El documento compara a Saúl y a David como representantes del creyente carnal y espiritual respectivamente. Mientras que Saúl menospreció la presencia de Dios y se debilitó espiritualmente, David tuvo una relación íntima con Dios a través de la oración y la Palabra que lo fortaleció. El éxito espiritual depende de alimentarse correctamente a través de la comunión con Dios, mientras que descuidar la vida espiritual conduce al debilitamiento.