra el Inspector, el cual al notarla en exceso nerviosa, mirando a la Psicóloga y ésta asintiendo con la cabeza, continuó. - ¡Hola, Matilde! ¿Cómo te encuentras? -dijo mostrando una sonrisa encantadora en la cual se podía apreciar cierta familiaridad, pero que no hizo efecto alguno en la muchacha, la cual no contestó, limitándose a mirar hacia la ventana. - Nos ha dicho la Doctora que ya estás mucho mejor, -y continuó insistiendo: aunque nos gustaría que eso nos lo dijeras tú, ya sabes, los médicos, muchas veces, lo ven a uno de una manera cuando no es así, no obstante yo, particularmente, te veo muy bien. ¿No es así?
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    La joven continuabamirando a la ventana aunque de vez en cuando reparaba, fugazmente, en ambos hombres. Tanto los dos como la misma Doctora, no fueron ajenos a una lágrima que rodaba sin control por la mejilla de Matildita, por lo que ambos agentes se miraron, y haciéndose una seña propia del oficio, continuaron insistiendo, seguros de que al parecer, la chiquilla era absolutamente consciente de que aquella situación en la que se encontraba era una situación a la que tendría que enfrentarse tarde o temprano y de la que no tenía la menor duda que no podría escapar es por ello que los dos inspectores sabían que habrían de seguir insistiendo ya que estaban a punto de poder comenzar con el tan necesitado interrogatorio. - ¿Quién o quienes te hicieron tanto daño, Matilde? - No lo sé -dijo sin dejar de mirar hacia la ventana, eludiendo la mirada inquisidoramente familiar del Inspector. - ¿Acaso no lo recuerdas? ¿Es eso lo que quieres decir? Nos gustaría saber, al menos, si fue un hombre sólo o había más de uno. - Le repito que no lo sé... Quizás fuera uno sólo que me golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento. - ¿En la cabeza dices que te golpearon? Según el Médico que te atendió la primera vez, así como la exploración posterior en el Hospital, no dice nada de ningún hematoma en la cabeza. - Me daría con algo que no dejara señal. - Matilde, la cabeza es muy delicada cuando recibe un impacto que a la persona le hace perder el conocimiento, por lo que es muy difícil hallar un objeto que cumpla las dos funciones. - ¡Pues yo no lo sé! -dijo ahora en un tono ciertamente enfadado. - Bueno no te enfades, aquí estamos intentando averiguar qué fue lo que te pasó. Debes de comprender que todo esto es necesario. Sólo lo hacemos con el fin de poder ayudarte. Tan sólo sabemos cuándo fue, pero del resto no sabemos absolutamente nada. ¿Te parece bien qué nos dijeras que hacías allí a esa hora y si estabas sola? -insistió de nuevo sin abandonar la sonrisa con el fin de que, al mostrarle confianza, la muchacha se abriera. - No recuerdo haber ido allá- dijo manteniendo firme la mirada. - ¿Es posible que hayas perdido la memoria? Mira, podíamos empezar a recuperarla si nos dijeras qué pasó después de salir del Estanco, ya que, según nos ha podido contar tu padre, éste te envió a un recado, el cual tan sólo podría llevarte aproximadamente poco menos de una hora, y sin embargo... - Sí -asintió de una forma inconsciente, y de la que cuando se dio cuenta quiso rectificar-. Bueno no recuerdo bien si tenía que hacer algún recado. - Matilde, estás intentando encubrir a alguien, ¿Verdad? La Doctora al ver que la muchacha comenzaba a tener un cuadro de ansiedad acompañado de pequeñas convulsiones, le rogó al Inspector que ya estaba bien por aquel día y que le llamaría de nuevo al número que en una tarjeta de visita le había apuntado el Inspector, cuando ella considerara
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    un mejor ynuevo momento. No obstante, y ya en el pasillo le dijo que, por su cuenta y con el fin de colaborar, intentaría sonsacarle cuanto pudiera. Y que sería muy posible que a ella se le abriera, si no al cien por cien, sí al menos con la suficiente información como para que en su próxima visita encauzar el interrogatorio de forma más positiva. VEINTIUNO Sin tan siquiera darse cuenta, poco a poco se habían ido alejando del bullicioso campo de voces y música para adentrarse, bajados unos escalones, en el frescor de una pequeña glorieta que, rodeada de rosales de diferentes especies, aromas y colores, se asomaba a un precioso y bien cuidado jardín a través de una balaustrada de piedra artificial. Carlos, acercándose un poco más a ella, le quito suavemente la copa de las manos, y junto con la suya las depositó sobre una de las redondas y
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    bajas mesitas demismo material allí existentes. Justo en el momento en el que él la atraía hacia sí, y ya casi rozando sus labios sobre los de ella, ahora entreabiertos y dispuesta para recibirlos, se oyó por la suave megafonía que llegaba desde el interior del gran salón: “Y ahora, señoras y señores, vamos a dar a conocer el veredicto de la Comisión encargada de asesorar a Hispana Film, S.L., la cual realizará la nueva película, sobre la decisión tomada acerca de los guiones que desde diferentes países fueron llegando dentro del plazo establecido, y el cual se cumplió ayer a las doce horas del mediodía. Esta película que será una Coproducción Hispano-Italiana, se rodará, de común acuerdo, íntegramente en España”. - Irene, frustrando el embrujo de aquel acercamiento, -dijo con un leve susurro a la vez que mostraba una sonrisa que lo dejó en cierta medida tranquilo-: Entremos, pues tengo mucho interés en saber a quién le han concedido el guión de esta película. Una vez unidos a la multitud que, distinguida, llenaba expectante el salón, se volvió a oír, cómo la voz anterior y haciendo un poco de introducción al acontecimiento, el cual iba acompañado de un cierto, como en estas situaciones, aire de misterio, dijo abriendo el sobre que portaba en su mano: “El nombre del autor del guión escogido es Irene Parra, conocida en el mundo del cine como Marina la Sol, y a la cual le debemos nuestro más sincero agradecimiento por su regreso al cine ahora en calidad, no sólo de Guionista, sino que será la Protagonista de su propio Guión, ya que así ha sido aceptado por la Comisión organizadora en razón de unas exigencias manifestadas por la propia actriz caso de que su libreto fuera aceptado. Sobre dichos condicionantes perfectamente definidos, estamos autorizados a informar que la Señorita Marina, pide se respete el título de la película elegido por ella y el cual será: 20 AÑOS NO ES NADA, y que rodará junto al actor Italiano de fama internacional Marcello Mastroianni, con el que al parecer, ya estaba de acuerdo caso de que su ingreso en el mundo del Guión su historia saliera adelante. Pero aun hay más, señoras y señores: -el salón sonaba como si de la hermosísima araña de cristal que colgaba en el centro, y que llenaba de esplendor toda aquella ostentación y parafernalia de lujos y modelos, a veces, de lo más estrafalario, se hubiese descargado todo un enjambre de laboriosas abejas-. La Señorita Irene Parra, así como el Sr. Mastroianni van a donar cuantos beneficios le puedan reportar este Film, tanto como Guionista como Protagonistas a la AA.RR., que como Vds. ya saben es la Asociación que fuera creada hace unos años para ayudar a los artistas que quedaron en una situación precaria. Qué duda cabe que esta petición le honra, y que las anteriormente citadas se las ha ganado a pulso debido, según la Comisión, a la calidad del Guión. Por todo ello, es justo que recibamos con un fortísimo aplauso a Marina la Sol, aunque en el caso presente entiendo no deberíamos tratarla por su nombre artístico, sino por su nombre real, el cual tengo el gusto de anunciar para los que, por una razón u otra, lo desconozcan, se trata, como
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    ya dije anteriormente,de la Señorita Irene Parra”. Después de la presentación, los saludos, agradecimientos propios de semejante acontecimiento, y haber atendido de forma exquisita a cuantos medios de información se encontraban, como siempre, a la caza de las últimas noticias acerca del mundo del cine, Irene abandonó el centro de atención desplazándose hacia aquel apartado lugar en el que se encontraba Carlos, no sin, a su paso, recibir una multitud de saludos y felicitaciones. - ¡Pero, bueno, esto sí que no me lo esperaba yo! -le dijo Carlos al oído, al tiempo que le cambiaba la copa de Champán vacía que tenía en la mano por una nueva tomada de la bandeja del Camarero que en ese momento pasaba por su lado-. - Créeme que yo tampoco, aunque si he de ser sincera, cuando comencé a escribir esta historia, ya pensaba en cuál habría de ser su destino, aunque a decir verdad no esperaba que fuera elegida, y más con los condicionantes impuestos. Ya sabes cómo somos los seres humanos cuando de entrada hay quien te intenta controlar, pero la verdad sea dicha, creo que estas condiciones van a ayudar a muchos compañeros y compañeras que, por aquellos azares o circunstancias del destino, se encuentran en dificultades tan diferentes como extremas. - En ese sentido no puedo por menos que felicitar tu decisión y augurarle a la Película un rotundo éxito. Creo que va a ser un triunfo, sobre todo porque tú serás la Protagonista, y eso ya va a pesar mucho cuando llegue ese día del estreno que ya estoy deseando. - Y yo también, no te creas. La que me espera, por lo mucho que todos esperan de mí, va resultarme menuda, pero voy a trabajarla como si de la primera vez que pisara terrenos de platós o exteriores se tratara. - ¡Eso me gusta!, pero no vayas a olvidarte de mí porque estoy dispuesto a estar a tu lado en todo momento, como en aquellos principios tuyos y sobre los que me contaste en una ocasión hacía tu madre. - De eso no tienes que preocuparte, y mucho menos aún esta noche que deseo pasarla contigo para que me estés mimando y diciéndome a cada momento lo bien que me va a salir todo. Si te apetece claro -dijo mostrándole una de sus sonrisas más cautivadoras y que el paso del tiempo no había conseguido borrar. - ¿Qué si me apetece? Pero si no pienso en otra cosa, y aunque te lo puedas imaginar, ¡no sabes cuánto lo deseo!
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    VEINTIDOS Estaba a puntode salir a la calle cuando doña Clara le dijo a su hermana Angélica que lo avisara, ya que al teléfono tenía a un tal David que preguntaba por él y que llamaba desde Madrid. Sin pérdida de tiempo, Hipólito se dirigió hacia su despacho, tan fuera de control según su mujer, que estuvo a punto de arrollar a su cuñada. - Sí, ¿David? – Sí, soy yo, Hipólito. ¿Cómo estás? – ¿Dispuesto a darte un paseíto hasta Madrid? - Chico, a Madrid siempre, y en este momento más que nunca.
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    - Bueno, puessi te parece bien te espero el Jueves sobre las dos en mi oficina; almorzamos y me pones al corriente de todo esto que te traes entre manos, y que al parecer te preocupa tanto, por lo que te pude notar el otro día cuando hablamos. Así puedes tomar el tren de la tarde, o si lo prefieres nos vemos a las siete, te quedas aquí esa noche y tomas el de por la mañana; en fin, eso ya lo dejo a tu elección: de todas formas voy a estar disponible todo el día. Cuando llegues me llamas y voy a recogerte, si te parece. - Conforme, te llamo en cuanto llegue. Hasta entonces y gracias. - No hay porque darlas, hombre; ya espero tu llamada. Adiós. Aunque no habían dado las diez y media de la mañana, se levantó del sillón , que para las visitas tenía ubicado al otro lado de su mesa-escritorio, y se dirigió al mueblecito donde tenía las bebidas. Cogió una botella de Brandy Cardenal Mendoza y se sirvió una copa; se sentó ahora en su sillón, y abriendo la tabaquera extrajo un cigarrillo que tras encenderlo, y poniendo cara de estar ya concibiendo la estrategia que habría de plantearle a su amigo el Detective, exhaló una extensa bocanada de humo que, cual volutas rizadas, ascendieron hasta el techo como si desde allí quisiera recrearse en aquella media sonrisa que aun queriendo escapar, no podía porque su dueño la tenía bien sujeta a las comisuras de una boca, ora con un gesto ora con otro, aunque en cualquiera de ellos, aquellos rizos grises que jugaban en el ambiente no veían más que la maldad dibujada con diferentes lenguajes. Disfrutando de aquella buena noticia, y haciendo cómplice de ella a su buen Brandy y su cigarrillo, debido a su ensimismamiento no se percató, ni por un momento de que con la premura no había cerrado la puerta del despacho, por lo que al quedar entornada y dada la curiosidad, en este caso propia, tanto de doña Clara como de su hermana, cuando ésta le insistió: que qué era aquello de Madrid, tras hacerse la nueva entró en el despacho y preguntó: - ¿Quién es ése señor David que te ha llamado desde Madrid? ¿Lo conozco yo? -dijo con un tono en el que intentaba hacer desapercibida una más que falsa indiferencia. - Sí, sí que lo conoces, lo que ocurre es que desde aquel día en que te lo presenté ya ha pasado mucho tiempo. Ya tuve tratos con él hace tiempo. Se trata del Detective que contratamos, cuando hace unos años conseguimos desenmascarar, gracias a su intervención, a aquél listillo de Contable que nos estuvo robando durante un tiempo, y que al final fue su avaricia la que nos llevó a poderlo pillar. Ahí David estuvo muy habilidoso al ponerle aquella trampa en la que cayó como un auténtico novato. Según él, podría haber estado haciendo lo mismo hasta que se hubiera jubilado y no nos habríamos dado cuenta; pero, como dice el refrán “La avaricia rompe el saco”, y la suya lo rompió. - Ahora que mencionas aquel caso, creo recordarle, pero, perdona Hipólito, sin querer me ha parecido oír que vas de nuevo a Madrid, para verle. ¿Por qué, sucede algo nuevo? ¿Algún nuevo contratiempo relacionado con
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    el viaje queel otro día hiciste a la Fábrica de Orihuela? -dijo ahora esbozando una procaz sonrisa interior, y que la estaba haciendo disfrutar ante los gestos de descontento que observaba en el marido, el cual no sabía como disimular, pues se estaba dando cuenta de que hasta que no le diera una razón satisfactoria no lo iba a dejar en paz; y él tenía necesidad de salir. - Sí, por desgracia se trata de algo relacionado con la Fábrica de Orihuela, y que para mi tranquilidad voy a hablar con David y su socio que es experto en temas laborables. Yo ya no tengo ganas de andar con pleitos de acá para allá, así que he pensado que es mejor que ellos se encarguen - insistió no muy convencido de que el argumento diera su fruto. - Pues Chico, pensando de esa forma: ¿no sería mejor que los invitaras a almorzar un día, les expones el problema y te ahorras el tener que desplazarte tú? ¡Qué ya el coche te cansa, Hipólito, y un viaje tan largo...! - dijo doña Clara, luciendo una sonrisa un tanto maternal, y añadiendo: Si te vas en el coche yo te acompaño-. Aquella insinuación le produjo tal choque que estuvo a punto de hacerle saltar por encima de la mesa. Estaba claro que la relación de pareja seguía estando en un estado de tirantez a todas luces manifiesto. Y ambos lo sabían por lo que no se fiaban el uno del otro, ya que por mucho disimular se daban cuenta de que los dos, no es que lo pareciera, es que había que estar ciego para no darse cuenta de que los dardos que continuamente se lanzaban eran dardos envenenados. No tuvo más remedio que echar mano de su retorcida mente y añadir: “No te preocupes: me voy en el tren ya que el tiempo que voy a estar con ellos va a ser cuestión de horas. Volveré al día siguiente, aunque es posible que me vaya por la mañana, almuerce con ellos y regrese por la noche”. -Sí, sí, -pensaba doña Clara, recordando la cantidad de veces que a lo largo de su vida matrimonial le había oído aquellas mismas palabras, para al final aparecer una semana después argumentando una serie de problemas surgidos a consecuencia de los muchos papeleos que hay que mover en la capital-. Bueno, está bien, pues no se hable más, -dijo ahora viendo que, independientemente, de que no conseguiría nada insistiendo, estaba notando como momento a momento se le iban contrayendo las venas del cuello, y ella ya sabía por experiencia que cuando a él le ocurría eso, el despacho se podría convertir en un campo de batalla, y en el que por las circunstancias tantas veces vividas, sabía que ella era la que tendría todas las de perder.
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    VEINTITRÉS Aquella tarde sobrela mesa del despacho que ocupaba el Inspector Soriano junto con su compañero el Sargento Vilches, el cual estaba protegido tan sólo por una cristalera y una persiana Veneciana en bastante mal estado y desde la que cuando estaba alzada, sino se estaba procediendo en su interior a algún interrogatorio de rutina, se veía todo un trasiego de policías, tanto uniformados que llevaban presuntos delincuentes detenidos hacia los departamentos correspondientes, como detectives que, de paisano, atendían personas en razón de denuncias de variada índole, saltó el negro teléfono
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    con su sonidohabitual, indicando que alguien requería la atención de uno de los dos inspectores, y que se encontraban allí en ese momento... - Sargento Vilches, dígame. - ¡Buenas tardes! Soy la Doctora Celia, del Hospital. - Ah, buenas tardes, Doctora. La estábamos esperando. No se retire , por favor, le paso con el Inspector Soriano. - Muchas gracias, Inspector. - Agradezco la deferencia, pero aún solo soy Sargento, aunque si he de ser sincero, me halaga enormemente el que haya sido Vd. la que me haya ascendido. - Entonces no me lamento del fallo por el desconocimiento de vuestras jerarquías -dijo la mujer emitiendo una leve aunque agradable risita. - ¡Doctora Celia! Un placer saludarla, y dígame: ¿Qué noticias tenemos? Espero que buenas pues esto ya se nos está alargando, aunque en realidad no tenemos prisa dado el estado en que va encontrándose Matilde. - La verdad es que sí, pero las noticias que he de darle son una buena y otra no tan buena. - Pues comience por la buena y así el dulzor hará que la menos buena también nos sepa menos amarga. - La buena es que Matilde se encuentra mucho más estabilizada emocionalmente, por lo que no creo que les vaya a causar un nuevo trastorno como el manifestado en su última visita. Si le parece bien mañana sobre la misma hora del último encuentro, creo que sería el mejor momento. En cuanto a la segunda noticia, es, simplemente, que no he podido sonsacarle absolutamente nada; en cuanto se da cuenta de que le toco el tema se cierra en su caparazón y ya no hay forma de que vuelva a hablar. - Ya esperaba algo así -dijo el Inspector restándole importancia al asunto al notar un tanto desilusionada la voz de la Doctora, y a la que le dijo seguidamente: -“Es verdad, Doctora, que esperaba algo más: Más adelante le haré una confidencia con el fin de ponerla al corriente de cuanto me asiste para decirle esto. No se preocupe. El caso está difícil, pero como yo digo siempre, y ya son muchos años metido en estas cuestiones, no todo resulta imposible. Hablaremos más adelante en agradecimiento, principalmente, por la colaboración que nos está prestando en un caso que si bien es verdad no debería de presentar grandes problemas, por su simpleza, dentro del campo de la Criminología; sí que existen unas fichas en el rompecabezas que hasta que no cuadre al menos una par de ellas, nos va a doler la cabeza completar el cuadro. - Lamento que en esta ocasión no les haya podido ser todo lo útil que yo, en principio, presumía poder ser. Me tranquilizan sus palabras ya que me ayudan a comprender que para estas cuestiones, como Vd. bien dice, hay que tener no sólo la experiencia, sino además una especial habilidad. Esta mañana cuando pensaba en que les llamaría, discurría en cómo disponiendo de muy parecidos elementos de trabajo, al mismo tiempo son tan dispares los suyos y los míos, aunque al fin y al cabo ambas profesiones intentan
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    extraer de lamente humana todo aquello que les pueda favorecer, evidentemente cada uno en lo que a cada cual concierne -dijo un tanto dolida. - Creo Doctora Celia que Vd. no habría sido una mal Detective, y aun más en estos tiempo que corren y en los que la mujer no acaba de integrarse a un cuerpo que, si justo es reconocer es peligroso, también en justicia hay que decir que alegrarían con su sutil sexto sentido, y porqué no, no sólo la plantilla sino también dar vida, al menos a esta Comisaría llena de hombres; bueno miento, hay una Detective que se encuentra como pez en el agua, ya que se da cuenta de cómo la mima todo el personal, y es curioso porque en cuanto oímos algo de que la van a trasladar, no se puede imaginar la que organizamos. En fin, Doctora, no quiero entretenerla más. Nos veremos mañana, y no se preocupe: al final daremos con el sentido que tiene esa pieza que falta. - Hasta mañana, pues -se despidió la mujer, en la que se notaba un cierto aire de tranquila comodidad. Toda la conversación celebrada entre el Inspector y la Doctora Celia, como era la costumbre, en los muchos casos que llevaba el departamento, fue escuchada con total atención por el Sargento Vilches. - Parece que la Doctora tenía ganas de hablar. Y menos mal que no le has contado el motivo que impulsó a Eugenia a ingresar en la Academia de Policía, y lo que trabajó y peleó hasta conseguir hacerse: primero con el grado de Ayudante de Detective, y luego tras un examen de lo más riguroso conseguir el de Detective. Por otra parte estuve pensando en que le ibas a decir que de ella es la única maceta que hay en toda la Comisaría, jajaja. - Pues no te vayas a creer que me faltaron ganas. Si no hubiese sido porque la conversación era telefónica, le hubiera gustado saber algo más acerca de Eugenia; sobre todo el que, además de su trabajo policial, está realizando los estudios de Medicina con el fin de obtener el título de Psicología Forense. Aún recuerdo aquella noche en la que nos fuimos los tres a celebrar el haber resuelto el caso del secuestro, por parte de sus padres, de la niña de la Calle del Pintor Murillo en Alcobendas. La verdad es que cuando me comunicaron que una mujer iba a actuar de Mediadora, no me lo podía creer. Sin embargo, al final, Eugenia lo resolvió de forma magistral, tan especial que aun recuerdo con claridad todo lo acontecido. Sus palabras, su forma de enfocar un tema tan delicado cuando hay un familiar por medio, en fin...
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    VEINTICUATRO - ¡Uf, quéalivio! Por fin he podido desembarazarme de esta mujer mía, tan pesada como... -pensaba Hipólito al tiempo que, saliendo del despacho, de nuevo volvía a encontrarse con doña Clara, la cual estaba a punto de subir al piso superior acompañada de su hermana Angélica. Una hermana que estaba deseando de quedarse a solas con ella para poder ponerse al corriente de todo cuanto hubo acontecido en el despacho. Decidido, salió a la calle dispuesto a acercarse, mediante un corto paseo a pie, al Casino en el que desde hacía tiempo trabajaba como Camarero Poncio, el hermano de Rosa. Una vez dentro se dirigió a su mesa preferida al tiempo que cruzándose con él, le pedía una copa de Brandy, sin el más mínimo atisbo de cortesía. Este dato no le pasó por alto a Poncio, el
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    cual tras ladescortés petición y una vez observada la mueca que se leía en la cara de don Hipólito, dedujo que aquella no habría de ser una mañana apacible. Las diferencias existentes entre ambos hombres eran evidentes después de lo que su madre le había contado sobre la visita que aquella mañana le realizara Hipólito, interesándose de malas maneras por el paradero de su hermana Rosa. Cuando Poncio llegó con la bandeja y tras depositar la copa sobre la mesa, intentó retirarse. No pudo porque don Hipólito reteniéndolo por un brazo, le increpó: - Espera un poco, hombre, ¿a qué tanta prisa? -del modo que lo dijo, a Poncio no le gustó nada aquella actitud, por lo que soltándose de golpe y echándole en cara que aquello no eran modales, se separó de la mesa. - ¡Pero, que se habrá creído el niñato éste, que a mí, a don Hipólito de la Torre, lo va a torear! -saltó bruscamente poniéndose de pie e intentando atraer la atención de los pocos clientes que habían a esa hora. - Yo a Vd. no tengo porque torearlo como dice; ni tengo intención alguna de hablar, y mucho menos con personas que carecen del más absoluto respeto por nadie, por lo que le ruego me disculpe pues tengo que atender a otros clientes, al fin y al cabo para eso estoy trabajando aquí. El Encargado, al corriente de cuanto estaba sucediendo y viendo el feo carisma que estaba tomando el asunto, llamó a Poncio al darse cuenta, mirando a don Hipólito el cual mostraba un semblante cada vez más rojo por la ira que le corroía interiormente, al caer en la cuenta de que ante aquellos parroquianos su prurito no estaba quedando a muy buena altura desde el momento en el que se percataron de cómo un simple camarero se le había subido a las barbas, aunque más de uno sabría a ciencia cierta los motivos de aquellos bruscos desaires. Cuando lo tuvo a su altura, y con un gesto que mostraba aires: tanto de complacencia como deseos de que aquella situación se calmara, le dijo: - Atiende a don Hipólito como es debido: ahora es un cliente y los problemas que tengas con él los solucionas fuera de las horas de trabajo, así que andando... - Que le quede claro que lo hago por Vd., al que le debo mucho, porque si no fuera por eso ahora mismo soltaba el mandil y me marchaba a casa - aseveró Poncio con un elocuente gesto de rabia que le desdibujaba el entrecejo al tiempo que se le formaban extraños surcos en la ancha frente. La no mucha amplitud del local hizo posible el que esta conversación no fuera ajena a los oídos de don Hipólito, porque una vez sentado ofrecía ahora una sonrisa henchida de placer a la espera que de nuevo se le acercara Poncio, el cual mostrando una farsa sumisión dijo: - ¿Qué se le ofrece, Señor? - ¡Hombre, eso de Señor, me ha gustado! Y es así como debes dirigirte a mií siempre, o acaso, ¿has olvidado quién soy? Además te voy a decir una cosa: si tienes alguna duda de con quién estás hablando, no tienes más que preguntarle a tu madre. Ya se lo dije una vez a ella, y ahora que ella te repita
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    a ti comonos las gastamos los de la Torre. Pórtate bien porque como no sea así, ni aquí ni en ningún otro lugar vas a encontrar trabajo. ¿Te ha quedado claro? ¡Contesta! -esto último lo dijo mirando de soslayo al Encargado, el cual se limitó a mirar para otro lado, detalle este que lo congratuló de tal manera que le dio aire para seguir con su insistente y grosera forma de dirigirse a Poncio-. - ¡Le he entendido perfectamente, Señor! Lo que no acabo de entender es lo que un Señor como Vd., desea de un simple Camarero como yo -dijo ahora Poncio mostrando un cierto aire envalentonado, el cual demostró no haber socavado en absoluto el arrogante porte de don Hipólito, el cual con cierto desprecio apuró la copa de un trago y demandándole otra, añadió seguidamente que no había terminado de hablarle-. Servida la segunda copa, y ante el inconsciente, aunque premeditado intento de retirarse, la voz de don Hipólito tronó en todo el local. - ¡Te he dicho que aún no he terminado: es más ni siquiera he comenzado, así que estate tranquilo! El Encargado del Casino no se atrevía a rechistar aun a pesar de que tan solo disponía de un Camarero; no le convenía ponerse a malas con el que además de ser cliente, a su vez era el Propietario del edificio, y Presidente de aquella entidad Mercantil e Industrial, y en la que se celebraban todos los actos propios del Empresariado de Alcoy. - Tengo entendido que tu hermana Rosa ha cogido el traspaso de un puesto en el Mercado, y ya que tu madre se negó el otro día a atender, de mala manera por cierto, mi demanda acerca de obtener información acerca del paradero de Marina, menester será acercarse a verla a ver si puedo sonsacarle algo. -Esto lo dijo mostrando en su semblante un cierto aire de amenaza que a Poncio no le pasó por alto, por lo que la respuesta de éste fue tajante-. - A mi hermana Rosa no tiene Vd. porque molestarla para nada. Tanto ella como yo y mi madre estamos cansados de sus atropellos y groserías que no non más que el producto de sus malas artes. Así que le agradeceríamos que se olvidara de nosotros de una vez para siempre, al fin y al cabo como Vd. siempre ha dejado claro, no somos personas ni de su clase ni de su altura. Y si quiere averiguar algo acerca de esa Señora, le aconsejo que se busque otros medios de información, porque lo que es de nosotros le garantizo que no va a conseguir nada. -dijo ahora Poncio absolutamente envalentonado al observar en algunos de los parroquianos cómo asentían con la cabeza en señal de que estaban de acuerdo con él, ya que el pueblo estaba un tanto dividido con respecto de las artimañas y tejemanejes de la familia de la Torre-. - ¡Hijo! No sé de dónde has sacado ese galleo, pero te aseguro que esto te va a pesar, como le va a pesar a tu hermana el negarse a darme información acerca de lo que tengo que saber... Y te juro que no sé como me estoy conteniendo, y no te muelo a golpes aquí mismo por tanta insolencia.
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    VEINTICINCO La noche hacíabastante rato que había echado su negro manto sobre los campos de Orihuela; sin embargo, una gran parte de aquel espacio se encontraba extraordinariamente iluminado. La enorme Fábrica Textil lucía quejumbrosa y chirriante entre enormes llamaradas que, abrazándose entre ellas, cubrían las amplias zonas no sólo de los monumentales almacenes, sino que sus bífidas lenguas se lanzaban como flechas hacia las partes más delicadas y deseables por el incontrolado fuego, alcanzando los muelles de descarga del algodón que aún en los camiones, se encontraban pendientes de ser estibados por la mañana, cosa que ya no ocurriría porque ellos mismos eran pasto de las llamas. Palas excavadoras utilizadas para la recogida y desplazamiento de la materia prima, cintas transportadoras y hasta todo cuanto de caucho existía
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    no sólo enaquellas máquinas, como también los grandes neumáticos o las ruedas de las desmotadoras; incluso todo lo apilado como material de repuesto conseguían crear una inmensa y vasta columna de humo que hacía la atmósfera absolutamente irrespirable. Fue todo en un abrir y cerrar de ojos. No podía ser de otra manera dado el material de que se trataba; sobre todo si se atacó por diferentes frentes. El objetivo perseguido se había conseguido. Al Portero y Guarda de noche ni tan siquiera le había dado tiempo a llegar a la oficina al objeto de pedir el correspondiente auxilio, ya que esta al encontrarse cerca de la báscula, uno de los camiones allí anclado y pendiente del proceso de pesado, había saltado por los aires una vez alcanzado el depósito de combustible. Y entonces fue cuando lo vio enredado en aquella maraña de alambres de espinos cual si se tratara de un campo de prisioneros de los que el fascismo tuvo instalado durante la guerra. Circulaba en su moto Sanglas 400 recién estrenada. Se trataba de Gerardo que regresaba a casa después de una dura jornada de trabajo y en cuyo rostro se podía leer perfectamente que aquello que estaban viendo sus ojos no eran más que el anticipo de una deuda que aún tenía pendiente de cobrar. Había conseguido salvar la valla de cemento en cuya parte superior y cogidas con mortero existía, a lo largo de ella, toda una batería de trozos de cristales de todos los tamaños y formas que imposibilitaban un acceso cómodo por encima de ella. Y esto lo sabía Felipe Menéndez, pero, era tanto el odio, tanta la rabia acumulada, ya no sólo a lo largo de los años esperando la mejor y más segura de las oportunidades, sino a raíz del comunicado que aquella misma mañana le pasara don Casimiro anunciándole que quedaba despedido, argumentando que su afán de instigar a los obreros a una nueva huelga le había puesto también a él en una difícil situación. En realidad -se le había sincerado el Director- fue don Hipólito el que le había llamado diciéndole que utilizara los medios que fueran necesarios, pero que no lo quería allí. Viendo los esfuerzos que hacía Felipe por liberarse de aquella urdimbre, el aspecto del hombre, la hora, el lugar y aquel pavoroso incendio, no le cupo la menor duda de que detrás de aquella huida estaba la respuesta a cuanto pudiera preguntarse acerca de lo que ocurría al otro lado del recinto vallado. Al llegar a su altura, detuvo la moto y apoyándola sobre un grueso poste del servicio eléctrico, atravesó, no sin dificultad, la acequia que separaba la carretera de tierra de la alambrada y comenzó a desenmarañar aquella, poco menos que inquebrantable tela metálica, dejándolo libre no sin un rosario de sangrientos jirones, algunos bastante respetables, producidos por la rapidez con la que hubo de saltar la tapia, ya que las llamas estuvieron a punto de alcanzarlo a él también. La prueba es que Gerardo al contemplarlo de cerca ya sobre la carretera le dijo a modo de saludo: - ¡Chico, sí que estabas bien enredado!
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    - La verdades que sí, y lo curioso es que aunque conozco toda la Fábrica, nunca había reparado en la dichosa alambrada esta. Malditos espinos. Casi tenía dominado el salto por encima de los cristales, pero me pinché con uno pequeño perdiendo el equilibrio, y como desconocía lo de la alambrada, lo primero que pensé fue dejarme caer sobre el matorral. - Y no me extraña. La hija de puta ha sido tan bien camuflada entre tanta hierba alta que hasta que no estás encima, y nunca mejor dicho, no la sientes -dijo Gerardo quitándole un poco de hierro al momento-. ¿Y tú, qué hacías ahí dentro? Si no es mucho preguntar, claro. Por cierto me llamo Gerardo, de Albatera, cerca de Crevillente, aunque ahora trabajo como Mecánico de Mantenimiento en Orihuela, en un taller en Los Huertos. - Encantado, y muchas gracias por detenerte y ayudarme. Yo me llamo Felipe, Felipe Menéndez, y soy del mismo Alcoy. Allí tengo la única familia que me queda y que se reduce a mi padre, su cuñada y unos primos. Gerardo, dirigiéndose a su moto, la puso en marcha e invitó a subir en ella a Felipe, diciéndole: “¡Venga, sube! Iremos a mi casa y allí te curaremos esas heridas, porque lo que está claro es que no vas a ir por ahí con esa facha. Sabes: estoy recién casado y aunque mi mujer es también de Alcoy, nos tuvimos que venir a vivir a una casita que tenemos en mi pueblo. Te aseguro que es un encanto de mujer y tendrá mucho gusto en que te curemos. Ya tendremos tiempo de hablar”.
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    VEINTISÉIS Pasadas las cincode la tarde unos golpes en la puerta sacaron de su abstracción a la Doctora Celia la cual estaba imbuida en un unos informes que acababa de recibir. - ¡Pase! Ah, son ustedes, les ruego que me disculpen, pero ¡es que llevo una tarde! ¡Lo siento, se me había ido el santo al cielo! Veo que en esta ocasión traen refuerzos. - Sí. Ella es la Detective Eugenia González y futura Psicóloga Forense de la Dirección General de Seguridad, y por el momento adscrita a nuestro Departamento en Alicante, y del que esperamos no se la lleven La Doctora Celia saliendo de detrás de la mesa de su despacho se acercó al trío al que saludó efusivamente, si bien en quien más se detuvo fue en Eugenia, a la que sin más dilación, tras un afectuoso saludo, le preguntó
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    en que Facultadrealizaba sus estudios de Psicología. Ante la pregunta, los pensamientos que volaron por las mentes de los dos hombres al mirarse el uno al otro, fue: “¡Los típicos celillos femeninos!” No obstante, la agente le dejó una definición grosso modo de cuanta labor realizaba en la Policía. - ¿Y es Vd. la única mujer del Departamento? - Como Detective sí, aunque hay en marcha una nueva hornada que está a punto de caer, y de entre la que vamos a contar con dos nuevas ayudantes de Detective; ahora son policías que desempeñan sólo y exclusivamente labor en el Servicio de Información que, por cierto, es una tarea bastante ingrata. Pero, así es la cadena. Además, buena parte de la Secretaría del Estado dependiente del Ministerio del Interior, no está mucho por la labor de que hayan mujeres con acceso a algunos de los departamentos especiales de la policía, y aún menos de la Guardia Civil, aunque tengo la esperanza de que más pronto que tarde se darán cuenta de que cuando amplíen el número de candidatos a las listas de acceso a la Academia y vean que se encuentran con candidatas con la suficiente preparación para determinados cometidos dentro del Cuerpo, seguro que no tendrán más remedio que reconocer que, si han llegado hasta ahí, merecen, al menos, una oportunidad. No pueden estar siempre haciendo oídos sordos a muchas de las altas instancias que solicitan que para atender tanto a detenidas, en las comisarías, o aduanas, como a mujeres ya encarceladas, consideran necesario crear un Cuerpo Especial Femenino también para prisiones. - Eugenia. ¿Puedo llamarla Eugenia? -le dijo Celia sonriendo. - ¡Naturalmente! - Es que no sé si será por deformación profesional, pero, el caso es que ha despertado en mí una necesidad de conocer algo más de Vd., de su labor policial y detectivesca; de cómo fue el dedicarse a una profesión tan, a mi juicio, peligrosa; en fin, ya me comprende: estas historias son las que ayudan a la Psicología a alcanzar un grado de evolución dentro de ese marco en el que está encerrado todo ese conjunto de pensamientos que llamamos mente. - Cuando Vd. quiera me llama, quedamos y le cuento todo eso que desea saber sobre mí, evidentemente hasta donde pueda llegar. No sé por qué, pero me da la impresión de que está pendiente de una Tesis. ¿Me equivoco? Quiere sacarse el Doctorado, ¿no es cierto? La Doctora Celia, tan asombrada como sorprendida, no tuvo más remedio que claudicar y manifestar que era absolutamente cierto: estaba preparándose para el Doctorado por la Universidad de Valencia. Añadiendo seguidamente su felicitación por tan espontánea deducción tras haber cruzado apenas un saludo. -¡Señoras! Lamento cortar tan interesante conversación, pero convendría que fuéramos a ver a Matilde, ¿no les parece? -dijo el inspector Soriano mostrando un cierto aire de autoridad-. - Desde luego Inspector, y disculpe. Subamos, -dijo tomando por el
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    brazo a Eugenia,y, entrando delante de los dos hombres en el ascensor, añadió: -Como le dije con anterioridad me fue del todo imposible sonsacarle absolutamente nada, pues se cerraba en una especie de mutismo imposible de volver a abrirlo ni tan siquiera para despedirse cuando abandonaba la sala. Espero que ahora con la ayuda de Eugenia como mujer que es, al verla se abra un poco y tome en consideración un cierto ámbito familiar. - Disculpe Doctora -se adelantó Eugenia- pero yo sólo estoy aquí en calidad de observadora; el que pueda o no opinar acerca de cuanto vea u oiga solo va a depender del Inspector Soriano. Más tarde, cuando él lo estime oportuno, podremos tener una reunión y hablar acerca de la evolución del caso, pero no se preocupe que él sabe hacer muy bien su trabajo. - Perdónenme Vds., pero comprendan mi postura. Matilde es mi responsabilidad y debo velar por ella. No quiero que en ningún momento lo que llevo conseguido se me vaya en cuestión de segundos. Vd. Eugenia, cómo futura Psicóloga y además Forense sabe de que le estoy hablando. Dejo por supuesto sentado que con ello no pretendo poner en tela de juicio los conocimientos de los que, no me cabe la menor duda, disponen tanto el Inspector como el Sargento. - No se preocupe; como ha dicho Eugenia estamos preparados, ya son unos cuantos años de experiencia los que llevamos a nuestras espaldas. Cuando quiera podemos pasar y a ver qué podemos sacar en claro hoy, -dijo el Inspector quitándole importancia al comentario. Afortunadamente, a Matilde la habían pasado a una habitación en la que solo se encontraba ella, por lo que el primer comentario del Inspector fue el de que así tendrían mayor intimidad, y la muchacha se sentiría menos avergonzada caso de que decidiera contarles lo sucedido aquella tarde, así de que por fin les revelase la identidad de quien o quienes habían sido los autores. Cuando todos entraron en la habitación, rodeando la cama en la que se encontraba Matilde, a ésta, aun sabiendo que recibiría tal visita, le cambió el semblante, detalle este que no pasó desapercibido, principalmente, para Eugenia, aunque acerca de ello no hizo comentario alguno. ¡Hola, Matilde! ¿Cómo te encuentras? -le dijo el Inspector Soriano mostrándole una amistosa mirada. - Bien, un poco cansada, pero bien. Y Vds., ¿Cómo están? ¿Y quién es esta señorita? -dijo mirando a Eugenia sin el menor reparo, al tiempo que su mente corría intentando adivinar de quién podría tratarse, y el motivo de estar allí, ya que al verla vestida de paisano e ignorante de que hubiesen mujeres policías, le hacía perderse en una serie de elucubraciones de cuya abstracción le sacó la Doctora Celia llamando su atención y diciéndole: - Matilde, todos estamos bien, como puedes comprobar. En cuanto a esta Señorita: ella es la Detective Eugenia González; compañera de los dos inspectores y que viene sólo acompañándolos, aunque está dispuesta a poderte ayudar a recordar, si te parece bien, ya que ella también es Psicóloga, aunque no del Hospital sino de la Policía como te acabo de
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    mencionar, y aldecir de sus compañeros, muy buena en su cometido. - Bien, ¿te parece que comencemos a hablar sobre lo que te ocurrió aquella tarde? Porque imagino que ya habrás puesto en orden tus ideas y algo recordarás, ¿no? -le inquirió el Inspector Soriano sin abandonar aquella sonrisa que le era tan característica cuando quería mostrarse amable. Viendo que la muchacha paseaba su mirada por cada una de las personas que tenía alrededor de la cama, sin atreverse a hablar, y , al parecer, sin la menor intención de hacerlo, deducción esta a la que llegó la Doctora Celia, le increpó directamente: “Matilde, debes de ayudar a la Policía de lo contrario todo el daño que te hicieron va a quedar impune. ¿Acaso no te importa que ése o esos individuos se salgan con la suyas? No entiendo porque no quieres contar lo que te ocurrió”. - Matilde -intervino de nuevo el Inspector-. La Doctora Celia tiene toda la razón, aunque nosotros si comprendemos ese silencio tuyo, y te voy a decir por qué ya que no podemos seguir esperando, y al parecer tú no tienes intención de ayudarnos. Según el informe que nos pasó la Guardia Civil, cuando la pareja te encontró y te llevó al Dispensario, era tal tu estado de ansiedad que hasta que el Médico no te dejó completamente sedada, no pudo abrirte la mano para extraer de ella un papel que tú aprisionabas entre tus dedos. ¿Quieres que te lo muestre? - Haga lo que quiera, pero le aseguro de que no sé de que me está Vd. hablando; yo no recuerdo haber tenido ningún papel, ni haber estado en ese sitio que dicen que estuve. - No recuerdas, o, ¿es que no quieres recordar? Porque lo que sí está claro es que la Guardia Civil te encontró allí, agazapada, con múltiples heridas y a juzgar por lo que ellos manifestaron, muerta de miedo; y eso tú no lo puedes cambiar -intervino ahora el Sargento Vilches, el cual hasta entonces había guardado silencio, mirándola inquisitivamente. - Esta es la nota que tenías en la mano... Cuando se la acercó a la muchacha, y ésta con un gesto que, en principio, mostraba cierta indiferencia, con lo cual dejaba claro qué no sabía de que podría ir lo que allí pudiera haber escrito, y sin mucho aparente interés la leyó, la cara se le tornó tan blanca que se podría asegurar que era una continuación de la sábana que la tapaba hasta el cuello. Dejó caer sobre la cama el papel al tiempo que sus ojos cómplices de un alarido y un desbordar de lágrimas imposibles de detener durante largo tiempo, le dieron pie al Inspector para cuando se calmó un poco entre ahogados suspiros volver a preguntarle, aunque en esta ocasión dándole a entender que él sabía de quién podría tratarse sin que ella se lo dijera. Levantó la mano con el fin de detener a la Doctora Celia, la cual intentaba parar de nuevo aquel interrogatorio; ésta intentó quejarse, pero al ver que el Inspector se ponía un dedo sobre sus labios en señal de súplica para que lo dejara seguir, le preguntó a Matilde: - No tenías necesidad de haber visto ese papel ¿verdad? Aunque imagino que ahora cuanto dice la nota habrá hecho que tus labios se queden
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    cerrados para siemprepor la amenaza que ella encierra. Y no creas que ha sido un error el habértela enseñado, es simplemente haberte dado la oportunidad de que entiendas cuanta necesidad tienes, y tenemos de detener a ese individuo para que, precisamente, esa amenaza jamás la pueda cumplir; porqué es uno solo, ¿verdad? Como quiera que la joven no acababa de confesar, ni según concretaron entre ellos, tenía intención de hacerlo, conclusión ésta a la que al final habían llegado, el Inspector Soriano dirigiéndose de nuevo a Matilde le dijo con una crudeza tal que no dejaba lugar a dudas. - Lo sentimos; sentimos que al final tengamos que, aunque por el momento, archivar este caso, pues aunque tenemos la sospecha de quién se trata, sin tu denuncia ni testigos no podemos hacer nada. Y es una mala decisión por tu parte ya que le estás dando pie a que esto que ha hecho contigo vuelva a repetirlo, de eso no te quepa la menor duda, sino aquí, en otro lugar, pero seguro que lo volverá a hacer. Tan solo espero que si se repitiera, al menos tenga la misma suerte que tú, porque podría ser que no viviera para contarlo. En fin, ya no podemos hacer nada más, solo decirte que ya sabes a donde dirigirte si en alguna ocasión deseas contactar con nosotros. VEINTISIETE La Doctora Celia, viendo que aquella determinación por parte del Inspector no era ni con mucho una especie de simulacro con el fin de si la muchacha caía en la celada que, al parecer, le estaba tendiendo, abrió la puerta y le franqueó el paso a los padres de Matilde que esperaban ansiosos en la salita de estar contigua a la espera de que los pusieran al corriente de lo allí hablado y de la posible conclusión a la que podrían haber llegado. - Don Álvaro, doña Berta, sentimos comunicarle que no podemos pasarle el caso al Fiscal dado que Matilde se niega a darnos a conocer la identidad del agresor. Como Vds. saben, y espero comprendan, todo depende de ella. Si Matilde no lo denuncia, la Policía no puede hacer nada. A nosotros, aunque nos duele saber que hay un malhechor rondando, la Ley nos tiene las manos atadas. Ambos inspectores, tras la despedida, abandonaron la habitación
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    mientras las dosmujeres se quedaron rezagadas. - Ahora os alcanzo -se oyó decir a Eugenia cuando ya los dos hombres iban por el pasillo. - ¡Conforme! -respondió el Inspector Soriano-. Abajo te esperamos; estamos en la Cafetería. - ¿Os encontráis muchos casos semejantes a este? -preguntó Celia un tanto compungida y mostrando la pesadumbre de no haber podido ayudar en la medida que, según ella, hubiese deseado. - Hay de todo, Celia. Vivimos unos tiempos en los que existen gran cantidad de individuos que bien sea por su dinero, su poder etc., abusan de ello, y al sentirse protegidos, son muchos los casos en los que no podemos hacer nada. Ya has podido comprobar el resultado del presente, y en el que hasta tú te has visto involucrada en ese altruista deseo tuyo de colaborar. Créeme, hay mucho amiguismo. No puedes imaginarte cómo se protegen unos a otros ante flagrantes y descarados casos de abusos de autoridad, cuando no es la misma autoridad la que protege a quien carece de ella, pero de la que depende para tapar otros asuntos que nada tienen, a veces, que ver con el cargo que pudieran llegar a ostentar. Y esto, chica, está a la orden del día. Pero, qué quieres que diga, sólo vivo con la esperanza de que alguno de esos días todo esto cambie, y nos traiga una nueva forma de pensar, aunque creo que además de no ser fácil, va a tardar. Hoy por hoy predomina la soberbia y la altanería, y ambas van de la mano de un poder ganado a base de dejar el corazón en el cajón, y convirtiendo el sentimiento y el respeto hacia los demás en ese odio que, sin razón, poco a poco va minando a los hombres. - ¡Me has dejado con la boca abierta! -dijo Celia que había estado guardando el más profundo silencio, ante las manifestaciones de Eugenia-. - La verdad es que me he dejado llevar por el sentimiento que ha despertado en mi el resultado de este caso, y del que yo esperaba que Matilde lo dejara resuelto con tan sólo dar un nombre. Nombre, por cierto, y esto te lo digo confidencialmente, el Departamento lo tiene señalado, hasta el extremo de que desde hace unos días está habiendo un seguimiento de los llamados, por nosotros, en las sombras, ya que estamos casi seguros de quién se trata, y sólo estamos a la espera de que cobre confianza gracias a la inmunidad de que disfruta, y de la que te he hecho una referencia anteriormente, y entonces es seguro que va caer como un pajarillo. Pero bueno, ¿no querías datos para enriquecer tu Tesis de ingreso a la Especialidad...? - Claro que sí, pero, es que me has hablado, y enfatizado de tal manera cuanto me has contado que aún tengo el corazón algo así como encogido. Ten en cuenta que gran parte de mi vida desde, digamos, dejé la adolescencia, la tengo dedicada al problema de mis pacientes, y estos ya sabes que no son otros que problemas clínicos, problemas mentales, y con ellos conozco poco acerca de la realidad de la calle. Sí, ya sé que tenemos los periódicos, pero, ¿qué se puede leer en ellos? Todos dicen lo mismo. Te
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    estoy hablando, yal mismo tiempo pensando en la petición que te hice sobre si podríamos vernos, ya sabes: contarme cosas de tu vida, y sobre todo acerca de una cuestión que no deja de rondarme la cabeza como si tuviera dentro un avispero... - Y no creas que cayó en saco roto. Te lo prometí y lo voy a cumplir. Pasado mañana es Domingo, y este y el Lunes los voy a tener libres. Si no trabajas en el Hospital nos podemos ver por la mañana y luego almorzar juntas. Después tengo un compromiso ineludible. Voy a casa de mi hermana que vive en Alicante. Yo también vivo allí, pero por orden de mis superiores no puedo volver hasta que este caso no quede definitivamente cerrado en lo que a mi intervención se refiere, y sobre el que calculo aun habré de esperar unos días. Voy a ver a mi hijo. - ¿Tienes un hijo? -le preguntó Celia abriendo la boca ante la inesperada sorpresa. - Sí, tengo un hijo de catorce meses, que se lo quedan mi hermana y mi cuñado, que a su vez también tienen otro niño aunque ya un poquito más mayor. Ellos se brindaron a cuidármelo mientras yo trabajo, y créeme están encantados con él ya que no da guerra ninguna a decir de ellos. Así que me quedaré en Alicante el Domingo por la noche y estaré de regreso el Lunes a última hora de la tarde. - ¡Qué bien! Tienes un hijo y, supongo que también un marido -esto lo dijo Celia al tiempo que, mordiéndose los labios, pedía perdón al entender que podría haber cometido una indiscreción. - ¡Tranquila, Celia! No hay nada que perdonar; en cierta medida se puede entender como lógica tu pregunta, pero no, no tengo marido, aunque estuve casada. Mi estado actual es el de una Viuda joven, pero Viuda. Ya hablaremos de esos sentimientos matrimoniales los cuales a ti como una Psicóloga Soltera te vendrán bien -esto último lo dijo sin poder evitar echar una discreta risa. - Pero tengo un pretendiente, no te creas que no estoy solicitada; la verdad es que no mucho, pero mira, con uno que me cuaje ya me iría bien la cosa. -Con este comentario, Celia no pudo por menos que seguirle el juego, y acabaron las dos riendo discretamente ya que se acercaban a la puerta de la Cafetería. En su interior ambos Inspectores charlaban animadamente. Cuando de nuevo se encontraron los cuatro, el Inspector Soriano las invitó a tomar algo. Ninguna de las dos aceptó la invitación por no apetecerles beber nada. Seguidamente el Sargento abonó lo que ambos hombres habían consumido, y todos se dirigieron hacia la salida. Mientras se producía la despedida, Eugenia acercándose a Celia le dijo en un susurro: “Te llamaré mañana para quedar, y no te olvides de hacer una lista de todo lo que quieras saber y yo te pueda contestar, y, sobre todo, no te olvides de esa cuestión que, según tú, te ronda por la cabeza como si fuera un avispero”. Ambas mujeres se sonrieron al tiempo que les oían decir al Sargento: “¡Para que luego digan que las mujeres no hacen amistad con facilidad!” Tras el comentario y una nueva despedida, Celia volvía a su Despacho mientras que
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    los tres policíasentraban en el automóvil que los esperaba en la puerta del Hospital. VEINTIOCHO Decidido a obtener la información que deseaba, don Hipólito salió del Casino dirigiendo sus pasos hacia el mercado en el que, sin que Poncio se diera cuenta, éste le había confirmado que su hermana Rosa había conseguido allí un puesto que había quedado vacante, y con cuyo traspaso pudo quedarse gracias a los muy buenos dineros que, en calidad de indemnización y agradecimiento, le habría regalado Marina la misma mañana en que se marchó del pueblo. Para Rosa fue toda una sorpresa, pues si Marina le había entregado un sobre diciéndole lo que contenía, lo cierto es que no se esperaba que en su interior hubiera una cantidad tan espléndida, aun a pesar de que al dárselo le suplicara encarecidamente que no dijera absolutamente a nadie sobre la dirección que tomaba; dirección que, en confidencia, tan sólo a ella le dejaba por si en algún momento hubieran de ponerse en contacto. “¡Cuida bien esta dirección Rosa!” Con estas últimas
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    palabras, un cariñosobeso en cada una de las mejillas, y una despedida en la que se podía apreciar el amargor de una lánguida sonrisa, Marina dejaba atrás veinte años de vivencias. Caminaba absorto en sus oscuros pensamientos. La mente creándole la escena de la obra que muy pronto iba a representar y que, sobre la marcha, él iba escribiendo, al tiempo que su rostro mostraba todo el sadismo de un decorado demoníaco a modo de complemento. Y todo ese conjunto se podía apreciar perfectamente, no sólo en la contracción del entrecejo, sino en unos ojos encendidos que muy bien pudieran llegar a quemarle las pestañas. Ese estado de guerra que le rompía el pecho recordando el momento en el que Poncio, sin el más mínimo asomo de arredramiento ni temor ante con quien estaba hablando, hizo el no darse cuenta de que por el mismo acerado y a punto de cruzarse con él marchaba María Engracia, en cuyo cuadril apoyaba un canasto con verduras, y la cual hubo de bajarse a la calzada ante la posibilidad de verse atropellada por Hipólito el cual al reconocerla, ni tan siquiera tuvo la cortesía de cederle el paso. Muy al contrario. Se detuvo frente a ella y la increpó de tal manera que su intento de marcharse fue imposible ya que él, de la forma más grosera reteniéndola por un brazo, la empujó contra la pared sin preocuparse de que todos los que pasaban por allí en aquel momento, se detenían con idea de saber acerca de tan extraña situación, aunque lo cierto es que a nadie le extrañaba el comportamiento del hombre, ya que de todos eran conocidas sus rudas maneras y sus soeces modales. - ¡Vaya, vaya! Miren Vds. con quién he ido a toparme precisamente. Voy en busca de la hija y me encuentro con la madre; a esto le llamo yo tener suerte -dijo en voz alta, y obviando cuantos comentarios oía provenientes del personal allí detenido. Uno de los hombres, ya de cierta edad, allí congregados, al hilo de lo que acababa de decir una mujer acerca de la forma de actuar de Hipólito, dijo sin el más mínimo temor: “Pero qué se puede esperar de este mal nacido, toda su vida será el hijo de puta que se tenía que haber muerto antes de que lo trajeran de Alicante, y que no se acaba de enterar de que la guerra ya terminó, pero claro, gracias a sus amigachos todavía se cree que está en el derecho se seguir avasallando cuando le da la gana”. Al oír tan directa como envenenada arenga, y observando que el grupo estaba dividido entre asentimientos y chanzas en las que estaban incluida toda su familia, haciendo destacar de una tan vulgar, como acertada manera a doña Clara, no sólo por la aceptada y vivida situación con respecto de la amante, más que conocida por todo el pueblo, sino por el trato que de continuo daba de forma altanera y soberbia, soltó el brazo de María Engracia, y dirigiéndose, profiriendo toda una serie de insultos hacia el que había hablado, se le plantó delante, más al ver que se trataba de uno del grupo que aquellos días reparaba los aledaños del Mercado y en cuya mano derecha acariciaba el mango de una pala, sin dejar de proferir improperios y
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    amenazas hacia elhombre al que le aseguraba que aquello no iba a quedar así, y que ya tendría su momento, dirigiéndose a la veintena de personas allí congregadas, comenzó ahora con menos bríos, incitando a que se marcharan aludiendo que cuanto acontecía no iba con ellos. Ante la sorpresa tanto de la gente como del mismo Hipólito, María Engracia había soltado el canasto en el suelo al tiempo que le decía a sus convecinos: “Tranquilos, no pasa nada, podéis iros, no pasa nada, de verdad. Aquí y ahora voy a dejar de una puñetera vez zanjado el asunto que según don Hipólito tiene pendiente conmigo”. - Pero ten cuidado María Engracia, no te fíes ni un pelo, éste será un perro toda su vida que se cree que el pueblo ha olvidado lo que fue y lo que hizo. Algún día se lo van a recordar -dijo una mujer mayor la cual estaba cogida del brazo de otra que, del más riguroso luto, portaba un bastón el cual, envalentonada por las circunstancias, enarbolaba airadamente - ¡Pierda Vd. cuidado, señora Dionisia! Se trataba de Dionisia, su hermana, amiga íntima y comadre de María Engracia ya que ambos maridos eran compadres por ser los padrinos de Rosa. El marido de Dionisia fue uno de los que cayeron en la más trágica redada que sufrieran los hombres de Alcoy, y de la que al pueblo nunca le cupo la menor duda que fue a consecuencia de la cobarde traición de un miembro de la familia de la Torre. El pueblo sabía de sobra de quién se trataba, como sabía también de las represalias que habría de sufrir si a alguien se le hubiera ocurrido hablar acerca de ello. La familia de la Torre había emparentado muy bien con otra cuyo cabeza de familia, adepto al régimen, pertenecía a uno de los grupos con mayor poder dentro del marco de la Falange, y cuyos privilegios comenzaron a dar fruto tras la muerte, en dudosas circunstancias, de José Antonio Primo de Rivera. Habría sido el Señor de la Torre, padre de Hipólito, el que mandara realizar aquella bandera con la que fue cubierto el féretro que transportó el cuerpo del líder, y cuyo acto fue altamente reconocido. Sería a raíz de entonces que le comenzaron una serie de favores, entre los cuales se encontraba la cesión de unos terrenos en Alicante, ciudad a donde, sin dudarlo, se trasladó parte de la familia. - ¡Pierda cuidado Ramona! Que esto se va a quedar arreglado ahora mismo, por cierto, si pasan Vds. por el puesto de mi hija, díganle que enseguida estoy con ella, que ya he avisado al Carpintero. -Este favor, a modo de recado, no tenía ninguna necesidad de pedirlo, tan sólo pretendía con ello aparentar una sensación de tranquilidad ante el presagio de la desagradable conversación que le esperaba. No acababa de marcharse el personal. Aún quedaban algunos que se hacían los remolones como si estuvieran tratando de otras cuestiones, cuando a todas luces se notaba que lo único que hacían era estar a la espera de lo que, al parecer, ellos auguraban para sí que habría de suceder. Sin saber el porqué, María Engracia observaba a don Hipólito, y no acertaba a comprender aquella actitud hacía unos momentos de fiera, y
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    ahora en cambio,aunque rojo de ira, se encontraba quieto, parado allí sobre el acerado y mirándola sin dar muestras evidentes acerca de saber qué hacer o qué decir. Lapsus o como se le quiera llamar al momento, el caso es que María Engracia ante aquella muestra de bloqueo, físico o mental, con un descarado manotazo sobre el hombro de Hipólito le dijo abiertamente: -Bueno, y ahora, ¿se puede saber a qué está esperando para demandar todo aquello que, según Vd., tiene pendiente con mi familia? Porque si es lo que me imagino, y pretende volver a las andadas, ya le anticipo que va listo. La sorpresa de María Engracia sería mayúscula, cuando ignorándola absolutamente don Hipólito, tras un momento de vacilación en el que parecía que habría sufrido alguna especie de extraña catarsis momentánea, desde luego, se daba la vuelta abandonando el lugar sin hacer el más mínimo gesto. VEINTINUEVE Era bien entrada la madrugada cuando Irene y Carlos se despedían de los muchos asistentes que aún quedaban en aquella Gala Cinematográfica, y de la que tan buena impresión había sacado todo el mundo, tanto por un lado como por otro. A la Organización se le notaba altamente satisfecha y esto se lo hicieron saber tantas veces que, Marina en su papel de Actriz al tiempo que Irene en el nuevo suyo como Guionista, esa noche no habría tenido necesidad de maquillarse, ya que la habían estado ruborizando hasta la saciedad, detalle éste, por cierto, y así se lo hacía saber a Carlos cada dos por tres, no le disgustaba en absoluto. Irene se sentía henchida de placer, y esto se le notaba en la mirada; era una mirada tan límpida, tan plena de felicidad que en ningún momento a Carlos se le pasaba por alto el brillo de aquellos ojos que, cuando fijos en los suyos, jugaban el doble papel del espejo frente al espejo. - Esta noche he disfrutado como aquel muchacho que estrena pantalón
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    largo por primeravez en su vida, y se da cuenta de que ha pasado la frontera hacia la adolescencia encontrándose que tiene ante sí un horizonte capaz de alcanzarlo apenas estire el brazo. ¿Nos vamos, vanidosilla? -Esto lo dijo en un leve susurro al tiempo que la tomaba por la cintura atrayéndolo hacia él-. - ¡Nos vamos! -Le correspondió Irene asiéndolo de la misma forma, con lo cual ambos salían estrechamente agarrados momentos después a una Avenida madrileña a esa hora tan bella y cálidamente iluminada mediante un acierto de triples faroles de corte Fernandino, que invitaba gracias a una temperatura de lo más agradable a pasear por su ancha acera. - ¿Cómo fue que te dio por escribir un Guión Cinematográfico? Te lo pregunto porque las pocas veces que hablamos por teléfono mientras estabas en Alcoy nunca tuve el presentimiento de que volverías al cine, y mucho menos con la idea de escribir para él, al menos es lo que pensé cuando escuchaba durante el acto de esta noche todo aquello de que había sido elegido un Guión tuyo para la realización de una Película. La verdad es que me sorprendió. Aún recuerdo tus palabras, cuando recién llegada de hacer la Película con Mendizábal por tierras de Chile, que dijiste, y lo recuerdo perfectamente: “La próxima Película si no consigo el papel de la Protagonista, me retiraré definitivamente”. Es como si te estuviera oyendo entonces. ¡Cómo voy a olvidarlo! Es un proyecto que siempre me ha traído por la calle de la Amargura, ya que todos los papeles que me ofrecían eran secundarios, que, por cierto, tampoco estaban mal, pero, yo no quería acabar mis días sin haber realizado, al menos, una; un Film con el que se me relacionara en calidad de primera Actriz. Y te repito que no es que esté descontenta con haber realizado siempre papeles secundarios. Sin ir más lejos, en Chile me fue concedido un Galardón por la Escuela de Cine Chilena. Sin embargo, tuve que dejar colgados, y no me arrepiento de ello, varios ofrecimientos que sin lugar a dudas, no dejaban de ser importantes, pero no para mí. Yo quería y quiero algo más. Ya tengo una edad, Carlos... -dijo poniendo una carita como de niña a la que le han negado su muñeca preferida-. - ¿Dónde está esa edad? Porque yo no la veo. Lo único que veo es una preciosidad de mujer, que a mí me trae de cabeza. Aún recuerdo cada vez que buscaba en el periódico llamado, El Diario de la Marina, que de vez en cuando trae Pericón el Kiosquero, junto con el resto de la Prensa extranjera, noticias de Hispano-América relacionadas con el cine, a ver si decían algo sobre ti, cuando un día de buenas a primeras me encuentro una en la que se comentaba que se había estrenado con gran éxito vuestra Película en el Cine Mundo de Santiago. Aquello fue el gozo de una satisfacción y un orgullo que no cabía en mí. Sin embargo, cuando seguí leyendo me puse de mal humor, ya que se anunciaban tus dudas acerca de volver a España tras las diferentes ofertas, pero sobre todo, la que te habían hecho para trabajar en La Argentina junto a al famoso Lautaro; al parecer había sido él el interesado en que te hicieran aquel ofrecimiento. Aquella
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    noticia me pusode lo nervios... -dijo apretándole la mano ahora con más fuerza-. - ¡Pues sí que estabas al corriente de mi trabajo en Chile! Y es verdad. Recuerdo una oferta para hacer una Película en Buenos Aires, en Avellaneda concretamente. Pero no me arrepiento, y eso que Lautaro Murúa es un grandísimo Actor y todo un personaje para los argentinos. Realmente fue una oportunidad, pero yo estaba deseando volver; lamento que aquel día los periodistas no estuvieran muy acertados y te dieran el disgusto; pero, bueno, ya estoy aquí, contigo. Le rodeó el cuello con su brazo atrayéndola hacia él y la besó apasionadamente; beso que ella devolvió con todo el ardor que, desde hacía tiempo. venía anidando en su interior, y deteniéndose a la luz del farol dejar ambos cuerpos enfrentados, hasta el extremo de que ambos sentían los locos latidos de sus corazones, y así buscando su boca con avidez y enredándose en sus brazos hacer interminable el momento. La pasión se había apoderado de ellos con tal fuerza, que durante aquellos momentos en que se abandonaron al anhelante sentimiento del amor, ya no les importaba nada de cuanto les rodeaba. Colgada del brazo de Carlos y apoyada su cabeza sobre su hombro siguieron caminando. Ya no les importaba ni tan siquiera la distancia. No obstante, en aquel momento pasaba un taxi, y Carlos levantando la mano en señal de aviso hizo que el coche de detuviera. El conductor, bajando la ventanilla, les dijo que lo sentía pero, que iba de recogida tras haber terminado su turno, a lo que Carlos le respondió sonriendo: -Más lo siento yo, amigo, su turno habrá terminado pero, el nuestro acaba de comenzar; justo en el momento en que su taxi doblaba la esquina, acababa de pedirle a esta mujer que se casara conmigo, ¿comprende mi necesidad de no hacerla caminar y perder un tiempo tan precioso...? - ¡Estas cosas sólo me pasan a mí! Ahora le ruego que sea Vd. el que comprenda que a mi también me están esperando, y después de tantas horas de trabajo... En fin. ¿Hacia dónde se dirigen Vds.? -dijo guiñándole un ojo de forma picaresca. Carlos le dio la dirección del Hotel en el que Marina solía hospedarse cuando venía a Madrid. El taxista le dijo que habría de desviarse bastante. No obstante, Irene, acercándose a la ventanilla le dijo: ¿Y Arganzuela, que tal? - Mejor, mucho mejor, sin problemas. Entonces: ¿adónde les dejo? -A medio Paseo de Yeserías -le dijo absolutamente resuelta y dejando a Carlos con la boca abierta, al tiempo que ambos mantenían una estrechísima y seductora conversación sin mediar palabra alguna. La dirección era la del Apartamento de Carlos. Ya en el interior, Irene se acurrucó aún colgada del brazo de Carlos, y volvió a descansar su cabeza sobre su hombro, al tiempo que el taxi arrancaba de nuevo, y su conductor se sonreía tan traviesa como maliciosamente al ver aquellos deliciosos arrumacos a través de su espejo
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    retrovisor... TREINTA Cuando se oyeronunos golpes en la puerta de cristalera de la oficina que compartía con su socio, ya David sabía quién era el visitante. Hacía media hora que Hipólito lo había llamado desde la estación diciéndole que no se preocupara de ir a recogerlo, que él tomaría un taxi. - ¡Adelante, está abierto! -dijo David al tiempo que se levantaba y se dirigía a la puerta, a cuya entrada del despacho se encontraron los dos hombres procediendo ambos al típico saludo de bienvenida-. - ¿Qué tal el viaje? -se interesó David ofreciéndole un sillón mientras él se acomodaba tras su mesa-. - Bien, muy bien, y sobre todo cómodo -respondió Hipólito sacando una pitillera y ofreciéndosela a su interlocutor, el cual extrajo de ella un cigarrillo que encendió a continuación. - ¡Cuéntame! ¿Qué es eso que te preocupa, y en qué medida puedo ayudarte? - Nos conocemos desde hace tiempo y me has demostrado que no
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    puedo dudar detu valía como Detective, por eso quiero primero que leas esto; creo que ello se explica por sí sólo, y las deducciones que extraigas serán mejores que las que puedas sacar si soy yo el que te haga el relato. Yo no tengo ningún inconveniente en que seas participe de pleno en esta historia -estaba dando estas explicaciones al tiempo que, del bolsillo de su chaqueta, sacaba un sobre el cual, alargando el brazo, se lo entregó a David. Éste lo recibió; una vez abierto el sobre extrajo los folios y, mirando a Hipólito, comenzó a leer... Hipólito no le quitaba la vista de encima intentando captar cualquier tipo de reacción que le diera a entender que su amigo el Detective, y anterior Criminólogo e inspector de Policía, le sería de gran utilidad. “Es un buen Detective -pensaba-, y recordaba, mientras David seguía con su lectura, cuando le contó el por qué abandonó el Cuerpo para montar su propia Empresa. Aún después de los años, le costaba hacerse a la idea de como pudo abandonar un trabajo que hoy le podría estar reportando buenos ingresos en razón de sus diferentes subidas en los escalafones superiores. Y con más motivo tras haber resuelto casos tan importantes y laboriosos cómo el popularmente conocido “Caso del Juez asesino”, y en el que después de muchos meses de duro trabajo y tener a un detenido y confeso (forzado por la guardia civil), uno de los motivos por los que abandonó, y cuyo resultado a medio Juicio sería el de que descubrió que el cabecilla de la trama, y en realidad asesino de la camarera, habría sido el mismo Juez”. - “Aquel fue un caso sonado -me contaba durante un almuerzo en el que lo estuvimos contratando para un asunto relacionado con la Empresa a raíz de haber ciertos indicios de sospechas acerca de unos, a nuestro juicio, delictivos movimientos contables, y sobre los que no sabíamos por dónde comenzar a organizar una celada a fin de que, sin darse cuenta, cayera en ella y poder presentar una denuncia en toda regla. Y él, David, lo consiguió”. - “Se celebraba en la capital de España un Congreso patrocinado por la Judicatura de la Nación, y durante el cual serían, además, elegidos varios nuevos magistrados para diferentes provincias. El día de la Clausura y unas horas antes de la cena de despedida, M. Mallorga, uno de los ya nombrados nuevos magistrados en unión de otros colegas, decidieron pasar por el hotel en el que se encontraban todos hospedados con el fin de descansar y tomar una ducha . Según constaba en el expediente policial emitido por el Equipo de Investigación a cuyo frente se encontraba David, El Juez Mallorga, después de un relajado descanso, decidió tomarse esa tan celebrada ducha tras un último día con muchas horas de trabajo. Tras entrar en el Cuarto de Baño y una vez desnudo observar la ausencia de toalla, se colocó de nuevo el albornoz dirigiéndose hacia el teléfono y pidiendo le subieran una argumentando que carecía de ella. Desde la Recepción le contestaron que la Camarera de su planta estaba justo en la habitación de al lado por lo que le sería más cómodo asomarse al pasillo y pedírsela a ella. Tras dar su conformidad, no sin antes elevar una queja ante tal negligencia, colgó el teléfono, y de no muy buen humor salió al pasillo, en el cual y proveniente
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    de una delas habitaciones oyó unas voces...” - ¿Qué te pasa? -preguntaba la Camarera de turno al Empleado de Mantenimiento que se encontraba reparando la grifería del lavabo de la habitación contigua-. - Que no consigo quitar la dichosa tuerca; está demasiado herrumbrosa, por lo que voy a tener que bajar al almacén por otra llave y poder hacer contratuerca, a ver si soy capaz de quitarla sin dañar el tubo. - Ya podrías dejarlo para mañana, al fin y al cabo esta habitación no se va a ocupar hoy. - Sí, ya lo sé, pero me interesa dejarla lista esta noche. Mañana me espera una avería que se presenta bastante complicada en la Lavandería. - Está bien, como quieras. Yo sigo arreglando la habitación y así la dejo lista para cuando termines. - Vale, voy a bajar por la llave, aunque es posible que aproveche y cene antes de volver a subir. - Me parece muy bien, yo también debería bajar a cenar y luego terminar con esta habitación. Bueno, si cuando regreses no estoy aquí, estoy en la tres quince. - ¡Conforme! Hasta luego -dijo saliendo de la habitación. Ya bajaba el Empleado por la escalera de servicio, cuando el Juez Mallorga llamaba a la puerta abierta de la habitación en la que se encontraba la Camarera... - ¿Qué se te ha olvidado ahora? -Dijo ésta en voz alta pensando que se trataba del compañero. - ¡Disculpe! -Dijo el Juez a modo de respuesta. Ante la inesperada visita, la Camarera se sobresaltó, y saliendo a la puerta preguntó qué deseaba el señor, a lo que él respondió que no tenía toalla de baño. Tras pedir la correspondiente disculpa aludiendo que se le había pasado, salió al pasillo y, tomando una del carro de servicio, inclinándose un poco, se la alargó repitiéndole una vez más que lo lamentaba. El Juez estiró el brazo, pero sin acabar de asir la prenda, ya que se quedó un momento extasiado mirando descaradamente la turgencia de unos pechos que parecían querer escapar por entre los ribetes y encajes del escote de un vestido negro que los hacía aún más atrayentes, al tiempo que lo suficientemente ajustado al resto del cuerpo, el cual no pasó desapercibido tampoco, como tampoco se le escapó a la mujer la mirada lasciva que brotaba de unos ojos que sólo veían una dirección. - ¡Señor, su toalla! -Dijo la mujer respetuosamente, pero dejando claro su incomodidad ante tal abuso-. - ¡Ah, sí, gracias! -Dijo emitiendo cierto balbuceo.
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    TREINTA Y UNO Deregreso a su habitación, el Juez, y dada su mediana edad, pues rondaba los cincuenta años, no hacía más que recordar aquel cuerpo dando vida a unos pechos que a él en su excitado pensamiento hacía que la boca se le hiciera agua. La calentura que lo embargaba en esos momentos hizo que no lo pensara dos veces. Tiró la toalla sobre su cama y salió de nuevo al pasillo entrando sin llamar en la habitación en la que aún seguía la Camarera. Al no verla, se asomó al Cuarto de baño, y al encontrarla de espaldas, inclinada en la tarea de la limpieza de la placa de ducha, se abalanzó sobre ella atenazándola y dejándola bloqueada entre ambas puertas correderas al tiempo que, cogiendo un destornillador que el empleado de mantenimiento habría dejado sobre el lavabo, se lo puso en el cuello amenazándola con clavárselo si emitía el más mínimo grito. Levantado el vestido con la más absoluta violencia y desgarrada la ropa interior, el Juez consiguió consumar su propósito, mas en el momento de su éxtasis no advirtió cómo la mujer levantaba su brazo hacia atrás, en cuya mano portaba una pequeña tijera que momentos antes colgaba de su cuello, y que siempre llevaba para el servicio ocasional, pero que ahora se
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    encontraba enfilando elrostro del Juez, el cual al ver venir aquella punta brillante hacia uno de sus ojos, intuitivamente, y dado el nerviosismo contraído en aquel endiablado segundo, no se dio cuenta de que había apretado con todas sus fuerzas el destornillador clavándolo hasta el mango en el cuello de la mujer, a la que, soltándola de inmediato, dejó caer en el interior de la placa de ducha donde comenzó a desangrarse como consecuencia de haberle seccionado la yugular. Dada su personal experiencia en razón de que antes de subir a la Magistratura había desempeñado el cargo de Fiscal Jefe, en menos de un minuto había limpiado sus posibles aunque escasas huellas, y ya se encontraba en la puerta de su habitación no sin haber mirado previamente hacia un lado y a otro. Una vez dentro, se limitó a lavarse la cara al único objeto de secarse el sudor que le estuvo corriendo durante unos minutos. Se dirigió a su maleta y sacando una caja contenedora de fármacos extrajo de un blister una cápsula tranquilizante la cual se tomó con un poco de agua de la botella que el día anterior le habrían subido desde la Cafetería del Hotel. Perfectamente arreglado y en apariencia tranquilo, salió al pasillo, tomó el ascensor y bajó a la Cafetería donde había quedado con los demás en reunirse para juntos marchar hacia el lugar donde habría de celebrarse la cena de despedida. Cuando llegó, ninguno había llegado aún por lo que esto le vino muy bien a la estrategia que desde hacía rato venía poniendo en estudio su diabólica mente. Acababa de pedir una Ginebra con Tónica y una rodaja de limón cuando vio abrirse las puertas del ascensor y salir de él a sus colegas. De la forma más estudiada y que pareciese natural, saludó a sus compañeros y les invitó a que le acompañaran argumentando que aún era temprano. Los demás aceptaron, aunque no pidieron lo mismo, detalle este que le sirvió para, entre broma y broma, ir manteniendo en pie un equilibrio que interiormente no acaba de conseguir en la medida que él deseaba. Bebió con avidez y demostrando cierta fruición con el solo motivo de que los demás le siguieran, al único objeto de salir ya lo antes posible y abandonar el Hotel, pues sabía que de un momento a otro habría de volver el empleado de mantenimiento, y daría la consiguiente alarma al encontrarse con la escena que él había dejado. El frescor de la noche madrileña, el haber conseguido salir del Hotel sin novedad alguna, y el efecto que estaba, en esos momentos, haciendo la Ginebra, hizo que todo su ser se relajara. Estaba seguro -pensaba- de que cuando volviera al Hotel, pasada tal vez la media noche, se habría de encontrar con la novedad, perfectamente conocida de él, en la cual él, precisamente, no tendrían porque verlo involucrado. -¿Habéis descansado? -Preguntó con cierta sorna el coordinador del acontecimiento-. - Lo cierto es que a mí me ha dado tiempo hasta de dar, sin darme cuenta desde luego, una corta cabezada -respondió uno de los acompañantes del Juez Mallorga, y el cual tenía la habitación en la misma
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    planta que él-.Los demás rieron al tiempo que manifestaban sus deseos de que el acontecimiento debía volver a repetirse lo antes posible. Entre charlas parceladas, tertulias de unos pocos, comentarios escogidos para escogidos comensales y un unánime deseo de que un Congreso así debería repetirse más a menudo, iba transcurriendo la cena. A los postres y tras un brindis por un Congreso tan bien organizado así por cuanto de positivo salió del mismo, y las agradecidas y expresivas palabras por parte del Presidente a todos los asistentes, se dio por clausurado el acontecimiento. Ahora y formándose diferentes grupos, propios de las amistades ya concebidas con anterioridad como consecuencia de otras reuniones semejantes, de forma independiente se organizaron diferentes visitas a clubes nocturnos al objeto de como se suele decir, “echar una canita al aire”. Con motivo de que una joven promesa recién llegada a la profesión, y dada su más que reconocida alta destreza en el desempeño de su labor como Abogado y Asesor del Colegio en tan escaso margen de tiempo, había obtenido una de las plazas codiciadas, éste sintiéndose halagado ante tal cúmulo de felicitaciones, decidió llevarlos en calidad de invitados a la Sala Horizonte dado que su cercanía con el hotel donde todos se hospedaban no tendrían necesidad de tomar medio alguno para regresar caso que alguno hubiera de madrugar para regresar a hora temprana a su punto de origen. Ocupada una mesa cercana a la pista de baile así como al pequeño escenario sobre cuyas luminosas y decoradas tablas unas jóvenes deleitaban al personal, obviamente masculino, con su escasísimo vestuario así como sus sensuales y a veces eróticos movimientos, el pequeño grupo en el que se encontraba el Juez Mallorga no se demoró en su demanda a una de las camareras que, ligerita de ropa, acudió presta a la llamada del espontáneo anfitrión. De vuelta, y portando una bandeja con diferentes botellas de las cuales fue escanciando en copas y vasos las bebidas apetecidas cuyos servicios iba colocando sobre la mesa a la vez que dejaba junto con la sonrisa habitual una fuente con frutos secos variados, la muchacha con un guiño picarón preguntó si necesitaban algo más. El gesto fue perfectamente entendido por todos y cada uno ya que al unísono asintieron con un movimiento de cabeza dándole a entender que ya la llamarían. - ¿Qué hacemos? -Preguntó el Juez Manuel Mallorga de una forma aparentemente infantil-, y continuó: porque yo estoy lanzado... Esto no lo había estudiado, sin embargo, le vino al pelo para poder enmascarar el que horas antes había saciado, aunque sólo fuera en parte, esa necesidad que algunos concupiscentes tienen de estar continuamente practicando el sexo con desmesurado apetito a veces tan desordenado como deshonesto. Y ese, concretamente, era el caso del Juez Mallorga. No podía resistir la tentación aun sabiendo que en cualquier momento aquella lascivia le podría acarrear serios y graves problemas. Como así sucedió...
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    De vuelta enel hotel y ante la exposición de algunos de los congresistas de que tendrían que madrugar para regresar a sus correspondientes orígenes, al final todos decidieron recogerse. Sin embargo no sería así, ya que a la entrada fueron interceptados por la Brigada de Investigación Criminal la cual habría sido avisada tras el descubrimiento del cadáver de la camarera cuando con el cambio de turno de noche, en las plantas, la Gobernanta recibió el aviso de que la compañera que habría de ser relevada no aparecía por ningún lado, por lo que se procedió a su búsqueda dado lo extraño de la situación, y al final siendo descubierta bajo un inmenso charco de sangre en el cuarto de baño donde la dejara el Juez Mallorga Uno por uno, todos los congresistas fueron identificados e interrogados brevemente aunque sujetos a posibles y más exhaustivos interrogatorios más adelante. Como era de esperar y por aquello de que el Juez Mallorga era el que ocupaba la habitación más cercana a aquella en la que se sucedieron los hechos, el por entonces Detective David, el cual se encontraba al mando del caso, tal vez por intuición natural, tal vez debido a su fino olfato policial, pues no en vano habría alcanzado durante su promoción el número uno, comenzó dedicándole un especial interés a la persona del juez Mallorga. No estuvo muy desacertado en la elección ya que en el segundo y más amplio interrogatorio, éste acabaría derrumbándose ante lo dubitativo de las respuestas así como de las controversias expuestas en unas declaraciones que no requerían de grandes esfuerzos ni planteamientos estudiados, ya que el Detective no le dio tiempo a preparar nada. Al final el hilo conductor para su detección y acusación llegaría de la mano del camarero que atendía la barra y que fue el que dio testimonio de su bajada a la Cafetería la tarde del suceso. La rapidez con que resolvió el caso; dado, a su juicio, la simplicidad del mismo y la colaboración aunque involuntaria del Juez, haría que a David le valiera un reconocimiento especial. No obstante, y tras haberlo aceptado, presentó su dimisión en el Cuerpo argumentando que no tuvieron en cuenta sus opiniones cuando procedieron a la detección de un hombre acusado del mismo crimen y que se trataba de un proveedor que diariamente llevaba productos de huerta para el restaurante del hotel.
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    TREINTA Y DOS ElDepartamento de investigación Criminal había perdido a uno de sus mejores elementos, pues no en vano tal pulcritud y olfato en cada uno de los casos tratados, le venía de familia, ya que David Gómez había sido educado en una familia dedicada por entero a la causa de la Justicia, la ley y el orden. Manuel, su abuelo paterno, llamado así por otro poeta Gallego, emigró a Madrid desde Vigo a principios de siglo. Pocas horas después de haber llegado a la capital de España, se dirigió directamente a Móstoles para reunirse con un primo suyo que trabajaba en el departamento de policía. Durante aquella época de la Primera Guerra, Manuel Gómez formó parte del pequeño grupo de policías que se negaron a aceptar sobornos de los extorsionadores y contrabandistas de bebidas Alcohólicas y tabacos. Como consecuencia de ello no consiguió ascender más que hasta Brigada. Pero Manuel hizo que su mujer Manuela le pariera cinco hijos con un nivel religioso bastante alto y solo renunció a continuar cuando un sacerdote local le dijo que la voluntad de Dios, al parecer, era que él y Manuela no recibieran la bendición de tener una hija. Su esposa se sintió muy agradecida por las
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    acertadas y tranquilizadoraspalabras del padre Rafael, pues resultaba muy difícil sacar adelante a cinco robustos varones con el salario de Brigada. Aunque si Manuel le hubiera entregado una sola peseta de más de lo que ella recibía de su paga mensual, Manuela habría querido saber con todo detalle de dónde procedía el dinero. Al término de sus estudios en la escuela superior, tres de ellos ingresaron en el departamento de policía de Móstoles, donde pronto obtuvieron los ascensos que en otro tiempo, tan rápidamente, se habría merecido su padre. Otro de ellos se hizo misionero, lo cual complació a la madre, y el más joven, el padre de David, estudió Justicia Criminal en la escuela de la Policía metropolitana, aprovechando las facilidades otorgadas por la ley de acceso a la universidad para los recién licenciados . Después de graduarse ingresó en el Cuerpo Especial de Información. Época aquella en la que se casó con Soledad Gutiérrez, una joven que vivía a dos calles más abajo. Sólo tuvieron un hijo al que bautizaron con el nombre de David. David nació tan sano como fuerte y despierto, y ya antes de que tuviera edad para ir a la escuela estaba claro que iba a ser un bien dotado jugador de Baloncesto dada su altura y elasticidad. El padre de David se sintió encantado cuando el muchacho se convirtió en el Capitán del equipo de la Escuela Superior en la que ingresó al objeto de cursar estudios superiores y poder acceder a la Universidad con el fin de estudiar Sociología, pero su madre se encargó de seguir haciéndole trabajar hasta bien entrada la noche para estar segura de que siempre terminara sus deberes. - No puedes jugar al baloncesto durante el resto de tus días -le recordaba de forma continuada. La combinación de un padre que se levantaba cada vez que una mujer entraba en la habitación donde él estuviera, y de una madre que era icono de la bondad, hicieron que David resultara ser un chico tímido en presencia de las mujeres, a pesar de toda su potencia física. Fueron varias las jóvenes de la Escuela Superior que dejaron bien claro lo que ellas sentían por él, pero el muchacho no perdió su virginidad hasta que conoció a Pepita, durante su último año en la escuela. Poco después de que condujera al equipo a otra victoria importante, en una tarde de Otoño, Pepita lo pilló de improviso y lo sedujo. Habría sido la primera vez que él hubiese visto a una mujer desnuda, si ella se hubiera quitado la ropa. Aproximadamente un mes más tarde, Pepita le preguntó de forma sorpresiva si no le gustaría probar con dos chicas a la vez. - Nunca he tenido dos chicas, y mucho menos a la vez -contestó él poniéndose ostensiblemente colorado. Pepita no pareció quedar impresionada por su contestación y sus gestos, y siguió su camino. Cuando David obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Superior, no aceptó ninguna de las numerosas ofertas con las que habitualmente se encontraban todos los miembros del equipo de baloncesto. Sus compañeros de equipo parecían enorgullecerse de grabar los
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    nombres de laschicas que habían sucumbido a sus encantos, en el interior de las puertas de sus taquillas. Juan Díaz, el que se distinguía por ser el especialista en triples, tenía diecisiete nombres en su taquilla; ya a finales del primer semestre la regla, según informó a David, era que solo contaba el haber consumado la relación. Al parecer, las puertas de las taquillas, según él, no eran lo bastante grandes como para poder incluir los nombres de todas con las que había tonteado casi hasta el final. A finales de su primer año, Pepita seguía siendo el único nombre que David tenía grabado ya que era con la única chica que había salido. Una noche, después de un entrenamiento, comprobó las puertas de los demás compañeros de equipo y descubrió que el nombre de Pepita aparecía en casi todas ellas, ocasionalmente acompañado por el nombre de alguna otra chica entre paréntesis. El resto del equipo se lo habría hecho pasar bastante mal por su baja puntuación si no hubiera sido el mejor Pívot de primer año con que había contado el centro desde hacía cerca de veinte años. Fue durante los primeros días de su segundo año de estudios cuando todo cambió. Al acudir a su sesión en el club de baile, ella se estaba poniendo los zapatos aunque no pudo verle la cara, pero eso no le importó mucho porque no pudo apartar la mirada de aquellas piernas largas y delgadas. Como héroe del equipo de Baloncesto ya estaba acostumbrado a que las chicas le mirasen a él más que a los demás, pero ahora resultaba que la única chica a la que deseaba impresionar ni siquiera se daba cuenta de su existencia. Y para empeorar las cosas, cuando ella salió a la pista de baile, se emparejó con Bernardo Romero, que no tenía rival como bailarín. Los dos mantenían las espaldas rígidamente rectas, y movían los pies con una destreza que David sólo había visto en muy raras ocasiones. Al terminar el baile David seguía sin saber el nombre de aquella joven. Lo peor de todo, sin embargo, fue que ella y Bernardo se marcharon antes de que él pudiera encontrar una forma de que alguien les presentara. Desesperado, decidió seguirlos hasta los dormitorios femeninos de la residencia, caminando unos metros por detrás de ellos, y permaneciendo siempre en las sombras, tal como le había enseñado a hacer su padre. Una mueca apareció en su rostro al observar cómo los dos se tomaban de las manos y charlaban felizmente. Al llegar a un pasillo de entrada que hacía de antesala a varias habitaciones, ella besó a Bernardo en la mejilla y desapareció en el interior de uno de los dormitorios de la residencia. -“¡¿Por qué no se habría concentrado más en el baile y algo menos en el Baloncesto?!” -se preguntó. Después de que Bernardo se alejara en dirección de los dormitorios de los hombres, David empezó a recorrer de un lado a otro la acera situada por debajo de las ventanas de los dormitorios de las chicas preguntándose qué podía hacer. Finalmente, la vio de manera fugaz, vestida con un batín cuando cerraba la cortina del cuarto, y él todavía permaneció unos pocos
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    minutos más porallí antes de regresar de mala gana a su propio cuarto. Se sentó en el borde de la cama y empezó a escribirle una carta a su madre contándole que acababa de ver a la mujer con la que se iba a casar, aunque en realidad aún no había hablado con ella, y ahora que lo pensaba, ni tan siquiera conocía su nombre. Al cerrar el sobre intentó convencerse de que Bernardo no era más que su compañero de baile. Durante el resto de la semana intentó descubrir todo lo que pudo sobre ella, pero lo único que pudo saber era que se llamaba Ángela Medina, que había conseguido una beca para el centro, y que aquel era su primer año de estudio sobre la Historia del Arte. Maldijo el hecho de no haber entrado en su vida en una galería de arte; de hecho, lo máximo que se había acercado a la pintura fue cuando su padre le pidió que alcanzara con la brocha la parte alta de la verja que rodeaba el pequeño patio trasero de su casa. Resultó que Bernardo llevaba saliendo con Ángela desde el último año en la Escuela Superior de ella y no solo era el mejor bailarín del club, sino que también se le consideraba como el Matemático más brillante de la Universidad anexa a la Escuela Superior. Otras instituciones le habían ofrecido ya becas para realizar estudio de posgrado, incluso antes de que se conocieran los resultados de sus exámenes finales. David solo podía confiar en que a Bernardo le ofrecieran lo más pronto posible un puesto al que no se pudiera negar en algún lugar alejado de Madrid. Al jueves siguiente, David fue el primero en acudir al club de baile, y cuando Ángela salió del vestuario, con su blusa de algodón Verde pistacho y una falda Azul corta, la única duda que se le planeó a él fue si mirar fijamente aquellos ojos verdes o sus largas y esbeltas piernas. Una vez más, Ángela se emparejó con Bernardo durante toda la velada, mientras David permanecía en silencio sentado en un banco fingiendo que no se daba cuenta de su presencia. Después del número final, los dos, al igual que había visto la vez anterior, se marcharon y David los siguió de nuevo hasta el pequeño recibidor, aunque en esta ocasión observó que ella no tomaba la mano de Bernardo. Después de una larga charla y otro beso en la mejilla, Bernardo desapareció en dirección a los dormitorios de los hombres. David se sentó en una banco frente a su ventana y se quedó mirando fijamente a la ventana del dormitorio de las chicas como ya hiciera anteriormente. Decidió esperar hasta que la viera cerrar las cortinas, pero para cuando ella apareció en la ventana, él se había quedado dormido sobre el respaldo del banco. Su primer recuerdo fue que despertaba de un profundo sueño en el que soñaba que Ángela se encontraba delante de él, vestida con pijama y un batín. Se despertó con un sobresalto, la miró con expresión de incredulidad al encontrársela frente a él, y levantándose de un salto al darse cuenta de la situación, extendió la mano. - Hola, soy David Gómez -dijo de una forma un tanto incoherente. - Lo sé -asintió ella al estrecharle la mano-. Soy Ángela Medina.
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    - Lo sé-fue todo lo que se le ocurrió decir a él. - ¿Queda algo de sitio en ese banco? -pregunto ella. Y, a partir de ese momento, David ya no miró a ninguna otra mujer. Al Sábado siguiente, Ángela acudió al partido de Baloncesto por primera vez en su vida y lo vio salir bien librado de una serie de jugadas notables delante de lo que para él era una cancha atestada pero con una sola persona: ella. Pasadas dos semanas, el Jueves siguiente, Ángela y David bailaron durante toda la velada mientras Bernardo permanecía desconsoladamente sentado en un rincón. Todavía parecía sentirse más desolado cuando los dos se marcharon juntos, cogido de la mano. Al llegar al recibidor David la besó, e inmediatamente se puso de rodillas y le pidió que se casara con el. Ángela se echó a reír, se ruborizó y entró corriendo en el dormitorio. Camino de regreso hacia el dormitorio de los varones, David también se echó a reír, pero eso fue después de que distinguiera a Bernardo escondido detrás de un árbol, por lo que a su mente acudió un pensamiento un tanto perverso: “¡ahora te toca a ti!”. A partir de entonces David y Ángela pasaron juntos todos sus ratos libres. Ella aprendió el significado de expresiones como “tapona” “encesta”, mientras que él aprendió cosas sobre Miguel Ángel, o Leonardo. Durante los tres años siguientes David hincaba una rodilla en tierra cada Jueves por la noche y le pedía que se casara con él. Cada vez que sus compañeros de equipo le preguntaban por qué no había grabado su nombre en el interior de la puerta de su taquilla, él se limitaba a contestar: - ¡Porque voy a casarme con ella! Al final del último año de estudios de David, y ya preparado para su ingreso en la Universidad, Ángela consintió finalmente en ser su esposa... después que ella terminara sus estudios pues aún le quedaba un año para su licenciatura. Desgraciadamente no se consumarían aquellos tan esperados y fervientes deseos. La mañana del día anterior a la recogida del resultado de los exámenes finales, y viendo las demás compañeras que Ángela no acudía tras el desayuno, acudieron al dormitorio y se la encontraron caída en el suelo, sobre un lado, y con un extenso charco de sangre casi seca alrededor de su cuello. Había sido degollada.. No se encontraron indicios o pruebas que pudieran determinar el causante ni el móvil de tan atroz asesinato, por lo que el caso aunque sin cerrar, hizo que David, entre el dolor y la incertidumbre, decidiera cambiar de actitud y determinarse por conseguir el título de Criminología Social en la Facultad de Madrid.
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    TREINTA Y TRES Aúnse encontraba Hipólito absorto en aquellos recuerdos cuando la voz de David lo saco de su abstracción para preguntarle: - Bien, ahora supongo que tendrás que decirme en qué te puedo ayudar, o mejor sería preguntar: ¿Qué es lo que deseas que haga? - Sencillamente, dijo Hipólito muy circunspecto: ¡Que la busques! Que encuentres a Irene, necesito verla, hablar con ella y aclarar unas cuantas cosas. Si hay alguien que pueda encontrarla ése eres tú, ya me lo has demostrado sobradamente... ¿Qué me dices? ¿Aceptas el caso? - Sabes bien que no voy a negarte mi ayuda. Por supuesto que me pondré a ello en cuanto solucione un par de casos que tenemos entre manos y de los que creo recordar que ya te hablé. No creo que me vaya a llevar más de una o dos semanas a lo sumo. No obstante, mientras tanto iré haciendo algunas gestiones... También quería decirte, aprovechando la amistad y la confianza puesta siempre en mi trabajo y que creo me permite darte algún consejo, este no sería otro que el sugerirte, una vez leído todo este historial que me has traído: ¿Por qué no lo dejas correr y te olvidas de ella como supongo ella habrá querido olvidarse de ti? Y discúlpame si he
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    sido demasiado vehementeo claro, pero, te repito que después de haber leído esto, no sé qué decirte... - No me molesta en absoluto esa sugerencia tuya, pero, es que necesito que me dé una explicación para que hiciera las cosas de aquella manera, y tuviera ese comportamiento que no acepto de ningún modo sin al menos podérselo decir a la cara. Ha jugado conmigo, y, con Hipólito no se juega, y mucho menos ella, así que encuéntrala; el resto déjalo de mi cuenta. Y no te preocupes que no va a llegar la sangre al río. - Bien, entonces quedamos en que en cuanto averigüe algo y lo tenga bien atado, me pongo en contacto contigo y te vienes por aquí. Imagino que tus pretensiones serán también el que, en conjunto, desees desarrollar un plan a tenor del informe que te facilite. - Mira, no había pensado en ello, pero no es mala idea -dijo don Hipólito en el que se observaba ahora un rictus de disimulada intención demoníaca ya que su pensamiento volaba por los aires a la búsqueda de un plan paralelo para, contando con quedarse unos días en la capital, realizar por cuenta propia y a espaldas de su amigo algunas indagaciones, aprovechando que, por la prensa, tendría la seguridad de averiguar los lugares preferidos a los que Irene y de forma regular acudiría diariamente. - Me parece bien, David. Me quedaré hoy en Madrid, en el Hotel Atocha que por ende, está cerca de una de las casas de la familia, pues tengo la intención de visitarlos, y mañana en la tarde regresaré a Alicante. Aunque deberé realizar algunas visitas a Alcoy, estaré pendiente de tu llamada -dijo de forma que pareciera lo más convincente posible. No era esa su intención, ya que la idea que tenía preconcebida era la de dedicar un par de las noches madrileñas a deambular por la movida rueda de aquellos lugares a donde posiblemente, las figuras artísticas del momento solían desprenderse un poco del estrés producido por los muchos acontecimientos sociales y laborales que saturaban las diferentes formas de la cultura evolutiva en la capital del España. Tras tomar un taxi pidió al conductor lo llevara a dar una vuelta por el céntrico barrio conocido como Malasaña. Hizo que el taxista detuviera el vehículo en la esquina de Tudor, y con paso tranquilo se dirigió al centro dando un paseo. La Pasarela, era la segunda sala en la que entraba. Pasaban las doce de la noche. Aun a pesar de estar bastante concurridas tanto las zonas de barra como la oblonga pista de baile, consiguió una mesa en un discreto rincón desde el que podía observar sin que nadie, relativamente, reparara en él, gracias a la buena propina que le dio al camarero, justo cuando entraba, y éste se cruzaba con él cediéndole cortésmente el paso aun a pesar de que portaba una bandeja repleta de diferentes bebidas, y de que había que tener mucha habilidad para moverse entre aquella multitud, y luchando por mantener el equilibrio. Pasados unos minutos, el mismo camarero con aspecto de acumular a esa hora cierto cansancio, se acercó a don Hipólito en demanda de qué podría servirle. Tomada la nota de un bourbon Jefferson´s doble sin hielo, del
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    que era unadepto cuando estaba en Madrid, por su sabor aromático y acaramelado, dejó sobre la mesa una pequeña fuente con diferentes frutos secos. Servida la bebida en un vaso bajo y ancho, bellamente grabado a fuego con el anagrama exclusivo de la casa, tras el primer sorbo, encendió un cigarrillo al tiempo que paseaba la vista por el local. Pasada media hora, la visita a aquella sala no había tenido éxito, por lo que pensó: “hubiera sido demasiada casualidad”. Sin embargo, sí había reparado en la que aunque no jovencita pero sí hermosa mujer se encontraba sentada en la esquina de la barra, próxima al lugar donde él se hallaba, y la cual con las piernas, sin una intención premeditada, entrecruzadas, le estaba ofreciendo una imagen a la que no pudo resistirse. Tras observarla durante unos minutos sin que ella repara en él, cuando en uno de aquellos brevísimos momentos en que se cruzaron sus miradas, y ninguno batirse en retirada, llamó al camarero, y entregándole una tarjeta, ya que esa era su ostentosa forma de presentarse, le dio indicaciones de que se la llevara a la joven al tiempo que le ordenaba le dijera si le apetecía tomar una copa con él. Distraídamente, el camarero, ante un caso que, visto de aquella forma, se le había antojado inusual, no pudo evitar el mirar de soslayo la tarjeta, lo que hizo que al tiempo que entregándosela a la joven y haciendo que ésta se fijara bien en él, observó cómo el camarero le hacia un guiño a la vez que un gesto cómplice con la cabeza en dirección a la mesa. La mujer que ya intuía lo que acontecería a continuación dada su condición de observadora, asintió con la cabeza al tiempo que se dirigía hacia la mesa que ocupaba don Hipólito, el cual se levantó cortésmente ofreciéndole la silla que se encontraba a su izquierda. Don Hipólito retuvo un momento al camarero el tiempo suficiente para pedir unas bebidas que en el caso de él fue repetir, mientras la mujer pedía un cóctel de champaña. - Buenas noches, Sr. de la Torre -dijo la mujer tomando asiento al tiempo que sobre un extremo de la mesa dejaba su bolso. - Buenas noches, Señorita... - Berta, Berta San Juan. - Y a Berta San Juan, ¿la han dejado plantada esta noche? porque la he estado observando y me parecía que se encontraba en un estado bastante, por decirlo de alguna manera, aburrido. - Y no se equivoca Vd., aunque quiero dejarle clara una cosa que considero fundamental: No soy la clase de mujer en la que es muy posible estuviera pensando -dijo de forma muy abierta y mirando fijamente al hombre, justo en el momento en que el camarero hacía de nuevo acto de presencia y depositaba sobre la mesa las bebidas demandadas-: Lamento si le he podido causar esa impresión pero, no, no es cierto que me estuviera aburriendo, sólo estaba un tanto pensativa, intranquila debido a que me sienta mal el que me dejen colgada... Había quedado con una amiga y compañera con el fin de
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    comentar acerca deunos asuntillos de trabajo y no sé qué habrá podido pasarle. - En ese caso le ruego me disculpe, pero, es que al verla tan sola no he podido evitar la tentación de ofrecerle, por decirlo de una forma cordial, la compañía. - Detalle este que he de agradecerle sinceramente, pues visto desde una perspectiva racional me ayuda a soportar esta que parece va a ser larga espera, por lo que no tiene que disculparse. - Y, ¿sería una indiscreción, por mi parte, preguntarle a qué se dedican Vds.? Lo digo por aquello de haberle oído comentar el que había quedado para tratar alguna cuestión de trabajo. - En absoluto. No tiene mayor importancia. Ambas somos casi médicos. Ana, que así se llama mi amiga, es al igual que yo estudiante de Medicina de último curso, en prácticas y trabajamos en el hospital del Niño Jesús aquí en Madrid. Ana terminará este año su especialidad, porque aunque ya es Médico Ginecóloga, ahora pasará a ser Cirujano. Yo en cambio terminaré como Médico Anestesista. Las dos residimos en la capital y aunque somos de fuera, compartimos un apartamento cerca de la ciudad Universitaria. Ella es de Ciudad Real, de Calzada de Calatrava, concretamente, ya sabe, de donde es Pedro Almodóvar, en cambio yo soy de un pueblo de la provincia de Alicante llamado Alcoy, no sé si lo conocerá... - ¡Pero, bueno! ¿Acaso no se ha fijado en mi tarjeta? -dijo con una sonrisa en la que se leía el intento de causar una abrumadora sensación de cercanía. - ¡Lo siento, pero solo he leído el nombre que figura en ella! ¿Por qué me lo pregunta? - Pues porque da la dichosa casualidad de que yo, aunque soy natural de aquí, vivo entre Alcoy y Alicante, aunque la mayor parte de mi vida la paso en Alcoy donde tengo casa y unas fábricas de textiles, de las cuales es muy posible que haya oído hablar alguna vez. - Disculpe mi brusquedad, pero, es que acabo de ver entrar a mi amiga y he observado que trae cierto sofoco. Lamento dejar en el aire el resto de tan amena conversación. Permítame que le agradezca una vez más su atención. Ha sido un placer conocerle, y es muy posible que nos volvamos a ver, hasta entonces, repito, muchas gracias y buenas noches. - Así lo espero, y buenas noches, para mi también ha sido un verdadero placer encontrarme con una medio paisana. Tras tan rápida despedida, Berta recogió su bolso dirigiéndose apresuradamente hacia la entrada mientras que a la velocidad del rayo, por su mente había pasado un pensamiento: “Ya lo creo que me suena, y mucho, medio paisano hijo de puta”
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    TREINTA Y CUATRO Pasabanlas diez de la noche cuando Gerardo y Felipe tomaban el camino de Albatera hacia la casa del primero. Una sencilla vivienda de una sola planta que en el extrarradio del pueblo, los padres de Matilde, Álvaro y Berta les habían comprado como regalo de bodas. Gerardo había pretendido a Matilde tras haberla conocido un día en el Estanco cuando al quedarse sin tabaco entró a por un paquete de picadura. Ella estaba tras el mostrador, organizando unos cartones de tabaco en una de las estanterías mientras que su padre atendía la Estafeta, y aunque la cara de Gerardo no le era del todo desconocida, se saludaron en un tono de cierto amiguismo, por lo que Matilde le preguntó: - Te he visto últimamente por aquí, aunque me consta que no eres del pueblo -dijo a modo de intento de pegar la hebra ya que ese día al parecer, no había mucha clientela. - No, es cierto, soy de Albatera, un poco más abajo de Crevillente. - No había oído hablar de tu pueblo, aunque sí de Crevillente. ¿Está muy lejos de aquí, de Alcoy? -continuó mostrando cierto interés. - Desde mi pueblo, algo más de ochenta kilómetros, ¿por qué, es que
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    te gustaría conocerlo? -La verdad es que no me importaría con tal de salir de aquí alguna vez. No te puedes imaginar cómo me aburro, aunque con la responsabilidad de una cría, ya te puedes imaginar... - ¿De verdad tienes una niña? Por cierto, me llamo Gerardo. Disculpa que no te lo haya dicho antes, aunque igual tú ya lo sabías, de oídas o algún comentario de tus clientes -dijo poniendo cara como de esperar una respuesta favorable. - No, no lo sabía -dijo dejándosele entrever un parpadeo en el que se podía leer que sí, que conocía como se llamaba. Marcial, el transportista, le había comentado días antes que había tenido que traer desde Alicante unas piezas para una de las maquinarias que estaban trabajando en las nuevas obras del Silo, y que fue él, Gerardo, el que le ayudó a descargarlas del camión. - Y sí, tengo una niña, por cierto me llamo Matilde aunque todos me llaman cariñosamente Mati, tú también me puedes llamar así, si quieres. - Gracias por partida doble, pero yo sí conocía tu nombre, y no te acuerdas de mí, posiblemente, porque el primer día que entré en el Estanco, no sólo había varias personas, sino que además me había dejado la barba. - De todas formas, dudo que no te reconociera, ya que tienes una cara muy agraciada, vamos, difícil de no reparar en ella, y no, precisamente, de las que se ven en los muchachos del campo que son los que más hay por esta zona de huertas, y que la mayoría las tienen abrasadas por el sol y el aire. Ciertamente que mejor no podía haberlo dibujado, ya que Gerardo además de un muy bien cuidado cabello castaño, poseía un rostro de perfil recto como su nariz sobre la cual se apoyaban unos pómulos en cuyo relieve se asomaban unos ojos marrones que daban vida de continuo a una no forzada sonrisa que hacía juego con el gesto de unos labios finos, y que a su vez maridaba con un bigotito travieso que parecía querer florecer lo antes posible con el fin de aparentar una dimensión de la que aún por su insipiencia le quedaba un tiempo de maduración. De fuerte complexión y anchos hombros, propios del trabajo que realizaba como mecánico Agrícola, Gerardo podía presumir de unos ademanes que quedaban impresos en la elasticidad de unos movimientos corporales propios de quien practica el deporte. - Tiene gracia que tú me digas a mí eso -dijo él sonriendo-: cuando precisamente, hoy he venido al Estanco solo y exclusivamente por verte ya que de los dos paquetes que me llevé el otro día aún me queda bastante; la verdad es que fumo muy poco. Eres muy bonita y si quisieras, cosa que me encantaría, podríamos dar un paseo alguna tarde. Te extrañará que te pida esto, pero es que ya le pregunté al encargado de las obras del silo, que según me dijo es primo de tu madre, y el cual me comentó acerca de que no estás casada aun a pesar de tener a la cría. Realmente Matilde era muy bonita, más que antes de aquella fatal tragedia sufrida tiempo atrás y de cuya abominable violación había dado a
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    luz una hermosacriatura aun a pesar de que le ofrecieron la posibilidad de deshacerse de ella. Pero no, ella quiso tenerla, y ahora desde la perspectiva materna se la veía más mujer. Una mujer cuya melena del color de las campanas al atardecer, que derramada sobre unos delicados y bien torneados hombros, daban soporte a una cabeza que más bien parecía decorada no sólo por el brillo de unos ojos avellanados de un color Verde- azulado y que anidado entre largas pestañas eran gloria el contemplar cómo se desenvolvían en su, tal vez sin intención, coqueto parpadeo. De labios no muy carnosos, que parecían pedir a gritos un sensual roce, y que quedaban guardados entre un delicado pero firme mentón y una naricilla que, aunque mediana, resultaba respingona según el lado desde donde se la mirase. Ciertamente que a aquella Matildita le había, poco a poco, con el paso del tiempo, variado el semblante, el semblante y el busto, pues no en vano ahora se apreciaba, tras la fina tela de un guardapolvo que aunque sin escote pero ajustado, la exuberancia de unos pechos bien redondeados y que se dejaban notar con más firmeza cuando Matilde se apoyaba sobre el mostrador al objeto de encontrarse más cerca del muchacho, detalle este que a Gerardo ni por asomo dejaba de pasársele por alto, aunque sabía muy bien practicar el disimulo con aquella mirada que intentaba parecer perdida, pero que a todas luces se veía perfectamente hacia donde se dirigían sus destellos. Sin lugar a dudas aquella Matildita había desaparecido de la escena de Alcoy para reaparecer en la vida del pueblo como con una imagen muy distinta de cuando hacía los mandados para su padre o iba al Instituto. Aunque la construcción del nuevo Silo duró más de un año, Gerardo y Matilde llegaron a estrechar lazos de tal forma que un mes antes de la conclusión de la obra, y ya determinada la relación sobre la que ambos habían estado de acuerdo en que lo suyo podría tener un feliz término, decidieron que era el momento de que los padres de Mati dieran conformidad al noviazgo, como así fue, ya que el muchacho fue del total agrado de ellos Un mes más tarde fue Matilde en unión de Gerardo la que lo acompañó a su casa de Albatera donde conoció a sus padres los cuales ya de cierta edad quedaron encantados ante la idea de que siendo Gerardo el único hijo que tenían, les llenaba la bendición de una nieta sobre la que derramaron toda una batería de halagos y caricias, y en cuya visita quedó definitivamente acordada la fecha de la boda, acontecimiento éste que se celebraría en la preciosa ermita de San Antonio Abad, y que fuera construida con un estilo tradicional en el siglo XVIII, y a cuyo santo Matilde le tenía cierta devoción.
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    TREINTA Y CINCO -¡Al final llegaremos tarde! -dijo Carlos el cual estaba sentado en un silloncito al lado del balcón del que disfrutaba su apartamento, frente al futuro parque, ahora en construcción en el Paseo de Yeserías, y en que por primera vez habían pasado la noche juntos - Ya voy, pesado. Cómo se nota que tú no tienes que ponerte tanto mejunje -dijo Irene asomando media cara por la puerta del Cuarto de Baño. - Sí, ya sé que todo ello requiere tiempo, pero es que para ir de viaje tampoco hay que perifollarse tanto, vamos, digo yo -dijo mostrándose un tanto enérgico aunque sin perder el tono simpático que siempre le caracterizaba aun estando serio. - Ya casi estoy. Solo me falta meter las zapatillas en la maleta, me pongo los zapatos y nos vamos -dijo pasando al salón y sentándose graciosamente sobre las rodillas de Carlos al tiempo que le ofrecía sus labios, y que éste no tardó ni un sólo segundo en atraerlos hacia los suyos en un apasionado beso, durante el que se olvidaron completamente de que tenían el tiempo justo para, subir al taxi que desde hacía rato les esperaba en la puerta, y que habría de llevarlos ahora a todo correr hacia el aeropuerto con el fin de coger el vuelo de Aviaco que les llevaría a Sevilla. Una vez en la Terminal del aeropuerto de San Pablo, y como quiera
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    que estarían variosdías, decidieron alquilar un coche con el que se desplazaron hacia el centro, hacia el Hotel Colón, donde días antes habían reservado una habitación, no sin antes haber llegado a la conclusión de que de esta forma ya comenzaban a pensar en ahorrar viendo que la relación tomaba un cuerpo con la base suficiente como para ir pensando en un futuro más comprometido. Carlos mantenía la idea de que ahora tras haber conseguido pasar a ser socio del bufete para el que trabajaba desde hacía cinco años en calidad de colaborador habría de esforzarse al máximo al objeto de ganar puestos en el escalafón profesional dentro de la Empresa; el último caso defendido en Galicia le había reportado a él unos buenos por cientos en prestigio ante el Consejo de Administración, al igual que a este le habría reportado otros tantos pero en pesetas. La mañana en Sevilla lucía espléndida, por lo que apenas estuvieron en la habitación el tiempo de haciéndose eco de la comodidad que les rodeaba, y sin hacer nada por remediarlo, estrecharse mutuamente, primero con un cálido beso que un segundo después pasaría a convertirse en una más apasionada de la entregas al notar Carlos cómo los pezones de Irene queriendo salvar la frontera de la fina blusa asalmonada que llevaba, se estrellaban impetuosamente contra su pecho. Cuando se separaron, se quedaron mirando hacia la puerta del dormitorio, y sonriéndose dijo Carlos: -¡Llegaremos tarde! - Entonces vamos, no hagamos esperar más a tu socio en tu primera visita -dijo Irene con una mirada llena de picardía. Una vez en la calle torcieron hacia la izquierda ya que a escasos cincuenta metros se encontraba el Restaurante El Burladero, donde Carlos había quedado con Félix, su socio y compañero del bufete madrileño y que por razones de comodidad era uno de los abogados que estaban repartidos de forma residente en las más notables capitales de España. Una vez dentro del local, Carlos divisó a Félix justo en el momento en que éste se llevaba a los labios una copa de vino que acababan de servirle, de lo que dedujo Carlos que no hacía mucho que habría llegado. No obstante, prenguntó: -¿Hace mucho que esperas? -No, hace unos minutos, el tiempo de pedir este Alfonso que cada vez que lo tomo aquí me parece más delicioso que en cualquier otro lugar. - ¿Ya tienes Secretaria? -dijo Félix mirando directamente a Irene, y mostrando una sonrisa que daba brillantez a una hilera de dientes blancos y perfectos. Carlos, acompañando a Félix con una sonrisa similar y mirando a Irene, le contestó: - Chico, no sé que decirte. No había pensado en ello; igual a Irene le gusta la idea de acompañarme a todas partes y ser a ratos mi Secretaria, aunque yo prefiero mejor presentártela como mi futura esposa. Lo otro a lo mejor viene después, aunque eso de acompañarme a todas partes no
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    pudiera ser posibleya que ella tiene también su trabajo y que no es poco en lo que a viajes se refiere. - Hombre, pues eso está bien. Otro más a ayudar a llevar la cruz -dijo Félix riéndose, al tiempo que alargándole la mano a Irene le dijo que estaba encantado por partida doble: porque era una mujer maravillosa, y porque en un futuro no muy lejano los vería a los dos camino del altar, y al que esperaba ser invitado. Carlos le presentó a Félix, haciendo alardes sobre la capacidad y el conocimiento que tenía ante casos complicados. - Carlos ha dicho antes que tienes tu trabajo. ¿Y puedo saber, si no es indiscreción, qué clase de trabajo es? -dijo dejando caer la pregunta de forma un tanto relajada. - Soy Actriz, aunque ahora estoy comenzando a pisar el terreno de los guionistas; la verdad que con respecto al cine he realizado varias películas, en cuanto al Guión, este que vengo a ofrecerle a Cesáreo González y a su Empresa Suevia Fimls, será el segundo, veremos qué tal; espero que les guste ya que es muy del estilo de ellos. - Pues si tienes algún problema, avísame. El último caso que traté en Galicia, precisamente, fue relacionado con el gremio del espectáculo, y en aquellas reuniones se habló mucho de este Empresario que por cierto es gallego -dijo Félix a modo de cariñoso acercamiento. - Sí, y esa es otra de mis preocupaciones ya que tengo entendido que como se suele decir en Sevilla, de la Hermandad del puño. - Claro, como buen gallego, pero, ya sabes que también tienen su lado contrario y es que como le caigas en gracia y le guste el guión, contigo a por todas... - Pedimos el almuerzo -dijo Carlos apurando su copa y viendo que se estaba quedando un poco al margen de todo, por lo que metiendo baza apuntó: - Irene, no creas que esta información es baladí, que éste sabe más de lo que le han enseñado; figúrate que al principio de entrar yo a colaborar en el bufete, hará ya unos cuatro años, lo acompañé a una vista aquí en Sevilla en la sala de lo Contencioso, si no recuerdo mal, ya me corregirás tú, Félix, pero el caso es que a media vista puso al fiscal tan nervioso que al final, ya no sabía si él tenía que acusar o defender, pues protestó en dos ocasiones a sendas preguntas de Félix, y que haciéndolas partícipe de una estrategia que parecía favorecer a la empresa acusada no se dio cuenta, por lo que el Juez terminó por sobreseer el caso. - Carlos, creo que ya tenemos Padrino para la boda. No te parece que a Félix le gustaría la idea -Preguntó Irene echándose un risita que a los dos hombres le pareció encantadora, y sobre cuya idea, los dos a un tiempo, y haciendo una escenita, se levantaron y riéndose se dieron la mano a modo de contrato verbal.
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    TREINTA Y SEIS Sentadaa una mesa de la Cafetería del Hotel Europa esquina a la Puerta del Sol, Eugenia daba un refresco a su hijo mientras ella se tomaba una caña de cerveza. Hacía un rato que acababa de salir del Dentista al que había ido a visitar y pedir cita para el empaste de una muela que le había estado dando guerra durante varios días, y que aún a pesar de ser Policía ahora ya con prácticas de lucha y tiro por imposición del Cuerpo, le tenía más pánico al dentista que a cualquier delincuente que se le presentara. De forma distraída miraba hacia la esquina de la plaza cuando al contraluz se dio cuenta de que una figura le tapaba el sol, y por ello no pudo precisar de quién se trataba hasta que la tuvo encima... - ¡Pero bueno, qué sorpresa! Cuánto tiempo sin tener noticias la una de la otra -dijo Eugenia, dirigiéndose a Celia, pues ella era la persona recién llegada. - Verdaderamente, chica, sí que ha pasado el tiempo después de la última vez que nos vimos -dijo Celia fundiéndose en un cariñoso abrazo. - Bueno, ¿y este muchachito tan requeteguapo? - Este es mi hijo Darío. Tú no lo conocías ya que aquel día que nos encontramos él estaba con mi hermana. Por cierto, tenemos que hablar
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    acerca de cómosalió tu tesis, imagino que “cum laude”, vamos que ahora sí que debes de ser una Doctora de verdad -dijo Eugenia sin poder evitar una sonrisa que contagió a Celia. - No te puedes imaginar cómo me ayudaron todos aquellos datos que me aportaste junto con los casos que me fuiste contando. Algunos de ellos, por cierto, fueron muy comentados, hasta el extremo de que al final más de un Académico me preguntó si ya había tenido alguna experiencia con respecto de aquellas exposiciones. Disculpa, pero es que me estoy fijando en tu hijo, y no le encuentro mucho parecido a ti -dijo Celia en la que Eugenia pudo apreciar cierto rubor, no obstante, le comentó: - Sí, es cierto, salvo el color de los ojos que los tiene marrones igual que yo, si hubieras conocido al padre te habrías dado cuenta de que sus rasgos y esa cosilla que hace cuando sonríe es clavado a él. - Vale, pero, háblame de tí, cómo fue aquello, y lo más importante, ¿qué haces ahora? -dijo Eugenia desviando el tema. - Bueno, hay una pequeña historia por medio -dijo Celia utilizando un tono un tanto enigmático, y continuó: -Después de aquel día en que no solo almorzamos si no que un poco más terminamos hasta las tantas y casi llegamos a la cena, una tarde de regreso a mi casa terminada mi última clase de prácticas, gracias a Dios, recibí la llamada de un compañero que también estaba en la tarea de preparar su tesis... - Buenas noches. ¿Hablo con la Srta. Celia, Celia Guzmán? -dijo la voz al otro lado del hilo telefónico, y que para nada le era familiar a Celia, por lo que se limitó a contestar: - Sí, soy yo ¿Quién es Vd.? Y dígame, ¿qué desea? - Le ruego me disculpe. Soy Alfredo Contreras. Igual por el nombre no me conoce aunque, estoy seguro de que si me ve posiblemente me recordará de haberme visto alguna vez de pasada. Me refiero al haberme visto en la Cafetería de la Facultad, aunque ya se sabe: allí normalmente estamos con la cabeza agachada viendo o apuntando datos. - Muy bien Sr. Contreras, pero, aún no me ha dicho el motivo de su llamada -dijo Celia en la que se notaba un cierto enojo. - Le vuelvo a pedir disculpas, pero, el caso es que esta tarde al salir Vd. de la Biblioteca y al entrar en la clase de prácticas, al parecer, se le cayó una libretita de apuntes. Momentos después, la libreta la recogió Joaquina la ordenanza, justo en el momento en el que yo pasaba por su lado, y al preguntarme si conocía a su propietaria ya que su nombre figuraba en la portada, y respondiéndole que sí, me la entregó pidiéndome el favor de que se la hiciera llegar. Como quiera que yo también tenía prácticas a esa misma hora, y a la salida no poder coincidir, ni encontrarla aunque, créame que la busqué, decidí de regreso a mi casa, ya que yo vivo a una manzana de la suya, llamarla por teléfono; me pareció mejor que no hacerlo directamente en su domicilio. Y este es el motivo -dijo ahora con una voz a la que parecía le faltaba el resuello, y no es que estuviera nervioso, que podría ser, ya que en Celia había reparado más de una vez, es más, en ocasiones había tratado
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    de coincidir conella en la Cafetería aunque nunca se decidió hacerse el encontradizo buscando la oportunidad de presentarse. Con el auricular colocado sobre el hombro y sujeto con el antebrazo, Celia, alargando la otra mano tomó las dos carpetas que había dejado sobre la amplia mesita en la que tenía el teléfono, y una vez abierta una de ellas, pudo comprobar que efectivamente faltaba la libretita azul que contenía toda una serie de apuntes imprescindible para el trabajo que estaba desarrollando con vistas a la tesis y entre los que se encontraban todos aquellos datos que un día le fuera facilitados, armada de paciencia, la ya su amiga Eugenia, y que por nada del mundo estaba dispuesta a que se perdieran. Por ello, y volviendo a la conversación, dijo: - Efectivamente, Sr. Contreras, me falta la libreta, y, dígame ¿cuándo me la puede devolver, si es tan amable? - dijo esto echando, ahora, mano de un tono menos autoritario. - Cuando a Vd. le parezca bien: mañana, o si lo desea y le viene bien, se la puedo acercar ahora mismo a su casa. Creo recordar que le dije antes que vivía a tan sólo una manzana de su casa. Para mí no es ninguna molestia. - Pues si es así, le espero... No habían transcurrido diez minutos cuando sonó el timbre del portero eléctrico en el piso de Celia... - Soy yo, Alfredo. - Le abro. -Y Celia accionó el pulsador del telefonillo, al tiempo que preguntaba: ¿ha abierto...? -Buenas noches, Alfredo, -le dijo Celia entre la incertidumbre o dudas de si invitarlo a pasar. - Buenas noches, Celia. Aquí tiene su libreta, y celebro haberle sido útil -dijo el muchacho mirando hacia el interior de reojo. Como a Celia aquella disimulada inspección no le pasó desapercibida, le comentó el que la disculpara si no le invitaba a pasar ya que vivía sola, y aunque era consciente de que pecaba de descortés, esperaba comprendiera su situación. No obstante, le agradecía la atención y esperaba verle al día siguiente en la Cafetería de la Facultad y así poderle compensar, aunque fuera con un café. - No hay nada que agradecer, entre compañeros: hoy por ti, mañana por mí, y ojalá a mí me ocurra algo parecido ya que ello me daría la oportunidad de volver a verla fuera de horarios lectivos -dijo de un tirón, no sin que Celia notara en el manifiesto un cierto grado de rubor. - Bueno, pues lo dicho, mañana nos vemos en la Cafetería y muchas gracias -dijo la muchacha la cual se trastabilló con la alfombrilla de la puerta cuando se volvió para cerrarla. - Buenas noches, Celia, y hasta mañana. - ¿Y ya está? ¿Ahí quedó todo? ¡Ah, no, aquí falta algo, vamos cuenta, cuenta! -dijo Eugenia la cual estaba que solo quería escuchar de labios de su amiga un final feliz.
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    TREINTA Y SIETE Traslas decepciones sufridas aquella noche, primero al no conseguir localizar a Irene, y segundo por el fracaso ante lo que parecía que iba a ser una noche de compensaciones, don Hipólito salió a la calle, se dirigió hacia la esquina de Luisa Fernanda y tomó un taxi, a cuyo conductor le dijo que lo llevara al paseo Infanta Isabel, pero que antes se detuviera un momento en Lola´s, un local a donde generalmente solía acudir gente del teatro. Cuando el taxi arrancó renqueante dejando atrás un densa capa de humo negro debido al resultado de un motor diesel con bastantes años, nadie pudo ver como a bordo de una moto de no mucha cilindrada, un hombre de mediana edad lo seguía a una más que prudencial distancia. Aquel hombre era Felipe Menéndez. El mismo camarero que esa noche había atendido en la sala de fiestas La Pasarela a don Hipólito. El mismo que distraídamente había visto de soslayo la tarjeta que le fuera entregada para llevársela a la señorita de la barra y, aunque ya le parecía que su cara le sonaba bastante, esto quedó confirmado cuando vio el nombre y de dónde procedía. El mismo hombre que también conocía, aunque no muy bien, a aquella señorita. El mismo hombre que tras haber trabajado en manufacturas de
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    Banyeres de Mariola,cuando cumplió su contrato fue aceptado de igual forma en la Fábrica de textiles de don Hipólito en Orihuela, que fue despedido de mala manera, y que pasado un tiempo y por recomendación de su padre, decidió hacer la maleta y trasladarse a Madrid donde, al parecer, le asegurara que podría encontrar un buen trabajo y salir adelante. El mismo hombre que aun a pesar de ser las dos y media de la madrugada, y después de haber terminado su jornada un poco antes a tenor de que veía que don Hipólito estaba a punto de marcharse del local, había decidido seguirle los pasos y averiguar, al menos, donde se hospedaba. El mismo hombre, el hijo de aquél Diego, cuñado de María Engracia, y al que ésta recogió cuando tras el fusilamiento de un grupo de maquis, por las huestes franquistas, y siendo dado por muerto, consiguió curarse de aquellas gravísimas heridas, y, escondido, pudo sobrevivir a los últimos tiempos de la incivil guerra. Aquél inquebrantable Diego que, junto a su grupo de rebeldes, había pasado dos años malviviendo por la sierra de Mariola, en la cual y utilizando una ermita medio derruida, día tras día hacían frente a las patrullas de la Guardia Civil sin apenas comida y lo que es peor sin agua, ya que de bajar a por ella a la laguna quedarían ostensiblemente al descubierto. Una ermita cuya pequeña espadaña con sus blancos, ocres y amarillos, fue un primor en tiempos pretéritos y qué ahora hasta sus azulejos estaban imposibles de poder desentrañar que imágenes habían estado representándose en ellos. Aún por los aledaños se podían contemplar algunos trozos de aquel campanil en los que se veía a la perfección el agujero realizado producto de alguna bala que afortunadamente no encontró su destino como fuera el cuerpo de alguno de aquellos hombres que tan brava y duramente luchaban defendiendo sus pisoteados ideales. Aquellos miembros de la Benemérita, llegado el atardecer y a la búsqueda de un posible indicio de fogata con la que los milicianos calentaran sus ya debilitados huesos, ascendían laderas arriba entre el cantar de los grillos, el clamoreo de pájaros a la búsqueda de su nidal donde pasar la noche sobre, en la no muy lejana distancia, el blancor del caserío. Arriba entre riscales, montaba la guardia siempre en el intento de no ser sorprendido y agudizando los oídos ante el más mínimo ruido producido por el pisar de las gruesas botas de los guardias, mientras que ellos apenas sí llevaban los pies envueltos entre trapos; aquellos trapos que lo mismo servían para este menester, que en cualquier momento para, a modo de apósito, taponarse la herida producida por un disparo casi certero. Desde la altura, contaba Diego algunas noches, cómo sólo podían contemplar allá abajo en la cercana campiña a los hortelanos trasegando en los campos a la vez que les llegaban los sonidos de las órdenes dadas a los animales de tiro en tiempos de desbrozar el terreno para una nueva siembra. La llegada de la época de la recolección, los hombres arriba entre las peñas, hambrientos, cansados y algunos enfermos, caían en una fuerte depresión fruto de no poder bajar libremente a ver a sus madres, esposas o novias que
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    en la tareade la recolección o la trilla aún les quedaban ganas de cantar con la sola intención de manifestar una falsa alegría y contento que no tenían. Gracias a estas bien disimuladas intenciones, las patrullas bajaban la guardia y cada noche algún aguerrido familiar o amigo, entre las sombras, la precaución y el miedo, buscaba aquellos vericuetos poco o nada transitados, y entre zarzales y altos matorrales poder llegar hasta uno de los huecos de aquel montón de escombros que entre caídas paredes eran guarda de malvas, jaramagos y borrajas. Felipe circulaba a una velocidad pareja a la del taxi, cuando se dio cuenta de que éste estaba a punto de detenerse ante el llamativo letrero luminoso de la sala de fiestas Lola´s, y que no era desconocido por él, debido a que hacía unos meses había estado hablando con un tal Nacho que lo regentaba, y que le había dicho que sentía no poder darle trabajo ya que tenía la plantilla cubierta. Mientras colocaba la moto sobre el posapié, observó cómo don Hipólito se introducía en el local. Se detuvo unos segundos pensando si entrar él también. Pasados unos minutos, decididamente se dirigió hacia la puerta. Justo en el momento de pasar al interior se dio de bruces con el hombre que salía; éste, al ver a Felipe y asiéndolo por el hombro, se interesó: - ¡Hombre, pero si es mi amigo el servicial Camarero! -dijo utilizando un tono tan chistoso como un poco achispado. -¡No me digas que también trabajas aquí! - No, no señor, es que hoy he terminado un poco antes por haber quedado con un colega que trabaja aquí, también de Camarero, y habíamos pensado marchar juntos de regreso a casa ya que vivimos en el mismo bloque; él fue el que me buscó el trabajo en la sala La Pasarela. -¿Y Vd. cómo sigue por aquí? Imagino que echando la espuela como se suele decir por Andalucía, al menos recuerdo haberlo oído en un tabanco, una vez que estuve en Jerez -dijo haciendo un gesto con el que pretendía mostrar cierta indiferencia. - No, no, He entrado sólo un momento para ver si encontraba a un amigo que suele venir por aquí con cierta asiduidad -dijo encogiéndose de hombros. -Y sin soltar a Felipe, se lo llevó hacia el interior del local argumentando: - Amigo mío, no era mi intención, pero ahora sí vamos a tomar esa ¿cómo dijiste que dicen en Andalucía? ¿una espuela? Pues vamos a tomar una espuela, por cierto, aguarda un segundo, pídeme un Jefferson´s, bueno tú ya sabes, que salgo un momento y despido el taxi, ya encontraré otro luego. Ya de vuelta y junto a Felipe, lo invitó a sentarse ante una mesa. - Bueno hombre, bueno, así que te viniste a Madrid para hacer fortuna, por cierto cual es tu nombre, si no te importa porque cuando uno se echa un amigo lo menos es saber con quién se trata. - Yo me llamo Ángel -dijo siguiéndole la corriente. Y no mentía ya que era su segundo nombre.
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    - Y bien,Ángel, y... ¿desde dónde te viniste a Madrid? -dijo tomando el primer sorbo del vaso que le acababan de servir, y haciendo la mueca propia de quien había tomado varias copas. - Desde la mismísima Huelva. Y es que allí hay mucho pescado y yo no tengo alma de marinero -dijo de forma socarrona y con la que hizo reír a don Hipólito, el cual dijo: - ¡Hombre! Eso me suena a poesía o relacionado con alguna canción relacionada con la pesca. - Y Vd. ¿cómo se llama? Así estaremos los dos empatados -requirió Felipe mirando directamente a los ojos de don Hipólito. - Yo me llamo Hipólito, Poli, para los amigos, y además soy de aquí, de Madrid, donde tengo algunos familiares, aunque yo vivo, principalmente, en Alcoy dónde tengo mis empresas de textiles -dijo levantando el mentón, al tiempo que Felipe, entre dientes y murmurando se decía: “Sé cómo te llamas, cuáles son tus empresas y dónde las tienes, hijo de puta”.
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    TREINTA Y OCHO CuandoMatilde abrió la puerta de la casa y se encontró de lleno con Gerardo y la camisa manchada de sangre, al tiempo que asía por la cintura al hombre, no pudo evitar la sorpresa, ni el grito ahogado que sin querer escapaba de su pecho acompañado de diferentes ayes, y que no pararon hasta que Gerardo aun teniendo cogido a Felipe, le daba un beso y le decía que no pasaba nada grave, que estuviera tranquila y que calentara agua, que enseguida le explicaría todo lo ocurrido. - ¡Estate tranquila, mujer, que ahora te pongo al corriente de todo lo sucedido! - le insistió a su mujer, ayudando a un tiempo a Felipe a tenderse sobre un sofá en el que previamente Matilde había extendido una toalla de baño con el fin de evitar que la tapicería se manchara de sangre. Cuando entrambos se dedicaron a quitarle lo poco que quedaba de la cazadora y la camisa debido a los jirones producidos por la alambrada de espinos, y los trozos de cristal clavados sobre el lomo de la tapia, Matilde reparó en el rostro del muchacho, el cual parecía con el conocimiento perdido a causa, posiblemente, de alguna costilla rota producto de la brutal caída que desde lo alto de la tapia habría sufrido en la necesidad de huir de aquellas incontroladas llamas que también lo amenazaban a él. Matilde no pudo evitar un sobresalto cuando realmente se dio cuenta de quién se
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    trataba... - ¡Pero, sieste hombre es... es el hijo de Diego, el cuñado de María Engracia! Claro que tú no conoces a esta familia ya que ellos son también de Alcoy -dijo Matilde a modo de aclaración. - Eso me dijo cuando nos presentamos después de ayudarle a salir de aquel infierno y subirlo a la moto para traerlo a casa, que se llamaba Felipe y que era de Alcoy. - Pues no le veía desde... hace ya mucho tiempo. En fin, cuando se reponga ya me contará que ha sido de su vida durante todos estos años. Pero que mal trecho está. Pierde el conocimiento a ratos. ¿No crees tú, Gerardo, que deberíamos llamar al médico? -dijo ahora Matilde un tanto compungida ante los gestos de dolor que manifestaba Felipe. - De momento creo que no es buena idea, te cuento: -Cuando regresaba con la moto camino de casa, vi cómo un hombre intentaba saltar la tapia de la fábrica de textiles que hay a la salida del pueblo. Aquello estaba envuelto en llamas, sería por eso que en el intento, al cortarse con los cristales, cayó sobre una alambrada de espinos que, bien oculta, se encontraba entre los matorrales que rodean el recinto. Ni lo dudé chica, paré la moto, me acerqué y lo encontré medio deshecho tras haberse golpeado con un trozo de bloque de piedra que anteriormente fuera quitado tras la reforma. Por eso te digo que debe tener alguna costilla luxada o rota. Le pondré un vendaje fuerte y esperaremos hasta mañana. Esperemos que no tenga fiebre. Mientras tanto vamos a curarle todas estas magulladuras y cortes, que algunos son de bastante cuidado. - Menos mal que siempre tengo en casa avíos para estos casos. Yo creo que después de haber lavado todas estas heridas con yodo, y estos apósitos -dijo señalando una caja con material de primeros auxilios quedará bien-: Mañana ya veremos cómo resulta. Ahora será mejor que lo dejemos descansar, pero mira, ya vuelve en sí otra vez y parece que quiere decirnos algo. Mira a ver qué te quiere decir. Mientras tanto, ahora que está despierto voy a apartarle un poco de caldo del puchero que tengo a calentar y a ver si se lo quiere tomar y después le doy un par de calmantes para que pase la noche tranquilo. - ¿Cómo lo llevas, compañero? -le dijo Gerardo cariñosamente. - Regular. Me duele el costado cuando intento moverme. - Pues no te muevas, ahora te voy a vendar el pecho, Matilde te va a dar algo de caldo para que te reanimes y te vas a quedar esta noche aquí, y mañana ya veremos a ver cómo amaneces. - Gracias, Gerardo, no sé como agradecerte el haberme sacado de allí, y sobre todo lo que estáis haciendo -dijo sin poder evitar el que por su mejilla una lágrima delatara su estado de ánimo. Una vez tomado el caldo y una par de calmantes, Felipe cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. - Bueno, Gerardo, cuéntame que es toda esta historia - insistió de nuevo Matilde porque entreveo que aquí hay algo más que una caída.
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    - Mati, yono quisiera hacerte volver a recordar aquellos tiempos, ya que tú, mejor que nadie, sabe a quién pertenece esa fábrica -le dijo en un tono que se antojaba tan lacónico como lleno de una pesadumbre que se respiraba por todo el saloncito. - No me importa, Gerardo, quiero salir de la duda que me está corroyendo por dentro, intuyo lo que ha podido ocurrir y es mi deseo saberlo todo aunque el recuerdo haga que me desangre por dentro una vez más -dijo la mujer, sin dejar de mostrar en aquellos ojos verde-azulados y en los que se apreciaba la más tierna de las súplicas. - Lo siento, amor mío, pero solo sé lo que te he contado, no puedo decirte más. Habremos de esperar a mañana. Espero que él nos haga partícipe de cuanto aconteció anoche antes de que yo le viera, así como de los motivos que le impulsaron a realizar semejante barbaridad en la que estuvo de un tris de perder la vida, pues no te puedes imaginar cómo tras él había un fuego que parecía el infierno. - ¿Seguro que no me ocultas nada? -dijo Matilde mostrando poca aquiescencia. - Seguro, cariño. ¡Anda, vamos a comer algo, luego te acuestas que yo me quedaré está noche aquí en la butaca por si se despertara, y al no reconocer dónde se encuentra, ya sabes... Ya estaban cenando cuando Matilde le requirió: Gerardo, una cosa solamente. Imagino que lo bomberos llegarían tarde por venir de tan lejos... Con algunos vecinos de los que tienen camiones con depósitos para los riegos y otros apaños para los campos, y que habrían acudido de inmediato, os habrán visto ¿no? -dijo sin apartar la vista del plato mientras con la mano movía el cubierto señalando un lugar indefinido. - No, porque por el lugar que él cayó, no había nadie y además aunque vi llegar gente por la parte de arriba, por la carretera, yo tomé el camino de abajo y que antes de llegar al desvío de las huertas sube de nuevo a la carretera, aparte de que los bomberos habrían de llegar por la otra carretera que es donde la fábrica tiene la entrada, aunque dudo que por allí al igual que por cualquier sitio pudieran entrar. Un infierno, ya te digo. - Bueno, ya mañana Felipe nos contará el resto -dijo la mujer emitiendo un suspiro que rasgó el aire - Sí, tú, vete a la cama, mañana será otro día -dijo Felipe recogiendo él mismo la mesa. Para Felipe, la noche transcurrió tan espesa, debido a las molestias que sufría, como nerviosa fue para el matrimonio ya que ambos a ratos, entre darle vueltas al muchacho con el fin de ver su estado, y no dejar de hablar del tema, la claridad que entraba por una de las ventanas hizo que fuera Matilde la primera en levantarse. - Buenos días, Felipe -dijo la mujer que ya se encontraba a su lado. Había hecho café, y portando una bandejita con una humeante taza, unas magdalenas y un calmante, se lo ofrecía sentada en un pico del sofá en el que descansaba Felipe.
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    - Buenos díasdijo Felipe, y añadió: ¡Humm, eso huele bien! - Pues a ver si te puedes incorporar un poquito, y a reponer fuerzas que falta te hace, y luego si te duele el lado aquí te traigo un calmante. - Gracias Mati, no sé qué habría sido de mí anoche si no os llego a encontrar, primero a tu marido y luego a ti. Una deuda que no sé como os podre pagar. - ¡Tate, tate! En eso no tienes ni que pensar, para qu están los amigos y sobre todo los amigos desde hace mucho tiempo. - Ya lo creo; ya ha llovido desde entonces. - Buenos días -dijo Gerardo haciéndose presente en el saloncito y sentándose en una silla al lado de su mujer. - Y bien, ¿qué tal has pasado la noche? -preguntó Gerardo, justo en el momento de que era esa la intención de su mujer, por lo que los dos se miraron y se sonrieron, detalle que no escapó a Felipe quien también se sonrió al observar la armonía que se respiraba en aquella casa. - Bien, bastante bien, me duele un poco el lado, pero estoy seguro de que podré levantarme. He de volver a casa ya que mi padre estará un tanto preocupado al no haberme visto aparecer anoche -dijo haciendo intento de incorporarse al tiempo que gimiendo por el dolor, exclamaba: ¡maldita sea! Matilde saliendo al quite, dijo: -¡Tú te quedas aquí, al menos hasta el mediodía, y después de comer ya veremos cómo lo arreglamos! Estaba claro que no lo iba a dejar ir sin que le explicara toda aquella trama, por lo que soltó de sopetón: - Bueno, ahora háblanos de qué fue lo que te impulsó a tomar la decisión de prender fuego a la fábrica del mal nacido de don Hipólito... Felipe relató toda una serie de circunstancias en su contra por parte de la dirección de la fábrica, y que lo perjudicaron de forma notoria tanto a él como a otros compañeros con los que había estado trabajando en otros lugares, aparte, dijo abiertamente, que aquello que le pasó a ella, su amiga, juró que el cabrón lo pagaría, y que el castigo que le tenía reservado, no sabía cómo lo iba a llevar a cabo, pero que no les cupiera la menor duda de que aún no le había llegado su hora... ¡cuestión de tiempo!
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    TREINTA Y NUEVE Pasadaslas tres de la mañana, don Hipólito acompañado de Felipe, y entre las incoherencias del primero, producto del alcohol ingerido y las gracias que acomodándose a sus tácticas le iba riendo el segundo, salían de Lola´s sin la más mínima preocupación de si tomar un taxi o subirse a la moto que Felipe le dijo tenía aparcada a la puerta del local. En ese estado ya no le preocupaba si el muchacho pudiera saber en el Hotel en el que a veces acostumbraba a hospedarse, y todo porque se encontraba al lado de la Estación de Atocha. Al final, la decisión fue la de tomar el taxi y despedirse de Felipe con el que aseguraba había contraído una gran amistad, y que le prometía que, como no iba a tardar en volver a Madrid, se pasaría por la Pasarela al objeto de tomar unas copas y al final de la velada repetir juntos la visita a la sala Lola´s que tanto le había agradado. Minutos después acertó a pasar por allí un taxi y decidió tomarlo; a él subió don Hipólito y, despidiéndose de Felipe, cerró la portezuela dando al taxista la orden de que lo llevara al hotel. El taxista no puso reparo alguno y puso el vehículo en marcha. Lo mismo hizo momentos después Felipe a bordo de su motocicleta, hasta que de una esquina a otra observó como el taxi se detenía ante la puerta del hotel de Atocha. Felipe hizo lo mismo, y
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    acercándose lentamente porla acera entró en el Hall sin que el Conserje de noche le hiciera el más mínimo caso cuando frente al ascensor, Felipe vio cómo la aguja del antigua marcador de plantas se detenía en el piso cuarto... A la mañana siguiente don Hipólito se levantó temprano y con una resaca de mil diablos. Bajó al comedor, desayunó y tras abonar la cuenta, pidió le tuvieran en custodia el maletín aludiendo que más tarde volvería a recogerlo, y que por favor tuvieran cuidado con él ya que guardaba documentos importantes que le serían de suma utilidad de regreso a Alicante en donde tendría que ultimar las operaciones complementarias. Salió a la calle y, después de realizar las delicadas gestiones mercantiles que tenía pendiente, tomó un aperitivo en una terraza ajardinada para a continuación almorzar en su restaurante de siempre donde era harto conocido por asistir en más de una ocasión al mismo, tanto con la familia de Madrid como con doña Clara. Sobre las cuatro y media de la tarde se dirigió a la casa de sus parientes, a los cuales visitó de forma relajada ya que hasta las seis y media no salía su tren. Con tiempo suficiente, abandonó la casa, se paró a tomar una infusión de manzanilla, y se dirigió a la Estación. Ya en el interior de vagón, pidió a uno de los empleados tuviera la amabilidad de avisarle con tiempo antes de llegar a Alicante, cerró la puerta del departamento y se tendió en la litera, donde a causa de no haber podido conciliar el sueño apenas esa noche, se quedó profundamente dormido... “La, desde un tiempo atrás, eterna pesadilla de don Hipólito comienza casi siempre de idéntica manera: en el instante en el que se da cuenta de que aquél caballo va a cocear aplastando a su hermano. Sin embargo, y por desconocidas razones, esa noche algo ha cambiado. Esta vez el señorito, el conocido como el terrateniente duro y cruel, el monstruo, no está sobre su caballo sino que camina por aquel polvoriento sendero, a pie. Está de hinojos, totalmente agachado sobre su hermano, el cual, y tendido sobre el duro suelo, lo llama de forma desesperada. Pero no puede gritar. Nadie, al parecer, puede gritar en sueños, al menos que se trate de una pesadilla en la que no está la garganta atenazada, y menos aún si tiene como en este caso una cuchillo sobre la yugular. Cuando don Hipólito, lleno de pavor, corre hacia el cuerpo tendido en el suelo se da cuenta de que no es su hermano, sino que se trata de él mismo. En ese momento de aturdimiento, intenta zafarse, pero ahora cae en la cuenta de que sus pequeños y enclenques brazos son demasiado débiles para la inmensa fuerza del monstruo que lo tiene asido cual poderosa garra. De pronto, don Hipólito abre los ojos con desmesura y observa que ya no está soñando, aunque nota con gravedad que sigue atrapado. El supuesto monstruo se ha hecho carne, se ha materializado, ahora con los ojos muy abiertos ve cómo aquel espectro ha desaparecido para contemplar en su lugar un cuerpo de anchos hombros inclinado sobre él. La firmeza de una férrea mano lo empuja contra un colchón; la punta del cuchillo continua apoyada en su cuello. El momento es tan aterrador, tan lleno de
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    desesperación como elsudoroso ambiente que rodea a ambos hombres, por lo que don Hipólito no deja de preguntarse simplemente si no habrá descendido un nuevo escalón en sus pesadillas, cual pasaje preñado de lamentos de aquel horrible dédalo que relatara Virgilio, o si es que el mundo del sueño que le atormenta una y otra vez, habrá regresado con él a la realidad. En un momento, dejados atrás esos segundo de abstracción, mira al hombre directamente a los ojos. La extraña luz mortecina, cerúlea y que no acierta a comprender de dónde viene, si del crepúsculo o de los rescoldos asfixiantes de una chimenea, arranca destellos cárdenos de esa mirada. Es un momento de incongruente intimidad; están cercanos como dos amantes en plena ebullición pasional. El uno se reconoce en los ojos del otro, y da lugar al descomunal encuentro de dos ejemplares de un mismo animal que se encuentran encerrados en la misma jaula. - ¡Sería tan sencillo quitaros la vida en este momento! -susurra el hombre de anchos hombros. “O, acaso, piensa don Hipólito, que se trata del monstruo...” - Una simple presión hacia abajo, -insiste con voz queda. Un deslizar del cuchillo, y os desangraríais aquí mismo. Me sería tan sencillo, como te fue a ti organizar aquella matanza para tú beneficiarte de los privilegios propios de los que disfrutan los traidores, y la gente que causa el terror enmascarado en unos golpes de pecho que nadie se cree, pero que todos callan por temor a las represalias. Ahora, entre lo febril de su estado y el miedo ancestral al desconocimiento de cuanto al final pudiera sucederle, don Hipólito intenta recordar con total fidelidad al zagalón aquél, el cual aprovechando el tumulto generado por una reyerta concertada de antemano le robó la cartera de piel, la cual portaba importantes documentos para una transacción de manufacturas textiles, dicho sea de paso, poco legal a la vista de las autoridades, aunque no era capaz de asociarlo con esta figura oscura y poderosa que lo amenazaba de muerte. - Pero no voy a hacerlo -le manifiesta con una voz tan clara que a don Hipólito lo deja inmerso entre temblores y una sudoración, ambos incontrolables. - En lugar de ello os aniquilaré por otros procedimientos, sufriréis la más dura de las crueldades, la padeceréis delante de todo el pueblo. Os convertiré en un harapiento mendigo, enfermo y desahuciado de cuantas amistades disfrutáis en este momento. Eso sí que será Justicia. ¡Cuánto os haré padecer, para que durante ese periodo de tiempo y hasta que por razones de necesidad os veáis abocados al encierro en una miserable celda, y en la cual dejaréis al final vuestra podrida alma junto con vuestro miserable corazón! Con temblores en el labio inferior, apenas imperceptible dada la arrogancia y soberbia de don Hipólito, éste intenta decir algo, tal vez rogar por su vida, pero, al instante, el orgullo le atenaza y hace que su rostro se
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    contraiga y aparezcaen él un manifiesto desafío. Ahora el monstruo tras esbozar una sonrisa desaparece en la penumbra... Don Hipólito mira a ambos lados; vence el miedo, se yergue y se dirige hasta la ventana abierta. Es muy alta, piensa, por lo que no hay modo de trepar hasta allí. Con la luz del día caerá en la cuenta de que quién quiera que fuese se habría descolgado desde el tejado, ya que unas hebras de cuerda adheridas en el alféizar de la ventana y otras que cuelgan del dintel, le indicarán que aquél ser no era más que un hombre, y que como tal puede, poniendo todo su empeño, dinero y amistades, conseguir averiguar de quien se trata e intentar acabar con él antes de que aquél cumpla con lo prometido en circunstancias tan contrarias a sus planes. El amanecer le traería las ganas de organizar una batalla sin cuartel. No obstante, y sin haber digerido del todo aún los momentos vividos, don Hipólito se ha sentado en un rincón de la estancia y abrazado a sus rodillas no tiene más que pensamientos para aquellas pobres criaturas y a las que a lo largo de su vida les hiciera tanto daño, más como es natural en su natural forma de ser, la mueca preñada de sarcasmo no abandonará su boca...” Tra unos discretos golpes en la puerta, los cuales fueron acompañados por el aviso del Revisor diciéndole que faltaban veinte minutos para llegar, hicieron posible el que don Hipólito saliera de aquella pesadilla que, con el brusco despertar, habría hecho el que la boca se le antojara como una esponja tan agria como amarga. Cuando se apeó del tren entró directamente al bar de la estación. Pidió un café y una aspirina. Momentos después y a bordo de un taxi se dirigía a la calle Espronceda...
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    CUARENTA Si enorme erael revuelo que se había formado en Orihuela con el incendio debido a la gran cantidad de personal del pueblo que trabaja en la fábrica textil, aquello no era nada comparado con los demonios que se habían desatado en el seno de la familia de la Torre Por su condición de especialista cuando hizo la mili en la compañía de artificieros del cuerpo de Artillería en Cartagena, el primer detenido para ser interrogado fue Manet, más conocido, además, como “El Estopa”; gran amigo de Felipe y uno de los que durante algún tiempo estuvo trabajando en la fábrica Textil cuando la huelga que dio lugar a los diferentes despidos de la Empresa. En la detención influyó el que más tarde, una vez licenciado, trabajara en las minas en calidad de dinamitero. Manuel Comas, no era un artificiero cualquiera ya que durante su Servicio Militar había adquirido el grado de Cabo y le había sido concedida la medalla al valor por haber conseguido desarmar una espoleta que encontrándose a punto de estallar, cuya manipulación la estaban realizando alumnos de la escuela de artificieros, fue él el que evitó el desastre, ya que, al parecer, la estaban manipulando de forma errónea. Al no ser éstos de su compañía, ésta que por un Brigada quedó entendida, a su parecer, como una intromisión aun a pesar del feliz final, las rencillas hicieron el que tuviera que licenciarse al dejar el Ejercito, cosa que le produjo un cierto desánimo ya que
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    su interés erapoder reengancharse dada las penurias por las que el tema laboral estaba atravesando en aquella época de posguerra. Ya una vez licenciado y dueño de un limpio expediente militar, a la vez de ser poseedor de un certificado que le acreditaba para el trabajo civil como especialista en temas relacionado con los explosivos, no hubo ningún inconveniente para que en una de las minas a cielo abierto existente en la Sierra Minera de Cartagena-La Unión, fuera aceptado para trabajar como Dinamitero. - Espero de ti trabajo y una labor bien hecha, a mí eso de las medallas me la trae floja, y otra cosa nada de ir por ahí soliviantando y presumiendo de valor. Aquí se hacen las cosas medidas y bajo las órdenes concretas del Ingeniero Jefe. Nosotros no estamos aquí para tomar decisiones en razón de ver o no ver algo que no nos cuadre -dijo ásperamente el capataz a modo de recibimiento, a lo que Manuel asintiendo le respondió que por su parte no había motivo para semejante sermón ya que jamás había tenido problemas con nadie, y que diera por descontado que en la mina cuando estuviera en su turno tampoco los habría. No habría pasado un mes cuando, encontrándose en los vestuarios y acabado su turno, fue llamado a través de la megafonía de las instalaciones para que se presentara en la oficina del Encargado General. - Manuel, tenemos un problema: no sabemos cómo en la segunda terraza norte un barreño ha abierto una especia de poza con aproximadamente veinte metros de profundidad y un metro de ancho. Cuando Vicente, el murciano, se ha acercado al hoyo, ha pisado mal el borde y tras resbalarse ha ido a parar al fondo; él dice que se encuentra bien, pero que tiene miedo porque en la mochila llevaba el resto de la carga explosiva y que estaba destinada a la siguiente explosión -le dijo el Encargado en el que se leía una cierta congoja. - Y dígame, don Leonardo, qué puedo hacer yo -dijo temiéndose de antemano lo que intuía que le estaban a punto de pedir. - Me duele decir esto, pero es que nadie se atreve a bajar. Las dos cargas están conectadas entre sí, los hilos están enganchados, y Vicente no sabe cómo desconectarlos, ya que su trabajo es sólo poner las cargas; éstas ya se las facilitan montadas. ¡Tienes que bajar, Manuel! -dijo el Encargado mostrando una cierta súplica. - Don Leonardo, Vd. sabe muy bien que he hecho mi turno además de la guardia, estoy reventado, dijo sentándose en una silla sin que el Encargado se la hubiera ofrecido. - Si no fuera por lo delicado del asunto y porque, la verdad sea dicha, eres el mejor, no te lo pediría, pero te lo estoy pidiendo: sé que contigo no va a haber ningún problema. Todo va a salir bien y yo te voy a dar una semana de permiso más una gratificación ¿hace? - En fin, vamos para allá ¿qué hay preparado? -dijo Manuel con cierto desparpajo y haciéndose ya dueño de la situación. - He mandado instalar un trípode con un juego de poleas y un soporte
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    de enganche alpie ya que aquí no tenemos canasta, y además sería difícil que entrara por un hueco tan estrecho. Pertrechado y con las herramientas propias de su labor en la mina, Manuel se acercó al pozo y llamó a Vicente, el cual le respondió al instante: - Sácame de aquí, Estopa, que tú puedes. - ¿Hay agua ahí abajo? -preguntó Manuel. - No, ni gota, esto está muy seco, yo diría que demasiado seco... - Antes que nada, Vicente, escucha esto que te digo: ¿tienes alicates con que cortar un cable? - No, aquí no tengo ninguna herramienta. - Bueno no importa, te echo una cuerda con un cortafríos y corta el cable negro que une los dos bloques, y no te preocupes, lo único que hará será desconectar los fulminantes entre sí. Me pongo el arnés y bajo ahora mismo por ti. Tranquilo colega que no pasa nada. Manuel pidió una lámpara, y el Encargado tuvo que mandar a uno de los allí presente para que se acercara al almacén, ya que el uso de lámparas en este tipo de minas a cielo abierto no era normal. Colocado el arnés y portando la lámpara con el fin de poder ver las paredes y el fondo, y así tener conocimiento de si existiera alguna veta de Plata u otro mineral de alto interés, según le comunicó al Ingeniero que acababa de llegar, Manuel se deslizó hasta el fondo donde encontró a Vicente con la pierna izquierda rota producto de la brutal caída y de la postura al llegar al suelo, ya que se quiso apoyar en los pies para amortiguar el golpe. Una vez comunicada la noticia, mediante unos gritos, del estado en que se encontraba Vicente, con idea de que los servicios sanitarios estuvieran listos cuando subiera, Manuel lo ajustó bien al enganche del arnés, al tiempo que gritaba que ya podían subirlo. Una vez fuera y debidamente atendido, dejaron caer de nuevo el arnés al cual se afianzó Manuel haciendo, mientras era izado, una inspección ocular de las paredes. Ya fuera del pozo fue felicitado tanto por el Ingeniero Jefe como por el Encargado y sus compañeros, todos ahora dándole palmaditas en la espalda, y en los que pudo ver en sus rostros que si bien estaban contentos, no era menos cierto que presentaban cierto bochorno. El Encargado General cumplió su palabra y tras recibir fuera de lo normal la gratificación prometida, la cual le hizo efectiva el Cajero, comenzó desde el día siguiente la semana de permiso. Pasados unos días se presentó en casa de Manuel una pareja de la Guardia Civil, la cual le pidió que los acompañara al Cuartelillo en cuyas dependencias esperaban dos miembros de la policía Científica, que en compañía de don Enrique, el Socio, y don Casimiro, Director éste de la Empresa Textil, los cuales habrían recibido aviso de don Hipólito tras haber sido informado acerca del incendio para que junto a él estuvieran presente en la reunión que se celebraría una vez trasladados todos a Orihuela, una localidad que si bien era más pequeña que Alcoy sí se ubicaba en ella la
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    Jefatura Superior dela Policía de la Comarca. Ya en las dependencias de la Jefatura, en el despacho y ante el Comisario Jefe, Manuel se atrevió a preguntar: - Bien, Sres. Me gustaría saber porqué me han traído aquí, y si es que tienen algo contra mí, porque la verdad sea dicha es que me tienen entre ascuas ya que me encuentro disfrutando de una semana de permiso que me han concedido en el trabajo -dijo sin mostrar el más mínimo nerviosismo o sentimiento de culpabilidad. - De momento, nada, tan sólo hacerle unas preguntas de las que, por supuesto, en principio no tiene porqué preocuparse -dijo el Comisario mirándolo a los ojos e intentando averiguar algo en sus gestos o su mirada. - Disculpe Sr. Comisario, pero es que nunca me había visto en una situación semejante -dijo Manuel sosteniendo la la mirada al Comisario-: Bien, pues en ese caso pueden preguntarme lo que quieran y así saldré de dudas. - Manuel, ¿está Vd. al corriente del incendio que se produjo en la Fábrica Textil de don Hipólito de la Torre aquí en Orihuela? - No puedo negar que tengo algún conocimiento de ello ya que aquí tengo alguna familia; ellos fueron los que me comentaron acerca del incendio diciendo que debió ser enorme ya que el pueblo entero se vio inundado por una humareda que estuvo a punto de asfixiar a más de uno. Aunque no sé que tiene que ver todo ello conmigo. Ante aquella respuesta tomó la palabra uno de los policías de paisano, el cual requirió de Manuel. -Manuel, tengo entendido que Vd. es especialista Dinamitero en la mina, de lo que se puede entresacar que también conoce todos los pormenores acerca de la producción y del cómo se elabora un incendio, que podríamos llamar... digamos intencionado. - Lamento lo ocurrido, como lamento el que puedan estar sospechando de mi participación en semejante crimen -dijo Manuel muy serio mirándolos a todos directamente. Y añadió: difícilmente podría haber cometido tal barbarie encontrándome a poco más de cien kilómetros de distancia. - Bien, de momento eso es todo. Ya haremos la investigación oportuna con el fin de dejar clara su coartada. Lamentamos haberle hecho venir hasta aquí, pero comprenderá que era necesario. Por el momento puede Vd. marcharse, eso sí, le agradeceríamos que estuviera diligente para cualquier otro momento en el que necesitáramos de su testimonio. - Ningún problema Sr. Comisario. Me tiene Vd. a su entera disposición - dijo levantándose y dirigiéndose hacia la salida, pero antes de llegar a cruzar la puerta se dirigió a la pareja de la Guardia Civil, y le dijo: Señores, ¿puedo volver con Vds.? - Por supuesto -respondió el Cabo.
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    CUARENTA Y UNO Aquellamañana las dos amigas, Eugenia y Celia habían quedado para almorzar, ya que por una coincidencia ambas libraban ese día. Eugenia era la que habría puesto mayor interés pues se encontraba sobre ascuas acerca de cómo quedó aquel asuntillo de Celia a causa del extravío de la libreta y la posterior visita de su compañero Alfredo. Sentada en uno de los bancos que el Ayuntamiento instaló en el cercano parquecito junto a la calle Menéndez Pelayo, Celia estaba entretenida leyendo una revista de modas cuando vio acercarse a toda una sonriente Eugenia. - Hola, Celia ¿qué, mirando trapitos? -dijo al tiempo que ambas se fundían en un tiernos abrazo y se repartían besos. - Más bien pasando el rato, acuérdate que te dije que pasaría por el taller de costura para aquel encargo del que te hablé, y cuando llegué me dijo una de las ayudantas que la Jefa había tenido que salir a comprar un juego de botones para forrarlos luego. Quedé en que le dijeran que volvería mañana por la tarde, así que he llegado muy pronto; ahí en el kiosco he comprado esta revista y aquí estaba entretenida. Y tú, que puntual, ¿no? - Pues sí, eso de la puntualidad lo aprendí de mi padre que era muy severo, Catedrático de Filología Griega, y que sobre la integración de la Retórica y la Poética, pero sobre todo su pasión por el Humanismo en el estudio de la composición del origen de los textos, me daba una que para
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    qué contarte. Yocomo soy hija única, pues de pequeña hacía que lo acompañara cada vez que lo llamaban para algún trabajo fuera de la Universidad, cosa por la que le estaré siempre agradecida ya que él fue el que poco a poco me fue metiendo en el cuerpo el gusanillo del estudio y el deseo de crearme una carrera, pero, como te iba diciendo, era tan puntilloso con eso de no llegar ni un minuto antes y uno después que a veces me sacaba de mis casilla, pero ya ves tan jovencilla que podía decir, pues nada, a aguantar el tirón, pero bueno, que le estoy muy agradecida. - A mí también me encanta la puntualidad -dijo Celia dejando la revista sobre el banco e invitando a su amiga a que se sentara. - Parece que se va superando lo de la epidemia ésta de gripe -dijo Eugenia al tiempo que extraía del paquete de cigarrillos que llevaba en el bolso, y que ofreciéndole uno a Celia, ambas se pusieron a fumar mostrando un aspecto envidiable de tranquilidad. - La verdad es que sí, afortunadamente ya está saliendo; ayer durante mi guardia apenas llegó gente con el malestar propio de la dichosa gripe. Gracias a ello puedo disfrutar de descanso hoy porque vaya semanita -dijo Celia haciendo con el humo unas volutas en el aire. - Vale, pero, ¿cuándo vas a empezar a contarme lo que quiero saber? ¡eh! Venga ya que me tienes sobre ascuas. Venga, cuenta, cuenta, ¿qué pasó? -arremetió Eugenia arrastrando las palabras y acompañándolas con una sonrisas un tanto pícara. - Pero si no pasó nada, mujer, ya estás otra vez con la historia. Hay que ver la que me diste el otro día por teléfono, como que yo no sé para que te llamaría conociéndote como te conozco -dijo Celia siguiéndole la corriente a modo de broma. - Venga. Larga ya, Celia. Si estás deseando, te lo estoy leyendo en los ojos. - Pero que ojos ni que ocho cuartos -le dijo Celia haciéndose la interesante. - No lo puedes negar, estás deseando de darme rabia y no lo vas a conseguir, porque yo también tengo mis cosillas y te va a costar sacármelas al paso que vas. No te lo puedes imaginar. ¡Ya verás, ya verás! -dijo Eugenia echándose hacia atrás sobre el respaldar del banco y mirando hacia el cielo con aires distraídos. Celia, mirando a Eugenia con aires misteriosos, y echándole un brazo sobre el hombro comenzó a acariciarle el cuello dándole coba, al tiempo que le decía: - No creo que tengas nada escondido, pero si así fuera no te preocupes, es que estoy intentando poner en pie toda la historia vivida aquel día. - No, si yo no digo nada. Lo único que digo es que la estás vendiendo demasiado cara, y luego te va a pesar lo que te costará la mía. Porque la mía sí que es de órdago -dijo ahora Eugenia, quitando la mano de Celia de su cuello y diciéndole: ¡Anda ya, so trápala! - Vale, vale. Me has convencido, pero no creas que no te vas a llevar
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    una sorpresa, yaque al fin y al cabo tampoco es como para tirar cohetes. Resulta que aquella noche, cuando le dije a Alfredo que comprendiera el por qué no podía invitarle a pasar, y que al día siguiente, en la Cafetería, nos veríamos para tomar un café, aunque a todas luces se veía que sus intenciones eran las de entrar, lo pensaría mejor porque seguidamente, y no sin cierta ofuscación, por supuesto, disimulada, pero que yo me di perfecta cuenta, cosa que, aunque esté mal visto, por otra parte a mí, particularmente, me llenó ya que me sentí una mujer deseada, pero que en ningún momento iba a consentir que nadie pisara mi terreno sin yo habérselo permitido, se echó hacia atrás diciéndome que lo disculpara, pero que no podía imaginarme lo mucho que le gustaba y cómo no podía quitarme la vista de encima cada vez que me veía en la Cafetería o en la Biblioteca, sobre todo, lo mucho que se preguntaba, que le faltaba a él para que yo nunca, cuando él me estaba mirando no se encontraran nuestras miradas, y cuan insignificante se sentía por este motivo. Bueno, pues visto la hora que era, y tras agradecer la lisonja que me estaba regalando, accedió a despedirse, cosa que pretendió hacer intentando besarme en la mejilla, a lo que yo le dije que no era el momento, término este del que me arrepentí más parte porque me dio la impresión de que con él le había dejado una puerta abierta; el caso es que le alargue la mano, y él, estrechándola, eso sí, con un calor que nunca había sentido, me dio de forma que parecía que nos conocíamos de toda la vida, las buenas noches, las gracias por haber escuchado en silencio lo que su corazón le había hecho decir, y seguidamente bajó los primeros escalones; de nuevo cometí otro error, ya que en lugar de cerrar la puerta, me quedé como una tonta viéndolo girar en el primer rellano, justo en el momento en el que él volvía su cabeza hacia arriba y me decía adiós, una vez más con la mano. - Chica, pues sí que el hombre estaba colado -la interrumpió Eugenia, diciendo seguidamente: Pero no pares, sigue, sigue. -Pues sí, pero cállate, que al día siguiente, yo me pensaba que nos veríamos en la Cafetería como le había prometido. ¡De eso nada! A las ocho de la mañana estaba en la puerta del bloque esperándome. No te puedes imaginar el susto que me llevé. Tan temprano, y justo en el momento que me daba la vuelta tras cerrar la puerta del portal, oigo: “Buenos días, Celia”, y yo cómo no estoy acostumbrada a que nadie me de los buenos días al salir tan tempano, ¡Jesús!, dije al tiempo que esgrimía una sonrisa medio forzada, eso sí, medio forzada. Total, que me saludó al tiempo que me preguntaba si no me importaba me acompañara hasta la Facultad. ¿Y qué le iba a decir, si tomábamos el mismo autobús? En fin, llegamos a la parada, subimos al autobús, y ya en la Facultad, nos despedimos pues ambos, circunstancialmente, teníamos clase a la misma hora, así que ya en el pasillo nos despedimos hasta la hora del recreo, como yo le llamo a entre clase y clase que en este tramo de la carrera suele ser más elástico. Pasaban cinco minutos de las once de la mañana, cuando, ¿quién te crees que me estaba esperando en la Cafetería? -Aquí Celia hizo una
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    especie de altocomo para tomar aliento, lapsus que Eugenia aprovechó para decir de broma: -Tu madre... -¡Tu padre en calzones! -dijo Celia riéndose. Lo más gracioso del caso es que tenía cogida una mesa, cosa que a esa hora es muy difícil ya que es hora temprana y hay cantidad de gente que no ha desayunado aún como me pasaba a mí, ¡que tenía un hambre!; pero allí estaba Alfredo, y, ¿qué crees que tenía sobre la mesa? ¡Agárrate que vienen curvas! Su desayuno, y el mío... - ¿Cómo que su desayuno y el tuyo? -dijo Eugenia, ahora con la boca abierta. - Su desayuno y el mío, vamos, que no le faltaba ni un detalle: mi vaso de Cola-cao tapado para que no se enfriara, la tostada recién hecha, y con sus dos tarrinas: la de mantequilla y la de paté a las finas hierbas que es como me gusta. - Así que todo ese tiempo había estado tan pendiente de ti, que se había preocupado de saber hasta lo que te ponías en el pan. Pues sí que estuvo rondándote cerca y tú sin enterarte. Empollona, ahora me explico cómo sacaste los últimos exámenes con unas notas tan altas – dijo Eugenia dando un largo suspiro, y continuó: Y ¿qué hiciste entonces? - Pues nada. Me fui hacia él, lo saludé, me saludó y me ofreció la silla para que me sentara, todo un caballero. ¡Qué distinto de la noche anterior! Me senté, desayunamos juntos, y cuando terminamos me preguntó si sería muy atrevido proponiéndome ir al cine esa tarde, ya que no ignoraba, por haberlo visto en el panel de horarios, que esa media jornada no teníamos clases ninguno de los dos. Como no encontraba la forma de zafarme y además me agradaba la idea... - A ti lo que te estaba agradando era tanto mimo y tanta dedicación. Debe ser todo un personaje... - La verdad es que sí. Un poco más alto que yo. Es muy moreno de piel y de cabello, propio de la gente del Sur, con los ojos marrones oscuros y unas pestañas que para mí las quisiera. No es muy atlético, pero sí muy elástico y sobre todo muy elegante en sus ademanes y movimientos, cosa que a mí me encanta en un hombre, y lo que considero más importante en las personas: su limpieza y vestir conjuntado , y no me olvido, que sé que te faltan los detalles que más esperas de una varón: Alfredo posee el perfil más hermoso que he visto en mi vida, claro que no son muchos, pero, mira, entre una nariz recta y una barbilla partida, unos labios que están diciendo cómeme... - ¡Pero chica! ¿Estoy oyendo lo que estoy oyendo? ¡pellízcame, pellízcame, porque no sé quién me está hablando, tú no eres mi Celia, tu me tenías engañada, so lagartona, tú sabes más de lo que te han enseñado! ¡Madre mía, eso no es un hombre, eso es una joya! - dijo Eugenia dándose pellizquitos en los brazos al tiempo que atraía a Celia hacia ella y depositando en sus mejillas sendos besos. Justo en el momento en que Celia recibía de forma agradable los besos que le daba Eugenia, ésta, por encima del hombro de Celia vio, aun a
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    pesar de ladistancia, que el que venía hacia ellas por la misma acera: era David. CUARENTA Y DOS Tras pasar la noche en el Hotel Alacant y resueltos los asuntos que tenía ya acordado esa mañana, don Hipólito se dirigió a la estación con el fin de tomar el tren de las tres y cuarto hacia Alcoy. Almorzó en el Restaurante de la Estación, y estaba terminando cuando a través de la Megafonía oyó cómo una locutora anunciaba que la salida del tren se realizaría en quince minutos. Una vez abonada la cuenta se dirigió hacia su vagón y se acomodó, como tantas veces hiciera en sus viajes de negocios, en primera clase. Abrió el periódico que acababa de comprar y se dedicó a hojearlo en el momento en que se escucharon los primeros silbidos de la máquina locomotora y ésta comenzaba a salir por la bocana de la estación adquiriendo cada vez más velocidad. Pasada la localidad de Castalla, a medio camino entre Alicante y Alcoy, se puso a pensar acerca de los resultados de uno de los negocios realizados. No pudo centrar en ello porque a la mente se le venía de continuo la imagen de Marina. Estaba deseando de llegar con el fin de preguntar si había recibido alguna llamada desde Madrid. Comprendía que aún era demasiado pronto, pero tenía la seguridad de que la ayuda que le prestaría David, a cambio de sus honorarios, naturalmente, sería inconmensurable. “David, es muy bueno” -se dijo.
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    Una de lasveces que miró por la ventanilla, se detuvo a contemplar aquellas huertas por las que atravesaba el convoy, le resultaban tan familiares que le estaban diciendo que ya se encontraba a poco más de veinte minutos de su destino. Cuando llegó el tren a la estación, se apeó y salió de ella; se encontró en la puerta con Tomás que fumaba apoyado sobre el guardabarros de su taxi. - Buenas tardes, Tomás -le dijo de forma muy seca pero nada circunspecta. - Buenas, don Hipólito -correspondió el taxista echando mano del mismo talante. - ¿Puede llevarme a mi casa, o está ocupado? -dijo don Hipólito mirando hacia un lado y a otro, asegurándose de que, al parecer, nadie más salido de la estación habría contratado con Tomás viaje alguno. - Claro, don Hipólito, ahora mismo estoy libre; acabo de traer de su casa a don Servando, ya sabe, el de la Sastrería. - Sí, ya sé quién es. Bien, pues cuando Vd. quiera. Estoy deseando coger mi sillón. Estoy hecho polvo. - ¿Y qué tal por Madrid, mucho jaleo, sigue donde siempre? A mí Madrid no me gusta -dijo Tomás mirándolo por el retrovisor del interior. - Vengo de Alicante -dijo don Hipólito con un tanto de disimulo. ¿Cómo sabe Vd. que he estado en Madrid? - Hombre, don Hipólito, que esa pregunta me la haga un palurdo de fuera, vale, pero que me la haga Vd. conociendo como conoce este pueblo... Aquí a nadie se le escapa las idas y venidas de su gente -esto lo dijo con cierto retintín que hizo encolerizar calladamente a su pasajero. - Pues sí que lo tenemos claro. ¿Así que las idas y venidas del personal están registradas desde que sale hasta que entran? -dijo intentando devolver el sarcasmo. - Vd. debería saberlo mejor que nadie ya que es el más asiduo del Casino, su Casino por cierto, en el que todo lo que ocurre en Alcoy se desmenuza hasta que no queda una pizca sin saber a qué grupo pertenece ésta. Don Hipólito se mordió la lengua. En su interior daba por descontado que en aquel momento cogería a Tomás por el pescuezo y se lo retorcería aun a pesar de estar expuesto a estrellarse con el taxi. - ¿Entonces, viene Vd. de Alicante? -insistió Tomás, y redundó: Disculpe que le pregunte si ha ido Vd. a tratar sobre el caso del incendio de la Fábrica, y si se sabe ya algo. La verdad es que aquí estamos todos preocupados con ese asunto. - No, Tomás, he ido a cosas de negocios. Ya me gustaría a mí que este tema se hubiese llevado en Alicante, aunque sigo teniendo esperanzas de que algún día se aclare y podamos saber quién o quiénes cometieron semejante fechoría, y no es que yo dude de la severidad y el celo con que en la Jefatura de Orihuela se está investigando el caso, aunque me gustaría que
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    a la GuardiaCivil le permitieran una colaboración más estrecha con la Policía Científica. - Imagino que algunas pruebas deben tener ya, y en razón de ello, algún sospechoso. - Hasta la presente nada. Muy bien debió de estar organizada la trama, pero en fin, seguiremos esperando -dijo sin mostrar gran convencimiento. Tomás que ya era perro viejo en el pueblo, y no sólo por haber nacido allí, sino porque su trabajo de taxista le permitía desde hacía muchos años estar al corriente de todo y de todos, con una risita callada que don Hipólito no pudo apreciar por estar mirando hacia unas viviendas nuevas que se estaban construyendo, se dijo para sus adentros: “Y ojalá nunca den con él, cabrón, hijo de puta, ya te gustaría a ti echarle mano si supieras quién es y a la familia que pertenece, ya te gustaría” - Bueno, pues que haya suerte. Ahí tiene Vd. su casa -le dijo Tomás arrimando el taxi a la acera e indicándole la casa color garbanzo que don Hipólito poseía en Alcoy y a donde vivía largas temporadas al igual que en Orihuela. - No había metido la llave en la cerradura cuando doña Clara junto a su hermana Angélica, le abría la puerta, y echándose a su cuello le depositó un par de besos en las mejillas al tiempo que le preguntaba que qué tal había ido todo por Madrid. Tras recibir sendos besos también de la cuñada, se limitó a decir: - Ahora os cuento todos los por menores, momento este en el que en una fracción de segundo pensó: “sí, te vas a enterar, te va a dar el sol a ti y a tu hermana si pretendéis que os cuente lo que he ido a hacer a Madrid”. - Clara, ahora mismo lo único que quiero es sentarme un rato en mi sillón, prepararme una copa y descansar: además de Madrid he estado en Alicante donde he pasado la noche ya que para esta mañana me había citado con don Rogelio con el fin de arreglar de una vez por todas el tema del almacén que en régimen de alquiler le teníamos cedido para sus lonas y carpas. - ¿Quieres que te la prepare yo, cuñado? -preguntó Angélica tan amable como sonriente. - No te preocupes -la cortó doña Clara, a él le gusta preparársela; tiene un punto de hielo y agua que muchas veces me pregunto qué es lo que estará tomando porque, tan aguada, con ello lo único que hace es debilitar hasta el sabor de la bebida, pero en fin, es su gusto. - ¡Exactamente! -dijo don Hipólito es mi gusto. - Bueno -dijo doña Clara. Ahora que ya estás bien acomodado y tienes tu copa, dinos cómo ha ido todo; por cierto, ¿tuviste tiempo para poder visitar a alguno de los parientes? - Sí. Estuve en casa de los tíos Jorge y Laura, quienes me preguntaron por vosotras y me dieron recuerdos, recordándome os dijera que cuándo ibais a ir para hacerles una visita, que se encontraban muy lejos y muy solos, ya que desde que se les casó la hija y vive en Barcelona se sienten muy
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    abandonados; sobre todola tía Laura que ya está muy mayor, y con una casa tan grande... menos mal, me dijo, que tienen una sirvienta que va todas las mañanas. Yo les he dejado bien claro que lo que tenían que hacer era vender la casa y comprarse un pisito de los nuevos que están haciendo al lado del retiro donde podrían pasear todos los días. - Supongo que te quedarías a comer con ellos -dijo Angélica. - No, porque terminé tarde y ya sabes que ellos comen muy temprano; además, no creo que me apeteciera lo que ya tan mayores andarán comiendo: sopitas y verduritas, vamos, que no me llamaba la atención, pero principalmente, porque acabé tarde. Lo que sí hice fue acercarme en la sobremesa y tomar una manzanilla con ellos ya que ahora ni siquiera toman café -dijo muy tranquilamente mirándolas a las dos y observando que ninguna de ellas le pareció que se estaban creyendo aquel rollo, a medias. - Y lo de ese señor David, creo que se llamaba, ¿también lo has resuelto? -le inquirió doña Clara con una mirada ciertamente extraña y que él no supo encontrarle qué se escondía tras ella. -Sí, ha quedado en hacerse cargo de la situación. Además me ha dicho que en cuanto tenga algún día en que pueda disponer de tiempo y tenga el asunto resuelto, aceptará mi invitación de comer con nosotros aquí. Espero que así sea. - Hombre, pues eso estaría bien. Me gustaría verlo ya que tú dices que lo conozco pero que no debo acordarme de él. - Seguro que te acuerdas en cuanto lo veas. Estuvimos comiendo una vez con él en el restaurante aquel que está en la misma calle donde tu hermano Fidel tiene la oficina de viajes. Aquél que tenía en las paredes unos frescos que representaban imágenes del fondo del mar en Grecia, con unas plantas y una especie de Partenón medio destruido y cuyas columnas parecían que estaban sosteniendo la pared. - Pues la verdad es que me acuerdo algo del restaurante, pero de él, vamos, es que no veo ni su cara mentalmente. En fin, bueno, te dejamos para que descanses tranquilamente y si te apetece ahí tienes el correo por si quieres echarle un vistazo -dijo doña Clara la cual tomando a su hermana por el brazo y cerrando la puerta salieron del salón. - “Joder, que pesadas, coño” -se dijo entre dientes mientras se levantaba y se echaba ahora una copa sin más aditamento que la buena dosis de ese color a madera que tiene el buen Brandy. Tomado un buen sorbo y encendido un cigarrillo, se entretuvo en revisar el correo. Iba echando a un lado una carta tras otra hasta que se detuvo en una que, al parecer, le causó extrañeza, ya que en el remite se leía: Ramón Iglesias Casado (R.I.P.). Tomó el abrecartas y rasgando el sobre, sacó un folio que contenía tan sólo la palabra Prepárate, y nuevamente las siglas del remitente R.I.P. - ¡Me cago en la leche! Vamos, esto es lo único que me faltaba para completar el día. ¿De dónde demonios habrá salido esto...? Después de pensar durante un rato, estaba de nuevo ante el mueble
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    donde guardaba lasbebidas con idea de tomarse un buen trago ante la lectura de aquel anónimo, cuando se abrió la puerta y apareció doña Clara para avisarle que la cena ya estaba lista. Le cogió tan de repente que gritó si no había forma de que le dejaran tranquilo... - ¡Chico, tampoco es para ponerse así, tan sólo venía a decirte que la mesa se está poniendo! -dijo doña Clara esbozando una sonrisa con la que intentaba calmar a su marido al tiempo que para ella le sirviera de oportunidad de hacer quedar claro que también tenía algo que decir. - Vale, vale, disculpa, me has cogido en un mal momento. Estaba recordando unas palabras de don Rogelio que no me habían gustado nada. Ya voy para allá. Transcurrida la cena, don Hipólito se disculpó con la familia argumentando que volvería un rato al Despacho con el fin de acabar de cerrar un tema que tenía pendiente, y que no se preocuparan por él ya que no tardaría en subir por encontrarse bastante cansado. Como así fue; ultimó el asunto y subió al dormitorio tras el ritual paso por el Cuarto de Baño. Por la mañana, el sonido del teléfono lo despertó. - Diga, ¿Quién es? -preguntó mientras miraba la esfera del reloj despertador, un modelo de campanillas, que tenía sobre la mesita. - Huy, huy, creo que te he cogido dormido. Buenos días, Hipólito, soy David. ¿Estás en condiciones de hablar? - Sí, me pongo una bata y me voy al despacho. Aguárdame unos minutos. - Ya estoy aquí, y dime ¿qué noticias me tienes? - Bien, te informo: Marina aún sigue en Madrid, pero se ha unido sentimentalmente a un tal Carlos Balbuena, un buen Abogado al parecer, ya que es miembro de un bufete importante de aquí. La semana que viene tiene junto con uno de lo socios que vive en Sevilla una reunión para estudiar un complicado caso que se les ha presentado. Marina lo va a acompañar. Creo que con estos datos ya puedes organizar ese encuentro que deseas forzar. Cuando vuelvas de nuevo por aquí, y que por ahora no te lo recomiendo ya que prácticamente acabas de estar y tu mujer puede sospechar, te haré un detallado informe de todos sus movimientos. Este trabajo se lo debemos al bueno de mi socio que es un especialista en descubrir una presa y seguirla hasta tener todos los cabos sueltos en un buen ovillo. - Gracias, David, ya nos veremos por allí. Y gracias por haberte tomado un interés especial, pues ya sabes que para mí es muy importante. - Bueno, bueno ¿para que están los amigos? Únicamente te pido que me tengas al corriente de tus movimientos por si pudiera ayudarte en cualquier momento. Y ahora te dejo que, aunque es temprano, hoy va a se un día de mucho ajetreo. Cuando ambos hombres colgaron sus respectivos teléfonos, en la mente de don Hipólito ya se estaba fraguando lo que habría de poner en pie esa misma mañana. Los primeros hilos a mover sería llamar a su “amigo” de Cádiz...
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    CUARENTA Y TRES Trasla comida los dos amigos le comentaron a Irene que iban a aprovechar la tarde para preparar la defensa del caso que había traído a Carlos a Sevilla, ya que si bien es verdad que, Félix era un magnífico Abogado, no así las tenía todas consigo en un tema que él no dominaba. Y en cambio Carlos era un especialista en asuntos empresariales en lo que al defalco realizado por el Gerente de una determinada empresa se trataba. No hubo problema por parte de Irene que insistió en que no se preocuparan por ella. -En Sevilla -dijo haciendo un gracioso gesto con el cuerpo, hay un montón de tiendas en las que a una le gustaría pasar toda la vida de escaparate en escaparate, y eso sin contar el tiempo que podría estar en el interior de las tiendas de esos escaparates. Los tres se echaron a reír tras el jocoso comentario de Félix, el cual dándose unas palmaditas sobre el pecho por debajo del hombro dijo: “¡Cuidado, cuidado, Carlos, que no sabes dónde te metes, y eso que aún no has pasado por la vicaría!” - Por ese lado, por el momento estoy tranquilo. Ahora Irene tirará de su chequera. No obstante, habrá que ir pensando en organizar una caja común hasta entonces. ¡No es mala la idea que has tenido! - Sí, Félix, no es mala la idea, pero no te preocupes que yo también sé de que forma se pueden cortar unas alas sin necesidad de tener unas buenas tijeras -dijo Irene sin dejar de reírse. Dicho esto, Félix pagó la cuenta, y cuando salían del restaurante aún
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    seguían riéndose araíz de que espontáneamente éste mismo contara un chiste acerca del tema de los gatos en la pareja, y en el que según narraba, un amigo le decía a otro: “Si te robaron la cartera ¿por qué no has puesto la denuncia? A lo que el otro amigo le contestó: Porque me he dado cuenta por los extractos del banco que el ladrón gasta menos que mi mujer”. Más risas hicieron que Irene sacara un fino pañuelito con el que se tocó el bien dibujado rimel marrón de aquellos hermosos y luminosos ojos por los cuales afloraban algunas lágrimas producto de la felicidad que la embargaba en aquellos momentos. Caminaban los tres juntos hacia la Plaza de la Magdalena, cuando al llegar a ella, Carlos tomando a Irene por el brazo, la besó en la mejilla y le dio la dirección del Bufete de Félix, que ella, extrayendo de su bolso una libretita, dejó apuntada. - Bien, luego, ¿cómo quedamos? -preguntó Irene que no sabía andar muy bien por Sevilla. - Nosotros estaremos en el despacho hasta que tú llegues. Aquí en Sevilla los comercios suelen cerrar tarde, ahí mismo tienes los grandes almacenes de Galerías Preciados, y si te metes por esa calle peatonal que es la calle Murillo sales a la famosa, por su Semana Santa, Plaza de La Campana, y a su izquierda te encontrarás con más almacenes entre la calle Alfonso XII y la Plaza del Duque de la Victoria; y si tuvieras necesidad de alejarte por la Plaza Nueva, pasando por delante de la Catedral, hacia la Puerta de Jerez, pues tomas un taxi y te vienes; ya te digo, estaremos trabajando hasta que tú llegues, luego nos iremos al hotel, nos daremos una buena ducha y atenderemos a éste buen hombre que se ha ofrecido a llevarnos a cenar a un sitio especial y que, al parecer, según él nos va a sorprender: a ver qué se le la ocurrido. Dicho esto y tras la separación, ambos hombres tomaban el camino de la calle Reyes Católicos, para cruzando el puente de Triana, adentrarse hacia mediados de la calle San Jacinto donde Félix tenía el bufete. Irene no tuvo que caminar tanto, ya que tan solo cruzó la Plaza y entró en los almacenes. Tras realizar algunas compras, dejó pagada la cuenta y la dirección del hotel para que aquellas voluminosas cajas se las fueran servidas lo antes posible. No bien hubo salido a la calle, fue discretamente abordada por dos individuos, los cuales uno a cada lado la conminaron a que subiera al vehículo Seat 1400 Versalles el cual se encontraba detenido a la misma puerta de Galerías Preciados. Irene no ofreció la más mínima resistencia ya que notaba cómo el individuo que se encontraba a su derecha, y que la cogía amistosamente por el brazo, con una mano oculta por una prenda de vestir y portando una pistola se la estaba clavando continuamente en el costado. Ya en el interior del vehículo la sentaron entre los dos hombres, los cuales no se preocuparon en absoluto de ocultar sus rostros, eso sí tenían la barba de varios días así como protuberantes mejillas, tal vez realizadas con
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    algún preparado abase de látex, y unas gafas de gruesos cristales, elementos estos que les podrían hacer irreconocibles en cualquier momento. Uno de ellos le cogió los brazos a Irene, se los puso detrás y le colocó unas correillas a modo de esposas, mientras que el otro extraía de un bolsillo de su chaqueta unas gafas de sol las cuales había sido pintadas de negro en su interior con lo que desde fuera parecía unas gafas absolutamente normales, mientras que Irene no podía ver absolutamente nada: ello hacía el poder llamar la atención caso de haber recurrido a la capucha; no querían que supiera hacia dónde se dirigía el automóvil. Cuando el coche abandonó tan discreta como lentamente la Plaza de la Magdalena, tomó la de O´donnell para por la Plaza de La Campana perderse por Amor de Dios buscando la Macarena, por lo que ya en ella, y tras varias vueltas alrededor de la capital por la Ronda, acabar entrando por el puente de San Telmo, para detenerse ante una casa de una sola planta a mediados de la calle Pagés del Corro. Imposible para Irene el haber podido saber o apreciar hacía donde la habían conducido. - Vamos, fuera -dijo el hombre de la derecha ahora tan sólo tomándola de un brazo, por lo que sin presión alguna la ayudaron a introducirse en un portal, y por una no muy ancha escalera subirla a la que sería única planta superior en cuyo uno de los cuartos con la persiana echada hasta abajo en el balcón, provisto de una cama, y una mesa con dos sillas la acomodaron diciéndole que no tenía nada que temer y que estuviera tranquila. - Y puedo saber qué buscáis -se dirigió Irene a aquellos hombres por primera vez. - Por ahora no tiene que saber nada -respondió el de la voz más grave y al cual le olía bastante el aliento, detalle este que no le había pasado por alto a Irene ya que cada vez que se le acercaba a la cara apreciaba el inconfundible olor a alcohol barato. - Bueno, pero es de suponer que algo perseguís con este secuestro, porque esto es un secuestro en toda regla, y me parece que Vds. sabrán quién les manda, pero ignoran quién soy, ¿no es cierto? -dijo utilizando un tono nada amenazador pero que dejaba claro que no la amedrentaban. - Déjese de palabrerías porque no nos va sacar nada; en cuanto a si sabemos quién es Vd. o lo qué es, no nos importa. Aquí lo único que nos interesa es que esto acabe bien y lo antes posible. En cuanto el patrón solucione este asunto, nosotros recibiremos nuestro dinero y la orden de soltarla aquí mismo. Ya Vd. se las apañará como sea -dijo el hombre de la voz gruesa de malas maneras. - ¿Y quién es ese patrón si puede saberse? -insistió Irene con la intención de ver si caían en la trampa. - Nos está Vd. resultando graciosilla y preguntona, y no pregunte más ya le diremos lo que sea llegado el momento. - Tú, quítale la correílla y ponle las esposas estas sujetas al barrote de la cama, sólo una muñeca, que se pueda mover, y Vd. si quiere puede quitarse esas gafas, a nosotros no nos preocupa que nos vea la cara.
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    Mañana no nosreconocería ni nuestra propia madre. - Vigila bien el campo, yo voy a bajar a la Centralita del teléfono. Voy a llamar al Jefe para decirle que la primera parte está cumplida y que esperamos instrucciones cuando lo vuelva a llamar por la mañana. De camino compraré algo de comer para todos, y a ver como pasamos la noche... CUARENTA Y CUATRO En ese momento, y ante la impresión nerviosa que Celia notó en su amiga, se volvió hacia donde miraba ella, y también se dio cuenta de que hacia ellas caminaba un hombre alto con una gabardina de color azul. Eugenia, desembarazándose de su amiga, dio unos pasos acortando la distancia que le separaba ya del hombre. Ambos se dieron un leve abrazo a la par que sendos besos en las mejillas. Ahora volviéndose hacia su amiga y con David de la mano se lo presentó: Celia, este es David , mi novio, -el cual dijo: -David Gómez para servirla, señorita... -Celia, Celia Guzmán, es un placer, señor Gómez. - Pero qué señor Gómez ni gaitas, éste, para ti, es David, hasta ahí podía llegar la seriedad con mi mejor amiga, vamos lo que me faltaba. Los tres se echaron a reír tras la salida de Eugenia. - Y bien, ¿qué hacen dos bellezas esta soleada mañana y aquí solas? - preguntó David sin perder la sonrisa. - Aquí charlando, aprovechando que ambas tenemos el día libre - respondió Eugenia. Y tú ¿dónde caminas por aquí, tan lejos? - Vengo de hacer una gestión para un cliente al que le han estafado en un negocio de vinos que tiene aquí cerca, y en el que ya llevo trabajando varios días. Por cierto, no me habías dicho que hoy librabas, sino hubiera aparcado algunas cosas y habríamos pasado el día juntos -Comentó David. - Y yo no te dije nada porque no sabía si tu podrías tomarte hoy el día libre, y porque le había prometido a Celia que si coincidíamos pasaríamos la
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    mañana juntas. - ¿Celiaes alguna nueva compañera de las que iban a venir a Madrid? -requirió David, mirando a la muchacha la cual pareció ruborizarse. - No, ella es Médico Psicólogo. Creí que te había hablado ya de ella lo suficiente como para haberte quedado con el nombre, pero da igual; Celia y yo nos conocemos desde hace ya bastantes años. - Pudiera ser, disculpa si no me acuerdo, pero, ya estamos aquí y te conozco personalmente. Así que Médico Psicólogo, o sea, que eres una Psicóloga. De esas que le pone a uno la cabeza en su sitio o de las que, como uno se descuide, se la quita -dijo a modo de chanza haciendo que los tres se echaran a reír. - Más bien de lo primero, al menos eso intento, no hay nada mejor que una mente sana y equilibrada. - Di que sí Celia, y no lo que les pasa algunos, que con tantas cosas y tan complicadas en la cabeza a veces no sé si está conmigo o sabe Dios con quién está, ya que ni los domingos para -dijo ahora Eugenia sin terminar de reír. - ¿Y eso por qué? - se interesó Celia. - Porque aquí el señor, que era Policía de la que va de paisano, ya sabes, dejó el cuerpo y se hizo Detective privado, eso sí, a decir de todas las gentes que conozco y que también conocen a David, todos dicen que es muy bueno y con muy buenos amigos en el Cuerpo desde jefes hasta policías sin graduación, que una se entera de todo -dijo Eugenia mostrando cierto orgullo, contestando por él. - Claro, como para no enterarte estando metida en el saco -volvieron las risas. - Entonces, ¿conocerás a un tal Inspector Soriano? -preguntó Celia buscando en la mirada de David un posible asentimiento. - ¿Soriano? Así de momento no me suena. - Aunque era natural de un pueblo de Madrid, estuvo trabajando en la Jefatura Superior de Alicante, aunque no sé si seguirá allí. La verdad es que no lo he vuelto a ver, pero era un tipo que me caía muy bien. -¿Tú, sí que te acordarás de él, no, Eugenia? Porque si mal no recuerdo en aquel año fue cuando llegaste allí destinada que era un sitio donde también se impartían los estudios para conseguir hacerte Psicóloga Forense. - Ya lo creo que me acuerdo. De él y del bueno del Sargento Vilches. - ¿Se puede saber de qué habláis? - Pues se puede decir que estamos hablando de aquellos nuestros primeros pasos en la especialidad de la Psicología -dijo Celia-. Y continuó: Yo trabajaba en Alicante, y cuando tomé la determinación de hacerme con el Doctorado, pedí me trasladaran al que más tarde, ya reformado sería el Hospital Comarcal de Alcoy. David, como era consciente de que no debía revelar nada acerca de los trabajos de investigación que los diferentes clientes le encargaban ya que estos eran, evidentemente, confidenciales, ante las dos mujeres,
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    sobradamente serias, asu juicio, tan allegadas a él ya, al menos Eugenia, miembro del Cuerpo al que él perteneciera no hacía mucho tiempo, y sobre todo Policía Forense en la actualidad, no se abstuvo de hablar a grandes rasgos del caso que se traía entre manos y el cual guardaba alguna relación al menos con la referencia que acababa de hacer Celia sobre un Hospital, precisamente, de Alcoy, por lo que antes de comentar nada acerca del mismo, le preguntó a Celia: - ¿Y qué recuerdos son esos a los que os estáis refiriendo, y teniendo por medio a ése Inspector Soriano? -dijo con el ánimo de hacer hablar a las dos mujeres. - Pues, precisamente, -dijo Eugenia-, un caso en el que una chiquilla de allí de Alcoy fue violada, no sin acontecerle un maltrato físico y psicológico que la hizo ir a parar al Hospital donde trabajaba ya Celia como Médico Psicólogo, aunque en aquellas fechas aún no había obtenido el Doctorado. La muchacha, una jovencita de dieciséis años que sufrió tal trauma que Celia la estuvo tratando algún tiempo después de que aquel energúmeno le hubiera inferido heridas, algunas de ellas de una considerable gravedad. Fue entonces cuando al ser descubierta en el monte por una patrulla a caballo de la Guardia Civil, que el Médico de Guardia, el primero que la atendió, puso el hecho a través del Cuartelillo en conocimiento de la Jefatura Superior de Alicante, que el Comandante envió a dos inspectores. A Soriano y al Sargento Vilches, los cuales le estuvieron dedicando durante semanas momentos de interrogatorio, para mí inolvidables, ya que yo también estuve presente en calidad de Psicóloga observadora, y de los que no se pudo sacar nada en claro ya que la chiquilla aterrada se cerró en banda por temor a las represalias que, en un papel que el Médico le extrajo de su mano crispada, decía que si le contaba aquello a alguien le rajaría la cara. - ¿Y que pasó al final, se consiguió averiguar algo? -preguntó David con la intriga propia de la profesión. - Pues que el caso se archivó, no obstante, Soriano me dijo que aunque se archivara en cualquier momento podrían sacarse los informes de la caja en cuanto se presentara algún indicio relacionado con el asunto -dijo Eugenia mirando a Celia, la cual se veía un tanto angustiada al tiempo que, conforme Eugenia hablaba, ella asentía una y otra vez con la cabeza. - ¡Y tú, ¡porqué me da la impresión de que es como si tuvieras también algún recuerdo acerca de ese pueblo! -comentó de nuevo Eugenia mirando ahora a David, el cual parecía, en ese momento, encontrarse flotando en una extraña nube, a juicio de la mirada escrutadora de su novia. Celia que había estado pendiente de la conversación habida entre la pareja, y que más bien parecía una comunicación entre agentes de la autoridad, a la búsqueda disimuladamente de algo que les pudiera llevar a solucionar un caso hipotético, quiso intervenir y le preguntó. - ¿Has estado alguna vez por allí, David, me refiero por aquella zona de Alcoy, Orihuela? No, y es curioso porque en dos o tres ocasiones me han invitado a ir a
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    comer con unafamilia que reside allí, bueno entre los dos pueblos ya que en los dos tienen casa, y sin embargo, aún no he realizado ese viaje, aunque es muy posible que lo haga y no creo que tarde mucho ya que me han vuelto a insistir. Ellos son los dueños de una Fábrica Textil que hay en Orihuela o lo que queda de ella ya que no hace mucho sufrió un pavoroso incendio, al parecer intencionado, aunque para este caso en concreto no se han requerido mis servicios, aunque, no descarto que más adelante cuando termine el trabajo que para su dueño tengo entre manos, es muy posible que me pidan investigue por mi cuenta, aunque sé positivamente que la Policía de allí también está haciendo su trabajo. De hecho parecía que tenían un sospechoso pero resultó ser una falsa alarma a juicio de los interrogadores. El muchacho tengo entendido que tenía una muy buena coartada. - ¿Y eso que te traes entre manos ahora? - dijo Celia poniendo cara de no haber roto un plato en su vida. - No debería, pero supongo que en vuestra discreción puedo confiar. ¿Puedo? -dijo sonriente y mostrándole a ambas mujeres una hilera de dientes blancos y bien cuidados. - Claro que puedes confiar, so tonto, ¿con quiénes te crees que estás hablando? Somos dos personas muy responsables, adultas y sobre todo serias -dijo Eugenia mirando a Celia, la cual asintió, mostrándole a David un cierto gesto de aceptación. - ¿Supongo que habréis oído hablar de Marina la Sol? - Claro que sí, yo al menos sí -dijo Celia. -¿Y tú, Eugenia? -No mucho, pero sí he oído hablar de ella. Es una Actriz que ha vuelto a hacer películas después de muchos años retirada del mundo del cine. ¿No es así? - Sí - dijo David. Pues bien, esta dama del Celuloide mantuvo relaciones extramatrimoniales con el dueño de esa empresa que mencioné antes, vamos, que era su amante. Parece ser que se enamoró tan locamente de él que llegó a abandonar hasta su carrera que en aquella época era brillante. Desconozco los motivos por los cuales después de veinte años aproximadamente, ella lo abandonó de la noche a la mañana, y nunca mejor dicho, ya que una mañana desapareció de Alcoy sin que nadie, en apariencia, sepa adonde se fue. Entonces, a través de la amistad que nos une, y de haberle resuelto algunos asuntos anteriormente, me pidió que intentara averiguar su paradero. Quiere saber donde está porque, al parecer, quiere pedirle explicaciones del porqué lo abandonó después de tantos años. Y eso es todo... Y ahora, ¿qué os parece si os invito a las dos a almorzar? - Pues qué nos va a parecer, estupendo -dijo Eugenia mostrando su contento y añadió: ¿en Rosendo? - Oye, oye, que no soy más que un Detective privado...
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    CUARENTA Y CINCO Ala mañana siguiente, a las diez en punto tal como estaba acordado, uno de los secuestradores de Irene y encargado de la tarea de la comunicación, llamó a su jefe. Él había recibido de manos de un sujeto que no se identificó nunca, un sobre en el que contenía una importante suma de dinero así como dos números de teléfonos sin nombre ni dirección alguna. La nota definía todo lo concerniente al trabajo, cómo habría de realizarse, así cómo que en el caso de no estar en uno de los números se llamara al otro. Cuando entró en la sala de la Centralita Telefónica y en la que habían tres cabinas, pidió a la encargada del teléfono que le pusiera con el número que tenía apuntado en un papel. La mujer volvió, al igual que el día anterior, a fijarse en su rostro así como en su aspecto. No le causaba buena impresión, pero a ella no debía importarle, era una persona puesta allí por orden del Gobierno y mientras que los usuarios pagaran religiosamente, no molestaran y sobre todo no produjeran ningún destrozo en el inmueble, lo demás debería traerle sin cuidado. Tras recibir la petición, la mujer, una señora ya mayor aunque no mucho, bastante agraciada y dispuesta, tomó el papelito y le indicó al hombre que se sentara en el banco allí instalado para servicio de los usuarios ya que por norma, a menos que el número fuera del interior de la capital, sería una conferencia y estas, a veces, tardaban horas. Pasada media hora, se acercó a la ventanilla y preguntó: - Señora, ¿puede decirme si tiene mucha demora? -requirió solícito
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    empleando un modismoque a todas luces se veía que era forzado. - Creo que aún tardará al menos unos treinta minutos. Ya le avisaré. - De nuevo sentado en el banco, el hombre extrajo del bolsillo una bolsa de tabaco picado y un librito de papel del cual sacó uno y tras depositar en él una cantidad lo lió y se lo colocó en los labios, lo encendió y se entretuvo en hacer volutas de humo tratando de pasar el tiempo lo más distraído posible. No había pasado el tiempo que le dijera la Telefonista, cuando oyó su voz que decía: -Oiga, vaya a la cabina número dos. Cuando entró en ella, descolgó el teléfono y se volvió a oír la voz de la mujer que decía: -Ya puede hablar. - Oiga. - Sí, le oigo, y Vd. atienda a lo que le voy a decir, sólo se lo diré una vez, no quiero alargar la conversación. ¿Me ha oído? - Sí, sí señor, le escucho. Tras unas breves indicaciones, el hombre que atendió la llamada colgó satisfecho de que su esbirro había anotado mentalmente todo cuanto le ordenara, y que lo llamara de nuevo a las seis de la tarde al mismo número. Una vez fuera de la cabina se acercó a la ventanilla y preguntó cuánto era. La mujer le dio una nota y él puso sobre el pequeño mostrador un billete de cincuenta pesetas. - Son diecisiete pesetas, ¿no tiene Vd. suelto? - No, señora, no lo tengo. - María, ven. Llamó la mujer girando su cabeza hacia el interior de la casa ya que la Centralita ocupaba una habitación, la más cercana a la calle. - Cuando apareció la chiquilla, una muchachita de largas trenzas, le dijo la madre: -Toma este billete, ve, cámbialo en la caja y me traes dinero suelto. Al poco rato volvió la chiquilla dejando en una cestilla sobre la mesa tras el mostrador el cambio en monedas diversas. - Aquí tiene su vuelta, caballero. El hombre recogió el cambio, dio las gracias y salió al exterior en dirección a un bar cercano en el que pidió una jarrita con varios cafés con leche y azúcar, unas magdalenas, y con cuyas vituallas se dirigió de nuevo a la casa. Abrió la puerta con la llave, subió la escalera y llamó a la única puerta que había en el rellano dando unos golpes acordados, aunque ambos sabían que no había necesidad de contraseñas. Cuando el compinche abrió la puerta, le preguntó: - ¿Alguna novedad? - No, ninguna. La Señora sigue tranquila, parece como si esto no fuera con ella. O está fingiendo toda esa tranquilidad o yo no la entiendo. - Tú no la entiendes, ni falta que te hace, no te pagan para que entiendas nada, solo para que hagas lo que yo te diga, y te pagan bien ¡eh! - Sí, sí, no te enfades, ya sé lo que tengo que hacer, pero también puedo hacer algún comentario, ¿no? - Señora, aquí tiene su desayuno, porque imagino que tendrá hambre:
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    café y unasmagdalenas. No sé si Vd. toma café o no, pero es lo que había - dijo esto con el mayor esmero, colocándolo todo, incluidas unas servilletas de papel sobre la mesita al lado de la cama. Luego, como es seguro que querrá, puede pasar al cuarto de baño. No la molestaremos durante el tiempo que precise. Estará libre, aunque si pasara por su cabeza el escapar por la ventana, le recuerdo que estás casas son muy altas, así que le recomiendo lo piense antes de saltar por ella. - No se preocupen, no tengo intención de escapar y mucho menos saltando por una ventana. Son Vds. los que deberían pensar en lo que están haciendo. Les aseguro que por su forma tan chapucera de actuar, esto no durará mucho. Por cierto, ¿Quién les manda a hacer esto? - Ha cogido Vd. la perra con eso de saber quién nos manda. Ni siquiera nosotros lo sabemos. Ni el hombre lo ha dicho, ni nosotros queremos saberlo, así que ya no insista más, y es verdad eso que acaba de decir de que esto durará poco, porque eso es lo que queremos que dure, poco, porque así habremos ganado en poco tiempo y menos trabajo más dinero que en toda nuestra vida, verdad... - Shiiss. Nada de nombres. ¿No dices tú que hay que mantener la incógnita, compañero? -dijo éste como queriendo tomarse la revancha por lo de antes. - Y tienes razón, no hay que dar ni una sola pista. - Bueno, ¿ahora qué hacemos? - Lo primero esperar a que la Señora termine de desayunar, entre al Cuarto de Baño, y cuando termine, si no necesita nada, te voy a pedir que te quedes con ella, bien pendiente. Yo voy a salir, compraré unos periódicos y revistas para ella y a la vuelta veré qué puedo traer para almorzar. - ¿Y no puedo salir yo esta vez? - No, y no creas que lo hago por fastidiarte o porque sea a mí al que pusieron al cargo del asunto, sino porque, como tú comprenderás, alguien podría reconocerte y ponerte en un aprieto, ya sabes cómo es la gente de aquí, en cambio a mí no me conoce nadie. Aunque no de muy buen grado, el compinche aceptó -aunque entre dientes mascullaba: “Tú lo que tienes es mucha cara, y eso también es muy propio de la gente de aquí y de la de tu tierra, aunque lo disimuléis muy bien, será posible”. A su regreso, el hombre traía unos periódicos y las revistas que comentara. Al entrar vio a Irene de nuevo con la esposa colocada en su muñeca izquierda, y sentada en la cama con la mirada perdida. - Señora, ¿le ocurre algo? - ¿Vd. que cree, desalmado? -dijo mostrando su indignación. - Yo no me creo nada, señora, y a estas alturas, menos. Si le he dicho eso es porque la he visto un tanto preocupada. - Verdaderamente, tiene gracia. ¿Y cómo se supone que yo debería estar? Igual piensa Vd. que debería estar siguiéndole la corriente, o mejor, bailando sevillanas con ése -dijo ahora señalando al otro hombre.
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    - Bueno. Mejorserá dejarlo. Al fin y al cabo, tiene Vd. razón. Desconozco los motivos por los cuales se encuentra en esta situación, pero ahora mismo eso es lo que hay. He traído de una casa de comidas que hay al final de la calle, y que me ha parecido bastante limpia, unas raciones de carne en salsa, unos albures en adobo y unas naranjas. También he comprado una botella de vino tinto. No será a lo que está Vd. acostumbrada, imagino, pero tampoco quiero que pase hambre. - Hombre, gracias, muy amable por, encima, de cuidar de mí. ¿Cuida Vd. de mí o de su dinero? -dijo Irene a modo de chanza que molestó al hombre. - Bueno, basta de cháchara. ¿Qué le apetece? -dijo el hombre ofreciéndole a Irene ambas fuentes. - Visto esas fuentes, y el hambre que tengo, no le haré ascos ni a una ni a otra, así que póngame un poco de los dos. Esto lo dijo arrimando la mesita al borde de la cama, al tiempo que decía: - ¿Le importaría soltarme el brazo? Créame no tengo ninguna intención de escapar. Lo están haciendo tan mal que no creo que esto dure mucho tiempo -dijo mirando con descaro y abrumadoras miradas tanto a uno como a otro. - ¿No se cansa Vd. de decir siempre lo mismo? -dijo el malhechor mientras le apartaba en un plato un poco de ambas fuentes, y continuó: disculpe, pero la naranja se la mondaré yo. No quiero que se vaya a cortar con la navaja, ya sabe, nosotros, normalmente, la llevamos muy afilada. - Muchas gracias. No, si al final tendré que estarle agradecida por tanta deferencia. Cuando todos terminaron de comer, los hombres fregaron los cubiertos después de haber colocado las esposas en la muñeca de Irene, la cual se echó sobre la cama. Ellos aprovecharon para sentarse al lado del balcón y, dejando una de las hojas abiertas, se pusieron a fumar. Acabados los cigarrillos, dijo el que hacía de ayudante: - Oye, Casey... - ¡Nada de nombres, estúpido! - dijo el tal Casey sin elevar la voz. - No te preocupes, mírala, está completamente dormida, se ha quedado frita, se nota que le ha caído bien la carne en salsa, pues se la ha comido toda. - De todas formas, toda precaución es poca -dijo requiriendo-: ¿qué ibas a decirme antes? - Solo que quería preguntarte, ¿cómo tú, un americano, está aquí en Sevilla y metido en este fregao? - No es la primera vez que me contratan para hacer un trabajito igual. Ya en Cádiz hice otro bastante parecido. - Pero, lo que me intriga es cómo llegaste aquí qué pasó en Cádiz, ¿te cogieron o te echaron? -dijo riéndose. - Ni lo uno ni lo otro. Allí fue donde le dieron referencias mías al jefe, pero yo ya estaba en Sevilla. Tú eres de aquí, pero yo llegué en un barco
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    cargado de grano,desde la Argentina, ¿sabes? Todo aquel cargamento se descargó en el Muelle de la Sal, ahí enfrente, pero, que te voy a contar a ti acerca de ese Muelle... ¡Cuántos sacos habrás descargado en ese Muelle! - Sí, ¿pero cómo llegaste a la Argentina, si todo el mundo quiere irse a América buscando un mejor vivir, vaya, el paraíso? - No te creas, aquello no es ningún paraíso, no tienes más que ver a los que como yo que estuvimos en Vietnam. Cuando terminó todo aquello y me licenciaron en los Marines, ya ves, lo único que el Gobierno Americano me concedió fue esta pierna ortopédica, como tú ya sabes que tengo, y una paga de mierda con la que no tienes nada cubierto. - Allí las pasarías canutas... - Allí las pasé aun peor de lo que te puedes imaginar. Mi Compañía fue descubierta. Los mataron a todos en unos cañaverales y los que nos rendimos fuimos enjaulados durante mucho tiempo. Algunos hicimos repetidos intentos de fuga. Lo cierto es que ya estaban sobre aviso, y en uno de esos intentos individuales, cuando ya creía que estaba al otro lado del río, me destrozó la pierna una puta mina de la que no me di cuenta por culpa de los nervios y los deseos de escapar.
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    CUARENTA Y SEIS Intrigadosante la tardanza, Carlos y Félix no dejaban de preguntarse que podría haberle pasado a Irene. Eran ya las diez y media pasadas, y ni se había hecho presente para recogerlos, pasar por el hotel a darse una buena ducha e ir los tres a cenar tal cual habían acordado, y sin embargo, ni tan siquiera les había llamado por teléfono anunciado un retraso por tal o cual motivo... Los dos hombres se encontraban bastante apurados. -Irene es una adulta que sabe muy bien lo que hace le comentaba Carlos a Félix, al tiempo que se excusaba diciendo: ¡Pero qué majadería estoy diciendo, por Dios, que estoy preocupado! - Tranquilicémonos -decía ahora Félix-. Seguro que hay una explicación para todo esto, y continuó exponiendo: ¡Imagínate que haya hecho una compra de las que a las mujeres les gusta de forma extraordinaria con el fin de darle una sorpresa a su hombre, y está en una nube de la habitación del hotel, ante el espejo, probándose esas prendas -dijo Félix guiñándole un ojo a su amigo y colega, e intentando hacerle pasar el rato lo mejor posible en razón de lo que acontecía, por lo que dijo dirigiéndose al teléfono de su mesa de trabajo pues aún estaban en el despacho, y alargándoselo a Carlos... - Carlos, ¿por qué no llamas al Hotel y preguntas si Irene ha llegado? Creo que no sería mala idea, y así vamos descartando posibles interrogantes. No cabía la menor duda de que ambos hombres normalmente hablaban en términos propios de su profesión, por lo que acto seguido y siguiendo su consejo, Carlos tomó el teléfono y marcó...
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    -Buenas noches, HotelColón, dígame -le respondió a la llamada una Telefonista. - Si, buenas noches, soy Carlos Balbuena. ¿Tiene la bondad de ponerme con la habitación de la señorita Parra, por favor? Es el número trescientos doce -dijo de una forma en la que Félix, en calidad de compañero y único testigo, apreciaba un cierto nerviosismo no acostumbrado sabiendo de su seguridad y estoicismo ante los tribunales a los que se enfrentaba regularmente. - Disculpe la espera, señor Balbuena, pero es que he realizado dos llamadas pensando que la señorita Parra pudiera estar ocupada, empero sigue sin responder -dijo la voz de forma correcta. - Páseme con la Conserjería, por favor. - Aquí la Conserjería. ¿En qué le puedo servir, señor? - Soy Carlos Balbuena, de la habitación 311. ¿Quiere decirme si la señorita Parra está en el Hotel? O mejor: ¿dígame si su llave está en el casillero? - Sí, señor Balbuena, aquí está. ¿Quiere que envíe a un botones a ver si estuviera en el Bar? - Sí, por favor -dijo Carlos no muy convencido. No obstante, en esa fracción de segundo pasó por su cabeza: “Es muy posible que me interpretara mal, y estuviera en el bar esperándonos, como le dije que antes de cenar pasaríamos por el hotel a darnos una ducha, hummm...” - Lo siento, señor, pero me comenta el botones que no se encuentra allí, e incluso ha mirado en la tienda de modas que hay en el pasillo antes de llegar al bar y tampoco está. Carlos miraba a Félix y Félix miraba a Carlos, ya que podía imaginarse toda la conversación por lo que le había estado oyendo a su amigo. - Carlos, no quiero ser alarmista, pero no estaría demás llamar a los hospitales a ver si hubieran tenido durante estas horas algún ingreso de urgencia debido a un posible accidente -dijo Félix convencido de que por ahí debían de comenzar la búsqueda antes de dar el paso de poner el asunto en conocimiento de la Policía. - Creo que sí, Félix. Creo que ese debe ser nuestro primer paso. Tú que tienes más relación con esta ciudad, ¿cuántos hospitales hay? - La verdad es que no sé el número de ellos, pero lo que sí sé es que para la densidad que tiene Sevilla en estos momentos, está bien atendida. Mira, empezaremos por la Residencia García Morato que hace poco que la han inaugurado. Luego tenemos la Cruz Roja de Triana, la de Capuchinos, hospitales más pequeños y clínicas a las que también podrían haberla llevado, en fin que vamos a tener donde buscar... - Residencia García Morato, buenas noches, Servicio de Urgencias, dígame -contestó una telefonista muy amable al otro lado del hilo telefónico. - Buenas noches, señorita, ¿puede darme información acerca de si hubiera ingresado de urgencia en ese centro una señora llamada Irene Parra? - Aguarde un segundo que miro el registro. No, no señor, nadie ha
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    ingresado hasta horacon ese nombre. - De acuerdo, muchas gracias y buenas noches. Eran las dos y media de la madrugada cuando ambos hombres cansados por la incertidumbre y echados sobre el respaldo de sendos sillones, continuaban preguntándose qué podría haberle sucedido a Irene. Carlos recordaba una ocasión en la que ya había vivido con ella un caso semejante. Irene no apareció hasta el día siguiente. Pensaba en ello cuando lo descartó pues aquel incidente lo catalogó como una rabieta, una chiquillada producto de un enfado que se podría considerar de infantil. El caso es que quedaron por la noche para acudir a una cita, pero a la que Irene no acudió. Aquella estúpida discusión de la tarde debió tener la culpa, y todo porque ninguno de los dos quería ceder. Ambos se habían emperrado en llevar la razón en los motivos que los empujaban a rebatir la opinión del otro en cuanto llegar a un acuerdo en si cada uno debía o no dar su brazo a torcer sobre un asunto que más tarde comprendería, echándose a reír, que no revestía la mayor importancia dado que ninguno de los dos estaba en condiciones de hacerle frente a semejante embrollo, un embrollo del que sacaron en claro aquel dicho ya antiguo de que después de la tempestad viene la calma, porque eso fue, al final, lo que verdaderamente sucedió: se encontraron más unidos y ello gracias a ese acercamiento que les hizo ganar más enteros del uno para el otro y una confianza que tomaría fuerza con el transcurrir del tiempo. Fue Félix el que lo sacó de su abstracción cuando echando mano de su intelecto jurídico dijo: - Carlos, yo creo que sería prudente poner el caso en conocimiento de la Policía, nada perdemos con ello. Ganaríamos mucho tratándose de una persona que está en Sevilla de visita. Y si nos presentamos ambos en la Comisaría a dar cuenta, viendo nuestra profesión creo que se tomaría el asunto con mayor atención y celo. - Sí, yo también creo que sería lo más acertado. No obstante, tú al igual que yo, sabes que es muy posible que no acepten el poner todo ello en trámite ya que según las normas policiales, están obligados a esperar veinticuatro horas antes de hacer nada. Una vez puestos de acuerdo en el siguiente paso a seguir, salieron a la calle dirigiéndose hacia la Comisaría de Policía de Triana, ubicada en la misma calle. - Buenas noches, saludaron al unísono los dos al Policía que se encontraba más cercano a la puerta de la calle. - Buenas noches, correspondió el Agente, y el cual preguntó a continuación qué se les ofrecía. Informado el Policía grosso modo del asunto que hasta allí les había llevado a ambos hombres, éste les hizo pasar a una antesala, desapareciendo seguidamente por una de las tres puertas allí existentes, y de la que salió transcurridos unos minutos para anunciarles que el señor Comisario los recibiría en cuanto terminara de atender la visita que tenía en su despacho.
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    Tras diez minutosde espera, salió un Agente y les invitó a entrar en el despacho del Comisario. Cuando les franquearon la entrada, se encontraron en una dependencia que, convertida en despacho, reunía todo cuánto un Jefe de Policía podría envidiar en cualquier otro sitio de los muchos que ambos conocían. Aunque la austeridad era bandera en aquel lugar, no era menos cierto que todo el mobiliario, de gran calidad, estaba distribuido con el mejor aprovechamiento y gusto posible, sobre todo tratándose de un barrio; claro que tratándose de Triana, tampoco se podía decir que fuera un barrio cualquiera, ya que esta Comisaría atendía a un núcleo poblacional de no menos de sesenta mil habitantes. Una vez realizado el correspondiente protocolo de saludos, fueron invitados a tomar asiento. Ya acomodados y a petición del señor Comisario, entre Carlos y Félix lo pusieron al corriente de todo lo acontecido desde que llegaron al Hotel. Con cierto aire pensativo, el Comisario les adelantó que, como quiera que el hecho se había producido en el centro, les correspondía haber puesto la denuncia en la Jefatura Superior de Policía, pero que, no obstante, se haría cargo del asunto en principio a menos que sus superiores ordenaran algo en contra o pusieran algún impedimento. A continuación, fue llamado un Policía Administrativo el cual portando una máquina de escribir, recogió todo el atestado incluyendo los datos de ambos hombres, los cuales fueron informados por el Comisario de que cualquier cosa que surgiera la pondría en su conocimiento, y en el teléfono o dirección que Félix le había proporcionado y en el que debían aguardar por si en cualquier momento alguien se pusiera en contacto con ellos. Este comentario hizo que Carlos se revolviera inquieto en su silla, gesto que fue advertido por el Comisario, el cual adelantándose a lo que posiblemente preveía iba a hacer Carlos, dijo: -No tiene porqué inquietarse ya que nada es descartable, no obstante, un posible secuestro, tampoco, por lo que no debemos de dejar de tenerlo en cuenta. Desconozco si su novia, siendo como Vd. dice, y disculpe pero es que yo no soy muy amante del cine, es una Actriz bastante conocida, y que ha venido a Sevilla aprovechando el viaje con Vd. señor Balbuena, para ofrecerle a don Cesáreo, buen amigo mío, por cierto, un nuevo guión cinematográfico, bien podría haber sido víctima de una mala jugada por parte de alguien. Le repito, esto no debe de intranquilizarlo, sin embargo, Vds. como abogados deben saber que hay que tenerlo en cuenta. De todas maneras, como les he dicho antes, estaremos en contacto. ¡Ah! una cosa más: cómo vamos a tener dos direcciones, la del Bufete de don Félix y la del Hotel Colón, le agradecería que en el Hotel dejara el número del señor de la Fuente por si le necesitásemos allí y se encontrara ausente, ellos ya nos derivarían al otro número. - Conforme, Señor Comisario, y muchas gracias por todo, sabemos que no es normal el que nos haya atendido ates de las veinticuatro horas que dice el reglamento, cosa por la que le estaré eternamente agradecido. Irene -
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    dijo con familiaridad,es la persona más importante de mi vida y mi futura esposa, por lo que le reitero mi agradecimiento. Buenas noches y que tengan una buena guardia. - Buenas noches, señores -se despidió el Comisario levantándose por un momento e indicándole al Policía que los acompañara hasta la puerta. CUARENTA Y SIETE La noche había sido larga para los empleados de la sala Pasarela. Demasiado larga aunque según los propietarios, fructífera, ya que desde hacía tiempo un grueso grupo de amigos la tenían contratada para una despedida de soltero con espectáculo de variedades y estriptis femenina incluida. Pero no había parado ahí el negocio porque unas copas más de la cuenta hicieron que muchos, al final, terminaran invitando a algunas de las bailarinas, consumiciones éstas que no estaban contratadas por lo que todos o casi todos hubieron de rascarse el bolsillo antes de marcharse, mas como las bebidas aún se encontraban a medias a la hora designada para el cierre, recurriendo a una suculenta propina, y de acuerdo todos, la fiesta se prolongó hasta altas horas de la madrugada. En el piso que Felipe tenía a medias con un compañero y que era natural de Albacete, se hallaban los dos pasadas las doce del mediodía tomando unos huevos revueltos, cuando sonó el teléfono... - ¿Felipe? - Un momento, por favor. -Sí, ¿Quién es? - Hola Felipe, soy yo, Berta ¿Te cojo en buen momento? -dijo con cierto titubeo al saber que él no estaba solo. - Hola Berta, sí, no hay ningún problema, lo único es que ayer se alargó demasiado la jornada, y aunque ya estoy bastante recuperado porque me acabo de levantar, aún me siento cansado y medio dormido, pero bien, chica, qué paliza nos dan cuando hay despedida de solteros o solteras que para el caso son iguales, aunque yo casi te podría asegurar que con esto del striptis, las mujeres sois peores, y, según el dueño hasta para el negocio, ya que las consumisiones bajan considerablemente, ellas son más precavidas. Pero
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    dime... - Lo tengodecidido, y todo planeado al milímetro, creo -dijo poniendo cierto énfasis en el comentario. - Celebro que te hayas decidido. Bien, ¿cuándo nos vemos y dónde, porque estoy deseando escucharte y que tú escuches lo que yo también tengo pensado? - ¿Conoces la calle de Almagro, al lado, bueno muy cerquita del Hospital Universitario? - Me suena, pero no la conozco. No te preocupes, yo la encontraré. ¿Por qué me lo preguntas, hay allí algo que nos pudiera interesar? -dijo utilizando un dejillo medianamente castizo y semejante a los de la capital... - Sí, escucha: En la esquina hay una Freiduría que es la accesoria de un bar, no recuerdo ahora mismo el nombre, pero no te preocupes, es el único que hay en la calle. Bien, pues en el bar de esa Freiduría, la mayoría de la gente que trabaja por allí va a comprar su cartucho de pescado frito, compra también una pieza de pan, pasan por la puerta del fondo al bar, buscan una mesa, piden una bebida y almuerzo resuelto. Y eso será lo que hagamos nosotros, nos haremos pasar por personal que trabaja en cualquiera de las oficinas cercanas, e inadvertidos en una mesa discreta podremos hablar de nuestras cosas sin que nadie nos moleste o repare en nosotros. ¿Qué te parece? - Muy bien. ¿Cuándo nos vemos? -dijo Felipe aparentando no estar nervioso al escuchar a Berta tan decidida y sin trastabillarse. - Te volveré a llamar en cuanto disponga de una mañana libre. Contigo no tengo problemas ya que por la mañana no trabajas. - Conforme. - De acuerdo, quedamos en eso. Hasta entonces, y cuídate. - Lástima que si me pongo malito no puedo ir a que tu me cures -dijo Felipe sin poder evitar hacer un chiste. - Hombre, ahora no conviene que nos pongamos malitos ninguno de los dos, por cierto, no sé si te habrás enterado de que entraron a robar en la casa de María Engracia, la cuñada de tu padre... - No sabía nada. Y mi padre no me ha llamado, y él seguro que estará al corriente -dijo con la voz una tanto circunspecta. - No habrá querido intranquilizarte. - Pues allí poco habría de llevarse los ladrones. - El caso es según me contó mi madre, que no se llevaron nada, ahora sí, todos los cajones estaban derramados por el suelo cuando llegó Dionisia, su hermana, y se la encontró tendida en el suelo, sin moverse por el ataque de ansiedad que tenía tras despertarse del golpe que le había dado. - ¿Y quién fue? ¿Quién fue el ladrón? - La Guardia Civil que estuvo allí, al parecer una pareja de esos especialistas, no consiguió encontrar nada. Ellos decían que, a su juicio, y por la experiencia que tenían en estos casos, que aunque era un casa humilde en la que poco podrían llevarse, para ellos que lo único que
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    buscaban era papeles,aunque no podrían decir de que clase de documentos. Yo he llegado a suponer que esto ha debido de ser obra del Hipólito y que lo único que quería era averiguar si María Engracia, en alguno de sus cajones, guardaba la dirección de la Señorita Marina para la que ella trabajaba. Ya sabes tú la perra que cogió y no acaba de soltar desde que ésta lo abandonó. - Ya lo creo que me acuerdo de todo aquello, y, sabes, creo que no andas muy descaminada con ese pensamiento -dijo Felipe al que se le notaba la voz un poco apagada, y continuó: aunque lo siento también por mi padre ya que él quería mucho a esa familia, y no sólo porque era la mujer de su hermano sino por lo que padecieron en vida y después de muerto por culpa del cabrón ése. Ahora, que se vaya preparando porque llegará un momento en el que las va a pagar todas juntas como que de una manera o de otra, no te quepa la menor duda de que existe la Justicia, de un tipo o de otro por eso te juro que no se va a librar... - ¡Qué ganas tengo de que llegue ese momento! ¡Cómo voy a disfrutar, vamos, que ya estoy viendo el momento...! en fin, pero, prudencia, no precipitemos los acontecimientos, pero tengo unas ganas que no me dejan vivir, y hasta que esto no termine no voy a descansar -dijo ahora Berta, y de la que a Felipe le pareció que hasta por el auricular salían todos aquellos sapos y culebras que aunque con el pensamiento, estaba largando de forma incontrolada y con tanta vehemencia, que tuvo que decirle: - Tranquila, Berta, a ver si va a resultar que la que se va a poner mala eres tú, y entonces no sé que voy ha hacer sin ti. - Tienes razón, pero, es que me comen los nervios sabiendo que voy a hacer algo muy bueno. - Mi madre estuvo en Alcoy cuando se enteró. Aprovechó para ver a sus padres al tiempo que las dos fueron a visitar a María Engracia la cual les puso al corriente de todo lo acontecido y sabes qué, que tanto Rosa como Poncio, su hermano, aseguraban que no se podían quitar de la cabeza el que aquel ladrón o ladrones, porque tampoco se sabía si se trataba de uno o más sujetos, habrían sido enviados por don Hipólito. Y no dejo de pensar en esta hipótesis ya que lo podría haber montado aprovechando que él ese día se había desplazado a Alicante, detalle éste que bien estudiado, hasta cierto punto a la Guardia Civil le quedaba claro que quedaba libre de sospechas, así que la investigación se quedó en un puro trámite por lo que la única recomendación que le quedaba a María Engracia era ir al Cuartelillo y poner la correspondiente denuncia por si más adelante surgía algo que pudiera estar relacionado con el robo...¿tú te crees? - Ya lo creo, que me lo creo, pues no he de creérmelo, y es más, estoy casi seguro de que ellos saben de quién o quiénes pudiera tratarse, vamos Berta, que aquello es un pueblo y todo el mundo sabe cómo es cada uno, sus tendencias, sus gracias y hasta la mala uva -dijo Felipe en el que se notaba el enfado. - Y estoy de acuerdo contigo, y con los pensamientos de los hijos de María Engracia -dijo Berta-: es más, si no fuera porque se asegura que don
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    Hipólito estaba fueraese día, quién no te dice a ti que éste montó el numerito de marcharse, se volvió, hizo la faena y se marchó de nuevo para hacerse visible y tener su coartada, que ya lo conocemos, y que favor que pida a ya sabes tú quién, testigos no le van a faltar, además, si hubiera mandado a alguien, esa gente se hubiera dedicado a buscar lo que le habrían encargado que buscara, pero de eso a atacar a una mujer contra la que, supuestamente, no tenían nada... Casi me atrevería a decir que esto es obra de ese cabrón, mal nacido. Al final la ceguera estúpida le impedía reflexionar sobre quién en realidad podría tener la dirección de la señorita Marina. Si tan siquiera cayó en la cuenta de que en los últimos años quien estuvo atendiéndola fue Rosa la hija de María Engracia. A su casa podrían haber ido y encontrarse con el marido y sus noventa kilos de puro músculo. Total, que al final no quedó en nada, eso sí una denuncia que ya me dirás para qué servía; aún recuerdo el día que mi abuelo le hizo a Bernardo, el del algodón, el favor de llevarle a su casa una libra de picadura porque el hombre se había caído del tractor y se había roto una pierna pasando un montón de días encamado, y cuando llegó a su casa, el perro que no se habían dado cuenta de que estaba suelto le mordió. ¿Y sabes que pasó con la denuncia? pues nada. El caso es que a mi padre le tuvieron que echar varios puntos en la pierna y nada más, ni siquiera le compraron unos pantalones, que digo, ni siquiera le recogieron el perro para ver si tenía algún problema, y sabes por qué de este comportamiento por parte de la Guardia, porque Bernardo era amigo de Hipólito, un buen proveedor y estrecho colaborador del régimen, y como don Hipólito era para ellos todo un personaje, pues así acaban todas las cosas relacionada con este elemento. En fin. Bueno, te dejo que se me ha agotado la media hora de descanso que tenía, y esta mañana tengo dos operaciones -dijo Berta a modo de despedida. - Conforme, quedo pendiente de tu llamada. Hasta pronto Berta, y tras colgar el auricular aún se quedó un rato en la misma postura pensando sobre todo lo que habían hablado... ¡Qué cabronazo!
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    CUARENTA Y OCHO Alllegar a la puerta y ya con la llave en la cerradura, no se percató de los dos individuos que le habían estado siguiendo y que ahora los tenía a su lado. Uno de ellos se abrió la solapa de la chaqueta y le mostró una insignia, al tiempo que le solicitaba le mostrara su documentación. - No la llevo encima -se disculpó Casey, demostrando una serenidad de sobra estudiada. - ¿Y dónde la tiene? - preguntó ahora el otro Policía, pues ambos eran miembros de la BRIC (Brigada de Investigación Criminal). - Tal vez la tenga arriba en su casa y ha debido olvidarla al salir - insinuó el primero. Sin embargo en la Centralita de teléfonos ha sacado Vd. su cartera para abonar la llamada realizada... ¿Cómo es que en ella no lleva la documentación? -intervino de nuevo el otro Policía, y ahora si le apreciaron al sujeto cierto nerviosismo. - Comprenderán que no la lleve, ya que yo soy americano y lo que tengo es pasaporte y éste no cabe en la cartera -dijo confundiendo un poco a los agentes, ya que el argumento podía ser válido. No obstante, el otro Policía insistió: - ¿Vive Vd. aquí, esta es su casa? - No, esta es la casa de un amigo, también americano. Él está embarcado y me la tiene cedida hasta que vuelva -dijo pensando que con este argumento ya le dejarían tranquilo, pero, se equivocó, ya que el primer Policía volvió de nuevo a solicitarle. Bueno, no hay ningún problema. Subimos y arriba nos muestra ese pasaporte, ¿le parece? - No, no Señor. Conozco muy bien mis derechos y Vds. no tienen ninguno a obligarme, y mucho menos a entrar en mi casa si yo no lo consiento -ahora, Casey, aunque sereno mostraba cierto titubeo que se leía en el temblor de sus labios. - Muy bien. Vd. conoce sus derechos. Como nosotros también
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    conocemos los nuestros,le rogamos que nos acompañe a la Comisaría. Allí es probable que cambie de opinión. Ya sabe que un Juez puede cancelar esos derechos, y lo único, si no tiene nada que ocultar, que va a conseguir son molestias. A nosotros nos da igual. Lo mismo nos da realizar un trabajo que otro, así que andando. Un absurdo intento de escapar, hizo que el Policía que estaba más cerca lo agarrara por el brazo mientras que el otro sacaba unas esposas, y llevándole las manos hacia atrás se las colocó al tiempo que repitió: ¡Andando! Una vez en la Comisaría fue introducido en la sala de interrogatorios en la que el Comisario ya los esperaba. Éste, que ya había sido informado de los prolegómenos de la detención, ofreciéndole una silla de respaldo bajo, procedió a preguntarle quién era y qué hacía en Sevilla, a lo que Casey se negó a contestar. -Bien, bien, esto no le favorece en nada y Vd. lo sabe, sabe perfectamente que con la Policía no se juega. Haga el favor de vaciarse los bolsillos y deje todo lo que lleve encima de la mesa. - Así que tenemos aquí una cartera bien abastecida, unas pocas de monedas, tabaco, unas llaves, un sobre -comentó el Comisario tomando la cartera, y abriéndola extrajo de ella unos pocos billetes de banco de cincuenta y cien pesetas. ¿Le importaría decirme cómo una persona como Vd. puede llevar encima tanto dinero? - Son mis ahorros de muchos años, siempre estuve embarcado. - A pesar de ello considero que es mucho dinero. Y ese sobre, ¿qué contiene? -quiso saber el Comisario tomando el sobre y agitándolo un poco. - No lo sé, lo encontré viniendo de la Centralita. - Entonces no le importará que lo abra, ¿verdad? -dijo el Comisario con cierto sarcasmo. - En absoluto. Ya le he dicho que no es mío, lo encontré. Cuando el Comisario abrió el sobre y dejó caer el contenido sobre la mesa aparecieron varios billetes de cien pesetas que uno de los policías contó y que fueron treinta. - Vaya, vaya – dijo el Comisario con sorna. Los hay con suerte. Mi sueldo no llega a esta cantidad y Vd. se encuentra todo este dinero así como así. - Así es, sí señor. - Creo que voy a echar mano de Ramírez, y ya veremos si nos dice algo que pueda ser creíble. De lo contrario, me parece que va Vd. a pasar mucho tiempo aquí con nosotros. No sé si conocerá Ranilla, pero le aseguro que allí se va a arrepentir de este comportamiento que a nada favorable le está conduciendo. Dicho esto salió el Comisario junto con los agentes que lo habían traído, y dejando a Casey con las manos atrás esposadas y sujetas al bajo respaldo de la silla la cual se encontraba anclada al suelo. - Julio, llama al Juez y mira si puede recibirte. Si así fuera dile que vas
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    a ir averle para que te extienda, en razón de lo que le cuentes, una orden de registro para la dirección en cuestión – dijo el Comisario alargándole al Policía de paisano una nota de su puño y letra. Que te acompañe Francisco, ya que juntos habéis levantado esta Liebre que me da la impresión de que más que liebre va a resultar ser Jabalí, y uno con buenos colmillos. Cualquier cosa me llamáis desde el coche. Una vez que se hubieron marchado los dos miembros de la secreta, el Comisario, sentado ante su mesa, meditaba mientras jugaba con los billetes salidos del sobre. - ¿Qué se traerá entre manos este sujeto para tener encima tanto dinero y además otro paquete con una cantidad redonda? Esta es la que me tiene más escamado -le dijo al Policía que hacía las veces de administrativo para la redacción de las denuncias y atestados. Pasadas las diez de la noche, se presentaron los dos secretas con un sobre conteniendo la orden de registro. Con el documento en la mano, el Comisario se dirigió a la sala de interrogatorios en la que a Casey le estaban refrescando la memoria. Cuando entró se encontró a un hombre que aún entero se veía a las claras que no lo habían tratado muy bien. Con ello quedaba demostrado cómo con habilidad se puede hacer mucho daño sin que se note lo más mínimo. Así que se acercó a Casey, y mostrándole la orden de registro, le preguntó una vez más: -Vamos a ir a registrar la casa de tu amigo, claro que si nos dices lo que queremos saber... - Es que no sé que les puedo decir. No sé lo que quieren de mí, ni lo que buscan -dijo sin darse cuenta de que había dicho algo que al Comisario le hizo pensar. - ¿Y que le hace a Vd. suponer que buscamos algo al haberle detenido a Vd.? - No lo sé, eso Vds. lo sabrán. - Muy bien, pues pronto lo vamos a saber -dijo el Comisario, ordenándole a Ramírez que metiera en una celda al detenido. - El Comisario, los miembros de la Secreta así como dos policía armadas más en sus respectivos vehículos policiales, abandonaban la Comisaría dirigiéndose hacía la casa en cuya puerta fue detenido Casey. Al llegar se apearon todos de los dos vehículos, siendo el Comisario el que portando las llaves de Casey y cumpliendo con la Ley, el que llamó con sendos golpes sobre la puerta ya que el portal carecía de timbre. Los golpazos dados sobre la madera sobresaltaron al secuestrador que estaba con Irene, ya que no era costumbre recibir aquellos porrazos, además de que ya estaba bastante preocupado por tratarse de la hora que era sin que su compañero hubiera regresado. Hizo un amago de asomarse entre la persiana, pero fue visto por uno de los policías armados, el cual gritó: “¡Sabemos que hay alguien ahí, así que abra la puerta y salga con las manos en alto!” Posiblemente en un vano e infantil intento de amedrentar a los de abajo,
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    el secuestrador hizoun disparo sin ánimo de alcanzar al Policía, sin embargo, éste sacó su arma reglamentaria disparando al bulto observado tras la persiana. Se oyó un ruido sordo y un alarido que el Comisario distinguió como un aterrador grito de mujer, lo cual hizo que se abalanzaran sobre la puerta, abriendo con la llave y con la precaución debida, subir al primer piso cuya puerta en esta ocasión se encontraba encajada por la confianza de que allí no vendría nadie a importunar. Cuando entraron, vieron al secuestrador mortalmente herido. El disparo le había alcanzado en el pecho. Mientras unos intentaban socorrerlo al tiempo que por el balcón avisaban al que se había quedado en la puerta y le decían que pidiera refuerzos y una ambulancia, el comisario se acercó a Irene preguntándole su nombre. Cuando ella le dijo que se llamaba Irene Parra, el comisario sólo pudo articular: ¡Bendito sea Dios! - ¿Cómo se encuentra, señora? -se interesó el Comisario echando mano de la llave de las esposas que se encontraba sobre la repisa y abriéndolas. El cuarto fue registrado a fondo sin encontrar nada excepto otro paquete parecido al que según Casey se había encontrado, y las dos pistolas, una la del herido cuya arma estaba a sus pies y otra que, sobre la repisa, supusieron se trataba de la de Casey. - Bien, muy bien, pero ¿Quién es Vd., y estos señores? -Soy el Comisario Enrique Pulido y ellos son miembros de la Policía Secreta de Sevilla y adscritos a la Comisaría de Triana -le dijo el Comisario respondiendo a la pregunta. - Y, señor Comisario, ¿puede decirme dónde estoy, pues me trajeron con unas gafas de sol pintadas de negro a través de las que no podía ver absolutamente nada, y al parecer me dieron tantas vueltas que no sabía si me llevaron fuera de la ciudad -dijo Irene con bastante nerviosismo. - Está en Triana, un barrio de Sevilla, al otro lado del río, y está en buenas manos. Si necesita atención médica, que veo que no, le pido una ambulancia al objeto de que le hagan un reconocimiento. - No, no es necesario. Lo que sí me gustaría es poder marchar a mi Hotel y reunirme con mi novio, el señor don Carlos Balbuena -dijo ahora mostrándose más serena. - Ahora la dejaremos en el Hotel. Por el camino llamaremos a los señores Balbuena y de la Fuente, que es muy posible que se encuentren en él. Esta noticia la están esperando como agua de Mayo según don Carlos, su futuro esposo ya que me hizo partícipe de que pronto se casarían. - Así es, y no se puede imaginar cómo deseo verlo y llevarle tranquilidad, también a Félix, imagino que estarán destrozados por culpa de estos malnacidos -dijo mirando hacia el cadáver que se veía ahora tapado con una de las mantas que usaron para dormir sobre los sillones. - Bueno, éste está muerto pero el otro lo tenemos encerrado en una celda hasta que el Juez dictamine qué hacer con él. Pero, ahora no se preocupe, ya cuando se restablezca pasaremos un buen rato en la Comisaría donde hablaremos de todo ello, aclararemos algunos puntos y si
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    puedo responderé acuántas preguntas me quieran hacer. Tras dar las órdenes oportunas para el traslado del cadáver al Instituto Anatómico Forense, y precintada la puerta del piso así como la de la calle, el Comisario acompañó a Irene hasta el Hotel, dejándola a la puerta de la habitación donde la esperaban impacientes Carlos y Felix tras recibir la llamada del Comisario. La intención de Carlos era recibirla en el Hall de entrada, pero la Dirección del Hotel no lo permitió argumentando algún posible revuelo. Cuando Carlos y Félix desearon saber acerca del descubrimiento de la trama, el Comisario les dijo lo que anteriormente a Irene: “Cuando ella se restablezca ya pasarán Vds. por la Comisaría donde nos pondremos al corriente de todo ello. Seguidamente les dio las buenas noches acompañando sus palabras con un: “Celebro que todo haya salido bien.” - Hasta pronto, Señor Comisario, y muchísimas gracias. Al día siguiente, alrededor de la una del mediodía, Carlos llamó al Comisario Pulido: su intención era invitarlo a almorzar en el Hotel. Se excusó éste aludiendo que tenía un asunto pendiente que no podía esperar, por lo que le sugirió que si no había inconveniente se pasaría por el Hotel sobre las cinco de la tarde y así poder tomar café con ellos. -Ningún problema don Enrique, nos sentiremos muy honrados. -Hasta la tarde pues -se despidió el Comisario. Irene, Carlos y Félix, ya estaban los tres en la Cafetería del Hotel cuando llegó el Comisario y después de saludarlos a todos, y preguntarle en particular a Irene qué tal se encontraba, tomó asiento. - La verdad es que estoy tan bien como agradecida por la labor que Vd. y sus hombres han desarrollado en mi favor y, sobre todo, en tan poco tiempo. Le consta que le estaré agradecida eternamente -dijo sin disimular que un sentimiento especial manaba de su mirada envuelta en su sonrisa más natural. - Pues no sabe cuánto lo celebro, teniendo en cuenta lo que imagino habrá pasado -le dijo devolviéndole la sonrisa. Una vez pedido el correspondiente servicio, Carlos que ya no podía esperar más, pues se encontraba sobre ascuas, le preguntó al Comisario: - ¿Y cómo fue el haber dado tan pronto con esas ratas? - Si le digo la verdad, una casualidad, y cómo no, la colaboración ciudadana que es fundamental. Verán, la Telefonista fue la que nos dio el aviso por teléfono. Nos contó que a su Centralita acudía todos los días, mañana y tarde, a la misma hora, un sujeto que no le causaba buena impresión, pero sobre todo porque le pagaba siempre con billetes grandes, cosa inusual, por lo que se dedicó a prestarle más atención que a cualquiera de los muchos usuarios que acuden allí. En una de estas peticiones de conferencia, y contraviniendo la ética de la comunicación entre clientes, estuvo escuchando el inicio de una conversación. Le llamó la atención el desarrollo de la misma por lo que dejó de escuchar, salió del Locutorio y se acercó con un paño y un producto de
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    limpieza disimulando limpiarel cristal de una de la cabinas, momento éste en que, efectivamente, el hombre metía la mano por debajo del pequeño mostrador de la Cabina y desprendía un sobre; esto y lo escuchado acerca de que a la mujer le quedaba poco tiempo de estar allí, y que no dejara de tratarla bien, fue lo que la impulso a ponernos sobre aviso. Acto seguido y para cerciorarme, envié a dos miembros adscritos a mi Comisaría y pertenecientes al Cuerpo de la BRIC, la Policía Secreta; éstos lo siguieron y el resto ya lo conocen Vds. - ¿Y al que detuvieron...? -se interesó Irene. - Al tal Casey, al parecer el encargado del secuestro, no hemos podido sacarle ni una sola palabra. No obstante, ya ha pasado a disposición judicial, donde el Juez le ha tomado declaración, por lo que una vez comprobadas sus huellas en el arma encontrada en la casa, y viendo las evidencias, y que todos los indicios lo llevan a dejar clara su participación, ha pasado este mediodía a la cárcel de Ranilla. - ¿Y el organizador de todo esto, se sabe quién es? -preguntó Carlos. - No, hemos recabado de la Telefónica ambos números y ninguno se corresponde con abonados particulares, los dos son de centralitas telefónicas. Una en Cádiz y la otra en Sevilla, de lo que podemos deducir a priori que se tratan de otros dos cómplices, y que hacían de enlaces al objeto de que el organizador principal nunca pudiera dar a conocer su ubicación real. No obstante, no dejamos de indagar, por lo que es de esperar que algún cabo suelto ande por ahí y que tomando la punta podamos llegar a la madeja.
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    CUARENTA Y NUEVE Habíantranscurrido tres semanas desde que Berta llamó a Felipe al piso donde él vivía en Madrid, cuando sintió la necesidad de hablar de nuevo con él por lo que aprovechando que ese día lo tenía libre descolgó el teléfono y marcó el número de apartamento. Aunque para él era demasiado temprano porque continuaban terminando muy tarde en la sala de fiestas, ese día y a esa hora ya estaba levantado y es que había quedado con un compañero de otra sala con el fin de visitar un concesionario y ver de comprarse un pequeño utilitario. Cuando sonó el teléfono, descolgó y preguntó: -¿Quién es? - Soy yo, Berta -dijo la muchacha al otro lado del hilo telefónico. - Ah, eres tú. ¿Qué hay? ¿Qué te trae por aquí tan temprano? - Recuerda que te dije que te llamaría... - Sí, pero no esta semana – dijo mostrando seguridad. - Sí, lo sé, demasiado bien que lo sé, pero es que tengo el día libre y me he preguntado si te apetecería que comiéramos juntos; hace mucho que no lo hacemos -dijo con un tono casi suplicante. - Sí, es verdad, pero, es que hoy ya tenía un plan trazado. - ¿Y qué es eso que no se puede dejar? ¿Se puede saber? - Claro, claro que sí. Es que he quedado con un compañero para ir a un concesionario en el que me ha dicho que tienen varios utilitarios de segunda mano en muy buen estado y a buen precio, y he decidido comprarme uno. - Ah, pues sí eso está muy bien -comentó Berta-. Bueno pues hacemos una cosa si te parece: te recojo o si quieres os recojo, voy contigo a verlo y así varios ojos ven más que dos. Luego podemos irnos a almorzar o a tomar unos pinchos al kiosco que está al lado del parque. - Mira, pues no es mala idea. Habíamos quedado a las doce y media aquí en mi casa, así que te espero. - Conforme, a esa hora estoy ahí. Hasta luego, Felipe -se despidió.
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    - Hasta luego,Berta -y colgó. Comenzó a pensar en Berta. La muchacha aunque más joven que él, le gustaba y mucho, sin embargo, nunca le había pasado por la cabeza el tener una relación con ella que no fuera de amistad. Se apreciaban mucho al igual que sus respectivas familias. Ambos habían nacido en Alcoy; él, casi diez años antes que ella aunque esto no le preocupaba ya que haciendo memoria su padre le llevaba a su madre trece años. La figura de su madre se le vino inmediatamente a la cabeza. Su madre, una mujerona que murió cuando él sólo tenía dieciocho años. Un año en el que él se había presentado voluntario para la Marina, pues no había visto nunca el mar aun a pesar de no tenerlo muy lejos, tan sólo a poco menos de noventa kilómetros. Lo habían aceptado, realizado el examen médico y tallado ya, pero le dijeron que hasta pasada las navidades no se incorporarían los voluntarios con el nuevo reemplazo. Afortunadamente para Felipe fueron buenas noticias, ya que su madre fallecería, precisamente, aquella Nochebuena. Durante mucho tiempo no pudo quitársela de la cabeza; tan sólo con ver sufrir a su padre, él ya lloraba desconsoladamente, pues Jacintilla, como era conocida en el pueblo, era una pedazo de pan al decir de sus vecinas y amigas. Recordaba cuando comían todos juntos, sus tíos José y Maruja con sus tres hijos. Siempre estaba deseando de que llegaran las fiestas del Patrón porque ellos venían desde Calpe y le daban una con el mar y con la playa, pero que, curiosamente, nunca lo habían invitado a pasar allí una temporada. La verdad es que tampoco podía ir ya que sus padres tenían un huertecillo bastante apañado, y por las mañanas él era el que atendía el puesto que tenían en el mercado. No es que fuera muy grande, pero si lo suficiente para no poder dejarlo desatendido ni un sólo día: “Esto me pasa por ser hijo único” -se decía muy a menudo En estas divagaciones se encontraba cuando escuchó la bocina de un coche en la calle. El apartamento tenía dos ventanas al exterior por lo que se oía perfectamente el transitar de los vehículos que en Madrid, ya en esa época, eran muchos. Se asomó y le dijo a Berta que bajaba enseguida. Ella le hizo señas con la mano en señal de que esperaba. En la puerta había recostado sobre la pared un muchacho larguirucho de unos treinta años de edad y un cabello rubio que aún brillaba más al tener el sol de frente y que Berta supuso sería su amigo, pero como ella no lo conocía, no se atrevió a llamarle la atención Felipe apareció en el portal y ambos hombres se saludaron; Felipe le dijo algo al amigo, ya que éste inmediatamente se quedó mirando a Berta. Cuando se acercaron los dos, tras las debidas presentaciones, entraron en el coche, un Seiscientos Blanco con capota que era la envidia de más de un dominguero cuando lo veían circular en verano como si fuera un deportivo. Acabado de tratar el tema de la compra del utilitario, un Renault Cuatro de color Rojo, y que le sería entregado pasados dos o tres días a lo sumo, Felipe se despidió del amigo quedando para verse por la noche tras el trabajo ya que Pedro, que así se llamaba, terminaba también de madrugada,
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    así que ambosse tomaban juntos una cerveza antes de separarse cada uno para sus casas. Cuando se quedaron solos dijo Berta: ¿Dejamos el coche aquí y vamos dando un paseo? - Si tienes ganas de andar, por mí no hay inconveniente – dijo sin saber muy bien por qué lo había dicho, esto haría el que más tarde se arrepintiera, sobre todo porque en su trabajo la base era el que no se podía sentar durante las seis o siete horas que duraba su turno, ya que la sala se abría a las ocho de la tarde y no cerraba hasta las dos o las tres de la mañana, a veces eran las cuatro y todavía estaba sirviendo las últimas copas. Habían salido de la zona del barrio cuando cruzaron la calle, dirigiéndose al kiosco y sentándose a una mesa muy cerca del área de servicio. Los kioscos en aquella época estaban muy de moda en Madrid ante la precariedad de poder disponer de medios para poder montar un bar en algún local que estuviera en régimen de alquiler - ¿Te apetece una cerveza? – le ofreció Felipe. - No, prefiero un vermut con una rodaja de limón -dijo Berta acomodándose en el silloncito de mimbre. - Eso está hecho -y riéndose dijo: Marchando una de vermout para la señora. - No sé cómo tienes ganas de usar ese término cuando luego en el trabajo te tienes que hinchar de decir lo mismo. - No, eso se dice en los kioscos o en los bares. En las salas de fiesta este término, como tú lo has llamado, no se estila. - ¿Qué se suele decir, entonces? Ahora, Felipe, riéndose al tiempo que cogía una bandeja que se encontraba encima del mostrador de servicio, y poniéndose un paño sobre el brazo, se inclinó ante Berta y le dijo: “Mademoiselle, voici votre vemouth”. Oída la exclamación la muchacha se partía de risa ante la salida airosa en lo que al francés se refería. - Seguro que eres capaz hasta de decírmelo en inglés... - Y tan seguro, escucha: “Miss, here is your vermouth”. - ¡Anda, calla, calla, que me da la risa otra vez! - Pero chiquilla, si esto lo tengo que repetir como mínimo dos o tres veces cada día. Al Pasarela acuden muchos extranjeros, como también mucha gente del mundo del cine. No te puedes imaginar la cantidad de artistas, sobre todo americanos que he conocido yo en esta sala. - Yo solo estuve una vez ¿recuerdas? -dijo la muchacha frunciendo el ceño; qué nochecita, aunque por otro lado no pudo ser más fructífera. - Ya lo recuerdo, y no creas que no te reconocí. Lo que pasa es que no quise hacer nada para que el mal nacido ese no tuviera oportunidad de sospechar lo más mínimo, no nos habría convenido el que supiera que nos conocíamos. - Hiciste muy bien, tuviste buena vista. ¿Recuerdas como me quería llevar al huerto a la chita callando el hijo de puta?
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    - Ya locreo, como que cuando te sentaste a su mesa y pedisteis las copas, no sé si te darías cuenta, pero la tuya estaba bastante aguada. - ¡Anda ya! ¿de verdad? Cuestionó Berta mostrando extrañeza - Te lo juro. No quería que se te fuera la cabeza, y yo estaba que me subía por las paredes. - ¿De verdad? ¿Y eso porqué? -le preguntó la muchacha poniendo cara de como quien no quiere la cosa. - Porque desde que te vi entrar y te reconocí, tonto de mí, no hacía más que preguntarme si habrías venido al Pasarela por casualidad o acaso... -ahí Felipe se quedó cortado, y ambos hicieron un largo silencio que rompió Berta. - Lo cierto es, y no me arrepiento de ninguna, que fueron tres casualidades: que al Hipólito ése lo había visto entrar cuando yo había quedado con mi amiga Ana en Antoni´s, ya sabes, la Cafetería que está en la Avenida, y también porque aunque sabía que tú estabas por la zona, ignoraba el que era allí donde trabajabas, y eso me vino muy bien porque conociendo tus ideas de aquella vez que hablamos en el tren, ya estaba yo madurando algo, y por supuesto contando contigo, por eso esperé a mi amiga a que llegara y entonces me la traje para acá. He de decirte que la tengo medio convencida, ya que la familia de ella ha pasado por un trance semejante. Ana tendría unos doce años, me contó, cuando Andrés Moreno, un tío suyo hermano de su padre y soltero, abusó de ella durante los dos días en los que éste, que era Alcalde de Alcorcón, se alojó en su casa, y como quiera que sus padres trabajaban los dos llevando una Zapatería que tenían en el barrio de Chamartín, pues una mañana que ella no tenía colegio la aprovechó acosándola de tal manera y con la amenaza de matar a su padre, al que no sólo quería con locura sino que pensaba que al quedarse sin él se moriría, que no le hizo gran enfrentamiento si bien es verdad, me contó entre lágrimas, que lo peleó con toda la energía que pudo aunque él, evidentemente más fuerte, consiguió su propósito. - ¿Y qué pasó después? -la interpeló Felipe intrigado. - Como Ana tuvo la suerte de no quedar embarazada, y por otro lado al tío no lo iban a denunciar por el temor al régimen, su hermano lo echó no sin haberle propinado con la rabia tal puñetazo que le rompió la nariz, y así sangrando salió de la casa. Aquello se quedó entre los tres, creo que es por ello que Ana tomó la decisión de ser Médico Ginecóloga y más tarde Cirujano. - Afortunadamente ahora y después de haberlo pasado muy mal, ya tiene novio, un chico del que se enamoró cuando pensaba, según me dijo, que jamás querría nada con ningún hombre. Jacinto es un muchacho estupendo, y está loco por ella. Cuando veo cómo la mira me invade un sentimiento especial. - Vaya, parece que el azar nos ha convertido en algo así como los tres mosqueteros -dijo Felipe apurando el café que estaban tomando tras haber disfrutado de una buena ensalada y unos callos.
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    - Y tú,¿qué vas a hacer ahora, te vas para casa? -dijo en un tono en el que se notaba que quería seguir charlando, aunque lo que tenían que acordar entre ellos ya estaba hablado: tan sólo quedaba algún que otro fleco a concretar con Ana. - No quisiera, pero, quiero echarme un rato antes de tirar para allá. Esta noche tenemos fiesta. Con esto de la moda de las despedidas de solteros las pasamos mal. Te acompaño hasta el coche y ya me dirás en qué habéis quedado Ana y tú, conmigo no hay problema y mis pasos ya están más que estudiados. Llámame -dijo tomándola por el brazo a lo que ella no se opuso; muy al contrario... - Conforme -dijo Berta, la cual estaba sintiendo un cierto calorcillo que le pareció desprendía el cuerpo de Felipe. Ya al lado del Seiscientos, ambos se estrecharon en un leve abrazo de despedida al tiempo que se daban sendos besos en las mejillas. Cuando el coche arrancó, Felipe aún estaba en el acerado observando cómo Berta sacaba una mano por la ventanilla y la agitaba al templado aire de la tarde.
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    CINCUENTA Eran pasadas lascinco de la tarde y tras la amena sobremesa disfrutada, cuando David dejaba a Eugenia y Celia argumentando que quería hacer la visita que tenía programada. Caminaba meditabundo hacia el aparcamiento de la Victoria donde había dejado su coche al tiempo que no dejaba de pensar y darle vueltas a lo que ambas mujeres le habían estado contando acerca de los sucedido años atrás allá en Alcoy. Pensaba sobre ello, y no dejaba además de darle vueltas intentando recordar si tenía algún conocido por aquella zona. El único que vivía allí era su amigo Hipólito, pero lo descartó de inmediato ya que pensó que no era buena idea el preguntarle, precisamente a él acerca de semejante atropello. No era buena idea, se dijo. Al fin y al cabo lo veía desde otra perspectiva. No lo relacionaba con otros asuntos que no fueran los puramente comerciales e industriales. Esas eran otras esferas y él no se movía en ellas. Arrancó el coche y se introdujo de lleno en el caos de la tarde madrileña cuando la mayoría, ya fuera del trabajo, intentaba llegar a casa lo antes posible. Se encontraba detenido ante un semáforo cuando se le ocurrió la idea de dirigirse a la Hemeroteca en cuanto terminara la visita programada para la mañana siguiente. A duras penas consiguió encontrar una plaza en el aparcamiento subterráneo de Gonzalo Goyoaga, no sin haber estado a punto de tener un accidente a la entrada con un motorista que, con uniforme de Guardia de Seguridad gris, salía disparado por la rampa de acceso contraria, detalle éste que no pudo evitar el que le llamara la atención. Subió por el ascensor y al llegar a la puerta de la oficina se quedó sorprendido al encontrársela abierta. Un montón de papeles por el suelo, los cajones del mueble archivador sacados de su sitio y los dos teléfonos descolgados y cuyos cables había sido arrancados de su cajillas violentamente hicieron el que echara mano de su pistola reglamentaria y entrara tomando todas las precauciones propias de aquello que se le había presentado de repente. Había sido, o estaba siendo un robo, de eso no cabía
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    la menor duda.Siguió avanzando lentamente cuando al volver la vista hacia la derecha, lugar en el que se encontraba el despacho del Gerente, vio a éste, que supuso se trataría del Gerente ya que físicamente no lo conocía, echado hacia atrás sobre el respaldo de su sillón y con sendas manchas de sangre en el abdomen, prueba más que evidente de que le habían disparado poco menos que a bocajarro. Estaba claro que quien hubiera realizado aquello tendría que haber usado un silenciador, ya que en las oficinas de al lado todavía quedaba gente trabajando y que aún siendo divisiones distintas, todas pertenecían a la misma Empresa y sin embargo, al parecer, nadie había oído ruido alguno, ni se había percatado de nada. Y aunque hubieran pasado por allí antes de cometerse el asesinato, las persianas venecianas estaban echadas, como era la costumbre ya que siempre se trabajaba con la luz de las pantallas fluorescentes por ser oficinas que en la zona central del edificio circular daban sus ventana al interior. Así se lo había definido su cliente de nombre y propietario de una empresa dedicada a la importación de vehículos de segunda mano que traía desde Alemania, y que posteriormente vendía generalmente en Madrid a buenos precios y mejores ganancias. Además el aparcamiento de abajo era suyo así como un gran taller donde apenas llegaban los vehículos, principalmente Mercedes y otras marcas de primera línea que eran repasados, reparados y puestos casi como nuevos a disposición del público de la época que no podía pagar un coche de esa categoría, por lo que tan sólo en la capital y provincia se movían cantidad de ellos con el pequeño logotipo de la empresa impreso en las nuevas matrículas. Se acercó al hombre sin tocar nada y le palpó la yugular aunque no hacía falta, ya que su experiencia le estaba diciendo que aquel hombre fue fiambre desde que recibió el primer disparo. ¿Se confirmarían las sospechas que el hombre le manifestaba acerca de cierto peligro y que por ello iba a visitarlo esa tarde en calidad de Detective? Pasó al siguiente Despacho aunque éste de más reducidas dimensiones, tal vez el de la Secretaria, pero no halló a nadie; posiblemente ya se habría marchado pues eran más de las siete. Salió de la oficina y aún con el arma en la mano, se asomó a la siguiente oficina donde fue sorprendido por uno de los empleados que al ver al hombre con la pistola en la mano, dio un respingo hacia atrás levantando las manos ostensiblemente, al tiempo que manifestaba que en aquella oficina no encontraría nada de valor. Ante el pequeño barullo que se formó salieron del interior de otros dos despachos un hombre y una mujer, quienes al ver la situación se tiraron al suelo con las manos sobre la cabeza. - Señores, no tienen porqué alarmarse ni temer nada de mí. Soy el Detective privado que contrató su Jefe hace unos días, el Señor..., abrió David una libretita y leyó con voz clara, el Señor don Andrés Moreno, Gerente de esta Empresa y sobre el que he de manifestarles que si no tienen muchos escrúpulos pueden asomarse a su despacho, ya que al estar citado
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    con él paraesta hora de la tarde y encontrármelo en el estado que pueden Vds. mismos comprobar, no cabe la menor duda de que ha sido brutalmente asesinado. Así que les recomendaría llamen a la Policía lo antes posible. No toquen nada, ni tan siquiera una caja que está encima de su mesa y que al parecer fue el motivo de que su jefe recibiera al mensajero que se la traía, y que quiero pensar no era más que el señuelo para que le abriera la puerta y le atendiera. Seguidamente David guardó el arma y se dirigió de nuevo en compañía de los demás empleados hasta el despacho del Gerente, el cual se encontraba, lógicamente, en la misma postura. Como quiera que observaba una cierta inquietud en los empleados, les comunicó que él no se movería hasta la llegada del Servicio Secreto, pues al fin y al cabo era, y esto le fastidiaba en extremo, ya que en muchos momentos perdería su libertad de acción para su profesión, el principal testigo pasivo del caso aunque no de la actuación que aconteciera allí hacía tan poco tiempo. Con la llegada de una pareja de inspectores de la Policía del Servicio de Información, y a continuación y tras la correspondiente llamada por parte de los dos agentes con el fin de tomar la mayor cantidad de pruebas que ahora, a su juicio, estarían bien frescas, se presentaron el equipo de la Policía Científica la cual procedió a marcar y extraer cada minúscula prueba que ellos consideraron necesaria, llegando a la conclusión con respecto de la caja, eje alrededor del cual giraba la visita de aquel asesino, que ésta habría sido la trampa para poder contactar con la víctima. Tras mostrarles a los agentes sus credenciales y ser reconocido por uno de ellos, David solicitó permiso para retirarse no sin antes manifestarles que se quedaba a la espera de su llamada caso de que de nuevo su testimonio fuera necesario, como estaba seguro habría de suceder. Antes de marcharse se dirigió al que lo había reconocido y saludándose cordialmente le comentó: Cuando entraba en el aparcamiento, por la zona de entrada y a toda mecha salía un individuo; al menos creo que era un individuo con un gorro de lana en la cabeza y a toda pastilla, vamos, que casi nos damos de frente, y, ¿sabes? llevaba un uniforme como de Guardia de Seguridad de color gris, y no me des las gracias, truhán que aún recuerdo que me debes una convidá de cuando aquél caso en el que fui yo el que acertó. Por cierto, no me extrañaría nada el que esto estuviera relacionado con las violaciones que se vienen sucediendo en esta zona. Dicho esto ambos hombres se estrecharon las manos y David salió hacia el ascensor. Ya en la puerta el Policía amigo lo llamó para decirle: “Te llamaré mañana para que me cuentes qué demonios hacías tú aquí; a lo que David le respondió con un “Te espero”, al tiempo que sostenía la puerta de ascensor la cual comenzaba de nuevo a cerrarse. Esa misma noche David fue a visitar a Eugenia a la Comisaría, ya que ésta si bien el día lo había tenido libre, esa noche a partir de las diez la tenía de guardia hasta el día siguiente a las ocho de la mañana.
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    Cuando llegó, Eugeniase sorprendió al verlo allí, pues nunca la visitaba en la Comisaría... - ¿Cómo tú por aquí? -le dijo soltando sobre la mesa unos expedientes que llevaba a archivar. - Pues ya ves. No tenía dónde ir y entretenerme un rato y me dije: voy a darle un poco de tabarra que estará muy aburrida, pero veo que no; parece que tienes trabajo -le dijo regalándole una de sus mejores sonrisas.
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    CINCUENTA Y UNO Devuelta a Madrid donde ya habían pasado la noche, y totalmente recuperada, Irene y Carlos que había conseguido salir airoso del pleito pendiente celebrado unos días después del secuestro que sufriera, y del que según el Comisario Pulido le había comentado que no conseguían hallar indicio alguno o pruebas que le llevara a confiar en poder tener caliente el caso, y que no se preocuparan, que él personalmente les tendría informado, los dos se tomaron unos días de merecido descanso a juicio de Carlos, cosa que Irene agradeció echándose sobre sus brazos y besándolo apasionadamente; él la tomó por la cintura y le devolvía todos los besos hasta que hubo un momento en que separándose, Carlos le dijo: - Creo que deberíamos de ir pensando en casarnos, porque tú quieres casarte conmigo ¿verdad? - Sí, Carlos, una verdad como la Almudena. Por cierto, ¿te gustaría casarte allí, en el romanticismo de ese templo? - No te quepa la menor duda -respondió él volviéndola a abrazar. - Pues aprovechemos estos días para ir preparando cosas -dijo Carlos-. Ah, y esto lo tendrás que hacer tú sola, aunque yo te ayude, porque de ello no tengo ni la menor idea. - Como comprenderás, yo tampoco, pero no importa esto: las mujeres lo llevamos en los genes -dijo devolviendo el abrazo-. Aunque no me gustaría que hubiera mucha gente. Me gustaría una boda muy sencilla. - Pues eso sí que me parece que no va a ser posible, porque estoy pensando que el rodaje de la película lo tienes prácticamente en puerta, nos casaríamos después del estreno y no te digo nada la que se puede formar cuando se enteren que te casas. Yo creo que vamos a tener que necesitar dos Almudena -dijo Carlos y los dos se echaron a reír-. Además te digo una cosa ya más serio: Como la película sea un éxito y eso se verá en la prensa del día siguiente, te garantizo que el mundo del espectáculo, después del detalle de haber propuesto aquel día que todos los beneficios del guión iban a ir a parar al Sindicato de Artistas Retirados, todos querrán regalarte lo que les pidas, y no va ha haber nadie que ese día no quiera estar presente
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    aunque sólo seapara agradecerte lo que estás haciendo por ellos. Por cierto, ¿has visto la prensa de esta mañana? - No, -contestó Irene sentándose a la mesa para desayunar pues ambos no habían probado bocado desde que salieron de Sevilla la tarde anterior. - Pues mira lo que dice -dijo Carlos alargándole el diario y abriéndoselo por la primera de las páginas dedicadas a los temas de sociedad: “Esta mañana bien temprano regresaba de su desgraciado periplo la Actriz Marina la Sol, la cual en unas brevísimas declaraciones manifestó que se encontraba perfectamente y que más tarde nos ofrecería una rueda de prensa en la que nos pondría al corriente del desgraciado accidente que sufriera en Sevilla, y sobre el que aún no se tienen las más mínimas noticias acerca de a qué pudo ser debido, y el más absoluto desconocimiento del móvil. Además con la suerte de que gracias al fracaso no sufrió daño alguno por parte de los secuestradores.” - ¿Y para cuándo tienes previsto dar esa rueda de prensa, y dónde? -le preguntó Carlos. - Probablemente mañana a las doce en el salón Azul del Wellington. Se lo comenté a Eduardo y quedó en que me llamaría antes de la una. - Lástima que no pueda estar presente, pero es que a esa hora tengo una reunión muy importante con un cliente que me ha endosado el Gerente de la Sociedad y no puedo eludir esta responsabilidad, ya que al parecer todas las esperanzas de ganar el pleito las han puesto en mí, pero no te preocupes que una vez que esté con él igual le pongo una excusa, la retraso personalmente un par de horas o mejor para por la tarde; en fin, ya veré cómo lo hago, pues qué duda cabe, me gustaría estar a tu lado: hay mucho buitre suelto que igual quieren sacarte lo que no hay, ya sabes... - La verdad, cariño, es que me gustaría que estuvieras conmigo, y no creas que no he pensado en esa gente que nada más quiere ver estos temas desde la perspectiva más escabrosa, y sé que como haya alguien así lo voy a pasar mal aun a pesar de que ya tengo fama de no dejar pasar ni una fuera, no sólo de contexto sino que tan siquiera aquellas que no sean de mi agrado -dijo Irene a modo de súplica con tintes zalameros. - Bueno, bueno, tú estate tranquila que voy a hacer todo lo posible por estar contigo mañana -dijo Carlos levantándose y acudiendo al teléfono el cual sonaba con insistencia. - ¿Señor Balbuena? - Sí, soy yo. ¿Quién es? - Ah, don Carlos, soy Pulido, el Comisario de aquí de Sevilla. Buenos días. - Buenos días, don Enrique. A que se debe esta, aunque esperada, tan pronto inesperada llamada? ¿Algo nuevo y repentino? - Sí, pero como dicen Vds. los abogados, tan de mucha relevancia. De momento que la investigación sigue su curso y que hemos encontrado un nuevo indicio. Se trata del secuestrador que conseguimos detener y sobre el
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    cual, según losdatos que figuran en los registros generales y de los que disponen todas las comisarías de la zona, ya estaba fichado por varios delitos menores, por lo que le sacamos una fotografía; esta se la hemos mostrado a algunas gentes, entre ellas a los de la casa de comidas y resulta que se trata de un individuo que, aunque poco conocido por aquí sí lo recuerdan como ocasional cargador en el Muelle de la sal, pero que al haber encontrado mejores ingresos en el mundillo de la delincuencia, ahora se dedicaba a buscar otro tipo de faena más productiva. Por contra el otro, el que ha muerto si ha sido reconocido de sobra. Fue contratado por Casey apenas llegado a Sevilla con el encargo ya que este sujeto trabajaba como mercenario para lo que hubiera menester en los muelles de Cádiz. - Disculpe que le interrumpa, don Enrique. ¿Encontraron algo que llevara encima el que murió, y que sirviera para poder saber algo acerca de quién los contrató? - Nada, absolutamente nada -respondió el Comisario. - Entonces ya el único que queda es Casey, y allí en Ranilla donde según Vd. me dijo se encuentra ahora, no se andan con chiquitas. - Ciertamente, pero aunque le han puesto una dieta muy severa, sigue sin soltar prenda, aunque a duras penas algo le hemos podido sacar de no mucha relevancia pero que nos ha abierto un poco la puerta de la esperanza. Lo que no entendemos es porqué calla de forma tan férrea cuando el Juez de Instrucción le adelantó que le podían caer de diez a doce años y tal vez algunos más por retrasar la gestión de la Justicia aun a sabiendas de que si colaboraba de forma estrecha con la fiscalía podía ahorrarse algunos años. Así que en esas estamos. En cuanto tenga algo nuevo ya se lo haré saber, y si tuvieran que ausentarse del país no deje de llamar aportando dónde podríamos localizarlos, ya que el juez aunque aún no tiene fecha para el Juicio, sí va a necesitar, evidentemente, a la señorita Irene, cuando éste se celebre. - Lo sé, don Enrique, y no se preocupe, llegado el caso nos pondremos en contacto con Vd. - Muy bien, don Carlos, pues nada, seguiremos hablando de este escabroso tema en cuanto tengamos alguna cosa nueva. Ah, y dele recuerdos a Irene, la cual espero se encuentre ya totalmente restablecida de este desgraciado accidente y que ha tenido que sucederle aquí en Sevilla, y más concretamente en Triana, mi tierra. -De acuerdo, se lo daré de su parte y gracias por todo. Quedamos a la espera de sus prontas y buenas noticias. Que Vd. siga bien. Adiós. Cuando Carlos colgó el teléfono y se sentó de nuevo con idea de seguir desayunando, Irene requirió de él todo tipo de información acerca de la conversación mantenida. Temía sobre ello por lo que le había oído a Carlos, pero quería profundizar acerca de lo que el Comisario Pulido le decía. Una vez enterada y más tranquila, esbozó una sonrisa comentando: “¿Cómo me gustaría saber quién o quiénes andan detrás de todo esto? Es que no me puedo creer que me hayan elegido a mí, a mí, precisamente. Es que no
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    entiendo qué interéspueden esos rufianes tener en mi persona; al fin y al cabo tampoco soy tan acaudalada como para pedir una fuerte suma de dinero en calidad de rescate, y la verdad, cariño, es que no me pasa por la cabeza. A veces me pongo a pensar y siempre termino con la misma pregunta: ¿A quién le habré hecho tanto daño para este comportamiento?” - Bueno, déjalo ya y deja que la naturaleza de los hechos y sus posteriores resultados sigan su curso; por mucho que te maltrates mentalmente no vas a conseguir nada, tan sólo ellos serán los que puedan alcanzar la solución a este desagradable incidente -dijo Carlos llenándose de nuevo la taza de café. - Tienes razón, cariño, será mejor que lo deje porque si no es que me voy a volver loca con tantas especulaciones de las que no voy a sacar nada en claro. - Haces muy bien. Y ahora después de desayunar qué planes tienes, porque yo me voy para el despacho ya mismo: hoy tenemos reunión con el fin de organizar unos nuevos casos que nos han ofrecido y de los cuales dos son fuera de Madrid. Seguro que uno de ellos me va a tocar a mí, así que estate preparada, Secretaria, porque si no tienes nada que hacer me gustaría que me acompañaras, ah, eso sí, en esta ocasión no te dejo sola ni un solo momento, aunque tenga que sentarte a mi lado, durante la vista, en el banco de la defensa como un abogado más – diciendo esto, Carlos, ambos se echaron a reír. - No sería mala idea. Te garantizo que cuando el Juez me vea en el banco seguro que falla a nuestro favor -y entre nuevas risas dijo Irene-: Vete tranquilo que yo me quedaré aquí esta mañana, así pongo un poco de orden a mis cosas y me entretengo en darle un vistazo al nuevo guión mientras aguardo la llamada de Eduardo confirmando lo de la rueda de prensa de mañana.
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    CINCUENTA Y DOS Díasmás tarde aún no le habían requerido en la Comisaría, cuando David, una soleada mañana, se presentó en ella. Al entrar saludó efusivamente a uno de los policías que estuvo bajo sus órdenes antes de retirarse del Cuerpo. En ese momento y por encima del hombro vio a Eugenia, la cual dejando todo lo que estaba haciendo en ese momento, y acercándose a ambos hombres le dio al suyo un beso en la mejilla, beso que éste devolvió cariñosamente, al tiempo que le decía si tenía tiempo para tomar un café. Ella se volvió hacia un Agente que se encontraba sentado tras una mesa llena de cestillos con papeles de diferentes colores, y al que le dijo que volvería enseguida. Ya en la calle y aunque no hubo abrazo sí que ambos cuerpos caminaban lo suficientemente juntos como para sentir el calor mutuo que generaban ambos. - ¿Cómo es eso que te has dejado caer hoy por aquí, algún asunto pendiente por la zona? -preguntó Eugenia ofreciéndole una sonrisa llena de cariñoso sarcasmo y esperando que la repuesta como siempre no le cuadrara con la realidad, pues lo que daba a entender siempre era que se dejaba entrever que no era verdad, que lo que sacaba a relucir no era más que una excusa para poder verla aunque fuera un momento. La verdad es que se había enamorado de ella desde el momento en que la vio saliendo un día de la Academia a la que él fue a saludar a un antiguo profesor ya retirado. - A la calle de la Montera voy. A ver a un cliente que me llamó para un asuntillo matrimonial, y es que hay cada elemento... -dijo mirando distraídamente hacia ninguna parte. - Ya, dijo Eugenia. ¿Y en realidad es él o ella quien está saltándose aquello de yo me entrego a ti para siempre: en la salud y en la enfermedad, en las penas y las alegrías? - Pues cuando me ha llamado él, supongo que será porque la mujer anda trasteando por ahí a sus espaldas. Por cierto ¿cómo va el caso del Importador de Mercedes? Imagino que algo habréis avanzado ya utilizando aquellos datos que le facilité a tus compañeros.
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    - Poca cosa,David -dijo Eugenia poniendo cara de circunstancias. Lo cierto es que se han pateado todas las agencias de seguridad, todas las mensajerías, las agencias que se dedican a la recogida y entrega de dineros en los bancos incluso en algunos grandes almacenes donde para el servicio a sus clientes tienen personal uniformado, pero, ni una de ellas con un uniforme de color gris y semejante al que tu ofreciste con todo detalle. Sobre la moto, con sólo el detalle de que era negra y grande, a eso no se le ha podido sacar prácticamente nada. Tampoco en la oficina ni en el despacho se consiguió huella alguna, de lo que se desprende que el individuo iba bien preparado y con el tema bien estudiado. Ahora lo único que nos queda es conocer el resultado de balística y que éste nos pueda llevar a algún descubrimiento acerca del tipo de arma que fue utilizada, pero que como es de esperar, o bien es robada y no le han borrado el número de serie con lo que a su propietario lo van a poner en un compromiso, o vete tú a saber de quién puede ser si ésta carece del número de serie; igual mañana te la encuentras en el rastro ofrecida a través de un leve susurro como tantas veces. En fin, que ahí andamos aunque a decir verdad lo que nos trae más de cabeza es el dichoso silenciador; tú mejor que nadie sabes que no es una pieza de fácil negocio entre los bajos fondos. - Pues me parece que os habéis olvidado de un detalle que considero importante -observó David intentando poner cara y que ella al observarlo le hizo fruncir el entrecejo, preguntando: - Y, ¿qué es eso tan importante que se le ha podido pasar por alto a todo un equipo que presume de hozar hasta lo insondable? - Pues, fíjate que existe en Madrid una entidad que lleva el uniforme gris, y que a menos que tú te lo hayas pasado por alto en tu relación, yo te lo voy a decir ahora mismo, y sin ánimo de petulancia, pero, ¿es posible que no hayáis reparado en que el Cuerpo de Correos tiene ese tipo de uniforme? - Chico- dijo Eugenia un tanto sorprendida-, ¡sabes que a ninguno se le ha ocurrido pensar en ello! Cómo se nota que dejaste el listón bien alto cuando te marchaste. Ahora cuando vuelva y le comente este detalle a mi Jefe pondrá el grito en el cielo, pues después de la famosa reunión en la que ordenó que no se escapase ni un detalle. No quiero ni pensar en la bronca que se puede armar. ¡Jesús! Dirá no poderse creer que se haya pasado por alto semejante posibilidad de que el sujeto haya sustraído de alguna oficina un uniforme, o lo que es peor, que se lo haya arrancado a cualquier repartidor y esté el hombre ocultando este hecho temeroso de una represalia o quizás avergonzado; de todas formas esto se habría sabido a raíz de la prudencial denuncia, ¿no crees? - Todo es posible Eugenia, todo es posible... - A ver, dame un consejo: ¿cómo lo planteo? ¿digo que me lo has comentado tú? ¿o mejor lo pongo sobre la mesa inocentemente como algo que se me ha ocurrido a mí? Al fin y al cabo yo soy el último mono de la cuadrilla ya que mi labor es observar y solo analizar psicológicamente las pruebas o testificaciones relacionadas con el caso -dijo Eugenia
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    mostrándose lo mássimple posible. - Plantéalo como estimes más conveniente según el estado de ánimo con que se encuentre el personal a la hora de hacerles el comentario. Estaban acabando de tomar el café en una apartada mesa de la terraza exterior, cuando la muchacha hizo intento de levantarse. - Espera un minuto, Eugenia, -dijo David tomándole la mano. Quiero decirte algo que considero importante para mí y que no hago más que darle vueltas aun a pesar de esa fama que tengo de valiente, pero es que quisiera pedirte... y sacando, un tanto nervioso, una cajita del bolsillo interior de su chaqueta, la abrió y le enseñó su contenido a Eugenia, la cual se quedó un tanto sorprendida, gratamente sorprendida al ver el fulgor que con la luz del sol despedía un pequeño brillante que engarzado en un aro de oro blanco hizo que se quedara con la boca abierta. - David -dijo con voz trémula ¿esto significa..., vamos que esto quiere decir...? - Exactamente eso que estás pensando. Que quiero casarme contigo, si no te importa tener por marido a este Detective pesado que no hace más que suspirar por ese cuerpo tuyo que me trae de cabeza desde el día que te vi en la Comisaría de Fuenlabrada, cuando tú y el Comisario ibais a analizar al sujeto aquél que habría intentado matar a su madre para robarle, y que tus compañeros habían conseguido detener a tiempo gracias al aviso de una de las vecinas de la casa. - Ahora mismo no me acuerdo de nada, David. Ahora mismo lo único que tengo claro es que yo también te deseo y que te quiero, y que me caso contigo en cuanto tú pongas la fecha que si puede ser mañana mejor que hoy -dijo Eugenia, y ahora sí se levantó, y mirando a ambos lados se perdió entre los brazos de su futuro que ya la estaba envolviendo y estrellando su boca contra la suya sellando con ello el que, según ella, era el día más feliz de su vida. Cuando salieron del local en dirección a la cercana Jefatura, Eugenia iba tan radiante que ni siquiera se paraba a pensar en que iba de uniforme, y en lo que dirían sus compañeros si la vieran cogida de la mano del Detective que hacía un rato había estado de bromas con ellos aunque de todos era sobradamente conocidas las relaciones que habían entre los dos. Llegados a la Jefatura, Eugenia hizo amago de despedirse de David cuando vio que, apoyados sobre una de las mamparas de cristal que separaban los cubículos de los diferentes detectives e inspectores, se encontraban los inspectores Soriano y Vilches, sus inspectores favoritos al decir de la muchacha a modo de saludo. Y no había la menor duda visto el amistoso saludo entre ambos. - Así que aquí tenéis la suerte de haberos traído a nuestra Psicóloga favorita -dijo Soriano dándole un fraternal abrazo al igual que el ya ascendido Vilches. Y añadió: ya lo dijimos, ¿te acuerdas, Manuel, de aquel día acerca del asunto de la chiquilla de Alcoy, cuando presenté a Eugenia a la doctora Celia, no me acuerdo del apellido, y a la familia en el Hospital donde había
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    sido ingresada despuésde haber sufrido aquel tan brutal como sádico ataque que terminó en violación y que casi la mata? - Ya lo creo que me acuerdo -dijo Vilches mirando a los ojos a Eugenia al tiempo que sonreía y le recordaba cómo desde entonces se han echado de menos un par de macetas en el Departamento. Dicho lo cual todos se echaron a reír. - Y dime Soriano, ¿aun seguís en Alicante? -dijo Eugenia con la más suave familiaridad. - Sí, así es y creo que allí me voy a jubilar. Lo cierto es que se está muy bien. No tenemos grandes quebraderos de cabeza y ahora con los nuevos refuerzos femeninos tanto la Jefatura como el departamento disfruta de una camaradería estupenda -dijo Soriano, y apuntó: la presencia de la mujer en el cuerpo, al menos en lo que a las inspecciones se refiere ha ganado mucho. Ahora se ha creado allí un Departamento anexo al de los inspectores y detectives con el fin de que las mujeres sean atendidas directamente por las agentes, independientemente claro está, de que los interrogatorios los seguimos llevando nosotros. No había terminado de hacer este comentario cuando un Policía de puerta le comentó al Capitán el cual se encontraba en la reunión pues en tiempos de David en el cuerpo, era Teniente, que había llegado un señor con la intención de poner una denuncia por robo a uno de sus empleados, y que tratándose de algo que concernía al Departamento de Investigación creyó oportuno comunicárselo personalmente. - ¿De qué se trata, Ramírez? -preguntó el Jefe. - Dice ser el Encargado de la Oficina de Correos, y asegura que al empleado que le acompaña, hace unos días al acabar la jornada fue a su taquilla a cambiarse y observó que le faltaba el uniforme que todos tienen como repuesto -le comentó el Policía de puerta. - Ramírez, acompañe a estos señores a la sala. -Cuando hablaban de la sala se referían a la de interrogatorios propiamente dicha, no obstante, al no estar en calidad de detenidos, el término interrogatorios no había necesidad de ser utilizado al objeto de no incomodar a las personas. Ya acomodados ambos hombres, el Policía les ofreció café indicándole que aguardaran unos minutos. Inmediatamente se canceló la entretenida reunión argumentando que se había presentado un posible testigo sobre el caso del empresario asesinado en su despacho días atrás. Todos se interesaron por el tema, asegurando que no se moverían de allí hasta que terminara el informal interrogatorio, a lo que el Jefe accedió no sin antes ponerles al corriente, groso modo, acerca de la información recibida, y pedirle al inspector Ruiz y a Eugenia que ambos lo acompañaran. Antes de entrar en la sala, Eugenia se volvió hacia David encogiéndose de hombros, como dándole a entender que se le habían escapados los puntos que podría haber ganado con la información que le soplara su novio. - ¿Y dice Vd. que cuando acabó su jornada fue a cambiarse y se encontró conque la taquilla estaba encajada, pero no cerrada como la dejara
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    por la mañana? -Sí, señor -dijo el empleado-. No me cabe la menor duda de que yo la dejé cerrada como siempre. - ¿Y tiene Vd. alguna opinión al respecto? -insistió el Capitán. Quiero decir, ¿notó algo que le pudiera inducir a pensar que algún compañero tuviera necesidad de esas prendas y se las llevara dada la facilidad que tienen al compartir el mismo vestuario? - No, no señor, ninguna. Ahora que lo recuerdo, lo único que podría decirles es que cuando terminé de cambiarme por la mañana para comenzar mi reparto, había un individuo en una de las duchas, al parecer reparando algo, más no le di importancia, ya que periódicamente envían a gente de mantenimiento para que todo este en perfecto estado; es una especie de protocolo que se lleva muy a rajatabla -dijo ahora mirando a su Encargado. - ¿Y cree que podría hacernos una descripción de esa persona? - intervino ahora el inspector Ruiz. - Como les dije anteriormente, el hombre se encontraba de espaldas, tenía un mono azul de trabajo, y nada más que yo recuerde. Bueno sí, me llamó la atención su delgadez, pues era muy alto; vamos un larguirucho como yo les llamo, por eso hubo un momento en el que pensé el parecido que tenía conmigo, mi misma estatura aproximadamente, anchura de hombros, y sobre todo lo que más rabia me dio fue el tener que hablar con mi encargado acerca del robo, y que resulta de que si a alguno de los uniformes que nos dan les ocurre algo de este tipo, nos los hacen pagar, y créame que cuestan un dinero.
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    CINCUENTA Y TRES Loque no sabían ni Irene ni Carlos era que a esa misma hora había alguien en Madrid leyendo también la noticia. Y ese alguien era don Hipólito de la Torre que había llegado esa misma mañana a requerimiento de su amigo David Gómez. Ambos se encontraban en el despacho del Detective comentando acerca de la noticia que, cual reguero de pólvora, había corrido por el mundo del espectáculo a nivel nacional, por lo que, evidentemente, en Alcoy también habría de ser conocida no sólo en los bares que recibían el periódico, sino, principalmente, el casino el cual estaba suscrito a distintas agencias de noticias y en cuyas páginas de sociedad don Hipólito intentaba averiguar, según poco a poco le iba contando a David, miraba y remiraba con idea de ver si sobre Marina se decía algo. - ¿Entonces, no tenías noticias acerca de lo que le había sucedido después de que yo te llamara para informarte de que ella en unión del Abogado Carlos Balbuena, el novio que se había echado y que conocía en calidad de amigo y asesor financiero desde hacía mucho tiempo, se marchaban a Sevilla aprovechando el que él tenía que asistir a un Juicio, para presentarle a don Cesáreo González el proyecto de su próximo guión Cinematográfico, y en el que estaba dispuesta a invertir gran parte de su dinero? -le preguntó David mirando distraídamente y de reojo la portada del diario de la mañana que tenía sobre un lado de la mesa. - No puedo negarte que sí, que estaba al corriente de ello -dijo sin pestañear lo más mínimo aunque mirando muy circunspecto al Detective, el cual observaba en su interlocutor una quietud y prudencia cuando siempre mostraba una cierta excitación controlada que ahora se acentuaba aunque para cualquier otra persona fuera imperceptible. - Bien -dijo David-. ¿Y ahora qué piensas hacer? Tengo entendido que Marina tiene previsto dar una rueda de prensa con el fin de dar a conocer a su público en particular y al resto de la prensa en general, todo cuanto le aconteció en Sevilla acerca del fracasado secuestro, aunque no por corto, doloroso para quien ahora vive en libertad y felizmente unida a un hombre que al parecer por las revistas que se ocupan de los dimes y diretes del mundo del espectáculo, con el que se siente feliz, según sus propias
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    declaraciones, habría comenzadoa vivir de nuevo. Sí que controlaba bien don Hipólito su adrenalina, esa hormona segregada principalmente por las glándulas suprarrenales, que no sólo hacen que aumente la presión sanguínea, sino que hasta el ritmo cardíaco se acelera de tal forma que es prácticamente imposible el que la persona que esté al lado no lo advierta. Con todo con eso apenas se le notaba el fuego que hervía en su interior ante las manifestaciones que, sin ánimo de molestarle en absoluto, su amigo no dejaba de caer sobre un ambiente que al hombre se le hacía cada vez más cargado. - No lo sé, David. Ahora mismo estoy hecho un taco. Dedicaré el resto del día a trazar algún plan en razón de lo que acabas de comentarme y de cuanta información has estado recogiendo – dijo sacando del bolsillo de su chaqueta un paquete de cigarrillos y ofreciéndole uno a David, el cual tomó uno al tiempo que le ofrecía al amigo el encendedor que estaba sobre la mesa. - De todas formas, Hipólito, yo te aconsejaría, si me lo permites, claro está, que dejaras ya correr este tema. Debes comprender que ya no tiene vuelta atrás, y que lo que pueda venir a raíz de cualquier cosa que pretendas organizar no va a ser más que engendrar más rencillas, odios y sufrimientos, independientemente de que en cualquier momento sobrepases la peligrosa línea de lo no deseado, y de lo que más tarde te pudieras arrepentir y hacer caer sobre tu espalda un conflicto del que a posteriori te fuera difícil el poder salir -dijo David, y amplió: Y esto quiero que lo tomes simplemente como el consejo que te da un amigo por el que han pasado ya muchas experiencias sino iguales, parecidas. - Gracias David, aprecio tu consejo en lo que vale, pero no se me quita de la cabeza no sólo lo que he pasado sino lo que estoy pasando. Te repito lo que te dije aquel día: A Hipólito de la torre no se le hacen estas cosas y mucho menos de esta manera tan despectiva. No sé lo que haré, pero lo que no cabe la menor duda es de que algo tengo que hacer. David, mi hombría está por encima de todo. Ya me ha costado lo que no hay en los escritos el poder superar las chanzas de mi mujer y su queridísima hermana, a cuenta de las noticias que leyeron en el periódico aquel día. Aquello fue demasiado como para que encima me lo tome todo con indiferencia. Que no, David, que yo no soy de aquellos de la otra mejilla, ¿me comprendes? -dijo abortando el intento de dar un golpe sobre la mesa al tiempo que ahora sí, no sólo se ahogaba en sus propias palabras, sino que el fuego parecía escapársele por los ojos cual volcán a punto de la más mortífera erupción. - No te creas que no te comprendo, Hipólito, que te entiendo perfectamente, por ello sólo me resta decirte que aquí tienes, y tú lo sabes perfectamente, un amigo incondicional, y si necesitas de mí cualquier cosa en cualquier día y hora, sabes que no tienes más que venir o tomar el teléfono llamarme. - Amigo David, sabes muy bien que independientemente, de que como cliente hago frente a tus honorarios, pues siempre he dicho que quien trabaja
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    debe cobrar; sémuy bien cuánto aprecio me tienes y por ello cuan agradecido te he de estar siempre, que una cosa no está reñida con la otra. - De eso no te quepa la menor duda, Hipólito -dijo esto levantándose y dirigiéndose hacia un archivador en el que guardaba para ocasiones especiales una botella de Bourbon Four Roses. Sacó un par de vasitos y escanció en cada uno de ellos una buena dosis que don Hipólito agradeció tanto como poco le duró, ya que se notaba que aquella copa la necesitaba a rabiar. Aún David no se había mojado los labios cuando volvió a llenársela, aunque en esta ocasión la dejó encima de la mesa. - Y dime, Hipólito, ¿cuándo regresas a Alcoy? -preguntó David dando un sorbo como quitándole importancia a la pregunta ya que ésta la hacía con una más que segunda intención. - Seguramente mañana por la tarde -apuntó don Hipólito, aunque no tengo problemas, ya que nunca he tenido que reservar billete. Así que en principio, mañana por la tarde, pero igual me quedo un par de días e intentaré verla si hay suerte. Tendré que recordar aquellos tiempos en los que con mi padre íbamos de cacería al aguardo, ya sabes: armarse de paciencia y esperar a que la pieza salga confiada... - Conozco muy bien la técnica del aguardo, ya que yo también de joven hice mis pinitos allá por los montes donde mis abuelos tenían su casa y a la que la familia iba a pasar el verano. Aún tengo en la memoria el recuerdo de un año en el que fuimos de caza unos pocos, pues en aquellos tiempos en el pueblo habían cuatro o cinco coches contando con el nuestro. Salimos temprano en la época de la paloma. Cuando llegamos, nos apeamos y cada uno se puso a preparar su arma, yo tenía una escopeta de dos cañones, una Muguruza que, por cierto, aún se sigue fabricando. Lo cierto es que la fatalidad se alió conmigo esa mañana, ya que al cerrar la escopeta después de cargada, le falló el seguro disparándose fortuitamente uno de los cartuchos cuya perdigonada fue a impactar entre dos de los que venían conmigo. Desde aquel día se acabó para mí la caza. Lo primero que hice fue deshacerme del arma, luego regalé todo el equipo. Y sin embargo, en cuanto terminé la carrera, la cual no he practicado nunca, me entró el gusanillo de las fuerzas del orden y solicité el ingreso en la academia de Policía donde acabé con una nota muy alta gracias a la cual enseguida tuve destino aquí en Madrid, y de aquí no me he movido. Ya el resto lo conoces tú. - Bueno, amigo mío, te dejo; voy a ver si hago una visita esta mañana al Director del banco con el que suelo operar allá en Alcoy, pues pronto me da la impresión que voy a tener que pedirle sino una hipoteca sí un préstamo, aunque con él nunca he tenido problemas, y es que ahora con la fábrica parada y casi toda ella en reconstrucción ya me dirás si no es para estar preocupado. - Lo dicho, Hipólito, cualquier cosa que necesites, ya sabes -dijo David abandonando su sillón y acompañándolo a la puerta, en la que tras un abrazo se despidieron los dos hombres. Ya en la calle don Hipólito paró un taxi dándole al taxista la dirección
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    del Banco deBilbao ubicado en la céntrica calle de Alcalá y en el que el Director, apenas anunciada su visita, salió a recibirlo e invitarlo a pasar a su despacho situado en la primera planta. Una hora después y tras conseguido su propósito se dirigió a uno de los restaurantes en los que la pareja solían almorzar, según le informó David. Como aún era temprano para la hora del almuerzo, caminó dando un largo paseo, el cual le vino bien para relajarse de los momentos vividos en el despacho de David, y, sobre todo, lo que hubo de escuchar como si fuera un párvulo. Entró en una Cafetería y pidió una cerveza. Mirando hacia la calle a través del ventanal estuvo un rato hasta que decidido pagó y salió. No había recorrido un par de manzanas cuando se dio de frente con el nombre del restaurante “El Rincón de Luis”. Aún estaba en la esquina, y fue entonces cuando le entró la auténtica nerviosera, aquella de cuando no se quiere lo que se está deseando, y es que la vio avanzar lentamente, paseando del brazo de un hombre al que él no conocía y del que había de reconocer que no era lo que cada vez que pensaba en ella fuera: tan apuesto y elegante, tanto en sus andares como en el vestir, que no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer diciéndose que formaban una bonita pareja, y a Marina, porque para él siempre sería Marina, la veía tan feliz como hermosa la recordaba. Cuando vio que entraban en el restaurante, se estiró el cuello de la chaqueta, hizo lo mismo con las mangas y con paso seguro y un agresivo rictus en los labios se dirigió hacia la entrada...
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    CINCUENTA Y CUATRO Elutilitario de Felipe runruneaba por las calles de Madrid buscando un hueco por la zona de Atocha donde dejarlo aquella noche con el fin de tenerlo disponible sin mayores quebraderos de cabeza a la hora de encontrarlo. Después de varios días de intensa espera, de llamadas al hotel y del acecho al que tenía sometido a don Hipólito al aguardo de su llegada nuevamente a Madrid, Felipe había conseguido por fin que en una de ellas el Conserje le diera como respuesta: “Sí, señor, don Hipólito de la Torre ha llegado esta mañana, aunque no se encuentra aquí en estos momentos”. Se ponía en marcha todo un entramado de movimientos perfectamente planeados de antemano con la más absoluta sincronización y rigurosidad que, de no fallarles ni un eslabón, la cadena quedaría cerrada por el más deseado de los broches que jamás nadie pudiera pensar en que un grupo de gente sin la más mínima idea de organización estratégica pudieran llevar a cabo con tan sólo el afán de hacer justicia, su justicia. La búsqueda de un equilibrio que durante mucho tiempo se estuvo clamando al cielo, pero que éste al no corresponder, como es natural, llegado fue el momento de tomar una decisión, y ésta, ya tomada desde hacía varias semanas, tocaba a su fin cuando en una de las consultas del Hospital del Niño Jesús, y en cuya puerta se exhibía la placa de la Doctora Berta San Juan, sonaba el teléfono con una insistencia tan inusitada que parecía más que saber el motivo. Berta descolgó el auricular y preguntó un tanto nerviosa. En este estado sobre tensionada se ponía cada vez que sonaba el teléfono. - Consulta de Anestesia, ¿Dígame? - ¿La Doctora San Juan, por favor? -demandó la voz de un hombre al otro lado del teléfono. - Sí, soy yo, ¿en qué le puedo servir? -preguntó atendiendo la llamada como si de un paciente cualquiera se tratara, y el cual tras haber sido atendido con anterioridad pudiera habérsele olvidado algo. - Soy yo, Felipe. - Si, ya te he conocido, pero es que este tema no quiero tratarlo por teléfono sin asegurarme primero con quién voy a hablar. - Y me parece muy bien -aprobó Felipe. ¿Qué te parece si quedamos para almorzar? ¿Tienes tiempo?
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    - Para almorzarno tengo tiempo. Voy a comer algo ligero en la Cafetería porque a las dos y media realizamos una operación de corazón a un hombre que trajeron esta mañana y le están haciendo pruebas. Mejor lo dejamos para esta noche, pues a veces estas operaciones se complican y podemos tirarnos cuatro o cinco horas, sino más -dijo Berta sin acabar de tranquilizarse, cosa ésta que Felipe notaba perfectamente a través del timbre de su voz. - De acuerdo. ¿Quieres que te vuelva a llamar sobre las seis, o prefieres que nos veamos en el Kiosco sobre las nueve? -preguntó Felipe. - Mejor quedamos en el Kiosco. A las seis termino mi turno caso que no haya ninguna urgencia; sobre esa hora los quirófanos dejan de funcionar, tan sólo queda uno por planta con el equipo al completo. Además, durante este tiempo localizaré a Ana que tiene esta semana el mismo turno que yo aunque en otra planta, le comentaré que has llamado y así nos reunimos los tres juntos a esa hora. ¿te viene bien? - Me parece perfecto. ¡Tengo ganas de verte! -dijo Felipe con un hilillo de voz que denotaba un cierto grado de timidez en su forma de expresar ese sentimiento, que reprimido desde hacía tiempo, al parecer, ahora había encontrado el momento ideal utilizando el teléfono. - Yo también -dijo Berta despidiéndose, ya que o lo hacía, o sabía que allí se podría producir una conversación que a saber quién de los dos, al final, iba a colgar el primero, por lo que solo dijo: Bueno, pues hasta luego. Y tras esperar la despedida de Felipe, colgó. Miró el reloj. Las doce y media. Dejó sobre la mesa la copia del expediente que sobre el tratamiento anestésico había estado preparando para su aplicación al paciente, y cerrando la puerta con llave salió al pasillo dirigiéndose al control de Enfermería y en el cual le dijo a una de las ayudantes: Voy a la segunda planta. Si viene alguien me llamas allí o que espere un momento, no tardaré. Cuando llegó a la planta fue directamente a la sala en la que normalmente se reunía el personal de Cirugía para, a veces, descansar un rato o bien para tratar de intervenciones ya realizadas o las que en breve habrían de realizarse. Le dijeron que Ana acababa de terminar una operación y tras cambiarse había bajado a la Cafetería. - Hola, Ana. ¿Desayunando a estas horas? -preguntó Berta sentándose en la silla que quedaba libre. - Como que la operación se ha complicado de tal manera que habíamos calculado que iba a durar un par de horas a lo sumo, y fíjate a la hora que estoy tomando un bocado desde anoche. Teníamos previsto que operando a las ocho de la mañana a las diez o algo así estaríamos listos, pero aún no sé lo que ha pasado. No sé si habrán sido los nervios que me han jugado una mala pasada, o yo que sé, el caso es que sino llega ser por el doctor Soto que me ha servido de gran ayuda no sé lo que habría hecho con el Catéter; te juro, chica, que es la primera vez que me pasa; hubo un momento en el que me quedé tan en blanco... En fin, al final todo ha salido
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    bien, pero hedejado al equipo con mal sabor de boca, aunque me hayan dicho que ello no tenía importancia y que no es la primera vez que ocurren estas cosas, que el cansancio hace mucho, por lo que hemos aprovechado para comentar que las guardias son muy largas sobre todo si se empalman con un turno de día normal -dijo Ana tomando un sorbo de café y preguntándole a su amiga si quería tomar algo, a lo que Berta respondió que no. - Ana, hace un rato me ha llamado Felipe -dijo a bocajarro, lo que hizo que la mujer casi se atraganta con el café, y no es que no esperara la noticia de un momento a otro, ya que ambas se pasaban el día pensando en lo mismo y diciéndose que lo que iban a hacer era tan fuerte como peligroso, pero que la rueda ya había comenzado a girar y que no estaban dispuestas a que nadie la detuviera. - ¿Y qué te ha dicho? -preguntó Ana mostrándose ahora tan circunspecta como segura de sí misma. - Hemos quedado en vernos esta noche sobre las nueve en el Kiosco, ya sabes... No es que tengamos que ultimar nada porque todo está perfectamente definido y decidido, pero me dijo que tenía ganas de verme - dijo con un leve susurro dejando caer la últimas palabras. - ¿Y tú a él, no? - Creo que sí, pero es que aún no lo tengo muy claro, a veces cuando pienso en las cosas que me dice lo veo como mucho hombre para mí, aunque si he de ser sincera, me siento muy segura con él. - Y guapo que es el jodío, y cuerpo no le falta que digamos, vamos, una prenda; no como mi larguirucho, mi canijo como yo le digo algunas veces cariñosamente, pero me quiere mucho y me mima, madre mía cómo me mima y se pone de un empalago que al final termina haciéndome reír -dijo Ana tomando a Berta por el brazo y saliendo de la Cafetería. - Ana, si quieres esta noche te esperamos y charlamos un rato. Nos vendrá bien relajarnos después de la jornada de hoy, pues yo también he tenido mis pequeñas broncas con el personal y tomando unas copas la vida se ve de otra manera. ¿Qué me dices? - Conforme, pero no os estropearé la noche -dijo dejando caer las palabras. - Nada de eso, al contrario. Felipe está tan entregado... Figúrate que lleva casi toda la semana al acecho desde el día que llamó al hotel y le dijo el Conserje que tenía reserva para hoy, y ha llegado esta mañana -dijo Berta con un brillo en los ojos que a la amiga no le pasó desapercibido. - Eso quiere decir que mañana puede ser el gran día. - Eso quiere decir que mañana será el gran día con su gran noche. Y pasada esta, será como volver a vivir de nuevo sin pensar en otra cosa que disfrutar de lo que tenemos por delante que es mucho, porque si todo sale bien como estoy segura que va salir, no te quepa la menor duda, de que nuestros caminos estarán a partir de mañana aún más unidos, será un camino directo hacia la libertad más absoluta. Atrás quedarán recuerdos
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    dolorosos, pensamientos amargosy el olvido de una impotencia que por razones obvias sufrimos, principalmente, las mujeres.
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    CINCUENTA Y CINCO -¿Berta? - Hola, Ana. ¿Qué hay, chica? - No, nada solo te llamaba para saber a qué hora vamos a quedar esta noche, y qué te vas poner, porque, digo yo que habrá que ir, ya sabes, un poco descarada ¿no? - Sí, desde luego, pero sin pasarse, hay que dar la talla aunque no tengamos ni idea, pero eso es lo que más le gusta a los hombres de esa edad, supongo, aunque tampoco vayamos a presentarnos en plan colegialas -dijo Berta riéndose al tiempo que pensaba en un vestido que se había comprado hacía tiempo y que nunca se lo quiso poner por parecerle que tenía un escote demasiado atrevido. - Yo voy a ir un poquito agresiva. Tengo una blusa que me está un poquitín estrecha, y con las tetas que tengo veremos a ver si a éste no se le saltan los ojos, o a mí no se me saltan los botones cuando llegado el momento tenga que aguantar la respiración -dijo volviendo a reír al tiempo que oía reír también a su amiga al otro lado del teléfono. - Bueno, el caso es que esto funcione desde el principio. Como arranque bien, mejor va a terminar. ¿Te trajiste las cosas? -preguntó Berta. - Sí, todo lo tengo preparado, no hay ningún problema. ¿Y tú tienes preparado lo tuyo? - Sí, esto no es complicado. Aquí la ventaja es que si algo sale mal no pasa nada, ¿me entiendes? -dijo Berta de forma contundente. - Bueno, pues si no quieres nada, te dejo, voy salir a comprar unas cosas que tengo el frigorífico que se cae un ratón y se estrella. Ah, lo que te pregunté antes, ¿cómo quedamos? -dijo Ana sacando las llaves del bolso con intención de salir ya. - Para estar allí en el Pasarela, las doce sería buena hora, ¿no? - Sí, creo que es una buena hora. - Además me comentó Felipe que era mejor llegar antes que don Hipólito, y que no nos preocupemos, que lo tiene todo pensado. Vamos a tomar un par de combinados de champán, pero lo siguiente será un preparado a base de gaseosa con un colorante especial para los combinados
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    que él tieneya en el frigo -dijo Berta con el fin de tranquilizar a la amiga. - Espero que no le dé por cambiar de bebida y se dé cuenta -apuntó Ana. - Tranquila, porque según me comentó Felipe, éste es de los que se gastan bien los cuartos en buenas y caras bebidas. Ah, se me olvidaba, nos vamos en mi coche, así que te llamaré antes de salir; calculo que tardaré unos diez minutos en llegar, a esa hora no suele haber mucho tráfico. - Pues entonces hasta la noche, y colgó. Tanto Berta como Ana se sentían pletóricas, fuertes, convencidas de que el paso que iban a dar, sin dejar de ser arriesgado, entendían que estaba más que justificado. Además se sentían seguras de triunfar por las tantas veces que Felipe se lo había recordado. Caminaba por la acera hacia el Supermercado cuando le apeteció hacer un alto y tomarse un café. Entró en el bar y se sentó a una mesa situada al lado de una de las ventanas. En la mesa de al lado había sentado un hombre de mediana edad que leía el periódico mientras degustaba una copa de vino oloroso. Cuando terminó la copa, se levantó y se marchó dejando el diario sobre la mesa. Por curiosidad Ana lo cogió mientras le servían el café y se puso a hojearlo aunque por la fecha vio que era del día anterior. De repente de quedó absolutamente bloqueada, tanto que ni tan siquiera era consciente de que el camarero le preguntaba si quería azúcar o sacarina, por lo que le acabó preguntando: - ¿Se encuentra Vd. bien, señorita? - ¿Qué? Ah, sí, estoy bien, no se preocupe. ¿Me decía Vd.? - Le preguntaba si que quería azúcar o sacarina -dijo el mozo sacando del bolsillo del mandil dos sobrecitos. - Azúcar, azúcar, por favor -dijo pidiéndole un vaso con agua. Inmersa ahora en el titular que acababa de leer a grandes rasgos y referidos a un asesinato reciente, vertió el azúcar en el café y al tiempo que daba vueltas con la cucharilla siguió leyendo hasta que llegó a saber de quién se trataba. Con la boca abierta y sin poder creer lo que aquello significaba, leyó el nombre una y otra vez: Andrés Moreno, Andrés Moreno. Siguió leyendo hasta el final donde el típico juicio mediático daba pelos y señales de lo sucedido. No obstante, esto no la arredró, al contrario, se sintió aliviada al notar cómo la adrenalina le proporcionaba un brío que la hizo dudar de si verdaderamente era euforia o acaso el producto de un falso decaimiento Se tomó el café de un sorbo, pidió la cuenta y salió a la calle. Ya en ella el aire de la mañana ya avanzada le dijo que ni una cosa ni otra. Se encontraba bien. Con ánimos para seguir y que dejaría correr ese agua ahora un tanto turbia hasta que una vez aclarada pudiera saber realmente no sólo lo sucedido sino el porqué, y sobre todo, quién habría podido ser el ejecutor de algo que sin el más mínimo titubeo, ella, personalmente, hubiera sido capaz de realizar, aunque sobre esto último sabía que tenía sus dudas. Con la bolsa de la compra en una mano y el diario de la mañana en la
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    otra, regresó asu casa con el pensamiento dividido: llamaba a Berta para comentarle lo que acababa de leer, llamaba a Paco a la empresa con el mismo fin... Sobre la primera pensó que no sería buena idea tocar este tema por ahora, por lo que pensándolo mejor decidió dejarlo correr hasta el día siguiente, o el otro; no quería alteraciones a estas alturas, más que nada por Berta y por Felipe, quienes se encontraban ignorantes de lo que había ocurrido en aquella empresa de importación de automóviles. En el caso de Jacinto, su novio, tampoco era plan, -se dijo de llamarlo para contarle lo que había leído en el periódico, ya que sería muy posible que él estuviera enterado por esa prensa que la mayoría de los hombres leen entre las líneas deportivas. Decididamente lo dejaría correr. Se encontraba rara. Estaba en ese estado en el que cuando a una persona le toca un premio y se siente triste, o el caso contrario, de que acaeciéndole una desgracia se siente feliz, alegre. Con una tranquilidad tan inusual como pasmosa abrió el armario al objeto de sacar la blusa que de antemano tenía preparada, y acerca de la cual le comentara a Berta. Con ella en la mano y viendo que estaba en perfecto estado, tan solo a falta de plancha, se quitó la que tenía puesta y se la probó: “¡Como tenga que aguantar la respiración mucho tiempo por las razones que sean, estos botones se van a ir a hacer puñetas!” -se dijo entre dientes y mirándose en el espejo: “Aunque la verdad, hija, es que te queda para reventar y nunca mejor dicho”. Dejó la blusa lista al igual que una falda a juego en el tono -aunque no en el tejido ya que esta era de un fino ante-, sobre la cama, y al tiempo que pensaba en que se iba a preparar una buena ensalada comenzó a desvestirse con el propósito de darse un buen baño. Ya desnuda y a punto de entrar en la bañera sonó el teléfono. Su primer amago fue el de dejarlo sonar, ya se justificaría luego; pero, pensó ¿y si es Berta, o Felipe...? - ¿Dígame? -dijo muy resuelta descolgando el auricular. - Hola, cielo, soy yo. Al saber que se trataba de Jacinto, su novio, tal como estaba se sentó en la descalzadora, y al tiempo que le preguntaba que a qué se debía la llamada a una hora en la que aún estaría trabajando, se dedicó a mirarse en la luna de la puerta del ropero que se la había dejado abierta. Jugando distraídamente con diferentes posturas corporales y realizando gestos un tanto eróticos, escuchaba la voz de su novio que rezumando melosas palabras hicieron que se humedeciera de tal manera que el calor la obligó a mediante una excusa cortar la conversación prometiéndole que lo llamaría más tarde. Un segundo después se encontraba cubierta de sales y espumas relajantes las cuales no consiguieron evitar el recordar las palabras utilizadas por Jacinto para decirle que estaba deseando de verla. Pasadas las cuatro de la tarde y conociendo el horario que su novio tenía, lo llamó a su casa. - ¿La señora María? -Soy Ana, María, la novia de su hijo Jacinto-. ¿Se
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    puede poner? Esque necesito hablar con él. - Ah, hola, Ana, si hija ya hace un buen rato que ha llegado, ahora lo llamo: Jacintooo -llamó la madre dando un grito, escuchándose éste en la media distancia, seguido del ya voy. - ¿Ana? - ¡Oye! ¿¡Es que esperabas a alguien más!? -dijo Ana poniendo en su voz la apariencia de un enfático enfado, sabiendo que con esa estrategia tenía asegurada toda una retahíla de palabras susurrantes y tiernas que la ponían a caer de un guindo. - Sabes que no, mi amor -dijo comenzando un rosario de delicadas frases típicas de Jacinto y que, al parecer, no podía remediar. - Cállate un momento y escúchame. Hoy no podremos vernos, ya te lo explicaré mañana, y no te preocupes que no pasa nada. - De acuerdo, cielo, ya me había trazado un plan para esta tarde, pero no importa, mañana será otro día. Yo también tengo que contarte algo de sumo interés, no hay prisa, así que no te preocupes. - Gracias, corazón, eres un sol. Hasta mañana entonces. - Adiós, cariño, y ambos hicieron sonar el clásico clic de haber colgado.
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    CINCUENTA Y SEIS Nodisfrutaba don Hipólito, aunque sí doña Clara, cuando Angélica le enseñó el diario y las páginas de sociedad, por lo que una vez leídas las diferentes reseñas y columnas, comentaban que vaya secuestradores de poca monta. Oído el comentario, se levantó y dijo que se iba al Casino un rato, pero pensándolo mejor habida cuenta de que en él estaría Pablo, el hijo de doña Engracia y que nada más verlo ya comenzarían los guiños y las indirectas, prefirió sacar el coche e ir a hacer el tiempo en una finca cercana propiedad de un amigo de la infancia que cultivaba las únicas vides de la zona. De vuelta a la casa se encerró en su despacho hasta la hora del almuerzo, el cual transcurrió en un ambiente más que electrizante y es que doña Clara estaba deseando de la más mínima oportunidad para volver a encender la chispa y ver de nuevo en los ojos de su marido aquellos fuegos artificiales de los que tanto estaba disfrutando aquellos días. - Mañana por la mañana me voy a Madrid, si queréis algo para los tíos, me lo decís ahora, ya que el tren sale muy temprano -dijo soltando la servilleta sobre la mesa y dirigiendo sus pasos de nuevo hacia el despacho. Viendo el correo que tenía atrasado no se dio cuenta de que lo había dejado sobre la mesa, y abriendo un cajón sacó una fotografía de Marina. Verdaderamente seguía enamorado de ella y la deseaba más que nunca. Sentada al volante de su Seiscientos, Berta esperaba a que Ana bajara. Miró una vez más su reloj: las doce menos diez -se dijo. “Por Dios, qué larga se me está haciendo la jornada, ni tres guardias seguidas”. No acababa de cerrar este pensamiento cuando vio a Ana salir del portal de su casa. - Hola, Berta. ¡Cuando quieras! - Vamos allá -dijo Berta poniendo el motor en marcha y tras hacer un par de maniobras salir de entre los dos vehículos que se encontraban aparcados en cordón al igual que ella. Cuando llegaron al Pasarela la suerte quiso que encontraran un aparcamiento en la misma esquina con lo que solo tuvieron que caminar unos cien metros. Ya en el interior del local vieron cómo Felipe, que había estado toda la noche pendiente de su llegada, les hizo una seña indicándoles una mesa que
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    tenía el cartelitode reservada al igual que la mesa de al lado, y que estaba reservada evidentemente, para don Hipólito, por lo que en el momento en que se sentaron las dos mujeres el cartelito fue retirado. No podía dejar al azar el que se sospechara una ubicación tan estratégicamente estudiada. A medida que pasaba el tiempo, tanto Berta como Ana se miraban la una a la otra denotándose en sus miradas que el nerviosismo estaba comenzando a hacer presa en ellas. Estaban apurando el cóctel de champaña cuando el corazón de ambas se aceleró de tal manera que lo primero que hizo Berta fue mirar la blusa de Ana, pero no, aquello de momento aguantaba. Don Hipólito acababa de entrar, y Felipe haciéndose el encontradizo lo saludó diciendo: ¿Vd. por aquí de nuevo, don Hipólito? A lo que el hombre contestó: ¡A ver si esta noche hay suerte! Esta respuesta dejó a Felipe un tanto trastocado, ya que en ese momento no cayó en la cuenta de a qué se podía referir. No obstante, no le dio importancia al comentario, por lo que siguiendo el plan trazado le indicó la mesa indicándole que estaba reservada, pero que ya no vendrían los clientes y a él se le había pasado quitar el cartelito de reservada. - Pues me ha venido muy bien -dijo don Hipólito mirando a las dos mujeres de la mesa de al lado las cuales, tal cual estaba previsto, eran en este caso Ana y Berta. - Pero, que muy bien, y que agradable coincidencia -dijo acercándose a Berta e inclinándose y pidiéndole la mano, gesto que ella tomó con cierta indiferencia con el fin de darle más morbo al saludo. A continuación hizo lo propio con Ana al tiempo que le preguntaba a Berta si esta era la amiga que esperaba aquella noche en la que se conocieron. - Sí, ella es la amiga de la que le hablé aquella noche que nos conocimos, y que por razones que no vienen al caso llegó tarde, y yo hube de dejarlo de una forma incorrecta, pero a veces las cosas no salen como una desearía, ¿verdad? -dijo Berta utilizando su mejor registro teatral. - Bueno, pero aquello ya pasó, esta es una nueva noche que promete, espero, diversión que es lo que se necesita tras duras jornadas de trabajo - dijo don Hipólito al tiempo que preguntaba: -¿Entonces esta señorita tan bella es su amiga Ana? Creo que así me dijo Vd. que se llamaba, ?verdad? - Sí, en efecto, ella es Ana Villanueva -apuntó Berta con una sonrisa bien ensayada; como todas las que se iban a poder contemplar en los rostros de las dos mujeres aquella larga noche. - Ana, éste es don Hipólito de la Torre. Ya te hablé aquella noche acerca del caballero que tan amablemente me invitó a una copa al verme tan aburrida mientras te esperaba. - Mucho gusto, don Hipólito -dijo Ana con la misma sonrisa ensayada. - ¡Pero qué pamplinas son esas de don Hipólito! Tratándose de una amiga de mi querida paisana Berta, deseo que me llaméis Poli, así es como me llaman mis amigos. Si no tenéis inconveniente, claro.
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    - Ninguno; Polime parece como más familiar, más íntimo -dijo Ana, dejando caer las palabras una tras otra. - Eso está mejor. Pero veo vuestras copas vacías y yo necesito celebrar este maravilloso nuevo encuentro, y ahora más completo, por todo lo alto -dijo esto mirando hacia donde se encontraba Felipe haciéndole unas señas con la mano con la intención de que se acercara. - Felipe, mira qué dos hermosuras me he encontrado aquí esta noche. ¿Soy o no soy un tío con suerte? -dijo guiñándole un ojo. - Está demostrado don Hipólito que el que vale, vale -dijo devolviéndole el guiño al tiempo que su mente escribía con grandes y luminosas letras: “Guiña, guiña, que te van a dejar en eso, en un guiño”. - Sírveles a las señoritas lo que deseen, y a mí me pones un Bourbon, ya sabes, y que sea doble. Hay veces en la vida que al mismo tiempo que se ahogan las penas emergen a la superficie la solución a otros problemas. - Huy, huy, pero si resulta que nos ha salido hasta Poeta -dijo Ana sonriendo y mostrando una hileras de blancos y perfectos dientes. - ¿Y qué problemas son esos, si puede saberse? -le requirió Berta utilizando sus armas femeninas, al tiempo que le decía a Felipe que ellas iban a repetir el cóctel de champaña. - Algo que, haciéndole caso a un amigo, y después de conoceros a vosotras, voy a dejar correr aunque sea por una noche. Estaba claro que Berta sabía perfectamente a qué se refería don Hipólito, pues todo el mundo en Alcoy sabía no sólo de sus andanzas, sino que además lo tenían en el punto e mira desde hacía mucho tiempo; lo que pasaba era que no se encontraba el modo de poder meterle mano dado el poder que éste, aun a pesar del tiempo transcurrido, continuaba ostentando. - Pues que así sea. Sea como Vd. quiera, y como dice aquí su paisana, Berta, esta noche toca divertirse y dejar en el camino los problemas y todo lo que pueda entorpecer una buena diversión -comentó Ana. -Así se habla -dijo don Hipólito haciéndole nuevas señas a Felipe, ya que el Bourbon se lo había echado al coleto de un solo trago.
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    CINCUENTA Y SIETE Trasla llamada de Eduardo comunicándole que la Rueda de Prensa se podía celebrar el día que a ella le interesaba por razones de publicidad, recibió otra llamada desde Sevilla que le llenó tanto como para atreverse a pedirle al Comisario Pulido, después de haberle dado alguna información acerca de la evolución de la investigación, si podía desplazarse a Madrid aunque tan sólo fuera por un día. El Comisario, que hizo un comentario acerca de que le encantaba Madrid, y de la forma en que se lo pidió Marina, al parecer, no encontró motivo alguno para no acceder, por lo que ella se sintió tan encantada como agradecida de que la acompañara, ya que le argumentó que bien podrían haber respuestas a preguntas por parte de la Prensa, y a las que ella no sabría cómo responder. La rueda de prensa celebrada por Marina y a la que asistió Carlos con lo que ella se sintió aún más segura sabiéndolo a su lado, fue un auténtico éxito que hizo que al día siguiente los periódicos en sus páginas de sociedad mostraran en esta ocasión más sensacionalismo que nunca. El secuestro de una Actriz que volvía al mundo del cine y en las condiciones como las que manifestó aquella noche de la fiesta del cine en el Wellington, conmovió a todo el Madrid relacionado con el mundo del espectáculo. Su versión de los hechos fue relatada de forma tan magistral, pormenorizada y melodramática, que todos los periodistas allí presentes no sólo se encontraban conmovidos ante tal narración sino que además estaban maravillados ante la demostración de calidad que como guionista Marina estaba demostrando en aquellos momentos. Con aquel énfasis propio de los escritores ya consumados, Marina daba vida a un acontecimiento que, sin dejar de ser ciertamente macabro, ella conseguía que los periodistas asistentes al acto, mentalmente, mientras escuchaban el relato ya se peleaban por hacer la primera pregunta, por lo que de aquel enjambre que formaba el nutrido grupo de medios de información, saltó la primera cuestión. - Señorita Marina, ¿es cierto que su viaje a Sevilla ha sido, además de acompañar a su prometido, presentarle el proyecto de su nuevo Guión a don Cesáreo González? - Sí, efectivamente, lo que no entiendo es cómo lo ha sabido Vd. cuando yo no he hablado aún con nadie acerca de este proyecto, excepto con mi correctora quien ha sido la única persona que lo conocía, ya que ella
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    misma fue laque lo mecanografió. Y en ella, créanme caballeros que ésta, Marina, tiene puesta toda su confianza -dijo señalando a la joven que tenía a su lado. - Señorita Marina, ¿qué hay acerca de la película que tiene proyectada junto a Mastroianni, producto de su primer guión y cuyos beneficios prometió, aquella noche en el Wellintong, que iban a estar destinados a la AA.RR.? - No ocurre absolutamente nada que no sea favorable a ese proyecto. Únicamente estamos a la espera de acabar la selección de algunas figuras secundarias y encontrar los lugares más apropiados con el fin de poder comenzar el rodaje. Le anticipo que será muy pronto, ya que hemos encontrado un grupo de aficionados que se han ofrecido a participar gratuitamente al objeto de que ellos se vayan, de esta forma solidaria, dando a conocer, lo cual es de agradecer en lo que vale su colaboración. - ¿Qué se sabe acerca del estado en que se encuentra la investigación sobre su secuestro? -preguntó un periodista que al parecer no era español. - A esto creo que don Enrique Pulido, Comisario que se ha desplazado desde Sevilla al objeto de darme alguna información y haber tenido la amabilidad de estar presente en esta rueda de prensa, sería el más idóneo para responder en la medida de lo posible a su pregunta. - Gracias, Irene -dijo el Comisario acercándose al micrófono. -Sí, efectivamente la investigación se está llevando a cabo a través de contactos relacionados con los bajos fondos de Cádiz y Sevilla, ya que lo único que sabemos hasta ahora es que el secuestrador que murió en el asalto para la liberación de la señorita Marina era natural de Sevilla y trabajador en tiempos como descargador en el Muelle de la Sal, donde parece ser que conoció al americano que acababa de llegar de Cádiz y donde, al parecer, tenía su, digamos, centro de trabajo. - Desgraciadamente, a este sujeto, el tal Casey, no hay manera de poderle soltar la lengua, aunque se le han aplicado todos los métodos que nos permiten las leyes. No obstante, he de reconocer que en algunos momentos hemos llegado a pensar en tomar medidas más contundentes, sin embargo, a habido que descartarlo ya que este individuo nos ha demostrado con absoluta rotundidad que hagamos lo que hagamos no va a mermar sus facultades. Está muy bien aleccionado, muy bien pagado o nos ha resultado ser un delincuente muy fiel a sus patronos. - En definitiva así esta el proceso. El sumario al igual que la búsqueda de posibles indicios tanto en Cádiz como en Sevilla sigue abierto hasta que el Señor Juez dictamine lo contrario. - Pero, ¿ya hay fecha para el Juicio? - insistió el periodista. - No, y créanme que no será por ganas, es simplemente porque nos falta lo principal: el móvil, algún testigo que pueda entrar en el campo de la sospecha con relación al que organizó el secuestro, o alguna hipótesis que más tarde se haga realidad con la unión de algunos, aunque justo es reconocer, débiles cabos sueltos. - Señorita Parra, tengo entendido que después de muchos años de
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    haber estado separadade su familia, al fin se han reconciliado. ¿Es cierto que han venido desde Málaga para estar con Vd. en estos momentos? - Sí, no puedo negar el que debido a la distancia y a ciertas desavenencias no he tenido con ella, desgraciadamente, mucha o casi podría decir ninguna relación, pero, ahora me siento feliz. Ya ha pasado todo y ellos tras conocer la noticia a través de los medios, no lo han dudado un momento, detalle éste por el que les estaré eternamente agradecida, sobre todo a mi madre a la que, precisamente, le he hecho más daño. Pero como acabo de decir ya todo ha pasado y volvemos a estar juntos. - Pero, ¿por qué no le ha acompañado a Vd. en un momento como éste? -insistió el periodista. - Como diría mi prometido, que es Abogado, su pregunta es irrelevante, creo, no obstante, le diré que a mi familia, sobre todo a mi madre, no le gustan estos actos por los que en Málaga ya han intentado hacerla pasar. Ya está un poco mayor, sufre mucho con ello y hay que entenderlo: de todas formas lo importante es que ya estamos juntos otra vez y yo me siento inmensamente feliz de tenerla a mi lado. - Señorita Parra, volviendo al tema del ofrecimiento de su Guión a don Cesáreo González en Sevilla: ¿Llegó Vd., a entrevistarse con él? Y otra pregunta -si me lo permite-: Si hubo encuentro, ¿qué le pareció, y si llegaron a algún acuerdo para producir la película? - No, y con esta respuesta creo que resuelvo sus dos preguntas, ya que Vds. comprenderán que después de lo sucedido no tenía ánimos para realizar ninguna gestión acerca del tema. Lo único que pude hacer fue llamarle por teléfono y anular la entrevista comentándole lo que me ocurrió. Tras colgar el teléfono no tardó nada en presentarse en el hotel a interesarse por mi estado, detalle que le agradecí profundamente, aprovechando para pedirme le dejara el Guión con el fin de estudiarlo, y quedando en concertar más adelante una nueva entrevista en la cual lo trataríamos con el tiempo que requiere este tipo de obras. - Señorita, Marina, nos gustaría saber -porque lo hemos comentado antes de comenzar la rueda de prensa-: si le ha pasado por la cabeza la idea de escribir un Guión teniendo como argumento la experiencia que ha vivido. - No, en ningún momento. Este es un tema que prefiero no volver a reencontrarme con él ni directa ni indirectamente. - Bien, señores, creo que con esto ya es suficiente -dijo Carlos con la intención de cerrar la rueda de prensa. - Una última pregunta. Si me lo permite: ¿Volvería Vd. a Sevilla? - Disculpe, pero eso no es una pregunta. Eso es una herejía... ¿Que si volvería a Sevilla? Es la única ciudad en el mundo donde cualquier cosa que ocurra, sea lo que sea, estará rodeada de embrujo. Vd. no la conoce, y si es así vaya cuanto antes, aunque es muy posible que no vuelva a Madrid -esto último lo dijo con tan deslumbrante sonrisa que todos se contagiaron de ella.
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    CINCUENTA Y OCHO TantoBerta como Ana habían hecho variados amagos de intento de dar por terminada la sonada noche. Don Hipólito, entre lisonjas y el deseo lascivo que veían en sus ojos cada vez que estos se cruzaban con los de ellas, quería seguir cuando pasadas las dos y media de la madrugada, Berta decidida dijo que se marchaban ya. De la forma que se expresó, el hombre vio la oportunidad de acabar su fiesta poniéndole un dorado colofón a lo que durante toda la velada bullía en sus turbios pensamientos, por lo que, dejando caer la propuesta, insinuó: - Siempre que vengo a Madrid me echo en la maleta una botella de Moët & Chandón Brut Imperial. Os aseguro que nunca habéis probado una cosa más exquisita. - Pero estará caliente -dijo Ana abriendo las puertas de los hornos que eran en esos momentos los ojos de don Hipólito, y el cual, mentalmente, ya se frotaba las manos viendo a las dos mujeres metidas en su cama. - No, porque en este hotel, al igual que en los de cierta categoría se ha comenzado a implantar la colocación de una pequeña neverita que si bien no tiene congelador sí que enfría y mucho. Ya lo tengo más que comprobado. Por eso no os preocupéis. Vais a probar la bebida de los dioses. Berta y Ana, a ojos de don Hipólito, cruzaron una mirada aparentemente inocente y que a éste no le pasó por alto. La estrategia funcionó, por lo que con la evidente aquiescencia de ambas, buscó a Felipe al objeto de liquidar la cuenta. Al no verlo llamó al camarero más cercano y le preguntó por él. Cuando le dijo que se había tenido que marchar antes, sin darle mayor importancia pagó al tiempo que trastabillándose un poco se levantó ofreciéndole ambos brazos a las dos mujeres con el fin de marchar. Berta y Ana se pusieron cada una a un lado y tomándolo del brazo salieron a la calle. Ya en la calle, don Hipólito hizo intento de llamar un taxi. Berta lo detuvo aludiendo que ella había dejado aparcado su coche en la esquina, comentándole que si no era un automóvil de lujo sí que le tenía solucionado el problema del transporte en Madrid, que tan difícil era encontrar sitios donde dejarlo. Entre lo pequeño del habitáculo del Seiscientos, el corpachón de don Hipólito y el estado de embriaguez que ya estaba presentando los efectos de los diferentes bourbon ingeridos y no sin ayuda de las que, en apariencia según él, también estaban colocadas, consiguió entrar.
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    Una vez lostres dentro, y entre falsas y bien trabajadas risas por parte de ambas, y el más absoluto y feliz convencimiento por parte del hombre de que se lo iba a pasar en grande, el pequeño coche giró en la esquina y tomó la dirección de Atocha. Durante el trayecto, don Hipólito no paraba de hablar relatando antiguas vivencias acerca de sus empresas, elogiando su buen hacer y lo bien que le iban los negocios. - Ahora tengo un proyecto nuevo, porque Berta, no sé si estarás enterada de que la fábrica de textiles que tengo en Orihuela, unos desalmados me la incendiaron no dejando ni siquiera un posible rastro acerca de quién o quiénes pudieron hacer aquello; ahora le hablaba con la familiaridad más descarada. La Policía Científica sigue sin darme noticias acerca de un posible adelanto en la investigación, pero yo no cejo en el empeño de que algún día se sepa del porqué de semejante ataque a una persona que, como yo, no le he hecho daño a nadie, y es lo que yo digo, si alguien tiene algún problema conmigo que venga, me lo cuente, dialogamos, lo arreglamos y aquí paz y se acabó todo, pero no, prefirieron quemar lo que con tanto trabajo me costó levantar... ¡Si yo le pusiera la mano encima! Pero bueno, ya se está reconstruyendo y además ampliando, pues he conseguido que la gente de la Cooperativa que está al lado y que dado el bajón de la Agricultura en la zona ha cerrado un par de naves, me las vendan y las voy a convertir en unos telares para los que ya tengo un socio con el que voy a fabricar y exportar alfombras. “¡Madre del Amor Hermoso!”-pensaban las dos mujeres oyéndolo sin parar. Era incansable. Berta de vez en cuando intentaba sonsacarle algo acerca de las vivencias de su adolescencia, unas veces, de sus orígenes otras, sin poderlo conseguir, ya que él de forma inconsciente e ignorándola, seguía con su retahíla. Llegados al Hotel y una vez fuera del coche don Hipólito le dio la llave a Berta recomendándole que, para no despertar sospechas, ella entrara sola y se fuera para la habitación, y que subiera por la escalera al objeto de estar en el Hall el menor tiempo posible con el fin de que el Conserje de noche, aunque posiblemente estuviera dando una cabezada, no reparara en ella. Berta asintió mostrando cierto aire enigmático, aunque en ese sentido no tenía problema, ya que previamente, ambas amigas tenían previsto y muy estudiado cada una su disfraz. Berta llevaba una peluca de abundante melena muy negra azabache, cuando su color natural y corte era un cabello muy corto y de color casi pelirrojo. Por el contrario Ana, más bajita aun a pesar de los tacones, poseía una hermosa melena rubia, y que ahora aparecía completamente cubierta con una peluca de pelo recogido, y en la que parecía imposible hubiera podido meter aquella mata de cabellos ondulados. Tras esta recomendación, Berta entró con paso decido en el hotel y se dirigió a la escalera bien visible desde la puerta giratoria. Sin mayor dilación y casi sin reparar en ella el Conserje le dio las buenas noches y siguió sentado
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    tras el mostradorojeando una revista. Sin duda pensaría que debía tratarse de alguna clienta que hubiera llegado esa misma tarde, por lo que ni tan siquiera le preguntó si tenía la llave: “Obviamente la tiene, de lo contrario la habría pedido”. Subir por la escalera también fue una buena estrategia, ya que de esta forma cualquiera podría pensar en que su habitación estaría en el primer piso, por lo que nadie la relacionaría, en todo caso, con un piso tan alto como el cuarto. En ese caso hubiera tomado el ascensor, cosa que hizo cuando llegó a la primera planta; en ella sí lo llamó y en él subió hasta arriba. Era mucha altura para subir a pie -pensó. Ya en el piso, Berta buscó la habitación cuatrocientos catorce encontrándola en el segundo pasillo; abrió la puerta con la llave y entró. Pasados un par de minutos llamó quedamente: Felipe, ¿estás ahí? Como la habitación disponía de vestidor, Felipe salió de detrás de la puerta toda vez que había visto entrar sola a Berta. El había entrado utilizando un ganchillo. - Chica, sí que habéis tardado, ya me estaba quedando dormido sentado en el sillón y mirando ese pedazo de cama que parecía que me estaba llamando a voces, y anda que no me hubiera echado encima un buen rato, pero por miedo a quedarme dormido... Por cierto, ¿cómo va la cosa? - A pedir de boca- dijo Berta-. Y no veas cómo bebe el cabrón, es una esponja, y lo que le ha costado ¡qué barbaridad! Sí que sois caros ahí, eh, así viene el hijo de puta, que no se tiene en pie, pero aguanta, ya lo creo que está aguantando pensando en que lo van a llevar al paraíso, y no sabe que tiene toda la razón. - He estado mirando, y además de los dos vasos que hay en el Cuarto de Baño, tiene otro en la mesita de noche. Suficiente para los tres. Hay uno que nos viene al pelo. - ¿Por qué dices eso? -pregunto Berta. - Fíjate que el de la mesita es diferente. Así no os podéis confundir, y para que no erréis caso de que sea él el que escancie el champaña que está en la neverita y que, vaya lujo, ya que no va a hacer falta sacar la botella de Four Roses que trae Ana en su bolso, cuando abra la botella haces como que te tambaleas, te echas un poco encima de él y le dices que tú lo harás, porque, riéndote, eres una experta. Por cierto, ¿para dormirlo qué te has traído? porque imagino que habrá que distraerlo con el fin de ponerle las gotas en el vaso cuando tenga el licor. - No. Ya me he agenciado de un anestésico rápido y que, aunque de corta duración, será suficiente para ponerle una buena dosis de anestesia. De eso no tienes que preocuparte, además, este compuesto es un líquido con el que se impregna el vaso por lo que no se trata de ponerle unas gotas. Al ponerle las gotas habría que hacerlo de forma muy disimulada y él podría no darnos las facilidades necesarias, mientras que estando el vaso ya impregnado en su interior, al verter el licor, éste al entrar en el vaso comenzaría junto con el anestésico a desarrollar su función mediante la
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    mezcla; en estecaso el licor haría de catalizador -dijo Berta abriendo el bolso y mostrándole un par de frasquitos etiquetados. - Berta, no te vayas a confundir, por tu madre que si no, la liamos. - Tú preocúpate de que no te vea, que este cabrón es un zorro y no vaya a ser que se esté quedando con nosotras. El hijo puta se lo estaría trabajando bien si fuera así, -dijo Berta cogiéndole la mano y apretándosela. - Por cierto, Berta, te veo maravillosa con ese pelo. Te sienta muy bien. Pasado el tiempo que don Hipólito pensó, con sus pocas luces, era más que prudencial, ayudado por Ana salió del coche. Ella cerró las puertas con la llave, y agarrándose del brazo del hombre, cosa que a él le hizo estremecer aún a pesar del delicado cuerpo que se pegaba al suyo. Se inclinó con el fin de alcanzar su boca y besarla pero ella se dejó caer hacia un lado haciendo como la que tropezaba. Él la sujetó y volvió a intentarlo en la puerta del hotel. Se refrenó, ya que justo en ese momento la puerta giraba y salía una pareja muy amartelada por lo que pensó: “No me dais ninguna envidia, imbéciles” Pasado el momento ambos atravesaron la puerta giratoria y se dirigieron como dos buenos camaradas hacia el ascensor, el cual se encontraba afortunadamente detenido en la planta baja, por lo que sin hacer el menor ruido entraron en él, cerraron la puerta y subieron. Como la puerta de la habitación se encontraba medio abierta, pasaron a dentro donde Ana -con aires de cansancio bien estudiado-, se dejó caer en un sillón, mientras Berta cogía a don Hipólito y lo ayudaba a sentarse en el borde de la cama. Él, pensando que eran los preliminares de lo que allí iba a acontecer, asiendo a la mujer por la cintura se echó de espaldas sobre la cama arrastrándola sobre su cuerpo. Entre su poca habilidad dado el estado en que se encontraba y lo hábilmente que Berta esquivaba sus intentos de besarla sin dar a entender que no lo deseara, Ana se dirigió al pequeño bar de donde extrajo la botella, y se la pasó a don Hipólito con el fin de que fuera él el que la abriera, cosa que hizo no sin esfuerzo, pero cobrando con ello aún más confianza en las dos mujeres. Una vez comenzadas a tomar vida las primeras y doradas espumas, Berta le dio a Ana un vaso que previamente había traído del lavabo, haciéndose ella con el otro. Sería el mismo don Hipólito el que alargando el brazo y sin esperar, tomaría el que estaba en la mesilla de noche y ya perfectamente preparado para cumplir con su cometido. Entre risas, saludos y brindis, se dejaron las copas vacías por lo que al único que de inmediato le hizo efecto fue a don Hipólito, el cual se sentó violentamente en la cama cayendo de espaldas sin conocimiento.
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    CINCUENTA Y NUEVE Enel momento en que don Hipólito caía de espaldas, Felipe, que no había perdido detalle pues todo lo estaba presenciando desde la ranura que formaba la puerta de vestidor con el marco, se hizo presente en la estancia preguntándole a las dos mujeres qué tenía que hacer él. - Saca de mi bolso las dos toallas plastificadas que traigo -dijo Ana alargándoselo, al tiempo que ella extraía un estuche que una vez abierto mostró lo que podría llamarse un conjunto de instrumentos quirúrgico de urgencia, los mismos que depositó sobre la mesa en perfecto orden. Berta, con la velocidad de una centella y la habilidad que le caracterizaba, le había puesto una inyección anestésica con la suficiente cantidad como para que no despertara en varias horas. Ana -que había reparado en la cantidad y el tipo-, le preguntó observando su gesto. - ¿No te has pasado en la cantidad? - No, está bien, con esta cantidad podrás trabajar tan tranquila como puedas y tan despacio como quieras, además si le pasara algo, yo particularmente no me iba a poner a llorar. Éste cabrón ya no va a poder volver a las andadas ni de una manera ni de otra. - Eso por descontado -éste va a quedar bien castrado, tan bien que hasta su organismo se va a quedar con las ganas de producir las hormonas que antes producía, gran cantidad de testosteronas y estrógenos se van a ir de vacaciones perpetuas para siempre, incluso esa mínima cantidad que produce la corteza suprarrenal no las va a volver a ver ni en pintura -dijo Berta mostrando una muy alta seguridad en sí misma. - Felipe, quita los dos cordones de la cortinas y amarra al mal nacido este por las muñecas y los tobillos a las barras de la cama -le pidió Ana, la cual se había colocado una bata de plástico al tiempo que le ofrecía la otra a Berta. - No le va ha hacer falta que lo amarre, con la dosis que le he puesto, éste no se mueve en mucho tiempo -dijo Berta. - No, si la idea de amarrarlo es para dejarlo así, y que cuando se despierte no se pueda mover; ni mover ni hablar porque le vamos a dejar la boca sellada con esta cinta. Mañana por la mañana cuando venga la Camarera a hacer la habitación, pobre mujer, será la que se lo encuentre. Cuando Felipe acabó de amarrarlo y colocarle la cinta adhesiva tapándole la boca, le dijo a Ana: Bueno, pues esto ya está, así que cuando Vds. quieran podéis comenzar; yo me quedaré aquí por si me necesitarais. - Ana, ya me dirás en qué te puedo ir ayudando -se ofreció Berta.
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    - No tepreocupes. Esto no es nada complicado. Lo que lo complica es que tengo que intentar hacerlo de forma que no parezca que la operación la haya realizado un profesional; vaya, que he de intentar que parezca una chapuza. De esta forma nunca podrán relacionarla con alguien que practique la Cirugía profesionalmente. - Pues sí que has pensado en todo, chica -dijo Berta alargándole el instrumental que su amiga le iba pidiendo. - Como que si esta intervención la hago en el hospital, seguro que me echan en ese mismo momento -comentó Ana riéndose. Una vez con el pene de don Hipólito en la mano, cauterizada y cosida la herida en la cual había dejado previamente una cánula flexible, Ana se lo entregó a Felipe, el cual lo introdujo en un bote de cristal el cual contenía un preparado de Formol al diez por ciento. - Bien, ahora vamos a por los testículos. ¿No sé si extirpárselos los dos o dejarle uno para su recreo? -dijo Ana mirando a Berta y a Felipe-. ¿Qué os parece? Podríamos dejarle uno y así cuando se mire al espejo se preguntará que para que le habrán dejado solo uno si ni con los dos podría hacer nada. - Sí, déjale uno, así tendrá algo que lavarse ahí abajo -dijo Felipe echándose unas risas que contagiaron a las dos mujeres. - Conforme, le dejaremos uno, y haciendo el gesto de levantar su dedo corazón hacia arriba, tomó el escroto en cuya bolsa se encuentran los testículos ahora completamente relajados, por lo que mediante una nada cuidada, aunque segura incisión, procedió a separar uno, y dejando al otro absolutamente huérfano y quedando tan limpio como mal cosido, señal de que aquello solo lo había realizado alguien que en su pueblo se dedicara a capar cochinos; claro, que de este detalle tan sólo se daban cuenta ambas mujeres, ya que Felipe aunque lo estaba observando, aquello le parecía, según dijo, de lo más natural. De nuevo, y una vez dadas unas puntadas sobre el escroto extraído, Felipe abrió el bote en el que Ana lo depositó haciéndole compañía al pene. La misma Ana con la ayuda de Berta que le preparaba apósitos y vendas, dejaron aquella zona, vendada de tal manera que más bien parecía que la habían realizado las más inexpertas manos que pudieran imaginarse. Ante la imagen de ver que donde no hacía mucho tiempo existieron unos genitales que otrora hicieran tantísimo daño, el dolor se vio reflejado en las lágrimas que corrían no sólo por el rostro de Berta, sino por el de Ana y hasta el de Felipe que no pudo inhibirse de aquel doloroso y crucial momento, Acabado el proceso, entre los tres retiraron las toallas plastificadas y echas un lío Ana las volvió a introducir en su bolso dentro de una bolsa de plástico. La cama, con don Hipólito acostado boca arriba, amarrado por ambas muñecas y los pies a las barras del barandal, presentaba el aspecto de que sobre ella no se había hecho absolutamente nada. Mientras Berta guardaba cuanto había traído en su bolso, y se dedicaba a pasar un paño humedecido con un producto de limpieza sobre todas aquellas partes en las que pensaba podrían haber dejado algunas
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    huellas antes dehaberse colocado los guantes que sirvieron para la intervención, Ana en el Cuarto de Baño limpiaba en el lavabo su instrumental y una vez seco lo iba devolviendo a su estuche. Ya con toda la habitación en el más perfecto orden, se sentaron los tres en el sofá, y cada uno con su pañuelo cogían la botella de aquel, verdaderamente, extraordinario Champaña y celebraban en la más íntima camaradería el final de tan ansiado proyecto. Dejaron la botella sobre la mesita de noche y Felipe miró su reloj. Las ocho menos cuarto -dijo mirando a Berta y a Ana, las cuales no le quitaban ojo a aquella idea que sobre la marcha y de forma espontánea se le había ocurrido a Ana, y la cual dejó sobre el amplio y desnudo abdomen de don Hipólito. Bien -dijo Berta si inmutarse lo más mínimo-. Felipe, tú y yo vamos a bajar en el ascensor hasta la primera planta. Luego por la escalera bajamos al Hall ya que la escalera está más alejada del mostrador de Conserjería, y como a esta hora estarán viendo el movimiento de las entradas y salidas para el registro del relevo, pues no se van a fijar mucho en una pareja que sale temprano. Cuando cruzaron el Hall de entrada en dirección a la puerta giratoria y en amena charla con un plano en la mano, uno de los conserjes tan sólo se volvió para darles los buenos días. Respondiendo al saludo con medio giro, alcanzaron la puerta giratoria y salieron a la calle. Minutos después ambos estaban acomodados dentro del Seiscientos. Ana, a instancias de las recomendaciones de Felipe, bajó en el ascensor y se fue directamente hacia la Cafetería del hotel, no sin al pasar dar los buenos días a los conserjes que seguían con sus trámites. Ya en la Cafetería, como quiera que observara a dos clientes desayunando, y viendo que el camarero se encontraba ausente pues debía de estar ocupado en el interior, salió a la calle por la puerta de la Cafetería. Avanzando por la acera y con aire distraído, Ana giró en la esquina dirigiendo sus pasos hacia donde recordaba que unas horas antes Berta había dejado aparcado el coche. Al verla, Felipe y Berta se relajaron, y cuando ésta entró, todos se volvieron preguntas con idea de saber cómo había ido la salida del Hotel. Una vez enterados del episodio tanto de una como de los otros, Berta puso el motor en marcha y se metieron en la vorágine del tráfico que a aquella hora ya comenzaba a ser intenso. - Tenemos el tiempo justo para llegar al Hospital. Esto de haber coincidido ambas con turno de mañana, nos ha venido de maravillas: así nadie podrá relacionarnos con lo acontecido esta madrugada -dijo Berta, terminando con ello de tranquilizar a Ana que era la que mayor estado de relativa ansiedad presentaba. Berta, a indicaciones de Felipe, giró en una esquina, dio la vuelta a la manzana y detuvo el coche. - Yo me quedo aquí - dijo Felipe. Y sacando de debajo de la chaqueta una especie de mochila plegada que llevaba sujeta con el cinturón del pantalón pidió que le dieran las toallas utilizadas y las introdujo en la bolsa.
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    - ¿Y tevas a volver andando hasta tu coche? -preguntó Berta. - Sí, un buen paseo con este fresquito me vendrá bien. Luego cuando pase por la obra de las viviendas que están haciendo al final de Méndez Álvaro, la echaré en el bidón donde los albañiles están siempre quemando maderas viejas. A esta hora estarán en el tajo y nadie va a reparar en mí. Estad tranquilas. Luego a la hora del almuerzo me dejaré caer por el Hospital para ver cómo os encontráis. Ya más tranquilas se pusieron de nuevo en marcha dejando a Felipe estático sobre la acera y viendo cómo el pequeño utilitario desaparecía entre una multitud de vehículos.
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    SESENTA Pasadas las dosy media de la tarde, la camarera que atendía la cuarta planta del Hotel Atocha viendo que se le acababa el turno y que la habitación cuatrocientos catorce estaba por hacer aún, ya que había llamado en dos ocasiones sin resultado, cogió su llave maestra y entró preguntando si había alguien. Al no obtener respuesta avanzó hacia el interior encontrándose a don Hipólito totalmente inconsciente después de tantas horas. Era evidente que se encontraba, dado el tiempo transcurrido, y además, el haberle anestesiado encontrándose en un grado de alta intoxicación etílica, en estado de una gravedad comatosa que difícil sería de superar. Con la boca abierta y sin poder gesticular palabra alguna, la camarera retrocedió hacia la puerta sin dejar de observar a aquel cuerpo que, desnudo, y, a su parecer, sin genitales aunque sus partes vendadas y unos cortes en el tórax con los que se podía leer entre las tetillas: Timo 414 y más abajo, sobre el vientre, la palabra Asesino, salió corriendo por el pasillo hacia el cuarto de servicio desde cuyo teléfono interior se puso en comunicación con la Conserjería. Con la palidez propia de quien ha recibido la noticia más macabra que pudiera haber imaginado, el Conserje entró sin llamar en el despacho del Director del Hotel, el cual se encontraba atendiendo en ese momento a un cliente que le estaba presentando unas quejas respecto de los desagradables ruidos que durante casi toda la noche estuvo soportando y que provenían de la habitación contigua a la suya. - Pero... ¿qué diablos? ¿Qué modales son esos de entrar en mi despacho, Gutiérrez, ¿Acaso no sabe llamar? ¿Cuántas veces le he dicho a Vd. y a todo el personal que para eso está el teléfono, para llamar y preguntar si estoy o no ocupado? -farfulló el Director mostrando una conducta colérica que en modo alguno era en absoluto propia ante la presencia de un cliente. - Lo sé, señor Director, lo sé perfectamente por lo que le pido disculpas a Vd. y también a Vd., señor. Pero verá Vd., señor Director -dijo el Conserje de forma tan atropellada que no acababa de caer en la cuenta de que semejante comentario no debería hacerlo estando aún el cliente delante, por lo que en un momento de lucidez, dijo: ¡Necesito hablar con Vd. a solas, urgentemente Señor Director! Ahora sí, ahora en ese momento fue cuando el Director reparó en la cara que tenía su empleado, por lo que pidiéndole disculpas al cliente y exponiéndole que algo grave, al parecer, ocurría, le abrió la puerta rogándole
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    le esperase enla Cafetería donde con mucho gusto, le aseguró, sería para él un honor invitarle a una copa mientras hablaban acerca de aquello que le había estado incomodando. - ¿A ver qué es eso que le tiene preso de pánico, diría yo? Y no se atropelle Vd., Gutiérrez, que ya tiene muchos años de profesión para alterarse de esa manera. Vamos cuénteme... Puesto en antecedentes, el Director, dejando las órdenes oportunas para en su ausencia, tomó el ascensor junto con el Conserje en dirección a la habitación cuatrocientos catorce, en cuya puerta y apoyadas sobre la pared de enfrente, se hallaban la camarera de la planta que estaba siendo tranquilizada por las de las plantas tercera y quinta que habían acudido a la llamada alarmante y horrorizada de ésta. - ¡Dios del cielo! -en el momento fue lo único que se le ocurrió decir al Director cuando entrando en la habitación contempló el dantesco espectáculo. Se colocó frente a la cama y comentó: Esto es como si fuera obra del diablo. Lo estoy viendo y no puedo creer lo que veo. ¿Cuánto tiempo llevará este hombre en estas condiciones? ¿Y qué querrán decir esas letras y esos números, porque lo que dice abajo está más claro que el agua, pero porqué a éste hombre le habrán hecho esto? - ¡Madre del Amor Hermoso! -dijo también el Conserje y en el que a todas luces se podía notar el ataque de nervios que estaba sufriendo en ese momento. - Pero, ¿Quién habrá podido llevar a cabo esta barbarie y más en mí hotel? ¡Por Dios! Ahora que comenzábamos a levantar cabeza, nos viene esto y con lo que es la prensa... y lo malo es que esto no se puede ocultar de ninguna de las maneras. Así que no toquen nada. Vd., Gutiérrez, cierre la puerta y llamemos a la Policía, ella sabrá lo que hay que hacer. ¡Madre mía, madre mía! -susurraba el Director una y otra vez-. ¡Con la cantidad de hoteles que hay en Madrid y me ha tenido que tocar a mí! - Señor Director, ¿Llamará Vd. o lo hago yo? -se ofreció el Conserje viendo en el estado que se encontraba ahora su Jefe. - Gracias, Gutiérrez, pero esto es cosa de Dirección, será a mí al que le pidan cuánto necesiten saber acerca de este macabro caso. Por cierto, ese Señor si mal no recuerdo era don Hipólito, ¿verdad? - Sí, sí señor, y viejo cliente ya de unos años. Lo malo, señor Director, es que aquí nadie sabe nada. Esta mañana cuando he relevado a Domínguez, no me dicho que haya sucedido nada de extraordinario - comentó el Conserje. - Pues el huésped de la habitación cuatrocientos quince, las quejas que me estaba dando cuando Vd. entró en mi despacho, era precisamente acerca del ruido que procedía de la habitación de don Hipólito- le comentó el Director al Conserje al tiempo que decía-: Haga el favor de decirle a Amalia que llame a casa de Domínguez, y dígale que deseo hablar con él un momento. Ah, y envíe a un botones, o mejor acérquese Vd. un momento a la Cafetería y dígale a don Marcial que nos ha surgido un contratiempo que me
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    va a impedirde momento atenderle como él se merece, y que por favor que me disculpe. - Dígame, don Laureano. - Domínguez, Vd. que conoce bien los hábitos nocturnos de don Hipólito, por tener el turno de noche, ¿sabe si llegó con gente y tuvieron juerga, ya sabe, de las disimuladas? - Que yo hubiera advertido, no, señor. Ha habido ocasiones en las que don Hipólito ha llegado de madrugada y bien puesto; no obstante, siempre se ha parado aquí para charlar un rato, las cosas típicas de quien viene ebrio. Luego sin más, ha dado las buenas noches, ha pedido que le llamaran a una hora determinada y se ha marchado para arriba. Ya sabe que tiene por costumbre tomar siempre la misma habitación, pues asegura que es la más tranquila ya que es la última del pasillo interior. Es curioso que no advirtiera la llegada de don Hipólito, ya que algunas noches si me entra sueño que no es normal, doy una cabezada, pero las dos puertas laterales están cerradas a partir de las diez o diez y media por lo que sólo funciona la giratoria y a ésta sobre las dos, si doy la cabezada le pongo el pestillo, por lo que cuando alguno llega tarde da unos golpes y enseguida le abro, pero anoche estuvo la puerta abierta todo el tiempo y yo no lo vi llegar, ni solo ni acompañado. - ¿Es posible que en algún momento entrara en el cuarto de la Conserjería a coger algo y en ese momento pasara sin que Vd. lo viera? - Creo estar seguro de que así debió ser. Lo cierto es que yo no lo vi entrar, y en el cuarto entramos muy a menudo, es nuestra pequeña oficina, Vd. lo conoce muy bien. - Bueno, Domínguez, váyase a descansar; si le necesitáramos ya le llamaría. Es muy probable que la Policía quiera hablar con todo el personal, y supongo que en especial con Vd. - A mandar, don Laureano. Buenos días. - Amalia, haga el favor de ponerme con la Policía -le pidió el Director a la Telefonista.
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    SESENTA Y UNO Acabadala Rueda de Prensa Irene en compañía de Carlos y don Enrique se dirigieron a la casa donde aguardaba su madre. Aunque ya mayor, nada más verla entrar se levantó y ambas, madre e hija, se fundieron una vez más en un cariñoso abrazo. Irene besaba a su madre una y otra vez pidiéndole perdón sin el más mínimo recato aún sabiendo que los dos hombres estaban presentes. - Ya pasó todo, hija. Y como dice el refrán: más vale tarde que nunca. Pero al final has comprendido que... en fin, dejemos el asunto que ya no conduce a nada, ¿no te parece? -dijo la madre separándose un poco de Irene con tal de verla mejor. - Gracias, mamá, no sé cómo pagarte esto que me estás diciendo y de la forma que lo estás asimilando, porque aún no me acabo de creer que estés aquí conmigo y como si nada hubiera pasado. Lo siento mamá, no soy madre y por consiguiente no sé realmente cómo son tus sentimientos, aunque debería de imaginármelos ¿verdad? - dijo dándole un nuevo abrazo. - Estas cosas, Irene, seguro que cualquier mujer se las puede imaginar. La cuestión es que quiera hacerlo -dijo la madre mirándola a los ojos y viendo en ellos cómo las lágrimas se negaban a quedar en el fondo de aquellas hermosas cuencas. - Bueno, no sé si acertaré, pero creo que será el momento oportuno para decirles a Vds. dos, señoras, que tengo hambre. Y si no me equivoco yo diría que no soy yo solo, porque a esta hora imagino que todo el mundo debe tener hambre, así que qué os parece si nos vamos a comer. Conozco un sitio que os va a deleitar -dijo Carlos tomando a Irene por el brazo y ésta a su madre la cual miraba a Carlos aún sin tenerlas todas consigo, y eso que en su fuero interno reconocía que su pequeña Irene o Marina como siempre le gustó llamarla ya no era, precisamente, una niña, sino que esta mujer que tenía a su lado era eso, toda una mujer. Cuando salieron a la calle Carlos hizo un intento de tirar del grupo, pero no lo consiguió, ya que el Comisario adelantándose le dijo que mejor iban en su coche que lo tenía aparcado cerca en razón de haberlo dejado junto a la dirección que le facilitó Irene por teléfono. Carlos no se opuso, y juntos se dirigieron hasta el vehículo, el cual dejó sorprendidos a todos pues no se esperaban que don Enrique tuviera semejante automóvil, un Dodge Dart de un color guinda tan brillante que haría las delicias de todo aquél que tuviese la oportunidad de poseer uno. Antes de subir a él, tanto Carlos como Irene le dieron la vuelta al enorme automóvil, dando por descontado que la seguridad de conducir un
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    coche de aquellascaracterísticas debía ser lo más para como se estaba poniendo ya el tráfico, y la cantidad de gente nueva que ya se estaba echando a rodar. Don Enrique le abrió la puerta de atrás a la madre de Irene, quien se acomodó sobre un asiento tapizado color crema, y cuyo tacto le sorprendió cuando de forma inconsciente le pasó la mano notando la suavidad de la piel. Cuando Carlos fue a hacer lo propio con Irene en el lado contrario, el Comisario le dijo que en aquel lugar se subiría él para ir junto a la madre. - Creo, Carlos, que te gustaría conducir este coche -dijo el Comisario-. Ya sé que tú tienes también un gran coche, pero, créeme, conduce éste y verás lo que significa rodar sobre la más absoluta seguridad. Te va a sorprender no sólo la comodidad sino la elasticidad de un chasis tan grande y pesado. Cuando se conduce este coche por primera vez, y te lo digo por la experiencia de algunos compañeros míos que lo ha probado, el comentario ha sido siempre el largo morro que tiene, que si bien es lo que más seguridad te da, a la vez te crea la dificultad de calcular las distancias con aquellos que te preceden. - Vale, vale, no insistas más, lo probaré -dijo Carlos con una sonrisa que se veía un tanto forzada, ya que él no era partidario de conducir coches ajenos, y no es que no le gustase, era simplemente una de sus muchas pequeñas manías. Ya camino del restaurante y hecho completamente a la maniobrabilidad del coche, comentó lo cómodo y fácil que era de manejar aun a pesar de su apariencia exterior de un exagerado volumen. Cuando llegaron al restaurante, Carlos llevó el coche hasta una de las plazas de aparcamiento a disposición de los clientes. La fatalidad o falta de práctica por parte de Carlos en un vehículo tan voluminoso, hizo que al girar para entrar en el hueco existente entre dos vehículos, el parachoques del Dodge rozara una de las puertas del otro vehículo allí aparcado, produciéndole un buen rasguño con el consiguiente chirrido. Una vez aparcado y apeados todos del coche, don Enrique al igual que Carlos se fue inmediata y directamente a contemplar el desperfecto. Éste al ver un tanto alterado a Carlos, quien se deshacía en excusas, le comentó que no se preocupara, que aquello le podía ocurrir a cualquiera y que no revestía mayor importancia, ya que él tenía el seguro a todo riesgo, además, le dijo, que tampoco era para tanto. - Esto, la culpa la tienen las estrecheces -dijo don Enrique echándole la mano por encima del hombro a Carlos en un intento de tranquilizarlo. Ahora entraremos en el restaurante y le solicitaremos al Metre pregunte quién es el propietario del Ford Orión de color negro que se encuentra en el aparcamiento. El Metre, conocedor de ello por ser de un cliente habitual y conocido, les dijo que aguardaran un momento que iba, discretamente, a avisarle enseguida.
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    Al momento sepresentó el Metre acompañado de un hombre el cual se identificó como el propietario, al tiempo que preguntaba porqué tenían interés en su coche. - Verá Vd., cuando hemos intentado aparcar nuestro coche entre el suyo y el que está estacionado al lado, lo hemos rozado con el parachoques produciéndole un rasguño que, aunque no es mucho, es bastante desagradable a la vista en un coche que se aprecia que ha estado siempre muy bien cuidado -dijo don Enrique haciéndose él cargo del alcance. - Bueno, ya no tiene remedio, y Vds. imagino que habrán venido a comer -dijo observando las caras de circunstancias que presentaban, sobre todo, Marina y su madre. Así que vamos a comer y luego veremos ese asunto y la forma de resolverlo. - Es Vd. muy amable, lo cierto es que no habrá problemas, ya que esto lo tengo cubierto con mi seguro; por cierto, mi nombre es Enrique Pulido, Comisario de Policía actualmente en Sevilla, y ellos son don Carlos Balbuena, Abogado de aquí de Madrid, la Señorita Irene Parra, su prometida, y doña Antonia Benegas, su madre. - Mucho gusto; mi nombre es David, David Gómez, Detective privado, también de aquí de Madrid. Así que, Señorita Irene Parra. Disculpe, pero la he reconocido en cuanto la he visto y aunque no soy muy cinéfilo o como se suela llamar a los amantes del cine, la verdad es que la conozco bastante bien, o mejor sería decir que conozco a la Actriz Marina, Marina la Sol -dijo mirando a Irene descaradamente. - Bien, pues hechas las debidas presentaciones y atendiendo su amable sugerencia, vayamos a comer y más tarde con un café o una copa como prefiera, atendemos el problema que nos ha llevado a conocernos, ¿le parece? - dijo Carlos, el cual ya se encontraba perfectamente recuperado del pequeño trance sufrido. Acabado el almuerzo, David que en compañía de Eugenia había terminado antes, se dirigió a la mesa de Irene participándoles que aguardarían a que acabasen, retornando de nuevo a su mesa solicitando del servicio les trajesen café. Al cabo de un rato, Carlos se acercó a la mesa de la pareja indicándoles que si no tenían inconveniente se unieran a ellos. Tanto David como Eugenia accedieron encantados. Ya todos juntos, y tras la debida presentación de Eugenia por parte de David y sobre la que comentó que también pertenecía al Cuerpo General de la Policía en calidad de Psicóloga Forense, detalle éste que no sólo fue muy comentado por el Comisario y Carlos sino, sobre todo, por las dos mujeres. A continuación se sentaron, y en amena charla trataron de varios temas, como el comentado por parte de Eugenia de que si se encontraba en Madrid era porque le habían concedido el traslado, ya que anteriormente había estado adscrita a la plantilla de la Jefatura de Alicante. Una vez hecha la aclaración, el Detective le preguntó a don Enrique cómo era eso de encontrarse tan lejos de Sevilla, además de dejarla con la ciudad tan bonita que era.
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    Tanto don Enrique,como Carlos y la misma Irene pusieron a la pareja al corriente de cuanto le había acontecido allí, y de cómo había salido todo mejor de lo que se esperaban en un principio, incluido el que el señor González cumplió su promesa de llamarla para decirle que aceptaba su guión, por lo que en próximos días se desplazaría hasta Madrid a fin de formalizar el contrato, ya que tenía mucho interés en comenzar a rodar lo antes posible con vistas al certamen “La Concha de Oro” que en España se celebraría a finales de Otoño. David y Eugenia dejaron patente su satisfacción por el resultado favorable del caso, por lo que tras tratar algunos temas de menor importancia, decidieron abandonar el local y dirigirse al aparcamiento al objeto de ver sobre el terreno lo producido por el pequeño accidente. Una vez resuelto el tema mediante el apunte de los datos de ambos propietarios con el fin de pasarlos a los diferentes seguros, se despidieron, no sin antes, tanto David como Eugenia ofrecerse, para lo que pudieran necesitar. - Ha sido un verdadero placer -dijo Irene-, y agradeciéndoles a ambos la deferencia con aquel ofrecimiento. Cuando don Enrique sacaba su coche del aparcamiento, se incorporaba al tráfico, y tomaba la dirección que Carlos le había indicado al objeto de que los dejara en su casa, David y Eugenia hacían tres cuartos de los mismo; no obstante, en aquellos momentos y cual vórtice imposible de ser detenido, los pensamientos del Detective no hacían otra cosa que girar alrededor de la figura de la Actriz relacionándola con la de aquel encargo que tiempo atrás le hiciera don Hipólito.
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    SESENTA Y DOS Nohabía transcurrido ni quince minutos cuando dos inspectores, puestos al corriente del relato que don Laureano hiciera por teléfono, se personaban en el Hotel. - Buenas tardes, -saludaron los dos agentes, mostrando sus placas al llegar y preguntar por el Director. - Buenas tardes, hagan el favor de seguirme, el Director se encuentra en su despacho -los invitó el Conserje quien ante la puerta tocó un par de veces con los nudillos. Cuando desde el interior escuchó la voz del Director diciendo: “Pase”. El Conserje abriendo la puerta le anunciaba la visita de la Policía. - Pasen, señores, y tengan la bondad de tomar asiento -dijo en un tono en el que se podía apreciar que se le acrecentaba el nerviosismo, detalle éste que no escapó a ninguno de los dos inspectores. - Bien, señor Director, sería tan amable de ponernos al corriente de lo sucedido, ya que por lo que nos ha comentado el Capitán en la Jefatura parece que la cosa no estaba muy clara -comenzó diciendo uno de ellos sacando del bolsillo interior de su chaqueta una libretita y un bolígrafo con el que, al parecer, habría de ir tomando las notas pertinentes. Una vez oído el relato y tomado nota de cuanto el Director les narró, ambos agentes se levantaron indicándole les acompañara a la habitación con el fin de ver insitu cuanto éste les acaba de contar. Ya en la habitación, los dos inspectores viendo el espectáculo que tenían ante sus ojos, se miraron el uno al otro. Mientras uno pasaba al otro lado de la cama, el otro, poniéndose unos guantes de látex, se dirigió al teléfono, lo descolgó y marcó el número de la Jefatura. - Es de suponer que no habrá entrado nadie en la habitación y mucho menos que hayan tocado nada, pues de no ser así esperemos que no se hayan podido estropear posibles huellas -dijo mirando a don Laureano el cual no quiso negar la evidencia y le dijo que sí. - Verá Inspector, la primera que entró fue la Camarera. Ella fue la que lo descubrió cuando viendo que se le acababa el turno y aún no había hecho la habitación recurrió, como es natural, a su llave maestra, y entró en la habitación. Luego, en un estado de tremenda ansiedad, llamó al Conserje, el cual subió a verificar lo que ésta le había contado, y a renglón seguido vino a mi despacho a comunicarme lo que sucedía. De todos modos puede estar tranquilo de que aquí no se ha tocado absolutamente nada; es más, la habitación como Vds. pueden comprobar está totalmente alfombrada. - Jefatura.
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    - Sí, Medina,soy el Inspector Robledo, páseme con el Capitán Rivera, por favor -dijo sin dejar de mirar hacia la figura de don Hipólito que seguía en el mismo estado de inconsciencia. - Soy Rivera. Dígame, Robledo, qué se cuece por ahí -dijo utilizando, como de costumbre, el argot propio. - Debería venir, Capitán, y traerse además al Médico Forense; sería muy interesante que también viniera el Juez, y por supuesto al equipo, a ver si ellos pudieran encontrar alguna huella, aunque ya le digo, esto está más limpio que una patena, ni siquiera hay el más mínimo indicio de que la botella de Champaña que hay encima de la mesa, aún a pesar de estar vacía, nos haya podido mostrar nada con la linterna de ultravioleta. Sin embargo, es muy posible que algo quede por aquí, nunca se sabe; yo mientras tanto interrogaré al personal, que por cierto, no es mucho. - Bien, bien, Robledo, voy para allá, y vayan adelantando Vds. lo que puedan con el personal- dijo el Capitán colgando el teléfono. - ¿Y dice Vd., don Laureano, que la primera que lo descubrió fue la Camarera? - Sí, efectivamente. Fue Aurora la primera que entró en la habitación y descubrió al pobre hombre en el mismo estado en el que se encuentra ahora. - Llámela, por favor -le pidió el Inspector Robledo. - ¿Quiere decirme señora que la impulsó a entrar en la habitación? - preguntó el Inspector-. Estoy seguro de que esta pregunta le parecerá un tanto extraña tratándose de que Vd. es la que arregla las habitaciones de esta planta una vez que los clientes se han ausentado, pero créame hay ocasiones en las que de una simple pregunta se puede sacar algo positivo. Aurora, atacada de los nervios, y que no se tranquilizaba por mucho que el Inspector le recomendara que no tenía nada que temer, relató exactamente lo que ya le explicara al Director: “Mire, mi turno termina a las tres. A esa hora ya tengo hechas todas las habitaciones de mí planta, pero en este caso eran las dos y media y me faltaba esta. Estuve llamando varias veces, pero como no me contestaban, pues hice lo de siempre, eché mano de mi llave maestra y entré. Y tal cual lo está viendo Vd. así lo vi yo y salí corriendo” -respondió la pobre mujer a punto de asfixiarse. Una vez tomada la correspondiente nota en la libretita, el Inspector se dirigió de nuevo a don Laureano solicitándole le dijera quién más había estado en la habitación y visto el cuerpo en el primer momento. - Aparte de mí, el Conserje de noche; no obstante, el señor Domínguez aunque no entra de turno hasta la noche, no podrá decirle nada nuevo, ya que su conocimiento acerca de todo esto es el mismo que el de Aurora y mío -dijo don Laureano al cual se le veía ahora un poco molesto. - Bien, don Laureano, sin embargo, esta noche pasaremos, si no tiene Vd. ningún inconveniente, desde luego, con el fin de escuchar su versión - observó el Inspector Ortiz quien había vuelto de su inspección ocular alrededor de la cama. - Ninguno, por supuesto – dijo el Director.
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    - ¿Alguien másque Vds. recuerden? -preguntó ahora el Inspector Robledo dirigiéndose a todos en general. - No había reparado en ello pensando que no sería relevante, pero, no obstante, le diré que el huésped de la habitación contigua, la cuatrocientos quince, me vino esta mañana a dar las quejas de que en la habitación de al lado parecía que se había celebrado una pequeña fiesta, aunque comprenda que no me gustaría que se le molestara. Ya sabe cómo corren estos casos entre los viajeros -dijo el Director. - No se preocupe. No creo que sea necesario molestarle, aunque sería interesante saber si pudo oír algo anormal, con estos tabiques... De todas formas llegado el momento, seremos lo más discreto posible -dijo ahora el Inspector Ortiz. Y añadió: Bueno, aquí ahora mismo no es necesario que estén por lo que pueden bajar y seguir con su rutina. El Inspector Robledo y yo seguiremos buscando alguna posible huella mientras llega el equipo Dactilar. - Bien. Si necesitan algo y no desean usar el teléfono de la habitación, pídanlo a través del aparato de interior que hay en cada una de las plantas, al lado del servicio -dijo don Laureano. Pasada media hora se detuvieron en la puerta de Hotel dos vehículos sin el más mínimo distintivo, ni policial ni perteneciente al Cuerpo Médico Forense de la Policía, y de los que se apearon varios hombres vistiendo ropa de lo más normal, excepción hecha de los maletines que portaban dos de ellos, uno el del Médico Forense y otro el del material buscador de huellas. No obstante, lo que sí tenían todos en común era una placa oculta, y que los identificaba como miembros del Departamento de la Policía Científica. Una vez en el interior del Hotel, y previa identificación, subieron hasta la habitación donde fueron saludados por los dos inspectores. - ¿Qué tal chicos, que tenemos aquí? -dijo uno de los miembros del equipo buscador de huellas, mientras que el otro se dedicaba con un aparato provisto de una lámpara de luz negra a rastrear cada palmo de la habitación: mobiliario, paredes. El tercero, cámara fotográfica en ristre sacaba fotografías no sólo de don Hipólito sobre la cama y desde diferentes ángulos, sino de cualquier lugar que le pareciera de interés para la investigación. El Señor Juez, sin moverse del sitio que había ocupado al entrar en la habitación, observaba al Médico Forense desarrollando éste la labor propia de su profesión. Con sus guantes tocaba cada una de las partes, para él significativas ya que había podido comprobar que el sujeto tenía pulso, por lo que una vez auscultado le comunicó al Juez la necesidad de pedir una ambulancia, soltarlo de sus ligaduras y trasladarlo al Hospital en donde se le realizaría una exploración concienzuda. - Llevarlo al Hospital es lo que procede en este momento -dijo el Médico-. Este hombre se encuentra en un estado de coma profundo, por lo que debido a ello hay que aplicarle un tratamiento especial hasta que podamos averiguar qué le han administrado. - Inspector Ortiz, haga el favor de llamar al Director y dígale que suba,
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    por favor -dijoel Juez firmando un papel que le entregó al Inspector Robledo-. El Médico ya se queda al cargo de todo el traslado mientras que Vd. continúa con la investigación. Si hubiera alguna novedad no quisiera quedarme al margen de su conocimiento, pues tengo mucho interés en saber qué significado tienen esas letras y números, así como del porqué le grabaron la palabra “Asesino”. Esto ya, imagino, que lo podrá Vd. comprobar con el fichero una vez tenga sobre la mesa algunas de las fotografías. - Lo cierto, Juez, es que su cara no me suena de absolutamente nada. Yo no recuerdo haber visto a este tipo en mi vida -dijo el Inspector Robledo, mirando a don Hipólito a la cara y ahora de más cerca. Una cara bastante pálida con relación a lo sonrosado de ella que siempre tenía. - Lo curioso -dijo el Inspector Ortiz, acercándose, es que últimamente no hemos tenido ningún caso de asesinato propiamente dicho. - Pues está bien claro que quien se ha atrevido a realizar esta masacre, si no ha sido por una venganza de alguien a quien este individuo lo ha quitado de la circulación, o ya me dirán Vds. por donde se podría comenzar, porque aquí por más que busco no encuentro absolutamente nada, nada de nada, ni rastro de algo que nos pueda llevar a atar algún hilo por donde comenzar, vamos que ni tan siquiera un cabello en las manos de este hombre, ni una pizca de piel, con lo cual estamos ante un caso de la más absoluta confianza entre él y el agresor o agresores, digo yo -el que había hablado era el Perito encargado de encontrar posibles huellas. No obstante, es posible que el Médico logre ver algo más. - Quédese con la cartera, Capitán, pues de toda la documentación que contiene algo podremos sacar, al menos tendremos su filiación completa, cómo se llama, de dónde es, a qué se dedica... Por supuesto que por ahora no vamos a comunicar nada hasta que realicemos algunas discretas indagaciones acerca de estas direcciones. Es muy posible que se encuentre en Madrid en viaje de negocios, o igual echando una canita al aire -dijo el Juez con cierta ironía. - Pues en ese caso la fiesta no le ha podido salir peor -comentó el Inspector Ortiz, siguiéndole el comentario al Juez.
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    SESENTA Y TRES Mediahora más tarde una Ambulancia del Servicio Anatómico Forense, sin distintivo alguno, entraba por la parte de atrás hacia el aparcamiento privado del Hotel. Lo había pedido el Director al objeto de evitar el que cualquier transeúnte se detuviera a curiosear lo que podría estar ocurriendo caso de que a don Hipólito lo sacaran por la puerta principal. Una vez en la Ambulancia, el Médico dio órdenes de que lo llevaran al Hospital Clínico San Carlos, en el que sería atendido directamente por su equipo. Cuando la Ambulancia salía del aparcamiento, el Juez volvió a reunirse en uno de los salones con el Capitán, los dos inspectores y el Director del Hotel, momento éste que aprovechó el Juez para anunciar que todo quedaba bajo el más estricto secreto sumarial, por lo que prohibía absolutamente la más mínima divulgación del caso. -”Ojalá tengamos suerte y no se nos escape alguna filtración, y mucho menos aun a la Prensa. No me gustaría tenerle que meter un paquete y de los gordos al que se le escape un pedo que huela a esto” -dijo el Juez dirigiendo una contundente mirada en derredor y parándose bruscamente en uno de los inspectores. - Señor Juez, no habrá ningún problema, somos pocos, bien avenidos y el único que podría sacar algo de esto a la luz sería don Laureano, aquí presente, pero, tal cual pidió acerca de que la ambulancia recogiera a su cliente por el aparcamiento, está claro que no tiene ningún deseo de que esto se haga público -dijo el Capitán, mirando ahora directamente al Director, el cual se limitó a asentir con la cabeza y comentar: “Ni media palabra, por la cuenta que me trae.” - Bien. Pues pongámonos en marcha. Nos vamos a Jefatura y lo primero que haremos será echar un vistazo a los archivos a ver si hay suerte. - Bueno, pues yo os dejo. Me voy para el Juzgado y me quedo pendiente de cualquier cosa que surja. Lucio, téngame al corriente, pues desde que he visto a este sujeto, y en las condiciones que se encuentra tengo un interés especial. No todos los días se encuentra uno con un caso semejante. Aprovecharé, no obstante, para hablar con Damián, ya sabe, al que llamamos el “Universitario”, a ver si él es capaz de descifrarnos estas letras y estos números. - No se preocupe, Juez, así lo haré -dijo el Capitán estrechándole la mano y despidiéndolo con un estaremos en contacto. Momentos después los tres policías se despedían de don Laureano, requiriéndole tuviera cerrada la habitación y sin uso durante unos días. A lo que el Director accedió sin poner una sola objeción. De camino a la Jefatura el Inspector Robledo comentó, como quien
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    piensa en vozalta: -¿Qué querrá decir esa palabra Timo, y sobre todo esos números? Porque lo que está claro es que no creo que se trate de un apartado de correos; 414 o una caja... - En cambio a mí lo más me confunde es que coincida con el número de la habitación -le interrumpió el Inspector Ortiz. Esperemos que el “Universitario” tenga un buen día y le de al Juez alguna pista con la que poder trabajar porque lo que es hasta ahora, no hay por dónde coger este toro. - Pero, y lo de escribirle eso de Asesino, ¿a qué se deberá? ¿Será posible que se trate de alguien que haya cometido un asesinato o un homicidio y no tengamos ni idea de semejante caso ni de quién se trate? - Pues habrá que sacar el plumero y quitarle el polvo a alguno de los casos que están aún por resolverse -comentó el Capitán, al tiempo que le decía al Inspector Robledo: Me está dando que pensar que vamos a tener que movilizar a medio cuerpo. Tendremos que ponernos en contacto con la gente de Alicante, de Orihuela, de Alcoy; que vayan haciendo algunas gestiones a ver si averiguan algo acerca del porqué tiene tantos domicilios. Entraban en la Jefatura cuando el Capitán le pidió al Inspector Robledo que pasara a su despacho. Ya en él, le dijo: Mañana Vd. solo se va a personar en las oficinas que la Federación de Empresarios del Ramos Textil tiene aquí en Madrid. Hágalo como un civil más de los muchos que se interesan por cuestiones particulares, ya sabe, pregunte acerca de los pasos para montar un pequeño telar, comercializar productos del Levante; en fin, cualquier cosa que se le pueda ocurrir y que sea la guía para, adentrándose sin despertar sospechas, poco a poco, preguntar por la Industrias textiles de don Hipólito de la Torre. Mientras tanto le diré a Ortíz que haga tres cuartos de lo mismo en el Casino Mercantil e Industrial de Madrid. -¿Y quién se va a encargar de los ficheros? -preguntó el Inspector Robledo mirando hacia el interior de las dependencias. - A ello pondré a Guillermo, que eso de revisar y contrastar datos le encanta, a ver si tiene suerte, aunque no creo que a este sujeto lo tengamos aquí. De todos modos tampoco podemos asegurar que sea un asesino, aunque qué duda cabe que hay muchas formar de matar. En fin, por el momento pásele esta fotografía a Morales y dígale que la envíe por teletipo a todas las jefaturas provinciales y que ellos se encarguen de la distribución por las comisarías a ver si entre todos podemos sacar algo en claro. Con la llegada de la ambulancia al Departamento Anatómico Forense, el equipo del Dr. Soler, siguiendo las instrucciones de éste, procedió a llevar a don Hipólito a una sala especial dispuesta al efecto para un caso en el que el individuo no sólo estaba sin fallecer aún, sino que además estaba relacionado de alguna manera con un caso policial, por lo que el policía que los acompañó llevaba la orden de no moverse de la puerta, ni dejara entrar a nadie que no fuera personal del equipo Médico. Al día siguiente, a la llegada del Dr. Soler, varios de los médicos que habían estado examinando el cuerpo, formaron un revuelo alrededor del
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    Médico Jefe. Todoscoincidían en sus resoluciones; sin embargo, cada uno, por su cuenta intentaba dar su opinión acerca de las marcas. - Tranquilidad, señores. Sí, ya sé que es un caso de lo más inusual que nos ha llegado, y entiendo que sobre esas marcas tengan Vds. un montón de preguntas, de las que al parecer, nos íbamos a quedar sin respuestas... - ¿Nos íbamos, dice Vd. Dr.? -le interrumpió uno de los médicos. - Sí, en principio no estaba claro, pero ahora, según el “Universitario”, a él, al menos, no le ha costado un gran esfuerzo dar con la solución al enigma. Se trata de una venganza que por la definición que me hace la considero bastante directa con relación entre este hombre y sus agresores, y digo agresores porque, como comprenderán, una sola persona no puede haber llevado a cabo esta intervención, dejemos a un lado la chapuza que hicieron. Creo que en eso estamos todos de acuerdo, pues uno por uno los dos habéis estado examinando incisiones y costuras. - Y entonces, ¿a qué se refieren esas marcas según Damián? - preguntó algo impaciente el otro Médico. - Me van a disculpar, pero de momento no puedo adelantarles nada. Vds. continúen evaluando y controlando sus constantes vitales. Esta tarde he de reunirme con el Capitán Rivera y el Juez, a los que Damián pondrá al corriente de sus cábalas y conjeturas y de las que a él le parece que tiene muy claro a qué se refiere. Tras la llamada del Juez al despacho del Médico Jefe para decirle que se reuniría con él, y que iba a acompañado por Damián, este llamó al Capitán Rivera al objeto de que se reuniera con ellos... - Y bien, Damián, sáquenos de este apuro, pues de ello depende el que podamos comenzar a trazar algún plan, si es que con su información podemos llegar a poner algo en claro -dijo el Capitán adelantándose al Juez y una vez todos acomodados en el despacho del Médico Jefe. - Muy bien, señores. Pues verán Vds.: al principio puse sobre la mesa una serie de reseñas, todas relacionadas con la palabra Timo;8 Más tarde hice tres cuartos de los mismo con otra serie de numerales entre los que se encontraba el 414 desde el prisma del número de la habitación. Como quiera que uniéndolas no había forma de encontrar una fórmula con cierta coherencia, decidí separarlas... - Le importaría ser más escueto, Damián -dijo el Capitán, nervioso. - Sí, abrevie, Damián. Ya sabe que no tiene problemas, y sabemos de lo importante que es su trabajo para nosotros y cómo lo realiza. Su vanidad profesional le puede, además Vd. sabe que tiene asegurada la prima prometida, pero no nos entretenga más y haga el favor de aligerar que nos tiene a los tres sobre ascuas -dijo ahora el Juez siguiéndole el juego al Capitán Lucio. - Señores, por favor. ¿No creen Vds. que podrían calmarse un poco? - se quejó el “Universitario” viendo que le estropeaban su momento de gloria-. Y continuó: Pues bien, separados ambos no había manera, sin embargo, una vez unidos de nuevo ante una, al parecer, “revelación Divina”, y nunca mejor
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    dicho, hice undescarte con Timo, desde una perspectiva de un fraude propiamente dicho, y fue entonces cuando me dio por separar la cifra 414. Primero la convertí en 41:4, más como no salía nada, volví sobre mis pasos y ahora la convertí en 4:14. Y con qué nos encontramos. Pues nada más y nada menos que con un capitulo bíblico: Timoteo 4:14. Y qué leemos en él. Pues textualmente esto: “Alejandro, el Calderero, me hizo mucho daño; el Señor le retribuirá conforme a sus hechos”. ¿Qué les parece? Existen más de una docena de capítulos referidos a la Venganza en diferentes epistolarios y libros, sin embargo, éste es el único que en su versículo 14 parece que para a algunos, le dejan una puerta abierta y que no sea el señor el que se tome la venganza. Y eso es todo, señores. Nos encontramos pues, o mejor sería decir: se encuentran Vds. ante un caso de venganza directa, y sin esperar que ninguna Justicia Divina venga a ejecutar el castigo que pudiera corresponderle a ese individuo. Todos se quedaron pensando. Felicitaron y agradecieron a Damián tan valiosa aportación, y despidiéndole, tanto el Capitán como el Inspector Robledo, hicieron lo mismo argumentando que se iban para Jefatura con la idea de poner al corriente al equipo, dar algunas órdenes y comenzar a poner todo lo acontecido en orden de llegada. “Por esta razón y sin más preámbulos, -dijo el Capitán-, lo primero será poner al corriente de ello a la familia de este hombre, con idea de que se desplace hasta aquí y hagamos un bis a bis con la esposa quien creo que nos abrirá muchas puertas. Pudiéramos encontrar en sus explicaciones movimientos muy interesantes.”
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    SESENTA Y CUATRO Ana,que acababa de realizar una intervención, se había cambiado de ropa y bajado a la Cafetería, ya que esa mañana ni siquiera le dio tiempo a desayunar. - Pero bueno, chica, ¿qué horas son estas de tomar el desayuno? porque imagino por la tostada que estoy viendo, eso es lo que estás haciendo -dijo Berta que acababa de llegar para tomar algo, y mientras la saludaba le comentaba que recién había terminado su guardia de todo el día anterior y la noche. - Hola, Berta. Pues sí, desayunando. Esta mañana teníamos programada la operación para más tarde, pero se ha presentado un problema que nos ha obligado a adelantarla. Y tú, ¿qué tal? Aunque no hace falta que me lo digas, pues a pesar del cansancio que tendrás te veo algo así como contenta. - Imagino que no habrás visto aún la prensa -dijo Berta mostrándole un periódico que había cogido de una de las salas de esperas al pasar, y que, posiblemente, se habría dejado sobre uno de los asientos algún paciente que fuera llamado a consulta. - ¿Algo interesante? -preguntó Ana, mirando de reojo la página que Berta le ofrecía mirar. Cuando Ana comenzó a leer, dejó la media tostada sobre el plato y exclamó: -¡Rayos y centellas! Este es nuestro asunto, y al parecer ocupando un buen espacio de la información. - Sí, pero todos los detalles que según relatan aquí, estarás de acuerdo conmigo en que no pueden ser más disparatados -comentó Berta. Al parecer creen que se trata de una venganza realizada por unos desesperados que le han producido una carnicería, por lo que en absoluto lo relacionan con profesionales. - Pues muy bien. Que sigan así. La verdad es que ya podían haber puesto una gráfica. Aunque no estuve muy de acuerdo en las marcas que le hice, ahora me alegro. Seguramente que algún experto habrá llegado a descifrar el enigma, pero les va acostar trabajo relacionarlo con una violación, si es que lo consiguen, que lo dudo. Lo más probable es que nunca entiendan que el quitarle la Virginidad a una jovencita no deja de ser un asesinato -dijo Ana a la que le rodaban unas lágrimas por sus mejillas. - Tienes razón, Ana. Y no te puedes imaginar cómo lloraría mi madre si llegara a enterarse de lo que hemos llegado a hacer tu y yo. Aunque no te quepa la menor duda de que acabará enterándose, y no muy tarde, de las criminales andanzas del hijo de puta de don Hipólito. Y no te digo nada de las cabronas de su mujer y su hermanita, que le han estado consintiendo tantas fechorías con tal de no perder sus estatus sociales, porque a mí que no me
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    digan que ellasno están al corriente. Ya verás, ya verás cuando reciban el paquetito, sobre todo ella, la doña Clara de los cojones, que ahora se va a encontrar con una poya y un huevo para ella sola, y que los ponga en la repisa de la chimenea a contemplarlo todos los días, porque eso es lo que le queda ya de ahora en adelante -dijo Berta viendo la cara de sorpresa que ponía la amiga al tiempo que apuraba el café. - Pero, ¿es que le llegaste a enviar el bote? -preguntó Ana a media voz, y continuo: creo que eso ha sido un error, Berta. Ahora sí es posible que nos puedan identificar, al menos a ti como autora de la venganza. - No te preocupes, y lee el final, que aún no lo has hecho y entérate de lo que informa el Equipo Médico que atiende a ese cabrón, que por cierto no lo llevaron a ningún Hospital sino al Departamento Anatómico Forense, por orden del Juez, ya que si en principio lo dieron por muerto nada más verlo, luego se dieron cuenta de que se encontraba en un estado de coma tan profundo del que aún sigue, y del que al parecer tardará bastante en salir, si es que sale, y que según asegura el Patólogo Forense, cuando salga no va a poder conocer ni a su madre: eso si consiguen que hable de forma que se le pueda entender. Chica, hiciste bien con aquel preparado anestésico luego de haberse tragado medio litro de alcohol, de marca, eso sí -dijo Berta la cual seguía con una cara de felicidad que si bien Ana la comprendía, ahora ella también participaba abiertamente de cuanto su amiga le aclaraba. - ¿Tienes más faena esta mañana? -le preguntó Berta mirando hacia la puerta de la Cafetería. -Hasta las tres de la tarde no, solo repasar un expediente acerca de una paciente a la que habremos de tocarle un poco la espalda. ¿Por qué? Es que piensas quedarte aquí hoy después de tu turno y una guardia -dijo Ana sonriendo. - No. Lo cierto es que estoy bastante cansada. Te lo he preguntado por si dispones de un buen rato para una charla que se avecina. - ¿Una charla que se avecina? ¿Pero de qué me hablas? -dijo Ana, que de pronto se había puesto pálida. - Ana. Debes encontrarte siempre fuerte, sin temor alguno. Te repito que no hay ningún problema, y si te he comentado lo del tiempo disponible es porque, vuélvete y observa quién bien hacia aquí -le dijo Berta dándole un cariñoso pellizquito en la mejilla. - ¡Hombre! Pero si es nuestro amigo Felipe. Pero bueno, ¿y esas barbas tan bien recortadas? -dijo ahora Ana a la que se le notaba el haber recuperado el color y hasta el ánimo. - Porque anoche me llamaron la atención en el trabajo. Me dijeron que no querían que las tuviese tan largas, así que me las he arreglado esta mañana, ahora mismo lo que no necesito son problemas laborales. Aún estoy un poco cogido con el tema, bueno, ya sabéis. - Así estoy yo también. Menos mal que tengo aquí a mi brazo fuerte que cada pellizquito me sabe a gloria, y eso que con ellos, aunque no me duelen, me acuerdo siempre de las dichosas monjas -dijo Ana, devolviéndole
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    a Berta sufamoso pellizquito y haciendo que los tres se echaran a reír discretamente. - ¿Habéis visto la prensa? -dijo Felipe muy serio y el cual traía bajo el brazo un periódico de la mañana, aunque diferente al que tenía Berta, y que sin darse cuenta había comenzado a desplegar con el fin de abrirlo por la página a la que le había doblado una de las puntas. - Sí. Además es la misma noticia. Se copian unos a otros, así que visto un artículo en un diario, visto todos -dijo Berta muy segura de sí misma. -Vale. Pero además hay alguna que otra noticia que no viene, de momento, en los periódicos, aunque no creo que tarde mucho -dijo Felipe mostrándose un tanto circunspecto. - Bueno, pues suéltalo ya. ¿A ver qué es eso? -le requirió ahora Berta absolutamente dueña de su ánimo. - Hace un rato me llamó María Engracia. En ese momento pensé que se trataría de mi padre que anda el pobre un poco malucho, cosas de la edad, y la vida que le tocó vivir, pero en fin, a lo que iba. Se trataba de que esta mañana temprano corrió por Alcoy la noticia del periódico. Según Rosa, la hija que tiene el puesto en el mercado dice que aquello era un revuelo; vamos, como si hubiera tocado el gordo. Vosotros porque no habéis estado nunca tan al tanto del pueblo como yo, pero es que para más de medio esto ha sido como un regalo para ellos. Más de uno y una querrían haber visto muerto a ese bicho hace mucho tiempo. Allí todo o casi todo se sabe, lo que pasa es que siempre ha habido mucho temor a las represalias. - Y entonces, ¿qué noticias son esas aparte del revuelo? -lo interrumpió Berta, temiendo que a su madre le hubiera llegado también, aunque se quedó tranquila ya que ésta vive en otro pueblo. - Pues que Francisca, la criada de doña Clara, asegura que sin querer, queriendo, vosotros ya me entendéis, pues resulta que sin que las hermanas se dieran cuenta de que no andaba muy lejos cuando recibieron el paquetito y lo abrieron, Francisca también lo vio, y bien visto por lo que contaba con todo detalle, y ella que no tendrá mucha cultura pero que sabe más que le han enseñado, que la vida le ha hecho ser más lista que el hambre, y sabiendo lo que sabe, pues lo primero que hizo fue sacar sus propias conclusiones. ¿Y qué hacer con ellas? Pues compartirla con parientes y amigos, aún a sabiendas de que, según las noticias llegadas, el caso no está resuelto ni cree que se resuelva dado lo confuso del mismo. No obstante, se puso a contar que a doña Clara, cuando tomó conciencia del contenido del bote y leyó la etiqueta que llevaba pegada y que ponía “Adivina, adivinanza”, le dio un síncope, se cayó, soltó el bote, y si no es por la hermana que lo cogió al vuelo, los genitales de don Hipólito estarían desparramados por el suelo. - Pues sí que marcha esto rápido. Claro, ahora como ya casi todo el mundo tiene teléfono -dijo Berta-. Además, tengo entendido que era Francisca la alcahueta de la casa, en la que por cierto lleva muchos años, y nunca bien mirada, por eso aprovechaba la más mínima oportunidad para
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    chismorrear lo quese trajo entre manos durante tanto tiempo el macho cabrío con la artista, hasta que ésta ya cansada lo dejó.
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    SESENTA Y CINCO Seencontraban ambas hermanas en el tren camino de Madrid y envueltas en sendos ataques de nervios de los que no salían aun a pesar de estar continuamente tomando tranquilizantes. La tarde anterior doña Clara había recibido la llamada del Capitán Lucio Rivera, quien le había comunicado la necesidad de que se desplazara a Madrid, hasta la Jefatura de la Ronda de Atocha, y en la que sería puesta al corriente de un asunto que le concernía, y el cual consideraba de cierta gravedad relacionado con su marido el señor don Hipólito de la Torre. Doña Clara, aún con la esperanza de que el recibo del bote no fuera más que una broma macabra propia del odio que le tenían en el pueblo, y no conforme con, para ella, una notificación que le causaba aún más extrañeza, ya que le aseguró al Capitán que su marido estaba en viaje de negocios. Al rato de colgar y tras una breve reflexión y cambio de impresiones con Angélica, tomó de nuevo el teléfono y le pidió a la encargada de la Centralita que le pusiera de nuevo con el número que le acababa de llamar. Como quiera que la Compañía Telefónica seguía teniendo intermitentes problemas con las nuevas, líneas, no cayó en la cuenta de que todo cuanto había hablado, y volviera a hablar sería escuchado a su vez por la encargada de la Centralita, y por consiguiente, más leña para el fuego que se había encendido en el pueblo. - Le pongo -oyó decir a la Telefonista. - Jefatura de Atocha, dígame -escuchó la voz de un hombre al otro lado del hilo telefónico. - Buenas tardes. Soy la señora de la Torre. Deseo hablar con el Capitán Rivera, por favor -dijo dejando caer un cierto tono autoritario. - Buenas tardes, señora, aguarde un segundo que enseguida le paso. -Al habla el Capitán Rivera. -Ah, Capitán, buenas tardes. Le llamo porque no me he quedado tranquila y desearía que me facilitara Vd. una más amplia información acerca de eso que me asegura encierra un grado de tanta gravedad y que si no he entendido mal está relacionado directamente con mi marido. - Así es, señora, pero le ruego que esto lo dejemos para cuando Vd. llegue, ya que no es tema para ser tratado por teléfono. - Está bien, Capitán, si no hay más remedio, ahí estaré mañana por la mañana. Me dijo Vd. la Jefatura de la Ronda de Atocha, ¿verdad? - Sí, señora, pero no se preocupe; a la hora de la llegada del tren habrá un coche del servicio esperándola, por eso no tiene que preocuparse. - Está bien, Capitán, y muchas gracias -dijo doña Clara en la que ahora se notaba el desanimo y un alto grado de ansiedad. - Adiós y buenas tardes, señora -se despidió el Capitán.
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    - Hasta mañanapues -seguidamente escuchó perfectamente el clic de que el Capitán había colgado el teléfono, y antes de colgar el suyo oyó el típico clic de la desconexión, por lo que con los dientes apretados le dijo a su hermana: No hay modo de evitar que la zorra ésta se entere de todo. ¿Cuándo llegará el día en que las líneas directas funcionen al cien por cien? - Mientras que no acaben no van a eliminar la Centralita, pues si no estaríamos sin teléfono sabe Dios cuántos días -se quejó Angélica. A la salida de la estación, las dos hermanas fueron, dada la elegancia con que vestían ambas, descubiertas por un joven Policía del Servicio de Información el cual se acercó a ellas, y tras preguntar por la señora de la Torre y presentarse a continuación, las invitó a subir a un automóvil sin distintivo policial alguno. Doña Clara, a través del Policía, quiso saber algo más acerca de aquello que había hablado con el capitán, pero no consiguió que le dijera nada argumentando que ese era un tema muy delicado y del que tan solo estaba autorizado el equipo que lo llevaba, y el cual se encontraba al mando del Capitán don Lucio Rivera. Una vez dentro de la Jefatura, fue el mismo Capitán el que las recibió invitándolas a pasar a su despacho. Doña Clara le presentó a su acompañante diciéndole que era su hermana Angélica, por lo que a renglón seguido y tomado asiento, el Capitán, ahora, no dudó en ponerlas al corriente de todo cuanto había acontecido, según los datos facilitados por los únicos testigos de que disponían. Doña Clara hacía todo lo posible por mantenerse serena y poder aguantar sin derrumbarse mientras escuchaba cuanto le estaba relatando el Capitán, el cual no se dejó atrás ni un solo detalle desde aquella mañana en que se presentaron en el Hotel los inspectores Robledo y Ortíz ante la demanda de don Mariano, Director del Hotel, y a la que él mismo acudiría más tarde acompañado del equipo de búsqueda de huellas. - ¿Y dónde está ahora mi cuñado? ¿Está vivo? -preguntó Angélica, viendo que su hermana se estaba desmoronando por momentos. - Sí, señora, está vivo, aunque se encuentra aún en un estado de coma profundo, pero de eso ya les informará más tarde el Médico Jefe del Instituto Anatómico Forense. - ¿Pero es que está allí? ¿En el Instituto? -dijo ahora doña Clara con la voz entrecortada. - No, no señora. Su marido fue trasladado a los dos días al Hospital Carlos Tercero. Comprendo que le extrañe el que el caso de su marido lo esté llevando un Médico Forense, pero, tratándose de un episodio en cierta medida relacionado con la Justicia, el Juez ha decidido que mientras se aclare todo ello esté bajo los cuidados de don Antonio Soler y su equipo de patólogos -le explicó el Capitán a las dos hermanas. - ¿Y es posible, don Lucio, que no haya ni la más mínima sospecha de algo o de alguien? ¿Que nadie haya visto nada? -dijo Angélica. - No, señora, absolutamente nada. La única esperanza que teníamos
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    era haber podidoencontrar algún indicio en la habitación, pero nada, lo habían dejado todo tan limpio que nos fue imposible encontrar algo en que poder apoyarnos -dijo el Capitán escanciando un vaso con el agua que tenía en una jarra sobre la mesa y pasándosela a doña Clara. - ¿Y dice Vd. que ahora tendremos una reunión con el Médico y con el Juez? -dijo Angélica. - Sí, sí, señora. La tendremos directamente en el Hospital después de que puedan ver a don Hipólito. Cuando se encuentre con ánimos, doña Clara, podemos irnos. Al llegar al Hospital y subir a la planta, pasaron directamente al despacho que ocasionalmente habían dispuesto para el Médico Forense y su equipo, el cual tras saludar al Capitán, éste procedió a las presentaciones justo en el momento en que llegaba el Juez acompañado por los inspectores Robledo y Ortiz que se habían encontrado a la entrada. - Cuando Vd. lo ordene, señor Juez -dijo el Capitán. - Si el Médico cree que las señoras se encuentran en condiciones, por mí no hay ningún inconveniente -dijo el Juez. Este comentario hizo que no solo doña Clara sintiera como una especie de vahído, sino que también la hermana acusó la frialdad de ambos hombres y se agarró a su brazo para quedar ambas sostenidas la una por la otra. No obstante, fue doña Clara la primera que dio un paso al frente, y todos juntos se dirigieron a la sala. Cuando en la puerta el Policía de uniforme que la guardaba la abrió a un gesto del Capitán y doña Clara reaccionó tomando nota mental de que la sala en la que se encontraba ingresado su marido estaba vigilada por la Policía, no pudo por menos que preguntar: -¿Pero esto qué es? ¿Acaso mi marido está acusado de algo? ¿Ha cometido algún delito? Por que si no, ¿cómo es que está siendo custodiado por la Policía? No lo entiendo. - Ahora pasen a verlo. Luego hablaremos acerca del caso; éste es un poco más complejo de lo que Vds., señoras, se imaginan. Pero, pasen, pasen -las invitó el Juez. Desnudo íntegramente, aunque cubierto con una sábana impoluta, don Hipólito se encontraba sumido en un profundo sueño. Con los ojos cerrados y una respiración ayudada por ventilación mecánica, sobre la que Angélica no dudó en preguntar, y a la que el Médico le dijo que se trataba de una ventilación pulmonar asistida, en su caso, una especie de intercambio de gases entre los pulmones y la atmósfera, con el fin de permitir la oxigenación de la sangre, intentamos que no deje de captar oxigeno y así eliminar el dióxido de carbono. - Pero, a él, ¿qué le hicieron para encontrarse en este estado? Preguntó ahora doña Clara. - La primera analítica que le fue practicada arrojó un índice de alcohol tan alto que ya de por sí le habría producido un coma etílico; no obstante, si tenemos en cuenta que para la intervención, por decirlo de alguna forma, ya que jamás había visto en mi vida una chapuza de tal calibre realizada, le
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    habría sido administradouna extraña y peligrosa combinación de anestésicos, posiblemente para que no se pudiera saber el tipo, pues ello hizo el que el coma ahora sea de tal magnitud, que me gustaría saber, si despierta, en qué estado lo va a hacer, porque lo que está claro es que muchas y graves secuelas le van a quedar -dijo el Médico con una tranquilidad propia de quien trata estos temas a diario. Mientras terminaba su pequeña alocución, el Médico retiró la sábana, despacio, de arriba hacia abajo dejando ver primero el torso en el cual se mostraban grabados “Timo 414” y más abajo la palabra “Asesino”. Doña Clara quiso aguantar, pero, al parecer, no pudo y se desmayó. Ya el Médico lo tenía previsto y por ello extrajo del bolsillo de su bata blanca un frasquito con el que le dio a aspirar su contenido. Acto seguido se repuso, siendo sentada en la única silla de que disponía la sala. Angélica, más entera no paraba de mirarlo. Cuando el Médico vio que doña Clara se había recuperado en parte, acabó de descubrir el cuerpo observando cómo en el lugar de aquellos genitales que ella conocía, ahora y a través de unos abultados apósitos, asomaba una pequeña cánula cumpliendo las funciones, dadas las circunstancias, de una sonda Vesical. - Ciertamente que la imagen que podemos observar desde un orden natural, es bastante deprimente. Me gustaría conocer qué clase de persona o personas han podido llegar a estos extremos y en razón de qué. Como también saber qué han podido hacer con sus genitales una vez separados de un cuerpo tan robusto -dijo el Médico buscando una mirada cómplice entre los allí reunidos. - El quién o quiénes y el porqué, no lo sé, pero en lo que se refiere a sus genitales, aquí los tiene Vd. No sé qué clase de personas han podido sufrir tanto daño por culpa de mi marido que les ha llevado a tomarse esta vil venganza por su mano; realizar semejante fechoría, y luego haberme hecho llegar el producto de su maldad en perfecto estado de conservación. Me gustaría saber qué pretensión envuelve todo esto -dijo doña Clara abriendo el bolso y extrayendo un bote que entregó al Médico, el cual, y al igual que todos los presentes, cuando se percataron del contenido, se quedaron atónitos. - Capitán, permita que me quede con el bote. De él se hará cargo el Fiscal que yo mismo nombre, y el cual abrirá las correspondientes diligencias para en cuanto este hombre se recupere, pasarlo a disposición Judicial. SESENTA Y SEIS
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    Después de habersetomado un par de días de descanso, aquella soleada mañana, David Gómez al igual que hiciera a diario, entró en su oficina saludando de la forma que era habitual en él a su socio. Éste se levantó al momento y le siguió hasta su despacho. Ya en él le mostró el diario que acababa de llegar y al cual estaban suscritos por ser el más independiente y completo. David un poco extrañado por el afán que tenía su socio en que lo abriera por las páginas de sociedad, lo hizo y se quedó un segundo tan fuera de lugar que ni siquiera oyó como el socio le decía: “No es éste el tal don Hipólito que ha venido a verte varias veces...” - ¿Cómo? ¿Me decías...? -dijo David como si estuviera en otro lugar, aunque sin dejar de leer lo extenso de la noticia. Cuando terminó de leer por segunda vez y un tanto dubitativo, solo acertó a comentar en un leve susurro: -¡Hay que joderse! El socio que se dio la vuelta con idea de abandonar el despacho y dejarlo solo, no había llegado a la puerta cuando oyó que David le pedía que llamara a la Jefatura y preguntara por el Capitán Rivera. - Con el Capitán Rivera, por favor. - ¿De parte de quién? - Dígale que el Detective David Gómez desea hablar con él. - Un momento. - ¡Hombre, David! ¡¿Cómo es eso de dejarte caer por aquí aunque sólo sea por teléfono¿! - No te hagas ilusiones, Lucio, que aún no te pago lo que te debo -dijo David, escuchando unas risas a través del auricular. ¿Tienes un rato esta mañana? - Para ti, sí. ¿Es que hay algo que se traiga entre manos mi querido y antiguo compañero de armas? - Algo hay, pero lo cierto es que me gustaría tratarlo contigo personalmente y en privado. - Claro, no hay ningún problema. Te espero, nos tomamos un café, y en mi despacho podremos tratar ese asunto. - Ok. Pues voy para allá, hasta luego. Tras dar un par de vueltas a la búsqueda de un aparcamiento, ya que no le gustaba abusar de las plazas de que disponía el pequeño aparcamiento de la Policía, David entró en el y dejó su coche en uno de los reservados para los coches patrullas; aparcó su Ford Orión al lado del Seat 124 propiedad del Capitán. Cuando dio la vuelta al edificio y ya en la puerta se encontró con la sorpresa de ver charlando animadamente a dos antiguos compañeros. - ¿Qué te parece a quién tenemos aquí? -dijo el más alto y que resultó ser el Inspector Soriano, quien se encontraba acompañado de su inseparable compañero Vilches.
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    - Y vosotrosdos ¿qué hacéis tan lejos, tal vez la querencia? -dijo David saludándolos efusivamente. - Esa querencia a la que tú te refieres es la que nos ha hecho aceptar el pasarnos aquí en Madrid cuatro días para realizar un cursillo sobre el trabajo psicológico del negociador cuando existen rehenes. Y no creas que nos seduce mucho, pero chico, unos días en el terruño no está pagado con nada -dijo el Inspector Soriano empujando con el hombro a su compañero Vilches el cual le devolvió cariñosamente el empellón recibido a modo de complicidad, pues ambos eran de las afueras de Madrid, aunque desde hacía muchos años estaban fijos en la plantilla de la Jefatura de Alicante, y en donde residían con sus respectivas familias. - ¿Y tú, qué, señor Detective privado? Por cierto, ¿qué tal te va? - intervino ahora el recién ascendido a Teniente, el Inspector Vilches. - Bien, bastante bien, al menos no me puedo quejar; por cierto, si os parece quedamos esta tarde para tomar unas copas y charlar de tiempos pasados y de los que dicen algunos que fueron mejores, pero que yo no sé por qué, pero sigo sin creerlo del todo... es que esta mañana he quedado con Lucio, y venía a verlo para tratar de un asuntillo. - No hay problema, David, nos vemos esta tarde en casa de Raimundo a las siete, ¿te cuadra? -dijo el Inspector Soriano. - Sí, a esa hora me viene bien. - Pues hala, no hagas esperar al mandamás; luego nos vemos. - Buenos días, Juan -saludó David al Policía que se encontraba tras el mostrador de atestados. He quedado con el Capitán. - Pasa David, está en su despacho, y me alegro de verte por aquí, a ver si vienes más a menudo. - Lo intentaré. Yo también celebro verte, gracias. - ¿Se puede, Capitán? - Pasa David. A ver qué es eso que te traes entre manos y que necesitas de tu antiguo compañero, y que de no haberte marchado del Cuerpo ahora el Capitán serías tú -dijo don Lucio al tiempo que le alargaba la mano y David se la estrechaba. - Verás, Lucio, he estado fuera unos días, necesitaba descansar y ahora es la época en que Guadarrama está más tranquilo. He visto que el periódico de esta mañana trae una noticia acerca de un hombre que ha aparecido en la habitación del Hotel donde se alojaba, amarrado a la cama con una serie de cortes y los genitales seccionados de tal manera que, según dicen, lo han dejado en un gravísimo estado de comas. - Sí, ya anteriormente han habido más noticias, las que se filtran, ya sabes. Y eso no es todo, amigo mío. Te voy a enseñar algo que te va a poner los pelos de punta. Te lo dejo ver a ti por lo que has sido para la Comisaría, y luego para esta Jefatura, además de lo que significas para mí dentro del campo de la honradez profesional -dijo el Capitán abriendo un cajón, extrayendo una carpetilla con un expediente de varias hojas, la cual le entregó a David.
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    David leía elsimple, y no muy extenso expediente mientras mental y simultáneamente pensaba en don Hipólito. Veía aquellas fotografías y se decía para sus adentros que aquello no podía ser. Le costaba creer lo que estaba viendo. Sabía de su persecución a Marina, su amante de tantos años y que luego lo abandonaría. A ella no le habría hecho ningún daño porque hacía muy poco que la había visto, y tomado café con su prometido, su madre y el Comisario Pulido que se había desplazado desde Sevilla para, entre otros asuntos, colaborar en la Rueda de Prensa acerca del secuestro que sufriera en Sevilla. El Capitán que al mismo tiempo que David leía le iba informando acerca de la reunión mantenida, lo observaba en silencio, y viendo ahora la palidez de su amigo se atrevió a sacarlo de su abstracción para preguntarle: - ¿Te ocurre algo que yo desconozca y en lo que te pueda ayudar? David, tomando conciencia de que sería interesante el que tratándose del Capitán y encargado del caso, le hiciera partícipe del encargo que don Hipólito le hiciera en su día acerca de la Actriz, le contó los diversos encuentros tenidos con él, así como las informaciones que le fue facilitando a medida que él iba averiguando movimientos y paraderos de ella. No se dejó en su relato ni una sola coma, por lo que el Capitán pasándose la mano por la rasurada barbilla, comentó: - Aunque conozco lo relativo al secuestro, lo cierto es que no encuentro motivo para relacionarlo con tu cliente, por lo que pienso qué, en ese sentido, no deberías de estar preocupado. Ahora lo que nos ocupa a nosotros -siguió diciendo el Capitán – es averiguar qué es lo que ha podido hacer este hombre para que se hayan ensañado con él de esta manera. - Te entiendo perfectamente, Lucio. En fin, eso era todo lo que quería comentarte, y saber acerca de todo este embrollo. Ya sabes que si puedo en alguna medida serte de ayuda, no tienes más que llamarme -se ofreció David al tiempo que hacía el intento de levantarse para marchar, pero no llegó a hacerlo a petición del Capitán, el cual le hizo una seña con la mano para que siguiera sentado. - Estaba pensando... Este tal Hipólito era de Alcoy, ¿verdad? -dijo el Capitán tomando de nuevo la carpetilla que se encontraba sobre la mesa y desdoblando una de las hojas del expediente. - No, Lucio. Es cierto que vive en Alcoy, pero también lo hace en Orihuela donde también tiene negocios, aunque su domicilio fiscal está en Alicante, pero como te digo, toda la familia ha vivido desde siempre en Alcoy aunque son oriundos de aquí de Madrid. - Veamos. A ver si somos capaces de poner en pie este rompecabezas con la pieza que se me acaba de ocurrir -dijo ahora el Capitán mostrándose un tanto enigmático. - ¿A qué te refieres? - le preguntó el Detective. - No sé si conocerás a un Inspector de Alicante que se llama Soriano y que ha venido a realizar un curso de varios días aquí en Madrid. - Ya lo creo que lo conozco. A él y a su inseparable Sargento Vilches.
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    Los tres estuvimoshaciendo prácticas hace ya mucho tiempo. ¿Por qué lo preguntas? -dijo David, sin tener muy claro por dónde le iba a salir el Capitán. - Ya sabes que la División de Soriano, que ahora es Capitán recién ascendido al igual que Vilches que también ha sido ascendido a Teniente, cubre desde Alicante una franja bastante amplia de la Comarca, en la que están incluidos tanto Orihuela como Alcoy. El caso es que he pensado que sería interesante que tuviéramos con ellos una reunión mañana por la tarde porque la mañana la tienen cogida con el curso. - ¿Quiénes estaríamos en esa reunión además de tú, Soriano, Vilches y yo? -le interrumpió David. - Robledo, al que ya conoces, y por supuesto a Ortiz, su compañero, ambos son mis dos más estrechos colaboradores y pueden aportar ideas, ya que ellos fueron los que primero acudieron a la habitación del Hotel cuando nos dieron el aviso de lo que allí había ocurrido. - Por mí no hay ningún inconveniente, es más, me gustaría que estuviera presente también la Psicóloga Forense, Eugenia González -dijo David mirando al Capitán con cierta sonrisita que delataba la intención, y que no escapó a las dotes de observador de su amigo. - ¿La quieres en la reunión por alguna razón especial, o es que estás tan colado por ella como me han dicho? -le preguntó el Capitán. - En verdad que eres un bicho, pero no, sí es cierto que nos hemos prometido, pero no es ese mi interés. Te recuerdo que ahora ella está en la Comisaría de Fuenlabrada; no obstante, su anterior destino fue precisamente Alicante, donde acabó las prácticas alcanzando el grado de Psicóloga Forense y Criminóloga -dijo, observando ahora cómo el Capitán mostraba un cierto grado de interés ante el planteamiento. - He de reconocer que tienes razón. No estaría demás tenerla en la reunión; ese sexto sentido que posee una especialista en observación puede venirnos muy bien -reconoció el Capitán levantándose. - Bien. Pues no se hable más. Mañana a las cuatro te espero. Yo me encargo de todo excepto de tu Psicóloga -dijo con cierto retintín el Capitán al que se le veía feliz como si ya estuviera todo resuelto. - No es mi Psicóloga. Ella es de la Policía. - Sí, sí, de la Policía. Ya te pondrá en observación, desde el primer día - dijo el Capitán dejando arrastrar las palabras y echándose a reír. - Hasta mañana entonces, señor Capitán. SESENTA Y SIETE
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    Celia y Alfredotras haberse prometido después de haberse cumplido cuanto se prometieron de no hablar de otra cosa que no fuera la terminación del Doctorado, se encontraban preparando los distintos viajes que tenían pensado, y los cuales trataban de las presentaciones de ambos a las diferentes familias de cada uno. En un momento de dudas entre sí llevar una u otra vestimenta de las tres que había colocado sobre su cama, Celia reparó en un periódico que Alfredo acababa de dejar sobre el silloncito del dormitorio. Aunque era del día anterior fue a colocarlo en el revistero. No quedó colocado como hubiera sido su deseo, dada su manía perfeccionista, cuando al segundo intento se detuvo a leer el gran titular: “El Hombre de mediana edad que hace unos días fue encontrado atado, y con grandes y graves signos de violencia en la habitación del Hotel Atocha, aún continua sin salir del Coma”. Dejó lo que estaba haciendo y se puso a leer el artículo cuando desde el salón le oyó decir a Alfredo que se iba. Celia dejó el periódico encima de la cama, salió a despedirlo y tras el acostumbrado beso, cerró la puerta no sin antes quedar en saber a qué hora se verían al día siguiente. Cuando volvió al dormitorio, se sentó de nuevo y comenzó a leer. Acabada la lectura, se quedó un buen rato meditabunda. Un bulle, bulle no dejaba de enredarse en ese conjunto de pensamientos y al que ella como experta en materia mental llamaba mente, pues le parecía que no le era desconocido el nombre de Hipólito de la Torre. Tras haber leído que el hombre en cuestión a quien se refería el artículo era de Alcoy, a su mente acudieron diferentes momentos y situaciones vividas de cuando estuvo en el Hospital Comarcal, y como quiera que el caso más notable de aquella época fue, precisamente, el de una jovencita que fuera cruelmente atacada y violada por alguien del que nunca se consiguió averiguar quien fue aun a pesar, según la Guardia Civil, y la Dirección General de Seguridad, de los muchos intentos que durante años fueron realizados sin haber conseguido aun nada positivo, tras haber puesto todo su empeño en intentar encontrar un hilo del que tirar. Todos estos recuerdos que cada vez adquirían mayor claridad, le estaban llevando por unos senderos sentimentales que hicieron brotar de sus ojos amargos racimos de lágrimas. Dándole vueltas tanto al periódico como a su cabeza, cual cofre que encierra todos los actos que a nivel de memoria se vienen recogiendo desde que se nace a la vida, Celia no dejaba de pensar en aquél de la chiquilla: Matildita -se dijo de forma espontánea y plenamente convencida de que así se llamaba. Matildita, repitió varias veces, hasta que cayó en la cuenta, centrándose ahora de pleno en aquel caso que, aunque ya había transcurrido bastante tiempo, parecía revivirlo con toda claridad, seguramente -se dijo -, porque fue con el único caso que obtuvo una serie de puntos de cierta relevancia para su carrera profesional.
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    Acto seguido ysin pensárselo dos veces, descolgó el teléfono y llamó a Eugenia. Dejó que el teléfono sonara por si estuviera en la ducha, pero no, no se encontraba en su casa, por lo que decidió llamar a la Comisaría: estaba claro que no podía esperar. Estaba atacada de los nervios recordando ahora con claridad meridiana las palabras que le dijera aquella tarde: “Estamos casi seguros de quién se trata, y solo esperamos que cometa un fallo...” - Comisaría de Fuenlabrada, dígame -escuchó con el segundo tono. - Buenas tardes, desearía hablar con la Agente Eugenia González. - ¿Quién le digo que le llama? - La Doctora Guzmán. - Le paso... - Hola, Celia. ¿Qué te trae a estas horas? - Necesito hablar contigo, Eugenia. - Chica. Cuánta seriedad. ¿Te ocurre algo, cariño? - No. No es nada personal. Es solo que estoy un poco agobiada y necesito hablar contigo y es que sobre el tema en cuestión eres la única con la que puedo hacerlo. ¿Puedes? -insistió con una cierta vehemencia que hizo que Eugenia comenzara a preocuparse, por lo que le dijo: -Escucha, ahora mismo no puedo. Estoy acabando un informe sobre un detenido y aún tardaré algo así como una hora. Luego si quieres, me acerco a tu casa. - Bien. Aquí te espero -dijo Celia ahora ya más tranquila. Y colgó. Aun a pesar de que Eugenia estaba al llegar, atendiendo al tiempo que le había comentado que podría tardar, cuando sonó el zumbador del telefonillo el cual se hizo notar con su estridente chicharreo, Celia dio un respingo. - Hola, amiga -dijo Eugenia poniéndole una cara de mohín. - Pasa, Eugenia y perdona el desorden, pero es que voy a ir con Alfredo a que lo conozcan mis padres, y estoy preparando un poco de ropa por si nos quedáramos unos días. - Pues no sabes cuánto me alegro de que ya os hayáis decidido. Y bien, ¿Qué es eso que te tiene agobiada? -dijo Eugenia mostrándose un tanto matriarcal. - ¿Te acuerdas de nuestra época en el Hospital Comarcal? -dijo Celia en la que se veía la preocupación de que su amiga no se acordara. - Sí, perfectamente. Es el único en el que he trabajado, aparte de algunas colaboraciones con otros hospitales, y por supuesto atender en prisión a algún que otro interno. - ¿Y te acuerdas del aquel caso que yo estuve atendiendo, y que luego viniste tú en compañía de dos inspectores para interrogar a una chiquilla de Alcoy que había sido brutalmente atacada y violada, y del que hasta la presente nada se ha sabido? - Para, para criatura que te vas a ahogar. No es necesario que corras tanto. Estoy aquí y te voy a escuchar hasta el final, aunque ya me temo por dónde vas. -dijo Eugenia cogiéndole las manos.
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    - ¿Sabes aqué me refiero? -dijo ahora Celia nerviosa. - Claro que sé a qué te refieres. Has estado leyendo las noticias en el periódico acerca del hombre que fue encontrado en la habitación del Hotel Atocha. ¿A que sí? - Sí. Aquí tengo el periódico que ha dejado Alfredo. ¿Qué sabéis acerca de todo esto? -preguntó Celia sin pensar. - Sabemos -dijo Eugenia aportándole cierta tranquilidad a su amiga. Sabemos todo lo que la Policía puede saber. Pero no puedo decirte nada, de momento. Ya sé que tu, digamos preocupación, va en la dirección de aquella chiquilla... - Y de una cosa que tú me dijiste en aquella ocasión, y que la he recordado como si fuera ayer: “Que intuíais de quién se trataba, pero que no podíais hacer nada hasta que no estuvierais seguros y bien seguros” -la interrumpió Celia. - No recuerdo exactamente lo que te dije, pero no me extrañaría que fuese como dices. ¡Qué memoria, chica! - Es que no te puedes imaginar, Eugenia, lo nerviosa que me puse cuando relacioné: Alcoy con la chiquilla, Matilde, ¿te acuerdas de Matilde? y luego leí el nombre del hombre ése que se encontraron, y con las cosas que, según dice el periódico, le han hecho. - ¡Matilde! Ya lo creo que me acuerdo de aquella chiquilla. Y de las veces que intentamos hacerla hablar sin soltar prenda. ¡Cuánto miedo debía tener la pobre! Y sin embargo, con los años que han pasado y aún no ha dicho esta boca es mía. Supongo que no querrá ahora volver a pasar por aquellos días de sufrimiento. ¡Cómo se quedan algunas imágenes grabadas en la mente! Ahora mismo que estoy recordando aquellos momentos, parece que la estoy viendo con aquel hermosísimo pelo del color del bronce, y que en algún momento se le desparramaba por la almohada. Créeme si te digo que me daba una envidia aquella melena -dijo Eugenia exhalando un suspiro. - Entonces aún no sabéis nada. Eugenia, me gustaría que me dijeras cómo va el proceso conforme vaya evolucionando, es que tengo un presentimiento que no me deja tranquila desde que leí el periódico. - Aún no. Pero no quiero que te preocupes, mujer. Sé que eres una buena profesional. Desde luego gracias a las enseñanzas que te di cuando preparabas tu tesis, no, es broma. ¿Pero te acuerdas de ello? -dijo Eugenia riéndose-. Y no te preocupes que en cuanto adelantemos algo te tendré informada. Te lo prometo. - ¿Me lo prometes de verdad? -dijo Celia poniendo cara de quien no ha roto un plato en su vida. - Te lo prometo. Es más, te adelanto que mañana vamos a tener una reunión de alto calibre para tratar el caso, y en la que es posible que participe hasta el Juez que por cierto, ya ha designado Fiscal, aún sin saber si sobre, llamémosle la víctima, alguien tiene presentada alguna denuncia, por lo que en consecuencia él tendría caso; sin embargo, hasta la presente sobre este individuo no hay absolutamente nada de nada.
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    - Bien, señores.A ver si tenemos suerte y cuando nos levantemos será porque tengamos algo con que empezar a trabajar porque lo que es hasta ahora, ni siquiera podemos echar mano de la duda más razonable con el fin de acusar a este hombre de algo. Por eso yo me pregunto y Vd. me disculpará, señor Juez, ¿para qué queremos aún al Fiscal si no tenemos culpable? -abrió la reunión el Capitán. - Para que vaya tomando notas, Rivera, para que vaya tomando notas. Que me da en la nariz que aquí hay algo más. Y si no me equivoco, benditos los años que llevo en esto, alguien intenta engañar a alguien -respondió el Juez utilizando el dejillo propio de los castizos. - Aunque carentes de la más mínima huella, testigo ocular o un móvil definido, lo cierto es que solo nos quedan las marcas... - Y la operación. Que no se olvide -interrumpió el Juez. - Por supuesto. Y la operación. Digna de los que en mi pueblo se dedican a capar cochinos sin licencia -dijo el Inspector Robledo-. Y siguió: Pero como Vd. conjeturó anteriormente, señor Juez, ¿Quién nos dice que no fue un profesional el que realizara semejante carnicería con el fin de crear una más que nada discutida confusión? - Totalmente de acuerdo. Cuestión de ir tomando la correspondiente nota, porque si fuera así, todo sería muy fácil. Con tan solo esperar a que la víctima nos dé el nombre o los nombres de la persona o personas que estuvo o estuvieron con él aquella noche, todo resuelto: no obstante y sin olvidar el comentario del Médico Jefe acerca de que le gustaría saber en qué estado abandonará el coma, ya me dirán Vds. -habló de nuevo el Capitán. - ¿Qué se sabe acerca del asesino del Empresario Andrés Moreno? -El que hizo el comentario fue el Inspector Soriano que se había puesto al corriente de los casos más flagrantes que en Jefatura tenían en cartera, y al que le correspondió David: -No, en lo que a mí concierne, pues fui el único que vio al sospechoso: éste era muy alto y delgado. Nada comparable con el sujeto que tratamos en cuestión-. Ya no lo trataba como don Hipólito. - ¡Qué cabrón o cabrones! -comentó por lo bajini y entre dientes David, pero que, sin lugar a dudas, todos se enteraron, aunque fue el Capitán el que le dijo: -No nos prives de esas elucubraciones, David. ¿A ver qué te está pasando por la cabeza? - Me estaba acordando de las palabras que dijo antes el señor Juez, y me estoy preguntando sobre la marca “Asesino”, concretamente, ya que la de “Timo 414”, definitivamente está más que resuelta. Sin embargo, fíjense en que, ¿por qué tenemos que creer, o intentan hacernos creer, que la venganza es hacia un asesino? ¿Cuántas clases de asesinatos hay sin que por ello haya que recurrir a quitarle la vida a alguien? -dijo David mirando a su alrededor, y parándose un segundo para cruzar su directa mirada con la
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    de Eugenia. Eugenia, tomandoaquel guante de aire caliente que le acababa de lanzar David en razón de que él, a través de ella, conocía cuanto había luchado junto a los inspectores Soriano y Vilches en el caso de la joven Matildita en el Hospital Comarcal, allá en Alcoy, salió a la palestra exponiendo su punto de vista, aunque cuando iba a hacerlo se le adelantó el Inspector Robledo. - Partiendo de esa premisa también podríamos, en ese caso, situar a este individuo en la escena de las violaciones de las dos hermanas de Chamartín, porque si bien es verdad que tanto una como otra aseguraron que no podían identificarlo en ninguna rueda lo cierto es que ello era debido a que llevaba una careta muy bien trabajada, y este tipo de ataques en los que las víctimas no sólo acababan siendo violadas, sino que como el caso de una de ellas que resultó brutalmente acuchillada, y dejada medio muerta mientras consumaba su objetivo con la otra -expuso, aunque añadiendo que éste no era el caso por entender que el perfil no era coincidente con el presente. - Yo, particularmente, sí me identifico con el planteamiento expuesto por David Gómez. No cabe la menor duda de que se puede asesinar a una persona sin necesidad de quitarle la vida. Hace bastante años, en mis comienzos, cuando aún no había obtenido el Doctorado como Psicóloga Forense, pero que ya pertenecía a la División que por aquel entonces la Dirección General de Seguridad tenía en la Jefatura de Alicante, y que el ahora Capitán Inspector y el entonces Sargento Vilches recordarán, porque para mí siempre los consideré como mis primeros maestros, se dio un caso de cierta repercusión en aquel tiempo. Sucedió en el mismo Alcoy. La víctima resultó ser una jovencita de tan solo dieciséis años. Sorprendida en el monte con un engaño al más puro estilo del clásico psicópata, fue brutalmente violada y abandonada a su suerte. Afortunadamente fue encontrada por una patrulla de la Guardia Civil a caballo quien pudo socorrerla. Tanto el Inspector Soriano como Vilches fueron los encargados del caso. Ellos lo estuvieron siguiendo incluso hasta en el Hospital, y al cual me invitaron en calidad de observadora, posiblemente con la intención de que yo pudiera aportar alguna herramienta gracias a la cual pudieran sacarle a la muchacha la información que buscaban, pero que no hubo manera de poderla conseguir, ya que el miedo que la atenazaba era muy superior a aquellos, estoy segura, deseos de haber confesado quién la forzó de aquella manera arrancándole de su ser lo más preciado que una mujer trae a la vida desde que nace. Su virginidad. Y ahora, díganme señores, fue o no fue un asesinato -dijo Eugenia, la cual no pudo evitar que se le congestionaran las palabras, y que unas lágrimas traicioneras superaran esa dureza de la que se supone presumen todas las fuerzas de seguridad. - Tranquilícese, Agente Beltrán -le recomendó el Juez. Siento que no haya sido Vd. Abogado. Esto ha sido una especie de alegato digno del mejor profesional; no obstante, y aunque estoy de acuerdo, hay que separar ambos
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    conceptos que, porsupuesto, van de la mano. - Van de la mano, señor Juez, y es por eso que, desde aquellos días, sigo teniendo la sensación de que en aquel caso hubo algo que se nos escapó, o no supimos enfocar correctamente, al menos yo, aun a pesar de las horas que le echamos y los vanos intentos por hacer que la muchacha hablara -dijo un tanto compungido el Inspector Soriano, y mirando ahora a Eugenia con una sonrisa a flor de labios. - Bien -dijo el Capitán. El otro caso más cercano y que tenemos aún sin resolver, es el atraco y homicidio del Taxista de la Casa Campo con el fin de robarle la recaudación. - En este caso nos encontramos en el mismo callejón, ya que también juega aquí el posible engaño con relación: primero a la venganza, que debemos entender que no es el caso; segundo a que en este caso no hay asesinato, sino “simplemente” un homicidio; y tercero, el móvil: ¿la recaudación? -el que habló ahora fue el Inspector Ortiz. - Bien -dijo el Capitán, y continuo -:Visto lo visto, y una vez descartados todos los casos que hay pendiente, señores, creo que lo mejor es que cada uno ponga manos a la obra e intente averiguar lo que se pueda, ya que en razón de lo poco tratado aquí esta tarde, entre otras razones porque no habían muchos hilos de dónde tirar por no decir ninguno, seguimos estando igual que al principio. Todos asintieron y se fueron levantando mientras cada uno no dejaba de hacer comentarios sobre lo tratado, llegando a la misma conclusión. Fue el Juez el único que se pronunciaría lastimeramente al comentar que había esperado de la reunión algo positivo con respecto del caso, ya que él - manifestaba-, que en tanto el Capitán no le pusiera sobre la mesa razones concluyentes acerca de alguna posible prueba encontrada, debía quedarse al margen. Todos lamentaban esta decisión, no obstante como dijo el Inspector Robledo, había que considerarla, ya que la postura del Juez era innegable el que fuera acertada pues a la vista de como estaban las cosas y partiendo de la premisa de que se reconocía el hecho de que sobre la persona de don Hipólito nadie había presentado denuncia alguna, ni el Capitán tenía potestad para mantenerlo detenido, y mucho menos con custodia policial a la puerta de la sala en que se encontraba internado en el Hospital, aunque propuso el que el Inspector Robledo se encargara de ordenar a algunos de sus hombres y de la forma más discreta posible tanto dentro como fuera del mismo, no dejaran de estar pendientes de alguna posible visita que recibiera o merodeara cerca. Ya una vez fuera de la sala y a punto de despedida, el Juez le recomendó al Capitán Lucio que en modo alguno diera el caso por cerrado en tanto en cuanto don Hipólito no saliera del coma, y lo hiciera en condiciones de declarar. Hasta entonces -insistió- no debemos dejar dormir el caso. Si la salida del coma fuera desfavorable, lo daríamos por cerrado habida cuenta de que entonces ya no podríamos hacer nada, y me refiero a
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    cuando dijo eldoctor Soler que entre las secuelas que le pudieran quedar, las más graves serían la falta de movilidad tanto en extremidades como en el habla, ya que el daño producido en el cerebro habría sido demasiado grande. Todos se despidieron hasta una próxima ocasión, a excepción de los Inspectores Soriano y Vilches que habían quedado para por la tarde tomar unas copas con David y Eugenia al objeto de recordar con ella aquellos viejos tiempos de su estancia en Alicante. - ¿Qué haces ahora? -le preguntó David a Eugenia-. ¿Te vas a casa o tienes que ir a la Comisaría? - No, a esta hora ya me voy para casa, además mañana tengo guardia larga y quiero descansar. Si te apetece me acompañas, y te invito a una cerveza, pero, nada más, ¿entendido, Detective? - Entendido, señorita Agente de la Autoridad. Vd. manda -dijo David, y en el que Eugenia no pudo evitar observar cierta mirada tan maliciosa como atrayente, según hubiera pensado más tarde, pero fue solo un instante ya que apenas había cerrado la puerta, y David ya alcanzaba la planta baja, cuando oyó la voz de Eugenia que decía: -¡anda, sube! David subió los escalones de dos en dos. Intuía que tras aquella llamada había algo apetecible como así fue. Apenas abrió la puerta, Eugenia se le echó encima estrechándolo entre sus brazos y besándolo con una pasión como él no había sentido nunca. Los impulsos se fundieron en uno solo y como si de un solo cuerpo se tratara, David llevó a Eugenia en brazos hacia la cama sobre la que apenas sin desvestirse hicieron el amor desaforadamente hasta caer extenuados. No duró mucho aun a pesar de la fogosidad. No podía durar aquel enfebrecido momento en el que Eugenia se encontraba, y cuyo contagio llenó a David hasta el extremo de que al unísono se preguntaron ambos que no podían esperar. Y no esperaron. Habían transcurrido diez quince minutos, cuando ahora los dos con la vista puesta el uno en el otro, y las manos cogidas, enfrentaron sus bocas una vez más, y la unión amante de sus labios los volvió a llenar de calor... Ya sola, y tras haberse marchado David después de haber quedado para cenar al día siguiente al final de la guardia de Eugenia, ésta se cambió de ropa, se puso una bata y descolgó el teléfono. Le había prometido a Celia que la llamaría y eso era lo que se dispuso a hacer. - Sí. ¿Quién es? -escuchó la voz de su amiga. - Soy yo, Celia. ¿No querías que te llamara en cuanto se acabara la reunión? - Ay, sí, sí, claro. ¿Y qué, cómo ha ido todo, algo positivo? Dime algo que estoy sobre ascuas. - Para, para, muchacha, que te cuento. Vamos, que te cuento que no ha habido posibilidad de llegar a ninguna parte. Todo sigue igual a excepción de que el hombre sigue en coma; que el Juez le ha pedido al Capitán que no cierre el caso mientras no recupere la conciencia, y podamos saber definitivamente en que estado lo hará. Y eso es todo, no hay más, chica. - ¡Una lástima, pero es que no dejo de acordarme de aquella Matildita! -
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    dijo Celia comomuy afligida. - Yo también -dijo Eugenia. Bueno, te dejo que tengo que descansar, y dale recuerdos a Alfredo. - De tu parte. Adiós y gracias, amiga. Aún no había terminado de organizar una serie de expedientes que quería poner en orden esa madrugada en que Eugenia estaba de Guardia en la Comisaría, cuando le dijeron por el teléfono de interior que tenía una llamada. - “¿Quién será a estas horas?” -se dijo mirando el reloj y pulsando la tecla que le comunicaba con el exterior. - ¿Quién es? -preguntó Eugenia pensando en quién pudiera ser. - ¿Buenas noches? Quisiera hablar con la Psicóloga Forense. - Sí, yo soy -dijo Eugenia un tanto extrañada. - ¿Es Vd., Eugenia Beltrán? - Sí, soy yo. ¿Quién es Vd. que no sólo conoce mi nombre sino también mi apellido? -dijo ahora Eugenia un tanto confusa. - Disculpe que la moleste a estas horas, y la verdad es que no sé si se acordará de mí, pero..., yo soy Matilde, Matilde San Juan, de Alcoy... EPÍLOGO
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    A decir dealgunos, por no decir de muchos, Alcoy estaba en fiestas con el recibo de las últimas noticias: Hacía dos semanas que Celia había telefoneado a su amigo el Dr. Cándido Guillén, ahora Director del Hospital Comarcal y en la fecha en que fueron compañeros, solo Jefe de Psiquiatría. Guardaba muchos y buenos recuerdos de cuánto la ayudó cuando el caso de Matilde. Tras un largo rato de amena charla le comentó que don Hipólito había salido del coma aunque en un estado tan lamentable que, reunida la Comisión Médica, para su evaluación, comunicaron a las autoridades que el paciente se encontraba en una situación que requería ser internado, dado que la familia se lo podía permitir, en un Centro de Salud especializado, donde pudiera estar atendido en razón de un estado absolutamente vegetativo ya que no daba la más mínima muestra de evidente conciencia de sí, ni del ambiente que le rodeaba, incluidas las personas más allegadas. Como era de esperar uno a uno comenzarían a cerrarse los eslabones de aquella cadena, pues aquella misma tarde, y con motivo de visitar a su hermano, el Dr. Guillén, como era rutina en él, pasaría por el Casino. Allí entre otros saludados se encontraba Poncio, el cual al término de su jornada y ya en su casa donde seguía viviendo con su madre, le contó a ésta toda la conversación mantenida con el Médico, y en consecuencia cuantas noticias conocía tras la llamada de Celia. - Tenía que terminar así, el hijo de puta -dijo María Engracia sin poder evitar el que se le saltaran las lágrimas. Es mucho daño el que ha hecho a la gente de este pueblo. - Bueno, pues parece como si la naturaleza le hubiera cobrado su tributo a tanta villanía y mezquindad -comentó Poncio mirando a su madre, y echándole su brazo por encima en un vano intento de consolarla, ya que en ese momento le vino a la memoria cómo la familia de la Torre fue la culpable de que le fusilaran al marido durante la guerra. - Aquello ya pasó, madre -le dijo cariñosamente Poncio. Ahora, y aunque no seamos personas vengativas, al menos nosotros, hemos de alegrarnos de saber que don Casimiro y don Marcelo, el socio, se han reunido con el Abogado y doña Clara, para, según me ha contado Francisca, que se hagan cargo de ponerlo todo en venta. Lo tenían todo preparado para que esta misma tarde, y después de haberles dejado el encargo de que el Guardamuebles se lo embalara y enviara todo, viajar a Madrid y ocupar la casa que desde hace años tenían vacía en Fuencarral. Allí vivirán las dos solas hasta que se pudran, Y a él lo meterán, según me contó don Cándido, en un Sanatorio o como se llame, y sin que la Policía haya conseguido averiguar el motivo por el que le hicieron esas cosas en el cuerpo. ¿Te imaginas la que están organizando, quien tú sabes, para despedir a las hermanas en la estación...?
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    - Me lopuedo imaginar. Se la tienen jurada desde hace mucho tiempo, sobre todo mi hermana, que seguramente será la que lo habrá preparado todo. Estas dos pelanduscas no se van a ir de rositas. No te quepa la menor duda de que se acordarán de ese momento toda su vida -dijo María Engracia en la que se advertía un gesto de jocosidad manifiesta-. Por cierto, ¿Felipe no estará al corriente de todo lo que pasa en el pueblo? - Sí, sí que está al corriente porque he estado hablando con él antes de salir del trabajo. Además me dijo que había llamado a Gerardo y que éste le dijo que ya en Betera tenían conocimiento de todo lo que estaba ocurriendo -le confirmó Poncio-. Además, ayer estuvo allí Berta que tenía un par de días libres, y no pudo evitar el hablar discretamente del tema con ellos. Ya te puedes imaginar lo que todo esto ha estado suponiendo, y supone aún para Matilde. - Mira, hablando del rey de Roma... -dijo Poncio a su madre mirando hacia la puerta que acababa de abrirse y entrando en la casa Felipe acompañado de Berta. - ¿Y esta visita? -dijo María Engracia acercándose y besando tanto a Berta como a Felipe. - Pues ya ve, tía. Berta se vuelve para Madrid esta tarde y no quería dejar de pasar por aquí a veros -dijo Felipe estrechándole la mano a Poncio, al tiempo que preguntaba: -¿Y mi padre qué tal está? - Bien. Él está muy bien. El pobre ya casi no se entera de nada. Ahora está acostado. Por la tarde siempre se echa un rato -dijo María Engracia, ya más tranquila-. ¿Quieres que lo despierte? - No, déjalo dormir; además, yo me voy a quedar en el pueblo hasta mañana, pues tengo que hacer un par de cosas, y también quiero ver a Álvaro, el abuelo de Berta. Quiero hacerle un encargo para unos amigos nuestros que se casan la semana que viene. - ¿Quién se casa la semana que viene? -se oyó una voz de mujer apenas se había abierto del todo la puerta de la calle que se había quedado entornada. - ¡Rosa! -dijo Berta corriendo a abrazar a su amiga que acababa de entrar con unos paquetes que traía del mercado. - Unos amigos nuestros, de Felipe y míos, además se da la circunstancia de que Ana es compañera de profesión, aunque ella es Cirujano. Y Felipe quiere encargarle a mi abuelo unas cajas de puros para obsequiárselo a los invitados -dijo Berta sin dejar de abrazar a Rosa. - ¿Vas a quedarte unos días? -le preguntó Rosa. - No, que va. Me voy dentro de un rato. El tiempo de tomar el café que está preparando tu madre. He estado casi dos días con mi madre y con Gerardo, y mañana me espera un día bastante duro. - Y, ¿cómo está tu madre? Hace ya tiempo que no la veo. - Bien, se encuentra bastante bien. Allí la he dejado a la pobre toda confusa y con un mar de pensamientos que me preocupan, así que la llamaré en cuanto llegue. La próxima semana tengo también un par de días
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    libres que aprovecharépara volver a verla pues no me he quedado muy tranquila, ya que ha estado todo el tiempo, como te digo, muy pensativa; de todas formas tiene a Gerardo que la adora y está pendiente de ella a cada momento -dijo Berta sin querer hacer más comentarios. Tras tomar el café acompañado de unos pastelillos típicos del pueblo y que había ido Poncio a buscar, todos se despidieron en la puerta, no sin antes hacer elogios acerca del Seiscientos de Berta. Bajo la Dirección de Samuel Martín y con el guión de Irene se había comenzado a rodar en los preciosos exteriores de las afueras de Madrid, en el Parque de la Cuenca del Manzanares, “Fuego en las entrañas”. En uno de los largos descansos del rodaje para comer, Irene recibió la visita de Carlos quien venía acompañado de su amigo y colega Félix. - Pero bueno ¿y esta sorpresa, que digo sorpresa, fascinante sorpresa? -dijo Irene levantándose, y antes que a Carlos darle un abrazo a Félix, para después de besar a Carlos, preguntarle: -¿A qué se debe esta inesperada visita? - Pues que Félix acaba de llegar de Sevilla, y no viene de vacío, sino que trae noticias -dijo Carlos mirándola ahora enigmáticamente mientras Irene observaba a Félix el cual asentía con la cabeza. - ¿Y cuáles son esas noticias...? ¿Buenas o malas? -preguntó Irene poniendo cara en la que se podía observar cómo encogía sus ojos haciendo bailar unas bonitas pestañas postizas. - Son buenas, cariño, pero, de ello no podemos hablar aquí, ya que es un poco más complicado de lo que parece -dijo Carlos forma queda. - ¿Y qué sugerís? Porque hoy no puedo dejar el rodaje, y menos aún en estos momentos. - ¿Puedes tomarte libre el día de mañana? -insistió Carlos. - Voy a ver -dijo Irene, apartándose un momento y dirigiéndose hacia donde se encontraba Samuel, su Director, el cual y tras una breve conversación con él, volvió para decir que no había ningún problema, ya que él se encargaría de todo ese día. - Bien. Pues entonces te dejamos comer tranquila, y que sigas con tu faena que por lo que veo, aquí hay un barullo de cuidado, así que esta noche hablaremos de lo que vamos a tratar mañana en mi despacho, y allí sí que habrá sorpresas, pues te vas a encontrar con más conocidos -dijo Carlos guiñándole un ojo. - Pues ya estoy deseando de terminar por hoy, y que me cuentes algo de eso que me parece, por lo que oigo, me hará feliz -dijo Irene devolviéndole el guiño y después de besarse en las mejillas, despedirse hasta la hora en que ella le había pedido que fuera a recogerla a aquel efímero estudio instalado en las afueras de Madrid. La poderosa curiosidad, y en este caso la necesidad femenina, se hizo presente apenas Irene se introdujo en el coche de Carlos. Besos y
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    arrumacos de ellahicieron posible el que él comenzara a contarle lo que, en principio y hasta la celebración de la reunión prevista para el día siguiente en el despacho del Abogado, por razones de seguridad, solo podía adelantarle. Informada grosso modo de hasta dónde podía contarle, en razón de lo convenido, Irene se echó hacia atrás en el asiento, y con un mohín que llenaba todo el habitáculo por la gracia que desprendía, le echó el brazo sobre el hombro dando conformidad a su forma de actuar en la que, por encima de todo, le había demostrado que era hombre de principios. Irene mantuvo su muda promesa durante la cena. La hicieron solos ya que Félix les había pedido que lo dispensaran esa noche por haber contraído compromiso de cenar con unos parientes que aún le quedaban en Madrid. No obstante, Carlos le comentó que la reunión se realizaría en su despacho a las doce de la mañana, hora en la que esperaba que todos estuvieran ya en disposición de acudir a una cita que habría de ser memorable tanto a nivel policial como jurídico. Llegada la hora y ya en el Despacho profesional de Carlos, Irene y Félix esperaban a los que fueron congregados en razón de los argumentos esgrimidos por ambos abogados. Los primeros en comparecer fueron el Juez y el Capitán Rivera, el cual venía en animada charla con el Comisario Pulido. A continuación hicieron acto de presencia los inspectores Soriano y Vilches, acompañados de Eugenia y David que se habían encontrado en la puerta, y a los cuales se les había concedido permiso para ausentarse del curso. Ya todos acomodados en la confortable sala de reuniones del Bufete, y ante una humeante taza de café que cada uno se fue sirviendo de una cafetera colocada al efecto sobre un mueble Archivador, el Juez fue el primero en tomar la palabra para decir: -Espero que la influencia argumental de dos letrados de renombre como son los Sres. Balbuena y Casal, promotores de esta especie de Concilio a instancias de nuestro querido amigo el Comisario Pulido, venido nada más y nada menos que desde Sevilla, sea algo más fructífera que la pasada en la que acabamos sin tener nada. - Lo es, Sr. Juez, lo es -respondió el Capitán Rivera, mirando suplicante al Comisario, el cual dándose por aludido comenzó exponiendo: -Cmo ya sabrán Vds., y si alguno desconoce el dato ya que es muy reciente, paso a informarles que el tal Casey, secuestrador de la Señorita Irene Parra, aquí presente, se suicidó en su celda hace tan sólo dos días... - ¿Se ha suicidado? -interrumpió Irene sin proponérselo. - Disculpe, Señorita Irene, pero dejemos las preguntas para luego. Y Vd. prosiga, Comisario -ordenó el Juez. - Sí, señor. Pues como iba diciendo, efectivamente, se suicidó en su celda, y no fue conocido el hecho hasta que a la mañana siguiente no salió de ella a la hora en que los reclusos pasan al Comedor. Inmediatamente, dado que el caso lo lleva mi Departamento directamente, fui puesto en conocimiento de ello, personándome en Ranilla, donde me pusieron al
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    corriente de losucedido. Solicité cuantos objetos personales llevaba el recluso encima, y me quedé estupefacto al ser informado de que al quitarle la ropa para realizarle la autopsia, en el interior del pantalón y en un bolsillo oculto escondía este sobre, y cuyo contenido, además de una buena cantidad de dinero, guardaba un papel perfectamente doblado. El Juez tomó el sobre que el Comisario había depositado sobre la mesa a la vista de todos. Lo abrió, y efectivamente, contenía varios billetes de mil pesetas, y muy bien doblado, tal cual dijo el Comisario, un papel en el que se leía con letra manuscrita y muy clara, la orden de llamar cada día a una determinada hora a los números en él escritos. Una vez revisados por el Juez volvió a dejarlo sobre la mesa, rogándole al Comisario que prosiguiera. - Pues bien. Las indagaciones pertinentes nos llevaron a través de la Compañía Telefónica a la averiguación y posterior comprobación de que ambos números se correspondían con sendas cabinas telefónicas públicas, en periodo de pruebas e instaladas en la calle Oliver una, y la otra en el extremo opuesto, en la calle de San Juan Bosco, y ambas en el pueblo de Alcoy. En ese momento se interrumpió la exposición que estaba haciendo el Comisario, ya que Irene con la cara pálida pidió un poco de agua. Cuando bebió, y ya algo más tranquila se echó a llorar. Eugenia acudió a su lado de inmediato, cediéndole su asiento David, el cual, como es natural, se encontraba también absolutamente consternado ante la confirmación a una sospecha que hacía días ya venía dándole vueltas desde que Eugenia le hablara sobre el caso de Matildita. - Y sobre lo escrito en el papel, ¿han podido comprobar algo? - preguntó el Juez, volviendo a echarle un vistazo al contenido. - No, señor. No hemos podido contrastarlo. - Pero sí se puede contrastar con estos papeles que don Hipólito llevaba en su cartera, y que se refiere de forma manuscrita a ciertas gestiones que habría o debía realizar en Madrid -dijo ahora el Capitán Rivera, sacando unos papeles de una carpeta que a su vez contenía el expediente que se habría abierto en su día acerca del caso. - A ver. Déjeme ver -ordenó el Juez, ante la expectación de todos-. Yo no soy un experto, evidentemente, pero, aseguraría que la letra es la misma: ¿Vds. que opinan? El Juez le pasó ambos papeles al Capitán Rivera, el cual tras una rauda comprobación, hizo lo mismo con los inspectores Soriano y Vilches hasta que la rueda llegó a Irene. Cuando tomó ambos papeles, los miró, dejándolos sobre la mesa sin poder evitar el que todos se dieran cuenta de cómo le temblaban las manos. - ¿Y bien? -interpeló el Juez generalizando. Nadie puso objeción alguna. Todos asintieron estando de acuerdo en que no hacía falta ningún Perito Calígrafo para darse cuenta de que estaban ante el mismo tipo de escritura. Como ninguno de los presentes puso reparo a cuando Marina, en un arrebato espontáneo, pronunció a media voz: ¡Qué
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    hijo de puta! -Bien -dijo el Juez. Parece que algo estamos sacando en claro. - Y aún hay más, señor Juez, pero acerca de ello le va a informar la Psicóloga Forense, ya que ha sido a ella a quien se dirigió la víctima de la que habla este expediente, y que se complementa con la Declaración Jurada que le acompaña, y la cual le fue tomada personalmente a la señora doña Matilde San Juan por el Funcionario Administrativo de la Comisaría de Fuenlabrada, y en presencia del Detective don David Gómez, aquí presente, y a la sazón testigo de tal declaración junto con el Inspector Robledo, el cual no ha podido asistir a esta reunión debido a una indisposición repentina. Dicho esto en la intervención del Capitán Rivera, y pasándole al Juez tanto el antiguo Expediente como la Declaración Jurada, éste le solicitó a Eugenia hiciera su exposición acerca de la instrucción llevada a cabo por ella directamente. Relatado con todo detalle cuanto aconteciera durante y posteriormente a la brutal violación que sufriera la víctima, el Juez pudo comprobar, y así se lo hizo saber al resto de los asistentes, que todo lo narrado por la Psicóloga Forense, cuadraba perfectamente con el Expediente abierto, ya que al tiempo que Eugenia hablaba, él iba leyendo los detalles manifestados en su día, tanto por la Guardia Civil, como por los Inspectores llegados desde Alicante, señores Soriano y Vilches, así como por la doctora Celia Guzmán y ella misma en calidad de Observadora. Cuando terminó su relato, Eugenia se dirigió al Juez: -Como su Señoría podrá comprobar, entre el contenido del Expediente abierto en su día, y la Declaración Jurada de la señora Doña Matilde San Juan, tan sólo hay un detalle que no concuerda, y este no es otro que, ahora sí tenemos un nombre: el de don Hipólito de la Torre, en aquel tiempo “Poli” para sus amigos. Cuando por último le pregunté: ¿Por qué ahora la denuncia, Matilde? Yo ya sabía la respuesta. Y esta no es otra que, a pesar de los años transcurridos, hasta que no ha sabido en el estado en que se encuentra actualmente su agresor, ha estado sufriendo en silencio el mayor de los temores, el mayor de los miedos. Ante la espera de que se pronunciara el Juez, un silencio expectante recorrió la sala de reuniones, pero, en el interior de cada uno de los asistentes, y en menor o mayor medida relacionados con los dos casos en cuestión, bullía un sentimiento que no escapaba a las miradas cabizbajas de unos y otros. - ¿Y ahora, señor Juez, que se puede hacer? -interpeló el Capitán Rivera paseando la vista en círculo y deteniéndose en la persona de máxima autoridad allí presente, pues tan sólo el Juez tenía potestad para dar respuesta a aquella demanda. - Lamentablemente, y dado el mucho tiempo transcurrido en el caso de tan cruel Violación, solo nos queda, según las leyes actuales, proceder a su archivo. En cuanto al Secuestro, mediante la denuncia y acusación pertinentes, dejar al sujeto en régimen de custodia en el Centro de Salud
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    donde se encuentrainternado; pasarlo a disposición Judicial, procesarlo, y dejar el caso sub júdice a continuación en vista de su estado. No obstante, el Sumario siempre se podría reabrir si en algún momento se recuperara, cosa que según la Comisión Médica, asegura sería casi imposible, no obstante, y apoyándome en la docta opinión del Profesor de Patología don Juan Navarro, al que invité tras consulta, pero que no ha podido venir por razones familiares, cosa que lamento, y el cual me comentó que la referida recuperación en un tanto por ciento bastante elevado sería posible, me remito a lo dicho anteriormente: Dejemos pasar algunos meses antes de tomar una decisión definitiva. Por cierto -se interesó el Juez: ¿Aquella Violación dio lugar a consecuencias trascendentales...? - Sí, señor Juez. Tuvo sus consecuencias, ya que de ellas, la por entonces jovencísima Matildita quedó embarazada dando a luz una niña. Dichas estas palabras, a ninguno de los demás asistentes les pasó por alto cómo Irene le cogía la mano a Carlos, al igual que David hacía lo propio con Eugenia. En las caras brillaron las sonrisas a excepción de la del Juez en la que aún se podía leer un cierto inconformismo…