Heidi con su abuelo
Heidi se despertó en su nuevo hogar sintiéndose muy contenta. Entonces oyó fuera un silbido.
Era Pedro, el chico que guardaba las cabras, que había venido en busca de Flor y Mariposa para
conducirlas a los elevados pastos de las montañas.
Heidi se vistió con toda rapidez y corrió afuera.
—¿Te gustaría subir a la montaña con Pedro y las cabras? —preguntó abuelo Anselmo.
Heidi con su abuelo
Heidi aceptó encantada, diciendo:
—¡Sí, sí, abuelo!
—Cuida bien de Heidi —dijo el anciano a Pedro mientras le entregaba una bolsa con el almuerzo
de Heidi— Y no dejes que se caiga o se lastime.
Era una mañana muy hermosa. El sol brillaba intensamente sobre las verdes laderas y relucía
sobre los picos cubiertos de nieve. Heidi correteaba y brincaba por entre las flores silvestres. Se
detuvo para recoger en su delantal unas gencianas de un color azul oscuro, unas delicadas
prímulas rojas y unas exquisitas jaras. Las llevaría a casa y las colocaría sobre su lecho de heno
para que pareciera un prado.
Pedro se alegraba de contar con la simpática compañía de Heidi en la solitaria montaña, y estaba
satisfecho de poder mostrarle todas las cosas que él conocía. Le enseñó una hondonada donde
muchas flores de diversos colores ofrecían sus pétalos al sol.
Le indicó dónde crecían las hierbas silvestres de fragante aroma. Le enseñó a pronunciar los
nombres de las cabras y cómo silbar para llamarlas. Heidi no paraba de correr entre los animales,
charlando con cada uno de ellos.
De pronto, Copito de Nieve, la más pequeña de las cabras, se puso a balar.
—¿Por qué gime? —preguntó Heidi.
—Porque la semana pasada vendieron a su madre en la ciudad. Supongo que debe sentirse
abandonada.
—Pobre Copito de Nieve —dijo Heidi, abrazándose al cuello de la cabra—. Vendré a verte todos
los días y hablaré contigo para que no te sientas abandonada.
Heidi cnn Pedro
Al llegar a los pastos que había en la cima, Pedro halló un lugar apropiado para sentarse a
almorzar. Comieron su pan con queso y tomaron su leche de cabra, y luego se quedaron
dormidos bajo el cálido sol.
De pronto, el sonido de unas alas que se agitaban despertó a Heidi.
—¡Pedro, Pedro! ¡Despierta! —Pedro corrió junto a Heidi y ambos observaron a un águila
inmensa que volaba sobre sus cabezas. El animal fue remontándose hasta alcanzar el pico más
elevado, donde ni siquiera en verano se derretía la nieve.
Cuando la luz del sol empezó a declinar, las montañas comenzaron a adquirir una tonalidad cada
vez más rojiza.
Caperucita roja
Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre
todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una
pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar
otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:“Ven,
Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu
abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente
el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte
y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no
olvides decirle, “Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.”
“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió
cariñosamente.
Caperucita Roja
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado
Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo.
Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor
hacia él.
“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.”
– “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?”
– “A casa de mi abuelita.”
– “¿Y qué llevas en esa canasta?”
– “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno
para fortalecerse.”
– “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”
– “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al
lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita
Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será
más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas
fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo:
“Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo
creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan
apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de
maravillas.”
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los
árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas
de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán.Además, aún es muy temprano y no
habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del
camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin
darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió
directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.“¿Quién es?” preguntó la abuelita.
“Caperucita Roja,” contestó el lobo.
“Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.”
– “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.”
Pulgarcita
Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su
mujer hilaba, sentada a su lado.
Dijo el hombre: – ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras
todo es ruido y alegría! – Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque
fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.
Pulgarcito
Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño
que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo
pulgar.
Y dijeron los padres: – Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En
consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como
podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos,
su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de
salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera.
Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media
voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». – ¡Padre! -exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el
carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír,
diciendo: – ¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las
riendas? – No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del
caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se perderá nada con
probarlo».
Pulgarcito sobre el Caracol
Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y
así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca,
como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque.
Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a
pasar dos forasteros.
– ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin
embargo, no se le ve por ninguna parte. – ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el
carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en
que el padre estaba cortando leña.
Pulgarcito y el Gigante
Al verlo Pulgarcito, gritó: – ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El hombre sujetó el
caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el
cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos
de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: – Oye, esta menudencia podría
hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al
leñador, dijeron: – Vendenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. – No -respondió el
padre-, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo.
Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su
padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: – Padre, dejame que vaya; ya
volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. – ¿Dónde
quieres sentarte? -le preguntaron. – Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por
ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y,
una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron
hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: – Dejame bajar, lo necesito. – ¡Bah!, no te muevas
-le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo-. No voy a enfadarme; también los
pajaritos sueltan algo de vez en cuando. – No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien
educado; bajame, ¡deprisa! El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un
campo que se extendía al borde del camino.
El gato con botas
Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su
gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían
consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocóel molino, al segundo el asno, y al menor el
gato que quedaba.
El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito.
-”Mis hermanos”- dijo él,-”pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte,
después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me
quedará más que morir de hambre.”-
El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:
-”No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí,
con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo
como te lo imaginas.”-
El amo del gato no le dió mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había
visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o
escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza
de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.
Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso
alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un
poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en
el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no
saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso.
Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo
saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando
al conejo.
Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba,
a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:
-”Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás.
(Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).”-
-”Dile a tu amo”- dijo el rey, -”que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su
regalo.”-
En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo
abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó
con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera
recibió las perdices con gran placer y le dió una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo,
durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.
Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el
gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.
Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que
oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:
-”Su majestad es bienvenido a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.”-
-”¿Qué?¡Mi señor Marqués!” exclamó el rey, -”¿Y este castillo también te pertenece? No he
conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean.
Entremos, si no te importa.”-
El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba
adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro
había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se
atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.
Pinocho
Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller
un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.
–¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi
Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio
vida al muñeco.
–¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
–¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
–¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así
que decidió vender su abrigo para comprar los libros.
Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un
buen abrigo a Gepeto.
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:
¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo,
pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados
a las manos y los pies.
–¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos.
–¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función.
–No porque tengo que ir al colegio.
–Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor.
–Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí.
Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le
habían crecido por mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto
había ido a buscarle a la playa con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había
tragado una ballena.
–¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho.
Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy
fuerte.
–Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca.
Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de
abrazarle. De repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya
que tocó a Pinocho y lo convirtió en un niño de verdad.
El león y el raton
Una tarde muy calurosa, un león dormitaba en una cueva fría y oscura. Estaba a punto de
dormirse del todo cuando un ratón se puso a corretear sobre su hocico. Con un rugido iracundo,
el león levantó su pata y aplastó al ratón contra el suelo.
-¿Cómó te atreves a despertarme? -gruñó- Te-voy a espachurrar.
-Oh, por favor, por favor, perdóname
la vida -chilló el ratón atemorizado-Prometo ayudarte algún día si me dejas marchar.
-¿Quieres tomarme el pelo? -dijo el león-. ¿Cómo podría un ratoncillo birrioso como tú ayudar a
un león grande y fuerte como yo?
El león empezó a rugir tan fuerte que todos los animales le oían, pues sus rugidos llegaban hasta
los mismos confines de la jungla. Uno de esos animales era el ratonállo, que se encontraba
royendo un grano de maíz. Soltó inmediatamente el grano y corrió hasta el león.
—¡Oh, poderoso león! -chilló- Si me hicieras el favor de quedarte quieto un ratito, podría ayudarte
a escapar.
El león se sentía ya tan exhausto que permaneció tumbado mirando cómo el ratón roía las
cuerdas de la red. Apenas podía creerlo cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba
libre.
-Me salvaste la vida, ratónenle —di¡o—. Nunca volveré a burlarme de las promesas hechas por
los amigos pequeños.

Cuentos

  • 1.
    Heidi con suabuelo Heidi se despertó en su nuevo hogar sintiéndose muy contenta. Entonces oyó fuera un silbido. Era Pedro, el chico que guardaba las cabras, que había venido en busca de Flor y Mariposa para conducirlas a los elevados pastos de las montañas. Heidi se vistió con toda rapidez y corrió afuera. —¿Te gustaría subir a la montaña con Pedro y las cabras? —preguntó abuelo Anselmo. Heidi con su abuelo Heidi aceptó encantada, diciendo: —¡Sí, sí, abuelo! —Cuida bien de Heidi —dijo el anciano a Pedro mientras le entregaba una bolsa con el almuerzo de Heidi— Y no dejes que se caiga o se lastime. Era una mañana muy hermosa. El sol brillaba intensamente sobre las verdes laderas y relucía sobre los picos cubiertos de nieve. Heidi correteaba y brincaba por entre las flores silvestres. Se detuvo para recoger en su delantal unas gencianas de un color azul oscuro, unas delicadas prímulas rojas y unas exquisitas jaras. Las llevaría a casa y las colocaría sobre su lecho de heno para que pareciera un prado. Pedro se alegraba de contar con la simpática compañía de Heidi en la solitaria montaña, y estaba satisfecho de poder mostrarle todas las cosas que él conocía. Le enseñó una hondonada donde muchas flores de diversos colores ofrecían sus pétalos al sol. Le indicó dónde crecían las hierbas silvestres de fragante aroma. Le enseñó a pronunciar los nombres de las cabras y cómo silbar para llamarlas. Heidi no paraba de correr entre los animales, charlando con cada uno de ellos. De pronto, Copito de Nieve, la más pequeña de las cabras, se puso a balar. —¿Por qué gime? —preguntó Heidi. —Porque la semana pasada vendieron a su madre en la ciudad. Supongo que debe sentirse abandonada. —Pobre Copito de Nieve —dijo Heidi, abrazándose al cuello de la cabra—. Vendré a verte todos los días y hablaré contigo para que no te sientas abandonada. Heidi cnn Pedro Al llegar a los pastos que había en la cima, Pedro halló un lugar apropiado para sentarse a almorzar. Comieron su pan con queso y tomaron su leche de cabra, y luego se quedaron dormidos bajo el cálido sol. De pronto, el sonido de unas alas que se agitaban despertó a Heidi. —¡Pedro, Pedro! ¡Despierta! —Pedro corrió junto a Heidi y ambos observaron a un águila inmensa que volaba sobre sus cabezas. El animal fue remontándose hasta alcanzar el pico más elevado, donde ni siquiera en verano se derretía la nieve. Cuando la luz del sol empezó a declinar, las montañas comenzaron a adquirir una tonalidad cada vez más rojiza. Caperucita roja Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:“Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.” “No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
  • 2.
    Caperucita Roja La abuelitavivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él. “Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.” – “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?” – “A casa de mi abuelita.” – “¿Y qué llevas en esa canasta?” – “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.” – “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?” – “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: “Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.” Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán.Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.“¿Quién es?” preguntó la abuelita. “Caperucita Roja,” contestó el lobo. “Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.” – “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.” Pulgarcita Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: – ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! – Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida. Pulgarcito Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar. Y dijeron los padres: – Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera. Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: «¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». – ¡Padre! -exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo: – ¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las
  • 3.
    riendas? – Noimporta, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno -pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo». Pulgarcito sobre el Caracol Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: «¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: «¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros. – ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. – ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña. Pulgarcito y el Gigante Al verlo Pulgarcito, gritó: – ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: – Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al leñador, dijeron: – Vendenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. – No -respondió el padre-, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo. Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: – Padre, dejame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. – ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. – Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: – Dejame bajar, lo necesito. – ¡Bah!, no te muevas -le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo-. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. – No, no -protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajame, ¡deprisa! El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. El gato con botas Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocóel molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba. El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito. -”Mis hermanos”- dijo él,-”pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.”- El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio: -”No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.”- El amo del gato no le dió mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación. Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un
  • 4.
    poco de cerealy de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso. Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo. Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo: -”Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).”- -”Dile a tu amo”- dijo el rey, -”que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.”- En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dió una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo. Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó. Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey: -”Su majestad es bienvenido a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.”- -”¿Qué?¡Mi señor Marqués!” exclamó el rey, -”¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.”- El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí. Pinocho Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho. –¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco. –¡Hola, padre! –saludó Pinocho. –¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes. –Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces? –¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo! Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió vender su abrigo para comprar los libros. Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba: –Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a Gepeto. De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:
  • 5.
    ¡Entren, señores yseñoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres! Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados a las manos y los pies. –¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos. –¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función. –No porque tengo que ir al colegio. –Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor. –Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí. Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le habían crecido por mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena. –¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho. Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy fuerte. –Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca. Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de abrazarle. De repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo convirtió en un niño de verdad. El león y el raton Una tarde muy calurosa, un león dormitaba en una cueva fría y oscura. Estaba a punto de dormirse del todo cuando un ratón se puso a corretear sobre su hocico. Con un rugido iracundo, el león levantó su pata y aplastó al ratón contra el suelo. -¿Cómó te atreves a despertarme? -gruñó- Te-voy a espachurrar. -Oh, por favor, por favor, perdóname la vida -chilló el ratón atemorizado-Prometo ayudarte algún día si me dejas marchar. -¿Quieres tomarme el pelo? -dijo el león-. ¿Cómo podría un ratoncillo birrioso como tú ayudar a un león grande y fuerte como yo? El león empezó a rugir tan fuerte que todos los animales le oían, pues sus rugidos llegaban hasta los mismos confines de la jungla. Uno de esos animales era el ratonállo, que se encontraba royendo un grano de maíz. Soltó inmediatamente el grano y corrió hasta el león. —¡Oh, poderoso león! -chilló- Si me hicieras el favor de quedarte quieto un ratito, podría ayudarte a escapar. El león se sentía ya tan exhausto que permaneció tumbado mirando cómo el ratón roía las cuerdas de la red. Apenas podía creerlo cuando, al cabo de un rato, se dio cuenta de que estaba libre. -Me salvaste la vida, ratónenle —di¡o—. Nunca volveré a burlarme de las promesas hechas por los amigos pequeños.